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-The Project Gutenberg EBook of El Sabor de la Venganza, by Baroja Pío
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
-other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
-the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you'll have
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-
-Title: El Sabor de la Venganza
- Memorias de un hombre de acción, tomo 11
-
-Author: Baroja Pío
-
-Release Date: March 6, 2017 [EBook #54285]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL SABOR DE LA VENGANZA ***
-
-
-
-
-Produced by Carlos Colón, University of Toronto and the
-Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net
-(This file was produced from images generously made
-available by The Internet Archive/Canadian Libraries)
-
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-
- Nota del Transcriptor:
-
-
- Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.
-
- Errores obvios de imprenta han sido corregidos.
-
- Páginas en blanco han sido eliminadas.
-
- Letras itálicas son denotadas con _líneas_.
-
- Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas)
- han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal.
-
-
-
-
- PÍO BAROJA
-
-
- MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
-
-
-_El aprendiz de conspirador._
-
-_El escuadrón del Brigante._
-
-_Los caminos del mundo._
-
-_Con la pluma y con el sable._
-
-_Los recursos de la astucia._
-
-_La ruta del aventurero._
-
-_Los contrastes de la vida._
-
-_La veleta de Gastizar._
-
-_Los caudillos de 1830._
-
-_La Isabelina._
-
-_El sabor de la venganza._
-
-
-
-
- MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
-
- EL SABOR DE LA VENGANZA
-
-
-
-
- ES PROPIEDAD
- DERECHOS RESERVADOS
- PARA TODOS LOS PAÍSES
-
- COPYRIGHT BY
- RAFAEL CARO RAGGIO
- 1921
-
- Establecimiento tipográfico
- de Rafael Caro Raggio
-
-
-
-
- PÍO BAROJA
-
-
- MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
-
- EL SABOR DE
- LA VENGANZA
-
- SEGUNDA EDICIÓN
-
-
- [Ilustración]
-
-
- RAFAEL CARO RAGGIO
- EDITOR
- MENDIZÁBAL, 34
- MADRID
-
-
-
-
- PRÓLOGO
-
- Hablemos un poco.
-
- GOETHE.
-
-
-ESTAS historias violentas de sangre--dice nuestro amigo Leguía--me las
-contó Aviraneta en San Leonardo, un pueblo de la provincia de Soria,
-adonde don Eugenio iba a veranear los últimos años de su vida. Yo solía
-ir a ver a Aviraneta con frecuencia cuando estaba en Madrid y vivía en
-la calle del Barco. Aviraneta era ya viejo en este tiempo: andaba cerca
-de los ochenta años; y yo, aunque más joven que él, sentía que también
-para mí había pasado la época de la acción y del entusiasmo. Los dos,
-solitarios y olvidados, recordábamos nuestros tiempos, que nos parecían
-mejores que aquellos en que vivíamos.
-
-Josefina, la mujer de don Eugenio, una francesa de Toulouse, con la
-que se había casado, ya viejo, me decía que no dejara de visitar a su
-marido.
-
---El pobre se aburre y a usted le quiere como a un hijo--me indicaba la
-francesa.
-
---Yo voy a verle siempre que puedo.
-
---¡Está tan abandonado!--añadía ella.
-
-En la época de la guerra francoprusiana, Josefina me escribió que don
-Eugenio estaba en San Leonardo, un poco delicado de salud, y que se
-quedaba allí hasta reponerse.
-
-Fuí a verle a don Eugenio al pueblo y lo encontré ya bien.
-
-Pensaba volver en seguida a Madrid; pero me sorprendió una gran
-borrasca de frío y nieve y tuve que quedarme allí unos días hasta que
-pasara.
-
-San Leonardo es un pueblo entre pinares, al lado de un cerro coronado
-por las ruinas de un castillo. Don Eugenio vivía en casa del nieto de
-un guerrillero del Cura Merino, a quien llamaban el tío Chaparro.
-
-El tío Chaparro era dueño de grandes rebaños y tenía una hermosa casa
-de piedra con una cocina ancha, que cogía casi la mitad del piso bajo.
-
-El hijo del guerrillero miraba a don Eugenio como a un héroe, y más que
-como a un héroe, como a un sabio: le escuchaba religiosamente, mandaba
-que todo el mundo le obedeciese y le ponía un gran sillón de cuero al
-lado de la lumbre. De noche, en la cocina, solía haber gran reunión de
-cabreros y de zagales que, por sus indumentarias toscas, sus túnicas
-como dalmáticas y sus capotes de lana cruda con capucha, me parecían
-pastores de nacimiento. Aviraneta y yo solíamos tener largas charlas al
-lado del fuego, en las que recordábamos sucesos políticos, y nuestras
-conversaciones las escuchaban con gran curiosidad los pastores.
-
-Aviraneta se entretenía escribiendo una relación de sus aventuras
-de guerrillero de la guerra de la Independencia, las que pensaba
-cándidamente ofrecer como ejemplo a los franceses, para que viesen la
-manera de rechazar la invasión alemana.
-
-Yo, entonces, estaba leyendo por primera vez la Biblia, en la
-traducción de Cipriano de Valera, y hacía comentarios acerca de sus
-máximas y de sus reflexiones, y, a pesar de que soy un espíritu
-muy poco bíblico, me entretenía la lectura, aunque muchas veces me
-repugnaba.
-
-Un día le dije a don Eugenio:
-
---No me ha contado usted nunca con detalles su vida en la Cárcel de
-Corte el año 1834.
-
---¿Qué voy a contar de allí? Era la mía una vida monótona y siempre
-igual. En la cárcel los días se parecen demasiado uno a otro. Se vive
-recordando lo que ha pasado y pensando en lo que se va a hacer al salir
-de la prisión.
-
---Cuénteme usted con detalles todo cuanto recuerde de la cárcel y de su
-vida en ella.
-
---No creo que sea muy interesante, pero te lo contaré.
-
-Los datos que me dió Aviraneta de su estancia en la Cárcel de Corte no
-fueron ni muy nuevos ni de gran interés.
-
-Si los menciono aquí es porque la Cárcel de Corte sirve de marco a las
-historias sangrientas que siguen después.
-
- * * * * *
-
-Y ahora una advertencia:
-
-Como los chicos cuando terminan un castillo de arena le adornan con
-unas banderolas vistosas para que tengan más apariencia, así he hecho
-yo poniendo después de acabada mi obra frases literarias de escritores
-célebres al frente de los capítulos.
-
-Así he pretendido dar a éstos cierto aire de pompa y de solemnidad que,
-naturalmente, no tienen; porque yo nunca he sido ni pomposo ni solemne.
-De esta manera, al que no le guste el texto se puede entretener con las
-banderolas.
-
-
-
-
- LA CÁRCEL DE CORTE
-
-
-
-
- I
-
- EL CALAMAR
-
- Sobre mi cabeza, ¡escuchad!
- Escuchad los gritos prolongados
- y frenéticos de aquellos
- cuyo cuerpo y cuya alma son
- igualmente cautivos.
-
- LORD BYRON: _La lamentación del
- Taso_.
-
-
-DENUNCIADO por Francisco Civat y preso por el inspector Luna--comenzó
-diciendo Aviraneta--ingresé el 24 de julio de 1834 en la Cárcel de
-Corte.
-
-Martínez de la Rosa, que me tenía por un hombre peligroso, tomó
-precauciones para impedir que me escapara. A mi ingreso en la
-cárcel fueron destituídos el alcaide, un llavero y otros carceleros
-considerados como liberales y que pertenecían a la Milicia Urbana,
-y reemplazados por ex voluntarios realistas. El poeta granadino no
-era torpe, y comprendió que nada mejor para guardar a un conspirador
-liberal que unos carceleros absolutistas.
-
-A poco de entrar en la cárcel se comenzó mi proceso en el juzgado del
-teniente corregidor don Pedro Balsera.
-
-Martínez de la Rosa eligió para juez de la causa a un tal Regio,
-absolutista exaltado, y le previno que estaba entendiendo en un proceso
-de alta traición; y de fiscal nombró a don Laureano de Jado, antiguo
-afrancesado del tiempo del rey José, después protegido de Calomarde y,
-por último, amigo de Rosita la pastelera.
-
-Don Laureano era un lechugino muy peripuesto. Se hallaba indignado
-contra mí porque entre los papeles que me cogió la policía había dos
-circulares, en una de las cuales decía que el Estatuto Real estaba
-formado por una amalgama de afrancesados, anilleros y desertores del
-carlismo, y en la otra recomendaba la prisión y el destierro en bloque
-del gran Consistorio de abates renegados formado por Hermosilla, Lista,
-Miñano y sus amigos, que se entendían con Luis Felipe para impedir toda
-tentativa liberal en España.
-
-A don Laureano, que había formado parte de la Comisión Militar de
-Madrid en tiempo del terror de Calomarde y Chaperón, le parecía mucha
-severidad la nuestra con la Junta de abates afrancesados, que siempre,
-vanagloriándose de su cultura, tenían que influír a favor de la rutina
-y del absolutismo.
-
-Para escribano de la causa eligieron a don Juan José García, ex
-sargento realista, que pasados unos años figuró como secretario de la
-Junta facciosa de Morella.
-
-Así, un liberal como yo, preso por un Gobierno liberal, estaba
-vigilado por furibundos absolutistas.
-
-Al entrar en la cárcel se dijo que yo me había comido la lista de los
-comprometidos en la Isabelina, cosa absurda, porque una lista de dos
-mil nombres no se la come uno por buen estómago que tenga. Me batí con
-el juez y con el fiscal y les mareé con declaraciones contradictorias.
-Hice como el calamar, que enturbia el agua para escaparse.
-
-Tan pronto aparecía la Isabelina como una sociedad secreta, de la que
-formaban parte la infanta Luisa Carlota, el infante don Francisco,
-Palafox y el conde de Parcent, como era un proyecto que no había pasado
-de utopía acariciada en mi imaginación.
-
-Entre otras cosas le dije al juez que tenía guardados documentos
-importantísimos, y que si moría en la cárcel estos documentos se
-publicarían inmediatamente en París después de mi muerte.
-
-La amenaza dió grandes resultados.
-
-El juez me decía:
-
---Pruebe usted sus asertos, presente usted esos documentos.
-
---No presentaré documento alguno si no me dejan libre.
-
---¿Qué miedo puede usted tener?
-
---Miedo de que me quiten los documentos para poderme aplastar
-impunemente.
-
-Le dije también al juez, en confianza, que el infante don Francisco y
-su mujer pretendían la expulsión de María Cristina y de sus hijas para
-quedarse ellos con la Regencia de España. Que después pensaban elevar
-al trono al infante don Francisco, y que se habían acuñado monedas
-con esta leyenda: «Francisco I, rey por la gracia de Dios y de la
-Constitución».
-
---¿Estos proyectos no se los habrán contado a usted los mismos
-infantes?--me dijo el juez con sorna.
-
---Sí.
-
---¿Es que ha hablado usted con ellos?
-
---Sí, señor.
-
---¡Bah!
-
---¡No lo crea usted! El ex ministro don Javier de Burgos y el inspector
-de policía Luna me encontraron en la antecámara de Palacio la primera
-vez que fuí a ver a los infantes, llamado por ellos. Pregúnteles usted
-a Burgos y a Luna: lo podrá usted comprobar.
-
-El juez no sabía a qué carta quedarse. Yo le daba mezcladas la mentira
-y la verdad, y él no sabía separarlas. Indignado el hombre, en uno de
-sus escritos me llamó malvado y miserable, y dijo públicamente que yo
-acusaba al infante don Francisco y a Palafox.
-
-Estas declaraciones mías, que se conocieron en Palacio, me valieron el
-odio de la infanta Luisa Carlota y de su marido, y luego la amistad de
-María Cristina, porque llegaron las dos hermanas a odiarse de tal modo,
-que los amigos de una eran sólo por esto enemigos de la otra.
-
-El general Palafox se debió ver en un apuro; afirmó que no tenía
-relación alguna con la Isabelina y que no me conocía a mí, aunque por
-otra parte me creía persona de honor e incapaz de una impostura. Dijo
-que el plan revolucionario mío era una fantasía, y aseguró que el
-capitán Civat era un agente carlista que me había engañado a mí, sin
-decir que el primer engañado había sido él.
-
-El mismo día Palafox envió a su sobrino a casa de mi hermana con el
-encargo de decirla que él pondría en juego sus altas influencias para
-sacarme lo más pronto posible de la cárcel.
-
-A Palafox se le ordenó que quedara arrestado en un cuartel, y luego,
-con la benevolencia que se tiene siempre con los poderosos, se le dejó
-detenido en su propia casa, en comunicación con su familia y sus amigos.
-
-Después, cuando se supo que yo no acusaba a nadie, sino que afirmaba
-que el único conspirador de la Isabelina era yo, y que, por lo tanto,
-no había conspiración, los que tenían miedo de aparecer complicados
-se tranquilizaron. El conde de las Navas, en las Cortes, interpeló al
-Gobierno por la prisión de Palafox; y Martínez de la Rosa contestó
-dando a entender que lo sabía todo.
-
-Al mismo tiempo que yo fueron presos varios otros individuos que
-formaban parte de la Isabelina: Nogueras, Beraza, Calvo de Rozas,
-Olavarría, Romero Alpuente, Espronceda, García Villalta. Todos ellos
-ingresaron en la Cárcel de Corte. En provincias se hicieron también
-muchas prisiones.
-
-A las dos o tres semanas no quedábamos allí mas que Beraza, Romero
-Alpuente y yo. Beraza no sé cómo se las arregló para salir pronto.
-
-Espronceda y García Villalta, a pesar de su fachenda byroniana,
-cantaron la palinodia de una manera humilde, y se les sacó de la
-prisión y se les llevó desterrados a Badajoz.
-
-Me quedé con el compañero peor, Romero Alpuente, viejo decrépito y sin
-ánimo.
-
-Romero Alpuente se quejaba de la Soledad, de la tristeza, de la falta
-de aseo y de los parásitos de la cárcel; después, cuando invadió
-el cólera la prisión, el pobre hombre se pasaba la vida en la cama
-escribiendo memoriales a la Reina.
-
-
-
-
- II
-
- SOLO
-
- Desgracia al hombre solo.
-
- EL ECLESIASTÉS.
-
-
-POCO a poco todos los complicados en aquella causa, por entonces
-célebre, quedaron libres. Yo solo permanecí en la cárcel vigilado
-estrechamente durante meses y meses, hasta que pude escapar, gracias a
-un pronunciamiento.
-
-Nadie fué castigado en serio, y el denunciador de la Isabelina, don
-Francisco Civat, fué agraciado poco después por el ministerio, contra
-el dictamen del ministro, Moscoso de Altamira, con el empleo de vista
-de la aduana de Barcelona. Lo disfrutó poco tiempo, porque en el primer
-movimiento revolucionario que hubo allí tuvo que esconderse y fugarse a
-Francia, en donde tomó partido por Don Carlos.
-
-Después de muchas declaraciones mías, el fiscal don Laureano de Jado
-declaró inocentes a todos los procesados, y consideró que el único
-culpable era yo. Mientras el proceso duró, la preocupación por lo que
-tenía que decir y que contestar me tuvo en tensión el espíritu; luego
-pasé una temporada aburrido y desesperado.
-
-Se comenzó a olvidar mi causa. De tarde en tarde se hablaba de mí
-en los periódicos. Don Fermín Caballero, que no era de mi cuerda, y
-que tenía cierta rabia por los que nos sentíamos capaces de jugarnos
-la vida en una conspiración como la fraguada en julio, dijo que la
-Isabelina era una sociedad formada por calaveras y gente del trueno,
-que no tenía más misión que la de alborotar.
-
-Cuando me nombraba a mí en el _Eco del Comercio_ me llamaba el
-atolondrado Aviraneta. ¡Atolondrado! Claro es, porque yo había expuesto
-el pellejo y él no lo había expuesto nunca.
-
-Hay demócratas--y al decir esto don Eugenio sonreía con cierto
-desprecio--, que creen que el mundo puede hacer desaparecer con el
-tiempo a los héroes y a los aventureros.
-
-Esta idea me parece una idea falsa y ridícula. Siempre habrá un
-desequilibrio entre la realidad y la utopía que permita una aventura al
-que tenga fondo de aventurero.
-
-¿Además, es apetecible que desaparezca todo lo que sea esfuerzo,
-improvisación y energía? No veo por qué el ideal de la vida haya de
-ser llegar a una existencia mecanizada y ordenada como una oficina de
-comercio. No creo que se pueda alcanzar esto. ¿Cuándo se han hecho
-cosas admirables sin esfuerzo y sin heroísmo? ¿Se harán alguna vez? Yo
-creo que nunca.
-
-Por más que quieran cerrar, alambrar el recinto social, siempre habrá
-boquetes libres para escaparse; por más que los Gobiernos decreten que
-los hombres deben ser unos buenos cerdos tranquilos cuyo ideal sea el
-pesar muchas arrobas, siempre habrá jabalíes entre ellos.
-
-Por esta época del cólera, el partido cristino tuvo el primer
-quebranto, al hacerse público que la Reina se había enredado con Muñoz
-y que había tenido un hijo. Todo Madrid debía estar comentando con
-fruición el caso, y la noticia llegó hasta la cárcel.
-
-Se habló de las citas, en la Granja de Quitapesares, entre María
-Cristina y el guardia de Corps; se habló de la tía Eusebia, del
-estanquero de Tarancón, de la niña Gertrudis Magna Victoria, que, según
-los chuscos, podía poner con el tiempo en su escudo los lirios de los
-Borbones al lado de las cajetillas de tabaco de los Muñoces.
-
-Se contó que estando de caza en el Pardo María Cristina con la Corte,
-la Reina le dijo a Muñoz, al ver saltar una pieza: «Para ti, Muñoz»; y
-que él contestó: «No; para ti, Cristina».
-
-Se contó también que se había reunido el Gabinete con el objeto de
-discutir la cuestión de los amores de la Reina, y se habló en broma
-de lo que habían aconsejado los unos y los otros. Se decía que los
-más conspicuos del partido moderado estaban de acuerdo en aconsejar
-moderación a aquella italiana, ardiente y fogosa.
-
-Martínez de la Rosa decía que Zarco del Valle, como militar galante,
-era el más a propósito para llevar a buen término, y de una manera
-delicada, esta gestión de índole moderada; Toreno aseguraba que
-Garelly era el más insinuante y jesuítico, y Garelly objetaba que el
-más indicado de todos era el duque de Rivas, puesto que podía dar a la
-observación un aire de poesía y de lirismo.
-
-
-
-
- III
-
- LA CÁRCEL
-
- Allí están los alegres y los
- tristes; allí hay hombres
- muriendo; allí hay hombres
- nacidos, hay hombres orando; al
- lado de un tabique de ladrillo
- hay hombres maldiciendo, y, en
- torno de todos ellos, está la
- noche inmensa y vacía.
-
- CARLYLE: _Sartor Resartus_.
-
-
-LA Cárcel de Corte de Madrid estaba formada, en parte, por ese edificio
-de la plaza de Santa Cruz, que luego ha sido Ministerio de Ultramar, y,
-en parte, por otro, anejo a él, que fué en tiempo pasado hospedería de
-los Padres del Salvador.
-
-La Cárcel de Corte, con sus dos cuerpos, formaba un paralelogramo largo
-y estrecho. Los lados cortos los componían: uno, la fachada de la
-plaza de Santa Cruz, en donde había entonces una fuente, la fuente de
-Orfeo, y el otro, varias casuchas que daban a la calle de la Concepción
-Jerónima. Por los lados largos pasaban, casi paralelas, la calle del
-Salvador y la de Santo Tomás.
-
-Una parte estaba dedicada a cárcel de mujeres, y muchas de éstas tenían
-sus hijos pequeños con ellas. Era muy difícil darse cuenta clara de la
-topografía de la cárcel, porque todo el edificio se hallaba dividido
-con tabiques, que formaban rincones y pasillos, y en aquellos recovecos
-se desorientaba uno en seguida.
-
-En la cárcel había mucha más gente que la que buenamente cabía en
-ella; faltaba luz y ventilación, y, sobre todo en el verano, no se
-podía respirar por el mal olor. Cuando entraban los magistrados de la
-Audiencia solían quemar incienso y plantas aromáticas.
-
-Los pobres lo pasaban horriblemente; muchos no tenían ropas ni mantas,
-y dormían en pleno invierno sobre el suelo, de piedra. Los alcaides
-solían arrendar los distintos servicios a pequeños industriales, que
-explotaban a los presos de una manera miserable.
-
-El día de Jueves Santo se asomaban los presos a las rejas que daban a
-la plaza de Santa Cruz, y pedían limosna a los transeúntes, gimoteando
-y haciendo sonar sus cadenas.
-
-El domingo y los días de fiesta los ladrones se exhibían en los patios
-de la cárcel y se daban tono. Había cantos, guitarreo y a veces riñas,
-en las cuales salían a relucir navajas y estoques.
-
-Los empleados de la cárcel eran: un alcaide, un capellán, tres
-porteros, seis demandaderos, una demandadera, un llavero, un
-escribiente, un enfermero, un cocinero, un mayordomo, un médico y un
-cirujano. Los cuartos costaban: los de primera, siete reales al día;
-los de segunda, cuatro, y los de tercera, dos. La sección de políticos
-era más limpia y más cuidada que el resto. Yo tenía un cuarto bastante
-regular, con una mesa, una cama y una butaca. A los pies de la cama
-ponía cuatro cacharritos llenos de agua para que no subieran las
-chinches, porque a estos huéspedes no había manera de exterminarlos.
-
-Al principio no quisieron dejarme tener libros, ni papel, ni tinta;
-pero luego, sí.
-
-En los primeros días de cárcel, el alcaide me vigilaba de una manera
-molesta; no me permitía hablar con nadie sin estar él delante. Me
-trataba con gran consideración y me decía que no hacía mas que cumplir
-con su deber.
-
-Don Paco, el alcaide, era uno de los mayores bribones de España: robaba
-a los presos y los explotaba de una manera inicua. Eso sí, lo hacía
-todo con una gran finura: no se le oía jamás un insulto o una palabra
-soez.
-
-Don Paco había sido lego en un convento y tambor de una partida
-realista.
-
-Era el tal don Paco, por entonces, hombre de unos cuarenta años,
-muy alto, muy encorvado, muy flaco, un verdadero espectro. Tenía la
-nariz aguileña, los dientes muy blancos, los ojos negrísimos, de
-extraña expresión; la piel obscura, y el pelo, como decían los autores
-románticos, del color del ala del cuervo. Iba siempre muy pulcro, muy
-bien afeitado, y tenía la costumbre de restregarse las manos haciendo
-un ruido como de huesos.
-
-Su vigilancia sonriente me llegó a exasperar.
-
-Al principio, iracundo por verme tan vigilado, para encontrarme solo
-comencé a no salir de mi calabozo.
-
-Con aquella vida sedentaria y la humedad del cuarto se me exacerbaron
-los dolores reumáticos y tuve que guardar cama. El médico me visitó,
-y dijo que era indispensable para mí el hacer ejercicio, pues si no
-mi enfermedad se agravaría. Esta prescripción facultativa me obligó
-a salir al patio con frecuencia, y a dar vueltas y más vueltas, y a
-conocer a los detenidos.
-
-La mayoría de los presos políticos de la Cárcel de Corte eran
-furibundos realistas; había también algunos liberales, sospechosos de
-haber tomado parte en la matanza de frailes. Los realistas eran casi
-todos de fuera de Madrid: curas, frailes, abogados, guerrilleros de la
-Mancha llevados a la corte para declarar en procesos de conspiración.
-
-La sección de políticos rebosaba, y su personal era el más extraño y
-heterogéneo: había allí, desde carbonarios hasta absolutistas rabiosos;
-desde apóstoles hasta asesinos.
-
-Por ser los carlistas presos gente de más fuste que los liberales,
-y por tener la protección decidida del alcaide y de los principales
-celadores, los absolutistas disfrutaban en la Cárcel de Corte de
-preeminencias y de ventajas que no disfrutábamos los demás.
-
-El abogado carlista Selva, y algunos frailes amigos suyos, llevaban
-allí la voz cantante y dirigían y mandaban no sólo en el patio de los
-políticos, sino también en el de los detenidos por delitos comunes.
-En éstos se verificó una división parecida a la de los políticos, y
-hubo un grupo liberal y otro carlista, con sus pasiones, sus odios,
-su intolerancia y su fanatismo. Unos cuantos carlistas valencianos,
-capitaneados por un arriero, llamado el Roch, y por un esterero de
-Crevillente, apodado el Tate, entraron por instigación de los frailes y
-de Selva en el segundo patio, con el asentimiento del alcaide don Paco,
-y se dedicaron a hacer prosélitos.
-
-Mis dos ayudantes en la cárcel eran Román, el hijo del librero de viejo
-de la calle de la Paz, y Gasparito, un zapatero remendón, hombre de muy
-buen sentido.
-
-Además de estos dos tenía como compañeros y correligionarios al Mingo y
-al señor Bruno, que eran albañiles; al Mulato, que era albeitar, y al
-Sanguijuelero, que tenía esta profesión unida a la de sangrador y la
-de herbolario. Todos estos habían sido detenidos durante la matanza de
-frailes por excitaciones al pueblo.
-
-Entre los carlistas presos, la mayoría eran campesinos, y tenían, en
-general, buen aspecto.
-
-Había gran diferencia entre los carlistas, casi todos del campo, y los
-revolucionarios madrileños. Eran mejores tipos aquéllos, más fuertes,
-más nobles, más enteros; daban una impresión de mayor energía.
-
---Hoy lo mejor del pueblo es carlista--pensaba yo--; pero dentro de
-cincuenta años no pasará lo mismo.
-
-Había también gran diferencia entre los presos políticos y los
-ladrones. Sólo a primera vista, por su aspecto, podían distinguirse
-los unos de los otros; los políticos tenían un aire más recogido, más
-ensimismado; los otros alardeaban de la fanfarronería y del cinismo
-que caracterizan a los criminales de profesión. Como estábamos los
-liberales en minoría, yo pensé que me convendría frecuentar el patio de
-los presos de delitos comunes para hacer prosélitos.
-
-Un día encontré en la cárcel al célebre ladrón Candelas, a quien
-conocía y había tenido como agente de la Isabelina. Reconocimos ambos
-que estábamos metidos en un callejón sin salida. Candelas abrigaba
-la esperanza de escaparse. Me propuso un plan de fuga, pero no tenía
-condiciones para llevarlo a la práctica.
-
-El alcaide, que vió que charlábamos Candelas y yo, no sospechó que
-pudiéramos conocernos de antemano; Candelas me indicó que me dirigiera
-a Francisco Villena (Paco el Sastre), por ser éste amigo suyo y
-hombre de recursos; y, efectivamente, me vi con él y conseguí que él
-intrigara en el patio de presos de delitos comunes para impedir que los
-absolutistas se hicieran dueños de la cárcel.
-
-Poco después Candelas fué trasladado a otra prisión.
-
-
-
-
- IV
-
- El PADRE ANSELMO
-
- Feliz el que nunca ha visto
- más río que el de su patria, y
- duerme, anciano, a la sombra do
- pequeñuelo jugaba.
-
- ALBERTO LISTA: _Entre las cimas
- del Alpe_.
-
-
-ENTRE los clérigos y frailes que estaban en la cárcel había un cura
-de pueblo, viejo, sordo, de sotana raída, que se llamaba don Anselmo
-Adelantado. Yo, al principio de conocerle, desconfié de él; se me
-acercaba, me saludaba y me mareaba a preguntas.
-
-Yo pensé: éste es un espía, un echadizo. Y, naturalmente, con esa idea
-le daba informes falsos.
-
-Luego empecé a sospechar que el padre Anselmo era un simple, un pobre
-de espíritu; sus compañeros y correligionarios presos le daban siempre
-de lado.
-
-Cuando intimé más con él me convencí de que el padre Anselmo era
-un hombre de esos de espíritu angelical que pasan por la vida sin
-enterarse de las miserias de la Humanidad.
-
-El padre Anselmo era un hombre sin ninguna malicia, y, a pesar de esto,
-se creía muy malicioso. Tomaba al pie de la letra todo lo que le decían.
-
-Era de un pueblo próximo a Molina de Aragón.
-
-Su historia se podría contar en pocas palabras. Le habían hecho cura,
-le habían nombrado párroco de un pueblo y había estado allí cuarenta
-años viviendo, primero con una hermana y luego con una sobrina.
-Al comenzar la guerra, los carlistas le habían hablado de que era
-indispensable que él les favoreciese y se pusiera de su lado; y como él
-estaba convencido de que los liberales tenían pacto con el demonio y de
-que la Reina Cristina era una masona, había ofrecido su concurso. Luego
-le habían denunciado y le habían traído a Madrid, a la Cárcel de Corte.
-
-El padre Adelantado era un hombre de más de sesenta años, con una cara
-tosca y terrosa; la boca grande, las cejas, como pinceles blancos,
-caídas sobre los ojos, y las manos cuadradas y fuertes. Tenía una
-manera de hablar un poco ruda, entre castellana y aragonesa. Usaba en
-la cárcel una sotanilla raída, de color de ala de mosca, y un bonete.
-
-Tenía una sotana nueva y un manteo, que guardaba en su maleta, que le
-parecían a él el colmo del lujo.
-
-Las observaciones del padre Anselmo me regocijaban lo indecible.
-
-Una vez había dos mujeronas de la vida airada en el locutorio esperando
-a alguno.
-
---¡Pobres muchachas!--dijo el padre Anselmo--; habrán venido a ver a
-sus padres o quizá a sus novios.
-
---Sí, seguramente.
-
-Yo, cuando le oía alguna de estas cosas, hacía un gesto para no echarme
-a reír, y él se reía también, porque decía que, aunque cura, era muy
-malicioso.
-
-Al padre Anselmo le gustaba fumar y yo le daba cigarros; pero él no
-quería.
-
---Un cigarrito, bien; pero nada más. Ya sería vicio.
-
-Un día, después de muchas vacilaciones, me dijo:
-
---Don Eugenio.
-
---¿Qué?
-
---Me han dicho una cosa muy grave.
-
---¿Qué le han dicho a usted?
-
---Que usted es liberal.
-
---¡Ah!; ¿pero no lo sabía usted?
-
---No. ¡Así que usted es liberal! ¡Ave María Purísima! ¡Y yo que le
-creía a usted una buena persona!
-
---Y lo soy.
-
---Pero, bueno, dígame usted la verdad. ¿Usted ha hecho pacto con el
-Demonio?
-
---No, no; puede usted creerme, padre Anselmo: no he hecho pacto con él.
-
---¡Ah, vamos! Así que usted sigue siendo cristiano.
-
---Sí, sí.
-
---Porque hay otros, ¿sabe usted?, que van a las logias masónicas, y
-allí creo que hacen horrores. ¡Ave María Purísima!
-
-El padre Anselmo me entretenía con su conversación, cándida e inocente.
-
-Muchas veces me hablaba del campo, de lo que estarían haciendo por
-aquellos días en su pueblo. Su charla tenía un sabor de aldea que me
-encantaba. No hay sitio, ciertamente, en donde los recuerdos del campo
-tengan más valor, ni más encanto, que en la cárcel; así que yo le oía
-al cura viejo entretenidísimo.
-
-
-
-
- V
-
- LUCHAS
-
- Tienen dos madres, las dos
- madrastras: la ignorancia y la
- miseria.
-
- VÍCTOR HUGO: _Los Miserables_.
-
-
-LA Cárcel de Corte tenía tres patios, que servían para que pasearan
-los presos. El primero se hallaba dentro del edificio actual, y tenía
-alrededor oficinas y cuartos para nosotros los políticos; el segundo
-estaba entre los dos cuerpos del edificio, el que queda y el derribado,
-que daba a la calle de la Concepción Jerónima.
-
-A los lados de éste se levantaban unos pabellones abovedados,
-horriblemente sucios y siniestros. A uno de ellos lo llamaban la
-Grillera. Allí solían estar encerrados los ladrones, y, en una especie
-de jaula, se metían todas las noches a los muchachos jóvenes y a los
-niños, jaula que se llamaba la Gallinería. De este patio central se
-pasaba a otro, pequeño y profundo, que daba hacia la calle de la
-Concepción Jerónima, y que había sido el antiguo cementerio de los
-Padres del Salvador. Cortando el edificio había un callejón estrecho,
-el callejón del Verdugo, por el cual entraba el ejecutor de la Justicia
-cuando tenía que acompañar a algún reo a la horca.
-
-Hacia la Concepción Jerónima había calabozos irregulares, obscuros, que
-se destinaban a los grandes criminales y asesinos, y más atrás, una
-pequeña capilla para los condenados a muerte, en la cual se les tenía
-tres días.
-
-Los presos del segundo patio vivían horriblemente: a muchos no les
-llegaba el rancho; si tenían algún dinero podían recurrir a una
-cantina, donde estaba todo carísimo; si no, se quedaban sin comer. Un
-preso murió de hambre en un calabozo. Aquel calabozo se le llamó el del
-Olvido.
-
-Era el tercer calabozo célebre de la cárcel; había otros dos que tenían
-nombre: el de La Sed y el del Dragón.
-
-Cuando yo visité el segundo patio, en el calabozo del Olvido había un
-idiota vagabundo a quien tenían que traspasar al hospital. Este idiota
-chillaba y cantaba y hacía reír a los presos, que le consideraban como
-un hombre feliz.
-
-Los criminales audaces conseguían allí lo que querían: comían bien,
-bebían, tenían armas y hacían que les visitasen las mujeres del otro
-departamento.
-
-Paco el Sastre, a quien, como digo, Candelas me había recomendado, me
-hizo conocer a dos raterillos a quienes exigió que me obedecieran como
-a su jefe. Uno de éstos era el Gacetilla, un chico que llamaban así
-porque sabía todo cuanto ocurría dentro y fuera de la cárcel, y el
-otro, el Mambrú, un gimnasta que andaba con las manos y daba saltos
-mortales.
-
-Por estos muchachos pude comunicarme libremente con mis amigos de
-fuera. Uno de los procedimientos que tenían era cantar. Un preso
-cantaba una copla, en la que decía disimuladamente lo que quería, y
-al día siguiente se ponía un ciego con la guitarra en la Concepción
-Jerónima, y en la canción que entonaba venía la respuesta.
-
-Con Paco el Sastre comencé a organizar una campaña contra el alcaide y
-los carceleros carlistas. Los presos del segundo patio se dividieron
-también en liberales y carlistas; pero aquí las fuerzas estaban
-equilibradas.
-
-Entre aquellos bandidos y estafadores, la influencia de un
-lugarteniente de Candelas, como Paco el Sastre, era decisiva. Yo les
-ayudé lo que pude a los que se vinieron al campo liberal.
-
-Con motivo de la división entre carlistas y liberales se producían
-riñas constantes; un día hubo en el segundo patio una gran pelea entre
-un bandido que llamaban el Raspa, que había sido procesado a raíz de la
-matanza de frailes, y un guerrillero carlista, el Ausell.
-
-Se desafiaron: el Raspa le tiró una navajada y le cortó la cara,
-mientras el otro le dió una cuchillada en el pecho que le dejó medio
-muerto.
-
-Yo hice un padrón de los presos liberales, de los carlistas y de los
-indefinidos, y como prefacio al padrón, un ligero estudio acerca de
-la psicología de los tipos desde el punto de vista del mayor o menor
-valor que podían tener para una conspiración.
-
-Aviraneta me confesó que en su tiempo pensó hacer, más o menos en
-broma, el manual del perfecto conspirador.
-
-
-
-
- VI
-
- EL SEGUNDO PATIO
-
- En el patio de la cárcel hay
- escrito con carbón: «Aquí el
- bueno se hace malo, y el malo
- se hace peor».
-
- CARCELERA.
-
-
-YO no soy precisamente un sentimental, ni un poeta de delicadezas ni de
-ternuras, y, sin embargo, la perspectiva del segundo patio, la primera
-vez que entré en él, me hizo un efecto terrible. Era un cuadrado con
-paredes altas y lleno de gente.
-
-Aquel patio tenía algo de plazuela, de casa de juego, de manicomio, de
-foro, de plaza de toros y de hospital.
-
-Todas las aglomeraciones de hombres solos son, indudablemente,
-malsanas, repugnantes; huelen a sentina, ya sean cárceles, cuarteles,
-seminarios o conventos; pero la cárcel es la cloaca máxima.
-
-Allí se reúne la basura humana, los detritos de la sociedad. Lo que no
-está podrido se pudre pronto, y la infección envenena el ambiente con
-sus miasmas.
-
-La cárcel es como la imagen negativa de la vida moral. Allí la bajeza,
-la fealdad, la maldad, el odio, todo lo más horrendamente humano, se
-muestra a lo vivo.
-
-Es un pantano en una fermentación constante que exhala vapores fétidos
-bastantes para envenenar toda la atmósfera.
-
-La cárcel es la universidad de lo perverso. La Naturaleza se divierte,
-a veces, en formar monstruos con lo físico o con lo moral. Los
-monstruos físicos vagan por el mundo; los monstruos morales tienden a
-reunirse en la cárcel. Aquí se completan, se complican, se hacen más
-perfectos en su monstruosidad.
-
-En la Cárcel de Corte, por entonces, había de todo: políticos,
-homicidas, lechuguinos, jovencitos elegantes y bien puestos, viejos
-barbudos y enfermos, locos desnudos que lanzaban horribles lamentos,
-reñidores desesperados que pasaban la vida entre gritos y blasfemias.
-
-Allí el robo, el asesinato, la estafa, la locura, el cinismo, la
-enfermedad, la miseria, la matonería, la sodomía se daban la mano y
-bailaban una terrible danza macabra.
-
-Esta fermentación de la cárcel, que acaba con los sentimientos nobles
-del hombre, no sólo no acaba, sino que deja el egoísmo, el instinto de
-vivir más ágil que nunca. Nada se parece tanto a un gallinero, a una
-casa de fieras, a una selva virgen, a un bosque de bestias feroces,
-como una cárcel. El preso vive allí como un piel roja, siempre en
-acecho, dispuesto a destrozar al prójimo por la fuerza, por la malicia
-o por el engaño.
-
-Lo característico de la cárcel es esto: que no hay piedad. El valiente
-allí muere o vence, el tímido sucumbe; para el desdichado sin energía
-son todas las miserias, todos los horrores, todas las groseras
-mixtificaciones.
-
-El fuerte manda y gallea; el cobarde adula y se envilece. Allí no hay
-que hacerse ilusiones. Hay que dejar toda esperanza; no hay mas que
-miradas de odio, de rabia, de desesperación o de desprecio. El que
-teme caer, sabe que si cae todos pasarán por encima de su cabeza; por
-eso hay que pisar fuerte y no resbalar. En una cárcel no se puede ser
-mas que un santo, un miserable o un misántropo. Vivir en una cárcel es
-hacerse para siempre enemigo del hombre.
-
-Al principio, al entrar en el segundo patio se creía notar que todos
-los encerrados allí tenían una gran alegría: se cantaba, se jugaba, se
-vociferaba; pronto se podía ver que la alegría era ficticia y que por
-debajo de ella latía una sorda irritación.
-
-Otra cosa se notaba, y es que no había nadie independiente; allí
-ninguno podía apartarse de la acción común. Ya el lenguaje era especial
-para la cárcel, mezcla de germanía y de caló. Jorge Borrow, el escritor
-inglés, me explicó varias veces cómo la germanía y el caló no son
-lo mismo, pues la germanía es una lengua figurada, como el _argot_
-francés, y, en cambio, el caló es un idioma.
-
-Además de la comunidad de lengua, había en la cárcel la comunidad
-de la acción. Cuando se comía había que repartirse por cuadrillas;
-al hacerse la limpieza del patio, unos la hacían; otros, no; al
-jugar, unos tenían categoría para jugar; otros no podían ser mas
-que espectadores, y otros ni eso; para dormir existían también sus
-categorías. Había una disciplina cuya dirección se subastaba a cada
-paso, y se daba al más audaz y al más valiente. Cuando entré por
-primera vez en el segundo patio, me acompañaban Román y el padre
-Anselmo. A éste le dirigieron las más innobles chacotas:
-
---Oiga usted, pae cura. Me tiene usted que dar el modelo de esa
-sotanilla.
-
---La sotana es vieja--replicó el padre Anselmo--; pero los que no somos
-ricos no podemos llevarlas mejores.
-
---Bien dicho--afirmé yo.
-
---Oiga usté, pae cura--le preguntó otro de los presos--,¿cuántos hijos
-tiene usté en el pueblo?
-
---Yo no tengo hijos, porque soy cura--contestó él--; pero a todos mis
-feligreses los considero como si fuesen hijos míos.
-
-El pobre hombre contestó varias veces con prontitud y con gracia, y
-llegó a hacerse respetar.
-
-
-
-
- VII
-
- LOS MATONES
-
- Hallóse allí Calamorra
- sobre si no mata siete,
- bravo de contaduría,
- de relaciones valiente.
-
- QUEVEDO: _Romances_.
-
-
-LOS matones del segundo patio eran Paco el Sastre, el Fortuna, el
-Mandita y el Manchado, que compartían el poder con dos falsificadores
-llamados los Pinturas, y con un caballero de industria, el señor Pérez
-de Bustamante. Paco el Sastre, amigo y cómplice de Candelas, se había
-escapado varias veces de distintas cárceles, lo que le daba gran
-prestigio.
-
-El Fortuna, guapo de casa de juego, fanfarrón y atrevido, estaba preso
-por una muerte. El Mandita era ladrón, un tipo fino, de nariz larga,
-ojos claros e inteligentes, labios muy delgados, cara afilada, bigote
-ralo y mano de hierro.
-
-El Mandita rompía las nueces con los dedos.
-
-El Manchado era hombre de cara dura y color terroso, pómulos
-salientes, mandíbula grande y fuerte, los ojos torcidos, la boca
-recta como una cortadura. El Manchado parecía un calmuco y tenía una
-agresividad feroz. Durante la matanza de frailes se había exhibido,
-lleno de sangre, en la taberna de Balseiro, y había intentado vender
-ornamentos de iglesia. Estaba herido desde entonces y llevaba una venda
-sucia en la frente.
-
-El Fortuna le temía al Manchado. El Fortuna había llegado a matón por
-inteligencia, por comprender la cobardía de los demás; el Manchado, no;
-éste no discurría; se sentía bruto naturalmente, sin complicaciones ni
-razonamientos.
-
-Los Pinturas, padre e hijo, tenían mucha influencia. Los Pinturas eran
-falsificadores. El padre, un viejo calvo, apacible y burlón, tenía
-un aire de hombre frío y lleno de inteligencia, los ojos agudos y
-perspicaces, la frente ancha y desguarnecida, la boca muy cerrada, de
-labios finos.
-
-El Pinturas joven parecía una araña, alto, delgado, sonriente, con cara
-de polichinela y voz de lo mismo. Era muy burlón y satirizaba con mucha
-gracia a todo el mundo. Tenía siempre a su disposición papel y pluma, y
-servía de memorialista a los presos. Les escribía cartas con la letra
-que quisieran. En un par de minutos de estudiar una letra, la adoptaba
-como si fuera suya y seguía escribiendo con ella. Al Pinturas joven
-le gustaba leer mucho; fabricaba juguetes con alambres y cartón, que
-conseguía vender en las calles, y cuando no tenía nada que hacer hacía
-juegos de manos.
-
-Por lo que se decía, había falsificado escrituras, contratos,
-testamentos, y seguía trabajando en la cárcel.
-
-Respecto al señor Pérez de Bustamante, era un caballero de industria,
-charlatán, mentiroso, que quería hacerse pasar por aristócrata.
-
-Este hombre había vivido durante los primeros meses de la guerra
-haciendo suscripciones para viudas de oficiales muertos en la campaña,
-y cuando explotó el lado liberal pasó a cultivar el campo carlista.
-Pérez de Bustamante era hombre osado y decidido.
-
-Otro tipo curioso era _Doña Paquita_, el cinedo de la cárcel, joven
-ambiguo que hacía ademanes de mujer. Este muchacho tenía la nariz
-respingona, con las ventanas muy abiertas, la barba azul, del afeitado,
-y la manera de hablar afeminada.
-
-Algunos de los presos habían conseguido cierta independencia y hacerse
-respetar del grupo que cobraba el barato.
-
-Uno de ellos era un topista, que llamaban Mangas, afiliado al grupo
-liberal. El Mangas tenía una cara de galgo, la nariz larga, la boca
-como recogida, los ojos pequeños y claros y el pelo rubio. Vestía bien,
-era gallego, aunque él decía que no. Se le había encontrado con unos
-cálices, después de la matanza de Julio, en una taberna de una vieja a
-quien llamaban la tía Matafrailes.
-
-Entre los presos de delitos comunes que se decían carlistas había gente
-bárbara y maleante, como entre los que se consideraban liberales.
-
-Uno de los carlistas de quien todos se reían era un labriego, el
-Paleto, que había robado una mula. El Paleto tenía la cara parada y
-estúpida, la cabeza grande y la voz chillona. Solía servir de blanco a
-las bromas de todos.
-
-Otro carlista que se distinguía por su aire hipócrita era el
-Seminarista, que había sido estudiante de cura y tenía la especialidad
-de hacer digresiones místicas, en las que barajaba muchos latines. A
-este truhán le habían encontrado varias veces desvalijando los cepillos
-de las iglesias con una ballena untada de liga.
-
-Al poco tiempo de entrar en el segundo patio, el alcaide se dió cuenta
-de que yo iba allí para hacer propaganda entre los presos contra los
-carlistas y contra él; entonces me prohibió el paso.
-
-Yo tenía mis medios de comunicación asegurados.
-
-Mi duelo con el alcaide acabó con la victoria mía; pues conseguí al año
-que él se quedara preso y yo saliera libre.
-
-
-
-
- LA MUERTE DE CHICO O LA
- VENGANZA DE UN JUGADOR
-
-
-
-
- PRIMERA PARTE
-
- ANTECEDENTES
-
-
-
-
- I
-
- UNA NOCHE DE NIEVE
-
- En la niebla y en la bruma,
- en la nieve profunda, en el
- bosque inculto, en la noche
- de invierno oigo el aullido
- hambriento del lobo y el grito
- sombrío de la lechuza.
-
- GOETHE: _Lied del bohemio_.
-
-
-AL día siguiente en que don Eugenio nos contó su vida en la Cárcel de
-Corte, comenzó a caer una gran nevada. Habían acudido a la cocina del
-tío Chaparro más gente que la noche anterior, y los pastores y cabreros
-fantaseaban acerca de las consecuencias de la nevada y de la aparición
-de los lobos en la garganta de Covaleda y en los montes del Urbión.
-
-Habían visto sus huellas en la nieve; habían dejado leña en las chozas,
-y quesos y cecina sobre las ramas altas de los pinos para que no los
-cogieran los lobos.
-
-Aviraneta y yo estábamos al lado del fuego, sentados en dos grandes
-sillones; él llevaba puesto un abrigo grueso y tenía sobre la espalda
-un mantón de su mujer. Escuchábamos la conversación de los pastores,
-oíamos el ladrido de los perros y, a veces, el chirrido de la lechuza.
-
-De pronto, Aviraneta me dijo en voz baja:
-
---Relacionándola con aquella época de la Cárcel de Corte de que te
-hablaba ayer noche, recuerdo una historia bastante siniestra en la
-que figuró un tal Castelo y el policía Chico. Ya te la habré contado,
-¿verdad?
-
---No.
-
---¿No te la he contado?
-
---No.
-
---Pues es raro.
-
---Cuéntela usted, don Eugenio--dijo el tío Chaparro, terciando en
-la conversación--; mandaré traer un poco de café con aguardiente,
-echaremos más leña al fuego y dejaré a los muchachos aquí a que le
-oigan a usted, porque mañana es domingo y se pueden levantar un poco
-más tarde que de costumbre.
-
-Aviraneta hizo una señal de asentimiento. Se puso una cafetera grande
-en las brasas y se trajo una botella de licor.
-
-Por la pequeña ventana de la cocina se veía el campo nevado, y los
-grandes copos de nieve que caían lenta y blandamente, como espesos
-plumones blancos.
-
-Aviraneta, que estaba empotrado en su sillón y mirando con sus ojos,
-de un azul brillante, el fuego, se recogió un momento, tomó una gran
-taza de café muy caliente que le sirvieron, contempló a su auditorio
-sonriendo y comenzó su relación así:
-
-
-
-
- II
-
- UN PRESO NUEVO
-
- El despertar que sigue a una
- primera noche de prisión es una
- cosa horrible.
-
- SILVIO PELLICO: _Mis prisiones_.
-
-
-LOS lectores de folletines y de novelas por entregas, en los cuales hay
-con frecuencia odios sostenidos y venganzas a largo plazo, como en el
-_Conde de Monte Cristo_, suelen discutir si estos sentimientos son o
-no lógicos y verdaderos. Afirman unos, que la venganza es un instinto
-natural del hombre, que perdura y no se borra jamás; y dicen otros, que
-todo se olvida, hasta las mayores ofensas, con el transcurso de los
-años.
-
-Yo siempre me he inclinado a pensar que la mayoría de la gente llega a
-perder el recuerdo de los agravios con el tiempo y que no se vengan mas
-que rara vez.
-
-El caso que les voy a contar demuestra un rencor profundo y sostenido,
-terminado en una cruel venganza.
-
-Como decía la otra noche, a los quince o veinte días de estar en la
-cárcel tuve que guardar cama una temporada, porque se me exacerbaron
-los dolores reumáticos.
-
-Después se me permitió andar por la cárcel y entrar en el segundo
-patio, en donde se hallaban los presos de delitos comunes.
-
-Hacía dos meses que estaba en la cárcel cuando conocí a un nuevo preso,
-de aspecto extraño.
-
-Acababa de entrar. Era un muchacho joven, sombrío, moreno, de ojos
-negros, cabello largo, a la moda de la época, y aire reconcentrado y
-fuerte. Pasó por el primer patio vigilado por dos alguaciles. Subieron
-los tres a una oficina donde se tomaba la filiación a los detenidos.
-
-En la mesa había un empleado escribiendo, un hombre con el pelo rizado
-y la mano llena de anillos.
-
-Los alguaciles le hablaron en voz baja y le entregaron unos papeles,
-que el escribiente leyó con gran indiferencia.
-
---Ahora viene don Paco--dijo uno de los alguaciles.
-
-Don Paco era el alcaide. Efectivamente, llegó, tomó los papeles que
-había traído el alguacil y los leyó con atención.
-
-El alcaide interrogó al preso con una voz amable y una dulce sonrisa
-que, para el que sabía cómo las gastaba aquel hombre, no eran nada
-tranquilizadoras.
-
---Soy inocente--dijo el joven con aire dramático--. No tengo más dinero
-que el que he ganado con mi trabajo.
-
-El alcaide sonrió, porque consideraba como algo lógico y natural que
-todo preso suyo y aun toda persona que tuviese que ver con él fuera un
-perfecto granuja.
-
---Si ha guardado usted el dinero en alguna parte yo no pretendo que me
-lo diga usted. Aquí sabemos también ser caballeros.
-
---Afirmo que soy inocente--replicó el joven.
-
-El alcaide explicó a su nuevo huésped el precio de los cuartos que se
-alquilaban en la cárcel y las diferencias que había entre las distintas
-clases.
-
---Venga usted, caballero--le dijo después--; permita usted que le
-acompañe. Puede usted tranquilizarse.
-
---No necesito tranquilizarme. Estoy tranquilo.
-
---Quiero decir--repuso el alcaide--que aquí nadie le quiere mal. Le voy
-a llevar a su cuarto.
-
-El joven preso siguió al alcaide hasta el fin de un corredor; un
-carcelero descorrió el cerrojo de una puerta maciza, al lado de la cual
-se veían dos mozos con un cabo de vara de aire siniestro.
-
-Recorrieron otro corredor, salieron al segundo patio, y el alcaide
-mandó abrir la puerta de un cuchitril obscuro, bajo de techo y con un
-banco de madera.
-
---Aquí tiene usted su cuarto. Puede usted pedir a su casa unas mantas
-para dormir. Si quiere usted le pueden traer una cama, una mesa y una
-silla.
-
---Está bien--dijo el joven; y se sentó en el banco con un aire entre
-resuelto y desesperado.
-
-Los carceleros cerraron llaves y cerrojos, y el joven se quedó allí
-dentro.
-
-
-
-
- III
-
- MIGUEL ROCAFORTE
-
- Por ser muy propio de enfermos
- no durar mucho en un estado,
- tomando por remedio las
- mudanzas.
-
- SÉNECA: _De la tranquilidad del
- ánimo_.
-
-
-AL día siguiente, en compañía del padre Anselmo fuí al segundo patio
-para ver qué hacía el nuevo detenido, que me había llamado la atención.
-Su tipo y la expresión de su rostro me indujeron a creer en su
-inocencia.
-
-Nos acercamos a él a hablarle. El muchacho estaba asqueado de
-encontrarse entre aquella canalla; pero no tenía miedo, porque a uno de
-los raterillos que había querido robarle le había pegado un puntapié,
-lo que hizo que los demás le miraran con cierto respeto.
-
-Este muchacho era de Lerma, y se llamaba Miguel Rocaforte. Sus padres
-tenían una buena hacienda; yo recordaba haberlos conocido y haber
-estado en su casa con el Empecinado.
-
-Miguel estudió en el Seminario tres años; luego perdió la vocación;
-quiso ser militar y su padre le envió a Madrid a casa de un primo suyo,
-dueño de un almacén de sal de la calle de la Misericordia.
-
-Miguel llevaba cuatro años en la corte.
-
-Estaba en la cárcel porque le acusaban de haber robado cinco mil duros
-a un señor en un gabinete de lectura de la Carrera de San Jerónimo,
-cosa que era falsa, completamente falsa, según afirmó.
-
-Le dije que me explicara el caso con detalles para darme cuenta del
-motivo por el cual podía haber provenido el error.
-
---Yo suelo ir muchos domingos a la librería que tiene don Casimiro
-Monnier en la Carrera de San Jerónimo--me dijo--. Estoy estudiando
-francés e inglés con un profesor de idiomas que se llama Brandon,
-y éste me ha indicado que para perfeccionarme en la traducción lea
-periódicos. La otra tarde, acompañado de mi principal, estuve en el
-gabinete de lectura leyendo periódicos, y, de pronto, uno de los
-abonados se lamentó de que le habían quitado la cartera del gabán. Yo
-me marché a mi casa, y ayer, por la mañana, al ir al almacén donde
-trabajo, me prendieron y me trajeron aquí, a la cárcel.
-
-El caso me pareció bastante extraño. Le pedí detalles aclaratorios al
-joven; pero éste no esclarecía los hechos ni protestaba, y parecía
-dispuesto a aceptar su suerte con un estoico fatalismo.
-
-Días después, en una larga conversación con Miguel, le interrogué
-de nuevo. ¿No tenía enemigos? ¿Alguna mujer o algún hombre que le
-quisiera mal? El joven se envolvía en obscuridades; estaba envenenado
-con las ideas de la época, que por entonces comenzaban a llamarse
-románticas.
-
-A los cinco o seis días apareció en el locutorio de la cárcel el inglés
-profesor de idiomas amigo de Miguel. Habló conmigo: me dijo que el
-muchacho era un exaltado de ideas absurdas, pero absolutamente incapaz
-de robar a nadie. Sin embargo, en la conducta observada por el joven
-Rocaforte encontraba él algo misterioso.
-
-El profesor Brandon había presenciado la escena en la librería.
-
---¿Qué pasó?--le pregunté yo--. Porque él no me lo ha contado con
-detalles.
-
---Pues sucedió lo siguiente--dijo Brandon--: un capitán, llamado
-Sánchez Castelo, estaba aquel día en el gabinete de lectura de Monnier,
-y al salir a la calle notó que le faltaba la cartera del gabán. El
-dueño del gabinete, para demostrar que ninguno de sus abonados era
-capaz de sustraer nada a nadie, invitó a éstos a que se dejaran
-registrar; todos aceptaron la proposición, más o menos a regañadientes;
-pero Miguel se negó con violencia a este registro; y poniéndose la mano
-en el pecho, como para impedir que nadie pudiera intentar reconocer el
-bolsillo interior de su americana, dijo que a él no le tocaba nadie, y
-que sólo delante del juez se dejaría registrar.
-
---¡Ah! ¿Pasó eso? De aquí que hubiesen tomado cuerpo las sospechas de
-la policía.
-
---Claro.
-
---A pesar de esto, ¿usted le cree a Miguel inocente?--le pregunté a
-Brandon.
-
---Sí, sí. Completamente inocente.
-
---¿Y por qué cree usted que se negara con tanta violencia al registro?
-¿Por baladronada? ¿Por tomar una actitud?
-
---¡Qué sé yo! Quizá Miguel llevaba algo en el bolsillo que no quería
-que viese su principal, algún papel político. El principal es un
-absolutista...
-
---No me parece que sea eso.
-
---¿Por qué?
-
---Yo he hablado con Miguel y no tiene preocupaciones políticas.
-
---Sin embargo...
-
---¿Usted le conoce al principal?
-
---No.
-
---Pues entérese usted de si está casado y si tiene mujer guapa.
-
---¿Usted cree que esa sea la clave?
-
---Sí.
-
---Es posible; yo le tengo a Miguel por hombre serio.
-
---¿Y eso qué importa?
-
-Me chocó que el principal de Miguel, y pariente, no fuera ni una vez a
-visitar al preso. Esto me hizo pensar que entre tío y sobrino no debía
-reinar la mejor armonía.
-
-
-
-
- IV
-
- UN ASUNTO EMBROLLADO
-
- En vano más de una vez
- se sigue al crimen la huella,
- por no preguntar al juez
- quién es ella.
-
- BRETÓN DE LOS HERREROS: _¿Quién
- es ella?_
-
-
-A los dos o tres días se presentó de nuevo en la Cárcel de Corte el
-inglés Brandon. Había hablado con un paisano de Miguel, León Zapata,
-dependiente de una ferretería, y éste le había insinuado que Miguel
-tenía amores con la mujer de su principal. Brandon me dijo que la causa
-de haberse negado a dejarse registrar Miguel podía ser, como yo creía,
-el que llevara, cuando estaba en el gabinete de lectura, cartas que
-hubieran podido poner a su principal sobre la pista.
-
---¿Quién es ese Zapata?--le pregunté a Brandon.
-
---Es un petulante, un majadero--me contestó el inglés--. Un joven que
-se cree el centro del mundo.
-
-Una semana después de esta visita se me presentó el inspector Luna.
-Luna se había encargado del asunto de Miguel, y quería que yo le
-orientara. Me pidió que olvidara la parte que él había tomado en mi
-prisión.
-
---Ya sé que no ha hecho usted mas que cumplir las órdenes que le han
-dado--le dije.
-
---¿Así que no me guarda usted rencor?
-
---De ninguna manera.
-
---Luna y yo hablamos largamente del asunto de Miguel Rocaforte, y él me
-dió más detalles de lo ocurrido.
-
---Hace un par de semanas, próximamente--dijo--, el capitán de reemplazo
-don Mauricio Sánchez Castelo se presentó al inspector de policía del
-distrito del Centro, don Carlos de San Sernín, y le dijo: «Ayer, mi
-amigo el teniente Macías de Aragón, antes de tomar la diligencia para
-el Norte, me dejó cinco mil duros para que se los guardase hasta la
-vuelta de su viaje. Cogí la cartera con los billetes, la metí en
-el bolsillo del gabán y me fuí a la librería de Monnier. Allí, sin
-darme cuenta, me quité el gabán, porque hacía calor, y lo puse en el
-respaldo de una butaca. Al salir del gabinete de lectura me volví a
-poner el gabán, y al llevarme la mano al bolsillo del pecho noté que me
-faltaba la cartera». Castelo contó al jefe de policía que había vuelto
-inmediatamente al gabinete de lectura; que le había explicado al dueño
-lo ocurrido; que éste invitó a sus abonados a que se dejaran registrar,
-y que un joven se opuso con palabras y ademanes violentos.
-
---¿Quiénes estaban en la librería?--le pregunté al inspector Luna.
-
---Estaban un capitán de Caballería retirado, don Francisco García
-Chico, que ha pertenecido a la policía.
-
---Lo conozco. Era de la Isabelina. De ese no se puede sospechar.
-
---Estaba también un joven catalán desconocido, el profesor de inglés
-Brandon, un comisionista francés, Miguel Rocaforte y su principal. San
-Sernín tomó informes de todos. El librero, Monnier, dió buenos informes
-de Chico y de Brandon. Al joven catalán no le conocía; al comisionista
-francés, tampoco, y a Rocaforte y a su principal los tenía por personas
-honradas. Unos días después se ha sabido que el muchacho catalán es
-un joven rico y de buena conducta. Así que, por ahora, no hay mas que
-dos posibles ladrones: el comisionista francés, que no se sabe dónde
-anda, y Miguel Rocaforte, que indujo a sospechar porque se opuso
-terminantemente a que se le registrara.
-
---Pero, según su lógica, el comisionista francés debía de estar libre
-de sospechas porque se dejó registrar.
-
---Sí, pero pudo esconder la cartera.
-
---¿Y de Rocaforte, qué se sabe? ¿Qué antecedentes hay de él?
-
---Dicen que han dado malos informes de ese muchacho, que es republicano
-y carbonario.
-
---¡Bah! ¡Qué estupidez!
-
-Luna sonrió.
-
---Para usted, que es revolucionario, eso es poca cosa; para mí, que soy
-jefe de policía, no.
-
---Usted se ríe de eso.
-
---Hombre, no. Del inglés Brandon, amigo suyo, se dice que es
-sansimoniano.
-
---Otra tontería.
-
---¿Qué opinión tiene usted de este asunto, Aviraneta? Me interesa
-saberlo. Castelo es amigo mío y le debo algunos favores.
-
---Me parece--le dije yo--, que Rocaforte no tiene facha de ladrón. Es
-más, aseguraría que no es ladrón.
-
---¿Y por qué no se ha dejado registrar?
-
---No lo sé; pero me figuro que hay por debajo alguna cuestión de
-mujeres. Miguel estaba con su principal; el principal tiene una mujer
-guapa; Miguel, quizá la ha escrito; ella, quizá le ha contestado, y él
-podía no querer que los papeles que llevaba los viera su principal.
-
---Es una suposición...
-
---Lógica.
-
---Cierto. Es muy posible que sea esto. Me enteraré. ¿Y, entonces, usted
-supone más bien que el comisionista francés...?
-
---Mire usted, yo conozco a Castelo y a Macías. Los he tratado en
-Tampico y los he visto en compañía de Paula Mancha y de otros tramposos
-y jugadores de garito que abundaban en el ejército que desembarcó en
-las costas de Méjico con el general Barradas. Uno y otro me parecen
-capaces de toda clase de artimañas, y yo, tanto como la posibilidad de
-un robo, aceptaría la tesis de que haya habido entre los dos compadres
-una combinación inventada con algún fin que no conocemos.
-
-Luna se calló.
-
---Me pone usted en un mar de confusiones--dijo después--.
-Verdaderamente es un poco extraño que un hombre a quien le han
-entregado cinco mil duros para que los guarde, en vez de ir a su casa y
-meterlos en un cajón, los lleve en el bolsillo del abrigo a un gabinete
-de lectura, se dedique a leer periódicos y deje el gabán con el dinero
-dentro sobre una butaca. ¡Cinco mil duros! Vale la pena de tener
-cuidado con ellos, y en estos tiempos.
-
---Todo eso es muy raro, amigo Luna.
-
---Cierto; pero esto de que el joven Rocaforte se haya opuesto a dejarse
-registrar de una manera tan violenta también es raro.
-
---Bueno, vamos por partes. ¿Usted le conoce a Miguel?
-
---Sí.
-
---¿Qué cree usted, que es un hombre inteligente o un tonto?
-
---Me inclino a creer que es un hombre inteligente.
-
---¿Usted supone que un hombre inteligente hace lo que se cree que hizo
-Miguel en la librería?
-
---No sé a qué se refiere usted.
-
---Suponga usted que una persona inteligente robe a otro en las
-condiciones en que se piensa que Miguel robó a Castelo. Lo lógico
-es que el ladrón oculte la cartera en un sitio que no sea fácil de
-encontrar a primera vista, lo ponga en una carpeta o en un libro, o si
-lo guarda él mismo lo meta en el sombrero o en la faja...; pero no en
-el bolsillo del pecho, donde todo el mundo lleva el dinero; Miguel se
-opone a que le registren los bolsillos y, sobre todo, el bolsillo del
-pecho. Para mí, cada vez que pienso en ello, lo veo más claro; Miguel
-es absolutamente inocente de ese robo.
-
---Yo también por instinto lo creo así; pero hay que comprobarlo.
-
---¿Qué va usted a hacer?
-
---El hermano de Macías me ha dicho que le va a visitar a García Chico
-y a pedirle que tome cartas en el asunto. Chico estaba en la librería
-cuando el supuesto robo; conoce a Castelo y debe tener idea de lo que
-ha podido ocurrir.
-
---Sí--dije yo--, ese García Chico es un terrible sabueso. Para la
-Isabelina nos hizo unos informes admirables de precisión. Si hay algún
-misterio él lo aclarará, porque creo que conoce a Castelo y a Macías.
-
-Pocos días después se presentó Luna en la Cárcel de Corte, me llamó al
-locutorio y me dijo:
-
---¿Sabe usted que se aclaró el misterio?
-
---¿Qué misterio?
-
---El del joven Rocaforte.
-
---¿Había un misterio?
-
---Sí, tenía usted razón: no había tal robo. Ha sido una trampa de
-Castelo, que se ha jugado el dinero de Macías perdiéndolo y, para
-sincerarse, inventó la historia del robo del gabinete de lectura.
-
---¿Y quién ha descubierto el enredo?
-
---Lo ha descubierto Chico, a quien parece que van a hacer jefe de la
-ronda de Seguridad.
-
-El inspector Luna, con el hermano de Macías, fué a casa de don
-Francisco Chico y le contó el asunto con todos los detalles.
-
---Ya veré si averiguo lo que hay en el fondo de esa cuestión--les dijo
-Chico--; vengan ustedes dentro de tres o cuatro días.
-
-A la salida de casa de Chico dió la casualidad de que Macías y Luna se
-encontraron con Mauricio Castelo. Castelo oyó, con visible malhumor, la
-noticia de que habían consultado el asunto con Chico, y de pronto dijo
-al inspector Luna que toda la gente que formaba parte de la policía era
-una canalla, en connivencia con los ladrones, y que llevaba parte en
-los robos que se consumaban en Madrid. Luna, que era hombre prudente,
-no replicó a Castelo. Al parecer, tenía motivos para no reñir con él;
-pues el inspector le debía algún dinero al militar y no había podido
-pagárselo.
-
-Tres días después Luna fué a casa de García Chico. Chico, al verle,
-sonrió con una sonrisa de tigre.
-
---¿Ha averiguado usted algo?--le preguntó Luna.
-
---Lo he averiguado todo.
-
---¿Qué ha ocurrido?
-
---Ha ocurrido que el tal robo ha sido, sencillamente, una simulación.
-
---¿Macías no le ha entregado ese dinero a Castelo?
-
---Sí, se lo ha entregado; pero ese dinero, Castelo lo ha perdido
-jugando, y parte se lo ha dado a su querida Paca Dávalos.
-
---¿Pero esto está comprobado?
-
---Perfectamente comprobado.
-
-
-
-
- V
-
- LO OCURRIDO
-
- ¡Cosa extraña el hombre, y más
- extraña aún la mujer! ¡Qué
- torbellino en su cabeza! ¡Qué
- abismo profundo y peligroso en
- su corazón!
-
- BYRON: _Don Juan_.
-
-
-CHICO le dijo a Luna que había sospechado inmediatamente algún
-gatuperio. Conocía a fondo a Castelo y sabía que era jugador y hombre
-de pocos escrúpulos.
-
-Chico hizo una investigación en las principales casas de juego, y, al
-poco tiempo, averiguó lo ocurrido. Castelo había jugado muy fuerte en
-un círculo de la Carrera de San Jerónimo que se titulaba el Círculo
-Universal. Castelo solía frecuentar esta timba, jugando siempre poco,
-cuatro o cinco duros a lo más, porque tenía la paga empeñada y no
-contaba mas que con escasos recursos.
-
-Días antes del supuesto robo, Castelo se presentó en el círculo con la
-cartera llena de billetes, puso la banca y perdió una gran cantidad.
-Tres noches seguidas hizo lo mismo, siempre con mala suerte.
-
-Chico se las arregló para enterarse de quiénes jugaban en el círculo
-las noches en que Castelo puso la banca, y averiguó que estaban, entre
-otros, el comandante Las Heras, el teniente Zamora y el capitán Soto.
-Fué a ver a estos militares y ellos le dieron toda clase de informes.
-
-En la primera noche, Castelo perdió dos mil pesetas; en la segunda,
-tres mil, y en la tercera, diez mil. Había muchos puntos esta última
-noche en el círculo. Castelo, que bebía mientras jugaba, al perder las
-últimas pesetas comenzó a decir, a voz en grito, que le habían hecho
-trampa y que le tenían que devolver su dinero. En su desesperación
-acusó al teniente Zamora y al capitán Soto de haberle engañado, y sacó
-una pistola del bolsillo para amenazarles; pero el comandante Las Heras
-le arrancó la pistola de la mano y le obligó a salir a la calle.
-
-Su campaña en la timba, donde dejó el resto del dinero, fué más
-lamentable aún.
-
-Castelo había ido al garito en compañía del capitán Escalante, para
-que éste vigilara las jugadas; había hablado con dos ganchos de la
-chirlata, que le aseguraron que todo se hacía allí con la mayor
-corrección.
-
-La timba estaba en la calle de la Fresa, y era conocida, entre los
-puntos, con el nombre de la tertulia de la Sorda o de la Garduña.
-
-Esta tertulia se hallaba establecida en el piso principal de una casa
-pequeña, con un zaguán angosto y sucio, maloliente y tan lleno de
-basura, sobre todo líquida, que ni con zancos podía atravesarse. De
-este zaguán subía una escalera de trabuco, y, en el primer rellano, dos
-hombres de guardia, embozados en la capa, escondían, bajo ella, sendos
-garrotes.
-
-Se cruzaba un vestíbulo estrecho, con una mesa, en donde solía estar
-sentado el conserje; luego, un pasillo con un colgador lleno de capas,
-mantas y bufandas, y se desembocaba en una sala irregular y mugrienta,
-tapizada de papel amarillo, con dos mesas de juego, con su tapete
-verde, separadas por una mampara, y en el techo, unas lámparas de
-aceite. Un vaho de humo de tabaco y de aguardiente solía haber allí de
-continuo.
-
-Castelo puso la banca de cinco mil pesetas. Había, al poco rato, mucho
-dinero en la mesa. A pesar de que la mayoría de los puntos eran tahúres
-y de que intentaban levantar muertos y hacer mil trampas, Castelo
-ganaba con una suerte loca, e iba resarciéndose de las pérdidas del
-círculo de la Carrera de San Jerónimo. Tenía el banquero un montón
-de billetes, de monedas de oro y de plata delante, cuando entraron
-varios hombres capitaneados por un escapado de presidio a quien
-llamaban Seisdedos, y por un matón apodado el Largo. Aquellos hombres
-venían embozados hasta los ojos, y uno de ellos, con la cara tiznada.
-Seisdedos sacó un trabuco debajo del embozo de la capa, y los demás
-desenvainaron el bastón de estoque. Seisdedos, dando con el trabuco
-sobre la mesa, gritó con voz terrible.
-
---¡Copo! Que nadie toque este dinero si no quiere verse muerto.
-
-El capitán Escalante sacó una pistola del bolsillo y disparó contra
-Seisdedos. Alguien pegó un garrotazo a la lámpara, y la habitación
-quedó a obscuras. Se tiraron las sillas, forcejearon los puntos para
-apoderarse del dinero que estaba encima de la mesa, se armó un terrible
-zafarrancho de gritos, palos y tiros, y cuando entró el comisario de
-policía gritando: «Abran en nombre de la Reina», y pasó a la sala a
-restablecer el orden, Castelo vió que había perdido todo su dinero.
-
-
-
-
- VI
-
- SE ECHA TIERRA AL ASUNTO
-
- Cuanto más menospreciado es un
- hombre, menos freno tiene su
- lengua.
-
- SÉNECA: _De la constancia del
- sabio_.
-
-
-¿USTED tiene inconveniente en declarar ante testigos lo que me ha
-dicho?--preguntó Luna a Chico.
-
---Ninguno; y Las Heras, Zamora y Soto confirmarán mis palabras.
-
---¿Querría usted ir pasado mañana a las doce a la Comisaría, donde
-estoy de guardia?
-
---Sí, señor.
-
---¿Vendrían esos señores?
-
---Seguramente.
-
---Pues yo le citaré a Castelo y liquidaremos esa cuestión.
-
-El día señalado llegaron Chico, Macías, Las Heras, Zamora y Soto
-al despacho del inspector de policía; y Luna les invitó a pasar a
-un cuarto próximo. Poco después apareció Castelo. Luna le saludó
-amablemente y le hizo sentarse en un sillón frente a su mesa.
-
---A ver cuándo me paga usted ese dinero--dijo Castelo de malhumor.
-
---Le pagaré a usted en seguida que pueda, como ya le he dicho.
-
---Bueno, pero que no sea muy tarde. ¿Y del robo, qué hay?
-
---He estudiado el caso--dijo Luna--, y creo que lo mejor sería echar
-tierra al asunto.
-
---Hombre, ¿y por qué?
-
---Voy convenciéndome, cada vez más, de que ese joven a quien hemos
-llevado a la cárcel es completamente inocente.
-
---¿Usted sabe que ese joven es inocente?--replicó Castelo con cierto
-sarcasmo.
-
---Y usted también.
-
---¿Y entonces quién es el culpable?
-
---Es que es muy posible que en este caso no haya culpable--repuso Luna.
-
---¿Qué me quiere usted decir con eso?--exclamó Castelo--. ¿Es que puede
-haber robo sin que haya ladrón?
-
---No; pero cuando no hay robo, no hay ladrón.
-
---Yo sabía que los policías estaban de acuerdo con los
-ladrones--replicó Castelo con furor--; pero nunca había llegado a oír
-cosa tan peregrina como ésta.
-
---¿Así que usted sigue afirmando que nosotros tenemos complicidad con
-los ladrones?
-
---Sí; lo afirmo y lo afirmaré siempre.
-
---Puesto que usted lo toma de ese modo--dijo Luna--, le voy a demostrar
-que está usted completamente equivocado. He estudiado el asunto, y
-estoy convencido de que el robo de los cinco mil duros en la librería
-de Monnier es una superchería inventada por usted. Ese dinero no se lo
-han robado a usted del gabán, como usted ha afirmado; ese dinero se lo
-ha jugado usted en un círculo de la Carrera de San Jerónimo y en un
-garito de la calle de la Fresa. Parte de él se lo ha entregado usted a
-una mujer.
-
---Bonita novela ha inventado usted.
-
---No es novela; es la realidad.
-
---Eso habría que probarlo.
-
---Se lo probaré a usted cuando guste.
-
---Vengan las pruebas.
-
---Que conste, Castelo, que yo he venido en son de paz.
-
---Basta de palabras. Las pruebas, las pruebas.
-
---Está bien.
-
-Luna se levantó, se acercó al cuarto próximo y dijo:
-
---Tengan la bondad de pasar, señores.
-
-Entraron en el despacho Chico, Macías, Las Heras, Zamora y Soto.
-Castelo, al verlos, quedó anonadado, se puso lívido, y comenzó a
-agitarse en la silla y a morderse los labios.
-
---Estoy descubierto--murmuró.
-
---Veo que la presencia de estos señores basta para confundirle a
-usted--le dijo Luna.
-
---No me queda más recurso que pegarme un tiro--exclamó Castelo, con
-acento dramático.
-
---¡Bueno, tú, nada de farsas!--le dijo Chico con dureza--. Aquí nadie
-quiere que te pegues un tiro. Reconoce la deuda, haz que a ese muchacho
-que han preso por tu culpa le dejen libre, paga a Macías, poco a poco,
-y no se te pide más.
-
-Castelo bajó el tono y, de una manera un tanto servil, pidió a Luna
-que olvidara si le había dicho algo ofensivo. Luego, por consejo de
-Chico, quedaron todos de acuerdo en que Castelo escribiera un documento
-confesando que no había sido robado, y que la cantidad prestada por
-Macías la había perdido en el juego.
-
---Ahora extiende varios pagarés a nombre del hermano de Macías, que los
-irás pagando cuando puedas.
-
-Terminado el asunto, Chico echó mano del documento firmado por Castelo
-y se lo metió en el bolsillo.
-
---Alguno lo tiene que guardar; lo guardaré yo.
-
-Castelo se mordió los labios. Chico, sin decir más, saludó, y se fué.
-
-Castelo entonces se lamentó amargamente y de una manera sentimental de
-que amigos suyos, como Las Heras y Macías, hubieran hecho con él lo que
-habían hecho. Discutieron entre ellos y se marcharon todos del despacho
-del inspector Luna. Antes de salir, Castelo dió a éste las gracias y le
-dijo:
-
---No se ocupe usted de mi deuda.
-
---Hombre, no; yo haré lo posible por pagarle a usted.
-
-El mismo día, Luna escribió al juez diciéndole que el capitán Castelo
-había sufrido una equivocación y que no había sido robado.
-
-A pesar de estar reconocida la inocencia de Miguel Rocaforte, éste
-tardó bastante en salir de su encierro.
-
-Un día se oyó la frase clásica empleada en la cárcel para poner en
-libertad a los presos: «¡Miguel Rocaforte, con lo que tenga!» Miguel
-salió a la calle. Uno que era amigo de Macías, el robado, contó a
-éste lo ocurrido cuando volvió a Madrid. Castelo se vió con Macías y
-le explicó lo que había pasado, pintándolo a su modo. Macías, también
-jugador, tuvo por entonces una racha de buena suerte y, sintiéndose
-generoso, perdonó la deuda a Castelo y rompió delante de él los pagarés
-firmados por éste.
-
-
-
-
- VII
-
- CASTELO Y PACA DÁVALOS
-
- ¿Qué importa que ella sea rica,
- que tenga muchos litereros, que
- traiga costosas arracadas, que
- ande en ancha y costosa silla?
- Pues, con todo esto, es un
- animal imprudente, y si no se
- le arrima mucha ciencia y mucha
- erudición es una fiera que no
- sabe enfrenar sus deseos.
-
- SÉNECA: _De la constancia del
- sabio_.
-
-
-POR entonces, y sabiendo que existía gran odio entre Castelo y Chico,
-le pregunté varias veces a Luna qué es lo que había podido ocurrir
-entre los dos.
-
-Luna me explicó la razón del odio, haciendo comentarios a los hechos,
-con su manera de hablar bonachona y su filosofía tranquila y un poco
-cínica.
-
-Por lo que me contó, Chico y Castelo habían tenido durante la infancia
-y la juventud gran amistad. Fueron juntos a la escuela en el pueblo
-de la Mancha, donde vivieron, y casi se consideraban como hermanos.
-Después, los azares de la política les llevaron a los dos a servir
-en el mismo regimiento de Caballería, al uno de capitán y al otro de
-teniente. La intimidad más estrecha había reinado entonces entre ellos.
-
-Los dos, en tiempo de la segunda época constitucional, se abrazaron al
-liberalismo y soñaron con ser héroes populares. Impurificados, luego
-aceptados en el Ejército, estaban de reemplazo en 1833. ¡Quién les
-había de decir en su juventud que, andando el tiempo, el uno iba a
-acabar en un miserable tahur, y el otro, en un jefe de policía odiado y
-despreciado por la plebe!
-
---Es cosa triste--dijo don Eugenio--, cuando se piensa en los asesinos
-y en los grandes canallas, despreciados y odiados por todo el mundo, el
-considerar que sus madres creyeron que, con el tiempo, sus hijos serían
-los mejores, los más buenos, y darían ejemplos de honradez y de virtud.
-
-Afortunadamente, no se puede predecir lo que será la vida. Si no, ¡qué
-terror sería el de la madre, cuando acaricia a su niño pequeño, verlo
-después en su imaginación robando, o asesinando, o subiendo al patíbulo!
-
-El odio entre Chico y Castelo vino de una rivalidad amorosa. Los dos
-conocieron al mismo tiempo a Paca Dávalos, la mujer del coronel Luján,
-que tuvo por entonces una tertulia de las más celebradas en Madrid.
-
-Paca era una mujer llena de encanto, esbelta, graciosa, con unos ojos
-claros muy expresivos. Chico y Castelo hicieron la corte a Paquita,
-porque se decía que la mujer del coronel no era una virtud intratable.
-
-Castelo llegó pronto al corazón de la Dávalos. Era éste jacarandoso,
-petulante, hablador, mentiroso; tenía una bonita voz y cantaba romanzas
-al piano. Pasaba por hombre de gran valor, que había tenido aventuras
-extraordinarias; pero los que le conocían a fondo sabían que era muy
-cobarde.
-
-Chico, en cambio, seco, duro, violento, de pocas palabras, fué
-desdeñado y vió pronto el éxito de su rival. El hombre se enfureció por
-dentro y juró no olvidar lo ocurrido.
-
-Yo conocía bastante a Paca Dávalos. Antes de mi ingreso en la cárcel
-intrigaba con los amigos de María Cristina y Muñoz. Le había visto
-varias veces en casa de Celia y en compañía de una italiana, Anita, que
-fué la amante de Castelo.
-
-Esta italiana, que quería hacerse pasar por una descendiente de sangre
-real y que tenía todos los vicios imaginables, había hecho de Castelo,
-que ya era borracho y jugador, un perfecto crapuloso.
-
-Paca Dávalos y Anita eran amigas de Teresa Valcárcel, la mediadora en
-los amores de la Reina con Muñoz, y solían reunirse en casa de Domingo
-Ronchi con Nicolasito Franco, el amante de Teresa; el clérigo Marcos
-Aniano, paisano de Muñoz; el marqués de Herrera y el escribiente del
-Consulado, Miguel López de Acevedo.
-
-Por entonces, Paca era una rubia elegantísima, con un cuerpo de
-muchacha soltera y mucha gracia en la conversación.
-
-Paca Dávalos, que llegó a entrar en Palacio y a tener confianza con la
-Reina, intervino en el traslado desde Segovia a París del primer hijo
-de Cristina y de su amante, y fué a Francia en compañía del presbítero
-Caborreluz.
-
-Todos los que tomaron parte en aquellas intrigas amorosas de Palacio
-progresaron con rapidez. Ronchi llegó a marqués y a propietario; Teresa
-Valcárcel se hizo rica; el joven Franco ascendió de capitán a teniente
-coronel. El favor real bañó, como agua lustral, a los amigos de Muñoz;
-pero no llegó a Paca, que, inquieta y descontenta, quiso tomar la parte
-del león, con lo que se hizo antipática y acabó por cerrarse la entrada
-en Palacio.
-
-
-
-
- VIII
-
- HACIA EL ABISMO
-
- El abismo, llama al abismo.
-
- _Salmos_, de DAVID.
-
-
-LUNA me dió más tarde informes de la vida íntima de Paca.
-
-Paca Dávalos era de la aristocracia. Su padre, un hombre gastador,
-estúpido, de los que pierden las preocupaciones y el decoro de la clase
-a que pertenecen, y no adquieren nada en cambio, encontró su casa medio
-arruinada y la acabó de arruinar.
-
-Se jactaba de ser descendiente del marqués de Pescara, el vencedor de
-Pavía, don Fernando de Ávalos; pero éste, descendiente de un vencedor,
-no pasó nunca de ser un pobre derrotado. La madre de Paca fué una mujer
-perturbada y siempre enferma.
-
-Paca era a los diez y seis años una belleza extraordinaria: tenía unos
-ojos claros, melancólicos, que arrebataban, y un cuerpo provocativo,
-excitante. Había en ella un contraste entre sus ojos dulces, humanos,
-unos ojos para inspirar madrigales como el de Gutierre de Cetina, y su
-cuerpo, de felino, ágil como el de una pantera. Muy coqueta, muy poco
-cuidada por sus padres, había tenido novios desde los catorce años y le
-había gustado uncir a todos los hombres a su carro.
-
-Entre los novios, un capitán, Luján, un tanto bruto, violentó a la
-muchacha; luego se casó con ella, y a los cinco o seis meses de
-matrimonio, Paca tuvo una niña.
-
-Marido y mujer anduvieron de guarnición en guarnición, hasta que se
-establecieron en Madrid. Luján era un hombre violento, avaro, de
-malhumor, de genio desigual, cominero y desagradable. A cada paso
-armaba un escándalo a su mujer; muchas veces, con razón, por las
-coqueterías de ella; otras, sin más motivo que su malhumor.
-
-La Paca aguantaba esta vida por su hija, por la que tenía un entusiasmo
-ciego. La niña, Estrella, prometía ser una gran belleza. Era, además
-de bonita, muy amable, muy dócil; tenía mucho gusto por la música y
-una voz angelical. Paca la adoraba, y su amor por la niña era el único
-freno, la única defensa de la honestidad de su vida.
-
-Pensando en ella se prometía a sí misma ser buena para no dejarla un
-estigma difícil de borrar; pero, a pesar de sus propósitos, no los
-cumplía siempre. Ante los hombres que la galanteaban se olvidaba de
-todo, y lo mismo le pasaba con las gasas, las sedas, los teatros y
-las diversiones. Paca hacía gastos excesivos y, para ocultarlos a su
-marido, engañaba, trampeaba, mentía, y, al último, generalmente se
-descubrían sus enredos.
-
-Luján, siempre malhumorado y caprichoso, en el momento en que su mujer
-parecía volver a una vida recogida y casera, pensó que Paca iba a
-dar un ejemplo deplorable a Estrella, que ya tenía doce años, y para
-sustraerla a esta influencia, sin decir nada a la madre, llevó a la
-niña a un colegio de monjas de Toledo.
-
-Paca, desesperada, averiguó dónde estaba la niña, y hasta preparó un
-rapto; pero una de las monjas del colegio, pariente del coronel Luján,
-impidió que la niña saliera de la casa.
-
-La Dávalos no pudo resistir esta separación; se desesperó, suplicó a
-su marido que trajera a su hija; él la dijo que no. Paca sintió desde
-entonces la impresión del que se hunde en el abismo.
-
-Pocos días después abandonó a su marido y se fué a vivir con Castelo.
-
-Luján juró que se vengaría; pero no hizo nada. La Paca y Castelo
-pusieron casa y tuvieron una época de entusiasmo y de amor, en la cual
-creyeron regenerarse y volver a la vida ordenada y honesta; pero pronto
-se cansaron de ella.
-
-Castelo comenzó a jugar y a beber, y ella hizo lo mismo. Naturalmente,
-la casa iba de este modo de mal en peor, y concluyeron por cerrarla e
-irse a una de huéspedes. Cuando tenían un buen momento vivían bien;
-pero cuando llegaba la mala, los dos se echaban en cara su respectiva
-miseria.
-
---¿Por qué te he seguido?--exclamaba ella.
-
---Eso me pregunto yo--decía él--. ¿Para qué me has seguido? Para
-hundirme para siempre.
-
-La Paca se separó de Castelo, tuvo otros amantes y volvió a
-reconciliarse con él. En la segunda separación llegaron a pegarse.
-
-La Paca, entonces, recurrió a sus amistades cortesanas; pero al ver que
-la Reina y sus amigas la cerraban la puerta de Palacio, se indignó y
-comenzó a manifestarse republicana. Cuando bebía y se exaltaba decía
-que había que ahorcar a la familia real y a toda la aristocracia.
-
-En uno de esos momentos de miseria, la Paca conoció a una corredora
-de alhajas y Celestina, a la que llamaban la Sorda y la Garduña. Esta
-mujer era dueña de un burdel de la calle de Barcelona y del garito de
-la calle de la Fresa. La Garduña vivía con un usurero, el Silverio.
-La Garduña era una mujer gruesa, empaquetada, vestida con colores
-chillones, de cara dura, abultada, y con unas bolsas moradas debajo de
-los ojos. Esta Garduña era muy inteligente en sus negocios y se iba
-enriqueciendo con gran rapidez.
-
-El Silverio, su amante, un tipo raído y siniestro, con una nube en un
-ojo y un aire de suspicacia, era un hombre muy religioso, de varios
-oficios y ninguno honrado: cantinero, prestamista, ropavejero y dueño
-de garitos.
-
-La Garduña se entendía muy bien con él.
-
-La Garduña acabó por prostituír a la Dávalos; explotaba su pasión
-desenfrenada por el juego, y le hacía pagar las deudas llevándola a las
-casas de citas.
-
-Castelo seguía también su marcha hacia el abismo; todavía podía pasar
-por joven, aunque mirándole de cerca se notaban los ultrajes del tiempo
-en su rostro; su pelo rubio iba blanqueando con hebras de plata, y
-su labio colgante parecía hacerse más flácido. Tenía, entre otras, la
-condición de la intriga, y sabía disimular su crápula y darle un aire
-sentimental. Este chulo sensible era muy hábil. Sin haber estado en
-ninguna batalla, lucía una buena hoja de servicios. Era cobarde, y
-daba la impresión de valiente, fanfarrón, insultador, procaz y de una
-audacia extraordinaria.
-
-Su fantasía le hacía darse aires de héroe, y convencía a la gente de
-que los sueños de su imaginación eran algo real.
-
-Castelo tenía una vanidad alucinada: la hija sin padre de los desvanes
-del mundo, que dice Gracián, dominaba por completo su espíritu;
-criticaba con acritud a todos los políticos y, sobre todo, a los
-generales, que le parecían de una ineptitud tan completa, que afirmaba
-que el uno no sabía leer, que el otro era incapaz de hacer maniobrar a
-cincuenta hombres, etc. Se manifestaba también, a consecuencia de su
-vanidad y de su cobardía, muy rencoroso.
-
-Castelo y Paca Dávalos, después de muchas riñas y separaciones,
-llegaron a un acuerdo y se asociaron con la Garduña para establecer
-varias timbas en Madrid.
-
-Uno de los socios era doña Anita, la italiana, que había sido querida
-de Castelo y que acabó casándose con un francés y poniendo una tienda
-de antigüedades.
-
-El negocio de las timbas era tan lucrativo, que, a base de la que
-existía en la calle de la Fresa, se instalaron otras casas de juego en
-distintos sitios de Madrid.
-
-A la Paca y a Castelo los tenían los socios como elemento decorativo.
-La Paca Dávalos, a pesar de ser empresaria, era una jugadora
-empedernida. Las emociones del juego borraban sus recuerdos. Cuando
-estaba triste y pensaba en su hija, la idea le producía tal dolor, que
-se emborrachaba hasta quedar como muerta.
-
-
-
-
- IX
-
- CHICO Y CASTELO
-
- Se cree, en general, a los
- hombres más peligrosos de lo
- que son.
-
- GOETHE: _Las afinidades
- electivas_.
-
-
-PASARON años y más años--dijo Aviraneta--. Yo me había resignado a no
-llegar a nada, y me contentaba con ser un espectador y un comentador de
-los sucesos políticos. Casi todos los meses, María Cristina me llamaba
-a su palacio y me consultaba sobre sus asuntos particulares.
-
-La Reina estuvo siempre muy celosa de Muñoz, y más que las cuestiones
-políticas le preocupaban las aventuras de su marido. La italiana quería
-sujetar al antiguo guardia de Corps, a quien había elevado al tálamo
-real, y muchas de sus actitudes, que parecían maniobras obscuras, no
-dependían mas que de los celos. La misma marcha a Francia, cuando
-dejó a España entregada al general Espartero, no fué a causa de un
-despecho político, sino de los celos que sentía al saber que su marido
-frecuentaba la casa de una bailarina.
-
-La Reina llegó a las más absurdas precauciones, y, para que su marido
-no saliera, le preparó en la plaza de Palacio una azotea con persianas
-verdes para que paseara sin que le vieran. La gente llamaba en chunga a
-la azotea: la jaula de Muñoz.
-
-Muñoz era hombre guapo, tenía ocho o diez años menos que Cristina,
-y ella sentía por él esa pasión un poco exclusiva de las mujeres
-ardientes y machuchas.
-
-Ya en 1834, antes de entrar yo en la cárcel, un periódico titulado
-_La Crónica_ dió esta noticia: «Ayer se presentó Su Majestad la Reina
-Gobernadora en un _char avant_, cuyos caballos dirigía uno de sus
-criados. En el asiento del respaldo iba el capitán de guardias duque de
-Alagón».
-
-La Reina se indignó de tal manera, al ver que le llamaban criado a
-Muñoz, que no paró hasta que Martínez de la Rosa y el jefe de policía,
-Latre, suprimieron el periódico y desterraron a su editor, Jiménez, y
-al director, Iznardi.
-
-Los celos le duraron a la Reina Cristina hasta la vejez, y más tarde
-le entró el ansia de hacerse con una fortuna de cualquier manera y por
-cualquier medio. Entonces fué cuando se alió con Salamanca; y comenzó
-sus combinaciones financieras y sus negocios, y acabó de desacreditarse.
-
-Yo había intimado con la Reina Madre en París, cuando vivía en su
-palacio de la calle de Courcelles, y le había intentado convencer de
-que un Gobierno fuerte y liberal era la salvación de España.
-
-En Madrid, María Cristina me llamaba al palacio de la calle de las
-Rejas, me preguntaba mi opinión acerca de las cuestiones políticas,
-y quería que yo le dijera lo que se murmuraba en la calle sobre los
-amores de su hija y sobre los milagros de sor Patrocinio.
-
-María Cristina había perdido influencia en su hija Isabel, que, como se
-sabe, vivió entregada a una serie de favoritos, serie que comenzó por
-Serrano, el General Bonito.
-
-María Cristina no tenía ninguna simpatía por su yerno, y le despreciaba
-por su debilidad y por dejarse embaucar por la monja milagrera.
-
-María Cristina sabía que yo vivía pobremente, y me decía:
-
---Aviraneta, han sido muy ingratos para ti. Si necesitas dinero, vete a
-verle a Pepe Salamanca, de mi parte. Yo le escribiré.
-
---Señora--le contestaba yo--, tengo lo bastante para vivir.
-
-María Cristina me envió de regalo cuadros y estatuas, y alhajas para mi
-mujer. A pesar de esto, yo no la quería. Aquella ansia de hacer dinero
-a todo trance, de considerar a España como una finca, me molestaba.
-Esto debía haberlo aprendido de su amigo Luis Felipe.
-
-Nunca pasé de ahí, de tener amistad con la Reina Madre; pero como todo
-se sabe en Madrid, y se sabía que yo frecuentaba su palacio, se creyó
-que era uno de sus consejeros políticos, lo que no era cierto.
-
-Si hubiese querido hubiese podido aprovechar esta amistad, pero ya era
-viejo y estaba desengañado.
-
-Además, la Reina Madre y González Bravo, y después Sartorius,
-pretendían mermar, y hasta abolir, la Constitución, cosa que para mí no
-podía ser simpática, porque era la negación de toda mi vida política. A
-los sesenta años ya uno no se vende, o se ha vendido ya, o ha tomado la
-honradez por costumbre.
-
-No me quedaba, como he dicho, mas que la curiosidad de enterarme y de
-saber lo que pasaba.
-
-Cuando el general Lersundi fué presidente y Egaña ministro de la
-Gobernación, estuvo éste en mi casa a decirme que de parte de la Reina,
-del general y de la suya, venía a verme para que pidiese un cargo.
-
---Yo ya no quiero ser nada--le dije.
-
-Durante estos años intermedios entre la guerra civil y la revolución
-del 54 oí hablar mucho de Chico en todas partes, sobre todo cuando
-comenzaron las prisiones y las deportaciones; pero no le llegué a
-encontrar ni una vez. Chico se hizo célebre como jefe de policía de
-Madrid. Era un hombre muy odiado por el pueblo. Todo el mundo contaba
-horrores de él, y se le consideraba como un esbirro capaz de los
-mayores atropellos y violencias.
-
-Yo no recordaba bien a Chico; me lo pintaban como un tagarote de
-taberna, ordinario y bestial, y yo tenía de él la idea de un tipo
-casi elegante, fino, con unos ojos muy vivos e inteligentes, la nariz
-un poco aplastada, los labios delgados, el color pálido y el cuerpo
-esbelto.
-
-Chico, al menos en el tiempo que yo le conocí, leía bastante, le
-gustaba mucho la pintura y hablaba con gracia, con un acento un poco
-andaluzado.
-
-Cosa extraña. La casualidad y la mala voluntad de un ministro hizo que
-yo apareciera unido a Chico en un asunto en que no teníamos nada de
-común.
-
-En 1847 me prendieron a mí y le prendieron a Chico, y nos deportaron,
-a mí a Alicante y a él a Almería. Cualquiera hubiera dicho que había
-relación entre nosotros dos; pero no había ninguna.
-
-Yo había recibido carta de un amigo y secretario de María Cristina,
-desde París, pidiéndome noticias de Madrid, y yo le contesté burlándome
-de los puritanos que entonces ocupaban el Poder, y la carta la
-interceptó el Gobierno.
-
-Respecto a Chico, tenía, en abril de 1847, una letra de veinticinco
-mil francos del duque de Riansares, aceptada por el ministro de la
-Gobernación, Benavides, para cobrar. Por entonces hubo una algarada
-de unos cuantos jóvenes que vitorearon a la Libertad y a la Reina, al
-paso de Isabel II, en coche, por la Puerta del Sol, la calle Mayor y
-la plaza de Oriente. El ministro pensó: «Vamos a prender a Chico y a
-Aviraneta; a Aviraneta le castigamos por sus correspondencias, y a
-Chico no le pago la letra hasta que tenga dinero, y, de paso, se da la
-impresión a la gente de que ha habido un complot». ¿Qué complot iba a
-haber para vitorear a la Reina? Era ridículo; pero la gente lo cree
-todo.
-
-Naturalmente, nos levantaron el destierro en seguida, pero la idea de
-que había algo de común entre Chico y yo quedó flotando en el aire.
-
-También oí hablar, repetidas veces, de Mauricio Castelo, cuyo nombre
-aparecía entre los progresistas radicales con la aureola de un político
-austero.
-
-¡Qué se va a hacer! Este será siempre uno de los escollos de la
-democracia: el que el pueblo no se pueda enterar bien de las
-condiciones de sus servidores. A una colectividad se le engaña siempre
-mejor que a un hombre.
-
-El año 1851 fué nombrado jefe político de Madrid mi amigo el general
-Lersundi. Yo visitaba mucho su casa, adonde iba de tertulia un día a la
-semana. Fuí a felicitarle por su nombramiento, hablamos y me preguntó:
-
---¿Conoce usted personalmente a Chico, el jefe de policía?
-
---Le conozco desde que era capitán de Caballería retirado; pero hace
-más de veinte años que no le he visto.
-
---¿Qué opinión tiene usted de él?
-
---Opinión personal, ninguna. Estuvo afiliado a la sociedad Isabelina
-que yo fundé. Era, por entonces, un hombre enérgico y atrevido.
-
---¿Y desde esa época no le ha vuelto usted a ver?
-
---Nunca. Siempre estoy oyendo hablar de él y no me lo he encontrado
-jamás. Yo hago una vida especial. No salgo de noche, no voy al teatro.
-
---¿Sabe usted que le vamos a prender a Chico?
-
---Pues, ¿por qué?
-
---Tiene una fama pésima. Se afirma que está en relación con los
-ladrones y que lleva su parte en lo que se roba en Madrid. Se sabe que
-ha cometido mil atropellos.
-
---Respecto a los atropellos--dije yo--, no cabe duda que deben ser
-verdad; pero tanta culpa como él la tienen los jefes del Gobierno, que
-le han dado órdenes o que le han consentido; respecto a que esté en
-connivencia con los ladrones, no lo creo.
-
---Pues parece que es cierto. Es indudable que Chico tiene palacios,
-criados, una galería de cuadros magnífica; que sostiene mujeres...
-
---¿Y hay pruebas contra él?
-
---Sí, hay pruebas.
-
---Me parece extraño que un hombre listo haya dejado un rastro
-comprobable de sus fechorías.
-
---Pues no cabe duda. En este momento se está haciendo un expediente
-documentado contra Chico.
-
---¿Y quién lo hace?
-
---Una persona respetable: el coronel Castelo.
-
---¿Don Mauricio Castelo?
-
---El mismo. ¿Le conoce usted?
-
---Sí.
-
-No dije más. Solía encontrar de cuando en cuando en la plaza del
-Progreso, tomando el sol, al inspector Luna, que paseaba con su
-nietecillo. Luna estaba retirado y vivía en una casa de la calle de
-Barrio Nuevo. Un día, al encontrarle, le conté lo que me había dicho el
-general Lersundi.
-
---Ya lo sé--me contestó él.
-
---Sin duda, Castelo hace este expediente llevado por el odio contra
-Chico, que le descubrió la artimaña del supuesto robo hecho a Macías.
-
---No, no sólo es por eso--replicó Luna--. Chico hizo una canallada a
-Castelo.
-
---¿Pues?
-
---No sé si le conté a usted que Chico guardó la confesión de Castelo.
-
---Sí me lo contó usted.
-
---Chico--siguió diciendo Luna--guardó aquel documento con la idea de
-utilizarlo, en cualquier ocasión, contra Castelo. Dos o tres años
-después del supuesto robo, y en el tiempo en que acababa de ser
-nombrado Chico jefe de la policía, se encontró en un baile de máscaras
-del Circo con Paca Dávalos. Ella estaba todavía en el apogeo de su
-belleza. Paca quiso darle broma y divertirse a costa del terrible jefe
-de policía, de quien sabía algunos secretos amorosos por Castelo.
-Chico la conoció, la llevó al ambigú y la convidó a cenar. Ella aceptó
-el convite y coqueteó con Chico; pero al salir del baile le dijo que
-no tomara en serio sus coqueterías, porque estaba enamorada de otro
-hombre. Chico, enfurecido, le replicó que si no le acompañaba a su casa
-aquella noche, al día siguiente le llevaría a Castelo a la cárcel y le
-desacreditaría, porque tenía un documento que le comprometía.
-
---¿Y ella qué hizo?
-
---Ella fué a su casa.
-
---¡Demonio!
-
---Sí, y Castelo lo supo, porque esas cosas se saben siempre. Al
-principio, Castelo no hizo nada en contra de Chico. Había reñido muchas
-veces con la Paca, que hacía una vida relajada, y, ciertamente, no
-estaban legitimados los celos. Además, la posición de Chico como jefe
-de policía era muy fuerte, y no era fácil el medirse con él. Cuando la
-reputación de Chico comenzó no sólo a decaer, sino a hacerse siniestra,
-Castelo, como si en un momento sintiera revivir los agravios inferidos
-por su antiguo camarada, se puso a la cabeza de los enemigos del jefe
-de la Ronda.
-
---Se comprende que una cosa así no es para olvidarla, y menos pensando
-que el autor de la ofensa es un amigo de la infancia--le dije yo.
-
---Castelo siente hoy un odio profundo contra Chico. El recuerdo de
-la antigua amistad que tuvo con él hace su rencor más violento y más
-venenoso.
-
---Me explico que un hombre frenético, como Castelo, haya hecho muy mala
-sangre pensando en Chico.
-
---El odio de Castelo se lo ha comunicado a la Dávalos, y los dos han
-empleado todos los medios para hundir a Chico; han seducido a los
-agentes de la Ronda Secreta y a una porción de ladrones que conocen por
-intermedio de los «ganchos» de las casas de juego de la Garduña y del
-Silverio, y toda esa gente maleante ha declarado contra Chico, contando
-parte de verdad y parte de mentira. El partido progresista le ayuda a
-Castelo en su campaña.
-
---¿Y será verdad que Chico se entendía con los ladrones?
-
---¡Hombre, don Eugenio!--dijo Luna con una sonrisa cínica--. Todos los
-policías se entienden más o menos con los ladrones; pero no son los
-robos los que pueden dar más dinero a un hombre que tenga el cargo de
-Chico. ¡Figúrese usted! Hay líos en la Corte, hay grandes negocios,
-hay jugadas de Bolsa, hay Salamanca; se puede salvar a un político
-de una campaña de difamación; se puede salvar la fama de una señora
-comprometida, hacer desaparecer favoritos, como un Mirall o un Pollo
-Real. Todo eso da.
-
---¿Y usted qué va a hacer si le llaman, amigo Luna?
-
---¿A mí? ¿Quién me va a llamar? Nadie me conoce. Soy una sombra,
-vivo en mi rincón obscuramente, con mi hija y mis nietos, y no tengo
-personalidad mas que para ellos.
-
---¿Y si le llamaran, a pesar de eso?
-
---No diría nada ni en pro ni en contra, don Eugenio.
-
---¿Nada?
-
---Nada. Cualquiera se pone a defender a Chico a estas alturas.
-
-Le dejé al inspector Luna con su nietecillo, y le hablé unos días
-después al general Lersundi y le conté lo que sabía de Castelo y de su
-hostilidad contra Chico.
-
---El proceso se ha de ver pronto--me dijo el general--. Allí se
-aclarará la cuestión.
-
-Días después, Lersundi fué nombrado ministro de la Guerra, y le
-sustituyó en el Gobierno Civil don Melchor Ordóñez.
-
-Este dispuso la prisión de Chico, que estuvo nueve meses en el
-Saladero, hasta que vino el sobreseimiento de la causa por falta de
-pruebas.
-
-Castelo declaró varias veces en el proceso, y dijo a todos los que
-quisieron oírle que no pararía hasta verle a Chico colgando de la horca.
-
-A las acusaciones de Castelo contestó Chico con una información
-detallada de la vida de su enemigo. Lo pintó como un intrigante, como
-soldado traidor y jugador de ventaja, que explotaba alternativamente
-los garitos y las mujeres.
-
-La lucha entre los dos fué ruda y sin tregua. Ambos echaron mano de
-todos los expedientes imaginables.
-
-Chico tenía la opinión adversa y se agitaba en el vacío; los resortes
-de que podía echar mano estaban gastados; en cambio, Castelo encontraba
-apoyo en todo el mundo político y periodístico.
-
---Por entonces--siguió diciendo Aviraneta--, alguna que otra vez solía
-ver en la calle a Castelo, que ascendió, por sus intrigas y manejos
-obscuros, a brigadier. Castelo andaba acompañado de un hombre de buen
-aspecto que me dijeron era un viejo asistente suyo. Castelo y yo nos
-saludábamos al vernos, y yo le tenía por un hombre que estaba en buenas
-relaciones conmigo.
-
-
-
-
- SEGUNDA PARTE
-
- CONSECUENCIAS
-
-
-
-
- I
-
- LA REVOLUCIÓN DEL 54
-
- ¿Cuál de vuestros sistemas
- filosóficos es otra cosa que el
- teorema de un sueño, un puro
- cociente, confidencialmente
- obtenido donde el divisor y el
- dividendo son desconocidos?
-
- CARLYLE: _Sartor Resartus_.
-
-
-EN tal estado de cosas llegó la revolución de julio de 1854. Yo, la
-verdad, y confieso que era un error de perspectiva, no creía en ella.
-Es un achaque de los viejos desconfiar del presente. ¿A quién no le
-ocurre esto? A mí me pasó como a todo el mundo. Cuando en junio de
-aquel año mi amigo Leguía, aquí presente, me indicó que iba a estallar
-un movimiento revolucionario, yo le dije: «¡Bah! No pasará nada».
-
-El movimiento llegó, los generales se sublevaron en Vicálvaro, y los
-días que la revolución anduvo suelta por las calles, yo me dediqué
-a curiosear. Presencié el saqueo del palacio de María Cristina y el
-de la casa de Salamanca a los gritos de «¡Muera Sartorius! ¡Mueran
-los polacos! ¡Muera la Piojosa!» Yo tenía más miedo en casa que en la
-calle. Había gente que sabía que yo era amigo de María Cristina y, por
-tanto, sospechoso para el pueblo, que en aquella época tenía un odio
-profundo por esta reina, a quien hacía veinte años consideraba como un
-ídolo.
-
-Yo vivía en la calle de San Pedro Mártir, en el barrio de la Comadre,
-ya al comenzar los Barrios Bajos.
-
-El día 22 de julio supe, por la lavandera de casa, que los amigos
-del célebre torero Pucheta, dictador de aquellos andurriales, habían
-señalado mi casa y mi persona a las iras del pópulo como cristino.
-Indagué y pude comprobar que, efectivamente, me encontraba en la
-lista de sospechosos. Los Barrios Bajos formaban entonces una pequeña
-república autónoma bajo las órdenes del señor Muñoz (alias Pucheta).
-Así teníamos un Muñoz arriba (el marido de Cristina), y otro Muñoz
-abajo (Pucheta). La revolución del 54 era un conflicto entre dos
-Muñoces.
-
-Tuve que tomar mis medidas y pensé en buscar un asilo seguro. Mi mujer
-se refugió en casa de un médico joven de la vecindad que nos visitaba.
-Este médico vivía con su madre, y por entonces hacía oposiciones a una
-cátedra de San Carlos.
-
-Entre mi mujer y yo sacamos de noche de nuestra habitación los papeles,
-los cuadros regalados por María Cristina y algunos muebles, y los
-llevamos a la casa del médico; luego cerramos la puerta con llave.
-
-Yo fuí a visitar a algunos amigos y conocidos para ver si me daban
-albergue por unos días, y obtuve una absoluta negativa.
-
-En los momentos de peligro la mayoría se siente inclinada a pensar sólo
-en sus intereses y a no preocuparse de los amigos ni de los allegados.
-
-Había por aquellos días un miedo terrible, y los que me conocían a mí
-creían que yo no era sólo un cristino, sino que debía estar complicado
-en todas las intrigas de los polacos. Se decía que María Cristina
-estaba encerrada en un convento.
-
-Al fin tuve que ir a casa de la lavandera que me había avisado que
-estaba perseguido, y allí encontré un rincón seguro para pasar unos
-días. La señora Isidra, la lavandera, vivía en una guardilla de la
-calle de la Espada, y su hijo era un cabecilla revolucionario de los
-Barrios Bajos: Manolo, el papelista. La señora Isidra tenía muy poco
-sitio y muchos nietos, y en su casa se estaba con gran incomodidad.
-
-Manolo, el papelista, me contó cómo habían peleado él y sus amigos en
-la Cuesta de Santo Domingo con los cazadores, y luego en la calle de
-Jacometrezo. Manolo estaba muy satisfecho por haber tomado parte en
-estas jornadas.
-
-Me solía traer papeles que se publicaban en la calle y números de _El
-Murciélago_, de _La Mentira_ y de _El Miliciano_.
-
-Seguía yo la marcha de la revolución por los periódicos y por las
-conversaciones.
-
-A pesar de que el movimiento parecía completamente liberal, no
-lo era del todo. Había entre los impulsores de aquellas jornadas
-revolucionarias progresistas, demócratas, republicanos, militares de la
-Unión Liberal, moderados y hasta carlistas. Este origen mixto hacía que
-el movimiento tuviera un carácter turbio y su dirección fuera confusa y
-mal definida.
-
-Cuando creí que la violencia revolucionaria había ya pasado salí de la
-guardilla de la lavandera para visitar a algunos amigos que estaban,
-como yo, considerados como sospechosos, para ver qué es lo que habían
-hecho y tomar una orientación.
-
-Sabía que se cacheaba y se identificaba a la gente en la calle.
-
-Me acerqué al centro entre la gente huyendo de los barullos: fuí por la
-Concepción Jerónima, calle de Atocha y plaza de Santa Ana a la calle
-del Prado, a ver al dueño de una casa de la calle del Lobo, donde había
-vivido. En la desembocadura de esta calle con la del Prado había una
-barricada defendida por toreros, casi todos de la cuadrilla de Cúchares.
-
-Intenté entrar por la calle de la Visitación, pero estaba también
-cortada.
-
-Volví a la plaza de Santa Ana y seguí por la calle del Príncipe.
-
-Iba por la calle de Sevilla a la de Alcalá cuando me encontré detenido
-en la esquina por una barricada alta formada por carros, muebles,
-tablones y adoquines. Estaba la barricada vigilada por un grupo de
-paisanos armados, entre los que abundaban tipos de torero con traje
-corto y calañés y mozos de café de los cafés próximos.
-
-El volverme de repente hubiera parecido sospechoso; me reuní al grupo
-de los paisanos, repartí unos cuantos cigarros puros, y a un hombre
-andrajoso, con un morrión en la cabeza greñuda, que estaba sentado
-sobre unas piedras con un gran trabuco, le pregunté:
-
---Oiga usted, compadre, ¿quién manda esta barricada?
-
---Un brigadier que vive en esa casa--y me señaló una de la calle de
-Sevilla, esquina a la de Alcalá.
-
---¿Cómo se llama ese brigadier?
-
---No sé. ¡Eh, tú, Charpa! ¿Cómo se llama ese brigadier que viene aquí
-vestido de uniforme?
-
---No _ze_--dijo el aludido, que tenía aire de picador--; quizá lo
-_zepa_ Currito o el Lebrijano.
-
---Ese brigadier se llama don Mauricio Castelo--dijo Currito, que era un
-chulo con aire de monosabio.
-
---¡Hombre! ¡Castelo! Lo conozco. Es muy amigo mío. Voy a verle.
-
-
-
-
- II
-
- MAL PASO
-
- ¿Por qué ultraje comenzar; por
- qué ultraje terminar?
-
- EURÍPIDES: _Electra_.
-
-
-VACILÉ; pero como había dicho delante de aquellos hombres que conocía
-a Castelo, entré en la casa que me indicaron. Se me ocurrió que quizá
-Castelo podría protegerme y darme un salvoconducto para salir de Madrid.
-
-Subí la escalera de la casa hasta el piso principal.
-
---¿Vive aquí don Mauricio Castelo?
-
---Sí, señor. Por lo menos, aquí está.
-
-Era aquello un círculo de recreo, una casa de juego. Estaba la puerta
-abierta y entraban y salían hombres que hablaban a gritos y fumaban
-grandes puros.
-
-Vacilé de nuevo pensando si no sería una imprudencia el seguir
-adelante; pero me decidí.
-
-Avancé, cruzando una sala con dos mesas de billar y otras de mármol,
-hasta una sala de lectura con un armario, en el que se veían varios
-libros.
-
-Castelo estaba rodeado de un grupo de hombres armados con escopetas
-y trabucos, gente la mayoría desharrapada, con zamarra y calañés,
-entreverada con algunos elegantes de levita de color, corbatín y
-pantalones de trabilla.
-
-Varios de aquellos hombres, a pesar del calor sofocante de los días de
-julio, llevaban capa.
-
-La mayoría eran tipos de matones, de esos que se ven en las escaleras
-de las chirlatas embozados en la pañosa y con un garrote en la mano.
-
-Estaba yo en la puerta del salón de lectura cuando entró el torero
-Pucheta con un periodista, pequeño y pálido, picado de viruelas y con
-anteojos, y un revendedor del Teatro Real a quien llamaban el Mosca.
-
-Los tres se acercaron a Castelo y hablaron con él largo tiempo.
-
-Pucheta empleaba las grandes frases de la época: la democracia, la
-soberanía nacional; el periodista se mostraba acre y lleno de odio
-contra todos.
-
-Cuando acabaron su conferencia, toda la gente se marchó con Pucheta.
-
-Castelo quedó solo, y entonces me acerqué a él y le saludé:
-
---Siéntese usted--me dijo amablemente--. Yo voy a comer. ¿Quiere usted
-comer conmigo?
-
---Muchas gracias. He comido ya.
-
-Castelo abrió una mampara del saloncito, llamó a voces, vino su
-asistente y le dijo:
-
---Tráeme la comida.
-
-Contemplé a Castelo. Había envejecido muchísimo desde que yo le había
-conocido. Tenía un aire de intranquilidad y al mismo tiempo de estupor.
-Estaba encorvado. Vestía pantalones de militar, chaqueta de paisano y
-gorra de cuartel. Fumaba sin ganas; más bien mascaba un cigarro puro.
-
-Me chocó hallarle tan decaído. Creí adivinar en él un sentimiento de
-descontento al verse entre Pucheta y su mesnada y le pregunté:
-
---¿Quién era esta gente? ¿Qué es lo que quiere?
-
---Estos son los jefes de la revolución al menudeo--contestó con
-disgusto--. Alguno que otro es un cándido. Los demás son gandules y
-asesinos que debían estar en presidio.
-
---Sí, por su aspecto no parecen muy de fiar.
-
---Todos, o la mayoría de estos revolucionarios de pega, son tahures,
-jugadores de oficio; los otros, revendedores de alhajas, y algunos,
-toreros.
-
---¿Y el periodista?
-
---Ese es el mayor canalla de todos. ¡Si yo tuviera poder!
-
---Ese torero que toma aires de director de las turbas es el célebre
-Pucheta, ¿verdad?
-
---Sí; es un tiranuelo de los Barrios Bajos.
-
---Y ¿cómo se ha mezclado usted con esa gente, amigo Castelo?
-
-Yo le hice esta pregunta como si le considerara más en mi campo que en
-el de los amigos de Pucheta.
-
---¿Qué quiere usted?--me dijo él revelando su inquietud--; me han
-comprometido; me han nombrado jefe de esta barricada, lo que consideran
-un puesto de honor y de peligro. Hoy han venido a invitarme a que
-presida una gran comida que van a dar en un colmado de esta calle para
-celebrar el triunfo de la Revolución.
-
---¿Y usted va a ir?
-
---Sí; si no parecería sospechoso. La cosa no está sosegada todavía,
-sino sólo aplazada.
-
---¿Pues qué se quiere?
-
---Cada uno quiere una cosa diferente: unos, a Espartero; otros, a
-O'Donnell; hay quien piensa en la República.
-
---¡Bah! Todavía falta mucho para eso.
-
---Todos quieren prender y juzgar a María Cristina.
-
---¿Y dónde está María Cristina?
-
---Está en Palacio.
-
-Castelo salió del cuarto, y vino, poco después, con una botella de ron
-y un vaso; tiró el cigarro al suelo, lo pisó y comenzó a beber el licor
-como si fuera agua.
-
-Yo le contemplé. Debía de estar completamente alcoholizado; parecía de
-esos hombres que viven en una irritación constante interrumpida por
-momentos de depresión.
-
-Entró el viejo asistente con la comida y puso sobre una mesa el mantel
-y los platos.
-
---¿Dónde está la señorita? ¿Por qué no viene?--le preguntó Castelo.
-
---¿Quiere usted que la llame?
-
---Sí; que venga en seguida, que la estoy esperando.
-
-Yo estaba buscando una fórmula para marcharme cuando entró Paca Dávalos
-en el saloncito vestida con una bata de color de rosa. De lejos
-todavía hacía efecto; pero de cerca era una vieja decrépita. Estaba
-torcida para un lado, iba pintada y empolvada. Tenía los ojos tiernos
-y los párpados rojos y sin pestañas; en su cara, a través de la capa
-de polvos de arroz, se veían manchas rojas como erisipelatosas. A cada
-momento guiñaba los ojos y tenía unos tics nerviosos que le hacían
-estremecer todo el rostro. Al hablar torcía la boca a un lado.
-
-Era todavía felina; sus ojos soñadores habían perdido su brillo y su
-encanto, pero le quedaba algo del tigre viejo y derrengado que bosteza
-dentro de la jaula.
-
-Me levanté para saludarla. Ella no me reconoció. Se sentó; tomó en
-la mano el vaso lleno de ron que tenía Castelo delante y bebió unos
-cuantos sorbos.
-
-Le temblaba la mano como a un perlático.
-
-De pronto me miró fijamente y me dijo:
-
---Yo le conozco a usted.
-
---Yo también a usted.
-
---¿De dónde?
-
---De casa de Celia.
-
---¡Ah! Es verdad.
-
-Hablamos de la gente que iba a aquella casa; de Ronchi, de Nicolasito
-Franco, de Fidalgo y de sus hermanas, del padre Mansilla.
-
-La Dávalos se confundía con sus recuerdos; había perdido la memoria.
-Tenía, de pronto, unas gesticulaciones bruscas. Aquella contracción de
-la cara de la Dávalos hacia un lado, me chocaba. Daba la impresión de
-algo grave y, a veces, tenía yo la evidencia de que aquella mujer era
-una perturbada, una loca.
-
---¿Usted es todavía amigo de Cristina?--me preguntó tartamudeando.
-
---Sí.
-
---Pues lo va usted a pasar mal.
-
---¡Qué le vamos a hacer!
-
---¿Y cómo puede usted ser amigo suyo?
-
---Yo, por agradecimiento. ¡Qué quiere usted! Le debo la vida.
-
-La Dávalos se exaltó al hablar de María Cristina, y empezó a decir de
-ella porquerías y suciedades, llamándola constantemente zorra, piojosa
-y la señora de Muñoz. La Paca usaba los juramentos y las blasfemias de
-los tahures y matones con quien trataba y convivía.
-
---¿Le hizo a usted alguna mala pasada la Reina?--le pregunté yo.
-
---¡Si me hizo! Ya lo creo. Fuí su amiga; pero hoy daría mi vida por
-devolverle el mal que me ha hecho y arrastrarla al fango donde debía
-estar. La odio, la odio.
-
---¿Tanto...?
-
---Quisiera verla en un estercolero, sobre una estera podrida y devorada
-por los gusanos.
-
-La Paca dejó pronto su aire reconcentrado y vengativo y recitó estos
-versos, que habían salido del campo carlista:
-
- Clamaban los liberales
- que Cristina no paría,
- y ha parido más Muñoces
- que liberales había.
-
---¡Muñoces!--exclamó luego la Paca--. Cualquiera sabe de quién son los
-hijos de esa zorrona..., cochina.
-
-Castelo intervino en la conversación y habló de lo que se decía en la
-calle: de que la Reina Madre había tomado parte en todas las contratas
-y en todos los negocios sucios de España y de Ultramar para hacer la
-fortuna de los Muñoz.
-
-¡Qué moralidad se había despertado en un tahur como Castelo!
-
---Pero eso es lo de menos--añadió; y contó ciertos asesinatos
-misteriosos que había ordenado Cristina y hecho ejecutar por Chico y
-su gente, y de varios envenenamientos realizados por aquella nueva
-Lucrecia Borgia. Castelo citaba nombres, fechas, circunstancias.
-
-Lo daba todo esto como indiscutible. Yo me eché a temblar. Cuanto más
-odio hubiese por María Cristina, más peligrosa era mi situación. La
-verdad es que luego he oído hablar en serio de envenenamientos hechos
-por gentes de Palacio, entre ellos el de la segunda mujer del infante
-don Francisco.
-
---Pero, ¿usted cree que todo eso es verdad?--le pregunté a Castelo.
-
----¡Si es! Es el Evangelio.
-
---¡Demonio!
-
---Sí, sí, es usted cristino--dijo Castelo--; lo va usted a pasar mal.
-Ahora va de veras; no debía usted salir a la calle, le pueden dar algún
-disgusto.
-
---Por eso venía a verle a usted, que tiene influencia--le dije.
-
---¿Qué quiere usted que yo haga?
-
---Mi casa está cerca de la plaza del Progreso; y aquello es un ir y
-venir de gente que se han constituído en amos, hacen lo que les da la
-gana y han formado una lista de sospechosos.
-
---¿Dónde vive usted?
-
---En la calle de San Pedro Mártir.
-
---¿Hacia dónde está eso?
-
---Hacia Lavapiés.
-
---¡Toma, yo le creía a usted rico! De poco le ha servido su amistad con
-Cristina.
-
---Tengo mi sueldo de intendente, y de él vivo.
-
---Bueno, yo le diré a los patriotas de Barrios Bajos, y sobre todo a
-Pucheta, que no se metan con usted. Ahora, váyase usted, váyase cuanto
-antes. Aquí no hace usted mas que comprometerme.
-
-Castelo, a medida que iba ingiriendo alcohol, iba saliendo de su
-abatimiento sombrío y excitándose cada vez más.
-
-Me levanté, tomé mi sombrero y, haciendo de tripas corazón, saludé lo
-más amablemente que pude a Paca Dávalos y a Castelo. Había dado un paso
-en falso.
-
-Al salir del cuarto de lectura a la sala de billar, Castelo gritó de
-pronto:
-
---¡Oiga usted, oiga usted, señor cristino! Tengo entendido que en la
-tertulia del general Lersundi se ha hablado mal de mí. ¿Usted debe
-saber quién fué, porque usted iba a esa tertulia?
-
---Yo, no; yo no he oído hablar de usted.
-
---¿Usted no le conoce a Macías?
-
---A un Macías le conocí en Méjico; pero desde entonces no le he vuelto
-a ver.
-
---Y a Luna, al inspector de policía Luna, ¿le conoce usted?
-
---A ese le conocí porque fué el que me prendió hace veinte años y me
-llevó a la Cárcel de Corte; pero luego no he tenido noticias de él, ni
-sé si vive.
-
---Pues sí vive, y yo lo he de encontrar para ajustar unas cuentas
-antiguas. ¿Y a Chico, no le conoce usted tampoco?
-
---No, no le conozco. Cuando él comenzó a intervenir en la política, yo
-me había retirado.
-
---¡Si este buen señor debe ser más viejo que Matusalén!--dijo la
-Dávalos.
-
---Pues yo me he de vengar--exclamó Castelo--; tengo que averiguar quién
-le dió malos informes de mí a Lersundi y después a Ordóñez. Algún amigo
-de Chico ha sido. Bueno; a Chico yo le tengo que ahorcar con estas
-manos, sí, con estas manos; y a Luna, si lo encuentro, lo moleré a
-garrotazos.
-
---Bueno, Mauricio, cálmate--dijo Paca.
-
---No me quiero calmar: Sí, a Chico se le harán pagar sus crímenes, y
-será pronto..., muy pronto..., quizá antes de veinticuatro horas.
-
-A esto añadió Castelo gritos y blasfemias, accionando con violencia y
-dando puñetazos en la mesa.
-
---Bueno. ¡Adiós!--dije yo.
-
---¡Adiós!
-
---Celebraré que no le rompan a usted un hueso--exclamó Paca Dávalos,
-con su risa dolorosa, de enferma.
-
-Castelo se echó a reír como un insensato, y debió tener algún propósito
-agresivo contra mí, porque intentó levantarse y seguirme; pero el
-asistente le detuvo. Yo bajé corriendo las escaleras y salí a la calle.
-
-
-
-
- III
-
- UNA NOCHE DE INSOMNIO
-
- La enemistad de una sola
- chinche menuda que se arrastre
- por nuestra cama es más de
- temer que la cólera de cien
- elefantes.
-
- HEINE: _Atta Troll_.
-
-
-TOMÉ por la calle de Alcalá hacia la Puerta del Sol, a mezclarme a los
-grupos de revoltosos y de vagos que andaban por allá.
-
---Aviraneta--me dije a mí mismo--, has hecho una tontería en visitar a
-Castelo. Has llamado la atención sobre ti. No tienes un rincón donde
-poner tus huesos en seguridad y estás en peligro de que te rompan uno,
-como decía Paca Dávalos hace un momento.
-
-Y me froté las manos, como si estuviera muy satisfecho con mi suerte.
-
-Aquella tarde, el centro de Madrid estaba en perpetua ebullición. No
-me decidí a ir a mi barrio, porque temía que me conocieran, y me fuí a
-un café de la calle Ancha. Me hice bastante amigo del mozo, le conté
-una historia falsa y me recomendó una casa de huéspedes de la calle de
-Silva.
-
-Fuí a ella: la patrona tenía mal semblante, y a las pocas palabras que
-cambié con ella comprendí que estaba recelosa y dispuesta a avisar a la
-policía.
-
-Hacía una noche de calor sofocante. Me metí en el cuarto que me
-alquilaron y no pude dormir. Había chinches en la alcoba. Una procesión
-de estos insectos salía de un ángulo del techo e iba avanzando, y
-cuando llegaban encima de mi cama se dejaban caer uno a uno con una
-precisión matemática.
-
---Por la mañana, al alba, me levanté y me vestí. Mi instinto me hacía
-creer que no estaba muy seguro en aquella casa.
-
-Me asomé al balcón y me senté en una silla. A eso de las cuatro vi que
-mi patrona salía a la calle, y poco después volvía con un hombre.
-
---Maniobra sospechosa--me dije.
-
-Abrí la puerta de mi cuarto y avancé por el pasillo de la casa, todavía
-obscuro. La patrona y el hombre hablaban de mí. Habían dejado la puerta
-abierta.
-
-Inmediatamente me puse el sombrero y bajé las escaleras con rapidez,
-con las botas en la mano. En el portal me las puse; salí a la calle,
-entré por el callejón del Perro y me metí en un portal abierto e
-iluminado de la calle de la Justa. Era un burdel. Había una vieja
-harapienta, con un aire de lechuza, y dos muchachas feas, vestidas con
-colores chillones. Una de ellas tenía una cara ancha, brutal, una cara
-de rodaballo, con unos ojos saltones y la nariz chata. Las dos estaban
-muy pintadas.
-
-La vieja conoció, por mi actitud, que venía huyendo, y no se le ocurrió
-explotarme. Me senté en un banco y charlamos. La vieja me habló del
-Destino con un fatalismo tan estoico que me asombró.
-
---Cada cual su sino--decía a cada paso.
-
-Convidé a las mujeres a tomar café con leche, y después de estar unas
-tres o cuatro horas allí, por la calle de la Flor salí a la de San
-Bernardo.
-
-Subí a la plazuela de Santo Domingo, y en un café que hacía esquina,
-cerca de una barricada, entré y encargué un almuerzo.
-
---Tardará un poco--me dijo el mozo--; todavía es temprano, y con estos
-jaleos no viene nadie.
-
---Bueno; no tengo prisa. Traiga usted unas aceitunas, y esperaré.
-
-Compré _La Iberia_ y unas hojas del _Boletín_ extraordinario del
-ejército constitucional, que se vendían en las calles, y estuve
-haciendo como que leía, pensando en dónde podría ocultarme, o si sería
-mejor salir inmediatamente de Madrid.
-
-Llegó el almuerzo y comí bien, pensando que quizá la cena se haría
-esperar.
-
---Tiene uno buen apetito--me dije--. Eso demuestra que interiormente
-todavía uno está sereno.
-
-Tomé café y varias copas de coñac y le di al mozo una buena propina,
-suponiendo que podría necesitarle.
-
-
-
-
- IV
-
- EL FINAL DE CHICO
-
- Cuando se ha oído decir que
- tal persona o tal otra es un
- hombre malo, se cree leer la
- maldad en su fisonomía, y
- entonces la ficción se añade a
- la experiencia para realizar
- una sensación cuando el interés
- y la pasión se mezclan.
- Helvetius cuenta que una dama,
- contemplando la luna con un
- telescopio, veía la sombra de
- dos amantes; un cura que quiso
- comprobar el hecho le replicó
- diciendo: No, señora, no; esas
- sombras son las dos torres de
- una catedral.
-
- KANT: _Antropología_.
-
-
-ESTABA dispuesto a salir del café, porque no tenía pretexto para seguir
-en él, cuando los mozos se asomaron a la puerta y volvieron diciendo:
-
---Hay gran alboroto en la calle Ancha. La gente viene hacia aquí
-gritando.
-
---¿Qué pasará?
-
-El amo del café mandó cerrar inmediatamente la puerta y las ventanas.
-
---¿Usted quiere salir ahora?--me preguntó a mí.
-
---Esperaré a que pase el tumulto.
-
---Tiene usted razón. Con estos alborotos constantes no se sale ganando
-nada.
-
-Con el cierre de la puerta y de las ventanas el café había quedado casi
-a obscuras.
-
---¿Quiere usted subir al billar?--me dijo el mozo que me había
-servido--; desde allí puede usted ver muy bien lo que pasa.
-
-Subí por una escalera de caracol a la sala de billar y me asomé a un
-balconcillo del piso entresuelo. Venía de la calle Ancha una masa de
-gente harapienta, zarrapastrosa, formada principalmente por mujeres
-y chicos, que vociferaban y daban alternativamente vivas y mueras.
-Algunos hombres armados con fusiles, pistolas y garrotes se veían entre
-la multitud.
-
-Después vimos un tipo mal encarado, con bigote y patillas, vestido con
-andrajos, con una faja encarnada en la cintura y un sombrero catite en
-la cabeza, que llevaba, como un estandarte, un retrato grande en un
-palo.
-
---¿Quién es?--nos preguntamos todos--. ¿De quién es esa imagen?
-
-Nadie lo sabía.
-
-Luego, como un paso de Semana Santa, sentado en un colchón y sostenido
-en unas parihuelas apareció en la plaza de Santo Domingo un hombre
-flaco, amarillo, ictérico, como una momia, ya viejo, con patillas
-grises.
-
-Iba medio desnudo, cubierto con una camisa blanca y un pañuelo en el
-cuello, un gorro de color en la cabeza y en la mano un abanico, con el
-que se abanicaba tranquilamente. Su expresión era fosca, amarga y casi
-burlona.
-
-A no ser por los dicterios que le dirigían las turbas, se le hubiera
-podido tomar, por su actitud tranquila y displicente, por un reyezuelo
-de una tribu que se paseaba en andas entre sus vasallos.
-
---¿Quién es este hombre?--preguntamos varios.
-
-Los gritos, ya distintos, que se oyeron a poco, de «¡Muera Chico!
-¡A la horca! ¡A la horca!», nos hicieron comprender que el hombre
-que llevaban en las parihuelas, como un paso de Semana Santa, era el
-célebre jefe de policía de Madrid. Al lado suyo iba una mujer, que
-dijeron era la de Chico, y detrás, el portero de su casa, a quien
-llevaban a empujones.
-
-Este era un ex policía apellidado Dendal y apodado el Cano, a quien se
-había dirigido la gente para prender a Chico, y que había intentado
-salvar al jefe.
-
-Se le consideraba como uno de los sabuesos y de los confidentes de
-Chico.
-
---¡Muera Chico! ¡A la horca! ¡A la horca!--volvió a vociferar la
-multitud.
-
---¿Adónde lo llevan?--preguntó un mozo del café a uno de la calle.
-
---A la plaza de la Cebada, a quitarle la vida.
-
---Lo tiene muy merecido.
-
-El amo del café hizo un gesto de molestia; pero no dijo nada.
-
-El pueblo, con ese sentimiento simplista de las multitudes, creía, sin
-duda, que bastaba con quitar de en medio a Chico para que todos los
-atropellos desaparecieran.
-
-Días antes habían matado las turbas a otro policía apodado el Pocito.
-
-Yo estaba inquieto; pero haciéndome el hombre tranquilo e indiferente,
-me senté en una silla en el balcón, encendí un cigarro y me puse a
-fumar.
-
-La comitiva esperó unos minutos en la plaza de Santo Domingo, sin saber
-qué dirección tomar, hasta que debió venir la orden de seguir por la
-Costanilla de los Ángeles.
-
-Noté, con sorpresa, que los que capitaneaban a los amotinados eran casi
-todos los que se encontraban el día anterior en compañía de Castelo.
-Estaban Pucheta, el Mosca y el periodista, pequeño y pálido, picado de
-viruelas y con anteojos. De su grupo partían más rabiosos los gritos de
-«¡Muera Chico!»
-
-Pero no sólo estaban ellos. Castelo y la Paca Dávalos se hallaban
-agazapados en la esquina de la calle de Tudescos contemplando el paso
-de la multitud. Yo los veía de cerca. Se habían disfrazado; él llevaba
-pantalón corto y calañés; ella, un mantón obscuro.
-
-¡Qué expresión de ansiedad, de odio, de triunfo había en sus miradas!
-¡Qué momento de pasión estaban viviendo ambos!
-
-Veían correr en su imaginación la sangre del hombre que les había
-ofendido e inundar el suelo y el aire y convertirse en una aurora
-boreal. Quizá creían también que esta venganza les había de bastar para
-ser felices.
-
-Durante un momento creí que Chico veía a sus enemigos desde lo alto de
-las andas; pero si los vió apartó de ellos la vista con indiferencia y
-siguió abanicándose con su aire frío y desdeñoso.
-
-Daba Chico la impresión de un hombre que había llegado a un tal
-desprecio por la vida, que la muerte se le presentaba como un accidente
-de poca importancia.
-
---¡Canalla! ¡Granuja!--decía la gente.
-
---Mira cómo mira--añadía una comadre.
-
---Tiene cara de pocos amigos.
-
---Cara de Judas.
-
---Dios nos libre de un hombre así.
-
---¡Muera Chico! ¡A la horca! ¡A la horca!
-
---Eres un valiente--dije yo en mi imaginación dirigiéndome a él--;
-podrás tener tú la culpa, y el pueblo la razón; pero mi simpatía va
-hacia el hombre templado que marcha al suplicio con la sonrisa en los
-labios más que a la turba aulladora y cobarde.
-
-Pasó la procesión y la multitud se derramó por la Costanilla de los
-Ángeles y por la Cuesta de Santo Domingo. Castelo y la Paca Dávalos,
-agarrándose del brazo, se alejaron por la calle de Tudescos. Parecían
-dos viejos; él, raído y encorvado; ella, torcida, con una manera de
-andar de paralítica.
-
-Les miraba alejarse y me parecían los supervivientes de un naufragio;
-más aún: me parecían los restos del barco que las olas echan sobre la
-playa.
-
-Casi encontraba mejor acabar la vida como Chico, llevado en unas
-parihuelas sobre el odio popular, que perderse así, encorvados y
-renqueando, por la sombra de una callejuela.
-
-
-
-
- V
-
- ACOSADO
-
- Se sufre más cuando se sufre
- solo y se deja tras de sí los
- dichosos.
-
- SHAKESPEARE: _El Rey Lear_.
-
-
-CUANDO se despejó la plaza, bajé del billar al café y salí a la calle.
-Los alrededores habían quedado desiertos. La comitiva de Chico barrió
-los lugares adyacentes, llevando a todo el mundo tras ella.
-
-Se me ocurrió entrar en casa de Istúriz, que vivía allí cerca, en
-la Cuesta de Santo Domingo. Tardaron mucho en abrirme la puerta. El
-hombre estaba trastornado, temiendo que le asaltasen la casa. Había
-presenciado en los días anteriores la lucha de los sublevados y la
-tropa, en la misma calle, y aquel día, el paso de Chico entre la
-multitud.
-
-Le expliqué la situación en que me encontraba, sin poder volver a casa,
-y a esta circunstancia le di un carácter cómico.
-
---¿Y qué va usted a hacer?--me preguntó Istúriz.
-
---Estoy dispuesto a sufrir la muerte con paciencia. Ya he vivido
-bastante.
-
---Pero esto es un error. Esos hombres no tienen memoria.
-
---¡Qué quiere usted! Todos los pueblos son desagradecidos.
-
---Pero, ¿qué aspiran? ¿Qué desean?
-
---Siempre hay algo más que aspirar y que desear.
-
---Es la anarquía que se nos echa encima. Nosotros tenemos la culpa,
-Aviraneta--exclamó--. ¡Oh, si ahora empezara a vivir!
-
---Yo no me arrepiento de nada--le dije--. Creo que he hecho lo que
-debía hacer.
-
---No hay justicia, Aviraneta, no hay justicia--murmuró él.
-
---Naturalmente. En la política no puede haber justicia. En la política,
-como en la vida, no hay mas que fuerza y éxito--repliqué yo con
-dureza--. Se manda y se hace lo que se quiere; no se manda, y ¡buenas
-noches!
-
-Saludé a Istúriz fríamente. Y me marché a la calle pensando que el
-hombre no me había ofrecido su casa para que descansara en ella un
-momento.
-
-Como tenía ya todos mis posibles recursos agotados fuí a la iglesia de
-San Ginés y me senté en un banco, dispuesto aunque fuera a pasarme allí
-el día entero.
-
-Estuve al lado de un matrimonio joven con un niño, que hablaban y
-sonreían y no tenían más preocupación que la de ir por la tarde a casa
-de una pariente suya. Oí dos o tres misas y me quedé solo.
-
-¡Cuán distinto hubiera sido mi destino si en vez de decidirme a
-defender con tesón las ideas liberales hubiera ingresado en la juventud
-entre los moderados o entre los absolutistas!
-
---Ahora hubiera sido general, ministro o arzobispo de Toledo. Su
-Excelencia Aviraneta, monseñor Aviraneta, no hubiera estado mal.
-
-Pensaba mil cosas para entretenerme y pasar el rato.
-
-A las primeras horas de la tarde el sacristán se me acercó, mirándome
-con recelo, y me dijo que iba a cerrar la iglesia. Tenía entonces yo
-la impresión que debe experimentar el animal acosado y perseguido. Ya
-no era el hombre joven que puede discurrir con precisión y seguridad y
-a quien se le ocurren ideas y proyectos rápidamente; tenía ya sesenta
-años y mi inteligencia funcionaba con más pesadez que en mis tiempos
-juveniles de conspirador. No encontraba en mí mismo mas que pobres
-recursos, y muchas veces el miedo me turbaba y me inspiraba soluciones
-desesperadas, como la de presentarme al Gobierno revolucionario para
-que hiciera de mí lo que quisiera.
-
-Salí de la iglesia a la plazoleta que hay en la parte de atrás de San
-Ginés, y estuve vacilando en tomar por la calle de Coloreros, o por la
-de Bordadores.
-
---¡Pensar que el ir por una o por otra puede influír en mi destino!--me
-dije.
-
-Estaba así vacilando cuando recordé que en la calle de Coloreros había
-una taberna y tienda de comestibles de un asturiano conocido mío.
-
---Voy a ir a allí.
-
-Al salir por la callejuela me encontré con un estudiante de Medicina
-que visitaba al médico vecino de mi casa. Este muchacho era ayudante de
-un doctor afamado. Nos saludamos.
-
---¿Ha comido usted ya?--le pregunté.
-
---No.
-
---¿Quiere usted que comamos aquí en un figón de un asturiano que yo
-conozco?
-
---Vamos.
-
-El asturiano me recibió bien y nos llevó al estudiante y a mí a un
-cuarto muy limpio y bien arreglado. Mientras comíamos le conté al
-estudiante la situación en que me encontraba; le pregunté dónde
-vivía él, y me dijo que en una casa de huéspedes de la Carrera de
-San Francisco que tenía como pupilos algunos seminaristas que, por
-entonces, estaban de vacaciones.
-
---Ahora mi patrona no tiene más huéspedes que yo.
-
---Cree usted que me tomaría a mí?--le pregunté.
-
---Sí, hombre, ya lo creo.
-
---Yo necesitaría pasar diez o doce días escondido hasta que la
-efervescencia revolucionaria vaya decreciendo.
-
---Pues yo le llevaré a usted a esa casa; pero ahora mismo, no, porque
-tengo que ir al Hospital General.
-
---Bueno, entonces yo le esperaré a usted aquí mismo.
-
-Volvió el estudiante a eso de las siete. Me dijo que habían fusilado a
-Chico y al Cano en la plaza de la Cebada, delante de la Fuentecilla.
-Chico había muerto con un valor extraordinario. Al parecer, en Madrid
-no se hablaba de otra cosa. Mucha gente protestaba de que Pucheta
-ordenara ejecuciones, como pudiera haberlo hecho Calomarde.
-
---¿Qué quiere usted hacer ahora?--me preguntó el estudiante--.
-¿Prefiere usted ir a mi casa por donde hay mucha gente, o quiere usted
-que salgamos por la Cuesta de la Vega y, dando la vuelta por la ronda,
-subamos por las Vistillas a la Carrera de San Francisco?
-
---Me parece mejor ir por dentro del pueblo. Salir y entrar será
-peligroso.
-
---Yo creo que es preferible marchar por donde haya mucha gente. En las
-calles solitarias es donde es más fácil que una ronda le detenga a uno.
-
---Bueno; pues vamos por la Plaza Mayor.
-
-Salimos de la taberna y entramos en la plaza por la calle del Siete de
-Julio. Había por todas partes grandes grupos de gente armada que iba
-y venía por en medio. Entonces no había jardinillos, ni fuentes, como
-ahora. Temía yo que alguien me conociera, pero pude cruzar la plaza sin
-obstáculo.
-
-Vacilamos el estudiante y yo en tomar por la calle de Toledo o bajar
-por la escalerilla de piedra a la calle de Cuchilleros. Debíamos haber
-tomado por la de Toledo, siguiendo siempre el principio que era mejor
-marchar entre la gente que por sitios extraviados; pero me pareció que
-hacia la calle de Cuchilleros no había nadie y comenzamos a bajar por
-la escalera.
-
-Ibamos por la calle de Cuchilleros cuando tres paisanos nos dieron el
-alto:
-
---¡Alto!
-
---¿Qué pasa?--pregunté yo.
-
---¿Quiénes son ustedes?
-
---Yo soy un médico--dije--, y este joven es mi ayudante.
-
---Bueno, vengan ustedes con nosotros.
-
-Nos hicieron subir de nuevo la escalera de piedra y nos llevaron a la
-taberna que había en el ángulo de la plaza, que se llamaba el Púlpito.
-
-Convidé yo a aquellos hombres a unas copas y nos hicimos amigos.
-
-Iban a dejarnos libres cuando apareció el revendedor del Teatro Real,
-el Mosca, a quien el día anterior había visto en compañía de Castelo, y
-por la mañana en la calle Atocha. El Mosca, además de revendedor, era
-dueño de una barbería de la calle de las Fuentes. Yo le conocía algo y
-sabía que había estado en el campo carlista.
-
---Este es Aviraneta--gritó el Mosca al verme--, un amigo de María
-Cristina. Hay que llevarle a la Junta.
-
-Se reunieron con el Mosca algunos granujas y desocupados, comparsas de
-todos los alborotos populares, y nos llevaron al Ayuntamiento.
-
-
-
-
- VI
-
- EN EL SALADERO
-
- Era de ver dormir algunos
- envainados, sin quitarse nada
- de lo que traían de día; otros,
- desnudarse de un golpe todo
- cuanto traían encima.
-
- QUEVEDO: _El Buscón_.
-
-
-ENTRAMOS en la casa de la Panadería y nos condujeron, al estudiante y a
-mí, ante un grupo de personas constituídas en tribunal. Era una junta
-revolucionaria. Nos interrogaron, e inmediatamente el estudiante fué
-puesto en libertad. Yo dije mi nombre, y no oculté mis amistades ni mi
-historia política.
-
-Aquella Junta estaba formada por personas sensatas, y el presidente
-dijo que no había el menor motivo para mi detención.
-
---Puede usted retirarse--me indicó el presidente.
-
---¡Muchas gracias!
-
-El Mosca salió detrás de mí y gritó:
-
---Hay que detener a este hombre. Es un cristino, un confidente de
-Sartorius, un consejero de la Piojosa.
-
---¡Señores!--clamé yo con todas mis fuerzas dirigiéndome al público--.
-El hombre que quiere detenerme es un carlista, un miserable que ha
-estado en la facción. Me odia, porque yo soy liberal, liberal de
-siempre. Yo fuí ayudante del Empecinado; yo hice el Convenio de
-Vergara, en que se dominó para siempre el carlismo. ¿Me vais a entregar
-a mí al capricho de un esbirro de la reacción?
-
-Al mismo tiempo, el Mosca gritaba que yo era un traidor, amigo de
-Sartorius, de Salamanca y de Chico.
-
-El público se dividió; yo iba ganando terreno cuando un desconocido
-propuso que nos llevaran, al Mosca y a mí, a la Casa de Correos, donde
-estaba reunida la Junta Suprema Revolucionaria.
-
-En medio de un grupo de desharrapados llegamos a la Puerta del Sol
-y entramos en el Principal. Pronto vi que se tenía bien distinto
-procedimiento con el Mosca que conmigo, pues a él se le dejó en
-libertad en seguida. Llevado delante de la Junta, la ira que me
-devoraba me hizo pronunciar un discurso violento, en el cual dije que
-aquella revolución era una farsa, que estaba dirigida por moderados y
-hasta por carlistas, y que así podía darse el caso de que a un hombre
-como yo, que había peleado por la libertad con el general Empecinado
-y había sufrido persecuciones como liberal, se le quisiera encarcelar
-por la denuncia de un miserable que había peleado en las filas de Don
-Carlos.
-
---No sólo es el Mosca el que le denuncia a usted como amigo y cómplice
-de María Cristina--dijo uno de la Junta--; hay otros que afirman lo
-mismo.
-
---¿Quiénes son esos otros?--grité yo--. Que vengan, que muestren su
-cara.
-
---¿Niega usted su amistad con María Cristina?
-
---Niego la complicidad.
-
---Retírese usted--dijo el presidente.
-
-Me tomaron por su cuenta dos andrajosos, me ataron en el patio en una
-cuerda de presos y nos llevaron al Saladero, rodeados por bayonetas.
-
---¡Son de la camarilla de la Piojosa!--decía la gente al vernos por la
-calle.
-
---Son los amigos de Sartorius.
-
---¡Mueran! ¡Mueran!--Y nos insultaban y nos tiraban piedras. Llegamos
-al Saladero.
-
-Me metieron en un calabozo húmedo y obscuro, y estuve allí encerrado
-cerca de un mes. La vida para mí, en aquellos días, fué horrible.
-Dormía en el suelo, comía el rancho de la cárcel, y no podía hablar con
-nadie, mas que con algunos desdichados como yo que, pasajeramente, me
-hicieron compañía.
-
-¡Qué miseria! ¡Qué pobreza! ¡Qué gente harapienta! Y, en medio de esta
-miseria, ¡qué modo de adaptarse y de vivir allí como en su propia
-casa! Había industriales que seguían dirigiendo su industria desde la
-cárcel; falsificadores que preparaban sus falsificaciones; un editor de
-periódico carlista que corregía sus pruebas.
-
-La mayoría de los presos eran ladrones; pero había también
-conspiradores y revolucionarios. Entre ellos, conocí dos que me
-dijeron que se habían hecho prender a propósito, para ponerse de
-acuerdo con un preso que estaba en el Saladero.
-
-Estos eran republicanos, y tenían preparado el complot de matar al
-general Espartero, a su entrada en Madrid, a tiros, desde una casa de
-la Carrera de San Jerónimo, que tenía salida por la calle del Pozo, y
-proclamar la República.
-
-Yo conocía la casa, porque en ella habíamos tenido, en 1822, una venta
-carbonaria. Encontré el proyecto bien tramado en su primera parte;
-pero su segunda parte me pareció absurda. Les intenté convencer a
-los republicanos de que la República que ellos pudieran proclamar no
-duraría mas que horas. Se persuadieron y abandonaron el proyecto.
-
-Cuando me sacaron de aquel calabozo me pusieron en comunicación, y mi
-mujer vino a verme; empezó a llorar al encontrarme en tal lastimoso
-estado. Me hallaba flaco, enfermo, sin poder tenerme en pie, con los
-ojos inflamados, lleno de parásitos, con la ropa interior sucia y casi
-podrida.
-
-Empezó el juez a tomarnos declaración a las personas presas durante
-el período revolucionario, y la mayoría no teníamos la menor culpa
-ni la menor relación con los hechos que se nos imputaban. Habíamos
-sido casi todos enviados al Saladero por sospechas, por capricho de
-los sublevados; algunos eran, indudablemente, víctimas de venganzas
-particulares.
-
-Le indiqué a mi mujer que fuera a casa de Istúriz y de otros amigos, y
-que se enterara de la situación en que había quedado la política.
-
-Don Evaristo San Miguel fué nombrado por entonces ministro de la
-Guerra. Después de su nombramiento había tres núcleos revolucionarios
-importantes y rivales que trataban de anularse los unos a los otros.
-
-Estos eran: la Junta de Salvación, Armamento y Defensa, con San Miguel
-de presidente, lazo de unión entre el Palacio y los revolucionarios de
-Madrid; el Cuartel General de O'Donnell, que obraba por cuenta propia,
-y la Junta de Espartero, que radicaba en Zaragoza.
-
-En cada grupo de estos había un sinfín de escisiones, y los mismos
-revolucionarios de Madrid no obedecían siempre a la Junta de Salvación.
-
-Ya enterado de quiénes eran los personajes más influyentes, escribí una
-carta al general Espartero y otra a don Joaquín Francisco Pacheco, que
-no me contestaron.
-
-Mandé también un documento a don Evaristo San Miguel exponiéndole los
-hechos, y una esquela recordándole nuestra antigua amistad y nuestra
-fraternidad como masones, y San Miguel, inmediatamente que recibió mi
-esquela, mandó ponerme en libertad.
-
-
-
-
- VII
-
- EL HOSPITAL
-
- Tú, Señora,
- dame agora
- la tu gracia toda ora
- que te sirva todavía.
-
- ARCIPRESTE DE HITA:
- _Libro de Buen Amor_.
-
-
-TRAS de la cárcel fuí a San Sebastián con mi mujer; alquilé una casa en
-el barrio de San Martín y pasé allí cuatro años viviendo obscuramente,
-ocupado en leer libros y periódicos, escribir mis recuerdos y hacer una
-colección de insectos de conchas y de caracoles. El Gobierno me había
-dado el retiro, y mi sueldo era pequeño.
-
-Tenía dos o tres casas en San Sebastián adonde iba de tertulia: la
-de Goñi, la de Alzate y la de Errazu, que eran parientes míos, y
-solía pasar largos ratos en la imprenta de Baroja. Aquí se reunían
-con frecuencia el general don Nazario Eguía, el manco; el intendente
-Arizaga, que influyó en el Convenio de Vergara; el general Van-Halen,
-Antonio Flores, el autor de _Ayer, hoy y mañana_, y otros.
-
-Solíamos tener grandes discusiones, y varias veces me dijo el general
-Eguía:
-
---Aviraneta: ¡con qué gusto le hubiera fusilado a usted si le llego a
-coger en tiempo de la guerra!
-
-Yo solía acompañarle al viejo general a tomar el coche de Tolosa hasta
-la fonda del Parador Real.
-
-Unos años después, sintiendo de nuevo la nostalgia de la vida agitada
-de la Corte, volví a Madrid y me instalé con Josefina en un piso de la
-calle del Barco. Josefina tenía algunas amigas y pertenecía a una Junta
-de Caridad.
-
-Un día, a una señora amiga de mi mujer le oí hablar de Paca Dávalos.
-
---La he conocido--dije yo--. ¿Qué le pasa?
-
---Es toda una novela.
-
-La señora contó la historia con detalles.
-
-Desde hacía algún tiempo, la Dávalos estaba enferma en el hospital de
-San Juan de Dios, en una sala, triste y obscura, que daba a la calle de
-Atocha, mal iluminada por unas rejas cubiertas de tela metálica.
-
-Daba horror el ver a la pobre mujer: se hallaba cubierta de úlceras
-y de costras, sin pelo y con los ojos inflamados. Su enfermedad, la
-embriaguez y los últimos años de miseria habían hecho de aquella
-belleza espléndida un monstruo. Era algo horrible; pero más horrible
-que su aspecto, según la señora que la había visto, era su estado
-moral. Gritaba, cantaba coplas indecentes.
-
-La mujer más tirada, la rabanera más desvergonzada, no hablaba como
-hablaba ella: tenía el prurito de lo escandaloso y de lo lúbrico.
-
-La castigaron varias veces a pasar días enteros en la guardilla a pan y
-agua, castigo brutal, no muy propio para enfermas desdichadas; pero el
-castigo no le hizo mella, y al volver a la sala insultaba al médico y a
-las monjas, y gritaba indecencias a todo el mundo.
-
-Un día se presentó en el hospital una hermana de la Caridad, sor María
-de la Consolación. Era una mujer pálida, en el esplendor de la belleza.
-La hermana se acercó a la cama de la Dávalos, se arrodilló delante de
-ella y abrazó y besó a la enferma.
-
-Esta se incorporó en la cama, contempló a la monja, dió un grito
-terrible, desgarrador, y se desmayó.
-
-La monja era la hija de Paca, a la que hacía veinte años que no había
-visto, y era su vivo retrato; la misma corrección en el rostro, los
-mismos ojos profundos, humanos, la misma expresión de pureza y de
-dulzura.
-
-Al recobrar el sentido la enferma creyó que la visita de su hija había
-sido un sueño; pero no, allá estaba Estrella, ahora sor María, que la
-acariciaba y la besaba como en otro tiempo.
-
-El contraste era violento: la enferma, un montón de carne sin forma
-humana, llagada, horrible; su hija, una belleza pálida, serena, con un
-aire de fuerza y de dulzura.
-
-En los días siguientes Paca Dávalos comenzó a llorar, y cuando venía su
-hija a verla le besaba la mano y le decía:
-
---Perdóname, he sido mala madre.
-
---No, no, no has sido mala madre para mí, y yo siempre te he querido.
-
-Ella escondía la cabeza entre las sábanas y lloraba con la mano de su
-hija apretada en la suya.
-
-El capellán del hospital le dijo a la Paca que su hija había querido
-sacrificarse y dejar el mundo para redimir los pecados de la madre.
-
-Fué un nuevo motivo de dolor para la enferma. Llorando suplicó a su
-hija que no se sacrificara por ella, que volviera al mundo, que fuera
-feliz; ella no merecía el sacrificio de un ángel; ella tenía muy
-merecidos el abandono, la deshonra, la enfermedad y la muerte en un
-hospital hediondo. Estrella la tranquilizaba y la decía que la vida de
-hermana de la Caridad era la que más le ilusionaba.
-
-La madre lloraba acongojada, y cuanto más lloraba, estaba más triste
-y más resignada a morir. La Dávalos pidió perdón a todos y quiso que,
-al menos, una vez su hija le cantase una canción que solía cantar en
-la infancia. Sor María le preguntó al capellán del hospital si podía
-satisfacer este deseo de su madre.
-
---Sí, sí, ¿por qué no?
-
-Estrella cantó, y parece que fué un espectáculo extraordinario en
-aquella sala triste, maloliente, iluminada por la luz turbia de los
-cristales verdosos de las ventanas enrejadas, ver a las mujeres
-enfermas con las entrañas carcomidas y quemadas que se incorporaban
-anhelantes en la cama y oían llorando la canción que cantaba la monja,
-que se elevaba sobre las miserias del mundo.
-
-Unas horas después, Paca Dávalos moría dulcemente.
-
-
-
-
- VIII
-
- LA LOCURA
-
- ¡Atrás! El negro demonio me
- persigue.
-
- SHAKESPEARE: _El Rey Lear_.
-
-
-A la señora que me contó el final de la Dávalos le pregunté:
-
---¿Y no fué a verla alguna vez el brigadier Castelo?
-
---No; ya hacía tiempo que se habían separado.
-
-Un año después volvía de casa de Istúriz, una tarde de invierno, por
-la calle del Arenal, al anochecer, cuando me encontré con el Mosca, el
-revendedor.
-
-Se me acercó, sin conocerme, a ofrecerme una localidad para el Real, y
-al fijarse en mí quedó inmutado.
-
---¿Le ha sorprendido a usted el verme?--le dije.
-
---Sí.
-
---¿Qué, pensaba usted que los que usted enviaba al Saladero ya no
-salían de allí?
-
---No; ya sabía que había usted salido de allí hace tiempo.
-
---¿Todavía sigue usted actuando de revolucionario?--le pregunté con
-sorna.
-
-El se calló.
-
---Diga usted, ¿por qué tenía usted tanto interés en prenderme en
-la Plaza Mayor? ¿Era, de verdad, el odio del carlista al que había
-trabajado, como yo, en el Convenio de Vergara?
-
---Yo no soy carlista. Si estuve en la facción fué por compromiso.
-
---Entonces, ¿por qué tanto ahinco en prenderme?
-
---Nos había recomendado la prisión de usted el brigadier Castelo.
-
---¿Y por qué?
-
---¿No se incomodará usted si le digo la verdad?
-
---No.
-
---Decía que usted era un enemigo del pueblo, un confidente de la
-policía.
-
---¡Canalla! Quería desprenderse de los que sabíamos que era un ladrón.
-El fué el que instigó al populacho para que mataran a Chico, no porque
-Chico hubiese cometido atropellos, sino porque era testigo de uno de
-sus robos. ¿Y qué ha hecho ese tunante de Castelo?
-
---Acaba de suicidarse en una guardilla de Barrios Bajos.
-
---¿Qué me dice usted?
-
---Lo que oye. Desde la muerte de Chico le vino la mala suerte. Le
-expulsaron del Ejército, y el partido progresista le abandonó; ya no
-le servía de instrumento. Castelo comenzó a andar por las tabernas y a
-servir de hazmerreír a la gente. Decía que él había hecho la Revolución
-y que había acabado con Chico. Luego creo que alguno de los hombres de
-la ronda de Chico le amenazó y le asustó.
-
-Poco después a Castelo se le metió en la cabeza que Chico vivía aún,
-que le perseguía y le acechaba en las esquinas. Cuando tenía esta
-alucinación echaba a correr hasta que se caía de cansancio.
-
-Una noche, sin duda, la alucinación fué tan espantosa que se ahorcó
-con un trozo de cuerda en el montante de una puerta. Su asistente y yo
-hemos sido los únicos que hemos acompañado su cadáver a la fosa común.
-
---¡Qué final!--exclamé yo; y seguí andando en dirección de mi casa.
-
-
-
-
- IX
-
- ALIMAÑAS
-
- Quien mal anda, mal acaba.
-
- PROVERBIO.
-
-
-HABÍAMOS quedado todos los oyentes de la cocina esperando que Aviraneta
-dijera algo más; pero se calló pensativo.
-
---Quien mal anda, mal acaba--exclamó el tío Chaparro, y luego,
-dirigiéndose a sus hijos y a los cabreros que estaban alrededor de la
-lumbre, añadió--: Bueno, muchachos, vamos a dormir, y demos gracias
-a Dios por vivir honradamente en nuestra pobreza y no en compañía de
-locos y de alimañas.
-
-Don Eugenio sonrió, mirando el fuego.
-
-Por la ventana se veía caer la nieve copiosamente, y el campo brillaba
-triste y espectral a la luz de la luna. Aullaban los perros a lo lejos,
-con un ladrido triste y agorero, con una rabia persistente e irritada,
-como si previeran algún peligro próximo.
-
-Nos levantamos de al lado de la lumbre, y Aviraneta y yo subimos las
-escaleras hasta el primer piso precedidos por una criada, que nos
-iluminaba con un farol.
-
-Entré yo en mi cuarto, encendí la palmatoria, que dejé en la mesilla
-de noche, me metí en la cama y seguí leyendo la Biblia. Estaba en el
-_Eclesiastés_, y me detuve a reflexionar sobre este versículo: «El que
-hiciere el hoyo caerá en él, y el que aportillare el vallado le morderá
-la serpiente».
-
- París, noviembre, 1920.
-
-
-
-
- LA CASA DE LA CALLE
- DE LA MISERICORDIA
-
-
-
-
- ... y tanta variedad de
- sabandijas racionales en esta
- arca del mundo.
-
- VÉLEZ DE GUEVARA: _El Diablo
- Cojuelo_.
-
-
-OTRO día en que no estaba el tío Chaparro, a quien la relación anterior
-había impresionado de una manera profunda y desagradable, Aviraneta
-contó la historia del joven Miguel Rocaforte, su compañero de cárcel.
-
-Una vez, los dos granujas de la Gallinería, el Gacetilla y el Mambrú,
-que Candelas había recomendado a don Eugenio, y a quienes éste
-utilizaba como criados y como instrumentos de espionaje contra el
-alcaide, entraron en el cuarto de Miguel y le robaron un cuaderno en
-que el joven escribía el Diario de su vida, y se lo dieron a Aviraneta.
-Don Eugenio lo leyó rápidamente y, después de enterarse de lo que le
-interesaba, mandó a los raterillos que volvieran a dejar el cuaderno en
-el cuarto del preso. Miguel no notó el escamoteo.
-
-Esta historia que me contó don Eugenio está hecha sobre los datos
-autobiográficos que escribió Miguel, y sobre indicios, no del todo
-claros ni completamente seguros, que he variado un tanto para dar a la
-relación cierta unidad.
-
-
-
-
- I
-
- LA CASA DE LOS CAPELLANES
- DE LAS DESCALZAS
-
- Confesaré a usted que el
- edificio que ocupo en un barrio
- lejano es de los más antiguos
- de Madrid, y que su aspecto
- sombrío, sus balcones de gran
- vuelo, la enorme ala del tejado
- y toda su exterioridad están
- anunciando a los transeúntes su
- fecha de tres siglos.
-
- MESONERO ROMANOS: _Escenas
- Matritenses_.
-
-
-HAY casas que por su aspecto dan una impresión siniestra e inclinan
-a pensar que son propicias para crímenes, intrigas y misterios. Son
-casas sombrías, obscuras, colocadas en callejones angostos, llenas de
-pasillos y de encrucijadas, de cuartos irregulares y de guardillones
-abandonados. Son casas para servir de base a folletines, a melodramas y
-a comedias de capa y espada.
-
-La casa de los Capellanes de las Descalzas Reales de Madrid,
-Misericordia, 2, aunque por dentro era folletinesca, melodramática
-y de capa y espada, por fuera era una casona grande, ancha y de buen
-aspecto. Estaba contigua a la iglesia y hacía esquina a dos calles: a
-la de la Misericordia, calle muy corta, puesto que no tenía mas que un
-número por un lado, y ninguno por el otro, y a la de Capellanes, que
-bajaba desde la calle de Preciados a la plaza de Celenque.
-
-El barrio de las Descalzas era entonces, y es todavía, un islote
-tranquilo y desierto, en medio de la animación de unas vías tan
-frecuentadas como la del Arenal y la de Preciados.
-
-En aquel tiempo, en la plaza de las Descalzas, enfrente del Monte de
-Piedad primitivo, había una fuente con una estatua de Venus, la antigua
-Mariblanca, trasladada a allá desde la Puerta del Sol, donde estuvo
-muchos años.
-
-El convento de las Descalzas Reales había sido el palacio del Emperador
-Carlos V en el Campo de San Martín y abarcaba una gran extensión de
-terreno.
-
-El Monte de Piedad primitivo era un accesorio del palacio, luego
-convertido en convento; antiguamente comunicaban los dos edificios por
-medio de un arco que pasaba por encima de la calle de la Misericordia.
-
-El Monte de Piedad tenía una portada de gusto plateresco, semejante
-a la de las Descalzas, severa, de buen gusto, y a un lado, otra
-construída en pleno siglo XVIII, de lo más exagerada y barroca en el
-estilo churrigueresco.
-
-La plaza de las Descalzas era entonces más bonita que ahora, pues no
-tenía los edificios de ladrillo blancos y rojos del Monte de Piedad
-que recuerdan los trajes de baño. Estaba también más animada. En la
-fuente de la Mariblanca había siempre aguadores tomando agua o sentados
-en sus cubas, y en el resto de la plaza se estacionaban un sinnúmero de
-carros, y los carreteros formaban sus corrillos al aire libre.
-
-No se veía mucha gente por esta plazuela irregular y triste; sólo
-algunos desventurados, que marchaban a empeñar algo y que buscaban
-para su comisión las horas del anochecer, y los domingos y los días de
-fiesta, los vecinos del barrio, que iban a misa.
-
-La casa de los Capellanes, antigua propiedad de las monjas, era una
-casa vieja; pero no tenía aire decrépito; su vejez era una vejez
-fuerte y sana; estaba pintada de ocre, con grandes desconchaduras, y
-tenía un piso bajo con rejas; el principal, con cinco balcones anchos
-espaciosos, y el segundo, con balconcillos; sobre el tejado, saliente,
-se destacaban guardillas con sus ventanas de cristales verdosos y
-chimeneas antiguas de ladrillo, medio derruídas, y otras modernas, de
-hierro, que echaban tenues columnas de humo en el aire, siempre claro,
-de Madrid.
-
-Por las rejas de la calle de la Misericordia y de la de Capellanes
-se veían sacos y bolas de sal, menos en una de una encuadernación,
-donde se divisaban montones de papel y una prensa de madera; en el
-piso primero, a través de los cristales, aparecían unas cortinas rojas
-desteñidas, y en el segundo, visillos amarillentos.
-
-Hacia 1823, esta casa fué vendida por el Estado, y en 1835 era dueño
-de ella don Tomás Manso, que vivía en el primer piso y tenía el bajo
-dedicado a almacenes de sal.
-
-Desde entonces, entre la gente, el nombre de la casa de los Capellanes
-se iba sustituyendo por el de Casa de la Sal.
-
-Le habían quedado a este edificio varias servidumbres, de cuando
-era anejo a la iglesia, y por su escalera pasaban el capellán y el
-sacristán de las Descalzas para sus habitaciones respectivas, y dos
-frailes franciscanos, confesores de las monjas clarisas del convento
-inmediato. Esta casa tenía una puerta grande de dos hojas, con clavos
-pequeños, y un postigo en una de ellas. El zaguán, empedrado con losas,
-era espacioso, y del centro del techo colgaba un farol; a un lado,
-próximo a la calle, había un puesto de zapatero remendón, y en el
-fondo, una covacha de madera pintada de amarillo. A mano izquierda de
-la covacha comenzaba una escalera vieja y apolillada, y a mano derecha
-había una mampara de cristales con una puerta, por la que se pasaba
-a un patio con arcos. Este patio tenía en una esquina una puerta que
-daba a los almacenes, y en la otra, un pasillo obscuro que conducía a
-otro patio pequeño, con un arbolito enclenque. El patio grande estaba
-enlosado, y tenía en una de sus paredes una parra, que regaba con un
-bote el encuadernador, que vivía en uno de los cuartuchos interiores
-del piso bajo. Esta parra daba al patio cierto aire aldeano. Toda la
-planta baja estaba formada por sótanos, crujías y almacenes negros y
-abandonados, con las paredes salitrosas. Uno de estos almacenes, en el
-que no entraba nadie, tenía una fuentecilla rota que representaba una
-cabeza de Medusa. La Gorgona, de piedra, estaba borrosa, a fuerza de
-golpes.
-
-En los cuartos interiores, a los que se llegaba por una escalera
-obscura, vivían gentes raras: un medio mendigo, que andaba por las
-iglesias; una señora y su hija, venidas a menos, que cosían para fuera,
-y una vieja pequeña, arrugada y negra, que cuidaba de las sillas de las
-Descalzas.
-
-
-
-
- II
-
- FAUNA Y FLORA DE LA CASA
-
- Yo soy misántropo y odio el
- género humano. En lo que te
- concierne, siento que no seas
- un perro; quizá podría amarte
- algún poco.
-
- SHAKESPEARE: _Timón de Atena_.
-
-
-EL que entraba en el viejo caserón de los Capellanes y subía desde el
-portal a las guardillas, he aquí lo que iba viendo:
-
-El primer encuentro, naturalmente, era el del portero y zapatero
-remendón Francisco Cuervo, un antiguo soldado del ejército de la Fe,
-del año 23, donde se había reunido la flor y nata de los bandidos y
-criminales de todas las Españas.
-
-Francisco Cuervo, alias Paco, don Paco, Paquito, don Paquito, Cuervo,
-el Cuervo y el Chepa, porque tenía la espalda de jorobado, era hombre
-de unos cuarenta y cinco años, de aire frío y siniestro.
-
-El Cuervo manifestaba cierta mala sangre y cierto ingenio. Era un
-misántropo. Tenía réplicas incisivas y ocurrentes. Una vez uno de los
-carreteros que llevaban la sal a la casa le contaba con un gran lujo
-de detalles sus infortunios conyugales. El Cuervo, después de oírle
-burlonamente, le dijo:
-
---¿Sabe usted lo que le digo?
-
---¿Qué?
-
---Que vale más que eso le haya pasado a usted que no a otro.
-
---¿Por qué?
-
---Porque otro no hubiera tenido su paciencia.
-
-Y el Cuervo dió una puntada al zapato que estaba componiendo. Al Cuervo
-le gustaba mortificar a la gente. Cuando fué cabo de voluntarios
-realistas se distinguió por su maldad más que por su valor. A su mujer,
-de aspecto débil y enfermizo, la dominaba y martirizaba con saña.
-
-El Cuervo tenía un perro tan malo como él. Era un perrillo viejo,
-sarnoso, que mordía a los chicos y gruñía a todo el mundo. El zapatero
-le había puesto por nombre _Rodil_, para expresar su desprecio por el
-general que había perseguido a don Carlos.
-
-El remendón azuzaba a _Rodil_, que perseguía a los gatos. El perro era
-menos cruel que el amo: cuando cogía una rata la mataba; en cambio,
-el Cuervo, cuando cogía una rata la rociaba con petróleo y la pegaba
-fuego, riendo a carcajadas. El zapatero no faltaba a ninguna corrida de
-toros ni a ninguna ejecución.
-
-El Chepa tenía una gran admiración y un gran respeto por el amo de la
-casa, don Tomás Manso, que había sido su jefe entre los voluntarios
-realistas.
-
-El Cuervo se manifestaba como hombre de gran inteligencia y de astucia,
-sobre todo para lo que fuera intriga y maldad. Debía tener algún temor
-que le inquietaba, porque siempre andaba mirando, desde el portal, a
-derecha y a izquierda de la calle, y no salía nunca solo. Si salía
-solo, esperaba al anochecer y marchaba embozado en la capa.
-
-En el entresuelo de la casa vivía un dependiente antiguo apellidado
-Gómez. Narciso Gómez era un hombre insignificante, gordito, tirando a
-rubio, casado con una mujer muy chismosa y muy coqueta que se llamaba
-Juana. Juanita era una mujer pálida, blanca, con los ojos claros y un
-aire de avispa.
-
-Juanita tocaba la guitarra y cantaba. Solía tener grandes éxitos con la
-canción del _Triste Chactas_, que acababa con el estribillo de «Sin mi
-Atala no puedo vivir».
-
-Juanita solía visitar una casa de huéspedes que había en la vecindad, y
-estaba enredada con uno que vivía allí de pupilo, un tal Luis, empleado
-en un Banco. Este Luis era un hombre guapo, de unos treinta años,
-muy satisfecho de su barba, de sus manos y de sus uñas. Fuera de sus
-cuentas, de los cuidados de su barba, de sus manos y de sus uñas, era
-un pobre imbécil.
-
-Juanita le engañaba a Gómez, a su marido, con don Luis; pero si hubiera
-estado casada con éste, le hubiese engañado con Gómez.
-
-Se decía por las malas lenguas de la calle de la Misericordia, 2, que
-Juanita había tenido algo que ver con don Tomás, el amo de la casa.
-
---Es falso--decían los que negaban este rumor--. Ella es capaz de eso y
-de mucho más; pero él, no.
-
-Juanita unía a su descoco una mala intención señalada y mordía cuanto
-podía y como podía en la fama de las mujeres de la vecindad.
-
-En el primer piso de la casa vivía el dueño, don Tomás. Este hombre
-tenía ya cerca de sesenta años y estaba casado con una mujer joven
-y bonita. Don Tomás era hombre alto, delgado, pálido, afeitado
-cuidadosamente, con el pelo cano, siempre vestido de negro.
-
-Su perfil era de medalla antigua; tenía una cara de esas que parecen de
-plata, una cara reconcentrada y grave. Don Tomás era gran trabajador,
-gran madrugador, muy ordenado y meticuloso. Prestaba dinero a rédito
-de una manera un tanto usuraria; pero era capaz de hacer un favor y de
-dar dinero sin interés. Había favorecido en repetidas ocasiones a la
-familia suya del pueblo; pero estaba convencido de que había hecho mal,
-porque no había obtenido más que olvidadizos y desagradecidos.
-
-Don Tomás creía firmemente en la maldad humana. De ahí que fuera un
-absolutista fiero. Para él el hombre debía estar siempre sujeto y atado
-como un perro de presa para que no mordiese.
-
-Solía vérsele a don Tomás, de día, recorriendo el almacén, y por las
-noches, armado de una linterna, en compañía del Cuervo, registrando
-la casa. La habitación donde vivía don Tomás representaba muy bien
-el carácter de su dueño. Era una casa lóbrega, obscura, en que
-constantemente estaban cerrados los cuartos; tenía una sala de respeto
-de color rojo, con una sillería de damasco, con todas las sillas
-pegadas a las paredes, y en el techo, una araña de cristal. El comedor
-era triste, recibía la luz por la cocina, y las alcobas, sin luz y
-sin ventilación, estaban llenas de armarios, de cómodas y de baúles,
-de estampas de santos y de algún Niño Jesús metido en un fanal, con
-falditas y una bola de plata en la mano.
-
-De unas habitaciones a otras se pasaba subiendo o bajando varios
-escalones.
-
-El despacho de don Tomás era un cuarto grande con una ventana al
-patio de vidrios pequeños y emplomados y un papel amarillo desteñido.
-Tenía un armario alacena hecho en el hueco de la gruesa pared, con
-unas cortinillas verdes sobre los cristales, un buró de caoba, sillas
-también de caoba y una caja de caudales de hierro. Sobre la mesa, y en
-la pared, había un crucifijo de marfil y una estampa con la imagen del
-infante don Carlos.
-
-El suelo del despacho era de baldosas rojas y solía estar cubierto por
-una estera amarilla en invierno. En un ángulo, sobre un estante, había
-varios libros de comercio, de pasta verde, con las cantoneras de cobre.
-En este despacho, triste y frío, don Tomás trabajaba invierno y verano,
-vestido siempre de negro y con un gorro también negro. Don Tomás no
-tenía nunca fuego en la casa.
-
-Don Tomás guardaba el dinero en unos capachos pequeños, donde ponía los
-duros, las pesetas y los cuartos, y tenía una gran cartera para los
-billetes de Banco.
-
-Desde la puerta mampara del corredor se le veía escribiendo con una
-pluma de ave, con una letra española de finos gavilanes, dedicándose
-a estas fórmulas tan queridas por los españoles: «Mi querido amigo y
-dueño: Su majestad el Rey, que Dios guarde, etc., etc.»
-
-Don Tomás no salía casi nunca de día. Al anochecer se vestía con cierta
-elegancia, se ponía camisa y cuello limpio, la capa, el sombrero de
-copa alta, el bastón, y se marchaba a la calle, siempre muy serio y
-grave.
-
-Al volver a casa encendía una vela y volvía a su despacho, donde solía
-estar escribiendo.
-
-Don Tomás trataba de convencer a todos que el mundo había degenerado de
-tal manera que nada era digno de interés.
-
-En el piso segundo, en la parte que daba a la calle, tenía una casa de
-huéspedes una señora gruesa, doña Leonarda, casada con un francés. Era
-una casa de huéspedes de gente acomodada, en donde se comía bien. El
-pupilo más antiguo era un tal don Jacinto, un viejo currutaco, agente
-de negocios, que iba a todos los teatros y fiestas y visitaba a don
-Tomás. En esta casa vivía también don Luis, el amante de la Juanita.
-
-Un poco más arriba que la casa de doña Leonarda, la escalera se
-bifurcaba y había un arco que daba a la habitación de los frailes.
-Después, más arriba, volvía a bifurcarse la escalera, y por otro arco
-se pasaba al cuarto del capellán de las Descalzas. Estos dos arcos
-constituían la servidumbre de la casa.
-
-Unas escaleras más arriba había un cuarto grande y largo, con tres
-ventanas, que abarcaba una de las paredes del patio.
-
-Este sotabanco se hallaba hecho primitivamente sobre el tejado y
-estaba sin baldosas y sin cielo raso. Había allí relojes parados,
-cajas cerradas, sacos y, en un estante, una porción de instrumentos de
-platero.
-
-El padre de don Tomás había tenido este oficio, y el mismo don Tomás lo
-había practicado en su juventud.
-
-Por la parte de atrás el sotabanco tenía una puerta pequeña, con un
-montante que daba a una escalera estrecha.
-
-Por esta escalera se llegaba a una azotea abandonada, con unos palos
-podridos y unos trozos de cuerdas de esparto.
-
-Más arriba, y al otro lado del sotabanco, estaban las guardillas, en
-donde dos dependientes de don Tomás, Burguillos y el Morenito, tenían
-sus viviendas.
-
-Burguillos, ex sargento realista, había establecido sobre el tejado una
-azotea de tablas, con un barandado de madera, y puesto luego unas cajas
-con plantas en su terraza, que cuidaba y consideraba como los jardines
-colgantes de Nínive.
-
-Vigilante de esta terraza era el gato Manolo, que cazaba golondrinas y
-vencejos, y era tan listo como su amo.
-
-Desde la azotea de Burguillos, hecha de contrabando, pues las monjas de
-la vecindad, de saber que había allí un observatorio, no lo hubieran
-permitido, se abarcaba el jardín de las Clarisas, que tenía un
-estanque, y se veía pasear a las profesas y trabajar al jardinero.
-
-Burguillos era manchego, hombre de cara dura y juanetuda, bigote entre
-cano, orejas como aventadores, frente pequeña y estrecha y color
-cetrino. Burguillos, flor de pedantería castellana, hablaba siempre _ex
-cathedra_, con esa perfección que a algunos encanta y que, en general,
-no consiste mas que en el uso de lugares comunes. La frase, el refrán,
-el como dice el otro, estaban siempre en sus labios. Burguillos se
-creía la ciencia infusa, sabía hacer de todo; pero de todo mal, por
-lo que sus enemigos le motejaban de chapucero. Hablaba por sentencias
-y era extraordinariamente dogmático. Este manchego tenía una hija
-muy guapa, la Pepa, una mujer con ideas de manola, tan redicha como
-su padre, de quien, al parecer, había heredado su manera de hablar
-recortada y sabihonda. La Pepa era costurera y aficionada a toda clase
-de desplantes.
-
-La Pepa, moza vistosa, morena, tenía unos ojos negros, grandes,
-brillantes, de estos ojos que parecen reflejar mejor el mundo exterior
-que la vida del espíritu.
-
-Burguillos albergaba un huésped, un empleado del Monte de Piedad, don
-Plácido del Moral. Don Plácido, hombre de unos cincuenta años, seco,
-espartoso, vivía muy humildemente.
-
-Don Plácido era soltero, económico y avaro. Decía a todo el mundo
-alguna frase amable; cerraba su guardillita, como decía él, y no
-permitía que nadie entrara en ella.
-
-Era hombre bastante ilustrado, de buena memoria, que sabía latín. Le
-hacía copias de documentos al capellán mayor de las Descalzas. Compraba
-la ropa y los sombreros en el Rastro, y leía las Odas de Horacio, en
-latín, en un viejo ejemplar grasiento.
-
-Don Plácido había sido un gran aventurero: había estado en América y
-tomado parte en la guerra de la Independencia y en las luchas de los
-años constitucionales. Su falta de imaginación extraña le hacía contar
-con tan poco encanto lo visto por él que, al oírle, su vida de militar
-no parecía mas que una serie de fechas de salida de un pueblo y entrada
-en otro. La guerra para él era una cosa burocrática y aburrida.
-
-El otro empleado de la casa, el Morenito, era un hombre muy callado;
-tenía la cara amarilla, los ojos pequeños, brillantes, como granos de
-café tostado, el bigote negro y el traje negro. Daba la impresión de
-una urraca.
-
-De los frailes franciscanos que vivían en la casa y eran confesores de
-las monjas, el más constante era el padre Cecilio, un fraile grueso,
-abultado, poco inteligente y, por eso quizá, predicador favorito de las
-monjas.
-
-Le solía acompañar un lego, el hermano Félix, un hombre grueso,
-grasiento, como derrengado, con una manera de andar de pato, unos
-ademanes afeminados y una voz atiplada. El hermano Félix había estado
-largo tiempo rasurado; pero después de la matanza de frailes se dejaba
-la barba, negra y cerrada. Este hermano Félix era un tipo repulsivo e
-inquietante.
-
-El capellán mayor, don Bernardo, tenía una cara de aldeano castellano,
-dura y ceñuda; pero era buen hombre. No trataba apenas con nadie, no
-miraba de frente y estaba dedicado a estudios históricos.
-
-Cuando alguno lo visitaba le veía escribiendo en una mesa pequeña,
-rodeado de manuscritos y de libros viejos, en un pequeño despacho con
-estantes llenos de tomos en pergamino. Por entonces estaba componiendo
-la historia de algunas comunidades religiosas.
-
-Don Bernardo era gran latinista e historiador concienzudo, con lo cual
-no ganaba favores ni amistades.
-
---Antes que nada, la verdad--solía decir rudamente y mascullando las
-palabras.
-
-Con este espíritu verídico no quería meterse en cuestiones de moral y
-de dogma, comprendiendo que podía venirse abajo su fe.
-
-Don Bernardo decía misa en las Descalzas, pero por cualquier motivo
-se quedaba en casa y no iba a la iglesia. Siempre inclinado a la
-transigencia en cuestiones de moral, contrastaba con el padre Cecilio,
-que era intransigente y fanático. Don Bernardo encontraba precedente
-para todo; así que él y el fraile franciscano de la vecindad no se
-tenían la menor simpatía.
-
-Había quien aseguraba que el padre Cecilio odiaba profundamente a don
-Bernardo, y que don Bernardo despreciaba en general a los frailes, y
-sobre todo a los de la vecindad.
-
-La casa de los Capellanes, antes como un pólipo unido a la iglesia y al
-convento, tenía su vida propia.
-
-Se dice que cada casa es un mundo. Aquella lo era. Había sus
-preocupaciones, sus enredos amorosos y sus misterios. La Pepa de
-Burguillos, la Juanita y las muchachas de casa de don Tomás y de la
-casa de huéspedes daban pábulo a la murmuración.
-
-Se hablaba de que don Tomás guardaba secretos; se decía que debajo
-de uno de los almacenes de sal, del que tenía en la pared una fuente
-de alabastro con una cabeza de Medusa, había una cueva con grandes
-subterráneos, y que estos subterráneos comunicaban por galerías con el
-convento de las Descalzas y con el Palacio Real.
-
-Burguillos, que a veces trabajaba de albañil, aseguraba haber recorrido
-parte de estos subterráneos.
-
-Como moluscos agarrados a una roca vivía aquella parte de humanidad en
-el viejo caserón.
-
-Era por dentro una casa siniestra esta casa del barrio de las
-Descalzas, Misericordia, 2; una casa buena para crímenes, para duendes,
-para toda clase de intrigas y de misterios.
-
-
-
-
- III
-
- LA EJECUCIÓN DE MIYAR, EL LIBRERO
-
- Y también pronto, en son triste,
- lúgubre voz sonará:
- ¡Para hacer bien por el alma
- del que van a ajusticiar!
-
- ESPRONCEDA: _El reo de muerte_.
-
-
-A principio de 1831, don Tomás Manso puso en su casa, como dependiente,
-a un sobrino suyo en segundo o tercer grado, llegado de Lerma, llamado
-Miguel Rocaforte. Miguel, cuando vino a Madrid, era un joven cándido,
-violento, lleno de ilusiones.
-
-Entró a trabajar en el despacho de la calle de la Misericordia, a
-las órdenes de Narciso Gómez, el casado con doña Juanita; y como su
-tío no quería que Miguel fuera a una casa de huéspedes, ni tampoco
-llevarlo a vivir con él, porque era celoso, hizo que a su sobrino le
-pusieran la cama en el sotabanco grande y largo, en donde había relojes
-descompuestos y herramientas de platero.
-
-Miguel trabajaba con don Narciso en el piso bajo, en un rincón
-estrecho y húmedo, con una ventana con rejas que daba al patio. Este
-despacho tenía una puerta al pasillo, largo y obscuro, que comunicaba
-con almacenes, en donde se veían montones de sal y bolas también de
-sal, algunas tan grandes, que parecían las bombas de los parques de
-Artillería.
-
-El ambiente de aquel piso bajo era muy húmedo, parte porque no tenía
-ventilación, y parte por la eflorescencia de la sal.
-
-Los primeros meses de estar allí Miguel, los pasó aburrido y
-desesperado, haciendo proyectos para marcharse a otra parte; luego,
-cuando conoció al encuadernador, que vivía y tenía un pequeño taller
-en el piso bajo y que le prestaba libros, se dedicó a leer; después se
-acomodó a su vida de empleado, le tomó gusto a su sotabanco, en donde
-estaba solo e independiente, salió a la calle y tuvo amigos y fué al
-teatro.
-
-Cuando Miguel entró en casa de don Tomás tenía diez y nueve años. Era
-un joven romántico y alocado, que en su pueblo había comenzado a hacer
-calaveradas, a leer versos y a escribirlos.
-
-El y un rival suyo en aventuras, León Zapata, habían escandalizado el
-pueblo, haciendo de fantasmas por las calles de Lerma y cantando el
-_Trágala_ delante de la casa de los absolutistas.
-
-Según Aviraneta, Miguel no podía servir para una vida tranquila y
-ordenada. Don Eugenio le encontraba temperamento de guerrillero. Con
-el Empecinado o con Mina, decía, hubiera llegado pronto a capitán o
-a coronel. Era hombre mejor para manejar un sable que para trabajar
-con la pluma. Impulsivo, valiente, atrevido, imprevisor y con una
-vanidad absurda, era un tipo de estos, añadía Aviraneta, que tienen una
-mentalidad de militares, de tenores de ópera, tipos para quienes la
-vida es una sucesión de arias. Colocarse en una situación interesante,
-y a poder ser dramática, y defender luego su papel de una manera
-briosa, constituía la más grande preocupación de Miguel. Miguel, como
-la mayoría de los hombres impulsivos que razonan ligeramente, iba a la
-acción con una fuerza y una energía sorprendentes.
-
---Yo--decía Aviraneta--quise dar a aquel muchacho preocupaciones
-políticas y hacerle en la cárcel un auxiliar mío; pero Miguel era
-incapaz de someterse a nada.
-
-Miguel, los primeros meses de estar en Madrid, no tenía más amigo que
-Gómez, el empleado, y Gómez le desesperaba. Este era un hombrecito
-insignificante y sonriente, contento con su suerte, a pesar de que todo
-el mundo decía que su mujer le engañaba. De noche, a la luz de una
-lamparilla de aceite, Miguel leía en su sotabanco poesías románticas y
-novelas lacrimosas.
-
-Un día, poco después de llegar a Madrid, supo por el portero de la
-casa, el Cuervo, y por Burguillos, que iban a ejecutar a un librero
-liberal en la plaza de la Cebada.
-
-Los dos compadres le invitaron a acompañarles a presenciar la
-ejecución, y al mediodía, después de trabajar en el almacén y de dejar
-el zapatero remendón a su mujer al cuidado del puesto y de la portería,
-marcharon los tres, cruzando calles, a salir a la de Toledo, y llegaron
-a la plaza de la Cebada, que entonces se hallaba despejada y libre de
-todo edificio.
-
-Los soldados rodeaban el patíbulo y formaban el cuadro. Una multitud de
-desharrapados se apiñaban para presenciar el suplicio, y los dragones
-hacían caracolear los caballos y los llevaban para atrás, a meterlos
-entre las filas de los curiosos. Tocaban las campanas a muerto en todas
-las iglesias próximas: en San Isidro, en San Millán, en la Almudena, en
-el Sacramento y en la capilla del Obispo; y los hermanos de la Paz y
-Caridad, vestidos con sayones negros, recorrían las calles por parejas;
-unos, haciendo sonar la campanilla, y otros, mostrando una caja de
-hoja de lata y diciendo con voz triste y monótona: «Para hacer bien
-por el alma del que van a ajusticiar». Miguel y sus dos compañeros se
-detuvieron en medio de la multitud.
-
-Miguel oyó decir que la mujer del librero Miyar había ido el día
-anterior a Aranjuez a pedir gracia al Rey. La pobre mujer esperó a
-Fernando VII; pero Fernando no salió porque llovía; quizá no salió por
-temor a verse obligado a perdonar; cosa que debía ser desagradable para
-un hombre bajo y rencoroso como él.
-
-A las doce y media, próximamente, comenzó a aparecer la comitiva en la
-plaza de la Cebada. Un hermano de la Paz y Caridad, llevando una gran
-cruz, precedía el cortejo. Detrás marchaban dos filas de encapuchados,
-con cirios amarillos en la mano, cantando una letanía; luego, un
-piquete de alguaciles a caballo.
-
-Inmediatamente después, montado en un burro, venía el librero Miyar,
-entre dos curas. Vestía una hopa blanca y larga; estaba tan blanco como
-la hopa y tenía las manos amoratadas, casi negras, por la presión de
-la cuerda, que le martirizaba. Entre las manos agarrotadas llevaba una
-estampa de Cristo.
-
-Al ver la horca, el reo volvió la cabeza con horror y miró hacia el
-público con los ojos dilatados por el espanto; pero los curas le
-obligaron a seguir, poniéndole un crucifijo delante.
-
-El Cuervo, entonces, dirigiéndose al reo, exclamó:
-
---¿Qué, creías que te iban a dar dulces?
-
-Burguillos celebró la frase.
-
-Miguel, indignado, hizo un gesto de disgusto y de molestia y se separó
-bruscamente de sus compañeros. Este gesto lo notaron un joven y un
-viejo, que se acercaron a él en seguida.
-
---¿Es usted amigo de ese jorobado?--le preguntó el viejo.
-
---No; vive en la casa donde yo trabajo, pero no tengo nada que ver con
-él, ni comparto sus sentimientos.
-
-El joven y el viejo le estrecharon efusivamente la mano. Miguel no
-quiso presenciar la ejecución. El joven y el viejo se unieron a Miguel
-y subieron calle de Toledo arriba. El joven era alto, flaco, con
-melenas, y vestía gabán y sombrero de copa; el viejo, más bajo, llevaba
-sombrero ancho y capa.
-
-Al pasar por un café de la calle Imperial, el joven les invitó a entrar
-a Miguel y al viejo; pero éste dijo que no, y les llevó a una taberna
-próxima. Era la taberna del hermano de Balseiro, ladrón que tuvo luego
-gran fama y que estuvo complicado en el proceso de Candelas.
-
-El joven y el viejo, al encontrarse dentro de la taberna, hablaron con
-violencia y desfogaron su furor.
-
-El Rey, según el joven, era un miserable, un malvado, un hombre vil,
-sin corazón, sin conciencia, dominado por una camarilla de lacayos y
-por los frailes.
-
-El viejo habló de la miserable farsa que suponía el condenar a un
-hombre a muerte y ponerle una estampa de Cristo en las manos; como si
-no fueran ellos, los que se decían representantes de Cristo, los que le
-condenaban. Miguel les oyó con gusto, porque aquellos hombres tenían
-sus ideas; luego se despidió de ellos para llegar a tiempo al almacén.
-
-Al entrar en la casa oyó contar al Cuervo la ejecución de Miyar, con
-todos sus detalles, riendo, como si se tratara de una de las cosas más
-divertidas y chuscas que se pudiera contemplar.
-
-Cuando Miguel habló de esta cuestión vió que todos los de la casa,
-comenzando por don Tomás y siguiendo por el padre Cecilio, aseguraban
-que el librero Miyar estaba bien castigado, porque era un hereje y
-había que hacer un escarmiento con ellos.
-
-Había poca misericordia en aquella casa de la calle de la Misericordia,
-2.
-
-Miguel Rocaforte tuvo que disimular sus ideas, con gran desesperación
-suya. Sabía que don Tomás era carlista, pero no lo creía tan fanático;
-luego averiguó que había sido administrador del duque del Infantado, y
-que era por entonces uno de los hombres de más influencia del partido
-apostólico.
-
-Unos años después contaba Miguel en su Diario, cuando la matanza de
-frailes, vió al joven y al viejo a quienes había encontrado en la plaza
-de la Cebada en la ejecución de Miyar aplaudiendo a las turbas en la
-calle de Toledo, mientras quemaban los muebles sacados de San Isidro y
-llevaban en un carro los cadáveres de los frailes.
-
-Al principio de llegar a Madrid, Miguel se mezcló en las algaradas
-callejeras y habló de política con entusiasmo; luego el amor borró
-estas preocupaciones y le absorbió por completo.
-
-Miguel cometió la torpeza, de que luego se arrepintió, de tomar como
-confidente de sus amores a su paisano León Zapata y de presentarle a
-éste a don Plácido, el huésped de Burguillos.
-
-
-
-
- IV
-
- SOLEDAD
-
- Non olvides la dueña, dicho te lo e desuso.
- Muger, molyno e huerta syempre quieren el uso.
-
- ARCIPRESTE DE HITA: _Libro de Buen Amor_.
-
-
-A los tres meses de vivir allí, Miguel era un elemento importante de la
-casa. Las muchachas de don Tomás, doña Juanita, la Pepa de Burguillos,
-le buscaban y le hablaban. Se hizo amigo de don Plácido y fué con
-éste a visitar al cura don Bernardo y a oír sus sabias disertaciones
-históricas.
-
-Iba Miguel con frecuencia a la casa de Burguillos y charlaba allí con
-la Pepa. Los desplantes chulescos de ésta no llegaron a entusiasmar al
-joven Miguel. Por otra parte, don Plácido le dió malos informes de la
-hija del manchego.
-
-Don Plácido tenía poca simpatía por las mujeres, en general, y menos
-por la hija de su patrón, a la que acusaba de egoísta, de interesada y
-de coqueta.
-
-Gómez, el empleado, le llevó también a Miguel algunos días a su casa.
-Narciso Gómez no le tenía simpatía a Rocaforte; pensaba que el patrón
-favorecería al joven por ser su sobrino. Mientras don Tomás no hizo la
-menor distinción por Miguel, Gómez tampoco la hizo; pero cuando vió que
-el muchacho entraba en la casa del principal, se apresuró a llevarle a
-la suya.
-
-Juanita, la mujer de Gómez, coqueteó con Miguel y le dió broma por las
-conversaciones que tenía con la Pepa Burguillos. A su vez, la Pepa le
-dijo a Miguel que ya sabía que iba a casa de Gómez y que charlaba con
-la Juanita.
-
---Esa no dice a nadie que no--acabó diciendo la chulona de la
-guardilla--; cuando se le va un cortejo, toma otro. Pobre marido.
-
-Miguel, que se vió solicitado por las dos mujeres, se dió tono y no se
-decidió por ninguna de las dos.
-
-Don Tomás, al saberlo, comenzó a tener alguna confianza con Miguel y a
-convidarle a comer los domingos por la noche.
-
-No era un anfitrión muy amable don Tomás. Hablaba poco. Leía la
-_Gaceta_ o algún periódico moderado y hacía comentarios sobre la marcha
-política de España, siempre desde un punto de vista terriblemente
-absolutista y ultramontano. Miguel tenía que ocultar sus ideas y estaba
-obligado a rezar el rosario al despedirse para irse a dormir.
-
-A veces, en la conversación, haciéndose el cándido, intentaba dar una
-opinión liberal; pero don Tomás le hacía callar con desdén, como si no
-mereciera la idea expuesta el ser examinada en serio.
-
-Cuando iba de tertulia el padre Cecilio, éste definía desde lo alto
-de su sapiencia, y sus opiniones eran dogmas. Lo había dicho el
-padre Cecilio, no se podía volver sobre el asunto. Miguel tenía que
-violentarse y morderse los labios para no protestar de las opiniones
-del fraile. Más que la opinión en sí le molestaba el tono sin réplica
-con que la emitía el padre franciscano.
-
-La mujer de don Tomás, Soledad, era una mujer joven, bonita, con una
-cara de virgen resignada y triste. Soledad tenía el óvalo de la cara
-muy alargado, los ojos grandes, obscuros, la expresión melancólica y el
-color pálido; se tocaba con sencillez, sin coquetería, y vestía siempre
-de negro.
-
-La madre de Soledad, mujer enferma, medio paralítica, vivía encerrada
-en su cuarto, cuidada por su hija. Soledad se había casado con don
-Tomás, a pesar de que le doblaba la edad, pensando en su madre enferma,
-porque madre e hija antes de casarse ésta vivían en una pobreza rayana
-en la miseria.
-
-Don Tomás creyó que había hecho bastante con librar de la miseria a
-Soledad y a su madre, y no se ocupaba gran cosa de su mujer. Suponía
-que Soledad debía ser su ama de llaves, y que este cargo le tenía que
-bastar para estar satisfecha y contenta.
-
-Miguel, al principio, no se ocupó de Soledad, ni Soledad de Miguel;
-pero llegó un día en que empezaron a observarse el uno al otro, y él
-fué viendo que, a pesar de su aire encogido y triste, ella era una
-mujer bonita, y Soledad notó que Miguel era un guapo mozo que le miraba
-a hurtadillas siempre que podía.
-
-La confianza entre Soledad y Miguel se fué estableciendo muy
-lentamente, y de repente brotó entre ellos el amor como una llama.
-
-Quizá Miguel tenía ideas falsas acerca de las mujeres, y decía muchas
-veces insensateces y locuras; pero Soledad sabía, sin duda, desprender
-toda la broza literaria de la conversación de Miguel y no ver en sus
-palabras mas que el entusiasmo que se transparentaba en ellas, como en
-su actitud y en su expresión.
-
-Por otra parte, Soledad tenía horror por el adulterio y por el
-escándalo; pensaba a todas horas en el infierno; pero Miguel le
-inspiraba confianza.
-
-Durante el día Miguel solía ver algunas veces a Soledad asomada a los
-cristales desde las rejas de su despacho, y llegó un tiempo en que
-sabía las horas exactas en que ella se asomaba.
-
-Un domingo, por la mañana, Miguel escribió una carta de amor y se la
-mostró a Soledad desde la ventana del sotabanco. Ella hizo desde dentro
-un signo de asentimiento. Miguel metió la carta en un libro, lo ató
-con un bramante y fué bajándolo hasta que ella pudo coger el libro. Al
-día siguiente Soledad contestaba, y una correspondencia apasionada se
-cruzaba entre los dos.
-
-Miguel inventó una porción de procedimientos ingeniosos para que no se
-descubriese la correspondencia, y durante algún tiempo nadie se enteró.
-
-Sin duda alguna, Miguel vió en la iniciación de aquellos amores un
-triunfo personal, un triunfo de soberbia contra la estupidez satisfecha
-de don Tomás y el dogmatismo categórico y cerril del padre Cecilio;
-Miguel pensó más en su vanidad satisfecha que en la mujer que por él
-se comprometía; después fué perdiendo la satisfacción de su orgullo y
-se encontró preocupado con la situación en que se hallaba y con la que
-había dejado a la mujer que quería.
-
-En aquel momento se olvidó de su actitud literaria, romántica, y
-comenzó a adquirir una idea de responsabilidad.
-
-Entonces se le ocurrió el proyecto de ponerse a estudiar francés e
-inglés, e irse al extranjero con Soledad.
-
-A otro quizá la reflexión le hubiera echado atrás; pero Miguel tenía
-alma de conquistador, de guerrillero y más bien amaba el peligro que lo
-rehuía.
-
-Soledad había vivido en un ambiente completamente hostil; cuidaba de su
-madre, hacía los quehaceres de la casa y estaba espiada por todos los
-vecinos y vecinas, comenzando por la Pepa y la Juanita. Si alguna vez
-se quejaba de que su vida era triste y aburrida, los pocos contertulios
-que visitaban a don Tomás caían sobre ella, y la decían, entre ironías
-y sarcasmos, que la vida ideal para una mujer consistía en estar unida
-a una persona respetable y religiosa. Todo lo demás no valía nada, eran
-únicamente tonterías y romanticismos de la época. En este todo lo demás
-entraba lo único agradable que puede tener la vida.
-
-Soledad llevaba una existencia triste, cuidaba de su madre, hacía los
-quehaceres y apenas salía de casa. No había estado nunca en el teatro
-ni leído mas que libros de religión. No tenía amigas; los días de
-fiesta iba a la iglesia de las Descalzas, y después daba una vuelta
-para hacer algunas compras.
-
-Miguel, en su exaltación romántica, convenció pronto a Soledad que
-la vida no era esta triste rutina; que el amor resplandece en la
-existencia como la Vía láctea en las noches estrelladas, y que cuando
-el corazón ha hablado se puede y se debe saltar por encima de las
-preocupaciones sociales.
-
-Ella se dejó convencer rápidamente; él seguía escribiéndola cartas, que
-ella leía y que contestaba robando horas al sueño. Miguel y Soledad
-tuvieron un domingo una cita, y luego varias. El solía esperarla en el
-claustro de las Descalzas, y en una de las ventanas dejaba escrito con
-lápiz el sitio de la cita donde debían reunirse.
-
-A pesar de todas sus precauciones, los amores trascendieron. La Pepa,
-la Juanita y el Cuervo habían formado, alrededor de ellos, una red de
-espionaje.
-
-Don Tomás se manifestaba impasible, sin la menor sospecha, de una
-ecuanimidad extraordinaria. Soledad sentía un gran terror, que iba
-aumentando por momentos al encontrarse frente a su marido, y este
-terror se lo comunicó a su amante.
-
-Su esposo era hombre de una frialdad terrible y de unas pasiones
-reconcentradas, le decía a Miguel. Ella le había visto algunas veces,
-aunque no muchas, perder su aire tranquilo y convertirse en una fiera.
-
-La posibilidad de que su marido, enterado ya de cuanto ocurría, se
-manifestara tan impasible, redoblaba su terror. Soledad temía que su
-marido lo supiera todo y estuviera preparando una venganza terrible.
-
---Que caiga la venganza sobre mí, que soy la más culpable--decía ella.
-
-Miguel quería creer que don Tomás era un pobre hombre que no se
-enteraba de nada, ni era violento. Sin embargo, iba sabiendo que su
-patrón había tenido negocios peligrosos de contrabando, que se había
-manifestado como un guerrillero audaz, y que en sus tentativas de
-conspiración con los absolutistas había sido tan atrevido como enérgico.
-
-Don Tomás guardaba secretos de sus correligionarios; la cueva de su
-casa, según se decía, estaba llena de cajas con papeles y documentos.
-El era el único que sabía lo que había dentro. Si alguno conocía parte
-de sus secretos, era el portero, el Cuervo, su hombre de confianza.
-
-Muchos le tenían a este antiguo soldado del ejército de la Fe por
-cómplice de su amo. ¿Cómplice de qué? No se sabía; pero la idea de
-que entre los dos habían hecho algún desmán, se imponía al verlos. El
-Cuervo estaba entregado a su amo en cuerpo y alma.
-
-Soledad, al pasar por el portal, temía la mirada de aquel zapatero
-siniestro.
-
-Don Tomás solía ir con frecuencia a la librería de Monnier, con
-Miguel, a leer periódicos realistas franceses, cuyas noticias le
-interesaban.
-
-Cuando la cuestión del supuesto robo de Castelo, y cuando Miguel no
-quiso dejarse registrar y fué llevado a la cárcel, don Tomás, a pesar
-de su impasibilidad, quedó sorprendido. La energía de su dependiente le
-admiró, y comprendió que era un hombre de fibra. Miguel llevaba en el
-bolsillo las cartas de Soledad y su Diario.
-
-Rocaforte, al ingresar en la Cárcel, pensó que el peligro en que se
-encontraba Soledad estaba conjurado; y se prometió no decir nada,
-aunque tuviera que permanecer allí largo tiempo.
-
-Don Tomás examinó la conducta de su dependiente y llegó a ver en claro
-la causa por la cual no había querido dejarse registrar.
-
-Le faltaba la prueba, y supuso que, tarde o temprano, la encontraría.
-
-En el tiempo en que Miguel estuvo preso, Soledad sufrió grandemente; su
-madre murió, y ella fué poniéndose cada vez más pálida y más triste.
-
-Don Tomás decidió enviarla a Sigüenza, a casa de unos parientes.
-
-
-
-
- V
-
- ANÓNIMOS
-
- Los malvados son como las
- moscas, que recorren el cuerpo
- del hombre y no se detienen mas
- que sobre sus llagas.
-
- LA BRUYERE: _Los caracteres_.
-
-
-EN el tiempo en que Miguel estuvo preso en la Cárcel de Corte se
-recibieron varios anónimos en casa de don Tomás. Uno de ellos era de
-Juanita, la mujer de Gómez; los otros, de León Zapata, el paisano de
-Miguel. La Juanita tenía gran odio por Soledad.
-
-Zapata quería mortificar a don Tomás y de paso estorbar el éxito de
-Miguel. Don Plácido le sirvió de apuntador y le dió datos de la gente
-de la casa.
-
-El anónimo de Juanita, que iba dirigido a don Tomás, decía así:
-
-
- «Con gran sentimiento de mi parte, tengo que participarle a usted
- que su mujer le engaña con Miguel Rocaforte, el que está ahora
- en la cárcel. Pregunte usted en la calle de Peregrinos, 4, donde
- Soledad y Miguel se han visto, y le darán noticias.
-
- UN AMIGO.»
-
-
-Los anónimos de Zapata se sucedieron durante largo tiempo y tenían otro
-carácter. Fueron varios.
-
-El primero decía así:
-
-
- «En esa santa casa antigua de Capellanes hay una mujer que adorna
- la frente de su marido. Es Juanita, la señora de Gómez. El señor
- Gómez no puede ya con su cabeza. Cada año un asta más.
-
- ¡Buena está la casa de la calle de la Misericordia, 2!
-
- EL DUENDE.»
-
-
-Al día siguiente llegó otro anónimo:
-
-
- «El joven Miguel Rocaforte se jacta en todas partes de haberle
- puesto los cuernos a su principal. Estaba escrito: Manso has sido,
- manso eres y manso serás.
-
- ¡Buena está la casa de la calle de la Misericordia, 2!
-
- EL DUENDE.»
-
-
-Al cabo de poco tiempo vino otro papel:
-
-
- «En esa santa casa, hoy de la Sal, hay un Cuervo que debía graznar,
- ya hace tiempo, en el patio de un presidio. Ese Cuervo, mal
- zapatero, es un bandido, miserable y estafador, que engaña a todo
- el mundo, empezando por su amo. ¡Buena está la casa de la calle de
- la Misericordia, 2!
-
- EL DUENDE.»
-
-
-A los pocos días se recibió otro anónimo:
-
-
- «En esa cristiana casa hay una Pepita que tiene dos cortejos a la
- vez: uno para los días de fiesta, y otro para los días de labor.
- Ahora la visita el cerdo del padre Cecilio. ¿Qué hace mientrastanto
- Burguillos? Burguillos calla y otorga. ¡Buena está la casa de la
- calle de la Misericordia, 2!
-
- EL DUENDE.»
-
-
-Por último, se recibió esta letanía, que decía así:
-
-
- «_Letanía para recitar en la casa de la Sal._
-
- De la mansedumbre de don Tomás Manso,
- De la gracia del Cuervo,
- De las visitas de los padres franciscanos,
- De los chismes de las monjas Clarisas,
- Líbranos, Señor;
- Del ceño de don Bernardo,
- Del vientre del padre Cecilio,
- Del contravientre del hermano Félix,
- De la charla de don Plácido,
- Líbranos, Señor;
- De los ardores de la Pepita,
- De los malhumores de Juanita,
- De los cuernos del buen Gómez,
- De los flatos de Burguillos,
- Líbranos, Señor;
-
- Líbranos, Señor, de tanto bellaco, de tanto cornudo, de tanta
- pécora como habita esa casa, Misericordia, 2. ¡Misericordia, Señor!
-
- EL DUENDE.»
-
-
-Don Tomás leyó con una terrible indignación estos anónimos. El primero
-comprendió que partía de alguna de las mujeres de la casa, de la Pepa,
-o de la Juanita; los otros, pensaba que debían ser de algún amigo de
-Miguel; pero no podía suponer de quién.
-
-
-
-
- VI
-
- PREPARATIVOS
-
- Que no quedara contenta
- ni lograda mi esperanza
- si no vieras la venganza
- en donde viste la afrenta.
-
- GUILLÉN DE CASTRO: _Las
- mocedades del Cid_.
-
-
-EL Cuervo había tenido siempre gran antipatía por Miguel. Sin duda, la
-juventud y la fuerza del joven excitaban su envidia.
-
-El Cuervo había asegurado en la casa que Miguel no saldría de la
-cárcel; cuando le vió que volvía sintió por él un gran odio.
-
-Don Tomás recibió a Miguel con marcada frialdad e hizo que el Cuervo
-registrara el cuarto y las ropas del joven. Este había dejado las
-cartas de Soledad y su Diario en manos de Aviraneta, en un paquete
-atado.
-
-El Cuervo no encontró nada. Don Tomás pareció contentarse; pero el
-Cuervo insinuó a su amo y, al último, le dijo claramente que no por eso
-era menos cierto que Soledad se entendía con Miguel.
-
---¿Lo sabes tú?
-
---Lo sé todo.
-
---¿Te lo han dicho?
-
---Lo he visto.
-
---¿Qué has visto?
-
---He visto que se escribían cartas y luego se hablaban y se daban citas.
-
---¿Dónde se encontraban?
-
---Generalmente en el claustro de las Descalzas. Al principio, Miguel
-escribía con lápiz, en una de las ventanas, el lugar de la cita; luego
-iba ella y borraba lo escrito; después era un pobre que está a la
-puerta de esta iglesia el que se encargaba de su correspondencia.
-
---¿Lo viste tú?
-
---Sí.
-
---¿Qué viste más?
-
---Vi también que uno de aquellos días, al salir de la iglesia de las
-Descalzas, pasó por aquí doña Soledad como si fuera a hacer compras,
-miró a derecha e izquierda y entró en la calle de Peregrinos, donde la
-esperaba Miguel.
-
-Don Tomás sintió que le sofocaba el ansia de vengarse; no le tenía gran
-cariño a su mujer, pero consideraba que al querer a Miguel ofendía en
-su dignidad al hombre que le había sacado de la miseria.
-
---Está bien--dijo don Tomás.
-
-Para don Tomás la traición de Soledad y de Miguel era una prueba más de
-la maldad humana, del espíritu envilecido y encanallado de los hombres.
-
-Ante el Cuervo, el amo consideraba que debía tener una actitud
-indiferente, como si hasta él no pudieran llegar las miserias humanas.
-Los siguientes días, a pesar de su impasibilidad, don Tomás se
-estremecía ante la mirada brillante e irónica del jorobado.
-
-Miguel había vuelto a su trabajo y se manifestaba tranquilo y contento;
-su tío le hablaba poco; Gómez le miraba sonriente; Burguillos le
-contemplaba con atención, y el Cuervo le dirigía una mirada larga y
-rencorosa.
-
-Una vez don Tomás y el Cuervo tuvieron una nocturna conferencia. Al día
-siguiente, por la tarde, era domingo y no había nadie en casa. Amo y
-criado entraron en el almacén de la fuente con la cabeza de Medusa, y
-estuvieron allí largo rato.
-
-El almacén era bajo de techo, tenía rejas al patio y en el suelo
-grandes losas. Entre ellas había dos con hendiduras, como saeteras, que
-se podían levantar. Las levantó el Cuervo con una palanca y apareció
-un agujero grande y obscuro. Metió el Cuervo una linterna encendida,
-colgada de una cuerda, y se vió una oquedad hecha en tierra arenosa, en
-parte revestida por una bóveda de ladrillo, con arcos medio derrumbados.
-
-Don Tomás y el Cuervo bajaron al subterráneo por una escalera larga, y
-lo reconocieron. Tenía una profundidad de ocho a diez metros. Estaba
-completamente cerrado, y no había comunicación alguna con el exterior;
-la única boca de galería que parecía haber existido en otro tiempo
-estaba cerrada por una gran piedra de molino. En el centro de esta
-piedra había un agujero. El Cuervo metió un hierro por él, sospechando
-si tendría una salida, y sacó trozos de carbón y de huesos.
-
-Después de reconocer el subterráneo y ver que no tenía ninguna
-comunicación, volvieron amo y criado al almacén e hicieron entre los
-dos varias y extrañas maniobras. Sirviéndose de la palanca, llevó el
-Cuervo las dos piedras grandes que cerraban el boquete del suelo a un
-rincón, y sobre el agujero que quedaba, de un metro en cuadro, puso una
-esterilla ligera, que lo ocultaba perfectamente, sujeta en los bordes
-por unas bolas de sal. Delante del boquete colocó una mesa.
-
-El Cuervo tenía imaginación para el mal. Excitaba constantemente a su
-amo. Don Tomás vacilaba; tan pronto consideraba la venganza como lógica
-y justa, como la tenía por excesivamente severa.
-
-El Cuervo, que era el espíritu maligno que se cernía sobre el alma
-de don Tomás, le excitaba, le ponía a la vista la petulancia y la
-fanfarronería de Miguel.
-
-
-
-
- VII
-
- EL CRIMEN
-
- Madruga y mata primero.
-
- CALDERÓN: _El monstruo de la
- fortuna_.
-
-
-DESPUÉS de muchas conferencias con el Cuervo, don Tomás se decidió. Un
-día le dijo a Miguel:
-
---Tengo que enviar una persona con una comisión importante para
-Zaragoza, y de paso para Sigüenza. ¿Quieres ir tú?
-
---Con mucho gusto.
-
---Te advierto que es una comisión para los carlistas.
-
---No me importa.
-
---Bueno; pues pide un pasaporte y un billete para la diligencia.
-
-Miguel se entusiasmó con la idea de ver pronto a Soledad, y no se le
-ocurrió la menor sospecha.
-
-Dos días después le avisó a su tío y le dijo:
-
---Ya tengo todo en regla.
-
---Tienes que hacer el viaje con el máximo de prudencia. Es conveniente
-que digas a todo el mundo que te marchas hoy, y no te vayas hasta
-mañana. Ven esta noche a casa, a las doce; no subas a la habitación,
-para que no oigan los pasos. Te daré la llave, entras y pasas al
-almacén de la fuente, donde yo te esperaré.
-
---Está bien.
-
---También quiero que te confieses para salir de Madrid y hacer este
-viaje, que puede estar lleno de peligros.
-
---Bueno.
-
-Miguel no hizo gran caso de este consejo. Por la noche estuvo en el
-Café Nuevo, y, poco antes de dar las doce, se acercó a la casa de la
-calle de la Misericordia. Miguel iba muy embozado en la capa; hacía
-una noche negra de invierno. El joven empujó el postigo de la puerta,
-que se abrió sin ruido, y lo volvió a cerrar, pasó el zaguán, abrió
-la puerta de la mampara de cristales, que comunicaba con el patio, y
-luego, la del almacén de la fuentecilla.
-
---¡Adelante!--dijo don Tomás, con voz temblona.
-
-Miguel no había estado nunca en este almacén, en el cual se decía que
-don Tomás guardaba sus secretos. Vió en un rincón una caja de caudales
-y sobre una mesa un velón.
-
---¿Te ha visto alguno entrar en la casa?--preguntó don Tomás.
-
---Nadie. La noche está muy negra y muy fría.
-
---¿Estás preparado?
-
---Sí.
-
---¿Ya te confesaste?
-
---Sí.
-
---Bueno.
-
-Don Tomás, dando una larga vuelta, se acercó a la mesa, de manera que
-la luz no le diera en el rostro. Así no podía verse el aire siniestro y
-alterado de su fisonomía.
-
---Dale esta carta a Soledad cuando llegues a Sigüenza--dijo--, y lleva
-este paquete a Zaragoza. En el papel está la dirección.
-
-Miguel avanzó despacio hacia la mesa.
-
-Don Tomás le contempló con una mirada anhelante.
-
---¿Por qué me mira así?--se preguntó Miguel.
-
---Si se salva--pensó, a su vez, don Tomás--, Dios lo habrá querido.
-
-Miguel dió varios pasos y se aproximó a la mesa. De pronto se oyó que
-la esterilla se hundía, arrastrando las bolas de sal que la sujetaban,
-y el joven desapareció.
-
-En el momento mismo, el Cuervo saltó por entre dos filas de sacos, y
-apareció en medio del almacén.
-
-Don Tomás se asomó al agujero y oyó un gemido ahogado de dolor.
-
-El Cuervo, armado de la palanca, arrastró con brío, una tras otra, las
-dos grandes losas y cerró el boquete del suelo.
-
---Ya no se oye nada--dijo, temblando, don Tomás.
-
---Habrá muerto con el golpe--repuso el Cuervo.
-
-Don Tomás se dejó caer sobre una silla con el aire de un hombre
-extenuado. El Cuervo comenzó a hacer una gran pirámide de bolas de sal
-sobre las losas que ocultaban el agujero por donde se había cometido el
-crimen.
-
-Acabada la obra, los cómplices se miraron uno a otro. En el Cuervo
-había una expresión de crueldad y de satisfacción. En don Tomás, una
-mezcla de horror y de espanto. Los dos salieron del almacén al patio, y
-luego, al portal. El Cuervo entró en su covacha y don Tomás subió las
-escaleras hasta su cuarto.
-
-Quince días después volvió Soledad a Madrid, sin haber mejorado de su
-mal. No se atrevía a hacer ninguna pregunta. Su marido, indiferente e
-impasible, nada le dijo. Así vivieron marido y mujer meses y meses.
-Nadie tuvo la menor sospecha en la casa. El Cuervo siguió trabajando en
-su portal.
-
- * * * * *
-
-Dos años después, un día en que Soledad rezaba en la iglesia de las
-Descalzas, le dió un desmayo y cayó al suelo. La llevaron a casa y
-llamaron al médico, y después a don Bernardo, el capellán. Don Bernardo
-pasó largo tiempo con la enferma, que a cada instante decía en voz
-baja: «¡Miguel! ¡Miguel!» Unas horas después, Soledad había muerto.
-
-Don Tomás se retiró a Lerma y vendió la Casa de la Sal. Esta pasó a
-diversas manos, hasta que el último dueño decidió tirarla y alinear la
-calle de Capellanes.
-
-
-
-
- VIII
-
- LA ESCUELA DE CRISTO
-
- El sueño de la razón produce
- monstruos.
-
- GOYA: _Caprichos_.
-
-
-DON Tomás y el Cuervo se retiraron a Lerma y vivieron algunos años
-juntos. El Cuervo no era capaz de permanecer tranquilo y sin mezclarse
-en los asuntos públicos y privados, y durante la guerra civil denunció
-a la partida del Cura Merino algunos ciudadanos liberales, que fueron
-fusilados. Poco después, unos parientes de éstos cogieron al Cuervo en
-el campo y lo apalearon de tal manera que murió a consecuencia de la
-paliza.
-
-Don Tomás, al verse sin su criado, sintió más bien tranquilidad que
-pena; la mirada irónica y dura del Cuervo le recordaba la cueva del
-almacén de la calle de la Misericordia.
-
-Al verse solo fué para el una tregua, pero una tregua que duró poco
-tiempo, porque sus terrores volvieron de nuevo.
-
-Don Tomás se hallaba entregado a la religión; constantemente estaba en
-la iglesia rezando y confesándose.
-
-Había por entonces en el pueblo una casa pequeña y ruinosa que casi
-siempre estaba cerrada. Sólo al anochecer solía abrirse para el paso
-de algunas personas. Si se entraba en el estrecho zaguán y se subía
-al único piso, se encontraba primero una sala pintada de negro, con
-un ventanillo enrejado que daba a la calle. En medio de la sala había
-un féretro, cubierto de paño negro, con cuatro cirios apagados. Este
-cuarto se comunicaba por una puerta estrecha con una capilla obscura y
-sin luz. La capilla tenía en medio un altar, con un Nazareno coronado
-de espinas y lleno de sangre, y alrededor, unos armarios de sacristía,
-y encima de los armarios, varias calaveras y varias disciplinas. En
-la pared había un marco con un papel, en donde se leía una lista de
-nombres.
-
-Esta casa pequeña con su cuarto fúnebre y su capilla constituía la
-Escuela de Cristo. Formaban parte de ella varias personas religiosas
-cuyos nombres constaban en el cuadro de la pared. De noche entraban
-allí diez o doce hombres a hacer penitencia, y después de rezar delante
-del féretro, cubierto de paño negro, iban pasando uno detrás de otro a
-la capilla, y allí se cubrían con una capucha.
-
-Cuando estaban todos reunidos y en círculo delante del altar, se
-apagaban las luces y se ponía en el suelo un gran farol de hoja de
-lata, sin cristales, que tenía unos agujeros por los cuales pasaban
-tenues raros de luz. Entonces uno se destacaba, se desnudaba y se
-colocaba en medio del círculo de los encapuchados; luego tomaba una
-calavera en la mano izquierda y las disciplinas en la derecha, y
-comenzaba a azotarse, mientras el siniestro coro rezaba en voz alta.
-
-Don Tomás pertenecía a la Escuela de Cristo, se disciplinaba, usaba
-cilicios, y en su casa rezaba tirado en el suelo cuan largo era y dando
-grandes alaridos. Aquel último gemido de Miguel al caer al subterráneo
-lo oía en su cerebro a cada paso; el suspiro del viento, el toque
-de una campana, el chirriar de una lechuza, el ruido de una ventana
-movida por una ráfaga del cierzo, todo rumor de la tierra o del aire le
-recordaba la queja postrera del joven muerto por él.
-
-Muchas veces hubiera preferido perder la razón definitivamente, que no
-vivir de una manera tan miserable y triste.
-
-
-
-
- IX
-
- EL FANTASMA
-
- Ya oigo la voz del terror que
- se levanta en mi corazón.
-
- ESQUILO: _Las Coéforas_.
-
-
-POCO después de la guerra civil se habló en Lerma de que en la Plaza
-aparecían fantasmas a media noche. Algunos los habían visto claramente.
-Los serenos, por más que vigilaban, no podían dar con ellos. No se
-sabía si eran duendes, espectros o almas en pena; pero se aseguraba que
-uno de estos fantasmas tenía una mano de plomo y otra de estopa, y que
-gozaba del poder de avisar la próxima muerte al que había de morir.
-
-Al parecer, algunos serenos no sentían gran interés en encontrarse con
-aquellos seres misteriosos, porque cuando les decían que andaban por
-un lado, iban por el opuesto; otros más decididos y valientes llevaban
-una pistola y un garrote, y afirmaban que no se les escaparían los
-fantasmas sin un estacazo o sin un tiro.
-
-Don Tomás había oído hablar de estas apariciones, considerándolas como
-chiquilladas, sin darles más importancia. Una noche en que el viejo,
-después de rezar sus oraciones, se dirigía a la cama, oyó en la calle
-pasos quedos. Desde hacía algún tiempo, don Tomás tenía un oído de
-enfermo. Escuchó las pisadas de lejos y abrió un ventanillo de su
-alcoba. Vió una cosa blanca que se acercaba por la acera de enfrente.
-Era el fantasma.
-
-Don Tomás, maravillado y confundido, quedó en el ventanillo, y,
-trastornado, preguntó:
-
---¿Quién eres? ¿Qué deseas?
-
-Entonces el fantasma, con voz sepulcral, dijo:
-
---¡Asesino! Yo soy el alma de Miguel Rocaforte, condenada por tu culpa.
-
-Don Tomás se retiró de la ventana temblando y se tiró en el suelo
-a rezar. Al día siguiente lo encontraron desmayado, moribundo; lo
-llevaron a la cama y ya no volvió a levantarse.
-
-Unos días después, los serenos cogieron a uno de los fantasmas, que
-resultó un sargento de milicianos nacionales que tenía amores con la
-mujer de un tendero de la plaza.
-
-El otro fantasma, a quien no lograron coger, se supo que era León
-Zapata, el compañero de Miguel Rocaforte.
-
- Madrid, diciembre, 1920.
-
-
-
-
- ADÁN EN EL INFIERNO
-
-
-
-
- I
-
- ADÁN
-
- No se gana nada violentando
- a la sensibilidad en sus
- inclinaciones; es preciso
- engañarla y, como dice Swift,
- divertir la ballena con una
- barrica para salvar el barco.
-
- KANT: _Antropología_.
-
-
-EN la época de la matanza de frailes, cuando fueron ingresando en la
-Cárcel de Corte una porción de gente cogida en las calles de Madrid,
-llevaron a ella a un muchacho joven, guapo, recién venido de un pueblo
-de la Alcarria, Andrés Lafuente.
-
-Este alcarreño vino con Román, el hijo del librero de la calle de la
-Paz, y con un zapatero joven llamado Gaspar, a quien todos conocían por
-Gasparito y de quien te hablé antes.
-
-A aquel muchacho alcarreño se le consideraba como un mozo ingenuo e
-inocente, y se le compadecía por haber caído en el infierno de la
-cárcel.
-
-El poeta Espronceda, en los pocos días que estuvo en la cárcel, le
-llamaba Adán, y probablemente pensando en él ideó el personaje de su
-poema el _Diablo mundo_, que debía publicar unos años más tarde; Andrés
-(alias Adán) era un muchacho fuerte, guapo, muy lúcido y muy inocente.
-Gasparito el zapatero se constituyó en uno de sus defensores.
-
-Gasparito el remendón era liberal, pequeño, rubio, muy leído, amigo del
-hijo del librero de viejo de la calle de la Paz, y se mostraba como
-hombre de buena fe y de buenas intenciones.
-
-Yo tomé bajo mi protección a Gasparito y quise proteger también a Adán,
-aunque veía que a un muchacho, sin experiencia como aquél, metido en
-el segundo patio, entre ladrones, la corrupción de la cárcel le había
-de contagiar rápidamente. El padre Anselmo creyó también que con sus
-sermones apartaría al mozo del mal camino; pero Adán se reía de él.
-
-
-
-
- II
-
- LA CUADRILLA DEL FORTUNA
-
- ¿Es posible--dijo Andrenio--,
- que jamás nos hemos de ver
- libres de monstruos ni de
- fieras, que toda la vida ha de
- ser arma?
-
- GRACIÁN: El _Criticón_.
-
-
-LOS presos del segundo patio se dividían para comer en cuadrillas, que
-llevaban el nombre del que las dirigía. Adán fué a parar a la cuadrilla
-del Fortuna. El Fortuna era un matón de casa de juego que tenía gran
-influencia.
-
-El Fortuna era un hombre fuerte, atrevido, moreno, de bigote, con un
-lunar en la mejilla, tipo desvergonzado y cínico. Cobraba el barato
-en la cárcel; pero no era un valiente de verdad. Era de los que allí,
-en el segundo patio, se decía que madrugaban. No afrontaba con calma,
-sereno y tranquilo, las situaciones difíciles; sino que las capeaba.
-Eso sí, tenía indudablemente el hábito de la audacia.
-
-Al Fortuna le habían preso por matar a traición a un hombre. Afiliado
-en la cárcel al grupo de los absolutistas, era de nuestros enemigos
-más acérrimos. Sin duda, el encontrar nuestra gente menos terne, menos
-enérgica, que los absolutistas, le había dado una gran hostilidad
-contra ella.
-
-A mí me tenía mucho odio; una vez, en el segundo patio, se echó encima
-de mí; pero yo le di con toda mi fuerza un puñetazo en un costado que
-lo dejé sin aliento.
-
-El Fortuna era hombre petulante y cínico, que dejaba una estela de
-vicio allí por donde pasaba. Hacía alarde de sus instintos crapulosos;
-vestía chaquetilla con caireles de colores, gran reloj de plata, con
-la cadena llena de dijes, y calañés en la cabeza. El Fortuna buscaba
-la amistad de los muchachos jóvenes, les brindaba su protección;
-según algunos, les conseguía tener comunicaciones con la sección de
-mujeres; según otros, había algo peor en sus maniobras. De la misma
-cuadrilla era Cadedis, un gascón aventurero, que estaba procesado por
-robo, y un caballero de industria. El gascón aseguraba a todas horas
-que España era un país sin civilización y sin cultura. A pesar de su
-cultura, el francés era muy supersticioso. Creía en la quiromancia,
-en la magia y en que las brujas hacían ovillos con las lanas de los
-colchones de una cama de tal modo, que si no se les atajaba en su obra
-le ahogaban al que dormía en ella. Afirmaba también que en el barrio de
-Saint-Esprit, de Bayona, se vendían diablos metidos en una caña, que
-llamaban familiares, con los que se hacían prodigios. El había tenido
-uno de éstos. Un gitano, ladrón de caballos, le engañaba a Cadedis y
-le sacaba el dinero. El gitano era saludador y, según decía, tenía la
-rueda de Santa Catalina en el cielo de la boca, y una cruz debajo de la
-lengua.
-
-El otro personaje era un caballero de industria de quien ya te he
-hablado, el señor Pérez de Bustamante.
-
-Este señor se hacía llamar conde de Otero, marqués de la Vega, etc.
-Gastaba unas tarjetas llenas de títulos y condecoraciones.
-
-Tenía, según decía, grandes amistades con los oficiales de las
-secretarías, con aristócratas y ministros; todo lo facilitaba, y
-ofrecía empleos con la condición precisa de que se le anticipara
-algunas cantidades para recompensar los servicios de sus favorecedores.
-
-Contaba que había viajado por toda Europa y América.
-
-A mí me dijo que me había conocido en Méjico y en Madrid, en la fonda
-del Caballo Blanco, de la calle del Caballero de Gracia, donde yo no
-había estado nunca. La cuadrilla del Fortuna, formada por él, el gascón
-y el caballero de industria, se había completado con Adán. El Fortuna
-adulaba al señor Pérez de Bustamante, y éste protegía al Fortuna; el
-matón y el caballero de industria se entendían perfectamente.
-
-El Pinturas joven y otros solían acercarse a esta cuadrilla, que
-manejaba dinero y convidaba a café y a aguardiente.
-
-Ninguno de los que formaban esta cuadrilla se había afiliado a los
-liberales. No querían, sin duda, comprometerse mientras no llegaran a
-ver claro las ventajas que aquello les podía reportar.
-
-
-
-
- III
-
- EL ODIO
-
- ¡La unción! ¡Favor! ¡Me han
- herido!
-
- ESPRONCEDA: _El Diablo mundo_.
-
-
-GASPARITO, el zapatero, había querido preservar de la corrupción del
-ambiente a su amigo Andrés, a quien nosotros, y en toda la cárcel,
-llamábamos Adán.
-
-Quiso enseñarle a leer y escribir; pero el Fortuna, unido con Pérez de
-Bustamante, _Doña Paquita_ y Cadedis, estaban empeñados en estorbar los
-proyectos de Gasparito.
-
-Durante algún tiempo se entabló una lucha de influencias para captar la
-simpatía de Adán.
-
-Gasparito le dejaba libros y periódicos, le daba algún dinero, hacía
-que Andrés viniera a verme; por su parte, el Fortuna le daba cigarros,
-le enseñaba a jugar a las cartas, a hacer pillerías y a tirar la navaja.
-
-El matón le decía al muchacho:
-
-«Fortuna te dé Dios, hijo, que el saber poco, te basta».
-
-El Pinturas le explicaba procedimientos de falsificación, y Pérez de
-Bustamante, las intrigas y enredos donde se había metido.
-
-A pesar de las ilusiones de Gasparito, yo veía claramente que el
-Fortuna y su grupo ganaban la partida. Adán tomaba un aire hipócrita
-delante de mí; pero, por lo que me dijeron los del segundo patio,
-el muchacho andaba con el Fortuna, con _Doña Paquita_ y con algunas
-mujeres del otro departamento, jugaba a las cartas, fumaba, se había
-tatuado los brazos y comenzaba a matonear.
-
-El día de Carnaval de 1835, el Fortuna y los de su cuadrilla tuvieron
-una comida espléndida, con pollos, un cochinillo asado y vino de
-Valdepeñas.
-
-Habían metido mucho aguardiente de contrabando y convidaron a todos los
-amigos.
-
-La gente se emborrachó, y se pidió al alcaide permiso para disfrazarse.
-
-Entramos Gasparito, Román, el padre Anselmo y yo en el segundo patio a
-presenciar la fiesta. Se reunió con nosotros el Pinturas joven y dimos
-una vuelta por la Gallinería y llegamos hasta el último patio.
-
-En esto, disfrazados de mujer, vimos a _Doña Paquita_, que venía en
-medio de Adán y del Fortuna, agarrado a los dos del brazo. Habían
-bebido de más y gritaban como locos.
-
-El Fortuna abrazaba a Adán, y se puso a hacer ademanes obscenos.
-
-Gasparito volvió la cabeza con un ademán de disgusto y nos alejamos del
-grupo que formaban los tres borrachos; pero el Fortuna quiso mostrar
-más su conquista y se presentó de nuevo frente a nosotros con Adán y
-con _Doña Paquita_.
-
---¿Vienes, hermoso?--le dijo a Gasparito con una risa cínica y un
-contoneo repugnante--. ¿Cuál de las tres te gusta más?
-
-Gasparito, incomodado, viendo que el guapo se le echaba encima, le dió
-un empujón y lo tiró rodando al suelo.
-
-Yo vi que se nos venía la tormenta encima, y, agarrándole a Gaspar por
-el brazo, le empujé hacia la salida del patio; pero había mucha gente
-y Gaspar no quería salir rápidamente, quizá para que no se creyera que
-tenía miedo.
-
-El Fortuna había desaparecido. Ya estábamos a la salida del patio
-cuando el matón se presentó con una navaja, oculta en la manga, y se
-lanzó sobre Gasparito como un toro; Gasparito tuvo tiempo de escapar
-a la acometida dando un salto rápido para atrás. Román, el hijo del
-librero, agarró al matón del borde de la chaqueta, y Gasparito, con
-gran valor, le arrancó la navaja de las manos.
-
-El Fortuna, loco, enfurecido, le mordió en el brazo izquierdo.
-Entonces, Gasparito, en un momento de terrible furia, empuñó la navaja
-con toda su fuerza y dió tal navajada al matón en el vientre, que
-el Fortuna dió un grito de becerro que matan, y cayó al suelo. Yo
-vi brillar la hoja de la navaja como un relámpago y desaparecer en
-el vientre del matón. Le salían las entrañas por la herida y se iba
-desangrando rápidamente.
-
---¡Socorro! ¡Socorro!--gritó--. Me ha matado.
-
-A los gritos vinieron el alcaide y los cabos de vara, prendieron a
-Gasparito y llevaron al matón a la enfermería, el cual falleció poco
-después, asistido por el padre Anselmo.
-
---¡A quién se le ocurre matar a la Fortuna!--dijo el Pinturas con
-indiferencia.
-
-Gaspar pasó unos días en el calabozo y tuvo un proceso. Yo declaré a
-su favor; Pérez de Bustamente, en contra, y el tribunal le condenó al
-zapatero a una pena ínfima.
-
-Años después le vi en su tienda y le pregunté:
-
---¿Se acuerda usted de la Cárcel de Corte?
-
---No, don Eugenio; ¿y usted?
-
-Me dijo que muy pocas veces había pensado en aquel bruto a quien había
-matado, y, al parecer, recordaba el suceso sin remordimiento.
-
-Adán, al salir de la cárcel, se hizo un criminal completo, y debió
-acabar su vida en presidio.
-
- Itzea, diciembre, 1920.
-
-
-
-
- MI DESQUITE
-
-
-
-
- Todo esto es salud, y otro
- tanto ingenio.
-
- QUEVEDO: _El Buscón_.
-
-
-DURANTE mucho tiempo, no pudimos luchar con los presos carlistas. En
-el cuarto del abogado Selva, el mejor de todos de la Cárcel de Corte,
-se reunían cuatro o cinco frailes, dos o tres curas y otros tantos
-guerrilleros, y en esta Junta apostólica se tomaban acuerdos que don
-Paco, el alcaide, seguía al pie de la letra.
-
-La Junta de Selva se erigió en soberana de la cárcel: ella decidía lo
-que se había de hacer; quién debía estar castigado; quién, no; quién
-debía ser tratado con benevolencia, y quién con severidad.
-
---Yo, por entonces, tenía asegurada la comunicación con los de fuera, y
-mis amigos de la Isabelina me mandaban cartas y papeles y me indicaban
-el giro que iban tomando los asuntos políticos.
-
-A pesar de que yo me quejaba constantemente de la situación en que nos
-encontrábamos los liberales en la cárcel, los amigos no hacían nada por
-nosotros. Entonces, desesperado, se me ocurrió enviar un escrito al
-Gobierno, afirmando a rajatabla que en la Cárcel de Corte se fraguaba
-una conspiración carlista.
-
-El Gobierno no desconfió de mi denuncia, y envió en concepto de preso a
-un coronel, don Andrés Robledo, con la misión de observar lo que pasaba
-y de ver si era cierta mi denuncia.
-
-Yo mismo no creía gran cosa en que allí se conspirase; pero cuando
-Robledo comenzó sus investigaciones, vi que mi hipótesis era una
-realidad, y que en la Cárcel de Corte se estaba tramando una de las
-muchas intrigas carlistas que por entonces tuvieron Madrid por centro.
-
-El coronel Robledo me contaba sus descubrimientos; yo le daba datos
-acerca de los presos carlistas, y entre los dos redactábamos los partes
-al Gobierno.
-
-Tan graves hallaron el ministro y el jefe de policía el contenido de
-estos partes, que enviaron a la cárcel a dos comisarios de policía,
-uno de ellos Luna, auxiliados por sesenta miñones aragoneses y varios
-celadores.
-
-Luna conferenció conmigo y con Robledo, y dispusimos prender a don Paco
-el alcaide y a sus dependientes, al abogado Selva, al escribano de mi
-causa, García, y enviarlos a la cárcel de la Villa.
-
-Se comenzó a instruír un voluminoso proceso acerca de esta causa, y
-se le encargó de él a mi amigo el juez don Modesto Cortázar, a quien
-conocía desde Aranda del año 20.
-
-Los cargos de alcaide, de llavero y de carceleros se proveyeron en
-personas de antecedentes liberales, y desde entonces pudimos estar los
-constitucionales a nuestras anchas.
-
-El fiscal que nombraron para esta causa fué don Laureano de Jado,
-enemigo mío, que meses después decía a todo el que le quería oír:
-
---Estoy admirado del genio fecundo y de la travesura de Aviraneta.
-El ha conseguido embrollar su proceso de tal manera, que ha sido
-preciso a los Tribunales poner en libertad como inocentes a todos
-sus cómplices, y, para complemento de su maquiavelismo, ha fraguado
-este proceso de la conspiración de la Cárcel de Corte, que es la
-concepción más revolucionaria que ha podido imaginar el cerebro de un
-hombre para vengarse de los que él consideraba enemigos, y hasta del
-juez Regio y del escribano de la causa. Este proceso está vestido con
-tales declaraciones y pruebas, que me veo obligado a pedir contra los
-presuntos reos, cuando menos, un presidio. Pues bien: si como fiscal
-estoy en la obligación de obrar de esta manera, como particular me
-hallo cada vez más convencido y casi seguro de que todo el proceso no
-es mas que un solemnísimo embrollo fraguado por la fecunda imaginación
-de Aviraneta.
-
-Con razón o sin ella, conseguimos vernos libres de la dictadura de los
-carlistas.
-
-Yo quise influír en Cortázar para que dejara libre al padre Anselmo;
-pero el cura estaba pendiente de la causa y no se le podía libertar.
-
-Como la vida en la cárcel para nosotros se hizo más llevadera, yo
-comencé a recibir visitas de los antiguos afiliados a la Isabelina,
-que podían hablarme con completa libertad. La opinión de la gente
-reaccionó a mi favor, y todo el mundo decía que era un absurdo que
-permaneciera preso por una conspiración que no había existido nunca. Yo
-me hacía la víctima y esperaba el desquite.
-
-Unos días después supe que en un movimiento revolucionario que estalló
-por entonces en Barcelona y que costó la vida al general Bassa, habían
-destituído del cargo, que le dieron meses antes, a mi denunciador Civat.
-
-Poco después, Martínez de la Rosa salía del Gobierno. Yo me consideraba
-vengado, pero me faltaba conseguir mi libertad.
-
-
-
-
- I
-
- PLAN DEL PRONUNCIAMIENTO
-
- Yo pienso, pues, que vale más
- ser impetuoso que circunspecto,
- porque la fortuna es mujer,
- y para subyugarla es mejor
- batirla y atropellarla, porque
- se deja más bien vencer por los
- audaces que por los que obran
- fríamente.
-
- MAQUIAVELO: _El Príncipe_.
-
-
-LO que tengo que contar ahora no es ninguna novedad para ti--me dijo
-Aviraneta--, porque pertenece en parte a la historia del tiempo.
-
-Una mañana de agosto se presentaron en la Cárcel de Corte el capitán
-Ríos, ayo de los hijos del conde de Parcent, con otro oficial de la
-Milicia Urbana, de paisano. El alcaide me dejaba gran libertad y me
-permitió hablar con ellos largamente.
-
-Los dos oficiales venían nada menos que a pedirme un Plan de
-sublevación, hecho a base de la Milicia Urbana.
-
---Señores--les dije yo--, no creo, claro es, que ustedes hayan venido
-aquí a tenderme un lazo, ni mucho menos; pero ustedes pueden muy bien
-engañarse respecto al espíritu del pueblo y de la Milicia, y yo, antes
-de idear un plan y de ser responsable de él, quisiera cerciorarme de lo
-que ustedes dicen.
-
-Ríos me contestó que traerían una carta de tres comandantes de la
-Milicia Urbana corroborando lo que decían ellos, y que vendría al día
-siguiente un agente de Bolsa amigo mío llamado Robles. Vino Ríos con la
-carta y con Robles, y hablamos.
-
-Robles me dijo que reinaba, efectivamente, gran descontento en el
-pueblo liberal; que las noticias de la guerra eran malas; que se
-acusaba al Gobierno de inactivo; que la Corte en la Granja se dedicaba
-a divertirse, y que todo el mundo decía que tenía que venir un cambio
-en la política. Era una época en la que había entusiasmo y fe en las
-nuevas ideas, entusiasmo y fe que luego han ido decayendo.
-
-Ríos añadió que estaba todo preparado para un pronunciamiento de la
-Milicia; que el pueblo secundaría el movimiento, y que Andrés Borrego
-había visitado al general Quesada, y que éste daba su palabra de que la
-Guardia Real no atacaría a los sublevados.
-
---¿Cómo puede asegurar esto Quesada?--pregunté yo--. El está de
-reemplazo.
-
---Sí; pero tiene de su parte toda la oficialidad de la Guardia Real.
-
---¿Han pactado algo Borrego y Quesada?
-
---No.
-
---¿Está usted seguro?
-
---Sí.
-
-Luego se supo que Borrego había conferenciado con Quesada y con dos
-jefes de la Guardia Real, el general Soria y el conde de Cleonart. En
-esta conferencia, que yo no conocía, se había pactado que la Milicia
-Urbana haría una manifestación. Borrego y Olózaga escribirían una
-petición a la Reina, firmada por los cuatro jefes de la Milicia Urbana,
-y, presentada la petición, la Milicia dejaría las armas.
-
-Si yo hubiera sabido que Quesada estaba en el ajo, no entro en la
-combinación.
-
-Quesada era un militar ordenancista, bárbaro e incomprensivo. Era muy
-valiente y de costumbres rudas, arrebatado, ajeno a todo miramiento;
-decía que no sabía mas que mandar y obedecer, declaración que basta
-para juzgar cualquiera. Muy duro en el mando, muy destemplado en el
-lenguaje, a pesar de creerse muy fijo en sus ideas, era completamente
-voluble.
-
-Muchas veces dijo, refiriéndose a los liberales: «He de ser peor que
-Atila con esa canalla».
-
-Un hombre como Quesada, que tenía por norma el no razonar, no podía
-ser hombre de ideas; así se le vió figurar en una época con los
-absolutistas, después hacerse masón, sentirse medio liberal y, al mismo
-tiempo, enemigo de la Constitución. Para él todas estas volubilidades e
-inconsecuencias se velaban con la disciplina.
-
-Sólo a Borrego, a Espronceda y a González Brabo, gente que quería
-medrar sin esfuerzo, se les pudo ocurrir apoyarse en un hombre como
-Quesada.
-
-Quesada en esta época, 1835, estaba de cuartel en Madrid. Le habían
-separado de la Capitanía General en enero, lo que consideraba como una
-ofensa a su persona.
-
-Si, como digo, hubiese tenido conocimiento de la participación de
-Quesada en el asunto, hubiese llevado éste de otra manera muy diferente.
-
-Hablamos Robles y Ríos, y quedamos de acuerdo en que el objeto de la
-sublevación sería:
-
- 1.º Apoderarse de Madrid.
-
- 2.º Nombrar una Junta Revolucionaria.
-
- 3.º Ponerse en relación con los sublevados de Zaragoza.
-
-De acuerdo en esto, les dije que al día siguiente les daría mi plan.
-Fué el siguiente:
-
-
- PLAN DEL PRONUNCIAMIENTO
-
- (_Orden general para la Milicia._)
-
- Pasado mañana, 15 de agosto, hay función de toros, y da el piquete
- de la Plaza la Milicia. Este piquete, en vez de disolverse al
- llegar a la Puerta del Sol, hará que sus tambores toquen generala,
- esparciéndose por la población. Los individuos de la Milicia,
- avisados, se irán reuniendo en la Plaza Mayor; se ocuparán las
- casas y se harán barricadas en las avenidas de los arcos. También
- se ocupará el telégrafo para impedir se avise al Gobierno. Una
- compañía se posesionará de la Puerta de Hierro e impedirá el paso
- al Sitio (La Granja), Hecho esto, se pondrá inmediatamente en
- libertad a Aviraneta, que dirá lo demás que debe ejecutarse.
-
-
- AVISO A LOS ISABELINOS
-
- Se avisará a las centurias de la Isabelina para que asistan el
- día 15 de agosto, día de la Asunción, a la corrida de toros. A la
- salida rodearán al piquete de la Guardia Urbana y provocarán todo
- el escándalo posible. Se alarmará al vecindario.
-
-
- AVISO A LOS DIPUTADOS
-
- Inmediatamente se avisará a los diputados liberales para que vayan
- a la Plaza Mayor y formen una Junta de Gobierno.
-
-
- DISPOSICIONES INMEDIATAS
-
- Si las tropas del Gobierno no se oponen, la Milicia se apoderará lo
- más rápidamente posible de la casa de Oñate, en la calle Mayor, de
- la Imprenta Real y del Principal.
-
-
-Se fueron los militares y yo me quedé en la cárcel. Aquellos días
-estuve leyendo el _Diablo Cojuelo_, de Vélez de Guevara, que me prestó
-un preso, y pensando en la idea original del autor.
-
-La tarde y la noche del 15 de agosto las pasé en una gran angustia. Al
-anochecer me pareció oír desde mi cuarto gritos y ruido de tambores;
-luego cesó todo rumor y volvió el silencio. Cuando a las diez de la
-noche vi que no venía nadie a buscarme, creí que el pronunciamiento
-habría fracasado. Yo pensaba--y en estas cosas se equivoca uno
-siempre--que podía fracasar el movimiento; lo que no se me ocurría es
-que, después de hecho con éxito, mis amigos no vinieran en seguida a
-sacarme de la cárcel. Sin embargo, así fué. Un pelotón de milicianos,
-pertenecientes a la Isabelina, quisieron venir; pero los centinelas no
-les dejaron pasar. Otros me dijeron que no habían ido a la cárcel por
-no molestarme. ¡Por no molestar a un preso retardar su libertad! ¡y
-retardarla creyéndolo necesario! ¡Qué absurdo!
-
-Al día siguiente, domingo, a las nueve de la mañana, vinieron a
-buscarme a la Cárcel de Corte.
-
-
-
-
- II
-
- LO OCURRIDO
-
- Una vez que no se entendían en
- una disputa de la Academia,
- dijo M. de Mairan: «Caballeros:
- ¡si no habláramos más de cuatro
- a la vez!»
-
- CHAMFORT: _Caracteres y
- anécdotas_.
-
-
-EL pronunciamiento se había hecho y estaba ya vencido. Al terminar la
-corrida del día de la Asunción, dos compañías de milicianos volvían
-formados por la calle de Alcalá, con la música al frente, tocando
-himnos patrióticos. El _Himno de Riego_ producía entre la muchedumbre
-tempestades de aplausos. La gente daba vivas y mueras, a cada momento
-más estrepitosos. Al llegar a la Puerta del Sol la algazara subió de
-pronto; comenzaron a oírse gritos de «¡Viva la libertad!», «¡Mueran los
-carlistas!», «¡Viva la Soberanía Nacional!». Al acercarse a la Plaza
-Mayor la Milicia había perdido las filas y se había mezclado con los
-paisanos.
-
-De pronto sonaron unos cuantos tiros, se oyeron toques estridentes de
-corneta, y se inició el pánico en la ciudad. Se cerraron las puertas y
-ventanas de las casas, y los tambores comenzaron a tocar generala por
-las calles desiertas de Madrid, en distintos puntos de la capital. Se
-les había avisado a los milicianos que estuviesen preparados para el
-toque de generala, y se les vió que cruzaban presurosos las calles y
-corrían a reunirse a sus respectivos batallones, en los puntos que se
-les tenía señalados para caso de alarma. Luego, los batallones fueron a
-la Plaza Mayor y formaron a lo largo de sus cuatro frentes.
-
-Se ocupó la casa de la Panadería y la de Oñate, en la calle Mayor, y se
-empezaron a hacer zanjas en los arcos. Se trajeron de los almacenes del
-Ayuntamiento maderos y carros y se cerraron las distintas calles que
-rodean a la plaza.
-
-El segundo batallón de milicianos no entró en la Plaza Mayor, sino
-que quedó en la del Rey, con su comandante don Rodrigo Aranda,
-probablemente más inclinado a obedecer al Gobierno que a hacer causa
-común con los sublevados.
-
-De noche se le avisó y se le envió hacia Puerta de Moros para que
-observara lo que pasaba con la tropa en el cuartel de San Francisco.
-
-A las nueve de la noche se presentaron en la Plaza Mayor don Fermín
-Caballero, Chacón, el conde de las Navas, don Joaquín María López,
-Gaminde, Calvo de Rozas, y otros muchos, a proponer que se formara
-inmediatamente una Junta de Gobierno; pero Borrego, Espronceda,
-González Brabo, Ventura de la Vega, Olózaga y otros jóvenes dijeron
-que había que esperar la llegada del general Quesada; que éste era el
-director del movimiento y que él tenía que dar las órdenes.
-
-Los liberales, en vez de obrar inmediatamente, se dejaron convencer.
-
-A la misma hora Quesada había sido llamado por el secretario del
-Ministerio de lo Interior, don Mariano Zea, al Principal. Estaban
-allí el corregidor marqués de Pontejos y el capitán general conde de
-Ezpeleta. Se decía, sin duda, que Quesada tenía participación en el
-movimiento de los milicianos.
-
-Zea y Ezpeleta, que estaban desprevenidos y no contaban en aquel
-momento con fuerzas, le dijeron a Quesada que debía ir a la Plaza Mayor
-a verse con los sublevados y a preguntarles qué es lo que deseaban y
-cuál era la causa de su movimiento.
-
-Fueron Quesada, Pontejos y el concejal Roca a la Plaza Mayor, donde
-les esperaban Olózaga y Borrego. Quesada se quejó de que en el Arco de
-Platerías hubiese atravesados carros y maderos. Borrego le dijo que se
-quitarían. Subieron a una habitación alta del Ayuntamiento y se celebró
-una reunión. Quesada y Pontejos esperaron el resultado en un cuarto
-próximo.
-
-En la reunión estaban los jefes de la Milicia: el duque de Abrantes,
-Gálvez, Castaño y José María Sanz; otros oficiales, como el capitán
-Ríos, el capitán Nocedal y muchos paisanos: Chacón, Espronceda, Gaminde
-y los diputados liberales.
-
-Entonces Borrego dijo que el general Quesada conocía el origen del
-movimiento; que no pretendía ser mas que una manifestación de la
-Milicia Urbana; que después de dirigir una petición a la Reina se
-disolvería.
-
-Los liberales quedaron extrañados. ¿Entonces, para qué nos han
-llamado?, se preguntaban. Chacón y el conde de las Navas insistieron
-en la formación de una Junta. Espronceda y Borrego replicaron que era
-desvirtuar el movimiento y que se había dado palabra al general de no
-ir más allá.
-
-Se discutió entre unos y otros, y se apeló a los jefes de la Milicia, y
-éstos, en su mayoría, afirmaron que los milicianos no querían mas que
-hacer la petición a la Reina y disolverse.
-
-Como no había unanimidad se dijo que convenía llamar a todos los jefes
-y oficiales de la Milicia Urbana y consultarles. En general, todos
-fueron partidarios de la exposición, seguida de la disolución inmediata.
-
-Ante esto, los partidarios de la Junta cedieron, y Olózaga y Borrego
-entraron en un salón e hicieron como que redactaban un escrito, que
-ya tenían redactado. Después fueron a ver al general Quesada y le
-entregaron la exposición para que la llevara al ministro.
-
-Pasaba el tiempo, y los milicianos en la plaza iban perdiendo el
-entusiasmo al ver que no se tomaban determinaciones rápidas. Algunos
-isabelinos empezaron a reforzar las barricadas de los arcos; pero el
-comandante Sanz y Borrego, con un grupo de oficiales, mandaron que se
-quitaran los obstáculos, pues se había prometido a Quesada dejar las
-puertas francas.
-
-Con la exposición de los milicianos en el bolsillo entró en la sala
-Quesada, donde se discutió.
-
-Borrego explicó lo ocurrido; dijo cómo se había escrito una exposición
-a la Reina; que una copia se había dado a Quesada para que la mostrara
-al Gobierno, y que los jefes de la Milicia querían ir a la Granja a
-entregarla a la Regente.
-
-Quesada habló. Dijo las vulgaridades de cajón.
-
-Que desaprobaba los tumultos de la fuerza armada contra el Gobierno
-constituído; que la Milicia Urbana no debía salirse del campo de la
-ley; que aquel acontecimiento favorecía a los partidarios de Don
-Carlos, y que él llevaría la exposición al Ministerio.
-
-Con esto se retiró.
-
-Chacón replicó que había ido engañado a la reunión, pues le habían
-avisado que se quería formar una Junta de Gobierno; que, puesto que se
-trataba de otra cosa, se retiraba, no sin advertir que la exposición
-tendría la eficacia de los paños calientes y del agua de cerrajas. Por
-otra parte, él no podía creer que el general Quesada fuera siempre tan
-atento con los Gobiernos constituídos, pues todo el mundo recordaba
-que el general, ahora tan respetuoso con lo establecido, había sido un
-faccioso y un rebelde en los años 22 y 23, en los cuales había mandado
-el Ejército de la Fe, que era una gavilla de asesinos.
-
-Borrego y Espronceda no supieron qué decir, y Chacón y los suyos se
-marcharon. Su marcha fué un desencanto para los exaltados.
-
-A media noche comenzaron en la plaza las discusiones y las riñas.
-Estaban encendidos los faroles y se habían hecho algunas hogueras.
-Hubo grandes peleas entre exaltados y pacíficos; los exaltados eran de
-Madrid, y a los pacíficos los llamaban de Guadalajara. Los exaltados
-decían que era una vergüenza haber servido de comparsas a Espronceda
-y a Borrego, con los cuales Quesada estaba jugando; los pacíficos
-respondían que no se habían comprometido mas que a aquello. Los
-exaltados insultaban a los pacíficos, y añadían que deshonrarían la
-Milicia si soltaban las armas. Entre conversaciones y discursos se
-bebió mucho y la exaltación volvió a los ánimos.
-
-Mientras los milicianos discutían y reñían con furia en la Plaza
-Mayor, el Gobierno, representado por el capitán general de Madrid, el
-superintendente de policía, el secretario Zea, el alcalde, Pontejos, y
-el concejal Roca, discutieron la exposición de la Milicia llevada al
-Principal por el general Quesada y Olózaga.
-
-Zea dijo que el Gobierno no podía resolver acerca de la mayoría de las
-peticiones sin las Cortes. Que en la exposición había que borrar estos
-puntos, para resolver los cuales no tenía atribuciones el Ministerio.
-
-Volvió Quesada a la plaza a las cuatro, y Borrego redactó una nueva
-exposición, suprimiendo todos los puntos importantes de la anterior,
-y Quesada se encargó de llevarla al Ministerio. Al salir dijo que
-quitaran las barricadas, porque era inútil y peligroso dejarlas.
-
-Salió Quesada de la plaza para el Ministerio, y tras él, una comisión
-de seis oficiales milicianos, con el duque de Abrantes a la cabeza,
-que iban a pedir al Gobierno que les diera pasaporte para llegar hasta
-la Reina y entregarle a aquella exposición tan venida a menos.
-
-Estando los jefes en el Ministerio llegó una proclama, impresa en la
-Imprenta Real, con este título: «La Milicia Urbana de Madrid, al pueblo
-y benemérita guarnición».
-
-Quesada les reconvino a los jefes urbanos por la proclama, y éstos
-protestaron de que no habían sido ellos los inspiradores de este papel.
-Pensaban que serían los amigos de don Fermín Caballero y de Chacón los
-que habían impreso aquello. Zea, entonces, haciéndose el enérgico, dijo
-que de ninguna manera podía dar los pasaportes a los que miraba como
-rebeldes, y el capitán general le dió la razón.
-
-Zea supo en aquel momento que tenía la guarnición de Madrid segura, y
-por esto se sintió valiente.
-
-Los oficiales, ya asustados, dijeron a Quesada que volviera a la plaza,
-y que entre todos convencerían a los urbanos para que se retiraran sin
-más exigencias.
-
-Fueron de nuevo a la plaza Quesada, acompañado del coronel de la plana
-mayor de la Guardia Real, don Cayetano Urbina, y del teniente de
-caballería Pezuela.
-
-En la habitación donde se habían celebrado las anteriores conferencias
-entraron los jefes, los soldados urbanos y los amigos de Espronceda y
-Borrego.
-
-Quesada les recriminó por la proclama dirigida al pueblo, y Espronceda
-y Borrego dijeron que ellos no la habían escrito.
-
---Es la expresión de los sentimientos de la mayoría de la Milicia
-Urbana--saltó diciendo uno del público.
-
---No es cierto.
-
---Sí, sí; lo es. ¡Bravo!
-
-Quesada, que iba incomodándose, dijo que era necesario que los
-sublevados quitasen las barricadas, pues si no, él se pondría a la
-cabeza de la Guardia Real y les dejaría sepultados bajo las ruinas de
-la plaza.
-
-Quesada puso su cara de pocos amigos para decir esto. Borrego y
-Espronceda, agarrándose a la última tabla de salvación, afirmaron que
-se quitarían los obstáculos si la tropa se retiraba a sus cuarteles y
-se cumplía lo pedido en la exposición.
-
-El general dió por terminada la conferencia y comenzó a bajar las
-escaleras refunfuñando, diciendo que iba a hacer una de las suyas.
-
-Quesada apareció en los soportales de la plaza rodeado de los dos
-oficiales de la Guardia Real, de uniforme, y seguido de Espronceda,
-Borrego, Ventura de la Vega, Luis González Brabo, y otros.
-
-Al ver que había obstáculos en el callejón del Infierno gritó a uno de
-los comandantes:
-
---¿No habíamos quedado en que desaparecerían las barricadas y que los
-milicianos se retirarían a sus casas?
-
---Mi general--contestó el comandante Sanz--, parte de los milicianos se
-opone a retirarse.
-
---Se les desarma--dijo Quesada.
-
-En esto algunos isabelinos se acercaron al grupo del general y sus
-amigos y comenzaron a increparles.
-
---¡Fuera los traidores!--gritó uno.
-
---¡Viva la Constitución de 1812!
-
---¡Viva la Niña!
-
---Quesada levantó el bastón en el aire con intención de descargarlo
-sobre la cabeza de los milicianos, que gritaban. La rabia de éstos se
-volvió contra él:
-
---¡Muera Quesada!
-
---¡Muera!
-
---¡Abajo los absolutistas!
-
---¡Abajo!
-
-Los milicianos fueron a coger sus armas; y todo el grupo de Quesada y
-sus amigos lo hubiese pasado mal si los milicianos de Guadalajara no
-hubieran formado en los arcos para defenderles. Quesada, con los suyos,
-se dirigió corriendo hacia el Arco de Platerías, y saltando por una
-barricada salió a la calle Mayor. Con él salieron los dos oficiales y
-Espronceda, Borrego y los paisanos.
-
-Quesada iba echando espuma por la boca, de rabia, e inmediatamente
-se presentó al Gobierno a ofrecerse para atacar inmediatamente a los
-sublevados.
-
-A las seis de la mañana las tropas del Gobierno, dirigidas por Latre,
-Ezpeleta y Quesada, salían de los cuarteles y ocupaban la plaza de
-Oriente y la de los Consejos, y poco después, la calle de Santiago y la
-del Sacramento, hasta la plaza del Conde de Barajas. A esta hora los
-sublevados pensarían en mí.
-
-
-
-
- III
-
- PARTIDA PERDIDA
-
- Sólo a las temeridades
- las sentencia la fortuna;
- pues con juicio desigual
- hace que el nombre les den:
- de hazaña, si salen bien,
- y de locura, si mal.
-
- BANCES CANDAMO: _Por su rey
- y por su dama_.
-
-
-ESTABA la partida perdida cuando los sublevados pensaron en mí.
-
-A eso de las nueve, un grupo de milicianos armados se presentaron en
-la plaza de Santa Cruz delante de la Cárcel de Corte; entraron aquí,
-llamaron al alcaide y le exigieron que me dejara en libertad. El
-alcaide, naturalmente, se opuso; pero, ante la amenaza de soltar a
-todos los presos, cedió.
-
-Yo estaba preparado y el padre Anselmo también.
-
---Aprovéchese usted--le dije--y salga usted conmigo.
-
---Pero, ¿cómo?
-
---Nada, nada, coja usted sus bártulos y sígame usted.
-
-El alcaide se quiso oponer; pero hice que nos rodearan a los dos los
-milicianos y salimos a la plaza de Santa Cruz, y después, a la Plaza
-Mayor.
-
-El pobre cura, al ver tanta gente armada, estaba asombrado. Con su
-maleta en la mano no sabía qué hacer.
-
-Al entrar en la Plaza Mayor le vi a Bartolillo, el chico de la librería
-de la calle de la Paz, que andaba curioseando por allá. Le llamé:
-
---¡Bartolo!
-
---¿Qué?
-
---¿Quieres acompañarle a este cura?
-
---Sí.
-
---Pues vete con él a la calle de Segovia; bajando a mano derecha, y
-en una casa grande, entre la plaza de la Cruz Verde y la calle de la
-Ventanilla, que tiene en el piso bajo una panadería, entráis, subís al
-piso cuarto y preguntáis por doña Nacimiento. La dices a esa señora que
-el cura va de parte de don Eugenio y que me esperará allí.
-
---Muy bien.
-
-El cura quería llevarse la maleta.
-
---Deje usted la maleta aquí, yo se la mandaré dentro de un momento.
-
-Se fueron el padre Anselmo y Bartolillo; guardé yo la maleta en una
-taberna próxima a la Escalera de Piedra y me dediqué a examinar
-tranquilamente la situación.
-
-La partida estaba perdida.
-
-Hablé con los jefes de la Milicia Urbana, y cada uno opinaba de
-manera diferente. Le envié un recado a Palafox por si éste se atrevía
-a ponerse a la cabeza del movimiento; pero a Palafox no le convenía
-aparecer, y se eclipsó.
-
-Entonces hablé con el capitán Miláns del Bosch, hombre enérgico, para
-ver si él era capaz de erigirse en jefe del movimiento y asumir su
-responsabilidad.
-
-Le dije que parte de la Guardia Real se vendría con nosotros; que yo
-me comprometía a verle a Urbina, y que le convencería o me fusilaría.
-Luego supe que el oficial que le acompañaba a Quesada no era el Urbina
-que conocía yo, sino otro; le dije también que el coronel don Antonio
-Martín, hermano del Empecinado, sublevaría su regimiento de caballería.
-
---¿Cómo vamos a sostenernos en esta plaza?--me dijo Miláns--. ¿Dónde
-están los víveres?
-
---Salgamos de aquí--le dije yo--. Cinco mil hombres y un regimiento de
-caballería es mucho.
-
---Sí, si hubiera disciplina; pero no la hay. Estos hombres están
-desmoralizados.
-
---Entonces la partida está perdida. Démosla como terminada.
-
-Yo subí sobre un banco de la plaza y expliqué que no había mas que una
-alternativa: o salir inmediatamente y atacar a las tropas en la Puerta
-del Sol y seguir adelante, o abandonar la empresa.
-
---¡Vamos! ¡Vamos!--gritaron los exaltados.
-
-Pero ya era imposible, y nadie dió el paso adelante.
-
-Los cañones de la tropa comenzaron a acercarse a los arcos.
-
-Yo volví al banco y grité:
-
---¡Señores! Esto está acabado. Yo no tengo la culpa. A mí me han
-llamado tarde. Ahora cada cual que se vaya a su casa.
-
-Al anochecer, los milicianos, en masa, dejaban sus fusiles y se
-marchaban.
-
-Los ex voluntarios realistas de los Barrios Bajos, al ver la derrota
-de los milicianos, atacaron a los fugitivos a tiros y a palos, y no sé
-si llegaron a matar a alguno. Sobre todo, las viejas se mostraron más
-terribles, y esperaban a los liberales con la navaja en la mano. A una
-de estas furias, que cosió a cuchilladas a un miliciano que pretendía
-entrar en su casa, la prendieron, la juzgaron y la llevaron, pocos días
-después, al patíbulo.
-
-Así, el despecho de Quesada, la ambición de Espronceda y de Borrego,
-los planes míos, concluyeron en que se ejecutara a una pobre vieja,
-fanática, que creía seguramente que era una obra meritoria el matar a
-un liberal.
-
-
-
-
- IV
-
- ESCAPATORIA
-
- Que aquesto es el Castañar
- que más estimo, señor,
- que cuanta hacienda y honor
- los reyes me pueden dar.
-
- ROJAS: _García del Castañar_.
-
-
-AL anochecer del día 16, cuando vi la Plaza Mayor desierta, entré en la
-taberna próxima a la Escalerilla; saqué la maleta del padre Anselmo,
-y me puse el manteo y la teja nueva. Metí mi sombrero en la maleta, y
-bajé por la escalera a la calle de Cuchilleros. Llegué hasta Puerta
-Cerrada y encontré allí una patrulla de voluntarios realistas.
-
---¿Se puede ir hacia la Plaza Mayor?--les pregunté.
-
---No; no vaya usted por allí, padre.
-
---Entonces tendré que volverme a casa.
-
-Seguí hasta la calle de Segovia. En la escalera de casa de doña
-Nacimiento me quité el manteo y me encontré con don Anselmo.
-
-Pasamos el cura y yo seis días en aquella casa, sin salir una vez
-siquiera, esperando el giro de los acontecimientos.
-
-Supimos que al volver el Gobierno de la Granja, el presidente, el
-conde de Toreno, ofreció doscientas onzas de oro y un empleo a quien
-descubriera mi paradero, y la policía hizo los mayores esfuerzos para
-cogerme.
-
-El padre Anselmo y yo preparamos un plan de fuga. El padre Anselmo
-tenía un sobrino y ahijado que vivía en Alcalá. Unos días después, el
-24 de agosto, era la feria de este pueblo.
-
-Saldríamos de Madrid en calesa hasta las Ventas del Espíritu Santo;
-aquí esperaríamos una galera y entraríamos en Alcalá, confundidos con
-carreteros y arrieros que fuesen a la feria, e iríamos a parar a casa
-del ahijado del cura.
-
-Doña Nacimiento conocía a un calesero y le llamó. El calesero era
-liberal y se prestó a lo que le propusimos.
-
-El chico del calesero se vestiría de muchacha; el padre Anselmo, con
-traje de aldeano, y yo sería el calesero. Iríamos hasta las Ventas
-del Espíritu Santo, esperaríamos allí, donde dejaríamos la calesa, y
-marcharíamos en un carro camino de Alcalá, como si fuéramos a la gran
-feria que se celebraba en la ciudad del Henares el día 24. Así lo
-hicimos, y todo nos resultó bien.
-
-El ahijado de don Anselmo, a quien le habíamos anunciado nuestra
-llegada, nos esperó y nos llevó a una finca que tenía a una legua del
-pueblo.
-
-Era una propiedad no muy grande, pero muy bien cuidada. Juan, el
-sobrino y ahijado del padre Anselmo, era un hombre joven, fuerte,
-labrador, cazador y muy activo. La mujer, la Ambrosia, era una mujer
-rozagante, que había echado al mundo nueve hijos y pensaba seguir
-echando más.
-
-Juan, con su escopeta y sus perros, marchando de caza al amanecer,
-acostándose al hacerse de noche y contento con su suerte, me recordaba
-a García del Castañar.
-
-El matrimonio nos recibió muy amablemente al cura y a mí.
-
-Viví yo en aquella casa una semana, y, pasada ésta, me despedí del
-padre Anselmo y de sus sobrinos y me fuí a Zaragoza.
-
-Aquí publiqué un folletito sobre el Estatuto Real, en la imprenta de
-Ramón León, y esperé hasta que Mendizábal me llamó y me dió un encargo
-para Barcelona; pero esto--terminó diciendo Aviraneta--es otro capítulo
-de mi vida.
-
-
-
-
- EPÍLOGO
-
-
-
-
- Todo es hecho del polvo, y todo
- se tornará en el mismo polvo.
-
- EL ECLESIASTÉS.
-
-
-POR la época de la guerra de Cuba--dice Leguía--, solía ir yo a
-Madrid a un hotel de la calle del Arenal, y visitaba las librerías de
-viejo próximas. Me detenía con frecuencia a charlar con un librero de
-viejo que tenía su tienda en una rinconada que había en la calle de
-Capellanes, al acercarse a la calle de Preciados.
-
-Le había encargado a este librero, como a otros, que me guardase lo que
-encontrara de papeles históricos y de estampas españoles del siglo XIX.
-
-El librero era un viejo, muy viejo, y me proporcionaba lo que le pedía.
-
-Cuando subía desde la calle del Arenal por la de Capellanes solía echar
-una mirada por una ventana enrejada que daba al horno de una panadería,
-y recordaba la historia de don Tomás Manso y de su sobrino. Unos años
-más tarde de la guerra de Cuba, el librero de la rinconada me dijo que
-tiraban la casa grande de los Capellanes y que él iba a traspasar su
-tiendecilla.
-
-Cuatro o cinco meses después vi la casa de la calle de la Misericordia
-derribada y la alineación de la calle de Capellanes hecha.
-
-El librero me dijo que al derribar la casa, en un sótano, debajo de un
-almacén que tenía en la pared una fuentecilla con una cabeza de Medusa,
-se encontró un esqueleto de un hombre y unos huesecillos de feto.
-
-Los anticlericales de la vecindad supusieron que estos serían de alguna
-monja del convento vecino; respecto al esqueleto del hombre no se pudo
-saber de quién era.
-
-El día en que el librero me contaba esto entró un trapero, un tuerto
-desharrapado de cara alegre, barbas enmarañadas y la nariz roja, con un
-gran lío de papeles.
-
---No los quiero--dijo el librero--; te los puedes llevar, Tuerto, yo ya
-me retiro.
-
---A ver que trae usted ahí--le indiqué yo.
-
---Lo daré muy barato--me dijo el trapero, dejando el paquete en una
-silla y quitándole una lía hecha con bramantes viejos y balduques.
-
-Había un tomo del _Palacio de los Crímenes_, de Ayguals de Izco; la
-_Historia de la revolución del 54_, por Ribot y Fontseré; dos folletos
-de Aviraneta, varios _Ecos del Comercio_, amarillos, y la proclama de
-los nacionales en agosto de 1835.
-
-Ni el librero ni el trapero habían oído hablar nunca de Chico, ni de
-Aviraneta, y mucho menos del pronunciamiento de los Urbanos.
-
-A mí, que había visto durante tanto tiempo carteles pintados con la
-muerte de Chico, del Cura Merino y de los hermanos Marina, que un
-hombre mostraba con un puntero en las plazas, me chocaba que todo esto
-hubiera desaparecido tan completamente del recuerdo de las gentes.
-
-Y, sin embargo, así era.
-
---Todo esto que traes aquí--dijo el librero--no vale nada. Cosas
-pasadas, sin importancia.
-
---Nosotros también somos viejos--repuso el trapero y se nos ha pasado
-el tiempo.
-
---Todo pasa, amigo trapero--le dije yo--. La hoja del árbol cae, la
-hoja de rosa se marchita, la hoja de papel se arruga y la comen los
-lepismas. El lepisma devora el papel; la carcoma y la polilla devoran
-la madera; las penas nos devoran a nosotros hasta que entregan su presa
-a los gusanos.
-
---Todo no es mas que miseria--dijo el librero.
-
---¿Saben ustedes cómo arreglo yo eso?--preguntó el trapero.
-
---¿Cómo lo arregla usted?
-
---Pues echándome un quince siempre que puedo.
-
---La otra manera de arreglarlo es la filosofía.
-
---Mi filosofía es el vino. ¿Hace alguna de estas cosas, caballero? Me
-da usted lo que usted quiera por ellas.
-
-Le di tres pesetas por los dos folletos y por la proclama.
-
---¡Bueno, señores!--dijo el hombre volviendo a atar los libros--. Me
-voy a dedicar... a la filosofía.
-
---Es usted un compadre alegre y jovial--le dije yo.
-
---Naturalmente. Ahora me voy yo a la taberna del Vaqueiro del callejón
-de Preciados, y me tomo una tajada de bacalao y un quince, y me río yo
-de los peces de colores.
-
---¡Hombre, eso está mal!--le dije yo.
-
---¿Por qué?--preguntó el hombre extrañado.
-
---Yo me figuro que el bacalao es un pez, y comérselo y reírse luego de
-él, no me parece bien.
-
---¡Vamos! Usted es un guasón. Pues sí, me tomo un quince o dos quinces,
-y le hago un corte de mangas al mundo entero.
-
---Hasta que el vino te haga un corte de mangas a ti, Tuerto, y te lleve
-al Este--dijo el librero.
-
---¡Bah!
-
---Ten cuidado con esa nariz, se va pareciendo al Vesubio en ignición.
-
---Te veo... Vesubio.
-
---¿Tiene usted hijos, trapero?--le pregunté yo.
-
---Se tienen ellos...; yo, no... Yo los he traído al mundo...; ellos se
-agarran como pueden... ¡Salud, señores!
-
-El trapero echó su paquete al hombro, y yo volví al hotel pasando por
-delante del solar de la casa de los Capellanes y pensando que todo está
-hecho de polvo y que todo se tornará en el mismo polvo.
-
- Madrid, marzo, 1921.
-
-
- FIN DE EL SABOR DE LA VENGANZA
-
-
-
-
- ÍNDICE
-
-
- Páginas.
-
- PRÓLOGO 9
-
-
- LA CÁRCEL DE CORTE
-
- I.--El calamar 15
-
- II.--Solo 21
-
- III.--La cárcel 25
-
- IV.--El padre Anselmo 31
-
- V.--Luchas 35
-
- VI.--El segundo patio 39
-
- VII.--Los matones 43
-
-
- LA MUERTE DE CHICO O LA
- VENGANZA DE UN JUGADOR
-
- PRIMERA PARTE
-
- ANTECEDENTES
-
- I.--Una noche de nieve 49
-
- II.--Un preso nuevo 53
-
- III.--Miguel Rocaforte 57
-
- IV.--Un asunto embrollado 61
-
- V.--Lo ocurrido 69
-
- VI.--Se echa tierra al asunto 73
-
- VII.--Castelo y Paca Dávalos 79
-
- VIII.--Hacia el abismo 83
-
- IX.--Chico y Castelo 89
-
-
- SEGUNDA PARTE
-
- CONSECUENCIAS
-
- I.--La revolución del 54 101
-
- II.--Mal paso 107
-
- III.--Una noche de insomnio 117
-
- IV.--El final de Chico 121
-
- V.--Acosado 127
-
- VI.--En el Saladero 133
-
- VII.--El hospital 139
-
- VIII.--La locura 143
-
- IX.--Alimañas 147
-
-
- LA CASA DE LA CALLE
- DE LA MISERICORDIA
-
- I.--La casa de los Capellanes de las Descalzas 153
-
- II.--Fauna y flora de la casa 159
-
- III.--La ejecución de Miyar, el librero 171
-
- IV.--Soledad 179
-
- V.--Anónimos 187
-
- VI.--Preparativos 191
-
- VII.--El crimen 195
-
- VIII.--La escuela de Cristo 199
-
- IX.--El fantasma 203
-
-
- ADÁN EN EL INFIERNO
-
- I.--Adán 207
-
- II.--La cuadrilla del Fortuna 209
-
- III.--El odio 213
-
-
- MI DESQUITE
-
- I.--Plan de pronunciamiento 223
-
- II.--Lo ocurrido 229
-
- III.--Partida perdida 239
-
- IV.--Escapatoria 243
-
- EPÍLOGO 247
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of El Sabor de la Venganza, by Baroja Pío
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL SABOR DE LA VENGANZA ***
-
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- Dr. Gregory B. Newby
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-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
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- The Project Gutenberg eBook of Memorias de un Hombre de Acción: #11 El Sabor de la Venganza, by Pío Baroja.
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-<body>
-
-
-<pre>
-
-The Project Gutenberg EBook of El Sabor de la Venganza, by Baroja Pío
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
-other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
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-
-Title: El Sabor de la Venganza
- Memorias de un hombre de acción, tomo 11
-
-Author: Baroja Pío
-
-Release Date: March 6, 2017 [EBook #54285]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL SABOR DE LA VENGANZA ***
-
-
-
-
-Produced by Carlos Colón, University of Toronto and the
-Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net
-(This file was produced from images generously made
-available by The Internet Archive/Canadian Libraries)
-
-
-
-
-
-
-</pre>
-
-<p class="box">Nota del Transcriptor:<br/><br/>
-
-Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.<br/><br />
- Errores obvios de imprenta han sido corregidos.<br/><br />
-
- Páginas en blanco han sido eliminadas.<br/><br/>
-La portada fue diseñada por el transcriptor y se considera dominio público.<br /></p>
-<hr class="chap" />
-
-
-
-
-<p class="center large p6">PÍO BAROJA</p>
-
-<p class="center">MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN</p>
-
-
-<p class="p2"><i>El aprendiz de conspirador.</i></p>
-
-<p><i>El escuadrón del Brigante.</i></p>
-
-<p><i>Los caminos del mundo.</i></p>
-
-<p><i>Con la pluma y con el sable.</i></p>
-
-<p><i>Los recursos de la astucia.</i></p>
-
-<p><i>La ruta del aventurero.</i></p>
-
-<p><i>Los contrastes de la vida.</i></p>
-
-<p><i>La veleta de Gastizar.</i></p>
-
-<p><i>Los caudillos de 1830.</i></p>
-
-<p><i>La Isabelina.</i></p>
-
-<p><i>El sabor de la venganza.</i></p>
-
-
-
-
-
-<h1>MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN<br />
-EL SABOR DE LA VENGANZA</h1>
-
-
-
-
-
-<p class="center p6">ES PROPIEDAD<br />
-DERECHOS RESERVADOS<br />
-PARA TODOS LOS PAÍSES</p>
-
-<p class="center p2">COPYRIGHT BY<br />
-RAFAEL CARO RAGGIO<br />
-1921</p>
-
-<p class="i2 p6">Establecimiento tipográfico<br />
-de Rafael Caro Raggio</p><hr class="chap" />
-
-
-
-
-
-<p class="center large p6">PÍO BAROJA</p>
-
-<p class="center large p4">MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN</p>
-
-<p class="center large p2">EL SABOR DE LA VENGANZA</p>
-
-<p class="center p4">SEGUNDA EDICIÓN</p>
-
-<div class="figcenter4em"><img src="images/page1.png" width="100"
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-</div>
-
-<p class="center p4">RAFAEL CARO RAGGIO<br />
-EDITOR<br />
-MENDIZÁBAL, 34<br />
-MADRID</p><hr class="chap" />
-
-
-
-
-
-<div class="chapter">
-<h2 id="PROLOGO" class="nobreak">PRÓLOGO</h2></div>
-
-<p class="i65">Hablemos un poco.</p>
-
-<p class="i65 smcap">Goethe.</p>
-
-
-<p><span class="smcap">Estas</span> historias violentas de sangre&mdash;dice nuestro
-amigo Leguía&mdash;me las contó Aviraneta
-en San Leonardo, un pueblo de la provincia de
-Soria, adonde don Eugenio iba a veranear los últimos
-años de su vida. Yo solía ir a ver a Aviraneta
-con frecuencia cuando estaba en Madrid y vivía
-en la calle del Barco. Aviraneta era ya viejo en este
-tiempo: andaba cerca de los ochenta años; y yo,
-aunque más joven que él, sentía que también para
-mí había pasado la época de la acción y del entusiasmo.
-Los dos, solitarios y olvidados, recordábamos
-nuestros tiempos, que nos parecían mejores
-que aquellos en que vivíamos.</p>
-
-<p>Josefina, la mujer de don Eugenio, una francesa
-de Toulouse, con la que se había casado, ya viejo,
-me decía que no dejara de visitar a su marido.</p>
-
-<p>&mdash;El pobre se aburre y a usted le quiere como
-a un hijo&mdash;me indicaba la francesa.</p>
-
-<p>&mdash;Yo voy a verle siempre que puedo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Está tan abandonado!&mdash;añadía ella.</p>
-
-<p>En la época de la guerra francoprusiana, Josefina
-me escribió que don Eugenio estaba en San<span class="pagenum"><a name="Page_10" id="Page_10">[10]</a></span>
-Leonardo, un poco delicado de salud, y que se
-quedaba allí hasta reponerse.</p>
-
-<p>Fuí a verle a don Eugenio al pueblo y lo encontré
-ya bien.</p>
-
-<p>Pensaba volver en seguida a Madrid; pero me
-sorprendió una gran borrasca de frío y nieve y
-tuve que quedarme allí unos días hasta que pasara.</p>
-
-<p>San Leonardo es un pueblo entre pinares, al
-lado de un cerro coronado por las ruinas de un
-castillo. Don Eugenio vivía en casa del nieto de un
-guerrillero del Cura Merino, a quien llamaban el
-tío Chaparro.</p>
-
-<p>El tío Chaparro era dueño de grandes rebaños y
-tenía una hermosa casa de piedra con una cocina
-ancha, que cogía casi la mitad del piso bajo.</p>
-
-<p>El hijo del guerrillero miraba a don Eugenio
-como a un héroe, y más que como a un héroe,
-como a un sabio: le escuchaba religiosamente,
-mandaba que todo el mundo le obedeciese y le
-ponía un gran sillón de cuero al lado de la lumbre.
-De noche, en la cocina, solía haber gran reunión
-de cabreros y de zagales que, por sus indumentarias
-toscas, sus túnicas como dalmáticas y
-sus capotes de lana cruda con capucha, me parecían
-pastores de nacimiento. Aviraneta y yo solíamos
-tener largas charlas al lado del fuego, en
-las que recordábamos sucesos políticos, y nuestras
-conversaciones las escuchaban con gran curiosidad
-los pastores.</p>
-
-<p>Aviraneta se entretenía escribiendo una relación
-de sus aventuras de guerrillero de la guerra
-de la Independencia, las que pensaba cándidamen<span class="pagenum"><a name="Page_11" id="Page_11">[11]</a></span>te
-ofrecer como ejemplo a los franceses, para que
-viesen la manera de rechazar la invasión alemana.</p>
-
-<p>Yo, entonces, estaba leyendo por primera vez
-la Biblia, en la traducción de Cipriano de Valera,
-y hacía comentarios acerca de sus máximas y de
-sus reflexiones, y, a pesar de que soy un espíritu
-muy poco bíblico, me entretenía la lectura, aunque
-muchas veces me repugnaba.</p>
-
-<p>Un día le dije a don Eugenio:</p>
-
-<p>&mdash;No me ha contado usted nunca con detalles
-su vida en la Cárcel de Corte el año 1834.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué voy a contar de allí? Era la mía una vida
-monótona y siempre igual. En la cárcel los días se
-parecen demasiado uno a otro. Se vive recordando
-lo que ha pasado y pensando en lo que se va a hacer
-al salir de la prisión.</p>
-
-<p>&mdash;Cuénteme usted con detalles todo cuanto recuerde
-de la cárcel y de su vida en ella.</p>
-
-<p>&mdash;No creo que sea muy interesante, pero te lo
-contaré.</p>
-
-<p>Los datos que me dió Aviraneta de su estancia
-en la Cárcel de Corte no fueron ni muy nuevos ni
-de gran interés.</p>
-
-<p>Si los menciono aquí es porque la Cárcel de
-Corte sirve de marco a las historias sangrientas
-que siguen después.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>Y ahora una advertencia:</p>
-
-<p>Como los chicos cuando terminan un castillo de
-arena le adornan con unas banderolas vistosas
-para que tengan más apariencia, así he hecho yo
-poniendo después de acabada mi obra frases lite<span class="pagenum"><a name="Page_12" id="Page_12">[12]</a></span>rarias
-de escritores célebres al frente de los capítulos.</p>
-
-<p>Así he pretendido dar a éstos cierto aire de
-pompa y de solemnidad que, naturalmente, no tienen;
-porque yo nunca he sido ni pomposo ni solemne.
-De esta manera, al que no le guste el texto
-se puede entretener con las banderolas.</p><hr class="chap" />
-
-
-
-<div class="chapter">
-<h2 class="nobreak">LA CÁRCEL DE CORTE</h2></div>
-
-
-<h3 id="CALAMAR">I.<br />
-EL CALAMAR</h3>
-
-
-<p class="i65">Sobre mi cabeza, ¡escuchad! Escuchad
-los gritos prolongados y
-frenéticos de aquellos cuyo cuerpo
-y cuya alma son igualmente
-cautivos.</p>
-
-<p class="i65"><span class="smcap">Lord Byron</span>: <i>La lamentación del Taso</i>.</p>
-
-
-<p class="p2"><span class="smcap">Denunciado</span> por Francisco Civat y preso por
-el inspector Luna&mdash;comenzó diciendo Aviraneta&mdash;ingresé
-el 24 de julio de 1834 en la Cárcel
-de Corte.</p>
-
-<p>Martínez de la Rosa, que me tenía por un hombre
-peligroso, tomó precauciones para impedir
-que me escapara. A mi ingreso en la cárcel fueron
-destituídos el alcaide, un llavero y otros carceleros
-considerados como liberales y que pertenecían
-a la Milicia Urbana, y reemplazados por ex
-voluntarios realistas. El poeta granadino no era
-torpe, y comprendió que nada mejor para guardar
-a un conspirador liberal que unos carceleros
-absolutistas.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_16" id="Page_16">[16]</a></span></p>
-
-<p>A poco de entrar en la cárcel se comenzó mi
-proceso en el juzgado del teniente corregidor don
-Pedro Balsera.</p>
-
-<p>Martínez de la Rosa eligió para juez de la causa
-a un tal Regio, absolutista exaltado, y le previno
-que estaba entendiendo en un proceso de alta
-traición; y de fiscal nombró a don Laureano de
-Jado, antiguo afrancesado del tiempo del rey José,
-después protegido de Calomarde y, por último,
-amigo de Rosita la pastelera.</p>
-
-<p>Don Laureano era un lechugino muy peripuesto.
-Se hallaba indignado contra mí porque entre
-los papeles que me cogió la policía había dos circulares,
-en una de las cuales decía que el Estatuto
-Real estaba formado por una amalgama de afrancesados,
-anilleros y desertores del carlismo, y en
-la otra recomendaba la prisión y el destierro en
-bloque del gran Consistorio de abates renegados
-formado por Hermosilla, Lista, Miñano y sus amigos,
-que se entendían con Luis Felipe para impedir
-toda tentativa liberal en España.</p>
-
-<p>A don Laureano, que había formado parte de la
-Comisión Militar de Madrid en tiempo del terror
-de Calomarde y Chaperón, le parecía mucha severidad
-la nuestra con la Junta de abates afrancesados,
-que siempre, vanagloriándose de su cultura,
-tenían que influír a favor de la rutina y del absolutismo.</p>
-
-<p>Para escribano de la causa eligieron a don Juan
-José García, ex sargento realista, que pasados unos
-años figuró como secretario de la Junta facciosa
-de Morella.</p>
-
-<p>Así, un liberal como yo, preso por un Gobierno<span class="pagenum"><a name="Page_17" id="Page_17">[17]</a></span>
-liberal, estaba vigilado por furibundos absolutistas.</p>
-
-<p>Al entrar en la cárcel se dijo que yo me había
-comido la lista de los comprometidos en la Isabelina,
-cosa absurda, porque una lista de dos mil
-nombres no se la come uno por buen estómago
-que tenga. Me batí con el juez y con el fiscal y
-les mareé con declaraciones contradictorias. Hice
-como el calamar, que enturbia el agua para escaparse.</p>
-
-<p>Tan pronto aparecía la Isabelina como una sociedad
-secreta, de la que formaban parte la infanta
-Luisa Carlota, el infante don Francisco, Palafox y
-el conde de Parcent, como era un proyecto que no
-había pasado de utopía acariciada en mi imaginación.</p>
-
-<p>Entre otras cosas le dije al juez que tenía guardados
-documentos importantísimos, y que si moría
-en la cárcel estos documentos se publicarían
-inmediatamente en París después de mi muerte.</p>
-
-<p>La amenaza dió grandes resultados.</p>
-
-<p>El juez me decía:</p>
-
-<p>&mdash;Pruebe usted sus asertos, presente usted esos
-documentos.</p>
-
-<p>&mdash;No presentaré documento alguno si no me
-dejan libre.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué miedo puede usted tener?</p>
-
-<p>&mdash;Miedo de que me quiten los documentos para
-poderme aplastar impunemente.</p>
-
-<p>Le dije también al juez, en confianza, que el
-infante don Francisco y su mujer pretendían la
-expulsión de María Cristina y de sus hijas para
-quedarse ellos con la Regencia de España. Que<span class="pagenum"><a name="Page_18" id="Page_18">[18]</a></span>
-después pensaban elevar al trono al infante don
-Francisco, y que se habían acuñado monedas con
-esta leyenda: «Francisco I, rey por la gracia de
-Dios y de la Constitución».</p>
-
-<p>&mdash;¿Estos proyectos no se los habrán contado a
-usted los mismos infantes?&mdash;me dijo el juez con
-sorna.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es que ha hablado usted con ellos?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah!</p>
-
-<p>&mdash;¡No lo crea usted! El ex ministro don Javier
-de Burgos y el inspector de policía Luna me encontraron
-en la antecámara de Palacio la primera
-vez que fuí a ver a los infantes, llamado por ellos.
-Pregúnteles usted a Burgos y a Luna: lo podrá usted
-comprobar.</p>
-
-<p>El juez no sabía a qué carta quedarse. Yo le
-daba mezcladas la mentira y la verdad, y él no
-sabía separarlas. Indignado el hombre, en uno de
-sus escritos me llamó malvado y miserable, y dijo
-públicamente que yo acusaba al infante don Francisco
-y a Palafox.</p>
-
-<p>Estas declaraciones mías, que se conocieron en
-Palacio, me valieron el odio de la infanta Luisa
-Carlota y de su marido, y luego la amistad de María
-Cristina, porque llegaron las dos hermanas a
-odiarse de tal modo, que los amigos de una eran
-sólo por esto enemigos de la otra.</p>
-
-<p>El general Palafox se debió ver en un apuro;
-afirmó que no tenía relación alguna con la Isabelina
-y que no me conocía a mí, aunque por otra
-parte me creía persona de honor e incapaz de una<span class="pagenum"><a name="Page_19" id="Page_19">[19]</a></span>
-impostura. Dijo que el plan revolucionario mío era
-una fantasía, y aseguró que el capitán Civat era un
-agente carlista que me había engañado a mí, sin
-decir que el primer engañado había sido él.</p>
-
-<p>El mismo día Palafox envió a su sobrino a casa
-de mi hermana con el encargo de decirla que él
-pondría en juego sus altas influencias para sacarme
-lo más pronto posible de la cárcel.</p>
-
-<p>A Palafox se le ordenó que quedara arrestado
-en un cuartel, y luego, con la benevolencia que se
-tiene siempre con los poderosos, se le dejó detenido
-en su propia casa, en comunicación con su
-familia y sus amigos.</p>
-
-<p>Después, cuando se supo que yo no acusaba a
-nadie, sino que afirmaba que el único conspirador
-de la Isabelina era yo, y que, por lo tanto, no había
-conspiración, los que tenían miedo de aparecer
-complicados se tranquilizaron. El conde de las
-Navas, en las Cortes, interpeló al Gobierno por la
-prisión de Palafox; y Martínez de la Rosa contestó
-dando a entender que lo sabía todo.</p>
-
-<p>Al mismo tiempo que yo fueron presos varios
-otros individuos que formaban parte de la Isabelina:
-Nogueras, Beraza, Calvo de Rozas, Olavarría,
-Romero Alpuente, Espronceda, García Villalta.
-Todos ellos ingresaron en la Cárcel de Corte.
-En provincias se hicieron también muchas prisiones.</p>
-
-<p>A las dos o tres semanas no quedábamos allí
-mas que Beraza, Romero Alpuente y yo. Beraza
-no sé cómo se las arregló para salir pronto.</p>
-
-<p>Espronceda y García Villalta, a pesar de su fachenda
-byroniana, cantaron la palinodia de una<span class="pagenum"><a name="Page_20" id="Page_20">[20]</a></span>
-manera humilde, y se les sacó de la prisión y se
-les llevó desterrados a Badajoz.</p>
-
-<p>Me quedé con el compañero peor, Romero Alpuente,
-viejo decrépito y sin ánimo.</p>
-
-<p>Romero Alpuente se quejaba de la Soledad, de
-la tristeza, de la falta de aseo y de los parásitos de
-la cárcel; después, cuando invadió el cólera la prisión,
-el pobre hombre se pasaba la vida en la cama
-escribiendo memoriales a la Reina.</p><hr class="chap" />
-
-
-
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="SOLO" class="nobreak">II.<br />
-SOLO</h3></div>
-
-<p class="i65">Desgracia al hombre solo.</p>
-
-<p class="i65 smcap">El Eclesiastés.</p>
-
-
-<p class="p2"><span class="smcap">Poco</span> a poco todos los complicados en aquella
-causa, por entonces célebre, quedaron libres.
-Yo solo permanecí en la cárcel vigilado estrechamente
-durante meses y meses, hasta que pude escapar,
-gracias a un pronunciamiento.</p>
-
-<p>Nadie fué castigado en serio, y el denunciador
-de la Isabelina, don Francisco Civat, fué agraciado
-poco después por el ministerio, contra el dictamen
-del ministro, Moscoso de Altamira, con el empleo
-de vista de la aduana de Barcelona. Lo disfrutó
-poco tiempo, porque en el primer movimiento revolucionario
-que hubo allí tuvo que esconderse y
-fugarse a Francia, en donde tomó partido por
-Don Carlos.</p>
-
-<p>Después de muchas declaraciones mías, el fiscal
-don Laureano de Jado declaró inocentes a todos
-los procesados, y consideró que el único culpable
-<span class="pagenum"><a name="Page_22" id="Page_22">[22]</a></span>
-era yo. Mientras el proceso duró, la preocupación
-por lo que tenía que decir y que contestar me
-tuvo en tensión el espíritu; luego pasé una temporada
-aburrido y desesperado.</p>
-
-<p>Se comenzó a olvidar mi causa. De tarde en
-tarde se hablaba de mí en los periódicos. Don
-Fermín Caballero, que no era de mi cuerda, y que
-tenía cierta rabia por los que nos sentíamos capaces
-de jugarnos la vida en una conspiración como
-la fraguada en julio, dijo que la Isabelina era
-una sociedad formada por calaveras y gente del
-trueno, que no tenía más misión que la de alborotar.</p>
-
-<p>Cuando me nombraba a mí en el <i>Eco del Comercio</i>
-me llamaba el atolondrado Aviraneta. ¡Atolondrado!
-Claro es, porque yo había expuesto el
-pellejo y él no lo había expuesto nunca.</p>
-
-<p>Hay demócratas&mdash;y al decir esto don Eugenio
-sonreía con cierto desprecio&mdash;, que creen que el
-mundo puede hacer desaparecer con el tiempo a
-los héroes y a los aventureros.</p>
-
-<p>Esta idea me parece una idea falsa y ridícula.
-Siempre habrá un desequilibrio entre la realidad
-y la utopía que permita una aventura al que tenga
-fondo de aventurero.</p>
-
-<p>¿Además, es apetecible que desaparezca todo lo
-que sea esfuerzo, improvisación y energía? No veo
-por qué el ideal de la vida haya de ser llegar a
-una existencia mecanizada y ordenada como una
-oficina de comercio. No creo que se pueda alcanzar
-esto. ¿Cuándo se han hecho cosas admirables
-sin esfuerzo y sin heroísmo? ¿Se harán alguna vez?
-Yo creo que nunca.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_23" id="Page_23">[23]</a></span></p>
-
-<p>Por más que quieran cerrar, alambrar el recinto
-social, siempre habrá boquetes libres para escaparse;
-por más que los Gobiernos decreten que
-los hombres deben ser unos buenos cerdos tranquilos
-cuyo ideal sea el pesar muchas arrobas,
-siempre habrá jabalíes entre ellos.</p>
-
-<p>Por esta época del cólera, el partido cristino
-tuvo el primer quebranto, al hacerse público que
-la Reina se había enredado con Muñoz y que
-había tenido un hijo. Todo Madrid debía estar comentando
-con fruición el caso, y la noticia llegó
-hasta la cárcel.</p>
-
-<p>Se habló de las citas, en la Granja de Quitapesares,
-entre María Cristina y el guardia de Corps;
-se habló de la tía Eusebia, del estanquero de Tarancón,
-de la niña Gertrudis Magna Victoria, que,
-según los chuscos, podía poner con el tiempo en
-su escudo los lirios de los Borbones al lado de las
-cajetillas de tabaco de los Muñoces.</p>
-
-<p>Se contó que estando de caza en el Pardo María
-Cristina con la Corte, la Reina le dijo a Muñoz,
-al ver saltar una pieza: «Para ti, Muñoz»; y que él
-contestó: «No; para ti, Cristina».</p>
-
-<p>Se contó también que se había reunido el Gabinete
-con el objeto de discutir la cuestión de los
-amores de la Reina, y se habló en broma de lo
-que habían aconsejado los unos y los otros. Se
-decía que los más conspicuos del partido moderado
-estaban de acuerdo en aconsejar moderación
-a aquella italiana, ardiente y fogosa.</p>
-
-<p>Martínez de la Rosa decía que Zarco del Valle,
-como militar galante, era el más a propósito para
-llevar a buen término, y de una manera delicada,<span class="pagenum"><a name="Page_24" id="Page_24">[24]</a></span>
-esta gestión de índole moderada; Toreno aseguraba
-que Garelly era el más insinuante y jesuítico,
-y Garelly objetaba que el más indicado de todos
-era el duque de Rivas, puesto que podía dar a la
-observación un aire de poesía y de lirismo.</p><hr class="chap" />
-
-
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="CARCEL" class="nobreak">III.<br />
-LA CÁRCEL</h3></div>
-
-
-<p class="i65">Allí están los alegres y los tristes;
-allí hay hombres muriendo; allí
-hay hombres nacidos, hay hombres
-orando; al lado de un tabique
-de ladrillo hay hombres maldiciendo,
-y, en torno de todos ellos,
-está la noche inmensa y vacía.</p>
-
-<p class="i65"><span class="smcap">Carlyle</span>: <i>Sartor Resartus</i>.</p>
-
-
-<p class="p2"><span class="smcap">La</span> Cárcel de Corte de Madrid estaba formada,
-en parte, por ese edificio de la plaza de Santa
-Cruz, que luego ha sido Ministerio de Ultramar,
-y, en parte, por otro, anejo a él, que fué en tiempo
-pasado hospedería de los Padres del Salvador.</p>
-
-<p>La Cárcel de Corte, con sus dos cuerpos, formaba
-un paralelogramo largo y estrecho. Los lados
-cortos los componían: uno, la fachada de la
-plaza de Santa Cruz, en donde había entonces una
-fuente, la fuente de Orfeo, y el otro, varias casuchas
-que daban a la calle de la Concepción Jerónima.
-Por los lados largos pasaban, casi paralelas,
-la calle del Salvador y la de Santo Tomás.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_26" id="Page_26">[26]</a></span></p>
-
-<p>Una parte estaba dedicada a cárcel de mujeres,
-y muchas de éstas tenían sus hijos pequeños con
-ellas. Era muy difícil darse cuenta clara de la topografía
-de la cárcel, porque todo el edificio se
-hallaba dividido con tabiques, que formaban rincones
-y pasillos, y en aquellos recovecos se desorientaba
-uno en seguida.</p>
-
-<p>En la cárcel había mucha más gente que la que
-buenamente cabía en ella; faltaba luz y ventilación,
-y, sobre todo en el verano, no se podía respirar
-por el mal olor. Cuando entraban los magistrados
-de la Audiencia solían quemar incienso y plantas
-aromáticas.</p>
-
-<p>Los pobres lo pasaban horriblemente; muchos
-no tenían ropas ni mantas, y dormían en pleno
-invierno sobre el suelo, de piedra. Los alcaides
-solían arrendar los distintos servicios a pequeños
-industriales, que explotaban a los presos de una
-manera miserable.</p>
-
-<p>El día de Jueves Santo se asomaban los presos
-a las rejas que daban a la plaza de Santa Cruz, y
-pedían limosna a los transeúntes, gimoteando y
-haciendo sonar sus cadenas.</p>
-
-<p>El domingo y los días de fiesta los ladrones se
-exhibían en los patios de la cárcel y se daban
-tono. Había cantos, guitarreo y a veces riñas, en
-las cuales salían a relucir navajas y estoques.</p>
-
-<p>Los empleados de la cárcel eran: un alcaide, un
-capellán, tres porteros, seis demandaderos, una
-demandadera, un llavero, un escribiente, un enfermero,
-un cocinero, un mayordomo, un médico
-y un cirujano. Los cuartos costaban: los de primera,
-siete reales al día; los de segunda, cuatro, y<span class="pagenum"><a name="Page_27" id="Page_27">[27]</a></span>
-los de tercera, dos. La sección de políticos era
-más limpia y más cuidada que el resto. Yo tenía
-un cuarto bastante regular, con una mesa, una
-cama y una butaca. A los pies de la cama ponía
-cuatro cacharritos llenos de agua para que no subieran
-las chinches, porque a estos huéspedes no
-había manera de exterminarlos.</p>
-
-<p>Al principio no quisieron dejarme tener libros,
-ni papel, ni tinta; pero luego, sí.</p>
-
-<p>En los primeros días de cárcel, el alcaide me
-vigilaba de una manera molesta; no me permitía
-hablar con nadie sin estar él delante. Me trataba
-con gran consideración y me decía que no hacía
-mas que cumplir con su deber.</p>
-
-<p>Don Paco, el alcaide, era uno de los mayores
-bribones de España: robaba a los presos y los explotaba
-de una manera inicua. Eso sí, lo hacía
-todo con una gran finura: no se le oía jamás un
-insulto o una palabra soez.</p>
-
-<p>Don Paco había sido lego en un convento y
-tambor de una partida realista.</p>
-
-<p>Era el tal don Paco, por entonces, hombre de
-unos cuarenta años, muy alto, muy encorvado,
-muy flaco, un verdadero espectro. Tenía la nariz
-aguileña, los dientes muy blancos, los ojos negrísimos,
-de extraña expresión; la piel obscura, y el
-pelo, como decían los autores románticos, del
-color del ala del cuervo. Iba siempre muy pulcro,
-muy bien afeitado, y tenía la costumbre de restregarse
-las manos haciendo un ruido como de
-huesos.</p>
-
-<p>Su vigilancia sonriente me llegó a exasperar.</p>
-
-<p>Al principio, iracundo por verme tan vigilado,<span class="pagenum"><a name="Page_28" id="Page_28">[28]</a></span>
-para encontrarme solo comencé a no salir de mi
-calabozo.</p>
-
-<p>Con aquella vida sedentaria y la humedad del
-cuarto se me exacerbaron los dolores reumáticos
-y tuve que guardar cama. El médico me visitó, y
-dijo que era indispensable para mí el hacer ejercicio,
-pues si no mi enfermedad se agravaría. Esta
-prescripción facultativa me obligó a salir al patio
-con frecuencia, y a dar vueltas y más vueltas, y a
-conocer a los detenidos.</p>
-
-<p>La mayoría de los presos políticos de la Cárcel
-de Corte eran furibundos realistas; había también
-algunos liberales, sospechosos de haber tomado
-parte en la matanza de frailes. Los realistas eran
-casi todos de fuera de Madrid: curas, frailes, abogados,
-guerrilleros de la Mancha llevados a la corte
-para declarar en procesos de conspiración.</p>
-
-<p>La sección de políticos rebosaba, y su personal
-era el más extraño y heterogéneo: había allí,
-desde carbonarios hasta absolutistas rabiosos; desde
-apóstoles hasta asesinos.</p>
-
-<p>Por ser los carlistas presos gente de más fuste
-que los liberales, y por tener la protección decidida
-del alcaide y de los principales celadores, los
-absolutistas disfrutaban en la Cárcel de Corte de
-preeminencias y de ventajas que no disfrutábamos
-los demás.</p>
-
-<p>El abogado carlista Selva, y algunos frailes amigos
-suyos, llevaban allí la voz cantante y dirigían
-y mandaban no sólo en el patio de los políticos,
-sino también en el de los detenidos por delitos
-comunes. En éstos se verificó una división parecida
-a la de los políticos, y hubo un grupo liberal<span class="pagenum"><a name="Page_29" id="Page_29">[29]</a></span>
-y otro carlista, con sus pasiones, sus odios, su intolerancia
-y su fanatismo. Unos cuantos carlistas
-valencianos, capitaneados por un arriero, llamado
-el Roch, y por un esterero de Crevillente, apodado
-el Tate, entraron por instigación de los frailes
-y de Selva en el segundo patio, con el asentimiento
-del alcaide don Paco, y se dedicaron a hacer
-prosélitos.</p>
-
-<p>Mis dos ayudantes en la cárcel eran Román, el
-hijo del librero de viejo de la calle de la Paz, y
-Gasparito, un zapatero remendón, hombre de
-muy buen sentido.</p>
-
-<p>Además de estos dos tenía como compañeros
-y correligionarios al Mingo y al señor Bruno, que
-eran albañiles; al Mulato, que era albeitar, y al
-Sanguijuelero, que tenía esta profesión unida a la
-de sangrador y la de herbolario. Todos estos habían
-sido detenidos durante la matanza de frailes
-por excitaciones al pueblo.</p>
-
-<p>Entre los carlistas presos, la mayoría eran campesinos,
-y tenían, en general, buen aspecto.</p>
-
-<p>Había gran diferencia entre los carlistas, casi
-todos del campo, y los revolucionarios madrileños.
-Eran mejores tipos aquéllos, más fuertes,
-más nobles, más enteros; daban una impresión de
-mayor energía.</p>
-
-<p>&mdash;Hoy lo mejor del pueblo es carlista&mdash;pensaba
-yo&mdash;; pero dentro de cincuenta años no pasará
-lo mismo.</p>
-
-<p>Había también gran diferencia entre los presos
-políticos y los ladrones. Sólo a primera vista, por
-su aspecto, podían distinguirse los unos de los
-otros; los políticos tenían un aire más recogido,<span class="pagenum"><a name="Page_30" id="Page_30">[30]</a></span>
-más ensimismado; los otros alardeaban de la fanfarronería
-y del cinismo que caracterizan a los
-criminales de profesión. Como estábamos los liberales
-en minoría, yo pensé que me convendría
-frecuentar el patio de los presos de delitos comunes
-para hacer prosélitos.</p>
-
-<p>Un día encontré en la cárcel al célebre ladrón
-Candelas, a quien conocía y había tenido como
-agente de la Isabelina. Reconocimos ambos que
-estábamos metidos en un callejón sin salida. Candelas
-abrigaba la esperanza de escaparse. Me propuso
-un plan de fuga, pero no tenía condiciones
-para llevarlo a la práctica.</p>
-
-<p>El alcaide, que vió que charlábamos Candelas y
-yo, no sospechó que pudiéramos conocernos de
-antemano; Candelas me indicó que me dirigiera a
-Francisco Villena (Paco el Sastre), por ser éste
-amigo suyo y hombre de recursos; y, efectivamente,
-me vi con él y conseguí que él intrigara en el
-patio de presos de delitos comunes para impedir
-que los absolutistas se hicieran dueños de la
-cárcel.</p>
-
-<p>Poco después Candelas fué trasladado a otra
-prisión.</p><hr class="chap" />
-
-
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="ANSELMO" class="nobreak">IV.<br />
-El PADRE ANSELMO</h3></div>
-
-
-<p class="i65">Feliz el que nunca ha visto
-más río que el de su patria,
-y duerme, anciano, a la sombra
-do pequeñuelo jugaba.</p>
-
-<p class="i65"><span class="smcap">Alberto Lista</span>: <i>Entre las cimas
-del Alpe</i>.</p>
-
-<p class="p2"><span class="smcap">Entre</span> los clérigos y frailes que estaban en la
-cárcel había un cura de pueblo, viejo, sordo,
-de sotana raída, que se llamaba don Anselmo
-Adelantado. Yo, al principio de conocerle, desconfié
-de él; se me acercaba, me saludaba y me
-mareaba a preguntas.</p>
-
-<p>Yo pensé: éste es un espía, un echadizo. Y, naturalmente,
-con esa idea le daba informes falsos.</p>
-
-<p>Luego empecé a sospechar que el padre Anselmo
-era un simple, un pobre de espíritu; sus compañeros
-y correligionarios presos le daban siempre
-de lado.</p>
-
-<p>Cuando intimé más con él me convencí de que
-el padre Anselmo era un hombre de esos de espíritu
-angelical que pasan por la vida sin enterarse
-de las miserias de la Humanidad.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_32" id="Page_32">[32]</a></span></p>
-
-<p>El padre Anselmo era un hombre sin ninguna
-malicia, y, a pesar de esto, se creía muy malicioso.
-Tomaba al pie de la letra todo lo que le
-decían.</p>
-
-<p>Era de un pueblo próximo a Molina de Aragón.</p>
-
-<p>Su historia se podría contar en pocas palabras.
-Le habían hecho cura, le habían nombrado párroco
-de un pueblo y había estado allí cuarenta años
-viviendo, primero con una hermana y luego con
-una sobrina. Al comenzar la guerra, los carlistas le
-habían hablado de que era indispensable que él les
-favoreciese y se pusiera de su lado; y como él estaba
-convencido de que los liberales tenían pacto
-con el demonio y de que la Reina Cristina era una
-masona, había ofrecido su concurso. Luego le
-habían denunciado y le habían traído a Madrid, a
-la Cárcel de Corte.</p>
-
-<p>El padre Adelantado era un hombre de más de
-sesenta años, con una cara tosca y terrosa; la boca
-grande, las cejas, como pinceles blancos, caídas
-sobre los ojos, y las manos cuadradas y fuertes.
-Tenía una manera de hablar un poco ruda, entre
-castellana y aragonesa. Usaba en la cárcel una sotanilla
-raída, de color de ala de mosca, y un
-bonete.</p>
-
-<p>Tenía una sotana nueva y un manteo, que guardaba
-en su maleta, que le parecían a él el colmo
-del lujo.</p>
-
-<p>Las observaciones del padre Anselmo me regocijaban
-lo indecible.</p>
-
-<p>Una vez había dos mujeronas de la vida airada
-en el locutorio esperando a alguno.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pobres muchachas!&mdash;dijo el padre Ansel<span class="pagenum"><a name="Page_33" id="Page_33">[33]</a></span>mo&mdash;;
-habrán venido a ver a sus padres o quizá a
-sus novios.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, seguramente.</p>
-
-<p>Yo, cuando le oía alguna de estas cosas, hacía
-un gesto para no echarme a reír, y él se reía también,
-porque decía que, aunque cura, era muy malicioso.</p>
-
-<p>Al padre Anselmo le gustaba fumar y yo le
-daba cigarros; pero él no quería.</p>
-
-<p>&mdash;Un cigarrito, bien; pero nada más. Ya sería
-vicio.</p>
-
-<p>Un día, después de muchas vacilaciones, me
-dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Don Eugenio.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué?</p>
-
-<p>&mdash;Me han dicho una cosa muy grave.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué le han dicho a usted?</p>
-
-<p>&mdash;Que usted es liberal.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah!; ¿pero no lo sabía usted?</p>
-
-<p>&mdash;No. ¡Así que usted es liberal! ¡Ave María Purísima!
-¡Y yo que le creía a usted una buena
-persona!</p>
-
-<p>&mdash;Y lo soy.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, bueno, dígame usted la verdad. ¿Usted
-ha hecho pacto con el Demonio?</p>
-
-<p>&mdash;No, no; puede usted creerme, padre Anselmo:
-no he hecho pacto con él.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, vamos! Así que usted sigue siendo cristiano.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí.</p>
-
-<p>&mdash;Porque hay otros, ¿sabe usted?, que van a las
-logias masónicas, y allí creo que hacen horrores.
-¡Ave María Purísima!</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_34" id="Page_34">[34]</a></span></p>
-
-<p>El padre Anselmo me entretenía con su conversación,
-cándida e inocente.</p>
-
-<p>Muchas veces me hablaba del campo, de lo que
-estarían haciendo por aquellos días en su pueblo.
-Su charla tenía un sabor de aldea que me encantaba.
-No hay sitio, ciertamente, en donde los recuerdos
-del campo tengan más valor, ni más encanto,
-que en la cárcel; así que yo le oía al cura
-viejo entretenidísimo.</p><hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="LUCHAS" class="nobreak">V.<br />
-LUCHAS</h3></div>
-
-<p class="i65">Tienen dos madres, las dos madrastras:
-la ignorancia y la miseria.</p>
-
-<p class="i65"><span class="smcap">Víctor Hugo</span>: <i>Los Miserables</i>.</p>
-
-
-<p class="p2"><span class="smcap">La</span> Cárcel de Corte tenía tres patios, que servían
-para que pasearan los presos. El primero
-se hallaba dentro del edificio actual, y tenía
-alrededor oficinas y cuartos para nosotros los políticos;
-el segundo estaba entre los dos cuerpos
-del edificio, el que queda y el derribado, que
-daba a la calle de la Concepción Jerónima.</p>
-
-<p>A los lados de éste se levantaban unos pabellones
-abovedados, horriblemente sucios y siniestros.
-A uno de ellos lo llamaban la Grillera. Allí
-solían estar encerrados los ladrones, y, en una especie
-de jaula, se metían todas las noches a los
-muchachos jóvenes y a los niños, jaula que se llamaba
-la Gallinería. De este patio central se pasaba
-a otro, pequeño y profundo, que daba hacia la<span class="pagenum"><a name="Page_36" id="Page_36">[36]</a></span>
-calle de la Concepción Jerónima, y que había sido
-el antiguo cementerio de los Padres del Salvador.
-Cortando el edificio había un callejón estrecho, el
-callejón del Verdugo, por el cual entraba el ejecutor
-de la Justicia cuando tenía que acompañar a
-algún reo a la horca.</p>
-
-<p>Hacia la Concepción Jerónima había calabozos
-irregulares, obscuros, que se destinaban a los
-grandes criminales y asesinos, y más atrás, una
-pequeña capilla para los condenados a muerte, en
-la cual se les tenía tres días.</p>
-
-<p>Los presos del segundo patio vivían horriblemente:
-a muchos no les llegaba el rancho; si tenían
-algún dinero podían recurrir a una cantina,
-donde estaba todo carísimo; si no, se quedaban
-sin comer. Un preso murió de hambre en un calabozo.
-Aquel calabozo se le llamó el del Olvido.</p>
-
-<p>Era el tercer calabozo célebre de la cárcel; había
-otros dos que tenían nombre: el de La Sed y
-el del Dragón.</p>
-
-<p>Cuando yo visité el segundo patio, en el calabozo
-del Olvido había un idiota vagabundo a
-quien tenían que traspasar al hospital. Este idiota
-chillaba y cantaba y hacía reír a los presos, que le
-consideraban como un hombre feliz.</p>
-
-<p>Los criminales audaces conseguían allí lo que
-querían: comían bien, bebían, tenían armas y hacían
-que les visitasen las mujeres del otro departamento.</p>
-
-<p>Paco el Sastre, a quien, como digo, Candelas
-me había recomendado, me hizo conocer a dos raterillos
-a quienes exigió que me obedecieran como
-a su jefe. Uno de éstos era el Gacetilla, un chico<span class="pagenum"><a name="Page_37" id="Page_37">[37]</a></span>
-que llamaban así porque sabía todo cuanto ocurría
-dentro y fuera de la cárcel, y el otro, el Mambrú,
-un gimnasta que andaba con las manos y
-daba saltos mortales.</p>
-
-<p>Por estos muchachos pude comunicarme libremente
-con mis amigos de fuera. Uno de los procedimientos
-que tenían era cantar. Un preso cantaba
-una copla, en la que decía disimuladamente
-lo que quería, y al día siguiente se ponía un ciego
-con la guitarra en la Concepción Jerónima, y en la
-canción que entonaba venía la respuesta.</p>
-
-<p>Con Paco el Sastre comencé a organizar una
-campaña contra el alcaide y los carceleros carlistas.
-Los presos del segundo patio se dividieron
-también en liberales y carlistas; pero aquí las
-fuerzas estaban equilibradas.</p>
-
-<p>Entre aquellos bandidos y estafadores, la influencia
-de un lugarteniente de Candelas, como
-Paco el Sastre, era decisiva. Yo les ayudé lo que
-pude a los que se vinieron al campo liberal.</p>
-
-<p>Con motivo de la división entre carlistas y liberales
-se producían riñas constantes; un día hubo
-en el segundo patio una gran pelea entre un bandido
-que llamaban el Raspa, que había sido procesado
-a raíz de la matanza de frailes, y un guerrillero
-carlista, el Ausell.</p>
-
-<p>Se desafiaron: el Raspa le tiró una navajada y le
-cortó la cara, mientras el otro le dió una cuchillada
-en el pecho que le dejó medio muerto.</p>
-
-<p>Yo hice un padrón de los presos liberales, de
-los carlistas y de los indefinidos, y como prefacio
-al padrón, un ligero estudio acerca de la psicología
-de los tipos desde el punto de vista del mayor<span class="pagenum"><a name="Page_38" id="Page_38">[38]</a></span>
-o menor valor que podían tener para una conspiración.</p>
-
-<p>Aviraneta me confesó que en su tiempo pensó
-hacer, más o menos en broma, el manual del perfecto
-conspirador.</p><hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="PATIO" class="nobreak">VI.<br />
-EL SEGUNDO PATIO</h3></div>
-
-<p class="i65">En el patio de la cárcel
-hay escrito con carbón:
-«Aquí el bueno se hace malo,
-y el malo se hace peor».</p>
-
-<p class="i65"><span class="smcap">Carcelera.</span></p>
-
-
-<p class="p2"><span class="smcap">Yo</span> no soy precisamente un sentimental, ni un
-poeta de delicadezas ni de ternuras, y, sin
-embargo, la perspectiva del segundo patio, la primera
-vez que entré en él, me hizo un efecto terrible.
-Era un cuadrado con paredes altas y lleno de
-gente.</p>
-
-<p>Aquel patio tenía algo de plazuela, de casa de
-juego, de manicomio, de foro, de plaza de toros y
-de hospital.</p>
-
-<p>Todas las aglomeraciones de hombres solos
-son, indudablemente, malsanas, repugnantes; huelen
-a sentina, ya sean cárceles, cuarteles, seminarios
-o conventos; pero la cárcel es la cloaca máxima.</p>
-
-<p>Allí se reúne la basura humana, los detritos de<span class="pagenum"><a name="Page_40" id="Page_40">[40]</a></span>
-la sociedad. Lo que no está podrido se pudre
-pronto, y la infección envenena el ambiente con
-sus miasmas.</p>
-
-<p>La cárcel es como la imagen negativa de la vida
-moral. Allí la bajeza, la fealdad, la maldad, el
-odio, todo lo más horrendamente humano, se
-muestra a lo vivo.</p>
-
-<p>Es un pantano en una fermentación constante
-que exhala vapores fétidos bastantes para envenenar
-toda la atmósfera.</p>
-
-<p>La cárcel es la universidad de lo perverso. La
-Naturaleza se divierte, a veces, en formar monstruos
-con lo físico o con lo moral. Los monstruos
-físicos vagan por el mundo; los monstruos morales
-tienden a reunirse en la cárcel. Aquí se completan,
-se complican, se hacen más perfectos en
-su monstruosidad.</p>
-
-<p>En la Cárcel de Corte, por entonces, había de
-todo: políticos, homicidas, lechuguinos, jovencitos
-elegantes y bien puestos, viejos barbudos y
-enfermos, locos desnudos que lanzaban horribles
-lamentos, reñidores desesperados que pasaban la
-vida entre gritos y blasfemias.</p>
-
-<p>Allí el robo, el asesinato, la estafa, la locura, el
-cinismo, la enfermedad, la miseria, la matonería,
-la sodomía se daban la mano y bailaban una terrible
-danza macabra.</p>
-
-<p>Esta fermentación de la cárcel, que acaba con
-los sentimientos nobles del hombre, no sólo no
-acaba, sino que deja el egoísmo, el instinto de vivir
-más ágil que nunca. Nada se parece tanto a un
-gallinero, a una casa de fieras, a una selva virgen,
-a un bosque de bestias feroces, como una cárcel.<span class="pagenum"><a name="Page_41" id="Page_41">[41]</a></span>
-El preso vive allí como un piel roja, siempre en
-acecho, dispuesto a destrozar al prójimo por la
-fuerza, por la malicia o por el engaño.</p>
-
-<p>Lo característico de la cárcel es esto: que no
-hay piedad. El valiente allí muere o vence, el tímido
-sucumbe; para el desdichado sin energía son
-todas las miserias, todos los horrores, todas las
-groseras mixtificaciones.</p>
-
-<p>El fuerte manda y gallea; el cobarde adula y se
-envilece. Allí no hay que hacerse ilusiones. Hay
-que dejar toda esperanza; no hay mas que miradas
-de odio, de rabia, de desesperación o de desprecio.
-El que teme caer, sabe que si cae todos pasarán
-por encima de su cabeza; por eso hay que
-pisar fuerte y no resbalar. En una cárcel no se
-puede ser mas que un santo, un miserable o un
-misántropo. Vivir en una cárcel es hacerse para
-siempre enemigo del hombre.</p>
-
-<p>Al principio, al entrar en el segundo patio se
-creía notar que todos los encerrados allí tenían
-una gran alegría: se cantaba, se jugaba, se vociferaba;
-pronto se podía ver que la alegría era ficticia
-y que por debajo de ella latía una sorda irritación.</p>
-
-<p>Otra cosa se notaba, y es que no había nadie
-independiente; allí ninguno podía apartarse de la
-acción común. Ya el lenguaje era especial para la
-cárcel, mezcla de germanía y de caló. Jorge Borrow,
-el escritor inglés, me explicó varias veces
-cómo la germanía y el caló no son lo mismo, pues
-la germanía es una lengua figurada, como el <i>argot</i>
-francés, y, en cambio, el caló es un idioma.</p>
-
-<p>Además de la comunidad de lengua, había en
-la cárcel la comunidad de la acción. Cuando se<span class="pagenum"><a name="Page_42" id="Page_42">[42]</a></span>
-comía había que repartirse por cuadrillas; al hacerse
-la limpieza del patio, unos la hacían; otros,
-no; al jugar, unos tenían categoría para jugar;
-otros no podían ser mas que espectadores, y otros
-ni eso; para dormir existían también sus categorías.
-Había una disciplina cuya dirección se subastaba
-a cada paso, y se daba al más audaz y al más
-valiente. Cuando entré por primera vez en el segundo
-patio, me acompañaban Román y el padre
-Anselmo. A éste le dirigieron las más innobles
-chacotas:</p>
-
-<p>&mdash;Oiga usted, pae cura. Me tiene usted que dar
-el modelo de esa sotanilla.</p>
-
-<p>&mdash;La sotana es vieja&mdash;replicó el padre Anselmo&mdash;;
-pero los que no somos ricos no podemos
-llevarlas mejores.</p>
-
-<p>&mdash;Bien dicho&mdash;afirmé yo.</p>
-
-<p>&mdash;Oiga usté, pae cura&mdash;le preguntó otro de los
-presos&mdash;,¿cuántos hijos tiene usté en el pueblo?</p>
-
-<p>&mdash;Yo no tengo hijos, porque soy cura&mdash;contestó
-él&mdash;; pero a todos mis feligreses los considero
-como si fuesen hijos míos.</p>
-
-<p>El pobre hombre contestó varias veces con
-prontitud y con gracia, y llegó a hacerse respetar.</p><hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="MATONES" class="nobreak">VII.<br />
-LOS MATONES</h3></div>
-
-<p class="i65">Hallóse allí Calamorra<br />
-sobre si no mata siete,<br />
-bravo de contaduría,<br />
-de relaciones valiente.</p>
-
-<p class="i65"><span class="smcap">Quevedo</span>: <i>Romances</i>.</p>
-
-
-<p class="p2"><span class="smcap">Los</span> matones del segundo patio eran Paco el
-Sastre, el Fortuna, el Mandita y el Manchado,
-que compartían el poder con dos falsificadores
-llamados los Pinturas, y con un caballero de
-industria, el señor Pérez de Bustamante. Paco el
-Sastre, amigo y cómplice de Candelas, se había
-escapado varias veces de distintas cárceles, lo que
-le daba gran prestigio.</p>
-
-<p>El Fortuna, guapo de casa de juego, fanfarrón
-y atrevido, estaba preso por una muerte. El Mandita
-era ladrón, un tipo fino, de nariz larga, ojos
-claros e inteligentes, labios muy delgados, cara
-afilada, bigote ralo y mano de hierro.</p>
-
-<p>El Mandita rompía las nueces con los dedos.</p>
-
-<p>El Manchado era hombre de cara dura y color<span class="pagenum"><a name="Page_44" id="Page_44">[44]</a></span>
-terroso, pómulos salientes, mandíbula grande y
-fuerte, los ojos torcidos, la boca recta como una
-cortadura. El Manchado parecía un calmuco y tenía
-una agresividad feroz. Durante la matanza de
-frailes se había exhibido, lleno de sangre, en la
-taberna de Balseiro, y había intentado vender ornamentos
-de iglesia. Estaba herido desde entonces
-y llevaba una venda sucia en la frente.</p>
-
-<p>El Fortuna le temía al Manchado. El Fortuna
-había llegado a matón por inteligencia, por comprender
-la cobardía de los demás; el Manchado,
-no; éste no discurría; se sentía bruto naturalmente,
-sin complicaciones ni razonamientos.</p>
-
-<p>Los Pinturas, padre e hijo, tenían mucha influencia.
-Los Pinturas eran falsificadores. El padre,
-un viejo calvo, apacible y burlón, tenía un aire de
-hombre frío y lleno de inteligencia, los ojos agudos
-y perspicaces, la frente ancha y desguarnecida,
-la boca muy cerrada, de labios finos.</p>
-
-<p>El Pinturas joven parecía una araña, alto, delgado,
-sonriente, con cara de polichinela y voz de
-lo mismo. Era muy burlón y satirizaba con mucha
-gracia a todo el mundo. Tenía siempre a su
-disposición papel y pluma, y servía de memorialista
-a los presos. Les escribía cartas con la letra
-que quisieran. En un par de minutos de estudiar
-una letra, la adoptaba como si fuera suya y seguía
-escribiendo con ella. Al Pinturas joven le gustaba
-leer mucho; fabricaba juguetes con alambres y
-cartón, que conseguía vender en las calles, y
-cuando no tenía nada que hacer hacía juegos de
-manos.</p>
-
-<p>Por lo que se decía, había falsificado escrituras,<span class="pagenum"><a name="Page_45" id="Page_45">[45]</a></span>
-contratos, testamentos, y seguía trabajando en la
-cárcel.</p>
-
-<p>Respecto al señor Pérez de Bustamante, era un
-caballero de industria, charlatán, mentiroso, que
-quería hacerse pasar por aristócrata.</p>
-
-<p>Este hombre había vivido durante los primeros
-meses de la guerra haciendo suscripciones para
-viudas de oficiales muertos en la campaña, y cuando
-explotó el lado liberal pasó a cultivar el campo
-carlista. Pérez de Bustamante era hombre osado y
-decidido.</p>
-
-<p>Otro tipo curioso era <i>Doña Paquita</i>, el cinedo
-de la cárcel, joven ambiguo que hacía ademanes
-de mujer. Este muchacho tenía la nariz respingona,
-con las ventanas muy abiertas, la barba azul,
-del afeitado, y la manera de hablar afeminada.</p>
-
-<p>Algunos de los presos habían conseguido cierta
-independencia y hacerse respetar del grupo que
-cobraba el barato.</p>
-
-<p>Uno de ellos era un topista, que llamaban Mangas,
-afiliado al grupo liberal. El Mangas tenía una
-cara de galgo, la nariz larga, la boca como recogida,
-los ojos pequeños y claros y el pelo rubio.
-Vestía bien, era gallego, aunque él decía que no.
-Se le había encontrado con unos cálices, después
-de la matanza de Julio, en una taberna de una vieja
-a quien llamaban la tía Matafrailes.</p>
-
-<p>Entre los presos de delitos comunes que se decían
-carlistas había gente bárbara y maleante,
-como entre los que se consideraban liberales.</p>
-
-<p>Uno de los carlistas de quien todos se reían era
-un labriego, el Paleto, que había robado una mula.
-El Paleto tenía la cara parada y estúpida, la cabe<span class="pagenum"><a name="Page_46" id="Page_46">[46]</a></span>za
-grande y la voz chillona. Solía servir de blanco
-a las bromas de todos.</p>
-
-<p>Otro carlista que se distinguía por su aire hipócrita
-era el Seminarista, que había sido estudiante
-de cura y tenía la especialidad de hacer digresiones
-místicas, en las que barajaba muchos latines.
-A este truhán le habían encontrado varias veces
-desvalijando los cepillos de las iglesias con una
-ballena untada de liga.</p>
-
-<p>Al poco tiempo de entrar en el segundo patio,
-el alcaide se dió cuenta de que yo iba allí para
-hacer propaganda entre los presos contra los carlistas
-y contra él; entonces me prohibió el paso.</p>
-
-<p>Yo tenía mis medios de comunicación asegurados.</p>
-
-<p>Mi duelo con el alcaide acabó con la victoria
-mía; pues conseguí al año que él se quedara preso
-y yo saliera libre.</p><hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<h2 class="nobreak">LA MUERTE DE CHICO O LA
-VENGANZA DE UN JUGADOR</h2></div>
-
-
-<h3>PRIMERA PARTE<br />
-ANTECEDENTES</h3>
-
-<h4 id="NIEVE">I.<br />
-UNA NOCHE DE NIEVE</h4>
-
-<p class="i65">En la niebla y en la bruma, en
-la nieve profunda, en el bosque
-inculto, en la noche de invierno
-oigo el aullido hambriento del
-lobo y el grito sombrío de la lechuza.</p>
-
-<p class="i65"><span class="smcap">Goethe</span>: <i>Lied del bohemio</i>.</p>
-
-
-<p class="p2"><span class="smcap">Al</span> día siguiente en que don Eugenio nos contó
-su vida en la Cárcel de Corte, comenzó a
-caer una gran nevada. Habían acudido a la cocina
-del tío Chaparro más gente que la noche anterior,
-y los pastores y cabreros fantaseaban acerca de las
-consecuencias de la nevada y de la aparición de
-los lobos en la garganta de Covaleda y en los
-montes del Urbión.</p>
-
-<p>Habían visto sus huellas en la nieve; habían dejado
-leña en las chozas, y quesos y cecina sobre<span class="pagenum"><a name="Page_50" id="Page_50">[50]</a></span>
-las ramas altas de los pinos para que no los cogieran
-los lobos.</p>
-
-<p>Aviraneta y yo estábamos al lado del fuego,
-sentados en dos grandes sillones; él llevaba puesto
-un abrigo grueso y tenía sobre la espalda un mantón
-de su mujer. Escuchábamos la conversación
-de los pastores, oíamos el ladrido de los perros y,
-a veces, el chirrido de la lechuza.</p>
-
-<p>De pronto, Aviraneta me dijo en voz baja:</p>
-
-<p>&mdash;Relacionándola con aquella época de la Cárcel
-de Corte de que te hablaba ayer noche, recuerdo
-una historia bastante siniestra en la que
-figuró un tal Castelo y el policía Chico. Ya te la
-habré contado, ¿verdad?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;¿No te la he contado?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;Pues es raro.</p>
-
-<p>&mdash;Cuéntela usted, don Eugenio&mdash;dijo el tío
-Chaparro, terciando en la conversación&mdash;; mandaré
-traer un poco de café con aguardiente, echaremos
-más leña al fuego y dejaré a los muchachos
-aquí a que le oigan a usted, porque mañana es domingo
-y se pueden levantar un poco más tarde
-que de costumbre.</p>
-
-<p>Aviraneta hizo una señal de asentimiento. Se
-puso una cafetera grande en las brasas y se trajo
-una botella de licor.</p>
-
-<p>Por la pequeña ventana de la cocina se veía el
-campo nevado, y los grandes copos de nieve que
-caían lenta y blandamente, como espesos plumones
-blancos.</p>
-
-<p>Aviraneta, que estaba empotrado en su sillón y<span class="pagenum"><a name="Page_51" id="Page_51">[51]</a></span>
-mirando con sus ojos, de un azul brillante, el fuego,
-se recogió un momento, tomó una gran taza
-de café muy caliente que le sirvieron, contempló
-a su auditorio sonriendo y comenzó su relación
-así:</p><hr class="chap" />
-
-
-
-<div class="chapter">
-<h4 id="NUEVO" class="nobreak">II.<br />
-UN PRESO NUEVO</h4></div>
-
-<p class="i65">El despertar que sigue a una
-primera noche de prisión es una
-cosa horrible.</p>
-
-<p class="i65"><span class="smcap">Silvio Pellico</span>: <i>Mis prisiones</i>.</p>
-
-
-<p class="p2"><span class="smcap">Los</span> lectores de folletines y de novelas por entregas,
-en los cuales hay con frecuencia
-odios sostenidos y venganzas a largo plazo, como
-en el <i>Conde de Monte Cristo</i>, suelen discutir si
-estos sentimientos son o no lógicos y verdaderos.
-Afirman unos, que la venganza es un instinto natural
-del hombre, que perdura y no se borra
-jamás; y dicen otros, que todo se olvida, hasta las
-mayores ofensas, con el transcurso de los años.</p>
-
-<p>Yo siempre me he inclinado a pensar que la mayoría
-de la gente llega a perder el recuerdo de los
-agravios con el tiempo y que no se vengan mas
-que rara vez.</p>
-
-<p>El caso que les voy a contar demuestra un rencor
-profundo y sostenido, terminado en una cruel
-venganza.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_54" id="Page_54">[54]</a></span></p>
-
-<p>Como decía la otra noche, a los quince o veinte
-días de estar en la cárcel tuve que guardar cama
-una temporada, porque se me exacerbaron los dolores
-reumáticos.</p>
-
-<p>Después se me permitió andar por la cárcel y
-entrar en el segundo patio, en donde se hallaban
-los presos de delitos comunes.</p>
-
-<p>Hacía dos meses que estaba en la cárcel cuando
-conocí a un nuevo preso, de aspecto extraño.</p>
-
-<p>Acababa de entrar. Era un muchacho joven,
-sombrío, moreno, de ojos negros, cabello largo, a
-la moda de la época, y aire reconcentrado y fuerte.
-Pasó por el primer patio vigilado por dos alguaciles.
-Subieron los tres a una oficina donde se
-tomaba la filiación a los detenidos.</p>
-
-<p>En la mesa había un empleado escribiendo, un
-hombre con el pelo rizado y la mano llena de
-anillos.</p>
-
-<p>Los alguaciles le hablaron en voz baja y le entregaron
-unos papeles, que el escribiente leyó con
-gran indiferencia.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora viene don Paco&mdash;dijo uno de los alguaciles.</p>
-
-<p>Don Paco era el alcaide. Efectivamente, llegó,
-tomó los papeles que había traído el alguacil y los
-leyó con atención.</p>
-
-<p>El alcaide interrogó al preso con una voz amable
-y una dulce sonrisa que, para el que sabía
-cómo las gastaba aquel hombre, no eran nada tranquilizadoras.</p>
-
-<p>&mdash;Soy inocente&mdash;dijo el joven con aire dramático&mdash;.
-No tengo más dinero que el que he ganado
-con mi trabajo.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_55" id="Page_55">[55]</a></span></p>
-
-<p>El alcaide sonrió, porque consideraba como
-algo lógico y natural que todo preso suyo y aun
-toda persona que tuviese que ver con él fuera un
-perfecto granuja.</p>
-
-<p>&mdash;Si ha guardado usted el dinero en alguna
-parte yo no pretendo que me lo diga usted. Aquí
-sabemos también ser caballeros.</p>
-
-<p>&mdash;Afirmo que soy inocente&mdash;replicó el joven.</p>
-
-<p>El alcaide explicó a su nuevo huésped el precio
-de los cuartos que se alquilaban en la cárcel y las
-diferencias que había entre las distintas clases.</p>
-
-<p>&mdash;Venga usted, caballero&mdash;le dijo después&mdash;;
-permita usted que le acompañe. Puede usted tranquilizarse.</p>
-
-<p>&mdash;No necesito tranquilizarme. Estoy tranquilo.</p>
-
-<p>&mdash;Quiero decir&mdash;repuso el alcaide&mdash;que aquí
-nadie le quiere mal. Le voy a llevar a su cuarto.</p>
-
-<p>El joven preso siguió al alcaide hasta el fin de
-un corredor; un carcelero descorrió el cerrojo de
-una puerta maciza, al lado de la cual se veían dos
-mozos con un cabo de vara de aire siniestro.</p>
-
-<p>Recorrieron otro corredor, salieron al segundo
-patio, y el alcaide mandó abrir la puerta de un cuchitril
-obscuro, bajo de techo y con un banco de
-madera.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí tiene usted su cuarto. Puede usted
-pedir a su casa unas mantas para dormir. Si quiere
-usted le pueden traer una cama, una mesa y una
-silla.</p>
-
-<p>&mdash;Está bien&mdash;dijo el joven; y se sentó en
-el banco con un aire entre resuelto y desesperado.</p>
-
-<p>Los carceleros cerraron llaves y cerrojos, y el
-joven se quedó allí dentro.</p><hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<h4 id="ROCAFORTE" class="nobreak">III.<br />
-MIGUEL ROCAFORTE</h4></div>
-
-
-<p class="i65">Por ser muy propio de enfermos
-no durar mucho en un estado,
-tomando por remedio las mudanzas.</p>
-
-<p class="i65"><span class="smcap">Séneca</span>: <i>De la tranquilidad del
-ánimo</i>.</p>
-
-
-<p class="p2"><span class="smcap">Al</span> día siguiente, en compañía del padre Anselmo
-fuí al segundo patio para ver qué
-hacía el nuevo detenido, que me había llamado la
-atención. Su tipo y la expresión de su rostro me
-indujeron a creer en su inocencia.</p>
-
-<p>Nos acercamos a él a hablarle. El muchacho estaba
-asqueado de encontrarse entre aquella canalla;
-pero no tenía miedo, porque a uno de los
-raterillos que había querido robarle le había pegado
-un puntapié, lo que hizo que los demás le miraran
-con cierto respeto.</p>
-
-<p>Este muchacho era de Lerma, y se llamaba Miguel
-Rocaforte. Sus padres tenían una buena
-hacienda; yo recordaba haberlos conocido y haber
-estado en su casa con el Empecinado.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_58" id="Page_58">[58]</a></span></p>
-
-<p>Miguel estudió en el Seminario tres años; luego
-perdió la vocación; quiso ser militar y su padre le
-envió a Madrid a casa de un primo suyo, dueño
-de un almacén de sal de la calle de la Misericordia.</p>
-
-<p>Miguel llevaba cuatro años en la corte.</p>
-
-<p>Estaba en la cárcel porque le acusaban de haber
-robado cinco mil duros a un señor en un gabinete
-de lectura de la Carrera de San Jerónimo,
-cosa que era falsa, completamente falsa, según
-afirmó.</p>
-
-<p>Le dije que me explicara el caso con detalles
-para darme cuenta del motivo por el cual podía
-haber provenido el error.</p>
-
-<p>&mdash;Yo suelo ir muchos domingos a la librería
-que tiene don Casimiro Monnier en la Carrera de
-San Jerónimo&mdash;me dijo&mdash;. Estoy estudiando
-francés e inglés con un profesor de idiomas que se
-llama Brandon, y éste me ha indicado que para
-perfeccionarme en la traducción lea periódicos.
-La otra tarde, acompañado de mi principal, estuve
-en el gabinete de lectura leyendo periódicos, y,
-de pronto, uno de los abonados se lamentó de que
-le habían quitado la cartera del gabán. Yo me
-marché a mi casa, y ayer, por la mañana, al ir al
-almacén donde trabajo, me prendieron y me trajeron
-aquí, a la cárcel.</p>
-
-<p>El caso me pareció bastante extraño. Le pedí
-detalles aclaratorios al joven; pero éste no esclarecía
-los hechos ni protestaba, y parecía dispuesto
-a aceptar su suerte con un estoico fatalismo.</p>
-
-<p>Días después, en una larga conversación con
-Miguel, le interrogué de nuevo. ¿No tenía enemi<span class="pagenum"><a name="Page_59" id="Page_59">[59]</a></span>gos?
-¿Alguna mujer o algún hombre que le quisiera
-mal? El joven se envolvía en obscuridades;
-estaba envenenado con las ideas de la época, que
-por entonces comenzaban a llamarse románticas.</p>
-
-<p>A los cinco o seis días apareció en el locutorio
-de la cárcel el inglés profesor de idiomas amigo de
-Miguel. Habló conmigo: me dijo que el muchacho
-era un exaltado de ideas absurdas, pero absolutamente
-incapaz de robar a nadie. Sin embargo, en
-la conducta observada por el joven Rocaforte encontraba
-él algo misterioso.</p>
-
-<p>El profesor Brandon había presenciado la escena
-en la librería.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué pasó?&mdash;le pregunté yo&mdash;. Porque él no
-me lo ha contado con detalles.</p>
-
-<p>&mdash;Pues sucedió lo siguiente&mdash;dijo Brandon&mdash;:
-un capitán, llamado Sánchez Castelo, estaba aquel
-día en el gabinete de lectura de Monnier, y al salir
-a la calle notó que le faltaba la cartera del
-gabán. El dueño del gabinete, para demostrar que
-ninguno de sus abonados era capaz de sustraer
-nada a nadie, invitó a éstos a que se dejaran registrar;
-todos aceptaron la proposición, más o menos
-a regañadientes; pero Miguel se negó con violencia
-a este registro; y poniéndose la mano en el
-pecho, como para impedir que nadie pudiera
-intentar reconocer el bolsillo interior de su americana,
-dijo que a él no le tocaba nadie, y que sólo
-delante del juez se dejaría registrar.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¿Pasó eso? De aquí que hubiesen tomado
-cuerpo las sospechas de la policía.</p>
-
-<p>&mdash;Claro.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_60" id="Page_60">[60]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;A pesar de esto, ¿usted le cree a Miguel inocente?&mdash;le
-pregunté a Brandon.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí. Completamente inocente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y por qué cree usted que se negara con tanta
-violencia al registro? ¿Por baladronada? ¿Por tomar
-una actitud?</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué sé yo! Quizá Miguel llevaba algo en el
-bolsillo que no quería que viese su principal, algún
-papel político. El principal es un absolutista...</p>
-
-<p>&mdash;No me parece que sea eso.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Yo he hablado con Miguel y no tiene preocupaciones
-políticas.</p>
-
-<p>&mdash;Sin embargo...</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted le conoce al principal?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;Pues entérese usted de si está casado y si
-tiene mujer guapa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted cree que esa sea la clave?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Es posible; yo le tengo a Miguel por hombre
-serio.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y eso qué importa?</p>
-
-<p>Me chocó que el principal de Miguel, y pariente,
-no fuera ni una vez a visitar al preso. Esto me
-hizo pensar que entre tío y sobrino no debía reinar
-la mejor armonía.</p><hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<h4 id="EMBROLLADO" class="nobreak">IV.<br />
-UN ASUNTO EMBROLLADO</h4></div>
-
-
-<p class="i65">En vano más de una vez<br />
-se sigue al crimen la huella,<br />
-por no preguntar al juez<br />
-quién es ella.</p>
-
-<p class="i65"><span class="smcap">Bretón de los Herreros</span>:
-<i>¿Quién es ella?</i></p>
-
-
-<p class="p2">A los dos o tres días se presentó de nuevo en
-la Cárcel de Corte el inglés Brandon. Había
-hablado con un paisano de Miguel, León Zapata,
-dependiente de una ferretería, y éste le había insinuado
-que Miguel tenía amores con la mujer de
-su principal. Brandon me dijo que la causa de haberse
-negado a dejarse registrar Miguel podía ser,
-como yo creía, el que llevara, cuando estaba en el
-gabinete de lectura, cartas que hubieran podido
-poner a su principal sobre la pista.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién es ese Zapata?&mdash;le pregunté a
-Brandon.</p>
-
-<p>&mdash;Es un petulante, un majadero&mdash;me contestó
-el inglés&mdash;. Un joven que se cree el centro del
-mundo.</p>
-
-<p>Una semana después de esta visita se me pre<span class="pagenum"><a name="Page_62" id="Page_62">[62]</a></span>sentó
-el inspector Luna. Luna se había encargado
-del asunto de Miguel, y quería que yo le orientara.
-Me pidió que olvidara la parte que él había
-tomado en mi prisión.</p>
-
-<p>&mdash;Ya sé que no ha hecho usted mas que cumplir
-las órdenes que le han dado&mdash;le dije.</p>
-
-<p>&mdash;¿Así que no me guarda usted rencor?</p>
-
-<p>&mdash;De ninguna manera.</p>
-
-<p>&mdash;Luna y yo hablamos largamente del asunto
-de Miguel Rocaforte, y él me dió más detalles de
-lo ocurrido.</p>
-
-<p>&mdash;Hace un par de semanas, próximamente&mdash;dijo&mdash;,
-el capitán de reemplazo don Mauricio
-Sánchez Castelo se presentó al inspector de policía
-del distrito del Centro, don Carlos de San Sernín,
-y le dijo: «Ayer, mi amigo el teniente Macías
-de Aragón, antes de tomar la diligencia para el
-Norte, me dejó cinco mil duros para que se los
-guardase hasta la vuelta de su viaje. Cogí la cartera
-con los billetes, la metí en el bolsillo del gabán
-y me fuí a la librería de Monnier. Allí, sin darme
-cuenta, me quité el gabán, porque hacía calor, y
-lo puse en el respaldo de una butaca. Al salir del
-gabinete de lectura me volví a poner el gabán, y
-al llevarme la mano al bolsillo del pecho noté que
-me faltaba la cartera». Castelo contó al jefe de policía
-que había vuelto inmediatamente al gabinete
-de lectura; que le había explicado al dueño lo ocurrido;
-que éste invitó a sus abonados a que se dejaran
-registrar, y que un joven se opuso con palabras
-y ademanes violentos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quiénes estaban en la librería?&mdash;le pregunté
-al inspector Luna.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_63" id="Page_63">[63]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Estaban un capitán de Caballería retirado,
-don Francisco García Chico, que ha pertenecido
-a la policía.</p>
-
-<p>&mdash;Lo conozco. Era de la Isabelina. De ese no se
-puede sospechar.</p>
-
-<p>&mdash;Estaba también un joven catalán desconocido,
-el profesor de inglés Brandon, un comisionista
-francés, Miguel Rocaforte y su principal. San Sernín
-tomó informes de todos. El librero, Monnier,
-dió buenos informes de Chico y de Brandon. Al
-joven catalán no le conocía; al comisionista francés,
-tampoco, y a Rocaforte y a su principal
-los tenía por personas honradas. Unos días después
-se ha sabido que el muchacho catalán es
-un joven rico y de buena conducta. Así que,
-por ahora, no hay mas que dos posibles ladrones:
-el comisionista francés, que no se sabe dónde
-anda, y Miguel Rocaforte, que indujo a sospechar
-porque se opuso terminantemente a que se le
-registrara.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, según su lógica, el comisionista francés
-debía de estar libre de sospechas porque se dejó
-registrar.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, pero pudo esconder la cartera.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y de Rocaforte, qué se sabe? ¿Qué antecedentes
-hay de él?</p>
-
-<p>&mdash;Dicen que han dado malos informes de ese
-muchacho, que es republicano y carbonario.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! ¡Qué estupidez!</p>
-
-<p>Luna sonrió.</p>
-
-<p>&mdash;Para usted, que es revolucionario, eso es poca
-cosa; para mí, que soy jefe de policía, no.</p>
-
-<p>&mdash;Usted se ríe de eso.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_64" id="Page_64">[64]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Hombre, no. Del inglés Brandon, amigo suyo,
-se dice que es sansimoniano.</p>
-
-<p>&mdash;Otra tontería.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué opinión tiene usted de este asunto, Aviraneta?
-Me interesa saberlo. Castelo es amigo mío
-y le debo algunos favores.</p>
-
-<p>&mdash;Me parece&mdash;le dije yo&mdash;, que Rocaforte no
-tiene facha de ladrón. Es más, aseguraría que no
-es ladrón.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y por qué no se ha dejado registrar?</p>
-
-<p>&mdash;No lo sé; pero me figuro que hay por debajo
-alguna cuestión de mujeres. Miguel estaba con su
-principal; el principal tiene una mujer guapa; Miguel,
-quizá la ha escrito; ella, quizá le ha contestado,
-y él podía no querer que los papeles que llevaba
-los viera su principal.</p>
-
-<p>&mdash;Es una suposición...</p>
-
-<p>&mdash;Lógica.</p>
-
-<p>&mdash;Cierto. Es muy posible que sea esto. Me enteraré.
-¿Y, entonces, usted supone más bien que el
-comisionista francés...?</p>
-
-<p>&mdash;Mire usted, yo conozco a Castelo y a Macías.
-Los he tratado en Tampico y los he visto en compañía
-de Paula Mancha y de otros tramposos y jugadores
-de garito que abundaban en el ejército
-que desembarcó en las costas de Méjico con el general
-Barradas. Uno y otro me parecen capaces de
-toda clase de artimañas, y yo, tanto como la posibilidad
-de un robo, aceptaría la tesis de que haya
-habido entre los dos compadres una combinación
-inventada con algún fin que no conocemos.</p>
-
-<p>Luna se calló.</p>
-
-<p>&mdash;Me pone usted en un mar de confusiones&mdash;dijo<span class="pagenum"><a name="Page_65" id="Page_65">[65]</a></span>
-después&mdash;. Verdaderamente es un poco
-extraño que un hombre a quien le han entregado
-cinco mil duros para que los guarde, en
-vez de ir a su casa y meterlos en un cajón, los
-lleve en el bolsillo del abrigo a un gabinete de
-lectura, se dedique a leer periódicos y deje el gabán
-con el dinero dentro sobre una butaca. ¡Cinco
-mil duros! Vale la pena de tener cuidado con ellos,
-y en estos tiempos.</p>
-
-<p>&mdash;Todo eso es muy raro, amigo Luna.</p>
-
-<p>&mdash;Cierto; pero esto de que el joven Rocaforte se
-haya opuesto a dejarse registrar de una manera
-tan violenta también es raro.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, vamos por partes. ¿Usted le conoce a
-Miguel?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué cree usted, que es un hombre inteligente
-o un tonto?</p>
-
-<p>&mdash;Me inclino a creer que es un hombre inteligente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted supone que un hombre inteligente
-hace lo que se cree que hizo Miguel en la librería?</p>
-
-<p>&mdash;No sé a qué se refiere usted.</p>
-
-<p>&mdash;Suponga usted que una persona inteligente
-robe a otro en las condiciones en que se piensa
-que Miguel robó a Castelo. Lo lógico es que el ladrón
-oculte la cartera en un sitio que no sea fácil
-de encontrar a primera vista, lo ponga en una carpeta
-o en un libro, o si lo guarda él mismo lo meta
-en el sombrero o en la faja...; pero no en el bolsillo
-del pecho, donde todo el mundo lleva el dinero;
-Miguel se opone a que le registren los bolsillos
-y, sobre todo, el bolsillo del pecho. Para<span class="pagenum"><a name="Page_66" id="Page_66">[66]</a></span>
-mí, cada vez que pienso en ello, lo veo más claro;
-Miguel es absolutamente inocente de ese robo.</p>
-
-<p>&mdash;Yo también por instinto lo creo así; pero hay
-que comprobarlo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué va usted a hacer?</p>
-
-<p>&mdash;El hermano de Macías me ha dicho que le va
-a visitar a García Chico y a pedirle que tome cartas
-en el asunto. Chico estaba en la librería cuando
-el supuesto robo; conoce a Castelo y debe tener
-idea de lo que ha podido ocurrir.</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;dije yo&mdash;, ese García Chico es un terrible
-sabueso. Para la Isabelina nos hizo unos informes
-admirables de precisión. Si hay algún misterio
-él lo aclarará, porque creo que conoce a Castelo
-y a Macías.</p>
-
-<p>Pocos días después se presentó Luna en la Cárcel
-de Corte, me llamó al locutorio y me dijo:</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabe usted que se aclaró el misterio?</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué misterio?</p>
-
-<p>&mdash;El del joven Rocaforte.</p>
-
-<p>&mdash;¿Había un misterio?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, tenía usted razón: no había tal robo. Ha
-sido una trampa de Castelo, que se ha jugado el
-dinero de Macías perdiéndolo y, para sincerarse,
-inventó la historia del robo del gabinete de lectura.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y quién ha descubierto el enredo?</p>
-
-<p>&mdash;Lo ha descubierto Chico, a quien parece que
-van a hacer jefe de la ronda de Seguridad.</p>
-
-<p>El inspector Luna, con el hermano de Macías,
-fué a casa de don Francisco Chico y le contó el
-asunto con todos los detalles.</p>
-
-<p>&mdash;Ya veré si averiguo lo que hay en el fondo de<span class="pagenum"><a name="Page_67" id="Page_67">[67]</a></span>
-esa cuestión&mdash;les dijo Chico&mdash;; vengan ustedes
-dentro de tres o cuatro días.</p>
-
-<p>A la salida de casa de Chico dió la casualidad de
-que Macías y Luna se encontraron con Mauricio
-Castelo. Castelo oyó, con visible malhumor, la
-noticia de que habían consultado el asunto con
-Chico, y de pronto dijo al inspector Luna que
-toda la gente que formaba parte de la policía era
-una canalla, en connivencia con los ladrones, y
-que llevaba parte en los robos que se consumaban
-en Madrid. Luna, que era hombre prudente,
-no replicó a Castelo. Al parecer, tenía motivos
-para no reñir con él; pues el inspector le debía
-algún dinero al militar y no había podido pagárselo.</p>
-
-<p>Tres días después Luna fué a casa de García
-Chico. Chico, al verle, sonrió con una sonrisa de
-tigre.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ha averiguado usted algo?&mdash;le preguntó
-Luna.</p>
-
-<p>&mdash;Lo he averiguado todo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué ha ocurrido?</p>
-
-<p>&mdash;Ha ocurrido que el tal robo ha sido, sencillamente,
-una simulación.</p>
-
-<p>&mdash;¿Macías no le ha entregado ese dinero a Castelo?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, se lo ha entregado; pero ese dinero, Castelo
-lo ha perdido jugando, y parte se lo ha dado
-a su querida Paca Dávalos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero esto está comprobado?</p>
-
-<p>&mdash;Perfectamente comprobado.</p><hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<h4 id="OCURRIDO" class="nobreak">V.<br />
-LO OCURRIDO</h4></div>
-
-
-<p class="i65">¡Cosa extraña el hombre, y más
-extraña aún la mujer! ¡Qué torbellino
-en su cabeza! ¡Qué abismo
-profundo y peligroso en su corazón!</p>
-
-<p class="i65"><span class="smcap">Byron</span>: <i>Don Juan</i>.</p>
-
-
-<p class="p2"><span class="smcap">Chico</span> le dijo a Luna que había sospechado inmediatamente
-algún gatuperio. Conocía a
-fondo a Castelo y sabía que era jugador y hombre
-de pocos escrúpulos.</p>
-
-<p>Chico hizo una investigación en las principales
-casas de juego, y, al poco tiempo, averiguó lo ocurrido.
-Castelo había jugado muy fuerte en un círculo
-de la Carrera de San Jerónimo que se titulaba
-el Círculo Universal. Castelo solía frecuentar esta
-timba, jugando siempre poco, cuatro o cinco duros
-a lo más, porque tenía la paga empeñada y no
-contaba mas que con escasos recursos.</p>
-
-<p>Días antes del supuesto robo, Castelo se presentó
-en el círculo con la cartera llena de billetes,
-puso la banca y perdió una gran cantidad. Tres<span class="pagenum"><a name="Page_70" id="Page_70">[70]</a></span>
-noches seguidas hizo lo mismo, siempre con mala
-suerte.</p>
-
-<p>Chico se las arregló para enterarse de quiénes
-jugaban en el círculo las noches en que Castelo
-puso la banca, y averiguó que estaban, entre
-otros, el comandante Las Heras, el teniente Zamora
-y el capitán Soto. Fué a ver a estos militares
-y ellos le dieron toda clase de informes.</p>
-
-<p>En la primera noche, Castelo perdió dos mil pesetas;
-en la segunda, tres mil, y en la tercera, diez
-mil. Había muchos puntos esta última noche en el
-círculo. Castelo, que bebía mientras jugaba, al perder
-las últimas pesetas comenzó a decir, a voz
-en grito, que le habían hecho trampa y que le tenían
-que devolver su dinero. En su desesperación
-acusó al teniente Zamora y al capitán Soto de haberle
-engañado, y sacó una pistola del bolsillo
-para amenazarles; pero el comandante Las Heras
-le arrancó la pistola de la mano y le obligó a
-salir a la calle.</p>
-
-<p>Su campaña en la timba, donde dejó el resto del
-dinero, fué más lamentable aún.</p>
-
-<p>Castelo había ido al garito en compañía del capitán
-Escalante, para que éste vigilara las jugadas;
-había hablado con dos ganchos de la chirlata, que
-le aseguraron que todo se hacía allí con la mayor
-corrección.</p>
-
-<p>La timba estaba en la calle de la Fresa, y era
-conocida, entre los puntos, con el nombre de la
-tertulia de la Sorda o de la Garduña.</p>
-
-<p>Esta tertulia se hallaba establecida en el piso
-principal de una casa pequeña, con un zaguán angosto
-y sucio, maloliente y tan lleno de basura, so<span class="pagenum"><a name="Page_71" id="Page_71">[71]</a></span>bre
-todo líquida, que ni con zancos podía atravesarse.
-De este zaguán subía una escalera de trabuco,
-y, en el primer rellano, dos hombres de guardia,
-embozados en la capa, escondían, bajo ella, sendos
-garrotes.</p>
-
-<p>Se cruzaba un vestíbulo estrecho, con una mesa,
-en donde solía estar sentado el conserje; luego, un
-pasillo con un colgador lleno de capas, mantas y
-bufandas, y se desembocaba en una sala irregular
-y mugrienta, tapizada de papel amarillo, con dos
-mesas de juego, con su tapete verde, separadas
-por una mampara, y en el techo, unas lámparas
-de aceite. Un vaho de humo de tabaco y de aguardiente
-solía haber allí de continuo.</p>
-
-<p>Castelo puso la banca de cinco mil pesetas. Había,
-al poco rato, mucho dinero en la mesa. A pesar
-de que la mayoría de los puntos eran tahúres
-y de que intentaban levantar muertos y hacer mil
-trampas, Castelo ganaba con una suerte loca, e iba
-resarciéndose de las pérdidas del círculo de la Carrera
-de San Jerónimo. Tenía el banquero un
-montón de billetes, de monedas de oro y de plata
-delante, cuando entraron varios hombres capitaneados
-por un escapado de presidio a quien
-llamaban Seisdedos, y por un matón apodado el
-Largo. Aquellos hombres venían embozados hasta
-los ojos, y uno de ellos, con la cara tiznada.
-Seisdedos sacó un trabuco debajo del embozo de
-la capa, y los demás desenvainaron el bastón de
-estoque. Seisdedos, dando con el trabuco sobre la
-mesa, gritó con voz terrible.</p>
-
-<p>&mdash;¡Copo! Que nadie toque este dinero si no
-quiere verse muerto.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_72" id="Page_72">[72]</a></span></p>
-
-<p>El capitán Escalante sacó una pistola del bolsillo
-y disparó contra Seisdedos. Alguien pegó un
-garrotazo a la lámpara, y la habitación quedó a
-obscuras. Se tiraron las sillas, forcejearon los puntos
-para apoderarse del dinero que estaba encima
-de la mesa, se armó un terrible zafarrancho de
-gritos, palos y tiros, y cuando entró el comisario
-de policía gritando: «Abran en nombre de la
-Reina», y pasó a la sala a restablecer el orden,
-Castelo vió que había perdido todo su dinero.</p><hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<h4 id="ASUNTO" class="nobreak">VI.<br />
-SE ECHA TIERRA AL ASUNTO</h4></div>
-
-
-<p class="i65">Cuanto más menospreciado es
-un hombre, menos freno tiene su
-lengua.</p>
-
-<p class="i65"><span class="smcap">Séneca</span>: <i>De la constancia del
-sabio</i>.</p>
-
-<p class="p2"><span class="smcap">¿Usted</span> tiene inconveniente en declarar ante
-testigos lo que me ha dicho?&mdash;preguntó
-Luna a Chico.</p>
-
-<p>&mdash;Ninguno; y Las Heras, Zamora y Soto confirmarán
-mis palabras.</p>
-
-<p>&mdash;¿Querría usted ir pasado mañana a las doce a
-la Comisaría, donde estoy de guardia?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Vendrían esos señores?</p>
-
-<p>&mdash;Seguramente.</p>
-
-<p>&mdash;Pues yo le citaré a Castelo y liquidaremos esa
-cuestión.</p>
-
-<p>El día señalado llegaron Chico, Macías, Las
-Heras, Zamora y Soto al despacho del inspector
-de policía; y Luna les invitó a pasar a un cuarto<span class="pagenum"><a name="Page_74" id="Page_74">[74]</a></span>
-próximo. Poco después apareció Castelo. Luna le
-saludó amablemente y le hizo sentarse en un sillón
-frente a su mesa.</p>
-
-<p>&mdash;A ver cuándo me paga usted ese dinero&mdash;dijo
-Castelo de malhumor.</p>
-
-<p>&mdash;Le pagaré a usted en seguida que pueda,
-como ya le he dicho.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, pero que no sea muy tarde. ¿Y del
-robo, qué hay?</p>
-
-<p>&mdash;He estudiado el caso&mdash;dijo Luna&mdash;, y creo
-que lo mejor sería echar tierra al asunto.</p>
-
-<p>&mdash;Hombre, ¿y por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Voy convenciéndome, cada vez más, de que
-ese joven a quien hemos llevado a la cárcel es
-completamente inocente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted sabe que ese joven es inocente?&mdash;replicó
-Castelo con cierto sarcasmo.</p>
-
-<p>&mdash;Y usted también.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y entonces quién es el culpable?</p>
-
-<p>&mdash;Es que es muy posible que en este caso no
-haya culpable&mdash;repuso Luna.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué me quiere usted decir con eso?&mdash;exclamó
-Castelo&mdash;. ¿Es que puede haber robo sin
-que haya ladrón?</p>
-
-<p>&mdash;No; pero cuando no hay robo, no hay ladrón.</p>
-
-<p>&mdash;Yo sabía que los policías estaban de acuerdo
-con los ladrones&mdash;replicó Castelo con furor&mdash;;
-pero nunca había llegado a oír cosa tan peregrina
-como ésta.</p>
-
-<p>&mdash;¿Así que usted sigue afirmando que nosotros
-tenemos complicidad con los ladrones?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; lo afirmo y lo afirmaré siempre.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_75" id="Page_75">[75]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Puesto que usted lo toma de ese modo&mdash;dijo
-Luna&mdash;, le voy a demostrar que está usted completamente
-equivocado. He estudiado el asunto, y
-estoy convencido de que el robo de los cinco mil
-duros en la librería de Monnier es una superchería
-inventada por usted. Ese dinero no se lo han
-robado a usted del gabán, como usted ha afirmado;
-ese dinero se lo ha jugado usted en un círculo
-de la Carrera de San Jerónimo y en un garito de
-la calle de la Fresa. Parte de él se lo ha entregado
-usted a una mujer.</p>
-
-<p>&mdash;Bonita novela ha inventado usted.</p>
-
-<p>&mdash;No es novela; es la realidad.</p>
-
-<p>&mdash;Eso habría que probarlo.</p>
-
-<p>&mdash;Se lo probaré a usted cuando guste.</p>
-
-<p>&mdash;Vengan las pruebas.</p>
-
-<p>&mdash;Que conste, Castelo, que yo he venido en son
-de paz.</p>
-
-<p>&mdash;Basta de palabras. Las pruebas, las pruebas.</p>
-
-<p>&mdash;Está bien.</p>
-
-<p>Luna se levantó, se acercó al cuarto próximo y
-dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Tengan la bondad de pasar, señores.</p>
-
-<p>Entraron en el despacho Chico, Macías, Las
-Heras, Zamora y Soto. Castelo, al verlos, quedó
-anonadado, se puso lívido, y comenzó a agitarse
-en la silla y a morderse los labios.</p>
-
-<p>&mdash;Estoy descubierto&mdash;murmuró.</p>
-
-<p>&mdash;Veo que la presencia de estos señores basta
-para confundirle a usted&mdash;le dijo Luna.</p>
-
-<p>&mdash;No me queda más recurso que pegarme un
-tiro&mdash;exclamó Castelo, con acento dramático.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bueno, tú, nada de farsas!&mdash;le dijo Chico<span class="pagenum"><a name="Page_76" id="Page_76">[76]</a></span>
-con dureza&mdash;. Aquí nadie quiere que te pegues un
-tiro. Reconoce la deuda, haz que a ese muchacho
-que han preso por tu culpa le dejen libre, paga a
-Macías, poco a poco, y no se te pide más.</p>
-
-<p>Castelo bajó el tono y, de una manera un tanto
-servil, pidió a Luna que olvidara si le había dicho
-algo ofensivo. Luego, por consejo de Chico, quedaron
-todos de acuerdo en que Castelo escribiera
-un documento confesando que no había sido robado,
-y que la cantidad prestada por Macías la
-había perdido en el juego.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora extiende varios pagarés a nombre del
-hermano de Macías, que los irás pagando cuando
-puedas.</p>
-
-<p>Terminado el asunto, Chico echó mano del documento
-firmado por Castelo y se lo metió en el
-bolsillo.</p>
-
-<p>&mdash;Alguno lo tiene que guardar; lo guardaré yo.</p>
-
-<p>Castelo se mordió los labios. Chico, sin decir
-más, saludó, y se fué.</p>
-
-<p>Castelo entonces se lamentó amargamente y de
-una manera sentimental de que amigos suyos,
-como Las Heras y Macías, hubieran hecho con él
-lo que habían hecho. Discutieron entre ellos y se
-marcharon todos del despacho del inspector Luna.
-Antes de salir, Castelo dió a éste las gracias y le
-dijo:</p>
-
-<p>&mdash;No se ocupe usted de mi deuda.</p>
-
-<p>&mdash;Hombre, no; yo haré lo posible por pagarle
-a usted.</p>
-
-<p>El mismo día, Luna escribió al juez diciéndole
-que el capitán Castelo había sufrido una equivocación
-y que no había sido robado.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_77" id="Page_77">[77]</a></span></p>
-
-<p>A pesar de estar reconocida la inocencia de Miguel
-Rocaforte, éste tardó bastante en salir de su
-encierro.</p>
-
-<p>Un día se oyó la frase clásica empleada en
-la cárcel para poner en libertad a los presos:
-«¡Miguel Rocaforte, con lo que tenga!» Miguel salió
-a la calle. Uno que era amigo de Macías,
-el robado, contó a éste lo ocurrido cuando volvió
-a Madrid. Castelo se vió con Macías y le explicó
-lo que había pasado, pintándolo a su modo.
-Macías, también jugador, tuvo por entonces una
-racha de buena suerte y, sintiéndose generoso,
-perdonó la deuda a Castelo y rompió delante de
-él los pagarés firmados por éste.</p><hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<h4 id="DAVALOS" class="nobreak">VII.<br />
-CASTELO Y PACA DÁVALOS</h4></div>
-
-<p class="i65">¿Qué importa que ella sea rica,
-que tenga muchos litereros, que
-traiga costosas arracadas, que ande
-en ancha y costosa silla? Pues, con
-todo esto, es un animal imprudente,
-y si no se le arrima mucha ciencia
-y mucha erudición es una fiera
-que no sabe enfrenar sus deseos.</p>
-
-<p class="i65"><span class="smcap">Séneca</span>: <i>De la constancia del
-sabio</i>.</p>
-
-
-<p class="p2"><span class="smcap">Por</span> entonces, y sabiendo que existía gran odio
-entre Castelo y Chico, le pregunté varias veces
-a Luna qué es lo que había podido ocurrir entre
-los dos.</p>
-
-<p>Luna me explicó la razón del odio, haciendo
-comentarios a los hechos, con su manera de hablar
-bonachona y su filosofía tranquila y un poco
-cínica.</p>
-
-<p>Por lo que me contó, Chico y Castelo habían
-tenido durante la infancia y la juventud gran amistad.
-Fueron juntos a la escuela en el pueblo de la
-Mancha, donde vivieron, y casi se consideraban<span class="pagenum"><a name="Page_80" id="Page_80">[80]</a></span>
-como hermanos. Después, los azares de la política
-les llevaron a los dos a servir en el mismo regimiento
-de Caballería, al uno de capitán y al otro
-de teniente. La intimidad más estrecha había reinado
-entonces entre ellos.</p>
-
-<p>Los dos, en tiempo de la segunda época constitucional,
-se abrazaron al liberalismo y soñaron
-con ser héroes populares. Impurificados, luego
-aceptados en el Ejército, estaban de reemplazo
-en 1833. ¡Quién les había de decir en su juventud
-que, andando el tiempo, el uno iba a acabar en
-un miserable tahur, y el otro, en un jefe de policía
-odiado y despreciado por la plebe!</p>
-
-<p>&mdash;Es cosa triste&mdash;dijo don Eugenio&mdash;, cuando
-se piensa en los asesinos y en los grandes canallas,
-despreciados y odiados por todo el mundo,
-el considerar que sus madres creyeron que, con
-el tiempo, sus hijos serían los mejores, los más
-buenos, y darían ejemplos de honradez y de
-virtud.</p>
-
-<p>Afortunadamente, no se puede predecir lo que
-será la vida. Si no, ¡qué terror sería el de la madre,
-cuando acaricia a su niño pequeño, verlo después
-en su imaginación robando, o asesinando, o
-subiendo al patíbulo!</p>
-
-<p>El odio entre Chico y Castelo vino de una rivalidad
-amorosa. Los dos conocieron al mismo
-tiempo a Paca Dávalos, la mujer del coronel Luján,
-que tuvo por entonces una tertulia de las más
-celebradas en Madrid.</p>
-
-<p>Paca era una mujer llena de encanto, esbelta,
-graciosa, con unos ojos claros muy expresivos.
-Chico y Castelo hicieron la corte a Paquita, por<span class="pagenum"><a name="Page_81" id="Page_81">[81]</a></span>que
-se decía que la mujer del coronel no era una
-virtud intratable.</p>
-
-<p>Castelo llegó pronto al corazón de la Dávalos.
-Era éste jacarandoso, petulante, hablador, mentiroso;
-tenía una bonita voz y cantaba romanzas al
-piano. Pasaba por hombre de gran valor, que
-había tenido aventuras extraordinarias; pero los
-que le conocían a fondo sabían que era muy cobarde.</p>
-
-<p>Chico, en cambio, seco, duro, violento, de pocas
-palabras, fué desdeñado y vió pronto el éxito
-de su rival. El hombre se enfureció por dentro y
-juró no olvidar lo ocurrido.</p>
-
-<p>Yo conocía bastante a Paca Dávalos. Antes de
-mi ingreso en la cárcel intrigaba con los amigos
-de María Cristina y Muñoz. Le había visto varias
-veces en casa de Celia y en compañía de una italiana,
-Anita, que fué la amante de Castelo.</p>
-
-<p>Esta italiana, que quería hacerse pasar por una
-descendiente de sangre real y que tenía todos los
-vicios imaginables, había hecho de Castelo, que ya
-era borracho y jugador, un perfecto crapuloso.</p>
-
-<p>Paca Dávalos y Anita eran amigas de Teresa
-Valcárcel, la mediadora en los amores de la Reina
-con Muñoz, y solían reunirse en casa de Domingo
-Ronchi con Nicolasito Franco, el amante de Teresa;
-el clérigo Marcos Aniano, paisano de Muñoz;
-el marqués de Herrera y el escribiente del Consulado,
-Miguel López de Acevedo.</p>
-
-<p>Por entonces, Paca era una rubia elegantísima,
-con un cuerpo de muchacha soltera y mucha gracia
-en la conversación.</p>
-
-<p>Paca Dávalos, que llegó a entrar en Palacio y a<span class="pagenum"><a name="Page_82" id="Page_82">[82]</a></span>
-tener confianza con la Reina, intervino en el traslado
-desde Segovia a París del primer hijo de
-Cristina y de su amante, y fué a Francia en compañía
-del presbítero Caborreluz.</p>
-
-<p>Todos los que tomaron parte en aquellas intrigas
-amorosas de Palacio progresaron con rapidez.
-Ronchi llegó a marqués y a propietario; Teresa
-Valcárcel se hizo rica; el joven Franco ascendió de
-capitán a teniente coronel. El favor real bañó,
-como agua lustral, a los amigos de Muñoz; pero
-no llegó a Paca, que, inquieta y descontenta, quiso
-tomar la parte del león, con lo que se hizo antipática
-y acabó por cerrarse la entrada en Palacio.</p><hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<h4 id="ABISMO" class="nobreak">VIII.<br />
-HACIA EL ABISMO</h4></div>
-
-<p class="i65">El abismo, llama al abismo.</p>
-
-<p class="i65"><i>Salmos</i>, de <span class="smcap">David</span>.</p>
-
-
-<p class="p2"><span class="smcap">Luna</span> me dió más tarde informes de la vida
-íntima de Paca.</p>
-
-<p>Paca Dávalos era de la aristocracia. Su padre, un
-hombre gastador, estúpido, de los que pierden las
-preocupaciones y el decoro de la clase a que pertenecen,
-y no adquieren nada en cambio, encontró
-su casa medio arruinada y la acabó de arruinar.</p>
-
-<p>Se jactaba de ser descendiente del marqués de
-Pescara, el vencedor de Pavía, don Fernando de
-Ávalos; pero éste, descendiente de un vencedor,
-no pasó nunca de ser un pobre derrotado. La madre
-de Paca fué una mujer perturbada y siempre
-enferma.</p>
-
-<p>Paca era a los diez y seis años una belleza extraordinaria:
-tenía unos ojos claros, melancólicos,
-que arrebataban, y un cuerpo provocativo, excitante.
-Había en ella un contraste entre sus ojos<span class="pagenum"><a name="Page_84" id="Page_84">[84]</a></span>
-dulces, humanos, unos ojos para inspirar madrigales
-como el de Gutierre de Cetina, y su cuerpo,
-de felino, ágil como el de una pantera. Muy coqueta,
-muy poco cuidada por sus padres, había
-tenido novios desde los catorce años y le había
-gustado uncir a todos los hombres a su carro.</p>
-
-<p>Entre los novios, un capitán, Luján, un tanto
-bruto, violentó a la muchacha; luego se casó con
-ella, y a los cinco o seis meses de matrimonio,
-Paca tuvo una niña.</p>
-
-<p>Marido y mujer anduvieron de guarnición en
-guarnición, hasta que se establecieron en Madrid.
-Luján era un hombre violento, avaro, de malhumor,
-de genio desigual, cominero y desagradable.
-A cada paso armaba un escándalo a su mujer;
-muchas veces, con razón, por las coqueterías de
-ella; otras, sin más motivo que su malhumor.</p>
-
-<p>La Paca aguantaba esta vida por su hija, por la
-que tenía un entusiasmo ciego. La niña, Estrella,
-prometía ser una gran belleza. Era, además de bonita,
-muy amable, muy dócil; tenía mucho gusto
-por la música y una voz angelical. Paca la adoraba,
-y su amor por la niña era el único freno, la
-única defensa de la honestidad de su vida.</p>
-
-<p>Pensando en ella se prometía a sí misma ser
-buena para no dejarla un estigma difícil de borrar;
-pero, a pesar de sus propósitos, no los cumplía
-siempre. Ante los hombres que la galanteaban se
-olvidaba de todo, y lo mismo le pasaba con las
-gasas, las sedas, los teatros y las diversiones. Paca
-hacía gastos excesivos y, para ocultarlos a su marido,
-engañaba, trampeaba, mentía, y, al último,
-generalmente se descubrían sus enredos.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_85" id="Page_85">[85]</a></span></p>
-
-<p>Luján, siempre malhumorado y caprichoso, en
-el momento en que su mujer parecía volver a una
-vida recogida y casera, pensó que Paca iba a dar
-un ejemplo deplorable a Estrella, que ya tenía
-doce años, y para sustraerla a esta influencia, sin
-decir nada a la madre, llevó a la niña a un colegio
-de monjas de Toledo.</p>
-
-<p>Paca, desesperada, averiguó dónde estaba la
-niña, y hasta preparó un rapto; pero una de las
-monjas del colegio, pariente del coronel Luján,
-impidió que la niña saliera de la casa.</p>
-
-<p>La Dávalos no pudo resistir esta separación; se
-desesperó, suplicó a su marido que trajera a su
-hija; él la dijo que no. Paca sintió desde entonces
-la impresión del que se hunde en el abismo.</p>
-
-<p>Pocos días después abandonó a su marido y se
-fué a vivir con Castelo.</p>
-
-<p>Luján juró que se vengaría; pero no hizo nada.
-La Paca y Castelo pusieron casa y tuvieron una
-época de entusiasmo y de amor, en la cual creyeron
-regenerarse y volver a la vida ordenada y honesta;
-pero pronto se cansaron de ella.</p>
-
-<p>Castelo comenzó a jugar y a beber, y ella hizo
-lo mismo. Naturalmente, la casa iba de este modo
-de mal en peor, y concluyeron por cerrarla e irse
-a una de huéspedes. Cuando tenían un buen
-momento vivían bien; pero cuando llegaba la
-mala, los dos se echaban en cara su respectiva
-miseria.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué te he seguido?&mdash;exclamaba ella.</p>
-
-<p>&mdash;Eso me pregunto yo&mdash;decía él&mdash;. ¿Para qué
-me has seguido? Para hundirme para siempre.</p>
-
-<p>La Paca se separó de Castelo, tuvo otros aman<span class="pagenum"><a name="Page_86" id="Page_86">[86]</a></span>tes
-y volvió a reconciliarse con él. En la segunda
-separación llegaron a pegarse.</p>
-
-<p>La Paca, entonces, recurrió a sus amistades cortesanas;
-pero al ver que la Reina y sus amigas la
-cerraban la puerta de Palacio, se indignó y comenzó
-a manifestarse republicana. Cuando bebía y se
-exaltaba decía que había que ahorcar a la familia
-real y a toda la aristocracia.</p>
-
-<p>En uno de esos momentos de miseria, la Paca
-conoció a una corredora de alhajas y Celestina, a
-la que llamaban la Sorda y la Garduña. Esta mujer
-era dueña de un burdel de la calle de Barcelona
-y del garito de la calle de la Fresa. La Garduña
-vivía con un usurero, el Silverio. La Garduña era
-una mujer gruesa, empaquetada, vestida con colores
-chillones, de cara dura, abultada, y con unas
-bolsas moradas debajo de los ojos. Esta Garduña
-era muy inteligente en sus negocios y se iba enriqueciendo
-con gran rapidez.</p>
-
-<p>El Silverio, su amante, un tipo raído y siniestro,
-con una nube en un ojo y un aire de suspicacia,
-era un hombre muy religioso, de varios oficios y
-ninguno honrado: cantinero, prestamista, ropavejero
-y dueño de garitos.</p>
-
-<p>La Garduña se entendía muy bien con él.</p>
-
-<p>La Garduña acabó por prostituír a la Dávalos;
-explotaba su pasión desenfrenada por el juego, y
-le hacía pagar las deudas llevándola a las casas de
-citas.</p>
-
-<p>Castelo seguía también su marcha hacia el abismo;
-todavía podía pasar por joven, aunque mirándole
-de cerca se notaban los ultrajes del tiempo
-en su rostro; su pelo rubio iba blanqueando con<span class="pagenum"><a name="Page_87" id="Page_87">[87]</a></span>
-hebras de plata, y su labio colgante parecía hacerse
-más flácido. Tenía, entre otras, la condición de
-la intriga, y sabía disimular su crápula y darle un
-aire sentimental. Este chulo sensible era muy
-hábil. Sin haber estado en ninguna batalla, lucía
-una buena hoja de servicios. Era cobarde, y daba
-la impresión de valiente, fanfarrón, insultador,
-procaz y de una audacia extraordinaria.</p>
-
-<p>Su fantasía le hacía darse aires de héroe, y convencía
-a la gente de que los sueños de su imaginación
-eran algo real.</p>
-
-<p>Castelo tenía una vanidad alucinada: la hija sin
-padre de los desvanes del mundo, que dice Gracián,
-dominaba por completo su espíritu; criticaba
-con acritud a todos los políticos y, sobre todo, a
-los generales, que le parecían de una ineptitud tan
-completa, que afirmaba que el uno no sabía leer,
-que el otro era incapaz de hacer maniobrar a cincuenta
-hombres, etc. Se manifestaba también, a
-consecuencia de su vanidad y de su cobardía, muy
-rencoroso.</p>
-
-<p>Castelo y Paca Dávalos, después de muchas
-riñas y separaciones, llegaron a un acuerdo y se
-asociaron con la Garduña para establecer varias
-timbas en Madrid.</p>
-
-<p>Uno de los socios era doña Anita, la italiana,
-que había sido querida de Castelo y que acabó
-casándose con un francés y poniendo una tienda
-de antigüedades.</p>
-
-<p>El negocio de las timbas era tan lucrativo, que,
-a base de la que existía en la calle de la Fresa, se
-instalaron otras casas de juego en distintos sitios
-de Madrid.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_88" id="Page_88">[88]</a></span></p>
-
-<p>A la Paca y a Castelo los tenían los socios como
-elemento decorativo. La Paca Dávalos, a pesar de
-ser empresaria, era una jugadora empedernida.
-Las emociones del juego borraban sus recuerdos.
-Cuando estaba triste y pensaba en su hija, la idea
-le producía tal dolor, que se emborrachaba hasta
-quedar como muerta.</p><hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<h4 id="CASTELO" class="nobreak">IX.<br />
-CHICO Y CASTELO</h4></div>
-
-
-<p class="i65">Se cree, en general, a los hombres
-más peligrosos de lo que son.</p>
-
-<p class="i65"><span class="smcap">Goethe</span>: <i>Las afinidades electivas</i>.</p>
-
-
-<p class="p2"><span class="smcap">Pasaron</span> años y más años&mdash;dijo Aviraneta&mdash;.
-Yo me había resignado a no llegar a nada, y
-me contentaba con ser un espectador y un comentador
-de los sucesos políticos. Casi todos los meses,
-María Cristina me llamaba a su palacio y me
-consultaba sobre sus asuntos particulares.</p>
-
-<p>La Reina estuvo siempre muy celosa de Muñoz,
-y más que las cuestiones políticas le preocupaban
-las aventuras de su marido. La italiana quería
-sujetar al antiguo guardia de Corps, a quien había
-elevado al tálamo real, y muchas de sus actitudes,
-que parecían maniobras obscuras, no dependían
-mas que de los celos. La misma marcha a Francia,
-cuando dejó a España entregada al general
-Espartero, no fué a causa de un despecho político,
-sino de los celos que sentía al saber que su marido
-frecuentaba la casa de una bailarina.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_90" id="Page_90">[90]</a></span></p>
-
-<p>La Reina llegó a las más absurdas precauciones,
-y, para que su marido no saliera, le preparó en la
-plaza de Palacio una azotea con persianas verdes
-para que paseara sin que le vieran. La gente llamaba
-en chunga a la azotea: la jaula de Muñoz.</p>
-
-<p>Muñoz era hombre guapo, tenía ocho o diez
-años menos que Cristina, y ella sentía por él esa
-pasión un poco exclusiva de las mujeres ardientes
-y machuchas.</p>
-
-<p>Ya en 1834, antes de entrar yo en la cárcel, un
-periódico titulado <i>La Crónica</i> dió esta noticia:
-«Ayer se presentó Su Majestad la Reina Gobernadora
-en un <i>char avant</i>, cuyos caballos dirigía
-uno de sus criados. En el asiento del respaldo iba
-el capitán de guardias duque de Alagón».</p>
-
-<p>La Reina se indignó de tal manera, al ver que
-le llamaban criado a Muñoz, que no paró hasta
-que Martínez de la Rosa y el jefe de policía,
-Latre, suprimieron el periódico y desterraron a su
-editor, Jiménez, y al director, Iznardi.</p>
-
-<p>Los celos le duraron a la Reina Cristina hasta la
-vejez, y más tarde le entró el ansia de hacerse con
-una fortuna de cualquier manera y por cualquier
-medio. Entonces fué cuando se alió con Salamanca;
-y comenzó sus combinaciones financieras y sus
-negocios, y acabó de desacreditarse.</p>
-
-<p>Yo había intimado con la Reina Madre en
-París, cuando vivía en su palacio de la calle de
-Courcelles, y le había intentado convencer de que
-un Gobierno fuerte y liberal era la salvación de
-España.</p>
-
-<p>En Madrid, María Cristina me llamaba al palacio
-de la calle de las Rejas, me preguntaba mi<span class="pagenum"><a name="Page_91" id="Page_91">[91]</a></span>
-opinión acerca de las cuestiones políticas, y quería
-que yo le dijera lo que se murmuraba en la calle
-sobre los amores de su hija y sobre los milagros
-de sor Patrocinio.</p>
-
-<p>María Cristina había perdido influencia en su
-hija Isabel, que, como se sabe, vivió entregada a
-una serie de favoritos, serie que comenzó por Serrano,
-el General Bonito.</p>
-
-<p>María Cristina no tenía ninguna simpatía por su
-yerno, y le despreciaba por su debilidad y por dejarse
-embaucar por la monja milagrera.</p>
-
-<p>María Cristina sabía que yo vivía pobremente,
-y me decía:</p>
-
-<p>&mdash;Aviraneta, han sido muy ingratos para ti. Si
-necesitas dinero, vete a verle a Pepe Salamanca,
-de mi parte. Yo le escribiré.</p>
-
-<p>&mdash;Señora&mdash;le contestaba yo&mdash;, tengo lo bastante
-para vivir.</p>
-
-<p>María Cristina me envió de regalo cuadros y estatuas,
-y alhajas para mi mujer. A pesar de esto,
-yo no la quería. Aquella ansia de hacer dinero a
-todo trance, de considerar a España como una
-finca, me molestaba. Esto debía haberlo aprendido
-de su amigo Luis Felipe.</p>
-
-<p>Nunca pasé de ahí, de tener amistad con la Reina
-Madre; pero como todo se sabe en Madrid, y
-se sabía que yo frecuentaba su palacio, se creyó
-que era uno de sus consejeros políticos, lo que no
-era cierto.</p>
-
-<p>Si hubiese querido hubiese podido aprovechar
-esta amistad, pero ya era viejo y estaba desengañado.</p>
-
-<p>Además, la Reina Madre y González Bravo, y<span class="pagenum"><a name="Page_92" id="Page_92">[92]</a></span>
-después Sartorius, pretendían mermar, y hasta
-abolir, la Constitución, cosa que para mí no podía
-ser simpática, porque era la negación de toda mi
-vida política. A los sesenta años ya uno no se
-vende, o se ha vendido ya, o ha tomado la honradez
-por costumbre.</p>
-
-<p>No me quedaba, como he dicho, mas que la
-curiosidad de enterarme y de saber lo que
-pasaba.</p>
-
-<p>Cuando el general Lersundi fué presidente y
-Egaña ministro de la Gobernación, estuvo éste en
-mi casa a decirme que de parte de la Reina, del
-general y de la suya, venía a verme para que pidiese
-un cargo.</p>
-
-<p>&mdash;Yo ya no quiero ser nada&mdash;le dije.</p>
-
-<p>Durante estos años intermedios entre la guerra
-civil y la revolución del 54 oí hablar mucho de
-Chico en todas partes, sobre todo cuando comenzaron
-las prisiones y las deportaciones; pero no le
-llegué a encontrar ni una vez. Chico se hizo célebre
-como jefe de policía de Madrid. Era un hombre
-muy odiado por el pueblo. Todo el mundo
-contaba horrores de él, y se le consideraba como
-un esbirro capaz de los mayores atropellos y violencias.</p>
-
-<p>Yo no recordaba bien a Chico; me lo pintaban
-como un tagarote de taberna, ordinario y bestial,
-y yo tenía de él la idea de un tipo casi elegante,
-fino, con unos ojos muy vivos e inteligentes, la
-nariz un poco aplastada, los labios delgados, el color
-pálido y el cuerpo esbelto.</p>
-
-<p>Chico, al menos en el tiempo que yo le conocí,
-leía bastante, le gustaba mucho la pintura y ha<span class="pagenum"><a name="Page_93" id="Page_93">[93]</a></span>blaba
-con gracia, con un acento un poco andaluzado.</p>
-
-<p>Cosa extraña. La casualidad y la mala voluntad
-de un ministro hizo que yo apareciera unido
-a Chico en un asunto en que no teníamos nada de
-común.</p>
-
-<p>En 1847 me prendieron a mí y le prendieron a
-Chico, y nos deportaron, a mí a Alicante y a él a
-Almería. Cualquiera hubiera dicho que había relación
-entre nosotros dos; pero no había ninguna.</p>
-
-<p>Yo había recibido carta de un amigo y secretario
-de María Cristina, desde París, pidiéndome
-noticias de Madrid, y yo le contesté burlándome
-de los puritanos que entonces ocupaban el Poder,
-y la carta la interceptó el Gobierno.</p>
-
-<p>Respecto a Chico, tenía, en abril de 1847, una
-letra de veinticinco mil francos del duque de
-Riansares, aceptada por el ministro de la Gobernación,
-Benavides, para cobrar. Por entonces hubo
-una algarada de unos cuantos jóvenes que vitorearon
-a la Libertad y a la Reina, al paso de Isabel II,
-en coche, por la Puerta del Sol, la calle Mayor y
-la plaza de Oriente. El ministro pensó: «Vamos a
-prender a Chico y a Aviraneta; a Aviraneta le castigamos
-por sus correspondencias, y a Chico no le
-pago la letra hasta que tenga dinero, y, de paso,
-se da la impresión a la gente de que ha habido un
-complot». ¿Qué complot iba a haber para vitorear
-a la Reina? Era ridículo; pero la gente lo cree
-todo.</p>
-
-<p>Naturalmente, nos levantaron el destierro en seguida,
-pero la idea de que había algo de común
-entre Chico y yo quedó flotando en el aire.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_94" id="Page_94">[94]</a></span></p>
-
-<p>También oí hablar, repetidas veces, de Mauricio
-Castelo, cuyo nombre aparecía entre los progresistas
-radicales con la aureola de un político austero.</p>
-
-<p>¡Qué se va a hacer! Este será siempre uno de
-los escollos de la democracia: el que el pueblo no
-se pueda enterar bien de las condiciones de sus
-servidores. A una colectividad se le engaña siempre
-mejor que a un hombre.</p>
-
-<p>El año 1851 fué nombrado jefe político de Madrid
-mi amigo el general Lersundi. Yo visitaba
-mucho su casa, adonde iba de tertulia un día a la
-semana. Fuí a felicitarle por su nombramiento,
-hablamos y me preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Conoce usted personalmente a Chico, el jefe
-de policía?</p>
-
-<p>&mdash;Le conozco desde que era capitán de Caballería
-retirado; pero hace más de veinte años que
-no le he visto.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué opinión tiene usted de él?</p>
-
-<p>&mdash;Opinión personal, ninguna. Estuvo afiliado a
-la sociedad Isabelina que yo fundé. Era, por entonces,
-un hombre enérgico y atrevido.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y desde esa época no le ha vuelto usted
-a ver?</p>
-
-<p>&mdash;Nunca. Siempre estoy oyendo hablar de él y
-no me lo he encontrado jamás. Yo hago una vida
-especial. No salgo de noche, no voy al teatro.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabe usted que le vamos a prender a Chico?</p>
-
-<p>&mdash;Pues, ¿por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Tiene una fama pésima. Se afirma que está
-en relación con los ladrones y que lleva su parte
-en lo que se roba en Madrid. Se sabe que ha cometido
-mil atropellos.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_95" id="Page_95">[95]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Respecto a los atropellos&mdash;dije yo&mdash;, no
-cabe duda que deben ser verdad; pero tanta culpa
-como él la tienen los jefes del Gobierno, que le
-han dado órdenes o que le han consentido; respecto
-a que esté en connivencia con los ladrones,
-no lo creo.</p>
-
-<p>&mdash;Pues parece que es cierto. Es indudable que
-Chico tiene palacios, criados, una galería de cuadros
-magnífica; que sostiene mujeres...</p>
-
-<p>&mdash;¿Y hay pruebas contra él?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, hay pruebas.</p>
-
-<p>&mdash;Me parece extraño que un hombre listo haya
-dejado un rastro comprobable de sus fechorías.</p>
-
-<p>&mdash;Pues no cabe duda. En este momento se está
-haciendo un expediente documentado contra
-Chico.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y quién lo hace?</p>
-
-<p>&mdash;Una persona respetable: el coronel Castelo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Don Mauricio Castelo?</p>
-
-<p>&mdash;El mismo. ¿Le conoce usted?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>No dije más. Solía encontrar de cuando en
-cuando en la plaza del Progreso, tomando el sol,
-al inspector Luna, que paseaba con su nietecillo.
-Luna estaba retirado y vivía en una casa de la calle
-de Barrio Nuevo. Un día, al encontrarle, le
-conté lo que me había dicho el general Lersundi.</p>
-
-<p>&mdash;Ya lo sé&mdash;me contestó él.</p>
-
-<p>&mdash;Sin duda, Castelo hace este expediente llevado
-por el odio contra Chico, que le descubrió la
-artimaña del supuesto robo hecho a Macías.</p>
-
-<p>&mdash;No, no sólo es por eso&mdash;replicó Luna&mdash;.
-Chico hizo una canallada a Castelo.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_96" id="Page_96">[96]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Pues?</p>
-
-<p>&mdash;No sé si le conté a usted que Chico guardó
-la confesión de Castelo.</p>
-
-<p>&mdash;Sí me lo contó usted.</p>
-
-<p>&mdash;Chico&mdash;siguió diciendo Luna&mdash;guardó
-aquel documento con la idea de utilizarlo, en cualquier
-ocasión, contra Castelo. Dos o tres años
-después del supuesto robo, y en el tiempo en que
-acababa de ser nombrado Chico jefe de la policía,
-se encontró en un baile de máscaras del Circo
-con Paca Dávalos. Ella estaba todavía en el apogeo
-de su belleza. Paca quiso darle broma y divertirse
-a costa del terrible jefe de policía, de quien
-sabía algunos secretos amorosos por Castelo. Chico
-la conoció, la llevó al ambigú y la convidó a
-cenar. Ella aceptó el convite y coqueteó con Chico;
-pero al salir del baile le dijo que no tomara en
-serio sus coqueterías, porque estaba enamorada
-de otro hombre. Chico, enfurecido, le replicó que
-si no le acompañaba a su casa aquella noche, al
-día siguiente le llevaría a Castelo a la cárcel y le
-desacreditaría, porque tenía un documento que le
-comprometía.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y ella qué hizo?</p>
-
-<p>&mdash;Ella fué a su casa.</p>
-
-<p>&mdash;¡Demonio!</p>
-
-<p>&mdash;Sí, y Castelo lo supo, porque esas cosas se
-saben siempre. Al principio, Castelo no hizo nada
-en contra de Chico. Había reñido muchas veces
-con la Paca, que hacía una vida relajada, y, ciertamente,
-no estaban legitimados los celos. Además,
-la posición de Chico como jefe de policía era
-muy fuerte, y no era fácil el medirse con él. Cuan<span class="pagenum"><a name="Page_97" id="Page_97">[97]</a></span>do
-la reputación de Chico comenzó no sólo a decaer,
-sino a hacerse siniestra, Castelo, como si en
-un momento sintiera revivir los agravios inferidos
-por su antiguo camarada, se puso a la cabeza de
-los enemigos del jefe de la Ronda.</p>
-
-<p>&mdash;Se comprende que una cosa así no es para
-olvidarla, y menos pensando que el autor de la
-ofensa es un amigo de la infancia&mdash;le dije yo.</p>
-
-<p>&mdash;Castelo siente hoy un odio profundo contra
-Chico. El recuerdo de la antigua amistad que tuvo
-con él hace su rencor más violento y más venenoso.</p>
-
-<p>&mdash;Me explico que un hombre frenético, como
-Castelo, haya hecho muy mala sangre pensando
-en Chico.</p>
-
-<p>&mdash;El odio de Castelo se lo ha comunicado a la
-Dávalos, y los dos han empleado todos los medios
-para hundir a Chico; han seducido a los
-agentes de la Ronda Secreta y a una porción de
-ladrones que conocen por intermedio de los «ganchos»
-de las casas de juego de la Garduña y del
-Silverio, y toda esa gente maleante ha declarado
-contra Chico, contando parte de verdad y parte
-de mentira. El partido progresista le ayuda a Castelo
-en su campaña.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y será verdad que Chico se entendía con los
-ladrones?</p>
-
-<p>&mdash;¡Hombre, don Eugenio!&mdash;dijo Luna con una
-sonrisa cínica&mdash;. Todos los policías se entienden
-más o menos con los ladrones; pero no son los
-robos los que pueden dar más dinero a un hombre
-que tenga el cargo de Chico. ¡Figúrese usted!
-Hay líos en la Corte, hay grandes negocios, hay<span class="pagenum"><a name="Page_98" id="Page_98">[98]</a></span>
-jugadas de Bolsa, hay Salamanca; se puede salvar
-a un político de una campaña de difamación; se
-puede salvar la fama de una señora comprometida,
-hacer desaparecer favoritos, como un Mirall o un
-Pollo Real. Todo eso da.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y usted qué va a hacer si le llaman, amigo
-Luna?</p>
-
-<p>&mdash;¿A mí? ¿Quién me va a llamar? Nadie me conoce.
-Soy una sombra, vivo en mi rincón obscuramente,
-con mi hija y mis nietos, y no tengo
-personalidad mas que para ellos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y si le llamaran, a pesar de eso?</p>
-
-<p>&mdash;No diría nada ni en pro ni en contra, don
-Eugenio.</p>
-
-<p>&mdash;¿Nada?</p>
-
-<p>&mdash;Nada. Cualquiera se pone a defender a Chico
-a estas alturas.</p>
-
-<p>Le dejé al inspector Luna con su nietecillo, y
-le hablé unos días después al general Lersundi y
-le conté lo que sabía de Castelo y de su hostilidad
-contra Chico.</p>
-
-<p>&mdash;El proceso se ha de ver pronto&mdash;me dijo el
-general&mdash;. Allí se aclarará la cuestión.</p>
-
-<p>Días después, Lersundi fué nombrado ministro
-de la Guerra, y le sustituyó en el Gobierno Civil
-don Melchor Ordóñez.</p>
-
-<p>Este dispuso la prisión de Chico, que estuvo
-nueve meses en el Saladero, hasta que vino el sobreseimiento
-de la causa por falta de pruebas.</p>
-
-<p>Castelo declaró varias veces en el proceso, y
-dijo a todos los que quisieron oírle que no pararía
-hasta verle a Chico colgando de la horca.</p>
-
-<p>A las acusaciones de Castelo contestó Chico<span class="pagenum"><a name="Page_99" id="Page_99">[99]</a></span>
-con una información detallada de la vida de su
-enemigo. Lo pintó como un intrigante, como soldado
-traidor y jugador de ventaja, que explotaba
-alternativamente los garitos y las mujeres.</p>
-
-<p>La lucha entre los dos fué ruda y sin tregua.
-Ambos echaron mano de todos los expedientes
-imaginables.</p>
-
-<p>Chico tenía la opinión adversa y se agitaba en
-el vacío; los resortes de que podía echar mano estaban
-gastados; en cambio, Castelo encontraba
-apoyo en todo el mundo político y periodístico.</p>
-
-<p>&mdash;Por entonces&mdash;siguió diciendo Aviraneta&mdash;,
-alguna que otra vez solía ver en la calle a Castelo,
-que ascendió, por sus intrigas y manejos obscuros,
-a brigadier. Castelo andaba acompañado de un
-hombre de buen aspecto que me dijeron era un
-viejo asistente suyo. Castelo y yo nos saludábamos
-al vernos, y yo le tenía por un hombre que
-estaba en buenas relaciones conmigo.</p><hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<h3 class="nobreak">SEGUNDA PARTE<br />
-CONSECUENCIAS</h3></div>
-
-<h4 id="FIVEFOUR">I.<br />
-LA REVOLUCIÓN DEL 54</h4>
-
-
-<p class="i65">¿Cuál de vuestros sistemas filosóficos
-es otra cosa que el teorema
-de un sueño, un puro cociente,
-confidencialmente obtenido donde
-el divisor y el dividendo son desconocidos?</p>
-
-<p class="i65"><span class="smcap">Carlyle</span>: <i>Sartor Resartus</i>.</p>
-
-
-<p class="p2"><span class="smcap">En</span> tal estado de cosas llegó la revolución de
-julio de 1854. Yo, la verdad, y confieso que
-era un error de perspectiva, no creía en ella. Es
-un achaque de los viejos desconfiar del presente.
-¿A quién no le ocurre esto? A mí me pasó como
-a todo el mundo. Cuando en junio de aquel año
-mi amigo Leguía, aquí presente, me indicó que
-iba a estallar un movimiento revolucionario, yo le
-dije: «¡Bah! No pasará nada».</p>
-
-<p>El movimiento llegó, los generales se sublevaron
-en Vicálvaro, y los días que la revolución an<span class="pagenum"><a name="Page_102" id="Page_102">[102]</a></span>duvo
-suelta por las calles, yo me dediqué a curiosear.
-Presencié el saqueo del palacio de María
-Cristina y el de la casa de Salamanca a los gritos
-de «¡Muera Sartorius! ¡Mueran los polacos! ¡Muera
-la Piojosa!» Yo tenía más miedo en casa que en
-la calle. Había gente que sabía que yo era amigo
-de María Cristina y, por tanto, sospechoso para
-el pueblo, que en aquella época tenía un odio profundo
-por esta reina, a quien hacía veinte años
-consideraba como un ídolo.</p>
-
-<p>Yo vivía en la calle de San Pedro Mártir, en el
-barrio de la Comadre, ya al comenzar los Barrios
-Bajos.</p>
-
-<p>El día 22 de julio supe, por la lavandera de
-casa, que los amigos del célebre torero Pucheta,
-dictador de aquellos andurriales, habían señalado
-mi casa y mi persona a las iras del pópulo como
-cristino. Indagué y pude comprobar que, efectivamente,
-me encontraba en la lista de sospechosos.
-Los Barrios Bajos formaban entonces una pequeña
-república autónoma bajo las órdenes del
-señor Muñoz (alias Pucheta). Así teníamos un Muñoz
-arriba (el marido de Cristina), y otro Muñoz
-abajo (Pucheta). La revolución del 54 era un conflicto
-entre dos Muñoces.</p>
-
-<p>Tuve que tomar mis medidas y pensé en buscar
-un asilo seguro. Mi mujer se refugió en casa
-de un médico joven de la vecindad que nos visitaba.
-Este médico vivía con su madre, y por entonces
-hacía oposiciones a una cátedra de San
-Carlos.</p>
-
-<p>Entre mi mujer y yo sacamos de noche de
-nuestra habitación los papeles, los cuadros regala<span class="pagenum"><a name="Page_103" id="Page_103">[103]</a></span>dos
-por María Cristina y algunos muebles, y los
-llevamos a la casa del médico; luego cerramos la
-puerta con llave.</p>
-
-<p>Yo fuí a visitar a algunos amigos y conocidos
-para ver si me daban albergue por unos días, y
-obtuve una absoluta negativa.</p>
-
-<p>En los momentos de peligro la mayoría se siente
-inclinada a pensar sólo en sus intereses y a no
-preocuparse de los amigos ni de los allegados.</p>
-
-<p>Había por aquellos días un miedo terrible, y los
-que me conocían a mí creían que yo no era sólo
-un cristino, sino que debía estar complicado en
-todas las intrigas de los polacos. Se decía que
-María Cristina estaba encerrada en un convento.</p>
-
-<p>Al fin tuve que ir a casa de la lavandera que me
-había avisado que estaba perseguido, y allí encontré
-un rincón seguro para pasar unos días. La señora
-Isidra, la lavandera, vivía en una guardilla de
-la calle de la Espada, y su hijo era un cabecilla
-revolucionario de los Barrios Bajos: Manolo, el papelista.
-La señora Isidra tenía muy poco sitio y
-muchos nietos, y en su casa se estaba con gran
-incomodidad.</p>
-
-<p>Manolo, el papelista, me contó cómo habían peleado
-él y sus amigos en la Cuesta de Santo Domingo
-con los cazadores, y luego en la calle de
-Jacometrezo. Manolo estaba muy satisfecho por
-haber tomado parte en estas jornadas.</p>
-
-<p>Me solía traer papeles que se publicaban en la
-calle y números de <i>El Murciélago</i>, de <i>La Mentira</i>
-y de <i>El Miliciano</i>.</p>
-
-<p>Seguía yo la marcha de la revolución por los
-periódicos y por las conversaciones.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_104" id="Page_104">[104]</a></span></p>
-
-<p>A pesar de que el movimiento parecía completamente
-liberal, no lo era del todo. Había entre
-los impulsores de aquellas jornadas revolucionarias
-progresistas, demócratas, republicanos, militares
-de la Unión Liberal, moderados y hasta carlistas.
-Este origen mixto hacía que el movimiento
-tuviera un carácter turbio y su dirección fuera
-confusa y mal definida.</p>
-
-<p>Cuando creí que la violencia revolucionaria
-había ya pasado salí de la guardilla de la lavandera
-para visitar a algunos amigos que estaban,
-como yo, considerados como sospechosos, para
-ver qué es lo que habían hecho y tomar una
-orientación.</p>
-
-<p>Sabía que se cacheaba y se identificaba a la gente
-en la calle.</p>
-
-<p>Me acerqué al centro entre la gente huyendo
-de los barullos: fuí por la Concepción Jerónima,
-calle de Atocha y plaza de Santa Ana a la calle
-del Prado, a ver al dueño de una casa de la calle
-del Lobo, donde había vivido. En la desembocadura
-de esta calle con la del Prado había una barricada
-defendida por toreros, casi todos de la cuadrilla
-de Cúchares.</p>
-
-<p>Intenté entrar por la calle de la Visitación, pero
-estaba también cortada.</p>
-
-<p>Volví a la plaza de Santa Ana y seguí por la
-calle del Príncipe.</p>
-
-<p>Iba por la calle de Sevilla a la de Alcalá cuando
-me encontré detenido en la esquina por una barricada
-alta formada por carros, muebles, tablones y
-adoquines. Estaba la barricada vigilada por un
-grupo de paisanos armados, entre los que abun<span class="pagenum"><a name="Page_105" id="Page_105">[105]</a></span>daban
-tipos de torero con traje corto y calañés y
-mozos de café de los cafés próximos.</p>
-
-<p>El volverme de repente hubiera parecido sospechoso;
-me reuní al grupo de los paisanos, repartí
-unos cuantos cigarros puros, y a un hombre
-andrajoso, con un morrión en la cabeza greñuda,
-que estaba sentado sobre unas piedras con un
-gran trabuco, le pregunté:</p>
-
-<p>&mdash;Oiga usted, compadre, ¿quién manda esta
-barricada?</p>
-
-<p>&mdash;Un brigadier que vive en esa casa&mdash;y me señaló
-una de la calle de Sevilla, esquina a la de
-Alcalá.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo se llama ese brigadier?</p>
-
-<p>&mdash;No sé. ¡Eh, tú, Charpa! ¿Cómo se llama ese
-brigadier que viene aquí vestido de uniforme?</p>
-
-<p>&mdash;No <i>ze</i>&mdash;dijo el aludido, que tenía aire de picador&mdash;;
-quizá lo <i>zepa</i> Currito o el Lebrijano.</p>
-
-<p>&mdash;Ese brigadier se llama don Mauricio Castelo&mdash;dijo
-Currito, que era un chulo con aire de monosabio.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hombre! ¡Castelo! Lo conozco. Es muy amigo
-mío. Voy a verle.</p><hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<h4 id="PASO" class="nobreak">II.<br />
-MAL PASO</h4></div>
-
-
-<p class="i65">¿Por qué ultraje comenzar; por
-qué ultraje terminar?</p>
-
-<p class="i65"><span class="smcap">Eurípides</span>: <i>Electra</i>.</p>
-
-
-<p class="p2"><span class="smcap">Vacilé</span>; pero como había dicho delante de
-aquellos hombres que conocía a Castelo, entré
-en la casa que me indicaron. Se me ocurrió
-que quizá Castelo podría protegerme y darme un
-salvoconducto para salir de Madrid.</p>
-
-<p>Subí la escalera de la casa hasta el piso principal.</p>
-
-<p>&mdash;¿Vive aquí don Mauricio Castelo?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor. Por lo menos, aquí está.</p>
-
-<p>Era aquello un círculo de recreo, una casa de
-juego. Estaba la puerta abierta y entraban y salían
-hombres que hablaban a gritos y fumaban grandes
-puros.</p>
-
-<p>Vacilé de nuevo pensando si no sería una imprudencia
-el seguir adelante; pero me decidí.</p>
-
-<p>Avancé, cruzando una sala con dos mesas de<span class="pagenum"><a name="Page_108" id="Page_108">[108]</a></span>
-billar y otras de mármol, hasta una sala de lectura
-con un armario, en el que se veían varios libros.</p>
-
-<p>Castelo estaba rodeado de un grupo de hombres
-armados con escopetas y trabucos, gente la mayoría
-desharrapada, con zamarra y calañés, entreverada
-con algunos elegantes de levita de color,
-corbatín y pantalones de trabilla.</p>
-
-<p>Varios de aquellos hombres, a pesar del calor
-sofocante de los días de julio, llevaban capa.</p>
-
-<p>La mayoría eran tipos de matones, de esos que
-se ven en las escaleras de las chirlatas embozados
-en la pañosa y con un garrote en la mano.</p>
-
-<p>Estaba yo en la puerta del salón de lectura cuando
-entró el torero Pucheta con un periodista, pequeño
-y pálido, picado de viruelas y con anteojos,
-y un revendedor del Teatro Real a quien llamaban
-el Mosca.</p>
-
-<p>Los tres se acercaron a Castelo y hablaron con
-él largo tiempo.</p>
-
-<p>Pucheta empleaba las grandes frases de la época:
-la democracia, la soberanía nacional; el periodista
-se mostraba acre y lleno de odio contra
-todos.</p>
-
-<p>Cuando acabaron su conferencia, toda la gente
-se marchó con Pucheta.</p>
-
-<p>Castelo quedó solo, y entonces me acerqué a él
-y le saludé:</p>
-
-<p>&mdash;Siéntese usted&mdash;me dijo amablemente&mdash;.
-Yo voy a comer. ¿Quiere usted comer conmigo?</p>
-
-<p>&mdash;Muchas gracias. He comido ya.</p>
-
-<p>Castelo abrió una mampara del saloncito, llamó
-a voces, vino su asistente y le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Tráeme la comida.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_109" id="Page_109">[109]</a></span></p>
-
-<p>Contemplé a Castelo. Había envejecido muchísimo
-desde que yo le había conocido. Tenía un
-aire de intranquilidad y al mismo tiempo de estupor.
-Estaba encorvado. Vestía pantalones de militar,
-chaqueta de paisano y gorra de cuartel. Fumaba
-sin ganas; más bien mascaba un cigarro
-puro.</p>
-
-<p>Me chocó hallarle tan decaído. Creí adivinar en
-él un sentimiento de descontento al verse entre
-Pucheta y su mesnada y le pregunté:</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién era esta gente? ¿Qué es lo que quiere?</p>
-
-<p>&mdash;Estos son los jefes de la revolución al menudeo&mdash;contestó
-con disgusto&mdash;. Alguno que otro
-es un cándido. Los demás son gandules y asesinos
-que debían estar en presidio.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, por su aspecto no parecen muy de fiar.</p>
-
-<p>&mdash;Todos, o la mayoría de estos revolucionarios
-de pega, son tahures, jugadores de oficio; los
-otros, revendedores de alhajas, y algunos, toreros.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y el periodista?</p>
-
-<p>&mdash;Ese es el mayor canalla de todos. ¡Si yo tuviera
-poder!</p>
-
-<p>&mdash;Ese torero que toma aires de director de las
-turbas es el célebre Pucheta, ¿verdad?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; es un tiranuelo de los Barrios Bajos.</p>
-
-<p>&mdash;Y ¿cómo se ha mezclado usted con esa gente,
-amigo Castelo?</p>
-
-<p>Yo le hice esta pregunta como si le considerara
-más en mi campo que en el de los amigos de
-Pucheta.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué quiere usted?&mdash;me dijo él revelando su
-inquietud&mdash;; me han comprometido; me han nombrado
-jefe de esta barricada, lo que consideran un<span class="pagenum"><a name="Page_110" id="Page_110">[110]</a></span>
-puesto de honor y de peligro. Hoy han venido a
-invitarme a que presida una gran comida que van
-a dar en un colmado de esta calle para celebrar el
-triunfo de la Revolución.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y usted va a ir?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; si no parecería sospechoso. La cosa no
-está sosegada todavía, sino sólo aplazada.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pues qué se quiere?</p>
-
-<p>&mdash;Cada uno quiere una cosa diferente: unos, a
-Espartero; otros, a O'Donnell; hay quien piensa en
-la República.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! Todavía falta mucho para eso.</p>
-
-<p>&mdash;Todos quieren prender y juzgar a María Cristina.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y dónde está María Cristina?</p>
-
-<p>&mdash;Está en Palacio.</p>
-
-<p>Castelo salió del cuarto, y vino, poco después,
-con una botella de ron y un vaso; tiró el cigarro
-al suelo, lo pisó y comenzó a beber el licor como
-si fuera agua.</p>
-
-<p>Yo le contemplé. Debía de estar completamente
-alcoholizado; parecía de esos hombres que viven
-en una irritación constante interrumpida por momentos
-de depresión.</p>
-
-<p>Entró el viejo asistente con la comida y puso
-sobre una mesa el mantel y los platos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde está la señorita? ¿Por qué no viene?&mdash;le
-preguntó Castelo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quiere usted que la llame?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; que venga en seguida, que la estoy esperando.</p>
-
-<p>Yo estaba buscando una fórmula para marcharme
-cuando entró Paca Dávalos en el saloncito<span class="pagenum"><a name="Page_111" id="Page_111">[111]</a></span>
-vestida con una bata de color de rosa. De lejos
-todavía hacía efecto; pero de cerca era una vieja
-decrépita. Estaba torcida para un lado, iba pintada
-y empolvada. Tenía los ojos tiernos y los párpados
-rojos y sin pestañas; en su cara, a través de
-la capa de polvos de arroz, se veían manchas rojas
-como erisipelatosas. A cada momento guiñaba
-los ojos y tenía unos tics nerviosos que le hacían
-estremecer todo el rostro. Al hablar torcía la boca
-a un lado.</p>
-
-<p>Era todavía felina; sus ojos soñadores habían
-perdido su brillo y su encanto, pero le quedaba
-algo del tigre viejo y derrengado que bosteza dentro
-de la jaula.</p>
-
-<p>Me levanté para saludarla. Ella no me reconoció.
-Se sentó; tomó en la mano el vaso lleno de
-ron que tenía Castelo delante y bebió unos cuantos
-sorbos.</p>
-
-<p>Le temblaba la mano como a un perlático.</p>
-
-<p>De pronto me miró fijamente y me dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Yo le conozco a usted.</p>
-
-<p>&mdash;Yo también a usted.</p>
-
-<p>&mdash;¿De dónde?</p>
-
-<p>&mdash;De casa de Celia.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! Es verdad.</p>
-
-<p>Hablamos de la gente que iba a aquella casa; de
-Ronchi, de Nicolasito Franco, de Fidalgo y de sus
-hermanas, del padre Mansilla.</p>
-
-<p>La Dávalos se confundía con sus recuerdos;
-había perdido la memoria. Tenía, de pronto, unas
-gesticulaciones bruscas. Aquella contracción de la
-cara de la Dávalos hacia un lado, me chocaba.
-Daba la impresión de algo grave y, a veces, tenía<span class="pagenum"><a name="Page_112" id="Page_112">[112]</a></span>
-yo la evidencia de que aquella mujer era una perturbada,
-una loca.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted es todavía amigo de Cristina?&mdash;me
-preguntó tartamudeando.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Pues lo va usted a pasar mal.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué le vamos a hacer!</p>
-
-<p>&mdash;¿Y cómo puede usted ser amigo suyo?</p>
-
-<p>&mdash;Yo, por agradecimiento. ¡Qué quiere usted!
-Le debo la vida.</p>
-
-<p>La Dávalos se exaltó al hablar de María Cristina,
-y empezó a decir de ella porquerías y suciedades,
-llamándola constantemente zorra, piojosa
-y la señora de Muñoz. La Paca usaba los juramentos
-y las blasfemias de los tahures y matones con
-quien trataba y convivía.</p>
-
-<p>&mdash;¿Le hizo a usted alguna mala pasada la Reina?&mdash;le
-pregunté yo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Si me hizo! Ya lo creo. Fuí su amiga; pero
-hoy daría mi vida por devolverle el mal que me
-ha hecho y arrastrarla al fango donde debía estar.
-La odio, la odio.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tanto...?</p>
-
-<p>&mdash;Quisiera verla en un estercolero, sobre una
-estera podrida y devorada por los gusanos.</p>
-
-<p>La Paca dejó pronto su aire reconcentrado y
-vengativo y recitó estos versos, que habían salido
-del campo carlista:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-<div class="line i1">Clamaban los liberales</div>
-<div class="line">que Cristina no paría,</div>
-<div class="line">y ha parido más Muñoces</div>
-<div class="line">que liberales había.</div>
-</div></div></div>
-
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_113" id="Page_113">[113]</a></span>
-&mdash;¡Muñoces!&mdash;exclamó luego la Paca&mdash;. Cualquiera
-sabe de quién son los hijos de esa zorrona...,
-cochina.</p>
-
-<p>Castelo intervino en la conversación y habló de
-lo que se decía en la calle: de que la Reina Madre
-había tomado parte en todas las contratas y en
-todos los negocios sucios de España y de Ultramar
-para hacer la fortuna de los Muñoz.</p>
-
-<p>¡Qué moralidad se había despertado en un tahur
-como Castelo!</p>
-
-<p>&mdash;Pero eso es lo de menos&mdash;añadió; y contó
-ciertos asesinatos misteriosos que había ordenado
-Cristina y hecho ejecutar por Chico y su gente, y
-de varios envenenamientos realizados por aquella
-nueva Lucrecia Borgia. Castelo citaba nombres,
-fechas, circunstancias.</p>
-
-<p>Lo daba todo esto como indiscutible. Yo me
-eché a temblar. Cuanto más odio hubiese por
-María Cristina, más peligrosa era mi situación. La
-verdad es que luego he oído hablar en serio de
-envenenamientos hechos por gentes de Palacio,
-entre ellos el de la segunda mujer del infante don
-Francisco.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿usted cree que todo eso es verdad?&mdash;le
-pregunté a Castelo.</p>
-
-<p>---¡Si es! Es el Evangelio.</p>
-
-<p>&mdash;¡Demonio!</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí, es usted cristino&mdash;dijo Castelo&mdash;; lo
-va usted a pasar mal. Ahora va de veras; no debía
-usted salir a la calle, le pueden dar algún disgusto.</p>
-
-<p>&mdash;Por eso venía a verle a usted, que tiene influencia&mdash;le
-dije.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué quiere usted que yo haga?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_114" id="Page_114">[114]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Mi casa está cerca de la plaza del Progreso; y
-aquello es un ir y venir de gente que se han constituído
-en amos, hacen lo que les da la gana y han
-formado una lista de sospechosos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde vive usted?</p>
-
-<p>&mdash;En la calle de San Pedro Mártir.</p>
-
-<p>&mdash;¿Hacia dónde está eso?</p>
-
-<p>&mdash;Hacia Lavapiés.</p>
-
-<p>&mdash;¡Toma, yo le creía a usted rico! De poco le
-ha servido su amistad con Cristina.</p>
-
-<p>&mdash;Tengo mi sueldo de intendente, y de él vivo.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, yo le diré a los patriotas de Barrios
-Bajos, y sobre todo a Pucheta, que no se metan
-con usted. Ahora, váyase usted, váyase cuanto
-antes. Aquí no hace usted mas que comprometerme.</p>
-
-<p>Castelo, a medida que iba ingiriendo alcohol,
-iba saliendo de su abatimiento sombrío y excitándose
-cada vez más.</p>
-
-<p>Me levanté, tomé mi sombrero y, haciendo de
-tripas corazón, saludé lo más amablemente que
-pude a Paca Dávalos y a Castelo. Había dado un
-paso en falso.</p>
-
-<p>Al salir del cuarto de lectura a la sala de billar,
-Castelo gritó de pronto:</p>
-
-<p>&mdash;¡Oiga usted, oiga usted, señor cristino! Tengo
-entendido que en la tertulia del general Lersundi
-se ha hablado mal de mí. ¿Usted debe saber quién
-fué, porque usted iba a esa tertulia?</p>
-
-<p>&mdash;Yo, no; yo no he oído hablar de usted.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted no le conoce a Macías?</p>
-
-<p>&mdash;A un Macías le conocí en Méjico; pero desde
-entonces no le he vuelto a ver.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_115" id="Page_115">[115]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Y a Luna, al inspector de policía Luna, ¿le
-conoce usted?</p>
-
-<p>&mdash;A ese le conocí porque fué el que me prendió
-hace veinte años y me llevó a la Cárcel de
-Corte; pero luego no he tenido noticias de él, ni
-sé si vive.</p>
-
-<p>&mdash;Pues sí vive, y yo lo he de encontrar para
-ajustar unas cuentas antiguas. ¿Y a Chico, no le
-conoce usted tampoco?</p>
-
-<p>&mdash;No, no le conozco. Cuando él comenzó a
-intervenir en la política, yo me había retirado.</p>
-
-<p>&mdash;¡Si este buen señor debe ser más viejo que
-Matusalén!&mdash;dijo la Dávalos.</p>
-
-<p>&mdash;Pues yo me he de vengar&mdash;exclamó Castelo&mdash;;
-tengo que averiguar quién le dió malos informes
-de mí a Lersundi y después a Ordóñez.
-Algún amigo de Chico ha sido. Bueno; a Chico yo
-le tengo que ahorcar con estas manos, sí, con
-estas manos; y a Luna, si lo encuentro, lo moleré
-a garrotazos.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, Mauricio, cálmate&mdash;dijo Paca.</p>
-
-<p>&mdash;No me quiero calmar: Sí, a Chico se le harán
-pagar sus crímenes, y será pronto..., muy pronto...,
-quizá antes de veinticuatro horas.</p>
-
-<p>A esto añadió Castelo gritos y blasfemias, accionando
-con violencia y dando puñetazos en
-la mesa.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno. ¡Adiós!&mdash;dije yo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Adiós!</p>
-
-<p>&mdash;Celebraré que no le rompan a usted un hueso&mdash;exclamó
-Paca Dávalos, con su risa dolorosa, de
-enferma.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_116" id="Page_116">[116]</a></span></p>
-
-<p>Castelo se echó a reír como un insensato, y
-debió tener algún propósito agresivo contra mí,
-porque intentó levantarse y seguirme; pero el asistente
-le detuvo. Yo bajé corriendo las escaleras y
-salí a la calle.</p><hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<h4 id="INSOMNIO" class="nobreak">III.<br />
-UNA NOCHE DE INSOMNIO</h4></div>
-
-
-<p class="i65">La enemistad de una sola chinche
-menuda que se arrastre por
-nuestra cama es más de temer que
-la cólera de cien elefantes.</p>
-
-<p class="i65"><span class="smcap">Heine</span>: <i>Atta Troll</i>.</p>
-
-
-<p class="p2"><span class="smcap">Tomé</span> por la calle de Alcalá hacia la Puerta del
-Sol, a mezclarme a los grupos de revoltosos
-y de vagos que andaban por allá.</p>
-
-<p>&mdash;Aviraneta&mdash;me dije a mí mismo&mdash;, has
-hecho una tontería en visitar a Castelo. Has llamado
-la atención sobre ti. No tienes un rincón
-donde poner tus huesos en seguridad y estás en
-peligro de que te rompan uno, como decía Paca
-Dávalos hace un momento.</p>
-
-<p>Y me froté las manos, como si estuviera muy
-satisfecho con mi suerte.</p>
-
-<p>Aquella tarde, el centro de Madrid estaba en
-perpetua ebullición. No me decidí a ir a mi barrio,
-porque temía que me conocieran, y me fuí a un
-café de la calle Ancha. Me hice bastante amigo<span class="pagenum"><a name="Page_118" id="Page_118">[118]</a></span>
-del mozo, le conté una historia falsa y me recomendó
-una casa de huéspedes de la calle de
-Silva.</p>
-
-<p>Fuí a ella: la patrona tenía mal semblante, y a
-las pocas palabras que cambié con ella comprendí
-que estaba recelosa y dispuesta a avisar a
-la policía.</p>
-
-<p>Hacía una noche de calor sofocante. Me metí en
-el cuarto que me alquilaron y no pude dormir.
-Había chinches en la alcoba. Una procesión de
-estos insectos salía de un ángulo del techo e iba
-avanzando, y cuando llegaban encima de mi cama
-se dejaban caer uno a uno con una precisión matemática.</p>
-
-<p>&mdash;Por la mañana, al alba, me levanté y me vestí.
-Mi instinto me hacía creer que no estaba muy
-seguro en aquella casa.</p>
-
-<p>Me asomé al balcón y me senté en una silla. A
-eso de las cuatro vi que mi patrona salía a la calle,
-y poco después volvía con un hombre.</p>
-
-<p>&mdash;Maniobra sospechosa&mdash;me dije.</p>
-
-<p>Abrí la puerta de mi cuarto y avancé por
-el pasillo de la casa, todavía obscuro. La patrona
-y el hombre hablaban de mí. Habían dejado la
-puerta abierta.</p>
-
-<p>Inmediatamente me puse el sombrero y bajé
-las escaleras con rapidez, con las botas en la mano.
-En el portal me las puse; salí a la calle, entré por
-el callejón del Perro y me metí en un portal
-abierto e iluminado de la calle de la Justa. Era un
-burdel. Había una vieja harapienta, con un aire de
-lechuza, y dos muchachas feas, vestidas con colores
-chillones. Una de ellas tenía una cara ancha,<span class="pagenum"><a name="Page_119" id="Page_119">[119]</a></span>
-brutal, una cara de rodaballo, con unos ojos
-saltones y la nariz chata. Las dos estaban muy
-pintadas.</p>
-
-<p>La vieja conoció, por mi actitud, que venía
-huyendo, y no se le ocurrió explotarme. Me
-senté en un banco y charlamos. La vieja me habló
-del Destino con un fatalismo tan estoico que me
-asombró.</p>
-
-<p>&mdash;Cada cual su sino&mdash;decía a cada paso.</p>
-
-<p>Convidé a las mujeres a tomar café con leche, y
-después de estar unas tres o cuatro horas allí, por
-la calle de la Flor salí a la de San Bernardo.</p>
-
-<p>Subí a la plazuela de Santo Domingo, y en un
-café que hacía esquina, cerca de una barricada,
-entré y encargué un almuerzo.</p>
-
-<p>&mdash;Tardará un poco&mdash;me dijo el mozo&mdash;; todavía
-es temprano, y con estos jaleos no viene nadie.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; no tengo prisa. Traiga usted unas
-aceitunas, y esperaré.</p>
-
-<p>Compré <i>La Iberia</i> y unas hojas del <i>Boletín</i> extraordinario
-del ejército constitucional, que se
-vendían en las calles, y estuve haciendo como que
-leía, pensando en dónde podría ocultarme, o si
-sería mejor salir inmediatamente de Madrid.</p>
-
-<p>Llegó el almuerzo y comí bien, pensando que
-quizá la cena se haría esperar.</p>
-
-<p>&mdash;Tiene uno buen apetito&mdash;me dije&mdash;. Eso
-demuestra que interiormente todavía uno está sereno.</p>
-
-<p>Tomé café y varias copas de coñac y le di al
-mozo una buena propina, suponiendo que podría
-necesitarle.</p><hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<h4 id="CHICO" class="nobreak">IV.<br />
-EL FINAL DE CHICO</h4></div>
-
-<p class="i65">Cuando se ha oído decir que tal
-persona o tal otra es un hombre
-malo, se cree leer la maldad en su
-fisonomía, y entonces la ficción se
-añade a la experiencia para realizar
-una sensación cuando el interés
-y la pasión se mezclan. Helvetius
-cuenta que una dama, contemplando
-la luna con un telescopio,
-veía la sombra de dos amantes; un
-cura que quiso comprobar el hecho
-le replicó diciendo: No, señora,
-no; esas sombras son las dos
-torres de una catedral.</p>
-
-<p class="i65"><span class="smcap">Kant</span>: <i>Antropología</i>.</p>
-
-
-<p class="p2"><span class="smcap">Estaba</span> dispuesto a salir del café, porque no
-tenía pretexto para seguir en él, cuando los
-mozos se asomaron a la puerta y volvieron diciendo:</p>
-
-<p>&mdash;Hay gran alboroto en la calle Ancha. La
-gente viene hacia aquí gritando.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué pasará?</p>
-
-<p>El amo del café mandó cerrar inmediatamente
-la puerta y las ventanas.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_122" id="Page_122">[122]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Usted quiere salir ahora?&mdash;me preguntó
-a mí.</p>
-
-<p>&mdash;Esperaré a que pase el tumulto.</p>
-
-<p>&mdash;Tiene usted razón. Con estos alborotos constantes
-no se sale ganando nada.</p>
-
-<p>Con el cierre de la puerta y de las ventanas el
-café había quedado casi a obscuras.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quiere usted subir al billar?&mdash;me dijo el
-mozo que me había servido&mdash;; desde allí puede
-usted ver muy bien lo que pasa.</p>
-
-<p>Subí por una escalera de caracol a la sala de
-billar y me asomé a un balconcillo del piso entresuelo.
-Venía de la calle Ancha una masa de gente
-harapienta, zarrapastrosa, formada principalmente
-por mujeres y chicos, que vociferaban y daban
-alternativamente vivas y mueras. Algunos hombres
-armados con fusiles, pistolas y garrotes se
-veían entre la multitud.</p>
-
-<p>Después vimos un tipo mal encarado, con bigote
-y patillas, vestido con andrajos, con una faja
-encarnada en la cintura y un sombrero catite en
-la cabeza, que llevaba, como un estandarte, un retrato
-grande en un palo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién es?&mdash;nos preguntamos todos&mdash;. ¿De
-quién es esa imagen?</p>
-
-<p>Nadie lo sabía.</p>
-
-<p>Luego, como un paso de Semana Santa, sentado
-en un colchón y sostenido en unas parihuelas
-apareció en la plaza de Santo Domingo un hombre
-flaco, amarillo, ictérico, como una momia, ya
-viejo, con patillas grises.</p>
-
-<p>Iba medio desnudo, cubierto con una camisa
-blanca y un pañuelo en el cuello, un gorro de co<span class="pagenum"><a name="Page_123" id="Page_123">[123]</a></span>lor
-en la cabeza y en la mano un abanico, con el
-que se abanicaba tranquilamente. Su expresión
-era fosca, amarga y casi burlona.</p>
-
-<p>A no ser por los dicterios que le dirigían las
-turbas, se le hubiera podido tomar, por su actitud
-tranquila y displicente, por un reyezuelo de una
-tribu que se paseaba en andas entre sus vasallos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién es este hombre?&mdash;preguntamos varios.</p>
-
-<p>Los gritos, ya distintos, que se oyeron a poco,
-de «¡Muera Chico! ¡A la horca! ¡A la horca!», nos
-hicieron comprender que el hombre que llevaban
-en las parihuelas, como un paso de Semana Santa,
-era el célebre jefe de policía de Madrid. Al
-lado suyo iba una mujer, que dijeron era la de
-Chico, y detrás, el portero de su casa, a quien llevaban
-a empujones.</p>
-
-<p>Este era un ex policía apellidado Dendal y apodado
-el Cano, a quien se había dirigido la gente
-para prender a Chico, y que había intentado salvar
-al jefe.</p>
-
-<p>Se le consideraba como uno de los sabuesos y
-de los confidentes de Chico.</p>
-
-<p>&mdash;¡Muera Chico! ¡A la horca! ¡A la horca!&mdash;volvió
-a vociferar la multitud.</p>
-
-<p>&mdash;¿Adónde lo llevan?&mdash;preguntó un mozo del
-café a uno de la calle.</p>
-
-<p>&mdash;A la plaza de la Cebada, a quitarle la vida.</p>
-
-<p>&mdash;Lo tiene muy merecido.</p>
-
-<p>El amo del café hizo un gesto de molestia; pero
-no dijo nada.</p>
-
-<p>El pueblo, con ese sentimiento simplista de las
-multitudes, creía, sin duda, que bastaba con qui<span class="pagenum"><a name="Page_124" id="Page_124">[124]</a></span>tar
-de en medio a Chico para que todos los atropellos
-desaparecieran.</p>
-
-<p>Días antes habían matado las turbas a otro policía
-apodado el Pocito.</p>
-
-<p>Yo estaba inquieto; pero haciéndome el hombre
-tranquilo e indiferente, me senté en una silla en
-el balcón, encendí un cigarro y me puse a fumar.</p>
-
-<p>La comitiva esperó unos minutos en la plaza de
-Santo Domingo, sin saber qué dirección tomar,
-hasta que debió venir la orden de seguir por la
-Costanilla de los Ángeles.</p>
-
-<p>Noté, con sorpresa, que los que capitaneaban a
-los amotinados eran casi todos los que se encontraban
-el día anterior en compañía de Castelo.
-Estaban Pucheta, el Mosca y el periodista, pequeño
-y pálido, picado de viruelas y con anteojos. De
-su grupo partían más rabiosos los gritos de
-«¡Muera Chico!»</p>
-
-<p>Pero no sólo estaban ellos. Castelo y la Paca
-Dávalos se hallaban agazapados en la esquina de
-la calle de Tudescos contemplando el paso de la
-multitud. Yo los veía de cerca. Se habían disfrazado;
-él llevaba pantalón corto y calañés; ella, un
-mantón obscuro.</p>
-
-<p>¡Qué expresión de ansiedad, de odio, de triunfo
-había en sus miradas! ¡Qué momento de pasión
-estaban viviendo ambos!</p>
-
-<p>Veían correr en su imaginación la sangre del
-hombre que les había ofendido e inundar el suelo
-y el aire y convertirse en una aurora boreal. Quizá
-creían también que esta venganza les había de
-bastar para ser felices.</p>
-
-<p>Durante un momento creí que Chico veía a sus<span class="pagenum"><a name="Page_125" id="Page_125">[125]</a></span>
-enemigos desde lo alto de las andas; pero si los
-vió apartó de ellos la vista con indiferencia y siguió
-abanicándose con su aire frío y desdeñoso.</p>
-
-<p>Daba Chico la impresión de un hombre que
-había llegado a un tal desprecio por la vida, que la
-muerte se le presentaba como un accidente de
-poca importancia.</p>
-
-<p>&mdash;¡Canalla! ¡Granuja!&mdash;decía la gente.</p>
-
-<p>&mdash;Mira cómo mira&mdash;añadía una comadre.</p>
-
-<p>&mdash;Tiene cara de pocos amigos.</p>
-
-<p>&mdash;Cara de Judas.</p>
-
-<p>&mdash;Dios nos libre de un hombre así.</p>
-
-<p>&mdash;¡Muera Chico! ¡A la horca! ¡A la horca!</p>
-
-<p>&mdash;Eres un valiente&mdash;dije yo en mi imaginación
-dirigiéndome a él&mdash;; podrás tener tú la culpa, y
-el pueblo la razón; pero mi simpatía va hacia el
-hombre templado que marcha al suplicio con la
-sonrisa en los labios más que a la turba aulladora
-y cobarde.</p>
-
-<p>Pasó la procesión y la multitud se derramó por
-la Costanilla de los Ángeles y por la Cuesta de
-Santo Domingo. Castelo y la Paca Dávalos, agarrándose
-del brazo, se alejaron por la calle de
-Tudescos. Parecían dos viejos; él, raído y encorvado;
-ella, torcida, con una manera de andar de
-paralítica.</p>
-
-<p>Les miraba alejarse y me parecían los supervivientes
-de un naufragio; más aún: me parecían los
-restos del barco que las olas echan sobre la playa.</p>
-
-<p>Casi encontraba mejor acabar la vida como
-Chico, llevado en unas parihuelas sobre el odio
-popular, que perderse así, encorvados y renqueando,
-por la sombra de una callejuela.</p><hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<h4 id="ACOSADO" class="nobreak">V.<br />
-ACOSADO</h4></div>
-
-
-<p class="i65">Se sufre más cuando se sufre
-solo y se deja tras de sí los dichosos.</p>
-
-<p class="i65"><span class="smcap">Shakespeare</span>: <i>El Rey Lear</i>.</p>
-
-
-<p class="p2"><span class="smcap">Cuando</span> se despejó la plaza, bajé del billar al
-café y salí a la calle. Los alrededores habían
-quedado desiertos. La comitiva de Chico barrió
-los lugares adyacentes, llevando a todo el mundo
-tras ella.</p>
-
-<p>Se me ocurrió entrar en casa de Istúriz, que vivía
-allí cerca, en la Cuesta de Santo Domingo.
-Tardaron mucho en abrirme la puerta. El hombre
-estaba trastornado, temiendo que le asaltasen la
-casa. Había presenciado en los días anteriores la
-lucha de los sublevados y la tropa, en la misma
-calle, y aquel día, el paso de Chico entre la multitud.</p>
-
-<p>Le expliqué la situación en que me encontraba,
-sin poder volver a casa, y a esta circunstancia le
-di un carácter cómico.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_128" id="Page_128">[128]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué va usted a hacer?&mdash;me preguntó Istúriz.</p>
-
-<p>&mdash;Estoy dispuesto a sufrir la muerte con paciencia.
-Ya he vivido bastante.</p>
-
-<p>&mdash;Pero esto es un error. Esos hombres no tienen
-memoria.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué quiere usted! Todos los pueblos son desagradecidos.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿qué aspiran? ¿Qué desean?</p>
-
-<p>&mdash;Siempre hay algo más que aspirar y que desear.</p>
-
-<p>&mdash;Es la anarquía que se nos echa encima. Nosotros
-tenemos la culpa, Aviraneta&mdash;exclamó&mdash;.
-¡Oh, si ahora empezara a vivir!</p>
-
-<p>&mdash;Yo no me arrepiento de nada&mdash;le dije&mdash;.
-Creo que he hecho lo que debía hacer.</p>
-
-<p>&mdash;No hay justicia, Aviraneta, no hay justicia&mdash;murmuró
-él.</p>
-
-<p>&mdash;Naturalmente. En la política no puede haber
-justicia. En la política, como en la vida, no hay
-mas que fuerza y éxito&mdash;repliqué yo con dureza&mdash;.
-Se manda y se hace lo que se quiere; no se
-manda, y ¡buenas noches!</p>
-
-<p>Saludé a Istúriz fríamente. Y me marché a la
-calle pensando que el hombre no me había ofrecido
-su casa para que descansara en ella un momento.</p>
-
-<p>Como tenía ya todos mis posibles recursos agotados
-fuí a la iglesia de San Ginés y me senté en
-un banco, dispuesto aunque fuera a pasarme allí
-el día entero.</p>
-
-<p>Estuve al lado de un matrimonio joven con un
-niño, que hablaban y sonreían y no tenían más<span class="pagenum"><a name="Page_129" id="Page_129">[129]</a></span>
-preocupación que la de ir por la tarde a casa de
-una pariente suya. Oí dos o tres misas y me quedé
-solo.</p>
-
-<p>¡Cuán distinto hubiera sido mi destino si en vez
-de decidirme a defender con tesón las ideas liberales
-hubiera ingresado en la juventud entre los
-moderados o entre los absolutistas!</p>
-
-<p>&mdash;Ahora hubiera sido general, ministro o arzobispo
-de Toledo. Su Excelencia Aviraneta, monseñor
-Aviraneta, no hubiera estado mal.</p>
-
-<p>Pensaba mil cosas para entretenerme y pasar el
-rato.</p>
-
-<p>A las primeras horas de la tarde el sacristán se
-me acercó, mirándome con recelo, y me dijo que
-iba a cerrar la iglesia. Tenía entonces yo la impresión
-que debe experimentar el animal acosado
-y perseguido. Ya no era el hombre joven que puede
-discurrir con precisión y seguridad y a quien se
-le ocurren ideas y proyectos rápidamente; tenía ya
-sesenta años y mi inteligencia funcionaba con más
-pesadez que en mis tiempos juveniles de conspirador.
-No encontraba en mí mismo mas que pobres
-recursos, y muchas veces el miedo me turbaba y
-me inspiraba soluciones desesperadas, como la de
-presentarme al Gobierno revolucionario para que
-hiciera de mí lo que quisiera.</p>
-
-<p>Salí de la iglesia a la plazoleta que hay en la parte
-de atrás de San Ginés, y estuve vacilando en
-tomar por la calle de Coloreros, o por la de Bordadores.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pensar que el ir por una o por otra puede
-influír en mi destino!&mdash;me dije.</p>
-
-<p>Estaba así vacilando cuando recordé que en la<span class="pagenum"><a name="Page_130" id="Page_130">[130]</a></span>
-calle de Coloreros había una taberna y tienda de
-comestibles de un asturiano conocido mío.</p>
-
-<p>&mdash;Voy a ir a allí.</p>
-
-<p>Al salir por la callejuela me encontré con un estudiante
-de Medicina que visitaba al médico vecino
-de mi casa. Este muchacho era ayudante de un
-doctor afamado. Nos saludamos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ha comido usted ya?&mdash;le pregunté.</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quiere usted que comamos aquí en un figón
-de un asturiano que yo conozco?</p>
-
-<p>&mdash;Vamos.</p>
-
-<p>El asturiano me recibió bien y nos llevó al estudiante
-y a mí a un cuarto muy limpio y bien
-arreglado. Mientras comíamos le conté al estudiante
-la situación en que me encontraba; le pregunté
-dónde vivía él, y me dijo que en una casa
-de huéspedes de la Carrera de San Francisco que
-tenía como pupilos algunos seminaristas que, por
-entonces, estaban de vacaciones.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora mi patrona no tiene más huéspedes
-que yo.</p>
-
-<p>&mdash;Cree usted que me tomaría a mí?&mdash;le pregunté.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, hombre, ya lo creo.</p>
-
-<p>&mdash;Yo necesitaría pasar diez o doce días escondido
-hasta que la efervescencia revolucionaria
-vaya decreciendo.</p>
-
-<p>&mdash;Pues yo le llevaré a usted a esa casa; pero
-ahora mismo, no, porque tengo que ir al Hospital
-General.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, entonces yo le esperaré a usted aquí
-mismo.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_131" id="Page_131">[131]</a></span></p>
-
-<p>Volvió el estudiante a eso de las siete. Me dijo
-que habían fusilado a Chico y al Cano en la plaza
-de la Cebada, delante de la Fuentecilla. Chico había
-muerto con un valor extraordinario. Al parecer,
-en Madrid no se hablaba de otra cosa. Mucha
-gente protestaba de que Pucheta ordenara ejecuciones,
-como pudiera haberlo hecho Calomarde.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué quiere usted hacer ahora?&mdash;me preguntó
-el estudiante&mdash;. ¿Prefiere usted ir a mi casa por
-donde hay mucha gente, o quiere usted que salgamos
-por la Cuesta de la Vega y, dando la vuelta
-por la ronda, subamos por las Vistillas a la Carrera
-de San Francisco?</p>
-
-<p>&mdash;Me parece mejor ir por dentro del pueblo.
-Salir y entrar será peligroso.</p>
-
-<p>&mdash;Yo creo que es preferible marchar por donde
-haya mucha gente. En las calles solitarias es donde
-es más fácil que una ronda le detenga a uno.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; pues vamos por la Plaza Mayor.</p>
-
-<p>Salimos de la taberna y entramos en la plaza
-por la calle del Siete de Julio. Había por todas partes
-grandes grupos de gente armada que iba y venía
-por en medio. Entonces no había jardinillos,
-ni fuentes, como ahora. Temía yo que alguien me
-conociera, pero pude cruzar la plaza sin obstáculo.</p>
-
-<p>Vacilamos el estudiante y yo en tomar por la
-calle de Toledo o bajar por la escalerilla de piedra
-a la calle de Cuchilleros. Debíamos haber tomado
-por la de Toledo, siguiendo siempre el principio
-que era mejor marchar entre la gente que por sitios
-extraviados; pero me pareció que hacia la calle
-de Cuchilleros no había nadie y comenzamos
-a bajar por la escalera.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_132" id="Page_132">[132]</a></span></p>
-
-<p>Ibamos por la calle de Cuchilleros cuando tres
-paisanos nos dieron el alto:</p>
-
-<p>&mdash;¡Alto!</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué pasa?&mdash;pregunté yo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quiénes son ustedes?</p>
-
-<p>&mdash;Yo soy un médico&mdash;dije&mdash;, y este joven es
-mi ayudante.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, vengan ustedes con nosotros.</p>
-
-<p>Nos hicieron subir de nuevo la escalera de piedra
-y nos llevaron a la taberna que había en el
-ángulo de la plaza, que se llamaba el Púlpito.</p>
-
-<p>Convidé yo a aquellos hombres a unas copas y
-nos hicimos amigos.</p>
-
-<p>Iban a dejarnos libres cuando apareció el revendedor
-del Teatro Real, el Mosca, a quien el día
-anterior había visto en compañía de Castelo, y por
-la mañana en la calle Atocha. El Mosca, además
-de revendedor, era dueño de una barbería de la
-calle de las Fuentes. Yo le conocía algo y sabía
-que había estado en el campo carlista.</p>
-
-<p>&mdash;Este es Aviraneta&mdash;gritó el Mosca al verme&mdash;,
-un amigo de María Cristina. Hay que llevarle
-a la Junta.</p>
-
-<p>Se reunieron con el Mosca algunos granujas y
-desocupados, comparsas de todos los alborotos
-populares, y nos llevaron al Ayuntamiento.</p><hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<h4 id="SALADERO" class="nobreak">VI.<br />
-EN EL SALADERO</h4></div>
-
-
-<p class="i65">Era de ver dormir algunos envainados,
-sin quitarse nada de lo
-que traían de día; otros, desnudarse
-de un golpe todo cuanto traían
-encima.</p>
-
-<p class="i65"><span class="smcap">Quevedo</span>: <i>El Buscón</i>.</p>
-
-
-<p class="p2"><span class="smcap">Entramos</span> en la casa de la Panadería y nos condujeron,
-al estudiante y a mí, ante un grupo
-de personas constituídas en tribunal. Era una junta
-revolucionaria. Nos interrogaron, e inmediatamente
-el estudiante fué puesto en libertad. Yo dije mi
-nombre, y no oculté mis amistades ni mi historia
-política.</p>
-
-<p>Aquella Junta estaba formada por personas sensatas,
-y el presidente dijo que no había el menor
-motivo para mi detención.</p>
-
-<p>&mdash;Puede usted retirarse&mdash;me indicó el presidente.</p>
-
-<p>&mdash;¡Muchas gracias!</p>
-
-<p>El Mosca salió detrás de mí y gritó:</p>
-
-<p>&mdash;Hay que detener a este hombre. Es un cris<span class="pagenum"><a name="Page_134" id="Page_134">[134]</a></span>tino,
-un confidente de Sartorius, un consejero de
-la Piojosa.</p>
-
-<p>&mdash;¡Señores!&mdash;clamé yo con todas mis fuerzas
-dirigiéndome al público&mdash;. El hombre que quiere
-detenerme es un carlista, un miserable que ha estado
-en la facción. Me odia, porque yo soy liberal,
-liberal de siempre. Yo fuí ayudante del Empecinado;
-yo hice el Convenio de Vergara, en que se
-dominó para siempre el carlismo. ¿Me vais a entregar
-a mí al capricho de un esbirro de la reacción?</p>
-
-<p>Al mismo tiempo, el Mosca gritaba que yo era
-un traidor, amigo de Sartorius, de Salamanca y
-de Chico.</p>
-
-<p>El público se dividió; yo iba ganando terreno
-cuando un desconocido propuso que nos llevaran,
-al Mosca y a mí, a la Casa de Correos, donde estaba
-reunida la Junta Suprema Revolucionaria.</p>
-
-<p>En medio de un grupo de desharrapados llegamos
-a la Puerta del Sol y entramos en el Principal.
-Pronto vi que se tenía bien distinto procedimiento
-con el Mosca que conmigo, pues a él se le
-dejó en libertad en seguida. Llevado delante de la
-Junta, la ira que me devoraba me hizo pronunciar
-un discurso violento, en el cual dije que aquella
-revolución era una farsa, que estaba dirigida por
-moderados y hasta por carlistas, y que así podía
-darse el caso de que a un hombre como yo,
-que había peleado por la libertad con el general
-Empecinado y había sufrido persecuciones como
-liberal, se le quisiera encarcelar por la denuncia
-de un miserable que había peleado en las filas de
-Don Carlos.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_135" id="Page_135">[135]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;No sólo es el Mosca el que le denuncia a usted
-como amigo y cómplice de María Cristina&mdash;dijo
-uno de la Junta&mdash;; hay otros que afirman
-lo mismo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quiénes son esos otros?&mdash;grité yo&mdash;. Que
-vengan, que muestren su cara.</p>
-
-<p>&mdash;¿Niega usted su amistad con María Cristina?</p>
-
-<p>&mdash;Niego la complicidad.</p>
-
-<p>&mdash;Retírese usted&mdash;dijo el presidente.</p>
-
-<p>Me tomaron por su cuenta dos andrajosos, me
-ataron en el patio en una cuerda de presos y nos
-llevaron al Saladero, rodeados por bayonetas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Son de la camarilla de la Piojosa!&mdash;decía la
-gente al vernos por la calle.</p>
-
-<p>&mdash;Son los amigos de Sartorius.</p>
-
-<p>&mdash;¡Mueran! ¡Mueran!&mdash;Y nos insultaban y nos
-tiraban piedras. Llegamos al Saladero.</p>
-
-<p>Me metieron en un calabozo húmedo y obscuro,
-y estuve allí encerrado cerca de un mes. La vida
-para mí, en aquellos días, fué horrible. Dormía en
-el suelo, comía el rancho de la cárcel, y no podía
-hablar con nadie, mas que con algunos desdichados
-como yo que, pasajeramente, me hicieron
-compañía.</p>
-
-<p>¡Qué miseria! ¡Qué pobreza! ¡Qué gente harapienta!
-Y, en medio de esta miseria, ¡qué modo
-de adaptarse y de vivir allí como en su propia
-casa! Había industriales que seguían dirigiendo su
-industria desde la cárcel; falsificadores que preparaban
-sus falsificaciones; un editor de periódico
-carlista que corregía sus pruebas.</p>
-
-<p>La mayoría de los presos eran ladrones; pero
-había también conspiradores y revolucionarios.<span class="pagenum"><a name="Page_136" id="Page_136">[136]</a></span>
-Entre ellos, conocí dos que me dijeron que se
-habían hecho prender a propósito, para ponerse
-de acuerdo con un preso que estaba en el
-Saladero.</p>
-
-<p>Estos eran republicanos, y tenían preparado el
-complot de matar al general Espartero, a su entrada
-en Madrid, a tiros, desde una casa de la
-Carrera de San Jerónimo, que tenía salida por la
-calle del Pozo, y proclamar la República.</p>
-
-<p>Yo conocía la casa, porque en ella habíamos
-tenido, en 1822, una venta carbonaria. Encontré
-el proyecto bien tramado en su primera parte;
-pero su segunda parte me pareció absurda. Les
-intenté convencer a los republicanos de que la
-República que ellos pudieran proclamar no duraría
-mas que horas. Se persuadieron y abandonaron
-el proyecto.</p>
-
-<p>Cuando me sacaron de aquel calabozo me pusieron
-en comunicación, y mi mujer vino a verme;
-empezó a llorar al encontrarme en tal lastimoso
-estado. Me hallaba flaco, enfermo, sin poder tenerme
-en pie, con los ojos inflamados, lleno
-de parásitos, con la ropa interior sucia y casi
-podrida.</p>
-
-<p>Empezó el juez a tomarnos declaración a las
-personas presas durante el período revolucionario,
-y la mayoría no teníamos la menor culpa ni la
-menor relación con los hechos que se nos imputaban.
-Habíamos sido casi todos enviados al Saladero
-por sospechas, por capricho de los sublevados;
-algunos eran, indudablemente, víctimas de
-venganzas particulares.</p>
-
-<p>Le indiqué a mi mujer que fuera a casa de<span class="pagenum"><a name="Page_137" id="Page_137">[137]</a></span>
-Istúriz y de otros amigos, y que se enterara de la
-situación en que había quedado la política.</p>
-
-<p>Don Evaristo San Miguel fué nombrado por
-entonces ministro de la Guerra. Después de su
-nombramiento había tres núcleos revolucionarios
-importantes y rivales que trataban de anularse los
-unos a los otros.</p>
-
-<p>Estos eran: la Junta de Salvación, Armamento
-y Defensa, con San Miguel de presidente, lazo de
-unión entre el Palacio y los revolucionarios de
-Madrid; el Cuartel General de O'Donnell, que
-obraba por cuenta propia, y la Junta de Espartero,
-que radicaba en Zaragoza.</p>
-
-<p>En cada grupo de estos había un sinfín de escisiones,
-y los mismos revolucionarios de Madrid
-no obedecían siempre a la Junta de Salvación.</p>
-
-<p>Ya enterado de quiénes eran los personajes más
-influyentes, escribí una carta al general Espartero
-y otra a don Joaquín Francisco Pacheco, que no
-me contestaron.</p>
-
-<p>Mandé también un documento a don Evaristo
-San Miguel exponiéndole los hechos, y una esquela
-recordándole nuestra antigua amistad y nuestra
-fraternidad como masones, y San Miguel,
-inmediatamente que recibió mi esquela, mandó
-ponerme en libertad.</p><hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<h4 id="HOSPITAL" class="nobreak">VII.<br />
-EL HOSPITAL</h4></div>
-
-<p class="i65">Tú, Señora,<br />
-dame agora<br />
-la tu gracia toda ora<br />
-que te sirva todavía.</p>
-
-<p class="i65"><span class="smcap">Arcipreste de Hita</span>:
-<i>Libro de Buen Amor</i>.</p>
-
-
-<p class="p2"><span class="smcap">Tras</span> de la cárcel fuí a San Sebastián con mi
-mujer; alquilé una casa en el barrio de San
-Martín y pasé allí cuatro años viviendo obscuramente,
-ocupado en leer libros y periódicos, escribir
-mis recuerdos y hacer una colección de insectos
-de conchas y de caracoles. El Gobierno me
-había dado el retiro, y mi sueldo era pequeño.</p>
-
-<p>Tenía dos o tres casas en San Sebastián adonde
-iba de tertulia: la de Goñi, la de Alzate y la de
-Errazu, que eran parientes míos, y solía pasar largos
-ratos en la imprenta de Baroja. Aquí se
-reunían con frecuencia el general don Nazario
-Eguía, el manco; el intendente Arizaga, que influyó
-en el Convenio de Vergara; el general Van-<span class="pagenum"><a name="Page_140" id="Page_140">[140]</a></span>Halen,
-Antonio Flores, el autor de <i>Ayer, hoy y
-mañana</i>, y otros.</p>
-
-<p>Solíamos tener grandes discusiones, y varias
-veces me dijo el general Eguía:</p>
-
-<p>&mdash;Aviraneta: ¡con qué gusto le hubiera fusilado
-a usted si le llego a coger en tiempo de la guerra!</p>
-
-<p>Yo solía acompañarle al viejo general a tomar
-el coche de Tolosa hasta la fonda del Parador
-Real.</p>
-
-<p>Unos años después, sintiendo de nuevo la nostalgia
-de la vida agitada de la Corte, volví a Madrid
-y me instalé con Josefina en un piso de la calle del
-Barco. Josefina tenía algunas amigas y pertenecía
-a una Junta de Caridad.</p>
-
-<p>Un día, a una señora amiga de mi mujer le oí
-hablar de Paca Dávalos.</p>
-
-<p>&mdash;La he conocido&mdash;dije yo&mdash;. ¿Qué le pasa?</p>
-
-<p>&mdash;Es toda una novela.</p>
-
-<p>La señora contó la historia con detalles.</p>
-
-<p>Desde hacía algún tiempo, la Dávalos estaba
-enferma en el hospital de San Juan de Dios, en
-una sala, triste y obscura, que daba a la calle de
-Atocha, mal iluminada por unas rejas cubiertas de
-tela metálica.</p>
-
-<p>Daba horror el ver a la pobre mujer: se hallaba
-cubierta de úlceras y de costras, sin pelo y con los
-ojos inflamados. Su enfermedad, la embriaguez y
-los últimos años de miseria habían hecho de
-aquella belleza espléndida un monstruo. Era algo
-horrible; pero más horrible que su aspecto, según
-la señora que la había visto, era su estado
-moral. Gritaba, cantaba coplas indecentes.</p>
-
-<p>La mujer más tirada, la rabanera más desver<span class="pagenum"><a name="Page_141" id="Page_141">[141]</a></span>gonzada,
-no hablaba como hablaba ella: tenía el
-prurito de lo escandaloso y de lo lúbrico.</p>
-
-<p>La castigaron varias veces a pasar días enteros
-en la guardilla a pan y agua, castigo brutal, no
-muy propio para enfermas desdichadas; pero el
-castigo no le hizo mella, y al volver a la sala insultaba
-al médico y a las monjas, y gritaba indecencias
-a todo el mundo.</p>
-
-<p>Un día se presentó en el hospital una hermana
-de la Caridad, sor María de la Consolación. Era una
-mujer pálida, en el esplendor de la belleza. La hermana
-se acercó a la cama de la Dávalos, se arrodilló
-delante de ella y abrazó y besó a la enferma.</p>
-
-<p>Esta se incorporó en la cama, contempló a la
-monja, dió un grito terrible, desgarrador, y se
-desmayó.</p>
-
-<p>La monja era la hija de Paca, a la que hacía
-veinte años que no había visto, y era su vivo
-retrato; la misma corrección en el rostro, los mismos
-ojos profundos, humanos, la misma expresión
-de pureza y de dulzura.</p>
-
-<p>Al recobrar el sentido la enferma creyó que la
-visita de su hija había sido un sueño; pero no, allá
-estaba Estrella, ahora sor María, que la acariciaba
-y la besaba como en otro tiempo.</p>
-
-<p>El contraste era violento: la enferma, un montón
-de carne sin forma humana, llagada, horrible;
-su hija, una belleza pálida, serena, con un aire de
-fuerza y de dulzura.</p>
-
-<p>En los días siguientes Paca Dávalos comenzó a
-llorar, y cuando venía su hija a verla le besaba la
-mano y le decía:</p>
-
-<p>&mdash;Perdóname, he sido mala madre.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_142" id="Page_142">[142]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;No, no, no has sido mala madre para mí, y
-yo siempre te he querido.</p>
-
-<p>Ella escondía la cabeza entre las sábanas y lloraba
-con la mano de su hija apretada en la suya.</p>
-
-<p>El capellán del hospital le dijo a la Paca que su
-hija había querido sacrificarse y dejar el mundo
-para redimir los pecados de la madre.</p>
-
-<p>Fué un nuevo motivo de dolor para la enferma.
-Llorando suplicó a su hija que no se sacrificara por
-ella, que volviera al mundo, que fuera feliz; ella no
-merecía el sacrificio de un ángel; ella tenía muy
-merecidos el abandono, la deshonra, la enfermedad
-y la muerte en un hospital hediondo. Estrella
-la tranquilizaba y la decía que la vida de hermana
-de la Caridad era la que más le ilusionaba.</p>
-
-<p>La madre lloraba acongojada, y cuanto más
-lloraba, estaba más triste y más resignada a morir.
-La Dávalos pidió perdón a todos y quiso que,
-al menos, una vez su hija le cantase una canción
-que solía cantar en la infancia. Sor María le preguntó
-al capellán del hospital si podía satisfacer
-este deseo de su madre.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí, ¿por qué no?</p>
-
-<p>Estrella cantó, y parece que fué un espectáculo
-extraordinario en aquella sala triste, maloliente,
-iluminada por la luz turbia de los cristales verdosos
-de las ventanas enrejadas, ver a las mujeres
-enfermas con las entrañas carcomidas y quemadas
-que se incorporaban anhelantes en la cama y oían
-llorando la canción que cantaba la monja, que se
-elevaba sobre las miserias del mundo.</p>
-
-<p>Unas horas después, Paca Dávalos moría dulcemente.</p><hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<h4 id="LOCURA" class="nobreak">VIII.<br />
-LA LOCURA</h4></div>
-
-
-<p class="i65">¡Atrás! El negro demonio me
-persigue.</p>
-
-<p class="i65"><span class="smcap">Shakespeare</span>: <i>El Rey Lear</i>.</p>
-
-
-<p class="p2">A la señora que me contó el final de la Dávalos
-le pregunté:</p>
-
-<p>&mdash;¿Y no fué a verla alguna vez el brigadier
-Castelo?</p>
-
-<p>&mdash;No; ya hacía tiempo que se habían separado.</p>
-
-<p>Un año después volvía de casa de Istúriz, una
-tarde de invierno, por la calle del Arenal, al anochecer,
-cuando me encontré con el Mosca, el revendedor.</p>
-
-<p>Se me acercó, sin conocerme, a ofrecerme una
-localidad para el Real, y al fijarse en mí quedó
-inmutado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Le ha sorprendido a usted el verme?&mdash;le
-dije.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_144" id="Page_144">[144]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Qué, pensaba usted que los que usted enviaba
-al Saladero ya no salían de allí?</p>
-
-<p>&mdash;No; ya sabía que había usted salido de allí
-hace tiempo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Todavía sigue usted actuando de revolucionario?&mdash;le
-pregunté con sorna.</p>
-
-<p>El se calló.</p>
-
-<p>&mdash;Diga usted, ¿por qué tenía usted tanto interés
-en prenderme en la Plaza Mayor? ¿Era, de
-verdad, el odio del carlista al que había trabajado,
-como yo, en el Convenio de Vergara?</p>
-
-<p>&mdash;Yo no soy carlista. Si estuve en la facción
-fué por compromiso.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces, ¿por qué tanto ahinco en prenderme?</p>
-
-<p>&mdash;Nos había recomendado la prisión de usted
-el brigadier Castelo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y por qué?</p>
-
-<p>&mdash;¿No se incomodará usted si le digo la verdad?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;Decía que usted era un enemigo del pueblo,
-un confidente de la policía.</p>
-
-<p>&mdash;¡Canalla! Quería desprenderse de los que sabíamos
-que era un ladrón. El fué el que instigó al
-populacho para que mataran a Chico, no porque
-Chico hubiese cometido atropellos, sino porque
-era testigo de uno de sus robos. ¿Y qué ha hecho
-ese tunante de Castelo?</p>
-
-<p>&mdash;Acaba de suicidarse en una guardilla de Barrios
-Bajos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué me dice usted?</p>
-
-<p>&mdash;Lo que oye. Desde la muerte de Chico le
-vino la mala suerte. Le expulsaron del Ejército, y<span class="pagenum"><a name="Page_145" id="Page_145">[145]</a></span>
-el partido progresista le abandonó; ya no le servía
-de instrumento. Castelo comenzó a andar por las
-tabernas y a servir de hazmerreír a la gente. Decía
-que él había hecho la Revolución y que había
-acabado con Chico. Luego creo que alguno de los
-hombres de la ronda de Chico le amenazó y le
-asustó.</p>
-
-<p>Poco después a Castelo se le metió en la cabeza
-que Chico vivía aún, que le perseguía y le acechaba
-en las esquinas. Cuando tenía esta alucinación
-echaba a correr hasta que se caía de cansancio.</p>
-
-<p>Una noche, sin duda, la alucinación fué tan espantosa
-que se ahorcó con un trozo de cuerda en
-el montante de una puerta. Su asistente y yo hemos
-sido los únicos que hemos acompañado su
-cadáver a la fosa común.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué final!&mdash;exclamé yo; y seguí andando en
-dirección de mi casa.</p><hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<h4 id="ALIMANAS" class="nobreak">IX.<br />
-ALIMAÑAS</h4></div>
-
-
-<p class="i65">Quien mal anda, mal acaba.</p>
-
-<p class="i65"><span class="smcap">Proverbio.</span></p>
-
-
-<p class="p2"><span class="smcap">Habíamos</span> quedado todos los oyentes de la
-cocina esperando que Aviraneta dijera algo
-más; pero se calló pensativo.</p>
-
-<p>&mdash;Quien mal anda, mal acaba&mdash;exclamó el tío
-Chaparro, y luego, dirigiéndose a sus hijos y a los
-cabreros que estaban alrededor de la lumbre, añadió&mdash;:
-Bueno, muchachos, vamos a dormir, y demos
-gracias a Dios por vivir honradamente en
-nuestra pobreza y no en compañía de locos y de
-alimañas.</p>
-
-<p>Don Eugenio sonrió, mirando el fuego.</p>
-
-<p>Por la ventana se veía caer la nieve copiosamente,
-y el campo brillaba triste y espectral a la
-luz de la luna. Aullaban los perros a lo lejos, con
-un ladrido triste y agorero, con una rabia persistente
-e irritada, como si previeran algún peligro
-próximo.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_148" id="Page_148">[148]</a></span></p>
-
-<p>Nos levantamos de al lado de la lumbre, y
-Aviraneta y yo subimos las escaleras hasta el primer
-piso precedidos por una criada, que nos iluminaba
-con un farol.</p>
-
-<p>Entré yo en mi cuarto, encendí la palmatoria,
-que dejé en la mesilla de noche, me metí en la
-cama y seguí leyendo la Biblia. Estaba en el
-<i>Eclesiastés</i>, y me detuve a reflexionar sobre este
-versículo: «El que hiciere el hoyo caerá en él, y el
-que aportillare el vallado le morderá la serpiente».</p>
-
-
-
-<p class="i2 p2">París, noviembre, 1920.</p><hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<h2 class="nobreak">LA CASA DE LA CALLE
-DE LA MISERICORDIA</h2></div>
-
-
-
-<p class="i65 p6">... y tanta variedad de sabandijas
-racionales en esta arca del
-mundo.</p>
-
-<p class="i65"><span class="smcap">Vélez de Guevara</span>: <i>El Diablo
-Cojuelo</i>.</p>
-
-
-<p class="p2"><span class="smcap">Otro</span> día en que no estaba el tío Chaparro, a
-quien la relación anterior había impresionado
-de una manera profunda y desagradable,
-Aviraneta contó la historia del joven Miguel Rocaforte,
-su compañero de cárcel.</p>
-
-<p>Una vez, los dos granujas de la Gallinería, el
-Gacetilla y el Mambrú, que Candelas había recomendado
-a don Eugenio, y a quienes éste utilizaba
-como criados y como instrumentos de espionaje
-contra el alcaide, entraron en el cuarto de
-Miguel y le robaron un cuaderno en que el joven
-escribía el Diario de su vida, y se lo dieron a Aviraneta.
-Don Eugenio lo leyó rápidamente y, después
-de enterarse de lo que le interesaba, mandó
-a los raterillos que volvieran a dejar el cuaderno
-en el cuarto del preso. Miguel no notó el escamoteo.</p>
-
-<p>Esta historia que me contó don Eugenio está
-hecha sobre los datos autobiográficos que escribió
-Miguel, y sobre indicios, no del todo claros ni
-completamente seguros, que he variado un tanto
-para dar a la relación cierta unidad.</p><hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="DESCALZAS" class="nobreak">I.<br />
-LA CASA DE LOS CAPELLANES DE LAS DESCALZAS</h3></div>
-
-
-<p class="i65">Confesaré a usted que el edificio
-que ocupo en un barrio lejano es
-de los más antiguos de Madrid, y
-que su aspecto sombrío, sus balcones
-de gran vuelo, la enorme ala
-del tejado y toda su exterioridad
-están anunciando a los transeúntes
-su fecha de tres siglos.</p>
-
-<p class="i65"><span class="smcap">Mesonero Romanos</span>: <i>Escenas
-Matritenses</i>.</p>
-
-
-<p class="p2"><span class="smcap">Hay</span> casas que por su aspecto dan una impresión
-siniestra e inclinan a pensar que son
-propicias para crímenes, intrigas y misterios. Son
-casas sombrías, obscuras, colocadas en callejones
-angostos, llenas de pasillos y de encrucijadas, de
-cuartos irregulares y de guardillones abandonados.
-Son casas para servir de base a folletines,
-a melodramas y a comedias de capa y espada.</p>
-
-<p>La casa de los Capellanes de las Descalzas Reales
-de Madrid, Misericordia, 2, aunque por dentro<span class="pagenum"><a name="Page_154" id="Page_154">[154]</a></span>
-era folletinesca, melodramática y de capa y espada,
-por fuera era una casona grande, ancha y de
-buen aspecto. Estaba contigua a la iglesia y hacía
-esquina a dos calles: a la de la Misericordia, calle
-muy corta, puesto que no tenía mas que un número
-por un lado, y ninguno por el otro, y a la de
-Capellanes, que bajaba desde la calle de Preciados
-a la plaza de Celenque.</p>
-
-<p>El barrio de las Descalzas era entonces, y es todavía,
-un islote tranquilo y desierto, en medio de
-la animación de unas vías tan frecuentadas como
-la del Arenal y la de Preciados.</p>
-
-<p>En aquel tiempo, en la plaza de las Descalzas,
-enfrente del Monte de Piedad primitivo, había
-una fuente con una estatua de Venus, la antigua
-Mariblanca, trasladada a allá desde la Puerta del
-Sol, donde estuvo muchos años.</p>
-
-<p>El convento de las Descalzas Reales había sido
-el palacio del Emperador Carlos V en el Campo
-de San Martín y abarcaba una gran extensión de
-terreno.</p>
-
-<p>El Monte de Piedad primitivo era un accesorio
-del palacio, luego convertido en convento; antiguamente
-comunicaban los dos edificios por medio
-de un arco que pasaba por encima de la calle
-de la Misericordia.</p>
-
-<p>El Monte de Piedad tenía una portada de gusto
-plateresco, semejante a la de las Descalzas, severa,
-de buen gusto, y a un lado, otra construída en
-pleno siglo <span class="smcap">xviii</span>, de lo más exagerada y barroca
-en el estilo churrigueresco.</p>
-
-<p>La plaza de las Descalzas era entonces más bonita
-que ahora, pues no tenía los edificios de ladri<span class="pagenum"><a name="Page_155" id="Page_155">[155]</a></span>llo
-blancos y rojos del Monte de Piedad que recuerdan
-los trajes de baño. Estaba también más
-animada. En la fuente de la Mariblanca había
-siempre aguadores tomando agua o sentados en
-sus cubas, y en el resto de la plaza se estacionaban
-un sinnúmero de carros, y los carreteros formaban
-sus corrillos al aire libre.</p>
-
-<p>No se veía mucha gente por esta plazuela irregular
-y triste; sólo algunos desventurados, que
-marchaban a empeñar algo y que buscaban para
-su comisión las horas del anochecer, y los domingos
-y los días de fiesta, los vecinos del barrio, que
-iban a misa.</p>
-
-<p>La casa de los Capellanes, antigua propiedad de
-las monjas, era una casa vieja; pero no tenía aire
-decrépito; su vejez era una vejez fuerte y sana; estaba
-pintada de ocre, con grandes desconchaduras,
-y tenía un piso bajo con rejas; el principal,
-con cinco balcones anchos espaciosos, y el segundo,
-con balconcillos; sobre el tejado, saliente, se
-destacaban guardillas con sus ventanas de cristales
-verdosos y chimeneas antiguas de ladrillo, medio
-derruídas, y otras modernas, de hierro, que
-echaban tenues columnas de humo en el aire,
-siempre claro, de Madrid.</p>
-
-<p>Por las rejas de la calle de la Misericordia y de
-la de Capellanes se veían sacos y bolas de sal,
-menos en una de una encuadernación, donde se
-divisaban montones de papel y una prensa de madera;
-en el piso primero, a través de los cristales,
-aparecían unas cortinas rojas desteñidas, y en el
-segundo, visillos amarillentos.</p>
-
-<p>Hacia 1823, esta casa fué vendida por el Estado,<span class="pagenum"><a name="Page_156" id="Page_156">[156]</a></span>
-y en 1835 era dueño de ella don Tomás Manso, que
-vivía en el primer piso y tenía el bajo dedicado a
-almacenes de sal.</p>
-
-<p>Desde entonces, entre la gente, el nombre de la
-casa de los Capellanes se iba sustituyendo por el
-de Casa de la Sal.</p>
-
-<p>Le habían quedado a este edificio varias servidumbres,
-de cuando era anejo a la iglesia, y por
-su escalera pasaban el capellán y el sacristán de
-las Descalzas para sus habitaciones respectivas, y
-dos frailes franciscanos, confesores de las monjas
-clarisas del convento inmediato. Esta casa tenía
-una puerta grande de dos hojas, con clavos pequeños,
-y un postigo en una de ellas. El zaguán, empedrado
-con losas, era espacioso, y del centro del
-techo colgaba un farol; a un lado, próximo a la
-calle, había un puesto de zapatero remendón, y en
-el fondo, una covacha de madera pintada de amarillo.
-A mano izquierda de la covacha comenzaba
-una escalera vieja y apolillada, y a mano derecha
-había una mampara de cristales con una puerta,
-por la que se pasaba a un patio con arcos. Este
-patio tenía en una esquina una puerta que daba a
-los almacenes, y en la otra, un pasillo obscuro que
-conducía a otro patio pequeño, con un arbolito
-enclenque. El patio grande estaba enlosado, y tenía
-en una de sus paredes una parra, que regaba
-con un bote el encuadernador, que vivía en uno
-de los cuartuchos interiores del piso bajo. Esta
-parra daba al patio cierto aire aldeano. Toda la
-planta baja estaba formada por sótanos, crujías y
-almacenes negros y abandonados, con las paredes
-salitrosas. Uno de estos almacenes, en el que no<span class="pagenum"><a name="Page_157" id="Page_157">[157]</a></span>
-entraba nadie, tenía una fuentecilla rota que representaba
-una cabeza de Medusa. La Gorgona, de
-piedra, estaba borrosa, a fuerza de golpes.</p>
-
-<p>En los cuartos interiores, a los que se llegaba
-por una escalera obscura, vivían gentes raras: un
-medio mendigo, que andaba por las iglesias; una
-señora y su hija, venidas a menos, que cosían
-para fuera, y una vieja pequeña, arrugada y negra,
-que cuidaba de las sillas de las Descalzas.</p><hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="CASA" class="nobreak">II.<br />
-FAUNA Y FLORA DE LA CASA</h3></div>
-
-
-<p class="i65">Yo soy misántropo y odio el género
-humano. En lo que te concierne,
-siento que no seas un perro;
-quizá podría amarte algún poco.</p>
-
-<p class="i65"><span class="smcap">Shakespeare</span>: <i>Timón de Atena</i>.</p>
-
-
-<p class="p2"><span class="smcap">El</span> que entraba en el viejo caserón de los Capellanes
-y subía desde el portal a las guardillas,
-he aquí lo que iba viendo:</p>
-
-<p>El primer encuentro, naturalmente, era el del
-portero y zapatero remendón Francisco Cuervo,
-un antiguo soldado del ejército de la Fe, del año
-23, donde se había reunido la flor y nata de los
-bandidos y criminales de todas las Españas.</p>
-
-<p>Francisco Cuervo, alias Paco, don Paco, Paquito,
-don Paquito, Cuervo, el Cuervo y el Chepa,
-porque tenía la espalda de jorobado, era hombre
-de unos cuarenta y cinco años, de aire frío y siniestro.</p>
-
-<p>El Cuervo manifestaba cierta mala sangre y cierto
-ingenio. Era un misántropo. Tenía réplicas in<span class="pagenum"><a name="Page_160" id="Page_160">[160]</a></span>cisivas
-y ocurrentes. Una vez uno de los carreteros
-que llevaban la sal a la casa le contaba con un
-gran lujo de detalles sus infortunios conyugales.
-El Cuervo, después de oírle burlonamente, le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabe usted lo que le digo?</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué?</p>
-
-<p>&mdash;Que vale más que eso le haya pasado a usted
-que no a otro.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Porque otro no hubiera tenido su paciencia.</p>
-
-<p>Y el Cuervo dió una puntada al zapato que
-estaba componiendo. Al Cuervo le gustaba mortificar
-a la gente. Cuando fué cabo de voluntarios
-realistas se distinguió por su maldad más que por
-su valor. A su mujer, de aspecto débil y enfermizo,
-la dominaba y martirizaba con saña.</p>
-
-<p>El Cuervo tenía un perro tan malo como él. Era
-un perrillo viejo, sarnoso, que mordía a los chicos
-y gruñía a todo el mundo. El zapatero le había
-puesto por nombre <i>Rodil</i>, para expresar su desprecio
-por el general que había perseguido a don
-Carlos.</p>
-
-<p>El remendón azuzaba a <i>Rodil</i>, que perseguía a los
-gatos. El perro era menos cruel que el amo: cuando
-cogía una rata la mataba; en cambio, el Cuervo,
-cuando cogía una rata la rociaba con petróleo
-y la pegaba fuego, riendo a carcajadas. El zapatero
-no faltaba a ninguna corrida de toros ni a ninguna
-ejecución.</p>
-
-<p>El Chepa tenía una gran admiración y un gran
-respeto por el amo de la casa, don Tomás Manso,
-que había sido su jefe entre los voluntarios realistas.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_161" id="Page_161">[161]</a></span></p>
-
-<p>El Cuervo se manifestaba como hombre de
-gran inteligencia y de astucia, sobre todo para lo
-que fuera intriga y maldad. Debía tener algún
-temor que le inquietaba, porque siempre andaba
-mirando, desde el portal, a derecha y a izquierda
-de la calle, y no salía nunca solo. Si salía solo, esperaba
-al anochecer y marchaba embozado en la
-capa.</p>
-
-<p>En el entresuelo de la casa vivía un dependiente
-antiguo apellidado Gómez. Narciso Gómez era un
-hombre insignificante, gordito, tirando a rubio,
-casado con una mujer muy chismosa y muy coqueta
-que se llamaba Juana. Juanita era una mujer
-pálida, blanca, con los ojos claros y un aire de
-avispa.</p>
-
-<p>Juanita tocaba la guitarra y cantaba. Solía tener
-grandes éxitos con la canción del <i>Triste Chactas</i>,
-que acababa con el estribillo de «Sin mi Atala no
-puedo vivir».</p>
-
-<p>Juanita solía visitar una casa de huéspedes que
-había en la vecindad, y estaba enredada con uno
-que vivía allí de pupilo, un tal Luis, empleado en
-un Banco. Este Luis era un hombre guapo, de
-unos treinta años, muy satisfecho de su barba, de
-sus manos y de sus uñas. Fuera de sus cuentas, de
-los cuidados de su barba, de sus manos y de sus
-uñas, era un pobre imbécil.</p>
-
-<p>Juanita le engañaba a Gómez, a su marido, con
-don Luis; pero si hubiera estado casada con éste,
-le hubiese engañado con Gómez.</p>
-
-<p>Se decía por las malas lenguas de la calle de la
-Misericordia, 2, que Juanita había tenido algo que
-ver con don Tomás, el amo de la casa.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_162" id="Page_162">[162]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Es falso&mdash;decían los que negaban este rumor&mdash;.
-Ella es capaz de eso y de mucho más; pero
-él, no.</p>
-
-<p>Juanita unía a su descoco una mala intención señalada
-y mordía cuanto podía y como podía en la
-fama de las mujeres de la vecindad.</p>
-
-<p>En el primer piso de la casa vivía el dueño, don
-Tomás. Este hombre tenía ya cerca de sesenta
-años y estaba casado con una mujer joven y bonita.
-Don Tomás era hombre alto, delgado, pálido,
-afeitado cuidadosamente, con el pelo cano, siempre
-vestido de negro.</p>
-
-<p>Su perfil era de medalla antigua; tenía una cara
-de esas que parecen de plata, una cara reconcentrada
-y grave. Don Tomás era gran trabajador,
-gran madrugador, muy ordenado y meticuloso.
-Prestaba dinero a rédito de una manera un tanto
-usuraria; pero era capaz de hacer un favor y de
-dar dinero sin interés. Había favorecido en repetidas
-ocasiones a la familia suya del pueblo; pero
-estaba convencido de que había hecho mal, porque
-no había obtenido más que olvidadizos y desagradecidos.</p>
-
-<p>Don Tomás creía firmemente en la maldad humana.
-De ahí que fuera un absolutista fiero. Para
-él el hombre debía estar siempre sujeto y atado
-como un perro de presa para que no mordiese.</p>
-
-<p>Solía vérsele a don Tomás, de día, recorriendo
-el almacén, y por las noches, armado de una linterna,
-en compañía del Cuervo, registrando la casa.
-La habitación donde vivía don Tomás representaba
-muy bien el carácter de su dueño. Era una casa
-lóbrega, obscura, en que constantemente estaban<span class="pagenum"><a name="Page_163" id="Page_163">[163]</a></span>
-cerrados los cuartos; tenía una sala de respeto de
-color rojo, con una sillería de damasco, con todas
-las sillas pegadas a las paredes, y en el techo, una
-araña de cristal. El comedor era triste, recibía la
-luz por la cocina, y las alcobas, sin luz y sin ventilación,
-estaban llenas de armarios, de cómodas
-y de baúles, de estampas de santos y de algún
-Niño Jesús metido en un fanal, con falditas y una
-bola de plata en la mano.</p>
-
-<p>De unas habitaciones a otras se pasaba subiendo
-o bajando varios escalones.</p>
-
-<p>El despacho de don Tomás era un cuarto grande
-con una ventana al patio de vidrios pequeños
-y emplomados y un papel amarillo desteñido. Tenía
-un armario alacena hecho en el hueco de la
-gruesa pared, con unas cortinillas verdes sobre los
-cristales, un buró de caoba, sillas también de caoba
-y una caja de caudales de hierro. Sobre la mesa,
-y en la pared, había un crucifijo de marfil y una
-estampa con la imagen del infante don Carlos.</p>
-
-<p>El suelo del despacho era de baldosas rojas y
-solía estar cubierto por una estera amarilla en invierno.
-En un ángulo, sobre un estante, había varios
-libros de comercio, de pasta verde, con las
-cantoneras de cobre. En este despacho, triste y
-frío, don Tomás trabajaba invierno y verano, vestido
-siempre de negro y con un gorro también
-negro. Don Tomás no tenía nunca fuego en la
-casa.</p>
-
-<p>Don Tomás guardaba el dinero en unos capachos
-pequeños, donde ponía los duros, las pesetas
-y los cuartos, y tenía una gran cartera para los
-billetes de Banco.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_164" id="Page_164">[164]</a></span></p>
-
-<p>Desde la puerta mampara del corredor se le
-veía escribiendo con una pluma de ave, con una
-letra española de finos gavilanes, dedicándose a
-estas fórmulas tan queridas por los españoles: «Mi
-querido amigo y dueño: Su majestad el Rey, que
-Dios guarde, etc., etc.»</p>
-
-<p>Don Tomás no salía casi nunca de día. Al anochecer
-se vestía con cierta elegancia, se ponía
-camisa y cuello limpio, la capa, el sombrero de
-copa alta, el bastón, y se marchaba a la calle,
-siempre muy serio y grave.</p>
-
-<p>Al volver a casa encendía una vela y volvía
-a su despacho, donde solía estar escribiendo.</p>
-
-<p>Don Tomás trataba de convencer a todos que
-el mundo había degenerado de tal manera que
-nada era digno de interés.</p>
-
-<p>En el piso segundo, en la parte que daba a la
-calle, tenía una casa de huéspedes una señora
-gruesa, doña Leonarda, casada con un francés.
-Era una casa de huéspedes de gente acomodada,
-en donde se comía bien. El pupilo más antiguo
-era un tal don Jacinto, un viejo currutaco, agente
-de negocios, que iba a todos los teatros y fiestas
-y visitaba a don Tomás. En esta casa vivía también
-don Luis, el amante de la Juanita.</p>
-
-<p>Un poco más arriba que la casa de doña Leonarda,
-la escalera se bifurcaba y había un arco que
-daba a la habitación de los frailes. Después, más
-arriba, volvía a bifurcarse la escalera, y por otro
-arco se pasaba al cuarto del capellán de las Descalzas.
-Estos dos arcos constituían la servidumbre
-de la casa.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_165" id="Page_165">[165]</a></span></p>
-
-<p>Unas escaleras más arriba había un cuarto grande
-y largo, con tres ventanas, que abarcaba una
-de las paredes del patio.</p>
-
-<p>Este sotabanco se hallaba hecho primitivamente
-sobre el tejado y estaba sin baldosas y sin cielo
-raso. Había allí relojes parados, cajas cerradas,
-sacos y, en un estante, una porción de instrumentos
-de platero.</p>
-
-<p>El padre de don Tomás había tenido este oficio,
-y el mismo don Tomás lo había practicado en su
-juventud.</p>
-
-<p>Por la parte de atrás el sotabanco tenía una
-puerta pequeña, con un montante que daba a una
-escalera estrecha.</p>
-
-<p>Por esta escalera se llegaba a una azotea abandonada,
-con unos palos podridos y unos trozos
-de cuerdas de esparto.</p>
-
-<p>Más arriba, y al otro lado del sotabanco, estaban
-las guardillas, en donde dos dependientes de
-don Tomás, Burguillos y el Morenito, tenían sus
-viviendas.</p>
-
-<p>Burguillos, ex sargento realista, había establecido
-sobre el tejado una azotea de tablas, con un
-barandado de madera, y puesto luego unas cajas
-con plantas en su terraza, que cuidaba y consideraba
-como los jardines colgantes de Nínive.</p>
-
-<p>Vigilante de esta terraza era el gato Manolo,
-que cazaba golondrinas y vencejos, y era tan listo
-como su amo.</p>
-
-<p>Desde la azotea de Burguillos, hecha de contrabando,
-pues las monjas de la vecindad, de saber
-que había allí un observatorio, no lo hubieran permitido,
-se abarcaba el jardín de las Clarisas, que<span class="pagenum"><a name="Page_166" id="Page_166">[166]</a></span>
-tenía un estanque, y se veía pasear a las profesas
-y trabajar al jardinero.</p>
-
-<p>Burguillos era manchego, hombre de cara dura
-y juanetuda, bigote entre cano, orejas como aventadores,
-frente pequeña y estrecha y color cetrino.
-Burguillos, flor de pedantería castellana, hablaba
-siempre <i>ex cathedra</i>, con esa perfección que a
-algunos encanta y que, en general, no consiste
-mas que en el uso de lugares comunes. La frase,
-el refrán, el como dice el otro, estaban siempre
-en sus labios. Burguillos se creía la ciencia infusa,
-sabía hacer de todo; pero de todo mal, por lo que
-sus enemigos le motejaban de chapucero. Hablaba
-por sentencias y era extraordinariamente dogmático.
-Este manchego tenía una hija muy guapa, la
-Pepa, una mujer con ideas de manola, tan redicha
-como su padre, de quien, al parecer, había heredado
-su manera de hablar recortada y sabihonda.
-La Pepa era costurera y aficionada a toda clase de
-desplantes.</p>
-
-<p>La Pepa, moza vistosa, morena, tenía unos ojos
-negros, grandes, brillantes, de estos ojos que parecen
-reflejar mejor el mundo exterior que la vida
-del espíritu.</p>
-
-<p>Burguillos albergaba un huésped, un empleado
-del Monte de Piedad, don Plácido del Moral.
-Don Plácido, hombre de unos cincuenta años,
-seco, espartoso, vivía muy humildemente.</p>
-
-<p>Don Plácido era soltero, económico y avaro.
-Decía a todo el mundo alguna frase amable; cerraba
-su guardillita, como decía él, y no permitía que
-nadie entrara en ella.</p>
-
-<p>Era hombre bastante ilustrado, de buena me<span class="pagenum"><a name="Page_167" id="Page_167">[167]</a></span>moria,
-que sabía latín. Le hacía copias de documentos
-al capellán mayor de las Descalzas. Compraba
-la ropa y los sombreros en el Rastro, y leía
-las Odas de Horacio, en latín, en un viejo ejemplar
-grasiento.</p>
-
-<p>Don Plácido había sido un gran aventurero:
-había estado en América y tomado parte en la
-guerra de la Independencia y en las luchas de los
-años constitucionales. Su falta de imaginación
-extraña le hacía contar con tan poco encanto lo
-visto por él que, al oírle, su vida de militar no
-parecía mas que una serie de fechas de salida de
-un pueblo y entrada en otro. La guerra para él era
-una cosa burocrática y aburrida.</p>
-
-<p>El otro empleado de la casa, el Morenito, era un
-hombre muy callado; tenía la cara amarilla, los
-ojos pequeños, brillantes, como granos de café
-tostado, el bigote negro y el traje negro. Daba la
-impresión de una urraca.</p>
-
-<p>De los frailes franciscanos que vivían en la casa
-y eran confesores de las monjas, el más constante
-era el padre Cecilio, un fraile grueso, abultado,
-poco inteligente y, por eso quizá, predicador favorito
-de las monjas.</p>
-
-<p>Le solía acompañar un lego, el hermano Félix,
-un hombre grueso, grasiento, como derrengado,
-con una manera de andar de pato, unos ademanes
-afeminados y una voz atiplada. El hermano Félix
-había estado largo tiempo rasurado; pero después
-de la matanza de frailes se dejaba la barba, negra
-y cerrada. Este hermano Félix era un tipo repulsivo
-e inquietante.</p>
-
-<p>El capellán mayor, don Bernardo, tenía una<span class="pagenum"><a name="Page_168" id="Page_168">[168]</a></span>
-cara de aldeano castellano, dura y ceñuda; pero
-era buen hombre. No trataba apenas con nadie, no
-miraba de frente y estaba dedicado a estudios
-históricos.</p>
-
-<p>Cuando alguno lo visitaba le veía escribiendo en
-una mesa pequeña, rodeado de manuscritos y de
-libros viejos, en un pequeño despacho con estantes
-llenos de tomos en pergamino. Por entonces
-estaba componiendo la historia de algunas comunidades
-religiosas.</p>
-
-<p>Don Bernardo era gran latinista e historiador
-concienzudo, con lo cual no ganaba favores ni
-amistades.</p>
-
-<p>&mdash;Antes que nada, la verdad&mdash;solía decir rudamente
-y mascullando las palabras.</p>
-
-<p>Con este espíritu verídico no quería meterse en
-cuestiones de moral y de dogma, comprendiendo
-que podía venirse abajo su fe.</p>
-
-<p>Don Bernardo decía misa en las Descalzas, pero
-por cualquier motivo se quedaba en casa y no iba
-a la iglesia. Siempre inclinado a la transigencia en
-cuestiones de moral, contrastaba con el padre
-Cecilio, que era intransigente y fanático. Don Bernardo
-encontraba precedente para todo; así que él
-y el fraile franciscano de la vecindad no se tenían
-la menor simpatía.</p>
-
-<p>Había quien aseguraba que el padre Cecilio
-odiaba profundamente a don Bernardo, y que don
-Bernardo despreciaba en general a los frailes, y
-sobre todo a los de la vecindad.</p>
-
-<p>La casa de los Capellanes, antes como un pólipo
-unido a la iglesia y al convento, tenía su vida
-propia.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_169" id="Page_169">[169]</a></span></p>
-
-<p>Se dice que cada casa es un mundo. Aquella lo
-era. Había sus preocupaciones, sus enredos amorosos
-y sus misterios. La Pepa de Burguillos, la
-Juanita y las muchachas de casa de don Tomás y
-de la casa de huéspedes daban pábulo a la murmuración.</p>
-
-<p>Se hablaba de que don Tomás guardaba secretos;
-se decía que debajo de uno de los almacenes
-de sal, del que tenía en la pared una fuente de
-alabastro con una cabeza de Medusa, había una
-cueva con grandes subterráneos, y que estos subterráneos
-comunicaban por galerías con el convento
-de las Descalzas y con el Palacio Real.</p>
-
-<p>Burguillos, que a veces trabajaba de albañil,
-aseguraba haber recorrido parte de estos subterráneos.</p>
-
-<p>Como moluscos agarrados a una roca vivía aquella
-parte de humanidad en el viejo caserón.</p>
-
-<p>Era por dentro una casa siniestra esta casa del
-barrio de las Descalzas, Misericordia, 2; una casa
-buena para crímenes, para duendes, para toda
-clase de intrigas y de misterios.</p><hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="LIBRERO" class="nobreak">III.<br />
-LA EJECUCIÓN DE MIYAR, EL LIBRERO</h3></div>
-
-<p class="i65">Y también pronto, en son triste,<br />
-lúgubre voz sonará:<br />
-¡Para hacer bien por el alma<br />
-del que van a ajusticiar!</p>
-
-<p class="i65"><span class="smcap">Espronceda</span>: <i>El reo de muerte</i>.</p>
-
-
-<p class="p2">A principio de 1831, don Tomás Manso puso
-en su casa, como dependiente, a un sobrino
-suyo en segundo o tercer grado, llegado de Lerma,
-llamado Miguel Rocaforte. Miguel, cuando
-vino a Madrid, era un joven cándido, violento,
-lleno de ilusiones.</p>
-
-<p>Entró a trabajar en el despacho de la calle de
-la Misericordia, a las órdenes de Narciso Gómez,
-el casado con doña Juanita; y como su tío no quería
-que Miguel fuera a una casa de huéspedes, ni
-tampoco llevarlo a vivir con él, porque era celoso,
-hizo que a su sobrino le pusieran la cama en el
-sotabanco grande y largo, en donde había relojes
-descompuestos y herramientas de platero.</p>
-
-<p>Miguel trabajaba con don Narciso en el piso<span class="pagenum"><a name="Page_172" id="Page_172">[172]</a></span>
-bajo, en un rincón estrecho y húmedo, con una
-ventana con rejas que daba al patio. Este despacho
-tenía una puerta al pasillo, largo y obscuro,
-que comunicaba con almacenes, en donde se veían
-montones de sal y bolas también de sal, algunas
-tan grandes, que parecían las bombas de los parques
-de Artillería.</p>
-
-<p>El ambiente de aquel piso bajo era muy húmedo,
-parte porque no tenía ventilación, y parte por
-la eflorescencia de la sal.</p>
-
-<p>Los primeros meses de estar allí Miguel, los
-pasó aburrido y desesperado, haciendo proyectos
-para marcharse a otra parte; luego, cuando conoció
-al encuadernador, que vivía y tenía un pequeño
-taller en el piso bajo y que le prestaba libros,
-se dedicó a leer; después se acomodó a su vida de
-empleado, le tomó gusto a su sotabanco, en donde
-estaba solo e independiente, salió a la calle y
-tuvo amigos y fué al teatro.</p>
-
-<p>Cuando Miguel entró en casa de don Tomás
-tenía diez y nueve años. Era un joven romántico
-y alocado, que en su pueblo había comenzado a
-hacer calaveradas, a leer versos y a escribirlos.</p>
-
-<p>El y un rival suyo en aventuras, León Zapata,
-habían escandalizado el pueblo, haciendo de fantasmas
-por las calles de Lerma y cantando el <i>Trágala</i>
-delante de la casa de los absolutistas.</p>
-
-<p>Según Aviraneta, Miguel no podía servir para
-una vida tranquila y ordenada. Don Eugenio le
-encontraba temperamento de guerrillero. Con el
-Empecinado o con Mina, decía, hubiera llegado
-pronto a capitán o a coronel. Era hombre mejor
-para manejar un sable que para trabajar con la<span class="pagenum"><a name="Page_173" id="Page_173">[173]</a></span>
-pluma. Impulsivo, valiente, atrevido, imprevisor y
-con una vanidad absurda, era un tipo de estos,
-añadía Aviraneta, que tienen una mentalidad de
-militares, de tenores de ópera, tipos para quienes
-la vida es una sucesión de arias. Colocarse en una
-situación interesante, y a poder ser dramática, y
-defender luego su papel de una manera briosa,
-constituía la más grande preocupación de Miguel.
-Miguel, como la mayoría de los hombres impulsivos
-que razonan ligeramente, iba a la acción con
-una fuerza y una energía sorprendentes.</p>
-
-<p>&mdash;Yo&mdash;decía Aviraneta&mdash;quise dar a aquel
-muchacho preocupaciones políticas y hacerle en
-la cárcel un auxiliar mío; pero Miguel era incapaz
-de someterse a nada.</p>
-
-<p>Miguel, los primeros meses de estar en Madrid,
-no tenía más amigo que Gómez, el empleado, y
-Gómez le desesperaba. Este era un hombrecito
-insignificante y sonriente, contento con su suerte,
-a pesar de que todo el mundo decía que su mujer
-le engañaba. De noche, a la luz de una lamparilla
-de aceite, Miguel leía en su sotabanco poesías románticas
-y novelas lacrimosas.</p>
-
-<p>Un día, poco después de llegar a Madrid, supo
-por el portero de la casa, el Cuervo, y por Burguillos,
-que iban a ejecutar a un librero liberal en
-la plaza de la Cebada.</p>
-
-<p>Los dos compadres le invitaron a acompañarles
-a presenciar la ejecución, y al mediodía, después
-de trabajar en el almacén y de dejar el zapatero
-remendón a su mujer al cuidado del puesto y de
-la portería, marcharon los tres, cruzando calles, a
-salir a la de Toledo, y llegaron a la plaza de la<span class="pagenum"><a name="Page_174" id="Page_174">[174]</a></span>
-Cebada, que entonces se hallaba despejada y libre
-de todo edificio.</p>
-
-<p>Los soldados rodeaban el patíbulo y formaban
-el cuadro. Una multitud de desharrapados se apiñaban
-para presenciar el suplicio, y los dragones
-hacían caracolear los caballos y los llevaban para
-atrás, a meterlos entre las filas de los curiosos.
-Tocaban las campanas a muerto en todas las iglesias
-próximas: en San Isidro, en San Millán, en la
-Almudena, en el Sacramento y en la capilla del
-Obispo; y los hermanos de la Paz y Caridad, vestidos
-con sayones negros, recorrían las calles por
-parejas; unos, haciendo sonar la campanilla, y
-otros, mostrando una caja de hoja de lata y diciendo
-con voz triste y monótona: «Para hacer bien
-por el alma del que van a ajusticiar». Miguel y sus
-dos compañeros se detuvieron en medio de la
-multitud.</p>
-
-<p>Miguel oyó decir que la mujer del librero Miyar
-había ido el día anterior a Aranjuez a pedir gracia
-al Rey. La pobre mujer esperó a Fernando VII;
-pero Fernando no salió porque llovía; quizá no
-salió por temor a verse obligado a perdonar; cosa
-que debía ser desagradable para un hombre bajo
-y rencoroso como él.</p>
-
-<p>A las doce y media, próximamente, comenzó a
-aparecer la comitiva en la plaza de la Cebada. Un
-hermano de la Paz y Caridad, llevando una gran
-cruz, precedía el cortejo. Detrás marchaban dos
-filas de encapuchados, con cirios amarillos en la
-mano, cantando una letanía; luego, un piquete de
-alguaciles a caballo.</p>
-
-<p>Inmediatamente después, montado en un burro,<span class="pagenum"><a name="Page_175" id="Page_175">[175]</a></span>
-venía el librero Miyar, entre dos curas. Vestía una
-hopa blanca y larga; estaba tan blanco como la
-hopa y tenía las manos amoratadas, casi negras,
-por la presión de la cuerda, que le martirizaba.
-Entre las manos agarrotadas llevaba una estampa
-de Cristo.</p>
-
-<p>Al ver la horca, el reo volvió la cabeza con horror
-y miró hacia el público con los ojos dilatados
-por el espanto; pero los curas le obligaron a seguir,
-poniéndole un crucifijo delante.</p>
-
-<p>El Cuervo, entonces, dirigiéndose al reo, exclamó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué, creías que te iban a dar dulces?</p>
-
-<p>Burguillos celebró la frase.</p>
-
-<p>Miguel, indignado, hizo un gesto de disgusto y
-de molestia y se separó bruscamente de sus compañeros.
-Este gesto lo notaron un joven y un
-viejo, que se acercaron a él en seguida.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es usted amigo de ese jorobado?&mdash;le preguntó
-el viejo.</p>
-
-<p>&mdash;No; vive en la casa donde yo trabajo, pero no
-tengo nada que ver con él, ni comparto sus sentimientos.</p>
-
-<p>El joven y el viejo le estrecharon efusivamente
-la mano. Miguel no quiso presenciar la ejecución.
-El joven y el viejo se unieron a Miguel y subieron
-calle de Toledo arriba. El joven era alto, flaco,
-con melenas, y vestía gabán y sombrero de copa;
-el viejo, más bajo, llevaba sombrero ancho y capa.</p>
-
-<p>Al pasar por un café de la calle Imperial, el joven
-les invitó a entrar a Miguel y al viejo; pero
-éste dijo que no, y les llevó a una taberna próxima.
-Era la taberna del hermano de Balseiro, la<span class="pagenum"><a name="Page_176" id="Page_176">[176]</a></span>drón
-que tuvo luego gran fama y que estuvo complicado
-en el proceso de Candelas.</p>
-
-<p>El joven y el viejo, al encontrarse dentro de la
-taberna, hablaron con violencia y desfogaron su
-furor.</p>
-
-<p>El Rey, según el joven, era un miserable, un
-malvado, un hombre vil, sin corazón, sin conciencia,
-dominado por una camarilla de lacayos y por
-los frailes.</p>
-
-<p>El viejo habló de la miserable farsa que suponía
-el condenar a un hombre a muerte y ponerle una
-estampa de Cristo en las manos; como si no fueran
-ellos, los que se decían representantes de
-Cristo, los que le condenaban. Miguel les oyó con
-gusto, porque aquellos hombres tenían sus ideas;
-luego se despidió de ellos para llegar a tiempo al
-almacén.</p>
-
-<p>Al entrar en la casa oyó contar al Cuervo la ejecución
-de Miyar, con todos sus detalles, riendo,
-como si se tratara de una de las cosas más divertidas
-y chuscas que se pudiera contemplar.</p>
-
-<p>Cuando Miguel habló de esta cuestión vió que
-todos los de la casa, comenzando por don Tomás
-y siguiendo por el padre Cecilio, aseguraban que
-el librero Miyar estaba bien castigado, porque era
-un hereje y había que hacer un escarmiento con
-ellos.</p>
-
-<p>Había poca misericordia en aquella casa de la
-calle de la Misericordia, 2.</p>
-
-<p>Miguel Rocaforte tuvo que disimular sus ideas,
-con gran desesperación suya. Sabía que don Tomás
-era carlista, pero no lo creía tan fanático;
-luego averiguó que había sido administrador del<span class="pagenum"><a name="Page_177" id="Page_177">[177]</a></span>
-duque del Infantado, y que era por entonces uno
-de los hombres de más influencia del partido
-apostólico.</p>
-
-<p>Unos años después contaba Miguel en su Diario,
-cuando la matanza de frailes, vió al joven y al
-viejo a quienes había encontrado en la plaza de la
-Cebada en la ejecución de Miyar aplaudiendo a
-las turbas en la calle de Toledo, mientras quemaban
-los muebles sacados de San Isidro y llevaban
-en un carro los cadáveres de los frailes.</p>
-
-<p>Al principio de llegar a Madrid, Miguel se mezcló
-en las algaradas callejeras y habló de política
-con entusiasmo; luego el amor borró estas preocupaciones
-y le absorbió por completo.</p>
-
-<p>Miguel cometió la torpeza, de que luego se arrepintió,
-de tomar como confidente de sus amores
-a su paisano León Zapata y de presentarle a éste a
-don Plácido, el huésped de Burguillos.</p><hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="SOLEDAD" class="nobreak">IV.<br />
-SOLEDAD</h3></div>
-
-<p class="i45">Non olvides la dueña, dicho te lo e desuso.<br />
-Muger, molyno e huerta syempre quieren el uso.</p>
-
-<p class="i45"><span class="smcap">Arcipreste de Hita</span>: <i>Libro de Buen Amor</i>.</p>
-
-
-<p class="p2">A los tres meses de vivir allí, Miguel era un elemento
-importante de la casa. Las muchachas
-de don Tomás, doña Juanita, la Pepa de Burguillos,
-le buscaban y le hablaban. Se hizo amigo
-de don Plácido y fué con éste a visitar al cura don
-Bernardo y a oír sus sabias disertaciones históricas.</p>
-
-<p>Iba Miguel con frecuencia a la casa de Burguillos
-y charlaba allí con la Pepa. Los desplantes
-chulescos de ésta no llegaron a entusiasmar al joven
-Miguel. Por otra parte, don Plácido le dió malos
-informes de la hija del manchego.</p>
-
-<p>Don Plácido tenía poca simpatía por las mujeres,
-en general, y menos por la hija de su patrón,
-a la que acusaba de egoísta, de interesada y de coqueta.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_180" id="Page_180">[180]</a></span></p>
-
-<p>Gómez, el empleado, le llevó también a Miguel
-algunos días a su casa. Narciso Gómez no le tenía
-simpatía a Rocaforte; pensaba que el patrón favorecería
-al joven por ser su sobrino. Mientras don
-Tomás no hizo la menor distinción por Miguel,
-Gómez tampoco la hizo; pero cuando vió que el
-muchacho entraba en la casa del principal, se apresuró
-a llevarle a la suya.</p>
-
-<p>Juanita, la mujer de Gómez, coqueteó con Miguel
-y le dió broma por las conversaciones que
-tenía con la Pepa Burguillos. A su vez, la Pepa le
-dijo a Miguel que ya sabía que iba a casa de Gómez
-y que charlaba con la Juanita.</p>
-
-<p>&mdash;Esa no dice a nadie que no&mdash;acabó diciendo
-la chulona de la guardilla&mdash;; cuando se le va un
-cortejo, toma otro. Pobre marido.</p>
-
-<p>Miguel, que se vió solicitado por las dos mujeres,
-se dió tono y no se decidió por ninguna de
-las dos.</p>
-
-<p>Don Tomás, al saberlo, comenzó a tener alguna
-confianza con Miguel y a convidarle a comer los
-domingos por la noche.</p>
-
-<p>No era un anfitrión muy amable don Tomás.
-Hablaba poco. Leía la <i>Gaceta</i> o algún periódico
-moderado y hacía comentarios sobre la marcha
-política de España, siempre desde un punto de
-vista terriblemente absolutista y ultramontano.
-Miguel tenía que ocultar sus ideas y estaba obligado
-a rezar el rosario al despedirse para irse a
-dormir.</p>
-
-<p>A veces, en la conversación, haciéndose el cándido,
-intentaba dar una opinión liberal; pero don
-Tomás le hacía callar con desdén, como si no<span class="pagenum"><a name="Page_181" id="Page_181">[181]</a></span>
-mereciera la idea expuesta el ser examinada en
-serio.</p>
-
-<p>Cuando iba de tertulia el padre Cecilio, éste definía
-desde lo alto de su sapiencia, y sus opiniones
-eran dogmas. Lo había dicho el padre Cecilio,
-no se podía volver sobre el asunto. Miguel tenía
-que violentarse y morderse los labios para no
-protestar de las opiniones del fraile. Más que la
-opinión en sí le molestaba el tono sin réplica con
-que la emitía el padre franciscano.</p>
-
-<p>La mujer de don Tomás, Soledad, era una mujer
-joven, bonita, con una cara de virgen resignada
-y triste. Soledad tenía el óvalo de la cara muy
-alargado, los ojos grandes, obscuros, la expresión
-melancólica y el color pálido; se tocaba con sencillez,
-sin coquetería, y vestía siempre de negro.</p>
-
-<p>La madre de Soledad, mujer enferma, medio paralítica,
-vivía encerrada en su cuarto, cuidada por
-su hija. Soledad se había casado con don Tomás,
-a pesar de que le doblaba la edad, pensando en su
-madre enferma, porque madre e hija antes de casarse
-ésta vivían en una pobreza rayana en la miseria.</p>
-
-<p>Don Tomás creyó que había hecho bastante con
-librar de la miseria a Soledad y a su madre, y no
-se ocupaba gran cosa de su mujer. Suponía que
-Soledad debía ser su ama de llaves, y que este
-cargo le tenía que bastar para estar satisfecha y
-contenta.</p>
-
-<p>Miguel, al principio, no se ocupó de Soledad, ni
-Soledad de Miguel; pero llegó un día en que empezaron
-a observarse el uno al otro, y él fué viendo
-que, a pesar de su aire encogido y triste, ella<span class="pagenum"><a name="Page_182" id="Page_182">[182]</a></span>
-era una mujer bonita, y Soledad notó que Miguel
-era un guapo mozo que le miraba a hurtadillas
-siempre que podía.</p>
-
-<p>La confianza entre Soledad y Miguel se fué estableciendo
-muy lentamente, y de repente brotó
-entre ellos el amor como una llama.</p>
-
-<p>Quizá Miguel tenía ideas falsas acerca de las mujeres,
-y decía muchas veces insensateces y locuras;
-pero Soledad sabía, sin duda, desprender toda la
-broza literaria de la conversación de Miguel y no
-ver en sus palabras mas que el entusiasmo que se
-transparentaba en ellas, como en su actitud y en
-su expresión.</p>
-
-<p>Por otra parte, Soledad tenía horror por el
-adulterio y por el escándalo; pensaba a todas horas
-en el infierno; pero Miguel le inspiraba confianza.</p>
-
-<p>Durante el día Miguel solía ver algunas veces a
-Soledad asomada a los cristales desde las rejas de
-su despacho, y llegó un tiempo en que sabía las
-horas exactas en que ella se asomaba.</p>
-
-<p>Un domingo, por la mañana, Miguel escribió
-una carta de amor y se la mostró a Soledad desde
-la ventana del sotabanco. Ella hizo desde dentro
-un signo de asentimiento. Miguel metió la carta
-en un libro, lo ató con un bramante y fué bajándolo
-hasta que ella pudo coger el libro. Al día
-siguiente Soledad contestaba, y una correspondencia
-apasionada se cruzaba entre los dos.</p>
-
-<p>Miguel inventó una porción de procedimientos
-ingeniosos para que no se descubriese la correspondencia,
-y durante algún tiempo nadie se enteró.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_183" id="Page_183">[183]</a></span></p>
-
-<p>Sin duda alguna, Miguel vió en la iniciación de
-aquellos amores un triunfo personal, un triunfo de
-soberbia contra la estupidez satisfecha de don Tomás
-y el dogmatismo categórico y cerril del padre
-Cecilio; Miguel pensó más en su vanidad satisfecha
-que en la mujer que por él se comprometía;
-después fué perdiendo la satisfacción de su orgullo
-y se encontró preocupado con la situación en
-que se hallaba y con la que había dejado a la mujer
-que quería.</p>
-
-<p>En aquel momento se olvidó de su actitud literaria,
-romántica, y comenzó a adquirir una idea
-de responsabilidad.</p>
-
-<p>Entonces se le ocurrió el proyecto de ponerse a
-estudiar francés e inglés, e irse al extranjero con
-Soledad.</p>
-
-<p>A otro quizá la reflexión le hubiera echado atrás;
-pero Miguel tenía alma de conquistador, de guerrillero
-y más bien amaba el peligro que lo rehuía.</p>
-
-<p>Soledad había vivido en un ambiente completamente
-hostil; cuidaba de su madre, hacía los quehaceres
-de la casa y estaba espiada por todos los
-vecinos y vecinas, comenzando por la Pepa y la
-Juanita. Si alguna vez se quejaba de que su vida
-era triste y aburrida, los pocos contertulios que
-visitaban a don Tomás caían sobre ella, y la decían,
-entre ironías y sarcasmos, que la vida ideal
-para una mujer consistía en estar unida a una persona
-respetable y religiosa. Todo lo demás no valía
-nada, eran únicamente tonterías y romanticismos
-de la época. En este todo lo demás entraba
-lo único agradable que puede tener la vida.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_184" id="Page_184">[184]</a></span></p>
-
-<p>Soledad llevaba una existencia triste, cuidaba
-de su madre, hacía los quehaceres y apenas salía
-de casa. No había estado nunca en el teatro ni
-leído mas que libros de religión. No tenía amigas;
-los días de fiesta iba a la iglesia de las Descalzas,
-y después daba una vuelta para hacer algunas
-compras.</p>
-
-<p>Miguel, en su exaltación romántica, convenció
-pronto a Soledad que la vida no era esta triste
-rutina; que el amor resplandece en la existencia
-como la Vía láctea en las noches estrelladas, y
-que cuando el corazón ha hablado se puede y
-se debe saltar por encima de las preocupaciones
-sociales.</p>
-
-<p>Ella se dejó convencer rápidamente; él seguía
-escribiéndola cartas, que ella leía y que contestaba
-robando horas al sueño. Miguel y Soledad tuvieron
-un domingo una cita, y luego varias. El solía
-esperarla en el claustro de las Descalzas, y en una
-de las ventanas dejaba escrito con lápiz el sitio de
-la cita donde debían reunirse.</p>
-
-<p>A pesar de todas sus precauciones, los amores
-trascendieron. La Pepa, la Juanita y el Cuervo
-habían formado, alrededor de ellos, una red de
-espionaje.</p>
-
-<p>Don Tomás se manifestaba impasible, sin la
-menor sospecha, de una ecuanimidad extraordinaria.
-Soledad sentía un gran terror, que iba aumentando
-por momentos al encontrarse frente a
-su marido, y este terror se lo comunicó a su
-amante.</p>
-
-<p>Su esposo era hombre de una frialdad terrible
-y de unas pasiones reconcentradas, le decía a<span class="pagenum"><a name="Page_185" id="Page_185">[185]</a></span>
-Miguel. Ella le había visto algunas veces, aunque
-no muchas, perder su aire tranquilo y convertirse
-en una fiera.</p>
-
-<p>La posibilidad de que su marido, enterado ya
-de cuanto ocurría, se manifestara tan impasible,
-redoblaba su terror. Soledad temía que su marido
-lo supiera todo y estuviera preparando una venganza
-terrible.</p>
-
-<p>&mdash;Que caiga la venganza sobre mí, que soy la
-más culpable&mdash;decía ella.</p>
-
-<p>Miguel quería creer que don Tomás era un pobre
-hombre que no se enteraba de nada, ni era
-violento. Sin embargo, iba sabiendo que su patrón
-había tenido negocios peligrosos de contrabando,
-que se había manifestado como un guerrillero
-audaz, y que en sus tentativas de conspiración con
-los absolutistas había sido tan atrevido como
-enérgico.</p>
-
-<p>Don Tomás guardaba secretos de sus correligionarios;
-la cueva de su casa, según se decía,
-estaba llena de cajas con papeles y documentos.
-El era el único que sabía lo que había dentro. Si
-alguno conocía parte de sus secretos, era el portero,
-el Cuervo, su hombre de confianza.</p>
-
-<p>Muchos le tenían a este antiguo soldado del
-ejército de la Fe por cómplice de su amo. ¿Cómplice
-de qué? No se sabía; pero la idea de que
-entre los dos habían hecho algún desmán, se imponía
-al verlos. El Cuervo estaba entregado a su
-amo en cuerpo y alma.</p>
-
-<p>Soledad, al pasar por el portal, temía la mirada
-de aquel zapatero siniestro.</p>
-
-<p>Don Tomás solía ir con frecuencia a la librería<span class="pagenum"><a name="Page_186" id="Page_186">[186]</a></span>
-de Monnier, con Miguel, a leer periódicos realistas
-franceses, cuyas noticias le interesaban.</p>
-
-<p>Cuando la cuestión del supuesto robo de Castelo,
-y cuando Miguel no quiso dejarse registrar y
-fué llevado a la cárcel, don Tomás, a pesar de su
-impasibilidad, quedó sorprendido. La energía de
-su dependiente le admiró, y comprendió que era
-un hombre de fibra. Miguel llevaba en el bolsillo
-las cartas de Soledad y su Diario.</p>
-
-<p>Rocaforte, al ingresar en la Cárcel, pensó que el
-peligro en que se encontraba Soledad estaba conjurado;
-y se prometió no decir nada, aunque tuviera
-que permanecer allí largo tiempo.</p>
-
-<p>Don Tomás examinó la conducta de su dependiente
-y llegó a ver en claro la causa por la cual
-no había querido dejarse registrar.</p>
-
-<p>Le faltaba la prueba, y supuso que, tarde o temprano,
-la encontraría.</p>
-
-<p>En el tiempo en que Miguel estuvo preso, Soledad
-sufrió grandemente; su madre murió, y ella
-fué poniéndose cada vez más pálida y más triste.</p>
-
-<p>Don Tomás decidió enviarla a Sigüenza, a casa
-de unos parientes.</p><hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="ANONIMOS" class="nobreak">V.<br />
-ANÓNIMOS</h3></div>
-
-
-<p class="i65">Los malvados son como las moscas,
-que recorren el cuerpo del
-hombre y no se detienen mas que
-sobre sus llagas.</p>
-
-<p class="i65"><span class="smcap">La Bruyere</span>: <i>Los caracteres</i>.</p>
-
-<p class="p2"><span class="smcap">En</span> el tiempo en que Miguel estuvo preso en la
-Cárcel de Corte se recibieron varios anónimos
-en casa de don Tomás. Uno de ellos era de
-Juanita, la mujer de Gómez; los otros, de León
-Zapata, el paisano de Miguel. La Juanita tenía gran
-odio por Soledad.</p>
-
-<p>Zapata quería mortificar a don Tomás y de paso
-estorbar el éxito de Miguel. Don Plácido le sirvió
-de apuntador y le dió datos de la gente de
-la casa.</p>
-
-<p>El anónimo de Juanita, que iba dirigido a don
-Tomás, decía así:</p>
-
-
-
-<p class="i2 p2">«Con gran sentimiento de mi parte, tengo que
-participarle a usted que su mujer le engaña con<span class="pagenum"><a name="Page_188" id="Page_188">[188]</a></span>
-Miguel Rocaforte, el que está ahora en la cárcel.
-Pregunte usted en la calle de Peregrinos, 4, donde
-Soledad y Miguel se han visto, y le darán noticias.</p>
-
-<p class="right"><span class="smcap">Un amigo.</span>»</p>
-
-<p class="p2">Los anónimos de Zapata se sucedieron durante
-largo tiempo y tenían otro carácter. Fueron
-varios.</p>
-
-<p>El primero decía así:</p>
-
-
-<p class="i2 p2">«En esa santa casa antigua de Capellanes hay
-una mujer que adorna la frente de su marido. Es
-Juanita, la señora de Gómez. El señor Gómez no
-puede ya con su cabeza. Cada año un asta más.</p>
-
-<p class="i2">¡Buena está la casa de la calle de la Misericordia,
-2!</p>
-
-<p class="right"><span class="smcap">El duende.</span>»</p>
-
-<p class="p2">Al día siguiente llegó otro anónimo:</p>
-
-
-
-<p class="p2 i2">«El joven Miguel Rocaforte se jacta en todas
-partes de haberle puesto los cuernos a su principal.
-Estaba escrito: Manso has sido, manso eres y
-manso serás.</p>
-
-<p class="i2">¡Buena está la casa de la calle de la Misericordia,
-2!</p>
-
-<p class="right"><span class="smcap">El duende.</span>»</p>
-
-<p class="p2">Al cabo de poco tiempo vino otro papel:</p>
-
-
-
-<p class="p2 i2">«En esa santa casa, hoy de la Sal, hay un Cuervo
-que debía graznar, ya hace tiempo, en el patio<span class="pagenum"><a name="Page_189" id="Page_189">[189]</a></span>
-de un presidio. Ese Cuervo, mal zapatero, es un
-bandido, miserable y estafador, que engaña a todo
-el mundo, empezando por su amo. ¡Buena está la
-casa de la calle de la Misericordia, 2!</p>
-
-<p class="right"><span class="smcap">El duende.</span>»</p>
-
-<p class="p2">A los pocos días se recibió otro anónimo:</p>
-
-
-
-<p class="p2 i2">«En esa cristiana casa hay una Pepita que tiene
-dos cortejos a la vez: uno para los días de fiesta,
-y otro para los días de labor. Ahora la visita el
-cerdo del padre Cecilio. ¿Qué hace mientrastanto
-Burguillos? Burguillos calla y otorga. ¡Buena está
-la casa de la calle de la Misericordia, 2!</p>
-
-<p class="right"><span class="smcap">El duende.</span>»</p>
-
-<p class="p2">Por último, se recibió esta letanía, que decía así:</p>
-
-<p class="i2 center p2">«<i>Letanía para recitar en la casa de la Sal.</i></p>
-
-<p class="i2">De la mansedumbre de don Tomás Manso,<br />
-De la gracia del Cuervo,<br />
-De las visitas de los padres franciscanos,<br />
-De los chismes de las monjas Clarisas,<br />
-Líbranos, Señor;<br />
-Del ceño de don Bernardo,<br />
-Del vientre del padre Cecilio,<br />
-Del contravientre del hermano Félix,<br />
-De la charla de don Plácido,<br />
-Líbranos, Señor;<br />
-De los ardores de la Pepita,<br />
-De los malhumores de Juanita,<span class="pagenum"><a name="Page_190" id="Page_190">[190]</a></span><br />
-De los cuernos del buen Gómez,<br />
-De los flatos de Burguillos,<br />
-Líbranos, Señor;</p>
-
-
-<p class="i2">Líbranos, Señor, de tanto bellaco, de tanto cornudo,
-de tanta pécora como habita esa casa, Misericordia,
-2. ¡Misericordia, Señor!</p>
-
-<p class="right"><span class="smcap">El duende.</span>»</p>
-
-<p class="p2">Don Tomás leyó con una terrible indignación
-estos anónimos. El primero comprendió que partía
-de alguna de las mujeres de la casa, de la Pepa,
-o de la Juanita; los otros, pensaba que debían ser
-de algún amigo de Miguel; pero no podía suponer
-de quién.</p><hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="PREPARATIVOS" class="nobreak">VI.<br />
-PREPARATIVOS</h3></div>
-
-<p class="i65">Que no quedara contenta<br />
-ni lograda mi esperanza<br />
-si no vieras la venganza<br />
-en donde viste la afrenta.</p>
-
-<p class="i65"><span class="smcap">Guillén de Castro</span>: <i>Las
-mocedades del Cid</i>.</p>
-
-
-<p class="p2"><span class="smcap">El</span> Cuervo había tenido siempre gran antipatía
-por Miguel. Sin duda, la juventud y la fuerza
-del joven excitaban su envidia.</p>
-
-<p>El Cuervo había asegurado en la casa que Miguel
-no saldría de la cárcel; cuando le vió que volvía
-sintió por él un gran odio.</p>
-
-<p>Don Tomás recibió a Miguel con marcada frialdad
-e hizo que el Cuervo registrara el cuarto y las
-ropas del joven. Este había dejado las cartas de
-Soledad y su Diario en manos de Aviraneta, en
-un paquete atado.</p>
-
-<p>El Cuervo no encontró nada. Don Tomás pareció
-contentarse; pero el Cuervo insinuó a su amo
-y, al último, le dijo claramente que no por eso era
-menos cierto que Soledad se entendía con Miguel.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_192" id="Page_192">[192]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Lo sabes tú?</p>
-
-<p>&mdash;Lo sé todo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Te lo han dicho?</p>
-
-<p>&mdash;Lo he visto.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué has visto?</p>
-
-<p>&mdash;He visto que se escribían cartas y luego se
-hablaban y se daban citas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde se encontraban?</p>
-
-<p>&mdash;Generalmente en el claustro de las Descalzas.
-Al principio, Miguel escribía con lápiz, en una de
-las ventanas, el lugar de la cita; luego iba ella y
-borraba lo escrito; después era un pobre que está
-a la puerta de esta iglesia el que se encargaba de
-su correspondencia.</p>
-
-<p>&mdash;¿Lo viste tú?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué viste más?</p>
-
-<p>&mdash;Vi también que uno de aquellos días, al salir
-de la iglesia de las Descalzas, pasó por aquí doña
-Soledad como si fuera a hacer compras, miró a
-derecha e izquierda y entró en la calle de Peregrinos,
-donde la esperaba Miguel.</p>
-
-<p>Don Tomás sintió que le sofocaba el ansia de
-vengarse; no le tenía gran cariño a su mujer, pero
-consideraba que al querer a Miguel ofendía en su
-dignidad al hombre que le había sacado de la miseria.</p>
-
-<p>&mdash;Está bien&mdash;dijo don Tomás.</p>
-
-<p>Para don Tomás la traición de Soledad y de
-Miguel era una prueba más de la maldad humana,
-del espíritu envilecido y encanallado de los hombres.</p>
-
-<p>Ante el Cuervo, el amo consideraba que debía<span class="pagenum"><a name="Page_193" id="Page_193">[193]</a></span>
-tener una actitud indiferente, como si hasta él no
-pudieran llegar las miserias humanas. Los siguientes
-días, a pesar de su impasibilidad, don Tomás
-se estremecía ante la mirada brillante e irónica del
-jorobado.</p>
-
-<p>Miguel había vuelto a su trabajo y se manifestaba
-tranquilo y contento; su tío le hablaba poco;
-Gómez le miraba sonriente; Burguillos le contemplaba
-con atención, y el Cuervo le dirigía una mirada
-larga y rencorosa.</p>
-
-<p>Una vez don Tomás y el Cuervo tuvieron una
-nocturna conferencia. Al día siguiente, por la tarde,
-era domingo y no había nadie en casa. Amo
-y criado entraron en el almacén de la fuente con
-la cabeza de Medusa, y estuvieron allí largo rato.</p>
-
-<p>El almacén era bajo de techo, tenía rejas al patio
-y en el suelo grandes losas. Entre ellas había
-dos con hendiduras, como saeteras, que se podían
-levantar. Las levantó el Cuervo con una palanca y
-apareció un agujero grande y obscuro. Metió el
-Cuervo una linterna encendida, colgada de una
-cuerda, y se vió una oquedad hecha en tierra arenosa,
-en parte revestida por una bóveda de ladrillo,
-con arcos medio derrumbados.</p>
-
-<p>Don Tomás y el Cuervo bajaron al subterráneo
-por una escalera larga, y lo reconocieron. Tenía
-una profundidad de ocho a diez metros. Estaba
-completamente cerrado, y no había comunicación
-alguna con el exterior; la única boca de galería
-que parecía haber existido en otro tiempo estaba
-cerrada por una gran piedra de molino. En el centro
-de esta piedra había un agujero. El Cuervo
-metió un hierro por él, sospechando si ten<span class="pagenum"><a name="Page_194" id="Page_194">[194]</a></span>dría
-una salida, y sacó trozos de carbón y de
-huesos.</p>
-
-<p>Después de reconocer el subterráneo y ver que
-no tenía ninguna comunicación, volvieron amo y
-criado al almacén e hicieron entre los dos varias
-y extrañas maniobras. Sirviéndose de la palanca,
-llevó el Cuervo las dos piedras grandes que cerraban
-el boquete del suelo a un rincón, y sobre el
-agujero que quedaba, de un metro en cuadro, puso
-una esterilla ligera, que lo ocultaba perfectamente,
-sujeta en los bordes por unas bolas de sal. Delante
-del boquete colocó una mesa.</p>
-
-<p>El Cuervo tenía imaginación para el mal. Excitaba
-constantemente a su amo. Don Tomás vacilaba;
-tan pronto consideraba la venganza como
-lógica y justa, como la tenía por excesivamente
-severa.</p>
-
-<p>El Cuervo, que era el espíritu maligno que se
-cernía sobre el alma de don Tomás, le excitaba,
-le ponía a la vista la petulancia y la fanfarronería
-de Miguel.</p><hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="CRIMEN" class="nobreak">VII.<br />
-EL CRIMEN</h3></div>
-
-<p class="i65">Madruga y mata primero.</p>
-
-<p class="i65"><span class="smcap">Calderón</span>: <i>El monstruo de la
-fortuna</i>.</p>
-
-
-<p class="p2"><span class="smcap">Después</span> de muchas conferencias con el Cuervo,
-don Tomás se decidió. Un día le dijo a
-Miguel:</p>
-
-<p>&mdash;Tengo que enviar una persona con una comisión
-importante para Zaragoza, y de paso para
-Sigüenza. ¿Quieres ir tú?</p>
-
-<p>&mdash;Con mucho gusto.</p>
-
-<p>&mdash;Te advierto que es una comisión para los
-carlistas.</p>
-
-<p>&mdash;No me importa.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; pues pide un pasaporte y un billete
-para la diligencia.</p>
-
-<p>Miguel se entusiasmó con la idea de ver pronto
-a Soledad, y no se le ocurrió la menor sospecha.</p>
-
-<p>Dos días después le avisó a su tío y le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Ya tengo todo en regla.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_196" id="Page_196">[196]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Tienes que hacer el viaje con el máximo de
-prudencia. Es conveniente que digas a todo el
-mundo que te marchas hoy, y no te vayas hasta
-mañana. Ven esta noche a casa, a las doce; no
-subas a la habitación, para que no oigan los pasos.
-Te daré la llave, entras y pasas al almacén de la
-fuente, donde yo te esperaré.</p>
-
-<p>&mdash;Está bien.</p>
-
-<p>&mdash;También quiero que te confieses para salir
-de Madrid y hacer este viaje, que puede estar
-lleno de peligros.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno.</p>
-
-<p>Miguel no hizo gran caso de este consejo. Por
-la noche estuvo en el Café Nuevo, y, poco antes
-de dar las doce, se acercó a la casa de la calle de
-la Misericordia. Miguel iba muy embozado en la
-capa; hacía una noche negra de invierno. El joven
-empujó el postigo de la puerta, que se abrió sin
-ruido, y lo volvió a cerrar, pasó el zaguán, abrió
-la puerta de la mampara de cristales, que comunicaba
-con el patio, y luego, la del almacén de la
-fuentecilla.</p>
-
-<p>&mdash;¡Adelante!&mdash;dijo don Tomás, con voz temblona.</p>
-
-<p>Miguel no había estado nunca en este almacén,
-en el cual se decía que don Tomás guardaba sus
-secretos. Vió en un rincón una caja de caudales y
-sobre una mesa un velón.</p>
-
-<p>&mdash;¿Te ha visto alguno entrar en la casa?&mdash;preguntó
-don Tomás.</p>
-
-<p>&mdash;Nadie. La noche está muy negra y muy fría.</p>
-
-<p>&mdash;¿Estás preparado?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_197" id="Page_197">[197]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Ya te confesaste?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno.</p>
-
-<p>Don Tomás, dando una larga vuelta, se acercó
-a la mesa, de manera que la luz no le diera en el
-rostro. Así no podía verse el aire siniestro y alterado
-de su fisonomía.</p>
-
-<p>&mdash;Dale esta carta a Soledad cuando llegues a
-Sigüenza&mdash;dijo&mdash;, y lleva este paquete a Zaragoza.
-En el papel está la dirección.</p>
-
-<p>Miguel avanzó despacio hacia la mesa.</p>
-
-<p>Don Tomás le contempló con una mirada anhelante.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué me mira así?&mdash;se preguntó Miguel.</p>
-
-<p>&mdash;Si se salva&mdash;pensó, a su vez, don Tomás&mdash;,
-Dios lo habrá querido.</p>
-
-<p>Miguel dió varios pasos y se aproximó a la mesa.
-De pronto se oyó que la esterilla se hundía, arrastrando
-las bolas de sal que la sujetaban, y el joven
-desapareció.</p>
-
-<p>En el momento mismo, el Cuervo saltó por
-entre dos filas de sacos, y apareció en medio del
-almacén.</p>
-
-<p>Don Tomás se asomó al agujero y oyó un gemido
-ahogado de dolor.</p>
-
-<p>El Cuervo, armado de la palanca, arrastró con
-brío, una tras otra, las dos grandes losas y cerró
-el boquete del suelo.</p>
-
-<p>&mdash;Ya no se oye nada&mdash;dijo, temblando, don
-Tomás.</p>
-
-<p>&mdash;Habrá muerto con el golpe&mdash;repuso el
-Cuervo.</p>
-
-<p>Don Tomás se dejó caer sobre una silla con el<span class="pagenum"><a name="Page_198" id="Page_198">[198]</a></span>
-aire de un hombre extenuado. El Cuervo comenzó
-a hacer una gran pirámide de bolas de sal sobre
-las losas que ocultaban el agujero por donde se
-había cometido el crimen.</p>
-
-<p>Acabada la obra, los cómplices se miraron uno
-a otro. En el Cuervo había una expresión de crueldad
-y de satisfacción. En don Tomás, una mezcla
-de horror y de espanto. Los dos salieron del almacén
-al patio, y luego, al portal. El Cuervo entró
-en su covacha y don Tomás subió las escaleras
-hasta su cuarto.</p>
-
-<p>Quince días después volvió Soledad a Madrid,
-sin haber mejorado de su mal. No se atrevía a
-hacer ninguna pregunta. Su marido, indiferente e
-impasible, nada le dijo. Así vivieron marido y
-mujer meses y meses. Nadie tuvo la menor sospecha
-en la casa. El Cuervo siguió trabajando en
-su portal.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>Dos años después, un día en que Soledad rezaba
-en la iglesia de las Descalzas, le dió un desmayo
-y cayó al suelo. La llevaron a casa y llamaron
-al médico, y después a don Bernardo, el capellán.
-Don Bernardo pasó largo tiempo con la enferma,
-que a cada instante decía en voz baja: «¡Miguel!
-¡Miguel!» Unas horas después, Soledad había
-muerto.</p>
-
-<p>Don Tomás se retiró a Lerma y vendió la Casa
-de la Sal. Esta pasó a diversas manos, hasta que
-el último dueño decidió tirarla y alinear la calle
-de Capellanes.</p><hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="CRISTO" class="nobreak">VIII.<br />
-LA ESCUELA DE CRISTO</h3></div>
-
-
-<p class="i65">El sueño de la razón produce monstruos.</p>
-
-<p class="i65"><span class="smcap">Goya</span>: <i>Caprichos</i>.</p>
-
-<p class="p2"><span class="smcap">Don</span> Tomás y el Cuervo se retiraron a Lerma
-y vivieron algunos años juntos. El Cuervo
-no era capaz de permanecer tranquilo y sin mezclarse
-en los asuntos públicos y privados, y durante
-la guerra civil denunció a la partida del
-Cura Merino algunos ciudadanos liberales, que
-fueron fusilados. Poco después, unos parientes de
-éstos cogieron al Cuervo en el campo y lo apalearon
-de tal manera que murió a consecuencia de la
-paliza.</p>
-
-<p>Don Tomás, al verse sin su criado, sintió más
-bien tranquilidad que pena; la mirada irónica y
-dura del Cuervo le recordaba la cueva del almacén
-de la calle de la Misericordia.</p>
-
-<p>Al verse solo fué para el una tregua, pero una
-tregua que duró poco tiempo, porque sus terrores
-volvieron de nuevo.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_200" id="Page_200">[200]</a></span></p>
-
-<p>Don Tomás se hallaba entregado a la religión;
-constantemente estaba en la iglesia rezando y confesándose.</p>
-
-<p>Había por entonces en el pueblo una casa pequeña
-y ruinosa que casi siempre estaba cerrada.
-Sólo al anochecer solía abrirse para el paso de algunas
-personas. Si se entraba en el estrecho zaguán
-y se subía al único piso, se encontraba primero
-una sala pintada de negro, con un ventanillo
-enrejado que daba a la calle. En medio de la sala
-había un féretro, cubierto de paño negro, con
-cuatro cirios apagados. Este cuarto se comunicaba
-por una puerta estrecha con una capilla obscura
-y sin luz. La capilla tenía en medio un altar,
-con un Nazareno coronado de espinas y lleno de
-sangre, y alrededor, unos armarios de sacristía, y
-encima de los armarios, varias calaveras y varias
-disciplinas. En la pared había un marco con un
-papel, en donde se leía una lista de nombres.</p>
-
-<p>Esta casa pequeña con su cuarto fúnebre y su
-capilla constituía la Escuela de Cristo. Formaban
-parte de ella varias personas religiosas cuyos nombres
-constaban en el cuadro de la pared. De noche
-entraban allí diez o doce hombres a hacer penitencia,
-y después de rezar delante del féretro,
-cubierto de paño negro, iban pasando uno detrás
-de otro a la capilla, y allí se cubrían con una capucha.</p>
-
-<p>Cuando estaban todos reunidos y en círculo delante
-del altar, se apagaban las luces y se ponía en
-el suelo un gran farol de hoja de lata, sin cristales,
-que tenía unos agujeros por los cuales pasaban tenues
-raros de luz. Entonces uno se destacaba, se<span class="pagenum"><a name="Page_201" id="Page_201">[201]</a></span>
-desnudaba y se colocaba en medio del círculo de
-los encapuchados; luego tomaba una calavera en
-la mano izquierda y las disciplinas en la derecha,
-y comenzaba a azotarse, mientras el siniestro coro
-rezaba en voz alta.</p>
-
-<p>Don Tomás pertenecía a la Escuela de Cristo,
-se disciplinaba, usaba cilicios, y en su casa rezaba
-tirado en el suelo cuan largo era y dando grandes
-alaridos. Aquel último gemido de Miguel al caer
-al subterráneo lo oía en su cerebro a cada paso;
-el suspiro del viento, el toque de una campana, el
-chirriar de una lechuza, el ruido de una ventana
-movida por una ráfaga del cierzo, todo rumor de
-la tierra o del aire le recordaba la queja postrera
-del joven muerto por él.</p>
-
-<p>Muchas veces hubiera preferido perder la razón
-definitivamente, que no vivir de una manera tan
-miserable y triste.</p><hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="FANTASMA" class="nobreak">IX.<br />
-EL FANTASMA</h3></div>
-
-
-<p class="i65">Ya oigo la voz del terror que se levanta en mi corazón.</p>
-
-<p class="i65"><span class="smcap">Esquilo</span>: <i>Las Coéforas</i>.</p>
-
-
-<p class="p2"><span class="smcap">Poco</span> después de la guerra civil se habló en
-Lerma de que en la Plaza aparecían fantasmas
-a media noche. Algunos los habían visto claramente.
-Los serenos, por más que vigilaban, no
-podían dar con ellos. No se sabía si eran duendes,
-espectros o almas en pena; pero se aseguraba que
-uno de estos fantasmas tenía una mano de plomo
-y otra de estopa, y que gozaba del poder de avisar
-la próxima muerte al que había de morir.</p>
-
-<p>Al parecer, algunos serenos no sentían gran interés
-en encontrarse con aquellos seres misteriosos,
-porque cuando les decían que andaban por un
-lado, iban por el opuesto; otros más decididos y
-valientes llevaban una pistola y un garrote, y afirmaban
-que no se les escaparían los fantasmas sin
-un estacazo o sin un tiro.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_204" id="Page_204">[204]</a></span></p>
-
-<p>Don Tomás había oído hablar de estas apariciones,
-considerándolas como chiquilladas, sin
-darles más importancia. Una noche en que el viejo,
-después de rezar sus oraciones, se dirigía a la
-cama, oyó en la calle pasos quedos. Desde hacía
-algún tiempo, don Tomás tenía un oído de enfermo.
-Escuchó las pisadas de lejos y abrió un ventanillo
-de su alcoba. Vió una cosa blanca que se
-acercaba por la acera de enfrente. Era el fantasma.</p>
-
-<p>Don Tomás, maravillado y confundido, quedó
-en el ventanillo, y, trastornado, preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién eres? ¿Qué deseas?</p>
-
-<p>Entonces el fantasma, con voz sepulcral, dijo:</p>
-
-<p>&mdash;¡Asesino! Yo soy el alma de Miguel Rocaforte,
-condenada por tu culpa.</p>
-
-<p>Don Tomás se retiró de la ventana temblando
-y se tiró en el suelo a rezar. Al día siguiente lo
-encontraron desmayado, moribundo; lo llevaron a
-la cama y ya no volvió a levantarse.</p>
-
-<p>Unos días después, los serenos cogieron a uno
-de los fantasmas, que resultó un sargento de milicianos
-nacionales que tenía amores con la mujer
-de un tendero de la plaza.</p>
-
-<p>El otro fantasma, a quien no lograron coger, se
-supo que era León Zapata, el compañero de Miguel
-Rocaforte.</p>
-
-
-<p class="i2 p2">Madrid, diciembre, 1920.</p><hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<h2 class="nobreak">ADÁN EN EL INFIERNO</h2></div>
-
-
-<h3 id="ADAN">I.<br />
-ADÁN</h3>
-
-
-<p class="i65">No se gana nada violentando a
-la sensibilidad en sus inclinaciones;
-es preciso engañarla y, como
-dice Swift, divertir la ballena con
-una barrica para salvar el barco.</p>
-
-<p class="i65"><span class="smcap">Kant</span>: <i>Antropología</i>.</p>
-
-
-<p class="p2"><span class="smcap">En</span> la época de la matanza de frailes, cuando
-fueron ingresando en la Cárcel de Corte una
-porción de gente cogida en las calles de Madrid,
-llevaron a ella a un muchacho joven, guapo, recién
-venido de un pueblo de la Alcarria, Andrés
-Lafuente.</p>
-
-<p>Este alcarreño vino con Román, el hijo del librero
-de la calle de la Paz, y con un zapatero
-joven llamado Gaspar, a quien todos conocían por
-Gasparito y de quien te hablé antes.</p>
-
-<p>A aquel muchacho alcarreño se le consideraba
-como un mozo ingenuo e inocente, y se le compadecía
-por haber caído en el infierno de la cárcel.</p>
-
-<p>El poeta Espronceda, en los pocos días que es<span class="pagenum"><a name="Page_208" id="Page_208">[208]</a></span>tuvo
-en la cárcel, le llamaba Adán, y probablemente
-pensando en él ideó el personaje de su
-poema el <i>Diablo mundo</i>, que debía publicar unos
-años más tarde; Andrés (alias Adán) era un muchacho
-fuerte, guapo, muy lúcido y muy inocente.
-Gasparito el zapatero se constituyó en uno de
-sus defensores.</p>
-
-<p>Gasparito el remendón era liberal, pequeño,
-rubio, muy leído, amigo del hijo del librero de
-viejo de la calle de la Paz, y se mostraba como
-hombre de buena fe y de buenas intenciones.</p>
-
-<p>Yo tomé bajo mi protección a Gasparito y quise
-proteger también a Adán, aunque veía que a
-un muchacho, sin experiencia como aquél, metido
-en el segundo patio, entre ladrones, la corrupción
-de la cárcel le había de contagiar rápidamente. El
-padre Anselmo creyó también que con sus sermones
-apartaría al mozo del mal camino; pero Adán
-se reía de él.</p><hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="FORTUNA" class="nobreak">II.<br />
-LA CUADRILLA DEL FORTUNA</h3></div>
-
-
-<p class="i65">¿Es posible&mdash;dijo Andrenio&mdash;,
-que jamás nos hemos de ver libres
-de monstruos ni de fieras, que toda
-la vida ha de ser arma?</p>
-
-<p class="i65"><span class="smcap">Gracián</span>: El <i>Criticón</i>.</p>
-
-
-<p class="p2"><span class="smcap">Los</span> presos del segundo patio se dividían para
-comer en cuadrillas, que llevaban el nombre
-del que las dirigía. Adán fué a parar a la cuadrilla
-del Fortuna. El Fortuna era un matón de casa de
-juego que tenía gran influencia.</p>
-
-<p>El Fortuna era un hombre fuerte, atrevido,
-moreno, de bigote, con un lunar en la mejilla, tipo
-desvergonzado y cínico. Cobraba el barato en la
-cárcel; pero no era un valiente de verdad. Era de
-los que allí, en el segundo patio, se decía que madrugaban.
-No afrontaba con calma, sereno y tranquilo,
-las situaciones difíciles; sino que las capeaba.
-Eso sí, tenía indudablemente el hábito de la
-audacia.</p>
-
-<p>Al Fortuna le habían preso por matar a traición<span class="pagenum"><a name="Page_210" id="Page_210">[210]</a></span>
-a un hombre. Afiliado en la cárcel al grupo de los
-absolutistas, era de nuestros enemigos más acérrimos.
-Sin duda, el encontrar nuestra gente menos
-terne, menos enérgica, que los absolutistas, le
-había dado una gran hostilidad contra ella.</p>
-
-<p>A mí me tenía mucho odio; una vez, en el segundo
-patio, se echó encima de mí; pero yo le di
-con toda mi fuerza un puñetazo en un costado
-que lo dejé sin aliento.</p>
-
-<p>El Fortuna era hombre petulante y cínico, que
-dejaba una estela de vicio allí por donde pasaba.
-Hacía alarde de sus instintos crapulosos; vestía
-chaquetilla con caireles de colores, gran reloj de
-plata, con la cadena llena de dijes, y calañés en la
-cabeza. El Fortuna buscaba la amistad de los muchachos
-jóvenes, les brindaba su protección; según
-algunos, les conseguía tener comunicaciones
-con la sección de mujeres; según otros, había algo
-peor en sus maniobras. De la misma cuadrilla era
-Cadedis, un gascón aventurero, que estaba procesado
-por robo, y un caballero de industria. El
-gascón aseguraba a todas horas que España era
-un país sin civilización y sin cultura. A pesar de
-su cultura, el francés era muy supersticioso. Creía
-en la quiromancia, en la magia y en que las brujas
-hacían ovillos con las lanas de los colchones de
-una cama de tal modo, que si no se les atajaba en
-su obra le ahogaban al que dormía en ella. Afirmaba
-también que en el barrio de Saint-Esprit, de
-Bayona, se vendían diablos metidos en una caña,
-que llamaban familiares, con los que se hacían
-prodigios. El había tenido uno de éstos. Un gitano,
-ladrón de caballos, le engañaba a Cadedis y le<span class="pagenum"><a name="Page_211" id="Page_211">[211]</a></span>
-sacaba el dinero. El gitano era saludador y, según
-decía, tenía la rueda de Santa Catalina en el cielo
-de la boca, y una cruz debajo de la lengua.</p>
-
-<p>El otro personaje era un caballero de industria
-de quien ya te he hablado, el señor Pérez de Bustamante.</p>
-
-<p>Este señor se hacía llamar conde de Otero,
-marqués de la Vega, etc. Gastaba unas tarjetas
-llenas de títulos y condecoraciones.</p>
-
-<p>Tenía, según decía, grandes amistades con los
-oficiales de las secretarías, con aristócratas y ministros;
-todo lo facilitaba, y ofrecía empleos con
-la condición precisa de que se le anticipara algunas
-cantidades para recompensar los servicios de
-sus favorecedores.</p>
-
-<p>Contaba que había viajado por toda Europa y
-América.</p>
-
-<p>A mí me dijo que me había conocido en Méjico
-y en Madrid, en la fonda del Caballo Blanco,
-de la calle del Caballero de Gracia, donde yo no
-había estado nunca. La cuadrilla del Fortuna, formada
-por él, el gascón y el caballero de industria,
-se había completado con Adán. El Fortuna adulaba
-al señor Pérez de Bustamante, y éste protegía
-al Fortuna; el matón y el caballero de industria se
-entendían perfectamente.</p>
-
-<p>El Pinturas joven y otros solían acercarse a esta
-cuadrilla, que manejaba dinero y convidaba a
-café y a aguardiente.</p>
-
-<p>Ninguno de los que formaban esta cuadrilla se
-había afiliado a los liberales. No querían, sin duda,
-comprometerse mientras no llegaran a ver claro
-las ventajas que aquello les podía reportar.</p><hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="ODIO" class="nobreak">III.<br />
-EL ODIO</h3></div>
-
-
-<p class="i65">¡La unción! ¡Favor! ¡Me han
-herido!</p>
-
-<p class="i65"><span class="smcap">Espronceda</span>: <i>El Diablo mundo</i>.</p>
-
-
-<p class="p2"><span class="smcap">Gasparito</span>, el zapatero, había querido preservar
-de la corrupción del ambiente a su
-amigo Andrés, a quien nosotros, y en toda la
-cárcel, llamábamos Adán.</p>
-
-<p>Quiso enseñarle a leer y escribir; pero el Fortuna,
-unido con Pérez de Bustamante, <i>Doña Paquita</i>
-y Cadedis, estaban empeñados en estorbar
-los proyectos de Gasparito.</p>
-
-<p>Durante algún tiempo se entabló una lucha de
-influencias para captar la simpatía de Adán.</p>
-
-<p>Gasparito le dejaba libros y periódicos, le daba
-algún dinero, hacía que Andrés viniera a verme;
-por su parte, el Fortuna le daba cigarros, le enseñaba
-a jugar a las cartas, a hacer pillerías y a tirar
-la navaja.</p>
-
-<p>El matón le decía al muchacho:</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_214" id="Page_214">[214]</a></span></p>
-
-<p>«Fortuna te dé Dios, hijo, que el saber poco, te
-basta».</p>
-
-<p>El Pinturas le explicaba procedimientos de falsificación,
-y Pérez de Bustamante, las intrigas
-y enredos donde se había metido.</p>
-
-<p>A pesar de las ilusiones de Gasparito, yo veía
-claramente que el Fortuna y su grupo ganaban la
-partida. Adán tomaba un aire hipócrita delante de
-mí; pero, por lo que me dijeron los del segundo
-patio, el muchacho andaba con el Fortuna, con
-<i>Doña Paquita</i> y con algunas mujeres del otro departamento,
-jugaba a las cartas, fumaba, se había
-tatuado los brazos y comenzaba a matonear.</p>
-
-<p>El día de Carnaval de 1835, el Fortuna y los de
-su cuadrilla tuvieron una comida espléndida, con
-pollos, un cochinillo asado y vino de Valdepeñas.</p>
-
-<p>Habían metido mucho aguardiente de contrabando
-y convidaron a todos los amigos.</p>
-
-<p>La gente se emborrachó, y se pidió al alcaide
-permiso para disfrazarse.</p>
-
-<p>Entramos Gasparito, Román, el padre Anselmo
-y yo en el segundo patio a presenciar la fiesta. Se
-reunió con nosotros el Pinturas joven y dimos una
-vuelta por la Gallinería y llegamos hasta el último
-patio.</p>
-
-<p>En esto, disfrazados de mujer, vimos a <i>Doña
-Paquita</i>, que venía en medio de Adán y del Fortuna,
-agarrado a los dos del brazo. Habían bebido
-de más y gritaban como locos.</p>
-
-<p>El Fortuna abrazaba a Adán, y se puso a hacer
-ademanes obscenos.</p>
-
-<p>Gasparito volvió la cabeza con un ademán de
-disgusto y nos alejamos del grupo que formaban<span class="pagenum"><a name="Page_215" id="Page_215">[215]</a></span>
-los tres borrachos; pero el Fortuna quiso mostrar
-más su conquista y se presentó de nuevo frente a
-nosotros con Adán y con <i>Doña Paquita</i>.</p>
-
-<p>&mdash;¿Vienes, hermoso?&mdash;le dijo a Gasparito con
-una risa cínica y un contoneo repugnante&mdash;. ¿Cuál
-de las tres te gusta más?</p>
-
-<p>Gasparito, incomodado, viendo que el guapo se
-le echaba encima, le dió un empujón y lo tiró rodando
-al suelo.</p>
-
-<p>Yo vi que se nos venía la tormenta encima, y,
-agarrándole a Gaspar por el brazo, le empujé hacia
-la salida del patio; pero había mucha gente y
-Gaspar no quería salir rápidamente, quizá para
-que no se creyera que tenía miedo.</p>
-
-<p>El Fortuna había desaparecido. Ya estábamos a
-la salida del patio cuando el matón se presentó con
-una navaja, oculta en la manga, y se lanzó sobre
-Gasparito como un toro; Gasparito tuvo tiempo
-de escapar a la acometida dando un salto rápido
-para atrás. Román, el hijo del librero, agarró
-al matón del borde de la chaqueta, y Gasparito,
-con gran valor, le arrancó la navaja de las manos.</p>
-
-<p>El Fortuna, loco, enfurecido, le mordió en el
-brazo izquierdo. Entonces, Gasparito, en un momento
-de terrible furia, empuñó la navaja con toda
-su fuerza y dió tal navajada al matón en el vientre,
-que el Fortuna dió un grito de becerro que matan,
-y cayó al suelo. Yo vi brillar la hoja de la navaja
-como un relámpago y desaparecer en el vientre
-del matón. Le salían las entrañas por la herida y
-se iba desangrando rápidamente.</p>
-
-<p>&mdash;¡Socorro! ¡Socorro!&mdash;gritó&mdash;. Me ha matado.</p>
-
-<p>A los gritos vinieron el alcaide y los cabos<span class="pagenum"><a name="Page_216" id="Page_216">[216]</a></span>
-de vara, prendieron a Gasparito y llevaron al
-matón a la enfermería, el cual falleció poco después,
-asistido por el padre Anselmo.</p>
-
-<p>&mdash;¡A quién se le ocurre matar a la Fortuna!&mdash;dijo
-el Pinturas con indiferencia.</p>
-
-<p>Gaspar pasó unos días en el calabozo y tuvo un
-proceso. Yo declaré a su favor; Pérez de Bustamente,
-en contra, y el tribunal le condenó al
-zapatero a una pena ínfima.</p>
-
-<p>Años después le vi en su tienda y le pregunté:</p>
-
-<p>&mdash;¿Se acuerda usted de la Cárcel de Corte?</p>
-
-<p>&mdash;No, don Eugenio; ¿y usted?</p>
-
-<p>Me dijo que muy pocas veces había pensado en
-aquel bruto a quien había matado, y, al parecer,
-recordaba el suceso sin remordimiento.</p>
-
-<p>Adán, al salir de la cárcel, se hizo un criminal
-completo, y debió acabar su vida en presidio.</p>
-
-
-<p class="i2 p2">Itzea, diciembre, 1920.</p><hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<h2 class="nobreak">MI DESQUITE</h2></div>
-
-<p class="i65 p6">Todo esto es salud, y otro tanto
-ingenio.</p>
-
-<p class="i65"><span class="smcap">Quevedo</span>: <i>El Buscón</i>.</p>
-
-<p class="p2"><span class="smcap">Durante</span> mucho tiempo, no pudimos luchar
-con los presos carlistas. En el cuarto del
-abogado Selva, el mejor de todos de la Cárcel de
-Corte, se reunían cuatro o cinco frailes, dos o tres
-curas y otros tantos guerrilleros, y en esta Junta
-apostólica se tomaban acuerdos que don Paco, el
-alcaide, seguía al pie de la letra.</p>
-
-<p>La Junta de Selva se erigió en soberana de la
-cárcel: ella decidía lo que se había de hacer; quién
-debía estar castigado; quién, no; quién debía ser
-tratado con benevolencia, y quién con severidad.</p>
-
-<p>&mdash;Yo, por entonces, tenía asegurada la comunicación
-con los de fuera, y mis amigos de la Isabelina
-me mandaban cartas y papeles y me indicaban
-el giro que iban tomando los asuntos políticos.</p>
-
-<p>A pesar de que yo me quejaba constantemente
-de la situación en que nos encontrábamos los liberales
-en la cárcel, los amigos no hacían nada por
-nosotros. Entonces, desesperado, se me ocurrió<span class="pagenum"><a name="Page_220" id="Page_220">[220]</a></span>
-enviar un escrito al Gobierno, afirmando a rajatabla
-que en la Cárcel de Corte se fraguaba una
-conspiración carlista.</p>
-
-<p>El Gobierno no desconfió de mi denuncia, y
-envió en concepto de preso a un coronel, don
-Andrés Robledo, con la misión de observar lo que
-pasaba y de ver si era cierta mi denuncia.</p>
-
-<p>Yo mismo no creía gran cosa en que allí se
-conspirase; pero cuando Robledo comenzó sus
-investigaciones, vi que mi hipótesis era una realidad,
-y que en la Cárcel de Corte se estaba tramando
-una de las muchas intrigas carlistas que
-por entonces tuvieron Madrid por centro.</p>
-
-<p>El coronel Robledo me contaba sus descubrimientos;
-yo le daba datos acerca de los presos
-carlistas, y entre los dos redactábamos los partes
-al Gobierno.</p>
-
-<p>Tan graves hallaron el ministro y el jefe de policía
-el contenido de estos partes, que enviaron a
-la cárcel a dos comisarios de policía, uno de ellos
-Luna, auxiliados por sesenta miñones aragoneses
-y varios celadores.</p>
-
-<p>Luna conferenció conmigo y con Robledo, y
-dispusimos prender a don Paco el alcaide y a sus
-dependientes, al abogado Selva, al escribano de
-mi causa, García, y enviarlos a la cárcel de la
-Villa.</p>
-
-<p>Se comenzó a instruír un voluminoso proceso
-acerca de esta causa, y se le encargó de él a mi
-amigo el juez don Modesto Cortázar, a quien conocía
-desde Aranda del año 20.</p>
-
-<p>Los cargos de alcaide, de llavero y de carceleros
-se proveyeron en personas de antecedentes<span class="pagenum"><a name="Page_221" id="Page_221">[221]</a></span>
-liberales, y desde entonces pudimos estar los
-constitucionales a nuestras anchas.</p>
-
-<p>El fiscal que nombraron para esta causa fué don
-Laureano de Jado, enemigo mío, que meses después
-decía a todo el que le quería oír:</p>
-
-<p>&mdash;Estoy admirado del genio fecundo y de la
-travesura de Aviraneta. El ha conseguido embrollar
-su proceso de tal manera, que ha sido preciso
-a los Tribunales poner en libertad como inocentes
-a todos sus cómplices, y, para complemento de su
-maquiavelismo, ha fraguado este proceso de la
-conspiración de la Cárcel de Corte, que es la concepción
-más revolucionaria que ha podido imaginar
-el cerebro de un hombre para vengarse de los
-que él consideraba enemigos, y hasta del juez
-Regio y del escribano de la causa. Este proceso
-está vestido con tales declaraciones y pruebas,
-que me veo obligado a pedir contra los presuntos
-reos, cuando menos, un presidio. Pues bien: si
-como fiscal estoy en la obligación de obrar de
-esta manera, como particular me hallo cada vez
-más convencido y casi seguro de que todo el proceso
-no es mas que un solemnísimo embrollo fraguado
-por la fecunda imaginación de Aviraneta.</p>
-
-<p>Con razón o sin ella, conseguimos vernos libres
-de la dictadura de los carlistas.</p>
-
-<p>Yo quise influír en Cortázar para que dejara libre
-al padre Anselmo; pero el cura estaba pendiente
-de la causa y no se le podía libertar.</p>
-
-<p>Como la vida en la cárcel para nosotros se hizo
-más llevadera, yo comencé a recibir visitas de los
-antiguos afiliados a la Isabelina, que podían hablarme
-con completa libertad. La opinión de la<span class="pagenum"><a name="Page_222" id="Page_222">[222]</a></span>
-gente reaccionó a mi favor, y todo el mundo decía
-que era un absurdo que permaneciera preso por
-una conspiración que no había existido nunca. Yo
-me hacía la víctima y esperaba el desquite.</p>
-
-<p>Unos días después supe que en un movimiento
-revolucionario que estalló por entonces en Barcelona
-y que costó la vida al general Bassa, habían
-destituído del cargo, que le dieron meses antes, a
-mi denunciador Civat.</p>
-
-<p>Poco después, Martínez de la Rosa salía del Gobierno.
-Yo me consideraba vengado, pero me faltaba
-conseguir mi libertad.</p><hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="PRONUNCIAMIENTO" class="nobreak">I.<br />
-PLAN DEL PRONUNCIAMIENTO</h3></div>
-
-
-<p class="i65">Yo pienso, pues, que vale más
-ser impetuoso que circunspecto,
-porque la fortuna es mujer, y para
-subyugarla es mejor batirla y
-atropellarla, porque se deja más
-bien vencer por los audaces que
-por los que obran fríamente.</p>
-
-<p class="i65"><span class="smcap">Maquiavelo</span>: <i>El Príncipe</i>.</p>
-
-<p class="p2"><span class="smcap">Lo</span> que tengo que contar ahora no es ninguna
-novedad para ti&mdash;me dijo Aviraneta&mdash;,
-porque pertenece en parte a la historia del tiempo.</p>
-
-<p>Una mañana de agosto se presentaron en la
-Cárcel de Corte el capitán Ríos, ayo de los hijos
-del conde de Parcent, con otro oficial de la Milicia
-Urbana, de paisano. El alcaide me dejaba gran
-libertad y me permitió hablar con ellos largamente.</p>
-
-<p>Los dos oficiales venían nada menos que a pedirme
-un Plan de sublevación, hecho a base de la
-Milicia Urbana.</p>
-
-<p>&mdash;Señores&mdash;les dije yo&mdash;, no creo, claro es,<span class="pagenum"><a name="Page_224" id="Page_224">[224]</a></span>
-que ustedes hayan venido aquí a tenderme un
-lazo, ni mucho menos; pero ustedes pueden muy
-bien engañarse respecto al espíritu del pueblo y
-de la Milicia, y yo, antes de idear un plan y de
-ser responsable de él, quisiera cerciorarme de lo
-que ustedes dicen.</p>
-
-<p>Ríos me contestó que traerían una carta de tres
-comandantes de la Milicia Urbana corroborando
-lo que decían ellos, y que vendría al día siguiente
-un agente de Bolsa amigo mío llamado Robles.
-Vino Ríos con la carta y con Robles, y hablamos.</p>
-
-<p>Robles me dijo que reinaba, efectivamente, gran
-descontento en el pueblo liberal; que las noticias
-de la guerra eran malas; que se acusaba al Gobierno
-de inactivo; que la Corte en la Granja se dedicaba
-a divertirse, y que todo el mundo decía que
-tenía que venir un cambio en la política. Era una
-época en la que había entusiasmo y fe en las nuevas
-ideas, entusiasmo y fe que luego han ido decayendo.</p>
-
-<p>Ríos añadió que estaba todo preparado para un
-pronunciamiento de la Milicia; que el pueblo secundaría
-el movimiento, y que Andrés Borrego
-había visitado al general Quesada, y que éste daba
-su palabra de que la Guardia Real no atacaría a
-los sublevados.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo puede asegurar esto Quesada?&mdash;pregunté
-yo&mdash;. El está de reemplazo.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; pero tiene de su parte toda la oficialidad
-de la Guardia Real.</p>
-
-<p>&mdash;¿Han pactado algo Borrego y Quesada?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;¿Está usted seguro?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_225" id="Page_225">[225]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>Luego se supo que Borrego había conferenciado
-con Quesada y con dos jefes de la Guardia
-Real, el general Soria y el conde de Cleonart. En
-esta conferencia, que yo no conocía, se había pactado
-que la Milicia Urbana haría una manifestación.
-Borrego y Olózaga escribirían una petición
-a la Reina, firmada por los cuatro jefes de la Milicia
-Urbana, y, presentada la petición, la Milicia
-dejaría las armas.</p>
-
-<p>Si yo hubiera sabido que Quesada estaba en el
-ajo, no entro en la combinación.</p>
-
-<p>Quesada era un militar ordenancista, bárbaro e
-incomprensivo. Era muy valiente y de costumbres
-rudas, arrebatado, ajeno a todo miramiento;
-decía que no sabía mas que mandar y obedecer,
-declaración que basta para juzgar cualquiera. Muy
-duro en el mando, muy destemplado en el lenguaje,
-a pesar de creerse muy fijo en sus ideas,
-era completamente voluble.</p>
-
-<p>Muchas veces dijo, refiriéndose a los liberales:
-«He de ser peor que Atila con esa canalla».</p>
-
-<p>Un hombre como Quesada, que tenía por norma
-el no razonar, no podía ser hombre de ideas;
-así se le vió figurar en una época con los absolutistas,
-después hacerse masón, sentirse medio
-liberal y, al mismo tiempo, enemigo de la Constitución.
-Para él todas estas volubilidades e inconsecuencias
-se velaban con la disciplina.</p>
-
-<p>Sólo a Borrego, a Espronceda y a González
-Brabo, gente que quería medrar sin esfuerzo, se
-les pudo ocurrir apoyarse en un hombre como
-Quesada.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_226" id="Page_226">[226]</a></span></p>
-
-<p>Quesada en esta época, 1835, estaba de cuartel
-en Madrid. Le habían separado de la Capitanía
-General en enero, lo que consideraba como una
-ofensa a su persona.</p>
-
-<p>Si, como digo, hubiese tenido conocimiento de
-la participación de Quesada en el asunto, hubiese
-llevado éste de otra manera muy diferente.</p>
-
-<p>Hablamos Robles y Ríos, y quedamos de acuerdo
-en que el objeto de la sublevación sería:</p>
-
-
-
-<p class="i2 p2">1.º Apoderarse de Madrid.</p>
-
-<p class="i2">2.º Nombrar una Junta Revolucionaria.</p>
-
-<p class="i2">3.º Ponerse en relación con los sublevados de
-Zaragoza.</p>
-
-<p class="p2">De acuerdo en esto, les dije que al día siguiente
-les daría mi plan. Fué el siguiente:</p>
-
-
-<p class="p2 center">PLAN DEL PRONUNCIAMIENTO</p>
-
-<p class="center">(<i>Orden general para la Milicia.</i>)</p>
-
-
-<p class="i2">Pasado mañana, 15 de agosto, hay función de
-toros, y da el piquete de la Plaza la Milicia. Este
-piquete, en vez de disolverse al llegar a la Puerta
-del Sol, hará que sus tambores toquen generala,
-esparciéndose por la población. Los individuos de
-la Milicia, avisados, se irán reuniendo en la Plaza
-Mayor; se ocuparán las casas y se harán barricadas
-en las avenidas de los arcos. También se ocupará
-el telégrafo para impedir se avise al Gobierno.
-Una compañía se posesionará de la Puerta de
-Hierro e impedirá el paso al Sitio (La Granja),<span class="pagenum"><a name="Page_227" id="Page_227">[227]</a></span>
-Hecho esto, se pondrá inmediatamente en libertad
-a Aviraneta, que dirá lo demás que debe ejecutarse.</p>
-
-
-<p class="p2 center">AVISO A LOS ISABELINOS</p>
-
-<p class="i2">Se avisará a las centurias de la Isabelina para
-que asistan el día 15 de agosto, día de la Asunción,
-a la corrida de toros. A la salida rodearán al
-piquete de la Guardia Urbana y provocarán todo
-el escándalo posible. Se alarmará al vecindario.</p>
-
-
-<p class="p2 center">AVISO A LOS DIPUTADOS</p>
-
-
-<p class="i2">Inmediatamente se avisará a los diputados liberales
-para que vayan a la Plaza Mayor y formen
-una Junta de Gobierno.</p>
-
-
-<p class="p2 center">DISPOSICIONES INMEDIATAS</p>
-
-<p class="i2">Si las tropas del Gobierno no se oponen, la Milicia
-se apoderará lo más rápidamente posible de
-la casa de Oñate, en la calle Mayor, de la Imprenta
-Real y del Principal.</p>
-
-<p class="p2">Se fueron los militares y yo me quedé en la
-cárcel. Aquellos días estuve leyendo el <i>Diablo
-Cojuelo</i>, de Vélez de Guevara, que me prestó un
-preso, y pensando en la idea original del autor.</p>
-
-<p>La tarde y la noche del 15 de agosto las pasé
-en una gran angustia. Al anochecer me pareció oír
-desde mi cuarto gritos y ruido de tambores; luego
-cesó todo rumor y volvió el silencio. Cuando a las
-diez de la noche vi que no venía nadie a buscar<span class="pagenum"><a name="Page_228" id="Page_228">[228]</a></span>me,
-creí que el pronunciamiento habría fracasado.
-Yo pensaba&mdash;y en estas cosas se equivoca uno
-siempre&mdash;que podía fracasar el movimiento; lo
-que no se me ocurría es que, después de hecho
-con éxito, mis amigos no vinieran en seguida a
-sacarme de la cárcel. Sin embargo, así fué. Un pelotón
-de milicianos, pertenecientes a la Isabelina,
-quisieron venir; pero los centinelas no les dejaron
-pasar. Otros me dijeron que no habían ido a la
-cárcel por no molestarme. ¡Por no molestar a un
-preso retardar su libertad! ¡y retardarla creyéndolo
-necesario! ¡Qué absurdo!</p>
-
-<p>Al día siguiente, domingo, a las nueve de la
-mañana, vinieron a buscarme a la Cárcel de Corte.</p><hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="OCURRIDO2" class="nobreak">II.<br />
-LO OCURRIDO</h3></div>
-
-
-<p class="i65">Una vez que no se entendían en
-una disputa de la Academia, dijo
-M. de Mairan: «Caballeros: ¡si no
-habláramos más de cuatro a la
-vez!»</p>
-
-<p class="i65"><span class="smcap">Chamfort</span>: <i>Caracteres y anécdotas</i>.</p>
-
-<p class="p2"><span class="smcap">El</span> pronunciamiento se había hecho y estaba
-ya vencido. Al terminar la corrida del día
-de la Asunción, dos compañías de milicianos volvían
-formados por la calle de Alcalá, con la música
-al frente, tocando himnos patrióticos. El <i>Himno
-de Riego</i> producía entre la muchedumbre tempestades
-de aplausos. La gente daba vivas y mueras,
-a cada momento más estrepitosos. Al llegar a
-la Puerta del Sol la algazara subió de pronto; comenzaron
-a oírse gritos de «¡Viva la libertad!»,
-«¡Mueran los carlistas!», «¡Viva la Soberanía Nacional!».
-Al acercarse a la Plaza Mayor la Milicia
-había perdido las filas y se había mezclado con los
-paisanos.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_230" id="Page_230">[230]</a></span></p>
-
-<p>De pronto sonaron unos cuantos tiros, se oyeron
-toques estridentes de corneta, y se inició el
-pánico en la ciudad. Se cerraron las puertas y
-ventanas de las casas, y los tambores comenzaron
-a tocar generala por las calles desiertas de Madrid,
-en distintos puntos de la capital. Se les había
-avisado a los milicianos que estuviesen preparados
-para el toque de generala, y se les vió que cruzaban
-presurosos las calles y corrían a reunirse a
-sus respectivos batallones, en los puntos que se
-les tenía señalados para caso de alarma. Luego,
-los batallones fueron a la Plaza Mayor y formaron
-a lo largo de sus cuatro frentes.</p>
-
-<p>Se ocupó la casa de la Panadería y la de Oñate,
-en la calle Mayor, y se empezaron a hacer zanjas
-en los arcos. Se trajeron de los almacenes del
-Ayuntamiento maderos y carros y se cerraron las
-distintas calles que rodean a la plaza.</p>
-
-<p>El segundo batallón de milicianos no entró en
-la Plaza Mayor, sino que quedó en la del Rey, con
-su comandante don Rodrigo Aranda, probablemente
-más inclinado a obedecer al Gobierno que
-a hacer causa común con los sublevados.</p>
-
-<p>De noche se le avisó y se le envió hacia Puerta
-de Moros para que observara lo que pasaba
-con la tropa en el cuartel de San Francisco.</p>
-
-<p>A las nueve de la noche se presentaron en la
-Plaza Mayor don Fermín Caballero, Chacón, el
-conde de las Navas, don Joaquín María López,
-Gaminde, Calvo de Rozas, y otros muchos, a proponer
-que se formara inmediatamente una Junta
-de Gobierno; pero Borrego, Espronceda, González
-Brabo, Ventura de la Vega, Olózaga y otros<span class="pagenum"><a name="Page_231" id="Page_231">[231]</a></span>
-jóvenes dijeron que había que esperar la llegada
-del general Quesada; que éste era el director del
-movimiento y que él tenía que dar las órdenes.</p>
-
-<p>Los liberales, en vez de obrar inmediatamente,
-se dejaron convencer.</p>
-
-<p>A la misma hora Quesada había sido llamado
-por el secretario del Ministerio de lo Interior, don
-Mariano Zea, al Principal. Estaban allí el corregidor
-marqués de Pontejos y el capitán general
-conde de Ezpeleta. Se decía, sin duda, que Quesada
-tenía participación en el movimiento de los
-milicianos.</p>
-
-<p>Zea y Ezpeleta, que estaban desprevenidos y no
-contaban en aquel momento con fuerzas, le dijeron
-a Quesada que debía ir a la Plaza Mayor
-a verse con los sublevados y a preguntarles qué es
-lo que deseaban y cuál era la causa de su movimiento.</p>
-
-<p>Fueron Quesada, Pontejos y el concejal Roca a
-la Plaza Mayor, donde les esperaban Olózaga
-y Borrego. Quesada se quejó de que en el Arco
-de Platerías hubiese atravesados carros y maderos.
-Borrego le dijo que se quitarían. Subieron a
-una habitación alta del Ayuntamiento y se celebró
-una reunión. Quesada y Pontejos esperaron el resultado
-en un cuarto próximo.</p>
-
-<p>En la reunión estaban los jefes de la Milicia: el
-duque de Abrantes, Gálvez, Castaño y José María
-Sanz; otros oficiales, como el capitán Ríos, el capitán
-Nocedal y muchos paisanos: Chacón, Espronceda,
-Gaminde y los diputados liberales.</p>
-
-<p>Entonces Borrego dijo que el general Quesada
-conocía el origen del movimiento; que no preten<span class="pagenum"><a name="Page_232" id="Page_232">[232]</a></span>día
-ser mas que una manifestación de la Milicia
-Urbana; que después de dirigir una petición a la
-Reina se disolvería.</p>
-
-<p>Los liberales quedaron extrañados. ¿Entonces,
-para qué nos han llamado?, se preguntaban. Chacón
-y el conde de las Navas insistieron en la formación
-de una Junta. Espronceda y Borrego
-replicaron que era desvirtuar el movimiento y
-que se había dado palabra al general de no ir
-más allá.</p>
-
-<p>Se discutió entre unos y otros, y se apeló a los
-jefes de la Milicia, y éstos, en su mayoría, afirmaron
-que los milicianos no querían mas que hacer
-la petición a la Reina y disolverse.</p>
-
-<p>Como no había unanimidad se dijo que convenía
-llamar a todos los jefes y oficiales de la Milicia
-Urbana y consultarles. En general, todos
-fueron partidarios de la exposición, seguida de la
-disolución inmediata.</p>
-
-<p>Ante esto, los partidarios de la Junta cedieron,
-y Olózaga y Borrego entraron en un salón e hicieron
-como que redactaban un escrito, que ya
-tenían redactado. Después fueron a ver al general
-Quesada y le entregaron la exposición para que la
-llevara al ministro.</p>
-
-<p>Pasaba el tiempo, y los milicianos en la plaza
-iban perdiendo el entusiasmo al ver que no se
-tomaban determinaciones rápidas. Algunos isabelinos
-empezaron a reforzar las barricadas de los
-arcos; pero el comandante Sanz y Borrego, con un
-grupo de oficiales, mandaron que se quitaran los
-obstáculos, pues se había prometido a Quesada
-dejar las puertas francas.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_233" id="Page_233">[233]</a></span></p>
-
-<p>Con la exposición de los milicianos en el
-bolsillo entró en la sala Quesada, donde se discutió.</p>
-
-<p>Borrego explicó lo ocurrido; dijo cómo se había
-escrito una exposición a la Reina; que una copia se
-había dado a Quesada para que la mostrara al Gobierno,
-y que los jefes de la Milicia querían ir a la
-Granja a entregarla a la Regente.</p>
-
-<p>Quesada habló. Dijo las vulgaridades de cajón.</p>
-
-<p>Que desaprobaba los tumultos de la fuerza
-armada contra el Gobierno constituído; que la Milicia
-Urbana no debía salirse del campo de la ley;
-que aquel acontecimiento favorecía a los partidarios
-de Don Carlos, y que él llevaría la exposición
-al Ministerio.</p>
-
-<p>Con esto se retiró.</p>
-
-<p>Chacón replicó que había ido engañado a la
-reunión, pues le habían avisado que se quería
-formar una Junta de Gobierno; que, puesto que se
-trataba de otra cosa, se retiraba, no sin advertir
-que la exposición tendría la eficacia de los paños
-calientes y del agua de cerrajas. Por otra parte, él
-no podía creer que el general Quesada fuera siempre
-tan atento con los Gobiernos constituídos,
-pues todo el mundo recordaba que el general,
-ahora tan respetuoso con lo establecido, había sido
-un faccioso y un rebelde en los años 22 y 23, en
-los cuales había mandado el Ejército de la Fe, que
-era una gavilla de asesinos.</p>
-
-<p>Borrego y Espronceda no supieron qué decir, y
-Chacón y los suyos se marcharon. Su marcha fué
-un desencanto para los exaltados.</p>
-
-<p>A media noche comenzaron en la plaza las dis<span class="pagenum"><a name="Page_234" id="Page_234">[234]</a></span>cusiones
-y las riñas. Estaban encendidos los faroles
-y se habían hecho algunas hogueras. Hubo
-grandes peleas entre exaltados y pacíficos; los
-exaltados eran de Madrid, y a los pacíficos los
-llamaban de Guadalajara. Los exaltados decían
-que era una vergüenza haber servido de comparsas
-a Espronceda y a Borrego, con los cuales
-Quesada estaba jugando; los pacíficos respondían
-que no se habían comprometido mas que a
-aquello. Los exaltados insultaban a los pacíficos, y
-añadían que deshonrarían la Milicia si soltaban las
-armas. Entre conversaciones y discursos se bebió
-mucho y la exaltación volvió a los ánimos.</p>
-
-<p>Mientras los milicianos discutían y reñían con
-furia en la Plaza Mayor, el Gobierno, representado
-por el capitán general de Madrid, el superintendente
-de policía, el secretario Zea, el alcalde, Pontejos,
-y el concejal Roca, discutieron la exposición
-de la Milicia llevada al Principal por el general
-Quesada y Olózaga.</p>
-
-<p>Zea dijo que el Gobierno no podía resolver
-acerca de la mayoría de las peticiones sin las
-Cortes. Que en la exposición había que borrar
-estos puntos, para resolver los cuales no tenía atribuciones
-el Ministerio.</p>
-
-<p>Volvió Quesada a la plaza a las cuatro, y Borrego
-redactó una nueva exposición, suprimiendo
-todos los puntos importantes de la anterior, y
-Quesada se encargó de llevarla al Ministerio. Al
-salir dijo que quitaran las barricadas, porque era
-inútil y peligroso dejarlas.</p>
-
-<p>Salió Quesada de la plaza para el Ministerio, y
-tras él, una comisión de seis oficiales milicianos,
-<span class="pagenum"><a name="Page_235" id="Page_235">[235]</a></span>
-con el duque de Abrantes a la cabeza, que iban a
-pedir al Gobierno que les diera pasaporte para
-llegar hasta la Reina y entregarle a aquella exposición
-tan venida a menos.</p>
-
-<p>Estando los jefes en el Ministerio llegó una proclama,
-impresa en la Imprenta Real, con este
-título: «La Milicia Urbana de Madrid, al pueblo y
-benemérita guarnición».</p>
-
-<p>Quesada les reconvino a los jefes urbanos por la
-proclama, y éstos protestaron de que no habían
-sido ellos los inspiradores de este papel. Pensaban
-que serían los amigos de don Fermín Caballero y
-de Chacón los que habían impreso aquello. Zea,
-entonces, haciéndose el enérgico, dijo que de ninguna
-manera podía dar los pasaportes a los que
-miraba como rebeldes, y el capitán general le dió
-la razón.</p>
-
-<p>Zea supo en aquel momento que tenía la guarnición
-de Madrid segura, y por esto se sintió
-valiente.</p>
-
-<p>Los oficiales, ya asustados, dijeron a Quesada
-que volviera a la plaza, y que entre todos convencerían
-a los urbanos para que se retiraran sin más
-exigencias.</p>
-
-<p>Fueron de nuevo a la plaza Quesada, acompañado
-del coronel de la plana mayor de la Guardia
-Real, don Cayetano Urbina, y del teniente de caballería
-Pezuela.</p>
-
-<p>En la habitación donde se habían celebrado las
-anteriores conferencias entraron los jefes, los soldados
-urbanos y los amigos de Espronceda y
-Borrego.</p>
-
-<p>Quesada les recriminó por la proclama dirigida
-<span class="pagenum"><a name="Page_236" id="Page_236">[236]</a></span>
-al pueblo, y Espronceda y Borrego dijeron que
-ellos no la habían escrito.</p>
-
-<p>&mdash;Es la expresión de los sentimientos de la
-mayoría de la Milicia Urbana&mdash;saltó diciendo uno
-del público.</p>
-
-<p>&mdash;No es cierto.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí; lo es. ¡Bravo!</p>
-
-<p>Quesada, que iba incomodándose, dijo que era
-necesario que los sublevados quitasen las barricadas,
-pues si no, él se pondría a la cabeza de
-la Guardia Real y les dejaría sepultados bajo las
-ruinas de la plaza.</p>
-
-<p>Quesada puso su cara de pocos amigos para
-decir esto. Borrego y Espronceda, agarrándose a
-la última tabla de salvación, afirmaron que se quitarían
-los obstáculos si la tropa se retiraba a sus
-cuarteles y se cumplía lo pedido en la exposición.</p>
-
-<p>El general dió por terminada la conferencia y
-comenzó a bajar las escaleras refunfuñando, diciendo
-que iba a hacer una de las suyas.</p>
-
-<p>Quesada apareció en los soportales de la plaza
-rodeado de los dos oficiales de la Guardia Real,
-de uniforme, y seguido de Espronceda, Borrego,
-Ventura de la Vega, Luis González Brabo, y otros.</p>
-
-<p>Al ver que había obstáculos en el callejón del
-Infierno gritó a uno de los comandantes:</p>
-
-<p>&mdash;¿No habíamos quedado en que desaparecerían
-las barricadas y que los milicianos se retirarían a
-sus casas?</p>
-
-<p>&mdash;Mi general&mdash;contestó el comandante Sanz&mdash;,
-parte de los milicianos se opone a retirarse.</p>
-
-<p>&mdash;Se les desarma&mdash;dijo Quesada.</p>
-
-<p>En esto algunos isabelinos se acercaron al gru<span class="pagenum"><a name="Page_237" id="Page_237">[237]</a></span>po
-del general y sus amigos y comenzaron a increparles.</p>
-
-<p>&mdash;¡Fuera los traidores!&mdash;gritó uno.</p>
-
-<p>&mdash;¡Viva la Constitución de 1812!</p>
-
-<p>&mdash;¡Viva la Niña!</p>
-
-<p>&mdash;Quesada levantó el bastón en el aire con intención
-de descargarlo sobre la cabeza de los milicianos,
-que gritaban. La rabia de éstos se volvió
-contra él:</p>
-
-<p>&mdash;¡Muera Quesada!</p>
-
-<p>&mdash;¡Muera!</p>
-
-<p>&mdash;¡Abajo los absolutistas!</p>
-
-<p>&mdash;¡Abajo!</p>
-
-<p>Los milicianos fueron a coger sus armas; y todo
-el grupo de Quesada y sus amigos lo hubiese
-pasado mal si los milicianos de Guadalajara no
-hubieran formado en los arcos para defenderles.
-Quesada, con los suyos, se dirigió corriendo
-hacia el Arco de Platerías, y saltando por una
-barricada salió a la calle Mayor. Con él salieron
-los dos oficiales y Espronceda, Borrego y los paisanos.</p>
-
-<p>Quesada iba echando espuma por la boca, de
-rabia, e inmediatamente se presentó al Gobierno
-a ofrecerse para atacar inmediatamente a los sublevados.</p>
-
-<p>A las seis de la mañana las tropas del Gobierno,
-dirigidas por Latre, Ezpeleta y Quesada, salían
-de los cuarteles y ocupaban la plaza de Oriente
-y la de los Consejos, y poco después, la calle
-de Santiago y la del Sacramento, hasta la plaza
-del Conde de Barajas. A esta hora los sublevados
-pensarían en mí.</p><hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="PERDIDA" class="nobreak">III.<br />
-PARTIDA PERDIDA</h3></div>
-
-<p class="i65">Sólo a las temeridades<br />
-las sentencia la fortuna;<br />
-pues con juicio desigual<br />
-hace que el nombre les den:<br />
-de hazaña, si salen bien,<br />
-y de locura, si mal.</p>
-
-<p class="i65"><span class="smcap">Bances Candamo</span>: <i>Por su rey
-y por su dama</i>.</p>
-
-
-<p class="p2"><span class="smcap">Estaba</span> la partida perdida cuando los sublevados
-pensaron en mí.</p>
-
-<p>A eso de las nueve, un grupo de milicianos armados
-se presentaron en la plaza de Santa Cruz
-delante de la Cárcel de Corte; entraron aquí, llamaron
-al alcaide y le exigieron que me dejara en
-libertad. El alcaide, naturalmente, se opuso; pero,
-ante la amenaza de soltar a todos los presos,
-cedió.</p>
-
-<p>Yo estaba preparado y el padre Anselmo también.</p>
-
-<p>&mdash;Aprovéchese usted&mdash;le dije&mdash;y salga usted
-conmigo.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_240" id="Page_240">[240]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿cómo?</p>
-
-<p>&mdash;Nada, nada, coja usted sus bártulos y sígame
-usted.</p>
-
-<p>El alcaide se quiso oponer; pero hice que nos
-rodearan a los dos los milicianos y salimos a la
-plaza de Santa Cruz, y después, a la Plaza Mayor.</p>
-
-<p>El pobre cura, al ver tanta gente armada, estaba
-asombrado. Con su maleta en la mano no sabía
-qué hacer.</p>
-
-<p>Al entrar en la Plaza Mayor le vi a Bartolillo, el
-chico de la librería de la calle de la Paz, que andaba
-curioseando por allá. Le llamé:</p>
-
-<p>&mdash;¡Bartolo!</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué?</p>
-
-<p>&mdash;¿Quieres acompañarle a este cura?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Pues vete con él a la calle de Segovia; bajando
-a mano derecha, y en una casa grande, entre la
-plaza de la Cruz Verde y la calle de la Ventanilla,
-que tiene en el piso bajo una panadería, entráis,
-subís al piso cuarto y preguntáis por doña Nacimiento.
-La dices a esa señora que el cura va de
-parte de don Eugenio y que me esperará allí.</p>
-
-<p>&mdash;Muy bien.</p>
-
-<p>El cura quería llevarse la maleta.</p>
-
-<p>&mdash;Deje usted la maleta aquí, yo se la mandaré
-dentro de un momento.</p>
-
-<p>Se fueron el padre Anselmo y Bartolillo; guardé
-yo la maleta en una taberna próxima a la Escalera
-de Piedra y me dediqué a examinar tranquilamente
-la situación.</p>
-
-<p>La partida estaba perdida.</p>
-
-<p>Hablé con los jefes de la Milicia Urbana, y cada
-<span class="pagenum"><a name="Page_241" id="Page_241">[241]</a></span>
-uno opinaba de manera diferente. Le envié un recado
-a Palafox por si éste se atrevía a ponerse a la
-cabeza del movimiento; pero a Palafox no le convenía
-aparecer, y se eclipsó.</p>
-
-<p>Entonces hablé con el capitán Miláns del Bosch,
-hombre enérgico, para ver si él era capaz de erigirse
-en jefe del movimiento y asumir su responsabilidad.</p>
-
-<p>Le dije que parte de la Guardia Real se vendría
-con nosotros; que yo me comprometía a verle a
-Urbina, y que le convencería o me fusilaría. Luego
-supe que el oficial que le acompañaba a Quesada
-no era el Urbina que conocía yo, sino otro;
-le dije también que el coronel don Antonio Martín,
-hermano del Empecinado, sublevaría su regimiento
-de caballería.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo vamos a sostenernos en esta plaza?&mdash;me
-dijo Miláns&mdash;. ¿Dónde están los víveres?</p>
-
-<p>&mdash;Salgamos de aquí&mdash;le dije yo&mdash;. Cinco mil
-hombres y un regimiento de caballería es mucho.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, si hubiera disciplina; pero no la hay. Estos
-hombres están desmoralizados.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces la partida está perdida. Démosla
-como terminada.</p>
-
-<p>Yo subí sobre un banco de la plaza y expliqué
-que no había mas que una alternativa: o salir inmediatamente
-y atacar a las tropas en la Puerta
-del Sol y seguir adelante, o abandonar la empresa.</p>
-
-<p>&mdash;¡Vamos! ¡Vamos!&mdash;gritaron los exaltados.</p>
-
-<p>Pero ya era imposible, y nadie dió el paso adelante.</p>
-
-<p>Los cañones de la tropa comenzaron a acercarse a los arcos.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_242" id="Page_242">[242]</a></span></p>
-
-<p>Yo volví al banco y grité:</p>
-
-<p>&mdash;¡Señores! Esto está acabado. Yo no tengo la
-culpa. A mí me han llamado tarde. Ahora cada
-cual que se vaya a su casa.</p>
-
-<p>Al anochecer, los milicianos, en masa, dejaban
-sus fusiles y se marchaban.</p>
-
-<p>Los ex voluntarios realistas de los Barrios Bajos,
-al ver la derrota de los milicianos, atacaron a los
-fugitivos a tiros y a palos, y no sé si llegaron a
-matar a alguno. Sobre todo, las viejas se mostraron
-más terribles, y esperaban a los liberales con
-la navaja en la mano. A una de estas furias, que
-cosió a cuchilladas a un miliciano que pretendía
-entrar en su casa, la prendieron, la juzgaron y la
-llevaron, pocos días después, al patíbulo.</p>
-
-<p>Así, el despecho de Quesada, la ambición de
-Espronceda y de Borrego, los planes míos, concluyeron
-en que se ejecutara a una pobre vieja,
-fanática, que creía seguramente que era una obra
-meritoria el matar a un liberal.</p><hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="ESCAPATORIA" class="nobreak">IV.<br />
-ESCAPATORIA</h3></div>
-
-<p class="i65">Que aquesto es el Castañar<br />
-que más estimo, señor,<br />
-que cuanta hacienda y honor<br />
-los reyes me pueden dar.</p>
-
-<p class="i65"><span class="smcap">Rojas</span>: <i>García del Castañar</i>.</p>
-
-
-<p class="p2"><span class="smcap">Al</span> anochecer del día 16, cuando vi la Plaza
-Mayor desierta, entré en la taberna próxima
-a la Escalerilla; saqué la maleta del padre Anselmo,
-y me puse el manteo y la teja nueva. Metí
-mi sombrero en la maleta, y bajé por la escalera
-a la calle de Cuchilleros. Llegué hasta Puerta Cerrada
-y encontré allí una patrulla de voluntarios
-realistas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Se puede ir hacia la Plaza Mayor?&mdash;les pregunté.</p>
-
-<p>&mdash;No; no vaya usted por allí, padre.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces tendré que volverme a casa.</p>
-
-<p>Seguí hasta la calle de Segovia. En la escalera
-de casa de doña Nacimiento me quité el manteo
-y me encontré con don Anselmo.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_244" id="Page_244">[244]</a></span></p>
-
-<p>Pasamos el cura y yo seis días en aquella casa,
-sin salir una vez siquiera, esperando el giro de los
-acontecimientos.</p>
-
-<p>Supimos que al volver el Gobierno de la Granja,
-el presidente, el conde de Toreno, ofreció doscientas
-onzas de oro y un empleo a quien descubriera
-mi paradero, y la policía hizo los mayores
-esfuerzos para cogerme.</p>
-
-<p>El padre Anselmo y yo preparamos un plan de
-fuga. El padre Anselmo tenía un sobrino y ahijado
-que vivía en Alcalá. Unos días después, el
-24 de agosto, era la feria de este pueblo.</p>
-
-<p>Saldríamos de Madrid en calesa hasta las Ventas
-del Espíritu Santo; aquí esperaríamos una galera
-y entraríamos en Alcalá, confundidos con carreteros
-y arrieros que fuesen a la feria, e iríamos
-a parar a casa del ahijado del cura.</p>
-
-<p>Doña Nacimiento conocía a un calesero y le
-llamó. El calesero era liberal y se prestó a lo que
-le propusimos.</p>
-
-<p>El chico del calesero se vestiría de muchacha;
-el padre Anselmo, con traje de aldeano, y yo sería
-el calesero. Iríamos hasta las Ventas del Espíritu
-Santo, esperaríamos allí, donde dejaríamos la
-calesa, y marcharíamos en un carro camino de Alcalá,
-como si fuéramos a la gran feria que se celebraba
-en la ciudad del Henares el día 24. Así lo
-hicimos, y todo nos resultó bien.</p>
-
-<p>El ahijado de don Anselmo, a quien le habíamos
-anunciado nuestra llegada, nos esperó y nos
-llevó a una finca que tenía a una legua del pueblo.</p>
-
-<p>Era una propiedad no muy grande, pero muy
-bien cuidada. Juan, el sobrino y ahijado del padre<span class="pagenum"><a name="Page_245" id="Page_245">[245]</a></span>
-Anselmo, era un hombre joven, fuerte, labrador,
-cazador y muy activo. La mujer, la Ambrosia, era
-una mujer rozagante, que había echado al mundo
-nueve hijos y pensaba seguir echando más.</p>
-
-<p>Juan, con su escopeta y sus perros, marchando
-de caza al amanecer, acostándose al hacerse de
-noche y contento con su suerte, me recordaba a
-García del Castañar.</p>
-
-<p>El matrimonio nos recibió muy amablemente al
-cura y a mí.</p>
-
-<p>Viví yo en aquella casa una semana, y, pasada
-ésta, me despedí del padre Anselmo y de sus sobrinos
-y me fuí a Zaragoza.</p>
-
-<p>Aquí publiqué un folletito sobre el Estatuto
-Real, en la imprenta de Ramón León, y esperé
-hasta que Mendizábal me llamó y me dió un
-encargo para Barcelona; pero esto&mdash;terminó diciendo
-Aviraneta&mdash;es otro capítulo de mi vida.</p><hr class="chap" />
-
-
-
-<div class="chapter">
-<h2 id="EPILOGO" class="nobreak">EPÍLOGO</h2></div>
-
-<p class="i65 p6">Todo es hecho del polvo, y todo
-se tornará en el mismo polvo.</p>
-
-<p class="i65"><span class="smcap">El Eclesiastés.</span></p>
-
-
-<p class="p2"><span class="smcap">Por</span> la época de la guerra de Cuba&mdash;dice Leguía&mdash;,
-solía ir yo a Madrid a un hotel de la
-calle del Arenal, y visitaba las librerías de viejo
-próximas. Me detenía con frecuencia a charlar con
-un librero de viejo que tenía su tienda en una
-rinconada que había en la calle de Capellanes, al
-acercarse a la calle de Preciados.</p>
-
-<p>Le había encargado a este librero, como a otros,
-que me guardase lo que encontrara de papeles
-históricos y de estampas españoles del siglo <span class="smcap">xix</span>.</p>
-
-<p>El librero era un viejo, muy viejo, y me proporcionaba
-lo que le pedía.</p>
-
-<p>Cuando subía desde la calle del Arenal por la
-de Capellanes solía echar una mirada por una ventana
-enrejada que daba al horno de una panadería,
-y recordaba la historia de don Tomás Manso
-y de su sobrino. Unos años más tarde de la guerra
-de Cuba, el librero de la rinconada me dijo
-que tiraban la casa grande de los Capellanes y que
-él iba a traspasar su tiendecilla.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_250" id="Page_250">[250]</a></span></p>
-
-<p>Cuatro o cinco meses después vi la casa de la
-calle de la Misericordia derribada y la alineación
-de la calle de Capellanes hecha.</p>
-
-<p>El librero me dijo que al derribar la casa, en un
-sótano, debajo de un almacén que tenía en la pared
-una fuentecilla con una cabeza de Medusa, se
-encontró un esqueleto de un hombre y unos huesecillos
-de feto.</p>
-
-<p>Los anticlericales de la vecindad supusieron
-que estos serían de alguna monja del convento
-vecino; respecto al esqueleto del hombre no se
-pudo saber de quién era.</p>
-
-<p>El día en que el librero me contaba esto entró
-un trapero, un tuerto desharrapado de cara alegre,
-barbas enmarañadas y la nariz roja, con un
-gran lío de papeles.</p>
-
-<p>&mdash;No los quiero&mdash;dijo el librero&mdash;; te los puedes
-llevar, Tuerto, yo ya me retiro.</p>
-
-<p>&mdash;A ver que trae usted ahí&mdash;le indiqué yo.</p>
-
-<p>&mdash;Lo daré muy barato&mdash;me dijo el trapero,
-dejando el paquete en una silla y quitándole una
-lía hecha con bramantes viejos y balduques.</p>
-
-<p>Había un tomo del <i>Palacio de los Crímenes</i>, de
-Ayguals de Izco; la <i>Historia de la revolución
-del 54</i>, por Ribot y Fontseré; dos folletos de Aviraneta,
-varios <i>Ecos del Comercio</i>, amarillos, y la
-proclama de los nacionales en agosto de 1835.</p>
-
-<p>Ni el librero ni el trapero habían oído hablar
-nunca de Chico, ni de Aviraneta, y mucho menos
-del pronunciamiento de los Urbanos.</p>
-
-<p>A mí, que había visto durante tanto tiempo
-carteles pintados con la muerte de Chico, del
-Cura Merino y de los hermanos Marina, que un<span class="pagenum"><a name="Page_251" id="Page_251">[251]</a></span>
-hombre mostraba con un puntero en las plazas,
-me chocaba que todo esto hubiera desaparecido
-tan completamente del recuerdo de las gentes.</p>
-
-<p>Y, sin embargo, así era.</p>
-
-<p>&mdash;Todo esto que traes aquí&mdash;dijo el librero&mdash;no
-vale nada. Cosas pasadas, sin importancia.</p>
-
-<p>&mdash;Nosotros también somos viejos&mdash;repuso el
-trapero y se nos ha pasado el tiempo.</p>
-
-<p>&mdash;Todo pasa, amigo trapero&mdash;le dije yo&mdash;. La
-hoja del árbol cae, la hoja de rosa se marchita, la
-hoja de papel se arruga y la comen los lepismas.
-El lepisma devora el papel; la carcoma y la polilla
-devoran la madera; las penas nos devoran a nosotros
-hasta que entregan su presa a los gusanos.</p>
-
-<p>&mdash;Todo no es mas que miseria&mdash;dijo el librero.</p>
-
-<p>&mdash;¿Saben ustedes cómo arreglo yo eso?&mdash;preguntó
-el trapero.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo lo arregla usted?</p>
-
-<p>&mdash;Pues echándome un quince siempre que
-puedo.</p>
-
-<p>&mdash;La otra manera de arreglarlo es la filosofía.</p>
-
-<p>&mdash;Mi filosofía es el vino. ¿Hace alguna de estas
-cosas, caballero? Me da usted lo que usted quiera
-por ellas.</p>
-
-<p>Le di tres pesetas por los dos folletos y por la
-proclama.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bueno, señores!&mdash;dijo el hombre volviendo
-a atar los libros&mdash;. Me voy a dedicar... a la filosofía.</p>
-
-<p>&mdash;Es usted un compadre alegre y jovial&mdash;le
-dije yo.</p>
-
-<p>&mdash;Naturalmente. Ahora me voy yo a la taberna
-del Vaqueiro del callejón de Preciados, y me tomo<span class="pagenum"><a name="Page_252" id="Page_252">[252]</a></span>
-una tajada de bacalao y un quince, y me río yo de
-los peces de colores.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hombre, eso está mal!&mdash;le dije yo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?&mdash;preguntó el hombre extrañado.</p>
-
-<p>&mdash;Yo me figuro que el bacalao es un pez, y
-comérselo y reírse luego de él, no me parece
-bien.</p>
-
-<p>&mdash;¡Vamos! Usted es un guasón. Pues sí, me
-tomo un quince o dos quinces, y le hago un corte
-de mangas al mundo entero.</p>
-
-<p>&mdash;Hasta que el vino te haga un corte de mangas
-a ti, Tuerto, y te lleve al Este&mdash;dijo el librero.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah!</p>
-
-<p>&mdash;Ten cuidado con esa nariz, se va pareciendo
-al Vesubio en ignición.</p>
-
-<p>&mdash;Te veo... Vesubio.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tiene usted hijos, trapero?&mdash;le pregunté yo.</p>
-
-<p>&mdash;Se tienen ellos...; yo, no... Yo los he traído
-al mundo...; ellos se agarran como pueden... ¡Salud,
-señores!</p>
-
-<p>El trapero echó su paquete al hombro, y yo
-volví al hotel pasando por delante del solar de la
-casa de los Capellanes y pensando que todo está
-hecho de polvo y que todo se tornará en el mismo
-polvo.</p>
-
-
-<p class="p2 i2">Madrid, marzo, 1921.</p>
-
-
-<p class="p2 center">FIN DE EL SABOR DE LA VENGANZA</p><hr class="chap" />
-
-
-
-<div class="chapter">
-<h2 class="nobreak">ÍNDICE</h2></div>
-
-<table border="0" cellpadding="5" cellspacing="5" summary="indice">
-
-<tr>
- <td class="tdrp" colspan="3">Páginas.</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl smcap" colspan="2"><a href="#PROLOGO">Prólogo</a></td>
- <td class="tdrb">9</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdcc large" colspan="3">LA CÁRCEL DE CORTE</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">I.</td>
-<td class="tdl"><a href="#CALAMAR">&mdash;El calamar.</a></td>
-<td class="tdrb">15</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">II.</td>
-<td class="tdl"><a href="#SOLO">&mdash;Solo.</a></td>
-<td class="tdrb">21</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">III.</td>
-<td class="tdl"><a href="#CARCEL">&mdash;La cárcel.</a></td>
-<td class="tdrb">25</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">IV.</td>
-<td class="tdl"><a href="#ANSELMO">&mdash;El padre Anselmo.</a></td>
-<td class="tdrb">31</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">V.</td>
-<td class="tdl"><a href="#LUCHAS">&mdash;Luchas.</a></td>
-<td class="tdrb">35</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">VI.</td>
-<td class="tdl"><a href="#PATIO">&mdash;El segundo patio.</a></td>
-<td class="tdrb">39</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">VII.</td>
-<td class="tdl"><a href="#MATONES">&mdash;Los matones.</a></td>
-<td class="tdrb">43</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdcc large" colspan="3">LA MUERTE DE CHICO O LA<br />VENGANZA DE UN JUGADOR</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdc" colspan="3">PRIMERA PARTE</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdc smcap" colspan="3">ANTECEDENTES</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">I.</td>
-<td class="tdl"><a href="#NIEVE">&mdash;Una noche de nieve.</a></td>
-<td class="tdrb">49</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">II.</td>
-<td class="tdl"><a href="#NUEVO">&mdash;Un preso nuevo.</a></td>
-<td class="tdrb">53</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">III.</td>
-<td class="tdl"><a href="#ROCAFORTE">&mdash;Miguel Rocaforte.</a></td>
-<td class="tdrb">57</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">IV.</td>
-<td class="tdl"><a href="#EMBROLLADO">&mdash;Un asunto embrollado.</a></td>
-<td class="tdrb">61<span class="pagenum"><a name="Page_254" id="Page_254">[254]</a></span></td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">V.</td>
-<td class="tdl"><a href="#OCURRIDO">&mdash;Lo ocurrido.</a></td>
-<td class="tdrb">69</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">VI.</td>
-<td class="tdl"><a href="#ASUNTO">&mdash;Se echa tierra al asunto.</a></td>
-<td class="tdrb">73</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">VII.</td>
-<td class="tdl"><a href="#DAVALOS">&mdash;Castelo y Paca Dávalos.</a></td>
-<td class="tdrb">79</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">VIII.</td>
-<td class="tdl"><a href="#ABISMO">&mdash;Hacia el abismo.</a></td>
-<td class="tdrb">83</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">IX.</td>
-<td class="tdl"><a href="#CASTELO">&mdash;Chico y Castelo.</a></td>
-<td class="tdrb">89</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdc" colspan="3">SEGUNDA PARTE</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdc smcap" colspan="3">CONSECUENCIAS</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">I.</td>
-<td class="tdl"><a href="#FIVEFOUR">&mdash;La revolución del 54.</a></td>
-<td class="tdrb">101</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">II.</td>
-<td class="tdl"><a href="#PASO">&mdash;Mal paso.</a></td>
-<td class="tdrb">107</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">III.</td>
-<td class="tdl"><a href="#INSOMNIO">&mdash;Una noche de insomnio.</a></td>
-<td class="tdrb">117</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">IV.</td>
-<td class="tdl"><a href="#CHICO">&mdash;El final de Chico.</a></td>
-<td class="tdrb">121</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">V.</td>
-<td class="tdl"><a href="#ACOSADO">&mdash;Acosado.</a></td>
-<td class="tdrb">127</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">VI.</td>
-<td class="tdl"><a href="#SALADERO">&mdash;En el Saladero.</a></td>
-<td class="tdrb">133</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">VII.</td>
-<td class="tdl"><a href="#HOSPITAL">&mdash;El hospital.</a></td>
-<td class="tdrb">139</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">VIII.</td>
-<td class="tdl"><a href="#LOCURA">&mdash;La locura.</a></td>
-<td class="tdrb">143</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">IX.</td>
-<td class="tdl"><a href="#ALIMANAS">&mdash;Alimañas.</a></td>
-<td class="tdrb">147</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdcc large" colspan="3">LA CASA DE LA CALLE<br />DE LA MISERICORDIA</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">I.</td>
-<td class="tdl"><a href="#DESCALZAS">&mdash;La casa de los Capellanes de las Descalzas.</a></td>
-<td class="tdrb">153</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">II.</td>
-<td class="tdl"><a href="#CASA">&mdash;Fauna y flora de la casa.</a></td>
-<td class="tdrb">159</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">III.</td>
-<td class="tdl"><a href="#LIBRERO">&mdash;La ejecución de Miyar, el librero.</a></td>
-<td class="tdrb">171</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">IV.</td>
-<td class="tdl"><a href="#SOLEDAD">&mdash;Soledad.</a></td>
-<td class="tdrb">179</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">V.</td>
-<td class="tdl"><a href="#ANONIMOS">&mdash;Anónimos.</a></td>
-<td class="tdrb">187</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">VI.</td>
-<td class="tdl"><a href="#PREPARATIVOS">&mdash;Preparativos.</a></td>
-<td class="tdrb">191<span class="pagenum"><a name="Page_255" id="Page_255">[255]</a></span></td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">VII.</td>
-<td class="tdl"><a href="#CRIMEN">&mdash;El crimen.</a></td>
-<td class="tdrb">195</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">VIII.</td>
-<td class="tdl"><a href="#CRISTO">&mdash;La escuela de Cristo.</a></td>
-<td class="tdrb">199</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">IX.</td>
-<td class="tdl"><a href="#FANTASMA">&mdash;El fantasma.</a></td>
-<td class="tdrb">203</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdcc large" colspan="3">ADÁN EN EL INFIERNO</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">I.</td>
-<td class="tdl"><a href="#ADAN">&mdash;Adán.</a></td>
-<td class="tdrb">207</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">II.</td>
-<td class="tdl"><a href="#FORTUNA">&mdash;La cuadrilla del Fortuna.</a></td>
-<td class="tdrb">209</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">III.</td>
-<td class="tdl"><a href="#ODIO">&mdash;El odio.</a></td>
-<td class="tdrb">213</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdcc large" colspan="3">MI DESQUITE</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">I.</td>
-<td class="tdl"><a href="#PRONUNCIAMIENTO">&mdash;Plan de pronunciamiento.</a></td>
-<td class="tdrb">223</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">II.</td>
-<td class="tdl"><a href="#OCURRIDO2">&mdash;Lo ocurrido.</a></td>
-<td class="tdrb">229</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">III.</td>
-<td class="tdl"><a href="#PERDIDA">&mdash;Partida perdida.</a></td>
-<td class="tdrb">239</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdr">IV.</td>
-<td class="tdl"><a href="#ESCAPATORIA">&mdash;Escapatoria.</a></td>
-<td class="tdrb">243</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdlp smcap" colspan="2"><a href="#EPILOGO">Epílogo</a></td>
- <td class="tdrb">247</td>
-</tr>
-
-</table>
-
-
-
-
-
-
-
-
-
-<pre>
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of El Sabor de la Venganza, by Baroja Pío
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL SABOR DE LA VENGANZA ***
-
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-
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-
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-
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-Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
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