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diff --git a/.gitattributes b/.gitattributes new file mode 100644 index 0000000..d7b82bc --- /dev/null +++ b/.gitattributes @@ -0,0 +1,4 @@ +*.txt text eol=lf +*.htm text eol=lf +*.html text eol=lf +*.md text eol=lf diff --git a/LICENSE.txt b/LICENSE.txt new file mode 100644 index 0000000..6312041 --- /dev/null +++ b/LICENSE.txt @@ -0,0 +1,11 @@ +This eBook, including all associated images, markup, improvements, +metadata, and any other content or labor, has been confirmed to be +in the PUBLIC DOMAIN IN THE UNITED STATES. + +Procedures for determining public domain status are described in +the "Copyright How-To" at https://www.gutenberg.org. + +No investigation has been made concerning possible copyrights in +jurisdictions other than the United States. 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If you are not located in the United States, you'll have -to check the laws of the country where you are located before using this ebook. - -Title: El Sabor de la Venganza - Memorias de un hombre de acción, tomo 11 - -Author: Baroja Pío - -Release Date: March 6, 2017 [EBook #54285] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL SABOR DE LA VENGANZA *** - - - - -Produced by Carlos Colón, University of Toronto and the -Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net -(This file was produced from images generously made -available by The Internet Archive/Canadian Libraries) - - - - - - - - - - Nota del Transcriptor: - - - Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original. - - Errores obvios de imprenta han sido corregidos. - - Páginas en blanco han sido eliminadas. - - Letras itálicas son denotadas con _líneas_. - - Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas) - han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal. - - - - - PÍO BAROJA - - - MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN - - -_El aprendiz de conspirador._ - -_El escuadrón del Brigante._ - -_Los caminos del mundo._ - -_Con la pluma y con el sable._ - -_Los recursos de la astucia._ - -_La ruta del aventurero._ - -_Los contrastes de la vida._ - -_La veleta de Gastizar._ - -_Los caudillos de 1830._ - -_La Isabelina._ - -_El sabor de la venganza._ - - - - - MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN - - EL SABOR DE LA VENGANZA - - - - - ES PROPIEDAD - DERECHOS RESERVADOS - PARA TODOS LOS PAÍSES - - COPYRIGHT BY - RAFAEL CARO RAGGIO - 1921 - - Establecimiento tipográfico - de Rafael Caro Raggio - - - - - PÍO BAROJA - - - MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN - - EL SABOR DE - LA VENGANZA - - SEGUNDA EDICIÓN - - - [Ilustración] - - - RAFAEL CARO RAGGIO - EDITOR - MENDIZÁBAL, 34 - MADRID - - - - - PRÓLOGO - - Hablemos un poco. - - GOETHE. - - -ESTAS historias violentas de sangre--dice nuestro amigo Leguía--me las -contó Aviraneta en San Leonardo, un pueblo de la provincia de Soria, -adonde don Eugenio iba a veranear los últimos años de su vida. Yo solía -ir a ver a Aviraneta con frecuencia cuando estaba en Madrid y vivía en -la calle del Barco. Aviraneta era ya viejo en este tiempo: andaba cerca -de los ochenta años; y yo, aunque más joven que él, sentía que también -para mí había pasado la época de la acción y del entusiasmo. Los dos, -solitarios y olvidados, recordábamos nuestros tiempos, que nos parecían -mejores que aquellos en que vivíamos. - -Josefina, la mujer de don Eugenio, una francesa de Toulouse, con la -que se había casado, ya viejo, me decía que no dejara de visitar a su -marido. - ---El pobre se aburre y a usted le quiere como a un hijo--me indicaba la -francesa. - ---Yo voy a verle siempre que puedo. - ---¡Está tan abandonado!--añadía ella. - -En la época de la guerra francoprusiana, Josefina me escribió que don -Eugenio estaba en San Leonardo, un poco delicado de salud, y que se -quedaba allí hasta reponerse. - -Fuí a verle a don Eugenio al pueblo y lo encontré ya bien. - -Pensaba volver en seguida a Madrid; pero me sorprendió una gran -borrasca de frío y nieve y tuve que quedarme allí unos días hasta que -pasara. - -San Leonardo es un pueblo entre pinares, al lado de un cerro coronado -por las ruinas de un castillo. Don Eugenio vivía en casa del nieto de -un guerrillero del Cura Merino, a quien llamaban el tío Chaparro. - -El tío Chaparro era dueño de grandes rebaños y tenía una hermosa casa -de piedra con una cocina ancha, que cogía casi la mitad del piso bajo. - -El hijo del guerrillero miraba a don Eugenio como a un héroe, y más que -como a un héroe, como a un sabio: le escuchaba religiosamente, mandaba -que todo el mundo le obedeciese y le ponía un gran sillón de cuero al -lado de la lumbre. De noche, en la cocina, solía haber gran reunión de -cabreros y de zagales que, por sus indumentarias toscas, sus túnicas -como dalmáticas y sus capotes de lana cruda con capucha, me parecían -pastores de nacimiento. Aviraneta y yo solíamos tener largas charlas al -lado del fuego, en las que recordábamos sucesos políticos, y nuestras -conversaciones las escuchaban con gran curiosidad los pastores. - -Aviraneta se entretenía escribiendo una relación de sus aventuras -de guerrillero de la guerra de la Independencia, las que pensaba -cándidamente ofrecer como ejemplo a los franceses, para que viesen la -manera de rechazar la invasión alemana. - -Yo, entonces, estaba leyendo por primera vez la Biblia, en la -traducción de Cipriano de Valera, y hacía comentarios acerca de sus -máximas y de sus reflexiones, y, a pesar de que soy un espíritu -muy poco bíblico, me entretenía la lectura, aunque muchas veces me -repugnaba. - -Un día le dije a don Eugenio: - ---No me ha contado usted nunca con detalles su vida en la Cárcel de -Corte el año 1834. - ---¿Qué voy a contar de allí? Era la mía una vida monótona y siempre -igual. En la cárcel los días se parecen demasiado uno a otro. Se vive -recordando lo que ha pasado y pensando en lo que se va a hacer al salir -de la prisión. - ---Cuénteme usted con detalles todo cuanto recuerde de la cárcel y de su -vida en ella. - ---No creo que sea muy interesante, pero te lo contaré. - -Los datos que me dió Aviraneta de su estancia en la Cárcel de Corte no -fueron ni muy nuevos ni de gran interés. - -Si los menciono aquí es porque la Cárcel de Corte sirve de marco a las -historias sangrientas que siguen después. - - * * * * * - -Y ahora una advertencia: - -Como los chicos cuando terminan un castillo de arena le adornan con -unas banderolas vistosas para que tengan más apariencia, así he hecho -yo poniendo después de acabada mi obra frases literarias de escritores -célebres al frente de los capítulos. - -Así he pretendido dar a éstos cierto aire de pompa y de solemnidad que, -naturalmente, no tienen; porque yo nunca he sido ni pomposo ni solemne. -De esta manera, al que no le guste el texto se puede entretener con las -banderolas. - - - - - LA CÁRCEL DE CORTE - - - - - I - - EL CALAMAR - - Sobre mi cabeza, ¡escuchad! - Escuchad los gritos prolongados - y frenéticos de aquellos - cuyo cuerpo y cuya alma son - igualmente cautivos. - - LORD BYRON: _La lamentación del - Taso_. - - -DENUNCIADO por Francisco Civat y preso por el inspector Luna--comenzó -diciendo Aviraneta--ingresé el 24 de julio de 1834 en la Cárcel de -Corte. - -Martínez de la Rosa, que me tenía por un hombre peligroso, tomó -precauciones para impedir que me escapara. A mi ingreso en la -cárcel fueron destituídos el alcaide, un llavero y otros carceleros -considerados como liberales y que pertenecían a la Milicia Urbana, -y reemplazados por ex voluntarios realistas. El poeta granadino no -era torpe, y comprendió que nada mejor para guardar a un conspirador -liberal que unos carceleros absolutistas. - -A poco de entrar en la cárcel se comenzó mi proceso en el juzgado del -teniente corregidor don Pedro Balsera. - -Martínez de la Rosa eligió para juez de la causa a un tal Regio, -absolutista exaltado, y le previno que estaba entendiendo en un proceso -de alta traición; y de fiscal nombró a don Laureano de Jado, antiguo -afrancesado del tiempo del rey José, después protegido de Calomarde y, -por último, amigo de Rosita la pastelera. - -Don Laureano era un lechugino muy peripuesto. Se hallaba indignado -contra mí porque entre los papeles que me cogió la policía había dos -circulares, en una de las cuales decía que el Estatuto Real estaba -formado por una amalgama de afrancesados, anilleros y desertores del -carlismo, y en la otra recomendaba la prisión y el destierro en bloque -del gran Consistorio de abates renegados formado por Hermosilla, Lista, -Miñano y sus amigos, que se entendían con Luis Felipe para impedir toda -tentativa liberal en España. - -A don Laureano, que había formado parte de la Comisión Militar de -Madrid en tiempo del terror de Calomarde y Chaperón, le parecía mucha -severidad la nuestra con la Junta de abates afrancesados, que siempre, -vanagloriándose de su cultura, tenían que influír a favor de la rutina -y del absolutismo. - -Para escribano de la causa eligieron a don Juan José García, ex -sargento realista, que pasados unos años figuró como secretario de la -Junta facciosa de Morella. - -Así, un liberal como yo, preso por un Gobierno liberal, estaba -vigilado por furibundos absolutistas. - -Al entrar en la cárcel se dijo que yo me había comido la lista de los -comprometidos en la Isabelina, cosa absurda, porque una lista de dos -mil nombres no se la come uno por buen estómago que tenga. Me batí con -el juez y con el fiscal y les mareé con declaraciones contradictorias. -Hice como el calamar, que enturbia el agua para escaparse. - -Tan pronto aparecía la Isabelina como una sociedad secreta, de la que -formaban parte la infanta Luisa Carlota, el infante don Francisco, -Palafox y el conde de Parcent, como era un proyecto que no había pasado -de utopía acariciada en mi imaginación. - -Entre otras cosas le dije al juez que tenía guardados documentos -importantísimos, y que si moría en la cárcel estos documentos se -publicarían inmediatamente en París después de mi muerte. - -La amenaza dió grandes resultados. - -El juez me decía: - ---Pruebe usted sus asertos, presente usted esos documentos. - ---No presentaré documento alguno si no me dejan libre. - ---¿Qué miedo puede usted tener? - ---Miedo de que me quiten los documentos para poderme aplastar -impunemente. - -Le dije también al juez, en confianza, que el infante don Francisco y -su mujer pretendían la expulsión de María Cristina y de sus hijas para -quedarse ellos con la Regencia de España. Que después pensaban elevar -al trono al infante don Francisco, y que se habían acuñado monedas -con esta leyenda: «Francisco I, rey por la gracia de Dios y de la -Constitución». - ---¿Estos proyectos no se los habrán contado a usted los mismos -infantes?--me dijo el juez con sorna. - ---Sí. - ---¿Es que ha hablado usted con ellos? - ---Sí, señor. - ---¡Bah! - ---¡No lo crea usted! El ex ministro don Javier de Burgos y el inspector -de policía Luna me encontraron en la antecámara de Palacio la primera -vez que fuí a ver a los infantes, llamado por ellos. Pregúnteles usted -a Burgos y a Luna: lo podrá usted comprobar. - -El juez no sabía a qué carta quedarse. Yo le daba mezcladas la mentira -y la verdad, y él no sabía separarlas. Indignado el hombre, en uno de -sus escritos me llamó malvado y miserable, y dijo públicamente que yo -acusaba al infante don Francisco y a Palafox. - -Estas declaraciones mías, que se conocieron en Palacio, me valieron el -odio de la infanta Luisa Carlota y de su marido, y luego la amistad de -María Cristina, porque llegaron las dos hermanas a odiarse de tal modo, -que los amigos de una eran sólo por esto enemigos de la otra. - -El general Palafox se debió ver en un apuro; afirmó que no tenía -relación alguna con la Isabelina y que no me conocía a mí, aunque por -otra parte me creía persona de honor e incapaz de una impostura. Dijo -que el plan revolucionario mío era una fantasía, y aseguró que el -capitán Civat era un agente carlista que me había engañado a mí, sin -decir que el primer engañado había sido él. - -El mismo día Palafox envió a su sobrino a casa de mi hermana con el -encargo de decirla que él pondría en juego sus altas influencias para -sacarme lo más pronto posible de la cárcel. - -A Palafox se le ordenó que quedara arrestado en un cuartel, y luego, -con la benevolencia que se tiene siempre con los poderosos, se le dejó -detenido en su propia casa, en comunicación con su familia y sus amigos. - -Después, cuando se supo que yo no acusaba a nadie, sino que afirmaba -que el único conspirador de la Isabelina era yo, y que, por lo tanto, -no había conspiración, los que tenían miedo de aparecer complicados -se tranquilizaron. El conde de las Navas, en las Cortes, interpeló al -Gobierno por la prisión de Palafox; y Martínez de la Rosa contestó -dando a entender que lo sabía todo. - -Al mismo tiempo que yo fueron presos varios otros individuos que -formaban parte de la Isabelina: Nogueras, Beraza, Calvo de Rozas, -Olavarría, Romero Alpuente, Espronceda, García Villalta. Todos ellos -ingresaron en la Cárcel de Corte. En provincias se hicieron también -muchas prisiones. - -A las dos o tres semanas no quedábamos allí mas que Beraza, Romero -Alpuente y yo. Beraza no sé cómo se las arregló para salir pronto. - -Espronceda y García Villalta, a pesar de su fachenda byroniana, -cantaron la palinodia de una manera humilde, y se les sacó de la -prisión y se les llevó desterrados a Badajoz. - -Me quedé con el compañero peor, Romero Alpuente, viejo decrépito y sin -ánimo. - -Romero Alpuente se quejaba de la Soledad, de la tristeza, de la falta -de aseo y de los parásitos de la cárcel; después, cuando invadió -el cólera la prisión, el pobre hombre se pasaba la vida en la cama -escribiendo memoriales a la Reina. - - - - - II - - SOLO - - Desgracia al hombre solo. - - EL ECLESIASTÉS. - - -POCO a poco todos los complicados en aquella causa, por entonces -célebre, quedaron libres. Yo solo permanecí en la cárcel vigilado -estrechamente durante meses y meses, hasta que pude escapar, gracias a -un pronunciamiento. - -Nadie fué castigado en serio, y el denunciador de la Isabelina, don -Francisco Civat, fué agraciado poco después por el ministerio, contra -el dictamen del ministro, Moscoso de Altamira, con el empleo de vista -de la aduana de Barcelona. Lo disfrutó poco tiempo, porque en el primer -movimiento revolucionario que hubo allí tuvo que esconderse y fugarse a -Francia, en donde tomó partido por Don Carlos. - -Después de muchas declaraciones mías, el fiscal don Laureano de Jado -declaró inocentes a todos los procesados, y consideró que el único -culpable era yo. Mientras el proceso duró, la preocupación por lo que -tenía que decir y que contestar me tuvo en tensión el espíritu; luego -pasé una temporada aburrido y desesperado. - -Se comenzó a olvidar mi causa. De tarde en tarde se hablaba de mí -en los periódicos. Don Fermín Caballero, que no era de mi cuerda, y -que tenía cierta rabia por los que nos sentíamos capaces de jugarnos -la vida en una conspiración como la fraguada en julio, dijo que la -Isabelina era una sociedad formada por calaveras y gente del trueno, -que no tenía más misión que la de alborotar. - -Cuando me nombraba a mí en el _Eco del Comercio_ me llamaba el -atolondrado Aviraneta. ¡Atolondrado! Claro es, porque yo había expuesto -el pellejo y él no lo había expuesto nunca. - -Hay demócratas--y al decir esto don Eugenio sonreía con cierto -desprecio--, que creen que el mundo puede hacer desaparecer con el -tiempo a los héroes y a los aventureros. - -Esta idea me parece una idea falsa y ridícula. Siempre habrá un -desequilibrio entre la realidad y la utopía que permita una aventura al -que tenga fondo de aventurero. - -¿Además, es apetecible que desaparezca todo lo que sea esfuerzo, -improvisación y energía? No veo por qué el ideal de la vida haya de -ser llegar a una existencia mecanizada y ordenada como una oficina de -comercio. No creo que se pueda alcanzar esto. ¿Cuándo se han hecho -cosas admirables sin esfuerzo y sin heroísmo? ¿Se harán alguna vez? Yo -creo que nunca. - -Por más que quieran cerrar, alambrar el recinto social, siempre habrá -boquetes libres para escaparse; por más que los Gobiernos decreten que -los hombres deben ser unos buenos cerdos tranquilos cuyo ideal sea el -pesar muchas arrobas, siempre habrá jabalíes entre ellos. - -Por esta época del cólera, el partido cristino tuvo el primer -quebranto, al hacerse público que la Reina se había enredado con Muñoz -y que había tenido un hijo. Todo Madrid debía estar comentando con -fruición el caso, y la noticia llegó hasta la cárcel. - -Se habló de las citas, en la Granja de Quitapesares, entre María -Cristina y el guardia de Corps; se habló de la tía Eusebia, del -estanquero de Tarancón, de la niña Gertrudis Magna Victoria, que, según -los chuscos, podía poner con el tiempo en su escudo los lirios de los -Borbones al lado de las cajetillas de tabaco de los Muñoces. - -Se contó que estando de caza en el Pardo María Cristina con la Corte, -la Reina le dijo a Muñoz, al ver saltar una pieza: «Para ti, Muñoz»; y -que él contestó: «No; para ti, Cristina». - -Se contó también que se había reunido el Gabinete con el objeto de -discutir la cuestión de los amores de la Reina, y se habló en broma -de lo que habían aconsejado los unos y los otros. Se decía que los -más conspicuos del partido moderado estaban de acuerdo en aconsejar -moderación a aquella italiana, ardiente y fogosa. - -Martínez de la Rosa decía que Zarco del Valle, como militar galante, -era el más a propósito para llevar a buen término, y de una manera -delicada, esta gestión de índole moderada; Toreno aseguraba que -Garelly era el más insinuante y jesuítico, y Garelly objetaba que el -más indicado de todos era el duque de Rivas, puesto que podía dar a la -observación un aire de poesía y de lirismo. - - - - - III - - LA CÁRCEL - - Allí están los alegres y los - tristes; allí hay hombres - muriendo; allí hay hombres - nacidos, hay hombres orando; al - lado de un tabique de ladrillo - hay hombres maldiciendo, y, en - torno de todos ellos, está la - noche inmensa y vacía. - - CARLYLE: _Sartor Resartus_. - - -LA Cárcel de Corte de Madrid estaba formada, en parte, por ese edificio -de la plaza de Santa Cruz, que luego ha sido Ministerio de Ultramar, y, -en parte, por otro, anejo a él, que fué en tiempo pasado hospedería de -los Padres del Salvador. - -La Cárcel de Corte, con sus dos cuerpos, formaba un paralelogramo largo -y estrecho. Los lados cortos los componían: uno, la fachada de la -plaza de Santa Cruz, en donde había entonces una fuente, la fuente de -Orfeo, y el otro, varias casuchas que daban a la calle de la Concepción -Jerónima. Por los lados largos pasaban, casi paralelas, la calle del -Salvador y la de Santo Tomás. - -Una parte estaba dedicada a cárcel de mujeres, y muchas de éstas tenían -sus hijos pequeños con ellas. Era muy difícil darse cuenta clara de la -topografía de la cárcel, porque todo el edificio se hallaba dividido -con tabiques, que formaban rincones y pasillos, y en aquellos recovecos -se desorientaba uno en seguida. - -En la cárcel había mucha más gente que la que buenamente cabía en -ella; faltaba luz y ventilación, y, sobre todo en el verano, no se -podía respirar por el mal olor. Cuando entraban los magistrados de la -Audiencia solían quemar incienso y plantas aromáticas. - -Los pobres lo pasaban horriblemente; muchos no tenían ropas ni mantas, -y dormían en pleno invierno sobre el suelo, de piedra. Los alcaides -solían arrendar los distintos servicios a pequeños industriales, que -explotaban a los presos de una manera miserable. - -El día de Jueves Santo se asomaban los presos a las rejas que daban a -la plaza de Santa Cruz, y pedían limosna a los transeúntes, gimoteando -y haciendo sonar sus cadenas. - -El domingo y los días de fiesta los ladrones se exhibían en los patios -de la cárcel y se daban tono. Había cantos, guitarreo y a veces riñas, -en las cuales salían a relucir navajas y estoques. - -Los empleados de la cárcel eran: un alcaide, un capellán, tres -porteros, seis demandaderos, una demandadera, un llavero, un -escribiente, un enfermero, un cocinero, un mayordomo, un médico y un -cirujano. Los cuartos costaban: los de primera, siete reales al día; -los de segunda, cuatro, y los de tercera, dos. La sección de políticos -era más limpia y más cuidada que el resto. Yo tenía un cuarto bastante -regular, con una mesa, una cama y una butaca. A los pies de la cama -ponía cuatro cacharritos llenos de agua para que no subieran las -chinches, porque a estos huéspedes no había manera de exterminarlos. - -Al principio no quisieron dejarme tener libros, ni papel, ni tinta; -pero luego, sí. - -En los primeros días de cárcel, el alcaide me vigilaba de una manera -molesta; no me permitía hablar con nadie sin estar él delante. Me -trataba con gran consideración y me decía que no hacía mas que cumplir -con su deber. - -Don Paco, el alcaide, era uno de los mayores bribones de España: robaba -a los presos y los explotaba de una manera inicua. Eso sí, lo hacía -todo con una gran finura: no se le oía jamás un insulto o una palabra -soez. - -Don Paco había sido lego en un convento y tambor de una partida -realista. - -Era el tal don Paco, por entonces, hombre de unos cuarenta años, -muy alto, muy encorvado, muy flaco, un verdadero espectro. Tenía la -nariz aguileña, los dientes muy blancos, los ojos negrísimos, de -extraña expresión; la piel obscura, y el pelo, como decían los autores -románticos, del color del ala del cuervo. Iba siempre muy pulcro, muy -bien afeitado, y tenía la costumbre de restregarse las manos haciendo -un ruido como de huesos. - -Su vigilancia sonriente me llegó a exasperar. - -Al principio, iracundo por verme tan vigilado, para encontrarme solo -comencé a no salir de mi calabozo. - -Con aquella vida sedentaria y la humedad del cuarto se me exacerbaron -los dolores reumáticos y tuve que guardar cama. El médico me visitó, -y dijo que era indispensable para mí el hacer ejercicio, pues si no -mi enfermedad se agravaría. Esta prescripción facultativa me obligó -a salir al patio con frecuencia, y a dar vueltas y más vueltas, y a -conocer a los detenidos. - -La mayoría de los presos políticos de la Cárcel de Corte eran -furibundos realistas; había también algunos liberales, sospechosos de -haber tomado parte en la matanza de frailes. Los realistas eran casi -todos de fuera de Madrid: curas, frailes, abogados, guerrilleros de la -Mancha llevados a la corte para declarar en procesos de conspiración. - -La sección de políticos rebosaba, y su personal era el más extraño y -heterogéneo: había allí, desde carbonarios hasta absolutistas rabiosos; -desde apóstoles hasta asesinos. - -Por ser los carlistas presos gente de más fuste que los liberales, -y por tener la protección decidida del alcaide y de los principales -celadores, los absolutistas disfrutaban en la Cárcel de Corte de -preeminencias y de ventajas que no disfrutábamos los demás. - -El abogado carlista Selva, y algunos frailes amigos suyos, llevaban -allí la voz cantante y dirigían y mandaban no sólo en el patio de los -políticos, sino también en el de los detenidos por delitos comunes. -En éstos se verificó una división parecida a la de los políticos, y -hubo un grupo liberal y otro carlista, con sus pasiones, sus odios, -su intolerancia y su fanatismo. Unos cuantos carlistas valencianos, -capitaneados por un arriero, llamado el Roch, y por un esterero de -Crevillente, apodado el Tate, entraron por instigación de los frailes y -de Selva en el segundo patio, con el asentimiento del alcaide don Paco, -y se dedicaron a hacer prosélitos. - -Mis dos ayudantes en la cárcel eran Román, el hijo del librero de viejo -de la calle de la Paz, y Gasparito, un zapatero remendón, hombre de muy -buen sentido. - -Además de estos dos tenía como compañeros y correligionarios al Mingo y -al señor Bruno, que eran albañiles; al Mulato, que era albeitar, y al -Sanguijuelero, que tenía esta profesión unida a la de sangrador y la -de herbolario. Todos estos habían sido detenidos durante la matanza de -frailes por excitaciones al pueblo. - -Entre los carlistas presos, la mayoría eran campesinos, y tenían, en -general, buen aspecto. - -Había gran diferencia entre los carlistas, casi todos del campo, y los -revolucionarios madrileños. Eran mejores tipos aquéllos, más fuertes, -más nobles, más enteros; daban una impresión de mayor energía. - ---Hoy lo mejor del pueblo es carlista--pensaba yo--; pero dentro de -cincuenta años no pasará lo mismo. - -Había también gran diferencia entre los presos políticos y los -ladrones. Sólo a primera vista, por su aspecto, podían distinguirse -los unos de los otros; los políticos tenían un aire más recogido, más -ensimismado; los otros alardeaban de la fanfarronería y del cinismo -que caracterizan a los criminales de profesión. Como estábamos los -liberales en minoría, yo pensé que me convendría frecuentar el patio de -los presos de delitos comunes para hacer prosélitos. - -Un día encontré en la cárcel al célebre ladrón Candelas, a quien -conocía y había tenido como agente de la Isabelina. Reconocimos ambos -que estábamos metidos en un callejón sin salida. Candelas abrigaba -la esperanza de escaparse. Me propuso un plan de fuga, pero no tenía -condiciones para llevarlo a la práctica. - -El alcaide, que vió que charlábamos Candelas y yo, no sospechó que -pudiéramos conocernos de antemano; Candelas me indicó que me dirigiera -a Francisco Villena (Paco el Sastre), por ser éste amigo suyo y -hombre de recursos; y, efectivamente, me vi con él y conseguí que él -intrigara en el patio de presos de delitos comunes para impedir que los -absolutistas se hicieran dueños de la cárcel. - -Poco después Candelas fué trasladado a otra prisión. - - - - - IV - - El PADRE ANSELMO - - Feliz el que nunca ha visto - más río que el de su patria, y - duerme, anciano, a la sombra do - pequeñuelo jugaba. - - ALBERTO LISTA: _Entre las cimas - del Alpe_. - - -ENTRE los clérigos y frailes que estaban en la cárcel había un cura -de pueblo, viejo, sordo, de sotana raída, que se llamaba don Anselmo -Adelantado. Yo, al principio de conocerle, desconfié de él; se me -acercaba, me saludaba y me mareaba a preguntas. - -Yo pensé: éste es un espía, un echadizo. Y, naturalmente, con esa idea -le daba informes falsos. - -Luego empecé a sospechar que el padre Anselmo era un simple, un pobre -de espíritu; sus compañeros y correligionarios presos le daban siempre -de lado. - -Cuando intimé más con él me convencí de que el padre Anselmo era -un hombre de esos de espíritu angelical que pasan por la vida sin -enterarse de las miserias de la Humanidad. - -El padre Anselmo era un hombre sin ninguna malicia, y, a pesar de esto, -se creía muy malicioso. Tomaba al pie de la letra todo lo que le decían. - -Era de un pueblo próximo a Molina de Aragón. - -Su historia se podría contar en pocas palabras. Le habían hecho cura, -le habían nombrado párroco de un pueblo y había estado allí cuarenta -años viviendo, primero con una hermana y luego con una sobrina. -Al comenzar la guerra, los carlistas le habían hablado de que era -indispensable que él les favoreciese y se pusiera de su lado; y como él -estaba convencido de que los liberales tenían pacto con el demonio y de -que la Reina Cristina era una masona, había ofrecido su concurso. Luego -le habían denunciado y le habían traído a Madrid, a la Cárcel de Corte. - -El padre Adelantado era un hombre de más de sesenta años, con una cara -tosca y terrosa; la boca grande, las cejas, como pinceles blancos, -caídas sobre los ojos, y las manos cuadradas y fuertes. Tenía una -manera de hablar un poco ruda, entre castellana y aragonesa. Usaba en -la cárcel una sotanilla raída, de color de ala de mosca, y un bonete. - -Tenía una sotana nueva y un manteo, que guardaba en su maleta, que le -parecían a él el colmo del lujo. - -Las observaciones del padre Anselmo me regocijaban lo indecible. - -Una vez había dos mujeronas de la vida airada en el locutorio esperando -a alguno. - ---¡Pobres muchachas!--dijo el padre Anselmo--; habrán venido a ver a -sus padres o quizá a sus novios. - ---Sí, seguramente. - -Yo, cuando le oía alguna de estas cosas, hacía un gesto para no echarme -a reír, y él se reía también, porque decía que, aunque cura, era muy -malicioso. - -Al padre Anselmo le gustaba fumar y yo le daba cigarros; pero él no -quería. - ---Un cigarrito, bien; pero nada más. Ya sería vicio. - -Un día, después de muchas vacilaciones, me dijo: - ---Don Eugenio. - ---¿Qué? - ---Me han dicho una cosa muy grave. - ---¿Qué le han dicho a usted? - ---Que usted es liberal. - ---¡Ah!; ¿pero no lo sabía usted? - ---No. ¡Así que usted es liberal! ¡Ave María Purísima! ¡Y yo que le -creía a usted una buena persona! - ---Y lo soy. - ---Pero, bueno, dígame usted la verdad. ¿Usted ha hecho pacto con el -Demonio? - ---No, no; puede usted creerme, padre Anselmo: no he hecho pacto con él. - ---¡Ah, vamos! Así que usted sigue siendo cristiano. - ---Sí, sí. - ---Porque hay otros, ¿sabe usted?, que van a las logias masónicas, y -allí creo que hacen horrores. ¡Ave María Purísima! - -El padre Anselmo me entretenía con su conversación, cándida e inocente. - -Muchas veces me hablaba del campo, de lo que estarían haciendo por -aquellos días en su pueblo. Su charla tenía un sabor de aldea que me -encantaba. No hay sitio, ciertamente, en donde los recuerdos del campo -tengan más valor, ni más encanto, que en la cárcel; así que yo le oía -al cura viejo entretenidísimo. - - - - - V - - LUCHAS - - Tienen dos madres, las dos - madrastras: la ignorancia y la - miseria. - - VÍCTOR HUGO: _Los Miserables_. - - -LA Cárcel de Corte tenía tres patios, que servían para que pasearan -los presos. El primero se hallaba dentro del edificio actual, y tenía -alrededor oficinas y cuartos para nosotros los políticos; el segundo -estaba entre los dos cuerpos del edificio, el que queda y el derribado, -que daba a la calle de la Concepción Jerónima. - -A los lados de éste se levantaban unos pabellones abovedados, -horriblemente sucios y siniestros. A uno de ellos lo llamaban la -Grillera. Allí solían estar encerrados los ladrones, y, en una especie -de jaula, se metían todas las noches a los muchachos jóvenes y a los -niños, jaula que se llamaba la Gallinería. De este patio central se -pasaba a otro, pequeño y profundo, que daba hacia la calle de la -Concepción Jerónima, y que había sido el antiguo cementerio de los -Padres del Salvador. Cortando el edificio había un callejón estrecho, -el callejón del Verdugo, por el cual entraba el ejecutor de la Justicia -cuando tenía que acompañar a algún reo a la horca. - -Hacia la Concepción Jerónima había calabozos irregulares, obscuros, que -se destinaban a los grandes criminales y asesinos, y más atrás, una -pequeña capilla para los condenados a muerte, en la cual se les tenía -tres días. - -Los presos del segundo patio vivían horriblemente: a muchos no les -llegaba el rancho; si tenían algún dinero podían recurrir a una -cantina, donde estaba todo carísimo; si no, se quedaban sin comer. Un -preso murió de hambre en un calabozo. Aquel calabozo se le llamó el del -Olvido. - -Era el tercer calabozo célebre de la cárcel; había otros dos que tenían -nombre: el de La Sed y el del Dragón. - -Cuando yo visité el segundo patio, en el calabozo del Olvido había un -idiota vagabundo a quien tenían que traspasar al hospital. Este idiota -chillaba y cantaba y hacía reír a los presos, que le consideraban como -un hombre feliz. - -Los criminales audaces conseguían allí lo que querían: comían bien, -bebían, tenían armas y hacían que les visitasen las mujeres del otro -departamento. - -Paco el Sastre, a quien, como digo, Candelas me había recomendado, me -hizo conocer a dos raterillos a quienes exigió que me obedecieran como -a su jefe. Uno de éstos era el Gacetilla, un chico que llamaban así -porque sabía todo cuanto ocurría dentro y fuera de la cárcel, y el -otro, el Mambrú, un gimnasta que andaba con las manos y daba saltos -mortales. - -Por estos muchachos pude comunicarme libremente con mis amigos de -fuera. Uno de los procedimientos que tenían era cantar. Un preso -cantaba una copla, en la que decía disimuladamente lo que quería, y -al día siguiente se ponía un ciego con la guitarra en la Concepción -Jerónima, y en la canción que entonaba venía la respuesta. - -Con Paco el Sastre comencé a organizar una campaña contra el alcaide y -los carceleros carlistas. Los presos del segundo patio se dividieron -también en liberales y carlistas; pero aquí las fuerzas estaban -equilibradas. - -Entre aquellos bandidos y estafadores, la influencia de un -lugarteniente de Candelas, como Paco el Sastre, era decisiva. Yo les -ayudé lo que pude a los que se vinieron al campo liberal. - -Con motivo de la división entre carlistas y liberales se producían -riñas constantes; un día hubo en el segundo patio una gran pelea entre -un bandido que llamaban el Raspa, que había sido procesado a raíz de la -matanza de frailes, y un guerrillero carlista, el Ausell. - -Se desafiaron: el Raspa le tiró una navajada y le cortó la cara, -mientras el otro le dió una cuchillada en el pecho que le dejó medio -muerto. - -Yo hice un padrón de los presos liberales, de los carlistas y de los -indefinidos, y como prefacio al padrón, un ligero estudio acerca de -la psicología de los tipos desde el punto de vista del mayor o menor -valor que podían tener para una conspiración. - -Aviraneta me confesó que en su tiempo pensó hacer, más o menos en -broma, el manual del perfecto conspirador. - - - - - VI - - EL SEGUNDO PATIO - - En el patio de la cárcel hay - escrito con carbón: «Aquí el - bueno se hace malo, y el malo - se hace peor». - - CARCELERA. - - -YO no soy precisamente un sentimental, ni un poeta de delicadezas ni de -ternuras, y, sin embargo, la perspectiva del segundo patio, la primera -vez que entré en él, me hizo un efecto terrible. Era un cuadrado con -paredes altas y lleno de gente. - -Aquel patio tenía algo de plazuela, de casa de juego, de manicomio, de -foro, de plaza de toros y de hospital. - -Todas las aglomeraciones de hombres solos son, indudablemente, -malsanas, repugnantes; huelen a sentina, ya sean cárceles, cuarteles, -seminarios o conventos; pero la cárcel es la cloaca máxima. - -Allí se reúne la basura humana, los detritos de la sociedad. Lo que no -está podrido se pudre pronto, y la infección envenena el ambiente con -sus miasmas. - -La cárcel es como la imagen negativa de la vida moral. Allí la bajeza, -la fealdad, la maldad, el odio, todo lo más horrendamente humano, se -muestra a lo vivo. - -Es un pantano en una fermentación constante que exhala vapores fétidos -bastantes para envenenar toda la atmósfera. - -La cárcel es la universidad de lo perverso. La Naturaleza se divierte, -a veces, en formar monstruos con lo físico o con lo moral. Los -monstruos físicos vagan por el mundo; los monstruos morales tienden a -reunirse en la cárcel. Aquí se completan, se complican, se hacen más -perfectos en su monstruosidad. - -En la Cárcel de Corte, por entonces, había de todo: políticos, -homicidas, lechuguinos, jovencitos elegantes y bien puestos, viejos -barbudos y enfermos, locos desnudos que lanzaban horribles lamentos, -reñidores desesperados que pasaban la vida entre gritos y blasfemias. - -Allí el robo, el asesinato, la estafa, la locura, el cinismo, la -enfermedad, la miseria, la matonería, la sodomía se daban la mano y -bailaban una terrible danza macabra. - -Esta fermentación de la cárcel, que acaba con los sentimientos nobles -del hombre, no sólo no acaba, sino que deja el egoísmo, el instinto de -vivir más ágil que nunca. Nada se parece tanto a un gallinero, a una -casa de fieras, a una selva virgen, a un bosque de bestias feroces, -como una cárcel. El preso vive allí como un piel roja, siempre en -acecho, dispuesto a destrozar al prójimo por la fuerza, por la malicia -o por el engaño. - -Lo característico de la cárcel es esto: que no hay piedad. El valiente -allí muere o vence, el tímido sucumbe; para el desdichado sin energía -son todas las miserias, todos los horrores, todas las groseras -mixtificaciones. - -El fuerte manda y gallea; el cobarde adula y se envilece. Allí no hay -que hacerse ilusiones. Hay que dejar toda esperanza; no hay mas que -miradas de odio, de rabia, de desesperación o de desprecio. El que -teme caer, sabe que si cae todos pasarán por encima de su cabeza; por -eso hay que pisar fuerte y no resbalar. En una cárcel no se puede ser -mas que un santo, un miserable o un misántropo. Vivir en una cárcel es -hacerse para siempre enemigo del hombre. - -Al principio, al entrar en el segundo patio se creía notar que todos -los encerrados allí tenían una gran alegría: se cantaba, se jugaba, se -vociferaba; pronto se podía ver que la alegría era ficticia y que por -debajo de ella latía una sorda irritación. - -Otra cosa se notaba, y es que no había nadie independiente; allí -ninguno podía apartarse de la acción común. Ya el lenguaje era especial -para la cárcel, mezcla de germanía y de caló. Jorge Borrow, el escritor -inglés, me explicó varias veces cómo la germanía y el caló no son -lo mismo, pues la germanía es una lengua figurada, como el _argot_ -francés, y, en cambio, el caló es un idioma. - -Además de la comunidad de lengua, había en la cárcel la comunidad -de la acción. Cuando se comía había que repartirse por cuadrillas; -al hacerse la limpieza del patio, unos la hacían; otros, no; al -jugar, unos tenían categoría para jugar; otros no podían ser mas -que espectadores, y otros ni eso; para dormir existían también sus -categorías. Había una disciplina cuya dirección se subastaba a cada -paso, y se daba al más audaz y al más valiente. Cuando entré por -primera vez en el segundo patio, me acompañaban Román y el padre -Anselmo. A éste le dirigieron las más innobles chacotas: - ---Oiga usted, pae cura. Me tiene usted que dar el modelo de esa -sotanilla. - ---La sotana es vieja--replicó el padre Anselmo--; pero los que no somos -ricos no podemos llevarlas mejores. - ---Bien dicho--afirmé yo. - ---Oiga usté, pae cura--le preguntó otro de los presos--,¿cuántos hijos -tiene usté en el pueblo? - ---Yo no tengo hijos, porque soy cura--contestó él--; pero a todos mis -feligreses los considero como si fuesen hijos míos. - -El pobre hombre contestó varias veces con prontitud y con gracia, y -llegó a hacerse respetar. - - - - - VII - - LOS MATONES - - Hallóse allí Calamorra - sobre si no mata siete, - bravo de contaduría, - de relaciones valiente. - - QUEVEDO: _Romances_. - - -LOS matones del segundo patio eran Paco el Sastre, el Fortuna, el -Mandita y el Manchado, que compartían el poder con dos falsificadores -llamados los Pinturas, y con un caballero de industria, el señor Pérez -de Bustamante. Paco el Sastre, amigo y cómplice de Candelas, se había -escapado varias veces de distintas cárceles, lo que le daba gran -prestigio. - -El Fortuna, guapo de casa de juego, fanfarrón y atrevido, estaba preso -por una muerte. El Mandita era ladrón, un tipo fino, de nariz larga, -ojos claros e inteligentes, labios muy delgados, cara afilada, bigote -ralo y mano de hierro. - -El Mandita rompía las nueces con los dedos. - -El Manchado era hombre de cara dura y color terroso, pómulos -salientes, mandíbula grande y fuerte, los ojos torcidos, la boca -recta como una cortadura. El Manchado parecía un calmuco y tenía una -agresividad feroz. Durante la matanza de frailes se había exhibido, -lleno de sangre, en la taberna de Balseiro, y había intentado vender -ornamentos de iglesia. Estaba herido desde entonces y llevaba una venda -sucia en la frente. - -El Fortuna le temía al Manchado. El Fortuna había llegado a matón por -inteligencia, por comprender la cobardía de los demás; el Manchado, no; -éste no discurría; se sentía bruto naturalmente, sin complicaciones ni -razonamientos. - -Los Pinturas, padre e hijo, tenían mucha influencia. Los Pinturas eran -falsificadores. El padre, un viejo calvo, apacible y burlón, tenía -un aire de hombre frío y lleno de inteligencia, los ojos agudos y -perspicaces, la frente ancha y desguarnecida, la boca muy cerrada, de -labios finos. - -El Pinturas joven parecía una araña, alto, delgado, sonriente, con cara -de polichinela y voz de lo mismo. Era muy burlón y satirizaba con mucha -gracia a todo el mundo. Tenía siempre a su disposición papel y pluma, y -servía de memorialista a los presos. Les escribía cartas con la letra -que quisieran. En un par de minutos de estudiar una letra, la adoptaba -como si fuera suya y seguía escribiendo con ella. Al Pinturas joven -le gustaba leer mucho; fabricaba juguetes con alambres y cartón, que -conseguía vender en las calles, y cuando no tenía nada que hacer hacía -juegos de manos. - -Por lo que se decía, había falsificado escrituras, contratos, -testamentos, y seguía trabajando en la cárcel. - -Respecto al señor Pérez de Bustamante, era un caballero de industria, -charlatán, mentiroso, que quería hacerse pasar por aristócrata. - -Este hombre había vivido durante los primeros meses de la guerra -haciendo suscripciones para viudas de oficiales muertos en la campaña, -y cuando explotó el lado liberal pasó a cultivar el campo carlista. -Pérez de Bustamante era hombre osado y decidido. - -Otro tipo curioso era _Doña Paquita_, el cinedo de la cárcel, joven -ambiguo que hacía ademanes de mujer. Este muchacho tenía la nariz -respingona, con las ventanas muy abiertas, la barba azul, del afeitado, -y la manera de hablar afeminada. - -Algunos de los presos habían conseguido cierta independencia y hacerse -respetar del grupo que cobraba el barato. - -Uno de ellos era un topista, que llamaban Mangas, afiliado al grupo -liberal. El Mangas tenía una cara de galgo, la nariz larga, la boca -como recogida, los ojos pequeños y claros y el pelo rubio. Vestía bien, -era gallego, aunque él decía que no. Se le había encontrado con unos -cálices, después de la matanza de Julio, en una taberna de una vieja a -quien llamaban la tía Matafrailes. - -Entre los presos de delitos comunes que se decían carlistas había gente -bárbara y maleante, como entre los que se consideraban liberales. - -Uno de los carlistas de quien todos se reían era un labriego, el -Paleto, que había robado una mula. El Paleto tenía la cara parada y -estúpida, la cabeza grande y la voz chillona. Solía servir de blanco a -las bromas de todos. - -Otro carlista que se distinguía por su aire hipócrita era el -Seminarista, que había sido estudiante de cura y tenía la especialidad -de hacer digresiones místicas, en las que barajaba muchos latines. A -este truhán le habían encontrado varias veces desvalijando los cepillos -de las iglesias con una ballena untada de liga. - -Al poco tiempo de entrar en el segundo patio, el alcaide se dió cuenta -de que yo iba allí para hacer propaganda entre los presos contra los -carlistas y contra él; entonces me prohibió el paso. - -Yo tenía mis medios de comunicación asegurados. - -Mi duelo con el alcaide acabó con la victoria mía; pues conseguí al año -que él se quedara preso y yo saliera libre. - - - - - LA MUERTE DE CHICO O LA - VENGANZA DE UN JUGADOR - - - - - PRIMERA PARTE - - ANTECEDENTES - - - - - I - - UNA NOCHE DE NIEVE - - En la niebla y en la bruma, - en la nieve profunda, en el - bosque inculto, en la noche - de invierno oigo el aullido - hambriento del lobo y el grito - sombrío de la lechuza. - - GOETHE: _Lied del bohemio_. - - -AL día siguiente en que don Eugenio nos contó su vida en la Cárcel de -Corte, comenzó a caer una gran nevada. Habían acudido a la cocina del -tío Chaparro más gente que la noche anterior, y los pastores y cabreros -fantaseaban acerca de las consecuencias de la nevada y de la aparición -de los lobos en la garganta de Covaleda y en los montes del Urbión. - -Habían visto sus huellas en la nieve; habían dejado leña en las chozas, -y quesos y cecina sobre las ramas altas de los pinos para que no los -cogieran los lobos. - -Aviraneta y yo estábamos al lado del fuego, sentados en dos grandes -sillones; él llevaba puesto un abrigo grueso y tenía sobre la espalda -un mantón de su mujer. Escuchábamos la conversación de los pastores, -oíamos el ladrido de los perros y, a veces, el chirrido de la lechuza. - -De pronto, Aviraneta me dijo en voz baja: - ---Relacionándola con aquella época de la Cárcel de Corte de que te -hablaba ayer noche, recuerdo una historia bastante siniestra en la -que figuró un tal Castelo y el policía Chico. Ya te la habré contado, -¿verdad? - ---No. - ---¿No te la he contado? - ---No. - ---Pues es raro. - ---Cuéntela usted, don Eugenio--dijo el tío Chaparro, terciando en -la conversación--; mandaré traer un poco de café con aguardiente, -echaremos más leña al fuego y dejaré a los muchachos aquí a que le -oigan a usted, porque mañana es domingo y se pueden levantar un poco -más tarde que de costumbre. - -Aviraneta hizo una señal de asentimiento. Se puso una cafetera grande -en las brasas y se trajo una botella de licor. - -Por la pequeña ventana de la cocina se veía el campo nevado, y los -grandes copos de nieve que caían lenta y blandamente, como espesos -plumones blancos. - -Aviraneta, que estaba empotrado en su sillón y mirando con sus ojos, -de un azul brillante, el fuego, se recogió un momento, tomó una gran -taza de café muy caliente que le sirvieron, contempló a su auditorio -sonriendo y comenzó su relación así: - - - - - II - - UN PRESO NUEVO - - El despertar que sigue a una - primera noche de prisión es una - cosa horrible. - - SILVIO PELLICO: _Mis prisiones_. - - -LOS lectores de folletines y de novelas por entregas, en los cuales hay -con frecuencia odios sostenidos y venganzas a largo plazo, como en el -_Conde de Monte Cristo_, suelen discutir si estos sentimientos son o -no lógicos y verdaderos. Afirman unos, que la venganza es un instinto -natural del hombre, que perdura y no se borra jamás; y dicen otros, que -todo se olvida, hasta las mayores ofensas, con el transcurso de los -años. - -Yo siempre me he inclinado a pensar que la mayoría de la gente llega a -perder el recuerdo de los agravios con el tiempo y que no se vengan mas -que rara vez. - -El caso que les voy a contar demuestra un rencor profundo y sostenido, -terminado en una cruel venganza. - -Como decía la otra noche, a los quince o veinte días de estar en la -cárcel tuve que guardar cama una temporada, porque se me exacerbaron -los dolores reumáticos. - -Después se me permitió andar por la cárcel y entrar en el segundo -patio, en donde se hallaban los presos de delitos comunes. - -Hacía dos meses que estaba en la cárcel cuando conocí a un nuevo preso, -de aspecto extraño. - -Acababa de entrar. Era un muchacho joven, sombrío, moreno, de ojos -negros, cabello largo, a la moda de la época, y aire reconcentrado y -fuerte. Pasó por el primer patio vigilado por dos alguaciles. Subieron -los tres a una oficina donde se tomaba la filiación a los detenidos. - -En la mesa había un empleado escribiendo, un hombre con el pelo rizado -y la mano llena de anillos. - -Los alguaciles le hablaron en voz baja y le entregaron unos papeles, -que el escribiente leyó con gran indiferencia. - ---Ahora viene don Paco--dijo uno de los alguaciles. - -Don Paco era el alcaide. Efectivamente, llegó, tomó los papeles que -había traído el alguacil y los leyó con atención. - -El alcaide interrogó al preso con una voz amable y una dulce sonrisa -que, para el que sabía cómo las gastaba aquel hombre, no eran nada -tranquilizadoras. - ---Soy inocente--dijo el joven con aire dramático--. No tengo más dinero -que el que he ganado con mi trabajo. - -El alcaide sonrió, porque consideraba como algo lógico y natural que -todo preso suyo y aun toda persona que tuviese que ver con él fuera un -perfecto granuja. - ---Si ha guardado usted el dinero en alguna parte yo no pretendo que me -lo diga usted. Aquí sabemos también ser caballeros. - ---Afirmo que soy inocente--replicó el joven. - -El alcaide explicó a su nuevo huésped el precio de los cuartos que se -alquilaban en la cárcel y las diferencias que había entre las distintas -clases. - ---Venga usted, caballero--le dijo después--; permita usted que le -acompañe. Puede usted tranquilizarse. - ---No necesito tranquilizarme. Estoy tranquilo. - ---Quiero decir--repuso el alcaide--que aquí nadie le quiere mal. Le voy -a llevar a su cuarto. - -El joven preso siguió al alcaide hasta el fin de un corredor; un -carcelero descorrió el cerrojo de una puerta maciza, al lado de la cual -se veían dos mozos con un cabo de vara de aire siniestro. - -Recorrieron otro corredor, salieron al segundo patio, y el alcaide -mandó abrir la puerta de un cuchitril obscuro, bajo de techo y con un -banco de madera. - ---Aquí tiene usted su cuarto. Puede usted pedir a su casa unas mantas -para dormir. Si quiere usted le pueden traer una cama, una mesa y una -silla. - ---Está bien--dijo el joven; y se sentó en el banco con un aire entre -resuelto y desesperado. - -Los carceleros cerraron llaves y cerrojos, y el joven se quedó allí -dentro. - - - - - III - - MIGUEL ROCAFORTE - - Por ser muy propio de enfermos - no durar mucho en un estado, - tomando por remedio las - mudanzas. - - SÉNECA: _De la tranquilidad del - ánimo_. - - -AL día siguiente, en compañía del padre Anselmo fuí al segundo patio -para ver qué hacía el nuevo detenido, que me había llamado la atención. -Su tipo y la expresión de su rostro me indujeron a creer en su -inocencia. - -Nos acercamos a él a hablarle. El muchacho estaba asqueado de -encontrarse entre aquella canalla; pero no tenía miedo, porque a uno de -los raterillos que había querido robarle le había pegado un puntapié, -lo que hizo que los demás le miraran con cierto respeto. - -Este muchacho era de Lerma, y se llamaba Miguel Rocaforte. Sus padres -tenían una buena hacienda; yo recordaba haberlos conocido y haber -estado en su casa con el Empecinado. - -Miguel estudió en el Seminario tres años; luego perdió la vocación; -quiso ser militar y su padre le envió a Madrid a casa de un primo suyo, -dueño de un almacén de sal de la calle de la Misericordia. - -Miguel llevaba cuatro años en la corte. - -Estaba en la cárcel porque le acusaban de haber robado cinco mil duros -a un señor en un gabinete de lectura de la Carrera de San Jerónimo, -cosa que era falsa, completamente falsa, según afirmó. - -Le dije que me explicara el caso con detalles para darme cuenta del -motivo por el cual podía haber provenido el error. - ---Yo suelo ir muchos domingos a la librería que tiene don Casimiro -Monnier en la Carrera de San Jerónimo--me dijo--. Estoy estudiando -francés e inglés con un profesor de idiomas que se llama Brandon, -y éste me ha indicado que para perfeccionarme en la traducción lea -periódicos. La otra tarde, acompañado de mi principal, estuve en el -gabinete de lectura leyendo periódicos, y, de pronto, uno de los -abonados se lamentó de que le habían quitado la cartera del gabán. Yo -me marché a mi casa, y ayer, por la mañana, al ir al almacén donde -trabajo, me prendieron y me trajeron aquí, a la cárcel. - -El caso me pareció bastante extraño. Le pedí detalles aclaratorios al -joven; pero éste no esclarecía los hechos ni protestaba, y parecía -dispuesto a aceptar su suerte con un estoico fatalismo. - -Días después, en una larga conversación con Miguel, le interrogué -de nuevo. ¿No tenía enemigos? ¿Alguna mujer o algún hombre que le -quisiera mal? El joven se envolvía en obscuridades; estaba envenenado -con las ideas de la época, que por entonces comenzaban a llamarse -románticas. - -A los cinco o seis días apareció en el locutorio de la cárcel el inglés -profesor de idiomas amigo de Miguel. Habló conmigo: me dijo que el -muchacho era un exaltado de ideas absurdas, pero absolutamente incapaz -de robar a nadie. Sin embargo, en la conducta observada por el joven -Rocaforte encontraba él algo misterioso. - -El profesor Brandon había presenciado la escena en la librería. - ---¿Qué pasó?--le pregunté yo--. Porque él no me lo ha contado con -detalles. - ---Pues sucedió lo siguiente--dijo Brandon--: un capitán, llamado -Sánchez Castelo, estaba aquel día en el gabinete de lectura de Monnier, -y al salir a la calle notó que le faltaba la cartera del gabán. El -dueño del gabinete, para demostrar que ninguno de sus abonados era -capaz de sustraer nada a nadie, invitó a éstos a que se dejaran -registrar; todos aceptaron la proposición, más o menos a regañadientes; -pero Miguel se negó con violencia a este registro; y poniéndose la mano -en el pecho, como para impedir que nadie pudiera intentar reconocer el -bolsillo interior de su americana, dijo que a él no le tocaba nadie, y -que sólo delante del juez se dejaría registrar. - ---¡Ah! ¿Pasó eso? De aquí que hubiesen tomado cuerpo las sospechas de -la policía. - ---Claro. - ---A pesar de esto, ¿usted le cree a Miguel inocente?--le pregunté a -Brandon. - ---Sí, sí. Completamente inocente. - ---¿Y por qué cree usted que se negara con tanta violencia al registro? -¿Por baladronada? ¿Por tomar una actitud? - ---¡Qué sé yo! Quizá Miguel llevaba algo en el bolsillo que no quería -que viese su principal, algún papel político. El principal es un -absolutista... - ---No me parece que sea eso. - ---¿Por qué? - ---Yo he hablado con Miguel y no tiene preocupaciones políticas. - ---Sin embargo... - ---¿Usted le conoce al principal? - ---No. - ---Pues entérese usted de si está casado y si tiene mujer guapa. - ---¿Usted cree que esa sea la clave? - ---Sí. - ---Es posible; yo le tengo a Miguel por hombre serio. - ---¿Y eso qué importa? - -Me chocó que el principal de Miguel, y pariente, no fuera ni una vez a -visitar al preso. Esto me hizo pensar que entre tío y sobrino no debía -reinar la mejor armonía. - - - - - IV - - UN ASUNTO EMBROLLADO - - En vano más de una vez - se sigue al crimen la huella, - por no preguntar al juez - quién es ella. - - BRETÓN DE LOS HERREROS: _¿Quién - es ella?_ - - -A los dos o tres días se presentó de nuevo en la Cárcel de Corte el -inglés Brandon. Había hablado con un paisano de Miguel, León Zapata, -dependiente de una ferretería, y éste le había insinuado que Miguel -tenía amores con la mujer de su principal. Brandon me dijo que la causa -de haberse negado a dejarse registrar Miguel podía ser, como yo creía, -el que llevara, cuando estaba en el gabinete de lectura, cartas que -hubieran podido poner a su principal sobre la pista. - ---¿Quién es ese Zapata?--le pregunté a Brandon. - ---Es un petulante, un majadero--me contestó el inglés--. Un joven que -se cree el centro del mundo. - -Una semana después de esta visita se me presentó el inspector Luna. -Luna se había encargado del asunto de Miguel, y quería que yo le -orientara. Me pidió que olvidara la parte que él había tomado en mi -prisión. - ---Ya sé que no ha hecho usted mas que cumplir las órdenes que le han -dado--le dije. - ---¿Así que no me guarda usted rencor? - ---De ninguna manera. - ---Luna y yo hablamos largamente del asunto de Miguel Rocaforte, y él me -dió más detalles de lo ocurrido. - ---Hace un par de semanas, próximamente--dijo--, el capitán de reemplazo -don Mauricio Sánchez Castelo se presentó al inspector de policía del -distrito del Centro, don Carlos de San Sernín, y le dijo: «Ayer, mi -amigo el teniente Macías de Aragón, antes de tomar la diligencia para -el Norte, me dejó cinco mil duros para que se los guardase hasta la -vuelta de su viaje. Cogí la cartera con los billetes, la metí en -el bolsillo del gabán y me fuí a la librería de Monnier. Allí, sin -darme cuenta, me quité el gabán, porque hacía calor, y lo puse en el -respaldo de una butaca. Al salir del gabinete de lectura me volví a -poner el gabán, y al llevarme la mano al bolsillo del pecho noté que me -faltaba la cartera». Castelo contó al jefe de policía que había vuelto -inmediatamente al gabinete de lectura; que le había explicado al dueño -lo ocurrido; que éste invitó a sus abonados a que se dejaran registrar, -y que un joven se opuso con palabras y ademanes violentos. - ---¿Quiénes estaban en la librería?--le pregunté al inspector Luna. - ---Estaban un capitán de Caballería retirado, don Francisco García -Chico, que ha pertenecido a la policía. - ---Lo conozco. Era de la Isabelina. De ese no se puede sospechar. - ---Estaba también un joven catalán desconocido, el profesor de inglés -Brandon, un comisionista francés, Miguel Rocaforte y su principal. San -Sernín tomó informes de todos. El librero, Monnier, dió buenos informes -de Chico y de Brandon. Al joven catalán no le conocía; al comisionista -francés, tampoco, y a Rocaforte y a su principal los tenía por personas -honradas. Unos días después se ha sabido que el muchacho catalán es -un joven rico y de buena conducta. Así que, por ahora, no hay mas que -dos posibles ladrones: el comisionista francés, que no se sabe dónde -anda, y Miguel Rocaforte, que indujo a sospechar porque se opuso -terminantemente a que se le registrara. - ---Pero, según su lógica, el comisionista francés debía de estar libre -de sospechas porque se dejó registrar. - ---Sí, pero pudo esconder la cartera. - ---¿Y de Rocaforte, qué se sabe? ¿Qué antecedentes hay de él? - ---Dicen que han dado malos informes de ese muchacho, que es republicano -y carbonario. - ---¡Bah! ¡Qué estupidez! - -Luna sonrió. - ---Para usted, que es revolucionario, eso es poca cosa; para mí, que soy -jefe de policía, no. - ---Usted se ríe de eso. - ---Hombre, no. Del inglés Brandon, amigo suyo, se dice que es -sansimoniano. - ---Otra tontería. - ---¿Qué opinión tiene usted de este asunto, Aviraneta? Me interesa -saberlo. Castelo es amigo mío y le debo algunos favores. - ---Me parece--le dije yo--, que Rocaforte no tiene facha de ladrón. Es -más, aseguraría que no es ladrón. - ---¿Y por qué no se ha dejado registrar? - ---No lo sé; pero me figuro que hay por debajo alguna cuestión de -mujeres. Miguel estaba con su principal; el principal tiene una mujer -guapa; Miguel, quizá la ha escrito; ella, quizá le ha contestado, y él -podía no querer que los papeles que llevaba los viera su principal. - ---Es una suposición... - ---Lógica. - ---Cierto. Es muy posible que sea esto. Me enteraré. ¿Y, entonces, usted -supone más bien que el comisionista francés...? - ---Mire usted, yo conozco a Castelo y a Macías. Los he tratado en -Tampico y los he visto en compañía de Paula Mancha y de otros tramposos -y jugadores de garito que abundaban en el ejército que desembarcó en -las costas de Méjico con el general Barradas. Uno y otro me parecen -capaces de toda clase de artimañas, y yo, tanto como la posibilidad de -un robo, aceptaría la tesis de que haya habido entre los dos compadres -una combinación inventada con algún fin que no conocemos. - -Luna se calló. - ---Me pone usted en un mar de confusiones--dijo después--. -Verdaderamente es un poco extraño que un hombre a quien le han -entregado cinco mil duros para que los guarde, en vez de ir a su casa y -meterlos en un cajón, los lleve en el bolsillo del abrigo a un gabinete -de lectura, se dedique a leer periódicos y deje el gabán con el dinero -dentro sobre una butaca. ¡Cinco mil duros! Vale la pena de tener -cuidado con ellos, y en estos tiempos. - ---Todo eso es muy raro, amigo Luna. - ---Cierto; pero esto de que el joven Rocaforte se haya opuesto a dejarse -registrar de una manera tan violenta también es raro. - ---Bueno, vamos por partes. ¿Usted le conoce a Miguel? - ---Sí. - ---¿Qué cree usted, que es un hombre inteligente o un tonto? - ---Me inclino a creer que es un hombre inteligente. - ---¿Usted supone que un hombre inteligente hace lo que se cree que hizo -Miguel en la librería? - ---No sé a qué se refiere usted. - ---Suponga usted que una persona inteligente robe a otro en las -condiciones en que se piensa que Miguel robó a Castelo. Lo lógico -es que el ladrón oculte la cartera en un sitio que no sea fácil de -encontrar a primera vista, lo ponga en una carpeta o en un libro, o si -lo guarda él mismo lo meta en el sombrero o en la faja...; pero no en -el bolsillo del pecho, donde todo el mundo lleva el dinero; Miguel se -opone a que le registren los bolsillos y, sobre todo, el bolsillo del -pecho. Para mí, cada vez que pienso en ello, lo veo más claro; Miguel -es absolutamente inocente de ese robo. - ---Yo también por instinto lo creo así; pero hay que comprobarlo. - ---¿Qué va usted a hacer? - ---El hermano de Macías me ha dicho que le va a visitar a García Chico -y a pedirle que tome cartas en el asunto. Chico estaba en la librería -cuando el supuesto robo; conoce a Castelo y debe tener idea de lo que -ha podido ocurrir. - ---Sí--dije yo--, ese García Chico es un terrible sabueso. Para la -Isabelina nos hizo unos informes admirables de precisión. Si hay algún -misterio él lo aclarará, porque creo que conoce a Castelo y a Macías. - -Pocos días después se presentó Luna en la Cárcel de Corte, me llamó al -locutorio y me dijo: - ---¿Sabe usted que se aclaró el misterio? - ---¿Qué misterio? - ---El del joven Rocaforte. - ---¿Había un misterio? - ---Sí, tenía usted razón: no había tal robo. Ha sido una trampa de -Castelo, que se ha jugado el dinero de Macías perdiéndolo y, para -sincerarse, inventó la historia del robo del gabinete de lectura. - ---¿Y quién ha descubierto el enredo? - ---Lo ha descubierto Chico, a quien parece que van a hacer jefe de la -ronda de Seguridad. - -El inspector Luna, con el hermano de Macías, fué a casa de don -Francisco Chico y le contó el asunto con todos los detalles. - ---Ya veré si averiguo lo que hay en el fondo de esa cuestión--les dijo -Chico--; vengan ustedes dentro de tres o cuatro días. - -A la salida de casa de Chico dió la casualidad de que Macías y Luna se -encontraron con Mauricio Castelo. Castelo oyó, con visible malhumor, la -noticia de que habían consultado el asunto con Chico, y de pronto dijo -al inspector Luna que toda la gente que formaba parte de la policía era -una canalla, en connivencia con los ladrones, y que llevaba parte en -los robos que se consumaban en Madrid. Luna, que era hombre prudente, -no replicó a Castelo. Al parecer, tenía motivos para no reñir con él; -pues el inspector le debía algún dinero al militar y no había podido -pagárselo. - -Tres días después Luna fué a casa de García Chico. Chico, al verle, -sonrió con una sonrisa de tigre. - ---¿Ha averiguado usted algo?--le preguntó Luna. - ---Lo he averiguado todo. - ---¿Qué ha ocurrido? - ---Ha ocurrido que el tal robo ha sido, sencillamente, una simulación. - ---¿Macías no le ha entregado ese dinero a Castelo? - ---Sí, se lo ha entregado; pero ese dinero, Castelo lo ha perdido -jugando, y parte se lo ha dado a su querida Paca Dávalos. - ---¿Pero esto está comprobado? - ---Perfectamente comprobado. - - - - - V - - LO OCURRIDO - - ¡Cosa extraña el hombre, y más - extraña aún la mujer! ¡Qué - torbellino en su cabeza! ¡Qué - abismo profundo y peligroso en - su corazón! - - BYRON: _Don Juan_. - - -CHICO le dijo a Luna que había sospechado inmediatamente algún -gatuperio. Conocía a fondo a Castelo y sabía que era jugador y hombre -de pocos escrúpulos. - -Chico hizo una investigación en las principales casas de juego, y, al -poco tiempo, averiguó lo ocurrido. Castelo había jugado muy fuerte en -un círculo de la Carrera de San Jerónimo que se titulaba el Círculo -Universal. Castelo solía frecuentar esta timba, jugando siempre poco, -cuatro o cinco duros a lo más, porque tenía la paga empeñada y no -contaba mas que con escasos recursos. - -Días antes del supuesto robo, Castelo se presentó en el círculo con la -cartera llena de billetes, puso la banca y perdió una gran cantidad. -Tres noches seguidas hizo lo mismo, siempre con mala suerte. - -Chico se las arregló para enterarse de quiénes jugaban en el círculo -las noches en que Castelo puso la banca, y averiguó que estaban, entre -otros, el comandante Las Heras, el teniente Zamora y el capitán Soto. -Fué a ver a estos militares y ellos le dieron toda clase de informes. - -En la primera noche, Castelo perdió dos mil pesetas; en la segunda, -tres mil, y en la tercera, diez mil. Había muchos puntos esta última -noche en el círculo. Castelo, que bebía mientras jugaba, al perder las -últimas pesetas comenzó a decir, a voz en grito, que le habían hecho -trampa y que le tenían que devolver su dinero. En su desesperación -acusó al teniente Zamora y al capitán Soto de haberle engañado, y sacó -una pistola del bolsillo para amenazarles; pero el comandante Las Heras -le arrancó la pistola de la mano y le obligó a salir a la calle. - -Su campaña en la timba, donde dejó el resto del dinero, fué más -lamentable aún. - -Castelo había ido al garito en compañía del capitán Escalante, para -que éste vigilara las jugadas; había hablado con dos ganchos de la -chirlata, que le aseguraron que todo se hacía allí con la mayor -corrección. - -La timba estaba en la calle de la Fresa, y era conocida, entre los -puntos, con el nombre de la tertulia de la Sorda o de la Garduña. - -Esta tertulia se hallaba establecida en el piso principal de una casa -pequeña, con un zaguán angosto y sucio, maloliente y tan lleno de -basura, sobre todo líquida, que ni con zancos podía atravesarse. De -este zaguán subía una escalera de trabuco, y, en el primer rellano, dos -hombres de guardia, embozados en la capa, escondían, bajo ella, sendos -garrotes. - -Se cruzaba un vestíbulo estrecho, con una mesa, en donde solía estar -sentado el conserje; luego, un pasillo con un colgador lleno de capas, -mantas y bufandas, y se desembocaba en una sala irregular y mugrienta, -tapizada de papel amarillo, con dos mesas de juego, con su tapete -verde, separadas por una mampara, y en el techo, unas lámparas de -aceite. Un vaho de humo de tabaco y de aguardiente solía haber allí de -continuo. - -Castelo puso la banca de cinco mil pesetas. Había, al poco rato, mucho -dinero en la mesa. A pesar de que la mayoría de los puntos eran tahúres -y de que intentaban levantar muertos y hacer mil trampas, Castelo -ganaba con una suerte loca, e iba resarciéndose de las pérdidas del -círculo de la Carrera de San Jerónimo. Tenía el banquero un montón -de billetes, de monedas de oro y de plata delante, cuando entraron -varios hombres capitaneados por un escapado de presidio a quien -llamaban Seisdedos, y por un matón apodado el Largo. Aquellos hombres -venían embozados hasta los ojos, y uno de ellos, con la cara tiznada. -Seisdedos sacó un trabuco debajo del embozo de la capa, y los demás -desenvainaron el bastón de estoque. Seisdedos, dando con el trabuco -sobre la mesa, gritó con voz terrible. - ---¡Copo! Que nadie toque este dinero si no quiere verse muerto. - -El capitán Escalante sacó una pistola del bolsillo y disparó contra -Seisdedos. Alguien pegó un garrotazo a la lámpara, y la habitación -quedó a obscuras. Se tiraron las sillas, forcejearon los puntos para -apoderarse del dinero que estaba encima de la mesa, se armó un terrible -zafarrancho de gritos, palos y tiros, y cuando entró el comisario de -policía gritando: «Abran en nombre de la Reina», y pasó a la sala a -restablecer el orden, Castelo vió que había perdido todo su dinero. - - - - - VI - - SE ECHA TIERRA AL ASUNTO - - Cuanto más menospreciado es un - hombre, menos freno tiene su - lengua. - - SÉNECA: _De la constancia del - sabio_. - - -¿USTED tiene inconveniente en declarar ante testigos lo que me ha -dicho?--preguntó Luna a Chico. - ---Ninguno; y Las Heras, Zamora y Soto confirmarán mis palabras. - ---¿Querría usted ir pasado mañana a las doce a la Comisaría, donde -estoy de guardia? - ---Sí, señor. - ---¿Vendrían esos señores? - ---Seguramente. - ---Pues yo le citaré a Castelo y liquidaremos esa cuestión. - -El día señalado llegaron Chico, Macías, Las Heras, Zamora y Soto -al despacho del inspector de policía; y Luna les invitó a pasar a -un cuarto próximo. Poco después apareció Castelo. Luna le saludó -amablemente y le hizo sentarse en un sillón frente a su mesa. - ---A ver cuándo me paga usted ese dinero--dijo Castelo de malhumor. - ---Le pagaré a usted en seguida que pueda, como ya le he dicho. - ---Bueno, pero que no sea muy tarde. ¿Y del robo, qué hay? - ---He estudiado el caso--dijo Luna--, y creo que lo mejor sería echar -tierra al asunto. - ---Hombre, ¿y por qué? - ---Voy convenciéndome, cada vez más, de que ese joven a quien hemos -llevado a la cárcel es completamente inocente. - ---¿Usted sabe que ese joven es inocente?--replicó Castelo con cierto -sarcasmo. - ---Y usted también. - ---¿Y entonces quién es el culpable? - ---Es que es muy posible que en este caso no haya culpable--repuso Luna. - ---¿Qué me quiere usted decir con eso?--exclamó Castelo--. ¿Es que puede -haber robo sin que haya ladrón? - ---No; pero cuando no hay robo, no hay ladrón. - ---Yo sabía que los policías estaban de acuerdo con los -ladrones--replicó Castelo con furor--; pero nunca había llegado a oír -cosa tan peregrina como ésta. - ---¿Así que usted sigue afirmando que nosotros tenemos complicidad con -los ladrones? - ---Sí; lo afirmo y lo afirmaré siempre. - ---Puesto que usted lo toma de ese modo--dijo Luna--, le voy a demostrar -que está usted completamente equivocado. He estudiado el asunto, y -estoy convencido de que el robo de los cinco mil duros en la librería -de Monnier es una superchería inventada por usted. Ese dinero no se lo -han robado a usted del gabán, como usted ha afirmado; ese dinero se lo -ha jugado usted en un círculo de la Carrera de San Jerónimo y en un -garito de la calle de la Fresa. Parte de él se lo ha entregado usted a -una mujer. - ---Bonita novela ha inventado usted. - ---No es novela; es la realidad. - ---Eso habría que probarlo. - ---Se lo probaré a usted cuando guste. - ---Vengan las pruebas. - ---Que conste, Castelo, que yo he venido en son de paz. - ---Basta de palabras. Las pruebas, las pruebas. - ---Está bien. - -Luna se levantó, se acercó al cuarto próximo y dijo: - ---Tengan la bondad de pasar, señores. - -Entraron en el despacho Chico, Macías, Las Heras, Zamora y Soto. -Castelo, al verlos, quedó anonadado, se puso lívido, y comenzó a -agitarse en la silla y a morderse los labios. - ---Estoy descubierto--murmuró. - ---Veo que la presencia de estos señores basta para confundirle a -usted--le dijo Luna. - ---No me queda más recurso que pegarme un tiro--exclamó Castelo, con -acento dramático. - ---¡Bueno, tú, nada de farsas!--le dijo Chico con dureza--. Aquí nadie -quiere que te pegues un tiro. Reconoce la deuda, haz que a ese muchacho -que han preso por tu culpa le dejen libre, paga a Macías, poco a poco, -y no se te pide más. - -Castelo bajó el tono y, de una manera un tanto servil, pidió a Luna -que olvidara si le había dicho algo ofensivo. Luego, por consejo de -Chico, quedaron todos de acuerdo en que Castelo escribiera un documento -confesando que no había sido robado, y que la cantidad prestada por -Macías la había perdido en el juego. - ---Ahora extiende varios pagarés a nombre del hermano de Macías, que los -irás pagando cuando puedas. - -Terminado el asunto, Chico echó mano del documento firmado por Castelo -y se lo metió en el bolsillo. - ---Alguno lo tiene que guardar; lo guardaré yo. - -Castelo se mordió los labios. Chico, sin decir más, saludó, y se fué. - -Castelo entonces se lamentó amargamente y de una manera sentimental de -que amigos suyos, como Las Heras y Macías, hubieran hecho con él lo que -habían hecho. Discutieron entre ellos y se marcharon todos del despacho -del inspector Luna. Antes de salir, Castelo dió a éste las gracias y le -dijo: - ---No se ocupe usted de mi deuda. - ---Hombre, no; yo haré lo posible por pagarle a usted. - -El mismo día, Luna escribió al juez diciéndole que el capitán Castelo -había sufrido una equivocación y que no había sido robado. - -A pesar de estar reconocida la inocencia de Miguel Rocaforte, éste -tardó bastante en salir de su encierro. - -Un día se oyó la frase clásica empleada en la cárcel para poner en -libertad a los presos: «¡Miguel Rocaforte, con lo que tenga!» Miguel -salió a la calle. Uno que era amigo de Macías, el robado, contó a -éste lo ocurrido cuando volvió a Madrid. Castelo se vió con Macías y -le explicó lo que había pasado, pintándolo a su modo. Macías, también -jugador, tuvo por entonces una racha de buena suerte y, sintiéndose -generoso, perdonó la deuda a Castelo y rompió delante de él los pagarés -firmados por éste. - - - - - VII - - CASTELO Y PACA DÁVALOS - - ¿Qué importa que ella sea rica, - que tenga muchos litereros, que - traiga costosas arracadas, que - ande en ancha y costosa silla? - Pues, con todo esto, es un - animal imprudente, y si no se - le arrima mucha ciencia y mucha - erudición es una fiera que no - sabe enfrenar sus deseos. - - SÉNECA: _De la constancia del - sabio_. - - -POR entonces, y sabiendo que existía gran odio entre Castelo y Chico, -le pregunté varias veces a Luna qué es lo que había podido ocurrir -entre los dos. - -Luna me explicó la razón del odio, haciendo comentarios a los hechos, -con su manera de hablar bonachona y su filosofía tranquila y un poco -cínica. - -Por lo que me contó, Chico y Castelo habían tenido durante la infancia -y la juventud gran amistad. Fueron juntos a la escuela en el pueblo -de la Mancha, donde vivieron, y casi se consideraban como hermanos. -Después, los azares de la política les llevaron a los dos a servir -en el mismo regimiento de Caballería, al uno de capitán y al otro de -teniente. La intimidad más estrecha había reinado entonces entre ellos. - -Los dos, en tiempo de la segunda época constitucional, se abrazaron al -liberalismo y soñaron con ser héroes populares. Impurificados, luego -aceptados en el Ejército, estaban de reemplazo en 1833. ¡Quién les -había de decir en su juventud que, andando el tiempo, el uno iba a -acabar en un miserable tahur, y el otro, en un jefe de policía odiado y -despreciado por la plebe! - ---Es cosa triste--dijo don Eugenio--, cuando se piensa en los asesinos -y en los grandes canallas, despreciados y odiados por todo el mundo, el -considerar que sus madres creyeron que, con el tiempo, sus hijos serían -los mejores, los más buenos, y darían ejemplos de honradez y de virtud. - -Afortunadamente, no se puede predecir lo que será la vida. Si no, ¡qué -terror sería el de la madre, cuando acaricia a su niño pequeño, verlo -después en su imaginación robando, o asesinando, o subiendo al patíbulo! - -El odio entre Chico y Castelo vino de una rivalidad amorosa. Los dos -conocieron al mismo tiempo a Paca Dávalos, la mujer del coronel Luján, -que tuvo por entonces una tertulia de las más celebradas en Madrid. - -Paca era una mujer llena de encanto, esbelta, graciosa, con unos ojos -claros muy expresivos. Chico y Castelo hicieron la corte a Paquita, -porque se decía que la mujer del coronel no era una virtud intratable. - -Castelo llegó pronto al corazón de la Dávalos. Era éste jacarandoso, -petulante, hablador, mentiroso; tenía una bonita voz y cantaba romanzas -al piano. Pasaba por hombre de gran valor, que había tenido aventuras -extraordinarias; pero los que le conocían a fondo sabían que era muy -cobarde. - -Chico, en cambio, seco, duro, violento, de pocas palabras, fué -desdeñado y vió pronto el éxito de su rival. El hombre se enfureció por -dentro y juró no olvidar lo ocurrido. - -Yo conocía bastante a Paca Dávalos. Antes de mi ingreso en la cárcel -intrigaba con los amigos de María Cristina y Muñoz. Le había visto -varias veces en casa de Celia y en compañía de una italiana, Anita, que -fué la amante de Castelo. - -Esta italiana, que quería hacerse pasar por una descendiente de sangre -real y que tenía todos los vicios imaginables, había hecho de Castelo, -que ya era borracho y jugador, un perfecto crapuloso. - -Paca Dávalos y Anita eran amigas de Teresa Valcárcel, la mediadora en -los amores de la Reina con Muñoz, y solían reunirse en casa de Domingo -Ronchi con Nicolasito Franco, el amante de Teresa; el clérigo Marcos -Aniano, paisano de Muñoz; el marqués de Herrera y el escribiente del -Consulado, Miguel López de Acevedo. - -Por entonces, Paca era una rubia elegantísima, con un cuerpo de -muchacha soltera y mucha gracia en la conversación. - -Paca Dávalos, que llegó a entrar en Palacio y a tener confianza con la -Reina, intervino en el traslado desde Segovia a París del primer hijo -de Cristina y de su amante, y fué a Francia en compañía del presbítero -Caborreluz. - -Todos los que tomaron parte en aquellas intrigas amorosas de Palacio -progresaron con rapidez. Ronchi llegó a marqués y a propietario; Teresa -Valcárcel se hizo rica; el joven Franco ascendió de capitán a teniente -coronel. El favor real bañó, como agua lustral, a los amigos de Muñoz; -pero no llegó a Paca, que, inquieta y descontenta, quiso tomar la parte -del león, con lo que se hizo antipática y acabó por cerrarse la entrada -en Palacio. - - - - - VIII - - HACIA EL ABISMO - - El abismo, llama al abismo. - - _Salmos_, de DAVID. - - -LUNA me dió más tarde informes de la vida íntima de Paca. - -Paca Dávalos era de la aristocracia. Su padre, un hombre gastador, -estúpido, de los que pierden las preocupaciones y el decoro de la clase -a que pertenecen, y no adquieren nada en cambio, encontró su casa medio -arruinada y la acabó de arruinar. - -Se jactaba de ser descendiente del marqués de Pescara, el vencedor de -Pavía, don Fernando de Ávalos; pero éste, descendiente de un vencedor, -no pasó nunca de ser un pobre derrotado. La madre de Paca fué una mujer -perturbada y siempre enferma. - -Paca era a los diez y seis años una belleza extraordinaria: tenía unos -ojos claros, melancólicos, que arrebataban, y un cuerpo provocativo, -excitante. Había en ella un contraste entre sus ojos dulces, humanos, -unos ojos para inspirar madrigales como el de Gutierre de Cetina, y su -cuerpo, de felino, ágil como el de una pantera. Muy coqueta, muy poco -cuidada por sus padres, había tenido novios desde los catorce años y le -había gustado uncir a todos los hombres a su carro. - -Entre los novios, un capitán, Luján, un tanto bruto, violentó a la -muchacha; luego se casó con ella, y a los cinco o seis meses de -matrimonio, Paca tuvo una niña. - -Marido y mujer anduvieron de guarnición en guarnición, hasta que se -establecieron en Madrid. Luján era un hombre violento, avaro, de -malhumor, de genio desigual, cominero y desagradable. A cada paso -armaba un escándalo a su mujer; muchas veces, con razón, por las -coqueterías de ella; otras, sin más motivo que su malhumor. - -La Paca aguantaba esta vida por su hija, por la que tenía un entusiasmo -ciego. La niña, Estrella, prometía ser una gran belleza. Era, además -de bonita, muy amable, muy dócil; tenía mucho gusto por la música y -una voz angelical. Paca la adoraba, y su amor por la niña era el único -freno, la única defensa de la honestidad de su vida. - -Pensando en ella se prometía a sí misma ser buena para no dejarla un -estigma difícil de borrar; pero, a pesar de sus propósitos, no los -cumplía siempre. Ante los hombres que la galanteaban se olvidaba de -todo, y lo mismo le pasaba con las gasas, las sedas, los teatros y -las diversiones. Paca hacía gastos excesivos y, para ocultarlos a su -marido, engañaba, trampeaba, mentía, y, al último, generalmente se -descubrían sus enredos. - -Luján, siempre malhumorado y caprichoso, en el momento en que su mujer -parecía volver a una vida recogida y casera, pensó que Paca iba a -dar un ejemplo deplorable a Estrella, que ya tenía doce años, y para -sustraerla a esta influencia, sin decir nada a la madre, llevó a la -niña a un colegio de monjas de Toledo. - -Paca, desesperada, averiguó dónde estaba la niña, y hasta preparó un -rapto; pero una de las monjas del colegio, pariente del coronel Luján, -impidió que la niña saliera de la casa. - -La Dávalos no pudo resistir esta separación; se desesperó, suplicó a -su marido que trajera a su hija; él la dijo que no. Paca sintió desde -entonces la impresión del que se hunde en el abismo. - -Pocos días después abandonó a su marido y se fué a vivir con Castelo. - -Luján juró que se vengaría; pero no hizo nada. La Paca y Castelo -pusieron casa y tuvieron una época de entusiasmo y de amor, en la cual -creyeron regenerarse y volver a la vida ordenada y honesta; pero pronto -se cansaron de ella. - -Castelo comenzó a jugar y a beber, y ella hizo lo mismo. Naturalmente, -la casa iba de este modo de mal en peor, y concluyeron por cerrarla e -irse a una de huéspedes. Cuando tenían un buen momento vivían bien; -pero cuando llegaba la mala, los dos se echaban en cara su respectiva -miseria. - ---¿Por qué te he seguido?--exclamaba ella. - ---Eso me pregunto yo--decía él--. ¿Para qué me has seguido? Para -hundirme para siempre. - -La Paca se separó de Castelo, tuvo otros amantes y volvió a -reconciliarse con él. En la segunda separación llegaron a pegarse. - -La Paca, entonces, recurrió a sus amistades cortesanas; pero al ver que -la Reina y sus amigas la cerraban la puerta de Palacio, se indignó y -comenzó a manifestarse republicana. Cuando bebía y se exaltaba decía -que había que ahorcar a la familia real y a toda la aristocracia. - -En uno de esos momentos de miseria, la Paca conoció a una corredora -de alhajas y Celestina, a la que llamaban la Sorda y la Garduña. Esta -mujer era dueña de un burdel de la calle de Barcelona y del garito de -la calle de la Fresa. La Garduña vivía con un usurero, el Silverio. -La Garduña era una mujer gruesa, empaquetada, vestida con colores -chillones, de cara dura, abultada, y con unas bolsas moradas debajo de -los ojos. Esta Garduña era muy inteligente en sus negocios y se iba -enriqueciendo con gran rapidez. - -El Silverio, su amante, un tipo raído y siniestro, con una nube en un -ojo y un aire de suspicacia, era un hombre muy religioso, de varios -oficios y ninguno honrado: cantinero, prestamista, ropavejero y dueño -de garitos. - -La Garduña se entendía muy bien con él. - -La Garduña acabó por prostituír a la Dávalos; explotaba su pasión -desenfrenada por el juego, y le hacía pagar las deudas llevándola a las -casas de citas. - -Castelo seguía también su marcha hacia el abismo; todavía podía pasar -por joven, aunque mirándole de cerca se notaban los ultrajes del tiempo -en su rostro; su pelo rubio iba blanqueando con hebras de plata, y -su labio colgante parecía hacerse más flácido. Tenía, entre otras, la -condición de la intriga, y sabía disimular su crápula y darle un aire -sentimental. Este chulo sensible era muy hábil. Sin haber estado en -ninguna batalla, lucía una buena hoja de servicios. Era cobarde, y -daba la impresión de valiente, fanfarrón, insultador, procaz y de una -audacia extraordinaria. - -Su fantasía le hacía darse aires de héroe, y convencía a la gente de -que los sueños de su imaginación eran algo real. - -Castelo tenía una vanidad alucinada: la hija sin padre de los desvanes -del mundo, que dice Gracián, dominaba por completo su espíritu; -criticaba con acritud a todos los políticos y, sobre todo, a los -generales, que le parecían de una ineptitud tan completa, que afirmaba -que el uno no sabía leer, que el otro era incapaz de hacer maniobrar a -cincuenta hombres, etc. Se manifestaba también, a consecuencia de su -vanidad y de su cobardía, muy rencoroso. - -Castelo y Paca Dávalos, después de muchas riñas y separaciones, -llegaron a un acuerdo y se asociaron con la Garduña para establecer -varias timbas en Madrid. - -Uno de los socios era doña Anita, la italiana, que había sido querida -de Castelo y que acabó casándose con un francés y poniendo una tienda -de antigüedades. - -El negocio de las timbas era tan lucrativo, que, a base de la que -existía en la calle de la Fresa, se instalaron otras casas de juego en -distintos sitios de Madrid. - -A la Paca y a Castelo los tenían los socios como elemento decorativo. -La Paca Dávalos, a pesar de ser empresaria, era una jugadora -empedernida. Las emociones del juego borraban sus recuerdos. Cuando -estaba triste y pensaba en su hija, la idea le producía tal dolor, que -se emborrachaba hasta quedar como muerta. - - - - - IX - - CHICO Y CASTELO - - Se cree, en general, a los - hombres más peligrosos de lo - que son. - - GOETHE: _Las afinidades - electivas_. - - -PASARON años y más años--dijo Aviraneta--. Yo me había resignado a no -llegar a nada, y me contentaba con ser un espectador y un comentador de -los sucesos políticos. Casi todos los meses, María Cristina me llamaba -a su palacio y me consultaba sobre sus asuntos particulares. - -La Reina estuvo siempre muy celosa de Muñoz, y más que las cuestiones -políticas le preocupaban las aventuras de su marido. La italiana quería -sujetar al antiguo guardia de Corps, a quien había elevado al tálamo -real, y muchas de sus actitudes, que parecían maniobras obscuras, no -dependían mas que de los celos. La misma marcha a Francia, cuando -dejó a España entregada al general Espartero, no fué a causa de un -despecho político, sino de los celos que sentía al saber que su marido -frecuentaba la casa de una bailarina. - -La Reina llegó a las más absurdas precauciones, y, para que su marido -no saliera, le preparó en la plaza de Palacio una azotea con persianas -verdes para que paseara sin que le vieran. La gente llamaba en chunga a -la azotea: la jaula de Muñoz. - -Muñoz era hombre guapo, tenía ocho o diez años menos que Cristina, -y ella sentía por él esa pasión un poco exclusiva de las mujeres -ardientes y machuchas. - -Ya en 1834, antes de entrar yo en la cárcel, un periódico titulado -_La Crónica_ dió esta noticia: «Ayer se presentó Su Majestad la Reina -Gobernadora en un _char avant_, cuyos caballos dirigía uno de sus -criados. En el asiento del respaldo iba el capitán de guardias duque de -Alagón». - -La Reina se indignó de tal manera, al ver que le llamaban criado a -Muñoz, que no paró hasta que Martínez de la Rosa y el jefe de policía, -Latre, suprimieron el periódico y desterraron a su editor, Jiménez, y -al director, Iznardi. - -Los celos le duraron a la Reina Cristina hasta la vejez, y más tarde -le entró el ansia de hacerse con una fortuna de cualquier manera y por -cualquier medio. Entonces fué cuando se alió con Salamanca; y comenzó -sus combinaciones financieras y sus negocios, y acabó de desacreditarse. - -Yo había intimado con la Reina Madre en París, cuando vivía en su -palacio de la calle de Courcelles, y le había intentado convencer de -que un Gobierno fuerte y liberal era la salvación de España. - -En Madrid, María Cristina me llamaba al palacio de la calle de las -Rejas, me preguntaba mi opinión acerca de las cuestiones políticas, -y quería que yo le dijera lo que se murmuraba en la calle sobre los -amores de su hija y sobre los milagros de sor Patrocinio. - -María Cristina había perdido influencia en su hija Isabel, que, como se -sabe, vivió entregada a una serie de favoritos, serie que comenzó por -Serrano, el General Bonito. - -María Cristina no tenía ninguna simpatía por su yerno, y le despreciaba -por su debilidad y por dejarse embaucar por la monja milagrera. - -María Cristina sabía que yo vivía pobremente, y me decía: - ---Aviraneta, han sido muy ingratos para ti. Si necesitas dinero, vete a -verle a Pepe Salamanca, de mi parte. Yo le escribiré. - ---Señora--le contestaba yo--, tengo lo bastante para vivir. - -María Cristina me envió de regalo cuadros y estatuas, y alhajas para mi -mujer. A pesar de esto, yo no la quería. Aquella ansia de hacer dinero -a todo trance, de considerar a España como una finca, me molestaba. -Esto debía haberlo aprendido de su amigo Luis Felipe. - -Nunca pasé de ahí, de tener amistad con la Reina Madre; pero como todo -se sabe en Madrid, y se sabía que yo frecuentaba su palacio, se creyó -que era uno de sus consejeros políticos, lo que no era cierto. - -Si hubiese querido hubiese podido aprovechar esta amistad, pero ya era -viejo y estaba desengañado. - -Además, la Reina Madre y González Bravo, y después Sartorius, -pretendían mermar, y hasta abolir, la Constitución, cosa que para mí no -podía ser simpática, porque era la negación de toda mi vida política. A -los sesenta años ya uno no se vende, o se ha vendido ya, o ha tomado la -honradez por costumbre. - -No me quedaba, como he dicho, mas que la curiosidad de enterarme y de -saber lo que pasaba. - -Cuando el general Lersundi fué presidente y Egaña ministro de la -Gobernación, estuvo éste en mi casa a decirme que de parte de la Reina, -del general y de la suya, venía a verme para que pidiese un cargo. - ---Yo ya no quiero ser nada--le dije. - -Durante estos años intermedios entre la guerra civil y la revolución -del 54 oí hablar mucho de Chico en todas partes, sobre todo cuando -comenzaron las prisiones y las deportaciones; pero no le llegué a -encontrar ni una vez. Chico se hizo célebre como jefe de policía de -Madrid. Era un hombre muy odiado por el pueblo. Todo el mundo contaba -horrores de él, y se le consideraba como un esbirro capaz de los -mayores atropellos y violencias. - -Yo no recordaba bien a Chico; me lo pintaban como un tagarote de -taberna, ordinario y bestial, y yo tenía de él la idea de un tipo -casi elegante, fino, con unos ojos muy vivos e inteligentes, la nariz -un poco aplastada, los labios delgados, el color pálido y el cuerpo -esbelto. - -Chico, al menos en el tiempo que yo le conocí, leía bastante, le -gustaba mucho la pintura y hablaba con gracia, con un acento un poco -andaluzado. - -Cosa extraña. La casualidad y la mala voluntad de un ministro hizo que -yo apareciera unido a Chico en un asunto en que no teníamos nada de -común. - -En 1847 me prendieron a mí y le prendieron a Chico, y nos deportaron, -a mí a Alicante y a él a Almería. Cualquiera hubiera dicho que había -relación entre nosotros dos; pero no había ninguna. - -Yo había recibido carta de un amigo y secretario de María Cristina, -desde París, pidiéndome noticias de Madrid, y yo le contesté burlándome -de los puritanos que entonces ocupaban el Poder, y la carta la -interceptó el Gobierno. - -Respecto a Chico, tenía, en abril de 1847, una letra de veinticinco -mil francos del duque de Riansares, aceptada por el ministro de la -Gobernación, Benavides, para cobrar. Por entonces hubo una algarada -de unos cuantos jóvenes que vitorearon a la Libertad y a la Reina, al -paso de Isabel II, en coche, por la Puerta del Sol, la calle Mayor y -la plaza de Oriente. El ministro pensó: «Vamos a prender a Chico y a -Aviraneta; a Aviraneta le castigamos por sus correspondencias, y a -Chico no le pago la letra hasta que tenga dinero, y, de paso, se da la -impresión a la gente de que ha habido un complot». ¿Qué complot iba a -haber para vitorear a la Reina? Era ridículo; pero la gente lo cree -todo. - -Naturalmente, nos levantaron el destierro en seguida, pero la idea de -que había algo de común entre Chico y yo quedó flotando en el aire. - -También oí hablar, repetidas veces, de Mauricio Castelo, cuyo nombre -aparecía entre los progresistas radicales con la aureola de un político -austero. - -¡Qué se va a hacer! Este será siempre uno de los escollos de la -democracia: el que el pueblo no se pueda enterar bien de las -condiciones de sus servidores. A una colectividad se le engaña siempre -mejor que a un hombre. - -El año 1851 fué nombrado jefe político de Madrid mi amigo el general -Lersundi. Yo visitaba mucho su casa, adonde iba de tertulia un día a la -semana. Fuí a felicitarle por su nombramiento, hablamos y me preguntó: - ---¿Conoce usted personalmente a Chico, el jefe de policía? - ---Le conozco desde que era capitán de Caballería retirado; pero hace -más de veinte años que no le he visto. - ---¿Qué opinión tiene usted de él? - ---Opinión personal, ninguna. Estuvo afiliado a la sociedad Isabelina -que yo fundé. Era, por entonces, un hombre enérgico y atrevido. - ---¿Y desde esa época no le ha vuelto usted a ver? - ---Nunca. Siempre estoy oyendo hablar de él y no me lo he encontrado -jamás. Yo hago una vida especial. No salgo de noche, no voy al teatro. - ---¿Sabe usted que le vamos a prender a Chico? - ---Pues, ¿por qué? - ---Tiene una fama pésima. Se afirma que está en relación con los -ladrones y que lleva su parte en lo que se roba en Madrid. Se sabe que -ha cometido mil atropellos. - ---Respecto a los atropellos--dije yo--, no cabe duda que deben ser -verdad; pero tanta culpa como él la tienen los jefes del Gobierno, que -le han dado órdenes o que le han consentido; respecto a que esté en -connivencia con los ladrones, no lo creo. - ---Pues parece que es cierto. Es indudable que Chico tiene palacios, -criados, una galería de cuadros magnífica; que sostiene mujeres... - ---¿Y hay pruebas contra él? - ---Sí, hay pruebas. - ---Me parece extraño que un hombre listo haya dejado un rastro -comprobable de sus fechorías. - ---Pues no cabe duda. En este momento se está haciendo un expediente -documentado contra Chico. - ---¿Y quién lo hace? - ---Una persona respetable: el coronel Castelo. - ---¿Don Mauricio Castelo? - ---El mismo. ¿Le conoce usted? - ---Sí. - -No dije más. Solía encontrar de cuando en cuando en la plaza del -Progreso, tomando el sol, al inspector Luna, que paseaba con su -nietecillo. Luna estaba retirado y vivía en una casa de la calle de -Barrio Nuevo. Un día, al encontrarle, le conté lo que me había dicho el -general Lersundi. - ---Ya lo sé--me contestó él. - ---Sin duda, Castelo hace este expediente llevado por el odio contra -Chico, que le descubrió la artimaña del supuesto robo hecho a Macías. - ---No, no sólo es por eso--replicó Luna--. Chico hizo una canallada a -Castelo. - ---¿Pues? - ---No sé si le conté a usted que Chico guardó la confesión de Castelo. - ---Sí me lo contó usted. - ---Chico--siguió diciendo Luna--guardó aquel documento con la idea de -utilizarlo, en cualquier ocasión, contra Castelo. Dos o tres años -después del supuesto robo, y en el tiempo en que acababa de ser -nombrado Chico jefe de la policía, se encontró en un baile de máscaras -del Circo con Paca Dávalos. Ella estaba todavía en el apogeo de su -belleza. Paca quiso darle broma y divertirse a costa del terrible jefe -de policía, de quien sabía algunos secretos amorosos por Castelo. -Chico la conoció, la llevó al ambigú y la convidó a cenar. Ella aceptó -el convite y coqueteó con Chico; pero al salir del baile le dijo que -no tomara en serio sus coqueterías, porque estaba enamorada de otro -hombre. Chico, enfurecido, le replicó que si no le acompañaba a su casa -aquella noche, al día siguiente le llevaría a Castelo a la cárcel y le -desacreditaría, porque tenía un documento que le comprometía. - ---¿Y ella qué hizo? - ---Ella fué a su casa. - ---¡Demonio! - ---Sí, y Castelo lo supo, porque esas cosas se saben siempre. Al -principio, Castelo no hizo nada en contra de Chico. Había reñido muchas -veces con la Paca, que hacía una vida relajada, y, ciertamente, no -estaban legitimados los celos. Además, la posición de Chico como jefe -de policía era muy fuerte, y no era fácil el medirse con él. Cuando la -reputación de Chico comenzó no sólo a decaer, sino a hacerse siniestra, -Castelo, como si en un momento sintiera revivir los agravios inferidos -por su antiguo camarada, se puso a la cabeza de los enemigos del jefe -de la Ronda. - ---Se comprende que una cosa así no es para olvidarla, y menos pensando -que el autor de la ofensa es un amigo de la infancia--le dije yo. - ---Castelo siente hoy un odio profundo contra Chico. El recuerdo de -la antigua amistad que tuvo con él hace su rencor más violento y más -venenoso. - ---Me explico que un hombre frenético, como Castelo, haya hecho muy mala -sangre pensando en Chico. - ---El odio de Castelo se lo ha comunicado a la Dávalos, y los dos han -empleado todos los medios para hundir a Chico; han seducido a los -agentes de la Ronda Secreta y a una porción de ladrones que conocen por -intermedio de los «ganchos» de las casas de juego de la Garduña y del -Silverio, y toda esa gente maleante ha declarado contra Chico, contando -parte de verdad y parte de mentira. El partido progresista le ayuda a -Castelo en su campaña. - ---¿Y será verdad que Chico se entendía con los ladrones? - ---¡Hombre, don Eugenio!--dijo Luna con una sonrisa cínica--. Todos los -policías se entienden más o menos con los ladrones; pero no son los -robos los que pueden dar más dinero a un hombre que tenga el cargo de -Chico. ¡Figúrese usted! Hay líos en la Corte, hay grandes negocios, -hay jugadas de Bolsa, hay Salamanca; se puede salvar a un político -de una campaña de difamación; se puede salvar la fama de una señora -comprometida, hacer desaparecer favoritos, como un Mirall o un Pollo -Real. Todo eso da. - ---¿Y usted qué va a hacer si le llaman, amigo Luna? - ---¿A mí? ¿Quién me va a llamar? Nadie me conoce. Soy una sombra, -vivo en mi rincón obscuramente, con mi hija y mis nietos, y no tengo -personalidad mas que para ellos. - ---¿Y si le llamaran, a pesar de eso? - ---No diría nada ni en pro ni en contra, don Eugenio. - ---¿Nada? - ---Nada. Cualquiera se pone a defender a Chico a estas alturas. - -Le dejé al inspector Luna con su nietecillo, y le hablé unos días -después al general Lersundi y le conté lo que sabía de Castelo y de su -hostilidad contra Chico. - ---El proceso se ha de ver pronto--me dijo el general--. Allí se -aclarará la cuestión. - -Días después, Lersundi fué nombrado ministro de la Guerra, y le -sustituyó en el Gobierno Civil don Melchor Ordóñez. - -Este dispuso la prisión de Chico, que estuvo nueve meses en el -Saladero, hasta que vino el sobreseimiento de la causa por falta de -pruebas. - -Castelo declaró varias veces en el proceso, y dijo a todos los que -quisieron oírle que no pararía hasta verle a Chico colgando de la horca. - -A las acusaciones de Castelo contestó Chico con una información -detallada de la vida de su enemigo. Lo pintó como un intrigante, como -soldado traidor y jugador de ventaja, que explotaba alternativamente -los garitos y las mujeres. - -La lucha entre los dos fué ruda y sin tregua. Ambos echaron mano de -todos los expedientes imaginables. - -Chico tenía la opinión adversa y se agitaba en el vacío; los resortes -de que podía echar mano estaban gastados; en cambio, Castelo encontraba -apoyo en todo el mundo político y periodístico. - ---Por entonces--siguió diciendo Aviraneta--, alguna que otra vez solía -ver en la calle a Castelo, que ascendió, por sus intrigas y manejos -obscuros, a brigadier. Castelo andaba acompañado de un hombre de buen -aspecto que me dijeron era un viejo asistente suyo. Castelo y yo nos -saludábamos al vernos, y yo le tenía por un hombre que estaba en buenas -relaciones conmigo. - - - - - SEGUNDA PARTE - - CONSECUENCIAS - - - - - I - - LA REVOLUCIÓN DEL 54 - - ¿Cuál de vuestros sistemas - filosóficos es otra cosa que el - teorema de un sueño, un puro - cociente, confidencialmente - obtenido donde el divisor y el - dividendo son desconocidos? - - CARLYLE: _Sartor Resartus_. - - -EN tal estado de cosas llegó la revolución de julio de 1854. Yo, la -verdad, y confieso que era un error de perspectiva, no creía en ella. -Es un achaque de los viejos desconfiar del presente. ¿A quién no le -ocurre esto? A mí me pasó como a todo el mundo. Cuando en junio de -aquel año mi amigo Leguía, aquí presente, me indicó que iba a estallar -un movimiento revolucionario, yo le dije: «¡Bah! No pasará nada». - -El movimiento llegó, los generales se sublevaron en Vicálvaro, y los -días que la revolución anduvo suelta por las calles, yo me dediqué -a curiosear. Presencié el saqueo del palacio de María Cristina y el -de la casa de Salamanca a los gritos de «¡Muera Sartorius! ¡Mueran -los polacos! ¡Muera la Piojosa!» Yo tenía más miedo en casa que en la -calle. Había gente que sabía que yo era amigo de María Cristina y, por -tanto, sospechoso para el pueblo, que en aquella época tenía un odio -profundo por esta reina, a quien hacía veinte años consideraba como un -ídolo. - -Yo vivía en la calle de San Pedro Mártir, en el barrio de la Comadre, -ya al comenzar los Barrios Bajos. - -El día 22 de julio supe, por la lavandera de casa, que los amigos -del célebre torero Pucheta, dictador de aquellos andurriales, habían -señalado mi casa y mi persona a las iras del pópulo como cristino. -Indagué y pude comprobar que, efectivamente, me encontraba en la -lista de sospechosos. Los Barrios Bajos formaban entonces una pequeña -república autónoma bajo las órdenes del señor Muñoz (alias Pucheta). -Así teníamos un Muñoz arriba (el marido de Cristina), y otro Muñoz -abajo (Pucheta). La revolución del 54 era un conflicto entre dos -Muñoces. - -Tuve que tomar mis medidas y pensé en buscar un asilo seguro. Mi mujer -se refugió en casa de un médico joven de la vecindad que nos visitaba. -Este médico vivía con su madre, y por entonces hacía oposiciones a una -cátedra de San Carlos. - -Entre mi mujer y yo sacamos de noche de nuestra habitación los papeles, -los cuadros regalados por María Cristina y algunos muebles, y los -llevamos a la casa del médico; luego cerramos la puerta con llave. - -Yo fuí a visitar a algunos amigos y conocidos para ver si me daban -albergue por unos días, y obtuve una absoluta negativa. - -En los momentos de peligro la mayoría se siente inclinada a pensar sólo -en sus intereses y a no preocuparse de los amigos ni de los allegados. - -Había por aquellos días un miedo terrible, y los que me conocían a mí -creían que yo no era sólo un cristino, sino que debía estar complicado -en todas las intrigas de los polacos. Se decía que María Cristina -estaba encerrada en un convento. - -Al fin tuve que ir a casa de la lavandera que me había avisado que -estaba perseguido, y allí encontré un rincón seguro para pasar unos -días. La señora Isidra, la lavandera, vivía en una guardilla de la -calle de la Espada, y su hijo era un cabecilla revolucionario de los -Barrios Bajos: Manolo, el papelista. La señora Isidra tenía muy poco -sitio y muchos nietos, y en su casa se estaba con gran incomodidad. - -Manolo, el papelista, me contó cómo habían peleado él y sus amigos en -la Cuesta de Santo Domingo con los cazadores, y luego en la calle de -Jacometrezo. Manolo estaba muy satisfecho por haber tomado parte en -estas jornadas. - -Me solía traer papeles que se publicaban en la calle y números de _El -Murciélago_, de _La Mentira_ y de _El Miliciano_. - -Seguía yo la marcha de la revolución por los periódicos y por las -conversaciones. - -A pesar de que el movimiento parecía completamente liberal, no -lo era del todo. Había entre los impulsores de aquellas jornadas -revolucionarias progresistas, demócratas, republicanos, militares de la -Unión Liberal, moderados y hasta carlistas. Este origen mixto hacía que -el movimiento tuviera un carácter turbio y su dirección fuera confusa y -mal definida. - -Cuando creí que la violencia revolucionaria había ya pasado salí de la -guardilla de la lavandera para visitar a algunos amigos que estaban, -como yo, considerados como sospechosos, para ver qué es lo que habían -hecho y tomar una orientación. - -Sabía que se cacheaba y se identificaba a la gente en la calle. - -Me acerqué al centro entre la gente huyendo de los barullos: fuí por la -Concepción Jerónima, calle de Atocha y plaza de Santa Ana a la calle -del Prado, a ver al dueño de una casa de la calle del Lobo, donde había -vivido. En la desembocadura de esta calle con la del Prado había una -barricada defendida por toreros, casi todos de la cuadrilla de Cúchares. - -Intenté entrar por la calle de la Visitación, pero estaba también -cortada. - -Volví a la plaza de Santa Ana y seguí por la calle del Príncipe. - -Iba por la calle de Sevilla a la de Alcalá cuando me encontré detenido -en la esquina por una barricada alta formada por carros, muebles, -tablones y adoquines. Estaba la barricada vigilada por un grupo de -paisanos armados, entre los que abundaban tipos de torero con traje -corto y calañés y mozos de café de los cafés próximos. - -El volverme de repente hubiera parecido sospechoso; me reuní al grupo -de los paisanos, repartí unos cuantos cigarros puros, y a un hombre -andrajoso, con un morrión en la cabeza greñuda, que estaba sentado -sobre unas piedras con un gran trabuco, le pregunté: - ---Oiga usted, compadre, ¿quién manda esta barricada? - ---Un brigadier que vive en esa casa--y me señaló una de la calle de -Sevilla, esquina a la de Alcalá. - ---¿Cómo se llama ese brigadier? - ---No sé. ¡Eh, tú, Charpa! ¿Cómo se llama ese brigadier que viene aquí -vestido de uniforme? - ---No _ze_--dijo el aludido, que tenía aire de picador--; quizá lo -_zepa_ Currito o el Lebrijano. - ---Ese brigadier se llama don Mauricio Castelo--dijo Currito, que era un -chulo con aire de monosabio. - ---¡Hombre! ¡Castelo! Lo conozco. Es muy amigo mío. Voy a verle. - - - - - II - - MAL PASO - - ¿Por qué ultraje comenzar; por - qué ultraje terminar? - - EURÍPIDES: _Electra_. - - -VACILÉ; pero como había dicho delante de aquellos hombres que conocía -a Castelo, entré en la casa que me indicaron. Se me ocurrió que quizá -Castelo podría protegerme y darme un salvoconducto para salir de Madrid. - -Subí la escalera de la casa hasta el piso principal. - ---¿Vive aquí don Mauricio Castelo? - ---Sí, señor. Por lo menos, aquí está. - -Era aquello un círculo de recreo, una casa de juego. Estaba la puerta -abierta y entraban y salían hombres que hablaban a gritos y fumaban -grandes puros. - -Vacilé de nuevo pensando si no sería una imprudencia el seguir -adelante; pero me decidí. - -Avancé, cruzando una sala con dos mesas de billar y otras de mármol, -hasta una sala de lectura con un armario, en el que se veían varios -libros. - -Castelo estaba rodeado de un grupo de hombres armados con escopetas -y trabucos, gente la mayoría desharrapada, con zamarra y calañés, -entreverada con algunos elegantes de levita de color, corbatín y -pantalones de trabilla. - -Varios de aquellos hombres, a pesar del calor sofocante de los días de -julio, llevaban capa. - -La mayoría eran tipos de matones, de esos que se ven en las escaleras -de las chirlatas embozados en la pañosa y con un garrote en la mano. - -Estaba yo en la puerta del salón de lectura cuando entró el torero -Pucheta con un periodista, pequeño y pálido, picado de viruelas y con -anteojos, y un revendedor del Teatro Real a quien llamaban el Mosca. - -Los tres se acercaron a Castelo y hablaron con él largo tiempo. - -Pucheta empleaba las grandes frases de la época: la democracia, la -soberanía nacional; el periodista se mostraba acre y lleno de odio -contra todos. - -Cuando acabaron su conferencia, toda la gente se marchó con Pucheta. - -Castelo quedó solo, y entonces me acerqué a él y le saludé: - ---Siéntese usted--me dijo amablemente--. Yo voy a comer. ¿Quiere usted -comer conmigo? - ---Muchas gracias. He comido ya. - -Castelo abrió una mampara del saloncito, llamó a voces, vino su -asistente y le dijo: - ---Tráeme la comida. - -Contemplé a Castelo. Había envejecido muchísimo desde que yo le había -conocido. Tenía un aire de intranquilidad y al mismo tiempo de estupor. -Estaba encorvado. Vestía pantalones de militar, chaqueta de paisano y -gorra de cuartel. Fumaba sin ganas; más bien mascaba un cigarro puro. - -Me chocó hallarle tan decaído. Creí adivinar en él un sentimiento de -descontento al verse entre Pucheta y su mesnada y le pregunté: - ---¿Quién era esta gente? ¿Qué es lo que quiere? - ---Estos son los jefes de la revolución al menudeo--contestó con -disgusto--. Alguno que otro es un cándido. Los demás son gandules y -asesinos que debían estar en presidio. - ---Sí, por su aspecto no parecen muy de fiar. - ---Todos, o la mayoría de estos revolucionarios de pega, son tahures, -jugadores de oficio; los otros, revendedores de alhajas, y algunos, -toreros. - ---¿Y el periodista? - ---Ese es el mayor canalla de todos. ¡Si yo tuviera poder! - ---Ese torero que toma aires de director de las turbas es el célebre -Pucheta, ¿verdad? - ---Sí; es un tiranuelo de los Barrios Bajos. - ---Y ¿cómo se ha mezclado usted con esa gente, amigo Castelo? - -Yo le hice esta pregunta como si le considerara más en mi campo que en -el de los amigos de Pucheta. - ---¿Qué quiere usted?--me dijo él revelando su inquietud--; me han -comprometido; me han nombrado jefe de esta barricada, lo que consideran -un puesto de honor y de peligro. Hoy han venido a invitarme a que -presida una gran comida que van a dar en un colmado de esta calle para -celebrar el triunfo de la Revolución. - ---¿Y usted va a ir? - ---Sí; si no parecería sospechoso. La cosa no está sosegada todavía, -sino sólo aplazada. - ---¿Pues qué se quiere? - ---Cada uno quiere una cosa diferente: unos, a Espartero; otros, a -O'Donnell; hay quien piensa en la República. - ---¡Bah! Todavía falta mucho para eso. - ---Todos quieren prender y juzgar a María Cristina. - ---¿Y dónde está María Cristina? - ---Está en Palacio. - -Castelo salió del cuarto, y vino, poco después, con una botella de ron -y un vaso; tiró el cigarro al suelo, lo pisó y comenzó a beber el licor -como si fuera agua. - -Yo le contemplé. Debía de estar completamente alcoholizado; parecía de -esos hombres que viven en una irritación constante interrumpida por -momentos de depresión. - -Entró el viejo asistente con la comida y puso sobre una mesa el mantel -y los platos. - ---¿Dónde está la señorita? ¿Por qué no viene?--le preguntó Castelo. - ---¿Quiere usted que la llame? - ---Sí; que venga en seguida, que la estoy esperando. - -Yo estaba buscando una fórmula para marcharme cuando entró Paca Dávalos -en el saloncito vestida con una bata de color de rosa. De lejos -todavía hacía efecto; pero de cerca era una vieja decrépita. Estaba -torcida para un lado, iba pintada y empolvada. Tenía los ojos tiernos -y los párpados rojos y sin pestañas; en su cara, a través de la capa -de polvos de arroz, se veían manchas rojas como erisipelatosas. A cada -momento guiñaba los ojos y tenía unos tics nerviosos que le hacían -estremecer todo el rostro. Al hablar torcía la boca a un lado. - -Era todavía felina; sus ojos soñadores habían perdido su brillo y su -encanto, pero le quedaba algo del tigre viejo y derrengado que bosteza -dentro de la jaula. - -Me levanté para saludarla. Ella no me reconoció. Se sentó; tomó en -la mano el vaso lleno de ron que tenía Castelo delante y bebió unos -cuantos sorbos. - -Le temblaba la mano como a un perlático. - -De pronto me miró fijamente y me dijo: - ---Yo le conozco a usted. - ---Yo también a usted. - ---¿De dónde? - ---De casa de Celia. - ---¡Ah! Es verdad. - -Hablamos de la gente que iba a aquella casa; de Ronchi, de Nicolasito -Franco, de Fidalgo y de sus hermanas, del padre Mansilla. - -La Dávalos se confundía con sus recuerdos; había perdido la memoria. -Tenía, de pronto, unas gesticulaciones bruscas. Aquella contracción de -la cara de la Dávalos hacia un lado, me chocaba. Daba la impresión de -algo grave y, a veces, tenía yo la evidencia de que aquella mujer era -una perturbada, una loca. - ---¿Usted es todavía amigo de Cristina?--me preguntó tartamudeando. - ---Sí. - ---Pues lo va usted a pasar mal. - ---¡Qué le vamos a hacer! - ---¿Y cómo puede usted ser amigo suyo? - ---Yo, por agradecimiento. ¡Qué quiere usted! Le debo la vida. - -La Dávalos se exaltó al hablar de María Cristina, y empezó a decir de -ella porquerías y suciedades, llamándola constantemente zorra, piojosa -y la señora de Muñoz. La Paca usaba los juramentos y las blasfemias de -los tahures y matones con quien trataba y convivía. - ---¿Le hizo a usted alguna mala pasada la Reina?--le pregunté yo. - ---¡Si me hizo! Ya lo creo. Fuí su amiga; pero hoy daría mi vida por -devolverle el mal que me ha hecho y arrastrarla al fango donde debía -estar. La odio, la odio. - ---¿Tanto...? - ---Quisiera verla en un estercolero, sobre una estera podrida y devorada -por los gusanos. - -La Paca dejó pronto su aire reconcentrado y vengativo y recitó estos -versos, que habían salido del campo carlista: - - Clamaban los liberales - que Cristina no paría, - y ha parido más Muñoces - que liberales había. - ---¡Muñoces!--exclamó luego la Paca--. Cualquiera sabe de quién son los -hijos de esa zorrona..., cochina. - -Castelo intervino en la conversación y habló de lo que se decía en la -calle: de que la Reina Madre había tomado parte en todas las contratas -y en todos los negocios sucios de España y de Ultramar para hacer la -fortuna de los Muñoz. - -¡Qué moralidad se había despertado en un tahur como Castelo! - ---Pero eso es lo de menos--añadió; y contó ciertos asesinatos -misteriosos que había ordenado Cristina y hecho ejecutar por Chico y -su gente, y de varios envenenamientos realizados por aquella nueva -Lucrecia Borgia. Castelo citaba nombres, fechas, circunstancias. - -Lo daba todo esto como indiscutible. Yo me eché a temblar. Cuanto más -odio hubiese por María Cristina, más peligrosa era mi situación. La -verdad es que luego he oído hablar en serio de envenenamientos hechos -por gentes de Palacio, entre ellos el de la segunda mujer del infante -don Francisco. - ---Pero, ¿usted cree que todo eso es verdad?--le pregunté a Castelo. - ----¡Si es! Es el Evangelio. - ---¡Demonio! - ---Sí, sí, es usted cristino--dijo Castelo--; lo va usted a pasar mal. -Ahora va de veras; no debía usted salir a la calle, le pueden dar algún -disgusto. - ---Por eso venía a verle a usted, que tiene influencia--le dije. - ---¿Qué quiere usted que yo haga? - ---Mi casa está cerca de la plaza del Progreso; y aquello es un ir y -venir de gente que se han constituído en amos, hacen lo que les da la -gana y han formado una lista de sospechosos. - ---¿Dónde vive usted? - ---En la calle de San Pedro Mártir. - ---¿Hacia dónde está eso? - ---Hacia Lavapiés. - ---¡Toma, yo le creía a usted rico! De poco le ha servido su amistad con -Cristina. - ---Tengo mi sueldo de intendente, y de él vivo. - ---Bueno, yo le diré a los patriotas de Barrios Bajos, y sobre todo a -Pucheta, que no se metan con usted. Ahora, váyase usted, váyase cuanto -antes. Aquí no hace usted mas que comprometerme. - -Castelo, a medida que iba ingiriendo alcohol, iba saliendo de su -abatimiento sombrío y excitándose cada vez más. - -Me levanté, tomé mi sombrero y, haciendo de tripas corazón, saludé lo -más amablemente que pude a Paca Dávalos y a Castelo. Había dado un paso -en falso. - -Al salir del cuarto de lectura a la sala de billar, Castelo gritó de -pronto: - ---¡Oiga usted, oiga usted, señor cristino! Tengo entendido que en la -tertulia del general Lersundi se ha hablado mal de mí. ¿Usted debe -saber quién fué, porque usted iba a esa tertulia? - ---Yo, no; yo no he oído hablar de usted. - ---¿Usted no le conoce a Macías? - ---A un Macías le conocí en Méjico; pero desde entonces no le he vuelto -a ver. - ---Y a Luna, al inspector de policía Luna, ¿le conoce usted? - ---A ese le conocí porque fué el que me prendió hace veinte años y me -llevó a la Cárcel de Corte; pero luego no he tenido noticias de él, ni -sé si vive. - ---Pues sí vive, y yo lo he de encontrar para ajustar unas cuentas -antiguas. ¿Y a Chico, no le conoce usted tampoco? - ---No, no le conozco. Cuando él comenzó a intervenir en la política, yo -me había retirado. - ---¡Si este buen señor debe ser más viejo que Matusalén!--dijo la -Dávalos. - ---Pues yo me he de vengar--exclamó Castelo--; tengo que averiguar quién -le dió malos informes de mí a Lersundi y después a Ordóñez. Algún amigo -de Chico ha sido. Bueno; a Chico yo le tengo que ahorcar con estas -manos, sí, con estas manos; y a Luna, si lo encuentro, lo moleré a -garrotazos. - ---Bueno, Mauricio, cálmate--dijo Paca. - ---No me quiero calmar: Sí, a Chico se le harán pagar sus crímenes, y -será pronto..., muy pronto..., quizá antes de veinticuatro horas. - -A esto añadió Castelo gritos y blasfemias, accionando con violencia y -dando puñetazos en la mesa. - ---Bueno. ¡Adiós!--dije yo. - ---¡Adiós! - ---Celebraré que no le rompan a usted un hueso--exclamó Paca Dávalos, -con su risa dolorosa, de enferma. - -Castelo se echó a reír como un insensato, y debió tener algún propósito -agresivo contra mí, porque intentó levantarse y seguirme; pero el -asistente le detuvo. Yo bajé corriendo las escaleras y salí a la calle. - - - - - III - - UNA NOCHE DE INSOMNIO - - La enemistad de una sola - chinche menuda que se arrastre - por nuestra cama es más de - temer que la cólera de cien - elefantes. - - HEINE: _Atta Troll_. - - -TOMÉ por la calle de Alcalá hacia la Puerta del Sol, a mezclarme a los -grupos de revoltosos y de vagos que andaban por allá. - ---Aviraneta--me dije a mí mismo--, has hecho una tontería en visitar a -Castelo. Has llamado la atención sobre ti. No tienes un rincón donde -poner tus huesos en seguridad y estás en peligro de que te rompan uno, -como decía Paca Dávalos hace un momento. - -Y me froté las manos, como si estuviera muy satisfecho con mi suerte. - -Aquella tarde, el centro de Madrid estaba en perpetua ebullición. No -me decidí a ir a mi barrio, porque temía que me conocieran, y me fuí a -un café de la calle Ancha. Me hice bastante amigo del mozo, le conté -una historia falsa y me recomendó una casa de huéspedes de la calle de -Silva. - -Fuí a ella: la patrona tenía mal semblante, y a las pocas palabras que -cambié con ella comprendí que estaba recelosa y dispuesta a avisar a la -policía. - -Hacía una noche de calor sofocante. Me metí en el cuarto que me -alquilaron y no pude dormir. Había chinches en la alcoba. Una procesión -de estos insectos salía de un ángulo del techo e iba avanzando, y -cuando llegaban encima de mi cama se dejaban caer uno a uno con una -precisión matemática. - ---Por la mañana, al alba, me levanté y me vestí. Mi instinto me hacía -creer que no estaba muy seguro en aquella casa. - -Me asomé al balcón y me senté en una silla. A eso de las cuatro vi que -mi patrona salía a la calle, y poco después volvía con un hombre. - ---Maniobra sospechosa--me dije. - -Abrí la puerta de mi cuarto y avancé por el pasillo de la casa, todavía -obscuro. La patrona y el hombre hablaban de mí. Habían dejado la puerta -abierta. - -Inmediatamente me puse el sombrero y bajé las escaleras con rapidez, -con las botas en la mano. En el portal me las puse; salí a la calle, -entré por el callejón del Perro y me metí en un portal abierto e -iluminado de la calle de la Justa. Era un burdel. Había una vieja -harapienta, con un aire de lechuza, y dos muchachas feas, vestidas con -colores chillones. Una de ellas tenía una cara ancha, brutal, una cara -de rodaballo, con unos ojos saltones y la nariz chata. Las dos estaban -muy pintadas. - -La vieja conoció, por mi actitud, que venía huyendo, y no se le ocurrió -explotarme. Me senté en un banco y charlamos. La vieja me habló del -Destino con un fatalismo tan estoico que me asombró. - ---Cada cual su sino--decía a cada paso. - -Convidé a las mujeres a tomar café con leche, y después de estar unas -tres o cuatro horas allí, por la calle de la Flor salí a la de San -Bernardo. - -Subí a la plazuela de Santo Domingo, y en un café que hacía esquina, -cerca de una barricada, entré y encargué un almuerzo. - ---Tardará un poco--me dijo el mozo--; todavía es temprano, y con estos -jaleos no viene nadie. - ---Bueno; no tengo prisa. Traiga usted unas aceitunas, y esperaré. - -Compré _La Iberia_ y unas hojas del _Boletín_ extraordinario del -ejército constitucional, que se vendían en las calles, y estuve -haciendo como que leía, pensando en dónde podría ocultarme, o si sería -mejor salir inmediatamente de Madrid. - -Llegó el almuerzo y comí bien, pensando que quizá la cena se haría -esperar. - ---Tiene uno buen apetito--me dije--. Eso demuestra que interiormente -todavía uno está sereno. - -Tomé café y varias copas de coñac y le di al mozo una buena propina, -suponiendo que podría necesitarle. - - - - - IV - - EL FINAL DE CHICO - - Cuando se ha oído decir que - tal persona o tal otra es un - hombre malo, se cree leer la - maldad en su fisonomía, y - entonces la ficción se añade a - la experiencia para realizar - una sensación cuando el interés - y la pasión se mezclan. - Helvetius cuenta que una dama, - contemplando la luna con un - telescopio, veía la sombra de - dos amantes; un cura que quiso - comprobar el hecho le replicó - diciendo: No, señora, no; esas - sombras son las dos torres de - una catedral. - - KANT: _Antropología_. - - -ESTABA dispuesto a salir del café, porque no tenía pretexto para seguir -en él, cuando los mozos se asomaron a la puerta y volvieron diciendo: - ---Hay gran alboroto en la calle Ancha. La gente viene hacia aquí -gritando. - ---¿Qué pasará? - -El amo del café mandó cerrar inmediatamente la puerta y las ventanas. - ---¿Usted quiere salir ahora?--me preguntó a mí. - ---Esperaré a que pase el tumulto. - ---Tiene usted razón. Con estos alborotos constantes no se sale ganando -nada. - -Con el cierre de la puerta y de las ventanas el café había quedado casi -a obscuras. - ---¿Quiere usted subir al billar?--me dijo el mozo que me había -servido--; desde allí puede usted ver muy bien lo que pasa. - -Subí por una escalera de caracol a la sala de billar y me asomé a un -balconcillo del piso entresuelo. Venía de la calle Ancha una masa de -gente harapienta, zarrapastrosa, formada principalmente por mujeres -y chicos, que vociferaban y daban alternativamente vivas y mueras. -Algunos hombres armados con fusiles, pistolas y garrotes se veían entre -la multitud. - -Después vimos un tipo mal encarado, con bigote y patillas, vestido con -andrajos, con una faja encarnada en la cintura y un sombrero catite en -la cabeza, que llevaba, como un estandarte, un retrato grande en un -palo. - ---¿Quién es?--nos preguntamos todos--. ¿De quién es esa imagen? - -Nadie lo sabía. - -Luego, como un paso de Semana Santa, sentado en un colchón y sostenido -en unas parihuelas apareció en la plaza de Santo Domingo un hombre -flaco, amarillo, ictérico, como una momia, ya viejo, con patillas -grises. - -Iba medio desnudo, cubierto con una camisa blanca y un pañuelo en el -cuello, un gorro de color en la cabeza y en la mano un abanico, con el -que se abanicaba tranquilamente. Su expresión era fosca, amarga y casi -burlona. - -A no ser por los dicterios que le dirigían las turbas, se le hubiera -podido tomar, por su actitud tranquila y displicente, por un reyezuelo -de una tribu que se paseaba en andas entre sus vasallos. - ---¿Quién es este hombre?--preguntamos varios. - -Los gritos, ya distintos, que se oyeron a poco, de «¡Muera Chico! -¡A la horca! ¡A la horca!», nos hicieron comprender que el hombre -que llevaban en las parihuelas, como un paso de Semana Santa, era el -célebre jefe de policía de Madrid. Al lado suyo iba una mujer, que -dijeron era la de Chico, y detrás, el portero de su casa, a quien -llevaban a empujones. - -Este era un ex policía apellidado Dendal y apodado el Cano, a quien se -había dirigido la gente para prender a Chico, y que había intentado -salvar al jefe. - -Se le consideraba como uno de los sabuesos y de los confidentes de -Chico. - ---¡Muera Chico! ¡A la horca! ¡A la horca!--volvió a vociferar la -multitud. - ---¿Adónde lo llevan?--preguntó un mozo del café a uno de la calle. - ---A la plaza de la Cebada, a quitarle la vida. - ---Lo tiene muy merecido. - -El amo del café hizo un gesto de molestia; pero no dijo nada. - -El pueblo, con ese sentimiento simplista de las multitudes, creía, sin -duda, que bastaba con quitar de en medio a Chico para que todos los -atropellos desaparecieran. - -Días antes habían matado las turbas a otro policía apodado el Pocito. - -Yo estaba inquieto; pero haciéndome el hombre tranquilo e indiferente, -me senté en una silla en el balcón, encendí un cigarro y me puse a -fumar. - -La comitiva esperó unos minutos en la plaza de Santo Domingo, sin saber -qué dirección tomar, hasta que debió venir la orden de seguir por la -Costanilla de los Ángeles. - -Noté, con sorpresa, que los que capitaneaban a los amotinados eran casi -todos los que se encontraban el día anterior en compañía de Castelo. -Estaban Pucheta, el Mosca y el periodista, pequeño y pálido, picado de -viruelas y con anteojos. De su grupo partían más rabiosos los gritos de -«¡Muera Chico!» - -Pero no sólo estaban ellos. Castelo y la Paca Dávalos se hallaban -agazapados en la esquina de la calle de Tudescos contemplando el paso -de la multitud. Yo los veía de cerca. Se habían disfrazado; él llevaba -pantalón corto y calañés; ella, un mantón obscuro. - -¡Qué expresión de ansiedad, de odio, de triunfo había en sus miradas! -¡Qué momento de pasión estaban viviendo ambos! - -Veían correr en su imaginación la sangre del hombre que les había -ofendido e inundar el suelo y el aire y convertirse en una aurora -boreal. Quizá creían también que esta venganza les había de bastar para -ser felices. - -Durante un momento creí que Chico veía a sus enemigos desde lo alto de -las andas; pero si los vió apartó de ellos la vista con indiferencia y -siguió abanicándose con su aire frío y desdeñoso. - -Daba Chico la impresión de un hombre que había llegado a un tal -desprecio por la vida, que la muerte se le presentaba como un accidente -de poca importancia. - ---¡Canalla! ¡Granuja!--decía la gente. - ---Mira cómo mira--añadía una comadre. - ---Tiene cara de pocos amigos. - ---Cara de Judas. - ---Dios nos libre de un hombre así. - ---¡Muera Chico! ¡A la horca! ¡A la horca! - ---Eres un valiente--dije yo en mi imaginación dirigiéndome a él--; -podrás tener tú la culpa, y el pueblo la razón; pero mi simpatía va -hacia el hombre templado que marcha al suplicio con la sonrisa en los -labios más que a la turba aulladora y cobarde. - -Pasó la procesión y la multitud se derramó por la Costanilla de los -Ángeles y por la Cuesta de Santo Domingo. Castelo y la Paca Dávalos, -agarrándose del brazo, se alejaron por la calle de Tudescos. Parecían -dos viejos; él, raído y encorvado; ella, torcida, con una manera de -andar de paralítica. - -Les miraba alejarse y me parecían los supervivientes de un naufragio; -más aún: me parecían los restos del barco que las olas echan sobre la -playa. - -Casi encontraba mejor acabar la vida como Chico, llevado en unas -parihuelas sobre el odio popular, que perderse así, encorvados y -renqueando, por la sombra de una callejuela. - - - - - V - - ACOSADO - - Se sufre más cuando se sufre - solo y se deja tras de sí los - dichosos. - - SHAKESPEARE: _El Rey Lear_. - - -CUANDO se despejó la plaza, bajé del billar al café y salí a la calle. -Los alrededores habían quedado desiertos. La comitiva de Chico barrió -los lugares adyacentes, llevando a todo el mundo tras ella. - -Se me ocurrió entrar en casa de Istúriz, que vivía allí cerca, en -la Cuesta de Santo Domingo. Tardaron mucho en abrirme la puerta. El -hombre estaba trastornado, temiendo que le asaltasen la casa. Había -presenciado en los días anteriores la lucha de los sublevados y la -tropa, en la misma calle, y aquel día, el paso de Chico entre la -multitud. - -Le expliqué la situación en que me encontraba, sin poder volver a casa, -y a esta circunstancia le di un carácter cómico. - ---¿Y qué va usted a hacer?--me preguntó Istúriz. - ---Estoy dispuesto a sufrir la muerte con paciencia. Ya he vivido -bastante. - ---Pero esto es un error. Esos hombres no tienen memoria. - ---¡Qué quiere usted! Todos los pueblos son desagradecidos. - ---Pero, ¿qué aspiran? ¿Qué desean? - ---Siempre hay algo más que aspirar y que desear. - ---Es la anarquía que se nos echa encima. Nosotros tenemos la culpa, -Aviraneta--exclamó--. ¡Oh, si ahora empezara a vivir! - ---Yo no me arrepiento de nada--le dije--. Creo que he hecho lo que -debía hacer. - ---No hay justicia, Aviraneta, no hay justicia--murmuró él. - ---Naturalmente. En la política no puede haber justicia. En la política, -como en la vida, no hay mas que fuerza y éxito--repliqué yo con -dureza--. Se manda y se hace lo que se quiere; no se manda, y ¡buenas -noches! - -Saludé a Istúriz fríamente. Y me marché a la calle pensando que el -hombre no me había ofrecido su casa para que descansara en ella un -momento. - -Como tenía ya todos mis posibles recursos agotados fuí a la iglesia de -San Ginés y me senté en un banco, dispuesto aunque fuera a pasarme allí -el día entero. - -Estuve al lado de un matrimonio joven con un niño, que hablaban y -sonreían y no tenían más preocupación que la de ir por la tarde a casa -de una pariente suya. Oí dos o tres misas y me quedé solo. - -¡Cuán distinto hubiera sido mi destino si en vez de decidirme a -defender con tesón las ideas liberales hubiera ingresado en la juventud -entre los moderados o entre los absolutistas! - ---Ahora hubiera sido general, ministro o arzobispo de Toledo. Su -Excelencia Aviraneta, monseñor Aviraneta, no hubiera estado mal. - -Pensaba mil cosas para entretenerme y pasar el rato. - -A las primeras horas de la tarde el sacristán se me acercó, mirándome -con recelo, y me dijo que iba a cerrar la iglesia. Tenía entonces yo -la impresión que debe experimentar el animal acosado y perseguido. Ya -no era el hombre joven que puede discurrir con precisión y seguridad y -a quien se le ocurren ideas y proyectos rápidamente; tenía ya sesenta -años y mi inteligencia funcionaba con más pesadez que en mis tiempos -juveniles de conspirador. No encontraba en mí mismo mas que pobres -recursos, y muchas veces el miedo me turbaba y me inspiraba soluciones -desesperadas, como la de presentarme al Gobierno revolucionario para -que hiciera de mí lo que quisiera. - -Salí de la iglesia a la plazoleta que hay en la parte de atrás de San -Ginés, y estuve vacilando en tomar por la calle de Coloreros, o por la -de Bordadores. - ---¡Pensar que el ir por una o por otra puede influír en mi destino!--me -dije. - -Estaba así vacilando cuando recordé que en la calle de Coloreros había -una taberna y tienda de comestibles de un asturiano conocido mío. - ---Voy a ir a allí. - -Al salir por la callejuela me encontré con un estudiante de Medicina -que visitaba al médico vecino de mi casa. Este muchacho era ayudante de -un doctor afamado. Nos saludamos. - ---¿Ha comido usted ya?--le pregunté. - ---No. - ---¿Quiere usted que comamos aquí en un figón de un asturiano que yo -conozco? - ---Vamos. - -El asturiano me recibió bien y nos llevó al estudiante y a mí a un -cuarto muy limpio y bien arreglado. Mientras comíamos le conté al -estudiante la situación en que me encontraba; le pregunté dónde -vivía él, y me dijo que en una casa de huéspedes de la Carrera de -San Francisco que tenía como pupilos algunos seminaristas que, por -entonces, estaban de vacaciones. - ---Ahora mi patrona no tiene más huéspedes que yo. - ---Cree usted que me tomaría a mí?--le pregunté. - ---Sí, hombre, ya lo creo. - ---Yo necesitaría pasar diez o doce días escondido hasta que la -efervescencia revolucionaria vaya decreciendo. - ---Pues yo le llevaré a usted a esa casa; pero ahora mismo, no, porque -tengo que ir al Hospital General. - ---Bueno, entonces yo le esperaré a usted aquí mismo. - -Volvió el estudiante a eso de las siete. Me dijo que habían fusilado a -Chico y al Cano en la plaza de la Cebada, delante de la Fuentecilla. -Chico había muerto con un valor extraordinario. Al parecer, en Madrid -no se hablaba de otra cosa. Mucha gente protestaba de que Pucheta -ordenara ejecuciones, como pudiera haberlo hecho Calomarde. - ---¿Qué quiere usted hacer ahora?--me preguntó el estudiante--. -¿Prefiere usted ir a mi casa por donde hay mucha gente, o quiere usted -que salgamos por la Cuesta de la Vega y, dando la vuelta por la ronda, -subamos por las Vistillas a la Carrera de San Francisco? - ---Me parece mejor ir por dentro del pueblo. Salir y entrar será -peligroso. - ---Yo creo que es preferible marchar por donde haya mucha gente. En las -calles solitarias es donde es más fácil que una ronda le detenga a uno. - ---Bueno; pues vamos por la Plaza Mayor. - -Salimos de la taberna y entramos en la plaza por la calle del Siete de -Julio. Había por todas partes grandes grupos de gente armada que iba -y venía por en medio. Entonces no había jardinillos, ni fuentes, como -ahora. Temía yo que alguien me conociera, pero pude cruzar la plaza sin -obstáculo. - -Vacilamos el estudiante y yo en tomar por la calle de Toledo o bajar -por la escalerilla de piedra a la calle de Cuchilleros. Debíamos haber -tomado por la de Toledo, siguiendo siempre el principio que era mejor -marchar entre la gente que por sitios extraviados; pero me pareció que -hacia la calle de Cuchilleros no había nadie y comenzamos a bajar por -la escalera. - -Ibamos por la calle de Cuchilleros cuando tres paisanos nos dieron el -alto: - ---¡Alto! - ---¿Qué pasa?--pregunté yo. - ---¿Quiénes son ustedes? - ---Yo soy un médico--dije--, y este joven es mi ayudante. - ---Bueno, vengan ustedes con nosotros. - -Nos hicieron subir de nuevo la escalera de piedra y nos llevaron a la -taberna que había en el ángulo de la plaza, que se llamaba el Púlpito. - -Convidé yo a aquellos hombres a unas copas y nos hicimos amigos. - -Iban a dejarnos libres cuando apareció el revendedor del Teatro Real, -el Mosca, a quien el día anterior había visto en compañía de Castelo, y -por la mañana en la calle Atocha. El Mosca, además de revendedor, era -dueño de una barbería de la calle de las Fuentes. Yo le conocía algo y -sabía que había estado en el campo carlista. - ---Este es Aviraneta--gritó el Mosca al verme--, un amigo de María -Cristina. Hay que llevarle a la Junta. - -Se reunieron con el Mosca algunos granujas y desocupados, comparsas de -todos los alborotos populares, y nos llevaron al Ayuntamiento. - - - - - VI - - EN EL SALADERO - - Era de ver dormir algunos - envainados, sin quitarse nada - de lo que traían de día; otros, - desnudarse de un golpe todo - cuanto traían encima. - - QUEVEDO: _El Buscón_. - - -ENTRAMOS en la casa de la Panadería y nos condujeron, al estudiante y a -mí, ante un grupo de personas constituídas en tribunal. Era una junta -revolucionaria. Nos interrogaron, e inmediatamente el estudiante fué -puesto en libertad. Yo dije mi nombre, y no oculté mis amistades ni mi -historia política. - -Aquella Junta estaba formada por personas sensatas, y el presidente -dijo que no había el menor motivo para mi detención. - ---Puede usted retirarse--me indicó el presidente. - ---¡Muchas gracias! - -El Mosca salió detrás de mí y gritó: - ---Hay que detener a este hombre. Es un cristino, un confidente de -Sartorius, un consejero de la Piojosa. - ---¡Señores!--clamé yo con todas mis fuerzas dirigiéndome al público--. -El hombre que quiere detenerme es un carlista, un miserable que ha -estado en la facción. Me odia, porque yo soy liberal, liberal de -siempre. Yo fuí ayudante del Empecinado; yo hice el Convenio de -Vergara, en que se dominó para siempre el carlismo. ¿Me vais a entregar -a mí al capricho de un esbirro de la reacción? - -Al mismo tiempo, el Mosca gritaba que yo era un traidor, amigo de -Sartorius, de Salamanca y de Chico. - -El público se dividió; yo iba ganando terreno cuando un desconocido -propuso que nos llevaran, al Mosca y a mí, a la Casa de Correos, donde -estaba reunida la Junta Suprema Revolucionaria. - -En medio de un grupo de desharrapados llegamos a la Puerta del Sol -y entramos en el Principal. Pronto vi que se tenía bien distinto -procedimiento con el Mosca que conmigo, pues a él se le dejó en -libertad en seguida. Llevado delante de la Junta, la ira que me -devoraba me hizo pronunciar un discurso violento, en el cual dije que -aquella revolución era una farsa, que estaba dirigida por moderados y -hasta por carlistas, y que así podía darse el caso de que a un hombre -como yo, que había peleado por la libertad con el general Empecinado -y había sufrido persecuciones como liberal, se le quisiera encarcelar -por la denuncia de un miserable que había peleado en las filas de Don -Carlos. - ---No sólo es el Mosca el que le denuncia a usted como amigo y cómplice -de María Cristina--dijo uno de la Junta--; hay otros que afirman lo -mismo. - ---¿Quiénes son esos otros?--grité yo--. Que vengan, que muestren su -cara. - ---¿Niega usted su amistad con María Cristina? - ---Niego la complicidad. - ---Retírese usted--dijo el presidente. - -Me tomaron por su cuenta dos andrajosos, me ataron en el patio en una -cuerda de presos y nos llevaron al Saladero, rodeados por bayonetas. - ---¡Son de la camarilla de la Piojosa!--decía la gente al vernos por la -calle. - ---Son los amigos de Sartorius. - ---¡Mueran! ¡Mueran!--Y nos insultaban y nos tiraban piedras. Llegamos -al Saladero. - -Me metieron en un calabozo húmedo y obscuro, y estuve allí encerrado -cerca de un mes. La vida para mí, en aquellos días, fué horrible. -Dormía en el suelo, comía el rancho de la cárcel, y no podía hablar con -nadie, mas que con algunos desdichados como yo que, pasajeramente, me -hicieron compañía. - -¡Qué miseria! ¡Qué pobreza! ¡Qué gente harapienta! Y, en medio de esta -miseria, ¡qué modo de adaptarse y de vivir allí como en su propia -casa! Había industriales que seguían dirigiendo su industria desde la -cárcel; falsificadores que preparaban sus falsificaciones; un editor de -periódico carlista que corregía sus pruebas. - -La mayoría de los presos eran ladrones; pero había también -conspiradores y revolucionarios. Entre ellos, conocí dos que me -dijeron que se habían hecho prender a propósito, para ponerse de -acuerdo con un preso que estaba en el Saladero. - -Estos eran republicanos, y tenían preparado el complot de matar al -general Espartero, a su entrada en Madrid, a tiros, desde una casa de -la Carrera de San Jerónimo, que tenía salida por la calle del Pozo, y -proclamar la República. - -Yo conocía la casa, porque en ella habíamos tenido, en 1822, una venta -carbonaria. Encontré el proyecto bien tramado en su primera parte; -pero su segunda parte me pareció absurda. Les intenté convencer a -los republicanos de que la República que ellos pudieran proclamar no -duraría mas que horas. Se persuadieron y abandonaron el proyecto. - -Cuando me sacaron de aquel calabozo me pusieron en comunicación, y mi -mujer vino a verme; empezó a llorar al encontrarme en tal lastimoso -estado. Me hallaba flaco, enfermo, sin poder tenerme en pie, con los -ojos inflamados, lleno de parásitos, con la ropa interior sucia y casi -podrida. - -Empezó el juez a tomarnos declaración a las personas presas durante -el período revolucionario, y la mayoría no teníamos la menor culpa -ni la menor relación con los hechos que se nos imputaban. Habíamos -sido casi todos enviados al Saladero por sospechas, por capricho de -los sublevados; algunos eran, indudablemente, víctimas de venganzas -particulares. - -Le indiqué a mi mujer que fuera a casa de Istúriz y de otros amigos, y -que se enterara de la situación en que había quedado la política. - -Don Evaristo San Miguel fué nombrado por entonces ministro de la -Guerra. Después de su nombramiento había tres núcleos revolucionarios -importantes y rivales que trataban de anularse los unos a los otros. - -Estos eran: la Junta de Salvación, Armamento y Defensa, con San Miguel -de presidente, lazo de unión entre el Palacio y los revolucionarios de -Madrid; el Cuartel General de O'Donnell, que obraba por cuenta propia, -y la Junta de Espartero, que radicaba en Zaragoza. - -En cada grupo de estos había un sinfín de escisiones, y los mismos -revolucionarios de Madrid no obedecían siempre a la Junta de Salvación. - -Ya enterado de quiénes eran los personajes más influyentes, escribí una -carta al general Espartero y otra a don Joaquín Francisco Pacheco, que -no me contestaron. - -Mandé también un documento a don Evaristo San Miguel exponiéndole los -hechos, y una esquela recordándole nuestra antigua amistad y nuestra -fraternidad como masones, y San Miguel, inmediatamente que recibió mi -esquela, mandó ponerme en libertad. - - - - - VII - - EL HOSPITAL - - Tú, Señora, - dame agora - la tu gracia toda ora - que te sirva todavía. - - ARCIPRESTE DE HITA: - _Libro de Buen Amor_. - - -TRAS de la cárcel fuí a San Sebastián con mi mujer; alquilé una casa en -el barrio de San Martín y pasé allí cuatro años viviendo obscuramente, -ocupado en leer libros y periódicos, escribir mis recuerdos y hacer una -colección de insectos de conchas y de caracoles. El Gobierno me había -dado el retiro, y mi sueldo era pequeño. - -Tenía dos o tres casas en San Sebastián adonde iba de tertulia: la -de Goñi, la de Alzate y la de Errazu, que eran parientes míos, y -solía pasar largos ratos en la imprenta de Baroja. Aquí se reunían -con frecuencia el general don Nazario Eguía, el manco; el intendente -Arizaga, que influyó en el Convenio de Vergara; el general Van-Halen, -Antonio Flores, el autor de _Ayer, hoy y mañana_, y otros. - -Solíamos tener grandes discusiones, y varias veces me dijo el general -Eguía: - ---Aviraneta: ¡con qué gusto le hubiera fusilado a usted si le llego a -coger en tiempo de la guerra! - -Yo solía acompañarle al viejo general a tomar el coche de Tolosa hasta -la fonda del Parador Real. - -Unos años después, sintiendo de nuevo la nostalgia de la vida agitada -de la Corte, volví a Madrid y me instalé con Josefina en un piso de la -calle del Barco. Josefina tenía algunas amigas y pertenecía a una Junta -de Caridad. - -Un día, a una señora amiga de mi mujer le oí hablar de Paca Dávalos. - ---La he conocido--dije yo--. ¿Qué le pasa? - ---Es toda una novela. - -La señora contó la historia con detalles. - -Desde hacía algún tiempo, la Dávalos estaba enferma en el hospital de -San Juan de Dios, en una sala, triste y obscura, que daba a la calle de -Atocha, mal iluminada por unas rejas cubiertas de tela metálica. - -Daba horror el ver a la pobre mujer: se hallaba cubierta de úlceras -y de costras, sin pelo y con los ojos inflamados. Su enfermedad, la -embriaguez y los últimos años de miseria habían hecho de aquella -belleza espléndida un monstruo. Era algo horrible; pero más horrible -que su aspecto, según la señora que la había visto, era su estado -moral. Gritaba, cantaba coplas indecentes. - -La mujer más tirada, la rabanera más desvergonzada, no hablaba como -hablaba ella: tenía el prurito de lo escandaloso y de lo lúbrico. - -La castigaron varias veces a pasar días enteros en la guardilla a pan y -agua, castigo brutal, no muy propio para enfermas desdichadas; pero el -castigo no le hizo mella, y al volver a la sala insultaba al médico y a -las monjas, y gritaba indecencias a todo el mundo. - -Un día se presentó en el hospital una hermana de la Caridad, sor María -de la Consolación. Era una mujer pálida, en el esplendor de la belleza. -La hermana se acercó a la cama de la Dávalos, se arrodilló delante de -ella y abrazó y besó a la enferma. - -Esta se incorporó en la cama, contempló a la monja, dió un grito -terrible, desgarrador, y se desmayó. - -La monja era la hija de Paca, a la que hacía veinte años que no había -visto, y era su vivo retrato; la misma corrección en el rostro, los -mismos ojos profundos, humanos, la misma expresión de pureza y de -dulzura. - -Al recobrar el sentido la enferma creyó que la visita de su hija había -sido un sueño; pero no, allá estaba Estrella, ahora sor María, que la -acariciaba y la besaba como en otro tiempo. - -El contraste era violento: la enferma, un montón de carne sin forma -humana, llagada, horrible; su hija, una belleza pálida, serena, con un -aire de fuerza y de dulzura. - -En los días siguientes Paca Dávalos comenzó a llorar, y cuando venía su -hija a verla le besaba la mano y le decía: - ---Perdóname, he sido mala madre. - ---No, no, no has sido mala madre para mí, y yo siempre te he querido. - -Ella escondía la cabeza entre las sábanas y lloraba con la mano de su -hija apretada en la suya. - -El capellán del hospital le dijo a la Paca que su hija había querido -sacrificarse y dejar el mundo para redimir los pecados de la madre. - -Fué un nuevo motivo de dolor para la enferma. Llorando suplicó a su -hija que no se sacrificara por ella, que volviera al mundo, que fuera -feliz; ella no merecía el sacrificio de un ángel; ella tenía muy -merecidos el abandono, la deshonra, la enfermedad y la muerte en un -hospital hediondo. Estrella la tranquilizaba y la decía que la vida de -hermana de la Caridad era la que más le ilusionaba. - -La madre lloraba acongojada, y cuanto más lloraba, estaba más triste -y más resignada a morir. La Dávalos pidió perdón a todos y quiso que, -al menos, una vez su hija le cantase una canción que solía cantar en -la infancia. Sor María le preguntó al capellán del hospital si podía -satisfacer este deseo de su madre. - ---Sí, sí, ¿por qué no? - -Estrella cantó, y parece que fué un espectáculo extraordinario en -aquella sala triste, maloliente, iluminada por la luz turbia de los -cristales verdosos de las ventanas enrejadas, ver a las mujeres -enfermas con las entrañas carcomidas y quemadas que se incorporaban -anhelantes en la cama y oían llorando la canción que cantaba la monja, -que se elevaba sobre las miserias del mundo. - -Unas horas después, Paca Dávalos moría dulcemente. - - - - - VIII - - LA LOCURA - - ¡Atrás! El negro demonio me - persigue. - - SHAKESPEARE: _El Rey Lear_. - - -A la señora que me contó el final de la Dávalos le pregunté: - ---¿Y no fué a verla alguna vez el brigadier Castelo? - ---No; ya hacía tiempo que se habían separado. - -Un año después volvía de casa de Istúriz, una tarde de invierno, por -la calle del Arenal, al anochecer, cuando me encontré con el Mosca, el -revendedor. - -Se me acercó, sin conocerme, a ofrecerme una localidad para el Real, y -al fijarse en mí quedó inmutado. - ---¿Le ha sorprendido a usted el verme?--le dije. - ---Sí. - ---¿Qué, pensaba usted que los que usted enviaba al Saladero ya no -salían de allí? - ---No; ya sabía que había usted salido de allí hace tiempo. - ---¿Todavía sigue usted actuando de revolucionario?--le pregunté con -sorna. - -El se calló. - ---Diga usted, ¿por qué tenía usted tanto interés en prenderme en -la Plaza Mayor? ¿Era, de verdad, el odio del carlista al que había -trabajado, como yo, en el Convenio de Vergara? - ---Yo no soy carlista. Si estuve en la facción fué por compromiso. - ---Entonces, ¿por qué tanto ahinco en prenderme? - ---Nos había recomendado la prisión de usted el brigadier Castelo. - ---¿Y por qué? - ---¿No se incomodará usted si le digo la verdad? - ---No. - ---Decía que usted era un enemigo del pueblo, un confidente de la -policía. - ---¡Canalla! Quería desprenderse de los que sabíamos que era un ladrón. -El fué el que instigó al populacho para que mataran a Chico, no porque -Chico hubiese cometido atropellos, sino porque era testigo de uno de -sus robos. ¿Y qué ha hecho ese tunante de Castelo? - ---Acaba de suicidarse en una guardilla de Barrios Bajos. - ---¿Qué me dice usted? - ---Lo que oye. Desde la muerte de Chico le vino la mala suerte. Le -expulsaron del Ejército, y el partido progresista le abandonó; ya no -le servía de instrumento. Castelo comenzó a andar por las tabernas y a -servir de hazmerreír a la gente. Decía que él había hecho la Revolución -y que había acabado con Chico. Luego creo que alguno de los hombres de -la ronda de Chico le amenazó y le asustó. - -Poco después a Castelo se le metió en la cabeza que Chico vivía aún, -que le perseguía y le acechaba en las esquinas. Cuando tenía esta -alucinación echaba a correr hasta que se caía de cansancio. - -Una noche, sin duda, la alucinación fué tan espantosa que se ahorcó -con un trozo de cuerda en el montante de una puerta. Su asistente y yo -hemos sido los únicos que hemos acompañado su cadáver a la fosa común. - ---¡Qué final!--exclamé yo; y seguí andando en dirección de mi casa. - - - - - IX - - ALIMAÑAS - - Quien mal anda, mal acaba. - - PROVERBIO. - - -HABÍAMOS quedado todos los oyentes de la cocina esperando que Aviraneta -dijera algo más; pero se calló pensativo. - ---Quien mal anda, mal acaba--exclamó el tío Chaparro, y luego, -dirigiéndose a sus hijos y a los cabreros que estaban alrededor de la -lumbre, añadió--: Bueno, muchachos, vamos a dormir, y demos gracias -a Dios por vivir honradamente en nuestra pobreza y no en compañía de -locos y de alimañas. - -Don Eugenio sonrió, mirando el fuego. - -Por la ventana se veía caer la nieve copiosamente, y el campo brillaba -triste y espectral a la luz de la luna. Aullaban los perros a lo lejos, -con un ladrido triste y agorero, con una rabia persistente e irritada, -como si previeran algún peligro próximo. - -Nos levantamos de al lado de la lumbre, y Aviraneta y yo subimos las -escaleras hasta el primer piso precedidos por una criada, que nos -iluminaba con un farol. - -Entré yo en mi cuarto, encendí la palmatoria, que dejé en la mesilla -de noche, me metí en la cama y seguí leyendo la Biblia. Estaba en el -_Eclesiastés_, y me detuve a reflexionar sobre este versículo: «El que -hiciere el hoyo caerá en él, y el que aportillare el vallado le morderá -la serpiente». - - París, noviembre, 1920. - - - - - LA CASA DE LA CALLE - DE LA MISERICORDIA - - - - - ... y tanta variedad de - sabandijas racionales en esta - arca del mundo. - - VÉLEZ DE GUEVARA: _El Diablo - Cojuelo_. - - -OTRO día en que no estaba el tío Chaparro, a quien la relación anterior -había impresionado de una manera profunda y desagradable, Aviraneta -contó la historia del joven Miguel Rocaforte, su compañero de cárcel. - -Una vez, los dos granujas de la Gallinería, el Gacetilla y el Mambrú, -que Candelas había recomendado a don Eugenio, y a quienes éste -utilizaba como criados y como instrumentos de espionaje contra el -alcaide, entraron en el cuarto de Miguel y le robaron un cuaderno en -que el joven escribía el Diario de su vida, y se lo dieron a Aviraneta. -Don Eugenio lo leyó rápidamente y, después de enterarse de lo que le -interesaba, mandó a los raterillos que volvieran a dejar el cuaderno en -el cuarto del preso. Miguel no notó el escamoteo. - -Esta historia que me contó don Eugenio está hecha sobre los datos -autobiográficos que escribió Miguel, y sobre indicios, no del todo -claros ni completamente seguros, que he variado un tanto para dar a la -relación cierta unidad. - - - - - I - - LA CASA DE LOS CAPELLANES - DE LAS DESCALZAS - - Confesaré a usted que el - edificio que ocupo en un barrio - lejano es de los más antiguos - de Madrid, y que su aspecto - sombrío, sus balcones de gran - vuelo, la enorme ala del tejado - y toda su exterioridad están - anunciando a los transeúntes su - fecha de tres siglos. - - MESONERO ROMANOS: _Escenas - Matritenses_. - - -HAY casas que por su aspecto dan una impresión siniestra e inclinan -a pensar que son propicias para crímenes, intrigas y misterios. Son -casas sombrías, obscuras, colocadas en callejones angostos, llenas de -pasillos y de encrucijadas, de cuartos irregulares y de guardillones -abandonados. Son casas para servir de base a folletines, a melodramas y -a comedias de capa y espada. - -La casa de los Capellanes de las Descalzas Reales de Madrid, -Misericordia, 2, aunque por dentro era folletinesca, melodramática -y de capa y espada, por fuera era una casona grande, ancha y de buen -aspecto. Estaba contigua a la iglesia y hacía esquina a dos calles: a -la de la Misericordia, calle muy corta, puesto que no tenía mas que un -número por un lado, y ninguno por el otro, y a la de Capellanes, que -bajaba desde la calle de Preciados a la plaza de Celenque. - -El barrio de las Descalzas era entonces, y es todavía, un islote -tranquilo y desierto, en medio de la animación de unas vías tan -frecuentadas como la del Arenal y la de Preciados. - -En aquel tiempo, en la plaza de las Descalzas, enfrente del Monte de -Piedad primitivo, había una fuente con una estatua de Venus, la antigua -Mariblanca, trasladada a allá desde la Puerta del Sol, donde estuvo -muchos años. - -El convento de las Descalzas Reales había sido el palacio del Emperador -Carlos V en el Campo de San Martín y abarcaba una gran extensión de -terreno. - -El Monte de Piedad primitivo era un accesorio del palacio, luego -convertido en convento; antiguamente comunicaban los dos edificios por -medio de un arco que pasaba por encima de la calle de la Misericordia. - -El Monte de Piedad tenía una portada de gusto plateresco, semejante -a la de las Descalzas, severa, de buen gusto, y a un lado, otra -construída en pleno siglo XVIII, de lo más exagerada y barroca en el -estilo churrigueresco. - -La plaza de las Descalzas era entonces más bonita que ahora, pues no -tenía los edificios de ladrillo blancos y rojos del Monte de Piedad -que recuerdan los trajes de baño. Estaba también más animada. En la -fuente de la Mariblanca había siempre aguadores tomando agua o sentados -en sus cubas, y en el resto de la plaza se estacionaban un sinnúmero de -carros, y los carreteros formaban sus corrillos al aire libre. - -No se veía mucha gente por esta plazuela irregular y triste; sólo -algunos desventurados, que marchaban a empeñar algo y que buscaban -para su comisión las horas del anochecer, y los domingos y los días de -fiesta, los vecinos del barrio, que iban a misa. - -La casa de los Capellanes, antigua propiedad de las monjas, era una -casa vieja; pero no tenía aire decrépito; su vejez era una vejez -fuerte y sana; estaba pintada de ocre, con grandes desconchaduras, y -tenía un piso bajo con rejas; el principal, con cinco balcones anchos -espaciosos, y el segundo, con balconcillos; sobre el tejado, saliente, -se destacaban guardillas con sus ventanas de cristales verdosos y -chimeneas antiguas de ladrillo, medio derruídas, y otras modernas, de -hierro, que echaban tenues columnas de humo en el aire, siempre claro, -de Madrid. - -Por las rejas de la calle de la Misericordia y de la de Capellanes -se veían sacos y bolas de sal, menos en una de una encuadernación, -donde se divisaban montones de papel y una prensa de madera; en el -piso primero, a través de los cristales, aparecían unas cortinas rojas -desteñidas, y en el segundo, visillos amarillentos. - -Hacia 1823, esta casa fué vendida por el Estado, y en 1835 era dueño -de ella don Tomás Manso, que vivía en el primer piso y tenía el bajo -dedicado a almacenes de sal. - -Desde entonces, entre la gente, el nombre de la casa de los Capellanes -se iba sustituyendo por el de Casa de la Sal. - -Le habían quedado a este edificio varias servidumbres, de cuando -era anejo a la iglesia, y por su escalera pasaban el capellán y el -sacristán de las Descalzas para sus habitaciones respectivas, y dos -frailes franciscanos, confesores de las monjas clarisas del convento -inmediato. Esta casa tenía una puerta grande de dos hojas, con clavos -pequeños, y un postigo en una de ellas. El zaguán, empedrado con losas, -era espacioso, y del centro del techo colgaba un farol; a un lado, -próximo a la calle, había un puesto de zapatero remendón, y en el -fondo, una covacha de madera pintada de amarillo. A mano izquierda de -la covacha comenzaba una escalera vieja y apolillada, y a mano derecha -había una mampara de cristales con una puerta, por la que se pasaba -a un patio con arcos. Este patio tenía en una esquina una puerta que -daba a los almacenes, y en la otra, un pasillo obscuro que conducía a -otro patio pequeño, con un arbolito enclenque. El patio grande estaba -enlosado, y tenía en una de sus paredes una parra, que regaba con un -bote el encuadernador, que vivía en uno de los cuartuchos interiores -del piso bajo. Esta parra daba al patio cierto aire aldeano. Toda la -planta baja estaba formada por sótanos, crujías y almacenes negros y -abandonados, con las paredes salitrosas. Uno de estos almacenes, en el -que no entraba nadie, tenía una fuentecilla rota que representaba una -cabeza de Medusa. La Gorgona, de piedra, estaba borrosa, a fuerza de -golpes. - -En los cuartos interiores, a los que se llegaba por una escalera -obscura, vivían gentes raras: un medio mendigo, que andaba por las -iglesias; una señora y su hija, venidas a menos, que cosían para fuera, -y una vieja pequeña, arrugada y negra, que cuidaba de las sillas de las -Descalzas. - - - - - II - - FAUNA Y FLORA DE LA CASA - - Yo soy misántropo y odio el - género humano. En lo que te - concierne, siento que no seas - un perro; quizá podría amarte - algún poco. - - SHAKESPEARE: _Timón de Atena_. - - -EL que entraba en el viejo caserón de los Capellanes y subía desde el -portal a las guardillas, he aquí lo que iba viendo: - -El primer encuentro, naturalmente, era el del portero y zapatero -remendón Francisco Cuervo, un antiguo soldado del ejército de la Fe, -del año 23, donde se había reunido la flor y nata de los bandidos y -criminales de todas las Españas. - -Francisco Cuervo, alias Paco, don Paco, Paquito, don Paquito, Cuervo, -el Cuervo y el Chepa, porque tenía la espalda de jorobado, era hombre -de unos cuarenta y cinco años, de aire frío y siniestro. - -El Cuervo manifestaba cierta mala sangre y cierto ingenio. Era un -misántropo. Tenía réplicas incisivas y ocurrentes. Una vez uno de los -carreteros que llevaban la sal a la casa le contaba con un gran lujo -de detalles sus infortunios conyugales. El Cuervo, después de oírle -burlonamente, le dijo: - ---¿Sabe usted lo que le digo? - ---¿Qué? - ---Que vale más que eso le haya pasado a usted que no a otro. - ---¿Por qué? - ---Porque otro no hubiera tenido su paciencia. - -Y el Cuervo dió una puntada al zapato que estaba componiendo. Al Cuervo -le gustaba mortificar a la gente. Cuando fué cabo de voluntarios -realistas se distinguió por su maldad más que por su valor. A su mujer, -de aspecto débil y enfermizo, la dominaba y martirizaba con saña. - -El Cuervo tenía un perro tan malo como él. Era un perrillo viejo, -sarnoso, que mordía a los chicos y gruñía a todo el mundo. El zapatero -le había puesto por nombre _Rodil_, para expresar su desprecio por el -general que había perseguido a don Carlos. - -El remendón azuzaba a _Rodil_, que perseguía a los gatos. El perro era -menos cruel que el amo: cuando cogía una rata la mataba; en cambio, -el Cuervo, cuando cogía una rata la rociaba con petróleo y la pegaba -fuego, riendo a carcajadas. El zapatero no faltaba a ninguna corrida de -toros ni a ninguna ejecución. - -El Chepa tenía una gran admiración y un gran respeto por el amo de la -casa, don Tomás Manso, que había sido su jefe entre los voluntarios -realistas. - -El Cuervo se manifestaba como hombre de gran inteligencia y de astucia, -sobre todo para lo que fuera intriga y maldad. Debía tener algún temor -que le inquietaba, porque siempre andaba mirando, desde el portal, a -derecha y a izquierda de la calle, y no salía nunca solo. Si salía -solo, esperaba al anochecer y marchaba embozado en la capa. - -En el entresuelo de la casa vivía un dependiente antiguo apellidado -Gómez. Narciso Gómez era un hombre insignificante, gordito, tirando a -rubio, casado con una mujer muy chismosa y muy coqueta que se llamaba -Juana. Juanita era una mujer pálida, blanca, con los ojos claros y un -aire de avispa. - -Juanita tocaba la guitarra y cantaba. Solía tener grandes éxitos con la -canción del _Triste Chactas_, que acababa con el estribillo de «Sin mi -Atala no puedo vivir». - -Juanita solía visitar una casa de huéspedes que había en la vecindad, y -estaba enredada con uno que vivía allí de pupilo, un tal Luis, empleado -en un Banco. Este Luis era un hombre guapo, de unos treinta años, -muy satisfecho de su barba, de sus manos y de sus uñas. Fuera de sus -cuentas, de los cuidados de su barba, de sus manos y de sus uñas, era -un pobre imbécil. - -Juanita le engañaba a Gómez, a su marido, con don Luis; pero si hubiera -estado casada con éste, le hubiese engañado con Gómez. - -Se decía por las malas lenguas de la calle de la Misericordia, 2, que -Juanita había tenido algo que ver con don Tomás, el amo de la casa. - ---Es falso--decían los que negaban este rumor--. Ella es capaz de eso y -de mucho más; pero él, no. - -Juanita unía a su descoco una mala intención señalada y mordía cuanto -podía y como podía en la fama de las mujeres de la vecindad. - -En el primer piso de la casa vivía el dueño, don Tomás. Este hombre -tenía ya cerca de sesenta años y estaba casado con una mujer joven -y bonita. Don Tomás era hombre alto, delgado, pálido, afeitado -cuidadosamente, con el pelo cano, siempre vestido de negro. - -Su perfil era de medalla antigua; tenía una cara de esas que parecen de -plata, una cara reconcentrada y grave. Don Tomás era gran trabajador, -gran madrugador, muy ordenado y meticuloso. Prestaba dinero a rédito -de una manera un tanto usuraria; pero era capaz de hacer un favor y de -dar dinero sin interés. Había favorecido en repetidas ocasiones a la -familia suya del pueblo; pero estaba convencido de que había hecho mal, -porque no había obtenido más que olvidadizos y desagradecidos. - -Don Tomás creía firmemente en la maldad humana. De ahí que fuera un -absolutista fiero. Para él el hombre debía estar siempre sujeto y atado -como un perro de presa para que no mordiese. - -Solía vérsele a don Tomás, de día, recorriendo el almacén, y por las -noches, armado de una linterna, en compañía del Cuervo, registrando -la casa. La habitación donde vivía don Tomás representaba muy bien -el carácter de su dueño. Era una casa lóbrega, obscura, en que -constantemente estaban cerrados los cuartos; tenía una sala de respeto -de color rojo, con una sillería de damasco, con todas las sillas -pegadas a las paredes, y en el techo, una araña de cristal. El comedor -era triste, recibía la luz por la cocina, y las alcobas, sin luz y -sin ventilación, estaban llenas de armarios, de cómodas y de baúles, -de estampas de santos y de algún Niño Jesús metido en un fanal, con -falditas y una bola de plata en la mano. - -De unas habitaciones a otras se pasaba subiendo o bajando varios -escalones. - -El despacho de don Tomás era un cuarto grande con una ventana al -patio de vidrios pequeños y emplomados y un papel amarillo desteñido. -Tenía un armario alacena hecho en el hueco de la gruesa pared, con -unas cortinillas verdes sobre los cristales, un buró de caoba, sillas -también de caoba y una caja de caudales de hierro. Sobre la mesa, y en -la pared, había un crucifijo de marfil y una estampa con la imagen del -infante don Carlos. - -El suelo del despacho era de baldosas rojas y solía estar cubierto por -una estera amarilla en invierno. En un ángulo, sobre un estante, había -varios libros de comercio, de pasta verde, con las cantoneras de cobre. -En este despacho, triste y frío, don Tomás trabajaba invierno y verano, -vestido siempre de negro y con un gorro también negro. Don Tomás no -tenía nunca fuego en la casa. - -Don Tomás guardaba el dinero en unos capachos pequeños, donde ponía los -duros, las pesetas y los cuartos, y tenía una gran cartera para los -billetes de Banco. - -Desde la puerta mampara del corredor se le veía escribiendo con una -pluma de ave, con una letra española de finos gavilanes, dedicándose -a estas fórmulas tan queridas por los españoles: «Mi querido amigo y -dueño: Su majestad el Rey, que Dios guarde, etc., etc.» - -Don Tomás no salía casi nunca de día. Al anochecer se vestía con cierta -elegancia, se ponía camisa y cuello limpio, la capa, el sombrero de -copa alta, el bastón, y se marchaba a la calle, siempre muy serio y -grave. - -Al volver a casa encendía una vela y volvía a su despacho, donde solía -estar escribiendo. - -Don Tomás trataba de convencer a todos que el mundo había degenerado de -tal manera que nada era digno de interés. - -En el piso segundo, en la parte que daba a la calle, tenía una casa de -huéspedes una señora gruesa, doña Leonarda, casada con un francés. Era -una casa de huéspedes de gente acomodada, en donde se comía bien. El -pupilo más antiguo era un tal don Jacinto, un viejo currutaco, agente -de negocios, que iba a todos los teatros y fiestas y visitaba a don -Tomás. En esta casa vivía también don Luis, el amante de la Juanita. - -Un poco más arriba que la casa de doña Leonarda, la escalera se -bifurcaba y había un arco que daba a la habitación de los frailes. -Después, más arriba, volvía a bifurcarse la escalera, y por otro arco -se pasaba al cuarto del capellán de las Descalzas. Estos dos arcos -constituían la servidumbre de la casa. - -Unas escaleras más arriba había un cuarto grande y largo, con tres -ventanas, que abarcaba una de las paredes del patio. - -Este sotabanco se hallaba hecho primitivamente sobre el tejado y -estaba sin baldosas y sin cielo raso. Había allí relojes parados, -cajas cerradas, sacos y, en un estante, una porción de instrumentos de -platero. - -El padre de don Tomás había tenido este oficio, y el mismo don Tomás lo -había practicado en su juventud. - -Por la parte de atrás el sotabanco tenía una puerta pequeña, con un -montante que daba a una escalera estrecha. - -Por esta escalera se llegaba a una azotea abandonada, con unos palos -podridos y unos trozos de cuerdas de esparto. - -Más arriba, y al otro lado del sotabanco, estaban las guardillas, en -donde dos dependientes de don Tomás, Burguillos y el Morenito, tenían -sus viviendas. - -Burguillos, ex sargento realista, había establecido sobre el tejado una -azotea de tablas, con un barandado de madera, y puesto luego unas cajas -con plantas en su terraza, que cuidaba y consideraba como los jardines -colgantes de Nínive. - -Vigilante de esta terraza era el gato Manolo, que cazaba golondrinas y -vencejos, y era tan listo como su amo. - -Desde la azotea de Burguillos, hecha de contrabando, pues las monjas de -la vecindad, de saber que había allí un observatorio, no lo hubieran -permitido, se abarcaba el jardín de las Clarisas, que tenía un -estanque, y se veía pasear a las profesas y trabajar al jardinero. - -Burguillos era manchego, hombre de cara dura y juanetuda, bigote entre -cano, orejas como aventadores, frente pequeña y estrecha y color -cetrino. Burguillos, flor de pedantería castellana, hablaba siempre _ex -cathedra_, con esa perfección que a algunos encanta y que, en general, -no consiste mas que en el uso de lugares comunes. La frase, el refrán, -el como dice el otro, estaban siempre en sus labios. Burguillos se -creía la ciencia infusa, sabía hacer de todo; pero de todo mal, por -lo que sus enemigos le motejaban de chapucero. Hablaba por sentencias -y era extraordinariamente dogmático. Este manchego tenía una hija -muy guapa, la Pepa, una mujer con ideas de manola, tan redicha como -su padre, de quien, al parecer, había heredado su manera de hablar -recortada y sabihonda. La Pepa era costurera y aficionada a toda clase -de desplantes. - -La Pepa, moza vistosa, morena, tenía unos ojos negros, grandes, -brillantes, de estos ojos que parecen reflejar mejor el mundo exterior -que la vida del espíritu. - -Burguillos albergaba un huésped, un empleado del Monte de Piedad, don -Plácido del Moral. Don Plácido, hombre de unos cincuenta años, seco, -espartoso, vivía muy humildemente. - -Don Plácido era soltero, económico y avaro. Decía a todo el mundo -alguna frase amable; cerraba su guardillita, como decía él, y no -permitía que nadie entrara en ella. - -Era hombre bastante ilustrado, de buena memoria, que sabía latín. Le -hacía copias de documentos al capellán mayor de las Descalzas. Compraba -la ropa y los sombreros en el Rastro, y leía las Odas de Horacio, en -latín, en un viejo ejemplar grasiento. - -Don Plácido había sido un gran aventurero: había estado en América y -tomado parte en la guerra de la Independencia y en las luchas de los -años constitucionales. Su falta de imaginación extraña le hacía contar -con tan poco encanto lo visto por él que, al oírle, su vida de militar -no parecía mas que una serie de fechas de salida de un pueblo y entrada -en otro. La guerra para él era una cosa burocrática y aburrida. - -El otro empleado de la casa, el Morenito, era un hombre muy callado; -tenía la cara amarilla, los ojos pequeños, brillantes, como granos de -café tostado, el bigote negro y el traje negro. Daba la impresión de -una urraca. - -De los frailes franciscanos que vivían en la casa y eran confesores de -las monjas, el más constante era el padre Cecilio, un fraile grueso, -abultado, poco inteligente y, por eso quizá, predicador favorito de las -monjas. - -Le solía acompañar un lego, el hermano Félix, un hombre grueso, -grasiento, como derrengado, con una manera de andar de pato, unos -ademanes afeminados y una voz atiplada. El hermano Félix había estado -largo tiempo rasurado; pero después de la matanza de frailes se dejaba -la barba, negra y cerrada. Este hermano Félix era un tipo repulsivo e -inquietante. - -El capellán mayor, don Bernardo, tenía una cara de aldeano castellano, -dura y ceñuda; pero era buen hombre. No trataba apenas con nadie, no -miraba de frente y estaba dedicado a estudios históricos. - -Cuando alguno lo visitaba le veía escribiendo en una mesa pequeña, -rodeado de manuscritos y de libros viejos, en un pequeño despacho con -estantes llenos de tomos en pergamino. Por entonces estaba componiendo -la historia de algunas comunidades religiosas. - -Don Bernardo era gran latinista e historiador concienzudo, con lo cual -no ganaba favores ni amistades. - ---Antes que nada, la verdad--solía decir rudamente y mascullando las -palabras. - -Con este espíritu verídico no quería meterse en cuestiones de moral y -de dogma, comprendiendo que podía venirse abajo su fe. - -Don Bernardo decía misa en las Descalzas, pero por cualquier motivo -se quedaba en casa y no iba a la iglesia. Siempre inclinado a la -transigencia en cuestiones de moral, contrastaba con el padre Cecilio, -que era intransigente y fanático. Don Bernardo encontraba precedente -para todo; así que él y el fraile franciscano de la vecindad no se -tenían la menor simpatía. - -Había quien aseguraba que el padre Cecilio odiaba profundamente a don -Bernardo, y que don Bernardo despreciaba en general a los frailes, y -sobre todo a los de la vecindad. - -La casa de los Capellanes, antes como un pólipo unido a la iglesia y al -convento, tenía su vida propia. - -Se dice que cada casa es un mundo. Aquella lo era. Había sus -preocupaciones, sus enredos amorosos y sus misterios. La Pepa de -Burguillos, la Juanita y las muchachas de casa de don Tomás y de la -casa de huéspedes daban pábulo a la murmuración. - -Se hablaba de que don Tomás guardaba secretos; se decía que debajo -de uno de los almacenes de sal, del que tenía en la pared una fuente -de alabastro con una cabeza de Medusa, había una cueva con grandes -subterráneos, y que estos subterráneos comunicaban por galerías con el -convento de las Descalzas y con el Palacio Real. - -Burguillos, que a veces trabajaba de albañil, aseguraba haber recorrido -parte de estos subterráneos. - -Como moluscos agarrados a una roca vivía aquella parte de humanidad en -el viejo caserón. - -Era por dentro una casa siniestra esta casa del barrio de las -Descalzas, Misericordia, 2; una casa buena para crímenes, para duendes, -para toda clase de intrigas y de misterios. - - - - - III - - LA EJECUCIÓN DE MIYAR, EL LIBRERO - - Y también pronto, en son triste, - lúgubre voz sonará: - ¡Para hacer bien por el alma - del que van a ajusticiar! - - ESPRONCEDA: _El reo de muerte_. - - -A principio de 1831, don Tomás Manso puso en su casa, como dependiente, -a un sobrino suyo en segundo o tercer grado, llegado de Lerma, llamado -Miguel Rocaforte. Miguel, cuando vino a Madrid, era un joven cándido, -violento, lleno de ilusiones. - -Entró a trabajar en el despacho de la calle de la Misericordia, a -las órdenes de Narciso Gómez, el casado con doña Juanita; y como su -tío no quería que Miguel fuera a una casa de huéspedes, ni tampoco -llevarlo a vivir con él, porque era celoso, hizo que a su sobrino le -pusieran la cama en el sotabanco grande y largo, en donde había relojes -descompuestos y herramientas de platero. - -Miguel trabajaba con don Narciso en el piso bajo, en un rincón -estrecho y húmedo, con una ventana con rejas que daba al patio. Este -despacho tenía una puerta al pasillo, largo y obscuro, que comunicaba -con almacenes, en donde se veían montones de sal y bolas también de -sal, algunas tan grandes, que parecían las bombas de los parques de -Artillería. - -El ambiente de aquel piso bajo era muy húmedo, parte porque no tenía -ventilación, y parte por la eflorescencia de la sal. - -Los primeros meses de estar allí Miguel, los pasó aburrido y -desesperado, haciendo proyectos para marcharse a otra parte; luego, -cuando conoció al encuadernador, que vivía y tenía un pequeño taller -en el piso bajo y que le prestaba libros, se dedicó a leer; después se -acomodó a su vida de empleado, le tomó gusto a su sotabanco, en donde -estaba solo e independiente, salió a la calle y tuvo amigos y fué al -teatro. - -Cuando Miguel entró en casa de don Tomás tenía diez y nueve años. Era -un joven romántico y alocado, que en su pueblo había comenzado a hacer -calaveradas, a leer versos y a escribirlos. - -El y un rival suyo en aventuras, León Zapata, habían escandalizado el -pueblo, haciendo de fantasmas por las calles de Lerma y cantando el -_Trágala_ delante de la casa de los absolutistas. - -Según Aviraneta, Miguel no podía servir para una vida tranquila y -ordenada. Don Eugenio le encontraba temperamento de guerrillero. Con -el Empecinado o con Mina, decía, hubiera llegado pronto a capitán o -a coronel. Era hombre mejor para manejar un sable que para trabajar -con la pluma. Impulsivo, valiente, atrevido, imprevisor y con una -vanidad absurda, era un tipo de estos, añadía Aviraneta, que tienen una -mentalidad de militares, de tenores de ópera, tipos para quienes la -vida es una sucesión de arias. Colocarse en una situación interesante, -y a poder ser dramática, y defender luego su papel de una manera -briosa, constituía la más grande preocupación de Miguel. Miguel, como -la mayoría de los hombres impulsivos que razonan ligeramente, iba a la -acción con una fuerza y una energía sorprendentes. - ---Yo--decía Aviraneta--quise dar a aquel muchacho preocupaciones -políticas y hacerle en la cárcel un auxiliar mío; pero Miguel era -incapaz de someterse a nada. - -Miguel, los primeros meses de estar en Madrid, no tenía más amigo que -Gómez, el empleado, y Gómez le desesperaba. Este era un hombrecito -insignificante y sonriente, contento con su suerte, a pesar de que todo -el mundo decía que su mujer le engañaba. De noche, a la luz de una -lamparilla de aceite, Miguel leía en su sotabanco poesías románticas y -novelas lacrimosas. - -Un día, poco después de llegar a Madrid, supo por el portero de la -casa, el Cuervo, y por Burguillos, que iban a ejecutar a un librero -liberal en la plaza de la Cebada. - -Los dos compadres le invitaron a acompañarles a presenciar la -ejecución, y al mediodía, después de trabajar en el almacén y de dejar -el zapatero remendón a su mujer al cuidado del puesto y de la portería, -marcharon los tres, cruzando calles, a salir a la de Toledo, y llegaron -a la plaza de la Cebada, que entonces se hallaba despejada y libre de -todo edificio. - -Los soldados rodeaban el patíbulo y formaban el cuadro. Una multitud de -desharrapados se apiñaban para presenciar el suplicio, y los dragones -hacían caracolear los caballos y los llevaban para atrás, a meterlos -entre las filas de los curiosos. Tocaban las campanas a muerto en todas -las iglesias próximas: en San Isidro, en San Millán, en la Almudena, en -el Sacramento y en la capilla del Obispo; y los hermanos de la Paz y -Caridad, vestidos con sayones negros, recorrían las calles por parejas; -unos, haciendo sonar la campanilla, y otros, mostrando una caja de -hoja de lata y diciendo con voz triste y monótona: «Para hacer bien -por el alma del que van a ajusticiar». Miguel y sus dos compañeros se -detuvieron en medio de la multitud. - -Miguel oyó decir que la mujer del librero Miyar había ido el día -anterior a Aranjuez a pedir gracia al Rey. La pobre mujer esperó a -Fernando VII; pero Fernando no salió porque llovía; quizá no salió por -temor a verse obligado a perdonar; cosa que debía ser desagradable para -un hombre bajo y rencoroso como él. - -A las doce y media, próximamente, comenzó a aparecer la comitiva en la -plaza de la Cebada. Un hermano de la Paz y Caridad, llevando una gran -cruz, precedía el cortejo. Detrás marchaban dos filas de encapuchados, -con cirios amarillos en la mano, cantando una letanía; luego, un -piquete de alguaciles a caballo. - -Inmediatamente después, montado en un burro, venía el librero Miyar, -entre dos curas. Vestía una hopa blanca y larga; estaba tan blanco como -la hopa y tenía las manos amoratadas, casi negras, por la presión de -la cuerda, que le martirizaba. Entre las manos agarrotadas llevaba una -estampa de Cristo. - -Al ver la horca, el reo volvió la cabeza con horror y miró hacia el -público con los ojos dilatados por el espanto; pero los curas le -obligaron a seguir, poniéndole un crucifijo delante. - -El Cuervo, entonces, dirigiéndose al reo, exclamó: - ---¿Qué, creías que te iban a dar dulces? - -Burguillos celebró la frase. - -Miguel, indignado, hizo un gesto de disgusto y de molestia y se separó -bruscamente de sus compañeros. Este gesto lo notaron un joven y un -viejo, que se acercaron a él en seguida. - ---¿Es usted amigo de ese jorobado?--le preguntó el viejo. - ---No; vive en la casa donde yo trabajo, pero no tengo nada que ver con -él, ni comparto sus sentimientos. - -El joven y el viejo le estrecharon efusivamente la mano. Miguel no -quiso presenciar la ejecución. El joven y el viejo se unieron a Miguel -y subieron calle de Toledo arriba. El joven era alto, flaco, con -melenas, y vestía gabán y sombrero de copa; el viejo, más bajo, llevaba -sombrero ancho y capa. - -Al pasar por un café de la calle Imperial, el joven les invitó a entrar -a Miguel y al viejo; pero éste dijo que no, y les llevó a una taberna -próxima. Era la taberna del hermano de Balseiro, ladrón que tuvo luego -gran fama y que estuvo complicado en el proceso de Candelas. - -El joven y el viejo, al encontrarse dentro de la taberna, hablaron con -violencia y desfogaron su furor. - -El Rey, según el joven, era un miserable, un malvado, un hombre vil, -sin corazón, sin conciencia, dominado por una camarilla de lacayos y -por los frailes. - -El viejo habló de la miserable farsa que suponía el condenar a un -hombre a muerte y ponerle una estampa de Cristo en las manos; como si -no fueran ellos, los que se decían representantes de Cristo, los que le -condenaban. Miguel les oyó con gusto, porque aquellos hombres tenían -sus ideas; luego se despidió de ellos para llegar a tiempo al almacén. - -Al entrar en la casa oyó contar al Cuervo la ejecución de Miyar, con -todos sus detalles, riendo, como si se tratara de una de las cosas más -divertidas y chuscas que se pudiera contemplar. - -Cuando Miguel habló de esta cuestión vió que todos los de la casa, -comenzando por don Tomás y siguiendo por el padre Cecilio, aseguraban -que el librero Miyar estaba bien castigado, porque era un hereje y -había que hacer un escarmiento con ellos. - -Había poca misericordia en aquella casa de la calle de la Misericordia, -2. - -Miguel Rocaforte tuvo que disimular sus ideas, con gran desesperación -suya. Sabía que don Tomás era carlista, pero no lo creía tan fanático; -luego averiguó que había sido administrador del duque del Infantado, y -que era por entonces uno de los hombres de más influencia del partido -apostólico. - -Unos años después contaba Miguel en su Diario, cuando la matanza de -frailes, vió al joven y al viejo a quienes había encontrado en la plaza -de la Cebada en la ejecución de Miyar aplaudiendo a las turbas en la -calle de Toledo, mientras quemaban los muebles sacados de San Isidro y -llevaban en un carro los cadáveres de los frailes. - -Al principio de llegar a Madrid, Miguel se mezcló en las algaradas -callejeras y habló de política con entusiasmo; luego el amor borró -estas preocupaciones y le absorbió por completo. - -Miguel cometió la torpeza, de que luego se arrepintió, de tomar como -confidente de sus amores a su paisano León Zapata y de presentarle a -éste a don Plácido, el huésped de Burguillos. - - - - - IV - - SOLEDAD - - Non olvides la dueña, dicho te lo e desuso. - Muger, molyno e huerta syempre quieren el uso. - - ARCIPRESTE DE HITA: _Libro de Buen Amor_. - - -A los tres meses de vivir allí, Miguel era un elemento importante de la -casa. Las muchachas de don Tomás, doña Juanita, la Pepa de Burguillos, -le buscaban y le hablaban. Se hizo amigo de don Plácido y fué con -éste a visitar al cura don Bernardo y a oír sus sabias disertaciones -históricas. - -Iba Miguel con frecuencia a la casa de Burguillos y charlaba allí con -la Pepa. Los desplantes chulescos de ésta no llegaron a entusiasmar al -joven Miguel. Por otra parte, don Plácido le dió malos informes de la -hija del manchego. - -Don Plácido tenía poca simpatía por las mujeres, en general, y menos -por la hija de su patrón, a la que acusaba de egoísta, de interesada y -de coqueta. - -Gómez, el empleado, le llevó también a Miguel algunos días a su casa. -Narciso Gómez no le tenía simpatía a Rocaforte; pensaba que el patrón -favorecería al joven por ser su sobrino. Mientras don Tomás no hizo la -menor distinción por Miguel, Gómez tampoco la hizo; pero cuando vió que -el muchacho entraba en la casa del principal, se apresuró a llevarle a -la suya. - -Juanita, la mujer de Gómez, coqueteó con Miguel y le dió broma por las -conversaciones que tenía con la Pepa Burguillos. A su vez, la Pepa le -dijo a Miguel que ya sabía que iba a casa de Gómez y que charlaba con -la Juanita. - ---Esa no dice a nadie que no--acabó diciendo la chulona de la -guardilla--; cuando se le va un cortejo, toma otro. Pobre marido. - -Miguel, que se vió solicitado por las dos mujeres, se dió tono y no se -decidió por ninguna de las dos. - -Don Tomás, al saberlo, comenzó a tener alguna confianza con Miguel y a -convidarle a comer los domingos por la noche. - -No era un anfitrión muy amable don Tomás. Hablaba poco. Leía la -_Gaceta_ o algún periódico moderado y hacía comentarios sobre la marcha -política de España, siempre desde un punto de vista terriblemente -absolutista y ultramontano. Miguel tenía que ocultar sus ideas y estaba -obligado a rezar el rosario al despedirse para irse a dormir. - -A veces, en la conversación, haciéndose el cándido, intentaba dar una -opinión liberal; pero don Tomás le hacía callar con desdén, como si no -mereciera la idea expuesta el ser examinada en serio. - -Cuando iba de tertulia el padre Cecilio, éste definía desde lo alto -de su sapiencia, y sus opiniones eran dogmas. Lo había dicho el -padre Cecilio, no se podía volver sobre el asunto. Miguel tenía que -violentarse y morderse los labios para no protestar de las opiniones -del fraile. Más que la opinión en sí le molestaba el tono sin réplica -con que la emitía el padre franciscano. - -La mujer de don Tomás, Soledad, era una mujer joven, bonita, con una -cara de virgen resignada y triste. Soledad tenía el óvalo de la cara -muy alargado, los ojos grandes, obscuros, la expresión melancólica y el -color pálido; se tocaba con sencillez, sin coquetería, y vestía siempre -de negro. - -La madre de Soledad, mujer enferma, medio paralítica, vivía encerrada -en su cuarto, cuidada por su hija. Soledad se había casado con don -Tomás, a pesar de que le doblaba la edad, pensando en su madre enferma, -porque madre e hija antes de casarse ésta vivían en una pobreza rayana -en la miseria. - -Don Tomás creyó que había hecho bastante con librar de la miseria a -Soledad y a su madre, y no se ocupaba gran cosa de su mujer. Suponía -que Soledad debía ser su ama de llaves, y que este cargo le tenía que -bastar para estar satisfecha y contenta. - -Miguel, al principio, no se ocupó de Soledad, ni Soledad de Miguel; -pero llegó un día en que empezaron a observarse el uno al otro, y él -fué viendo que, a pesar de su aire encogido y triste, ella era una -mujer bonita, y Soledad notó que Miguel era un guapo mozo que le miraba -a hurtadillas siempre que podía. - -La confianza entre Soledad y Miguel se fué estableciendo muy -lentamente, y de repente brotó entre ellos el amor como una llama. - -Quizá Miguel tenía ideas falsas acerca de las mujeres, y decía muchas -veces insensateces y locuras; pero Soledad sabía, sin duda, desprender -toda la broza literaria de la conversación de Miguel y no ver en sus -palabras mas que el entusiasmo que se transparentaba en ellas, como en -su actitud y en su expresión. - -Por otra parte, Soledad tenía horror por el adulterio y por el -escándalo; pensaba a todas horas en el infierno; pero Miguel le -inspiraba confianza. - -Durante el día Miguel solía ver algunas veces a Soledad asomada a los -cristales desde las rejas de su despacho, y llegó un tiempo en que -sabía las horas exactas en que ella se asomaba. - -Un domingo, por la mañana, Miguel escribió una carta de amor y se la -mostró a Soledad desde la ventana del sotabanco. Ella hizo desde dentro -un signo de asentimiento. Miguel metió la carta en un libro, lo ató -con un bramante y fué bajándolo hasta que ella pudo coger el libro. Al -día siguiente Soledad contestaba, y una correspondencia apasionada se -cruzaba entre los dos. - -Miguel inventó una porción de procedimientos ingeniosos para que no se -descubriese la correspondencia, y durante algún tiempo nadie se enteró. - -Sin duda alguna, Miguel vió en la iniciación de aquellos amores un -triunfo personal, un triunfo de soberbia contra la estupidez satisfecha -de don Tomás y el dogmatismo categórico y cerril del padre Cecilio; -Miguel pensó más en su vanidad satisfecha que en la mujer que por él -se comprometía; después fué perdiendo la satisfacción de su orgullo y -se encontró preocupado con la situación en que se hallaba y con la que -había dejado a la mujer que quería. - -En aquel momento se olvidó de su actitud literaria, romántica, y -comenzó a adquirir una idea de responsabilidad. - -Entonces se le ocurrió el proyecto de ponerse a estudiar francés e -inglés, e irse al extranjero con Soledad. - -A otro quizá la reflexión le hubiera echado atrás; pero Miguel tenía -alma de conquistador, de guerrillero y más bien amaba el peligro que lo -rehuía. - -Soledad había vivido en un ambiente completamente hostil; cuidaba de su -madre, hacía los quehaceres de la casa y estaba espiada por todos los -vecinos y vecinas, comenzando por la Pepa y la Juanita. Si alguna vez -se quejaba de que su vida era triste y aburrida, los pocos contertulios -que visitaban a don Tomás caían sobre ella, y la decían, entre ironías -y sarcasmos, que la vida ideal para una mujer consistía en estar unida -a una persona respetable y religiosa. Todo lo demás no valía nada, eran -únicamente tonterías y romanticismos de la época. En este todo lo demás -entraba lo único agradable que puede tener la vida. - -Soledad llevaba una existencia triste, cuidaba de su madre, hacía los -quehaceres y apenas salía de casa. No había estado nunca en el teatro -ni leído mas que libros de religión. No tenía amigas; los días de -fiesta iba a la iglesia de las Descalzas, y después daba una vuelta -para hacer algunas compras. - -Miguel, en su exaltación romántica, convenció pronto a Soledad que -la vida no era esta triste rutina; que el amor resplandece en la -existencia como la Vía láctea en las noches estrelladas, y que cuando -el corazón ha hablado se puede y se debe saltar por encima de las -preocupaciones sociales. - -Ella se dejó convencer rápidamente; él seguía escribiéndola cartas, que -ella leía y que contestaba robando horas al sueño. Miguel y Soledad -tuvieron un domingo una cita, y luego varias. El solía esperarla en el -claustro de las Descalzas, y en una de las ventanas dejaba escrito con -lápiz el sitio de la cita donde debían reunirse. - -A pesar de todas sus precauciones, los amores trascendieron. La Pepa, -la Juanita y el Cuervo habían formado, alrededor de ellos, una red de -espionaje. - -Don Tomás se manifestaba impasible, sin la menor sospecha, de una -ecuanimidad extraordinaria. Soledad sentía un gran terror, que iba -aumentando por momentos al encontrarse frente a su marido, y este -terror se lo comunicó a su amante. - -Su esposo era hombre de una frialdad terrible y de unas pasiones -reconcentradas, le decía a Miguel. Ella le había visto algunas veces, -aunque no muchas, perder su aire tranquilo y convertirse en una fiera. - -La posibilidad de que su marido, enterado ya de cuanto ocurría, se -manifestara tan impasible, redoblaba su terror. Soledad temía que su -marido lo supiera todo y estuviera preparando una venganza terrible. - ---Que caiga la venganza sobre mí, que soy la más culpable--decía ella. - -Miguel quería creer que don Tomás era un pobre hombre que no se -enteraba de nada, ni era violento. Sin embargo, iba sabiendo que su -patrón había tenido negocios peligrosos de contrabando, que se había -manifestado como un guerrillero audaz, y que en sus tentativas de -conspiración con los absolutistas había sido tan atrevido como enérgico. - -Don Tomás guardaba secretos de sus correligionarios; la cueva de su -casa, según se decía, estaba llena de cajas con papeles y documentos. -El era el único que sabía lo que había dentro. Si alguno conocía parte -de sus secretos, era el portero, el Cuervo, su hombre de confianza. - -Muchos le tenían a este antiguo soldado del ejército de la Fe por -cómplice de su amo. ¿Cómplice de qué? No se sabía; pero la idea de -que entre los dos habían hecho algún desmán, se imponía al verlos. El -Cuervo estaba entregado a su amo en cuerpo y alma. - -Soledad, al pasar por el portal, temía la mirada de aquel zapatero -siniestro. - -Don Tomás solía ir con frecuencia a la librería de Monnier, con -Miguel, a leer periódicos realistas franceses, cuyas noticias le -interesaban. - -Cuando la cuestión del supuesto robo de Castelo, y cuando Miguel no -quiso dejarse registrar y fué llevado a la cárcel, don Tomás, a pesar -de su impasibilidad, quedó sorprendido. La energía de su dependiente le -admiró, y comprendió que era un hombre de fibra. Miguel llevaba en el -bolsillo las cartas de Soledad y su Diario. - -Rocaforte, al ingresar en la Cárcel, pensó que el peligro en que se -encontraba Soledad estaba conjurado; y se prometió no decir nada, -aunque tuviera que permanecer allí largo tiempo. - -Don Tomás examinó la conducta de su dependiente y llegó a ver en claro -la causa por la cual no había querido dejarse registrar. - -Le faltaba la prueba, y supuso que, tarde o temprano, la encontraría. - -En el tiempo en que Miguel estuvo preso, Soledad sufrió grandemente; su -madre murió, y ella fué poniéndose cada vez más pálida y más triste. - -Don Tomás decidió enviarla a Sigüenza, a casa de unos parientes. - - - - - V - - ANÓNIMOS - - Los malvados son como las - moscas, que recorren el cuerpo - del hombre y no se detienen mas - que sobre sus llagas. - - LA BRUYERE: _Los caracteres_. - - -EN el tiempo en que Miguel estuvo preso en la Cárcel de Corte se -recibieron varios anónimos en casa de don Tomás. Uno de ellos era de -Juanita, la mujer de Gómez; los otros, de León Zapata, el paisano de -Miguel. La Juanita tenía gran odio por Soledad. - -Zapata quería mortificar a don Tomás y de paso estorbar el éxito de -Miguel. Don Plácido le sirvió de apuntador y le dió datos de la gente -de la casa. - -El anónimo de Juanita, que iba dirigido a don Tomás, decía así: - - - «Con gran sentimiento de mi parte, tengo que participarle a usted - que su mujer le engaña con Miguel Rocaforte, el que está ahora - en la cárcel. Pregunte usted en la calle de Peregrinos, 4, donde - Soledad y Miguel se han visto, y le darán noticias. - - UN AMIGO.» - - -Los anónimos de Zapata se sucedieron durante largo tiempo y tenían otro -carácter. Fueron varios. - -El primero decía así: - - - «En esa santa casa antigua de Capellanes hay una mujer que adorna - la frente de su marido. Es Juanita, la señora de Gómez. El señor - Gómez no puede ya con su cabeza. Cada año un asta más. - - ¡Buena está la casa de la calle de la Misericordia, 2! - - EL DUENDE.» - - -Al día siguiente llegó otro anónimo: - - - «El joven Miguel Rocaforte se jacta en todas partes de haberle - puesto los cuernos a su principal. Estaba escrito: Manso has sido, - manso eres y manso serás. - - ¡Buena está la casa de la calle de la Misericordia, 2! - - EL DUENDE.» - - -Al cabo de poco tiempo vino otro papel: - - - «En esa santa casa, hoy de la Sal, hay un Cuervo que debía graznar, - ya hace tiempo, en el patio de un presidio. Ese Cuervo, mal - zapatero, es un bandido, miserable y estafador, que engaña a todo - el mundo, empezando por su amo. ¡Buena está la casa de la calle de - la Misericordia, 2! - - EL DUENDE.» - - -A los pocos días se recibió otro anónimo: - - - «En esa cristiana casa hay una Pepita que tiene dos cortejos a la - vez: uno para los días de fiesta, y otro para los días de labor. - Ahora la visita el cerdo del padre Cecilio. ¿Qué hace mientrastanto - Burguillos? Burguillos calla y otorga. ¡Buena está la casa de la - calle de la Misericordia, 2! - - EL DUENDE.» - - -Por último, se recibió esta letanía, que decía así: - - - «_Letanía para recitar en la casa de la Sal._ - - De la mansedumbre de don Tomás Manso, - De la gracia del Cuervo, - De las visitas de los padres franciscanos, - De los chismes de las monjas Clarisas, - Líbranos, Señor; - Del ceño de don Bernardo, - Del vientre del padre Cecilio, - Del contravientre del hermano Félix, - De la charla de don Plácido, - Líbranos, Señor; - De los ardores de la Pepita, - De los malhumores de Juanita, - De los cuernos del buen Gómez, - De los flatos de Burguillos, - Líbranos, Señor; - - Líbranos, Señor, de tanto bellaco, de tanto cornudo, de tanta - pécora como habita esa casa, Misericordia, 2. ¡Misericordia, Señor! - - EL DUENDE.» - - -Don Tomás leyó con una terrible indignación estos anónimos. El primero -comprendió que partía de alguna de las mujeres de la casa, de la Pepa, -o de la Juanita; los otros, pensaba que debían ser de algún amigo de -Miguel; pero no podía suponer de quién. - - - - - VI - - PREPARATIVOS - - Que no quedara contenta - ni lograda mi esperanza - si no vieras la venganza - en donde viste la afrenta. - - GUILLÉN DE CASTRO: _Las - mocedades del Cid_. - - -EL Cuervo había tenido siempre gran antipatía por Miguel. Sin duda, la -juventud y la fuerza del joven excitaban su envidia. - -El Cuervo había asegurado en la casa que Miguel no saldría de la -cárcel; cuando le vió que volvía sintió por él un gran odio. - -Don Tomás recibió a Miguel con marcada frialdad e hizo que el Cuervo -registrara el cuarto y las ropas del joven. Este había dejado las -cartas de Soledad y su Diario en manos de Aviraneta, en un paquete -atado. - -El Cuervo no encontró nada. Don Tomás pareció contentarse; pero el -Cuervo insinuó a su amo y, al último, le dijo claramente que no por eso -era menos cierto que Soledad se entendía con Miguel. - ---¿Lo sabes tú? - ---Lo sé todo. - ---¿Te lo han dicho? - ---Lo he visto. - ---¿Qué has visto? - ---He visto que se escribían cartas y luego se hablaban y se daban citas. - ---¿Dónde se encontraban? - ---Generalmente en el claustro de las Descalzas. Al principio, Miguel -escribía con lápiz, en una de las ventanas, el lugar de la cita; luego -iba ella y borraba lo escrito; después era un pobre que está a la -puerta de esta iglesia el que se encargaba de su correspondencia. - ---¿Lo viste tú? - ---Sí. - ---¿Qué viste más? - ---Vi también que uno de aquellos días, al salir de la iglesia de las -Descalzas, pasó por aquí doña Soledad como si fuera a hacer compras, -miró a derecha e izquierda y entró en la calle de Peregrinos, donde la -esperaba Miguel. - -Don Tomás sintió que le sofocaba el ansia de vengarse; no le tenía gran -cariño a su mujer, pero consideraba que al querer a Miguel ofendía en -su dignidad al hombre que le había sacado de la miseria. - ---Está bien--dijo don Tomás. - -Para don Tomás la traición de Soledad y de Miguel era una prueba más de -la maldad humana, del espíritu envilecido y encanallado de los hombres. - -Ante el Cuervo, el amo consideraba que debía tener una actitud -indiferente, como si hasta él no pudieran llegar las miserias humanas. -Los siguientes días, a pesar de su impasibilidad, don Tomás se -estremecía ante la mirada brillante e irónica del jorobado. - -Miguel había vuelto a su trabajo y se manifestaba tranquilo y contento; -su tío le hablaba poco; Gómez le miraba sonriente; Burguillos le -contemplaba con atención, y el Cuervo le dirigía una mirada larga y -rencorosa. - -Una vez don Tomás y el Cuervo tuvieron una nocturna conferencia. Al día -siguiente, por la tarde, era domingo y no había nadie en casa. Amo y -criado entraron en el almacén de la fuente con la cabeza de Medusa, y -estuvieron allí largo rato. - -El almacén era bajo de techo, tenía rejas al patio y en el suelo -grandes losas. Entre ellas había dos con hendiduras, como saeteras, que -se podían levantar. Las levantó el Cuervo con una palanca y apareció -un agujero grande y obscuro. Metió el Cuervo una linterna encendida, -colgada de una cuerda, y se vió una oquedad hecha en tierra arenosa, en -parte revestida por una bóveda de ladrillo, con arcos medio derrumbados. - -Don Tomás y el Cuervo bajaron al subterráneo por una escalera larga, y -lo reconocieron. Tenía una profundidad de ocho a diez metros. Estaba -completamente cerrado, y no había comunicación alguna con el exterior; -la única boca de galería que parecía haber existido en otro tiempo -estaba cerrada por una gran piedra de molino. En el centro de esta -piedra había un agujero. El Cuervo metió un hierro por él, sospechando -si tendría una salida, y sacó trozos de carbón y de huesos. - -Después de reconocer el subterráneo y ver que no tenía ninguna -comunicación, volvieron amo y criado al almacén e hicieron entre los -dos varias y extrañas maniobras. Sirviéndose de la palanca, llevó el -Cuervo las dos piedras grandes que cerraban el boquete del suelo a un -rincón, y sobre el agujero que quedaba, de un metro en cuadro, puso una -esterilla ligera, que lo ocultaba perfectamente, sujeta en los bordes -por unas bolas de sal. Delante del boquete colocó una mesa. - -El Cuervo tenía imaginación para el mal. Excitaba constantemente a su -amo. Don Tomás vacilaba; tan pronto consideraba la venganza como lógica -y justa, como la tenía por excesivamente severa. - -El Cuervo, que era el espíritu maligno que se cernía sobre el alma -de don Tomás, le excitaba, le ponía a la vista la petulancia y la -fanfarronería de Miguel. - - - - - VII - - EL CRIMEN - - Madruga y mata primero. - - CALDERÓN: _El monstruo de la - fortuna_. - - -DESPUÉS de muchas conferencias con el Cuervo, don Tomás se decidió. Un -día le dijo a Miguel: - ---Tengo que enviar una persona con una comisión importante para -Zaragoza, y de paso para Sigüenza. ¿Quieres ir tú? - ---Con mucho gusto. - ---Te advierto que es una comisión para los carlistas. - ---No me importa. - ---Bueno; pues pide un pasaporte y un billete para la diligencia. - -Miguel se entusiasmó con la idea de ver pronto a Soledad, y no se le -ocurrió la menor sospecha. - -Dos días después le avisó a su tío y le dijo: - ---Ya tengo todo en regla. - ---Tienes que hacer el viaje con el máximo de prudencia. Es conveniente -que digas a todo el mundo que te marchas hoy, y no te vayas hasta -mañana. Ven esta noche a casa, a las doce; no subas a la habitación, -para que no oigan los pasos. Te daré la llave, entras y pasas al -almacén de la fuente, donde yo te esperaré. - ---Está bien. - ---También quiero que te confieses para salir de Madrid y hacer este -viaje, que puede estar lleno de peligros. - ---Bueno. - -Miguel no hizo gran caso de este consejo. Por la noche estuvo en el -Café Nuevo, y, poco antes de dar las doce, se acercó a la casa de la -calle de la Misericordia. Miguel iba muy embozado en la capa; hacía -una noche negra de invierno. El joven empujó el postigo de la puerta, -que se abrió sin ruido, y lo volvió a cerrar, pasó el zaguán, abrió -la puerta de la mampara de cristales, que comunicaba con el patio, y -luego, la del almacén de la fuentecilla. - ---¡Adelante!--dijo don Tomás, con voz temblona. - -Miguel no había estado nunca en este almacén, en el cual se decía que -don Tomás guardaba sus secretos. Vió en un rincón una caja de caudales -y sobre una mesa un velón. - ---¿Te ha visto alguno entrar en la casa?--preguntó don Tomás. - ---Nadie. La noche está muy negra y muy fría. - ---¿Estás preparado? - ---Sí. - ---¿Ya te confesaste? - ---Sí. - ---Bueno. - -Don Tomás, dando una larga vuelta, se acercó a la mesa, de manera que -la luz no le diera en el rostro. Así no podía verse el aire siniestro y -alterado de su fisonomía. - ---Dale esta carta a Soledad cuando llegues a Sigüenza--dijo--, y lleva -este paquete a Zaragoza. En el papel está la dirección. - -Miguel avanzó despacio hacia la mesa. - -Don Tomás le contempló con una mirada anhelante. - ---¿Por qué me mira así?--se preguntó Miguel. - ---Si se salva--pensó, a su vez, don Tomás--, Dios lo habrá querido. - -Miguel dió varios pasos y se aproximó a la mesa. De pronto se oyó que -la esterilla se hundía, arrastrando las bolas de sal que la sujetaban, -y el joven desapareció. - -En el momento mismo, el Cuervo saltó por entre dos filas de sacos, y -apareció en medio del almacén. - -Don Tomás se asomó al agujero y oyó un gemido ahogado de dolor. - -El Cuervo, armado de la palanca, arrastró con brío, una tras otra, las -dos grandes losas y cerró el boquete del suelo. - ---Ya no se oye nada--dijo, temblando, don Tomás. - ---Habrá muerto con el golpe--repuso el Cuervo. - -Don Tomás se dejó caer sobre una silla con el aire de un hombre -extenuado. El Cuervo comenzó a hacer una gran pirámide de bolas de sal -sobre las losas que ocultaban el agujero por donde se había cometido el -crimen. - -Acabada la obra, los cómplices se miraron uno a otro. En el Cuervo -había una expresión de crueldad y de satisfacción. En don Tomás, una -mezcla de horror y de espanto. Los dos salieron del almacén al patio, y -luego, al portal. El Cuervo entró en su covacha y don Tomás subió las -escaleras hasta su cuarto. - -Quince días después volvió Soledad a Madrid, sin haber mejorado de su -mal. No se atrevía a hacer ninguna pregunta. Su marido, indiferente e -impasible, nada le dijo. Así vivieron marido y mujer meses y meses. -Nadie tuvo la menor sospecha en la casa. El Cuervo siguió trabajando en -su portal. - - * * * * * - -Dos años después, un día en que Soledad rezaba en la iglesia de las -Descalzas, le dió un desmayo y cayó al suelo. La llevaron a casa y -llamaron al médico, y después a don Bernardo, el capellán. Don Bernardo -pasó largo tiempo con la enferma, que a cada instante decía en voz -baja: «¡Miguel! ¡Miguel!» Unas horas después, Soledad había muerto. - -Don Tomás se retiró a Lerma y vendió la Casa de la Sal. Esta pasó a -diversas manos, hasta que el último dueño decidió tirarla y alinear la -calle de Capellanes. - - - - - VIII - - LA ESCUELA DE CRISTO - - El sueño de la razón produce - monstruos. - - GOYA: _Caprichos_. - - -DON Tomás y el Cuervo se retiraron a Lerma y vivieron algunos años -juntos. El Cuervo no era capaz de permanecer tranquilo y sin mezclarse -en los asuntos públicos y privados, y durante la guerra civil denunció -a la partida del Cura Merino algunos ciudadanos liberales, que fueron -fusilados. Poco después, unos parientes de éstos cogieron al Cuervo en -el campo y lo apalearon de tal manera que murió a consecuencia de la -paliza. - -Don Tomás, al verse sin su criado, sintió más bien tranquilidad que -pena; la mirada irónica y dura del Cuervo le recordaba la cueva del -almacén de la calle de la Misericordia. - -Al verse solo fué para el una tregua, pero una tregua que duró poco -tiempo, porque sus terrores volvieron de nuevo. - -Don Tomás se hallaba entregado a la religión; constantemente estaba en -la iglesia rezando y confesándose. - -Había por entonces en el pueblo una casa pequeña y ruinosa que casi -siempre estaba cerrada. Sólo al anochecer solía abrirse para el paso -de algunas personas. Si se entraba en el estrecho zaguán y se subía -al único piso, se encontraba primero una sala pintada de negro, con -un ventanillo enrejado que daba a la calle. En medio de la sala había -un féretro, cubierto de paño negro, con cuatro cirios apagados. Este -cuarto se comunicaba por una puerta estrecha con una capilla obscura y -sin luz. La capilla tenía en medio un altar, con un Nazareno coronado -de espinas y lleno de sangre, y alrededor, unos armarios de sacristía, -y encima de los armarios, varias calaveras y varias disciplinas. En -la pared había un marco con un papel, en donde se leía una lista de -nombres. - -Esta casa pequeña con su cuarto fúnebre y su capilla constituía la -Escuela de Cristo. Formaban parte de ella varias personas religiosas -cuyos nombres constaban en el cuadro de la pared. De noche entraban -allí diez o doce hombres a hacer penitencia, y después de rezar delante -del féretro, cubierto de paño negro, iban pasando uno detrás de otro a -la capilla, y allí se cubrían con una capucha. - -Cuando estaban todos reunidos y en círculo delante del altar, se -apagaban las luces y se ponía en el suelo un gran farol de hoja de -lata, sin cristales, que tenía unos agujeros por los cuales pasaban -tenues raros de luz. Entonces uno se destacaba, se desnudaba y se -colocaba en medio del círculo de los encapuchados; luego tomaba una -calavera en la mano izquierda y las disciplinas en la derecha, y -comenzaba a azotarse, mientras el siniestro coro rezaba en voz alta. - -Don Tomás pertenecía a la Escuela de Cristo, se disciplinaba, usaba -cilicios, y en su casa rezaba tirado en el suelo cuan largo era y dando -grandes alaridos. Aquel último gemido de Miguel al caer al subterráneo -lo oía en su cerebro a cada paso; el suspiro del viento, el toque -de una campana, el chirriar de una lechuza, el ruido de una ventana -movida por una ráfaga del cierzo, todo rumor de la tierra o del aire le -recordaba la queja postrera del joven muerto por él. - -Muchas veces hubiera preferido perder la razón definitivamente, que no -vivir de una manera tan miserable y triste. - - - - - IX - - EL FANTASMA - - Ya oigo la voz del terror que - se levanta en mi corazón. - - ESQUILO: _Las Coéforas_. - - -POCO después de la guerra civil se habló en Lerma de que en la Plaza -aparecían fantasmas a media noche. Algunos los habían visto claramente. -Los serenos, por más que vigilaban, no podían dar con ellos. No se -sabía si eran duendes, espectros o almas en pena; pero se aseguraba que -uno de estos fantasmas tenía una mano de plomo y otra de estopa, y que -gozaba del poder de avisar la próxima muerte al que había de morir. - -Al parecer, algunos serenos no sentían gran interés en encontrarse con -aquellos seres misteriosos, porque cuando les decían que andaban por -un lado, iban por el opuesto; otros más decididos y valientes llevaban -una pistola y un garrote, y afirmaban que no se les escaparían los -fantasmas sin un estacazo o sin un tiro. - -Don Tomás había oído hablar de estas apariciones, considerándolas como -chiquilladas, sin darles más importancia. Una noche en que el viejo, -después de rezar sus oraciones, se dirigía a la cama, oyó en la calle -pasos quedos. Desde hacía algún tiempo, don Tomás tenía un oído de -enfermo. Escuchó las pisadas de lejos y abrió un ventanillo de su -alcoba. Vió una cosa blanca que se acercaba por la acera de enfrente. -Era el fantasma. - -Don Tomás, maravillado y confundido, quedó en el ventanillo, y, -trastornado, preguntó: - ---¿Quién eres? ¿Qué deseas? - -Entonces el fantasma, con voz sepulcral, dijo: - ---¡Asesino! Yo soy el alma de Miguel Rocaforte, condenada por tu culpa. - -Don Tomás se retiró de la ventana temblando y se tiró en el suelo -a rezar. Al día siguiente lo encontraron desmayado, moribundo; lo -llevaron a la cama y ya no volvió a levantarse. - -Unos días después, los serenos cogieron a uno de los fantasmas, que -resultó un sargento de milicianos nacionales que tenía amores con la -mujer de un tendero de la plaza. - -El otro fantasma, a quien no lograron coger, se supo que era León -Zapata, el compañero de Miguel Rocaforte. - - Madrid, diciembre, 1920. - - - - - ADÁN EN EL INFIERNO - - - - - I - - ADÁN - - No se gana nada violentando - a la sensibilidad en sus - inclinaciones; es preciso - engañarla y, como dice Swift, - divertir la ballena con una - barrica para salvar el barco. - - KANT: _Antropología_. - - -EN la época de la matanza de frailes, cuando fueron ingresando en la -Cárcel de Corte una porción de gente cogida en las calles de Madrid, -llevaron a ella a un muchacho joven, guapo, recién venido de un pueblo -de la Alcarria, Andrés Lafuente. - -Este alcarreño vino con Román, el hijo del librero de la calle de la -Paz, y con un zapatero joven llamado Gaspar, a quien todos conocían por -Gasparito y de quien te hablé antes. - -A aquel muchacho alcarreño se le consideraba como un mozo ingenuo e -inocente, y se le compadecía por haber caído en el infierno de la -cárcel. - -El poeta Espronceda, en los pocos días que estuvo en la cárcel, le -llamaba Adán, y probablemente pensando en él ideó el personaje de su -poema el _Diablo mundo_, que debía publicar unos años más tarde; Andrés -(alias Adán) era un muchacho fuerte, guapo, muy lúcido y muy inocente. -Gasparito el zapatero se constituyó en uno de sus defensores. - -Gasparito el remendón era liberal, pequeño, rubio, muy leído, amigo del -hijo del librero de viejo de la calle de la Paz, y se mostraba como -hombre de buena fe y de buenas intenciones. - -Yo tomé bajo mi protección a Gasparito y quise proteger también a Adán, -aunque veía que a un muchacho, sin experiencia como aquél, metido en -el segundo patio, entre ladrones, la corrupción de la cárcel le había -de contagiar rápidamente. El padre Anselmo creyó también que con sus -sermones apartaría al mozo del mal camino; pero Adán se reía de él. - - - - - II - - LA CUADRILLA DEL FORTUNA - - ¿Es posible--dijo Andrenio--, - que jamás nos hemos de ver - libres de monstruos ni de - fieras, que toda la vida ha de - ser arma? - - GRACIÁN: El _Criticón_. - - -LOS presos del segundo patio se dividían para comer en cuadrillas, que -llevaban el nombre del que las dirigía. Adán fué a parar a la cuadrilla -del Fortuna. El Fortuna era un matón de casa de juego que tenía gran -influencia. - -El Fortuna era un hombre fuerte, atrevido, moreno, de bigote, con un -lunar en la mejilla, tipo desvergonzado y cínico. Cobraba el barato -en la cárcel; pero no era un valiente de verdad. Era de los que allí, -en el segundo patio, se decía que madrugaban. No afrontaba con calma, -sereno y tranquilo, las situaciones difíciles; sino que las capeaba. -Eso sí, tenía indudablemente el hábito de la audacia. - -Al Fortuna le habían preso por matar a traición a un hombre. Afiliado -en la cárcel al grupo de los absolutistas, era de nuestros enemigos -más acérrimos. Sin duda, el encontrar nuestra gente menos terne, menos -enérgica, que los absolutistas, le había dado una gran hostilidad -contra ella. - -A mí me tenía mucho odio; una vez, en el segundo patio, se echó encima -de mí; pero yo le di con toda mi fuerza un puñetazo en un costado que -lo dejé sin aliento. - -El Fortuna era hombre petulante y cínico, que dejaba una estela de -vicio allí por donde pasaba. Hacía alarde de sus instintos crapulosos; -vestía chaquetilla con caireles de colores, gran reloj de plata, con -la cadena llena de dijes, y calañés en la cabeza. El Fortuna buscaba -la amistad de los muchachos jóvenes, les brindaba su protección; -según algunos, les conseguía tener comunicaciones con la sección de -mujeres; según otros, había algo peor en sus maniobras. De la misma -cuadrilla era Cadedis, un gascón aventurero, que estaba procesado por -robo, y un caballero de industria. El gascón aseguraba a todas horas -que España era un país sin civilización y sin cultura. A pesar de su -cultura, el francés era muy supersticioso. Creía en la quiromancia, -en la magia y en que las brujas hacían ovillos con las lanas de los -colchones de una cama de tal modo, que si no se les atajaba en su obra -le ahogaban al que dormía en ella. Afirmaba también que en el barrio de -Saint-Esprit, de Bayona, se vendían diablos metidos en una caña, que -llamaban familiares, con los que se hacían prodigios. El había tenido -uno de éstos. Un gitano, ladrón de caballos, le engañaba a Cadedis y -le sacaba el dinero. El gitano era saludador y, según decía, tenía la -rueda de Santa Catalina en el cielo de la boca, y una cruz debajo de la -lengua. - -El otro personaje era un caballero de industria de quien ya te he -hablado, el señor Pérez de Bustamante. - -Este señor se hacía llamar conde de Otero, marqués de la Vega, etc. -Gastaba unas tarjetas llenas de títulos y condecoraciones. - -Tenía, según decía, grandes amistades con los oficiales de las -secretarías, con aristócratas y ministros; todo lo facilitaba, y -ofrecía empleos con la condición precisa de que se le anticipara -algunas cantidades para recompensar los servicios de sus favorecedores. - -Contaba que había viajado por toda Europa y América. - -A mí me dijo que me había conocido en Méjico y en Madrid, en la fonda -del Caballo Blanco, de la calle del Caballero de Gracia, donde yo no -había estado nunca. La cuadrilla del Fortuna, formada por él, el gascón -y el caballero de industria, se había completado con Adán. El Fortuna -adulaba al señor Pérez de Bustamante, y éste protegía al Fortuna; el -matón y el caballero de industria se entendían perfectamente. - -El Pinturas joven y otros solían acercarse a esta cuadrilla, que -manejaba dinero y convidaba a café y a aguardiente. - -Ninguno de los que formaban esta cuadrilla se había afiliado a los -liberales. No querían, sin duda, comprometerse mientras no llegaran a -ver claro las ventajas que aquello les podía reportar. - - - - - III - - EL ODIO - - ¡La unción! ¡Favor! ¡Me han - herido! - - ESPRONCEDA: _El Diablo mundo_. - - -GASPARITO, el zapatero, había querido preservar de la corrupción del -ambiente a su amigo Andrés, a quien nosotros, y en toda la cárcel, -llamábamos Adán. - -Quiso enseñarle a leer y escribir; pero el Fortuna, unido con Pérez de -Bustamante, _Doña Paquita_ y Cadedis, estaban empeñados en estorbar los -proyectos de Gasparito. - -Durante algún tiempo se entabló una lucha de influencias para captar la -simpatía de Adán. - -Gasparito le dejaba libros y periódicos, le daba algún dinero, hacía -que Andrés viniera a verme; por su parte, el Fortuna le daba cigarros, -le enseñaba a jugar a las cartas, a hacer pillerías y a tirar la navaja. - -El matón le decía al muchacho: - -«Fortuna te dé Dios, hijo, que el saber poco, te basta». - -El Pinturas le explicaba procedimientos de falsificación, y Pérez de -Bustamante, las intrigas y enredos donde se había metido. - -A pesar de las ilusiones de Gasparito, yo veía claramente que el -Fortuna y su grupo ganaban la partida. Adán tomaba un aire hipócrita -delante de mí; pero, por lo que me dijeron los del segundo patio, -el muchacho andaba con el Fortuna, con _Doña Paquita_ y con algunas -mujeres del otro departamento, jugaba a las cartas, fumaba, se había -tatuado los brazos y comenzaba a matonear. - -El día de Carnaval de 1835, el Fortuna y los de su cuadrilla tuvieron -una comida espléndida, con pollos, un cochinillo asado y vino de -Valdepeñas. - -Habían metido mucho aguardiente de contrabando y convidaron a todos los -amigos. - -La gente se emborrachó, y se pidió al alcaide permiso para disfrazarse. - -Entramos Gasparito, Román, el padre Anselmo y yo en el segundo patio a -presenciar la fiesta. Se reunió con nosotros el Pinturas joven y dimos -una vuelta por la Gallinería y llegamos hasta el último patio. - -En esto, disfrazados de mujer, vimos a _Doña Paquita_, que venía en -medio de Adán y del Fortuna, agarrado a los dos del brazo. Habían -bebido de más y gritaban como locos. - -El Fortuna abrazaba a Adán, y se puso a hacer ademanes obscenos. - -Gasparito volvió la cabeza con un ademán de disgusto y nos alejamos del -grupo que formaban los tres borrachos; pero el Fortuna quiso mostrar -más su conquista y se presentó de nuevo frente a nosotros con Adán y -con _Doña Paquita_. - ---¿Vienes, hermoso?--le dijo a Gasparito con una risa cínica y un -contoneo repugnante--. ¿Cuál de las tres te gusta más? - -Gasparito, incomodado, viendo que el guapo se le echaba encima, le dió -un empujón y lo tiró rodando al suelo. - -Yo vi que se nos venía la tormenta encima, y, agarrándole a Gaspar por -el brazo, le empujé hacia la salida del patio; pero había mucha gente -y Gaspar no quería salir rápidamente, quizá para que no se creyera que -tenía miedo. - -El Fortuna había desaparecido. Ya estábamos a la salida del patio -cuando el matón se presentó con una navaja, oculta en la manga, y se -lanzó sobre Gasparito como un toro; Gasparito tuvo tiempo de escapar -a la acometida dando un salto rápido para atrás. Román, el hijo del -librero, agarró al matón del borde de la chaqueta, y Gasparito, con -gran valor, le arrancó la navaja de las manos. - -El Fortuna, loco, enfurecido, le mordió en el brazo izquierdo. -Entonces, Gasparito, en un momento de terrible furia, empuñó la navaja -con toda su fuerza y dió tal navajada al matón en el vientre, que -el Fortuna dió un grito de becerro que matan, y cayó al suelo. Yo -vi brillar la hoja de la navaja como un relámpago y desaparecer en -el vientre del matón. Le salían las entrañas por la herida y se iba -desangrando rápidamente. - ---¡Socorro! ¡Socorro!--gritó--. Me ha matado. - -A los gritos vinieron el alcaide y los cabos de vara, prendieron a -Gasparito y llevaron al matón a la enfermería, el cual falleció poco -después, asistido por el padre Anselmo. - ---¡A quién se le ocurre matar a la Fortuna!--dijo el Pinturas con -indiferencia. - -Gaspar pasó unos días en el calabozo y tuvo un proceso. Yo declaré a -su favor; Pérez de Bustamente, en contra, y el tribunal le condenó al -zapatero a una pena ínfima. - -Años después le vi en su tienda y le pregunté: - ---¿Se acuerda usted de la Cárcel de Corte? - ---No, don Eugenio; ¿y usted? - -Me dijo que muy pocas veces había pensado en aquel bruto a quien había -matado, y, al parecer, recordaba el suceso sin remordimiento. - -Adán, al salir de la cárcel, se hizo un criminal completo, y debió -acabar su vida en presidio. - - Itzea, diciembre, 1920. - - - - - MI DESQUITE - - - - - Todo esto es salud, y otro - tanto ingenio. - - QUEVEDO: _El Buscón_. - - -DURANTE mucho tiempo, no pudimos luchar con los presos carlistas. En -el cuarto del abogado Selva, el mejor de todos de la Cárcel de Corte, -se reunían cuatro o cinco frailes, dos o tres curas y otros tantos -guerrilleros, y en esta Junta apostólica se tomaban acuerdos que don -Paco, el alcaide, seguía al pie de la letra. - -La Junta de Selva se erigió en soberana de la cárcel: ella decidía lo -que se había de hacer; quién debía estar castigado; quién, no; quién -debía ser tratado con benevolencia, y quién con severidad. - ---Yo, por entonces, tenía asegurada la comunicación con los de fuera, y -mis amigos de la Isabelina me mandaban cartas y papeles y me indicaban -el giro que iban tomando los asuntos políticos. - -A pesar de que yo me quejaba constantemente de la situación en que nos -encontrábamos los liberales en la cárcel, los amigos no hacían nada por -nosotros. Entonces, desesperado, se me ocurrió enviar un escrito al -Gobierno, afirmando a rajatabla que en la Cárcel de Corte se fraguaba -una conspiración carlista. - -El Gobierno no desconfió de mi denuncia, y envió en concepto de preso a -un coronel, don Andrés Robledo, con la misión de observar lo que pasaba -y de ver si era cierta mi denuncia. - -Yo mismo no creía gran cosa en que allí se conspirase; pero cuando -Robledo comenzó sus investigaciones, vi que mi hipótesis era una -realidad, y que en la Cárcel de Corte se estaba tramando una de las -muchas intrigas carlistas que por entonces tuvieron Madrid por centro. - -El coronel Robledo me contaba sus descubrimientos; yo le daba datos -acerca de los presos carlistas, y entre los dos redactábamos los partes -al Gobierno. - -Tan graves hallaron el ministro y el jefe de policía el contenido de -estos partes, que enviaron a la cárcel a dos comisarios de policía, -uno de ellos Luna, auxiliados por sesenta miñones aragoneses y varios -celadores. - -Luna conferenció conmigo y con Robledo, y dispusimos prender a don Paco -el alcaide y a sus dependientes, al abogado Selva, al escribano de mi -causa, García, y enviarlos a la cárcel de la Villa. - -Se comenzó a instruír un voluminoso proceso acerca de esta causa, y -se le encargó de él a mi amigo el juez don Modesto Cortázar, a quien -conocía desde Aranda del año 20. - -Los cargos de alcaide, de llavero y de carceleros se proveyeron en -personas de antecedentes liberales, y desde entonces pudimos estar los -constitucionales a nuestras anchas. - -El fiscal que nombraron para esta causa fué don Laureano de Jado, -enemigo mío, que meses después decía a todo el que le quería oír: - ---Estoy admirado del genio fecundo y de la travesura de Aviraneta. -El ha conseguido embrollar su proceso de tal manera, que ha sido -preciso a los Tribunales poner en libertad como inocentes a todos -sus cómplices, y, para complemento de su maquiavelismo, ha fraguado -este proceso de la conspiración de la Cárcel de Corte, que es la -concepción más revolucionaria que ha podido imaginar el cerebro de un -hombre para vengarse de los que él consideraba enemigos, y hasta del -juez Regio y del escribano de la causa. Este proceso está vestido con -tales declaraciones y pruebas, que me veo obligado a pedir contra los -presuntos reos, cuando menos, un presidio. Pues bien: si como fiscal -estoy en la obligación de obrar de esta manera, como particular me -hallo cada vez más convencido y casi seguro de que todo el proceso no -es mas que un solemnísimo embrollo fraguado por la fecunda imaginación -de Aviraneta. - -Con razón o sin ella, conseguimos vernos libres de la dictadura de los -carlistas. - -Yo quise influír en Cortázar para que dejara libre al padre Anselmo; -pero el cura estaba pendiente de la causa y no se le podía libertar. - -Como la vida en la cárcel para nosotros se hizo más llevadera, yo -comencé a recibir visitas de los antiguos afiliados a la Isabelina, -que podían hablarme con completa libertad. La opinión de la gente -reaccionó a mi favor, y todo el mundo decía que era un absurdo que -permaneciera preso por una conspiración que no había existido nunca. Yo -me hacía la víctima y esperaba el desquite. - -Unos días después supe que en un movimiento revolucionario que estalló -por entonces en Barcelona y que costó la vida al general Bassa, habían -destituído del cargo, que le dieron meses antes, a mi denunciador Civat. - -Poco después, Martínez de la Rosa salía del Gobierno. Yo me consideraba -vengado, pero me faltaba conseguir mi libertad. - - - - - I - - PLAN DEL PRONUNCIAMIENTO - - Yo pienso, pues, que vale más - ser impetuoso que circunspecto, - porque la fortuna es mujer, - y para subyugarla es mejor - batirla y atropellarla, porque - se deja más bien vencer por los - audaces que por los que obran - fríamente. - - MAQUIAVELO: _El Príncipe_. - - -LO que tengo que contar ahora no es ninguna novedad para ti--me dijo -Aviraneta--, porque pertenece en parte a la historia del tiempo. - -Una mañana de agosto se presentaron en la Cárcel de Corte el capitán -Ríos, ayo de los hijos del conde de Parcent, con otro oficial de la -Milicia Urbana, de paisano. El alcaide me dejaba gran libertad y me -permitió hablar con ellos largamente. - -Los dos oficiales venían nada menos que a pedirme un Plan de -sublevación, hecho a base de la Milicia Urbana. - ---Señores--les dije yo--, no creo, claro es, que ustedes hayan venido -aquí a tenderme un lazo, ni mucho menos; pero ustedes pueden muy bien -engañarse respecto al espíritu del pueblo y de la Milicia, y yo, antes -de idear un plan y de ser responsable de él, quisiera cerciorarme de lo -que ustedes dicen. - -Ríos me contestó que traerían una carta de tres comandantes de la -Milicia Urbana corroborando lo que decían ellos, y que vendría al día -siguiente un agente de Bolsa amigo mío llamado Robles. Vino Ríos con la -carta y con Robles, y hablamos. - -Robles me dijo que reinaba, efectivamente, gran descontento en el -pueblo liberal; que las noticias de la guerra eran malas; que se -acusaba al Gobierno de inactivo; que la Corte en la Granja se dedicaba -a divertirse, y que todo el mundo decía que tenía que venir un cambio -en la política. Era una época en la que había entusiasmo y fe en las -nuevas ideas, entusiasmo y fe que luego han ido decayendo. - -Ríos añadió que estaba todo preparado para un pronunciamiento de la -Milicia; que el pueblo secundaría el movimiento, y que Andrés Borrego -había visitado al general Quesada, y que éste daba su palabra de que la -Guardia Real no atacaría a los sublevados. - ---¿Cómo puede asegurar esto Quesada?--pregunté yo--. El está de -reemplazo. - ---Sí; pero tiene de su parte toda la oficialidad de la Guardia Real. - ---¿Han pactado algo Borrego y Quesada? - ---No. - ---¿Está usted seguro? - ---Sí. - -Luego se supo que Borrego había conferenciado con Quesada y con dos -jefes de la Guardia Real, el general Soria y el conde de Cleonart. En -esta conferencia, que yo no conocía, se había pactado que la Milicia -Urbana haría una manifestación. Borrego y Olózaga escribirían una -petición a la Reina, firmada por los cuatro jefes de la Milicia Urbana, -y, presentada la petición, la Milicia dejaría las armas. - -Si yo hubiera sabido que Quesada estaba en el ajo, no entro en la -combinación. - -Quesada era un militar ordenancista, bárbaro e incomprensivo. Era muy -valiente y de costumbres rudas, arrebatado, ajeno a todo miramiento; -decía que no sabía mas que mandar y obedecer, declaración que basta -para juzgar cualquiera. Muy duro en el mando, muy destemplado en el -lenguaje, a pesar de creerse muy fijo en sus ideas, era completamente -voluble. - -Muchas veces dijo, refiriéndose a los liberales: «He de ser peor que -Atila con esa canalla». - -Un hombre como Quesada, que tenía por norma el no razonar, no podía -ser hombre de ideas; así se le vió figurar en una época con los -absolutistas, después hacerse masón, sentirse medio liberal y, al mismo -tiempo, enemigo de la Constitución. Para él todas estas volubilidades e -inconsecuencias se velaban con la disciplina. - -Sólo a Borrego, a Espronceda y a González Brabo, gente que quería -medrar sin esfuerzo, se les pudo ocurrir apoyarse en un hombre como -Quesada. - -Quesada en esta época, 1835, estaba de cuartel en Madrid. Le habían -separado de la Capitanía General en enero, lo que consideraba como una -ofensa a su persona. - -Si, como digo, hubiese tenido conocimiento de la participación de -Quesada en el asunto, hubiese llevado éste de otra manera muy diferente. - -Hablamos Robles y Ríos, y quedamos de acuerdo en que el objeto de la -sublevación sería: - - 1.º Apoderarse de Madrid. - - 2.º Nombrar una Junta Revolucionaria. - - 3.º Ponerse en relación con los sublevados de Zaragoza. - -De acuerdo en esto, les dije que al día siguiente les daría mi plan. -Fué el siguiente: - - - PLAN DEL PRONUNCIAMIENTO - - (_Orden general para la Milicia._) - - Pasado mañana, 15 de agosto, hay función de toros, y da el piquete - de la Plaza la Milicia. Este piquete, en vez de disolverse al - llegar a la Puerta del Sol, hará que sus tambores toquen generala, - esparciéndose por la población. Los individuos de la Milicia, - avisados, se irán reuniendo en la Plaza Mayor; se ocuparán las - casas y se harán barricadas en las avenidas de los arcos. También - se ocupará el telégrafo para impedir se avise al Gobierno. Una - compañía se posesionará de la Puerta de Hierro e impedirá el paso - al Sitio (La Granja), Hecho esto, se pondrá inmediatamente en - libertad a Aviraneta, que dirá lo demás que debe ejecutarse. - - - AVISO A LOS ISABELINOS - - Se avisará a las centurias de la Isabelina para que asistan el - día 15 de agosto, día de la Asunción, a la corrida de toros. A la - salida rodearán al piquete de la Guardia Urbana y provocarán todo - el escándalo posible. Se alarmará al vecindario. - - - AVISO A LOS DIPUTADOS - - Inmediatamente se avisará a los diputados liberales para que vayan - a la Plaza Mayor y formen una Junta de Gobierno. - - - DISPOSICIONES INMEDIATAS - - Si las tropas del Gobierno no se oponen, la Milicia se apoderará lo - más rápidamente posible de la casa de Oñate, en la calle Mayor, de - la Imprenta Real y del Principal. - - -Se fueron los militares y yo me quedé en la cárcel. Aquellos días -estuve leyendo el _Diablo Cojuelo_, de Vélez de Guevara, que me prestó -un preso, y pensando en la idea original del autor. - -La tarde y la noche del 15 de agosto las pasé en una gran angustia. Al -anochecer me pareció oír desde mi cuarto gritos y ruido de tambores; -luego cesó todo rumor y volvió el silencio. Cuando a las diez de la -noche vi que no venía nadie a buscarme, creí que el pronunciamiento -habría fracasado. Yo pensaba--y en estas cosas se equivoca uno -siempre--que podía fracasar el movimiento; lo que no se me ocurría es -que, después de hecho con éxito, mis amigos no vinieran en seguida a -sacarme de la cárcel. Sin embargo, así fué. Un pelotón de milicianos, -pertenecientes a la Isabelina, quisieron venir; pero los centinelas no -les dejaron pasar. Otros me dijeron que no habían ido a la cárcel por -no molestarme. ¡Por no molestar a un preso retardar su libertad! ¡y -retardarla creyéndolo necesario! ¡Qué absurdo! - -Al día siguiente, domingo, a las nueve de la mañana, vinieron a -buscarme a la Cárcel de Corte. - - - - - II - - LO OCURRIDO - - Una vez que no se entendían en - una disputa de la Academia, - dijo M. de Mairan: «Caballeros: - ¡si no habláramos más de cuatro - a la vez!» - - CHAMFORT: _Caracteres y - anécdotas_. - - -EL pronunciamiento se había hecho y estaba ya vencido. Al terminar la -corrida del día de la Asunción, dos compañías de milicianos volvían -formados por la calle de Alcalá, con la música al frente, tocando -himnos patrióticos. El _Himno de Riego_ producía entre la muchedumbre -tempestades de aplausos. La gente daba vivas y mueras, a cada momento -más estrepitosos. Al llegar a la Puerta del Sol la algazara subió de -pronto; comenzaron a oírse gritos de «¡Viva la libertad!», «¡Mueran los -carlistas!», «¡Viva la Soberanía Nacional!». Al acercarse a la Plaza -Mayor la Milicia había perdido las filas y se había mezclado con los -paisanos. - -De pronto sonaron unos cuantos tiros, se oyeron toques estridentes de -corneta, y se inició el pánico en la ciudad. Se cerraron las puertas y -ventanas de las casas, y los tambores comenzaron a tocar generala por -las calles desiertas de Madrid, en distintos puntos de la capital. Se -les había avisado a los milicianos que estuviesen preparados para el -toque de generala, y se les vió que cruzaban presurosos las calles y -corrían a reunirse a sus respectivos batallones, en los puntos que se -les tenía señalados para caso de alarma. Luego, los batallones fueron a -la Plaza Mayor y formaron a lo largo de sus cuatro frentes. - -Se ocupó la casa de la Panadería y la de Oñate, en la calle Mayor, y se -empezaron a hacer zanjas en los arcos. Se trajeron de los almacenes del -Ayuntamiento maderos y carros y se cerraron las distintas calles que -rodean a la plaza. - -El segundo batallón de milicianos no entró en la Plaza Mayor, sino -que quedó en la del Rey, con su comandante don Rodrigo Aranda, -probablemente más inclinado a obedecer al Gobierno que a hacer causa -común con los sublevados. - -De noche se le avisó y se le envió hacia Puerta de Moros para que -observara lo que pasaba con la tropa en el cuartel de San Francisco. - -A las nueve de la noche se presentaron en la Plaza Mayor don Fermín -Caballero, Chacón, el conde de las Navas, don Joaquín María López, -Gaminde, Calvo de Rozas, y otros muchos, a proponer que se formara -inmediatamente una Junta de Gobierno; pero Borrego, Espronceda, -González Brabo, Ventura de la Vega, Olózaga y otros jóvenes dijeron -que había que esperar la llegada del general Quesada; que éste era el -director del movimiento y que él tenía que dar las órdenes. - -Los liberales, en vez de obrar inmediatamente, se dejaron convencer. - -A la misma hora Quesada había sido llamado por el secretario del -Ministerio de lo Interior, don Mariano Zea, al Principal. Estaban -allí el corregidor marqués de Pontejos y el capitán general conde de -Ezpeleta. Se decía, sin duda, que Quesada tenía participación en el -movimiento de los milicianos. - -Zea y Ezpeleta, que estaban desprevenidos y no contaban en aquel -momento con fuerzas, le dijeron a Quesada que debía ir a la Plaza Mayor -a verse con los sublevados y a preguntarles qué es lo que deseaban y -cuál era la causa de su movimiento. - -Fueron Quesada, Pontejos y el concejal Roca a la Plaza Mayor, donde -les esperaban Olózaga y Borrego. Quesada se quejó de que en el Arco de -Platerías hubiese atravesados carros y maderos. Borrego le dijo que se -quitarían. Subieron a una habitación alta del Ayuntamiento y se celebró -una reunión. Quesada y Pontejos esperaron el resultado en un cuarto -próximo. - -En la reunión estaban los jefes de la Milicia: el duque de Abrantes, -Gálvez, Castaño y José María Sanz; otros oficiales, como el capitán -Ríos, el capitán Nocedal y muchos paisanos: Chacón, Espronceda, Gaminde -y los diputados liberales. - -Entonces Borrego dijo que el general Quesada conocía el origen del -movimiento; que no pretendía ser mas que una manifestación de la -Milicia Urbana; que después de dirigir una petición a la Reina se -disolvería. - -Los liberales quedaron extrañados. ¿Entonces, para qué nos han -llamado?, se preguntaban. Chacón y el conde de las Navas insistieron -en la formación de una Junta. Espronceda y Borrego replicaron que era -desvirtuar el movimiento y que se había dado palabra al general de no -ir más allá. - -Se discutió entre unos y otros, y se apeló a los jefes de la Milicia, y -éstos, en su mayoría, afirmaron que los milicianos no querían mas que -hacer la petición a la Reina y disolverse. - -Como no había unanimidad se dijo que convenía llamar a todos los jefes -y oficiales de la Milicia Urbana y consultarles. En general, todos -fueron partidarios de la exposición, seguida de la disolución inmediata. - -Ante esto, los partidarios de la Junta cedieron, y Olózaga y Borrego -entraron en un salón e hicieron como que redactaban un escrito, que -ya tenían redactado. Después fueron a ver al general Quesada y le -entregaron la exposición para que la llevara al ministro. - -Pasaba el tiempo, y los milicianos en la plaza iban perdiendo el -entusiasmo al ver que no se tomaban determinaciones rápidas. Algunos -isabelinos empezaron a reforzar las barricadas de los arcos; pero el -comandante Sanz y Borrego, con un grupo de oficiales, mandaron que se -quitaran los obstáculos, pues se había prometido a Quesada dejar las -puertas francas. - -Con la exposición de los milicianos en el bolsillo entró en la sala -Quesada, donde se discutió. - -Borrego explicó lo ocurrido; dijo cómo se había escrito una exposición -a la Reina; que una copia se había dado a Quesada para que la mostrara -al Gobierno, y que los jefes de la Milicia querían ir a la Granja a -entregarla a la Regente. - -Quesada habló. Dijo las vulgaridades de cajón. - -Que desaprobaba los tumultos de la fuerza armada contra el Gobierno -constituído; que la Milicia Urbana no debía salirse del campo de la -ley; que aquel acontecimiento favorecía a los partidarios de Don -Carlos, y que él llevaría la exposición al Ministerio. - -Con esto se retiró. - -Chacón replicó que había ido engañado a la reunión, pues le habían -avisado que se quería formar una Junta de Gobierno; que, puesto que se -trataba de otra cosa, se retiraba, no sin advertir que la exposición -tendría la eficacia de los paños calientes y del agua de cerrajas. Por -otra parte, él no podía creer que el general Quesada fuera siempre tan -atento con los Gobiernos constituídos, pues todo el mundo recordaba -que el general, ahora tan respetuoso con lo establecido, había sido un -faccioso y un rebelde en los años 22 y 23, en los cuales había mandado -el Ejército de la Fe, que era una gavilla de asesinos. - -Borrego y Espronceda no supieron qué decir, y Chacón y los suyos se -marcharon. Su marcha fué un desencanto para los exaltados. - -A media noche comenzaron en la plaza las discusiones y las riñas. -Estaban encendidos los faroles y se habían hecho algunas hogueras. -Hubo grandes peleas entre exaltados y pacíficos; los exaltados eran de -Madrid, y a los pacíficos los llamaban de Guadalajara. Los exaltados -decían que era una vergüenza haber servido de comparsas a Espronceda -y a Borrego, con los cuales Quesada estaba jugando; los pacíficos -respondían que no se habían comprometido mas que a aquello. Los -exaltados insultaban a los pacíficos, y añadían que deshonrarían la -Milicia si soltaban las armas. Entre conversaciones y discursos se -bebió mucho y la exaltación volvió a los ánimos. - -Mientras los milicianos discutían y reñían con furia en la Plaza -Mayor, el Gobierno, representado por el capitán general de Madrid, el -superintendente de policía, el secretario Zea, el alcalde, Pontejos, y -el concejal Roca, discutieron la exposición de la Milicia llevada al -Principal por el general Quesada y Olózaga. - -Zea dijo que el Gobierno no podía resolver acerca de la mayoría de las -peticiones sin las Cortes. Que en la exposición había que borrar estos -puntos, para resolver los cuales no tenía atribuciones el Ministerio. - -Volvió Quesada a la plaza a las cuatro, y Borrego redactó una nueva -exposición, suprimiendo todos los puntos importantes de la anterior, -y Quesada se encargó de llevarla al Ministerio. Al salir dijo que -quitaran las barricadas, porque era inútil y peligroso dejarlas. - -Salió Quesada de la plaza para el Ministerio, y tras él, una comisión -de seis oficiales milicianos, con el duque de Abrantes a la cabeza, -que iban a pedir al Gobierno que les diera pasaporte para llegar hasta -la Reina y entregarle a aquella exposición tan venida a menos. - -Estando los jefes en el Ministerio llegó una proclama, impresa en la -Imprenta Real, con este título: «La Milicia Urbana de Madrid, al pueblo -y benemérita guarnición». - -Quesada les reconvino a los jefes urbanos por la proclama, y éstos -protestaron de que no habían sido ellos los inspiradores de este papel. -Pensaban que serían los amigos de don Fermín Caballero y de Chacón los -que habían impreso aquello. Zea, entonces, haciéndose el enérgico, dijo -que de ninguna manera podía dar los pasaportes a los que miraba como -rebeldes, y el capitán general le dió la razón. - -Zea supo en aquel momento que tenía la guarnición de Madrid segura, y -por esto se sintió valiente. - -Los oficiales, ya asustados, dijeron a Quesada que volviera a la plaza, -y que entre todos convencerían a los urbanos para que se retiraran sin -más exigencias. - -Fueron de nuevo a la plaza Quesada, acompañado del coronel de la plana -mayor de la Guardia Real, don Cayetano Urbina, y del teniente de -caballería Pezuela. - -En la habitación donde se habían celebrado las anteriores conferencias -entraron los jefes, los soldados urbanos y los amigos de Espronceda y -Borrego. - -Quesada les recriminó por la proclama dirigida al pueblo, y Espronceda -y Borrego dijeron que ellos no la habían escrito. - ---Es la expresión de los sentimientos de la mayoría de la Milicia -Urbana--saltó diciendo uno del público. - ---No es cierto. - ---Sí, sí; lo es. ¡Bravo! - -Quesada, que iba incomodándose, dijo que era necesario que los -sublevados quitasen las barricadas, pues si no, él se pondría a la -cabeza de la Guardia Real y les dejaría sepultados bajo las ruinas de -la plaza. - -Quesada puso su cara de pocos amigos para decir esto. Borrego y -Espronceda, agarrándose a la última tabla de salvación, afirmaron que -se quitarían los obstáculos si la tropa se retiraba a sus cuarteles y -se cumplía lo pedido en la exposición. - -El general dió por terminada la conferencia y comenzó a bajar las -escaleras refunfuñando, diciendo que iba a hacer una de las suyas. - -Quesada apareció en los soportales de la plaza rodeado de los dos -oficiales de la Guardia Real, de uniforme, y seguido de Espronceda, -Borrego, Ventura de la Vega, Luis González Brabo, y otros. - -Al ver que había obstáculos en el callejón del Infierno gritó a uno de -los comandantes: - ---¿No habíamos quedado en que desaparecerían las barricadas y que los -milicianos se retirarían a sus casas? - ---Mi general--contestó el comandante Sanz--, parte de los milicianos se -opone a retirarse. - ---Se les desarma--dijo Quesada. - -En esto algunos isabelinos se acercaron al grupo del general y sus -amigos y comenzaron a increparles. - ---¡Fuera los traidores!--gritó uno. - ---¡Viva la Constitución de 1812! - ---¡Viva la Niña! - ---Quesada levantó el bastón en el aire con intención de descargarlo -sobre la cabeza de los milicianos, que gritaban. La rabia de éstos se -volvió contra él: - ---¡Muera Quesada! - ---¡Muera! - ---¡Abajo los absolutistas! - ---¡Abajo! - -Los milicianos fueron a coger sus armas; y todo el grupo de Quesada y -sus amigos lo hubiese pasado mal si los milicianos de Guadalajara no -hubieran formado en los arcos para defenderles. Quesada, con los suyos, -se dirigió corriendo hacia el Arco de Platerías, y saltando por una -barricada salió a la calle Mayor. Con él salieron los dos oficiales y -Espronceda, Borrego y los paisanos. - -Quesada iba echando espuma por la boca, de rabia, e inmediatamente -se presentó al Gobierno a ofrecerse para atacar inmediatamente a los -sublevados. - -A las seis de la mañana las tropas del Gobierno, dirigidas por Latre, -Ezpeleta y Quesada, salían de los cuarteles y ocupaban la plaza de -Oriente y la de los Consejos, y poco después, la calle de Santiago y la -del Sacramento, hasta la plaza del Conde de Barajas. A esta hora los -sublevados pensarían en mí. - - - - - III - - PARTIDA PERDIDA - - Sólo a las temeridades - las sentencia la fortuna; - pues con juicio desigual - hace que el nombre les den: - de hazaña, si salen bien, - y de locura, si mal. - - BANCES CANDAMO: _Por su rey - y por su dama_. - - -ESTABA la partida perdida cuando los sublevados pensaron en mí. - -A eso de las nueve, un grupo de milicianos armados se presentaron en -la plaza de Santa Cruz delante de la Cárcel de Corte; entraron aquí, -llamaron al alcaide y le exigieron que me dejara en libertad. El -alcaide, naturalmente, se opuso; pero, ante la amenaza de soltar a -todos los presos, cedió. - -Yo estaba preparado y el padre Anselmo también. - ---Aprovéchese usted--le dije--y salga usted conmigo. - ---Pero, ¿cómo? - ---Nada, nada, coja usted sus bártulos y sígame usted. - -El alcaide se quiso oponer; pero hice que nos rodearan a los dos los -milicianos y salimos a la plaza de Santa Cruz, y después, a la Plaza -Mayor. - -El pobre cura, al ver tanta gente armada, estaba asombrado. Con su -maleta en la mano no sabía qué hacer. - -Al entrar en la Plaza Mayor le vi a Bartolillo, el chico de la librería -de la calle de la Paz, que andaba curioseando por allá. Le llamé: - ---¡Bartolo! - ---¿Qué? - ---¿Quieres acompañarle a este cura? - ---Sí. - ---Pues vete con él a la calle de Segovia; bajando a mano derecha, y -en una casa grande, entre la plaza de la Cruz Verde y la calle de la -Ventanilla, que tiene en el piso bajo una panadería, entráis, subís al -piso cuarto y preguntáis por doña Nacimiento. La dices a esa señora que -el cura va de parte de don Eugenio y que me esperará allí. - ---Muy bien. - -El cura quería llevarse la maleta. - ---Deje usted la maleta aquí, yo se la mandaré dentro de un momento. - -Se fueron el padre Anselmo y Bartolillo; guardé yo la maleta en una -taberna próxima a la Escalera de Piedra y me dediqué a examinar -tranquilamente la situación. - -La partida estaba perdida. - -Hablé con los jefes de la Milicia Urbana, y cada uno opinaba de -manera diferente. Le envié un recado a Palafox por si éste se atrevía -a ponerse a la cabeza del movimiento; pero a Palafox no le convenía -aparecer, y se eclipsó. - -Entonces hablé con el capitán Miláns del Bosch, hombre enérgico, para -ver si él era capaz de erigirse en jefe del movimiento y asumir su -responsabilidad. - -Le dije que parte de la Guardia Real se vendría con nosotros; que yo -me comprometía a verle a Urbina, y que le convencería o me fusilaría. -Luego supe que el oficial que le acompañaba a Quesada no era el Urbina -que conocía yo, sino otro; le dije también que el coronel don Antonio -Martín, hermano del Empecinado, sublevaría su regimiento de caballería. - ---¿Cómo vamos a sostenernos en esta plaza?--me dijo Miláns--. ¿Dónde -están los víveres? - ---Salgamos de aquí--le dije yo--. Cinco mil hombres y un regimiento de -caballería es mucho. - ---Sí, si hubiera disciplina; pero no la hay. Estos hombres están -desmoralizados. - ---Entonces la partida está perdida. Démosla como terminada. - -Yo subí sobre un banco de la plaza y expliqué que no había mas que una -alternativa: o salir inmediatamente y atacar a las tropas en la Puerta -del Sol y seguir adelante, o abandonar la empresa. - ---¡Vamos! ¡Vamos!--gritaron los exaltados. - -Pero ya era imposible, y nadie dió el paso adelante. - -Los cañones de la tropa comenzaron a acercarse a los arcos. - -Yo volví al banco y grité: - ---¡Señores! Esto está acabado. Yo no tengo la culpa. A mí me han -llamado tarde. Ahora cada cual que se vaya a su casa. - -Al anochecer, los milicianos, en masa, dejaban sus fusiles y se -marchaban. - -Los ex voluntarios realistas de los Barrios Bajos, al ver la derrota -de los milicianos, atacaron a los fugitivos a tiros y a palos, y no sé -si llegaron a matar a alguno. Sobre todo, las viejas se mostraron más -terribles, y esperaban a los liberales con la navaja en la mano. A una -de estas furias, que cosió a cuchilladas a un miliciano que pretendía -entrar en su casa, la prendieron, la juzgaron y la llevaron, pocos días -después, al patíbulo. - -Así, el despecho de Quesada, la ambición de Espronceda y de Borrego, -los planes míos, concluyeron en que se ejecutara a una pobre vieja, -fanática, que creía seguramente que era una obra meritoria el matar a -un liberal. - - - - - IV - - ESCAPATORIA - - Que aquesto es el Castañar - que más estimo, señor, - que cuanta hacienda y honor - los reyes me pueden dar. - - ROJAS: _García del Castañar_. - - -AL anochecer del día 16, cuando vi la Plaza Mayor desierta, entré en la -taberna próxima a la Escalerilla; saqué la maleta del padre Anselmo, -y me puse el manteo y la teja nueva. Metí mi sombrero en la maleta, y -bajé por la escalera a la calle de Cuchilleros. Llegué hasta Puerta -Cerrada y encontré allí una patrulla de voluntarios realistas. - ---¿Se puede ir hacia la Plaza Mayor?--les pregunté. - ---No; no vaya usted por allí, padre. - ---Entonces tendré que volverme a casa. - -Seguí hasta la calle de Segovia. En la escalera de casa de doña -Nacimiento me quité el manteo y me encontré con don Anselmo. - -Pasamos el cura y yo seis días en aquella casa, sin salir una vez -siquiera, esperando el giro de los acontecimientos. - -Supimos que al volver el Gobierno de la Granja, el presidente, el -conde de Toreno, ofreció doscientas onzas de oro y un empleo a quien -descubriera mi paradero, y la policía hizo los mayores esfuerzos para -cogerme. - -El padre Anselmo y yo preparamos un plan de fuga. El padre Anselmo -tenía un sobrino y ahijado que vivía en Alcalá. Unos días después, el -24 de agosto, era la feria de este pueblo. - -Saldríamos de Madrid en calesa hasta las Ventas del Espíritu Santo; -aquí esperaríamos una galera y entraríamos en Alcalá, confundidos con -carreteros y arrieros que fuesen a la feria, e iríamos a parar a casa -del ahijado del cura. - -Doña Nacimiento conocía a un calesero y le llamó. El calesero era -liberal y se prestó a lo que le propusimos. - -El chico del calesero se vestiría de muchacha; el padre Anselmo, con -traje de aldeano, y yo sería el calesero. Iríamos hasta las Ventas -del Espíritu Santo, esperaríamos allí, donde dejaríamos la calesa, y -marcharíamos en un carro camino de Alcalá, como si fuéramos a la gran -feria que se celebraba en la ciudad del Henares el día 24. Así lo -hicimos, y todo nos resultó bien. - -El ahijado de don Anselmo, a quien le habíamos anunciado nuestra -llegada, nos esperó y nos llevó a una finca que tenía a una legua del -pueblo. - -Era una propiedad no muy grande, pero muy bien cuidada. Juan, el -sobrino y ahijado del padre Anselmo, era un hombre joven, fuerte, -labrador, cazador y muy activo. La mujer, la Ambrosia, era una mujer -rozagante, que había echado al mundo nueve hijos y pensaba seguir -echando más. - -Juan, con su escopeta y sus perros, marchando de caza al amanecer, -acostándose al hacerse de noche y contento con su suerte, me recordaba -a García del Castañar. - -El matrimonio nos recibió muy amablemente al cura y a mí. - -Viví yo en aquella casa una semana, y, pasada ésta, me despedí del -padre Anselmo y de sus sobrinos y me fuí a Zaragoza. - -Aquí publiqué un folletito sobre el Estatuto Real, en la imprenta de -Ramón León, y esperé hasta que Mendizábal me llamó y me dió un encargo -para Barcelona; pero esto--terminó diciendo Aviraneta--es otro capítulo -de mi vida. - - - - - EPÍLOGO - - - - - Todo es hecho del polvo, y todo - se tornará en el mismo polvo. - - EL ECLESIASTÉS. - - -POR la época de la guerra de Cuba--dice Leguía--, solía ir yo a -Madrid a un hotel de la calle del Arenal, y visitaba las librerías de -viejo próximas. Me detenía con frecuencia a charlar con un librero de -viejo que tenía su tienda en una rinconada que había en la calle de -Capellanes, al acercarse a la calle de Preciados. - -Le había encargado a este librero, como a otros, que me guardase lo que -encontrara de papeles históricos y de estampas españoles del siglo XIX. - -El librero era un viejo, muy viejo, y me proporcionaba lo que le pedía. - -Cuando subía desde la calle del Arenal por la de Capellanes solía echar -una mirada por una ventana enrejada que daba al horno de una panadería, -y recordaba la historia de don Tomás Manso y de su sobrino. Unos años -más tarde de la guerra de Cuba, el librero de la rinconada me dijo que -tiraban la casa grande de los Capellanes y que él iba a traspasar su -tiendecilla. - -Cuatro o cinco meses después vi la casa de la calle de la Misericordia -derribada y la alineación de la calle de Capellanes hecha. - -El librero me dijo que al derribar la casa, en un sótano, debajo de un -almacén que tenía en la pared una fuentecilla con una cabeza de Medusa, -se encontró un esqueleto de un hombre y unos huesecillos de feto. - -Los anticlericales de la vecindad supusieron que estos serían de alguna -monja del convento vecino; respecto al esqueleto del hombre no se pudo -saber de quién era. - -El día en que el librero me contaba esto entró un trapero, un tuerto -desharrapado de cara alegre, barbas enmarañadas y la nariz roja, con un -gran lío de papeles. - ---No los quiero--dijo el librero--; te los puedes llevar, Tuerto, yo ya -me retiro. - ---A ver que trae usted ahí--le indiqué yo. - ---Lo daré muy barato--me dijo el trapero, dejando el paquete en una -silla y quitándole una lía hecha con bramantes viejos y balduques. - -Había un tomo del _Palacio de los Crímenes_, de Ayguals de Izco; la -_Historia de la revolución del 54_, por Ribot y Fontseré; dos folletos -de Aviraneta, varios _Ecos del Comercio_, amarillos, y la proclama de -los nacionales en agosto de 1835. - -Ni el librero ni el trapero habían oído hablar nunca de Chico, ni de -Aviraneta, y mucho menos del pronunciamiento de los Urbanos. - -A mí, que había visto durante tanto tiempo carteles pintados con la -muerte de Chico, del Cura Merino y de los hermanos Marina, que un -hombre mostraba con un puntero en las plazas, me chocaba que todo esto -hubiera desaparecido tan completamente del recuerdo de las gentes. - -Y, sin embargo, así era. - ---Todo esto que traes aquí--dijo el librero--no vale nada. Cosas -pasadas, sin importancia. - ---Nosotros también somos viejos--repuso el trapero y se nos ha pasado -el tiempo. - ---Todo pasa, amigo trapero--le dije yo--. La hoja del árbol cae, la -hoja de rosa se marchita, la hoja de papel se arruga y la comen los -lepismas. El lepisma devora el papel; la carcoma y la polilla devoran -la madera; las penas nos devoran a nosotros hasta que entregan su presa -a los gusanos. - ---Todo no es mas que miseria--dijo el librero. - ---¿Saben ustedes cómo arreglo yo eso?--preguntó el trapero. - ---¿Cómo lo arregla usted? - ---Pues echándome un quince siempre que puedo. - ---La otra manera de arreglarlo es la filosofía. - ---Mi filosofía es el vino. ¿Hace alguna de estas cosas, caballero? Me -da usted lo que usted quiera por ellas. - -Le di tres pesetas por los dos folletos y por la proclama. - ---¡Bueno, señores!--dijo el hombre volviendo a atar los libros--. Me -voy a dedicar... a la filosofía. - ---Es usted un compadre alegre y jovial--le dije yo. - ---Naturalmente. Ahora me voy yo a la taberna del Vaqueiro del callejón -de Preciados, y me tomo una tajada de bacalao y un quince, y me río yo -de los peces de colores. - ---¡Hombre, eso está mal!--le dije yo. - ---¿Por qué?--preguntó el hombre extrañado. - ---Yo me figuro que el bacalao es un pez, y comérselo y reírse luego de -él, no me parece bien. - ---¡Vamos! Usted es un guasón. Pues sí, me tomo un quince o dos quinces, -y le hago un corte de mangas al mundo entero. - ---Hasta que el vino te haga un corte de mangas a ti, Tuerto, y te lleve -al Este--dijo el librero. - ---¡Bah! - ---Ten cuidado con esa nariz, se va pareciendo al Vesubio en ignición. - ---Te veo... Vesubio. - ---¿Tiene usted hijos, trapero?--le pregunté yo. - ---Se tienen ellos...; yo, no... Yo los he traído al mundo...; ellos se -agarran como pueden... ¡Salud, señores! - -El trapero echó su paquete al hombro, y yo volví al hotel pasando por -delante del solar de la casa de los Capellanes y pensando que todo está -hecho de polvo y que todo se tornará en el mismo polvo. - - Madrid, marzo, 1921. - - - FIN DE EL SABOR DE LA VENGANZA - - - - - ÍNDICE - - - Páginas. - - PRÓLOGO 9 - - - LA CÁRCEL DE CORTE - - I.--El calamar 15 - - II.--Solo 21 - - III.--La cárcel 25 - - IV.--El padre Anselmo 31 - - V.--Luchas 35 - - VI.--El segundo patio 39 - - VII.--Los matones 43 - - - LA MUERTE DE CHICO O LA - VENGANZA DE UN JUGADOR - - PRIMERA PARTE - - ANTECEDENTES - - I.--Una noche de nieve 49 - - II.--Un preso nuevo 53 - - III.--Miguel Rocaforte 57 - - IV.--Un asunto embrollado 61 - - V.--Lo ocurrido 69 - - VI.--Se echa tierra al asunto 73 - - VII.--Castelo y Paca Dávalos 79 - - VIII.--Hacia el abismo 83 - - IX.--Chico y Castelo 89 - - - SEGUNDA PARTE - - CONSECUENCIAS - - I.--La revolución del 54 101 - - II.--Mal paso 107 - - III.--Una noche de insomnio 117 - - IV.--El final de Chico 121 - - V.--Acosado 127 - - VI.--En el Saladero 133 - - VII.--El hospital 139 - - VIII.--La locura 143 - - IX.--Alimañas 147 - - - LA CASA DE LA CALLE - DE LA MISERICORDIA - - I.--La casa de los Capellanes de las Descalzas 153 - - II.--Fauna y flora de la casa 159 - - III.--La ejecución de Miyar, el librero 171 - - IV.--Soledad 179 - - V.--Anónimos 187 - - VI.--Preparativos 191 - - VII.--El crimen 195 - - VIII.--La escuela de Cristo 199 - - IX.--El fantasma 203 - - - ADÁN EN EL INFIERNO - - I.--Adán 207 - - II.--La cuadrilla del Fortuna 209 - - III.--El odio 213 - - - MI DESQUITE - - I.--Plan de pronunciamiento 223 - - II.--Lo ocurrido 229 - - III.--Partida perdida 239 - - IV.--Escapatoria 243 - - EPÍLOGO 247 - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of El Sabor de la Venganza, by Baroja Pío - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL SABOR DE LA VENGANZA *** - -***** This file should be named 54285-8.txt or 54285-8.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/5/4/2/8/54285/ - -Produced by Carlos Colón, University of Toronto and the -Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net -(This file was produced from images generously made -available by The Internet Archive/Canadian Libraries) - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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Redistribution is subject to the -trademark license, especially commercial redistribution. - -START: FULL LICENSE - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full -Project Gutenberg-tm License available with this file or online at -www.gutenberg.org/license. - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project -Gutenberg-tm electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. 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INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the -trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone -providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in -accordance with this agreement, and any volunteers associated with the -production, promotion and distribution of Project Gutenberg-tm -electronic works, harmless from all liability, costs and expenses, -including legal fees, that arise directly or indirectly from any of -the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this -or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or -additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any -Defect you cause. - -Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm - -Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of -electronic works in formats readable by the widest variety of -computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. 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Email contact links and up to -date contact information can be found at the Foundation's web site and -official page at www.gutenberg.org/contact - -For additional contact information: - - Dr. Gregory B. Newby - Chief Executive and Director - gbnewby@pglaf.org - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. 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Thus, we do not -necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper -edition. - -Most people start at our Web site which has the main PG search -facility: www.gutenberg.org - -This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. - diff --git a/old/54285-8.zip b/old/54285-8.zip Binary files differdeleted file mode 100644 index 52f6295..0000000 --- a/old/54285-8.zip +++ /dev/null diff --git a/old/54285-h.zip b/old/54285-h.zip Binary files differdeleted file mode 100644 index b123401..0000000 --- a/old/54285-h.zip +++ /dev/null diff --git a/old/54285-h/54285-h.htm b/old/54285-h/54285-h.htm deleted file mode 100644 index 637530a..0000000 --- a/old/54285-h/54285-h.htm +++ /dev/null @@ -1,8700 +0,0 @@ -<!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN" - "http://www.w3.org/TR/xhtml1/DTD/xhtml1-strict.dtd"> -<html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml" xml:lang="es" lang="es"> - <head> - <meta http-equiv="Content-Type" content="text/html;charset=iso-8859-1" /> - <meta http-equiv="Content-Style-Type" content="text/css" /> - <title> - The Project Gutenberg eBook of Memorias de un Hombre de Acción: #11 El Sabor de la Venganza, by Pío Baroja. - </title> - <link rel="coverpage" href="images/cover.jpg" /> - <style type="text/css"> - -body { - margin-left: 10%; - margin-right: 10%; -} - - h1,h2,h3,h4{ - text-align: center; /* all headings centered */ - clear: both; - line-height: 2; -} - -h1 {margin-top: 2em; margin-bottom: 2em;} - -h2 {margin-top: 4em; margin-bottom: 1em;} - -h3 {margin-top: 4em; margin-bottom: 1em;} - -h4 {margin-top: 4em; margin-bottom: 1em;} - - - -div.chapter {page-break-before: always;} -h2.nobreak {page-break-before: avoid;} -h3.nobreak {page-break-before: avoid;} -h4.nobreak {page-break-before: avoid;} - -p { - margin-top: .75em; - text-align: justify; - margin-bottom: .75em; - } - - .p2 {margin-top: 2em;} - .p4 {margin-top: 4em;} - .p6 {margin-top: 6em;} - -.pagenum { /* uncomment the next line for invisible page numbers */ - /* visibility: hidden; */ - position: absolute; - left: 92%; - font-size: small; - text-align: right; - /* not bold */ - font-weight: normal; - /* not italic */ - font-style: normal; - /* not small cap */ - font-variant: normal; -} /* page numbers */ - -.poetry-container -{ - text-align: center; - font-size: 95%; -} - -.poetry - { - display: inline-block; - text-align: left; - } - -.poetry .stanza -{ - margin: 1em 0em 2em 0em; -} - -.poetry .line -{ - margin: 0; - text-indent: -3em; - padding-left: 3em; -} - -.poetry .i1 {margin-left: 1em;} - - -.figcenter4em {margin: auto; - text-align: center; - margin-top: 4em;} - -.center {text-align: center;} -.large {font-size: large;} -.smcap {font-variant: small-caps;} -.i2 {margin-left: 2em; padding-right: 2em;} -.i65 {margin-left:55%; padding-right: 2em;} -.i45 {margin-left:45%; padding-right: 2em;} -.right {text-align: right; padding-right: 2em;} - - -hr { - width: 33%; - margin-top: 2em; - margin-bottom: 2em; - margin-left: auto; - margin-right: auto; - clear: both; -} - - - -hr.tb {width: 15%; margin-top: 2em; margin-bottom: 2em;} -hr.chap {width: 25%; margin-top: 2em; margin-bottom: 2em;} - - -/* Transcriber's notes */ -.box {margin: auto; - margin-top: 2em; - border: 1px solid; - padding: 1em; - background-color: #F0FFFF; - width: 25em;} - -table { - margin-left: auto; - margin-right: auto; - margin-top: 2em; - margin-bottom: 2em; -} - - .tdl {text-align: left;} - .tdlp {text-align: left; padding-top: 1.5em;} - .tdc {text-align: center;} - .tdcc {text-align: center; padding-top: 1.5em;} - .tdr {text-align: right; padding-left: 2em;} - .tdrp {text-align: right; padding-left: 2em; padding-top: 1em;} - .tdrb {text-align: right; vertical-align: bottom; padding-left: 2em} - - -@media handheld -{ - body - { - margin: 0; - padding: 0; - width: 90%; - } - - .box { - width: 75%;} - - hr.tb - { - width: 10%; - margin-left: 47.5%; - margin-top: 2em; - margin-bottom: 2em; - } - - hr.chap - { - width: 20%; - margin-left: 42.5%; - margin-top: 2em; - margin-bottom: 2em; - } - - .poetry - { - margin: 2em; - display: block; - } - - -} - </style> - </head> - -<body> - - -<pre> - -The Project Gutenberg EBook of El Sabor de la Venganza, by Baroja Pío - -This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most -other parts of the world at no cost and with almost no restrictions -whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of -the Project Gutenberg License included with this eBook or online at -www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you'll have -to check the laws of the country where you are located before using this ebook. - -Title: El Sabor de la Venganza - Memorias de un hombre de acción, tomo 11 - -Author: Baroja Pío - -Release Date: March 6, 2017 [EBook #54285] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL SABOR DE LA VENGANZA *** - - - - -Produced by Carlos Colón, University of Toronto and the -Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net -(This file was produced from images generously made -available by The Internet Archive/Canadian Libraries) - - - - - - -</pre> - -<p class="box">Nota del Transcriptor:<br/><br/> - -Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.<br/><br /> - Errores obvios de imprenta han sido corregidos.<br/><br /> - - Páginas en blanco han sido eliminadas.<br/><br/> -La portada fue diseñada por el transcriptor y se considera dominio público.<br /></p> -<hr class="chap" /> - - - - -<p class="center large p6">PÍO BAROJA</p> - -<p class="center">MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN</p> - - -<p class="p2"><i>El aprendiz de conspirador.</i></p> - -<p><i>El escuadrón del Brigante.</i></p> - -<p><i>Los caminos del mundo.</i></p> - -<p><i>Con la pluma y con el sable.</i></p> - -<p><i>Los recursos de la astucia.</i></p> - -<p><i>La ruta del aventurero.</i></p> - -<p><i>Los contrastes de la vida.</i></p> - -<p><i>La veleta de Gastizar.</i></p> - -<p><i>Los caudillos de 1830.</i></p> - -<p><i>La Isabelina.</i></p> - -<p><i>El sabor de la venganza.</i></p> - - - - - -<h1>MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN<br /> -EL SABOR DE LA VENGANZA</h1> - - - - - -<p class="center p6">ES PROPIEDAD<br /> -DERECHOS RESERVADOS<br /> -PARA TODOS LOS PAÍSES</p> - -<p class="center p2">COPYRIGHT BY<br /> -RAFAEL CARO RAGGIO<br /> -1921</p> - -<p class="i2 p6">Establecimiento tipográfico<br /> -de Rafael Caro Raggio</p><hr class="chap" /> - - - - - -<p class="center large p6">PÍO BAROJA</p> - -<p class="center large p4">MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN</p> - -<p class="center large p2">EL SABOR DE LA VENGANZA</p> - -<p class="center p4">SEGUNDA EDICIÓN</p> - -<div class="figcenter4em"><img src="images/page1.png" width="100" -height="124" alt="" title="" /> -</div> - -<p class="center p4">RAFAEL CARO RAGGIO<br /> -EDITOR<br /> -MENDIZÁBAL, 34<br /> -MADRID</p><hr class="chap" /> - - - - - -<div class="chapter"> -<h2 id="PROLOGO" class="nobreak">PRÓLOGO</h2></div> - -<p class="i65">Hablemos un poco.</p> - -<p class="i65 smcap">Goethe.</p> - - -<p><span class="smcap">Estas</span> historias violentas de sangre—dice nuestro -amigo Leguía—me las contó Aviraneta -en San Leonardo, un pueblo de la provincia de -Soria, adonde don Eugenio iba a veranear los últimos -años de su vida. Yo solía ir a ver a Aviraneta -con frecuencia cuando estaba en Madrid y vivía -en la calle del Barco. Aviraneta era ya viejo en este -tiempo: andaba cerca de los ochenta años; y yo, -aunque más joven que él, sentía que también para -mí había pasado la época de la acción y del entusiasmo. -Los dos, solitarios y olvidados, recordábamos -nuestros tiempos, que nos parecían mejores -que aquellos en que vivíamos.</p> - -<p>Josefina, la mujer de don Eugenio, una francesa -de Toulouse, con la que se había casado, ya viejo, -me decía que no dejara de visitar a su marido.</p> - -<p>—El pobre se aburre y a usted le quiere como -a un hijo—me indicaba la francesa.</p> - -<p>—Yo voy a verle siempre que puedo.</p> - -<p>—¡Está tan abandonado!—añadía ella.</p> - -<p>En la época de la guerra francoprusiana, Josefina -me escribió que don Eugenio estaba en San<span class="pagenum"><a name="Page_10" id="Page_10">[10]</a></span> -Leonardo, un poco delicado de salud, y que se -quedaba allí hasta reponerse.</p> - -<p>Fuí a verle a don Eugenio al pueblo y lo encontré -ya bien.</p> - -<p>Pensaba volver en seguida a Madrid; pero me -sorprendió una gran borrasca de frío y nieve y -tuve que quedarme allí unos días hasta que pasara.</p> - -<p>San Leonardo es un pueblo entre pinares, al -lado de un cerro coronado por las ruinas de un -castillo. Don Eugenio vivía en casa del nieto de un -guerrillero del Cura Merino, a quien llamaban el -tío Chaparro.</p> - -<p>El tío Chaparro era dueño de grandes rebaños y -tenía una hermosa casa de piedra con una cocina -ancha, que cogía casi la mitad del piso bajo.</p> - -<p>El hijo del guerrillero miraba a don Eugenio -como a un héroe, y más que como a un héroe, -como a un sabio: le escuchaba religiosamente, -mandaba que todo el mundo le obedeciese y le -ponía un gran sillón de cuero al lado de la lumbre. -De noche, en la cocina, solía haber gran reunión -de cabreros y de zagales que, por sus indumentarias -toscas, sus túnicas como dalmáticas y -sus capotes de lana cruda con capucha, me parecían -pastores de nacimiento. Aviraneta y yo solíamos -tener largas charlas al lado del fuego, en -las que recordábamos sucesos políticos, y nuestras -conversaciones las escuchaban con gran curiosidad -los pastores.</p> - -<p>Aviraneta se entretenía escribiendo una relación -de sus aventuras de guerrillero de la guerra -de la Independencia, las que pensaba cándidamen<span class="pagenum"><a name="Page_11" id="Page_11">[11]</a></span>te -ofrecer como ejemplo a los franceses, para que -viesen la manera de rechazar la invasión alemana.</p> - -<p>Yo, entonces, estaba leyendo por primera vez -la Biblia, en la traducción de Cipriano de Valera, -y hacía comentarios acerca de sus máximas y de -sus reflexiones, y, a pesar de que soy un espíritu -muy poco bíblico, me entretenía la lectura, aunque -muchas veces me repugnaba.</p> - -<p>Un día le dije a don Eugenio:</p> - -<p>—No me ha contado usted nunca con detalles -su vida en la Cárcel de Corte el año 1834.</p> - -<p>—¿Qué voy a contar de allí? Era la mía una vida -monótona y siempre igual. En la cárcel los días se -parecen demasiado uno a otro. Se vive recordando -lo que ha pasado y pensando en lo que se va a hacer -al salir de la prisión.</p> - -<p>—Cuénteme usted con detalles todo cuanto recuerde -de la cárcel y de su vida en ella.</p> - -<p>—No creo que sea muy interesante, pero te lo -contaré.</p> - -<p>Los datos que me dió Aviraneta de su estancia -en la Cárcel de Corte no fueron ni muy nuevos ni -de gran interés.</p> - -<p>Si los menciono aquí es porque la Cárcel de -Corte sirve de marco a las historias sangrientas -que siguen después.</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>Y ahora una advertencia:</p> - -<p>Como los chicos cuando terminan un castillo de -arena le adornan con unas banderolas vistosas -para que tengan más apariencia, así he hecho yo -poniendo después de acabada mi obra frases lite<span class="pagenum"><a name="Page_12" id="Page_12">[12]</a></span>rarias -de escritores célebres al frente de los capítulos.</p> - -<p>Así he pretendido dar a éstos cierto aire de -pompa y de solemnidad que, naturalmente, no tienen; -porque yo nunca he sido ni pomposo ni solemne. -De esta manera, al que no le guste el texto -se puede entretener con las banderolas.</p><hr class="chap" /> - - - -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak">LA CÁRCEL DE CORTE</h2></div> - - -<h3 id="CALAMAR">I.<br /> -EL CALAMAR</h3> - - -<p class="i65">Sobre mi cabeza, ¡escuchad! Escuchad -los gritos prolongados y -frenéticos de aquellos cuyo cuerpo -y cuya alma son igualmente -cautivos.</p> - -<p class="i65"><span class="smcap">Lord Byron</span>: <i>La lamentación del Taso</i>.</p> - - -<p class="p2"><span class="smcap">Denunciado</span> por Francisco Civat y preso por -el inspector Luna—comenzó diciendo Aviraneta—ingresé -el 24 de julio de 1834 en la Cárcel -de Corte.</p> - -<p>Martínez de la Rosa, que me tenía por un hombre -peligroso, tomó precauciones para impedir -que me escapara. A mi ingreso en la cárcel fueron -destituídos el alcaide, un llavero y otros carceleros -considerados como liberales y que pertenecían -a la Milicia Urbana, y reemplazados por ex -voluntarios realistas. El poeta granadino no era -torpe, y comprendió que nada mejor para guardar -a un conspirador liberal que unos carceleros -absolutistas.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_16" id="Page_16">[16]</a></span></p> - -<p>A poco de entrar en la cárcel se comenzó mi -proceso en el juzgado del teniente corregidor don -Pedro Balsera.</p> - -<p>Martínez de la Rosa eligió para juez de la causa -a un tal Regio, absolutista exaltado, y le previno -que estaba entendiendo en un proceso de alta -traición; y de fiscal nombró a don Laureano de -Jado, antiguo afrancesado del tiempo del rey José, -después protegido de Calomarde y, por último, -amigo de Rosita la pastelera.</p> - -<p>Don Laureano era un lechugino muy peripuesto. -Se hallaba indignado contra mí porque entre -los papeles que me cogió la policía había dos circulares, -en una de las cuales decía que el Estatuto -Real estaba formado por una amalgama de afrancesados, -anilleros y desertores del carlismo, y en -la otra recomendaba la prisión y el destierro en -bloque del gran Consistorio de abates renegados -formado por Hermosilla, Lista, Miñano y sus amigos, -que se entendían con Luis Felipe para impedir -toda tentativa liberal en España.</p> - -<p>A don Laureano, que había formado parte de la -Comisión Militar de Madrid en tiempo del terror -de Calomarde y Chaperón, le parecía mucha severidad -la nuestra con la Junta de abates afrancesados, -que siempre, vanagloriándose de su cultura, -tenían que influír a favor de la rutina y del absolutismo.</p> - -<p>Para escribano de la causa eligieron a don Juan -José García, ex sargento realista, que pasados unos -años figuró como secretario de la Junta facciosa -de Morella.</p> - -<p>Así, un liberal como yo, preso por un Gobierno<span class="pagenum"><a name="Page_17" id="Page_17">[17]</a></span> -liberal, estaba vigilado por furibundos absolutistas.</p> - -<p>Al entrar en la cárcel se dijo que yo me había -comido la lista de los comprometidos en la Isabelina, -cosa absurda, porque una lista de dos mil -nombres no se la come uno por buen estómago -que tenga. Me batí con el juez y con el fiscal y -les mareé con declaraciones contradictorias. Hice -como el calamar, que enturbia el agua para escaparse.</p> - -<p>Tan pronto aparecía la Isabelina como una sociedad -secreta, de la que formaban parte la infanta -Luisa Carlota, el infante don Francisco, Palafox y -el conde de Parcent, como era un proyecto que no -había pasado de utopía acariciada en mi imaginación.</p> - -<p>Entre otras cosas le dije al juez que tenía guardados -documentos importantísimos, y que si moría -en la cárcel estos documentos se publicarían -inmediatamente en París después de mi muerte.</p> - -<p>La amenaza dió grandes resultados.</p> - -<p>El juez me decía:</p> - -<p>—Pruebe usted sus asertos, presente usted esos -documentos.</p> - -<p>—No presentaré documento alguno si no me -dejan libre.</p> - -<p>—¿Qué miedo puede usted tener?</p> - -<p>—Miedo de que me quiten los documentos para -poderme aplastar impunemente.</p> - -<p>Le dije también al juez, en confianza, que el -infante don Francisco y su mujer pretendían la -expulsión de María Cristina y de sus hijas para -quedarse ellos con la Regencia de España. Que<span class="pagenum"><a name="Page_18" id="Page_18">[18]</a></span> -después pensaban elevar al trono al infante don -Francisco, y que se habían acuñado monedas con -esta leyenda: «Francisco I, rey por la gracia de -Dios y de la Constitución».</p> - -<p>—¿Estos proyectos no se los habrán contado a -usted los mismos infantes?—me dijo el juez con -sorna.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Es que ha hablado usted con ellos?</p> - -<p>—Sí, señor.</p> - -<p>—¡Bah!</p> - -<p>—¡No lo crea usted! El ex ministro don Javier -de Burgos y el inspector de policía Luna me encontraron -en la antecámara de Palacio la primera -vez que fuí a ver a los infantes, llamado por ellos. -Pregúnteles usted a Burgos y a Luna: lo podrá usted -comprobar.</p> - -<p>El juez no sabía a qué carta quedarse. Yo le -daba mezcladas la mentira y la verdad, y él no -sabía separarlas. Indignado el hombre, en uno de -sus escritos me llamó malvado y miserable, y dijo -públicamente que yo acusaba al infante don Francisco -y a Palafox.</p> - -<p>Estas declaraciones mías, que se conocieron en -Palacio, me valieron el odio de la infanta Luisa -Carlota y de su marido, y luego la amistad de María -Cristina, porque llegaron las dos hermanas a -odiarse de tal modo, que los amigos de una eran -sólo por esto enemigos de la otra.</p> - -<p>El general Palafox se debió ver en un apuro; -afirmó que no tenía relación alguna con la Isabelina -y que no me conocía a mí, aunque por otra -parte me creía persona de honor e incapaz de una<span class="pagenum"><a name="Page_19" id="Page_19">[19]</a></span> -impostura. Dijo que el plan revolucionario mío era -una fantasía, y aseguró que el capitán Civat era un -agente carlista que me había engañado a mí, sin -decir que el primer engañado había sido él.</p> - -<p>El mismo día Palafox envió a su sobrino a casa -de mi hermana con el encargo de decirla que él -pondría en juego sus altas influencias para sacarme -lo más pronto posible de la cárcel.</p> - -<p>A Palafox se le ordenó que quedara arrestado -en un cuartel, y luego, con la benevolencia que se -tiene siempre con los poderosos, se le dejó detenido -en su propia casa, en comunicación con su -familia y sus amigos.</p> - -<p>Después, cuando se supo que yo no acusaba a -nadie, sino que afirmaba que el único conspirador -de la Isabelina era yo, y que, por lo tanto, no había -conspiración, los que tenían miedo de aparecer -complicados se tranquilizaron. El conde de las -Navas, en las Cortes, interpeló al Gobierno por la -prisión de Palafox; y Martínez de la Rosa contestó -dando a entender que lo sabía todo.</p> - -<p>Al mismo tiempo que yo fueron presos varios -otros individuos que formaban parte de la Isabelina: -Nogueras, Beraza, Calvo de Rozas, Olavarría, -Romero Alpuente, Espronceda, García Villalta. -Todos ellos ingresaron en la Cárcel de Corte. -En provincias se hicieron también muchas prisiones.</p> - -<p>A las dos o tres semanas no quedábamos allí -mas que Beraza, Romero Alpuente y yo. Beraza -no sé cómo se las arregló para salir pronto.</p> - -<p>Espronceda y García Villalta, a pesar de su fachenda -byroniana, cantaron la palinodia de una<span class="pagenum"><a name="Page_20" id="Page_20">[20]</a></span> -manera humilde, y se les sacó de la prisión y se -les llevó desterrados a Badajoz.</p> - -<p>Me quedé con el compañero peor, Romero Alpuente, -viejo decrépito y sin ánimo.</p> - -<p>Romero Alpuente se quejaba de la Soledad, de -la tristeza, de la falta de aseo y de los parásitos de -la cárcel; después, cuando invadió el cólera la prisión, -el pobre hombre se pasaba la vida en la cama -escribiendo memoriales a la Reina.</p><hr class="chap" /> - - - - -<div class="chapter"> -<h3 id="SOLO" class="nobreak">II.<br /> -SOLO</h3></div> - -<p class="i65">Desgracia al hombre solo.</p> - -<p class="i65 smcap">El Eclesiastés.</p> - - -<p class="p2"><span class="smcap">Poco</span> a poco todos los complicados en aquella -causa, por entonces célebre, quedaron libres. -Yo solo permanecí en la cárcel vigilado estrechamente -durante meses y meses, hasta que pude escapar, -gracias a un pronunciamiento.</p> - -<p>Nadie fué castigado en serio, y el denunciador -de la Isabelina, don Francisco Civat, fué agraciado -poco después por el ministerio, contra el dictamen -del ministro, Moscoso de Altamira, con el empleo -de vista de la aduana de Barcelona. Lo disfrutó -poco tiempo, porque en el primer movimiento revolucionario -que hubo allí tuvo que esconderse y -fugarse a Francia, en donde tomó partido por -Don Carlos.</p> - -<p>Después de muchas declaraciones mías, el fiscal -don Laureano de Jado declaró inocentes a todos -los procesados, y consideró que el único culpable -<span class="pagenum"><a name="Page_22" id="Page_22">[22]</a></span> -era yo. Mientras el proceso duró, la preocupación -por lo que tenía que decir y que contestar me -tuvo en tensión el espíritu; luego pasé una temporada -aburrido y desesperado.</p> - -<p>Se comenzó a olvidar mi causa. De tarde en -tarde se hablaba de mí en los periódicos. Don -Fermín Caballero, que no era de mi cuerda, y que -tenía cierta rabia por los que nos sentíamos capaces -de jugarnos la vida en una conspiración como -la fraguada en julio, dijo que la Isabelina era -una sociedad formada por calaveras y gente del -trueno, que no tenía más misión que la de alborotar.</p> - -<p>Cuando me nombraba a mí en el <i>Eco del Comercio</i> -me llamaba el atolondrado Aviraneta. ¡Atolondrado! -Claro es, porque yo había expuesto el -pellejo y él no lo había expuesto nunca.</p> - -<p>Hay demócratas—y al decir esto don Eugenio -sonreía con cierto desprecio—, que creen que el -mundo puede hacer desaparecer con el tiempo a -los héroes y a los aventureros.</p> - -<p>Esta idea me parece una idea falsa y ridícula. -Siempre habrá un desequilibrio entre la realidad -y la utopía que permita una aventura al que tenga -fondo de aventurero.</p> - -<p>¿Además, es apetecible que desaparezca todo lo -que sea esfuerzo, improvisación y energía? No veo -por qué el ideal de la vida haya de ser llegar a -una existencia mecanizada y ordenada como una -oficina de comercio. No creo que se pueda alcanzar -esto. ¿Cuándo se han hecho cosas admirables -sin esfuerzo y sin heroísmo? ¿Se harán alguna vez? -Yo creo que nunca.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_23" id="Page_23">[23]</a></span></p> - -<p>Por más que quieran cerrar, alambrar el recinto -social, siempre habrá boquetes libres para escaparse; -por más que los Gobiernos decreten que -los hombres deben ser unos buenos cerdos tranquilos -cuyo ideal sea el pesar muchas arrobas, -siempre habrá jabalíes entre ellos.</p> - -<p>Por esta época del cólera, el partido cristino -tuvo el primer quebranto, al hacerse público que -la Reina se había enredado con Muñoz y que -había tenido un hijo. Todo Madrid debía estar comentando -con fruición el caso, y la noticia llegó -hasta la cárcel.</p> - -<p>Se habló de las citas, en la Granja de Quitapesares, -entre María Cristina y el guardia de Corps; -se habló de la tía Eusebia, del estanquero de Tarancón, -de la niña Gertrudis Magna Victoria, que, -según los chuscos, podía poner con el tiempo en -su escudo los lirios de los Borbones al lado de las -cajetillas de tabaco de los Muñoces.</p> - -<p>Se contó que estando de caza en el Pardo María -Cristina con la Corte, la Reina le dijo a Muñoz, -al ver saltar una pieza: «Para ti, Muñoz»; y que él -contestó: «No; para ti, Cristina».</p> - -<p>Se contó también que se había reunido el Gabinete -con el objeto de discutir la cuestión de los -amores de la Reina, y se habló en broma de lo -que habían aconsejado los unos y los otros. Se -decía que los más conspicuos del partido moderado -estaban de acuerdo en aconsejar moderación -a aquella italiana, ardiente y fogosa.</p> - -<p>Martínez de la Rosa decía que Zarco del Valle, -como militar galante, era el más a propósito para -llevar a buen término, y de una manera delicada,<span class="pagenum"><a name="Page_24" id="Page_24">[24]</a></span> -esta gestión de índole moderada; Toreno aseguraba -que Garelly era el más insinuante y jesuítico, -y Garelly objetaba que el más indicado de todos -era el duque de Rivas, puesto que podía dar a la -observación un aire de poesía y de lirismo.</p><hr class="chap" /> - - - -<div class="chapter"> -<h3 id="CARCEL" class="nobreak">III.<br /> -LA CÁRCEL</h3></div> - - -<p class="i65">Allí están los alegres y los tristes; -allí hay hombres muriendo; allí -hay hombres nacidos, hay hombres -orando; al lado de un tabique -de ladrillo hay hombres maldiciendo, -y, en torno de todos ellos, -está la noche inmensa y vacía.</p> - -<p class="i65"><span class="smcap">Carlyle</span>: <i>Sartor Resartus</i>.</p> - - -<p class="p2"><span class="smcap">La</span> Cárcel de Corte de Madrid estaba formada, -en parte, por ese edificio de la plaza de Santa -Cruz, que luego ha sido Ministerio de Ultramar, -y, en parte, por otro, anejo a él, que fué en tiempo -pasado hospedería de los Padres del Salvador.</p> - -<p>La Cárcel de Corte, con sus dos cuerpos, formaba -un paralelogramo largo y estrecho. Los lados -cortos los componían: uno, la fachada de la -plaza de Santa Cruz, en donde había entonces una -fuente, la fuente de Orfeo, y el otro, varias casuchas -que daban a la calle de la Concepción Jerónima. -Por los lados largos pasaban, casi paralelas, -la calle del Salvador y la de Santo Tomás.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_26" id="Page_26">[26]</a></span></p> - -<p>Una parte estaba dedicada a cárcel de mujeres, -y muchas de éstas tenían sus hijos pequeños con -ellas. Era muy difícil darse cuenta clara de la topografía -de la cárcel, porque todo el edificio se -hallaba dividido con tabiques, que formaban rincones -y pasillos, y en aquellos recovecos se desorientaba -uno en seguida.</p> - -<p>En la cárcel había mucha más gente que la que -buenamente cabía en ella; faltaba luz y ventilación, -y, sobre todo en el verano, no se podía respirar -por el mal olor. Cuando entraban los magistrados -de la Audiencia solían quemar incienso y plantas -aromáticas.</p> - -<p>Los pobres lo pasaban horriblemente; muchos -no tenían ropas ni mantas, y dormían en pleno -invierno sobre el suelo, de piedra. Los alcaides -solían arrendar los distintos servicios a pequeños -industriales, que explotaban a los presos de una -manera miserable.</p> - -<p>El día de Jueves Santo se asomaban los presos -a las rejas que daban a la plaza de Santa Cruz, y -pedían limosna a los transeúntes, gimoteando y -haciendo sonar sus cadenas.</p> - -<p>El domingo y los días de fiesta los ladrones se -exhibían en los patios de la cárcel y se daban -tono. Había cantos, guitarreo y a veces riñas, en -las cuales salían a relucir navajas y estoques.</p> - -<p>Los empleados de la cárcel eran: un alcaide, un -capellán, tres porteros, seis demandaderos, una -demandadera, un llavero, un escribiente, un enfermero, -un cocinero, un mayordomo, un médico -y un cirujano. Los cuartos costaban: los de primera, -siete reales al día; los de segunda, cuatro, y<span class="pagenum"><a name="Page_27" id="Page_27">[27]</a></span> -los de tercera, dos. La sección de políticos era -más limpia y más cuidada que el resto. Yo tenía -un cuarto bastante regular, con una mesa, una -cama y una butaca. A los pies de la cama ponía -cuatro cacharritos llenos de agua para que no subieran -las chinches, porque a estos huéspedes no -había manera de exterminarlos.</p> - -<p>Al principio no quisieron dejarme tener libros, -ni papel, ni tinta; pero luego, sí.</p> - -<p>En los primeros días de cárcel, el alcaide me -vigilaba de una manera molesta; no me permitía -hablar con nadie sin estar él delante. Me trataba -con gran consideración y me decía que no hacía -mas que cumplir con su deber.</p> - -<p>Don Paco, el alcaide, era uno de los mayores -bribones de España: robaba a los presos y los explotaba -de una manera inicua. Eso sí, lo hacía -todo con una gran finura: no se le oía jamás un -insulto o una palabra soez.</p> - -<p>Don Paco había sido lego en un convento y -tambor de una partida realista.</p> - -<p>Era el tal don Paco, por entonces, hombre de -unos cuarenta años, muy alto, muy encorvado, -muy flaco, un verdadero espectro. Tenía la nariz -aguileña, los dientes muy blancos, los ojos negrísimos, -de extraña expresión; la piel obscura, y el -pelo, como decían los autores románticos, del -color del ala del cuervo. Iba siempre muy pulcro, -muy bien afeitado, y tenía la costumbre de restregarse -las manos haciendo un ruido como de -huesos.</p> - -<p>Su vigilancia sonriente me llegó a exasperar.</p> - -<p>Al principio, iracundo por verme tan vigilado,<span class="pagenum"><a name="Page_28" id="Page_28">[28]</a></span> -para encontrarme solo comencé a no salir de mi -calabozo.</p> - -<p>Con aquella vida sedentaria y la humedad del -cuarto se me exacerbaron los dolores reumáticos -y tuve que guardar cama. El médico me visitó, y -dijo que era indispensable para mí el hacer ejercicio, -pues si no mi enfermedad se agravaría. Esta -prescripción facultativa me obligó a salir al patio -con frecuencia, y a dar vueltas y más vueltas, y a -conocer a los detenidos.</p> - -<p>La mayoría de los presos políticos de la Cárcel -de Corte eran furibundos realistas; había también -algunos liberales, sospechosos de haber tomado -parte en la matanza de frailes. Los realistas eran -casi todos de fuera de Madrid: curas, frailes, abogados, -guerrilleros de la Mancha llevados a la corte -para declarar en procesos de conspiración.</p> - -<p>La sección de políticos rebosaba, y su personal -era el más extraño y heterogéneo: había allí, -desde carbonarios hasta absolutistas rabiosos; desde -apóstoles hasta asesinos.</p> - -<p>Por ser los carlistas presos gente de más fuste -que los liberales, y por tener la protección decidida -del alcaide y de los principales celadores, los -absolutistas disfrutaban en la Cárcel de Corte de -preeminencias y de ventajas que no disfrutábamos -los demás.</p> - -<p>El abogado carlista Selva, y algunos frailes amigos -suyos, llevaban allí la voz cantante y dirigían -y mandaban no sólo en el patio de los políticos, -sino también en el de los detenidos por delitos -comunes. En éstos se verificó una división parecida -a la de los políticos, y hubo un grupo liberal<span class="pagenum"><a name="Page_29" id="Page_29">[29]</a></span> -y otro carlista, con sus pasiones, sus odios, su intolerancia -y su fanatismo. Unos cuantos carlistas -valencianos, capitaneados por un arriero, llamado -el Roch, y por un esterero de Crevillente, apodado -el Tate, entraron por instigación de los frailes -y de Selva en el segundo patio, con el asentimiento -del alcaide don Paco, y se dedicaron a hacer -prosélitos.</p> - -<p>Mis dos ayudantes en la cárcel eran Román, el -hijo del librero de viejo de la calle de la Paz, y -Gasparito, un zapatero remendón, hombre de -muy buen sentido.</p> - -<p>Además de estos dos tenía como compañeros -y correligionarios al Mingo y al señor Bruno, que -eran albañiles; al Mulato, que era albeitar, y al -Sanguijuelero, que tenía esta profesión unida a la -de sangrador y la de herbolario. Todos estos habían -sido detenidos durante la matanza de frailes -por excitaciones al pueblo.</p> - -<p>Entre los carlistas presos, la mayoría eran campesinos, -y tenían, en general, buen aspecto.</p> - -<p>Había gran diferencia entre los carlistas, casi -todos del campo, y los revolucionarios madrileños. -Eran mejores tipos aquéllos, más fuertes, -más nobles, más enteros; daban una impresión de -mayor energía.</p> - -<p>—Hoy lo mejor del pueblo es carlista—pensaba -yo—; pero dentro de cincuenta años no pasará -lo mismo.</p> - -<p>Había también gran diferencia entre los presos -políticos y los ladrones. Sólo a primera vista, por -su aspecto, podían distinguirse los unos de los -otros; los políticos tenían un aire más recogido,<span class="pagenum"><a name="Page_30" id="Page_30">[30]</a></span> -más ensimismado; los otros alardeaban de la fanfarronería -y del cinismo que caracterizan a los -criminales de profesión. Como estábamos los liberales -en minoría, yo pensé que me convendría -frecuentar el patio de los presos de delitos comunes -para hacer prosélitos.</p> - -<p>Un día encontré en la cárcel al célebre ladrón -Candelas, a quien conocía y había tenido como -agente de la Isabelina. Reconocimos ambos que -estábamos metidos en un callejón sin salida. Candelas -abrigaba la esperanza de escaparse. Me propuso -un plan de fuga, pero no tenía condiciones -para llevarlo a la práctica.</p> - -<p>El alcaide, que vió que charlábamos Candelas y -yo, no sospechó que pudiéramos conocernos de -antemano; Candelas me indicó que me dirigiera a -Francisco Villena (Paco el Sastre), por ser éste -amigo suyo y hombre de recursos; y, efectivamente, -me vi con él y conseguí que él intrigara en el -patio de presos de delitos comunes para impedir -que los absolutistas se hicieran dueños de la -cárcel.</p> - -<p>Poco después Candelas fué trasladado a otra -prisión.</p><hr class="chap" /> - - - -<div class="chapter"> -<h3 id="ANSELMO" class="nobreak">IV.<br /> -El PADRE ANSELMO</h3></div> - - -<p class="i65">Feliz el que nunca ha visto -más río que el de su patria, -y duerme, anciano, a la sombra -do pequeñuelo jugaba.</p> - -<p class="i65"><span class="smcap">Alberto Lista</span>: <i>Entre las cimas -del Alpe</i>.</p> - -<p class="p2"><span class="smcap">Entre</span> los clérigos y frailes que estaban en la -cárcel había un cura de pueblo, viejo, sordo, -de sotana raída, que se llamaba don Anselmo -Adelantado. Yo, al principio de conocerle, desconfié -de él; se me acercaba, me saludaba y me -mareaba a preguntas.</p> - -<p>Yo pensé: éste es un espía, un echadizo. Y, naturalmente, -con esa idea le daba informes falsos.</p> - -<p>Luego empecé a sospechar que el padre Anselmo -era un simple, un pobre de espíritu; sus compañeros -y correligionarios presos le daban siempre -de lado.</p> - -<p>Cuando intimé más con él me convencí de que -el padre Anselmo era un hombre de esos de espíritu -angelical que pasan por la vida sin enterarse -de las miserias de la Humanidad.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_32" id="Page_32">[32]</a></span></p> - -<p>El padre Anselmo era un hombre sin ninguna -malicia, y, a pesar de esto, se creía muy malicioso. -Tomaba al pie de la letra todo lo que le -decían.</p> - -<p>Era de un pueblo próximo a Molina de Aragón.</p> - -<p>Su historia se podría contar en pocas palabras. -Le habían hecho cura, le habían nombrado párroco -de un pueblo y había estado allí cuarenta años -viviendo, primero con una hermana y luego con -una sobrina. Al comenzar la guerra, los carlistas le -habían hablado de que era indispensable que él les -favoreciese y se pusiera de su lado; y como él estaba -convencido de que los liberales tenían pacto -con el demonio y de que la Reina Cristina era una -masona, había ofrecido su concurso. Luego le -habían denunciado y le habían traído a Madrid, a -la Cárcel de Corte.</p> - -<p>El padre Adelantado era un hombre de más de -sesenta años, con una cara tosca y terrosa; la boca -grande, las cejas, como pinceles blancos, caídas -sobre los ojos, y las manos cuadradas y fuertes. -Tenía una manera de hablar un poco ruda, entre -castellana y aragonesa. Usaba en la cárcel una sotanilla -raída, de color de ala de mosca, y un -bonete.</p> - -<p>Tenía una sotana nueva y un manteo, que guardaba -en su maleta, que le parecían a él el colmo -del lujo.</p> - -<p>Las observaciones del padre Anselmo me regocijaban -lo indecible.</p> - -<p>Una vez había dos mujeronas de la vida airada -en el locutorio esperando a alguno.</p> - -<p>—¡Pobres muchachas!—dijo el padre Ansel<span class="pagenum"><a name="Page_33" id="Page_33">[33]</a></span>mo—; -habrán venido a ver a sus padres o quizá a -sus novios.</p> - -<p>—Sí, seguramente.</p> - -<p>Yo, cuando le oía alguna de estas cosas, hacía -un gesto para no echarme a reír, y él se reía también, -porque decía que, aunque cura, era muy malicioso.</p> - -<p>Al padre Anselmo le gustaba fumar y yo le -daba cigarros; pero él no quería.</p> - -<p>—Un cigarrito, bien; pero nada más. Ya sería -vicio.</p> - -<p>Un día, después de muchas vacilaciones, me -dijo:</p> - -<p>—Don Eugenio.</p> - -<p>—¿Qué?</p> - -<p>—Me han dicho una cosa muy grave.</p> - -<p>—¿Qué le han dicho a usted?</p> - -<p>—Que usted es liberal.</p> - -<p>—¡Ah!; ¿pero no lo sabía usted?</p> - -<p>—No. ¡Así que usted es liberal! ¡Ave María Purísima! -¡Y yo que le creía a usted una buena -persona!</p> - -<p>—Y lo soy.</p> - -<p>—Pero, bueno, dígame usted la verdad. ¿Usted -ha hecho pacto con el Demonio?</p> - -<p>—No, no; puede usted creerme, padre Anselmo: -no he hecho pacto con él.</p> - -<p>—¡Ah, vamos! Así que usted sigue siendo cristiano.</p> - -<p>—Sí, sí.</p> - -<p>—Porque hay otros, ¿sabe usted?, que van a las -logias masónicas, y allí creo que hacen horrores. -¡Ave María Purísima!</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_34" id="Page_34">[34]</a></span></p> - -<p>El padre Anselmo me entretenía con su conversación, -cándida e inocente.</p> - -<p>Muchas veces me hablaba del campo, de lo que -estarían haciendo por aquellos días en su pueblo. -Su charla tenía un sabor de aldea que me encantaba. -No hay sitio, ciertamente, en donde los recuerdos -del campo tengan más valor, ni más encanto, -que en la cárcel; así que yo le oía al cura -viejo entretenidísimo.</p><hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h3 id="LUCHAS" class="nobreak">V.<br /> -LUCHAS</h3></div> - -<p class="i65">Tienen dos madres, las dos madrastras: -la ignorancia y la miseria.</p> - -<p class="i65"><span class="smcap">Víctor Hugo</span>: <i>Los Miserables</i>.</p> - - -<p class="p2"><span class="smcap">La</span> Cárcel de Corte tenía tres patios, que servían -para que pasearan los presos. El primero -se hallaba dentro del edificio actual, y tenía -alrededor oficinas y cuartos para nosotros los políticos; -el segundo estaba entre los dos cuerpos -del edificio, el que queda y el derribado, que -daba a la calle de la Concepción Jerónima.</p> - -<p>A los lados de éste se levantaban unos pabellones -abovedados, horriblemente sucios y siniestros. -A uno de ellos lo llamaban la Grillera. Allí -solían estar encerrados los ladrones, y, en una especie -de jaula, se metían todas las noches a los -muchachos jóvenes y a los niños, jaula que se llamaba -la Gallinería. De este patio central se pasaba -a otro, pequeño y profundo, que daba hacia la<span class="pagenum"><a name="Page_36" id="Page_36">[36]</a></span> -calle de la Concepción Jerónima, y que había sido -el antiguo cementerio de los Padres del Salvador. -Cortando el edificio había un callejón estrecho, el -callejón del Verdugo, por el cual entraba el ejecutor -de la Justicia cuando tenía que acompañar a -algún reo a la horca.</p> - -<p>Hacia la Concepción Jerónima había calabozos -irregulares, obscuros, que se destinaban a los -grandes criminales y asesinos, y más atrás, una -pequeña capilla para los condenados a muerte, en -la cual se les tenía tres días.</p> - -<p>Los presos del segundo patio vivían horriblemente: -a muchos no les llegaba el rancho; si tenían -algún dinero podían recurrir a una cantina, -donde estaba todo carísimo; si no, se quedaban -sin comer. Un preso murió de hambre en un calabozo. -Aquel calabozo se le llamó el del Olvido.</p> - -<p>Era el tercer calabozo célebre de la cárcel; había -otros dos que tenían nombre: el de La Sed y -el del Dragón.</p> - -<p>Cuando yo visité el segundo patio, en el calabozo -del Olvido había un idiota vagabundo a -quien tenían que traspasar al hospital. Este idiota -chillaba y cantaba y hacía reír a los presos, que le -consideraban como un hombre feliz.</p> - -<p>Los criminales audaces conseguían allí lo que -querían: comían bien, bebían, tenían armas y hacían -que les visitasen las mujeres del otro departamento.</p> - -<p>Paco el Sastre, a quien, como digo, Candelas -me había recomendado, me hizo conocer a dos raterillos -a quienes exigió que me obedecieran como -a su jefe. Uno de éstos era el Gacetilla, un chico<span class="pagenum"><a name="Page_37" id="Page_37">[37]</a></span> -que llamaban así porque sabía todo cuanto ocurría -dentro y fuera de la cárcel, y el otro, el Mambrú, -un gimnasta que andaba con las manos y -daba saltos mortales.</p> - -<p>Por estos muchachos pude comunicarme libremente -con mis amigos de fuera. Uno de los procedimientos -que tenían era cantar. Un preso cantaba -una copla, en la que decía disimuladamente -lo que quería, y al día siguiente se ponía un ciego -con la guitarra en la Concepción Jerónima, y en la -canción que entonaba venía la respuesta.</p> - -<p>Con Paco el Sastre comencé a organizar una -campaña contra el alcaide y los carceleros carlistas. -Los presos del segundo patio se dividieron -también en liberales y carlistas; pero aquí las -fuerzas estaban equilibradas.</p> - -<p>Entre aquellos bandidos y estafadores, la influencia -de un lugarteniente de Candelas, como -Paco el Sastre, era decisiva. Yo les ayudé lo que -pude a los que se vinieron al campo liberal.</p> - -<p>Con motivo de la división entre carlistas y liberales -se producían riñas constantes; un día hubo -en el segundo patio una gran pelea entre un bandido -que llamaban el Raspa, que había sido procesado -a raíz de la matanza de frailes, y un guerrillero -carlista, el Ausell.</p> - -<p>Se desafiaron: el Raspa le tiró una navajada y le -cortó la cara, mientras el otro le dió una cuchillada -en el pecho que le dejó medio muerto.</p> - -<p>Yo hice un padrón de los presos liberales, de -los carlistas y de los indefinidos, y como prefacio -al padrón, un ligero estudio acerca de la psicología -de los tipos desde el punto de vista del mayor<span class="pagenum"><a name="Page_38" id="Page_38">[38]</a></span> -o menor valor que podían tener para una conspiración.</p> - -<p>Aviraneta me confesó que en su tiempo pensó -hacer, más o menos en broma, el manual del perfecto -conspirador.</p><hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h3 id="PATIO" class="nobreak">VI.<br /> -EL SEGUNDO PATIO</h3></div> - -<p class="i65">En el patio de la cárcel -hay escrito con carbón: -«Aquí el bueno se hace malo, -y el malo se hace peor».</p> - -<p class="i65"><span class="smcap">Carcelera.</span></p> - - -<p class="p2"><span class="smcap">Yo</span> no soy precisamente un sentimental, ni un -poeta de delicadezas ni de ternuras, y, sin -embargo, la perspectiva del segundo patio, la primera -vez que entré en él, me hizo un efecto terrible. -Era un cuadrado con paredes altas y lleno de -gente.</p> - -<p>Aquel patio tenía algo de plazuela, de casa de -juego, de manicomio, de foro, de plaza de toros y -de hospital.</p> - -<p>Todas las aglomeraciones de hombres solos -son, indudablemente, malsanas, repugnantes; huelen -a sentina, ya sean cárceles, cuarteles, seminarios -o conventos; pero la cárcel es la cloaca máxima.</p> - -<p>Allí se reúne la basura humana, los detritos de<span class="pagenum"><a name="Page_40" id="Page_40">[40]</a></span> -la sociedad. Lo que no está podrido se pudre -pronto, y la infección envenena el ambiente con -sus miasmas.</p> - -<p>La cárcel es como la imagen negativa de la vida -moral. Allí la bajeza, la fealdad, la maldad, el -odio, todo lo más horrendamente humano, se -muestra a lo vivo.</p> - -<p>Es un pantano en una fermentación constante -que exhala vapores fétidos bastantes para envenenar -toda la atmósfera.</p> - -<p>La cárcel es la universidad de lo perverso. La -Naturaleza se divierte, a veces, en formar monstruos -con lo físico o con lo moral. Los monstruos -físicos vagan por el mundo; los monstruos morales -tienden a reunirse en la cárcel. Aquí se completan, -se complican, se hacen más perfectos en -su monstruosidad.</p> - -<p>En la Cárcel de Corte, por entonces, había de -todo: políticos, homicidas, lechuguinos, jovencitos -elegantes y bien puestos, viejos barbudos y -enfermos, locos desnudos que lanzaban horribles -lamentos, reñidores desesperados que pasaban la -vida entre gritos y blasfemias.</p> - -<p>Allí el robo, el asesinato, la estafa, la locura, el -cinismo, la enfermedad, la miseria, la matonería, -la sodomía se daban la mano y bailaban una terrible -danza macabra.</p> - -<p>Esta fermentación de la cárcel, que acaba con -los sentimientos nobles del hombre, no sólo no -acaba, sino que deja el egoísmo, el instinto de vivir -más ágil que nunca. Nada se parece tanto a un -gallinero, a una casa de fieras, a una selva virgen, -a un bosque de bestias feroces, como una cárcel.<span class="pagenum"><a name="Page_41" id="Page_41">[41]</a></span> -El preso vive allí como un piel roja, siempre en -acecho, dispuesto a destrozar al prójimo por la -fuerza, por la malicia o por el engaño.</p> - -<p>Lo característico de la cárcel es esto: que no -hay piedad. El valiente allí muere o vence, el tímido -sucumbe; para el desdichado sin energía son -todas las miserias, todos los horrores, todas las -groseras mixtificaciones.</p> - -<p>El fuerte manda y gallea; el cobarde adula y se -envilece. Allí no hay que hacerse ilusiones. Hay -que dejar toda esperanza; no hay mas que miradas -de odio, de rabia, de desesperación o de desprecio. -El que teme caer, sabe que si cae todos pasarán -por encima de su cabeza; por eso hay que -pisar fuerte y no resbalar. En una cárcel no se -puede ser mas que un santo, un miserable o un -misántropo. Vivir en una cárcel es hacerse para -siempre enemigo del hombre.</p> - -<p>Al principio, al entrar en el segundo patio se -creía notar que todos los encerrados allí tenían -una gran alegría: se cantaba, se jugaba, se vociferaba; -pronto se podía ver que la alegría era ficticia -y que por debajo de ella latía una sorda irritación.</p> - -<p>Otra cosa se notaba, y es que no había nadie -independiente; allí ninguno podía apartarse de la -acción común. Ya el lenguaje era especial para la -cárcel, mezcla de germanía y de caló. Jorge Borrow, -el escritor inglés, me explicó varias veces -cómo la germanía y el caló no son lo mismo, pues -la germanía es una lengua figurada, como el <i>argot</i> -francés, y, en cambio, el caló es un idioma.</p> - -<p>Además de la comunidad de lengua, había en -la cárcel la comunidad de la acción. Cuando se<span class="pagenum"><a name="Page_42" id="Page_42">[42]</a></span> -comía había que repartirse por cuadrillas; al hacerse -la limpieza del patio, unos la hacían; otros, -no; al jugar, unos tenían categoría para jugar; -otros no podían ser mas que espectadores, y otros -ni eso; para dormir existían también sus categorías. -Había una disciplina cuya dirección se subastaba -a cada paso, y se daba al más audaz y al más -valiente. Cuando entré por primera vez en el segundo -patio, me acompañaban Román y el padre -Anselmo. A éste le dirigieron las más innobles -chacotas:</p> - -<p>—Oiga usted, pae cura. Me tiene usted que dar -el modelo de esa sotanilla.</p> - -<p>—La sotana es vieja—replicó el padre Anselmo—; -pero los que no somos ricos no podemos -llevarlas mejores.</p> - -<p>—Bien dicho—afirmé yo.</p> - -<p>—Oiga usté, pae cura—le preguntó otro de los -presos—,¿cuántos hijos tiene usté en el pueblo?</p> - -<p>—Yo no tengo hijos, porque soy cura—contestó -él—; pero a todos mis feligreses los considero -como si fuesen hijos míos.</p> - -<p>El pobre hombre contestó varias veces con -prontitud y con gracia, y llegó a hacerse respetar.</p><hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h3 id="MATONES" class="nobreak">VII.<br /> -LOS MATONES</h3></div> - -<p class="i65">Hallóse allí Calamorra<br /> -sobre si no mata siete,<br /> -bravo de contaduría,<br /> -de relaciones valiente.</p> - -<p class="i65"><span class="smcap">Quevedo</span>: <i>Romances</i>.</p> - - -<p class="p2"><span class="smcap">Los</span> matones del segundo patio eran Paco el -Sastre, el Fortuna, el Mandita y el Manchado, -que compartían el poder con dos falsificadores -llamados los Pinturas, y con un caballero de -industria, el señor Pérez de Bustamante. Paco el -Sastre, amigo y cómplice de Candelas, se había -escapado varias veces de distintas cárceles, lo que -le daba gran prestigio.</p> - -<p>El Fortuna, guapo de casa de juego, fanfarrón -y atrevido, estaba preso por una muerte. El Mandita -era ladrón, un tipo fino, de nariz larga, ojos -claros e inteligentes, labios muy delgados, cara -afilada, bigote ralo y mano de hierro.</p> - -<p>El Mandita rompía las nueces con los dedos.</p> - -<p>El Manchado era hombre de cara dura y color<span class="pagenum"><a name="Page_44" id="Page_44">[44]</a></span> -terroso, pómulos salientes, mandíbula grande y -fuerte, los ojos torcidos, la boca recta como una -cortadura. El Manchado parecía un calmuco y tenía -una agresividad feroz. Durante la matanza de -frailes se había exhibido, lleno de sangre, en la -taberna de Balseiro, y había intentado vender ornamentos -de iglesia. Estaba herido desde entonces -y llevaba una venda sucia en la frente.</p> - -<p>El Fortuna le temía al Manchado. El Fortuna -había llegado a matón por inteligencia, por comprender -la cobardía de los demás; el Manchado, -no; éste no discurría; se sentía bruto naturalmente, -sin complicaciones ni razonamientos.</p> - -<p>Los Pinturas, padre e hijo, tenían mucha influencia. -Los Pinturas eran falsificadores. El padre, -un viejo calvo, apacible y burlón, tenía un aire de -hombre frío y lleno de inteligencia, los ojos agudos -y perspicaces, la frente ancha y desguarnecida, -la boca muy cerrada, de labios finos.</p> - -<p>El Pinturas joven parecía una araña, alto, delgado, -sonriente, con cara de polichinela y voz de -lo mismo. Era muy burlón y satirizaba con mucha -gracia a todo el mundo. Tenía siempre a su -disposición papel y pluma, y servía de memorialista -a los presos. Les escribía cartas con la letra -que quisieran. En un par de minutos de estudiar -una letra, la adoptaba como si fuera suya y seguía -escribiendo con ella. Al Pinturas joven le gustaba -leer mucho; fabricaba juguetes con alambres y -cartón, que conseguía vender en las calles, y -cuando no tenía nada que hacer hacía juegos de -manos.</p> - -<p>Por lo que se decía, había falsificado escrituras,<span class="pagenum"><a name="Page_45" id="Page_45">[45]</a></span> -contratos, testamentos, y seguía trabajando en la -cárcel.</p> - -<p>Respecto al señor Pérez de Bustamante, era un -caballero de industria, charlatán, mentiroso, que -quería hacerse pasar por aristócrata.</p> - -<p>Este hombre había vivido durante los primeros -meses de la guerra haciendo suscripciones para -viudas de oficiales muertos en la campaña, y cuando -explotó el lado liberal pasó a cultivar el campo -carlista. Pérez de Bustamante era hombre osado y -decidido.</p> - -<p>Otro tipo curioso era <i>Doña Paquita</i>, el cinedo -de la cárcel, joven ambiguo que hacía ademanes -de mujer. Este muchacho tenía la nariz respingona, -con las ventanas muy abiertas, la barba azul, -del afeitado, y la manera de hablar afeminada.</p> - -<p>Algunos de los presos habían conseguido cierta -independencia y hacerse respetar del grupo que -cobraba el barato.</p> - -<p>Uno de ellos era un topista, que llamaban Mangas, -afiliado al grupo liberal. El Mangas tenía una -cara de galgo, la nariz larga, la boca como recogida, -los ojos pequeños y claros y el pelo rubio. -Vestía bien, era gallego, aunque él decía que no. -Se le había encontrado con unos cálices, después -de la matanza de Julio, en una taberna de una vieja -a quien llamaban la tía Matafrailes.</p> - -<p>Entre los presos de delitos comunes que se decían -carlistas había gente bárbara y maleante, -como entre los que se consideraban liberales.</p> - -<p>Uno de los carlistas de quien todos se reían era -un labriego, el Paleto, que había robado una mula. -El Paleto tenía la cara parada y estúpida, la cabe<span class="pagenum"><a name="Page_46" id="Page_46">[46]</a></span>za -grande y la voz chillona. Solía servir de blanco -a las bromas de todos.</p> - -<p>Otro carlista que se distinguía por su aire hipócrita -era el Seminarista, que había sido estudiante -de cura y tenía la especialidad de hacer digresiones -místicas, en las que barajaba muchos latines. -A este truhán le habían encontrado varias veces -desvalijando los cepillos de las iglesias con una -ballena untada de liga.</p> - -<p>Al poco tiempo de entrar en el segundo patio, -el alcaide se dió cuenta de que yo iba allí para -hacer propaganda entre los presos contra los carlistas -y contra él; entonces me prohibió el paso.</p> - -<p>Yo tenía mis medios de comunicación asegurados.</p> - -<p>Mi duelo con el alcaide acabó con la victoria -mía; pues conseguí al año que él se quedara preso -y yo saliera libre.</p><hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak">LA MUERTE DE CHICO O LA -VENGANZA DE UN JUGADOR</h2></div> - - -<h3>PRIMERA PARTE<br /> -ANTECEDENTES</h3> - -<h4 id="NIEVE">I.<br /> -UNA NOCHE DE NIEVE</h4> - -<p class="i65">En la niebla y en la bruma, en -la nieve profunda, en el bosque -inculto, en la noche de invierno -oigo el aullido hambriento del -lobo y el grito sombrío de la lechuza.</p> - -<p class="i65"><span class="smcap">Goethe</span>: <i>Lied del bohemio</i>.</p> - - -<p class="p2"><span class="smcap">Al</span> día siguiente en que don Eugenio nos contó -su vida en la Cárcel de Corte, comenzó a -caer una gran nevada. Habían acudido a la cocina -del tío Chaparro más gente que la noche anterior, -y los pastores y cabreros fantaseaban acerca de las -consecuencias de la nevada y de la aparición de -los lobos en la garganta de Covaleda y en los -montes del Urbión.</p> - -<p>Habían visto sus huellas en la nieve; habían dejado -leña en las chozas, y quesos y cecina sobre<span class="pagenum"><a name="Page_50" id="Page_50">[50]</a></span> -las ramas altas de los pinos para que no los cogieran -los lobos.</p> - -<p>Aviraneta y yo estábamos al lado del fuego, -sentados en dos grandes sillones; él llevaba puesto -un abrigo grueso y tenía sobre la espalda un mantón -de su mujer. Escuchábamos la conversación -de los pastores, oíamos el ladrido de los perros y, -a veces, el chirrido de la lechuza.</p> - -<p>De pronto, Aviraneta me dijo en voz baja:</p> - -<p>—Relacionándola con aquella época de la Cárcel -de Corte de que te hablaba ayer noche, recuerdo -una historia bastante siniestra en la que -figuró un tal Castelo y el policía Chico. Ya te la -habré contado, ¿verdad?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—¿No te la he contado?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—Pues es raro.</p> - -<p>—Cuéntela usted, don Eugenio—dijo el tío -Chaparro, terciando en la conversación—; mandaré -traer un poco de café con aguardiente, echaremos -más leña al fuego y dejaré a los muchachos -aquí a que le oigan a usted, porque mañana es domingo -y se pueden levantar un poco más tarde -que de costumbre.</p> - -<p>Aviraneta hizo una señal de asentimiento. Se -puso una cafetera grande en las brasas y se trajo -una botella de licor.</p> - -<p>Por la pequeña ventana de la cocina se veía el -campo nevado, y los grandes copos de nieve que -caían lenta y blandamente, como espesos plumones -blancos.</p> - -<p>Aviraneta, que estaba empotrado en su sillón y<span class="pagenum"><a name="Page_51" id="Page_51">[51]</a></span> -mirando con sus ojos, de un azul brillante, el fuego, -se recogió un momento, tomó una gran taza -de café muy caliente que le sirvieron, contempló -a su auditorio sonriendo y comenzó su relación -así:</p><hr class="chap" /> - - - -<div class="chapter"> -<h4 id="NUEVO" class="nobreak">II.<br /> -UN PRESO NUEVO</h4></div> - -<p class="i65">El despertar que sigue a una -primera noche de prisión es una -cosa horrible.</p> - -<p class="i65"><span class="smcap">Silvio Pellico</span>: <i>Mis prisiones</i>.</p> - - -<p class="p2"><span class="smcap">Los</span> lectores de folletines y de novelas por entregas, -en los cuales hay con frecuencia -odios sostenidos y venganzas a largo plazo, como -en el <i>Conde de Monte Cristo</i>, suelen discutir si -estos sentimientos son o no lógicos y verdaderos. -Afirman unos, que la venganza es un instinto natural -del hombre, que perdura y no se borra -jamás; y dicen otros, que todo se olvida, hasta las -mayores ofensas, con el transcurso de los años.</p> - -<p>Yo siempre me he inclinado a pensar que la mayoría -de la gente llega a perder el recuerdo de los -agravios con el tiempo y que no se vengan mas -que rara vez.</p> - -<p>El caso que les voy a contar demuestra un rencor -profundo y sostenido, terminado en una cruel -venganza.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_54" id="Page_54">[54]</a></span></p> - -<p>Como decía la otra noche, a los quince o veinte -días de estar en la cárcel tuve que guardar cama -una temporada, porque se me exacerbaron los dolores -reumáticos.</p> - -<p>Después se me permitió andar por la cárcel y -entrar en el segundo patio, en donde se hallaban -los presos de delitos comunes.</p> - -<p>Hacía dos meses que estaba en la cárcel cuando -conocí a un nuevo preso, de aspecto extraño.</p> - -<p>Acababa de entrar. Era un muchacho joven, -sombrío, moreno, de ojos negros, cabello largo, a -la moda de la época, y aire reconcentrado y fuerte. -Pasó por el primer patio vigilado por dos alguaciles. -Subieron los tres a una oficina donde se -tomaba la filiación a los detenidos.</p> - -<p>En la mesa había un empleado escribiendo, un -hombre con el pelo rizado y la mano llena de -anillos.</p> - -<p>Los alguaciles le hablaron en voz baja y le entregaron -unos papeles, que el escribiente leyó con -gran indiferencia.</p> - -<p>—Ahora viene don Paco—dijo uno de los alguaciles.</p> - -<p>Don Paco era el alcaide. Efectivamente, llegó, -tomó los papeles que había traído el alguacil y los -leyó con atención.</p> - -<p>El alcaide interrogó al preso con una voz amable -y una dulce sonrisa que, para el que sabía -cómo las gastaba aquel hombre, no eran nada tranquilizadoras.</p> - -<p>—Soy inocente—dijo el joven con aire dramático—. -No tengo más dinero que el que he ganado -con mi trabajo.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_55" id="Page_55">[55]</a></span></p> - -<p>El alcaide sonrió, porque consideraba como -algo lógico y natural que todo preso suyo y aun -toda persona que tuviese que ver con él fuera un -perfecto granuja.</p> - -<p>—Si ha guardado usted el dinero en alguna -parte yo no pretendo que me lo diga usted. Aquí -sabemos también ser caballeros.</p> - -<p>—Afirmo que soy inocente—replicó el joven.</p> - -<p>El alcaide explicó a su nuevo huésped el precio -de los cuartos que se alquilaban en la cárcel y las -diferencias que había entre las distintas clases.</p> - -<p>—Venga usted, caballero—le dijo después—; -permita usted que le acompañe. Puede usted tranquilizarse.</p> - -<p>—No necesito tranquilizarme. Estoy tranquilo.</p> - -<p>—Quiero decir—repuso el alcaide—que aquí -nadie le quiere mal. Le voy a llevar a su cuarto.</p> - -<p>El joven preso siguió al alcaide hasta el fin de -un corredor; un carcelero descorrió el cerrojo de -una puerta maciza, al lado de la cual se veían dos -mozos con un cabo de vara de aire siniestro.</p> - -<p>Recorrieron otro corredor, salieron al segundo -patio, y el alcaide mandó abrir la puerta de un cuchitril -obscuro, bajo de techo y con un banco de -madera.</p> - -<p>—Aquí tiene usted su cuarto. Puede usted -pedir a su casa unas mantas para dormir. Si quiere -usted le pueden traer una cama, una mesa y una -silla.</p> - -<p>—Está bien—dijo el joven; y se sentó en -el banco con un aire entre resuelto y desesperado.</p> - -<p>Los carceleros cerraron llaves y cerrojos, y el -joven se quedó allí dentro.</p><hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h4 id="ROCAFORTE" class="nobreak">III.<br /> -MIGUEL ROCAFORTE</h4></div> - - -<p class="i65">Por ser muy propio de enfermos -no durar mucho en un estado, -tomando por remedio las mudanzas.</p> - -<p class="i65"><span class="smcap">Séneca</span>: <i>De la tranquilidad del -ánimo</i>.</p> - - -<p class="p2"><span class="smcap">Al</span> día siguiente, en compañía del padre Anselmo -fuí al segundo patio para ver qué -hacía el nuevo detenido, que me había llamado la -atención. Su tipo y la expresión de su rostro me -indujeron a creer en su inocencia.</p> - -<p>Nos acercamos a él a hablarle. El muchacho estaba -asqueado de encontrarse entre aquella canalla; -pero no tenía miedo, porque a uno de los -raterillos que había querido robarle le había pegado -un puntapié, lo que hizo que los demás le miraran -con cierto respeto.</p> - -<p>Este muchacho era de Lerma, y se llamaba Miguel -Rocaforte. Sus padres tenían una buena -hacienda; yo recordaba haberlos conocido y haber -estado en su casa con el Empecinado.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_58" id="Page_58">[58]</a></span></p> - -<p>Miguel estudió en el Seminario tres años; luego -perdió la vocación; quiso ser militar y su padre le -envió a Madrid a casa de un primo suyo, dueño -de un almacén de sal de la calle de la Misericordia.</p> - -<p>Miguel llevaba cuatro años en la corte.</p> - -<p>Estaba en la cárcel porque le acusaban de haber -robado cinco mil duros a un señor en un gabinete -de lectura de la Carrera de San Jerónimo, -cosa que era falsa, completamente falsa, según -afirmó.</p> - -<p>Le dije que me explicara el caso con detalles -para darme cuenta del motivo por el cual podía -haber provenido el error.</p> - -<p>—Yo suelo ir muchos domingos a la librería -que tiene don Casimiro Monnier en la Carrera de -San Jerónimo—me dijo—. Estoy estudiando -francés e inglés con un profesor de idiomas que se -llama Brandon, y éste me ha indicado que para -perfeccionarme en la traducción lea periódicos. -La otra tarde, acompañado de mi principal, estuve -en el gabinete de lectura leyendo periódicos, y, -de pronto, uno de los abonados se lamentó de que -le habían quitado la cartera del gabán. Yo me -marché a mi casa, y ayer, por la mañana, al ir al -almacén donde trabajo, me prendieron y me trajeron -aquí, a la cárcel.</p> - -<p>El caso me pareció bastante extraño. Le pedí -detalles aclaratorios al joven; pero éste no esclarecía -los hechos ni protestaba, y parecía dispuesto -a aceptar su suerte con un estoico fatalismo.</p> - -<p>Días después, en una larga conversación con -Miguel, le interrogué de nuevo. ¿No tenía enemi<span class="pagenum"><a name="Page_59" id="Page_59">[59]</a></span>gos? -¿Alguna mujer o algún hombre que le quisiera -mal? El joven se envolvía en obscuridades; -estaba envenenado con las ideas de la época, que -por entonces comenzaban a llamarse románticas.</p> - -<p>A los cinco o seis días apareció en el locutorio -de la cárcel el inglés profesor de idiomas amigo de -Miguel. Habló conmigo: me dijo que el muchacho -era un exaltado de ideas absurdas, pero absolutamente -incapaz de robar a nadie. Sin embargo, en -la conducta observada por el joven Rocaforte encontraba -él algo misterioso.</p> - -<p>El profesor Brandon había presenciado la escena -en la librería.</p> - -<p>—¿Qué pasó?—le pregunté yo—. Porque él no -me lo ha contado con detalles.</p> - -<p>—Pues sucedió lo siguiente—dijo Brandon—: -un capitán, llamado Sánchez Castelo, estaba aquel -día en el gabinete de lectura de Monnier, y al salir -a la calle notó que le faltaba la cartera del -gabán. El dueño del gabinete, para demostrar que -ninguno de sus abonados era capaz de sustraer -nada a nadie, invitó a éstos a que se dejaran registrar; -todos aceptaron la proposición, más o menos -a regañadientes; pero Miguel se negó con violencia -a este registro; y poniéndose la mano en el -pecho, como para impedir que nadie pudiera -intentar reconocer el bolsillo interior de su americana, -dijo que a él no le tocaba nadie, y que sólo -delante del juez se dejaría registrar.</p> - -<p>—¡Ah! ¿Pasó eso? De aquí que hubiesen tomado -cuerpo las sospechas de la policía.</p> - -<p>—Claro.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_60" id="Page_60">[60]</a></span></p> - -<p>—A pesar de esto, ¿usted le cree a Miguel inocente?—le -pregunté a Brandon.</p> - -<p>—Sí, sí. Completamente inocente.</p> - -<p>—¿Y por qué cree usted que se negara con tanta -violencia al registro? ¿Por baladronada? ¿Por tomar -una actitud?</p> - -<p>—¡Qué sé yo! Quizá Miguel llevaba algo en el -bolsillo que no quería que viese su principal, algún -papel político. El principal es un absolutista...</p> - -<p>—No me parece que sea eso.</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—Yo he hablado con Miguel y no tiene preocupaciones -políticas.</p> - -<p>—Sin embargo...</p> - -<p>—¿Usted le conoce al principal?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—Pues entérese usted de si está casado y si -tiene mujer guapa.</p> - -<p>—¿Usted cree que esa sea la clave?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Es posible; yo le tengo a Miguel por hombre -serio.</p> - -<p>—¿Y eso qué importa?</p> - -<p>Me chocó que el principal de Miguel, y pariente, -no fuera ni una vez a visitar al preso. Esto me -hizo pensar que entre tío y sobrino no debía reinar -la mejor armonía.</p><hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h4 id="EMBROLLADO" class="nobreak">IV.<br /> -UN ASUNTO EMBROLLADO</h4></div> - - -<p class="i65">En vano más de una vez<br /> -se sigue al crimen la huella,<br /> -por no preguntar al juez<br /> -quién es ella.</p> - -<p class="i65"><span class="smcap">Bretón de los Herreros</span>: -<i>¿Quién es ella?</i></p> - - -<p class="p2">A los dos o tres días se presentó de nuevo en -la Cárcel de Corte el inglés Brandon. Había -hablado con un paisano de Miguel, León Zapata, -dependiente de una ferretería, y éste le había insinuado -que Miguel tenía amores con la mujer de -su principal. Brandon me dijo que la causa de haberse -negado a dejarse registrar Miguel podía ser, -como yo creía, el que llevara, cuando estaba en el -gabinete de lectura, cartas que hubieran podido -poner a su principal sobre la pista.</p> - -<p>—¿Quién es ese Zapata?—le pregunté a -Brandon.</p> - -<p>—Es un petulante, un majadero—me contestó -el inglés—. Un joven que se cree el centro del -mundo.</p> - -<p>Una semana después de esta visita se me pre<span class="pagenum"><a name="Page_62" id="Page_62">[62]</a></span>sentó -el inspector Luna. Luna se había encargado -del asunto de Miguel, y quería que yo le orientara. -Me pidió que olvidara la parte que él había -tomado en mi prisión.</p> - -<p>—Ya sé que no ha hecho usted mas que cumplir -las órdenes que le han dado—le dije.</p> - -<p>—¿Así que no me guarda usted rencor?</p> - -<p>—De ninguna manera.</p> - -<p>—Luna y yo hablamos largamente del asunto -de Miguel Rocaforte, y él me dió más detalles de -lo ocurrido.</p> - -<p>—Hace un par de semanas, próximamente—dijo—, -el capitán de reemplazo don Mauricio -Sánchez Castelo se presentó al inspector de policía -del distrito del Centro, don Carlos de San Sernín, -y le dijo: «Ayer, mi amigo el teniente Macías -de Aragón, antes de tomar la diligencia para el -Norte, me dejó cinco mil duros para que se los -guardase hasta la vuelta de su viaje. Cogí la cartera -con los billetes, la metí en el bolsillo del gabán -y me fuí a la librería de Monnier. Allí, sin darme -cuenta, me quité el gabán, porque hacía calor, y -lo puse en el respaldo de una butaca. Al salir del -gabinete de lectura me volví a poner el gabán, y -al llevarme la mano al bolsillo del pecho noté que -me faltaba la cartera». Castelo contó al jefe de policía -que había vuelto inmediatamente al gabinete -de lectura; que le había explicado al dueño lo ocurrido; -que éste invitó a sus abonados a que se dejaran -registrar, y que un joven se opuso con palabras -y ademanes violentos.</p> - -<p>—¿Quiénes estaban en la librería?—le pregunté -al inspector Luna.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_63" id="Page_63">[63]</a></span></p> - -<p>—Estaban un capitán de Caballería retirado, -don Francisco García Chico, que ha pertenecido -a la policía.</p> - -<p>—Lo conozco. Era de la Isabelina. De ese no se -puede sospechar.</p> - -<p>—Estaba también un joven catalán desconocido, -el profesor de inglés Brandon, un comisionista -francés, Miguel Rocaforte y su principal. San Sernín -tomó informes de todos. El librero, Monnier, -dió buenos informes de Chico y de Brandon. Al -joven catalán no le conocía; al comisionista francés, -tampoco, y a Rocaforte y a su principal -los tenía por personas honradas. Unos días después -se ha sabido que el muchacho catalán es -un joven rico y de buena conducta. Así que, -por ahora, no hay mas que dos posibles ladrones: -el comisionista francés, que no se sabe dónde -anda, y Miguel Rocaforte, que indujo a sospechar -porque se opuso terminantemente a que se le -registrara.</p> - -<p>—Pero, según su lógica, el comisionista francés -debía de estar libre de sospechas porque se dejó -registrar.</p> - -<p>—Sí, pero pudo esconder la cartera.</p> - -<p>—¿Y de Rocaforte, qué se sabe? ¿Qué antecedentes -hay de él?</p> - -<p>—Dicen que han dado malos informes de ese -muchacho, que es republicano y carbonario.</p> - -<p>—¡Bah! ¡Qué estupidez!</p> - -<p>Luna sonrió.</p> - -<p>—Para usted, que es revolucionario, eso es poca -cosa; para mí, que soy jefe de policía, no.</p> - -<p>—Usted se ríe de eso.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_64" id="Page_64">[64]</a></span></p> - -<p>—Hombre, no. Del inglés Brandon, amigo suyo, -se dice que es sansimoniano.</p> - -<p>—Otra tontería.</p> - -<p>—¿Qué opinión tiene usted de este asunto, Aviraneta? -Me interesa saberlo. Castelo es amigo mío -y le debo algunos favores.</p> - -<p>—Me parece—le dije yo—, que Rocaforte no -tiene facha de ladrón. Es más, aseguraría que no -es ladrón.</p> - -<p>—¿Y por qué no se ha dejado registrar?</p> - -<p>—No lo sé; pero me figuro que hay por debajo -alguna cuestión de mujeres. Miguel estaba con su -principal; el principal tiene una mujer guapa; Miguel, -quizá la ha escrito; ella, quizá le ha contestado, -y él podía no querer que los papeles que llevaba -los viera su principal.</p> - -<p>—Es una suposición...</p> - -<p>—Lógica.</p> - -<p>—Cierto. Es muy posible que sea esto. Me enteraré. -¿Y, entonces, usted supone más bien que el -comisionista francés...?</p> - -<p>—Mire usted, yo conozco a Castelo y a Macías. -Los he tratado en Tampico y los he visto en compañía -de Paula Mancha y de otros tramposos y jugadores -de garito que abundaban en el ejército -que desembarcó en las costas de Méjico con el general -Barradas. Uno y otro me parecen capaces de -toda clase de artimañas, y yo, tanto como la posibilidad -de un robo, aceptaría la tesis de que haya -habido entre los dos compadres una combinación -inventada con algún fin que no conocemos.</p> - -<p>Luna se calló.</p> - -<p>—Me pone usted en un mar de confusiones—dijo<span class="pagenum"><a name="Page_65" id="Page_65">[65]</a></span> -después—. Verdaderamente es un poco -extraño que un hombre a quien le han entregado -cinco mil duros para que los guarde, en -vez de ir a su casa y meterlos en un cajón, los -lleve en el bolsillo del abrigo a un gabinete de -lectura, se dedique a leer periódicos y deje el gabán -con el dinero dentro sobre una butaca. ¡Cinco -mil duros! Vale la pena de tener cuidado con ellos, -y en estos tiempos.</p> - -<p>—Todo eso es muy raro, amigo Luna.</p> - -<p>—Cierto; pero esto de que el joven Rocaforte se -haya opuesto a dejarse registrar de una manera -tan violenta también es raro.</p> - -<p>—Bueno, vamos por partes. ¿Usted le conoce a -Miguel?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Qué cree usted, que es un hombre inteligente -o un tonto?</p> - -<p>—Me inclino a creer que es un hombre inteligente.</p> - -<p>—¿Usted supone que un hombre inteligente -hace lo que se cree que hizo Miguel en la librería?</p> - -<p>—No sé a qué se refiere usted.</p> - -<p>—Suponga usted que una persona inteligente -robe a otro en las condiciones en que se piensa -que Miguel robó a Castelo. Lo lógico es que el ladrón -oculte la cartera en un sitio que no sea fácil -de encontrar a primera vista, lo ponga en una carpeta -o en un libro, o si lo guarda él mismo lo meta -en el sombrero o en la faja...; pero no en el bolsillo -del pecho, donde todo el mundo lleva el dinero; -Miguel se opone a que le registren los bolsillos -y, sobre todo, el bolsillo del pecho. Para<span class="pagenum"><a name="Page_66" id="Page_66">[66]</a></span> -mí, cada vez que pienso en ello, lo veo más claro; -Miguel es absolutamente inocente de ese robo.</p> - -<p>—Yo también por instinto lo creo así; pero hay -que comprobarlo.</p> - -<p>—¿Qué va usted a hacer?</p> - -<p>—El hermano de Macías me ha dicho que le va -a visitar a García Chico y a pedirle que tome cartas -en el asunto. Chico estaba en la librería cuando -el supuesto robo; conoce a Castelo y debe tener -idea de lo que ha podido ocurrir.</p> - -<p>—Sí—dije yo—, ese García Chico es un terrible -sabueso. Para la Isabelina nos hizo unos informes -admirables de precisión. Si hay algún misterio -él lo aclarará, porque creo que conoce a Castelo -y a Macías.</p> - -<p>Pocos días después se presentó Luna en la Cárcel -de Corte, me llamó al locutorio y me dijo:</p> - -<p>—¿Sabe usted que se aclaró el misterio?</p> - -<p>—¿Qué misterio?</p> - -<p>—El del joven Rocaforte.</p> - -<p>—¿Había un misterio?</p> - -<p>—Sí, tenía usted razón: no había tal robo. Ha -sido una trampa de Castelo, que se ha jugado el -dinero de Macías perdiéndolo y, para sincerarse, -inventó la historia del robo del gabinete de lectura.</p> - -<p>—¿Y quién ha descubierto el enredo?</p> - -<p>—Lo ha descubierto Chico, a quien parece que -van a hacer jefe de la ronda de Seguridad.</p> - -<p>El inspector Luna, con el hermano de Macías, -fué a casa de don Francisco Chico y le contó el -asunto con todos los detalles.</p> - -<p>—Ya veré si averiguo lo que hay en el fondo de<span class="pagenum"><a name="Page_67" id="Page_67">[67]</a></span> -esa cuestión—les dijo Chico—; vengan ustedes -dentro de tres o cuatro días.</p> - -<p>A la salida de casa de Chico dió la casualidad de -que Macías y Luna se encontraron con Mauricio -Castelo. Castelo oyó, con visible malhumor, la -noticia de que habían consultado el asunto con -Chico, y de pronto dijo al inspector Luna que -toda la gente que formaba parte de la policía era -una canalla, en connivencia con los ladrones, y -que llevaba parte en los robos que se consumaban -en Madrid. Luna, que era hombre prudente, -no replicó a Castelo. Al parecer, tenía motivos -para no reñir con él; pues el inspector le debía -algún dinero al militar y no había podido pagárselo.</p> - -<p>Tres días después Luna fué a casa de García -Chico. Chico, al verle, sonrió con una sonrisa de -tigre.</p> - -<p>—¿Ha averiguado usted algo?—le preguntó -Luna.</p> - -<p>—Lo he averiguado todo.</p> - -<p>—¿Qué ha ocurrido?</p> - -<p>—Ha ocurrido que el tal robo ha sido, sencillamente, -una simulación.</p> - -<p>—¿Macías no le ha entregado ese dinero a Castelo?</p> - -<p>—Sí, se lo ha entregado; pero ese dinero, Castelo -lo ha perdido jugando, y parte se lo ha dado -a su querida Paca Dávalos.</p> - -<p>—¿Pero esto está comprobado?</p> - -<p>—Perfectamente comprobado.</p><hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h4 id="OCURRIDO" class="nobreak">V.<br /> -LO OCURRIDO</h4></div> - - -<p class="i65">¡Cosa extraña el hombre, y más -extraña aún la mujer! ¡Qué torbellino -en su cabeza! ¡Qué abismo -profundo y peligroso en su corazón!</p> - -<p class="i65"><span class="smcap">Byron</span>: <i>Don Juan</i>.</p> - - -<p class="p2"><span class="smcap">Chico</span> le dijo a Luna que había sospechado inmediatamente -algún gatuperio. Conocía a -fondo a Castelo y sabía que era jugador y hombre -de pocos escrúpulos.</p> - -<p>Chico hizo una investigación en las principales -casas de juego, y, al poco tiempo, averiguó lo ocurrido. -Castelo había jugado muy fuerte en un círculo -de la Carrera de San Jerónimo que se titulaba -el Círculo Universal. Castelo solía frecuentar esta -timba, jugando siempre poco, cuatro o cinco duros -a lo más, porque tenía la paga empeñada y no -contaba mas que con escasos recursos.</p> - -<p>Días antes del supuesto robo, Castelo se presentó -en el círculo con la cartera llena de billetes, -puso la banca y perdió una gran cantidad. Tres<span class="pagenum"><a name="Page_70" id="Page_70">[70]</a></span> -noches seguidas hizo lo mismo, siempre con mala -suerte.</p> - -<p>Chico se las arregló para enterarse de quiénes -jugaban en el círculo las noches en que Castelo -puso la banca, y averiguó que estaban, entre -otros, el comandante Las Heras, el teniente Zamora -y el capitán Soto. Fué a ver a estos militares -y ellos le dieron toda clase de informes.</p> - -<p>En la primera noche, Castelo perdió dos mil pesetas; -en la segunda, tres mil, y en la tercera, diez -mil. Había muchos puntos esta última noche en el -círculo. Castelo, que bebía mientras jugaba, al perder -las últimas pesetas comenzó a decir, a voz -en grito, que le habían hecho trampa y que le tenían -que devolver su dinero. En su desesperación -acusó al teniente Zamora y al capitán Soto de haberle -engañado, y sacó una pistola del bolsillo -para amenazarles; pero el comandante Las Heras -le arrancó la pistola de la mano y le obligó a -salir a la calle.</p> - -<p>Su campaña en la timba, donde dejó el resto del -dinero, fué más lamentable aún.</p> - -<p>Castelo había ido al garito en compañía del capitán -Escalante, para que éste vigilara las jugadas; -había hablado con dos ganchos de la chirlata, que -le aseguraron que todo se hacía allí con la mayor -corrección.</p> - -<p>La timba estaba en la calle de la Fresa, y era -conocida, entre los puntos, con el nombre de la -tertulia de la Sorda o de la Garduña.</p> - -<p>Esta tertulia se hallaba establecida en el piso -principal de una casa pequeña, con un zaguán angosto -y sucio, maloliente y tan lleno de basura, so<span class="pagenum"><a name="Page_71" id="Page_71">[71]</a></span>bre -todo líquida, que ni con zancos podía atravesarse. -De este zaguán subía una escalera de trabuco, -y, en el primer rellano, dos hombres de guardia, -embozados en la capa, escondían, bajo ella, sendos -garrotes.</p> - -<p>Se cruzaba un vestíbulo estrecho, con una mesa, -en donde solía estar sentado el conserje; luego, un -pasillo con un colgador lleno de capas, mantas y -bufandas, y se desembocaba en una sala irregular -y mugrienta, tapizada de papel amarillo, con dos -mesas de juego, con su tapete verde, separadas -por una mampara, y en el techo, unas lámparas -de aceite. Un vaho de humo de tabaco y de aguardiente -solía haber allí de continuo.</p> - -<p>Castelo puso la banca de cinco mil pesetas. Había, -al poco rato, mucho dinero en la mesa. A pesar -de que la mayoría de los puntos eran tahúres -y de que intentaban levantar muertos y hacer mil -trampas, Castelo ganaba con una suerte loca, e iba -resarciéndose de las pérdidas del círculo de la Carrera -de San Jerónimo. Tenía el banquero un -montón de billetes, de monedas de oro y de plata -delante, cuando entraron varios hombres capitaneados -por un escapado de presidio a quien -llamaban Seisdedos, y por un matón apodado el -Largo. Aquellos hombres venían embozados hasta -los ojos, y uno de ellos, con la cara tiznada. -Seisdedos sacó un trabuco debajo del embozo de -la capa, y los demás desenvainaron el bastón de -estoque. Seisdedos, dando con el trabuco sobre la -mesa, gritó con voz terrible.</p> - -<p>—¡Copo! Que nadie toque este dinero si no -quiere verse muerto.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_72" id="Page_72">[72]</a></span></p> - -<p>El capitán Escalante sacó una pistola del bolsillo -y disparó contra Seisdedos. Alguien pegó un -garrotazo a la lámpara, y la habitación quedó a -obscuras. Se tiraron las sillas, forcejearon los puntos -para apoderarse del dinero que estaba encima -de la mesa, se armó un terrible zafarrancho de -gritos, palos y tiros, y cuando entró el comisario -de policía gritando: «Abran en nombre de la -Reina», y pasó a la sala a restablecer el orden, -Castelo vió que había perdido todo su dinero.</p><hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h4 id="ASUNTO" class="nobreak">VI.<br /> -SE ECHA TIERRA AL ASUNTO</h4></div> - - -<p class="i65">Cuanto más menospreciado es -un hombre, menos freno tiene su -lengua.</p> - -<p class="i65"><span class="smcap">Séneca</span>: <i>De la constancia del -sabio</i>.</p> - -<p class="p2"><span class="smcap">¿Usted</span> tiene inconveniente en declarar ante -testigos lo que me ha dicho?—preguntó -Luna a Chico.</p> - -<p>—Ninguno; y Las Heras, Zamora y Soto confirmarán -mis palabras.</p> - -<p>—¿Querría usted ir pasado mañana a las doce a -la Comisaría, donde estoy de guardia?</p> - -<p>—Sí, señor.</p> - -<p>—¿Vendrían esos señores?</p> - -<p>—Seguramente.</p> - -<p>—Pues yo le citaré a Castelo y liquidaremos esa -cuestión.</p> - -<p>El día señalado llegaron Chico, Macías, Las -Heras, Zamora y Soto al despacho del inspector -de policía; y Luna les invitó a pasar a un cuarto<span class="pagenum"><a name="Page_74" id="Page_74">[74]</a></span> -próximo. Poco después apareció Castelo. Luna le -saludó amablemente y le hizo sentarse en un sillón -frente a su mesa.</p> - -<p>—A ver cuándo me paga usted ese dinero—dijo -Castelo de malhumor.</p> - -<p>—Le pagaré a usted en seguida que pueda, -como ya le he dicho.</p> - -<p>—Bueno, pero que no sea muy tarde. ¿Y del -robo, qué hay?</p> - -<p>—He estudiado el caso—dijo Luna—, y creo -que lo mejor sería echar tierra al asunto.</p> - -<p>—Hombre, ¿y por qué?</p> - -<p>—Voy convenciéndome, cada vez más, de que -ese joven a quien hemos llevado a la cárcel es -completamente inocente.</p> - -<p>—¿Usted sabe que ese joven es inocente?—replicó -Castelo con cierto sarcasmo.</p> - -<p>—Y usted también.</p> - -<p>—¿Y entonces quién es el culpable?</p> - -<p>—Es que es muy posible que en este caso no -haya culpable—repuso Luna.</p> - -<p>—¿Qué me quiere usted decir con eso?—exclamó -Castelo—. ¿Es que puede haber robo sin -que haya ladrón?</p> - -<p>—No; pero cuando no hay robo, no hay ladrón.</p> - -<p>—Yo sabía que los policías estaban de acuerdo -con los ladrones—replicó Castelo con furor—; -pero nunca había llegado a oír cosa tan peregrina -como ésta.</p> - -<p>—¿Así que usted sigue afirmando que nosotros -tenemos complicidad con los ladrones?</p> - -<p>—Sí; lo afirmo y lo afirmaré siempre.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_75" id="Page_75">[75]</a></span></p> - -<p>—Puesto que usted lo toma de ese modo—dijo -Luna—, le voy a demostrar que está usted completamente -equivocado. He estudiado el asunto, y -estoy convencido de que el robo de los cinco mil -duros en la librería de Monnier es una superchería -inventada por usted. Ese dinero no se lo han -robado a usted del gabán, como usted ha afirmado; -ese dinero se lo ha jugado usted en un círculo -de la Carrera de San Jerónimo y en un garito de -la calle de la Fresa. Parte de él se lo ha entregado -usted a una mujer.</p> - -<p>—Bonita novela ha inventado usted.</p> - -<p>—No es novela; es la realidad.</p> - -<p>—Eso habría que probarlo.</p> - -<p>—Se lo probaré a usted cuando guste.</p> - -<p>—Vengan las pruebas.</p> - -<p>—Que conste, Castelo, que yo he venido en son -de paz.</p> - -<p>—Basta de palabras. Las pruebas, las pruebas.</p> - -<p>—Está bien.</p> - -<p>Luna se levantó, se acercó al cuarto próximo y -dijo:</p> - -<p>—Tengan la bondad de pasar, señores.</p> - -<p>Entraron en el despacho Chico, Macías, Las -Heras, Zamora y Soto. Castelo, al verlos, quedó -anonadado, se puso lívido, y comenzó a agitarse -en la silla y a morderse los labios.</p> - -<p>—Estoy descubierto—murmuró.</p> - -<p>—Veo que la presencia de estos señores basta -para confundirle a usted—le dijo Luna.</p> - -<p>—No me queda más recurso que pegarme un -tiro—exclamó Castelo, con acento dramático.</p> - -<p>—¡Bueno, tú, nada de farsas!—le dijo Chico<span class="pagenum"><a name="Page_76" id="Page_76">[76]</a></span> -con dureza—. Aquí nadie quiere que te pegues un -tiro. Reconoce la deuda, haz que a ese muchacho -que han preso por tu culpa le dejen libre, paga a -Macías, poco a poco, y no se te pide más.</p> - -<p>Castelo bajó el tono y, de una manera un tanto -servil, pidió a Luna que olvidara si le había dicho -algo ofensivo. Luego, por consejo de Chico, quedaron -todos de acuerdo en que Castelo escribiera -un documento confesando que no había sido robado, -y que la cantidad prestada por Macías la -había perdido en el juego.</p> - -<p>—Ahora extiende varios pagarés a nombre del -hermano de Macías, que los irás pagando cuando -puedas.</p> - -<p>Terminado el asunto, Chico echó mano del documento -firmado por Castelo y se lo metió en el -bolsillo.</p> - -<p>—Alguno lo tiene que guardar; lo guardaré yo.</p> - -<p>Castelo se mordió los labios. Chico, sin decir -más, saludó, y se fué.</p> - -<p>Castelo entonces se lamentó amargamente y de -una manera sentimental de que amigos suyos, -como Las Heras y Macías, hubieran hecho con él -lo que habían hecho. Discutieron entre ellos y se -marcharon todos del despacho del inspector Luna. -Antes de salir, Castelo dió a éste las gracias y le -dijo:</p> - -<p>—No se ocupe usted de mi deuda.</p> - -<p>—Hombre, no; yo haré lo posible por pagarle -a usted.</p> - -<p>El mismo día, Luna escribió al juez diciéndole -que el capitán Castelo había sufrido una equivocación -y que no había sido robado.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_77" id="Page_77">[77]</a></span></p> - -<p>A pesar de estar reconocida la inocencia de Miguel -Rocaforte, éste tardó bastante en salir de su -encierro.</p> - -<p>Un día se oyó la frase clásica empleada en -la cárcel para poner en libertad a los presos: -«¡Miguel Rocaforte, con lo que tenga!» Miguel salió -a la calle. Uno que era amigo de Macías, -el robado, contó a éste lo ocurrido cuando volvió -a Madrid. Castelo se vió con Macías y le explicó -lo que había pasado, pintándolo a su modo. -Macías, también jugador, tuvo por entonces una -racha de buena suerte y, sintiéndose generoso, -perdonó la deuda a Castelo y rompió delante de -él los pagarés firmados por éste.</p><hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h4 id="DAVALOS" class="nobreak">VII.<br /> -CASTELO Y PACA DÁVALOS</h4></div> - -<p class="i65">¿Qué importa que ella sea rica, -que tenga muchos litereros, que -traiga costosas arracadas, que ande -en ancha y costosa silla? Pues, con -todo esto, es un animal imprudente, -y si no se le arrima mucha ciencia -y mucha erudición es una fiera -que no sabe enfrenar sus deseos.</p> - -<p class="i65"><span class="smcap">Séneca</span>: <i>De la constancia del -sabio</i>.</p> - - -<p class="p2"><span class="smcap">Por</span> entonces, y sabiendo que existía gran odio -entre Castelo y Chico, le pregunté varias veces -a Luna qué es lo que había podido ocurrir entre -los dos.</p> - -<p>Luna me explicó la razón del odio, haciendo -comentarios a los hechos, con su manera de hablar -bonachona y su filosofía tranquila y un poco -cínica.</p> - -<p>Por lo que me contó, Chico y Castelo habían -tenido durante la infancia y la juventud gran amistad. -Fueron juntos a la escuela en el pueblo de la -Mancha, donde vivieron, y casi se consideraban<span class="pagenum"><a name="Page_80" id="Page_80">[80]</a></span> -como hermanos. Después, los azares de la política -les llevaron a los dos a servir en el mismo regimiento -de Caballería, al uno de capitán y al otro -de teniente. La intimidad más estrecha había reinado -entonces entre ellos.</p> - -<p>Los dos, en tiempo de la segunda época constitucional, -se abrazaron al liberalismo y soñaron -con ser héroes populares. Impurificados, luego -aceptados en el Ejército, estaban de reemplazo -en 1833. ¡Quién les había de decir en su juventud -que, andando el tiempo, el uno iba a acabar en -un miserable tahur, y el otro, en un jefe de policía -odiado y despreciado por la plebe!</p> - -<p>—Es cosa triste—dijo don Eugenio—, cuando -se piensa en los asesinos y en los grandes canallas, -despreciados y odiados por todo el mundo, -el considerar que sus madres creyeron que, con -el tiempo, sus hijos serían los mejores, los más -buenos, y darían ejemplos de honradez y de -virtud.</p> - -<p>Afortunadamente, no se puede predecir lo que -será la vida. Si no, ¡qué terror sería el de la madre, -cuando acaricia a su niño pequeño, verlo después -en su imaginación robando, o asesinando, o -subiendo al patíbulo!</p> - -<p>El odio entre Chico y Castelo vino de una rivalidad -amorosa. Los dos conocieron al mismo -tiempo a Paca Dávalos, la mujer del coronel Luján, -que tuvo por entonces una tertulia de las más -celebradas en Madrid.</p> - -<p>Paca era una mujer llena de encanto, esbelta, -graciosa, con unos ojos claros muy expresivos. -Chico y Castelo hicieron la corte a Paquita, por<span class="pagenum"><a name="Page_81" id="Page_81">[81]</a></span>que -se decía que la mujer del coronel no era una -virtud intratable.</p> - -<p>Castelo llegó pronto al corazón de la Dávalos. -Era éste jacarandoso, petulante, hablador, mentiroso; -tenía una bonita voz y cantaba romanzas al -piano. Pasaba por hombre de gran valor, que -había tenido aventuras extraordinarias; pero los -que le conocían a fondo sabían que era muy cobarde.</p> - -<p>Chico, en cambio, seco, duro, violento, de pocas -palabras, fué desdeñado y vió pronto el éxito -de su rival. El hombre se enfureció por dentro y -juró no olvidar lo ocurrido.</p> - -<p>Yo conocía bastante a Paca Dávalos. Antes de -mi ingreso en la cárcel intrigaba con los amigos -de María Cristina y Muñoz. Le había visto varias -veces en casa de Celia y en compañía de una italiana, -Anita, que fué la amante de Castelo.</p> - -<p>Esta italiana, que quería hacerse pasar por una -descendiente de sangre real y que tenía todos los -vicios imaginables, había hecho de Castelo, que ya -era borracho y jugador, un perfecto crapuloso.</p> - -<p>Paca Dávalos y Anita eran amigas de Teresa -Valcárcel, la mediadora en los amores de la Reina -con Muñoz, y solían reunirse en casa de Domingo -Ronchi con Nicolasito Franco, el amante de Teresa; -el clérigo Marcos Aniano, paisano de Muñoz; -el marqués de Herrera y el escribiente del Consulado, -Miguel López de Acevedo.</p> - -<p>Por entonces, Paca era una rubia elegantísima, -con un cuerpo de muchacha soltera y mucha gracia -en la conversación.</p> - -<p>Paca Dávalos, que llegó a entrar en Palacio y a<span class="pagenum"><a name="Page_82" id="Page_82">[82]</a></span> -tener confianza con la Reina, intervino en el traslado -desde Segovia a París del primer hijo de -Cristina y de su amante, y fué a Francia en compañía -del presbítero Caborreluz.</p> - -<p>Todos los que tomaron parte en aquellas intrigas -amorosas de Palacio progresaron con rapidez. -Ronchi llegó a marqués y a propietario; Teresa -Valcárcel se hizo rica; el joven Franco ascendió de -capitán a teniente coronel. El favor real bañó, -como agua lustral, a los amigos de Muñoz; pero -no llegó a Paca, que, inquieta y descontenta, quiso -tomar la parte del león, con lo que se hizo antipática -y acabó por cerrarse la entrada en Palacio.</p><hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h4 id="ABISMO" class="nobreak">VIII.<br /> -HACIA EL ABISMO</h4></div> - -<p class="i65">El abismo, llama al abismo.</p> - -<p class="i65"><i>Salmos</i>, de <span class="smcap">David</span>.</p> - - -<p class="p2"><span class="smcap">Luna</span> me dió más tarde informes de la vida -íntima de Paca.</p> - -<p>Paca Dávalos era de la aristocracia. Su padre, un -hombre gastador, estúpido, de los que pierden las -preocupaciones y el decoro de la clase a que pertenecen, -y no adquieren nada en cambio, encontró -su casa medio arruinada y la acabó de arruinar.</p> - -<p>Se jactaba de ser descendiente del marqués de -Pescara, el vencedor de Pavía, don Fernando de -Ávalos; pero éste, descendiente de un vencedor, -no pasó nunca de ser un pobre derrotado. La madre -de Paca fué una mujer perturbada y siempre -enferma.</p> - -<p>Paca era a los diez y seis años una belleza extraordinaria: -tenía unos ojos claros, melancólicos, -que arrebataban, y un cuerpo provocativo, excitante. -Había en ella un contraste entre sus ojos<span class="pagenum"><a name="Page_84" id="Page_84">[84]</a></span> -dulces, humanos, unos ojos para inspirar madrigales -como el de Gutierre de Cetina, y su cuerpo, -de felino, ágil como el de una pantera. Muy coqueta, -muy poco cuidada por sus padres, había -tenido novios desde los catorce años y le había -gustado uncir a todos los hombres a su carro.</p> - -<p>Entre los novios, un capitán, Luján, un tanto -bruto, violentó a la muchacha; luego se casó con -ella, y a los cinco o seis meses de matrimonio, -Paca tuvo una niña.</p> - -<p>Marido y mujer anduvieron de guarnición en -guarnición, hasta que se establecieron en Madrid. -Luján era un hombre violento, avaro, de malhumor, -de genio desigual, cominero y desagradable. -A cada paso armaba un escándalo a su mujer; -muchas veces, con razón, por las coqueterías de -ella; otras, sin más motivo que su malhumor.</p> - -<p>La Paca aguantaba esta vida por su hija, por la -que tenía un entusiasmo ciego. La niña, Estrella, -prometía ser una gran belleza. Era, además de bonita, -muy amable, muy dócil; tenía mucho gusto -por la música y una voz angelical. Paca la adoraba, -y su amor por la niña era el único freno, la -única defensa de la honestidad de su vida.</p> - -<p>Pensando en ella se prometía a sí misma ser -buena para no dejarla un estigma difícil de borrar; -pero, a pesar de sus propósitos, no los cumplía -siempre. Ante los hombres que la galanteaban se -olvidaba de todo, y lo mismo le pasaba con las -gasas, las sedas, los teatros y las diversiones. Paca -hacía gastos excesivos y, para ocultarlos a su marido, -engañaba, trampeaba, mentía, y, al último, -generalmente se descubrían sus enredos.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_85" id="Page_85">[85]</a></span></p> - -<p>Luján, siempre malhumorado y caprichoso, en -el momento en que su mujer parecía volver a una -vida recogida y casera, pensó que Paca iba a dar -un ejemplo deplorable a Estrella, que ya tenía -doce años, y para sustraerla a esta influencia, sin -decir nada a la madre, llevó a la niña a un colegio -de monjas de Toledo.</p> - -<p>Paca, desesperada, averiguó dónde estaba la -niña, y hasta preparó un rapto; pero una de las -monjas del colegio, pariente del coronel Luján, -impidió que la niña saliera de la casa.</p> - -<p>La Dávalos no pudo resistir esta separación; se -desesperó, suplicó a su marido que trajera a su -hija; él la dijo que no. Paca sintió desde entonces -la impresión del que se hunde en el abismo.</p> - -<p>Pocos días después abandonó a su marido y se -fué a vivir con Castelo.</p> - -<p>Luján juró que se vengaría; pero no hizo nada. -La Paca y Castelo pusieron casa y tuvieron una -época de entusiasmo y de amor, en la cual creyeron -regenerarse y volver a la vida ordenada y honesta; -pero pronto se cansaron de ella.</p> - -<p>Castelo comenzó a jugar y a beber, y ella hizo -lo mismo. Naturalmente, la casa iba de este modo -de mal en peor, y concluyeron por cerrarla e irse -a una de huéspedes. Cuando tenían un buen -momento vivían bien; pero cuando llegaba la -mala, los dos se echaban en cara su respectiva -miseria.</p> - -<p>—¿Por qué te he seguido?—exclamaba ella.</p> - -<p>—Eso me pregunto yo—decía él—. ¿Para qué -me has seguido? Para hundirme para siempre.</p> - -<p>La Paca se separó de Castelo, tuvo otros aman<span class="pagenum"><a name="Page_86" id="Page_86">[86]</a></span>tes -y volvió a reconciliarse con él. En la segunda -separación llegaron a pegarse.</p> - -<p>La Paca, entonces, recurrió a sus amistades cortesanas; -pero al ver que la Reina y sus amigas la -cerraban la puerta de Palacio, se indignó y comenzó -a manifestarse republicana. Cuando bebía y se -exaltaba decía que había que ahorcar a la familia -real y a toda la aristocracia.</p> - -<p>En uno de esos momentos de miseria, la Paca -conoció a una corredora de alhajas y Celestina, a -la que llamaban la Sorda y la Garduña. Esta mujer -era dueña de un burdel de la calle de Barcelona -y del garito de la calle de la Fresa. La Garduña -vivía con un usurero, el Silverio. La Garduña era -una mujer gruesa, empaquetada, vestida con colores -chillones, de cara dura, abultada, y con unas -bolsas moradas debajo de los ojos. Esta Garduña -era muy inteligente en sus negocios y se iba enriqueciendo -con gran rapidez.</p> - -<p>El Silverio, su amante, un tipo raído y siniestro, -con una nube en un ojo y un aire de suspicacia, -era un hombre muy religioso, de varios oficios y -ninguno honrado: cantinero, prestamista, ropavejero -y dueño de garitos.</p> - -<p>La Garduña se entendía muy bien con él.</p> - -<p>La Garduña acabó por prostituír a la Dávalos; -explotaba su pasión desenfrenada por el juego, y -le hacía pagar las deudas llevándola a las casas de -citas.</p> - -<p>Castelo seguía también su marcha hacia el abismo; -todavía podía pasar por joven, aunque mirándole -de cerca se notaban los ultrajes del tiempo -en su rostro; su pelo rubio iba blanqueando con<span class="pagenum"><a name="Page_87" id="Page_87">[87]</a></span> -hebras de plata, y su labio colgante parecía hacerse -más flácido. Tenía, entre otras, la condición de -la intriga, y sabía disimular su crápula y darle un -aire sentimental. Este chulo sensible era muy -hábil. Sin haber estado en ninguna batalla, lucía -una buena hoja de servicios. Era cobarde, y daba -la impresión de valiente, fanfarrón, insultador, -procaz y de una audacia extraordinaria.</p> - -<p>Su fantasía le hacía darse aires de héroe, y convencía -a la gente de que los sueños de su imaginación -eran algo real.</p> - -<p>Castelo tenía una vanidad alucinada: la hija sin -padre de los desvanes del mundo, que dice Gracián, -dominaba por completo su espíritu; criticaba -con acritud a todos los políticos y, sobre todo, a -los generales, que le parecían de una ineptitud tan -completa, que afirmaba que el uno no sabía leer, -que el otro era incapaz de hacer maniobrar a cincuenta -hombres, etc. Se manifestaba también, a -consecuencia de su vanidad y de su cobardía, muy -rencoroso.</p> - -<p>Castelo y Paca Dávalos, después de muchas -riñas y separaciones, llegaron a un acuerdo y se -asociaron con la Garduña para establecer varias -timbas en Madrid.</p> - -<p>Uno de los socios era doña Anita, la italiana, -que había sido querida de Castelo y que acabó -casándose con un francés y poniendo una tienda -de antigüedades.</p> - -<p>El negocio de las timbas era tan lucrativo, que, -a base de la que existía en la calle de la Fresa, se -instalaron otras casas de juego en distintos sitios -de Madrid.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_88" id="Page_88">[88]</a></span></p> - -<p>A la Paca y a Castelo los tenían los socios como -elemento decorativo. La Paca Dávalos, a pesar de -ser empresaria, era una jugadora empedernida. -Las emociones del juego borraban sus recuerdos. -Cuando estaba triste y pensaba en su hija, la idea -le producía tal dolor, que se emborrachaba hasta -quedar como muerta.</p><hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h4 id="CASTELO" class="nobreak">IX.<br /> -CHICO Y CASTELO</h4></div> - - -<p class="i65">Se cree, en general, a los hombres -más peligrosos de lo que son.</p> - -<p class="i65"><span class="smcap">Goethe</span>: <i>Las afinidades electivas</i>.</p> - - -<p class="p2"><span class="smcap">Pasaron</span> años y más años—dijo Aviraneta—. -Yo me había resignado a no llegar a nada, y -me contentaba con ser un espectador y un comentador -de los sucesos políticos. Casi todos los meses, -María Cristina me llamaba a su palacio y me -consultaba sobre sus asuntos particulares.</p> - -<p>La Reina estuvo siempre muy celosa de Muñoz, -y más que las cuestiones políticas le preocupaban -las aventuras de su marido. La italiana quería -sujetar al antiguo guardia de Corps, a quien había -elevado al tálamo real, y muchas de sus actitudes, -que parecían maniobras obscuras, no dependían -mas que de los celos. La misma marcha a Francia, -cuando dejó a España entregada al general -Espartero, no fué a causa de un despecho político, -sino de los celos que sentía al saber que su marido -frecuentaba la casa de una bailarina.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_90" id="Page_90">[90]</a></span></p> - -<p>La Reina llegó a las más absurdas precauciones, -y, para que su marido no saliera, le preparó en la -plaza de Palacio una azotea con persianas verdes -para que paseara sin que le vieran. La gente llamaba -en chunga a la azotea: la jaula de Muñoz.</p> - -<p>Muñoz era hombre guapo, tenía ocho o diez -años menos que Cristina, y ella sentía por él esa -pasión un poco exclusiva de las mujeres ardientes -y machuchas.</p> - -<p>Ya en 1834, antes de entrar yo en la cárcel, un -periódico titulado <i>La Crónica</i> dió esta noticia: -«Ayer se presentó Su Majestad la Reina Gobernadora -en un <i>char avant</i>, cuyos caballos dirigía -uno de sus criados. En el asiento del respaldo iba -el capitán de guardias duque de Alagón».</p> - -<p>La Reina se indignó de tal manera, al ver que -le llamaban criado a Muñoz, que no paró hasta -que Martínez de la Rosa y el jefe de policía, -Latre, suprimieron el periódico y desterraron a su -editor, Jiménez, y al director, Iznardi.</p> - -<p>Los celos le duraron a la Reina Cristina hasta la -vejez, y más tarde le entró el ansia de hacerse con -una fortuna de cualquier manera y por cualquier -medio. Entonces fué cuando se alió con Salamanca; -y comenzó sus combinaciones financieras y sus -negocios, y acabó de desacreditarse.</p> - -<p>Yo había intimado con la Reina Madre en -París, cuando vivía en su palacio de la calle de -Courcelles, y le había intentado convencer de que -un Gobierno fuerte y liberal era la salvación de -España.</p> - -<p>En Madrid, María Cristina me llamaba al palacio -de la calle de las Rejas, me preguntaba mi<span class="pagenum"><a name="Page_91" id="Page_91">[91]</a></span> -opinión acerca de las cuestiones políticas, y quería -que yo le dijera lo que se murmuraba en la calle -sobre los amores de su hija y sobre los milagros -de sor Patrocinio.</p> - -<p>María Cristina había perdido influencia en su -hija Isabel, que, como se sabe, vivió entregada a -una serie de favoritos, serie que comenzó por Serrano, -el General Bonito.</p> - -<p>María Cristina no tenía ninguna simpatía por su -yerno, y le despreciaba por su debilidad y por dejarse -embaucar por la monja milagrera.</p> - -<p>María Cristina sabía que yo vivía pobremente, -y me decía:</p> - -<p>—Aviraneta, han sido muy ingratos para ti. Si -necesitas dinero, vete a verle a Pepe Salamanca, -de mi parte. Yo le escribiré.</p> - -<p>—Señora—le contestaba yo—, tengo lo bastante -para vivir.</p> - -<p>María Cristina me envió de regalo cuadros y estatuas, -y alhajas para mi mujer. A pesar de esto, -yo no la quería. Aquella ansia de hacer dinero a -todo trance, de considerar a España como una -finca, me molestaba. Esto debía haberlo aprendido -de su amigo Luis Felipe.</p> - -<p>Nunca pasé de ahí, de tener amistad con la Reina -Madre; pero como todo se sabe en Madrid, y -se sabía que yo frecuentaba su palacio, se creyó -que era uno de sus consejeros políticos, lo que no -era cierto.</p> - -<p>Si hubiese querido hubiese podido aprovechar -esta amistad, pero ya era viejo y estaba desengañado.</p> - -<p>Además, la Reina Madre y González Bravo, y<span class="pagenum"><a name="Page_92" id="Page_92">[92]</a></span> -después Sartorius, pretendían mermar, y hasta -abolir, la Constitución, cosa que para mí no podía -ser simpática, porque era la negación de toda mi -vida política. A los sesenta años ya uno no se -vende, o se ha vendido ya, o ha tomado la honradez -por costumbre.</p> - -<p>No me quedaba, como he dicho, mas que la -curiosidad de enterarme y de saber lo que -pasaba.</p> - -<p>Cuando el general Lersundi fué presidente y -Egaña ministro de la Gobernación, estuvo éste en -mi casa a decirme que de parte de la Reina, del -general y de la suya, venía a verme para que pidiese -un cargo.</p> - -<p>—Yo ya no quiero ser nada—le dije.</p> - -<p>Durante estos años intermedios entre la guerra -civil y la revolución del 54 oí hablar mucho de -Chico en todas partes, sobre todo cuando comenzaron -las prisiones y las deportaciones; pero no le -llegué a encontrar ni una vez. Chico se hizo célebre -como jefe de policía de Madrid. Era un hombre -muy odiado por el pueblo. Todo el mundo -contaba horrores de él, y se le consideraba como -un esbirro capaz de los mayores atropellos y violencias.</p> - -<p>Yo no recordaba bien a Chico; me lo pintaban -como un tagarote de taberna, ordinario y bestial, -y yo tenía de él la idea de un tipo casi elegante, -fino, con unos ojos muy vivos e inteligentes, la -nariz un poco aplastada, los labios delgados, el color -pálido y el cuerpo esbelto.</p> - -<p>Chico, al menos en el tiempo que yo le conocí, -leía bastante, le gustaba mucho la pintura y ha<span class="pagenum"><a name="Page_93" id="Page_93">[93]</a></span>blaba -con gracia, con un acento un poco andaluzado.</p> - -<p>Cosa extraña. La casualidad y la mala voluntad -de un ministro hizo que yo apareciera unido -a Chico en un asunto en que no teníamos nada de -común.</p> - -<p>En 1847 me prendieron a mí y le prendieron a -Chico, y nos deportaron, a mí a Alicante y a él a -Almería. Cualquiera hubiera dicho que había relación -entre nosotros dos; pero no había ninguna.</p> - -<p>Yo había recibido carta de un amigo y secretario -de María Cristina, desde París, pidiéndome -noticias de Madrid, y yo le contesté burlándome -de los puritanos que entonces ocupaban el Poder, -y la carta la interceptó el Gobierno.</p> - -<p>Respecto a Chico, tenía, en abril de 1847, una -letra de veinticinco mil francos del duque de -Riansares, aceptada por el ministro de la Gobernación, -Benavides, para cobrar. Por entonces hubo -una algarada de unos cuantos jóvenes que vitorearon -a la Libertad y a la Reina, al paso de Isabel II, -en coche, por la Puerta del Sol, la calle Mayor y -la plaza de Oriente. El ministro pensó: «Vamos a -prender a Chico y a Aviraneta; a Aviraneta le castigamos -por sus correspondencias, y a Chico no le -pago la letra hasta que tenga dinero, y, de paso, -se da la impresión a la gente de que ha habido un -complot». ¿Qué complot iba a haber para vitorear -a la Reina? Era ridículo; pero la gente lo cree -todo.</p> - -<p>Naturalmente, nos levantaron el destierro en seguida, -pero la idea de que había algo de común -entre Chico y yo quedó flotando en el aire.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_94" id="Page_94">[94]</a></span></p> - -<p>También oí hablar, repetidas veces, de Mauricio -Castelo, cuyo nombre aparecía entre los progresistas -radicales con la aureola de un político austero.</p> - -<p>¡Qué se va a hacer! Este será siempre uno de -los escollos de la democracia: el que el pueblo no -se pueda enterar bien de las condiciones de sus -servidores. A una colectividad se le engaña siempre -mejor que a un hombre.</p> - -<p>El año 1851 fué nombrado jefe político de Madrid -mi amigo el general Lersundi. Yo visitaba -mucho su casa, adonde iba de tertulia un día a la -semana. Fuí a felicitarle por su nombramiento, -hablamos y me preguntó:</p> - -<p>—¿Conoce usted personalmente a Chico, el jefe -de policía?</p> - -<p>—Le conozco desde que era capitán de Caballería -retirado; pero hace más de veinte años que -no le he visto.</p> - -<p>—¿Qué opinión tiene usted de él?</p> - -<p>—Opinión personal, ninguna. Estuvo afiliado a -la sociedad Isabelina que yo fundé. Era, por entonces, -un hombre enérgico y atrevido.</p> - -<p>—¿Y desde esa época no le ha vuelto usted -a ver?</p> - -<p>—Nunca. Siempre estoy oyendo hablar de él y -no me lo he encontrado jamás. Yo hago una vida -especial. No salgo de noche, no voy al teatro.</p> - -<p>—¿Sabe usted que le vamos a prender a Chico?</p> - -<p>—Pues, ¿por qué?</p> - -<p>—Tiene una fama pésima. Se afirma que está -en relación con los ladrones y que lleva su parte -en lo que se roba en Madrid. Se sabe que ha cometido -mil atropellos.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_95" id="Page_95">[95]</a></span></p> - -<p>—Respecto a los atropellos—dije yo—, no -cabe duda que deben ser verdad; pero tanta culpa -como él la tienen los jefes del Gobierno, que le -han dado órdenes o que le han consentido; respecto -a que esté en connivencia con los ladrones, -no lo creo.</p> - -<p>—Pues parece que es cierto. Es indudable que -Chico tiene palacios, criados, una galería de cuadros -magnífica; que sostiene mujeres...</p> - -<p>—¿Y hay pruebas contra él?</p> - -<p>—Sí, hay pruebas.</p> - -<p>—Me parece extraño que un hombre listo haya -dejado un rastro comprobable de sus fechorías.</p> - -<p>—Pues no cabe duda. En este momento se está -haciendo un expediente documentado contra -Chico.</p> - -<p>—¿Y quién lo hace?</p> - -<p>—Una persona respetable: el coronel Castelo.</p> - -<p>—¿Don Mauricio Castelo?</p> - -<p>—El mismo. ¿Le conoce usted?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>No dije más. Solía encontrar de cuando en -cuando en la plaza del Progreso, tomando el sol, -al inspector Luna, que paseaba con su nietecillo. -Luna estaba retirado y vivía en una casa de la calle -de Barrio Nuevo. Un día, al encontrarle, le -conté lo que me había dicho el general Lersundi.</p> - -<p>—Ya lo sé—me contestó él.</p> - -<p>—Sin duda, Castelo hace este expediente llevado -por el odio contra Chico, que le descubrió la -artimaña del supuesto robo hecho a Macías.</p> - -<p>—No, no sólo es por eso—replicó Luna—. -Chico hizo una canallada a Castelo.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_96" id="Page_96">[96]</a></span></p> - -<p>—¿Pues?</p> - -<p>—No sé si le conté a usted que Chico guardó -la confesión de Castelo.</p> - -<p>—Sí me lo contó usted.</p> - -<p>—Chico—siguió diciendo Luna—guardó -aquel documento con la idea de utilizarlo, en cualquier -ocasión, contra Castelo. Dos o tres años -después del supuesto robo, y en el tiempo en que -acababa de ser nombrado Chico jefe de la policía, -se encontró en un baile de máscaras del Circo -con Paca Dávalos. Ella estaba todavía en el apogeo -de su belleza. Paca quiso darle broma y divertirse -a costa del terrible jefe de policía, de quien -sabía algunos secretos amorosos por Castelo. Chico -la conoció, la llevó al ambigú y la convidó a -cenar. Ella aceptó el convite y coqueteó con Chico; -pero al salir del baile le dijo que no tomara en -serio sus coqueterías, porque estaba enamorada -de otro hombre. Chico, enfurecido, le replicó que -si no le acompañaba a su casa aquella noche, al -día siguiente le llevaría a Castelo a la cárcel y le -desacreditaría, porque tenía un documento que le -comprometía.</p> - -<p>—¿Y ella qué hizo?</p> - -<p>—Ella fué a su casa.</p> - -<p>—¡Demonio!</p> - -<p>—Sí, y Castelo lo supo, porque esas cosas se -saben siempre. Al principio, Castelo no hizo nada -en contra de Chico. Había reñido muchas veces -con la Paca, que hacía una vida relajada, y, ciertamente, -no estaban legitimados los celos. Además, -la posición de Chico como jefe de policía era -muy fuerte, y no era fácil el medirse con él. Cuan<span class="pagenum"><a name="Page_97" id="Page_97">[97]</a></span>do -la reputación de Chico comenzó no sólo a decaer, -sino a hacerse siniestra, Castelo, como si en -un momento sintiera revivir los agravios inferidos -por su antiguo camarada, se puso a la cabeza de -los enemigos del jefe de la Ronda.</p> - -<p>—Se comprende que una cosa así no es para -olvidarla, y menos pensando que el autor de la -ofensa es un amigo de la infancia—le dije yo.</p> - -<p>—Castelo siente hoy un odio profundo contra -Chico. El recuerdo de la antigua amistad que tuvo -con él hace su rencor más violento y más venenoso.</p> - -<p>—Me explico que un hombre frenético, como -Castelo, haya hecho muy mala sangre pensando -en Chico.</p> - -<p>—El odio de Castelo se lo ha comunicado a la -Dávalos, y los dos han empleado todos los medios -para hundir a Chico; han seducido a los -agentes de la Ronda Secreta y a una porción de -ladrones que conocen por intermedio de los «ganchos» -de las casas de juego de la Garduña y del -Silverio, y toda esa gente maleante ha declarado -contra Chico, contando parte de verdad y parte -de mentira. El partido progresista le ayuda a Castelo -en su campaña.</p> - -<p>—¿Y será verdad que Chico se entendía con los -ladrones?</p> - -<p>—¡Hombre, don Eugenio!—dijo Luna con una -sonrisa cínica—. Todos los policías se entienden -más o menos con los ladrones; pero no son los -robos los que pueden dar más dinero a un hombre -que tenga el cargo de Chico. ¡Figúrese usted! -Hay líos en la Corte, hay grandes negocios, hay<span class="pagenum"><a name="Page_98" id="Page_98">[98]</a></span> -jugadas de Bolsa, hay Salamanca; se puede salvar -a un político de una campaña de difamación; se -puede salvar la fama de una señora comprometida, -hacer desaparecer favoritos, como un Mirall o un -Pollo Real. Todo eso da.</p> - -<p>—¿Y usted qué va a hacer si le llaman, amigo -Luna?</p> - -<p>—¿A mí? ¿Quién me va a llamar? Nadie me conoce. -Soy una sombra, vivo en mi rincón obscuramente, -con mi hija y mis nietos, y no tengo -personalidad mas que para ellos.</p> - -<p>—¿Y si le llamaran, a pesar de eso?</p> - -<p>—No diría nada ni en pro ni en contra, don -Eugenio.</p> - -<p>—¿Nada?</p> - -<p>—Nada. Cualquiera se pone a defender a Chico -a estas alturas.</p> - -<p>Le dejé al inspector Luna con su nietecillo, y -le hablé unos días después al general Lersundi y -le conté lo que sabía de Castelo y de su hostilidad -contra Chico.</p> - -<p>—El proceso se ha de ver pronto—me dijo el -general—. Allí se aclarará la cuestión.</p> - -<p>Días después, Lersundi fué nombrado ministro -de la Guerra, y le sustituyó en el Gobierno Civil -don Melchor Ordóñez.</p> - -<p>Este dispuso la prisión de Chico, que estuvo -nueve meses en el Saladero, hasta que vino el sobreseimiento -de la causa por falta de pruebas.</p> - -<p>Castelo declaró varias veces en el proceso, y -dijo a todos los que quisieron oírle que no pararía -hasta verle a Chico colgando de la horca.</p> - -<p>A las acusaciones de Castelo contestó Chico<span class="pagenum"><a name="Page_99" id="Page_99">[99]</a></span> -con una información detallada de la vida de su -enemigo. Lo pintó como un intrigante, como soldado -traidor y jugador de ventaja, que explotaba -alternativamente los garitos y las mujeres.</p> - -<p>La lucha entre los dos fué ruda y sin tregua. -Ambos echaron mano de todos los expedientes -imaginables.</p> - -<p>Chico tenía la opinión adversa y se agitaba en -el vacío; los resortes de que podía echar mano estaban -gastados; en cambio, Castelo encontraba -apoyo en todo el mundo político y periodístico.</p> - -<p>—Por entonces—siguió diciendo Aviraneta—, -alguna que otra vez solía ver en la calle a Castelo, -que ascendió, por sus intrigas y manejos obscuros, -a brigadier. Castelo andaba acompañado de un -hombre de buen aspecto que me dijeron era un -viejo asistente suyo. Castelo y yo nos saludábamos -al vernos, y yo le tenía por un hombre que -estaba en buenas relaciones conmigo.</p><hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h3 class="nobreak">SEGUNDA PARTE<br /> -CONSECUENCIAS</h3></div> - -<h4 id="FIVEFOUR">I.<br /> -LA REVOLUCIÓN DEL 54</h4> - - -<p class="i65">¿Cuál de vuestros sistemas filosóficos -es otra cosa que el teorema -de un sueño, un puro cociente, -confidencialmente obtenido donde -el divisor y el dividendo son desconocidos?</p> - -<p class="i65"><span class="smcap">Carlyle</span>: <i>Sartor Resartus</i>.</p> - - -<p class="p2"><span class="smcap">En</span> tal estado de cosas llegó la revolución de -julio de 1854. Yo, la verdad, y confieso que -era un error de perspectiva, no creía en ella. Es -un achaque de los viejos desconfiar del presente. -¿A quién no le ocurre esto? A mí me pasó como -a todo el mundo. Cuando en junio de aquel año -mi amigo Leguía, aquí presente, me indicó que -iba a estallar un movimiento revolucionario, yo le -dije: «¡Bah! No pasará nada».</p> - -<p>El movimiento llegó, los generales se sublevaron -en Vicálvaro, y los días que la revolución an<span class="pagenum"><a name="Page_102" id="Page_102">[102]</a></span>duvo -suelta por las calles, yo me dediqué a curiosear. -Presencié el saqueo del palacio de María -Cristina y el de la casa de Salamanca a los gritos -de «¡Muera Sartorius! ¡Mueran los polacos! ¡Muera -la Piojosa!» Yo tenía más miedo en casa que en -la calle. Había gente que sabía que yo era amigo -de María Cristina y, por tanto, sospechoso para -el pueblo, que en aquella época tenía un odio profundo -por esta reina, a quien hacía veinte años -consideraba como un ídolo.</p> - -<p>Yo vivía en la calle de San Pedro Mártir, en el -barrio de la Comadre, ya al comenzar los Barrios -Bajos.</p> - -<p>El día 22 de julio supe, por la lavandera de -casa, que los amigos del célebre torero Pucheta, -dictador de aquellos andurriales, habían señalado -mi casa y mi persona a las iras del pópulo como -cristino. Indagué y pude comprobar que, efectivamente, -me encontraba en la lista de sospechosos. -Los Barrios Bajos formaban entonces una pequeña -república autónoma bajo las órdenes del -señor Muñoz (alias Pucheta). Así teníamos un Muñoz -arriba (el marido de Cristina), y otro Muñoz -abajo (Pucheta). La revolución del 54 era un conflicto -entre dos Muñoces.</p> - -<p>Tuve que tomar mis medidas y pensé en buscar -un asilo seguro. Mi mujer se refugió en casa -de un médico joven de la vecindad que nos visitaba. -Este médico vivía con su madre, y por entonces -hacía oposiciones a una cátedra de San -Carlos.</p> - -<p>Entre mi mujer y yo sacamos de noche de -nuestra habitación los papeles, los cuadros regala<span class="pagenum"><a name="Page_103" id="Page_103">[103]</a></span>dos -por María Cristina y algunos muebles, y los -llevamos a la casa del médico; luego cerramos la -puerta con llave.</p> - -<p>Yo fuí a visitar a algunos amigos y conocidos -para ver si me daban albergue por unos días, y -obtuve una absoluta negativa.</p> - -<p>En los momentos de peligro la mayoría se siente -inclinada a pensar sólo en sus intereses y a no -preocuparse de los amigos ni de los allegados.</p> - -<p>Había por aquellos días un miedo terrible, y los -que me conocían a mí creían que yo no era sólo -un cristino, sino que debía estar complicado en -todas las intrigas de los polacos. Se decía que -María Cristina estaba encerrada en un convento.</p> - -<p>Al fin tuve que ir a casa de la lavandera que me -había avisado que estaba perseguido, y allí encontré -un rincón seguro para pasar unos días. La señora -Isidra, la lavandera, vivía en una guardilla de -la calle de la Espada, y su hijo era un cabecilla -revolucionario de los Barrios Bajos: Manolo, el papelista. -La señora Isidra tenía muy poco sitio y -muchos nietos, y en su casa se estaba con gran -incomodidad.</p> - -<p>Manolo, el papelista, me contó cómo habían peleado -él y sus amigos en la Cuesta de Santo Domingo -con los cazadores, y luego en la calle de -Jacometrezo. Manolo estaba muy satisfecho por -haber tomado parte en estas jornadas.</p> - -<p>Me solía traer papeles que se publicaban en la -calle y números de <i>El Murciélago</i>, de <i>La Mentira</i> -y de <i>El Miliciano</i>.</p> - -<p>Seguía yo la marcha de la revolución por los -periódicos y por las conversaciones.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_104" id="Page_104">[104]</a></span></p> - -<p>A pesar de que el movimiento parecía completamente -liberal, no lo era del todo. Había entre -los impulsores de aquellas jornadas revolucionarias -progresistas, demócratas, republicanos, militares -de la Unión Liberal, moderados y hasta carlistas. -Este origen mixto hacía que el movimiento -tuviera un carácter turbio y su dirección fuera -confusa y mal definida.</p> - -<p>Cuando creí que la violencia revolucionaria -había ya pasado salí de la guardilla de la lavandera -para visitar a algunos amigos que estaban, -como yo, considerados como sospechosos, para -ver qué es lo que habían hecho y tomar una -orientación.</p> - -<p>Sabía que se cacheaba y se identificaba a la gente -en la calle.</p> - -<p>Me acerqué al centro entre la gente huyendo -de los barullos: fuí por la Concepción Jerónima, -calle de Atocha y plaza de Santa Ana a la calle -del Prado, a ver al dueño de una casa de la calle -del Lobo, donde había vivido. En la desembocadura -de esta calle con la del Prado había una barricada -defendida por toreros, casi todos de la cuadrilla -de Cúchares.</p> - -<p>Intenté entrar por la calle de la Visitación, pero -estaba también cortada.</p> - -<p>Volví a la plaza de Santa Ana y seguí por la -calle del Príncipe.</p> - -<p>Iba por la calle de Sevilla a la de Alcalá cuando -me encontré detenido en la esquina por una barricada -alta formada por carros, muebles, tablones y -adoquines. Estaba la barricada vigilada por un -grupo de paisanos armados, entre los que abun<span class="pagenum"><a name="Page_105" id="Page_105">[105]</a></span>daban -tipos de torero con traje corto y calañés y -mozos de café de los cafés próximos.</p> - -<p>El volverme de repente hubiera parecido sospechoso; -me reuní al grupo de los paisanos, repartí -unos cuantos cigarros puros, y a un hombre -andrajoso, con un morrión en la cabeza greñuda, -que estaba sentado sobre unas piedras con un -gran trabuco, le pregunté:</p> - -<p>—Oiga usted, compadre, ¿quién manda esta -barricada?</p> - -<p>—Un brigadier que vive en esa casa—y me señaló -una de la calle de Sevilla, esquina a la de -Alcalá.</p> - -<p>—¿Cómo se llama ese brigadier?</p> - -<p>—No sé. ¡Eh, tú, Charpa! ¿Cómo se llama ese -brigadier que viene aquí vestido de uniforme?</p> - -<p>—No <i>ze</i>—dijo el aludido, que tenía aire de picador—; -quizá lo <i>zepa</i> Currito o el Lebrijano.</p> - -<p>—Ese brigadier se llama don Mauricio Castelo—dijo -Currito, que era un chulo con aire de monosabio.</p> - -<p>—¡Hombre! ¡Castelo! Lo conozco. Es muy amigo -mío. Voy a verle.</p><hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h4 id="PASO" class="nobreak">II.<br /> -MAL PASO</h4></div> - - -<p class="i65">¿Por qué ultraje comenzar; por -qué ultraje terminar?</p> - -<p class="i65"><span class="smcap">Eurípides</span>: <i>Electra</i>.</p> - - -<p class="p2"><span class="smcap">Vacilé</span>; pero como había dicho delante de -aquellos hombres que conocía a Castelo, entré -en la casa que me indicaron. Se me ocurrió -que quizá Castelo podría protegerme y darme un -salvoconducto para salir de Madrid.</p> - -<p>Subí la escalera de la casa hasta el piso principal.</p> - -<p>—¿Vive aquí don Mauricio Castelo?</p> - -<p>—Sí, señor. Por lo menos, aquí está.</p> - -<p>Era aquello un círculo de recreo, una casa de -juego. Estaba la puerta abierta y entraban y salían -hombres que hablaban a gritos y fumaban grandes -puros.</p> - -<p>Vacilé de nuevo pensando si no sería una imprudencia -el seguir adelante; pero me decidí.</p> - -<p>Avancé, cruzando una sala con dos mesas de<span class="pagenum"><a name="Page_108" id="Page_108">[108]</a></span> -billar y otras de mármol, hasta una sala de lectura -con un armario, en el que se veían varios libros.</p> - -<p>Castelo estaba rodeado de un grupo de hombres -armados con escopetas y trabucos, gente la mayoría -desharrapada, con zamarra y calañés, entreverada -con algunos elegantes de levita de color, -corbatín y pantalones de trabilla.</p> - -<p>Varios de aquellos hombres, a pesar del calor -sofocante de los días de julio, llevaban capa.</p> - -<p>La mayoría eran tipos de matones, de esos que -se ven en las escaleras de las chirlatas embozados -en la pañosa y con un garrote en la mano.</p> - -<p>Estaba yo en la puerta del salón de lectura cuando -entró el torero Pucheta con un periodista, pequeño -y pálido, picado de viruelas y con anteojos, -y un revendedor del Teatro Real a quien llamaban -el Mosca.</p> - -<p>Los tres se acercaron a Castelo y hablaron con -él largo tiempo.</p> - -<p>Pucheta empleaba las grandes frases de la época: -la democracia, la soberanía nacional; el periodista -se mostraba acre y lleno de odio contra -todos.</p> - -<p>Cuando acabaron su conferencia, toda la gente -se marchó con Pucheta.</p> - -<p>Castelo quedó solo, y entonces me acerqué a él -y le saludé:</p> - -<p>—Siéntese usted—me dijo amablemente—. -Yo voy a comer. ¿Quiere usted comer conmigo?</p> - -<p>—Muchas gracias. He comido ya.</p> - -<p>Castelo abrió una mampara del saloncito, llamó -a voces, vino su asistente y le dijo:</p> - -<p>—Tráeme la comida.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_109" id="Page_109">[109]</a></span></p> - -<p>Contemplé a Castelo. Había envejecido muchísimo -desde que yo le había conocido. Tenía un -aire de intranquilidad y al mismo tiempo de estupor. -Estaba encorvado. Vestía pantalones de militar, -chaqueta de paisano y gorra de cuartel. Fumaba -sin ganas; más bien mascaba un cigarro -puro.</p> - -<p>Me chocó hallarle tan decaído. Creí adivinar en -él un sentimiento de descontento al verse entre -Pucheta y su mesnada y le pregunté:</p> - -<p>—¿Quién era esta gente? ¿Qué es lo que quiere?</p> - -<p>—Estos son los jefes de la revolución al menudeo—contestó -con disgusto—. Alguno que otro -es un cándido. Los demás son gandules y asesinos -que debían estar en presidio.</p> - -<p>—Sí, por su aspecto no parecen muy de fiar.</p> - -<p>—Todos, o la mayoría de estos revolucionarios -de pega, son tahures, jugadores de oficio; los -otros, revendedores de alhajas, y algunos, toreros.</p> - -<p>—¿Y el periodista?</p> - -<p>—Ese es el mayor canalla de todos. ¡Si yo tuviera -poder!</p> - -<p>—Ese torero que toma aires de director de las -turbas es el célebre Pucheta, ¿verdad?</p> - -<p>—Sí; es un tiranuelo de los Barrios Bajos.</p> - -<p>—Y ¿cómo se ha mezclado usted con esa gente, -amigo Castelo?</p> - -<p>Yo le hice esta pregunta como si le considerara -más en mi campo que en el de los amigos de -Pucheta.</p> - -<p>—¿Qué quiere usted?—me dijo él revelando su -inquietud—; me han comprometido; me han nombrado -jefe de esta barricada, lo que consideran un<span class="pagenum"><a name="Page_110" id="Page_110">[110]</a></span> -puesto de honor y de peligro. Hoy han venido a -invitarme a que presida una gran comida que van -a dar en un colmado de esta calle para celebrar el -triunfo de la Revolución.</p> - -<p>—¿Y usted va a ir?</p> - -<p>—Sí; si no parecería sospechoso. La cosa no -está sosegada todavía, sino sólo aplazada.</p> - -<p>—¿Pues qué se quiere?</p> - -<p>—Cada uno quiere una cosa diferente: unos, a -Espartero; otros, a O'Donnell; hay quien piensa en -la República.</p> - -<p>—¡Bah! Todavía falta mucho para eso.</p> - -<p>—Todos quieren prender y juzgar a María Cristina.</p> - -<p>—¿Y dónde está María Cristina?</p> - -<p>—Está en Palacio.</p> - -<p>Castelo salió del cuarto, y vino, poco después, -con una botella de ron y un vaso; tiró el cigarro -al suelo, lo pisó y comenzó a beber el licor como -si fuera agua.</p> - -<p>Yo le contemplé. Debía de estar completamente -alcoholizado; parecía de esos hombres que viven -en una irritación constante interrumpida por momentos -de depresión.</p> - -<p>Entró el viejo asistente con la comida y puso -sobre una mesa el mantel y los platos.</p> - -<p>—¿Dónde está la señorita? ¿Por qué no viene?—le -preguntó Castelo.</p> - -<p>—¿Quiere usted que la llame?</p> - -<p>—Sí; que venga en seguida, que la estoy esperando.</p> - -<p>Yo estaba buscando una fórmula para marcharme -cuando entró Paca Dávalos en el saloncito<span class="pagenum"><a name="Page_111" id="Page_111">[111]</a></span> -vestida con una bata de color de rosa. De lejos -todavía hacía efecto; pero de cerca era una vieja -decrépita. Estaba torcida para un lado, iba pintada -y empolvada. Tenía los ojos tiernos y los párpados -rojos y sin pestañas; en su cara, a través de -la capa de polvos de arroz, se veían manchas rojas -como erisipelatosas. A cada momento guiñaba -los ojos y tenía unos tics nerviosos que le hacían -estremecer todo el rostro. Al hablar torcía la boca -a un lado.</p> - -<p>Era todavía felina; sus ojos soñadores habían -perdido su brillo y su encanto, pero le quedaba -algo del tigre viejo y derrengado que bosteza dentro -de la jaula.</p> - -<p>Me levanté para saludarla. Ella no me reconoció. -Se sentó; tomó en la mano el vaso lleno de -ron que tenía Castelo delante y bebió unos cuantos -sorbos.</p> - -<p>Le temblaba la mano como a un perlático.</p> - -<p>De pronto me miró fijamente y me dijo:</p> - -<p>—Yo le conozco a usted.</p> - -<p>—Yo también a usted.</p> - -<p>—¿De dónde?</p> - -<p>—De casa de Celia.</p> - -<p>—¡Ah! Es verdad.</p> - -<p>Hablamos de la gente que iba a aquella casa; de -Ronchi, de Nicolasito Franco, de Fidalgo y de sus -hermanas, del padre Mansilla.</p> - -<p>La Dávalos se confundía con sus recuerdos; -había perdido la memoria. Tenía, de pronto, unas -gesticulaciones bruscas. Aquella contracción de la -cara de la Dávalos hacia un lado, me chocaba. -Daba la impresión de algo grave y, a veces, tenía<span class="pagenum"><a name="Page_112" id="Page_112">[112]</a></span> -yo la evidencia de que aquella mujer era una perturbada, -una loca.</p> - -<p>—¿Usted es todavía amigo de Cristina?—me -preguntó tartamudeando.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Pues lo va usted a pasar mal.</p> - -<p>—¡Qué le vamos a hacer!</p> - -<p>—¿Y cómo puede usted ser amigo suyo?</p> - -<p>—Yo, por agradecimiento. ¡Qué quiere usted! -Le debo la vida.</p> - -<p>La Dávalos se exaltó al hablar de María Cristina, -y empezó a decir de ella porquerías y suciedades, -llamándola constantemente zorra, piojosa -y la señora de Muñoz. La Paca usaba los juramentos -y las blasfemias de los tahures y matones con -quien trataba y convivía.</p> - -<p>—¿Le hizo a usted alguna mala pasada la Reina?—le -pregunté yo.</p> - -<p>—¡Si me hizo! Ya lo creo. Fuí su amiga; pero -hoy daría mi vida por devolverle el mal que me -ha hecho y arrastrarla al fango donde debía estar. -La odio, la odio.</p> - -<p>—¿Tanto...?</p> - -<p>—Quisiera verla en un estercolero, sobre una -estera podrida y devorada por los gusanos.</p> - -<p>La Paca dejó pronto su aire reconcentrado y -vengativo y recitó estos versos, que habían salido -del campo carlista:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanza"> -<div class="line i1">Clamaban los liberales</div> -<div class="line">que Cristina no paría,</div> -<div class="line">y ha parido más Muñoces</div> -<div class="line">que liberales había.</div> -</div></div></div> - - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_113" id="Page_113">[113]</a></span> -—¡Muñoces!—exclamó luego la Paca—. Cualquiera -sabe de quién son los hijos de esa zorrona..., -cochina.</p> - -<p>Castelo intervino en la conversación y habló de -lo que se decía en la calle: de que la Reina Madre -había tomado parte en todas las contratas y en -todos los negocios sucios de España y de Ultramar -para hacer la fortuna de los Muñoz.</p> - -<p>¡Qué moralidad se había despertado en un tahur -como Castelo!</p> - -<p>—Pero eso es lo de menos—añadió; y contó -ciertos asesinatos misteriosos que había ordenado -Cristina y hecho ejecutar por Chico y su gente, y -de varios envenenamientos realizados por aquella -nueva Lucrecia Borgia. Castelo citaba nombres, -fechas, circunstancias.</p> - -<p>Lo daba todo esto como indiscutible. Yo me -eché a temblar. Cuanto más odio hubiese por -María Cristina, más peligrosa era mi situación. La -verdad es que luego he oído hablar en serio de -envenenamientos hechos por gentes de Palacio, -entre ellos el de la segunda mujer del infante don -Francisco.</p> - -<p>—Pero, ¿usted cree que todo eso es verdad?—le -pregunté a Castelo.</p> - -<p>---¡Si es! Es el Evangelio.</p> - -<p>—¡Demonio!</p> - -<p>—Sí, sí, es usted cristino—dijo Castelo—; lo -va usted a pasar mal. Ahora va de veras; no debía -usted salir a la calle, le pueden dar algún disgusto.</p> - -<p>—Por eso venía a verle a usted, que tiene influencia—le -dije.</p> - -<p>—¿Qué quiere usted que yo haga?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_114" id="Page_114">[114]</a></span></p> - -<p>—Mi casa está cerca de la plaza del Progreso; y -aquello es un ir y venir de gente que se han constituído -en amos, hacen lo que les da la gana y han -formado una lista de sospechosos.</p> - -<p>—¿Dónde vive usted?</p> - -<p>—En la calle de San Pedro Mártir.</p> - -<p>—¿Hacia dónde está eso?</p> - -<p>—Hacia Lavapiés.</p> - -<p>—¡Toma, yo le creía a usted rico! De poco le -ha servido su amistad con Cristina.</p> - -<p>—Tengo mi sueldo de intendente, y de él vivo.</p> - -<p>—Bueno, yo le diré a los patriotas de Barrios -Bajos, y sobre todo a Pucheta, que no se metan -con usted. Ahora, váyase usted, váyase cuanto -antes. Aquí no hace usted mas que comprometerme.</p> - -<p>Castelo, a medida que iba ingiriendo alcohol, -iba saliendo de su abatimiento sombrío y excitándose -cada vez más.</p> - -<p>Me levanté, tomé mi sombrero y, haciendo de -tripas corazón, saludé lo más amablemente que -pude a Paca Dávalos y a Castelo. Había dado un -paso en falso.</p> - -<p>Al salir del cuarto de lectura a la sala de billar, -Castelo gritó de pronto:</p> - -<p>—¡Oiga usted, oiga usted, señor cristino! Tengo -entendido que en la tertulia del general Lersundi -se ha hablado mal de mí. ¿Usted debe saber quién -fué, porque usted iba a esa tertulia?</p> - -<p>—Yo, no; yo no he oído hablar de usted.</p> - -<p>—¿Usted no le conoce a Macías?</p> - -<p>—A un Macías le conocí en Méjico; pero desde -entonces no le he vuelto a ver.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_115" id="Page_115">[115]</a></span></p> - -<p>—Y a Luna, al inspector de policía Luna, ¿le -conoce usted?</p> - -<p>—A ese le conocí porque fué el que me prendió -hace veinte años y me llevó a la Cárcel de -Corte; pero luego no he tenido noticias de él, ni -sé si vive.</p> - -<p>—Pues sí vive, y yo lo he de encontrar para -ajustar unas cuentas antiguas. ¿Y a Chico, no le -conoce usted tampoco?</p> - -<p>—No, no le conozco. Cuando él comenzó a -intervenir en la política, yo me había retirado.</p> - -<p>—¡Si este buen señor debe ser más viejo que -Matusalén!—dijo la Dávalos.</p> - -<p>—Pues yo me he de vengar—exclamó Castelo—; -tengo que averiguar quién le dió malos informes -de mí a Lersundi y después a Ordóñez. -Algún amigo de Chico ha sido. Bueno; a Chico yo -le tengo que ahorcar con estas manos, sí, con -estas manos; y a Luna, si lo encuentro, lo moleré -a garrotazos.</p> - -<p>—Bueno, Mauricio, cálmate—dijo Paca.</p> - -<p>—No me quiero calmar: Sí, a Chico se le harán -pagar sus crímenes, y será pronto..., muy pronto..., -quizá antes de veinticuatro horas.</p> - -<p>A esto añadió Castelo gritos y blasfemias, accionando -con violencia y dando puñetazos en -la mesa.</p> - -<p>—Bueno. ¡Adiós!—dije yo.</p> - -<p>—¡Adiós!</p> - -<p>—Celebraré que no le rompan a usted un hueso—exclamó -Paca Dávalos, con su risa dolorosa, de -enferma.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_116" id="Page_116">[116]</a></span></p> - -<p>Castelo se echó a reír como un insensato, y -debió tener algún propósito agresivo contra mí, -porque intentó levantarse y seguirme; pero el asistente -le detuvo. Yo bajé corriendo las escaleras y -salí a la calle.</p><hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h4 id="INSOMNIO" class="nobreak">III.<br /> -UNA NOCHE DE INSOMNIO</h4></div> - - -<p class="i65">La enemistad de una sola chinche -menuda que se arrastre por -nuestra cama es más de temer que -la cólera de cien elefantes.</p> - -<p class="i65"><span class="smcap">Heine</span>: <i>Atta Troll</i>.</p> - - -<p class="p2"><span class="smcap">Tomé</span> por la calle de Alcalá hacia la Puerta del -Sol, a mezclarme a los grupos de revoltosos -y de vagos que andaban por allá.</p> - -<p>—Aviraneta—me dije a mí mismo—, has -hecho una tontería en visitar a Castelo. Has llamado -la atención sobre ti. No tienes un rincón -donde poner tus huesos en seguridad y estás en -peligro de que te rompan uno, como decía Paca -Dávalos hace un momento.</p> - -<p>Y me froté las manos, como si estuviera muy -satisfecho con mi suerte.</p> - -<p>Aquella tarde, el centro de Madrid estaba en -perpetua ebullición. No me decidí a ir a mi barrio, -porque temía que me conocieran, y me fuí a un -café de la calle Ancha. Me hice bastante amigo<span class="pagenum"><a name="Page_118" id="Page_118">[118]</a></span> -del mozo, le conté una historia falsa y me recomendó -una casa de huéspedes de la calle de -Silva.</p> - -<p>Fuí a ella: la patrona tenía mal semblante, y a -las pocas palabras que cambié con ella comprendí -que estaba recelosa y dispuesta a avisar a -la policía.</p> - -<p>Hacía una noche de calor sofocante. Me metí en -el cuarto que me alquilaron y no pude dormir. -Había chinches en la alcoba. Una procesión de -estos insectos salía de un ángulo del techo e iba -avanzando, y cuando llegaban encima de mi cama -se dejaban caer uno a uno con una precisión matemática.</p> - -<p>—Por la mañana, al alba, me levanté y me vestí. -Mi instinto me hacía creer que no estaba muy -seguro en aquella casa.</p> - -<p>Me asomé al balcón y me senté en una silla. A -eso de las cuatro vi que mi patrona salía a la calle, -y poco después volvía con un hombre.</p> - -<p>—Maniobra sospechosa—me dije.</p> - -<p>Abrí la puerta de mi cuarto y avancé por -el pasillo de la casa, todavía obscuro. La patrona -y el hombre hablaban de mí. Habían dejado la -puerta abierta.</p> - -<p>Inmediatamente me puse el sombrero y bajé -las escaleras con rapidez, con las botas en la mano. -En el portal me las puse; salí a la calle, entré por -el callejón del Perro y me metí en un portal -abierto e iluminado de la calle de la Justa. Era un -burdel. Había una vieja harapienta, con un aire de -lechuza, y dos muchachas feas, vestidas con colores -chillones. Una de ellas tenía una cara ancha,<span class="pagenum"><a name="Page_119" id="Page_119">[119]</a></span> -brutal, una cara de rodaballo, con unos ojos -saltones y la nariz chata. Las dos estaban muy -pintadas.</p> - -<p>La vieja conoció, por mi actitud, que venía -huyendo, y no se le ocurrió explotarme. Me -senté en un banco y charlamos. La vieja me habló -del Destino con un fatalismo tan estoico que me -asombró.</p> - -<p>—Cada cual su sino—decía a cada paso.</p> - -<p>Convidé a las mujeres a tomar café con leche, y -después de estar unas tres o cuatro horas allí, por -la calle de la Flor salí a la de San Bernardo.</p> - -<p>Subí a la plazuela de Santo Domingo, y en un -café que hacía esquina, cerca de una barricada, -entré y encargué un almuerzo.</p> - -<p>—Tardará un poco—me dijo el mozo—; todavía -es temprano, y con estos jaleos no viene nadie.</p> - -<p>—Bueno; no tengo prisa. Traiga usted unas -aceitunas, y esperaré.</p> - -<p>Compré <i>La Iberia</i> y unas hojas del <i>Boletín</i> extraordinario -del ejército constitucional, que se -vendían en las calles, y estuve haciendo como que -leía, pensando en dónde podría ocultarme, o si -sería mejor salir inmediatamente de Madrid.</p> - -<p>Llegó el almuerzo y comí bien, pensando que -quizá la cena se haría esperar.</p> - -<p>—Tiene uno buen apetito—me dije—. Eso -demuestra que interiormente todavía uno está sereno.</p> - -<p>Tomé café y varias copas de coñac y le di al -mozo una buena propina, suponiendo que podría -necesitarle.</p><hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h4 id="CHICO" class="nobreak">IV.<br /> -EL FINAL DE CHICO</h4></div> - -<p class="i65">Cuando se ha oído decir que tal -persona o tal otra es un hombre -malo, se cree leer la maldad en su -fisonomía, y entonces la ficción se -añade a la experiencia para realizar -una sensación cuando el interés -y la pasión se mezclan. Helvetius -cuenta que una dama, contemplando -la luna con un telescopio, -veía la sombra de dos amantes; un -cura que quiso comprobar el hecho -le replicó diciendo: No, señora, -no; esas sombras son las dos -torres de una catedral.</p> - -<p class="i65"><span class="smcap">Kant</span>: <i>Antropología</i>.</p> - - -<p class="p2"><span class="smcap">Estaba</span> dispuesto a salir del café, porque no -tenía pretexto para seguir en él, cuando los -mozos se asomaron a la puerta y volvieron diciendo:</p> - -<p>—Hay gran alboroto en la calle Ancha. La -gente viene hacia aquí gritando.</p> - -<p>—¿Qué pasará?</p> - -<p>El amo del café mandó cerrar inmediatamente -la puerta y las ventanas.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_122" id="Page_122">[122]</a></span></p> - -<p>—¿Usted quiere salir ahora?—me preguntó -a mí.</p> - -<p>—Esperaré a que pase el tumulto.</p> - -<p>—Tiene usted razón. Con estos alborotos constantes -no se sale ganando nada.</p> - -<p>Con el cierre de la puerta y de las ventanas el -café había quedado casi a obscuras.</p> - -<p>—¿Quiere usted subir al billar?—me dijo el -mozo que me había servido—; desde allí puede -usted ver muy bien lo que pasa.</p> - -<p>Subí por una escalera de caracol a la sala de -billar y me asomé a un balconcillo del piso entresuelo. -Venía de la calle Ancha una masa de gente -harapienta, zarrapastrosa, formada principalmente -por mujeres y chicos, que vociferaban y daban -alternativamente vivas y mueras. Algunos hombres -armados con fusiles, pistolas y garrotes se -veían entre la multitud.</p> - -<p>Después vimos un tipo mal encarado, con bigote -y patillas, vestido con andrajos, con una faja -encarnada en la cintura y un sombrero catite en -la cabeza, que llevaba, como un estandarte, un retrato -grande en un palo.</p> - -<p>—¿Quién es?—nos preguntamos todos—. ¿De -quién es esa imagen?</p> - -<p>Nadie lo sabía.</p> - -<p>Luego, como un paso de Semana Santa, sentado -en un colchón y sostenido en unas parihuelas -apareció en la plaza de Santo Domingo un hombre -flaco, amarillo, ictérico, como una momia, ya -viejo, con patillas grises.</p> - -<p>Iba medio desnudo, cubierto con una camisa -blanca y un pañuelo en el cuello, un gorro de co<span class="pagenum"><a name="Page_123" id="Page_123">[123]</a></span>lor -en la cabeza y en la mano un abanico, con el -que se abanicaba tranquilamente. Su expresión -era fosca, amarga y casi burlona.</p> - -<p>A no ser por los dicterios que le dirigían las -turbas, se le hubiera podido tomar, por su actitud -tranquila y displicente, por un reyezuelo de una -tribu que se paseaba en andas entre sus vasallos.</p> - -<p>—¿Quién es este hombre?—preguntamos varios.</p> - -<p>Los gritos, ya distintos, que se oyeron a poco, -de «¡Muera Chico! ¡A la horca! ¡A la horca!», nos -hicieron comprender que el hombre que llevaban -en las parihuelas, como un paso de Semana Santa, -era el célebre jefe de policía de Madrid. Al -lado suyo iba una mujer, que dijeron era la de -Chico, y detrás, el portero de su casa, a quien llevaban -a empujones.</p> - -<p>Este era un ex policía apellidado Dendal y apodado -el Cano, a quien se había dirigido la gente -para prender a Chico, y que había intentado salvar -al jefe.</p> - -<p>Se le consideraba como uno de los sabuesos y -de los confidentes de Chico.</p> - -<p>—¡Muera Chico! ¡A la horca! ¡A la horca!—volvió -a vociferar la multitud.</p> - -<p>—¿Adónde lo llevan?—preguntó un mozo del -café a uno de la calle.</p> - -<p>—A la plaza de la Cebada, a quitarle la vida.</p> - -<p>—Lo tiene muy merecido.</p> - -<p>El amo del café hizo un gesto de molestia; pero -no dijo nada.</p> - -<p>El pueblo, con ese sentimiento simplista de las -multitudes, creía, sin duda, que bastaba con qui<span class="pagenum"><a name="Page_124" id="Page_124">[124]</a></span>tar -de en medio a Chico para que todos los atropellos -desaparecieran.</p> - -<p>Días antes habían matado las turbas a otro policía -apodado el Pocito.</p> - -<p>Yo estaba inquieto; pero haciéndome el hombre -tranquilo e indiferente, me senté en una silla en -el balcón, encendí un cigarro y me puse a fumar.</p> - -<p>La comitiva esperó unos minutos en la plaza de -Santo Domingo, sin saber qué dirección tomar, -hasta que debió venir la orden de seguir por la -Costanilla de los Ángeles.</p> - -<p>Noté, con sorpresa, que los que capitaneaban a -los amotinados eran casi todos los que se encontraban -el día anterior en compañía de Castelo. -Estaban Pucheta, el Mosca y el periodista, pequeño -y pálido, picado de viruelas y con anteojos. De -su grupo partían más rabiosos los gritos de -«¡Muera Chico!»</p> - -<p>Pero no sólo estaban ellos. Castelo y la Paca -Dávalos se hallaban agazapados en la esquina de -la calle de Tudescos contemplando el paso de la -multitud. Yo los veía de cerca. Se habían disfrazado; -él llevaba pantalón corto y calañés; ella, un -mantón obscuro.</p> - -<p>¡Qué expresión de ansiedad, de odio, de triunfo -había en sus miradas! ¡Qué momento de pasión -estaban viviendo ambos!</p> - -<p>Veían correr en su imaginación la sangre del -hombre que les había ofendido e inundar el suelo -y el aire y convertirse en una aurora boreal. Quizá -creían también que esta venganza les había de -bastar para ser felices.</p> - -<p>Durante un momento creí que Chico veía a sus<span class="pagenum"><a name="Page_125" id="Page_125">[125]</a></span> -enemigos desde lo alto de las andas; pero si los -vió apartó de ellos la vista con indiferencia y siguió -abanicándose con su aire frío y desdeñoso.</p> - -<p>Daba Chico la impresión de un hombre que -había llegado a un tal desprecio por la vida, que la -muerte se le presentaba como un accidente de -poca importancia.</p> - -<p>—¡Canalla! ¡Granuja!—decía la gente.</p> - -<p>—Mira cómo mira—añadía una comadre.</p> - -<p>—Tiene cara de pocos amigos.</p> - -<p>—Cara de Judas.</p> - -<p>—Dios nos libre de un hombre así.</p> - -<p>—¡Muera Chico! ¡A la horca! ¡A la horca!</p> - -<p>—Eres un valiente—dije yo en mi imaginación -dirigiéndome a él—; podrás tener tú la culpa, y -el pueblo la razón; pero mi simpatía va hacia el -hombre templado que marcha al suplicio con la -sonrisa en los labios más que a la turba aulladora -y cobarde.</p> - -<p>Pasó la procesión y la multitud se derramó por -la Costanilla de los Ángeles y por la Cuesta de -Santo Domingo. Castelo y la Paca Dávalos, agarrándose -del brazo, se alejaron por la calle de -Tudescos. Parecían dos viejos; él, raído y encorvado; -ella, torcida, con una manera de andar de -paralítica.</p> - -<p>Les miraba alejarse y me parecían los supervivientes -de un naufragio; más aún: me parecían los -restos del barco que las olas echan sobre la playa.</p> - -<p>Casi encontraba mejor acabar la vida como -Chico, llevado en unas parihuelas sobre el odio -popular, que perderse así, encorvados y renqueando, -por la sombra de una callejuela.</p><hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h4 id="ACOSADO" class="nobreak">V.<br /> -ACOSADO</h4></div> - - -<p class="i65">Se sufre más cuando se sufre -solo y se deja tras de sí los dichosos.</p> - -<p class="i65"><span class="smcap">Shakespeare</span>: <i>El Rey Lear</i>.</p> - - -<p class="p2"><span class="smcap">Cuando</span> se despejó la plaza, bajé del billar al -café y salí a la calle. Los alrededores habían -quedado desiertos. La comitiva de Chico barrió -los lugares adyacentes, llevando a todo el mundo -tras ella.</p> - -<p>Se me ocurrió entrar en casa de Istúriz, que vivía -allí cerca, en la Cuesta de Santo Domingo. -Tardaron mucho en abrirme la puerta. El hombre -estaba trastornado, temiendo que le asaltasen la -casa. Había presenciado en los días anteriores la -lucha de los sublevados y la tropa, en la misma -calle, y aquel día, el paso de Chico entre la multitud.</p> - -<p>Le expliqué la situación en que me encontraba, -sin poder volver a casa, y a esta circunstancia le -di un carácter cómico.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_128" id="Page_128">[128]</a></span></p> - -<p>—¿Y qué va usted a hacer?—me preguntó Istúriz.</p> - -<p>—Estoy dispuesto a sufrir la muerte con paciencia. -Ya he vivido bastante.</p> - -<p>—Pero esto es un error. Esos hombres no tienen -memoria.</p> - -<p>—¡Qué quiere usted! Todos los pueblos son desagradecidos.</p> - -<p>—Pero, ¿qué aspiran? ¿Qué desean?</p> - -<p>—Siempre hay algo más que aspirar y que desear.</p> - -<p>—Es la anarquía que se nos echa encima. Nosotros -tenemos la culpa, Aviraneta—exclamó—. -¡Oh, si ahora empezara a vivir!</p> - -<p>—Yo no me arrepiento de nada—le dije—. -Creo que he hecho lo que debía hacer.</p> - -<p>—No hay justicia, Aviraneta, no hay justicia—murmuró -él.</p> - -<p>—Naturalmente. En la política no puede haber -justicia. En la política, como en la vida, no hay -mas que fuerza y éxito—repliqué yo con dureza—. -Se manda y se hace lo que se quiere; no se -manda, y ¡buenas noches!</p> - -<p>Saludé a Istúriz fríamente. Y me marché a la -calle pensando que el hombre no me había ofrecido -su casa para que descansara en ella un momento.</p> - -<p>Como tenía ya todos mis posibles recursos agotados -fuí a la iglesia de San Ginés y me senté en -un banco, dispuesto aunque fuera a pasarme allí -el día entero.</p> - -<p>Estuve al lado de un matrimonio joven con un -niño, que hablaban y sonreían y no tenían más<span class="pagenum"><a name="Page_129" id="Page_129">[129]</a></span> -preocupación que la de ir por la tarde a casa de -una pariente suya. Oí dos o tres misas y me quedé -solo.</p> - -<p>¡Cuán distinto hubiera sido mi destino si en vez -de decidirme a defender con tesón las ideas liberales -hubiera ingresado en la juventud entre los -moderados o entre los absolutistas!</p> - -<p>—Ahora hubiera sido general, ministro o arzobispo -de Toledo. Su Excelencia Aviraneta, monseñor -Aviraneta, no hubiera estado mal.</p> - -<p>Pensaba mil cosas para entretenerme y pasar el -rato.</p> - -<p>A las primeras horas de la tarde el sacristán se -me acercó, mirándome con recelo, y me dijo que -iba a cerrar la iglesia. Tenía entonces yo la impresión -que debe experimentar el animal acosado -y perseguido. Ya no era el hombre joven que puede -discurrir con precisión y seguridad y a quien se -le ocurren ideas y proyectos rápidamente; tenía ya -sesenta años y mi inteligencia funcionaba con más -pesadez que en mis tiempos juveniles de conspirador. -No encontraba en mí mismo mas que pobres -recursos, y muchas veces el miedo me turbaba y -me inspiraba soluciones desesperadas, como la de -presentarme al Gobierno revolucionario para que -hiciera de mí lo que quisiera.</p> - -<p>Salí de la iglesia a la plazoleta que hay en la parte -de atrás de San Ginés, y estuve vacilando en -tomar por la calle de Coloreros, o por la de Bordadores.</p> - -<p>—¡Pensar que el ir por una o por otra puede -influír en mi destino!—me dije.</p> - -<p>Estaba así vacilando cuando recordé que en la<span class="pagenum"><a name="Page_130" id="Page_130">[130]</a></span> -calle de Coloreros había una taberna y tienda de -comestibles de un asturiano conocido mío.</p> - -<p>—Voy a ir a allí.</p> - -<p>Al salir por la callejuela me encontré con un estudiante -de Medicina que visitaba al médico vecino -de mi casa. Este muchacho era ayudante de un -doctor afamado. Nos saludamos.</p> - -<p>—¿Ha comido usted ya?—le pregunté.</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—¿Quiere usted que comamos aquí en un figón -de un asturiano que yo conozco?</p> - -<p>—Vamos.</p> - -<p>El asturiano me recibió bien y nos llevó al estudiante -y a mí a un cuarto muy limpio y bien -arreglado. Mientras comíamos le conté al estudiante -la situación en que me encontraba; le pregunté -dónde vivía él, y me dijo que en una casa -de huéspedes de la Carrera de San Francisco que -tenía como pupilos algunos seminaristas que, por -entonces, estaban de vacaciones.</p> - -<p>—Ahora mi patrona no tiene más huéspedes -que yo.</p> - -<p>—Cree usted que me tomaría a mí?—le pregunté.</p> - -<p>—Sí, hombre, ya lo creo.</p> - -<p>—Yo necesitaría pasar diez o doce días escondido -hasta que la efervescencia revolucionaria -vaya decreciendo.</p> - -<p>—Pues yo le llevaré a usted a esa casa; pero -ahora mismo, no, porque tengo que ir al Hospital -General.</p> - -<p>—Bueno, entonces yo le esperaré a usted aquí -mismo.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_131" id="Page_131">[131]</a></span></p> - -<p>Volvió el estudiante a eso de las siete. Me dijo -que habían fusilado a Chico y al Cano en la plaza -de la Cebada, delante de la Fuentecilla. Chico había -muerto con un valor extraordinario. Al parecer, -en Madrid no se hablaba de otra cosa. Mucha -gente protestaba de que Pucheta ordenara ejecuciones, -como pudiera haberlo hecho Calomarde.</p> - -<p>—¿Qué quiere usted hacer ahora?—me preguntó -el estudiante—. ¿Prefiere usted ir a mi casa por -donde hay mucha gente, o quiere usted que salgamos -por la Cuesta de la Vega y, dando la vuelta -por la ronda, subamos por las Vistillas a la Carrera -de San Francisco?</p> - -<p>—Me parece mejor ir por dentro del pueblo. -Salir y entrar será peligroso.</p> - -<p>—Yo creo que es preferible marchar por donde -haya mucha gente. En las calles solitarias es donde -es más fácil que una ronda le detenga a uno.</p> - -<p>—Bueno; pues vamos por la Plaza Mayor.</p> - -<p>Salimos de la taberna y entramos en la plaza -por la calle del Siete de Julio. Había por todas partes -grandes grupos de gente armada que iba y venía -por en medio. Entonces no había jardinillos, -ni fuentes, como ahora. Temía yo que alguien me -conociera, pero pude cruzar la plaza sin obstáculo.</p> - -<p>Vacilamos el estudiante y yo en tomar por la -calle de Toledo o bajar por la escalerilla de piedra -a la calle de Cuchilleros. Debíamos haber tomado -por la de Toledo, siguiendo siempre el principio -que era mejor marchar entre la gente que por sitios -extraviados; pero me pareció que hacia la calle -de Cuchilleros no había nadie y comenzamos -a bajar por la escalera.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_132" id="Page_132">[132]</a></span></p> - -<p>Ibamos por la calle de Cuchilleros cuando tres -paisanos nos dieron el alto:</p> - -<p>—¡Alto!</p> - -<p>—¿Qué pasa?—pregunté yo.</p> - -<p>—¿Quiénes son ustedes?</p> - -<p>—Yo soy un médico—dije—, y este joven es -mi ayudante.</p> - -<p>—Bueno, vengan ustedes con nosotros.</p> - -<p>Nos hicieron subir de nuevo la escalera de piedra -y nos llevaron a la taberna que había en el -ángulo de la plaza, que se llamaba el Púlpito.</p> - -<p>Convidé yo a aquellos hombres a unas copas y -nos hicimos amigos.</p> - -<p>Iban a dejarnos libres cuando apareció el revendedor -del Teatro Real, el Mosca, a quien el día -anterior había visto en compañía de Castelo, y por -la mañana en la calle Atocha. El Mosca, además -de revendedor, era dueño de una barbería de la -calle de las Fuentes. Yo le conocía algo y sabía -que había estado en el campo carlista.</p> - -<p>—Este es Aviraneta—gritó el Mosca al verme—, -un amigo de María Cristina. Hay que llevarle -a la Junta.</p> - -<p>Se reunieron con el Mosca algunos granujas y -desocupados, comparsas de todos los alborotos -populares, y nos llevaron al Ayuntamiento.</p><hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h4 id="SALADERO" class="nobreak">VI.<br /> -EN EL SALADERO</h4></div> - - -<p class="i65">Era de ver dormir algunos envainados, -sin quitarse nada de lo -que traían de día; otros, desnudarse -de un golpe todo cuanto traían -encima.</p> - -<p class="i65"><span class="smcap">Quevedo</span>: <i>El Buscón</i>.</p> - - -<p class="p2"><span class="smcap">Entramos</span> en la casa de la Panadería y nos condujeron, -al estudiante y a mí, ante un grupo -de personas constituídas en tribunal. Era una junta -revolucionaria. Nos interrogaron, e inmediatamente -el estudiante fué puesto en libertad. Yo dije mi -nombre, y no oculté mis amistades ni mi historia -política.</p> - -<p>Aquella Junta estaba formada por personas sensatas, -y el presidente dijo que no había el menor -motivo para mi detención.</p> - -<p>—Puede usted retirarse—me indicó el presidente.</p> - -<p>—¡Muchas gracias!</p> - -<p>El Mosca salió detrás de mí y gritó:</p> - -<p>—Hay que detener a este hombre. Es un cris<span class="pagenum"><a name="Page_134" id="Page_134">[134]</a></span>tino, -un confidente de Sartorius, un consejero de -la Piojosa.</p> - -<p>—¡Señores!—clamé yo con todas mis fuerzas -dirigiéndome al público—. El hombre que quiere -detenerme es un carlista, un miserable que ha estado -en la facción. Me odia, porque yo soy liberal, -liberal de siempre. Yo fuí ayudante del Empecinado; -yo hice el Convenio de Vergara, en que se -dominó para siempre el carlismo. ¿Me vais a entregar -a mí al capricho de un esbirro de la reacción?</p> - -<p>Al mismo tiempo, el Mosca gritaba que yo era -un traidor, amigo de Sartorius, de Salamanca y -de Chico.</p> - -<p>El público se dividió; yo iba ganando terreno -cuando un desconocido propuso que nos llevaran, -al Mosca y a mí, a la Casa de Correos, donde estaba -reunida la Junta Suprema Revolucionaria.</p> - -<p>En medio de un grupo de desharrapados llegamos -a la Puerta del Sol y entramos en el Principal. -Pronto vi que se tenía bien distinto procedimiento -con el Mosca que conmigo, pues a él se le -dejó en libertad en seguida. Llevado delante de la -Junta, la ira que me devoraba me hizo pronunciar -un discurso violento, en el cual dije que aquella -revolución era una farsa, que estaba dirigida por -moderados y hasta por carlistas, y que así podía -darse el caso de que a un hombre como yo, -que había peleado por la libertad con el general -Empecinado y había sufrido persecuciones como -liberal, se le quisiera encarcelar por la denuncia -de un miserable que había peleado en las filas de -Don Carlos.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_135" id="Page_135">[135]</a></span></p> - -<p>—No sólo es el Mosca el que le denuncia a usted -como amigo y cómplice de María Cristina—dijo -uno de la Junta—; hay otros que afirman -lo mismo.</p> - -<p>—¿Quiénes son esos otros?—grité yo—. Que -vengan, que muestren su cara.</p> - -<p>—¿Niega usted su amistad con María Cristina?</p> - -<p>—Niego la complicidad.</p> - -<p>—Retírese usted—dijo el presidente.</p> - -<p>Me tomaron por su cuenta dos andrajosos, me -ataron en el patio en una cuerda de presos y nos -llevaron al Saladero, rodeados por bayonetas.</p> - -<p>—¡Son de la camarilla de la Piojosa!—decía la -gente al vernos por la calle.</p> - -<p>—Son los amigos de Sartorius.</p> - -<p>—¡Mueran! ¡Mueran!—Y nos insultaban y nos -tiraban piedras. Llegamos al Saladero.</p> - -<p>Me metieron en un calabozo húmedo y obscuro, -y estuve allí encerrado cerca de un mes. La vida -para mí, en aquellos días, fué horrible. Dormía en -el suelo, comía el rancho de la cárcel, y no podía -hablar con nadie, mas que con algunos desdichados -como yo que, pasajeramente, me hicieron -compañía.</p> - -<p>¡Qué miseria! ¡Qué pobreza! ¡Qué gente harapienta! -Y, en medio de esta miseria, ¡qué modo -de adaptarse y de vivir allí como en su propia -casa! Había industriales que seguían dirigiendo su -industria desde la cárcel; falsificadores que preparaban -sus falsificaciones; un editor de periódico -carlista que corregía sus pruebas.</p> - -<p>La mayoría de los presos eran ladrones; pero -había también conspiradores y revolucionarios.<span class="pagenum"><a name="Page_136" id="Page_136">[136]</a></span> -Entre ellos, conocí dos que me dijeron que se -habían hecho prender a propósito, para ponerse -de acuerdo con un preso que estaba en el -Saladero.</p> - -<p>Estos eran republicanos, y tenían preparado el -complot de matar al general Espartero, a su entrada -en Madrid, a tiros, desde una casa de la -Carrera de San Jerónimo, que tenía salida por la -calle del Pozo, y proclamar la República.</p> - -<p>Yo conocía la casa, porque en ella habíamos -tenido, en 1822, una venta carbonaria. Encontré -el proyecto bien tramado en su primera parte; -pero su segunda parte me pareció absurda. Les -intenté convencer a los republicanos de que la -República que ellos pudieran proclamar no duraría -mas que horas. Se persuadieron y abandonaron -el proyecto.</p> - -<p>Cuando me sacaron de aquel calabozo me pusieron -en comunicación, y mi mujer vino a verme; -empezó a llorar al encontrarme en tal lastimoso -estado. Me hallaba flaco, enfermo, sin poder tenerme -en pie, con los ojos inflamados, lleno -de parásitos, con la ropa interior sucia y casi -podrida.</p> - -<p>Empezó el juez a tomarnos declaración a las -personas presas durante el período revolucionario, -y la mayoría no teníamos la menor culpa ni la -menor relación con los hechos que se nos imputaban. -Habíamos sido casi todos enviados al Saladero -por sospechas, por capricho de los sublevados; -algunos eran, indudablemente, víctimas de -venganzas particulares.</p> - -<p>Le indiqué a mi mujer que fuera a casa de<span class="pagenum"><a name="Page_137" id="Page_137">[137]</a></span> -Istúriz y de otros amigos, y que se enterara de la -situación en que había quedado la política.</p> - -<p>Don Evaristo San Miguel fué nombrado por -entonces ministro de la Guerra. Después de su -nombramiento había tres núcleos revolucionarios -importantes y rivales que trataban de anularse los -unos a los otros.</p> - -<p>Estos eran: la Junta de Salvación, Armamento -y Defensa, con San Miguel de presidente, lazo de -unión entre el Palacio y los revolucionarios de -Madrid; el Cuartel General de O'Donnell, que -obraba por cuenta propia, y la Junta de Espartero, -que radicaba en Zaragoza.</p> - -<p>En cada grupo de estos había un sinfín de escisiones, -y los mismos revolucionarios de Madrid -no obedecían siempre a la Junta de Salvación.</p> - -<p>Ya enterado de quiénes eran los personajes más -influyentes, escribí una carta al general Espartero -y otra a don Joaquín Francisco Pacheco, que no -me contestaron.</p> - -<p>Mandé también un documento a don Evaristo -San Miguel exponiéndole los hechos, y una esquela -recordándole nuestra antigua amistad y nuestra -fraternidad como masones, y San Miguel, -inmediatamente que recibió mi esquela, mandó -ponerme en libertad.</p><hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h4 id="HOSPITAL" class="nobreak">VII.<br /> -EL HOSPITAL</h4></div> - -<p class="i65">Tú, Señora,<br /> -dame agora<br /> -la tu gracia toda ora<br /> -que te sirva todavía.</p> - -<p class="i65"><span class="smcap">Arcipreste de Hita</span>: -<i>Libro de Buen Amor</i>.</p> - - -<p class="p2"><span class="smcap">Tras</span> de la cárcel fuí a San Sebastián con mi -mujer; alquilé una casa en el barrio de San -Martín y pasé allí cuatro años viviendo obscuramente, -ocupado en leer libros y periódicos, escribir -mis recuerdos y hacer una colección de insectos -de conchas y de caracoles. El Gobierno me -había dado el retiro, y mi sueldo era pequeño.</p> - -<p>Tenía dos o tres casas en San Sebastián adonde -iba de tertulia: la de Goñi, la de Alzate y la de -Errazu, que eran parientes míos, y solía pasar largos -ratos en la imprenta de Baroja. Aquí se -reunían con frecuencia el general don Nazario -Eguía, el manco; el intendente Arizaga, que influyó -en el Convenio de Vergara; el general Van-<span class="pagenum"><a name="Page_140" id="Page_140">[140]</a></span>Halen, -Antonio Flores, el autor de <i>Ayer, hoy y -mañana</i>, y otros.</p> - -<p>Solíamos tener grandes discusiones, y varias -veces me dijo el general Eguía:</p> - -<p>—Aviraneta: ¡con qué gusto le hubiera fusilado -a usted si le llego a coger en tiempo de la guerra!</p> - -<p>Yo solía acompañarle al viejo general a tomar -el coche de Tolosa hasta la fonda del Parador -Real.</p> - -<p>Unos años después, sintiendo de nuevo la nostalgia -de la vida agitada de la Corte, volví a Madrid -y me instalé con Josefina en un piso de la calle del -Barco. Josefina tenía algunas amigas y pertenecía -a una Junta de Caridad.</p> - -<p>Un día, a una señora amiga de mi mujer le oí -hablar de Paca Dávalos.</p> - -<p>—La he conocido—dije yo—. ¿Qué le pasa?</p> - -<p>—Es toda una novela.</p> - -<p>La señora contó la historia con detalles.</p> - -<p>Desde hacía algún tiempo, la Dávalos estaba -enferma en el hospital de San Juan de Dios, en -una sala, triste y obscura, que daba a la calle de -Atocha, mal iluminada por unas rejas cubiertas de -tela metálica.</p> - -<p>Daba horror el ver a la pobre mujer: se hallaba -cubierta de úlceras y de costras, sin pelo y con los -ojos inflamados. Su enfermedad, la embriaguez y -los últimos años de miseria habían hecho de -aquella belleza espléndida un monstruo. Era algo -horrible; pero más horrible que su aspecto, según -la señora que la había visto, era su estado -moral. Gritaba, cantaba coplas indecentes.</p> - -<p>La mujer más tirada, la rabanera más desver<span class="pagenum"><a name="Page_141" id="Page_141">[141]</a></span>gonzada, -no hablaba como hablaba ella: tenía el -prurito de lo escandaloso y de lo lúbrico.</p> - -<p>La castigaron varias veces a pasar días enteros -en la guardilla a pan y agua, castigo brutal, no -muy propio para enfermas desdichadas; pero el -castigo no le hizo mella, y al volver a la sala insultaba -al médico y a las monjas, y gritaba indecencias -a todo el mundo.</p> - -<p>Un día se presentó en el hospital una hermana -de la Caridad, sor María de la Consolación. Era una -mujer pálida, en el esplendor de la belleza. La hermana -se acercó a la cama de la Dávalos, se arrodilló -delante de ella y abrazó y besó a la enferma.</p> - -<p>Esta se incorporó en la cama, contempló a la -monja, dió un grito terrible, desgarrador, y se -desmayó.</p> - -<p>La monja era la hija de Paca, a la que hacía -veinte años que no había visto, y era su vivo -retrato; la misma corrección en el rostro, los mismos -ojos profundos, humanos, la misma expresión -de pureza y de dulzura.</p> - -<p>Al recobrar el sentido la enferma creyó que la -visita de su hija había sido un sueño; pero no, allá -estaba Estrella, ahora sor María, que la acariciaba -y la besaba como en otro tiempo.</p> - -<p>El contraste era violento: la enferma, un montón -de carne sin forma humana, llagada, horrible; -su hija, una belleza pálida, serena, con un aire de -fuerza y de dulzura.</p> - -<p>En los días siguientes Paca Dávalos comenzó a -llorar, y cuando venía su hija a verla le besaba la -mano y le decía:</p> - -<p>—Perdóname, he sido mala madre.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_142" id="Page_142">[142]</a></span></p> - -<p>—No, no, no has sido mala madre para mí, y -yo siempre te he querido.</p> - -<p>Ella escondía la cabeza entre las sábanas y lloraba -con la mano de su hija apretada en la suya.</p> - -<p>El capellán del hospital le dijo a la Paca que su -hija había querido sacrificarse y dejar el mundo -para redimir los pecados de la madre.</p> - -<p>Fué un nuevo motivo de dolor para la enferma. -Llorando suplicó a su hija que no se sacrificara por -ella, que volviera al mundo, que fuera feliz; ella no -merecía el sacrificio de un ángel; ella tenía muy -merecidos el abandono, la deshonra, la enfermedad -y la muerte en un hospital hediondo. Estrella -la tranquilizaba y la decía que la vida de hermana -de la Caridad era la que más le ilusionaba.</p> - -<p>La madre lloraba acongojada, y cuanto más -lloraba, estaba más triste y más resignada a morir. -La Dávalos pidió perdón a todos y quiso que, -al menos, una vez su hija le cantase una canción -que solía cantar en la infancia. Sor María le preguntó -al capellán del hospital si podía satisfacer -este deseo de su madre.</p> - -<p>—Sí, sí, ¿por qué no?</p> - -<p>Estrella cantó, y parece que fué un espectáculo -extraordinario en aquella sala triste, maloliente, -iluminada por la luz turbia de los cristales verdosos -de las ventanas enrejadas, ver a las mujeres -enfermas con las entrañas carcomidas y quemadas -que se incorporaban anhelantes en la cama y oían -llorando la canción que cantaba la monja, que se -elevaba sobre las miserias del mundo.</p> - -<p>Unas horas después, Paca Dávalos moría dulcemente.</p><hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h4 id="LOCURA" class="nobreak">VIII.<br /> -LA LOCURA</h4></div> - - -<p class="i65">¡Atrás! El negro demonio me -persigue.</p> - -<p class="i65"><span class="smcap">Shakespeare</span>: <i>El Rey Lear</i>.</p> - - -<p class="p2">A la señora que me contó el final de la Dávalos -le pregunté:</p> - -<p>—¿Y no fué a verla alguna vez el brigadier -Castelo?</p> - -<p>—No; ya hacía tiempo que se habían separado.</p> - -<p>Un año después volvía de casa de Istúriz, una -tarde de invierno, por la calle del Arenal, al anochecer, -cuando me encontré con el Mosca, el revendedor.</p> - -<p>Se me acercó, sin conocerme, a ofrecerme una -localidad para el Real, y al fijarse en mí quedó -inmutado.</p> - -<p>—¿Le ha sorprendido a usted el verme?—le -dije.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_144" id="Page_144">[144]</a></span></p> - -<p>—¿Qué, pensaba usted que los que usted enviaba -al Saladero ya no salían de allí?</p> - -<p>—No; ya sabía que había usted salido de allí -hace tiempo.</p> - -<p>—¿Todavía sigue usted actuando de revolucionario?—le -pregunté con sorna.</p> - -<p>El se calló.</p> - -<p>—Diga usted, ¿por qué tenía usted tanto interés -en prenderme en la Plaza Mayor? ¿Era, de -verdad, el odio del carlista al que había trabajado, -como yo, en el Convenio de Vergara?</p> - -<p>—Yo no soy carlista. Si estuve en la facción -fué por compromiso.</p> - -<p>—Entonces, ¿por qué tanto ahinco en prenderme?</p> - -<p>—Nos había recomendado la prisión de usted -el brigadier Castelo.</p> - -<p>—¿Y por qué?</p> - -<p>—¿No se incomodará usted si le digo la verdad?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—Decía que usted era un enemigo del pueblo, -un confidente de la policía.</p> - -<p>—¡Canalla! Quería desprenderse de los que sabíamos -que era un ladrón. El fué el que instigó al -populacho para que mataran a Chico, no porque -Chico hubiese cometido atropellos, sino porque -era testigo de uno de sus robos. ¿Y qué ha hecho -ese tunante de Castelo?</p> - -<p>—Acaba de suicidarse en una guardilla de Barrios -Bajos.</p> - -<p>—¿Qué me dice usted?</p> - -<p>—Lo que oye. Desde la muerte de Chico le -vino la mala suerte. Le expulsaron del Ejército, y<span class="pagenum"><a name="Page_145" id="Page_145">[145]</a></span> -el partido progresista le abandonó; ya no le servía -de instrumento. Castelo comenzó a andar por las -tabernas y a servir de hazmerreír a la gente. Decía -que él había hecho la Revolución y que había -acabado con Chico. Luego creo que alguno de los -hombres de la ronda de Chico le amenazó y le -asustó.</p> - -<p>Poco después a Castelo se le metió en la cabeza -que Chico vivía aún, que le perseguía y le acechaba -en las esquinas. Cuando tenía esta alucinación -echaba a correr hasta que se caía de cansancio.</p> - -<p>Una noche, sin duda, la alucinación fué tan espantosa -que se ahorcó con un trozo de cuerda en -el montante de una puerta. Su asistente y yo hemos -sido los únicos que hemos acompañado su -cadáver a la fosa común.</p> - -<p>—¡Qué final!—exclamé yo; y seguí andando en -dirección de mi casa.</p><hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h4 id="ALIMANAS" class="nobreak">IX.<br /> -ALIMAÑAS</h4></div> - - -<p class="i65">Quien mal anda, mal acaba.</p> - -<p class="i65"><span class="smcap">Proverbio.</span></p> - - -<p class="p2"><span class="smcap">Habíamos</span> quedado todos los oyentes de la -cocina esperando que Aviraneta dijera algo -más; pero se calló pensativo.</p> - -<p>—Quien mal anda, mal acaba—exclamó el tío -Chaparro, y luego, dirigiéndose a sus hijos y a los -cabreros que estaban alrededor de la lumbre, añadió—: -Bueno, muchachos, vamos a dormir, y demos -gracias a Dios por vivir honradamente en -nuestra pobreza y no en compañía de locos y de -alimañas.</p> - -<p>Don Eugenio sonrió, mirando el fuego.</p> - -<p>Por la ventana se veía caer la nieve copiosamente, -y el campo brillaba triste y espectral a la -luz de la luna. Aullaban los perros a lo lejos, con -un ladrido triste y agorero, con una rabia persistente -e irritada, como si previeran algún peligro -próximo.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_148" id="Page_148">[148]</a></span></p> - -<p>Nos levantamos de al lado de la lumbre, y -Aviraneta y yo subimos las escaleras hasta el primer -piso precedidos por una criada, que nos iluminaba -con un farol.</p> - -<p>Entré yo en mi cuarto, encendí la palmatoria, -que dejé en la mesilla de noche, me metí en la -cama y seguí leyendo la Biblia. Estaba en el -<i>Eclesiastés</i>, y me detuve a reflexionar sobre este -versículo: «El que hiciere el hoyo caerá en él, y el -que aportillare el vallado le morderá la serpiente».</p> - - - -<p class="i2 p2">París, noviembre, 1920.</p><hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak">LA CASA DE LA CALLE -DE LA MISERICORDIA</h2></div> - - - -<p class="i65 p6">... y tanta variedad de sabandijas -racionales en esta arca del -mundo.</p> - -<p class="i65"><span class="smcap">Vélez de Guevara</span>: <i>El Diablo -Cojuelo</i>.</p> - - -<p class="p2"><span class="smcap">Otro</span> día en que no estaba el tío Chaparro, a -quien la relación anterior había impresionado -de una manera profunda y desagradable, -Aviraneta contó la historia del joven Miguel Rocaforte, -su compañero de cárcel.</p> - -<p>Una vez, los dos granujas de la Gallinería, el -Gacetilla y el Mambrú, que Candelas había recomendado -a don Eugenio, y a quienes éste utilizaba -como criados y como instrumentos de espionaje -contra el alcaide, entraron en el cuarto de -Miguel y le robaron un cuaderno en que el joven -escribía el Diario de su vida, y se lo dieron a Aviraneta. -Don Eugenio lo leyó rápidamente y, después -de enterarse de lo que le interesaba, mandó -a los raterillos que volvieran a dejar el cuaderno -en el cuarto del preso. Miguel no notó el escamoteo.</p> - -<p>Esta historia que me contó don Eugenio está -hecha sobre los datos autobiográficos que escribió -Miguel, y sobre indicios, no del todo claros ni -completamente seguros, que he variado un tanto -para dar a la relación cierta unidad.</p><hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h3 id="DESCALZAS" class="nobreak">I.<br /> -LA CASA DE LOS CAPELLANES DE LAS DESCALZAS</h3></div> - - -<p class="i65">Confesaré a usted que el edificio -que ocupo en un barrio lejano es -de los más antiguos de Madrid, y -que su aspecto sombrío, sus balcones -de gran vuelo, la enorme ala -del tejado y toda su exterioridad -están anunciando a los transeúntes -su fecha de tres siglos.</p> - -<p class="i65"><span class="smcap">Mesonero Romanos</span>: <i>Escenas -Matritenses</i>.</p> - - -<p class="p2"><span class="smcap">Hay</span> casas que por su aspecto dan una impresión -siniestra e inclinan a pensar que son -propicias para crímenes, intrigas y misterios. Son -casas sombrías, obscuras, colocadas en callejones -angostos, llenas de pasillos y de encrucijadas, de -cuartos irregulares y de guardillones abandonados. -Son casas para servir de base a folletines, -a melodramas y a comedias de capa y espada.</p> - -<p>La casa de los Capellanes de las Descalzas Reales -de Madrid, Misericordia, 2, aunque por dentro<span class="pagenum"><a name="Page_154" id="Page_154">[154]</a></span> -era folletinesca, melodramática y de capa y espada, -por fuera era una casona grande, ancha y de -buen aspecto. Estaba contigua a la iglesia y hacía -esquina a dos calles: a la de la Misericordia, calle -muy corta, puesto que no tenía mas que un número -por un lado, y ninguno por el otro, y a la de -Capellanes, que bajaba desde la calle de Preciados -a la plaza de Celenque.</p> - -<p>El barrio de las Descalzas era entonces, y es todavía, -un islote tranquilo y desierto, en medio de -la animación de unas vías tan frecuentadas como -la del Arenal y la de Preciados.</p> - -<p>En aquel tiempo, en la plaza de las Descalzas, -enfrente del Monte de Piedad primitivo, había -una fuente con una estatua de Venus, la antigua -Mariblanca, trasladada a allá desde la Puerta del -Sol, donde estuvo muchos años.</p> - -<p>El convento de las Descalzas Reales había sido -el palacio del Emperador Carlos V en el Campo -de San Martín y abarcaba una gran extensión de -terreno.</p> - -<p>El Monte de Piedad primitivo era un accesorio -del palacio, luego convertido en convento; antiguamente -comunicaban los dos edificios por medio -de un arco que pasaba por encima de la calle -de la Misericordia.</p> - -<p>El Monte de Piedad tenía una portada de gusto -plateresco, semejante a la de las Descalzas, severa, -de buen gusto, y a un lado, otra construída en -pleno siglo <span class="smcap">xviii</span>, de lo más exagerada y barroca -en el estilo churrigueresco.</p> - -<p>La plaza de las Descalzas era entonces más bonita -que ahora, pues no tenía los edificios de ladri<span class="pagenum"><a name="Page_155" id="Page_155">[155]</a></span>llo -blancos y rojos del Monte de Piedad que recuerdan -los trajes de baño. Estaba también más -animada. En la fuente de la Mariblanca había -siempre aguadores tomando agua o sentados en -sus cubas, y en el resto de la plaza se estacionaban -un sinnúmero de carros, y los carreteros formaban -sus corrillos al aire libre.</p> - -<p>No se veía mucha gente por esta plazuela irregular -y triste; sólo algunos desventurados, que -marchaban a empeñar algo y que buscaban para -su comisión las horas del anochecer, y los domingos -y los días de fiesta, los vecinos del barrio, que -iban a misa.</p> - -<p>La casa de los Capellanes, antigua propiedad de -las monjas, era una casa vieja; pero no tenía aire -decrépito; su vejez era una vejez fuerte y sana; estaba -pintada de ocre, con grandes desconchaduras, -y tenía un piso bajo con rejas; el principal, -con cinco balcones anchos espaciosos, y el segundo, -con balconcillos; sobre el tejado, saliente, se -destacaban guardillas con sus ventanas de cristales -verdosos y chimeneas antiguas de ladrillo, medio -derruídas, y otras modernas, de hierro, que -echaban tenues columnas de humo en el aire, -siempre claro, de Madrid.</p> - -<p>Por las rejas de la calle de la Misericordia y de -la de Capellanes se veían sacos y bolas de sal, -menos en una de una encuadernación, donde se -divisaban montones de papel y una prensa de madera; -en el piso primero, a través de los cristales, -aparecían unas cortinas rojas desteñidas, y en el -segundo, visillos amarillentos.</p> - -<p>Hacia 1823, esta casa fué vendida por el Estado,<span class="pagenum"><a name="Page_156" id="Page_156">[156]</a></span> -y en 1835 era dueño de ella don Tomás Manso, que -vivía en el primer piso y tenía el bajo dedicado a -almacenes de sal.</p> - -<p>Desde entonces, entre la gente, el nombre de la -casa de los Capellanes se iba sustituyendo por el -de Casa de la Sal.</p> - -<p>Le habían quedado a este edificio varias servidumbres, -de cuando era anejo a la iglesia, y por -su escalera pasaban el capellán y el sacristán de -las Descalzas para sus habitaciones respectivas, y -dos frailes franciscanos, confesores de las monjas -clarisas del convento inmediato. Esta casa tenía -una puerta grande de dos hojas, con clavos pequeños, -y un postigo en una de ellas. El zaguán, empedrado -con losas, era espacioso, y del centro del -techo colgaba un farol; a un lado, próximo a la -calle, había un puesto de zapatero remendón, y en -el fondo, una covacha de madera pintada de amarillo. -A mano izquierda de la covacha comenzaba -una escalera vieja y apolillada, y a mano derecha -había una mampara de cristales con una puerta, -por la que se pasaba a un patio con arcos. Este -patio tenía en una esquina una puerta que daba a -los almacenes, y en la otra, un pasillo obscuro que -conducía a otro patio pequeño, con un arbolito -enclenque. El patio grande estaba enlosado, y tenía -en una de sus paredes una parra, que regaba -con un bote el encuadernador, que vivía en uno -de los cuartuchos interiores del piso bajo. Esta -parra daba al patio cierto aire aldeano. Toda la -planta baja estaba formada por sótanos, crujías y -almacenes negros y abandonados, con las paredes -salitrosas. Uno de estos almacenes, en el que no<span class="pagenum"><a name="Page_157" id="Page_157">[157]</a></span> -entraba nadie, tenía una fuentecilla rota que representaba -una cabeza de Medusa. La Gorgona, de -piedra, estaba borrosa, a fuerza de golpes.</p> - -<p>En los cuartos interiores, a los que se llegaba -por una escalera obscura, vivían gentes raras: un -medio mendigo, que andaba por las iglesias; una -señora y su hija, venidas a menos, que cosían -para fuera, y una vieja pequeña, arrugada y negra, -que cuidaba de las sillas de las Descalzas.</p><hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h3 id="CASA" class="nobreak">II.<br /> -FAUNA Y FLORA DE LA CASA</h3></div> - - -<p class="i65">Yo soy misántropo y odio el género -humano. En lo que te concierne, -siento que no seas un perro; -quizá podría amarte algún poco.</p> - -<p class="i65"><span class="smcap">Shakespeare</span>: <i>Timón de Atena</i>.</p> - - -<p class="p2"><span class="smcap">El</span> que entraba en el viejo caserón de los Capellanes -y subía desde el portal a las guardillas, -he aquí lo que iba viendo:</p> - -<p>El primer encuentro, naturalmente, era el del -portero y zapatero remendón Francisco Cuervo, -un antiguo soldado del ejército de la Fe, del año -23, donde se había reunido la flor y nata de los -bandidos y criminales de todas las Españas.</p> - -<p>Francisco Cuervo, alias Paco, don Paco, Paquito, -don Paquito, Cuervo, el Cuervo y el Chepa, -porque tenía la espalda de jorobado, era hombre -de unos cuarenta y cinco años, de aire frío y siniestro.</p> - -<p>El Cuervo manifestaba cierta mala sangre y cierto -ingenio. Era un misántropo. Tenía réplicas in<span class="pagenum"><a name="Page_160" id="Page_160">[160]</a></span>cisivas -y ocurrentes. Una vez uno de los carreteros -que llevaban la sal a la casa le contaba con un -gran lujo de detalles sus infortunios conyugales. -El Cuervo, después de oírle burlonamente, le dijo:</p> - -<p>—¿Sabe usted lo que le digo?</p> - -<p>—¿Qué?</p> - -<p>—Que vale más que eso le haya pasado a usted -que no a otro.</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—Porque otro no hubiera tenido su paciencia.</p> - -<p>Y el Cuervo dió una puntada al zapato que -estaba componiendo. Al Cuervo le gustaba mortificar -a la gente. Cuando fué cabo de voluntarios -realistas se distinguió por su maldad más que por -su valor. A su mujer, de aspecto débil y enfermizo, -la dominaba y martirizaba con saña.</p> - -<p>El Cuervo tenía un perro tan malo como él. Era -un perrillo viejo, sarnoso, que mordía a los chicos -y gruñía a todo el mundo. El zapatero le había -puesto por nombre <i>Rodil</i>, para expresar su desprecio -por el general que había perseguido a don -Carlos.</p> - -<p>El remendón azuzaba a <i>Rodil</i>, que perseguía a los -gatos. El perro era menos cruel que el amo: cuando -cogía una rata la mataba; en cambio, el Cuervo, -cuando cogía una rata la rociaba con petróleo -y la pegaba fuego, riendo a carcajadas. El zapatero -no faltaba a ninguna corrida de toros ni a ninguna -ejecución.</p> - -<p>El Chepa tenía una gran admiración y un gran -respeto por el amo de la casa, don Tomás Manso, -que había sido su jefe entre los voluntarios realistas.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_161" id="Page_161">[161]</a></span></p> - -<p>El Cuervo se manifestaba como hombre de -gran inteligencia y de astucia, sobre todo para lo -que fuera intriga y maldad. Debía tener algún -temor que le inquietaba, porque siempre andaba -mirando, desde el portal, a derecha y a izquierda -de la calle, y no salía nunca solo. Si salía solo, esperaba -al anochecer y marchaba embozado en la -capa.</p> - -<p>En el entresuelo de la casa vivía un dependiente -antiguo apellidado Gómez. Narciso Gómez era un -hombre insignificante, gordito, tirando a rubio, -casado con una mujer muy chismosa y muy coqueta -que se llamaba Juana. Juanita era una mujer -pálida, blanca, con los ojos claros y un aire de -avispa.</p> - -<p>Juanita tocaba la guitarra y cantaba. Solía tener -grandes éxitos con la canción del <i>Triste Chactas</i>, -que acababa con el estribillo de «Sin mi Atala no -puedo vivir».</p> - -<p>Juanita solía visitar una casa de huéspedes que -había en la vecindad, y estaba enredada con uno -que vivía allí de pupilo, un tal Luis, empleado en -un Banco. Este Luis era un hombre guapo, de -unos treinta años, muy satisfecho de su barba, de -sus manos y de sus uñas. Fuera de sus cuentas, de -los cuidados de su barba, de sus manos y de sus -uñas, era un pobre imbécil.</p> - -<p>Juanita le engañaba a Gómez, a su marido, con -don Luis; pero si hubiera estado casada con éste, -le hubiese engañado con Gómez.</p> - -<p>Se decía por las malas lenguas de la calle de la -Misericordia, 2, que Juanita había tenido algo que -ver con don Tomás, el amo de la casa.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_162" id="Page_162">[162]</a></span></p> - -<p>—Es falso—decían los que negaban este rumor—. -Ella es capaz de eso y de mucho más; pero -él, no.</p> - -<p>Juanita unía a su descoco una mala intención señalada -y mordía cuanto podía y como podía en la -fama de las mujeres de la vecindad.</p> - -<p>En el primer piso de la casa vivía el dueño, don -Tomás. Este hombre tenía ya cerca de sesenta -años y estaba casado con una mujer joven y bonita. -Don Tomás era hombre alto, delgado, pálido, -afeitado cuidadosamente, con el pelo cano, siempre -vestido de negro.</p> - -<p>Su perfil era de medalla antigua; tenía una cara -de esas que parecen de plata, una cara reconcentrada -y grave. Don Tomás era gran trabajador, -gran madrugador, muy ordenado y meticuloso. -Prestaba dinero a rédito de una manera un tanto -usuraria; pero era capaz de hacer un favor y de -dar dinero sin interés. Había favorecido en repetidas -ocasiones a la familia suya del pueblo; pero -estaba convencido de que había hecho mal, porque -no había obtenido más que olvidadizos y desagradecidos.</p> - -<p>Don Tomás creía firmemente en la maldad humana. -De ahí que fuera un absolutista fiero. Para -él el hombre debía estar siempre sujeto y atado -como un perro de presa para que no mordiese.</p> - -<p>Solía vérsele a don Tomás, de día, recorriendo -el almacén, y por las noches, armado de una linterna, -en compañía del Cuervo, registrando la casa. -La habitación donde vivía don Tomás representaba -muy bien el carácter de su dueño. Era una casa -lóbrega, obscura, en que constantemente estaban<span class="pagenum"><a name="Page_163" id="Page_163">[163]</a></span> -cerrados los cuartos; tenía una sala de respeto de -color rojo, con una sillería de damasco, con todas -las sillas pegadas a las paredes, y en el techo, una -araña de cristal. El comedor era triste, recibía la -luz por la cocina, y las alcobas, sin luz y sin ventilación, -estaban llenas de armarios, de cómodas -y de baúles, de estampas de santos y de algún -Niño Jesús metido en un fanal, con falditas y una -bola de plata en la mano.</p> - -<p>De unas habitaciones a otras se pasaba subiendo -o bajando varios escalones.</p> - -<p>El despacho de don Tomás era un cuarto grande -con una ventana al patio de vidrios pequeños -y emplomados y un papel amarillo desteñido. Tenía -un armario alacena hecho en el hueco de la -gruesa pared, con unas cortinillas verdes sobre los -cristales, un buró de caoba, sillas también de caoba -y una caja de caudales de hierro. Sobre la mesa, -y en la pared, había un crucifijo de marfil y una -estampa con la imagen del infante don Carlos.</p> - -<p>El suelo del despacho era de baldosas rojas y -solía estar cubierto por una estera amarilla en invierno. -En un ángulo, sobre un estante, había varios -libros de comercio, de pasta verde, con las -cantoneras de cobre. En este despacho, triste y -frío, don Tomás trabajaba invierno y verano, vestido -siempre de negro y con un gorro también -negro. Don Tomás no tenía nunca fuego en la -casa.</p> - -<p>Don Tomás guardaba el dinero en unos capachos -pequeños, donde ponía los duros, las pesetas -y los cuartos, y tenía una gran cartera para los -billetes de Banco.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_164" id="Page_164">[164]</a></span></p> - -<p>Desde la puerta mampara del corredor se le -veía escribiendo con una pluma de ave, con una -letra española de finos gavilanes, dedicándose a -estas fórmulas tan queridas por los españoles: «Mi -querido amigo y dueño: Su majestad el Rey, que -Dios guarde, etc., etc.»</p> - -<p>Don Tomás no salía casi nunca de día. Al anochecer -se vestía con cierta elegancia, se ponía -camisa y cuello limpio, la capa, el sombrero de -copa alta, el bastón, y se marchaba a la calle, -siempre muy serio y grave.</p> - -<p>Al volver a casa encendía una vela y volvía -a su despacho, donde solía estar escribiendo.</p> - -<p>Don Tomás trataba de convencer a todos que -el mundo había degenerado de tal manera que -nada era digno de interés.</p> - -<p>En el piso segundo, en la parte que daba a la -calle, tenía una casa de huéspedes una señora -gruesa, doña Leonarda, casada con un francés. -Era una casa de huéspedes de gente acomodada, -en donde se comía bien. El pupilo más antiguo -era un tal don Jacinto, un viejo currutaco, agente -de negocios, que iba a todos los teatros y fiestas -y visitaba a don Tomás. En esta casa vivía también -don Luis, el amante de la Juanita.</p> - -<p>Un poco más arriba que la casa de doña Leonarda, -la escalera se bifurcaba y había un arco que -daba a la habitación de los frailes. Después, más -arriba, volvía a bifurcarse la escalera, y por otro -arco se pasaba al cuarto del capellán de las Descalzas. -Estos dos arcos constituían la servidumbre -de la casa.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_165" id="Page_165">[165]</a></span></p> - -<p>Unas escaleras más arriba había un cuarto grande -y largo, con tres ventanas, que abarcaba una -de las paredes del patio.</p> - -<p>Este sotabanco se hallaba hecho primitivamente -sobre el tejado y estaba sin baldosas y sin cielo -raso. Había allí relojes parados, cajas cerradas, -sacos y, en un estante, una porción de instrumentos -de platero.</p> - -<p>El padre de don Tomás había tenido este oficio, -y el mismo don Tomás lo había practicado en su -juventud.</p> - -<p>Por la parte de atrás el sotabanco tenía una -puerta pequeña, con un montante que daba a una -escalera estrecha.</p> - -<p>Por esta escalera se llegaba a una azotea abandonada, -con unos palos podridos y unos trozos -de cuerdas de esparto.</p> - -<p>Más arriba, y al otro lado del sotabanco, estaban -las guardillas, en donde dos dependientes de -don Tomás, Burguillos y el Morenito, tenían sus -viviendas.</p> - -<p>Burguillos, ex sargento realista, había establecido -sobre el tejado una azotea de tablas, con un -barandado de madera, y puesto luego unas cajas -con plantas en su terraza, que cuidaba y consideraba -como los jardines colgantes de Nínive.</p> - -<p>Vigilante de esta terraza era el gato Manolo, -que cazaba golondrinas y vencejos, y era tan listo -como su amo.</p> - -<p>Desde la azotea de Burguillos, hecha de contrabando, -pues las monjas de la vecindad, de saber -que había allí un observatorio, no lo hubieran permitido, -se abarcaba el jardín de las Clarisas, que<span class="pagenum"><a name="Page_166" id="Page_166">[166]</a></span> -tenía un estanque, y se veía pasear a las profesas -y trabajar al jardinero.</p> - -<p>Burguillos era manchego, hombre de cara dura -y juanetuda, bigote entre cano, orejas como aventadores, -frente pequeña y estrecha y color cetrino. -Burguillos, flor de pedantería castellana, hablaba -siempre <i>ex cathedra</i>, con esa perfección que a -algunos encanta y que, en general, no consiste -mas que en el uso de lugares comunes. La frase, -el refrán, el como dice el otro, estaban siempre -en sus labios. Burguillos se creía la ciencia infusa, -sabía hacer de todo; pero de todo mal, por lo que -sus enemigos le motejaban de chapucero. Hablaba -por sentencias y era extraordinariamente dogmático. -Este manchego tenía una hija muy guapa, la -Pepa, una mujer con ideas de manola, tan redicha -como su padre, de quien, al parecer, había heredado -su manera de hablar recortada y sabihonda. -La Pepa era costurera y aficionada a toda clase de -desplantes.</p> - -<p>La Pepa, moza vistosa, morena, tenía unos ojos -negros, grandes, brillantes, de estos ojos que parecen -reflejar mejor el mundo exterior que la vida -del espíritu.</p> - -<p>Burguillos albergaba un huésped, un empleado -del Monte de Piedad, don Plácido del Moral. -Don Plácido, hombre de unos cincuenta años, -seco, espartoso, vivía muy humildemente.</p> - -<p>Don Plácido era soltero, económico y avaro. -Decía a todo el mundo alguna frase amable; cerraba -su guardillita, como decía él, y no permitía que -nadie entrara en ella.</p> - -<p>Era hombre bastante ilustrado, de buena me<span class="pagenum"><a name="Page_167" id="Page_167">[167]</a></span>moria, -que sabía latín. Le hacía copias de documentos -al capellán mayor de las Descalzas. Compraba -la ropa y los sombreros en el Rastro, y leía -las Odas de Horacio, en latín, en un viejo ejemplar -grasiento.</p> - -<p>Don Plácido había sido un gran aventurero: -había estado en América y tomado parte en la -guerra de la Independencia y en las luchas de los -años constitucionales. Su falta de imaginación -extraña le hacía contar con tan poco encanto lo -visto por él que, al oírle, su vida de militar no -parecía mas que una serie de fechas de salida de -un pueblo y entrada en otro. La guerra para él era -una cosa burocrática y aburrida.</p> - -<p>El otro empleado de la casa, el Morenito, era un -hombre muy callado; tenía la cara amarilla, los -ojos pequeños, brillantes, como granos de café -tostado, el bigote negro y el traje negro. Daba la -impresión de una urraca.</p> - -<p>De los frailes franciscanos que vivían en la casa -y eran confesores de las monjas, el más constante -era el padre Cecilio, un fraile grueso, abultado, -poco inteligente y, por eso quizá, predicador favorito -de las monjas.</p> - -<p>Le solía acompañar un lego, el hermano Félix, -un hombre grueso, grasiento, como derrengado, -con una manera de andar de pato, unos ademanes -afeminados y una voz atiplada. El hermano Félix -había estado largo tiempo rasurado; pero después -de la matanza de frailes se dejaba la barba, negra -y cerrada. Este hermano Félix era un tipo repulsivo -e inquietante.</p> - -<p>El capellán mayor, don Bernardo, tenía una<span class="pagenum"><a name="Page_168" id="Page_168">[168]</a></span> -cara de aldeano castellano, dura y ceñuda; pero -era buen hombre. No trataba apenas con nadie, no -miraba de frente y estaba dedicado a estudios -históricos.</p> - -<p>Cuando alguno lo visitaba le veía escribiendo en -una mesa pequeña, rodeado de manuscritos y de -libros viejos, en un pequeño despacho con estantes -llenos de tomos en pergamino. Por entonces -estaba componiendo la historia de algunas comunidades -religiosas.</p> - -<p>Don Bernardo era gran latinista e historiador -concienzudo, con lo cual no ganaba favores ni -amistades.</p> - -<p>—Antes que nada, la verdad—solía decir rudamente -y mascullando las palabras.</p> - -<p>Con este espíritu verídico no quería meterse en -cuestiones de moral y de dogma, comprendiendo -que podía venirse abajo su fe.</p> - -<p>Don Bernardo decía misa en las Descalzas, pero -por cualquier motivo se quedaba en casa y no iba -a la iglesia. Siempre inclinado a la transigencia en -cuestiones de moral, contrastaba con el padre -Cecilio, que era intransigente y fanático. Don Bernardo -encontraba precedente para todo; así que él -y el fraile franciscano de la vecindad no se tenían -la menor simpatía.</p> - -<p>Había quien aseguraba que el padre Cecilio -odiaba profundamente a don Bernardo, y que don -Bernardo despreciaba en general a los frailes, y -sobre todo a los de la vecindad.</p> - -<p>La casa de los Capellanes, antes como un pólipo -unido a la iglesia y al convento, tenía su vida -propia.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_169" id="Page_169">[169]</a></span></p> - -<p>Se dice que cada casa es un mundo. Aquella lo -era. Había sus preocupaciones, sus enredos amorosos -y sus misterios. La Pepa de Burguillos, la -Juanita y las muchachas de casa de don Tomás y -de la casa de huéspedes daban pábulo a la murmuración.</p> - -<p>Se hablaba de que don Tomás guardaba secretos; -se decía que debajo de uno de los almacenes -de sal, del que tenía en la pared una fuente de -alabastro con una cabeza de Medusa, había una -cueva con grandes subterráneos, y que estos subterráneos -comunicaban por galerías con el convento -de las Descalzas y con el Palacio Real.</p> - -<p>Burguillos, que a veces trabajaba de albañil, -aseguraba haber recorrido parte de estos subterráneos.</p> - -<p>Como moluscos agarrados a una roca vivía aquella -parte de humanidad en el viejo caserón.</p> - -<p>Era por dentro una casa siniestra esta casa del -barrio de las Descalzas, Misericordia, 2; una casa -buena para crímenes, para duendes, para toda -clase de intrigas y de misterios.</p><hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h3 id="LIBRERO" class="nobreak">III.<br /> -LA EJECUCIÓN DE MIYAR, EL LIBRERO</h3></div> - -<p class="i65">Y también pronto, en son triste,<br /> -lúgubre voz sonará:<br /> -¡Para hacer bien por el alma<br /> -del que van a ajusticiar!</p> - -<p class="i65"><span class="smcap">Espronceda</span>: <i>El reo de muerte</i>.</p> - - -<p class="p2">A principio de 1831, don Tomás Manso puso -en su casa, como dependiente, a un sobrino -suyo en segundo o tercer grado, llegado de Lerma, -llamado Miguel Rocaforte. Miguel, cuando -vino a Madrid, era un joven cándido, violento, -lleno de ilusiones.</p> - -<p>Entró a trabajar en el despacho de la calle de -la Misericordia, a las órdenes de Narciso Gómez, -el casado con doña Juanita; y como su tío no quería -que Miguel fuera a una casa de huéspedes, ni -tampoco llevarlo a vivir con él, porque era celoso, -hizo que a su sobrino le pusieran la cama en el -sotabanco grande y largo, en donde había relojes -descompuestos y herramientas de platero.</p> - -<p>Miguel trabajaba con don Narciso en el piso<span class="pagenum"><a name="Page_172" id="Page_172">[172]</a></span> -bajo, en un rincón estrecho y húmedo, con una -ventana con rejas que daba al patio. Este despacho -tenía una puerta al pasillo, largo y obscuro, -que comunicaba con almacenes, en donde se veían -montones de sal y bolas también de sal, algunas -tan grandes, que parecían las bombas de los parques -de Artillería.</p> - -<p>El ambiente de aquel piso bajo era muy húmedo, -parte porque no tenía ventilación, y parte por -la eflorescencia de la sal.</p> - -<p>Los primeros meses de estar allí Miguel, los -pasó aburrido y desesperado, haciendo proyectos -para marcharse a otra parte; luego, cuando conoció -al encuadernador, que vivía y tenía un pequeño -taller en el piso bajo y que le prestaba libros, -se dedicó a leer; después se acomodó a su vida de -empleado, le tomó gusto a su sotabanco, en donde -estaba solo e independiente, salió a la calle y -tuvo amigos y fué al teatro.</p> - -<p>Cuando Miguel entró en casa de don Tomás -tenía diez y nueve años. Era un joven romántico -y alocado, que en su pueblo había comenzado a -hacer calaveradas, a leer versos y a escribirlos.</p> - -<p>El y un rival suyo en aventuras, León Zapata, -habían escandalizado el pueblo, haciendo de fantasmas -por las calles de Lerma y cantando el <i>Trágala</i> -delante de la casa de los absolutistas.</p> - -<p>Según Aviraneta, Miguel no podía servir para -una vida tranquila y ordenada. Don Eugenio le -encontraba temperamento de guerrillero. Con el -Empecinado o con Mina, decía, hubiera llegado -pronto a capitán o a coronel. Era hombre mejor -para manejar un sable que para trabajar con la<span class="pagenum"><a name="Page_173" id="Page_173">[173]</a></span> -pluma. Impulsivo, valiente, atrevido, imprevisor y -con una vanidad absurda, era un tipo de estos, -añadía Aviraneta, que tienen una mentalidad de -militares, de tenores de ópera, tipos para quienes -la vida es una sucesión de arias. Colocarse en una -situación interesante, y a poder ser dramática, y -defender luego su papel de una manera briosa, -constituía la más grande preocupación de Miguel. -Miguel, como la mayoría de los hombres impulsivos -que razonan ligeramente, iba a la acción con -una fuerza y una energía sorprendentes.</p> - -<p>—Yo—decía Aviraneta—quise dar a aquel -muchacho preocupaciones políticas y hacerle en -la cárcel un auxiliar mío; pero Miguel era incapaz -de someterse a nada.</p> - -<p>Miguel, los primeros meses de estar en Madrid, -no tenía más amigo que Gómez, el empleado, y -Gómez le desesperaba. Este era un hombrecito -insignificante y sonriente, contento con su suerte, -a pesar de que todo el mundo decía que su mujer -le engañaba. De noche, a la luz de una lamparilla -de aceite, Miguel leía en su sotabanco poesías románticas -y novelas lacrimosas.</p> - -<p>Un día, poco después de llegar a Madrid, supo -por el portero de la casa, el Cuervo, y por Burguillos, -que iban a ejecutar a un librero liberal en -la plaza de la Cebada.</p> - -<p>Los dos compadres le invitaron a acompañarles -a presenciar la ejecución, y al mediodía, después -de trabajar en el almacén y de dejar el zapatero -remendón a su mujer al cuidado del puesto y de -la portería, marcharon los tres, cruzando calles, a -salir a la de Toledo, y llegaron a la plaza de la<span class="pagenum"><a name="Page_174" id="Page_174">[174]</a></span> -Cebada, que entonces se hallaba despejada y libre -de todo edificio.</p> - -<p>Los soldados rodeaban el patíbulo y formaban -el cuadro. Una multitud de desharrapados se apiñaban -para presenciar el suplicio, y los dragones -hacían caracolear los caballos y los llevaban para -atrás, a meterlos entre las filas de los curiosos. -Tocaban las campanas a muerto en todas las iglesias -próximas: en San Isidro, en San Millán, en la -Almudena, en el Sacramento y en la capilla del -Obispo; y los hermanos de la Paz y Caridad, vestidos -con sayones negros, recorrían las calles por -parejas; unos, haciendo sonar la campanilla, y -otros, mostrando una caja de hoja de lata y diciendo -con voz triste y monótona: «Para hacer bien -por el alma del que van a ajusticiar». Miguel y sus -dos compañeros se detuvieron en medio de la -multitud.</p> - -<p>Miguel oyó decir que la mujer del librero Miyar -había ido el día anterior a Aranjuez a pedir gracia -al Rey. La pobre mujer esperó a Fernando VII; -pero Fernando no salió porque llovía; quizá no -salió por temor a verse obligado a perdonar; cosa -que debía ser desagradable para un hombre bajo -y rencoroso como él.</p> - -<p>A las doce y media, próximamente, comenzó a -aparecer la comitiva en la plaza de la Cebada. Un -hermano de la Paz y Caridad, llevando una gran -cruz, precedía el cortejo. Detrás marchaban dos -filas de encapuchados, con cirios amarillos en la -mano, cantando una letanía; luego, un piquete de -alguaciles a caballo.</p> - -<p>Inmediatamente después, montado en un burro,<span class="pagenum"><a name="Page_175" id="Page_175">[175]</a></span> -venía el librero Miyar, entre dos curas. Vestía una -hopa blanca y larga; estaba tan blanco como la -hopa y tenía las manos amoratadas, casi negras, -por la presión de la cuerda, que le martirizaba. -Entre las manos agarrotadas llevaba una estampa -de Cristo.</p> - -<p>Al ver la horca, el reo volvió la cabeza con horror -y miró hacia el público con los ojos dilatados -por el espanto; pero los curas le obligaron a seguir, -poniéndole un crucifijo delante.</p> - -<p>El Cuervo, entonces, dirigiéndose al reo, exclamó:</p> - -<p>—¿Qué, creías que te iban a dar dulces?</p> - -<p>Burguillos celebró la frase.</p> - -<p>Miguel, indignado, hizo un gesto de disgusto y -de molestia y se separó bruscamente de sus compañeros. -Este gesto lo notaron un joven y un -viejo, que se acercaron a él en seguida.</p> - -<p>—¿Es usted amigo de ese jorobado?—le preguntó -el viejo.</p> - -<p>—No; vive en la casa donde yo trabajo, pero no -tengo nada que ver con él, ni comparto sus sentimientos.</p> - -<p>El joven y el viejo le estrecharon efusivamente -la mano. Miguel no quiso presenciar la ejecución. -El joven y el viejo se unieron a Miguel y subieron -calle de Toledo arriba. El joven era alto, flaco, -con melenas, y vestía gabán y sombrero de copa; -el viejo, más bajo, llevaba sombrero ancho y capa.</p> - -<p>Al pasar por un café de la calle Imperial, el joven -les invitó a entrar a Miguel y al viejo; pero -éste dijo que no, y les llevó a una taberna próxima. -Era la taberna del hermano de Balseiro, la<span class="pagenum"><a name="Page_176" id="Page_176">[176]</a></span>drón -que tuvo luego gran fama y que estuvo complicado -en el proceso de Candelas.</p> - -<p>El joven y el viejo, al encontrarse dentro de la -taberna, hablaron con violencia y desfogaron su -furor.</p> - -<p>El Rey, según el joven, era un miserable, un -malvado, un hombre vil, sin corazón, sin conciencia, -dominado por una camarilla de lacayos y por -los frailes.</p> - -<p>El viejo habló de la miserable farsa que suponía -el condenar a un hombre a muerte y ponerle una -estampa de Cristo en las manos; como si no fueran -ellos, los que se decían representantes de -Cristo, los que le condenaban. Miguel les oyó con -gusto, porque aquellos hombres tenían sus ideas; -luego se despidió de ellos para llegar a tiempo al -almacén.</p> - -<p>Al entrar en la casa oyó contar al Cuervo la ejecución -de Miyar, con todos sus detalles, riendo, -como si se tratara de una de las cosas más divertidas -y chuscas que se pudiera contemplar.</p> - -<p>Cuando Miguel habló de esta cuestión vió que -todos los de la casa, comenzando por don Tomás -y siguiendo por el padre Cecilio, aseguraban que -el librero Miyar estaba bien castigado, porque era -un hereje y había que hacer un escarmiento con -ellos.</p> - -<p>Había poca misericordia en aquella casa de la -calle de la Misericordia, 2.</p> - -<p>Miguel Rocaforte tuvo que disimular sus ideas, -con gran desesperación suya. Sabía que don Tomás -era carlista, pero no lo creía tan fanático; -luego averiguó que había sido administrador del<span class="pagenum"><a name="Page_177" id="Page_177">[177]</a></span> -duque del Infantado, y que era por entonces uno -de los hombres de más influencia del partido -apostólico.</p> - -<p>Unos años después contaba Miguel en su Diario, -cuando la matanza de frailes, vió al joven y al -viejo a quienes había encontrado en la plaza de la -Cebada en la ejecución de Miyar aplaudiendo a -las turbas en la calle de Toledo, mientras quemaban -los muebles sacados de San Isidro y llevaban -en un carro los cadáveres de los frailes.</p> - -<p>Al principio de llegar a Madrid, Miguel se mezcló -en las algaradas callejeras y habló de política -con entusiasmo; luego el amor borró estas preocupaciones -y le absorbió por completo.</p> - -<p>Miguel cometió la torpeza, de que luego se arrepintió, -de tomar como confidente de sus amores -a su paisano León Zapata y de presentarle a éste a -don Plácido, el huésped de Burguillos.</p><hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h3 id="SOLEDAD" class="nobreak">IV.<br /> -SOLEDAD</h3></div> - -<p class="i45">Non olvides la dueña, dicho te lo e desuso.<br /> -Muger, molyno e huerta syempre quieren el uso.</p> - -<p class="i45"><span class="smcap">Arcipreste de Hita</span>: <i>Libro de Buen Amor</i>.</p> - - -<p class="p2">A los tres meses de vivir allí, Miguel era un elemento -importante de la casa. Las muchachas -de don Tomás, doña Juanita, la Pepa de Burguillos, -le buscaban y le hablaban. Se hizo amigo -de don Plácido y fué con éste a visitar al cura don -Bernardo y a oír sus sabias disertaciones históricas.</p> - -<p>Iba Miguel con frecuencia a la casa de Burguillos -y charlaba allí con la Pepa. Los desplantes -chulescos de ésta no llegaron a entusiasmar al joven -Miguel. Por otra parte, don Plácido le dió malos -informes de la hija del manchego.</p> - -<p>Don Plácido tenía poca simpatía por las mujeres, -en general, y menos por la hija de su patrón, -a la que acusaba de egoísta, de interesada y de coqueta.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_180" id="Page_180">[180]</a></span></p> - -<p>Gómez, el empleado, le llevó también a Miguel -algunos días a su casa. Narciso Gómez no le tenía -simpatía a Rocaforte; pensaba que el patrón favorecería -al joven por ser su sobrino. Mientras don -Tomás no hizo la menor distinción por Miguel, -Gómez tampoco la hizo; pero cuando vió que el -muchacho entraba en la casa del principal, se apresuró -a llevarle a la suya.</p> - -<p>Juanita, la mujer de Gómez, coqueteó con Miguel -y le dió broma por las conversaciones que -tenía con la Pepa Burguillos. A su vez, la Pepa le -dijo a Miguel que ya sabía que iba a casa de Gómez -y que charlaba con la Juanita.</p> - -<p>—Esa no dice a nadie que no—acabó diciendo -la chulona de la guardilla—; cuando se le va un -cortejo, toma otro. Pobre marido.</p> - -<p>Miguel, que se vió solicitado por las dos mujeres, -se dió tono y no se decidió por ninguna de -las dos.</p> - -<p>Don Tomás, al saberlo, comenzó a tener alguna -confianza con Miguel y a convidarle a comer los -domingos por la noche.</p> - -<p>No era un anfitrión muy amable don Tomás. -Hablaba poco. Leía la <i>Gaceta</i> o algún periódico -moderado y hacía comentarios sobre la marcha -política de España, siempre desde un punto de -vista terriblemente absolutista y ultramontano. -Miguel tenía que ocultar sus ideas y estaba obligado -a rezar el rosario al despedirse para irse a -dormir.</p> - -<p>A veces, en la conversación, haciéndose el cándido, -intentaba dar una opinión liberal; pero don -Tomás le hacía callar con desdén, como si no<span class="pagenum"><a name="Page_181" id="Page_181">[181]</a></span> -mereciera la idea expuesta el ser examinada en -serio.</p> - -<p>Cuando iba de tertulia el padre Cecilio, éste definía -desde lo alto de su sapiencia, y sus opiniones -eran dogmas. Lo había dicho el padre Cecilio, -no se podía volver sobre el asunto. Miguel tenía -que violentarse y morderse los labios para no -protestar de las opiniones del fraile. Más que la -opinión en sí le molestaba el tono sin réplica con -que la emitía el padre franciscano.</p> - -<p>La mujer de don Tomás, Soledad, era una mujer -joven, bonita, con una cara de virgen resignada -y triste. Soledad tenía el óvalo de la cara muy -alargado, los ojos grandes, obscuros, la expresión -melancólica y el color pálido; se tocaba con sencillez, -sin coquetería, y vestía siempre de negro.</p> - -<p>La madre de Soledad, mujer enferma, medio paralítica, -vivía encerrada en su cuarto, cuidada por -su hija. Soledad se había casado con don Tomás, -a pesar de que le doblaba la edad, pensando en su -madre enferma, porque madre e hija antes de casarse -ésta vivían en una pobreza rayana en la miseria.</p> - -<p>Don Tomás creyó que había hecho bastante con -librar de la miseria a Soledad y a su madre, y no -se ocupaba gran cosa de su mujer. Suponía que -Soledad debía ser su ama de llaves, y que este -cargo le tenía que bastar para estar satisfecha y -contenta.</p> - -<p>Miguel, al principio, no se ocupó de Soledad, ni -Soledad de Miguel; pero llegó un día en que empezaron -a observarse el uno al otro, y él fué viendo -que, a pesar de su aire encogido y triste, ella<span class="pagenum"><a name="Page_182" id="Page_182">[182]</a></span> -era una mujer bonita, y Soledad notó que Miguel -era un guapo mozo que le miraba a hurtadillas -siempre que podía.</p> - -<p>La confianza entre Soledad y Miguel se fué estableciendo -muy lentamente, y de repente brotó -entre ellos el amor como una llama.</p> - -<p>Quizá Miguel tenía ideas falsas acerca de las mujeres, -y decía muchas veces insensateces y locuras; -pero Soledad sabía, sin duda, desprender toda la -broza literaria de la conversación de Miguel y no -ver en sus palabras mas que el entusiasmo que se -transparentaba en ellas, como en su actitud y en -su expresión.</p> - -<p>Por otra parte, Soledad tenía horror por el -adulterio y por el escándalo; pensaba a todas horas -en el infierno; pero Miguel le inspiraba confianza.</p> - -<p>Durante el día Miguel solía ver algunas veces a -Soledad asomada a los cristales desde las rejas de -su despacho, y llegó un tiempo en que sabía las -horas exactas en que ella se asomaba.</p> - -<p>Un domingo, por la mañana, Miguel escribió -una carta de amor y se la mostró a Soledad desde -la ventana del sotabanco. Ella hizo desde dentro -un signo de asentimiento. Miguel metió la carta -en un libro, lo ató con un bramante y fué bajándolo -hasta que ella pudo coger el libro. Al día -siguiente Soledad contestaba, y una correspondencia -apasionada se cruzaba entre los dos.</p> - -<p>Miguel inventó una porción de procedimientos -ingeniosos para que no se descubriese la correspondencia, -y durante algún tiempo nadie se enteró.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_183" id="Page_183">[183]</a></span></p> - -<p>Sin duda alguna, Miguel vió en la iniciación de -aquellos amores un triunfo personal, un triunfo de -soberbia contra la estupidez satisfecha de don Tomás -y el dogmatismo categórico y cerril del padre -Cecilio; Miguel pensó más en su vanidad satisfecha -que en la mujer que por él se comprometía; -después fué perdiendo la satisfacción de su orgullo -y se encontró preocupado con la situación en -que se hallaba y con la que había dejado a la mujer -que quería.</p> - -<p>En aquel momento se olvidó de su actitud literaria, -romántica, y comenzó a adquirir una idea -de responsabilidad.</p> - -<p>Entonces se le ocurrió el proyecto de ponerse a -estudiar francés e inglés, e irse al extranjero con -Soledad.</p> - -<p>A otro quizá la reflexión le hubiera echado atrás; -pero Miguel tenía alma de conquistador, de guerrillero -y más bien amaba el peligro que lo rehuía.</p> - -<p>Soledad había vivido en un ambiente completamente -hostil; cuidaba de su madre, hacía los quehaceres -de la casa y estaba espiada por todos los -vecinos y vecinas, comenzando por la Pepa y la -Juanita. Si alguna vez se quejaba de que su vida -era triste y aburrida, los pocos contertulios que -visitaban a don Tomás caían sobre ella, y la decían, -entre ironías y sarcasmos, que la vida ideal -para una mujer consistía en estar unida a una persona -respetable y religiosa. Todo lo demás no valía -nada, eran únicamente tonterías y romanticismos -de la época. En este todo lo demás entraba -lo único agradable que puede tener la vida.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_184" id="Page_184">[184]</a></span></p> - -<p>Soledad llevaba una existencia triste, cuidaba -de su madre, hacía los quehaceres y apenas salía -de casa. No había estado nunca en el teatro ni -leído mas que libros de religión. No tenía amigas; -los días de fiesta iba a la iglesia de las Descalzas, -y después daba una vuelta para hacer algunas -compras.</p> - -<p>Miguel, en su exaltación romántica, convenció -pronto a Soledad que la vida no era esta triste -rutina; que el amor resplandece en la existencia -como la Vía láctea en las noches estrelladas, y -que cuando el corazón ha hablado se puede y -se debe saltar por encima de las preocupaciones -sociales.</p> - -<p>Ella se dejó convencer rápidamente; él seguía -escribiéndola cartas, que ella leía y que contestaba -robando horas al sueño. Miguel y Soledad tuvieron -un domingo una cita, y luego varias. El solía -esperarla en el claustro de las Descalzas, y en una -de las ventanas dejaba escrito con lápiz el sitio de -la cita donde debían reunirse.</p> - -<p>A pesar de todas sus precauciones, los amores -trascendieron. La Pepa, la Juanita y el Cuervo -habían formado, alrededor de ellos, una red de -espionaje.</p> - -<p>Don Tomás se manifestaba impasible, sin la -menor sospecha, de una ecuanimidad extraordinaria. -Soledad sentía un gran terror, que iba aumentando -por momentos al encontrarse frente a -su marido, y este terror se lo comunicó a su -amante.</p> - -<p>Su esposo era hombre de una frialdad terrible -y de unas pasiones reconcentradas, le decía a<span class="pagenum"><a name="Page_185" id="Page_185">[185]</a></span> -Miguel. Ella le había visto algunas veces, aunque -no muchas, perder su aire tranquilo y convertirse -en una fiera.</p> - -<p>La posibilidad de que su marido, enterado ya -de cuanto ocurría, se manifestara tan impasible, -redoblaba su terror. Soledad temía que su marido -lo supiera todo y estuviera preparando una venganza -terrible.</p> - -<p>—Que caiga la venganza sobre mí, que soy la -más culpable—decía ella.</p> - -<p>Miguel quería creer que don Tomás era un pobre -hombre que no se enteraba de nada, ni era -violento. Sin embargo, iba sabiendo que su patrón -había tenido negocios peligrosos de contrabando, -que se había manifestado como un guerrillero -audaz, y que en sus tentativas de conspiración con -los absolutistas había sido tan atrevido como -enérgico.</p> - -<p>Don Tomás guardaba secretos de sus correligionarios; -la cueva de su casa, según se decía, -estaba llena de cajas con papeles y documentos. -El era el único que sabía lo que había dentro. Si -alguno conocía parte de sus secretos, era el portero, -el Cuervo, su hombre de confianza.</p> - -<p>Muchos le tenían a este antiguo soldado del -ejército de la Fe por cómplice de su amo. ¿Cómplice -de qué? No se sabía; pero la idea de que -entre los dos habían hecho algún desmán, se imponía -al verlos. El Cuervo estaba entregado a su -amo en cuerpo y alma.</p> - -<p>Soledad, al pasar por el portal, temía la mirada -de aquel zapatero siniestro.</p> - -<p>Don Tomás solía ir con frecuencia a la librería<span class="pagenum"><a name="Page_186" id="Page_186">[186]</a></span> -de Monnier, con Miguel, a leer periódicos realistas -franceses, cuyas noticias le interesaban.</p> - -<p>Cuando la cuestión del supuesto robo de Castelo, -y cuando Miguel no quiso dejarse registrar y -fué llevado a la cárcel, don Tomás, a pesar de su -impasibilidad, quedó sorprendido. La energía de -su dependiente le admiró, y comprendió que era -un hombre de fibra. Miguel llevaba en el bolsillo -las cartas de Soledad y su Diario.</p> - -<p>Rocaforte, al ingresar en la Cárcel, pensó que el -peligro en que se encontraba Soledad estaba conjurado; -y se prometió no decir nada, aunque tuviera -que permanecer allí largo tiempo.</p> - -<p>Don Tomás examinó la conducta de su dependiente -y llegó a ver en claro la causa por la cual -no había querido dejarse registrar.</p> - -<p>Le faltaba la prueba, y supuso que, tarde o temprano, -la encontraría.</p> - -<p>En el tiempo en que Miguel estuvo preso, Soledad -sufrió grandemente; su madre murió, y ella -fué poniéndose cada vez más pálida y más triste.</p> - -<p>Don Tomás decidió enviarla a Sigüenza, a casa -de unos parientes.</p><hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h3 id="ANONIMOS" class="nobreak">V.<br /> -ANÓNIMOS</h3></div> - - -<p class="i65">Los malvados son como las moscas, -que recorren el cuerpo del -hombre y no se detienen mas que -sobre sus llagas.</p> - -<p class="i65"><span class="smcap">La Bruyere</span>: <i>Los caracteres</i>.</p> - -<p class="p2"><span class="smcap">En</span> el tiempo en que Miguel estuvo preso en la -Cárcel de Corte se recibieron varios anónimos -en casa de don Tomás. Uno de ellos era de -Juanita, la mujer de Gómez; los otros, de León -Zapata, el paisano de Miguel. La Juanita tenía gran -odio por Soledad.</p> - -<p>Zapata quería mortificar a don Tomás y de paso -estorbar el éxito de Miguel. Don Plácido le sirvió -de apuntador y le dió datos de la gente de -la casa.</p> - -<p>El anónimo de Juanita, que iba dirigido a don -Tomás, decía así:</p> - - - -<p class="i2 p2">«Con gran sentimiento de mi parte, tengo que -participarle a usted que su mujer le engaña con<span class="pagenum"><a name="Page_188" id="Page_188">[188]</a></span> -Miguel Rocaforte, el que está ahora en la cárcel. -Pregunte usted en la calle de Peregrinos, 4, donde -Soledad y Miguel se han visto, y le darán noticias.</p> - -<p class="right"><span class="smcap">Un amigo.</span>»</p> - -<p class="p2">Los anónimos de Zapata se sucedieron durante -largo tiempo y tenían otro carácter. Fueron -varios.</p> - -<p>El primero decía así:</p> - - -<p class="i2 p2">«En esa santa casa antigua de Capellanes hay -una mujer que adorna la frente de su marido. Es -Juanita, la señora de Gómez. El señor Gómez no -puede ya con su cabeza. Cada año un asta más.</p> - -<p class="i2">¡Buena está la casa de la calle de la Misericordia, -2!</p> - -<p class="right"><span class="smcap">El duende.</span>»</p> - -<p class="p2">Al día siguiente llegó otro anónimo:</p> - - - -<p class="p2 i2">«El joven Miguel Rocaforte se jacta en todas -partes de haberle puesto los cuernos a su principal. -Estaba escrito: Manso has sido, manso eres y -manso serás.</p> - -<p class="i2">¡Buena está la casa de la calle de la Misericordia, -2!</p> - -<p class="right"><span class="smcap">El duende.</span>»</p> - -<p class="p2">Al cabo de poco tiempo vino otro papel:</p> - - - -<p class="p2 i2">«En esa santa casa, hoy de la Sal, hay un Cuervo -que debía graznar, ya hace tiempo, en el patio<span class="pagenum"><a name="Page_189" id="Page_189">[189]</a></span> -de un presidio. Ese Cuervo, mal zapatero, es un -bandido, miserable y estafador, que engaña a todo -el mundo, empezando por su amo. ¡Buena está la -casa de la calle de la Misericordia, 2!</p> - -<p class="right"><span class="smcap">El duende.</span>»</p> - -<p class="p2">A los pocos días se recibió otro anónimo:</p> - - - -<p class="p2 i2">«En esa cristiana casa hay una Pepita que tiene -dos cortejos a la vez: uno para los días de fiesta, -y otro para los días de labor. Ahora la visita el -cerdo del padre Cecilio. ¿Qué hace mientrastanto -Burguillos? Burguillos calla y otorga. ¡Buena está -la casa de la calle de la Misericordia, 2!</p> - -<p class="right"><span class="smcap">El duende.</span>»</p> - -<p class="p2">Por último, se recibió esta letanía, que decía así:</p> - -<p class="i2 center p2">«<i>Letanía para recitar en la casa de la Sal.</i></p> - -<p class="i2">De la mansedumbre de don Tomás Manso,<br /> -De la gracia del Cuervo,<br /> -De las visitas de los padres franciscanos,<br /> -De los chismes de las monjas Clarisas,<br /> -Líbranos, Señor;<br /> -Del ceño de don Bernardo,<br /> -Del vientre del padre Cecilio,<br /> -Del contravientre del hermano Félix,<br /> -De la charla de don Plácido,<br /> -Líbranos, Señor;<br /> -De los ardores de la Pepita,<br /> -De los malhumores de Juanita,<span class="pagenum"><a name="Page_190" id="Page_190">[190]</a></span><br /> -De los cuernos del buen Gómez,<br /> -De los flatos de Burguillos,<br /> -Líbranos, Señor;</p> - - -<p class="i2">Líbranos, Señor, de tanto bellaco, de tanto cornudo, -de tanta pécora como habita esa casa, Misericordia, -2. ¡Misericordia, Señor!</p> - -<p class="right"><span class="smcap">El duende.</span>»</p> - -<p class="p2">Don Tomás leyó con una terrible indignación -estos anónimos. El primero comprendió que partía -de alguna de las mujeres de la casa, de la Pepa, -o de la Juanita; los otros, pensaba que debían ser -de algún amigo de Miguel; pero no podía suponer -de quién.</p><hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h3 id="PREPARATIVOS" class="nobreak">VI.<br /> -PREPARATIVOS</h3></div> - -<p class="i65">Que no quedara contenta<br /> -ni lograda mi esperanza<br /> -si no vieras la venganza<br /> -en donde viste la afrenta.</p> - -<p class="i65"><span class="smcap">Guillén de Castro</span>: <i>Las -mocedades del Cid</i>.</p> - - -<p class="p2"><span class="smcap">El</span> Cuervo había tenido siempre gran antipatía -por Miguel. Sin duda, la juventud y la fuerza -del joven excitaban su envidia.</p> - -<p>El Cuervo había asegurado en la casa que Miguel -no saldría de la cárcel; cuando le vió que volvía -sintió por él un gran odio.</p> - -<p>Don Tomás recibió a Miguel con marcada frialdad -e hizo que el Cuervo registrara el cuarto y las -ropas del joven. Este había dejado las cartas de -Soledad y su Diario en manos de Aviraneta, en -un paquete atado.</p> - -<p>El Cuervo no encontró nada. Don Tomás pareció -contentarse; pero el Cuervo insinuó a su amo -y, al último, le dijo claramente que no por eso era -menos cierto que Soledad se entendía con Miguel.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_192" id="Page_192">[192]</a></span></p> - -<p>—¿Lo sabes tú?</p> - -<p>—Lo sé todo.</p> - -<p>—¿Te lo han dicho?</p> - -<p>—Lo he visto.</p> - -<p>—¿Qué has visto?</p> - -<p>—He visto que se escribían cartas y luego se -hablaban y se daban citas.</p> - -<p>—¿Dónde se encontraban?</p> - -<p>—Generalmente en el claustro de las Descalzas. -Al principio, Miguel escribía con lápiz, en una de -las ventanas, el lugar de la cita; luego iba ella y -borraba lo escrito; después era un pobre que está -a la puerta de esta iglesia el que se encargaba de -su correspondencia.</p> - -<p>—¿Lo viste tú?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Qué viste más?</p> - -<p>—Vi también que uno de aquellos días, al salir -de la iglesia de las Descalzas, pasó por aquí doña -Soledad como si fuera a hacer compras, miró a -derecha e izquierda y entró en la calle de Peregrinos, -donde la esperaba Miguel.</p> - -<p>Don Tomás sintió que le sofocaba el ansia de -vengarse; no le tenía gran cariño a su mujer, pero -consideraba que al querer a Miguel ofendía en su -dignidad al hombre que le había sacado de la miseria.</p> - -<p>—Está bien—dijo don Tomás.</p> - -<p>Para don Tomás la traición de Soledad y de -Miguel era una prueba más de la maldad humana, -del espíritu envilecido y encanallado de los hombres.</p> - -<p>Ante el Cuervo, el amo consideraba que debía<span class="pagenum"><a name="Page_193" id="Page_193">[193]</a></span> -tener una actitud indiferente, como si hasta él no -pudieran llegar las miserias humanas. Los siguientes -días, a pesar de su impasibilidad, don Tomás -se estremecía ante la mirada brillante e irónica del -jorobado.</p> - -<p>Miguel había vuelto a su trabajo y se manifestaba -tranquilo y contento; su tío le hablaba poco; -Gómez le miraba sonriente; Burguillos le contemplaba -con atención, y el Cuervo le dirigía una mirada -larga y rencorosa.</p> - -<p>Una vez don Tomás y el Cuervo tuvieron una -nocturna conferencia. Al día siguiente, por la tarde, -era domingo y no había nadie en casa. Amo -y criado entraron en el almacén de la fuente con -la cabeza de Medusa, y estuvieron allí largo rato.</p> - -<p>El almacén era bajo de techo, tenía rejas al patio -y en el suelo grandes losas. Entre ellas había -dos con hendiduras, como saeteras, que se podían -levantar. Las levantó el Cuervo con una palanca y -apareció un agujero grande y obscuro. Metió el -Cuervo una linterna encendida, colgada de una -cuerda, y se vió una oquedad hecha en tierra arenosa, -en parte revestida por una bóveda de ladrillo, -con arcos medio derrumbados.</p> - -<p>Don Tomás y el Cuervo bajaron al subterráneo -por una escalera larga, y lo reconocieron. Tenía -una profundidad de ocho a diez metros. Estaba -completamente cerrado, y no había comunicación -alguna con el exterior; la única boca de galería -que parecía haber existido en otro tiempo estaba -cerrada por una gran piedra de molino. En el centro -de esta piedra había un agujero. El Cuervo -metió un hierro por él, sospechando si ten<span class="pagenum"><a name="Page_194" id="Page_194">[194]</a></span>dría -una salida, y sacó trozos de carbón y de -huesos.</p> - -<p>Después de reconocer el subterráneo y ver que -no tenía ninguna comunicación, volvieron amo y -criado al almacén e hicieron entre los dos varias -y extrañas maniobras. Sirviéndose de la palanca, -llevó el Cuervo las dos piedras grandes que cerraban -el boquete del suelo a un rincón, y sobre el -agujero que quedaba, de un metro en cuadro, puso -una esterilla ligera, que lo ocultaba perfectamente, -sujeta en los bordes por unas bolas de sal. Delante -del boquete colocó una mesa.</p> - -<p>El Cuervo tenía imaginación para el mal. Excitaba -constantemente a su amo. Don Tomás vacilaba; -tan pronto consideraba la venganza como -lógica y justa, como la tenía por excesivamente -severa.</p> - -<p>El Cuervo, que era el espíritu maligno que se -cernía sobre el alma de don Tomás, le excitaba, -le ponía a la vista la petulancia y la fanfarronería -de Miguel.</p><hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h3 id="CRIMEN" class="nobreak">VII.<br /> -EL CRIMEN</h3></div> - -<p class="i65">Madruga y mata primero.</p> - -<p class="i65"><span class="smcap">Calderón</span>: <i>El monstruo de la -fortuna</i>.</p> - - -<p class="p2"><span class="smcap">Después</span> de muchas conferencias con el Cuervo, -don Tomás se decidió. Un día le dijo a -Miguel:</p> - -<p>—Tengo que enviar una persona con una comisión -importante para Zaragoza, y de paso para -Sigüenza. ¿Quieres ir tú?</p> - -<p>—Con mucho gusto.</p> - -<p>—Te advierto que es una comisión para los -carlistas.</p> - -<p>—No me importa.</p> - -<p>—Bueno; pues pide un pasaporte y un billete -para la diligencia.</p> - -<p>Miguel se entusiasmó con la idea de ver pronto -a Soledad, y no se le ocurrió la menor sospecha.</p> - -<p>Dos días después le avisó a su tío y le dijo:</p> - -<p>—Ya tengo todo en regla.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_196" id="Page_196">[196]</a></span></p> - -<p>—Tienes que hacer el viaje con el máximo de -prudencia. Es conveniente que digas a todo el -mundo que te marchas hoy, y no te vayas hasta -mañana. Ven esta noche a casa, a las doce; no -subas a la habitación, para que no oigan los pasos. -Te daré la llave, entras y pasas al almacén de la -fuente, donde yo te esperaré.</p> - -<p>—Está bien.</p> - -<p>—También quiero que te confieses para salir -de Madrid y hacer este viaje, que puede estar -lleno de peligros.</p> - -<p>—Bueno.</p> - -<p>Miguel no hizo gran caso de este consejo. Por -la noche estuvo en el Café Nuevo, y, poco antes -de dar las doce, se acercó a la casa de la calle de -la Misericordia. Miguel iba muy embozado en la -capa; hacía una noche negra de invierno. El joven -empujó el postigo de la puerta, que se abrió sin -ruido, y lo volvió a cerrar, pasó el zaguán, abrió -la puerta de la mampara de cristales, que comunicaba -con el patio, y luego, la del almacén de la -fuentecilla.</p> - -<p>—¡Adelante!—dijo don Tomás, con voz temblona.</p> - -<p>Miguel no había estado nunca en este almacén, -en el cual se decía que don Tomás guardaba sus -secretos. Vió en un rincón una caja de caudales y -sobre una mesa un velón.</p> - -<p>—¿Te ha visto alguno entrar en la casa?—preguntó -don Tomás.</p> - -<p>—Nadie. La noche está muy negra y muy fría.</p> - -<p>—¿Estás preparado?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_197" id="Page_197">[197]</a></span></p> - -<p>—¿Ya te confesaste?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Bueno.</p> - -<p>Don Tomás, dando una larga vuelta, se acercó -a la mesa, de manera que la luz no le diera en el -rostro. Así no podía verse el aire siniestro y alterado -de su fisonomía.</p> - -<p>—Dale esta carta a Soledad cuando llegues a -Sigüenza—dijo—, y lleva este paquete a Zaragoza. -En el papel está la dirección.</p> - -<p>Miguel avanzó despacio hacia la mesa.</p> - -<p>Don Tomás le contempló con una mirada anhelante.</p> - -<p>—¿Por qué me mira así?—se preguntó Miguel.</p> - -<p>—Si se salva—pensó, a su vez, don Tomás—, -Dios lo habrá querido.</p> - -<p>Miguel dió varios pasos y se aproximó a la mesa. -De pronto se oyó que la esterilla se hundía, arrastrando -las bolas de sal que la sujetaban, y el joven -desapareció.</p> - -<p>En el momento mismo, el Cuervo saltó por -entre dos filas de sacos, y apareció en medio del -almacén.</p> - -<p>Don Tomás se asomó al agujero y oyó un gemido -ahogado de dolor.</p> - -<p>El Cuervo, armado de la palanca, arrastró con -brío, una tras otra, las dos grandes losas y cerró -el boquete del suelo.</p> - -<p>—Ya no se oye nada—dijo, temblando, don -Tomás.</p> - -<p>—Habrá muerto con el golpe—repuso el -Cuervo.</p> - -<p>Don Tomás se dejó caer sobre una silla con el<span class="pagenum"><a name="Page_198" id="Page_198">[198]</a></span> -aire de un hombre extenuado. El Cuervo comenzó -a hacer una gran pirámide de bolas de sal sobre -las losas que ocultaban el agujero por donde se -había cometido el crimen.</p> - -<p>Acabada la obra, los cómplices se miraron uno -a otro. En el Cuervo había una expresión de crueldad -y de satisfacción. En don Tomás, una mezcla -de horror y de espanto. Los dos salieron del almacén -al patio, y luego, al portal. El Cuervo entró -en su covacha y don Tomás subió las escaleras -hasta su cuarto.</p> - -<p>Quince días después volvió Soledad a Madrid, -sin haber mejorado de su mal. No se atrevía a -hacer ninguna pregunta. Su marido, indiferente e -impasible, nada le dijo. Así vivieron marido y -mujer meses y meses. Nadie tuvo la menor sospecha -en la casa. El Cuervo siguió trabajando en -su portal.</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>Dos años después, un día en que Soledad rezaba -en la iglesia de las Descalzas, le dió un desmayo -y cayó al suelo. La llevaron a casa y llamaron -al médico, y después a don Bernardo, el capellán. -Don Bernardo pasó largo tiempo con la enferma, -que a cada instante decía en voz baja: «¡Miguel! -¡Miguel!» Unas horas después, Soledad había -muerto.</p> - -<p>Don Tomás se retiró a Lerma y vendió la Casa -de la Sal. Esta pasó a diversas manos, hasta que -el último dueño decidió tirarla y alinear la calle -de Capellanes.</p><hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h3 id="CRISTO" class="nobreak">VIII.<br /> -LA ESCUELA DE CRISTO</h3></div> - - -<p class="i65">El sueño de la razón produce monstruos.</p> - -<p class="i65"><span class="smcap">Goya</span>: <i>Caprichos</i>.</p> - -<p class="p2"><span class="smcap">Don</span> Tomás y el Cuervo se retiraron a Lerma -y vivieron algunos años juntos. El Cuervo -no era capaz de permanecer tranquilo y sin mezclarse -en los asuntos públicos y privados, y durante -la guerra civil denunció a la partida del -Cura Merino algunos ciudadanos liberales, que -fueron fusilados. Poco después, unos parientes de -éstos cogieron al Cuervo en el campo y lo apalearon -de tal manera que murió a consecuencia de la -paliza.</p> - -<p>Don Tomás, al verse sin su criado, sintió más -bien tranquilidad que pena; la mirada irónica y -dura del Cuervo le recordaba la cueva del almacén -de la calle de la Misericordia.</p> - -<p>Al verse solo fué para el una tregua, pero una -tregua que duró poco tiempo, porque sus terrores -volvieron de nuevo.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_200" id="Page_200">[200]</a></span></p> - -<p>Don Tomás se hallaba entregado a la religión; -constantemente estaba en la iglesia rezando y confesándose.</p> - -<p>Había por entonces en el pueblo una casa pequeña -y ruinosa que casi siempre estaba cerrada. -Sólo al anochecer solía abrirse para el paso de algunas -personas. Si se entraba en el estrecho zaguán -y se subía al único piso, se encontraba primero -una sala pintada de negro, con un ventanillo -enrejado que daba a la calle. En medio de la sala -había un féretro, cubierto de paño negro, con -cuatro cirios apagados. Este cuarto se comunicaba -por una puerta estrecha con una capilla obscura -y sin luz. La capilla tenía en medio un altar, -con un Nazareno coronado de espinas y lleno de -sangre, y alrededor, unos armarios de sacristía, y -encima de los armarios, varias calaveras y varias -disciplinas. En la pared había un marco con un -papel, en donde se leía una lista de nombres.</p> - -<p>Esta casa pequeña con su cuarto fúnebre y su -capilla constituía la Escuela de Cristo. Formaban -parte de ella varias personas religiosas cuyos nombres -constaban en el cuadro de la pared. De noche -entraban allí diez o doce hombres a hacer penitencia, -y después de rezar delante del féretro, -cubierto de paño negro, iban pasando uno detrás -de otro a la capilla, y allí se cubrían con una capucha.</p> - -<p>Cuando estaban todos reunidos y en círculo delante -del altar, se apagaban las luces y se ponía en -el suelo un gran farol de hoja de lata, sin cristales, -que tenía unos agujeros por los cuales pasaban tenues -raros de luz. Entonces uno se destacaba, se<span class="pagenum"><a name="Page_201" id="Page_201">[201]</a></span> -desnudaba y se colocaba en medio del círculo de -los encapuchados; luego tomaba una calavera en -la mano izquierda y las disciplinas en la derecha, -y comenzaba a azotarse, mientras el siniestro coro -rezaba en voz alta.</p> - -<p>Don Tomás pertenecía a la Escuela de Cristo, -se disciplinaba, usaba cilicios, y en su casa rezaba -tirado en el suelo cuan largo era y dando grandes -alaridos. Aquel último gemido de Miguel al caer -al subterráneo lo oía en su cerebro a cada paso; -el suspiro del viento, el toque de una campana, el -chirriar de una lechuza, el ruido de una ventana -movida por una ráfaga del cierzo, todo rumor de -la tierra o del aire le recordaba la queja postrera -del joven muerto por él.</p> - -<p>Muchas veces hubiera preferido perder la razón -definitivamente, que no vivir de una manera tan -miserable y triste.</p><hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h3 id="FANTASMA" class="nobreak">IX.<br /> -EL FANTASMA</h3></div> - - -<p class="i65">Ya oigo la voz del terror que se levanta en mi corazón.</p> - -<p class="i65"><span class="smcap">Esquilo</span>: <i>Las Coéforas</i>.</p> - - -<p class="p2"><span class="smcap">Poco</span> después de la guerra civil se habló en -Lerma de que en la Plaza aparecían fantasmas -a media noche. Algunos los habían visto claramente. -Los serenos, por más que vigilaban, no -podían dar con ellos. No se sabía si eran duendes, -espectros o almas en pena; pero se aseguraba que -uno de estos fantasmas tenía una mano de plomo -y otra de estopa, y que gozaba del poder de avisar -la próxima muerte al que había de morir.</p> - -<p>Al parecer, algunos serenos no sentían gran interés -en encontrarse con aquellos seres misteriosos, -porque cuando les decían que andaban por un -lado, iban por el opuesto; otros más decididos y -valientes llevaban una pistola y un garrote, y afirmaban -que no se les escaparían los fantasmas sin -un estacazo o sin un tiro.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_204" id="Page_204">[204]</a></span></p> - -<p>Don Tomás había oído hablar de estas apariciones, -considerándolas como chiquilladas, sin -darles más importancia. Una noche en que el viejo, -después de rezar sus oraciones, se dirigía a la -cama, oyó en la calle pasos quedos. Desde hacía -algún tiempo, don Tomás tenía un oído de enfermo. -Escuchó las pisadas de lejos y abrió un ventanillo -de su alcoba. Vió una cosa blanca que se -acercaba por la acera de enfrente. Era el fantasma.</p> - -<p>Don Tomás, maravillado y confundido, quedó -en el ventanillo, y, trastornado, preguntó:</p> - -<p>—¿Quién eres? ¿Qué deseas?</p> - -<p>Entonces el fantasma, con voz sepulcral, dijo:</p> - -<p>—¡Asesino! Yo soy el alma de Miguel Rocaforte, -condenada por tu culpa.</p> - -<p>Don Tomás se retiró de la ventana temblando -y se tiró en el suelo a rezar. Al día siguiente lo -encontraron desmayado, moribundo; lo llevaron a -la cama y ya no volvió a levantarse.</p> - -<p>Unos días después, los serenos cogieron a uno -de los fantasmas, que resultó un sargento de milicianos -nacionales que tenía amores con la mujer -de un tendero de la plaza.</p> - -<p>El otro fantasma, a quien no lograron coger, se -supo que era León Zapata, el compañero de Miguel -Rocaforte.</p> - - -<p class="i2 p2">Madrid, diciembre, 1920.</p><hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak">ADÁN EN EL INFIERNO</h2></div> - - -<h3 id="ADAN">I.<br /> -ADÁN</h3> - - -<p class="i65">No se gana nada violentando a -la sensibilidad en sus inclinaciones; -es preciso engañarla y, como -dice Swift, divertir la ballena con -una barrica para salvar el barco.</p> - -<p class="i65"><span class="smcap">Kant</span>: <i>Antropología</i>.</p> - - -<p class="p2"><span class="smcap">En</span> la época de la matanza de frailes, cuando -fueron ingresando en la Cárcel de Corte una -porción de gente cogida en las calles de Madrid, -llevaron a ella a un muchacho joven, guapo, recién -venido de un pueblo de la Alcarria, Andrés -Lafuente.</p> - -<p>Este alcarreño vino con Román, el hijo del librero -de la calle de la Paz, y con un zapatero -joven llamado Gaspar, a quien todos conocían por -Gasparito y de quien te hablé antes.</p> - -<p>A aquel muchacho alcarreño se le consideraba -como un mozo ingenuo e inocente, y se le compadecía -por haber caído en el infierno de la cárcel.</p> - -<p>El poeta Espronceda, en los pocos días que es<span class="pagenum"><a name="Page_208" id="Page_208">[208]</a></span>tuvo -en la cárcel, le llamaba Adán, y probablemente -pensando en él ideó el personaje de su -poema el <i>Diablo mundo</i>, que debía publicar unos -años más tarde; Andrés (alias Adán) era un muchacho -fuerte, guapo, muy lúcido y muy inocente. -Gasparito el zapatero se constituyó en uno de -sus defensores.</p> - -<p>Gasparito el remendón era liberal, pequeño, -rubio, muy leído, amigo del hijo del librero de -viejo de la calle de la Paz, y se mostraba como -hombre de buena fe y de buenas intenciones.</p> - -<p>Yo tomé bajo mi protección a Gasparito y quise -proteger también a Adán, aunque veía que a -un muchacho, sin experiencia como aquél, metido -en el segundo patio, entre ladrones, la corrupción -de la cárcel le había de contagiar rápidamente. El -padre Anselmo creyó también que con sus sermones -apartaría al mozo del mal camino; pero Adán -se reía de él.</p><hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h3 id="FORTUNA" class="nobreak">II.<br /> -LA CUADRILLA DEL FORTUNA</h3></div> - - -<p class="i65">¿Es posible—dijo Andrenio—, -que jamás nos hemos de ver libres -de monstruos ni de fieras, que toda -la vida ha de ser arma?</p> - -<p class="i65"><span class="smcap">Gracián</span>: El <i>Criticón</i>.</p> - - -<p class="p2"><span class="smcap">Los</span> presos del segundo patio se dividían para -comer en cuadrillas, que llevaban el nombre -del que las dirigía. Adán fué a parar a la cuadrilla -del Fortuna. El Fortuna era un matón de casa de -juego que tenía gran influencia.</p> - -<p>El Fortuna era un hombre fuerte, atrevido, -moreno, de bigote, con un lunar en la mejilla, tipo -desvergonzado y cínico. Cobraba el barato en la -cárcel; pero no era un valiente de verdad. Era de -los que allí, en el segundo patio, se decía que madrugaban. -No afrontaba con calma, sereno y tranquilo, -las situaciones difíciles; sino que las capeaba. -Eso sí, tenía indudablemente el hábito de la -audacia.</p> - -<p>Al Fortuna le habían preso por matar a traición<span class="pagenum"><a name="Page_210" id="Page_210">[210]</a></span> -a un hombre. Afiliado en la cárcel al grupo de los -absolutistas, era de nuestros enemigos más acérrimos. -Sin duda, el encontrar nuestra gente menos -terne, menos enérgica, que los absolutistas, le -había dado una gran hostilidad contra ella.</p> - -<p>A mí me tenía mucho odio; una vez, en el segundo -patio, se echó encima de mí; pero yo le di -con toda mi fuerza un puñetazo en un costado -que lo dejé sin aliento.</p> - -<p>El Fortuna era hombre petulante y cínico, que -dejaba una estela de vicio allí por donde pasaba. -Hacía alarde de sus instintos crapulosos; vestía -chaquetilla con caireles de colores, gran reloj de -plata, con la cadena llena de dijes, y calañés en la -cabeza. El Fortuna buscaba la amistad de los muchachos -jóvenes, les brindaba su protección; según -algunos, les conseguía tener comunicaciones -con la sección de mujeres; según otros, había algo -peor en sus maniobras. De la misma cuadrilla era -Cadedis, un gascón aventurero, que estaba procesado -por robo, y un caballero de industria. El -gascón aseguraba a todas horas que España era -un país sin civilización y sin cultura. A pesar de -su cultura, el francés era muy supersticioso. Creía -en la quiromancia, en la magia y en que las brujas -hacían ovillos con las lanas de los colchones de -una cama de tal modo, que si no se les atajaba en -su obra le ahogaban al que dormía en ella. Afirmaba -también que en el barrio de Saint-Esprit, de -Bayona, se vendían diablos metidos en una caña, -que llamaban familiares, con los que se hacían -prodigios. El había tenido uno de éstos. Un gitano, -ladrón de caballos, le engañaba a Cadedis y le<span class="pagenum"><a name="Page_211" id="Page_211">[211]</a></span> -sacaba el dinero. El gitano era saludador y, según -decía, tenía la rueda de Santa Catalina en el cielo -de la boca, y una cruz debajo de la lengua.</p> - -<p>El otro personaje era un caballero de industria -de quien ya te he hablado, el señor Pérez de Bustamante.</p> - -<p>Este señor se hacía llamar conde de Otero, -marqués de la Vega, etc. Gastaba unas tarjetas -llenas de títulos y condecoraciones.</p> - -<p>Tenía, según decía, grandes amistades con los -oficiales de las secretarías, con aristócratas y ministros; -todo lo facilitaba, y ofrecía empleos con -la condición precisa de que se le anticipara algunas -cantidades para recompensar los servicios de -sus favorecedores.</p> - -<p>Contaba que había viajado por toda Europa y -América.</p> - -<p>A mí me dijo que me había conocido en Méjico -y en Madrid, en la fonda del Caballo Blanco, -de la calle del Caballero de Gracia, donde yo no -había estado nunca. La cuadrilla del Fortuna, formada -por él, el gascón y el caballero de industria, -se había completado con Adán. El Fortuna adulaba -al señor Pérez de Bustamante, y éste protegía -al Fortuna; el matón y el caballero de industria se -entendían perfectamente.</p> - -<p>El Pinturas joven y otros solían acercarse a esta -cuadrilla, que manejaba dinero y convidaba a -café y a aguardiente.</p> - -<p>Ninguno de los que formaban esta cuadrilla se -había afiliado a los liberales. No querían, sin duda, -comprometerse mientras no llegaran a ver claro -las ventajas que aquello les podía reportar.</p><hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h3 id="ODIO" class="nobreak">III.<br /> -EL ODIO</h3></div> - - -<p class="i65">¡La unción! ¡Favor! ¡Me han -herido!</p> - -<p class="i65"><span class="smcap">Espronceda</span>: <i>El Diablo mundo</i>.</p> - - -<p class="p2"><span class="smcap">Gasparito</span>, el zapatero, había querido preservar -de la corrupción del ambiente a su -amigo Andrés, a quien nosotros, y en toda la -cárcel, llamábamos Adán.</p> - -<p>Quiso enseñarle a leer y escribir; pero el Fortuna, -unido con Pérez de Bustamante, <i>Doña Paquita</i> -y Cadedis, estaban empeñados en estorbar -los proyectos de Gasparito.</p> - -<p>Durante algún tiempo se entabló una lucha de -influencias para captar la simpatía de Adán.</p> - -<p>Gasparito le dejaba libros y periódicos, le daba -algún dinero, hacía que Andrés viniera a verme; -por su parte, el Fortuna le daba cigarros, le enseñaba -a jugar a las cartas, a hacer pillerías y a tirar -la navaja.</p> - -<p>El matón le decía al muchacho:</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_214" id="Page_214">[214]</a></span></p> - -<p>«Fortuna te dé Dios, hijo, que el saber poco, te -basta».</p> - -<p>El Pinturas le explicaba procedimientos de falsificación, -y Pérez de Bustamante, las intrigas -y enredos donde se había metido.</p> - -<p>A pesar de las ilusiones de Gasparito, yo veía -claramente que el Fortuna y su grupo ganaban la -partida. Adán tomaba un aire hipócrita delante de -mí; pero, por lo que me dijeron los del segundo -patio, el muchacho andaba con el Fortuna, con -<i>Doña Paquita</i> y con algunas mujeres del otro departamento, -jugaba a las cartas, fumaba, se había -tatuado los brazos y comenzaba a matonear.</p> - -<p>El día de Carnaval de 1835, el Fortuna y los de -su cuadrilla tuvieron una comida espléndida, con -pollos, un cochinillo asado y vino de Valdepeñas.</p> - -<p>Habían metido mucho aguardiente de contrabando -y convidaron a todos los amigos.</p> - -<p>La gente se emborrachó, y se pidió al alcaide -permiso para disfrazarse.</p> - -<p>Entramos Gasparito, Román, el padre Anselmo -y yo en el segundo patio a presenciar la fiesta. Se -reunió con nosotros el Pinturas joven y dimos una -vuelta por la Gallinería y llegamos hasta el último -patio.</p> - -<p>En esto, disfrazados de mujer, vimos a <i>Doña -Paquita</i>, que venía en medio de Adán y del Fortuna, -agarrado a los dos del brazo. Habían bebido -de más y gritaban como locos.</p> - -<p>El Fortuna abrazaba a Adán, y se puso a hacer -ademanes obscenos.</p> - -<p>Gasparito volvió la cabeza con un ademán de -disgusto y nos alejamos del grupo que formaban<span class="pagenum"><a name="Page_215" id="Page_215">[215]</a></span> -los tres borrachos; pero el Fortuna quiso mostrar -más su conquista y se presentó de nuevo frente a -nosotros con Adán y con <i>Doña Paquita</i>.</p> - -<p>—¿Vienes, hermoso?—le dijo a Gasparito con -una risa cínica y un contoneo repugnante—. ¿Cuál -de las tres te gusta más?</p> - -<p>Gasparito, incomodado, viendo que el guapo se -le echaba encima, le dió un empujón y lo tiró rodando -al suelo.</p> - -<p>Yo vi que se nos venía la tormenta encima, y, -agarrándole a Gaspar por el brazo, le empujé hacia -la salida del patio; pero había mucha gente y -Gaspar no quería salir rápidamente, quizá para -que no se creyera que tenía miedo.</p> - -<p>El Fortuna había desaparecido. Ya estábamos a -la salida del patio cuando el matón se presentó con -una navaja, oculta en la manga, y se lanzó sobre -Gasparito como un toro; Gasparito tuvo tiempo -de escapar a la acometida dando un salto rápido -para atrás. Román, el hijo del librero, agarró -al matón del borde de la chaqueta, y Gasparito, -con gran valor, le arrancó la navaja de las manos.</p> - -<p>El Fortuna, loco, enfurecido, le mordió en el -brazo izquierdo. Entonces, Gasparito, en un momento -de terrible furia, empuñó la navaja con toda -su fuerza y dió tal navajada al matón en el vientre, -que el Fortuna dió un grito de becerro que matan, -y cayó al suelo. Yo vi brillar la hoja de la navaja -como un relámpago y desaparecer en el vientre -del matón. Le salían las entrañas por la herida y -se iba desangrando rápidamente.</p> - -<p>—¡Socorro! ¡Socorro!—gritó—. Me ha matado.</p> - -<p>A los gritos vinieron el alcaide y los cabos<span class="pagenum"><a name="Page_216" id="Page_216">[216]</a></span> -de vara, prendieron a Gasparito y llevaron al -matón a la enfermería, el cual falleció poco después, -asistido por el padre Anselmo.</p> - -<p>—¡A quién se le ocurre matar a la Fortuna!—dijo -el Pinturas con indiferencia.</p> - -<p>Gaspar pasó unos días en el calabozo y tuvo un -proceso. Yo declaré a su favor; Pérez de Bustamente, -en contra, y el tribunal le condenó al -zapatero a una pena ínfima.</p> - -<p>Años después le vi en su tienda y le pregunté:</p> - -<p>—¿Se acuerda usted de la Cárcel de Corte?</p> - -<p>—No, don Eugenio; ¿y usted?</p> - -<p>Me dijo que muy pocas veces había pensado en -aquel bruto a quien había matado, y, al parecer, -recordaba el suceso sin remordimiento.</p> - -<p>Adán, al salir de la cárcel, se hizo un criminal -completo, y debió acabar su vida en presidio.</p> - - -<p class="i2 p2">Itzea, diciembre, 1920.</p><hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak">MI DESQUITE</h2></div> - -<p class="i65 p6">Todo esto es salud, y otro tanto -ingenio.</p> - -<p class="i65"><span class="smcap">Quevedo</span>: <i>El Buscón</i>.</p> - -<p class="p2"><span class="smcap">Durante</span> mucho tiempo, no pudimos luchar -con los presos carlistas. En el cuarto del -abogado Selva, el mejor de todos de la Cárcel de -Corte, se reunían cuatro o cinco frailes, dos o tres -curas y otros tantos guerrilleros, y en esta Junta -apostólica se tomaban acuerdos que don Paco, el -alcaide, seguía al pie de la letra.</p> - -<p>La Junta de Selva se erigió en soberana de la -cárcel: ella decidía lo que se había de hacer; quién -debía estar castigado; quién, no; quién debía ser -tratado con benevolencia, y quién con severidad.</p> - -<p>—Yo, por entonces, tenía asegurada la comunicación -con los de fuera, y mis amigos de la Isabelina -me mandaban cartas y papeles y me indicaban -el giro que iban tomando los asuntos políticos.</p> - -<p>A pesar de que yo me quejaba constantemente -de la situación en que nos encontrábamos los liberales -en la cárcel, los amigos no hacían nada por -nosotros. Entonces, desesperado, se me ocurrió<span class="pagenum"><a name="Page_220" id="Page_220">[220]</a></span> -enviar un escrito al Gobierno, afirmando a rajatabla -que en la Cárcel de Corte se fraguaba una -conspiración carlista.</p> - -<p>El Gobierno no desconfió de mi denuncia, y -envió en concepto de preso a un coronel, don -Andrés Robledo, con la misión de observar lo que -pasaba y de ver si era cierta mi denuncia.</p> - -<p>Yo mismo no creía gran cosa en que allí se -conspirase; pero cuando Robledo comenzó sus -investigaciones, vi que mi hipótesis era una realidad, -y que en la Cárcel de Corte se estaba tramando -una de las muchas intrigas carlistas que -por entonces tuvieron Madrid por centro.</p> - -<p>El coronel Robledo me contaba sus descubrimientos; -yo le daba datos acerca de los presos -carlistas, y entre los dos redactábamos los partes -al Gobierno.</p> - -<p>Tan graves hallaron el ministro y el jefe de policía -el contenido de estos partes, que enviaron a -la cárcel a dos comisarios de policía, uno de ellos -Luna, auxiliados por sesenta miñones aragoneses -y varios celadores.</p> - -<p>Luna conferenció conmigo y con Robledo, y -dispusimos prender a don Paco el alcaide y a sus -dependientes, al abogado Selva, al escribano de -mi causa, García, y enviarlos a la cárcel de la -Villa.</p> - -<p>Se comenzó a instruír un voluminoso proceso -acerca de esta causa, y se le encargó de él a mi -amigo el juez don Modesto Cortázar, a quien conocía -desde Aranda del año 20.</p> - -<p>Los cargos de alcaide, de llavero y de carceleros -se proveyeron en personas de antecedentes<span class="pagenum"><a name="Page_221" id="Page_221">[221]</a></span> -liberales, y desde entonces pudimos estar los -constitucionales a nuestras anchas.</p> - -<p>El fiscal que nombraron para esta causa fué don -Laureano de Jado, enemigo mío, que meses después -decía a todo el que le quería oír:</p> - -<p>—Estoy admirado del genio fecundo y de la -travesura de Aviraneta. El ha conseguido embrollar -su proceso de tal manera, que ha sido preciso -a los Tribunales poner en libertad como inocentes -a todos sus cómplices, y, para complemento de su -maquiavelismo, ha fraguado este proceso de la -conspiración de la Cárcel de Corte, que es la concepción -más revolucionaria que ha podido imaginar -el cerebro de un hombre para vengarse de los -que él consideraba enemigos, y hasta del juez -Regio y del escribano de la causa. Este proceso -está vestido con tales declaraciones y pruebas, -que me veo obligado a pedir contra los presuntos -reos, cuando menos, un presidio. Pues bien: si -como fiscal estoy en la obligación de obrar de -esta manera, como particular me hallo cada vez -más convencido y casi seguro de que todo el proceso -no es mas que un solemnísimo embrollo fraguado -por la fecunda imaginación de Aviraneta.</p> - -<p>Con razón o sin ella, conseguimos vernos libres -de la dictadura de los carlistas.</p> - -<p>Yo quise influír en Cortázar para que dejara libre -al padre Anselmo; pero el cura estaba pendiente -de la causa y no se le podía libertar.</p> - -<p>Como la vida en la cárcel para nosotros se hizo -más llevadera, yo comencé a recibir visitas de los -antiguos afiliados a la Isabelina, que podían hablarme -con completa libertad. La opinión de la<span class="pagenum"><a name="Page_222" id="Page_222">[222]</a></span> -gente reaccionó a mi favor, y todo el mundo decía -que era un absurdo que permaneciera preso por -una conspiración que no había existido nunca. Yo -me hacía la víctima y esperaba el desquite.</p> - -<p>Unos días después supe que en un movimiento -revolucionario que estalló por entonces en Barcelona -y que costó la vida al general Bassa, habían -destituído del cargo, que le dieron meses antes, a -mi denunciador Civat.</p> - -<p>Poco después, Martínez de la Rosa salía del Gobierno. -Yo me consideraba vengado, pero me faltaba -conseguir mi libertad.</p><hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h3 id="PRONUNCIAMIENTO" class="nobreak">I.<br /> -PLAN DEL PRONUNCIAMIENTO</h3></div> - - -<p class="i65">Yo pienso, pues, que vale más -ser impetuoso que circunspecto, -porque la fortuna es mujer, y para -subyugarla es mejor batirla y -atropellarla, porque se deja más -bien vencer por los audaces que -por los que obran fríamente.</p> - -<p class="i65"><span class="smcap">Maquiavelo</span>: <i>El Príncipe</i>.</p> - -<p class="p2"><span class="smcap">Lo</span> que tengo que contar ahora no es ninguna -novedad para ti—me dijo Aviraneta—, -porque pertenece en parte a la historia del tiempo.</p> - -<p>Una mañana de agosto se presentaron en la -Cárcel de Corte el capitán Ríos, ayo de los hijos -del conde de Parcent, con otro oficial de la Milicia -Urbana, de paisano. El alcaide me dejaba gran -libertad y me permitió hablar con ellos largamente.</p> - -<p>Los dos oficiales venían nada menos que a pedirme -un Plan de sublevación, hecho a base de la -Milicia Urbana.</p> - -<p>—Señores—les dije yo—, no creo, claro es,<span class="pagenum"><a name="Page_224" id="Page_224">[224]</a></span> -que ustedes hayan venido aquí a tenderme un -lazo, ni mucho menos; pero ustedes pueden muy -bien engañarse respecto al espíritu del pueblo y -de la Milicia, y yo, antes de idear un plan y de -ser responsable de él, quisiera cerciorarme de lo -que ustedes dicen.</p> - -<p>Ríos me contestó que traerían una carta de tres -comandantes de la Milicia Urbana corroborando -lo que decían ellos, y que vendría al día siguiente -un agente de Bolsa amigo mío llamado Robles. -Vino Ríos con la carta y con Robles, y hablamos.</p> - -<p>Robles me dijo que reinaba, efectivamente, gran -descontento en el pueblo liberal; que las noticias -de la guerra eran malas; que se acusaba al Gobierno -de inactivo; que la Corte en la Granja se dedicaba -a divertirse, y que todo el mundo decía que -tenía que venir un cambio en la política. Era una -época en la que había entusiasmo y fe en las nuevas -ideas, entusiasmo y fe que luego han ido decayendo.</p> - -<p>Ríos añadió que estaba todo preparado para un -pronunciamiento de la Milicia; que el pueblo secundaría -el movimiento, y que Andrés Borrego -había visitado al general Quesada, y que éste daba -su palabra de que la Guardia Real no atacaría a -los sublevados.</p> - -<p>—¿Cómo puede asegurar esto Quesada?—pregunté -yo—. El está de reemplazo.</p> - -<p>—Sí; pero tiene de su parte toda la oficialidad -de la Guardia Real.</p> - -<p>—¿Han pactado algo Borrego y Quesada?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—¿Está usted seguro?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_225" id="Page_225">[225]</a></span></p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>Luego se supo que Borrego había conferenciado -con Quesada y con dos jefes de la Guardia -Real, el general Soria y el conde de Cleonart. En -esta conferencia, que yo no conocía, se había pactado -que la Milicia Urbana haría una manifestación. -Borrego y Olózaga escribirían una petición -a la Reina, firmada por los cuatro jefes de la Milicia -Urbana, y, presentada la petición, la Milicia -dejaría las armas.</p> - -<p>Si yo hubiera sabido que Quesada estaba en el -ajo, no entro en la combinación.</p> - -<p>Quesada era un militar ordenancista, bárbaro e -incomprensivo. Era muy valiente y de costumbres -rudas, arrebatado, ajeno a todo miramiento; -decía que no sabía mas que mandar y obedecer, -declaración que basta para juzgar cualquiera. Muy -duro en el mando, muy destemplado en el lenguaje, -a pesar de creerse muy fijo en sus ideas, -era completamente voluble.</p> - -<p>Muchas veces dijo, refiriéndose a los liberales: -«He de ser peor que Atila con esa canalla».</p> - -<p>Un hombre como Quesada, que tenía por norma -el no razonar, no podía ser hombre de ideas; -así se le vió figurar en una época con los absolutistas, -después hacerse masón, sentirse medio -liberal y, al mismo tiempo, enemigo de la Constitución. -Para él todas estas volubilidades e inconsecuencias -se velaban con la disciplina.</p> - -<p>Sólo a Borrego, a Espronceda y a González -Brabo, gente que quería medrar sin esfuerzo, se -les pudo ocurrir apoyarse en un hombre como -Quesada.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_226" id="Page_226">[226]</a></span></p> - -<p>Quesada en esta época, 1835, estaba de cuartel -en Madrid. Le habían separado de la Capitanía -General en enero, lo que consideraba como una -ofensa a su persona.</p> - -<p>Si, como digo, hubiese tenido conocimiento de -la participación de Quesada en el asunto, hubiese -llevado éste de otra manera muy diferente.</p> - -<p>Hablamos Robles y Ríos, y quedamos de acuerdo -en que el objeto de la sublevación sería:</p> - - - -<p class="i2 p2">1.º Apoderarse de Madrid.</p> - -<p class="i2">2.º Nombrar una Junta Revolucionaria.</p> - -<p class="i2">3.º Ponerse en relación con los sublevados de -Zaragoza.</p> - -<p class="p2">De acuerdo en esto, les dije que al día siguiente -les daría mi plan. Fué el siguiente:</p> - - -<p class="p2 center">PLAN DEL PRONUNCIAMIENTO</p> - -<p class="center">(<i>Orden general para la Milicia.</i>)</p> - - -<p class="i2">Pasado mañana, 15 de agosto, hay función de -toros, y da el piquete de la Plaza la Milicia. Este -piquete, en vez de disolverse al llegar a la Puerta -del Sol, hará que sus tambores toquen generala, -esparciéndose por la población. Los individuos de -la Milicia, avisados, se irán reuniendo en la Plaza -Mayor; se ocuparán las casas y se harán barricadas -en las avenidas de los arcos. También se ocupará -el telégrafo para impedir se avise al Gobierno. -Una compañía se posesionará de la Puerta de -Hierro e impedirá el paso al Sitio (La Granja),<span class="pagenum"><a name="Page_227" id="Page_227">[227]</a></span> -Hecho esto, se pondrá inmediatamente en libertad -a Aviraneta, que dirá lo demás que debe ejecutarse.</p> - - -<p class="p2 center">AVISO A LOS ISABELINOS</p> - -<p class="i2">Se avisará a las centurias de la Isabelina para -que asistan el día 15 de agosto, día de la Asunción, -a la corrida de toros. A la salida rodearán al -piquete de la Guardia Urbana y provocarán todo -el escándalo posible. Se alarmará al vecindario.</p> - - -<p class="p2 center">AVISO A LOS DIPUTADOS</p> - - -<p class="i2">Inmediatamente se avisará a los diputados liberales -para que vayan a la Plaza Mayor y formen -una Junta de Gobierno.</p> - - -<p class="p2 center">DISPOSICIONES INMEDIATAS</p> - -<p class="i2">Si las tropas del Gobierno no se oponen, la Milicia -se apoderará lo más rápidamente posible de -la casa de Oñate, en la calle Mayor, de la Imprenta -Real y del Principal.</p> - -<p class="p2">Se fueron los militares y yo me quedé en la -cárcel. Aquellos días estuve leyendo el <i>Diablo -Cojuelo</i>, de Vélez de Guevara, que me prestó un -preso, y pensando en la idea original del autor.</p> - -<p>La tarde y la noche del 15 de agosto las pasé -en una gran angustia. Al anochecer me pareció oír -desde mi cuarto gritos y ruido de tambores; luego -cesó todo rumor y volvió el silencio. Cuando a las -diez de la noche vi que no venía nadie a buscar<span class="pagenum"><a name="Page_228" id="Page_228">[228]</a></span>me, -creí que el pronunciamiento habría fracasado. -Yo pensaba—y en estas cosas se equivoca uno -siempre—que podía fracasar el movimiento; lo -que no se me ocurría es que, después de hecho -con éxito, mis amigos no vinieran en seguida a -sacarme de la cárcel. Sin embargo, así fué. Un pelotón -de milicianos, pertenecientes a la Isabelina, -quisieron venir; pero los centinelas no les dejaron -pasar. Otros me dijeron que no habían ido a la -cárcel por no molestarme. ¡Por no molestar a un -preso retardar su libertad! ¡y retardarla creyéndolo -necesario! ¡Qué absurdo!</p> - -<p>Al día siguiente, domingo, a las nueve de la -mañana, vinieron a buscarme a la Cárcel de Corte.</p><hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h3 id="OCURRIDO2" class="nobreak">II.<br /> -LO OCURRIDO</h3></div> - - -<p class="i65">Una vez que no se entendían en -una disputa de la Academia, dijo -M. de Mairan: «Caballeros: ¡si no -habláramos más de cuatro a la -vez!»</p> - -<p class="i65"><span class="smcap">Chamfort</span>: <i>Caracteres y anécdotas</i>.</p> - -<p class="p2"><span class="smcap">El</span> pronunciamiento se había hecho y estaba -ya vencido. Al terminar la corrida del día -de la Asunción, dos compañías de milicianos volvían -formados por la calle de Alcalá, con la música -al frente, tocando himnos patrióticos. El <i>Himno -de Riego</i> producía entre la muchedumbre tempestades -de aplausos. La gente daba vivas y mueras, -a cada momento más estrepitosos. Al llegar a -la Puerta del Sol la algazara subió de pronto; comenzaron -a oírse gritos de «¡Viva la libertad!», -«¡Mueran los carlistas!», «¡Viva la Soberanía Nacional!». -Al acercarse a la Plaza Mayor la Milicia -había perdido las filas y se había mezclado con los -paisanos.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_230" id="Page_230">[230]</a></span></p> - -<p>De pronto sonaron unos cuantos tiros, se oyeron -toques estridentes de corneta, y se inició el -pánico en la ciudad. Se cerraron las puertas y -ventanas de las casas, y los tambores comenzaron -a tocar generala por las calles desiertas de Madrid, -en distintos puntos de la capital. Se les había -avisado a los milicianos que estuviesen preparados -para el toque de generala, y se les vió que cruzaban -presurosos las calles y corrían a reunirse a -sus respectivos batallones, en los puntos que se -les tenía señalados para caso de alarma. Luego, -los batallones fueron a la Plaza Mayor y formaron -a lo largo de sus cuatro frentes.</p> - -<p>Se ocupó la casa de la Panadería y la de Oñate, -en la calle Mayor, y se empezaron a hacer zanjas -en los arcos. Se trajeron de los almacenes del -Ayuntamiento maderos y carros y se cerraron las -distintas calles que rodean a la plaza.</p> - -<p>El segundo batallón de milicianos no entró en -la Plaza Mayor, sino que quedó en la del Rey, con -su comandante don Rodrigo Aranda, probablemente -más inclinado a obedecer al Gobierno que -a hacer causa común con los sublevados.</p> - -<p>De noche se le avisó y se le envió hacia Puerta -de Moros para que observara lo que pasaba -con la tropa en el cuartel de San Francisco.</p> - -<p>A las nueve de la noche se presentaron en la -Plaza Mayor don Fermín Caballero, Chacón, el -conde de las Navas, don Joaquín María López, -Gaminde, Calvo de Rozas, y otros muchos, a proponer -que se formara inmediatamente una Junta -de Gobierno; pero Borrego, Espronceda, González -Brabo, Ventura de la Vega, Olózaga y otros<span class="pagenum"><a name="Page_231" id="Page_231">[231]</a></span> -jóvenes dijeron que había que esperar la llegada -del general Quesada; que éste era el director del -movimiento y que él tenía que dar las órdenes.</p> - -<p>Los liberales, en vez de obrar inmediatamente, -se dejaron convencer.</p> - -<p>A la misma hora Quesada había sido llamado -por el secretario del Ministerio de lo Interior, don -Mariano Zea, al Principal. Estaban allí el corregidor -marqués de Pontejos y el capitán general -conde de Ezpeleta. Se decía, sin duda, que Quesada -tenía participación en el movimiento de los -milicianos.</p> - -<p>Zea y Ezpeleta, que estaban desprevenidos y no -contaban en aquel momento con fuerzas, le dijeron -a Quesada que debía ir a la Plaza Mayor -a verse con los sublevados y a preguntarles qué es -lo que deseaban y cuál era la causa de su movimiento.</p> - -<p>Fueron Quesada, Pontejos y el concejal Roca a -la Plaza Mayor, donde les esperaban Olózaga -y Borrego. Quesada se quejó de que en el Arco -de Platerías hubiese atravesados carros y maderos. -Borrego le dijo que se quitarían. Subieron a -una habitación alta del Ayuntamiento y se celebró -una reunión. Quesada y Pontejos esperaron el resultado -en un cuarto próximo.</p> - -<p>En la reunión estaban los jefes de la Milicia: el -duque de Abrantes, Gálvez, Castaño y José María -Sanz; otros oficiales, como el capitán Ríos, el capitán -Nocedal y muchos paisanos: Chacón, Espronceda, -Gaminde y los diputados liberales.</p> - -<p>Entonces Borrego dijo que el general Quesada -conocía el origen del movimiento; que no preten<span class="pagenum"><a name="Page_232" id="Page_232">[232]</a></span>día -ser mas que una manifestación de la Milicia -Urbana; que después de dirigir una petición a la -Reina se disolvería.</p> - -<p>Los liberales quedaron extrañados. ¿Entonces, -para qué nos han llamado?, se preguntaban. Chacón -y el conde de las Navas insistieron en la formación -de una Junta. Espronceda y Borrego -replicaron que era desvirtuar el movimiento y -que se había dado palabra al general de no ir -más allá.</p> - -<p>Se discutió entre unos y otros, y se apeló a los -jefes de la Milicia, y éstos, en su mayoría, afirmaron -que los milicianos no querían mas que hacer -la petición a la Reina y disolverse.</p> - -<p>Como no había unanimidad se dijo que convenía -llamar a todos los jefes y oficiales de la Milicia -Urbana y consultarles. En general, todos -fueron partidarios de la exposición, seguida de la -disolución inmediata.</p> - -<p>Ante esto, los partidarios de la Junta cedieron, -y Olózaga y Borrego entraron en un salón e hicieron -como que redactaban un escrito, que ya -tenían redactado. Después fueron a ver al general -Quesada y le entregaron la exposición para que la -llevara al ministro.</p> - -<p>Pasaba el tiempo, y los milicianos en la plaza -iban perdiendo el entusiasmo al ver que no se -tomaban determinaciones rápidas. Algunos isabelinos -empezaron a reforzar las barricadas de los -arcos; pero el comandante Sanz y Borrego, con un -grupo de oficiales, mandaron que se quitaran los -obstáculos, pues se había prometido a Quesada -dejar las puertas francas.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_233" id="Page_233">[233]</a></span></p> - -<p>Con la exposición de los milicianos en el -bolsillo entró en la sala Quesada, donde se discutió.</p> - -<p>Borrego explicó lo ocurrido; dijo cómo se había -escrito una exposición a la Reina; que una copia se -había dado a Quesada para que la mostrara al Gobierno, -y que los jefes de la Milicia querían ir a la -Granja a entregarla a la Regente.</p> - -<p>Quesada habló. Dijo las vulgaridades de cajón.</p> - -<p>Que desaprobaba los tumultos de la fuerza -armada contra el Gobierno constituído; que la Milicia -Urbana no debía salirse del campo de la ley; -que aquel acontecimiento favorecía a los partidarios -de Don Carlos, y que él llevaría la exposición -al Ministerio.</p> - -<p>Con esto se retiró.</p> - -<p>Chacón replicó que había ido engañado a la -reunión, pues le habían avisado que se quería -formar una Junta de Gobierno; que, puesto que se -trataba de otra cosa, se retiraba, no sin advertir -que la exposición tendría la eficacia de los paños -calientes y del agua de cerrajas. Por otra parte, él -no podía creer que el general Quesada fuera siempre -tan atento con los Gobiernos constituídos, -pues todo el mundo recordaba que el general, -ahora tan respetuoso con lo establecido, había sido -un faccioso y un rebelde en los años 22 y 23, en -los cuales había mandado el Ejército de la Fe, que -era una gavilla de asesinos.</p> - -<p>Borrego y Espronceda no supieron qué decir, y -Chacón y los suyos se marcharon. Su marcha fué -un desencanto para los exaltados.</p> - -<p>A media noche comenzaron en la plaza las dis<span class="pagenum"><a name="Page_234" id="Page_234">[234]</a></span>cusiones -y las riñas. Estaban encendidos los faroles -y se habían hecho algunas hogueras. Hubo -grandes peleas entre exaltados y pacíficos; los -exaltados eran de Madrid, y a los pacíficos los -llamaban de Guadalajara. Los exaltados decían -que era una vergüenza haber servido de comparsas -a Espronceda y a Borrego, con los cuales -Quesada estaba jugando; los pacíficos respondían -que no se habían comprometido mas que a -aquello. Los exaltados insultaban a los pacíficos, y -añadían que deshonrarían la Milicia si soltaban las -armas. Entre conversaciones y discursos se bebió -mucho y la exaltación volvió a los ánimos.</p> - -<p>Mientras los milicianos discutían y reñían con -furia en la Plaza Mayor, el Gobierno, representado -por el capitán general de Madrid, el superintendente -de policía, el secretario Zea, el alcalde, Pontejos, -y el concejal Roca, discutieron la exposición -de la Milicia llevada al Principal por el general -Quesada y Olózaga.</p> - -<p>Zea dijo que el Gobierno no podía resolver -acerca de la mayoría de las peticiones sin las -Cortes. Que en la exposición había que borrar -estos puntos, para resolver los cuales no tenía atribuciones -el Ministerio.</p> - -<p>Volvió Quesada a la plaza a las cuatro, y Borrego -redactó una nueva exposición, suprimiendo -todos los puntos importantes de la anterior, y -Quesada se encargó de llevarla al Ministerio. Al -salir dijo que quitaran las barricadas, porque era -inútil y peligroso dejarlas.</p> - -<p>Salió Quesada de la plaza para el Ministerio, y -tras él, una comisión de seis oficiales milicianos, -<span class="pagenum"><a name="Page_235" id="Page_235">[235]</a></span> -con el duque de Abrantes a la cabeza, que iban a -pedir al Gobierno que les diera pasaporte para -llegar hasta la Reina y entregarle a aquella exposición -tan venida a menos.</p> - -<p>Estando los jefes en el Ministerio llegó una proclama, -impresa en la Imprenta Real, con este -título: «La Milicia Urbana de Madrid, al pueblo y -benemérita guarnición».</p> - -<p>Quesada les reconvino a los jefes urbanos por la -proclama, y éstos protestaron de que no habían -sido ellos los inspiradores de este papel. Pensaban -que serían los amigos de don Fermín Caballero y -de Chacón los que habían impreso aquello. Zea, -entonces, haciéndose el enérgico, dijo que de ninguna -manera podía dar los pasaportes a los que -miraba como rebeldes, y el capitán general le dió -la razón.</p> - -<p>Zea supo en aquel momento que tenía la guarnición -de Madrid segura, y por esto se sintió -valiente.</p> - -<p>Los oficiales, ya asustados, dijeron a Quesada -que volviera a la plaza, y que entre todos convencerían -a los urbanos para que se retiraran sin más -exigencias.</p> - -<p>Fueron de nuevo a la plaza Quesada, acompañado -del coronel de la plana mayor de la Guardia -Real, don Cayetano Urbina, y del teniente de caballería -Pezuela.</p> - -<p>En la habitación donde se habían celebrado las -anteriores conferencias entraron los jefes, los soldados -urbanos y los amigos de Espronceda y -Borrego.</p> - -<p>Quesada les recriminó por la proclama dirigida -<span class="pagenum"><a name="Page_236" id="Page_236">[236]</a></span> -al pueblo, y Espronceda y Borrego dijeron que -ellos no la habían escrito.</p> - -<p>—Es la expresión de los sentimientos de la -mayoría de la Milicia Urbana—saltó diciendo uno -del público.</p> - -<p>—No es cierto.</p> - -<p>—Sí, sí; lo es. ¡Bravo!</p> - -<p>Quesada, que iba incomodándose, dijo que era -necesario que los sublevados quitasen las barricadas, -pues si no, él se pondría a la cabeza de -la Guardia Real y les dejaría sepultados bajo las -ruinas de la plaza.</p> - -<p>Quesada puso su cara de pocos amigos para -decir esto. Borrego y Espronceda, agarrándose a -la última tabla de salvación, afirmaron que se quitarían -los obstáculos si la tropa se retiraba a sus -cuarteles y se cumplía lo pedido en la exposición.</p> - -<p>El general dió por terminada la conferencia y -comenzó a bajar las escaleras refunfuñando, diciendo -que iba a hacer una de las suyas.</p> - -<p>Quesada apareció en los soportales de la plaza -rodeado de los dos oficiales de la Guardia Real, -de uniforme, y seguido de Espronceda, Borrego, -Ventura de la Vega, Luis González Brabo, y otros.</p> - -<p>Al ver que había obstáculos en el callejón del -Infierno gritó a uno de los comandantes:</p> - -<p>—¿No habíamos quedado en que desaparecerían -las barricadas y que los milicianos se retirarían a -sus casas?</p> - -<p>—Mi general—contestó el comandante Sanz—, -parte de los milicianos se opone a retirarse.</p> - -<p>—Se les desarma—dijo Quesada.</p> - -<p>En esto algunos isabelinos se acercaron al gru<span class="pagenum"><a name="Page_237" id="Page_237">[237]</a></span>po -del general y sus amigos y comenzaron a increparles.</p> - -<p>—¡Fuera los traidores!—gritó uno.</p> - -<p>—¡Viva la Constitución de 1812!</p> - -<p>—¡Viva la Niña!</p> - -<p>—Quesada levantó el bastón en el aire con intención -de descargarlo sobre la cabeza de los milicianos, -que gritaban. La rabia de éstos se volvió -contra él:</p> - -<p>—¡Muera Quesada!</p> - -<p>—¡Muera!</p> - -<p>—¡Abajo los absolutistas!</p> - -<p>—¡Abajo!</p> - -<p>Los milicianos fueron a coger sus armas; y todo -el grupo de Quesada y sus amigos lo hubiese -pasado mal si los milicianos de Guadalajara no -hubieran formado en los arcos para defenderles. -Quesada, con los suyos, se dirigió corriendo -hacia el Arco de Platerías, y saltando por una -barricada salió a la calle Mayor. Con él salieron -los dos oficiales y Espronceda, Borrego y los paisanos.</p> - -<p>Quesada iba echando espuma por la boca, de -rabia, e inmediatamente se presentó al Gobierno -a ofrecerse para atacar inmediatamente a los sublevados.</p> - -<p>A las seis de la mañana las tropas del Gobierno, -dirigidas por Latre, Ezpeleta y Quesada, salían -de los cuarteles y ocupaban la plaza de Oriente -y la de los Consejos, y poco después, la calle -de Santiago y la del Sacramento, hasta la plaza -del Conde de Barajas. A esta hora los sublevados -pensarían en mí.</p><hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<h3 id="PERDIDA" class="nobreak">III.<br /> -PARTIDA PERDIDA</h3></div> - -<p class="i65">Sólo a las temeridades<br /> -las sentencia la fortuna;<br /> -pues con juicio desigual<br /> -hace que el nombre les den:<br /> -de hazaña, si salen bien,<br /> -y de locura, si mal.</p> - -<p class="i65"><span class="smcap">Bances Candamo</span>: <i>Por su rey -y por su dama</i>.</p> - - -<p class="p2"><span class="smcap">Estaba</span> la partida perdida cuando los sublevados -pensaron en mí.</p> - -<p>A eso de las nueve, un grupo de milicianos armados -se presentaron en la plaza de Santa Cruz -delante de la Cárcel de Corte; entraron aquí, llamaron -al alcaide y le exigieron que me dejara en -libertad. El alcaide, naturalmente, se opuso; pero, -ante la amenaza de soltar a todos los presos, -cedió.</p> - -<p>Yo estaba preparado y el padre Anselmo también.</p> - -<p>—Aprovéchese usted—le dije—y salga usted -conmigo.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_240" id="Page_240">[240]</a></span></p> - -<p>—Pero, ¿cómo?</p> - -<p>—Nada, nada, coja usted sus bártulos y sígame -usted.</p> - -<p>El alcaide se quiso oponer; pero hice que nos -rodearan a los dos los milicianos y salimos a la -plaza de Santa Cruz, y después, a la Plaza Mayor.</p> - -<p>El pobre cura, al ver tanta gente armada, estaba -asombrado. Con su maleta en la mano no sabía -qué hacer.</p> - -<p>Al entrar en la Plaza Mayor le vi a Bartolillo, el -chico de la librería de la calle de la Paz, que andaba -curioseando por allá. Le llamé:</p> - -<p>—¡Bartolo!</p> - -<p>—¿Qué?</p> - -<p>—¿Quieres acompañarle a este cura?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Pues vete con él a la calle de Segovia; bajando -a mano derecha, y en una casa grande, entre la -plaza de la Cruz Verde y la calle de la Ventanilla, -que tiene en el piso bajo una panadería, entráis, -subís al piso cuarto y preguntáis por doña Nacimiento. -La dices a esa señora que el cura va de -parte de don Eugenio y que me esperará allí.</p> - -<p>—Muy bien.</p> - -<p>El cura quería llevarse la maleta.</p> - -<p>—Deje usted la maleta aquí, yo se la mandaré -dentro de un momento.</p> - -<p>Se fueron el padre Anselmo y Bartolillo; guardé -yo la maleta en una taberna próxima a la Escalera -de Piedra y me dediqué a examinar tranquilamente -la situación.</p> - -<p>La partida estaba perdida.</p> - -<p>Hablé con los jefes de la Milicia Urbana, y cada -<span class="pagenum"><a name="Page_241" id="Page_241">[241]</a></span> -uno opinaba de manera diferente. Le envié un recado -a Palafox por si éste se atrevía a ponerse a la -cabeza del movimiento; pero a Palafox no le convenía -aparecer, y se eclipsó.</p> - -<p>Entonces hablé con el capitán Miláns del Bosch, -hombre enérgico, para ver si él era capaz de erigirse -en jefe del movimiento y asumir su responsabilidad.</p> - -<p>Le dije que parte de la Guardia Real se vendría -con nosotros; que yo me comprometía a verle a -Urbina, y que le convencería o me fusilaría. Luego -supe que el oficial que le acompañaba a Quesada -no era el Urbina que conocía yo, sino otro; -le dije también que el coronel don Antonio Martín, -hermano del Empecinado, sublevaría su regimiento -de caballería.</p> - -<p>—¿Cómo vamos a sostenernos en esta plaza?—me -dijo Miláns—. ¿Dónde están los víveres?</p> - -<p>—Salgamos de aquí—le dije yo—. Cinco mil -hombres y un regimiento de caballería es mucho.</p> - -<p>—Sí, si hubiera disciplina; pero no la hay. Estos -hombres están desmoralizados.</p> - -<p>—Entonces la partida está perdida. Démosla -como terminada.</p> - -<p>Yo subí sobre un banco de la plaza y expliqué -que no había mas que una alternativa: o salir inmediatamente -y atacar a las tropas en la Puerta -del Sol y seguir adelante, o abandonar la empresa.</p> - -<p>—¡Vamos! ¡Vamos!—gritaron los exaltados.</p> - -<p>Pero ya era imposible, y nadie dió el paso adelante.</p> - -<p>Los cañones de la tropa comenzaron a acercarse a los arcos.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_242" id="Page_242">[242]</a></span></p> - -<p>Yo volví al banco y grité:</p> - -<p>—¡Señores! Esto está acabado. Yo no tengo la -culpa. A mí me han llamado tarde. Ahora cada -cual que se vaya a su casa.</p> - -<p>Al anochecer, los milicianos, en masa, dejaban -sus fusiles y se marchaban.</p> - -<p>Los ex voluntarios realistas de los Barrios Bajos, -al ver la derrota de los milicianos, atacaron a los -fugitivos a tiros y a palos, y no sé si llegaron a -matar a alguno. Sobre todo, las viejas se mostraron -más terribles, y esperaban a los liberales con -la navaja en la mano. A una de estas furias, que -cosió a cuchilladas a un miliciano que pretendía -entrar en su casa, la prendieron, la juzgaron y la -llevaron, pocos días después, al patíbulo.</p> - -<p>Así, el despecho de Quesada, la ambición de -Espronceda y de Borrego, los planes míos, concluyeron -en que se ejecutara a una pobre vieja, -fanática, que creía seguramente que era una obra -meritoria el matar a un liberal.</p><hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> -<h3 id="ESCAPATORIA" class="nobreak">IV.<br /> -ESCAPATORIA</h3></div> - -<p class="i65">Que aquesto es el Castañar<br /> -que más estimo, señor,<br /> -que cuanta hacienda y honor<br /> -los reyes me pueden dar.</p> - -<p class="i65"><span class="smcap">Rojas</span>: <i>García del Castañar</i>.</p> - - -<p class="p2"><span class="smcap">Al</span> anochecer del día 16, cuando vi la Plaza -Mayor desierta, entré en la taberna próxima -a la Escalerilla; saqué la maleta del padre Anselmo, -y me puse el manteo y la teja nueva. Metí -mi sombrero en la maleta, y bajé por la escalera -a la calle de Cuchilleros. Llegué hasta Puerta Cerrada -y encontré allí una patrulla de voluntarios -realistas.</p> - -<p>—¿Se puede ir hacia la Plaza Mayor?—les pregunté.</p> - -<p>—No; no vaya usted por allí, padre.</p> - -<p>—Entonces tendré que volverme a casa.</p> - -<p>Seguí hasta la calle de Segovia. En la escalera -de casa de doña Nacimiento me quité el manteo -y me encontré con don Anselmo.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_244" id="Page_244">[244]</a></span></p> - -<p>Pasamos el cura y yo seis días en aquella casa, -sin salir una vez siquiera, esperando el giro de los -acontecimientos.</p> - -<p>Supimos que al volver el Gobierno de la Granja, -el presidente, el conde de Toreno, ofreció doscientas -onzas de oro y un empleo a quien descubriera -mi paradero, y la policía hizo los mayores -esfuerzos para cogerme.</p> - -<p>El padre Anselmo y yo preparamos un plan de -fuga. El padre Anselmo tenía un sobrino y ahijado -que vivía en Alcalá. Unos días después, el -24 de agosto, era la feria de este pueblo.</p> - -<p>Saldríamos de Madrid en calesa hasta las Ventas -del Espíritu Santo; aquí esperaríamos una galera -y entraríamos en Alcalá, confundidos con carreteros -y arrieros que fuesen a la feria, e iríamos -a parar a casa del ahijado del cura.</p> - -<p>Doña Nacimiento conocía a un calesero y le -llamó. El calesero era liberal y se prestó a lo que -le propusimos.</p> - -<p>El chico del calesero se vestiría de muchacha; -el padre Anselmo, con traje de aldeano, y yo sería -el calesero. Iríamos hasta las Ventas del Espíritu -Santo, esperaríamos allí, donde dejaríamos la -calesa, y marcharíamos en un carro camino de Alcalá, -como si fuéramos a la gran feria que se celebraba -en la ciudad del Henares el día 24. Así lo -hicimos, y todo nos resultó bien.</p> - -<p>El ahijado de don Anselmo, a quien le habíamos -anunciado nuestra llegada, nos esperó y nos -llevó a una finca que tenía a una legua del pueblo.</p> - -<p>Era una propiedad no muy grande, pero muy -bien cuidada. Juan, el sobrino y ahijado del padre<span class="pagenum"><a name="Page_245" id="Page_245">[245]</a></span> -Anselmo, era un hombre joven, fuerte, labrador, -cazador y muy activo. La mujer, la Ambrosia, era -una mujer rozagante, que había echado al mundo -nueve hijos y pensaba seguir echando más.</p> - -<p>Juan, con su escopeta y sus perros, marchando -de caza al amanecer, acostándose al hacerse de -noche y contento con su suerte, me recordaba a -García del Castañar.</p> - -<p>El matrimonio nos recibió muy amablemente al -cura y a mí.</p> - -<p>Viví yo en aquella casa una semana, y, pasada -ésta, me despedí del padre Anselmo y de sus sobrinos -y me fuí a Zaragoza.</p> - -<p>Aquí publiqué un folletito sobre el Estatuto -Real, en la imprenta de Ramón León, y esperé -hasta que Mendizábal me llamó y me dió un -encargo para Barcelona; pero esto—terminó diciendo -Aviraneta—es otro capítulo de mi vida.</p><hr class="chap" /> - - - -<div class="chapter"> -<h2 id="EPILOGO" class="nobreak">EPÍLOGO</h2></div> - -<p class="i65 p6">Todo es hecho del polvo, y todo -se tornará en el mismo polvo.</p> - -<p class="i65"><span class="smcap">El Eclesiastés.</span></p> - - -<p class="p2"><span class="smcap">Por</span> la época de la guerra de Cuba—dice Leguía—, -solía ir yo a Madrid a un hotel de la -calle del Arenal, y visitaba las librerías de viejo -próximas. Me detenía con frecuencia a charlar con -un librero de viejo que tenía su tienda en una -rinconada que había en la calle de Capellanes, al -acercarse a la calle de Preciados.</p> - -<p>Le había encargado a este librero, como a otros, -que me guardase lo que encontrara de papeles -históricos y de estampas españoles del siglo <span class="smcap">xix</span>.</p> - -<p>El librero era un viejo, muy viejo, y me proporcionaba -lo que le pedía.</p> - -<p>Cuando subía desde la calle del Arenal por la -de Capellanes solía echar una mirada por una ventana -enrejada que daba al horno de una panadería, -y recordaba la historia de don Tomás Manso -y de su sobrino. Unos años más tarde de la guerra -de Cuba, el librero de la rinconada me dijo -que tiraban la casa grande de los Capellanes y que -él iba a traspasar su tiendecilla.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_250" id="Page_250">[250]</a></span></p> - -<p>Cuatro o cinco meses después vi la casa de la -calle de la Misericordia derribada y la alineación -de la calle de Capellanes hecha.</p> - -<p>El librero me dijo que al derribar la casa, en un -sótano, debajo de un almacén que tenía en la pared -una fuentecilla con una cabeza de Medusa, se -encontró un esqueleto de un hombre y unos huesecillos -de feto.</p> - -<p>Los anticlericales de la vecindad supusieron -que estos serían de alguna monja del convento -vecino; respecto al esqueleto del hombre no se -pudo saber de quién era.</p> - -<p>El día en que el librero me contaba esto entró -un trapero, un tuerto desharrapado de cara alegre, -barbas enmarañadas y la nariz roja, con un -gran lío de papeles.</p> - -<p>—No los quiero—dijo el librero—; te los puedes -llevar, Tuerto, yo ya me retiro.</p> - -<p>—A ver que trae usted ahí—le indiqué yo.</p> - -<p>—Lo daré muy barato—me dijo el trapero, -dejando el paquete en una silla y quitándole una -lía hecha con bramantes viejos y balduques.</p> - -<p>Había un tomo del <i>Palacio de los Crímenes</i>, de -Ayguals de Izco; la <i>Historia de la revolución -del 54</i>, por Ribot y Fontseré; dos folletos de Aviraneta, -varios <i>Ecos del Comercio</i>, amarillos, y la -proclama de los nacionales en agosto de 1835.</p> - -<p>Ni el librero ni el trapero habían oído hablar -nunca de Chico, ni de Aviraneta, y mucho menos -del pronunciamiento de los Urbanos.</p> - -<p>A mí, que había visto durante tanto tiempo -carteles pintados con la muerte de Chico, del -Cura Merino y de los hermanos Marina, que un<span class="pagenum"><a name="Page_251" id="Page_251">[251]</a></span> -hombre mostraba con un puntero en las plazas, -me chocaba que todo esto hubiera desaparecido -tan completamente del recuerdo de las gentes.</p> - -<p>Y, sin embargo, así era.</p> - -<p>—Todo esto que traes aquí—dijo el librero—no -vale nada. Cosas pasadas, sin importancia.</p> - -<p>—Nosotros también somos viejos—repuso el -trapero y se nos ha pasado el tiempo.</p> - -<p>—Todo pasa, amigo trapero—le dije yo—. La -hoja del árbol cae, la hoja de rosa se marchita, la -hoja de papel se arruga y la comen los lepismas. -El lepisma devora el papel; la carcoma y la polilla -devoran la madera; las penas nos devoran a nosotros -hasta que entregan su presa a los gusanos.</p> - -<p>—Todo no es mas que miseria—dijo el librero.</p> - -<p>—¿Saben ustedes cómo arreglo yo eso?—preguntó -el trapero.</p> - -<p>—¿Cómo lo arregla usted?</p> - -<p>—Pues echándome un quince siempre que -puedo.</p> - -<p>—La otra manera de arreglarlo es la filosofía.</p> - -<p>—Mi filosofía es el vino. ¿Hace alguna de estas -cosas, caballero? Me da usted lo que usted quiera -por ellas.</p> - -<p>Le di tres pesetas por los dos folletos y por la -proclama.</p> - -<p>—¡Bueno, señores!—dijo el hombre volviendo -a atar los libros—. Me voy a dedicar... a la filosofía.</p> - -<p>—Es usted un compadre alegre y jovial—le -dije yo.</p> - -<p>—Naturalmente. Ahora me voy yo a la taberna -del Vaqueiro del callejón de Preciados, y me tomo<span class="pagenum"><a name="Page_252" id="Page_252">[252]</a></span> -una tajada de bacalao y un quince, y me río yo de -los peces de colores.</p> - -<p>—¡Hombre, eso está mal!—le dije yo.</p> - -<p>—¿Por qué?—preguntó el hombre extrañado.</p> - -<p>—Yo me figuro que el bacalao es un pez, y -comérselo y reírse luego de él, no me parece -bien.</p> - -<p>—¡Vamos! Usted es un guasón. Pues sí, me -tomo un quince o dos quinces, y le hago un corte -de mangas al mundo entero.</p> - -<p>—Hasta que el vino te haga un corte de mangas -a ti, Tuerto, y te lleve al Este—dijo el librero.</p> - -<p>—¡Bah!</p> - -<p>—Ten cuidado con esa nariz, se va pareciendo -al Vesubio en ignición.</p> - -<p>—Te veo... Vesubio.</p> - -<p>—¿Tiene usted hijos, trapero?—le pregunté yo.</p> - -<p>—Se tienen ellos...; yo, no... Yo los he traído -al mundo...; ellos se agarran como pueden... ¡Salud, -señores!</p> - -<p>El trapero echó su paquete al hombro, y yo -volví al hotel pasando por delante del solar de la -casa de los Capellanes y pensando que todo está -hecho de polvo y que todo se tornará en el mismo -polvo.</p> - - -<p class="p2 i2">Madrid, marzo, 1921.</p> - - -<p class="p2 center">FIN DE EL SABOR DE LA VENGANZA</p><hr class="chap" /> - - - -<div class="chapter"> -<h2 class="nobreak">ÍNDICE</h2></div> - -<table border="0" cellpadding="5" cellspacing="5" summary="indice"> - -<tr> - <td class="tdrp" colspan="3">Páginas.</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl smcap" colspan="2"><a href="#PROLOGO">Prólogo</a></td> - <td class="tdrb">9</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdcc large" colspan="3">LA CÁRCEL DE CORTE</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">I.</td> -<td class="tdl"><a href="#CALAMAR">—El calamar.</a></td> -<td class="tdrb">15</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">II.</td> -<td class="tdl"><a href="#SOLO">—Solo.</a></td> -<td class="tdrb">21</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">III.</td> -<td class="tdl"><a href="#CARCEL">—La cárcel.</a></td> -<td class="tdrb">25</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">IV.</td> -<td class="tdl"><a href="#ANSELMO">—El padre Anselmo.</a></td> -<td class="tdrb">31</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">V.</td> -<td class="tdl"><a href="#LUCHAS">—Luchas.</a></td> -<td class="tdrb">35</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">VI.</td> -<td class="tdl"><a href="#PATIO">—El segundo patio.</a></td> -<td class="tdrb">39</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">VII.</td> -<td class="tdl"><a href="#MATONES">—Los matones.</a></td> -<td class="tdrb">43</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdcc large" colspan="3">LA MUERTE DE CHICO O LA<br />VENGANZA DE UN JUGADOR</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdc" colspan="3">PRIMERA PARTE</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdc smcap" colspan="3">ANTECEDENTES</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">I.</td> -<td class="tdl"><a href="#NIEVE">—Una noche de nieve.</a></td> -<td class="tdrb">49</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">II.</td> -<td class="tdl"><a href="#NUEVO">—Un preso nuevo.</a></td> -<td class="tdrb">53</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">III.</td> -<td class="tdl"><a href="#ROCAFORTE">—Miguel Rocaforte.</a></td> -<td class="tdrb">57</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">IV.</td> -<td class="tdl"><a href="#EMBROLLADO">—Un asunto embrollado.</a></td> -<td class="tdrb">61<span class="pagenum"><a name="Page_254" id="Page_254">[254]</a></span></td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">V.</td> -<td class="tdl"><a href="#OCURRIDO">—Lo ocurrido.</a></td> -<td class="tdrb">69</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">VI.</td> -<td class="tdl"><a href="#ASUNTO">—Se echa tierra al asunto.</a></td> -<td class="tdrb">73</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">VII.</td> -<td class="tdl"><a href="#DAVALOS">—Castelo y Paca Dávalos.</a></td> -<td class="tdrb">79</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">VIII.</td> -<td class="tdl"><a href="#ABISMO">—Hacia el abismo.</a></td> -<td class="tdrb">83</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">IX.</td> -<td class="tdl"><a href="#CASTELO">—Chico y Castelo.</a></td> -<td class="tdrb">89</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdc" colspan="3">SEGUNDA PARTE</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdc smcap" colspan="3">CONSECUENCIAS</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">I.</td> -<td class="tdl"><a href="#FIVEFOUR">—La revolución del 54.</a></td> -<td class="tdrb">101</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">II.</td> -<td class="tdl"><a href="#PASO">—Mal paso.</a></td> -<td class="tdrb">107</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">III.</td> -<td class="tdl"><a href="#INSOMNIO">—Una noche de insomnio.</a></td> -<td class="tdrb">117</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">IV.</td> -<td class="tdl"><a href="#CHICO">—El final de Chico.</a></td> -<td class="tdrb">121</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">V.</td> -<td class="tdl"><a href="#ACOSADO">—Acosado.</a></td> -<td class="tdrb">127</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">VI.</td> -<td class="tdl"><a href="#SALADERO">—En el Saladero.</a></td> -<td class="tdrb">133</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">VII.</td> -<td class="tdl"><a href="#HOSPITAL">—El hospital.</a></td> -<td class="tdrb">139</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">VIII.</td> -<td class="tdl"><a href="#LOCURA">—La locura.</a></td> -<td class="tdrb">143</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">IX.</td> -<td class="tdl"><a href="#ALIMANAS">—Alimañas.</a></td> -<td class="tdrb">147</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdcc large" colspan="3">LA CASA DE LA CALLE<br />DE LA MISERICORDIA</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">I.</td> -<td class="tdl"><a href="#DESCALZAS">—La casa de los Capellanes de las Descalzas.</a></td> -<td class="tdrb">153</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">II.</td> -<td class="tdl"><a href="#CASA">—Fauna y flora de la casa.</a></td> -<td class="tdrb">159</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">III.</td> -<td class="tdl"><a href="#LIBRERO">—La ejecución de Miyar, el librero.</a></td> -<td class="tdrb">171</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">IV.</td> -<td class="tdl"><a href="#SOLEDAD">—Soledad.</a></td> -<td class="tdrb">179</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">V.</td> -<td class="tdl"><a href="#ANONIMOS">—Anónimos.</a></td> -<td class="tdrb">187</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">VI.</td> -<td class="tdl"><a href="#PREPARATIVOS">—Preparativos.</a></td> -<td class="tdrb">191<span class="pagenum"><a name="Page_255" id="Page_255">[255]</a></span></td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">VII.</td> -<td class="tdl"><a href="#CRIMEN">—El crimen.</a></td> -<td class="tdrb">195</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">VIII.</td> -<td class="tdl"><a href="#CRISTO">—La escuela de Cristo.</a></td> -<td class="tdrb">199</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">IX.</td> -<td class="tdl"><a href="#FANTASMA">—El fantasma.</a></td> -<td class="tdrb">203</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdcc large" colspan="3">ADÁN EN EL INFIERNO</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">I.</td> -<td class="tdl"><a href="#ADAN">—Adán.</a></td> -<td class="tdrb">207</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">II.</td> -<td class="tdl"><a href="#FORTUNA">—La cuadrilla del Fortuna.</a></td> -<td class="tdrb">209</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">III.</td> -<td class="tdl"><a href="#ODIO">—El odio.</a></td> -<td class="tdrb">213</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdcc large" colspan="3">MI DESQUITE</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">I.</td> -<td class="tdl"><a href="#PRONUNCIAMIENTO">—Plan de pronunciamiento.</a></td> -<td class="tdrb">223</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">II.</td> -<td class="tdl"><a href="#OCURRIDO2">—Lo ocurrido.</a></td> -<td class="tdrb">229</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">III.</td> -<td class="tdl"><a href="#PERDIDA">—Partida perdida.</a></td> -<td class="tdrb">239</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdr">IV.</td> -<td class="tdl"><a href="#ESCAPATORIA">—Escapatoria.</a></td> -<td class="tdrb">243</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdlp smcap" colspan="2"><a href="#EPILOGO">Epílogo</a></td> - <td class="tdrb">247</td> -</tr> - -</table> - - - - - - - - - -<pre> - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of El Sabor de la Venganza, by Baroja Pío - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL SABOR DE LA VENGANZA *** - -***** This file should be named 54285-h.htm or 54285-h.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - 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Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation - -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by -U.S. federal laws and your state's laws. - -The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the -mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its -volunteers and employees are scattered throughout numerous -locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt -Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to -date contact information can be found at the Foundation's web site and -official page at www.gutenberg.org/contact - -For additional contact information: - - Dr. Gregory B. Newby - Chief Executive and Director - gbnewby@pglaf.org - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. Compliance requirements are not uniform and it takes a -considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up -with these requirements. We do not solicit donations in locations -where we have not received written confirmation of compliance. To SEND -DONATIONS or determine the status of compliance for any particular -state visit www.gutenberg.org/donate - -While we cannot and do not solicit contributions from states where we -have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition -against accepting unsolicited donations from donors in such states who -approach us with offers to donate. - -International donations are gratefully accepted, but we cannot make -any statements concerning tax treatment of donations received from -outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff. - -Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation -methods and addresses. Donations are accepted in a number of other -ways including checks, online payments and credit card donations. To -donate, please visit: www.gutenberg.org/donate - -Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works. - -Professor Michael S. Hart was the originator of the Project -Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be -freely shared with anyone. For forty years, he produced and -distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of -volunteer support. - -Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed -editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in -the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not -necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper -edition. - -Most people start at our Web site which has the main PG search -facility: www.gutenberg.org - -This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. - - - -</pre> - -</body> -</html> diff --git a/old/54285-h/images/cover.jpg b/old/54285-h/images/cover.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 2afc04f..0000000 --- a/old/54285-h/images/cover.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/54285-h/images/page1.png b/old/54285-h/images/page1.png Binary files differdeleted file mode 100644 index ca6a54b..0000000 --- a/old/54285-h/images/page1.png +++ /dev/null |
