diff options
| author | nfenwick <nfenwick@pglaf.org> | 2025-02-06 17:48:35 -0800 |
|---|---|---|
| committer | nfenwick <nfenwick@pglaf.org> | 2025-02-06 17:48:35 -0800 |
| commit | 7cac903aa26c214f14167e4fb41cfea0dfa91ce8 (patch) | |
| tree | ae6b8a36f4f76f7ed79cd3d279b59dd1d35852e7 /old/53589-0.txt | |
| parent | 9ec63fe219e74b1d6c4cb55684a4df60e97a9d1d (diff) | |
Diffstat (limited to 'old/53589-0.txt')
| -rw-r--r-- | old/53589-0.txt | 3778 |
1 files changed, 0 insertions, 3778 deletions
diff --git a/old/53589-0.txt b/old/53589-0.txt deleted file mode 100644 index 9af2d1b..0000000 --- a/old/53589-0.txt +++ /dev/null @@ -1,3778 +0,0 @@ -The Project Gutenberg eBook, El doncel de don Enrique el doliente, Tomo -III (de 4), by Mariano José de Larra - - -This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most -other parts of the world at no cost and with almost no restrictions -whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of -the Project Gutenberg License included with this eBook or online at -www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you'll have -to check the laws of the country where you are located before using this ebook. - - - - -Title: El doncel de don Enrique el doliente, Tomo III (de 4) - Historia caballeresca del siglo quince - - -Author: Mariano José de Larra - - - -Release Date: November 25, 2016 [eBook #53589] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - - -***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL DONCEL DE DON ENRIQUE EL -DOLIENTE, TOMO III (DE 4)*** - - -E-text prepared by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box, and the Online -Distributed Proofreading Team (http://www.pgdp.net) from page images -generously made available by Internet Archive (https://archive.org) - - - -Note: Images of the original pages are available through - Internet Archive. See - https://archive.org/details/eldonceldedonenr03larr - - - Project Gutenberg has the other three volumes of this work. - Volume I: see http://www.gutenberg.org/ebooks/53587 - Volume II: see http://www.gutenberg.org/ebooks/53588 - Volume IV: see http://www.gutenberg.org/ebooks/53590 - - -NOTA DE TRANSCRIPCIÓN - - En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las - versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS. - - - - - -EL DONCEL DE DON ENRIQUE EL DOLIENTE: - -HISTORIA CABALLERESCA -DEL SIGLO QUINCE - -por - -D. MARIANO JOSÉ DE LARRA. - -SEGUNDA EDICION. - -TOMO III. - - - - - - - -Madrid: 1838. -IMPRENTA DE LOS HIJOS DE D.ª CATALINA PIÑUELA, -_calle del Amor de Dios, núm. 7_. - - - - -EL DONCEL DE _Don Enrique el Doliente_. - - - - -CAPITULO XXII. - - Cuando la noche cerró, - ambos se fueron armare, - cabalgaron á caballo, - salieron de la ciudade, - armados de todas armas - á guisa de peleare. - - _Rom. del marques de Mántua._ - - -Con feroz espresion de alegría llegó Abenzarsal á noticiar al conde -de Cangas y Tineo el funesto resultado de su bien combinada intriga: -gran parte habia tenido en ella la casualidad; pero ni creyó oportuno -declarárselo asi al conde, ni acaso lo creería él mismo. Regocijóse -mucho don Enrique de Villena al principio de su narracion, pero -fue oscureciendo su rostro una nube de descontento cuando llegando -al desenlace de la escena referida en nuestro anterior capítulo, -calculó que á la hora en que él estaba escuchando tranquilamente -de boca del empedernido viejo la horrible maquinacion, ésta podria -estar costándole la vida á uno de los dos combatientes, pues no -era dificil inferir que á pelear y no á otra cosa habian salido en -aquella forma y á aquellas horas del alcázar el amoscado hidalgo y -el impetuoso caballero. Parecióle de veras mal que pasase la burla -tan adelante. Cuando habia admitido para este asunto los ausilios del -astrólogo judiciario, ó se habia lisonjeado de que este conseguiria -colocar las cosas en cierto punto del cual no pasasen, y que bastase -sin embargo para poner fuera de combate á sus enemigos; ó lo que -es mas probable, no se habia tomado el trabajo de reflexionar -suficientemente que las pasiones no se manejan con la mano, y que el -tino ha de estar en ver cómo se ha de soltar el leon de la jaula, -porque una vez suelto ni hay retroceder, ni hay calcular dónde y cómo -habrá de parar el estrago. Como todos los hombres débiles y faltos -de energía, habia procurado ahogar en un principio los latidos de -su conciencia, si se nos permite esta atrevida metáfora. En valde -trató el viejo redomado de tranquilizar su espíritu y embotar sus -remordimientos, presentándole el caso menos arriesgado de lo que era -y debia ser realmente; en valde le citó mil ejemplos de desafios -empezados y no concluidos, y enumeró infinidad de ellos terminados -al llegar al campo por miedo de uno ó de los dos adversarios, ó por -cualquiera estraña casualidad sobrevenida; ó llevados á cabo, en fin, -á costa solo de algunas heridas de poca importancia y gravedad. Para -haber cedido á la insinuante persuasion del físico, era preciso no -haber conocido el pundonoroso espíritu del hidalgo, y haber ignorado -completamente la fibra irritable y la arrojada decision del doncel. -Luchaba el conde con mortales angustias entre el deseo de ver perdido -al doncel y el temor de que quedase envuelto en su ruina su fiel -escudero, cuyos leales servicios, y cuya probidad, solo cariño y -respeto le podian merecer. Si hubiera sido posible que por una causa -agena enteramente de él hubiera desaparecido Macías y callado para -siempre la importuna honradez del hidalgo, hubiérase alegrado tal -vez; pero la idea de que iba á recaer sobre su cabeza la sangre de -un semejante suyo, no era bastante malvado para arrostrarla. ¡Estado -infeliz del hombre que ni puede llamarse bueno ni malo completamente, -en cuyo corazon domina todavia el conocimiento, de lo primero, sin -el suficiente vigor para desechar lo segundo! El tiempo entre tanto -corria y era forzoso decidirse presto.—Abenzarsal, dijo por fin -Villena con la violencia que se hace el enfermo para pasar de un -trago la amarga medicina, á que ha de deber mal su grado su salud, -Abenzarsal, me habeis perdido. Nada habeis hecho por mi, si muere -alguno. Corramos á evitar una catástrofe. ¡Ay de nosotros si llegamos -tarde! No os mandé yo tanto. - -—¿Qué dices, señor? repuso asombrado el astrólogo, que contaba -todavia con la indecision del conde y con su propia elocuencia para -acabarle de determinar. ¿Pretendes lograr tus planes con semejante -cobardía? ¿nada quieres sacrificar? nada, pues, lograrás. El -entendido maestro corta un brazo para salvar los demas miembros. -Los términos medios nada remedian. Dejémosles correr su suerte. Si -su constelacion por otra parte es morir, ¿qué poder tendrémos para -contrastar los astros? - -—¡Los astros! ¡los astros! acostumbrado á ese pérfido lenguaje, -quereis deslumbraros á vos mismo. Si uno de ellos está pereciendo en -este instante, ¿qué astro sino vuestra intriga los habrá perdido? - -—Eso querrá decir don Enrique, que su constelacion era que los -perdiese mi intriga. - -—Basta, Abenzarsal, gritó Villena mirando al reloj. Cada grano de -menuda arena, que veis caer en la parte inferior de esa vasija, es -una gota de sangre tal vez; y no encierran tantas gotas las venas de -ningun hombre como granos contiene ese arenero. Abenzarsal, yo quiero -que su constelacion no ordene su muerte: venid conmigo... - -—¿Adónde? ¿Quién es capaz de adivinar dónde han dirigido sus pasos -enmedio de las tinieblas de la noche dos locos, que...? - -—Locos, sí, locos; pero hombres, en fin, que cuerdos ó locos no -tienen mas que una vida, y esa la perderán si los dejamos. - -—¿Y bien? ¿Serán los primeros que hayan muerto víctimas de su -necedad? ¿Soy yo, por ventura, quien los ha persuadido de que vale -tanto una hermosura pasagera como la vida del hombre? Si no han -aprendido á conocer á la muger, ¿será nuestra la culpa de su muerte? -¡Insensatos! Los que consienten en morir por un ser pérfido, no -merecen que dé nadie dos pasos para salvarles la vida. ¿Serán por -ventura mas felices cuando la conserven para vivir esclavos, y -fascinados por el loco capricho de un sexo envenenador, para creer -gozar en una falsa sonrisa, para llorar lágrimas de sangre ante un -injusto desden? Su muerte será acaso su felicidad. - -—¡Sofisma, Abenzarsal, bárbaro sofisma! - -—Es decir, pues, replicó el viejo, batido en sus últimos -atrincheramientos, es decir... - -—Es decir, viejo insaciable, que no consiento réplicas. ¿Cuánto oro -necesitas para ceder? ¿En cuánto aprecias la vida de dos hombres? - -—Si por eso lo decís, en nada. De valde los salvaré. - -—Tomad, sin embargo, repuso Villena arrojándole otro bolson, parecido -al que poco antes le habia dado, tomad y acallad con oro vuestra -conciencia, si es que os remuerde de obrar bien alguna vez. Vamos de -aqui. ¡Quiera el cielo oir mis votos! Aseguremos sus vidas, y no nos -faltarán medios despues para deshacernos de ellos de un modo menos -culpable. - -Al decir esto asió del brazo al astrólogo, que obedeció de mala gana -á la violencia que se le hacia.—¡Hé aqui el hombre! salió diciendo -entre dientes detras de Villena, que á pasos precipitados se lanzó -fuera del aposento. Inventa recursos, Abenzarsal, añadió hablando -consigo mismo, imagina arbitrios para engrandecer á un ser débil y de -carácter indeciso, y él mismo derribará la obra que hayas edificado. -¡Remordimientos, remordimientos, dos hombres! Sin embargo, si mueren -por una hermosa, la hermosa al saber su muerte la colgará como trofeo -en el altar de sus conquistas, y volverá los ojos á emponzoñar -tranquilamente con nuevas sonrisas y desdenes la existencia de un -tercero. ¡Y nosotros entre tanto con remordimientos! - -Mientras esto pasaba en la cámara de don Enrique de Villena, -caminaban hácia el soto de Manzanares con el mayor silencio nuestros -dos competidores. El hidalgo, al salir por la puerta del cubo de la -Almudena, se habia vuelto á Macías, que le seguia con la indiferencia -y serenidad de un hombre que nada espera y que está por consiguiente -dispuesto á todo, y le habia dicho: “Caballero, mientras mas -apartados de la poblacion, reñirémos con mas libertad.” Al decir -estas palabras, que fueron sin duda oidas, aunque no contestadas, -hizo un ademan con la mano dando á entender que debian seguir -algun trecho mas adelante camino de la casa del Pardo, que á la -sazon edificaba don Enrique el Doliente en medio del famoso soto. -Macías manifestó su asentimiento á tal proposicion siguiéndole á -pocos pasos. Asi anduvieron largo trecho, conservando siempre entre -sí igual distancia y el mismo silencio; parecian en medio de la -oscuridad dos troncos cortados á igual altura, que movidos de impulso -estraordinario se trasladaban á otro punto, por entre sus muchos -lozanos compañeros, que desafiaban á las nubes con sus altas copas, -por cuyas ramas pasaba agitándolas y susurrando tristemente el viento -de las vecinas sierras. Por fin, llegaron á una especie de plazoleta -formada por los leñadores, que habian hecho su carga en aquel parage -derribando algunos arbustos y matorrales. Paróse al entrar en ella -el hidalgo, miró en derredor, y dando con el pie en el suelo y -desembozando su corto capotillo, “_Aqui_, dijo con voz alterada por -la cólera, _aqui_.” Imitó el doncel su accion, y desenvainando su -espada sosegadamente, esperó á que le acometiera su contrario con -resuelto continente. Desenvainó la suya tambien el escudero, pero -antes de proceder al combate cruel que los esperaba,—No creo inútil, -dijo al doncel, que fijemos los pactos de nuestro duelo. En primer -lugar, deseo preguntaros si teneis noticia de una música que se dió -no hace muchas noches al pie de la ventana de mi señora la condesa de -Cangas y Tineo. - -—Sí, contestó Macías secamente. Defendeos. - -—Esperad. ¿Y sabeis quién era el músico? - -—No me creo obligado á contestaros, repuso Macías en el mismo tono, -volviendo á hacer ademan de dar principio al combate. - -—¿Y quereis decirme quién era la dama enlutada que acusó esta mañana -en pública corte á mi señor el conde? - -—Los mismos datos teneis para conocerla que yo. - -—¿Qué motivos tuvísteis para abrazar su defensa? - -—Los que creí justos. - -—¿Cómo os he encontrado solo con ella en el laboratorio del judío? -¿Sabeis que soy su esposo? - -—He dicho una vez por todas que no me creo obligado á responderos. No -acostumbro á sufrir interrogatorios. - -—No me podréis negar que una entrevista de esa especie supone -relaciones que mi honor... - -—Vuestro honor está ileso. Vuestra esposa inocente. - -—Probádmelo. - -—Con la punta de mi espada al momento. - -—¿No teneis, pues, otras pruebas...? - -—Para hablar, hidalgo, no necesitábamos habernos apartado tanto de -Madrid. - -—Decis bien, repuso el hidalgo, en quien crecia la ira mas y mas en -el corazon con cada respuesta del arrogante mancebo; vengamos, pues, -á los pactos de nuestro duelo. El que venza. - -—El que venza, dijo Macías irritado ya por la tardanza, enterrará al -otro, ó lo dejará, si le parece mejor, para pasto de los cuervos de -Castilla. - -—Si le venciese, empero, sin matarle, podrá imponerle... - -—Os prevengo, hidalgo, que no me vencereis sino matándome. Por lo -demas, recordad que no estais armado caballero, y que cuando me -sujeto á reñir con vos, no puede haber pacto por consiguiente entre -nosotros. - -—No estoy armado, pero soy hidalgo. Por no haberla recibido no -desconozco la orden de caballería... - -—Probadlo, pues. - -Bien vió el hidalgo que en valde intentaria obtener de su adversario -mas ámplias esplicaciones. Meditó un momento buscando en su -imaginacion algun medio que pudiera hacerle conocer si era realmente -tan culpada su esposa como él lo habia imaginado, ó si habria -procedido de ligero; pero no hallando ninguno, y temiendo, por fin, -que sus dilaciones diesen motivo al doncel para dudar de su valor, -púsose en actitud de acometer sin proferir mas palabra, y dentro de -pocos instantes sonaban ya las espadas cruzándose con desapacible y -temeroso ruido. La oscuridad no permitia una defensa tan hábil como -la exigia la seguridad de cada uno; pero en cambio podemos decir que -realmente entrambos á dos tiraban mas bien á ofender al contrario que -á resguardar su propia vida del contrapuesto acero. Por otra parte -los dos manejaban las armas y las conocian perfectamente. Imposible -nos fuera enumerar y describir los golpes que se tiraron y las -heridas que recibieron: nada dicen de esto las leyendas. Lo único que -podemos asegurar como si lo hubiéramos visto, es que á poco rato de -encarnizada refriega se hallaba ya tinto el suelo en mas de un parage -con la roja sangre de los combatientes. Ni una palabra se oía; una -esclamacion involuntaria que exhalaba alguno al sentirse herido, ó al -conocer que su estocada habia dado en el cuerpo del contrario, y el -aullido de algun lobo, que al ruido del hierro huía precipitadamente -todo espantado del sitio del combate, era el único rumor que en gran -trecho á la redonda se percibia. - -De alli á poco, parándose de pronto el doncel y clavando en tierra -la punta de su espada,—Hidalgo, dijo en voz baja, teneos: ¿no habeis -oido algo? - -—Nada, respondió el hidalgo cesando de pronto en el acometer. - -—Imaginé haber oido pies de caballos en el camino inmediato, y aun -si mi oido no me engaña, pasos de alguna persona entre esos espesos -matorrales. - -—Alguna fiera que busca su guarida. ¿Estais cansado? - -—De vivir y de que me resistais. Espero que no podré temer una -emboscada ni... - -—¿Qué decís? ¿no hemos salido juntos? - -—Perdonad. - -—¿Estais herido? - -—No, contestó Macías con voz que reprimia el dolor, tal vez, de los -golpes recibidos. No es vuestra la herida que me duele. - -—Ahora creo yo oir gente, dijo á su vez Fernan; sintiera que nos -interrumpiesen. - -—¿Interrumpir, hidalgo? ¡Ea! acabemos de una vez. A buen tiempo -llegan; enterrarán al vencido. - -—Acabemos, respondió Fernan. - -Y volvieron con nuevo furor al interrumpido combate, no ya como hasta -entonces batiéndose segun las reglas de la caballería, y atacando y -respondiendo. Alzadas á un tiempo mismo las espadas, descargábanlas -simultáneamente sin cuidar mas de la defensa que si tuvieran dos -vidas. Iban á acabarse muy presto uno á otro, pues que si bien -Macías llevaba indudablemente ventaja en el manejo de las armas, -la oscuridad y su rabia no le permitian usar de ella, y el hidalgo -reñia con zelos. La casualidad empero quiso que Hernan Perez al -arrojarse sobre su adversario pusiese el pie en un parage del suelo -humedecido con la sangre que ambos habian perdido, y por lo tanto -resbaladizo: no bien le habia sentado, cuando el mismo impulso que -su cuerpo llevaba le hizo venir á tierra á los pies del enfurecido -doncel. Vencedor ya éste, dirigió la punta de su espada al rostro -del caido.—¡Sois muerto! le gritó; pero al mismo tiempo una mano, -mas fuerte que las manos unidas de diez hombres, asiendo del brazo -del vencedor, no solo le detuvo en su mortífero intento, sino que -levantándole en el aire le apartó largo trecho del sitio de la -pendencia con la misma facilidad que lleva el viento un ligero copo -de nieve de una parte á otra. No volvia el doncel de su aturdimiento, -ni acababa de entender el caido hidalgo cómo le duraba la vida -todavia. - -Oyóse al mismo tiempo gran ruido de caballos que se abrian paso por -entre la espesura de la selva.—¡Aqui estan, decian unos á otros, -aqui!—Llegándose en seguida dos de los ginetes, que para alumbrarse -traían teas en la mano, al que en el suelo yacía, iluminó su rostro -el resplandor, y no debia de estar muy bien parado segun lo indicaba -su estrema palidez; probó á levantarse al sentir sobre sí aquella -máquina de gentes estrañas, pero inútilmente: el terrible golpe -que acababa de llevar, cayendo cuan largo era, habia abierto mas -sus heridas, y asi permaneció en tierra esperando en silencio el -desenlace de aquella estraordinaria interrupcion. Macías en tanto -buscaba con los ojos, por todo lo que alcanzaba á ver á la luz de las -teas, al atrevido que habia osado apartarle de aquel modo tan incivil -como peregrino de su ya conseguida victoria; pero en cuanto los de -las teas hubieron reconocido al hidalgo y á su contrario, matando -las luces de repente:—El caido es Fernan Perez, dijo el que parecia -principal de ellos; el otro el doncel.—Y no bien hubo acabado estas -palabras, cuando precipitándose tres ginetes sobre el doncel, que se -dirigia ya hácia ellos con el objeto de reconocer qué gente fuese, -desenvainaron las espadas y comenzaron á acometerle todos á una con -la ventaja de los caballos y con la de gente no cansada ya como él -de pelear. Amparó Macías en tan inminente peligro sus espaldas del -tronco de un árbol, y defendíase como un leon acosado á la puerta de -su caverna por una manada de hambrientos lobos. - -—Date, le gritó uno de los tres: no queremos tu vida; sino tu persona. - -—Jamas, cobardes, les gritó Macías defendiéndose con bizarría, y -á los primeros golpes acertó á dejar á uno desmontado hiriéndole -peligrosamente el caballo. Los compañeros, que vieron tan indeciso -el combate, acudieron en número de otros tres al ausilio, y era -evidente que Macías no hubiera podido resistir mucho tiempo á lucha -tan desigual. - -—Date, repitió el mismo que habia hablado al ver llegar el socorro, -date ó eres... - -No pudo acabar la frase, porque dió consigo en tierra desde el -caballo, con no poca admiracion del doncel, que entretenido con otro, -no habia podido ofender al que hablaba. Igual suerte tuvo de alli á -un momento el que mas acosaba á Macías. - -—¡Mueren por sí solos mis enemigos! esclamó Macías. Villanos, -prosiguió cobrando ánimo con la invisible proteccion que el cielo le -daba, rendíos, y decid quién sois, y qué intento os ha traido. Si -sois salteadores... - -—¡Muera! dijo uno de los tres que le quedaban acometiendo: ¡muera! -Yo daré cuenta de su muerte. Él ha muerto á tres de los nuestros. -Abalanzóse sobre él Macías, pero antes de que su espada hubiese -llegado á tocarle,—¡Cielos! esclamó el desconocido: ¡soy muerto! y -cayó cuan largo era. - -Al oir esta esclamacion tan inesperada, llenos de terror sus -compañeros dieron á correr gritando:—¡Es hechicero! ¡es hechicero! -¡el diablo le defiende! - -Arrojóse tras ellos Macías, pero conoció que seria vano intento -querer alcanzarlos; detúvole en aquel punto la misma mano que parecia -haberle salvado aquel dia de tantos peligros. - -—¿Quién eres? iba á decir Macías á su invisible protector, cuando una -voz ronca que parecia hablar sola enmedio de las tinieblas dijo con -reposado continente: - -—¡Voto va! dejad ese venado, que ni sirven esas piezas para yantar, -ni menos para vestir. El montero de ley no ha de cazar nunca raposas -cuando puede cazar venado mas noble. - -—¡Cielos! esclamó Macías: ¿eres tú, Hernando? ¿Es á tí á quien debo -esta noche la existencia acaso...? - -—¡Por Santiago! Yo creí que ya sabia mi amo el doncel Macías que -donde está la fiera, alli está Hernando. - -—¡Hernando! esclamó Macías arrojándose en sus brazos. - -—Vaya, dejemos eso. Si esta noche me debeis la vida, yo os la estoy -debiendo todo el año, pues me manteneis. ¡Voto va! ¿y qué pieza era -esa que estaba ahí tendida? - -—Hernando, me recuerdas mi deber; busquemos á ese desgraciado. Está -vencido, y debemos dar treguas al rencor. - -Pusiéronse á buscar en seguida al hidalgo, pero inútilmente. - -—¡Esta es buena! dijo Hernando. Los pícaros lo han llevado. ¡Bella -presa! ¿No dije yo, señor, que no podia salir nada bueno de ese -astrólogo? A mí líbreme Dios de hombre que no caza. En su vida ha -cogido un venablo. - -—¡Ea! Hernando, esas reflexiones son para otro lugar; puesto que el -hidalgo no parece, y que nosotros cumplimos ya con nuestro deber, -partamos. Necesito curar mis heridas... - -—¿Tambien eso? vamos, señor: ¡vive Dios! Hernando quiere que lo -monteen á él si vuelve á suceder mientras estemos en esta maldita -corte que se separe un punto de su amo y señor. - -Concluida esta imprecacion hicieron otro rebusco por si á una parte -ú otra podrian encontrar vivo ó muerto al escudero. Y yendo apoyado -Macías en su fiel montero por el dolor que empezaban á causarle las -heridas, tomaron en seguida el camino de Madrid, por el cual ningun -vestigio habian dejado los de los caballos, si es que por él habian -pasado. - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO XXIII. - - ¿Qué mal teneis, caballero? - ¿Querédes me lo contare? - ¿Teneis heridas de muerte? - ¿O teneis otro algun male? - —Háme herido Carloto, - su hijo del emperante, - porque él requirió de amores - á mi esposa con maldade; - porque no le dió su amor, - él en mí se fué á vengare, - pensando que por mi muerte - con ella habia de casare. - - _Rom. del marques de Mántua y Valdovinos._ - - -Cuando Elvira fue sacada de la mano por el astrólogo fuera de su -cámara, á la inesperada entrada de Fernan Perez de Vadillo, apenas -tuvo tiempo aquel de indicarla que habiendo informado ya á su alteza -de sus circunstancias, la daba éste licencia para restituirse á -su habitacion tranquilamente hasta el dia en que, realizándose el -combate, hubiese de concurrir á sostener en el juicio de Dios su -acusacion, por medio de sus pruebas ó del esfuerzo del caballero que -habia escogido por campeon. Pero por una parte ella esperaba ya este -resultado, y por otra el sobresalto en aquel primer momento no podia -dar lugar á la reflexion; asi que, huir debió ser su primer cuidado. -En realidad ninguna de las acciones de Elvira era culpable: por un -esceso de amistad poco comun, y animada del espíritu caballeresco -y reparador de agravios que se dejaba sentir tan generalmente en -aquella época, se habia lanzado á un acto de generosidad que nadie -podia reprocharle con razon fundada. Conociendo que no podia vengar -á la condesa, ó descubrir su suerte y paradero sin ofender al conde, -de quien al fin era escudero su esposo, un principio de delicadeza -le habia inspirado la idea de ocultarse, á lo cual se habia añadido -otra importante consideracion: no conocia en la corte de don Enrique -caballero tan valiente ni generoso como Macías á quien dirigirse para -que amparase su debilidad contra el enemigo que iba á grangearse; -pero era demasiado perspicaz para no conocer cuán falsa era la -posicion en que estaban uno respecto de otro, y demasiado virtuosa -para no tratar de huir de toda ocasion en que pudiese aventurar -aquel verbalmente una declaracion que ya tantas veces le habian hecho -sus ojos con su elocuente silencio. En este asunto no habia, pues, -en sus acciones otro delito ostensible contra su esposo sino aquella -especie de reserva que con él habia guardado, reserva tanto mas -disculpable cuanto que á no haber sido por la intriga del astrólogo, -enteramente independiente de Elvira, y que no podia por consiguiente -haber entrado en sus planes, le hubiera salido á medida de su deseo, -puesto que solo se hubiera sabido que era ella la acusadora, del -modo que sabemos haber estado en un baile de máscaras una persona á -quien creemos haber conocido, pero que no se descubrió nunca en él, -y que niega constantemente su asistencia; lo cual no es saber las -cosas, sino dudarlas. El que su esposo la hubiese encontrado sola -con el doncel en el laboratorio del químico, ella sabia, y el lector -sabe perfectamente, que no podia ser argumento contra ella. Pero el -lector sabia acaso una cosa que Elvira no sabia por lo visto, ó que -no habia reflexionado bastante, y es que no hay posicion mas falsa -que aquella en que se pone una persona al guardar secretos para -otra que tiene derecho á exigir una total franqueza. El misterio -hace aparecer culpables las cosas mas inocentes, y por otra parte -es fuerza confesar que si las acciones de Elvira no eran culpables, -acaso no podia ella decir otro tanto de sus pensamientos, por mas -que procurase sofocarlos de continuo; y cuando nosotros mismos nos -reconocemos culpados, de nada sirve para nuestra tranquilidad que -nos tenga el mundo por inocentes. Si solo hubiera abrigado Elvira -indiferencia con respecto á Macías, no se hubiera creido perdida al -ver entrar á Vadillo; de lo cual es forzoso inferir: primero, que -Elvira huyó de sí misma, creyendo huir de su esposo: y segundo, que -para ser malo es preciso serlo del todo: una muger menos virtuosa que -Elvira en todo este desgraciado asunto no hubiera comprometido ella -misma su seguridad, porque hubiera calculado mas y dominado mejor sus -emociones. - -Su primer pensamiento fue huir sin saber adonde; pero á poca -distancia del aposento de Abenzarsal ofreciéronse á su imaginacion -las reflexiones todas que hubieran debido ocurrírsele un momento -antes: era inocente; declararia á su esposo francamente su -posicion, y esta franqueza le grangearia mas y mas su aprecio. ¿Y -adónde podia dirigir sus pasos sino á su habitacion? Cualquiera -otro partido hubiera sido indisculpable. Llena de la idea de que en -último resultado nada podia echársele en cara, pues que habia sabido -resistir á las seductoras palabras del doncel, y nada habia en su -conducta verdaderamente reprensible, dirigióse á su departamento, no -sin luchar algun tanto, y aunque á su pesar desventajosamente, con el -recuerdo perseguidor del diálogo que acababa de tener con un hombre -mas peligroso de lo que ella pensaba para su tranquilidad. Habíanla -seguido sus dueñas, inquietas al notar su zozobra é indecision. - -Quitáronla el manto en cuanto llegó y el antifaz, y pudo entregarse -ya mas libremente á reflexionar sobre su verdadera posicion. - -La primera idea que entonces le ocurrió fue el riesgo de un próximo -rompimiento en que habia dejado á Macías y á su esposo. Segura -empero de que en nada habia ofendido á este último, é ignorante al -mismo tiempo de las sospechas y recelos que le atormentaban de algun -tiempo á aquella parte, no creyó que lo ocurrido pudiese ser motivo -suficiente para comprometer su existencia; á lo cual se agregaba la -reflexion de que á aquellas horas y en aquel sitio tan inmediato á la -cámara de su alteza no era posible que se enredasen de palabras hasta -el punto de realizar sus temores; y para el otro dia se prometia -haber desvanecido ya todo género de duda en el corazon de Vadillo con -respecto á su conducta, porque en esta materia las mugeres suelen -contar siempre demasiado con los recursos que concedió el cielo á su -sexo, naturalmente fascinador y artificioso. Mas serena con estas -reflexiones, esperó la llegada de su esposo con toda la tranquilidad -que en su posicion cabia, si bien sin hacer caso de las continuas -interrupciones con que el pagecillo cortaba de cuando en cuando el -hilo de su meditacion. Viendo éste por fin que eran inútiles cuantos -recursos empleaba para distraer á la melancólica Elvira, y que -tampoco estaba ésta por entonces de humor de descargar en su pecho el -peso de sus secretos, decidióse á guardar silencio, esperando otra -ocasion mas propicia de averiguar las penas que debian afligir á su -hermosa prima. Retiróse con mal humor á un rincon de la pieza por ver -si le llamaba al cabo de un rato de desvío, pero no habiendo surtido -tampoco efecto alguno este inocente arbitrio, quedóse al cabo de un -rato profundamente dormido con aquel sueño que tan facilmente se -toma como se deja en aquella feliz edad de la vida que nuestro page -alcanzaba. Mucho tardó en llegar el momento tan deseado y temido al -mismo tiempo de Elvira; pero cuando por fin despues de horas enteras -de ansiosa espectativa vió á su esposo, ¡cuán distinto le vió de lo -que esperaba! - -Abrióse la puerta de la cámara, y lo primero que se ofreció á la -vista de Elvira fue Fernan, llevado en brazos de dos siervos del -conde de Cangas y Tineo. Apenas creía á sus ojos; pero cuando no -pudo rechazar por mas tiempo la horrible realidad, arrojóse hácia él -exhalando un ¡ay! que salia de lo mas hondo de su corazon, y que hizo -abrir al herido los ojos lánguidamente, si bien volvieron á cerrarse -casi en el mismo instante. ¡Vive! ¡vive! esclamó la desdichada -esposa reparando su movimiento, y llegando sus labios á los suyos -para reanimar su amortiguada vida. Dirigió en seguida á los que le -traían mil preguntas, que se sucedian tan rápidamente unas á otras -que apenas dejaban entre sí espacio para las respuestas. ¡Dios -mio! ¡Dios mio! esclamó medio informada ya de lo ocurrido. ¡Hernan -Perez! ¡Querido esposo! Estrechábale en sus brazos, regaba el pálido -rostro de Vadillo con sus ardientes lágrimas, cogía una de las manos -del herido entre las suyas, acercaba estas otra vez á su corazon -por ver si palpitaba todavia... en una palabra, en aquel momento -Macías entero habia desaparecido de su imaginacion: su esposo, -herido, bañado en su sangre, moribundo, acaso por su imprudencia, la -ocupaba toda. Toda lucha habia desaparecido, y el mas débil, el mas -necesitado triunfaba entonces en su corazon de muger. - -Dejémosla entregada á su acerbo dolor, y al tierno cuidado del -doliente hidalgo: otros personages de nuestra historia reclaman por -ahora nuestra atencion. Con respecto al caballero, no habia salido -tan mal parado de la refriega, pero no dejaban de reclamar sus -heridas algun cuidado. Apoyado en el brazo del tosco montero llegó á -las puertas de Madrid y al alcázar poco despues que su adversario. -Introducido en su cuarto, salió Hernando inmediatamente á buscar un -maestro en el arte de curar, como se llamaba entonces generalmente -á esos seres de suyo carniceros que llamamos en el dia cirujanos, -el cual maestro declaró que ninguna de sus heridas era mortal, con -tanta seguridad y un tono tan decisivo como si él efectivamente lo -supiera. Aplicóle las yerbas que mas convenientes le hubieron de -parecer, y por esta vez hubiera sido notoria injusticia dudar un -solo momento de su ciencia. Corrióse por la corte al punto que el -doncel favorito de su alteza, á quien nadie conocia en lo distraido -desde su vuelta de Calatrava, habia tenido un duelo singular en -el soto de Manzanares, de cuyas resultas debia guardar el lecho -por algunos dias. Y en atencion á que el escudero de don Enrique -Villena habia necesitado tambien los ausilios del arte, y se hallaba -igualmente en cama, no se dudó un momento que hubiese sido entre -los dos el ruidoso duelo. Ahora bien, sabido esto, no era dificil -que la pública maledicencia añadiese alguna particularidad notable -á las circunstancias de la desavenencia, y que tratase de hallar el -verdadero motivo de ella. Algunos de los enemigos del conde de Cangas -no necesitaron mas para asegurar que éste, cuya natural prudencia -era pública, tratando de evitar la necesidad siempre desagradable -de responder á la acusacion intentada contra él, y sostenida por -el doncel, habia determinado á su escudero á acometer á aquel, -acompañado de otros varios, una tarde que habia salido á alconear por -el soto de Manzanares; relacion á que daba bastante verosimilitud la -circunstancia de haber vuelto Hernan en brazos de algunos siervos -del de Villena. Otros sin embargo de los amigos de Macías que habian -notado su singular aislamiento, su profunda tristeza, y que habian -creido interceptar en varias ocasiones algunas miradas de rencor -dirigidas por el doncel á Vadillo, y que recordaban con este motivo -una serenata dada cierta noche á los pies de las habitaciones de -la condesa, no se sabia por quién, tuvieron lo bastante para decir -que el doncel habia puesto los ojos en cierta dama, cosa que no le -habia parecido bien, segun ellos, al hidalgo, que aunque no era -caballero, era marido, y segun malas lenguas un si es no es zeloso. -A esta version daba algun peso tal cual sonrisa maligna que el -judío Abenzarsal habia dejado escapar en algunos corrillos de la -corte, donde se habia referido el duelo singular. El propalar estas -especies no era en verdad servir amistosamente la pasion de Macías, -ni hacer gran favor á la buena opinion y fama de Elvira; pero hay -autores que aseguran que la amistad no escluye la envidia, de donde -infieren que las conversaciones de los amigos no son siempre las mas -favorables. Nosotros, que estamos lejos de participar de esta opinion -arriesgada, creemos mas bien que algun amigo de Macías sospechó -aquella esplicacion como la mas satisfactoria y natural sobre el -lance ocurrido: este en confianza comunicaria su idea á algun otro -amigo, quien la trasladaria á otro bajo la misma fé del secreto, de -cuyo modo fue corriendo la noticia; y como somos defensores acérrimos -de los amigos, en los cuales creemos, como en nuestra salvacion, nos -atrevemos á asegurar que al repetirse sus conjeturas de boca en boca, -siempre irian acompañadas de aquellas espresiones cariñosas, tales -como: “¡Pobre Macías! ¿Sabeis que el desafío fue por Elvira?—¿Qué -decís?—Sí, no lo digais; pero es indudable: está perdido de amores -por ella; y es lástima ciertamente,” y otras semejantes, que -descubren á cien leguas la mas pura amistad hácia el objeto de tales -conversaciones. - -Lo cierto es que esas voces corrieron, y como fieles historiadores -nos creemos obligados á asegurar, porque lo sabemos de buena tinta, -que ni Macías ni el hidalgo pudieron dar lugar á ellas. Aquel estaba -harto interesado en guardar el mas rigoroso silencio sobre punto -tan delicado; y á éste no podia convenirle en manera alguna poner -en claro la causa verdadera del desafío, pues tan de cerca tocaba -al honor de su esposa. El mismo Enrique III tentó mas de una vez el -vado con Macías, usando de las espresiones mas afectuosas, pero nunca -pudo recabar nada de él; y otro tanto sucedió con el hidalgo, á quien -quiso arrancar el conde de Cangas y Tineo la confesion de aquello -mismo que él sabia ya demasiado bien por el astrólogo judiciario. - -Por lo que hace á éste y al ilustre colaborador de su funesta -intriga, ya habrá conocido el lector que despues de los escrúpulos -que habian atormentado, como arriba dejamos dicho, al indeciso conde, -habian salido ambos con varios criados en busca de los desafiados, -con el intento de salvar al escudero del peligro que le amenazaba -peleando con tan acreditado caballero como era Macías, y de hacer -desaparecer á éste de la corte, apoderándose de su persona, como -en aquellos tiempos solian practicarlo los poderosos con los -débiles, y encerrándole despues en alguno de los castillos del -conde; desde donde no hubiera podido volver á poner obstáculos en -su vida á los planes del nigromántico, como le llamaba el vulgo -justa ó injustamente. Si este proyecto se habia malogrado, no habia -sido en verdad por culpa del intrigante maestre, ni de su servicial -consejero, sino merced al valor de Macías, y á la desconfianza, -penetracion y fuerza sobrenatural del montero Hernando, quien luego -que habia visto salir en aquella forma á su señor y al escudero, -no habia dudado un solo momento en seguir sus pasos á lo lejos, y -en espiar todas sus acciones, como el lector ha visto en nuestro -capítulo anterior. Apenas habia podido distinguir en medio de la -oscuridad cuál de los dos combatientes era su señor; pero luego que -notó que uno de ellos habia caido, creyó que en todo caso lo mas -seguro era separarlos, y solo al asir del que era realmente su amo -le habia conocido. No sabemos si era su intencion favorecer, como -favoreció, á su enemigo, pero lo que no se puede dudar es que sin -su destreza en herir á los servidores del conde con los venablos -arrojadizos de que se habia provisto antes de salir del alcázar, -acaso se hubiera terminado nuestra historia mucho antes de lo que -nosotros mismos deseamos, y de lo que quisiéramos que desearan -tambien nuestros lectores. - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO XXIV. - - Todo le parece poco - respecto de aquel agravio; - al cielo pide justicia, - á la tierra pide campo, - al viejo padre licencia, - y á la honra esfuerzo y brazo. - - _Rom. del Cid._ - - -Despues del mal éxito que habia tenido la tentativa de don Enrique de -Villena y del judío Abenzarsal para quitar de enmedio el estorbo de -Macías, apenas les quedaba á estos otro recurso que esperar el sesgo -que quisiesen tomar las cosas. - -En realidad solo podian temer ya de él fundadamente el juicio de -Dios, que acerca de la acusacion quedaba pendiente, porque las -medidas que habian tomado para asegurar el maestrazgo habian sido -tales y tan buenas, que aunque quedaban declarados por la parcialidad -de don Luis Guzman gran número de castillos y lugares de la orden, -podia contar el maestre sin embargo con la mayor parte. Estaban -por el Alhama, Arjonilla, Favera, Maella, Macalon, Valdetorno, la -Frejueda, Valderobas, Calenda, y otras villas del Maestrazgo, con -mas infinitos castillos, en los cuales habia puesto ya alcaides á su -devocion. Con respecto á Calatrava, donde estaba el primer convento -de la orden y el clavero, hechura todavia del maestre anterior, no -se habian apresurado á prestarle el homenage debido, sino que habian -respondido tanto á él como á su alteza que convocarian el capítulo -para elegir y nombrar segun los estatutos de la orden al maestre. -Lisonjeábase el clavero en su respuesta de que la eleccion de su -alteza hubiese recaido en un príncipe tan ilustre y de sangre real, -y se prometia que los votos todos unánimes de los comendadores y -caballeros serian conformes con los deseos del rey don Enrique; pero -esto era en realidad resistirse á la arbitrariedad y ganar tiempo -con buenas palabras. El artificioso conde no habia creido oportuno, -sin embargo, intrigar para que se acelerase la reunion del capítulo, -porque se prometia acabar de ganar las voluntades de sus enemigos -en el ínterin, y solo don Luis de Guzman era el que no perdonaba -medio de llevar á cabo cuanto antes sus intenciones. Presentóse en -consecuencia á su alteza con una humilde demanda, firmada por él y -sus parciales: en ella alegaba el derecho de la orden de elegirse -su maestre, y no dejaba de apuntar el que creía tener á la dignidad -de que estaba ya casi en posesion el de Villena. No fue tan bien -recibida esta mocion de su alteza como se esperaba; pero el rey -Doliente era demasiado justiciero para atropellar abiertamente los -fueros de una orden tan respetable: convenido ademas de que el cielo -habia designado para maestre á su ilustre pariente, curábase poco -de creer en la posibilidad de otra eleccion, y asi, fue su decision -que el capítulo se reuniria en cuanto él recibiese las noticias -que esperaba de Otordesillas, que eran en realidad las que mas por -entonces le ocupaban, pues deseaba ardientemente que su esposa doña -Catalina diese á luz un príncipe digno de succeder en su corona, si -bien estaba jurada ya princesa heredera por las cortes del reino la -infanta doña María su primogénita. Mas de un astrólogo de los que en -aquellos tiempos de credulidad y supersticion vivian especulando con -la pública ignorancia le habia lisonjeado con esperanzas conformes -con sus deseos. Quedó, pues, pendiente por entonces el litigio -del maestrazgo, y cada uno de los contrincantes procuró aprovechar -aquel intervalo para engrosar su partido. Don Enrique era entre -tanto el mejor librado, pues disfrutaba á buena cuenta de las -prerogativas y de gran parte de las rentas y dominios del maestrazgo, -que la adulacion de sus parciales se habia adelantado á poner á su -disposicion. - -Quedaba en pie solamente la otra merced que en la mañana de la -acusacion de Elvira habia dispensado su alteza al adversario de -Villena. Pero no tardó mucho Macías en estar en disposicion de -concurrir de nuevo á la corte, y de acompañar al rey en sus partidas -de cetrería, especie de caza de que gustaba mucho su alteza, y en -que su doncel sobresalia singularmente: afianzóse mas en ella la -amistad que el rey le profesaba; en consecuencia de alli á poco su -alteza mismo quiso, como lo habia prometido, poner el hábito de -Santiago á su doncel: esta ceremonia, que con toda la solemnidad, -que de tal padrino podia esperarse, se verificó en la iglesia de -la Almudena, con presencia del maestre de la orden y de todos los -comendadores y caballeros santiaguistas que asistian á la sazon á -la corte; favor singular que hubiera lisonjeado singularmente el -amor propio de Macías si hubiese él podido desechar la funesta idea -que le perseguia siempre por todas partes, desde que por primera -vez habia visto á Elvira, y en particular desde que la esplicacion -desgraciada que habia tenido en la cámara del judío no habia podido -dejarle á ella duda alguna acerca de su amorosa pasion. El doncel -desde aquella funesta noche no habia vuelto á ver al objeto de su -amor, que viviendo en el mayor retiro, y cuidando solo de la salud -de su convaleciente esposo, evitaba toda ocasion de presentarse -en público, fuese porque la tristeza, que cada vez se arraigaba -mas en su corazon, la hiciese no hallar gusto sino en la soledad, -fuese porque se hubiese afirmado en quitar al doncel todo motivo de -esperanza; fuese, en fin, por desvanecer en el ánimo de Fernan Perez -de Vadillo todo género de duda acerca de su irreprensible conducta. -¿De qué servia empero al doncel no ver personalmente á Elvira, si un -solo momento no se separaba su recuerdo de su ardiente imaginacion? - -Entre tanto se restablecia diariamente el hidalgo de sus heridas: el -cuidado de su esposa, la flaqueza que aun le quedaba, y la ausencia -del doncel, si no habian bastado á aplacar su rencor, contribuían -no poco á debilitar la fuerza de sus sospechas, y á embotar en gran -manera sus primeros zelos. Pero conforme iba volviendo la serenidad -al corazon de su esposo, conforme iba el peligro desapareciendo, -volvia á tomar imperio sobre Elvira el recuerdo de su perdido amante. -Le hubiera sido ademas imposible olvidarle del todo. En la corte -ningun caballero hacia mas papel que Macías: era raro el dia que no -tenia que oir de sus mismos criados los elogios suyos, que de boca -en boca se repetian. Ya habia abordado en la plaza con tal primor, -que habia dejado atras á los mejores jugadores de tablas: ya habia -compuesto una trova ó una chanzon tan tierna, tan melancólica, que no -habia dama que no la supiese de memoria, ni juglar que no la cantase -al dulce son de la vihuela de arco, instrumento de quien dice el -arcipreste de Hita, autor contemporáneo, - - La vihuela de arco fas dulses de bailadas, - adormiendo, á veces, muy alto á las vegadas, - voces dulses, sonosas, claras, et bien pintadas, - á las gentes alegra, todas las tiene pagadas. - -¿Y cómo resistir sobre todo á este mágico poder, si al leer la trova -ó la chanzon, donde los demas no veían mas que una brillante poesía, -Elvira no podia menos de leer un billete amoroso? Parecia que sus -composiciones la estaban mirando continuamente á ella, como los -ojos de su autor. Miraba á veces á su esposo al parecer Elvira, y -su imaginacion solia estar muy lejos de él. Una lágrima entonces, -dedicada al doncel, solia asomarse á sus ojos. Vadillo, convaleciente -aun, la miraba absorto y enternecido; “Elvira, le decia, da tregua -á tu afliccion: todo peligro ha huido: me siento mejor ya, y esas -lágrimas que por mí derramas solo pueden contribuir á afligirme.” -Volvia en sí Elvira al oir esas palabras: un oculto sentimiento de -vergüenza teñía sus mejillas de carmin, y la despedazaba la idea de -abusar sin querer de la credulidad de su esposo. - -En los primeros dias habia esperado Elvira á que Fernan la hablase -del acontecimiento que le habia reducido á aquel término, y lo habia -esperado con ansia y con temor, pero en valde. El hidalgo, fuese por -amor propio, fuese por no tener bastante seguridad para emprender una -esplicacion en que él no podia hacer todavia el papel de acusador, -guardó el mas rigoroso silencio. En vista de esta conducta, parecióle -á Elvira que lo mejor que podia hacer era aventurar alguna pregunta; -pero igual suerte tuvo su arrojo que su espectativa. No solo no -consiguió ninguna esplicacion satisfactoria en este punto, sino que -habiendo conocido que toda conversacion relativa á la noche del duelo -alteraba visiblemente á Vadillo, hubo de renunciar á su importuna -curiosidad. Creyendo el hidalgo tambien que su esposa le negaria -haber sido ella la enlutada encontrada en el cuarto del astrólogo, -y que mientras no tuviese otras pruebas irrecusables seria mas bien -espantar la caza que asegurarla el hablar del caso, observaba sobre -este particular la misma conducta que sobre el duelo, reservándose -sin embargo dos cosas: primero, el propósito de espiar mas -escrupulosamente en lo sucesivo todos los pasos de Elvira; segundo, -la intencion decidida de terminar cuanto antes con cualquiera ocasion -y pretesto que fuese el suspendido duelo con el hombre primero que -habia aborrecido en su vida, y que habia aborrecido como se aborrece -cuando no se aborrece mas que á uno. - -Constante en estos propósitos, no bien estuvo Hernan Perez -restablecido, dirigióse á la cámara de su señor el conde de Cangas. -Su semblante dejaba ver todavia la huella de la enfermedad. - -—Hernan Perez, le dijo don Enrique con afabilidad, ¿os han permitido -ya dejar el lecho? Debiérais recordar sin embargo que vuestra salud -es harto importante para vuestro señor, y no esponerla con tan -temerario arrojo á una recaida peligrosa. - -—Las heridas del cuerpo, gran príncipe, aquellas que hizo la lanza -ó la espada, repuso Vadillo con reconcentrada tristeza, sánanse -facilmente: las que recibimos en el honor son las que no se curan -sino de una sola manera. - -—¿Qué decís? ¿Será que por fin os habreis decidido á abrirme -francamente vuestro corazon? contestó don Enrique. ¿Será que -querais esplicarme los motivos de vuestra conducta, de ese duelo -singular, cuyos efectos se ven todavia en vuestro rostro, y de esa -reconcentrada melancolía que deja diariamente en él huellas aun mas -indelebles y duraderas? - -—Señor, contestó Vadillo, ya creo haber manifestado á tu grandeza en -varias ocasiones que mi mayor pena es no poder confiarte las muchas -que agovian á tu escudero. - -—Quiero no darme por ofendido, contestó friamente Villena, de vuestra -inconcebible reserva. - -—Perdónala, señor, dijo Vadillo hincándose de rodillas, y permite que -puesto á tus plantas solicite tu escudero de tu grandeza una gracia, -que acaso nunca te hubiera propuesto sino en el campo de batalla, si -una ofensa, y una ofensa mortal, no le obligara á ello. - -—Alzad, Vadillo, y decid la gracia, que yo os juro por Santiago que -os será concedida. - -—No me levantaré, señor, mientras no sepa que nadie en lo sucesivo -podrá decir impunemente á un hidalgo: “_No ha lugar á pactos entre -nosotros, pues no eres caballero._” Ármame, señor. Si mis largos -servicios te fueron gratos, si pasando de la clase de doncel, en que -fui admitido á tu servicio, á la honrosísima que ocupo hoy á tu lado, -no dejé nunca de cumplir con esas sagradas obligaciones que los mas -grandes señores no se desdeñan de ejercer; si desempeñé los deberes -de la hospitalidad con tus huéspedes, y los de la mesa contigo; si -fue siempre la fidelidad mi primera virtud; si has tenido pruebas de -mi valor alguna vez, confiéreme, señor, esa orden tan deseada. Y si -no bastan mis méritos, básteme esa hidalguía, de que en valde blasono -si puede cualquiera deshonrarme impunemente como á villano pechero. - -—Alzad, Vadillo, dijo don Enrique viendo que habia acabado su -peticion el afligido escudero. Por mucho que me sorprenda vuestra -demanda en esta coyuntura, continuó, por mucho que me dé que recelar, -mal pudiera negaros una gracia á que sois, Vadillo, tan acreedor. - -—Guarde el cielo, señor, tu grandeza... - -—Remitid, Vadillo, vanos cumplimientos. Os armaré: os lo prometí en -pública corte no ha mucho tiempo, y torno á repetíroslo ahora. Pero -decidme, ¿qué causa en esta ocasion mas que en otra...? - -—Tu honor y el mio. Has sido calumniado, atrozmente calumniado; -porque tú me digistes, señor... - -—Calumniado, sí, Vadillo, calumniado. Pongo al cielo por testigo, que -podeis, fiado en la justicia de mi causa... - -—Bástame tu palabra á desvanecer mis dudas todas. Quiero, pues, que -mi primer hecho de armas, en que gane mi divisa, sea la defensa de mi -señor. Yo alcé en tu nombre el guante que un mancebo temerario arrojó -públicamente en testimonio de desafío. Yo responderé de él: si tu -causa es justa, la victoria es segura. - -—¿Cómo pudiera no aceptar vuestra generosa oferta, Fernan Perez? -Quédame, sin embargo, una duda; duda que en obsequio vuestro quisiera -desvanecer. Solos estamos: abridme vuestro corazon: decidme, no -teneis alguna otra causa que os mueva... - -—Señor... - -—¿Presumís que puede tenerse noticia de vuestro encuentro con Macías -en el soto... y del arrojo con que os adelantásteis en la corte á -alzar el guante al punto que vísteis ser él el mantenedor de la -acusacion, sin sospechar al mismo tiempo que causas muy poderosas...? -Hablad... - -—Acaso las hay. No lo niego. - -—Escuchad, añadió Villena en voz casi imperceptible; ¿seria cierto -que tuviéseis zelos...? - -—¿Zelos, señor, yo zelos? Esclamó Fernan con mal reprimido amor -propio. ¿Quién pudo decir...? - -—Nadie, Fernan, nadie: yo solo soy el que he creido en este momento... - -—¿Vos solo? si supiera... - -—¿Y bien? ¿A mí por qué no descubrirme...? ¿Vuestra esposa sin -embargo...? - -—Basta, señor: no hablemos mas en eso. ¡Mi esposa, Dios mio! ¡Mi -esposa! Si mi esposa pudiese faltar... - -—¿Qué es faltar, Vadillo? - -—Si pudiese tan solo con su pensamiento empañar la mas pequeña -porcion de mi honor, no necesitára yo castigar á ningun atrevido, ni -que me armára nadie caballero: dagas tengo aun: la última gota de su -sangre, la última no seria bastante indemnizacion de tan insolente -ultraje. ¡Elvira, á quien amo mas que á mí propio! ¡Mi bien! ¡Mi vida! - -—Sosegaos, Vadillo: nunca fue mi propósito ofenderos, pero pudiérais, -sin que Elvira hubiese empañado nunca vuestro honor... - -—Jamas, señor. Si un atrevido hubiera osado poner sus ojos en mi -esposa, ¿viviria aun, viviria? contestó el hidalgo pudiendo disimular -apenas la lucha que existía entre sus palabras y sus ideas. - -—Entonces, pues, ¿qué ofensa...? - -—Permite, gran señor, que la calle. La hay, lo confieso, y si alguien -pudiera vencerme en la lid, si me pudieran vencer todos, nunca -Macías: un fausto presentimiento me dice que lavaré en su sangre mis -ofensas. Confiéreme la orden de caballería, y yo te respondo, gran -señor, de una victoria pronta y segura. - -—Sea, contestó don Enrique, como lo deseais. Mañana os la conferiré. -Mañana juraréis en mis manos defender su fé, el honor y la hermosura. - -Despues de este breve diálogo, el candidato besó las manos del conde -de Cangas, y se retiró á esperar, con mortal impaciencia, el nuevo -dia que habia de poner término á todas las esperanzas que contentaban -por entonces su ambicion. - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO XXV. - - Agua le echan por el rostro - para facerlo acordado, - y vuelto que fuera en sí, - todos le han preguntado - qué cosa fuera la causa - de verlo asi tan parado. - - _Rom. del Cid._ - - -A la mañana siguiente brillaban con fuego estraordinario los ojos -de Fernan Perez. Leíase en su semblante la alegría que inundaba su -corazon. Efectivamente la orden de caballería era en aquel tiempo la -mas alta dignidad á que pudiese aspirar un hombre de armas tomar. -Su virtuoso orígen y sus fines, aun mas virtuosos, le daban tal -prestigio, que los reyes se honraban con tan honorífico dictado, y un -caballero solo con serlo tenia derecho á comer en su mesa, honor que -no disfrutaban ya ni sus mismos hijos, hermanos ó sobrinos, mientras -no entraban en aquella noble cofradía. Era preciso ser hidalgo por -parte de padre y madre, y con la antigüedad por lo menos de tres -generaciones: era preciso haber dado pruebas de valor, y gozar de -una reputacion pura é inmaculada. A muchos les costaba ademas pasar -por el largo noviciado de page y escudero progresivamente. Los que -habian entrado al servicio y á hacer prueba de su persona con un rey -ó un príncipe de alta categoría, en calidad de pages, se llamaban -donceles. Macías se habia hallado con Enrique III en este caso, y si -se le llamaba todavia públicamente el doncel, era porque habiéndole -tomado Enrique III, con quien se habia criado, mas afecto que á otro -alguno, habíale conservado aquel nombre por modo de cariño, aun -despues de haber recibido la orden de caballería. En el mismo caso -se habia hallado con don Enrique de Villena el hidalgo Fernan Perez: -habíale entrado á servir primero en calidad de page ó doncel, y habia -pasado á ser su escudero. El cargo de escudero en estos tiempos, y -hasta ese nombre, parecen sonar mal á los oidos delicados. Podemos -asegurarles, sin embargo, que no solo no tenia en aquel tiempo nada -de denigrante, sino que antes era tan honorífico, que muchísimos -grandes, señores y príncipes que habian llegado á ser caballeros -por el orden regular de los grados requeridos para ello en tiempos -de paz, no se habian desdeñado de ejercerlo. En la recepcion de -escudero, los padrinos ó madrinas del page prometian en su nombre -religion, fidelidad y amor, con la misma formalidad é importancia -que en la recepcion de un caballero. Reducíase la obligacion del -escudero á seguir por todas partes á su señor ó al caballero con -quien hacia veces de tal, llevándole su lanza, su yelmo ó su espada; -llevaba del diestro sus caballos, en los duelos y batallas proveíale -de armas, levantábale si caía, dábale caballo de refresco, reparaba -los golpes que iban dirigidos contra él; pero solo en grandes -peligros le era lícito tomar armas por sí en las pendencias y -encuentros á que asistia. Sus deberes domésticos se ceñian á trinchar -y presentar las viandas en la mesa, y aun á ofrecer el aguamanil -á los convidados antes y despues de comer. Pero estos cargos se -desempeñaban con tanta mas dignidad cuanto que los platos los recibia -de mano del maestre-sala, que ya era por sí una dignidad, aunque mas -subalterna, y el agua de mano de los pages, que la tomaban ellos ya -de los domésticos inferiores. En público, y en los banquetes en que -reinaba toda etiqueta y ceremonia, no podia sentarse el escudero -á la mesa de su señor. Para probar que ni el oficio de doncel ni -el de escudero eran sino muy honoríficos, concluirémos diciendo, -que en las historias francesas del siglo XIII, hallamos designados -estos donceles y escuderos con el nombre de _Valets_, mas humillante -aun en el dia que los de _Daoiseau_ y _Ecuyer_, que corresponden -á aquellos en la lengua francesa. Diremos que Villehardouin en su -historia hablando del príncipe Alexis, hijo de Isaác, emperador de -los griegos, le llama en repetidas ocasiones el Valet (ó escudero) de -Constantinopla, porque aquel príncipe, aunque heredero del imperio de -Oriente, no habia recibido todavia la orden de caballería. Por igual -causa son calificados con la misma designacion por los historiadores -sus contemporáneos Luis, rey de Navarra, Felipe, conde de Poitou, -Cárlos, conde de la Marcha, hijo de Felipe, y otros infinitos. Entre -nosotros fue page y doncel el famoso y nobilísimo don Pero Niño, -conde de Buelna, y el mismo don Alvaro de Luna, tan célebre por su -prodigioso favor como por su ruidosa desgracia. - -En tiempos de guerra, y en los principios de la orden de caballería, -se conferia esta con menos pompa y formalidad: el rey ó el general -creaba caballeros antes y mas comunmente despues del combate: en -esos casos reducíanse todas las ceremonias á dar la pescozada ó -espaldarazo dos ó tres veces en el hombro del candidato con el plano -de la espada, diciéndole en alta voz: _Os hago caballero en nombre -del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo_. Solia ser otras veces -el teatro honroso donde se conferia la orden de los valientes, -leales y esforzados, un torneo, un campo de batalla, el foso de un -castillo sitiado ó asaltado, la brecha abierta ya de una torre, -ó una fortaleza feudal. En medio de la confusion y tumulto de la -refriega, arrodillábase el escudero á las plantas del rey, del -general, ó de un caballero cualquiera acreditado ya por sus altos -hechos de armas. Cuando el famoso Bayardo, caballero sin tacha y -sin reproche, confirió de esa suerte la orden de caballería al rey -Francisco II, “O espada mia, esclamó, mil y mil veces venturosa por -haber dado hoy la orden de caballería á un rey tan grande y tan -poderoso, yo te conservaré como preciosa reliquia, y te preferiré -siempre á cualquiera otra.” Despues, añade el historiador que nos ha -conservado este rasgo singular, dió dos saltos y envainó su espada. - -En tiempos de paz, y cuando posteriormente hubo llegado esta famosa -institucion á su mas alto grado de esplendor y á su verdadero apogeo, -se solia aprovechar, para conferirla á los escuderos que se habian -hecho de ella merecedores, alguna solemnidad. Un dia grande de la -iglesia, el aniversario de una famosa victoria, la boda ó nacimiento -de un príncipe ó una coronacion, eran las coyunturas mas comunmente -escogidas, y en tales casos hacíase la promocion con otra pompa y -con mas minuciosas formalidades; las cuales se complicaron mas y mas -sobre todo desde el siglo XI, en que pareció tomar aquella orden un -carácter nuevo con la mezcla de ceremonias religiosas y profanas, que -para la admision de los señores en esta vasta cofradía se exigieron. - -Fernan Perez de Vadillo no podia menos de dar á su nueva dignidad -la importancia que en aquellos siglos tenia. Todo aquel dia empleó -en los preparativos de la ceremonia solemne que se preparaba para -él. El condestable Ruy Lopez Dávalos quiso ser su padrino, y obtuvo -que fuese madrina la noble esposa de don Juan de Velasco, camarero -mayor de su alteza. El conde de Cangas y Tineo era un personage -bastante calificado para que la dignidad que iba á conferir á su -escudero llamase la atencion de la corte. Su posicion ventajosa, en -aquel momento mas que en otro alguno de su vida, le granjearon la -asistencia á aquel acto, y la cooperacion de las primeras personas -de Castilla. Don Pedro Tenorio, arzobispo de Toledo, se brindó á -oficiar en la ceremonia, y el mismo rey don Enrique, al señalar para -ella la capilla de su regio alcázar, quiso presenciarla tambien -desde una tribuna á pesar de sus dolencias. El candidato ayunó aquel -dia, conformándose con los usos establecidos: revestido de una larga -túnica cenicienta, verdadero trage de su clase de escudero, asistió á -la comida que dió don Enrique de Villena á los que debian presenciar -la ceremonia. El candidato, colocado aparte en una mesa pequeña -mientras los demas comian en la principal, permaneció en ella servido -por donceles del conde su señor; pero este, escrupuloso observador -de la etiqueta, le intimó al sentarse que no podria hablar ni reir -durante la comida, ni aun llegar bocado á los labios. Concluida esta -ceremoniosa comida, fue llevado el candidato por sus padrinos, -acompañado de los demas concurrentes, y seguidos de gran número de -juglares y ministriles, que tañian gran variedad de instrumentos y -cantaban baladas alusivas al acto que se preparaba, á la capilla -del alcázar. Esperábale ya, custodiada por dos hombres de armas de -Villena, una hermosa armadura blanca sin mote ni divisa, de que le -hacia merced su señor. Separóse de él alli la concurrencia, y quedó -Fernan Perez de Vadillo velando sus armas y en oracion la noche -entera, despues de haberse despojado de la túnica escuderil, y haber -vestido una cota, embrazado la adarga y empuñado la lanza. Llegada -la mañana, confesó devotamente con fray Juan Enriquez, confesor -de su alteza. No sabremos decir si vuelto su corazon á Dios hizo -sacrificio ante el altar augusto de la penitencia del rencor y de -los sanguinarios proyectos de venganza que le habian determinado á -armarse caballero. Presumimos que asi lo haria, y creemos que si -luego mas adelante la historia nos ha conservado algunos rasgos que -podrian oponerse á aquella concesion cristiana, debe achacarse mas -bien esta inconsecuencia á la flaqueza del corazon humano, ó á la -mezcla estraordinaria de pasiones y religion que reinaba en aquella -época, que á la falta de verdadera contricion del noble hidalgo. -Hecha su confesion, y veladas ya las armas, retiróse el candidato por -el mismo orden que habia venido, y llegado á su habitacion vistió -el trage de caballero, mas rico y adornado que el de escudero, -que acababa de dejar para siempre. Alli recibió las visitas y -felicitaciones de sus deudos y amigos; y varios señores allegados -á don Enrique de Villena vistiéronle sobre la cota de menuda malla -una ancha loriga guarnecida de piel, adorno reservado solo en aquel -tiempo á personas de categoría, y pusiéronle sobre los hombros un -gran manto, cortado á manera de manto real. En esta forma, y llevando -colgada del cuello la espada, llegó seguido de los padrinos, de -los convidados y de sus amigos, á la real capilla, donde esperaban -el momento de dar principio á la augusta ceremonia su alteza en su -tribuna rodeado de varios dignatarios; el arzobispo, que habia salido -al altar al verle llegar, y gran número de damas. Distinguíase entre -ellas la madrina del novel caballero, ricamente ataviada, y á la -derecha del buen condestable, arrodillados los dos al lado de la -epístola en ricos reclinatorios de terciopelo carmesí, en que se veía -recamado en oro el escudo de sus armas respectivas, y de que pendian -largos borlones de aquel precioso metal. Algo detras, y entre otras -damas principales, se veía á Elvira, esposa del hidalgo, cubierta con -un velo, al través del cual se traslucia sin embargo su hermosura, -como suele verse al través de ligeras nubecillas el resplandor -del sol. A la otra parte se colocó el poderoso conde de Cangas, -acompañado de algunos caballeros principales y seguido de dos de sus -pages, con su yelmo el uno y el otro con las espuelas y demas piezas -de la armadura que debian revestirle á Vadillo en acto tan solemne. -El resto de la capilla estaba ocupado por la numerosa concurrencia -que la calidad de las personas habia traido, y por bandas de -ministriles que habian seguido la comitiva, tañendo dulcemente sus -instrumentos. Era gran gusto oir la desacorde confusion que producian -tocadas á un tiempo la cítola sonora, la guitarra morisca, _de -las voces aguda é de los puntos arisca_, el corpudo laúd, el rabé -gritador, el orabin, el salterio, la adedura albardana, la dulcema, -é axabeba y el hinchado albogon, la cinfonia, el odrecillo francés y -la reciancha mandurria, cuyos ecos distintos se unian al sonsonete de -las sonajas de azofar, y al estruendo de los atambores y atambales, -de las trompas y añafiles; instrumentos todos con que se verian tan -apurados nuestros músicos del dia para organizar una sola tocata -medianamente agradable, si se los trocaran de pronto con los que la -civilizacion música les ha perfeccionado, como se verán nuestros -lectores para formar una exacta idea de su figura y armónica melodía -sin mas datos que esta breve enumeracion, por mas fidedigna que la -constituya la autoridad del trovador arcipreste á quien la robamos. - -Establecido ya el silencio, arrodillóse el hidalgo ante la reverenda -persona del arzobispo, quien le quitó del cuello la espada que -traía suspendida, y la colocó en el altar en que iba á oficiar. -Comulgó en seguida el candidato con edificante fervor. Despues de -un momento de oracion y recogimiento, principió el arzobispo los -oficios, acabados los cuales se levantó el candidato, é hincándose -de hinojos ante la persona de su señor feudal el poderoso conde -de Cangas y Tineo, pidióle reverentemente que le hiciese merced -de conferirle la orden de caballería. Juró en seguida en manos -del ilustre maestre de Calatrava no escusar su vida ni sus bienes -en defensa de la santa religion católica, apostólica, romana, y -guerrear hasta morir en toda coyuntura y ocasion que se presentase -contra los infieles de aquende y allende el mar; fórmula en que se -comprendian no solo los moros que mantenian guerra todavia con los -reyes de Castilla, sino tambien los sarracenos que poseian á la sazon -el santo sepulcro, y contra los cuales se dirigian de todos los -puntos de Europa continuamente innumerables cruzados. Juró amparar -y defender las viudas y huérfanos que hubiesen recibido tuerto, y -los desvalidos que á su fuerte brazo recurriesen para deshacer sus -agravios, no pudiendo de otra manera los enderezar. Prestado este -noble juramento, leyéronsele los evangelios, sobre los cuales le -repitió nuevamente. Hecho lo cual, el arzobispo, cogiendo la espada -que habia estado sobre el altar durante el oficio divino, la bendijo -y se la ciñó. Llegándose á él sus padrinos, calzóle la una espuela -el buen condestable don Ruy Lopez Dávalos, y la otra la esposa del -noble don Juan de Velasco, á quienes el novel caballero dirigió las -mas espresivas gracias por la merced singular que le dispensaban. Uno -de los principales señores que acompañaban á don Enrique de Villena -le ciñó la coraza antigua, compuesta del peto y espaldar, dándole -paz despues. Don Enrique de Villena, adelantándose en seguida, le -dió tres espaldarazos con el plano de la espada, armándolo caballero -en nombre de Dios, de san Miguel y de Santiago. Recibióle despues en -sus brazos, y en seguida hicieron con él igual ceremonia todos los -demas asistentes, como para darle á entender que se gozaban mucho de -tener admitido en su gremio caballero que tan completo prometia ser -como el noble hidalgo. Alzóse entonces alegre estruendo de todos los -instrumentos proclamando al nuevo caballero. Entre los que debian -dar paz al recien admitido hallábase uno armado de pies á cabeza, -que se habia mantenido constantemente inmóvil al lado del evangelio, -y enfrente del sitio destinado á las damas principales de la corte. -Ni el oficio divino, ni la larga ceremonia habian sido parte para -sacarle de su asombrosa distraccion. Parecia la estátua del fundador -de la capilla, como en aquellos tiempos solian verse algunas en -las mas de las iglesias. Pero si se llegaba á presumir que era una -persona y no una estátua, para comprender su perfecta inmovilidad, -y la fijacion de sus ojos, era preciso creer que un maleficio -particular ejercía sobre él una influencia funesta, y le obligaba á -mirar á aquella parte con la misma irresistible fuerza con que un -instinto fatídico obliga á la incauta mariposa á girar en torno de la -vacilante llama que la ha de acabar, y con que una atraccion física -llama hácia la serpiente cascabel al mísero pajarillo para hacerle -víctima de su irresistible voracidad. Causaba aquel embeleso una dama -que no habia podido menos de notarla, y que en valde habia pensado -ponerle término interponiendo su velo entre las atrevidas miradas -del caballero y su aciaga hermosura. Esta medida habia producido un -efecto enteramente contrario al que esperaba. Si las miradas habian -sido antes continuadas, pero naturales, tomaron despues un carácter -de investigacion muy parecido al que tienen las de aquel que trata -de leer durante el crepúsculo, ó á la opaca luz de la luna. Apenas -quedaba concluido el acto, cuando deseosa la dama de esconderse á tan -imprudentes miradas, se habia confundido y desaparecido entre la -multitud: los ojos sin embargo del caballero, acostumbrados á ver en -aquel punto su contorno, le seguian viendo gran rato despues de haber -desaparecido, como le sucede al que se atrevió á mirar fijamente por -largo espacio al luminar del dia. Horas enteras conserva su retina -la impresion indestructible, y por mas que haya desviado ya los -ojos de su deslumbrante luz, por mas que los cierre, en fin, ve el -sol todavia donde no le hay. Al llegar Vadillo al caballero acababa -de levantarse la dama. Tendió el hidalgo los brazos naturalmente á -recibir de él como de los demas el beso de ceremonia, é hizo la misma -figura que el que fuese á abrazar un árbol ó una columna. No pudo -menos de levantar la cabeza, y de reparar en la especie de estátua -que delante de sí tenia. Conociólo, y su primera accion fue volverse -con la rapidez del rayo á seguir la visual del caballero, y ver en -qué objeto se paraba: si alcanzó á ver algo todavia, ó si el punto -á que las miradas se dirigian bastó á contestar á su muda pregunta, -eso es lo que no sabemos. Diremos solo que su rostro se tiñó de -carmin, y que vertiendo fuego por los ojos y los poros todos de su -encendido semblante, sacudió con una mano al distraido diciendo por -lo bajo, pero con reconcentrada cólera: “_Ya puede haber pactos entre -nosotros, que ya no soy escudero._” A esta sacudida inesperada volvió -en sí el caballero como quien dispierta de un largo sueño. Reconoció -su imprudencia al reconocer al que le hablaba, y no ocurriéndole nada -que responder de pronto á su rara interpelacion, bajó los ojos y -quiso enmendar su pasada distraccion tendiendo entonces los brazos al -hidalgo. Este, empero, poniendo entrambas sus manos en ellos: “Dejad, -le dijo, el abrazo para ocasion en que esteis menos ocupado, que yo -quisiera que el que nos diésemos fuese mas estrecho y mas largo.” -“Como gusteis, hidalgo, repuso el caballero con arrogancia, como -gusteis.” - -No habia podido menos de notarse por la concurrencia esta pequeña -escena episódica lanzada en medio de aquel acto solemne: nadie oyó -lo que se dijeron, pero los mas tuvieron algo que decirse al oido -acerca de aquella rara singularidad. Nosotros diremos como fieles -historiadores, que la dama cuando se creyó fuera ya del alcance de -las miradas del importuno, volvió la cabeza y alcanzó aun á ver -algo, que fue lo bastante para despertar en ella ideas de inquietud, -á que hacia ya algun tiempo que no habia dado lugar en su corazon. - -Acabada la ceremonia, retiróse cada cual, y el novel caballero, -acompañado de sus padrinos y de sus deudos, se trasladó á la -habitacion del señor de Cangas y Tineo, donde esperaban ya á la -comitiva varias damas y convidados, y donde un magnífico banquete, -dado por el ilustre maestre, terminó con toda la pompa digna de tal -solemnidad un dia tan señalado en la vida de nuestro celoso hidalgo. - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO XXVI. - - Mucho os ruego de mi parte - me lo querais otorgar, - pues que de nigromancía - es vuestro saber y alcanzar, - que me digais una cosa, - que yo os quiero demandar. - La mas linda muger del mundo - ¿dónde la podria hallar? - - _Rom. de Roldan y Reinaldos._ - - -La situacion de los principales personages de nuestra historia era -bien precaria. No hablemos de la infeliz condesa de Cangas, á quien -no pudimos menos de abandonar á su triste suerte. Aun entre los que -en el dia ocupan nuestra atencion, habia mas de uno que no tenia -motivos para estar contento con su estrella. Elvira en primer lugar -llevaba continuamente clavado en el corazon el dardo que se ahondaba -mas mientras mas esfuerzos hacia por arrancarle, y tenia no pocos -motivos de inquietud y melancolía. La falta de la condesa, á quien -echaba menos entonces mas que nunca, le recordaba sin cesar que -tenia pendiente una acusacion, en el éxito de la cual se hallaba -comprometida no solo la vida del hombre á quien no podia menos de -amar, sino la suya propia, pues era condicion de tales juicios que -habia de morir el acusado ó el acusador, si no en el combate, despues -de él. Elvira se hallaba libre en su cámara, pero lo debia á la buena -opinion que habia merecido siempre en la corte. Luego que se habia -dado á conocer á Abenzarsal, y éste habia espuesto á su alteza sus -circunstancias y las causas particulares que la obligaban á guardar -secreto, se la habia dejado en libertad bajo su palabra, con la única -condicion de haberse de presentar en el juicio, como acusadora, el -dia que su alteza tuviese á bien señalar, dia que se retardaba ya -demasiado, segun lo que solia en tales casos practicarse. El vulgo de -las gentes sobre todo, que no habia podido dar esplicacion ninguna á -la acusacion y circunstancias de la tapada, no sabia á qué achacar -semejante tardanza, sino era á las brujerías de don Enrique de -Villena. Mientras tanto no era menos cierto que Elvira debia estar en -la mas cruel espectativa. La conducta de su esposo era incomprensible -al mismo tiempo para ella: nunca le habia dicho una palabra del -encuentro en la cámara del astrólogo: semejante reserva, agregada á -aquella tristeza misteriosa que le habia dominado hasta el dia en que -habia recibido la orden de caballería, manifestaba que tenia oculto -algun proyecto, idea que no podia menos de hacerla temblar. - -Hernan por su parte, á quien saben nuestros lectores ocupado -únicamente en llevar á cabo su venganza contra el doncel, no era mas -feliz. Habia llegado á creer fijamente que Macías estaba prendado de -su esposa: la pequeña escena que habia pasado entre los dos en la -capilla del alcázar no le podia dejar duda acerca de este particular: -asi, pues, esperaba con impaciencia el momento de llegar á las manos -entonces, que ya tenia permiso de su señor para defender su parte en -el juicio de Dios. Con respecto á su esposa, debia estar seguro ya de -que era la acusadora de don Enrique; pero justamente resentido de ese -paso, tampoco la habia hablado de este asunto, y como tan complicado -con el otro que en un mismo dia habia él de morir, ó castigar al -atrevido y al objeto de su osadía, cuidábase ya poco de esto. No -estaba seguro de que su esposa participase de la culpable pasion de -Macías; pero eran tan vehementes sus sospechas, que esta era la -única razon porque no habia temblado al considerar que ó habia de -morir en el combate, ó habia de morir su esposa si él vencia. Triste -alternativa por cierto para otro á quien no hubieran tenido tan ciego -los zelos como al hidalgo. Entre tanto trataba con la mayor dulzura -á su esposa, porque creía que este era, si habia alguno, el medio de -asegurar mas la aclaracion de sus sospechas. No viendo ella en él -ninguna señal alarmante, se abandonaria mas facilmente y caeria en el -lazo que le tenia astutamente tendido. - -Don Enrique de Villena no dejaba de estar inquieto tampoco. Cuando -la fortuna se le presentaba tan favorable, cuando habia conseguido -romper los funestos cuanto incómodos vínculos que le unian á su -esposa, cuando tenia asido ya el apetecido maestrazgo, un doncel -aventurero y una dama estravagantemente heróica se habian atravesado -en el camino de sus planes: si él hubiera tenido maldad suficiente, -nada mas facil que haber quitado de enmedio á toda costa tan -importunos obstáculos, como continuamente le aconsejaba el judío; -pero ya hemos visto que el indeciso conde creía tener ya harta carga -sobre su conciencia con la desaparicion de doña María de Albornoz. -El juicio de Dios le hacia temblar, no precisamente porque él -estuviese convencido de que si el cielo tomaba cartas en el juego no -podia estar nunca de su parte, sino porque creyendo mas, como creía, -en el valor de los combatientes para semejantes trances que en la -participacion de la justicia divina, no podia menos de asustarle -la idea de que el contrario era Macías, que pasaba con razon entre -las gentes por caballero mucho mas perfecto y cumplido que Hernan -Perez. Este debia ser víctima probablemente de su temerario y -generoso arrojo; y en este caso don Enrique, vencido en la persona -de su campeon, tendria que recurrir á medios muy violentos, y que le -repugnaban sobremanera, para conservar no solo el maestrazgo, sino -tambien la vida. Hasta entonces habia tenido la fortuna de retardar -el señalamiento del dia, pero esto no podia durar porque la otra -parte instaria, y porque la acusacion habia sido demasiado pública -y la sentencia demasiado terminante para que pudiese sobreseerse -en el asunto. ¿Habria algun medio de evitar que la parte contraria -compareciese el dia aplazado? Esto era lo que formaba el objeto por -entonces de las maquinaciones de don Enrique de Villena, de su -juglar confidente Ferrus y del astrólogo judiciario. En ese caso, -tanto Elvira como Macías serian declarados infames, y reputados -culpables de calumnia, y acreedores por consiguiente al castigo que -habian reclamado en nombre de la ley contra el conde. - -Macías era de todos el menos inquieto, y sin embargo el mas -desgraciado. Él debia pelear por su amada; pero el que pendiese la -vida de aquella del esfuerzo de su brazo, era para él una gloria, -una fortuna inapreciable antes que un motivo de inquietud, fuese -Villena, fuese otro mas valiente su contrario: y si Elvira no hubiera -huido constantemente de sus miradas, si no le hubiese quitado todas -las ocasiones de verla y hablarla, ¿quién como él? Pero desde la -mañana en que habia sido armado caballero Fernan Perez, mañana en -que habia bebido tan copiosamente el veneno del amor, Macías estaba -en un estado continuo de delirio y de fiebre, que no le daba lugar -á reflexionar que desde el punto en que el hidalgo habia llegado -á concebir la mas leve sospecha, solo su estremada circunspeccion -podia escusar á la desdichada Elvira mortales sinsabores. El mísero -no veía al hidalgo, no veía el mundo que le rodeaba. Ansioso de -saber del astrólogo lo que le habia querido decir la mañana de su -presentacion en la corte, despues de su llegada de Calatrava, con sus -misteriosas palabras, y no habiendo podido verificarlo por el funesto -encuentro que en la cámara del judío tuviera, habia vuelto á visitar -á este despues de su curacion. Abenzarsal, siguiendo el plan de -enredar á los amantes en el laberinto de su pasion, aun á pesar del -ciego temor del conde, pues trataba de salvar á este mal su grado, no -dudó en echar leña al mortecino fuego de su esperanza. - -—Decidme, padre mio, decidme, comenzó Macías, ¿cuál es el sentido -de vuestras fatídicas palabras? Esa corte, que me habeis anunciado -siempre como un... - -—Sí, le contestó Abenzarsal, la primera vez que os ví conocí que la -corte debia seros funesta. - -—¿Funesta, Abenzarsal? ¿Pero qué llamais funesta vosotros? ¿Quereis -decir que podrá acarrear mi muerte...? porque eso, Abenzarsal, -no seria lo peor que pudiera sucederme. ¿Qué causa os conduce á -pensar... qué secreto mio...? Mucho temo que esa ciencia de que os -jactais sea vana y... - -—Escuchadme, jóven temerario, interrumpió Abenzarsal. Antes de soltar -vuestra inesperta lengua, aprended á respetar lo que no entendeis. -¿Pensais que puedo vivir ignorante de vuestras acciones, de vuestros -deseos, de vuestros mas secretos pensamientos? Decid: ¿os acordais -del dia en que os dije que al anochecer encontraríais en mi cámara la -satisfaccion de vuestras dudas? - -—Sí, sí: ¿cómo pudiera no acordarme? sin el concurso de -circunstancias que impidieron entonces una entrevista entre nosotros, -esta seria acaso escusada. - -—Y bien, ¿y qué encontrásteis en mi cámara? - -—¡Cielos! ¿qué encontré? ¿seria...? - -—Jóven incrédulo, ¿no encontrásteis el verdadero astrólogo que -buscábais? ¿quién os podia dar razon mas satisfactoria de lo que -intentábais preguntarme? - -—Lo sabe todo, lo sabe todo, dijo para si Macías. ¡Ah! tu ciencia es -cierta. Yo nunca dije á nadie una palabra, Abenzarsal, tomad ese oro; -es cuanto traigo: satisfaced ahora á mis preguntas. ¿Me ama, adivino, -me ama? ¡Callais, santo Dios! ¡Oh! ¡bien me lo temia! - -—¿Y qué hicísteis que no se lo preguntásteis? ¿A qué preguntarme á mí -lo que ella debe saber mejor que yo? - -—Viejo artificioso, ¿os burlais de mi dolor? ¿no habeis conocido -nunca una muger? ¿encontrásteis una jamas que haya respondido _sí_, -_no_, á vuestras inconsideradas preguntas? ¿no sabeis que la ficcion -y el silencio son el arte de las mugeres? - -—Harto lo sé: estas canas de que veis cubierta mi cabeza no nacen -impunemente. - -—Y bien, si tanto sabeis, respondedme: ¿me ama, ó me desprecia? -¿son sus miradas las peligrosas redes que las mugeres desvanecidas -suelen tender á mil amantes que tal vez aborrecen, ó son las de una -hermosa incapaz de engaño y de artificio? ¿son sus ojos solos, ó es -su corazon tambien el que me mira? ¿es buena, ó es mala? ¿quién pudo -conocer jamas á una muger? ¿soy su juguete por ventura, soy solo su -trofeo, ó soy, Abenzarsal, su vencedor? ¡Ah! cuanto poseo es vuestro. -¡Si me ama, decídmelo! Entonces la corte no puede serme nunca -funesta, porque aun muriendo, si muero amado seré dichoso. Si no me -ama, callad. Yo he oido decir que conoceis los hechiceros mil medios -que inspiran el amor. Enloquecedla, Abenzarsal, haced vos lo que -debiera mi mérito haber hecho: ámeme ella, y sea como quiera. ¿Qué -condiciones son precisas? ¿cuál es el premio de vuestro trabajo...? -¡Oh! Elvira, Elvira, ¡cuánto me cuestas! ¿Necesitais mi cuerpo, mi -sangre? hé aqui, herid y consultad mis venas... ¿necesitais mi alma? -¡maldicion, maldicion! haced que me adore, Abenzarsal, y tomadla -tambien. ¡Que me ame! ¡que me adore! y todo lo demas despues. - -—Moderaos, jóven arrebatado. ¿Qué motivos teneis para tanta -desesperacion? ¿no arde siquiera en vuestro corazon una chispa de -esperanza? - -—¿Y cuándo muere la esperanza en el corazon del hombre? Yo la he -visto mil veces: sus ojos me miraban, y se detenian sobre los mios, -como se detienen los de un amante sobre los de su querido. Cuando -se encuentran nuestros ojos, no hay fuerza que los desvíe. Nuestras -almas se cruzan por ellos, se hablan, se entienden, se refunden -una en otra. Pero ¡ah! Abenzarsal, que huyen á veces, y su rostro -airado... - -—¿Airado habeis dicho? ¿y qué mas fortuna pedís? Cuando huyen sus -ojos de los vuestros, entonces es cuando mas os ama; entonces, -doncel, os teme. - -—¿Qué decís? - -—No huye la indiferencia, ni se enoja. ¿Y nunca la habeis hablado? - -—¡Ah! por mi desgracia una vez... - -—¡Por vuestra desgracia! ¿Le dijísteis...? - -—Menos de lo que siento, pero le dije... - -—¿Y respondió? - -—¡Mas cómo respondió!! - -—¿Os respondió que no, que la ofendíais... que huyéseis... que...? - -—¡Abenzarsal! - -—¿De qué, pues, os quejais? ¿queríais, mozo inesperto y precipitado, -que una muger virtuosa, una muger que debe á su esposo...? - -—¡Abenzarsal! gritó furioso Macías. - -—¿Y bien? ¿quereis que me ria en vuestra cara de esa locura? ¿no os -enojais ahora porque...? yo creí que teníais muy sabido... - -—Sí, sabido, sí; ¡pero ay del que se complazca en repetírmelo! - -—En buen hora. ¿Queríais que esa muger, cuyas perfecciones adorais...? - -—Entiendo, entiendo. - -—Sed mas confiado, señor, y menos impaciente. Vos mismo la hubiérais -apreciado en menos, y eso las mugeres lo saben. Quieren ser premio de -la victoria, pero de una victoria reñida, porque cuando son vencidas, -doncel, ellas mismas hallan disculpa á su flaqueza, disculpa que -no encontrarian si no se defendiesen. Las menos virtuosas, Macías, -quieren parecerlo hasta á sus propios ojos. ¿Qué será, pues, las que -realmente lo son? - -—Sí, pero no confundais á Elvira con... - -—En buen hora, doncel. Si os habeis prendado de un ángel, id á -consultar ángeles: yo solo conozco el corazon humano. - -—Judío, ¿y qué me aconsejais? - -—¿Necesitais consejos despues de lo que os he dicho? - -—¿Es posible? Ah, padre mio, no me hagais entrever la felicidad -para arrancármela despues mas amargamente de entre las manos. Si mi -constelacion... - -—Las constelaciones, doncel, mandan que tengamos frio en el invierno, -y sin embargo, si os sumergís en un baño de agua caliente en el -corazon de enero, ¿no habreis de sudar? - -—¡Cierto! - -—Andad, pues, y venced, si podeis vuestra constelacion. Ella se os -anunció funesta. Hacedla vos venturosa. - -—Esplicaos mas claro, padre mio... ved que... - -—Doncel, os he dado cuantas esplicaciones puedo daros. Recapitulad -mis palabras, y partid. Solo os añadiré, y ved que no os hablo mas en -el asunto, que para vencer es fuerza pelear, por mas que muchos que -peleen no venzan. Vuestra constelacion es funesta; en vuestra mano -está, sin embargo, vencerla. Confianza y audacia. A Dios. - -—¡Confianza y audacia! salió diciendo Macías. ¡Santo Dios! ¿será mia? -¿será mia alguna vez? Dos lágrimas, hijas de la terrible emocion y de -la alegría que henchía su corazon, surcaron sus encendidas mejillas. -Desde entonces el audaz mancebo revolvió en su cabeza cuantos medios -podian ocurrírsele para tener una entrevista con Elvira; desde -entonces no vió mas que á Elvira en el mundo; y desde entonces -pudiera haber conocido quien hubiera leido en su corazon que Elvira ó -la muerte era la única alternativa que á tan frenética pasion quedaba. - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO XXVII. - - Eres muger finalmente. - - _Rom. de Zaide á Zaida._ - - -Jaime, decia una mañana Elvira á su page, que sentado á sus pies la -miraba de hito en hito con ojos ora tiernos, ora indagadores; Jaime, -¿te habló hoy Fernan Perez á tí? - -—¿A mí? prima mia, ya sabeis que no soy santo de su devocion; siempre -que me ve hablando con vos mas de lo regular, hay motivo bastante ya -para que tenga mala cara un dia entero. Sin embargo, nunca le hice -mal alguno; antes le deseo mucho bien, porque os lo deseo á vos. Con -que si no os ha hablado, lo que es á mí... - -—¡Ah! tampoco: no sé qué secreta melancolía le devora desde la -noche... - -—Sí, aquella noche en que... - -—No la recuerdes: mi falta de confianza acaso... el paso que dí... si -llegó á cerciorarse de que era yo... - -—Pudiera ser; pero me parece que tiene alguna cosa mas. - -—¿Qué cosa? - -—Yo he oido decir que los zelosos hacen lo mismo que vuestro esposo. - -—¡Jaime! ¿Seria posible que Hernan Perez abrigase la menor duda -acerca de la virtud de su consorte...? - -—No digo eso; antes creo todo lo contrario. Alguna vez le he solido -sorprender, hablándose solo á sí mismo: acaso me tenga rencor por -eso... _Elvira me ama_, decia antes de ayer cuando yo le encontré -distraido, _me ama tanto como yo á ella_, _es imposible_: _no era -culpable_... - -—¿Eso decia? - -—Eso le oí... - -—¡Dios mio! ¡cuán ingrata soy! Y en ese caso, esos zelos que dices... - -—Esos zelos puede tenerlos de alguno, aun sin pensar que vos... - -—¿De alguno? - -—Escuchad. Ayer en la corte miró á un caballero, que conoceis, de una -manera... ¡Ay! si sus ojos hubieran sido rayos, con la velocidad del -relámpago hubiera sido reducido á cenizas el caballero. - -—¡Cielos! ¿Qué os hice yo para merecer tanto rigor? - -—Y como se dice que ya en una ocasion ha tenido algun lance con el -mismo caballero, y que sus heridas... - -—Basta, Jaime, no despedaces mi corazon; tú que le conoces, tú que -sabes cuán inocente soy... - -—¡Oh! si yo fuera esposo de la hermosa Elvira, ¡qué pocos cuidados -me habian de dar los zelos! ¡cómo dormiria á pierna suelta! ¿no es -verdad, prima? - -Un estremecimiento involuntario fue la única respuesta de Elvira y un -profundo silencio, indicio de la mayor distraccion. - -—¿No es verdad, prima? preguntó de nuevo el inesperto niño, volviendo -á aplicar el dedo imprudentemente en la llaga. Ello, por otra parte, -á mí me da lástima. - -—¿Qué te da lástima? preguntó Elvira. - -—Si viérais en qué estado está mi pobre amigo; el que me solia llamar -así... - -—¿Qué amigo? - -—¡Qué amigo quereis que sea! Si viérais que rostro tan pálido... tan -desfigurado... Por fuerza está muy malo... Si el amor es capaz de -hacer tantos estragos, no quiero nunca enamorarme. - -—¿Qué dices, Jaime? - -—Lo que oís: solo que yo no lo entiendo, cuando oigo decir que Macías -está asi porque quiere bien. Yo os quiero bien; no os podrá querer él -mas, y sin embargo váme bien de salud. A pesar de eso todos dicen que -está enamorado. - -—¿Lo dicen todos? ¡Imprudente! - -—Un caballero tan aventajado, tan... - -—Jaime, te he prohibido que me hables de él: ¡por piedad! - -—Bien, prima, bien: no os aflijais. En confianza... añadió -sonriéndose, es lo último que voy á decir... no tengais cuidado... en -confianza, se me figura que no estais vos mejor que él... - -Elvira se cubrió el rostro con su pañuelo y apretó involuntariamente -la mano del pagecillo, que continuó... - -—Yo os aseguro que si le viérais... y le hablárais... - -—Jaime, dijo volviendo en sí Elvira y levantándose, nunca, ni verle, -ni hablarle... ni hablarme nada de él; lo he dicho ya. - -—¿Tan delincuente puede ser? Porque os ama... - -—Porque es mi voluntad, page. Callad. - -—Pero haceos cargo de que si está enamorado, segun dicen, ¿cómo -puede él dejar de amar, ni qué culpa tiene? Yo no creía que fuérais -tan rencorosa. ¡Ah! si de ese modo pagais el cariño de los que os -quieren bien, os dejaré yo de querer... - -—No hay remedio, Dios mio, no hay remedio, esclamó Elvira -desesperada. No he de volver los ojos donde no le vea. No he de oir -hablar sino de él. Si no quereis, Dios mio, mi perdicion, empezad por -apartar su imágen de mis ojos, su recuerdo de mis oidos. Yo os lo -pido, y os lo pido de corazon. No quiero sucumbir, no quiero. - -—Ved, prima mia, que siento pasos, y que si llega alguien y os ve de -esa manera, pensará que os he reñido yo á vos, en vez de reñirme vos -á mí. - -—Sí: voy á enjugar mis lágrimas. Jaime, ríes, porque no conoces el -mundo todavia: no crezcas, ¡ay! no salgas nunca de tu dichosa edad. - -Dichas estas palabras, que dejaron un tanto cuanto reflexivo y -meditabundo al pagecillo, que no veía muy claro todavia qué peligro -podria haber en crecer como todos habian crecido antes que él, -retiróse Elvira por no ofrecer su rostro descompuesto en espectáculo -á la persona que iba á entrar, si no engañaba el ruido de los pasos, -que cada vez se oían mas cerca. - -Apenas habia desaparecido, cuando un caballero embozado en su capilla -entró mirando con espantados ojos á una y otra parte. - -—Tampoco, dijo, tampoco está aqui. - -—¿Adónde vais, señor? preguntó el page, asombrado del desorden que -reinaba en su fisonomía y en toda su persona, ¿adónde de esa suerte? - -—¿Jaime, eres tú? Pues bien: he de verla. - -—¿Habeis de verla? ¿á quién? - -—¿A quién? ¿hay otra en el mundo por ventura? ¿conoces tú otra? - -—¿Estais loco? - -—Sí lo estoy, estoy lo que quieras, con tal que me la enseñes. Verla, -no mas verla, ¿Dónde está? - -—¡Desdichado! ¿Y Hernan Perez, señor? - -—¡Ah! Hernan Perez no vendrá. Ahora halconea con el rey en la rivera. -Me he perdido de propósito por encontrarla. - -—¿Pero no veis cuán mal hecho es lo que haceis? - -—¡Mal hecho! ¡mal hecho! ¡Siempre la reconvencion, siempre el deber, -y siempre la virtud! ¿Quién te ha dicho, page, que estoy obligado á -hacerlo todo bien? ¡Peor hecho es ser ella hermosa! - -—¡Qué palabras! Pues advertid que ver á mi prima es imposible. - -—¿Imposible? repitió con una amarga sonrisa el doncel. ¿Por ventura -no está? - -—Estar... respondió con algun embarazo el page, eso... Mirad: está; -pero si quereis creerme, es como si no estuviera. Para vos debe ser -lo mismo. - -—¿Por qué? - -—Porque está mala. ¡Ah! Señor, si la viérais... tened compasion... - -—¡Compasion! ¿La tiene ella de mí? Pero, Jaime, ¿qué mal, qué -dolencia...? - -—Yo no sé. Se entristece, no duerme, no come, llora... - -—¿Llora? ¿Sufre? - -—Ya veis, pues, que es imposible. - -—Ahora mas que nunca la he de ver. - -—¿Qué hablais? Yo creía que con deciros... - -—¡Ah! con que me engañas, page... ¿no es cierto cuanto me dices...? - -—Como el evangelio, señor caballero; pero... en una palabra, díjome -no ha mucho... Mas aguardad. Si no me engaño ella viene... - -—¿Ella? ¿Elvira? - -—Salid, pues: ved que no gustará... - -—¡Que salga! No, page, no. - -—Pero reparad... ¡Anda con Dios! ¡allá os avengais! Yo no pude -hacer mas, dijo el page encogiendo los hombros al ver que Macías, -apartándole con brazo poderoso, se dirigia hácia donde sonaba el -ruido de los pasos. - -—¿Qué altercado es ese, Jaime? salió diciendo Elvira. ¡Santo Dios! -añadió en cuanto vió al doncel, que arrodillado ya á sus pies parecia -implorar el perdon de su audacia y su descortesía. ¡Qué imprudencia, -señor, y qué osadía! ¿Qué haceis? ¿Vos en mi habitacion? - - -—Sí, bien mio, respondió Macías. Vana es ya la porfia: inútil la -resistencia; yo os amo, Elvira. - -—¡Ah! ¿qué intentais? Alzad, señor, volveos. - -—¿Adónde quereis, Elvira, que me vuelva? dijo Macías, levantándose y -estrechando entre sus manos las de su amante. El mundo entero está -para mí donde estais vos. No hay mas allá. - -—¡Silencio! Si mi esposo... - -—Elvira, no temais... - -—Salid. Os lo ruego, os lo mando. - -—¡Delirio! ¿Os parece que cuando me decidí á accion tan aventurada, -cuando me espuse y os espuse á vos misma á los riesgos de esta -entrevista, fue para volverme despues de lograda? - -—Yo tiemblo. Jaime, dijo Elvira, si por ventura oyeses... - -—Perded cuidado, prima mia... respondió Jaime. - -—Corre, sí: si le vieses venir... - -—Jaime os probará su fidelidad. - -Dicho esto, salió el inteligente pagecillo, bien resuelto á ejercer -la mas activa vigilancia para evitar qué la locura imprudente del -doncel acarrease á su prima mas funestas consecuencias que la de -haber de convencerle de cuán temerario era el paso que acababa de dar -en aquel momento. Macías dirigió al page que desaparecia, una mirada -en que se podia leer claramente una larga accion de gracias al cielo, -que le proporcionaba por fin aquella secreta ocasion de vencer el -desden de la señora de sus pensamientos. - -—¡Ah! Macías, si sois generoso, si sois caballero, oid mis ruegos -por piedad. Idos. Soy muger, y os lo ruego. A vuestras plantas si -quereis... - -—¡Elvira! gritó Macías fuera de sí levantando á la hermosa Elvira. -Oidme. Un momento no mas. Oidme, y partiré. Tres años, señora, hace -que os ví la vez primera; tres años os amé, y os amo, yo os lo juro, -como nadie amó jamas: igual tiempo callé. Mil veces fue á escaparse -de mis labios la palabra fatal: mil veces la sofoqué: la inmensidad -de mi amor la ahogó en el fondo de mi corazon. Mis ojos, sin embargo, -os lo dijeron. ¿Cómo imponerles silencio? Ellos hablaron á mi pesar. -¿Por qué los vuestros me respondieron? Calláran ellos, y muriera yo -callando. Ellos me animaron empero. Bien lo sabeis, señora. Mi amor -es obra vuestra. - -—¿Mia? ¡Ah! ¡sed, doncel, mas generoso! - -—¿Pedisme generosidad? ¿La usásteis vos conmigo? ¿Vos me pedis -virtudes? Pedidme amor, señora. Es lo único que os puedo dar. Amor, -y nada mas. Si es virtud el amar, ¿quién como yo virtuoso? Si es -crímen, soy un monstruo. - -—¡Silencio! - -—¿Por qué? ¿Pensais que la naturaleza ha podido imprimir con -caractéres de fuego en el corazon del hombre un sentimiento sublime, -un sentimiento de vida, eterno, inestinguible, para que se avergüence -de él? ¡Ah! No la hagais injuria semejante. Cuando lanzó la muger al -mundo, _la amarás_, dijo al hombre; inútil es resistirla. Sus leyes -son inmutables. Su voz mas poderosa que la voz reunida de todos los -hombres. Os amo, y á la faz del mundo lo repetiré; harto tiempo lo -callé... - -—¿Pero podeis ignorar, Macías, que mi estado...? - -—¿Vuestro estado? Preguntadle á mi corazon por qué latió en mi pecho -con violencia cuando os ví por la vez primera. Preguntadle por qué -no adivinó que lazos indisolubles y horribles os habian enlazado á -otro hombre. Nada inquirió. Yo os ví, y él os amó. ¿Por qué, cuando -dispuso el cielo de vuestra mano, no dispuso tambien de vuestra -hermosura? Si solo para un hombre habeis nacido, ¿por qué os dió el -cielo belleza para rendir á ciento? - -—Vos delirais, Macías. - -—Si es delirio el amaros, deliro, y deliro sin fin. Si en mis -acciones, si en mis palabras echais de menos por ventura la razon, -vos la teneis sin duda, que vos me la robásteis. Vuestros son tambien -mi locura y mi delirio. - -—Falso es, Macías, lo que hablais; es falso. Ni vos me amais ahora, -ni me amásteis jamas. ¿Dónde aprendísteis á amar de esta manera? -Me veis, y vuestros ojos, funestamente clavados en los mios, estan -diciendo á todo el mundo: ¡_Yo la amo_! Corro al campo á buscar la -tranquilidad que en vano me pide mi corazon en la ciudad, y alli -Macías, alli donde yo voy. Veis á mi esposo, que al fin, Macías, -es mi esposo, es cosa mia, y haceis gala de decir á las gentes con -vuestras fatídicas miradas: _Porque ella es suya le aborrezco_. ¿Y -por qué, imprudente, no he de ser suya? ¿Qué hizo él acaso para -merecer tanto odio? ¿Qué haceis vos que él no haya hecho, y antes, -doncel? ¿Gustais de mí decís? Tambien él lo decia. ¿Puede ser en él -crímen el amarme, y en vos...? - -—Crímen, sí, crímen imperdonable, que solo con mi sangre ó con la -suya... - -—Basta ya, temerario. ¿Y vos me amais, doncel? ¡Y vos me lo decís! -Os encuentra ese esposo á mis plantas casi, no hunde su acero en -vuestro corazon como debiera sin duelo alguno, y ¿vos le provocais y -osais contra él alzar el insolente acero? ¿Eso es amar, Macías? Nadie -hay en la corte que al pronunciar vuestro nombre, no pronuncie el -mio al mismo tiempo. ¿Por qué esa union fatal? Vuestra imprudencia -acaso... - -—¡Mi imprudencia! - -—Y no contento con perderme para siempre, no contento con haber -llenado de luto mi corazon, con haber hecho de mis ojos dos fuentes -de lágrimas inagotables, ¿osais aun, á riesgo de ser hallado, -traspasar el dintel de mi puerta, osais comprometer mi vida... mi -honor...? - -—¿Yo, Elvira? ¡Maldicion sobre mí! - -—¿Eso es, decidme, lo que debia yo prometerme de ese amor tan -decantado? ¡Ah! Macías, si os amára, ¡cuán infeliz seria! - -—¡Si me amára! - -—¡Cuán infeliz! Vos mismo habeis cavado entre los dos un abismo -insondable... - -—Abismo que se llenará, que yo traspasaré, ó donde entrambos nos -hundirémos. Me amas, Elvira, me amas. Tu llanto, tus acentos, esa -voz trémula y agitada, la tempestad, que anuncian tus palabras, son -señales harto ciertas que descubren el volcan inmenso que arde en tu -corazon. Si fui imprudente, lo confieso tu tuviste la culpa: ¿Por qué -no me inspiraste una de esas débiles pasiones, un amor pasagero, de -esos que es dado al hombre disimular, de esos que no se asoman á los -ojos, que no hablan de continuo en la lengua del amante, de esos que -pasan y se acaban, y dan lugar á otros? Ay, tú lo ignoras, Elvira. -Hay un amor tirano; hay un amor que mata; un amor que destruye y -anonada como el rayo el corazon donde cae; que rompe y aniquila la -existencia; y que es tan facil de encerrar, en fin, en lo profundo -del pecho, como es facil encerrar en una vasija esos rayos del sol -que nos alumbra. - -—Macías, ¡por piedad! - -—No: sufre ahora, que yo sufrí tambien, y sin consuelo, sin -indemnizacion, sin premio. Una vez no mas te hablo en la vida, -pero me has de oir. ¿Temes el mundo? Bien. Habla, es verdad, habla -imprudente lo que sabe, lo que no sabe, lo que existe, y lo que acaso -jamas existirá. Témele tú en buen hora. Yo le aborrezco. Huyamos de -él, huyamos para siempre. Una lanza para mí, y un caballo para los -dos. Basta. - -—¿Qué escucho? ¿adónde quereis llevarme? - -—Donde no haya hombres, Elvira; donde la envidia no penetre. Una -cueva nos cederán los bosques: amor la adornará; tú misma con tu -presencia. Solo nosotros hablarémos de nosotros. El leon alli no -contará á la leona, con maligna sonrisa, que Macías ama á Elvira. Las -fieras se aman tambien, y no se cuidan como el hombre del amor de su -vecino. El viento solo lo dirá á los ecos, que nos lo repetirán á -nosotros mismos. Ven, Elvira, bien mio. - -—Macías, dijo Elvira desasiéndose de los opresores lazos del doncel, -vos os dejais llevar de vuestro loco arrebato. Vos me tuteais... - -—¿Y qué importa, señora, que no se tuteen nuestros labios, si -nuestros ojos se tutean? - -—¡Ea! partid, dejadme; añadió Elvira con una emocion dificil de -esplicar. Por la última vez dejadme. - -—Decidme que me amais, y partiré. Una vez sola, una vez; decidme que -he de volver á veros, que he de volver á hablaros... - -—Soltad; es imposible. - -—Amadme, Elvira: ¡por piedad! - -—¡Nunca! ¡jamas! os aborrezco. - -—¿Me aborreceis? ¿no hay en el cielo rayos? ¿no hay quien me mate? -¡Fernan Perez! - -—¿Qué haceis? - -—Llamarle. Lleve mi vida quien se llevó mi dicha. ¡Fernan Perez! - -—¡Teneos! Macías. Bien: yo... - -—Acaba, acaba. - -—Yo os... imposible, jamas. Os aborrezco. - -—¿Y lo dices llorando? Tus lágrimas ardientes corren hasta mis manos. -Huyamos. Los amantes son solo, Elvira, los esposos... inútil es la -lucha... - -—No, no, Macías: hay un Dios. Hay un Dios que nos ve. Mi deber es -primero. ¡Santo Dios! esclamó prosternándose la desdichada Elvira, -¡dadme fuerza y virtud! Sola no basto á resistir. - -—¿Qué escucho? ¡Es mia, es mia! - -Macías estrechaba sobre su corazon á la infeliz Elvira, que exánime -y sin sentido no oponia á su loco arrebato mas resistencia que la -pasiva inmovilidad del estupor y del asombro. - -—Él viene, gritó de pronto una voz harto conocida á los oidos de -Macías y de Elvira. Él viene, repitió de alli á un momento. Asi -resonó en el corazon del doncel, como el eco lúgubre del bronce, que -anuncia al amante parado en la playa la despedida del buque que lleva -consigo el tierno objeto de sus ansias. - -—¿Viene, Jaime...? preguntó Elvira fuera de sí. ¡Dios mio! Salid, -señor, salid. ¿Veis á qué estremidad me reduce vuestra imprudencia? - -—Decidme, pues, contestó Macías deteniéndola aun, decidme una palabra -sola de consuelo. - -—¡No, no! contestó Elvira mirando á todas partes con la mayor -agitacion. - -—Ved que no es tiempo ya, repitió el pagecillo mirando por entre los -coloreados vidrios de una rasgada y gótica ventana. - -—¡Mi honor, mi honor, Macías! esclamó Elvira. - -—Hablad, pues... - -—Bien: sí, lo que gusteis diré, pero ocultaos. - -—Solo por tí... - -—¡Hacedlo por mí! Sí. Ved ese gabinete. Armas es lo que hay dentro. -Rara vez llega á él. Presto: ocultaos. - -Echó Macías una ojeada de dolor á Elvira, y otra de despecho hácia -la puerta por donde debia tardar muy poco en entrar el hidalgo: -impelido, sin embargo, por el brazo de Elvira, que suplicante le -rogaba con lágrimas en los ojos que salvase su honor, ocultóse en el -gabinete, y cerróse por sí misma tras él la pesada puerta. - -—¡Dios mio! esclamó Elvira. ¡Perdon, perdon! Vos veis, Señor, mi -inocencia desde los cielos. ¡Dadme valor para la amarga prueba que me -falta! - -No bien habia acabado de decir estas palabras, y de enjugar -precipitadamente las lágrimas que se habian agolpado á sus ojos, rogó -al pagecillo, no menos asustado que ella, que no se separase de su -lado en aquel crítico momento, en que necesitaba su serenidad toda y -la de un amigo ademas para no revelar ante los perspicaces ojos de -su marido la terrible emocion que dominaba en su pecho. Poco despues -entró Fernan Perez. El lector nos perdonará si dejamos para otro -capítulo la prosecucion del cuento de las cuitas de la infeliz Elvira. - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO XXVIII. - - E si por ventura quieres - saber por qué soy penado, - plácete, porque si fueres - al tu siglo trasportado, - digas que fui condepnado - por seguir damor sus vias, - é finalmente, _Macías_ - en España fui llamado. - - _D. Enr. de Villen. Infierno de los enamorados._ - - -Suponemos de buena fé que pocas de nuestras lectoras se habrán -encontrado en la situacion de Elvira, si bien no nos atreviéramos -á asegurar otro tanto de nuestros lectores con respecto á la del -encerrado doncel. Era efectivamente aquella bastante estraordinaria. -En valde habia dirigido la virtud mas rígida todas las acciones y -palabras de Elvira: en valde habia resistido, á costa de los mayores -tormentos, á la encendida pasion de su imprudente amante. Una -inesplicable fatalidad pesaba sobre ella y sobre cuanto la rodeaba. -Ella habia inspirado inocentemente una pasion frenética, que solo -podia emponzoñar su vida ó adelantar su muerte; pero semejante á la -abeja, que se lastima al picar y deja perdido el aguijon en la herida -que hace, Elvira no habia ganado el corazon del doncel sino á costa -del suyo. Mas virtuosa, como muger, luchaba mas tiempo, pero luchaba -con un enemigo mas fuerte que ella, y solo la mano del Todopoderoso, -que acababa de implorar, podia salvarla del hondo precipicio que ante -sus pies miraba. Amaba á su esposo por otra parte; y ¿cómo no amarle? -Era, pues, tan inocente como desgraciada. - -La misma fatalidad que pesaba sobre Elvira, habia alcanzado al -doncel. Habia bebido sin saberlo la ponzoña que corria por sus venas. -Largo tiempo habia luchado tambien el deber con el amor; pero un -concurso de circunstancias no buscadas le habian venido á poner en -tal estado, que asi le era facil sacudir el yugo, como le es facil á -la débil paloma desasirse de las crueles garras del sacre devorador. - -La puerta del gabinete donde Macías habia entrado era compuesta de -dos altas hojas, construidas segun el gusto gótico, ó por mejor -decir, gótico arabesco, que tenian entonces todos los adornos -arquitectónicos. Pero en cada una de sus hoyas una ventanilla cerrada -por una cruz de hierro, y puesta á la altura poco mas ó menos de una -persona, proporcionaba desgraciadamente al caballero la deplorable -facilidad de ver cuanto pasaba en la cámara donde los dos esposos -estaban, no pudiendo ser él visto á causa de la oscuridad en que se -hallaba sepultado aquella especie de astillero ó gabinete de armas, -que no tenia mas luz que la que del salon inmediato recibia. - -El semblante pálido y deshecho de Elvira, sus ojos encendidos de -llorar, una indefinible tristeza que oscurecia sus facciones, como -una nube oscurece el dia, y cierta agitacion particular, hija del -temor y del cuidado con que entonces estaba, la hubiera hecho -interesante á los ojos de cualquiera, por indiferente que hubiera -sido á los tiros del amor. Hacia tiempo por el contrario que no habia -tenido Hernan Perez un dia que tanto hubiese contribuido á disipar su -natural melancolía. Habia cazado con su alteza y con don Enrique de -Villena, que ambos á dos le habian colmado de favores: aquella habia -sido la primera vez que se habia hallado en público en calidad de -caballero, y el corazon del hombre es harto débil para no lisonjearse -de semejantes distinciones. Deseaba partir con una persona querida su -satisfaccion; ¿y con quién mejor que con su esposa? Dirigióse á ella -con un semblante mas animado y franco de lo que comunmente solia. - -—¿He tardado? ¿no es verdad, Elvira? dijo acercándose á ella con un -hermoso azor en el puño izquierdo. ¿He tardado? - -—No, Hernan: antes paréceme que habeis venido... - -—¿No me esperábais todavia? Esta es la suerte de los maridos. Nunca -se los espera. - -—¡Santo Dios! dijo para sí Elvira, hasta cuyo corazon habia penetrado -esta casual alusion. - -—¿Estais triste, Elvira? continuó Hernan acariciando al pájaro -distraidamente. Cualquiera diria que habíais cometido alguna accion -de que tuviéseis que avergonzaros. Si os hubiera sorprendido con un -amante, ¿no tendríais la cara mas lastimosamente melancólica? Si he -venido á haceros mala obra... - -—¡Esposo mio! esclamó Elvira destrozada en su interior, sabeis que -ha tiempo que la debilidad de mi cabeza... - -—Tenaces son esos males de cabeza y terribles, añadió Hernan. Tambien -está triste este pobre pájaro. Miradle, Elvira. Su alteza acaba -de cambiármele por el mio: ha cazado tan bien esta mañana, que ha -querido quedarse con él. Nos ha encantado á todos. ¿Quereis creer que -cuantas veces le ha soltado su alteza y don Enrique de Villena, otras -tantas ha vuelto con la presa? Solo una vez que le solté yo se vino -con las garras vacías. Sobre eso quiso su alteza darme vaya.—¡Ea! -dijo; Vadillo, hoy no estais para cazar. Hoy no cogeréis pájaro -ninguno... ¿Qué teneis, Elvira...? Sobre eso fue tal la rabia que -concebí, que se lo ofrecí al rey, y de buena voluntad. Efectivamente, -no era mi estrella cazar hoy. De alli á poco su alteza se empeñó en -que le soltára su doncel favorito... y tambien cazó, pero yo nada. -Verdad es que Macías caza bien. ¿Pero, esposa, os alterais? esa -agitacion... acaso... su nombre solo os ofende. ¿Tanto le aborreceis? -¿recordais por ventura...? Pero veo que os incomoda demasiado. -Nunca hemos hablado de eso. No hablemos jamas ya. Volviendo á la -caza, Elvira, está visto que hoy no cazo. Dióme, pues, este azor en -cambio del mio, y ¡par diez! que está triste. Acaso habrá dejado -su compañera al venir á mi poder. Los animales nos dan ejemplo de -fidelidad, ¿no es verdad, Elvira? Capaz será de morirse. ¡Azor! -¡azor! Solo por eso le quiero. Él no caza hoy, es verdad: en eso se -parece á mí: pero es fiel, y váyase lo uno por lo otro; ¡por que en -eso se parece á vos! - -Volvia Elvira la cabeza á una y otra parte: tosía, bostezaba, -cubríase el rostro con el pañuelo; pero la agitacion que en su -esterior se notaba, era comparada con el desorden de sus pensamientos -y la lucha atroz de sus sensaciones, lo que es la arrugada superficie -del mar, azotado por una blanda brisa, comparada con el furor y -embate de las montañas de agua que subleva y despide contra el cielo -una deshecha borrasca. Al pajecillo íbasele un color y veníasele -otro, que aunque de corta edad, ni se le ocultaba el riesgo del -encerrado mancebo, ni el de Elvira si llegaba á ser descubierto, ni -la terrible simpatía que entre aquella situacion y el diálogo del -hidalgo reinaba. - -Comenzó éste á parar la atencion en el singular estado de su -esposa.—Os entiendo, Elvira, dijo despues de un momento de pausa, -os entiendo. Las conversaciones de dos esposos que se aman no han -menester testigos, y vos teneis sin duda algun secreto que fiarme. - -—¿Yo? preguntó azorada Elvira. ¿De qué inferís...? - -—Sí; Jaime, continuó Hernan Perez, yo te llamaré. - -—Ah, dejadle, señor: el page no incomoda... - -—No importa. Lleva este azor adentro. Que le cuiden. Que no se escape -sobre todo: era el favorito de su alteza, y tan ilustre huésped no -puede sino honrar mi casa. - -Preciso le fue al page obedecer. La orden estaba dada de una manera -muy positiva, y el haber insistido por otra parte demasiado solo -hubiera conducido á dar sospechas. - -Elvira hizo un esfuerzo para levantarse, y dirigiéndose al page, -bastante separado ya de su esposo, aparentó acariciar al ave, pero -díjole en realidad al oido:—Jaime, vuelve dentro de un momento; si -he conseguido apartar de aqui á Hernan Perez, facilita la salida al -caballero. ¡Y que no vuelva nunca, nunca! - -—Bien, querida prima, respondió el page en voz alta, no es este el -primer pájaro de que he cuidado. Yo os aseguro que se le tratará -como merece. ¡Azor! ¡azor! se fue diciendo en seguida, y saltaba al -mismo tiempo aparentando con la mayor inteligencia el indiferente -atolondramiento de su alocada edad. - -—Pienso, Hernan Perez, dijo Elvira acercándose á su esposo, que el -aire libre me sentaria bien. Si quisiérais, pudiéramos... - -—Esposa mia, repuso Hernan Perez, cuyos deseos de conversar á solas -con Elvira irritaban mas y mas los obstáculos que se le querian -oponer, no lo creais. Se ha levantado un viento fuerte, que solo -podria perjudicaros. Venid y sentaos á mi lado. No es mi carácter, -Elvira, esa fatal reserva que circunstancias desgraciadas me han -hecho usar con vos de algun tiempo á esta parte. El corazon del -hombre se cansa del silencio: llega un caso, por fin, en que -necesita, como el agua oprimida, un desahogo. Me es necesaria, -Elvira, una larga esplicacion. - -—¡Dios mio! dijo Elvira para sí: ¡en vuestras manos me encomiendo! -resignada con esta breve oracion mental, sentóse trémula y agitada -al lado de Hernan, que cogiéndole una mano y oprimiéndosela -cariñosamente, no ya como un marido, sino como un amante, continuó -clavando tiernamente sus ojos en los de ella. - -—Sí, Elvira, oidme. Si os creyese una muger vulgar, una muger capaz -de guardar secretos para vuestro esposo, no os abriria mi corazon. -Pero ¡ah! vos sois víctima tambien hace ya tiempo de esta fatal -reserva que ha helado nuestra existencia. Maldicion sobre el ser -impasible y yerto, que cerrado siempre para sus semejantes, vive solo -dentro de sí y solo para sí. Su consorte es un vivo, condenado á -vivir atado á un cadáver. - -—¿Qué decís? - -—Sé que el destino ha arrojado entre nosotros un ser desgraciado: -sé que una inclinacion á que dísteis acaso demasiado imperio sobre -vuestro corazon... - -—¡Hernan Perez! esclamó asustada Elvira. - -—Sí: ¿á qué negarlo? Vos amábais á la condesa, mas acaso de lo que la -misma amistad tiene derecho á exigir. - -—Cierto que la amé siempre mucho, interrumpió Elvira con mas -serenidad. - -—No culpo en vos ese sentimiento, si bien pudiera estar zeloso de -él. Nace de un corazon generoso; pero... - -—Permitidme que en ese punto no dé oidos, señor, á vuestras -reconvenciones... dijo Elvira pensando mas en abreviar el diálogo que -en meditar prudentemente sus respuestas. - -—¿Es posible, Elvira, es posible? - -—He jurado guardar silencio... - -—¿Pero cuál misterio...? - -—Permitidme que calle ahora: algun dia sabreis, y no está lejos tal -vez, que esa misma amistad que me echábais no ha mucho en cara, os -hace mirar á don Enrique bajo un aspecto falso. Básteos saber que no -he creido faltaros... - -—Dejemos en buen hora ese punto, si tanto os incomoda, Vengamos á -otro. Sabeis, Elvira, que soy vuestro esposo... Hay un hombre sin -embargo... - -—Esas palabras, señor... ¡Ah! soy inocente, esclamó Elvira -precipitándose á los pies de Fernan Perez. - -—¿Cómo pudiera yo dudarlo, Elvira? sois inocente; ¿pero basta acaso -en el mundo en que vivimos ser inocente? ¿No es fuerza parecerlo -tambien? Oidme. Vos sabeis cuánto os amé: os conduje al altar, partí -con vos mi lecho, os entregué mi casa porque os amaba, Elvira. Hay -un hombre, sin embargo, que ha osado poner en vos los ojos. - -—¡Ah! señor, acaso os deslumbre... - -—Nada me deslumbra, Elvira. No os haré cargo alguno. Vuestra palabra -me basta. Mi honor está en vuestras manos. Ese fue el depósito -sagrado que al desposarme os entregué. ¿Le habeis guardado, Elvira? - -—¡Señor! esclamó Elvira ahogando sus sollozos, y volviendo el rostro -á mirar con la mayor agitacion al gabinete. - -—La verdad, Elvira, y nada mas. Mirad; yo os pedí vuestro corazon, no -os lo robé: yo no os dije _sereis mi esposa_, sino ¿_quereis serlo_? -¿Para qué pensásteis que enlacé á mi suerte la de una muger? Para -hacerla feliz. No hago trovas, Elvira, no es el talento la cualidad -de que blasono. Empero la honradez será siempre mi norte. Sed, -Elvira, feliz. Decidme ahora cuáles son los medios que para serlo -exigís. Hoy es tiempo todavia; mañana no lo será tal vez. - -—¡Ah! esclamó Elvira en el mayor desorden. ¿Vos habeis dudado, -esposo? Si viérais sin embargo mi corazon, si viérais cuánto ha -padecido... ¡Piedad, piedad de mí! No mando en mí, Fernan, ni sé -quién soy. - -—No os turbeis, Elvira, tranquilizaos. Eso me basta. ¿Me amais? - -—¡Si os amo! ¿Cómo pudiera no amaros? - -—Basta, Elvira; de hoy mas mis labios se sellarán: vuestra palabra va -á guardar en lo succesivo mi tranquilo sueño. ¡Elvira, Elvira! - -Una larga escena de silencio, pero de elocuente silencio, se siguió -á esta enérgica esclamacion. Elvira al oirla miró dolorosamente al -gabinete. Presentóse entonces á sus ojos el amor, terrible presagio -de sangre y de desgracia. Asustada cerró los ojos, y no pudiendo -resistir á la lucha interior que la devoraba, y á la imágen de cuanto -deberia sufrir el que estaba condenado á ser testigo de escena tan -amarga, dejó caer su cabeza desmayada sobre el hombro de Hernan -Perez. Un torrente de sus lágrimas inundó el pecho del hidalgo; de -esas lágrimas de hiel que se forman y corren lentamente, que manan -con dolor, con amarguísimo dolor del mismo corazon. - -—Ah, perdonadme, Elvira, dijo arrebatado el hidalgo de ternura y de -entusiasmo; perdonadme si he podido ofenderos con dudas ofensivas... - -—¿Que os perdone, señor? esclamó Elvira. ¿Yo á vos? Perdonadme vos á -mí... - -Al llegar aqui anudáronse las palabras en la garganta de Elvira, y -no la dejaron sus sollozos proseguir. Un sentimiento profundo de -vergüenza y remordimiento, y una espansion espontánea de generosidad -se habian apoderado de ella. Un momento menos de reflexion, y -la infeliz Elvira declaraba á los pies de su suspicaz esposo su -deplorable estado; pero el doncel estaba en su casa todavia. La menor -imprudencia suya hubiera tenido funestas consecuencias. Alzó los ojos -al cielo Elvira, y contentóse con llorar. ¡Macías, Macías! dijo para -sí. ¡Oh, quién pudiera aborrecerte! - -—¡Me ama, me ama como el primer dia! esclamó Hernan Perez con loco -frenesí: arrojándose en seguida en sus brazos, estampó en su pura -frente un ósculo conyugal. Elvira sintió su rostro encenderse de -rubor al contacto fatal. Bajó los ojos avergonzada, y hubiera querido -mas bien ver con ellos el infierno todo, que haber encontrado con los -de su esposo, tranquilos entonces, serenos, confiados, como lo está -el ignorante pasagero que duerme con placer á la pérfida sombra del -nogal. - -Tambien el doncel oyó el ósculo dado en la frente de Elvira, que -resonó en su corazon como la voz de la verdad en la tumba. Helóse -su sangre toda dentro de sus venas. Sus ojos, lanzados fuera de -su órbita, devoraban desde la oscuridad el rostro divino de la -hermosura, reclinada en brazos de otro. Sus manos, cerradas por sí -solas y comprimidas, sacudieron la cruz de hierro que cerraba la -ventanilla, y si no bastaron á romperla sus esfuerzos, torciéronla -como un mimbre delicado. - -—¡Se aman, se aman! esclamó el doncel con voz ronca y apenas -inteligible. ¡Maldicion, maldicion sobre ellos y sobre mí! Y una -lágrima, pero una lágrima sola, se abrió paso con dificultad á lo -largo de su mejilla, fria como el mármol. - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO XXIX. - - Seis años fuí de él servida, - sin de mí alcanzar nada. - Él ofendió á mi marido, - y de ello yo fuí la causa; - y con todo esto le quiero, - y le tengo acá en el alma. - - _Rom. de Gazul._ - - -—¡Ah! Vadillo, esclamó Elvira creyendo haber oido algun rumor en el -gabinete, ¡cuán desdichada soy! - -—¡Elvira! dijo escuchando un momento Fernan Perez. Diria que alguien -habia hablado á nuestro lado. - -—¿A nuestro lado? ¿Cómo? ¡Qué fantasía...! ¿Quién pudiera...? - - —“_Tiempo es el caballero, - tiempo es de andar de aqui._” - -entró cantando á esta sazon con voz descomunal el atolondrado -pagecillo, segun las palabras de aquel antiguo y famoso romance -popular que se cantaba entre las gentes: entraba Jaime como quien -creía que habria tenido ya ocasion la bella prima de sacar de alli al -hidalgo. - -—Seria el page, señor, el que aquel ruido metia, dijo Elvira -aprovechando tan feliz coincidencia. - -—¿Qué buscais de nuevo aqui? preguntó Hernan Perez con todo el -mal humor de aquel á quien interrumpen en una ocupacion agradable -para la cual no ha menester testigos. No haria yo mal, ¡vive Dios! -atolondrado, en cogeros de un brazo y encerraros en ese gabinete -oscuro hasta que hubiéseis aprendido otra mesura y comedimiento. - -—Perdonadle, gritó Elvira asustada. - -—Ved que habrá sabandijas en ese cuarto, señor hidalgo, repuso el -pagecillo prontamente: nadie entra en él jamas. - -—Vos sereis el bellaco y la sabandija, mal criado, contestó Hernan -Perez. ¡Ea! salid. - -—De buena gana; pero no será sin deciros que el azor no quiere comer, -y que es tan torpe Alvar, el escudero que os habeis echado desde que -recibísteis la orden de caballería, que quiero yo que me encerreis de -veras si antes de un cuarto de hora no campa solo el pájaro por su -respeto sobre alguna torre del alcázar. ¡Pobre animalito! él, ¡ya se -vé! quiérese escapar. Os digo que se escapará. - -—¿Se escapará? ¡Voto va! Page, á vos os lo dí: si él se escapa, -acordaros habeis del pájaro de su alteza. Dejad, Elvira, que vea lo -que hacen esos necios. Tenedme ahí entre tanto á buen recaudo á ese -insolente. ¿Escaparse? No se escapará, ¡voto á Santiago! - -Diciendo y haciendo salió precipitadamente el hidalgo, y el page, -vuelto hácia la puerta por donde salia, y poniéndose los puños en los -hijares. - -—Se escapará, dijo con donaire y burlita sardónica; sí señor, se -escapará. ¿Pero esperaros yo aqui, eh? Para mí santiguada que no haré -tal; no estoy tan mal avenido aun con mis orejas. Vaya, ¿qué haceis, -prima? Ved que el tiempo pasa, y si le perdeis, saldráse con la suya -el hidalgo, y el pájaro no se escapará. - -—¡Santo Dios! ¿Con que es falso ese recado que nos habeis traido, -Jaime? ¿Y no temblais...? - -—Prima, todo el riesgo para mí es perder una oreja, y mas perderíais -vos si... - -—¡Querido Jaime, querido Jaime! esclamó Elvira estrechando al page -entre sus brazos. - -—Luego, prima mia, luego, dijo Jaime mirando con cuidado hácia la -parte por donde acababa de separarse el hidalgo, y dirigiéndose en -seguida hácia el gabinete. ¡Caballero, añadió abriendo, caballero! -¡Vaya que se ha dormido, mientras que nosotros hemos sudado por -enmendar sus locuras! ¡Ay Dios mio! prosiguió todo asustado -viendo salir al doncel. Parecia este efectivamente mas bien un -espectro que una persona. El amor y los zelos luchaban aun en su -semblante.—¡Ingrata! gritó fuera de sí dirigiéndose á la desdichada -Elvira. ¡Ingrata! ¿Qué pretendeis ahora de mí? ¿Sacáisme aqui á la -luz por si no veo bien alli vuestras infernales caricias, por si no -oigo bien vuestros pérfidos juramentos? ¿Qué os hice yo para rigor -tan grande? ¡Le amais, le amais! - -—¡Macías! basta; huid, huid, esclamó temblando de terror y echándose -á sus plantas la infeliz. No mas tiempo, no mas; que ha de volver. - -—¡Vuelva! ¡vuelva! aqui mi pecho está. Máteme luego. - -—¡Vaya! señor, esclamó el page, deje para otro dia esa cancion; mire -por Dios... - -—¡Ah Jaime! ¡Me aborrece! le interrumpió Macías. - -—¿Qué os ha de aborrecer? repuso el page. - -—¡Jaime! gritó Elvira tapando con su mano la boca del inocente. -Macías, partid. - -—No, no partiré. ¿A qué vivir, si he de vivir sin vos? Sea su triunfo -completo. Amadle sin rubor. ¡Perezca solo quien no debe gozar! - -—¡Por Dios! ¡por mí, Macías! - -—¡Cierto! soy un testigo importuno para los placeres que os esperan, -dijo Macías con voz reconcentrada, y toda la sangre fria de un hombre -desesperado. - -—¿Qué han de esperarme ¡ay de mí! sino tormentos? ¿Quereis que al fin -lo diga? Huid y lo diré. - -—Elvira, ¿qué dirás? gritó Macías. ¿Que le amas, otra vez...? - -—No, nunca, no. ¿Qué puede hacer delante de él? A tí amo: solo á tí... - -—¿A mí? ¡ah! ¿A mí? ¿Sueño, deliro? - -—¡Qué vergüenza, Dios mio! Pero huye ya; ¿qué esperas? ya lo oiste de -mi boca: por ese amor frenético que leo en tus ojos con placer, por -ese amor, Macías, ¡huye! ¡huye por Dios! ¡y por piedad! - -—¡Elvira! ¡Elvira! dijo Macías palpitando todo de amor y de -felicidad. Huyo, sí, huyo. Dime, empero, que volveré. - -—Volverás si huyes ahora, volverás. - -—¡A Dios, Elvira, á Dios! gritó con loco furor Macías, y se lanzó -fuera del cuarto. - -—¡A Dios, repuso con voz apagada Elvira, á Dios! y cayó sin fuerzas -casi y sin sentido sobre un sitial inmediato, escondiendo con ambas -manos su rostro descompuesto y avergonzado. - -—Alzad, prima; no lloreis, dijo Jaime acercándose á la hermosa -desconsolada. - -—¿No he de llorar? esclamó ésta volviendo en sí, y mirando á todas -partes con temor de ver volver á su esposo. ¿No he de llorar? ¿Qué -le dije yo, Jaime, qué le dije? ¡Imprudente! ¡Y él volverá, volverá! -¡No, jamas! - -—Andad, añadió el page: templad vuestro dolor. ¿No habeis visto con -qué facilidad hemos engañado al buen hidalgo? ¡Ah! Yo necesitaba -tener presente cuán serio era el lance, prima mia, para no soltar la -carcajada. ¿Habeis notado que no ha dicho una palabra que no pudiera -hacernos reir con fundado motivo? - -—¡Hacernos reir, Jaime! Maldecida sea mi loca pasion. ¡Sí, dices -bien! yo le hice risible. ¿Yo? ¿Yo pago de ese modo su cariño, su -amor, su condescendencia? ¿En qué era, pues, risible? ¿En amarme? -Saetas eran sus palabras para mí. ¿Por qué ha de ser risible, Jaime? -Porque tiene una esposa infiel, que olvidada de su deber ha dejado -crecer en su pérfido corazon un amor odioso. ¿Y porque ella es -ingrata, él es risible? ¡Dios mio! Confundidme. Hé ahí el premio que -doy á su cuidado. Porque ha partido su lecho conmigo, porque me ha -confiado su casa, porque me dió su corazon, porque quiso llamarme -madre de sus hijos, ¿por eso le aborrezco? ¡Me horrorizo, Jaime! ¿Yo -misma me doy horror? ¿Yo cubriré su nombre de ignominia; yo destinaré -á eterno oprobio el nombre de mi marido, que es el mio? ¿Las gentes -al mirarme le pronunciarán con befa y con maliciosa risa? ¡Dios mio, -Dios mio! ¡Yo pierdo la cabeza! ¿Y cómo amarle sin embargo? ¿Es mio -por ventura mi corazon? ¡Macías, me has perdido! Oye, Jaime, si le -ves por acaso, dile que nunca, nunca torne á mi presencia. Que huya, -que huya. Le adoro, sí, le adoro. Díselo tú tambien; pero que huya. -¡Qué delirio el mio! ¡Qué locura! ¡Mi voz se ahoga! - -—Hermosa prima, Fernan Perez vuelve. Serenaos. - -—¿Vuelve, vuelve? ¡Ah! Evita su furor. Déjame á mí: muera yo sola: -¡yo su castigo merecí! - -—¡Ah! no, no parto si llorais asi. - -—Parte. Sí, dices bien, no lloro ya, dijo con interrumpidos sollozos -Elvira, enjugándose los ojos rápidamente, y empujando con una mano al -page; parte: que no te llegue á ver. - -—¿Dónde está, gritó Hernan Perez; dónde el insolente que osa jugar -con mi cólera y desafiarla? - -—¡A Dios, Jaime! dijo en voz baja Elvira: corre... Teneos, Hernan -Perez... añadió arrojándose al paso de su esposo. - -—¡Oh! decidme vos si no, gritó el hidalgo, ¿hay en esto, señora, -otro misterio? ¿Qué significan vuestras lágrimas, vuestros sollozos, -vuestra confusion...? - -—Jaime, señor, es inocente, inocente: nunca quiso jugar con vuestra -cólera. Todos os amamos aqui y os respetamos, todos; pero... -mirad... oid... - -—¡Elvira! ¡Elvira! esclamó con voz descompuesta el hidalgo, que -comenzaba á sospechar vagamente. - -—¡Perdon! gritó Elvira con voz aguda y ahogada por sus lágrimas y -sollozos: esposo mio, ¡perdon! Y cayó de rodillas abrazando los pies -del hidalgo, y dando su frente pura sobre el suelo con asombro de -aquel, que cruzado de brazos delante de ella parecia en la mayor -inmovilidad andar buscando en su cabeza alguna esplicacion de escena -tan estraordinaria. - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO XXX. - - Estando en esto llegó - uno que nuevas traía. - —Mercedes á tí, fortuna, - de esta tu mensagería. - - _Rom. del rey Rod._ - - -Ya veis que en ningun caso puede convenirme, decia agitado Villena -al astrólogo un dia. Cuando tengo vencidos casi los obstáculos todos -que á la posesion de mi maestrazgo parecian oponerse; cuando unos ya, -merced á mis beneficios y promesas, han vuelto á entrar en la senda -del deber; cuando otros, cansados del poco fruto de la diligencia de -don Luis Guzman, ceden en tan obstinada demanda y dan al olvido su -rencor, ¿querrán que yo esponga á los riesgos de un combate el objeto -de todas mis ansias y desvelos? ¡Qué bobería, Abenzarsal! Fuerza es -para suponer en mí semejante delirio no conocer cuánto he deseado ese -maldecido maestrazgo. ¡Por cierto que puede ser dudoso el éxito del -combate! No quiero yo decir con esto que mi antiguo escudero Hernan -Perez carezca de valor de ningun modo. Pero una cosa es tener valor, -y otra estar seguro de vencer á Macías. Abenzarsal, el combate no -puede verificarse sino para perder yo el maestrazgo por lo menos; y -no se verificará. - -—No es tan facil hacerlo como decirlo, dijo Abenzarsal sin mirar -al conde, y mas bien como quien habla consigo mismo que como quien -contesta á otro; no es tan facil hacerlo como decirlo. Porque, al -fin, ni el mismo rey puede revocar ya la prueba por combate que -tiene decretada á peticion de parte, ni fuera decoroso en vos el -solicitarlo. - -—Abenzarsal, decirme á mí ahora que nada se puede remediar en el -asunto por los términos ordinarios, vale tanto como decirme que -Madrid está en Castilla; y por cierto que no tengo ni el tiempo -hoy ni la cabeza para aprender verdades de esa importancia. Si os -consulto es porque presumo que pudiéramos dar un golpe atrevido. ¿No -hay algun arbitrio? ¿no os ocurre á vos nada? ¡Por Santiago! yo creí -que ya habíais comprendido que yo quiero que os ocurra. - -—Mi cuerpo, señor, viejo y feo conforme se halla, está á tu -disposicion: del alma nada te quiero decir, porque no estoy muy -seguro de si puedo disponer de ella como cosa mia, despues de la -tempestuosa y aun maliciosa vida que he traido. Dios me la perdone. -Pero en cuanto á mis ocurrencias, permite que te diga, señor, -que solo conforme me vayan ocurriendo podré irlas poniendo á tu -disposicion. - -—¡Maldito viejo! refunfuñó Villena entre dientes. ¿Cuándo quereis -acabar de fundirme esa cabeza de bronce que ha de responder á todo -el que la pregunte, y que me habeis tantas veces prometido? Yo os -aseguro que si la tuviera en mi poder, como debiera, á la hora esta -ya la habria hecho decir cosas buenas y oportunas acerca del asunto. -No habria combate, yo os lo aseguro: no lo habria. Os juro que esa -seria la mejor cabeza de Castilla, sin contar la mia, Abenzarsal, se -entiende. - -—Mientras la mia, señor, esté sobre mis hombros, que será todo el -tiempo que yo pueda, paréceme que la de bronce ha de estar de mas. - -—Veamos, Abenzarsal, esa prodigiosa fecundidad de recursos. Ya -imaginaba yo que no dejaríais de sacarme de este molesto apuro. - -—¿Has visto alguna vez á tu juglar Ferrus desempeñar con singular -destreza y maestría el famoso juego de cubiletes que de Italia han -traido á España algunos juglares y juglaresas de Provenza? - -—Adelante, Abenzarsal. - -—Bueno: pues es preciso que aprendas ahora de Ferrus tan peregrina -habilidad, y esto sin remedio. - -—¿Os volveis loco, ú os burlais de mí? - -—Ni lo uno ni lo otro. Lo primero no me tiene cuenta á mí; lo segundo -no te la tiene, señor, á tí; sin embargo, afírmome en lo dicho; no -tienes, conde, otro remedio, á no ser que quieras valerte del agua -aquella que poseo, que no seria tan mal recurso. Pero has dado en -apreciar la vida del hombre... - -—¡Qué horror, Abenzarsal, qué horror! ¿Habeis tomado á vuestro cargo -endurecer mi alma, y hacer de mí un pícaro tan redomado como vos? ¿no -temblais el crímen? - -—¿Qué es el crímen? ¿lo que han querido llamar tal los hombres? Soy -uno de ellos; tengo derecho á no adoptar sus definiciones. - -—¿Me diréis que el quitar la vida á otro ser...? - -—¿Qué es quitar la vida, don Enrique? ¿puede el hombre, necio, -insensato, quitar la vida á ningun ser? ¿puede el hombre crear ni -destruir? ¡Impotente! ¡miserable! Aquel en quien acaba el alma de -separarse del cuerpo, deja de vivir á los ojos de los hombres. A -los ojos de Dios vive, porque nada muere á los ojos de Dios: él -ha derramado la vida en los seres todos: unos existen bajo unas -condiciones, otros bajo otras. Si el vivo vive de una manera que -confesamos, vive tambien el muerto de otra que no conocemos: á los -ojos de Dios las acciones todas son iguales: no hay bien, no hay mal; -no hay vida, no hay muerte; no hay virtud, no hay crímen. - -—¡Blasfemia, blasfemia! gritó don Enrique. Os complaceis en aventurar -horribles paradojas en los momentos críticos en que tenemos mas -necesidad de inventiva que de ergotismo escolástico, y de confianza -en el cielo que de heréticas impiedades. - -—Como gusteis: ¡dejemos en buen hora á los hombres, viles gusanos de -la tierra, imaginarse en su vanidad los seres privilegiados de la -creacion: dejémosles creer orgullosos que para dar vueltas al rededor -de su mundo miserable ha lanzado al vacío el Hacedor millones de -mundos mayores; dejémosles pensar que son algo, y que valen algo; -dejémosles, en fin, dar una incomprensible importancia á sus acciones -míseras, al que llaman su honor, á su supuesta ciencia, á sus -ridículas pasiones, al ruido que hace la boca, que llaman aullido en -el lobo, y en sí mismos conversacion!!! - -—¿Acabaréis? ¡por Santa María! - -—Dejémoslos en tan lisonjero error: convencedle al hombre de que no -es nada, y precipitado de la altura del trono que sobre la naturaleza -se ha erigido, se afligirá como si el no ser nada fuese algo. - -—¡Por Santiago! esclamó Villena despechado: teneis razon, Abenzarsal. -Teneis razon en todo lo que habeis dicho, y en lo que habeis pensado, -y en lo que os habeis dejado por pensar y por decir. ¿Pero y mi -maestrazgo? Os suplico que no lo considereis como cosa de hombres, -que yo os prometo probaros antes de mucho que si el hombre puede no -ser nada, un maestrazgo por lo menos es algo. - -—Vengamos, pues, al maestrazgo, dijo sonriéndose el astrólogo, á -quien esta última frase debió de parecer mejor que el mundo y sus -míseros habitadores. Ya he dicho, señor, que no queriendo hacer uso -del _aqua mortis_, necesitais aprender... - -—¿Pero, qué significa...? - -—Significa, que asi como el juglar y un juglar cualquiera, hace -desaparecer entre los dedos la bola mágica, segun la llama el vulgo -de los hombres, ese de quien yo os hablaba hace poco... - -—¿Volvemos? dijo Villena desesperado con lastimoso acento. - -—No: tranquilízate, señor; asi, pues, necesitas tú hacer desaparecer -á alguien de la corte de don Enrique. - -—¿A quién? ¿y cómo? - -—Voy á decirte, ilustre conde. A Elvira, tu acusadora, es caso -imposible, porque está libre bajo mi responsabilidad, asi como Macías -y tú lo estais bajo la propia del rey, tú por tu clase y él por su -favor. - -—Bien. Adelante. Elvira es ademas muger de Fernan Perez. - -—Cierto; pero á Macías no me parece que podria ser dificil. Él está -ahora mas que nunca poseido de una pasion frenética, pasion cuyos -resultados, felices para nosotros, has cortado tú mismo con tus -incomprensibles escrúpulos. Sin embargo, puédenos servir todavia. -Entreveo un plan asequible tal vez. Necesitarémos de Ferrus. Si el -doncel cae en el lazo que le vamos á tender, no será él ciertamente -quien venza á Fernan Perez. - -—Abenzarsal, ¡cuánto os debo, amigo mio! dijo Villena estrechando sus -manos. - -—Dame, empero, tu palabra, señor, de no estorbar mis intentos, y dame -con tu palabra á Ferrus. Sé las escenas que han pasado entre los -amantes recientemente, sé... pronto lo sabrás tú mismo. Ven en tanto, -señor, conmigo... oigo un rumor estraño en la cámara de su alteza. -¿Será acaso alguna novedad en la salud del rey, que debamos sentir -todos? - -Al acabar el astrólogo estas palabras, dirigiéronse entrambos hácia -la cámara de su alteza. Oíase desde ella un prolongado y confuso -clamoreo, cuya causa no tardaron en adivinar. Su alteza, rodeado ya -de algunas de las primeras dignidades de Castilla preguntaba á unos y -á otros, y parecia haberse hallado largo rato en la misma duda que -los personages de nuestro último diálogo. Brillaba sin embargo en su -semblante una alegría desusada en él, y podíase conocer desde luego -que mas tenia de fausto que de infausto el suceso que producia en -aquella ocasion tanto movimiento. - -—Venid, ilustre conde, mi pariente y vos, Abenzarsal, venid, dijo don -Enrique el Doliente saliendo al paso contra su costumbre, con notable -olvido de su propia dignidad á los dos personages que entraban en su -cámara. La corona de Castilla tiene ya un heredero varon. - -—Señor, dijeron á un tiempo Villena y el físico, ¿es posible? ¿Ha -llegado ya tan alegre nueva? - -—Sí, dijo el rey: el enano que está de atalaya en la torre mas alta -del alcázar acaba de ver las ahumadas que tenia mandadas disponer -para este caso, y los fieles habitantes de mi leal villa de Madrid se -han apresurado á felicitarme sobre tan feliz acontecimiento. - -Oíanse, en efecto, ya mas distintamente los repetidos vivas con que -de buena fé manifestaba el pueblo su entusiasmo al saber que le habia -nacido un rey, y que no podria faltarle ya en ningun caso quien le -mandase. - -Salió su alteza á una de las _fenestras_ de su alcázar, como se -llamaban entonces las ventanas en castellano, sin que se pudiera -achacar eso á galicismo, pues no habia entonces en la pobre villa -de Madrid tantos traductores como en los tiempos que alcanzamos de -dicha y de ilustracion; salió á una de las _fenestras_, como dejamos -dicho, y agradeció al pueblo con claras demostraciones y ademanes de -contento y satisfaccion su inocente entusiasmo. - -Vuelto en seguida á Stúñiga, justicia mayor del reino,—Diego Lopez, -le dijo su alteza, dispondréis que mañana sea la última audiencia que -dé en esta villa á los fieles habitantes de Madrid. Debemos marchar -inmediatamente á Otordesillas, adonde se trasladará la corte por -ahora. Quiero que al separarme de esta mi villa predilecta puedan mis -vasallos venir á implorar á los pies del trono la justicia que puedan -necesitar. Recuerdo ademas, condestable, añadió volviéndose al buen -Ruy Lopez Dávalos, que he suspendido en dos ó tres casos decisiones -de grave interés, prorogándolas hasta el momento que tan felizmente -ha llegado. - -Inclináronse el condestable y el justicia mayor, y no puso tan buen -gesto como don Luis Guzman el intruso maestre. Antes, llegándose al -oido del astrólogo,—¿Habeis oido? le dijo. Mañana dará orden de que -se reuna el capítulo de Calatrava, y mañana acaso fijará el dia de -nuestro combate.—No hay tiempo que perder, repuso en voz baja tambien -el judiciario. - -Don Luis Guzman y Macías echaron cada uno por su parte una mirada -significativa de esperanza y desprecio al conde de Cangas y Tineo. El -resto del dia se empleó en preparativos para el viaje que la corte -disponia, y la noche en músicas y en danzas, en que los ministriles y -juglares divirtieron no poco á todos con sus juegos y arlequinadas, -farsas y bufonerías. - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO XXXI. - - Porque le ví ir huyendo, - muy malamente llagado, - y que á la hora de agora, - será muerto ó cativado. - - _Rom. del rey Rod._ - - Por ende quien me creyere, - castigue en cabeza agena, - é no entre tal cadena, - do no salga si quisiere. - - _Marques de Santillana. Querella de amor._ - - -Algunas horas hacia ya que la noche habia tendido sobre nuestro -hemisferio su tenebroso velo. Ningun ruido sonaba en la campiña, ni -en las solitarias y tortuosas calles de la villa de Madrid. Solo en -el alcázar se veían brillar en algunas habitaciones mas luces de las -que solian comunmente arder á semejantes horas: oíase desde la calle -un rumor sordo y lejano, que se desprendia del altísimo edificio, -bien como se desprenden de la tierra los vapores en una mañana -clara de invierno. Un caballero acababa de bajar triste y taciturno -la escalera principal del alcázar: su trage indicaba que salia -del brillante sarao que arriba se oía; su desasosiego, sus pasos -vagos y sin direccion, indicaban el desorden y la indecision de sus -pensamientos. - -—Sí, volveré, decia hablando consigo mismo, volveré: ella misma lo -decidió. ¡Importuna danza! ¡ruido mil veces mas importuno! ¡Mientras -mas gente, mas solo! - - Cativo de mi tristura, - de mí todos han espanto: - preguntan, ¿cuál desventura - hay que me atormente tanto? - -¡Inútiles esfuerzos! ¡talento estéril! ¿De qué me sirves, de qué? ¡Ni -mis palabras la vencen, ni mis trovas la mueven! ¡Elvira! - - ¡Ah! te place que mis dias, - yo fenezca mal logrado, - muy en breve; - Pues que al infeliz Macías, - es tu pecho despiadado, - tan aleve. - -Despues de repetir esta endecha tristísima de una de sus -composiciones, apoyóse el trovador desdichado contra la alta muralla -del alcázar, donde se encerraban todos sus deseos. Poco tiempo podia -hacer que estaba sumergido en la mas profunda meditacion, ora -recordando las contradictorias pruebas que de cariño y odio le habia -dado su señora, ora repitiendo vagamente y con profunda distraccion -fragmentos sueltos de las chanzones que le habia inspirado su -desgraciado amor, cuando una mano se apoyó sobre su hombro con -estraña familiaridad. - -—¿Quién eres, preguntó airado, el que osas perturbar la meditacion -del que desea estar solo? - -—Quien os ha visto salir: quien compadece vuestra pasion: quien os ha -de consolar en ella: quien sabe de vuestros asuntos tanto como vos, -sino mas, repuso el desconocido. - -—¡Ah! judiciario, dijo Macías reconociendo al físico Abenzarsal que -habia salido tras él del bullicioso sarao. ¿Qué se hicieron tus -predicciones, y qué tu vana ciencia? ¿Dónde está mi felicidad, dónde? - -—Mas cerca acaso de lo que presumes, hombre incrédulo. - -—¿Qué decís? esplicaos. ¡Ah! si alguna vez os han engañado; si -sabeis, padre mio, lo que es esperar lo que nunca llega, y creer lo -que nunca sucede, no os burleis de mi necia confianza. Ved que lo -creo todo, porque todo lo deseo. - -—¡Silencio! ¿Conoceis una reja alta que da sobre el terraplen y el -foso, hácia la parte del alcázar que mira al soto del Manzanares? - -—¿Qué me quereis decir? - -—Oid. La reja se abre. Hé aqui su llave. - -—¿Su llave? ¿Para qué? - -—¿Para qué preguntáis? ¿No os sirve, pues? - -—¡Ah! dadme, dadme acá. Decidme, ¿de quién, para quién la teneis? - -—No os importa. ¿Conoceis su letra? - -—¡Desdichado! ¿De qué la habria de conocer? Si tanto sabeis y -adivinais... - -—Bien: no importa. Miradla aqui. - -—Su letra, Abenzarsal. ¿Es magia esto, es magia? ¿Deslumbrais mis -sentidos por ventura con los artes de vuestra pérfida profesion? - -—Leed y callad, añadió el astrólogo sacando de debajo de su ropa una -linterna, cuya luz proyectó sobre un pergamino que le dió al mismo -tiempo. - -—¡Dios mio! dijo el doncel acabando de leer. ¿Es ella, lo sabeis, es -ella la que escribe estas breves palabras? - -—No: soy yo si os parece, dijo afectando enojo el pérfido viejo: á -Dios; puesto que no quereis ser feliz, no os quejeis despues. - -—¡Ah! no: venid: perdonad, señor, si el esceso mismo de mi -felicidad... ¿Es posible...? - -—¡Ea! dejad vuestras pueriles esclamaciones. El tiempo corre. Partid. -No convendria que nos viesen juntos. Sabeis que el hidalgo está con -su alteza. A Dios. - -—Escuchad; teneos. ¡Un momento! dijo Macías; pero hablaba solo ya: el -astrólogo habia desaparecido con indecible presteza. ¡Qué confusion! -prosiguió el doncel. ¡Tanta felicidad, Dios mio! Corramos: mas -no. ¿Quién sabe los sucesos que me esperan esta noche? Sé que mi -constelacion me es contraria. Quiero buscar mi espada: con ella al -lado, nadie, nadie podrá estorbar mi felicidad. - -Dirigióse, dichas estas palabras, el animoso doncel á su habitacion, -y ciñó su espada cubriendo con un tabardo oscuro de belarte su -elegante vestido, que no podia menos de haber llamado la atencion de -cualquiera que á aquellas horas se le hubiera notado, en el parage -sobre todo donde él pensaba que podria tener que esperar un instante -propicio para su dicha. - -Volvia á bajar la escalera del alcázar para salir al campo lo mas -presto posible, y antes de que se hubiesen cerrado las puertas de -la villa, cuando un encuentro inesperado le detuvo, no tan á su -pesar como podria parecerle á primera vista al que no supiese que el -que hacia variar de aquella manera su primer pensamiento, era nada -menos que el mismo, mismísimo pagecillo Jaime, á quien tan apurado y -comprometido dejamos por causa del doncel en uno de nuestros últimos -capítulos, que acaso no habrá olvidado todavia el lector. - -—¡Jaime! dijo Macías. - -—¡Señor caballero! repuso el page no menos admirado y satisfecho. -Buena la hicísteis la mañana pasada. ¡Ah! otra vez ved de ser mas -prudente. - -—¿Acaso Elvira...? - -—Mirad, eso nada sabré deciros, sino que desde entonces esposo y -esposa se tratan de una manera... La señora pasa llorando los dias, -y el señor rabiando las noches... la casa es un infierno. Felizmente -á mí nada me tocó de lo que merecia. Pero á propósito, gózome de -encontraros. Díjome mi hermosa prima... - -—Mas bajo. - -—No, no hay peligro. - -—¿Qué te dijo? - -—Que si volvíais alguna vez, como habíais dejado prometido... - -—¡Como ella misma...! querrás decir... - -—Sí, bien... como gusteis. - -—¿Y qué? - -—Nada: no os aflijais. Mirad: las mugeres son... vos lo conoceis -mejor que yo... - -—¿Qué hablas, pagecillo? Acaba. - -—¡Ah! no: si os enfadais... tranquilizaos, y os diré... - -—¡Acaba por Santiago! Juro por el infierno que estoy tranquilo. - -—Me dijo, pues, contestó el page aterrado de la estraña tranquilidad -del doncel, que si volvíais, se os dijera que no estaba. - -—¿Eso dijo? ¡Perfidia! ¡perfidia sin igual! ¿Y no lloró al decirlo, -no tembló, miserable? Sed generoso con las damas: creed, creed un -solo punto. _¡Salvad mi honor, huid, y volvereis; que os amo_, dijo, -y todo fue mentira! ¡Y yo salí y obedecí! ¡Necio! ¡insensato! ¡Ah! -¡maldecida generosidad! Page, ¿me engañas? prosiguió despues de una -breve pausa, en la cual dió mil vueltas al pergamino que le acababa -de dar el astrólogo. No pudo decir eso: tú burlas mi dolor, y tú... - -—¿Yo, señor, yo? Me obligareis á deciros lo que añadió... - -—¿Qué añadió, santo Dios? - -—Pues mirad, añadió que se os dijera á vos mismo que ella habia dado -aquella orden. - -—¿Eso? ¿Ella? ¿ella misma? ¡O ultraje! ¡ó rabia! Page, ¿conoces tú su -letra? - -—Poco, señor. - -—¿Es esa? dijo Macías acercándola á un farol de la escalera inmediata. - -—Paréceme que... sí... cierto; yo á lo menos... verdad es que yo no -sé escribir. Yo soy mal juez. - -—¿Cuándo dijo lo que me acabas de referir? - -—Aquel dia mismo. - -—¡Respiro! Algún objeto llevaria. Vuela á tu prima, Jaime: dile que -me diste ese recado, y que respeto sus motivos. Escucha. Con respecto -á su cita, dile que antes de una hora... - -—¿Cómo? ¿os cita? - -—¡Silencio! - -—¿Y os quejábais vos? Decid entonces que el engañado he sido yo. Ya -me encargaré yo de esos recaditos en adelante, para que me cuesten -una oreja el dia menos pensado, y que la señora luego... ¿Es posible, -señor caballero, que han de engañar las mugeres hasta á sus mayores -amigos? ¡A todo el mundo, señor, á todo el mundo! - -—¡Ea! ¡Silencio! y separémonos. Nada digas, nada hables. En estos -asuntos, Jaime, la palabra escapada revuelve sobre el que la dijo, y -las imprudencias se pagan con la vida. ¡A Dios, á Dios! - -Dichas estas palabras continuó el doncel su camino, pidiendo á su -señora en su borrascosa imaginacion mil perdones por la ligereza con -que la habia inculpado, en aquel momento mismo en que acababa de -darle, segun él, la prueba mas singular de su constancia y fidelidad. - -Llegó el page entre tanto á Elvira, y refirióle lo ocurrido. Mil y -mil ideas se cruzaron en la imaginacion de la desdichada. Deseosa, -sin embargo, de aclarar aquel misterio, y bien decidida á no -esponerse de nuevo al peligro que no podia menos de correr con el -arrebatado doncel. ¡Jaime, dijo, quiero salvarme á toda costa! Le -amo, le amo con furor, y el infeliz lo sabe. No le vea, no le hable. -Mi honor es lo primero. Juzgue de mí lo que quisiere. Escucha. Yo -de mí misma desconfio y tiemblo. Sus ruegos pudieran vencerme. -Por otra parte, esa cita solo puede ser un artificio... acaso una -horrible maquinacion; un lazo que nos tienden. Mira: toma esa llave, -y ciérrame por fuera, de esa manera no le podré yo abrir aunque sus -ruegos me ablandáran. Corre en seguida en su busca. ¿Dónde iba? - -—Bajaba la escalera del alcázar. - -—¡Soy feliz! Todavia no viene en mucho tiempo. Búscale, Jaime, -búscale. Dile que es inútil; que nunca le he citado; que es mentira; -que su vida peligra; que está Fernan conmigo... lo que quieras. Que -no venga, y lo demas no importa. ¿Qué seria de mí si Hernan...? -¿Será él por ventura, será él el que de esta suerte intenta...? ¡Qué -horrible maquinacion!—Hizo Jaime lo que su hermosa prima le rogaba -con no poco miedo de verse metido á su edad en tan gran laberinto de -riesgos y de intrigas, pero con toda la decision al mismo tiempo de -que es capaz la fidelidad. - -—¡Otra vuelta! dijo Elvira al page, que cerraba ya por defuera. Así: -¡á Dios! Si mi esposo viene, él tiene otra llave. ¡Yo os doy gracias, -Dios mio, añadió prosternándose con cristiano fervor; yo os doy -gracias, Señor, por el peligro de que me habeis librado! - -Apenas habia acabado de decir estas palabras, cuando se dejó sentir -en la parte de afuera de su habitacion un rumor, estraño ciertamente -á aquellas horas y en aquel sitio tan solitario. - -—¿Qué oigo, Dios mio? ¿Qué oigo? - -—¡Elvira! dijo una voz que asi parecia bajar del cielo como salir de -alguna profunda cueva. ¡Elvira! - -—¿Quién me llama? añadió la asustada dama corriendo hácia la puerta -para asegurarse de que estaba bien cerrada. - -—¡Macías! respondió la voz sordamente, y resonaron dos ó tres -golpecitos dados con cierto misterio é inteligencia. - -—¡No le ha encontrado el page! esclamó Elvira. ¡Ah! si Hernan... -oid... doncel... Nadie responde... y el ruido continúa. ¡Cielos! -no es aqui: no es en la puerta. ¿Dónde pues, dónde? Aqui, esclamó -llegando á la ventana; en esta parte están. ¿Qué intentan? Esta -reja se abre; pero la llave... la llave debe tenerla el alcaide del -alcázar... ¡La abren, Dios mio! continuó escuchando con la mayor -ansiedad. Huid, huid, quien quiera que seais. - -—¡Bien mio! respondió el doncel abriendo completamente la reja, y -dando con su espada en la madera, que quedaba cerrada todavia. - -—¡Ah, es él, es él! y soy perdida. Yo misma me he encerrado, -gritó Elvira arrojándose sobre un sillon al tiempo mismo que la -madera, destrozada por los furiosos golpes del doncel, cedian á su -irresistible fuerza. - -—Yo soy, Elvira, yo soy, dijo Macías arrojándose á los pies de su -amante. Mil obstáculos he tenido que vencer; no pensé alcanzar á la -altura de esa reja, que he debido escalar con la espada en la boca. -Ya estoy en fin, aqui, bien mio, y á tus plantas. - -—¡Ah! no; salvaos por piedad, y salvadme á mí. Macías, cada palabra -que hablamos es una palabra de abominacion; el tiempo es precioso y -le perdemos. - -—¿Perderle yo á tu lado? - -—Cesa ya, y parte. - -—¿Me llamas, señora, para escuchar de nuevo tus rigores? - -—¿Yo os llamé? Macías. - -—¿Qué escucho? dijo levantándose. ¿Cuya es, pues, esa letra? - -—¿Esa letra? ¡Cielos! los traidores la han fingido. - -—¿La han fingido, señora? - -—Para perdernos, sí. - -—¿No es vuestra? ¡Crédulo yo, insensato! ¡Cierto es, pues, lo que -Jaime me asegura...! - -—Todo, sí, todo es cierto: huid; no os quiero ver: os aborrezco. - -—¿Me aborreceis? Pues bien, nos perderán. Ya su triunfo es completo. -¡Pérfida! añadió despues de haberla contemplado un momento. ¿De esta -suerte pagais mi generosidad? ¡Tres años de silencio! Hablo, por fin, -hablo para ofreceros mas generosidad, mayor sigilo aun, amor mas -grande ¿y no os ocurren en pago sino pérfidos medios de engañarme? -Sed noble, señora, hasta en la perfidia misma. Medios hay aun de ser -noblemente malo. ¿Sois veleidosa? ¿Por qué no me decís: “Macías, soy -muger? ¡Plúgome vuestro amor, mas hoy me cansa! No es para mí, que -es harto grande.”—Yo agradeciéra vuestra nobleza entonces. - -—Acabemos, Macías: no mas reconvenciones, no. Idos, y nunca mas -volvais. Toda comunicacion, todo vínculo es roto entre nosotros. -Si prendas teníais de mi amor, si insistís en creer que mis ojos, -mi lengua, mis acciones os prometieron algo, en buen hora creedlo; -devolvedme, empero, mi libertad... - -—¿Qué os la devuelva, señora? Volvedme vos la dicha, volvedme la -confianza. - -—¡Qué suplicio! por piedad, partid. - -—¿Partid? ¡Qué delirio! Mi vida hoy, ó mi muerte. No os creo ya: nada -espero de vos. Todo de mí. Oidme. - -—Soltad mi mano. - -—No: sois mia, y lo sereis. - -—¿Y ese es amor tan grande? ¿Me amais vos, y me amais comprometiendo -mi honor y mi existencia? - -—Sí, porque tú y yo no somos ya mas que uno. Los dos felices, ó -desgraciados ambos. Uniónos el amor: la muerte sola nos separará. -Volved los ojos hácia mí, volvedlos: inútil es retirarlos: me veis, -me veis donde quiera que los volvais: cerradlos, y aun me vereis. -Decidme que me amais. Mentid, señora, si no es cierto: decidlo, -empero, por piedad, y salgo. - -—Jamas, jamas, profirió débilmente Elvira, procurando en vano -desasirse de los amantes lazos en que la tenia presa el impetuoso -doncel. - -—¿Jamas, decís? Pues escuchadme, repuso Macías con el acento de la -mas profunda desesperacion. Yo habia nacido para la virtud. Vos me -consagrais al crímen. No hay sacrificio inmenso de que no fuera -mi corazon capaz, ó por mejor decir, el amor era mi constelacion. -Encontrando en el mundo una muger heróica, era mi destino ser un -héroe. Encontrando una muger pérfida, Macías debia ser un monstruo. -Yo os dí á elegir, señora. Nuestra felicidad, y el secreto y cuanto -vos exijiéseis, ó el escándalo y mi muerte. Vos elegísteis lo peor. -Escrito estaba asi. ¡Muerte y fatalidad! - -—¡Ah! Silencio, silencio. No me maldigas ya: ¡desventurada! - -—Sí: todo es ya acabado entre nosotros. Nuestra felicidad ha sido -una borrasca: formada como el rayo en la region del fuego, debia -destruir cuanto tocara. Ha pasado como el rayo, pero como el rayo -ha dejado la horrible huella de su funesto paso. Tu amor, tu amor, -¿quién lo creyera? era el único que no debia dejar mas señales de -su existencia en tu corazon de yelo, que las que deja el ave que -atraviesa rápidamente el cielo, que las que deja sobre tu labio -abrasador este ósculo de muerte, que recibes, bien mio, á tu pesar. - -—¡Ah! esclamó Elvira, reluchando inútilmente; soy perdida, perdida -para siempre. - -—Y mil y mil, añadió frenético Macías; prendas son todos de nuestra -próxima muerte. Ellos son, Elvira, la agonía del amor. ¿No sientes -el fuego inmenso que encienden en las venas? ¿No percibes el tósigo? -Bórralos jamas, olvídalos si puedes, y olvídame despues. Venga la -muerte ahora, añadió desasiendo á la infeliz Elvira, que perdidos los -ojos en el techo y pálido el semblante, cayó desprendida del doncel -sobre el sitial inmediato. - -Un momento de pausa y de silencio, semejante al que llena de -misterioso terror al caminante despues del fragoroso estampido de la -exhalacion eléctrica, succedió á las últimas palabras del doncel. -Arrodillado á las plantas de Elvira imprimia todavia en una de sus -manos, hermosas como el alabastro, sus trémulos labios; no lloraba ya -Elvira, no derramaba una lágrima Macías. En las grandes situaciones -de la vida no halla salida el llanto. La inmovilidad del mármol, -el estupor de la postracion son los caractéres de las emociones -sublimes. El silencio entonces es elocuente, porque no hay palabras -en ninguna lengua ni sonidos en la naturaleza que pinten el amor en -su apogeo, que espliquen el dolor en toda su intensidad. - -—¡Elvira! dijo por fin Macías. ¡Cuán desgraciados somos! - -—Partid, partid, profirió con trabajo Elvira. ¡No querais, señor, que -lo seamos aun mas! Esta es la última vez que nos veremos. - -—¡La última! sí; porque la muerte llega. - -—¡Ah! no; no los espereis. Ya todo se ha concluido entre nosotros: -ahora es cuando os lo digo, sabedlo; os he querido, señor, os he -querido, como nadie volverá á querer. Salvadme ahora, despues de esta -confesion. - -—¡Ah, lo decís por fin! tiempo es aun... decid que ahora me quereis, -y huyamos. Pero huyamos los dos. - -—No es tiempo ya, no es tiempo. Sed generoso vos ahora: no apure el -vaso yo del crímen, y del deshonor. Nunca ya nos hablarémos, Macías... - -—¿Nunca, señora...? - -—Desistid... ¡por Dios...! - -—Os juro que no desistiré. - -—Ved que los asesinos se acercan acaso ahora... Ah: no me hagais -aborrecer la vida: no me obligueis á maldeciros. - -—Sí; maldíceme, ahora... ¿mas qué rumor...? - -—¡Ellos son, ellos son! gritó Elvira precipitándose hácia la puerta. -¡Los traidores! - -Oyóse efectivamente ruido de armas y personas al pie de la reja. - -—¡La puerta está cerrada, gritó Elvira, y él solo puede entrar! - -—Dime que me amas, esclamó Macías; decídete, en fin, señora, á -participar de mi suerte; dime que siempre me amarás; y mi espada aun -nos abrirá paso al través de los pérfidos asesinos. - -—No, no, Macías: no muera deshonrada, gritó Elvira, sin saber adonde -refugiarse. ¡Dios mio! compasion ¡Dios mio! Salvaos solo, Macías. - -—Contigo, Elvira. - -—Jamas, repuso Elvira, abrazándose á un alto Crucifijo de plata que -sobre una mesa lucía. El cielo maldice nuestro amor... y yo... - -—¡Silencio! Por última vez. Ved, señora, que algun dia diréis _es -tarde, es tarde_, y diréislo entonces con dolor. Ahora que es tiempo -todavia. - -—No, Macías, no; yo le maldigo nuestro amor. - -—Elvira, pues, á Dios. Mi muerte es tuya, como fue mi vida. - -Al decir estas palabras Macías cogió su espada, y poniéndola -rápidamente sobre su rodilla, partióla en dos desiguales trozos, que -despues de abrir de par en par las maderas de la ventana lanzó contra -los que ya trepaban por la reja. - -—¡Hernan Perez! gritó: ¡Hernan Perez! Héme aqui sin defensa. La -muerte os pido, la muerte. - -—¡Macías! esclamó Elvira desasiéndose del Crucifijo, y arrojándose -hácia la ventana. Era tarde, empero. Macías se habia lanzado ya fuera -de la reja. - -—¡Es nuestro! ¡es nuestro! retirarnos: ¡basta! Clamaron á un tiempo -varias voces. - -—¡Ah! gritó Elvira con una espresion dificil de pintar. ¡Socorro! -¡Socorro! - -Al mismo tiempo sonó la llave en la puerta. ¡Él es! ¡él es! gritó -Elvira. ¡Santo Dios! ¡Piedad de mí, piedad! - -Un chillido agudo y espantoso terminó tan horrorosa escena. El que -entró se dirigió hácia la reja, mirando enderredor, y nada descubrió. -Tendió en seguida la vista por la habitacion, y solo vió en el suelo -el cuerpo de una muger hermosa privada enteramente de sentido. - - -FIN DEL TOMO TERCERO. - -[Ilustración] - - - - -ÍNDICE DEL TOMO TERCERO - -CAPITULO XXII 1 -CAPITULO XXIII 20 -CAPITULO XXIV 34 -CAPITULO XXV 48 -CAPITULO XXVI 65 -CAPITULO XXVII 78 -CAPITULO XXVIII 96 -CAPITULO XXIX 110 -CAPITULO XXX 119 -CAPITULO XXXI 130 - - - - - * * * * * * - - - - -NOTA DE TRANSCRIPCIÓN - - * Se ha respetado la ortografía original, que difiere de la utilizada - actualmente. Las inconsistencias ortográficas se han normalizado a - la grafía de mayor frecuencia. - - * Se ha completado el emparejamiento de los puntos de admiración y de - interrogación. - - * Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar. - - * Se han añadido ilustraciones de adorno al final de los capítulos - que, en el original impreso, carecen de ellas. - - * Se ha añadido al final un índice de capítulos que no existe en el - original impreso. - - - -***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL DONCEL DE DON ENRIQUE EL -DOLIENTE, TOMO III (DE 4)*** - - -******* This file should be named 53589-0.txt or 53589-0.zip ******* - - -This and all associated files of various formats will be found in: -http://www.gutenberg.org/dirs/5/3/5/8/53589 - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. Special rules, set forth in the General Terms of Use part -of this license, apply to copying and distributing Project -Gutenberg-tm electronic works to protect the PROJECT GUTENBERG-tm -concept and trademark. Project Gutenberg is a registered trademark, -and may not be used if you charge for the eBooks, unless you receive -specific permission. If you do not charge anything for copies of this -eBook, complying with the rules is very easy. You may use this eBook -for nearly any purpose such as creation of derivative works, reports, -performances and research. They may be modified and printed and given -away--you may do practically ANYTHING in the United States with eBooks -not protected by U.S. copyright law. Redistribution is subject to the -trademark license, especially commercial redistribution. - -START: FULL LICENSE - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full -Project Gutenberg-tm License available with this file or online at -www.gutenberg.org/license. - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project -Gutenberg-tm electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all -the terms of this agreement, you must cease using and return or -destroy all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your -possession. If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a -Project Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound -by the terms of this agreement, you may obtain a refund from the -person or entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph -1.E.8. - -1.B. "Project Gutenberg" is a registered trademark. It may only be -used on or associated in any way with an electronic work by people who -agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few -things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works -even without complying with the full terms of this agreement. See -paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project -Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this -agreement and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm -electronic works. See paragraph 1.E below. - -1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the -Foundation" or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection -of Project Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual -works in the collection are in the public domain in the United -States. If an individual work is unprotected by copyright law in the -United States and you are located in the United States, we do not -claim a right to prevent you from copying, distributing, performing, -displaying or creating derivative works based on the work as long as -all references to Project Gutenberg are removed. Of course, we hope -that you will support the Project Gutenberg-tm mission of promoting -free access to electronic works by freely sharing Project Gutenberg-tm -works in compliance with the terms of this agreement for keeping the -Project Gutenberg-tm name associated with the work. You can easily -comply with the terms of this agreement by keeping this work in the -same format with its attached full Project Gutenberg-tm License when -you share it without charge with others. - -1.D. The copyright laws of the place where you are located also govern -what you can do with this work. Copyright laws in most countries are -in a constant state of change. If you are outside the United States, -check the laws of your country in addition to the terms of this -agreement before downloading, copying, displaying, performing, -distributing or creating derivative works based on this work or any -other Project Gutenberg-tm work. The Foundation makes no -representations concerning the copyright status of any work in any -country outside the United States. - -1.E. Unless you have removed all references to Project Gutenberg: - -1.E.1. The following sentence, with active links to, or other -immediate access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear -prominently whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work -on which the phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the -phrase "Project Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, -performed, viewed, copied or distributed: - - This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and - most other parts of the world at no cost and with almost no - restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it - under the terms of the Project Gutenberg License included with this - eBook or online at www.gutenberg.org. If you are not located in the - United States, you'll have to check the laws of the country where you - are located before using this ebook. - -1.E.2. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is -derived from texts not protected by U.S. copyright law (does not -contain a notice indicating that it is posted with permission of the -copyright holder), the work can be copied and distributed to anyone in -the United States without paying any fees or charges. If you are -redistributing or providing access to a work with the phrase "Project -Gutenberg" associated with or appearing on the work, you must comply -either with the requirements of paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 or -obtain permission for the use of the work and the Project Gutenberg-tm -trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or 1.E.9. - -1.E.3. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted -with the permission of the copyright holder, your use and distribution -must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any -additional terms imposed by the copyright holder. Additional terms -will be linked to the Project Gutenberg-tm License for all works -posted with the permission of the copyright holder found at the -beginning of this work. - -1.E.4. Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm -License terms from this work, or any files containing a part of this -work or any other work associated with Project Gutenberg-tm. - -1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this -electronic work, or any part of this electronic work, without -prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with -active links or immediate access to the full terms of the Project -Gutenberg-tm License. - -1.E.6. You may convert to and distribute this work in any binary, -compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including -any word processing or hypertext form. However, if you provide access -to or distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format -other than "Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official -version posted on the official Project Gutenberg-tm web site -(www.gutenberg.org), you must, at no additional cost, fee or expense -to the user, provide a copy, a means of exporting a copy, or a means -of obtaining a copy upon request, of the work in its original "Plain -Vanilla ASCII" or other form. Any alternate format must include the -full Project Gutenberg-tm License as specified in paragraph 1.E.1. - -1.E.7. Do not charge a fee for access to, viewing, displaying, -performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works -unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9. - -1.E.8. You may charge a reasonable fee for copies of or providing -access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works -provided that - -* You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from - the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method - you already use to calculate your applicable taxes. The fee is owed - to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he has - agreed to donate royalties under this paragraph to the Project - Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments must be paid - within 60 days following each date on which you prepare (or are - legally required to prepare) your periodic tax returns. Royalty - payments should be clearly marked as such and sent to the Project - Gutenberg Literary Archive Foundation at the address specified in - Section 4, "Information about donations to the Project Gutenberg - Literary Archive Foundation." - -* You provide a full refund of any money paid by a user who notifies - you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he - does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm - License. You must require such a user to return or destroy all - copies of the works possessed in a physical medium and discontinue - all use of and all access to other copies of Project Gutenberg-tm - works. - -* You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of - any money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the - electronic work is discovered and reported to you within 90 days of - receipt of the work. - -* You comply with all other terms of this agreement for free - distribution of Project Gutenberg-tm works. - -1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project -Gutenberg-tm electronic work or group of works on different terms than -are set forth in this agreement, you must obtain permission in writing -from both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and The -Project Gutenberg Trademark LLC, the owner of the Project Gutenberg-tm -trademark. Contact the Foundation as set forth in Section 3 below. - -1.F. - -1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable -effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread -works not protected by U.S. copyright law in creating the Project -Gutenberg-tm collection. Despite these efforts, Project Gutenberg-tm -electronic works, and the medium on which they may be stored, may -contain "Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate -or corrupt data, transcription errors, a copyright or other -intellectual property infringement, a defective or damaged disk or -other medium, a computer virus, or computer codes that damage or -cannot be read by your equipment. - -1.F.2. LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right -of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project -Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project -Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all -liability to you for damages, costs and expenses, including legal -fees. YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT -LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE -PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3. YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE -TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE -LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR -INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH -DAMAGE. - -1.F.3. LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a -defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can -receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a -written explanation to the person you received the work from. If you -received the work on a physical medium, you must return the medium -with your written explanation. The person or entity that provided you -with the defective work may elect to provide a replacement copy in -lieu of a refund. If you received the work electronically, the person -or entity providing it to you may choose to give you a second -opportunity to receive the work electronically in lieu of a refund. If -the second copy is also defective, you may demand a refund in writing -without further opportunities to fix the problem. - -1.F.4. Except for the limited right of replacement or refund set forth -in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS', WITH NO -OTHER WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT -LIMITED TO WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE. - -1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied -warranties or the exclusion or limitation of certain types of -damages. If any disclaimer or limitation set forth in this agreement -violates the law of the state applicable to this agreement, the -agreement shall be interpreted to make the maximum disclaimer or -limitation permitted by the applicable state law. The invalidity or -unenforceability of any provision of this agreement shall not void the -remaining provisions. - -1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the -trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone -providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in -accordance with this agreement, and any volunteers associated with the -production, promotion and distribution of Project Gutenberg-tm -electronic works, harmless from all liability, costs and expenses, -including legal fees, that arise directly or indirectly from any of -the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this -or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or -additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any -Defect you cause. - -Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm - -Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of -electronic works in formats readable by the widest variety of -computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It -exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations -from people in all walks of life. - -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's -goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg-tm and future -generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see -Sections 3 and 4 and the Foundation information page at -www.gutenberg.org - -Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation - -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by -U.S. federal laws and your state's laws. - -The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the -mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its -volunteers and employees are scattered throughout numerous -locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt -Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to -date contact information can be found at the Foundation's web site and -official page at www.gutenberg.org/contact - -For additional contact information: - - Dr. Gregory B. Newby - Chief Executive and Director - gbnewby@pglaf.org - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. Compliance requirements are not uniform and it takes a -considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up -with these requirements. We do not solicit donations in locations -where we have not received written confirmation of compliance. To SEND -DONATIONS or determine the status of compliance for any particular -state visit www.gutenberg.org/donate - -While we cannot and do not solicit contributions from states where we -have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition -against accepting unsolicited donations from donors in such states who -approach us with offers to donate. - -International donations are gratefully accepted, but we cannot make -any statements concerning tax treatment of donations received from -outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff. - -Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation -methods and addresses. Donations are accepted in a number of other -ways including checks, online payments and credit card donations. To -donate, please visit: www.gutenberg.org/donate - -Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works. - -Professor Michael S. Hart was the originator of the Project -Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be -freely shared with anyone. For forty years, he produced and -distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of -volunteer support. - -Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed -editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in -the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not -necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper -edition. - -Most people start at our Web site which has the main PG search -facility: www.gutenberg.org - -This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. - |
