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-The Project Gutenberg eBook, El doncel de don Enrique el doliente, Tomo I
-(de 4), by Mariano José de Larra
-
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
-other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
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-Title: El doncel de don Enrique el doliente, Tomo I (de 4)
- Historia caballeresca del siglo quince
-
-
-Author: Mariano José de Larra
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-
-Release Date: November 25, 2016 [eBook #53587]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-
-***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL DONCEL DE DON ENRIQUE EL
-DOLIENTE, TOMO I (DE 4)***
-
-
-E-text prepared by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box, and the Online
-Distributed Proofreading Team (http://www.pgdp.net) from page images
-generously made available by Internet Archive (https://archive.org)
-
-
-
-Note: Images of the original pages are available through
- Internet Archive. See
- https://archive.org/details/eldonceldedonenr01larr
-
-
- Project Gutenberg has the other three volumes of this work.
- Volume II: see http://www.gutenberg.org/ebooks/53588
- Volume III: see http://www.gutenberg.org/ebooks/53589
- Volume IV: see http://www.gutenberg.org/ebooks/53590
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-
-NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
-
- En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las
- versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.
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-
-EL DONCEL DE DON ENRIQUE EL DOLIENTE:
-
-HISTORIA CABALLERESCA
-DEL SIGLO QUINCE
-
-por
-
-D. MARIANO JOSÉ DE LARRA.
-
-SEGUNDA EDICION.
-
-TOMO I.
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-
-
-
-Madrid.
-Imprenta de Don José María Repullés.
-1838.
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-
-EL DONCEL DE _Don Enrique el Doliente_.
-
-
-
-
-CAPITULO I.
-
- Mis arreos son las armas,
- mi descanso es pelear,
- mi cama las duras peñas,
- mi dormir siempre velar.
-
- _Cancionero general._
-
-
-Antes de enseñar el primer cabo de nuestra narracion fidedigna, no
-nos parece inútil advertir á aquellas personas en demasía bondadosas
-que nos quieran prestar su atencion, que si han de seguirnos en el
-laberinto de sucesos que vamos á enlazar unos con otros en obsequio
-de su solaz, han menester trasladarse con nosotros á épocas distantes
-y á siglos remotos, para vivir, digámoslo asi, en otro orden de
-sociedad en nada semejante á este que en el siglo XIX marca la
-adelantada civilizacion de la culta Europa. Tiempos felices, ó
-infelices, en que ni la hermosura de las poblaciones, ni la facil
-comunicacion entre los hombres de apartados paises, ni la seguridad
-individual que en el dia casi nos garantizan nuestras ilustradas
-legislaciones, ni una multitud, en fin, de refinadas y esquisitas
-necesidades ficticias satisfechas podian apartar de la imaginacion
-del cristiano la idea, que procura inculcarnos nuestro sagrado
-dogma de que hacemos en esta vida transitoria una breve y molesta
-peregrinacion, que nos conduce á término mas estable y bienaventurado.
-
- Mis arreos son las armas,
- mi descanso es pelear
-
-podian repetir con sobrada razon nuestros antepasados de cuatro
-ó cinco siglos: nuestra nacion, como las demas de Europa, no
-presentaba á la perspicacia del observador sino un caos confuso,
-un choque no interrumpido de elementos heterogéneos que tendian á
-equilibrarse, pero que la ausencia prolongada de un poder superior
-que los amalgamase y ordenase, completando el gran milagro de la
-civilizacion, se encontraban con estraña violencia en un vasto
-campo de disensiones civiles, de guerras esteriores, de rencillas,
-de desafios, y á veces de crímenes, que con nuestras estremadas
-instituciones mal en la actualidad se conformarian.
-
-Una incomprensible mezcla de religion y de pasiones, de vicios y
-virtudes, de saber y de ignorancia, era el carácter distintivo de
-nuestros siglos medios. Aquel mismo príncipe que perdia demasiado
-tiempo en devociones minuciosas, y que espendia sus tesoros en
-piadosas fundaciones, se mostraba con frecuencia inconsecuente en su
-devocion, ó descubria de una manera bien perentoria lo frívolo de su
-piedad, pues en vez de arreglar por ésta su conducta, se le veía no
-pocas veces salir de los templos del Altísimo para ir á descansar de
-las fatigas del gobierno en los brazos de una seductora concubina,
-que usurpaba la mitad del lecho regio de su consorte despreciada. El
-caballero que volvia de reconquistar el santo sepulcro del Salvador,
-y que llevaba ricamente bordado en el pecho el signo augusto de la
-redencion, aquel mismo cruzado que al entrar en el gremio de la
-iglesia habia depuesto en las fuentes bautismales el vano deseo de
-venganza, adoptando y jurando, á imitacion del hombre Dios, el perdon
-de las injurias, sin el menor escrúpulo de conciencia declaraba las
-muestras de su organizacion irascible, que á gala tenia; á la menor
-sombra de pretendida ofensa corria lanza en ristre á partir el sol
-del palenque, y á abrir una ancha fuente de sangre humana en el
-pecho de su adversario, invocando á un tiempo por una inesplicable
-contradiccion el nombre santo de Dios, y el nombre profano de la dama
-por quien moria.
-
-En vano la religion se esforzaba en dulcificar las costumbres de
-los hijos de los godos, exaltados por la prolongada guerra con los
-sarracenos. Es verdad que ganaba terreno, pero era con lentitud;
-entretanto se criaba el caballero para hacer la guerra y matar.
-Verdad es que los primeros enemigos contra quien debia dirigirse eran
-los moros; pero muchas veces lo eran tambien los cristianos, y habia
-quien matando dos de aquellos por cada uno de estos últimos, creía
-lavado el pecado de su espantoso error. Matar infieles era la grande
-obra meritoria del siglo, á la cual, como al agua bendecida por el
-sacerdote, daban engañados algunos la rara virtud de lavar toda clase
-de pecados.
-
-Para los hombres el ejercicio de las fuerzas corporales, el facil
-manejo de la pesada lanza, el arte de domeñar el espumoso bridon,
-la resistencia en el encuentro, y el pundonor falsamente entendido
-y llevado á un estremo peligroso; y para las mugeres el arte de
-conquistar con las gracias naturales y de artificio al campeon mas
-esforzado, y ceñirle al brazo la venda del color favorito, recompensa
-del brutal denuedo del vencedor del torneo, y el recato solo para con
-el caballero no amado, eran la educacion del siglo. Dios y mi dama,
-decia el caballero; Dios y mi caballero, decia la dama.
-
-En medio del furor de guerrear que debia animar á todos en aquella
-época, algunos ministros del Altísimo no dudaban acompañar las
-huestes, armados á la vez como los guerreros, y aun cuando no
-desenvainasen en las lides la ponderosa espada de Damasco y de Toledo
-para herir con ella al enemigo, esta costumbre arrastraba á algunos
-á autorizar trances de rebelion del soberbio rico-hombre contra la
-magestad de su rey y señor natural.
-
-Un corto número de espíritus mas pusilánimes, ó acaso mas
-calculadores que sus contemporáneos, poseía la corta riqueza
-literaria griega y romana que de las ruinas del Partenion y del
-Capitolio, habian podido salvar en medio de la devastacion desoladora
-de la irrupcion de los bárbaros, algunas primitivas comunidades
-monásticas. El estudio todo que se hacia en los claustros estaba
-reducido, y debia estarlo, á la ciencia eclesiástica, la única que
-podia y debia salvar, como efectivamente salvó á la Europa de su
-total ruina. Las bellezas gentílicas de los Homeros y Virgilios
-debian reservarse para otros tiempos, y los monasterios, conservando
-estos monumentos clásicos de la antigüedad, hacian á la literatura
-todo el servicio que podian hacerla. Otros espíritus no obstante se
-dedicaban fuera de aquellas escuelas al estudio, y la ciencia que
-adquirian era solo el medio criminal de grangearse una consideracion
-y una fortuna aun mas criminales todavía. Afectando la ciencia
-de los astros ó una misteriosa comunicacion con el mundo de los
-espíritus, sabian abusar de la insensata credulidad de los reyes y
-de los pueblos, y convertir en propio y particular provecho suyo las
-luces que no trataban de difundir, sino antes de conservar entre sí
-clandestina y masónicamente, como un pérfido talisman que ejerciendo
-al cabo su irresistible influencia sobre los espíritus débiles é
-ignorantes, libraba en las manos de unos pocos empíricos solapados,
-la palanca poderosa con que movian y removian á su placer cuantos
-obstáculos á sus dañadas intenciones se pudieran presentar.
-
-A esta época, pues, y al trato belicoso de los nietos de las hordas
-del Norte, al centro de aquella informe sociedad, hija de padres tan
-contrarios como los bárbaros de la fria Noruega y las cultas ruinas
-de la capital del mundo, á esta época, á ese trato y á esta sociedad
-vamos á trasladar á nuestros lectores.
-
-No se crea tampoco por el cuadro que rápidamente acabamos de
-bosquejar, que sea preciso entrar con horror á desentrañar las
-costumbres de tan inesplicable época; lejos de nosotros esta idea;
-tambien se ofrecen en ella virtudes colosales que no son por cierto
-de nuestros dias. El amor, el rendimiento á las damas, el pundonor
-caballeresco, la irritabilidad contra las injurias, el valor contra
-el enemigo, el celo ardiente de la religion y de la patria, llevado
-el primero alguna vez hasta la supersticion, y el segundo hasta la
-odiosidad contra el que nació en suelo apartado; si no son prendas
-todas las mas adecuadas al cristianismo, no dejan por eso de tener su
-lado hermoso por donde contemplarlas, y aun su utilidad manifiesta,
-dado sobre todo el dato del orden de cosas entonces establecido, las
-hacia tan necesarias como deslumbradoras.
-
-El carácter empero mas verdaderamente distintivo de la época,
-era la lucha establecida y siempre pendiente entre el príncipe y
-sus primeros súbditos; una escala descendiente y ascendiente que
-constituía á los pecheros vasallos de vasallos, y á los reyes señores
-de señores, era el principal obstáculo que impedia al poder ejercer
-á la vez su influencia igual y equitativa por toda la estension de
-sus dominios, el pechero doblemente súbdito tenia dobles obligaciones
-(mas bien que contraidas impuestas) para con su dueño inmediato, y
-para con el señor natural de todos. Por otra parte era de notar el
-poder no reprimido de los orgullosos magnates, sin cuya cooperacion
-voluntaria hubiera sido una vana fantasma la autoridad del monarca.
-Éste en todo trance de guerra se veía poco menos que precisado á
-mendigar los hombres de armas, que solo podian proporcionarle para
-las jornadas los ricos-homes que los sostenian á sus espensas, y por
-consiguiente á su devocion, y que desigualaban á placer la fuerza
-recíproca de los partidos con la mas leve inclinacion de su parte; el
-señorío absoluto (si no de derecho, de hecho) de vidas y haciendas
-en sus inmensos dominios; sus bien defendidos castillos feudales, de
-donde mal pudiera desalojarlos la sencilla arcabucería y manera de
-guerrear de la época; su orgullo, nacido de los grandes favores que
-en la contínua reconquista contra moros les debia el rey y la patria;
-y la remision sobre todo de los agravios al duelo particular, al paso
-que inutilizaban toda la energía de un rey y sus buenas intenciones,
-eran las causas, por entonces irremediables, de la impunidad de los
-delitos; causas que perpetuaban la injusticia y el abuso de la
-fuerza de los primeros hombres de la nacion, que no habia especie
-de ambicion ni pasion frenética de que no se dejasen torpemente
-arrastrar.
-
-Este era el estado de las costumbres de la Europa, y por consiguiente
-de nuestra España, en la época á que nos referimos. En el año en que
-pasaba lo que vamos á contar, hacia ya trece que don Enrique III,
-dicho el Doliente, y nieto del famoso don Enrique el Bastardo, habia
-subido á ocupar el trono, vacante por la desastrosa muerte de su
-padre don Juan I, ocurrida en Alcalá de Henares de caida de caballo.
-Y apenas habian bastado estos trece años para reparar los daños que
-su menor edad habia acarreado á Castilla desvalida.
-
-El cisma duraba en la Iglesia desde la eleccion tumultuosa del
-arzobispo de Bari, llamado Urbano VI, ocurrida el año 1378, despues
-de la muerte de Gregorio onceno. Habíanse reunido los cardenales
-en cónclave; pero sabedores acaso los romanos de que la corte de
-Francia trataba de influir en la eleccion del cardenal de Génova,
-ligado por parte de padre con los condes de Génova de la casa de
-Oliveros, y por parte de madre con los condes de Boloña, parientes
-de la casa real de Francia, se amotinaron, y precipitándose en el
-lugar del cónclave, despues de forzar las cerraduras, segun en
-nuestras leyendas se refiere, clamaron: “Papa romano queremos, ó á
-lo menos italiano,” de cuya infraccion notable y sacrílega resultó
-la eleccion del arzobispo, que se coronó el dia de Pascua de
-Resurreccion. Varios cardenales empero refugiándose en el lugar de
-Anania, y despues en Fundí, proclamaron la invalidez de la eleccion
-forzada, y amparados de la corte de Francia eligieron al cardenal
-de Génova, que tomó nombre de Clemente VII, y estableció la silla
-de su iglesia en Aviñon. Urbano y Clemente habian enviado entrambos
-al rey de Castilla, á la sazon Enrique II, sus mensageros, asi como
-los habia enviado en apoyo del último Cárlos V, rey de Francia; la
-corte de Castilla permaneció por entonces indecisa hasta consultar
-en materia tan delicada á sus varones mas famosos. Posteriormente,
-en el año 1381, el sucesor de don Enrique II, don Juan I, hallándose
-en Medina del Campo, y despues de haber reunido y consultado á sus
-prelados, ricos-hombres y doctores, se decidió por Roberto de
-Génova, negando la obediencia al _intruso apostático Bartolomé_,
-como le llama en la carta que con fecha de Salamanca le escribió
-á Clemente VII, prestándole homenage como á único papa verdadero.
-Mas adelante murió en su palacio de Aviñon el papa Clemente VII, á
-26 de Setiembre de 1394, reinando en Castilla don Enrique III; y
-sus cardenales, deseosos de la union de la Iglesia, se propusieron
-elegirle un sucesor, jurando todos antes sobre los santos evangelios
-renunciar el papazgo inmediatamente despues de nombrados, si asi
-fuese necesario, y en el caso de que se ciñese á hacer otro tanto
-Urbano, para proceder unidos de nuevo todos los cardenales en Roma
-á la eleccion válida y conforme de uno solo. Fue elegido, pues,
-en Aviñon el cardenal don Pedro de Luna, aragonés de nacion, y
-rico-hombre de los de Luna; negóse al principio á admitir la triple
-corona, pero una vez sentado en la silla apostólica, se resistió
-enteramente á las solicitudes de sus cardenales y del rey de Francia,
-que le envió á Juan duque de Berry y á Felipe duque de Borgoña sus
-tios, para que renunciase conforme habia jurado. Esto dió lugar á
-contínuos debates, que se hallaban en pie todavía en el tiempo á que
-nos referimos, habiéndose declarado en favor de Benedicto Francia,
-Castilla, Navarra y Aragon y por el papa romano el emperador, la
-Inglaterra y la Italia.
-
-Con respecto á Portugal, Castilla seguia defendiendo, aunque
-débilmente, sus derechos: verdad es que desde la infausta jornada
-de Aljubarrota, perdida por la impericia estratégica de los jóvenes
-y acalorados caballeros del ejército de don Juan I, este mismo
-habia casi abandonado las esperanzas de recobrar aquel reino que
-indisputablemente le perteneciera por su boda con doña Beatriz,
-hija y única heredera del muerto rey don Fernando. El odio entre
-portugueses y castellanos, y el empeño sobre todo de aquellos
-en no ver nuevamente fundido en la corona de Castilla su suelo
-independiente, habia dado una popularidad estraordinaria al maestre
-de Avís; ayudado de ella se propasó á quitar la vida al conde de Oren
-en el mismo palacio de la regenta, y permitió á sus partidarios la
-muerte del infeliz obispo de Lisboa, despeñado de la torre: erigióse
-rey en Coimbra con el dictado de Juan I despues de la resignacion
-de regenta de la viuda Leonor, y reclusion de esta por nuestro rey
-en el monasterio de Otordesillas, como le llaman nuestras crónicas
-contemporáneas.
-
-Ya don Juan I de Castilla, en su testamento otorgado en Celórico de
-la Vera, poco antes de la jornada de Aljubarrota, vacilando él mismo
-sobre la legitimidad de sus derechos, al legárselos á su hijo y
-sucesor Enrique III, le habia legado tambien las dudas que acerca de
-tan delicada contienda en su propio corazon albergaba. En la época de
-nuestra narracion era tan débil ya la guerra que se sostenia contra
-Portugal, que mas parecia efectos de una obstinacion irrealizable,
-que una verdadera lucha que presentase síntomas de un término
-definitivo. Ni apenas se hubiera dicho que semejante guerra existia
-entre las dos naciones, si no lo hubiesen atestiguado las contínuas
-treguas y largos armisticios, que continuamente por una parte y otra
-se ratificaban.
-
-Enrique III, al subir al trono á los catorce años para dar fin á la
-anarquía que en el Estado alimentaran sus poderosos tutores, habia
-ratificado las ligas hechas por su padre con Cárlos VI de Francia
-y con los reyes de Aragon y de Navarra; y solo con el rey moro de
-Granada sostenia una guerra muy semejante en su lentitud y en sus
-largas treguas á la de Portugal.
-
-Tal era tambien el estado político de Castilla en la época de nuestra
-historia caballeresca, á que daremos principio desde luego sin
-detenernos mas tiempo en digresiones preparatorias, de poco interes
-acaso para el lector, si bien hasta cierto punto necesarias para la
-particular inteligencia de los hechos que á su vista tratamos de
-esponer sencilla y brevemente.
-
-Con respecto á la veracidad de nuestro relato, debemos confesar que
-no hay crónica ni leyenda antigua de donde le hayamos trabajosamente
-desenterrado; asi que, el lector perdiera su tiempo si tratase de
-irle á buscar comprobantes en ningun libro antiguo ni moderno:
-respondemos sin embargo de que si no hubiese sucedido, pudo suceder
-cuanto vamos á contar, y esta reflexion debe bastar tanto mas para el
-simple novelista, cuanto que historias verdaderas de varones doctos
-andan por esos mundos impresas y acreditadas, de cuyo contenido no
-nos atreveriamos á sacar tantas líneas de verdad, ó por lo menos de
-verosimilitud, como las que encontrará quien nos lea en nuestras
-páginas, tan fidedignas como útiles y agradables.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-CAPITULO II.
-
- De Mántua salió el marqués
- Danes Urgél el leale,
- allá va á buscar la caza,
- á las orillas del mare.
-
- Con él van sus cazadores
- con aves para volare,
- con él van los sus monteros
- con perros para cazare.
-
- _Cancionero de romances._
-
-
-A fines del siglo XIV estaba la hoy coronada y heróica villa de
-Madrid, muy lejos de pretender al lugar preeminente que en la
-actualidad ocupa en la lista de los pueblos de la Península. Toda
-su importancia estaba reducida á la fama de que gozaban sus espesos
-montes, los mas abundantes de Castilla en caza mayor y menor: el
-javalí, la corza, el ciervo, hasta el oso feroz hallaban vivienda
-y alimento entre sus altos jarales, sus malezas enredadas, y
-sus silvestres madroñeros, que han desparecido despues ante la
-destructora civilizacion de los siglos posteriores. El implacable
-leñador ha derrocado por el suelo con el hacha en la mano la erguida
-copa de los pinos y robles corpulentos para satisfacer á las
-necesidades de la poblacion, considerablemente acrecentada; y el
-hombre ha venido á hollar la magnífica alfombra que la naturaleza
-habia tendido sobre su suelo privilegiado: ha tenido fuerzas para
-destruir, pero no para reedificar: la naturaleza ha desaparecido
-sin que el arte se haya presentado á ocupar su lugar. Inmensos
-arenales, oprobio de los siglos cultos, ofrecen hoy su desnuda
-superficie al pie del caminante; al servir los árboles de pasto al
-fuego insaciable del hogar, los manantiales mismos han torcido su
-corriente cristalina ó la han hundido en las entrañas de la madre
-tierra, conociendo ya, si se nos permite tan atrevida metáfora, la
-inutilidad de su influjo vivificador. Madrit, el antiguo castillo
-moro, la pobre y despreciada villa, ciñó mientras fue olvidada de los
-hombres la suntuosa guirnalda de verdura con que la naturaleza quiso
-engalanarla, y Madrid, la opulenta corte de reyes poderosos, término
-de la concurrencia de una nacion estendida, y tumba de sus caudales
-inmensos y de los de un mundo nuevo, levanta su frente orgullosa,
-coronada de quiméricos laureles, en medio de un yermo espantoso y
-semejante al avaro que henchidas de oro las faltriqueras, no ve en
-torno de sí do quiera que vuelve los ojos sino miseria y esterilidad.
-Al famoso soto de Segovia, que se estendia hasta el Pardo y mas acá,
-concurrian los reyes y los grandes de Castilla de todas partes para
-lograr el solaz de la cetrería y de la montería, placer privilegiado
-y peculiar de los feudales señores de la época.
-
-El sol, rojo como la lumbre, despidiendo sus rayos horizontales por
-entre las altas copas de los árboles, marcaba el fin próximo de uno
-de los mas hermosos dias del mes de mayo: como á cosa de dos leguas
-de Madrid, una hermosa compañía de cazadores ricamente engalanados
-y vestidos turbaba todavía la tranquilidad del monte y de la selva;
-varias magníficas tiendas levantadas á orillas del Manzanares,
-eran indicio de haber durado aquel placer algunos dias: acababa
-de practicarse el último ojeo, y puestos los monteros en acecho
-esperaban en las encrucijadas á que asomase por alguna parte el
-animal para precipitarse sobre él con el venablo aguzado, y rendirle
-en tierra del primer golpe. Infinidad de reses de todas especies,
-suspendidas fuera y dentro de las tiendas, daban claras muestras de
-la destreza de los monteros y de la bienandanza del dia. En una de
-ellas preparaban varios manjares y daban vueltas á un largo asador
-dos hombres, que asi revolvian con sus brazos arremangados el asador,
-como atizaban la brasa, que iba dorando ya el engrasado lomo de la
-víctima. Miraban tan interesante operacion otros dos personages; el
-uno representaba tener á lo menos treinta años; su aire no comun, su
-rostro afable, aunque grave, sus maneras francas y su trage, sobre
-todo, daban á entender que podia pertenecer, sino al primer rango de
-la sociedad de aquel tiempo, á una buena familia por lo menos; y de
-todas suertes se echaba bien de ver á la primera ojeada en todo su
-esterior cierta libertad que solo dan la satisfaccion, la holgura, y
-la costumbre de frecuentar grandes personages, ya que no se atreviera
-el observador á asegurar que él lo fuese. Enfrente de él se hallaba
-otro que podria tener veinte y cinco años; su personal era bueno,
-y sin embargo no sé qué espresion particular de siniestra osadía
-tenia su rostro; una sonrisa asomada de contínuo á sus labios le daba
-cierto aire de complacencia obligada, que suponia en él el hábito de
-vivir al lado de personas de categoría superior á la suya: una voz
-verdaderamente seductora, sobre todo en sus modulaciones, probaba que
-no descuidaba medio alguno para captarse la voluntad: sus ojos, entre
-pardos y verdes, tenian no sé qué de talento y de misterio, y su
-pelo, crespo y de un rojo muy subido, prestaba á la cara que debiera
-adornar cierta aspereza y aun ferocidad rechazadora. Vestia un corto
-sayo pardo de montero, sujeto en el talle por un cinturon de baqueta
-verde, prendido con un gran broche de laton; llevaba unos botines
-altos de paño del mismo color del sayo y atacados hasta la rodilla,
-un capacete adornado de plumas blancas, y pendia de su cintura un
-largo cuchillo de monte.
-
-En el momento en que su conversacion empieza á interesar á nuestra
-historia, decia el primero al segundo:
-
-—¿Puedo yo saber, Ferrus, cómo habeis dejado un solo momento el lado
-del poderoso conde de Cangas y Tineo...?
-
-—Pardiez, señor Vadillo, me gusta mas ver al javalí en la brasa que
-entre la maleza: sobre todo, desde que uno de ellos me rompió el año
-pasado junto á Burgos un rico sayo de bellorí, que me habia regalado
-el conde mi amo. Desde que me convencí colgado de un roble de que no
-habia mediado entre su colmillo y mi persona mas espacio que el que
-separa mi ropa de mi cuerpo, juré á todos los santos del Paraiso no
-volver á ponerme en el camino de ningun animal de esa especie; son
-tan brutos, que asi respetan ellos á un rimador favorito del pariente
-del rey, como á un montero adocenado. ¿Y puedo yo hacer la misma
-pregunta al señor Fernan Perez de Vadillo, primer escudero de su
-señoría?
-
-—Os habeis hecho harto curioso y pregunton, Ferrus. Respondedme
-antes á otra pregunta, y despues veré de responderos á la vuestra,
-si me place. ¿Habeis visto un palafren que acaba de llegar de Madrid
-cubierto de polvo y devorando tierra, no hace medio cuarto de hora?
-¿Habéisle conocido?
-
-—Es Hernando, criado del Doncel.
-
-—¿Y á qué vino?
-
-—No lo sé, aunque lo sospecho. Me parece que su amo estaba encargado
-por el conde de una comision particular... El maestre de Calatrava
-estaba en los últimos...
-
-—Cierto... acaso habrá terminado sus dias...
-
-—Tal vez...
-
-—¿Y qué podria tener eso de comun con la venida de Hernando?
-
-—Mucho; me temo que don Enrique de Villena anda hace tiempo acechando
-un maestrazgo.
-
-—¿Sabeis que es casado?
-
-—¿Puedo ignorarlo, señor Fernan Perez? Pero puedo asegurar á todo el
-que tenga interes en saberlo, que don Enrique de Villena y su esposa
-doña María de Albornoz no son dos amantes...
-
-—¡Chiton! Ferrus, no estamos solos; dijo alarmado el primer escudero
-echando una ojeada de desconfianza hácia el parage donde daba vueltas
-todavía sobre la brasa el ciervo, impelido del brazo del infatigable
-repostero.
-
-—Teneis razon, señor escudero. Nunca me acuerdo de que no es esa
-gente el mejor consonante para mis trovas.
-
-—¿Y qué quereis decir con la proposicion que habeis aventurado? dijo
-acercándose á él Vadillo, y con tono de voz apenas perceptible.
-
-—Solo sabré deciros, contestó Ferrus con igual misterio, que nuestros
-señores no duermen juntos...
-
-—Brava ocasion para chanzas, Ferrus.
-
-—¡Chanzas! ¿eh? Dígalo la señorita Elvira, vuestra misma esposa, que
-no se separa un punto de la condesa...
-
-—Coplero, ¿quereis hablar alguna vez con formalidad? ¿y dejará de ser
-casado porque no haga vida comun con ella...?
-
-—Decis bien, pero como allá van leyes... no os enojeis, haré por
-enfrenar mi lengua. ¿Sabeis la historia del rey don Pedro?
-
-—¿Y bien?
-
-—Casado estaba con doña Blanca de Borbon... y casó sin embargo con la
-Padilla...
-
-—¿Y quereis suponer...? ¿Don Enrique sería capaz de imitar al rey
-cruel...?
-
-—¿No habria un medio de compostura sin necesidad de que muriese mi
-señora doña María? ¿No hay casos en que el divorcio...?
-
-—Mucho sabeis...
-
-—¿Pensais que el rey Enrique III podrá negar muchas cosas á su tio
-don Enrique de Villena...?
-
-—No: el prestigio de que goza en la corte es demasiado grande.
-
-—¿Y pensais que el señor Clemente VII se espondria á perder la
-amistad y proteccion de Castilla y Aragon en su lucha con Urbano VI,
-por tener el gusto de negar una bula de divorcio al conde de Cangas y
-Tineo...?
-
-—Por san Pedro, Ferrus, que teneis cabeza de cortesano mas que de
-rimador.
-
-—Muchas gracias, señor Fernan. Algunos señores de la corte que me
-desprecian cuando pasan delante de mí en el estrado de su alteza, y
-que me dan una palmadita en la megilla, diciéndome “_á Dios, Ferrus;
-dinos una gracia_,” podrian dar testimonio de mi destreza si supieran
-ellos...
-
-—Entiendo: no estoy en ese caso.
-
-—Yo estimo demasiado al primer escudero de mi amo para confundirle
-con la caterva de cortesanos, cuyo brillo me ofende, y cuya
-insolencia provoca mi venganza.
-
-—¿Y en qué estamos de Hernando y de su comision? interrumpió Vadillo
-dándole la mano y apretándosela, como para dar á entender que aquel
-apreton de manos debia significar mas que todas las frases vulgares
-que en semejantes casos se dicen.
-
-—Ya he dicho que no sé, si no que sospecho que el conde quiere ser
-maestre; que Hernando puede traer noticias de la salud de don Gonzalo
-de Guzman, y que esta noche no se acostará don Enrique de Villena sin
-haber aligerado y repartido la carga de su secreto, si tiene alguno;
-tambien quiero ser franco, tal puede ser él que no me sea lícito
-confiarle ni á vos mismo. Pero atended. ¿No oís?
-
-—¿Qué es? repuso el escudero escuchando.
-
-—Es la señal de haber salido la pieza; ¿no oís los ladridos de los
-sabuesos y la gritería de los monteros?
-
-—En efecto, dijo Vadillo; salgamos, si es que no teneis miedo tambien
-de ver á esta distancia la caza.
-
-—Salgamos.
-
-Pasaba efectivamente como á tiro de ballesta un horrendo javalí,
-perseguido de una jauría de valientes canes: ya dos de estos habian
-probado sus agudas defensas, dando al viento su sangre y sus entrañas
-palpitantes: mas de un montero, á punto de dar el golpe que hubiera
-terminado la ansiedad en que á todos los tenia la fiera, se habia
-visto arrebatado fuera del sendero que ésta seguia por su caballo
-espantado. _Por el valle, por el valle se escapa_, gritaban los
-ojeadores: y mas de diez cuernos, resonando en medio del silencio de
-la selva, habian dado aviso á los impacientes cazadores que en el
-llano se hallaban guardando los pasos y salidas. Mucho menos tiempo
-del que hemos tardado en describir esta maniobra tardó en desaparecer
-á los ojos de nuestros pacíficos observadores por entre la espesura
-la encarnizada caterva, cuyos individuos apenas podian percibirse ya
-á tal distancia y á aquellas horas.
-
-Perdíanse en la lontananza los cazadores, y el ruido tambien de
-sus voces y sus bocinas, cuando salieron de la selva dos ginetes
-galopando á mas galopar hácia las tiendas donde se aderezaba el
-banquete para la noche, que empezaba ya á convidar al descanso con
-sus frescas auras y sus tinieblas, á los fatigados perseguidores de
-las inocentes reses del soto de Manzanares.
-
-—¿No os dije yo, gritó Ferrus estirando el cuello y abriendo los
-ojos para reconocer á los caballeros, que la venida de Hernando nos
-traería novedades de importancia? Mirad hácia la derecha por encima
-de ese ribazo, alli, ¿no veis? entre aquellos dos árboles, el uno mas
-alto y el otro mas pequeño... mas acá, seguid la indicacion de mi
-dedo... ahí... ahí...
-
-—Sí, alli vienen dos galopando...
-
-—¿No reconoceis el plumero encarnado del mas bajo...?
-
-—Sí, él es...
-
-—Hernando es el otro.
-
-—¿Qué apostais á que desde este momento se ha acabado ya la partida
-de caza?
-
-—Sin embargo, sabeis que veniamos para cuatro dias, y no llevamos
-sino tres.
-
-—En hora buena: pues no vuelva yo á hacer una estancia, ni á probar
-vino de Toro en la copa de mi señor, si dormimos esta noche aqui... y
-voto va que si tal supiera diera principio á una pierna de esa ánima
-en pena, que está purgando en la brasa las corridas inútiles que
-habrá hecho dar por el bosque á mas de cuatro cazadores inespertos. Y
-lanzó un suspiro clavando sus ojos en el asador, vuelto de espaldas
-al sitio de donde venian los cabalgantes.
-
-—¿Qué haceis, Ferrus, ahí distraido? Apartad, apartad, gritó Vadillo
-sacudiéndole por un brazo y desviándole del camino mal su agrado.
-
-En esto llegaban los ginetes á las tiendas; y mientras que el uno
-de ellos se adelantaba á apearse y tener de la brida el caballo del
-otro, Ferrus, ambicioso de servir el primero al recien llegado, ganó
-por la delantera al escudero, y tomando el estribo con una mano,
-mientras que con la otra descubria su cabeza roja y ensortijada,
-acogió con su acostumbrada sonrisa de deferencia una rápida
-inclinacion de cabeza y una ojeada de amistosa proteccion que le
-dispensó el caballero.
-
-—Ya veo, Ferrus, le dijo éste al apearse, que pudieras desempeñar
-este oficio perfectamente si muriesen de repente todos los dignos
-escuderos de mi casa; y arrojó al descuido una mirada sardónica hácia
-el negligente Vadillo, que con el tapacete en la mano é inclinando el
-cuerpo, esperaba sin duda á que le dejase algo que hacer el solícito
-poeta...
-
-—No hay duda, señor, contestó Vadillo apreciando en su justo valor
-el ligero sarcasmo del caballero, que la costumbre de correr tras
-el consonante presta á los poetas cierta agilidad de que nunca podrá
-gloriarse un escudero indigno, aunque hijodalgo.
-
-—Aunque hijodalgo, dijo entre dientes Ferrus, pero de modo que pudo
-oirlo el que era objeto de la consideracion y respeto de entrambos;
-cada uno es hijo de sus obras, y las mias pueden ser tan honradas
-como las del primer escudero de Castilla.
-
-—Paz, señores, paz, dijo el caballero; paz entre las musas y los
-hijosdalgo. En estos momentos he menester mas que nunca de la union
-de mis leales servidores: y quiso repartir un favor á cada uno para
-equilibrar el momentáneo desnivel de su constante amistad. Cubríos,
-Vadillo; la noche empieza á refrescar, y vuestra salud me es harto
-preciosa para sacrificarla á una etiqueta cortesana. Ferrus, toma ese
-pliego, y cuando estemos en Madrid me dirás tu opinion acerca de ese
-incidente que me anuncian; tú sabrás si es fausto ó desdichado para
-nuestros planes.
-
-Cogió Ferrus el pergamino y guardóle en el seno con aire de
-satisfaccion, echando una mirada de superioridad sobre el desairado
-escudero; superioridad que efectivamente le daba la confianza que
-en público acababa de hacer de él su distinguido señor. Pero éste,
-atento á la menor circunstancia que pudiera renovar el mal apagado
-fuego de la rivalidad de sus súbditos, se apoyó en el brazo de su
-escudero, y llevando á la izquierda al ambicioso juglar, y detras á
-Hernando con entrambos caballos de las bridas, penetró en una tienda,
-á cuya entrada quedó este respetuosamente, esperando las órdenes que
-no debian tardar mucho en comunicársele.
-
-La tienda en que entraron, inmediata á aquella donde hemos dicho
-que se aprestaban las viandas, se hallaba sencillamente alhajada;
-una alfombra que representaba la caza del ciervo, y alegórica por
-consiguiente á las circunstancias, ofrecia blando suelo á nuestros
-interlocutores; cuatro tapices de estraordinaria dimension decoraban
-sus paredes ó lienzos con las historias del sacrificio de Abraham; de
-la casta Susana sorprendida en el baño por los viejos; del arca de
-Noé; y de la muerte de Holofernes á manos de la valiente y hermosa
-Judit. Una mesa artificiosamente trabajada de modo que pudiera
-armarse y desarmarse cómodamente para esta clase de espediciones, y
-varias banquetas de tijera fáciles de plegar, completaban el ajuar
-de aquella vivienda campestre y provisional; una cámara interior,
-y reducida, estaba ocupada por un lecho con su cubierta de seda
-labrada de damasco. Algunos arcos y ballestas suspendidas aqui y
-alli, y varios venablos apoyados en los rincones, daban á entender
-á la primera ojeada el objeto de la espedicion que en el campo
-detenia por aquellos dias á su dueño. Una armadura completa que en el
-lugar preeminente se veía suspendida, manifestaba que la seguridad
-personal no era olvidada de los caballeros belicosos del siglo XIV,
-ni aun entonces mismo, que se entregaban á los placeres de una época
-pacífica y agena de temores de guerra.
-
-—Ferrus, partiremos inmediatamente, dijo el caballero á su confidente.
-
-—¿Sin cenar, señor?
-
-—¡Ferrus...!
-
-—Señor, interrumpió el juglar volviendo en sí de la distraccion y
-falta acaso de respeto á que habia dado ocasion la mucha familiaridad
-que su amo le consentía; si tus negocios han menester de mi ayuno, y
-si mi hambre puede en algo contribuir á su buen éxito, marchemos...
-
-—Naciste para comer, Ferrus: hago mal en creer que tengo un hombre en
-tí...
-
-—Pero gran señor, tú propio anduvieras acertado en restaurar tus
-fuerzas: el camino hasta Madrid es malo y largo, la noche oscura, y
-Dios sabe si malhechores ó enemigos tuyos esperarán á que pasemos
-para enviarnos en pos del maestre... si es que ha muerto, añadió
-acercándosele al oido, como presumo. ¡Qué mal puede haber en que nos
-pillen reforzados!
-
-—En buen hora, bachiller; deja de hablar. Fernan Perez, dispondreis
-que al rayar mañana el dia se recoja la batida, y marchareis á
-reuniros conmigo lo mas pronto que pudiereis. Ferrus, haz que nos den
-un breve refrigerio. Seguiré tu consejo.
-
-No oye el reo su indulto con mas placer que el que esperimentó Ferrus
-al escuchar la revocacion de la cruel sentencia, que á dos largas
-horas de hambre le condenaba. En pocos minutos se vió cubierta la
-mesa de un limpio mantel labrado, y un opíparo trozo de esquisito
-morcon curado al fuego se presentó ante los ávidos ojos de nuestros
-tres interlocutores. El hidalgo hizo plato á su señor, que no quiso
-acelerar para su servicio el fin de la caza, ni se curó de llamar
-á los dependientes, á quienes tales oficios de su casa estaban
-cometidos: la situacion de su ánimo, devorado al parecer de secretas
-ideas, y el deseo de permanecer en la compañía libre y desembarazada
-de aquellos en quienes depositaba su confianza, redujo á dos el
-número de sus servidores en tan crítica situacion. Luego que el
-hidalgo le hubo hecho plato y Ferrus servídole la copa:—Sentaos,
-dijo, y cenad, Fernan Perez, que bien podeis poner la mano en el
-plato en mi propia mesa. Sentóse respetuosamente al estremo de la
-mesa Vadillo, y el favorito permaneció en pie á la derecha de su
-señor, recibiendo de su propia mano los mejores bocados que éste por
-encima del hombro le alargaba, como pudiera con un perro querido que
-hubiera tenido su estatura. Reíase Ferrus empero muy bien de esta
-manera de recibir los trozos de la vianda, á tal de recibirlos; sabia
-él ademas que lo que hubiera podido parecer desprecio á los ojos
-de un observador imparcial, era una distincion cariñosísima que le
-colocaba sobre todos los súbditos del caballero. Sin mortificarle
-estas ideas dábase priesa á engullir morcon, sin mas interrupcion
-que la que exigieron las dos ó tres libaciones que con rico vino de
-Toro, entonces muy apreciado, hacia de vez en cuando el taciturno
-y distraido personage, cuyo nombre y circunstancias singulares no
-tardaremos en poner en claro para nuestros lectores.
-
-Acabóse la corta refaccion sin hablar palabra de una parte ni otra,
-sirviéronse las especias, y púsose aquel en pie.
-
-—Partamos.
-
-—Paréceme, gran señor, que harias bien en armarte mejor de lo que
-estás, porque ¡vive Dios que no quisiera que se quedara España sin
-tan gran trovador! y...
-
-—¡Chiton! Pónme en efecto esa armadura. Quitóse un capotillo propio
-de caza; púsose una lóriga ricamente recamada de oro sobre terciopelo
-verde; vistió una fuerte cota de menuda malla; ciñó una espada,
-y calzó las botas con la espuela de oro, insignia de caballeros
-de la mas alta gerarquía. Prevínose tambien contra la intemperie
-envolviéndose en un tabardo de belarte, y despues que Ferrus se
-hubo armado, aunque mas á la ligera, montaron en sus caballos y se
-despidieron de Fernan Perez, encargándole sobre todo que en manera
-alguna dejase de estar á la mañana siguiente en la cámara de su
-grandeza á la hora comun de levantarse; prometiólo Vadillo, besándole
-el estremo de la lóriga, y al son de las cornetas de los cazadores
-que daban ya la señal de recogida á los monteros desparcidos, picaron
-de espuela nuestros viajeros seguidos de Hernando.
-
-Ya era á la sazon cerrada y oscura la noche: no dicen nuestras
-leyendas que les acaeciese cosa particular que digna de contar sea.
-Ferrus trató varias veces de aventurar alguna frase truhanesca, de
-aquellas que solian provocar el humor festivo de su señor; pero el
-silencio absoluto de éste le probó otras tantas que no era ocasion
-de bufonadas, y que la cabeza del caballero, sumamente ocupada
-con las revueltas ideas á que habia dado lugar el pliego que tan
-intempestivamente habia venido á arrancarle del centro de sus
-placeres, estaba mas para resolver silenciosamente alguna enredada
-cuestion de propio interes, que para prestar atencion á sus gracias
-pasageras. Resignóse, pues, con su suerte, y era tanto el silencio
-y la igualdad de las pisadas de sus trotones, que en medio de
-las tinieblas nadie hubiera imaginado que podia provenir de tres
-distintas personas aquel uniforme y monótono compas de pies.
-
-Dos horas habrian transcurrido desde su salida de las tiendas, cuando
-dando en las puertas de Madrid llegaron á entrar por el cubo de la
-Almudena, y dirigiéndose al alcázar que á la sazon reedificaba el
-rey don Enrique III en esta humilde villa, llegó el principal de los
-viajeros á sus labios el cuerno, que á este fin no dejaba nunca de
-llevar un caballero, é hizo la señal de uso en aquellos tiempos; la
-cual oida y respondida en la forma acostumbrada, no tardaron mucho en
-resonar las pesadas cadenas, que inclinando el puente levadizo dieron
-facil entrada en el alcázar á nuestros personages: dirigiéronse
-inmediatamente á las habitaciones interiores sin interrumpir el
-silencio de su viaje, sino con el ruido de sus fuertes pisadas, cuyo
-eco resonaba por las galerías, donde los dejaremos, difiriendo para
-el capítulo siguiente la prosecucion del cuento de nuestra historia.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-CAPITULO III.
-
- Ellos en aquesto estando
- su marido que llegó:
- —¿Qué haceis la blanca niña,
- hija de padre traidor?
-
- —Señor, peino mis cabellos:
- péinolos con gran dolor,
- que me dejais á mí sola
- y á los montes os vais vos.
-
- _Anónimo._
-
-
-Hallábase concluida la parte principal del alcázar de Madrid, y
-habitábala ya el rey con gran parte de su comitiva siempre que el
-placer de la caza le obligaba á venir á esta villa, cosa que le
-aconteció algunas veces en su corto reinado.
-
-Entre las habitaciones inmediatas á la de su alteza se contaban
-algunas de las principales dignidades de su corte, pero distinguíase
-entre todas la de don Enrique de Aragon, llamado comunmente de
-Villena: este jóven señor, uno de los mas poderosos y espléndidos
-de la época, era tio del rey don Enrique III, y descendiente por
-línea recta de don Jaime de Aragon. Su padre don Pedro, casado con
-doña Juana, hija bastarda de don Enrique II, y reina despues de
-Portugal, habia muerto en la batalla de Aljubarrota. Correspondíale
-de derecho á don Enrique el marquesado de Villena, que su abuelo don
-Alfonso, primer marqués de ese título, á quien le dió don Enrique II,
-habia cedido á su hijo don Pedro, reservándose solo el usufructo por
-toda su vida. Pero habiendo el rey don Enrique III en su menor edad
-invitado al marqués don Alfonso á que viniese á ejercer su título
-de condestable de Castilla que le diera don Juan I, y habiéndose él
-negado con frívolos pretestos á tan justa exigencia, se aprovechó
-esta ocasion de volver á la corona aquellos ricos dominios, que como
-fronteros de Aragon no se creía prudente que estuviesen en poder de
-un príncipe de aquel reino. Dióse en compensacion á don Enrique el
-señorío de Cangas y Tineo con título de conde, y su muger doña María
-de Albornoz le habia traido ademas en dote las villas de Alcocer,
-Salmeron, Valdeolivas y otras; con todo lo cual podia justamente
-reputársele uno de los mas ricos señores de Castilla. No habia
-pensado él nunca en acrecentar sus estados por los medios comunes
-en aquel tiempo de conquistas hechas á los moros. Mas cortesano
-que guerrero, y mas ambicioso que cortesano, habia desdeñado las
-armas, para las cuales no era su carácter muy á propósito, y su
-aficion marcada á las letras le habia impedido adquirir aquella
-flexibilidad y pulso que requiere la vida de corte. Las lenguas, la
-poesía, la historia, las ciencias naturales habian ocupado desde
-muy pequeño toda su atencion. Habíase entregado tambien al estudio
-de las matemáticas, de la astronomía, y de la poca física y química
-que entonces se sabia. Una erudicion tan poco comun en aquel siglo,
-en que apenas empezaban á brillar las luces en este suelo, debia
-elevarle sobre el vulgo de los demas caballeros sus contemporáneos:
-pero fuese que la multitud ignorante propendiese á achacar á
-causas sobrenaturales cuanto no estaba á sus alcances, fuese que
-efectivamente él tratase de prevalerse y abusar de sus raros
-conocimientos para deslumbrar á los demas, el hecho es que corrian
-acerca de su persona rumores estraños, que ora podian en verdad
-servirle de mucho para sus fines, ora podian tambien perjudicarle
-en el concepto de las mas de las gentes, para quienes entonces como
-ahora es siempre una triste recomendacion la de ser estraordinario.
-No dejaba de ser notado en él á mas de su ambicion, cierto afecto
-decidido al bello sexo; y lo que era peor, notábase tambien que nunca
-se paró en los medios cuando se trataba de conseguir cualquiera de
-esos dos fines, que tenian igualmente dividida su alma ardiente, y
-que ocuparon esclusivamente todo el transcurso de su vida.
-
-Hallábase ricamente alhajada la parte que en el alcázar habitaba este
-señor; costosos tapices, ostentosas alfombras de Asia, almohadones
-de la misma procedencia, cuanto el lujo de la época podia permitir
-se hallaba alli reunido con el mayor gusto y primor; ardian
-lentamente en los cuatro ángulos del salon principal, pebeteros de
-oro que exhalaban aromas deliciosos del oriente, uso que habian
-introducido los árabes entre nosotros. A una parte del hogar se
-veía una muger jóven y asaz bien parecida, vestida con descuido á
-la moda del tiempo, y sentada en una pesada poltrona, notable por
-su madera y por el mucho trabajo de adornos y relieves con que se
-habia divertido el artista en sobrecargarla: descansaban sus pies
-en un lindo taburete, y se hallaba ocupada en una delicada labor
-de su sexo. Ayudábala enfrente de ella á su trabajo y á pasar las
-horas de la primera noche, otra muger todavía mas sencilla en su
-trage, y poco mas ó menos de su misma edad. Todo lo que la primera
-le llevaba de ventaja á la segunda en dignidad y riqueza, llevaba
-la segunda á la primera en gracia y en hermosura. Tez blanca y mas
-suave á la vista que la misma seda; estatura ni alta ni pequeña; pie
-proporcionado á sus dimensiones, garganta disculpa del atrevimiento,
-y fisonomía llena de alma y de espresion. Su cabello brillaba como el
-ébano; sus ojos sin ser negros tenian toda la espresion y fiereza de
-tales, sus demas facciones mas que por una estraordinaria pulidez se
-distinguian por su regularidad y sus proporciones marcadas, y eran
-las que un dibujante llamaria en el dia académicas, ó de estudio. Sus
-labios algo gruesos daban á su boca cierta espresion amorosa y de
-voluptuosidad, á que nunca pueden pretender los labios delgados y
-sutiles; y sus sonrisas frecuentes, llenas de encanto y de dulzura,
-manifestaban que no ignoraba cuánto valor tenian las dos filas de
-blancos y menudos dientes que en cada una de ellas francamente
-descubria. Cierta suave palidez, indicio de que su alma habia sentido
-ya los primeros tiros del pesar y de la tristeza, al paso que hacia
-resaltar sus vagas sonrisas, interesaba y rendia á todo el que tenia
-la desgracia de verla una vez para su eterno tormento.
-
-En el otro estremo del salon bordaban un tapiz varias dueñas y
-doncellas en silencio, muestra del respeto que á su señora tenian.
-Hablaba esta con su dama favorita, pero en un tono de voz tal, que
-hubiera sido muy dificil á las demas personas que al otro lado de
-la habitacion se hallaban enlazar y coordinar las pocas palabras
-sueltas que llegaban á sus oidos enteras de rato en rato, cuando la
-vehemencia en el decir ó alguna rápida esclamacion hacian subir de
-punto las entonaciones del diálogo entre las dos establecido.
-
-—Elvira, decia doña María de Albornoz á su camarera, Elvira, ¡cuánta
-envidia te tengo!
-
-—¿Envidia, señora? ¿A mí? contestó Elvira con curiosidad.
-
-—Sí: ¿qué puedes desear? Tienes un marido que te ama, y de quien te
-casaste enamorada; tu posicion en el mundo te mantiene á cubierto de
-los tiros de la ambicion y de las intrigas de corte...
-
-—¿Y es doña María de Albornoz, la rica heredera, y la esposa del
-ilustre don Enrique de Villena, quien tiene envidia á la muger de un
-hidalgo particular...?
-
-—¿De qué me sirve ser la esposa de ese ilustre don Enrique, si lo soy
-solo en el nombre? mira lo que en este momento está pasando; tres
-dias hace ya que partió á caza de montería; en esos tres dias Fernan
-Perez de Vadillo ha venido dos veces á ver á su muger, y el conde
-de Cangas y Tineo prefiere á la vista de la suya la de los javalíes
-y ciervos del soto. Elvira, si se hicieran las cosas de dos veces,
-doña María de Albornoz no volvería á dar su mano á un hombre cuyos
-sentimientos no le fuesen bien conocidos. ¡Maldita razon de estado! A
-un hombre de quien no supiese con seguridad que habia de ser el mismo
-con ella á los tres años que á los tres dias.
-
-—¿Dónde está, señora, ese caballero? preguntó con distraccion Elvira,
-lanzando un suspiro. ¿Dónde está?
-
-—¿Dónde está? repitió asombrada la de Albornoz. ¿Tan dificil crees
-encontrar un esposo que me ame mas que don Enrique?
-
-—Si me lo permitís, diré que no sería dificil; pero desde un esposo
-que os ame mas que don Enrique, hasta el hombre que buscábais hace
-poco, hay la misma distancia que hay desde la idea imaginaria que del
-matrimonio os habeis formado, hasta la realidad de lo que es este
-vínculo en sí verdaderamente.
-
-—No te entiendo, Elvira.
-
-—¿Y me entenderíais si os dijera que hace tres años que me casé
-enamorada con Fernan Perez de Vadillo, y que él no lo estaba menos
-segun todas las pruebas que de ello me tenia dadas, y si os añadiese
-que ni yo encuentro ya en mi escelente esposo al amante por mas que
-le busco, ni él acaso encontrará en mí á la Elvira de nuestros amores?
-
-—¿Qué dices?
-
-—Acaso no podreis concebirlo. Es la verdad sin embargo; estad
-segura empero de que en Castilla dificilmente pudierais encontrar
-matrimonio mejor avenido; él me estima, y yo no hallo en el mundo
-otro que merezca mas mi preferencia. ¡Ah! señora, no está el mal en
-él ni en mí: el mal ha de estar, ó en quien nos hizo de esta manera,
-ó en quien exige de la flaca humanidad mas de lo que ella puede
-dar de sí... Perdonadme, señora; no debiera acaso hablar en estos
-términos, pero solo á vos confiaria estos sentimientos, que quisiera
-mantener encerrados eternamente en mi corazon. La vida comun, en
-la cual cada nuevo sol ilumina en el consorte un nuevo defecto que
-la venda de la pasion no nos habia permitido ver la víspera en el
-amante, se opondrá siempre á la duracion del amor entre los esposos.
-En cambio una estimacion mas sólida y un cariño de otra especie se
-establecen entre los desposados, y si ambos tienen alternativamente
-la deferencia necesaria para vivir felices, podrá no pesarles de
-haberse enlazado para siempre.
-
-—¡Qué consuelo derraman tus palabras en mi corazon, Elvira! Si tú no
-te consideras completamente dichosa, creo tener menos motivos para
-quejarme; sin embargo, de buena gana te pediria un consejo que creo
-necesitar. Si tu esposo te insultase diariamente con su frialdad y su
-indiferencia nada menos que galantes, si tus virtudes no te bastasen
-á esclavizarle y contenerle en la carrera del deber...
-
-—Redoblaria, señora, esas virtudes mismas: no sé si el cielo me tiene
-reservada esa amarga prueba; pero si tal caso llegase, fuerzas le
-pediria solo para resistirla y para vencer en generosidad al mal
-caballero, que con tan negra ingratitud premiase mi cariño y mi
-conducta irreprensible.
-
-—Basta, Elvira, basta: seguiré tu consejo; está en armonía con mis
-propios sentimientos. Sí, la paciencia y la resignacion serán mis
-primeras virtudes. ¡Ah don Enrique, don Enrique! ¡y qué mal pagais mi
-afecto! ¡y qué poco sabeis apreciar la esposa que teneis!
-
-—¡Tened, señora! ¿no oís la señal del conde? ¿no habeis oido una
-corneta?
-
-—Imposible: llevan solo tres dias y fueron para cuatro.
-
-—No importa; no he podido equivocarme: no, no me he equivocado: ¿oís
-las pesadas cadenas del puente?
-
-—¡Cielos! No le esperaba. ¡Ah! estoy demasiado sencilla: Dios sabe si
-no será perdido el trabajo que emplee en adornarme.
-
-—¿Qué decís?
-
-—Sí, llama á mis dueñas.
-
-Acercáronse dos dueñas de las que en la estremidad de la sala
-bordaban, á la indicacion que Elvira les hizo levantándose, y
-prosiguió la condesa.
-
-—Arreglad mis cabellos, pasadme un vestido con el cual pueda recibir
-dignamente á mi esposo: probablemente nos dará lugar: nunca que
-viene de fuera deja de dirigirse primero á la cámara del rey para
-informarle de su llegada. Jamas me parecerá bastante todo el cuidado
-que puedo tener en engalanarme y aparecer á sus ojos armada de las
-únicas ventajas que nuestro sexo nos concede. Este mismo cuidado le
-probará el aprecio que hago de su amor: acaso vuelva en sí algun dia
-avergonzado de su conducta, y acaso no se frustren estas esperanzas
-que ahora te parecen infundadas.
-
-Llegaron dos doncellas que en el menor espacio de tiempo posible
-recogieron sus hermosos cabellos sobre su frente y los prendieron con
-una rica diadema de esmeraldas, sustituyendo asimismo al sencillo
-vestido que la cubria otro lujosamente recamado de plata.
-
-Llegad, Guiomar, dijo á una de sus sirvientes doña María de Albornoz,
-llegad hasta el alabardero de la cámara del rey, y ved de inquirir
-si es efectivamente don Enrique de Villena el caballero que acaba de
-entrar en el alcázar, como tengo sobrados motivos para sospecharlo.
-
-Inclinó Guiomar la cabeza y salió á obedecer la orden que se le
-acababa de dar.
-
-—¿Puedes comprender, Elvira, la causa que me vuelve á mi esposo un
-dia antes de lo que esperaba? ¿acaso habrá amenazado su vida algun
-riesgo inesperado?
-
-—No lo temas, señora. En el dia y en este punto de Castilla ningun
-miedo puede inspirarnos ni el moro granadino, ni el portugués: y por
-parte de los demas grandes, don Enrique está bien en la actualidad
-con todos. Acaso el rey le habrá enviado á buscar... algun asunto de
-Estado podrá reclamar su presencia.
-
-—Dices bien: me ocurre que la llegada del caballero que á todo correr
-entró esta mañana en el alcázar pudiera tener algo de comun con esta
-sorpresa...
-
-—¿Qué motivos... tienes, señora, para... presumir...?
-
-—Motivos... ningunos... pero mi corazon me engaña rara vez; y aun si
-he de creer á sus presentimientos, nada bueno me anuncia este suceso.
-
-—¿Pero sabes, señora, quién fuese el caballero?
-
-—Hanme dicho solo que venia con un su escudero de Calatrava.
-
-—¿De Calatrava? ¿y no sabes mas...?
-
-—Dicen que es un caballero que viene todo de negro...
-
-—¿De negro?
-
-—Quien me ha dado estos detalles ha dicho que no sabia mas del
-particular; pero paréceme, Elvira, que te ha suspendido esta escasa
-noticia que apenas basta para fijar mis ideas: ¿conoces algun
-caballero de esas señas...?
-
-—No señora... son tan pocas las que me dais...
-
-—Estás sin embargo inmutada...
-
-—Guiomar está aqui ya, interrumpió Elvira, como aprovechando esta
-ocasion que la libraba de tener que dar una esplicacion acerca de
-este reparo de la condesa... ella nos dará cuenta de...
-
-—Guiomar, dijo levantándose doña María de Albornoz al ver entrar á su
-mensagera de vuelta de su comision, Guiomar, ¿es mi esposo quien ha
-llegado?
-
-—Sí señora, es don Enrique de Villena...
-
-—Elvira, nuestros esposos.
-
-—No señora, viene solo con su juglar y con el escudero del caballero
-del negro penacho que llegó esta mañana al alcázar.
-
-—Mi corazon me decia que tenia algo de comun un suceso con el otro...
-¿Y por qué tarda en llegar á los brazos de su esposa, Guiomar?
-
-—Señora, no puedo satisfacer á tu pregunta: ni yo he visto á tu
-señor, ni le han visto en la cámara del rey todavía...
-
-—¿No?
-
-—Parece que se ha dirigido en cuanto ha llegado á preguntar por la
-habitacion del caballero recien venido de Calatrava.
-
-—¡Qué confusion en mis ideas! Despejad vosotras: siento pasos de
-hombres; ellos son: Elvira, permanece tú sola á mi lado.
-
-Oíanse efectivamente las pisadas aceleradas de varias personas,
-y se podia inferir que trataban andando cosas de mas que mediana
-importancia, porque se paraban de trecho en trecho, volvian á andar y
-volvian á pararse, hasta que se les oyó en el dintel mismo del gran
-salon. Las dueñas y doncellas salieron á la indicacion de su ama, y
-solo la impaciente doña María y su distraida camarera quedaron dentro
-con los ojos clavados en la puerta que debia abrirse muy pronto para
-dar entrada al esperado esposo.
-
-—Podeis retiraros, dijo al entrar don Enrique de Villena á dos
-personas de tres que le acompañaban, y saludándose unos á otros
-cortesmente, el conde con su juglar se presentó dentro del salon á la
-vista de su consorte anhelante.
-
-—Esposo mio, esclamó doña María previniendo las frias caricias de su
-severo esposo: ¿tú en mis brazos tan presto...?
-
-—¿Os pesa, doña María? contestó con risa sardónica el desagradecido
-caballero.
-
-—Pesarme á mí de tu venida, yo, que no deseo otra dicha sino tu
-presencia, y que solo para tí existo...
-
-—¿Y que solo para tí me engalano, pudierais añadir, hoy que os
-encuentro tan prendida sabiendo que estoy en el monte?
-
-—Y si solo tu venida...
-
-—Me es indiferente, señora...
-
-—Indiferente... Ah... venis á insultar como de costumbre á mi dolor y
-á mí...
-
-—Acabad...
-
-—Sí, acabaré... á mi necedad...
-
-—Basta; no estamos solos, señora.
-
-—¡Elvira...! dijo la de Albornoz echando sobre su camarera una mirada
-de dolor.
-
-—Te entiendo, señora... te esperaré en tu cámara...
-
-Salió Elvira del salon por una puerta que daba á otra pieza
-inmediata, con rostro decaido, ora procediese su abatimiento de la
-prolongacion imprevista de la ausencia de su esposo, ó lo que es mas
-creible, de la esperanza chasqueada que de ver entrar al caballero de
-Calatrava habia alimentado inútilmente.
-
-—Ferrus, vos tambien podeis iros, dijo don Enrique á su juglar:
-esperadme en mi cámara, pero haced retirar á todo el mundo: que
-se acuesten mis donceles y mis pages: vos solo podeis quedaros...
-tenemos que tratar materias en que no habemos menester testigos.
-
-—Serás obedecido, dijo el juglar; y salióse dejando á la de Albornoz
-retorciendo sus manos en medio de su desesperacion, y con los ojos
-clavados en el conde con cierto asombro, nada de estrañar en quien
-estaba como ella muy poco acostumbrada á tener con su esposo escenas
-solitarias como la que al parecer de intento le preparaba.
-
-—Ya estamos solos, esclamó don Enrique levantándose. Estrañareis
-este paso sin duda, la de Albornoz... al llegar aqui calló como sino
-estuviera muy resuelto todavía á decir lo que traía pensado, y empezó
-á pasearse á lo largo con pasos tendidos y acelerados.
-
-—Perdonadme si no os he respondido mas pronto, contestó su esposa
-despues de una ligera pausa: creí que íbais á seguir hablando.
-¿Deberé alegrarme de esta inesperada entrevista? ¿Por fin vuestro
-corazon, don Enrique, se ha rendido á mi amor? ¿habeis pensado ya
-decididamente volver la paz al pecho de vuestra esposa... y cortar de
-raiz las rencillas que han amargado hasta ahora nuestra desdichada
-union?
-
-—¿Desdichada? maldecida, debierais decir; murmuró entre dientes el
-conde, paseándose siempre sin volver los ojos una sola vez á mirar á
-su afligida mitad.
-
-—Si tal es vuestro intento, continuó sin oirle la de Albornoz, ¿qué
-tardais en venir á los brazos de la muger que mas os ama, y que no ha
-amado nunca sino á vos...? Desechad esa dura indiferencia... si algun
-rubor de vuestra pasada frialdad os impide darme ese contento, yo os
-lo perdono todo.
-
-—Perdon... gritó fuera de sí el conde al oir esta palabra que lo sacó
-de su letargo. Perdon... vos á mí... ¿Y sabeis antes si os perdono yo
-á vos?
-
-—¡Santo cielo! ¡qué palabras! ¿pues en qué pude yo ser culpable
-jamas? ¿en amaros demasiado, en sufriros...? ¡ah! perdonad, pero
-soy vuestra esposa y tengo derecho á vuestro amor, ó por lo menos á
-vuestra consideracion.
-
-—No se trata ya de amor.
-
-—¿Se ha tratado con vos alguna vez?
-
-—Lo ignoro: solo sé que ha llegado el caso de un rompimiento completo.
-
-—¿Un rompimiento? ¡Desgraciada María...! ¿Y qué causa podreis alegar
-para tan indigna conducta...?
-
-—¡María...! gritó don Enrique.
-
-—Sí, sacad el puñal todo: no os contenteis con apretarle en vuestra
-mano; aqui teneis el corazon criminal que os ha querido bien; acabad
-de una vez con el único estorbo de vuestros intentos... De otra
-manera, don Enrique, jamas conseguireis esa separacion; yo quiero
-antes saber el motivo que os conduce á...
-
-—Ya lo podeis haber conocido: el estudio que ocupa las horas de mi
-vida me impide que me entregue como debiera á la contemplacion de una
-belleza terrenal... los hondos arcanos de las ciencias, el objeto
-importante de mis tareas misteriosas...
-
-—¿Vos pretendeis embaucar como al vulgo de las gentes á vuestra misma
-esposa...? ¡Delirios!
-
-—Bien, señora; pues si no os satisface esa respuesta, os diré
-secamente: _mi voluntad_.
-
-—Para ese divorcio que pretendeis, necesitais de la mia...
-
-—Y esa es precisamente la que vengo á pediros...
-
-—¿Yo dar mi consentimiento...?
-
-—Vos... sí.
-
-—Jamas.
-
-—¡María! ¿conoces mi furor? Tú me le darás...
-
-—¡Ah! vos ocultais mal vuestra perfidia: vos amais á otra; no, no
-puede tener otro origen ese estraño interes que manifestais...
-
-—¿A otra muger? interrumpió rojo de cólera don Enrique... Cuando don
-Enrique de Villena pueda volver al estado de la estupidez y de la
-ignorancia de un ente que nace al mundo, entonces amará á una muger...
-
-—Mentís, don Enrique...
-
-—¿Mentís, María, habeis dicho? ¿mentís?
-
-—Nada temo ya: mentís como fementido caballero: yo os he visto mas
-de una vez, yo os he visto profanar con miradas de iniquidad la faz
-mas pura acaso y celestial que existe sobre la tierra: yo he leido en
-vuestros ojos el pecado: no me lo ocultareis...
-
-—¡Silencio!
-
-—Los ojos de una muger que quiere ven mas de lo que pensais los
-hombres insensatos é ignorantes en medio de vuestra sabiduría.
-
-—¡Silencio, repito! dijo en voz ronca don Enrique: oid: quiero
-conceder vuestras gratuitas suposiciones: ¿pretendeis, imaginais
-vencer mi repugnancia á fuerza de amor? si tanto sabeis, no podeis
-ignorar que vuestra solicitud sería inútil...
-
-—Lo sé; dad gracias, don Enrique, á que no de ahora lo sé, y á que he
-llorado muchas lágrimas que han desahogado mi corazon; que de no, con
-mis propias manos yo os hiciera pagar...
-
-—Teneos, María, y acabemos... si lo sabeis, y si ya de mucho tiempo
-habeis consentido en ello, de nada servirá vuestra tenacidad: dadme
-vuestro consentimiento y retiraos á un monasterio. Los estados de
-Salmeron, Alcocer y Valdeolivas que me tragísteis al matrimonio
-pagarán espléndidamente vuestra dote.
-
-—Nunca: lo sé, y sé que todos mis esfuerzos serán inútiles; cederé,
-sí, cederé á la fuerza de los sucesos; empero nunca pondré yo misma
-la primera piedra para el edificio de mi deshonra. Haced, don
-Enrique, lo que gusteis; pero puesto que quereis guerra, guerra os
-juro de muerte...
-
-—María, es en vano: desprecio tus baladronadas: mira este pergamino:
-tu firma hace falta al pie...
-
-—Dejadme... soltad...
-
-—No os ireis sin firmarle.
-
-—¿Cuál es su contenido?
-
-—Una demanda de divorcio que pedís vos misma.
-
-—¿Yo? Soltad.
-
-—No; esclamó don Enrique deteniéndola con una mano mientras la
-enseñaba el pergamino estendido sobre la mesa con la otra, en que
-relucia su agudo puñal.
-
-—¡Nunca! ¡socorro! ¡Elvira! ¡Elvira! gritó la desesperada condesa,
-huyendo hácia la cámara.
-
-—Callad, ó sois muerta, interrumpió con voz reconcentrada el conde
-fuera de sí arrojándose delante de ella para impedirle la salida:
-callad, ó temblad este puñal.
-
-Pero ya era tarde: la condesa habia llegado al colmo de su
-indignacion, que estallaba en aquella coyuntura con tanta mas
-fuerza cuanto mayor tiempo habia estado comprimida en el fondo de
-su corazon. En vano procuraba taparla la boca su iracundo esposo
-imponiéndole repetidas veces la mano sobre los labios: no bien
-la separaba, sonidos inarticulados se escapaban del pecho de la
-condesa, y resonaban por los ámbitos del salon: en valde trataba el
-conde de sujetarla á sus plantas; la condesa, de rodillas conforme
-habia caido al querer huir, hacia inconcebibles esfuerzos por
-desasirse de aquellos lazos crueles que la detenian.
-
-—¿No firmareis? repitió cuando la tuvo mas sujeta don Enrique: ¿no
-firmareis...?
-
-En este momento se oyó una puerta que, girando sobre goznes ruidosos,
-iba á dar entrada en el salon á Elvira, que asustada acudia á las
-voces de su señora.
-
-—Sí, gritó levantándose la de Albornoz animada con el ruido de la
-puerta, que hacia perder asimismo su posicion opresora al conde; sí,
-firmaré, firmaré; y añadiendo _pero de esta manera_; y precipitándose
-sobre el pergamino lo arrojó al fuego inmediato sin que pudiera
-evitarlo don Enrique estupefacto, á quien habia quitado la accion la
-inesperada vista de Elvira.
-
-—¿Qué teneis, señora, que dais tantos gritos? preguntó azorada Elvira
-echando una mirada esploradora de desconfianza hácia el conde, que
-con los brazos cruzados, pero sin pensar en esconder el puñal,
-parecia su propia estátua enclavada en medio de su casa.
-
-Arrojóse la condesa en brazos de Elvira sin tener aliento sino para
-exhalar tristísimos ayes y profundos suspiros, y regar con abundantes
-y ardientes lágrimas el pecho de su camarera, donde ocultó su rostro
-avergonzado.
-
-Volvió el conde al mismo tiempo las espaldas, sonriéndose con cierta
-espresion sardónica de desprecio y de indignacion, y sin proferir una
-sola palabra que pudiese dar á Elvira la clave de lo que entre sus
-señores habia pasado; anduvo varios pasos; escondió su puñal en la
-vaina, y al llegar á la pared apretó con su dedo un resorte oculto
-en la tapicería, el cual cedió y manifestó una puerta de la altura
-y ancho de una persona, secretamente practicada en aquella parte.
-Por ella desapareció como un espectro que se hunde en una pared,
-ó que se borra y desvanece al mirarle detenidamente; que no otra
-cosa hubiera parecido el conde al espectador que le hubiera mirado
-estando ignorante de la salida misteriosa, la cual no dejó despues de
-su desaparicion la menor señal de fractura, raya ó llave por donde
-pudiese conocerse que no era obra de magia ó de encantamiento.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-CAPITULO IV.
-
- Este es aquel Albenzáyde
- que entre todos tiene fama.
-
- _Floresta de var. Rom._
-
-
-La cámara de don Enrique de Villena, adonde vamos á trasladar á
-nuestro lector, era una verdadera rareza en el siglo XV. Una ancha
-y pesada mesa, que en valde intentariamos comparar con ninguna de
-las que entre nosotros se usan, era el mueble que mas llamaba la
-atencion al entrar por primera vez en el estudio del sabio. Varios
-voluminosos libros, de los cuales algunos abiertos presentaban á la
-vista del curioso gruesos caractéres góticos estampados, ó mejor
-diremos dibujados sobre pulidas hojas de pergamino; un reló de
-arena; un enorme tintero, cuyos algodones hubieran podido prestar
-zumo para varios tomos en folio; dos ó tres lunas redondas, de
-aquellas con que solía surtir la reina del Adriático entonces á las
-personas ricas; algun espejo metálico girando sobre un eje á la
-manera de los modernos tocadores de las damas; varios instrumentos
-groseros de matemáticas, que el vulgo creía talismanes mágicos, y
-no pocos alambiques y redomas aplicables á usos químicos, si asi
-podemos llamar á las confecciones misteriosas de los que en aquella
-época encanecian buscando la piedra filosofal ó la esencia del oro;
-crisoles y aparatos sencillos, si bien costosos, de física, eran los
-objetos que cubrian la mesa que hemos procurado describir: veíanse á
-otra parte de la habitacion armas ofensivas y defensivas, que segun
-la estima que en aquellos tiempos belígeros tenian, no dejaban nunca
-de verse en las cámaras de los caballeros: una lámpara de cuatro
-mecheros, suspendida del artístico arteson, y otra manual y mas
-pequeña colocada entre la confusion de objetos que llenaban la mesa,
-iluminaban el laboratorio del conde de Cangas y Tineo.
-
-Un enorme sillon de baqueta, donde hubieran podido sentarse
-cómodamente mas de dos personas, completaba el ajuar del misterioso
-personage de nuestros primeros capítulos.
-
-En la noche á que nos referimos, y á una hora medianamente avanzada
-consideradas las costumbres del siglo, se hallaba en aquella pieza un
-hombre solo, en quien el lector reconocerá al momento á Ferrus con
-solo notar su sonrisa maligna y el aire de importancia y franqueza
-con que paseaba á lo largo y á lo ancho en una habitacion, de que
-ciertamente no era él el dueño. Despues de un momento de pausa,—Rui
-Pero, dijo en voz baja Ferrus, Rui Pero.
-
-A esta interpelacion se manifestó otro hombre en la cámara.
-
-—¿Habeis llamado, señor Ferrus?
-
-—Sí: ¿se ha recogido todo el mundo?
-
-—Solo queda en pie el ballestero de la parte esterior de la puerta.
-
-—Bien.
-
-—Y yo, que como camarero de nuestro amo estoy aguardando su venida
-para prestarle los servicios de mi cargo.
-
-—Es inútil: yo le serviré.
-
-—Mirad que soy su camarero.
-
-—Le serviré, os he dicho; sé sus intenciones.
-
-—En ese caso me retiraré.
-
-—Es lo mejor que podeis hacer.
-
-—Buenas noches, señor Ferrus.
-
-—Esperad... decidme antes, ¿no habria algun page cerca, por si fuese
-necesario despues servirse de una tercera persona...?
-
-—Jaime ha quedado conmigo: está en la antecámara.
-
-—Llamadle.
-
-—Está bien.
-
-—Id con Dios. Ya se fue... no sé por qué razon, dijo para sí luego
-que estuvo solo el juglar mirando á todas partes, no sé por qué razon
-he de tener miedo, cuando estoy solo en esta cámara. Verdad es que
-nunca he podido comprender cómo hay hombres valientes; y eso que en
-mas de un encuentro me he hallado yo mismo con el enemigo; pero puedo
-jurar que me da mas miedo esta soledad que la compañía de diez moros
-y veinte portugueses en un dia de batalla. Estas voces que corren de
-que mi amo es nigromante y este aparato... ¡Dios me valga! no tocaria
-á una redoma de esas por mil cornados... ¿Quién sabe cuántas legiones
-de demonios podrán caber en cada una...? No será malo hacer la señal
-de la cruz y santiguarme... ¿Qué es esto...? ¡Ah! no es nada; es mi
-sobrecapote, lo estaba pisando: hubiera dicho que tiraban de mí...
-Disimulemos el miedo; ya está aqui el page: es preciso buscar un
-pretesto para estar acompañado.
-
-A esta sazon entraba ya un pagecito que podria tener catorce ó quince
-años todo lo mas.
-
-—El camarero dice...
-
-—Sí, el camarero dice bien, interrumpió Ferrus sin enterarse, y
-sin saber todavía qué pretesto suponer para justificar aquella
-intempestiva llamada. ¿Dormías, Jaime?
-
-—Pésiami alma si he podido en mi vida pegar los ojos en esta maldita
-cámara. El miedo me tiene mas despierto que una liebre.
-
-—¿El miedo...?
-
-—Pienso que puedo hablar francamente con el señor Ferrus, y que no
-irá á decir á su señoría...
-
-—Habla sin temor. Vamos, el muchacho es de los mios, dijo para sí el
-ingenioso juglar.
-
-—Si va á decir verdad, puedo jurar por el salto que dió el Cid sobre
-la puerta de Burgos estando un dia á caballo, segun nos cuentan...
-
-—Adelante.
-
-—Puedo jurar que no veo sino espíritus del otro mundo... y á cada
-paso se me antoja que me arrebatan por los aires...
-
-—¡Eh! interrumpió Ferrus echando una mirada á todas partes. ¡Ba!
-niñerías, Jaime, niñerías; yo te creí hombre de mas valor. ¡Qué
-valiente es uno, añadió para sí, cuando está con un cobarde!
-
-—¿Niñerías? ¿os parece, señor Ferrus, que cuando las gentes han dado
-en hablar de la magia blanca ó negra, que ni aun eso quiero saber, de
-nuestro amo, no se lo tendrán bien sabido? Si hubierais de dormir,
-como yo, algunas noches tabique por medio con nuestro señor conde, ya
-me dariais noticias de las niñerías; y sino decidme, ¿con quién habla
-mi amo cuando no habla con nadie...?
-
-—Claro está, con nadie.
-
-—Quiero decir, cuando está solo.
-
-—¿Y con quién puede hablar?
-
-—¿Con quién ha de ser? con el diablo que me lleve: ello es que habla,
-y que á él nadie le responde, y que se pasa las noches de claro en
-claro trabajando y afanando sobre esos cacharros que llama crisoles
-y rodeados de llamas, y que anda un olor tal que, Dios me perdone,
-si se me pasa por la imaginacion hacer conocimiento con el pomo de
-esencias de donde lo saca... Venid aqui, añadió el barbilampiño
-cogiendo de la mano inesperadamente á Ferrus, que se estremeció al
-sentirse tocado en tan crítica circunstancia; venid aqui, decidme
-qué significan esos garabatos que escribe sobre el papel, y sino
-son signos diabólicos... ¡Mal año para mí! si quiero permanecer mas
-tiempo al servicio del señor conde... no, sino estéme yo aqui y
-llévese el diablo mi alma una noche, sin tener arte ni parte en los
-productos que sin duda le dará á nuestro amo por precio de la suya.
-Os digo que no se pasarán tres dias sin que me torne al servicio de
-mi hermosa prima Elvira. A lo menos alli no hay mas hechizos que los
-de sus ojos.
-
-—¡Tate! señor page, ¿con que se os entiende tambien á vos de esotros
-hechizos?
-
-—Os aseguro que no estoy para aplaudir vuestras gracias. Mirad bien
-esos caractéres.
-
-—Bien, page, pero no hay necesidad de acercarse tanto: verdad es que
-son raros; imagino sin embargo, añadió el coplero afectando una
-indiferencia que estaba muy lejos de sentir, imagino que esos pueden
-ser versos, porque has de saber que el conde hace versos... y como ni
-tú ni yo sabemos leer ni escribir, acaso maliciemos...
-
-—¡Voto va! ¡no sabeis escribir! ¿Pues no haceis vos trovas tambien?
-
-—Cierto que hago trovas, y las canto, que es mas; empero no las
-escribo.
-
-—¿Eh? ¿no digo yo que esos serán encantos...? Mirad, Ferrus, os
-quiero porque nos soleis hacer reir en el hogar con vuestras
-sandeces, quiero decir, con vuestras sales... yo os aconsejaría que
-imitárais mi ejemplo, y os viniérais...
-
-—Eso no, señor page; paso, paso, que antes me dejaré llevar de todos
-los espíritus que tengan el menor interes en especular con mis
-huesos, que abandonar á mi amo. Verdad es que no las tengo todas
-conmigo; pero todos los caballeros de la tabla redonda, incluso
-el rey Artus, que se volvió cuervo, ni los doce de Francia no me
-convencerán de que don Enrique de Villena es tonto, y si él sabe mas
-que yo, quiero yo perderme cuando él se pierda...
-
-—A la buena de Dios, señor Ferrus; ¿mas no oís pasos?
-
-—¡Santo cielo! esclamó Ferrus. ¡Ah! sí, es don Enrique, sí, será
-don Enrique; vete retirando... poco á poco... ¡Jaime! mas despacio;
-pudiera ser que no fuese él...
-
-Miraba atento Ferrus á la parte de donde provenia el rumor á tiempo
-que el page, de suyo poco inclinado á esperar aventuras de ninguna
-especie, y menos de aquella á que él se figuraba pertenecer la que se
-presentaba, se habia puesto ya en salvamento en la antecámara, donde
-le parecia que no estaba tan al alcance de los perniciosos efectos
-de las maléficas redomas que tanto temor le infundian. Santiguábase
-alli á su placer, y dábase prisa á besar una santa reliquia que en
-el pecho para tales ocasiones llevaba con mas fervor que besaría un
-enamorado la blanca mano de su Filis dejada al descuido entre las
-suyas.
-
-Miraba atento Ferrus, y no esperaba nada menos que ver alguna
-desmesurada fantasma ó ridículo endriago que viniese á pedirle
-cuentas de su mal pasada vida. Abrióse por fin una puerta tan
-secreta como la que en nuestro capítulo anterior hablando del salon
-dejamos descrita, y se presentó á los ojos del espantado confidente
-la persona del mismo don Enrique, á la cual daba cierto aire nada
-tranquilizador la escena que acababa recientemente de pasar entre él
-y su desdichada esposa, la de Albornoz.
-
-—¡Maldita tenacidad! entró diciendo con voz iracunda el enojado conde
-sin reparar en su medroso confidente, ni menos acordarse de la orden
-que de esperarle en su cámara le tenia anteriormente conferida. Mal
-conoce á don Enrique el desdichado que pretende atravesarse en el
-camino de sus planes, añadió acercándose á la mesa; resiste, infeliz,
-resiste mañana todavía, y conocerás bien pronto quién es don Enrique
-de Villena.
-
-—Señor, perdonadme si os he ofendido, esclamó hincándose de hinojos
-el espantado Ferrus, é interpretando contra sí el sentido de las
-últimas palabras del conde, únicas que habia oido distintamente.
-Perdonadme...
-
-—¡Ah! ¿estás ahí? dijo don Enrique volviendo en sí: ¿qué haces en esa
-postura? ¿rezas? insensato.
-
-—Sí, gran señor, insensato, pero te juro que mi intencion es buena.
-
-—Alza: ¿has perdido el juicio? Bien que nunca le tuviste. Alza,
-miserable, ¿no sabrás distinguir jamas cuándo es ocasion de farsas, y
-cuándo no?
-
-—Dios me perdone, dijo levantándose Ferrus; Dios me perdone mis
-muchos pecados. Dame tus órdenes, y te probará tu esclavo si
-desconoce la oportunidad de servirte.
-
-—¿Estás solo?
-
-—Solo, con mi miedo, iba á decir el intempestivo juglar, pero el
-gesto mal encarado de su amo le recordó lo que acababa de decirle
-en aquel tono que tiene tanto prestigio sobre las almas débiles.
-Solo, señor, pronunció titubeando. Jaime es el único que vela en la
-antecámara.
-
-—Dale las señas de la habitacion del caballero que ha llegado esta
-mañana de Calatrava. Que llegue á ella, que dé tres golpes, y que
-pronuncie mi nombre en voz baja; nada mas. Es señal convenida.
-
-Salió Ferrus á obedecer la orden de su señor, y no tardó mucho en
-volver á entrar con la noticia de que quedaba desempeñada su comision
-con el mismo celo de que tantas pruebas tenia dadas.
-
-—En buen hora, Ferrus. Llégate mas cerca y habla bajo. Conozco
-tu celo, y tú conoces mi poder. Hasta la presente creo haberte
-recompensado mas allá de tus esperanzas, y aun mas allá de lo que tus
-méritos exigian.
-
-—Estoy harto pagado con el honor de servirte, dijo el astuto juglar.
-
-—Bien, dejemos lisonjas que tú no crees ni yo tampoco: toma esas
-monedas: cada cornado que aceptas debe pesar mas que plomo en tu
-bolsillo si piensas faltarme algun dia: del plomo sabria hacer oro
-si lo hubiese menester; pero tambien del oro sabré hacer fuego si tu
-conducta...
-
-—Ofendes á Ferrus, señor.
-
-—Quiero creerlo asi: escucha, dame el pergamino que te he confiado.
-Bien. El maestre de Calatrava ha muerto: esta es la nueva que aqui me
-dan.
-
-—Dios le haya perdonado, y tenga su alma...
-
-—Bien; esas no son cuentas nuestras. Atiende primero; luego le
-encomendarás; en el estado en que está, puede esperar mucho tiempo:
-lo mismo es hoy que mañana. Nadie sabe en la corte todavía este
-importante suceso. El doncel favorito de Enrique III ha llegado á
-darme este aviso, y no ha descansado desde Calatrava hasta Madrid.
-Es preciso ser gran maestre de Calatrava antes que nadie piense en
-pretenderlo.
-
-—Tendrás, señor, por enemigo á don Luis Guzman, sobrino del muerto.
-
-—Despreciable enemigo: otro tengo mas cerca, Ferrus, y mas temible.
-
-—¿Mas temible y mas cerca?
-
-—Sí, mas cerca y mas temible. Soy casado.
-
-—Cierto que es mal enemigo la muger propia...
-
-—El instituto de la orden exige voto de castidad.
-
-—Tambien es mal enemigo ese voto.
-
-—Tregua á las chanzas, Ferrus. No es el enemigo el voto, ni en eso
-pudiera yo pararme. ¿Pero cómo combinar ese voto con mi estado?
-
-—No serás el primero que se haya divorciado; yo te citaré ejemplos...
-
-—Ninguno ignoro, y el paso ya le he dado, pero inútilmente; he
-levantado la caza y he perdido el rastro. La de Albornoz ha dado en
-el mas raro desatino que se pudiera imaginar, ama á su marido y es
-constante.
-
-—Con todo, es muger.
-
-—Desgraciadamente, como hay pocas.
-
-—¿Es posible?
-
-—Y sin embargo es preciso buscar un medio.
-
-Quedóse un momento pensativo el conde como hombre que busca en su
-imaginacion agotada algun arbitrio, ó que espera en la inaccion que
-la casualidad le presente alguna idea luminosa que él se siente
-desesperado ya de encontrar.
-
-Ferrus discurria en tanto mas de prisa, y aun un buen fisonomista,
-al ver sus ojos inciertamente fijos en el conde y sus labios moverse
-por sí solos maquinalmente, hubiera conocido cuán importantes
-reflexiones ocupaban su cabeza, que era en realidad mejor y mas
-firme de lo que á él le convenia aparentar. Bajo el velo de una
-lealtad ciega y de una estupidez atolondrada, ocultaba vastos
-planes, que sin duda hubiera llegado á realizar si la educacion
-ignorante que habia recibido en la clase ínfima de la sociedad no
-le hubiera rodeado de preocupaciones y supersticiones vulgares,
-que continuamente se atravesaban como obstáculos insuperables
-en el camino de su ambicion. En una palabra, no era el malvado
-bastante impío para las exigencias de su ambicion. Ya hacia tiempo
-que varias conversaciones que habia tenido con el conde le habian
-iluminado acerca de sus miras de alcanzar un maestrazgo; porque es
-de advertir que Villena, acostumbrado á no ver en Ferrus sino un
-juglar grosero é incapaz de planes para sí, lo tenia á su lado y
-en su favor con preferencia á cualquier otro: contaba con que era
-bueno para ejecutar, y á la par incapaz de penetrar los motivos
-de sus acciones, las cuales no siempre los tenian tan buenos que
-pudiese él gustar de que por el conducto de algun incauto ó taimado
-confidente llegase nunca el público á saberlos. Hacíase el conde
-ademas la doble ilusion tan comun en los hombres, y especialmente en
-los de talento, de creer que era sumamente dificultoso escudriñar
-las causas de sus acciones y encontrar el hilo de sus intrigas. Asi
-que, en muchas ocasiones en que no esperaba nada de la inventiva
-de su confidente, contábale sin embargo sus cuitas y hablaba alto
-delante de él, depositando en el taimado Ferrus sus mas importantes
-secretos, con la misma tranquilidad con que deja un moro sus pecados
-en el agujero practicado para el descargo de su conciencia. Si queria
-Ferrus influir en las determinaciones de su señor, soltaba las ideas
-que á su entender habia de aprovechar; pero soltábalas como ideas
-ocurridas al acaso sin plan ni conocimiento, y riéndose el primero
-de su supuesto desatino: tenia de este modo la habilidad de hacer
-que creyese don Enrique que eran suyas propias las ideas que mas de
-una vez le hacia él solo adoptar. Las mas veces se contentaba con
-escuchar, afectando una completa inmovilidad é indiferencia en sus
-facciones, actitud que le favorecia mucho para no perder una sola
-palabra; y en estas ocasiones se hubiera creido que don Enrique y su
-juglar eran un solo ente compuesto de dos personas; la una sublime
-é inteligente que debia discurrir, hablar y proponer, y la otra
-material y bruta encargada de escuchar.
-
-En la circunstancia actual revolvia Ferrus aceleradamente en su
-imaginacion las ventajas que de lograr Villena el maestrazgo le
-podrian resultar, y cierto que no eran pocas. Don Enrique de Villena
-era rico por sí, es verdad, pero la pérdida de su marquesado de
-Villena le habia privado de un sin número de castillos y vasallos,
-y su condado de Cangas y Tineo estaba casi en su totalidad reducido
-á tener bajo su jurisdiccion dos ó tres de los mejores montes de
-oso de toda España. Las posesiones que su muger le habia traido en
-dote eran pingües, mas nunca habia querido contar con ellas como
-cosa suya, porque habiéndose llevado siempre mal con la de Albornoz,
-conocia que tarde ó temprano habia de llegar entre ellos el punto de
-una eterna separacion, y el caso por consiguiente de restituir lo
-que solo en calidad de dote habia recibido. Los maestres de las tres
-órdenes militares de Santiago, Calatrava y Alcántara, eran entonces
-tres potentados á quienes solo la corona faltaba para poderse llamar
-reyes. Una infinidad de riquezas, castillos y vasallos no reconocian
-otro dueño, y su inclinacion á cualquier partido hacia un contrapeso
-casi imposible de vencer por el mismo rey con todo su poder.
-
-Todo esto sabia Ferrus, y bien se le alcanzaba que cuanto creciese en
-gloria su señor creceria él en poder, y aun ¿quién sabe si habria
-concebido entre sus miras ambiciosas la de ser armado algun dia
-caballero, y verse alcaide de alguna fortaleza ó clavero de la orden,
-ó aun algo mas si el viento le soplaba en popa como hasta la presente
-le habia felizmente acontecido? Resolvió, pues, en su corazon poner
-de su parte cuantos medios estuviesen á su alcance para derribar el
-obstáculo que la de Albornoz presentaba á su futura grandeza, sin
-hacer escrúpulo alguno hasta de perderla si fuese preciso recurrir á
-medios violentos, que al parecer no debia tener adoptados todavía su
-agitado esposo. Quiso sin embargo esplorar el campo, y soltar alguna
-espresion por donde pudiera conocer la firmeza del terreno en que iba
-á aventurar su pie mal seguro.
-
-—Es preciso buscar un medio, repitió don Enrique despues de otra
-pausa de inútil reflexion.
-
-—Si mi muger, gran señor, se empeñara en estar casada conmigo á la
-fuerza, ó me fingiria impotente...
-
-—¿Estás loco? ¿impotente?
-
-—¿Crees, señor, que ella resistiria á esa prueba...? ó... hallaria
-algun medio para que se quitase ese obstáculo por el mismo término
-que se nos ha quitado el obstáculo del maestre...
-
-—¿Qué quieres decir...? dijo espantado don Enrique.
-
-—¡Eh! dijo Ferrus, afectando una risa estúpida. Digo que si yo, hablo
-de mí no mas, si yo supiera hacer del plomo oro como ha un rato me
-han dicho, tambien sabria hacer de los vivos muertos: y clavó sus
-ojos en los del conde para esplorar el efecto que habia producido su
-espresion, bien como el muchacho despues de haber tirado la piedra
-anda buscando con los ojos en el espacio el punto que debe marcarle
-el alcance de su tiro.
-
-—Lejos de mí semejante idea; si la separacion es imposible, no seré
-maestre: pero recurrir á una violencia, nunca: todavía no he manchado
-con sangre mi diestra; si la intriga no basta no llamaré al puñal ni
-al veneno en mi socorro.
-
-—¿La intriga...? repitió vagamente el juglar, convencido de que habia
-aventurado demasiado: ¿sabes, señor, que si me das licencia yo he de
-encontrar de aqui á poco una intriga que te plazga? Tengo una idea,
-ya sabes que soy un necio, ó poco menos, pero acaso el espíritu
-que suele protegerte se valga de este medio grosero é indigno de tu
-grandeza para poner en tus manos el deseado maestrazgo.
-
-—¿Tú, Ferrus?
-
-—Yo, señor: repito que tengo una idea...
-
-—¿La impotencia de que me has hablado? Cierto que la impotencia es un
-pretesto escelente: en el último caso... dijo para sí don Enrique,
-¿quién se atreveria á probarme lo contrario? ¿Es esa impotencia de
-que has hablado? ¿ese medio que me pondria en ridículo y...?
-
-—Mejor aun.
-
-—¿Mejor? Habla, Ferrus, habla: te lo mando: me debes tu existencia,
-tus ideas...
-
-—Y si me engañan mis esperanzas... si...
-
-—Habla de todos modos.
-
-—Si quieres que declare mi proyecto, necesito callar un momento y
-meditarlo.
-
-—¡Mentecato! ¡necio de mí en creer que de esa cabeza pueda salir una
-sola idea luminosa!
-
-—¡De esta cabeza! repitió por lo bajo Ferrus: ¡orgulloso conde!
-¿quién sabe si de ella saldrá un dia tu ruina? Y añadió en voz
-alta: si me concedes el permiso de callar, ilustre conde, y el de
-retirarme en el acto, el maestrazgo es tuyo.
-
-—¿Mio? ¡imbécil! Y si estoy siendo juguete de una ilusion y de una
-quimérica esperanza, juglar, si me haces perder momentos preciosos,
-¿qué castigo te sujetas á sufrir?
-
-—La caida de tu gracia, el sentimiento de no haberte podido servir;
-¿te parece tan ligero? contestó Ferrus con serenidad.
-
-Este cumplimiento lisonjero del hipócrita desarmó enteramente al
-irritado conde. Bien, dijo; te doy permiso: una sola condicion
-quiero imponerte: supuesto que nada me ocurre á mí propio que pueda
-ser de provecho en tan crítica circunstancia, quiero probar tu
-entendimiento: ¿sabes empero lo que es la vida? ¿Sabes lo que es mi
-honor? Respeta la primera en la víctima, y el segundo en tu amo; ¿te
-acomoda esta condicion?
-
-Una inclinacion de cabeza manifestó el asentimiento del juglar.
-
-—En buen hora: á Dios, dijo el conde levantándose, Ferrus: _vida y
-honor_; si infringes los tratados, tu sangre me responderá de tu
-malicia ó de tu ignorancia, y pagarás cara tu loca presuncion: serás
-la primer víctima que podrá acusarme de haber borrado un ser de la
-lista de los vivientes.
-
-Otra inclinacion de cabeza, su elocuente silencio y la resolucion con
-que Ferrus salió de la cámara, tranquilizaron algun tanto al inquieto
-Villena, si bien poco ó nada esperaba de la inventiva del juglar.
-
-Volvióse á su sillon despues de la marcha del confidente, ora
-calculando qué esperanzas podia fundar en su jactancia y seguridad,
-ora queriendo adivinar los proyectos del loco, ora disponiéndose en
-fin á otra entrevista que debia tener aquella noche misma con un
-personage nuevo, que en el siguiente capítulo daremos á conocer á
-nuestros lectores; entrevista que él creía antes que todo, y antes
-que el descanso de sus miembros fatigados, necesaria al buen éxito de
-sus ambiciosas intrigas.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-CAPITULO V.
-
- De un ardiente amor vencido,
- dice:—De cuatro elementos;
- el fuego tengo en mi pecho,
- el aire está en mis suspiros,
- toda el agua esta en mis ojos,
- autores de mi castigo.
-
- _Romance del rey Rodrigo._
-
-
-Hácia otra parte del alcázar de Madrid, y en un aposento que á su
-llegada se habia secretamente aderezado por las gentes de Villena,
-descansaba reclinado en un modesto lecho un caballero á quien no
-permitia cerrar los ojos al sueño un amargo pesar, de que eran claros
-indicios los hondos y frecuentes suspiros que del pecho lanzaba.
-
-Algo apartado de él aderezaba una ballesta con aquel silencio de
-deferencia propio de un inferior, y á la luz de una mortecina
-lámpara que sobre una mesa ardia, aquel mismo Hernando que tan
-intempestivamente habia distraido de la caza al conde de Cangas y
-Tineo, segun en el primer capítulo de nuestra verídica historia
-dejamos referido.
-
-A los pies de entrambos dormia un soberbio can, de la familia de los
-alanos, y su inquietud y sus sordos é interrumpidos ronquidos, único
-rumor que en medio del profundo silencio variaba la monotonía de los
-suspiros de su amo, daban lugar á sospechar que soñaba acaso hallarse
-en persecucion de algun azorado javalí en medio del monte enmarañado.
-
-—Hernando, dijo por fin el angustiado caballero, mañana habremos de
-madrugar para partir con el alba; recógete y descansa.
-
-—¿Y tú, señor? ¿no tañerás de acogida? respondió Hernando.
-
-Debemos advertir para la mas facil inteligencia de nuestros diálogos
-sucesivos que Hernando, hijo de un montero de don Juan I, y montero
-él mismo, solo vivia en la caza y en el monte, y asi pensaba él en
-hablar otro lenguaje que el de la montería, como por los cerros de
-Úbeda. No conocia mas amistad que la que con los venados del monte
-hacia tantos años tenia establecida, ni mas amor que el de su fiel
-Brabonel; tal era el nombre del poderoso alano que á sus pies
-roncaba, al cual distinguía de todos los demas perros que á la sazon
-en la corte de don Enrique tenian nota de valientes no solo por su
-constancia en seguir y acosar dias y noches enteras á la res, sino
-tambien por el conocimiento estremado con que buscaba la osera y
-escatimaba el rastro y levantaba al oso donde quiera que estuviese
-escondido. Pagábale en verdad el leal Brabonel con usura su marcada
-aficion, y conocíase esto mas que en nada en no querer recibir el
-alimento sino de la propia mano del laborioso montero. Solo se le
-conocia á Hernando un flaco que contrapesaba casi siempre con ventaja
-el cariño que á su perro tenia; á saber, la fidelidad á su amo,
-único hombre á quien manifestaba respeto y deferencia, y para quien
-moderaba y suavizaba la condicion agreste que en los bosques se habia
-formado con no poco perjuicio de sus adelantos é intereses, pues
-solía responder á un cumplimiento con palabras tan duras y ofensivas
-como la ballesta que en la diestra llevaba las mas horas del dia, en
-muestra de su pasion montaraz. Con esta pequeña digresion, que en
-vista de su importancia nos perdonarán facilmente nuestros lectores,
-estarán estos mas dispuestos á interpretar la técnica gerigonza con
-que entreveraba los mas de sus discursos y conversaciones.
-
-La pregunta que acababa Hernando de dar por respuesta al taciturno
-caballero no tardó en obtener una contestacion aclaratoria de la
-situacion del espíritu de aquel á quien se dirigia.
-
-—Nunca, Hernando, nunca, repuso el atribulado señor, nunca encontrará
-el reposo entrada en mis párpados desvelados. Mañana al lucir el dia
-partiremos de nuevo para Calatrava, si esta noche, como lo espero,
-queda concluida la comision que á Madrid nos ha traido. Si tú
-supieras cuánto me pesa la atmósfera en la inmediacion de...
-
-Al llegar aqui detuvo la lengua el caballero como si hubiera temido
-haber dicho ya demasiado con respecto al secreto que tanto en su
-corazon pesaba.
-
-—¿Y hemos de seguir atados á la trahilla del conde? Por el soto de
-Manzanares le aseguro que no comprendo cómo un caballero que ha
-seguido siempre el sonido de la bocina del buen rey Enrique puede
-vivir contento andando al monte del nigromante de...
-
-—Silencio, Hernando; haces mal en ofender al conde de Cangas con
-esas voces que el vulgo ha adoptado, tal vez con sobrada ligereza.
-Verdad es que soy doncel de su alteza; empero aceptando el encargo
-del conde, aprovechaba el único medio que á la sazon tenia para
-desembarazarme de la confusion de la corte, que aborrezco.
-
-—Solo desde que levantaste la caza... porque antes la amabas como yo
-amo el monte.
-
-—Como quieras: no por eso dejará de ser verdad que en el dia la
-aborrezco. La muerte es la que me espera en la corte: una estrella
-fija que la acompaña siempre, y que luce en medio de ella como Venus
-entre los demas planetas, deslumbra mis débiles ojos... La aficion
-que desgraciadamente me ha tomado el rey no hubiera permitido que yo
-me separase con ningun pretesto de esa corte, donde he de encontrar
-mi perdicion, á no haberle alegado su mismo tio el de Villena, á
-quien nada puede negar, la falta que de mí tenia. Supe que el conde
-necesitaba un emisario en Calatrava, fingí adaptar mi carácter
-al suyo, y aceptó mis servicios. Y he pretendido que esta venida
-se mantuviese oculta á todo el mundo, y asi lo he exigido de don
-Enrique, porque si el rey supiera mi estancia en su propio palacio,
-no me sería tan facil volver al lugar apartado, donde la distancia
-de la causa de mis penas me pone á cubierto de los peligros que su
-inmediacion me prepara.
-
-—Confieso, señor, que no entiendo tu manera de cazar. ¡Voto va!
-cuando yo sé que hay venado en el monte, en vez de salirme de él,
-cada vez me interno mas en la maleza, y ó perezco en la demanda, ó
-salgo con la res.
-
-—Bien, Hernando; pero el venado de los montes donde cazas es tuyo y
-de todo el que tiene perros para levantarle.
-
-—¿Tiene, pues, dueño el venado que has visto? Te asiste entonces
-sobrada razon. Nunca he metido mis sabuesos en monte ageno ni vedado.
-A quien Dios se le dió, San Pedro se le bendiga. Pero en justa
-compensacion, ¡ay del que hiciera resonar una bocina en monte de mi
-señor! Mi fiel Brabonel, que duerme ahora descansadamente, y la punta
-de mi venablo le enseñarian la salida y le sabrian obligar á tañer de
-sencilla.[1]
-
- [1] Toque de los cazadores, cuando no encontraban venado
- y querian salir del monte.
-
-—Hernando, calla, calla por Dios y por Brabonel.
-
-No sabia el tosco montero, poco cortesano, cuán adentro habia entrado
-en el corazon de su señor su última alegoría mas despedazadora que el
-aguzado acero de su mismo venablo.
-
-—Callaré; pero antes he de decir que el montero que pasa por monte
-vedado, si el diablo le tienta para escatimar el rastro, ha de
-apretar los hijares al caballo é irse á monte suyo. ¡Voto va! que hay
-venados en el mundo y no se encierra en un monte solo toda la caza de
-Castilla. Yo quiero darte el ejemplo. ¿Te parece que no habrá sufrido
-Hernando cuando ha oido esta tarde en medio del monte las bocinas de
-sus amigos, y cuando en vez de aderezar la ballesta ha tenido que
-contentarse con sacar del bolsillo un inútil pergamino, y volverse
-como perro cobarde con las orejas agachadas y sin siquiera ladrar,
-por obedecer á su amo?
-
-—Seguiré tu consejo, Hernando, repuso el caballero lanzando un
-suspiro, le seguiré, y con la ayuda de Dios y de mi buen caballo
-estaremos al alba fuera de Madrid. Recógete, pues, Hernando, y
-descansa.
-
-No habia acabado aun de hablar el resuelto caballero, cuando
-levantándose Brabonel sobre sus cuatro patas abrió una boca disforme,
-lamióse los labios, agitó la cola, y sacudiendo las orejas acercóse
-á pasos lentos y mesurados á la puerta, como dando muestras de oir
-algun rumor que reclamaba su atencion y vigilancia. No tardó mucho en
-romper á ladrar despues de haber imitado un momento por lo bajo el
-sordo y lejano redoble de un tambor.
-
-—Brabonel, dijo Hernando acercándose y dándole una palmada en el
-lomo, vamos, ¿qué inquietud es esa? No estamos en el encinar. ¡Vamos,
-silencio!
-
-Lamió las manos de Hernando el animal, mas tranquilo ya con el tono
-seguro y reposado de su amo, y de alli á poco tres golpecitos iguales
-y misteriosos sonaron en la puerta, que Hernando se acercó á abrir,
-preguntando antes quién á semejante deshora venia á turbar el reposo
-de los caballeros que habitaban aquella parte del alcázar.
-
-_Don Enrique de Villena_, respondió en tono algo bajo una voz mal
-segura que delataba la corta edad del que la emitia.
-
-—Abre, Hernando; es la señal, dijo en oyéndola el caballero, y se
-levantó del lecho donde yacía vestido; abre y retírate. ¡Lléveme el
-diablo si no quiero reconocer esta voz, y si comprendo por qué es
-este el emisario de don Enrique!
-
-Abrió Hernando la puerta, y Jaime, el pagecillo á quien enviaba el
-conde de Cangas y Tineo, entró en el aposento, manifestando bien
-á las claras cuánto gusto tenia en poner término al miedo que se
-habia acrecentado en él al recorrer las escaleras oscuras y largos
-corredores poco alumbrados del espacioso alcázar de Madrid.
-
-Retiróse Hernando obediente á las indicaciones de su señor, y con
-él el terrible alano, á cuya vista se habia detenido algun tanto el
-azorado page en el dintel de la puerta. No bien hubieron desaparecido
-los dos importunos testigos, cuando alzando la cabeza el caballero
-y alzándola el page, entrambos á dos quedaron inmóviles dudando aun
-de la identidad de la persona que cada uno de ellos enfrente de sí
-veía. Revolvia el primero en su cabeza mil ideas encontradas: dudaba
-si sería aquel el emisario de don Enrique, y reflexionaba si podria
-haber dado la señal convenida, sin saberla, por una casualidad
-posible, si bien no probable. En este último caso pesábale de que
-aquel mas que otro supiese su repentina llegada.
-
-El page fue el primero que volvió del estupor en que su agradable
-sorpresa le habia puesto, y arrojándose casi en brazos de su
-interlocutor, ¿vos en Madrid? ¿sois vos, señor Macías? esclamó.
-
-—¡Silencio! page indiscreto, silencio, dijo el caballero, separándole
-con estraña frialdad, que cortó la manifestacion de su alborozo: hay
-mas gente que nosotros en el castillo y las paredes oyen, y oyen mas
-que las mugeres.
-
-—¡Ah! perdonad, señor... Señor Ma... no os sé llamar de otra manera;
-como me daba tanto gozo pronunciar vuestro nombre, no creí que podria
-ser malo... pero ya veo que habeis mudado de amigos, y no sois el que
-antes erais. Bien dice mi hermosa prima Elvira, que no hay afecto que
-dure, ni hombre constante... me voy, me voy.
-
-—Detente, page: has hablado demasiado para no hablar mas. ¿Dice
-eso tu prima Elvira? ¿cuándo? ¿á quién lo dice? habla: repuso el
-caballero, á quien llamaremos por su nombre de aqui en adelante,
-supuesto que ya nos le ha revelado el imprudente page: habla, repitió
-asiéndole fuertemente de un brazo, no pudiendo disimular la vibracion
-de la cuerda principal de su corazon, herida fuertemente por el
-muchacho.
-
-No sabia el page si su antiguo amigo, como le habia llamado, habia
-perdido el juicio; mirábale de alto abajo, y sonriéndose por fin le
-contestó:
-
-—Os preciais de invencibles los caballeros, y ved aqui que una sola
-palabra de un pobre page ha alterado toda la serenidad de un doncel
-tan cumplido como el trovador M... no tengais miedo; no lo volveré á
-pronunciar. Pero veo en el calor con que habeis oido mis palabras,
-añadió maliciosamente, que tomais todavía algun interes por vuestras
-antiguas conexiones.
-
-—¿Te complaces en atormentarme, page? ¿De parte de quién vienes? ¿qué
-te trae aqui? Si es quien tengo motivos para sospechar, dilo presto;
-nunca enviado alguno habrá logrado una recompensa mas brillante.
-
-—Os equivocais. Guardad la recompensa para mejor ocasion.
-
-—¡Cielos! esclamó Macías. Bien que... añadió para sí, ¿no ignora mi
-venida? ¿Y no es mi voluntad que la ignore? ¿Te envia el infierno
-para abrir mis heridas mal cicatrizadas?
-
-—Bien podeis decir que me envia el infierno, porque vengo de parte de
-su mayor amigo.
-
-—¿Estás loco?
-
-—Del nigromante. ¿No me entendeis?
-
-—¿Es posible que el conde no pueda destruir esa voz injuriosa que
-corre de él y crece de dia en dia...?
-
-—Buenas trazas lleva de querer destruirla, y ha alhajado su gabinete
-por el estilo del de el fisico de su alteza el judío Aben-Zarsal, y
-se andan á la magia de mancomun...
-
-—¡Silencio otra vez! dejemos la magia, y el judío y el nigromante.
-Respóndeme, page. ¿Y por qué te envia á tí don Enrique de Villena? No
-me habia dicho que serías tú su emisario.
-
-—Os lo diré, si me soltais este brazo, que me va doliendo mas de lo
-que es menester: no os acordais que tengo quince años. Si el brazo
-fuera de mi prima, no os distrajerais de esta manera.
-
-—Basta; habla, pues, la verdad; con esa condicion te suelto.
-
-—Apuesto que me habeis hecho un cardenal.
-
-—¿Quieres apurar mi paciencia, page? Habla, ó te hago otro en el otro
-brazo.
-
-—Piedad de mí, señor caballero. Pero no dudeis que me envia don
-Enrique. “Busca la habitacion donde pára el caballero que ha llegado
-esta mañana de Calatrava,” me dijo de su parte Ferrus, “llega á la
-puerta, da tres golpes, y pronuncia el nombre del señor de Villena.”
-
-—Bien, lo sé; era la señal convenida para anunciarme que le esperase.
-¿Pero eres por ventura de su familia?
-
-—Sí soy: habeis de saber que don Enrique estando un dia con Fernan
-Perez de Vadillo...
-
-—¿Fernan Perez?
-
-—Sí, el marido de Elvira, á quien conoceis como á mí...
-
-—Prosigue, page, y no me irrites mas con tus digresiones.
-
-—Me vió en el cuarto de mi prima y hube de agradarle: díjome que si
-queria servirle en clase de page, y acepté á pesar de mi prima, que
-queria tenerme á su lado, porque como solo conmigo podia hablar de...
-¿quereis que lo diga?
-
-—Acaba, page del infierno.
-
-—De vuestra señoría añadió el page malicioso quitándose una especie
-de berrete que en la cabeza traía y haciendo una profunda cortesía.
-
-—¿De mí? ¡ah! tiembla, Jaime, si te diviertes á mis espensas.
-
-—Os quiero demasiado para eso; como os digo, entré á servirle, pero
-os juro que desde mañana me vuelvo al lado de mi prima, porque he
-cobrado miedo á sus hechizos. Dicen que sabe alzar figura y...
-¡Jesus...! yo me entiendo.
-
-—Page, óyeme: nadie en el mundo pudiera haberme hecho mas feliz con
-menos palabras; tú has renovado ideas que yo debiera haber abandonado
-hace mucho tiempo; pero nadie puede mas que su destino. Si en tu vida
-has sospechado alguna cosa del mal que padezco, calla como la tumba:
-si nada has sospechado, nada preguntes, nada inquieras. Sobre todo,
-vuelvas ó no al lado de Elvira, júrame no abrir tu boca para decir
-que me has visto en Madrid: toma, añadió quitándose un anillo que en
-el dedo pequeño traía, toma, y este te recordará la obligacion en que
-quedas conmigo, y que el doncel de Enrique III no olvida jamas á las
-personas que una vez quiso bien. Ahora parte y calla. Nada has oido,
-nada has visto.
-
-—Señor doncel, ignoro el valor de estos diamantes, pero aunque fuera
-este anillo de hierro, bastaba para lo que yo le quiero. Decidme solo
-que no quedais enojado conmigo.
-
-—¿Enojado, Jaime? ¿enojado, dichoso Jaime? A Dios; si algun dia
-necesitas del socorro de un caballero, acuérdate del doncel de
-Enrique III: á Dios; á esta hora no me convendria que te encontrase
-nadie en mi aposento: parte, Jaime, y si vuelves á don Enrique, di
-que tu comision ha quedado completamente desempeñada.
-
-Acomodó el page en el dedo en que mejor ajustó el anillo del doncel,
-y despidiéndose afectuosamente no tardaron en oirse sus pasos por los
-corredores; de alli á poco sus ecos fueron gradualmente perdiendo
-sonido hasta desvanecerse y perderse del todo en la distancia.
-
-La escena y el diálogo inesperado que acababa de sostener el
-desdichado doncel no eran los mas á propósito para tranquilizar su
-agitado espíritu. En cuanto dejó de oir los últimos ecos de los
-pasos del mancebo, que habia abierto casi inocentemente sus antiguas
-llagas, y habia echado leña seca en el fuego que ardia hacia poco
-al parecer amortiguado en su pecho, cerró su puerta y comenzó á
-pasear su pena por la pieza con pasos tan vagos como sus ideas.
-Largo espacio de tiempo duró en aquel estado de lucha consigo mismo,
-ora paseando aceleradamente, ora parándose de repente como si el
-movimiento de su cuerpo se opusiese al de sus pensamientos. “Dulce
-señora mia, esclamaba de cuando en cuando, duélete de tu caballero,
-y no quieras á rigores acabarle.”—“¡Jamas, decia otras veces, jamas
-le diré mi pensamiento; el fuego que me devora habrá entregado al
-viento la última pavesa de mis cenizas antes de que sepas, ó señora
-mia, que tus ojos le han prendido! ¿No habia, cielos, otras bellezas,
-añadia despues, de quien pudierais haberme hecho prendarme, que fue
-preciso que me entregaseis á discrecion de la única tal vez de quien
-un juramento sagrado y una union mil veces maldecida para siempre me
-separan? ¡Yo romperé esa ara, yo la destrozaré! ¡yo hollaré con mis
-propios pies ese altar funesto que nos divide!” concluía al cabo de
-un paseo mas agitado.
-
-Pero de alli á poco volvia la reflexion á ocupar el lugar de la
-pasion y se le oía entre dientes: “No, el infeliz Macías le probará
-el esceso de su amor en el mismo esceso de su silencio: él será
-eternamente desdichado, pero jamas tendrá valor para perturbar tu
-felicidad.”
-
-En estos y otros soliloquios á estos semejantes le encontró el
-momento de la visita que esperaba. El conde de Cangas y Tineo,
-envuelto en un sobrecapote de fino bellorí, y con una linterna sorda
-en la mano para alumbrar sus pasos, se presentó llamando á su puerta.
-Abrióle, y despues de un corto y silencioso saludo dieron principio
-al importante coloquio que nos vemos precisados á dejar para otro
-capítulo.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-CAPITULO VI.
-
- Calledes, conde, calledes,
- conde, no digais vos tale.
- . . . . . . . . . . . . .
- El conde desque esto oyera
- presto tal respuesta hace:
- —Ruégote yo, caballero,
- que me quieras escuchare.
-
- _El conde Dirlos._
-
-
-Cuando don Enrique de Villena entró en el aposento de Macías, este
-le arrimó un asiento, el cual ocupó sin hacerse de rogar, como
-hombre que se reconoce superior en gerarquía al que guarda con él
-una consideracion. Macías se sentó en otro, colocándose de suerte
-que quedaba la mesa con la lámpara que en ella ardia en medio de
-los dos; y lo hizo con el aire de un hombre que si bien se cree en
-el caso de tributar atenciones á aquel con quien está en sociedad,
-no se imagina de ninguna manera en posicion de sostener de pie con
-él, sentado, una larga conferencia. Colocados de esta manera, daba
-la luz de lleno en el rostro de entrambos, y como creemos no haber
-dado hasta ahora idea alguna de las fisonomías y esterior de estos
-dos principales personages de nuestra narracion, aprovecharemos esta
-coyuntura favorable para describir lo que en ellos hubiera visto ó
-al menos creido ver cualquier observador que los hubiera acechado,
-por pocos progresos que hubiese hecho en el arte Lavateriano,
-posteriormente reglamentado por el sabio abate, pero cuya existencia
-tiene tanta antigüedad como el dicho vulgar, en todos los paises y
-épocas conocido, de que los ojos son las ventanas del corazon, y la
-cara el traslado del alma.
-
-Don Enrique de Villena era de corta estatura; sus ojos hundidos y
-pequeños tenian una espresion particular de superioridad y predominio
-que avasallaba desde la primera vez á los mas de los que con él
-hablaban: su voz era hueca y sonora, calidades que no contribuían
-poco á aumentar en el vulgo la impresion mágica que en los ánimos
-débiles ejercía. Su nariz afilada y su boca muy pequeña le daban todo
-el aire de un hombre sagaz, penetrante, vivo, falso y aun temible.
-Sin embargo, como ha podido inferir el lector de su diálogo con
-Ferrus, no estaba tan corrompido su corazon que no respetase todavía
-en la sociedad en que vivia una porcion de consideraciones que su
-criado por el contrario atropellaba sin el mas mínimo escrúpulo de
-conciencia. De Ferrus dijimos que no era el malvado bastante impío
-para sus fines, y de don Enrique podemos por el contrario asegurar
-que no era el impío bastante malvado para los suyos. Naturalmente
-afeminado y dedicado al estudio, faltábanle el vigor y la energía de
-carácter que corona las empresas aventuradas. Dificil nos sería decir
-si era ó no religioso: nos contentaremos con esponer á la vista del
-lector varios rasgos que pueden caracterizarle cumplidamente bajo
-este dudoso punto de vista, y él mas que nadie podrá juzgar si era la
-religion para él un instrumento ó una preocupacion.
-
-El interlocutor que enfrente tenia era un mancebo que en caso de duda
-hubiera podido atestiguar con su propia persona la larga dominacion
-de los árabes en Castilla. Su color era moreno, sus cabellos negros
-como el azabache; sus ojos del mismo color, pero grandes, brillantes
-y guarnecidos de largas pestañas: una sola vez bastaba verlos para
-decidir que quien de aquella manera los manejaba era un hombre
-generoso, franco, valiente y en alto grado sensible. Un observador
-mas inteligente hubiera leido tambien en su lánguido amartelamiento
-que el amor era la primera pasion del jóven. Su frente ancha, elevada
-y espaciosa, y su nariz bien delineada, denunciaban su talento, su
-natural arrogancia y la elevacion de sus pensamientos. Ornábale el
-rostro en derredor una rizada barba que daba cierta severidad marcial
-á su fisonomía: su voz era varonil, si bien armoniosa y agradable; su
-estatura gallarda.
-
-—Macías, comenzó á decir don Enrique de Villena despues de un breve
-espacio en que pareció reunir todas sus fuerzas para determinarse á
-proponer sus ideas, vengo á daros la muestra que de gratitud os debo
-por la exactitud con que habeis cumplido la delicada comision que en
-vuestras manos confié. Decidme si es posible que tenga alguien en la
-corte noticia de la muerte del maestre.
-
-—Señor, respondió Macías, Hernando y yo no hemos cesado de correr
-desde Calatrava á Madrid, y á nuestra salida del monasterio éramos
-los únicos que en la villa sabiamos el infausto acontecimiento: en
-dos dias lo menos no se tendrá en Madrid mas noticia que la que
-nosotros queramos esparcir.
-
-—Ninguna. Dadme vuestra palabra.
-
-—De caballero os la doy.
-
-—Permitidme ahora que os pregunte si habeis sospechado ¿cuál puede
-ser mi objeto?
-
-—Lo ignoro, respondió Macías asombrado de la pregunta.
-
-—Sabedlo, pues: creo no haberme equivocado cuando he pensado en
-vos para la ejecucion de mis planes: el paso que conociendo ya
-mi carácter dísteis viniendo á ofrecerme vuestros servicios en
-Calatrava, me hace pensar que habeis formado planes para vos mismo
-análogos acaso á los mios.
-
-—Os juro que no tenia mas plan que el de serviros.
-
-—¡Doncel! dijo sonriéndose don Enrique, en vuestra edad es natural el
-rubor de confesar ciertas intenciones...
-
-—No os entiendo...
-
-—No importa: si nuestros intereses estan unidos, y si os sentís con
-audacia para poner los medios que he menester, guardad silencio;
-tanto mejor. Oidme, que acaso mi confesion facilitará la vuestra.
-Intento ser maestre de Calatrava, añadió bajando la voz.
-
-—¿Vos, señor?
-
-—¿No lo habiais sospechado nunca? Pues bien, si don Enrique de Aragon
-es algun dia maestre de Calatrava, el doncel Macías se llamará
-comendador. ¿Quereis ocupar otro puesto que os convenga mejor?
-
-—Ni tanto, príncipe generoso, respondió Macías inclinando
-respetuosamente la cabeza y mirando con asombro al maestre futuro.
-
-—Dejad esa inoportuna modestia: imagino que entrambos nos conocemos,
-dijo Villena apretando la mano del mancebo admirado. ¿Estais
-sorprendido?
-
-—Permitid que me confiese asombrado. Los vínculos sagrados del
-himeneo os unen á una muger, y no podeis ignorar que este es un
-obstáculo insuperable.
-
-—Obstáculo sí; insuperable ¿por qué? esclamó don Enrique apoyado
-en la seguridad del plan que acababa de inspirarle su juglar poco
-antes de venir á buscar al doncel, y que él habia abrazado con tanta
-mas confianza cuanto que su pérfido consejero habia empleado para
-hacérsele adoptar los acostumbrados recursos que arriba dejamos
-indicados. Verdad es que el plan era diabólico, y tanto habia
-admirado á don Enrique, que aquella habia sido la primera vez que
-habia llegado á dudar si efectivamente el espíritu enemigo del hombre
-tendria poder para sugerir ideas á sus fieles servidores.
-
-—¿Por qué? repitió Macías: esperad: solo un medio entreveo:
-¿consiente vuestra esposa en un divorcio ruidoso y...?
-
-—Jamas consentirá. En valde la he querido reducir.
-
-—¿En ese caso...?
-
-—Oidme. Cuento con vos.
-
-—Disponed de mis pocas fuerzas si el honor y...
-
-—Oid y dejad á un lado esas fórmulas vacías de sentido, inútiles ya
-entre nosotros, para usarlas con el vulgo que se paga de ellas.
-
-Encendiéronse las megillas de Macías, y bien hubiera querido
-interrumpir á Villena para darle á conocer cuán lejos estaba de
-considerar el honor fórmula vana; pero el conde, que interpretó á su
-favor el rubor del mancebo, prosiguió sin darle lugar á hablar.
-
-—Doncel, mañana al caer del dia procuraré que doña María de Albornoz,
-mi respetable esposa, no interrumpa su costumbre diaria de pasear por
-el soto, camino del Pardo; acompáñala por lo regular en este paseo
-diurno y solitario su camarera Elvira: cuando se haya separado largo
-trecho de sus demas criados, un caballero convenientemente armado, y
-ayudado de los brazos que creyere necesarios, arrebatará á la condesa
-de la compañía de Elvira. ¿Qué teneis?
-
-—Nada; proseguid, repuso Macías pudiendo contener apenas su
-indignacion.
-
-—Observaránse las precauciones necesarias para que ella y el mundo
-entero ignoren eternamente su robador y su destino. Guardados en
-tanto por mis gentes los pasos de los que pudieran venir de Calatrava
-á dar la noticia de la muerte del maestre, sabré ganar tiempo para
-que de ninguna manera coincida un acontecimiento con otro. Permitidme
-acabar: me resta designaros el osado y valiente caballero que robando
-á la condesa ha de dar el paso mas dificil en tan importante empresa.
-Si una plaza de comendador de la orden no es suficiente recompensa
-para su ambicion, él será el verdadero maestre, y despues de don
-Enrique de Villena nadie brillará mas en la corte en poder y en
-riqueza que el doncel de don Enrique el Doliente.
-
-—¿El doncel de don Enrique el Doliente? interrumpió el impetuoso
-mancebo levantándose y echando mano al puño de su espada. ¿El doncel
-de don Enrique el Doliente habeis dicho, conde? ¡Santo cielo! bien
-merece ese desdichado doncel el injurioso concepto que de él habeis
-indignamente formado, si tantos años de honor no han bastado á
-impedir que los hipócritas le cuenten en su número despreciable. Bien
-lo merece, juro á Dios, pues que su espada permanece aun atada en la
-vaina por miserables respetos sin castigar al osado que mancilla su
-buen nombre y espera de él cobardes acciones.
-
-—¡Doncel! esclamó asombrado levantándose tambien á este punto el
-conde de Cangas y Tineo. No le permitió pronunciar mas palabra en
-un gran rato la cólera que de él se apoderó al ver defraudadas tan
-inopinadamente sus anteriores esperanzas. Deteníale sobre todo la
-vergüenza de haber descubierto sus planes al mancebo sin mas fruto
-que su amarga reconvencion y culpábase en su interior de no haber
-esplorado mas tiempo el terreno arenoso sobre que habia sentado el
-pie arriesgadamente.
-
-—¡Doncel! repitió ya en pie, ¡vive Dios que no comprendo vuestro loco
-arrebato, ni esperé nunca en vos tal pago de mi indiscreta confianza!
-
-—¿Y quién os indujo á presumir, respondió el doncel, que un caballero
-y que Macías habia de poner cobardemente la mano sobre una muger
-indefensa? ¿Qué vísteis en mí, señor, que os diese lugar á creer que
-tuviese tan olvidados los principios y los deberes de la orden de
-caballería que para acorrer á los débiles y á los desvalidos recibí
-del rey y profeso? ¿No me habeis visto vos mismo pelear con los moros
-y los portugueses? ¿En qué dia de batalla me vísteis huir? ¡oh rabia!
-¡oh vergüenza! ¡oh buen rey Enrique III! Hé aqui el concepto que de
-tus mismos grandes merecen tus donceles.
-
-No veía don Enrique de Villena los objetos que le rodeaban; tal
-era la ira y el corage que crecian por momentos en su corazon.
-Algun tiempo dudó si echando mano á la espada vengaria con sangre
-los ultrajes á su persona que por primera vez oía, y si sepultaria
-para siempre en la tumba del impetuoso mancebo el secreto que
-imprudentemente habia descubierto, ó si hundiria en la suya propia
-su vergüenza y su afrentoso desaire. Mirábale atento á sus acciones
-todas, para obrar en consecuencia, el ofendido jóven, y bien se
-veía en su semblante la resolucion que tomada tenia de responder
-con la espada ó con la lengua á los desmanes del orgulloso magnate.
-Reflexionó empero don Enrique que un lance ruidoso de esta especie á
-aquellas horas, y en el alcázar mismo de su alteza, no podria tener
-en ningun caso buenas consecuencias para sus planes, y determinó
-encomendar á la prudencia los yerros que por falta de ella habia
-recientemente cometido. Revistióse, pues, con asombrosa rapidez la
-máscara hipócrita que en tantas ocasiones le habia sido de conocida
-utilidad, y envainando del todo con un solo golpe la espada, cuya
-hoja habia brillado ya en parte un corto instante á los ojos de su
-interlocutor:
-
-—Macías, le dijo con voz serena y aun afectuosa, vuestros pocos
-años han estado á punto de perdernos á entrambos. Confieso que he
-errado el golpe, y os devuelvo todo el honor que os habia quitado.
-No penseis sin embargo, añadió el astuto cortesano recogiendo
-velas, que era mi objeto llevar completamente á cabo el plan que os
-proponia; tal vez queria conocer á fondo vuestro carácter, y estoy
-completamente satisfecho de vuestra laudable conducta. Con respecto
-al objeto de mi visita, ignoro si despues de haber pensado mejor los
-medios que tengo á mi disposicion para llegar á ser maestre eligiré
-ese ú otro. De todas suertes no me sois útil; es concluido, pues,
-vuestro servicio en mi casa: escusais volver á Calatrava: mañana os
-devolveré á su alteza; pero como os supongo bastante talento para
-conocer el mundo y los hombres, á pesar de vuestros pocos años,
-espero que nos separaremos amigos, como dos caminantes que han pasado
-una mala noche en una misma posada, y que al dia siguiente, debiendo
-seguir cada uno un sendero opuesto, se despiden cortesmente. Si sois
-el caballero que decís, vuestro honor os dicta si debeis guardar el
-de otro caballero y los pactos en que estábamos hasta la presente
-convenidos; si creeis sin embargo de vuestro deber dar á la luz
-pública nuestro diálogo, sois dueño de hacerlo; pero... acordaos,
-añadió afirmándose en los talones con ademan de hombre resuelto y
-dando en la mesa una palmada que resonó en gran parte del alcázar,
-acordaos de que don Enrique de Aragon y Villena, conde de Cangas y
-Tineo, señor de las villas de Alcocer, Salmeron, Valdeolivas y otras,
-nieto del rey don Jaime, y tio del rey don Enrique, no ha menester
-ser maestre de Calatrava para hacer probar los tiros de su poderosa
-venganza á un doncel pobre y oscuro del rey Doliente, á quien una
-imprudencia ha puesto momentáneamente sobre él.
-
-—Deteneos, dijo Macías mas sosegado asiéndole de la ropa al ver que
-se preparaba á salir del teatro de su confusion. Deteneos; puesto que
-habeis creido necesaria una esplicacion antes de concluir nuestra
-entrevista, permítame vuestra grandeza que con el respeto que debo
-á su clase le esponga mis sentimientos sobre frases nuevamente
-ofensivas que acabais de proferir. Sé cuanto debo al rango que ocupa
-don Enrique de Villena en Castilla; sé que mi imprudente arrojo ha
-podido empañar sus resplandores; sé que debiera haberme limitado á
-responder _no_ sencillamente; pero si vuestra grandeza es caballero,
-conocerá cuánto cuesta sufrir cristianamente un ultraje á quien tiene
-sangre noble en las venas. Si exigís de ello una satisfaccion, en
-ello os la doy: si la quereis de otra especie, mi lanza y mi espada
-estan siempre prontas á abonar mis imprudencias. La amistad que
-pedís, ni la busco ni la otorgo: vuestra proteccion no la necesito.
-Como caballero observaré los pactos y guardaré los secretos que
-como caballero prometí guardar. Nadie sabrá por mí la muerte del
-maestre. Con respecto á vuestros planes, no me exigísteis palabra de
-ocultarlos...
-
-—¿Cómo? interrumpió don Enrique de Villena inmutado.
-
-—Permitidme, señor, que hable. No estoy obligado á guardarlos; os
-prometo sin embargo en consideracion al nombre ilustre que llevais, y
-cuyo brillo no quisiera ver empañado, que no haré mas uso de lo que
-acerca de vuestras intenciones me habeis dicho que el indispensable
-para salvar á la inocencia que quereis oprimir. Dadme licencia de
-que os asegure que fuera tan criminal en consentirlo con vergonzoso
-silencio como en cooperar al logro de la maldad. Mientras pueda
-salvar á la de Albornoz sin hablar callaré; mas si puede mi silencio
-contribuir á su ruina hablaré. A esto me obliga el ser caballero.
-
-—Hablad en buen hora, hablad, dijo don Enrique en el colmo del furor;
-pero ¡temblad...!
-
-—Permitid, señor, que os acompañe hasta que os deje en vuestra
-estancia, añadió Macías con respeto y mesura.
-
-—No, estaos aqui, yo lo exijo; á Dios quedad.
-
-—Ved, señor, que no es esa la salida; por alli saldreis mejor.
-
-—Ciego voy de cólera, dijo para sí al salir don Enrique de Villena,
-que en medio de su arrebato habia equivocado la puerta interior con
-la esterior.
-
-Abrióle Macías la que daba al corredor, y asiendo de la lámpara
-que sobre la mesa ardia alumbrólo hasta que comenzó á bajar los
-escalones, y cuando ya se alejó lo bastante para que él pudiese
-retirarse “A Dios, señor, y el cielo os prospere,” dijo en voz alta
-el comedido doncel. Un ligero murmullo que confusamente llegó á sus
-oidos dió indicios de que habia sido oido su saludo, y respondido
-entre dientes, acaso con alguna maldicion, por el irritado conde,
-que se alejaba premeditando los medios de venganza que á su arbitrio
-tenia, y sobre todo la manera que deberia observar para impedir los
-efectos de la terrible amenaza que al despedirse de él le habia hecho
-el magnánimo doncel.
-
-Volvióse éste á entrar en su aposento, revolviendo en su cabeza la
-notable mudanza que habia efectuado en su situacion la escena en que
-acababa de hacer un papel tan principal: determinóse en el fondo de
-su corazon á no dejar perecer la inocente y débil oveja á manos del
-tigre en cuya guarida se hallaba desgraciadamente presa. Despues
-de haber cerrado su puerta con cuidado, llegóse á la que daba á la
-cámara de Hernando, y llamólo en voz baja.
-
-¿Quién _pregunta_? dijo entre sueños el feliz montero: _¿tañen de
-andar al monte?_
-
-—Si algo oiste, Hernando, esta noche, dijo el doncel, haz como si
-nada hubieras oido. Mañana no partiremos al alba; duerme, pues, y
-descansa, y deja descansar á los caballos.
-
-—Se hará tu voluntad, respondió la voz gruesa del montero, y no tardó
-en oirse de nuevo el ronquido sordo de su tranquilo sueño.
-
-Bien quisiera imitarle el desdichado doncel, pero no le dejaba el
-recuerdo de su ingrata señora, ni el deseo de buscar trazas que á los
-proyectos que preparaba para el dia siguiente pudiesen ser de pronta
-utilidad.
-
-Don Enrique en tanto despechado se dirigió á su cámara, donde
-encontró á su Ferrus. Alli trataron los dos, no ya de llevar á
-cabo su proyecto tal cual primeramente le habian concebido, sino
-con aquellas alteraciones que exigia la nueva posicion en que los
-habia puesto la repulsa de Macías y de la venganza y precauciones
-que deberian usar contra el doncel antes de que pudiera perjudicar
-á sus pérfidas intenciones. Despues que hubieron conversado largo
-espacio, trató don Enrique de averiguar qué hora podria ser. Mas fue
-imposible saberlo jamas por su reloj de arena, pues con la agitacion
-de las escenas de la noche habíase descuidado el volver el reloj
-al concluírsele la arena; como buen astrónomo sin embargo pasó á la
-cámara inmediata que tenia vistas al soto, y reconoció que debia
-haber durado mucho su coloquio con Ferrus, decidiéndose en vista de
-la hora avanzada, que él se figuraba por las estrellas ser la de las
-cuatro, á entregarse al descanso de que tanto tiempo hacia ya que
-gozaban los demas pacíficos habitantes del alcázar de Madrid. Iba ya
-á cerrar la ventana para realizar su determinacion, cuando le detuvo
-de improviso un estraño rumor que oyó, el cual le pareció no poder
-provenir á aquellas horas de causa alguna natural; empero permítanos
-el lector que demos algun reposo á nuestro fatigado aliento.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-CAPITULO VII.
-
- Ya se parte el pagecito,
- ya se parte, ya se va,
- llorando de los sus ojos
- que queria reventar.
- Topara con la princesa
- bien oireis lo que dirá.
-
- _Rom. del conde Claros._
-
-
-Cuando don Enrique de Villena volviendo silenciosamente la espalda
-á su esposa á la aparicion de Elvira, que habia acudido con tanta
-oportunidad á atajar los efectos de su furor, la dejó toda llorosa en
-brazos de su camarera, ignorante de cuanto habia pasado, ésta empleó
-cuantos medios estaban á su alcance para hacerla volver en sí del
-estado de estupor y de profunda enagenacion en que la habia puesto la
-desdichada escena que con su injusto esposo acababa de tener. Sentóla
-en un sillon, donde no daba muestras de vida la infeliz condesa,
-enjugó las lágrimas que habian inundado en un principio su rostro,
-pero cuyo curso habia detenido ya el esceso del dolor; le aflojó el
-vestido con que tan inútilmente se habia engalanado pocos momentos
-antes en obsequio del caballero descortés, y refrescó la atmósfera
-que la rodeaba con un abanico.
-
-Al cabo de algun tiempo produjo la solicitud de Elvira todo el efecto
-que deseaba: comenzó la condesa á dar indicios de querer desahogar
-su pecho oprimido, y de alli á poco rompió de nuevo á llorar amargas
-y copiosas lágrimas, exhalando profundos gemidos acompañados de
-voces inarticuladas, las cuales producia á trechos y á pedazos en
-los huecos del llanto con un acento convulsivo y un tono de voz ora
-agudo, ora reconcentrado, que ninguna pluma de escritor ó de músico
-puede atreverse á representar en el papel.
-
-Poco á poco fue perdiendo fuerzas su acceso de cólera, como pierde
-impetuosidad el torrente si una vez roto el dique que le enfurecia
-halla anchas y fáciles salidas á sus ondas por la tendida campaña;
-mitigóse su dolor, pero por largo espacio conservó indicios del enojo
-anterior, como se echaba de ver en el movimiento de elevacion y
-depresion de su agitado seno, semejante al mar, cuyas ondas, mucho
-tiempo despues de pasada la borrasca, conservan aunque decreciente la
-inquietud que el huracan les imprimió.
-
-Luego que estuvo en estado de hablar con mas serenidad, refirió á
-Elvira cuanto con el conde le acababa de pasar, y fueron inútiles
-todos los consuelos que su fiel camarera trató de prodigarle.
-Revolvia en su cabeza mil ideas encontradas: ora queria salir
-inmediatamente de aquella parte del alcázar que le estaba destinada y
-refugiarse á sus villas, ora intentaba acogerse al amparo del mismo
-rey, esperando de su justicia que reprimiría los desórdenes de su
-esposo, y le impondría algun temor para lo sucesivo, pues pensar en
-que ella consintiese en la separacion que el conde manifestaba desear
-era sueño, puesto que se habia casado enamorada de Villena: verdad
-es que el trato y la mala vida que la daba hubieran sido bastantes
-á hacer odioso al mas perfecto de los hombres; pero todos sabemos
-que la frialdad y el despego suelen ser incentivos vivísimos del
-amor, y lo eran tanto mas en la condesa cuanto que habiendo vivido
-siempre don Enrique apartado de ella despues de su infausta boda, no
-habia dado jamas entrada al hastío que hubiera seguido á una larga
-y tranquila posesion. Aguijoneaba ademas á la infeliz condesa la
-saeta de los zelos: en varias ocasiones habia sorprendido al conde de
-Cangas en conquista ó persecucion de algunas bellezas, y aun una de
-las que habia considerado siempre como primer objeto de sus obsequios
-era aquella misma Elvira en quien tenia puesta toda su confianza; mas
-como tenia pruebas de que ésta se habia negado constantemente á dar
-oidos á toda proposicion amorosa del de Villena, y en la seguridad en
-que estaba de que cualquiera que á su lado viviese habia de escitar
-los deseos de su esposo, queria mas bien tener por camarera aquella
-de cuya lealtad y odio á la persona del conde no podia dudar en
-manera alguna.
-
-En esta ocasion se equivocaba la condesa en sus temores, porque
-no un amor adúltero, sino la ambicion era quien á tan descortés
-procedimiento á don Enrique obligaba. Empero esta era la verdad:
-por una parte el amor, que á pesar de los desdenes de Villena en su
-corazon duraba, y por otra la creencia en que estaba de que solo
-proponia aquel rompimiento para entregarse mas á su salvo á alguna
-nueva intriga amorosa, eran suficientes motivos para que nunca
-hubiese ella prestado su consentimiento al propuesto divorcio.
-
-Logró por fin persuadirla Elvira á que se recogiese y tratase de
-poner un paréntesis á su pesar en el sueño, dejando para el dia
-siguiente el resolver lo que deberia hacerse. Hízolo asi la condesa,
-y Elvira se retiró á la cámara inmediata, en donde se proponia
-esperar al lado del fuego á que su señora se hubiese entregado
-completamente al descanso para seguir su acertado ejemplo. Sentóse
-cerca de la lumbre despues de haber dado las oportunas disposiciones
-para que durante la noche no faltasen sus dueñas del lado de la
-condesa, y púsose á leer un manuscrito voluminoso, que entre otros
-muchos y muy raros tenia don Enrique de Villena, por ser libro que
-á la sazon corria con mucha fama, y ser lectura propia de mugeres.
-Era éste el Amadis de Gaula. Hacia pocos años que su autor, Vasco
-Lobeira, habia dado al mundo este distinguido parto de su ingenio
-fecundo, y don Enrique de Villena, por el rango que ocupaba en
-Castilla y por su decidida aficion á las letras y relaciones que con
-los demas sabios de su tiempo tenia, habia podido facilmente hacer
-sacar de él una de las primeras copias que en estos reinos corrieron.
-El carácter de Elvira simpatizaba no poco con las ideas de amor,
-constancia eterna y demas virtudes caballerescas que en aquel libro
-leía: hubiera dado la mitad de su existencia por hallarse en el caso
-de la bella Oriana, y aun no le faltaba á su imaginacion ardiente
-un retrato de Amadis cuya fé la hubiera lisongeado mas que nada
-en el mundo: era éste un mancebo generoso de la corte de Enrique
-III, á quien habia conocido desgraciadamente despues que á Fernan
-Perez de Vadillo. Habíase casado en verdad ciegamente apasionada
-del hidalgo; pero desde su boda hasta el punto en que la encuentra
-nuestra historia se habia ensanchado considerablemente el círculo de
-sus ideas; Fernan Perez por el contrario era siempre el mismo que en
-otro tiempo habia cautivado sin mucho trabajo el inocente corazon de
-la niña Elvira; pero ésta no era ya la amante que se habia prendado
-de Fernan Perez: su carácter se habia desarrollado de una manera
-prodigiosa, y un foco de sensibilidad y de fogosas pasiones creado
-nuevamente en su corazon habia producido en su existencia un vacío de
-que ella misma no se sabia dar cuenta. Se habia formado en su cabeza
-un bello ideal, no hijo del mundo real en que habitaba, sino de su
-exaltacion; y se complacia en personificar este bello ideal en tal
-ó cual jóven cortesano que sobre el vulgo de los caballeros de la
-corte de Enrique III se distinguian. Uno entre todos habia avasallado
-ya su albedrío bajo esta personificacion, y Elvira, juguete de la
-naturaleza, que puede mas que sus criaturas, no sabia ella misma
-que iba tomando sobre su corazon demasiado imperio un amor ilícito
-y peligroso. Por desgracia su virtud misma era su mayor enemigo: la
-confianza en que estaba de que nunca podrian faltarle fuerzas para
-resistir la hacia entregarse sin miedo con criminal complacencia
-á mil ideas vagas, que cada dia iban ganando mas terreno en su
-imaginacion. Encontrábase en fin en aquel estado en que se halla
-una muger cuando solo necesita una ocasion para conocer ella misma
-y dar á conocer acaso á su propio amante la ventaja que sobre ella
-ha adquirido. Como un incendio que ha crecido oculto é ignorado
-en la armazon de una casa vieja, que no ha menester mas sino que
-descubriéndose una pequeña parte de la techumbre que lo cubre tenga
-entrada la mas mínima porcion de aire, entonces estalla de repente
-como un vasto infierno improvisado, se lanzan las llamas en las
-nubes, crujen las maderas, y viene al suelo el edificio desplomado,
-sepultando en sus ruinas al incauto y desprevenido propietario.
-
-No era, pues, la lectura de Amadis la que á la triste Elvira mejor
-pudiera convenirle; pero era tanto mas disculpable, cuanto que en
-el siglo XIV no habia muchos libros en que escoger, y pudiera darse
-cualquiera por contento con divertir las horas ociosas por medio del
-primero que en las manos caía.
-
-Una tristeza vaga y sin causa positivamente determinada era el
-síntoma predominante de la hermosa camarera de la de Albornoz,
-y la soledad era el gran recurso de su imaginacion, deseosa de
-empaparse sin reserva ni testigos en la contemplacion de las
-seductoras ilusiones que se forjaba: esta disposicion de ánimo no era
-ciertamente la mas favorable para la virtud de Elvira en las escenas
-sobre todo en que aquella misma noche fecunda de acontecimientos
-debia colocarla.
-
-Poco tiempo podria hacer que con el primer libro de caballería en
-España conocido se entretenia la sensible Elvira, cuando sintió abrir
-la puerta del salon, y una persona, que seguramente no esperaba, se
-presentó á su lado dándola las buenas noches con rostro alegre y
-maliciosa sonrisa.
-
-—¿Qué buscas, Jaime, en estas habitaciones, y á estas horas? Ya deben
-ser cerca de las diez: vuelve á la cámara del conde, si es que no te
-envia, como su precursor, á anunciarnos nuevos pesares y desventuras.
-
-—Hermosa prima mia, contestó Jaime, depon el enojo; de aqui en
-adelante puedes volverme á llamar tu querido primo.
-
-—¿Qué novedad traes?
-
-—Ninguna; pero he tenido miedo de las cosas que se hablan de don
-Enrique, y esta noche misma le he suplicado que me permitiese volver
-al lado de mi amada prima: ¡me acordaba tanto de tí!
-
-Una lágrima de sensibilidad se asomó á los ojos de Elvira oyendo la
-ingénua manifestacion del cariño del medroso pagecillo.
-
-—¿Y don Enrique te lo ha concedido?
-
-—Por mas señas que no he escogido la mejor ocasion; estaba tan
-distraido y tan ocupado en sus... mira... se me figura que estaba
-en uno de aquellos ratos en que dicen que tienen los hechiceros el
-enemigo... ¡Jesus!
-
-—¡Jaime! ¿Quién te ha enseñado á hablar asi de tu señor?
-
-—Bien: no volveré á hablar; ahora ya no me importa. Ya estoy con mi
-Elvira, que me confiará sus penas, añadió el page tomando una de las
-manos de la hermosa camarera.
-
-—¿Qué anillo es ese? esclamó ésta dejando el voluminoso pergamino
-que hasta entonces habia leido, para examinar de cerca el hermoso
-brillante que relumbraba en un dedo del page. ¡Jaime!
-
-—¡Ah! este no se ve, gritó puerilmente Jaime retirando y escondiendo
-su mano. ¡Este no se ve! Es un regalito; á mí tambien me regalan,
-señora prima, no es á vos sola á quien...
-
-—Vamos, ven acá, Jaime, y dime quién te ha dado ese anillo, ó si por
-ventura tienes que acusarte de algun...
-
-—¡Chiton! señora prima, interrumpió el page con indignacion.
-
-—¡Ah! ya le tengo, gritó Elvira aprovechando para asirle la mano
-aquel momento en que la pundonorosa irritabilidad del page le habia
-estorbado la precaucion; ya le tengo.
-
-—No, no me lastimes y te le daré, dijo el page viendo que se disponia
-la interesante Elvira, tan niña como él, á valerse de la superioridad
-que le daban sus fuerzas para ver á su salvo el anillo: quitósele en
-efecto, pero echando á correr, en cuanto Elvira le hubo cogido, no me
-importa, añadió; ¿qué vereis, señora curiosa? Nada: un anillo; mas no
-por eso sabreis quién me lo ha dado.
-
-Equivocábase el inesperto page: la perspicaz Elvira, que al principio
-habia sido inducida solo por mera curiosidad al reconocimiento de la
-alhaja, cuya posesion no creía natural en el pagecillo, habia fijado
-notablemente en ella su atencion, y examinaba al parecer alguna señal
-ó particularidad por donde esperaba venir en conocimiento de su
-procedencia.
-
-—No hay duda, esclamó sonrojándose como grana, no hay duda: una letra
-pierdo; pero sería mucha casualidad... esmeralda... e; lapislázuli...
-l; brillante, b; rubí, r; amatista, a. Y luego... una, dos, tres,
-cuatro, cinco, seis. No hay duda.
-
-El page, que habia alborotado la sala con sus risas y sus burlas
-al ver la perplejidad de su prima, no se asombró poco al oir la
-estraordinaria y no esperada esplicacion que daba á la sortija; y
-tanto mas confundido quedó cuanto que creyó no haber sido en esta
-ocasion sino el juguete del doncel, que se habia valido de él para
-manifestar á Elvira aquel su amor, de que el malicioso page tenia ya
-no pocas sospechas.
-
-Nada mas comun en aquel tiempo que estas combinaciones de piedras y
-ese lenguaje amoroso de geroglíficos en motes, colores, empresas y
-lazadas. Un platero de Burgos habia engarzado artísticamente á ruego
-de Macías en un mismo anillo aquellas seis piedras, cuya traduccion
-habia acertado tan singularmente Elvira por un presentimiento sin
-duda de su corazon. Habia perdido la significacion de una piedra,
-cosa nada estraña, no hallándose ella muy adelantada en el arte
-del lapidario; pero en cambio habia entendido la equivocacion
-del platero, que habia significado la _v_ con la _b_, inicial de
-brillante; ni el qui proquo del platero ni el acierto de Elvira
-tenian nada de particular en un tiempo en que no sabian ortografia ni
-los plateros ni los amantes. El número sin embargo de las piedras, y
-la colocacion de las conocidas, no dejaba la menor oscuridad acerca
-de la intencion del que habia mandado hacer la sortija.
-
-Quedábale todavía á Elvira un resto de duda, que á toda costa queria
-satisfacer: en primer lugar no era ella la única Elvira que en
-Castilla se encerraba; y en segundo la alusion, que la habia puesto
-en camino de sospechar, no le daba sin embargo noticia cierta de
-quién fuese el que usaba con ella semejante galantería. Deseaba por
-una parte saberlo; temia por otra oir un nombre indiferente.
-
-—¿Quieres cambiar este anillo, Jaime, por otro mejor que yo te dé?
-
-—¿Y qué diria, dijo el astuto page, el caballero que me le ha
-regalado?
-
-—¿Con que ha sido caballero...? interrumpió Elvira.
-
-—Y de los mejores y mas valientes de la corte de su alteza.
-
-—¡Santo cielo! decia Elvira impaciente: Jaime, yo te ruego que me des
-señas de él al menos, ya que no quieras decir su nombre.
-
-—¿Señas?
-
-—Espera; dime primero, esclamó reflexionando un momento, ¿cuándo te
-le ha dado, y dónde?
-
-Comprendió el page al momento la doble intencion de esta pregunta,
-y se sonrió malignamente viendo á Elvira cogida en su propio lazo,
-porque al punto recordó que no podia saber la llegada del doncel.
-
-—Hoy, y en el alcázar.
-
-—¿Hoy y en el alcázar? repitió Elvira queriendo leer la verdad en
-los ojos del page. ¡Entonces no puede ser! dijo entre dientes,
-satisfecha ya al parecer toda su curiosidad, dejando caer los brazos,
-inclinando la cabeza y saliendo, en fin, de la ansiedad y tirantez
-en que estaba, como arco que se afloja. Siguió mirando, pero mas
-vagamente, el anillo, haciendo con el labio inferior, que se adelantó
-al superior, un gesto particular entre distraida y resignada.
-
-—¡Ah! ¡ah! que no lo acierta, esclamó en su triunfo el page
-victorioso; escuchadme, señora adivina, es un caballero jóven.
-
-—Bien; déjame, repuso ella sin prestar apenas atencion á la voz
-chillona y triunfante del mozalvete.
-
-—No, que lo has de acertar. Cuando se trata de coger sortijas,
-ensarta con su lanza tantas como corazones con su hermosa presencia.
-Si monta á caballo, es el mas fogoso el suyo, y lo domeña como un
-cordero; si se trata de correr cañas, nadie le aventaja; y en un
-torneo solo don Pero Niño...
-
-—Jaime, ese no puede ser mas que uno, esclamó levantándose Elvira.
-
-—Cierto que no es mas que uno, repuso el taimado page, que se
-divertia con su prima como el gato con el raton.
-
-—¿Ha venido? ¡Ah! Ahora recuerdo que esta mañana un caballero...
-
-—¿Quién? contestó con cachaza el page fingiendo no entender.
-
-—Mira, Jaime, vete de aqui y no vuelvas, gritó furiosa Elvira;
-marcha, huye si temes mi...
-
-—Bien, primita, lo diré: ese es...
-
-—¿Quién? preguntó la atormentada belleza, ¿quién? acaba ó...
-
-—El doncel de...
-
-—Basta: ¿Estás cierto...?
-
-Acordóse de pronto el imprudente page del especial encargo que de
-guardar secreto le habia hecho el doncel, y no sabiendo las últimas
-mudanzas que en la situacion de su amigo se habian verificado, las
-cuales volvian infructuoso este cuidado, trató de reparar el olvido
-de que la escena bulliciosa que con su prima traía era causa y efecto.
-
-—No me habeis dejado acabar, señora camarera. El rey don Enrique III
-no tiene un solo doncel. Sabed que no os puedo decir mas. Ni una
-palabra mas.
-
-Al oir el tono resuelto del rapaz bien vió Elvira que no sacaría de
-él mas partido que una honrosa capitulacion: lo mas que pudo recabar
-de él fue que le dejase el anillo, hasta que ella adivinase como
-pudiese su procedencia; dejósele el pagecillo y se acabó la contienda
-entre los primos, determinando que por aquella noche Jaime dormiria
-vestido en una cámara inmediata á la alcoba donde casi vestida
-tambien trataba de reposar la infeliz Elvira, no atreviéndose á
-desnudarse del todo por miedo de que hubiese menester la de Albornoz
-sus consuelos en el discurso de la noche.
-
-Bajóse para esto á su habitacion, que debajo de la de la condesa
-caía, despues de haberse cerciorado de que ésta yacía profundamente
-dormida, y de haber dejado advertido á las dueñas que la avisasen á
-la menor novedad que sintiese su señora, ó que en aquella parte del
-alcázar ocurriera.
-
-Echóse despues en su lecho, habiéndose despedido del page, y en vano
-procuró imitar á éste en la prontitud con que concilió el sueño
-reparador de las fuerzas perdidas.
-
-Revolvia una y mil veces en su cabeza las ideas del dia, y procuraba
-atarlas y coordinarlas entre sí: empero agolpábanse todas á su
-imaginacion ferviente; la condesa, la violencia de Villena, sus
-solicitudes, la ausencia de su esposo, el Amadis, la indiscreta
-conversacion del page, las dudas que acerca del dueño del anillo
-habia dejado sin resolver despues de su inquieto diálogo, todo esto
-reunido y amasado junto de nuevo en su mente en medio del silencio y
-de la oscuridad de la noche, le representaba un cuadro fantástico,
-lleno de objetos incoherentes, muy semejante en la confusion á
-esos lienzos que entre nuestros abuelos tanto se apreciaban con el
-nombre de _mesas revueltas_. Pero á proporcion que el largo insomnio
-y el cansancio del dia fueron rindiendo sus fuerzas y entornando
-los párpados fatigados de Elvira, todas esas imágenes confusas
-tomaron en su cerebro contornos informes, y poblaron su sueño de
-escenas parecidas á las que habian pasado por ella en el dia, y de
-otras que, como combinaciones nuevas del choque de aquellas, suelen
-producirse por sí solas en la imaginacion cansada de un calenturiento
-que duerme, ó de una persona habitualmente agitada por sensaciones
-estraordinarias, y que pasa por una larga y fatigosa pesadilla.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-CAPITULO VIII.
-
- Helo, helo por do viene
- el infante vengador,
- caballero á la gineta,
- en caballo corredor.
- . . . . . . . . . . . .
- iba á buscar á don Cuadros
- . . . . . . . . . . . .
- el venablo le arrojó.
- . . . . . . . . . . . .
-
- _Rom. del inf. vengador._
-
-
-Muy avanzada estaba la noche, y muy en silencio todos los habitantes
-de Madrid y de su fuerte alcázar. No todos sin embargo disfrutaban
-del sueño y del descanso, como hubiera podido cualquiera figurarse.
-Podemos asegurar que don Enrique de Villena y Ferrus conversaban muy
-animadamente en el laboratorio del hermético, como arriba dejamos
-dicho. El enamorado doncel habia tratado inútilmente de conciliar el
-sueño, y se habia entregado, desesperado ya de conseguirlo, á la mas
-profunda meditacion, buscando en su cabeza un arbitrio por medio del
-cual pudiese descubrir á la de Albornoz el peligro inminente que la
-amenazaba. Bien conocia que el aviso urgía, pues si antes de haber
-descubierto Villena su plan lo tenia aplazado para el dia siguiente,
-era probable que tratase de atropellar la ejecucion de sus ideas
-desde el momento en que habia hecho partícipe de él al enemigo. El
-doncel estaba determinado á dar su amparo á la de Albornoz, en primer
-lugar por pertenecer á _la orden de caballería_, que _principalmente
-se daba_, como se lee en Amadis de Grecia, _para defender las dueñas
-y doncellas que tuerto reciben_; orden por la cual _el que la profesa
-debe ayudar á las dueñas y doncellas fijas dalgo_, como en el
-instituto de la de la Banda fundada por Alonso XI se contiene; orden,
-en fin, por la cual se advertia á los que la recibian, como en el
-Doctrinal de caballeros consta al lib. 1. tít. 3., que _al caballero
-ó dueña que viesen cuitados de pobreza ó por tuerto que hubiesen
-recebido, de que non pudiesen haber derecho, que pugnasen con todo
-su poder de ayudarlos_. Agregábase á esta principal razon otra, si
-bien menos generosa y obligatoria, mas fuerte acaso que todos los
-institutos y órdenes del mundo; á saber, cierta simpatía que con una
-persona ligada á la suerte de la de Albornoz alimentaba Macías en
-todas sus acciones.
-
-Pero si estaba decidido á favorecer á las débiles víctimas del poder
-del ambicioso conde, no por eso dejaba de conocer cuán dificultoso
-era, si no imposible, introducir á aquellas horas un saludable aviso
-en la habitacion de la condesa ó de su camarera.
-
-Despues de largo rato de discurrir, en que desechó unas ideas, adoptó
-otras, volvió á desechar éstas, y á adoptar y desechar otras ciento,
-fijóse por fin decididamente en una que debió de parecerle la mejor
-y la menos arriesgada de ejecutar si la fortuna le ayudaba. No quiso
-despertar á Hernando, que sordamente roncaba, para no ser conocido en
-la espedicion que premeditaba, si llegaba á sorprenderle fuera del
-alcázar la madrugada que á largos pasos andando se venia; endosóse un
-basto sayo de montero de su criado, su gorro de lo mismo, su tosco
-tabardo de pardo buriel, ciñó la espada, y tomando debajo del brazo
-un objeto que, como trovador siempre llevaba consigo, salióse pasito
-de su estancia, y sin ser sentido llegó hasta la puerta esterior
-del alcázar, evitando por corredores y patios conocidos de él las
-centinelas interiores que hubieran podido interrumpir su proyecto;
-pero llegado alli estuvo tentado varias veces de volver á su aposento
-y desistir de su empresa, cuando se oyó dar el _¿quién va?_ del
-ballestero encargado de la guarda de aquel punto.
-
-—Un caballero que desea salir.
-
-—Atras, ¡voto á Santiago! le respondió una voz, ronca del vino ó del
-frio de la noche: buena hora de salir á tomar el fresco, cuando está
-un cristiano deseando el relevo para calentarse.
-
-No habia meditado el doncel este inconveniente: no quedaba sin
-embargo mas remedio que desistir y abandonar á la condesa á su
-destino, ó descubrir su clase de doncel de su alteza, y como tal
-lograr que se le abriesen las puertas. Calculando que de todas
-suertes habria de saberse al dia siguiente su entrada en el alcázar,
-puesto que ya no podia por entonces pensar en volverse á Calatrava,
-decidióse al segundo partido prontamente; hizo llamar al gefe del
-pequeño destacamento, y no tardó en oir su voz, que denotaba el mal
-humor de un hombre á quien se ha sacado intempestivamente del sueño
-para cumplir con un deber.
-
-—Por la Vírgen de Atocha, vive Dios, esclamó observando y dejando
-ver su oblonga figura, que he de escarmentar al borracho que á estas
-horas...
-
-—Mirad lo que hablais, interrumpió Macías al oir hablar sobre sí,
-como quien está debajo de una campana, á aquel amalgama de gordura,
-de bestialidad y de sueño.
-
-—¿Quién sois, voto va, el que hablais tan gordo? ¡Aaa! prosiguió
-bostezando.
-
-—Por Santiago, ya os debia haber conocido en lo que teneis de comun
-con los javalíes del Pardo. ¿Sois vos Bernardo?
-
-—¿Quién es, repito, por las muelas de Santa Polonia, quién es el que
-me conoce tan á fondo?
-
-—Dejadme salir: soy un doncel de su alteza y voy á asuntos del
-servicio del rey...
-
-—¿Doncel? metedme el dedo en la boca: mas traza teneis que de
-doncel de don villano, repuso el ingenioso Bernardo á caza del
-equivoquillo... el vestido...
-
-—¡Voto va!, Bernardo, que os haga arrepentir de vuestra insolencia
-si insistis en faltar al respeto á... pero... oid, añadió acercándose
-á su oido, ¿conoceis á Macías? miradle aqui.
-
-—¡Ballesteros! echadme á ese aventurero en un cubo de agua fresca:
-dice que es un hombre que está en Calatrava. Voto va el santo patron
-del sueño, que ó ha trasegado de la botella á su estómago mucho del
-tinto, ó es hechicero.
-
-No pudo sufrir ya mas tiempo el doncel el impertinente responder
-del ballestero, y asiéndole con mano vigorosa del cuello, llevóle
-sin dejarle gañir, ni aun para pedir socorro á los suyos, hácia un
-farol que cerca de ellos ardía; y enseñándoles entonces su rostro
-descubierto,
-
-—¿Conocéisme, don Vellaco, portero de los infiernos y hablador que
-Dios no perdone? ¿conocéisme? ¿ó habeis menester todavía que os abra
-yo los ojos con el puño?
-
-Abria el ballestero unos ojos como tazas, y no acababa de comprender
-cómo podia salir del alcázar un hombre que no habia entrado en él,
-pues lo creía en Calatrava: hubo sin embargo de convencerse, y
-tendiendo entonces la pierna hácia atras y descubriendo su cabeza,
-pidió mil escusas al doncel y fue preciso que este pusiera treguas
-tambien á sus disculpas y cortesías como á sus impertinencias, sin
-lo cual nunca se hubiera visto donde por fin se vió; es decir, en
-medio del campo y recibiendo sobre sí una menuda lluvia que á la
-sazon comenzaba á caer, lo cual, añadido á la persecucion del cerbero
-del alcázar, no era del mejor agüero para nuestro osado doncel,
-que dejaremos rodeando los altos muros de la fortaleza para dar
-cumplimiento á sus caballerescos proyectos.
-
-Mientras que los acontecimientos paralelos de la conversacion de
-don Enrique con Ferrus y la salida del doncel se verificaban en el
-alcázar á una misma hora, dormia inquietamente y luchando con las
-fantasmas que su imaginacion le representaba la hermosa Elvira,
-que en su lecho medio desnuda dejamos. Habíase quedado con solo un
-vestido blanco; cubríale éste desde la garganta hasta los pies, que,
-desnudos, parecian dos carámbanos de apretada nieve: su cabello,
-tendido cuan largo era, velaba sus hombros, su seno, su talle, y por
-algunas partes su cuerpo entero; una mano pendia del lecho, y la
-opaca claridad de la luna que penetraba por entre las nubes no muy
-densas y sus ventanas, entreabiertas por el calor de la estacion, la
-hacia aparecer un verdadero ser fantástico, como lo hubiera soñado un
-amante deseoso de una ocasion.
-
-Su seno y su respiracion interrumpida denunciaban la inquietud de su
-descanso y el trabajo de su imaginacion aun en el sueño.
-
-Fuese casualidad, fuese porque era el que mas habia dormido, el page
-fue el primero que á un estraño rumor que en aquellas inmediaciones
-se oyó hubo de interrumpir el reposo en que yacía. Un laud suave
-y diestramente pulsado adquiria nueva dulzura del silencio de la
-noche; oyólo primero el page entre sueños, pero la realidad tomó en
-su fantasía la apariencia de una representacion ficticia y se creyó
-transportado á algun sábado de hechiceras, que era la especie de
-gentes que él mas temia. Habia templado algun rato el músico, para
-llamar la atencion, pero sin ser oido de nadie; y cuando el page
-echó de ver la aventura, y cuando don Enrique habia notado la música
-que le habia obligado á no cerrar su ventana, como arriba dejamos
-dicho, habia cantado ya con melodiosa voz, si bien varonil, las dos
-siguientes coplas, cuyos ecos se llevó el viento antes de que fuesen
-para nadie del provecho á que sin duda aspiraban:
-
- En el almenado alcázar
- duerme Zaida sin cuidado.
- Guarda, mora, que tus grillos
- te forja un conde cristiano.
- Alza y parte, desdichada,
- primero que veas relumbrar su espada.
- Vela tú, si Zaida duerme,
- ó dulce señora mia.
- ¡Guar del conde que la acecha!
- que un caballero te avisa.
- Alza y parte, desdichada,
- primero que veas relumbrar su espada.
-
-Al repetir estos dos últimos versos del estribillo fue cuando el
-page, elevando la voz llamó á la hermosa Elvira.
-
-—¿Oís, discreta prima?
-
-—¡Cielos! esclamó Elvira sentándose sobre el lecho. ¿A estas horas...?
-
-—No he podido entender la letra...
-
-—Oigamos, que prosigue.
-
-Volvia efectivamente á empezar de nuevo el músico despechado de
-no advertir ninguna señal de inteligencia en las bellas á quienes
-advertia su propio riesgo. Repitió, pues, la última copla, que hizo
-un efecto bien diferente en el page, en su alterada prima, que aun
-no habia vuelto enteramente en sí de su asombro, y en don Enrique y
-Ferrus, que prestando la mayor atencion desde su cámara escuchaban.
-
-—Ferrus, dijo don Enrique á la mitad de la copla, desde aqui no
-podemos ver quién es el músico que tan delicadamente se viene á
-regalarnos los oidos á deshoras de la noche: el ángulo saliente
-del alcázar nos impide reconocerle, y aun su voz llega aqui tan
-desfigurada que es imposible entenderle.
-
-—¿Qué quieres, pues, señor? contestó Ferrus.
-
-—Importa á mis fines confirmar ó desvanecer mis sospechas; ¡voto á
-Santiago que si fuese...! escucha Ferrus: baja al soto lo mas deprisa
-que pudieres...
-
-—¿Yo, señor? interrumpió Ferrus con algun sobresalto.
-
-—En el acto, Ferrus: ni una palabra mas, y quiero darte instrucciones
-acerca de lo que en todos casos deberás hacer.
-
-No habia medio de replicar á una orden tan positiva: oyó Ferrus las
-instrucciones que le daban, y se propuso no traspasar los límites
-del puente levadizo sin llevar consigo á cierta distancia alguno que
-otro ballestero del destacamento de la puerta para que le guardase
-las espaldas contra el músico, que podia no gustar de que saliesen á
-escucharle al claro de la luna.
-
-—¡Cielos! esclamó la agitada camarera saltando del lecho al oir las
-primeras palabras de la letra. Conozco la voz. ¿Es cierto, pues, que
-ha vuelto de Calatrava? ¿Sueño todavía? ¿Mas qué sentido encierran
-esas palabras? _¡El conde, un caballero te avisa!_ ¡Entiendo,
-entiendo!
-
-El músico, que oyó aquel rumor en la habitacion donde sabia que
-habitaba Elvira, clavó los ojos en la ventana, abierta ya de par en
-par, distinguió un leve contorno blanco, que parecia salirse del
-mismo fondo de las tinieblas, como nos dicen que salió el mundo del
-caos; olvidó la prudencia que debiera haber sido su norte, y no pudo
-resistir á la tentacion de poner en su carta una posdata para sí.
-
-Volviendo á preludiar en su instrumento, añadió á las dos ya cantadas
-la siguiente estrofa:
-
- ¡Pluguiera á Dios que pudiese
- librarse asi el caballero,
- que tienes, señora mia,
- entre tus cadenas preso...!
-
-Al llegar aqui no pudo Elvira contener mas tiempo el sobresalto y la
-agitacion que la ofuscaban: _basta_, oyó decir el caballero, _basta,
-trovador imprudente_, á una voz que resonó en su oido como la
-campana de la poblacion inmediata al caminante perdido, y oyó en pos
-cerrar con un ¡ay! doloroso la ventana.
-
-Mas no tardó mucho en volverse á abrir. Cesó de pronto el laud; el
-músico, cuyo bulto habia visto hasta entonces Elvira al pie de su
-ventana, habia mudado entre tanto de sitio, ó habia obedecido á la
-voz celestial: un ruido como de voces ofensivas y alteradas se oyó un
-breve instante: sucedió un confuso ruido de armas, el cual cesó de
-alli á poco: sacó Elvira la cabeza por entre los hierros de la reja,
-como saca el cuello del agua el infeliz, asido de una tabla, que se
-siente ahogar en medio del mar: un prolongado gemido se siguió al
-silencio, y retumbó el ruido hueco y resonante de un cuerpo armado
-que cae en tierra cuan largo es.
-
-Helóse la palabra en la garganta de la infeliz Elvira, que era toda
-oidos, pues nada alcanzaba á ver. Un momento despues se oyó el ruido
-de un hombre que monta á caballo y parte aceleradamente.
-
-¡Infeliz! esclamó Elvira despues de un momento de pausa glacial; pero
-un nuevo rumor la obligó á prestar atencion.
-
-—¿Dónde está? dijo una voz de hombre que sobrevino de alli á poco.
-
-—¡Qué sé yo! voto á tal, ¿no le oiste por aqui? respondió otra.
-
-—Debió caer.
-
-—Y tambien debió levantarse.
-
-—O debieron levantarle; segun yo oí, no quedó muy bien parado.
-
-—Volvamos, y el diablo le lleve.
-
-—Llévele en buen hora. ¡Ah!
-
-—¿Qué es eso? ¿Os caeis?
-
-—Voto á tal que con el lodo está el piso que parece mármol. Héme
-caido.
-
-—¿Con el lodo, eh? á ver, volveos: poneos á la luz de la luna. Por
-el alma del cobarde, que es el diablo quien le ha llevado ó el
-hechicero, porque aqui ha dejado toda... su... vida.
-
-—¿Qué decís?
-
-—¿No veis cómo os habeis puesto?
-
-—¿De qué?
-
-—¡De sangre, voto á tal! ¡Y que esto pase por alguna desvanecida!
-
-El diálogo era en todas sus partes destrozador para la infeliz
-Elvira, que por los antecedentes que tenia no podia prescindir de
-ver claro en este desdichado asunto; cada palabra retumbaba en su
-alma como el golpe del martillo que hace entrar á trozos la cuña en
-la madera; asi entraba la horrible realidad en el alma de Elvira.
-Pero al oir la palabra _sangre_, un estremecimiento involuntario la
-sobrecogió; la atmósfera pesó como plomo sobre su cabeza al resonar
-en el aire el amargo reproche con que la frase concluyó; un ¡ay!
-penetrante se escapó de su pecho desgarrado, dió consigo en tierra
-privada de sentido la triste camarera, sonando su cabeza sobre el
-pavimento como piedra sobre piedra, y nada volvió á oir.
-
-Llegó el _ay_ dolorido á los oidos de los dos que hablaban, y era
-efectivamente tan penetrante é inesplicable, que no solo en aquel
-siglo de ignorancia, sino aun en este, mas de un valiente hubiera
-temblado al escucharle á aquellas horas, en aquel sitio, sin ver de
-donde saliese, y sobre el pedazo de tierra que acababa de ser teatro
-de una muerte, segun todas las apariencias.
-
-—¿Has oido? dijo uno al otro. ¡Cuerpo de Cristo! aqui ha quedado
-su alma para pedir venganza á todo el que pase: ese grito no es de
-persona; huyamos.
-
-—Huyamos, repuso el compañero: sonaron un momento sus pasos
-precipitados al rededor del muro. De alli á un momento nada se oía ni
-dentro ni fuera, ni en las inmediaciones del funesto alcázar.
-
-
-FIN DEL TOMO PRIMERO.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-ÍNDICE DEL TOMO PRIMERO
-
-
- CAPITULO I 1
- CAPITULO II 17
- CAPITULO III 38
- CAPITULO IV 62
- CAPITULO V 84
- CAPITULO VI 101
- CAPITULO VII 119
- CAPITULO VIII 137
-
-
-
-
- * * * * * *
-
-
-
-
-NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
-
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- utilizada actualmente. Las inconsistencias ortográficas se han
- normalizado a la grafía de mayor frecuencia. Se ha completado el
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- * Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar.
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- * Se han añadido ilustraciones de adorno al final de los capítulos
- que, en el original impreso, carecen de ellas.
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- * Se ha añadido al final un índice de capítulos que no existe en el
- original impreso.
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-***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL DONCEL DE DON ENRIQUE EL
-DOLIENTE, TOMO I (DE 4)***
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