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-The Project Gutenberg eBook, El doncel de don Enrique el doliente, Tomo
-III (de 4), by Mariano José de Larra
-
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
-other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
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-Title: El doncel de don Enrique el doliente, Tomo III (de 4)
- Historia caballeresca del siglo quince
-
-
-Author: Mariano José de Larra
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-Release Date: November 25, 2016 [eBook #53589]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-
-***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL DONCEL DE DON ENRIQUE EL
-DOLIENTE, TOMO III (DE 4)***
-
-
-E-text prepared by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box, and the Online
-Distributed Proofreading Team (http://www.pgdp.net) from page images
-generously made available by Internet Archive (https://archive.org)
-
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-
-Note: Images of the original pages are available through
- Internet Archive. See
- https://archive.org/details/eldonceldedonenr03larr
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-
- Project Gutenberg has the other three volumes of this work.
- Volume I: see http://www.gutenberg.org/ebooks/53587
- Volume II: see http://www.gutenberg.org/ebooks/53588
- Volume IV: see http://www.gutenberg.org/ebooks/53590
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-
-NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
-
- En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las
- versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.
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-EL DONCEL DE DON ENRIQUE EL DOLIENTE:
-
-HISTORIA CABALLERESCA
-DEL SIGLO QUINCE
-
-por
-
-D. MARIANO JOSÉ DE LARRA.
-
-SEGUNDA EDICION.
-
-TOMO III.
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-
-Madrid: 1838.
-IMPRENTA DE LOS HIJOS DE D.ª CATALINA PIÑUELA,
-_calle del Amor de Dios, núm. 7_.
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-
-EL DONCEL DE _Don Enrique el Doliente_.
-
-
-
-
-CAPITULO XXII.
-
- Cuando la noche cerró,
- ambos se fueron armare,
- cabalgaron á caballo,
- salieron de la ciudade,
- armados de todas armas
- á guisa de peleare.
-
- _Rom. del marques de Mántua._
-
-
-Con feroz espresion de alegría llegó Abenzarsal á noticiar al conde
-de Cangas y Tineo el funesto resultado de su bien combinada intriga:
-gran parte habia tenido en ella la casualidad; pero ni creyó oportuno
-declarárselo asi al conde, ni acaso lo creería él mismo. Regocijóse
-mucho don Enrique de Villena al principio de su narracion, pero
-fue oscureciendo su rostro una nube de descontento cuando llegando
-al desenlace de la escena referida en nuestro anterior capítulo,
-calculó que á la hora en que él estaba escuchando tranquilamente
-de boca del empedernido viejo la horrible maquinacion, ésta podria
-estar costándole la vida á uno de los dos combatientes, pues no
-era dificil inferir que á pelear y no á otra cosa habian salido en
-aquella forma y á aquellas horas del alcázar el amoscado hidalgo y
-el impetuoso caballero. Parecióle de veras mal que pasase la burla
-tan adelante. Cuando habia admitido para este asunto los ausilios del
-astrólogo judiciario, ó se habia lisonjeado de que este conseguiria
-colocar las cosas en cierto punto del cual no pasasen, y que bastase
-sin embargo para poner fuera de combate á sus enemigos; ó lo que
-es mas probable, no se habia tomado el trabajo de reflexionar
-suficientemente que las pasiones no se manejan con la mano, y que el
-tino ha de estar en ver cómo se ha de soltar el leon de la jaula,
-porque una vez suelto ni hay retroceder, ni hay calcular dónde y cómo
-habrá de parar el estrago. Como todos los hombres débiles y faltos
-de energía, habia procurado ahogar en un principio los latidos de
-su conciencia, si se nos permite esta atrevida metáfora. En valde
-trató el viejo redomado de tranquilizar su espíritu y embotar sus
-remordimientos, presentándole el caso menos arriesgado de lo que era
-y debia ser realmente; en valde le citó mil ejemplos de desafios
-empezados y no concluidos, y enumeró infinidad de ellos terminados
-al llegar al campo por miedo de uno ó de los dos adversarios, ó por
-cualquiera estraña casualidad sobrevenida; ó llevados á cabo, en fin,
-á costa solo de algunas heridas de poca importancia y gravedad. Para
-haber cedido á la insinuante persuasion del físico, era preciso no
-haber conocido el pundonoroso espíritu del hidalgo, y haber ignorado
-completamente la fibra irritable y la arrojada decision del doncel.
-Luchaba el conde con mortales angustias entre el deseo de ver perdido
-al doncel y el temor de que quedase envuelto en su ruina su fiel
-escudero, cuyos leales servicios, y cuya probidad, solo cariño y
-respeto le podian merecer. Si hubiera sido posible que por una causa
-agena enteramente de él hubiera desaparecido Macías y callado para
-siempre la importuna honradez del hidalgo, hubiérase alegrado tal
-vez; pero la idea de que iba á recaer sobre su cabeza la sangre de
-un semejante suyo, no era bastante malvado para arrostrarla. ¡Estado
-infeliz del hombre que ni puede llamarse bueno ni malo completamente,
-en cuyo corazon domina todavia el conocimiento, de lo primero, sin
-el suficiente vigor para desechar lo segundo! El tiempo entre tanto
-corria y era forzoso decidirse presto.—Abenzarsal, dijo por fin
-Villena con la violencia que se hace el enfermo para pasar de un
-trago la amarga medicina, á que ha de deber mal su grado su salud,
-Abenzarsal, me habeis perdido. Nada habeis hecho por mi, si muere
-alguno. Corramos á evitar una catástrofe. ¡Ay de nosotros si llegamos
-tarde! No os mandé yo tanto.
-
-—¿Qué dices, señor? repuso asombrado el astrólogo, que contaba
-todavia con la indecision del conde y con su propia elocuencia para
-acabarle de determinar. ¿Pretendes lograr tus planes con semejante
-cobardía? ¿nada quieres sacrificar? nada, pues, lograrás. El
-entendido maestro corta un brazo para salvar los demas miembros.
-Los términos medios nada remedian. Dejémosles correr su suerte. Si
-su constelacion por otra parte es morir, ¿qué poder tendrémos para
-contrastar los astros?
-
-—¡Los astros! ¡los astros! acostumbrado á ese pérfido lenguaje,
-quereis deslumbraros á vos mismo. Si uno de ellos está pereciendo en
-este instante, ¿qué astro sino vuestra intriga los habrá perdido?
-
-—Eso querrá decir don Enrique, que su constelacion era que los
-perdiese mi intriga.
-
-—Basta, Abenzarsal, gritó Villena mirando al reloj. Cada grano de
-menuda arena, que veis caer en la parte inferior de esa vasija, es
-una gota de sangre tal vez; y no encierran tantas gotas las venas de
-ningun hombre como granos contiene ese arenero. Abenzarsal, yo quiero
-que su constelacion no ordene su muerte: venid conmigo...
-
-—¿Adónde? ¿Quién es capaz de adivinar dónde han dirigido sus pasos
-enmedio de las tinieblas de la noche dos locos, que...?
-
-—Locos, sí, locos; pero hombres, en fin, que cuerdos ó locos no
-tienen mas que una vida, y esa la perderán si los dejamos.
-
-—¿Y bien? ¿Serán los primeros que hayan muerto víctimas de su
-necedad? ¿Soy yo, por ventura, quien los ha persuadido de que vale
-tanto una hermosura pasagera como la vida del hombre? Si no han
-aprendido á conocer á la muger, ¿será nuestra la culpa de su muerte?
-¡Insensatos! Los que consienten en morir por un ser pérfido, no
-merecen que dé nadie dos pasos para salvarles la vida. ¿Serán por
-ventura mas felices cuando la conserven para vivir esclavos, y
-fascinados por el loco capricho de un sexo envenenador, para creer
-gozar en una falsa sonrisa, para llorar lágrimas de sangre ante un
-injusto desden? Su muerte será acaso su felicidad.
-
-—¡Sofisma, Abenzarsal, bárbaro sofisma!
-
-—Es decir, pues, replicó el viejo, batido en sus últimos
-atrincheramientos, es decir...
-
-—Es decir, viejo insaciable, que no consiento réplicas. ¿Cuánto oro
-necesitas para ceder? ¿En cuánto aprecias la vida de dos hombres?
-
-—Si por eso lo decís, en nada. De valde los salvaré.
-
-—Tomad, sin embargo, repuso Villena arrojándole otro bolson, parecido
-al que poco antes le habia dado, tomad y acallad con oro vuestra
-conciencia, si es que os remuerde de obrar bien alguna vez. Vamos de
-aqui. ¡Quiera el cielo oir mis votos! Aseguremos sus vidas, y no nos
-faltarán medios despues para deshacernos de ellos de un modo menos
-culpable.
-
-Al decir esto asió del brazo al astrólogo, que obedeció de mala gana
-á la violencia que se le hacia.—¡Hé aqui el hombre! salió diciendo
-entre dientes detras de Villena, que á pasos precipitados se lanzó
-fuera del aposento. Inventa recursos, Abenzarsal, añadió hablando
-consigo mismo, imagina arbitrios para engrandecer á un ser débil y de
-carácter indeciso, y él mismo derribará la obra que hayas edificado.
-¡Remordimientos, remordimientos, dos hombres! Sin embargo, si mueren
-por una hermosa, la hermosa al saber su muerte la colgará como trofeo
-en el altar de sus conquistas, y volverá los ojos á emponzoñar
-tranquilamente con nuevas sonrisas y desdenes la existencia de un
-tercero. ¡Y nosotros entre tanto con remordimientos!
-
-Mientras esto pasaba en la cámara de don Enrique de Villena,
-caminaban hácia el soto de Manzanares con el mayor silencio nuestros
-dos competidores. El hidalgo, al salir por la puerta del cubo de la
-Almudena, se habia vuelto á Macías, que le seguia con la indiferencia
-y serenidad de un hombre que nada espera y que está por consiguiente
-dispuesto á todo, y le habia dicho: “Caballero, mientras mas
-apartados de la poblacion, reñirémos con mas libertad.” Al decir
-estas palabras, que fueron sin duda oidas, aunque no contestadas,
-hizo un ademan con la mano dando á entender que debian seguir
-algun trecho mas adelante camino de la casa del Pardo, que á la
-sazon edificaba don Enrique el Doliente en medio del famoso soto.
-Macías manifestó su asentimiento á tal proposicion siguiéndole á
-pocos pasos. Asi anduvieron largo trecho, conservando siempre entre
-sí igual distancia y el mismo silencio; parecian en medio de la
-oscuridad dos troncos cortados á igual altura, que movidos de impulso
-estraordinario se trasladaban á otro punto, por entre sus muchos
-lozanos compañeros, que desafiaban á las nubes con sus altas copas,
-por cuyas ramas pasaba agitándolas y susurrando tristemente el viento
-de las vecinas sierras. Por fin, llegaron á una especie de plazoleta
-formada por los leñadores, que habian hecho su carga en aquel parage
-derribando algunos arbustos y matorrales. Paróse al entrar en ella
-el hidalgo, miró en derredor, y dando con el pie en el suelo y
-desembozando su corto capotillo, “_Aqui_, dijo con voz alterada por
-la cólera, _aqui_.” Imitó el doncel su accion, y desenvainando su
-espada sosegadamente, esperó á que le acometiera su contrario con
-resuelto continente. Desenvainó la suya tambien el escudero, pero
-antes de proceder al combate cruel que los esperaba,—No creo inútil,
-dijo al doncel, que fijemos los pactos de nuestro duelo. En primer
-lugar, deseo preguntaros si teneis noticia de una música que se dió
-no hace muchas noches al pie de la ventana de mi señora la condesa de
-Cangas y Tineo.
-
-—Sí, contestó Macías secamente. Defendeos.
-
-—Esperad. ¿Y sabeis quién era el músico?
-
-—No me creo obligado á contestaros, repuso Macías en el mismo tono,
-volviendo á hacer ademan de dar principio al combate.
-
-—¿Y quereis decirme quién era la dama enlutada que acusó esta mañana
-en pública corte á mi señor el conde?
-
-—Los mismos datos teneis para conocerla que yo.
-
-—¿Qué motivos tuvísteis para abrazar su defensa?
-
-—Los que creí justos.
-
-—¿Cómo os he encontrado solo con ella en el laboratorio del judío?
-¿Sabeis que soy su esposo?
-
-—He dicho una vez por todas que no me creo obligado á responderos. No
-acostumbro á sufrir interrogatorios.
-
-—No me podréis negar que una entrevista de esa especie supone
-relaciones que mi honor...
-
-—Vuestro honor está ileso. Vuestra esposa inocente.
-
-—Probádmelo.
-
-—Con la punta de mi espada al momento.
-
-—¿No teneis, pues, otras pruebas...?
-
-—Para hablar, hidalgo, no necesitábamos habernos apartado tanto de
-Madrid.
-
-—Decis bien, repuso el hidalgo, en quien crecia la ira mas y mas en
-el corazon con cada respuesta del arrogante mancebo; vengamos, pues,
-á los pactos de nuestro duelo. El que venza.
-
-—El que venza, dijo Macías irritado ya por la tardanza, enterrará al
-otro, ó lo dejará, si le parece mejor, para pasto de los cuervos de
-Castilla.
-
-—Si le venciese, empero, sin matarle, podrá imponerle...
-
-—Os prevengo, hidalgo, que no me vencereis sino matándome. Por lo
-demas, recordad que no estais armado caballero, y que cuando me
-sujeto á reñir con vos, no puede haber pacto por consiguiente entre
-nosotros.
-
-—No estoy armado, pero soy hidalgo. Por no haberla recibido no
-desconozco la orden de caballería...
-
-—Probadlo, pues.
-
-Bien vió el hidalgo que en valde intentaria obtener de su adversario
-mas ámplias esplicaciones. Meditó un momento buscando en su
-imaginacion algun medio que pudiera hacerle conocer si era realmente
-tan culpada su esposa como él lo habia imaginado, ó si habria
-procedido de ligero; pero no hallando ninguno, y temiendo, por fin,
-que sus dilaciones diesen motivo al doncel para dudar de su valor,
-púsose en actitud de acometer sin proferir mas palabra, y dentro de
-pocos instantes sonaban ya las espadas cruzándose con desapacible y
-temeroso ruido. La oscuridad no permitia una defensa tan hábil como
-la exigia la seguridad de cada uno; pero en cambio podemos decir que
-realmente entrambos á dos tiraban mas bien á ofender al contrario que
-á resguardar su propia vida del contrapuesto acero. Por otra parte
-los dos manejaban las armas y las conocian perfectamente. Imposible
-nos fuera enumerar y describir los golpes que se tiraron y las
-heridas que recibieron: nada dicen de esto las leyendas. Lo único que
-podemos asegurar como si lo hubiéramos visto, es que á poco rato de
-encarnizada refriega se hallaba ya tinto el suelo en mas de un parage
-con la roja sangre de los combatientes. Ni una palabra se oía; una
-esclamacion involuntaria que exhalaba alguno al sentirse herido, ó al
-conocer que su estocada habia dado en el cuerpo del contrario, y el
-aullido de algun lobo, que al ruido del hierro huía precipitadamente
-todo espantado del sitio del combate, era el único rumor que en gran
-trecho á la redonda se percibia.
-
-De alli á poco, parándose de pronto el doncel y clavando en tierra
-la punta de su espada,—Hidalgo, dijo en voz baja, teneos: ¿no habeis
-oido algo?
-
-—Nada, respondió el hidalgo cesando de pronto en el acometer.
-
-—Imaginé haber oido pies de caballos en el camino inmediato, y aun
-si mi oido no me engaña, pasos de alguna persona entre esos espesos
-matorrales.
-
-—Alguna fiera que busca su guarida. ¿Estais cansado?
-
-—De vivir y de que me resistais. Espero que no podré temer una
-emboscada ni...
-
-—¿Qué decís? ¿no hemos salido juntos?
-
-—Perdonad.
-
-—¿Estais herido?
-
-—No, contestó Macías con voz que reprimia el dolor, tal vez, de los
-golpes recibidos. No es vuestra la herida que me duele.
-
-—Ahora creo yo oir gente, dijo á su vez Fernan; sintiera que nos
-interrumpiesen.
-
-—¿Interrumpir, hidalgo? ¡Ea! acabemos de una vez. A buen tiempo
-llegan; enterrarán al vencido.
-
-—Acabemos, respondió Fernan.
-
-Y volvieron con nuevo furor al interrumpido combate, no ya como hasta
-entonces batiéndose segun las reglas de la caballería, y atacando y
-respondiendo. Alzadas á un tiempo mismo las espadas, descargábanlas
-simultáneamente sin cuidar mas de la defensa que si tuvieran dos
-vidas. Iban á acabarse muy presto uno á otro, pues que si bien
-Macías llevaba indudablemente ventaja en el manejo de las armas,
-la oscuridad y su rabia no le permitian usar de ella, y el hidalgo
-reñia con zelos. La casualidad empero quiso que Hernan Perez al
-arrojarse sobre su adversario pusiese el pie en un parage del suelo
-humedecido con la sangre que ambos habian perdido, y por lo tanto
-resbaladizo: no bien le habia sentado, cuando el mismo impulso que
-su cuerpo llevaba le hizo venir á tierra á los pies del enfurecido
-doncel. Vencedor ya éste, dirigió la punta de su espada al rostro
-del caido.—¡Sois muerto! le gritó; pero al mismo tiempo una mano,
-mas fuerte que las manos unidas de diez hombres, asiendo del brazo
-del vencedor, no solo le detuvo en su mortífero intento, sino que
-levantándole en el aire le apartó largo trecho del sitio de la
-pendencia con la misma facilidad que lleva el viento un ligero copo
-de nieve de una parte á otra. No volvia el doncel de su aturdimiento,
-ni acababa de entender el caido hidalgo cómo le duraba la vida
-todavia.
-
-Oyóse al mismo tiempo gran ruido de caballos que se abrian paso por
-entre la espesura de la selva.—¡Aqui estan, decian unos á otros,
-aqui!—Llegándose en seguida dos de los ginetes, que para alumbrarse
-traían teas en la mano, al que en el suelo yacía, iluminó su rostro
-el resplandor, y no debia de estar muy bien parado segun lo indicaba
-su estrema palidez; probó á levantarse al sentir sobre sí aquella
-máquina de gentes estrañas, pero inútilmente: el terrible golpe
-que acababa de llevar, cayendo cuan largo era, habia abierto mas
-sus heridas, y asi permaneció en tierra esperando en silencio el
-desenlace de aquella estraordinaria interrupcion. Macías en tanto
-buscaba con los ojos, por todo lo que alcanzaba á ver á la luz de las
-teas, al atrevido que habia osado apartarle de aquel modo tan incivil
-como peregrino de su ya conseguida victoria; pero en cuanto los de
-las teas hubieron reconocido al hidalgo y á su contrario, matando
-las luces de repente:—El caido es Fernan Perez, dijo el que parecia
-principal de ellos; el otro el doncel.—Y no bien hubo acabado estas
-palabras, cuando precipitándose tres ginetes sobre el doncel, que se
-dirigia ya hácia ellos con el objeto de reconocer qué gente fuese,
-desenvainaron las espadas y comenzaron á acometerle todos á una con
-la ventaja de los caballos y con la de gente no cansada ya como él
-de pelear. Amparó Macías en tan inminente peligro sus espaldas del
-tronco de un árbol, y defendíase como un leon acosado á la puerta de
-su caverna por una manada de hambrientos lobos.
-
-—Date, le gritó uno de los tres: no queremos tu vida; sino tu persona.
-
-—Jamas, cobardes, les gritó Macías defendiéndose con bizarría, y
-á los primeros golpes acertó á dejar á uno desmontado hiriéndole
-peligrosamente el caballo. Los compañeros, que vieron tan indeciso
-el combate, acudieron en número de otros tres al ausilio, y era
-evidente que Macías no hubiera podido resistir mucho tiempo á lucha
-tan desigual.
-
-—Date, repitió el mismo que habia hablado al ver llegar el socorro,
-date ó eres...
-
-No pudo acabar la frase, porque dió consigo en tierra desde el
-caballo, con no poca admiracion del doncel, que entretenido con otro,
-no habia podido ofender al que hablaba. Igual suerte tuvo de alli á
-un momento el que mas acosaba á Macías.
-
-—¡Mueren por sí solos mis enemigos! esclamó Macías. Villanos,
-prosiguió cobrando ánimo con la invisible proteccion que el cielo le
-daba, rendíos, y decid quién sois, y qué intento os ha traido. Si
-sois salteadores...
-
-—¡Muera! dijo uno de los tres que le quedaban acometiendo: ¡muera!
-Yo daré cuenta de su muerte. Él ha muerto á tres de los nuestros.
-Abalanzóse sobre él Macías, pero antes de que su espada hubiese
-llegado á tocarle,—¡Cielos! esclamó el desconocido: ¡soy muerto! y
-cayó cuan largo era.
-
-Al oir esta esclamacion tan inesperada, llenos de terror sus
-compañeros dieron á correr gritando:—¡Es hechicero! ¡es hechicero!
-¡el diablo le defiende!
-
-Arrojóse tras ellos Macías, pero conoció que seria vano intento
-querer alcanzarlos; detúvole en aquel punto la misma mano que parecia
-haberle salvado aquel dia de tantos peligros.
-
-—¿Quién eres? iba á decir Macías á su invisible protector, cuando una
-voz ronca que parecia hablar sola enmedio de las tinieblas dijo con
-reposado continente:
-
-—¡Voto va! dejad ese venado, que ni sirven esas piezas para yantar,
-ni menos para vestir. El montero de ley no ha de cazar nunca raposas
-cuando puede cazar venado mas noble.
-
-—¡Cielos! esclamó Macías: ¿eres tú, Hernando? ¿Es á tí á quien debo
-esta noche la existencia acaso...?
-
-—¡Por Santiago! Yo creí que ya sabia mi amo el doncel Macías que
-donde está la fiera, alli está Hernando.
-
-—¡Hernando! esclamó Macías arrojándose en sus brazos.
-
-—Vaya, dejemos eso. Si esta noche me debeis la vida, yo os la estoy
-debiendo todo el año, pues me manteneis. ¡Voto va! ¿y qué pieza era
-esa que estaba ahí tendida?
-
-—Hernando, me recuerdas mi deber; busquemos á ese desgraciado. Está
-vencido, y debemos dar treguas al rencor.
-
-Pusiéronse á buscar en seguida al hidalgo, pero inútilmente.
-
-—¡Esta es buena! dijo Hernando. Los pícaros lo han llevado. ¡Bella
-presa! ¿No dije yo, señor, que no podia salir nada bueno de ese
-astrólogo? A mí líbreme Dios de hombre que no caza. En su vida ha
-cogido un venablo.
-
-—¡Ea! Hernando, esas reflexiones son para otro lugar; puesto que el
-hidalgo no parece, y que nosotros cumplimos ya con nuestro deber,
-partamos. Necesito curar mis heridas...
-
-—¿Tambien eso? vamos, señor: ¡vive Dios! Hernando quiere que lo
-monteen á él si vuelve á suceder mientras estemos en esta maldita
-corte que se separe un punto de su amo y señor.
-
-Concluida esta imprecacion hicieron otro rebusco por si á una parte
-ú otra podrian encontrar vivo ó muerto al escudero. Y yendo apoyado
-Macías en su fiel montero por el dolor que empezaban á causarle las
-heridas, tomaron en seguida el camino de Madrid, por el cual ningun
-vestigio habian dejado los de los caballos, si es que por él habian
-pasado.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-CAPITULO XXIII.
-
- ¿Qué mal teneis, caballero?
- ¿Querédes me lo contare?
- ¿Teneis heridas de muerte?
- ¿O teneis otro algun male?
- —Háme herido Carloto,
- su hijo del emperante,
- porque él requirió de amores
- á mi esposa con maldade;
- porque no le dió su amor,
- él en mí se fué á vengare,
- pensando que por mi muerte
- con ella habia de casare.
-
- _Rom. del marques de Mántua y Valdovinos._
-
-
-Cuando Elvira fue sacada de la mano por el astrólogo fuera de su
-cámara, á la inesperada entrada de Fernan Perez de Vadillo, apenas
-tuvo tiempo aquel de indicarla que habiendo informado ya á su alteza
-de sus circunstancias, la daba éste licencia para restituirse á
-su habitacion tranquilamente hasta el dia en que, realizándose el
-combate, hubiese de concurrir á sostener en el juicio de Dios su
-acusacion, por medio de sus pruebas ó del esfuerzo del caballero que
-habia escogido por campeon. Pero por una parte ella esperaba ya este
-resultado, y por otra el sobresalto en aquel primer momento no podia
-dar lugar á la reflexion; asi que, huir debió ser su primer cuidado.
-En realidad ninguna de las acciones de Elvira era culpable: por un
-esceso de amistad poco comun, y animada del espíritu caballeresco
-y reparador de agravios que se dejaba sentir tan generalmente en
-aquella época, se habia lanzado á un acto de generosidad que nadie
-podia reprocharle con razon fundada. Conociendo que no podia vengar
-á la condesa, ó descubrir su suerte y paradero sin ofender al conde,
-de quien al fin era escudero su esposo, un principio de delicadeza
-le habia inspirado la idea de ocultarse, á lo cual se habia añadido
-otra importante consideracion: no conocia en la corte de don Enrique
-caballero tan valiente ni generoso como Macías á quien dirigirse para
-que amparase su debilidad contra el enemigo que iba á grangearse;
-pero era demasiado perspicaz para no conocer cuán falsa era la
-posicion en que estaban uno respecto de otro, y demasiado virtuosa
-para no tratar de huir de toda ocasion en que pudiese aventurar
-aquel verbalmente una declaracion que ya tantas veces le habian hecho
-sus ojos con su elocuente silencio. En este asunto no habia, pues,
-en sus acciones otro delito ostensible contra su esposo sino aquella
-especie de reserva que con él habia guardado, reserva tanto mas
-disculpable cuanto que á no haber sido por la intriga del astrólogo,
-enteramente independiente de Elvira, y que no podia por consiguiente
-haber entrado en sus planes, le hubiera salido á medida de su deseo,
-puesto que solo se hubiera sabido que era ella la acusadora, del
-modo que sabemos haber estado en un baile de máscaras una persona á
-quien creemos haber conocido, pero que no se descubrió nunca en él,
-y que niega constantemente su asistencia; lo cual no es saber las
-cosas, sino dudarlas. El que su esposo la hubiese encontrado sola
-con el doncel en el laboratorio del químico, ella sabia, y el lector
-sabe perfectamente, que no podia ser argumento contra ella. Pero el
-lector sabia acaso una cosa que Elvira no sabia por lo visto, ó que
-no habia reflexionado bastante, y es que no hay posicion mas falsa
-que aquella en que se pone una persona al guardar secretos para
-otra que tiene derecho á exigir una total franqueza. El misterio
-hace aparecer culpables las cosas mas inocentes, y por otra parte
-es fuerza confesar que si las acciones de Elvira no eran culpables,
-acaso no podia ella decir otro tanto de sus pensamientos, por mas
-que procurase sofocarlos de continuo; y cuando nosotros mismos nos
-reconocemos culpados, de nada sirve para nuestra tranquilidad que
-nos tenga el mundo por inocentes. Si solo hubiera abrigado Elvira
-indiferencia con respecto á Macías, no se hubiera creido perdida al
-ver entrar á Vadillo; de lo cual es forzoso inferir: primero, que
-Elvira huyó de sí misma, creyendo huir de su esposo: y segundo, que
-para ser malo es preciso serlo del todo: una muger menos virtuosa que
-Elvira en todo este desgraciado asunto no hubiera comprometido ella
-misma su seguridad, porque hubiera calculado mas y dominado mejor sus
-emociones.
-
-Su primer pensamiento fue huir sin saber adonde; pero á poca
-distancia del aposento de Abenzarsal ofreciéronse á su imaginacion
-las reflexiones todas que hubieran debido ocurrírsele un momento
-antes: era inocente; declararia á su esposo francamente su
-posicion, y esta franqueza le grangearia mas y mas su aprecio. ¿Y
-adónde podia dirigir sus pasos sino á su habitacion? Cualquiera
-otro partido hubiera sido indisculpable. Llena de la idea de que en
-último resultado nada podia echársele en cara, pues que habia sabido
-resistir á las seductoras palabras del doncel, y nada habia en su
-conducta verdaderamente reprensible, dirigióse á su departamento, no
-sin luchar algun tanto, y aunque á su pesar desventajosamente, con el
-recuerdo perseguidor del diálogo que acababa de tener con un hombre
-mas peligroso de lo que ella pensaba para su tranquilidad. Habíanla
-seguido sus dueñas, inquietas al notar su zozobra é indecision.
-
-Quitáronla el manto en cuanto llegó y el antifaz, y pudo entregarse
-ya mas libremente á reflexionar sobre su verdadera posicion.
-
-La primera idea que entonces le ocurrió fue el riesgo de un próximo
-rompimiento en que habia dejado á Macías y á su esposo. Segura
-empero de que en nada habia ofendido á este último, é ignorante al
-mismo tiempo de las sospechas y recelos que le atormentaban de algun
-tiempo á aquella parte, no creyó que lo ocurrido pudiese ser motivo
-suficiente para comprometer su existencia; á lo cual se agregaba la
-reflexion de que á aquellas horas y en aquel sitio tan inmediato á la
-cámara de su alteza no era posible que se enredasen de palabras hasta
-el punto de realizar sus temores; y para el otro dia se prometia
-haber desvanecido ya todo género de duda en el corazon de Vadillo con
-respecto á su conducta, porque en esta materia las mugeres suelen
-contar siempre demasiado con los recursos que concedió el cielo á su
-sexo, naturalmente fascinador y artificioso. Mas serena con estas
-reflexiones, esperó la llegada de su esposo con toda la tranquilidad
-que en su posicion cabia, si bien sin hacer caso de las continuas
-interrupciones con que el pagecillo cortaba de cuando en cuando el
-hilo de su meditacion. Viendo éste por fin que eran inútiles cuantos
-recursos empleaba para distraer á la melancólica Elvira, y que
-tampoco estaba ésta por entonces de humor de descargar en su pecho el
-peso de sus secretos, decidióse á guardar silencio, esperando otra
-ocasion mas propicia de averiguar las penas que debian afligir á su
-hermosa prima. Retiróse con mal humor á un rincon de la pieza por ver
-si le llamaba al cabo de un rato de desvío, pero no habiendo surtido
-tampoco efecto alguno este inocente arbitrio, quedóse al cabo de un
-rato profundamente dormido con aquel sueño que tan facilmente se
-toma como se deja en aquella feliz edad de la vida que nuestro page
-alcanzaba. Mucho tardó en llegar el momento tan deseado y temido al
-mismo tiempo de Elvira; pero cuando por fin despues de horas enteras
-de ansiosa espectativa vió á su esposo, ¡cuán distinto le vió de lo
-que esperaba!
-
-Abrióse la puerta de la cámara, y lo primero que se ofreció á la
-vista de Elvira fue Fernan, llevado en brazos de dos siervos del
-conde de Cangas y Tineo. Apenas creía á sus ojos; pero cuando no
-pudo rechazar por mas tiempo la horrible realidad, arrojóse hácia él
-exhalando un ¡ay! que salia de lo mas hondo de su corazon, y que hizo
-abrir al herido los ojos lánguidamente, si bien volvieron á cerrarse
-casi en el mismo instante. ¡Vive! ¡vive! esclamó la desdichada
-esposa reparando su movimiento, y llegando sus labios á los suyos
-para reanimar su amortiguada vida. Dirigió en seguida á los que le
-traían mil preguntas, que se sucedian tan rápidamente unas á otras
-que apenas dejaban entre sí espacio para las respuestas. ¡Dios
-mio! ¡Dios mio! esclamó medio informada ya de lo ocurrido. ¡Hernan
-Perez! ¡Querido esposo! Estrechábale en sus brazos, regaba el pálido
-rostro de Vadillo con sus ardientes lágrimas, cogía una de las manos
-del herido entre las suyas, acercaba estas otra vez á su corazon
-por ver si palpitaba todavia... en una palabra, en aquel momento
-Macías entero habia desaparecido de su imaginacion: su esposo,
-herido, bañado en su sangre, moribundo, acaso por su imprudencia, la
-ocupaba toda. Toda lucha habia desaparecido, y el mas débil, el mas
-necesitado triunfaba entonces en su corazon de muger.
-
-Dejémosla entregada á su acerbo dolor, y al tierno cuidado del
-doliente hidalgo: otros personages de nuestra historia reclaman por
-ahora nuestra atencion. Con respecto al caballero, no habia salido
-tan mal parado de la refriega, pero no dejaban de reclamar sus
-heridas algun cuidado. Apoyado en el brazo del tosco montero llegó á
-las puertas de Madrid y al alcázar poco despues que su adversario.
-Introducido en su cuarto, salió Hernando inmediatamente á buscar un
-maestro en el arte de curar, como se llamaba entonces generalmente
-á esos seres de suyo carniceros que llamamos en el dia cirujanos,
-el cual maestro declaró que ninguna de sus heridas era mortal, con
-tanta seguridad y un tono tan decisivo como si él efectivamente lo
-supiera. Aplicóle las yerbas que mas convenientes le hubieron de
-parecer, y por esta vez hubiera sido notoria injusticia dudar un
-solo momento de su ciencia. Corrióse por la corte al punto que el
-doncel favorito de su alteza, á quien nadie conocia en lo distraido
-desde su vuelta de Calatrava, habia tenido un duelo singular en
-el soto de Manzanares, de cuyas resultas debia guardar el lecho
-por algunos dias. Y en atencion á que el escudero de don Enrique
-Villena habia necesitado tambien los ausilios del arte, y se hallaba
-igualmente en cama, no se dudó un momento que hubiese sido entre
-los dos el ruidoso duelo. Ahora bien, sabido esto, no era dificil
-que la pública maledicencia añadiese alguna particularidad notable
-á las circunstancias de la desavenencia, y que tratase de hallar el
-verdadero motivo de ella. Algunos de los enemigos del conde de Cangas
-no necesitaron mas para asegurar que éste, cuya natural prudencia
-era pública, tratando de evitar la necesidad siempre desagradable
-de responder á la acusacion intentada contra él, y sostenida por
-el doncel, habia determinado á su escudero á acometer á aquel,
-acompañado de otros varios, una tarde que habia salido á alconear por
-el soto de Manzanares; relacion á que daba bastante verosimilitud la
-circunstancia de haber vuelto Hernan en brazos de algunos siervos
-del de Villena. Otros sin embargo de los amigos de Macías que habian
-notado su singular aislamiento, su profunda tristeza, y que habian
-creido interceptar en varias ocasiones algunas miradas de rencor
-dirigidas por el doncel á Vadillo, y que recordaban con este motivo
-una serenata dada cierta noche á los pies de las habitaciones de
-la condesa, no se sabia por quién, tuvieron lo bastante para decir
-que el doncel habia puesto los ojos en cierta dama, cosa que no le
-habia parecido bien, segun ellos, al hidalgo, que aunque no era
-caballero, era marido, y segun malas lenguas un si es no es zeloso.
-A esta version daba algun peso tal cual sonrisa maligna que el
-judío Abenzarsal habia dejado escapar en algunos corrillos de la
-corte, donde se habia referido el duelo singular. El propalar estas
-especies no era en verdad servir amistosamente la pasion de Macías,
-ni hacer gran favor á la buena opinion y fama de Elvira; pero hay
-autores que aseguran que la amistad no escluye la envidia, de donde
-infieren que las conversaciones de los amigos no son siempre las mas
-favorables. Nosotros, que estamos lejos de participar de esta opinion
-arriesgada, creemos mas bien que algun amigo de Macías sospechó
-aquella esplicacion como la mas satisfactoria y natural sobre el
-lance ocurrido: este en confianza comunicaria su idea á algun otro
-amigo, quien la trasladaria á otro bajo la misma fé del secreto, de
-cuyo modo fue corriendo la noticia; y como somos defensores acérrimos
-de los amigos, en los cuales creemos, como en nuestra salvacion, nos
-atrevemos á asegurar que al repetirse sus conjeturas de boca en boca,
-siempre irian acompañadas de aquellas espresiones cariñosas, tales
-como: “¡Pobre Macías! ¿Sabeis que el desafío fue por Elvira?—¿Qué
-decís?—Sí, no lo digais; pero es indudable: está perdido de amores
-por ella; y es lástima ciertamente,” y otras semejantes, que
-descubren á cien leguas la mas pura amistad hácia el objeto de tales
-conversaciones.
-
-Lo cierto es que esas voces corrieron, y como fieles historiadores
-nos creemos obligados á asegurar, porque lo sabemos de buena tinta,
-que ni Macías ni el hidalgo pudieron dar lugar á ellas. Aquel estaba
-harto interesado en guardar el mas rigoroso silencio sobre punto
-tan delicado; y á éste no podia convenirle en manera alguna poner
-en claro la causa verdadera del desafío, pues tan de cerca tocaba
-al honor de su esposa. El mismo Enrique III tentó mas de una vez el
-vado con Macías, usando de las espresiones mas afectuosas, pero nunca
-pudo recabar nada de él; y otro tanto sucedió con el hidalgo, á quien
-quiso arrancar el conde de Cangas y Tineo la confesion de aquello
-mismo que él sabia ya demasiado bien por el astrólogo judiciario.
-
-Por lo que hace á éste y al ilustre colaborador de su funesta
-intriga, ya habrá conocido el lector que despues de los escrúpulos
-que habian atormentado, como arriba dejamos dicho, al indeciso conde,
-habian salido ambos con varios criados en busca de los desafiados,
-con el intento de salvar al escudero del peligro que le amenazaba
-peleando con tan acreditado caballero como era Macías, y de hacer
-desaparecer á éste de la corte, apoderándose de su persona, como
-en aquellos tiempos solian practicarlo los poderosos con los
-débiles, y encerrándole despues en alguno de los castillos del
-conde; desde donde no hubiera podido volver á poner obstáculos en
-su vida á los planes del nigromántico, como le llamaba el vulgo
-justa ó injustamente. Si este proyecto se habia malogrado, no habia
-sido en verdad por culpa del intrigante maestre, ni de su servicial
-consejero, sino merced al valor de Macías, y á la desconfianza,
-penetracion y fuerza sobrenatural del montero Hernando, quien luego
-que habia visto salir en aquella forma á su señor y al escudero,
-no habia dudado un solo momento en seguir sus pasos á lo lejos, y
-en espiar todas sus acciones, como el lector ha visto en nuestro
-capítulo anterior. Apenas habia podido distinguir en medio de la
-oscuridad cuál de los dos combatientes era su señor; pero luego que
-notó que uno de ellos habia caido, creyó que en todo caso lo mas
-seguro era separarlos, y solo al asir del que era realmente su amo
-le habia conocido. No sabemos si era su intencion favorecer, como
-favoreció, á su enemigo, pero lo que no se puede dudar es que sin
-su destreza en herir á los servidores del conde con los venablos
-arrojadizos de que se habia provisto antes de salir del alcázar,
-acaso se hubiera terminado nuestra historia mucho antes de lo que
-nosotros mismos deseamos, y de lo que quisiéramos que desearan
-tambien nuestros lectores.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-CAPITULO XXIV.
-
- Todo le parece poco
- respecto de aquel agravio;
- al cielo pide justicia,
- á la tierra pide campo,
- al viejo padre licencia,
- y á la honra esfuerzo y brazo.
-
- _Rom. del Cid._
-
-
-Despues del mal éxito que habia tenido la tentativa de don Enrique de
-Villena y del judío Abenzarsal para quitar de enmedio el estorbo de
-Macías, apenas les quedaba á estos otro recurso que esperar el sesgo
-que quisiesen tomar las cosas.
-
-En realidad solo podian temer ya de él fundadamente el juicio de
-Dios, que acerca de la acusacion quedaba pendiente, porque las
-medidas que habian tomado para asegurar el maestrazgo habian sido
-tales y tan buenas, que aunque quedaban declarados por la parcialidad
-de don Luis Guzman gran número de castillos y lugares de la orden,
-podia contar el maestre sin embargo con la mayor parte. Estaban
-por el Alhama, Arjonilla, Favera, Maella, Macalon, Valdetorno, la
-Frejueda, Valderobas, Calenda, y otras villas del Maestrazgo, con
-mas infinitos castillos, en los cuales habia puesto ya alcaides á su
-devocion. Con respecto á Calatrava, donde estaba el primer convento
-de la orden y el clavero, hechura todavia del maestre anterior, no
-se habian apresurado á prestarle el homenage debido, sino que habian
-respondido tanto á él como á su alteza que convocarian el capítulo
-para elegir y nombrar segun los estatutos de la orden al maestre.
-Lisonjeábase el clavero en su respuesta de que la eleccion de su
-alteza hubiese recaido en un príncipe tan ilustre y de sangre real,
-y se prometia que los votos todos unánimes de los comendadores y
-caballeros serian conformes con los deseos del rey don Enrique; pero
-esto era en realidad resistirse á la arbitrariedad y ganar tiempo
-con buenas palabras. El artificioso conde no habia creido oportuno,
-sin embargo, intrigar para que se acelerase la reunion del capítulo,
-porque se prometia acabar de ganar las voluntades de sus enemigos
-en el ínterin, y solo don Luis de Guzman era el que no perdonaba
-medio de llevar á cabo cuanto antes sus intenciones. Presentóse en
-consecuencia á su alteza con una humilde demanda, firmada por él y
-sus parciales: en ella alegaba el derecho de la orden de elegirse
-su maestre, y no dejaba de apuntar el que creía tener á la dignidad
-de que estaba ya casi en posesion el de Villena. No fue tan bien
-recibida esta mocion de su alteza como se esperaba; pero el rey
-Doliente era demasiado justiciero para atropellar abiertamente los
-fueros de una orden tan respetable: convenido ademas de que el cielo
-habia designado para maestre á su ilustre pariente, curábase poco
-de creer en la posibilidad de otra eleccion, y asi, fue su decision
-que el capítulo se reuniria en cuanto él recibiese las noticias
-que esperaba de Otordesillas, que eran en realidad las que mas por
-entonces le ocupaban, pues deseaba ardientemente que su esposa doña
-Catalina diese á luz un príncipe digno de succeder en su corona, si
-bien estaba jurada ya princesa heredera por las cortes del reino la
-infanta doña María su primogénita. Mas de un astrólogo de los que en
-aquellos tiempos de credulidad y supersticion vivian especulando con
-la pública ignorancia le habia lisonjeado con esperanzas conformes
-con sus deseos. Quedó, pues, pendiente por entonces el litigio
-del maestrazgo, y cada uno de los contrincantes procuró aprovechar
-aquel intervalo para engrosar su partido. Don Enrique era entre
-tanto el mejor librado, pues disfrutaba á buena cuenta de las
-prerogativas y de gran parte de las rentas y dominios del maestrazgo,
-que la adulacion de sus parciales se habia adelantado á poner á su
-disposicion.
-
-Quedaba en pie solamente la otra merced que en la mañana de la
-acusacion de Elvira habia dispensado su alteza al adversario de
-Villena. Pero no tardó mucho Macías en estar en disposicion de
-concurrir de nuevo á la corte, y de acompañar al rey en sus partidas
-de cetrería, especie de caza de que gustaba mucho su alteza, y en
-que su doncel sobresalia singularmente: afianzóse mas en ella la
-amistad que el rey le profesaba; en consecuencia de alli á poco su
-alteza mismo quiso, como lo habia prometido, poner el hábito de
-Santiago á su doncel: esta ceremonia, que con toda la solemnidad,
-que de tal padrino podia esperarse, se verificó en la iglesia de
-la Almudena, con presencia del maestre de la orden y de todos los
-comendadores y caballeros santiaguistas que asistian á la sazon á
-la corte; favor singular que hubiera lisonjeado singularmente el
-amor propio de Macías si hubiese él podido desechar la funesta idea
-que le perseguia siempre por todas partes, desde que por primera
-vez habia visto á Elvira, y en particular desde que la esplicacion
-desgraciada que habia tenido en la cámara del judío no habia podido
-dejarle á ella duda alguna acerca de su amorosa pasion. El doncel
-desde aquella funesta noche no habia vuelto á ver al objeto de su
-amor, que viviendo en el mayor retiro, y cuidando solo de la salud
-de su convaleciente esposo, evitaba toda ocasion de presentarse
-en público, fuese porque la tristeza, que cada vez se arraigaba
-mas en su corazon, la hiciese no hallar gusto sino en la soledad,
-fuese porque se hubiese afirmado en quitar al doncel todo motivo de
-esperanza; fuese, en fin, por desvanecer en el ánimo de Fernan Perez
-de Vadillo todo género de duda acerca de su irreprensible conducta.
-¿De qué servia empero al doncel no ver personalmente á Elvira, si un
-solo momento no se separaba su recuerdo de su ardiente imaginacion?
-
-Entre tanto se restablecia diariamente el hidalgo de sus heridas: el
-cuidado de su esposa, la flaqueza que aun le quedaba, y la ausencia
-del doncel, si no habian bastado á aplacar su rencor, contribuían
-no poco á debilitar la fuerza de sus sospechas, y á embotar en gran
-manera sus primeros zelos. Pero conforme iba volviendo la serenidad
-al corazon de su esposo, conforme iba el peligro desapareciendo,
-volvia á tomar imperio sobre Elvira el recuerdo de su perdido amante.
-Le hubiera sido ademas imposible olvidarle del todo. En la corte
-ningun caballero hacia mas papel que Macías: era raro el dia que no
-tenia que oir de sus mismos criados los elogios suyos, que de boca
-en boca se repetian. Ya habia abordado en la plaza con tal primor,
-que habia dejado atras á los mejores jugadores de tablas: ya habia
-compuesto una trova ó una chanzon tan tierna, tan melancólica, que no
-habia dama que no la supiese de memoria, ni juglar que no la cantase
-al dulce son de la vihuela de arco, instrumento de quien dice el
-arcipreste de Hita, autor contemporáneo,
-
- La vihuela de arco fas dulses de bailadas,
- adormiendo, á veces, muy alto á las vegadas,
- voces dulses, sonosas, claras, et bien pintadas,
- á las gentes alegra, todas las tiene pagadas.
-
-¿Y cómo resistir sobre todo á este mágico poder, si al leer la trova
-ó la chanzon, donde los demas no veían mas que una brillante poesía,
-Elvira no podia menos de leer un billete amoroso? Parecia que sus
-composiciones la estaban mirando continuamente á ella, como los
-ojos de su autor. Miraba á veces á su esposo al parecer Elvira, y
-su imaginacion solia estar muy lejos de él. Una lágrima entonces,
-dedicada al doncel, solia asomarse á sus ojos. Vadillo, convaleciente
-aun, la miraba absorto y enternecido; “Elvira, le decia, da tregua
-á tu afliccion: todo peligro ha huido: me siento mejor ya, y esas
-lágrimas que por mí derramas solo pueden contribuir á afligirme.”
-Volvia en sí Elvira al oir esas palabras: un oculto sentimiento de
-vergüenza teñía sus mejillas de carmin, y la despedazaba la idea de
-abusar sin querer de la credulidad de su esposo.
-
-En los primeros dias habia esperado Elvira á que Fernan la hablase
-del acontecimiento que le habia reducido á aquel término, y lo habia
-esperado con ansia y con temor, pero en valde. El hidalgo, fuese por
-amor propio, fuese por no tener bastante seguridad para emprender una
-esplicacion en que él no podia hacer todavia el papel de acusador,
-guardó el mas rigoroso silencio. En vista de esta conducta, parecióle
-á Elvira que lo mejor que podia hacer era aventurar alguna pregunta;
-pero igual suerte tuvo su arrojo que su espectativa. No solo no
-consiguió ninguna esplicacion satisfactoria en este punto, sino que
-habiendo conocido que toda conversacion relativa á la noche del duelo
-alteraba visiblemente á Vadillo, hubo de renunciar á su importuna
-curiosidad. Creyendo el hidalgo tambien que su esposa le negaria
-haber sido ella la enlutada encontrada en el cuarto del astrólogo,
-y que mientras no tuviese otras pruebas irrecusables seria mas bien
-espantar la caza que asegurarla el hablar del caso, observaba sobre
-este particular la misma conducta que sobre el duelo, reservándose
-sin embargo dos cosas: primero, el propósito de espiar mas
-escrupulosamente en lo sucesivo todos los pasos de Elvira; segundo,
-la intencion decidida de terminar cuanto antes con cualquiera ocasion
-y pretesto que fuese el suspendido duelo con el hombre primero que
-habia aborrecido en su vida, y que habia aborrecido como se aborrece
-cuando no se aborrece mas que á uno.
-
-Constante en estos propósitos, no bien estuvo Hernan Perez
-restablecido, dirigióse á la cámara de su señor el conde de Cangas.
-Su semblante dejaba ver todavia la huella de la enfermedad.
-
-—Hernan Perez, le dijo don Enrique con afabilidad, ¿os han permitido
-ya dejar el lecho? Debiérais recordar sin embargo que vuestra salud
-es harto importante para vuestro señor, y no esponerla con tan
-temerario arrojo á una recaida peligrosa.
-
-—Las heridas del cuerpo, gran príncipe, aquellas que hizo la lanza
-ó la espada, repuso Vadillo con reconcentrada tristeza, sánanse
-facilmente: las que recibimos en el honor son las que no se curan
-sino de una sola manera.
-
-—¿Qué decís? ¿Será que por fin os habreis decidido á abrirme
-francamente vuestro corazon? contestó don Enrique. ¿Será que
-querais esplicarme los motivos de vuestra conducta, de ese duelo
-singular, cuyos efectos se ven todavia en vuestro rostro, y de esa
-reconcentrada melancolía que deja diariamente en él huellas aun mas
-indelebles y duraderas?
-
-—Señor, contestó Vadillo, ya creo haber manifestado á tu grandeza en
-varias ocasiones que mi mayor pena es no poder confiarte las muchas
-que agovian á tu escudero.
-
-—Quiero no darme por ofendido, contestó friamente Villena, de vuestra
-inconcebible reserva.
-
-—Perdónala, señor, dijo Vadillo hincándose de rodillas, y permite que
-puesto á tus plantas solicite tu escudero de tu grandeza una gracia,
-que acaso nunca te hubiera propuesto sino en el campo de batalla, si
-una ofensa, y una ofensa mortal, no le obligara á ello.
-
-—Alzad, Vadillo, y decid la gracia, que yo os juro por Santiago que
-os será concedida.
-
-—No me levantaré, señor, mientras no sepa que nadie en lo sucesivo
-podrá decir impunemente á un hidalgo: “_No ha lugar á pactos entre
-nosotros, pues no eres caballero._” Ármame, señor. Si mis largos
-servicios te fueron gratos, si pasando de la clase de doncel, en que
-fui admitido á tu servicio, á la honrosísima que ocupo hoy á tu lado,
-no dejé nunca de cumplir con esas sagradas obligaciones que los mas
-grandes señores no se desdeñan de ejercer; si desempeñé los deberes
-de la hospitalidad con tus huéspedes, y los de la mesa contigo; si
-fue siempre la fidelidad mi primera virtud; si has tenido pruebas de
-mi valor alguna vez, confiéreme, señor, esa orden tan deseada. Y si
-no bastan mis méritos, básteme esa hidalguía, de que en valde blasono
-si puede cualquiera deshonrarme impunemente como á villano pechero.
-
-—Alzad, Vadillo, dijo don Enrique viendo que habia acabado su
-peticion el afligido escudero. Por mucho que me sorprenda vuestra
-demanda en esta coyuntura, continuó, por mucho que me dé que recelar,
-mal pudiera negaros una gracia á que sois, Vadillo, tan acreedor.
-
-—Guarde el cielo, señor, tu grandeza...
-
-—Remitid, Vadillo, vanos cumplimientos. Os armaré: os lo prometí en
-pública corte no ha mucho tiempo, y torno á repetíroslo ahora. Pero
-decidme, ¿qué causa en esta ocasion mas que en otra...?
-
-—Tu honor y el mio. Has sido calumniado, atrozmente calumniado;
-porque tú me digistes, señor...
-
-—Calumniado, sí, Vadillo, calumniado. Pongo al cielo por testigo, que
-podeis, fiado en la justicia de mi causa...
-
-—Bástame tu palabra á desvanecer mis dudas todas. Quiero, pues, que
-mi primer hecho de armas, en que gane mi divisa, sea la defensa de mi
-señor. Yo alcé en tu nombre el guante que un mancebo temerario arrojó
-públicamente en testimonio de desafío. Yo responderé de él: si tu
-causa es justa, la victoria es segura.
-
-—¿Cómo pudiera no aceptar vuestra generosa oferta, Fernan Perez?
-Quédame, sin embargo, una duda; duda que en obsequio vuestro quisiera
-desvanecer. Solos estamos: abridme vuestro corazon: decidme, no
-teneis alguna otra causa que os mueva...
-
-—Señor...
-
-—¿Presumís que puede tenerse noticia de vuestro encuentro con Macías
-en el soto... y del arrojo con que os adelantásteis en la corte á
-alzar el guante al punto que vísteis ser él el mantenedor de la
-acusacion, sin sospechar al mismo tiempo que causas muy poderosas...?
-Hablad...
-
-—Acaso las hay. No lo niego.
-
-—Escuchad, añadió Villena en voz casi imperceptible; ¿seria cierto
-que tuviéseis zelos...?
-
-—¿Zelos, señor, yo zelos? Esclamó Fernan con mal reprimido amor
-propio. ¿Quién pudo decir...?
-
-—Nadie, Fernan, nadie: yo solo soy el que he creido en este momento...
-
-—¿Vos solo? si supiera...
-
-—¿Y bien? ¿A mí por qué no descubrirme...? ¿Vuestra esposa sin
-embargo...?
-
-—Basta, señor: no hablemos mas en eso. ¡Mi esposa, Dios mio! ¡Mi
-esposa! Si mi esposa pudiese faltar...
-
-—¿Qué es faltar, Vadillo?
-
-—Si pudiese tan solo con su pensamiento empañar la mas pequeña
-porcion de mi honor, no necesitára yo castigar á ningun atrevido, ni
-que me armára nadie caballero: dagas tengo aun: la última gota de su
-sangre, la última no seria bastante indemnizacion de tan insolente
-ultraje. ¡Elvira, á quien amo mas que á mí propio! ¡Mi bien! ¡Mi vida!
-
-—Sosegaos, Vadillo: nunca fue mi propósito ofenderos, pero pudiérais,
-sin que Elvira hubiese empañado nunca vuestro honor...
-
-—Jamas, señor. Si un atrevido hubiera osado poner sus ojos en mi
-esposa, ¿viviria aun, viviria? contestó el hidalgo pudiendo disimular
-apenas la lucha que existía entre sus palabras y sus ideas.
-
-—Entonces, pues, ¿qué ofensa...?
-
-—Permite, gran señor, que la calle. La hay, lo confieso, y si alguien
-pudiera vencerme en la lid, si me pudieran vencer todos, nunca
-Macías: un fausto presentimiento me dice que lavaré en su sangre mis
-ofensas. Confiéreme la orden de caballería, y yo te respondo, gran
-señor, de una victoria pronta y segura.
-
-—Sea, contestó don Enrique, como lo deseais. Mañana os la conferiré.
-Mañana juraréis en mis manos defender su fé, el honor y la hermosura.
-
-Despues de este breve diálogo, el candidato besó las manos del conde
-de Cangas, y se retiró á esperar, con mortal impaciencia, el nuevo
-dia que habia de poner término á todas las esperanzas que contentaban
-por entonces su ambicion.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-CAPITULO XXV.
-
- Agua le echan por el rostro
- para facerlo acordado,
- y vuelto que fuera en sí,
- todos le han preguntado
- qué cosa fuera la causa
- de verlo asi tan parado.
-
- _Rom. del Cid._
-
-
-A la mañana siguiente brillaban con fuego estraordinario los ojos
-de Fernan Perez. Leíase en su semblante la alegría que inundaba su
-corazon. Efectivamente la orden de caballería era en aquel tiempo la
-mas alta dignidad á que pudiese aspirar un hombre de armas tomar.
-Su virtuoso orígen y sus fines, aun mas virtuosos, le daban tal
-prestigio, que los reyes se honraban con tan honorífico dictado, y un
-caballero solo con serlo tenia derecho á comer en su mesa, honor que
-no disfrutaban ya ni sus mismos hijos, hermanos ó sobrinos, mientras
-no entraban en aquella noble cofradía. Era preciso ser hidalgo por
-parte de padre y madre, y con la antigüedad por lo menos de tres
-generaciones: era preciso haber dado pruebas de valor, y gozar de
-una reputacion pura é inmaculada. A muchos les costaba ademas pasar
-por el largo noviciado de page y escudero progresivamente. Los que
-habian entrado al servicio y á hacer prueba de su persona con un rey
-ó un príncipe de alta categoría, en calidad de pages, se llamaban
-donceles. Macías se habia hallado con Enrique III en este caso, y si
-se le llamaba todavia públicamente el doncel, era porque habiéndole
-tomado Enrique III, con quien se habia criado, mas afecto que á otro
-alguno, habíale conservado aquel nombre por modo de cariño, aun
-despues de haber recibido la orden de caballería. En el mismo caso
-se habia hallado con don Enrique de Villena el hidalgo Fernan Perez:
-habíale entrado á servir primero en calidad de page ó doncel, y habia
-pasado á ser su escudero. El cargo de escudero en estos tiempos, y
-hasta ese nombre, parecen sonar mal á los oidos delicados. Podemos
-asegurarles, sin embargo, que no solo no tenia en aquel tiempo nada
-de denigrante, sino que antes era tan honorífico, que muchísimos
-grandes, señores y príncipes que habian llegado á ser caballeros
-por el orden regular de los grados requeridos para ello en tiempos
-de paz, no se habian desdeñado de ejercerlo. En la recepcion de
-escudero, los padrinos ó madrinas del page prometian en su nombre
-religion, fidelidad y amor, con la misma formalidad é importancia
-que en la recepcion de un caballero. Reducíase la obligacion del
-escudero á seguir por todas partes á su señor ó al caballero con
-quien hacia veces de tal, llevándole su lanza, su yelmo ó su espada;
-llevaba del diestro sus caballos, en los duelos y batallas proveíale
-de armas, levantábale si caía, dábale caballo de refresco, reparaba
-los golpes que iban dirigidos contra él; pero solo en grandes
-peligros le era lícito tomar armas por sí en las pendencias y
-encuentros á que asistia. Sus deberes domésticos se ceñian á trinchar
-y presentar las viandas en la mesa, y aun á ofrecer el aguamanil
-á los convidados antes y despues de comer. Pero estos cargos se
-desempeñaban con tanta mas dignidad cuanto que los platos los recibia
-de mano del maestre-sala, que ya era por sí una dignidad, aunque mas
-subalterna, y el agua de mano de los pages, que la tomaban ellos ya
-de los domésticos inferiores. En público, y en los banquetes en que
-reinaba toda etiqueta y ceremonia, no podia sentarse el escudero
-á la mesa de su señor. Para probar que ni el oficio de doncel ni
-el de escudero eran sino muy honoríficos, concluirémos diciendo,
-que en las historias francesas del siglo XIII, hallamos designados
-estos donceles y escuderos con el nombre de _Valets_, mas humillante
-aun en el dia que los de _Daoiseau_ y _Ecuyer_, que corresponden
-á aquellos en la lengua francesa. Diremos que Villehardouin en su
-historia hablando del príncipe Alexis, hijo de Isaác, emperador de
-los griegos, le llama en repetidas ocasiones el Valet (ó escudero) de
-Constantinopla, porque aquel príncipe, aunque heredero del imperio de
-Oriente, no habia recibido todavia la orden de caballería. Por igual
-causa son calificados con la misma designacion por los historiadores
-sus contemporáneos Luis, rey de Navarra, Felipe, conde de Poitou,
-Cárlos, conde de la Marcha, hijo de Felipe, y otros infinitos. Entre
-nosotros fue page y doncel el famoso y nobilísimo don Pero Niño,
-conde de Buelna, y el mismo don Alvaro de Luna, tan célebre por su
-prodigioso favor como por su ruidosa desgracia.
-
-En tiempos de guerra, y en los principios de la orden de caballería,
-se conferia esta con menos pompa y formalidad: el rey ó el general
-creaba caballeros antes y mas comunmente despues del combate: en
-esos casos reducíanse todas las ceremonias á dar la pescozada ó
-espaldarazo dos ó tres veces en el hombro del candidato con el plano
-de la espada, diciéndole en alta voz: _Os hago caballero en nombre
-del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo_. Solia ser otras veces
-el teatro honroso donde se conferia la orden de los valientes,
-leales y esforzados, un torneo, un campo de batalla, el foso de un
-castillo sitiado ó asaltado, la brecha abierta ya de una torre,
-ó una fortaleza feudal. En medio de la confusion y tumulto de la
-refriega, arrodillábase el escudero á las plantas del rey, del
-general, ó de un caballero cualquiera acreditado ya por sus altos
-hechos de armas. Cuando el famoso Bayardo, caballero sin tacha y
-sin reproche, confirió de esa suerte la orden de caballería al rey
-Francisco II, “O espada mia, esclamó, mil y mil veces venturosa por
-haber dado hoy la orden de caballería á un rey tan grande y tan
-poderoso, yo te conservaré como preciosa reliquia, y te preferiré
-siempre á cualquiera otra.” Despues, añade el historiador que nos ha
-conservado este rasgo singular, dió dos saltos y envainó su espada.
-
-En tiempos de paz, y cuando posteriormente hubo llegado esta famosa
-institucion á su mas alto grado de esplendor y á su verdadero apogeo,
-se solia aprovechar, para conferirla á los escuderos que se habian
-hecho de ella merecedores, alguna solemnidad. Un dia grande de la
-iglesia, el aniversario de una famosa victoria, la boda ó nacimiento
-de un príncipe ó una coronacion, eran las coyunturas mas comunmente
-escogidas, y en tales casos hacíase la promocion con otra pompa y
-con mas minuciosas formalidades; las cuales se complicaron mas y mas
-sobre todo desde el siglo XI, en que pareció tomar aquella orden un
-carácter nuevo con la mezcla de ceremonias religiosas y profanas, que
-para la admision de los señores en esta vasta cofradía se exigieron.
-
-Fernan Perez de Vadillo no podia menos de dar á su nueva dignidad
-la importancia que en aquellos siglos tenia. Todo aquel dia empleó
-en los preparativos de la ceremonia solemne que se preparaba para
-él. El condestable Ruy Lopez Dávalos quiso ser su padrino, y obtuvo
-que fuese madrina la noble esposa de don Juan de Velasco, camarero
-mayor de su alteza. El conde de Cangas y Tineo era un personage
-bastante calificado para que la dignidad que iba á conferir á su
-escudero llamase la atencion de la corte. Su posicion ventajosa, en
-aquel momento mas que en otro alguno de su vida, le granjearon la
-asistencia á aquel acto, y la cooperacion de las primeras personas
-de Castilla. Don Pedro Tenorio, arzobispo de Toledo, se brindó á
-oficiar en la ceremonia, y el mismo rey don Enrique, al señalar para
-ella la capilla de su regio alcázar, quiso presenciarla tambien
-desde una tribuna á pesar de sus dolencias. El candidato ayunó aquel
-dia, conformándose con los usos establecidos: revestido de una larga
-túnica cenicienta, verdadero trage de su clase de escudero, asistió á
-la comida que dió don Enrique de Villena á los que debian presenciar
-la ceremonia. El candidato, colocado aparte en una mesa pequeña
-mientras los demas comian en la principal, permaneció en ella servido
-por donceles del conde su señor; pero este, escrupuloso observador
-de la etiqueta, le intimó al sentarse que no podria hablar ni reir
-durante la comida, ni aun llegar bocado á los labios. Concluida esta
-ceremoniosa comida, fue llevado el candidato por sus padrinos,
-acompañado de los demas concurrentes, y seguidos de gran número de
-juglares y ministriles, que tañian gran variedad de instrumentos y
-cantaban baladas alusivas al acto que se preparaba, á la capilla
-del alcázar. Esperábale ya, custodiada por dos hombres de armas de
-Villena, una hermosa armadura blanca sin mote ni divisa, de que le
-hacia merced su señor. Separóse de él alli la concurrencia, y quedó
-Fernan Perez de Vadillo velando sus armas y en oracion la noche
-entera, despues de haberse despojado de la túnica escuderil, y haber
-vestido una cota, embrazado la adarga y empuñado la lanza. Llegada
-la mañana, confesó devotamente con fray Juan Enriquez, confesor
-de su alteza. No sabremos decir si vuelto su corazon á Dios hizo
-sacrificio ante el altar augusto de la penitencia del rencor y de
-los sanguinarios proyectos de venganza que le habian determinado á
-armarse caballero. Presumimos que asi lo haria, y creemos que si
-luego mas adelante la historia nos ha conservado algunos rasgos que
-podrian oponerse á aquella concesion cristiana, debe achacarse mas
-bien esta inconsecuencia á la flaqueza del corazon humano, ó á la
-mezcla estraordinaria de pasiones y religion que reinaba en aquella
-época, que á la falta de verdadera contricion del noble hidalgo.
-Hecha su confesion, y veladas ya las armas, retiróse el candidato por
-el mismo orden que habia venido, y llegado á su habitacion vistió
-el trage de caballero, mas rico y adornado que el de escudero,
-que acababa de dejar para siempre. Alli recibió las visitas y
-felicitaciones de sus deudos y amigos; y varios señores allegados
-á don Enrique de Villena vistiéronle sobre la cota de menuda malla
-una ancha loriga guarnecida de piel, adorno reservado solo en aquel
-tiempo á personas de categoría, y pusiéronle sobre los hombros un
-gran manto, cortado á manera de manto real. En esta forma, y llevando
-colgada del cuello la espada, llegó seguido de los padrinos, de
-los convidados y de sus amigos, á la real capilla, donde esperaban
-el momento de dar principio á la augusta ceremonia su alteza en su
-tribuna rodeado de varios dignatarios; el arzobispo, que habia salido
-al altar al verle llegar, y gran número de damas. Distinguíase entre
-ellas la madrina del novel caballero, ricamente ataviada, y á la
-derecha del buen condestable, arrodillados los dos al lado de la
-epístola en ricos reclinatorios de terciopelo carmesí, en que se veía
-recamado en oro el escudo de sus armas respectivas, y de que pendian
-largos borlones de aquel precioso metal. Algo detras, y entre otras
-damas principales, se veía á Elvira, esposa del hidalgo, cubierta con
-un velo, al través del cual se traslucia sin embargo su hermosura,
-como suele verse al través de ligeras nubecillas el resplandor
-del sol. A la otra parte se colocó el poderoso conde de Cangas,
-acompañado de algunos caballeros principales y seguido de dos de sus
-pages, con su yelmo el uno y el otro con las espuelas y demas piezas
-de la armadura que debian revestirle á Vadillo en acto tan solemne.
-El resto de la capilla estaba ocupado por la numerosa concurrencia
-que la calidad de las personas habia traido, y por bandas de
-ministriles que habian seguido la comitiva, tañendo dulcemente sus
-instrumentos. Era gran gusto oir la desacorde confusion que producian
-tocadas á un tiempo la cítola sonora, la guitarra morisca, _de
-las voces aguda é de los puntos arisca_, el corpudo laúd, el rabé
-gritador, el orabin, el salterio, la adedura albardana, la dulcema,
-é axabeba y el hinchado albogon, la cinfonia, el odrecillo francés y
-la reciancha mandurria, cuyos ecos distintos se unian al sonsonete de
-las sonajas de azofar, y al estruendo de los atambores y atambales,
-de las trompas y añafiles; instrumentos todos con que se verian tan
-apurados nuestros músicos del dia para organizar una sola tocata
-medianamente agradable, si se los trocaran de pronto con los que la
-civilizacion música les ha perfeccionado, como se verán nuestros
-lectores para formar una exacta idea de su figura y armónica melodía
-sin mas datos que esta breve enumeracion, por mas fidedigna que la
-constituya la autoridad del trovador arcipreste á quien la robamos.
-
-Establecido ya el silencio, arrodillóse el hidalgo ante la reverenda
-persona del arzobispo, quien le quitó del cuello la espada que
-traía suspendida, y la colocó en el altar en que iba á oficiar.
-Comulgó en seguida el candidato con edificante fervor. Despues de
-un momento de oracion y recogimiento, principió el arzobispo los
-oficios, acabados los cuales se levantó el candidato, é hincándose
-de hinojos ante la persona de su señor feudal el poderoso conde
-de Cangas y Tineo, pidióle reverentemente que le hiciese merced
-de conferirle la orden de caballería. Juró en seguida en manos
-del ilustre maestre de Calatrava no escusar su vida ni sus bienes
-en defensa de la santa religion católica, apostólica, romana, y
-guerrear hasta morir en toda coyuntura y ocasion que se presentase
-contra los infieles de aquende y allende el mar; fórmula en que se
-comprendian no solo los moros que mantenian guerra todavia con los
-reyes de Castilla, sino tambien los sarracenos que poseian á la sazon
-el santo sepulcro, y contra los cuales se dirigian de todos los
-puntos de Europa continuamente innumerables cruzados. Juró amparar
-y defender las viudas y huérfanos que hubiesen recibido tuerto, y
-los desvalidos que á su fuerte brazo recurriesen para deshacer sus
-agravios, no pudiendo de otra manera los enderezar. Prestado este
-noble juramento, leyéronsele los evangelios, sobre los cuales le
-repitió nuevamente. Hecho lo cual, el arzobispo, cogiendo la espada
-que habia estado sobre el altar durante el oficio divino, la bendijo
-y se la ciñó. Llegándose á él sus padrinos, calzóle la una espuela
-el buen condestable don Ruy Lopez Dávalos, y la otra la esposa del
-noble don Juan de Velasco, á quienes el novel caballero dirigió las
-mas espresivas gracias por la merced singular que le dispensaban. Uno
-de los principales señores que acompañaban á don Enrique de Villena
-le ciñó la coraza antigua, compuesta del peto y espaldar, dándole
-paz despues. Don Enrique de Villena, adelantándose en seguida, le
-dió tres espaldarazos con el plano de la espada, armándolo caballero
-en nombre de Dios, de san Miguel y de Santiago. Recibióle despues en
-sus brazos, y en seguida hicieron con él igual ceremonia todos los
-demas asistentes, como para darle á entender que se gozaban mucho de
-tener admitido en su gremio caballero que tan completo prometia ser
-como el noble hidalgo. Alzóse entonces alegre estruendo de todos los
-instrumentos proclamando al nuevo caballero. Entre los que debian
-dar paz al recien admitido hallábase uno armado de pies á cabeza,
-que se habia mantenido constantemente inmóvil al lado del evangelio,
-y enfrente del sitio destinado á las damas principales de la corte.
-Ni el oficio divino, ni la larga ceremonia habian sido parte para
-sacarle de su asombrosa distraccion. Parecia la estátua del fundador
-de la capilla, como en aquellos tiempos solian verse algunas en
-las mas de las iglesias. Pero si se llegaba á presumir que era una
-persona y no una estátua, para comprender su perfecta inmovilidad,
-y la fijacion de sus ojos, era preciso creer que un maleficio
-particular ejercía sobre él una influencia funesta, y le obligaba á
-mirar á aquella parte con la misma irresistible fuerza con que un
-instinto fatídico obliga á la incauta mariposa á girar en torno de la
-vacilante llama que la ha de acabar, y con que una atraccion física
-llama hácia la serpiente cascabel al mísero pajarillo para hacerle
-víctima de su irresistible voracidad. Causaba aquel embeleso una dama
-que no habia podido menos de notarla, y que en valde habia pensado
-ponerle término interponiendo su velo entre las atrevidas miradas
-del caballero y su aciaga hermosura. Esta medida habia producido un
-efecto enteramente contrario al que esperaba. Si las miradas habian
-sido antes continuadas, pero naturales, tomaron despues un carácter
-de investigacion muy parecido al que tienen las de aquel que trata
-de leer durante el crepúsculo, ó á la opaca luz de la luna. Apenas
-quedaba concluido el acto, cuando deseosa la dama de esconderse á tan
-imprudentes miradas, se habia confundido y desaparecido entre la
-multitud: los ojos sin embargo del caballero, acostumbrados á ver en
-aquel punto su contorno, le seguian viendo gran rato despues de haber
-desaparecido, como le sucede al que se atrevió á mirar fijamente por
-largo espacio al luminar del dia. Horas enteras conserva su retina
-la impresion indestructible, y por mas que haya desviado ya los
-ojos de su deslumbrante luz, por mas que los cierre, en fin, ve el
-sol todavia donde no le hay. Al llegar Vadillo al caballero acababa
-de levantarse la dama. Tendió el hidalgo los brazos naturalmente á
-recibir de él como de los demas el beso de ceremonia, é hizo la misma
-figura que el que fuese á abrazar un árbol ó una columna. No pudo
-menos de levantar la cabeza, y de reparar en la especie de estátua
-que delante de sí tenia. Conociólo, y su primera accion fue volverse
-con la rapidez del rayo á seguir la visual del caballero, y ver en
-qué objeto se paraba: si alcanzó á ver algo todavia, ó si el punto
-á que las miradas se dirigian bastó á contestar á su muda pregunta,
-eso es lo que no sabemos. Diremos solo que su rostro se tiñó de
-carmin, y que vertiendo fuego por los ojos y los poros todos de su
-encendido semblante, sacudió con una mano al distraido diciendo por
-lo bajo, pero con reconcentrada cólera: “_Ya puede haber pactos entre
-nosotros, que ya no soy escudero._” A esta sacudida inesperada volvió
-en sí el caballero como quien dispierta de un largo sueño. Reconoció
-su imprudencia al reconocer al que le hablaba, y no ocurriéndole nada
-que responder de pronto á su rara interpelacion, bajó los ojos y
-quiso enmendar su pasada distraccion tendiendo entonces los brazos al
-hidalgo. Este, empero, poniendo entrambas sus manos en ellos: “Dejad,
-le dijo, el abrazo para ocasion en que esteis menos ocupado, que yo
-quisiera que el que nos diésemos fuese mas estrecho y mas largo.”
-“Como gusteis, hidalgo, repuso el caballero con arrogancia, como
-gusteis.”
-
-No habia podido menos de notarse por la concurrencia esta pequeña
-escena episódica lanzada en medio de aquel acto solemne: nadie oyó
-lo que se dijeron, pero los mas tuvieron algo que decirse al oido
-acerca de aquella rara singularidad. Nosotros diremos como fieles
-historiadores, que la dama cuando se creyó fuera ya del alcance de
-las miradas del importuno, volvió la cabeza y alcanzó aun á ver
-algo, que fue lo bastante para despertar en ella ideas de inquietud,
-á que hacia ya algun tiempo que no habia dado lugar en su corazon.
-
-Acabada la ceremonia, retiróse cada cual, y el novel caballero,
-acompañado de sus padrinos y de sus deudos, se trasladó á la
-habitacion del señor de Cangas y Tineo, donde esperaban ya á la
-comitiva varias damas y convidados, y donde un magnífico banquete,
-dado por el ilustre maestre, terminó con toda la pompa digna de tal
-solemnidad un dia tan señalado en la vida de nuestro celoso hidalgo.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-CAPITULO XXVI.
-
- Mucho os ruego de mi parte
- me lo querais otorgar,
- pues que de nigromancía
- es vuestro saber y alcanzar,
- que me digais una cosa,
- que yo os quiero demandar.
- La mas linda muger del mundo
- ¿dónde la podria hallar?
-
- _Rom. de Roldan y Reinaldos._
-
-
-La situacion de los principales personages de nuestra historia era
-bien precaria. No hablemos de la infeliz condesa de Cangas, á quien
-no pudimos menos de abandonar á su triste suerte. Aun entre los que
-en el dia ocupan nuestra atencion, habia mas de uno que no tenia
-motivos para estar contento con su estrella. Elvira en primer lugar
-llevaba continuamente clavado en el corazon el dardo que se ahondaba
-mas mientras mas esfuerzos hacia por arrancarle, y tenia no pocos
-motivos de inquietud y melancolía. La falta de la condesa, á quien
-echaba menos entonces mas que nunca, le recordaba sin cesar que
-tenia pendiente una acusacion, en el éxito de la cual se hallaba
-comprometida no solo la vida del hombre á quien no podia menos de
-amar, sino la suya propia, pues era condicion de tales juicios que
-habia de morir el acusado ó el acusador, si no en el combate, despues
-de él. Elvira se hallaba libre en su cámara, pero lo debia á la buena
-opinion que habia merecido siempre en la corte. Luego que se habia
-dado á conocer á Abenzarsal, y éste habia espuesto á su alteza sus
-circunstancias y las causas particulares que la obligaban á guardar
-secreto, se la habia dejado en libertad bajo su palabra, con la única
-condicion de haberse de presentar en el juicio, como acusadora, el
-dia que su alteza tuviese á bien señalar, dia que se retardaba ya
-demasiado, segun lo que solia en tales casos practicarse. El vulgo de
-las gentes sobre todo, que no habia podido dar esplicacion ninguna á
-la acusacion y circunstancias de la tapada, no sabia á qué achacar
-semejante tardanza, sino era á las brujerías de don Enrique de
-Villena. Mientras tanto no era menos cierto que Elvira debia estar en
-la mas cruel espectativa. La conducta de su esposo era incomprensible
-al mismo tiempo para ella: nunca le habia dicho una palabra del
-encuentro en la cámara del astrólogo: semejante reserva, agregada á
-aquella tristeza misteriosa que le habia dominado hasta el dia en que
-habia recibido la orden de caballería, manifestaba que tenia oculto
-algun proyecto, idea que no podia menos de hacerla temblar.
-
-Hernan por su parte, á quien saben nuestros lectores ocupado
-únicamente en llevar á cabo su venganza contra el doncel, no era mas
-feliz. Habia llegado á creer fijamente que Macías estaba prendado de
-su esposa: la pequeña escena que habia pasado entre los dos en la
-capilla del alcázar no le podia dejar duda acerca de este particular:
-asi, pues, esperaba con impaciencia el momento de llegar á las manos
-entonces, que ya tenia permiso de su señor para defender su parte en
-el juicio de Dios. Con respecto á su esposa, debia estar seguro ya de
-que era la acusadora de don Enrique; pero justamente resentido de ese
-paso, tampoco la habia hablado de este asunto, y como tan complicado
-con el otro que en un mismo dia habia él de morir, ó castigar al
-atrevido y al objeto de su osadía, cuidábase ya poco de esto. No
-estaba seguro de que su esposa participase de la culpable pasion de
-Macías; pero eran tan vehementes sus sospechas, que esta era la
-única razon porque no habia temblado al considerar que ó habia de
-morir en el combate, ó habia de morir su esposa si él vencia. Triste
-alternativa por cierto para otro á quien no hubieran tenido tan ciego
-los zelos como al hidalgo. Entre tanto trataba con la mayor dulzura
-á su esposa, porque creía que este era, si habia alguno, el medio de
-asegurar mas la aclaracion de sus sospechas. No viendo ella en él
-ninguna señal alarmante, se abandonaria mas facilmente y caeria en el
-lazo que le tenia astutamente tendido.
-
-Don Enrique de Villena no dejaba de estar inquieto tampoco. Cuando
-la fortuna se le presentaba tan favorable, cuando habia conseguido
-romper los funestos cuanto incómodos vínculos que le unian á su
-esposa, cuando tenia asido ya el apetecido maestrazgo, un doncel
-aventurero y una dama estravagantemente heróica se habian atravesado
-en el camino de sus planes: si él hubiera tenido maldad suficiente,
-nada mas facil que haber quitado de enmedio á toda costa tan
-importunos obstáculos, como continuamente le aconsejaba el judío;
-pero ya hemos visto que el indeciso conde creía tener ya harta carga
-sobre su conciencia con la desaparicion de doña María de Albornoz.
-El juicio de Dios le hacia temblar, no precisamente porque él
-estuviese convencido de que si el cielo tomaba cartas en el juego no
-podia estar nunca de su parte, sino porque creyendo mas, como creía,
-en el valor de los combatientes para semejantes trances que en la
-participacion de la justicia divina, no podia menos de asustarle
-la idea de que el contrario era Macías, que pasaba con razon entre
-las gentes por caballero mucho mas perfecto y cumplido que Hernan
-Perez. Este debia ser víctima probablemente de su temerario y
-generoso arrojo; y en este caso don Enrique, vencido en la persona
-de su campeon, tendria que recurrir á medios muy violentos, y que le
-repugnaban sobremanera, para conservar no solo el maestrazgo, sino
-tambien la vida. Hasta entonces habia tenido la fortuna de retardar
-el señalamiento del dia, pero esto no podia durar porque la otra
-parte instaria, y porque la acusacion habia sido demasiado pública
-y la sentencia demasiado terminante para que pudiese sobreseerse
-en el asunto. ¿Habria algun medio de evitar que la parte contraria
-compareciese el dia aplazado? Esto era lo que formaba el objeto por
-entonces de las maquinaciones de don Enrique de Villena, de su
-juglar confidente Ferrus y del astrólogo judiciario. En ese caso,
-tanto Elvira como Macías serian declarados infames, y reputados
-culpables de calumnia, y acreedores por consiguiente al castigo que
-habian reclamado en nombre de la ley contra el conde.
-
-Macías era de todos el menos inquieto, y sin embargo el mas
-desgraciado. Él debia pelear por su amada; pero el que pendiese la
-vida de aquella del esfuerzo de su brazo, era para él una gloria,
-una fortuna inapreciable antes que un motivo de inquietud, fuese
-Villena, fuese otro mas valiente su contrario: y si Elvira no hubiera
-huido constantemente de sus miradas, si no le hubiese quitado todas
-las ocasiones de verla y hablarla, ¿quién como él? Pero desde la
-mañana en que habia sido armado caballero Fernan Perez, mañana en
-que habia bebido tan copiosamente el veneno del amor, Macías estaba
-en un estado continuo de delirio y de fiebre, que no le daba lugar
-á reflexionar que desde el punto en que el hidalgo habia llegado
-á concebir la mas leve sospecha, solo su estremada circunspeccion
-podia escusar á la desdichada Elvira mortales sinsabores. El mísero
-no veía al hidalgo, no veía el mundo que le rodeaba. Ansioso de
-saber del astrólogo lo que le habia querido decir la mañana de su
-presentacion en la corte, despues de su llegada de Calatrava, con sus
-misteriosas palabras, y no habiendo podido verificarlo por el funesto
-encuentro que en la cámara del judío tuviera, habia vuelto á visitar
-á este despues de su curacion. Abenzarsal, siguiendo el plan de
-enredar á los amantes en el laberinto de su pasion, aun á pesar del
-ciego temor del conde, pues trataba de salvar á este mal su grado, no
-dudó en echar leña al mortecino fuego de su esperanza.
-
-—Decidme, padre mio, decidme, comenzó Macías, ¿cuál es el sentido
-de vuestras fatídicas palabras? Esa corte, que me habeis anunciado
-siempre como un...
-
-—Sí, le contestó Abenzarsal, la primera vez que os ví conocí que la
-corte debia seros funesta.
-
-—¿Funesta, Abenzarsal? ¿Pero qué llamais funesta vosotros? ¿Quereis
-decir que podrá acarrear mi muerte...? porque eso, Abenzarsal,
-no seria lo peor que pudiera sucederme. ¿Qué causa os conduce á
-pensar... qué secreto mio...? Mucho temo que esa ciencia de que os
-jactais sea vana y...
-
-—Escuchadme, jóven temerario, interrumpió Abenzarsal. Antes de soltar
-vuestra inesperta lengua, aprended á respetar lo que no entendeis.
-¿Pensais que puedo vivir ignorante de vuestras acciones, de vuestros
-deseos, de vuestros mas secretos pensamientos? Decid: ¿os acordais
-del dia en que os dije que al anochecer encontraríais en mi cámara la
-satisfaccion de vuestras dudas?
-
-—Sí, sí: ¿cómo pudiera no acordarme? sin el concurso de
-circunstancias que impidieron entonces una entrevista entre nosotros,
-esta seria acaso escusada.
-
-—Y bien, ¿y qué encontrásteis en mi cámara?
-
-—¡Cielos! ¿qué encontré? ¿seria...?
-
-—Jóven incrédulo, ¿no encontrásteis el verdadero astrólogo que
-buscábais? ¿quién os podia dar razon mas satisfactoria de lo que
-intentábais preguntarme?
-
-—Lo sabe todo, lo sabe todo, dijo para si Macías. ¡Ah! tu ciencia es
-cierta. Yo nunca dije á nadie una palabra, Abenzarsal, tomad ese oro;
-es cuanto traigo: satisfaced ahora á mis preguntas. ¿Me ama, adivino,
-me ama? ¡Callais, santo Dios! ¡Oh! ¡bien me lo temia!
-
-—¿Y qué hicísteis que no se lo preguntásteis? ¿A qué preguntarme á mí
-lo que ella debe saber mejor que yo?
-
-—Viejo artificioso, ¿os burlais de mi dolor? ¿no habeis conocido
-nunca una muger? ¿encontrásteis una jamas que haya respondido _sí_,
-_no_, á vuestras inconsideradas preguntas? ¿no sabeis que la ficcion
-y el silencio son el arte de las mugeres?
-
-—Harto lo sé: estas canas de que veis cubierta mi cabeza no nacen
-impunemente.
-
-—Y bien, si tanto sabeis, respondedme: ¿me ama, ó me desprecia?
-¿son sus miradas las peligrosas redes que las mugeres desvanecidas
-suelen tender á mil amantes que tal vez aborrecen, ó son las de una
-hermosa incapaz de engaño y de artificio? ¿son sus ojos solos, ó es
-su corazon tambien el que me mira? ¿es buena, ó es mala? ¿quién pudo
-conocer jamas á una muger? ¿soy su juguete por ventura, soy solo su
-trofeo, ó soy, Abenzarsal, su vencedor? ¡Ah! cuanto poseo es vuestro.
-¡Si me ama, decídmelo! Entonces la corte no puede serme nunca
-funesta, porque aun muriendo, si muero amado seré dichoso. Si no me
-ama, callad. Yo he oido decir que conoceis los hechiceros mil medios
-que inspiran el amor. Enloquecedla, Abenzarsal, haced vos lo que
-debiera mi mérito haber hecho: ámeme ella, y sea como quiera. ¿Qué
-condiciones son precisas? ¿cuál es el premio de vuestro trabajo...?
-¡Oh! Elvira, Elvira, ¡cuánto me cuestas! ¿Necesitais mi cuerpo, mi
-sangre? hé aqui, herid y consultad mis venas... ¿necesitais mi alma?
-¡maldicion, maldicion! haced que me adore, Abenzarsal, y tomadla
-tambien. ¡Que me ame! ¡que me adore! y todo lo demas despues.
-
-—Moderaos, jóven arrebatado. ¿Qué motivos teneis para tanta
-desesperacion? ¿no arde siquiera en vuestro corazon una chispa de
-esperanza?
-
-—¿Y cuándo muere la esperanza en el corazon del hombre? Yo la he
-visto mil veces: sus ojos me miraban, y se detenian sobre los mios,
-como se detienen los de un amante sobre los de su querido. Cuando
-se encuentran nuestros ojos, no hay fuerza que los desvíe. Nuestras
-almas se cruzan por ellos, se hablan, se entienden, se refunden
-una en otra. Pero ¡ah! Abenzarsal, que huyen á veces, y su rostro
-airado...
-
-—¿Airado habeis dicho? ¿y qué mas fortuna pedís? Cuando huyen sus
-ojos de los vuestros, entonces es cuando mas os ama; entonces,
-doncel, os teme.
-
-—¿Qué decís?
-
-—No huye la indiferencia, ni se enoja. ¿Y nunca la habeis hablado?
-
-—¡Ah! por mi desgracia una vez...
-
-—¡Por vuestra desgracia! ¿Le dijísteis...?
-
-—Menos de lo que siento, pero le dije...
-
-—¿Y respondió?
-
-—¡Mas cómo respondió!!
-
-—¿Os respondió que no, que la ofendíais... que huyéseis... que...?
-
-—¡Abenzarsal!
-
-—¿De qué, pues, os quejais? ¿queríais, mozo inesperto y precipitado,
-que una muger virtuosa, una muger que debe á su esposo...?
-
-—¡Abenzarsal! gritó furioso Macías.
-
-—¿Y bien? ¿quereis que me ria en vuestra cara de esa locura? ¿no os
-enojais ahora porque...? yo creí que teníais muy sabido...
-
-—Sí, sabido, sí; ¡pero ay del que se complazca en repetírmelo!
-
-—En buen hora. ¿Queríais que esa muger, cuyas perfecciones adorais...?
-
-—Entiendo, entiendo.
-
-—Sed mas confiado, señor, y menos impaciente. Vos mismo la hubiérais
-apreciado en menos, y eso las mugeres lo saben. Quieren ser premio de
-la victoria, pero de una victoria reñida, porque cuando son vencidas,
-doncel, ellas mismas hallan disculpa á su flaqueza, disculpa que
-no encontrarian si no se defendiesen. Las menos virtuosas, Macías,
-quieren parecerlo hasta á sus propios ojos. ¿Qué será, pues, las que
-realmente lo son?
-
-—Sí, pero no confundais á Elvira con...
-
-—En buen hora, doncel. Si os habeis prendado de un ángel, id á
-consultar ángeles: yo solo conozco el corazon humano.
-
-—Judío, ¿y qué me aconsejais?
-
-—¿Necesitais consejos despues de lo que os he dicho?
-
-—¿Es posible? Ah, padre mio, no me hagais entrever la felicidad
-para arrancármela despues mas amargamente de entre las manos. Si mi
-constelacion...
-
-—Las constelaciones, doncel, mandan que tengamos frio en el invierno,
-y sin embargo, si os sumergís en un baño de agua caliente en el
-corazon de enero, ¿no habreis de sudar?
-
-—¡Cierto!
-
-—Andad, pues, y venced, si podeis vuestra constelacion. Ella se os
-anunció funesta. Hacedla vos venturosa.
-
-—Esplicaos mas claro, padre mio... ved que...
-
-—Doncel, os he dado cuantas esplicaciones puedo daros. Recapitulad
-mis palabras, y partid. Solo os añadiré, y ved que no os hablo mas en
-el asunto, que para vencer es fuerza pelear, por mas que muchos que
-peleen no venzan. Vuestra constelacion es funesta; en vuestra mano
-está, sin embargo, vencerla. Confianza y audacia. A Dios.
-
-—¡Confianza y audacia! salió diciendo Macías. ¡Santo Dios! ¿será mia?
-¿será mia alguna vez? Dos lágrimas, hijas de la terrible emocion y de
-la alegría que henchía su corazon, surcaron sus encendidas mejillas.
-Desde entonces el audaz mancebo revolvió en su cabeza cuantos medios
-podian ocurrírsele para tener una entrevista con Elvira; desde
-entonces no vió mas que á Elvira en el mundo; y desde entonces
-pudiera haber conocido quien hubiera leido en su corazon que Elvira ó
-la muerte era la única alternativa que á tan frenética pasion quedaba.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-CAPITULO XXVII.
-
- Eres muger finalmente.
-
- _Rom. de Zaide á Zaida._
-
-
-Jaime, decia una mañana Elvira á su page, que sentado á sus pies la
-miraba de hito en hito con ojos ora tiernos, ora indagadores; Jaime,
-¿te habló hoy Fernan Perez á tí?
-
-—¿A mí? prima mia, ya sabeis que no soy santo de su devocion; siempre
-que me ve hablando con vos mas de lo regular, hay motivo bastante ya
-para que tenga mala cara un dia entero. Sin embargo, nunca le hice
-mal alguno; antes le deseo mucho bien, porque os lo deseo á vos. Con
-que si no os ha hablado, lo que es á mí...
-
-—¡Ah! tampoco: no sé qué secreta melancolía le devora desde la
-noche...
-
-—Sí, aquella noche en que...
-
-—No la recuerdes: mi falta de confianza acaso... el paso que dí... si
-llegó á cerciorarse de que era yo...
-
-—Pudiera ser; pero me parece que tiene alguna cosa mas.
-
-—¿Qué cosa?
-
-—Yo he oido decir que los zelosos hacen lo mismo que vuestro esposo.
-
-—¡Jaime! ¿Seria posible que Hernan Perez abrigase la menor duda
-acerca de la virtud de su consorte...?
-
-—No digo eso; antes creo todo lo contrario. Alguna vez le he solido
-sorprender, hablándose solo á sí mismo: acaso me tenga rencor por
-eso... _Elvira me ama_, decia antes de ayer cuando yo le encontré
-distraido, _me ama tanto como yo á ella_, _es imposible_: _no era
-culpable_...
-
-—¿Eso decia?
-
-—Eso le oí...
-
-—¡Dios mio! ¡cuán ingrata soy! Y en ese caso, esos zelos que dices...
-
-—Esos zelos puede tenerlos de alguno, aun sin pensar que vos...
-
-—¿De alguno?
-
-—Escuchad. Ayer en la corte miró á un caballero, que conoceis, de una
-manera... ¡Ay! si sus ojos hubieran sido rayos, con la velocidad del
-relámpago hubiera sido reducido á cenizas el caballero.
-
-—¡Cielos! ¿Qué os hice yo para merecer tanto rigor?
-
-—Y como se dice que ya en una ocasion ha tenido algun lance con el
-mismo caballero, y que sus heridas...
-
-—Basta, Jaime, no despedaces mi corazon; tú que le conoces, tú que
-sabes cuán inocente soy...
-
-—¡Oh! si yo fuera esposo de la hermosa Elvira, ¡qué pocos cuidados
-me habian de dar los zelos! ¡cómo dormiria á pierna suelta! ¿no es
-verdad, prima?
-
-Un estremecimiento involuntario fue la única respuesta de Elvira y un
-profundo silencio, indicio de la mayor distraccion.
-
-—¿No es verdad, prima? preguntó de nuevo el inesperto niño, volviendo
-á aplicar el dedo imprudentemente en la llaga. Ello, por otra parte,
-á mí me da lástima.
-
-—¿Qué te da lástima? preguntó Elvira.
-
-—Si viérais en qué estado está mi pobre amigo; el que me solia llamar
-así...
-
-—¿Qué amigo?
-
-—¡Qué amigo quereis que sea! Si viérais que rostro tan pálido... tan
-desfigurado... Por fuerza está muy malo... Si el amor es capaz de
-hacer tantos estragos, no quiero nunca enamorarme.
-
-—¿Qué dices, Jaime?
-
-—Lo que oís: solo que yo no lo entiendo, cuando oigo decir que Macías
-está asi porque quiere bien. Yo os quiero bien; no os podrá querer él
-mas, y sin embargo váme bien de salud. A pesar de eso todos dicen que
-está enamorado.
-
-—¿Lo dicen todos? ¡Imprudente!
-
-—Un caballero tan aventajado, tan...
-
-—Jaime, te he prohibido que me hables de él: ¡por piedad!
-
-—Bien, prima, bien: no os aflijais. En confianza... añadió
-sonriéndose, es lo último que voy á decir... no tengais cuidado... en
-confianza, se me figura que no estais vos mejor que él...
-
-Elvira se cubrió el rostro con su pañuelo y apretó involuntariamente
-la mano del pagecillo, que continuó...
-
-—Yo os aseguro que si le viérais... y le hablárais...
-
-—Jaime, dijo volviendo en sí Elvira y levantándose, nunca, ni verle,
-ni hablarle... ni hablarme nada de él; lo he dicho ya.
-
-—¿Tan delincuente puede ser? Porque os ama...
-
-—Porque es mi voluntad, page. Callad.
-
-—Pero haceos cargo de que si está enamorado, segun dicen, ¿cómo
-puede él dejar de amar, ni qué culpa tiene? Yo no creía que fuérais
-tan rencorosa. ¡Ah! si de ese modo pagais el cariño de los que os
-quieren bien, os dejaré yo de querer...
-
-—No hay remedio, Dios mio, no hay remedio, esclamó Elvira
-desesperada. No he de volver los ojos donde no le vea. No he de oir
-hablar sino de él. Si no quereis, Dios mio, mi perdicion, empezad por
-apartar su imágen de mis ojos, su recuerdo de mis oidos. Yo os lo
-pido, y os lo pido de corazon. No quiero sucumbir, no quiero.
-
-—Ved, prima mia, que siento pasos, y que si llega alguien y os ve de
-esa manera, pensará que os he reñido yo á vos, en vez de reñirme vos
-á mí.
-
-—Sí: voy á enjugar mis lágrimas. Jaime, ríes, porque no conoces el
-mundo todavia: no crezcas, ¡ay! no salgas nunca de tu dichosa edad.
-
-Dichas estas palabras, que dejaron un tanto cuanto reflexivo y
-meditabundo al pagecillo, que no veía muy claro todavia qué peligro
-podria haber en crecer como todos habian crecido antes que él,
-retiróse Elvira por no ofrecer su rostro descompuesto en espectáculo
-á la persona que iba á entrar, si no engañaba el ruido de los pasos,
-que cada vez se oían mas cerca.
-
-Apenas habia desaparecido, cuando un caballero embozado en su capilla
-entró mirando con espantados ojos á una y otra parte.
-
-—Tampoco, dijo, tampoco está aqui.
-
-—¿Adónde vais, señor? preguntó el page, asombrado del desorden que
-reinaba en su fisonomía y en toda su persona, ¿adónde de esa suerte?
-
-—¿Jaime, eres tú? Pues bien: he de verla.
-
-—¿Habeis de verla? ¿á quién?
-
-—¿A quién? ¿hay otra en el mundo por ventura? ¿conoces tú otra?
-
-—¿Estais loco?
-
-—Sí lo estoy, estoy lo que quieras, con tal que me la enseñes. Verla,
-no mas verla, ¿Dónde está?
-
-—¡Desdichado! ¿Y Hernan Perez, señor?
-
-—¡Ah! Hernan Perez no vendrá. Ahora halconea con el rey en la rivera.
-Me he perdido de propósito por encontrarla.
-
-—¿Pero no veis cuán mal hecho es lo que haceis?
-
-—¡Mal hecho! ¡mal hecho! ¡Siempre la reconvencion, siempre el deber,
-y siempre la virtud! ¿Quién te ha dicho, page, que estoy obligado á
-hacerlo todo bien? ¡Peor hecho es ser ella hermosa!
-
-—¡Qué palabras! Pues advertid que ver á mi prima es imposible.
-
-—¿Imposible? repitió con una amarga sonrisa el doncel. ¿Por ventura
-no está?
-
-—Estar... respondió con algun embarazo el page, eso... Mirad: está;
-pero si quereis creerme, es como si no estuviera. Para vos debe ser
-lo mismo.
-
-—¿Por qué?
-
-—Porque está mala. ¡Ah! Señor, si la viérais... tened compasion...
-
-—¡Compasion! ¿La tiene ella de mí? Pero, Jaime, ¿qué mal, qué
-dolencia...?
-
-—Yo no sé. Se entristece, no duerme, no come, llora...
-
-—¿Llora? ¿Sufre?
-
-—Ya veis, pues, que es imposible.
-
-—Ahora mas que nunca la he de ver.
-
-—¿Qué hablais? Yo creía que con deciros...
-
-—¡Ah! con que me engañas, page... ¿no es cierto cuanto me dices...?
-
-—Como el evangelio, señor caballero; pero... en una palabra, díjome
-no ha mucho... Mas aguardad. Si no me engaño ella viene...
-
-—¿Ella? ¿Elvira?
-
-—Salid, pues: ved que no gustará...
-
-—¡Que salga! No, page, no.
-
-—Pero reparad... ¡Anda con Dios! ¡allá os avengais! Yo no pude
-hacer mas, dijo el page encogiendo los hombros al ver que Macías,
-apartándole con brazo poderoso, se dirigia hácia donde sonaba el
-ruido de los pasos.
-
-—¿Qué altercado es ese, Jaime? salió diciendo Elvira. ¡Santo Dios!
-añadió en cuanto vió al doncel, que arrodillado ya á sus pies parecia
-implorar el perdon de su audacia y su descortesía. ¡Qué imprudencia,
-señor, y qué osadía! ¿Qué haceis? ¿Vos en mi habitacion?
-
-
-—Sí, bien mio, respondió Macías. Vana es ya la porfia: inútil la
-resistencia; yo os amo, Elvira.
-
-—¡Ah! ¿qué intentais? Alzad, señor, volveos.
-
-—¿Adónde quereis, Elvira, que me vuelva? dijo Macías, levantándose y
-estrechando entre sus manos las de su amante. El mundo entero está
-para mí donde estais vos. No hay mas allá.
-
-—¡Silencio! Si mi esposo...
-
-—Elvira, no temais...
-
-—Salid. Os lo ruego, os lo mando.
-
-—¡Delirio! ¿Os parece que cuando me decidí á accion tan aventurada,
-cuando me espuse y os espuse á vos misma á los riesgos de esta
-entrevista, fue para volverme despues de lograda?
-
-—Yo tiemblo. Jaime, dijo Elvira, si por ventura oyeses...
-
-—Perded cuidado, prima mia... respondió Jaime.
-
-—Corre, sí: si le vieses venir...
-
-—Jaime os probará su fidelidad.
-
-Dicho esto, salió el inteligente pagecillo, bien resuelto á ejercer
-la mas activa vigilancia para evitar qué la locura imprudente del
-doncel acarrease á su prima mas funestas consecuencias que la de
-haber de convencerle de cuán temerario era el paso que acababa de dar
-en aquel momento. Macías dirigió al page que desaparecia, una mirada
-en que se podia leer claramente una larga accion de gracias al cielo,
-que le proporcionaba por fin aquella secreta ocasion de vencer el
-desden de la señora de sus pensamientos.
-
-—¡Ah! Macías, si sois generoso, si sois caballero, oid mis ruegos
-por piedad. Idos. Soy muger, y os lo ruego. A vuestras plantas si
-quereis...
-
-—¡Elvira! gritó Macías fuera de sí levantando á la hermosa Elvira.
-Oidme. Un momento no mas. Oidme, y partiré. Tres años, señora, hace
-que os ví la vez primera; tres años os amé, y os amo, yo os lo juro,
-como nadie amó jamas: igual tiempo callé. Mil veces fue á escaparse
-de mis labios la palabra fatal: mil veces la sofoqué: la inmensidad
-de mi amor la ahogó en el fondo de mi corazon. Mis ojos, sin embargo,
-os lo dijeron. ¿Cómo imponerles silencio? Ellos hablaron á mi pesar.
-¿Por qué los vuestros me respondieron? Calláran ellos, y muriera yo
-callando. Ellos me animaron empero. Bien lo sabeis, señora. Mi amor
-es obra vuestra.
-
-—¿Mia? ¡Ah! ¡sed, doncel, mas generoso!
-
-—¿Pedisme generosidad? ¿La usásteis vos conmigo? ¿Vos me pedis
-virtudes? Pedidme amor, señora. Es lo único que os puedo dar. Amor,
-y nada mas. Si es virtud el amar, ¿quién como yo virtuoso? Si es
-crímen, soy un monstruo.
-
-—¡Silencio!
-
-—¿Por qué? ¿Pensais que la naturaleza ha podido imprimir con
-caractéres de fuego en el corazon del hombre un sentimiento sublime,
-un sentimiento de vida, eterno, inestinguible, para que se avergüence
-de él? ¡Ah! No la hagais injuria semejante. Cuando lanzó la muger al
-mundo, _la amarás_, dijo al hombre; inútil es resistirla. Sus leyes
-son inmutables. Su voz mas poderosa que la voz reunida de todos los
-hombres. Os amo, y á la faz del mundo lo repetiré; harto tiempo lo
-callé...
-
-—¿Pero podeis ignorar, Macías, que mi estado...?
-
-—¿Vuestro estado? Preguntadle á mi corazon por qué latió en mi pecho
-con violencia cuando os ví por la vez primera. Preguntadle por qué
-no adivinó que lazos indisolubles y horribles os habian enlazado á
-otro hombre. Nada inquirió. Yo os ví, y él os amó. ¿Por qué, cuando
-dispuso el cielo de vuestra mano, no dispuso tambien de vuestra
-hermosura? Si solo para un hombre habeis nacido, ¿por qué os dió el
-cielo belleza para rendir á ciento?
-
-—Vos delirais, Macías.
-
-—Si es delirio el amaros, deliro, y deliro sin fin. Si en mis
-acciones, si en mis palabras echais de menos por ventura la razon,
-vos la teneis sin duda, que vos me la robásteis. Vuestros son tambien
-mi locura y mi delirio.
-
-—Falso es, Macías, lo que hablais; es falso. Ni vos me amais ahora,
-ni me amásteis jamas. ¿Dónde aprendísteis á amar de esta manera?
-Me veis, y vuestros ojos, funestamente clavados en los mios, estan
-diciendo á todo el mundo: ¡_Yo la amo_! Corro al campo á buscar la
-tranquilidad que en vano me pide mi corazon en la ciudad, y alli
-Macías, alli donde yo voy. Veis á mi esposo, que al fin, Macías,
-es mi esposo, es cosa mia, y haceis gala de decir á las gentes con
-vuestras fatídicas miradas: _Porque ella es suya le aborrezco_. ¿Y
-por qué, imprudente, no he de ser suya? ¿Qué hizo él acaso para
-merecer tanto odio? ¿Qué haceis vos que él no haya hecho, y antes,
-doncel? ¿Gustais de mí decís? Tambien él lo decia. ¿Puede ser en él
-crímen el amarme, y en vos...?
-
-—Crímen, sí, crímen imperdonable, que solo con mi sangre ó con la
-suya...
-
-—Basta ya, temerario. ¿Y vos me amais, doncel? ¡Y vos me lo decís!
-Os encuentra ese esposo á mis plantas casi, no hunde su acero en
-vuestro corazon como debiera sin duelo alguno, y ¿vos le provocais y
-osais contra él alzar el insolente acero? ¿Eso es amar, Macías? Nadie
-hay en la corte que al pronunciar vuestro nombre, no pronuncie el
-mio al mismo tiempo. ¿Por qué esa union fatal? Vuestra imprudencia
-acaso...
-
-—¡Mi imprudencia!
-
-—Y no contento con perderme para siempre, no contento con haber
-llenado de luto mi corazon, con haber hecho de mis ojos dos fuentes
-de lágrimas inagotables, ¿osais aun, á riesgo de ser hallado,
-traspasar el dintel de mi puerta, osais comprometer mi vida... mi
-honor...?
-
-—¿Yo, Elvira? ¡Maldicion sobre mí!
-
-—¿Eso es, decidme, lo que debia yo prometerme de ese amor tan
-decantado? ¡Ah! Macías, si os amára, ¡cuán infeliz seria!
-
-—¡Si me amára!
-
-—¡Cuán infeliz! Vos mismo habeis cavado entre los dos un abismo
-insondable...
-
-—Abismo que se llenará, que yo traspasaré, ó donde entrambos nos
-hundirémos. Me amas, Elvira, me amas. Tu llanto, tus acentos, esa
-voz trémula y agitada, la tempestad, que anuncian tus palabras, son
-señales harto ciertas que descubren el volcan inmenso que arde en tu
-corazon. Si fui imprudente, lo confieso tu tuviste la culpa: ¿Por qué
-no me inspiraste una de esas débiles pasiones, un amor pasagero, de
-esos que es dado al hombre disimular, de esos que no se asoman á los
-ojos, que no hablan de continuo en la lengua del amante, de esos que
-pasan y se acaban, y dan lugar á otros? Ay, tú lo ignoras, Elvira.
-Hay un amor tirano; hay un amor que mata; un amor que destruye y
-anonada como el rayo el corazon donde cae; que rompe y aniquila la
-existencia; y que es tan facil de encerrar, en fin, en lo profundo
-del pecho, como es facil encerrar en una vasija esos rayos del sol
-que nos alumbra.
-
-—Macías, ¡por piedad!
-
-—No: sufre ahora, que yo sufrí tambien, y sin consuelo, sin
-indemnizacion, sin premio. Una vez no mas te hablo en la vida,
-pero me has de oir. ¿Temes el mundo? Bien. Habla, es verdad, habla
-imprudente lo que sabe, lo que no sabe, lo que existe, y lo que acaso
-jamas existirá. Témele tú en buen hora. Yo le aborrezco. Huyamos de
-él, huyamos para siempre. Una lanza para mí, y un caballo para los
-dos. Basta.
-
-—¿Qué escucho? ¿adónde quereis llevarme?
-
-—Donde no haya hombres, Elvira; donde la envidia no penetre. Una
-cueva nos cederán los bosques: amor la adornará; tú misma con tu
-presencia. Solo nosotros hablarémos de nosotros. El leon alli no
-contará á la leona, con maligna sonrisa, que Macías ama á Elvira. Las
-fieras se aman tambien, y no se cuidan como el hombre del amor de su
-vecino. El viento solo lo dirá á los ecos, que nos lo repetirán á
-nosotros mismos. Ven, Elvira, bien mio.
-
-—Macías, dijo Elvira desasiéndose de los opresores lazos del doncel,
-vos os dejais llevar de vuestro loco arrebato. Vos me tuteais...
-
-—¿Y qué importa, señora, que no se tuteen nuestros labios, si
-nuestros ojos se tutean?
-
-—¡Ea! partid, dejadme; añadió Elvira con una emocion dificil de
-esplicar. Por la última vez dejadme.
-
-—Decidme que me amais, y partiré. Una vez sola, una vez; decidme que
-he de volver á veros, que he de volver á hablaros...
-
-—Soltad; es imposible.
-
-—Amadme, Elvira: ¡por piedad!
-
-—¡Nunca! ¡jamas! os aborrezco.
-
-—¿Me aborreceis? ¿no hay en el cielo rayos? ¿no hay quien me mate?
-¡Fernan Perez!
-
-—¿Qué haceis?
-
-—Llamarle. Lleve mi vida quien se llevó mi dicha. ¡Fernan Perez!
-
-—¡Teneos! Macías. Bien: yo...
-
-—Acaba, acaba.
-
-—Yo os... imposible, jamas. Os aborrezco.
-
-—¿Y lo dices llorando? Tus lágrimas ardientes corren hasta mis manos.
-Huyamos. Los amantes son solo, Elvira, los esposos... inútil es la
-lucha...
-
-—No, no, Macías: hay un Dios. Hay un Dios que nos ve. Mi deber es
-primero. ¡Santo Dios! esclamó prosternándose la desdichada Elvira,
-¡dadme fuerza y virtud! Sola no basto á resistir.
-
-—¿Qué escucho? ¡Es mia, es mia!
-
-Macías estrechaba sobre su corazon á la infeliz Elvira, que exánime
-y sin sentido no oponia á su loco arrebato mas resistencia que la
-pasiva inmovilidad del estupor y del asombro.
-
-—Él viene, gritó de pronto una voz harto conocida á los oidos de
-Macías y de Elvira. Él viene, repitió de alli á un momento. Asi
-resonó en el corazon del doncel, como el eco lúgubre del bronce, que
-anuncia al amante parado en la playa la despedida del buque que lleva
-consigo el tierno objeto de sus ansias.
-
-—¿Viene, Jaime...? preguntó Elvira fuera de sí. ¡Dios mio! Salid,
-señor, salid. ¿Veis á qué estremidad me reduce vuestra imprudencia?
-
-—Decidme, pues, contestó Macías deteniéndola aun, decidme una palabra
-sola de consuelo.
-
-—¡No, no! contestó Elvira mirando á todas partes con la mayor
-agitacion.
-
-—Ved que no es tiempo ya, repitió el pagecillo mirando por entre los
-coloreados vidrios de una rasgada y gótica ventana.
-
-—¡Mi honor, mi honor, Macías! esclamó Elvira.
-
-—Hablad, pues...
-
-—Bien: sí, lo que gusteis diré, pero ocultaos.
-
-—Solo por tí...
-
-—¡Hacedlo por mí! Sí. Ved ese gabinete. Armas es lo que hay dentro.
-Rara vez llega á él. Presto: ocultaos.
-
-Echó Macías una ojeada de dolor á Elvira, y otra de despecho hácia
-la puerta por donde debia tardar muy poco en entrar el hidalgo:
-impelido, sin embargo, por el brazo de Elvira, que suplicante le
-rogaba con lágrimas en los ojos que salvase su honor, ocultóse en el
-gabinete, y cerróse por sí misma tras él la pesada puerta.
-
-—¡Dios mio! esclamó Elvira. ¡Perdon, perdon! Vos veis, Señor, mi
-inocencia desde los cielos. ¡Dadme valor para la amarga prueba que me
-falta!
-
-No bien habia acabado de decir estas palabras, y de enjugar
-precipitadamente las lágrimas que se habian agolpado á sus ojos, rogó
-al pagecillo, no menos asustado que ella, que no se separase de su
-lado en aquel crítico momento, en que necesitaba su serenidad toda y
-la de un amigo ademas para no revelar ante los perspicaces ojos de
-su marido la terrible emocion que dominaba en su pecho. Poco despues
-entró Fernan Perez. El lector nos perdonará si dejamos para otro
-capítulo la prosecucion del cuento de las cuitas de la infeliz Elvira.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-CAPITULO XXVIII.
-
- E si por ventura quieres
- saber por qué soy penado,
- plácete, porque si fueres
- al tu siglo trasportado,
- digas que fui condepnado
- por seguir damor sus vias,
- é finalmente, _Macías_
- en España fui llamado.
-
- _D. Enr. de Villen. Infierno de los enamorados._
-
-
-Suponemos de buena fé que pocas de nuestras lectoras se habrán
-encontrado en la situacion de Elvira, si bien no nos atreviéramos
-á asegurar otro tanto de nuestros lectores con respecto á la del
-encerrado doncel. Era efectivamente aquella bastante estraordinaria.
-En valde habia dirigido la virtud mas rígida todas las acciones y
-palabras de Elvira: en valde habia resistido, á costa de los mayores
-tormentos, á la encendida pasion de su imprudente amante. Una
-inesplicable fatalidad pesaba sobre ella y sobre cuanto la rodeaba.
-Ella habia inspirado inocentemente una pasion frenética, que solo
-podia emponzoñar su vida ó adelantar su muerte; pero semejante á la
-abeja, que se lastima al picar y deja perdido el aguijon en la herida
-que hace, Elvira no habia ganado el corazon del doncel sino á costa
-del suyo. Mas virtuosa, como muger, luchaba mas tiempo, pero luchaba
-con un enemigo mas fuerte que ella, y solo la mano del Todopoderoso,
-que acababa de implorar, podia salvarla del hondo precipicio que ante
-sus pies miraba. Amaba á su esposo por otra parte; y ¿cómo no amarle?
-Era, pues, tan inocente como desgraciada.
-
-La misma fatalidad que pesaba sobre Elvira, habia alcanzado al
-doncel. Habia bebido sin saberlo la ponzoña que corria por sus venas.
-Largo tiempo habia luchado tambien el deber con el amor; pero un
-concurso de circunstancias no buscadas le habian venido á poner en
-tal estado, que asi le era facil sacudir el yugo, como le es facil á
-la débil paloma desasirse de las crueles garras del sacre devorador.
-
-La puerta del gabinete donde Macías habia entrado era compuesta de
-dos altas hojas, construidas segun el gusto gótico, ó por mejor
-decir, gótico arabesco, que tenian entonces todos los adornos
-arquitectónicos. Pero en cada una de sus hoyas una ventanilla cerrada
-por una cruz de hierro, y puesta á la altura poco mas ó menos de una
-persona, proporcionaba desgraciadamente al caballero la deplorable
-facilidad de ver cuanto pasaba en la cámara donde los dos esposos
-estaban, no pudiendo ser él visto á causa de la oscuridad en que se
-hallaba sepultado aquella especie de astillero ó gabinete de armas,
-que no tenia mas luz que la que del salon inmediato recibia.
-
-El semblante pálido y deshecho de Elvira, sus ojos encendidos de
-llorar, una indefinible tristeza que oscurecia sus facciones, como
-una nube oscurece el dia, y cierta agitacion particular, hija del
-temor y del cuidado con que entonces estaba, la hubiera hecho
-interesante á los ojos de cualquiera, por indiferente que hubiera
-sido á los tiros del amor. Hacia tiempo por el contrario que no habia
-tenido Hernan Perez un dia que tanto hubiese contribuido á disipar su
-natural melancolía. Habia cazado con su alteza y con don Enrique de
-Villena, que ambos á dos le habian colmado de favores: aquella habia
-sido la primera vez que se habia hallado en público en calidad de
-caballero, y el corazon del hombre es harto débil para no lisonjearse
-de semejantes distinciones. Deseaba partir con una persona querida su
-satisfaccion; ¿y con quién mejor que con su esposa? Dirigióse á ella
-con un semblante mas animado y franco de lo que comunmente solia.
-
-—¿He tardado? ¿no es verdad, Elvira? dijo acercándose á ella con un
-hermoso azor en el puño izquierdo. ¿He tardado?
-
-—No, Hernan: antes paréceme que habeis venido...
-
-—¿No me esperábais todavia? Esta es la suerte de los maridos. Nunca
-se los espera.
-
-—¡Santo Dios! dijo para sí Elvira, hasta cuyo corazon habia penetrado
-esta casual alusion.
-
-—¿Estais triste, Elvira? continuó Hernan acariciando al pájaro
-distraidamente. Cualquiera diria que habíais cometido alguna accion
-de que tuviéseis que avergonzaros. Si os hubiera sorprendido con un
-amante, ¿no tendríais la cara mas lastimosamente melancólica? Si he
-venido á haceros mala obra...
-
-—¡Esposo mio! esclamó Elvira destrozada en su interior, sabeis que
-ha tiempo que la debilidad de mi cabeza...
-
-—Tenaces son esos males de cabeza y terribles, añadió Hernan. Tambien
-está triste este pobre pájaro. Miradle, Elvira. Su alteza acaba
-de cambiármele por el mio: ha cazado tan bien esta mañana, que ha
-querido quedarse con él. Nos ha encantado á todos. ¿Quereis creer que
-cuantas veces le ha soltado su alteza y don Enrique de Villena, otras
-tantas ha vuelto con la presa? Solo una vez que le solté yo se vino
-con las garras vacías. Sobre eso quiso su alteza darme vaya.—¡Ea!
-dijo; Vadillo, hoy no estais para cazar. Hoy no cogeréis pájaro
-ninguno... ¿Qué teneis, Elvira...? Sobre eso fue tal la rabia que
-concebí, que se lo ofrecí al rey, y de buena voluntad. Efectivamente,
-no era mi estrella cazar hoy. De alli á poco su alteza se empeñó en
-que le soltára su doncel favorito... y tambien cazó, pero yo nada.
-Verdad es que Macías caza bien. ¿Pero, esposa, os alterais? esa
-agitacion... acaso... su nombre solo os ofende. ¿Tanto le aborreceis?
-¿recordais por ventura...? Pero veo que os incomoda demasiado.
-Nunca hemos hablado de eso. No hablemos jamas ya. Volviendo á la
-caza, Elvira, está visto que hoy no cazo. Dióme, pues, este azor en
-cambio del mio, y ¡par diez! que está triste. Acaso habrá dejado
-su compañera al venir á mi poder. Los animales nos dan ejemplo de
-fidelidad, ¿no es verdad, Elvira? Capaz será de morirse. ¡Azor!
-¡azor! Solo por eso le quiero. Él no caza hoy, es verdad: en eso se
-parece á mí: pero es fiel, y váyase lo uno por lo otro; ¡por que en
-eso se parece á vos!
-
-Volvia Elvira la cabeza á una y otra parte: tosía, bostezaba,
-cubríase el rostro con el pañuelo; pero la agitacion que en su
-esterior se notaba, era comparada con el desorden de sus pensamientos
-y la lucha atroz de sus sensaciones, lo que es la arrugada superficie
-del mar, azotado por una blanda brisa, comparada con el furor y
-embate de las montañas de agua que subleva y despide contra el cielo
-una deshecha borrasca. Al pajecillo íbasele un color y veníasele
-otro, que aunque de corta edad, ni se le ocultaba el riesgo del
-encerrado mancebo, ni el de Elvira si llegaba á ser descubierto, ni
-la terrible simpatía que entre aquella situacion y el diálogo del
-hidalgo reinaba.
-
-Comenzó éste á parar la atencion en el singular estado de su
-esposa.—Os entiendo, Elvira, dijo despues de un momento de pausa,
-os entiendo. Las conversaciones de dos esposos que se aman no han
-menester testigos, y vos teneis sin duda algun secreto que fiarme.
-
-—¿Yo? preguntó azorada Elvira. ¿De qué inferís...?
-
-—Sí; Jaime, continuó Hernan Perez, yo te llamaré.
-
-—Ah, dejadle, señor: el page no incomoda...
-
-—No importa. Lleva este azor adentro. Que le cuiden. Que no se escape
-sobre todo: era el favorito de su alteza, y tan ilustre huésped no
-puede sino honrar mi casa.
-
-Preciso le fue al page obedecer. La orden estaba dada de una manera
-muy positiva, y el haber insistido por otra parte demasiado solo
-hubiera conducido á dar sospechas.
-
-Elvira hizo un esfuerzo para levantarse, y dirigiéndose al page,
-bastante separado ya de su esposo, aparentó acariciar al ave, pero
-díjole en realidad al oido:—Jaime, vuelve dentro de un momento; si
-he conseguido apartar de aqui á Hernan Perez, facilita la salida al
-caballero. ¡Y que no vuelva nunca, nunca!
-
-—Bien, querida prima, respondió el page en voz alta, no es este el
-primer pájaro de que he cuidado. Yo os aseguro que se le tratará
-como merece. ¡Azor! ¡azor! se fue diciendo en seguida, y saltaba al
-mismo tiempo aparentando con la mayor inteligencia el indiferente
-atolondramiento de su alocada edad.
-
-—Pienso, Hernan Perez, dijo Elvira acercándose á su esposo, que el
-aire libre me sentaria bien. Si quisiérais, pudiéramos...
-
-—Esposa mia, repuso Hernan Perez, cuyos deseos de conversar á solas
-con Elvira irritaban mas y mas los obstáculos que se le querian
-oponer, no lo creais. Se ha levantado un viento fuerte, que solo
-podria perjudicaros. Venid y sentaos á mi lado. No es mi carácter,
-Elvira, esa fatal reserva que circunstancias desgraciadas me han
-hecho usar con vos de algun tiempo á esta parte. El corazon del
-hombre se cansa del silencio: llega un caso, por fin, en que
-necesita, como el agua oprimida, un desahogo. Me es necesaria,
-Elvira, una larga esplicacion.
-
-—¡Dios mio! dijo Elvira para sí: ¡en vuestras manos me encomiendo!
-resignada con esta breve oracion mental, sentóse trémula y agitada
-al lado de Hernan, que cogiéndole una mano y oprimiéndosela
-cariñosamente, no ya como un marido, sino como un amante, continuó
-clavando tiernamente sus ojos en los de ella.
-
-—Sí, Elvira, oidme. Si os creyese una muger vulgar, una muger capaz
-de guardar secretos para vuestro esposo, no os abriria mi corazon.
-Pero ¡ah! vos sois víctima tambien hace ya tiempo de esta fatal
-reserva que ha helado nuestra existencia. Maldicion sobre el ser
-impasible y yerto, que cerrado siempre para sus semejantes, vive solo
-dentro de sí y solo para sí. Su consorte es un vivo, condenado á
-vivir atado á un cadáver.
-
-—¿Qué decís?
-
-—Sé que el destino ha arrojado entre nosotros un ser desgraciado:
-sé que una inclinacion á que dísteis acaso demasiado imperio sobre
-vuestro corazon...
-
-—¡Hernan Perez! esclamó asustada Elvira.
-
-—Sí: ¿á qué negarlo? Vos amábais á la condesa, mas acaso de lo que la
-misma amistad tiene derecho á exigir.
-
-—Cierto que la amé siempre mucho, interrumpió Elvira con mas
-serenidad.
-
-—No culpo en vos ese sentimiento, si bien pudiera estar zeloso de
-él. Nace de un corazon generoso; pero...
-
-—Permitidme que en ese punto no dé oidos, señor, á vuestras
-reconvenciones... dijo Elvira pensando mas en abreviar el diálogo que
-en meditar prudentemente sus respuestas.
-
-—¿Es posible, Elvira, es posible?
-
-—He jurado guardar silencio...
-
-—¿Pero cuál misterio...?
-
-—Permitidme que calle ahora: algun dia sabreis, y no está lejos tal
-vez, que esa misma amistad que me echábais no ha mucho en cara, os
-hace mirar á don Enrique bajo un aspecto falso. Básteos saber que no
-he creido faltaros...
-
-—Dejemos en buen hora ese punto, si tanto os incomoda, Vengamos á
-otro. Sabeis, Elvira, que soy vuestro esposo... Hay un hombre sin
-embargo...
-
-—Esas palabras, señor... ¡Ah! soy inocente, esclamó Elvira
-precipitándose á los pies de Fernan Perez.
-
-—¿Cómo pudiera yo dudarlo, Elvira? sois inocente; ¿pero basta acaso
-en el mundo en que vivimos ser inocente? ¿No es fuerza parecerlo
-tambien? Oidme. Vos sabeis cuánto os amé: os conduje al altar, partí
-con vos mi lecho, os entregué mi casa porque os amaba, Elvira. Hay
-un hombre, sin embargo, que ha osado poner en vos los ojos.
-
-—¡Ah! señor, acaso os deslumbre...
-
-—Nada me deslumbra, Elvira. No os haré cargo alguno. Vuestra palabra
-me basta. Mi honor está en vuestras manos. Ese fue el depósito
-sagrado que al desposarme os entregué. ¿Le habeis guardado, Elvira?
-
-—¡Señor! esclamó Elvira ahogando sus sollozos, y volviendo el rostro
-á mirar con la mayor agitacion al gabinete.
-
-—La verdad, Elvira, y nada mas. Mirad; yo os pedí vuestro corazon, no
-os lo robé: yo no os dije _sereis mi esposa_, sino ¿_quereis serlo_?
-¿Para qué pensásteis que enlacé á mi suerte la de una muger? Para
-hacerla feliz. No hago trovas, Elvira, no es el talento la cualidad
-de que blasono. Empero la honradez será siempre mi norte. Sed,
-Elvira, feliz. Decidme ahora cuáles son los medios que para serlo
-exigís. Hoy es tiempo todavia; mañana no lo será tal vez.
-
-—¡Ah! esclamó Elvira en el mayor desorden. ¿Vos habeis dudado,
-esposo? Si viérais sin embargo mi corazon, si viérais cuánto ha
-padecido... ¡Piedad, piedad de mí! No mando en mí, Fernan, ni sé
-quién soy.
-
-—No os turbeis, Elvira, tranquilizaos. Eso me basta. ¿Me amais?
-
-—¡Si os amo! ¿Cómo pudiera no amaros?
-
-—Basta, Elvira; de hoy mas mis labios se sellarán: vuestra palabra va
-á guardar en lo succesivo mi tranquilo sueño. ¡Elvira, Elvira!
-
-Una larga escena de silencio, pero de elocuente silencio, se siguió
-á esta enérgica esclamacion. Elvira al oirla miró dolorosamente al
-gabinete. Presentóse entonces á sus ojos el amor, terrible presagio
-de sangre y de desgracia. Asustada cerró los ojos, y no pudiendo
-resistir á la lucha interior que la devoraba, y á la imágen de cuanto
-deberia sufrir el que estaba condenado á ser testigo de escena tan
-amarga, dejó caer su cabeza desmayada sobre el hombro de Hernan
-Perez. Un torrente de sus lágrimas inundó el pecho del hidalgo; de
-esas lágrimas de hiel que se forman y corren lentamente, que manan
-con dolor, con amarguísimo dolor del mismo corazon.
-
-—Ah, perdonadme, Elvira, dijo arrebatado el hidalgo de ternura y de
-entusiasmo; perdonadme si he podido ofenderos con dudas ofensivas...
-
-—¿Que os perdone, señor? esclamó Elvira. ¿Yo á vos? Perdonadme vos á
-mí...
-
-Al llegar aqui anudáronse las palabras en la garganta de Elvira, y
-no la dejaron sus sollozos proseguir. Un sentimiento profundo de
-vergüenza y remordimiento, y una espansion espontánea de generosidad
-se habian apoderado de ella. Un momento menos de reflexion, y
-la infeliz Elvira declaraba á los pies de su suspicaz esposo su
-deplorable estado; pero el doncel estaba en su casa todavia. La menor
-imprudencia suya hubiera tenido funestas consecuencias. Alzó los ojos
-al cielo Elvira, y contentóse con llorar. ¡Macías, Macías! dijo para
-sí. ¡Oh, quién pudiera aborrecerte!
-
-—¡Me ama, me ama como el primer dia! esclamó Hernan Perez con loco
-frenesí: arrojándose en seguida en sus brazos, estampó en su pura
-frente un ósculo conyugal. Elvira sintió su rostro encenderse de
-rubor al contacto fatal. Bajó los ojos avergonzada, y hubiera querido
-mas bien ver con ellos el infierno todo, que haber encontrado con los
-de su esposo, tranquilos entonces, serenos, confiados, como lo está
-el ignorante pasagero que duerme con placer á la pérfida sombra del
-nogal.
-
-Tambien el doncel oyó el ósculo dado en la frente de Elvira, que
-resonó en su corazon como la voz de la verdad en la tumba. Helóse
-su sangre toda dentro de sus venas. Sus ojos, lanzados fuera de
-su órbita, devoraban desde la oscuridad el rostro divino de la
-hermosura, reclinada en brazos de otro. Sus manos, cerradas por sí
-solas y comprimidas, sacudieron la cruz de hierro que cerraba la
-ventanilla, y si no bastaron á romperla sus esfuerzos, torciéronla
-como un mimbre delicado.
-
-—¡Se aman, se aman! esclamó el doncel con voz ronca y apenas
-inteligible. ¡Maldicion, maldicion sobre ellos y sobre mí! Y una
-lágrima, pero una lágrima sola, se abrió paso con dificultad á lo
-largo de su mejilla, fria como el mármol.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-CAPITULO XXIX.
-
- Seis años fuí de él servida,
- sin de mí alcanzar nada.
- Él ofendió á mi marido,
- y de ello yo fuí la causa;
- y con todo esto le quiero,
- y le tengo acá en el alma.
-
- _Rom. de Gazul._
-
-
-—¡Ah! Vadillo, esclamó Elvira creyendo haber oido algun rumor en el
-gabinete, ¡cuán desdichada soy!
-
-—¡Elvira! dijo escuchando un momento Fernan Perez. Diria que alguien
-habia hablado á nuestro lado.
-
-—¿A nuestro lado? ¿Cómo? ¡Qué fantasía...! ¿Quién pudiera...?
-
- —“_Tiempo es el caballero,
- tiempo es de andar de aqui._”
-
-entró cantando á esta sazon con voz descomunal el atolondrado
-pagecillo, segun las palabras de aquel antiguo y famoso romance
-popular que se cantaba entre las gentes: entraba Jaime como quien
-creía que habria tenido ya ocasion la bella prima de sacar de alli al
-hidalgo.
-
-—Seria el page, señor, el que aquel ruido metia, dijo Elvira
-aprovechando tan feliz coincidencia.
-
-—¿Qué buscais de nuevo aqui? preguntó Hernan Perez con todo el
-mal humor de aquel á quien interrumpen en una ocupacion agradable
-para la cual no ha menester testigos. No haria yo mal, ¡vive Dios!
-atolondrado, en cogeros de un brazo y encerraros en ese gabinete
-oscuro hasta que hubiéseis aprendido otra mesura y comedimiento.
-
-—Perdonadle, gritó Elvira asustada.
-
-—Ved que habrá sabandijas en ese cuarto, señor hidalgo, repuso el
-pagecillo prontamente: nadie entra en él jamas.
-
-—Vos sereis el bellaco y la sabandija, mal criado, contestó Hernan
-Perez. ¡Ea! salid.
-
-—De buena gana; pero no será sin deciros que el azor no quiere comer,
-y que es tan torpe Alvar, el escudero que os habeis echado desde que
-recibísteis la orden de caballería, que quiero yo que me encerreis de
-veras si antes de un cuarto de hora no campa solo el pájaro por su
-respeto sobre alguna torre del alcázar. ¡Pobre animalito! él, ¡ya se
-vé! quiérese escapar. Os digo que se escapará.
-
-—¿Se escapará? ¡Voto va! Page, á vos os lo dí: si él se escapa,
-acordaros habeis del pájaro de su alteza. Dejad, Elvira, que vea lo
-que hacen esos necios. Tenedme ahí entre tanto á buen recaudo á ese
-insolente. ¿Escaparse? No se escapará, ¡voto á Santiago!
-
-Diciendo y haciendo salió precipitadamente el hidalgo, y el page,
-vuelto hácia la puerta por donde salia, y poniéndose los puños en los
-hijares.
-
-—Se escapará, dijo con donaire y burlita sardónica; sí señor, se
-escapará. ¿Pero esperaros yo aqui, eh? Para mí santiguada que no haré
-tal; no estoy tan mal avenido aun con mis orejas. Vaya, ¿qué haceis,
-prima? Ved que el tiempo pasa, y si le perdeis, saldráse con la suya
-el hidalgo, y el pájaro no se escapará.
-
-—¡Santo Dios! ¿Con que es falso ese recado que nos habeis traido,
-Jaime? ¿Y no temblais...?
-
-—Prima, todo el riesgo para mí es perder una oreja, y mas perderíais
-vos si...
-
-—¡Querido Jaime, querido Jaime! esclamó Elvira estrechando al page
-entre sus brazos.
-
-—Luego, prima mia, luego, dijo Jaime mirando con cuidado hácia la
-parte por donde acababa de separarse el hidalgo, y dirigiéndose en
-seguida hácia el gabinete. ¡Caballero, añadió abriendo, caballero!
-¡Vaya que se ha dormido, mientras que nosotros hemos sudado por
-enmendar sus locuras! ¡Ay Dios mio! prosiguió todo asustado
-viendo salir al doncel. Parecia este efectivamente mas bien un
-espectro que una persona. El amor y los zelos luchaban aun en su
-semblante.—¡Ingrata! gritó fuera de sí dirigiéndose á la desdichada
-Elvira. ¡Ingrata! ¿Qué pretendeis ahora de mí? ¿Sacáisme aqui á la
-luz por si no veo bien alli vuestras infernales caricias, por si no
-oigo bien vuestros pérfidos juramentos? ¿Qué os hice yo para rigor
-tan grande? ¡Le amais, le amais!
-
-—¡Macías! basta; huid, huid, esclamó temblando de terror y echándose
-á sus plantas la infeliz. No mas tiempo, no mas; que ha de volver.
-
-—¡Vuelva! ¡vuelva! aqui mi pecho está. Máteme luego.
-
-—¡Vaya! señor, esclamó el page, deje para otro dia esa cancion; mire
-por Dios...
-
-—¡Ah Jaime! ¡Me aborrece! le interrumpió Macías.
-
-—¿Qué os ha de aborrecer? repuso el page.
-
-—¡Jaime! gritó Elvira tapando con su mano la boca del inocente.
-Macías, partid.
-
-—No, no partiré. ¿A qué vivir, si he de vivir sin vos? Sea su triunfo
-completo. Amadle sin rubor. ¡Perezca solo quien no debe gozar!
-
-—¡Por Dios! ¡por mí, Macías!
-
-—¡Cierto! soy un testigo importuno para los placeres que os esperan,
-dijo Macías con voz reconcentrada, y toda la sangre fria de un hombre
-desesperado.
-
-—¿Qué han de esperarme ¡ay de mí! sino tormentos? ¿Quereis que al fin
-lo diga? Huid y lo diré.
-
-—Elvira, ¿qué dirás? gritó Macías. ¿Que le amas, otra vez...?
-
-—No, nunca, no. ¿Qué puede hacer delante de él? A tí amo: solo á tí...
-
-—¿A mí? ¡ah! ¿A mí? ¿Sueño, deliro?
-
-—¡Qué vergüenza, Dios mio! Pero huye ya; ¿qué esperas? ya lo oiste de
-mi boca: por ese amor frenético que leo en tus ojos con placer, por
-ese amor, Macías, ¡huye! ¡huye por Dios! ¡y por piedad!
-
-—¡Elvira! ¡Elvira! dijo Macías palpitando todo de amor y de
-felicidad. Huyo, sí, huyo. Dime, empero, que volveré.
-
-—Volverás si huyes ahora, volverás.
-
-—¡A Dios, Elvira, á Dios! gritó con loco furor Macías, y se lanzó
-fuera del cuarto.
-
-—¡A Dios, repuso con voz apagada Elvira, á Dios! y cayó sin fuerzas
-casi y sin sentido sobre un sitial inmediato, escondiendo con ambas
-manos su rostro descompuesto y avergonzado.
-
-—Alzad, prima; no lloreis, dijo Jaime acercándose á la hermosa
-desconsolada.
-
-—¿No he de llorar? esclamó ésta volviendo en sí, y mirando á todas
-partes con temor de ver volver á su esposo. ¿No he de llorar? ¿Qué
-le dije yo, Jaime, qué le dije? ¡Imprudente! ¡Y él volverá, volverá!
-¡No, jamas!
-
-—Andad, añadió el page: templad vuestro dolor. ¿No habeis visto con
-qué facilidad hemos engañado al buen hidalgo? ¡Ah! Yo necesitaba
-tener presente cuán serio era el lance, prima mia, para no soltar la
-carcajada. ¿Habeis notado que no ha dicho una palabra que no pudiera
-hacernos reir con fundado motivo?
-
-—¡Hacernos reir, Jaime! Maldecida sea mi loca pasion. ¡Sí, dices
-bien! yo le hice risible. ¿Yo? ¿Yo pago de ese modo su cariño, su
-amor, su condescendencia? ¿En qué era, pues, risible? ¿En amarme?
-Saetas eran sus palabras para mí. ¿Por qué ha de ser risible, Jaime?
-Porque tiene una esposa infiel, que olvidada de su deber ha dejado
-crecer en su pérfido corazon un amor odioso. ¿Y porque ella es
-ingrata, él es risible? ¡Dios mio! Confundidme. Hé ahí el premio que
-doy á su cuidado. Porque ha partido su lecho conmigo, porque me ha
-confiado su casa, porque me dió su corazon, porque quiso llamarme
-madre de sus hijos, ¿por eso le aborrezco? ¡Me horrorizo, Jaime! ¿Yo
-misma me doy horror? ¿Yo cubriré su nombre de ignominia; yo destinaré
-á eterno oprobio el nombre de mi marido, que es el mio? ¿Las gentes
-al mirarme le pronunciarán con befa y con maliciosa risa? ¡Dios mio,
-Dios mio! ¡Yo pierdo la cabeza! ¿Y cómo amarle sin embargo? ¿Es mio
-por ventura mi corazon? ¡Macías, me has perdido! Oye, Jaime, si le
-ves por acaso, dile que nunca, nunca torne á mi presencia. Que huya,
-que huya. Le adoro, sí, le adoro. Díselo tú tambien; pero que huya.
-¡Qué delirio el mio! ¡Qué locura! ¡Mi voz se ahoga!
-
-—Hermosa prima, Fernan Perez vuelve. Serenaos.
-
-—¿Vuelve, vuelve? ¡Ah! Evita su furor. Déjame á mí: muera yo sola:
-¡yo su castigo merecí!
-
-—¡Ah! no, no parto si llorais asi.
-
-—Parte. Sí, dices bien, no lloro ya, dijo con interrumpidos sollozos
-Elvira, enjugándose los ojos rápidamente, y empujando con una mano al
-page; parte: que no te llegue á ver.
-
-—¿Dónde está, gritó Hernan Perez; dónde el insolente que osa jugar
-con mi cólera y desafiarla?
-
-—¡A Dios, Jaime! dijo en voz baja Elvira: corre... Teneos, Hernan
-Perez... añadió arrojándose al paso de su esposo.
-
-—¡Oh! decidme vos si no, gritó el hidalgo, ¿hay en esto, señora,
-otro misterio? ¿Qué significan vuestras lágrimas, vuestros sollozos,
-vuestra confusion...?
-
-—Jaime, señor, es inocente, inocente: nunca quiso jugar con vuestra
-cólera. Todos os amamos aqui y os respetamos, todos; pero...
-mirad... oid...
-
-—¡Elvira! ¡Elvira! esclamó con voz descompuesta el hidalgo, que
-comenzaba á sospechar vagamente.
-
-—¡Perdon! gritó Elvira con voz aguda y ahogada por sus lágrimas y
-sollozos: esposo mio, ¡perdon! Y cayó de rodillas abrazando los pies
-del hidalgo, y dando su frente pura sobre el suelo con asombro de
-aquel, que cruzado de brazos delante de ella parecia en la mayor
-inmovilidad andar buscando en su cabeza alguna esplicacion de escena
-tan estraordinaria.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-CAPITULO XXX.
-
- Estando en esto llegó
- uno que nuevas traía.
- —Mercedes á tí, fortuna,
- de esta tu mensagería.
-
- _Rom. del rey Rod._
-
-
-Ya veis que en ningun caso puede convenirme, decia agitado Villena
-al astrólogo un dia. Cuando tengo vencidos casi los obstáculos todos
-que á la posesion de mi maestrazgo parecian oponerse; cuando unos ya,
-merced á mis beneficios y promesas, han vuelto á entrar en la senda
-del deber; cuando otros, cansados del poco fruto de la diligencia de
-don Luis Guzman, ceden en tan obstinada demanda y dan al olvido su
-rencor, ¿querrán que yo esponga á los riesgos de un combate el objeto
-de todas mis ansias y desvelos? ¡Qué bobería, Abenzarsal! Fuerza es
-para suponer en mí semejante delirio no conocer cuánto he deseado ese
-maldecido maestrazgo. ¡Por cierto que puede ser dudoso el éxito del
-combate! No quiero yo decir con esto que mi antiguo escudero Hernan
-Perez carezca de valor de ningun modo. Pero una cosa es tener valor,
-y otra estar seguro de vencer á Macías. Abenzarsal, el combate no
-puede verificarse sino para perder yo el maestrazgo por lo menos; y
-no se verificará.
-
-—No es tan facil hacerlo como decirlo, dijo Abenzarsal sin mirar
-al conde, y mas bien como quien habla consigo mismo que como quien
-contesta á otro; no es tan facil hacerlo como decirlo. Porque, al
-fin, ni el mismo rey puede revocar ya la prueba por combate que
-tiene decretada á peticion de parte, ni fuera decoroso en vos el
-solicitarlo.
-
-—Abenzarsal, decirme á mí ahora que nada se puede remediar en el
-asunto por los términos ordinarios, vale tanto como decirme que
-Madrid está en Castilla; y por cierto que no tengo ni el tiempo
-hoy ni la cabeza para aprender verdades de esa importancia. Si os
-consulto es porque presumo que pudiéramos dar un golpe atrevido. ¿No
-hay algun arbitrio? ¿no os ocurre á vos nada? ¡Por Santiago! yo creí
-que ya habíais comprendido que yo quiero que os ocurra.
-
-—Mi cuerpo, señor, viejo y feo conforme se halla, está á tu
-disposicion: del alma nada te quiero decir, porque no estoy muy
-seguro de si puedo disponer de ella como cosa mia, despues de la
-tempestuosa y aun maliciosa vida que he traido. Dios me la perdone.
-Pero en cuanto á mis ocurrencias, permite que te diga, señor,
-que solo conforme me vayan ocurriendo podré irlas poniendo á tu
-disposicion.
-
-—¡Maldito viejo! refunfuñó Villena entre dientes. ¿Cuándo quereis
-acabar de fundirme esa cabeza de bronce que ha de responder á todo
-el que la pregunte, y que me habeis tantas veces prometido? Yo os
-aseguro que si la tuviera en mi poder, como debiera, á la hora esta
-ya la habria hecho decir cosas buenas y oportunas acerca del asunto.
-No habria combate, yo os lo aseguro: no lo habria. Os juro que esa
-seria la mejor cabeza de Castilla, sin contar la mia, Abenzarsal, se
-entiende.
-
-—Mientras la mia, señor, esté sobre mis hombros, que será todo el
-tiempo que yo pueda, paréceme que la de bronce ha de estar de mas.
-
-—Veamos, Abenzarsal, esa prodigiosa fecundidad de recursos. Ya
-imaginaba yo que no dejaríais de sacarme de este molesto apuro.
-
-—¿Has visto alguna vez á tu juglar Ferrus desempeñar con singular
-destreza y maestría el famoso juego de cubiletes que de Italia han
-traido á España algunos juglares y juglaresas de Provenza?
-
-—Adelante, Abenzarsal.
-
-—Bueno: pues es preciso que aprendas ahora de Ferrus tan peregrina
-habilidad, y esto sin remedio.
-
-—¿Os volveis loco, ú os burlais de mí?
-
-—Ni lo uno ni lo otro. Lo primero no me tiene cuenta á mí; lo segundo
-no te la tiene, señor, á tí; sin embargo, afírmome en lo dicho; no
-tienes, conde, otro remedio, á no ser que quieras valerte del agua
-aquella que poseo, que no seria tan mal recurso. Pero has dado en
-apreciar la vida del hombre...
-
-—¡Qué horror, Abenzarsal, qué horror! ¿Habeis tomado á vuestro cargo
-endurecer mi alma, y hacer de mí un pícaro tan redomado como vos? ¿no
-temblais el crímen?
-
-—¿Qué es el crímen? ¿lo que han querido llamar tal los hombres? Soy
-uno de ellos; tengo derecho á no adoptar sus definiciones.
-
-—¿Me diréis que el quitar la vida á otro ser...?
-
-—¿Qué es quitar la vida, don Enrique? ¿puede el hombre, necio,
-insensato, quitar la vida á ningun ser? ¿puede el hombre crear ni
-destruir? ¡Impotente! ¡miserable! Aquel en quien acaba el alma de
-separarse del cuerpo, deja de vivir á los ojos de los hombres. A
-los ojos de Dios vive, porque nada muere á los ojos de Dios: él
-ha derramado la vida en los seres todos: unos existen bajo unas
-condiciones, otros bajo otras. Si el vivo vive de una manera que
-confesamos, vive tambien el muerto de otra que no conocemos: á los
-ojos de Dios las acciones todas son iguales: no hay bien, no hay mal;
-no hay vida, no hay muerte; no hay virtud, no hay crímen.
-
-—¡Blasfemia, blasfemia! gritó don Enrique. Os complaceis en aventurar
-horribles paradojas en los momentos críticos en que tenemos mas
-necesidad de inventiva que de ergotismo escolástico, y de confianza
-en el cielo que de heréticas impiedades.
-
-—Como gusteis: ¡dejemos en buen hora á los hombres, viles gusanos de
-la tierra, imaginarse en su vanidad los seres privilegiados de la
-creacion: dejémosles creer orgullosos que para dar vueltas al rededor
-de su mundo miserable ha lanzado al vacío el Hacedor millones de
-mundos mayores; dejémosles pensar que son algo, y que valen algo;
-dejémosles, en fin, dar una incomprensible importancia á sus acciones
-míseras, al que llaman su honor, á su supuesta ciencia, á sus
-ridículas pasiones, al ruido que hace la boca, que llaman aullido en
-el lobo, y en sí mismos conversacion!!!
-
-—¿Acabaréis? ¡por Santa María!
-
-—Dejémoslos en tan lisonjero error: convencedle al hombre de que no
-es nada, y precipitado de la altura del trono que sobre la naturaleza
-se ha erigido, se afligirá como si el no ser nada fuese algo.
-
-—¡Por Santiago! esclamó Villena despechado: teneis razon, Abenzarsal.
-Teneis razon en todo lo que habeis dicho, y en lo que habeis pensado,
-y en lo que os habeis dejado por pensar y por decir. ¿Pero y mi
-maestrazgo? Os suplico que no lo considereis como cosa de hombres,
-que yo os prometo probaros antes de mucho que si el hombre puede no
-ser nada, un maestrazgo por lo menos es algo.
-
-—Vengamos, pues, al maestrazgo, dijo sonriéndose el astrólogo, á
-quien esta última frase debió de parecer mejor que el mundo y sus
-míseros habitadores. Ya he dicho, señor, que no queriendo hacer uso
-del _aqua mortis_, necesitais aprender...
-
-—¿Pero, qué significa...?
-
-—Significa, que asi como el juglar y un juglar cualquiera, hace
-desaparecer entre los dedos la bola mágica, segun la llama el vulgo
-de los hombres, ese de quien yo os hablaba hace poco...
-
-—¿Volvemos? dijo Villena desesperado con lastimoso acento.
-
-—No: tranquilízate, señor; asi, pues, necesitas tú hacer desaparecer
-á alguien de la corte de don Enrique.
-
-—¿A quién? ¿y cómo?
-
-—Voy á decirte, ilustre conde. A Elvira, tu acusadora, es caso
-imposible, porque está libre bajo mi responsabilidad, asi como Macías
-y tú lo estais bajo la propia del rey, tú por tu clase y él por su
-favor.
-
-—Bien. Adelante. Elvira es ademas muger de Fernan Perez.
-
-—Cierto; pero á Macías no me parece que podria ser dificil. Él está
-ahora mas que nunca poseido de una pasion frenética, pasion cuyos
-resultados, felices para nosotros, has cortado tú mismo con tus
-incomprensibles escrúpulos. Sin embargo, puédenos servir todavia.
-Entreveo un plan asequible tal vez. Necesitarémos de Ferrus. Si el
-doncel cae en el lazo que le vamos á tender, no será él ciertamente
-quien venza á Fernan Perez.
-
-—Abenzarsal, ¡cuánto os debo, amigo mio! dijo Villena estrechando sus
-manos.
-
-—Dame, empero, tu palabra, señor, de no estorbar mis intentos, y dame
-con tu palabra á Ferrus. Sé las escenas que han pasado entre los
-amantes recientemente, sé... pronto lo sabrás tú mismo. Ven en tanto,
-señor, conmigo... oigo un rumor estraño en la cámara de su alteza.
-¿Será acaso alguna novedad en la salud del rey, que debamos sentir
-todos?
-
-Al acabar el astrólogo estas palabras, dirigiéronse entrambos hácia
-la cámara de su alteza. Oíase desde ella un prolongado y confuso
-clamoreo, cuya causa no tardaron en adivinar. Su alteza, rodeado ya
-de algunas de las primeras dignidades de Castilla preguntaba á unos y
-á otros, y parecia haberse hallado largo rato en la misma duda que
-los personages de nuestro último diálogo. Brillaba sin embargo en su
-semblante una alegría desusada en él, y podíase conocer desde luego
-que mas tenia de fausto que de infausto el suceso que producia en
-aquella ocasion tanto movimiento.
-
-—Venid, ilustre conde, mi pariente y vos, Abenzarsal, venid, dijo don
-Enrique el Doliente saliendo al paso contra su costumbre, con notable
-olvido de su propia dignidad á los dos personages que entraban en su
-cámara. La corona de Castilla tiene ya un heredero varon.
-
-—Señor, dijeron á un tiempo Villena y el físico, ¿es posible? ¿Ha
-llegado ya tan alegre nueva?
-
-—Sí, dijo el rey: el enano que está de atalaya en la torre mas alta
-del alcázar acaba de ver las ahumadas que tenia mandadas disponer
-para este caso, y los fieles habitantes de mi leal villa de Madrid se
-han apresurado á felicitarme sobre tan feliz acontecimiento.
-
-Oíanse, en efecto, ya mas distintamente los repetidos vivas con que
-de buena fé manifestaba el pueblo su entusiasmo al saber que le habia
-nacido un rey, y que no podria faltarle ya en ningun caso quien le
-mandase.
-
-Salió su alteza á una de las _fenestras_ de su alcázar, como se
-llamaban entonces las ventanas en castellano, sin que se pudiera
-achacar eso á galicismo, pues no habia entonces en la pobre villa
-de Madrid tantos traductores como en los tiempos que alcanzamos de
-dicha y de ilustracion; salió á una de las _fenestras_, como dejamos
-dicho, y agradeció al pueblo con claras demostraciones y ademanes de
-contento y satisfaccion su inocente entusiasmo.
-
-Vuelto en seguida á Stúñiga, justicia mayor del reino,—Diego Lopez,
-le dijo su alteza, dispondréis que mañana sea la última audiencia que
-dé en esta villa á los fieles habitantes de Madrid. Debemos marchar
-inmediatamente á Otordesillas, adonde se trasladará la corte por
-ahora. Quiero que al separarme de esta mi villa predilecta puedan mis
-vasallos venir á implorar á los pies del trono la justicia que puedan
-necesitar. Recuerdo ademas, condestable, añadió volviéndose al buen
-Ruy Lopez Dávalos, que he suspendido en dos ó tres casos decisiones
-de grave interés, prorogándolas hasta el momento que tan felizmente
-ha llegado.
-
-Inclináronse el condestable y el justicia mayor, y no puso tan buen
-gesto como don Luis Guzman el intruso maestre. Antes, llegándose al
-oido del astrólogo,—¿Habeis oido? le dijo. Mañana dará orden de que
-se reuna el capítulo de Calatrava, y mañana acaso fijará el dia de
-nuestro combate.—No hay tiempo que perder, repuso en voz baja tambien
-el judiciario.
-
-Don Luis Guzman y Macías echaron cada uno por su parte una mirada
-significativa de esperanza y desprecio al conde de Cangas y Tineo. El
-resto del dia se empleó en preparativos para el viaje que la corte
-disponia, y la noche en músicas y en danzas, en que los ministriles y
-juglares divirtieron no poco á todos con sus juegos y arlequinadas,
-farsas y bufonerías.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-CAPITULO XXXI.
-
- Porque le ví ir huyendo,
- muy malamente llagado,
- y que á la hora de agora,
- será muerto ó cativado.
-
- _Rom. del rey Rod._
-
- Por ende quien me creyere,
- castigue en cabeza agena,
- é no entre tal cadena,
- do no salga si quisiere.
-
- _Marques de Santillana. Querella de amor._
-
-
-Algunas horas hacia ya que la noche habia tendido sobre nuestro
-hemisferio su tenebroso velo. Ningun ruido sonaba en la campiña, ni
-en las solitarias y tortuosas calles de la villa de Madrid. Solo en
-el alcázar se veían brillar en algunas habitaciones mas luces de las
-que solian comunmente arder á semejantes horas: oíase desde la calle
-un rumor sordo y lejano, que se desprendia del altísimo edificio,
-bien como se desprenden de la tierra los vapores en una mañana
-clara de invierno. Un caballero acababa de bajar triste y taciturno
-la escalera principal del alcázar: su trage indicaba que salia
-del brillante sarao que arriba se oía; su desasosiego, sus pasos
-vagos y sin direccion, indicaban el desorden y la indecision de sus
-pensamientos.
-
-—Sí, volveré, decia hablando consigo mismo, volveré: ella misma lo
-decidió. ¡Importuna danza! ¡ruido mil veces mas importuno! ¡Mientras
-mas gente, mas solo!
-
- Cativo de mi tristura,
- de mí todos han espanto:
- preguntan, ¿cuál desventura
- hay que me atormente tanto?
-
-¡Inútiles esfuerzos! ¡talento estéril! ¿De qué me sirves, de qué? ¡Ni
-mis palabras la vencen, ni mis trovas la mueven! ¡Elvira!
-
- ¡Ah! te place que mis dias,
- yo fenezca mal logrado,
- muy en breve;
- Pues que al infeliz Macías,
- es tu pecho despiadado,
- tan aleve.
-
-Despues de repetir esta endecha tristísima de una de sus
-composiciones, apoyóse el trovador desdichado contra la alta muralla
-del alcázar, donde se encerraban todos sus deseos. Poco tiempo podia
-hacer que estaba sumergido en la mas profunda meditacion, ora
-recordando las contradictorias pruebas que de cariño y odio le habia
-dado su señora, ora repitiendo vagamente y con profunda distraccion
-fragmentos sueltos de las chanzones que le habia inspirado su
-desgraciado amor, cuando una mano se apoyó sobre su hombro con
-estraña familiaridad.
-
-—¿Quién eres, preguntó airado, el que osas perturbar la meditacion
-del que desea estar solo?
-
-—Quien os ha visto salir: quien compadece vuestra pasion: quien os ha
-de consolar en ella: quien sabe de vuestros asuntos tanto como vos,
-sino mas, repuso el desconocido.
-
-—¡Ah! judiciario, dijo Macías reconociendo al físico Abenzarsal que
-habia salido tras él del bullicioso sarao. ¿Qué se hicieron tus
-predicciones, y qué tu vana ciencia? ¿Dónde está mi felicidad, dónde?
-
-—Mas cerca acaso de lo que presumes, hombre incrédulo.
-
-—¿Qué decís? esplicaos. ¡Ah! si alguna vez os han engañado; si
-sabeis, padre mio, lo que es esperar lo que nunca llega, y creer lo
-que nunca sucede, no os burleis de mi necia confianza. Ved que lo
-creo todo, porque todo lo deseo.
-
-—¡Silencio! ¿Conoceis una reja alta que da sobre el terraplen y el
-foso, hácia la parte del alcázar que mira al soto del Manzanares?
-
-—¿Qué me quereis decir?
-
-—Oid. La reja se abre. Hé aqui su llave.
-
-—¿Su llave? ¿Para qué?
-
-—¿Para qué preguntáis? ¿No os sirve, pues?
-
-—¡Ah! dadme, dadme acá. Decidme, ¿de quién, para quién la teneis?
-
-—No os importa. ¿Conoceis su letra?
-
-—¡Desdichado! ¿De qué la habria de conocer? Si tanto sabeis y
-adivinais...
-
-—Bien: no importa. Miradla aqui.
-
-—Su letra, Abenzarsal. ¿Es magia esto, es magia? ¿Deslumbrais mis
-sentidos por ventura con los artes de vuestra pérfida profesion?
-
-—Leed y callad, añadió el astrólogo sacando de debajo de su ropa una
-linterna, cuya luz proyectó sobre un pergamino que le dió al mismo
-tiempo.
-
-—¡Dios mio! dijo el doncel acabando de leer. ¿Es ella, lo sabeis, es
-ella la que escribe estas breves palabras?
-
-—No: soy yo si os parece, dijo afectando enojo el pérfido viejo: á
-Dios; puesto que no quereis ser feliz, no os quejeis despues.
-
-—¡Ah! no: venid: perdonad, señor, si el esceso mismo de mi
-felicidad... ¿Es posible...?
-
-—¡Ea! dejad vuestras pueriles esclamaciones. El tiempo corre. Partid.
-No convendria que nos viesen juntos. Sabeis que el hidalgo está con
-su alteza. A Dios.
-
-—Escuchad; teneos. ¡Un momento! dijo Macías; pero hablaba solo ya: el
-astrólogo habia desaparecido con indecible presteza. ¡Qué confusion!
-prosiguió el doncel. ¡Tanta felicidad, Dios mio! Corramos: mas
-no. ¿Quién sabe los sucesos que me esperan esta noche? Sé que mi
-constelacion me es contraria. Quiero buscar mi espada: con ella al
-lado, nadie, nadie podrá estorbar mi felicidad.
-
-Dirigióse, dichas estas palabras, el animoso doncel á su habitacion,
-y ciñó su espada cubriendo con un tabardo oscuro de belarte su
-elegante vestido, que no podia menos de haber llamado la atencion de
-cualquiera que á aquellas horas se le hubiera notado, en el parage
-sobre todo donde él pensaba que podria tener que esperar un instante
-propicio para su dicha.
-
-Volvia á bajar la escalera del alcázar para salir al campo lo mas
-presto posible, y antes de que se hubiesen cerrado las puertas de
-la villa, cuando un encuentro inesperado le detuvo, no tan á su
-pesar como podria parecerle á primera vista al que no supiese que el
-que hacia variar de aquella manera su primer pensamiento, era nada
-menos que el mismo, mismísimo pagecillo Jaime, á quien tan apurado y
-comprometido dejamos por causa del doncel en uno de nuestros últimos
-capítulos, que acaso no habrá olvidado todavia el lector.
-
-—¡Jaime! dijo Macías.
-
-—¡Señor caballero! repuso el page no menos admirado y satisfecho.
-Buena la hicísteis la mañana pasada. ¡Ah! otra vez ved de ser mas
-prudente.
-
-—¿Acaso Elvira...?
-
-—Mirad, eso nada sabré deciros, sino que desde entonces esposo y
-esposa se tratan de una manera... La señora pasa llorando los dias,
-y el señor rabiando las noches... la casa es un infierno. Felizmente
-á mí nada me tocó de lo que merecia. Pero á propósito, gózome de
-encontraros. Díjome mi hermosa prima...
-
-—Mas bajo.
-
-—No, no hay peligro.
-
-—¿Qué te dijo?
-
-—Que si volvíais alguna vez, como habíais dejado prometido...
-
-—¡Como ella misma...! querrás decir...
-
-—Sí, bien... como gusteis.
-
-—¿Y qué?
-
-—Nada: no os aflijais. Mirad: las mugeres son... vos lo conoceis
-mejor que yo...
-
-—¿Qué hablas, pagecillo? Acaba.
-
-—¡Ah! no: si os enfadais... tranquilizaos, y os diré...
-
-—¡Acaba por Santiago! Juro por el infierno que estoy tranquilo.
-
-—Me dijo, pues, contestó el page aterrado de la estraña tranquilidad
-del doncel, que si volvíais, se os dijera que no estaba.
-
-—¿Eso dijo? ¡Perfidia! ¡perfidia sin igual! ¿Y no lloró al decirlo,
-no tembló, miserable? Sed generoso con las damas: creed, creed un
-solo punto. _¡Salvad mi honor, huid, y volvereis; que os amo_, dijo,
-y todo fue mentira! ¡Y yo salí y obedecí! ¡Necio! ¡insensato! ¡Ah!
-¡maldecida generosidad! Page, ¿me engañas? prosiguió despues de una
-breve pausa, en la cual dió mil vueltas al pergamino que le acababa
-de dar el astrólogo. No pudo decir eso: tú burlas mi dolor, y tú...
-
-—¿Yo, señor, yo? Me obligareis á deciros lo que añadió...
-
-—¿Qué añadió, santo Dios?
-
-—Pues mirad, añadió que se os dijera á vos mismo que ella habia dado
-aquella orden.
-
-—¿Eso? ¿Ella? ¿ella misma? ¡O ultraje! ¡ó rabia! Page, ¿conoces tú su
-letra?
-
-—Poco, señor.
-
-—¿Es esa? dijo Macías acercándola á un farol de la escalera inmediata.
-
-—Paréceme que... sí... cierto; yo á lo menos... verdad es que yo no
-sé escribir. Yo soy mal juez.
-
-—¿Cuándo dijo lo que me acabas de referir?
-
-—Aquel dia mismo.
-
-—¡Respiro! Algún objeto llevaria. Vuela á tu prima, Jaime: dile que
-me diste ese recado, y que respeto sus motivos. Escucha. Con respecto
-á su cita, dile que antes de una hora...
-
-—¿Cómo? ¿os cita?
-
-—¡Silencio!
-
-—¿Y os quejábais vos? Decid entonces que el engañado he sido yo. Ya
-me encargaré yo de esos recaditos en adelante, para que me cuesten
-una oreja el dia menos pensado, y que la señora luego... ¿Es posible,
-señor caballero, que han de engañar las mugeres hasta á sus mayores
-amigos? ¡A todo el mundo, señor, á todo el mundo!
-
-—¡Ea! ¡Silencio! y separémonos. Nada digas, nada hables. En estos
-asuntos, Jaime, la palabra escapada revuelve sobre el que la dijo, y
-las imprudencias se pagan con la vida. ¡A Dios, á Dios!
-
-Dichas estas palabras continuó el doncel su camino, pidiendo á su
-señora en su borrascosa imaginacion mil perdones por la ligereza con
-que la habia inculpado, en aquel momento mismo en que acababa de
-darle, segun él, la prueba mas singular de su constancia y fidelidad.
-
-Llegó el page entre tanto á Elvira, y refirióle lo ocurrido. Mil y
-mil ideas se cruzaron en la imaginacion de la desdichada. Deseosa,
-sin embargo, de aclarar aquel misterio, y bien decidida á no
-esponerse de nuevo al peligro que no podia menos de correr con el
-arrebatado doncel. ¡Jaime, dijo, quiero salvarme á toda costa! Le
-amo, le amo con furor, y el infeliz lo sabe. No le vea, no le hable.
-Mi honor es lo primero. Juzgue de mí lo que quisiere. Escucha. Yo
-de mí misma desconfio y tiemblo. Sus ruegos pudieran vencerme.
-Por otra parte, esa cita solo puede ser un artificio... acaso una
-horrible maquinacion; un lazo que nos tienden. Mira: toma esa llave,
-y ciérrame por fuera, de esa manera no le podré yo abrir aunque sus
-ruegos me ablandáran. Corre en seguida en su busca. ¿Dónde iba?
-
-—Bajaba la escalera del alcázar.
-
-—¡Soy feliz! Todavia no viene en mucho tiempo. Búscale, Jaime,
-búscale. Dile que es inútil; que nunca le he citado; que es mentira;
-que su vida peligra; que está Fernan conmigo... lo que quieras. Que
-no venga, y lo demas no importa. ¿Qué seria de mí si Hernan...?
-¿Será él por ventura, será él el que de esta suerte intenta...? ¡Qué
-horrible maquinacion!—Hizo Jaime lo que su hermosa prima le rogaba
-con no poco miedo de verse metido á su edad en tan gran laberinto de
-riesgos y de intrigas, pero con toda la decision al mismo tiempo de
-que es capaz la fidelidad.
-
-—¡Otra vuelta! dijo Elvira al page, que cerraba ya por defuera. Así:
-¡á Dios! Si mi esposo viene, él tiene otra llave. ¡Yo os doy gracias,
-Dios mio, añadió prosternándose con cristiano fervor; yo os doy
-gracias, Señor, por el peligro de que me habeis librado!
-
-Apenas habia acabado de decir estas palabras, cuando se dejó sentir
-en la parte de afuera de su habitacion un rumor, estraño ciertamente
-á aquellas horas y en aquel sitio tan solitario.
-
-—¿Qué oigo, Dios mio? ¿Qué oigo?
-
-—¡Elvira! dijo una voz que asi parecia bajar del cielo como salir de
-alguna profunda cueva. ¡Elvira!
-
-—¿Quién me llama? añadió la asustada dama corriendo hácia la puerta
-para asegurarse de que estaba bien cerrada.
-
-—¡Macías! respondió la voz sordamente, y resonaron dos ó tres
-golpecitos dados con cierto misterio é inteligencia.
-
-—¡No le ha encontrado el page! esclamó Elvira. ¡Ah! si Hernan...
-oid... doncel... Nadie responde... y el ruido continúa. ¡Cielos!
-no es aqui: no es en la puerta. ¿Dónde pues, dónde? Aqui, esclamó
-llegando á la ventana; en esta parte están. ¿Qué intentan? Esta
-reja se abre; pero la llave... la llave debe tenerla el alcaide del
-alcázar... ¡La abren, Dios mio! continuó escuchando con la mayor
-ansiedad. Huid, huid, quien quiera que seais.
-
-—¡Bien mio! respondió el doncel abriendo completamente la reja, y
-dando con su espada en la madera, que quedaba cerrada todavia.
-
-—¡Ah, es él, es él! y soy perdida. Yo misma me he encerrado,
-gritó Elvira arrojándose sobre un sillon al tiempo mismo que la
-madera, destrozada por los furiosos golpes del doncel, cedian á su
-irresistible fuerza.
-
-—Yo soy, Elvira, yo soy, dijo Macías arrojándose á los pies de su
-amante. Mil obstáculos he tenido que vencer; no pensé alcanzar á la
-altura de esa reja, que he debido escalar con la espada en la boca.
-Ya estoy en fin, aqui, bien mio, y á tus plantas.
-
-—¡Ah! no; salvaos por piedad, y salvadme á mí. Macías, cada palabra
-que hablamos es una palabra de abominacion; el tiempo es precioso y
-le perdemos.
-
-—¿Perderle yo á tu lado?
-
-—Cesa ya, y parte.
-
-—¿Me llamas, señora, para escuchar de nuevo tus rigores?
-
-—¿Yo os llamé? Macías.
-
-—¿Qué escucho? dijo levantándose. ¿Cuya es, pues, esa letra?
-
-—¿Esa letra? ¡Cielos! los traidores la han fingido.
-
-—¿La han fingido, señora?
-
-—Para perdernos, sí.
-
-—¿No es vuestra? ¡Crédulo yo, insensato! ¡Cierto es, pues, lo que
-Jaime me asegura...!
-
-—Todo, sí, todo es cierto: huid; no os quiero ver: os aborrezco.
-
-—¿Me aborreceis? Pues bien, nos perderán. Ya su triunfo es completo.
-¡Pérfida! añadió despues de haberla contemplado un momento. ¿De esta
-suerte pagais mi generosidad? ¡Tres años de silencio! Hablo, por fin,
-hablo para ofreceros mas generosidad, mayor sigilo aun, amor mas
-grande ¿y no os ocurren en pago sino pérfidos medios de engañarme?
-Sed noble, señora, hasta en la perfidia misma. Medios hay aun de ser
-noblemente malo. ¿Sois veleidosa? ¿Por qué no me decís: “Macías, soy
-muger? ¡Plúgome vuestro amor, mas hoy me cansa! No es para mí, que
-es harto grande.”—Yo agradeciéra vuestra nobleza entonces.
-
-—Acabemos, Macías: no mas reconvenciones, no. Idos, y nunca mas
-volvais. Toda comunicacion, todo vínculo es roto entre nosotros.
-Si prendas teníais de mi amor, si insistís en creer que mis ojos,
-mi lengua, mis acciones os prometieron algo, en buen hora creedlo;
-devolvedme, empero, mi libertad...
-
-—¿Qué os la devuelva, señora? Volvedme vos la dicha, volvedme la
-confianza.
-
-—¡Qué suplicio! por piedad, partid.
-
-—¿Partid? ¡Qué delirio! Mi vida hoy, ó mi muerte. No os creo ya: nada
-espero de vos. Todo de mí. Oidme.
-
-—Soltad mi mano.
-
-—No: sois mia, y lo sereis.
-
-—¿Y ese es amor tan grande? ¿Me amais vos, y me amais comprometiendo
-mi honor y mi existencia?
-
-—Sí, porque tú y yo no somos ya mas que uno. Los dos felices, ó
-desgraciados ambos. Uniónos el amor: la muerte sola nos separará.
-Volved los ojos hácia mí, volvedlos: inútil es retirarlos: me veis,
-me veis donde quiera que los volvais: cerradlos, y aun me vereis.
-Decidme que me amais. Mentid, señora, si no es cierto: decidlo,
-empero, por piedad, y salgo.
-
-—Jamas, jamas, profirió débilmente Elvira, procurando en vano
-desasirse de los amantes lazos en que la tenia presa el impetuoso
-doncel.
-
-—¿Jamas, decís? Pues escuchadme, repuso Macías con el acento de la
-mas profunda desesperacion. Yo habia nacido para la virtud. Vos me
-consagrais al crímen. No hay sacrificio inmenso de que no fuera
-mi corazon capaz, ó por mejor decir, el amor era mi constelacion.
-Encontrando en el mundo una muger heróica, era mi destino ser un
-héroe. Encontrando una muger pérfida, Macías debia ser un monstruo.
-Yo os dí á elegir, señora. Nuestra felicidad, y el secreto y cuanto
-vos exijiéseis, ó el escándalo y mi muerte. Vos elegísteis lo peor.
-Escrito estaba asi. ¡Muerte y fatalidad!
-
-—¡Ah! Silencio, silencio. No me maldigas ya: ¡desventurada!
-
-—Sí: todo es ya acabado entre nosotros. Nuestra felicidad ha sido
-una borrasca: formada como el rayo en la region del fuego, debia
-destruir cuanto tocara. Ha pasado como el rayo, pero como el rayo
-ha dejado la horrible huella de su funesto paso. Tu amor, tu amor,
-¿quién lo creyera? era el único que no debia dejar mas señales de
-su existencia en tu corazon de yelo, que las que deja el ave que
-atraviesa rápidamente el cielo, que las que deja sobre tu labio
-abrasador este ósculo de muerte, que recibes, bien mio, á tu pesar.
-
-—¡Ah! esclamó Elvira, reluchando inútilmente; soy perdida, perdida
-para siempre.
-
-—Y mil y mil, añadió frenético Macías; prendas son todos de nuestra
-próxima muerte. Ellos son, Elvira, la agonía del amor. ¿No sientes
-el fuego inmenso que encienden en las venas? ¿No percibes el tósigo?
-Bórralos jamas, olvídalos si puedes, y olvídame despues. Venga la
-muerte ahora, añadió desasiendo á la infeliz Elvira, que perdidos los
-ojos en el techo y pálido el semblante, cayó desprendida del doncel
-sobre el sitial inmediato.
-
-Un momento de pausa y de silencio, semejante al que llena de
-misterioso terror al caminante despues del fragoroso estampido de la
-exhalacion eléctrica, succedió á las últimas palabras del doncel.
-Arrodillado á las plantas de Elvira imprimia todavia en una de sus
-manos, hermosas como el alabastro, sus trémulos labios; no lloraba ya
-Elvira, no derramaba una lágrima Macías. En las grandes situaciones
-de la vida no halla salida el llanto. La inmovilidad del mármol,
-el estupor de la postracion son los caractéres de las emociones
-sublimes. El silencio entonces es elocuente, porque no hay palabras
-en ninguna lengua ni sonidos en la naturaleza que pinten el amor en
-su apogeo, que espliquen el dolor en toda su intensidad.
-
-—¡Elvira! dijo por fin Macías. ¡Cuán desgraciados somos!
-
-—Partid, partid, profirió con trabajo Elvira. ¡No querais, señor, que
-lo seamos aun mas! Esta es la última vez que nos veremos.
-
-—¡La última! sí; porque la muerte llega.
-
-—¡Ah! no; no los espereis. Ya todo se ha concluido entre nosotros:
-ahora es cuando os lo digo, sabedlo; os he querido, señor, os he
-querido, como nadie volverá á querer. Salvadme ahora, despues de esta
-confesion.
-
-—¡Ah, lo decís por fin! tiempo es aun... decid que ahora me quereis,
-y huyamos. Pero huyamos los dos.
-
-—No es tiempo ya, no es tiempo. Sed generoso vos ahora: no apure el
-vaso yo del crímen, y del deshonor. Nunca ya nos hablarémos, Macías...
-
-—¿Nunca, señora...?
-
-—Desistid... ¡por Dios...!
-
-—Os juro que no desistiré.
-
-—Ved que los asesinos se acercan acaso ahora... Ah: no me hagais
-aborrecer la vida: no me obligueis á maldeciros.
-
-—Sí; maldíceme, ahora... ¿mas qué rumor...?
-
-—¡Ellos son, ellos son! gritó Elvira precipitándose hácia la puerta.
-¡Los traidores!
-
-Oyóse efectivamente ruido de armas y personas al pie de la reja.
-
-—¡La puerta está cerrada, gritó Elvira, y él solo puede entrar!
-
-—Dime que me amas, esclamó Macías; decídete, en fin, señora, á
-participar de mi suerte; dime que siempre me amarás; y mi espada aun
-nos abrirá paso al través de los pérfidos asesinos.
-
-—No, no, Macías: no muera deshonrada, gritó Elvira, sin saber adonde
-refugiarse. ¡Dios mio! compasion ¡Dios mio! Salvaos solo, Macías.
-
-—Contigo, Elvira.
-
-—Jamas, repuso Elvira, abrazándose á un alto Crucifijo de plata que
-sobre una mesa lucía. El cielo maldice nuestro amor... y yo...
-
-—¡Silencio! Por última vez. Ved, señora, que algun dia diréis _es
-tarde, es tarde_, y diréislo entonces con dolor. Ahora que es tiempo
-todavia.
-
-—No, Macías, no; yo le maldigo nuestro amor.
-
-—Elvira, pues, á Dios. Mi muerte es tuya, como fue mi vida.
-
-Al decir estas palabras Macías cogió su espada, y poniéndola
-rápidamente sobre su rodilla, partióla en dos desiguales trozos, que
-despues de abrir de par en par las maderas de la ventana lanzó contra
-los que ya trepaban por la reja.
-
-—¡Hernan Perez! gritó: ¡Hernan Perez! Héme aqui sin defensa. La
-muerte os pido, la muerte.
-
-—¡Macías! esclamó Elvira desasiéndose del Crucifijo, y arrojándose
-hácia la ventana. Era tarde, empero. Macías se habia lanzado ya fuera
-de la reja.
-
-—¡Es nuestro! ¡es nuestro! retirarnos: ¡basta! Clamaron á un tiempo
-varias voces.
-
-—¡Ah! gritó Elvira con una espresion dificil de pintar. ¡Socorro!
-¡Socorro!
-
-Al mismo tiempo sonó la llave en la puerta. ¡Él es! ¡él es! gritó
-Elvira. ¡Santo Dios! ¡Piedad de mí, piedad!
-
-Un chillido agudo y espantoso terminó tan horrorosa escena. El que
-entró se dirigió hácia la reja, mirando enderredor, y nada descubrió.
-Tendió en seguida la vista por la habitacion, y solo vió en el suelo
-el cuerpo de una muger hermosa privada enteramente de sentido.
-
-
-FIN DEL TOMO TERCERO.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-ÍNDICE DEL TOMO TERCERO
-
-CAPITULO XXII 1
-CAPITULO XXIII 20
-CAPITULO XXIV 34
-CAPITULO XXV 48
-CAPITULO XXVI 65
-CAPITULO XXVII 78
-CAPITULO XXVIII 96
-CAPITULO XXIX 110
-CAPITULO XXX 119
-CAPITULO XXXI 130
-
-
-
-
- * * * * * *
-
-
-
-
-NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
-
- * Se ha respetado la ortografía original, que difiere de la utilizada
- actualmente. Las inconsistencias ortográficas se han normalizado a
- la grafía de mayor frecuencia.
-
- * Se ha completado el emparejamiento de los puntos de admiración y de
- interrogación.
-
- * Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar.
-
- * Se han añadido ilustraciones de adorno al final de los capítulos
- que, en el original impreso, carecen de ellas.
-
- * Se ha añadido al final un índice de capítulos que no existe en el
- original impreso.
-
-
-
-***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL DONCEL DE DON ENRIQUE EL
-DOLIENTE, TOMO III (DE 4)***
-
-
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