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If you are not located in the United States, you'll have -to check the laws of the country where you are located before using this ebook. - -Title: La Muerte Del Cisne - -Author: Carlos Reyles - -Release Date: April 9, 2017 [EBook #54522] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA MUERTE DEL CISNE *** - - - - -Produced by Carlos Colón, Boston Library Consortium and -the Online Distributed Proofreading Team at -http://www.pgdp.net (This file was produced from images -generously made available by The Internet Archive) - - - - - - - - - - Nota del Transcriptor: - - - Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original. - - Errores obvios de imprenta han sido corregidos. - - Páginas en blanco han sido eliminadas. - - Letras itálicas son denotadas con _líneas_. - - Letras oscuras son denotadas con =signos de igual=. - - Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas) - han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal. - - - - - - LA - - MUERTE DEL CISNE - - - - -DEL AUTOR: - - -_En preparación_: - -=La raza de Caín=, 3ª edición corregida por el autor. - - - _De esta obra se han tirado - cinco ejemplares en papel del Japón - numerados de 1 á 5._ - - - ES PROPIEDAD. - - QUEDA HECHO EL DEPÓSITO QUE MARCA LA LEY. - - - - - CARLOS REYLES - - - LA MUERTE - DEL - CISNE - - - TERCERA EDICIÓN - - [Ilustración] - - - _Sociedad de Ediciones Literarias y Artísticas_ - LIBRERÍA PAUL OLLENDORFF - 50. CHAUSSÉE D'ANTIN, 50 - - PARÍS - - - - - PRIMERA PARTE - - IDEOLOGÍA DE LA FUERZA - - - - -EL vasto y heterogéneo panorama espiritual del mundo en las -postrimerías del siglo XIX y los rojos albores del presente, brinda -al observador de los tiempos que corren un espectáculo magnífico y -emocionante. Turban el ánimo y pasman el espíritu las perspectivas -morales, dejadas como herencia á las generaciones vivas por las -generaciones muertas. Entre mil tribulaciones, el curioso se pregunta, -si está á punto de convertirse en realidad palpitante la transmutación -de valores anunciada por el terrible profesor de la Universidad de -Basilea, y si la Fuerza, como principio de la moral y medida de todas -las cosas, no amenaza de muerte, á pesar de la Conferencia de la Haya -y del humanitarismo, las entidades de las filosofías espiritualistas: -Justicia, Derecho, Bien, Mal, irguiéndose en medio de ellas, como un -león vivo y rugiente, sobre las ruinas de una acrópolis poblada sólo de -ídolos rotos, mutilados dioses y espectros terríficos en las sombras -medrosas, mas irrisorios á la honrada luz del sol. - -Ha sido y será eternamente cruel designio y obra difícil para la -voluntad de los hombres, el despojarse de las amables creencias que -los encumbran á sus propios ojos. La humanidad, como las coquetas -empedernidas, ama los aderezos que la hermosean, aunque sepa que son -postizos, añadidos y falsas joyas. Á mayor abundancia de razones, -_su bovarismo_, la facultad peregrina de concebirse de una manera -diferente de la realidad y obrar en consecuencia, es incontrastable y -generalmente provechosa. Hace falta un grande y desinteresado valor -para mirar frente á frente á la temida Esfinge, aparte de que el -premio del resuelto enigma, suele ser el que tanto contribuyó á la -desdicha del lamentable Edipo; es menester una acendrada resignación -filosófica, en la que acaso pende el ascetismo de la cultura moderna, -para recibir amablemente las visitas de duelo de los desencantos y -sonreirles como á los amigos gruñones, pero leales, que nos quieren y -nos dicen la amarga verdad. Ésta es á veces sólo estéril superstición: -las grandes ilusiones son siempre fecundas, y aunque el viejo Cronos, -con manos impías, las despoje más tarde ó más temprano de sus virtudes -específicas sobre la inteligencia y el alma, la humanidad, reconocida á -las fieles servidoras, sigue creyendo en ellas aún después de muertas, -y hasta se complace muy comúnmente, con ingenuo y tozudo afán, en -prestarles á los rostros lívidos y yertos las lozanas apariencias de la -vida. - -En tales ocasiones acontece á la eterna ilusa lo que á aquella infeliz -criatura que, habiendo perdido á causa de terrible enfermedad la divina -belleza del rostro, su tesoro, dicha y orgullo, providencial locura la -salva de un desencanto mortal, haciéndole ver reflejada en los espejos, -no la fealdad presente, sino la fenecida hermosura de los gozosos días. - -La humanidad ha padecido muchas de estas demencias saludables. Ellas -le impidieron reconocer, cuando la verdad hubiera sido como escarcha -sobre los tiernos capullos de las rosas, la futileza de los adobes y -afeites que realzaban las gracias del alma á la luz de las candilejas -metafísicas. Hoy el arduo problema estriba en averiguar si éstas no -han perdido su mágico poder, y si la transfiguración de los hechos -reales por la óptica de los moralistas, es todavía conveniente para la -delicada salud del mundo. - - - - -Á decir verdad, la agonía de lo divino aparece á las inteligencias -libres de prejuicios hereditarios y atavismos religiosos, como un hecho -triste, pero incontestable, que se descubre en todos los horizontes y -que las ansias subjetivas del hombre no aciertan á disfrazar con un -nuevo espejismo celeste, quizá porque este nuevo espejismo no es ya -necesario á la Vida. Esta vez el _instinto vital_, el travieso mago -que en la filosofía nietzsquiana crea las ilusiones favorables á la -existencia, lucha en vano contra el Conocimiento, que las destruye -implacablemente... pero sólo para darle á aquel estímulo y ocasión -de forjar otras nuevas. La ciencia, la experiencia prolija del -caduco globo, levanta el velo de Maya, y en lugar de las desnudeces -impecables y sagradas perfecciones de la diosa, surge la razón física -de los fenómenos. El misterio de que se nutren las religiones, se -rompe como un hechizo al influjo de un conjuro eficaz. Las Iglesias, -las vírgenes violadas por el Saber, amarillean y enferman, y con -ellas palidece en el mundo la estrella del reino espiritual. Y -coincidencia peregrina: allí donde éste fué más efectivo y avasalló más -tiránicamente las conciencias, no ya la clorosis, sino el acabamiento -de todas las energías y la parálisis, dan seguros indicios de un -lúgubre é inevitable fin, como si el pecado capital de desarraigar la -planta humana de la tierra y cultivarla en místicas estufas, entrañase -la terrible penitencia del agostamiento, la esterilidad y la muerte. -La remota y misteriosa India es el pudridero del espíritu religioso; -en las aguas muertas de sus mil cultos monstruosos y extáticos, brotan -lujuriantes los nenúfares de la contemplación ascética y del nirvana, -entre cuyas raíces y tallos mueren sofocadas las tímidas vegetaciones -de la voluntad de vivir; Jerusalén llora las diligentes y briosas -virtudes que encendieron la llama activa de la fe en el pecho de -Pedro el Ermitaño y provocaron la colosal marea de las Cruzadas; en -la Ciudad Eterna muere el poder espiritual, que ya fué enterrado en -Menfis, Efeso, Eleusis y Delfos, y en todos los sagrados lugares de -la tierra donde el animal místico labró en piedra dura sus ansias -ardientes de lo infinito, el peregrino apasionado lee tembloroso sobre -las informes ruinas, la fugacidad de la cosas eternas y la nadería de -las cosas humanas. - -La evolución del sentimiento religioso no deja lugar á dudas sobre el -humilde origen y el destino mortal de los dioses... Después de las -ingenuas cosmogonías de las primeras edades, en que el hombre mísero -é ignaro interpretaba los fenómenos más comunes como revelaciones del -misterio eterno y signos infalibles de las voluntades olímpicas, la -razón divina, perseguida y estrechada por la explicación materialista -del universo, vió destruir, como la ciencia hermética y la filosofía -escolástica, sus misterios, dogmas y entidades, y ha ido perdiendo -terreno hasta encerrarse en el ruinoso y lóbrego castillo de las -causas primeras y de lo incognoscible. En la práctica, Dios se hace -utilitario. Las religiones se humanizan. Desde luenga data, siguiendo -paralelamente las evoluciones del conocimiento y la misma, aunque en -apariencia opuesta derrota que los instintos dominadores, apéanse de -sus fueros y vienen transformándose en cosas útiles, en servidoras -solícitas de la Vida, ante cuyos intereses profanos abaten las altivas -y aureoladas testas los intereses divinos. La conservación de las -excelencias tradicionales y el freno moral, son los títulos más -remontados que sustenta la religión á los ojos de la culta Europa. -La utilidad práctica es la virtud característica de las _modernas -experiencias_ religiosas en la tierra del opulento yanqui. Sus -imperturbables doctores aseveran «que los principios especulativos no -son nada, que los resultados y consecuencias de las teorías lo son -todo». Pragmatismo y utilitarismo se dan la mano: la verdad es lo -útil. «Lo verdadero es lo oportuno en nuestra manera de pensar, como -lo justo es lo oportuno en nuestra manera de conducirnos» agregan. -En conclusión: los yanquis buscan _un Dios del que puedan servirse_. -Las flamantes disciplinas no forman santos ni profetas, que es fuerza -considerar como los grandes paquidermos fósiles de la religiosidad, ni -menos virtudes desinteresadas, contemplativas, caballerescas, amorosas -del renunciamiento, como las viejas y sublimes virtudes enseñadas -por Buda ó Cristo. No, los pastores de la americana grey, llámanse -Franklin, Emerson, Pierce James, ó también Haper, ese admirable -presidente de la Universidad de Chicago, que, sintiendo próximo su fin, -formulaba lleno de unción esta singularísima cuanto valerosa plegaria: -«Señor, permitid que haya para mí una vida después de esta vida, y -en esa vida permitid que haya mucho trabajo que hacer y tareas que -cumplir»; entre los credos y dogmas del nuevo culto figuran la vida -intensa, el pragmatismo, el _mindcure_ ó psicoterapia religiosa, tan -eficaz como la psicoterapia del doctor Dejerine en la medicina ó las -estaciones de psicoterapia del sutilísimo Barrès en la literatura; -los santos laicos son Washington, Edison, Roosevelt, Carnegie, Booker -Washington; los reyes del petróleo y del acero; el Napoleón de los -ferrocarriles, quien tenía por inmorales las tareas improductivas, en -una palabra: hombres robustos y esforzados, voluntades inteligentes y -heroicas, como las piden con hondo afán las necesidades orgánicas de la -época y la gestación del porvenir. - -Las caliginosas nieblas del antropocentrismo se disipan y por eso la -moral como la religión, la filosofía y la ciencia, recorre también, -mal de su grado, la convulsa trayectoria de lo infinito á lo finito, de -lo absoluto á lo relativo, de lo divino á lo natural, de la vaporosa -metafísica á la sesuda biología, «llave secreta de la historia y las -acciones humanas, que en época no remota explicarán acaso la física -y la química...» como alguien conjetura osadamente. Y á juzgar por -lo que se ve, el conocimiento adelanta imperturbable por ese camino, -sin detenerse un punto á considerar con lástima, las ilusiones que á -su paso van muriendo. Á las morales de esencia mística, altruistas -é infalibles, siguen presto las morales de levadura fisiológica, -sensualistas y pecadoras, que hacen del placer, del egoísmo, de la -lucha, y finalmente con Guyau y Nietzsche, de la expansión de la vida y -del instinto de dominación, vale decir, de la fuerza, el resorte oculto -de la conducta y la base sólida é indestructible del Bien y del Mal. - - - - -POR otra parte, la impasible majestad de la Naturaleza, indiferente -á la moral humana, extraña, cuando no antagónica, á las necesidades -subjetivas del hombre, y ajena á toda finalidad racionalista, confirma -rotunda y cruelmente las desencantadas suposiciones que sugiere la -evolución filosófica. La ciencia y la historia también. De consuno -el origen animal del hombre, visto como en una caleidoscopio en las -múltiples y ascendentes fases zoológicas del embrión humano, y el -origen fisiológico y espúrio de la justicia, despojan á la humanidad de -su divino abolengo y tienden á destruir, con impertérrita lógica, las -verdades eternas, los principios absolutos, la posibilidad de una ética -infalible é inmutable. - -Como creación de la Vida, imponiéndose una ley para asegurar la -vida, las reglas y las evaluaciones morales, dictadas siempre por -razones de utilidad, son impuras, deleznables, perecederas. Todas -van, igualadas por el rasero de la inexorable Parca, á la fosa común, -ó cuando menos, todas cambian con los tiempos, las latitudes y los -diferentes módulos de la cultura. Á un pueblo agrícola le conviene, y -se crea, una religión y una moral de pastores; un pueblo guerrero una -religión y una moral de soldados. _El bien en sí_, pájaro azul de la -inteligencia, no ha podido ser descubierto por las inquietudes divinas -del hombre en las excavaciones del pasado. Lo que aparece entre polvo -y frías cenizas son los códigos de los grupos dominantes, ó sean las -cristalizaciones útiles, y, por lo tanto, relativamente durables de -la conducta, producidas siempre por los pasajeros equilibrios de una -lucha sin fin. De donde se infiere que no existe una moral única, -sino mil morales, igualmente verdaderas en un momento determinado é -igualmente falsas después de él; y lo mismo podría aseverarse de la -justicia y del derecho teóricos que, en fin de cuenta, á pesar de las -transfiguraciones que les hacen sufrir los taumaturgos de las verdades -eternas, no pasan de ser entidades sin contenido alguno, fórmulas -vacías, cosas grotescas, y aun cosas de una grande inmoralidad, si no -llevan en las estériles entrañas los gérmenes del acto, los embriones -del hecho, ó lo que es idéntico: la potencia de convertirse en -realidades. - -El derecho al placer, al triunfo, á la vida de los tristes, los -débiles, los enfermos, de los condenados por la naturaleza á la -melancolía, la derrota y la muerte, no es sino un sarcástico desmentido -de la grande justicia de la Fatalidad reinante en el universo todo, á -la pequeña justicia que impera solamente en el corazón de los hombres, -como una deidad sin virtudes milagrosas fuera de su templo. Suenen -tan doloridos y desjuiciados los clamores contra la injusticia de la -pastereulosis, que diezma las majadas, ó contra la temprana muerte -de un ser amado, indispensable á la dicha de numerosas criaturas, ó -contra la desgracia de un pueblo al que, adverso destino, por razones -inescrutables para nosotros, pero infalibles, azuza las Furias y los -males, como los anatemas de los vencidos contra el inícuo triunfo -de los vencedores, ó las iras de los justos _sin virtud_, contra el -pecado virtuoso. La victoria del fuerte sobre el débil, ó del rico -sobre el miserable, ó del inglés sobre el boer, se nos antoja injusta -é irritante porque la aislamos de la serie fenomenal á que pertenece -y que la determina, y no consideramos con bastante calma que «_un -phènomène actuel ce sont plusieurs passés qui luttent_». Por donde, no -sería ilógico admitir que generalmente lo que se llama injusticia es -el resultado de muchas virtudes anteriores, y lo que inspira nuestra -ilusa piedad, el fatal término de una serie infinita de incapacidades, -impotencias y pretéritos pecados. - -Ser: he ahí la virtud suprema. Lo que es, aun bajo las réprobas -apariencias de la iniquidad, no puede menos de ser transcendentalmente -justo, porque, por el hecho de existir, demuestra su acuerdo íntimo y -perfecto con las leyes universales. Sin duda, estas consideraciones, -ú otras de parecido corte y talle, han inducido á muchos filósofos de -azules pergaminos idealistas, y particularmente á los historiadores -alemanes, á identificar la realidad y la verdad, el éxito y la -justicia, la fuerza y el derecho. Las aspiraciones más señoriles y -levantadas, tórnanse en cambio, desde tal punto de mira, en vanos -ajetreos si no poseen el divino poder de agrupar en turno suyo las -condiciones esenciales de la existencia, salir del Caos y del Limbo y -operar el milagro de transformarse en realidades, acaso humanamente -impías, pero eternamente legítimas y vencedoras. - - - - -PERO el turbador misterio del ser, las realidades materiales ó morales, -¿son otra cosa, en substancia, que las manifestaciones primigenias de -la fuerza palpitante en las entrañas de todos los fenómenos? - -Muy sesudos pensadores hay que niegan la existencia del elemento -terrible y lo reducen á un concepto lógico. Para ellos, lo que llaman -ahitos de científica suficiencia el _dogma de la fuerza_, es un resto -de antropocentrismo, tendente á desaparecer como el principio vital, el -alma vegetativa, las virtudes específicas y otras entidades milagreras -de la filosofía escolástica. Según el autor de «Los orígenes de la -Francia contemporánea», en el mundo físico, como en el mundo moral, -«la fuerza es la particularidad que posee un hecho de ser seguido -de otro hecho. Todo lo que subsiste son los sucesos, sus condiciones -y dependencias: los unos morales ó concebidos bajo el tipo de la -sensación, los otros físicos ó concebidos bajo el tipo del movimiento». -Las causas desaparecen en esta sucesión colosal é interminable de los -fenómenos, y la fuerza acaba por ser concebida, no como causa del -movimiento, sino como _movimiento sintetizado_. - -Sea lo que fuere, lo cierto es que, á pesar de nuestras repugnancias -metafísicas, sobre todo por lo que toca á la vida y más aun al alma, -las novísimas verdades que salen de los laboratorios y santuarios -donde ofician los sacerdotes del saber, nos llevan como de la mano -á considerar los fenómenos, cualquiera que sea la índole de éstos, -como _hechos de fuerza_, si no parece muy profana la expresión, -entendiéndose buenamente por fuerza el nombre común y sintético de las -energías naturales. - -Ya veremos en el decurso de estas divagaciones heterodoxas, cómo, sin -salir de la isla de lo conocido, la cual no es tan diminuta como Littré -pensaba, aunque el océano de misterio que la rodea sea muy grande é -impenetrable; cómo, repito, puede decirse que la fuerza, vituperada y -maldecida por los poetas, sin sospechar que era el alma de su estro y -de sus rimas, es por igual el alma del mundo y la _causa primera_ de -todas las cosas. - - - - -NO hay por qué adolorirse ni indignarse. Tal presunción es menos -temeraria y absurda que las hipótesis que, sin escándalo, llevan en -el disforme vientre las viejas cosmogonías. Mueve á risa el hecho -sólo de suponer, al punto en que han llegado las certidumbres é -intuiciones humanas, que las ciencias podrían aplicar sus instrumentos -infalibles y razones experimentales á descubrir la voluntad divina en -el orden del universo. Aunque nos pese y hiera nuestros sentimientos -más caros, los fenómenos físicos constatan invariablemente la -presencia de la fuerza y la ausencia de la divinidad. Y así como es -imposible concebir siquiera el universo sin la energía, que con los -nombres de cohesión, atracción, gravitación y otros mil mantiene los -cuerpos como tales y rige las raudas carreras de los astros en el -espacio infinito, tampoco es dado imaginar, á menos de acudir á las -triquiñuelas de la concepción dualista, que los filósofos no invocan -ya, los fenómenos de la conciencia sin el juego de los instintos, -pasiones y sentimientos de estirpe fisiológica; sin las energías -físico-psíquicas y físico-químicas, en fin, que se atraen ó rechazan, -funden ó combaten, pero que siempre tienden á ser, á realizarse, y -cuyas reacciones infinitas y complejísimas, dan pie y margen á la -intrincada urdimbre del universo: milagroso equilibrio de fuerzas y -luego de substancias y después de organismos y al fin de voluntades que -pugnan por destruirse. Un acto, un pensamiento, del mismo modo que una -vida ó un mundo, parécenme en su realidad primordial y esencia íntima, -formas de la materia, y por lo tanto, momentos sutiles de la fuerza, no -más sutiles, sin embargo, que la luz, la electricidad ó las operaciones -químicas, superiores á la de nuestros más poderosos laboratorios y más -clarovidentes que los más fabulosos prodigios de nuestra razón, que -realiza una microscópica gota de protoplasma... - -Un hecho se ofrece á los ojos, fútil y vacuo al parecer, pero -sugestivo y transcendente en realidad: _es el carácter guerrero de los -fenómenos_. Esta combatividad originaria y común que les presta á todos -ellos así como un acentuado aire de familia, perceptible hasta para los -observadores miopes, induce á Le Dantec á substituir la noción de vida -universal por la noción más exacta de lucha universal. «Ser es luchar; -vivir es vencer.» Y tal sentencia, que el solo espectáculo del mundo -debió sugerir al hombre de las cavernas hace incalculables siglos, -resulta, á pesar de las doctas lucubraciones sobre la fraternidad de -San Agustín y los discursos sentimentales de los _pacifistas_, tan -verídica en lo que atañe á la materia como por lo que toca al espíritu. -El carácter belicoso y la condición cruel son los lazos de parentesco -que unen estrechamente los fenómenos físicos, vitales y morales. Los -instintos, sentimientos é ideas luchan también por el espacio y la -dominación. Y sus luchas y tiranías no son menos cruentas que las rudas -batallas de los elementos sexuales por el patrimonio hereditario, ó -los combates heroicos de la humilde amiba con el medio ambiente, ó las -feroces riñas de los hombres en la conquista del pan, de la gloria ó de -la mujer. - - - - -EL aspecto de un cerebro ó un alma después de sufrir las invasiones de -los bárbaros de ideas y sentimientos no familiares, debe de parecerse á -un fragoroso campo de batalla cubierto de cadáveres, ruinas, fugitivos -escuadrones y soldados ébrios de sangre y de victoria. ¡Hecatombes, -incendios, gritos de dolor, dianas triunfales! Jamás he percibido bien -la radical diferencia que á lo que parece existe, entre las luchas de -los ejércitos y las luchas de las ideas, ni creo que éstas sean de otro -linaje ni menos mortíferas. Las tiranías de la pluma parécenme tan -despóticas como las tiranías del sable y acaso más, si se considera que -las opresiones mentales, aparte su ingénito encono, violan sin piedad -lo realmente sagrado del individuo: los altares de la conciencia y del -alma. Por eso, sin duda, humorística, pero profundamente, decía el -dulce y maleante Renán: «más vale el soldado que el sacerdote, porque -al menos el soldado no tiene ninguna pretensión metafísica». Así -delataba con sutil socarronería, el carácter despótico y fanático de -los imperios espirituales. - -Extraño é ingenuo prejuicio, en verdad, el que nos ha inducido en -todo tiempo á someternos humildemente á las coerciones hipócritas de -la Idea, creyéndola de otra prosapia más conspicua que las resueltas -coerciones del Factum. Cuántos furibundos anatemas y saetas envenenadas -dispara diariamente el idealismo á lo Cousin contra las iniquidades -de la fuerza bruta, y cuántas frases crespas y huecas no deposita, -como ofrendas de miel y de flores, á las plantas de la severa Palas... -vestida de punta en blanco y presta para el combate, porque es -combatiendo, porque es por medio de la destrucción y la conquista, -que la diosa de los ojos fríos y claros extiende sus dominios en las -tierras del alma... La Razón es esencialmente guerrera y dominadora. -Las ideas no son vírgenes tímidas de albas manos y blando corazón, -mas intrépidas amazonas que en los riscosos campos de la conciencia, -toman feudales castillos; entran á saco villas y ciudades; incendian, -matan, destruyen los templos y las mieses, y hacen prisioneros y -esclavos. Una modesta, una humildísima sensación se introduce á hurto -en el receptáculo misterioso de la célula nerviosa; sigilosamente se -atrinchera allí; congrega, muy luego, en torno suyo otras sensaciones -hermanas y al mismo tiempo combate y destruye poco á poco, pero -tenazmente, las sensaciones antagónicas: así dilata sus _zonas de -influencia_ á los centros nerviosos; conquista después de muchas -maniobras prolijas, las fuertes posiciones de los lóbulos cerebrales; -invade los dominios del alma, haciendo riza y estrago de todo lo que se -opone á su marcha triunfante, y sale, por fin, en son de guerra, audaz -y avasalladora al mundo exterior para transformarse, ejerciendo las -mismas violencias, en hechos reales é imperar sobre otros hechos. - -Y al modo de la idea, instintos, pasiones y sentimientos nacen ó -mueren, crecen ó menguan, dominan ó caen en esclavitud gracias á las -mil formas de selección que reviste el juego universal de la fuerza. -Aun las cosas más delicadas y de cándida apariencia están sometidas á -las duras leyes de aquel juego y á su vez las practican cruelmente. -¿Qué son las intenciones en el arte sin la virtud, el don y la gracia; -sin el divino _poder_ de animar con un eurítmico soplo la materia -inerte y las formas inarticuladas? ¿Qué la grandeza moral sin las -severas disciplinas que torturan y dislocan las inclinaciones naturales -á fin de hacerlas encajar en los ortodoxos moldes de la regla? ¿Qué la -inteligencia, sin las tiranías y absolutismos del orden, del método; -sin la facultad despótica de clasificar los fenómenos, establecer -similitudes y descubrir las secretas é inefables correspondencias que -introducen una musical jerarquía en el reino de lo caótico, informe y -confuso? - -El estro poético y la nobleza del carácter, el prestigio del héroe y -la virtud de la idea no tienen, mal que pese á nuestras magníficas -ilusiones, otra genealogía que la de los hechos cesáreos. Ideas y -sentimientos parecen no ser, aunque nos asombre y acongoje, cosas -específicamente distintas de la energía creadora, sino modalidades -supremas de ella; cristalizaciones perfectas del espíritu, semejantes á -las cristalizaciones regulares del reino inorgánico, á las que tiende -la fuerza madre impulsada, sin duda, por extraña y fatal inclinación. -La armonía misteriosa de un organismo, de un alma ó de un mundo -tuvieron, mientras el conocimiento real de las causas permaneció -silencioso, el excelso y común origen en la inteligencia divina; -pero ésta fué el símbolo de la ignorancia y del azoramiento humanos -que bordó la encantada imaginación de las religiones sobre el tenue -cañamazo de un universo quimérico. Formidables intuiciones invitan hoy -á pensar que no existe otra Inteligencia que la inteligencia de la -materia, ni otra Razón que la razón física, ni más Harmonía que los -pasajeros equilibrios de una eterna lucha. - -Sea en el mundo físico ó en el mundo moral, en el corazón ó en el -cerebro, el principio que todo lo vivifica, es la voluntad de poder y -dominación que diría Nietzsche, ó más propiamente aún, el ejercicio -de la fuerza. Las guerras religiosas y las rivalidades enconadas de -las sectas y escuelas entre sí; las herejías y los cismas combatidos -por el fuego y por el hierro; las persecuciones feroces de los -idealistas; las revoluciones _rojas_ de los teóricos, y la propensión -irrefrenable de las Iglesias y las filosofías á convertir el influjo -moral en Poder, muestran hasta qué punto los principios activos de la -fuerza, aunque disfrazados por ideales máscaras, ordenan las maniobras -de las huestes espirituales para la conquista y sumisión del mundo. -Los aparatos y máquinas de guerra cambian en las diversas contiendas -por la dominación, pero el _resorte_ es el mismo bajo la engañosa -disparidad de las formas. Los ejércitos emplean armas y estratagemas; -la diplomacia razones y argucias; seducciones y dulces violencias el -amor; imperativos categóricos las morales, y las religiones milagros -para convencer, recompensas para seducir y terrores para dominar. -Nada escapa á la tremenda ley que ordena imperiosamente á todas las -cosas reñir y asesinar. Cuanto existe en el cielo y la tierra es una -conquista: el fruto del crimen y del robo; cuanto nace ó se forma en -el tiempo y el espacio: la opresión de la fuerza triunfante sobre -la fuerza vencida. Los peces grandes devoran á los pequeños, las -microscópicas bacterias al hombre, los pensamientos robustos á los -débiles, los dioses á los dioses. Nos alimentamos de la carne viva de -los otros. Mas sirva de triaca á tanto dolor y de consuelo á tristeza -tanta, que de esta lucha eterna y sin cuartel de los elementos, los -organismos y las voluntades nacen los astros, los seres y las almas... - -La fuerza sólo es real, y su ejercicio la causa primera de lo existente -y la condición necesaria de la vida. - - - - -ESTA verdad, monstruo que con uñas de diamante desgarra la piel -femenina de la celeste ilusión, tiene sólo de nueva el haber sido -anunciada formalmente y lanzada con grande estruendo á los cuatro -puntos cardinales por las líricas trompetas de Nietzsche, y, sobre -todo, el que éste hiciera de la antiguaya de Heráclito, la enjundia -de su doctrina filosófica y la substancia crítica disolvente de las -morales que liban aún el néctar de la sabiduría en los labios divinos -de los grandes iniciados, desde Rama hasta Jesús. - -Las ideas-bacantes de Nietzsche, cual si fueran seguidas del bullicioso -cortejo de Pan, introducen el desorden, el ruido y la alegría en la -ceremoniosa corte del pensamiento ortodoxo. Los instintos prepotentes, -las pasiones fogosas y desmandadas, los egoísmos vencedores, y el -orgullo satánico: - - «Qui nous rend triomphants et semblables aux Dieux». - -apetitos, concupiscencias, ímpetus rebeldes salen en tropel de -las lóbregas mazmorras en que los aprisionaron Apolo y Cristo, y, -revelándose contra sus irreconciliables adversarios, pretenden -arrebatarles el cetro del mundo. Á la religión del Alma, sustentada -con grande penuria á los flacos pechos de la metafísica, y enemiga -de la Naturaleza y la realidad, sucede la religión de la Vida, que -se nutre en las morenas y ópimas mamas de la tierra, no reconociendo -otras reglas ni leyes que las que ella misma se dicta para asegurar su -reinado. La filosofía de la historia y la historia de la filosofía, -proclaman de consuno la legitimidad de aquella desconcertante sucesión, -y hasta la ciencia parsimoniosa, despojando con un gesto impasible y -cruel á Psiquis de la inmortalidad para conferírsela á la materia, -fortifica el novísimo culto y establece su noble celsitud. Lo inmortal -no es el alma, sino el _plasma germinativo_, depósito minúsculo y -misterioso de la conciencia del mundo y del jugo potencial de todas -las generaciones, que éstas se transmiten, por medio del acto genésico, -como una herencia sagrada y eterna... - -Ya la poética imaginación de los griegos simbolizaba en la Carrera -de la Antorcha, ese juego divino de la Vida; y las fiestas de Osiris -en Egipto, las Dionisíacas en Grecia, las Priapeas en Roma, las de -Demeter en Sicilia, unidas á los juegos atléticos y á los cultos -cándidos ó torpes de la fuerza generatriz en muy incipientes ó colmadas -civilizaciones, dan indicios inequívocos del instinto seguro, aunque -mal interpretado á veces, de los derechos de la naturaleza y de la vida -que siempre indujo al hombre á la adoración de la animalidad humana en -su impuro, pero fecundo esplendor. - -Dios muere y los dioses resucitan. Otra vez reanúdase, con más ahinco -y encono, el duelo á muerte del espíritu y la materia, del alma y del -cuerpo, de la razón y del instinto. Sólo que esta vez el instinto, -el condenado instinto de las religiones, aparece en la palestra -nietzsquiana armado de las fuerzas naturales y luciendo el mágico -penacho del poder de crear las ilusiones propicias á la existencia -que la Razón tiende torpemente á destruir con sus construcciones -artificiosas, ironías y escepticismos. Y la elección de la Vida -entre aquello que la propaga y robustece, y aquello que la amengua -y desvirtúa, no puede ser dudosa. Lo bueno, lo justo, lo verdadero -es lo favorable á ella; lo malo, lo injusto, lo falso lo que á ella -se opone. El mundo moral, el mundo de la idea: la verdad imaginaria -opuesta _á lo que es_, se desvanece y surge el mundo de las realidades -indestructibles y las verdades útiles parido con dolor por una nueva y -próvida Fatalidad. Y aquí se produce la _transmutación de valores_ que -indujo al gran revolucionario de la filosofía á oponer con magnífica -pompa verbal y mefistofélico empaque, lo que nadie osó: á la pequeña -inteligencia del cerebro, la grande inteligencia del instinto; á las -falsas jerarquías del derecho, caprichoso y sentimental, las legítimas -jerarquías que, en todos órdenes de cosas, establece la fuerza; á la -piedad del individuo, virtud egoísta de los débiles, la _piedad de la -especie_, don de las almas heroicas; al amor del hombre, venero de una -humanidad doliente y apocada, el culto del _superhombre_, germen de -la vida desbordante de belleza y generosos ímpetus; á la destructora -_moralina_ de los esclavos, la moral creadora de los _aristos_; á la -religión de la paz y la humildad, la religión del esfuerzo y de la -lucha trágica contra el Destino; á los mandamientos seráficos de Jesús, -que nos desarraigan de la tierra y convierten en sombras vagorosas y -fantasmas del miedo, los mandamientos de las leyes inexorables que -rigen al universo todo, los cuales vuelven al ensoberbecido primate al -seno de la Naturaleza y lo nutren de sus truculentos jugos. - -En la intrincada selva de Zaratustra, donde se oye la flauta de Pan y -retumban las carreras de los centauros, las virtudes ascéticas huyen -despavoridas, como vírgenes medrosas, ante las desatadas pasiones y -libres fuerzas naturales, faunesas fecundas, que coronan de frescos -pámpanos la bicorne testa de Dionisos y restablecen en culto del riente -dios. La esencia de la filosofía de Nietzsche, de quien panegiristas -ó detractores tienen, por lo general, un conocimiento harto sumario y -epidérmico, está concretada y contenida en las siguientes afirmaciones: -la voluntad de dominación es el nervio del mundo: todo tiende á ocupar -más espacio; la Vida, la única cosa sagrada, se dicta sus leyes y -fines, que no tienen otro objeto que el de asegurar la triunfante -expansión de la vida, lo cual entraña la adoración de la fuerza como -origen y medida de todas las cosas, y el amor de la existencia, no -como espectáculo transcendente y finalista, sino como espectáculo -estético. Y este estetismo heroico, sin enjundia en apariencia, es -lo que impide á Nietzsche de caer, como su maestro Schopenhauer, en -el abismo del nirvana. Ambos afirman que el mundo no tiene finalidad -alguna y que lógicamente no cabe explicarlo; concuerdan también al -figurarse que la esencia de la vida es el ejercicio de la fuerza, á la -cual, por darle un nombre más concreto y á la vez menos objetivo, _que -no suponga el conocimiento imposible del fenómeno_, llama el maestro -voluntad de vivir y el discípulo voluntad de dominación; pero aquí se -separan, divergen y mientras Schopenhauer, impelido por los resabios -de su íntimo comercio con Buda, quiere abolir toda individuación, todo -egoísmo, todo deseo para llegar á la inefable _euthanasia_ y escapar -al dolor, Nietzsche llama á sí los dolores, pasiones, instintos y -exasperadas apetencias del alma, á fin de embravecer en la criatura -la voluntad de dominación, hacer más terrible la lucha del deseo -insaciable y aumentar de ese modo el precio, la hermosura y la sombría -majestad de la existencia. El culto trágico de la vida y el estetismo -heroico florecen entonces ufanamente, como rosales de rosas escarlatas -y jocundas, cultivadas por el altivo Don Juan en el acerbo jardín de -las Furias. - - - - -MAS la voluntad de vivir y la voluntad de dominación, que á veces las -sutilezas del raciocinio transforman en la boca de los filósofos en -entidades metafísicas son, al parecer, dos interpretaciones, digámoslo -así, de la fuerza á secas, de la energía ó principio generador del -universo, y según todas las apariencias y probabilidades, también -de las almas, como son igualmente interpretaciones de ese principio -dinámico, si se hunde el escalpelo en el riñón de las cosas, el _agua_ -de Tales de Mileto, el venerable precursor de Quintón, y el _fuego -viviente_ de Heráclito; lo _indefinido_ de Anaximandro y la _unidad -absoluta_ de los alejandrinos; la _idea_ de Platón y la _actividad -pura_ de Aristóteles; la _substancia única_ de Spinoza, y, por decirlo -todo, la _causa primera_ de las filosofías y lo _divino_ de las -religiones. - -El vergonzante cuanto contumaz intento de reducir las causas -generatrices de lo creado á un solo principio y establecer la unidad -de naturaleza física de todos los fenómenos, se columbra aquí y allá, -como un errante fuego fátuo, entre las tinieblas de la filosofía de -Jonia y Abdera; en la del Pórtico, y, en general, en todo el panteísmo; -tiene sus chispazos y vislumbres en plena Edad media; se formula -más ó menos categóricamente en las estrambóticas explicaciones del -iatro-mecanicismo y del iatro-quimismo, y se depura y acicala en -la moderna escuela materialista, hasta aparecer, por fin, como una -afirmación razonada y formal, en la concepción unicista ó monista -del universo y la doctrina físico-química de la vida, á las que han -prestado últimamente eficacísimo concurso, el formidable trabajo de -los laboratorios y, sobre todo, considerándolos de cierta manera, los -desconcertantes descubrimientos de Le Bon y Burke. - -Las concluyentes experiencias del primero, muestran, entre otros -portentos, que los indivisibles é inmortales átomos de Demócrito y -Epicuro son, en realidad, diminutos y colosales depósitos de la -energía dispersa en el universo, la cual en efluvios magnéticos, -emanaciones de distinta índole y explosiones perennes y varias de la -misma naturaleza que la luz, la electricidad ó el calor, abandona las -prisiones del átomo y retorna al éter de donde salió, formando por -tal arte, el maravilloso puente aéreo que una la materia ponderable -á la materia intangible... De este inopinado modo aparece la radio -actividad, que en mayor ó en menor grado poseen todos los cuerpos, -y que es el fenómeno específico de su disociación ó muerte, como el -último suspiro de la materia antes de volver á la nada... Pero, en -verdad, ¿es la vuelta á la nada? ¿la muerte dulce y silenciosa de la -materia indestructible? ¿la substitución del dogma clásico «nada se -crea, nada se pierde,» base de la química y la mecánica, por la fórmula -heterodoxa «nada se crea, todo se pierde»? Sí, desde luego, si el éter -de donde salió la materia y adonde vuelve al fin, siguiera siendo para -nosotros la nada, por escapar á nuestros medios de apreciación; pero -no es probable que siga siendo así. Las grandes fuerzas del universo -son sus manifestaciones. La mayor parte de los fenómenos físicos no son -posibles sin su existencia. Le Bon acierta á imaginarlo, al igual de -la materia, como un milagroso equilibrio de la energía, sólo que móvil -é intangible, «fuente primera de las cosas y último término de ellas». -Lord Kelvin supone que el éter es un sólido dotado de extraordinaria -elasticidad y que llena todos los ámbitos del espacio. Para algunos -físicos, y no de los menos célebres y autorizados, la molécula material -es sólo éter. De todas maneras y como quiera que se mire, el éter es -algo, y lo que resulta del cómputo y coordinación de tantas abstrusas -hipótesis é indiscutibles certezas, es que la materia parece á todas -luces una forma de la energía universal contenida en el éter; que -materia y fuerza son la misma cosa, y que entre el mundo tangible y el -mundo inmaterial no existe ningún abismo. Los efluvios sutiles de la -radioactividad, ni completamente materiales ni completamente etéreos, -participan de las dos naturalezas y unen los dos mundos. - -Por su parte, los discutidos y zarandeados experimentos del sabio -profesor de Cambridge, sobre la generación espontánea, hacen, cuando -menos, vislumbrar el misterioso tránsito de la materia inerte á la -materia organizada. Los _radiobos_, los artificiales animálculos -producidos por la acción del radium sobre la gelatina esterilizada, -ofrecen singularísimo parentesco con la materia viviente, y aunque -el rigorismo científico de los institutos les rehuse el carácter de -bacterias, puede admitirse, sin cándida credulidad, que aquellos -semi-organismos, engendrados por un embrujo del hombre, constituyen, -mejor que el cristal, el eslabón precioso que une lo inanimado á lo -animado. - -Aún la vida, como el Homúnculos de Wagner, no ha surgido inquieta de -la panza fecunda de las retortas; pero las distancias, tenidas por -insalvables, entre los mundos orgánico é inorgánico que mil analogías y -correspondencias intrínsecas aproximan y confunden, se reducen á cada -nuevo descubrimiento y no tardarán en desaparecer en absoluto, como -van en camino de hacerlo, á la par de los dioses, dogmas y augustas -entidades de la teología y la metafísica, las viejas murallas de la -China y los místicos fosos que separaban celosamente los dominios -linderos del cuerpo y del alma. - - - - -ASEGURABA el honestísimo Taine que «las mismas leyes rigen al hombre -y á la piedra del camino». Esta afirmación inaudita y escandalosa en -su época, va convirtiéndose, limada de ángulos y puntas por el uso, -en certidumbre cuasi burguesa ó trivialísima verdad, sobre todo desde -que la síntesis de los conocimientos actuales afirma, implícita y aun -formalmente, el común origen del mundo físico, del mundo orgánico y del -mundo moral. En efecto, á pesar de las travesuras del neo-vitalismo y -las argucias de la metafísica, en lo palpable, en la juridicción de -los hechos susceptibles de un principio, al menos, de demostración, -el avance de las ciencias concurre por vías distintas y múltiples á -destruir las viejas dualidades de la materia y la energía, de lo -inerte y lo animado, de la bestia y del hombre, del cuerpo y del alma, -dividida asimismo, según Pitágoras y Aristóteles, en la Noûs ó alma -pensante é inmortal, y la Psiquis ó alma vegetativa y perecedera. Las -manifestaciones vitales son consideradas por una novísima doctrina que -goza de gran predicamento, como metamorfosis _energéticas_ de idéntico -modo que las demás manifestaciones de la luz ó el calor; otra, no -menos en boga, arguye que la vida parece distinta de la fuerza y el -pensamiento distinto de la vida, porque el análisis no ha llegado á su -sazón aún, y, en general, los sabios proclaman, sin ambages ni miedo á -los inquisitoriales potros, que las piedras _viven_ y _mueren_, que los -metales se _fatigan_, que la materia, aun la más pesada y consistente, -es una cosa animada, velocidad pura, una forma estable de la fuerza; -la vida, un _complexus_ de operaciones físico-químicas de la misma -naturaleza que las que dan origen al _individuo cristalino_, el cual -nace, asimila y se reproduce de un modo casi idéntico á como lo hace -la substancia viviente; la inteligencia, una máquina explosiva de más -rápidos efectos, pero no de distinta fábrica, que la inteligencia bruta -directora de la maravillosa adaptación de los órganos sexuales de -las plantas para ser fecundados por los insectos, ó preparado en el -andar de los siglos, los faros luminosos de los halosauropsis, á fin -de que éstos puedan servirse de sus órganos visuales en los abismos -tenebrosos del mar, adonde no llegan las ondas clementes de la luz... -Todo vive de la misma vida y una es el ánima de toda cosa. Y lo que -más espanta y maravilla es que esa ánima guerrera, esa actividad -creadora y á una mortífera que los físicos descubren en las entrañas -del átomo, los fisiólogos en la célula viva y los psicólogos en los -orígenes del pensamiento, los moralistas, con zozobra y pasmo, empiezan -á columbrarla en el fondo del acto moral y en el corazón de las -sociedades. - -Parando mientes en tales hechos, y aun contra las protestas y ascos -de nuestra indignada voluntad, difícil es no caer en la pecaminosa -tentación de atribuir los fenómenos físicos ó morales á la causa -generadora--fuerza, energía ó movimiento--que ya buscaron en sus hornos -tenebrosos los alquimistas medioevales. Llamémosle fuerza, porque -es el término empleado corrientemente en la explicación de todos -los fenómenos. Ella une estrechamente los seres y las cosas como -el hilo de seda las diferentes perlas del collar; ella dirige en la -orquestación del universo, las inverosímiles arquitecturas moleculares -y las construcciones pasmosas del espíritu; ella, finalmente, se impone -cada vez con más tiranía al entendimiento como el _principio único_ del -que serían portentosos atributos por orden cronológico, la materia, la -vida, la inteligencia, el alma... - - - - -ESTE monismo archi-materialista, no barruntado por Heráclito en la -remota antigüedad, ni tampoco por Spinoza, ni Goethe, ni el mismísimo -Haekel en los tiempos modernos, traería aparejadas catástrofes -inmensas en el orden moral, y, por añadidura, sorpresas apocalípticas -para nuestro orgullo infanzón de vástagos del Espíritu, así que los -pacientes y sapientísimos varones que exploran la razón de las cosas, -empezasen á descubrir los gérmenes terribles de la fuerza en el alma -blanca de lo Bello, lo Bueno y lo Verdadero... Acaso va á desarrollarse -ante nuestros ojos estupefactos el grande drama del mundo que, en los -abismos de la conciencia _sublimal_, viene preparándose sigilosamente -desde luengos siglos. Es posible. El aire huele á tormenta. Sea lo -que fuere, lo cierto y lo que está al alcance de cualquier quisque, -á poco de haber rumiado en las aulas algunos desperdicios de ciencia -filosófica, es que desde el naturalismo jonio acá; desde que las -cosmogonías y las éticas pierden su carácter divino y se convierten -en explicaciones naturales del universo y la conducta, los fermentos -activos de la fuerza entran más ó menos secretamente en la composición -de las ideas. El _amor propio_ de La Rochefoucauld, que es, en último -término, una forma obscura y ambagiosa del limpio y franco _deseo -de poder_ de Hobbes; el _derecho natural_ de Spinoza; el _instinto -de soberanía_ de Mandeville, primo carnal del _instinto invasor_ de -Blanqui y de la _fuerza fundamental_ del ser humano de Stirner; el -_interés_ de Helvecio, Bentham y del utilitarismo; el _principio -selectivo_ de Lamark, Darwin y la escuela evolucionista; el _mayor -motivo_ de Spencer y las mismas _ideas-fuerzas_ de Fouillee, y, por -último, la _expansión de la vida_ de Guyau y la _voluntad de poder_ de -Nietzsche, principios más universales de la conducta, tentado estoy -de decir que no son otra cosa, en substancia, que el reconocimiento -teórico más ó menos implícito de la energía _combativa_ que, en la -práctica, ha dirigido los movimientos armónicos ó desordenados del -alma humana. - -Pero hay más. De un modo preciso ya el estupendo Heráclito nos advierte -que la guerra es la madre de todas las cosas; Hobbes y Spinoza aseguran -que el derecho natural es el derecho del más fuerte, y Pascal que la -fuerza «es una entidad que no se deja manejar como uno quiere porque -es una calidad palpable, en cambio que la justicia es sólo una calidad -espiritual de la que se puede disponer caprichosamente», de lo que -deduce que «no pudiendo hacer fuerte lo justo, se ha hecho justo lo -fuerte»; Vaunenargues afirma «que todo se ejecuta en el universo por -la violencia», formulando antes que Darwin, como ya lo había hecho -Lucrecio en la antigüedad, la ley de la lucha por la vida, «la más -absoluta é inmutable de la Naturaleza»; Helvecio, cortando por un -inopinado atajo del humanitarismo, á la manera de tantos apóstoles de -los ideales fraternos, como Prudhon que acierta á ver en «la _dignidad_ -la cualidad altanera que empuja al hombre á la dominación de los otros -hombres y á la absorción del mundo» ó Anatole France, quien con su -sonrisa bondadosa nos dice que «vivimos de la muerte de los otros», -pronuncia esta diamantina sentencia: «La fuerza es un don de los -dioses. Armándote de esos brazos membrudos el cielo te ha declarado su -voluntad. Huye de estos lugares, cede á la fuerza ó combate», bellas y -crueles palabras, hijas del mismo numen inspirador que hace ponderar -á Kant los efectos saludables del antagonismo, de la discordia y del -_deseo insaciable_ de posesión y de mando, y deja caer de los verídicos -labios de Carlyle las duras é inmaculadas perlas de su idealismo -altanero y señoril: «La fuerza bien comprendida es la medida de todo -mérito; toda realidad durable es justa porque demuestra su acuerdo con -las leyes eternas de la Naturaleza; el derecho es el eterno símbolo -de la fuerza». De modo que el derecho y la fuerza son idénticos, la -realidad es la verdad, «la cosa fuerte es la cosa justa»; lo cual -induce, como la _Idea_ de Hegel, de la que toda realidad es un momento, -á la glorificación del hecho, á legitimar la _misión histórica_ de los -maestros alemanes y las _aplicaciones prácticas_ de Bismark; á concluir -con Strauss que «la Necesidad es la Razón misma» ó con Nietzsche que -el derecho es un legado de la Fuerza, y el Bien y la Verdad, formas -antiguas de ella. - -Con estas trazas é invenciones desaparecen no sólo del mundo moral, -sino también del mundo lógico, todo principio divino ó racional, -toda evaluación humana que no sea una cristalización maravillosa -de la Fuerza, la _tabla de valores_ ideales que por necesidad y -utilidad un grupo dominante de hombres supo imponer á otros grupos y -que después se erigen en dogmas, en verdades religiosas, en reglas -morales. De donde se infiere rigurosamente que las reglas morales, las -verdades religiosas y los dogmas, no son otra cosa, en el fondo, que -transformaciones y prolongaciones utilitarias de la Fuerza. - - - - -MAS, pasando de las ideas al gobierno del mundo y práctica de la vida, -los glorificadores de la fuerza, el éxito y el valor--entre los que -se podría incluir sin menoscabo en medio de Maquiavelo, Stendhal y el -famoso conde de Gobineau, al dulcísimo Renán,--tienen precursores tan -remotos y venerables como los sean Heráclito y Lucrecio en el terreno -de la especulación filosófica. Mejor que Hobbes, el viejo y curioso -Calicles, nos da un modelo acabado de doctrinas ultra-aristocráticas -é individualismo razonante y feroz, que muy bien pudieron inspirar -el imperialismo seleccionista de Darwin y Spencer; el imperialismo -_apolónico_ del profesor alemán; los evangelios políticos del gran -Federico y de Bonaparte, y hasta el paradójico «Crimen considerado -como una de las bellas artes», de Tomás de Quincey, pues ya el -representante de la aristocracia jónica en uno de los más famosos -Diálogos de Platón, veía en el crimen, antes de Weiss, quien asegura -«que es hermoso un hermoso crimen», ese elemento de heroísmo y belleza -reconocido siempre por las multitudes en las fechorías y desmanes -de los bandoleros famosos. Y es que antes de los glorificadores de -la fuerza vencedora, el corazón fué siempre devoto de ella. En la -admiración secreta, vergonzante, pero profunda que, á pesar de nuestros -arrechuchos humanitarios, nos inspira el egoísmo avasallador de -Bonaparte, las cínicas dobleces de Bismark ó la ferocidad del bello -Borgia, á quien muchos delicados artistas llaman con delectación -el divino, existe una aceptación tácita de los derechos inhumanos -del gorila más membrudo; una consagración íntima de lo que es -_naturalmente_ legítimo, y, al mismo tiempo, una incoercible simpatía -que en vano tratamos de disimular, hacia las reivindicaciones de la -naturaleza, muy semejante á la que nos mueve, mal nuestro grado, á -perdonar las faltas y hasta los dolos y crímenes que como un bandido -romántico suele cometer Eros, contra el orden consagrado por el -artificio de las leyes. - -Esta simpatía entusiasta y cariciosa, que hunde sus profundas raíces en -lo inconsciente del alma popular, se hace visible en las mitologías, -afabulaciones divinas de las fuerzas naturales; fulgura como la -lumbre del encendido carbón, en las sonantes estrofas de poetas -épicos y cancioneros, quienes glorifican, sin sospecharlo, en el -coraje y la belleza dos maravillas ó embrujos del mismo _daemon_ que -dispone sabiamente las alas para el vuelo y los pies para la carrera; -y transciende de un modo manifiesto en las leyendas de las edades -heroicas, donde, sin subterfugios, imperan los hombres de más grande y -duro corazón: _les bêtes de proie hiperboreens_, los _eugénicos_, los -hombres de presa, en fin, nacidos para dominar, tenaces é indómitos en -los cuerpo á cuerpo con el Destino, pero á la vez los más obedientes -y aptos para acatar, sin interrogarlas, no las leyes eternas de Dios, -como diría Carlyle en su lengua inspirada, sino de la Naturaleza, de -la Vida, de la Fuerza, que es lo divino en el universo confuso que al -hombre le es dado penetrar y comprender. - -Y he aquí, acaso, el secreto del amor instintivo é irresistible del -alma, por todo lo que triunfa, domina y prevalece. - -Es la dulce cautiva, enamorada siempre detrás de los barrotes de su -prisión del terrible y hermoso caballero que la hizo prisionera. - -El prestigio de los héroes, grandes capitanes, profetas dulces ó -ceñudos y hasta de los dioses, nace de que unos y otros, aunque de -distintas maneras y en diferentes grados, aparecen revestidos á los -ojos de las multitudes con los atributos marciales de la Fuerza, que -son los de la Divinidad. Un Dios que no opera milagros para mostrar su -poder, no goza de buena salud. Por eso, sin duda, los artistas de la -Grecia adivina y reveladora, ponían el rayo en las manos de Zeus y en -las de su hija Palas, la diosa de la razón, una lanza y un escudo... -Los héroes y los dioses son tanto más grandes cuanto más osados y -terribles. Diríase que el Alma, la cautiva lánguida y suspirante, no -reconoce ni se deja seducir por otros atributos ni prestigios que los -de la Fuerza, y de ahí que los invoquen y se vistan con ellos, desde -los emperadores de férrea armadura hasta los caballeros andantes que -ostentan en el escudo el cisne de Lohengrin, todos los que pretenden -atraerla, seducirla ó dominarla. - - - - -CONSIDERANDO el extraño é íntimo parentesco de lo divino y de la -Fuerza, se ofrece al espíritu una inquietante conjetura que, á ser -verdad, podría resolver por modos no pensados, grandes misterios y -terribles antinomias. Si el último término del análisis de la materia -es la fuerza, como parecen probarlo muchas hipótesis, y, sobre todo, -las curiosísimas investigaciones de Le Bon; si la vida y la muerte no -son otra cosa que las perpetuas transformaciones de ella; si á sus -misteriosas reacciones deben los mundos la existencia y estabilidad -en el espacio infinito; si ella es la razón única de todas las cosas, -de donde todas salen y adonde todas vuelven, puesto que todo sale del -éter y todo retorna á él, y, finalmente, si la condición de la vida -y del pensamiento es la lucha sin reposo, el ejercicio de la fuerza -obedeciendo á la suprema armonía de sus propias é infalibles leyes, la -Fatalidad de los vates, la Inteligencia de las religiones y la Razón de -los filósofos estuvieran contenidas en el alma infinita de la Fuerza; -el mundo mismo fuera su emanación, lo cual explicaría que todas las -cosas participasen de la naturaleza combativa de aquélla, y en el trono -de la divinidad usurpadora se asentaría radiosa y triunfante la virgen -señuda y de duro corazón. La Fuerza sería Dios y Dios un hombre y una -hechura de la Fuerza... - - - - -LO terrible de esta sacrílega conjetura es que tiene todos los visos -de la turbadora verdad que ya los griegos, maestros en toda clase de -intuiciones, vislumbraron en la naturaleza y en el alma humana. Sus -dioses fueron la _divinización_ ingenua y encantada de las fuerzas -naturales, y también de la fuerza invisible de que ellos se sentían -depositarios. El Dios de las religiones monoteístas, producto más -complejo de la alquimia mental, pero no de distinta esencia que las -divinidades paganas, podría ser muy bien la reducción de éstas á -una sola, ó de otro modo, la _diosificación_ de la fuerza total, -anunciada por tantos pensadores, que dicta sus sabias leyes al mundo -de la materia, la vida y el entendimiento. Fuera de que todas las -divinidades se decoran y engalanan con los fascinantes atributos del -poder, cual si hicieran impensadamente gala y ornato de su terrible -linaje, en el limo milenario de las creencias primitivas quedan como -restos fósiles, indicios indelebles de las necesidades fisiológicas y -de las razones utilitarias que seguramente determinaron, en la cándida -aurora del mundo, la formación de las religiones y las morales. - -En la dura infancia de Atenas, Esparta y Roma, la religión, que -absorbía todos los poderes para cumplir mejor el grave cometido que el -instinto vital la confiaba secretamente, pudo mostrarse, como lo afirma -Fustel de Coulanges, extraña ú hostil á los intereses y conveniencias -de la sociedad y del Estado, sobre todo cuanto estos intereses y -conveniencias no eran consonantes con los que ella defendía ferozmente, -como una loba á sus cachorros. Mas en época ninguna se mostró la -religión hostil ó extraña, en realidad, á los intereses de la Vida. -Las instituciones y leyes de la ciudad fueron implantadas porque la -religión lo quiso, no por razones de utilidad civil, es cierto; pero -no es menos cierto que la religión lo quiso precisamente porque eran -cosas útiles. Los intereses divinos siguen las evoluciones de los -intereses vitales, como la sombra ligera los movimientos del cuerpo, -y si, por cualquier causa, no lo hacen pierden su valor y degeneran -en prácticas ociosas. En las mismas páginas de «La Cité Antique» -no es difícil empeño el constatar hasta qué punto la organización -religiosa de las sociedades, estudiadas por el sesudo y experto Fustel -de Coulanges, obedecía á fines altamente utilitarios. El carácter -sacerdotal del padre y el culto de los muertos, unían estrechamente las -generaciones. Cada hogar era un templo donde se acumulaba y mantenía -religiosamente, de padres á hijos, la fuerza del pasado. Agrupados los -miembros de la familia alrededor del humilde altar en el que ardía en -mansa dulcedumbre la leña sagrada, sentíanse herederos y tributarios -de la llama viviente de que el fuego sacro era símbolo, y robustecían -unánimes, en el mismo culto, las virtudes domésticas conservadoras de -la preciosa célula social que atesoraba los gérmenes de la humanidad -futura. Los dioses Lares la protegían celosamente, y el cerco sagrado -de Términus barbudo aislábala de los extranjeros y de toda influencia -extraña al culto familiar y por lo tanto corruptiva y deletérea. -Luego, al unirse las familias en curias y tribus para constituir la -ciudad, nacen los dioses y las reglas morales que protegen á ésta, -facilitan la unión de los elementos que la componen y crean las -costumbres y prácticas religiosas menos hostiles á la plebe, sin fuego -sagrado en el hogar, vale decir, sin antepasados ni religión. Los -Lares y Penates se transforman entonces en divinidades nacionales. Más -tarde, cuando las perentorias urgencias ambientes piden y reclaman -que se fundan los grupos humanos y dilaten los estrechos límites de -la ciudad, los dioses crueles se humanizan y abren los anquilosados -brazos á los recién venidos. Por último, llegado el solemne instante -de la comunión de los pueblos, preparada laboriosamente, mucho antes -del advenimiento del cristianismo, por los discípulos de Pitágoras, -Anaxágoras, Zenón, los sofistas y los poetas de ideas contrarias á las -divinidades nacionales y propicios al cosmopolitismo del cerebro y del -corazón, aparece el Dios único, que no rechaza hosco al extranjero, y -une en amoroso abrazo á los hombres de todas las clases y patrias. Pero -esto era precisamente lo que necesitaba la evolución de las sociedades. - -Diríase, observando el carácter protector de las religiones y las -morales, que unas y otras no tuvieron más objeto que el de establecer -la supremacía y favorecer la supervivencia, en un momento preciso de -la historia, del grupo más rico de savia vital é ilusión favorable -á la conservación de la especie, formando para ello con los dogmas, -reglas, virtudes, cilicios y disciplinas el caldo de cultura moral, -digámoslo así, en el que la misérrima, aunque dominante colonia humana, -pudiera absorber mejor los jugos de la vida. Es por este orden de -ideas que, sin mayor audacia, puede aseverarse, no sólo que el bien y -la verdad son dos formas antiguas de la Fuerza y el derecho un legado -de ella, sino que Dios mismo, bueno ó malo, cruel ó piadoso, guerrero -ó pacífico, según los momentos, es una manifestación prodigiosa de la -voluntad de los hombres. - - - - -CUÁN otro hubiera sido el destino de las religiones sin el terror de -la muerte, poeta brioso y fantástico de las fábulas olímpicas; cuán -desprovisto de encanto sin el misterio de las cosas; cuán deleznable -sin las amenazas de lo ignoto, sin la urgente necesidad de darle un -nombre á las energías creadoras del misterioso universo para ajustar -á sus leyes la conducta y prolongar la existencia! De ahí que los -mandamientos de Dios, aun los más crueles, sean conservadores de la -Vida y al modo del instinto vital, servidores humildes de ella. Lo -divino se ofrece así á los ojos atónitos como un _substratum_ de -las leyes de la materia... Ya se ha visto como en las entrañas de -las doctrinas espiritualistas, existen barruntes reveladores de la -identidad de lo divino y la fuerza, y común origen de la materia y del -espíritu--Bruno ya anunciaba que Dios es la fuerza que se transforma -en todas las cosas, sin dejar de ser siempre una y siempre la misma -en sí,--y como la evolución filosófica tiende á un monismo absoluto, -materialista y prosaico, que por juzgarlo enemigo de la ilusión humana -y ayuno de toda grandeza, causa la desesperación de los obstinados -irrealistas y provoca las líricas cóleras de ese ente radioso y obtuso -que se llama el poeta... - -Con eso y con todo, el tal materialismo, que penetra el pensamiento -contemporáneo, sin curarse de las declamaciones sonoras y huecas -con que se gargarizan los eternos ilusos, lejos de desesperanzar á -los hombres, como pudiera creerse, al destruir implacablemente sus -fantásticos sueños, podría resolver, por el contrario, lo que se -consideraba eternamente irreconciliable y antagónico: la pugna de la -Fuerza y la Razón, y las irreducibles antinomias del interés y del -altruísmo, del individuo y de la sociedad, de la bestia y del hombre; -las crueles antinomias, en una palabra, de nuestras aspiraciones -subjetivas y las realidades indestructibles del mundo. - -Apoyándose en algunas verdades indiscutibles, que no están en -desacuerdo con los postulados de la experiencia, como las morales -espiritualistas y los dogmas antropocéntricos, tal vez pudiese el -instinto vital componer un nuevo brebaje de ilusión, que haría -reverdecer las fértiles praderas de la esperanza en el alma aridecida -de los hombres. Para ello bastaría desentrañar los elementos sociales -que lleva en su seno, como la áspera corteza la sabrosa pulpa, el -principio selectivo, cruel y destructor, que es la enjundia y el alma -de diamante de la Fuerza y de la Vida. En vez de desoír las _voces -secretas_ y los _eternos mandatos_ de la diosa inexorable y revelarnos -contra ellos, oponiéndoles, ¡pueril intención! las leyes falaces de -un universo ilusorio, en el cual no creemos ya, sería más digno de -una acendrada sabiduría someterse y convertir por un sortilegio de la -voluntad, en bien obediente y utilizable, el mal fiero é indómito, que -burlándose de falsas autoridades y falsos reglamentos, voltea nuestros -castillos de naipes ó nos acecha airado en todas las encrucijadas de la -vía dolorosa. Sólo así pudiera ser que la planta de estufa de la moral, -hundiera sus endebles raíces en la tierra firme, dando al aire libre -flores y frutos, y que el Derecho, la Razón, la Justicia no fueran, -sin la superstición del creyente, puras entelequias, ídolos grotescos, -fetiches irrisorios, sino expresiones reales y legítimas de lo divino -natural, reconocido y acatado por la inteligencia del hombre. - -Á pesar de la pobre condición humana y miseria del mundo, no parece -imposible elevar sobre las ruinas informes del idealismo de Platón, -del que derivan no sólo las grandes falsificaciones que _consisten en -anteponer las ideas á las actividades, á los hechos de fuerza que las -crearon_, sino en anteponer la razón mística á la razón física, y en -ponerle á ésta la máscara de aquélla, no parece imposible, repito, -elevar un templo grandioso, construído con los materiales del planeta, -y donde, convertidas en ilusiones posibles y realidades futuras, -pudieran recogerse y esperar las Quimeras y Utopías, antaño acariciadas -como un lenitivo á sus males, por la humanidad doliente y ensoñadora. - -Existen razones, cada vez más pertinaces y sugestivas, para darnos á -pensar que la Fuerza no es tan antagónica á las asiáticas esperanzas -humanas como Apolo y Jesús, por motivos ocultos, nos lo han hecho -creer. Puede afirmarse sin loca temeridad, que su inteligencia y su -razón se acuerdan más con el genio de la especie y son, en definitiva, -superiores á la razón é inteligencia del Espíritu. Prueba irrefutable -de ello, es que este audaz aeronauta termina infaliblemente las ideales -excursiones por el cielo azul, - - «que no es azul ni es cielo» - -cayendo en los pantanos más cenagosos de la necesidad; mientras que el -culto de la diosa omnímoda, al absorber en los robustos pechos de la -Naturaleza el néctar y la ambrosía del olimpo, se diviniza, rematando -fatalmente, ora en la práctica ora en las doctrinas de sus pontífices -más materialotes ó más románticos, en la religión de la Vida, y de -una vida intensa, heroica, plena, desbordante de espléndida robustez -y hermosura, por predominar en ella el instinto de grandeza sobre la -dicha del mayor número y el nivelamiento común, enemigo ambagioso -ó declarado de toda superioridad y aun de la vida misma, de los -pensadores devotos del humanitarismo. - -Sería curioso y acaso útil, escudriñar y descubrir las necesidades -éticas y las reacciones contra-sentimentales que determinaron la -concepción del heroísmo en la historia y la filosofía. Schlegel y Tieck -echaron las basas; Hegel, Schopenhauer y los historiadores alemanes, -desde Ranke y Mommsen á Sybel y Treitschke, le dieron forma concreta -y positiva, y luego cumplido remate Carlyle y Nietzsche. Á pesar de -su abolengo en apariencia idealista y hasta místicos componentes, el -culto del héroe, del genio, del hombre histórico ó providencial y, en -fin, del superhombre, es no sólo aristocrático como la Naturaleza, -donde todo es diferenciación y jerarquía, sino á la par de ella, -tan contrario á la moral de la razón razonante como á la moral del -sentimiento, puesta de moda por el infelice Juan Jacobo y de la que -arrancan, según muy encumbrados pensadores, el romanticismo en política -y literatura: dos formas del espíritu de rebelión, de la sensiblería -caprichosa y la hemorragia de la palabra, que llevan entre las flores -de trapo de los idealismos ornamentales los venenos sutiles de -flaquezas, disoluciones é iniquidades sin cuento. - - - - -PARECERÍA incomprensible que en este mundo, donde reina el más tiránico -determinismo, y donde los fenómenos se subordinan los unos á los otros -sumisamente, las quimeras y los romances, de libertad igualdad y -fraternidad, imaginados por un _héros lâche et délicat_, hayan ejercido -tan misteriosa acción sobre los hombres, si no fuese cosa averiguada -que éstos adoran los discursos, fantaseos y dulces damiselas que más -los engañan, adulan y fascinan. Y el mísero y glorioso Rousseau, -es el fascinador más grande que, después del Nazareno, ha visto la -humanidad: «un maestro de ilusiones y un apóstol de lo absurdo», como -dice alguien con crueldad, pero no sin exactitud. Él amó ardientemente -á los desheredados de la fortuna; clamó contra los poderosos, aun -cuando se holgaba en su compañía y comía su pan; sufrió á la vista -de todos, los dolores de la inteligencia, del orgullo, de la carne -flaca, y comunicó á todos también sus rencores, despechos y fiebres de -reparaciones sociales y dicha universal. Fué el novelador de la Utopía -y el arquitecto lógico de un sueño de poeta. Por eso ha sido y será el -eterno revolucionario y el eterno ilusionista. Su poder de encanto y -seducción, calor comunicativo y contagiosa locura de bondad y virtud, -es para la conciencia lo que para el Deseo el dulce é irresistible -canto de la sirena. Fuera preciso no tener sensibilidad humana -para escuchar sin embriaguez, los persuasivos y cálidos Discursos, -_Rêveries_ y Confesiones que se dirigen artera y directamente, no al -cerebro, sino al corazón, al orgullo, á los apetitos que robustecen las -ansias legítimas, en suma, de placer y dominación. Nuestras flaquezas -están de su parte, sus debilidades de la nuestra: por eso ha reinado -y reinará. Y he aquí lo estupendo: salvo la sana aspiración hacia la -dicha y el imperialismo democrático que ocultan las frases fraternales, -la dolorosa experiencia de los pueblos proclama que todo es falso en -las doctrinas que han hecho sacudir á la humanidad en tan violentas -convulsiones y preparan al presente otros y acaso más terribles -sacudimientos para el porvenir. Falso que el hombre sea bueno por -naturaleza; falso que nazca libre é igual á los demás hombres; falsa la -fraternidad y las utopías sentimentales basadas en el desconocimiento -absoluto de la fisiología humana. - -¡Pero qué importa! - -Precisamente lo que ha hecho que el rousianismo arraigue y viva -en la inteligencia y el corazón de la humanidad, no obstante sus -contradicciones y pueriles fundamentos, es que en vez de ser una -grande verdad es una grande ilusión. Lo imperecedero de él son sus -errores. Gracias á ellos, y no á su substancia lógica, hase convertido -en verdad popular, en injusticia, en esclavitud. Á tal punto que, sin -quererlo, el observador de los tiempos que corren se pregunta, rugando -la pensativa frente, si el verdadero libertador de los ilotas, el -destructor del último ídolo y de la última tiranía no será acaso el que -asesine la Libertad... - - - - -LA moral de la Fuerza, velada hasta ahora á los ojos humanos, pero -presente en el mundo, no admite del desorden anárquico, ni la mentira, -ni el error, ni las contumaces falsificaciones del espíritu, porque la -Fuerza, ó por otro nombre, la razón física, es lo que es y no puede -menos de ser; lo que triunfa fatalmente, la condición única y suprema -de las realidades, y lo que establece en toda suerte de cosas una -indestructible jerarquía, un orden divino, al que nadie ni nada escapa, -ni aun la razón mística, que viene á ser así como la loca de la casa de -la otra y universal razón. - -Un escolástico, Duns Scot, maravillado, sin duda, por las -manifestaciones disfrazadas, pero reconocibles para el ojo profundo -de esta mecánica inteligente que rige en el universo, preguntábase -atribulado por heréticas vislumbres y afanes prolijos, si la _materia -no pensaba_, tan armoniosas y de buen concierto le parecían su -estructura y combinaciones. Y el inefable Maeterlinck, iluminando el -alma obscura de las cosas con las sutiles claridades de su misticismo -adivinador, sospecha que las ideas se les ocurren á las flores ni más -ni menos que á nosotros. «Ellas tantean, dice, en la misma noche; -encuentran los mismos obstáculos, la misma mala voluntad en el mismo -ignotus. Ellas conocen las mismas leyes y las mismas decepciones, -los mismos triunfos, lentos y difíciles. Parece que tuvieran nuestra -paciencia, nuestra perseverancia, nuestro amor propio; la misma -esperanza y el mismo ideal», y considerando el esfuerzo inteligente -y formidable de las flores, los inventos ingeniosos, los prodigios -de imaginación, las industrias de que se valen para convertir en -mensajeros de sus aromados suspiros y fecundos besos á los insectillos -y las brisas, y unirse á los amantes lejanos é inmovibles, burlando -el cruel destino que las ata al suelo; reconociendo, en fin, la -suma de voluntad y pensamiento que anima la vida heroica de la -flor, deduce que «no hay seres más ó menos inteligentes, sino una -inteligencia esparcida á todo; una suerte de fluido universal que -penetra en diversos grados, según que sean buenos ó malos conductores -del espíritu los organismos que encuentra. El hombre sería hasta aquí, -sobre la tierra, el modo de vida menos resistente á ese fluido que -las religiones llamarían divino. Nuestros nervios aparecerían como -los hilos por los cuales se esparciría esa electricidad sutil. Las -circunvoluciones de nuestro cerebro formarían, en cierto modo, las -_bobinas_ de inducción, multiplicadoras de la fuerza de la corriente; -pero ésta no sería de otra naturaleza ni provendría de otro origen, que -aquella que pasa por la piedra, los astros, la flor ó el animal.» - - - - -SÍ; podría aseverarse muy bien, no sólo que la materia _piensa_, sino -que su pensamiento es infalible. Todo hecho, todo suceso es una forma -de él, una manifestación autoritaria de la razón física, á la cual la -conmovedora é incurable locura de los hombres, ya hemos dicho que se -empeña en oponer la razón mística, que es en realidad una creación -y una servidora de aquélla, del mismo modo que los instintos y las -pasiones. Los devaneos, fantasías, caras á las veces, y briosas -imaginaciones de esta razón que vive de prestado, perduran, resisten á -la muerte y son cosas animadas y verdaderas, mientras sirven solícitas -los firmes designios de la razón madre, donde encuentran su razón -de ser todas las formas de lo corpóreo y lo intangible. Son como -las floraciones y galas mudables de un árbol eterno. He ahí por qué -las verdades, las religiones, las aspiraciones humanas envejecen y -caducan; y he ahí por qué, al modo de los insectos, cuyo destino fugaz -y radioso es el de depositar los huevos en el seno protector de la -tierra y, asegurada su descendencia, morir, la bondad, la virtud, la -razón de una época parecen ó son sacrificadas al dar á luz la razón, la -virtud y la bondad de la época que sigue. Así las duras virtudes del -paganismo, fueron destruídas sin piedad por las _piadosas_ virtudes -cristianas, y éstas que alguien llama con ternura melancólica _les -vertus délaissées_, empiezan á marchitarse, sofocadas por las soberbias -vegetaciones del culto de la Vida, que brotan en toda la tierra, -muestran las encendidas flámulas de sus floraciones tropicales en todos -los horizontes y principian á enseñorearse del paisaje moral visible á -los ojos humanos. - -Como la antorcha que simboliza la vida en las fiestas panateneas, -la antorcha del espíritu pasa de mano en mano. Las superestructuras -cambian. Las verdades transitorias, las mentiras saludables de que se -nutre un instante la humanidad, perecen así que ésta agota el jugo -vital que aquéllas atesoraban. Lo inmutable, lo eterno es la voluntad -de vivir, que trabaja oculta en los antros más profundos de las almas, -como un gnomo prodigioso, que produce maravillas y opera milagros, -escondido en las concavidades misteriosas de la tierra. - - - - -MAS el respeto de la Vida, que sale de los laboratorios é informa el -pensamiento moderno, se infiltra en las religiones y obra sobre las -costumbres con el renacimiento de los deportes atléticos y el amor -de la acción, nace, mirándolo bien, de la metafísica de la fuerza. Ó -de otro modo, el triunfo de la religión de la Vida es la implícita -consagración del culto de la Fuerza. La moral de esta última, á pesar -de la terca y enconada oposición de nuestros ideales del momento, -aparecerá triunfante como un sol que rompe las nieblas matutinas, -cuando se desvanezcan del todo en la conciencia humana los espejismos -que tergiversan el valor de las cosas é invierten las reales y eternas, -aunque á veces imperceptibles jerarquías, de la razón universal. La -diosa de voluntad diamantina no herirá entonces los sentimientos más -caros de los hombres, ni aparecerá á los ojos de éstos como una deidad -maléfica, como un genio enemigo, sino al revés, como el ángel protector -de los huevecillos dorados, que ponen en el nido tibio del alma las -ilusiones favorables á la existencia... Si todavía rechazamos con -fiera indignación sus verdades infalibles, trágica hermosura y grande -justicia, á la que empero, quieras que no, ignorándolo ó á sabiendas, -se someten todas las cosas, es porque nuestra razón y sensibilidad de -invernáculo no se acuerdan con las leyes que rigen fuera de él; es -porque ignoran que su propio crecimiento va á romper presto los vidrios -que las protegen de los soles enfloradores y las nieves esterilizantes -y que será preciso aclimatarse ó perecer; es porque no conocen su -pristino origen, ni saben que sólo son las pintadas y efímeras -mariposas en que se transforma una porción diminuta de la fuerza eterna -é inconmensurable. - - - - -ESTE convencimiento vago, que gana poco á poco las conciencias más -quisquillosas y aun los ingratos cerebros en que la leche del saber se -agria y cuaja en ñoño sentimentalismo, traerá aparejado, al decantarse, -un cambio radical en la apreciación de las acciones y excelencias -humanas. La victoria del más fuerte no parecerá ignominiosa como hasta -aquí, sino altamente justa y saludable porque será, en un momento dado, -el triunfo de lo más vital, de lo que sirve mejor el único propósito -discernible en las intenciones confusas de la Naturaleza. Es la -voluntad de existir y dominar. Reconocida la fuerza como el elemento -divino, generador del universo; establecido el idéntico abolengo é -ilustre prosapia de la Razón y la Necesidad, del _Factum_ y de la -idea triunfante; en resumen, de lo que domina y se impone material -ó espiritualmente, la conciencia humana enriquecida por definitivas -nociones de lo real, dilatará los horizontes de su concepción ética, -teniendo por primera vez, una vislumbre justa del Bien y del Mal -absolutos. - -Y aquí daría principio el reino de lo divino natural. Cada excelencia -sería una irrefragable manifestación de él. Las criaturas, las cosas, -las almas, se graduarían en la escala de la vida por la cantidad de -_virtud_ que almacenasen. Lo pequeño no podría ser lo grande, como -acontece para burla y escarnio de nuestra pobre inteligencia; ni lo -débil lo robusto; ni las aspiraciones más nobles serían precisamente, -por una estupenda inversión de valores morales, las que más deprimen -y amengüan la voluntad de ser. Las superioridades, las verdades, los -triunfos se impondrían sin demostración, por sí mismos, por el hecho de -existir. Y las antinomias de lo que es, y de lo que debía ser, de lo -objetivo y lo subjetivo, á causa de las cuales tantas inquietudes han -atenaceado al hombre, acabarían por reconciliarse para siempre en el -regazo maternal de la grande razón. - - - - -FORMIDABLES testas han acometido la singularísima aventura de echar -los cimientos de la fábrica moral, no en la voluble razón del -espíritu, sino en la firme razón de la materia, volviendo por tal -arte á poner sobre sus pies á la humanidad aburrida de _la parada de -cabeza_ hegeliana. Pero únicamente el amable pensamiento de Guyau -intentó poner de acuerdo la moral de la fuerza con nuestra moral; la -expansión de la vida y los instintos interesados y agresivos, con -el amor de los otros y el desinterés. Y aunque, á decir verdad, los -sentimientos expansivos y nobles que cita para descubrir la faceta -social de la criatura humana y probar que «la vie comme le feu, ne se -conserve qu'en se communiquant», sólo son modalidades del _instinto -de soberanía_, instinto que por medio del amor ó del convencimiento -tiende á ocupar más espacio en el alma ó la inteligencia de los otros, -no es menos cierto que tales manifestaciones de la superabundancia de -vida entrañan, en su propia intensidad, un principio altruista que -transforma el despliegue de la fuerza en lo que llamamos sentimientos -generosos ó expansión hacia las demás criaturas. Más aún. El poder -ergotizante del filósofo-poeta partiendo de la expansión de la vida -como elemento activo de la conducta, llega no sólo á resolver la -afligente antinomia de lo individual y lo social, sino á establecer á -la manera del viejo idealismo, la supremacía del espíritu, precisamente -porque éste realiza el máximum de _intensidad extensiva_, es decir, de -fuerza dominante. - -Una argucia ó vuelta de grupas de la misma índole, da nacimiento á -la moral de las ideas-fuerzas de Fouillee, la cual, por otra parte, -se apoya en hechos, en realidades y no en soportes religiosos ó -metafísicos. «Las fuerzas, dice, en acción en el mundo ó en nosotros, -cualquiera que sea su naturaleza intrínseca, concluyen por concebirse -en nuestra conciencia y al concebirse transformándose en ideas, juzgan -lo real, lo modifican, se convierten en ideas-fuerzas.» No por arte, -pues, de birlibirloque, sino por las vías naturales de la experiencia, -llega el representante del idealismo francés á fabricar como Guyau, -con substancias materiales, los útiles productos de la _voluntad de -conciencia y el persuasivo supremo_. En su tozudo afán de establecer -la acariciada superioridad de la inteligencia, el neo-idealismo -contemporáneo hace muchos de estas sorprendentes excursiones al arsenal -de Dionisos. Como Anteo para criar nuevas fuerzas, vese obligado Apolo -á sentar los divinos pies en la tierra. Sólo que después de cada -nueva adulteración y embrollo, queda más claramente dilucidado lo -que podría llamarse el origen material del espíritu y la naturaleza -agresiva de las morales. Las ideas son transformaciones de fuerzas; -las ideas-fuerzas, como tales, no pueden establecer su imperio en los -dominios de la conciencia sin lucha, ni extenderse al exterior sin -combatir ni dominar. - - - - -LA larga y laboriosísima evolución de las morales interesadas ó -fisiológicas, de las que desaparecen poco á poco los elementos divinos -y luego las substancias espirituales á medida que la inteligencia -humana se nutre y enriquece de conocimientos positivos, termina -después de la grande revolución de Darwin en la ciencia y de Spencer -en la biología, en el osado intento de Nietzsche y Guyau de construir -el noble edificio de la moral sobre los formidables cimientos de la -fuerza, para darle á la conducta humana una base inamovible y en -armonía con las leyes del universo. - -Por otra parte, la reacción de los hebreos contra toda aristocracia, -continuada por el cristianismo, los ideólogos y los _hombres sensibles_ -del siglo XVIII, hasta florecer espléndidamente en los inmortales -principios de la gran Revolución, remata luego de acicalarse con -los ensueños, quimeras y utopías sociales de los discípulos de -Jean-Jacques, en el determinismo económico de Marx, explicación -materialista de la historia, de la que el Oro, el heredero legítimo de -la fuerza en las sociedades, es el principio generador. - -Esta doctrina, antagónica del _état pensant_ que vive fuera del Taller; -este socialismo científico, destructor de lo que llama con enojo y -desprecio un discípulo de Marx la _disociación ideológica ó irrealismo_ -de la cultura greco-latina, traduce en luchas sociales por la riqueza, -el mando y la dominación del mundo las aspiraciones sentimentales de -los humildes que antaño pretendieran establecer, en ebriedad generosa, -el reino de Dios sobre la tierra. - -Acontece, pues, que de un modo ó de otro, por vías ocultas ó visibles, -las actividades humanas concentran en el dominio los fuegos de la -voluntad, y resuelven en opresiones y tiranías los idealismos más -desinteresados y puros. La fuerza tiende á ejercer su imperio porque -es la fuerza; la vida tiende á dilatarse porque es la vida. El tiempo -descubre infaliblemente, los principios activos de la conducta -humana, que son idénticos á los de toda la actividad universal. En -vano es desvirtuar con metafísicas mixturas su naturaleza combativa y -dominadora. Los hechos muestran la garra felina. La trama y el reverso -de los variados tapices de la historia, enseñan que un estado social -es una cristalización de la violencia, y que las reacciones contra él, -aun las más idealistas, terminan fatalmente en otras cristalizaciones -sociales autoritarias y opresoras. Los sistemas de gobierno, las -morales, las religiones mismas--propugnáculos y murallas que acaso -no tienen otro objeto que proteger la conquista económica,--obedecen -á esa ley universal, porque lo universal son las transformaciones de -la fuerza que constituyen á su turno los módulos de la vida. Ved el -cristianismo; la religión del amor, la piedad y el desprecio de los -bienes terrenales. Cuando deja de ser un reptil subterráneo, sale -de las tenebrosas catacumbas de Roma, quema vivos á los herejes, -provoca mil guerras y persecuciones y oprime al mundo en un abrazo -de mortal amor. Los desheredados, los miserables, los enfermos; la -escoria de la sociedad, los oprimidos, en fin, pasan á ser opresores, -desplegando en sus luchas por la dominación un celo apasionado y -cruel, una ferocidad implacable, un furor divino que, no saciándose -con el odio y la persecución de los infieles y dañados, inventa -sutiles razones y refinadas torturas para aprisionar y atormentar á -su antojo el alma temblante de los adeptos. La Revolución, la gran -Revolución, luego de cometer mil horrendos crímenes en nombre de la -Libertad, termina en las tiranías de Robespierre y Napoleón. El reino -de la Razón, resulta la locura trágica del Terror. La eterna paz, -guerra sin fin. Después... las indestructibles jerarquías vuelven á -establecerse con otras etiquetas. Á los privilegios de la nobleza -suceden los privilegios de la burguesía; la aristocracia del dinero á -la aristocracia de la sangre; el derecho burgués al derecho feudal; -la tiranía del número á la tiranía del rey, y la fementida fórmula en -que se resumen los Inmortales Principios y los Derechos del Hombre, -no inspiran más respeto, ni tienen más virtuosidad en el frontón de -los edificios públicos, que los versículos del Corán en los muebles -moriscos de los bazares exóticos. Pasada la tromba niveladora, en el -interior de Francia los hombres y las clases se separan y ocupan el -puesto que les da su valor social, como los líquidos de densidad -diferente se gradúan por su peso si dejan de ser agitados. En el -exterior, la revolución que acariciara el pretencioso intento de -suprimir las fronteras y establecer la patria universal, acierta sólo -á instituir el principio de las celosas nacionalidades y la formación -de las repúblicas americanas, donde las diferencias y las aristocracias -sociales se acentúan más cada día, á pesar de las leyes democráticas -que las rigen. Así que sus fuerzas expansivas lo reclaman, el pacífico -y modesto país de Washington, se convierte en la patria altanera é -imperialista de Roosevelt, por las mismas razones y de idéntico modo -que la poética Alemania de los claros de luna, de la _grechens_ y del -imperativo categórico, en la utilitaria y temible nación de Bismarck y -la filosofía de la historia. - -De hecho, pues, aunque encubierta por disfraces varios, que reclamaban -las necesidades subjetivas del hombre, no libertado aún de las -tiranías de la finalidad ni de la sed de lo infinito, el reinado de -la fuerza no ha dejado jamás de existir en las sociedades salvajes ó -cultas. Las firmes columnas de su trono, son las leyes mismas de la -vida. Sea la primordial de ésta el _deseo de poder_ de Hobbes, ó la -lucha Darwiniana, ó la _voluntad de dominación_ de Nietzsche, ó la -_voluntad de conciencia_ de Fouillee, ó la _expansión de la vida_ de -Guyau, ó _la vida creadora_ de Bergson ú otra ley no formulada aún por -labios mortales, el hecho brutal de la Fuerza triunfante surge del -disforme vientre del caos; anida en el alma de todas las cosas, de -las religiones, de las filosofías y del amor mismo y es así como el -fuego sacro del universo. Nadie, ni cosa alguna, escapa al imperio de -la terrible divinidad, en cuyo calificado y pomposo cortejo figuran -humildemente, los dioses del olimpo y los gusanos de la tierra. - - - - -ES un bien ó un mal? En todo caso es una indestructible realidad, -contra la que, al punto á que han llegado las nociones positivas de las -cosas, no cabe ni conviene revelarse. ¿Qué hacerle? Las atenuaciones -de la cultura idealista y las virtudes cristianas, que fueron en un -principio indispensables para corregir la virulencia del egoísmo -nativo y contrarrestar los abusos naturales, pero anti-sociales de los -poderosos, á fin de hacer posible la vida común, parecen hoy nocivas -á las sociedades caducas, excesivamente domesticadas y cuyos apagados -ardores para la acción y la lucha piden más bien enérgicos revulsivos. -Las nuevas disciplinas morales tratan de dárselos; obedecen á una alta -necesidad. ¿Qué sería de los hombres y los pueblos que practicasen -el desinterés, el desprecio de los bienes materiales, en esta época -en que la superioridad económica entraña todas las otras? Las viejas -virtudes han perdido su poder. Fuerza es reconocerlo. El exhausto é -inane espiritualismo confiésase impotente para forjar una nueva ilusión -favorable á la vida. Las mentiras saludables, que en otra hora fueron -propicias al instinto vital para producir los espejismos encantados que -le daban á la existencia una razón de ser y la marcaban imperiosamente -un derrotero, no tienen hogaño ninguna virtud activa. La ciencia -condena implacable las aspiraciones subjetivas é ilusiones metafísicas -en pugna con las verdades é hipótesis que ella establece fríamente, sin -piedad y sin rencor. La humanidad provecta, curada de locura juveniles -y ansiosa de bienes reales, no cree en los campos elíseos del edén ni -en los místicos jardines del alma; prefiere las prosaicas dichas que -satisfacen, sin las torturas de la _mala conciencia_, su apetito de -carne, su sed de vino. - -Perdida la ilusión fastuosa del Paraíso y de toda finalidad -transcendente, sin excluir la del superhombre, las actividades y -aspiraciones humanas van, como al caer la tarde las dispersas ovejas -al redil, hacia la religión de la Vida, elevada y cruel en aquellos -pensadores que, aceptando los principios selectivos de la Naturaleza -como necesarios á la evolución progresiva, quieren la vida bella y -dura como el diamante; rastrera y fecunda en los que, rechazándolos y -desdeñosos de toda excelsitud, aspiran sólo honestamente á la dicha -común del mayor número. - -Es la antigua y luctuosa guerra del aristocratismo y del plebeyismo, -llevada sin embozos ni trapujos, al campo de honor de los intereses -materiales, donde las categorías idealistas pierden sus múltiples -y engañosos matices y se resuelven en deseo de poder y lucha por -la riqueza entre los poseedores y los desposeídos. Los primeros, -individualistas ó no, sin exceptuar á la clase pensante, que tan -sospechosa y antipática va pareciendo á los trabajadores, son los -menguados descendientes, pero que llevan aún en la sangre la pimienta -del heroísmo, de los jefes, hombres providenciales y cazadores -forzudos delante del Señor que guiaron á los pueblos en su aurora; -los segundos, solidaristas ó ácratas, son los ensoberbecidos vástagos -de la turbamulta pasiva y rebañega, convertida en pueblo soberano -por la fuerza del número. Su oposición es la oposición de la parte -caduca del pasado señoril, sibarita, ensoñador, guerrero, y el -presente científico, pacifista, práctico, laborioso. Del choque nace -el antagonismo y la anarquía de las ideas contemporáneas; las trágicas -luchas sociales y el drama íntimo de las conciencias: antros obscuros -donde á ciegas riñen guerreros con sotana, señores vestidos de harapos -y mendicantes que ostentan valiosas plumas en los sucios y miserables -chambergos. - -El espíritu clásico, razonante y finalista, que reconoce un principio -divino y la supremacía de la inteligencia sobre el _querer_ y el -_poder_ para la bella ordenanza del mundo, fué siempre amante de -las jerarquías bien establecidas, del orden, de la autoridad, de la -sumisión á la regla; pero al mismo tiempo, por exceso de cultura -literaria, es irrealista, picotero, iluso y, en suma, debilitante, ya -que perpetúa con el desinterés y el altruísmo, un engaño, una mentira, -un espejismo peligroso para las energías viriles de la inteligencia -y del alma. Á las veces por sensiblería y razones de justicia -convencional, de esa justicia compuesta con toda suerte de productos -artificiales en las aulas de los ideólogos, pica en democrático y -humanitarista, pero en el fondo, si deja hablar su _instinto profundo_ -es un adorador de la fuerza idealizada--como corresponde á quien ha -nacido con el alma gran dama y el espíritu gran señor,--y acata las -copetudas excelencias y aristocracias morales que ella establece á -su capricho, de la misma manera que el espíritu moderno, un tanto -macarrónico, á pesar de su ciencia, cree únicamente en la fuerza real y -respeta sólo las superioridades de hecho y las aptitudes que se imponen -por su eficacia y utilidad inmediatas. - -Entre las brillantes, dispendiosas y desinteresadas virtudes de -los humanistas, causa eficiente ayer de poderío y hoy de flaqueza, -puesto que llevan al renunciamento, crimen monstruoso ahora como fué -antes decantada virtud; y las industriosas y batalladoras cualidades -necesarias á las naciones para no ser vencidas en la contienda -universal, no cabe pacto ni conciliación. Es la lucha de dos mundos; -uno que nace, otro que muere; es la lucha inevitable y eterna de la -tradición conservadora y la educación revolucionaria como dicen los -fisiólogos y que constituye el fenómeno de la vida lo mismo en la -naturaleza que en las sociedades. - - - - -LA discordia que la antigua sabiduría creyó suprimir entre los hombres, -sin barruntar que con ella hubiese desaparecido la existencia misma, -ofrece nuevas flores y nuevos frutos en cada grado de la civilización. -Son las novísimas formas de la cultura, las modalidades del progreso, -las manifestaciones de la vida. Cuanto más avanza ésta, más se complica -y refina la lucha no sólo entre los hombres, sino entre las ideas, -sentimientos é instintos de cada hombre. Lucha entre el ideal y la -realidad, entre lo subjetivo y lo objetivo, entre lo individual y -lo social, entre el capital y el trabajo, entre los opresores y los -oprimidos, entre los que nacieron marcados con el signo radioso de la -voluntad dominadora y los que vinieron al mundo llevando en el cuello -el collar infamante de los esclavos. - -Y en toda suerte de cosas, el triunfo, temporario siempre, es de -aquello que interpreta mejor, en un momento preciso, los propósitos -impertérritos é incontrastables de la razón universal. - -La cuestión social que actualmente nos atribula, se resolverá como -todas las otras: por el dominio de los fuertes sobre los débiles. El -comunismo evangélico, soñado por ciertas órdenes religiosas y que ha -tenido sus últimos destellos en el misticismo anárquico de Tolstoy; -la Edad de oro de los utopistas del siglo XVIII y la _Federación -universal_ de los libertarios modernos; los ideales colectivos, por -decirlo todo, punto extremo de la Economía que pretende organizar la -sociedad, vale decir la producción, científicamente, es muy posible -y aun probable que puedan arraigar en la áspera corteza del globo. -Mas ello no será porque los consabidos ideales sean justos, según -nuestra universitaria justicia; no por las razones sentimentales que -á todos nos impulsan á revelarnos contra lo que el instinto social, -desarrollado por el influjo del ambiente humano á expensas del -egoísmo nativo, llama iniquidades sociales, vías ocultas acaso de -una justicia suprema; sino porque la evolución económica llega á un -punto culminante y preciso en que «la producción colectiva reclama la -repartición colectiva», y, sobre todo, porque siendo las necesidades -pecuniarias las primeras que hoy es necesario satisfacer para vivir -tanto material como moralmente, fuerza es que arrastren mayor número -de almas y tengan más grande influjo sobre las sociedades que el -aristocratismo idealista, cuyos principios eficientes, cuasi místicos, -no pueden ser impulsores sino de las naturalezas muy cultivadas y -finas. Y he aquí otra prueba palpable de la relatividad y miseria de -las presuntuosas verdades salidas de la testa del hombre. Una simple -modificación de las circunstancias ambientes, vuelve las tornas de -los valores humanos: las cualidades excelsas truécanse en causa de -inferioridad y los ineptos de ayer se convierten en los aptos de hoy. - -No; la sociedad no ha sido nunca ni será en el porvenir la obra santa -del Bien, de la Justicia ni del Derecho, sino el engendro diabólico del -instinto vital dominante, ó como quiere Marx, el producto de la lucha -de clases, engendrada, según él, por la evolución de los intereses y -que determina, por añadidura, el proceso de la historia entera. Es la -parte cierta, salvo ligeras restricciones, del socialismo científico ó -criticista, que muy poco tiene que ver con las utopías sentimentales de -Rousseau, del cura Meslier y de los ideólogos, ni con las componendas -burocráticas y fiscales ó _utopías de los cretinos_, ni con otras -formas pueriles del _socialismo vulgaris_ de que nos habla el docto -Labriola. Muy acertadamente dice Marx: «El modo de producción de la -existencia material, determina generalmente el _processus_ social, -político é intelectual de la vida. No es la conciencia del hombre -lo que determina su manera de ser, sino, al contrario, su manera de -ser social, lo que determina su conciencia. El cuerpo creador se -crea el espíritu como una mano de su voluntad», diría Zaratustra. -«La producción primero, agrega por su parte Engels, y en seguida el -cambio de los productos, forman la base de todo orden social. Esos -dos factores determinan, en cualquier sociedad dada, la distribución -de las riquezas y, por consiguiente, la formación y las jerarquías de -las clases que las componen. Esto sentado, si queremos encontrar las -causas determinantes de tal ó cual metamorfosis ó revolución social, -será preciso buscarlas, no en la cabeza de los hombres, ni en su -conocimiento superior de la verdad y la justicia eternas, sino en las -metamorfosis del modo de producción y de cambio, en una palabra, no en -la filosofía, sino en la economía de la época estudiada.» - -Estos razonamientos pedestres son la antítesis del vértigo de las -alturas, agria voluptuosidad de las excursiones metafísicas, pero -producen la reconfortante impresión de la tierra firme después de -un largo viaje marino ó una ascensión aerostática. Por fin los -fenómenos sociales pueden explicarse positivamente, sin echar mano -de sutiles recursos: son las apariencias, las superestructuras de -la evolución económica, la cual provoca la formación y la lucha de -clases y ésta, á su vez, la enmarañada urdimbre de la historia. La -ineficacia de las disciplinas idealistas en los sucesos del mundo, que -tan hondos lamentos arrancó á Renán, queda explicada claramente. El -modo de producción y de cambio, sometiendo á su influjo plasmante las -manifestaciones todas de la vida social, crea el bien, la justicia y el -derecho de cada época, que no son otra cosa, en último término, que «la -expresión autoritaria de los intereses que han triunfado», y dicta las -relaciones de los hombres que sólo son, en substancia, «relaciones de -producción, correspondientes á un período dado del desenvolvimiento de -sus fuerzas productivas». - -Aun no ha llegado el momento, ni llegará acaso nunca por falta -de documentación histórica precisa, de explicar, por medio del -determinismo económico, los mitos, las religiones, las morales como -ha intentado hacerlo incauta y puerilmente Lafargue. Mas ciertos -hechos indiscutibles, aducidos con grande copia de comentarios por -la escuela marxista, y la observación, constatada, en general, de -que las efervescencias y revoluciones humanas obedecen, en el fondo, -á causas económicas visibles ú ocultas, legitiman las pretensiones -del materialismo histórico y permiten interpretar, en conjunto, una -gran parte del pasado. Y si bien se considera, hasta los más ayunos -de doctrina, pueden comprender, con un poco de buena voluntad, que -siendo las necesidades materiales las más hondas y urgentes, debieron -de inspirar en todo tiempo las metafísicas, retóricas y reglas de -conducta favorables á su satisfacción; y que siendo el espíritu así -como la sombra del cuerpo ó de la necesidad, las estructuras sociales -se explican más acabadamente por la economía de cada época que por sus -engañosos espejismos mentales. - -Antaño podían abrigarse dudas sobre la veracidad de tal afirmación, -que á muchos ingenios, y no de los más romos, hubiera parecido -descabellada: hoy no cabe hacerlo. El trabajo formidable y fatal de -los fermentos económicos se ha hecho visible en la edad moderna, cuya -morfología empezamos á conocer íntimamente, sin que nublen los ojos -veladuras idealistas ni misterios divinos. La transformación completa -de las sociedades por la manufactura comercial, la grande industria -y el capitalismo, no dejan al respecto ni asomos de dudas. Más que -_espíritu_ precipitado parece el mundo condensación de egoísmo. En -el Manifiesto Comunista, y, sobre todo, en las luengas páginas del -Capital, admirables de análisis y lógica, muestra, con muy concertadas -razones, el pontífice del socialismo científico, cómo los nuevos modos -de producción y las fuerzas expansivas del comercio rompieron las -servidumbres, privilegios y relaciones patriarcales del mundo feudal -para dar origen al reino de la finanza y la grande industria, y cómo -el agrupamiento de obreros en las usinas y talleres para colaborar en -el mismo producto, ó en otras palabras, cómo la producción colectiva, -mina al presente los fundamentos de la _apropiación individual_, -ó lo que es lo mismo, de la sociedad capitalista; roe sus soportes -político-jurídicos y trata abiertamente de imponer los códigos -comunistas y la repartición colectiva que corresponden á aquella -producción. De modo que, por la fuerza de las cosas, se efectuará, -según los arúspices socialistas, la muerte de la sociedad burguesa, -fundada sobre «la odiosa explotación del hombre por el hombre», y el -advenimiento ansiado y glorioso de la sociedad idílica, en la que -«el libre desenvolvimiento de cada uno, será la condición del libre -desenvolvimiento de todos.» - - - - -DULCES anuncios, capaces de tonificar la desmayada esperanza en el -edenismo terrestre, si no los hiciera sospechosos el endiablado -parentesco con las amables sofisterías de Jean-Jacques y la hueca y -rimbombante fraseología jacobina! Sin duda, hay mucho de verdadero -en la abstrusa tesis marxista; pero las conclusiones y aplicaciones -prácticas, como engendros del espíritu de sistema, intención pueril -de hacer entrar las realidades en los angostos casilleros de la -abstracción, parécenme sobrado artificiales y, á la postre, ingenuas. -Se comprende, sin grande esfuerzo, el papel principal y decisivo -de la lucha económica en la historia del mundo, y que la sociedad -comunista suplante á la sociedad burguesa, como ésta misma suplantó -á la feudal en el gobierno de los hombres, cuando lo pidieron las -leyes de la producción. Lo que es más difícil de digerir, á pesar de -los jugos gástricos de la dialéctica marxista, es cómo ha de impedirse -la formación de las clases sociales y el antagonismo de ellas, aun -en el caso de suprimir, lo que es ardua empresa, la lucha económica, -causa presunta de los males que afligen á la sociedad, pero al mismo -tiempo causa cierta también del proceso histórico de las sociedades. -Sin la lucha económica, se dice, y lo que es su consecuencia, sin -la lucha de clases, desaparecerían los privilegios burgueses, las -desigualdades inicuas, la dominación de los pobres por los ricos. -Mas para lograrlo, hace falta la destrucción de la propiedad--que es -un robo, según reza el resobado aserto de Prudhon,--del capital, del -comercio, de la libertad, y, en fin, de las desigualdades naturales, -porque si éstas subsistieran en cualquier forma, las odiosas jerarquías -se establecerían nuevamente y con ellas el predominio de unos hombres -sobre otros. Luego hace falta para la organización científica de la -humanidad, organización destinada á concluir con la guerra de los -hombres y la anarquía capitalista, no sólo la igualdad civil, sino la -igualdad económica, sin la que, la primera y aun la democracia misma, -es un puro fantaseo, y por añadidura la igualdad moral, intelectual, -todas las igualdades. Y como la lucha entre los hombres existiría -aún, mientras hubiera ambiciones y egoísmos, habría que suprimir los -egoísmos y las ambiciones, ó lo que es igual, habría que suprimir la -vida misma. Es un punto de contacto curioso entre los ascetas y los -comunistas de todos los tiempos. Cómo las cerezas, que en tirando de -unas vienen las otras detrás, las enormidades traen las enormidades. -Es lo que acaece cada vez que la inteligencia, olvidando que es la -servidora del instinto vital, se lanza á construir castillos de -abstracciones, en guerra abierta contra la física del alma y la lógica -infalible de las realidades. - -Muchas y muy serias objeciones cabe hacer á la concepción marxista -del dinero, de la mercancía, del capital, y más aún, á las tendencias -fatalmente niveladoras y utópicas de la doctrina que está en vísperas -de desquiciar el mundo burgués. Pero hay algo en que nadie ha parado -mientes y que se me antoja realmente imperdonable en el sesudo Marx: -es la incomprensión del valor _divino_ de la moneda, después de haber -comprendido su valor fisiológico, digámoslo así, en el desarrollo -orgánico de las sociedades. Y, sin embargo, á lo que se me alcanza, -sólo admitiendo que el Oro es el _substratum_ social de la voluntad -de dominación y que como tal, se crea la ética que le conviene, es -que podría aseverarse que la filosofía y las instituciones son las -superestructuras de la economía, como lo afirman, sin empacho, Marx -y Engels; sólo reconociendo, con estoica resignación, que el Oro es -el signo de la diosa guerrera, creadora y destructora de la sociedad, -y por lo tanto el acicate del deseo de poder, es que puede resultar -cierto, ya que todos los brotes del carácter son obra de aquella, que -la lucha de clases sea la historia del mundo, como el planeta, la vida, -el hombre y el pensamiento mismo son el producto maravilloso de una -lucha sin tregua ni fin. - - - - -DE modo, pues, que la Federación Europea del sueño feérico y prosaico -á una de Hipólito Dufresne, no se realizará por otros medios que los -empleados hasta ahora por las clases triunfantes para consolidar sus -conquistas y establecer su dominio; ni eliminará la vitanda lucha -entre los hombres, aunque suprimiera la lucha económica; ni los -libertará de esclavitudes fatales; ni por el hecho de equilibrar los -bolsillos, nivelará los cerebros y las almas. La sociedad futura, -en donde el gobierno de las cosas reemplazará al gobierno de las -personas, gobierno técnico y pedagógico, reino ecuánime y omnímodo de -la ciencia, que podría terminar como el reino de la Razón, prepara ya -en las sombras los instrumentos de tortura y diseña las jerarquías -del nuevo imperio. En el altar de la diosa Igualdad, á los pies del -ídolo populachero, empiezan á depositarse, como costosas ofrendas, -las suspiradas libertades y los derechos sagrados por los que -ardorosamente combatió la humanidad, tan presto ilusa como desengañada. -El nivelamiento común, hecho al rasero de lo más inferior; la pobreza -forzada y el trabajo obligatorio, fundamentos fatales de la nueva -organización colectivista, sobre relajar, como la ética cristiana, los -resortes de la voluntad, matando el interés y el egoísmo, y producir -la degeneración y envilecimiento de la criatura humana, dividiría la -sociedad en dos ejércitos: uno de funcionarios, la nueva aristocracia, -y otro de trabajadores, el nuevo proletariado, sin peculio, ni -esperanza de obtenerlo ni libertad de procurárselo. El Estado, con -este ú otro nombre, pensaría por todos, obraría por todos, acumularía -las magras riquezas que nadie tendría interés verdadero en producir, -porque «el hombre puede amar á su semejante hasta morir, pero no hasta -trabajar para él», como asegura el mismísimo Proudhon. Y aquellas -riquezas serían repartidas luego, según lo entendiera una plaga de -administradores, interesados, como es natural, en quedarse con la -mejor parte. Los odiosos privilegios de las aristocracias, le serían -conferidos al Estado forzosamente; á la omnipotencia de los mandarines, -seguiría la omnipotencia del _monstruo frio_, más absoluta aún; y á -la anarquía capitalista, otras anarquías, otras pasiones invasoras, -otras ambiciones feudales, otros egoísmos acaparadores, otros -intereses egoístas, otras formas de la Voluntad, en conclusión, la -que suministrando secretamente los materiales para todas las sociales -construcciones, y pasando al través de todas las cribas de la lógica, -seguirá trabajando, como hasta aquí, la masa humana, por la guerra de -todos los instintos é intereses: el camino de perfección más corto y -cierto quizá, para llegar prontamente á los movimientos ordenados y la -armonía que, en medio de una lucha colosal, reina en la Naturaleza. - - - - -EL esfuerzo trágico de la humanidad por acordar las leyes del universo -á los deseos ardientes del corazón, no puede menos de terminar un día -por la obediencia y adaptación humildes del corazón al universo. Mas -ello será, á todas luces, el franco y decisivo advenimiento de la moral -de la Fuerza. Falta saber quién obedecerá mejor sus reglas inflexibles: -si el darwinismo social y el idealismo nietzsquiano, sacrificando las -generaciones presentes á las futuras, las masas á los aristos, y los -débiles y lacerosos á los robustos y viriles para embellecer á la -humanidad y llegar al superhombre, ó el piadoso humanitarismo, luchando -bravamente contra la crueldad de la Naturaleza y de los hombres -de rapiña, á fin de asegurar la vida y el bienestar de todas las -criaturas, sin excluir á los tristes depositarios de la fealdad, vileza -y degeneración humanas. - -Ambas sendas son lóbregas, temerosas y llenas de incertidumbres. Á -cada paso surgen como fantasmas, dudas torturantes. ¿En virtud de qué -ley, ya que el mundo, según todas las apariencias no tiene ningún fin -racional ni le es dado á la razón imponérselo, puesto que ella misma -ignora adonde se dirige; en virtud de qué ley, repito, el presente, la -única realidad sabrosa é indiscutible, será sacrificada á un futuro -brumoso y metafísico, al modo que antaño los bienes terrenales á las -promesas celestes y las dichas quiméricas del otro mundo? ¿Es posible -que el genio de la especie ó los mismos mandatos de la diosa fiera, -le impongan á la humanidad aquel cruento deber? ¿Cabe esperar una -nueva concepción religiosa de la vida, semejante á la gran ilusión -cristiana, ó un ideal neo-romántico que surja del descreimiento como la -pintada mariposa del gusano vil? Por otra parte, ¿el triunfo probable -de las utopías socialistas, en pugna con la sapiente crueldad de la -Naturaleza, no será efímero y, en resumidas cuentas, dañoso para el -alma? ¿La relajación del egoísmo y los resortes del querer, fatales en -un organismo social que suprime el instinto de dominación concentrado -en el Oro y al propio tiempo la lucha de clases, signos de salud y -robustez, no traerá aparejadas la decadencia, la podredumbre y, á -la postre, la explosión de otros egoísmos, tanto más viles cuanto -más hipócritas? ¿Cuando el globo sea harto pequeño para contener -holgadamente á la Federación Universal, el hombre impulsado por las -duras necesidades de la existencia, no tornará á ser el enemigo y el -cazador del hombre? ¿Y reduciendo tanta duda y zozobra á lo esencial: -la razón frívola y voluble puede reducir los apetitos y servirnos de -rodrigón, siendo ella misma la esclava del deseo, la víctima de los -sentidos y la proyección de la necesidad, ó es más seguro ombráculo -y guía el egoísmo integral, lobo hambriento convertido en pastor del -rebaño? - -He ahí los arduos problemas en que se ejercitarán en adelante la -ciencia finita y la paciencia inagotable de los sociólogos. Lo visible -por el momento, para todo aquel que no tenga telarañas en los ojos, -es la lucha de los egoísmos, los cuales cambian de formas, pero no -de esencia, y la invariable é irresistible propensión de las clases -á dominar. Siempre fué así, aunque los hombres lo ignorasen á veces, -pero hoy es así con pleno conocimiento del hecho erigido en ley. -Poderosos y humildes glorifican la violencia y pugnan por ejercerla, -espiritualmente los unos, positivamente los otros. Los héroes de -Carlyle, las bestias de presa hiperbóreas de Nietzsche, los _eugénicos_ -de Lapouge, los dolicocéfalos de los antropólogos, los idealistas -anárquicos al modo de Gourmont, los individualistas de cada época -celosos de su yo, y, en fin, los ungidos de los dioses de todos los -tiempos, tenderán fatalmente á apoderarse del mundo y hacer de la vida -«quelque chose de fou et de divin». Los pobres braquicéfalos, los -humildes _marchands de marrons_, los débiles poseedores del triste _don -de las lágrimas_, los que nacen esclavos de sí mismos antes de serlo -de los otros y suman sus abulias para fabricarse una voluntad, los que -practican la moral del caracol que esconde los cuernos para que no se -los rompan, y, en resumen, los hijos espirituales de Rousseau y Marx, -formarán la turbamulta, sin freno religioso que la domine y ávida con -toda razón, de justicia social, calma, goces y bienes materiales. Los -unos defenderán con las uñas y los dientes sus conquistas económicas -y con ellas los privilegios del Poder y la alta cultura; los otros -pugnarán por destruir las murallas de la construcción capitalista y -asaltar los castillos de puentes de oro guardados por los monstruosos -dragones de Mammon. Al pie de aquellos se librarán las grandes batallas -del porvenir. - -El signo de los tiempos presentes, y lo que puede servir al pensador -de tela de juicio para presagiar los partos del futuro, es que la -dicha y fortaleza buscadas por los hombres continua y afiebradamente -en las religiones, filosofías y morales, á sabiendas ó no, impulsados -ya por el instinto materialote, pero seguro, ya por la razón vaporosa, -pero inconstante y falaz, las esperan hoy del _jugo del planeta_ como -á la riqueza llama un filósofo idealista. Inútil es indignarse... -literariamente, á la manera de los fraseadores de oficio, grotescos -alucinados cuyo destino lamentable es el de vivir confundiendo -eternamente las vejigas con las linternas. Aquella verdad salta á -los ojos indiferente, inconmovible, indestructible. Antes, pues, de -prorrumpir en anatemas, tan furibundos como vanos, y adoptar indignadas -y teatrales actitudes, será bien preguntarse si no existen poderosas, -superiores y aun metafísicas razones para que así sea, y si, todo -bien pesado y medido, no es más saludable que sea así. Hase dicho que -el anhelo íntimo y la porfiada voluntad del corazón humano, no es la -ventura, sino la dominación, no la paz, sino la guerra, y que ésta -sola da vado á los instintos invasores de aquél y le sirve á una de -hito y resorte propulsor. Aun pensadores de legítima cepa rousoniana, -reconocen contritos la índole batalladora del excelso antropoide, y -loan la violencia como una excelente é insuperable disciplina moral. -Y el Oro es el habitáculo misterioso de la voluntad de dominación -de los hombres y los pueblos. Como tal, merece el respeto de las -cosas sagradas. Esta consideración les brinda, aun á los espíritus -más delicados y ansiosos de soluciones transcendentes, la filosófica -ocasión de purificarse de añejos prejuicios y reparar una grande -injusticia. Y si á tal consideración se agrega el convencimiento de -que la lucha económica transporta por artes mágicas al seno de las -sociedades, las condiciones ambientes del medio natural, satisfaciendo -con esa estupenda industria, los instintos más _profundos_ y _sanos_ de -la especie humana, acabarán de disiparse las últimas nieblas del craso -error, y hasta los peor dispuestos comprenderán, sin asomos de dudas, -por qué «la riqueza es moral», como decía Emerson; por qué «la riqueza -es la ocupación de todos», como asegura el puro Gladstone, y por qué -«el comercio gobierna al mundo», según afirma el amillonado Carnegie. - - - - - SEGUNDA PARTE - - METAFÍSICA DEL ORO - - - - -UN «veneciano del estilo»--como Peladán llama pintoresca y -acertadamente á Saint Victor, quien figura entre los contadísimos -escritores que tuvieran de la significación de la Riqueza y la Finanza -algunas exactas vislumbres--dice con su verba briosa, gallarda y -más rica en valores subjetivos de lo que comúnmente se cree: «Si la -Economía política tuviera sus poetas, éstos podrían cantar el largo y -duro martirio que ha sufrido el Dinero antes de llegar á la dominación -de la tierra.» - -Todas las instituciones é industrias humanas pasaron por largos -cautiverios y terribles pruebas, antes de enseñorearse del mundo. -Basta observar las múltiples metamorfosis, penurias y malandanzas -del más humilde arte, comercio ó práctica añeja, para percatarse de -las infinitas depuraciones que sufren las cosas en los hornos de la -alquimia social, antes de merecer la aprobación solemne de la Vida. -Pero el martirologio de la Riqueza, desde el pobre capital inventivo -del _homo Mousteriensis Hauveri_, hasta el acumulado en su castillo de -las «Mil y una noches» por el mago de Menlo Park; las torturas de la -Finanza, desde los morosos cambios de armas, especias, maderas olorosas -y productos raros de países remotos, hasta las vertiginosas operaciones -bursátiles actuales; desde las sitibundas caravanas de camellos que -ponían en contacto, tal cual vez, á los pueblos comerciantes, hasta las -serpientes de metal y monstruos marinos que ponen en circulación las -mercancías de las ciudades y aldeas, y por medio del tráfico las une -á todas entre sí más íntima y estrechamente que pudieron hacerlo la -sangre ó la religión, no tiene igual. La historia de Mammon es la más -aventurera y dramática de la historia de los dioses. Las maldiciones -divinas y los anatemas humanos, llovieron sobre él. Crueles flagelos -ensangrentaron sus robustos lomos de palestrista. Sus devotos fueron -en toda la redondez de la tierra perseguidos, execrados ó expoliados -siempre como representantes típicos del egoísmo y enemigos natos de la -fraternidad. Y en el fondo, los sacerdotes y ascetas ocupados en la -gran falsificación idealista, no se equivocaban: navegantes osados, -astutos mercaderes, usureros voraces poseían los secretos del lucro, -de la dominación y tendían, como los grandes capitanes por medio de -las armas ó los sofistas por medio del discurso, á acaparar y oprimir. -Los peligros de los mares ignotos, los azares de las rutas inciertas -y temerosas, las luchas del comercio les afinaba la inteligencia y el -sentido de lo real, robustecía los músculos en mil peliagudas gimnasias -y hacía de ellos concurrentes temibles, y como tales, odiosos. Eran -como los fermentos del mal en la levadura del pan eucarístico; los -depositarios vulgares de la _fuerza interior_, que según Ferrero, -«obra continuamente en las disposiciones intelectuales y morales de -los hombres», y los obliga en cada época á crear nuevas riquezas é -ideas, y á destruir los estrechos casilleros de las viejas costumbres, -en que no encajan ya, ni sus apetitos ni sus ambiciones. Esa fuerza -interior misteriosa, que otros nombraron antes, sin conocer su esencia -ni explicarse su papel, fluido divino, voluntad, instinto vital, lo -inconsciente, formas y derivaciones, en suma, más ó menos complejas y -sutiles de lo que los modernos mecanistas llamarían acaso la energía, -es la que se concentra en el Oro, aunque no se den cata de ello Marx y -Engels al hacer de las luchas económicas el principio generador de la -historia... - -Con aquellos mercaderes, entraban y se hacían cada vez más -preponderantes en las colmenas humanas, las substancias explosivas de -las revoluciones sociales: las ambiciones de gozo, lujo y dominación, -que Tito Livio, el viejo Horacio y Séneca en Roma, como antes en -Grecia Theognis, Aristófanes y Platón tuvieron y condenaron por -corruptoras, puesto que destruían los usos y sentimientos consagrados -por innúmeras generaciones; pero que el mundo moderno, necesitado -de actividades productoras y constante transformación, se inclina á -considerar, en conjunto, como elementos generadores de progreso, á -causa, precisamente, de que despiertan los apetitos dormidos, espolean -las energías y son venero de producción de riquezas y renovaciones -saludables, sin lo cual, es cosa sabida, que las sociedades consumen -sus ahorros y declinan fatalmente. - - - - -LAS virtudes tradicionales de los pueblos pobres y austeros, virtudes -destinadas á flaquear como la inocencia paradisiaca de nuestros -primeros padres al pie del Árbol del saber, no habían terminado su -cometido y tenían algo que pergeñar aún, cuando los factores económicos -hicieron su irrupción bárbara y empezaron á modelar á su antojo y -abiertamente las sociedades. En secreto lo habían hecho siempre, porque -siempre los hombres riñeron por un trozo de _pescado crudo_, cocido -ó en salsa. Pero los antiguos no podían reconocer de buen talante el -advenimiento oficial de Pluto, del dios revolucionario, que amenazaba -destruir las instituciones civiles y religiosas, y á la par de ellas, -los privilegios de las aristocracias seculares. Era «el vencedor, -cubierto de sangre y que arrastra en su cortejo triunfal, un rebaño -de vencidos y esclavos, encadenados á su carro de guerra.» Llegaba -produciendo mil cataclismos y desquiciándolo todo: destruía las viejas -jerarquías, libertaba á los esclavos, ennoblecía á los plebeyos, -envilecía á los nobles y daba pábulo á mil actividades desconocidas, á -mil costumbres nuevas y á una nueva mentalidad. No hay sino considerar -las reformas de Solón y Servius, para darse cuenta de la magnitud de -las revoluciones sociales que siguieron á la aparición del dinero como -Majestad en Grecia é Italia, cinco ó seis siglos antes de nuestra era. -Aun resuenan, repercutiendo de edad en edad, los lamentos é invectivas -de los poetas contra la _confusión de razas_ que traía consigo las -bodas de los nobles arruinados con las plebeyas adineradas. Entonces, -como en la magnífica corte del Rey Sol, como ahora, hubiérase podido -repetir en ciertas ocasiones la graciosa y cínica frase de madame -de Grignan disculpando á su hijo de haberse casado con la rica -heredera de un _fermier_: «las mejores tierras necesitan, de tiempo -en tiempo, un poco de abono». La riqueza empezaba á conferir los -rangos y las dignidades en la sociedad y hasta en el ejército, como -antes la religión y la sangre. Un personaje de Eurípides, á quien -le preguntan de qué origen es cierto sujeto, contesta: «Rico, son -los nobles de hoy». Y lo eran de fijo, los plutócratas que sabían -enriquecer las ciudades con el comercio y defender las riquezas en los -campos de batalla; lo cual no fué parte á impedir que los Polibios y -Cicerones lamentasen acerbamente la relajación de los lazos sociales, -la perversión de las costumbres, el lujo, la molicie, la gula, la -avaricia, y, más tarde, las sangrientas luchas, terminadas á veces por -terribles hecatombes y degollinas, entre señores y esclavos, patricios -y plebeyos, ricos y pobres, en fin, con que se inicia el reinado del -dios que había de ser luego tan amante de la paz. Séneca, moralista -estoico, no exento, sin embargo, de concupiscencia ni codicia, clamaba -airado: «Es el dinero que revoluciona los _forums_, que precipita las -turbas hacia los tribunales, que arma á los hijos contra sus mayores -y fabrica los venenos; por él los reyes roban, matan y, á fin de -descubrirlo entre las ruinas, destruyen ciudades que largos siglos de -esfuerzo levantaran». - -Resistiendo á su influjo, en apariencia funesto, aun sin traer á -colación los horrores de la guerra, pues que destruía las augustas -construcciones religioso-militares, los moralistas defendían el -patrimonio social, la civilización propia contra las invasiones de -los bárbaros que pretendían imponer la suya. Por razones fáciles de -comprender, sólo percibían los miasmas deletéreos que la riqueza -produce al estancarse y que es como el exceso del bien, semejante, -en cierto modo, á los excesos no menos malsanos de la cultura, la -moralidad ó del arte. La economía política y la ciencia social estaban -por nacer, y la severa Clio en pañales no había descubierto todavía los -genios que presiden el misterioso trabajo de las civilizaciones, ni las -leyes que rigen la producción y el cambio de las riquezas, verdaderos -sístoles y diástoles del corazón del mundo. Á esto será bien agregar, -que el hijo de Jasión y la blonda Demeter, «engendrado en una tierra -tres veces labrada», no producía entonces, como ahora, el desarrollo -de tantas actividades benéficas. Las hechuras de Pluto, las ambiciones -voraces, aparecían como contrarias al orden social establecido y la -tranquilidad de las clases dirigentes; las voluntades que, endurecidas -y afiladas en el comercio y la industria, iban derechas á dominar, -incomodaban y constituían una amenaza, un peligro: no eran fraternales, -traían la discordia, la guerra y contrariaban la obra pacificadora y -enervante de la civilización, quintaesenciada en los preceptos galanos -que, plácidamente, caminando por prados floridos, caían de la boca de -los maestros y recogían, ávidos de amoroso saber, efebos gráciles y -desnudos. - - - - -CONSIDERÁNDOLO atentamente, ocurre preguntarse si quizá el odio á la -Fuerza invencible y su heredero el Oro, en que rematan las religiones, -filosofías y morales después de Platón, á quien tan duras invectivas -le merecieron las clases adineradas, no es el síntoma típico, aunque -inadvertido para el poeta de «Zaratustra», de la reacción de los -débiles contra los fuertes, dictada por la urgentísima necesidad, de -que nos da señales inequívocas la doctrina cristiana, de atenuar la -virulencia del egoísmo nativo y corregir los abusos naturales, pero -anti-sociales de los poderosos, á fin de hacer posible la vida común y -la santidad de la existencia. - -El amor de la riqueza, la Riqueza en sí, es la objetivación condensada -y cabal del egoísmo, hostil al renunciamiento, á la generosidad -inútil, á los ideales humanitarios; hostil á lo que no sea el interés -genuino y vital de las criaturas. Esto explica de sobra los males que -causa y su condenación por los santos varones, sobre cuyas testas sin -fiebres y que ignoran la razón fisiológica de los fenómenos sociales, -desciende majestuosamente, como sobre Parsifal, la blanca paloma del -espíritu de Dios, cuando el _hombre simple_, por un prodigio de la -fe, hace resplandecer de nuevo la sangre de Cristo en el vaso sagrado -del Graal. Pero el egoísmo, por otra parte, es la fuerza, el nervio, -el jugo de la voluntad; es, en cierto modo, la _virtud humana_, -lo cual explica, no menos cumplidamente, su triunfo en el mundo y -rehabilitación por los fervientes de la Vida y la moral del esfuerzo -triunfante y creador. Mas esto atañe á los sociólogos de novísimo -cuño, excitadores y organizadores de los egoísmos desvirtuados por las -dulzuras de la civilización, no á los moralistas de vieja cepa, de -industria adormecedores, cuando no destructores de aquellos egoísmos, -como cumplía, hasta cierto punto, en las épocas en que el animal humano -era demasiado bravío y acometedor. - -La obra del cristianismo, como antes la del budismo en la India, fué -amansarlo, introduciendo en el tumultuoso corazón de la bestia el -desinterés y la piedad. Y en efecto: la antipatía hacia las voluntades -sobrado dominadoras se acerba, acrecienta y desborda como un río -que recibe copiosos é inauditos afluentes, después que Jesús enseña -el estrangulamiento del deseo y el horror de los bienes terrenales. -«Vosotros no podéis amar al mismo tiempo á Dios y á Mammon», dice en -el «Sermón de la Montaña», y tal repiten contritos, apóstoles, frailes -descalzos y doctores de la Iglesia en la larga noche medioeval, noche -de pesadillas tenebrosas y macabras, de visiones terríficas, fugaces -luminosidades de fuegos fátuos y perennes sombras, cuyo misterio -aumentan el murmullo de las plegarias y los gemidos dolientes al pie -del confesonario. Diríase que, llenando de horrores y pavuras la -existencia, iban á descepar del alma el sentimiento de las realidades y -el apego de todo bien. Dios y Mammon no cabían en el mismo plato. Uno -era la negación, el otro la afirmación del mundo que urgía destruir -como hechura del demonio. - -_La mala conciencia_, como un murciélago fatídico, revolotea en -tomo de las almas. «Época exquisita y dolorosa para los artistas», -asegura Huysmans, un fino conocedor de la voluptuosidad del pecado -y del cilicio. Se vive en una pura y angustiosa zozobra, con los -ojos vueltos hacia las soledades del cielo, y las flacas y pálidas -manos se juntan unánimes en demanda de perdón. El goce, el amor, la -vida, y, particularmente, el Oro, en el que se resumen todas las -concupiscencias, son engendros satánicos. Ansias locas de purificarse -y morir, agitan los pechos hundidos por la devoción y las penitencias. -Y así, como esos lirios que brotan en las sepulturas, nacen en las -conciencias atormentadas, el desdén de las realidades, el desprecio -de los bienes positivos y la economía celeste, que sólo regula las -relaciones místicas de las criaturas con el Todopoderoso sin curarse -de nada más. ¿Para qué? Lo importante es la salvación de las almas: el -resto, es asunto de poca monta. Las sociedades hambrientas se nutrirán -como los pájaros, «que no siembran ni recogen», de lo que Dios les dé. -El estado ideal será la pereza noble, la mendicidad santa, la ausencia -de todo deseo egoístico y de todo apetito carnal, bien que á veces, -apurados por necesidades terrenas y fatalidades fisiológicas, papas -ávidos y concupiscentes, como los del siglo VI; ambiciosos patriarcas, -como los de Alejandría, y caballeros andantes, como los templarios, -se dieran en cuerpo y alma á la conquista de la riqueza y al demonio -de la dominación. Papado, guerras religiosas, política eclesiástica y -los concilios, que se transforman en campos de batalla de los ardores -menos mansos y evangélicos, muestran la flagrante contradicción de -la metafísica cristiana y las necesidades de la existencia. Sólo -transando y deformándose mútuamente, han podido vivir codeándose -durante el largo período que empieza con la revolución mística del -cristianismo contra el materialismo pagano y concluye impensadamente -con la revolución materialista de los proletarios contra todas las -teodiceas, éticas é ideologías. Ayer las miradas y las aspiraciones, -atravesando la pupila ojival, iban al cielo como las góticas flechas de -las catedrales; hoy la humanidad, anemiada por los ayunos y penitencias -y deseosa de retemplar su ánimo con la alegría de vivir, vuelve los -apagados ojos hacia la tierra fecunda que produce las flores aromadas -y el rubio trigo, ¡Dramático contraste! Él explica lo que va del Dios -ciego y ventrudo, satirizado por Aristófanes y Luciano en sendos -poemas, al magnífico Pluto de Goethe, cuyo carro triunfal conduce la -«Prodigalidad», la Poesía; lo que va del bonete irrisorio del judío, -escarnecido y confinado en la prisión del _Ghetto_, como una alimaña -vil ó sanguijuela chupadora de la sangre noble, á la corona de oro -macizo de los reyes yanquis, que tiran millones al viento con el -majestuoso ademán del sembrador lanzando la simiente, y hacen brotar -ciudades y vergeles en los desiertos áridos; lo que va de Shylok y -Harpagón á Morgan y Carnegie; lo que va, en fin, de la sociedad de -mendigos de San Juan Crisóstomo, el amor de la Pobreza del serafín de -Asís y la vida penitente de los anacoretas y ermitaños al determinismo -económico, las doctrinas nietzequianas y la religión de la Vida. - - - - -AUNQUE en realidad fuera el primer incentivo del deseo, teóricamente -el Oro es la cosa maldita. Durante luengos siglos el desprecio de los -bienes terrenales, que apunta en las viejas religiones, exceptuando -las que florecieron con los olivos de Grecia, informa los morales -idealistas, pasa al arte, á la literatura, á todo lo que toca á la -inteligencia y el alma, y se dirige francamente contra lo más impuro -y terrenal, por ser, sin duda, la materialización de los deseos, -pasiones é instintos más intrinsecamente humanos. Sí; teóricamente el -dinero es la cosa maldita. Especular, enriquecerse, son invenciones -de Mara, según los discípulos de Buda; invenciones de Satán, para los -cristianos: un pacto con el demonio, para todas las criaturas humildes -y temerosas de Dios. Como la Fuerza, es el Oro el enemigo del Amor. -«Saldrá de la obscura tierra una cosa que pondrá á toda la especie -humana en peligro de muerte; que inspirará infinitas traiciones, -robos y perfidias, arrebatándole la libertad á las ciudades y la vida -á los individuos. ¡Cuánto mejor no sería que volvieras al infierno, -oro, monstruoso elemento!» clama el gran Leonardo con el ciego furor -de un apóstol de la pobreza, él, que en plena obscuridad, tuvo tan -luminosos atisbos y fué sabedor de tantas cosas. Y como él, nadie -barrunta las fuerzas maravillosas que duermen en el corazón del dios -ciego como Eros, esperando la voz taumaturga que le ordene producir -los modernos milagros. El desinterés de los filósofos y sacerdotes de -la falsificación idealista, corre parejas con el inflamado ascetismo -de los monjes que, por pura penitencia y mortificación de la carne, se -emparedan, viviendo entre inmundicias de la limosna pública, déjanse -desecar los miembros ó comer por los piojos, los gusanos y la mugre. -Vivir en el desprecio del mundo es el pináculo de la sabiduría; -desdeñar las riquezas y las actividades renumeradoras, es vivir -filosóficamente. Hasta muy entrada la edad moderna, el púlpito, la -cátedra, el libro vomitan airados las más rotundas invectivas contra -la sed de lucro y las ambiciones interesadas. El dinero no pierde su -olorcillo de azufre. Poetas parásitos de los grandes señores; hidalgos -orgullosos y famélicos; los inútiles de todas las profesiones y los -incapaces del largo y paciente esfuerzo que exigen los favores de la -Riqueza, la insultan y escarnecen llenos del secreto rencor de los -amantes desdeñados. Y la sempiterna incomprensión de la engolletada y -casquivana Literatura, llega hasta nuestros días con la maldición de -Alberich, á pesar de tener delante las maravillas realizadas por la -virtud del Oro, entre las que podrían contarse, aunque inacabadas, la -paz del mundo y la unión del género humano. - -Los míseros vástagos de Bucaret, Harpagón y Mercadet pululan en las -piezas de teatro y novelas contemporáneas, y, sobre todo, en la -producción literaria francesa, como correspondía, por legítimo é -indiscutible derecho, al pueblo más idealista, razonante y amoroso -de la pluma caballeresca de Enrique IV y del penacho fantasioso de -Cyrano de Bergerac. «Las pequeñas fortunas se hacen de vilezas, las -grandes de infamias», decía en serio el admirable Becque. Afirmaciones -semejantes, y aun más subidas de punto, son el pan cotidiano entre las -gentes de letras. Á creerlos, todo comercio sería una maniobra obscura -y vil; todo hombre de negocios, un truhán vendedor de negros, como -el respetable personaje de «La Petite Noémi». Es cosa admitida que, -«on ne devient riche sans se salir un peu», y que, como quiere Bloy, -«el Dinero es la sangre del Pobre». Huysmans, otro monje iracundo, -pretende que es un elemento misterioso, cuyo poder sobre las almas no -puede explicarse sino atribuyéndole una naturaleza diabólica. Y en -esta católica concepción se complacen, no sólo los poetas, mas los -filósofos como Finot, que compara los halagos de la riqueza, que no -satisfacen jamás, á las caricias glaciales del diablo, cuyos besos, -según confesión de las embrujadas, hielan de espanto. - - - - -LOS adobes y afeites de la literatura, le prestan empaque mefistofélico -al rostro simple y bonachón del comerciante, y hacen de éste, que -tiene más de Sancho que de Borgia, la antítesis de las virtudes -cristianas, la encarnación de los apetitos groseros, el espíritu del -mal. Sin embargo, los viles mercaderes permanecen sujetos aún á las -reglas y cadenas morales de que alegremente se libertaron ha tiempo -los artistas. Á muchos les sorprende, sin duda, que los reyes de la -Bolsa no traspasen ostias sagradas haciendo cabalisticos signos, ni -sacrifiquen tiernos infantes los viernes santos, como sus congéneres -los perros judíos de antaño, perseguidos en todos los países, robados, -sacrificados por millares y quemados en todas las hogueras, más que -por herejes, por conocer los secretos del lucro, su gran hechicería. - -Los curiosos é infantiles personajes de «Les Effrontés», «Les -Corbeaux», «Les affaires sont les affaires», y «L'argent» enseñan que -el patrón literario del financista no ha variado desde Shakespeare, -Molière, Le Sage y Balzac á Augier, Becque, Fabre y Mirbeaux. Es un -ejemplo, digno de rugar las frentes pensativas, de la extraordinaria -ininteligencia de los retores para comprender y aquilatar la fuerza y -hermosura del último símbolo. Bien es verdad que el literato, fuera -del mundo de la ficción, es un hombre incomprensivo y estúpido. -Diríase que, á fuerza de vivir con el oído atento á las misteriosas -campanas de la Ys interior, hubiera perdido la facultad de entender -los himnos gozosos de las realidades, que pasan como una teoría de -sonrientes vírgenes, cargadas de frutos y coronadas de flores. Esta -inferioridad, esta ineptitud conmovedora, pica en grotesca cuando -se trata, no de filósofos ajenos á los vanos ruidos del mundo ó de -poetas embebecidos en sus encantadas imaginaciones, sino de moralistas -de teatro, mundanos y escépticos; que comprenden y disculpan las -flaquezas humanas, sonríen benévolos á la voluptuosidad y al vicio -y sólo se vuelven intratables al juzgar los pecados austeros de los -adoradores de Pluto. Tal el amable Capus, que cito precisamente, por -no tener nada de un severo moralista, ni ser un sistemático detractor -de los _vientres dorados_, como el obtuso y pueril Fabre. Su comedia -«Les Deux Hommes», nos muestra para condenar á una y enaltecer la -otra, la oposición de dos morales: la del delicado Delange, quien á -causa de su temperamento poco heroico, en verdad, gusto del pasado y -educación caballeresca, se siente vencido antes de luchar, y espera -noble y elegantemente que los _apaches_ vengan á arrancarle los últimos -_sous_ que le quedan; y la del _arrivista_ Champlin, sujeto vulgar, -envilecido, como no podía menos de ser, según el prejuicio literario -por la sed de riquezas, lujo y goces materiales. Y bien, hablando con -franqueza y lealtad, Delange, el noble Delange, el personaje simpático -de la pieza, pertenece á aquella dilatada estirpe de idealistas -imbéciles que otro idealista de más enjundia y garra, Barrès, aconseja -enviar al matadero. Es precisamente lo que hacen los hados cuando el -sibarita decide, en un viril arranque, bajar á la arena, lanzarse á -la lucha, _envilecerse_ en la Bolsa. Parece resuelto á ser un hombre -terrible. Sin tomarse otro trabajo que el de seguir las indicaciones de -un mal consejero, interesado en arruinarlo, el buen Delange hace una -jugada infeliz y pierde, como era lógico, obrando con tan poco seso, -lo que le resta de su menguado peculio. Y basta, ya ha hecho todo lo -que había que hacer para ablandar la esquiva suerte; ya ha dado la -medida de sus fuerzas y toma una actitud resignada para morir. Como -se ve, la odisea de su energía no es muy famosa. Champlin es harina -de otro costal. Se agita, sufre, lucha; quiere vivir, vencer, gozar -y, como el doctor Fausto, «ver á sus pies la nave rota y hundida». Á -pesar de todo, no es tan bajo ni ruin como parece. La ganga de sus -sentimientos groseros, contiene las partículas de oro de una ambición -generosa y audaz. Corregido de sus vicios, la humanidad podría esperar -algo de él. Su egoísmo puede ser fecundo. El desinterés de Delange será -siempre estéril. Harta razón tiene Champlin cuando le dice al que, -entre paréntesis, pretende arrebatarle, no la bolsa, sino la mujer lo -cual, á lo que parece, es más lícito y noble: «Con vuestras ideas no -se trabaja, no se obra, no se funda nada, no se crea nada; sólo se -llega á ser un inútil y un egoísta». Bien dicho. Sin embargo, después -de esta inusitada vislumbre, el autor rinde parias nuevamente al -prejuicio literario y al sentimentalismo del público. La pieza termina -así: «Champlin será rico: ¡pobre muchacho!» Por donde se colige que la -riqueza es una especie de maldición. - - - - -Y el sentimiento es general. No recuerdo haber leído novela de la -índole de «Un homme d'affaires» de Bourget ó de «L'Or» de Margueritte, -sin contar muchos tomos de la «Comedia Humana»; ni visto pieza, como -«La Question d'argent», donde la filosofía del autor se traduzca de -otro modo que enalteciendo á los sentimentales y condenando á los -viriles[1]. Porque lo vituperable é innoble, como en el teatro de -Fabre, resulta que no es la ambición exclusiva de lucro, la torpe -avidez de los hombres de negocios; mas la ambición en sí, la voluntad -dominadora, el espíritu de empresa, el amor de la lucha y la aventura -y lo contrario de las virtudes elegantes, contemplativas, que merecen -los aplausos de las almas nobles. - - [1] Estas páginas fueron escritas antes de aparecer «Le Trust» - de P. Adam. - -Aunque simple y pecador, paréceme que esta suerte de propaganda, digna -del poeta de las Florecillas ó de los ascetas de la India, que aún se -acuestan sobre colchones de clavos y viven de la pública caridad, es -la que menos conviene á un pueblo excesivamente galante, sentimental, -artista, pero nada sobrado hoy de energías viriles. ¡Mas qué sería, sin -tales arrestos de desinterés, del amor de las actitudes estéticas y -de los bellos discursos que tanto amamos los latinos; particularmente -los más enfermos de ese mal misterioso y baladí que se llama la -literatura! He ahí por qué el viejo prejuicio contra las actividades -interesadas y especialmente contra el lucro, desvanecido en casi -todas las clases sociales, sigue arraigado y vivaz entre las gentes -de letras. Ya se sabe que ello es pura retórica; tema susceptible de -dar pie á elocuentes volteos verbales; pero aun así, tanta ceguera y -obstinada persistencia en un error, comprensible en la antigüedad, -donde la riqueza era á veces corruptora, pero sin disculpa en las -civilizaciones actuales, que han menester de los alados pies de Hermes -para no quedarse rezagadas, debe de obedecer á razones profundas, -aparte de indicar la poca aptitud de los irrealistas para comprender -el mundo moderno y traducir la acerba inquina de los hombres de pluma -por los hombres de espada, de los _rêveurs_ por los _agisseurs_. Es una -especie de odio sacerdotal. Quizá retores y humanistas, representantes -típicos del espíritu clásico y de la disociación ideológica, se sienten -amenazados en sus privilegios de clase pensante--como antes las -aristocracias históricas por las actividades económicas que tendían -á destruir el dominio secular de aquéllas--y lamentan la agonía de -un mundo encantado que, como hechura propia, les era tan dulce y -favorable; quizá niegan las aptitudes que no poseen y contra las cuales -no pueden luchar victoriosamente. En cualquier caso, la condenación -implícita ó categórica de la vida moderna y las virtudes necesarias del -momento, tan nobles y útiles como lo fueron en el suyo las encomiadas -en la «Imitación de Cristo» ó los libros de caballerías, implica en -los que la formulan de una ú otra manera, la incapacidad de adaptarse -al nuevo ambiente, y es como la dolorida protesta de los que van á -morir... - - - - -Á pesar de la manifiesta hostilidad de los representantes del -intelecto, la Vida, disfrazada con los mil antifaces del deseo y de la -necesidad, seguía incubando la formación de la Riqueza, y ésta, á su -turno, en secreto, pero tenazmente, modelaba las almas con sus dedos de -oro y reunía en una lucha trágica, sin tregua ni término, los inmensos -materiales de las grandes civilizaciones. La Riqueza, aunque por modos -invisibles á veces, fué y sigue siendo la musa del mundo. El salvaje -que descubre los primigenios secretos del fuego y de la simiente, de -la industria y la agricultura, y el ingeniero que aplica la química -á la agricultura y la industria, obedecen á la misma ley é idéntica -inspiración. Estas van más allá de los limitados horizontes de la -lucha por la existencia, del interés de los utilitarios y del mismo -placer de los epicúreos; arrancan de la noble ambición de conquistar el -universo, á que obedecen por naturaleza y secretamente los elementos, -las flores, los hombres, las sociedades. La cosa maldita, la cosa vil: -la Riqueza, es acumulación y conservación de voluntad, como la ciencia -es acumulación y conservación de pensamiento. El poder diabólico del -dinero, aborrecible é inexplicable para los moralistas, viene, sin -duda, de que es el signo de aquella voluntad preciosa. Por eso delante -de él, quieras que no, todo obedece, y hasta los mismos dioses bajan -la cerviz y doblan las rodillas. Y por la misma causa seguramente, -cuando una clase social como la burguesía, se hace, por instinto, la -ejecutora del _deseo de poder_ impuro, pero fecundo, contenido en -el Oro, remueve y transforma, como por encanto, la inteligencia, el -corazón y el alma del hombre; triplica sus facultades y alientos con -el acicate de todos los apetitos; rompe las cadenas feudales, murallas -de la China y diques religiosos opuestos á la expansión soberbia de -la fuerza humana, y lanza millones de voluntades, antes pasivas y -estériles, al rudo y mortal combate... que produce los bienes de la -tierra y las magnificiencias de la vida. Espoleada por su calenturiento -afán de posesión, que muchos llaman torpe y funesto y que habría que -llamar divino, la burguesía, la clase más revolucionaria y por lo -mismo la más progresista, perfora ó parte las montañas, que muestran -sin dolor la carne viva de sus filones de piedra; ahonda y ensancha -el cauce de los ríos; surca el planeta de carreteras pulidas como la -plata y venas de hierro por las que corre la rica sangre del mundo, -y vivientes alambres, y _líquidos caminos_ de zafiro y esmeralda, -llevando por doquier, junto con las mercancías, la competencia y la -lucha económica, las ideas, los sentimientos y las esperanzas de los -países más remotos. Así se fecundan mútuamente las almas de los pueblos -que no se conocen. Es la guerra, pero también es la paz: la burguesía -suprime las fronteras y une á los hombres. Nada le resiste. En un -periquete destruye las antiguas formas de la producción que, insegura y -torpe, arrastra los pies como una vieja centenaria, y á la par de ellas -destruye también las relaciones humanas por la producción establecidas -en gran parte. Y crea los prodigios de la grande industria, los -milagros del maquinismo, el mercado universal, donde, fuerza es -confesarlo, todo se vende y todo se compra, sin exceptuar las funciones -más conspicuas y venerables, pero donde todos saben también á qué -atenerse por conocer el precio de las cosas, sin excluir el precio del -desinterés... Nadie pide cotufas en el golfo de los egoísmos humanos, -que es mejor admitir y conocer que no disfrazar hipócritamente, pero -ello no veda canalizar estos últimos hacia el altruísmo,--que es una -forma superior de aquellos--y el bien de las sociedades. Sin embargo, -moralistas y sociólogos hay que imputan á la burguesía, entre otros -horrendos crímenes, la falta de ideales generosos y el haber reducido -los lazos de la familia y las relaciones de los hombres á puras -operaciones aritméticas. Falso. Ella ha tenido el magnífico ideal de -la abundancia de pechos inagotables; el culto de la vida intensa, -desbordante de fuerza y hermosura; la moral de la lucha, que fortifica -y ennoblece. No ella, sino la ciencia, la filosofía y la historia han -hecho ver la urdimbre de sentimientos interesados que constituyen -la trama de la vida. Lo que hizo la burguesía, empujada por fuerzas -fatales, fué sustituir la franqueza á la hipocresía, desenmascarar -los intereses, libertar los egoísmos, darles libre escape ó juego á -los instintos dominadores, los más vitales y sanos en el fondo, para -domeñarlos, servirse de ellos sabiamente, como los marinos se sirven de -las corrientes y los vientos, y convertirlos en colaboradores sumisos -del progreso universal. Gracias á la virtud mágica de esos egoísmos -é intereses, condenados con palpable contradicción por los mismos -profetas del determinismo económico, desaparecen de la tierra los -desiertos hostiles y también los páramos donde reina la Muerte blanca; -los atajos ariscos y temerosos, se convierten en carreteras arboladas; -las chozas humildes, en palacios suntuosos; las aldeas miserables y -somnolientas, en ciudades inmensas como el mar y bullentes como él. -Comparándola á otras edades que conocieron los espectros del Hambre, -de la Peste y del Terror, la era capitalista transforma la miseria -en riqueza, el dolor en alegría, la esclavitud en libertad. Ella ha -puesto al alcance de los humildes una gran cantidad de bienes y goces -que antes les estaban vedados. Sus mismas imperfecciones y vicios -llevan en sí los gérmenes de futuras reivindicaciones sociales. Éstas -se producirán á su tiempo y quizá de un modo contrario á lo previsto -por los arúspices de la ciencia social: de un modo anti-racionalista y -anti-humanitario. La acumulación capitalista produce ya, sin quererlo, -la asociación, la cooperación, la repartición de capitales; la lucha -de clases, tan maldecida, el vigor de todas ellas y la liberación -lenta, pero segura de las explotadas. Pero la burguesía hace más: su -gran obra, su obra diabólica, su misión divina, es la de convertir -_precisamente_ los sentimientos vagos, los deseos pueriles y las -nostalgias enfermizas del idealismo en ambiciones audaces, en voluntad -concreta de dominio, en afán de lucro, en fiebre dorada, que se -comunica, como el fuego griego é inflama al mundo, engendrando más -fuerzas y produciendo más maravillas en sólo un siglo, que pudieron -acumular juntas las pasadas generaciones en los siglos restantes. - -He ahí su _crimen radioso_, su vergüenza y su gloria. - -Y todo ello, no por razones sociales, sino por razones _metafísicas_: -por haber escuchado los eternos mandatos de la Divinidad en el alma -heroica del Oro. - - - - -SIN caer en alambicadas sutilezas ni picar en sofista, podría -aseverarse que el tenebroso parentesco de la fuerza y lo divino, existe -también entre el Oro y la Fuerza. Como ésta, de quien es legítimo -heredero, el Oro inspira el santo horror y la fatal atracción del -arcángel desterrado del Paraíso, pero que ha hecho de la tierra su -vasto imperio. Las religiones lo maldicen como á Satán trismegisto; los -poetas lo execran como al símbolo de la prosa vil; los irrealistas lo -aborrecen como á la encarnación perfecta del egoísmo, de la impureza -humana; pero las voluntades, servidas á maravilla por un instinto -inequívoco, lo desean ardientemente, lo aman con pasión y lo esperan -en sueños, como la bella del Bosque durmiente al Príncipe _Charmant_. -Es el prometido. Llega, las coge de la mano, dulce ó violento, y -las conduce por caminos de rosas ó espinas, lo mismo da. Las bellas -obedecen sumisas los caprichos del príncipe terrible y delicioso, y en -sus brazos suspiran lánguidas y desfallecen de amor. Él, consciente de -su poder diabólico sobre las almas, dicta leyes y éstas son acatadas -por los mismos que lo maldicen á sabiendas... y lo adoran y obedecen -sin saberlo. En su altanería señoril, no oye los insultos de los -vasallos rebeldes: los somete ó anonada sin placer ni dolor, y sigue su -camino imperturbable, sonriendo desdeñoso al bien y el mal que causa. -Y en esa sonrisa orgullosa y cruel, se reconoce su origen olímpico, su -esencia divina. - -Parece cosa de encantamiento que la humanidad no haya sospechado nunca -la excelsa genealogía del Oro, ni reconocido en su virtud prodigiosa -de oponer hechos á la gárrula palabrería de los retores, un signo -infalible de la fuerza inmortal. Las entidades metafísicas, huyen -medrosas de las realidades vivientes que él crea; las falsificaciones -del Espíritu, se desvanecen como fantasmas al contacto de los hechos -que, por su fuerza vital, él impone. Él sólo es verídico; él sólo sabe, -quiere y puede. Y no es extraño: todas las potencias servidoras de la -voluntad de vivir residen en el Oro, ya que, por vías caóticas, por -misteriosos medios, por extrañas condensaciones, la inteligencia, las -virtudes, los deseos, los egoísmos, las quintas esencias de lo humano, -han ido á reducirse y extractarse en las duras y áureas entrañas de la -moneda. - - - - -SOCIÓLOGOS y economistas loan, sin esfuerzo, la complejísima función -social de la moneda ó del billete, que son para la economía del mundo, -lo que la palabra para el pensamiento del hombre; reconocen, de buen -grado, los beneficios de que las sociedades les son deudoras, entre -los cuales podría citar, entre otros mil, el haber hecho evaluables y -circulables comercialmente, ó lo que es lo mismo, ligeras y asutiles -como los copos de nieve que empuja el viento, las cosas más pesadas -é inamovibles de la tierra: los campos, los bosques, los filones de -metal; algunos van hasta admitir ciertas analogías no ortodoxas, entre -el punto de vista _matemático_ y el punto de vista _pecuniario_, entre -la ciencia que, para ser más comunicable se _matematiza_, siguiendo su -propia ley, y los bienes materiales que, obedeciendo á los designios -secretos de la vida, se _monetizan_ para hacerse más sociables. «El -imperio de las matemáticas», dice Tarde, dejándose elevar por las -alas leves y enormes de los raptos de la imaginación, ajenos al -fastidioso raciocinio de los economistas, «se extiende sin cesar, -cada vez más lejos en el mundo del pensamiento como la moneda en el -mundo de la acción». Otros, creen descubrir misteriosas similitudes -entre la evolución de la fuerza y la evolución de la moneda, entre la -mecánica y la economía; pero sólo se trata de parentesco material y -epidérmico; nadie sospecha el parentesco divino, digámoslo así, por -donde el Oro adquiere, sin embargo, su poder, seducción y misteriosa -virtud existente y ordenadora. Porque el amor del Oro, como el instinto -de dominación con el cual se confunde á menudo, es una forma sutil -del egoísmo, de la vitalidad, de la fuerza, que busca extenderse -indefinidamente, estableciendo por doquier su imperio y jerarquías, es -que se adueña de todo lo humano y no se satisface jamás. Y la virtud -benéfica de aquel calumniado amor, estriba ¡quién lo dijera! en la -facultad milagrosa de mantener siempre ansioso el Deseo, satisfaciendo -á la par los apetitos que provoca en cada etapa de la vida. - - - - -DESDE tales alturas, difícil es desconocer la virtualidad suprema del -Oro, ni su influencia decisiva y suma en la historia de las sociedades. -Los que lo niegan, no lo conocen, no han penetrado su alma: son los -observadores superficiales que sólo perciben las formas contingentes -y deleznables de las cosas, sin descubrir jamás con _ojo profundo_, -su esencia íntima y eterna. El temor religioso y goce diabólico que -embargan la conciencia obscura del avaro ó del miserable á la vista -de la moneda, brillante y fascinadora como la mirada de la serpiente, -se me antojan sentimientos más robustos, levantados é hijos de una -comprensión más _musical_ del símbolo, que el desdén artificioso -y obtuso del dinero, puesto de moda un día como signo cierto de -espiritualidad y nobleza de alma. - -Los torpes materialistas, los espíritus groseros son, á mi entender, -los que únicamente aciertan á descubrir una fuerza impura en la que, -en realidad, es el _substratum_ de la voluntad humana. Contempladlo -larga y religiosamente. Ese diminuto redondel de rubio metal, que fué -en ciertos pueblos cuchillo ó cimitarra, como la _zapeca_ china, antes -de perder la hoja mortífera y convertirse en moneda--hermoso símbolo -de su excelsa alcurnia,--_es el habitáculo misterioso de la voluntad -de dominación de los hombres y los pueblos_. Todas las virtualidades -de la raza, han ido á extractarse en su audaz corazón. Actos heroicos -y vilezas, castidad y lujuria, penas y goces, realidad y poesía, -desencanto é ilusión: la vida social, en fin, está contenida en el -disco brillante y prodigioso, y por medio de él se transmite de unas á -otras generaciones, como la vida fisiológica humana está contenida en -el licor precioso, que transmite de unos á otros hombres la herencia de -todas las edades. - -¡Vida y Oro se reproducen y se heredan! - -Esta sugerente similitud permitiría afirmar al menos dotado de -imaginación metafísica, que la herencia económica es, bien considerada, -una especie de prolongación de la herencia fisiológica, lo cual -serviría para defender la Riqueza de los ataques furibundos de la -crítica marxista y del anarquismo. Y, en efecto, no se comprende bien, -después de lo asentado más arriba, por qué, si es legítimo heredar -una neurosis ó una dispepsia, hijas de la disipación paterna, no es -legítimo heredar una fortuna... producto de la paterna previsión y -economía... En cualquier caso, el Dinero participa de la inmortalidad -del plasma germinativo: el deseo eterno y la imperecedera esperanza -se reproducen y heredan por medio de él; y es al propio tiempo la -cosa viva y espiritual por excelencia, ya que añade á la virtuosidad -presente y sin fin, la virtualidad extractada del pasado infinito. De -ahí que represente, antes de todo y por encima de todo, valor moral. -En medio del escepticismo regalado y licencioso de las clases afinadas -por la cultura, y el grosero descreimiento de las masas, libertadas -de todos los frenos, él, como un dios único, benigno y todo poderoso, -mantiene firmes las voluntades é impide la corrupción general. Lo que -no pueden hacer ya las religiones ni las morales con sus aventados -preceptos y dogmas, lo hace él, descubriendo á los ojos ávidos de las -muchedumbres, no fementidos paraísos, mas los goces, los placeres, -los bienes reales de la vida. Es por conquistarlos en rudas batallas, -que el hombre se disciplina metódicamente, doma sus ímpetus bárbaros, -obedece á la ley, exalta sus facultades, tiende sus nervios, piensa, -obra y sueña. El labrador, que lucha á brazo partido con la fatalidad; -el banquero, á quien mil _combinaciones_ impiden dormir en su lecho de -plumas; el inventor, que enloquece á fuerza de pensar, y el millonario, -que prefiere los cuidados é incertidumbres de la especulación á la -renta tranquila y segura, dejarían de ser, dejarían de obrar, dejarían -de vivir, convirtiéndose en corchos muertos y podridos sobre las ondas, -si Mammon no les pusiera en el alma una pimienta fuerte, el grano de -sal divina que enardece la voluntad y da el gusto de la aventura y la -conquista. ¡El Dinero! Su acción estimulante sobre las conciencias -impide que el mundo caiga en letargo mortal. De varios modos, con mil -alicientes y encantados espejismos, él crea y premia las aptitudes que -la vida moderna reclama y sin las cuales perecerían las sociedades. -Mirándolo, sin injustas prevenciones, él, el corruptor, es una gimnasia -para los músculos y una disciplina moral. El gran pecado es no amarlo -con bastante ardor; pero si se ama ardientemente, purifica y enseña á -vencer. Esa es la razón de que el nieto de Themis, la cual que junto á -Zeus vela por el orden del universo, tenga más adoradores que todos los -dioses juntos. En las Bolsas, sus templos colosales, se enfervorizan -los ánimos abatidos y golpean el pecho los pecadores. Fuerza, ayuda y -consuelo se le piden al dios resplandeciente como Apolo y taumaturgo -como Dionisos. Su lengua es universal; su religión pasa por encima de -fronteras, desiertos y mares, estimulando por doquiera las energías -creadoras, los egoísmos acaparadores, las ambiciones combativas, los -deseos, las esperanzas y también los intereses sórdidos, que por su -misma crudeza se convierten en altruísmo. Son las virtudes que gozan -de gran predicamento en la corte del dios blondo, y ellas deciden del -triunfo. - -Hasta los pensadores ofuscados por el prejuicio espiritualista, lo -confiesan: las fuerzas productoras priman sobre todas las otras y -tienen influencia decisiva en los destinos de los pueblos por ser, -sin duda, las formas más universales del instinto de dominación, -correlativo de la vitalidad. Es un hecho contra el cual se estrellan, -como las olas contra el enhiesto peñón, las airadas y espumosas -declamaciones del púlpito y la tribuna. No cabe dudar. La superioridad -de un pueblo se concretaba antaño en el ejército; éste era algo -así como el _substratum_ de las virtudes y excelencias nacionales: -hoy lo es la Riqueza. Sin ella ni universidades, ni industrias, ni -escuadras, ni fuerza, ni hermosura. Sus altas y bajas determinan las -mareas sociales. Un descubrimiento industrial, un cambio en la forma -de la producción, la oscilación de los mercados, tienen más hondas -y dilatadas repercusiones en el mundo, que las ideas ó sucesos, al -parecer, más culminantes y transcendentes. Esto sin contar que la -historia entera, sin excluir la del pensamiento, puede considerarse, -en general, como el producto de la lucha de clases, determinada por -la evolución del factor económico. Y como de ésta deriva todo en -las sociedades, como de la diosa del duro corazón pende todo en el -universo, no es mucho que el Poder abandone los tronos y castillos y -siente sus reales en los despachos de los banqueros, en las _usinas_ -y los mostradores. De esta suerte el Oro se democratiza, porque -liberta á los esclavos que obtienen sus favores, y establece la -única igualdad positiva. Á la vez se ennoblece y, por decirlo todo, -la única aristocracia real es la suya: las otras, son aristocracias -convencionales, que viven de prestado y á la sombra protectora de la -verdadera Majestad. - - - - -POR tantas y tan profundas razones, como brinde á una el laurel y la -corona de rosas, franca ó hipócritamente, los pueblos se preparan -para la conquista del vellocino de oro, que ya Jasón fué á buscar á -la remota Cólquida y Colón á la soñada Cipango. Las actividades, aun -las señoriles y desinteresadas, si se escudriña un poco, verase que -se dirigen á la riqueza y por ella se aperciben y acicalan para la -lucha. Talento, belleza, valor son, si bien se mira, filones auríferos -explotables y que se explotan. Por tal arte, el dinero viene á ser el -principio activo de la conducta, y las aptitudes más preciadas, las -que su culto viril desarrolla. Implícitamente lo afirman educación -é instrucción, cuando se proponen sistemáticamente _armar hombres -para la vida_, para la lucha económica, en la cual, de buen ó mal -grado, toman parte todas las voluntades. La Vida es actualmente la -gran revolucionaria. El respeto sagrado de ella, aprendido en los -laboratorios, pasa á la filosofía, con Nietzsche, Guyau y Bergson; á -las religiones, con el pragmatismo; á la moral, con la vida intensa; -á la política, con el imperialismo económico, y se traduce en las -costumbres, con la moda y privanza de los deportes atléticos y juegos -olímpicos. El arte mismo pierde la hierática impasibilidad y deja -repercutir en su lírico corazón las pulsaciones rítmicas del corazón -del mundo. Los manifiestos literarios de las nuevas generaciones -de poetas, que pregonan en Francia la vuelta al paganismo y las -virtudes de Zaratustra, ó glorifican en Italia el peligro, el hábito -de la energía, la temeridad no parece sino que fueran una especie de -Declaración altisonante de los derechos estéticos de la Fuerza y la -Vida. «Todo lirismo es un arranque, luego una fuerza», dicen unos; «no -hay belleza sino en la lucha, ni obra maestra sin un carácter agresivo» -claman otros. Y templando ardorosos las liras de siete cuerdas, una -para cada pecado capital, le arrojan el guante á los astros y se -aprestan á cantar: la guerra, higiene del mundo, el gesto destructor -de los anarquistas, el salto peligroso, el golpe de puño y el desprecio -de la inmovilidad pensativa, el moralismo y lo femenino. - -Y he aquí como el amor fatal de la lucha y de fuerza, mantenido -cuidadosamente por el Oro en los corazones á hurto de la religión y -la filosofía, se legitima, se ennoblece, se hermosea y transforma en -religión universal. - - - - -PERO Mammon, como todos los dioses, es altivo y cruel: castiga ó -destruye sin asomos de piedad á las criaturas ó las cosas que se oponen -á los tenaces propósitos de su testa olímpica. Como Zeus tiene en sus -manos el rayo que fulmina, y como Medusa la mirada que petrifica. Sin -embargo, es más generoso y menos terrible que las otras divinidades. -Junto al Poder torvo y al Derecho sañudo, parece un apuesto galán -rendido á los pies de la Vida. Por lo general obra lentamente, dejando -tiempo á las voluntades de fortificarse y seguirlo. Su procedimiento es -la lucha y la selección económicas que en la sociedad han suplantado -á la lucha y la selección naturales. Más aún: aquella parece ser el -compendio y quinta esencia de las otras selecciones, porque todo -esfuerzo, toda conquista y toda excelsitud, se convierten, de alguna -manera, en jugos vitales dentro del enorme vientre de la producción. - -Las sociedades que aceptan diligentes las condiciones impuestas por el -nuevo ídolo, y se adaptan sin cesar á las transformaciones continuas -del medio ambiente, provocadas por el trabajo formidable del dinero, -fortifican los músculos en titánica gimnasia, prosperan, extienden su -dominio: son las sociedades venidas al mundo á su hora, robustas y -bien armadas para la inevitable concurrencia universal; las que no, -decaen cualesquiera que sean los méritos que sustenten, degeneran, y -no tardan en ser absorbidas ó esclavizadas: son las sociedades débiles -ó enfermas, en las cuales la voluntad de dominación desaparece como la -savia de las ramas que empiezan á marchitarse. - -Las analogías de ambas selecciones dan testimonio de su excelso y común -origen. Del mismo modo que la selección natural, la selección económica -es implacable para los que no saben ó pueden luchar y vencer. La -grande razón la guía: es una fatalidad, une fuerza cruel, como todas, -desde el punto de vista humano, necesario y noble desde el punto de -vista divino. Los débiles, los ineptos, los enfermos, los inactuales, -son condenados, juntamente con su prole, á la perpetua derrota ó á -desaparecer sin legarle al mundo los tristes vástagos de la miseria -y del dolor. Otros depositarios de la vida, marcados en la frente -con el _signo luminoso_ y á los cuales la selección económica presta -invencibles armas, ocupan los huecos dejados por los vencidos, por -los superfluos, y, en resumidas cuentas, la humanidad avanza un paso, -gana un punto en la evolución progresiva á que la empuja rudamente el -instinto vital. De donde resulta que, contra los viejos prejuicios -de la moral espiritualista y los códigos sentimentales, el Oro es un -purificador, un educador de las energías más preciadas del hombre, un -venero de virtudes sociales, aunque, como esencia y jugo de la fuerza y -del deseo humanos, lleve en sí condensadas todas las grandezas y todas -las impurezas de la vida. - -Los sabios lo ignoran, pero los pueblos lo saben por instinto y -obran como si de ello tuvieran plena conciencia: en los talleres, -universidades y gimnasios se arman los hombres para la conquista del -Oro, no sólo porque él ofrece á los apetitos ávidos los goces reales y -la posesión efectiva de las bellas cosas de la tierra; no sólo porque -el Oro es la _posibilidad inmediata_, al decir del escéptico France, -mas principalmente por razones ocultas: porque representa valor humano, -substancia anímica, la virtud extractada de las generaciones que fueron -y es, en resumen, algo así como la semilla de la voluntad, el germen -misterioso que atesora en potencia todos los actos del pensamiento y -todas las realizaciones del deseo. - -¡Qué mucho que lo sea todo y lo pueda todo, que atraiga y domine! - -Lejos de ser una cosa muerta que pesa sobre las almas, como quieren -algunos, constituye, al contrario, el estimulante más enérgico de la -conducta, y es de hecho, el querer latente y realizable, la dominación: -el elemento divino de las sociedades como la fuerza es el elemento -divino del universo. - - - - -SI bien se mira y considera lo dicho, cualquier quisque puede predecir -que en las sociedades productoras de los tiempos futuros, el Oro -premiará todas las excelencias y será, por entero, lo que es hoy en -parte tan sólo, al menos visiblemente: la medida de la capacidad -social. ¿Cómo oponer á sus virtudes reales, patentes, eficaces, las -virtudes decorativas ó histriónicas del idealismo ó el amor de la -mentira del arte? ¿Cómo oponer á la necesidad, que no discute, sino -que ejecuta, el capricho y la fantasía volubles de nuestra pueril -razón? Vano intento. Aquí, en el terreno económico, aparece visible el -antagonismo brutal de las aptitudes desinteresadas de los retores y -los humanistas, y las aptitudes prácticas de los sociólogos. Y fuerza -es confesar el creciente desprestigio de las primeras: son bellas é -inútiles como esas damas criadas para regalo de los ojos, á quienes -cuna y educación prohiben como vil cosa el lucro, y que prefieren -prostituir su cuerpo en infame comercio á estropearse las pulidas manos -en una tarea honesta y renumeradora. - -¿Es, por ventura, la muerte de lo espiritual y de toda andante -caballería? Á decir verdad, la orientación materialista del pensamiento -y el predominio indiscutible de las naciones utilitarias, inducen á -sospecharlo. La espada de San Luis y la lanza del buen Quijano, se -mellan y rompen contra los escudos de Pluto. Las naciones que van -haciendo del mundo su vasto patrimonio, no son las más caballerescas, -ni las más cultas, ni las más religiosas, sino las más activas, -industriales y pujantes en el mercado mundial. Lo certifican de modo -irrefutable Inglaterra, Alemania y los Estados Unidos, países que con -diferentes instituciones, distinto gobierno y cuasi opuesta cultura, -pero vigorizados á la par por la misma enjundia económica, prosperan -material é intelectualmente, y extienden cada vez más sus zonas de -influencia política, lo que prueba, contra el fetichismo de las -universidades, que no son las leyes, ni los mandatarios, ni tal ó -cual mentalidad lo que asegura el triunfo de unos pueblos sobre otros, -sino su capacidad productora, su avidez, su egoísmo, su instinto de -dominación que se objetiva y hace carne en la lucha comercial. Este -convencimiento obscuro, nebuloso, pero firme es lo que acaso produce -en la evolución de las ideas, las reacciones contra la supremacía de -la inteligencia sobre la voluntad, y en la práctica de la vida, el -retorno, que los mismos gobiernos tratan de favorecer, de las carreras -liberales, almácigos de mandarines, plumíferos y rectores sin don -ni utilidad, al comercio y la industria. La flamante novedad de la -pedagogía es la formación de voluntades audaces, no de _idiotas sabios_ -ó melenas apolínicas. Y las virtudes sociales que se premian, no son -las contemplativas ó románticas del noble, pero caduco idealismo; -tampoco la humildad, el renunciamiento, el desinterés del ascetismo -cristiano, mas el contrario: la ambición insaciable, la combatividad, -el amor de los bienes de la tierra, la facultad de arriesgarse, las -virtudes activas é interesadas, en conclusión, que la lucha económica -desarrolla fatalmente, destruyendo á la vez el sentimentalismo, la -sensiblería y todo lo que en el alma es artificial, superfluo, -desinteresado, inmoral... El mundo parece en vísperas de convencerse -de que el egoísmo sano, es más provechoso para la economía social que -el enfermizo desinterés. Aquel, por su propia fuerza expansiva, suele -convertirse en altruísmo; éste, cuando no tiene tal origen, es un -sentimiento ambiguo, inútil para el que lo experimenta y, á la postre, -perjudicial para los otros. Mientras que «en el pomo de un sable ó -en una moneda de cinco francos hay inteligencia siempre», podría -decirse que en el desinterés no hay nada, ó sólo hay vanidad, cuando -no mentira. Tengo observado que en la práctica el desdén aristocrático -del lucro, destruye el sentimiento de las realidades y lleva á la -insinceridad. La aptitud económica al contrario, y esa es quizá, en -gran parte, la causa oculta del buen sentido, la viril franqueza y -robustez de algunos pueblos, y del irrealismo, la frivolidad y flaqueza -de otros. Mammon es verídico. Como la diosa de voluntad diamantina, no -comulga con las patrañas ni las falsificaciones espirituales, ni se -deja seducir por carantoñas ni embelecos femeninos. Cuando tercia en el -juego de la vida social, acaba la comedia, concluye la farsa, caen los -antifaces y cada cosa vuelve á su ser y adquiere su fisonomía propia. -Un político inglés, que tenía mucho del señorío de Byron, algo del -paradojal Oscar Wilde y no poco de Disraeli, me decía en cierta ocasión -mientras nos alejábamos del Louvre, que él visitaba religiosamente -en todos sus viajes á París: «Yo amo por igual el arte y la vida... -pero no los confundo. Cuando visito un museo, me pongo mi monóculo -de elegante; al salir, dejo caer el monóculo como un telón entre dos -mundos y me coloco en su lugar una moneda de veinte dolars. Al través -de ninguna lente se ve mejor que al través del vil metal, la verdadera -naturaleza de las cosas.» Y al hablar así, bajo las antipáticas -apariencias de un materialismo torpe y grosero, expresaba acaso una -verdad profunda y sutil. - - - - -EN el desinterés sólo hay vanidad cuando no superchería. «Los judíos -no me han burlado jamás en mis negocios: los sentimentales siempre» -solía decir también mi famoso Lord. Por mi parte, prefiero con mucho, -en determinadas circunstancias, á los hombres y pueblos francamente -egoístas y utilitarios: hablan un lenguaje claro y preciso; uno se -entiende á maravilla; las palabras tienen un valor real, no engañan, -ni disfrazan las intenciones como las rosas el puñal de Caserio. -Además, por caóticas razones, no sometidas aún al bisturí de los -psicólogos, tales hombres y pueblos son prácticamente, aunque parezca -contradictorio, los más idealistas y capaces de acciones generosas. -Es el lujo de la fuerza, que lleva al deber, al olvido de sí mismo y -al sacrificio por los otros, como quería Guyau. No hay sino comparar -para convencerse, la filantropía principesca y las funciones cuasi -oficiales de los potentados yanquis, con la caridad parsimoniosa y las -actividades pacatas y egoístas de sus congéneres del nuevo y del viejo -continente, ó mejor aún, la obra y el carácter de las dos Américas. -La inspiración protestante, el utilitarismo ardiente y austero de los -puritanos de la «May Flower», supo imponer en los negocios públicos -á los colonos de la América anglo-sajona, las soluciones pacíficas, -convenientes al trabajo, y evitó, de ese impensado modo, la guerra -civil, el caciquismo, la superstición gubernamental y la _política -alimenticia_, miserias y lacras que con su orgullo hidalgo, desdeñoso -de las actividades útiles, llevaron á la América española los vasallos -de Carlos V, disertos y casuístas. Y el tal utilitarismo, andando el -tiempo, había de permitir las más bellas floraciones de la inteligencia -y la energía como cumplido remate de la abundancia y coronamiento de -una civilización propia, castiza, elaborada con los instintos más -egoístas y, por consiguiente, los más vitales de las agrupaciones -humanas. Por el contrario, el fetichismo político, la idolatría -de las leyes, los idealismos prestados y nebulosos no podían menos -de traerle á las repúblicas de cepa española, como reacciones del -egoísmo irreducible, las luchas armadas por el Poder, la palabrería -gárrula de los practicones de la cosa pública y el sanchopancismo -de una vida sin nervio ni hermosura ni grandeza. El resultado es la -inmensa superioridad, no sólo económica, sino moral é intelectual de -los yanquis, asombro del mundo por su genio mercantil, inteligencia -política y valeroso idealismo. Esos rudos _pioners_ son los pastores -poetas que, sin miedo, «conducen por entre riscales y abismos el rebaño -radioso de las quimeras». Si, á pesar de nuestras pretensiones de -caballeros andantes del ideal, las tierras de los soberbiosos virreyes -y finchados hidalgos españoles no han producido hombres universales -como Washington y Franklin; filósofos como Emerson y James; moralistas -tan esforzados ni de alma tan blanca como el Apóstol negro; poetas como -Poë y Whitman; artistas, hombres de ciencia, archimillonarios capaces -de los magníficos arrestos filantrópicos de Morgan y Carnegie, ni esos -reyes de la Finanza que, desde sus torres feudales de veinte pisos, -extienden su influencia á todos los ámbitos del mundo. Son los Anteos -de la fábula, vigorizados al contacto de la tierra madre; las criaturas -que, guiadas por un instinto vital, robusto y seguro, aciertan á -vivir en perfecta é íntima comunión con ella. Natura les ha revelado -su voluntad secreta de esfuerzo y lucha, de egoísmo y rapacidad. ¡Y -desdichados los hijos para quienes la Madre permanece muda! Á pesar de -los idealismos ornamentales y los perifollos de la retórica, caen en la -corrupción, se envilecen en la pobreza, pasan hambres sin fin y mueren -como el hidalgo manchego, confesando su generosa locura de justicia y -razón humanas. - -Es digno de meditarse, como ejercicio espiritual al salir de los -templos y los museos, lo que la incapacidad económica, que trae á la -grupa todas las otras, ha hecho de aquella nación que fué un día señora -del orbe, y es aún hoy emporio de energías y virtudes, por desdicha -inutilizables. Cumplió arduas y gloriosas empresas cuando se dejó guiar -por sus instintos y apetitos de conquista y posesión. Extender sus -dominios por medio de la espada, era la función fisiológica propia de -un pueblo guerrero y fanático en un mundo religioso-militar. Pero los -alientos de los soldados y aventureros de Carlos V, no inflamaron los -pechos de los mercaderes de la Lonja, tímidos, perezosos é incapaces, -como escorias que eran de la sociedad. La evolución de los intereses -primero, y después el reinado de la Finanza, pedían los grandes -capitanes del comercio y la industria. Los conquistadores tenían las -rodillas sobrado duras para doblarlas ante la nueva Realeza. El vampiro -del orgullo, el fanatismo religioso y la caballería les chupó la sangre -y los tuétanos, y hoy sus descendientes no tienen fuerzas para empuñar -la lanza, ni emprender nuevas aventuras, ni defenderse, siquiera, -contra los mercaderes que los apalean y despojan en los caminos reales -y aun en la propia casa. - -Y como España, á pesar de sus relevantes méritos, excelencias y -glorias, dan síntomas de lasitud, caducidad y parecen ininteligentes é -inactuales, Portugal, Italia y la misma radiosa Francia. - -Acaso se han adormecido escuchando el canto del ruiseñor. - - - - - TERCERA PARTE - - LA FLOR LATINA - - - - -PARA los sibaritas del pensamiento y de la emoción, no existe en -toda la redondez de la tierra ningún espectáculo tan elocuente; -ninguna _estación_ de _psicoterapia_ tan propicia á las meditaciones -filosóficas ó mundanas; ningún jardín espiritual tan curioso ni -soberbio como la gran capital latina, lecho muelle y suntuoso donde -la antigua sabiduría, después de haber amamantado al mundo en sus -opimos pechos y robustecido tantos ideales de pálida tez, agoniza -entre pompas y esplendores, conservando orgullosamente la belleza del -gesto. El brillante y amable espíritu de la Hélade y del Lacio, muere -entre encajes y sederías como un viejo marqués Pompadour exquisito y -crapuloso, cruel y sensual. - -Por muchos conceptos la flor de la dulce Francia, la Ciudad Luz, -París es el símbolo y el término de la civilización greco-latina; el -óptimo fruto de la cultura espiritualista, ornamento de los pueblos, -caballerescos, refinados, sentimentales, galantes. Su vida integral, -multiforme y complejísima, es así como el extracto ó substancia -psíquica de aquella concepción platónica del universo, que ya en -los albores, llevaba en las entrañas los gérmenes fecundos del amor -de la razón y la belleza, y sus forzosos derivados: las elegancias -intelectuales y los refinamientos de la sensibilidad. La metrópoli de -las perspectivas armoniosas, delata, aun á los ojos menos expertos -y hasta en los más ínfimos detalles, la elegante preocupación del -sibaritismo mental. No sólo es voluptuoso el corazón sino también -el cerebro. De los _boulevards_ magníficos, hirvientes y sonoros de -afiebrada muchedumbre, y de las calles modestas en que los anticuarios -exponen sus costosas baratijas; de los inmensos museos, verdaderos -panteones de las civilizaciones fenecidas, y de las iglesias viejas y -milagreras como reliquias de edades santas; de las mil exposiciones de -arte, que avivan el deseo de la riqueza y los gustos costosos, y de -los bosques encantados, que repiten gozosamente las escenas de Watteau; -de las canciones, de los teatros, de las fiestas, como de los gestos -rítmicos de las damas arrebujadas en cebellinas de cien mil francos, -ó del tocado simple y encantador de las modistillas, que muestran al -atravesar el arroyo las piernas más picantes é _inteligentes_ del -mundo; de todo transciende, al modo que el incienso del vaso sagrado, -el culto de la forma, el sentimiento de las proporciones, el placer de -pensar, la pasión de vivir voluptuosamente. Lo mismo en las salas del -Louvre, donde reinan Lancret, Fragonard y Pater, que en los jardines -de Le Nôtre, donde susurran las fuentes de la Arcadia y cantan los -ruiseñores de Ronsard y Verlaine; que en los grandes coliseos ó en -los pequeños _cabarets_, se aprende á sentir y amar la vida bella -y risueña. Los escaparates dan lecciones de buen gusto, ni más ni -menos que las perspectivas majestuosas de los Campos Elíseos, ó las -maravillas en piedra labrada como los ébanos y los marfiles, ó los -parques deliciosos, poblados de amorcillos traviesos y ninfas desnudas. -Las mujeres que pasan son como cuadros firmados por La Gándara y -Boldini. En un coche va el amor. El placer se respira. Mas, de vez en -cuando, una impresión fuerte, una mole gloriosa: el Arco del Triunfo, -la columna Vendome, dan el escalofrío heroico de la Revolución ó de -las águilas imperiales, y hacen pensar que los galos tomaron siempre á -pechos el ser valientes y el desdeñar la vida, y que desde muy antiguo -supieron «caer, sonreir y morir». - -Cuando Emerson dijo que «el mundo era una precipitación del espíritu», -pensaba, sin duda, en el dulce país de Francia. Palacios encantados -de reyes galantes y favoritas pomposas; cortes de las Margaritas -de Navarra; marquesas de Montespán y de Pompadour; heroísmo de la -Pucelle; risas rabelasianas; lágrimas ardientes de Juan Jacobo; -peregrinajes de las Charmettes y de la Malmaison; valles rientes, -florestas embalsamadas, montañas de la Saboya de flancos cubiertos -de verdura y cuyas calvas cimas coronan los oros del sol ó disimulan -las pelucas empolvadas de las nubes, ¡dulce Francia! Ningún pueblo -hizo lo que tú por _accordar las inexorables leyes del universo á los -deseos caprichosos del corazón_. ¡Tu historia es la más sentimental, -noble, romántica y á una la más femenina y heroica! ¡Amable Lutecia! -¡Quién puede resistir á la sugestión de sus ideólogos, al encanto de -sus poetas, al prestigio y magia de sus artistas! Las ideas francesas, -aun las frívolas, nos seducen por su coquetería y travesura como esas -_petites femmes blondes_ vestidas por Paquin. Son ideas apasionadas y -cariciosas, que amamos cuasi carnalmente y con todas las debilidades -de los corazones amorosos, cual á las mujeres venidas al mundo bajo el -signo de Venus, nacidas para encantar, y que continuan pareciéndonos -buenas y deliciosas hasta en sus ingratitudes y perfidias. De modo -que, cuando las peregrinaciones por el mundo del pensamiento alejan á -los Don Juanes del saber de los _boudoirs rococós_, aun poseyendo á la -ansiada verdad en suntuosos lechos, se deplora no haber permanecido -fieles á las ideales damas que han ejercido en la sociedad entera -la misma suave influencia que en Francia las preciosas del Hotel de -Rambouillet. Ellas se obstinan en la amable compañía del arte, de la -literatura y del amor, y contra el imperialismo teórico y práctico de -todas las clases, en desarrollar como antaño, casi exclusivamente, el -espíritu y la emotividad. De ahí un pueblo de razonadores y artistas; -de fraseadores y voluptuosos; de ahí el erotismo floreciente en -la vida y las letras, y las hemorragias de la palabra, que calman -las fiebres sentimentales de la humanidad y debilitan las energías -viriles de los franceses; de ahí la sociabilidad francesa, porque la -sociabilidad «es cosa que nace de la mezcla dichosa de la inteligencia -y la sensibilidad». Y como en sociedad lo primero es la mujer, ésta -ha tenido, y sigue teniendo, dominante influjo sobre las ideas y -costumbres, dulcificando las unas y las otras y prestándoles á los dos -un encanto femenino, y como femenino, voluptuoso. - - - - -NO ha menester vasta ciencia histórica ni mayor penetración -psicológica, para constatar la importancia de los materiales femeninos -introducidos en la arquitectura del alma francesa, desde Clotilde, la -cristiana esposa del bárbaro Clodoveo, y Eloísa, la apasionada amante -del bello y castrado Abelardo, hasta la falange de las favoritas -reales, las heroínas de la Revolución y las condesas porta-liras, que -reinan actualmente en el Pindo francés y le comunican á la juventud sus -fiebres líricas y embriagueces dionisiacas. - -La llama erótica de Eloísa, á cuyo sepulcro han ido á recoger -florecillas todas las generaciones románticas, se comunica á los -fornidos pechos medioevales; los calienta, enternece y prepara, en -cierto modo, para recibir el pan eucarístico de las costumbres -galantes y el espaldarazo de la caballería. Las esclavas del rudo señor -salen del encierro de los almenados castillos, incrustados en las -rocosas cumbres, hoscos y solitarios como los nidos de los buitres, -y empiezan á presidir, prodigando las gracias que inflaman el coraje -y encienden los apetitos, las justas, los torneos, las cortes de -amor. Los pajes suspiran; los caballeros quiebran lanzas por los ojos -ensoñadores de las damas ó madrigalizan á los pies de ellas, hincada la -rodilla en cojines de galoneado terciopelo. Los trovadores dicen cosas -tiernas y sutiles. Así se amansa la braveza de los instintos, ablandan -los caracteres duros y rijosos y elaboran los sentimientos delicados -que luego pulen y refinan reinas amables, marquesas amantes de las -cosas del espíritu, favoritas fastuosas, protectoras de las artes y las -letras y cortesanas que por ser muy conversables y donosas, reunían en -torno suyo como Safo y Aspasia en la antigüedad, lo más granado de la -nobleza y la flor y nata de los ingenios. - -La sociabilidad francesa, con su carácter y matices propios, es la -obra casi exclusiva de la mujer: su expresión más culminante y acabada -son los salones. Gracias á ellos la influencia femenina se ejerce, -no sólo en las artes y las costumbres, sino también en las ideas y -hasta en la política. Los Saint-Simón, los Michelet, los Goncourt, -los Du Blet nos dicen al respecto cosas muy curiosas y amenas. En las -minúsculas cortes de la marquesa de Rambouillet y las preciosas que -recogieron la herencia de la famosa _chambre bleue_, donde Corneille -leyó el Poliuto y pronunció Bossuet su primer sermón, se forma el -buen gusto y adquieren las bellas maneras, elegancias sentimentales -y gracias, en fin, que transforman el trato en don de gentes, la -conversación en arte, la fría urbanidad en graciosa _politesse_ y el -talento en _esprit_. Y _esprit_, _politesse_, don de gentes y arte de -la conversación, llegan á hacerse cualidades genuinamente francesas, -acrisoladas bajo la égida de la mujer, y que bien observadas podrían -explicar, por la sociabilidad y todo lo que ella entraña y de ella se -desprende, las virtudes y vicios, las flaquezas y heroísmos, la vanidad -y el amor del género humano de la antigua Galia, nación de vanos -tumultos, como la llamó Cesar, y tan amante de la sociedad y los bellos -discursos, que á uno de sus dioses se le representaba aprisionando á -los hombres con las cadenas que salían de su boca... - - - - -PERO antes del invento del salón, las Margaritas de Navarra, la -_Mignonne_ de Francisco I, autora de innumerables poesías y del -picante «Heptamerón», y la adorable Margot, la esposa repudiada del -caballeresco Enrique IV, escribían sus versos y sus prosas rodeados -de amigos y admiradores; sociedad amable y brillante, que impone sin -violencia el gusto y las modas á las cortes de los reyes, y en la que -figuran, para realzar su prestigio, los espíritus selectos de la época: -poetas, artistas, filósofos que se agrupan en torno de las reinas -galantes, como luego La Fontaine, Molière, La Rochefoucauld y tantos -otros en torno de la sin par Ninón. Y lo que son para las letras, -las artes y el amor--cosas que anduvieron siempre juntas y en muy -buena armonía,--la divina Diana de Poitiers en el Renacimiento, la -demoniaca Montespán en la corte de Luis XIV, la Pompadour en el siglo -XVIII y madame Tallien en el Directorio, lo son para sus tertulianos -y protegidos, las marquesas de Rambouillet y de Sevigné, las Lenclos, -y más tarde las Warrens, las de Genlis, las Staël y hasta la misma -Theroigne de Méricourt, la famosa patriota, cuya casa frecuentaban -los principales hombres de la Revolución, y á quien una maquinación -diabólica de sus rivales, una azotaina en público á sayas levantadas, -cortó su heroica carrera y hundió para siempre cubierta de oprobio, en -las tinieblas de la locura. - -Los salones honran las artes y las letras, y antes que las academias, -depuran y afinan la expresión por medio de la _causerie_ y consagran -la gloria de los escritores. Dulcísimas señoras ponen con sus blancas -manos el laurel en la testa de los vates y artistas; lanzan á los -cuatro vientos de la fama los nombres y los libros, y dan pábulo y -libre curso de mil maneras á la emotividad romántica y las modas -sentimentales que, andando al tiempo, hacen estallar las revoluciones. -Sin la sensibilidad femenina preparada prolijamente por las _preciosas_ -y la literatura, por las conversaciones amatorias y el hechizado -influjo de los Amadises, las Astreas y las Cartas du Tendre, donde se -aprende la geografía del corazón y los bizantinismos galantes; sin las -blanduras emotivas de las novelas de Melle, Escudery, ni las endechas, -ni los madrigales, ni la atmósfera sentimental creada por la casuística -amorosa y los discreteos filosóficos de los salones, es muy difícil que -la «Nueva Eloísa» y el «Contrato Social», hubieran tenido tan hondas -repercusiones en el siglo XVIII. Pero este es un siglo en el que reina -la mujer en absoluto, y con ella el sentimentalismo, el capricho y la -pasión; gérmenes de la sensiblería y el misticismo social que habían -de florecer lozanamente en el alma femenina de Juan Jacobo, encontrar -luego su fórmula política en los principios de la Revolución y la -expresión poética en el romanticismo y sus retoños. - - - - -NO deja de ser una coincidencia curiosa, que entre los amigos de -la mismísima Pompadour, en el propio Versailles, en el pequeño -departamento del Dr. Quesnay, médico de la favorita y privado del Rey, -se discutiesen los problemas sociales y económicos menos ortodoxos -y expusiesen en violentas diatribas, las doctrinas más amenazadoras -para la religión y la realeza. ¡Ironía de las cosas! Bajo el techo de -la cortesana real, pero al mismo tiempo de la amiga de Voltaire y los -filósofos, se oyen los primeros rumores de la tormenta revolucionaria. -Luego las cabecitas empolvadas, los tiernos corazones que Rousseau -había _fondus et liquéfiés_, acogen incautas en sus salones á la -Revolución como habían acogido á la Enciclopedia, según la exacta -frase de Goncourt. Minúsculas guillotinas, manejadas por afilados -dedos cubiertos de sortijas, cortan en esfinge, antes que M. Samson, -la cabeza de Robespierre y Bailly, y entre risas de cristal mojan los -pañuelitos de batista en la roja y olorosa sangre que brota del cuello -de los monigotes decapitados. Son las mismas frágiles, irreflexivas y -apasionadas muñecas que aprenden en el «Emilio» y la «Nueva Eloísa» el -amor del pueblo y la bondad natural del hombre; hacen bonitos _bijoux_ -con las piedras de la Bastilla derrocada, y oyen y discuten las arengas -que han de pronunciar sus contertulianos en la Asamblea nacional y en -los clubs revolucionarios. Cada salón es un ardiente foco de ideas -subversivas. Encumbradas burguesas y hasta linajudas damas, siguen la -vertiginosa corriente de la moda, sin curarse poco ni mucho de las -predicciones, hoy tenidas por posteriores á los hechos--bien que acaso -no lo fueran en su espíritu al menos,--que La Harpe ponía en boca de -Cazotte sobre el próximo reinado de la Filosofía y la Razón, al fin -de un banquete opíparo y jovial: el verdugo para Condorcet, Chamfort, -Bailly, Malesherbes allí presentes; el verdugo, sin confesor, para la -duquesa de Gramont que reía, creyéndose por su sexo al abrigo de aquel -terrible vaticinio; el verdugo para el rey de Francia... Las repulidas -damas de las cortesías Luis XV y de los lunares postizos, sólo piensan -en el retorno á la naturaleza idílica, en la dicha universal, acaso -en el amor libre. Quien no recuerda el salón de Madame Necker, donde -discutían con la hija de la casa, la autora de Corina, el abate -Sieyes, Parny, Condorcet; el salón de Mme. de Beauharnais, autora de -eróticos libros, y cuyos tertulianos ocupan los venerables sillones -en que antes soñaron Jean Jacques, Mably y Buffon; el salón de Mme. -Helvetius, electrizado por la verba ardiente de Chamfort y Cabanís. En -tales cenáculos no reinan ahora las amables musas que inspiraron las -gavotas y los minués, sino las furias de la elocuencia revolucionaria, -excitadas por el sentimentalismo de las cabecitas locas. Ellas -inflaman aturdidamente el espíritu de la Revolución, como más tarde, -sin saberlo, tres _merveilleuses_ ligeras de cascos y de no mucha sal -en la mollera, le dan el golpe de gracia al decidir, en un salón del -Directorio, el envío de Bonaparte á Italia, con lo que terminó la -tiranía de la libertad y cambió la faz del mundo. - -La frase de Michelet: «La mujer es la fatalidad» no es una mera frase -en la apasionada historia de Francia. Reinas, favoritas, grandes -señoras, vírgenes y cortesanas tuvieron, aun haciendo caso omiso de -la política de _oreiller_ y del prestigio social, pública y decisiva -influencia en tan graves convulsiones como la Reforma, el Renacimiento, -la Revolución, por no citar sino los acontecimientos más universales; -ó inspiraron personalmente, como la imperialista Pompadour, voluntad -heroica en débil cuerpo femenino, todo un arte y toda una política -internacional, aquella célebre política, fracasada en la desdichadísima -guerra que tanto amenguó á la Francia, y que la divina marquesa seguía -ansiosamente en un mapa, marcando las posiciones estratégicas con sus -lunares postizos de engomado tafetán. - -Con eso y con todo, la influencia honda y durable de las _vírgenes -sages_ ó _folles_, no es la visible, la que se ejerce en el areópago de -la plaza pública, mas la oculta é íntima; la que afemina el sentimiento -rudo de los hombres por medio de las gracias de la conversación, -dulzuras de la amistad, hechizos amorosos é influjo del arte, que -ellas inspiran y que se dirige principalmente á ellas. En achaques -de belleza son á la vez musas, Mecenas y público, el público soñado -por los artistas, porque el arte es cosa que atañe á la emotividad, -no á la inteligencia, y ellas, por instinto, prefieren el sentir al -pensar, el ensueño á la acción, el arte á la vida. Las criaturas -débiles en los ásperos dominios de la realidad, adquieren por sus -mismas flaquezas naturales, misteriosa gracia y extraño poder en -el reino del sentimiento y la ilusión. Su mundo propio es el de la -sensibilidad y la quimera, y como los mil matices de la ternura, los -deseos vagos, las nostalgias sin nombre, los ardores de los sentidos, -todo lo que contribuye á desarrollar, en último término, la facultad -del _desgarramiento interior_, es fuente de líricas efusiones y velados -erotismos, no es mucho que en el pueblo sociable por excelencia sea -ese extracto de lo femenino que se llama la parisiense, la eterna -inspiradora de poesía y la maestra de las sensibilidades artísticas -y aun podría decir masculinas, ya que á su contacto y por su virtud -unas y otras se pulen, quintaesencian y convierten en prodigiosos -receptáculos de emociones. - -Muchos géneros literarios, aparte de la poesía lírica, el drama y la -novela, que directa ó indirectamente inspiró siempre la mujer, nacen -como las Memorias, Correspondencias, Diarios y Confesiones de la dulce -necesidad de darle suelta á los sentimientos afectuosos y conversar -con elegancia, adquirida en el ambiente amable de los salones. Por -esto y por lo asentado arriba, una buena parte de la literatura y, en -general, el temperamento artístico, vienen á ser así como los grandes -y maravillosos espejos en que la mujer se mira y que reflejan la -imagen de la seducción. El poeta, su hermano y generalmente su obra, -es un á modo de intermediario entre ella y el resto de la humanidad, -que por él conoce los secretos de alcoba de la mujer, y á la que él -inocula el virus de las debilidades y seducciones de ésta. ¡Curiosa -colaboración! Este consorcio de lo femenino y del arte, induce á pensar -obstinadamente en las afinidades del artista y de la mujer--ambos son -criaturas débiles, apasionadas y quiméricas, especie de andróginos -que, por partes iguales, participan de los mismos defectos y las -mismas excelsitudes de aquellas dos naturalezas y condiciones,--y -sugiere la sospecha de que tal vez constituye una seria amenaza para -el porvenir de un pueblo, el que predominen en él los elementos -morales, de que Platón, juzgándolos turbadores y debilitantes, quería -purgar enérgicamente á la república. Lo que parece indudable es que la -influencia femenina y la influencia literaria se confunden, compenetran -y asocian para introducir sutilmente en la formación del alma francesa, -la literatura por medio de lo femenino y lo femenino por medio de la -literatura. Eso explica muy cumplidamente el triunfo manifiesto de la -mujer y del arte en la «Ciudad Luz», y este fenómeno curioso y sin -precedente en la historia: la supremacía de la mujer en las bellas -letras. - - - - -TALES hechos, producto del connubio secular de Apolo y Afrodita, -parecen las floraciones estéticas de una civilización dulce como las -mieles, suave y grata como la piel de los cebellinas. Son las opulentas -rosas y las turbadoras orquídeas que sólo podían brotar en el jardín -de Francia, en una tierra preparada por las exquisiteces sentimentales -de muchas generaciones para sentir, pensar armoniosamente y creer con -fervor en el culto del alma y la religión de la belleza. - -Desde abajo á arriba de la escala social, el arte, la literatura y ese -lujo de la inteligencia que se llama el _esprit_, por medio de los mil -espectáculos públicos, diarios, revistas, conferencias, _causeries_, -exposiciones de toda índole y libros de toda suerte, refinan á porfía -las sensibilidades y desarrollan la facultad de comprender. Los -_clichés_ literarios son de uso corriente en todas las clases. Los -términos escogidos han pasado al patrimonio común del lenguaje vulgar. -Las modistillas pizpiretas y las pesadas porteras hablan con las -repulidas expresiones y ademanes preciosos de las marquesas Luis XV, -y las marquesas escriben con tanto donaire y travesura como madame -de Sevigné. La estética de los _boulevards_, las canciones tiernas -ó libertinas, las cortesanas que pasan, dejando tras de sí como una -estela de elegante sensualismo, hacen en el pueblo lo que en la crema -de la sociedad la última comedia de Capus, la música dislocadora de -Pelleas y Melisanda ó los templos de la _rue_ de la _Paix_. No creo -que en ninguna parte ni en época ninguna, la facultad de sentir sin -esfuerzo, comprender en un abrir y cerrar los ojos y expresar fácil -y graciosamente hayan llegado nunca á tan rara perfección. Chistes, -alusiones, sutilezas; matices de la ironía y del sentimiento, nada -escapa al público que en los domingos populacheros ó en las _soirées_ -de gala, invade los grandes ó pequeños teatros de París. Antes que -las palabras hayan concluído de salir de la boca del actor ó del -conferenciante, ya han sido cogidas al vuelo y á veces comentadas con -un chiste, una exclamación oportuna ó una sonrisa graciosa y escéptica, -mientras que los ojos, siempre inquietos y burlones, descubren los -flirteos de los palcos y juzgan de los tocados, moños y perendengues -de toda la sala. Es un público, sobre todo si abunda el bello sexo, -erudito y alerta, que conoce al dedillo los autores, los géneros, -las obras, clásicas y modernas, las últimas novelas, «Las Flores del -Mal» y las «Fiestas Galantes»; y que habiendo macerado su corazón en -ese artificio literario y mezclado toda esa literatura á la vida, se -ha hecho extremadamente comprensivo, vibrante y extrasensible á las -manifestaciones de lo bello. - -Mas como «la belleza es toda la mujer», la emoción estética, después -de pasar por los mil filtros del cerebro y del alma, hacia la mujer va -callada ó ruidosamente, como el agua del deshielo corre de las yermas -alturas á los valles floridos. El Arte y la Literatura la glorifican y -viven postrados á sus pies. El uno es su paje, la otra su esclava. - - - - -EL amor de la forma, puede decirse que remataba entre los helenos en -las líneas armoniosas de la criatura humana, en el desnudo; el mismo -amor entre los parisienses se hace general y concreta en las elegancias -del tocado femenino. La religión de la belleza se transforma en -religión de la mujer; sobre todo de la mujer elegante, de la que pasa -su vida en casa de los modistos, joyeros y toda laya de _fournisseurs_; -y duerme con guantes ó careta para afinar el cutis, y se amasa -cruelmente, y martiriza el estómago y el cuerpo, y gasta millones -para componerse una silueta propia, realzar su belleza por todos los -medios, y darle al mundo la peregrina sensación de la elegancia, de una -elegancia que es como el perfume delicado de un viejo vino, la flor -encantada y efímera de una civilización secular. - -Los sabios, los moralistas austeros no saben apreciar tan grandes -sacrificios ni las transcendencias de la _toilette_. Son hombres -eminentemente cultivados, pero sin fineza ni distinción moral. Llaman -desdeñosamente vano y pueril al arte que se sirve de todos los otros -y pone á contribución las más peregrinas aptitudes para encantar; -sentimiento del color, de la línea y del matiz; gusto seguro de la -alhaja y del moño; ciencia acabada del trapo, del gesto y la actitud; -dominio perfecto de las elegancias estéticas que constituyen el _chic_; -imaginación y osadía en el arte de _plaire_, y por medio de la armonía -de los colores y la cadencia del pliegue, plasmar la voluptuosidad -del cuerpo, la coquetería del espíritu y las gracias del alma. Lo que -parece pura frivolidad, es asunto gravísimo: una religión misteriosa, -que obedece á muy hondas necesidades éticas y que tiene sus templos, -ritos, sacerdotes y pitonisas. París es la Meca de esa religión ligera -y sutil. Las tiendas de los modistos, joyeros, fabricantes y vendedores -de artículos femeninos, son las capillas ardientes del gusto de -Francia, y los pontífices: la muchedumbre de escritores, artistas, -industriales y obreros que trabajan en la realización de la belleza más -perceptible y necesaria acaso á la especie: aquella que entra por los -ojos y golpea las puertas de la sensualidad. - -Es el mundo de la Gracia dentro del mundo del Esfuerzo, y que explota -y esclaviza á éste. De los rincones apartados y huraños del globo, de -los bosques salvajes, de las entrañas del planeta, del fondo de los -mares, de las estepas heladas, de las arenas candentes, de las cumbres -solitarias, de los talleres populosos como ciudades; salen las piedras -de irisados colores, las pieles costosas, las perlas pálidas y dulces -como niñas anémicas, los corales, marfiles, las maderas olorosas, -las telas y sederías, y los encajes tan primorosos, tan sutiles que -diríanse hechos de suspiros y de sueños; y todas esas preciosidades -de la naturaleza y la industria vienen á depositarse á los pies de -la parisiense, la cual con un arte infinito é inagotable invención -las combina de mil maneras, las dispone sabiamente y anima de una -vida extraña y voluptuosa, como si le comunicara á los materiales -bellos, pero inertes el calor vital y el erotismo de su cuerpo. Y esos -materiales, dóciles á la magia de las manos diminutas, operan el -supremo milagro de hacer palpables todos los aspectos de la hermosura -femenina, transfigurándola en una perpetua metamorfosis que, al -multiplicar los encantos y seducciones de la mujer, dilata su imperio -estético y eleva la frívola coquetería á la dignidad de un sacerdocio. - -Ella lo sabe. Ella sabe que los elegantes tocados y la atmósfera -encantada de lujo y refinamiento, son las investiduras y el ambiente -sagrado de su alto misterio de sacerdotisa de la Belleza. No ignora -tampoco que sólo la ciencia del _chiffon_ satisfará plenamente su -ingénita necesidad de hacer prisioneros y atarlos al carro de guerra -de su hermosura triunfante. Respetos sociales y homenajes masculinos -le vendrán de la fama de elegante, porque ser elegante es uno de los -privilegios y títulos envidiables á los ojos parisienses. La soberanía -de la elegancia no se discute. Y de la elegancia lo esperan todo _les -casques dorés_, ya que por medio de ella, como los pintores por medio -del color y de la línea, provocan las sensaciones que les pide un -público de emotivos y sibaritas, y expresan elocuentemente lo que son, -lo que quieren, lo que pueden... - -Las magnificencias de París forman el ornado marco que mejor cuadra -á la belleza viviente, la más costosa y artificial. Hasta la luz -suave, como pasada por filtros de ámbar y ópalo, parece que fué hecha -para disminuir la crudeza de los colores, la rigidez de las líneas y -envolver la silueta femenina en una penumbra misteriosa. Millares de -criaturas presas en talleres sombríos y sórdidos tugurios, trabajan y -aguzan el ingenio para hermosearla y hacerla fina y eterea. Es la obra -nacional. Grandes y chicos contribuyen á ella más ó menos directamente. -Todo espectáculo es un pretexto para el torneo de las Gracias. Toda -fiesta una ocasión de afirmar el imperio de la Elegancia y del Gusto, y -establecer la reñida supremacía de Paquin, Doucet ó Redfern: monarcas -del figurín que se disputan el cetro de Luis XIV y el globo de -Carlomagno. - - - - -LO fútil, el detalle nudo y vacuo al parecer, pero lleno de psíquica -jugosidad si se observa con ojo experto, revela á veces lo que no -descubren hechos importantísimos, libros venerables ni mamotretos de -copiosa ciencia. Decía un gran pintor que «el verdadero arte comienza -allí donde pequeños toques producen grandes cambios». Acaece algo -semejante en las cosas de la vida y no es muy zahorí el observador de -ella á quien lo ínfimo no sugiere lo transcendente, ni ve en lo frívolo -el cristal, que dejar suele en las costumbres, la ebullición y luego el -enfriamiento de las grandes causas. Es por este orden de razones que no -me parece desprovisto de sal ni miga el espectáculo curioso, aunque -nada ajeno al ambiente de los _meetings_ sportivos, que tuve la fortuna -de presenciar en el hipódromo de Trouville. - -Era una gozosa confusión, un mareante vaivén de trajes vaporosos, -sombreros como canastas de flores y blanquísimos zapatos que corrían -como albos conejitos de la India sobre el verde riente de las -_pelouses_. La donosa y opuesta muchedumbre giraba en torno de los -resplandecientes atletas del _turf_, bestias finas, artificiales y -como tallados primorosamente en maderas duras, é invadía luego las -casillas del Pari-Mutuel, donde á cambio de algunos francos, hasta á -los humildes mortales les era dado sostener un trágico cuerpo á cuerpo -con el Destino y gustar un minuto la vida intensa de los héroes y los -dioses... Pero de pronto se produjo un tumulto extraño y luego una -especie de remolino de curiosidad que atraía á un punto del _padock_ -al público disperso. Las gentes acuden presurosas, las cabecitas de -Helleu se apiñan, los labios rojos como fresas murmuran un nombre y -los ojos agrandados por el _kohl_, se abren extáticos como ante una -aparición celestial. ¿Qué era? Era madame Paquin, la Emperatriz de la -Moda, que aparecía por primera vez en público después de la muerte -de su bello y perfumado esposo. Vestía de medio luto, traje blanco -adornado de terciopelo, tricornio negro con triunfal pluma blanca: el -conjunto una maravilla de lujo, exquisitez y refinamiento, subidos de -punto por las garrafales perlas de las orejas y el collar de quinientos -mil francos. Sonriente, segura de sus impecables actitudes y prestigio -único sobre las imaginaciones femeninas; sabiendo que todas sus -esclavas le pedían algo sumisamente, dejábase contemplar al desgaire -prodigando á uno y á otro lado principescas sonrisas, mientras con la -falda recogida en una mano y en la otra la sombrilla, cuyo puño de -azabache conservaba con un gesto de virgen púdica á la altura de la -boca, avanzaba lenta y rítmicamente, elevando las piernas á la manera -clásica de los _mannequins_ para posar luego los pies con mimo sobre -la verde alfombra. Y cada movimiento y cada nueva actitud eran como -una lección práctica de estilo y encantadora fragilidad. Las duquesas, -las archimillonarias yanquis, las artistas célebres, las cortesanas de -alto coturno y, finalmente, los hombres se inclinaban á su paso. Allí -no habían méritos ni títulos que no se eclipsaran, ni testas que no -se abatieran ante la diosa taumaturga de la belleza femenina. Ella -imperaba sola. - -En medio del oro de la tarde, aquella escena tomó de súbito á mis ojos -la augusta significación de un símbolo: el de la Francia depositando -sus ofrendas á los pies de la Voluptuosidad. - - - - -SI «la belleza es toda la mujer», ó como dice Gourmont: «la belleza -es una mujer y la mujer es la belleza», pero como la mujer es el -amor éste es el término fatal del _estetismo_ parisiense. ¡Qué mucho -que el niño ciego impere como único dios en la gran ciudad latina! -Mas no se trata del infante terrible que disparó sus flechas en las -ariscas lomas y mansos valles de la Hélada, sino de un amorcillo muy -civilizado y donoso que lleva su carcaj repleto de romances, epigramas -y madrigales. Cómo habían de resistir los líricos corazones al Tentador -que se sirve para encantar de los filtros y sortilegios del Arte y la -Poesía. No cabe sino que triunfe, y en realidad triunfa soberano en la -literatura y la vida. Una comedia sin conflictos amorosos ni tocados -elegantes no dura en los carteles; las novelas sin dramas pasionales -ó picantes escenas de alcoba no se leen; los versos sin erotismo no -llegan al alma; la música sin embriagueces ni escalofríos voluptuosos -no prende sus líricos garfios en los oídos. De esta suerte el niño -desenfadado dicta las modas sentimentales. El teatro, el arte y los -libros son como academias de voluptuosidad y escuelas de casuística -amorosa en las que se enseña á percibir doctamente los variados matices -de la sensualidad, desde el travieso _flirt_, _les passionettes_ y las -dulzuras de la _amitié amoureuse_, hasta los desatados impulsos del -corazón y los bizantinismos galantes. Como complemento y remate de esta -educación sentimental, también se aprende de una manera no menos docta -ni prolija, la ciencia de la expresión _caline_ y el arte de la caricia -_endormante_. Y este arte y aquella ciencia constituyen, lo mismo -que el _chic_, uno de los monopolios de la fina sensibilidad y linda -imaginación de la parisiense, alada imaginación que ha enriquecido la -lengua con una cantidad de desmayadas expresiones y dotado la plástica -de gestos y actitudes que son como las grandes iniciales del breviario -erótico. - -Así, pues, la cultura como la moda, parece que no tuviera otro -objetivo que embellecer la voluptuosidad y endiosar el amor. En un -ambiente tan propicio á las emociones blandas y regaladas y que por -tan varias maneras favorece la cristalización de las sensibilidades -artistas, cae de suyo que éstas predominan y que los sentimientos -austeros y viriles sean formas secundarias de la emotividad francesa, -esencialmente literaria y erótica. No llegaré al extremo de decir, como -la indignada yanqui de Huret que «un francés, es una función sexual», -pero si afirmaré, y aun sin empacho, que los otros sentimientos, y -particularmente el de la belleza y los mismos apetitos materiales, -degeneran en apetencia de la mujer, se subordinan al amor y son como -preludios de la gran orquestación amorosa. Es el negocio público, como -la belleza femenina es la industria nacional, y no podía menos de -ser así en el encantado jardín de la tierra donde la sociabilidad de -las gentes, la agilidad del espíritu, la rapidez de los movimientos -del alma y la molicie del medio, hacen que, hasta los más austeros, -se coronen de rosas y se apresten á gozar de la vida en común y -tiernamente. La eterna canción se oye lo mismo en las espaciosas -avenidas del _Bois_ que en los salones; en los _musical-halls_ donde -impera el desnudo, como en los teatros, hipódromos y paseos elegantes -donde el vestido, después de haber realzado osadamente las curvas y -protuberancias tentadoras de la mujer, las suprime para darle á ésta el -encanto picante y equívoco de los donceles afeminados. - -No vaya á creerse por lo dicho que la licencia y el libertinaje echados -en cara por los extranjeros á los franceses, sin percatarse de que -tales manifestaciones de tolerancia moral son acaso el producto del -exceso de inteligencia y el reverso de cualidades muy nobles y humanas, -reviste la forma grosera de las saturnales del Directorio conducidas -por Mme. Tallien y las _Merveilleuses_. Es menos y es más, porque es -como la disipación de los hombres mundanos, una especie de elegancia -del alma, una sensualidad estética. Las directoras de los orgiásticos -coros son las Musas de París. Coronadas de laureles conducen la -lírica bacanal. La fórmula poética de las blanduras sentimentales, -de la voluptuosidad, de lo femenino, no podía menos de ser un feliz -hallazgo de la femenina inspiración. Nadie mejor que las Safos habían -de ofrecerle al mundo la manzana de Eva y los misteriosos secretos -de Afrodita. Lo logran con desnudarse, y en efecto se desnudan, y -poseídas del delirio sagrado, absorben por la ávida boca de los ocho -sentidos la voluptuosidad de la naturaleza toda y la ofrecen como un -vino embriagador en el ánfora de sus cuerpos trémulos. Al grito báquico -de libertad y con un impudor que los liróforos no conocían, enseñan las -carnes atormentadas por el divino Deseo, por el exasperado sensualismo -de innúmeras generaciones esclavas de la razón y sumisas á la castidad. -Las hijas espirituales de Baudelaire y Verlaine, que el acicalado Voguë -llama las musas de la Revolución, cantan, en verdad, como Jean-Jacques, -Bernardin de Saint-Pierre, Senancour y los grandes románticos, los -derechos de la pasión, la soberanía del instinto, la rebelión del -individuo contra la sociedad y el amor panteísta de la naturaleza en -que se traduce su frenético erotismo. Todas dicen: - - «Je prendrai le beau temps avec des mains hâlées, - Je mangerai l'été comme un gâteau de miel!» - -ó - - «Et j'ai fait de mon coeur, aux pieds des voluptés, - Un vase d'Orient où brûle une pastille.» - -ó aun: - - «Ma lèvre est appuyée à la lèvre des dieux. - Tant s'épanche, invincible, envahissant les cieux - Une odeur de baisers, d'étreintes et de spasmes!» - -Pero mejor aún cantan en versos de una rara perfección, más sinceros -y profundos que los de Hugo y tan dulces y musicales como los del -pobre Lelian, la canción de Bilitis, «el arte delicado del vicio», -el amor del amor, la religión del placer, la conciencia del mal, -los siete pecados capitales de la lujuria. Aquello que los poetas, -menos sensitivos y vibrantes, sólo podían balbucear torpemente, ellas -lo formulan con peregrina virtuosidad; lo que ellos no acertaban á -discernir, ellas lo revelan con pasmosa clarovidencia é imágenes -magníficas y aladas. Su penetrante análisis recorre ágilmente el -misterioso teclado de las molicies del cuerpo y del alma. Tal lucidez -en las cosas del amor y las flaquezas de la voluntad, es la causa -oculta del triunfo de las modernas bacantes en la gaya ciencia. -Ellas poseen el término justo y dichoso para expresar todo lo que es -desmayo, caricia y ensoñación. La música desfalleciente y enervadora -de sus versos y las nostalgias infinitas de su poesía, que mejor que -cualquier otra «es sensualidad transformada en eretismo mental», -responden al sibaritismo del corazón y del cerebro y constituyen -la típica manifestación de la recrudescencia, fácil de prever, sin -embargo, de lo que antes se llamó _el mal del siglo_, de lo que un -filósofo llama hoy _el mal romántico_, que es en suma, _el mal de -vivir_: la ineptitud para la vida, la repugnancia de lo real y la -moral anarquía en que, á vueltas de tantos idealismos y refinamientos -sentimentales, suelen caer las naturalezas más finas y cultivadas. - - - - -SESUDOS autores sospechan que el Romanticismo es, en el fondo, una -insurrección del sentimiento y del instinto contra la razón, contra el -sometimiento á la regla dictada por la experiencia de las sociedades, -y pretenden que la sensibilidad romántica y el espíritu revolucionario -derivan, unos, como Taine, del mismo espíritu clásico, otros, y son -los más, de Rousseau y sus secuaces. Harto ligeramente echan los -últimos en olvido que la furia de la Revolución fué la Razón misma, -y que Rousseau y los ideólogos fueron los descendientes legítimos -del idealismo y de las abstracciones de los filósofos, empeñados lo -mismo en Egipto y la India, que en la Francia del siglo XVIII, en -construir un hombre ideal, un hombre de museo, para lo cual hacía -falta arrancarle las entrañas y rellenarlo de metafísica estopa; de los -filósofos que impelidos por la soberbia de la mente, creyeron posible -sustituir la idea á la realidad, la abstracción al hecho, la teoría -á la historia, la presuntuosa razón de Descartes, que á pesar de sus -títulos en apariencia indiscutibles á la hegemonía sobre lo humano, no -conoce los fenómenos sino históricamente, es decir, después que han -dejado de producirse y cuando ya no tienen ninguna acción sobre los -fenómenos presentes, desconocidos á su vez, al instinto vital, que obra -siempre en el sentido favorable á la expansión de la vida porque él es -ya el principio de su expansión. No ha de confundirse este instinto -vital con el _instinto_, el _sentimiento_ y la _naturaleza_ de los -revolucionarios, vislumbres obscuras de la imperialista condición -humana. Tengo para mí que el sentimentalismo romántico no es otra cosa -que una interpretación descarriada de la legitimidad, entrevista un -instante, de las pasiones y del egoísmo nietzsquiano. Y se me ocurre, -aunque parezca espantable sacrilegio, que si por la bondad nativa del -hombre se hubiera entendido la _gravitación sobre sí_ y el _deseo_ -de _poder_, la Revolución habría tenido consecuencias harto más -provechosas para la humanidad y, sobre todo, para Francia. Juan Jacobo -proclamó la excelencia del hombre natural no corrompido aún por la -civilización, reacción legítima en el fondo, contra el artificio del -orden social y el racionalismo de la Enciclopedia; pero lo que triunfa -en los héroes románticos no es el egoísmo sano del salvaje, que las -necesidades sociales pueden convertir en virtud y amor hacia las demás -criaturas, sino el egoísmo patológico del _hombre sensible_, que muy -luego remata en anarquía moral. Razón cartesiana ó predominio absoluto -de la inteligencia sobre el instinto, y primitivismo, ó retorno á la -naturaleza, se transforman respectivamente gracias al desconocimiento -de la fisiología humana y los devaneos de la literatura, en -racionalismo demagogo y sentimentalismo romántico, dos pestes. Pero no -pudo ser de otro modo. No se conocía bien, á pesar del amor propio de -La Rochefoucauld, el fondo imperialista de la humana naturaleza; ni se -tenían nociones del darwinismo social; ni de las leyes que rigen la -evolución de las sociedades; ni Comte había dicho «que sólo son buenas -las verdades que nos convienen», vaciando de ese modo en una frase -la esencia del utilitarismo y del pragmatismo, iconoclastas de las -verdades absolutas y del bien en sí. Filosofía, literatura y arte se -encaminaban directamente á refinar el sentimiento y combatir rudamente -la animalidad, los instintos dominadores, el pecado original de los -cristianos. Lo mismo los autores del siglo XVII, hidrópicos aún de -teología, que las admirables, pero incompletas intuiciones de Buffón -y Condillac, que la pseudo-ciencia histórica del noble Condorcet, -que el misticismo social de los utopistas y la lógica rectilínea de -los jacobinos, convergían por distintos canales á la maravillosa y -ridícula concepción del hombre abstracto, esa quinta-esencia del -irrealismo que nos embriaga todavía. Siguiendo atentamente el curso de -las ideas se cae en la cuenta de que no existen verdaderas soluciones -de contigüidad ni irreducibles antinomias entre el espíritu realista y -viril de Corneille y La Fontaine y el espíritu afeminado y quimérico -de Juan Jacobo y Senancour, como no las hay entre el retorno á la -naturaleza de los precursores del romanticismo político y el reinado de -la Razón de los revolucionarios. Racine poseía ya como los románticos, -el _triste don de las lágrimas_, y antes que por Saint-Preux, Pablo -y Virginia y Obermann los nervios habían sido extra-sensibilizados -por la caballería y las costumbres galantes, por los Amadises y las -Astreas. Clasicismo y romanticismo se ofrecen al entendimiento como -manifestaciones antagónicas en apariencia, pero fraternas en realidad, -del mismo proceso evolutivo y de la misma falsificación idealista, si -se entiende por clásico no lo racional, sino lo espiritual, el esfuerzo -hecho por someter las leyes de la Naturaleza á nuestras aspiraciones -subjetivas. En este sentido el uno encaja en el otro; ambos entrañan -una concepción que admite y pregona la supremacía de la inteligencia ó -la del sentimiento, y ambos se oponen al espíritu moderno, realista y -utilitario y que es la resultante de una filosofía basada no sobre el -instinto ni lo sub-consciente, especie de neo-romanticismo, sino sobre -la voluntad. - -En verdad la sensibilidad romántica y el irrealismo, ora ingenuo, ora -docto y terrible del pueblo francés antójaseme la obra de toda la -cultura francesa y particularmente del exceso de cultura literaria -y de la influencia femenina en el arte y las costumbres. En dosis -exageradas la literatura y lo femenino intoxican. El lirismo social -tiene sus quiebras. Filósofos enamorados de la razón y del ideal y -que creyeron devotamente en la omnipotencia de la inteligencia desde -Descartes y Cousin hasta Comte y Fouillee; ideólogos y utopistas -fervientes no de un derecho, de una libertad, de un bien, sino del -Derecho, de la Libertad, del Bien, fabricadores entusiastas de las -Salentes, Ciudades futuras y Eras de oro de la humanidad, desde Fenelón -á Fourrier; briosos poetas como Lamartine, Chateaubriand, Hugo, -Leconte de Lisle que pretendieron substituir el ensueño á la realidad -y convertir sus encantadas imaginaciones en dulce paz campesina, -primitivismo patriarcal y edenismo terrestre; artistas de la estirpe -de Delacroix y Puvis de Chavannes que maldicen de la civilización ó -muestran en inmortales frescos sus visiones paradisíacas; estetas, -dramaturgos, noveladores, ironistas y diletantes que á nombre de -la dicha de la humanidad ó de la religión de la belleza condenan -iracundos el maquinismo, la finanza, las energías viriles, las -actividades productoras, lo vital de la vida moderna, en fin, todos -concurren á formar la atmósfera de estufa favorable á las quimeras, -ensueños, molicies, sensualismos y embriagueces de amor y de ventura -que el choque contra los duros ángulos de las realidades resuelve -infaliblemente en ironía, escepticismo y mal de vivir. - - - - -PORQUE es lo más insólito que las exquisiteces de la sensibilidad -y elegancias mentales, tenidas hasta ayer por signos ciertos de -superioridad y dorada cúpula de las civilizaciones selectas, sean -causa y venero de toda suerte de egoísmos y enfermedades del alma. Si -se para mientes en ello verase á poco andar que el sentimentalismo y -la sensiblería, el entusiasmo y el lirismo, el amor del hombre y de -la sociedad universal de los hombres sensibles, los delicados y los -estetas se transforman, si pasan del plano de la literatura al plano -de la vida, en acritud y amor propio feroz, soberbia y aridez de -alma, aversión de los hombres é imposibilidad práctica de vivir en su -compañía y de adaptarse á ningún medio social. Así fueron Rousseau, -Bernardin de Saint-Pierre, Senancour, eternos judíos errantes del país -de las quimeras, y de la misma estofa son los _bellos tenebrosos_, la -larga y maltrecha falange encabezada por Saint Preux, el aristocrático -René y el inconstante Adolfo, cuyos descendientes enfermos y -desesperados desde Rolla y Sorel á Monsieur Venus, parecen algo así -como la columna vertebral de la neurosis de un siglo al que llenan de -sus clamores y perversidades. - -Y los poetas, escritores y artistas; los eternos niños que un augusto -prejuicio consideraba como dechados de perfección y arquetipos humanos, -tienen algo y aun mucho de sus engendros espirituales. Conocida es -su ligereza y vanidad pueril que los lleva, entre otros extremos -ridículos, á vivir constantemente en la estática postura del bello -Narciso; conocido el amoralismo y las depravadas costumbres de los -estetas, de quienes son acabados _specimens_ esos complicados embelecos -que se llaman des Esseintes, Phocas, Lord Lelian; conocida la debilidad -femenina, el ningún poder de gobernarse y la perversión de los -exquisitos, admiradores fervientes de Wilde, d'Anunzio y Lorrain. En -resumen, parece una gran mentira la panacea de la cultura literaria, y -puede que los refinamientos de la sensibilidad y la inteligencia, ó -el arte y las letras, como quería Rousseau, en vez de ennoblecer á los -hombres los haga antisociables é inhumanos. Cultura é individualismo, ó -lo que es equivalente, condenación de la sociedad, son sinónimos. Acaso -es más humana y sociable la bondad natural, sólo que por ésta no habría -de entenderse la que tal creyó el sensible é incauto Juan Jacobo, sino -al revés, el egoísmo puro, resorte propulsor de las almas viriles y lo -contrario de las languideces sentimentales y flaquezas del carácter -que diseñan el perfil moral de los voluptuosos. Esto explicaría -acabadamente la oposición y disparidad que el solo nombre evoca entre -sensitivos y viriles, idealistas y utilitarios; la escasa _virtuosidad_ -de sensitivos é idealistas en el dominio de las realidades prácticas -y, al contrario, su preeminencia en el país de los sueños, esto es, en -las actividades sub-conscientes que rebajan al hombre disciplinado por -el ejercicio de la voluntad, dueño de sí y adaptable por su hábito de -gobernarse á las variaciones del medio y lo ponen á la altura de la -mujer y del niño, en los que domina el capricho, la fantasía y es más -débil el juicio y menos robusta la facultad de querer. - -El infantilismo y sugerente parentesco de las sensibilidades artistas -y las sensibilidades femeninas; la emotividad exagerada que hace tan -irascibles y quisquillosos á los sentimentales; la ineptitud social -y escepticismo disolvente de los fieles de la religión del alma; el -pesimismo y la ironía de aquellos á quienes tortura el vicio sutil de -pensar, no son precisamente seguros indicios de virtudes sociales ni -demuestran que la humanidad anduviera muy acertada al elegir como ayo -y Mentor al amable y picotero Espíritu, tan desdeñado á menudo por la -vida. Prometeo le decía á un sátiro que habiendo visto por primera -vez el fuego y deslumbrado por su resplandeciente hermosura, quería -besarlo: «Sátiro, llorarás tu barba si lo besas, porque el fuego -quema al que le toca», alegoría cuyo sentido expresan, á la par del -viejo mito del fruto vedado, muchas fábulas, sentencias y discursos -que indican la sospecha ó revelan el conocimiento de la cualidad -anárquica y disolvente de poetas y artistas, y dejan que se columbre -la oposición del sentir y del obrar, del saber y del poder, de lo que -llamaría Nietzsche la lucha del instinto vital que crea y del instinto -de conocer que destruye. Hay mucho de verdad en todo ello. Más que -los libros y las doctrinas, el comercio de los hombres induce á creer -á pie juntillas que las clases demasiado afinadas por el influjo -afeminador de las artes y las letras caen en el escepticismo, cuando -no en otros males peores, y pierden los bríos de la voluntad y la -virtud de amar la vida y gozar de ella, como si vida interior y acción -se excluyesen, individualismo y humanidad se rechazasen, lirismo y -realidad no cupieran en el mismo plato. Desquite del egoísmo: sofocado -por la cultura degenera en esas enfermedades misteriosas de la voluntad -y la inteligencia que debilitan á los delicados, los desarma y obliga á -tender el cuello á las ambiciones materialotas, pero vivientes y sanas -de la plebe. - - - - -PORQUE es muy cierto que esa actitud desdeñosa de las naturalezas -muy finas y cultivadas frente á la sociedad que se llama la ironía, -«flor funeraria que florece en el recogimiento solitario del yo»; -esa actitud crítica y rebelde que impide tomar parte activa en la -tragi-comedia humana é incorporarse con mansa resignación al paciente -rebaño de Panurgo, es destructora como el individualismo anárquico del -que sólo es vigoroso brote, de las virtudes y energías sociales, y, -por consiguiente, de toda robustez moral. La conciencia del profundo -desacuerdo entre pensamiento y acción é individuo y sociedad de que -nos ofrecen lamentables testimonios la helada indiferencia de Benjamín -Constant, el orgullo solitario de Vigny, la melancolía de Amiel ó -el cinismo de Stendhal, corta las alas al deseo de poder é impide -vivir, porque no se puede tomar en serio un espectáculo fatalmente -absurdo, eternamente grotesco y al que asistimos por fuerza y pagamos -con nuestra desdicha. La sonrisa oculta la mortal desilusión, las -heridas del flagelado orgullo y nos venga del mundo y su tejido de -contradicciones. Es como un desquite de la personalidad, conveniente -en dosis moderadas para corregir el optimismo tonto de los simples, -de lo que llamaría Schopenhauer el _filistinismo hegeliano_, pero -pernicioso cuando de las clases pensantes desciende la ironía á las -masas y se convierte en descreencia, burla y cinismo, porque entonces -destruye implacablemente las mentiras é ilusiones _necesarias_ que -forja el instinto vital de las sociedades, con el robusto fin de que -éstas perduren en el mudable imperio de Cronos y le pongan su cuño al -espacio. Que una cosa sea verdadera ó falsa desde la torre de marfil -del pensamiento, ¿qué importa?: lo que importa es que sea útil á la -vida. Acontece en esto lo que con esas verdades religiosas, erróneas -científicamente, pero ciertas y eficaces desde el punto de vista de -la religión ó de las costumbres, en las que James echa los nuevos -fundamentos del viejo pragmatismo: ¿qué más da que sean puras patrañas -y burdas engañifas si curan y dan razones de existir? El utilitarismo -de Caliban es más saludable en los trances apurados que el racionalismo -de Ariel. El pueblo, lo que en nosotros es pueblo, lo que aún no rompió -el cordón umbilical que une la criatura al cosmos, no razona: obra -impulsado por sentimientos que son al interés lo que los cuerpos á la -gravedad: posponiendo toda consideración transcendente á la utilidad -inmediata. Y precisamente por esta limitación y estrechez de juicio -acierta con la voluntad de la Vida cuando los timoneles de la Idea han -perdido la brújula. Para la Vida el instinto, el egoísmo es más seguro -ombráculo y consejero que la razón enseñada en los libros. Ésta harto -frecuentemente amengua y desorbita. Obedeciendo á impulsos extraños al -interés verdadero y primordial, suele decir: «Sálvense los principios -aunque se pierdan las colonias». Pero el instinto vital le habla á la -razón como el gran Federico á los doctores cuando decía al penetrar en -Silesia: «primero me apodero del país, que después no faltarán pedantes -que prueben mis derechos.» El santo deseo de poder se queda siempre con -las colonias. - -La razón no: contempla la vida reflejada en el espejo deformador de -la conciencia mientras la vida pasa cambiante como la onda, y que -la misma conciencia no permanece un solo instante sin mudanza. Cómo -conocer la verdad moral y eregirla en norma de conducta si ella no fué -nunca idéntica á sí misma, ni el medio social tampoco y si nosotros, -al concebirla, ¿no somos ya lo que éramos? Aplicamos el parche cuando -el grano no existe ya. Con eso y con todo, en el plano de la lógica ó -establecimiento de las verdades científicas en que nuestra fisiología -no tiene interés ninguno en engañarnos, el triunfo de la facultad -humana por excelencia es evidente: todo es tangible para ella, y -razonar _notre puissance_, parece lo más justo; pero en el plano de las -realidades esto suele ser lo más desastroso, porque la vida, como el -corazón, tiene razones que la razón no conoce. Un trabajo formidable -se produce en las reconditeces y antros del alma, ignoto para las -luces de la conciencia y que determina la mayoría de nuestros actos y -voliciones. Conocemos los fenómenos visibles, de nuestra voluntad, como -vemos la burbuja que estalla en la superficie de las aguas: después de -haberse formado en el seno de ellas y de atravesar su masa toda. Los -verdaderos móviles que nos impulsan nos serán desconocidos eternamente -al obrar, que es cuando su conocimiento podría sernos de algún provecho -para dirigir la vida. Lo que percibe el espíritu es la proyección de -los deseos; por otra parte, él no es el espectador sino el espectáculo -mismo. Engañados por los sentidos, las pasiones, los antojos de la -fantasía, los caprichos del corazón y la óptica deformadora de la -inteligencia, el hombre, mientras obra, no sabe lo que es ni lo que -quiere ni adonde va. La ilusión gobierna el drama espantable del mundo. -Y así, impulsados por las fuerzas colosales é irresistibles de lo -sub-consciente ó por la inteligencia, esa «petite chose á la surface de -nous mêmes», seguimos adelante como autómatas y sonámbulos en la noche -obscura del alma. Solamente que en el primer caso, nuestras plantas se -apoyan en el suelo y por ellas como la savia por las raíces y el tronco -hasta la flor, sube al cerebro la _voluntad de la tierra_; mientras -que en el segundo nos lanzamos al aire persiguiendo desalados los -espejismos de la imaginación, que es pura fantasmagoría cuando deja de -ser el instrumento dócil de aquella voluntad; perdemos el contacto de -las realidades; dejamos de nutrirnos de sus jugos divinos y ya no somos -otra cosa que vanidad, hojas secas volteando en los lomos del viento. - - - - -EL espíritu poco práctico, la ineptitud comercial, la falta de sentido -político y escaso poder de gobernarse, esa á modo de debilidad femenina -y frívola ligereza de los pueblos en demasía razonadores, tiene su -origen, tal vez, en que fueron descepados de la tierra y desposeídos -del sentimiento de las realidades por la absurda falsificación que, -á guisa de pecados y vicios, combate todavía torpemente la _fuerza -fundamental_ de la humana criatura. Cuando dejan de oirse los _eternos -mandatos_ de la Diosa se inventan por repugnancia invencible del mundo -y miedo de vivir, los paraísos artificiales ó consoladores mentiras del -arte con las que se reconforta el esteta y lucha contra lo incompleto -de su destino; también se inventan las religiones del alma y las -hechicerías de la razón, y todo aquello que por ser enemigo jurado de -lo vital y lo viril, ablanda los sentimientos, corrompe con pérfidas -seducciones la facultad utilitaria de conocer y prepara el reino -brillante, pero efímero, de las sofisterías del corazón y del cerebro. - -Porque así como en la ciudad Luz las emociones van por pendientes -naturales hacia el erotismo y dejan los sentimientos, no encendidos -por la amorosa llama, como velados en la sombra, en lo que atañe á la -inteligencia todo converge hacia las formas puras y desinteresadas -del pensamiento, según la tradición irrealista y anti-utilitaria de -los ascetas medioevales del saber: especulaciones filosóficas sin -aplicación á las realidades prácticas, idealismo político, misticismo -social: hinchada palabrería razonante en la que se resuelven al fin de -cuentas el racionalismo y el sentimentalismo francés. - -La Francia es el alma de Juan Jacobo. Sueña, persigue la injusticia, -busca presa de inquietudes mortales la dicha universal y con todo ello, -y quizá á causa de ello, no puede reducir la anarquía interior que la -divide en mil familias de Capuletos y Montescos, la debilita en frente -del invasor y desdora á los propios ojos. ¡Noble é ilusa Lutecia, -víctima de lo que llamaba Gioberti el «amor de los antípodas»! Su -pecado y su crimen es el de no ser bastante egoísta. Las construcciones -ideales y fiebres demagógicas; los esfuerzos por encauzar el torrente -impetuoso de la vida en los estrechos canales de la lógica y poner al -unísono universo y corazón, absorben los zumos preciosos de su cerebro -y la hacen descuidar las aplicaciones humildes, pero provechosas, de la -inteligencia á las necesidades de la concurrencia universal, urgentes -y perentorias en el medio económico realista y utilitario, no exento -por dicha de heroísmo ni de grandeza en que, quieras que no, viven los -pueblos civilizados. - -La consecuencia lamentable de tantas imaginaciones y ensueños es -el crónico desequilibrio del organismo nacional y, por añadidura, -una suerte de desidia é ineptitud para las cosas prácticas y cierto -amilanado apocamiento en las aventuras financieras que, no obstante -las altas cualidades y superior inteligencia del pueblo francés, -lo colocan en permanente inferioridad junto á otros pueblos menos -cultivados pero más enérgicos; menos espirituales, pero más duchos -en aplicar la inteligencia á la vida; menos sensibles y ébrios de -virtud, pero en el fondo más sociables y virtuosos. Tiene sus quiebras -el confundir la inteligencia con el _esprit_, la realidad con la -literatura, las virtudes sociales con la sensibilidad lírica. Y á todo -ello conduce frecuentemente el culto de la Razón, que tantas esperanzas -hizo concebir á la humanidad. Buena es la cultura cuando fortifica la -inteligencia y no relaja las energías productoras, que son las virtudes -cardinales del mundo moderno; cuando acrisola la aptitud estética -sin menoscabo de la virilidad, cuando acuerda, en lo que cabe, la -conciencia con lo sub-consciente, la física del alma y la física del -cuerpo; pero es condenable toda civilización, por brillante que sea si, -con el pretexto de ennoblecer, desarma para vivir y pone en los labios -de los hombres la frase de Bourget: «Agir, c'est toujours accepter la -mesquinerie des conditions autour de son Ideal». - -Las cristalizaciones típicas de la civilización francesa, y aun podría -decirse de la cultura greco-latina de la que es París el dechado y -la simbólica flor, son los refinamientos de la sensibilidad y las -elegancias mentales: superioridad palmaria en las cosas del espíritu, -lo que le permite imponerle al mundo sus gustos estéticos y modas -sentimentales; inferioridad no menos patente en el campo de lo que -llamaría el enérgico ex-presidente yanqui la vida intensa, donde -las voluntades anemiadas por las sangrías del sentir y del pensar -desfallecen y se doblegan sumisas ante otras voluntades limpias de toda -intoxicación literaria y que no tienen los ojos _ébrios de luna_ sino -fulgentes de luz solar. - - - - -CONSIDERANDO al materialismo fatal de la era presente y las aptitudes -prácticas de que los pueblos han menester para no petrificarse en las -viejas formas de la cultura ni quedarse rezagados, se comprende, sin -grande esfuerzo, la reacción brusca de las civilizaciones modernas, -positivas y utilitarias, contra las civilizaciones irrealistas del -pasado y particularmente contra el racionalismo francés. Á pesar de -los lloros del alma es preciso confesarlo: las disciplinas eficaces -y ennoblecedoras un día, más que otras cualesquiera, de la cultura -francesa, ni son las fórmulas pedagógicas de las naciones que extienden -sus dominios en el momento histórico actual, ni pueden ser las fórmulas -morales del porvenir. Si bien afinan al animal humano, lo hacen con -detrimento de sus energías belicosas. Es lo contrario lo que priva -y hace falta. La selección de las sociedades encamínase francamente -á proteger á los viriles y destruir á los sensitivos. Y por eso la -cultura que realizó en la historia el connubio de la Gracia y del -Saber, la única que todavía puede parangonarse á la que floreció en el -Ática sonora, parece que hubiera dejado de ser actual y de producir las -virtudes sociales del momento. - -Verdad es que un pensador de fuste, clarovidente é imparcial, -caracteriza el siglo XIX por dos hechos singulares entre todos: -el triunfo del espíritu democrático y del idealismo político ó -extensión de la influencia de Francia en el dominio espiritual, y -la supremacía de los anglo-sajones y germanos en el dominio de las -realidades prácticas, ó lo que es equivalente, en las luchas políticas -y económicas. Mas lo primero es sólo una amable apariencia. Por lo -que toca á la filosofía y la moral, damas pudibundas y al parecer -invulnerables para las flechas de Eros, pero que con sobrada frecuencia -padecen de vapores y desmayan voluptuosas en los brazos de los -bárbaros, lo típico del siglo XIX es, en último término, la reacción -triunfante del naturalismo alemán y del darwinismo anglo-sajón, contra -el racionalismo francés; en lo que atañe á la vida real lo que salta á -los ojos es el advenimiento de toda suerte de imperialismos, políticos, -económicos, democráticos y la superioridad, establecida por los hechos -en solemnes ocasiones, de los viriles sobre los sensitivos, de la -voluntad sobre la inteligencia, de la fuerza sobre el derecho, «que -cuando no es la fuerza es el mal», según la aserción del paradójico -Wilde, un esteta que también aseguraba con el mismo desahogo, «que no -tiene nada de sano el culto de la belleza». Él debía de saberlo. - -Y esa superioridad, y he aquí lo portentoso, se hace manifiesta no -solamente en las luchas económicas y diarias porfías, sino en el -terreno de la solidaridad, donde parece que debieran ser más eficaces -las aptitudes graciosas y amables. Y bien, no. El espíritu solidarista -que enfervorizado persigue el derecho igual para todo y para todos, la -dicha del mayor número, la libertad, el progreso, nociones confusas y -tal vez antinómicas, no es más favorable, en suma, á la sociedad que -las doctrinas naturalistas ó anti-racionalistas de alemanes é ingleses. -En la práctica intelectualismo y racionalismo franceses degeneran, -el primero: en _estetismo_ amoral, ironía, escéptica indiferencia y -repugnancia de las realidades; el segundo: en perpetua fermentación -revolucionaria é individualismo anárquico, cosas antagónicas, como el -amoralismo de los estetas, á la sociedad y la vida. Por el contrario, -el duro darwinismo social, cabeza de turco de tantas sentimentales -declamaciones, conduce al respeto de las jerarquías, al orden, á la -libertad, á la cooperación por la vida dentro de la lucha por la vida; -y, por otra parte, al individualismo del _self governement_, que es -fuente inagotable de energías y virtudes sociales, no teóricas sino -prácticas y efectivas. De donde pudiera inferirse rigurosamente que el -egoísmo acaparador de los brutales, es más provechoso para el mundo que -el egoísmo _sin interés_ de los delicados. - - - - -Y de hecho autores hay que atribuyen las excelencias de los pueblos -del Norte, al haber permanecido hostiles á la influencia greco-latina, -manteniendo en un estado de semi-barbarie su originalidad étnica y -hasta cierto punto, su civilización castiza, lo que constituye la -fuerza propia de un pueblo y las cualidades de fondo de una raza. Mas -esos pueblos precisamente, desempeñaron por mucho tiempo un papel -secundario en las conquistas de la civilización y se nutrieron en -muchas cosas de la enjundia latina. Si los anglo-sajones y los germanos -aun conservan un elemento de salud y vigor de que carecen los pueblos -que sufrieron el dominio de la Roma de los Césares y los Papas, no debe -atribuirse á la ausencia de ese dominio, sino más bien, á la sórdida -economía de fuerzas hecha en luengos siglos de vida obscura, extraña -á los refinamientos y molicies destructoras del carácter que traen -consigo siempre las civilizaciones extremas. Atenas, Roma, Alejandría, -Bizancio lo atestiguan. La ventaja de que los pueblos se conserven -puros y originales en su vida espiritual, es muy discutible cuando se -piensa en lo que son la India y la China, y en lo lo que fué el Japón -antes de haberse asimilado la civilización occidental. Lo que á todas -luces hace falta y aprovecha, es que la cultura propia ó prestada -no desvirtue el egoísmo nativo, manantial de toda vida y en el que -absorben los jugos de la robustez del cuerpo y la salud del alma los -pueblos fuertes, refinados ó sin desbastar aún. - -Las cualidades viriles que garanticen el triunfo práctico y cabal -en esta época de imperialismo económico, no han sido hasta ahora, -ni son actualmente, el patrimonio exclusivo de las naciones salidas -directamente de la barbarie. Los pueblos que hoy se enseñorean -del globo, no poseían ayer las preciosas energías á que deben su -predominio, ni nada hace suponer que tanto fasto y poder no concluyan -un día con las palabras de Felipe II en su lecho de muerte. La vida -en su juego divino seguirá transformando las sociedades y es muy -posible que, en tiempo no lejano quizá, aquellas soberbiosas dotes -dejen de ser útiles en el grado que actualmente lo son, ora sea por -el desgaste de la facultad, ora por las mudanzas del medio ambiente, -como acontece en la era capitalista de cálculo y ahorro, con las -virtudes hidalgas de la caballeresca España, eficaces en el tiempo -pasado y al presente perniciosas. Así, pongo por caso, si el edenismo -convierte un día la tierra en los campos elíseos de la humanidad, los -pueblos que juzgamos ahora más aptos para la lucha vital, perderían la -situación preponderante que deben á lo que entonces fueran cualidades -anacrónicas y estorbos para asimilarse la nueva y triunfante cultura. -Francia acaricia aquel voluptuoso ensueño oriental; si triunfase sería -el desquite del ideal francés. Pero en la vida como en el arte, «las -intenciones no son nada, el poder de realizar es todo». Y el poder, -fuerza es que se diga, no está de parte de la Idea, sino del _Factum_; -no de parte de los delicados, sino de los viriles; no de parte de -los más nobles, sino de los más fuertes, que son los más aptos para -convertir en hechos sus aspiraciones. - -Por los demás no conviene llamarse á engaño sobre la supuesta egregia -condición de los imperios espirituales ni la legitimidad de sus -conquistas. Ya hemos dicho que la razón es esencialmente arbitraria y -opresora, y cómo entra sin dar cuartel en las fortalezas del alma. Las -zarandajas morales de la nobleza y del desinterés de los propósitos, -cuando se examinan de cerca son pura patraña y retórica. Cada pueblo -practica el imperialismo concorde con su peculiar fisiología y cultura. -Como la función crea el órgano, el deseo crea la moral. Sé de sobra que -el ideal francés se opone formalmente á todo privilegio é imperialismo -derivado de los _hechos_ y no de la _teoría_; pero ese ideal ¿es otra -cosa que el privilegio de la razón razonante que conviene á la Francia, -y un imperialismo sentimental con el que, la nación desprovista de -sus arreos guerreros, procura satisfacer espiritualmente, ya que no -de otra manera, su gastado instinto de soberanía? Grande vidente fué -Zaratustra cuando dijo: «El cuerpo se crea el espíritu como una mano -de su voluntad». Todo es mano en el hombre, y el objeto de ese órgano -prensil, es el de apoderarse de las cosas y no el de escribirlas en las -arenas movientes que lamen las olas del mar. - - - - -DE las aspiraciones generosas y remontadas del pueblo francés, no cabe -dudar y menos de su obra dilatada á todas las actividades, industrias, -ciencias y máquinas especulativas. Su ideal ha sido por momentos el -ideal de la humanidad. Todas las naciones le deben algo, y todos -llevan en el medallón del alma, como un recuerdo del primer amor, la -imagen querida del bello París. Fuera menester haber nacido ciego y -sordo-mudo en las cosas del espíritu para negar la influencia dulce y -luminosa que irradia sobre la tierra desde lo alto de la torre Eiffel, -y no reconocer que muchas veces la amable Lutecia fué, y sigue siendo -en parte aún, la flor de la humanidad y así como la inteligencia y la -gracia del mundo. La invención de la inferioridad de la raza y la -decadencia latina, son burdas especies. Después del libro de Finot -quedan muy mal paradas las doctrinas de Gobineau y De Lapouge. Las -aptitudes y cualidades francesas, tan múltiples como peregrinas, nunca -fueron más salientes ni vigorosas. Sólo que el medio ha cambiado y -muchas veces, aunque decantadas y superiores, no son utilizables -aquellas excelencias. Al contrario, en cierta manera, sirven de rémora -y dificultad para ponerse al diapasón positivista de los tiempos que -corren. El mundo hase convertido en un vasto mercado donde no tienen -empleo los marqueses _talon rouge_. El perpetrar las tradiciones -estéticas de la elegancia del alma, no es ya elevado sacerdocio ni -oficio remunerador. Y todo hace pensar que en lo futuro ningún pueblo -podrá ejercer una influencia honda ni durable sobre los otros, ni -siquiera tenerlos á raya, ni aun vivir con sus talentos de sociedad -solamente por amables que sean. Francia conserva en sus manos de uñas -pulidas el cetro del gusto, pero no el de la inteligencia técnica que -se necesita en el Taller. Contra lo que supone el gran Anatole, el -ejercicio del espíritu y el uso de la razón, de la vieja razón, no -prolongarán el imperio de Francia sobre el mundo. La Fuerza de las -ideas es ineficaz cuando las ideas no son la expresión de la Fuerza. -En la vida moderna los retores y los humanistas van pareciendo casi -tan anacrónicos como los santos. Pero ello no implica una condenación -de muerte para los pueblos latinos, ni quiere decir que éstos, después -de haber «fait le tour des sentiments et des idées», no puedan -adquirir y desarrollar por convicción y sistemáticamente los arrestos -y bríos morales que las naciones hoy dominadoras poseen gracias á su -inferioridad crítica y simplicidad primitivas. Además, puede acontecer -muy bien que las circunstancias ambientes cambien y las tornas se -vuelvan y que resulten entonces feos vicios las cualidades que hoy se -tienen por raras perfecciones, méritos de subidos quilates y signos -ciertos de superioridad. - - - - -MAS, por el momento, la virtud de germanos y anglo-sajones salta á la -vista. De un modo lento, pero eficaz, como el trabajo subterráneo de -las aguas que disloca y parte las montañas, van haciendo del mundo -su exclusivo patrimonio. Los grandes capitanes de la industria y la -finanza plantan las banderas de la expansión comercial hasta en los -rincones más escondidos del globo; conquistan los mercados, que son -las ciudadelas de las naciones; se infiltran con sus mercancías en los -pueblos y los hacen sus vasallos. Y á esta penetración parsimoniosa -y mansa, pero segura, de las actividades invasoras, en las que se -transvasan en la era capitalista los ímpetus conquistadores de otras -épocas y los impulsos del nunca dormido, mientras se conserva -sano, instinto de dominación, el sibarita París no acierta á oponer -otras barreras para defender su predominio, que las brillanteces -y refinamientos que abrieron á Roma las puertas de Atenas y á los -bárbaros las puertas de Roma. - -Al modo que las voluntades flacas, después de renunciar á las tierras -del planeta, inventaron el consuelo de las tierras celestes y las -estupefactiva inversión de valores que hacen robusto lo canijo, rico -lo pobre, noble lo vil; las naciones de embotadas energías viriles y -fatigados alientos, inventan los códigos morales de la debilidad y las -ilusiones idealistas que adormecen y engañan las voluntades nacionales -contra las que no se puede luchar á brazo partido ni frente á frente. -Como el cristianismo, cuya esencia es renunciamiento, contemplación, -acritud contra la existencia, la cultura greco-latina lleva en sí -oculto, muy oculto, el desdén de lo real y de la acción--su amor de las -ficciones del arte y odio de la riqueza da de ello claros indicios--y -es un filtro poderoso para adormecer los ardores de la sangre moza -y hacer factibles por las vías pacíficas, el suspirado reino de la -justicia y la adorable quimera de la sociedad universal, que de -realizarse han de hacerlo, como todas las cosas de este bajo mundo -por la guerra y la muerte, «ya que nada existe sino en virtud de la -injusticia; ya que toda existencia es un robo anticipado sobre otras -existencias y que cada vida que florece lo hace en un cementerio», al -decir del admirable Gourmont. - -Cada vez que trato de exprimirle el jugo real á la _unión por la -vida_, dulce fórmula de uno de los representantes más autorizados del -idealismo francés, me viene á las mientes el recuerdo de otra unión -de la que yo formaba parte de pequeño en la escuela. Se llamaba la -«Cofradía del Bizcocho», y tenía por objeto el ayudarnos mútuamente -para escamotearle al pobre diablo de mercachifle, que en las horas de -asueto vendía de que merendar, las golosinas que apetecíamos. Nuestras -maniobras eran muy concertadas y amigas hasta cometer el feo hurto, -pero después, cuando se trataba de repartirlo, la unión _para el -bizcocho_ se convertía invariablemente en guerra _por el bizcocho_. La -experiencia del mundo me ha demostrado en múltiples ocasiones, que la -unión para la vida desde que hay que comer, desde que hay que vivir se -trueca en lucha por la vida. ¡Reino de la justicia, sociedad universal, -edenismo terrestre! Hermosos sueños sino se cambiasen, con el desate de -las pasiones, intereses y apetitos que _dejar de obedecer_, en guerra -y anarquía, y sino fueran la expresión sintomática de las enfermedades -de la voluntad que contraen los pueblos embebecidos de la idea y -que palidecen y se consumen _escuchando el canto del ruiseñor_... -Humanitarismo é internacionalismo, y, por otra parte, proteccionismo -y antisemitismo, revelan bien á las claras la urgente necesidad de -desarmar á los otros ó confabularse contra los que no se pueden vencer -á armas iguales, y constituyen la implícita confesión de la anemia -nacional. «Ils nous gênent», responde un personaje representativo de -la nobleza en el drama «Israel» para explicar su odio á los judíos, -vencedores en la lucha social y que acaparan ávidamente cuanto -privilegio y poder se les pone al alcance de la mano. Y en aquella -despechada frase se contiene la razón verdadera... y cínica, como -todas las razones verdaderas, de un odio secular. Los judíos son los -rivales, tanto más detestados cuanto más victoriosos, á cuyas arcas van -á concentrarse los dineros, ó lo que importa lo mismo, la virtualidad -y situación social de todos. Se comprende que incomoden y se hagan -aborrecibles. «Ejercemos el natural dominio de las almas fuertes sobre -las débiles», podrían ellos replicar remedando á la Galigaï cuando -explicaba á los jueces su influencia sobre María de Médicis. Y no podía -ser por menos. Contemplativos, idealistas, estetas nunca se acomodaron -bien de la lanza, ni del casco guerreros. Digan lo que quieran: las -exquisiteces de la inteligencia y la sensibilidad, son destructoras de -la osadía y firmeza del empeño. No hay sino escudriñar, para percatarse -de ello, las causas recónditas de la abulia, y observar de cerca la -torpeza, timidez y escasísima _inteligencia_ en la práctica de la -vida, de los cerebrales y los emotivos. ¡Pensar por pensar, sentir -por sentir, flores monstruosas que secan la planta! En cambio, «obrar -es pensar con todo el cuerpo». Sé, también, que obrar es asimismo, -según el poeta del misterio y del silencio, recogerse en sí, escuchar, -callar... pero no hay meditación ni recogimiento que unan el individuo -como el acto á su patria celeste, á la actividad universal. Una idea -suele ser una bella cosa, pero el más pequeño de los actos es siempre -una cosa divina. Á mayor abundancia de razones, cuando el Espíritu -deja de ser el servidor de la voluntad de vivir y gala y ornato de -ella, la traiciona; el obrar la sirve en todos los casos y eternamente, -y como aquella traición se repite con grande frecuencia, es por lo -que resulta en definitiva, que en el individuo la capacidad de pensar -y sentir idealmente nace y medra en razón inversa de la capacidad de -obrar prácticamente. El pensador, el artista, en suma el poeta--llamo -poeta al intérprete de lo divino--tiene una excelsa y misteriosa misión -que cumplir en cuanto fabricante de ilusiones vitales: el resto de su -actividad _inexplosiva_, ó su actividad misma cuando adormece y enerva -en vez de excitar, es futileza y labor de mujeres, cosa de eunucos y -distracciones de harén. - -Ahora bien: esto último es, para desdicha de los imperios apolínicos, -lo que ocurre y produce una especie de fermentación literaria que -intoxica el corazón y el cerebro de las multitudes y prepara el reino -de lo femenino, la voluptuosidad y la quimera. Entonces las sociedades -se embriagan de luna, y recostadas en blandos almohadones languidecen -esperando la venida de los bárbaros. - - - - -ESTE convencimiento que se traduce aquí y allá en las obras de los -viajeros salidos de la Metrópoli de la Belleza para sufrir el roce -áspero de las civilizaciones utilitarias, ya sean puros literatos -como Bourget y Adam, ya sociólogos y psicólogos como Leroy-Beaulieu, -Boutmy, de Rousiers; ora financistas letrados como Weiller, ora simples -periodistas como Huret, es quizá, lo que en forma de presentimiento -obscuro, agita á la Francia. Las convulsiones de su política y anarquía -moral pueden ser los últimos espasmos de un mundo glorioso, pero -inapto para adaptarse al ambiente positivista, ó los dolores de un -nuevo alumbramiento revolucionario del que saldrá el ideal de amor y -ventura que la bella Lutecia, apasionada y ensoñadora, nutre y quiere -con los redaños del alma. Lo innegable es que fermentos y levaduras -morales de muy diversa condición trabajan las masas á porfía y tienden -á destruir el orden de cosas actual. Tradicionalistas, cuya fórmula -es la _tierra y los muertos_, la patria y los ascendientes, que el -travieso individualismo barresiano descubre en las profundidades del -yo, y socialistas que sueñan con la sociedad universal como Jaurès y -Hervé; cesaristas á lo Renán y monarquistas á lo Murras, que se apoyan -en Darwin y la ciencia para condenar el régimen imperante; republicanos -de vieja cepa y anarquistas sentimentales, ateos y creyentes, patriotas -y escépticos conciertan sus enemigas voluntades en el aquel de renegar -de la democracia. Los unos por que ésta, destruyendo las jerarquías y -excelencias sociales se pone en camino de rebajar el nivel intelectual -y moral de la raza y substituir la cultura por la barbarie, el orden -por el caos. Los otros porque la democracia no ha cumplido ninguna -de las promesas grabadas como divisas en la piedra de los edificios -públicos: mito la libertad, mito la igualdad, mito la fraternidad y el -gobierno del pueblo por el pueblo y para el pueblo, mitología pura. -Y unos y otros ven y confiesan dolidos la desorganización que avanza, -la natalidad que decrece, la marea del escepticismo que sube, el nivel -del heroísmo que baja. La misma fe y esperanza puestas en el porvenir -se desvanecen al reconocer el fracaso de la pedagogía y las disciplinas -francesas, que sólo preparan sentimentales y retores, ineptos y -desorbitados. No se sabe qué hacer ni á qué santo encomendarse. Ningún -mejunje calma la fiebre ni la agitación nerviosa. Todas las posturas -son incómodas. Y las doctrinas de perfecta armazón lógica suceden á -las doctrinas; las utopías seductoras á las utopías; los discursos -á las hemorragias de la palabra; la Revolución al perpetuo hervor -revolucionario, mientras las ébrias musas de París cantan como Nerón -contemplando el incendio de Roma. - -Y este es el desolado y maravilloso espectáculo que ofrece al mundo la -razón razonante. - - - - - CONCLUSIÓN - - - - -LA renuncia del Espíritu como lazarillo de la vida es inminente. La -humanidad ha perdido la confianza en su Mentor. El viejo idealismo -no tiene ninguna virtud eficaz y se ofrece hasta á los ojos de los -más cándidos como una vejiga desinflada. Perdida la fe y llenos de -incertidumbres los mismos pueblos que adoraron de rodillas á la -razón razonante se alejan de ella y se pierden en las sombras del -escepticismo, sin volver la cabeza ni oir el tan tan lejano de las -campanas espirituales repicando en los templos desiertos. Francia, -Italia, España, Portugal, pagan muy caro su irrealismo, el crimen de -haber preferido la idea al hecho, la palabra al acto, la razón mística -á la razón física, para no reconocer en secreto que el lírico bagaje -de ayer es hoy una pesada impedimenta. No sólo no incita á obrar, sino -que impide obrar. El pasado les pertenece, pero no el futuro si no -arrojan lejos de sí el muerto laurel y se coronan de frescos pámpanos -para merecer de nuevo los favores de la Vida. Ante ésta, por no haber -reconocido todavía que _la Fuerza es el elemento divino del universo, -como el Oro es el elemento divino de las sociedades_, prorrumpen -aquellas naciones en el profundo _yo pequé_ en que terminar suelen las -agitaciones de los delicados y los idealistas, cuando son sinceros y -clarovidentes como Renán. - -¡Desgarradora melancolía! Él mismo, tristemente, muy tristemente, llega -á considerarse como un tipo humano fósil en el mundo que, educación -é ideal, le impiden comprender y aquilatar en su intrínseco valor. -Esta ineptitud, tratándose de un representante tan calificado de la -inteligencia, es muy significativa. Medio místico y humanidades le han -hecho perder el sentido de lo real, que sólo mantiene sano y alerta el -interés. El desprecio de los bienes materiales remata la obra. Como los -santos, por mirar al cielo, no ve donde pone los pies ni las cándidas -florecillas que aplasta torpemente. Su ciencia de lo que no sirve para -vivir es prodigiosa, más prodigiosa todavía su ignorancia de lo que -para vivir sirve. El historiador admirable y filósofo sapientísimo, -no tuvo sospechas siquiera de las relaciones pecuniarias de los -hombres ni de la estructura económica de las sociedades. «Piensa como -un hombre, siente como una mujer, obra como un niño». Por manera que -hacia el fin de su vida, cuando principia á ver claro, los sucesos -le sorprenden dolorosamente y llenan de mortales dudas. Cada ilusión -magnífica conviértese, por las malas artes de un mago enemigo, en -prosaica realidad; cada ardor generoso en desencantada ironía. Una á -una mueren las esperanzas de su inteligencia audaz y quedan delante de -los espantados ojos del sabio las realidades del egoísmo, del egoísmo -sañudo y triunfante como el Rey Monje en medio de los conspiradores -asesinados. - -Sus desencantos y amargas quejas dicen; mentiras, mentiras falaces la -religión del alma y la preeminencia del espíritu. «Pensar no es el -único objeto de la vida. El reino de la razón es una quimera. El ideal -y la realidad son enemigos. La causa que cautiva á las almas nobles -no triunfará jamás. Lo que es verdad en literatura, en poesía, á los -ojos de las gentes refinadas, es siempre falso en el mundo grosero de -los hechos consumados. Las heroicas locuras que el pasado edificó no -tendrán más éxito. El espectáculo de este mundo nos muestra sólo el -egoísmo recompensado. Inglaterra ha sido hasta estos últimos años la -primera de las naciones gracias á su egoísmo. Alemania ha conquistado -la hegemonía del mundo renegando altamente los principios de moralidad -política que con tanta elocuencia había predicado antes.» - -Como el emperador filósofo en su lecho de muerte podría exclamar Renán: -«¡Oh!, Apolo, ¿por qué me has mentido?» Tantas desilusiones hacen que -la realidad se le aparezca como una matrona insensible y prosaica que -se burla groseramente de los galanteos pudibundos del entusiasmo y -del lirismo. Sus laboriosas previsiones, fruto de largas vigilias, lo -engañan cruelmente; la inteligencia, que él adora y en la que cree -como en un Dios todopoderoso, pone entre el sabio y la vida un velo -brillante que hermosea y deforma los objetos. Éstos son otra cosa de lo -que él creyó, y piensa que acaso es injusto al juzgarlos severamente. -He sido un iluso y un insensato, clama. «La idea de que el noble es -aquel que no gana dinero y que toda explotación comercial ó industrial, -por honesta que sea, rebaja al que la ejerce y le impide pertenecer al -primer círculo humano, tal idea se desvanece de día en día. Todo lo que -he hecho antes parecería ahora acto de locura, y á veces, mirando en -torno de mí, creo vivir en un mundo que no conozco.» - -¡Lamentables confesiones de una inteligencia soberana mantenida por el -espejismo idealista en la más profunda ignorancia y desprecio de las -realidades y que empieza á descubrirlas al declinar el sol! ¡Angustia -de las almas religiosas caídas en el escepticismo por haber acariciado -un ideal tan alto, puro y hermoso que impide vivir! ¿Qué sería de los -hombres que practicasen _el estado de muerte_ del perfecto desinterés -sin el talento de Renán? ¿y qué de los pueblos en que abundaran, más -de la cuenta, los inactuales de alto coturno, pero inactuales al fin, -que se obstinan contra viento y marea en oponer la abstracción y el -ensueño á la vida y la realidad? Y, sin embargo, existe una cultura que -abierta ó embozadamente tal predica; que llena los ojos de visiones, -ata las manos y empuja á los sacrificios estériles. De ello nos habla -Renán largamente en los «Souvenirs d'enfance et de jeunesse»; mas en -ninguna página se trasluce como en la que sigue, la amargura y hasta -sorda irritación del desengañado sacerdote, del sacerdote que estuvo á -punto de ser Renán y que en realidad, aunque sin tonsura, fué toda la -vida: «Es en ese medio (Treguier, una villa extraña al comercio y la -industria) que se deslizó mi infancia y donde mi inteligencia contrajo -un vicio incurable. La catedral, obra maestra de ligereza, intento -loco de realizar en granito un ideal imposible, me falseó el espíritu. -Las largas horas que en ella pasé, han sido la causa de mi completa -incapacidad práctica. Aquella paradoja arquitectónica hizo de mí un -hombre quimérico, discípulo de santo Tuduwal, de santo Iltud y de santo -Cadoc en un siglo en que la enseñanza de esos santos no tiene ninguna -aplicación.» - -Y bien, no sólo los filólogos sino las sociedades formadas moralmente -por la enseñanza de aquellos santos ú otras influencias espirituales de -la misma índole, reciben en la frente el beso traidor de la Quimera y -quedan marcadas para siempre con el signo de la incapacidad práctica. -Con todos los respetos debidos á los títulos del alma, pero de un -modo franco y resuelto, convendría preguntarse si tal cosa no es una -verdadera monstruosidad en las sociedades del presente, donde las -relaciones de los hombres son y, no pueden menos de ser, relaciones -pecuniarias. Quizá urge confesarse una vez por todas, que nuestro -ambiente, nuestro mundo no es el de la inteligencia sino el de la -voluntad, disfrazada hoy con las múltiples máscaras de las actividades -mercantiles, como ayer con los antifaces del heroísmo ó la santidad. -Lo que contraría esas actividades es malsano, como era malsano lo que -minaba el predominio militar en las sociedades guerreras ó el prestigio -sacerdotal en las sociedades religiosas. Los ideales de las épocas -muertas, por nobles que sean, son ideales de muertos y traen en las -lívidas manos una antorcha funeraria. Sus devotos, á pesar de todas -las aureolas y resplandores, comienzan á parecer criaturas de otro -planeta, engendros desmirriados de Apolo decrépito, seres luminosos -y absurdos cuya enfermedad es una perla tentadora que ablanda las -resistencias de la Voluntad delante del Pecado. «La France meurt de -ces gens de lettres», decía también Renán. ¡Qué importa que la locura -sea divina si enferma el mundo! Considerándolo, se comprende por qué -un trabajo oculto del instinto conservador de la sociedad se afana en -eliminar, como antes ponía su empeño en producir cuando eran útiles, -las actividades puramente espirituales, enfermizas, enervadoras, sin -aplicación concreta en la colmena humana y que, en resumen, vienen -á ser algo así como las _toxinas_ del espíritu. Hay muchos pueblos -envenenados por ellas. Se reconocen en que son las tierras fértiles del -sentimentalismo y la verbosidad. Las cosechas de rosas abundan, pero -el trigo escasea en los campos mal cultivados y que no han recibido -el abono de Pluto. Y la selección mercantil afila en la sombra su -guadaña implacable: situación angustiosa, cuando no se cuenta con otras -defensas para detener el golpe, que las bellas sonrisas de Afrodita y -los ordenados discursos de Gorgias y Cicerón. - -«El reino del ideal ha concluído, todo lo que no se convierte en una -fuerza se juzga quimérico» dice Próspero. Y un ultrarenanista, que es -al mismo tiempo un profesor de lirismo y un puro utilitario, agrega -con su ironía habitual: «Cuando Tigrano me decía que la fuerza debe -ceder al espíritu, yo le dejaba entrever, sin insistir demasiado, que -desconfiaba mucho de un espíritu que después de tantos siglos no se -había convertido en la fuerza.» - -Las criaturas generosas que viven temblando por la vida del ideal -pueden descansar tranquilas. El ideal existirá siempre porque es el -portaestandarte de la ilusión y la esperanza necesaria á los hombres; -pero según claros indicios no será lo que éstos han tenido hasta ahora -con testarudez carneril, como la proyección única é imperecedera del -alma. Ya hemos visto que cada época se fabrica la tabla de valores que -le conviene y responde á sus necesidades orgánicas. El materialismo de -las sociedades futuras no les impedirá tener su ideal, sólo que éste, -por razones obvias, no puede ser ni el místico, ni el espiritualista, -ni el ideal reconocidamente fundado en la mentira de las sociedades -contemporáneas, sino un ideal práctico, cuasi macarrónico, pero robusto -y sesudo, como corresponde á los pueblos entrados en la edad provecta, -que no sustituya lo quimérico á lo real ni debilite para las luchas -de la vida. Ésta es lo realmente sagrado, y podría condenarse, sin -asomos de dudas, toda verdad, toda ética y toda belleza que en nombre -de un romanticismo de alma neurótico y raquítico tendiera obtusamente -á destruirla ó amenguarla. Téngase por seguro que ese romanticismo -que exige la castidad y el voto de pobreza, afemina y envilece. En -filosofía conduce á las aspiraciones vagas y al desprecio de las -realidades; en política degenera en hipertrofia de la palabra, espíritu -revolucionario y política alimenticia; en literatura lleva como de la -mano, al lirismo dengoso y ñoño y á las chinerías retóricas, síntomas -inequívocos de indigencia mental, pobreza anímica y otras lamentables -incapacidades. - -De un ideal batallador se oyen ya en las cúspides los clarines -sonoros. La inversión de valores morales que indujo al hombre á ser -el verdugo de su propio interés, es imposible que no parezca en los -siglos venideros tan absurda como lo va pareciendo hoy á los espíritus -desapasionados la santa doctrina que condena el placer, el deseo, -la pasión, la vida y predica el _estado de sepultura_. El idealismo -clásico es un caballero andante que presa de mortal fatiga, la lanza -quebrada y los músculos rotos desciende de su trasijado Rocinante y se -apresta á morir al pie de un sauce llorón iluminado por la luna. Es -bello y conmovedor, pero nocivo para el ánimo. El mundo, curado de -arrechuchos sentimentales, preferirá por instinto la musculatura y la -vida del gladiador combatiendo, á la melancólica belleza del gladiador -moribundo. - - * * * * * - -Quizá no esté lejano el día en que el Sermón de la Montaña y la -Plegaria de la Acrópolis, se pronuncien de rodillas á los pies de -la Fuerza, diosa terrible que, mejor que Eirene, podría llevar en -sus brazos á Pluto dormido. El creyente hablaría así, poniendo sus -palabras al diapasón de las arpas formidables de Eolo y Neptuno: «Salve -¡oh diosa! impura y fecunda, madre de todas las cosas, eurítmia del -universo. Tu engendras, ordenas y legislas; tu reinas en el cielo, -en el alma del hombre y en el corazón del átomo, y los ritmos de la -poesía y la naturaleza cantan unánimes tu gloria inmortal. Los hombres -te niegan y te llaman cruel porque no saben que, aun revelándose, -obedecen á tus mandatos; porque no saben que tus condenaciones de -muerte son como los frutos que se secan para dejar caer sobre la tierra -suspirante las semillas santas de la vida. La razón humana en un -momento de insano orgullo, quiso corregir las leyes infalibles y los -sapientes designios de tu razón, que es la razón universal. Y todas -las cosas salieron de sus quicios; la quimera suplantó á la realidad, -el mal afligente al bien gozoso, el dolor al placer, la muerte á la -vida y, lo que es más estupendo aún, el desinterés estéril y enervante -al egoísmo robusto y fecundo. Fué una terrible pesadilla de la que -ahora sale la humanidad desmazalada y enferma. Y tú sonríes á los -sarcasmos con que ella te afrenta porque no ignoras que, contrita y -arrepentida, volverá á ti y que tú sola puedes devolverle la razón y -la salud. Hazlo, Divina, inspíranos para que seamos con inteligencia, -egoístas integrales y materialistas transcendentes. La humanidad no es -tan culpable como parece. Sólo en apariencia desobedeció tus leyes. Tú -misma fingiéndote ciega, la has conducido á tu antojo, como la madre -hace creer que es él quien la guía al tierno infante que ella sonriendo -lleva de la mano. Mas el niño hecho hombre necesita explicarse el -grande misterio. ¡Cuándo será el día en que los ojos estupefactos vean -brotar de las entrañas de las cosas, como el rojo licor de la herida -abierta, el verbo divino, eco de las fuerzas universales que muy raras -veces dictaron la actitud del héroe y la _alta necesidad_ rítmica de -aquel cuya _voz es canto_! Imposible que, al fin, lo justo y lo bello -no sea lo que viene de ti, madre de dioses. ¡Y qué ridículos y pueriles -parecerán luego á las almas duras como el diamante, pero blancas como -él, los artificios retóricos del _hombre sensible_, los cantos que no -son cantos de vida, lo bello que enferma y ciega en vez de ser un rayo -de sol limpio de sombras, las acciones que no lleven al combate y al -templo de la Victoria! Por el contrario, es muy probable que la gracia -brille sobre aquello que la antigua sabiduría creyó torpe é impuro -por ser fecundo como el acto carnal. Entonces Mammon resplandecerá -de gloria, porque de todos los dioses supervivientes es el único que -lleva en la testa olímpica el signo luminoso de la voluntad. Es el -depositario de ella. La virtud perdida en las nieblas de los países -quiméricos hubiese muerto de hambre sin él. Su alma fué como el arca -santa en que se salvó del diluvio espiritualista la facultad de -_querer_. Los instintos vitales se refugiaron en su corazón pródigo -como las manos de Demeter y las tetas velludas de Amaltea. La dicha -humana no tuvo nunca amante más rendido ni servidor más fiel. Los que, -insensatos, vilipendian aún al Oro, no escuchan la _voz profunda_ que -les dice: «Amadlo religiosamente, en su ser divino, y sed interesados -y duros para realizar los deseos secretos de la Vida y servir á -los hombres. Ni el arte, ni la poesía, nada aguza las facultades y -potencias humanas como él: es el gran excitador. Ni las religiones, -ni las filosofías le aportan á la humanidad lo que el Príncipe Rubio -le brinda con una sonrisa: el poder, la esperanza y la ilusión: es el -Salvador.» - - París, Julio 22 de 1910. - - - - - ÍNDICE - - - - PRIMERA PARTE - - Ideología de la Fuerza 5 - - - SEGUNDA PARTE - - Metafísica del Oro 121 - - - TERCERA PARTE - - La Flor Latina 187 - - - CONCLUSIÓN 271 - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of La Muerte Del Cisne, by Carlos Reyles - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA MUERTE DEL CISNE *** - -***** This file should be named 54522-8.txt or 54522-8.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/5/4/5/2/54522/ - -Produced by Carlos Colón, Boston Library Consortium and -the Online Distributed Proofreading Team at -http://www.pgdp.net (This file was produced from images -generously made available by The Internet Archive) - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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You may copy it, give it away or re-use it under the terms of -the Project Gutenberg License included with this eBook or online at -www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you'll have -to check the laws of the country where you are located before using this ebook. - -Title: La Muerte Del Cisne - -Author: Carlos Reyles - -Release Date: April 9, 2017 [EBook #54522] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA MUERTE DEL CISNE *** - - - - -Produced by Carlos Colón, Boston Library Consortium and -the Online Distributed Proofreading Team at -http://www.pgdp.net (This file was produced from images -generously made available by The Internet Archive) - - - - - - -</pre> - -<p class="box">Nota del Transcriptor:<br/><br/> - -Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.<br/><br /> - Errores obvios de imprenta han sido corregidos.<br/><br /> - - Páginas en blanco han sido eliminadas.<br/><br/> -La portada fue diseñada por el transcriptor y se considera dominio público.<br /></p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_1" id="Page_1"></a></span></p> - -<p class="p6 large center">LA MUERTE DEL CISNE</p> - -<hr class="chap" /> - - - - - -<p class="p6 center large">DEL AUTOR:</p> - - -<p class="p4"><i>En preparación</i>:</p> - -<p><b>La raza de Caín</b>, 3ª edición corregida por el autor.</p> - - -<p class="p4 center"><i>De esta obra se han tirado -cinco ejemplares en papel del Japón -numerados de 1 á 5.</i></p> - -<p class="p4 center">ES PROPIEDAD.<br /> -QUEDA HECHO EL DEPÓSITO QUE MARCA LA LEY.</p> - -<hr class="chap" /> - - - - -<p class="p6 center large">CARLOS REYLES</p> - -<h1>LA MUERTE -DEL -CISNE</h1> - -<p class="center">TERCERA EDICIÓN</p> - -<div class="figcenter4em"><img src="images/illo.png" width="75" -height="51" alt="" title="" /> -</div> - -<p class="p4 center"><i>Sociedad de Ediciones Literarias y Artísticas</i><br /> -LIBRERÍA PAUL OLLENDORFF<br /> -50. CHAUSSÉE D'ANTIN, 50<br /> -PARÍS</p> -<hr class="chap" /> - - - -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak" id="primera">PRIMERA PARTE<br /> -IDEOLOGÍA DE LA FUERZA</h2></div> - - -<p class="p4"><span class="pagenum"><a name="Page_7" id="Page_7">[7]</a></span></p> - - - -<p class="p4"> -<span class="smcap">El</span> vasto y heterogéneo panorama espiritual -del mundo en las postrimerías del siglo <span class="smcap">xix</span> y -los rojos albores del presente, brinda al observador -de los tiempos que corren un espectáculo -magnífico y emocionante. Turban el ánimo -y pasman el espíritu las perspectivas morales, -dejadas como herencia á las generaciones vivas -por las generaciones muertas. Entre mil tribulaciones, -el curioso se pregunta, si está á punto -de convertirse en realidad palpitante la transmutación -de valores anunciada por el terrible -profesor de la Universidad de Basilea, y si -la Fuerza, como principio de la moral y medida -de todas las cosas, no amenaza de muerte, á -pesar de la Conferencia de la Haya y del humanitarismo, -las entidades de las filosofías espiritualistas: -<span class="pagenum"><a name="Page_8" id="Page_8">[8]</a></span> -Justicia, Derecho, Bien, Mal, -irguiéndose en medio de ellas, como un león -vivo y rugiente, sobre las ruinas de una acrópolis -poblada sólo de ídolos rotos, mutilados dioses -y espectros terríficos en las sombras medrosas, -mas irrisorios á la honrada luz del sol.</p> - -<p>Ha sido y será eternamente cruel designio y -obra difícil para la voluntad de los hombres, el -despojarse de las amables creencias que los -encumbran á sus propios ojos. La humanidad, -como las coquetas empedernidas, ama los aderezos -que la hermosean, aunque sepa que son -postizos, añadidos y falsas joyas. Á mayor -abundancia de razones, <i>su bovarismo</i>, la facultad -peregrina de concebirse de una manera diferente -de la realidad y obrar en consecuencia, -es incontrastable y generalmente provechosa. -Hace falta un grande y desinteresado valor -para mirar frente á frente á la temida Esfinge, -aparte de que el premio del resuelto enigma, -suele ser el que tanto contribuyó á la desdicha -del lamentable Edipo; es menester una acendrada -resignación filosófica, en la que acaso -pende el ascetismo de la cultura moderna, para -recibir amablemente las visitas de duelo de los -desencantos y sonreirles como á los amigos<span class="pagenum"><a name="Page_9" id="Page_9">[9]</a></span> -gruñones, pero leales, que nos quieren y nos -dicen la amarga verdad. Ésta es á veces sólo -estéril superstición: las grandes ilusiones son -siempre fecundas, y aunque el viejo Cronos, con -manos impías, las despoje más tarde ó más -temprano de sus virtudes específicas sobre la -inteligencia y el alma, la humanidad, reconocida -á las fieles servidoras, sigue creyendo en -ellas aún después de muertas, y hasta se complace -muy comúnmente, con ingenuo y tozudo -afán, en prestarles á los rostros lívidos y yertos -las lozanas apariencias de la vida.</p> - -<p>En tales ocasiones acontece á la eterna ilusa -lo que á aquella infeliz criatura que, habiendo -perdido á causa de terrible enfermedad la divina -belleza del rostro, su tesoro, dicha y orgullo, -providencial locura la salva de un desencanto -mortal, haciéndole ver reflejada en los espejos, -no la fealdad presente, sino la fenecida hermosura -de los gozosos días.</p> - -<p>La humanidad ha padecido muchas de estas -demencias saludables. Ellas le impidieron reconocer, -cuando la verdad hubiera sido como -escarcha sobre los tiernos capullos de las rosas, -la futileza de los adobes y afeites que realzaban -las gracias del alma á la luz de las candilejas<span class="pagenum"><a name="Page_10" id="Page_10">[10]</a></span> -metafísicas. Hoy el arduo problema estriba en -averiguar si éstas no han perdido su mágico -poder, y si la transfiguración de los hechos reales -por la óptica de los moralistas, es todavía -conveniente para la delicada salud del mundo.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_11" id="Page_11">[11]</a></span></p> - - - -<p class="p6"> -Á decir verdad, la agonía de lo divino aparece -á las inteligencias libres de prejuicios hereditarios -y atavismos religiosos, como un hecho -triste, pero incontestable, que se descubre en -todos los horizontes y que las ansias subjetivas -del hombre no aciertan á disfrazar con un nuevo -espejismo celeste, quizá porque este nuevo -espejismo no es ya necesario á la Vida. Esta vez -el <i>instinto vital</i>, el travieso mago que en la filosofía -nietzsquiana crea las ilusiones favorables -á la existencia, lucha en vano contra el Conocimiento, -que las destruye implacablemente... -pero sólo para darle á aquel estímulo y ocasión -de forjar otras nuevas. La ciencia, la experiencia -prolija del caduco globo, levanta el velo de -Maya, y en lugar de las desnudeces impecables -<span class="pagenum"><a name="Page_12" id="Page_12">[12]</a></span> -y sagradas perfecciones de la diosa, surge la -razón física de los fenómenos. El misterio de -que se nutren las religiones, se rompe como un -hechizo al influjo de un conjuro eficaz. Las Iglesias, -las vírgenes violadas por el Saber, amarillean -y enferman, y con ellas palidece en el mundo -la estrella del reino espiritual. Y coincidencia -peregrina: allí donde éste fué más efectivo y -avasalló más tiránicamente las conciencias, no -ya la clorosis, sino el acabamiento de todas las -energías y la parálisis, dan seguros indicios de -un lúgubre é inevitable fin, como si el pecado -capital de desarraigar la planta humana de la -tierra y cultivarla en místicas estufas, entrañase -la terrible penitencia del agostamiento, la -esterilidad y la muerte. La remota y misteriosa -India es el pudridero del espíritu religioso; en -las aguas muertas de sus mil cultos monstruosos -y extáticos, brotan lujuriantes los nenúfares -de la contemplación ascética y del nirvana, -entre cuyas raíces y tallos mueren sofocadas las -tímidas vegetaciones de la voluntad de vivir; -Jerusalén llora las diligentes y briosas virtudes -que encendieron la llama activa de la fe en el -pecho de Pedro el Ermitaño y provocaron la -colosal marea de las Cruzadas; en la Ciudad -<span class="pagenum"><a name="Page_13" id="Page_13">[13]</a></span> -Eterna muere el poder espiritual, que ya fué -enterrado en Menfis, Efeso, Eleusis y Delfos, -y en todos los sagrados lugares de la tierra -donde el animal místico labró en piedra dura -sus ansias ardientes de lo infinito, el peregrino -apasionado lee tembloroso sobre las informes -ruinas, la fugacidad de la cosas eternas y la -nadería de las cosas humanas.</p> - -<p>La evolución del sentimiento religioso no -deja lugar á dudas sobre el humilde origen y el -destino mortal de los dioses... Después de las -ingenuas cosmogonías de las primeras edades, -en que el hombre mísero é ignaro interpretaba -los fenómenos más comunes como revelaciones -del misterio eterno y signos infalibles de las -voluntades olímpicas, la razón divina, perseguida -y estrechada por la explicación materialista -del universo, vió destruir, como la ciencia -hermética y la filosofía escolástica, sus misterios, -dogmas y entidades, y ha ido perdiendo -terreno hasta encerrarse en el ruinoso y lóbrego -castillo de las causas primeras y de lo incognoscible. -En la práctica, Dios se hace utilitario. Las -religiones se humanizan. Desde luenga data, -siguiendo paralelamente las evoluciones del -conocimiento y la misma, aunque en apariencia<span class="pagenum"><a name="Page_14" id="Page_14">[14]</a></span> -opuesta derrota que los instintos dominadores, -apéanse de sus fueros y vienen transformándose -en cosas útiles, en servidoras solícitas de -la Vida, ante cuyos intereses profanos abaten -las altivas y aureoladas testas los intereses divinos. -La conservación de las excelencias tradicionales -y el freno moral, son los títulos más -remontados que sustenta la religión á los ojos -de la culta Europa. La utilidad práctica es la -virtud característica de las <i>modernas experiencias</i> -religiosas en la tierra del opulento yanqui. -Sus imperturbables doctores aseveran «que -los principios especulativos no son nada, que -los resultados y consecuencias de las teorías lo -son todo». Pragmatismo y utilitarismo se dan -la mano: la verdad es lo útil. «Lo verdadero -es lo oportuno en nuestra manera de pensar, -como lo justo es lo oportuno en nuestra manera -de conducirnos» agregan. En conclusión: los -yanquis buscan <i>un Dios del que puedan servirse</i>. -Las flamantes disciplinas no forman santos ni -profetas, que es fuerza considerar como los -grandes paquidermos fósiles de la religiosidad, -ni menos virtudes desinteresadas, contemplativas, -caballerescas, amorosas del renunciamiento, -como las viejas y sublimes virtudes<span class="pagenum"><a name="Page_15" id="Page_15">[15]</a></span> -enseñadas por Buda ó Cristo. No, los pastores -de la americana grey, llámanse Franklin, Emerson, -Pierce James, ó también Haper, ese admirable -presidente de la Universidad de Chicago, -que, sintiendo próximo su fin, formulaba lleno -de unción esta singularísima cuanto valerosa -plegaria: «Señor, permitid que haya para mí -una vida después de esta vida, y en esa vida -permitid que haya mucho trabajo que hacer y -tareas que cumplir»; entre los credos y dogmas -del nuevo culto figuran la vida intensa, el pragmatismo, -el <i>mindcure</i> ó psicoterapia religiosa, -tan eficaz como la psicoterapia del doctor -Dejerine en la medicina ó las estaciones de psicoterapia -del sutilísimo Barrès en la literatura; -los santos laicos son Washington, Edison, Roosevelt, -Carnegie, Booker Washington; los reyes -del petróleo y del acero; el Napoleón de los -ferrocarriles, quien tenía por inmorales las -tareas improductivas, en una palabra: hombres -robustos y esforzados, voluntades inteligentes -y heroicas, como las piden con hondo afán las -necesidades orgánicas de la época y la gestación -del porvenir.</p> - -<p>Las caliginosas nieblas del antropocentrismo -se disipan y por eso la moral como la religión,<span class="pagenum"><a name="Page_16" id="Page_16">[16]</a></span> -la filosofía y la ciencia, recorre también, mal de -su grado, la convulsa trayectoria de lo infinito -á lo finito, de lo absoluto á lo relativo, de lo -divino á lo natural, de la vaporosa metafísica -á la sesuda biología, «llave secreta de la historia -y las acciones humanas, que en época no -remota explicarán acaso la física y la química...» -como alguien conjetura osadamente. Y á juzgar -por lo que se ve, el conocimiento adelanta -imperturbable por ese camino, sin detenerse -un punto á considerar con lástima, las ilusiones -que á su paso van muriendo. Á las morales de -esencia mística, altruistas é infalibles, siguen -presto las morales de levadura fisiológica, sensualistas -y pecadoras, que hacen del placer, -del egoísmo, de la lucha, y finalmente con -Guyau y Nietzsche, de la expansión de la vida -y del instinto de dominación, vale decir, de la -fuerza, el resorte oculto de la conducta y la -base sólida é indestructible del Bien y del Mal.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_17" id="Page_17">[17]</a></span></p> - - - -<p class="p6"> -<span class="smcap">Por</span> otra parte, la impasible majestad de la -Naturaleza, indiferente á la moral humana, -extraña, cuando no antagónica, á las necesidades -subjetivas del hombre, y ajena á toda finalidad -racionalista, confirma rotunda y cruelmente -las desencantadas suposiciones que sugiere -la evolución filosófica. La ciencia y la historia -también. De consuno el origen animal del -hombre, visto como en una caleidoscopio en -las múltiples y ascendentes fases zoológicas del -embrión humano, y el origen fisiológico y espúrio -de la justicia, despojan á la humanidad de -su divino abolengo y tienden á destruir, con -impertérrita lógica, las verdades eternas, los -principios absolutos, la posibilidad de una ética -infalible é inmutable.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_18" id="Page_18">[18]</a></span> -Como creación de la Vida, imponiéndose una -ley para asegurar la vida, las reglas y las evaluaciones -morales, dictadas siempre por razones -de utilidad, son impuras, deleznables, perecederas. -Todas van, igualadas por el rasero de -la inexorable Parca, á la fosa común, ó cuando -menos, todas cambian con los tiempos, las latitudes -y los diferentes módulos de la cultura. Á -un pueblo agrícola le conviene, y se crea, una -religión y una moral de pastores; un pueblo guerrero -una religión y una moral de soldados. <i>El -bien en sí</i>, pájaro azul de la inteligencia, no ha -podido ser descubierto por las inquietudes divinas -del hombre en las excavaciones del pasado. -Lo que aparece entre polvo y frías cenizas son -los códigos de los grupos dominantes, ó sean las -cristalizaciones útiles, y, por lo tanto, relativamente -durables de la conducta, producidas -siempre por los pasajeros equilibrios de una -lucha sin fin. De donde se infiere que no existe -una moral única, sino mil morales, igualmente -verdaderas en un momento determinado é igualmente -falsas después de él; y lo mismo podría -aseverarse de la justicia y del derecho teóricos -que, en fin de cuenta, á pesar de las transfiguraciones -que les hacen sufrir los taumatur<span class="pagenum"><a name="Page_19" id="Page_19">[19]</a></span>gos -de las verdades eternas, no pasan de ser -entidades sin contenido alguno, fórmulas vacías, -cosas grotescas, y aun cosas de una grande inmoralidad, -si no llevan en las estériles entrañas -los gérmenes del acto, los embriones del hecho, -ó lo que es idéntico: la potencia de convertirse -en realidades.</p> - -<p>El derecho al placer, al triunfo, á la vida de -los tristes, los débiles, los enfermos, de los condenados -por la naturaleza á la melancolía, la -derrota y la muerte, no es sino un sarcástico -desmentido de la grande justicia de la Fatalidad -reinante en el universo todo, á la pequeña -justicia que impera solamente en el corazón de -los hombres, como una deidad sin virtudes milagrosas -fuera de su templo. Suenen tan doloridos -y desjuiciados los clamores contra la injusticia -de la pastereulosis, que diezma las majadas, -ó contra la temprana muerte de un ser -amado, indispensable á la dicha de numerosas -criaturas, ó contra la desgracia de un pueblo al -que, adverso destino, por razones inescrutables -para nosotros, pero infalibles, azuza las Furias -y los males, como los anatemas de los vencidos -contra el inícuo triunfo de los vencedores, ó -las iras de los justos <i>sin virtud</i>, contra el pecado<span class="pagenum"><a name="Page_20" id="Page_20">[20]</a></span> -virtuoso. La victoria del fuerte sobre el débil, -ó del rico sobre el miserable, ó del inglés sobre -el boer, se nos antoja injusta é irritante porque -la aislamos de la serie fenomenal á que pertenece -y que la determina, y no consideramos con -bastante calma que «<i>un phènomène actuel ce -sont plusieurs passés qui luttent</i>». Por donde, no -sería ilógico admitir que generalmente lo que -se llama injusticia es el resultado de muchas -virtudes anteriores, y lo que inspira nuestra -ilusa piedad, el fatal término de una serie infinita -de incapacidades, impotencias y pretéritos -pecados.</p> - -<p>Ser: he ahí la virtud suprema. Lo que es, aun -bajo las réprobas apariencias de la iniquidad, -no puede menos de ser transcendentalmente -justo, porque, por el hecho de existir, demuestra -su acuerdo íntimo y perfecto con las leyes -universales. Sin duda, estas consideraciones, -ú otras de parecido corte y talle, han inducido -á muchos filósofos de azules pergaminos idealistas, -y particularmente á los historiadores -alemanes, á identificar la realidad y la verdad, -el éxito y la justicia, la fuerza y el derecho. Las -aspiraciones más señoriles y levantadas, tórnanse -en cambio, desde tal punto de mira, en<span class="pagenum"><a name="Page_21" id="Page_21">[21]</a></span> -vanos ajetreos si no poseen el divino poder de -agrupar en turno suyo las condiciones esenciales -de la existencia, salir del Caos y del Limbo y -operar el milagro de transformarse en realidades, -acaso humanamente impías, pero eternamente -legítimas y vencedoras.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_22" id="Page_22">[22]</a></span> - - - - -<span class="smcap">Pero</span> el turbador misterio del ser, las realidades -materiales ó morales, ¿son otra cosa, en -substancia, que las manifestaciones primigenias -de la fuerza palpitante en las entrañas de -todos los fenómenos?</p> - -<p>Muy sesudos pensadores hay que niegan la -existencia del elemento terrible y lo reducen á -un concepto lógico. Para ellos, lo que llaman -ahitos de científica suficiencia el <i>dogma de la -fuerza</i>, es un resto de antropocentrismo, tendente -á desaparecer como el principio vital, el -alma vegetativa, las virtudes específicas y otras -entidades milagreras de la filosofía escolástica. -Según el autor de «Los orígenes de la Francia -contemporánea», en el mundo físico, como en -el mundo moral, «la fuerza es la particulari<span class="pagenum"><a name="Page_23" id="Page_23">[23]</a></span>dad -que posee un hecho de ser seguido de otro -hecho. Todo lo que subsiste son los sucesos, sus -condiciones y dependencias: los unos morales ó -concebidos bajo el tipo de la sensación, los otros -físicos ó concebidos bajo el tipo del movimiento». -Las causas desaparecen en esta sucesión -colosal é interminable de los fenómenos, y -la fuerza acaba por ser concebida, no como -causa del movimiento, sino como <i>movimiento -sintetizado</i>.</p> - -<p>Sea lo que fuere, lo cierto es que, á pesar de -nuestras repugnancias metafísicas, sobre todo -por lo que toca á la vida y más aun al alma, las -novísimas verdades que salen de los laboratorios -y santuarios donde ofician los sacerdotes -del saber, nos llevan como de la mano á considerar -los fenómenos, cualquiera que sea la -índole de éstos, como <i>hechos de fuerza</i>, si no -parece muy profana la expresión, entendiéndose -buenamente por fuerza el nombre común y sintético -de las energías naturales.</p> - -<p>Ya veremos en el decurso de estas divagaciones -heterodoxas, cómo, sin salir de la isla de -lo conocido, la cual no es tan diminuta como -Littré pensaba, aunque el océano de misterio -que la rodea sea muy grande é impenetrable;<span class="pagenum"><a name="Page_24" id="Page_24">[24]</a></span> -cómo, repito, puede decirse que la fuerza, vituperada -y maldecida por los poetas, sin sospechar -que era el alma de su estro y de sus rimas, -es por igual el alma del mundo y la <i>causa primera</i> -de todas las cosas.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_25" id="Page_25">[25]</a></span> - - - -<span class="smcap">No</span> hay por qué adolorirse ni indignarse. -Tal presunción es menos temeraria y absurda -que las hipótesis que, sin escándalo, llevan en -el disforme vientre las viejas cosmogonías. -Mueve á risa el hecho sólo de suponer, al punto -en que han llegado las certidumbres é intuiciones -humanas, que las ciencias podrían aplicar -sus instrumentos infalibles y razones experimentales -á descubrir la voluntad divina en el -orden del universo. Aunque nos pese y hiera -nuestros sentimientos más caros, los fenómenos -físicos constatan invariablemente la presencia -de la fuerza y la ausencia de la divinidad. -Y así como es imposible concebir siquiera -el universo sin la energía, que con los nombres -de cohesión, atracción, gravitación y otros mil -<span class="pagenum"><a name="Page_26" id="Page_26">[26]</a></span> -mantiene los cuerpos como tales y rige las raudas -carreras de los astros en el espacio infinito, -tampoco es dado imaginar, á menos de acudir -á las triquiñuelas de la concepción dualista, que -los filósofos no invocan ya, los fenómenos de la -conciencia sin el juego de los instintos, pasiones -y sentimientos de estirpe fisiológica; sin -las energías físico-psíquicas y físico-químicas, -en fin, que se atraen ó rechazan, funden ó combaten, -pero que siempre tienden á ser, á realizarse, -y cuyas reacciones infinitas y complejísimas, -dan pie y margen á la intrincada urdimbre -del universo: milagroso equilibrio de fuerzas -y luego de substancias y después de organismos -y al fin de voluntades que pugnan por destruirse. -Un acto, un pensamiento, del mismo -modo que una vida ó un mundo, parécenme en -su realidad primordial y esencia íntima, formas -de la materia, y por lo tanto, momentos -sutiles de la fuerza, no más sutiles, sin embargo, -que la luz, la electricidad ó las operaciones químicas, -superiores á la de nuestros más poderosos -laboratorios y más clarovidentes que los más -fabulosos prodigios de nuestra razón, que realiza -una microscópica gota de protoplasma...</p> - -<p>Un hecho se ofrece á los ojos, fútil y vacuo al<span class="pagenum"><a name="Page_27" id="Page_27">[27]</a></span> -parecer, pero sugestivo y transcendente en realidad: -<i>es el carácter guerrero de los fenómenos</i>. -Esta combatividad originaria y común que -les presta á todos ellos así como un acentuado -aire de familia, perceptible hasta para los observadores -miopes, induce á Le Dantec á substituir -la noción de vida universal por la noción -más exacta de lucha universal. «Ser es luchar; -vivir es vencer.» Y tal sentencia, que el solo -espectáculo del mundo debió sugerir al hombre -de las cavernas hace incalculables siglos, -resulta, á pesar de las doctas lucubraciones -sobre la fraternidad de San Agustín y los discursos -sentimentales de los <i>pacifistas</i>, tan verídica -en lo que atañe á la materia como por lo -que toca al espíritu. El carácter belicoso y la -condición cruel son los lazos de parentesco que -unen estrechamente los fenómenos físicos, vitales -y morales. Los instintos, sentimientos é -ideas luchan también por el espacio y la dominación. -Y sus luchas y tiranías no son menos cruentas -que las rudas batallas de los elementos -sexuales por el patrimonio hereditario, ó los -combates heroicos de la humilde amiba con el medio -ambiente, ó las feroces riñas de los hombres -en la conquista del pan, de la gloria ó de la mujer.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_28" id="Page_28">[28]</a></span> - - - -<span class="smcap">El</span> aspecto de un cerebro ó un alma después -de sufrir las invasiones de los bárbaros de ideas -y sentimientos no familiares, debe de parecerse -á un fragoroso campo de batalla cubierto de -cadáveres, ruinas, fugitivos escuadrones y soldados -ébrios de sangre y de victoria. ¡Hecatombes, -incendios, gritos de dolor, dianas triunfales! -Jamás he percibido bien la radical diferencia que -á lo que parece existe, entre las luchas de los -ejércitos y las luchas de las ideas, ni creo que -éstas sean de otro linaje ni menos mortíferas. -Las tiranías de la pluma parécenme tan despóticas -como las tiranías del sable y acaso más, si -se considera que las opresiones mentales, aparte -su ingénito encono, violan sin piedad lo realmente -sagrado del individuo: los altares de la -conciencia y del alma. Por eso, sin duda, humo<span class="pagenum"><a name="Page_29" id="Page_29">[29]</a></span>rística, -pero profundamente, decía el dulce y -maleante Renán: «más vale el soldado que el -sacerdote, porque al menos el soldado no tiene -ninguna pretensión metafísica». Así delataba -con sutil socarronería, el carácter despótico y -fanático de los imperios espirituales.</p> - -<p>Extraño é ingenuo prejuicio, en verdad, el -que nos ha inducido en todo tiempo á someternos -humildemente á las coerciones hipócritas -de la Idea, creyéndola de otra prosapia más -conspicua que las resueltas coerciones del Factum. -Cuántos furibundos anatemas y saetas -envenenadas dispara diariamente el idealismo á -lo Cousin contra las iniquidades de la fuerza -bruta, y cuántas frases crespas y huecas no deposita, -como ofrendas de miel y de flores, á las -plantas de la severa Palas... vestida de punta en -blanco y presta para el combate, porque es combatiendo, -porque es por medio de la destrucción -y la conquista, que la diosa de los ojos fríos y -claros extiende sus dominios en las tierras del -alma... La Razón es esencialmente guerrera y -dominadora. Las ideas no son vírgenes tímidas -de albas manos y blando corazón, mas intrépidas -amazonas que en los riscosos campos de -la conciencia, toman feudales castillos; entran á<span class="pagenum"><a name="Page_30" id="Page_30">[30]</a></span> -saco villas y ciudades; incendian, matan, destruyen -los templos y las mieses, y hacen prisioneros -y esclavos. Una modesta, una humildísima -sensación se introduce á hurto en el receptáculo -misterioso de la célula nerviosa; sigilosamente -se atrinchera allí; congrega, muy luego, -en torno suyo otras sensaciones hermanas y -al mismo tiempo combate y destruye poco á -poco, pero tenazmente, las sensaciones antagónicas: -así dilata sus <i>zonas de influencia</i> á los -centros nerviosos; conquista después de muchas -maniobras prolijas, las fuertes posiciones de los -lóbulos cerebrales; invade los dominios del alma, -haciendo riza y estrago de todo lo que se opone -á su marcha triunfante, y sale, por fin, en son de -guerra, audaz y avasalladora al mundo exterior -para transformarse, ejerciendo las mismas violencias, -en hechos reales é imperar sobre otros hechos.</p> - -<p>Y al modo de la idea, instintos, pasiones y -sentimientos nacen ó mueren, crecen ó menguan, -dominan ó caen en esclavitud gracias á las -mil formas de selección que reviste el juego universal -de la fuerza. Aun las cosas más delicadas -y de cándida apariencia están sometidas á las -duras leyes de aquel juego y á su vez las practican -cruelmente. ¿Qué son las intenciones en el<span class="pagenum"><a name="Page_31" id="Page_31">[31]</a></span> -arte sin la virtud, el don y la gracia; sin el -divino <i>poder</i> de animar con un eurítmico soplo la -materia inerte y las formas inarticuladas? ¿Qué -la grandeza moral sin las severas disciplinas que -torturan y dislocan las inclinaciones naturales -á fin de hacerlas encajar en los ortodoxos moldes -de la regla? ¿Qué la inteligencia, sin las tiranías -y absolutismos del orden, del método; sin la facultad -despótica de clasificar los fenómenos, -establecer similitudes y descubrir las secretas é -inefables correspondencias que introducen una -musical jerarquía en el reino de lo caótico, informe -y confuso?</p> - -<p>El estro poético y la nobleza del carácter, el -prestigio del héroe y la virtud de la idea no -tienen, mal que pese á nuestras magníficas ilusiones, -otra genealogía que la de los hechos cesáreos. -Ideas y sentimientos parecen no ser, -aunque nos asombre y acongoje, cosas específicamente -distintas de la energía creadora, sino -modalidades supremas de ella; cristalizaciones -perfectas del espíritu, semejantes á las cristalizaciones -regulares del reino inorgánico, á las que -tiende la fuerza madre impulsada, sin duda, por -extraña y fatal inclinación. La armonía misteriosa -de un organismo, de un alma ó de un mun<span class="pagenum"><a name="Page_32" id="Page_32">[32]</a></span>do -tuvieron, mientras el conocimiento real de -las causas permaneció silencioso, el excelso y -común origen en la inteligencia divina; pero ésta -fué el símbolo de la ignorancia y del azoramiento -humanos que bordó la encantada imaginación -de las religiones sobre el tenue cañamazo -de un universo quimérico. Formidables intuiciones -invitan hoy á pensar que no existe otra Inteligencia -que la inteligencia de la materia, ni -otra Razón que la razón física, ni más Harmonía -que los pasajeros equilibrios de una eterna lucha.</p> - -<p>Sea en el mundo físico ó en el mundo moral, en -el corazón ó en el cerebro, el principio que todo -lo vivifica, es la voluntad de poder y dominación -que diría Nietzsche, ó más propiamente aún, el -ejercicio de la fuerza. Las guerras religiosas y las -rivalidades enconadas de las sectas y escuelas entre -sí; las herejías y los cismas combatidos por el -fuego y por el hierro; las persecuciones feroces de -los idealistas; las revoluciones <i>rojas</i> de los teóricos, -y la propensión irrefrenable de las Iglesias -y las filosofías á convertir el influjo moral en -Poder, muestran hasta qué punto los principios -activos de la fuerza, aunque disfrazados por -ideales máscaras, ordenan las maniobras de las -huestes espirituales para la conquista y sumisión<span class="pagenum"><a name="Page_33" id="Page_33">[33]</a></span> -del mundo. Los aparatos y máquinas de guerra -cambian en las diversas contiendas por la dominación, -pero el <i>resorte</i> es el mismo bajo la engañosa -disparidad de las formas. Los ejércitos emplean -armas y estratagemas; la diplomacia razones -y argucias; seducciones y dulces violencias el -amor; imperativos categóricos las morales, y las -religiones milagros para convencer, recompensas -para seducir y terrores para dominar. Nada -escapa á la tremenda ley que ordena imperiosamente -á todas las cosas reñir y asesinar. Cuanto -existe en el cielo y la tierra es una conquista: -el fruto del crimen y del robo; cuanto nace ó se -forma en el tiempo y el espacio: la opresión de la -fuerza triunfante sobre la fuerza vencida. Los -peces grandes devoran á los pequeños, las microscópicas -bacterias al hombre, los pensamientos -robustos á los débiles, los dioses á los dioses. Nos -alimentamos de la carne viva de los otros. Mas -sirva de triaca á tanto dolor y de consuelo á tristeza -tanta, que de esta lucha eterna y sin cuartel -de los elementos, los organismos y las voluntades -nacen los astros, los seres y las almas...</p> - -<p>La fuerza sólo es real, y su ejercicio la causa -primera de lo existente y la condición necesaria -de la vida.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_34" id="Page_34">[34]</a></span> - - - - -<span class="smcap">Esta</span> verdad, monstruo que con uñas de diamante -desgarra la piel femenina de la celeste -ilusión, tiene sólo de nueva el haber sido anunciada -formalmente y lanzada con grande estruendo -á los cuatro puntos cardinales por las -líricas trompetas de Nietzsche, y, sobre todo, el -que éste hiciera de la antiguaya de Heráclito, -la enjundia de su doctrina filosófica y la substancia -crítica disolvente de las morales que liban -aún el néctar de la sabiduría en los labios divinos -de los grandes iniciados, desde Rama hasta -Jesús.</p> - -<p>Las ideas-bacantes de Nietzsche, cual si fueran -seguidas del bullicioso cortejo de Pan, introducen -el desorden, el ruido y la alegría en la ceremoniosa -corte del pensamiento ortodoxo. Los<span class="pagenum"><a name="Page_35" id="Page_35">[35]</a></span> -instintos prepotentes, las pasiones fogosas y -desmandadas, los egoísmos vencedores, y el orgullo -satánico:</p> - - - -<p class="p2 center">«Qui nous rend triomphants et semblables aux Dieux».</p> - -<p class="p2">apetitos, concupiscencias, ímpetus rebeldes salen -en tropel de las lóbregas mazmorras en que los -aprisionaron Apolo y Cristo, y, revelándose contra -sus irreconciliables adversarios, pretenden -arrebatarles el cetro del mundo. Á la religión del -Alma, sustentada con grande penuria á los -flacos pechos de la metafísica, y enemiga de la -Naturaleza y la realidad, sucede la religión de la -Vida, que se nutre en las morenas y ópimas mamas -de la tierra, no reconociendo otras reglas -ni leyes que las que ella misma se dicta para -asegurar su reinado. La filosofía de la historia y -la historia de la filosofía, proclaman de consuno -la legitimidad de aquella desconcertante sucesión, -y hasta la ciencia parsimoniosa, despojando -con un gesto impasible y cruel á Psiquis -de la inmortalidad para conferírsela á la materia, -fortifica el novísimo culto y establece su -noble celsitud. Lo inmortal no es el alma, sino el -<i>plasma germinativo</i>, depósito minúsculo y mis<span class="pagenum"><a name="Page_36" id="Page_36">[36]</a></span>terioso -de la conciencia del mundo y del jugo -potencial de todas las generaciones, que éstas se -transmiten, por medio del acto genésico, como -una herencia sagrada y eterna...</p> - -<p>Ya la poética imaginación de los griegos simbolizaba -en la Carrera de la Antorcha, ese juego -divino de la Vida; y las fiestas de Osiris en Egipto, -las Dionisíacas en Grecia, las Priapeas en -Roma, las de Demeter en Sicilia, unidas á los -juegos atléticos y á los cultos cándidos ó torpes -de la fuerza generatriz en muy incipientes ó colmadas -civilizaciones, dan indicios inequívocos -del instinto seguro, aunque mal interpretado -á veces, de los derechos de la naturaleza y de -la vida que siempre indujo al hombre á la adoración -de la animalidad humana en su impuro, -pero fecundo esplendor.</p> - -<p>Dios muere y los dioses resucitan. Otra vez -reanúdase, con más ahinco y encono, el duelo á -muerte del espíritu y la materia, del alma y del -cuerpo, de la razón y del instinto. Sólo que esta -vez el instinto, el condenado instinto de las -religiones, aparece en la palestra nietzsquiana -armado de las fuerzas naturales y luciendo el -mágico penacho del poder de crear las ilusiones -propicias á la existencia que la Razón tiende<span class="pagenum"><a name="Page_37" id="Page_37">[37]</a></span> -torpemente á destruir con sus construcciones -artificiosas, ironías y escepticismos. Y la elección -de la Vida entre aquello que la propaga y -robustece, y aquello que la amengua y desvirtúa, -no puede ser dudosa. Lo bueno, lo justo, lo -verdadero es lo favorable á ella; lo malo, lo -injusto, lo falso lo que á ella se opone. El mundo -moral, el mundo de la idea: la verdad imaginaria -opuesta <i>á lo que es</i>, se desvanece y surge el -mundo de las realidades indestructibles y las verdades -útiles parido con dolor por una nueva y -próvida Fatalidad. Y aquí se produce la <i>transmutación -de valores</i> que indujo al gran revolucionario -de la filosofía á oponer con magnífica -pompa verbal y mefistofélico empaque, lo que -nadie osó: á la pequeña inteligencia del cerebro, -la grande inteligencia del instinto; á las falsas -jerarquías del derecho, caprichoso y sentimental, -las legítimas jerarquías que, en todos órdenes -de cosas, establece la fuerza; á la piedad del -individuo, virtud egoísta de los débiles, la <i>piedad -de la especie</i>, don de las almas heroicas; al -amor del hombre, venero de una humanidad -doliente y apocada, el culto del <i>superhombre</i>, -germen de la vida desbordante de belleza y -generosos ímpetus; á la destructora <i>moralina</i> de<span class="pagenum"><a name="Page_38" id="Page_38">[38]</a></span> -los esclavos, la moral creadora de los <i>aristos</i>; á -la religión de la paz y la humildad, la religión del -esfuerzo y de la lucha trágica contra el Destino; -á los mandamientos seráficos de Jesús, que nos -desarraigan de la tierra y convierten en sombras -vagorosas y fantasmas del miedo, los mandamientos -de las leyes inexorables que rigen al -universo todo, los cuales vuelven al ensoberbecido -primate al seno de la Naturaleza y lo nutren -de sus truculentos jugos.</p> - -<p>En la intrincada selva de Zaratustra, donde -se oye la flauta de Pan y retumban las carreras -de los centauros, las virtudes ascéticas huyen -despavoridas, como vírgenes medrosas, ante las -desatadas pasiones y libres fuerzas naturales, -faunesas fecundas, que coronan de frescos pámpanos -la bicorne testa de Dionisos y restablecen -en culto del riente dios. La esencia de la filosofía -de Nietzsche, de quien panegiristas ó detractores -tienen, por lo general, un conocimiento harto -sumario y epidérmico, está concretada y contenida -en las siguientes afirmaciones: la voluntad -de dominación es el nervio del mundo: todo -tiende á ocupar más espacio; la Vida, la única -cosa sagrada, se dicta sus leyes y fines, que no -tienen otro objeto que el de asegurar la triun<span class="pagenum"><a name="Page_39" id="Page_39">[39]</a></span>fante -expansión de la vida, lo cual entraña la -adoración de la fuerza como origen y medida de -todas las cosas, y el amor de la existencia, no -como espectáculo transcendente y finalista, sino -como espectáculo estético. Y este estetismo -heroico, sin enjundia en apariencia, es lo que -impide á Nietzsche de caer, como su maestro -Schopenhauer, en el abismo del nirvana. Ambos -afirman que el mundo no tiene finalidad alguna -y que lógicamente no cabe explicarlo; concuerdan -también al figurarse que la esencia de la -vida es el ejercicio de la fuerza, á la cual, por -darle un nombre más concreto y á la vez menos -objetivo, <i>que no suponga el conocimiento imposible -del fenómeno</i>, llama el maestro voluntad de -vivir y el discípulo voluntad de dominación; -pero aquí se separan, divergen y mientras Schopenhauer, -impelido por los resabios de su íntimo -comercio con Buda, quiere abolir toda individuación, -todo egoísmo, todo deseo para llegar á la -inefable <i>euthanasia</i> y escapar al dolor, Nietzsche -llama á sí los dolores, pasiones, instintos y exasperadas -apetencias del alma, á fin de embravecer -en la criatura la voluntad de dominación, -hacer más terrible la lucha del deseo insaciable y -aumentar de ese modo el precio, la hermosura<span class="pagenum"><a name="Page_40" id="Page_40">[40]</a></span> -y la sombría majestad de la existencia. El culto -trágico de la vida y el estetismo heroico florecen -entonces ufanamente, como rosales de rosas -escarlatas y jocundas, cultivadas por el altivo -Don Juan en el acerbo jardín de las Furias.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_41" id="Page_41">[41]</a></span> - - - -<span class="smcap">Mas</span> la voluntad de vivir y la voluntad de -dominación, que á veces las sutilezas del raciocinio -transforman en la boca de los filósofos en -entidades metafísicas son, al parecer, dos interpretaciones, -digámoslo así, de la fuerza á secas, -de la energía ó principio generador del universo, -y según todas las apariencias y probabilidades, -también de las almas, como son igualmente interpretaciones -de ese principio dinámico, si se -hunde el escalpelo en el riñón de las cosas, el -<i>agua</i> de Tales de Mileto, el venerable precursor -de Quintón, y el <i>fuego viviente</i> de Heráclito; lo -<i>indefinido</i> de Anaximandro y la <i>unidad absoluta</i> -de los alejandrinos; la <i>idea</i> de Platón y la -<i>actividad pura</i> de Aristóteles; la <i>substancia -única</i> de Spinoza, y, por decirlo todo, la <i>causa -<span class="pagenum"><a name="Page_42" id="Page_42">[42]</a></span> -primera</i> de las filosofías y lo <i>divino</i> de las religiones.</p> - -<p>El vergonzante cuanto contumaz intento de -reducir las causas generatrices de lo creado á un -solo principio y establecer la unidad de naturaleza -física de todos los fenómenos, se columbra -aquí y allá, como un errante fuego fátuo, entre -las tinieblas de la filosofía de Jonia y Abdera; en -la del Pórtico, y, en general, en todo el panteísmo; -tiene sus chispazos y vislumbres en plena -Edad media; se formula más ó menos categóricamente -en las estrambóticas explicaciones -del iatro-mecanicismo y del iatro-quimismo, y se -depura y acicala en la moderna escuela materialista, -hasta aparecer, por fin, como una afirmación -razonada y formal, en la concepción unicista -ó monista del universo y la doctrina físico-química -de la vida, á las que han prestado últimamente -eficacísimo concurso, el formidable -trabajo de los laboratorios y, sobre todo, considerándolos -de cierta manera, los desconcertantes -descubrimientos de Le Bon y Burke.</p> - -<p>Las concluyentes experiencias del primero, -muestran, entre otros portentos, que los indivisibles -é inmortales átomos de Demócrito y Epicuro -son, en realidad, diminutos y colosales depó<span class="pagenum"><a name="Page_43" id="Page_43">[43]</a></span>sitos -de la energía dispersa en el universo, la -cual en efluvios magnéticos, emanaciones de -distinta índole y explosiones perennes y varias -de la misma naturaleza que la luz, la electricidad -ó el calor, abandona las prisiones del átomo y -retorna al éter de donde salió, formando por tal -arte, el maravilloso puente aéreo que una la -materia ponderable á la materia intangible... De -este inopinado modo aparece la radio actividad, -que en mayor ó en menor grado poseen todos los -cuerpos, y que es el fenómeno específico de su disociación -ó muerte, como el último suspiro de la -materia antes de volver á la nada... Pero, en -verdad, ¿es la vuelta á la nada? ¿la muerte dulce -y silenciosa de la materia indestructible? ¿la -substitución del dogma clásico «nada se crea, -nada se pierde,» base de la química y la mecánica, -por la fórmula heterodoxa «nada se crea, -todo se pierde»? Sí, desde luego, si el éter de -donde salió la materia y adonde vuelve al fin, -siguiera siendo para nosotros la nada, por escapar -á nuestros medios de apreciación; pero no es -probable que siga siendo así. Las grandes fuerzas -del universo son sus manifestaciones. La -mayor parte de los fenómenos físicos no son posibles -sin su existencia. Le Bon acierta á imagi<span class="pagenum"><a name="Page_44" id="Page_44">[44]</a></span>narlo, -al igual de la materia, como un milagroso -equilibrio de la energía, sólo que móvil é intangible, -«fuente primera de las cosas y último -término de ellas». Lord Kelvin supone que el -éter es un sólido dotado de extraordinaria elasticidad -y que llena todos los ámbitos del espacio. -Para algunos físicos, y no de los menos célebres -y autorizados, la molécula material es sólo éter. -De todas maneras y como quiera que se mire, el -éter es algo, y lo que resulta del cómputo y coordinación -de tantas abstrusas hipótesis é indiscutibles -certezas, es que la materia parece á todas -luces una forma de la energía universal contenida -en el éter; que materia y fuerza son la -misma cosa, y que entre el mundo tangible y el -mundo inmaterial no existe ningún abismo. Los -efluvios sutiles de la radioactividad, ni completamente -materiales ni completamente etéreos, -participan de las dos naturalezas y unen los dos -mundos.</p> - -<p>Por su parte, los discutidos y zarandeados -experimentos del sabio profesor de Cambridge, -sobre la generación espontánea, hacen, cuando -menos, vislumbrar el misterioso tránsito de la -materia inerte á la materia organizada. Los <i>radiobos</i>, -los artificiales animálculos producidos por la<span class="pagenum"><a name="Page_45" id="Page_45">[45]</a></span> -acción del radium sobre la gelatina esterilizada, -ofrecen singularísimo parentesco con la materia -viviente, y aunque el rigorismo científico de los -institutos les rehuse el carácter de bacterias, -puede admitirse, sin cándida credulidad, que -aquellos semi-organismos, engendrados por un -embrujo del hombre, constituyen, mejor que el -cristal, el eslabón precioso que une lo inanimado -á lo animado.</p> - -<p>Aún la vida, como el Homúnculos de Wagner, -no ha surgido inquieta de la panza fecunda de -las retortas; pero las distancias, tenidas por insalvables, -entre los mundos orgánico é inorgánico -que mil analogías y correspondencias intrínsecas -aproximan y confunden, se reducen á cada nuevo -descubrimiento y no tardarán en desaparecer -en absoluto, como van en camino de hacerlo, -á la par de los dioses, dogmas y augustas -entidades de la teología y la metafísica, las viejas -murallas de la China y los místicos fosos que -separaban celosamente los dominios linderos -del cuerpo y del alma.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_46" id="Page_46">[46]</a></span> - - - -<span class="smcap">Aseguraba</span> el honestísimo Taine que «las -mismas leyes rigen al hombre y á la piedra del -camino». Esta afirmación inaudita y escandalosa -en su época, va convirtiéndose, limada de -ángulos y puntas por el uso, en certidumbre -cuasi burguesa ó trivialísima verdad, sobre todo -desde que la síntesis de los conocimientos actuales -afirma, implícita y aun formalmente, el -común origen del mundo físico, del mundo orgánico -y del mundo moral. En efecto, á pesar de -las travesuras del neo-vitalismo y las argucias de -la metafísica, en lo palpable, en la juridicción de -los hechos susceptibles de un principio, al menos, -de demostración, el avance de las ciencias concurre -por vías distintas y múltiples á destruir las -viejas dualidades de la materia y la energía, de -<span class="pagenum"><a name="Page_47" id="Page_47">[47]</a></span> -lo inerte y lo animado, de la bestia y del hombre, -del cuerpo y del alma, dividida asimismo, -según Pitágoras y Aristóteles, en la Noûs ó alma -pensante é inmortal, y la Psiquis ó alma vegetativa -y perecedera. Las manifestaciones vitales -son consideradas por una novísima doctrina -que goza de gran predicamento, como metamorfosis -<i>energéticas</i> de idéntico modo que las demás -manifestaciones de la luz ó el calor; otra, no -menos en boga, arguye que la vida parece distinta -de la fuerza y el pensamiento distinto de la -vida, porque el análisis no ha llegado á su sazón -aún, y, en general, los sabios proclaman, sin -ambages ni miedo á los inquisitoriales potros, -que las piedras <i>viven</i> y <i>mueren</i>, que los metales -se <i>fatigan</i>, que la materia, aun la más pesada -y consistente, es una cosa animada, velocidad -pura, una forma estable de la fuerza; la vida, -un <i>complexus</i> de operaciones físico-químicas de -la misma naturaleza que las que dan origen al -<i>individuo cristalino</i>, el cual nace, asimila y se -reproduce de un modo casi idéntico á como lo -hace la substancia viviente; la inteligencia, una -máquina explosiva de más rápidos efectos, pero -no de distinta fábrica, que la inteligencia bruta -directora de la maravillosa adaptación de los -<span class="pagenum"><a name="Page_48" id="Page_48">[48]</a></span> -órganos sexuales de las plantas para ser fecundados -por los insectos, ó preparado en el andar -de los siglos, los faros luminosos de los halosauropsis, -á fin de que éstos puedan servirse -de sus órganos visuales en los abismos tenebrosos -del mar, adonde no llegan las ondas clementes -de la luz... Todo vive de la misma vida -y una es el ánima de toda cosa. Y lo que más -espanta y maravilla es que esa ánima guerrera, -esa actividad creadora y á una mortífera que los -físicos descubren en las entrañas del átomo, los -fisiólogos en la célula viva y los psicólogos en -los orígenes del pensamiento, los moralistas, con -zozobra y pasmo, empiezan á columbrarla en el -fondo del acto moral y en el corazón de las sociedades.</p> - -<p>Parando mientes en tales hechos, y aun contra -las protestas y ascos de nuestra indignada -voluntad, difícil es no caer en la pecaminosa tentación -de atribuir los fenómenos físicos ó morales -á la causa generadora—fuerza, energía ó -movimiento—que ya buscaron en sus hornos -tenebrosos los alquimistas medioevales. Llamémosle -fuerza, porque es el término empleado -corrientemente en la explicación de todos los -fenómenos. Ella une estrechamente los seres y<span class="pagenum"><a name="Page_49" id="Page_49">[49]</a></span> -las cosas como el hilo de seda las diferentes perlas -del collar; ella dirige en la orquestación del -universo, las inverosímiles arquitecturas moleculares -y las construcciones pasmosas del espíritu; -ella, finalmente, se impone cada vez con más -tiranía al entendimiento como el <i>principio -único</i> del que serían portentosos atributos por -orden cronológico, la materia, la vida, la inteligencia, -el alma...</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_50" id="Page_50">[50]</a></span> - - - -<span class="smcap">Este</span> monismo archi-materialista, no barruntado -por Heráclito en la remota antigüedad, ni -tampoco por Spinoza, ni Goethe, ni el mismísimo -Haekel en los tiempos modernos, traería -aparejadas catástrofes inmensas en el orden -moral, y, por añadidura, sorpresas apocalípticas -para nuestro orgullo infanzón de vástagos del -Espíritu, así que los pacientes y sapientísimos -varones que exploran la razón de las cosas, empezasen -á descubrir los gérmenes terribles de la -fuerza en el alma blanca de lo Bello, lo Bueno y -lo Verdadero... Acaso va á desarrollarse ante -nuestros ojos estupefactos el grande drama del -mundo que, en los abismos de la conciencia -<i>sublimal</i>, viene preparándose sigilosamente desde -luengos siglos. Es posible. El aire huele á tor<span class="pagenum"><a name="Page_51" id="Page_51">[51]</a></span>menta. -Sea lo que fuere, lo cierto y lo que está al -alcance de cualquier quisque, á poco de haber -rumiado en las aulas algunos desperdicios de -ciencia filosófica, es que desde el naturalismo -jonio acá; desde que las cosmogonías y las éticas -pierden su carácter divino y se convierten en -explicaciones naturales del universo y la conducta, -los fermentos activos de la fuerza entran -más ó menos secretamente en la composición de -las ideas. El <i>amor propio</i> de La Rochefoucauld, -que es, en último término, una forma obscura -y ambagiosa del limpio y franco <i>deseo de poder</i> de -Hobbes; el <i>derecho natural</i> de Spinoza; el <i>instinto -de soberanía</i> de Mandeville, primo carnal -del <i>instinto invasor</i> de Blanqui y de la <i>fuerza -fundamental</i> del ser humano de Stirner; el <i>interés</i> -de Helvecio, Bentham y del utilitarismo; el -<i>principio selectivo</i> de Lamark, Darwin y la escuela -evolucionista; el <i>mayor motivo</i> de Spencer y -las mismas <i>ideas-fuerzas</i> de Fouillee, y, por último, -la <i>expansión de la vida</i> de Guyau y la <i>voluntad -de poder</i> de Nietzsche, principios más universales -de la conducta, tentado estoy de decir -que no son otra cosa, en substancia, que el reconocimiento -teórico más ó menos implícito de la -energía <i>combativa</i> que, en la práctica, ha dirigi<span class="pagenum"><a name="Page_52" id="Page_52">[52]</a></span>do -los movimientos armónicos ó desordenados -del alma humana.</p> - -<p>Pero hay más. De un modo preciso ya el estupendo -Heráclito nos advierte que la guerra es la -madre de todas las cosas; Hobbes y Spinoza -aseguran que el derecho natural es el derecho del -más fuerte, y Pascal que la fuerza «es una entidad -que no se deja manejar como uno quiere -porque es una calidad palpable, en cambio que -la justicia es sólo una calidad espiritual de la que -se puede disponer caprichosamente», de lo que -deduce que «no pudiendo hacer fuerte lo justo, -se ha hecho justo lo fuerte»; Vaunenargues -afirma «que todo se ejecuta en el universo por -la violencia», formulando antes que Darwin, -como ya lo había hecho Lucrecio en la antigüedad, -la ley de la lucha por la vida, «la más -absoluta é inmutable de la Naturaleza»; Helvecio, -cortando por un inopinado atajo del humanitarismo, -á la manera de tantos apóstoles de -los ideales fraternos, como Prudhon que acierta -á ver en «la <i>dignidad</i> la cualidad altanera que -empuja al hombre á la dominación de los otros -hombres y á la absorción del mundo» ó Anatole -France, quien con su sonrisa bondadosa nos -dice que «vivimos de la muerte de los otros»,<span class="pagenum"><a name="Page_53" id="Page_53">[53]</a></span> -pronuncia esta diamantina sentencia: «La -fuerza es un don de los dioses. Armándote de -esos brazos membrudos el cielo te ha declarado -su voluntad. Huye de estos lugares, cede á la -fuerza ó combate», bellas y crueles palabras, -hijas del mismo numen inspirador que hace -ponderar á Kant los efectos saludables del antagonismo, -de la discordia y del <i>deseo insaciable</i> de -posesión y de mando, y deja caer de los verídicos -labios de Carlyle las duras é inmaculadas perlas -de su idealismo altanero y señoril: «La fuerza -bien comprendida es la medida de todo mérito; -toda realidad durable es justa porque demuestra -su acuerdo con las leyes eternas de la Naturaleza; -el derecho es el eterno símbolo de la -fuerza». De modo que el derecho y la fuerza son -idénticos, la realidad es la verdad, «la cosa fuerte -es la cosa justa»; lo cual induce, como la <i>Idea</i> de -Hegel, de la que toda realidad es un momento, á -la glorificación del hecho, á legitimar la <i>misión -histórica</i> de los maestros alemanes y las <i>aplicaciones -prácticas</i> de Bismark; á concluir con Strauss -que «la Necesidad es la Razón misma» ó con -Nietzsche que el derecho es un legado de la -Fuerza, y el Bien y la Verdad, formas antiguas -de ella.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_54" id="Page_54">[54]</a></span> -Con estas trazas é invenciones desaparecen -no sólo del mundo moral, sino también del -mundo lógico, todo principio divino ó racional, -toda evaluación humana que no sea una cristalización -maravillosa de la Fuerza, la <i>tabla de -valores</i> ideales que por necesidad y utilidad un -grupo dominante de hombres supo imponer á -otros grupos y que después se erigen en dogmas, -en verdades religiosas, en reglas morales. De -donde se infiere rigurosamente que las reglas -morales, las verdades religiosas y los dogmas, -no son otra cosa, en el fondo, que transformaciones -y prolongaciones utilitarias de la Fuerza.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_55" id="Page_55">[55]</a></span> - - - -<span class="smcap">Mas</span>, pasando de las ideas al gobierno del -mundo y práctica de la vida, los glorificadores de -la fuerza, el éxito y el valor—entre los que se -podría incluir sin menoscabo en medio de Maquiavelo, -Stendhal y el famoso conde de Gobineau, -al dulcísimo Renán,—tienen precursores -tan remotos y venerables como los sean Heráclito -y Lucrecio en el terreno de la especulación filosófica. -Mejor que Hobbes, el viejo y curioso -Calicles, nos da un modelo acabado de doctrinas -ultra-aristocráticas é individualismo razonante -y feroz, que muy bien pudieron inspirar el imperialismo -seleccionista de Darwin y Spencer; el -imperialismo <i>apolónico</i> del profesor alemán; los -evangelios políticos del gran Federico y de Bonaparte, -y hasta el paradójico «Crimen conside<span class="pagenum"><a name="Page_56" id="Page_56">[56]</a></span>rado -como una de las bellas artes», de Tomás -de Quincey, pues ya el representante de la aristocracia -jónica en uno de los más famosos Diálogos -de Platón, veía en el crimen, antes de -Weiss, quien asegura «que es hermoso un hermoso -crimen», ese elemento de heroísmo y -belleza reconocido siempre por las multitudes -en las fechorías y desmanes de los bandoleros -famosos. Y es que antes de los glorificadores -de la fuerza vencedora, el corazón fué siempre -devoto de ella. En la admiración secreta, vergonzante, -pero profunda que, á pesar de nuestros -arrechuchos humanitarios, nos inspira el -egoísmo avasallador de Bonaparte, las cínicas -dobleces de Bismark ó la ferocidad del bello -Borgia, á quien muchos delicados artistas llaman -con delectación el divino, existe una aceptación -tácita de los derechos inhumanos del gorila -más membrudo; una consagración íntima -de lo que es <i>naturalmente</i> legítimo, y, al mismo -tiempo, una incoercible simpatía que en vano -tratamos de disimular, hacia las reivindicaciones -de la naturaleza, muy semejante á la que -nos mueve, mal nuestro grado, á perdonar las -faltas y hasta los dolos y crímenes que como -un bandido romántico suele cometer Eros, con<span class="pagenum"><a name="Page_57" id="Page_57">[57]</a></span>tra -el orden consagrado por el artificio de las -leyes.</p> - -<p>Esta simpatía entusiasta y cariciosa, que -hunde sus profundas raíces en lo inconsciente -del alma popular, se hace visible en las mitologías, -afabulaciones divinas de las fuerzas naturales; -fulgura como la lumbre del encendido -carbón, en las sonantes estrofas de poetas épicos -y cancioneros, quienes glorifican, sin sospecharlo, -en el coraje y la belleza dos maravillas -ó embrujos del mismo <i>daemon</i> que dispone -sabiamente las alas para el vuelo y los pies para -la carrera; y transciende de un modo manifiesto -en las leyendas de las edades heroicas, donde, -sin subterfugios, imperan los hombres de más -grande y duro corazón: <i>les bêtes de proie hiperboreens</i>, -los <i>eugénicos</i>, los hombres de presa, en -fin, nacidos para dominar, tenaces é indómitos -en los cuerpo á cuerpo con el Destino, pero á la -vez los más obedientes y aptos para acatar, sin -interrogarlas, no las leyes eternas de Dios, como -diría Carlyle en su lengua inspirada, sino de la -Naturaleza, de la Vida, de la Fuerza, que es lo -divino en el universo confuso que al hombre -le es dado penetrar y comprender.</p> - -<p>Y he aquí, acaso, el secreto del amor instin<span class="pagenum"><a name="Page_58" id="Page_58">[58]</a></span>tivo -é irresistible del alma, por todo lo que -triunfa, domina y prevalece.</p> - -<p>Es la dulce cautiva, enamorada siempre -detrás de los barrotes de su prisión del terrible -y hermoso caballero que la hizo prisionera.</p> - -<p>El prestigio de los héroes, grandes capitanes, -profetas dulces ó ceñudos y hasta de los dioses, -nace de que unos y otros, aunque de distintas -maneras y en diferentes grados, aparecen revestidos -á los ojos de las multitudes con los atributos -marciales de la Fuerza, que son los de la -Divinidad. Un Dios que no opera milagros para -mostrar su poder, no goza de buena salud. Por -eso, sin duda, los artistas de la Grecia adivina -y reveladora, ponían el rayo en las manos de -Zeus y en las de su hija Palas, la diosa de la -razón, una lanza y un escudo... Los héroes y -los dioses son tanto más grandes cuanto más -osados y terribles. Diríase que el Alma, la cautiva -lánguida y suspirante, no reconoce ni se -deja seducir por otros atributos ni prestigios que -los de la Fuerza, y de ahí que los invoquen y se -vistan con ellos, desde los emperadores de férrea -armadura hasta los caballeros andantes que ostentan -en el escudo el cisne de Lohengrin, todos los -que pretenden atraerla, seducirla ó dominarla.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_59" id="Page_59">[59]</a></span> - - - -<span class="smcap">Considerando</span> el extraño é íntimo parentesco -de lo divino y de la Fuerza, se ofrece al espíritu -una inquietante conjetura que, á ser verdad, -podría resolver por modos no pensados, grandes -misterios y terribles antinomias. Si el último -término del análisis de la materia es la fuerza, -como parecen probarlo muchas hipótesis, y, -sobre todo, las curiosísimas investigaciones de -Le Bon; si la vida y la muerte no son otra cosa -que las perpetuas transformaciones de ella; si -á sus misteriosas reacciones deben los mundos -la existencia y estabilidad en el espacio infinito; -si ella es la razón única de todas las cosas, de -donde todas salen y adonde todas vuelven, -puesto que todo sale del éter y todo retorna á -él, y, finalmente, si la condición de la vida y -<span class="pagenum"><a name="Page_60" id="Page_60">[60]</a></span> -del pensamiento es la lucha sin reposo, el ejercicio -de la fuerza obedeciendo á la suprema -armonía de sus propias é infalibles leyes, la -Fatalidad de los vates, la Inteligencia de las -religiones y la Razón de los filósofos estuvieran -contenidas en el alma infinita de la Fuerza; el -mundo mismo fuera su emanación, lo cual -explicaría que todas las cosas participasen de -la naturaleza combativa de aquélla, y en el -trono de la divinidad usurpadora se asentaría -radiosa y triunfante la virgen señuda y de duro -corazón. La Fuerza sería Dios y Dios un hombre -y una hechura de la Fuerza...</p> -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_61" id="Page_61">[61]</a></span> - -<span class="smcap">Lo</span> terrible de esta sacrílega conjetura es que -tiene todos los visos de la turbadora verdad que -ya los griegos, maestros en toda clase de intuiciones, -vislumbraron en la naturaleza y en el -alma humana. Sus dioses fueron la <i>divinización</i> -ingenua y encantada de las fuerzas naturales, -y también de la fuerza invisible de que ellos se -sentían depositarios. El Dios de las religiones -monoteístas, producto más complejo de la -alquimia mental, pero no de distinta esencia -que las divinidades paganas, podría ser muy -bien la reducción de éstas á una sola, ó de otro -modo, la <i>diosificación</i> de la fuerza total, anunciada -por tantos pensadores, que dicta sus sabias -leyes al mundo de la materia, la vida y el entendimiento. -Fuera de que todas las divinidades -<span class="pagenum"><a name="Page_62" id="Page_62">[62]</a></span> -se decoran y engalanan con los fascinantes atributos -del poder, cual si hicieran impensadamente -gala y ornato de su terrible linaje, en -el limo milenario de las creencias primitivas -quedan como restos fósiles, indicios indelebles -de las necesidades fisiológicas y de las razones -utilitarias que seguramente determinaron, en la -cándida aurora del mundo, la formación de las -religiones y las morales.</p> - -<p>En la dura infancia de Atenas, Esparta y -Roma, la religión, que absorbía todos los poderes -para cumplir mejor el grave cometido que -el instinto vital la confiaba secretamente, pudo -mostrarse, como lo afirma Fustel de Coulanges, -extraña ú hostil á los intereses y conveniencias -de la sociedad y del Estado, sobre todo cuanto -estos intereses y conveniencias no eran consonantes -con los que ella defendía ferozmente, -como una loba á sus cachorros. Mas en época -ninguna se mostró la religión hostil ó extraña, -en realidad, á los intereses de la Vida. Las instituciones -y leyes de la ciudad fueron implantadas -porque la religión lo quiso, no por razones -de utilidad civil, es cierto; pero no es menos -cierto que la religión lo quiso precisamente -porque eran cosas útiles. Los intereses divinos -<span class="pagenum"><a name="Page_63" id="Page_63">[63]</a></span> -siguen las evoluciones de los intereses vitales, -como la sombra ligera los movimientos del -cuerpo, y si, por cualquier causa, no lo hacen -pierden su valor y degeneran en prácticas ociosas. -En las mismas páginas de «La Cité Antique» -no es difícil empeño el constatar hasta qué -punto la organización religiosa de las sociedades, -estudiadas por el sesudo y experto Fustel -de Coulanges, obedecía á fines altamente utilitarios. -El carácter sacerdotal del padre y el -culto de los muertos, unían estrechamente las -generaciones. Cada hogar era un templo donde -se acumulaba y mantenía religiosamente, de -padres á hijos, la fuerza del pasado. Agrupados -los miembros de la familia alrededor del humilde -altar en el que ardía en mansa dulcedumbre la -leña sagrada, sentíanse herederos y tributarios -de la llama viviente de que el fuego sacro era -símbolo, y robustecían unánimes, en el mismo -culto, las virtudes domésticas conservadoras de -la preciosa célula social que atesoraba los gérmenes -de la humanidad futura. Los dioses -Lares la protegían celosamente, y el cerco sagrado -de Términus barbudo aislábala de los -extranjeros y de toda influencia extraña al -culto familiar y por lo tanto corruptiva y dele<span class="pagenum"><a name="Page_64" id="Page_64">[64]</a></span>térea. -Luego, al unirse las familias en curias y -tribus para constituir la ciudad, nacen los dioses -y las reglas morales que protegen á ésta, -facilitan la unión de los elementos que la componen -y crean las costumbres y prácticas religiosas -menos hostiles á la plebe, sin fuego -sagrado en el hogar, vale decir, sin antepasados -ni religión. Los Lares y Penates se transforman -entonces en divinidades nacionales. Más tarde, -cuando las perentorias urgencias ambientes -piden y reclaman que se fundan los grupos -humanos y dilaten los estrechos límites de la -ciudad, los dioses crueles se humanizan y abren -los anquilosados brazos á los recién venidos. -Por último, llegado el solemne instante de la -comunión de los pueblos, preparada laboriosamente, -mucho antes del advenimiento del cristianismo, -por los discípulos de Pitágoras, Anaxágoras, -Zenón, los sofistas y los poetas de ideas -contrarias á las divinidades nacionales y propicios -al cosmopolitismo del cerebro y del corazón, -aparece el Dios único, que no rechaza hosco -al extranjero, y une en amoroso abrazo á los -hombres de todas las clases y patrias. Pero esto -era precisamente lo que necesitaba la evolución -de las sociedades.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_65" id="Page_65">[65]</a></span> -Diríase, observando el carácter protector de -las religiones y las morales, que unas y otras no -tuvieron más objeto que el de establecer la -supremacía y favorecer la supervivencia, en un -momento preciso de la historia, del grupo más -rico de savia vital é ilusión favorable á la conservación -de la especie, formando para ello con -los dogmas, reglas, virtudes, cilicios y disciplinas -el caldo de cultura moral, digámoslo así, -en el que la misérrima, aunque dominante colonia -humana, pudiera absorber mejor los jugos -de la vida. Es por este orden de ideas que, sin -mayor audacia, puede aseverarse, no sólo que -el bien y la verdad son dos formas antiguas de -la Fuerza y el derecho un legado de ella, sino -que Dios mismo, bueno ó malo, cruel ó piadoso, -guerrero ó pacífico, según los momentos, es una -manifestación prodigiosa de la voluntad de los -hombres.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_66" id="Page_66">[66]</a></span> - - - -<span class="smcap">Cuán</span> otro hubiera sido el destino de las religiones -sin el terror de la muerte, poeta brioso -y fantástico de las fábulas olímpicas; cuán -desprovisto de encanto sin el misterio de las -cosas; cuán deleznable sin las amenazas de lo -ignoto, sin la urgente necesidad de darle un -nombre á las energías creadoras del misterioso -universo para ajustar á sus leyes la conducta y -prolongar la existencia! De ahí que los mandamientos -de Dios, aun los más crueles, sean conservadores -de la Vida y al modo del instinto -vital, servidores humildes de ella. Lo divino se -ofrece así á los ojos atónitos como un <i>substratum</i> -de las leyes de la materia... Ya se ha visto -como en las entrañas de las doctrinas espiritualistas, -existen barruntes reveladores de la iden<span class="pagenum"><a name="Page_67" id="Page_67">[67]</a></span>tidad -de lo divino y la fuerza, y común origen -de la materia y del espíritu—Bruno ya anunciaba -que Dios es la fuerza que se transforma en -todas las cosas, sin dejar de ser siempre una y -siempre la misma en sí,—y como la evolución -filosófica tiende á un monismo absoluto, materialista -y prosaico, que por juzgarlo enemigo de -la ilusión humana y ayuno de toda grandeza, -causa la desesperación de los obstinados irrealistas -y provoca las líricas cóleras de ese ente -radioso y obtuso que se llama el poeta...</p> - -<p>Con eso y con todo, el tal materialismo, que -penetra el pensamiento contemporáneo, sin -curarse de las declamaciones sonoras y huecas -con que se gargarizan los eternos ilusos, lejos -de desesperanzar á los hombres, como pudiera -creerse, al destruir implacablemente sus fantásticos -sueños, podría resolver, por el contrario, -lo que se consideraba eternamente irreconciliable -y antagónico: la pugna de la Fuerza y la -Razón, y las irreducibles antinomias del interés -y del altruísmo, del individuo y de la sociedad, -de la bestia y del hombre; las crueles antinomias, -en una palabra, de nuestras aspiraciones -subjetivas y las realidades indestructibles del -mundo.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_68" id="Page_68">[68]</a></span></p> - -<p>Apoyándose en algunas verdades indiscutibles, -que no están en desacuerdo con los postulados -de la experiencia, como las morales espiritualistas -y los dogmas antropocéntricos, tal -vez pudiese el instinto vital componer un nuevo -brebaje de ilusión, que haría reverdecer las -fértiles praderas de la esperanza en el alma aridecida -de los hombres. Para ello bastaría desentrañar -los elementos sociales que lleva en su -seno, como la áspera corteza la sabrosa pulpa, -el principio selectivo, cruel y destructor, que -es la enjundia y el alma de diamante de la -Fuerza y de la Vida. En vez de desoír las <i>voces -secretas</i> y los <i>eternos mandatos</i> de la diosa inexorable -y revelarnos contra ellos, oponiéndoles, -¡pueril intención! las leyes falaces de un universo -ilusorio, en el cual no creemos ya, sería -más digno de una acendrada sabiduría someterse -y convertir por un sortilegio de la voluntad, -en bien obediente y utilizable, el mal fiero -é indómito, que burlándose de falsas autoridades -y falsos reglamentos, voltea nuestros castillos -de naipes ó nos acecha airado en todas las -encrucijadas de la vía dolorosa. Sólo así pudiera -ser que la planta de estufa de la moral, hundiera -sus endebles raíces en la tierra firme<span class="pagenum"><a name="Page_69" id="Page_69">[69]</a></span>, -dando al aire libre flores y frutos, y que el Derecho, -la Razón, la Justicia no fueran, sin la -superstición del creyente, puras entelequias, -ídolos grotescos, fetiches irrisorios, sino expresiones -reales y legítimas de lo divino natural, -reconocido y acatado por la inteligencia del -hombre.</p> - -<p>Á pesar de la pobre condición humana y -miseria del mundo, no parece imposible elevar -sobre las ruinas informes del idealismo de Platón, -del que derivan no sólo las grandes falsificaciones -que <i>consisten en anteponer las ideas -á las actividades, á los hechos de fuerza que las -crearon</i>, sino en anteponer la razón mística á -la razón física, y en ponerle á ésta la máscara -de aquélla, no parece imposible, repito, elevar -un templo grandioso, construído con los materiales -del planeta, y donde, convertidas en ilusiones -posibles y realidades futuras, pudieran -recogerse y esperar las Quimeras y Utopías, -antaño acariciadas como un lenitivo á sus males, -por la humanidad doliente y ensoñadora.</p> - -<p>Existen razones, cada vez más pertinaces y -sugestivas, para darnos á pensar que la Fuerza -no es tan antagónica á las asiáticas esperanzas -humanas como Apolo y Jesús, por motivos -<span class="pagenum"><a name="Page_70" id="Page_70">[70]</a></span> -ocultos, nos lo han hecho creer. Puede afirmarse -sin loca temeridad, que su inteligencia y su -razón se acuerdan más con el genio de la especie -y son, en definitiva, superiores á la razón -é inteligencia del Espíritu. Prueba irrefutable -de ello, es que este audaz aeronauta termina -infaliblemente las ideales excursiones por el -cielo azul,</p> - -<p class="p2 center"> -«que no es azul ni es cielo»</p> - -<p class="p2">cayendo en los pantanos más cenagosos de la -necesidad; mientras que el culto de la diosa -omnímoda, al absorber en los robustos pechos -de la Naturaleza el néctar y la ambrosía del -olimpo, se diviniza, rematando fatalmente, ora -en la práctica ora en las doctrinas de sus pontífices -más materialotes ó más románticos, en -la religión de la Vida, y de una vida intensa, -heroica, plena, desbordante de espléndida robustez -y hermosura, por predominar en ella el instinto -de grandeza sobre la dicha del mayor -número y el nivelamiento común, enemigo -ambagioso ó declarado de toda superioridad -y aun de la vida misma, de los pensadores devotos -del humanitarismo.</p> - -<p>Sería curioso y acaso útil, escudriñar y descu<span class="pagenum"><a name="Page_71" id="Page_71">[71]</a></span>brir -las necesidades éticas y las reacciones -contra-sentimentales que determinaron la concepción -del heroísmo en la historia y la filosofía. -Schlegel y Tieck echaron las basas; Hegel, -Schopenhauer y los historiadores alemanes, -desde Ranke y Mommsen á Sybel y Treitschke, -le dieron forma concreta y positiva, y luego -cumplido remate Carlyle y Nietzsche. Á pesar -de su abolengo en apariencia idealista y hasta -místicos componentes, el culto del héroe, del -genio, del hombre histórico ó providencial y, -en fin, del superhombre, es no sólo aristocrático -como la Naturaleza, donde todo es diferenciación -y jerarquía, sino á la par de ella, tan -contrario á la moral de la razón razonante -como á la moral del sentimiento, puesta de -moda por el infelice Juan Jacobo y de la que -arrancan, según muy encumbrados pensadores, -el romanticismo en política y literatura: dos -formas del espíritu de rebelión, de la sensiblería -caprichosa y la hemorragia de la palabra, -que llevan entre las flores de trapo de los idealismos -ornamentales los venenos sutiles de -flaquezas, disoluciones é iniquidades sin cuento.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_72" id="Page_72">[72]</a></span> - - - -<span class="smcap">Parecería</span> incomprensible que en este mundo, -donde reina el más tiránico determinismo, y -donde los fenómenos se subordinan los unos á -los otros sumisamente, las quimeras y los -romances, de libertad igualdad y fraternidad, -imaginados por un <i>héros lâche et délicat</i>, hayan -ejercido tan misteriosa acción sobre los hombres, -si no fuese cosa averiguada que éstos adoran -los discursos, fantaseos y dulces damiselas -que más los engañan, adulan y fascinan. Y el -mísero y glorioso Rousseau, es el fascinador -más grande que, después del Nazareno, ha visto -la humanidad: «un maestro de ilusiones y un -apóstol de lo absurdo», como dice alguien con -crueldad, pero no sin exactitud. Él amó ardientemente -á los desheredados de la fortuna; clamó -<span class="pagenum"><a name="Page_73" id="Page_73">[73]</a></span> -contra los poderosos, aun cuando se holgaba en -su compañía y comía su pan; sufrió á la vista -de todos, los dolores de la inteligencia, del -orgullo, de la carne flaca, y comunicó á todos -también sus rencores, despechos y fiebres de -reparaciones sociales y dicha universal. Fué el -novelador de la Utopía y el arquitecto lógico de -un sueño de poeta. Por eso ha sido y será el -eterno revolucionario y el eterno ilusionista. -Su poder de encanto y seducción, calor comunicativo -y contagiosa locura de bondad y virtud, -es para la conciencia lo que para el Deseo -el dulce é irresistible canto de la sirena. Fuera -preciso no tener sensibilidad humana para -escuchar sin embriaguez, los persuasivos y -cálidos Discursos, <i>Rêveries</i> y Confesiones que -se dirigen artera y directamente, no al cerebro, -sino al corazón, al orgullo, á los apetitos que -robustecen las ansias legítimas, en suma, de -placer y dominación. Nuestras flaquezas están -de su parte, sus debilidades de la nuestra: por -eso ha reinado y reinará. Y he aquí lo estupendo: -salvo la sana aspiración hacia la dicha y el imperialismo -democrático que ocultan las frases -fraternales, la dolorosa experiencia de los pueblos -proclama que todo es falso en las doctri<span class="pagenum"><a name="Page_74" id="Page_74">[74]</a></span>nas -que han hecho sacudir á la humanidad en -tan violentas convulsiones y preparan al presente -otros y acaso más terribles sacudimientos -para el porvenir. Falso que el hombre sea bueno -por naturaleza; falso que nazca libre é igual á -los demás hombres; falsa la fraternidad y las -utopías sentimentales basadas en el desconocimiento -absoluto de la fisiología humana.</p> - -<p>¡Pero qué importa!</p> - -<p>Precisamente lo que ha hecho que el rousianismo -arraigue y viva en la inteligencia y el -corazón de la humanidad, no obstante sus contradicciones -y pueriles fundamentos, es que en -vez de ser una grande verdad es una grande ilusión. -Lo imperecedero de él son sus errores. Gracias -á ellos, y no á su substancia lógica, hase -convertido en verdad popular, en injusticia, en -esclavitud. Á tal punto que, sin quererlo, el -observador de los tiempos que corren se pregunta, -rugando la pensativa frente, si el verdadero -libertador de los ilotas, el destructor del -último ídolo y de la última tiranía no será acaso -el que asesine la Libertad...</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_75" id="Page_75">[75]</a></span> - - - - -<span class="smcap">La</span> moral de la Fuerza, velada hasta ahora á -los ojos humanos, pero presente en el mundo, no -admite del desorden anárquico, ni la mentira, -ni el error, ni las contumaces falsificaciones del -espíritu, porque la Fuerza, ó por otro nombre, -la razón física, es lo que es y no puede menos -de ser; lo que triunfa fatalmente, la condición -única y suprema de las realidades, y lo que establece -en toda suerte de cosas una indestructible -jerarquía, un orden divino, al que nadie ni -nada escapa, ni aun la razón mística, que viene -á ser así como la loca de la casa de la otra y universal -razón.</p> - -<p>Un escolástico, Duns Scot, maravillado, sin -duda, por las manifestaciones disfrazadas, pero -reconocibles para el ojo profundo de esta mecá<span class="pagenum"><a name="Page_76" id="Page_76">[76]</a></span>nica -inteligente que rige en el universo, preguntábase -atribulado por heréticas vislumbres y -afanes prolijos, si la <i>materia no pensaba</i>, tan -armoniosas y de buen concierto le parecían su -estructura y combinaciones. Y el inefable Maeterlinck, -iluminando el alma obscura de las -cosas con las sutiles claridades de su misticismo -adivinador, sospecha que las ideas se les ocurren -á las flores ni más ni menos que á nosotros. -«Ellas tantean, dice, en la misma noche; encuentran -los mismos obstáculos, la misma mala -voluntad en el mismo ignotus. Ellas conocen -las mismas leyes y las mismas decepciones, los -mismos triunfos, lentos y difíciles. Parece que -tuvieran nuestra paciencia, nuestra perseverancia, -nuestro amor propio; la misma esperanza -y el mismo ideal», y considerando el -esfuerzo inteligente y formidable de las flores, -los inventos ingeniosos, los prodigios de imaginación, -las industrias de que se valen para -convertir en mensajeros de sus aromados suspiros -y fecundos besos á los insectillos y las -brisas, y unirse á los amantes lejanos é inmovibles, -burlando el cruel destino que las ata al -suelo; reconociendo, en fin, la suma de voluntad -y pensamiento que anima la vida heroica<span class="pagenum"><a name="Page_77" id="Page_77">[77]</a></span> -de la flor, deduce que «no hay seres más ó -menos inteligentes, sino una inteligencia esparcida -á todo; una suerte de fluido universal que -penetra en diversos grados, según que sean -buenos ó malos conductores del espíritu los organismos -que encuentra. El hombre sería hasta -aquí, sobre la tierra, el modo de vida menos -resistente á ese fluido que las religiones llamarían -divino. Nuestros nervios aparecerían como -los hilos por los cuales se esparciría esa electricidad -sutil. Las circunvoluciones de nuestro -cerebro formarían, en cierto modo, las <i>bobinas</i> -de inducción, multiplicadoras de la fuerza de -la corriente; pero ésta no sería de otra naturaleza -ni provendría de otro origen, que aquella -que pasa por la piedra, los astros, la flor ó el -animal.»</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_78" id="Page_78">[78]</a></span> - - - -<span class="smcap">Sí</span>; podría aseverarse muy bien, no sólo que -la materia <i>piensa</i>, sino que su pensamiento es -infalible. Todo hecho, todo suceso es una forma -de él, una manifestación autoritaria de la razón -física, á la cual la conmovedora é incurable -locura de los hombres, ya hemos dicho que se -empeña en oponer la razón mística, que es en -realidad una creación y una servidora de -aquélla, del mismo modo que los instintos y las -pasiones. Los devaneos, fantasías, caras á las -veces, y briosas imaginaciones de esta razón -que vive de prestado, perduran, resisten á la -muerte y son cosas animadas y verdaderas, -mientras sirven solícitas los firmes designios -de la razón madre, donde encuentran su razón -de ser todas las formas de lo corpóreo y lo intan<span class="pagenum"><a name="Page_79" id="Page_79">[79]</a></span>gible. -Son como las floraciones y galas mudables -de un árbol eterno. He ahí por qué las verdades, -las religiones, las aspiraciones humanas -envejecen y caducan; y he ahí por qué, al modo -de los insectos, cuyo destino fugaz y radioso -es el de depositar los huevos en el seno protector -de la tierra y, asegurada su descendencia, -morir, la bondad, la virtud, la razón de una -época parecen ó son sacrificadas al dar á luz -la razón, la virtud y la bondad de la época que -sigue. Así las duras virtudes del paganismo, -fueron destruídas sin piedad por las <i>piadosas</i> -virtudes cristianas, y éstas que alguien llama -con ternura melancólica <i>les vertus délaissées</i>, -empiezan á marchitarse, sofocadas por las soberbias -vegetaciones del culto de la Vida, que brotan -en toda la tierra, muestran las encendidas -flámulas de sus floraciones tropicales en todos -los horizontes y principian á enseñorearse del -paisaje moral visible á los ojos humanos.</p> - -<p>Como la antorcha que simboliza la vida en las -fiestas panateneas, la antorcha del espíritu pasa -de mano en mano. Las superestructuras cambian. -Las verdades transitorias, las mentiras saludables -de que se nutre un instante la humanidad, perecen -así que ésta agota el jugo vital que aquéllas<span class="pagenum"><a name="Page_80" id="Page_80">[80]</a></span> -atesoraban. Lo inmutable, lo eterno es la voluntad -de vivir, que trabaja oculta en los antros más -profundos de las almas, como un gnomo prodigioso, -que produce maravillas y opera milagros, -escondido en las concavidades misteriosas -de la tierra.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_81" id="Page_81">[81]</a></span> - - -<span class="smcap">Mas</span> el respeto de la Vida, que sale de los laboratorios -é informa el pensamiento moderno, se -infiltra en las religiones y obra sobre las costumbres -con el renacimiento de los deportes atléticos -y el amor de la acción, nace, mirándolo -bien, de la metafísica de la fuerza. Ó de otro -modo, el triunfo de la religión de la Vida es la -implícita consagración del culto de la Fuerza. -La moral de esta última, á pesar de la terca y -enconada oposición de nuestros ideales del -momento, aparecerá triunfante como un sol que -rompe las nieblas matutinas, cuando se desvanezcan -del todo en la conciencia humana los -espejismos que tergiversan el valor de las cosas -é invierten las reales y eternas, aunque á veces -imperceptibles jerarquías, de la razón univer<span class="pagenum"><a name="Page_82" id="Page_82">[82]</a></span>sal. -La diosa de voluntad diamantina no herirá -entonces los sentimientos más caros de los hombres, -ni aparecerá á los ojos de éstos como una -deidad maléfica, como un genio enemigo, sino -al revés, como el ángel protector de los huevecillos -dorados, que ponen en el nido tibio del -alma las ilusiones favorables á la existencia... -Si todavía rechazamos con fiera indignación -sus verdades infalibles, trágica hermosura y -grande justicia, á la que empero, quieras que no, -ignorándolo ó á sabiendas, se someten todas las -cosas, es porque nuestra razón y sensibilidad -de invernáculo no se acuerdan con las leyes que -rigen fuera de él; es porque ignoran que su propio -crecimiento va á romper presto los vidrios -que las protegen de los soles enfloradores y las -nieves esterilizantes y que será preciso aclimatarse -ó perecer; es porque no conocen su pristino -origen, ni saben que sólo son las pintadas -y efímeras mariposas en que se transforma una -porción diminuta de la fuerza eterna é inconmensurable.</p><hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_83" id="Page_83">[83]</a></span> - -<span class="smcap">Este</span> convencimiento vago, que gana poco á -poco las conciencias más quisquillosas y aun los -ingratos cerebros en que la leche del saber se -agria y cuaja en ñoño sentimentalismo, traerá -aparejado, al decantarse, un cambio radical en la -apreciación de las acciones y excelencias humanas. -La victoria del más fuerte no parecerá -ignominiosa como hasta aquí, sino altamente -justa y saludable porque será, en un momento -dado, el triunfo de lo más vital, de lo que sirve -mejor el único propósito discernible en las intenciones -confusas de la Naturaleza. Es la voluntad -de existir y dominar. Reconocida la fuerza como -el elemento divino, generador del universo; establecido -el idéntico abolengo é ilustre prosapia -de la Razón y la Necesidad, del <i>Factum</i> y de la -<span class="pagenum"><a name="Page_84" id="Page_84">[84]</a></span> -idea triunfante; en resumen, de lo que domina -y se impone material ó espiritualmente, la conciencia -humana enriquecida por definitivas nociones -de lo real, dilatará los horizontes de su -concepción ética, teniendo por primera vez, una -vislumbre justa del Bien y del Mal absolutos.</p> - -<p>Y aquí daría principio el reino de lo divino -natural. Cada excelencia sería una irrefragable -manifestación de él. Las criaturas, las cosas, las -almas, se graduarían en la escala de la vida por -la cantidad de <i>virtud</i> que almacenasen. Lo pequeño -no podría ser lo grande, como acontece -para burla y escarnio de nuestra pobre inteligencia; -ni lo débil lo robusto; ni las aspiraciones -más nobles serían precisamente, por una estupenda -inversión de valores morales, las que más -deprimen y amengüan la voluntad de ser. Las -superioridades, las verdades, los triunfos se impondrían -sin demostración, por sí mismos, por el -hecho de existir. Y las antinomias de lo que es, -y de lo que debía ser, de lo objetivo y lo subjetivo, -á causa de las cuales tantas inquietudes -han atenaceado al hombre, acabarían por -reconciliarse para siempre en el regazo maternal -de la grande razón.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_85" id="Page_85">[85]</a></span> - - - -<span class="smcap">Formidables</span> testas han acometido la singularísima -aventura de echar los cimientos de la -fábrica moral, no en la voluble razón del espíritu, -sino en la firme razón de la materia, volviendo -por tal arte á poner sobre sus pies á la humanidad -aburrida de <i>la parada de cabeza</i> hegeliana. -Pero únicamente el amable pensamiento de -Guyau intentó poner de acuerdo la moral de la -fuerza con nuestra moral; la expansión de la -vida y los instintos interesados y agresivos, con -el amor de los otros y el desinterés. Y aunque, -á decir verdad, los sentimientos expansivos y -nobles que cita para descubrir la faceta social de -la criatura humana y probar que «la vie comme -le feu, ne se conserve qu'en se communiquant», -sólo son modalidades del <i>instinto de soberanía</i>, -<span class="pagenum"><a name="Page_86" id="Page_86">[86]</a></span> -instinto que por medio del amor ó del convencimiento -tiende á ocupar más espacio en el alma ó -la inteligencia de los otros, no es menos cierto -que tales manifestaciones de la superabundancia -de vida entrañan, en su propia intensidad, un -principio altruista que transforma el despliegue -de la fuerza en lo que llamamos sentimientos -generosos ó expansión hacia las demás criaturas. -Más aún. El poder ergotizante del filósofo-poeta -partiendo de la expansión de la vida como elemento -activo de la conducta, llega no sólo á -resolver la afligente antinomia de lo individual y -lo social, sino á establecer á la manera del viejo -idealismo, la supremacía del espíritu, precisamente -porque éste realiza el máximum de <i>intensidad -extensiva</i>, es decir, de fuerza dominante.</p> - -<p>Una argucia ó vuelta de grupas de la misma -índole, da nacimiento á la moral de las ideas-fuerzas -de Fouillee, la cual, por otra parte, se -apoya en hechos, en realidades y no en soportes -religiosos ó metafísicos. «Las fuerzas, dice, en -acción en el mundo ó en nosotros, cualquiera -que sea su naturaleza intrínseca, concluyen por -concebirse en nuestra conciencia y al concebirse -transformándose en ideas, juzgan lo real, -lo modifican, se convierten en ideas-fuerzas.» No<span class="pagenum"><a name="Page_87" id="Page_87">[87]</a></span> -por arte, pues, de birlibirloque, sino por las vías -naturales de la experiencia, llega el representante -del idealismo francés á fabricar como -Guyau, con substancias materiales, los útiles -productos de la <i>voluntad de conciencia y el persuasivo -supremo</i>. En su tozudo afán de establecer -la acariciada superioridad de la inteligencia, -el neo-idealismo contemporáneo hace -muchos de estas sorprendentes excursiones al -arsenal de Dionisos. Como Anteo para criar nuevas -fuerzas, vese obligado Apolo á sentar los -divinos pies en la tierra. Sólo que después de -cada nueva adulteración y embrollo, queda más -claramente dilucidado lo que podría llamarse el -origen material del espíritu y la naturaleza agresiva -de las morales. Las ideas son transformaciones -de fuerzas; las ideas-fuerzas, como tales, -no pueden establecer su imperio en los dominios -de la conciencia sin lucha, ni extenderse al -exterior sin combatir ni dominar.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_88" id="Page_88">[88]</a></span> - - - - -<span class="smcap">La</span> larga y laboriosísima evolución de las -morales interesadas ó fisiológicas, de las que -desaparecen poco á poco los elementos divinos -y luego las substancias espirituales á medida -que la inteligencia humana se nutre y enriquece -de conocimientos positivos, termina después de -la grande revolución de Darwin en la ciencia y -de Spencer en la biología, en el osado intento de -Nietzsche y Guyau de construir el noble edificio -de la moral sobre los formidables cimientos de la -fuerza, para darle á la conducta humana una -base inamovible y en armonía con las leyes del -universo.</p> - -<p>Por otra parte, la reacción de los hebreos contra -toda aristocracia, continuada por el cristianismo, -los ideólogos y los <i>hombres sensibles</i> del<span class="pagenum"><a name="Page_89" id="Page_89">[89]</a></span> -siglo <span class="smcap">xviii</span>, hasta florecer espléndidamente en -los inmortales principios de la gran Revolución, -remata luego de acicalarse con los ensueños, -quimeras y utopías sociales de los discípulos de -Jean-Jacques, en el determinismo económico de -Marx, explicación materialista de la historia, de -la que el Oro, el heredero legítimo de la fuerza -en las sociedades, es el principio generador.</p> - -<p>Esta doctrina, antagónica del <i>état pensant</i> que -vive fuera del Taller; este socialismo científico, -destructor de lo que llama con enojo y desprecio -un discípulo de Marx la <i>disociación ideológica -ó irrealismo</i> de la cultura greco-latina, traduce -en luchas sociales por la riqueza, el mando y la -dominación del mundo las aspiraciones sentimentales -de los humildes que antaño pretendieran -establecer, en ebriedad generosa, el reino de -Dios sobre la tierra.</p> - -<p>Acontece, pues, que de un modo ó de otro, por -vías ocultas ó visibles, las actividades humanas -concentran en el dominio los fuegos de la voluntad, -y resuelven en opresiones y tiranías los -idealismos más desinteresados y puros. La fuerza -tiende á ejercer su imperio porque es la fuerza; -la vida tiende á dilatarse porque es la vida. El -tiempo descubre infaliblemente, los principios<span class="pagenum"><a name="Page_90" id="Page_90">[90]</a></span> -activos de la conducta humana, que son idénticos -á los de toda la actividad universal. En -vano es desvirtuar con metafísicas mixturas su -naturaleza combativa y dominadora. Los hechos -muestran la garra felina. La trama y el reverso de -los variados tapices de la historia, enseñan que -un estado social es una cristalización de la violencia, -y que las reacciones contra él, aun las -más idealistas, terminan fatalmente en otras -cristalizaciones sociales autoritarias y opresoras. -Los sistemas de gobierno, las morales, las religiones -mismas—propugnáculos y murallas que -acaso no tienen otro objeto que proteger la conquista -económica,—obedecen á esa ley universal, -porque lo universal son las transformaciones -de la fuerza que constituyen á su turno los -módulos de la vida. Ved el cristianismo; la religión -del amor, la piedad y el desprecio de los -bienes terrenales. Cuando deja de ser un reptil -subterráneo, sale de las tenebrosas catacumbas -de Roma, quema vivos á los herejes, provoca -mil guerras y persecuciones y oprime al mundo -en un abrazo de mortal amor. Los desheredados, -los miserables, los enfermos; la escoria de la -sociedad, los oprimidos, en fin, pasan á ser opresores, -desplegando en sus luchas por la domina<span class="pagenum"><a name="Page_91" id="Page_91">[91]</a></span>ción -un celo apasionado y cruel, una ferocidad -implacable, un furor divino que, no saciándose -con el odio y la persecución de los infieles y -dañados, inventa sutiles razones y refinadas torturas -para aprisionar y atormentar á su antojo el -alma temblante de los adeptos. La Revolución, -la gran Revolución, luego de cometer mil horrendos -crímenes en nombre de la Libertad, termina -en las tiranías de Robespierre y Napoleón. -El reino de la Razón, resulta la locura trágica -del Terror. La eterna paz, guerra sin fin. Después... -las indestructibles jerarquías vuelven á -establecerse con otras etiquetas. Á los privilegios -de la nobleza suceden los privilegios de la -burguesía; la aristocracia del dinero á la aristocracia -de la sangre; el derecho burgués al derecho -feudal; la tiranía del número á la tiranía del -rey, y la fementida fórmula en que se resumen -los Inmortales Principios y los Derechos del -Hombre, no inspiran más respeto, ni tienen más -virtuosidad en el frontón de los edificios públicos, -que los versículos del Corán en los muebles -moriscos de los bazares exóticos. Pasada la -tromba niveladora, en el interior de Francia los -hombres y las clases se separan y ocupan el -puesto que les da su valor social, como los líqui<span class="pagenum"><a name="Page_92" id="Page_92">[92]</a></span>dos -de densidad diferente se gradúan por su peso -si dejan de ser agitados. En el exterior, la revolución -que acariciara el pretencioso intento de suprimir -las fronteras y establecer la patria universal, -acierta sólo á instituir el principio de las -celosas nacionalidades y la formación de las -repúblicas americanas, donde las diferencias y -las aristocracias sociales se acentúan más cada -día, á pesar de las leyes democráticas que las -rigen. Así que sus fuerzas expansivas lo reclaman, -el pacífico y modesto país de Washington, -se convierte en la patria altanera é imperialista -de Roosevelt, por las mismas razones y de -idéntico modo que la poética Alemania de los -claros de luna, de la <i>grechens</i> y del imperativo -categórico, en la utilitaria y temible nación de -Bismarck y la filosofía de la historia.</p> - -<p>De hecho, pues, aunque encubierta por disfraces -varios, que reclamaban las necesidades -subjetivas del hombre, no libertado aún de las -tiranías de la finalidad ni de la sed de lo infinito, -el reinado de la fuerza no ha dejado jamás de -existir en las sociedades salvajes ó cultas. Las -firmes columnas de su trono, son las leyes mismas -de la vida. Sea la primordial de ésta el -<i>deseo de poder</i> de Hobbes, ó la lucha Darwiniana,<span class="pagenum"><a name="Page_93" id="Page_93">[93]</a></span> -ó la <i>voluntad de dominación</i> de Nietzsche, ó la -<i>voluntad de conciencia</i> de Fouillee, ó la <i>expansión -de la vida</i> de Guyau, ó <i>la vida creadora</i> de -Bergson ú otra ley no formulada aún por labios -mortales, el hecho brutal de la Fuerza triunfante -surge del disforme vientre del caos; anida -en el alma de todas las cosas, de las religiones, -de las filosofías y del amor mismo y es así -como el fuego sacro del universo. Nadie, ni cosa -alguna, escapa al imperio de la terrible divinidad, -en cuyo calificado y pomposo cortejo figuran -humildemente, los dioses del olimpo y los -gusanos de la tierra.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_94" id="Page_94">[94]</a></span> - - - -<span class="smcap">Es</span> un bien ó un mal? En todo caso es una indestructible -realidad, contra la que, al punto á -que han llegado las nociones positivas de las -cosas, no cabe ni conviene revelarse. ¿Qué hacerle? -Las atenuaciones de la cultura idealista -y las virtudes cristianas, que fueron en un principio -indispensables para corregir la virulencia -del egoísmo nativo y contrarrestar los abusos -naturales, pero anti-sociales de los poderosos, á -fin de hacer posible la vida común, parecen hoy -nocivas á las sociedades caducas, excesivamente -domesticadas y cuyos apagados ardores para la -acción y la lucha piden más bien enérgicos revulsivos. -Las nuevas disciplinas morales tratan de -dárselos; obedecen á una alta necesidad. ¿Qué -sería de los hombres y los pueblos que practi<span class="pagenum"><a name="Page_95" id="Page_95">[95]</a></span>casen -el desinterés, el desprecio de los bienes -materiales, en esta época en que la superioridad -económica entraña todas las otras? Las viejas -virtudes han perdido su poder. Fuerza es reconocerlo. -El exhausto é inane espiritualismo confiésase -impotente para forjar una nueva ilusión -favorable á la vida. Las mentiras saludables, -que en otra hora fueron propicias al instinto -vital para producir los espejismos encantados -que le daban á la existencia una razón de ser y -la marcaban imperiosamente un derrotero, no -tienen hogaño ninguna virtud activa. La ciencia -condena implacable las aspiraciones subjetivas é -ilusiones metafísicas en pugna con las verdades -é hipótesis que ella establece fríamente, sin piedad -y sin rencor. La humanidad provecta, curada -de locura juveniles y ansiosa de bienes reales, -no cree en los campos elíseos del edén ni en los -místicos jardines del alma; prefiere las prosaicas -dichas que satisfacen, sin las torturas de la -<i>mala conciencia</i>, su apetito de carne, su sed de -vino.</p> - -<p>Perdida la ilusión fastuosa del Paraíso y de -toda finalidad transcendente, sin excluir la del -superhombre, las actividades y aspiraciones humanas -van, como al caer la tarde las dispersas<span class="pagenum"><a name="Page_96" id="Page_96">[96]</a></span> -ovejas al redil, hacia la religión de la Vida, elevada -y cruel en aquellos pensadores que, aceptando -los principios selectivos de la Naturaleza -como necesarios á la evolución progresiva, quieren -la vida bella y dura como el diamante; rastrera -y fecunda en los que, rechazándolos y -desdeñosos de toda excelsitud, aspiran sólo -honestamente á la dicha común del mayor -número.</p> - -<p>Es la antigua y luctuosa guerra del aristocratismo -y del plebeyismo, llevada sin embozos ni -trapujos, al campo de honor de los intereses materiales, -donde las categorías idealistas pierden sus -múltiples y engañosos matices y se resuelven en -deseo de poder y lucha por la riqueza entre los -poseedores y los desposeídos. Los primeros, -individualistas ó no, sin exceptuar á la clase -pensante, que tan sospechosa y antipática va -pareciendo á los trabajadores, son los menguados -descendientes, pero que llevan aún en la -sangre la pimienta del heroísmo, de los jefes, -hombres providenciales y cazadores forzudos -delante del Señor que guiaron á los pueblos en -su aurora; los segundos, solidaristas ó ácratas, -son los ensoberbecidos vástagos de la turbamulta -pasiva y rebañega, convertida en pueblo<span class="pagenum"><a name="Page_97" id="Page_97">[97]</a></span> -soberano por la fuerza del número. Su oposición -es la oposición de la parte caduca del pasado -señoril, sibarita, ensoñador, guerrero, y el presente -científico, pacifista, práctico, laborioso. -Del choque nace el antagonismo y la anarquía -de las ideas contemporáneas; las trágicas luchas -sociales y el drama íntimo de las conciencias: -antros obscuros donde á ciegas riñen guerreros -con sotana, señores vestidos de harapos y mendicantes -que ostentan valiosas plumas en los -sucios y miserables chambergos.</p> - -<p>El espíritu clásico, razonante y finalista, que -reconoce un principio divino y la supremacía de -la inteligencia sobre el <i>querer</i> y el <i>poder</i> para la -bella ordenanza del mundo, fué siempre amante -de las jerarquías bien establecidas, del orden, de -la autoridad, de la sumisión á la regla; pero al -mismo tiempo, por exceso de cultura literaria, es -irrealista, picotero, iluso y, en suma, debilitante, -ya que perpetúa con el desinterés y el -altruísmo, un engaño, una mentira, un espejismo -peligroso para las energías viriles de la inteligencia -y del alma. Á las veces por sensiblería -y razones de justicia convencional, de esa justicia -compuesta con toda suerte de productos -artificiales en las aulas de los ideólogos, pica en<span class="pagenum"><a name="Page_98" id="Page_98">[98]</a></span> -democrático y humanitarista, pero en el fondo, -si deja hablar su <i>instinto profundo</i> es un adorador -de la fuerza idealizada—como corresponde á -quien ha nacido con el alma gran dama y el -espíritu gran señor,—y acata las copetudas excelencias -y aristocracias morales que ella establece -á su capricho, de la misma manera que el -espíritu moderno, un tanto macarrónico, á pesar -de su ciencia, cree únicamente en la fuerza real -y respeta sólo las superioridades de hecho y las -aptitudes que se imponen por su eficacia y utilidad -inmediatas.</p> - -<p>Entre las brillantes, dispendiosas y desinteresadas -virtudes de los humanistas, causa eficiente -ayer de poderío y hoy de flaqueza, puesto -que llevan al renunciamento, crimen monstruoso -ahora como fué antes decantada virtud; y las -industriosas y batalladoras cualidades necesarias -á las naciones para no ser vencidas en la -contienda universal, no cabe pacto ni conciliación. -Es la lucha de dos mundos; uno que nace, -otro que muere; es la lucha inevitable y eterna -de la tradición conservadora y la educación revolucionaria -como dicen los fisiólogos y que constituye -el fenómeno de la vida lo mismo en la -naturaleza que en las sociedades.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_99" id="Page_99">[99]</a></span> - - - -<span class="smcap">La</span> discordia que la antigua sabiduría creyó -suprimir entre los hombres, sin barruntar que -con ella hubiese desaparecido la existencia misma, -ofrece nuevas flores y nuevos frutos en cada -grado de la civilización. Son las novísimas formas -de la cultura, las modalidades del progreso, -las manifestaciones de la vida. Cuanto más -avanza ésta, más se complica y refina la lucha no -sólo entre los hombres, sino entre las ideas, sentimientos -é instintos de cada hombre. Lucha -entre el ideal y la realidad, entre lo subjetivo y -lo objetivo, entre lo individual y lo social, entre -el capital y el trabajo, entre los opresores y los -oprimidos, entre los que nacieron marcados con -el signo radioso de la voluntad dominadora y los -que vinieron al mundo llevando en el cuello el -collar infamante de los esclavos.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_100" id="Page_100">[100]</a></span> -Y en toda suerte de cosas, el triunfo, temporario -siempre, es de aquello que interpreta mejor, -en un momento preciso, los propósitos impertérritos -é incontrastables de la razón universal.</p> - -<p>La cuestión social que actualmente nos atribula, -se resolverá como todas las otras: por el -dominio de los fuertes sobre los débiles. El comunismo -evangélico, soñado por ciertas órdenes -religiosas y que ha tenido sus últimos destellos -en el misticismo anárquico de Tolstoy; la Edad -de oro de los utopistas del siglo <span class="smcap">xviii</span> y la -<i>Federación universal</i> de los libertarios modernos; -los ideales colectivos, por decirlo todo, punto -extremo de la Economía que pretende organizar -la sociedad, vale decir la producción, científicamente, -es muy posible y aun probable que puedan -arraigar en la áspera corteza del globo. Mas -ello no será porque los consabidos ideales sean -justos, según nuestra universitaria justicia; no -por las razones sentimentales que á todos nos -impulsan á revelarnos contra lo que el instinto -social, desarrollado por el influjo del ambiente -humano á expensas del egoísmo nativo, llama -iniquidades sociales, vías ocultas acaso de una -justicia suprema; sino porque la evolución eco<span class="pagenum"><a name="Page_101" id="Page_101">[101]</a></span>nómica -llega á un punto culminante y preciso -en que «la producción colectiva reclama la -repartición colectiva», y, sobre todo, porque -siendo las necesidades pecuniarias las primeras -que hoy es necesario satisfacer para vivir tanto -material como moralmente, fuerza es que arrastren -mayor número de almas y tengan más -grande influjo sobre las sociedades que el aristocratismo -idealista, cuyos principios eficientes, -cuasi místicos, no pueden ser impulsores sino de -las naturalezas muy cultivadas y finas. Y he aquí -otra prueba palpable de la relatividad y miseria -de las presuntuosas verdades salidas de la testa -del hombre. Una simple modificación de las circunstancias -ambientes, vuelve las tornas de los -valores humanos: las cualidades excelsas truécanse -en causa de inferioridad y los ineptos de -ayer se convierten en los aptos de hoy.</p> - -<p>No; la sociedad no ha sido nunca ni será en el -porvenir la obra santa del Bien, de la Justicia ni -del Derecho, sino el engendro diabólico del instinto -vital dominante, ó como quiere Marx, el -producto de la lucha de clases, engendrada, según -él, por la evolución de los intereses y que -determina, por añadidura, el proceso de la historia -entera. Es la parte cierta, salvo ligeras res<span class="pagenum"><a name="Page_102" id="Page_102">[102]</a></span>tricciones, -del socialismo científico ó criticista, -que muy poco tiene que ver con las utopías sentimentales -de Rousseau, del cura Meslier y de -los ideólogos, ni con las componendas burocráticas -y fiscales ó <i>utopías de los cretinos</i>, ni con -otras formas pueriles del <i>socialismo vulgaris</i> de -que nos habla el docto Labriola. Muy acertadamente -dice Marx: «El modo de producción -de la existencia material, determina generalmente -el <i>processus</i> social, político é intelectual de -la vida. No es la conciencia del hombre lo que -determina su manera de ser, sino, al contrario, -su manera de ser social, lo que determina su conciencia. -El cuerpo creador se crea el espíritu -como una mano de su voluntad», diría Zaratustra. -«La producción primero, agrega por su -parte Engels, y en seguida el cambio de los productos, -forman la base de todo orden social. Esos -dos factores determinan, en cualquier sociedad -dada, la distribución de las riquezas y, por consiguiente, -la formación y las jerarquías de las -clases que las componen. Esto sentado, si queremos -encontrar las causas determinantes de tal ó -cual metamorfosis ó revolución social, será preciso -buscarlas, no en la cabeza de los hombres, ni -en su conocimiento superior de la verdad y la<span class="pagenum"><a name="Page_103" id="Page_103">[103]</a></span> -justicia eternas, sino en las metamorfosis del -modo de producción y de cambio, en una palabra, -no en la filosofía, sino en la economía de la -época estudiada.»</p> - -<p>Estos razonamientos pedestres son la antítesis -del vértigo de las alturas, agria voluptuosidad -de las excursiones metafísicas, pero producen -la reconfortante impresión de la tierra -firme después de un largo viaje marino ó una -ascensión aerostática. Por fin los fenómenos -sociales pueden explicarse positivamente, sin -echar mano de sutiles recursos: son las apariencias, -las superestructuras de la evolución económica, -la cual provoca la formación y la lucha -de clases y ésta, á su vez, la enmarañada urdimbre -de la historia. La ineficacia de las disciplinas -idealistas en los sucesos del mundo, que tan -hondos lamentos arrancó á Renán, queda explicada -claramente. El modo de producción y de -cambio, sometiendo á su influjo plasmante las -manifestaciones todas de la vida social, crea el -bien, la justicia y el derecho de cada época, que -no son otra cosa, en último término, que «la -expresión autoritaria de los intereses que han -triunfado», y dicta las relaciones de los hombres -que sólo son, en substancia, «relaciones de pro<span class="pagenum"><a name="Page_104" id="Page_104">[104]</a></span>ducción, -correspondientes á un período dado del -desenvolvimiento de sus fuerzas productivas».</p> - -<p>Aun no ha llegado el momento, ni llegará acaso -nunca por falta de documentación histórica -precisa, de explicar, por medio del determinismo -económico, los mitos, las religiones, las morales -como ha intentado hacerlo incauta y puerilmente -Lafargue. Mas ciertos hechos indiscutibles, -aducidos con grande copia de comentarios -por la escuela marxista, y la observación, constatada, -en general, de que las efervescencias y -revoluciones humanas obedecen, en el fondo, á -causas económicas visibles ú ocultas, legitiman -las pretensiones del materialismo histórico y -permiten interpretar, en conjunto, una gran -parte del pasado. Y si bien se considera, hasta -los más ayunos de doctrina, pueden comprender, -con un poco de buena voluntad, que siendo las -necesidades materiales las más hondas y urgentes, -debieron de inspirar en todo tiempo las -metafísicas, retóricas y reglas de conducta favorables -á su satisfacción; y que siendo el espíritu -así como la sombra del cuerpo ó de la necesidad, -las estructuras sociales se explican más acabadamente -por la economía de cada época que por sus -engañosos espejismos mentales.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_105" id="Page_105">[105]</a></span> -Antaño podían abrigarse dudas sobre la veracidad -de tal afirmación, que á muchos ingenios, -y no de los más romos, hubiera parecido -descabellada: hoy no cabe hacerlo. El trabajo -formidable y fatal de los fermentos económicos -se ha hecho visible en la edad moderna, cuya -morfología empezamos á conocer íntimamente, -sin que nublen los ojos veladuras idealistas ni -misterios divinos. La transformación completa -de las sociedades por la manufactura comercial, -la grande industria y el capitalismo, no dejan al -respecto ni asomos de dudas. Más que <i>espíritu</i> -precipitado parece el mundo condensación de -egoísmo. En el Manifiesto Comunista, y, sobre -todo, en las luengas páginas del Capital, admirables -de análisis y lógica, muestra, con muy concertadas -razones, el pontífice del socialismo -científico, cómo los nuevos modos de producción -y las fuerzas expansivas del comercio rompieron -las servidumbres, privilegios y relaciones patriarcales -del mundo feudal para dar origen al -reino de la finanza y la grande industria, y cómo -el agrupamiento de obreros en las usinas y talleres -para colaborar en el mismo producto, ó en -otras palabras, cómo la producción colectiva, -mina al presente los fundamentos de la<span class="pagenum"><a name="Page_106" id="Page_106">[106]</a></span> -<i>apropiación individual</i>, ó lo que es lo mismo, de la -sociedad capitalista; roe sus soportes político-jurídicos -y trata abiertamente de imponer los -códigos comunistas y la repartición colectiva que -corresponden á aquella producción. De modo -que, por la fuerza de las cosas, se efectuará, -según los arúspices socialistas, la muerte de la -sociedad burguesa, fundada sobre «la odiosa -explotación del hombre por el hombre», y el -advenimiento ansiado y glorioso de la sociedad -idílica, en la que «el libre desenvolvimiento de -cada uno, será la condición del libre desenvolvimiento -de todos.»</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_107" id="Page_107">[107]</a></span> - - - -<span class="smcap">Dulces</span> anuncios, capaces de tonificar la -desmayada esperanza en el edenismo terrestre, si -no los hiciera sospechosos el endiablado parentesco -con las amables sofisterías de Jean-Jacques -y la hueca y rimbombante fraseología jacobina! -Sin duda, hay mucho de verdadero en la -abstrusa tesis marxista; pero las conclusiones -y aplicaciones prácticas, como engendros del -espíritu de sistema, intención pueril de hacer -entrar las realidades en los angostos casilleros -de la abstracción, parécenme sobrado artificiales -y, á la postre, ingenuas. Se comprende, sin -grande esfuerzo, el papel principal y decisivo -de la lucha económica en la historia del mundo, -y que la sociedad comunista suplante á la sociedad -burguesa, como ésta misma suplantó á la -<span class="pagenum"><a name="Page_108" id="Page_108">[108]</a></span> -feudal en el gobierno de los hombres, cuando lo -pidieron las leyes de la producción. Lo que es -más difícil de digerir, á pesar de los jugos gástricos -de la dialéctica marxista, es cómo ha de -impedirse la formación de las clases sociales y -el antagonismo de ellas, aun en el caso de suprimir, -lo que es ardua empresa, la lucha económica, -causa presunta de los males que afligen -á la sociedad, pero al mismo tiempo causa cierta -también del proceso histórico de las sociedades. -Sin la lucha económica, se dice, y lo que es su -consecuencia, sin la lucha de clases, desaparecerían -los privilegios burgueses, las desigualdades -inicuas, la dominación de los pobres por los -ricos. Mas para lograrlo, hace falta la destrucción -de la propiedad—que es un robo, según -reza el resobado aserto de Prudhon,—del capital, -del comercio, de la libertad, y, en fin, de las -desigualdades naturales, porque si éstas subsistieran -en cualquier forma, las odiosas jerarquías -se establecerían nuevamente y con ellas -el predominio de unos hombres sobre otros. -Luego hace falta para la organización científica -de la humanidad, organización destinada á concluir -con la guerra de los hombres y la anarquía -capitalista, no sólo la igualdad civil, sino la -<span class="pagenum"><a name="Page_109" id="Page_109">[109]</a></span> -igualdad económica, sin la que, la primera y -aun la democracia misma, es un puro fantaseo, -y por añadidura la igualdad moral, intelectual, -todas las igualdades. Y como la lucha entre los -hombres existiría aún, mientras hubiera ambiciones -y egoísmos, habría que suprimir los -egoísmos y las ambiciones, ó lo que es igual, -habría que suprimir la vida misma. Es un punto -de contacto curioso entre los ascetas y los comunistas -de todos los tiempos. Cómo las cerezas, -que en tirando de unas vienen las otras detrás, -las enormidades traen las enormidades. Es lo -que acaece cada vez que la inteligencia, olvidando -que es la servidora del instinto vital, se -lanza á construir castillos de abstracciones, en -guerra abierta contra la física del alma y la -lógica infalible de las realidades.</p> - -<p>Muchas y muy serias objeciones cabe hacer -á la concepción marxista del dinero, de la mercancía, -del capital, y más aún, á las tendencias -fatalmente niveladoras y utópicas de la doctrina -que está en vísperas de desquiciar el mundo -burgués. Pero hay algo en que nadie ha parado -mientes y que se me antoja realmente imperdonable -en el sesudo Marx: es la incomprensión -del valor <i>divino</i> de la moneda, después de haber<span class="pagenum"><a name="Page_110" id="Page_110">[110]</a></span> -comprendido su valor fisiológico, digámoslo -así, en el desarrollo orgánico de las sociedades. -Y, sin embargo, á lo que se me alcanza, sólo -admitiendo que el Oro es el <i>substratum</i> social -de la voluntad de dominación y que como tal, -se crea la ética que le conviene, es que podría -aseverarse que la filosofía y las instituciones -son las superestructuras de la economía, como -lo afirman, sin empacho, Marx y Engels; sólo -reconociendo, con estoica resignación, que el -Oro es el signo de la diosa guerrera, creadora -y destructora de la sociedad, y por lo tanto el -acicate del deseo de poder, es que puede resultar -cierto, ya que todos los brotes del carácter -son obra de aquella, que la lucha de clases sea -la historia del mundo, como el planeta, la vida, -el hombre y el pensamiento mismo son el producto -maravilloso de una lucha sin tregua ni -fin.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_111" id="Page_111">[111]</a></span> - - - -<span class="smcap">De</span> modo, pues, que la Federación Europea -del sueño feérico y prosaico á una de Hipólito -Dufresne, no se realizará por otros medios que -los empleados hasta ahora por las clases triunfantes -para consolidar sus conquistas y establecer -su dominio; ni eliminará la vitanda lucha -entre los hombres, aunque suprimiera la lucha -económica; ni los libertará de esclavitudes fatales; -ni por el hecho de equilibrar los bolsillos, -nivelará los cerebros y las almas. La sociedad -futura, en donde el gobierno de las cosas reemplazará -al gobierno de las personas, gobierno -técnico y pedagógico, reino ecuánime y omnímodo -de la ciencia, que podría terminar como -el reino de la Razón, prepara ya en las sombras -los instrumentos de tortura y diseña las jerar<span class="pagenum"><a name="Page_112" id="Page_112">[112]</a></span>quías -del nuevo imperio. En el altar de la diosa -Igualdad, á los pies del ídolo populachero, empiezan -á depositarse, como costosas ofrendas, las -suspiradas libertades y los derechos sagrados -por los que ardorosamente combatió la humanidad, -tan presto ilusa como desengañada. El -nivelamiento común, hecho al rasero de lo más -inferior; la pobreza forzada y el trabajo obligatorio, -fundamentos fatales de la nueva organización -colectivista, sobre relajar, como la -ética cristiana, los resortes de la voluntad, -matando el interés y el egoísmo, y producir la -degeneración y envilecimiento de la criatura -humana, dividiría la sociedad en dos ejércitos: -uno de funcionarios, la nueva aristocracia, y -otro de trabajadores, el nuevo proletariado, sin -peculio, ni esperanza de obtenerlo ni libertad -de procurárselo. El Estado, con este ú otro nombre, -pensaría por todos, obraría por todos, acumularía -las magras riquezas que nadie tendría -interés verdadero en producir, porque «el hombre -puede amar á su semejante hasta morir, -pero no hasta trabajar para él», como asegura -el mismísimo Proudhon. Y aquellas riquezas -serían repartidas luego, según lo entendiera -una plaga de administradores, interesados, -<span class="pagenum"><a name="Page_113" id="Page_113">[113]</a></span> -como es natural, en quedarse con la mejor -parte. Los odiosos privilegios de las aristocracias, -le serían conferidos al Estado forzosamente; -á la omnipotencia de los mandarines, -seguiría la omnipotencia del <i>monstruo frio</i>, más -absoluta aún; y á la anarquía capitalista, otras -anarquías, otras pasiones invasoras, otras ambiciones -feudales, otros egoísmos acaparadores, -otros intereses egoístas, otras formas de la -Voluntad, en conclusión, la que suministrando -secretamente los materiales para todas las sociales -construcciones, y pasando al través de todas -las cribas de la lógica, seguirá trabajando, como -hasta aquí, la masa humana, por la guerra de -todos los instintos é intereses: el camino de -perfección más corto y cierto quizá, para llegar -prontamente á los movimientos ordenados -y la armonía que, en medio de una lucha colosal, -reina en la Naturaleza.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_114" id="Page_114">[114]</a></span> - - -<span class="smcap">El</span> esfuerzo trágico de la humanidad por -acordar las leyes del universo á los deseos ardientes -del corazón, no puede menos de terminar un -día por la obediencia y adaptación humildes -del corazón al universo. Mas ello será, á todas -luces, el franco y decisivo advenimiento de la -moral de la Fuerza. Falta saber quién obedecerá -mejor sus reglas inflexibles: si el darwinismo -social y el idealismo nietzsquiano, sacrificando -las generaciones presentes á las futuras, -las masas á los aristos, y los débiles y lacerosos -á los robustos y viriles para embellecer á la -humanidad y llegar al superhombre, ó el piadoso -humanitarismo, luchando bravamente -contra la crueldad de la Naturaleza y de los -hombres de rapiña, á fin de asegurar la vida -<span class="pagenum"><a name="Page_115" id="Page_115">[115]</a></span> -y el bienestar de todas las criaturas, sin excluir -á los tristes depositarios de la fealdad, vileza -y degeneración humanas.</p> - -<p>Ambas sendas son lóbregas, temerosas y llenas -de incertidumbres. Á cada paso surgen como -fantasmas, dudas torturantes. ¿En virtud de -qué ley, ya que el mundo, según todas las apariencias -no tiene ningún fin racional ni le es -dado á la razón imponérselo, puesto que ella -misma ignora adonde se dirige; en virtud de -qué ley, repito, el presente, la única realidad -sabrosa é indiscutible, será sacrificada á un -futuro brumoso y metafísico, al modo que -antaño los bienes terrenales á las promesas -celestes y las dichas quiméricas del otro mundo? -¿Es posible que el genio de la especie ó los mismos -mandatos de la diosa fiera, le impongan á -la humanidad aquel cruento deber? ¿Cabe esperar -una nueva concepción religiosa de la vida, -semejante á la gran ilusión cristiana, ó un ideal -neo-romántico que surja del descreimiento como -la pintada mariposa del gusano vil? Por otra -parte, ¿el triunfo probable de las utopías socialistas, -en pugna con la sapiente crueldad de la -Naturaleza, no será efímero y, en resumidas -cuentas, dañoso para el alma? ¿La relajación<span class="pagenum"><a name="Page_116" id="Page_116">[116]</a></span> -del egoísmo y los resortes del querer, fatales en un -organismo social que suprime el instinto de dominación -concentrado en el Oro y al propio tiempo -la lucha de clases, signos de salud y robustez, no -traerá aparejadas la decadencia, la podredumbre -y, á la postre, la explosión de otros egoísmos, -tanto más viles cuanto más hipócritas? -¿Cuando el globo sea harto pequeño para contener -holgadamente á la Federación Universal, -el hombre impulsado por las duras necesidades -de la existencia, no tornará á ser el enemigo y -el cazador del hombre? ¿Y reduciendo tanta duda -y zozobra á lo esencial: la razón frívola y voluble -puede reducir los apetitos y servirnos de -rodrigón, siendo ella misma la esclava del deseo, -la víctima de los sentidos y la proyección de la -necesidad, ó es más seguro ombráculo y guía -el egoísmo integral, lobo hambriento convertido -en pastor del rebaño?</p> - -<p>He ahí los arduos problemas en que se ejercitarán -en adelante la ciencia finita y la paciencia -inagotable de los sociólogos. Lo visible por -el momento, para todo aquel que no tenga telarañas -en los ojos, es la lucha de los egoísmos, -los cuales cambian de formas, pero no de esencia, -y la invariable é irresistible propensión de<span class="pagenum"><a name="Page_117" id="Page_117">[117]</a></span> -las clases á dominar. Siempre fué así, aunque -los hombres lo ignorasen á veces, pero hoy es -así con pleno conocimiento del hecho erigido en -ley. Poderosos y humildes glorifican la violencia -y pugnan por ejercerla, espiritualmente los -unos, positivamente los otros. Los héroes de -Carlyle, las bestias de presa hiperbóreas de -Nietzsche, los <i>eugénicos</i> de Lapouge, los dolicocéfalos -de los antropólogos, los idealistas -anárquicos al modo de Gourmont, los individualistas -de cada época celosos de su yo, y, en -fin, los ungidos de los dioses de todos los tiempos, -tenderán fatalmente á apoderarse del -mundo y hacer de la vida «quelque chose de -fou et de divin». Los pobres braquicéfalos, los -humildes <i>marchands de marrons</i>, los débiles -poseedores del triste <i>don de las lágrimas</i>, los -que nacen esclavos de sí mismos antes de serlo -de los otros y suman sus abulias para fabricarse -una voluntad, los que practican la moral del -caracol que esconde los cuernos para que no se -los rompan, y, en resumen, los hijos espirituales -de Rousseau y Marx, formarán la turbamulta, -sin freno religioso que la domine y ávida -con toda razón, de justicia social, calma, goces -y bienes materiales. Los unos defenderán con<span class="pagenum"><a name="Page_118" id="Page_118">[118]</a></span> -las uñas y los dientes sus conquistas económicas -y con ellas los privilegios del Poder y la -alta cultura; los otros pugnarán por destruir las -murallas de la construcción capitalista y asaltar -los castillos de puentes de oro guardados -por los monstruosos dragones de Mammon. -Al pie de aquellos se librarán las grandes batallas -del porvenir.</p> - -<p>El signo de los tiempos presentes, y lo que -puede servir al pensador de tela de juicio para -presagiar los partos del futuro, es que la dicha -y fortaleza buscadas por los hombres continua -y afiebradamente en las religiones, filosofías -y morales, á sabiendas ó no, impulsados ya por -el instinto materialote, pero seguro, ya por la -razón vaporosa, pero inconstante y falaz, las -esperan hoy del <i>jugo del planeta</i> como á la -riqueza llama un filósofo idealista. Inútil es -indignarse... literariamente, á la manera de los -fraseadores de oficio, grotescos alucinados cuyo -destino lamentable es el de vivir confundiendo -eternamente las vejigas con las linternas. Aquella -verdad salta á los ojos indiferente, inconmovible, -indestructible. Antes, pues, de prorrumpir -en anatemas, tan furibundos como vanos, -y adoptar indignadas y teatrales actitudes, será<span class="pagenum"><a name="Page_119" id="Page_119">[119]</a></span> -bien preguntarse si no existen poderosas, superiores -y aun metafísicas razones para que así -sea, y si, todo bien pesado y medido, no es más -saludable que sea así. Hase dicho que el anhelo -íntimo y la porfiada voluntad del corazón -humano, no es la ventura, sino la dominación, no -la paz, sino la guerra, y que ésta sola da vado -á los instintos invasores de aquél y le sirve á -una de hito y resorte propulsor. Aun pensadores -de legítima cepa rousoniana, reconocen contritos -la índole batalladora del excelso antropoide, -y loan la violencia como una excelente -é insuperable disciplina moral. Y el Oro es el -habitáculo misterioso de la voluntad de dominación -de los hombres y los pueblos. Como tal, -merece el respeto de las cosas sagradas. Esta -consideración les brinda, aun á los espíritus más -delicados y ansiosos de soluciones transcendentes, -la filosófica ocasión de purificarse de -añejos prejuicios y reparar una grande injusticia. -Y si á tal consideración se agrega el convencimiento -de que la lucha económica transporta -por artes mágicas al seno de las sociedades, -las condiciones ambientes del medio natural, -satisfaciendo con esa estupenda industria, los -instintos más <i>profundos</i> y <i>sanos</i> de la especie<span class="pagenum"><a name="Page_120" id="Page_120">[120]</a></span> -humana, acabarán de disiparse las últimas nieblas -del craso error, y hasta los peor dispuestos -comprenderán, sin asomos de dudas, por qué «la -riqueza es moral», como decía Emerson; por -qué «la riqueza es la ocupación de todos», -como asegura el puro Gladstone, y por qué «el -comercio gobierna al mundo», según afirma el -amillonado Carnegie.</p><hr class="chap" /> - - - - - -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak" id="segunda">SEGUNDA PARTE<br /> -METAFÍSICA DEL ORO</h2></div> - - - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_123" id="Page_123">[123]</a></span> - - - - -<span class="smcap">Un</span> «veneciano del estilo»—como Peladán -llama pintoresca y acertadamente á Saint -Victor, quien figura entre los contadísimos escritores -que tuvieran de la significación de la -Riqueza y la Finanza algunas exactas vislumbres—dice -con su verba briosa, gallarda y más -rica en valores subjetivos de lo que comúnmente -se cree: «Si la Economía política tuviera -sus poetas, éstos podrían cantar el largo y duro -martirio que ha sufrido el Dinero antes de llegar -á la dominación de la tierra.»</p> - -<p>Todas las instituciones é industrias humanas -pasaron por largos cautiverios y terribles pruebas, -antes de enseñorearse del mundo. Basta -observar las múltiples metamorfosis, penurias -y malandanzas del más humilde arte, comercio<span class="pagenum"><a name="Page_124" id="Page_124">[124]</a></span> -ó práctica añeja, para percatarse de las infinitas -depuraciones que sufren las cosas en los -hornos de la alquimia social, antes de merecer -la aprobación solemne de la Vida. Pero el martirologio -de la Riqueza, desde el pobre capital -inventivo del <i>homo Mousteriensis Hauveri</i>, hasta -el acumulado en su castillo de las «Mil y una -noches» por el mago de Menlo Park; las torturas -de la Finanza, desde los morosos cambios -de armas, especias, maderas olorosas y productos -raros de países remotos, hasta las vertiginosas -operaciones bursátiles actuales; desde las -sitibundas caravanas de camellos que ponían en -contacto, tal cual vez, á los pueblos comerciantes, -hasta las serpientes de metal y monstruos -marinos que ponen en circulación las mercancías -de las ciudades y aldeas, y por medio del tráfico -las une á todas entre sí más íntima y estrechamente -que pudieron hacerlo la sangre ó la religión, -no tiene igual. La historia de Mammon es -la más aventurera y dramática de la historia de -los dioses. Las maldiciones divinas y los anatemas -humanos, llovieron sobre él. Crueles flagelos -ensangrentaron sus robustos lomos de palestrista. -Sus devotos fueron en toda la redondez -de la tierra perseguidos, execrados ó expoliados<span class="pagenum"><a name="Page_125" id="Page_125">[125]</a></span> -siempre como representantes típicos del egoísmo -y enemigos natos de la fraternidad. Y en el -fondo, los sacerdotes y ascetas ocupados en la -gran falsificación idealista, no se equivocaban: -navegantes osados, astutos mercaderes, usureros -voraces poseían los secretos del lucro, de -la dominación y tendían, como los grandes capitanes -por medio de las armas ó los sofistas por -medio del discurso, á acaparar y oprimir. Los -peligros de los mares ignotos, los azares de las -rutas inciertas y temerosas, las luchas del comercio -les afinaba la inteligencia y el sentido de lo -real, robustecía los músculos en mil peliagudas -gimnasias y hacía de ellos concurrentes temibles, -y como tales, odiosos. Eran como los fermentos -del mal en la levadura del pan eucarístico; los -depositarios vulgares de la <i>fuerza interior</i>, que -según Ferrero, «obra continuamente en las -disposiciones intelectuales y morales de los hombres», -y los obliga en cada época á crear nuevas -riquezas é ideas, y á destruir los estrechos casilleros -de las viejas costumbres, en que no encajan -ya, ni sus apetitos ni sus ambiciones. Esa -fuerza interior misteriosa, que otros nombraron -antes, sin conocer su esencia ni explicarse su -papel, fluido divino, voluntad, instinto vital, lo<span class="pagenum"><a name="Page_126" id="Page_126">[126]</a></span> -inconsciente, formas y derivaciones, en suma, -más ó menos complejas y sutiles de lo que los -modernos mecanistas llamarían acaso la energía, -es la que se concentra en el Oro, aunque no -se den cata de ello Marx y Engels al hacer de -las luchas económicas el principio generador de -la historia...</p> - -<p>Con aquellos mercaderes, entraban y se hacían -cada vez más preponderantes en las colmenas -humanas, las substancias explosivas de las revoluciones -sociales: las ambiciones de gozo, lujo -y dominación, que Tito Livio, el viejo Horacio -y Séneca en Roma, como antes en Grecia -Theognis, Aristófanes y Platón tuvieron y condenaron -por corruptoras, puesto que destruían -los usos y sentimientos consagrados por innúmeras -generaciones; pero que el mundo moderno, -necesitado de actividades productoras y constante -transformación, se inclina á considerar, -en conjunto, como elementos generadores de -progreso, á causa, precisamente, de que despiertan -los apetitos dormidos, espolean las energías -y son venero de producción de riquezas y renovaciones -saludables, sin lo cual, es cosa sabida, -que las sociedades consumen sus ahorros y -declinan fatalmente.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_127" id="Page_127">[127]</a></span> - - - -<span class="smcap">Las</span> virtudes tradicionales de los pueblos -pobres y austeros, virtudes destinadas á flaquear -como la inocencia paradisiaca de nuestros -primeros padres al pie del Árbol del saber, -no habían terminado su cometido y tenían -algo que pergeñar aún, cuando los factores económicos -hicieron su irrupción bárbara y empezaron -á modelar á su antojo y abiertamente las -sociedades. En secreto lo habían hecho siempre, -porque siempre los hombres riñeron por un -trozo de <i>pescado crudo</i>, cocido ó en salsa. Pero -los antiguos no podían reconocer de buen talante -el advenimiento oficial de Pluto, del dios -revolucionario, que amenazaba destruir las -instituciones civiles y religiosas, y á la par de -ellas, los privilegios de las aristocracias secula<span class="pagenum"><a name="Page_128" id="Page_128">[128]</a></span>res. -Era «el vencedor, cubierto de sangre y que -arrastra en su cortejo triunfal, un rebaño de -vencidos y esclavos, encadenados á su carro de -guerra.» Llegaba produciendo mil cataclismos -y desquiciándolo todo: destruía las viejas jerarquías, -libertaba á los esclavos, ennoblecía á los -plebeyos, envilecía á los nobles y daba pábulo -á mil actividades desconocidas, á mil costumbres -nuevas y á una nueva mentalidad. No hay -sino considerar las reformas de Solón y Servius, -para darse cuenta de la magnitud de las revoluciones -sociales que siguieron á la aparición -del dinero como Majestad en Grecia é Italia, -cinco ó seis siglos antes de nuestra era. Aun -resuenan, repercutiendo de edad en edad, los -lamentos é invectivas de los poetas contra la -<i>confusión de razas</i> que traía consigo las bodas -de los nobles arruinados con las plebeyas adineradas. -Entonces, como en la magnífica corte -del Rey Sol, como ahora, hubiérase podido repetir -en ciertas ocasiones la graciosa y cínica frase -de madame de Grignan disculpando á su hijo -de haberse casado con la rica heredera de un -<i>fermier</i>: «las mejores tierras necesitan, de -tiempo en tiempo, un poco de abono». La -riqueza empezaba á conferir los rangos y las -<span class="pagenum"><a name="Page_129" id="Page_129">[129]</a></span> -dignidades en la sociedad y hasta en el ejército, -como antes la religión y la sangre. Un personaje -de Eurípides, á quien le preguntan de qué origen -es cierto sujeto, contesta: «Rico, son los -nobles de hoy». Y lo eran de fijo, los plutócratas -que sabían enriquecer las ciudades con el -comercio y defender las riquezas en los campos -de batalla; lo cual no fué parte á impedir que los -Polibios y Cicerones lamentasen acerbamente la -relajación de los lazos sociales, la perversión de -las costumbres, el lujo, la molicie, la gula, la -avaricia, y, más tarde, las sangrientas luchas, -terminadas á veces por terribles hecatombes y -degollinas, entre señores y esclavos, patricios -y plebeyos, ricos y pobres, en fin, con que se -inicia el reinado del dios que había de ser luego -tan amante de la paz. Séneca, moralista estoico, -no exento, sin embargo, de concupiscencia ni -codicia, clamaba airado: «Es el dinero que revoluciona -los <i>forums</i>, que precipita las turbas hacia -los tribunales, que arma á los hijos contra sus -mayores y fabrica los venenos; por él los reyes -roban, matan y, á fin de descubrirlo entre las -ruinas, destruyen ciudades que largos siglos de -esfuerzo levantaran».</p> - -<p>Resistiendo á su influjo, en apariencia funesto,<span class="pagenum"><a name="Page_130" id="Page_130">[130]</a></span> -aun sin traer á colación los horrores de la guerra, -pues que destruía las augustas construcciones -religioso-militares, los moralistas defendían el -patrimonio social, la civilización propia contra -las invasiones de los bárbaros que pretendían -imponer la suya. Por razones fáciles de comprender, -sólo percibían los miasmas deletéreos -que la riqueza produce al estancarse y que es -como el exceso del bien, semejante, en cierto -modo, á los excesos no menos malsanos de la -cultura, la moralidad ó del arte. La economía -política y la ciencia social estaban por nacer, -y la severa Clio en pañales no había descubierto -todavía los genios que presiden el misterioso -trabajo de las civilizaciones, ni las leyes que -rigen la producción y el cambio de las riquezas, -verdaderos sístoles y diástoles del corazón del -mundo. Á esto será bien agregar, que el hijo de -Jasión y la blonda Demeter, «engendrado en -una tierra tres veces labrada», no producía -entonces, como ahora, el desarrollo de tantas -actividades benéficas. Las hechuras de Pluto, -las ambiciones voraces, aparecían como contrarias -al orden social establecido y la tranquilidad -de las clases dirigentes; las voluntades -que, endurecidas y afiladas en el comercio y la<span class="pagenum"><a name="Page_131" id="Page_131">[131]</a></span> -industria, iban derechas á dominar, incomodaban -y constituían una amenaza, un peligro: no -eran fraternales, traían la discordia, la guerra -y contrariaban la obra pacificadora y enervante -de la civilización, quintaesenciada en los -preceptos galanos que, plácidamente, caminando -por prados floridos, caían de la boca de los -maestros y recogían, ávidos de amoroso saber, -efebos gráciles y desnudos.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_132" id="Page_132">[132]</a></span> - - - - -<span class="smcap">Considerándolo</span> atentamente, ocurre preguntarse -si quizá el odio á la Fuerza invencible y -su heredero el Oro, en que rematan las religiones, -filosofías y morales después de Platón, á quien -tan duras invectivas le merecieron las clases -adineradas, no es el síntoma típico, aunque inadvertido -para el poeta de «Zaratustra», de la -reacción de los débiles contra los fuertes, dictada -por la urgentísima necesidad, de que nos -da señales inequívocas la doctrina cristiana, -de atenuar la virulencia del egoísmo nativo y -corregir los abusos naturales, pero anti-sociales -de los poderosos, á fin de hacer posible la vida -común y la santidad de la existencia.</p> - -<p>El amor de la riqueza, la Riqueza en sí, es -la objetivación condensada y cabal del egoísmo,<span class="pagenum"><a name="Page_133" id="Page_133">[133]</a></span> -hostil al renunciamiento, á la generosidad inútil, -á los ideales humanitarios; hostil á lo que -no sea el interés genuino y vital de las criaturas. -Esto explica de sobra los males que causa -y su condenación por los santos varones, sobre -cuyas testas sin fiebres y que ignoran la razón -fisiológica de los fenómenos sociales, desciende -majestuosamente, como sobre Parsifal, la blanca -paloma del espíritu de Dios, cuando el <i>hombre -simple</i>, por un prodigio de la fe, hace resplandecer -de nuevo la sangre de Cristo en el vaso -sagrado del Graal. Pero el egoísmo, por otra -parte, es la fuerza, el nervio, el jugo de la voluntad; -es, en cierto modo, la <i>virtud humana</i>, lo -cual explica, no menos cumplidamente, su -triunfo en el mundo y rehabilitación por los -fervientes de la Vida y la moral del esfuerzo -triunfante y creador. Mas esto atañe á los sociólogos -de novísimo cuño, excitadores y organizadores -de los egoísmos desvirtuados por las dulzuras -de la civilización, no á los moralistas de -vieja cepa, de industria adormecedores, cuando -no destructores de aquellos egoísmos, como -cumplía, hasta cierto punto, en las épocas en -que el animal humano era demasiado bravío -y acometedor.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_134" id="Page_134">[134]</a></span> -La obra del cristianismo, como antes la del -budismo en la India, fué amansarlo, introduciendo -en el tumultuoso corazón de la bestia -el desinterés y la piedad. Y en efecto: la antipatía -hacia las voluntades sobrado dominadoras -se acerba, acrecienta y desborda como un -río que recibe copiosos é inauditos afluentes, -después que Jesús enseña el estrangulamiento -del deseo y el horror de los bienes terrenales. -«Vosotros no podéis amar al mismo tiempo á -Dios y á Mammon», dice en el «Sermón de -la Montaña», y tal repiten contritos, apóstoles, -frailes descalzos y doctores de la Iglesia en -la larga noche medioeval, noche de pesadillas -tenebrosas y macabras, de visiones terríficas, -fugaces luminosidades de fuegos fátuos y perennes -sombras, cuyo misterio aumentan el murmullo -de las plegarias y los gemidos dolientes -al pie del confesonario. Diríase que, llenando de -horrores y pavuras la existencia, iban á descepar -del alma el sentimiento de las realidades y -el apego de todo bien. Dios y Mammon no cabían -en el mismo plato. Uno era la negación, el otro -la afirmación del mundo que urgía destruir -como hechura del demonio.</p> - -<p><i>La mala conciencia</i>, como un murciélago fatí<span class="pagenum"><a name="Page_135" id="Page_135">[135]</a></span>dico, -revolotea en tomo de las almas. «Época -exquisita y dolorosa para los artistas», asegura -Huysmans, un fino conocedor de la voluptuosidad -del pecado y del cilicio. Se vive en una -pura y angustiosa zozobra, con los ojos vueltos -hacia las soledades del cielo, y las flacas y pálidas -manos se juntan unánimes en demanda -de perdón. El goce, el amor, la vida, y, particularmente, -el Oro, en el que se resumen todas las -concupiscencias, son engendros satánicos. Ansias -locas de purificarse y morir, agitan los pechos -hundidos por la devoción y las penitencias. -Y así, como esos lirios que brotan en las -sepulturas, nacen en las conciencias atormentadas, -el desdén de las realidades, el desprecio -de los bienes positivos y la economía celeste, -que sólo regula las relaciones místicas de las -criaturas con el Todopoderoso sin curarse de -nada más. ¿Para qué? Lo importante es la salvación -de las almas: el resto, es asunto de poca -monta. Las sociedades hambrientas se nutrirán -como los pájaros, «que no siembran ni recogen», -de lo que Dios les dé. El estado ideal será la -pereza noble, la mendicidad santa, la ausencia de -todo deseo egoístico y de todo apetito carnal, -bien que á veces, apurados por necesidades terre<span class="pagenum"><a name="Page_136" id="Page_136">[136]</a></span>nas -y fatalidades fisiológicas, papas ávidos y concupiscentes, -como los del siglo <span class="smcap">vi</span>; ambiciosos -patriarcas, como los de Alejandría, y caballeros -andantes, como los templarios, se dieran en -cuerpo y alma á la conquista de la riqueza y al -demonio de la dominación. Papado, guerras religiosas, -política eclesiástica y los concilios, que -se transforman en campos de batalla de los ardores -menos mansos y evangélicos, muestran la -flagrante contradicción de la metafísica cristiana -y las necesidades de la existencia. Sólo transando -y deformándose mútuamente, han podido -vivir codeándose durante el largo período que -empieza con la revolución mística del cristianismo -contra el materialismo pagano y concluye -impensadamente con la revolución materialista -de los proletarios contra todas las teodiceas, -éticas é ideologías. Ayer las miradas y -las aspiraciones, atravesando la pupila ojival, -iban al cielo como las góticas flechas de las catedrales; -hoy la humanidad, anemiada por los -ayunos y penitencias y deseosa de retemplar -su ánimo con la alegría de vivir, vuelve los apagados -ojos hacia la tierra fecunda que produce -las flores aromadas y el rubio trigo, ¡Dramático -contraste! Él explica lo que va del Dios ciego<span class="pagenum"><a name="Page_137" id="Page_137">[137]</a></span> -y ventrudo, satirizado por Aristófanes y Luciano -en sendos poemas, al magnífico Pluto de -Goethe, cuyo carro triunfal conduce la «Prodigalidad», -la Poesía; lo que va del bonete irrisorio -del judío, escarnecido y confinado en la -prisión del <i>Ghetto</i>, como una alimaña vil ó -sanguijuela chupadora de la sangre noble, á la -corona de oro macizo de los reyes yanquis, que -tiran millones al viento con el majestuoso ademán -del sembrador lanzando la simiente, y -hacen brotar ciudades y vergeles en los desiertos -áridos; lo que va de Shylok y Harpagón á -Morgan y Carnegie; lo que va, en fin, de la -sociedad de mendigos de San Juan Crisóstomo, -el amor de la Pobreza del serafín de Asís y la -vida penitente de los anacoretas y ermitaños al -determinismo económico, las doctrinas nietzequianas -y la religión de la Vida.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_138" id="Page_138">[138]</a></span> - - -<span class="smcap">Aunque</span> en realidad fuera el primer incentivo -del deseo, teóricamente el Oro es la cosa -maldita. Durante luengos siglos el desprecio de -los bienes terrenales, que apunta en las viejas -religiones, exceptuando las que florecieron con -los olivos de Grecia, informa los morales idealistas, -pasa al arte, á la literatura, á todo lo que -toca á la inteligencia y el alma, y se dirige francamente -contra lo más impuro y terrenal, por -ser, sin duda, la materialización de los deseos, -pasiones é instintos más intrinsecamente humanos. -Sí; teóricamente el dinero es la cosa maldita. -Especular, enriquecerse, son invenciones -de Mara, según los discípulos de Buda; invenciones -de Satán, para los cristianos: un pacto -con el demonio, para todas las criaturas humil<span class="pagenum"><a name="Page_139" id="Page_139">[139]</a></span>des -y temerosas de Dios. Como la Fuerza, es el -Oro el enemigo del Amor. «Saldrá de la obscura -tierra una cosa que pondrá á toda la especie -humana en peligro de muerte; que inspirará -infinitas traiciones, robos y perfidias, arrebatándole -la libertad á las ciudades y la vida á los -individuos. ¡Cuánto mejor no sería que volvieras -al infierno, oro, monstruoso elemento!» clama -el gran Leonardo con el ciego furor de un apóstol -de la pobreza, él, que en plena obscuridad, -tuvo tan luminosos atisbos y fué sabedor de -tantas cosas. Y como él, nadie barrunta las fuerzas -maravillosas que duermen en el corazón -del dios ciego como Eros, esperando la voz taumaturga -que le ordene producir los modernos -milagros. El desinterés de los filósofos y sacerdotes -de la falsificación idealista, corre parejas -con el inflamado ascetismo de los monjes que, -por pura penitencia y mortificación de la carne, -se emparedan, viviendo entre inmundicias de la -limosna pública, déjanse desecar los miembros -ó comer por los piojos, los gusanos y la mugre. -Vivir en el desprecio del mundo es el pináculo -de la sabiduría; desdeñar las riquezas y las -actividades renumeradoras, es vivir filosóficamente. -Hasta muy entrada la edad moderna, -<span class="pagenum"><a name="Page_140" id="Page_140">[140]</a></span> -el púlpito, la cátedra, el libro vomitan airados -las más rotundas invectivas contra la sed de -lucro y las ambiciones interesadas. El dinero -no pierde su olorcillo de azufre. Poetas parásitos -de los grandes señores; hidalgos orgullosos -y famélicos; los inútiles de todas las profesiones -y los incapaces del largo y paciente esfuerzo -que exigen los favores de la Riqueza, la insultan -y escarnecen llenos del secreto rencor de -los amantes desdeñados. Y la sempiterna incomprensión -de la engolletada y casquivana Literatura, -llega hasta nuestros días con la maldición -de Alberich, á pesar de tener delante las -maravillas realizadas por la virtud del Oro, -entre las que podrían contarse, aunque inacabadas, -la paz del mundo y la unión del género -humano.</p> - -<p>Los míseros vástagos de Bucaret, Harpagón -y Mercadet pululan en las piezas de teatro y -novelas contemporáneas, y, sobre todo, en la -producción literaria francesa, como correspondía, -por legítimo é indiscutible derecho, al pueblo -más idealista, razonante y amoroso de la -pluma caballeresca de Enrique IV y del penacho -fantasioso de Cyrano de Bergerac. «Las pequeñas -fortunas se hacen de vilezas, las grandes<span class="pagenum"><a name="Page_141" id="Page_141">[141]</a></span> -de infamias», decía en serio el admirable Becque. -Afirmaciones semejantes, y aun más subidas -de punto, son el pan cotidiano entre las gentes -de letras. Á creerlos, todo comercio sería -una maniobra obscura y vil; todo hombre de -negocios, un truhán vendedor de negros, como -el respetable personaje de «La Petite Noémi». -Es cosa admitida que, «on ne devient riche -sans se salir un peu», y que, como quiere Bloy, -«el Dinero es la sangre del Pobre». Huysmans, -otro monje iracundo, pretende que es -un elemento misterioso, cuyo poder sobre las -almas no puede explicarse sino atribuyéndole -una naturaleza diabólica. Y en esta católica -concepción se complacen, no sólo los poetas, -mas los filósofos como Finot, que compara los -halagos de la riqueza, que no satisfacen jamás, -á las caricias glaciales del diablo, cuyos besos, -según confesión de las embrujadas, hielan de -espanto.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_142" id="Page_142">[142]</a></span> - - -<span class="smcap">Los</span> adobes y afeites de la literatura, le prestan -empaque mefistofélico al rostro simple y -bonachón del comerciante, y hacen de éste, que -tiene más de Sancho que de Borgia, la antítesis -de las virtudes cristianas, la encarnación de los -apetitos groseros, el espíritu del mal. Sin embargo, -los viles mercaderes permanecen sujetos -aún á las reglas y cadenas morales de que alegremente -se libertaron ha tiempo los artistas. -Á muchos les sorprende, sin duda, que los reyes -de la Bolsa no traspasen ostias sagradas haciendo -cabalisticos signos, ni sacrifiquen tiernos infantes -los viernes santos, como sus congéneres los -perros judíos de antaño, perseguidos en todos -los países, robados, sacrificados por millares y -quemados en todas las hogueras, más que por -<span class="pagenum"><a name="Page_143" id="Page_143">[143]</a></span> -herejes, por conocer los secretos del lucro, su -gran hechicería.</p> - -<p>Los curiosos é infantiles personajes de «Les -Effrontés», «Les Corbeaux», «Les affaires -sont les affaires», y «L'argent» enseñan que -el patrón literario del financista no ha variado -desde Shakespeare, Molière, Le Sage y Balzac -á Augier, Becque, Fabre y Mirbeaux. Es un -ejemplo, digno de rugar las frentes pensativas, -de la extraordinaria ininteligencia de los retores -para comprender y aquilatar la fuerza y -hermosura del último símbolo. Bien es verdad -que el literato, fuera del mundo de la ficción, -es un hombre incomprensivo y estúpido. Diríase -que, á fuerza de vivir con el oído atento á las -misteriosas campanas de la Ys interior, hubiera -perdido la facultad de entender los himnos gozosos -de las realidades, que pasan como una teoría -de sonrientes vírgenes, cargadas de frutos -y coronadas de flores. Esta inferioridad, esta -ineptitud conmovedora, pica en grotesca cuando -se trata, no de filósofos ajenos á los vanos ruidos -del mundo ó de poetas embebecidos en sus -encantadas imaginaciones, sino de moralistas -de teatro, mundanos y escépticos; que comprenden -y disculpan las flaquezas humanas, sonríen<span class="pagenum"><a name="Page_144" id="Page_144">[144]</a></span> -benévolos á la voluptuosidad y al vicio y sólo -se vuelven intratables al juzgar los pecados austeros -de los adoradores de Pluto. Tal el amable -Capus, que cito precisamente, por no tener nada -de un severo moralista, ni ser un sistemático -detractor de los <i>vientres dorados</i>, como el obtuso -y pueril Fabre. Su comedia «Les Deux Hommes», -nos muestra para condenar á una y enaltecer -la otra, la oposición de dos morales: la -del delicado Delange, quien á causa de su temperamento -poco heroico, en verdad, gusto del -pasado y educación caballeresca, se siente vencido -antes de luchar, y espera noble y elegantemente -que los <i>apaches</i> vengan á arrancarle -los últimos <i>sous</i> que le quedan; y la del <i>arrivista</i> -Champlin, sujeto vulgar, envilecido, como no -podía menos de ser, según el prejuicio literario -por la sed de riquezas, lujo y goces materiales. -Y bien, hablando con franqueza y lealtad, -Delange, el noble Delange, el personaje simpático -de la pieza, pertenece á aquella dilatada -estirpe de idealistas imbéciles que otro idealista -de más enjundia y garra, Barrès, aconseja -enviar al matadero. Es precisamente lo que -hacen los hados cuando el sibarita decide, en -un viril arranque, bajar á la arena, lanzarse á<span class="pagenum"><a name="Page_145" id="Page_145">[145]</a></span> -la lucha, <i>envilecerse</i> en la Bolsa. Parece resuelto -á ser un hombre terrible. Sin tomarse otro trabajo -que el de seguir las indicaciones de un mal -consejero, interesado en arruinarlo, el buen -Delange hace una jugada infeliz y pierde, como -era lógico, obrando con tan poco seso, lo que le -resta de su menguado peculio. Y basta, ya ha -hecho todo lo que había que hacer para ablandar -la esquiva suerte; ya ha dado la medida de sus -fuerzas y toma una actitud resignada para -morir. Como se ve, la odisea de su energía no es -muy famosa. Champlin es harina de otro costal. -Se agita, sufre, lucha; quiere vivir, vencer, -gozar y, como el doctor Fausto, «ver á sus pies -la nave rota y hundida». Á pesar de todo, no es -tan bajo ni ruin como parece. La ganga de sus -sentimientos groseros, contiene las partículas -de oro de una ambición generosa y audaz. Corregido -de sus vicios, la humanidad podría esperar -algo de él. Su egoísmo puede ser fecundo. El -desinterés de Delange será siempre estéril. -Harta razón tiene Champlin cuando le dice al -que, entre paréntesis, pretende arrebatarle, no -la bolsa, sino la mujer lo cual, á lo que parece, -es más lícito y noble: «Con vuestras ideas no se -trabaja, no se obra, no se funda nada, no se crea<span class="pagenum"><a name="Page_146" id="Page_146">[146]</a></span> -nada; sólo se llega á ser un inútil y un egoísta». -Bien dicho. Sin embargo, después de esta inusitada -vislumbre, el autor rinde parias nuevamente -al prejuicio literario y al sentimentalismo -del público. La pieza termina así: «Champlin -será rico: ¡pobre muchacho!» Por donde se -colige que la riqueza es una especie de maldición.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_147" id="Page_147">[147]</a></span> - - - -Y el sentimiento es general. No recuerdo -haber leído novela de la índole de «Un homme -d'affaires» de Bourget ó de «L'Or» de Margueritte, -sin contar muchos tomos de la «Comedia -Humana»; ni visto pieza, como «La Question -d'argent», donde la filosofía del autor se traduzca -de otro modo que enalteciendo á los sentimentales -y condenando á los viriles<a name="FNanchor_1" id="FNanchor_1" href="#Footnote_1" class="fnanchor">[1]</a>. Porque -lo vituperable é innoble, como en el teatro -de Fabre, resulta que no es la ambición exclusiva -de lucro, la torpe avidez de los hombres de -negocios; mas la ambición en sí, la voluntad -dominadora, el espíritu de empresa, el amor de -la lucha y la aventura y lo contrario de las vir<span class="pagenum"><a name="Page_148" id="Page_148">[148]</a></span>tudes -elegantes, contemplativas, que merecen -los aplausos de las almas nobles.</p> - -<div class="footnote"> -<p><a name="Footnote_1" id="Footnote_1" href="#FNanchor_1"><span class="label">[1]</span></a> Estas páginas fueron escritas antes de aparecer «Le Trust» de -P. Adam.</p></div> - -<p>Aunque simple y pecador, paréceme que esta -suerte de propaganda, digna del poeta de las -Florecillas ó de los ascetas de la India, que aún -se acuestan sobre colchones de clavos y viven de -la pública caridad, es la que menos conviene -á un pueblo excesivamente galante, sentimental, -artista, pero nada sobrado hoy de energías -viriles. ¡Mas qué sería, sin tales arrestos de desinterés, -del amor de las actitudes estéticas y de -los bellos discursos que tanto amamos los latinos; -particularmente los más enfermos de ese -mal misterioso y baladí que se llama la literatura! -He ahí por qué el viejo prejuicio contra -las actividades interesadas y especialmente contra -el lucro, desvanecido en casi todas las clases -sociales, sigue arraigado y vivaz entre las -gentes de letras. Ya se sabe que ello es pura -retórica; tema susceptible de dar pie á elocuentes -volteos verbales; pero aun así, tanta ceguera -y obstinada persistencia en un error, comprensible -en la antigüedad, donde la riqueza era á -veces corruptora, pero sin disculpa en las civilizaciones -actuales, que han menester de los -alados pies de Hermes para no quedarse reza<span class="pagenum"><a name="Page_149" id="Page_149">[149]</a></span>gadas, -debe de obedecer á razones profundas, -aparte de indicar la poca aptitud de los irrealistas -para comprender el mundo moderno y traducir -la acerba inquina de los hombres de pluma -por los hombres de espada, de los <i>rêveurs</i> por -los <i>agisseurs</i>. Es una especie de odio sacerdotal. -Quizá retores y humanistas, representantes -típicos del espíritu clásico y de la disociación -ideológica, se sienten amenazados en sus privilegios -de clase pensante—como antes las aristocracias -históricas por las actividades económicas -que tendían á destruir el dominio secular -de aquéllas—y lamentan la agonía de un mundo -encantado que, como hechura propia, les era -tan dulce y favorable; quizá niegan las aptitudes -que no poseen y contra las cuales no pueden -luchar victoriosamente. En cualquier caso, la -condenación implícita ó categórica de la vida -moderna y las virtudes necesarias del momento, -tan nobles y útiles como lo fueron en el suyo las -encomiadas en la «Imitación de Cristo» ó los -libros de caballerías, implica en los que la formulan -de una ú otra manera, la incapacidad de -adaptarse al nuevo ambiente, y es como la dolorida -protesta de los que van á morir...</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_150" id="Page_150">[150]</a></span> - - - -Á pesar de la manifiesta hostilidad de los -representantes del intelecto, la Vida, disfrazada -con los mil antifaces del deseo y de la necesidad, -seguía incubando la formación de la Riqueza, y -ésta, á su turno, en secreto, pero tenazmente, -modelaba las almas con sus dedos de oro y reunía -en una lucha trágica, sin tregua ni término, -los inmensos materiales de las grandes civilizaciones. -La Riqueza, aunque por modos invisibles -á veces, fué y sigue siendo la musa del -mundo. El salvaje que descubre los primigenios -secretos del fuego y de la simiente, de la -industria y la agricultura, y el ingeniero que -aplica la química á la agricultura y la industria, -obedecen á la misma ley é idéntica inspiración. -Estas van más allá de los limitados horizontes de -<span class="pagenum"><a name="Page_151" id="Page_151">[151]</a></span> -la lucha por la existencia, del interés de los utilitarios -y del mismo placer de los epicúreos; -arrancan de la noble ambición de conquistar -el universo, á que obedecen por naturaleza y -secretamente los elementos, las flores, los hombres, -las sociedades. La cosa maldita, la cosa -vil: la Riqueza, es acumulación y conservación -de voluntad, como la ciencia es acumulación y -conservación de pensamiento. El poder diabólico -del dinero, aborrecible é inexplicable para -los moralistas, viene, sin duda, de que es el -signo de aquella voluntad preciosa. Por eso -delante de él, quieras que no, todo obedece, y -hasta los mismos dioses bajan la cerviz y doblan -las rodillas. Y por la misma causa seguramente, -cuando una clase social como la burguesía, se -hace, por instinto, la ejecutora del <i>deseo de poder</i> -impuro, pero fecundo, contenido en el Oro, -remueve y transforma, como por encanto, la -inteligencia, el corazón y el alma del hombre; -triplica sus facultades y alientos con el acicate -de todos los apetitos; rompe las cadenas feudales, -murallas de la China y diques religiosos -opuestos á la expansión soberbia de la fuerza -humana, y lanza millones de voluntades, antes -pasivas y estériles, al rudo y mortal combate... -<span class="pagenum"><a name="Page_152" id="Page_152">[152]</a></span> -que produce los bienes de la tierra y las magnificiencias -de la vida. Espoleada por su calenturiento -afán de posesión, que muchos llaman -torpe y funesto y que habría que llamar divino, -la burguesía, la clase más revolucionaria -y por lo mismo la más progresista, perfora ó -parte las montañas, que muestran sin dolor -la carne viva de sus filones de piedra; ahonda -y ensancha el cauce de los ríos; surca el planeta -de carreteras pulidas como la plata y venas de -hierro por las que corre la rica sangre del mundo, -y vivientes alambres, y <i>líquidos caminos</i> de -zafiro y esmeralda, llevando por doquier, junto -con las mercancías, la competencia y la lucha -económica, las ideas, los sentimientos y las -esperanzas de los países más remotos. Así se -fecundan mútuamente las almas de los pueblos -que no se conocen. Es la guerra, pero también -es la paz: la burguesía suprime las fronteras y -une á los hombres. Nada le resiste. En un periquete -destruye las antiguas formas de la producción -que, insegura y torpe, arrastra los pies -como una vieja centenaria, y á la par de ellas -destruye también las relaciones humanas por la -producción establecidas en gran parte. Y crea -los prodigios de la grande industria, los milagros -<span class="pagenum"><a name="Page_153" id="Page_153">[153]</a></span> -del maquinismo, el mercado universal, donde, -fuerza es confesarlo, todo se vende y todo se -compra, sin exceptuar las funciones más conspicuas -y venerables, pero donde todos saben -también á qué atenerse por conocer el precio de -las cosas, sin excluir el precio del desinterés... -Nadie pide cotufas en el golfo de los egoísmos -humanos, que es mejor admitir y conocer que -no disfrazar hipócritamente, pero ello no veda -canalizar estos últimos hacia el altruísmo,—que -es una forma superior de aquellos—y el -bien de las sociedades. Sin embargo, moralistas -y sociólogos hay que imputan á la burguesía, -entre otros horrendos crímenes, la falta de ideales -generosos y el haber reducido los lazos de la -familia y las relaciones de los hombres á puras -operaciones aritméticas. Falso. Ella ha tenido -el magnífico ideal de la abundancia de pechos -inagotables; el culto de la vida intensa, desbordante -de fuerza y hermosura; la moral de la -lucha, que fortifica y ennoblece. No ella, sino -la ciencia, la filosofía y la historia han hecho -ver la urdimbre de sentimientos interesados que -constituyen la trama de la vida. Lo que hizo la -burguesía, empujada por fuerzas fatales, fué -sustituir la franqueza á la hipocresía, desen<span class="pagenum"><a name="Page_154" id="Page_154">[154]</a></span>mascarar -los intereses, libertar los egoísmos, darles -libre escape ó juego á los instintos dominadores, -los más vitales y sanos en el fondo, para -domeñarlos, servirse de ellos sabiamente, como -los marinos se sirven de las corrientes y los vientos, -y convertirlos en colaboradores sumisos -del progreso universal. Gracias á la virtud -mágica de esos egoísmos é intereses, condenados -con palpable contradicción por los mismos -profetas del determinismo económico, desaparecen -de la tierra los desiertos hostiles y también -los páramos donde reina la Muerte blanca; -los atajos ariscos y temerosos, se convierten en -carreteras arboladas; las chozas humildes, en -palacios suntuosos; las aldeas miserables y -somnolientas, en ciudades inmensas como el -mar y bullentes como él. Comparándola á otras -edades que conocieron los espectros del Hambre, -de la Peste y del Terror, la era capitalista -transforma la miseria en riqueza, el dolor en -alegría, la esclavitud en libertad. Ella ha puesto -al alcance de los humildes una gran cantidad -de bienes y goces que antes les estaban vedados. -Sus mismas imperfecciones y vicios llevan -en sí los gérmenes de futuras reivindicaciones -sociales. Éstas se producirán á su tiempo y -<span class="pagenum"><a name="Page_155" id="Page_155">[155]</a></span> -quizá de un modo contrario á lo previsto por los -arúspices de la ciencia social: de un modo anti-racionalista -y anti-humanitario. La acumulación -capitalista produce ya, sin quererlo, la -asociación, la cooperación, la repartición de -capitales; la lucha de clases, tan maldecida, el -vigor de todas ellas y la liberación lenta, pero -segura de las explotadas. Pero la burguesía -hace más: su gran obra, su obra diabólica, su -misión divina, es la de convertir <i>precisamente</i> los -sentimientos vagos, los deseos pueriles y las -nostalgias enfermizas del idealismo en ambiciones -audaces, en voluntad concreta de dominio, -en afán de lucro, en fiebre dorada, que se comunica, -como el fuego griego é inflama al mundo, -engendrando más fuerzas y produciendo más -maravillas en sólo un siglo, que pudieron acumular -juntas las pasadas generaciones en los -siglos restantes.</p> - -<p>He ahí su <i>crimen radioso</i>, su vergüenza y su -gloria.</p> - -<p>Y todo ello, no por razones sociales, sino por -razones <i>metafísicas</i>: por haber escuchado los -eternos mandatos de la Divinidad en el alma -heroica del Oro.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_156" id="Page_156">[156]</a></span> - - - -<span class="smcap">Sin</span> caer en alambicadas sutilezas ni picar en -sofista, podría aseverarse que el tenebroso parentesco -de la fuerza y lo divino, existe también -entre el Oro y la Fuerza. Como ésta, de quien -es legítimo heredero, el Oro inspira el santo horror -y la fatal atracción del arcángel desterrado -del Paraíso, pero que ha hecho de la tierra su vasto -imperio. Las religiones lo maldicen como á Satán -trismegisto; los poetas lo execran como al símbolo -de la prosa vil; los irrealistas lo aborrecen -como á la encarnación perfecta del egoísmo, de -la impureza humana; pero las voluntades, servidas -á maravilla por un instinto inequívoco, -lo desean ardientemente, lo aman con pasión y -lo esperan en sueños, como la bella del Bosque -durmiente al Príncipe <i>Charmant</i>. Es el prome<span class="pagenum"><a name="Page_157" id="Page_157">[157]</a></span>tido. -Llega, las coge de la mano, dulce ó violento, -y las conduce por caminos de rosas ó -espinas, lo mismo da. Las bellas obedecen sumisas -los caprichos del príncipe terrible y delicioso, -y en sus brazos suspiran lánguidas y desfallecen -de amor. Él, consciente de su poder diabólico -sobre las almas, dicta leyes y éstas son acatadas -por los mismos que lo maldicen á sabiendas... -y lo adoran y obedecen sin saberlo. En su -altanería señoril, no oye los insultos de los -vasallos rebeldes: los somete ó anonada sin placer -ni dolor, y sigue su camino imperturbable, -sonriendo desdeñoso al bien y el mal que causa. -Y en esa sonrisa orgullosa y cruel, se reconoce -su origen olímpico, su esencia divina.</p> - -<p>Parece cosa de encantamiento que la humanidad -no haya sospechado nunca la excelsa genealogía -del Oro, ni reconocido en su virtud prodigiosa -de oponer hechos á la gárrula palabrería -de los retores, un signo infalible de la fuerza -inmortal. Las entidades metafísicas, huyen -medrosas de las realidades vivientes que él crea; -las falsificaciones del Espíritu, se desvanecen -como fantasmas al contacto de los hechos que, -por su fuerza vital, él impone. Él sólo es verídico; -él sólo sabe, quiere y puede. Y no es<span class="pagenum"><a name="Page_158" id="Page_158">[158]</a></span> -extraño: todas las potencias servidoras de la -voluntad de vivir residen en el Oro, ya que, por -vías caóticas, por misteriosos medios, por -extrañas condensaciones, la inteligencia, las -virtudes, los deseos, los egoísmos, las quintas -esencias de lo humano, han ido á reducirse y -extractarse en las duras y áureas entrañas de la -moneda.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_159" id="Page_159">[159]</a></span> - - - -<span class="smcap">Sociólogos</span> y economistas loan, sin esfuerzo, -la complejísima función social de la moneda ó -del billete, que son para la economía del mundo, -lo que la palabra para el pensamiento del hombre; -reconocen, de buen grado, los beneficios -de que las sociedades les son deudoras, entre los -cuales podría citar, entre otros mil, el haber -hecho evaluables y circulables comercialmente, -ó lo que es lo mismo, ligeras y asutiles como los -copos de nieve que empuja el viento, las cosas -más pesadas é inamovibles de la tierra: los -campos, los bosques, los filones de metal; algunos -van hasta admitir ciertas analogías no ortodoxas, -entre el punto de vista <i>matemático</i> y -<span class="pagenum"><a name="Page_160" id="Page_160">[160]</a></span> -el punto de vista <i>pecuniario</i>, entre la ciencia -que, para ser más comunicable se <i>matematiza</i>, -siguiendo su propia ley, y los bienes materiales -que, obedeciendo á los designios secretos de la -vida, se <i>monetizan</i> para hacerse más sociables. -«El imperio de las matemáticas», dice Tarde, -dejándose elevar por las alas leves y enormes -de los raptos de la imaginación, ajenos al fastidioso -raciocinio de los economistas, «se -extiende sin cesar, cada vez más lejos en el -mundo del pensamiento como la moneda en el -mundo de la acción». Otros, creen descubrir -misteriosas similitudes entre la evolución de -la fuerza y la evolución de la moneda, entre la -mecánica y la economía; pero sólo se trata de -parentesco material y epidérmico; nadie sospecha -el parentesco divino, digámoslo así, -por donde el Oro adquiere, sin embargo, su -poder, seducción y misteriosa virtud existente -y ordenadora. Porque el amor del Oro, como el -instinto de dominación con el cual se confunde á -menudo, es una forma sutil del egoísmo, de la -vitalidad, de la fuerza, que busca extenderse -indefinidamente, estableciendo por doquier su -imperio y jerarquías, es que se adueña de todo -lo humano y no se satisface jamás. Y la virtud -<span class="pagenum"><a name="Page_161" id="Page_161">[161]</a></span> -benéfica de aquel calumniado amor, estriba -¡quién lo dijera! en la facultad milagrosa de -mantener siempre ansioso el Deseo, satisfaciendo -á la par los apetitos que provoca en cada -etapa de la vida.</p><hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_162" id="Page_162">[162]</a></span> - - - -<span class="smcap">Desde</span> tales alturas, difícil es desconocer la -virtualidad suprema del Oro, ni su influencia -decisiva y suma en la historia de las sociedades. -Los que lo niegan, no lo conocen, no han penetrado -su alma: son los observadores superficiales -que sólo perciben las formas contingentes -y deleznables de las cosas, sin descubrir -jamás con <i>ojo profundo</i>, su esencia íntima y -eterna. El temor religioso y goce diabólico que -embargan la conciencia obscura del avaro ó del -miserable á la vista de la moneda, brillante -y fascinadora como la mirada de la serpiente, -se me antojan sentimientos más robustos, levantados -é hijos de una comprensión más <i>musical</i> -del símbolo, que el desdén artificioso y -<span class="pagenum"><a name="Page_163" id="Page_163">[163]</a></span> -obtuso del dinero, puesto de moda un día como -signo cierto de espiritualidad y nobleza de alma.</p> - -<p>Los torpes materialistas, los espíritus groseros -son, á mi entender, los que únicamente -aciertan á descubrir una fuerza impura en la que, -en realidad, es el <i>substratum</i> de la voluntad -humana. Contempladlo larga y religiosamente. -Ese diminuto redondel de rubio metal, que fué -en ciertos pueblos cuchillo ó cimitarra, como -la <i>zapeca</i> china, antes de perder la hoja mortífera -y convertirse en moneda—hermoso símbolo -de su excelsa alcurnia,—<i>es el habitáculo -misterioso de la voluntad de dominación de los -hombres y los pueblos</i>. Todas las virtualidades -de la raza, han ido á extractarse en su audaz -corazón. Actos heroicos y vilezas, castidad y -lujuria, penas y goces, realidad y poesía, desencanto -é ilusión: la vida social, en fin, está contenida -en el disco brillante y prodigioso, y por -medio de él se transmite de unas á otras generaciones, -como la vida fisiológica humana está -contenida en el licor precioso, que transmite de -unos á otros hombres la herencia de todas las -edades.</p> - -<p>¡Vida y Oro se reproducen y se heredan!</p> - -<p>Esta sugerente similitud permitiría afirmar<span class="pagenum"><a name="Page_164" id="Page_164">[164]</a></span> -al menos dotado de imaginación metafísica, -que la herencia económica es, bien considerada, -una especie de prolongación de la herencia fisiológica, -lo cual serviría para defender la Riqueza -de los ataques furibundos de la crítica marxista -y del anarquismo. Y, en efecto, no se comprende -bien, después de lo asentado más arriba, por -qué, si es legítimo heredar una neurosis ó una -dispepsia, hijas de la disipación paterna, no es -legítimo heredar una fortuna... producto de la -paterna previsión y economía... En cualquier -caso, el Dinero participa de la inmortalidad del -plasma germinativo: el deseo eterno y la imperecedera -esperanza se reproducen y heredan por -medio de él; y es al propio tiempo la cosa viva -y espiritual por excelencia, ya que añade á la -virtuosidad presente y sin fin, la virtualidad -extractada del pasado infinito. De ahí que represente, -antes de todo y por encima de todo, valor -moral. En medio del escepticismo regalado y -licencioso de las clases afinadas por la cultura, -y el grosero descreimiento de las masas, libertadas -de todos los frenos, él, como un dios único, -benigno y todo poderoso, mantiene firmes las -voluntades é impide la corrupción general. Lo -que no pueden hacer ya las religiones ni las<span class="pagenum"><a name="Page_165" id="Page_165">[165]</a></span> -morales con sus aventados preceptos y dogmas, -lo hace él, descubriendo á los ojos ávidos de las -muchedumbres, no fementidos paraísos, mas -los goces, los placeres, los bienes reales de la -vida. Es por conquistarlos en rudas batallas, -que el hombre se disciplina metódicamente, -doma sus ímpetus bárbaros, obedece á la ley, -exalta sus facultades, tiende sus nervios, piensa, -obra y sueña. El labrador, que lucha á brazo -partido con la fatalidad; el banquero, á quien -mil <i>combinaciones</i> impiden dormir en su lecho -de plumas; el inventor, que enloquece á fuerza -de pensar, y el millonario, que prefiere los cuidados -é incertidumbres de la especulación á la -renta tranquila y segura, dejarían de ser, dejarían -de obrar, dejarían de vivir, convirtiéndose -en corchos muertos y podridos sobre las ondas, -si Mammon no les pusiera en el alma una pimienta -fuerte, el grano de sal divina que enardece -la voluntad y da el gusto de la aventura -y la conquista. ¡El Dinero! Su acción estimulante -sobre las conciencias impide que el mundo -caiga en letargo mortal. De varios modos, con -mil alicientes y encantados espejismos, él crea -y premia las aptitudes que la vida moderna -reclama y sin las cuales perecerían las socie<span class="pagenum"><a name="Page_166" id="Page_166">[166]</a></span>dades. -Mirándolo, sin injustas prevenciones, él, -el corruptor, es una gimnasia para los músculos -y una disciplina moral. El gran pecado es no -amarlo con bastante ardor; pero si se ama ardientemente, -purifica y enseña á vencer. Esa es -la razón de que el nieto de Themis, la cual que -junto á Zeus vela por el orden del universo, tenga -más adoradores que todos los dioses juntos. En -las Bolsas, sus templos colosales, se enfervorizan -los ánimos abatidos y golpean el pecho los pecadores. -Fuerza, ayuda y consuelo se le piden al -dios resplandeciente como Apolo y taumaturgo -como Dionisos. Su lengua es universal; su religión -pasa por encima de fronteras, desiertos y -mares, estimulando por doquiera las energías -creadoras, los egoísmos acaparadores, las ambiciones -combativas, los deseos, las esperanzas y -también los intereses sórdidos, que por su misma -crudeza se convierten en altruísmo. Son las -virtudes que gozan de gran predicamento en la -corte del dios blondo, y ellas deciden del triunfo.</p> - -<p>Hasta los pensadores ofuscados por el prejuicio -espiritualista, lo confiesan: las fuerzas -productoras priman sobre todas las otras y -tienen influencia decisiva en los destinos de -los pueblos por ser, sin duda, las formas más<span class="pagenum"><a name="Page_167" id="Page_167">[167]</a></span> -universales del instinto de dominación, correlativo -de la vitalidad. Es un hecho contra el cual -se estrellan, como las olas contra el enhiesto -peñón, las airadas y espumosas declamaciones -del púlpito y la tribuna. No cabe dudar. La -superioridad de un pueblo se concretaba antaño -en el ejército; éste era algo así como el <i>substratum</i> -de las virtudes y excelencias nacionales: -hoy lo es la Riqueza. Sin ella ni universidades, -ni industrias, ni escuadras, ni fuerza, ni hermosura. -Sus altas y bajas determinan las mareas -sociales. Un descubrimiento industrial, un cambio -en la forma de la producción, la oscilación -de los mercados, tienen más hondas y dilatadas -repercusiones en el mundo, que las ideas ó sucesos, -al parecer, más culminantes y transcendentes. -Esto sin contar que la historia entera, sin -excluir la del pensamiento, puede considerarse, -en general, como el producto de la lucha de -clases, determinada por la evolución del factor -económico. Y como de ésta deriva todo en las -sociedades, como de la diosa del duro corazón -pende todo en el universo, no es mucho que el -Poder abandone los tronos y castillos y siente -sus reales en los despachos de los banqueros, en -las <i>usinas</i> y los mostradores. De esta suerte el -<span class="pagenum"><a name="Page_168" id="Page_168">[168]</a></span> -Oro se democratiza, porque liberta á los esclavos -que obtienen sus favores, y establece la -única igualdad positiva. Á la vez se ennoblece -y, por decirlo todo, la única aristocracia real es -la suya: las otras, son aristocracias convencionales, -que viven de prestado y á la sombra protectora -de la verdadera Majestad.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_169" id="Page_169">[169]</a></span> - - -<span class="smcap">Por</span> tantas y tan profundas razones, como -brinde á una el laurel y la corona de rosas, -franca ó hipócritamente, los pueblos se preparan -para la conquista del vellocino de oro, que ya -Jasón fué á buscar á la remota Cólquida y -Colón á la soñada Cipango. Las actividades, -aun las señoriles y desinteresadas, si se escudriña -un poco, verase que se dirigen á la riqueza -y por ella se aperciben y acicalan para la lucha. -Talento, belleza, valor son, si bien se mira, filones -auríferos explotables y que se explotan. Por -tal arte, el dinero viene á ser el principio activo -de la conducta, y las aptitudes más preciadas, -las que su culto viril desarrolla. Implícitamente -lo afirman educación é instrucción, cuando se -proponen sistemáticamente <i>armar hombres para -<span class="pagenum"><a name="Page_170" id="Page_170">[170]</a></span> -la vida</i>, para la lucha económica, en la cual, de -buen ó mal grado, toman parte todas las voluntades. -La Vida es actualmente la gran revolucionaria. -El respeto sagrado de ella, aprendido -en los laboratorios, pasa á la filosofía, con Nietzsche, -Guyau y Bergson; á las religiones, con el -pragmatismo; á la moral, con la vida intensa; -á la política, con el imperialismo económico, y -se traduce en las costumbres, con la moda y -privanza de los deportes atléticos y juegos olímpicos. -El arte mismo pierde la hierática impasibilidad -y deja repercutir en su lírico corazón -las pulsaciones rítmicas del corazón del mundo. -Los manifiestos literarios de las nuevas generaciones -de poetas, que pregonan en Francia la -vuelta al paganismo y las virtudes de Zaratustra, -ó glorifican en Italia el peligro, el hábito -de la energía, la temeridad no parece sino que -fueran una especie de Declaración altisonante -de los derechos estéticos de la Fuerza y la Vida. -«Todo lirismo es un arranque, luego una fuerza», -dicen unos; «no hay belleza sino en la -lucha, ni obra maestra sin un carácter agresivo» -claman otros. Y templando ardorosos las liras -de siete cuerdas, una para cada pecado capital, -le arrojan el guante á los astros y se aprestan á -<span class="pagenum"><a name="Page_171" id="Page_171">[171]</a></span> -cantar: la guerra, higiene del mundo, el gesto -destructor de los anarquistas, el salto peligroso, -el golpe de puño y el desprecio de la inmovilidad -pensativa, el moralismo y lo femenino.</p> - -<p>Y he aquí como el amor fatal de la lucha y de -fuerza, mantenido cuidadosamente por el Oro -en los corazones á hurto de la religión y la filosofía, -se legitima, se ennoblece, se hermosea y -transforma en religión universal.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_172" id="Page_172">[172]</a></span> - -<span class="smcap">Pero</span> Mammon, como todos los dioses, es -altivo y cruel: castiga ó destruye sin asomos -de piedad á las criaturas ó las cosas que se oponen -á los tenaces propósitos de su testa olímpica. -Como Zeus tiene en sus manos el rayo que -fulmina, y como Medusa la mirada que petrifica. -Sin embargo, es más generoso y menos terrible -que las otras divinidades. Junto al Poder -torvo y al Derecho sañudo, parece un apuesto -galán rendido á los pies de la Vida. Por lo general -obra lentamente, dejando tiempo á las voluntades -de fortificarse y seguirlo. Su procedimiento -es la lucha y la selección económicas que en la -sociedad han suplantado á la lucha y la selección -naturales. Más aún: aquella parece ser el -compendio y quinta esencia de las otras selec<span class="pagenum"><a name="Page_173" id="Page_173">[173]</a></span>ciones, -porque todo esfuerzo, toda conquista -y toda excelsitud, se convierten, de alguna -manera, en jugos vitales dentro del enorme -vientre de la producción.</p> - -<p>Las sociedades que aceptan diligentes las -condiciones impuestas por el nuevo ídolo, y -se adaptan sin cesar á las transformaciones -continuas del medio ambiente, provocadas por -el trabajo formidable del dinero, fortifican los -músculos en titánica gimnasia, prosperan, extienden -su dominio: son las sociedades venidas -al mundo á su hora, robustas y bien armadas -para la inevitable concurrencia universal; -las que no, decaen cualesquiera que sean los -méritos que sustenten, degeneran, y no tardan -en ser absorbidas ó esclavizadas: son las sociedades -débiles ó enfermas, en las cuales la voluntad -de dominación desaparece como la savia de -las ramas que empiezan á marchitarse.</p> - -<p>Las analogías de ambas selecciones dan testimonio -de su excelso y común origen. Del mismo -modo que la selección natural, la selección económica -es implacable para los que no saben ó -pueden luchar y vencer. La grande razón la -guía: es una fatalidad, une fuerza cruel, como -todas, desde el punto de vista humano, necesa<span class="pagenum"><a name="Page_174" id="Page_174">[174]</a></span>rio -y noble desde el punto de vista divino. Los -débiles, los ineptos, los enfermos, los inactuales, -son condenados, juntamente con su prole, -á la perpetua derrota ó á desaparecer sin legarle -al mundo los tristes vástagos de la miseria y del -dolor. Otros depositarios de la vida, marcados -en la frente con el <i>signo luminoso</i> y á los cuales -la selección económica presta invencibles armas, -ocupan los huecos dejados por los vencidos, por -los superfluos, y, en resumidas cuentas, la humanidad -avanza un paso, gana un punto en la -evolución progresiva á que la empuja rudamente -el instinto vital. De donde resulta que, -contra los viejos prejuicios de la moral espiritualista -y los códigos sentimentales, el Oro es -un purificador, un educador de las energías más -preciadas del hombre, un venero de virtudes -sociales, aunque, como esencia y jugo de la -fuerza y del deseo humanos, lleve en sí condensadas -todas las grandezas y todas las impurezas de -la vida.</p> - -<p>Los sabios lo ignoran, pero los pueblos lo -saben por instinto y obran como si de ello tuvieran -plena conciencia: en los talleres, universidades -y gimnasios se arman los hombres para -la conquista del Oro, no sólo porque él ofrece<span class="pagenum"><a name="Page_175" id="Page_175">[175]</a></span> -á los apetitos ávidos los goces reales y la posesión -efectiva de las bellas cosas de la tierra; no -sólo porque el Oro es la <i>posibilidad inmediata</i>, -al decir del escéptico France, mas principalmente -por razones ocultas: porque representa -valor humano, substancia anímica, la virtud -extractada de las generaciones que fueron y es, -en resumen, algo así como la semilla de la voluntad, -el germen misterioso que atesora en potencia -todos los actos del pensamiento y todas las -realizaciones del deseo.</p> - -<p>¡Qué mucho que lo sea todo y lo pueda todo, -que atraiga y domine!</p> - -<p>Lejos de ser una cosa muerta que pesa sobre -las almas, como quieren algunos, constituye, -al contrario, el estimulante más enérgico de la -conducta, y es de hecho, el querer latente y -realizable, la dominación: el elemento divino -de las sociedades como la fuerza es el elemento -divino del universo.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_176" id="Page_176">[176]</a></span> - - -<span class="smcap">Si</span> bien se mira y considera lo dicho, cualquier -quisque puede predecir que en las sociedades -productoras de los tiempos futuros, el Oro premiará -todas las excelencias y será, por entero, -lo que es hoy en parte tan sólo, al menos visiblemente: -la medida de la capacidad social. -¿Cómo oponer á sus virtudes reales, patentes, -eficaces, las virtudes decorativas ó histriónicas -del idealismo ó el amor de la mentira del arte? -¿Cómo oponer á la necesidad, que no discute, -sino que ejecuta, el capricho y la fantasía volubles -de nuestra pueril razón? Vano intento. -Aquí, en el terreno económico, aparece visible -el antagonismo brutal de las aptitudes desinteresadas -de los retores y los humanistas, y las -aptitudes prácticas de los sociólogos. Y fuerza -<span class="pagenum"><a name="Page_177" id="Page_177">[177]</a></span> -es confesar el creciente desprestigio de las primeras: -son bellas é inútiles como esas damas -criadas para regalo de los ojos, á quienes cuna -y educación prohiben como vil cosa el lucro, y -que prefieren prostituir su cuerpo en infame -comercio á estropearse las pulidas manos en -una tarea honesta y renumeradora.</p> - -<p>¿Es, por ventura, la muerte de lo espiritual y -de toda andante caballería? Á decir verdad, la -orientación materialista del pensamiento y el -predominio indiscutible de las naciones utilitarias, -inducen á sospecharlo. La espada de San -Luis y la lanza del buen Quijano, se mellan y -rompen contra los escudos de Pluto. Las naciones -que van haciendo del mundo su vasto patrimonio, -no son las más caballerescas, ni las más -cultas, ni las más religiosas, sino las más activas, -industriales y pujantes en el mercado mundial. -Lo certifican de modo irrefutable Inglaterra, -Alemania y los Estados Unidos, países que con -diferentes instituciones, distinto gobierno y cuasi -opuesta cultura, pero vigorizados á la par por la -misma enjundia económica, prosperan material é -intelectualmente, y extienden cada vez más sus -zonas de influencia política, lo que prueba, contra -el fetichismo de las universidades, que no -<span class="pagenum"><a name="Page_178" id="Page_178">[178]</a></span> -son las leyes, ni los mandatarios, ni tal ó cual -mentalidad lo que asegura el triunfo de unos -pueblos sobre otros, sino su capacidad productora, -su avidez, su egoísmo, su instinto de dominación -que se objetiva y hace carne en la lucha -comercial. Este convencimiento obscuro, nebuloso, -pero firme es lo que acaso produce en la -evolución de las ideas, las reacciones contra la -supremacía de la inteligencia sobre la voluntad, -y en la práctica de la vida, el retorno, que los -mismos gobiernos tratan de favorecer, de las -carreras liberales, almácigos de mandarines, -plumíferos y rectores sin don ni utilidad, al -comercio y la industria. La flamante novedad de -la pedagogía es la formación de voluntades audaces, -no de <i>idiotas sabios</i> ó melenas apolínicas. Y -las virtudes sociales que se premian, no son las -contemplativas ó románticas del noble, pero -caduco idealismo; tampoco la humildad, el -renunciamiento, el desinterés del ascetismo -cristiano, mas el contrario: la ambición insaciable, -la combatividad, el amor de los bienes -de la tierra, la facultad de arriesgarse, las virtudes -activas é interesadas, en conclusión, que la -lucha económica desarrolla fatalmente, destruyendo -á la vez el sentimentalismo, la sensi<span class="pagenum"><a name="Page_179" id="Page_179">[179]</a></span>blería -y todo lo que en el alma es artificial, -superfluo, desinteresado, inmoral... El mundo -parece en vísperas de convencerse de que el -egoísmo sano, es más provechoso para la economía -social que el enfermizo desinterés. Aquel, -por su propia fuerza expansiva, suele convertirse -en altruísmo; éste, cuando no tiene tal origen, -es un sentimiento ambiguo, inútil para el que lo -experimenta y, á la postre, perjudicial para los -otros. Mientras que «en el pomo de un sable ó -en una moneda de cinco francos hay inteligencia -siempre», podría decirse que en el desinterés -no hay nada, ó sólo hay vanidad, cuando no -mentira. Tengo observado que en la práctica el -desdén aristocrático del lucro, destruye el sentimiento -de las realidades y lleva á la insinceridad. -La aptitud económica al contrario, y esa -es quizá, en gran parte, la causa oculta del buen -sentido, la viril franqueza y robustez de algunos -pueblos, y del irrealismo, la frivolidad y flaqueza -de otros. Mammon es verídico. Como la diosa de -voluntad diamantina, no comulga con las patrañas -ni las falsificaciones espirituales, ni se deja -seducir por carantoñas ni embelecos femeninos. -Cuando tercia en el juego de la vida social, -acaba la comedia, concluye la farsa, caen los -<span class="pagenum"><a name="Page_180" id="Page_180">[180]</a></span> -antifaces y cada cosa vuelve á su ser y adquiere -su fisonomía propia. Un político inglés, que -tenía mucho del señorío de Byron, algo del paradojal -Oscar Wilde y no poco de Disraeli, me -decía en cierta ocasión mientras nos alejábamos -del Louvre, que él visitaba religiosamente -en todos sus viajes á París: «Yo amo por igual -el arte y la vida... pero no los confundo. Cuando -visito un museo, me pongo mi monóculo de elegante; -al salir, dejo caer el monóculo como un -telón entre dos mundos y me coloco en su lugar -una moneda de veinte dolars. Al través de ninguna -lente se ve mejor que al través del vil -metal, la verdadera naturaleza de las cosas.» Y -al hablar así, bajo las antipáticas apariencias -de un materialismo torpe y grosero, expresaba -acaso una verdad profunda y sutil.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_181" id="Page_181">[181]</a></span> - - -<span class="smcap">En</span> el desinterés sólo hay vanidad cuando no -superchería. «Los judíos no me han burlado -jamás en mis negocios: los sentimentales siempre» -solía decir también mi famoso Lord. Por -mi parte, prefiero con mucho, en determinadas -circunstancias, á los hombres y pueblos francamente -egoístas y utilitarios: hablan un lenguaje -claro y preciso; uno se entiende á maravilla; -las palabras tienen un valor real, no engañan, -ni disfrazan las intenciones como las rosas el -puñal de Caserio. Además, por caóticas razones, -no sometidas aún al bisturí de los psicólogos, -tales hombres y pueblos son prácticamente, aunque -parezca contradictorio, los más idealistas -y capaces de acciones generosas. Es el lujo de la -fuerza, que lleva al deber, al olvido de sí mismo -<span class="pagenum"><a name="Page_182" id="Page_182">[182]</a></span> -y al sacrificio por los otros, como quería Guyau. -No hay sino comparar para convencerse, la -filantropía principesca y las funciones cuasi -oficiales de los potentados yanquis, con la caridad -parsimoniosa y las actividades pacatas y -egoístas de sus congéneres del nuevo y del viejo -continente, ó mejor aún, la obra y el carácter -de las dos Américas. La inspiración protestante, -el utilitarismo ardiente y austero de los puritanos -de la «May Flower», supo imponer en los -negocios públicos á los colonos de la América -anglo-sajona, las soluciones pacíficas, convenientes -al trabajo, y evitó, de ese impensado modo, -la guerra civil, el caciquismo, la superstición -gubernamental y la <i>política alimenticia</i>, miserias -y lacras que con su orgullo hidalgo, desdeñoso -de las actividades útiles, llevaron á la -América española los vasallos de Carlos V, -disertos y casuístas. Y el tal utilitarismo, andando -el tiempo, había de permitir las más -bellas floraciones de la inteligencia y la energía -como cumplido remate de la abundancia y coronamiento -de una civilización propia, castiza, -elaborada con los instintos más egoístas y, por -consiguiente, los más vitales de las agrupaciones -humanas. Por el contrario, el fetichismo -<span class="pagenum"><a name="Page_183" id="Page_183">[183]</a></span> -político, la idolatría de las leyes, los idealismos -prestados y nebulosos no podían menos de traerle -á las repúblicas de cepa española, como reacciones -del egoísmo irreducible, las luchas armadas -por el Poder, la palabrería gárrula de los -practicones de la cosa pública y el sanchopancismo -de una vida sin nervio ni hermosura ni -grandeza. El resultado es la inmensa superioridad, -no sólo económica, sino moral é intelectual -de los yanquis, asombro del mundo por su genio -mercantil, inteligencia política y valeroso idealismo. -Esos rudos <i>pioners</i> son los pastores poetas -que, sin miedo, «conducen por entre riscales -y abismos el rebaño radioso de las quimeras». -Si, á pesar de nuestras pretensiones de -caballeros andantes del ideal, las tierras de los -soberbiosos virreyes y finchados hidalgos españoles -no han producido hombres universales -como Washington y Franklin; filósofos como -Emerson y James; moralistas tan esforzados ni -de alma tan blanca como el Apóstol negro; poetas -como Poë y Whitman; artistas, hombres de -ciencia, archimillonarios capaces de los magníficos -arrestos filantrópicos de Morgan y Carnegie, -ni esos reyes de la Finanza que, desde sus -torres feudales de veinte pisos, extienden su -<span class="pagenum"><a name="Page_184" id="Page_184">[184]</a></span> -influencia á todos los ámbitos del mundo. Son -los Anteos de la fábula, vigorizados al contacto -de la tierra madre; las criaturas que, guiadas -por un instinto vital, robusto y seguro, aciertan -á vivir en perfecta é íntima comunión con ella. -Natura les ha revelado su voluntad secreta de -esfuerzo y lucha, de egoísmo y rapacidad. ¡Y desdichados -los hijos para quienes la Madre permanece -muda! Á pesar de los idealismos ornamentales -y los perifollos de la retórica, caen en -la corrupción, se envilecen en la pobreza, pasan -hambres sin fin y mueren como el hidalgo manchego, -confesando su generosa locura de justicia -y razón humanas.</p> - -<p>Es digno de meditarse, como ejercicio espiritual -al salir de los templos y los museos, lo que -la incapacidad económica, que trae á la grupa -todas las otras, ha hecho de aquella nación que -fué un día señora del orbe, y es aún hoy emporio -de energías y virtudes, por desdicha inutilizables. -Cumplió arduas y gloriosas empresas -cuando se dejó guiar por sus instintos y apetitos -de conquista y posesión. Extender sus dominios -por medio de la espada, era la función fisiológica -propia de un pueblo guerrero y fanático -en un mundo religioso-militar. Pero los alientos<span class="pagenum"><a name="Page_185" id="Page_185">[185]</a></span> -de los soldados y aventureros de Carlos V, no -inflamaron los pechos de los mercaderes de la -Lonja, tímidos, perezosos é incapaces, como -escorias que eran de la sociedad. La evolución -de los intereses primero, y después el reinado -de la Finanza, pedían los grandes capitanes del -comercio y la industria. Los conquistadores -tenían las rodillas sobrado duras para doblarlas -ante la nueva Realeza. El vampiro del orgullo, -el fanatismo religioso y la caballería les chupó -la sangre y los tuétanos, y hoy sus descendientes -no tienen fuerzas para empuñar la lanza, ni -emprender nuevas aventuras, ni defenderse, -siquiera, contra los mercaderes que los apalean -y despojan en los caminos reales y aun en la -propia casa.</p> - -<p>Y como España, á pesar de sus relevantes -méritos, excelencias y glorias, dan síntomas de -lasitud, caducidad y parecen ininteligentes é -inactuales, Portugal, Italia y la misma radiosa -Francia.</p> - -<p>Acaso se han adormecido escuchando el canto -del ruiseñor.</p><hr class="chap" /> - - - - -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak" id="tercera">TERCERA PARTE<br /> -LA FLOR LATINA</h2></div> - - - - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_189" id="Page_189">[189]</a></span> - - - -<span class="smcap">Para</span> los sibaritas del pensamiento y de la -emoción, no existe en toda la redondez de la -tierra ningún espectáculo tan elocuente; ninguna -<i>estación</i> de <i>psicoterapia</i> tan propicia á las -meditaciones filosóficas ó mundanas; ningún -jardín espiritual tan curioso ni soberbio como la -gran capital latina, lecho muelle y suntuoso -donde la antigua sabiduría, después de haber -amamantado al mundo en sus opimos pechos y -robustecido tantos ideales de pálida tez, agoniza -entre pompas y esplendores, conservando -orgullosamente la belleza del gesto. El brillante -y amable espíritu de la Hélade y del Lacio, -muere entre encajes y sederías como un -viejo marqués Pompadour exquisito y crapuloso, -cruel y sensual.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_190" id="Page_190">[190]</a></span> -Por muchos conceptos la flor de la dulce -Francia, la Ciudad Luz, París es el símbolo y -el término de la civilización greco-latina; el -óptimo fruto de la cultura espiritualista, ornamento -de los pueblos, caballerescos, refinados, -sentimentales, galantes. Su vida integral, multiforme -y complejísima, es así como el extracto -ó substancia psíquica de aquella concepción platónica -del universo, que ya en los albores, llevaba -en las entrañas los gérmenes fecundos del -amor de la razón y la belleza, y sus forzosos derivados: -las elegancias intelectuales y los refinamientos -de la sensibilidad. La metrópoli de -las perspectivas armoniosas, delata, aun á los -ojos menos expertos y hasta en los más ínfimos -detalles, la elegante preocupación del sibaritismo -mental. No sólo es voluptuoso el corazón -sino también el cerebro. De los <i>boulevards</i> -magníficos, hirvientes y sonoros de afiebrada -muchedumbre, y de las calles modestas en que -los anticuarios exponen sus costosas baratijas; -de los inmensos museos, verdaderos panteones -de las civilizaciones fenecidas, y de las iglesias -viejas y milagreras como reliquias de edades -santas; de las mil exposiciones de arte, que avivan -el deseo de la riqueza y los gustos costosos,<span class="pagenum"><a name="Page_191" id="Page_191">[191]</a></span> -y de los bosques encantados, que repiten gozosamente -las escenas de Watteau; de las canciones, -de los teatros, de las fiestas, como de los -gestos rítmicos de las damas arrebujadas en -cebellinas de cien mil francos, ó del tocado simple -y encantador de las modistillas, que muestran -al atravesar el arroyo las piernas más -picantes é <i>inteligentes</i> del mundo; de todo transciende, -al modo que el incienso del vaso sagrado, -el culto de la forma, el sentimiento de las proporciones, -el placer de pensar, la pasión de vivir -voluptuosamente. Lo mismo en las salas del -Louvre, donde reinan Lancret, Fragonard y -Pater, que en los jardines de Le Nôtre, donde -susurran las fuentes de la Arcadia y cantan los -ruiseñores de Ronsard y Verlaine; que en los -grandes coliseos ó en los pequeños <i>cabarets</i>, se -aprende á sentir y amar la vida bella y risueña. -Los escaparates dan lecciones de buen gusto, -ni más ni menos que las perspectivas majestuosas -de los Campos Elíseos, ó las maravillas en -piedra labrada como los ébanos y los marfiles, -ó los parques deliciosos, poblados de amorcillos -traviesos y ninfas desnudas. Las mujeres -que pasan son como cuadros firmados por La -Gándara y Boldini. En un coche va el amor.<span class="pagenum"><a name="Page_192" id="Page_192">[192]</a></span> -El placer se respira. Mas, de vez en cuando, una -impresión fuerte, una mole gloriosa: el Arco del -Triunfo, la columna Vendome, dan el escalofrío -heroico de la Revolución ó de las águilas -imperiales, y hacen pensar que los galos -tomaron siempre á pechos el ser valientes y el -desdeñar la vida, y que desde muy antiguo -supieron «caer, sonreir y morir».</p> - -<p>Cuando Emerson dijo que «el mundo era -una precipitación del espíritu», pensaba, sin -duda, en el dulce país de Francia. Palacios -encantados de reyes galantes y favoritas pomposas; -cortes de las Margaritas de Navarra; -marquesas de Montespán y de Pompadour; -heroísmo de la Pucelle; risas rabelasianas; lágrimas -ardientes de Juan Jacobo; peregrinajes de -las Charmettes y de la Malmaison; valles rientes, -florestas embalsamadas, montañas de la -Saboya de flancos cubiertos de verdura y cuyas -calvas cimas coronan los oros del sol ó disimulan -las pelucas empolvadas de las nubes, ¡dulce -Francia! Ningún pueblo hizo lo que tú por -<i>accordar las inexorables leyes del universo á los -deseos caprichosos del corazón</i>. ¡Tu historia es la -más sentimental, noble, romántica y á una la -más femenina y heroica! ¡Amable Lutecia!<span class="pagenum"><a name="Page_193" id="Page_193">[193]</a></span> -¡Quién puede resistir á la sugestión de sus ideólogos, -al encanto de sus poetas, al prestigio y -magia de sus artistas! Las ideas francesas, aun -las frívolas, nos seducen por su coquetería y -travesura como esas <i>petites femmes blondes</i> vestidas -por Paquin. Son ideas apasionadas y cariciosas, -que amamos cuasi carnalmente y con -todas las debilidades de los corazones amorosos, -cual á las mujeres venidas al mundo bajo -el signo de Venus, nacidas para encantar, y que -continuan pareciéndonos buenas y deliciosas -hasta en sus ingratitudes y perfidias. De modo -que, cuando las peregrinaciones por el mundo -del pensamiento alejan á los Don Juanes del -saber de los <i>boudoirs rococós</i>, aun poseyendo á -la ansiada verdad en suntuosos lechos, se deplora -no haber permanecido fieles á las ideales damas -que han ejercido en la sociedad entera la misma -suave influencia que en Francia las preciosas -del Hotel de Rambouillet. Ellas se obstinan en -la amable compañía del arte, de la literatura -y del amor, y contra el imperialismo teórico y -práctico de todas las clases, en desarrollar como -antaño, casi exclusivamente, el espíritu y la -emotividad. De ahí un pueblo de razonadores -y artistas; de fraseadores y voluptuosos; de ahí<span class="pagenum"><a name="Page_194" id="Page_194">[194]</a></span> -el erotismo floreciente en la vida y las letras, y -las hemorragias de la palabra, que calman las -fiebres sentimentales de la humanidad y debilitan -las energías viriles de los franceses; de -ahí la sociabilidad francesa, porque la sociabilidad -«es cosa que nace de la mezcla dichosa -de la inteligencia y la sensibilidad». Y como en -sociedad lo primero es la mujer, ésta ha tenido, -y sigue teniendo, dominante influjo sobre las -ideas y costumbres, dulcificando las unas y las -otras y prestándoles á los dos un encanto -femenino, y como femenino, voluptuoso.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_195" id="Page_195">[195]</a></span> - - - - -<span class="smcap">No</span> ha menester vasta ciencia histórica ni -mayor penetración psicológica, para constatar -la importancia de los materiales femeninos introducidos -en la arquitectura del alma francesa, -desde Clotilde, la cristiana esposa del bárbaro -Clodoveo, y Eloísa, la apasionada amante del -bello y castrado Abelardo, hasta la falange de -las favoritas reales, las heroínas de la Revolución -y las condesas porta-liras, que reinan -actualmente en el Pindo francés y le comunican -á la juventud sus fiebres líricas y embriagueces -dionisiacas.</p> - -<p>La llama erótica de Eloísa, á cuyo sepulcro -han ido á recoger florecillas todas las generaciones -románticas, se comunica á los fornidos -pechos medioevales; los calienta, enternece y -prepara, en cierto modo, para recibir el pan<span class="pagenum"><a name="Page_196" id="Page_196">[196]</a></span> -eucarístico de las costumbres galantes y el espaldarazo -de la caballería. Las esclavas del rudo -señor salen del encierro de los almenados castillos, -incrustados en las rocosas cumbres, hoscos -y solitarios como los nidos de los buitres, y -empiezan á presidir, prodigando las gracias que -inflaman el coraje y encienden los apetitos, las -justas, los torneos, las cortes de amor. Los pajes -suspiran; los caballeros quiebran lanzas por los -ojos ensoñadores de las damas ó madrigalizan -á los pies de ellas, hincada la rodilla en cojines -de galoneado terciopelo. Los trovadores dicen -cosas tiernas y sutiles. Así se amansa la braveza -de los instintos, ablandan los caracteres duros -y rijosos y elaboran los sentimientos delicados -que luego pulen y refinan reinas amables, marquesas -amantes de las cosas del espíritu, favoritas -fastuosas, protectoras de las artes y las -letras y cortesanas que por ser muy conversables -y donosas, reunían en torno suyo como -Safo y Aspasia en la antigüedad, lo más granado -de la nobleza y la flor y nata de los ingenios.</p> - -<p>La sociabilidad francesa, con su carácter y -matices propios, es la obra casi exclusiva de la -mujer: su expresión más culminante y acabada -son los salones. Gracias á ellos la influencia<span class="pagenum"><a name="Page_197" id="Page_197">[197]</a></span> -femenina se ejerce, no sólo en las artes y las -costumbres, sino también en las ideas y hasta -en la política. Los Saint-Simón, los Michelet, -los Goncourt, los Du Blet nos dicen al respecto -cosas muy curiosas y amenas. En las minúsculas -cortes de la marquesa de Rambouillet y las -preciosas que recogieron la herencia de la famosa -<i>chambre bleue</i>, donde Corneille leyó el Poliuto -y pronunció Bossuet su primer sermón, se forma -el buen gusto y adquieren las bellas maneras, -elegancias sentimentales y gracias, en fin, que -transforman el trato en don de gentes, la conversación -en arte, la fría urbanidad en graciosa -<i>politesse</i> y el talento en <i>esprit</i>. Y <i>esprit</i>, <i>politesse</i>, -don de gentes y arte de la conversación, -llegan á hacerse cualidades genuinamente francesas, -acrisoladas bajo la égida de la mujer, y -que bien observadas podrían explicar, por la -sociabilidad y todo lo que ella entraña y de -ella se desprende, las virtudes y vicios, las flaquezas -y heroísmos, la vanidad y el amor del género -humano de la antigua Galia, nación de vanos -tumultos, como la llamó Cesar, y tan amante -de la sociedad y los bellos discursos, que á uno de -sus dioses se le representaba aprisionando á los -hombres con las cadenas que salían de su boca...</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_198" id="Page_198">[198]</a></span> - - -<span class="smcap">Pero</span> antes del invento del salón, las Margaritas -de Navarra, la <i>Mignonne</i> de Francisco I, -autora de innumerables poesías y del picante -«Heptamerón», y la adorable Margot, la esposa -repudiada del caballeresco Enrique IV, escribían -sus versos y sus prosas rodeados de amigos y -admiradores; sociedad amable y brillante, que -impone sin violencia el gusto y las modas á las -cortes de los reyes, y en la que figuran, para -realzar su prestigio, los espíritus selectos de la -época: poetas, artistas, filósofos que se agrupan -en torno de las reinas galantes, como luego -La Fontaine, Molière, La Rochefoucauld y -tantos otros en torno de la sin par Ninón. Y lo -que son para las letras, las artes y el amor—cosas -que anduvieron siempre juntas y en muy -<span class="pagenum"><a name="Page_199" id="Page_199">[199]</a></span> -buena armonía,—la divina Diana de Poitiers -en el Renacimiento, la demoniaca Montespán -en la corte de Luis XIV, la Pompadour en el -siglo <span class="smcap">xviii</span> y madame Tallien en el Directorio, -lo son para sus tertulianos y protegidos, las marquesas -de Rambouillet y de Sevigné, las Lenclos, -y más tarde las Warrens, las de Genlis, las -Staël y hasta la misma Theroigne de Méricourt, -la famosa patriota, cuya casa frecuentaban -los principales hombres de la Revolución, y á -quien una maquinación diabólica de sus rivales, -una azotaina en público á sayas levantadas, -cortó su heroica carrera y hundió para siempre -cubierta de oprobio, en las tinieblas de la locura.</p> - -<p>Los salones honran las artes y las letras, y -antes que las academias, depuran y afinan la -expresión por medio de la <i>causerie</i> y consagran -la gloria de los escritores. Dulcísimas señoras -ponen con sus blancas manos el laurel en la testa -de los vates y artistas; lanzan á los cuatro vientos -de la fama los nombres y los libros, y dan -pábulo y libre curso de mil maneras á la emotividad -romántica y las modas sentimentales -que, andando al tiempo, hacen estallar las revoluciones. -Sin la sensibilidad femenina preparada -prolijamente por las <i>preciosas</i> y la literatura,<span class="pagenum"><a name="Page_200" id="Page_200">[200]</a></span> -por las conversaciones amatorias y el hechizado -influjo de los Amadises, las Astreas y las Cartas -du Tendre, donde se aprende la geografía del -corazón y los bizantinismos galantes; sin las -blanduras emotivas de las novelas de Melle, -Escudery, ni las endechas, ni los madrigales, ni -la atmósfera sentimental creada por la casuística -amorosa y los discreteos filosóficos de los salones, -es muy difícil que la «Nueva Eloísa» y -el «Contrato Social», hubieran tenido tan hondas -repercusiones en el siglo <span class="smcap">xviii</span>. Pero este es un -siglo en el que reina la mujer en absoluto, y -con ella el sentimentalismo, el capricho y la -pasión; gérmenes de la sensiblería y el misticismo -social que habían de florecer lozanamente -en el alma femenina de Juan Jacobo, encontrar -luego su fórmula política en los principios -de la Revolución y la expresión poética en el -romanticismo y sus retoños.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_201" id="Page_201">[201]</a></span> - - -<span class="smcap">No</span> deja de ser una coincidencia curiosa, que -entre los amigos de la mismísima Pompadour, -en el propio Versailles, en el pequeño departamento -del Dr. Quesnay, médico de la favorita -y privado del Rey, se discutiesen los problemas -sociales y económicos menos ortodoxos y expusiesen -en violentas diatribas, las doctrinas más -amenazadoras para la religión y la realeza. ¡Ironía -de las cosas! Bajo el techo de la cortesana -real, pero al mismo tiempo de la amiga de Voltaire -y los filósofos, se oyen los primeros rumores -de la tormenta revolucionaria. Luego las -cabecitas empolvadas, los tiernos corazones que -Rousseau había <i>fondus et liquéfiés</i>, acogen incautas -en sus salones á la Revolución como habían -acogido á la Enciclopedia, según la exacta frase -<span class="pagenum"><a name="Page_202" id="Page_202">[202]</a></span> -de Goncourt. Minúsculas guillotinas, manejadas -por afilados dedos cubiertos de sortijas, cortan -en esfinge, antes que M. Samson, la cabeza de -Robespierre y Bailly, y entre risas de cristal -mojan los pañuelitos de batista en la roja y -olorosa sangre que brota del cuello de los monigotes -decapitados. Son las mismas frágiles, irreflexivas -y apasionadas muñecas que aprenden -en el «Emilio» y la «Nueva Eloísa» el amor -del pueblo y la bondad natural del hombre; -hacen bonitos <i>bijoux</i> con las piedras de la Bastilla -derrocada, y oyen y discuten las arengas que -han de pronunciar sus contertulianos en la Asamblea -nacional y en los clubs revolucionarios. Cada -salón es un ardiente foco de ideas subversivas. -Encumbradas burguesas y hasta linajudas damas, -siguen la vertiginosa corriente de la moda, sin -curarse poco ni mucho de las predicciones, hoy -tenidas por posteriores á los hechos—bien que -acaso no lo fueran en su espíritu al menos,—que -La Harpe ponía en boca de Cazotte sobre el -próximo reinado de la Filosofía y la Razón, al -fin de un banquete opíparo y jovial: el verdugo -para Condorcet, Chamfort, Bailly, Malesherbes -allí presentes; el verdugo, sin confesor, para la -duquesa de Gramont que reía, creyéndose por -<span class="pagenum"><a name="Page_203" id="Page_203">[203]</a></span> -su sexo al abrigo de aquel terrible vaticinio; el -verdugo para el rey de Francia... Las repulidas -damas de las cortesías Luis XV y de los lunares -postizos, sólo piensan en el retorno á la naturaleza -idílica, en la dicha universal, acaso en el -amor libre. Quien no recuerda el salón de Madame -Necker, donde discutían con la hija de la -casa, la autora de Corina, el abate Sieyes, Parny, -Condorcet; el salón de Mme. de Beauharnais, -autora de eróticos libros, y cuyos tertulianos ocupan -los venerables sillones en que antes soñaron -Jean Jacques, Mably y Buffon; el salón de -Mme. Helvetius, electrizado por la verba ardiente -de Chamfort y Cabanís. En tales cenáculos no -reinan ahora las amables musas que inspiraron -las gavotas y los minués, sino las furias de la -elocuencia revolucionaria, excitadas por el sentimentalismo -de las cabecitas locas. Ellas inflaman -aturdidamente el espíritu de la Revolución, -como más tarde, sin saberlo, tres <i>merveilleuses</i> -ligeras de cascos y de no mucha sal en la mollera, -le dan el golpe de gracia al decidir, en un -salón del Directorio, el envío de Bonaparte á -Italia, con lo que terminó la tiranía de la libertad -y cambió la faz del mundo.</p> - -<p>La frase de Michelet: «La mujer es la fata<span class="pagenum"><a name="Page_204" id="Page_204">[204]</a></span>lidad» -no es una mera frase en la apasionada -historia de Francia. Reinas, favoritas, grandes -señoras, vírgenes y cortesanas tuvieron, aun -haciendo caso omiso de la política de <i>oreiller</i> -y del prestigio social, pública y decisiva influencia -en tan graves convulsiones como la Reforma, -el Renacimiento, la Revolución, por no citar -sino los acontecimientos más universales; ó -inspiraron personalmente, como la imperialista -Pompadour, voluntad heroica en débil cuerpo -femenino, todo un arte y toda una política -internacional, aquella célebre política, fracasada -en la desdichadísima guerra que tanto amenguó -á la Francia, y que la divina marquesa seguía -ansiosamente en un mapa, marcando las posiciones -estratégicas con sus lunares postizos de -engomado tafetán.</p> - -<p>Con eso y con todo, la influencia honda y -durable de las <i>vírgenes sages</i> ó <i>folles</i>, no es la -visible, la que se ejerce en el areópago de la -plaza pública, mas la oculta é íntima; la que -afemina el sentimiento rudo de los hombres por -medio de las gracias de la conversación, dulzuras -de la amistad, hechizos amorosos é influjo -del arte, que ellas inspiran y que se dirige principalmente -á ellas. En achaques de belleza son -<span class="pagenum"><a name="Page_205" id="Page_205">[205]</a></span> -á la vez musas, Mecenas y público, el público -soñado por los artistas, porque el arte es cosa que -atañe á la emotividad, no á la inteligencia, y -ellas, por instinto, prefieren el sentir al pensar, -el ensueño á la acción, el arte á la vida. Las criaturas -débiles en los ásperos dominios de la realidad, -adquieren por sus mismas flaquezas naturales, -misteriosa gracia y extraño poder en el -reino del sentimiento y la ilusión. Su mundo -propio es el de la sensibilidad y la quimera, y -como los mil matices de la ternura, los deseos -vagos, las nostalgias sin nombre, los ardores -de los sentidos, todo lo que contribuye á desarrollar, -en último término, la facultad del <i>desgarramiento -interior</i>, es fuente de líricas efusiones -y velados erotismos, no es mucho que en -el pueblo sociable por excelencia sea ese extracto -de lo femenino que se llama la parisiense, la -eterna inspiradora de poesía y la maestra de -las sensibilidades artísticas y aun podría decir -masculinas, ya que á su contacto y por su virtud -unas y otras se pulen, quintaesencian y convierten -en prodigiosos receptáculos de emociones.</p> - -<p>Muchos géneros literarios, aparte de la poesía -lírica, el drama y la novela, que directa ó -<span class="pagenum"><a name="Page_206" id="Page_206">[206]</a></span> -indirectamente inspiró siempre la mujer, nacen -como las Memorias, Correspondencias, Diarios -y Confesiones de la dulce necesidad de darle -suelta á los sentimientos afectuosos y conversar -con elegancia, adquirida en el ambiente amable -de los salones. Por esto y por lo asentado arriba, -una buena parte de la literatura y, en general, -el temperamento artístico, vienen á ser así como -los grandes y maravillosos espejos en que la -mujer se mira y que reflejan la imagen de la -seducción. El poeta, su hermano y generalmente -su obra, es un á modo de intermediario entre -ella y el resto de la humanidad, que por él conoce -los secretos de alcoba de la mujer, y á la que él -inocula el virus de las debilidades y seducciones -de ésta. ¡Curiosa colaboración! Este consorcio -de lo femenino y del arte, induce á pensar obstinadamente -en las afinidades del artista y de la -mujer—ambos son criaturas débiles, apasionadas -y quiméricas, especie de andróginos que, por -partes iguales, participan de los mismos defectos -y las mismas excelsitudes de aquellas dos naturalezas -y condiciones,—y sugiere la sospecha -de que tal vez constituye una seria amenaza -para el porvenir de un pueblo, el que predominen -en él los elementos morales, de que Platón, -<span class="pagenum"><a name="Page_207" id="Page_207">[207]</a></span> -juzgándolos turbadores y debilitantes, quería -purgar enérgicamente á la república. Lo que -parece indudable es que la influencia femenina -y la influencia literaria se confunden, compenetran -y asocian para introducir sutilmente en la -formación del alma francesa, la literatura por -medio de lo femenino y lo femenino por medio de -la literatura. Eso explica muy cumplidamente -el triunfo manifiesto de la mujer y del arte en -la «Ciudad Luz», y este fenómeno curioso y -sin precedente en la historia: la supremacía de -la mujer en las bellas letras.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_208" id="Page_208">[208]</a></span> - - - -<span class="smcap">Tales</span> hechos, producto del connubio secular -de Apolo y Afrodita, parecen las floraciones estéticas -de una civilización dulce como las mieles, -suave y grata como la piel de los cebellinas. Son -las opulentas rosas y las turbadoras orquídeas -que sólo podían brotar en el jardín de Francia, -en una tierra preparada por las exquisiteces -sentimentales de muchas generaciones para -sentir, pensar armoniosamente y creer con fervor -en el culto del alma y la religión de la belleza.</p> - -<p>Desde abajo á arriba de la escala social, el -arte, la literatura y ese lujo de la inteligencia -que se llama el <i>esprit</i>, por medio de los mil espectáculos -públicos, diarios, revistas, conferencias, -<i>causeries</i>, exposiciones de toda índole y libros -de toda suerte, refinan á porfía las sensibilida<span class="pagenum"><a name="Page_209" id="Page_209">[209]</a></span>des -y desarrollan la facultad de comprender. -Los <i>clichés</i> literarios son de uso corriente en -todas las clases. Los términos escogidos han -pasado al patrimonio común del lenguaje vulgar. -Las modistillas pizpiretas y las pesadas -porteras hablan con las repulidas expresiones -y ademanes preciosos de las marquesas Luis XV, -y las marquesas escriben con tanto donaire y -travesura como madame de Sevigné. La estética -de los <i>boulevards</i>, las canciones tiernas ó libertinas, -las cortesanas que pasan, dejando tras -de sí como una estela de elegante sensualismo, -hacen en el pueblo lo que en la crema de la sociedad -la última comedia de Capus, la música dislocadora -de Pelleas y Melisanda ó los templos de -la <i>rue</i> de la <i>Paix</i>. No creo que en ninguna parte -ni en época ninguna, la facultad de sentir sin -esfuerzo, comprender en un abrir y cerrar los -ojos y expresar fácil y graciosamente hayan -llegado nunca á tan rara perfección. Chistes, -alusiones, sutilezas; matices de la ironía y del -sentimiento, nada escapa al público que en los -domingos populacheros ó en las <i>soirées</i> de gala, -invade los grandes ó pequeños teatros de París. -Antes que las palabras hayan concluído de salir -de la boca del actor ó del conferenciante, ya<span class="pagenum"><a name="Page_210" id="Page_210">[210]</a></span> -han sido cogidas al vuelo y á veces comentadas -con un chiste, una exclamación oportuna ó una -sonrisa graciosa y escéptica, mientras que los -ojos, siempre inquietos y burlones, descubren -los flirteos de los palcos y juzgan de los tocados, -moños y perendengues de toda la sala. Es un -público, sobre todo si abunda el bello sexo, erudito -y alerta, que conoce al dedillo los autores, -los géneros, las obras, clásicas y modernas, las -últimas novelas, «Las Flores del Mal» y las -«Fiestas Galantes»; y que habiendo macerado su -corazón en ese artificio literario y mezclado toda -esa literatura á la vida, se ha hecho extremadamente -comprensivo, vibrante y extrasensible -á las manifestaciones de lo bello.</p> - -<p>Mas como «la belleza es toda la mujer», la -emoción estética, después de pasar por los mil -filtros del cerebro y del alma, hacia la mujer -va callada ó ruidosamente, como el agua del -deshielo corre de las yermas alturas á los valles -floridos. El Arte y la Literatura la glorifican y -viven postrados á sus pies. El uno es su paje, la -otra su esclava.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_211" id="Page_211">[211]</a></span> - - -<span class="smcap">El</span> amor de la forma, puede decirse que remataba -entre los helenos en las líneas armoniosas -de la criatura humana, en el desnudo; el mismo -amor entre los parisienses se hace general y concreta -en las elegancias del tocado femenino. La -religión de la belleza se transforma en religión -de la mujer; sobre todo de la mujer elegante, de -la que pasa su vida en casa de los modistos, -joyeros y toda laya de <i>fournisseurs</i>; y duerme -con guantes ó careta para afinar el cutis, y se -amasa cruelmente, y martiriza el estómago y -el cuerpo, y gasta millones para componerse -una silueta propia, realzar su belleza por todos -los medios, y darle al mundo la peregrina sensación -de la elegancia, de una elegancia que es -como el perfume delicado de un viejo vino, la -<span class="pagenum"><a name="Page_212" id="Page_212">[212]</a></span> -flor encantada y efímera de una civilización -secular.</p> - -<p>Los sabios, los moralistas austeros no saben -apreciar tan grandes sacrificios ni las transcendencias -de la <i>toilette</i>. Son hombres eminentemente -cultivados, pero sin fineza ni distinción -moral. Llaman desdeñosamente vano y pueril -al arte que se sirve de todos los otros y pone á -contribución las más peregrinas aptitudes para -encantar; sentimiento del color, de la línea y -del matiz; gusto seguro de la alhaja y del moño; -ciencia acabada del trapo, del gesto y la actitud; -dominio perfecto de las elegancias estéticas que -constituyen el <i>chic</i>; imaginación y osadía en el -arte de <i>plaire</i>, y por medio de la armonía de los -colores y la cadencia del pliegue, plasmar la -voluptuosidad del cuerpo, la coquetería del espíritu -y las gracias del alma. Lo que parece pura -frivolidad, es asunto gravísimo: una religión -misteriosa, que obedece á muy hondas necesidades -éticas y que tiene sus templos, ritos, sacerdotes -y pitonisas. París es la Meca de esa religión -ligera y sutil. Las tiendas de los modistos, -joyeros, fabricantes y vendedores de artículos -femeninos, son las capillas ardientes del gusto -de Francia, y los pontífices: la muchedumbre de<span class="pagenum"><a name="Page_213" id="Page_213">[213]</a></span> -escritores, artistas, industriales y obreros que -trabajan en la realización de la belleza más perceptible -y necesaria acaso á la especie: aquella -que entra por los ojos y golpea las puertas de la -sensualidad.</p> - -<p>Es el mundo de la Gracia dentro del mundo -del Esfuerzo, y que explota y esclaviza á éste. -De los rincones apartados y huraños del globo, -de los bosques salvajes, de las entrañas del planeta, -del fondo de los mares, de las estepas heladas, -de las arenas candentes, de las cumbres -solitarias, de los talleres populosos como ciudades; -salen las piedras de irisados colores, las -pieles costosas, las perlas pálidas y dulces como -niñas anémicas, los corales, marfiles, las maderas -olorosas, las telas y sederías, y los encajes tan -primorosos, tan sutiles que diríanse hechos de -suspiros y de sueños; y todas esas preciosidades -de la naturaleza y la industria vienen á -depositarse á los pies de la parisiense, la cual con -un arte infinito é inagotable invención las combina -de mil maneras, las dispone sabiamente y -anima de una vida extraña y voluptuosa, como si -le comunicara á los materiales bellos, pero inertes -el calor vital y el erotismo de su cuerpo. Y esos -materiales, dóciles á la magia de las manos dimi<span class="pagenum"><a name="Page_214" id="Page_214">[214]</a></span>nutas, -operan el supremo milagro de hacer palpables -todos los aspectos de la hermosura femenina, -transfigurándola en una perpetua metamorfosis -que, al multiplicar los encantos y seducciones -de la mujer, dilata su imperio estético y eleva -la frívola coquetería á la dignidad de un sacerdocio.</p> - -<p>Ella lo sabe. Ella sabe que los elegantes tocados -y la atmósfera encantada de lujo y refinamiento, -son las investiduras y el ambiente -sagrado de su alto misterio de sacerdotisa de la -Belleza. No ignora tampoco que sólo la ciencia -del <i>chiffon</i> satisfará plenamente su ingénita -necesidad de hacer prisioneros y atarlos al carro -de guerra de su hermosura triunfante. Respetos -sociales y homenajes masculinos le vendrán -de la fama de elegante, porque ser elegante es -uno de los privilegios y títulos envidiables á -los ojos parisienses. La soberanía de la elegancia -no se discute. Y de la elegancia lo esperan todo -<i>les casques dorés</i>, ya que por medio de ella, como -los pintores por medio del color y de la línea, -provocan las sensaciones que les pide un público -de emotivos y sibaritas, y expresan elocuentemente -lo que son, lo que quieren, lo que pueden...</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_215" id="Page_215">[215]</a></span> -Las magnificencias de París forman el ornado -marco que mejor cuadra á la belleza viviente, -la más costosa y artificial. Hasta la luz suave, -como pasada por filtros de ámbar y ópalo, -parece que fué hecha para disminuir la crudeza -de los colores, la rigidez de las líneas y envolver -la silueta femenina en una penumbra misteriosa. -Millares de criaturas presas en talleres sombríos -y sórdidos tugurios, trabajan y aguzan el ingenio -para hermosearla y hacerla fina y eterea. Es -la obra nacional. Grandes y chicos contribuyen -á ella más ó menos directamente. Todo espectáculo -es un pretexto para el torneo de las Gracias. -Toda fiesta una ocasión de afirmar el -imperio de la Elegancia y del Gusto, y establecer -la reñida supremacía de Paquin, Doucet ó -Redfern: monarcas del figurín que se disputan -el cetro de Luis XIV y el globo de Carlomagno.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_216" id="Page_216">[216]</a></span> - - -<span class="smcap">Lo</span> fútil, el detalle nudo y vacuo al parecer, -pero lleno de psíquica jugosidad si se observa -con ojo experto, revela á veces lo que no descubren -hechos importantísimos, libros venerables -ni mamotretos de copiosa ciencia. Decía un -gran pintor que «el verdadero arte comienza -allí donde pequeños toques producen grandes -cambios». Acaece algo semejante en las cosas -de la vida y no es muy zahorí el observador de -ella á quien lo ínfimo no sugiere lo transcendente, -ni ve en lo frívolo el cristal, que dejar -suele en las costumbres, la ebullición y luego el -enfriamiento de las grandes causas. Es por este -orden de razones que no me parece desprovisto -de sal ni miga el espectáculo curioso, aun<span class="pagenum"><a name="Page_217" id="Page_217">[217]</a></span>que -nada ajeno al ambiente de los <i>meetings</i> sportivos, -que tuve la fortuna de presenciar en el -hipódromo de Trouville.</p> - -<p>Era una gozosa confusión, un mareante vaivén -de trajes vaporosos, sombreros como canastas -de flores y blanquísimos zapatos que corrían -como albos conejitos de la India sobre el -verde riente de las <i>pelouses</i>. La donosa y opuesta -muchedumbre giraba en torno de los resplandecientes -atletas del <i>turf</i>, bestias finas, artificiales -y como tallados primorosamente en maderas -duras, é invadía luego las casillas del Pari-Mutuel, -donde á cambio de algunos francos, -hasta á los humildes mortales les era dado sostener -un trágico cuerpo á cuerpo con el Destino -y gustar un minuto la vida intensa de los héroes -y los dioses... Pero de pronto se produjo un -tumulto extraño y luego una especie de remolino -de curiosidad que atraía á un punto del <i>padock</i> -al público disperso. Las gentes acuden presurosas, -las cabecitas de Helleu se apiñan, los labios -rojos como fresas murmuran un nombre y los -ojos agrandados por el <i>kohl</i>, se abren extáticos -como ante una aparición celestial. ¿Qué era? -Era madame Paquin, la Emperatriz de la Moda, -que aparecía por primera vez en público des<span class="pagenum"><a name="Page_218" id="Page_218">[218]</a></span>pués -de la muerte de su bello y perfumado -esposo. Vestía de medio luto, traje blanco adornado -de terciopelo, tricornio negro con triunfal -pluma blanca: el conjunto una maravilla -de lujo, exquisitez y refinamiento, subidos de -punto por las garrafales perlas de las orejas y -el collar de quinientos mil francos. Sonriente, -segura de sus impecables actitudes y prestigio -único sobre las imaginaciones femeninas; sabiendo -que todas sus esclavas le pedían algo -sumisamente, dejábase contemplar al desgaire -prodigando á uno y á otro lado principescas -sonrisas, mientras con la falda recogida en una -mano y en la otra la sombrilla, cuyo puño de -azabache conservaba con un gesto de virgen -púdica á la altura de la boca, avanzaba lenta y -rítmicamente, elevando las piernas á la manera -clásica de los <i>mannequins</i> para posar luego los -pies con mimo sobre la verde alfombra. Y cada -movimiento y cada nueva actitud eran como -una lección práctica de estilo y encantadora -fragilidad. Las duquesas, las archimillonarias -yanquis, las artistas célebres, las cortesanas de -alto coturno y, finalmente, los hombres se inclinaban -á su paso. Allí no habían méritos ni títulos -que no se eclipsaran, ni testas que no se<span class="pagenum"><a name="Page_219" id="Page_219">[219]</a></span> -abatieran ante la diosa taumaturga de la belleza -femenina. Ella imperaba sola.</p> - -<p>En medio del oro de la tarde, aquella escena -tomó de súbito á mis ojos la augusta significación -de un símbolo: el de la Francia depositando -sus ofrendas á los pies de la Voluptuosidad.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_220" id="Page_220">[220]</a></span> - - -<span class="smcap">Si</span> «la belleza es toda la mujer», ó como dice -Gourmont: «la belleza es una mujer y la mujer -es la belleza», pero como la mujer es el amor -éste es el término fatal del <i>estetismo</i> parisiense. -¡Qué mucho que el niño ciego impere como único -dios en la gran ciudad latina! Mas no se trata -del infante terrible que disparó sus flechas en -las ariscas lomas y mansos valles de la Hélada, -sino de un amorcillo muy civilizado y donoso -que lleva su carcaj repleto de romances, epigramas -y madrigales. Cómo habían de resistir los -líricos corazones al Tentador que se sirve para -encantar de los filtros y sortilegios del Arte y la -Poesía. No cabe sino que triunfe, y en realidad -triunfa soberano en la literatura y la vida. Una -<span class="pagenum"><a name="Page_221" id="Page_221">[221]</a></span> -comedia sin conflictos amorosos ni tocados elegantes -no dura en los carteles; las novelas sin -dramas pasionales ó picantes escenas de alcoba -no se leen; los versos sin erotismo no llegan al -alma; la música sin embriagueces ni escalofríos -voluptuosos no prende sus líricos garfios en los -oídos. De esta suerte el niño desenfadado dicta -las modas sentimentales. El teatro, el arte y los -libros son como academias de voluptuosidad -y escuelas de casuística amorosa en las que se -enseña á percibir doctamente los variados matices -de la sensualidad, desde el travieso <i>flirt</i>, -<i>les passionettes</i> y las dulzuras de la <i>amitié amoureuse</i>, -hasta los desatados impulsos del corazón -y los bizantinismos galantes. Como complemento -y remate de esta educación sentimental, -también se aprende de una manera no menos -docta ni prolija, la ciencia de la expresión <i>caline</i> -y el arte de la caricia <i>endormante</i>. Y este arte y -aquella ciencia constituyen, lo mismo que el -<i>chic</i>, uno de los monopolios de la fina sensibilidad -y linda imaginación de la parisiense, alada -imaginación que ha enriquecido la lengua con -una cantidad de desmayadas expresiones y dotado -la plástica de gestos y actitudes que son -como las grandes iniciales del breviario erótico.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_222" id="Page_222">[222]</a></span> -Así, pues, la cultura como la moda, parece -que no tuviera otro objetivo que embellecer -la voluptuosidad y endiosar el amor. En un -ambiente tan propicio á las emociones blandas -y regaladas y que por tan varias maneras favorece -la cristalización de las sensibilidades artistas, -cae de suyo que éstas predominan y que -los sentimientos austeros y viriles sean formas -secundarias de la emotividad francesa, esencialmente -literaria y erótica. No llegaré al extremo -de decir, como la indignada yanqui de -Huret que «un francés, es una función sexual», -pero si afirmaré, y aun sin empacho, que los otros -sentimientos, y particularmente el de la belleza -y los mismos apetitos materiales, degeneran en -apetencia de la mujer, se subordinan al amor -y son como preludios de la gran orquestación -amorosa. Es el negocio público, como la belleza -femenina es la industria nacional, y no podía -menos de ser así en el encantado jardín de la -tierra donde la sociabilidad de las gentes, la -agilidad del espíritu, la rapidez de los movimientos -del alma y la molicie del medio, hacen -que, hasta los más austeros, se coronen de rosas -y se apresten á gozar de la vida en común y -tiernamente. La eterna canción se oye lo mismo<span class="pagenum"><a name="Page_223" id="Page_223">[223]</a></span> -en las espaciosas avenidas del <i>Bois</i> que en los -salones; en los <i>musical-halls</i> donde impera el -desnudo, como en los teatros, hipódromos y -paseos elegantes donde el vestido, después de -haber realzado osadamente las curvas y protuberancias -tentadoras de la mujer, las suprime -para darle á ésta el encanto picante y equívoco -de los donceles afeminados.</p> - -<p>No vaya á creerse por lo dicho que la licencia -y el libertinaje echados en cara por los extranjeros -á los franceses, sin percatarse de que tales -manifestaciones de tolerancia moral son acaso -el producto del exceso de inteligencia y el reverso -de cualidades muy nobles y humanas, reviste -la forma grosera de las saturnales del Directorio -conducidas por Mme. Tallien y las <i>Merveilleuses</i>. -Es menos y es más, porque es como -la disipación de los hombres mundanos, una -especie de elegancia del alma, una sensualidad -estética. Las directoras de los orgiásticos coros -son las Musas de París. Coronadas de laureles -conducen la lírica bacanal. La fórmula poética -de las blanduras sentimentales, de la voluptuosidad, -de lo femenino, no podía menos de ser -un feliz hallazgo de la femenina inspiración. -Nadie mejor que las Safos habían de ofrecerle<span class="pagenum"><a name="Page_224" id="Page_224">[224]</a></span> -al mundo la manzana de Eva y los misteriosos -secretos de Afrodita. Lo logran con desnudarse, -y en efecto se desnudan, y poseídas del delirio -sagrado, absorben por la ávida boca de los ocho -sentidos la voluptuosidad de la naturaleza toda -y la ofrecen como un vino embriagador en el -ánfora de sus cuerpos trémulos. Al grito báquico -de libertad y con un impudor que los liróforos -no conocían, enseñan las carnes atormentadas -por el divino Deseo, por el exasperado sensualismo -de innúmeras generaciones esclavas de la -razón y sumisas á la castidad. Las hijas espirituales -de Baudelaire y Verlaine, que el acicalado -Voguë llama las musas de la Revolución, cantan, -en verdad, como Jean-Jacques, Bernardin -de Saint-Pierre, Senancour y los grandes románticos, -los derechos de la pasión, la soberanía del -instinto, la rebelión del individuo contra la -sociedad y el amor panteísta de la naturaleza -en que se traduce su frenético erotismo. Todas -dicen:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanza"> -<div class="line">«Je prendrai le beau temps avec des mains hâlées,</div> -<div class="line">Je mangerai l'été comme un gâteau de miel!»</div> -</div></div></div> - -<p>ó</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanza"> -<div class="line">«Et j'ai fait de mon cœur, aux pieds des voluptés,</div> -<div class="line">Un vase d'Orient où brûle une pastille.»</div> -</div></div></div> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_225" id="Page_225">[225]</a></span> -ó aun:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanza"> -<div class="line">«Ma lèvre est appuyée à la lèvre des dieux.</div> -<div class="line">Tant s'épanche, invincible, envahissant les cieux</div> -<div class="line">Une odeur de baisers, d'étreintes et de spasmes!»</div> -</div></div></div> - -<p>Pero mejor aún cantan en versos de una rara -perfección, más sinceros y profundos que los -de Hugo y tan dulces y musicales como los -del pobre Lelian, la canción de Bilitis, «el arte -delicado del vicio», el amor del amor, la religión -del placer, la conciencia del mal, los siete -pecados capitales de la lujuria. Aquello que los -poetas, menos sensitivos y vibrantes, sólo podían -balbucear torpemente, ellas lo formulan con peregrina -virtuosidad; lo que ellos no acertaban á -discernir, ellas lo revelan con pasmosa clarovidencia -é imágenes magníficas y aladas. Su penetrante -análisis recorre ágilmente el misterioso teclado de -las molicies del cuerpo y del alma. Tal lucidez en -las cosas del amor y las flaquezas de la voluntad, -es la causa oculta del triunfo de las modernas -bacantes en la gaya ciencia. Ellas poseen el -término justo y dichoso para expresar todo lo -que es desmayo, caricia y ensoñación. La música -desfalleciente y enervadora de sus versos y las -nostalgias infinitas de su poesía, que mejor que<span class="pagenum"><a name="Page_226" id="Page_226">[226]</a></span> -cualquier otra «es sensualidad transformada -en eretismo mental», responden al sibaritismo -del corazón y del cerebro y constituyen la típica -manifestación de la recrudescencia, fácil de -prever, sin embargo, de lo que antes se llamó <i>el -mal del siglo</i>, de lo que un filósofo llama hoy -<i>el mal romántico</i>, que es en suma, <i>el mal de -vivir</i>: la ineptitud para la vida, la repugnancia -de lo real y la moral anarquía en que, á -vueltas de tantos idealismos y refinamientos -sentimentales, suelen caer las naturalezas más -finas y cultivadas.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_227" id="Page_227">[227]</a></span> - -<span class="smcap">Sesudos</span> autores sospechan que el Romanticismo -es, en el fondo, una insurrección del sentimiento -y del instinto contra la razón, contra -el sometimiento á la regla dictada por la experiencia -de las sociedades, y pretenden que la -sensibilidad romántica y el espíritu revolucionario -derivan, unos, como Taine, del mismo -espíritu clásico, otros, y son los más, de Rousseau -y sus secuaces. Harto ligeramente echan -los últimos en olvido que la furia de la Revolución -fué la Razón misma, y que Rousseau y -los ideólogos fueron los descendientes legítimos -del idealismo y de las abstracciones de los filósofos, -empeñados lo mismo en Egipto y la India, -que en la Francia del siglo <span class="smcap">xviii</span>, en construir -un hombre ideal, un hombre de museo, para lo -<span class="pagenum"><a name="Page_228" id="Page_228">[228]</a></span> -cual hacía falta arrancarle las entrañas y rellenarlo -de metafísica estopa; de los filósofos que -impelidos por la soberbia de la mente, creyeron -posible sustituir la idea á la realidad, la abstracción -al hecho, la teoría á la historia, la presuntuosa -razón de Descartes, que á pesar de sus -títulos en apariencia indiscutibles á la hegemonía -sobre lo humano, no conoce los fenómenos -sino históricamente, es decir, después que han -dejado de producirse y cuando ya no tienen ninguna -acción sobre los fenómenos presentes, desconocidos -á su vez, al instinto vital, que obra -siempre en el sentido favorable á la expansión -de la vida porque él es ya el principio de su -expansión. No ha de confundirse este instinto -vital con el <i>instinto</i>, el <i>sentimiento</i> y la <i>naturaleza</i> -de los revolucionarios, vislumbres obscuras -de la imperialista condición humana. Tengo para -mí que el sentimentalismo romántico no es -otra cosa que una interpretación descarriada -de la legitimidad, entrevista un instante, de las -pasiones y del egoísmo nietzsquiano. Y se me -ocurre, aunque parezca espantable sacrilegio, -que si por la bondad nativa del hombre se hubiera -entendido la <i>gravitación sobre sí</i> y el <i>deseo</i> -de <i>poder</i>, la Revolución habría tenido consecuen<span class="pagenum"><a name="Page_229" id="Page_229">[229]</a></span>cias -harto más provechosas para la humanidad -y, sobre todo, para Francia. Juan Jacobo proclamó -la excelencia del hombre natural no corrompido -aún por la civilización, reacción legítima -en el fondo, contra el artificio del orden -social y el racionalismo de la Enciclopedia; -pero lo que triunfa en los héroes románticos no -es el egoísmo sano del salvaje, que las necesidades -sociales pueden convertir en virtud y amor -hacia las demás criaturas, sino el egoísmo patológico -del <i>hombre sensible</i>, que muy luego -remata en anarquía moral. Razón cartesiana ó -predominio absoluto de la inteligencia sobre el -instinto, y primitivismo, ó retorno á la naturaleza, -se transforman respectivamente gracias -al desconocimiento de la fisiología humana y -los devaneos de la literatura, en racionalismo -demagogo y sentimentalismo romántico, dos -pestes. Pero no pudo ser de otro modo. No se -conocía bien, á pesar del amor propio de La -Rochefoucauld, el fondo imperialista de la -humana naturaleza; ni se tenían nociones del -darwinismo social; ni de las leyes que rigen -la evolución de las sociedades; ni Comte había -dicho «que sólo son buenas las verdades que -nos convienen», vaciando de ese modo en una -<span class="pagenum"><a name="Page_230" id="Page_230">[230]</a></span> -frase la esencia del utilitarismo y del pragmatismo, -iconoclastas de las verdades absolutas y -del bien en sí. Filosofía, literatura y arte se -encaminaban directamente á refinar el sentimiento -y combatir rudamente la animalidad, -los instintos dominadores, el pecado original -de los cristianos. Lo mismo los autores del -siglo <span class="smcap">xvii</span>, hidrópicos aún de teología, que las -admirables, pero incompletas intuiciones de -Buffón y Condillac, que la pseudo-ciencia histórica -del noble Condorcet, que el misticismo -social de los utopistas y la lógica rectilínea de -los jacobinos, convergían por distintos canales -á la maravillosa y ridícula concepción del hombre -abstracto, esa quinta-esencia del irrealismo -que nos embriaga todavía. Siguiendo atentamente -el curso de las ideas se cae en la cuenta de -que no existen verdaderas soluciones de contigüidad -ni irreducibles antinomias entre el espíritu -realista y viril de Corneille y La Fontaine -y el espíritu afeminado y quimérico de Juan -Jacobo y Senancour, como no las hay entre -el retorno á la naturaleza de los precursores -del romanticismo político y el reinado de la -Razón de los revolucionarios. Racine poseía ya -como los románticos, el <i>triste don de las lágrimas</i>, -<span class="pagenum"><a name="Page_231" id="Page_231">[231]</a></span> -y antes que por Saint-Preux, Pablo y Virginia -y Obermann los nervios habían sido extra-sensibilizados -por la caballería y las costumbres -galantes, por los Amadises y las Astreas. Clasicismo -y romanticismo se ofrecen al entendimiento -como manifestaciones antagónicas en -apariencia, pero fraternas en realidad, del mismo -proceso evolutivo y de la misma falsificación -idealista, si se entiende por clásico no lo racional, -sino lo espiritual, el esfuerzo hecho por someter -las leyes de la Naturaleza á nuestras aspiraciones -subjetivas. En este sentido el uno encaja -en el otro; ambos entrañan una concepción -que admite y pregona la supremacía de la inteligencia -ó la del sentimiento, y ambos se oponen -al espíritu moderno, realista y utilitario y que -es la resultante de una filosofía basada no sobre -el instinto ni lo sub-consciente, especie de neo-romanticismo, -sino sobre la voluntad.</p> - -<p>En verdad la sensibilidad romántica y el -irrealismo, ora ingenuo, ora docto y terrible del -pueblo francés antójaseme la obra de toda la -cultura francesa y particularmente del exceso de -cultura literaria y de la influencia femenina en -el arte y las costumbres. En dosis exageradas la -literatura y lo femenino intoxican. El lirismo -<span class="pagenum"><a name="Page_232" id="Page_232">[232]</a></span> -social tiene sus quiebras. Filósofos enamorados -de la razón y del ideal y que creyeron devotamente -en la omnipotencia de la inteligencia -desde Descartes y Cousin hasta Comte y Fouillee; -ideólogos y utopistas fervientes no de un -derecho, de una libertad, de un bien, sino del -Derecho, de la Libertad, del Bien, fabricadores -entusiastas de las Salentes, Ciudades futuras -y Eras de oro de la humanidad, desde Fenelón -á Fourrier; briosos poetas como Lamartine, -Chateaubriand, Hugo, Leconte de Lisle que -pretendieron substituir el ensueño á la realidad -y convertir sus encantadas imaginaciones en -dulce paz campesina, primitivismo patriarcal -y edenismo terrestre; artistas de la estirpe de -Delacroix y Puvis de Chavannes que maldicen -de la civilización ó muestran en inmortales -frescos sus visiones paradisíacas; estetas, dramaturgos, -noveladores, ironistas y diletantes -que á nombre de la dicha de la humanidad ó de -la religión de la belleza condenan iracundos el -maquinismo, la finanza, las energías viriles, las -actividades productoras, lo vital de la vida -moderna, en fin, todos concurren á formar la -atmósfera de estufa favorable á las quimeras, -ensueños, molicies, sensualismos y embriagueces<span class="pagenum"><a name="Page_233" id="Page_233">[233]</a></span> -de amor y de ventura que el choque contra los -duros ángulos de las realidades resuelve infaliblemente -en ironía, escepticismo y mal de -vivir.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_234" id="Page_234">[234]</a></span> - -<span class="smcap">Porque</span> es lo más insólito que las exquisiteces -de la sensibilidad y elegancias mentales, tenidas -hasta ayer por signos ciertos de superioridad -y dorada cúpula de las civilizaciones selectas, -sean causa y venero de toda suerte de egoísmos -y enfermedades del alma. Si se para mientes -en ello verase á poco andar que el sentimentalismo -y la sensiblería, el entusiasmo y el lirismo, -el amor del hombre y de la sociedad universal -de los hombres sensibles, los delicados y los -estetas se transforman, si pasan del plano de la -literatura al plano de la vida, en acritud y -amor propio feroz, soberbia y aridez de alma, -aversión de los hombres é imposibilidad práctica -de vivir en su compañía y de adaptarse á ningún -medio social. Así fueron Rousseau, Bernardin -de Saint-Pierre, Senancour, eternos judíos -<span class="pagenum"><a name="Page_235" id="Page_235">[235]</a></span> -errantes del país de las quimeras, y de la misma -estofa son los <i>bellos tenebrosos</i>, la larga y maltrecha -falange encabezada por Saint Preux, el -aristocrático René y el inconstante Adolfo, -cuyos descendientes enfermos y desesperados -desde Rolla y Sorel á Monsieur Venus, parecen -algo así como la columna vertebral de la neurosis -de un siglo al que llenan de sus clamores y -perversidades.</p> - -<p>Y los poetas, escritores y artistas; los eternos -niños que un augusto prejuicio consideraba como -dechados de perfección y arquetipos humanos, -tienen algo y aun mucho de sus engendros espirituales. -Conocida es su ligereza y vanidad pueril -que los lleva, entre otros extremos ridículos, -á vivir constantemente en la estática postura -del bello Narciso; conocido el amoralismo y -las depravadas costumbres de los estetas, de -quienes son acabados <i>specimens</i> esos complicados -embelecos que se llaman des Esseintes, -Phocas, Lord Lelian; conocida la debilidad -femenina, el ningún poder de gobernarse y la -perversión de los exquisitos, admiradores fervientes -de Wilde, d'Anunzio y Lorrain. En resumen, -parece una gran mentira la panacea de la -cultura literaria, y puede que los refinamientos<span class="pagenum"><a name="Page_236" id="Page_236">[236]</a></span> -de la sensibilidad y la inteligencia, ó el arte y -las letras, como quería Rousseau, en vez de -ennoblecer á los hombres los haga antisociables -é inhumanos. Cultura é individualismo, ó -lo que es equivalente, condenación de la sociedad, -son sinónimos. Acaso es más humana y -sociable la bondad natural, sólo que por ésta no -habría de entenderse la que tal creyó el sensible -é incauto Juan Jacobo, sino al revés, el egoísmo -puro, resorte propulsor de las almas viriles y lo -contrario de las languideces sentimentales y -flaquezas del carácter que diseñan el perfil -moral de los voluptuosos. Esto explicaría acabadamente -la oposición y disparidad que el -solo nombre evoca entre sensitivos y viriles, -idealistas y utilitarios; la escasa <i>virtuosidad</i> de -sensitivos é idealistas en el dominio de las realidades -prácticas y, al contrario, su preeminencia -en el país de los sueños, esto es, en las actividades -sub-conscientes que rebajan al hombre -disciplinado por el ejercicio de la voluntad, -dueño de sí y adaptable por su hábito de gobernarse -á las variaciones del medio y lo ponen á -la altura de la mujer y del niño, en los que domina -el capricho, la fantasía y es más débil el juicio -y menos robusta la facultad de querer.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_237" id="Page_237">[237]</a></span> -El infantilismo y sugerente parentesco de las -sensibilidades artistas y las sensibilidades femeninas; -la emotividad exagerada que hace tan -irascibles y quisquillosos á los sentimentales; -la ineptitud social y escepticismo disolvente de -los fieles de la religión del alma; el pesimismo -y la ironía de aquellos á quienes tortura el vicio -sutil de pensar, no son precisamente seguros -indicios de virtudes sociales ni demuestran que -la humanidad anduviera muy acertada al elegir -como ayo y Mentor al amable y picotero -Espíritu, tan desdeñado á menudo por la vida. -Prometeo le decía á un sátiro que habiendo visto -por primera vez el fuego y deslumbrado por su -resplandeciente hermosura, quería besarlo: -«Sátiro, llorarás tu barba si lo besas, porque el -fuego quema al que le toca», alegoría cuyo -sentido expresan, á la par del viejo mito del -fruto vedado, muchas fábulas, sentencias y -discursos que indican la sospecha ó revelan el -conocimiento de la cualidad anárquica y disolvente -de poetas y artistas, y dejan que se columbre -la oposición del sentir y del obrar, del saber -y del poder, de lo que llamaría Nietzsche la lucha -del instinto vital que crea y del instinto de conocer -que destruye. Hay mucho de verdad en<span class="pagenum"><a name="Page_238" id="Page_238">[238]</a></span> -todo ello. Más que los libros y las doctrinas, el -comercio de los hombres induce á creer á pie -juntillas que las clases demasiado afinadas por -el influjo afeminador de las artes y las letras -caen en el escepticismo, cuando no en otros -males peores, y pierden los bríos de la voluntad -y la virtud de amar la vida y gozar de ella, como -si vida interior y acción se excluyesen, individualismo -y humanidad se rechazasen, lirismo -y realidad no cupieran en el mismo plato. Desquite -del egoísmo: sofocado por la cultura degenera -en esas enfermedades misteriosas de la -voluntad y la inteligencia que debilitan á los -delicados, los desarma y obliga á tender el -cuello á las ambiciones materialotas, pero vivientes -y sanas de la plebe.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_239" id="Page_239">[239]</a></span> - - -<span class="smcap">Porque</span> es muy cierto que esa actitud desdeñosa -de las naturalezas muy finas y cultivadas -frente á la sociedad que se llama la ironía, «flor -funeraria que florece en el recogimiento solitario -del yo»; esa actitud crítica y rebelde que -impide tomar parte activa en la tragi-comedia -humana é incorporarse con mansa resignación -al paciente rebaño de Panurgo, es destructora -como el individualismo anárquico del que sólo -es vigoroso brote, de las virtudes y energías -sociales, y, por consiguiente, de toda robustez -moral. La conciencia del profundo desacuerdo -entre pensamiento y acción é individuo y sociedad -de que nos ofrecen lamentables testimonios -la helada indiferencia de Benjamín Constant, -el orgullo solitario de Vigny, la melancolía de -<span class="pagenum"><a name="Page_240" id="Page_240">[240]</a></span> -Amiel ó el cinismo de Stendhal, corta las alas -al deseo de poder é impide vivir, porque no se -puede tomar en serio un espectáculo fatalmente -absurdo, eternamente grotesco y al que asistimos -por fuerza y pagamos con nuestra desdicha. -La sonrisa oculta la mortal desilusión, las heridas -del flagelado orgullo y nos venga del mundo -y su tejido de contradicciones. Es como un desquite -de la personalidad, conveniente en dosis -moderadas para corregir el optimismo tonto -de los simples, de lo que llamaría Schopenhauer -el <i>filistinismo hegeliano</i>, pero pernicioso cuando -de las clases pensantes desciende la ironía á las -masas y se convierte en descreencia, burla y -cinismo, porque entonces destruye implacablemente -las mentiras é ilusiones <i>necesarias</i> que -forja el instinto vital de las sociedades, con el -robusto fin de que éstas perduren en el mudable -imperio de Cronos y le pongan su cuño al espacio. -Que una cosa sea verdadera ó falsa desde la -torre de marfil del pensamiento, ¿qué importa?: -lo que importa es que sea útil á la vida. Acontece -en esto lo que con esas verdades religiosas, erróneas -científicamente, pero ciertas y eficaces -desde el punto de vista de la religión ó de las -costumbres, en las que James echa los nuevos -<span class="pagenum"><a name="Page_241" id="Page_241">[241]</a></span> -fundamentos del viejo pragmatismo: ¿qué más -da que sean puras patrañas y burdas engañifas -si curan y dan razones de existir? El utilitarismo -de Caliban es más saludable en los trances apurados -que el racionalismo de Ariel. El pueblo, -lo que en nosotros es pueblo, lo que aún no -rompió el cordón umbilical que une la criatura -al cosmos, no razona: obra impulsado por sentimientos -que son al interés lo que los cuerpos -á la gravedad: posponiendo toda consideración -transcendente á la utilidad inmediata. Y precisamente -por esta limitación y estrechez de -juicio acierta con la voluntad de la Vida cuando -los timoneles de la Idea han perdido la brújula. -Para la Vida el instinto, el egoísmo es más -seguro ombráculo y consejero que la razón enseñada -en los libros. Ésta harto frecuentemente -amengua y desorbita. Obedeciendo á impulsos -extraños al interés verdadero y primordial, suele -decir: «Sálvense los principios aunque se pierdan -las colonias». Pero el instinto vital le habla -á la razón como el gran Federico á los doctores -cuando decía al penetrar en Silesia: «primero -me apodero del país, que después no faltarán -pedantes que prueben mis derechos.» El santo -deseo de poder se queda siempre con las colonias.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_242" id="Page_242">[242]</a></span> -La razón no: contempla la vida reflejada en -el espejo deformador de la conciencia mientras -la vida pasa cambiante como la onda, y que la -misma conciencia no permanece un solo instante -sin mudanza. Cómo conocer la verdad moral y -eregirla en norma de conducta si ella no fué -nunca idéntica á sí misma, ni el medio social -tampoco y si nosotros, al concebirla, ¿no somos -ya lo que éramos? Aplicamos el parche cuando -el grano no existe ya. Con eso y con todo, en el -plano de la lógica ó establecimiento de las verdades -científicas en que nuestra fisiología no tiene -interés ninguno en engañarnos, el triunfo de la -facultad humana por excelencia es evidente: -todo es tangible para ella, y razonar <i>notre puissance</i>, -parece lo más justo; pero en el plano de -las realidades esto suele ser lo más desastroso, -porque la vida, como el corazón, tiene razones -que la razón no conoce. Un trabajo formidable -se produce en las reconditeces y antros del alma, -ignoto para las luces de la conciencia y que -determina la mayoría de nuestros actos y voliciones. -Conocemos los fenómenos visibles, de -nuestra voluntad, como vemos la burbuja que -estalla en la superficie de las aguas: después de -haberse formado en el seno de ellas y de atra<span class="pagenum"><a name="Page_243" id="Page_243">[243]</a></span>vesar -su masa toda. Los verdaderos móviles -que nos impulsan nos serán desconocidos eternamente -al obrar, que es cuando su conocimiento -podría sernos de algún provecho para dirigir -la vida. Lo que percibe el espíritu es la proyección -de los deseos; por otra parte, él no es el -espectador sino el espectáculo mismo. Engañados -por los sentidos, las pasiones, los antojos -de la fantasía, los caprichos del corazón y la -óptica deformadora de la inteligencia, el hombre, -mientras obra, no sabe lo que es ni lo que -quiere ni adonde va. La ilusión gobierna el -drama espantable del mundo. Y así, impulsados -por las fuerzas colosales é irresistibles de -lo sub-consciente ó por la inteligencia, esa -«petite chose á la surface de nous mêmes», -seguimos adelante como autómatas y sonámbulos -en la noche obscura del alma. Solamente -que en el primer caso, nuestras plantas se apoyan -en el suelo y por ellas como la savia por las raíces -y el tronco hasta la flor, sube al cerebro la -<i>voluntad de la tierra</i>; mientras que en el segundo -nos lanzamos al aire persiguiendo desalados los -espejismos de la imaginación, que es pura fantasmagoría -cuando deja de ser el instrumento -dócil de aquella voluntad; perdemos el contacto -<span class="pagenum"><a name="Page_244" id="Page_244">[244]</a></span> -de las realidades; dejamos de nutrirnos de sus -jugos divinos y ya no somos otra cosa que vanidad, -hojas secas volteando en los lomos del -viento.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_245" id="Page_245">[245]</a></span> - - -<span class="smcap">El</span> espíritu poco práctico, la ineptitud comercial, -la falta de sentido político y escaso poder -de gobernarse, esa á modo de debilidad femenina -y frívola ligereza de los pueblos en demasía -razonadores, tiene su origen, tal vez, en que -fueron descepados de la tierra y desposeídos -del sentimiento de las realidades por la absurda -falsificación que, á guisa de pecados y vicios, -combate todavía torpemente la <i>fuerza fundamental</i> -de la humana criatura. Cuando dejan de -oirse los <i>eternos mandatos</i> de la Diosa se inventan -por repugnancia invencible del mundo y -miedo de vivir, los paraísos artificiales ó consoladores -mentiras del arte con las que se reconforta -el esteta y lucha contra lo incompleto de -su destino; también se inventan las religiones -<span class="pagenum"><a name="Page_246" id="Page_246">[246]</a></span> -del alma y las hechicerías de la razón, y todo -aquello que por ser enemigo jurado de lo vital -y lo viril, ablanda los sentimientos, corrompe -con pérfidas seducciones la facultad utilitaria -de conocer y prepara el reino brillante, pero -efímero, de las sofisterías del corazón y del cerebro.</p> - -<p>Porque así como en la ciudad Luz las emociones -van por pendientes naturales hacia el erotismo -y dejan los sentimientos, no encendidos -por la amorosa llama, como velados en la sombra, -en lo que atañe á la inteligencia todo converge -hacia las formas puras y desinteresadas -del pensamiento, según la tradición irrealista y -anti-utilitaria de los ascetas medioevales del -saber: especulaciones filosóficas sin aplicación -á las realidades prácticas, idealismo político, -misticismo social: hinchada palabrería razonante -en la que se resuelven al fin de cuentas -el racionalismo y el sentimentalismo francés.</p> - -<p>La Francia es el alma de Juan Jacobo. Sueña, -persigue la injusticia, busca presa de inquietudes -mortales la dicha universal y con todo ello, -y quizá á causa de ello, no puede reducir la -anarquía interior que la divide en mil familias -de Capuletos y Montescos, la debilita en frente<span class="pagenum"><a name="Page_247" id="Page_247">[247]</a></span> -del invasor y desdora á los propios ojos. ¡Noble -é ilusa Lutecia, víctima de lo que llamaba Gioberti -el «amor de los antípodas»! Su pecado -y su crimen es el de no ser bastante egoísta. Las -construcciones ideales y fiebres demagógicas; los -esfuerzos por encauzar el torrente impetuoso -de la vida en los estrechos canales de la lógica y -poner al unísono universo y corazón, absorben -los zumos preciosos de su cerebro y la hacen -descuidar las aplicaciones humildes, pero provechosas, -de la inteligencia á las necesidades -de la concurrencia universal, urgentes y perentorias -en el medio económico realista y utilitario, -no exento por dicha de heroísmo ni de -grandeza en que, quieras que no, viven los pueblos -civilizados.</p> - -<p>La consecuencia lamentable de tantas imaginaciones -y ensueños es el crónico desequilibrio -del organismo nacional y, por añadidura, una -suerte de desidia é ineptitud para las cosas -prácticas y cierto amilanado apocamiento en -las aventuras financieras que, no obstante las -altas cualidades y superior inteligencia del pueblo -francés, lo colocan en permanente inferioridad -junto á otros pueblos menos cultivados -pero más enérgicos; menos espirituales, pero<span class="pagenum"><a name="Page_248" id="Page_248">[248]</a></span> -más duchos en aplicar la inteligencia á la vida; -menos sensibles y ébrios de virtud, pero en el -fondo más sociables y virtuosos. Tiene sus quiebras -el confundir la inteligencia con el <i>esprit</i>, -la realidad con la literatura, las virtudes sociales -con la sensibilidad lírica. Y á todo ello conduce -frecuentemente el culto de la Razón, que -tantas esperanzas hizo concebir á la humanidad. -Buena es la cultura cuando fortifica la inteligencia -y no relaja las energías productoras, -que son las virtudes cardinales del mundo -moderno; cuando acrisola la aptitud estética -sin menoscabo de la virilidad, cuando acuerda, -en lo que cabe, la conciencia con lo sub-consciente, -la física del alma y la física del cuerpo; -pero es condenable toda civilización, por brillante -que sea si, con el pretexto de ennoblecer, -desarma para vivir y pone en los labios de los -hombres la frase de Bourget: «Agir, c'est toujours -accepter la mesquinerie des conditions -autour de son Ideal».</p> - -<p>Las cristalizaciones típicas de la civilización -francesa, y aun podría decirse de la cultura -greco-latina de la que es París el dechado y -la simbólica flor, son los refinamientos de la -sensibilidad y las elegancias mentales: supe<span class="pagenum"><a name="Page_249" id="Page_249">[249]</a></span>rioridad -palmaria en las cosas del espíritu, lo -que le permite imponerle al mundo sus gustos -estéticos y modas sentimentales; inferioridad -no menos patente en el campo de lo que llamaría -el enérgico ex-presidente yanqui la vida -intensa, donde las voluntades anemiadas por -las sangrías del sentir y del pensar desfallecen -y se doblegan sumisas ante otras voluntades -limpias de toda intoxicación literaria y que no -tienen los ojos <i>ébrios de luna</i> sino fulgentes de -luz solar.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_250" id="Page_250">[250]</a></span> - - -<span class="smcap">Considerando</span> al materialismo fatal de la -era presente y las aptitudes prácticas de que los -pueblos han menester para no petrificarse en -las viejas formas de la cultura ni quedarse -rezagados, se comprende, sin grande esfuerzo, -la reacción brusca de las civilizaciones modernas, -positivas y utilitarias, contra las civilizaciones -irrealistas del pasado y particularmente -contra el racionalismo francés. Á pesar de los -lloros del alma es preciso confesarlo: las disciplinas -eficaces y ennoblecedoras un día, más -que otras cualesquiera, de la cultura francesa, -ni son las fórmulas pedagógicas de las naciones -que extienden sus dominios en el momento -histórico actual, ni pueden ser las fórmulas -morales del porvenir. Si bien afinan al animal -<span class="pagenum"><a name="Page_251" id="Page_251">[251]</a></span> -humano, lo hacen con detrimento de sus energías -belicosas. Es lo contrario lo que priva y -hace falta. La selección de las sociedades encamínase -francamente á proteger á los viriles y -destruir á los sensitivos. Y por eso la cultura -que realizó en la historia el connubio de la Gracia -y del Saber, la única que todavía puede parangonarse -á la que floreció en el Ática sonora, -parece que hubiera dejado de ser actual y de -producir las virtudes sociales del momento.</p> - -<p>Verdad es que un pensador de fuste, clarovidente -é imparcial, caracteriza el siglo <span class="smcap">xix</span> por -dos hechos singulares entre todos: el triunfo -del espíritu democrático y del idealismo político -ó extensión de la influencia de Francia en -el dominio espiritual, y la supremacía de los -anglo-sajones y germanos en el dominio de -las realidades prácticas, ó lo que es equivalente, -en las luchas políticas y económicas. Mas lo -primero es sólo una amable apariencia. Por -lo que toca á la filosofía y la moral, damas -pudibundas y al parecer invulnerables para las -flechas de Eros, pero que con sobrada frecuencia -padecen de vapores y desmayan voluptuosas -en los brazos de los bárbaros, lo típico del -siglo <span class="smcap">xix</span> es, en último término, la reacción<span class="pagenum"><a name="Page_252" id="Page_252">[252]</a></span> -triunfante del naturalismo alemán y del darwinismo -anglo-sajón, contra el racionalismo -francés; en lo que atañe á la vida real lo que -salta á los ojos es el advenimiento de toda suerte -de imperialismos, políticos, económicos, democráticos -y la superioridad, establecida por los -hechos en solemnes ocasiones, de los viriles -sobre los sensitivos, de la voluntad sobre la -inteligencia, de la fuerza sobre el derecho, «que -cuando no es la fuerza es el mal», según la -aserción del paradójico Wilde, un esteta que -también aseguraba con el mismo desahogo, -«que no tiene nada de sano el culto de la belleza». -Él debía de saberlo.</p> - -<p>Y esa superioridad, y he aquí lo portentoso, se -hace manifiesta no solamente en las luchas -económicas y diarias porfías, sino en el terreno -de la solidaridad, donde parece que debieran -ser más eficaces las aptitudes graciosas y amables. -Y bien, no. El espíritu solidarista que -enfervorizado persigue el derecho igual para -todo y para todos, la dicha del mayor número, -la libertad, el progreso, nociones confusas y tal -vez antinómicas, no es más favorable, en suma, -á la sociedad que las doctrinas naturalistas ó -anti-racionalistas de alemanes é ingleses. En<span class="pagenum"><a name="Page_253" id="Page_253">[253]</a></span> -la práctica intelectualismo y racionalismo franceses -degeneran, el primero: en <i>estetismo</i> -amoral, ironía, escéptica indiferencia y repugnancia -de las realidades; el segundo: en perpetua -fermentación revolucionaria é individualismo -anárquico, cosas antagónicas, como -el amoralismo de los estetas, á la sociedad y la -vida. Por el contrario, el duro darwinismo social, -cabeza de turco de tantas sentimentales -declamaciones, conduce al respeto de las jerarquías, -al orden, á la libertad, á la cooperación -por la vida dentro de la lucha por la vida; y, -por otra parte, al individualismo del <i>self governement</i>, -que es fuente inagotable de energías -y virtudes sociales, no teóricas sino prácticas -y efectivas. De donde pudiera inferirse -rigurosamente que el egoísmo acaparador de -los brutales, es más provechoso para el mundo -que el egoísmo <i>sin interés</i> de los delicados.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_254" id="Page_254">[254]</a></span> - - -Y de hecho autores hay que atribuyen las -excelencias de los pueblos del Norte, al haber -permanecido hostiles á la influencia greco-latina, -manteniendo en un estado de semi-barbarie su -originalidad étnica y hasta cierto punto, su civilización -castiza, lo que constituye la fuerza propia -de un pueblo y las cualidades de fondo de -una raza. Mas esos pueblos precisamente, desempeñaron -por mucho tiempo un papel secundario -en las conquistas de la civilización y se -nutrieron en muchas cosas de la enjundia latina. -Si los anglo-sajones y los germanos aun conservan -un elemento de salud y vigor de que carecen -los pueblos que sufrieron el dominio de la -Roma de los Césares y los Papas, no debe atri<span class="pagenum"><a name="Page_255" id="Page_255">[255]</a></span>buirse -á la ausencia de ese dominio, sino más -bien, á la sórdida economía de fuerzas hecha -en luengos siglos de vida obscura, extraña á -los refinamientos y molicies destructoras del -carácter que traen consigo siempre las civilizaciones -extremas. Atenas, Roma, Alejandría, -Bizancio lo atestiguan. La ventaja de que los -pueblos se conserven puros y originales en su -vida espiritual, es muy discutible cuando se -piensa en lo que son la India y la China, y en lo -lo que fué el Japón antes de haberse asimilado -la civilización occidental. Lo que á todas luces -hace falta y aprovecha, es que la cultura propia -ó prestada no desvirtue el egoísmo nativo, manantial -de toda vida y en el que absorben los -jugos de la robustez del cuerpo y la salud del -alma los pueblos fuertes, refinados ó sin desbastar -aún.</p> - -<p>Las cualidades viriles que garanticen el triunfo -práctico y cabal en esta época de imperialismo -económico, no han sido hasta ahora, ni son -actualmente, el patrimonio exclusivo de las -naciones salidas directamente de la barbarie. -Los pueblos que hoy se enseñorean del globo, -no poseían ayer las preciosas energías á que -deben su predominio, ni nada hace suponer -<span class="pagenum"><a name="Page_256" id="Page_256">[256]</a></span> -que tanto fasto y poder no concluyan un día -con las palabras de Felipe II en su lecho de -muerte. La vida en su juego divino seguirá -transformando las sociedades y es muy posible -que, en tiempo no lejano quizá, aquellas soberbiosas -dotes dejen de ser útiles en el grado que -actualmente lo son, ora sea por el desgaste de la -facultad, ora por las mudanzas del medio ambiente, -como acontece en la era capitalista de -cálculo y ahorro, con las virtudes hidalgas de -la caballeresca España, eficaces en el tiempo -pasado y al presente perniciosas. Así, pongo -por caso, si el edenismo convierte un día la tierra -en los campos elíseos de la humanidad, los -pueblos que juzgamos ahora más aptos para -la lucha vital, perderían la situación preponderante -que deben á lo que entonces fueran -cualidades anacrónicas y estorbos para asimilarse -la nueva y triunfante cultura. Francia -acaricia aquel voluptuoso ensueño oriental; si -triunfase sería el desquite del ideal francés. -Pero en la vida como en el arte, «las intenciones -no son nada, el poder de realizar es -todo». Y el poder, fuerza es que se diga, no -está de parte de la Idea, sino del <i>Factum</i>; no de -parte de los delicados, sino de los viriles; no de<span class="pagenum"><a name="Page_257" id="Page_257">[257]</a></span> -parte de los más nobles, sino de los más fuertes, -que son los más aptos para convertir en hechos -sus aspiraciones.</p> - -<p>Por los demás no conviene llamarse á engaño -sobre la supuesta egregia condición de los imperios -espirituales ni la legitimidad de sus conquistas. -Ya hemos dicho que la razón es esencialmente -arbitraria y opresora, y cómo entra -sin dar cuartel en las fortalezas del alma. Las -zarandajas morales de la nobleza y del desinterés -de los propósitos, cuando se examinan de -cerca son pura patraña y retórica. Cada pueblo -practica el imperialismo concorde con su peculiar -fisiología y cultura. Como la función crea el -órgano, el deseo crea la moral. Sé de sobra que -el ideal francés se opone formalmente á todo -privilegio é imperialismo derivado de los <i>hechos</i> -y no de la <i>teoría</i>; pero ese ideal ¿es otra cosa que -el privilegio de la razón razonante que conviene -á la Francia, y un imperialismo sentimental -con el que, la nación desprovista de sus arreos -guerreros, procura satisfacer espiritualmente, ya -que no de otra manera, su gastado instinto de -soberanía? Grande vidente fué Zaratustra cuando -dijo: «El cuerpo se crea el espíritu como una -mano de su voluntad». Todo es mano en el<span class="pagenum"><a name="Page_258" id="Page_258">[258]</a></span> -hombre, y el objeto de ese órgano prensil, es el -de apoderarse de las cosas y no el de escribirlas -en las arenas movientes que lamen las olas -del mar.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_259" id="Page_259">[259]</a></span> - - -<span class="smcap">De</span> las aspiraciones generosas y remontadas -del pueblo francés, no cabe dudar y menos de -su obra dilatada á todas las actividades, industrias, -ciencias y máquinas especulativas. Su -ideal ha sido por momentos el ideal de la humanidad. -Todas las naciones le deben algo, y todos -llevan en el medallón del alma, como un recuerdo -del primer amor, la imagen querida del bello -París. Fuera menester haber nacido ciego y -sordo-mudo en las cosas del espíritu para negar -la influencia dulce y luminosa que irradia sobre -la tierra desde lo alto de la torre Eiffel, y no reconocer -que muchas veces la amable Lutecia fué, y -sigue siendo en parte aún, la flor de la humanidad -y así como la inteligencia y la gracia del -mundo. La invención de la inferioridad de la -<span class="pagenum"><a name="Page_260" id="Page_260">[260]</a></span> -raza y la decadencia latina, son burdas especies. -Después del libro de Finot quedan muy mal -paradas las doctrinas de Gobineau y De Lapouge. -Las aptitudes y cualidades francesas, -tan múltiples como peregrinas, nunca fueron -más salientes ni vigorosas. Sólo que el medio ha -cambiado y muchas veces, aunque decantadas -y superiores, no son utilizables aquellas excelencias. -Al contrario, en cierta manera, sirven -de rémora y dificultad para ponerse al diapasón -positivista de los tiempos que corren. El -mundo hase convertido en un vasto mercado -donde no tienen empleo los marqueses <i>talon -rouge</i>. El perpetrar las tradiciones estéticas de -la elegancia del alma, no es ya elevado sacerdocio -ni oficio remunerador. Y todo hace pensar -que en lo futuro ningún pueblo podrá ejercer -una influencia honda ni durable sobre los otros, -ni siquiera tenerlos á raya, ni aun vivir con sus -talentos de sociedad solamente por amables -que sean. Francia conserva en sus manos de uñas -pulidas el cetro del gusto, pero no el de la inteligencia -técnica que se necesita en el Taller. -Contra lo que supone el gran Anatole, el ejercicio -del espíritu y el uso de la razón, de la vieja -razón, no prolongarán el imperio de Francia -<span class="pagenum"><a name="Page_261" id="Page_261">[261]</a></span> -sobre el mundo. La Fuerza de las ideas es ineficaz -cuando las ideas no son la expresión de la -Fuerza. En la vida moderna los retores y los -humanistas van pareciendo casi tan anacrónicos -como los santos. Pero ello no implica una -condenación de muerte para los pueblos latinos, -ni quiere decir que éstos, después de haber «fait -le tour des sentiments et des idées», no puedan -adquirir y desarrollar por convicción y sistemáticamente -los arrestos y bríos morales que -las naciones hoy dominadoras poseen gracias -á su inferioridad crítica y simplicidad primitivas. -Además, puede acontecer muy bien que las -circunstancias ambientes cambien y las tornas -se vuelvan y que resulten entonces feos -vicios las cualidades que hoy se tienen por -raras perfecciones, méritos de subidos quilates -y signos ciertos de superioridad.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_262" id="Page_262">[262]</a></span> - -<span class="smcap">Mas</span>, por el momento, la virtud de germanos -y anglo-sajones salta á la vista. De un modo -lento, pero eficaz, como el trabajo subterráneo -de las aguas que disloca y parte las montañas, -van haciendo del mundo su exclusivo patrimonio. -Los grandes capitanes de la industria y -la finanza plantan las banderas de la expansión -comercial hasta en los rincones más escondidos -del globo; conquistan los mercados, que -son las ciudadelas de las naciones; se infiltran -con sus mercancías en los pueblos y los hacen -sus vasallos. Y á esta penetración parsimoniosa -y mansa, pero segura, de las actividades invasoras, -en las que se transvasan en la era capitalista -los ímpetus conquistadores de otras épocas -y los impulsos del nunca dormido, mientras -<span class="pagenum"><a name="Page_263" id="Page_263">[263]</a></span> -se conserva sano, instinto de dominación, el -sibarita París no acierta á oponer otras barreras -para defender su predominio, que las brillanteces -y refinamientos que abrieron á Roma las -puertas de Atenas y á los bárbaros las puertas -de Roma.</p> - -<p>Al modo que las voluntades flacas, después -de renunciar á las tierras del planeta, inventaron -el consuelo de las tierras celestes y las estupefactiva -inversión de valores que hacen -robusto lo canijo, rico lo pobre, noble lo vil; -las naciones de embotadas energías viriles y -fatigados alientos, inventan los códigos morales -de la debilidad y las ilusiones idealistas que -adormecen y engañan las voluntades nacionales -contra las que no se puede luchar á brazo -partido ni frente á frente. Como el cristianismo, -cuya esencia es renunciamiento, contemplación, -acritud contra la existencia, la cultura greco-latina -lleva en sí oculto, muy oculto, el desdén -de lo real y de la acción—su amor de las ficciones -del arte y odio de la riqueza da de ello -claros indicios—y es un filtro poderoso para -adormecer los ardores de la sangre moza y hacer -factibles por las vías pacíficas, el suspirado -reino de la justicia y la adorable quimera de la<span class="pagenum"><a name="Page_264" id="Page_264">[264]</a></span> -sociedad universal, que de realizarse han de -hacerlo, como todas las cosas de este bajo mundo -por la guerra y la muerte, «ya que nada existe -sino en virtud de la injusticia; ya que toda -existencia es un robo anticipado sobre otras -existencias y que cada vida que florece lo -hace en un cementerio», al decir del admirable -Gourmont.</p> - -<p>Cada vez que trato de exprimirle el jugo real -á la <i>unión por la vida</i>, dulce fórmula de uno de -los representantes más autorizados del idealismo -francés, me viene á las mientes el recuerdo -de otra unión de la que yo formaba parte de -pequeño en la escuela. Se llamaba la «Cofradía -del Bizcocho», y tenía por objeto el ayudarnos -mútuamente para escamotearle al pobre diablo -de mercachifle, que en las horas de asueto vendía -de que merendar, las golosinas que apetecíamos. -Nuestras maniobras eran muy concertadas -y amigas hasta cometer el feo hurto, pero -después, cuando se trataba de repartirlo, la -unión <i>para el bizcocho</i> se convertía invariablemente -en guerra <i>por el bizcocho</i>. La experiencia -del mundo me ha demostrado en múltiples -ocasiones, que la unión para la vida desde que -hay que comer, desde que hay que vivir se<span class="pagenum"><a name="Page_265" id="Page_265">[265]</a></span> -trueca en lucha por la vida. ¡Reino de la justicia, -sociedad universal, edenismo terrestre! -Hermosos sueños sino se cambiasen, con el -desate de las pasiones, intereses y apetitos que -<i>dejar de obedecer</i>, en guerra y anarquía, y sino -fueran la expresión sintomática de las enfermedades -de la voluntad que contraen los pueblos -embebecidos de la idea y que palidecen y se consumen -<i>escuchando el canto del ruiseñor</i>... Humanitarismo -é internacionalismo, y, por otra parte, -proteccionismo y antisemitismo, revelan bien á -las claras la urgente necesidad de desarmar á -los otros ó confabularse contra los que no se -pueden vencer á armas iguales, y constituyen la -implícita confesión de la anemia nacional. -«Ils nous gênent», responde un personaje representativo -de la nobleza en el drama «Israel» -para explicar su odio á los judíos, vencedores -en la lucha social y que acaparan ávidamente -cuanto privilegio y poder se les pone al alcance -de la mano. Y en aquella despechada frase se -contiene la razón verdadera... y cínica, como -todas las razones verdaderas, de un odio secular. -Los judíos son los rivales, tanto más detestados -cuanto más victoriosos, á cuyas arcas -van á concentrarse los dineros, ó lo que importa<span class="pagenum"><a name="Page_266" id="Page_266">[266]</a></span> -lo mismo, la virtualidad y situación social de -todos. Se comprende que incomoden y se hagan -aborrecibles. «Ejercemos el natural dominio -de las almas fuertes sobre las débiles», podrían -ellos replicar remedando á la Galigaï cuando -explicaba á los jueces su influencia sobre María -de Médicis. Y no podía ser por menos. Contemplativos, -idealistas, estetas nunca se acomodaron -bien de la lanza, ni del casco guerreros. -Digan lo que quieran: las exquisiteces de la -inteligencia y la sensibilidad, son destructoras -de la osadía y firmeza del empeño. No hay sino -escudriñar, para percatarse de ello, las causas -recónditas de la abulia, y observar de cerca -la torpeza, timidez y escasísima <i>inteligencia</i> en -la práctica de la vida, de los cerebrales y los -emotivos. ¡Pensar por pensar, sentir por sentir, -flores monstruosas que secan la planta! En -cambio, «obrar es pensar con todo el cuerpo». -Sé, también, que obrar es asimismo, según el -poeta del misterio y del silencio, recogerse en -sí, escuchar, callar... pero no hay meditación ni -recogimiento que unan el individuo como el -acto á su patria celeste, á la actividad universal. -Una idea suele ser una bella cosa, pero el -más pequeño de los actos es siempre una cosa<span class="pagenum"><a name="Page_267" id="Page_267">[267]</a></span> -divina. Á mayor abundancia de razones, cuando -el Espíritu deja de ser el servidor de la voluntad -de vivir y gala y ornato de ella, la traiciona; el -obrar la sirve en todos los casos y eternamente, -y como aquella traición se repite con grande -frecuencia, es por lo que resulta en definitiva, -que en el individuo la capacidad de pensar y -sentir idealmente nace y medra en razón inversa -de la capacidad de obrar prácticamente. El -pensador, el artista, en suma el poeta—llamo -poeta al intérprete de lo divino—tiene una -excelsa y misteriosa misión que cumplir en -cuanto fabricante de ilusiones vitales: el resto -de su actividad <i>inexplosiva</i>, ó su actividad -misma cuando adormece y enerva en vez de -excitar, es futileza y labor de mujeres, cosa de -eunucos y distracciones de harén.</p> - -<p>Ahora bien: esto último es, para desdicha de -los imperios apolínicos, lo que ocurre y produce -una especie de fermentación literaria que intoxica -el corazón y el cerebro de las multitudes y -prepara el reino de lo femenino, la voluptuosidad -y la quimera. Entonces las sociedades se -embriagan de luna, y recostadas en blandos -almohadones languidecen esperando la venida -de los bárbaros.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_268" id="Page_268">[268]</a></span> - - -<span class="smcap">Este</span> convencimiento que se traduce aquí y -allá en las obras de los viajeros salidos de la -Metrópoli de la Belleza para sufrir el roce áspero -de las civilizaciones utilitarias, ya sean puros -literatos como Bourget y Adam, ya sociólogos -y psicólogos como Leroy-Beaulieu, Boutmy, de -Rousiers; ora financistas letrados como Weiller, -ora simples periodistas como Huret, es quizá, -lo que en forma de presentimiento obscuro, -agita á la Francia. Las convulsiones de su política -y anarquía moral pueden ser los últimos -espasmos de un mundo glorioso, pero inapto -para adaptarse al ambiente positivista, ó los -dolores de un nuevo alumbramiento revolucionario -del que saldrá el ideal de amor y ventura -que la bella Lutecia, apasionada y ensoñadora, -<span class="pagenum"><a name="Page_269" id="Page_269">[269]</a></span> -nutre y quiere con los redaños del alma. Lo -innegable es que fermentos y levaduras morales -de muy diversa condición trabajan las masas -á porfía y tienden á destruir el orden de -cosas actual. Tradicionalistas, cuya fórmula es -la <i>tierra y los muertos</i>, la patria y los ascendientes, -que el travieso individualismo barresiano -descubre en las profundidades del yo, y socialistas -que sueñan con la sociedad universal -como Jaurès y Hervé; cesaristas á lo Renán y -monarquistas á lo Murras, que se apoyan en -Darwin y la ciencia para condenar el régimen -imperante; republicanos de vieja cepa y anarquistas -sentimentales, ateos y creyentes, patriotas -y escépticos conciertan sus enemigas -voluntades en el aquel de renegar de la democracia. -Los unos por que ésta, destruyendo las -jerarquías y excelencias sociales se pone en -camino de rebajar el nivel intelectual y moral -de la raza y substituir la cultura por la barbarie, -el orden por el caos. Los otros porque la democracia -no ha cumplido ninguna de las promesas -grabadas como divisas en la piedra de los edificios -públicos: mito la libertad, mito la igualdad, -mito la fraternidad y el gobierno del pueblo -por el pueblo y para el pueblo, mitología -<span class="pagenum"><a name="Page_270" id="Page_270">[270]</a></span> -pura. Y unos y otros ven y confiesan dolidos la -desorganización que avanza, la natalidad que -decrece, la marea del escepticismo que sube, el -nivel del heroísmo que baja. La misma fe y esperanza -puestas en el porvenir se desvanecen al -reconocer el fracaso de la pedagogía y las disciplinas -francesas, que sólo preparan sentimentales -y retores, ineptos y desorbitados. No se -sabe qué hacer ni á qué santo encomendarse. -Ningún mejunje calma la fiebre ni la agitación -nerviosa. Todas las posturas son incómodas. -Y las doctrinas de perfecta armazón lógica suceden -á las doctrinas; las utopías seductoras á las -utopías; los discursos á las hemorragias de la -palabra; la Revolución al perpetuo hervor revolucionario, -mientras las ébrias musas de París -cantan como Nerón contemplando el incendio -de Roma.</p> - -<p>Y este es el desolado y maravilloso espectáculo -que ofrece al mundo la razón razonante.</p><hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak" id="conclusion">CONCLUSIÓN</h2></div> - - - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_273" id="Page_273">[273]</a></span> - - - -<span class="smcap">La</span> renuncia del Espíritu como lazarillo de la -vida es inminente. La humanidad ha perdido -la confianza en su Mentor. El viejo idealismo no -tiene ninguna virtud eficaz y se ofrece hasta á -los ojos de los más cándidos como una vejiga -desinflada. Perdida la fe y llenos de incertidumbres -los mismos pueblos que adoraron de -rodillas á la razón razonante se alejan de ella y -se pierden en las sombras del escepticismo, sin -volver la cabeza ni oir el tan tan lejano de las -campanas espirituales repicando en los templos -desiertos. Francia, Italia, España, Portugal, -pagan muy caro su irrealismo, el crimen de -haber preferido la idea al hecho, la palabra -al acto, la razón mística á la razón física, para -no reconocer en secreto que el lírico bagaje de -<span class="pagenum"><a name="Page_274" id="Page_274">[274]</a></span> -ayer es hoy una pesada impedimenta. No sólo -no incita á obrar, sino que impide obrar. El -pasado les pertenece, pero no el futuro si no -arrojan lejos de sí el muerto laurel y se coronan -de frescos pámpanos para merecer de nuevo -los favores de la Vida. Ante ésta, por no haber -reconocido todavía que <i>la Fuerza es el elemento -divino del universo, como el Oro es el elemento -divino de las sociedades</i>, prorrumpen aquellas -naciones en el profundo <i>yo pequé</i> en que terminar -suelen las agitaciones de los delicados y -los idealistas, cuando son sinceros y clarovidentes -como Renán.</p> - -<p>¡Desgarradora melancolía! Él mismo, tristemente, -muy tristemente, llega á considerarse -como un tipo humano fósil en el mundo que, -educación é ideal, le impiden comprender y aquilatar -en su intrínseco valor. Esta ineptitud, tratándose -de un representante tan calificado de -la inteligencia, es muy significativa. Medio místico -y humanidades le han hecho perder el -sentido de lo real, que sólo mantiene sano y -alerta el interés. El desprecio de los bienes materiales -remata la obra. Como los santos, por -mirar al cielo, no ve donde pone los pies ni -las cándidas florecillas que aplasta torpemente.<span class="pagenum"><a name="Page_275" id="Page_275">[275]</a></span> -Su ciencia de lo que no sirve para vivir es prodigiosa, -más prodigiosa todavía su ignorancia -de lo que para vivir sirve. El historiador admirable -y filósofo sapientísimo, no tuvo sospechas -siquiera de las relaciones pecuniarias de los -hombres ni de la estructura económica de las -sociedades. «Piensa como un hombre, siente -como una mujer, obra como un niño». Por -manera que hacia el fin de su vida, cuando -principia á ver claro, los sucesos le sorprenden -dolorosamente y llenan de mortales dudas. Cada -ilusión magnífica conviértese, por las malas artes -de un mago enemigo, en prosaica realidad; -cada ardor generoso en desencantada ironía. -Una á una mueren las esperanzas de su inteligencia -audaz y quedan delante de los espantados -ojos del sabio las realidades del egoísmo, del -egoísmo sañudo y triunfante como el Rey Monje -en medio de los conspiradores asesinados.</p> - -<p>Sus desencantos y amargas quejas dicen; -mentiras, mentiras falaces la religión del alma -y la preeminencia del espíritu. «Pensar no es -el único objeto de la vida. El reino de la razón es -una quimera. El ideal y la realidad son enemigos. -La causa que cautiva á las almas nobles no -triunfará jamás. Lo que es verdad en literatura,<span class="pagenum"><a name="Page_276" id="Page_276">[276]</a></span> -en poesía, á los ojos de las gentes refinadas, es -siempre falso en el mundo grosero de los hechos -consumados. Las heroicas locuras que el pasado -edificó no tendrán más éxito. El espectáculo de -este mundo nos muestra sólo el egoísmo recompensado. -Inglaterra ha sido hasta estos últimos -años la primera de las naciones gracias -á su egoísmo. Alemania ha conquistado la hegemonía -del mundo renegando altamente los principios -de moralidad política que con tanta elocuencia -había predicado antes.»</p> - -<p>Como el emperador filósofo en su lecho de -muerte podría exclamar Renán: «¡Oh!, -Apolo, ¿por qué me has mentido?» Tantas desilusiones -hacen que la realidad se le aparezca -como una matrona insensible y prosaica que se -burla groseramente de los galanteos pudibundos -del entusiasmo y del lirismo. Sus laboriosas -previsiones, fruto de largas vigilias, lo engañan -cruelmente; la inteligencia, que él adora y en la -que cree como en un Dios todopoderoso, pone -entre el sabio y la vida un velo brillante que -hermosea y deforma los objetos. Éstos son otra -cosa de lo que él creyó, y piensa que acaso es -injusto al juzgarlos severamente. He sido un -iluso y un insensato, clama. «La idea de que el<span class="pagenum"><a name="Page_277" id="Page_277">[277]</a></span> -noble es aquel que no gana dinero y que toda -explotación comercial ó industrial, por honesta -que sea, rebaja al que la ejerce y le impide pertenecer -al primer círculo humano, tal idea se -desvanece de día en día. Todo lo que he hecho -antes parecería ahora acto de locura, y á veces, -mirando en torno de mí, creo vivir en un mundo -que no conozco.»</p> - -<p>¡Lamentables confesiones de una inteligencia -soberana mantenida por el espejismo idealista -en la más profunda ignorancia y desprecio de -las realidades y que empieza á descubrirlas al -declinar el sol! ¡Angustia de las almas religiosas -caídas en el escepticismo por haber acariciado un -ideal tan alto, puro y hermoso que impide vivir! -¿Qué sería de los hombres que practicasen <i>el estado -de muerte</i> del perfecto desinterés sin el -talento de Renán? ¿y qué de los pueblos en -que abundaran, más de la cuenta, los inactuales -de alto coturno, pero inactuales al fin, -que se obstinan contra viento y marea en oponer -la abstracción y el ensueño á la vida y la -realidad? Y, sin embargo, existe una cultura que -abierta ó embozadamente tal predica; que -llena los ojos de visiones, ata las manos y empuja -á los sacrificios estériles. De ello nos habla<span class="pagenum"><a name="Page_278" id="Page_278">[278]</a></span> -Renán largamente en los «Souvenirs d'enfance -et de jeunesse»; mas en ninguna página se -trasluce como en la que sigue, la amargura y -hasta sorda irritación del desengañado sacerdote, -del sacerdote que estuvo á punto de ser -Renán y que en realidad, aunque sin tonsura, -fué toda la vida: «Es en ese medio (Treguier, -una villa extraña al comercio y la industria) que -se deslizó mi infancia y donde mi inteligencia -contrajo un vicio incurable. La catedral, obra -maestra de ligereza, intento loco de realizar en -granito un ideal imposible, me falseó el espíritu. -Las largas horas que en ella pasé, han sido la -causa de mi completa incapacidad práctica. -Aquella paradoja arquitectónica hizo de mí un -hombre quimérico, discípulo de santo Tuduwal, -de santo Iltud y de santo Cadoc en un siglo en -que la enseñanza de esos santos no tiene ninguna -aplicación.»</p> - -<p>Y bien, no sólo los filólogos sino las sociedades -formadas moralmente por la enseñanza de -aquellos santos ú otras influencias espirituales -de la misma índole, reciben en la frente el beso -traidor de la Quimera y quedan marcadas para -siempre con el signo de la incapacidad práctica. -Con todos los respetos debidos á los títulos del<span class="pagenum"><a name="Page_279" id="Page_279">[279]</a></span> -alma, pero de un modo franco y resuelto, convendría -preguntarse si tal cosa no es una verdadera -monstruosidad en las sociedades del -presente, donde las relaciones de los hombres -son y, no pueden menos de ser, relaciones pecuniarias. -Quizá urge confesarse una vez por -todas, que nuestro ambiente, nuestro mundo -no es el de la inteligencia sino el de la voluntad, -disfrazada hoy con las múltiples máscaras de -las actividades mercantiles, como ayer con los -antifaces del heroísmo ó la santidad. Lo que -contraría esas actividades es malsano, como -era malsano lo que minaba el predominio militar -en las sociedades guerreras ó el prestigio -sacerdotal en las sociedades religiosas. Los -ideales de las épocas muertas, por nobles que -sean, son ideales de muertos y traen en las lívidas -manos una antorcha funeraria. Sus devotos, -á pesar de todas las aureolas y resplandores, -comienzan á parecer criaturas de otro planeta, -engendros desmirriados de Apolo decrépito, -seres luminosos y absurdos cuya enfermedad -es una perla tentadora que ablanda las resistencias -de la Voluntad delante del Pecado. «La -France meurt de ces gens de lettres», decía -también Renán. ¡Qué importa que la locura sea<span class="pagenum"><a name="Page_280" id="Page_280">[280]</a></span> -divina si enferma el mundo! Considerándolo, se -comprende por qué un trabajo oculto del instinto -conservador de la sociedad se afana en -eliminar, como antes ponía su empeño en producir -cuando eran útiles, las actividades puramente -espirituales, enfermizas, enervadoras, -sin aplicación concreta en la colmena humana -y que, en resumen, vienen á ser algo así como -las <i>toxinas</i> del espíritu. Hay muchos pueblos -envenenados por ellas. Se reconocen en que son -las tierras fértiles del sentimentalismo y la verbosidad. -Las cosechas de rosas abundan, pero -el trigo escasea en los campos mal cultivados -y que no han recibido el abono de Pluto. Y la -selección mercantil afila en la sombra su guadaña -implacable: situación angustiosa, cuando -no se cuenta con otras defensas para detener el -golpe, que las bellas sonrisas de Afrodita y los -ordenados discursos de Gorgias y Cicerón.</p> - -<p>«El reino del ideal ha concluído, todo lo que -no se convierte en una fuerza se juzga quimérico» -dice Próspero. Y un ultrarenanista, que -es al mismo tiempo un profesor de lirismo y un -puro utilitario, agrega con su ironía habitual: -«Cuando Tigrano me decía que la fuerza debe -ceder al espíritu, yo le dejaba entrever, sin<span class="pagenum"><a name="Page_281" id="Page_281">[281]</a></span> -insistir demasiado, que desconfiaba mucho de -un espíritu que después de tantos siglos no se -había convertido en la fuerza.»</p> - -<p>Las criaturas generosas que viven temblando -por la vida del ideal pueden descansar tranquilas. -El ideal existirá siempre porque es el portaestandarte -de la ilusión y la esperanza necesaria -á los hombres; pero según claros indicios -no será lo que éstos han tenido hasta ahora con -testarudez carneril, como la proyección única é -imperecedera del alma. Ya hemos visto que -cada época se fabrica la tabla de valores que le -conviene y responde á sus necesidades orgánicas. -El materialismo de las sociedades futuras -no les impedirá tener su ideal, sólo que éste, -por razones obvias, no puede ser ni el místico, -ni el espiritualista, ni el ideal reconocidamente -fundado en la mentira de las sociedades contemporáneas, -sino un ideal práctico, cuasi macarrónico, -pero robusto y sesudo, como corresponde -á los pueblos entrados en la edad provecta, -que no sustituya lo quimérico á lo real ni -debilite para las luchas de la vida. Ésta es lo -realmente sagrado, y podría condenarse, sin -asomos de dudas, toda verdad, toda ética y -toda belleza que en nombre de un romanticismo<span class="pagenum"><a name="Page_282" id="Page_282">[282]</a></span> -de alma neurótico y raquítico tendiera obtusamente -á destruirla ó amenguarla. Téngase por -seguro que ese romanticismo que exige la castidad -y el voto de pobreza, afemina y envilece. -En filosofía conduce á las aspiraciones vagas y -al desprecio de las realidades; en política degenera -en hipertrofia de la palabra, espíritu revolucionario -y política alimenticia; en literatura -lleva como de la mano, al lirismo dengoso y -ñoño y á las chinerías retóricas, síntomas inequívocos -de indigencia mental, pobreza anímica -y otras lamentables incapacidades.</p> - -<p>De un ideal batallador se oyen ya en las cúspides -los clarines sonoros. La inversión de valores -morales que indujo al hombre á ser el -verdugo de su propio interés, es imposible que -no parezca en los siglos venideros tan absurda -como lo va pareciendo hoy á los espíritus desapasionados -la santa doctrina que condena el -placer, el deseo, la pasión, la vida y predica el -<i>estado de sepultura</i>. El idealismo clásico es un -caballero andante que presa de mortal fatiga, la -lanza quebrada y los músculos rotos desciende -de su trasijado Rocinante y se apresta á morir -al pie de un sauce llorón iluminado por la luna. -Es bello y conmovedor, pero nocivo para el<span class="pagenum"><a name="Page_283" id="Page_283">[283]</a></span> -ánimo. El mundo, curado de arrechuchos sentimentales, -preferirá por instinto la musculatura -y la vida del gladiador combatiendo, á la -melancólica belleza del gladiador moribundo.</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>Quizá no esté lejano el día en que el Sermón -de la Montaña y la Plegaria de la Acrópolis, se -pronuncien de rodillas á los pies de la Fuerza, -diosa terrible que, mejor que Eirene, podría -llevar en sus brazos á Pluto dormido. El creyente -hablaría así, poniendo sus palabras al diapasón -de las arpas formidables de Eolo y Neptuno: -«Salve ¡oh diosa! impura y fecunda, -madre de todas las cosas, eurítmia del universo. -Tu engendras, ordenas y legislas; tu reinas en -el cielo, en el alma del hombre y en el corazón -del átomo, y los ritmos de la poesía y la naturaleza -cantan unánimes tu gloria inmortal. Los -hombres te niegan y te llaman cruel porque no -saben que, aun revelándose, obedecen á tus -mandatos; porque no saben que tus condenaciones -de muerte son como los frutos que se -secan para dejar caer sobre la tierra suspirante -las semillas santas de la vida. La razón humana<span class="pagenum"><a name="Page_284" id="Page_284">[284]</a></span> -en un momento de insano orgullo, quiso corregir -las leyes infalibles y los sapientes designios -de tu razón, que es la razón universal. Y todas -las cosas salieron de sus quicios; la quimera -suplantó á la realidad, el mal afligente al bien -gozoso, el dolor al placer, la muerte á la vida -y, lo que es más estupendo aún, el desinterés estéril -y enervante al egoísmo robusto y fecundo. -Fué una terrible pesadilla de la que ahora sale -la humanidad desmazalada y enferma. Y tú -sonríes á los sarcasmos con que ella te afrenta -porque no ignoras que, contrita y arrepentida, -volverá á ti y que tú sola puedes devolverle la -razón y la salud. Hazlo, Divina, inspíranos para -que seamos con inteligencia, egoístas integrales -y materialistas transcendentes. La humanidad -no es tan culpable como parece. Sólo en apariencia -desobedeció tus leyes. Tú misma fingiéndote -ciega, la has conducido á tu antojo, como la -madre hace creer que es él quien la guía al tierno -infante que ella sonriendo lleva de la mano. -Mas el niño hecho hombre necesita explicarse -el grande misterio. ¡Cuándo será el día en que los -ojos estupefactos vean brotar de las entrañas -de las cosas, como el rojo licor de la herida abierta, -el verbo divino, eco de las fuerzas universales<span class="pagenum"><a name="Page_285" id="Page_285">[285]</a></span> -que muy raras veces dictaron la actitud del -héroe y la <i>alta necesidad</i> rítmica de aquel cuya -<i>voz es canto</i>! Imposible que, al fin, lo justo y lo -bello no sea lo que viene de ti, madre de dioses. -¡Y qué ridículos y pueriles parecerán luego á -las almas duras como el diamante, pero blancas -como él, los artificios retóricos del <i>hombre -sensible</i>, los cantos que no son cantos de vida, lo -bello que enferma y ciega en vez de ser un rayo -de sol limpio de sombras, las acciones que no -lleven al combate y al templo de la Victoria! -Por el contrario, es muy probable que la gracia -brille sobre aquello que la antigua sabiduría -creyó torpe é impuro por ser fecundo como el -acto carnal. Entonces Mammon resplandecerá -de gloria, porque de todos los dioses supervivientes -es el único que lleva en la testa olímpica -el signo luminoso de la voluntad. Es el -depositario de ella. La virtud perdida en las -nieblas de los países quiméricos hubiese muerto -de hambre sin él. Su alma fué como el arca santa -en que se salvó del diluvio espiritualista la facultad -de <i>querer</i>. Los instintos vitales se refugiaron -en su corazón pródigo como las manos de -Demeter y las tetas velludas de Amaltea. La -dicha humana no tuvo nunca amante más ren<span class="pagenum"><a name="Page_286" id="Page_286">[286]</a></span>dido -ni servidor más fiel. Los que, insensatos, -vilipendian aún al Oro, no escuchan la <i>voz profunda</i> -que les dice: «Amadlo religiosamente, en su -ser divino, y sed interesados y duros para realizar -los deseos secretos de la Vida y servir á los -hombres. Ni el arte, ni la poesía, nada aguza las -facultades y potencias humanas como él: es el -gran excitador. Ni las religiones, ni las filosofías -le aportan á la humanidad lo que el Príncipe -Rubio le brinda con una sonrisa: el poder, la -esperanza y la ilusión: es el Salvador.»</p> - -<p class="right p2">París, Julio 22 de 1910.</p> - - - - - -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak">ÍNDICE</h2></div> - -<table border="0" cellpadding="5" cellspacing="5" summary="indice"> - -<tr> -<td class="tdc large" colspan="2"><a href="#primera">PRIMERA PARTE</a></td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">Ideología de la Fuerza</td> -<td class="tdrb">5</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdc large" colspan="2"><a href="#segunda">SEGUNDA PARTE</a></td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">Metafísica del Oro</td> -<td class="tdrb">121</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdc large" colspan="2"><a href="#tercera">TERCERA PARTE</a></td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl">La Flor Latina</td> -<td class="tdrb">187</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdlt"><a href="#conclusion">CONCLUSIÓN</a></td> -<td class="tdrb">271</td> -</tr> -</table> - - - - - - - - - - -<pre> - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of La Muerte Del Cisne, by Carlos Reyles - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA MUERTE DEL CISNE *** - -***** This file should be named 54522-h.htm or 54522-h.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/5/4/5/2/54522/ - -Produced by Carlos Colón, Boston Library Consortium and -the Online Distributed Proofreading Team at -http://www.pgdp.net (This file was produced from images -generously made available by The Internet Archive) - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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