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If you are not located in the United States, you'll have -to check the laws of the country where you are located before using this ebook. - - - - -Title: El doncel de don Enrique el doliente, Tomo I (de 4) - Historia caballeresca del siglo quince - - -Author: Mariano José de Larra - - - -Release Date: November 25, 2016 [eBook #53587] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - - -***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL DONCEL DE DON ENRIQUE EL -DOLIENTE, TOMO I (DE 4)*** - - -E-text prepared by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box, and the Online -Distributed Proofreading Team (http://www.pgdp.net) from page images -generously made available by Internet Archive (https://archive.org) - - - -Note: Images of the original pages are available through - Internet Archive. See - https://archive.org/details/eldonceldedonenr01larr - - - Project Gutenberg has the other three volumes of this work. - Volume II: see http://www.gutenberg.org/ebooks/53588 - Volume III: see http://www.gutenberg.org/ebooks/53589 - Volume IV: see http://www.gutenberg.org/ebooks/53590 - - -NOTA DE TRANSCRIPCIÓN - - En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las - versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS. - - - - - -EL DONCEL DE DON ENRIQUE EL DOLIENTE: - -HISTORIA CABALLERESCA -DEL SIGLO QUINCE - -por - -D. MARIANO JOSÉ DE LARRA. - -SEGUNDA EDICION. - -TOMO I. - - - - - - - -Madrid. -Imprenta de Don José María Repullés. -1838. - - - - -EL DONCEL DE _Don Enrique el Doliente_. - - - - -CAPITULO I. - - Mis arreos son las armas, - mi descanso es pelear, - mi cama las duras peñas, - mi dormir siempre velar. - - _Cancionero general._ - - -Antes de enseñar el primer cabo de nuestra narracion fidedigna, no -nos parece inútil advertir á aquellas personas en demasía bondadosas -que nos quieran prestar su atencion, que si han de seguirnos en el -laberinto de sucesos que vamos á enlazar unos con otros en obsequio -de su solaz, han menester trasladarse con nosotros á épocas distantes -y á siglos remotos, para vivir, digámoslo asi, en otro orden de -sociedad en nada semejante á este que en el siglo XIX marca la -adelantada civilizacion de la culta Europa. Tiempos felices, ó -infelices, en que ni la hermosura de las poblaciones, ni la facil -comunicacion entre los hombres de apartados paises, ni la seguridad -individual que en el dia casi nos garantizan nuestras ilustradas -legislaciones, ni una multitud, en fin, de refinadas y esquisitas -necesidades ficticias satisfechas podian apartar de la imaginacion -del cristiano la idea, que procura inculcarnos nuestro sagrado -dogma de que hacemos en esta vida transitoria una breve y molesta -peregrinacion, que nos conduce á término mas estable y bienaventurado. - - Mis arreos son las armas, - mi descanso es pelear - -podian repetir con sobrada razon nuestros antepasados de cuatro -ó cinco siglos: nuestra nacion, como las demas de Europa, no -presentaba á la perspicacia del observador sino un caos confuso, -un choque no interrumpido de elementos heterogéneos que tendian á -equilibrarse, pero que la ausencia prolongada de un poder superior -que los amalgamase y ordenase, completando el gran milagro de la -civilizacion, se encontraban con estraña violencia en un vasto -campo de disensiones civiles, de guerras esteriores, de rencillas, -de desafios, y á veces de crímenes, que con nuestras estremadas -instituciones mal en la actualidad se conformarian. - -Una incomprensible mezcla de religion y de pasiones, de vicios y -virtudes, de saber y de ignorancia, era el carácter distintivo de -nuestros siglos medios. Aquel mismo príncipe que perdia demasiado -tiempo en devociones minuciosas, y que espendia sus tesoros en -piadosas fundaciones, se mostraba con frecuencia inconsecuente en su -devocion, ó descubria de una manera bien perentoria lo frívolo de su -piedad, pues en vez de arreglar por ésta su conducta, se le veía no -pocas veces salir de los templos del Altísimo para ir á descansar de -las fatigas del gobierno en los brazos de una seductora concubina, -que usurpaba la mitad del lecho regio de su consorte despreciada. El -caballero que volvia de reconquistar el santo sepulcro del Salvador, -y que llevaba ricamente bordado en el pecho el signo augusto de la -redencion, aquel mismo cruzado que al entrar en el gremio de la -iglesia habia depuesto en las fuentes bautismales el vano deseo de -venganza, adoptando y jurando, á imitacion del hombre Dios, el perdon -de las injurias, sin el menor escrúpulo de conciencia declaraba las -muestras de su organizacion irascible, que á gala tenia; á la menor -sombra de pretendida ofensa corria lanza en ristre á partir el sol -del palenque, y á abrir una ancha fuente de sangre humana en el -pecho de su adversario, invocando á un tiempo por una inesplicable -contradiccion el nombre santo de Dios, y el nombre profano de la dama -por quien moria. - -En vano la religion se esforzaba en dulcificar las costumbres de -los hijos de los godos, exaltados por la prolongada guerra con los -sarracenos. Es verdad que ganaba terreno, pero era con lentitud; -entretanto se criaba el caballero para hacer la guerra y matar. -Verdad es que los primeros enemigos contra quien debia dirigirse eran -los moros; pero muchas veces lo eran tambien los cristianos, y habia -quien matando dos de aquellos por cada uno de estos últimos, creía -lavado el pecado de su espantoso error. Matar infieles era la grande -obra meritoria del siglo, á la cual, como al agua bendecida por el -sacerdote, daban engañados algunos la rara virtud de lavar toda clase -de pecados. - -Para los hombres el ejercicio de las fuerzas corporales, el facil -manejo de la pesada lanza, el arte de domeñar el espumoso bridon, -la resistencia en el encuentro, y el pundonor falsamente entendido -y llevado á un estremo peligroso; y para las mugeres el arte de -conquistar con las gracias naturales y de artificio al campeon mas -esforzado, y ceñirle al brazo la venda del color favorito, recompensa -del brutal denuedo del vencedor del torneo, y el recato solo para con -el caballero no amado, eran la educacion del siglo. Dios y mi dama, -decia el caballero; Dios y mi caballero, decia la dama. - -En medio del furor de guerrear que debia animar á todos en aquella -época, algunos ministros del Altísimo no dudaban acompañar las -huestes, armados á la vez como los guerreros, y aun cuando no -desenvainasen en las lides la ponderosa espada de Damasco y de Toledo -para herir con ella al enemigo, esta costumbre arrastraba á algunos -á autorizar trances de rebelion del soberbio rico-hombre contra la -magestad de su rey y señor natural. - -Un corto número de espíritus mas pusilánimes, ó acaso mas -calculadores que sus contemporáneos, poseía la corta riqueza -literaria griega y romana que de las ruinas del Partenion y del -Capitolio, habian podido salvar en medio de la devastacion desoladora -de la irrupcion de los bárbaros, algunas primitivas comunidades -monásticas. El estudio todo que se hacia en los claustros estaba -reducido, y debia estarlo, á la ciencia eclesiástica, la única que -podia y debia salvar, como efectivamente salvó á la Europa de su -total ruina. Las bellezas gentílicas de los Homeros y Virgilios -debian reservarse para otros tiempos, y los monasterios, conservando -estos monumentos clásicos de la antigüedad, hacian á la literatura -todo el servicio que podian hacerla. Otros espíritus no obstante se -dedicaban fuera de aquellas escuelas al estudio, y la ciencia que -adquirian era solo el medio criminal de grangearse una consideracion -y una fortuna aun mas criminales todavía. Afectando la ciencia -de los astros ó una misteriosa comunicacion con el mundo de los -espíritus, sabian abusar de la insensata credulidad de los reyes y -de los pueblos, y convertir en propio y particular provecho suyo las -luces que no trataban de difundir, sino antes de conservar entre sí -clandestina y masónicamente, como un pérfido talisman que ejerciendo -al cabo su irresistible influencia sobre los espíritus débiles é -ignorantes, libraba en las manos de unos pocos empíricos solapados, -la palanca poderosa con que movian y removian á su placer cuantos -obstáculos á sus dañadas intenciones se pudieran presentar. - -A esta época, pues, y al trato belicoso de los nietos de las hordas -del Norte, al centro de aquella informe sociedad, hija de padres tan -contrarios como los bárbaros de la fria Noruega y las cultas ruinas -de la capital del mundo, á esta época, á ese trato y á esta sociedad -vamos á trasladar á nuestros lectores. - -No se crea tampoco por el cuadro que rápidamente acabamos de -bosquejar, que sea preciso entrar con horror á desentrañar las -costumbres de tan inesplicable época; lejos de nosotros esta idea; -tambien se ofrecen en ella virtudes colosales que no son por cierto -de nuestros dias. El amor, el rendimiento á las damas, el pundonor -caballeresco, la irritabilidad contra las injurias, el valor contra -el enemigo, el celo ardiente de la religion y de la patria, llevado -el primero alguna vez hasta la supersticion, y el segundo hasta la -odiosidad contra el que nació en suelo apartado; si no son prendas -todas las mas adecuadas al cristianismo, no dejan por eso de tener su -lado hermoso por donde contemplarlas, y aun su utilidad manifiesta, -dado sobre todo el dato del orden de cosas entonces establecido, las -hacia tan necesarias como deslumbradoras. - -El carácter empero mas verdaderamente distintivo de la época, -era la lucha establecida y siempre pendiente entre el príncipe y -sus primeros súbditos; una escala descendiente y ascendiente que -constituía á los pecheros vasallos de vasallos, y á los reyes señores -de señores, era el principal obstáculo que impedia al poder ejercer -á la vez su influencia igual y equitativa por toda la estension de -sus dominios, el pechero doblemente súbdito tenia dobles obligaciones -(mas bien que contraidas impuestas) para con su dueño inmediato, y -para con el señor natural de todos. Por otra parte era de notar el -poder no reprimido de los orgullosos magnates, sin cuya cooperacion -voluntaria hubiera sido una vana fantasma la autoridad del monarca. -Éste en todo trance de guerra se veía poco menos que precisado á -mendigar los hombres de armas, que solo podian proporcionarle para -las jornadas los ricos-homes que los sostenian á sus espensas, y por -consiguiente á su devocion, y que desigualaban á placer la fuerza -recíproca de los partidos con la mas leve inclinacion de su parte; el -señorío absoluto (si no de derecho, de hecho) de vidas y haciendas -en sus inmensos dominios; sus bien defendidos castillos feudales, de -donde mal pudiera desalojarlos la sencilla arcabucería y manera de -guerrear de la época; su orgullo, nacido de los grandes favores que -en la contínua reconquista contra moros les debia el rey y la patria; -y la remision sobre todo de los agravios al duelo particular, al paso -que inutilizaban toda la energía de un rey y sus buenas intenciones, -eran las causas, por entonces irremediables, de la impunidad de los -delitos; causas que perpetuaban la injusticia y el abuso de la -fuerza de los primeros hombres de la nacion, que no habia especie -de ambicion ni pasion frenética de que no se dejasen torpemente -arrastrar. - -Este era el estado de las costumbres de la Europa, y por consiguiente -de nuestra España, en la época á que nos referimos. En el año en que -pasaba lo que vamos á contar, hacia ya trece que don Enrique III, -dicho el Doliente, y nieto del famoso don Enrique el Bastardo, habia -subido á ocupar el trono, vacante por la desastrosa muerte de su -padre don Juan I, ocurrida en Alcalá de Henares de caida de caballo. -Y apenas habian bastado estos trece años para reparar los daños que -su menor edad habia acarreado á Castilla desvalida. - -El cisma duraba en la Iglesia desde la eleccion tumultuosa del -arzobispo de Bari, llamado Urbano VI, ocurrida el año 1378, despues -de la muerte de Gregorio onceno. Habíanse reunido los cardenales -en cónclave; pero sabedores acaso los romanos de que la corte de -Francia trataba de influir en la eleccion del cardenal de Génova, -ligado por parte de padre con los condes de Génova de la casa de -Oliveros, y por parte de madre con los condes de Boloña, parientes -de la casa real de Francia, se amotinaron, y precipitándose en el -lugar del cónclave, despues de forzar las cerraduras, segun en -nuestras leyendas se refiere, clamaron: “Papa romano queremos, ó á -lo menos italiano,” de cuya infraccion notable y sacrílega resultó -la eleccion del arzobispo, que se coronó el dia de Pascua de -Resurreccion. Varios cardenales empero refugiándose en el lugar de -Anania, y despues en Fundí, proclamaron la invalidez de la eleccion -forzada, y amparados de la corte de Francia eligieron al cardenal -de Génova, que tomó nombre de Clemente VII, y estableció la silla -de su iglesia en Aviñon. Urbano y Clemente habian enviado entrambos -al rey de Castilla, á la sazon Enrique II, sus mensageros, asi como -los habia enviado en apoyo del último Cárlos V, rey de Francia; la -corte de Castilla permaneció por entonces indecisa hasta consultar -en materia tan delicada á sus varones mas famosos. Posteriormente, -en el año 1381, el sucesor de don Enrique II, don Juan I, hallándose -en Medina del Campo, y despues de haber reunido y consultado á sus -prelados, ricos-hombres y doctores, se decidió por Roberto de -Génova, negando la obediencia al _intruso apostático Bartolomé_, -como le llama en la carta que con fecha de Salamanca le escribió -á Clemente VII, prestándole homenage como á único papa verdadero. -Mas adelante murió en su palacio de Aviñon el papa Clemente VII, á -26 de Setiembre de 1394, reinando en Castilla don Enrique III; y -sus cardenales, deseosos de la union de la Iglesia, se propusieron -elegirle un sucesor, jurando todos antes sobre los santos evangelios -renunciar el papazgo inmediatamente despues de nombrados, si asi -fuese necesario, y en el caso de que se ciñese á hacer otro tanto -Urbano, para proceder unidos de nuevo todos los cardenales en Roma -á la eleccion válida y conforme de uno solo. Fue elegido, pues, -en Aviñon el cardenal don Pedro de Luna, aragonés de nacion, y -rico-hombre de los de Luna; negóse al principio á admitir la triple -corona, pero una vez sentado en la silla apostólica, se resistió -enteramente á las solicitudes de sus cardenales y del rey de Francia, -que le envió á Juan duque de Berry y á Felipe duque de Borgoña sus -tios, para que renunciase conforme habia jurado. Esto dió lugar á -contínuos debates, que se hallaban en pie todavía en el tiempo á que -nos referimos, habiéndose declarado en favor de Benedicto Francia, -Castilla, Navarra y Aragon y por el papa romano el emperador, la -Inglaterra y la Italia. - -Con respecto á Portugal, Castilla seguia defendiendo, aunque -débilmente, sus derechos: verdad es que desde la infausta jornada -de Aljubarrota, perdida por la impericia estratégica de los jóvenes -y acalorados caballeros del ejército de don Juan I, este mismo -habia casi abandonado las esperanzas de recobrar aquel reino que -indisputablemente le perteneciera por su boda con doña Beatriz, -hija y única heredera del muerto rey don Fernando. El odio entre -portugueses y castellanos, y el empeño sobre todo de aquellos -en no ver nuevamente fundido en la corona de Castilla su suelo -independiente, habia dado una popularidad estraordinaria al maestre -de Avís; ayudado de ella se propasó á quitar la vida al conde de Oren -en el mismo palacio de la regenta, y permitió á sus partidarios la -muerte del infeliz obispo de Lisboa, despeñado de la torre: erigióse -rey en Coimbra con el dictado de Juan I despues de la resignacion -de regenta de la viuda Leonor, y reclusion de esta por nuestro rey -en el monasterio de Otordesillas, como le llaman nuestras crónicas -contemporáneas. - -Ya don Juan I de Castilla, en su testamento otorgado en Celórico de -la Vera, poco antes de la jornada de Aljubarrota, vacilando él mismo -sobre la legitimidad de sus derechos, al legárselos á su hijo y -sucesor Enrique III, le habia legado tambien las dudas que acerca de -tan delicada contienda en su propio corazon albergaba. En la época de -nuestra narracion era tan débil ya la guerra que se sostenia contra -Portugal, que mas parecia efectos de una obstinacion irrealizable, -que una verdadera lucha que presentase síntomas de un término -definitivo. Ni apenas se hubiera dicho que semejante guerra existia -entre las dos naciones, si no lo hubiesen atestiguado las contínuas -treguas y largos armisticios, que continuamente por una parte y otra -se ratificaban. - -Enrique III, al subir al trono á los catorce años para dar fin á la -anarquía que en el Estado alimentaran sus poderosos tutores, habia -ratificado las ligas hechas por su padre con Cárlos VI de Francia -y con los reyes de Aragon y de Navarra; y solo con el rey moro de -Granada sostenia una guerra muy semejante en su lentitud y en sus -largas treguas á la de Portugal. - -Tal era tambien el estado político de Castilla en la época de nuestra -historia caballeresca, á que daremos principio desde luego sin -detenernos mas tiempo en digresiones preparatorias, de poco interes -acaso para el lector, si bien hasta cierto punto necesarias para la -particular inteligencia de los hechos que á su vista tratamos de -esponer sencilla y brevemente. - -Con respecto á la veracidad de nuestro relato, debemos confesar que -no hay crónica ni leyenda antigua de donde le hayamos trabajosamente -desenterrado; asi que, el lector perdiera su tiempo si tratase de -irle á buscar comprobantes en ningun libro antiguo ni moderno: -respondemos sin embargo de que si no hubiese sucedido, pudo suceder -cuanto vamos á contar, y esta reflexion debe bastar tanto mas para el -simple novelista, cuanto que historias verdaderas de varones doctos -andan por esos mundos impresas y acreditadas, de cuyo contenido no -nos atreveriamos á sacar tantas líneas de verdad, ó por lo menos de -verosimilitud, como las que encontrará quien nos lea en nuestras -páginas, tan fidedignas como útiles y agradables. - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO II. - - De Mántua salió el marqués - Danes Urgél el leale, - allá va á buscar la caza, - á las orillas del mare. - - Con él van sus cazadores - con aves para volare, - con él van los sus monteros - con perros para cazare. - - _Cancionero de romances._ - - -A fines del siglo XIV estaba la hoy coronada y heróica villa de -Madrid, muy lejos de pretender al lugar preeminente que en la -actualidad ocupa en la lista de los pueblos de la Península. Toda -su importancia estaba reducida á la fama de que gozaban sus espesos -montes, los mas abundantes de Castilla en caza mayor y menor: el -javalí, la corza, el ciervo, hasta el oso feroz hallaban vivienda -y alimento entre sus altos jarales, sus malezas enredadas, y -sus silvestres madroñeros, que han desparecido despues ante la -destructora civilizacion de los siglos posteriores. El implacable -leñador ha derrocado por el suelo con el hacha en la mano la erguida -copa de los pinos y robles corpulentos para satisfacer á las -necesidades de la poblacion, considerablemente acrecentada; y el -hombre ha venido á hollar la magnífica alfombra que la naturaleza -habia tendido sobre su suelo privilegiado: ha tenido fuerzas para -destruir, pero no para reedificar: la naturaleza ha desaparecido -sin que el arte se haya presentado á ocupar su lugar. Inmensos -arenales, oprobio de los siglos cultos, ofrecen hoy su desnuda -superficie al pie del caminante; al servir los árboles de pasto al -fuego insaciable del hogar, los manantiales mismos han torcido su -corriente cristalina ó la han hundido en las entrañas de la madre -tierra, conociendo ya, si se nos permite tan atrevida metáfora, la -inutilidad de su influjo vivificador. Madrit, el antiguo castillo -moro, la pobre y despreciada villa, ciñó mientras fue olvidada de los -hombres la suntuosa guirnalda de verdura con que la naturaleza quiso -engalanarla, y Madrid, la opulenta corte de reyes poderosos, término -de la concurrencia de una nacion estendida, y tumba de sus caudales -inmensos y de los de un mundo nuevo, levanta su frente orgullosa, -coronada de quiméricos laureles, en medio de un yermo espantoso y -semejante al avaro que henchidas de oro las faltriqueras, no ve en -torno de sí do quiera que vuelve los ojos sino miseria y esterilidad. -Al famoso soto de Segovia, que se estendia hasta el Pardo y mas acá, -concurrian los reyes y los grandes de Castilla de todas partes para -lograr el solaz de la cetrería y de la montería, placer privilegiado -y peculiar de los feudales señores de la época. - -El sol, rojo como la lumbre, despidiendo sus rayos horizontales por -entre las altas copas de los árboles, marcaba el fin próximo de uno -de los mas hermosos dias del mes de mayo: como á cosa de dos leguas -de Madrid, una hermosa compañía de cazadores ricamente engalanados -y vestidos turbaba todavía la tranquilidad del monte y de la selva; -varias magníficas tiendas levantadas á orillas del Manzanares, -eran indicio de haber durado aquel placer algunos dias: acababa -de practicarse el último ojeo, y puestos los monteros en acecho -esperaban en las encrucijadas á que asomase por alguna parte el -animal para precipitarse sobre él con el venablo aguzado, y rendirle -en tierra del primer golpe. Infinidad de reses de todas especies, -suspendidas fuera y dentro de las tiendas, daban claras muestras de -la destreza de los monteros y de la bienandanza del dia. En una de -ellas preparaban varios manjares y daban vueltas á un largo asador -dos hombres, que asi revolvian con sus brazos arremangados el asador, -como atizaban la brasa, que iba dorando ya el engrasado lomo de la -víctima. Miraban tan interesante operacion otros dos personages; el -uno representaba tener á lo menos treinta años; su aire no comun, su -rostro afable, aunque grave, sus maneras francas y su trage, sobre -todo, daban á entender que podia pertenecer, sino al primer rango de -la sociedad de aquel tiempo, á una buena familia por lo menos; y de -todas suertes se echaba bien de ver á la primera ojeada en todo su -esterior cierta libertad que solo dan la satisfaccion, la holgura, y -la costumbre de frecuentar grandes personages, ya que no se atreviera -el observador á asegurar que él lo fuese. Enfrente de él se hallaba -otro que podria tener veinte y cinco años; su personal era bueno, -y sin embargo no sé qué espresion particular de siniestra osadía -tenia su rostro; una sonrisa asomada de contínuo á sus labios le daba -cierto aire de complacencia obligada, que suponia en él el hábito de -vivir al lado de personas de categoría superior á la suya: una voz -verdaderamente seductora, sobre todo en sus modulaciones, probaba que -no descuidaba medio alguno para captarse la voluntad: sus ojos, entre -pardos y verdes, tenian no sé qué de talento y de misterio, y su -pelo, crespo y de un rojo muy subido, prestaba á la cara que debiera -adornar cierta aspereza y aun ferocidad rechazadora. Vestia un corto -sayo pardo de montero, sujeto en el talle por un cinturon de baqueta -verde, prendido con un gran broche de laton; llevaba unos botines -altos de paño del mismo color del sayo y atacados hasta la rodilla, -un capacete adornado de plumas blancas, y pendia de su cintura un -largo cuchillo de monte. - -En el momento en que su conversacion empieza á interesar á nuestra -historia, decia el primero al segundo: - -—¿Puedo yo saber, Ferrus, cómo habeis dejado un solo momento el lado -del poderoso conde de Cangas y Tineo...? - -—Pardiez, señor Vadillo, me gusta mas ver al javalí en la brasa que -entre la maleza: sobre todo, desde que uno de ellos me rompió el año -pasado junto á Burgos un rico sayo de bellorí, que me habia regalado -el conde mi amo. Desde que me convencí colgado de un roble de que no -habia mediado entre su colmillo y mi persona mas espacio que el que -separa mi ropa de mi cuerpo, juré á todos los santos del Paraiso no -volver á ponerme en el camino de ningun animal de esa especie; son -tan brutos, que asi respetan ellos á un rimador favorito del pariente -del rey, como á un montero adocenado. ¿Y puedo yo hacer la misma -pregunta al señor Fernan Perez de Vadillo, primer escudero de su -señoría? - -—Os habeis hecho harto curioso y pregunton, Ferrus. Respondedme -antes á otra pregunta, y despues veré de responderos á la vuestra, -si me place. ¿Habeis visto un palafren que acaba de llegar de Madrid -cubierto de polvo y devorando tierra, no hace medio cuarto de hora? -¿Habéisle conocido? - -—Es Hernando, criado del Doncel. - -—¿Y á qué vino? - -—No lo sé, aunque lo sospecho. Me parece que su amo estaba encargado -por el conde de una comision particular... El maestre de Calatrava -estaba en los últimos... - -—Cierto... acaso habrá terminado sus dias... - -—Tal vez... - -—¿Y qué podria tener eso de comun con la venida de Hernando? - -—Mucho; me temo que don Enrique de Villena anda hace tiempo acechando -un maestrazgo. - -—¿Sabeis que es casado? - -—¿Puedo ignorarlo, señor Fernan Perez? Pero puedo asegurar á todo el -que tenga interes en saberlo, que don Enrique de Villena y su esposa -doña María de Albornoz no son dos amantes... - -—¡Chiton! Ferrus, no estamos solos; dijo alarmado el primer escudero -echando una ojeada de desconfianza hácia el parage donde daba vueltas -todavía sobre la brasa el ciervo, impelido del brazo del infatigable -repostero. - -—Teneis razon, señor escudero. Nunca me acuerdo de que no es esa -gente el mejor consonante para mis trovas. - -—¿Y qué quereis decir con la proposicion que habeis aventurado? dijo -acercándose á él Vadillo, y con tono de voz apenas perceptible. - -—Solo sabré deciros, contestó Ferrus con igual misterio, que nuestros -señores no duermen juntos... - -—Brava ocasion para chanzas, Ferrus. - -—¡Chanzas! ¿eh? Dígalo la señorita Elvira, vuestra misma esposa, que -no se separa un punto de la condesa... - -—Coplero, ¿quereis hablar alguna vez con formalidad? ¿y dejará de ser -casado porque no haga vida comun con ella...? - -—Decis bien, pero como allá van leyes... no os enojeis, haré por -enfrenar mi lengua. ¿Sabeis la historia del rey don Pedro? - -—¿Y bien? - -—Casado estaba con doña Blanca de Borbon... y casó sin embargo con la -Padilla... - -—¿Y quereis suponer...? ¿Don Enrique sería capaz de imitar al rey -cruel...? - -—¿No habria un medio de compostura sin necesidad de que muriese mi -señora doña María? ¿No hay casos en que el divorcio...? - -—Mucho sabeis... - -—¿Pensais que el rey Enrique III podrá negar muchas cosas á su tio -don Enrique de Villena...? - -—No: el prestigio de que goza en la corte es demasiado grande. - -—¿Y pensais que el señor Clemente VII se espondria á perder la -amistad y proteccion de Castilla y Aragon en su lucha con Urbano VI, -por tener el gusto de negar una bula de divorcio al conde de Cangas y -Tineo...? - -—Por san Pedro, Ferrus, que teneis cabeza de cortesano mas que de -rimador. - -—Muchas gracias, señor Fernan. Algunos señores de la corte que me -desprecian cuando pasan delante de mí en el estrado de su alteza, y -que me dan una palmadita en la megilla, diciéndome “_á Dios, Ferrus; -dinos una gracia_,” podrian dar testimonio de mi destreza si supieran -ellos... - -—Entiendo: no estoy en ese caso. - -—Yo estimo demasiado al primer escudero de mi amo para confundirle -con la caterva de cortesanos, cuyo brillo me ofende, y cuya -insolencia provoca mi venganza. - -—¿Y en qué estamos de Hernando y de su comision? interrumpió Vadillo -dándole la mano y apretándosela, como para dar á entender que aquel -apreton de manos debia significar mas que todas las frases vulgares -que en semejantes casos se dicen. - -—Ya he dicho que no sé, si no que sospecho que el conde quiere ser -maestre; que Hernando puede traer noticias de la salud de don Gonzalo -de Guzman, y que esta noche no se acostará don Enrique de Villena sin -haber aligerado y repartido la carga de su secreto, si tiene alguno; -tambien quiero ser franco, tal puede ser él que no me sea lícito -confiarle ni á vos mismo. Pero atended. ¿No oís? - -—¿Qué es? repuso el escudero escuchando. - -—Es la señal de haber salido la pieza; ¿no oís los ladridos de los -sabuesos y la gritería de los monteros? - -—En efecto, dijo Vadillo; salgamos, si es que no teneis miedo tambien -de ver á esta distancia la caza. - -—Salgamos. - -Pasaba efectivamente como á tiro de ballesta un horrendo javalí, -perseguido de una jauría de valientes canes: ya dos de estos habian -probado sus agudas defensas, dando al viento su sangre y sus entrañas -palpitantes: mas de un montero, á punto de dar el golpe que hubiera -terminado la ansiedad en que á todos los tenia la fiera, se habia -visto arrebatado fuera del sendero que ésta seguia por su caballo -espantado. _Por el valle, por el valle se escapa_, gritaban los -ojeadores: y mas de diez cuernos, resonando en medio del silencio de -la selva, habian dado aviso á los impacientes cazadores que en el -llano se hallaban guardando los pasos y salidas. Mucho menos tiempo -del que hemos tardado en describir esta maniobra tardó en desaparecer -á los ojos de nuestros pacíficos observadores por entre la espesura -la encarnizada caterva, cuyos individuos apenas podian percibirse ya -á tal distancia y á aquellas horas. - -Perdíanse en la lontananza los cazadores, y el ruido tambien de -sus voces y sus bocinas, cuando salieron de la selva dos ginetes -galopando á mas galopar hácia las tiendas donde se aderezaba el -banquete para la noche, que empezaba ya á convidar al descanso con -sus frescas auras y sus tinieblas, á los fatigados perseguidores de -las inocentes reses del soto de Manzanares. - -—¿No os dije yo, gritó Ferrus estirando el cuello y abriendo los -ojos para reconocer á los caballeros, que la venida de Hernando nos -traería novedades de importancia? Mirad hácia la derecha por encima -de ese ribazo, alli, ¿no veis? entre aquellos dos árboles, el uno mas -alto y el otro mas pequeño... mas acá, seguid la indicacion de mi -dedo... ahí... ahí... - -—Sí, alli vienen dos galopando... - -—¿No reconoceis el plumero encarnado del mas bajo...? - -—Sí, él es... - -—Hernando es el otro. - -—¿Qué apostais á que desde este momento se ha acabado ya la partida -de caza? - -—Sin embargo, sabeis que veniamos para cuatro dias, y no llevamos -sino tres. - -—En hora buena: pues no vuelva yo á hacer una estancia, ni á probar -vino de Toro en la copa de mi señor, si dormimos esta noche aqui... y -voto va que si tal supiera diera principio á una pierna de esa ánima -en pena, que está purgando en la brasa las corridas inútiles que -habrá hecho dar por el bosque á mas de cuatro cazadores inespertos. Y -lanzó un suspiro clavando sus ojos en el asador, vuelto de espaldas -al sitio de donde venian los cabalgantes. - -—¿Qué haceis, Ferrus, ahí distraido? Apartad, apartad, gritó Vadillo -sacudiéndole por un brazo y desviándole del camino mal su agrado. - -En esto llegaban los ginetes á las tiendas; y mientras que el uno -de ellos se adelantaba á apearse y tener de la brida el caballo del -otro, Ferrus, ambicioso de servir el primero al recien llegado, ganó -por la delantera al escudero, y tomando el estribo con una mano, -mientras que con la otra descubria su cabeza roja y ensortijada, -acogió con su acostumbrada sonrisa de deferencia una rápida -inclinacion de cabeza y una ojeada de amistosa proteccion que le -dispensó el caballero. - -—Ya veo, Ferrus, le dijo éste al apearse, que pudieras desempeñar -este oficio perfectamente si muriesen de repente todos los dignos -escuderos de mi casa; y arrojó al descuido una mirada sardónica hácia -el negligente Vadillo, que con el tapacete en la mano é inclinando el -cuerpo, esperaba sin duda á que le dejase algo que hacer el solícito -poeta... - -—No hay duda, señor, contestó Vadillo apreciando en su justo valor -el ligero sarcasmo del caballero, que la costumbre de correr tras -el consonante presta á los poetas cierta agilidad de que nunca podrá -gloriarse un escudero indigno, aunque hijodalgo. - -—Aunque hijodalgo, dijo entre dientes Ferrus, pero de modo que pudo -oirlo el que era objeto de la consideracion y respeto de entrambos; -cada uno es hijo de sus obras, y las mias pueden ser tan honradas -como las del primer escudero de Castilla. - -—Paz, señores, paz, dijo el caballero; paz entre las musas y los -hijosdalgo. En estos momentos he menester mas que nunca de la union -de mis leales servidores: y quiso repartir un favor á cada uno para -equilibrar el momentáneo desnivel de su constante amistad. Cubríos, -Vadillo; la noche empieza á refrescar, y vuestra salud me es harto -preciosa para sacrificarla á una etiqueta cortesana. Ferrus, toma ese -pliego, y cuando estemos en Madrid me dirás tu opinion acerca de ese -incidente que me anuncian; tú sabrás si es fausto ó desdichado para -nuestros planes. - -Cogió Ferrus el pergamino y guardóle en el seno con aire de -satisfaccion, echando una mirada de superioridad sobre el desairado -escudero; superioridad que efectivamente le daba la confianza que -en público acababa de hacer de él su distinguido señor. Pero éste, -atento á la menor circunstancia que pudiera renovar el mal apagado -fuego de la rivalidad de sus súbditos, se apoyó en el brazo de su -escudero, y llevando á la izquierda al ambicioso juglar, y detras á -Hernando con entrambos caballos de las bridas, penetró en una tienda, -á cuya entrada quedó este respetuosamente, esperando las órdenes que -no debian tardar mucho en comunicársele. - -La tienda en que entraron, inmediata á aquella donde hemos dicho -que se aprestaban las viandas, se hallaba sencillamente alhajada; -una alfombra que representaba la caza del ciervo, y alegórica por -consiguiente á las circunstancias, ofrecia blando suelo á nuestros -interlocutores; cuatro tapices de estraordinaria dimension decoraban -sus paredes ó lienzos con las historias del sacrificio de Abraham; de -la casta Susana sorprendida en el baño por los viejos; del arca de -Noé; y de la muerte de Holofernes á manos de la valiente y hermosa -Judit. Una mesa artificiosamente trabajada de modo que pudiera -armarse y desarmarse cómodamente para esta clase de espediciones, y -varias banquetas de tijera fáciles de plegar, completaban el ajuar -de aquella vivienda campestre y provisional; una cámara interior, -y reducida, estaba ocupada por un lecho con su cubierta de seda -labrada de damasco. Algunos arcos y ballestas suspendidas aqui y -alli, y varios venablos apoyados en los rincones, daban á entender -á la primera ojeada el objeto de la espedicion que en el campo -detenia por aquellos dias á su dueño. Una armadura completa que en el -lugar preeminente se veía suspendida, manifestaba que la seguridad -personal no era olvidada de los caballeros belicosos del siglo XIV, -ni aun entonces mismo, que se entregaban á los placeres de una época -pacífica y agena de temores de guerra. - -—Ferrus, partiremos inmediatamente, dijo el caballero á su confidente. - -—¿Sin cenar, señor? - -—¡Ferrus...! - -—Señor, interrumpió el juglar volviendo en sí de la distraccion y -falta acaso de respeto á que habia dado ocasion la mucha familiaridad -que su amo le consentía; si tus negocios han menester de mi ayuno, y -si mi hambre puede en algo contribuir á su buen éxito, marchemos... - -—Naciste para comer, Ferrus: hago mal en creer que tengo un hombre en -tí... - -—Pero gran señor, tú propio anduvieras acertado en restaurar tus -fuerzas: el camino hasta Madrid es malo y largo, la noche oscura, y -Dios sabe si malhechores ó enemigos tuyos esperarán á que pasemos -para enviarnos en pos del maestre... si es que ha muerto, añadió -acercándosele al oido, como presumo. ¡Qué mal puede haber en que nos -pillen reforzados! - -—En buen hora, bachiller; deja de hablar. Fernan Perez, dispondreis -que al rayar mañana el dia se recoja la batida, y marchareis á -reuniros conmigo lo mas pronto que pudiereis. Ferrus, haz que nos den -un breve refrigerio. Seguiré tu consejo. - -No oye el reo su indulto con mas placer que el que esperimentó Ferrus -al escuchar la revocacion de la cruel sentencia, que á dos largas -horas de hambre le condenaba. En pocos minutos se vió cubierta la -mesa de un limpio mantel labrado, y un opíparo trozo de esquisito -morcon curado al fuego se presentó ante los ávidos ojos de nuestros -tres interlocutores. El hidalgo hizo plato á su señor, que no quiso -acelerar para su servicio el fin de la caza, ni se curó de llamar -á los dependientes, á quienes tales oficios de su casa estaban -cometidos: la situacion de su ánimo, devorado al parecer de secretas -ideas, y el deseo de permanecer en la compañía libre y desembarazada -de aquellos en quienes depositaba su confianza, redujo á dos el -número de sus servidores en tan crítica situacion. Luego que el -hidalgo le hubo hecho plato y Ferrus servídole la copa:—Sentaos, -dijo, y cenad, Fernan Perez, que bien podeis poner la mano en el -plato en mi propia mesa. Sentóse respetuosamente al estremo de la -mesa Vadillo, y el favorito permaneció en pie á la derecha de su -señor, recibiendo de su propia mano los mejores bocados que éste por -encima del hombro le alargaba, como pudiera con un perro querido que -hubiera tenido su estatura. Reíase Ferrus empero muy bien de esta -manera de recibir los trozos de la vianda, á tal de recibirlos; sabia -él ademas que lo que hubiera podido parecer desprecio á los ojos -de un observador imparcial, era una distincion cariñosísima que le -colocaba sobre todos los súbditos del caballero. Sin mortificarle -estas ideas dábase priesa á engullir morcon, sin mas interrupcion -que la que exigieron las dos ó tres libaciones que con rico vino de -Toro, entonces muy apreciado, hacia de vez en cuando el taciturno -y distraido personage, cuyo nombre y circunstancias singulares no -tardaremos en poner en claro para nuestros lectores. - -Acabóse la corta refaccion sin hablar palabra de una parte ni otra, -sirviéronse las especias, y púsose aquel en pie. - -—Partamos. - -—Paréceme, gran señor, que harias bien en armarte mejor de lo que -estás, porque ¡vive Dios que no quisiera que se quedara España sin -tan gran trovador! y... - -—¡Chiton! Pónme en efecto esa armadura. Quitóse un capotillo propio -de caza; púsose una lóriga ricamente recamada de oro sobre terciopelo -verde; vistió una fuerte cota de menuda malla; ciñó una espada, -y calzó las botas con la espuela de oro, insignia de caballeros -de la mas alta gerarquía. Prevínose tambien contra la intemperie -envolviéndose en un tabardo de belarte, y despues que Ferrus se -hubo armado, aunque mas á la ligera, montaron en sus caballos y se -despidieron de Fernan Perez, encargándole sobre todo que en manera -alguna dejase de estar á la mañana siguiente en la cámara de su -grandeza á la hora comun de levantarse; prometiólo Vadillo, besándole -el estremo de la lóriga, y al son de las cornetas de los cazadores -que daban ya la señal de recogida á los monteros desparcidos, picaron -de espuela nuestros viajeros seguidos de Hernando. - -Ya era á la sazon cerrada y oscura la noche: no dicen nuestras -leyendas que les acaeciese cosa particular que digna de contar sea. -Ferrus trató varias veces de aventurar alguna frase truhanesca, de -aquellas que solian provocar el humor festivo de su señor; pero el -silencio absoluto de éste le probó otras tantas que no era ocasion -de bufonadas, y que la cabeza del caballero, sumamente ocupada -con las revueltas ideas á que habia dado lugar el pliego que tan -intempestivamente habia venido á arrancarle del centro de sus -placeres, estaba mas para resolver silenciosamente alguna enredada -cuestion de propio interes, que para prestar atencion á sus gracias -pasageras. Resignóse, pues, con su suerte, y era tanto el silencio -y la igualdad de las pisadas de sus trotones, que en medio de -las tinieblas nadie hubiera imaginado que podia provenir de tres -distintas personas aquel uniforme y monótono compas de pies. - -Dos horas habrian transcurrido desde su salida de las tiendas, cuando -dando en las puertas de Madrid llegaron á entrar por el cubo de la -Almudena, y dirigiéndose al alcázar que á la sazon reedificaba el -rey don Enrique III en esta humilde villa, llegó el principal de los -viajeros á sus labios el cuerno, que á este fin no dejaba nunca de -llevar un caballero, é hizo la señal de uso en aquellos tiempos; la -cual oida y respondida en la forma acostumbrada, no tardaron mucho en -resonar las pesadas cadenas, que inclinando el puente levadizo dieron -facil entrada en el alcázar á nuestros personages: dirigiéronse -inmediatamente á las habitaciones interiores sin interrumpir el -silencio de su viaje, sino con el ruido de sus fuertes pisadas, cuyo -eco resonaba por las galerías, donde los dejaremos, difiriendo para -el capítulo siguiente la prosecucion del cuento de nuestra historia. - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO III. - - Ellos en aquesto estando - su marido que llegó: - —¿Qué haceis la blanca niña, - hija de padre traidor? - - —Señor, peino mis cabellos: - péinolos con gran dolor, - que me dejais á mí sola - y á los montes os vais vos. - - _Anónimo._ - - -Hallábase concluida la parte principal del alcázar de Madrid, y -habitábala ya el rey con gran parte de su comitiva siempre que el -placer de la caza le obligaba á venir á esta villa, cosa que le -aconteció algunas veces en su corto reinado. - -Entre las habitaciones inmediatas á la de su alteza se contaban -algunas de las principales dignidades de su corte, pero distinguíase -entre todas la de don Enrique de Aragon, llamado comunmente de -Villena: este jóven señor, uno de los mas poderosos y espléndidos -de la época, era tio del rey don Enrique III, y descendiente por -línea recta de don Jaime de Aragon. Su padre don Pedro, casado con -doña Juana, hija bastarda de don Enrique II, y reina despues de -Portugal, habia muerto en la batalla de Aljubarrota. Correspondíale -de derecho á don Enrique el marquesado de Villena, que su abuelo don -Alfonso, primer marqués de ese título, á quien le dió don Enrique II, -habia cedido á su hijo don Pedro, reservándose solo el usufructo por -toda su vida. Pero habiendo el rey don Enrique III en su menor edad -invitado al marqués don Alfonso á que viniese á ejercer su título -de condestable de Castilla que le diera don Juan I, y habiéndose él -negado con frívolos pretestos á tan justa exigencia, se aprovechó -esta ocasion de volver á la corona aquellos ricos dominios, que como -fronteros de Aragon no se creía prudente que estuviesen en poder de -un príncipe de aquel reino. Dióse en compensacion á don Enrique el -señorío de Cangas y Tineo con título de conde, y su muger doña María -de Albornoz le habia traido ademas en dote las villas de Alcocer, -Salmeron, Valdeolivas y otras; con todo lo cual podia justamente -reputársele uno de los mas ricos señores de Castilla. No habia -pensado él nunca en acrecentar sus estados por los medios comunes -en aquel tiempo de conquistas hechas á los moros. Mas cortesano -que guerrero, y mas ambicioso que cortesano, habia desdeñado las -armas, para las cuales no era su carácter muy á propósito, y su -aficion marcada á las letras le habia impedido adquirir aquella -flexibilidad y pulso que requiere la vida de corte. Las lenguas, la -poesía, la historia, las ciencias naturales habian ocupado desde -muy pequeño toda su atencion. Habíase entregado tambien al estudio -de las matemáticas, de la astronomía, y de la poca física y química -que entonces se sabia. Una erudicion tan poco comun en aquel siglo, -en que apenas empezaban á brillar las luces en este suelo, debia -elevarle sobre el vulgo de los demas caballeros sus contemporáneos: -pero fuese que la multitud ignorante propendiese á achacar á -causas sobrenaturales cuanto no estaba á sus alcances, fuese que -efectivamente él tratase de prevalerse y abusar de sus raros -conocimientos para deslumbrar á los demas, el hecho es que corrian -acerca de su persona rumores estraños, que ora podian en verdad -servirle de mucho para sus fines, ora podian tambien perjudicarle -en el concepto de las mas de las gentes, para quienes entonces como -ahora es siempre una triste recomendacion la de ser estraordinario. -No dejaba de ser notado en él á mas de su ambicion, cierto afecto -decidido al bello sexo; y lo que era peor, notábase tambien que nunca -se paró en los medios cuando se trataba de conseguir cualquiera de -esos dos fines, que tenian igualmente dividida su alma ardiente, y -que ocuparon esclusivamente todo el transcurso de su vida. - -Hallábase ricamente alhajada la parte que en el alcázar habitaba este -señor; costosos tapices, ostentosas alfombras de Asia, almohadones -de la misma procedencia, cuanto el lujo de la época podia permitir -se hallaba alli reunido con el mayor gusto y primor; ardian -lentamente en los cuatro ángulos del salon principal, pebeteros de -oro que exhalaban aromas deliciosos del oriente, uso que habian -introducido los árabes entre nosotros. A una parte del hogar se -veía una muger jóven y asaz bien parecida, vestida con descuido á -la moda del tiempo, y sentada en una pesada poltrona, notable por -su madera y por el mucho trabajo de adornos y relieves con que se -habia divertido el artista en sobrecargarla: descansaban sus pies -en un lindo taburete, y se hallaba ocupada en una delicada labor -de su sexo. Ayudábala enfrente de ella á su trabajo y á pasar las -horas de la primera noche, otra muger todavía mas sencilla en su -trage, y poco mas ó menos de su misma edad. Todo lo que la primera -le llevaba de ventaja á la segunda en dignidad y riqueza, llevaba -la segunda á la primera en gracia y en hermosura. Tez blanca y mas -suave á la vista que la misma seda; estatura ni alta ni pequeña; pie -proporcionado á sus dimensiones, garganta disculpa del atrevimiento, -y fisonomía llena de alma y de espresion. Su cabello brillaba como el -ébano; sus ojos sin ser negros tenian toda la espresion y fiereza de -tales, sus demas facciones mas que por una estraordinaria pulidez se -distinguian por su regularidad y sus proporciones marcadas, y eran -las que un dibujante llamaria en el dia académicas, ó de estudio. Sus -labios algo gruesos daban á su boca cierta espresion amorosa y de -voluptuosidad, á que nunca pueden pretender los labios delgados y -sutiles; y sus sonrisas frecuentes, llenas de encanto y de dulzura, -manifestaban que no ignoraba cuánto valor tenian las dos filas de -blancos y menudos dientes que en cada una de ellas francamente -descubria. Cierta suave palidez, indicio de que su alma habia sentido -ya los primeros tiros del pesar y de la tristeza, al paso que hacia -resaltar sus vagas sonrisas, interesaba y rendia á todo el que tenia -la desgracia de verla una vez para su eterno tormento. - -En el otro estremo del salon bordaban un tapiz varias dueñas y -doncellas en silencio, muestra del respeto que á su señora tenian. -Hablaba esta con su dama favorita, pero en un tono de voz tal, que -hubiera sido muy dificil á las demas personas que al otro lado de -la habitacion se hallaban enlazar y coordinar las pocas palabras -sueltas que llegaban á sus oidos enteras de rato en rato, cuando la -vehemencia en el decir ó alguna rápida esclamacion hacian subir de -punto las entonaciones del diálogo entre las dos establecido. - -—Elvira, decia doña María de Albornoz á su camarera, Elvira, ¡cuánta -envidia te tengo! - -—¿Envidia, señora? ¿A mí? contestó Elvira con curiosidad. - -—Sí: ¿qué puedes desear? Tienes un marido que te ama, y de quien te -casaste enamorada; tu posicion en el mundo te mantiene á cubierto de -los tiros de la ambicion y de las intrigas de corte... - -—¿Y es doña María de Albornoz, la rica heredera, y la esposa del -ilustre don Enrique de Villena, quien tiene envidia á la muger de un -hidalgo particular...? - -—¿De qué me sirve ser la esposa de ese ilustre don Enrique, si lo soy -solo en el nombre? mira lo que en este momento está pasando; tres -dias hace ya que partió á caza de montería; en esos tres dias Fernan -Perez de Vadillo ha venido dos veces á ver á su muger, y el conde -de Cangas y Tineo prefiere á la vista de la suya la de los javalíes -y ciervos del soto. Elvira, si se hicieran las cosas de dos veces, -doña María de Albornoz no volvería á dar su mano á un hombre cuyos -sentimientos no le fuesen bien conocidos. ¡Maldita razon de estado! A -un hombre de quien no supiese con seguridad que habia de ser el mismo -con ella á los tres años que á los tres dias. - -—¿Dónde está, señora, ese caballero? preguntó con distraccion Elvira, -lanzando un suspiro. ¿Dónde está? - -—¿Dónde está? repitió asombrada la de Albornoz. ¿Tan dificil crees -encontrar un esposo que me ame mas que don Enrique? - -—Si me lo permitís, diré que no sería dificil; pero desde un esposo -que os ame mas que don Enrique, hasta el hombre que buscábais hace -poco, hay la misma distancia que hay desde la idea imaginaria que del -matrimonio os habeis formado, hasta la realidad de lo que es este -vínculo en sí verdaderamente. - -—No te entiendo, Elvira. - -—¿Y me entenderíais si os dijera que hace tres años que me casé -enamorada con Fernan Perez de Vadillo, y que él no lo estaba menos -segun todas las pruebas que de ello me tenia dadas, y si os añadiese -que ni yo encuentro ya en mi escelente esposo al amante por mas que -le busco, ni él acaso encontrará en mí á la Elvira de nuestros amores? - -—¿Qué dices? - -—Acaso no podreis concebirlo. Es la verdad sin embargo; estad -segura empero de que en Castilla dificilmente pudierais encontrar -matrimonio mejor avenido; él me estima, y yo no hallo en el mundo -otro que merezca mas mi preferencia. ¡Ah! señora, no está el mal en -él ni en mí: el mal ha de estar, ó en quien nos hizo de esta manera, -ó en quien exige de la flaca humanidad mas de lo que ella puede -dar de sí... Perdonadme, señora; no debiera acaso hablar en estos -términos, pero solo á vos confiaria estos sentimientos, que quisiera -mantener encerrados eternamente en mi corazon. La vida comun, en -la cual cada nuevo sol ilumina en el consorte un nuevo defecto que -la venda de la pasion no nos habia permitido ver la víspera en el -amante, se opondrá siempre á la duracion del amor entre los esposos. -En cambio una estimacion mas sólida y un cariño de otra especie se -establecen entre los desposados, y si ambos tienen alternativamente -la deferencia necesaria para vivir felices, podrá no pesarles de -haberse enlazado para siempre. - -—¡Qué consuelo derraman tus palabras en mi corazon, Elvira! Si tú no -te consideras completamente dichosa, creo tener menos motivos para -quejarme; sin embargo, de buena gana te pediria un consejo que creo -necesitar. Si tu esposo te insultase diariamente con su frialdad y su -indiferencia nada menos que galantes, si tus virtudes no te bastasen -á esclavizarle y contenerle en la carrera del deber... - -—Redoblaria, señora, esas virtudes mismas: no sé si el cielo me tiene -reservada esa amarga prueba; pero si tal caso llegase, fuerzas le -pediria solo para resistirla y para vencer en generosidad al mal -caballero, que con tan negra ingratitud premiase mi cariño y mi -conducta irreprensible. - -—Basta, Elvira, basta: seguiré tu consejo; está en armonía con mis -propios sentimientos. Sí, la paciencia y la resignacion serán mis -primeras virtudes. ¡Ah don Enrique, don Enrique! ¡y qué mal pagais mi -afecto! ¡y qué poco sabeis apreciar la esposa que teneis! - -—¡Tened, señora! ¿no oís la señal del conde? ¿no habeis oido una -corneta? - -—Imposible: llevan solo tres dias y fueron para cuatro. - -—No importa; no he podido equivocarme: no, no me he equivocado: ¿oís -las pesadas cadenas del puente? - -—¡Cielos! No le esperaba. ¡Ah! estoy demasiado sencilla: Dios sabe si -no será perdido el trabajo que emplee en adornarme. - -—¿Qué decís? - -—Sí, llama á mis dueñas. - -Acercáronse dos dueñas de las que en la estremidad de la sala -bordaban, á la indicacion que Elvira les hizo levantándose, y -prosiguió la condesa. - -—Arreglad mis cabellos, pasadme un vestido con el cual pueda recibir -dignamente á mi esposo: probablemente nos dará lugar: nunca que -viene de fuera deja de dirigirse primero á la cámara del rey para -informarle de su llegada. Jamas me parecerá bastante todo el cuidado -que puedo tener en engalanarme y aparecer á sus ojos armada de las -únicas ventajas que nuestro sexo nos concede. Este mismo cuidado le -probará el aprecio que hago de su amor: acaso vuelva en sí algun dia -avergonzado de su conducta, y acaso no se frustren estas esperanzas -que ahora te parecen infundadas. - -Llegaron dos doncellas que en el menor espacio de tiempo posible -recogieron sus hermosos cabellos sobre su frente y los prendieron con -una rica diadema de esmeraldas, sustituyendo asimismo al sencillo -vestido que la cubria otro lujosamente recamado de plata. - -Llegad, Guiomar, dijo á una de sus sirvientes doña María de Albornoz, -llegad hasta el alabardero de la cámara del rey, y ved de inquirir -si es efectivamente don Enrique de Villena el caballero que acaba de -entrar en el alcázar, como tengo sobrados motivos para sospecharlo. - -Inclinó Guiomar la cabeza y salió á obedecer la orden que se le -acababa de dar. - -—¿Puedes comprender, Elvira, la causa que me vuelve á mi esposo un -dia antes de lo que esperaba? ¿acaso habrá amenazado su vida algun -riesgo inesperado? - -—No lo temas, señora. En el dia y en este punto de Castilla ningun -miedo puede inspirarnos ni el moro granadino, ni el portugués: y por -parte de los demas grandes, don Enrique está bien en la actualidad -con todos. Acaso el rey le habrá enviado á buscar... algun asunto de -Estado podrá reclamar su presencia. - -—Dices bien: me ocurre que la llegada del caballero que á todo correr -entró esta mañana en el alcázar pudiera tener algo de comun con esta -sorpresa... - -—¿Qué motivos... tienes, señora, para... presumir...? - -—Motivos... ningunos... pero mi corazon me engaña rara vez; y aun si -he de creer á sus presentimientos, nada bueno me anuncia este suceso. - -—¿Pero sabes, señora, quién fuese el caballero? - -—Hanme dicho solo que venia con un su escudero de Calatrava. - -—¿De Calatrava? ¿y no sabes mas...? - -—Dicen que es un caballero que viene todo de negro... - -—¿De negro? - -—Quien me ha dado estos detalles ha dicho que no sabia mas del -particular; pero paréceme, Elvira, que te ha suspendido esta escasa -noticia que apenas basta para fijar mis ideas: ¿conoces algun -caballero de esas señas...? - -—No señora... son tan pocas las que me dais... - -—Estás sin embargo inmutada... - -—Guiomar está aqui ya, interrumpió Elvira, como aprovechando esta -ocasion que la libraba de tener que dar una esplicacion acerca de -este reparo de la condesa... ella nos dará cuenta de... - -—Guiomar, dijo levantándose doña María de Albornoz al ver entrar á su -mensagera de vuelta de su comision, Guiomar, ¿es mi esposo quien ha -llegado? - -—Sí señora, es don Enrique de Villena... - -—Elvira, nuestros esposos. - -—No señora, viene solo con su juglar y con el escudero del caballero -del negro penacho que llegó esta mañana al alcázar. - -—Mi corazon me decia que tenia algo de comun un suceso con el otro... -¿Y por qué tarda en llegar á los brazos de su esposa, Guiomar? - -—Señora, no puedo satisfacer á tu pregunta: ni yo he visto á tu -señor, ni le han visto en la cámara del rey todavía... - -—¿No? - -—Parece que se ha dirigido en cuanto ha llegado á preguntar por la -habitacion del caballero recien venido de Calatrava. - -—¡Qué confusion en mis ideas! Despejad vosotras: siento pasos de -hombres; ellos son: Elvira, permanece tú sola á mi lado. - -Oíanse efectivamente las pisadas aceleradas de varias personas, -y se podia inferir que trataban andando cosas de mas que mediana -importancia, porque se paraban de trecho en trecho, volvian á andar y -volvian á pararse, hasta que se les oyó en el dintel mismo del gran -salon. Las dueñas y doncellas salieron á la indicacion de su ama, y -solo la impaciente doña María y su distraida camarera quedaron dentro -con los ojos clavados en la puerta que debia abrirse muy pronto para -dar entrada al esperado esposo. - -—Podeis retiraros, dijo al entrar don Enrique de Villena á dos -personas de tres que le acompañaban, y saludándose unos á otros -cortesmente, el conde con su juglar se presentó dentro del salon á la -vista de su consorte anhelante. - -—Esposo mio, esclamó doña María previniendo las frias caricias de su -severo esposo: ¿tú en mis brazos tan presto...? - -—¿Os pesa, doña María? contestó con risa sardónica el desagradecido -caballero. - -—Pesarme á mí de tu venida, yo, que no deseo otra dicha sino tu -presencia, y que solo para tí existo... - -—¿Y que solo para tí me engalano, pudierais añadir, hoy que os -encuentro tan prendida sabiendo que estoy en el monte? - -—Y si solo tu venida... - -—Me es indiferente, señora... - -—Indiferente... Ah... venis á insultar como de costumbre á mi dolor y -á mí... - -—Acabad... - -—Sí, acabaré... á mi necedad... - -—Basta; no estamos solos, señora. - -—¡Elvira...! dijo la de Albornoz echando sobre su camarera una mirada -de dolor. - -—Te entiendo, señora... te esperaré en tu cámara... - -Salió Elvira del salon por una puerta que daba á otra pieza -inmediata, con rostro decaido, ora procediese su abatimiento de la -prolongacion imprevista de la ausencia de su esposo, ó lo que es mas -creible, de la esperanza chasqueada que de ver entrar al caballero de -Calatrava habia alimentado inútilmente. - -—Ferrus, vos tambien podeis iros, dijo don Enrique á su juglar: -esperadme en mi cámara, pero haced retirar á todo el mundo: que -se acuesten mis donceles y mis pages: vos solo podeis quedaros... -tenemos que tratar materias en que no habemos menester testigos. - -—Serás obedecido, dijo el juglar; y salióse dejando á la de Albornoz -retorciendo sus manos en medio de su desesperacion, y con los ojos -clavados en el conde con cierto asombro, nada de estrañar en quien -estaba como ella muy poco acostumbrada á tener con su esposo escenas -solitarias como la que al parecer de intento le preparaba. - -—Ya estamos solos, esclamó don Enrique levantándose. Estrañareis -este paso sin duda, la de Albornoz... al llegar aqui calló como sino -estuviera muy resuelto todavía á decir lo que traía pensado, y empezó -á pasearse á lo largo con pasos tendidos y acelerados. - -—Perdonadme si no os he respondido mas pronto, contestó su esposa -despues de una ligera pausa: creí que íbais á seguir hablando. -¿Deberé alegrarme de esta inesperada entrevista? ¿Por fin vuestro -corazon, don Enrique, se ha rendido á mi amor? ¿habeis pensado ya -decididamente volver la paz al pecho de vuestra esposa... y cortar de -raiz las rencillas que han amargado hasta ahora nuestra desdichada -union? - -—¿Desdichada? maldecida, debierais decir; murmuró entre dientes el -conde, paseándose siempre sin volver los ojos una sola vez á mirar á -su afligida mitad. - -—Si tal es vuestro intento, continuó sin oirle la de Albornoz, ¿qué -tardais en venir á los brazos de la muger que mas os ama, y que no ha -amado nunca sino á vos...? Desechad esa dura indiferencia... si algun -rubor de vuestra pasada frialdad os impide darme ese contento, yo os -lo perdono todo. - -—Perdon... gritó fuera de sí el conde al oir esta palabra que lo sacó -de su letargo. Perdon... vos á mí... ¿Y sabeis antes si os perdono yo -á vos? - -—¡Santo cielo! ¡qué palabras! ¿pues en qué pude yo ser culpable -jamas? ¿en amaros demasiado, en sufriros...? ¡ah! perdonad, pero -soy vuestra esposa y tengo derecho á vuestro amor, ó por lo menos á -vuestra consideracion. - -—No se trata ya de amor. - -—¿Se ha tratado con vos alguna vez? - -—Lo ignoro: solo sé que ha llegado el caso de un rompimiento completo. - -—¿Un rompimiento? ¡Desgraciada María...! ¿Y qué causa podreis alegar -para tan indigna conducta...? - -—¡María...! gritó don Enrique. - -—Sí, sacad el puñal todo: no os contenteis con apretarle en vuestra -mano; aqui teneis el corazon criminal que os ha querido bien; acabad -de una vez con el único estorbo de vuestros intentos... De otra -manera, don Enrique, jamas conseguireis esa separacion; yo quiero -antes saber el motivo que os conduce á... - -—Ya lo podeis haber conocido: el estudio que ocupa las horas de mi -vida me impide que me entregue como debiera á la contemplacion de una -belleza terrenal... los hondos arcanos de las ciencias, el objeto -importante de mis tareas misteriosas... - -—¿Vos pretendeis embaucar como al vulgo de las gentes á vuestra misma -esposa...? ¡Delirios! - -—Bien, señora; pues si no os satisface esa respuesta, os diré -secamente: _mi voluntad_. - -—Para ese divorcio que pretendeis, necesitais de la mia... - -—Y esa es precisamente la que vengo á pediros... - -—¿Yo dar mi consentimiento...? - -—Vos... sí. - -—Jamas. - -—¡María! ¿conoces mi furor? Tú me le darás... - -—¡Ah! vos ocultais mal vuestra perfidia: vos amais á otra; no, no -puede tener otro origen ese estraño interes que manifestais... - -—¿A otra muger? interrumpió rojo de cólera don Enrique... Cuando don -Enrique de Villena pueda volver al estado de la estupidez y de la -ignorancia de un ente que nace al mundo, entonces amará á una muger... - -—Mentís, don Enrique... - -—¿Mentís, María, habeis dicho? ¿mentís? - -—Nada temo ya: mentís como fementido caballero: yo os he visto mas -de una vez, yo os he visto profanar con miradas de iniquidad la faz -mas pura acaso y celestial que existe sobre la tierra: yo he leido en -vuestros ojos el pecado: no me lo ocultareis... - -—¡Silencio! - -—Los ojos de una muger que quiere ven mas de lo que pensais los -hombres insensatos é ignorantes en medio de vuestra sabiduría. - -—¡Silencio, repito! dijo en voz ronca don Enrique: oid: quiero -conceder vuestras gratuitas suposiciones: ¿pretendeis, imaginais -vencer mi repugnancia á fuerza de amor? si tanto sabeis, no podeis -ignorar que vuestra solicitud sería inútil... - -—Lo sé; dad gracias, don Enrique, á que no de ahora lo sé, y á que he -llorado muchas lágrimas que han desahogado mi corazon; que de no, con -mis propias manos yo os hiciera pagar... - -—Teneos, María, y acabemos... si lo sabeis, y si ya de mucho tiempo -habeis consentido en ello, de nada servirá vuestra tenacidad: dadme -vuestro consentimiento y retiraos á un monasterio. Los estados de -Salmeron, Alcocer y Valdeolivas que me tragísteis al matrimonio -pagarán espléndidamente vuestra dote. - -—Nunca: lo sé, y sé que todos mis esfuerzos serán inútiles; cederé, -sí, cederé á la fuerza de los sucesos; empero nunca pondré yo misma -la primera piedra para el edificio de mi deshonra. Haced, don -Enrique, lo que gusteis; pero puesto que quereis guerra, guerra os -juro de muerte... - -—María, es en vano: desprecio tus baladronadas: mira este pergamino: -tu firma hace falta al pie... - -—Dejadme... soltad... - -—No os ireis sin firmarle. - -—¿Cuál es su contenido? - -—Una demanda de divorcio que pedís vos misma. - -—¿Yo? Soltad. - -—No; esclamó don Enrique deteniéndola con una mano mientras la -enseñaba el pergamino estendido sobre la mesa con la otra, en que -relucia su agudo puñal. - -—¡Nunca! ¡socorro! ¡Elvira! ¡Elvira! gritó la desesperada condesa, -huyendo hácia la cámara. - -—Callad, ó sois muerta, interrumpió con voz reconcentrada el conde -fuera de sí arrojándose delante de ella para impedirle la salida: -callad, ó temblad este puñal. - -Pero ya era tarde: la condesa habia llegado al colmo de su -indignacion, que estallaba en aquella coyuntura con tanta mas -fuerza cuanto mayor tiempo habia estado comprimida en el fondo de -su corazon. En vano procuraba taparla la boca su iracundo esposo -imponiéndole repetidas veces la mano sobre los labios: no bien -la separaba, sonidos inarticulados se escapaban del pecho de la -condesa, y resonaban por los ámbitos del salon: en valde trataba el -conde de sujetarla á sus plantas; la condesa, de rodillas conforme -habia caido al querer huir, hacia inconcebibles esfuerzos por -desasirse de aquellos lazos crueles que la detenian. - -—¿No firmareis? repitió cuando la tuvo mas sujeta don Enrique: ¿no -firmareis...? - -En este momento se oyó una puerta que, girando sobre goznes ruidosos, -iba á dar entrada en el salon á Elvira, que asustada acudia á las -voces de su señora. - -—Sí, gritó levantándose la de Albornoz animada con el ruido de la -puerta, que hacia perder asimismo su posicion opresora al conde; sí, -firmaré, firmaré; y añadiendo _pero de esta manera_; y precipitándose -sobre el pergamino lo arrojó al fuego inmediato sin que pudiera -evitarlo don Enrique estupefacto, á quien habia quitado la accion la -inesperada vista de Elvira. - -—¿Qué teneis, señora, que dais tantos gritos? preguntó azorada Elvira -echando una mirada esploradora de desconfianza hácia el conde, que -con los brazos cruzados, pero sin pensar en esconder el puñal, -parecia su propia estátua enclavada en medio de su casa. - -Arrojóse la condesa en brazos de Elvira sin tener aliento sino para -exhalar tristísimos ayes y profundos suspiros, y regar con abundantes -y ardientes lágrimas el pecho de su camarera, donde ocultó su rostro -avergonzado. - -Volvió el conde al mismo tiempo las espaldas, sonriéndose con cierta -espresion sardónica de desprecio y de indignacion, y sin proferir una -sola palabra que pudiese dar á Elvira la clave de lo que entre sus -señores habia pasado; anduvo varios pasos; escondió su puñal en la -vaina, y al llegar á la pared apretó con su dedo un resorte oculto -en la tapicería, el cual cedió y manifestó una puerta de la altura -y ancho de una persona, secretamente practicada en aquella parte. -Por ella desapareció como un espectro que se hunde en una pared, -ó que se borra y desvanece al mirarle detenidamente; que no otra -cosa hubiera parecido el conde al espectador que le hubiera mirado -estando ignorante de la salida misteriosa, la cual no dejó despues de -su desaparicion la menor señal de fractura, raya ó llave por donde -pudiese conocerse que no era obra de magia ó de encantamiento. - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO IV. - - Este es aquel Albenzáyde - que entre todos tiene fama. - - _Floresta de var. Rom._ - - -La cámara de don Enrique de Villena, adonde vamos á trasladar á -nuestro lector, era una verdadera rareza en el siglo XV. Una ancha -y pesada mesa, que en valde intentariamos comparar con ninguna de -las que entre nosotros se usan, era el mueble que mas llamaba la -atencion al entrar por primera vez en el estudio del sabio. Varios -voluminosos libros, de los cuales algunos abiertos presentaban á la -vista del curioso gruesos caractéres góticos estampados, ó mejor -diremos dibujados sobre pulidas hojas de pergamino; un reló de -arena; un enorme tintero, cuyos algodones hubieran podido prestar -zumo para varios tomos en folio; dos ó tres lunas redondas, de -aquellas con que solía surtir la reina del Adriático entonces á las -personas ricas; algun espejo metálico girando sobre un eje á la -manera de los modernos tocadores de las damas; varios instrumentos -groseros de matemáticas, que el vulgo creía talismanes mágicos, y -no pocos alambiques y redomas aplicables á usos químicos, si asi -podemos llamar á las confecciones misteriosas de los que en aquella -época encanecian buscando la piedra filosofal ó la esencia del oro; -crisoles y aparatos sencillos, si bien costosos, de física, eran los -objetos que cubrian la mesa que hemos procurado describir: veíanse á -otra parte de la habitacion armas ofensivas y defensivas, que segun -la estima que en aquellos tiempos belígeros tenian, no dejaban nunca -de verse en las cámaras de los caballeros: una lámpara de cuatro -mecheros, suspendida del artístico arteson, y otra manual y mas -pequeña colocada entre la confusion de objetos que llenaban la mesa, -iluminaban el laboratorio del conde de Cangas y Tineo. - -Un enorme sillon de baqueta, donde hubieran podido sentarse -cómodamente mas de dos personas, completaba el ajuar del misterioso -personage de nuestros primeros capítulos. - -En la noche á que nos referimos, y á una hora medianamente avanzada -consideradas las costumbres del siglo, se hallaba en aquella pieza un -hombre solo, en quien el lector reconocerá al momento á Ferrus con -solo notar su sonrisa maligna y el aire de importancia y franqueza -con que paseaba á lo largo y á lo ancho en una habitacion, de que -ciertamente no era él el dueño. Despues de un momento de pausa,—Rui -Pero, dijo en voz baja Ferrus, Rui Pero. - -A esta interpelacion se manifestó otro hombre en la cámara. - -—¿Habeis llamado, señor Ferrus? - -—Sí: ¿se ha recogido todo el mundo? - -—Solo queda en pie el ballestero de la parte esterior de la puerta. - -—Bien. - -—Y yo, que como camarero de nuestro amo estoy aguardando su venida -para prestarle los servicios de mi cargo. - -—Es inútil: yo le serviré. - -—Mirad que soy su camarero. - -—Le serviré, os he dicho; sé sus intenciones. - -—En ese caso me retiraré. - -—Es lo mejor que podeis hacer. - -—Buenas noches, señor Ferrus. - -—Esperad... decidme antes, ¿no habria algun page cerca, por si fuese -necesario despues servirse de una tercera persona...? - -—Jaime ha quedado conmigo: está en la antecámara. - -—Llamadle. - -—Está bien. - -—Id con Dios. Ya se fue... no sé por qué razon, dijo para sí luego -que estuvo solo el juglar mirando á todas partes, no sé por qué razon -he de tener miedo, cuando estoy solo en esta cámara. Verdad es que -nunca he podido comprender cómo hay hombres valientes; y eso que en -mas de un encuentro me he hallado yo mismo con el enemigo; pero puedo -jurar que me da mas miedo esta soledad que la compañía de diez moros -y veinte portugueses en un dia de batalla. Estas voces que corren de -que mi amo es nigromante y este aparato... ¡Dios me valga! no tocaria -á una redoma de esas por mil cornados... ¿Quién sabe cuántas legiones -de demonios podrán caber en cada una...? No será malo hacer la señal -de la cruz y santiguarme... ¿Qué es esto...? ¡Ah! no es nada; es mi -sobrecapote, lo estaba pisando: hubiera dicho que tiraban de mí... -Disimulemos el miedo; ya está aqui el page: es preciso buscar un -pretesto para estar acompañado. - -A esta sazon entraba ya un pagecito que podria tener catorce ó quince -años todo lo mas. - -—El camarero dice... - -—Sí, el camarero dice bien, interrumpió Ferrus sin enterarse, y -sin saber todavía qué pretesto suponer para justificar aquella -intempestiva llamada. ¿Dormías, Jaime? - -—Pésiami alma si he podido en mi vida pegar los ojos en esta maldita -cámara. El miedo me tiene mas despierto que una liebre. - -—¿El miedo...? - -—Pienso que puedo hablar francamente con el señor Ferrus, y que no -irá á decir á su señoría... - -—Habla sin temor. Vamos, el muchacho es de los mios, dijo para sí el -ingenioso juglar. - -—Si va á decir verdad, puedo jurar por el salto que dió el Cid sobre -la puerta de Burgos estando un dia á caballo, segun nos cuentan... - -—Adelante. - -—Puedo jurar que no veo sino espíritus del otro mundo... y á cada -paso se me antoja que me arrebatan por los aires... - -—¡Eh! interrumpió Ferrus echando una mirada á todas partes. ¡Ba! -niñerías, Jaime, niñerías; yo te creí hombre de mas valor. ¡Qué -valiente es uno, añadió para sí, cuando está con un cobarde! - -—¿Niñerías? ¿os parece, señor Ferrus, que cuando las gentes han dado -en hablar de la magia blanca ó negra, que ni aun eso quiero saber, de -nuestro amo, no se lo tendrán bien sabido? Si hubierais de dormir, -como yo, algunas noches tabique por medio con nuestro señor conde, ya -me dariais noticias de las niñerías; y sino decidme, ¿con quién habla -mi amo cuando no habla con nadie...? - -—Claro está, con nadie. - -—Quiero decir, cuando está solo. - -—¿Y con quién puede hablar? - -—¿Con quién ha de ser? con el diablo que me lleve: ello es que habla, -y que á él nadie le responde, y que se pasa las noches de claro en -claro trabajando y afanando sobre esos cacharros que llama crisoles -y rodeados de llamas, y que anda un olor tal que, Dios me perdone, -si se me pasa por la imaginacion hacer conocimiento con el pomo de -esencias de donde lo saca... Venid aqui, añadió el barbilampiño -cogiendo de la mano inesperadamente á Ferrus, que se estremeció al -sentirse tocado en tan crítica circunstancia; venid aqui, decidme -qué significan esos garabatos que escribe sobre el papel, y sino -son signos diabólicos... ¡Mal año para mí! si quiero permanecer mas -tiempo al servicio del señor conde... no, sino estéme yo aqui y -llévese el diablo mi alma una noche, sin tener arte ni parte en los -productos que sin duda le dará á nuestro amo por precio de la suya. -Os digo que no se pasarán tres dias sin que me torne al servicio de -mi hermosa prima Elvira. A lo menos alli no hay mas hechizos que los -de sus ojos. - -—¡Tate! señor page, ¿con que se os entiende tambien á vos de esotros -hechizos? - -—Os aseguro que no estoy para aplaudir vuestras gracias. Mirad bien -esos caractéres. - -—Bien, page, pero no hay necesidad de acercarse tanto: verdad es que -son raros; imagino sin embargo, añadió el coplero afectando una -indiferencia que estaba muy lejos de sentir, imagino que esos pueden -ser versos, porque has de saber que el conde hace versos... y como ni -tú ni yo sabemos leer ni escribir, acaso maliciemos... - -—¡Voto va! ¡no sabeis escribir! ¿Pues no haceis vos trovas tambien? - -—Cierto que hago trovas, y las canto, que es mas; empero no las -escribo. - -—¿Eh? ¿no digo yo que esos serán encantos...? Mirad, Ferrus, os -quiero porque nos soleis hacer reir en el hogar con vuestras -sandeces, quiero decir, con vuestras sales... yo os aconsejaría que -imitárais mi ejemplo, y os viniérais... - -—Eso no, señor page; paso, paso, que antes me dejaré llevar de todos -los espíritus que tengan el menor interes en especular con mis -huesos, que abandonar á mi amo. Verdad es que no las tengo todas -conmigo; pero todos los caballeros de la tabla redonda, incluso -el rey Artus, que se volvió cuervo, ni los doce de Francia no me -convencerán de que don Enrique de Villena es tonto, y si él sabe mas -que yo, quiero yo perderme cuando él se pierda... - -—A la buena de Dios, señor Ferrus; ¿mas no oís pasos? - -—¡Santo cielo! esclamó Ferrus. ¡Ah! sí, es don Enrique, sí, será -don Enrique; vete retirando... poco á poco... ¡Jaime! mas despacio; -pudiera ser que no fuese él... - -Miraba atento Ferrus á la parte de donde provenia el rumor á tiempo -que el page, de suyo poco inclinado á esperar aventuras de ninguna -especie, y menos de aquella á que él se figuraba pertenecer la que se -presentaba, se habia puesto ya en salvamento en la antecámara, donde -le parecia que no estaba tan al alcance de los perniciosos efectos -de las maléficas redomas que tanto temor le infundian. Santiguábase -alli á su placer, y dábase prisa á besar una santa reliquia que en -el pecho para tales ocasiones llevaba con mas fervor que besaría un -enamorado la blanca mano de su Filis dejada al descuido entre las -suyas. - -Miraba atento Ferrus, y no esperaba nada menos que ver alguna -desmesurada fantasma ó ridículo endriago que viniese á pedirle -cuentas de su mal pasada vida. Abrióse por fin una puerta tan -secreta como la que en nuestro capítulo anterior hablando del salon -dejamos descrita, y se presentó á los ojos del espantado confidente -la persona del mismo don Enrique, á la cual daba cierto aire nada -tranquilizador la escena que acababa recientemente de pasar entre él -y su desdichada esposa, la de Albornoz. - -—¡Maldita tenacidad! entró diciendo con voz iracunda el enojado conde -sin reparar en su medroso confidente, ni menos acordarse de la orden -que de esperarle en su cámara le tenia anteriormente conferida. Mal -conoce á don Enrique el desdichado que pretende atravesarse en el -camino de sus planes, añadió acercándose á la mesa; resiste, infeliz, -resiste mañana todavía, y conocerás bien pronto quién es don Enrique -de Villena. - -—Señor, perdonadme si os he ofendido, esclamó hincándose de hinojos -el espantado Ferrus, é interpretando contra sí el sentido de las -últimas palabras del conde, únicas que habia oido distintamente. -Perdonadme... - -—¡Ah! ¿estás ahí? dijo don Enrique volviendo en sí: ¿qué haces en esa -postura? ¿rezas? insensato. - -—Sí, gran señor, insensato, pero te juro que mi intencion es buena. - -—Alza: ¿has perdido el juicio? Bien que nunca le tuviste. Alza, -miserable, ¿no sabrás distinguir jamas cuándo es ocasion de farsas, y -cuándo no? - -—Dios me perdone, dijo levantándose Ferrus; Dios me perdone mis -muchos pecados. Dame tus órdenes, y te probará tu esclavo si -desconoce la oportunidad de servirte. - -—¿Estás solo? - -—Solo, con mi miedo, iba á decir el intempestivo juglar, pero el -gesto mal encarado de su amo le recordó lo que acababa de decirle -en aquel tono que tiene tanto prestigio sobre las almas débiles. -Solo, señor, pronunció titubeando. Jaime es el único que vela en la -antecámara. - -—Dale las señas de la habitacion del caballero que ha llegado esta -mañana de Calatrava. Que llegue á ella, que dé tres golpes, y que -pronuncie mi nombre en voz baja; nada mas. Es señal convenida. - -Salió Ferrus á obedecer la orden de su señor, y no tardó mucho en -volver á entrar con la noticia de que quedaba desempeñada su comision -con el mismo celo de que tantas pruebas tenia dadas. - -—En buen hora, Ferrus. Llégate mas cerca y habla bajo. Conozco -tu celo, y tú conoces mi poder. Hasta la presente creo haberte -recompensado mas allá de tus esperanzas, y aun mas allá de lo que tus -méritos exigian. - -—Estoy harto pagado con el honor de servirte, dijo el astuto juglar. - -—Bien, dejemos lisonjas que tú no crees ni yo tampoco: toma esas -monedas: cada cornado que aceptas debe pesar mas que plomo en tu -bolsillo si piensas faltarme algun dia: del plomo sabria hacer oro -si lo hubiese menester; pero tambien del oro sabré hacer fuego si tu -conducta... - -—Ofendes á Ferrus, señor. - -—Quiero creerlo asi: escucha, dame el pergamino que te he confiado. -Bien. El maestre de Calatrava ha muerto: esta es la nueva que aqui me -dan. - -—Dios le haya perdonado, y tenga su alma... - -—Bien; esas no son cuentas nuestras. Atiende primero; luego le -encomendarás; en el estado en que está, puede esperar mucho tiempo: -lo mismo es hoy que mañana. Nadie sabe en la corte todavía este -importante suceso. El doncel favorito de Enrique III ha llegado á -darme este aviso, y no ha descansado desde Calatrava hasta Madrid. -Es preciso ser gran maestre de Calatrava antes que nadie piense en -pretenderlo. - -—Tendrás, señor, por enemigo á don Luis Guzman, sobrino del muerto. - -—Despreciable enemigo: otro tengo mas cerca, Ferrus, y mas temible. - -—¿Mas temible y mas cerca? - -—Sí, mas cerca y mas temible. Soy casado. - -—Cierto que es mal enemigo la muger propia... - -—El instituto de la orden exige voto de castidad. - -—Tambien es mal enemigo ese voto. - -—Tregua á las chanzas, Ferrus. No es el enemigo el voto, ni en eso -pudiera yo pararme. ¿Pero cómo combinar ese voto con mi estado? - -—No serás el primero que se haya divorciado; yo te citaré ejemplos... - -—Ninguno ignoro, y el paso ya le he dado, pero inútilmente; he -levantado la caza y he perdido el rastro. La de Albornoz ha dado en -el mas raro desatino que se pudiera imaginar, ama á su marido y es -constante. - -—Con todo, es muger. - -—Desgraciadamente, como hay pocas. - -—¿Es posible? - -—Y sin embargo es preciso buscar un medio. - -Quedóse un momento pensativo el conde como hombre que busca en su -imaginacion agotada algun arbitrio, ó que espera en la inaccion que -la casualidad le presente alguna idea luminosa que él se siente -desesperado ya de encontrar. - -Ferrus discurria en tanto mas de prisa, y aun un buen fisonomista, -al ver sus ojos inciertamente fijos en el conde y sus labios moverse -por sí solos maquinalmente, hubiera conocido cuán importantes -reflexiones ocupaban su cabeza, que era en realidad mejor y mas -firme de lo que á él le convenia aparentar. Bajo el velo de una -lealtad ciega y de una estupidez atolondrada, ocultaba vastos -planes, que sin duda hubiera llegado á realizar si la educacion -ignorante que habia recibido en la clase ínfima de la sociedad no -le hubiera rodeado de preocupaciones y supersticiones vulgares, -que continuamente se atravesaban como obstáculos insuperables -en el camino de su ambicion. En una palabra, no era el malvado -bastante impío para las exigencias de su ambicion. Ya hacia tiempo -que varias conversaciones que habia tenido con el conde le habian -iluminado acerca de sus miras de alcanzar un maestrazgo; porque es -de advertir que Villena, acostumbrado á no ver en Ferrus sino un -juglar grosero é incapaz de planes para sí, lo tenia á su lado y -en su favor con preferencia á cualquier otro: contaba con que era -bueno para ejecutar, y á la par incapaz de penetrar los motivos -de sus acciones, las cuales no siempre los tenian tan buenos que -pudiese él gustar de que por el conducto de algun incauto ó taimado -confidente llegase nunca el público á saberlos. Hacíase el conde -ademas la doble ilusion tan comun en los hombres, y especialmente en -los de talento, de creer que era sumamente dificultoso escudriñar -las causas de sus acciones y encontrar el hilo de sus intrigas. Asi -que, en muchas ocasiones en que no esperaba nada de la inventiva -de su confidente, contábale sin embargo sus cuitas y hablaba alto -delante de él, depositando en el taimado Ferrus sus mas importantes -secretos, con la misma tranquilidad con que deja un moro sus pecados -en el agujero practicado para el descargo de su conciencia. Si queria -Ferrus influir en las determinaciones de su señor, soltaba las ideas -que á su entender habia de aprovechar; pero soltábalas como ideas -ocurridas al acaso sin plan ni conocimiento, y riéndose el primero -de su supuesto desatino: tenia de este modo la habilidad de hacer -que creyese don Enrique que eran suyas propias las ideas que mas de -una vez le hacia él solo adoptar. Las mas veces se contentaba con -escuchar, afectando una completa inmovilidad é indiferencia en sus -facciones, actitud que le favorecia mucho para no perder una sola -palabra; y en estas ocasiones se hubiera creido que don Enrique y su -juglar eran un solo ente compuesto de dos personas; la una sublime -é inteligente que debia discurrir, hablar y proponer, y la otra -material y bruta encargada de escuchar. - -En la circunstancia actual revolvia Ferrus aceleradamente en su -imaginacion las ventajas que de lograr Villena el maestrazgo le -podrian resultar, y cierto que no eran pocas. Don Enrique de Villena -era rico por sí, es verdad, pero la pérdida de su marquesado de -Villena le habia privado de un sin número de castillos y vasallos, -y su condado de Cangas y Tineo estaba casi en su totalidad reducido -á tener bajo su jurisdiccion dos ó tres de los mejores montes de -oso de toda España. Las posesiones que su muger le habia traido en -dote eran pingües, mas nunca habia querido contar con ellas como -cosa suya, porque habiéndose llevado siempre mal con la de Albornoz, -conocia que tarde ó temprano habia de llegar entre ellos el punto de -una eterna separacion, y el caso por consiguiente de restituir lo -que solo en calidad de dote habia recibido. Los maestres de las tres -órdenes militares de Santiago, Calatrava y Alcántara, eran entonces -tres potentados á quienes solo la corona faltaba para poderse llamar -reyes. Una infinidad de riquezas, castillos y vasallos no reconocian -otro dueño, y su inclinacion á cualquier partido hacia un contrapeso -casi imposible de vencer por el mismo rey con todo su poder. - -Todo esto sabia Ferrus, y bien se le alcanzaba que cuanto creciese en -gloria su señor creceria él en poder, y aun ¿quién sabe si habria -concebido entre sus miras ambiciosas la de ser armado algun dia -caballero, y verse alcaide de alguna fortaleza ó clavero de la orden, -ó aun algo mas si el viento le soplaba en popa como hasta la presente -le habia felizmente acontecido? Resolvió, pues, en su corazon poner -de su parte cuantos medios estuviesen á su alcance para derribar el -obstáculo que la de Albornoz presentaba á su futura grandeza, sin -hacer escrúpulo alguno hasta de perderla si fuese preciso recurrir á -medios violentos, que al parecer no debia tener adoptados todavía su -agitado esposo. Quiso sin embargo esplorar el campo, y soltar alguna -espresion por donde pudiera conocer la firmeza del terreno en que iba -á aventurar su pie mal seguro. - -—Es preciso buscar un medio, repitió don Enrique despues de otra -pausa de inútil reflexion. - -—Si mi muger, gran señor, se empeñara en estar casada conmigo á la -fuerza, ó me fingiria impotente... - -—¿Estás loco? ¿impotente? - -—¿Crees, señor, que ella resistiria á esa prueba...? ó... hallaria -algun medio para que se quitase ese obstáculo por el mismo término -que se nos ha quitado el obstáculo del maestre... - -—¿Qué quieres decir...? dijo espantado don Enrique. - -—¡Eh! dijo Ferrus, afectando una risa estúpida. Digo que si yo, hablo -de mí no mas, si yo supiera hacer del plomo oro como ha un rato me -han dicho, tambien sabria hacer de los vivos muertos: y clavó sus -ojos en los del conde para esplorar el efecto que habia producido su -espresion, bien como el muchacho despues de haber tirado la piedra -anda buscando con los ojos en el espacio el punto que debe marcarle -el alcance de su tiro. - -—Lejos de mí semejante idea; si la separacion es imposible, no seré -maestre: pero recurrir á una violencia, nunca: todavía no he manchado -con sangre mi diestra; si la intriga no basta no llamaré al puñal ni -al veneno en mi socorro. - -—¿La intriga...? repitió vagamente el juglar, convencido de que habia -aventurado demasiado: ¿sabes, señor, que si me das licencia yo he de -encontrar de aqui á poco una intriga que te plazga? Tengo una idea, -ya sabes que soy un necio, ó poco menos, pero acaso el espíritu -que suele protegerte se valga de este medio grosero é indigno de tu -grandeza para poner en tus manos el deseado maestrazgo. - -—¿Tú, Ferrus? - -—Yo, señor: repito que tengo una idea... - -—¿La impotencia de que me has hablado? Cierto que la impotencia es un -pretesto escelente: en el último caso... dijo para sí don Enrique, -¿quién se atreveria á probarme lo contrario? ¿Es esa impotencia de -que has hablado? ¿ese medio que me pondria en ridículo y...? - -—Mejor aun. - -—¿Mejor? Habla, Ferrus, habla: te lo mando: me debes tu existencia, -tus ideas... - -—Y si me engañan mis esperanzas... si... - -—Habla de todos modos. - -—Si quieres que declare mi proyecto, necesito callar un momento y -meditarlo. - -—¡Mentecato! ¡necio de mí en creer que de esa cabeza pueda salir una -sola idea luminosa! - -—¡De esta cabeza! repitió por lo bajo Ferrus: ¡orgulloso conde! -¿quién sabe si de ella saldrá un dia tu ruina? Y añadió en voz -alta: si me concedes el permiso de callar, ilustre conde, y el de -retirarme en el acto, el maestrazgo es tuyo. - -—¿Mio? ¡imbécil! Y si estoy siendo juguete de una ilusion y de una -quimérica esperanza, juglar, si me haces perder momentos preciosos, -¿qué castigo te sujetas á sufrir? - -—La caida de tu gracia, el sentimiento de no haberte podido servir; -¿te parece tan ligero? contestó Ferrus con serenidad. - -Este cumplimiento lisonjero del hipócrita desarmó enteramente al -irritado conde. Bien, dijo; te doy permiso: una sola condicion -quiero imponerte: supuesto que nada me ocurre á mí propio que pueda -ser de provecho en tan crítica circunstancia, quiero probar tu -entendimiento: ¿sabes empero lo que es la vida? ¿Sabes lo que es mi -honor? Respeta la primera en la víctima, y el segundo en tu amo; ¿te -acomoda esta condicion? - -Una inclinacion de cabeza manifestó el asentimiento del juglar. - -—En buen hora: á Dios, dijo el conde levantándose, Ferrus: _vida y -honor_; si infringes los tratados, tu sangre me responderá de tu -malicia ó de tu ignorancia, y pagarás cara tu loca presuncion: serás -la primer víctima que podrá acusarme de haber borrado un ser de la -lista de los vivientes. - -Otra inclinacion de cabeza, su elocuente silencio y la resolucion con -que Ferrus salió de la cámara, tranquilizaron algun tanto al inquieto -Villena, si bien poco ó nada esperaba de la inventiva del juglar. - -Volvióse á su sillon despues de la marcha del confidente, ora -calculando qué esperanzas podia fundar en su jactancia y seguridad, -ora queriendo adivinar los proyectos del loco, ora disponiéndose en -fin á otra entrevista que debia tener aquella noche misma con un -personage nuevo, que en el siguiente capítulo daremos á conocer á -nuestros lectores; entrevista que él creía antes que todo, y antes -que el descanso de sus miembros fatigados, necesaria al buen éxito de -sus ambiciosas intrigas. - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO V. - - De un ardiente amor vencido, - dice:—De cuatro elementos; - el fuego tengo en mi pecho, - el aire está en mis suspiros, - toda el agua esta en mis ojos, - autores de mi castigo. - - _Romance del rey Rodrigo._ - - -Hácia otra parte del alcázar de Madrid, y en un aposento que á su -llegada se habia secretamente aderezado por las gentes de Villena, -descansaba reclinado en un modesto lecho un caballero á quien no -permitia cerrar los ojos al sueño un amargo pesar, de que eran claros -indicios los hondos y frecuentes suspiros que del pecho lanzaba. - -Algo apartado de él aderezaba una ballesta con aquel silencio de -deferencia propio de un inferior, y á la luz de una mortecina -lámpara que sobre una mesa ardia, aquel mismo Hernando que tan -intempestivamente habia distraido de la caza al conde de Cangas y -Tineo, segun en el primer capítulo de nuestra verídica historia -dejamos referido. - -A los pies de entrambos dormia un soberbio can, de la familia de los -alanos, y su inquietud y sus sordos é interrumpidos ronquidos, único -rumor que en medio del profundo silencio variaba la monotonía de los -suspiros de su amo, daban lugar á sospechar que soñaba acaso hallarse -en persecucion de algun azorado javalí en medio del monte enmarañado. - -—Hernando, dijo por fin el angustiado caballero, mañana habremos de -madrugar para partir con el alba; recógete y descansa. - -—¿Y tú, señor? ¿no tañerás de acogida? respondió Hernando. - -Debemos advertir para la mas facil inteligencia de nuestros diálogos -sucesivos que Hernando, hijo de un montero de don Juan I, y montero -él mismo, solo vivia en la caza y en el monte, y asi pensaba él en -hablar otro lenguaje que el de la montería, como por los cerros de -Úbeda. No conocia mas amistad que la que con los venados del monte -hacia tantos años tenia establecida, ni mas amor que el de su fiel -Brabonel; tal era el nombre del poderoso alano que á sus pies -roncaba, al cual distinguía de todos los demas perros que á la sazon -en la corte de don Enrique tenian nota de valientes no solo por su -constancia en seguir y acosar dias y noches enteras á la res, sino -tambien por el conocimiento estremado con que buscaba la osera y -escatimaba el rastro y levantaba al oso donde quiera que estuviese -escondido. Pagábale en verdad el leal Brabonel con usura su marcada -aficion, y conocíase esto mas que en nada en no querer recibir el -alimento sino de la propia mano del laborioso montero. Solo se le -conocia á Hernando un flaco que contrapesaba casi siempre con ventaja -el cariño que á su perro tenia; á saber, la fidelidad á su amo, -único hombre á quien manifestaba respeto y deferencia, y para quien -moderaba y suavizaba la condicion agreste que en los bosques se habia -formado con no poco perjuicio de sus adelantos é intereses, pues -solía responder á un cumplimiento con palabras tan duras y ofensivas -como la ballesta que en la diestra llevaba las mas horas del dia, en -muestra de su pasion montaraz. Con esta pequeña digresion, que en -vista de su importancia nos perdonarán facilmente nuestros lectores, -estarán estos mas dispuestos á interpretar la técnica gerigonza con -que entreveraba los mas de sus discursos y conversaciones. - -La pregunta que acababa Hernando de dar por respuesta al taciturno -caballero no tardó en obtener una contestacion aclaratoria de la -situacion del espíritu de aquel á quien se dirigia. - -—Nunca, Hernando, nunca, repuso el atribulado señor, nunca encontrará -el reposo entrada en mis párpados desvelados. Mañana al lucir el dia -partiremos de nuevo para Calatrava, si esta noche, como lo espero, -queda concluida la comision que á Madrid nos ha traido. Si tú -supieras cuánto me pesa la atmósfera en la inmediacion de... - -Al llegar aqui detuvo la lengua el caballero como si hubiera temido -haber dicho ya demasiado con respecto al secreto que tanto en su -corazon pesaba. - -—¿Y hemos de seguir atados á la trahilla del conde? Por el soto de -Manzanares le aseguro que no comprendo cómo un caballero que ha -seguido siempre el sonido de la bocina del buen rey Enrique puede -vivir contento andando al monte del nigromante de... - -—Silencio, Hernando; haces mal en ofender al conde de Cangas con -esas voces que el vulgo ha adoptado, tal vez con sobrada ligereza. -Verdad es que soy doncel de su alteza; empero aceptando el encargo -del conde, aprovechaba el único medio que á la sazon tenia para -desembarazarme de la confusion de la corte, que aborrezco. - -—Solo desde que levantaste la caza... porque antes la amabas como yo -amo el monte. - -—Como quieras: no por eso dejará de ser verdad que en el dia la -aborrezco. La muerte es la que me espera en la corte: una estrella -fija que la acompaña siempre, y que luce en medio de ella como Venus -entre los demas planetas, deslumbra mis débiles ojos... La aficion -que desgraciadamente me ha tomado el rey no hubiera permitido que yo -me separase con ningun pretesto de esa corte, donde he de encontrar -mi perdicion, á no haberle alegado su mismo tio el de Villena, á -quien nada puede negar, la falta que de mí tenia. Supe que el conde -necesitaba un emisario en Calatrava, fingí adaptar mi carácter -al suyo, y aceptó mis servicios. Y he pretendido que esta venida -se mantuviese oculta á todo el mundo, y asi lo he exigido de don -Enrique, porque si el rey supiera mi estancia en su propio palacio, -no me sería tan facil volver al lugar apartado, donde la distancia -de la causa de mis penas me pone á cubierto de los peligros que su -inmediacion me prepara. - -—Confieso, señor, que no entiendo tu manera de cazar. ¡Voto va! -cuando yo sé que hay venado en el monte, en vez de salirme de él, -cada vez me interno mas en la maleza, y ó perezco en la demanda, ó -salgo con la res. - -—Bien, Hernando; pero el venado de los montes donde cazas es tuyo y -de todo el que tiene perros para levantarle. - -—¿Tiene, pues, dueño el venado que has visto? Te asiste entonces -sobrada razon. Nunca he metido mis sabuesos en monte ageno ni vedado. -A quien Dios se le dió, San Pedro se le bendiga. Pero en justa -compensacion, ¡ay del que hiciera resonar una bocina en monte de mi -señor! Mi fiel Brabonel, que duerme ahora descansadamente, y la punta -de mi venablo le enseñarian la salida y le sabrian obligar á tañer de -sencilla.[1] - - [1] Toque de los cazadores, cuando no encontraban venado - y querian salir del monte. - -—Hernando, calla, calla por Dios y por Brabonel. - -No sabia el tosco montero, poco cortesano, cuán adentro habia entrado -en el corazon de su señor su última alegoría mas despedazadora que el -aguzado acero de su mismo venablo. - -—Callaré; pero antes he de decir que el montero que pasa por monte -vedado, si el diablo le tienta para escatimar el rastro, ha de -apretar los hijares al caballo é irse á monte suyo. ¡Voto va! que hay -venados en el mundo y no se encierra en un monte solo toda la caza de -Castilla. Yo quiero darte el ejemplo. ¿Te parece que no habrá sufrido -Hernando cuando ha oido esta tarde en medio del monte las bocinas de -sus amigos, y cuando en vez de aderezar la ballesta ha tenido que -contentarse con sacar del bolsillo un inútil pergamino, y volverse -como perro cobarde con las orejas agachadas y sin siquiera ladrar, -por obedecer á su amo? - -—Seguiré tu consejo, Hernando, repuso el caballero lanzando un -suspiro, le seguiré, y con la ayuda de Dios y de mi buen caballo -estaremos al alba fuera de Madrid. Recógete, pues, Hernando, y -descansa. - -No habia acabado aun de hablar el resuelto caballero, cuando -levantándose Brabonel sobre sus cuatro patas abrió una boca disforme, -lamióse los labios, agitó la cola, y sacudiendo las orejas acercóse -á pasos lentos y mesurados á la puerta, como dando muestras de oir -algun rumor que reclamaba su atencion y vigilancia. No tardó mucho en -romper á ladrar despues de haber imitado un momento por lo bajo el -sordo y lejano redoble de un tambor. - -—Brabonel, dijo Hernando acercándose y dándole una palmada en el -lomo, vamos, ¿qué inquietud es esa? No estamos en el encinar. ¡Vamos, -silencio! - -Lamió las manos de Hernando el animal, mas tranquilo ya con el tono -seguro y reposado de su amo, y de alli á poco tres golpecitos iguales -y misteriosos sonaron en la puerta, que Hernando se acercó á abrir, -preguntando antes quién á semejante deshora venia á turbar el reposo -de los caballeros que habitaban aquella parte del alcázar. - -_Don Enrique de Villena_, respondió en tono algo bajo una voz mal -segura que delataba la corta edad del que la emitia. - -—Abre, Hernando; es la señal, dijo en oyéndola el caballero, y se -levantó del lecho donde yacía vestido; abre y retírate. ¡Lléveme el -diablo si no quiero reconocer esta voz, y si comprendo por qué es -este el emisario de don Enrique! - -Abrió Hernando la puerta, y Jaime, el pagecillo á quien enviaba el -conde de Cangas y Tineo, entró en el aposento, manifestando bien -á las claras cuánto gusto tenia en poner término al miedo que se -habia acrecentado en él al recorrer las escaleras oscuras y largos -corredores poco alumbrados del espacioso alcázar de Madrid. - -Retiróse Hernando obediente á las indicaciones de su señor, y con -él el terrible alano, á cuya vista se habia detenido algun tanto el -azorado page en el dintel de la puerta. No bien hubieron desaparecido -los dos importunos testigos, cuando alzando la cabeza el caballero -y alzándola el page, entrambos á dos quedaron inmóviles dudando aun -de la identidad de la persona que cada uno de ellos enfrente de sí -veía. Revolvia el primero en su cabeza mil ideas encontradas: dudaba -si sería aquel el emisario de don Enrique, y reflexionaba si podria -haber dado la señal convenida, sin saberla, por una casualidad -posible, si bien no probable. En este último caso pesábale de que -aquel mas que otro supiese su repentina llegada. - -El page fue el primero que volvió del estupor en que su agradable -sorpresa le habia puesto, y arrojándose casi en brazos de su -interlocutor, ¿vos en Madrid? ¿sois vos, señor Macías? esclamó. - -—¡Silencio! page indiscreto, silencio, dijo el caballero, separándole -con estraña frialdad, que cortó la manifestacion de su alborozo: hay -mas gente que nosotros en el castillo y las paredes oyen, y oyen mas -que las mugeres. - -—¡Ah! perdonad, señor... Señor Ma... no os sé llamar de otra manera; -como me daba tanto gozo pronunciar vuestro nombre, no creí que podria -ser malo... pero ya veo que habeis mudado de amigos, y no sois el que -antes erais. Bien dice mi hermosa prima Elvira, que no hay afecto que -dure, ni hombre constante... me voy, me voy. - -—Detente, page: has hablado demasiado para no hablar mas. ¿Dice -eso tu prima Elvira? ¿cuándo? ¿á quién lo dice? habla: repuso el -caballero, á quien llamaremos por su nombre de aqui en adelante, -supuesto que ya nos le ha revelado el imprudente page: habla, repitió -asiéndole fuertemente de un brazo, no pudiendo disimular la vibracion -de la cuerda principal de su corazon, herida fuertemente por el -muchacho. - -No sabia el page si su antiguo amigo, como le habia llamado, habia -perdido el juicio; mirábale de alto abajo, y sonriéndose por fin le -contestó: - -—Os preciais de invencibles los caballeros, y ved aqui que una sola -palabra de un pobre page ha alterado toda la serenidad de un doncel -tan cumplido como el trovador M... no tengais miedo; no lo volveré á -pronunciar. Pero veo en el calor con que habeis oido mis palabras, -añadió maliciosamente, que tomais todavía algun interes por vuestras -antiguas conexiones. - -—¿Te complaces en atormentarme, page? ¿De parte de quién vienes? ¿qué -te trae aqui? Si es quien tengo motivos para sospechar, dilo presto; -nunca enviado alguno habrá logrado una recompensa mas brillante. - -—Os equivocais. Guardad la recompensa para mejor ocasion. - -—¡Cielos! esclamó Macías. Bien que... añadió para sí, ¿no ignora mi -venida? ¿Y no es mi voluntad que la ignore? ¿Te envia el infierno -para abrir mis heridas mal cicatrizadas? - -—Bien podeis decir que me envia el infierno, porque vengo de parte de -su mayor amigo. - -—¿Estás loco? - -—Del nigromante. ¿No me entendeis? - -—¿Es posible que el conde no pueda destruir esa voz injuriosa que -corre de él y crece de dia en dia...? - -—Buenas trazas lleva de querer destruirla, y ha alhajado su gabinete -por el estilo del de el fisico de su alteza el judío Aben-Zarsal, y -se andan á la magia de mancomun... - -—¡Silencio otra vez! dejemos la magia, y el judío y el nigromante. -Respóndeme, page. ¿Y por qué te envia á tí don Enrique de Villena? No -me habia dicho que serías tú su emisario. - -—Os lo diré, si me soltais este brazo, que me va doliendo mas de lo -que es menester: no os acordais que tengo quince años. Si el brazo -fuera de mi prima, no os distrajerais de esta manera. - -—Basta; habla, pues, la verdad; con esa condicion te suelto. - -—Apuesto que me habeis hecho un cardenal. - -—¿Quieres apurar mi paciencia, page? Habla, ó te hago otro en el otro -brazo. - -—Piedad de mí, señor caballero. Pero no dudeis que me envia don -Enrique. “Busca la habitacion donde pára el caballero que ha llegado -esta mañana de Calatrava,” me dijo de su parte Ferrus, “llega á la -puerta, da tres golpes, y pronuncia el nombre del señor de Villena.” - -—Bien, lo sé; era la señal convenida para anunciarme que le esperase. -¿Pero eres por ventura de su familia? - -—Sí soy: habeis de saber que don Enrique estando un dia con Fernan -Perez de Vadillo... - -—¿Fernan Perez? - -—Sí, el marido de Elvira, á quien conoceis como á mí... - -—Prosigue, page, y no me irrites mas con tus digresiones. - -—Me vió en el cuarto de mi prima y hube de agradarle: díjome que si -queria servirle en clase de page, y acepté á pesar de mi prima, que -queria tenerme á su lado, porque como solo conmigo podia hablar de... -¿quereis que lo diga? - -—Acaba, page del infierno. - -—De vuestra señoría añadió el page malicioso quitándose una especie -de berrete que en la cabeza traía y haciendo una profunda cortesía. - -—¿De mí? ¡ah! tiembla, Jaime, si te diviertes á mis espensas. - -—Os quiero demasiado para eso; como os digo, entré á servirle, pero -os juro que desde mañana me vuelvo al lado de mi prima, porque he -cobrado miedo á sus hechizos. Dicen que sabe alzar figura y... -¡Jesus...! yo me entiendo. - -—Page, óyeme: nadie en el mundo pudiera haberme hecho mas feliz con -menos palabras; tú has renovado ideas que yo debiera haber abandonado -hace mucho tiempo; pero nadie puede mas que su destino. Si en tu vida -has sospechado alguna cosa del mal que padezco, calla como la tumba: -si nada has sospechado, nada preguntes, nada inquieras. Sobre todo, -vuelvas ó no al lado de Elvira, júrame no abrir tu boca para decir -que me has visto en Madrid: toma, añadió quitándose un anillo que en -el dedo pequeño traía, toma, y este te recordará la obligacion en que -quedas conmigo, y que el doncel de Enrique III no olvida jamas á las -personas que una vez quiso bien. Ahora parte y calla. Nada has oido, -nada has visto. - -—Señor doncel, ignoro el valor de estos diamantes, pero aunque fuera -este anillo de hierro, bastaba para lo que yo le quiero. Decidme solo -que no quedais enojado conmigo. - -—¿Enojado, Jaime? ¿enojado, dichoso Jaime? A Dios; si algun dia -necesitas del socorro de un caballero, acuérdate del doncel de -Enrique III: á Dios; á esta hora no me convendria que te encontrase -nadie en mi aposento: parte, Jaime, y si vuelves á don Enrique, di -que tu comision ha quedado completamente desempeñada. - -Acomodó el page en el dedo en que mejor ajustó el anillo del doncel, -y despidiéndose afectuosamente no tardaron en oirse sus pasos por los -corredores; de alli á poco sus ecos fueron gradualmente perdiendo -sonido hasta desvanecerse y perderse del todo en la distancia. - -La escena y el diálogo inesperado que acababa de sostener el -desdichado doncel no eran los mas á propósito para tranquilizar su -agitado espíritu. En cuanto dejó de oir los últimos ecos de los -pasos del mancebo, que habia abierto casi inocentemente sus antiguas -llagas, y habia echado leña seca en el fuego que ardia hacia poco -al parecer amortiguado en su pecho, cerró su puerta y comenzó á -pasear su pena por la pieza con pasos tan vagos como sus ideas. -Largo espacio de tiempo duró en aquel estado de lucha consigo mismo, -ora paseando aceleradamente, ora parándose de repente como si el -movimiento de su cuerpo se opusiese al de sus pensamientos. “Dulce -señora mia, esclamaba de cuando en cuando, duélete de tu caballero, -y no quieras á rigores acabarle.”—“¡Jamas, decia otras veces, jamas -le diré mi pensamiento; el fuego que me devora habrá entregado al -viento la última pavesa de mis cenizas antes de que sepas, ó señora -mia, que tus ojos le han prendido! ¿No habia, cielos, otras bellezas, -añadia despues, de quien pudierais haberme hecho prendarme, que fue -preciso que me entregaseis á discrecion de la única tal vez de quien -un juramento sagrado y una union mil veces maldecida para siempre me -separan? ¡Yo romperé esa ara, yo la destrozaré! ¡yo hollaré con mis -propios pies ese altar funesto que nos divide!” concluía al cabo de -un paseo mas agitado. - -Pero de alli á poco volvia la reflexion á ocupar el lugar de la -pasion y se le oía entre dientes: “No, el infeliz Macías le probará -el esceso de su amor en el mismo esceso de su silencio: él será -eternamente desdichado, pero jamas tendrá valor para perturbar tu -felicidad.” - -En estos y otros soliloquios á estos semejantes le encontró el -momento de la visita que esperaba. El conde de Cangas y Tineo, -envuelto en un sobrecapote de fino bellorí, y con una linterna sorda -en la mano para alumbrar sus pasos, se presentó llamando á su puerta. -Abrióle, y despues de un corto y silencioso saludo dieron principio -al importante coloquio que nos vemos precisados á dejar para otro -capítulo. - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO VI. - - Calledes, conde, calledes, - conde, no digais vos tale. - . . . . . . . . . . . . . - El conde desque esto oyera - presto tal respuesta hace: - —Ruégote yo, caballero, - que me quieras escuchare. - - _El conde Dirlos._ - - -Cuando don Enrique de Villena entró en el aposento de Macías, este -le arrimó un asiento, el cual ocupó sin hacerse de rogar, como -hombre que se reconoce superior en gerarquía al que guarda con él -una consideracion. Macías se sentó en otro, colocándose de suerte -que quedaba la mesa con la lámpara que en ella ardia en medio de -los dos; y lo hizo con el aire de un hombre que si bien se cree en -el caso de tributar atenciones á aquel con quien está en sociedad, -no se imagina de ninguna manera en posicion de sostener de pie con -él, sentado, una larga conferencia. Colocados de esta manera, daba -la luz de lleno en el rostro de entrambos, y como creemos no haber -dado hasta ahora idea alguna de las fisonomías y esterior de estos -dos principales personages de nuestra narracion, aprovecharemos esta -coyuntura favorable para describir lo que en ellos hubiera visto ó -al menos creido ver cualquier observador que los hubiera acechado, -por pocos progresos que hubiese hecho en el arte Lavateriano, -posteriormente reglamentado por el sabio abate, pero cuya existencia -tiene tanta antigüedad como el dicho vulgar, en todos los paises y -épocas conocido, de que los ojos son las ventanas del corazon, y la -cara el traslado del alma. - -Don Enrique de Villena era de corta estatura; sus ojos hundidos y -pequeños tenian una espresion particular de superioridad y predominio -que avasallaba desde la primera vez á los mas de los que con él -hablaban: su voz era hueca y sonora, calidades que no contribuían -poco á aumentar en el vulgo la impresion mágica que en los ánimos -débiles ejercía. Su nariz afilada y su boca muy pequeña le daban todo -el aire de un hombre sagaz, penetrante, vivo, falso y aun temible. -Sin embargo, como ha podido inferir el lector de su diálogo con -Ferrus, no estaba tan corrompido su corazon que no respetase todavía -en la sociedad en que vivia una porcion de consideraciones que su -criado por el contrario atropellaba sin el mas mínimo escrúpulo de -conciencia. De Ferrus dijimos que no era el malvado bastante impío -para sus fines, y de don Enrique podemos por el contrario asegurar -que no era el impío bastante malvado para los suyos. Naturalmente -afeminado y dedicado al estudio, faltábanle el vigor y la energía de -carácter que corona las empresas aventuradas. Dificil nos sería decir -si era ó no religioso: nos contentaremos con esponer á la vista del -lector varios rasgos que pueden caracterizarle cumplidamente bajo -este dudoso punto de vista, y él mas que nadie podrá juzgar si era la -religion para él un instrumento ó una preocupacion. - -El interlocutor que enfrente tenia era un mancebo que en caso de duda -hubiera podido atestiguar con su propia persona la larga dominacion -de los árabes en Castilla. Su color era moreno, sus cabellos negros -como el azabache; sus ojos del mismo color, pero grandes, brillantes -y guarnecidos de largas pestañas: una sola vez bastaba verlos para -decidir que quien de aquella manera los manejaba era un hombre -generoso, franco, valiente y en alto grado sensible. Un observador -mas inteligente hubiera leido tambien en su lánguido amartelamiento -que el amor era la primera pasion del jóven. Su frente ancha, elevada -y espaciosa, y su nariz bien delineada, denunciaban su talento, su -natural arrogancia y la elevacion de sus pensamientos. Ornábale el -rostro en derredor una rizada barba que daba cierta severidad marcial -á su fisonomía: su voz era varonil, si bien armoniosa y agradable; su -estatura gallarda. - -—Macías, comenzó á decir don Enrique de Villena despues de un breve -espacio en que pareció reunir todas sus fuerzas para determinarse á -proponer sus ideas, vengo á daros la muestra que de gratitud os debo -por la exactitud con que habeis cumplido la delicada comision que en -vuestras manos confié. Decidme si es posible que tenga alguien en la -corte noticia de la muerte del maestre. - -—Señor, respondió Macías, Hernando y yo no hemos cesado de correr -desde Calatrava á Madrid, y á nuestra salida del monasterio éramos -los únicos que en la villa sabiamos el infausto acontecimiento: en -dos dias lo menos no se tendrá en Madrid mas noticia que la que -nosotros queramos esparcir. - -—Ninguna. Dadme vuestra palabra. - -—De caballero os la doy. - -—Permitidme ahora que os pregunte si habeis sospechado ¿cuál puede -ser mi objeto? - -—Lo ignoro, respondió Macías asombrado de la pregunta. - -—Sabedlo, pues: creo no haberme equivocado cuando he pensado en -vos para la ejecucion de mis planes: el paso que conociendo ya -mi carácter dísteis viniendo á ofrecerme vuestros servicios en -Calatrava, me hace pensar que habeis formado planes para vos mismo -análogos acaso á los mios. - -—Os juro que no tenia mas plan que el de serviros. - -—¡Doncel! dijo sonriéndose don Enrique, en vuestra edad es natural el -rubor de confesar ciertas intenciones... - -—No os entiendo... - -—No importa: si nuestros intereses estan unidos, y si os sentís con -audacia para poner los medios que he menester, guardad silencio; -tanto mejor. Oidme, que acaso mi confesion facilitará la vuestra. -Intento ser maestre de Calatrava, añadió bajando la voz. - -—¿Vos, señor? - -—¿No lo habiais sospechado nunca? Pues bien, si don Enrique de Aragon -es algun dia maestre de Calatrava, el doncel Macías se llamará -comendador. ¿Quereis ocupar otro puesto que os convenga mejor? - -—Ni tanto, príncipe generoso, respondió Macías inclinando -respetuosamente la cabeza y mirando con asombro al maestre futuro. - -—Dejad esa inoportuna modestia: imagino que entrambos nos conocemos, -dijo Villena apretando la mano del mancebo admirado. ¿Estais -sorprendido? - -—Permitid que me confiese asombrado. Los vínculos sagrados del -himeneo os unen á una muger, y no podeis ignorar que este es un -obstáculo insuperable. - -—Obstáculo sí; insuperable ¿por qué? esclamó don Enrique apoyado -en la seguridad del plan que acababa de inspirarle su juglar poco -antes de venir á buscar al doncel, y que él habia abrazado con tanta -mas confianza cuanto que su pérfido consejero habia empleado para -hacérsele adoptar los acostumbrados recursos que arriba dejamos -indicados. Verdad es que el plan era diabólico, y tanto habia -admirado á don Enrique, que aquella habia sido la primera vez que -habia llegado á dudar si efectivamente el espíritu enemigo del hombre -tendria poder para sugerir ideas á sus fieles servidores. - -—¿Por qué? repitió Macías: esperad: solo un medio entreveo: -¿consiente vuestra esposa en un divorcio ruidoso y...? - -—Jamas consentirá. En valde la he querido reducir. - -—¿En ese caso...? - -—Oidme. Cuento con vos. - -—Disponed de mis pocas fuerzas si el honor y... - -—Oid y dejad á un lado esas fórmulas vacías de sentido, inútiles ya -entre nosotros, para usarlas con el vulgo que se paga de ellas. - -Encendiéronse las megillas de Macías, y bien hubiera querido -interrumpir á Villena para darle á conocer cuán lejos estaba de -considerar el honor fórmula vana; pero el conde, que interpretó á su -favor el rubor del mancebo, prosiguió sin darle lugar á hablar. - -—Doncel, mañana al caer del dia procuraré que doña María de Albornoz, -mi respetable esposa, no interrumpa su costumbre diaria de pasear por -el soto, camino del Pardo; acompáñala por lo regular en este paseo -diurno y solitario su camarera Elvira: cuando se haya separado largo -trecho de sus demas criados, un caballero convenientemente armado, y -ayudado de los brazos que creyere necesarios, arrebatará á la condesa -de la compañía de Elvira. ¿Qué teneis? - -—Nada; proseguid, repuso Macías pudiendo contener apenas su -indignacion. - -—Observaránse las precauciones necesarias para que ella y el mundo -entero ignoren eternamente su robador y su destino. Guardados en -tanto por mis gentes los pasos de los que pudieran venir de Calatrava -á dar la noticia de la muerte del maestre, sabré ganar tiempo para -que de ninguna manera coincida un acontecimiento con otro. Permitidme -acabar: me resta designaros el osado y valiente caballero que robando -á la condesa ha de dar el paso mas dificil en tan importante empresa. -Si una plaza de comendador de la orden no es suficiente recompensa -para su ambicion, él será el verdadero maestre, y despues de don -Enrique de Villena nadie brillará mas en la corte en poder y en -riqueza que el doncel de don Enrique el Doliente. - -—¿El doncel de don Enrique el Doliente? interrumpió el impetuoso -mancebo levantándose y echando mano al puño de su espada. ¿El doncel -de don Enrique el Doliente habeis dicho, conde? ¡Santo cielo! bien -merece ese desdichado doncel el injurioso concepto que de él habeis -indignamente formado, si tantos años de honor no han bastado á -impedir que los hipócritas le cuenten en su número despreciable. Bien -lo merece, juro á Dios, pues que su espada permanece aun atada en la -vaina por miserables respetos sin castigar al osado que mancilla su -buen nombre y espera de él cobardes acciones. - -—¡Doncel! esclamó asombrado levantándose tambien á este punto el -conde de Cangas y Tineo. No le permitió pronunciar mas palabra en -un gran rato la cólera que de él se apoderó al ver defraudadas tan -inopinadamente sus anteriores esperanzas. Deteníale sobre todo la -vergüenza de haber descubierto sus planes al mancebo sin mas fruto -que su amarga reconvencion y culpábase en su interior de no haber -esplorado mas tiempo el terreno arenoso sobre que habia sentado el -pie arriesgadamente. - -—¡Doncel! repitió ya en pie, ¡vive Dios que no comprendo vuestro loco -arrebato, ni esperé nunca en vos tal pago de mi indiscreta confianza! - -—¿Y quién os indujo á presumir, respondió el doncel, que un caballero -y que Macías habia de poner cobardemente la mano sobre una muger -indefensa? ¿Qué vísteis en mí, señor, que os diese lugar á creer que -tuviese tan olvidados los principios y los deberes de la orden de -caballería que para acorrer á los débiles y á los desvalidos recibí -del rey y profeso? ¿No me habeis visto vos mismo pelear con los moros -y los portugueses? ¿En qué dia de batalla me vísteis huir? ¡oh rabia! -¡oh vergüenza! ¡oh buen rey Enrique III! Hé aqui el concepto que de -tus mismos grandes merecen tus donceles. - -No veía don Enrique de Villena los objetos que le rodeaban; tal -era la ira y el corage que crecian por momentos en su corazon. -Algun tiempo dudó si echando mano á la espada vengaria con sangre -los ultrajes á su persona que por primera vez oía, y si sepultaria -para siempre en la tumba del impetuoso mancebo el secreto que -imprudentemente habia descubierto, ó si hundiria en la suya propia -su vergüenza y su afrentoso desaire. Mirábale atento á sus acciones -todas, para obrar en consecuencia, el ofendido jóven, y bien se -veía en su semblante la resolucion que tomada tenia de responder -con la espada ó con la lengua á los desmanes del orgulloso magnate. -Reflexionó empero don Enrique que un lance ruidoso de esta especie á -aquellas horas, y en el alcázar mismo de su alteza, no podria tener -en ningun caso buenas consecuencias para sus planes, y determinó -encomendar á la prudencia los yerros que por falta de ella habia -recientemente cometido. Revistióse, pues, con asombrosa rapidez la -máscara hipócrita que en tantas ocasiones le habia sido de conocida -utilidad, y envainando del todo con un solo golpe la espada, cuya -hoja habia brillado ya en parte un corto instante á los ojos de su -interlocutor: - -—Macías, le dijo con voz serena y aun afectuosa, vuestros pocos -años han estado á punto de perdernos á entrambos. Confieso que he -errado el golpe, y os devuelvo todo el honor que os habia quitado. -No penseis sin embargo, añadió el astuto cortesano recogiendo -velas, que era mi objeto llevar completamente á cabo el plan que os -proponia; tal vez queria conocer á fondo vuestro carácter, y estoy -completamente satisfecho de vuestra laudable conducta. Con respecto -al objeto de mi visita, ignoro si despues de haber pensado mejor los -medios que tengo á mi disposicion para llegar á ser maestre eligiré -ese ú otro. De todas suertes no me sois útil; es concluido, pues, -vuestro servicio en mi casa: escusais volver á Calatrava: mañana os -devolveré á su alteza; pero como os supongo bastante talento para -conocer el mundo y los hombres, á pesar de vuestros pocos años, -espero que nos separaremos amigos, como dos caminantes que han pasado -una mala noche en una misma posada, y que al dia siguiente, debiendo -seguir cada uno un sendero opuesto, se despiden cortesmente. Si sois -el caballero que decís, vuestro honor os dicta si debeis guardar el -de otro caballero y los pactos en que estábamos hasta la presente -convenidos; si creeis sin embargo de vuestro deber dar á la luz -pública nuestro diálogo, sois dueño de hacerlo; pero... acordaos, -añadió afirmándose en los talones con ademan de hombre resuelto y -dando en la mesa una palmada que resonó en gran parte del alcázar, -acordaos de que don Enrique de Aragon y Villena, conde de Cangas y -Tineo, señor de las villas de Alcocer, Salmeron, Valdeolivas y otras, -nieto del rey don Jaime, y tio del rey don Enrique, no ha menester -ser maestre de Calatrava para hacer probar los tiros de su poderosa -venganza á un doncel pobre y oscuro del rey Doliente, á quien una -imprudencia ha puesto momentáneamente sobre él. - -—Deteneos, dijo Macías mas sosegado asiéndole de la ropa al ver que -se preparaba á salir del teatro de su confusion. Deteneos; puesto que -habeis creido necesaria una esplicacion antes de concluir nuestra -entrevista, permítame vuestra grandeza que con el respeto que debo -á su clase le esponga mis sentimientos sobre frases nuevamente -ofensivas que acabais de proferir. Sé cuanto debo al rango que ocupa -don Enrique de Villena en Castilla; sé que mi imprudente arrojo ha -podido empañar sus resplandores; sé que debiera haberme limitado á -responder _no_ sencillamente; pero si vuestra grandeza es caballero, -conocerá cuánto cuesta sufrir cristianamente un ultraje á quien tiene -sangre noble en las venas. Si exigís de ello una satisfaccion, en -ello os la doy: si la quereis de otra especie, mi lanza y mi espada -estan siempre prontas á abonar mis imprudencias. La amistad que -pedís, ni la busco ni la otorgo: vuestra proteccion no la necesito. -Como caballero observaré los pactos y guardaré los secretos que -como caballero prometí guardar. Nadie sabrá por mí la muerte del -maestre. Con respecto á vuestros planes, no me exigísteis palabra de -ocultarlos... - -—¿Cómo? interrumpió don Enrique de Villena inmutado. - -—Permitidme, señor, que hable. No estoy obligado á guardarlos; os -prometo sin embargo en consideracion al nombre ilustre que llevais, y -cuyo brillo no quisiera ver empañado, que no haré mas uso de lo que -acerca de vuestras intenciones me habeis dicho que el indispensable -para salvar á la inocencia que quereis oprimir. Dadme licencia de -que os asegure que fuera tan criminal en consentirlo con vergonzoso -silencio como en cooperar al logro de la maldad. Mientras pueda -salvar á la de Albornoz sin hablar callaré; mas si puede mi silencio -contribuir á su ruina hablaré. A esto me obliga el ser caballero. - -—Hablad en buen hora, hablad, dijo don Enrique en el colmo del furor; -pero ¡temblad...! - -—Permitid, señor, que os acompañe hasta que os deje en vuestra -estancia, añadió Macías con respeto y mesura. - -—No, estaos aqui, yo lo exijo; á Dios quedad. - -—Ved, señor, que no es esa la salida; por alli saldreis mejor. - -—Ciego voy de cólera, dijo para sí al salir don Enrique de Villena, -que en medio de su arrebato habia equivocado la puerta interior con -la esterior. - -Abrióle Macías la que daba al corredor, y asiendo de la lámpara -que sobre la mesa ardia alumbrólo hasta que comenzó á bajar los -escalones, y cuando ya se alejó lo bastante para que él pudiese -retirarse “A Dios, señor, y el cielo os prospere,” dijo en voz alta -el comedido doncel. Un ligero murmullo que confusamente llegó á sus -oidos dió indicios de que habia sido oido su saludo, y respondido -entre dientes, acaso con alguna maldicion, por el irritado conde, -que se alejaba premeditando los medios de venganza que á su arbitrio -tenia, y sobre todo la manera que deberia observar para impedir los -efectos de la terrible amenaza que al despedirse de él le habia hecho -el magnánimo doncel. - -Volvióse éste á entrar en su aposento, revolviendo en su cabeza la -notable mudanza que habia efectuado en su situacion la escena en que -acababa de hacer un papel tan principal: determinóse en el fondo de -su corazon á no dejar perecer la inocente y débil oveja á manos del -tigre en cuya guarida se hallaba desgraciadamente presa. Despues -de haber cerrado su puerta con cuidado, llegóse á la que daba á la -cámara de Hernando, y llamólo en voz baja. - -¿Quién _pregunta_? dijo entre sueños el feliz montero: _¿tañen de -andar al monte?_ - -—Si algo oiste, Hernando, esta noche, dijo el doncel, haz como si -nada hubieras oido. Mañana no partiremos al alba; duerme, pues, y -descansa, y deja descansar á los caballos. - -—Se hará tu voluntad, respondió la voz gruesa del montero, y no tardó -en oirse de nuevo el ronquido sordo de su tranquilo sueño. - -Bien quisiera imitarle el desdichado doncel, pero no le dejaba el -recuerdo de su ingrata señora, ni el deseo de buscar trazas que á los -proyectos que preparaba para el dia siguiente pudiesen ser de pronta -utilidad. - -Don Enrique en tanto despechado se dirigió á su cámara, donde -encontró á su Ferrus. Alli trataron los dos, no ya de llevar á -cabo su proyecto tal cual primeramente le habian concebido, sino -con aquellas alteraciones que exigia la nueva posicion en que los -habia puesto la repulsa de Macías y de la venganza y precauciones -que deberian usar contra el doncel antes de que pudiera perjudicar -á sus pérfidas intenciones. Despues que hubieron conversado largo -espacio, trató don Enrique de averiguar qué hora podria ser. Mas fue -imposible saberlo jamas por su reloj de arena, pues con la agitacion -de las escenas de la noche habíase descuidado el volver el reloj -al concluírsele la arena; como buen astrónomo sin embargo pasó á la -cámara inmediata que tenia vistas al soto, y reconoció que debia -haber durado mucho su coloquio con Ferrus, decidiéndose en vista de -la hora avanzada, que él se figuraba por las estrellas ser la de las -cuatro, á entregarse al descanso de que tanto tiempo hacia ya que -gozaban los demas pacíficos habitantes del alcázar de Madrid. Iba ya -á cerrar la ventana para realizar su determinacion, cuando le detuvo -de improviso un estraño rumor que oyó, el cual le pareció no poder -provenir á aquellas horas de causa alguna natural; empero permítanos -el lector que demos algun reposo á nuestro fatigado aliento. - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO VII. - - Ya se parte el pagecito, - ya se parte, ya se va, - llorando de los sus ojos - que queria reventar. - Topara con la princesa - bien oireis lo que dirá. - - _Rom. del conde Claros._ - - -Cuando don Enrique de Villena volviendo silenciosamente la espalda -á su esposa á la aparicion de Elvira, que habia acudido con tanta -oportunidad á atajar los efectos de su furor, la dejó toda llorosa en -brazos de su camarera, ignorante de cuanto habia pasado, ésta empleó -cuantos medios estaban á su alcance para hacerla volver en sí del -estado de estupor y de profunda enagenacion en que la habia puesto la -desdichada escena que con su injusto esposo acababa de tener. Sentóla -en un sillon, donde no daba muestras de vida la infeliz condesa, -enjugó las lágrimas que habian inundado en un principio su rostro, -pero cuyo curso habia detenido ya el esceso del dolor; le aflojó el -vestido con que tan inútilmente se habia engalanado pocos momentos -antes en obsequio del caballero descortés, y refrescó la atmósfera -que la rodeaba con un abanico. - -Al cabo de algun tiempo produjo la solicitud de Elvira todo el efecto -que deseaba: comenzó la condesa á dar indicios de querer desahogar -su pecho oprimido, y de alli á poco rompió de nuevo á llorar amargas -y copiosas lágrimas, exhalando profundos gemidos acompañados de -voces inarticuladas, las cuales producia á trechos y á pedazos en -los huecos del llanto con un acento convulsivo y un tono de voz ora -agudo, ora reconcentrado, que ninguna pluma de escritor ó de músico -puede atreverse á representar en el papel. - -Poco á poco fue perdiendo fuerzas su acceso de cólera, como pierde -impetuosidad el torrente si una vez roto el dique que le enfurecia -halla anchas y fáciles salidas á sus ondas por la tendida campaña; -mitigóse su dolor, pero por largo espacio conservó indicios del enojo -anterior, como se echaba de ver en el movimiento de elevacion y -depresion de su agitado seno, semejante al mar, cuyas ondas, mucho -tiempo despues de pasada la borrasca, conservan aunque decreciente la -inquietud que el huracan les imprimió. - -Luego que estuvo en estado de hablar con mas serenidad, refirió á -Elvira cuanto con el conde le acababa de pasar, y fueron inútiles -todos los consuelos que su fiel camarera trató de prodigarle. -Revolvia en su cabeza mil ideas encontradas: ora queria salir -inmediatamente de aquella parte del alcázar que le estaba destinada y -refugiarse á sus villas, ora intentaba acogerse al amparo del mismo -rey, esperando de su justicia que reprimiría los desórdenes de su -esposo, y le impondría algun temor para lo sucesivo, pues pensar en -que ella consintiese en la separacion que el conde manifestaba desear -era sueño, puesto que se habia casado enamorada de Villena: verdad -es que el trato y la mala vida que la daba hubieran sido bastantes -á hacer odioso al mas perfecto de los hombres; pero todos sabemos -que la frialdad y el despego suelen ser incentivos vivísimos del -amor, y lo eran tanto mas en la condesa cuanto que habiendo vivido -siempre don Enrique apartado de ella despues de su infausta boda, no -habia dado jamas entrada al hastío que hubiera seguido á una larga -y tranquila posesion. Aguijoneaba ademas á la infeliz condesa la -saeta de los zelos: en varias ocasiones habia sorprendido al conde de -Cangas en conquista ó persecucion de algunas bellezas, y aun una de -las que habia considerado siempre como primer objeto de sus obsequios -era aquella misma Elvira en quien tenia puesta toda su confianza; mas -como tenia pruebas de que ésta se habia negado constantemente á dar -oidos á toda proposicion amorosa del de Villena, y en la seguridad en -que estaba de que cualquiera que á su lado viviese habia de escitar -los deseos de su esposo, queria mas bien tener por camarera aquella -de cuya lealtad y odio á la persona del conde no podia dudar en -manera alguna. - -En esta ocasion se equivocaba la condesa en sus temores, porque -no un amor adúltero, sino la ambicion era quien á tan descortés -procedimiento á don Enrique obligaba. Empero esta era la verdad: -por una parte el amor, que á pesar de los desdenes de Villena en su -corazon duraba, y por otra la creencia en que estaba de que solo -proponia aquel rompimiento para entregarse mas á su salvo á alguna -nueva intriga amorosa, eran suficientes motivos para que nunca -hubiese ella prestado su consentimiento al propuesto divorcio. - -Logró por fin persuadirla Elvira á que se recogiese y tratase de -poner un paréntesis á su pesar en el sueño, dejando para el dia -siguiente el resolver lo que deberia hacerse. Hízolo asi la condesa, -y Elvira se retiró á la cámara inmediata, en donde se proponia -esperar al lado del fuego á que su señora se hubiese entregado -completamente al descanso para seguir su acertado ejemplo. Sentóse -cerca de la lumbre despues de haber dado las oportunas disposiciones -para que durante la noche no faltasen sus dueñas del lado de la -condesa, y púsose á leer un manuscrito voluminoso, que entre otros -muchos y muy raros tenia don Enrique de Villena, por ser libro que -á la sazon corria con mucha fama, y ser lectura propia de mugeres. -Era éste el Amadis de Gaula. Hacia pocos años que su autor, Vasco -Lobeira, habia dado al mundo este distinguido parto de su ingenio -fecundo, y don Enrique de Villena, por el rango que ocupaba en -Castilla y por su decidida aficion á las letras y relaciones que con -los demas sabios de su tiempo tenia, habia podido facilmente hacer -sacar de él una de las primeras copias que en estos reinos corrieron. -El carácter de Elvira simpatizaba no poco con las ideas de amor, -constancia eterna y demas virtudes caballerescas que en aquel libro -leía: hubiera dado la mitad de su existencia por hallarse en el caso -de la bella Oriana, y aun no le faltaba á su imaginacion ardiente -un retrato de Amadis cuya fé la hubiera lisongeado mas que nada -en el mundo: era éste un mancebo generoso de la corte de Enrique -III, á quien habia conocido desgraciadamente despues que á Fernan -Perez de Vadillo. Habíase casado en verdad ciegamente apasionada -del hidalgo; pero desde su boda hasta el punto en que la encuentra -nuestra historia se habia ensanchado considerablemente el círculo de -sus ideas; Fernan Perez por el contrario era siempre el mismo que en -otro tiempo habia cautivado sin mucho trabajo el inocente corazon de -la niña Elvira; pero ésta no era ya la amante que se habia prendado -de Fernan Perez: su carácter se habia desarrollado de una manera -prodigiosa, y un foco de sensibilidad y de fogosas pasiones creado -nuevamente en su corazon habia producido en su existencia un vacío de -que ella misma no se sabia dar cuenta. Se habia formado en su cabeza -un bello ideal, no hijo del mundo real en que habitaba, sino de su -exaltacion; y se complacia en personificar este bello ideal en tal -ó cual jóven cortesano que sobre el vulgo de los caballeros de la -corte de Enrique III se distinguian. Uno entre todos habia avasallado -ya su albedrío bajo esta personificacion, y Elvira, juguete de la -naturaleza, que puede mas que sus criaturas, no sabia ella misma -que iba tomando sobre su corazon demasiado imperio un amor ilícito -y peligroso. Por desgracia su virtud misma era su mayor enemigo: la -confianza en que estaba de que nunca podrian faltarle fuerzas para -resistir la hacia entregarse sin miedo con criminal complacencia -á mil ideas vagas, que cada dia iban ganando mas terreno en su -imaginacion. Encontrábase en fin en aquel estado en que se halla -una muger cuando solo necesita una ocasion para conocer ella misma -y dar á conocer acaso á su propio amante la ventaja que sobre ella -ha adquirido. Como un incendio que ha crecido oculto é ignorado -en la armazon de una casa vieja, que no ha menester mas sino que -descubriéndose una pequeña parte de la techumbre que lo cubre tenga -entrada la mas mínima porcion de aire, entonces estalla de repente -como un vasto infierno improvisado, se lanzan las llamas en las -nubes, crujen las maderas, y viene al suelo el edificio desplomado, -sepultando en sus ruinas al incauto y desprevenido propietario. - -No era, pues, la lectura de Amadis la que á la triste Elvira mejor -pudiera convenirle; pero era tanto mas disculpable, cuanto que en -el siglo XIV no habia muchos libros en que escoger, y pudiera darse -cualquiera por contento con divertir las horas ociosas por medio del -primero que en las manos caía. - -Una tristeza vaga y sin causa positivamente determinada era el -síntoma predominante de la hermosa camarera de la de Albornoz, -y la soledad era el gran recurso de su imaginacion, deseosa de -empaparse sin reserva ni testigos en la contemplacion de las -seductoras ilusiones que se forjaba: esta disposicion de ánimo no era -ciertamente la mas favorable para la virtud de Elvira en las escenas -sobre todo en que aquella misma noche fecunda de acontecimientos -debia colocarla. - -Poco tiempo podria hacer que con el primer libro de caballería en -España conocido se entretenia la sensible Elvira, cuando sintió abrir -la puerta del salon, y una persona, que seguramente no esperaba, se -presentó á su lado dándola las buenas noches con rostro alegre y -maliciosa sonrisa. - -—¿Qué buscas, Jaime, en estas habitaciones, y á estas horas? Ya deben -ser cerca de las diez: vuelve á la cámara del conde, si es que no te -envia, como su precursor, á anunciarnos nuevos pesares y desventuras. - -—Hermosa prima mia, contestó Jaime, depon el enojo; de aqui en -adelante puedes volverme á llamar tu querido primo. - -—¿Qué novedad traes? - -—Ninguna; pero he tenido miedo de las cosas que se hablan de don -Enrique, y esta noche misma le he suplicado que me permitiese volver -al lado de mi amada prima: ¡me acordaba tanto de tí! - -Una lágrima de sensibilidad se asomó á los ojos de Elvira oyendo la -ingénua manifestacion del cariño del medroso pagecillo. - -—¿Y don Enrique te lo ha concedido? - -—Por mas señas que no he escogido la mejor ocasion; estaba tan -distraido y tan ocupado en sus... mira... se me figura que estaba -en uno de aquellos ratos en que dicen que tienen los hechiceros el -enemigo... ¡Jesus! - -—¡Jaime! ¿Quién te ha enseñado á hablar asi de tu señor? - -—Bien: no volveré á hablar; ahora ya no me importa. Ya estoy con mi -Elvira, que me confiará sus penas, añadió el page tomando una de las -manos de la hermosa camarera. - -—¿Qué anillo es ese? esclamó ésta dejando el voluminoso pergamino -que hasta entonces habia leido, para examinar de cerca el hermoso -brillante que relumbraba en un dedo del page. ¡Jaime! - -—¡Ah! este no se ve, gritó puerilmente Jaime retirando y escondiendo -su mano. ¡Este no se ve! Es un regalito; á mí tambien me regalan, -señora prima, no es á vos sola á quien... - -—Vamos, ven acá, Jaime, y dime quién te ha dado ese anillo, ó si por -ventura tienes que acusarte de algun... - -—¡Chiton! señora prima, interrumpió el page con indignacion. - -—¡Ah! ya le tengo, gritó Elvira aprovechando para asirle la mano -aquel momento en que la pundonorosa irritabilidad del page le habia -estorbado la precaucion; ya le tengo. - -—No, no me lastimes y te le daré, dijo el page viendo que se disponia -la interesante Elvira, tan niña como él, á valerse de la superioridad -que le daban sus fuerzas para ver á su salvo el anillo: quitósele en -efecto, pero echando á correr, en cuanto Elvira le hubo cogido, no me -importa, añadió; ¿qué vereis, señora curiosa? Nada: un anillo; mas no -por eso sabreis quién me lo ha dado. - -Equivocábase el inesperto page: la perspicaz Elvira, que al principio -habia sido inducida solo por mera curiosidad al reconocimiento de la -alhaja, cuya posesion no creía natural en el pagecillo, habia fijado -notablemente en ella su atencion, y examinaba al parecer alguna señal -ó particularidad por donde esperaba venir en conocimiento de su -procedencia. - -—No hay duda, esclamó sonrojándose como grana, no hay duda: una letra -pierdo; pero sería mucha casualidad... esmeralda... e; lapislázuli... -l; brillante, b; rubí, r; amatista, a. Y luego... una, dos, tres, -cuatro, cinco, seis. No hay duda. - -El page, que habia alborotado la sala con sus risas y sus burlas -al ver la perplejidad de su prima, no se asombró poco al oir la -estraordinaria y no esperada esplicacion que daba á la sortija; y -tanto mas confundido quedó cuanto que creyó no haber sido en esta -ocasion sino el juguete del doncel, que se habia valido de él para -manifestar á Elvira aquel su amor, de que el malicioso page tenia ya -no pocas sospechas. - -Nada mas comun en aquel tiempo que estas combinaciones de piedras y -ese lenguaje amoroso de geroglíficos en motes, colores, empresas y -lazadas. Un platero de Burgos habia engarzado artísticamente á ruego -de Macías en un mismo anillo aquellas seis piedras, cuya traduccion -habia acertado tan singularmente Elvira por un presentimiento sin -duda de su corazon. Habia perdido la significacion de una piedra, -cosa nada estraña, no hallándose ella muy adelantada en el arte -del lapidario; pero en cambio habia entendido la equivocacion -del platero, que habia significado la _v_ con la _b_, inicial de -brillante; ni el qui proquo del platero ni el acierto de Elvira -tenian nada de particular en un tiempo en que no sabian ortografia ni -los plateros ni los amantes. El número sin embargo de las piedras, y -la colocacion de las conocidas, no dejaba la menor oscuridad acerca -de la intencion del que habia mandado hacer la sortija. - -Quedábale todavía á Elvira un resto de duda, que á toda costa queria -satisfacer: en primer lugar no era ella la única Elvira que en -Castilla se encerraba; y en segundo la alusion, que la habia puesto -en camino de sospechar, no le daba sin embargo noticia cierta de -quién fuese el que usaba con ella semejante galantería. Deseaba por -una parte saberlo; temia por otra oir un nombre indiferente. - -—¿Quieres cambiar este anillo, Jaime, por otro mejor que yo te dé? - -—¿Y qué diria, dijo el astuto page, el caballero que me le ha -regalado? - -—¿Con que ha sido caballero...? interrumpió Elvira. - -—Y de los mejores y mas valientes de la corte de su alteza. - -—¡Santo cielo! decia Elvira impaciente: Jaime, yo te ruego que me des -señas de él al menos, ya que no quieras decir su nombre. - -—¿Señas? - -—Espera; dime primero, esclamó reflexionando un momento, ¿cuándo te -le ha dado, y dónde? - -Comprendió el page al momento la doble intencion de esta pregunta, -y se sonrió malignamente viendo á Elvira cogida en su propio lazo, -porque al punto recordó que no podia saber la llegada del doncel. - -—Hoy, y en el alcázar. - -—¿Hoy y en el alcázar? repitió Elvira queriendo leer la verdad en -los ojos del page. ¡Entonces no puede ser! dijo entre dientes, -satisfecha ya al parecer toda su curiosidad, dejando caer los brazos, -inclinando la cabeza y saliendo, en fin, de la ansiedad y tirantez -en que estaba, como arco que se afloja. Siguió mirando, pero mas -vagamente, el anillo, haciendo con el labio inferior, que se adelantó -al superior, un gesto particular entre distraida y resignada. - -—¡Ah! ¡ah! que no lo acierta, esclamó en su triunfo el page -victorioso; escuchadme, señora adivina, es un caballero jóven. - -—Bien; déjame, repuso ella sin prestar apenas atencion á la voz -chillona y triunfante del mozalvete. - -—No, que lo has de acertar. Cuando se trata de coger sortijas, -ensarta con su lanza tantas como corazones con su hermosa presencia. -Si monta á caballo, es el mas fogoso el suyo, y lo domeña como un -cordero; si se trata de correr cañas, nadie le aventaja; y en un -torneo solo don Pero Niño... - -—Jaime, ese no puede ser mas que uno, esclamó levantándose Elvira. - -—Cierto que no es mas que uno, repuso el taimado page, que se -divertia con su prima como el gato con el raton. - -—¿Ha venido? ¡Ah! Ahora recuerdo que esta mañana un caballero... - -—¿Quién? contestó con cachaza el page fingiendo no entender. - -—Mira, Jaime, vete de aqui y no vuelvas, gritó furiosa Elvira; -marcha, huye si temes mi... - -—Bien, primita, lo diré: ese es... - -—¿Quién? preguntó la atormentada belleza, ¿quién? acaba ó... - -—El doncel de... - -—Basta: ¿Estás cierto...? - -Acordóse de pronto el imprudente page del especial encargo que de -guardar secreto le habia hecho el doncel, y no sabiendo las últimas -mudanzas que en la situacion de su amigo se habian verificado, las -cuales volvian infructuoso este cuidado, trató de reparar el olvido -de que la escena bulliciosa que con su prima traía era causa y efecto. - -—No me habeis dejado acabar, señora camarera. El rey don Enrique III -no tiene un solo doncel. Sabed que no os puedo decir mas. Ni una -palabra mas. - -Al oir el tono resuelto del rapaz bien vió Elvira que no sacaría de -él mas partido que una honrosa capitulacion: lo mas que pudo recabar -de él fue que le dejase el anillo, hasta que ella adivinase como -pudiese su procedencia; dejósele el pagecillo y se acabó la contienda -entre los primos, determinando que por aquella noche Jaime dormiria -vestido en una cámara inmediata á la alcoba donde casi vestida -tambien trataba de reposar la infeliz Elvira, no atreviéndose á -desnudarse del todo por miedo de que hubiese menester la de Albornoz -sus consuelos en el discurso de la noche. - -Bajóse para esto á su habitacion, que debajo de la de la condesa -caía, despues de haberse cerciorado de que ésta yacía profundamente -dormida, y de haber dejado advertido á las dueñas que la avisasen á -la menor novedad que sintiese su señora, ó que en aquella parte del -alcázar ocurriera. - -Echóse despues en su lecho, habiéndose despedido del page, y en vano -procuró imitar á éste en la prontitud con que concilió el sueño -reparador de las fuerzas perdidas. - -Revolvia una y mil veces en su cabeza las ideas del dia, y procuraba -atarlas y coordinarlas entre sí: empero agolpábanse todas á su -imaginacion ferviente; la condesa, la violencia de Villena, sus -solicitudes, la ausencia de su esposo, el Amadis, la indiscreta -conversacion del page, las dudas que acerca del dueño del anillo -habia dejado sin resolver despues de su inquieto diálogo, todo esto -reunido y amasado junto de nuevo en su mente en medio del silencio y -de la oscuridad de la noche, le representaba un cuadro fantástico, -lleno de objetos incoherentes, muy semejante en la confusion á -esos lienzos que entre nuestros abuelos tanto se apreciaban con el -nombre de _mesas revueltas_. Pero á proporcion que el largo insomnio -y el cansancio del dia fueron rindiendo sus fuerzas y entornando -los párpados fatigados de Elvira, todas esas imágenes confusas -tomaron en su cerebro contornos informes, y poblaron su sueño de -escenas parecidas á las que habian pasado por ella en el dia, y de -otras que, como combinaciones nuevas del choque de aquellas, suelen -producirse por sí solas en la imaginacion cansada de un calenturiento -que duerme, ó de una persona habitualmente agitada por sensaciones -estraordinarias, y que pasa por una larga y fatigosa pesadilla. - -[Ilustración] - - - - -CAPITULO VIII. - - Helo, helo por do viene - el infante vengador, - caballero á la gineta, - en caballo corredor. - . . . . . . . . . . . . - iba á buscar á don Cuadros - . . . . . . . . . . . . - el venablo le arrojó. - . . . . . . . . . . . . - - _Rom. del inf. vengador._ - - -Muy avanzada estaba la noche, y muy en silencio todos los habitantes -de Madrid y de su fuerte alcázar. No todos sin embargo disfrutaban -del sueño y del descanso, como hubiera podido cualquiera figurarse. -Podemos asegurar que don Enrique de Villena y Ferrus conversaban muy -animadamente en el laboratorio del hermético, como arriba dejamos -dicho. El enamorado doncel habia tratado inútilmente de conciliar el -sueño, y se habia entregado, desesperado ya de conseguirlo, á la mas -profunda meditacion, buscando en su cabeza un arbitrio por medio del -cual pudiese descubrir á la de Albornoz el peligro inminente que la -amenazaba. Bien conocia que el aviso urgía, pues si antes de haber -descubierto Villena su plan lo tenia aplazado para el dia siguiente, -era probable que tratase de atropellar la ejecucion de sus ideas -desde el momento en que habia hecho partícipe de él al enemigo. El -doncel estaba determinado á dar su amparo á la de Albornoz, en primer -lugar por pertenecer á _la orden de caballería_, que _principalmente -se daba_, como se lee en Amadis de Grecia, _para defender las dueñas -y doncellas que tuerto reciben_; orden por la cual _el que la profesa -debe ayudar á las dueñas y doncellas fijas dalgo_, como en el -instituto de la de la Banda fundada por Alonso XI se contiene; orden, -en fin, por la cual se advertia á los que la recibian, como en el -Doctrinal de caballeros consta al lib. 1. tít. 3., que _al caballero -ó dueña que viesen cuitados de pobreza ó por tuerto que hubiesen -recebido, de que non pudiesen haber derecho, que pugnasen con todo -su poder de ayudarlos_. Agregábase á esta principal razon otra, si -bien menos generosa y obligatoria, mas fuerte acaso que todos los -institutos y órdenes del mundo; á saber, cierta simpatía que con una -persona ligada á la suerte de la de Albornoz alimentaba Macías en -todas sus acciones. - -Pero si estaba decidido á favorecer á las débiles víctimas del poder -del ambicioso conde, no por eso dejaba de conocer cuán dificultoso -era, si no imposible, introducir á aquellas horas un saludable aviso -en la habitacion de la condesa ó de su camarera. - -Despues de largo rato de discurrir, en que desechó unas ideas, adoptó -otras, volvió á desechar éstas, y á adoptar y desechar otras ciento, -fijóse por fin decididamente en una que debió de parecerle la mejor -y la menos arriesgada de ejecutar si la fortuna le ayudaba. No quiso -despertar á Hernando, que sordamente roncaba, para no ser conocido en -la espedicion que premeditaba, si llegaba á sorprenderle fuera del -alcázar la madrugada que á largos pasos andando se venia; endosóse un -basto sayo de montero de su criado, su gorro de lo mismo, su tosco -tabardo de pardo buriel, ciñó la espada, y tomando debajo del brazo -un objeto que, como trovador siempre llevaba consigo, salióse pasito -de su estancia, y sin ser sentido llegó hasta la puerta esterior -del alcázar, evitando por corredores y patios conocidos de él las -centinelas interiores que hubieran podido interrumpir su proyecto; -pero llegado alli estuvo tentado varias veces de volver á su aposento -y desistir de su empresa, cuando se oyó dar el _¿quién va?_ del -ballestero encargado de la guarda de aquel punto. - -—Un caballero que desea salir. - -—Atras, ¡voto á Santiago! le respondió una voz, ronca del vino ó del -frio de la noche: buena hora de salir á tomar el fresco, cuando está -un cristiano deseando el relevo para calentarse. - -No habia meditado el doncel este inconveniente: no quedaba sin -embargo mas remedio que desistir y abandonar á la condesa á su -destino, ó descubrir su clase de doncel de su alteza, y como tal -lograr que se le abriesen las puertas. Calculando que de todas -suertes habria de saberse al dia siguiente su entrada en el alcázar, -puesto que ya no podia por entonces pensar en volverse á Calatrava, -decidióse al segundo partido prontamente; hizo llamar al gefe del -pequeño destacamento, y no tardó en oir su voz, que denotaba el mal -humor de un hombre á quien se ha sacado intempestivamente del sueño -para cumplir con un deber. - -—Por la Vírgen de Atocha, vive Dios, esclamó observando y dejando -ver su oblonga figura, que he de escarmentar al borracho que á estas -horas... - -—Mirad lo que hablais, interrumpió Macías al oir hablar sobre sí, -como quien está debajo de una campana, á aquel amalgama de gordura, -de bestialidad y de sueño. - -—¿Quién sois, voto va, el que hablais tan gordo? ¡Aaa! prosiguió -bostezando. - -—Por Santiago, ya os debia haber conocido en lo que teneis de comun -con los javalíes del Pardo. ¿Sois vos Bernardo? - -—¿Quién es, repito, por las muelas de Santa Polonia, quién es el que -me conoce tan á fondo? - -—Dejadme salir: soy un doncel de su alteza y voy á asuntos del -servicio del rey... - -—¿Doncel? metedme el dedo en la boca: mas traza teneis que de -doncel de don villano, repuso el ingenioso Bernardo á caza del -equivoquillo... el vestido... - -—¡Voto va!, Bernardo, que os haga arrepentir de vuestra insolencia -si insistis en faltar al respeto á... pero... oid, añadió acercándose -á su oido, ¿conoceis á Macías? miradle aqui. - -—¡Ballesteros! echadme á ese aventurero en un cubo de agua fresca: -dice que es un hombre que está en Calatrava. Voto va el santo patron -del sueño, que ó ha trasegado de la botella á su estómago mucho del -tinto, ó es hechicero. - -No pudo sufrir ya mas tiempo el doncel el impertinente responder -del ballestero, y asiéndole con mano vigorosa del cuello, llevóle -sin dejarle gañir, ni aun para pedir socorro á los suyos, hácia un -farol que cerca de ellos ardía; y enseñándoles entonces su rostro -descubierto, - -—¿Conocéisme, don Vellaco, portero de los infiernos y hablador que -Dios no perdone? ¿conocéisme? ¿ó habeis menester todavía que os abra -yo los ojos con el puño? - -Abria el ballestero unos ojos como tazas, y no acababa de comprender -cómo podia salir del alcázar un hombre que no habia entrado en él, -pues lo creía en Calatrava: hubo sin embargo de convencerse, y -tendiendo entonces la pierna hácia atras y descubriendo su cabeza, -pidió mil escusas al doncel y fue preciso que este pusiera treguas -tambien á sus disculpas y cortesías como á sus impertinencias, sin -lo cual nunca se hubiera visto donde por fin se vió; es decir, en -medio del campo y recibiendo sobre sí una menuda lluvia que á la -sazon comenzaba á caer, lo cual, añadido á la persecucion del cerbero -del alcázar, no era del mejor agüero para nuestro osado doncel, -que dejaremos rodeando los altos muros de la fortaleza para dar -cumplimiento á sus caballerescos proyectos. - -Mientras que los acontecimientos paralelos de la conversacion de -don Enrique con Ferrus y la salida del doncel se verificaban en el -alcázar á una misma hora, dormia inquietamente y luchando con las -fantasmas que su imaginacion le representaba la hermosa Elvira, -que en su lecho medio desnuda dejamos. Habíase quedado con solo un -vestido blanco; cubríale éste desde la garganta hasta los pies, que, -desnudos, parecian dos carámbanos de apretada nieve: su cabello, -tendido cuan largo era, velaba sus hombros, su seno, su talle, y por -algunas partes su cuerpo entero; una mano pendia del lecho, y la -opaca claridad de la luna que penetraba por entre las nubes no muy -densas y sus ventanas, entreabiertas por el calor de la estacion, la -hacia aparecer un verdadero ser fantástico, como lo hubiera soñado un -amante deseoso de una ocasion. - -Su seno y su respiracion interrumpida denunciaban la inquietud de su -descanso y el trabajo de su imaginacion aun en el sueño. - -Fuese casualidad, fuese porque era el que mas habia dormido, el page -fue el primero que á un estraño rumor que en aquellas inmediaciones -se oyó hubo de interrumpir el reposo en que yacía. Un laud suave -y diestramente pulsado adquiria nueva dulzura del silencio de la -noche; oyólo primero el page entre sueños, pero la realidad tomó en -su fantasía la apariencia de una representacion ficticia y se creyó -transportado á algun sábado de hechiceras, que era la especie de -gentes que él mas temia. Habia templado algun rato el músico, para -llamar la atencion, pero sin ser oido de nadie; y cuando el page -echó de ver la aventura, y cuando don Enrique habia notado la música -que le habia obligado á no cerrar su ventana, como arriba dejamos -dicho, habia cantado ya con melodiosa voz, si bien varonil, las dos -siguientes coplas, cuyos ecos se llevó el viento antes de que fuesen -para nadie del provecho á que sin duda aspiraban: - - En el almenado alcázar - duerme Zaida sin cuidado. - Guarda, mora, que tus grillos - te forja un conde cristiano. - Alza y parte, desdichada, - primero que veas relumbrar su espada. - Vela tú, si Zaida duerme, - ó dulce señora mia. - ¡Guar del conde que la acecha! - que un caballero te avisa. - Alza y parte, desdichada, - primero que veas relumbrar su espada. - -Al repetir estos dos últimos versos del estribillo fue cuando el -page, elevando la voz llamó á la hermosa Elvira. - -—¿Oís, discreta prima? - -—¡Cielos! esclamó Elvira sentándose sobre el lecho. ¿A estas horas...? - -—No he podido entender la letra... - -—Oigamos, que prosigue. - -Volvia efectivamente á empezar de nuevo el músico despechado de -no advertir ninguna señal de inteligencia en las bellas á quienes -advertia su propio riesgo. Repitió, pues, la última copla, que hizo -un efecto bien diferente en el page, en su alterada prima, que aun -no habia vuelto enteramente en sí de su asombro, y en don Enrique y -Ferrus, que prestando la mayor atencion desde su cámara escuchaban. - -—Ferrus, dijo don Enrique á la mitad de la copla, desde aqui no -podemos ver quién es el músico que tan delicadamente se viene á -regalarnos los oidos á deshoras de la noche: el ángulo saliente -del alcázar nos impide reconocerle, y aun su voz llega aqui tan -desfigurada que es imposible entenderle. - -—¿Qué quieres, pues, señor? contestó Ferrus. - -—Importa á mis fines confirmar ó desvanecer mis sospechas; ¡voto á -Santiago que si fuese...! escucha Ferrus: baja al soto lo mas deprisa -que pudieres... - -—¿Yo, señor? interrumpió Ferrus con algun sobresalto. - -—En el acto, Ferrus: ni una palabra mas, y quiero darte instrucciones -acerca de lo que en todos casos deberás hacer. - -No habia medio de replicar á una orden tan positiva: oyó Ferrus las -instrucciones que le daban, y se propuso no traspasar los límites -del puente levadizo sin llevar consigo á cierta distancia alguno que -otro ballestero del destacamento de la puerta para que le guardase -las espaldas contra el músico, que podia no gustar de que saliesen á -escucharle al claro de la luna. - -—¡Cielos! esclamó la agitada camarera saltando del lecho al oir las -primeras palabras de la letra. Conozco la voz. ¿Es cierto, pues, que -ha vuelto de Calatrava? ¿Sueño todavía? ¿Mas qué sentido encierran -esas palabras? _¡El conde, un caballero te avisa!_ ¡Entiendo, -entiendo! - -El músico, que oyó aquel rumor en la habitacion donde sabia que -habitaba Elvira, clavó los ojos en la ventana, abierta ya de par en -par, distinguió un leve contorno blanco, que parecia salirse del -mismo fondo de las tinieblas, como nos dicen que salió el mundo del -caos; olvidó la prudencia que debiera haber sido su norte, y no pudo -resistir á la tentacion de poner en su carta una posdata para sí. - -Volviendo á preludiar en su instrumento, añadió á las dos ya cantadas -la siguiente estrofa: - - ¡Pluguiera á Dios que pudiese - librarse asi el caballero, - que tienes, señora mia, - entre tus cadenas preso...! - -Al llegar aqui no pudo Elvira contener mas tiempo el sobresalto y la -agitacion que la ofuscaban: _basta_, oyó decir el caballero, _basta, -trovador imprudente_, á una voz que resonó en su oido como la -campana de la poblacion inmediata al caminante perdido, y oyó en pos -cerrar con un ¡ay! doloroso la ventana. - -Mas no tardó mucho en volverse á abrir. Cesó de pronto el laud; el -músico, cuyo bulto habia visto hasta entonces Elvira al pie de su -ventana, habia mudado entre tanto de sitio, ó habia obedecido á la -voz celestial: un ruido como de voces ofensivas y alteradas se oyó un -breve instante: sucedió un confuso ruido de armas, el cual cesó de -alli á poco: sacó Elvira la cabeza por entre los hierros de la reja, -como saca el cuello del agua el infeliz, asido de una tabla, que se -siente ahogar en medio del mar: un prolongado gemido se siguió al -silencio, y retumbó el ruido hueco y resonante de un cuerpo armado -que cae en tierra cuan largo es. - -Helóse la palabra en la garganta de la infeliz Elvira, que era toda -oidos, pues nada alcanzaba á ver. Un momento despues se oyó el ruido -de un hombre que monta á caballo y parte aceleradamente. - -¡Infeliz! esclamó Elvira despues de un momento de pausa glacial; pero -un nuevo rumor la obligó á prestar atencion. - -—¿Dónde está? dijo una voz de hombre que sobrevino de alli á poco. - -—¡Qué sé yo! voto á tal, ¿no le oiste por aqui? respondió otra. - -—Debió caer. - -—Y tambien debió levantarse. - -—O debieron levantarle; segun yo oí, no quedó muy bien parado. - -—Volvamos, y el diablo le lleve. - -—Llévele en buen hora. ¡Ah! - -—¿Qué es eso? ¿Os caeis? - -—Voto á tal que con el lodo está el piso que parece mármol. Héme -caido. - -—¿Con el lodo, eh? á ver, volveos: poneos á la luz de la luna. Por -el alma del cobarde, que es el diablo quien le ha llevado ó el -hechicero, porque aqui ha dejado toda... su... vida. - -—¿Qué decís? - -—¿No veis cómo os habeis puesto? - -—¿De qué? - -—¡De sangre, voto á tal! ¡Y que esto pase por alguna desvanecida! - -El diálogo era en todas sus partes destrozador para la infeliz -Elvira, que por los antecedentes que tenia no podia prescindir de -ver claro en este desdichado asunto; cada palabra retumbaba en su -alma como el golpe del martillo que hace entrar á trozos la cuña en -la madera; asi entraba la horrible realidad en el alma de Elvira. -Pero al oir la palabra _sangre_, un estremecimiento involuntario la -sobrecogió; la atmósfera pesó como plomo sobre su cabeza al resonar -en el aire el amargo reproche con que la frase concluyó; un ¡ay! -penetrante se escapó de su pecho desgarrado, dió consigo en tierra -privada de sentido la triste camarera, sonando su cabeza sobre el -pavimento como piedra sobre piedra, y nada volvió á oir. - -Llegó el _ay_ dolorido á los oidos de los dos que hablaban, y era -efectivamente tan penetrante é inesplicable, que no solo en aquel -siglo de ignorancia, sino aun en este, mas de un valiente hubiera -temblado al escucharle á aquellas horas, en aquel sitio, sin ver de -donde saliese, y sobre el pedazo de tierra que acababa de ser teatro -de una muerte, segun todas las apariencias. - -—¿Has oido? dijo uno al otro. ¡Cuerpo de Cristo! aqui ha quedado -su alma para pedir venganza á todo el que pase: ese grito no es de -persona; huyamos. - -—Huyamos, repuso el compañero: sonaron un momento sus pasos -precipitados al rededor del muro. De alli á un momento nada se oía ni -dentro ni fuera, ni en las inmediaciones del funesto alcázar. - - -FIN DEL TOMO PRIMERO. - -[Ilustración] - - - - -ÍNDICE DEL TOMO PRIMERO - - - CAPITULO I 1 - CAPITULO II 17 - CAPITULO III 38 - CAPITULO IV 62 - CAPITULO V 84 - CAPITULO VI 101 - CAPITULO VII 119 - CAPITULO VIII 137 - - - - - * * * * * * - - - - -NOTA DE TRANSCRIPCIÓN - - * Se ha respetado la ortografía original, que difiere de la - utilizada actualmente. Las inconsistencias ortográficas se han - normalizado a la grafía de mayor frecuencia. Se ha completado el - emparejamiento de los puntos de admiración y de interrogación. - - * Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar. - - * Se han añadido ilustraciones de adorno al final de los capítulos - que, en el original impreso, carecen de ellas. - - * Se ha añadido al final un índice de capítulos que no existe en el - original impreso. - - - -***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL DONCEL DE DON ENRIQUE EL -DOLIENTE, TOMO I (DE 4)*** - - -******* This file should be named 53587-0.txt or 53587-0.zip ******* - - -This and all associated files of various formats will be found in: -http://www.gutenberg.org/dirs/5/3/5/8/53587 - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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Information about the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation - -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by -U.S. federal laws and your state's laws. - -The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the -mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its -volunteers and employees are scattered throughout numerous -locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt -Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to -date contact information can be found at the Foundation's web site and -official page at www.gutenberg.org/contact - -For additional contact information: - - Dr. Gregory B. Newby - Chief Executive and Director - gbnewby@pglaf.org - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. 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