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You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - - -Title: Dafnis y Cloe, leyendas del antiguo Oriente - -Author: Juan Valera - -Release Date: October 20, 2016 [EBook #53330] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK DAFNIS Y CLOE *** - - - - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was -produced from images available at The Internet Archive) - - - - - - - - - - - JUAN VALERA - - NOVELAS - - DAFNIS Y CLOE - - LEYENDAS DEL ANTIGUO ORIENTE - - (FRAGMENTOS) - - [imagen: colofón] - - OBRAS COMPLETAS - - TOMO XII - - Es propiedad. - Derechos reservados. - - - - - DAFNIS Y CLOE - - Ó - - LAS PASTORALES DE LONGO - - - - -[una barra decorativa] - -INTRODUCCIÓN - - -Los aficionados á libros suelen cegarse con frecuencia y prestar á -muchas obras literarias un mérito que no tienen, y esperar que logren -una popularidad que al cabo no alcanzan. Es evidente que yo, cuando me -he tomado el trabajo de traducir esta novela, y me he atrevido luego á -presentarla al público, es porque creo, ó bien con fundamento, ó bien -inducido en error por dicha ceguedad, que esta novela es bonita é -interesante, y que ha de gustar y divertir á los lectores. - -Lejos de censurar, disculpo yo y hasta aplaudo la publicación de -cualquier libro antiguo, por malo que sea. La mayoría no tendrá la -paciencia de leerle; pero siempre le leerá con gusto y con interés -cierto breve círculo de personas estudiosas que busquen en él, y quizá -hallen nuevos datos para la historia literaria, ó curiosas noticias -sobre costumbres, usos, hechos históricos, estilo y lenguaje de una -época y nación determinadas. De libros publicados con este objeto debe -salir á la venta muy pequeño número de ejemplares. No son, ni pueden ser -en realidad, libros para el público, sino para unos cuantos bibliófilos. - -No es así como yo traduzco y publico en castellano la novela de Longo. -La publico como algo que, en mi sentir, puede y debe gustar aún al -vulgo; como algo que puede ser popular en nuestros días. - -Á fin de manifestar las razones en que me apoyo para pensar así, escribo -esta introducción. - -Escasísima cantidad de obras maestras tiene una fama que jamás se -marchita. Sus autores se llaman por excelencia los autores clásicos, y -toda persona culta, ó que presume de culta, los compra, aunque nunca los -lea. Si por acaso acomete, en ratos de ocio, la lectura de uno de estos -autores, pongo por caso de Homero, de Píndaro ó de Virgilio, á las pocas -páginas, ó se duerme ó se aburre. Tres modos principales suele emplear -después el lector aburrido ó dormido para explicar su aburrimiento ó su -sueño. Si es muy modesto, se echa la culpa á sí propio, reconociendo que -carece de la educación estética ó de la aptitud natural bastante para -penetrar el sentido de lo que lee, y apreciar y ponderar todos los -primores y bellezas del estilo, teniendo en cuenta, además, que es -menester cierto aparato de erudición y cierto esfuerzo de fantasía para -trasladarse en espíritu á la edad en que vivió el autor y para ponerse -en lugar de uno de sus contemporáneos, participando de sus creencias, -afecciones y anhelos, único modo de comprender todo el valor de lo que -lee, y de sentir, al leerlo, la misma honda impresión que sintieron, sin -duda, los hombres que vivían cuando el autor, y para quienes el libro se -compuso. Los que se explican así el no gustar de un autor clásico son -los menos, porque la modestia y la humildad son prendas rarísimas. Otros -hay que se lo explican todo dejando á salvo al autor y echando la culpa -al traductor desgraciado. Busca, por ejemplo, una persona elegante y de -mundo, que oye decir que la _Iliada_ es un trabajo prodigioso, una -traducción castellana de la _Iliada_; le dan la de Hermosilla: empieza á -leerla, se harta á las seis ó siete páginas, y acude, para desenojarse, -á una novela de Daudet ó de Belot, que le parece mil veces más -agradable. No atreviéndose á decir que Homero es insufrible, y que todos -los críticos que le han elogiado lo hacían por seguir la corriente, ó -porque eran unos pedantones que con tales elogios querían darse tono, -decide que el traductor lo ha estropeado todo, en lo cual, hasta cierto -punto, no se equivoca á veces, y de esta suerte deja á salvo, por una -parte, el buen gusto y la agudeza y perspicacia que él cree tener, y por -otra, la autoridad de los siglos y el general y constante -consentimiento de varias y diversas civilizaciones y de muchas -generaciones, que han decidido que los cantos de Homero son de la mayor -belleza. Los más atrevidos por último, se van derechos contra el autor, -y decretan que Homero es soporífero; que en la edad bárbara en que -vivió, tal vez gustaría; pero que ahora no hay quien le aguante, y que -ni los mismos que le encomian le leen, sino que aprenden lo más -substancial de lo que dice, en algún compendio ó manual de historia de -la Literatura, y suponen que le han leído y hasta que se han encantado -leyéndole, para darse tono y lustre de discretos y de profundos. - -Á mí me ha ocurrido con frecuencia que hombres políticos de primera -magnitud, que han sido ministros cuatro ó cinco veces, abogados famosos, -hacendistas y economistas, me hayan excitado á que me desemboce con -ellos y les confiese que Homero no puede haberme gustado, si es que le -he leído. Y como yo me obstinara en que le había leído y en que me -gustaba, me han tenido por hipócrita literario ó por hombre disimulado y -lleno de fingimiento, á fin de darme importancia de erudito y humanista. - -Lo expuesto hasta aquí debiera arredrarme, en vez de animarme, para -publicar á Longo; pero yo discurro de otra suerte. Es verdad que los -poetas clásicos, griegos y latinos, no gustan al vulgo de los -españoles; pero ¿por qué no han de gustar los prosistas? - -Para que no gusten ni sean populares los poetas hay, á más de las ya -expuestas, otras muchas razones que vamos á exponer. Nosotros poseemos -una riquísima poesía nacional, tanto más popular cuanto más se aparta en -todo del antiguo gusto clásico. Para el asunto, si es narrativa, nos -deleita la Edad Media ó los tiempos de la casa de Austria, idealizados -de cierta manera y como nunca fueron; para los sentimientos y -pensamientos, los católicos y piadosos, aunque el poeta sea ateo y los -entrevere y combine con modernas filosofías; y para la forma, ó gran -riqueza de rimas, ó la asonancia del romance, ó la castiza y también -asonantada seguidilla. Ahora bien; sin entrar aquí á buscar la causa, es -lo cierto que Homero y Virgilio se despegarían puestos en seguidillas ó -en romances, y puestos en octavas reales ó en décimas, no sólo se -despegan también, sino que es imposible que el más hábil versificador, -forzado por el consonante, no ponga mucho de su cosecha, y además -abundantes ripios en su traducción. La versificación clásica antigua, -sobre todo los exámetros, han pasado con fortuna á varias lenguas -modernas. En inglés y en alemán se escriben y se leen con gusto los -exámetros. En castellano casi nadie los ha escrito, y nadie los -resiste. Y el verso endecasílabo libre que, á mi ver, es muy á propósito -para este género de traducciones, y aun para escribir narraciones -poéticas originales, inspira en España verdadero aborrecimiento, acaso -porque rara vez se ha hecho bien hasta ahora. Como, por otra parte, el -vulgo no tiene acostumbrado el oído, no percibe la armonía de esta -versificación, ni comprende su valer, y la juzga prosa cansada. - -Longo, que está en prosa y que yo traduzco en prosa, no ofrece ninguna -de estas graves dificultades. Es cierto que no debe considerarse como un -autor clásico; pero también es cierto que su obra pertenece á un género -más de moda hoy que nunca; _Dafnis y Cloe_ es una novela. Y como, á mi -ver, es la mejor que se escribió en la antigüedad clásica, y está -traducida en casi todos ó en todos los idiomas modernos, he creído que -debiera estarlo también en castellano, y que una traducción fiel y hecha -con alguna gracia, si atinaba yo á dársela, había de agradar á todos. - -Harto sé, no obstante, que los libros, no ya clásicos y capitales, por -decirlo así, sino de segundo orden, como suelen ser las novelas, están -aún más sujetos á la moda que los demás libros. Homero y Virgilio, -aunque ya no divierten al vulgo, siguen y seguirán siempre siendo el -encanto de los doctos aun de los medianamente instruídos; pero á veces -hasta las novelas, que fueron en su época delicia de todos, no hay quien -las sufra en el día: ni los más literatos llevan con paciencia su -lectura. ¿Qué portugués, por sabio que sea, lee ahora, sin saltar una -página, la _Menina e moça_, de Bernardín Riveiro? ¿Qué español se traga -la _Diana_, de Jorge de Montemayor? El _Amadis de Gaula_, que durante -dos siglos ó más hechizó y deleitó á toda Europa, yace hoy arrinconado -para que algún paciente erudito ó algún lector tan incansable como raro -le lea por entero. - -Esta efímera popularidad de la novela debe de consistir, sin duda, en -que las más estimadas y leídas en su época se lo debieron, no á -cualidades permanentes, sino al estilo de moda: á algo de convencional, -que hechiza en un momento y que un momento después empalaga y aburre por -falso y afectado. - -Hay excepciones de esta regla; hay algunas novelas que por encima de la -beldad de convención poseen la beldad absoluta. Tales novelas sólo -sobreviven, se salvan del olvido en que las otras caen, y llegan á -contarse en el número de los libros clásicos. En toda época, pues, son ó -deben ser leídas por las personas de buen gusto. No pretendamos por eso -que el vulgo las lea también. Algo más las leerá y algo más habrán de -agradarle que los grandes poetas antiguos; pero nunca, ni con mucho, le -parecerán tan bien como cualquiera novela novísima, según el estilo y la -moda vigentes. Yo tengo para mí que el mismo _Quijote_, con ser novela -extraordinaria, sin par y única, la más espléndida joya de nuestra -literatura, el fruto más rico y sazonado del ingenio español, el libro -al lado del cual no se podrá poner acaso sino una docena de otros libros -desde que los hay en el mundo, no es hoy leído sino por literatos, -mientras que el vulgo y gran multitud de personas cultas, vulgo en esto, -se aburren leyéndole, si es que intentan leerle, y apenas perciben -algunas de sus bellezas, y las demás se escapan por completo á su -percepción, aunque la tengan muy viva, sutil y despierta para comprender -hasta los ápices y más menudos primores de Feuillet, Musset, Mérimée, -Sue, Balzac, Dickens, Dumas, Víctor Hugo y otra caterva de novelistas -contemporáneos, extranjeros, y aun españoles. Claro está que por -patriotismo, por no contrariar la corriente, con lo cual se harían en -este caso reos de lesa gloria nacional, casi todos afirman y sostienen -que el _Quijote_ es obra admirable, si bien la admiran por fe y sin -leerla. - -Y no digo esto lamentándolo, sino para consignar un hecho. Esta -diversidad de gustos, esta moda vulgar de cada siglo, es conveniente. -¿Qué sería del infeliz escritor si el gusto fuese siempre igual? ¿Qué -concurrencia no le harían los autores antiguos? ¿Cómo competir en -España con el ignorado autor de la _Celestina_ ó del _Amadis_ y con -tantos otros famosos novelistas, si sus obras tuviesen hoy la vida, la -frescura y el encanto, y si fuesen tan sentidas y comprendidas del vulgo -como cuando se escribieron? Muchos, los más de los que hoy escribimos, -tendríamos que cruzarnos de brazos, llenos de aflicción y desaliento. -¿Quién escribiría un drama si gustasen y se comprendiesen Calderón y -Lope y Tirso, y respondiesen hoy, como en el siglo XVII, á los afectos, -pasiones y creencias de la muchedumbre? - -De todos modos, yo entiendo que la novela de _Dafnis y Cloe_ dista no -poco de ser una obra extraordinaria; pero entiendo también que hay en -ella mérito bastante para colocarla en el número de las novelas -excepcionales, de belleza absoluta é independiente de la moda. Esto me -basta para justificar su traducción y su publicación en castellano. -Pero, ¿cómo he de fundar en esto la esperanza de que se divulgue y sea -popular la novela que traduzco y patrocino? - -Lo espero, en primer lugar, por su concisión, pues no pasa, traducida -por mí, de 120 páginas. Y la espero también, porque la traducción -francesa de Courier, refundiendo la de Amyot, y las disputas de Courier -con Furia por ocasión de la mancha de tinta, han dado en Francia no muy -distante celebridad y popularidad á esta novela; y como las modas -vienen á España de Francia, pudiera ser que viniese esta moda de gustar -de _Dafnis y Cloe_. - -Otra razón para que la novela guste, es la sencillez de su estilo, donde -la belleza de convención no entra para nada, pues los autores griegos, -hasta en la edad de decadencia, como se cree que fué la de Longo, se -dejaban más difícilmente extraviar por los artificios conceptuosos al -uso ó al gusto de un momento. - -Razón es asimismo la de que, á pesar de lo que aseguran muchos, de que -los autores griegos y latinos no sentían ni comprendían tan hondamente -la Naturaleza como los modernos y los orientales, en _Dafnis y Cloe_ la -Naturaleza está viva, cuando no hondamente sentida y pintada. Así lo -declaran el sabio Humboldt, en el _Cosmos_, Villemain y otros críticos. -La brevedad de estas descripciones hace que hieran con más vigor la -fantasía de todo lector un poco atento, sin peligro de que fatiguen como -ocurre con frecuencia en las descripciones minuciosas, analíticas é -interminables de muchos escritores modernos, de quienes se diría que -miran con microscopio, tocan con escalpelo y escriben con plomo -derretido. - -Una gran contra, fuerza es confesarlo, tiene, por cierto, _Dafnis y -Cloe_: el realismo de sus escenas amorosas, y la libertad, que raya en -licencia, con que algunas están escritas; pero sirva de disculpa que lo -que en _Dafnis y Cloe_ pueda tildarse de licencioso no es en el fondo -perverso, y si algo de esto último hay en el original, lo hemos cambiado -ó suprimido. En las impurezas de _Dafnis y Cloe_ resplandecen además -cierto candor y cierta nitidez, y hasta me atrevo á decir que la desnuda -y limpia inocencia del mármol pentélico, trabajado por el cincel del -escultor antiguo. Para mí sería no menos injusto tildar de poco decentes -algunas escenas de _Dafnis y Cloe_, como tildar de poco decentes el -Apolo de Beldevere y la Venus de Milo. Toda la culpa, si la hay, está en -el desnudo. Vestidas, y bien vestidas, están Fanny, Madame Bovary, _La -mujer de fuego_, _La Dama de las Camelias_ y otras mil heroínas del día, -y son harto menos honestas que Cloe. Inmensa, pongamos por caso, es la -distancia entre Cloe, que ama á Dafnis sin ningún interés y por él -mismo, y jura serle fiel y le es siempre fiel en vida y en muerte, y la -heroína de Goethe, Margarita, á quien las damas más púdicas admiran, no -ya á solas, en su estancia, donde no es pública la desvergüenza, sino en -pleno teatro, por lo menos haciendo gorgoritos en italiano, y en cuya -seducción interviene, no obstante, el incentivo de la codicia, el regalo -de las joyas, y donde ella, para estar con más descuido en los brazos de -su amante, da á su madre un narcótico, y para ocultar su pecado, mata á -su hijo. Todo lo cual no impide que Margarita sea admirada como criatura -angelical, modelo de ternura y de otras virtudes, y que se vaya derecha -al cielo, sin media hora siquiera de purgatorio, y que después interceda -con la Virgen María para llevarse también por allá al bribonazo del -doctor Fausto, del cual ha hecho el poeta alemán un extraño Job al -revés, ya que, en lugar de padecer con resignación las duras pruebas á -que somete el diablo al Job árabe, hace, con ayuda del diablo, cuanta -maldad y bellaquería se le antojan, sin escrúpulo de conciencia; y para -distraer sus melancolías en la ocasión más terrible, cuando ha -deshonrado y perdido á Margarita y causado la muerte de tres personas, -se va á bailar el jaleo con brujas jóvenes y bonitas en un estupendo y -desenfrenado aquelarre. - -Al lado de _Fausto_, al lado de gran parte de los más celebrados libros -modernos, es inocentísimo el que traducimos. - -Algo podrá también influir para que guste y para que las antedichas -faltas se perdonen ó se disimulen, el haber indudablemente servido de -modelo á la famosísima y con razón encomiada novela de Bernardino de -Saint-Pierre, que se titula _Pablo y Virginia_. No negaré yo que en ésta -el pudor y el espiritualismo de los amores se levantan inmensamente por -cima de lo que se pinta y refiere en _Dafnis y Cloe_, como que allí -todo está informado, á pesar del autor que era poco cristiano, por el -casto espíritu del cristianismo, mientras que _Dafnis y Cloe_ es obra -gentílica; pero en otras cosas, á mi ver, _Dafnis y Cloe_ aventaja á -_Pablo y Virginia_. En esta última novela hay, sin duda, en medio de sus -sencillas y naturales bellezas, sobrada afectación y _sensiblería_ -malsana, propias de Rousseau, maestro de Saint-Pierre, y teosófico -prurito de buscar en la Naturaleza una revelación religiosa, mientras -que en _Dafnis y Cloe_ hay religión positiva, aunque sea mala, y todo es -más candoroso y menos alambicado. - -Tales son las principales razones que me asisten para creer que _Dafnis -y Cloe_ puede gustar aún al vulgo en España. - -Ya otra novela griega, que ha sido dos ó tres veces traducida ó -parafraseada en español, la única quizá que ha obtenido esta honra, -_Teágenes y Cariclea_, de Heliodoro, gustó mucho durante más de un -siglo, como lo prueban, Cervantes imitándola en el _Persiles_; Calderón -tomando asunto de ella para su comedia _Los Hijos de la Fortuna_; la -antigua traducción hecha por Fernando de Mena y publicada en 1516, y la -nueva hecha del latín, como la antigua, por D. Fernando Manuel del -Castillejo, en el año de 1722. Ambas traducciones gustaron, aunque son -desmayadísimas, y más que traducciones, desleídas paráfrasis. La novela -de Heliodoro, además, hasta en el original peca de fastidiosa, si bien -en la moral apenas tiene punto vulnerable, como obra de un santo varón -cristiano que llegó á ser obispo. - -Debe, por último, excitar la curiosidad pública y avivar el deseo de -leer la novela de _Dafnis y Cloe_ la consideración de ser la primera por -su merecimiento, ya que no en el orden cronológico, de cuantas nos ha -dejado la literatura griega, germen fecundo y guía constante de todas -las literaturas de la moderna Europa. - -Aunque de la historia de este género de ficciones, que hace tiempo se -llaman _novelas_, y que tan en moda están en el día, pudiéramos -excusarnos de hablar, remitiendo al lector á los autores de más valer -que sobre ello han escrito, bueno será poner algo aquí, en breve -resumen, acerca de la novela griega en general, y singularmente acerca -de _Dafnis y Cloe_, tomando por guía á Chassang, á Chauvin, á Sinner, á -Dunlop y á otros. - -Cierto que la novela, escrita en prosa con alguna extensión, en una -forma aproximada á aquella en que hoy la concebimos y escribimos, y -contando lances de la vida privada de personas, no históricas, sino -particulares y fingidas las más veces, es una aparición muy tardía en la -literatura griega, y se puede y debe colocar en época de decadencia, al -menos relativa; pero, si por novela hemos de entender toda narración, -oral ó escrita, en prosa ó en verso, de casos inventados, ya se inventen -con plena conciencia, ya se imaginen ó se sueñen por unos hombres de un -modo espontáneo é inconsciente, y por otros se crean verdaderos y -reales, la novela es tan antigua como el mundo, desde que vive en el -mundo gente que habla. - -Los griegos la llamaron _mytho_, y los latinos _fábula_. _Contar ó -hablar_ equivalía á referir _fábulas ó mythos_. _Hablar_ viene de -_fabulor_, que á su vez viene de _fábula_; y _mytho_ en griego significa -á la vez palabra, discurso, fábula, ó tradición popular cuento. Toda -_habla_ tenía, pues, en lo antiguo, sobre todo cuando narraba, mucho de -cuento, novela ó fábula. Por medio de ellas se explicaban los fenómenos -de la Naturaleza: el terror de los bosques, el curso del sol y de las -estrellas, la vida misteriosa de las plantas, la voz del escondido eco, -la recóndita inmensidad y el prolífico abismo de los mares, el -subterráneo origen de las fuentes, el brío devorador á par que plasmante -de la llama, la lucha de los elementos, sus afinidades y consorcios -fecundos, la fuerza que amontona los metales ó que cuaja el cristal en -las entrañas de la tierra, el arco iris que se extiende en la bóveda -azul, las tinieblas de la noche, el fulgor de la aurora, las nubes, el -trueno, el rayo, la lluvia que fertiliza y el viento que destroza; -cuanto hiere, en suma, la imaginación de los hombres, cuando la -Naturaleza hablaba con más poderosa voz que en el día á sus potencias y -sentidos, sin apartar el velo que la cubre ni hacer patentes sus -entonces inefables y temerosos arcanos. Los afectos, pasiones y -apetitos, que conmovían nuestro ser, no analizados tampoco entonces, ni -fisiológica ni psicológicamente, se personificaban del mismo modo que -los fenómenos naturales externos, y de aquí nacían también dioses y -diosas, demonios y genios. Cada uno de estos seres fantásticos tenía su -vida propia. Su historia, ya se refería, ya se cantaba en himnos. Los -acontecimientos humanos, las conquistas bienhechoras ó destructoras, la -emigración de los pueblos, la fundación de ciudades, reinos ó -repúblicas, los viajes por mar y por tierra en un mundo apenas conocido, -donde la imaginación ponía lo que el entendimiento ignoraba; todo esto, -engrandecido á poco de suceder, y á veces á par que sucedía, sin que -nadie lo escribiese, transmitiéndose y creciendo al pasar de boca en -boca, y conservado á menudo en la memoria, merced á la palabra rítmica, -dejaba de ser historia, se convertía en cuento, fábula ó _mytho_, y era, -en suma, la materia épica diseminada ó difusa. En ella se guardaba, -oculto en símbolos y figuras, todo el saber de las primeras edades; de -donde, con el andar del tiempo, salieron las maravillosas epopeyas, -cuando un vate singular y dichoso acertó á reunir los dispersos cantares -en armónico conjunto; y de donde la historia brotó más tarde, cuando un -observador, curioso y discreto, agrupó esos mismos cantares épicos, -hablas y tradiciones, poniéndolos en desatada prosa y procurando dar -alguna razón de ellos en virtud de la crítica naciente. - -De aquí que, en fuerza de ser todo novela (religión, geografía, -historia, ciencias naturales, moral y política), no viniese hasta muy -tarde la novela propiamente dicha. - -Han disputado muchos eruditos sobre la procedencia de la novela griega. -Unos, como Huet, suponen que vino del Oriente; otros, que nació en -Grecia, original y castiza. Yo creo que, sin duda, los primitivos -griegos traían ya sus creencias y sus _mythos_ desde que emigraron de la -cuna de la raza aria, en las faldas del Paropamiso; que fueron después -inventando mucho, y que tomaron también no poco de Egipto, de Fenicia, -del Asia Menor, de Tracia y de otras regiones y pueblos; pero los -griegos, admirablemente dotados por la Naturaleza, pusieron en todo el -sello de su propio ser: la gracia, la medida, la armonía y el buen gusto -instintivo é innato. - -Como quiera que ello sea, la ficción fué, en un principio, candorosa, y -no reflexiva: tuvo carácter épico, tanto por el sujeto que fingía, -cuanto por el objeto fingido. No era la ficción individual, ó se habían -perdido las huellas de que lo fuese: era obra de la imaginación -colectiva: no era historia fingida adrede, sino creída y soñada; ni era -tampoco de casos meramente domésticos, sino importantes al pueblo todo ó -á todos los hombres: historia de reyes, de patriarcas, de héroes -epónimos, de dioses y semi-dioses, los cuales, ya, como Hércules, Teseo, -Perseo y Belerofonte, altos modelos de los ulteriores caballeros -andantes, socorrían doncellas, amparaban menesterosos y libertaban la -tierra de monstruos y tiranos; ya, como Baco, Osiris y los Argonautas, -se extendían por el mundo, civilizándole en expedición conquistadora; -ya, como Hermes, inventaban artes que hacen grata la vida; ya, como -Prometeo, arrostraban la cólera del cielo y del inflexible destino, á -fin de salvar, mejorar ó ennoblecer al género humano. - -Cuando toda esta materia épica pasó de ser oral á ser escrita, y -perdiendo el ritmo ó forma de la poesía, vino á ponerse en prosa, la -ficción, ó dígase la novela en su más lato sentido, entró en un período -importante de su historia, si bien aun apenas aparecía aislada, sino -combinándose con todo. Los moralistas se valían de ella para inculcar -sus preceptos, y los filósofos y políticos para hacer más perceptibles y -populares sus teorías y sistemas. De aquí las fábulas de Platón sobre -la Atlántida y sobre Her el armenio, la del grave Aristóteles sobre -Sileno y Midas, y la de Jenofonte sobre la educación de Ciro. - -Lo inexplorado hasta entonces de este planeta en que vivimos, daba lugar -á innumerables _utopias_; esto es, á tierras incógnitas ó muy remotas, -donde vivían pueblos extraños, ya por lo monstruoso de su ser y -condición, ya por estar gobernados de una manera singular y perfecta, -según el gusto de quien transmitía ó inventaba la ficción. Así nacieron, -y se pusieron en diversos sitios, reinos ó repúblicas de amazonas, de -pigmeos y de arimaspes, y así surgieron también islas afortunadas: el -país de los hiperbóreos, amados de Apolo; la tierra de los meropes, la -nación india de los atacoros, y hasta la Pancaya de Evhemero. - -De la misma suerte que, por ignorancia de la geografía, se creaban -países y pueblos fantásticos, por el desconocimiento de los casos -pasados, emigraciones de razas, conquistas, victorias, civilizaciones -florecimientos y decadencias, nacieron multitud de historias de pueblos -primitivos, donde á veces, sobre la leve trama de algunos hechos reales, -la fantasía tejía y bordaba mil prodigios. - -Para dar autoridad á alguna doctrina religiosa ó filosófica, casi se -forjaba un personaje y toda su portentosa historia, como la de Abaris ó -la de Zamolxis, y, por el contrario, para glorificación de un personaje -real, se forjaba su leyenda. Así se escribieron no pocas vidas, no ya -sólo de reyes, héroes y conquistadores, sino también de sabios y de -filósofos, como la de Pitágoras por Jámblico y Porfirio, la de Apolonio -de Tyana por Filostrato, la de Plotino por Porfirio, y la de Proclo por -Marino. Hasta para dar una explicación racionalista á la historia -divina, para traer á la tierra á los númenes que el vulgo adoraba, y -reducirlos á la condición y proporciones humanas, se inventan fábulas no -menos increibles y absurdas que la misma religión que tiraban á -destruir, como ocurría en la ya citada Pancaya de Evhemero, quien cuenta -hoy, sin las disculpas que él tenía, tan numerosos y brillantes -discípulos, v. gr.: Rodier, Renan, Moreau de Jonnes, y sobre todo, el -autor de un libro titulado _Dios y su tocayo_, donde se pretende probar -que Jehováh era el emperador de la China, y Adán un súbdito rebelde, -expulsado del Celeste Imperio. - -Es evidente que al señalar aquí las diversas direcciones que tomó entre -los griegos el espíritu de invención novelesca, lo hacemos con rapidez y -á grandes rasgos, y no podemos ceñirnos á la cronología, ni marcar con -precisa distinción épocas y períodos. Baste que nos atrevamos á afirmar -que hasta los tiempos de Alejandro Magno, apenas queda rastro de lo que -ahora podemos llamar _novela de costumbres_. Toda ficción es sobre algo -que toca ó interesa á la vida pública, ya religiosa, ya política, ya -filosófica. La novela de casos domésticos estaba en gérmen y reducida al -cuento oral, que hasta muy tarde no empezó á coleccionarse. - -Estos cuentos venían principalmente de Mileto, de Sibares y de Chipre, y -eran á menudo amorosos y obscenos. Los más antiguos recopiladores de -estos cuentos, de quienes se tiene noticia, son de la edad de Alejandro, -ó posteriores, como Clearco de Soli, Partenio de Nicea, maestro de -Virgilio, y Conón, que vivió en el mismo tiempo. - -Con la novela hubo de suceder lo mismo, en cierto modo, que con el -teatro cómico. Aristófanes, en la comedia antigua, habla y trata de la -vida pública, política y religiosa. Viene después la comedia media, que -trata aún de la vida pública; pero, ya perdidas la actividad y la -libertad de la democracia ateniense, olvida lo político, y se emplea en -representar filósofos y cortesanas. Sólo con Menandro, en la comedia -nueva, aparece la verdadera vida interior doméstica, y se pintan -caracteres y pasiones de personajes privados. - -En la novela, lo que responde á la comedia nueva en el teatro, esto es, -lo que hasta cierto punto pudiéramos llamar _novela de costumbres_, vino -mucho más tarde. Todo novelista de este género puede afirmarse que es -posterior á la era cristiana. - -No por esto juzgo yo, como los clasicistas severos, que es época de -decadencia ésta en que apareció la novela de dicha clase. Verdad que el -siglo de oro de las letras griegas fué el de Pericles; pero autores -eminentes hubo en épocas distintas, y nuevos períodos de florecimiento y -nuevos campos para luchar y vencer se abrieron después en repetidas -ocasiones al ingenio helénico; ora bajo los Ptolomeos y otros sucesores -de Alejandro, en filosofía, en ciencias exactas y naturales, y en poesía -lírica y bucólica; ora bajo la dominación de Roma, en quien infundió -Grecia su cultura; ora con la aparición y difusión del cristianismo y el -gran movimiento de ideas que trajo en pos de sí, aun hasta después de -caer el imperio de Occidente. Yo creo que no pueden llamarse épocas de -decadencia en una literatura aquéllas en que florecen poetas como -Teócrito, Bion y Calímaco; prosistas como Polibio, Plutarco y Luciano; -filósofos como Plotino, y escritores tan elocuentes y pensadores tan -profundos como tantos y tantos Padres de la Iglesia. - -En esta última época, á saber, desde el primero al quinto ó sexto siglo -de la era cristiana, es cuando escriben los principales novelistas -griegos de la novela propiamente dicha, ó dígase de la _novela de -costumbres_, ó más bien de la novela de amor y aventuras ya que las -costumbres no se pintaban entonces con la exactitud de ahora; no se -empleaba lo que hoy llamamos ó podemos llamar _color local y temporal_, -sino cuando esto salía sin caer en ello los autores; ni mucho menos -había, ni era posible que hubiese, este análisis psicológico de las -pasiones y afectos, que hoy se usa y agrada tanto. En cambio, el empleo -de lo sobrenatural y prodigioso no era tan difícil como en el día, -porque los hombres creían sin gran dificultad, por donde era llano -ingerir en las novelas lo fantástico de las antiguas fábulas -filosóficas, religiosas, geográficas é históricas. - -Las novelas más famosas y conocidas del expresado género son: la -_Eubea_, de Dion Crisóstomo; el _Asno_, de Lucio de Patras; _Las -Efesiacas_, de Jenofonte de Efeso; _Teágenes y Cariclea_, de Heliodoro; -_Leucipe y Clitofonte_, de Aquiles Tacio, y _Las Pastorales_, de Longo, -ó _Dafnis y Cloe_, que damos aquí traducida, y que es sin duda la mejor -de todas, ya que el _Asno_, de Lucio, es ferozmente obsceno, y la -_Eubea_, de Dion, tiene poco interés, por más que esté lindamente -escrita. Las otras novelas de dicha época son en el día harto pesadas de -leer. Y las novelas posteriores, del Bajo Imperio, no son más amenas -ahora, si bien son en extremo interesantes por lo mucho que influyen en -el desenvolvimiento de todas las literaturas del centro y occidente de -Europa durante la Edad Media; ya en leyendas y cuentos; ya en poemas y -libros de caballerías; ya en el mismo teatro, cuando el renacimiento y -después, como sucede, por ejemplo, con la historia de Apolonio de Tiro, -el poema de Alejandro y las historias troyanas. - -Según ya hemos dicho, aunque nuestro elogio se atribuya á pasión de -traductor, _Dafnis y Cloe_ es la mejor de todas estas novelas; la única -quizá que, por la sencillez y gracia del argumento, por el primor del -estilo, y en suma, por su permanente belleza, vive y debe gustar en todo -tiempo. - -Contra los ataques que se han dirigido á su poca moralidad y decencia, -ya la hemos defendido hasta donde nos ha sido posible. De otras faltas -es harto más fácil defenderla. Una, sobre todo, apenas se comprende que -haya críticos juiciosos que se la atribuyan: la de la intervención -milagrosa de Pan para salvar á Cloe, á quien llevaban robada. Lo extraño -es que los críticos se hayan fijado en este momento, como si en él -apareciese sólo lo sobrenatural, y no hayan querido comprender que, -desde el comienzo de la novela, lo sobrenatural interviene en todo. Sin -su intervención la novela no sería verosímil, y por lo tanto, no sería -divertida. La verosimilitud estética se funda, pues, en la creencia en -ciertos seres por cima del ser humano y que le amparan y guían; en la -creencia en las Ninfas; en Amor, no como figura alegórica, sino como -persona real, viva y divina, y en Pan, como dios protector de los -pastores, belicoso á veces y tremendo. - -Sin la providencia especial de estas divinidades, sin el cuidado que -toman por Dafnis y Cloe y sin la elección que hacen de ellos para un -caso singular de enamoramiento dulcísimo, ni se hubieran salvado los -niños recién nacidos, abandonados en medio del campo, ni los hubieran -criado con tanto amor una cabra y una oveja, ni hubieran conservado su -rara hermosura á pesar de las inclemencias del cielo, ni hubieran sido -tan sencillos é inocentes, ni hubiera pasado, en resolución, casi nada -de lo que en la novela pasa. Por esto es de maravillar que los críticos -censuren el milagro de Pan para libertar á Cloe, y no censuren los demás -milagros ni se paren en ellos. - -Ni yo creo en Pan ni en las Ninfas, ni hay lector en el día que pueda -creer en tales disparates; mas, para la verosimilitud estética, es -fuerza ponerse en lugar del vulgo gentílico que en un tiempo dado -(todavía cuando la novela se escribió) creía en las mencionadas -patrañas, sobre todo en lugares agrestes, lejos de las grandes ciudades. -Una vez concedido esto, todo es verosímil y llano. - -Dafnis y Cloe, en completo estado de naturaleza, aunque sublimado é -idealizado por el favor divino, pero por el favor divino de dioses poco -severos, se aman antes de saber que se aman, son bellos é ignorantes, -contemplan y comprenden su hermosura, y de esta contemplación y -admiración nace un afecto bastante delicado para dos que viven casi vida -selvática: él sin colegio ni estudio de moral, y ella sin madre -vigilante y cristiana, sin aya inglesa que la advierta lo que es -_shocking_, y sin nada por el estilo. Si el autor, dado ya el asunto, -hubiera puesto en los amores de sus dos personajes algo de más sutil, -etéreo y espiritual, hubiera sido completamente falso, tonto é -insufrible. - -La novela de _Dafnis y Cloe_ es, pues, lo que debe y puede ser, y tal -como es, es muy linda. - -Su autor imita, sin duda, á los antiguos poetas bucólicos, á Teócrito -sobre todo; pero le imita con tino y gracia. De aquí que su obra sea la -mejor, la más natural, la menos afectada y artificiosa, la única acaso -no afectada de cuantas novelas pastorales se han escrito posteriormente, -y que, pasada ya la moda, no hay quien lea con paciencia. - -_Dafnis y Cloe_, más bien que de novela bucólica, puede calificarse de -novela campesina, de novela idílica ó de idilio en prosa; y en este -sentido, lejos de pasar de moda, da la moda y sirve de modelo aún, -_mutatis mutandis_, no sólo á _Pablo y Virginia_, sino á muchas -preciosas novelas de Jorge Sand, y hasta á una que compuso en español, -pocos años há, cierto amigo mío, con el título de _Pepita Jiménez_. - -De estas novelas en prosa se ha pasado también á componerlas en verso, -tomando asunto de la vida común; pintando escenas villanescas, rústicas -ó burguesas, que no carecen de poesía, sino que la tienen muy grande, -cuando se aciertan á pintar con la debida sencillez homérica. En vez de -cantar á los héroes tradicionales de la epopeya, se ha cantado en estos -idilios modernos á sujetos de condición humilde. Los dos más bellos -modelos de tal género de composición, en nuestros días, son _Hermann y -Dorotea_, de Goethe, y _Evangelina_, de Longfellow. Algunos de nuestros -mejores poetas han seguido un poquito esta corriente desde hace cinco ó -seis años. Así Campoamor, en los que llama _Pequeños poemas_, y Núñez de -Arce, en otro que titula _Idilio_. - -Grecia también nos dió el ejemplo de esto, al ir á espirar su gran -literatura. En el siglo v, ó después (porque, así como nada se sabe de -quién fué Longo, nada se sabe tampoco de este otro autor, ni del tiempo -en que vivió), hubo un cierto Museo, á quien llaman _el gramático_ ó _el -escolástico_, para distinguirle del antiquísimo Museo mitológico, hijo -de Eumolpo y discípulo de Orfeo, el cual Museo más reciente compuso la -novela en verso de _Hero y Leandro_, que es un idilio por el estilo de -los que ahora se usan, un dechado de sencillez y de gracia, un _pequeño -poema_ precioso. Ganas se le han pasado al traductor de _Dafnis y Cloe_ -de traducirle también y de incluirle en este mismo volumen; pero, como -no está seguro de que el público guste de lo primero, deja para más -adelante, si el público no le desdeña y le anima, el ofrecerle lo -segundo. Entre tanto, y por hoy, se despide de él, pidiéndole perdón de -sus muchas faltas. - - - - -[una barra decorativa] - -PROEMIO - - -Cazando en Lesbos, en un bosque consagrado á las Ninfas, vi lo más lindo -que vi jamás: imágenes pintadas, historia de amores. El soto, por -cierto, era hermoso, florido, bien regado y con mucha arboleda. Una sola -fuente alimentaba árboles y flores; pero la pintura era más deleitable -que lo demás: de hábil mano y de asunto amoroso. Así es que no pocos -forasteros acudían allí, atraídos por la fama, á dar culto á las Ninfas -y á ver la pintura. - -Parecíanse en ella mujeres de parto, otras que envolvían en pañales á -los abandonados pequeñuelos, cabras y ovejas que les daban de mamar, -pastores que de ellos cuidaban, mancebos y rapazas que andaban -enamorándose, correría de ladrones y algarada de enemigos. Otras mil -cosas, y todas de amor, contemplé allí con tanto pasmo, que me entró -deseo de ponerlas por escrito; y habiendo buscado á alguien que me -explicase bien la pintura, compuse estos cuatro libros, que consagro al -Amor, á las Ninfas y á Pan, esperando que mi trabajo ha de ser grato á -todos los hombres, porque sanará al enfermo, mitigará las penas del -triste, recordará de amor al que ya amó, y enseñará el amor al que no ha -amado nunca; pues nadie se libertó hasta ahora de amar, ni ha de -libertarse en lo futuro, mientras hubiere beldad y ojos que la miren. -Concédanos el Numen que nosotros mismos atinemos á contar, sanos y -salvos, los amores de otros. - - - - -[una barra decorativa] - -LIBRO PRIMERO - - -Ciudad de Lesbos es Mitilene, grande y hermosa. La parten canales, por -donde entra y corre la mar, y la adornan puentes de lustrosa y blanca -piedra. No semeja, á la vista, ciudad, sino grupo de islas. - -Á unos doscientos estadíos de Mitilene, cierto rico hombre poseía -magnífica hacienda, montes abundantes de caza, fértiles sembrados, -dehesas y colinas cubiertas de viñedo: todo junto á la mar, cuyas ondas -besaban la arena menuda de la playa. - -En esta hacienda, un cabrero llamado Lamón, que apacentaba su ganado, -halló á un niño, á quien criaba una cabra. En el centro de un matorral, -entre zarzas y hiedra trepadora, y sobre blando césped, reposaba el -infantico. Allí solía entrar la cabra, de suerte que desaparecía á -menudo, y abandonando su cabritillo, asistía á la criatura. Lamón notó -estas desapariciones, y se compadeció del cabritillo abandonado; pero un -día, en el ardor de la siesta, siguiendo la pista de la cabra, la vió -deslizarse con cautela entre las matas, á fin de no lastimar con las -pezuñas al niño, el cual, como si fuera del pecho materno, iba tomando -la leche. Maravillado Lamón, que harto motivo había para ello, se acercó -más, y vió que la criatura era varón, bonito y robusto, y con prendas -más ricas de lo que prometía su corta ventura, porque estaba envuelto en -mantilla de púrpura con hebilla de oro, y al lado había un puñalito, -cuyo puño era de marfil. Lo primero que discurrió Lamón fué cargar con -aquellas alhajas, y abandonar al niño; pero avergonzado luego de no -remedar siquiera la compasión de la cabra, no bien llegó la noche, lo -llevó todo, niño, cabra y alhajas, á su mujer Mirtale, á la cual, para -que se le quitase la aprensión de que las cabras parieran niños, le -contó lo ocurrido; cómo halló á la criatura, cómo la cabra la amamantaba -y cómo él había tenido vergüenza de dejarla morir. Y siendo Mirtale del -mismo parecer, ocultaron las alhajas, prohijaron al niño y encomendaron -á la cabra su crianza. Á fin de que el nombre del niño pareciese -pastoral, decidieron llamarle Dafnis. - -Dos años después, otro pastor de los vecinos campos, cuyo nombre era -Dryas, halló y vió algo semejante cuando apacentaba su rebaño. Había una -gruta consagrada á las Ninfas, gran roca, hueca por dentro, y en lo -exterior redonda. En esta gruta se veían figuras de Ninfas, hechas de -piedra, los pies descalzos, los brazos desnudos hasta los hombros, los -cabellos esparcidos sobre la espalda y la garganta, el traje ceñido á la -cintura, y una dulce sonrisa en entrecejo y boca; todo el aspecto de -ellas, como si hubiesen bailado en coro. En el fondo de la gruta se -levantaba un poco el terreno, y de allí manaba una fuente, cuyas aguas -se deslizaban formando manso arroyo, y alimentando en torno un prado -amenísimo, de copiosa y blanda grama cubierto. Allí se veían suspendidos -tarros, colodras, flautas, pífanos y churumbelas, ofrendas de antiguos -pastores. Á este templo de las Ninfas acudía una oveja que había ya -criado corderos, y el pastor Dryas sospechaba á veces que se le había -perdido. Queriendo, pues, corregirla y traerla de nuevo á su antiguo y -tranquilo modo de pacer, tejió con sutiles varitas de mimbre verde uno á -modo de lazo, y entró en la gruta á fin de coger la oveja; pero no bien -llegó cerca, vió lo que no esperaba: vió á la oveja que, con ternura -verdaderamente humana, daba su ubre, para que de ella sacase abundante -leche, á una criaturita, la cual, con avidez, pero sin llanto, aplicaba -la boca pura y limpia, ya á una teta, ya á otra, y cuando se había -hartado de mamar, la oveja le lamía la cara. Esta criatura era una niña, -y tenía pañales y otras prendas para poder ser reconocida; toquillas y -chinelas bordadas de hilo de oro, y ajorcas de oro también. - -Considerando divino tal hallazgo, y enseñado por la oveja á compadecer y -amar á la niña, Dryas la tomó en sus brazos, guardó aquellas prendas en -el zurrón, y rogó á las Ninfas que le dejasen criar con buena suerte á -la que se había puesto bajo su amparo. Y como ya era tiempo de llevar la -manada al aprisco, volvió á su cabaña, contó á su mujer lo ocurrido, le -mostró á la niña y la exhortó á tomarla por hija, ocultando cómo había -sido hallada. Napé, que así se llamaba la pastora, amó desde luego á la -niña como madre, recelosa de que la oveja no la venciese en ternura; y -en prueba de que la niña era su hija, le puso el nombre pastoral de -Cloe. - -Pronto crecieron los niños. Su hermosura distaba mucho de parecer -rústica. Cuando él cumplió quince años y ella dos menos, Dryas y Lamón -tuvieron idéntico sueño en una misma noche. Pensaron ver que las Ninfas, -las de la gruta donde estaba la fuente y donde Dryas había encontrado á -la niña, ponían á Dafnis y á Cloe en poder de un mozuelo gentil á par -que arrogante, con alas en los hombros y armado de arco y flechas -pequeñitas, el cual, hiriendo á ambos con la misma flecha, les mandó que -fuesen pastores: á ella, de ovejas; á él, de cabras. No poco afligió á -los viejos este sueño, que destinaba á sus hijos al oficio de guardar -ganado, porque hasta entonces habían augurado mejor suerte para ellos, -fiándose en las prendas halladas, por lo cual los habían criado con el -mayor regalo y les habían hecho aprender las letras y cuanto en el campo -hay de bueno. Resolvieron, no obstante, obedecer á los dioses, cuya -providencia había salvado á los niños. Y después de comunicarse -mutuamente el sueño, y de haber hecho un sacrificio, en la gruta de las -Ninfas, al mozuelo de las alas (cuyo nombre no acertaban á adivinar), -enviaron á los mozos á cuidar del hato, enseñándoles el oficio pastoril: -de qué modo ha de apacentarse antes del medio día, de qué modo después -de pasada la siesta; cuándo conviene llevar al abrevadero, cuándo al -aprisco; en qué ocasión debe emplearse el cayado y en qué ocasión basta -la voz. Ellos se alegraron de esto en gran manera, como si los hubieran -hecho príncipes, y amaron á sus cabras y corderos más que suele el vulgo -de los pastores, porque ella recordaba que debía la vida á una oveja, y -él no había olvidado que una cabra le cuidó y alimentó en su abandono. - -Empezaba entonces la primavera y se abrían las flores en montes, selvas -y prados. Oíase ya por todas partes susurro de abejas y gorjeo de -pajarillos. Los recentales balaban, los corderos retozaban en la -montaña, las abejas susurraban en el prado, y en umbrías y sotos -cantaban las aves. Como en aquella bendita estación todo se regocijaba, -Dafnis y Cloe, tan jóvenes y sencillos, se pusieron á remedar lo que -veían y oían. Oían cantar á los pájaros, y cantaban; veían brincar á los -corderos, y brincaban gallardamente; y remedando á las abejas, cogían -flores, y ya se las ponían en el pecho, ya, tejiendo guirnaldas, se las -ofrecían á las Ninfas. Todo lo hacían juntos y apacentaban cerca el uno -del otro. Á menudo Dafnis hacía volver la oveja que se extraviaba, y á -menudo Cloe espantaba á las cabras más atrevidas para que no trepasen á -los riscos. Á veces uno solo cuidada de ambos hatos, mientras que el -otro se recreaba y jugaba. Sus juegos eran infantiles y propios de -zagales. Ora ella, con juncos que cogía, formaba jaulas para cigarras, -y, distraída en esta faena, descuidaba el ganado. Ora él cortaba -delgadas cañas, les agujereaba los nudos, las pegaba con cera blanda, y -se esmeraba hasta la noche en tocar la zampoña. Á menudo compartían -ambos la leche y el vino y se comían juntos la merienda que traían de -casa. En suma, más bien se hubieran visto las cabras y las ovejas -dispersas que á Dafnis y Cloe separados. - -En medio de tales juegos, Amor empezó á darles penas. Una loba, que -recientemente había tenido cría, robaba muchas veces corderos de los -campos próximos para alimentar sus cachorros. Algunos aldeanos se -reunieron con este motivo, é hicieron de noche zanjas de más de una vara -de ancho y de cuatro ó cinco de hondo. Mucha porción de la tierra -removida la esparcieron á lo lejos, y sobre el hoyo extendieron palos -secos y quebradizos, cubriéndolos con el resto de la tierra para que el -suelo apareciese como antes, de modo que hasta una liebre que corriese -por cima rompiese los palos, más débiles que paja, y probase que no era -suelo, sino apariencia de suelo. Así abrieron varias zanjas en los -cerros y en el llano; pero nunca pudieron coger la loba, que presintió -la trampa. En cambio perdieron no pocos corderos y cabras, y Dafnis -estuvo á punto de perderse. - -Dos machos cabríos, irritados por la brama, lucharon con tal furor y -violencia, que á uno de ellos se le rompió un cuerno, y, lleno de dolor, -comenzó á huir dando bramidos, mientras que el vencedor le perseguía sin -tregua ni sosiego. Dolióse Dafnis del cuerno quebrado, y lleno de ira -contra la terquedad del macho victorioso, empuñó el cayado y dió en -perseguirle á su vez. Así, huyendo el uno y siguiéndole enfurecido el -otro, sin ver dónde ponían los pies, cayeron ambos en la trampa, el -macho primero y luego Dafnis, lo cual le salvó, pues al caer se quedó -caballero en el macho; pero, como se veía en el fondo del hoyo, -lloraba, aguardando que alguien viniese á sacarle de allí. Cloe, que -vió de lejos lo sucedido, acudió de carrera al hoyo, reconoció que -Dafnis estaba con vida y pidió socorro á un boyero de los vecinos -campos. Llegó el boyero y buscó una cuerda ó soga, para que, asido á -ella, Dafnis saliese; pero no se encontraba cuerda. Entonces Cloe desató -la cinta de sus crenchas, la dió al boyero, y de esta suerte, puestos -ambos en la boca del hoyo, agarrándose Dafnis á la cinta y tirando -ellos, logró subir el caído. Sacaron después al macho infeliz, que con -el golpe se había roto entrambos cuernos (pronta y completa venganza del -vencido), y se le dieron al boyero en pago de su ayuda, con propósito de -decir en casa, si alguien preguntaba por él, que un lobo se le había -llevado. - -Volvieron luego donde estaban cabras y ovejas y hallaron que pacían en -paz y buen orden. Sentáronse entonces cabe el tronco de una encina y -miraron ambos con atención si alguna parte del cuerpo de Dafnis se había -lastimado al caer; pero ni herida ni sangre tenía, sino sucio barro en -el pelo y en lo demás de su persona. Dafnis determinó lavarse para que -Lamón y Mirtale no supiesen lo ocurrido. Y yéndose con Cloe á la gruta -de las Ninfas, le dió á guardar la tuniquilla y el zurrón y se puso á -lavar en la fuente su cabellera y el cuerpo todo. La cabellera era negra -y abundante; el cuerpo, tostado del sol. Diríase que le daba color -obscuro la sombra de la cabellera. Cloe, que miraba á Dafnis, le halló -hermoso, y como hasta allí no había reparado en su hermosura, imaginó -que el baño se la prestaba. Cloe lavó luego las espaldas á Dafnis, y -halló tan suave la piel, que de oculto se tocó ella muchas veces la suya -para decidir cuál de los dos la tenía más delicada. - -Como ya el sol iba á ponerse, ambos volvieron con el hato á sus cabañas, -y Cloe nada deseaba tanto como ver á Dafnis bañarse de nuevo. - -Al día siguiente, de vuelta en la pradera, Dafnis, sentado, según solía, -al pie de una encina, tocaba la flauta, á par que miraba sus cabras, -encantadas, al parecer, con el dulce sonido. Cloe, sentada asimismo á la -vera de él, miraba sus ovejas y corderos; pero miraba más á Dafnis. Y -otra vez le pareció hermoso tocando la flauta, y creyó que la música le -hermoseaba, y para hermosearse ella tomó la flauta también. Quiso luego -que volviera él á bañarse y le vió en el baño, y sintió como fuego al -verle, y volvió á alabarle, y fué principio de amor la alabanza. Niña -candorosa, criada en los campos, no se daba cuenta de lo que le pasaba, -porque ni siquiera había oído mentar al Amor. Sentía inquietud en el -alma; no podía dominar sus ojos y hablaba mucho de Dafnis. No comía de -día, velaba de noche y descuidaba sus ovejas; ya reía, ya lloraba; si -dormía, se despertaba de súbito; su rostro se cubría de palidez y luego -ardía de rubor. Nunca se agitó más becerra picada del tábano. Acontecía -á veces que ella á sus solas prorrumpía en estas razones: - -«Estoy mala é ignoro mi mal; padezco y no me veo herida; me lamento y no -perdí ningún corderillo; me abraso y estoy sentada á la sombra. Mil -veces me clavé las espinas de los zarzales y no lloré; me picaron las -abejas y pronto quedé sana. Sin duda que esta picadura de ahora llega al -corazón y es más cruel que las otras. Si Dafnis es bello, las flores lo -son también; si él canta lindamente, no cantan mal las avecicas. ¿Por -qué pienso en él y no en las avecicas y en las flores? ¡Quisiera ser su -flauta para que infundiese en mí su aliento! ¡Quisiera ser su cabritillo -para que me tomara en sus brazos! ¡Oh agua perversa, que á él sólo haces -hermoso y me lavas en balde! Yo me muero, queridas Ninfas; ¿cómo no -salváis á la doncella que se crió con vosotras? ¿Quién os coronará de -flores después de mi muerte? ¿Quién tendrá cuidado de los pobrecitos -corderos? ¿Á quién encomendaré mi parlera cigarra, que cogí con tanta -fatiga y que solía cantar en la gruta para que yo durmiese la siesta? En -vano canta ahora, pues yo velo, gracias á Dafnis.» Así padecía, así se -lamentaba Cloe, procurando descubrir el nombre de Amor. - -Entre tanto, Dorcón, el boyero que sacó del hoyo á Dafnis y al macho, -mozuelo ya con barbas y harto sabido en cosas de Amor, se había prendado -de Cloe desde el primer día; y como mientras más la trataba más se -abrasaba su alma, resolvió valerse ó de regalos ó de violencia para -lograr sus fines. Fueron sus primeros presentes, para Dafnis, una -zampoña, que tenía nueve cañutos ligados con latón, y no con cera, y -para Cloe la piel de un cervatillo, esmaltada de lunares blancos, para -que la llevase en los hombros, cual suelen las bacantes. - -Así creyó haberse ganado la voluntad de ambos, y pronto desatendió á -Dafnis; pero á Cloe la obsequiaba de diario, ya con blandos quesos, ya -con guirnaldas de flores, ya con frutas sazonadas. Y hasta hubo -ocasiones en que le trajo un becerro montaraz, un vaso sobredorado y -pajarillos cazados en el nido. Ignorante ella del artificio y malicia de -los amadores, tomaba los regalos y se alegraba; y se alegraba más aún -porque con ellos podía regalar á Dafnis. - -No tardó éste en conocer también las obras de Amor. Entre él y Dorcón -sobrevino contienda acerca de la hermosura. Cloe había de sentenciar. -Premio del vencedor, un beso de Cloe. Dorcón habló primero de esta -manera: - -«Yo, zagala, soy más alto que Dafnis, y valgo más de boyero que él de -cabrero, porque los bueyes valen más que las cabras. Soy blanco como la -leche y rubio como la mies cuando la siegan. No me crió una bestia, sino -mi madre. Éste es chiquitín, lampiño como las mujeres y negro como un -lobezno. Vive entre chotos, y su olor ha de ser atroz, y es tan pobre, -que no tiene para mantener un perro. - -Se cuenta que una cabra le dió leche, y á la verdad que parece cabrito.» - -Así dijo Dorcón. Luego contestó Dafnis: «Me crió una cabra como á -Júpiter, y son mejores que tus vacas las cabras que yo apaciento. Y no -huelo como ellas, como no huele Pan, que casi es macho cabrío. Bastan -para mi sustento queso, blanco vino y pan bazo, manjares campesinos, no -de gente rica. Soy lampiño como Baco, y como los jacintos moreno; pero -más vale Baco que los sátiros, y más el jacinto que la azucena. Éste es -bermejo como los zorros, barbudo como los chivos, y como las cortesanas -blanco. Y mira bien á quién besas, pues á mí me besarás la boca, y á él -las cerdas que se la cubren. Recuerda, por último, ¡oh zagala, que á tí -también te crió una oveja, y eres, no obstante, linda!» - -Cloe no supo ya contenerse, y movida de la alabanza, y más aún del largo -anhelo que por besar á Dafnis sentía, se levantó y le besó; beso -inocente y sin arte, pero harto poderoso para encenderle el alma. - -Dorcón huyó afligido en busca de nuevos medios de lograr su amor. Dafnis -no parecía haber sido besado, sino mordido: de repente se le puso la -cara triste; suspiraba con frecuencia, no reprimía la agitación de su -pecho, miraba á Cloe, y al mirarla se ponía rojo como la grana. Entonces -se maravilló por primera vez de los cabellos de ella, que eran rubios, y -de sus ojos, que los tenía grandes y dulces como las becerras, y de su -rostro, más blanco que leche de cabra. Diríase que á deshora se le -abrieron los ojos y que antes estaba ciego. Ya no tomaba alimento sino -para gustarle, ni bebida sino para humedecerse la boca. Estaba -taciturno, cuando antes era más picotero que las cigarras; yacía -inmóvil, cuando antes brincaba más que los chivos; no se curaba del -ganado; había tirado la flauta lejos de sí, y tenía pálido el rostro -como agostada hierba. Únicamente con Cloe ó pensando en Cloe volvía á -ser parlero. Á veces, á solas, se lamentaba de esta suerte: - -«¿Qué me hizo el beso de Cloe? Sus labios son más suaves que las rosas, -su boca más dulce que un panal, y su beso más punzante que el aguijón de -las abejas. No pocas veces he besado los chivos; no pocas veces he -besado los recentales de ella y el becerro que le regaló Dorcón; pero -este beso de ahora es muy diferente. Me falta el aliento, el corazón me -palpita, se me derrite el alma, y á pesar de todo, quiero más besos. ¡Oh -extraña victoria! ¡Oh dolencia nueva, cuyo nombre ignoro! ¿Habría Cloe -tomado veneno antes de besarme? ¿Cómo no ha muerto entonces? Los -ruiseñores cantan, y mi zampoña enmudece; brincan los cabritillos, y yo -estoy sentado; abundan las flores, y yo no tejo guirnaldas. Jacintos y -violetas florecen, y Dafnis se marchita. ¿Llegará Dorcón á ser más lindo -que yo?» - -Así se quejaba el bueno de Dafnis, probando los tormentos de Amor por -vez primera. - -Dorcón, entre tanto, el boyero enamorado de Cloe, se fué á buscar á -Dryas, que plantaba estacas para sostener una parra, y le llevó de -regalo muy ricos quesos. Y como era su antiguo amigo, porque habían ido -juntos á apacentar el ganado, trabó conversación con él, y acabó por -hablarle del casamiento de Cloe. Díjole que él deseaba tomarla por -mujer, y le prometió grandes dones como rico boyero que era: una yunta -de bueyes para arar, cuatro colmenas, cincuenta manzanos, un cuero de -buey para suelas, y cada año un becerro que podría ya destetarse. -Halagado por las promesas Dryas estuvo á punto de consentir en la boda; -pero recapacitando después que la doncella merecía mejor novio, y -temiendo ser acusado algún día de ocasionar irremediables males, -desechó la proposición de boda y se disculpó como pudo; sin aceptar lo -prometido en alboroque. - -Viéndose Dorcón defraudado por segunda vez en su esperanza y perdidos -sin fruto sus excelentes quesos, resolvió apelar á las manos no bien -hallase sola á Cloe. Y como había notado que Cloe y Dafnis traían -alternativamente á beber el ganado, él un día y ella otro, se valió de -una treta propia de zagal: tomó la piel de un gran lobo, que un toro -había muerto con sus astas, defendiendo la vacada, y se cubrió con dicha -piel puesta en los hombros, de modo que las patas de delante le cubrían -los brazos, las patas traseras se extendían desde los muslos á los -talones, y el hocico le tapaba la cabeza como casco de guerrero. -Disfrazado así en fiera lo menos mal que pudo, se fué á la fuente donde -bebían cabras y ovejas después de pacer. Estaba la fuente en un -barranco, y en torno de ella formaban matorral tantos espinos, zarzas, -cardos y enebros rastreros, que fácilmente se hubiera ocultado allí un -lobo de veras. Allí se escondió Dorcón, espiando el momento de venir á -beber el ganado, y con grande esperanza de asustar á Cloe con su disfraz -y de apoderarse de ella. - -Á poco llegó Cloe á la fuente con el ganado, mientras Dafnis cortaba -verdes tallos y renuevos para que los cabritillos se regalasen después -del pasto. Los perros que guardaban el rebaño seguían á Cloe, y como -tenían buena nariz, sintieron á Dorcón, que ya se disponía á caer sobre -Cloe; se pusieron á ladrar, se echaron sobre él como si fuera lobo, le -rodearon, y antes de que volviese del susto le mordieron. Al principio, -con vergüenza de ser descubierto, y recatándose aún con la piel de lobo, -Dorcón yacía silencioso en el matorral. Cloe, entre tanto, llena de -terror, había llamado á Dafnis para que la socorriese. Y los perros, -destrozada ya la piel del lobo, mordían sin piedad el cuerpo de Dorcón, -el cual á grandes voces acabó por suplicar que le amparasen á Cloe y á -Dafnis, que ya había llegado. Estos mitigaron pronto el furor de los -perros con las voces que tenían de costumbre. Después llevaron á la -fuente á Dorcón, que había sido herido en los muslos y en las espaldas. -Le lavaron las mordeduras, donde se veía la impresión de los dientes, y -pusieron encima corteza mascada y verde de olmo. La ignorancia de ambos -en punto á atrevimientos amorosos les hizo considerar la empresa de -Dorcón como broma y niñería pastoril, y en vez de enojarse contra él, le -consolaron con buenas palabras, y le llevaron un poco de la mano hasta -que le despidieron. - -Él, salvo de tan grave peligro, y no, como se dice, de la boca del -lobo, sino de la del perro, fué á curarse las heridas. - -Dafnis y Cloe no tuvieron poco que afanarse hasta bien entrada la noche, -para recoger las ovejas y las cabras, las cuales, espantadas de la piel -del lobo y de los ladridos, unas se encaramaron á los peñascos, y otras -se fueron huyendo hasta la mar. Todas estaban bien enseñadas á acudir á -la voz, á congregarse al son de la zampoña, y á venir oyendo sólo una -palmada; pero entonces el miedo les había hecho olvidarse de todo. Casi -fué menester perseguirlas y buscarlas por el rastro, como á las liebres. -Después las llevaron al aprisco. Aquella sola noche durmieron ambos con -profundo sueño. La fatiga fué remedio del mal de Amor; pero, venido el -día, padecieron de nuevo el mismo mal. Se alegraban al verse; les dolía -separarse; estaban desazonados; deseaban algo, é ignoraban qué. Sólo -sabían, él, que el origen de su mal era un beso, y ella, que era un -baño. - -Tocaba ya á su fin la primavera y empezaba el estío. Todo era vigor en -la tierra. Los árboles tenían fruta; los sembrados, espigas. Grato el -cantar de las cigarras, deleitoso el balar de los corderos, dulce el -ambiente perfumado por la fruta en sazón. Parecía que los ríos cantaban -al correr mansamente; que los vientos daban música como de flautas al -suspirar entre los pinos; que las manzanas caían enamoradas al suelo, y -que el sol, anhelante de hermosura, rasgaba todo velo que pudiera -encubrirla. Dafnis, impulsado de un ardor íntimo, que todo esto le -causaba, se echaba en los ríos, y ya se lavaba, ya cogía ligeros peces, -ya bebía como si quisiese apagar aquel fuego. Cloe, después de ordeñar -sus ovejas y no pocas de las cabras, empleaba bastante tiempo en cuajar -la leche y en osear las moscas, que al osearlas le picaban; luego se -lavaba la cara; se coronaba de ramas de pino, se ponía al hombro la piel -del cervatillo, llenaba una gran taza de vino y de leche, y gozaba con -Dafnis de aquella bebida. - -Cuando llegaba la hora de la siesta, llegaba también mayor hechizo y -cautividad de los ojos, porque ella miraba á Dafnis desnudo y su beldad -floreciente, y desfallecía al considerar que no había falta que ponerle -en parte alguna; y él, al verla con la piel de ciervo, coronada de pino -y ofreciéndole bebida en la taza, imaginaba ver á una de las Ninfas de -la gruta. Entonces Dafnis, arrebatando de la cabeza de ella las ramas de -pino, se coronaba á sí propio, no sin besar antes la corona. Ella, en -cambio, solía tomar la ropa de él, mientras él se bañaba, y vestírsela, -no sin besarla antes también. Ambos se tiraban manzanas, y otras veces -se peinaban el uno al otro, y Cloe comparaba el cabello de él, por lo -negro, á la endrina, y Dafnis decía que el rostro de ella era como las -manzanas, por lo blanco y sonrosado. Á veces le enseñaba á tocar la -flauta; y apenas soplaba ella, se la quitaba él y recorría todos los -agujeros, como para mostrarle dónde había faltado, y en realidad para -besar á Cloe por medio de la flauta. - -Tocando él así una siesta, y reposando á la sombra el ganado, Cloe hubo -de quedarse dormida. Y no bien lo advirtió Dafnis, dejó la flauta para -mirarla toda, sin hartarse de mirarla; y ya sin avergonzarse de nada, -dijo en voz baja de este modo: «¡Cómo duermen sus ojos! ¡Cómo alienta su -boca! Ni las frutas ni el tomillo huelen mejor; pero no me atrevo á -besarla. Su beso pica en el corazón y vuelve loco como la miel nueva. -Además, temo despertarla si la beso. ¡Oh parleras cigarras! ¿No la -dejaréis dormir con vuestros chirridos? ¿Y estos pícaros chivos, que -alborotan peleando á cornadas? ¡Oh lobos más cobardes que zorras! ¿por -qué no venís á robarlos?» - -Mientras que él profería estas razones, una cigarra, huyendo de una -golondrina que la quería cautivar, vino á refugiarse en el seno de Cloe. -La golondrina no pudo coger su presa ni reprimir el vuelo, y rozó con -las alas las mejillas de la zagala, la cual, sin comprender lo que había -sucedido, despertó asustada y gritando; pero no bien vió la golondrina, -que aún volaba cerca, y á Dafnis, que reía del susto, el susto se le -pasó y se restregó los ojos, que querían dormir todavía. Entonces la -cigarra se puso á cantar entre los pechos de Cloe, como si quisiera -darle gracias por haberle salvado. Cloe se asustó y gritó de nuevo, y -Dafnis rió. Y aprovechándose éste de la ocasión, metió bien la mano en -el seno de Cloe, y sacó de allí á la buena de la cigarra, que ni en la -mano quería callarse. Ella la vió con gusto, la tomó y la besó, y se la -volvió á poner en el pecho, siempre cantando. - -Recreábase una vez en oir á una paloma torcaz que arrullaba en la selva. -Quiso Cloe aprender lo que decía, y Dafnis la doctrinó, refiriendo esta -sabida conseja: «Hubo en tiempos antiguos, zagala, una zagala linda y de -pocos años como tú, la cual apacentaba muchos bueyes. Era gentil -cantadora, y su ganado se deleitaba con la música, por manera que la -zagala no se valía del cayado, ni picaba con la aijada, sino que -reposando á la sombra de un pino y coronada de verdes ramas, se ponía á -cantar de Pan y de Pitis, y toda la vacada pacía en torno oyéndola. No -lejos de allí había un zagal que también guardaba vacas y era hábil -cantador, como la zagala, y competía con ella en los cantares, siendo -los de él más briosos, como de varón, y, como de muchacho, no menos -dulces. Así fué que los ocho mejores becerros que ella tenía, hechizados -por los cantares del zagal, se pasaron de un rebaño á otro. La zagala -se apesadumbró en extremo con la pérdida de los becerros, y más aún con -el vencimiento en los cantares, y suplicó á los dioses que, antes de -volver á casa, la convirtiesen en ave. Accedieron los dioses y la -convirtieron en ave montaraz y cantadora cual la zagala. Aun en el día, -cuando canta, recuerda su derrota, y dice que busca los becerros -huidos.» - -En tales recreos se pasó el verano, y vino el otoño con sus racimos. -Entonces ciertos piratas de Tiro que tripulaban una nave de Caria, á fin -de no parecer bárbaros, desembarcaron en aquella costa con espadas y -petos, y garbearon cuanto pudieron hallar á su alcance: vino oloroso, -trigo á manta, panales de miel y hasta algunos bueyes y vacas del rebaño -de Dorcón. Quiso la suerte que se apoderasen de Dafnis, el cual se -andaba solazando solo junto á la mar, porque Cloe, como niña que era, -sacaba más tarde á pacer las ovejas de Dryas, por temor de los pastores -insolentes. Viendo los piratas á aquel mozo gallardo y espigado, -juzgáronle mejor presa que las ovejas y las cabras, y cesando en sus -correrías y robos, se le llevaron á la nave, mientras que él lloraba, no -sabía que hacer, y llamaba á voces á Cloe. Los piratas en tanto -desataron la amarra, pusieron mano á los remos, y se iban engolfando en -la mar, cuando acudió Cloe ya con sus ovejas y trayendo de presente á -Dafnis una nueva flauta. Y viendo ella las cabras medrosas y -descarriadas, y oyendo á Dafnis, que la llamaba siempre á gritos, -abandonó las ovejas, tiró al suelo la flauta, y á todo correr se fué -hacia Dorcón pidiéndole socorro. Hallóle por tierra, cubierto de heridas -que le habían hecho los ladrones, respirando apenas y derramando mucha -sangre. Cuando él vió á Cloe, el recuerdo de su amor le hizo cobrar -aliento. «Cloe, le dijo, pronto voy á morir. Esos inicuos piratas me han -destrozado como á un buey, porque defendía mis bueyes. Sálvate tú, salva -á Dafnis, véngame y piérdelos. Yo tengo enseñadas á mis vacas á seguir -el son de mi flauta, y por lejos que estén, acuden cuando la oyen. -Tómala, ve á la playa, y toca allí la sonata que yo enseñé á Dafnis y -que Dafnis te enseñó. Lo demás lo harán la flauta sonando y las mismas -vacas. Á tí hago presente de esta flauta, con la cual vencí en contienda -musical á muchos vaqueros y cabreros. Tú, en pago, bésame ahora, que aún -vivo, y llórame muerto. Y cuando veas á alguien apacentando bueyes, -acuérdate de mí.» Dicho esto, Dorcón besó el beso último, pues á par de -beso y voz exhaló el alma. - -Tomó la flauta Cloe, aplicó á ella los labios y sopló con cuanta fuerza -pudo. Oyéronla las vacas, reconocieron al punto el son, mugieron todas, -y de consuno se tiraron con ímpetu á la mar. Con salto tan violento se -ladeó la nave de un costado, y al caer las vacas se abrió en la mar como -una sima, de suerte que se volcó la nave, y las olas, al volverse á -juntar, se la tragaron. No todos los náufragos tenían la misma esperanza -de salvación, porque los piratas llevaban espada al cinto, vestían -medias corazas escamosas y calzaban grevas, mientras que Dafnis iba -descalzo, como quien apacienta en la llanura, y casi desnudo, por ser la -estación del calor. Así fué que los piratas, apenas bregaron un poco, se -hundieron, con el peso de las armas; pero Dafnis se despojó con -facilidad de su ligero vestido, y aun así se cansaba con tanto nadar, -como quien antes sólo por poco tiempo había nadado en los ríos. La -necesidad le enseñó, no obstante, lo que importaba hacer: se puso entre -dos vacas, asió sus cuernos con ambas manos, y se dejó llevar tan cómodo -y sin fatiga, como en una carreta; pues es de saber que las vacas nadan -más y mejor que los hombres, y sólo ceden en esto á las aves de agua y á -los peces, por lo cual no se cuenta de vaca ni de buey que jamás se -ahogue, como no se le ablande la pezuña con el sobrado remojo. Y en -prueba de la verdad de lo que digo, hay muchos estrechos de mar que -hasta hoy se llaman pasos de bueyes. - -Del modo referido escapó Dafnis, contra toda previsión, de dos peligros, -piratería y naufragio. Luego que saltó en tierra y halló á Cloe, que -reía y lloraba al mismo tiempo, se echó en sus brazos y le preguntó por -qué tocaba la flauta. Ella se lo contó todo: su ida en busca de Dorcón; -la costumbre de las vacas de acudir al son de la flauta; el consejo de -Dorcón de que la tocase, y la muerte de éste. Sólo por pudor se calló lo -del beso. - -Decidieron ambos honrar la memoria de su bienhechor, y en compañía de -amigos y parientes hicieron el entierro de aquél sin ventura. Echaron -tierra en la huesa, plantaron en torno árboles, y suspendieron de las -ramas las primicias de su trabajo; libaron leche sobre el sepulcro, -exprimieron racimos de uvas y quebraron flautas. Se oyó á las vacas dar -lastimeros mugidos, y se las vió correr despavoridas y sin concierto; -todo lo cual, según declaraban pastores peritos, era lamentación y duelo -de las vacas por el vaquero difunto. - -Después del entierro de Dorcón, Cloe se fué con Dafnis á la gruta de las -Ninfas, y allí le lavó, y luego ella misma, por la primera vez, viéndolo -Dafnis, lavó su cuerpo, blanco y reluciente de hermosura, y sin -necesitar el baño para ser hermoso. Cogieron, por último, flores de las -que daba la estación, coronaron con ellas á las imágenes y colgaron como -ofrenda la flauta de Dorcón en la pared de la gruta. - -Hecho esto, salieron á ver cabras y ovejas. Todas estaban echadas, sin -pacer ni balar, sino, á lo que yo entiendo, harto afligidas por la -ausencia de Dafnis y de Cloe. Así fué que en cuanto los vieron y oyeron -que las llamaban como de costumbre y que tocaban la churumbela, se -alzaron todas alegres, y las ovejas se pusieron á pacer, y las cabras á -brincar y á balar, celebrando que su cabrero se había salvado. - -Con todo esto, Dafnis no podía recobrar su antiguo contento desde que -vió á Cloe desnuda y patente toda su beldad, escondida antes. Le dolía -el corazón como si hubiese tomado ponzoña, y su aliento ya era fuerte y -agitado, como de alguien á quien persiguen, ya desfallecido, como por el -cansancio de la fuga. Parecíale el baño de Cloe más temible que la mar, -y pensaba que su alma estaba aún cautiva de los piratas: pues, como -mozuelo campesino, ignoraba las piraterías de Amor. - - - - -[una barra decorativa] - -LIBRO SEGUNDO - - -Estaba ya en su fuerza el otoño, se acercaban los días de la vendimia, y -todo era vida y movimiento en el campo. Unos preparaban los lagares, -otros fregaban las tinajas; éstos tejían canastas y cestos ó afilaban -hoces pequeñas para cortar los racimos, y aquéllos disponían la piedra ó -la viga para estrujar las uvas, ó machacaban mimbres y sarmientos secos -para hacer antorchas á cuya luz trasegar el mosto de noche. Dafnis y -Cloe habían abandonado ovejas y cabras, y prestaban en tales faenas el -auxilio de sus manos. Él acarreaba la uva en cestos, la pisaba en el -lagar y llevaba el mosto á las tinajas, y ella condimentaba la comida de -los vendimiadores, les daba á beber vino añejo, y hasta vendimiaba á -veces en las cepas bajas; porque en Lesbos las viñas no están en alto ni -enlazadas á los árboles, sino rastreando los sarmientos como la hiedra, -de modo que una criatura apenas salida de los pañales puede allí coger -racimos. - -Según usanza en esta fiesta de Baco y nacimiento del vino, acudieron -mujeres de las cercanías para ayudar en las faenas, y las más ponían los -ojos en Dafnis y encarecían su belleza como igual á la del dios. Una de -las más avispadas y audaces le besó y el beso supo bien á Dafnis y -afligió á Cloe. Y los que estaban en el lagar echaban á Cloe no pocos -requiebros, saltaban furiosamente como sátiros que ven á una bacante, y -deseaban convertirse en carneros para que ella los llevase á pacer; con -todo lo cual Cloe se regocijaba y Dafnis se ponía mohino. De aquí que -ambos ansiasen el fin de la vendimia, la vuelta á su frecuentada soledad -campestre, y oir, en vez de aquel desconcertado bullicio, el son de la -zampona y el balar de la grey. - -Pocos días pasaron y las viñas quedaron vendimiadas y las tinajas llenas -de mosto. Como ya no había necesidad de tantos brazos, volvieron ellos á -llevar el ganado á pacer. Muy satisfechos entonces dieron culto á las -Ninfas y les ofrecieron racimos con pámpanos, primicias de la vendimia. -Nunca habían descuidado este culto, porque siempre, antes de llevar al -pasto la grey, iban á reverenciar á las Ninfas, y al volver al aprisco -también las reverenciaban, sin dejar una vez sola de ofrecerles algo, ya -flores, ya fruta, ya verdes ramos, ya libaciones de leche; generosa -devoción de que recibieron más tarde recompensa divina. Por lo pronto -ambos retozaban como lebreles que se sueltan, y tocaban la flauta y -cantaban, y como los chivos y los borregos luchaban hasta derribarse. - -Mientras así se divertían, se les apareció un viejo, que vestía pellico, -calzaba abarcas y llevaba al hombro un zurrón muy estropeado. Sentóse -junto á ellos y habló de esta suerte: «Yo, hijos míos, soy el viejo -Filetas, el que tantos cantares entonó á estas Ninfas y tantas veces -tocó la flauta en honor de aquel Pan. Con mi música sólo he guiado yo -numerosa vacada. Ahora vengo á vosotros para contaros lo que ví y -participaros lo que oí. Poseo un huerto que, desde que me quité de -pastor y busqué en la vejez reposo, cultivo con mis propias manos. -Cuanto se cría en todas las estaciones se halla en mi huerto no bien su -estación llega: en primavera, rosas, lirios, azucenas, jacintos y -violetas sencillas y dobles; en verano, amapolas, peras y todo linaje de -manzanas; ahora, uvas, granadas, higos y mirto verde. Los pájaros acuden -á mi huerto á bandadas cuando amanece: unos vienen á picar, otros para -cantar á gusto, porque hay en él sombra y tres arroyos, y tal espesura -de árboles, que si derribásemos la tapia que le cerca, pensaríamos ver -un bosque. - -«Hoy, á eso de medio día, he sorprendido allí á un muchacho que tenía -granadas y arrayán, y era blanco como la leche, rubio como la llama y -limpio y luciente como recién salido del baño. Estaba desnudo y solo, y -se entretenía en saquearme el huerto como si fuera suyo. En balde me -eché sobre él para prenderle, receloso de que me destrozase arrayanes y -granados con sus travesuras, porque él se me esquivó, ágil y leve, ora -deslizándose entre los rosales, ora escabulléndose entre las malvalocas, -como un perdigonzuelo. No pocas veces me afané para coger cabritillos de -leche ó me cansé persiguiendo becerras; pero esta res de hoy es muy -otra, y no hay quien sepa cazarla. Fatigado yo pronto, como es natural á -mis años, y apoyado en mi báculo, no sin procurar á la vez que no se -fugase, le pregunté quién era de mis vecinos y por qué se entraba á -robar en el cercado ajeno. Él, sin responder palabra, se puso junto á -mí, sonrió con singular ternura, me tiró á la cara los granos de mirto, -y no sé cómo me ablandó el corazón y me quitó el enojo. Roguéle entonces -que no tuviese miedo de mí y se dejase prender, y juré por los mirtos -que en seguida le daría suelta, regalándole manzanas y granadas y -consintiendo que en adelante cogiese mi fruta y segase mis flores, si -alcanzaba de él un solo beso. Rióse el muchacho al oírme, con risa -sonora, y salió de su pecho voz más dulce que el cantar de la -golondrina, del ruiseñor y del cisne cuando es viejo como yo. «Á mí, -¡oh Filetas! dijo, nada me cuesta que me beses. Más gusto yo de besos -que tú de remozarte. Mira, con todo, si el don que pides conviene á tus -años, los cuales no te valdrán para quedar exento de perseguirme cuando -me hubieres besado, y no hay águila, ni gavilán, ni ave alguna de rapiña -que me alcance, por ligera que sea. No soy niño, aunque parezco niño, -sino más viejo que Saturno. Yo soy anterior al tiempo todo. Á tí te -conozco de muy atrás, cuando, zagalón todavía, guardabas tu rebaño en el -llano de la laguna. Yo estaba á la vera tuya siempre que tocabas la -flauta bajo los chopos, enamorado de Amarilis. Tú no me veías, por más -que yo solía ponerme cerca de la zagala. Al cabo te la dí, y de ella te -nacieron hijos, que son valientes vaqueros y labradores. En el día -cuido, como pastor, de Dafnis y de Cloe; y después que los reuno al -rayar el alba, me vengo á tu huerto, me divierto con sus plantas y -flores, y me baño en sus fuentes. Por eso flores y plantas están lozanas -y hermosas, regadas con el agua de mi baño. Mira cómo no hay rama alguna -deshojada, ni fruta arrancada ó caída, ni arbolillo sacado de cuajo, ni -fuente turbia. Y alégrate, además, porque sólo tú, entre los hombres, -lograste verme en la vejez.» Apenas dijo esto, empezó á revolotear entre -los arrayanes lo propio que un pajarillo, y saltando de rama en rama, se -subió á lo más alto del follaje. Entonces noté que tenía alas en las -espaldas, y entre las alas un arco, y luego no ví nada de esto, ni á él -tampoco le ví. Ahora bien, si no he vivido en balde, y si con la edad no -he llegado á perder el juicio, yo os declaro, hijos míos, que estáis -consagrados á Amor y que Amor cuida de vosotros.» - -En grande se holgaron ellos, como si oyeran un cuento, y no un sucedido, -y preguntaron quién era el tal Amor, si era niño ó pájaro, y qué poder -tenía. De nuevo habló así Filetas: «Dios, hijos míos, es Amor, joven, -hermoso y volátil, por lo cual se complace en la mocedad, apetece y -busca la hermosura y hace que broten alas en el alma. Tanto puede, que -Júpiter no puede más; dispone los gérmenes de donde todo nace, reina -sobre los astros y manda más en los dioses, sus compañeros, que en -cabras y ovejas vosotros. Todas las flores son obra suya. Él ha creado -estos árboles. Por su virtud corren los ríos y los vientos suspiran. Yo -ví al toro en el celo, y bramaba como picado del tábano; yo ví al macho -enamorado de la cabra, y por todas partes la seguía. Yo mismo, cuando -mozo, amaba á Amarilis, y ni me acordaba de la comida, ni tomaba de -beber, ni me entregaba al sueño. Me dolía el alma, me daba brincos el -corazón y mi cuerpo languidecía; ya gritaba como si me azotasen; ya -callaba como muerto; á veces me arrojaba al río para apagar el fuego en -que me quemaba; á veces pedía socorro á Pan, porque amó á Pitis; -elogiaba á Eco, porque después de mí llamaba á Amarilis, ó rompía mi -flauta, porque atraía á las vacas, y á mi Amarilis no la atraía. Ello es -que no hay remedio para Amor: ni filtro, ni ensalmo, ni manjar con -hechizo; no hay más que beso, abrazo y acostarse juntos desnudos.» - -Filetas, después que los hubo doctrinado, se fué, recibiendo de ellos -algunos quesos y un chivo, al que asomaban ya los pitones. No bien ellos -se quedaron solos, y oído entonces el nombre de Amor por vez primera, se -apesadumbraron más, y de vuelta á sus chozas, comparaban lo que sentían -á lo que el viejo había referido. «Padecen los amantes, decían, y -padecemos nosotros; no cuidan de sí mismos, como nosotros nos -descuidamos; no logran dormir, y nosotros tampoco dormimos; se diría que -arden, é idéntico fuego nos abrasa; desean verse, y para vernos ansiamos -que llegue el día. Esto, de juro, es amor. Nos amábamos sin saberlo. -Pero si esto es amor y somos amados, ¿qué nos falta? ¿Qué nos aflige? -¿Para qué nos buscamos? Filetas nos dijo la verdad; el mozuelo que vió -en su huerto no es otro que el que en sueño se apareció á nuestros -padres y les ordenó que nos diesen á guardar el ganado. ¿Cómo le -podremos prender? ¡Es pequeñuelo y se fugará! ¿Cómo huir de él? Tiene -alas y nos alcanzará. ¿Pediremos á las Ninfas que nos protejan? En vano -pidió Filetas protección á Pan cuando su amor con Amarilis. Tomemos los -remedios de que él hablaba: besos y abrazos y acostarse juntos desnudos. -Es cierto que hace mucho frío, pero le sufriremos, á fin de tomar el -último remedio.» Así repasaban ambos de noche la lección que Filetas les -había dado. - -Al día siguiente llevaron el ganado á pacer, y al verse, se besaron, lo -cual nunca habían hecho antes, y se estrecharon las manos y se -abrazaron. Con el tercer remedio, con el de acostarse juntos desnudos, -era con el que no se atrevían, sin duda por requerir mayor atrevimiento -que el que cabe, no ya sólo en doncellicas ternezuelas, sino también en -cabreros de corta edad. Aquella noche estuvieron tan desvelados como la -anterior, y ya con recuerdos de lo hecho, ya con pesar de lo omitido, -decían en sus adentros: «Nos hemos besado, y de nada aprovecha; nos -hemos abrazado, y tampoco hemos tenido alivio. Por fuerza, el único -remedio de amor ha de ser acostarse juntos. Menester será ponerlo por -obra. Algo ha de haber en ello más eficaz que el beso.» - -En tales discursos acabaron por dormirse, y sus ensueños fueron -amorosos: besos y abrazos. Aun lo que no habían hecho despiertos lo -hacían soñando: se acostaban juntos desnudos. - -Despertáronse luego con el alba más prendados que nunca, y se -apresuraron á salir á pastorear, impacientes de renovar los besos. No -bien se vieron, corrieron con blanda sonrisa hasta juntarse; se besaron -y se abrazaron; pero el tercer remedio no se empleó. Ni Dafnis se -atrevía á proponerle, ni Cloe quería tomar la iniciativa. El acaso hubo, -pues, de disponerlo todo. - -Sentados estaban ambos junto al tronco de la encina, y gustaban del -deleite que hay en el beso, y no lograban hartarse de su dulzura. -Ceñíanse con los brazos para que la unión fuese más apretada. Una vez, -como Dafnis apretase con mayor violencia, Cloe se cayó sobre un costado, -y Dafnis, siguiendo la boca de Cloe para no perder el beso, se cayó -también. Reconocieron entonces en aquella postura la que en sueños -habían tenido, y se quedaron así durante mucho tiempo, como si -estuviesen atados. Sin adivinar lo que había después, creyeron haber -tocado al último límite de los gustos amorosos, y consumieron en balde -la mayor parte del día, hasta que al llegar la noche se separaron -maldiciéndola, y recogieron el hato. Quizás hubieran llegado pronto al -término verdadero, á no sobrevenir un alboroto en aquel rústico retiro. - -Ciertos mancebos ricos de Metimna, deseosos de solazarse durante la -vendimia y de hacer alguna gira, echaron un barco á la mar, pusieron -por remeros á sus criados, y se vinieron á las costas de Mitilene, -donde hay ensenadas seguras, lindos caseríos, cómodas playas para -bañarse y bosques y jardines, ya por obra de Naturaleza, ya por -industria humana, y todo bueno y grato para la vida. Costeando de esta -suerte saltaban de diario en tierra, sin hacer daño á nadie, y se -entregaban á varios pasatiempos. Ora desde alguna roca que avanzaba -sobre la mar, pescaban con anzuelos colgados de una caña por un hilo -delgado; ora con redes y con perros cazaban las liebres que habían huído -de los majuelos, espantadas por los vendimiadores; ora cogían con lazo -ánades silvestres, ánsares y avutardas, con lo cual, á par que se -recreaban, proveían su mesa. Y si algo necesitaban aún, lo tomaban de -los campesinos, pagándolo más caro de lo que valía. El pan y el vino era -lo único que les faltaba, y también un sitio donde albergarse, pues no -hallaban seguridad en dormir á bordo por la otoñada, y temerosos del -temporal, traían de noche la nave á tierra. - -Un rústico de por allí había menester de una soga, rota ya ó gastada la -de que antes se servía para sostener en alto la piedra del husillo de su -lagar; y yéndose de oculto hacia la playa, halló la nave sin quién la -guardase; desató la amarra, se la llevó á su casa y la usó en dicho -empleo. - -Por la mañana los mancebos de Metimna buscaron en balde la amarra. -Nadie confesó haberla tomado. Disputaron un poco con sus huéspedes por -este motivo, se embarcaron y se fueron. Navegaron treinta estadíos, y -llegaron á los campos donde moraban Dafnis y Cloe. Aquel llano les -pareció muy á propósito para correr liebres. Y como carecían de soga ó -cuerda que les sirviese de amarra, entretejieron y retorcieron largas -varillas de verdes mimbreras, con las cuales amarraron la nave á tierra -por la alta popa. Soltaron luego los perros para que olfatearan y -levantaran la caza, y tendieron las redes en los sitios que juzgaron más -adecuados. Los perros con sus ladridos y carreras espantaron las cabras, -y éstas abandonaron los cerros y alcores y se vinieron hacia la mar, -donde entre la arena no tenían pasto, por lo cual algunas de las más -atrevidas se acercaron á la nave y se comieron la mimbre verde á que -estaba amarrada. En la mar á la sazón había resaca, porque soplaba -viento de tierra, de suerte que, no bien el barco quedó libre, las olas -le empujaron y se le llevaron lejos. Pronto se percataron de ello los -cazadores, y unos corrieron á la orilla, otros atraillaron los perros, y -todos gritaron de manera que cuanta gente había en los vecinos campos -acudió al oirlos, pero de nada valió su venida. El viento sopló más -fuerte y se llevó el barco con celeridad irresistible. - -Los de Metimna, enojados con la pérdida de tantas prendas de valor, -buscaron al cabrero, y habiendo hallado á Dafnis, se pusieron á darle -golpes y á desnudarle; y hasta hubo uno que, valiéndose de la cuerda con -que atraillaba los perros, iba á atarle las manos á las espaldas. -Maltratado así Dafnis, gritó y pidió socorro á los rústicos, y sobre -todo llamó á Lamón y á Dryas. Acudieron éstos, que eran dos viejos -recios, con las manos endurecidas en las labores del campo, y se -hicieron respetar, exigiendo que se tratase el negocio en justicia y -fuesen oídas las partes. Todos se conformaron, y Filetas el vaquero fué -nombrado juez, porque era el más anciano de los que allí estaban -presentes, y por su rectitud famoso en aquella comarca. - -Los de Metimna, con claridad y concisión, plantearon así su querella -ante el juez vaquero: - -«Vinimos á estos campos á cazar, dejamos nuestro barco junto á la -orilla, amarrado con verde mimbre, y nos pusimos á ojear con los perros -de caza. Entre tanto bajaron las cabras de este mozuelo á la marina, se -comieron la mimbre y desataron el barco. Ya viste cómo se le llevaron -las olas. ¿Cuánto crees que importa el perjuicio ocasionado? ¡Qué de -trajes hemos perdido! ¡Qué de collares de perros! ¡Cuánta plata, de -sobra acaso para comprar todo este terreno! Por todo lo cual parece -justo que nos llevemos á este cabrerillo torpe, que apacienta cabras -junto á la mar, cual si fuera marinero.» Así se quejaron los metimneños. - -Dafnis, por más que le dolían los golpes recibidos, vió á Cloe presente, -lo despreció todo, y dijo: «Yo guardo bien mi ganado. Jamás se quejó -labrador de estos contornos de que cabra mía le destrozase su huerto ó -le comiese los brotes de su viña. Éstos son cazadores inhábiles, y traen -perros mal enseñados, que no saben sino correr sin concierto, y ladrar -con tal furor, que las cabras han huído del llano y del cerro hacia la -mar, como acosadas por lobos. Es cierto que se comieron la mimbre. -¿Acaso en la arena tenían verde grama, madroños y tomillo? El barco se -le llevó el viento ó la mar. Cúlpese á la tormenta, no á las cabras. En -el barco había ropa y plata; pero ¿quién, que esté en su juicio, ha de -creer que llevaba tales riquezas un barco con amarra de mimbre?» - -Dicho esto, Dafnis rompió á llorar y movió á compasión á los rústicos, -de suerte que Filetas, el juez, juró por Pan y las Ninfas que no había -culpa en Dafnis, ni tampoco en las cabras. Culpados eran la mar y el -viento, los cuales tenían otros jueces. La sentencia de Filetas no -satisfizo á los metimneños, y avanzaron furiosos, cogieron otra vez á -Dafnis y le querían atar para llevársele. Pero los rústicos se -alborotaron, y, cayendo sobre ellos como grajos ó como nube de -estorninos, pronto libertaron á Dafnis, que también peleaba, y pusieron -en fuga á los metimneños, hartándolos de palos y sin cesar de -perseguirlos hasta que los echaron de todo aquel territorio. Así quedó -el campo en sosiego, y Cloe llevó á Dafnis á la gruta de las Ninfas. -Allí le lavó la cara, llena de sangre, que había echado por las -lastimadas narices, y le hizo comer un pedazo de torta y una raja de -queso que sacó del zurroncillo, y para que mejor se recobrase, le dió un -beso, todo de miel, con sus blandos labios. - -Así se salvó Dafnis de aquel peligro; mas no pararon allí las cosas. Los -metimneños, de vuelta á su tierra, con harta fatiga, á pie en vez de ir -en barco, y apaleados en vez de ir divertidos, convocaron en junta á los -ciudadanos, y en traje de suplicantes pidieron venganza del insulto -recibido, sin decir palabra de verdad, para que no se burlasen de ellos -por haberse dejado apalear por unos villanos; antes bien supusieron que -los de Mitilene les habían apresado el barco y robado sus bienes, como -en tiempo de guerra. - -En vista de las heridas, los de la junta lo creyeron todo y consideraron -justo vengar á aquellos jóvenes de las principales familias de la -ciudad. La guerra contra los de Mitilene fué, pues, decretada sin -declaración previa, y se dió orden á un capitán para que saliese á la -mar con diez naves y talase y saquease las costas del enemigo. Como se -acercaba el invierno, no era seguro aventurar mayor escuadra. - -Al día siguiente, hechos los aprestos y llevando como remeros á los -mismos soldados, recorrió la escuadrilla las costas de Mitilene, y la -gente entró á saco muchos lugares, robando ganado y trigo y vino en -abundancia, porque estaba recién hecha la vendimia, y cautivando no -pocos hombres de los que trabajaban en el campo. Desembarcó también -donde Dafnis y Cloe apacentaban y se llevó cuanto halló á mano. - -Dafnis á la sazón no guardaba las cabras, sino había ido al bosque á -coger ramas verdes para dar en el invierno alimento á los chivos. Cuando -vió la invasión desde lo alto se escondió en el hueco tronco de un -quejigo seco. Cloe, en tanto, guardaba el rebaño, y perseguida por los -invasores, se refugió en la gruta de las Ninfas, por cuyo amor rogaba -que á ella y á su grey perdonasen. De nada valió el ruego. Los -metimneños, no sólo hicieron muchas burlas y profanaciones de las -imágenes, sino que á las ovejas y á la misma Cloe, como si fuera oveja -también, se las llevaron por delante á varazos. Ya entonces tenían las -naves cargadas de botín de toda laya, y decidieron no navegar más, sino -volverse á sus casas, recelosos del invierno y de los enemigos. - -Navegaban, pues, aunque poco y á fuerza de remos, porque el viento no -los favorecía, cuando Dafnis, visto el sosiego que reinaba, bajó á la -llanura en que solía apacentar, y no halló cabras ni ovejas, ni halló á -Cloe, sino soledad mucha, y por el suelo la flauta con que Cloe se -deleitaba. Dafnis empezó entonces á gritar y á exhalar sollozos -lastimeros, y ya corría bajo el haya donde antes se sentaba, ya hacia la -mar para ver si alcanzaba á su amiga, ya á la gruta donde se refugió -cuando la perseguían. Allí se echó por tierra y vituperó á las Ninfas de -traidoras. «Al pie de vuestras aras, dijo, fué robada Cloe, y lo vísteis -y lo sufrísteis; Cloe, la que os tejía coronas y las que os ofrecía las -primicias de la leche y la flauta que veo allí colgada. Jamás lobo me -robó una sola cabra, y los enemigos me han robado todo el rebaño y la -zagala mi compañera. Desollarán las cabras; sacrificarán las ovejas. -Cloe vivirá lejos en alguna ciudad. ¿Cómo presentarme ahora á mi padre y -á mi madre, sin cabras y sin Cloe, y también sin oficio, pues no quedan -cabras que guardar? Aquí me voy á quedar aguardando la muerte ó algún -otro enemigo. Y tú, Cloe, ¿padeces como yo? ¿Te acuerdas de estos prados -y de las Ninfas y de mí, ó te consuelan las ovejas y las cabras, -prisioneras contigo?» - -Conforme se lamentaba así, entre gemidos y lágrimas, se apoderó de él un -profundo sueño y se le aparecieron las tres Ninfas, grandes y hermosas, -medio desnudas, descalzas y suelto el cabello, como las imágenes. Al -principio mostraron compadecerse de Dafnis; luego dijo la mayor, -confortándole: «No así nos acuses, ¡oh Dafnis! Más cuidado que á tí nos -merece Cloe. De ella nos compadecimos apenas nació, y la criamos cuando -fué expuesta en esta gruta. Nada de común tiene ella con los campos ni -con las ovejas de Dryas. Ya hemos dispuesto lo que más le conviene. Ni -se la llevarán cautiva á Metimna, ni será entregada á los soldados como -parte del despojo. El mismo dios Pan, que está sentado bajo aquel pino, -si bien jamás le llevásteis vosotros ofrendas de flores, cede á nuestros -ruegos y va en auxilio de Cloe, como más avezado que nosotras en los -negocios de la guerra, por haber ya militado en muchas, abandonando su -agreste retiro. Tremendo enemigo va á caer sobre los metimneños. No te -aflijas, pues: levántate y ve á consolar á Lamón y Mirtale, que se -revuelcan por el suelo como tú, creyendo que también te llevan cautivo. -Mañana volverá Cloe, y con ella las ovejas y las cabras. Aun las -guardaréis juntos; aun juntos tocaréis la flauta. De lo otro cuidará -Amor.» - -Al ver y oir Dafnis todo esto, despertó, lloró de alegría á par que de -pena, y adoró las figuras de las Ninfas, prometiendo sacrificarles la -mejor de sus cabras, si se salvaba Cloe. Corrió después bajo el pino, -donde estaba la imagen de Pan, con patas y cuernos de cabra, en una mano -la flauta y con la otra deteniendo un chivo, y le adoró también, é -intercedió con él por Cloe y le prometió sacrificarle un macho. Y como -casi iba ya á ponerse el sol, sin cesar él en sus lamentos y plegarias, -recogió las ramas que había cortado y se fué á su cabaña. Con su vuelta -quitó á sus padres un gran pesar, trocándole en contento. Luego comió un -bocadillo y se fué á dormir, no sin llorar aún y suplicar á las Ninfas -que trajesen pronto el nuevo día, y á Cloe con él, cumpliendo la -promesa. La noche aquella le pareció la más larga de todas las noches. - -Entre tanto, el capitán de los metimneños, no bien hubo navegado cerca -de diez estadíos, quiso que reposase su gente, fatigada de la correría. -Había allí un cerro que avanzaba sobre la mar, abriéndose en forma de -media luna, en cuyo seno convidaban las ondas tranquilas con el más -seguro puerto. En él anclaron las naves, lejos aún de la costa, á fin de -no recelar asalto ó sorpresa de villanos, y los metimneños se entregaron -en paz á sus deportes. Como traían abundancia de todo, fruto de su -rapiña, comieron y bebieron con gran fiesta y algazara, para celebrar la -fácil victoria. Así pasaron el día, y no bien los sorprendió la noche, -parecióles de repente que toda la tierra se ardía alrededor con llamas y -relámpagos, y que se oía en la mar estrépito impetuoso de remos, como de -formidable escuadra que á combatirlos venía. Muchos gritaban á las -armas; otros se llamaban mutuamente: éste creíase ya herido; aquél -imaginaba que alguien caía muerto á su lado. En suma, todo asemejaba -reñido combate nocturno, sin que hubiese enemigos. - -La noche así pasada, amaneció un día más espantoso que la misma noche. -Las cabras y los machos de Dafnis llevaban en los cuernos hiedra con sus -corimbos, y los carneros y ovejas de Cloe aullaban como lobos. Ella -apareció coronada de ramas de pino. En la mar ocurrieron también muchos -portentos. No se podían levar anclas, que se agarraban al fondo; los -remos se rompían al meterlos en el agua para bogar; los delfines, -brincando fuera de la mar, azotaban con las colas las naves y -desbarataban su trabazón. Y oíase el sonido de una flauta en la más alta -cumbre de la roca; mas no deleitaba como flauta, sino aterraba á los -oyentes como trompa guerrera. De aquí el general sobresalto, el correr á -las armas y el miedo de enemigos que no se veían. Todos ansiaban que -volviese la noche, esperando que les diese tregua. - -Á nadie que tuviese sano el entendimiento podía ocultársele que tales -visiones y ruidos eran obra de Pan; encolerizado contra los marineros; -pero no adivinaban el motivo de su cólera, pues no habían saqueado -ningún templo de aquel dios. Por último, á eso de medio día, no sin -disposición de lo alto, quedóse el capitán dormido, y Pan se le -apareció, diciendo: - -«¡Oh, los más impíos y malvados de todos los mortales! ¿Cómo os -propasasteis á tal extremo en vuestra audacia loca? Llevasteis la guerra -á los campos que me son caros; robásteis las vacas, cabras y corderos de -que yo cuido, y arrancásteis de mi propio altar á una virgen, de quien -Amor quiere componer muy linda historia. Ni á las Ninfas, que os -miraban, ni á mí, que soy Pan, habéis respetado. Nunca navegando con -tales despojos, volveréis á ver á Metimna, ni escaparéis al son de mi -flauta aterradora. Os he de anegar y os he de dar por pasto á los peces, -si al punto no devolvéis á Cloe á las Ninfas, y á Cloe su rebaño, cabras -y corderos. Levántate, pues, y pon en tierra á la muchacha con todo lo -que te dije. Yo te llevaré luego en salvo por mar, y á ella por tierra.» - -Todo consternado se despertó con esto Briaxis, así se llamaba el -capitán, y llamó á los cabos y principales de las naves, ordenándoles -que buscasen sin demora entre los cautivos á la zagala Cloe. En seguida -la hallaron, porque estaba sentada con guirnalda de pino, y la trajeron -á la presencia del capitán, quien conoció por las señales que á causa de -ella había tenido la visión, y él mismo la llevó á tierra en su mejor -barca. Apenas desembarcó la pastorcilla, se oyó de nuevo son de flauta -sobre la roca, pero no ya belicoso y espantable, sino suave y pastoril, -como para llevar corderos á prado. Y en efecto, los corderos y las -ovejas echaron á correr por las escaleras abajo, sin tropiezo á pesar de -la dureza de sus pezuñas, y las cabras con mayor atrevimiento aún, como -acostumbradas á saltar por los vericuetos. Y toda la grey rodeó á Cloe, -y en coro se puso á retozar, brincar y balar en muestra de alegría. Las -cabras, bueyes y demás ganado de otros pastores se quedaron quietos en -el fondo de las naves, como si aquel son no los llamara. Las gentes se -maravillaron en grande al ver estas cosas, y celebraron á Pan, quien en -mar y tierra obró luego mayores prodigios. Antes de levar ancla, las -naves iban ya navegando. Un delfín, que salía con sus brincos sobre las -ondas, guiaba la nave capitana. Suavísima música de flauta conducía -cabras y corderos, y nadie veía á quien tocaba. Y todo el rebaño, -hechizado con el son, andaba á par que pacía. - -Era ya la hora en que se va de nuevo al pasto después de la siesta, -cuando Dafnis, que estaba oteando desde un alta atalaya, vió venir el -ganado y vió venir á Cloe. Entonces gritó: «¡Oh, Ninfas! ¡Oh, Pan!» -bajó á lo llano, abrazó á Cloe, y cayó desmayado de placer. Apenas -volvió en sí merced á los besos de Cloe y al dulce calor de sus abrazos, -se la llevó bajo el haya donde solían, y sentados contra el tronco, le -preguntó de qué suerte se salvó de los enemigos. Ella contó todas las -circunstancias: la hiedra de las cabras, los aullidos de las ovejas, la -corona de ramas de pino que le ciñó las sienes, y la medrosa noche, y -cómo hubo en la tierra fuego, extraño ruido en la mar y dos distintos -sones de flauta, uno guerrero y otro pacífico. Dijo, por último, que -ignorante ella del camino, se le indicaba y la guiaba cierta música -misteriosa. - -Bien notó en todo Dafnis el cumplimiento del sueño de las Ninfas y los -milagros de Pan, y también refirió él cuanto había visto y oído, y que -ya se moría de dolor cuando las Ninfas le salvaron. Después mandó á Cloe -á que dijese á Dryas y á Lamón que vinieran con todo lo necesario para -hacer un sacrificio. Él, en tanto, tomó la mejor de sus cabras; la -coronó de hiedra, conforme se había mostrado á los enemigos; vertió -leche entre sus cuernos; la sacrificó á las Ninfas; la suspendió y la -desolló, y colgó la piel en la roca. - -Presentes ya Cloe y los que la acompañaban, Dafnis encendió fuego, asó -parte de la carne y coció la otra parte; ofreció á las Ninfas las -primicias y les hizo una libación con un cántaro lleno de mosto. Dispuso -luego lechos de hojas verdes para todos los convidados, y se entregó á -beber, comer y jugar con ellos, sin dejar de atender al ganado, no -viniese el lobo é hiciese en él de las suyas. Hermosos cantares se -cantaron allí en loor de las Ninfas, compuestos por pastores antiguos. -Venida la noche todos durmieron al raso ó en la gruta. Al salir el sol, -se acordaron de Pan; coronaron de pino el manso de la manada y le -llevaron bajo el pino, donde entre libaciones de mosto y cantos en -alabanza del dios, se le sacrificaron, colgándole y desollándole. Las -carnes asadas y cocidas las pusieron en el prado sobre hojas verdes. La -piel con los cuernos quedó colgada del pino, junto á la imagen del dios, -ofrenda pastoral al dios de los pastores. Ofreciéronle también las -primicias de la carne; vertieron vino del cántaro más hondo, y Cloe -cantó, y Dafnis la acompañó con la zampoña. - -Recostáronse después y se pusieron á comer, cuando por acaso llegó -Filetas el vaquero, el cual traía para Pan algunas guirnaldas y racimos -de uvas con sarmientos y pámpanos. Le acompañaba su hijo menor Titiro, -rapazuelo de pelo rubio y ojos zarcos, vivo y travieso, y que venía -saltando más ágil que un chivo. Levantáronse todos para coronar á Pan y -colgaron los racimos en la copa del pino, y luego volvieron á sentarse, -convidando á Filetas á que merendase y bebiese con ellos. Ya algo -bebidos, se dieron, según es propio en los viejos, á referir casos de -sus verdes años, de qué suerte guardaban el hato y de cuántas -incursiones de bandidos y piratas habían escapado. Éste se jactaba de -haber muerto un lobo; aquél de no ceder más que á Pan en tocar la -flauta. La última jactancia era de Filetas. Dafnis y Cloe le rogaron con -ahinco que les diese á conocer algo de su arte tocando la flauta en la -fiesta del dios que tanto se huelga de oirla. Filetas consintió en -tocar, y si bien lamentándose de que con la vejez le faltaba resuello, -tomó la flauta de Dafnis; pero halló que era pequeña para lucir en ella -toda su maestría, y sólo propia para la boca de un rapaz, y envió á -Titiro en busca de su flauta, aunque distaba su casa diez estadíos de -allí. El chico soltó la ropa que le estorbaba, y casi desnudo echó á -correr como un gamo. Lamón, mientras volvía, se puso á contar la fábula -de Siringa, tal cual se la contó un cabrero de Sicilia, á quien dió en -pago un cabrón y una zampoña. - -«Siringa, dijo, no era flauta pastoril en lo antiguo, sino virgen -hermosa, con buena voz y arte en el canto. Cuidaba cabras, jugaba con -las Ninfas y cantaba como ahora. Pan, al verla cuidar las cabras, -retozar y cantar, se llegó á ella y le pidió que consintiese en lo que -él quería, ofreciéndole, en cambio, que sus cabras todas parirían -muchos cabritillos gemelos. Ella se burló de este amor y se negó á -admitir amante que era medio hombre y medio macho de cabrío. Pan -entonces la persiguió para lograrla por fuerza. Huyó Siringa de Pan y de -su violento arrojo, y fatigada al cabo, se ocultó en un cañaveral y -desapareció en una laguna. Cortó Pan las cañas con furia; sin hallar á -la linda moza halló desengaño, é imaginó un instrumento, juntando con -cera desiguales cañutos, por ser su amor desigual como ellos. De aquí -que la hermosa virgen de entonces hoy sea flauta sonora.» - -Terminada tenía ya Lamón su historia, y Filetas le alababa por haberla -contado con más dulzura que un cantar, cuando apareció Titiro con la -flauta de su padre, la cual era grande, hecha de gruesas cañas y con -adornos de bronce sobre las pegaduras de cera. Dijérase que era la -propia y primera flauta que fabricó Pan. Filetas se levantó, se puso -derecho sobre su asiento, y lo primero que hizo fué ensayar si el viento -colaba bien por los cañutos, y habiendo notado que el soplo penetraba -sin estorbo, sopló con brío juvenil y se oyó al punto como un concierto -de muchas flautas; tanto resonaba la suya sola. Poquito á poco fué luego -mitigando aquella vehemencia y convirtiéndola en suave melodía, y mostró -allí todo el arte del buen pastoreo musical: lo que agrada á las vacas y -bueyes, lo que conviene para las cabras y lo que gusta á las ovejas. -Para las ovejas era el son dulce, grave para el ganado vacuno y agudo -para el cabrío. Todo esto, obra de diversas flautas, lo imitaba él con -sólo la suya. - -Recostados los circunstantes oían la música con delicia y en silencio, -hasta que se alzó Dryas y pidió á Filetas que tocase una tonada en loor -de Baco para que él bailase un baile de lagar. Bailó, pues, imitando, -ora que vendimiaba, ora que acarreaba la uva en cestos, ora que la -pisaba, ora que llenaba las tinajas, ora que probaba el mosto. Y todas -estas cosas las bailó Dryas con tal primor y claridad, que parecía que -se estaban viendo viñas, lagar y tinajas, y al propio Dryas vendimiando -y bebiendo. Así se lució en el baile el tercer viejo, y fué á besar á -Dafnis y á Cloe. Éstos se alzaron al punto y bailaron el cuento de -Lamón. Dafnis hacía de Pan, y de Siringa Cloe. Él pedía amor; ella le -burlaba desdeñosa; él sobre las puntas de los pies, para imitar las -pezuñas del cabrío, la perseguía corriendo, y Cloe se fingía cansada y -se ocultaba, por último, entre unas matas como si fuese en la laguna. -Dafnis tomó entonces la gran flauta de Filetas, y tocó ya con flébil -tono como de suplicante, ya con tono amoroso para persuadir, ya con -suave llamada, como buscando y atrayendo á la fugitiva. Maravillado -Filetas, se alzó de su asiento, besó al rapaz, y después de besarle le -regaló la flauta, no sin pedir al cielo que Dafnis en su día pudiese -dejarla á sucesor semejante. Dafnis, por último, suspendió su pequeña -flauta en el ara de Pan, besó á Cloe como si la volviese á hallar -después de una fuga verdadera, y se llevó sus cabras, tocando la flauta -grande. - -Como la noche venía ya, Cloe condujo también su rebaño, aprovechándose -del mismo son, de suerte que cabras y ovejas iban juntas. Dafnis -caminaba cerca de Cloe y ambos platicaron entre sí hasta bien cerrada la -noche, concertándose para salir al día siguiente más temprano que de -costumbre. - -Así lo hicieron en efecto. Apenas rayó el alba, volvieron al prado, y -después de saludar primero á las Ninfas y en seguida á Pan, se sentaron -bajo la encina, tocaron juntos la flauta, se besaron, se abrazaron, se -acostaron muy juntos, y sin hacer nada más, se levantaron. Pensaron -luego en la comida, y bebieron vino con leche. Algo acalorados con esto, -y creciendo también en audacia, se enredaron en amorosa disputa y -acabaron por exigirse juramento de fidelidad. Dafnis, acercándose al -pino, juró por Pan no vivir un solo día sin Cloe, y Cloe, penetrando en -la gruta, juró por las Ninfas ser de Dafnis en vida y en muerte; pero -ella, como niña aún, era tan simplecilla, que al salir de la gruta -quiso que Dafnis le hiciese nuevo juramento. «¡Oh, Dafnis!, le dijo, -este dios Pan es travieso y muy poco de fiar. Se enamoró de Pitis, se -enamoró de Siringa, no cesa jamás de perseguir á las Dryadas y se emplea -de continuo en servir y complacer á todas las ninfas pastoriles. Si no -cumples la fe jurada, se reirá y no te castigará, aunque te enredes con -más queridas que cañutos tiene tu zampoña. Júrame, pues, por tu rebaño y -por la cabra que te crió, no abandonar á Cloe mientras ella te sea fiel. -Y si Cloe te faltare, perjura á tí y á las Ninfas, húyela, aborrécela, -mátala como á un lobo.» En el alma se complació Dafnis de estas dudas de -Cloe; y de pie en medio del rebaño, la una mano sobre una cabra y sobre -un macho la otra, juró amar á Cloe mientras ella le amara, y si ella -amase á otro, en vez de matarla, matarse él. Cloe se holgó del juramento -y le creyó, porque doncellica y pastora, tenía á las cabras y ovejas por -divinidades propias de cabrerizos y zagales. - - - - -[una barra decorativa] - -LIBRO TERCERO. - - -Cuando supieron los de Mitilene la expedición de las diez naves, y, por -gente que venía del campo, los robos que habían hecho, no juzgaron -decoroso sufrir tal afrenta de los de Metimna y resolvieron mover guerra -contra ellos con toda rapidez. Levantaron, pues, tres mil infantes y -quinientos caballos; y recelosos de la mar en la estación del invierno, -los enviaron por tierra, al mando de su general Hipaso. - -Éste no estragó los campos ni robó ganado ni frutos y enseres de -labranza, considerando más propios de bandido que de general tales -actos, sino marchó derecho y pronto contra la ciudad de Metimna, -esperando sorprenderla con las puertas sin custodia. Ya no distaba de la -ciudad más de cien estadíos, cuando se presentó un heraldo pidiendo -treguas. Los metimneños habían averiguado por los cautivos que los de -Mitilene nada sabían de lo ocurrido, y que eran gañanes y pastores los -que habían maltratado á los jóvenes, por lo cual reconocían que se -habían atrevido con más acritud que prudencia contra la vecina ciudad, y -sólo deseaban devolver el botín, tratarse de amigos y comerciar como -antes por mar y tierra. Hipaso aunque tenía plenos poderes para -negociar, envió al heraldo á Mitilene, y, acampado á diez estadíos de -Metimna, aguardó la resolución de sus conciudadanos. Á los dos días vino -el mensajero con orden de recibir la restitución y de volverse sin -causar daño, porque, al escoger entre la paz y la guerra, habían hallado -la paz más útil. Así terminó la guerra entre Mitilene y Metimna, con fin -tan inesperado como el principio. - -Llegó el invierno, para Dafnis y Cloe más que la guerra crudo. De -repente cayó mucha nieve: cubrió los caminos y encerró á los rústicos en -sus chozas. Con ímpetu se despeñaban los torrentes; se helaba el agua; -parecían muertos los árboles, y no se veía el suelo sino al borde de -arroyos y manantiales. Nadie, pues, llevaba á pacer el ganado ni se -asomaba á la puerta, sino todos encendían gran candela en el hogar, no -bien cantaba el gallo, y ya hilaban lino, ya tejían pelo de cabra, ya -tramaban lazos para cazar pájaros. Entonces era menester andar solícitos -en dar paja á los bueyes en el tinao, fronda en el aprisco á las cabras -y ovejas, y fabuco y bellotas á los cerdos en la pocilga. - -Con esta forzosa permanencia dentro de casa, se holgaban los demás -pastores y labriegos, porque descansaban algo de sus faenas, comían bien -y dormían á pierna tendida. Así es que el invierno se les antojaba más -dulce que el verano, que el otoño y hasta que la misma primavera. Pero -Dafnis y Cloe, retrayendo á la memoria los pasados deleites; cómo se -besaban, cómo se abrazaban y cómo merendaban juntos, se pasaban las -noches muy afligidos y sin dormir, ansiosos de que volviese la -primavera, que era para ellos volver de la muerte á la vida. Cuando por -dicha topaban con el zurrón en que habían llevado la merienda, ó veían -el cantarillo en que habían bebido, ó la zampoña, presente amoroso, -abandonada ahora, la pena de ambos se acrecentaba. Con fervor pedían á -las Ninfas y á Pan que los librase de tantos males, dejando que ellos y -su ganado salieran á tomar el sol; pero á par que pedían, buscaban medio -de verse. Cloe andaba con terribles vacilaciones y sin saber qué hacer, -porque no se apartaba de la que tenía por madre, aprendiendo á cardar -lana y á manejar el huso y escuchándola hablar de casamiento; pero -Dafnis, con mayor libertad y más ladino también que la muchacha, inventó -esta treta para verla. - -Delante de la vivienda de Dryas, contra la propia pared, había dos -grandes arrayanes y una mata de hiedra, tan cerca los arrayanes el uno -del otro, que la hiedra que crecía en medio los ceñía, enredando en -ambos sus hojas y largos tallos á modo de parra, y formando gruta de -tupida verdura. Por dentro colgaban, como racimos en la vid, muchos y -gruesos corimbos. Acudía, pues, allí, multitud de pájaros invernizos: -mirlos, tordos, palomas zuritas y torcaces, y otros que comen granos de -hiedra á falta de mejor alimento. So color de cazar estos pájaros, -Dafnis salió de su casa con el zurrón lleno de bollos de miel, y -llevando asimismo, para que le dieran más crédito, lazos y liga. Su -habitación distaba de la de Cloe cerca de diez estadíos, pero la nieve, -no bien endurecida, hubiera hecho trabajoso el camino, si no fuese que -para Amor todo es llano: fuego, agua y nieve de Escitia. Dafnis, pues, -se plantó de una carrera á la puerta de Dryas; sacudió la nieve de los -pies, tendió lazos, colocó largas varillas untadas con liga, y se puso -en acecho de los pájaros y también de Cloe. - -En cuanto á los pájaros, acudieron muchos y quedaron presos. No corta -tarea tuvo Dafnis en cogerlos, matarlos y desplumarlos. Pero nadie salía -de la casa, ni hombre ni mujer, ni gallo ni gallina. Todos, sin duda, -estaban dentro, sentados al amor de la lumbre. Dafnis vacilaba; temía -haber salido á pájaros con malos auspicios, y no se atrevía, no -obstante, á imaginar un pretexto para entrar en la casa, cavilando dónde -hallar el más plausible. «Pediré candela.--¿Cómo es eso? ¿No tienes á -nadie más cerca á quien pedirla?--Pediré pan.--Tu zurrón está bien -provisto.--Diré que me falta vino.--Há poco que hiciste la vendimia.--Un -lobo me persigue.--¿Dónde están las huellas de ese lobo?--Vine á cazar -pájaros.--Pues vete, ya que los has cazado.--Quiero ver á Cloe.--No es -fácil declarar esto al padre y á la madre de la muchacha. Más vale -callarse. No hay cosa que no excite las sospechas. Me iré. Veré á Cloe -esta primavera. No consienten los hados, á lo que barrunto, que yo la -vea en invierno.» Así discurría para sí, y, recogiendo lo que había -cazado, se disponía á partir, cuando, por misericordia de Amor, ocurrió -lo que sigue. - -Estaban á la mesa Dryas y su familia. Se distribuía la carne, se -repartía el pan y el jarro se llenaba de vino, en ocasión que uno de los -perros del ganado, aprovechándose del descuido de los dueños, cogió un -pedazo de carne y huyó con él fuera de casa. Irritado Dryas, tanto más -que la carne robada era su ración, agarra un palo y corre tras el rastro -del perro, como otro perro. En esta persecución, pasa cerca de la hiedra -y los arrayanes; ve á Dafnis, que se echaba ya al hombro su presa; -resuelto á irse; olvida al punto carne y perro, y exclamando en alta -voz: «¡Salud! ¡Oh, hijo mío!», le abraza, le besa, le toma de la mano y -le hace que entre en su morada. Poco faltó para que, al verse Dafnis y -Cloe, no cayesen ambos al suelo. Procuraron, no obstante, tenerse -firmes; se saludaron y se volvieron á besar, y esto casi fué arrimo para -no caer ambos. - -Después que logró Dafnis, contra su esperanza, ver y besar á Cloe, se -sentó junto al hogar; puso sobre la mesa las palomas y los mirlos que -traía al hombro, y contó que, harto de encierro casero, había salido á -coger pájaros, y de qué modo había cogido, ya con lazo, ya con liga, los -que venían á picar en la hiedra y en los arrayanes. Los allí presentes -alabaron mucho su habilidad y le convidaron á comer de lo que el perro -había dejado. Cloe, por orden de sus padres, le escanció la bebida, y -con alegre rostro sirvió á los otros primero, y á Dafnis el último, -fingiéndose muy enojada de que, habiendo él venido hasta allí, iba á -irse sin verla. Á pesar del enojo, Cloe, antes de presentar el vaso á -Dafnis, bebió un poco, y le dió lo demás. Dafnis, aunque sediento, bebió -con lentitud para que durase más y fuese mayor su deleite. Limpia ya la -mesa de pan y de carne, y aún sentados á ella, le preguntaron por -Mirtale y Lamón, y los declararon felices de tener en su vejez tal -apoyo; encomio de que gustó Dafnis en extremo por escucharle Cloe. -Rogáronle después que se quedase allí hasta el día siguiente, porque -tenían que hacer un sacrificio á Baco, y Dafnis, de puro contento, por -poco los adora como si fuesen el dios. Á escape sacó de su zurrón cuanto -bollo de miel en él traía, y dió á guisar para la cena los pájaros que -había cazado. Se llenó de nuevo el jarro de vino; se atizó y encandiló -el fuego, y, apenas llegó la noche, se pusieron otra vez á la mesa, -donde se divirtieron contando cuentos y entonando canciones, hasta que -los ganó el sueño y se fueron á dormir, Cloe con su madre, y Dafnis con -Dryas. Cloe se complació con la idea de volver á ver por la mañana á -Dafnis, y Dafnis, lleno de satisfacción de dormir con el padre de Cloe, -le abrazó y besó muchas veces, soñando que á Cloe abrazaba y besaba. - -Al amanecer era el frío atroz, y el viento del Norte todo lo helaba. De -pie ya la gente, sacrificó á Baco un borrego añal; encendió lumbre y -preparó el almuerzo. Mientras Napé amasaba el pan y Dryas guisaba el -borrego, Dafnis y Cloe, estando de vagar, salieron de la casa bajo los -arrayanes y la hiedra, y, tendiendo lazos otra vez y poniendo liga, -pillaron multitud de pájaros. Durante la caza fué aquello un no cesar de -besarse, entreverando los besos con pláticas, también sabrosas.--Por ti -vine, Cloe.--Lo sé, Dafnis.--Por ti mato estos mirlos sin ventura. ¿En -qué aprecio me tienes? ¿Te acordaste siempre de mí?--¡No me había de -acordar! Así me quieran bien las Ninfas, por quienes juré en la gruta, -á donde concurriremos apenas se derrita la nieve.--Pero cuánta hay, ¡oh, -Cloe! Yo temo derretirme antes que ella.--Anímate, Dafnis, el sol -calienta ya mucho.--Ojalá que ardiese con la viva llama en que arde mi -corazón.--Me burlas con lisonjas y luego me engañarás.--Nunca; por las -cabras, por las que quisiste que te lo jurase. - -Así charlaban, respondiendo Cloe á Dafnis como un eco, cuando los llamó -Napé, y ellos entraron con más abundante caza que la víspera. Hicieron -luego una libación á Baco, y comieron coronados de hiedra. Llegó, por -último, la hora, y no sin cantar antes alegres himnos en loor del dios, -despidieron á Dafnis, llenando su zurrón de carne y de pan. -Devolviéronle, además, los tordos y las palomas, para que se regalasen -comiéndolos Lamón y Mirtale, ya que ellos cazarían más en cuanto durase -el invierno y no faltase hiedra para añagaza. Dafnis, al irse, besó -primero á los padres, y á Cloe la última, á fin de guardar en toda su -pureza el dejo del beso. En adelante volvió Dafnis por allí no pocas -veces, valiéndose de otras artimañas, de modo que el invierno no se pasó -del todo mal. - -Apenas renació la primavera, se derritió la nieve, se descubrió el suelo -y la hierba retoñó, salieron todos los zagales á apacentar sus ganados, -y antes que todos Dafnis y Cloe, como siervos que eran del pastor más -poderoso. Lo primero fué correr á la gruta de las Ninfas, luego á Pan y -al pino, y, por último, bajo la encina, donde se sentaron, mirando pacer -y besándose. Buscaron flores para coronar á las Ninfas, y, aunque las -flores apenas empezaban á entreabrirse, acariciadas por el céfiro y -reanimadas por el sol, hallaron narcisos, violetas, corregüelas y otras -vernales primicias. Con estas flores coronaron las imágenes é hicieron -ante ellas libaciones de la nueva leche de sus ovejas y sus cabras. -Tocaron también la flauta como para competir con los ruiseñores, quienes -respondían de entre la enramada, expresando poco á poco el nombre de -Itys, cual si tratasen de recordar el canto después de tan largo -silencio. Por donde quiera balaba el ganado; los corderillos ya -retozaban, ya se inclinaban bajo las madres para chupar el pezón de la -ubre, y los moruecos perseguían á las ovejas que aún no habían tenido -cría, y cada uno cubría la suya. Las cabras eran también perseguidas por -los machos con más lascivos saltos, y los machos reñían por ellas, y -cada cual tenía sus cabras, y cuidaba de que no viniera otro y á hurto -las gozase. Tales escenas, cuya vista hubiera remozado y enardecido á -los helados viejos, enardecían más á estos mozos, llenos de fervor y de -brío. Y anhelando hallar, desde hacía tiempo, el fin del Amor, lo que -oían los abrasaba, lo que veían los amartelaba, y todo los inducía á -buscar algo de más rico y satisfactorio que el beso y el abrazo. -Buscábalo singularmente Dafnis, quien por el reposo casero y holganza -del invierno estaba rijoso y lucio, y con el beso se emberrenchinaba, y -con el abrazo se alborotaba, y al ejecutar las cosas, era ya más curioso -y atrevido. Pedía, pues, á Cloe que se prestase á cuanto él quisiera, y -que lo de acostarse juntos desnudos fuese por más tiempo que antes, ya -que esto era lo que faltaba hacer bien de cuanto les enseñó Filetas, -como único remedio para calmar el amor. - -Cloe le preguntó qué imaginaba él que habría más allá del beso, del -abrazo, y hasta del acostarse juntos, y qué resolvía hacer si volvían á -la yacija desnudos ambos.--Lo que hacen los moruecos con las ovejas, y -con las cabras los machos, contestó él.--Mira cómo, después de la obra, -ni las ovejas huyen ni los carneros se cansan en perseguirlas, sino que -pacen quietos y juntos, como satisfechos de un común deleite. Dulce, á -lo que entiendo, es la obra, y vence lo amargo de amor.--¿No reparaste, -repuso Cloe, que las ovejas y los carneros, las cabras y sus machos, -hacen esas cosas de pie, saltando ellos encima y sosteniéndolos ellas? -¿Para qué, pues, he de tenderme contigo desnuda? ¿No está el ganado más -vestido que yo con su pelo ó con su lana? Dafnis no pudo menos de -convenir en que así era. Tendióse, no obstante, al lado de Cloe y -meditó largo rato; sin atinar con el modo de calmar la vehemencia de su -deseo. Hizo después que ella se alzara, y la abrazó por detrás, imitando -á los carneritos; pero con esto nada logró, quedando más confuso y -echándose á llorar al ver que para tales negocios era más rudo que las -bestias. - -Tenía Dafnis por vecino á un labrador propietario, llamado Cromis, -sujeto ya de edad madura, quien había traído de la ciudad á una -mujercita, linda, de pocos años, con gustos más delicados y más -cuidadosa de su persona que las campesinas. Esta tal, que se llamaba -Lycenia, con ver de diario á Dafnis cuando llevaba por la mañana las -cabras al pasto, y cuando por la noche las recogía á la majada, entró en -codicia de tomarle por amante, engatusándole con regalillos, y tan -acechona anduvo, que consiguió hablar con él á solas, y le dió una -flauta, un panal de miel y un zurrón de piel de venado, si bien se -avergonzó y vaciló en declararse, conjeturando que él amaba á Cloe, al -verle siempre tan empleado en servirla. Al principio, sólo presumió esta -inclinación por risas y señas que sorprendió entre ambos; pero luego -pretextó con Cromis que iba á visitar á una vecina que estaba de parto; -los siguió una mañana; se recató entre zarzas, para que ellos no la -viesen, y vió cuanto hicieron, y escuchó cuanto dijeron, sin -ocultársele siquiera el llanto de Dafnis. Compadecida entonces, creyó -propicia la ocasión de hacer dos veces el bien, mostrando el camino de -salvación á aquellos cuitadillos y logrando ella su gusto. - -Con tal propósito, salió al día siguiente, como para ir á ver de nuevo á -la parida, y se fué derecha á la encina donde Dafnis y Cloe se sentaban. -Fingiéndose con primor toda consternada,--«¡Sálvame, dijo, oh, Dafnis! -¡Ay, infeliz de mí! ¡Un águila me ha robado el más hermoso de mis veinte -gansos! Fatigada con tanto peso, no he podido volar hasta lo más alto de -aquel peñón, donde anida, y se bajó con su presa á lo hondo del soto. Te -lo ruego por Pan y las Ninfas: entra conmigo en la espesura; liberta mi -ganso. Mira que no me atrevo á entrar sola, de puro medrosa. No dejes -que se descabale mi manada. ¿Quién sabe si de paso no matarás el águila, -y con eso ya no robará corderos y cabritos? Mientras, guardará Cloe -ambos rebaños. Harto la conocen las cabras, de verla siempre en tu -compañía.» - -Dafnis, sin prever nada de lo que iba á pasar, se levantó muy listo, -empuñó su cayado y siguió á Lycenia. Llevósele ésta lejos de Cloe, á lo -más intrincado y esquivo del soto, y allí le mandó que se sentase á su -lado, cerca de una fuentecilla.--«¡Oh, Dafnis, le dijo, tú amas á Cloe! -Anoche me lo revelaron las Ninfas. Se me aparecieron en sueño; me -informaron de tus lágrimas de ayer, y me ordenaron que te salvase, -enseñándote las obras de Amor, las cuales no estriban sólo en beso y en -abrazo y en remedar á los carneros, sino en brincos y retozos más -dulces, y cuyo deleite dura más. Así, pues, si quieres desechar el mal -que te aflige, y conocer por experiencia los gustos que anhelas, -entrégate á mi cuidado cual aprendiz sumiso, y yo, por gracia y merced -de las Ninfas, seré tu maestra.» - -Dafnis, sin refrenar su alegría, como cabrerillo cándido y rapaz -enamorado, se arrodilló á los pies de Lycenia y le suplicó que cuanto -antes le enseñase aquel oficio para ejercerle luego con Cloe. Y como si -fuera algo de raro y revelado por el cielo lo que Lycenia le había de -enseñar, prometió darle en pago un chivo, quesos frescos de nata y hasta -la cabra misma. Halló Lycenia aquella liberalidad pastoril más sencilla -y grata de lo que presumía, y empezó en seguida á instruir á Dafnis. -Mandóle que volviese á sentarse á la verita de ella; que le diese besos, -tales y tantos como él solía dar; que mientras la besaba la abrazase, y -por último, que sé tendiese á la larga. - -Luego que se sentó, y que besó, y que se tendió, habiéndose cerciorado -ella de que todo estaba alerta y en su punto, hizo que él se levantase -de un lado, y se deslizó con suma destreza debajo de él, poniéndole en -el camino por tanto tiempo buscado en balde. Después nada hubo fuera de -lo que se usa. Naturaleza misma enseñó á Dafnis lo demás. - -Terminada la lección amatoria, Dafnis, que guardaba su candor pastoril, -quiso correr en busca de Cloe para hacer con ella lo que acababa de -aprender, harto temeroso de que con la tardanza se le olvidase; pero -Lycenia le contuvo diciendo: «Otra cosa te importa saber, ¡oh, Dafnis! Á -mí, como soy mujer, no me hiciste daño alguno, porque ya otro hombre me -enseñó el oficio, y tomó mi doncellez en pago; pero Cloe, cuando luchare -contigo esta lucha, gemirá, llorará y derramará sangre cual si estuviere -herida. No por ello te asustes, sino cuando la persuadas á que se preste -á todo, tráetela á este sitio, para que, si grita, nadie la oiga, si -llora nadie la vea, y si derrama sangre, se lave en la fuente. No te -olvides, por último, de que yo te he hecho hombre antes de Cloe.» - -No bien Lycenia dió estos preceptos, se fué por otro lado del soto, como -si buscase el ganso todavía. Dafnis, en tanto, con la preocupación de lo -que había oído, cejó de su primer ímpetu, y no se atrevió á perturbar á -Cloe sino con el beso y el abrazo, á fin de que no gritase como -perseguida de enemigos, ni llorase como lastimada, ni como herida -vertiese sangre, pues escarmentado él por los recientes lances de la -guerra, tenía miedo de la sangre, y sólo de heridas imaginaba que -saliese. Así fué que tomó la determinación de no deleitarse con ella -sino en lo que tenía por costumbre; y, dejando el soto, volvió al lugar -donde ella estaba sentada, tejiendo guirnaldas de violetas; le refirió -que había arrancado de las garras mismas del águila el ganso de Lycenia, -y la besó apretadamente como Lycenia le había besado en el deleite, ya -que esto no pensaba que trajese peligro. Ella ajustó á la cabeza de él -la guirnalda de violetas, y le besó el cabello, á su ver más que las -violetas precioso. Luego sacó del zurrón pan de higos y bollos, y se los -dió á comer; y, conforme él comía, se lo quitaba ella de la boca y comía -á su vez, como los pajarillos pequeñuelos comen del pico de la madre. - -Mientras que comían, y más que comían se acariciaban, se descubrió una -barca de pescadores, que bogaba no lejos de la costa. No hacía viento; -la calma era completa, y era menester remar. Los pescadores remaban con -grande empuje para llevar fresco el pescado á gentes ricas de la ciudad. -Lo que suelen hacer los marineros para engañar ó aliviar sus fatigas, lo -hacían éstos también á par que remaban: uno de ellos llevaba la voz y -entonaba un cantar marino, y los restantes, por marcados intervalos, -unían en coro sus voces en consonancia con la del principal cantor. -Cuando iban por alta mar; el canto se perdía en la extensión y se -desvanecía en el aire; pero cuando doblaron la punta de un escollo y -entraron en una ensenada profunda, en forma de media luna, se oyó mejor -la música y sonó más claro en tierra el estribillo de los navegantes. En -el fondo de aquella ensenada había una garganta ó estrechura de cerros, -donde se colaba el son como en un cañuto; luego, una voz imitadora lo -repetía todo: ya repetía el ruído de los remos, ya repetía el cantar; y -era cosa de gusto el oirlo, pues primero llegaba el son que venía -directo de la mar, y el son que venía de la tierra llegaba más tarde. -Dafnis, que sabía lo que era aquello, sólo atendía á la mar; se -embelesaba al ver la barca, que más volaba que corría, y procuraba -retener algo de aquellos cantares para tocarlos luego en su flauta. Pero -Cloe, que hasta entonces no había oído eso que llaman eco, ya miraba -hacia la mar para ver á los que cantaban, ya se volvía hacia el bosque -buscando á los que respondían; y cuando pasó la barca y sobrevino -silencio en la mar y en el valle, preguntó á Dafnis si más allá del -escollo había otra mar, y otra nave que bogaba, y otros marineros que -cantaban, y por qué ya callaban todos. Dafnis sonrió con dulzura; la -besó con más dulce beso; ciñó á sus cienes la guirnalda de violetas, y -empezó á contarle la fábula de Eco, no sin concertar antes que ella le -diese diez besos más en pago de la enseñanza.--«Hay, dijo, niña mía, -muchas castas de Ninfas. Las hay de las praderas, de los bosques y de -los lagos; todas bellas; músicas todas. Hija de Ninfa fué Eco, mortal, -por serlo su padre; hermosa, cual de hermosa madre nacida. Las Ninfas la -criaron. En tocar la flauta, en pulsar la lira y la cítara, y en toda -clase de cantar, tuvo á las Musas por maestras. Así es que, cuando llegó -á la flor de su mocedad, con las Ninfas danzaba y con las Musas cantaba; -pero huía de todo varón, ya dios, ya hombre, por amor de la doncellez. -Pan se enfureció contra ella, envidioso de su música y desdeñado de su -hermosura, é infundió su furor en el alma de los pastores. Éstos, como -perros ó lobos, la despedazaron mientras cantaba, y esparcieron por toda -la tierra sus miembros, llenos de harmonía. Y la tierra los escondió en -su seno por complacer á las Ninfas, y dispuso que conservasen la virtud -de cantar. Las Musas, por último, decretaron que lo imitasen todo en la -voz, como la doncella hizo cuando vivía: hombres, dioses, instrumentos y -fieras; que imitasen, en suma, á Pan mismo cuando toca la flauta. Pan, -apenas lo oye, brinca y corre por las montañas, no ya porque ame á la -Ninfa, sino anhelando averiguar quién es su discípulo oculto.» - -En premio de la historia, Cloe dió á Dafnis, no sólo diez, sino muchos -más besos, y Eco casi la repitió, como para dar testimonio de que no era -mentira. - -El sol calentaba más cada día, porque había pasado la primavera y -empezaba el verano. Los pasatiempos de ambos eran propios de la nueva -estación. Él nadaba en los ríos, ella se bañaba en las fuentes; él -tocaba la flauta á porfía con el viento que resonaba en los pinos, ella -cantaba en competencia con los ruiseñores; ambos cogían saltamontes y -parleras cigarras, formaban ramilletes de flores, sacudían los árboles ó -trepaban á ellos y se comían la fruta. Al cabo se acostaban desnudos en -una piel de cabra. Pronto Cloe hubiera sido mujer si la sangre no -aterrase á Dafnis, quien, receloso con frecuencia de no ser dueño de sí, -impedía á Cloe que se desnudara. Pasmábase ella, si bien por vergüenza -no preguntaba la causa. - -En aquella estación se presentó para Cloe un enjambre de novios. De -muchas partes acudían á Dryas, pidiéndosela por mujer; unos traían -buenos presentes; otros los prometían mejores. Así fué que Napé, -estimulada por las promesas, era de opinión de casar á Cloe cuanto -antes, y no guardar por más tiempo á mozuela ya tan granada, la cual el -día menos pensado perdería su doncellez en medio del campo y se casaría -por manzanas y flores con un pastor cualquiera; que lo más conveniente -sería hacerla pronto señora de su casa, aceptar los presentes y -guardarlos para el hijo legítimo de ellos, que no hacía mucho les había -nacido. Dryas se dejaba vencer á menudo de tales razones, ya que le -ofrecían prendas de más valer que las que suelen ofrecerse por una pobre -zagala; pero, pensando luego que la muchacha valía demasiado para -casarse con un rústico, y que si hallaba un día á sus verdaderos padres -éstos los harían dichosos á todos, se resistía siempre á responder, y -así iba dando largas al asunto, no sin aprovecharse mientras de no pocos -presentes. - -Al saber estas cosas tuvo Cloe gran pesar, si bien se le ocultó á Dafnis -por temor de afligirle. Viendo, no obstante, que él la importunaba con -preguntas, y que ya estaba más triste de no saber nada que lo que -pudiera estar de saberlo todo, se atrevió al fin á contárselo. Le habló -de los novios, muchos y ricos; de las razones que daba Napé para -apresurar la boda, y de que Dryas no mostraba oponerse, sino lo demoraba -para las próximas vendimias. Dafnis, con tales nuevas, estuvo á pique de -perder el juicio; se echó por tierra, lloró y afirmó que él se moriría -si Cloe le faltaba, y no sólo él, sino también se morirían los carneros -sin tal pastora. Después, reflexionándolo mejor, cobraba ánimo y -resolvía hablar al padre de ella y ponerse en la lista de los -pretendientes, esperando vencerlos. Sólo una cosa le sobresaltaba: que -Lamón no era rico. Esto debilitaba mucho su esperanza. Decidióse, con -todo, á pedir á Cloe, y ella convino en que lo hiciese. Nada al -principio se atrevió á decir á Lamón; pero confiando más en Mirtale, le -descubrió su amor y le dijo que quería casarse con Cloe. Mirtale lo -participó todo á Lamón por la noche. Éste recibió con dureza la noticia, -y regañó á su mujer porque quería casar con una hija de pastores á un -muchacho que había de tener grandes riquezas, si no mentían las prendas -halladas, y que á ellos, si venían á descubrirse los padres, los haría -horros y dueños de mayores campos. Mirtale, temerosa de que Dafnis, por -despecho amoroso, y perdida toda esperanza de boda, osara darse muerte, -alegó otros motivos menos importantes que los que había dado Lamón. -«Somos pobres, le dijo, hijo mío, y necesitamos novia que más bien -traiga algo que no que se lo lleve. Ellos son ricos, pero quieren novios -ricos. Ve, no obstante; convence á Cloe, y haz que Cloe convenza á su -padre, á fin de que no pidan mucho y te la den. Ella te ama, y sin duda -gustará más de acostarse con un buen mozo pobre que no con un jimio -rico.» - -No esperaba Mirtale que Dryas diese nunca su consentimiento, -disponiendo, como disponía, de más ricos novios, que le ofrecían buenos -presentes. Dafnis no tenía que argüir contra lo dicho por su madre; -pero se afligió mucho, é hizo lo que suelen hacer los enamorados pobres: -lloró, y pidió auxilio á las Ninfas. Ellas volvieron á aparecérsele por -la noche, mientras dormía, en la propia forma que la primera vez, y la -mayor le dijo: «Á otro dios incumbe tratar de tu boda con Cloe. Nosotras -te daremos con qué ablandar á Dryas. La nave de los mancebos de Metimna, -cuya amarra de mimbre se comieron tus cabras, se fué aquel día muy lejos -de tierra, empujada por el viento; mas por la noche sopló viento -contrario; alborotó la mar y arrojó la nave contra unos altos peñascos. -La nave pereció, y con ella cuanto encerraba, salvo una bolsa con tres -mil dracmas, que con los restos de la nave trajo á la costa la onda, y -está allí oculta entre algas, cerca de un delfín muerto, por lo cual -nadie de los que pasan se ha aproximado, huyendo del hedor de aquella -podredumbre. Ve allí, toma la bolsa y dala. Así conviene para acreditar -por lo pronto que no eres pobre. Ya vendrá tiempo en que seas rico.» - -Dicho esto, desaparecieron las Ninfas en la noche. Cuando vino el día, -se levantó Dafnis rebosando de gozo; llevó sus cabras al pasto con la -mayor premura, y después de besar á Cloe y de adorar á las Ninfas, se -fué hacia la mar, como si quisiera ser rociado por las olas. Allí, por -la orilla y sobre la arena, vagaba en busca de los tres mil dracmas. No -empleó largo tiempo ni fatiga en hallarlos. El delfín no olía bien, y su -podredumbre le dió en las narices y le guió por el camino hasta llegar -al sitio indicado. Ya en él, apartó las algas y descubrió la bolsa llena -de dinero. La recogió, la guardó en el zurrón, y antes de irse, dió -gracias por todo á las Ninfas y á la misma mar, pues, aunque cabrero, -parecíale la mar más dulce que la tierra, desde que le ayudaba para -conseguir casarse con Cloe. - -Dueño de los tres mil dracmas, nada creía que le faltaba ya. Se -consideraba, no sólo más pudiente que los labriegos de por allí, sino -más rico que todos los hombres. Se fué al punto donde estaba Cloe; le -contó el sueño; le mostró la bolsa; le rogó que estuviese á la mira del -ganado durante su ausencia, y corrió con gran denuedo en busca de Dryas, -á quien halló en la era, trillando trigo con su mujer Napé, y á quien -dijo estas valerosas palabras:--«Dame á Cloe por mujer. Yo sé tañer la -zampoña con maestría, podar viñas y plantar árboles. Sé también arar la -tierra y aventar la miés con el bieldo. En lo tocante á pastoreo, -pregúntale á Cloe. Cincuenta cabras me entregaron, y ya tengo doble -número. He criado también grandes y hermosos machos, cuando antes era -menester llevar las cabras á que otros las padreasen. Soy muy mozo aún, -vecino vuestro y de irreprensible conducta. Me crió una cabra, como á -Cloe una oveja. Si en todo esto me aventajo á los demás novios, en -generosa largueza no he de quedarme tampoco atrás. Ellos te dan tal ó -cual cabra ú oveja, ó alguna yunta de bueyes con roña, ó ahechaduras de -trigo para mantener unas cuantas gallinas. Yo, en cambio, te doy estas -tres mil monedas. Pero no se lo digas á nadie, ni á mi padre Lamón.» Y -al dar el dinero, abrazó y besó á Dryas. - -Este y Napé, al recibir, sin esperarlo, tamaña suma, prometieron en -seguida á Dafnis que le darían á Cloe y que tratarían de persuadir á -Lamón. Dafnis se quedó con Napé, haciendo andar á los bueyes sobre la -parva y desmenuzando espigas con el trillo, mientras que Dryas, después -de guardar la bolsa y el dinero, se fué más que de priesa á ver á Lamón -y á Mirtale, contra todo uso y costumbre, para pedirles al novio. - -Hallábanse éstos midiendo cebada, que acababan de cribar, y lamentándose -de que apenas habían cogido lo que sembraron. Dryas pensó consolarlos -con asegurar que era general la mala cosecha, y luego pidió á Dafnis -para marido de Cloe, diciendo que otros le daban mucho, pero que él -prefería no tomar nada de Lamón y Mirtale, sino que se sentía inclinado -á socorrerlos con su propia hacienda. «Además, añadió, los chicos han -crecido viéndose siempre; cuidando del hato se han encariñado de manera -que no es fácil separarlos, y ya están ambos en edad de dormir juntos.» -Estas y otras razones, no menos persuasivas, alegó Dryas, como quien -había tomado tres mil dracmas para persuadirlos. - -Lamón no podía excusarse con la pobreza, porque los padres de la novia -no le desdeñaban por pobre, ni con la poca edad de Dafnis, que era ya un -garzón muy apuesto. La verdad no quería confesarla. No osaba decir que -consideraba á Dafnis mejor partido. Se calló, pues, por un rato, y al -cabo respondió así: «Noble es vuestro proceder al dar á los vecinos -preferencia sobre los extraños, y al poner por cima de la riqueza á la -pobreza honrada. Que Pan y las Ninfas os concedan en premio su amor. En -cuanto á mí, no deseo menos que vosotros la boda. Loco estaría yo si no -desease amistad y unión con vuestra familia, cuando me hallo tan cerca -de la vejez y necesito brazos y auxilio para mis faenas. De Cloe no hay -más que pedir: linda zagala en la flor de su edad, y buena como pocas. -Lo malo es que yo soy siervo, y de nada dispongo. Debo, pues, informar á -mi amo para que dé su permiso. Diferamos la boda para el otoño. Para -entonces dicen los que llegan de la ciudad que vendrá el amo por aquí. -Para entonces serán marido y mujer; ámense entre tanto como hermanos. -Entiende con todo ¡oh, Dryas! que vas á tener un yerno que vale más que -nosotros.» Dicho esto, le besó y le ofreció de beber, porque estaban ya -en todo el fervor del medio día, y le acompañó un buen trecho de camino, -con mil atenciones y muestras de afecto. - -No oyó en balde Dryas las últimas palabras de Lamón, y mientras -caminaba, iba cavilando así sobre quién sería Dafnis: «Le crió una -cabra, cual si por él velasen los dioses. Es hermoso, y en nada se -parece á ese vejete chato y á esa mujerzuela pelona. Se proporcionó tres -mil dracmas, y no hay zagal que logre reunir otros tantos piruétanos. -¿Le expondría alguien como á Cloe? ¿Le encontraría Lamón como yo la -encontré, con prendas parecidas y á propósito para un futuro -reconocimiento? ¡Oh venerado Pan y Ninfas muy amadas, permitid que así -sea! Tal vez, si él descubre á sus padres, logrará que Cloe sea también -reconocida por los suyos.» - -Así iba Dryas discurriendo y soñando hasta que llegó á la era, donde -esperaba Dafnis, ansioso de oir las nuevas que traía. Dióle ánimo, -llamándole yerno; le prometió que las bodas se celebrarían en el otoño, -y le estrechó la mano en señal de que Cloe no sería de otro, sino suya. -Más veloz que el pensamiento, sin comer ni beber, corrió Dafnis en busca -de Cloe. Estaba ella ordeñando y haciendo quesos, y él le anunció la -buena nueva. De allí en adelante la besaba, sin recatarsé, como á su -futura; compartía sus afanes; recogía la leche en colodras; apretaba los -quesos en zarzos, y ponía á mamar bajo las madres á cabritillos y -corderos. - -Después de cumplir bien con su oficio, los dos se bañaban, comían, -bebían é iban á coger fruta en sazón. Había entonces grande abundancia -de ella, por ser el momento más feraz del verano: manzanas á manta, -peras, acerolas y membrillos. Fruta había caída por el suelo; otra, -pendiente aún en el árbol; la caída, más olorosa; más lozana y fresca á -la vista la que de las ramas colgaba. Esta relucía como el oro; aquélla -embriagaba con su olor, como el vino. - -Entre los frutales se veía uno, tan esquilmado ya, que no tenía ni fruta -ni hoja. Desnudas estaban todas sus ramas. Una manzana sola pendía aún -en la cima, grande, hermosa, y venciendo á las demás en fragancia. Quizá -quien hizo el esquilmo no se atrevió á subir tan alto para cogerla; -quizá la dejó por descuido; quizá la bella manzana se guardaba allí para -un pastor enamorado. Apenas la vió Dafnis, quiso subir á alcanzarla. -Cloe se opuso, pero él no hizo caso; y desatendida ella, se fué con -enojo donde estaba el rebaño. Dafnis, en tanto, subió hasta alcanzar la -manzana; se la trajo á Cloe, y le dijo para quitarle el enojo: - -«Esta manzana ¡oh, virgen! es creación de las Horas divinas: árbol -fecundo le dió sustento; el sol la maduró y sazonó; nos la conserva la -Fortuna. Ciego y necio hubiera sido yo si no la hubiera visto y si la -hubiera dejado para que, ó bien viniese á caer por tierra, la pisoteasen -las reses y la envenenasen los reptiles, ó bien permaneciese en la -cumbre hasta que el tiempo la acabara, sin más fin que admiración -estéril. Venus recibió una manzana en premio de su hermosura. Toma tú -ésta por galardón de igual victoria. Ambas sois bellas, y de condición -semejante son vuestros jueces, pastor él y yo cabrero.» - -Esto dijo, y le echó la manzana en el regazo. No bien se acercó, le besó -ella. Él no se arrepintió de la audacia de haber subido tan alto por un -beso más rico que la manzana de oro. - - - - -[una barra decorativa] - -LIBRO CUARTO - - -Por aquel tiempo llegó de Mitilene un siervo, compañero de Lamón, á -quien anunció que poco antes de la vendimia vendría el amo para ver qué -daños había causado en sus tierras la incursión de los metimneños. Y -como ya iba yéndose el verano, y el otoño se venía encima, Lamón se -afanó por disponer un recibimiento en el que todo fuera grato á los -ojos. Limpió las fuentes para que el agua corriese pura y cristalina; -sacó el estiércol del establo y corrales para que no molestara su mal -olor, y aderezó el huerto para que pareciese más ameno. - -El huerto era de suyo lindísimo y digno de un rey. Medía en longitud más -de un estadío; estaba en una altura, y contenía sobre cuatro yugadas de -tierra. Semejaba extenso llano, y había en él toda clase de árboles: -manzanos, arrayanes, perales, granados, higueras y olivos. En algunos -puntos la vid trepaba á los árboles, y, enlazada á ellos, lucía sus -frutos en competencia con manzanas y peras. Esto en cuanto á los -frutales; pero también había allí árboles selváticos y de sombra, como -cipreses, lauros, adelfas, plátanos y pinos; en todos los cuales, en vez -de la vid, se entrelazaba la hiedra, cuyos corimbos, que eran grandes y -negreaban ya, remedaban racimos de uvas. Las plantas que daban fruta -estaban en el centro, como para mayor defensa; las estériles, en torno, -como muralla. Lo rodeaba y amparaba todo una débil cerca ó vallado. No -había cosa que no estuviese con cierto orden y primor. Los troncos, -separados de los troncos, y en lo alto, mezclándose las ramas y -confundiéndose el follaje. Diríase que el Arte se había esmerado á -porfía con la Naturaleza. Había, en cuadros y eras, multitud de flores, -que la tierra daba de sí sin cultivo, ó que la industria cultivaba: -rosas, azucenas y jacintos, criados por la mano del hombre; violetas, -corregüelas y narcisos, espontáneamente nacidos. Allí había, en suma, -sombra en estío, flores en primavera, frutos en toda estación, y los más -deliciosos y exquisitos en otoño. Desde allí se oteaba la ancha vega, y -se contemplaban pastores y ganados, y se descubría la mar, y se veían -los que por ella iban navegando, lo cual no era pequeña parte de los -gustos con que brindaba aquel huerto. En el centro mismo, así de lo -largo como de lo ancho, se levantaban un templo y un ara de Baco; el -ara, revestida de hiedra, y de pámpanos el templo, por fuera. La -historia del dios estaba dentro pintada: Semele, pariendo; Ariadna, -dormida; encadenado, Licurgo; despedazado, Penteo; vencidos, los indios; -los tirrenos, transformados. Por donde quiera, los Sátiros; por donde -quiera, las Bacantes, que danzaban. Ni faltaba allí Pan, quien, sentado -sobre una piedra, tañía la zampoña, y daba el mismo son y compás al -pisoteo de los Sátiros en el lagar y al baile de las Ménades. - -Tal era el huerto que Lamón se afanaba por cuidar, podando las ramas -secas y enredando en festones la vid á los árboles. Á Baco le coronaba -de flores. Derivaba sin dificultad el agua por las limpias acequias. -Había una fuente, que Dafnis había descubierto, la cual regaba las -flores. Llamábanla fuente de Dafnis. Lamón, por último, encomendó á éste -que engordase las cabras lo más que pudiera, porque el amo, que no había -venido en tanto tiempo, iba ahora á verlo todo. - -Muy confiado estaba Dafnis en que alcanzaría grandes elogios por las -cabras. Las tenía en doble número de las que le habían entregado; el -lobo no se había llevado ninguna, y todas estaban más lucias y medradas -que las ovejas. Deseoso, no obstante, de hacerse propicio al amo para -que consintiese en la boda, ponía el mayor cuidado y solicitud en llevar -á pacer las cabras apenas amanecía, y en volver al aprisco tarde. Dos -veces al día las llevaba á beber, y siempre buscaba para ellas los -mejores pastos. Se procuró barreños y tarros nuevos, muchas colodras y -zarzos más capaces. Y llegó á tal punto su esmero, que barnizó con -aceite los cuernos á las cabras, y al pelo le sacó lustre. Al ver cabras -tan compuestas, las hubiera tomado cualquiera por el propio sagrado -rebaño del dios Pan. Compartía Cloe estos afanes con Dafnis, y, -descuidadas sus ovejas, sólo á las cabras atendía, de suerte que -imaginaba Dafnis que, por emplearse en ellas Cloe, se ponían tan -hermosas. - -Atareados andaban en esto, cuando llegó de la ciudad segundo mensajero -con orden de vendimiar cuanto antes. Él debía quedarse allí hasta que -las uvas se hicieran mosto, y entonces volver á la ciudad para acompañar -al amo, que no vendría hasta el fin del otoño. Á este mensajero, que se -llamaba Eudromo, porque su oficio era correr, le trataban todos con la -mayor consideración. Entre tanto, cogieron las uvas, las acarrearon al -lagar, y echaron el mosto en las tinajas, no sin dejar en las cepas los -racimos más gruesos, á fin de que los que iban á venir disfrutasen algo -y tuviesen cierta idea de la vendimia. - -Cuando Eudromo preparaba su regreso á la ciudad, Dafnis le hizo cuantos -regalillos podían esperarse de un cabrero: le dió quesos bien cuajados, -un cabrito recién nacido y una blanca piel de cabra, de pelo largo, para -que se abrigase durante el invierno en sus caminatas. Eudromo quedó -harto pagado del obsequio, y prometió á Dafnis decir de él al amo mil -cosas buenas. Se fué, pues, á la ciudad muy amigo de Dafnis. - -Se quejó éste receloso y asustado. Y no era menor el miedo de Cloe, -porque él era un muchachuelo, sólo acostumbrado á ver cabras y riscos, y -á tratar con gente rústica y con Cloe, y ahora tenía que ver al señor, -de quien ignoraba antes hasta el nombre. Todo se le volvía cavilar cómo -se acercaría al señor y le hablaría; y su corazón se azoraba al pensar -en que la boda pudiera desvanecerse como un sueño. De aquí que los besos -fuesen más frecuentes, y los abrazos más largos y apretados; pero se -besaban con timidez y se abrazaban con tristeza y á hurtadillas, como si -el amo estuviera allí y pudiera verlos. - -En medio de estas desazones tuvieron un disgusto más grave. Un vaquero -de aviesa condición, llamado Lampis, había pedido á Dryas la mano de -Cloe, y le había hecho muchos regalos á fin de que conviniese en el -casamiento. Sabedor Lampis de que Dafnis la tendría por mujer, si no se -oponía el amo, buscó trazas de enemistarle con él, y como lo que más le -agradaba era el huerto, resolvió afearle y destrozarle. Si se ponía á -talar el arbolado, podrían oir el ruido y sorprenderle, y así prefirió -arrancar las flores. Guarecido, pues, por la obscuridad de la noche, -saltó por cima de la cerca, arrancó unas plantas y quebró otras, y holló -y pisoteó las demás, como los cerdos. Después se fugó con cautela y sin -que le viesen. - -No bien vino el día, entró Lamón en el huerto para regar las flores con -el agua de la fuente, y al ver aquella desolación, que no la hubiera -hecho más cruel un ladrón foragido, se desgarró el sayo y puso el grito -en el cielo, con tal furor, que Mirtale, soltando la hacienda que traía -entre manos, y Dafnis, abandonando las cabras que llevaba á pacer, -acudieron á saber lo que pasaba. Al saberlo, gritaron también y se -echaron á llorar. Y no era maravilla que, temerosos del enojo del señor, -hiciesen aquel duelo por las flores. Un extraño, si hubiera pasado por -allí, hubiera llorado como ellos. Aquel sitio había perdido su gracia y -su adorno. No quedaba sino fango y broza. Si alguna flor se había -salvado de la injuria, resplandecía aún y estaba hermosa, aunque mustia -y tronchada. Las abejas revolaban en torno, y sonaba á lamentación su -incesante susurro. - -Lamón decía, lleno de angustia: «¡Ay de mis rosales, que me los han -roto! ¡Ay de mis violetas pisoteadas! ¡Ay de mis jacintos y narcisos, -arrancados de raíz por algún mal hombre! Vendrá la primavera y no -renacerán mis flores; vendrá el verano y no desplegarán su pompa y -lozanía; vendrá el otoño y nadie hará con ellas guirnaldas y ramilletes. -Y tú, señor Baco, ¿por qué no tuviste piedad de las infelices, entre las -que habitabas, á las que veías, y con las que te coroné tantas veces? -¿Con qué cara enseñaré ahora el huerto al amo? ¿Qué dirá al verle? Sin -duda mandará ahorcar de un pino á este viejo sin ventura, como ahorcaron -á Marsyas. ¿Y quién sabe si no ahorcarán conmigo á Dafnis, creyendo que -por descuido suyo hicieron el destrozo las cabras?» - -Con tales lamentaciones se acongojaban más y más, y no lloraban por las -flores, sino por ellos mismos. Cloe sollozaba y gemía como si Dafnis -hubiese de ser ahorcado; pedía al cielo que el señor ya no viniese, y -pasaba días amargos imaginando que por lo menos azotarían á su amigo. - -Aquella noche llegó Eudromo con la noticia de que el señor mayor sólo -tardaría ya tres días en venir, y de que su hijo estaría allí al día -siguiente. Se pusieron entonces á discurrir cómo salir de aquel apuro, y -pidieron consejo á Eudromo, el cual tenía buena voluntad á Dafnis, y fué -de parecer que declarasen primero al señor mozo lo que había pasado, -pues él prometía interceder en favor de ellos, ya que dicho señor le -quería y estimaba por ser su hermano de leche. Ellos convinieron en -hacerlo así. - -Al siguiente día el señor mozo; que se llamaba Astilo, llegó á caballo, -en compañía de su parásito Gnatón. Éste afeitaba sus barbas hacía no -pocos años. Astilo era un mancebo barbiponiente. Lamón, seguido de -Mirtale y de Dafnis, se prosternó á los pies del amo mozo, y le rogó se -compadeciese de un viejo infortunado y le salvase de la ira de su padre, -pues él de nada tenía culpa. Luego le contó el caso sin rodeos. Astilo -tuvo piedad del suplicante; fué al huerto; vió el estrago causado en las -flores, y prometió que para disculpar á Lamón y á Dafnis supondría que -sus caballos se habían desatado del pesebre, pisoteándolo todo, -desgajándolo y arrancándolo. Lamón y Mirtale, consolados con esto, -colmaron al joven de bendiciones, y Dafnis, además, le hizo varios -presentes: chivos, quesos, racimos con pámpanos aún, nidos de pájaros y -manzanas con rama y hojas. Sobresalía entre estos presentes el vino de -Lesbos, que huele á flores y es el más grato al paladar de cuantos se -beben. Astilo encareció la bondad de todo, y se fué á cazar liebres, -como mancebo rico, que sólo pensaba en divertirse, y que había venido al -campo á disfrutar de nuevos placeres. - -Gnatón, por el contrario, no hallaba placer sino en la comida y en beber -hasta emborracharse: era como un sumidero, todo gula, y todo lascivia y -pereza. Así fué que no quiso ir á cazar con Astilo, y para entretener el -tiempo, bajó hacia la playa, donde se encontró á Dafnis guardando su -ganado. Junto á Dafnis estaba Cloe, hermosa como nunca. La vió Gnatón, y -quedó al punto prendado de ella. Pensó que en la ciudad no había visto -jamás más linda moza. Dafnis, á quien apenas apuntaba el bozo, y que -parecía más niño y más dulce aún de lo que era, no infundió el menor -respeto al parásito. Y como la zagala era sencilla y humilde, juzgó -fácil empresa deslumbrarla y lograrla. Á este fin, empezó por elogiar -sus ovejas; luego la elogió á ella; luego trató de alejar á Dafnis, y no -pudo conseguirlo; y, por último, movido de una pasión que á los más -cuerdos roba la prudencia, tomó á Cloe entre sus brazos y la besó -repetidas veces, aunque ella se resistía. Dafnis acudió á interponerse, -y se interpuso entre ambos cuando Gnatón quería renovar los besos, -haciendo poca cuenta de quién se le oponía, y creyéndole débil, ó tan -respetuoso que el respeto le ataría las manos. Por dicha no fué así: -Dafnis rechazó á Gnatón con tremendo brío, y como Gnatón, según su -costumbre, estaba borracho y poco firme sobre sus piernas, dió consigo -en el suelo cuan largo era, donde Dafnis, ciego de cólera, le pateó á su -sabor y con alguna saña. Viendo después que el vencido y pateado no -bullía, Dafnis tuvo miedo de su proeza y echó á huir, seguido de Cloe, -dejando el hato en abandono. - -Con la afrenta y el dolor se le disiparon un poco á Gnatón los vapores -del vino; calculó que era muy ridículo quejarse y contar lo que había -ocurrido, y determinó callárselo; pero más empeñado que antes en -conseguir su propósito, resolvió pedir á Astilo, que nada le negaba, que -se llevase á Dafnis á la ciudad, y quedase él luego algún tiempo en -aquel campo, donde ya sin estorbo podría lograr á Cloe. Por lo pronto, -sin embargo, no pudo Gnatón hallar momento oportuno de hacer su -petición. Dionisofanes y su mujer Clearista acababan de llegar, y todo -era ruido y alboroto de caballerías y criados, de hombres y mujeres. -Gnatón tuvo tiempo de preparar un elegante y prolijo discurso, en que -pintaba á Astilo su amor á fin de conmoverle. - -Dionisofanes tenía ya entrecanos barba y cabellos; pero era un señor -alto y hermoso, y tan robusto, que daría envidia á los mancebos. Era -además rico como pocos, y muy digno y respetable. Lo primero que hizo el -día en que llegó fué sacrificar á los dioses que gobiernan las cosas -campestres: á Ceres, á Baco, á Pan y á las Ninfas. Luego dió un banquete -á todas las personas que estaban allí. En los días siguientes -inspeccionó los trabajos de Lamón. Y habiendo visto en los campos los -hondos surcos del arado, la lozanía de pámpanos en las viñas y el huerto -tan ameno (pues en lo tocante al estrago de las flores Astilo tomó para -sí la culpa), se alegró mucho, alabó á Lamón y le prometió la libertad. - -Después de esto fué á ver las cabras y á ver al cabrero que las cuidaba. -Cloe se escondió entre la arboleda, temerosa y avergonzada de aquel -gentío. Dafnis quedó sólo, y se mostró revestido de una peluda piel de -cabra y llevando un zurrón flamante al hombro, en la mano izquierda -quesos recién cuajados y en la derecha dos cabritillos de leche. Ni -Apolo, cuando estuvo de pastor al servicio de Laomedonte, apareció tal -como entonces apareció Dafnis, quien, lleno de rubor, sin hablar palabra -y los ojos inclinados al suelo, presentó sus dones. Lamón dijo: «Éste -¡oh, señor! es tu cabrero. Me entregaste cincuenta cabras y dos machos, -y él las ha aumentado hasta ciento. ¡Mira qué gordas y lucias están, qué -pelo tan largo y espeso, y qué cuernos tan enteros y sanos! Estas -cabras, además, han aprendido la música, y al son de la zampoña lo hacen -todo.» - -Clearista, que estaba allí presente, deseó ver aquella habilidad de las -cabras, y mandó á Dafnis que tañese la zampoña como solía, ofreciendo en -premio, si lo hacía bien, regalarle camisas, un sayo y un par de -zapatos. Dafnis al punto, puestos todos en cerco en torno de él, y de -pie él bajo la copa del haya, sacó la zampoña del zurrón, y apenas la -hizo sonar un poco, las cabras se pararon atentas y levantaron las -cabezas. Después tocó el toque del pasto, y las cabras bajaron las -cabezas y pacieron. Dió en seguida la zampoña un son blando y suave, y -las cabras se echaron. Luego fué agudo el son, y las cabras huyeron al -soto como perseguidas por un lobo. Tocó, por último, llamada, y saliendo -del soto, las cabras todas corrieron á echarse á sus pies. Nadie vió -jamás siervo alguno que obedeciese más listo á una señal de su amo. De -aquí que todos los circunstantes se quedaron pasmados, y sobre todos -Clearista, la cual juró que daría más de lo ofrecido á aquel cabrero tan -músico y tan guapo. Después todos se fueron á la quinta y comieron, y -enviaron á Dafnis de la comida de los señores. Él la compartió con su -zagala, muy complacido de probar los manjares de la ciudad, y con -grandes esperanzas de lograr el permiso de los amos para su casamiento. - -Gnatón, entre tanto, más obstinado aún en su amor, á pesar de la -pateadura, y creyendo que su vida sin Cloe sería amarga y sin objeto, se -aprovechó de un instante en que Astilo se paseaba en el huerto á sus -solas; le llevó al templo de Baco, y le besó las manos y los pies. -Astilo le preguntó por qué hacía tales extremos; le mandó que se -explicase, y juró darle auxilio en su cuita. «Ya se perdió y pereció -Gnatón, mi amo, dijo Gnatón entonces. Yo, que hasta aquí no amaba más -que una buena mesa, y nada hallaba más lindo y apetitoso que el vino -añejo, y estimaba á tu cocinero más digno de adoración y de afecto que á -todas las muchachas de Mitilene, sólo juzgo ahora digna y amable á la -zagala Cloe. Yo me abstendría de comer todos los delicados manjares que -de ordinario se sirven en tu casa, carnes, pescados, bollos y confites -de miel, y, convertido en corderito, me alimentaría de la hierba, -dejándome guiar por la voz de Cloe y por su cayado. Salva á tu Gnatón; -vence su amor invencible. De lo contrario, lo juro por el dios de mi -mayor devoción, agarro un cuchillo, me lleno bien la panza de comida, me -mato á la puerta de Cloe, y no tendrás á quién llamar Gnatoncillo, -jugando y burlando, como es tu costumbre.» - -No pudo aquel magnánimo mancebo, que además conocía lo que son penas de -amor, ver sin piedad las lágrimas de Gnatón, que de nuevo le besaba los -pies. Prometióle, pues, que pediría á Dafnis á su padre y que se le -llevaría á la ciudad como criado, dejando á Cloe sin aquel estorbo, á -fin de que Gnatón la tuviese á todo su talante. Deseoso luego Astilo de -embromar á Gnatón, le preguntó, riendo, si no le daba vergüenza de amar -á una rústica y de acostarse con una zagala que por fuerza había de oler -pícaramente. Pero Gnatón, que había aprendido en los banquetes de mozos -alegres y enamorados cuanto hay que saber y decir en la materia, -contestó, defendiéndose: «El que ama, señor mío, no repara en nada de -eso. No hay en el mundo objeto que no pueda inspirar una pasión, con tal -de que en él resplandezca la hermosura. Ha habido amadores de una -planta, de un río y de una fiera. ¿Y quién más digno de lástima que el -amador á quien infunde miedo el amado? En cuanto á mí, si la que amo es -por la suerte de servil condición, por la belleza es y puede ser señora. -Sus cabellos son rubios como las espigas granadas; sus ojos brillan bajo -las cejas como piedras preciosas en engaste de oro; su cara está teñida -de suave rubor, y en su fresca boca se ven dientes como el marfil de -blancos. ¿Quién tan insensible al amor, que no anhele besar tal boca? En -esto de amar á las pastoras y gente del campo, ¿qué hago yo más que -imitar á las deidades? Vaquero fué Anquises, y Venus le tomó para -querido. Pitis, amada de Pan y de Bóreas, y Maya misma, tan amada de -Júpiter, ¿eran al cabo más que pastoras? No menospreciemos á Cloe porque -lo es, sino demos gracias á los dioses de que, enamorados de ella, no -nos la roban y se la llevan al cielo.» - -Astilo rió y celebró este discurso, diciendo que Amor hacía á los -grandes oradores. Luego trató de hallar ocasión en que pedir á su padre -que le diese á Dafnis para criado. - -Eudromo había estado escondido oyendo toda la conversación, y como -quería á Dafnis y le tenía por excelente mozo, se afligió mucho de que -la gentil zagala viniese á ser ludibrio de aquel borracho, y fué al -punto á contárselo todo á Lamón y al mismo Dafnis. Consternado éste, -pensó en huir robando á Cloe ó en matarla y matarse; pero Lamón, -llamando á Mirtale al patio, le dijo: «Estamos perdidos, mujer. Llegó ya -la ocasión de revelar lo que teniamos oculto. Queden sin guía las cabras -y quedémonos sin apoyo; pero, por Pan y por las Ninfas, aunque yo me -trueque en buey atado al pesebre, no me callaré sobre la condición de -Dafnis, sino que referiré cómo fué hallado y alimentado, y mostraré las -prendas que estaban expuestas junto á él. Es menester que sepa Gnatón -quién es el mozo de cuya novia quiere burlarse. Tú, ten prontas las -señales de reconocimiento.» Dichas estas palabras, ambos entraron de -nuevo en la habitación. - -Habiendo hallado Astilo propicio á su padre, le pidió que le dejase -llevar á Dafnis á Mitilene, asegurando que era un gallardo mancebo, más -propio para la ciudad que para el campo, y que pronto aprendería á -servir bien y á tener modales urbanos. Accediendo gustoso el padre, -llamó á Lamón y á Mirtale, y les dió como buena nueva la de que Dafnis, -en vez de estar al servicio de las cabras, iba á entrar en el de su -hijo. En cambio del cabrero que les quitaba, les ofreció, por último, -dos cabreros. Entonces Lamón, cuando ya todos los criados habían acudido -y se alegraban de tener tan gentil compañero, pidió licencia para -hablar, y habló de esta suerte: «Escucha ¡oh, señor! la verdad misma de -los labios de este viejo. Juro por Pan y por las Ninfas que no te -engañaré en nada. Yo no soy el padre de Dafnis, ni tuvo Mirtale la dicha -de ser madre suya. Otros padres le expusieron cuando pequeñuelo, por -tener ya, sin duda, hijos de sobra. Yo le encontré abandonado y tomando -la leche de una cabra, á la cual, cuando murió de muerte natural, di -sepultura cerca del huerto, con el amor que se debe á quien hizo tan -bien el oficio de madre. Yo encontré, además, con el niño ciertas -alhajas, que pueden servir en su día para reconocerle. Confieso, señor, -que conservo aún dichas alhajas. Por ellas se verá que Dafnis es de -clase superior á la nuestra. No creas, sin embargo, que me duele que -Dafnis sea criado de tu hijo: sería un galán servidor para dueño no -menos galán. Lo que me duele, y lo que no puedo tolerar, es que todo se -haga por un liviano antojo de Gnatón y por sus dañados propósitos.» - -Dicho esto, Lamón se calló y derramó abundantes lágrimas. Gnatón, -envalentonado, le amenazó con una paliza; pero Dionisofanes, pasmado de -lo que acababa de oir, impuso silencio á Gnatón, arqueando las cejas y -mirándole fosco; luego interrogó á Lamón, y le mandó que dijese la -verdad, y que no procurase oponerse con embustes á la voluntad de su -hijo. Lamón se sostuvo en lo dicho, lo juró por todos los dioses, y -pidió que le diesen tormento si mentía. Llegó en esto Clearista, y no -bien averiguó lo que pasaba, «¿por qué, dijo, había de mentir Lamón? ¿No -le dan dos cabreros en vez de uno? ¿Cómo ha de inventar un rústico tan -sutil patraña? Por otra parte, ¿no es increíble que de tan pobre viejo y -de tan ruín madre haya nacido tan hermoso muchacho?» Decidieron, pues, -no engolfarse en más conjeturas, sino ver y examinar las prendas, por si -denunciaban, en efecto, la superior condición que Lamón presumía. - -Mirtale fué al punto á sacarlas de un viejo zurrón en que las tenía -guardadas. Cuando las trajo, el primero que las vió fué Dionisofanes. Al -mirar la mantilla de púrpura, la hebilla de oro y el puñalito con puño -de marfil, dió un grito, exclamando: «¡Oh señor Júpiter!» y llamó á su -mujer para que examinase aquellas prendas. Ésta, no bien las hubo -mirado, exclamó de la misma manera: «¡Oh, queridas Parcas! ¿No son éstas -las prendas que expusimos con nuestro propio hijo cuando le enviamos con -la sierva Sofrosina para que le abandonase en el campo? No son otras; -son éstas, marido. El muchacho es nuestra sangre. Hijo tuyo es el que -guarda tus cabras.» - -Mientras ella hablaba así, y Dionisofanes besaba las prendas del -reconocimiento, llorando de puro gozo, Astilo se enteró de que Dafnis -era su hermano; se desembarazó de la capa y dió á correr por el huerto -para ser el primero en abrazarle. Al ver Dafnis que venía en pos de él -tanta gente corriendo y llamándole por su nombre, pensó que querían -prenderle: tiró al suelo el zurrón y la zampoña, y huyó hacia la mar, -resuelto á arrojarse en ella desde lo alto de una roca. Y de seguro lo -hubiera hecho, siendo así, por extraño caso, tan pronto hallado como -perdido, si Astilo, recelando su intento, no le gritase otra vez: -«Tente, Dafnis, y no temas. Yo soy tu hermano. Son tus padres los que -hace poco eran tus amos. Lamón nos contó lo de la cabra y nos enseñó las -prendas. Vuélvete y mira qué alegres y risueños estamos. Bésame á mí -primero. ¡Juro por las Ninfas que no te engaño!» - -Paróse Dafnis al oir este juramento y Astilo le alcanzó y le estrechó en -sus brazos. Después acudió multitud de criados y de criadas, y, por -último, llegaron el padre y la madre. Todos le abrazaron y le besaron -con lágrimas de contento. Él, por su parte, estuvo cariñoso con todos, y -en particular con su madre y su padre, á quienes, como si de antiguo los -conociese, estrechaba contra su seno, sin hartarse de abrazarlos: tan -rápida y poderosa impone Naturaleza su ley. Casi se olvidó Dafnis por un -instante de Cloe. - -Con esto se le llevaron á la quinta y le dieron, para que se vistiese, -un costoso vestido nuevo. Sentándose después con Astilo al lado de su -padre, le oyó decir estas razones: «Yo, hijos míos, me casé muy -temprano, y á poco fuí padre, según yo pensaba, muy dichoso. Primero -tuve un hijo, luego una hija, y Astilo fué el tercero. Estos tres eran -los que convenían para mi casa y mi hacienda. Vino este otro después de -todos, y tuve que exponerle. No se expusieron, á la verdad, estas -prendas como señales para reconocerle más tarde, sino como ornamento de -su sepulcro. La fortuna lo dispuso de otra manera. Mi hijo mayor, y -también mi hija, murieron ambos de la misma enfermedad y en el mismo -día. Tú, Dafnis, por la providencia de los dioses, te has salvado para -que yo tenga en la vejez doble apoyo. No me aborrezcas por haberte -expuesto. Muy á despecho mío lo hice. Y tú, Astilo, no te aflijas de -contar ahora sólo con parte cuando contabas con toda la herencia. El -mayor bien para un hombre discreto es un buen hermano. Amáos, pues, mis -hijos; y en cuanto á los bienes, nada tendréis que envidiar á los -príncipes. Ambos poseeréis pingües fincas y siervos ágiles, y oro y -plata, y todas aquellas cosas que poseen los ricos y poderosos. Mas -desde luego doy á Dafnis este campo, en que se ha criado, con Lamón y -Mirtale, y con las cabras de que él mismo ha sido pastor.» - -Apenas acabó dichas palabras, Dafnis se levantó y dijo: «En buena -ocasión me lo traes á la memoria, padre mío. Voy á llevar á beber á las -cabras, que aguardan sedientas el son de mi zampoña, mientras que estoy -aquí sentado.» Todos rieron de que, habiendo llegado á ser señor, -quisiese ser cabrero todavía, y enviaron á un nuevo cabrero á que -cuidase de las cabras. Sacrificaron después á Júpiter Salvador y -dispusieron un banquete. Á este banquete, el único que faltó fué Gnatón, -el cual, lleno de miedo, se pasó el día y la noche en el templo de Baco, -orando y haciendo penitencia. - -Pronto cundió la fama por todas partes de que Dionisofanes había hallado -á su hijo, y de que el cabrerillo Dafnis se había cambiado en señor -terrateniente, y de acá y de acullá acudieron los rústicos á felicitar -al mozo y á traer presentes á su padre. Entre ellos vino Dryas, el padre -adoptivo de Cloe. Dionisofanes los detuvo á todos para que participasen -del regocijo y de la fiesta. De antemano se había preparado vino en -abundancia, mucho pan, chochas y patos, lechoncillos y gran variedad de -tortas y confites de miel. Se mataban, además, no pocas víctimas á los -dioses titulares de aquellos sitios. Dafnis, en tanto, reunió todos sus -trastos pastoriles para repartirlos como ofrenda entre los dioses. -Consagró á Baco el zurrón y el pellico; á Pan, el pífano y la zampoña, y -á las Ninfas, el cayado y los dornajos y las colodras, que él mismo -había hecho; pero la vida de la primera juventud es aún más grata que la -riqueza, y Dafnis se apartaba con lágrimas de cada uno de estos objetos. -No ofreció las colodras, sin ordeñar antes las cabras; ni el pellico, -sin ponérsele por última vez; ni la zampoña, sin tañerla. Todo lo besó; -habló con las cabras, y llamó por sus nombres á los machos. Bebió, por -último, en la fuente, donde tantas veces había bebido con Cloe; pero no -se atrevió á hablar aún de su amor aguardando ocasión propicia. - -Mientras Dafnis andaba en tales sacrificios, Cloe, solitaria y llorosa, -estaba sentada viendo pacer su ganado y se lamentaba de esta suerte: -«Dafnis me olvida. Sin duda piensa ya en una novia rica. ¿Por qué exigí -que jurase, no por las Ninfas, sino por las cabras? Las abandona como á -mí. Ni al hacer ofrendas á Pan y á las Ninfas deseó ver á Cloe. Tal vez -halló más bonitas que yo á las criadas de su madre. Adiós, Dafnis, y sé -dichoso. Yo no viviré.» - -Exhalando estaba Cloe estas sentidas quejas, cuando el vaquero Lampis, -acompañado de algunos labriegos, vino á robarla, creyendo que Dafnis ya -no se casaría con ella, y que Dryas consentiría luego en dársela á él. -La cuitada, resistiéndose al rapto, daba lastimeros gritos, y alguien -que la oyó fué á decírselo á Napé. Napé se lo dijo á Dryas, y Dryas á -Dafnis. Éste, fuera de sí, sin atreverse á decir nada á su padre, y no -pudiendo, con todo, tolerar aquella injuria, salió del huerto, diciendo: -«¡Mal haya el reconocimiento de mi padre! ¡Cuánto más valiera seguir de -pastor! ¡Cuánto más feliz era yo cuando siervo. Entonces veía á Cloe. -Ahora Lampis la roba, se la lleva, y esta noche dormirá á su lado. Y yo -como y bebo y me deleito. En vano juré por Pan, por las Ninfas y por las -cabras!» - -Gnatón, que estaba oculto en el templo de Baco, oyó estas lamentaciones -de Dafnis, y juzgando oportuna la ocasión de ganarse su voluntad y de -conseguir que le perdonara, salió de su escondite y dijo á Dafnis que él -era allí el amo y que podía disponer de los criados para cualquier -empresa. Llamando entonces Dafnis á algunos de los que servían á Astilo, -se fué con ellos y con Gnatón á casa de Lampis con tal diligencia y -prontitud, que le sorprendió cuando acababa de llegar con Cloe, y la -sacó por fuerza de entre sus manos, dando de palos á los rústicos que -habían concurrido al robo y queriendo llevar cautivo á Lampis, que logró -fugarse. - -Dafnis perdonó á Gnatón, y le concedió su amistad después de tan buen -consejo y auxilio; y libertada ya Cloe, convino con ella en callar aún -lo de la boda, en verse de oculto, y en que Dafnis descubriese sólo su -amor á su madre. Pero Dryas no lo consintió, y halló más conveniente -decírselo todo al padre, confiado en que le persuadiría. Al día -siguiente, pues, se echó en el zurrón las prendas de reconocimiento, y -se fué en busca de Dionisofanes y de Clearista, á quienes halló sentados -en el huerto. Astilo y el propio Dafnis estaban también allí. En -silencio todos, habló Dryas de esta manera: «Igual necesidad que á -Lamón, me manda descubriros un secreto que he guardado hasta ahora. Ni -yo he engendrado á la zagala Cloe, ni he sido el primero en sustentarla. -Otro fué su padre, y yo la encontré en la gruta de las Ninfas, -alimentada por una oveja. Maravillado del hallazgo, tomé conmigo á la -niña y la crié en mi casa. Testimonio de la verdad de lo que digo da su -propia hermosura, en nada semejante á nosotros. Testimonio dan también -estas prendas, más ricas que las que suelen tener los pastores. Vedlas, -y buscad á los padres de la doncella, quien tal vez os parezca un día -digna consorte de Dafnis.» - -No sin intención dejó escapar Dryas estas últimas palabras. Dionisofanes -no las oyó en balde tampoco, sino que, dirigiendo la mirada hacia -Dafnis, y advirtiendo que se ponía pálido y que no acertaba á ocultar el -llanto, comprendió que tenía amores con Cloe. Y con la solicitud que -hubiera tenido por su propia hija, y no por una extraña, examinó -atentamente las razones del viejo. - -Vió también las prendas, es á saber, las chinelas, la toquilla y las -ajorcas, y luego hizo venir á Cloe á su presencia, y la exhortó á que se -alegrase, pues ya tenía marido, y pronto hallaría también á su padre y á -su madre. Por último, Clearista se llevó consigo á la doncella y la -aderezó y compuso como si fuese mujer de su hijo. - -Dionisofanes, apartándose á un lado con Dafnis, le preguntó en confianza -y con sigilo si Cloe conservaba aún la doncellez. Dafnis juró que no -había pasado del beso, del abrazo y de las mutuas promesas, con lo cual -se holgó el padre, y le dijo que se pusieran á comer con él. - -Allí se hubiera podido aprender cuánto el adorno realza la hermosura, -porque Cloe, bien vestida, graciosamente peinado y trenzado el cabello, -y recién lavada la cara, parecía más bella que nunca, tanto que el -propio Dafnis apenas la reconocía. Jurara cualquiera, sin ver otras -prendas y señales, que no era Dryas el padre de tan gallarda moza. -Dryas, no obstante, estaba en el festín con Napé, y tenían por -compañeros en el mismo lecho á Lamón y á Mirtale. - -Pocos días después se hicieron sacrificios á los dioses y ofrendas por -amor de Cloe, y ella les consagró sus baratijas pastoriles: flauta, -zurrón, pellico y colodras. Vertió, además, vino en la fuente de la -gruta, porque allí encontró amparo; adornó con flores el sepulcro de la -oveja, que le mostró Dryas; volvió aún á tocar la flauta para alegrar el -ganado, y á las propias Ninfas les dió música, pidiéndoles que -parecieran pronto sus padres, y que fueran dignos de la alianza con -Dafnis. - -Después que se hartaron de diversiones campesinas, decidieron volver á -la ciudad, á fin de buscar á los padres de Cloe y no retardar más su -boda con Dafnis. Muy de mañana cargaron el equipaje, y dieron á Dryas -tres mil dracmas, y á Lamón la mitad de las mieses y de la vendimia de -aquellos campos, las cabras y los cabreros, cuatro yuntas de bueyes, -buenos pellicos para el invierno, y la libertad de su mujer. Se fueron, -por último, á Mitilene con mucho aparato y pompa de carros y de -caballos. - -Como llegaron muy de noche á la ciudad, nadie se enteró de lo ocurrido; -pero al día siguiente se reunió á las puertas de Dionisofanes gran -multitud de hombres y de mujeres: ellos, para felicitarle por haber -hallado á su hijo, sobre todo viéndole tan guapo mozo, y las mujeres, -para holgarse con Clearista de que había logrado á la vez hijo y nuera. -Cloe las sorprendió á todas por su rara hermosura, que les pareció sin -par. En suma, nadie hablaba en la ciudad sino del muchacho y de la -zagala, augurando mil venturas de su enlace. Rogaban también á los -dioses que Cloe hallase padres dignos de su beldad, y hubo no pocas -mujeres ricas que de buena gana hubieran pasado por madres de hija tan -hermosa. - -Entre tanto, Dionisofanes, después de mucho cavilar, se quedó -profundamente dormido y tuvo un sueño. Creyó ver á las Ninfas pidiendo á -Amor que se llevase pronto á cabo la boda prometida. Y Amor, aflojando -la cuerda del arco y poniéndosele al hombro junto á la aljaba, ordenó á -Dionisofanes que convidase á un gran banquete á todos los sujetos de más -fuste de la ciudad, y que, al ir á llenar los últimos vasos, mostrase á -los convidados las prendas halladas con Cloe, y mandase cantar el canto -de Himeneo. - -Visto y oído este sueño, Dionisofanes madrugó, y dispuso una opípara -comida, donde hubiese cuanto se cría de más delicado y sabroso en tierra -y en mar, en ríos y en lagos. Luego convidó á su mesa á todos los -señores principales. - -Ya era de noche, y estaba lleno el vaso con que suele hacerse libación á -Mercurio, cuando entró un criado trayendo las prendas en un azafate de -plata, y dando vuelta á la mesa, se las enseñó á todos. Ninguno las -reconoció; pero un cierto Megacles, que por su ancianidad estaba -reclinado en un extremo, las reconoció apenas las vió, y dijo con voz -alta y firme: «¡Cielos! ¿qué veo? ¿Qué ha sido de tí, hija mía? ¿Vives -aún? ¿Qué pastor guardó, por dicha, estas prendas? Ruégote ¡oh -Dionisofanes! que me digas dónde las hallaste. No envidies, pues tienes -á Dafnis, que yo también la tenga.» - -Quiso Dionisofanes que, antes de todo, contase Megacles cómo había -expuesto á la niña, y éste, con el mismo tono de voz, dijo: «Tiempo há -que me veía yo muy pobre, por haber gastado casi todos mis bienes en -juegos públicos y en naves de guerra. Estando en estos apuros, me nació -una hija. Se me hizo muy duro criarla en tanta pobreza, y la expuse con -esas alhajas, calculando que muchas personas, que no tienen hijos -naturales, desean ser padres, adoptando por hijos á los expósitos. La -niña lo fué en la gruta de las Ninfas y confiándola yo á su cuidado. -Desde entonces mis riquezas han aumentado de día en día, sin tener yo -heredero á quien dejarlas, porque no volví á tener otra hija; y como si -los dioses quisieran burlarse de mí, se me aparecían en sueño por la -noche, ofreciéndome que me haría padre una oveja.» - -Dionisofanes hizo, al oir tales palabras, mayores exclamaciones aún que -las que Megacles había hecho, y dejando el festín, fué á buscar á Cloe y -la trajo muy adornada y bizarra. Al entregársela á su padre, le dijo: -«Ésta es la niña que expusiste. Por disposición de los dioses, te la ha -criado una oveja, como una cabra á Dafnis. Tómala con las prendas, y al -tomarla, dásela á Dafnis por mujer. Los dos expusimos á nuestros hijos, -y los dos los hallamos ahora. Amor, Pan y las Ninfas nos los han -salvado.» - -Megacles convino en todo, y mandó llamar á su mujer, cuyo nombre era -Rodé, teniendo siempre á Cloe entre sus brazos. Megacles y Rodé se -quedaron á dormir allí, porque Dafnis había jurado que nadie, ni su -propio padre, sacaría á Cloe de la casa. Á la mañana siguiente, Cloe y -Dafnis decidieron volverse al campo, porque no podían sufrir la vida de -la ciudad y deseaban hacer bodas pastorales. Regresaron, pues, á la -quinta donde estaba Lamón, é hicieron que Megacles conociese á Dryas, y -Rodé á Napé. - -Todo se preparó allí con esplendidez para la fiesta de la boda. - -Megacles consagró á su hija Cloe á las Ninfas, y suspendió como ofrenda -en la gruta, á más de otros objetos ricos, las prendas de -reconocimiento. Á Dryas, sobre los tres mil dracmas recibidos, le dió -para completar diez mil. - -Viendo Dionisofanes que el tiempo era excelente, mandó aderezar lechos -de verdes hojas en la gruta, donde se reclinaron los rústicos para gozar -de espléndido banquete. Asistieron Lamón y Mirtale, Dryas y Napé, los -parientes de Dorcón, Filetas y sus hijos, Cromis y Lycenia. Ni Lampis -faltó, después de conseguir que le perdonasen. Y como la fiesta era de -rústicos, todo allí fué al uso campesino y labriego. Cantaron unos el -cantar de los segadores; otros hicieron las farsas y burlas que suelen -hacerse cuando la vendimia; Filetas tocó la zampoña; Lampis tocó el -clarinete; Dryas y Lamón bailaron. Dafnis y Cloe no dejaron de besarse. -Las cabras mismas pacían allí cerca, como si tomasen parte en la -función, lo cual no era muy grato á los de la ciudad. Dafnis las llamaba -por sus nombres, les daba verde fronda, las agarraba por los cuernos y -las besaba. - -Y esto no fué sólo en aquella ocasión, sino también en lo sucesivo, -porque Dafnis y Cloe hicieron casi de continuo vida pastoril, adorando á -los dioses y profesando especial devoción á Pan, á Amor y á las Ninfas. -Aunque llegaron á ser poseedores de mucho ganado lanar y cabrío, nunca -hubo manjar que les supiese mejor que leche y fruta. Al primer hijo -varón que tuvieron le dieron por nodriza una cabra, y á la criatura -segunda, que fué una niña, la hicieron mamar de una oveja. Al varón le -pusieron por nombre Filopoemén, y á la niña Ageles. Así vivieron largos -y felices años. Y no descuidaron tampoco el adorno de la gruta, sino que -erigieron nuevas imágenes de Ninfas; levantaron un altar á Amor -pastoril; y á Pan, en vez de la copa del pino á cuya sombra estaba, le -edificaron un templo, bajo la advocación de Pan Batallador. - -Todo esto, sin embargo, ocurrió mucho más tarde. Por lo pronto, llegada -la noche, cuantos estaban allí llevaron á los novios al tálamo. Unos -tocaban flautas, otros tocaban clarines, y otros iban con antorchas. -Cerca ya de la puerta de la cámara nupcial, la comitiva cantó de -Himeneo, con voz tan áspera y desacorde, que no parecía que cantaban, -sino que arañaban pedruscos con almocafres. - -Dafnis y Cloe, á pesar de la música, se acostaron juntos desnudos; allí -se abrazaron y se besaron, sin pegar los ojos en toda la noche, como -lechuzas. Y Dafnis hizo á Cloe lo que le había enseñado Lycenia; y Cloe -conoció por primera vez que, todo lo hecho antes, entre las matas y en -la gruta, no era más que simplicidad ó niñería. - -Madrid, 1880. - -FIN - - - - -NOTAS - - -I. El título de la obra, en griego, es Λόγγου ποιμενικῶν τῶν κατὰ Δάφνιν -καὶ Χλόην βίβλοι (λόγοι) τέσσαρες, que puede traducirse: _Los cuatro -libros de las pastorales de Longo, ó Dafnis y Cloe_. Á fin de seguir el -gusto y el estilo modernos, hemos invertido y modificado los términos -del título. Ponemos por título principal de esta novela _Dafnis y Cloe_, -y añadimos luego _Las pastorales de Longo_, para indicar el género á que -pertenece la obra y el nombre, verdadero ó supuesto, de quien la -compuso. - -De esta novela no conocemos traducción ninguna en castellano. - -En otros idiomas, ó conocemos ó hemos visto citadas muchas traducciones. -Las más famosas son: En latín, la de Gothofredo Jungermann, de 1605, y -la de Pedro Moll, de 1860. En francés, la de Santiago Amyot, obispo de -Auxerre, y la de Pablo Luis Courier, que corrige y completa la -traducción del citado obispo. En italiano, la del comendador Aníbal -Caro, la de Manzini y la de Gozzi. En inglés, la de Jorge Thornley, -1657, y la de Jacobo Craggs, 1764. Y en alemán, las de Grillo, Krabinger -y Passow, en 1765, 1803 y 1811. - -Tenemos también una traducción sobrado libre de _Dafnis y Cloe_, hecha -en hermosos exámetros latinos, por Lorenzo Gambara, y dedicada al -célebre Antonio Perenott, cardenal Granvela, á la sazón virrey de -Nápoles. - -Para hacer esta traducción española hemos seguido el texto griego -completo, publicado por Courier y enmendado por Sinner: Paris, Fermín -Didot, 1829. Hemos tenido á la vista y consultado la traducción en latín -de la edición bipontina y la traducción francesa de Amyot, _revue, -corrigée, completée, de nouveau refaite en grande partie par P. L. -Courier_. - -En nuestra traducción de los tres primeros libros, hemos procurado ser -tan fieles al original cuanto es posible en una lengua moderna de -Europa. Nos lisonjeamos de que en punto á fidelidad hemos vencido á -Courier, como podrán ver los inteligentes, si comparan con el original -ambas traducciones. - -En el cuarto libro nos hemos atrevido á hacer bastantes alteraciones: -algo parecido á lo que llaman un arreglo. Esto no quita que muchos -párrafos (más de la mitad de dicho libro cuarto), estén también -traducidos por nosotros con la mayor exactitud. Sólo hemos variado unos -lances originados por cierta pasión repugnante para nuestras costumbres, -sustituyéndolos con otros, fundados en más naturales sentimientos. - -Fué nuestro primer propósito hacer nuestra traducción en lo que han dado -en llamar _fabla antigua_ esto es, en el castellano del siglo XIV ó del -siglo XV. Para imitar bien el candor y la sencillez del texto, tal vez -hubiera sido esto convenientísimo; pero, en nuestro sentir, requería un -trabajo ímprobo si había de hacerse con conciencia y evitando el peligro -de inventar una _fabla antigua_, que jamás se hubiese hablado. Para -Courier, que ha hecho su traducción en francés arcáico, la empresa no -era tan árdua; tenía por modelo á Amyot, que le guiaba mientras él le -corregía. Por otra parte, yo entiendo que, sin procurar expresamente lo -arcáico, siguiendo bien el texto, buscando las palabras propias y los -giros más adecuados, y huyendo de las frases hechas y con frecuencia -amaneradas del estilo novísimo, resulta un castellano bastante candoroso -y que parece antiguo. El público juzgará si hemos conseguido esto en -nuestra traducción. - - -II. Dice el proemio: _y habiendo buscado á alguien que me explicase bien -la pintura, compuse estos cuatro libros_. P. L. Courier traduce: _si -cherchai quelq’un qui me les donna á entendre par le menu, et ayant le -tout entendu, en composai ces quatre libres_. Yo empleo quince palabras, -y P. L. Courier veintidos, para decir lo que dice en ocho el -autor griego: καὶ ἀναζητησάμενος ἐξηγητὴν τῆς εἰκόνος, τέτταρας βίβλους -ἐξεπονησάμην. Depende esto, no sólo de la riqueza de formas de la lengua -griega, sobre todo en participios, que hace que se pueda decir más en -menos palabras, sino también de nuestro empeño de no sobreentender nada, -diciéndolo todo. Claro está que, cuando el autor buscó á alguien _qui me -les donna á entendre par le menu_, no se contentó con buscarle, sino que -también le oyó la explicación; pero esto se cae de su peso y no era -menester decirlo. El original no lo dice. P. L. Courier pone, pues, de -su cosecha, _et ayant le tout entendu_. En otras ocasiones añade -también, ó ya porque lo cree necesario para mayor claridad, ó bien -porque halla alguna frase que le parece bonita. Yo he procurado evitar -tales amplificaciones y adornos, y si á veces he incurrido en ellos, no -ha sido con tanta frecuencia como P. L. Courier. - -La observación que acabamos de hacer pudiera repetirse con frecuencia. -No lo haremos, por no pecar de prolijos. Nos limitaremos á citar otro -solo ejemplo, tomado también del proemio. Dice el original: τὸν -ἐρασθέντα ἀναμνήσει, τὸν οὐκ ἐρασθέντα προπαιδεύσει. Son siete palabras. -Traduce Courier: _peut remettre en memoire de ses amours celui qui -autrefois aura été amoureux et instruire celui qui ne l’aura encore -point été_. Son veinte y tres palabras. Traduzco yo: _recordará de amor -al que ya amó, y enseñará el amor al que no ha amado nunca_. Son diez y -siete palabras. - - -III. _Á unos doscientos estadios de Mitilene_, yo traduzco deὅσον ἀπὸ -σταδίων διακοσίων; en latín, _stadia circiter ducenta_. _Estadio_ es -palabra perfectamente castellana en este sentido, y significa la -distancia ó longitud de 125 pasos geométricos. P. L. Courier pone: -_environs huit ou neuf lieues loin de cette ville de Mitylène_. En este -caso confieso que no choca mucho que modernice la unidad de medida para -las largas distancias, pero entiendo que está mejor, ya que la historia -sucede en Grecia y en tiempos antiguos, conservar los usos y costumbres -de entonces. Más claro se comprende esto, y se ven el anacronismo y el -desentono que de semejante exceso de traducción resultan, cuando en el -mismo cuento de Dafnis y Cloe se habla de _dracmas_, dinero, y traduce -Courier _escudos_. Yo prefiero poner _dracmas_, y no traducir _escudos_, -_ducados_, _reales_ ó _pesetas_, que entonces no había. Hay palabras -que no se traducen, sino que pasan íntegras á todos los idiomas cuando -se quiere volver á designar el objeto determinado y singular que -designaban. Así, pues, por muy llano y natural que yo quisiese hacer mi -estilo, jamás, por ejemplo, me atrevería á traducir _peplo_, _clámide_, -_estola_ ó _coturno_, por prendas de vestir parecidas y en uso en -nuestros días. - - -IV. Los objetos suspendidos como ofrendas en la gruta de las Ninfas -eran γαυλοὶ, καὶ αὐλοὶ πλάγιοι, καὶ σύριγγες, καὶ κάλαμοι. Courier traduce -γαυλοὶ _seilles á traire le lait_; el latín, _mulctræ_. En castellano -creo que bastaría _colodras_, que son vasijas de que se valen los -pastores para ordeñar; pero, como el _Diccionario de la Academia_ supone -que las tales colodras son de madera, y los γαυλοὶ ó _mulctræ_ tal vez -serían de barro, he añadido tarros para que haya de todo. Αὐλοὶ πλάγιοι -ha sido menester traducirlo también con gran libertad. En latín se -llaman _tibiæ obliquæ_, trompetas oblícuas. Dicen que este instrumento -fué inventado por Midas. Á lo que más se parece de los modernos es al -bajón, al fagot y al pífano. Por esto pongo _pífanos_ en mi traducción. - - -V. _Y les habían hecho aprender las letras_; en griego, καὶ γράμματα -ἐπαίδευον. Courier, por seguir á Amyot, pone _leur faisant apprendre les -lettres_; pero censura esta traducción en una larga nota, suponiendo que -implica un contrasentido, ó, por lo menos, que induce en error. Nosotros -creemos que no hay tal error, y que, en vista del sentido todo, no da -tampoco lugar á anfibología. _Aprender las letras_ no es más que -aprender las letras, y no aprender literatura. Dice Courier que Longo -quiso decir que Dafnis y Cloe aprendieron á leer y á escribir. Yo creo -que no quiso decir sino lo que dijo, que aprendieron las letras, que -aprendieron á deletrear, y que tal vez ni escribían ni leían de corrido. - - -VI. _Y se esmeraba hasta la noche en tocar la zampoña._ La voz griega -σύριγξ significa un instrumento inventado por Pan y compuesto de varios -cañutos desiguales, unidos entre sí. El P. Baltasar de Vitoria, gran -autoridad en esta materia, dice en su _Teatro de los dioses_, que este -instrumento se llama en castellano _zampoña_ ó _albogue_. Yo pongo -zampoña unas veces, y otras veces flauta, porque el uso ha hecho que se -hable más, aunque menos exactamente, de la flauta de Pan que de la -zampoña de Pan. - - -VII. _...logró subir el caído._ Desde este punto hasta donde dice: _¿qué -me hizo el beso de Cloe?_, todo falta en la traducción de Amyot. En el -original de la edición bipontina hay un pedazo más, hasta donde dice: _y -yendo con Cloe á la gruta de las Ninfas, le dió á guardar la tuniquilla -y el zurrón_. Había, de todos modos, una gran laguna, que después se ha -llenado, en vista del manuscrito de Florencia, donde el texto está -completo. - - -VIII. _Quisiera ser su flauta para que infundiese en mí su aliento._ P. -L. Courier traduce: _Ah!, que ne suis-je sa flûte pour toucher ses -lèvres_. Dice el original: εἴθε αὐτοῦ σύριγξ ἐγενόμην, ἵν’ ἐμπνέη μοι. -Claro está que no se habla de los labios, sino del aliento ó soplo. -Supone Courier que esto está tomado de la antigua copla siguiente: - - Εἴθε λύρα καλὴ γενοίμην ἐλεφαντίνη, - Καί με καλοὶ παῖδες φέροιεν Διονύσιον ἐς χορὸν. - Εἴθ’ ἄπυρον καλὸν γενοίμην μέγα χρυσίον, - Καί με καλὴ γυνὴ φοροίη καθαρὸν θεμένη νοόν. - -La copla es muy bonita, pero el decir de Cloe puede ser coincidencia, y -no imitación. Es fácil coincidir en lo natural. Una oda de Anacreonte -encierra el mismo pensamiento, diciendo en la traducción de Castillo y -Ayensa, si no me es infiel la memoria: - - Quisiera ser la cinta - Que pende de tu cuello; - Quisiera ser la joya - Adorno de tu pecho; - Quisiera ser el agua - Con que lavas tu cuerpo; - Y fuera la sandalia - Que ciñe tu pie bello; - Que por tu planta hollado, - Viviera yo contento. - -De seguro que los rústicos andaluces no leen á Anacreonte, y uno de -ellos compuso, sin duda, aquella graciosa á par que apasionada copla de -seguidillas, que dice: - - ¡Ay, quién fuera la cinta - De tu zapato!... - -Y no ponemos los otros dos versos por demasiado expresivos; pero buenas -ganas se nos pasan de poner los, porque vencen á los de Anacreonte, á -los del otro poeta griego y á la prosa de Longo. - - -IX. _La piel de un cervatillo, esmaltada de lunares blancos, para que la -llevase en los hombros, cual suelen las bacantes._ En el original hay -estas dos palabras: νεβρίδα βακχικήν, para cuya traducción ha sido -menester emplear todas éstas: _la piel de un cervatillo para que la -llevase en los hombros, cual suelen las bacantes_. - - -X. _Soy blanco como la leche y rubio como la mies, cuando la siegan._ -Añade Courier, entre estos elogios que Dorcón se tributa á sí mismo: -_frais comme la feuillée au printemps_, lo cual no está en el texto. - - -XI. _...y de sus ojos, que los tenía grandes y dulces como las -becerras._ La comparación, en son de elogio, de los ojos de las -muchachas con los ojos de los bueyes, vacas ó becerras, es muy frecuente -en los autores griegos; hasta hay los epítetos de βοώπης y βοόγληνος, -para designar á quien tiene ojos grandes y hermosos. - - -XII. _...y tenía pálido el rostro como agostada hierba._ Son las -palabras de Safo: χλωροτέρα πόας ἐμμί. - - -XIII. _...y el hocico le tapaba la cabeza, como casco de guerrero_: καὶ -τοῦ στόματος τὸ χάσμα σκέπειν τὴν κεφαλήν, ὥσπερ ἀνδρὸς ὁπλίτου κράνος. -Algunos guerreros, y singularmente los abanderados, según se ve en la -Columna Trajana, llevaban el casco, _galea_, cubierto con la piel de la -cabeza de una fiera, que conservaba la forma de cabeza, de suerte que -el rostro del soldado parecía asomar por entre los dientes de la fiera. - - -XIV. _...llenaba una gran taza de vino y de leche._ De esta mezcla -resultaba una bebida llamada οἰνόγαλα, que se toma aún, según dice -Courier, en Levante y en Calabria. - - -XV. _Se ponía á cantar de Pan y de Pitis._ Pan fué un dios tan enamorado -como poco dichoso en sus amores. Siringa, Eco, la Luna y otras diosas y -ninfas le desdeñaron. Pitis, por el contrario, le amó, y desdeñó por él -á Bóreas, quien, enojado y celoso, la arrebató en sus alas, y la mató -arrojándola contra las rocas. La Tierra, compadecida, la transformó en -árbol: πίτυς, femenino en griego, _el pino_. - - -XVI. _...y dice que busca los becerros huídos._ Esta fábula ó conseja, -que, el autor califica de θρυλλούμενα, cosa sabidísima ó divulgada, no -se halla en ningún mitólogo de los que yo conozco. Φάττα, la paloma -torcaz, no es nombre de ninguna ninfa, como lo es el nombre de la otra -paloma, περιστερά. Esta ninfa, Peristera, ayudó á Venus, que competía -con Amor en coger flores. Venus triunfó así de Amor. Éste, enojado, -convirtió en paloma á la ninfa. Venus la puso en su carro triunfal. - - -XVII. _...hay muchos estrechos de mar que hasta hoy se llaman pasos de -bueyes._ En griego βοοσπόροι, de donde Bósforo. - - -XVIII. _No soy niño, aunque parezco niño, sino más viejo que Saturno. Yo -soy anterior al tiempo todo._ Este discurso de Filetas es quizá lo más -bello que hay en la obra de Longo, no tanto por lo que dice de Amor, -dicho ya por muchos autores, sino por la graciosa sencillez de estilo -con que la aparición de Amor en el huerto y todo lo demás está contado. -Como en la religión de los griegos no hubo dogmas fijos, cada poeta -contaba los hechos á su manera, resultando de aquí mucha variedad de -fábulas sobre una misma persona divina, sobre todo cuando esta persona -tenían más de alegórico que otras, como sucede con Amor. Empezando por -su mismo origen, hay gran discrepancia. Así es que unos, los más, -hicieron á Amor hijo de Venus y de Marte; otros, como Platón, le dieron -por padres á Poro y á Penia, esto es, al dios de la abundancia y á la -diosa de la pobreza; otros quieren que Amor naciese de Júpiter, y otros, -que naciese antes que todo, no comprendiendo que nadie pudiera nacer sin -Amor y antes de Amor, á no ser el Caos y la Tierra ó el Eter y la Noche. -Claro está que, para éstos, Amor es el fuego, la luz, la actividad, el -prurito, la voluntad primera que crea el ser, la vida y el universo -todo. Después de muchos siglos, Schopenhauer ha venido á parar en la -misma doctrina. Todo cuanto es, según este filósofo, se reduce á -apariciones y formas en que _Der Wille_, la Voluntad ó el Amor, se -revela y hace visible. Las criaturas son _objetivaciones de Amor_. Der -Wille es, pues, el principio real del Universo y el principio ideal ó -metafísico, y la solución del problema cosmológico. Doctrina parecida es -la de Longo cuando hace decir á Amor que es anterior al tiempo todo. -Esta idea del Amor, como fuerza demiúrgica, está expresada en la -Teogonía de Hesiodo, diciendo: - - Ἤτοι μὲν πρώτιστα Χάος γένετ’, αὐτὰρ ἔπειτα - Γαῖ’ εὐρύστερνος, πάντων ἕδος ἀσφαλὲς αἰεὶ - Ἀθανάτων οἳ ἔχουσι κάρη νιφόεντος Ὀλύμπου, - Τάρταρα τ’ ἠερόεντα μυχῷ χθονὸς εὐρυοδείης, - Ἠδ’ Ἔρος, ὃς κάλλιστος, κ. τ. λ. - -Lo cual coincide con la cosmogonía de los fenicios, que se lee en un -fragmento de Sancuniathon, y dice: «Fueron principio de este universo un -aire tenebroso y sutil y el caos confuso y envuelto en obscuridad, á los -cuales, en tiempo infinito y que no se puede determinar, encendió un -soplo de Amor, mezclándolos, y de esta mezcla nació el deseo, fuente de -la creación toda.» Aristófanes, en su comedia _Las Aves_, donde éstas -cantan en coro el origen del mundo, expone doctrina semejante: «Eran -primero el Caos, dice, y la Noche, y el negro Erebo, y el extenso -Tártaro. No había tierra, ni aire, ni cielo. Pero en el seno infinito -del Erebo, la Noche, dotada de alas negras, puso un huevo, del cual, -agitado é incubado por las Horas, brotó el Amor, lleno de deseos.» De -aquí nació todo. Antes de Amor no hubo ni dioses. - - - Πρότερον δ’ οὐκ ἦν γένος ἀθανάτων, πρὶν Ἔρως ξυνέμιξεν ἅπαντα. - -Esta idea de poner á Amor antes que todo y como creador de todo inspira -hasta á los poetas cristianos. Milton, en vez de Amor, pone sobre el -Caos al Espíritu Santo, á manera de paloma, incubándole y fecundándole. - - _...with mighty wings outspread_ - _Dove-like sat’st brooding on the vast abyss,_ - _and mad’st it pregnant._ - - -XIX. _Tanto puede (Amor) que Júpiter no puede más._ Todo este segundo -discurso de Filetas, dice Courier que está tomado de Platón. Yo entiendo -que de Platón y de muchos otros autores, esto es, que poco ó nada es -nuevo ó era nuevo entonces, salvo el sentir propio del autor, y su -expresión y estilo, lleno de candor y de gracia. Se citan unos versos de -Menandro, en que pone el poder de Amor por cima del de Júpiter. Pero, -¿de qué poeta no podrá citarse sentencia parecida? Ya Homero, en su -himno á Afrodita, dice que todas las divinidades están sujetas á su -imperio, salvo tres, que son Minerva, Diana y Vesta. - -Estos encarecimientos del poder de Amor no cesan con los autores -cristianos, confundiéndole tal vez para ello con una de las personas -divinas. Así dice San Bernardo que _Amor triunfa de Dios_; y nuestro -Padre Fonseca pone, entre mil otras alabanzas, que «Amor entróse por -esos cielos, y cogiendo á Dios, no flaco, sino fuerte; no en el trono de -la Cruz, sino en el de su majestad y gloria, luchó con él hasta bajarle -del cielo y hasta quitarle la vida.» - -Las victorias de Amor son, pues, extraordinarias y no tienen cuento. Por -eso, los espartanos, creyéndole más belicoso que á Marte, se -encomendaban á él y le hacían sacrificios siempre que tenían que reñir -alguna brava batalla. - -Fué creído, además, desde muy antiguo, inspirador de todas las acciones -generosas y de virtud, y se tuvo por cierto, con prefiguración -profética, aunque confusa, de los más altos misterios, que el Dios -supremo le envía á la tierra para que salve á los hombres. Ya Esopo -habla bellamente de esto en su fábula de Júpiter y Amor, dando cuenta de -que «cuando Júpiter crió á los hombres, dióles todas las prendas que los -adornan ahora; pero aún no moraba Amor en las almas de ellos, porque -este dios, que tiene alas tan sublimes, no bajaba nunca del cielo, y -sólo hería con sus flechas á los dioses. Temeroso Júpiter, no obstante, -de que se perdiera la más hermosa de sus criaturas, envió á Amor á la -tierra para que fuese custodio del género humano. Amor obedeció el -mandato de Júpiter, pero no consideró que le estuviese bien morar en -todas las almas y elegir por templo suyo lo mismo las profanas que las -iniciadas y buenas, por lo cual distribuyó el rebaño de las almas -comunes entre los Amores plebeyos, hijos de las Ninfas, y él se fué á -vivir dentro de las almas celestes y divinas, y embriagándolas con -delirio amoroso, produjo infinitos bienes para todos los hombres.» - - -XX. _El mismo dios Pan... como más avezado que nosotras á los negocios -de la guerra, por haber ya militado en muchas..._ Aún se conserva en -nuestros idiomas modernos el epíteto de _pánico_, dado al terror cuando -es muy grande. Pan auxilió mucho á Júpiter en las guerras que tuvo, -encadenando á Tifeo ó envolviéndole en una red; si bien otros dicen que -le asustó, dando un grito espantoso. En otras guerras ocurridas en este -bajo mundo, auxilió á sus devotos, como, por ejemplo, á los griegos -contra los galos, mandados por Breno. - - -XXI. _...se puso á contar la fábula de Siringa..._ Esta transformación -de Siringa en flauta, y los amores de Pan, que la originaron, sucedieron -en Arcadia, á orillas del río Ladón, según refiere Ovidio en sus -_Transformaciones_, donde dice que la Ninfa iba huyendo de Pan: - - _Donec arenosi placidum Ladonis ad amnem_ - _Venerat; hic illam, cursum impedientibus undis_ - _Ut se mutarent, liquidas orasse sorores:_ - _Panaque cum prensam sibi jam Siringa putaret,_ - _Corpore pro Nymphæ calamos tenuisse palustres;_ - _Dumque ibi suspirat, motos in arundine ventos_ - _Effecisse sonum tenuem, similemque quærenti,_ - _Arte nova: vocisque deum dulcedine captum,_ - _Hoc mihi colloquium tecum dixisse manebit,_ - _Atque ita disparibus calamis compagine ceræ_ - _Inter se junctis nomen mansisse puellæ._ - - -XXII. _Llegó el invierno, para Dafnis y Cloe más que la guerra crudo._ -Sin duda convenía al autor, para su sencillo argumento, que el invierno -fuese muy rigoroso, ó tal vez quiso lucir su retórica pintándole, pues -es evidente que, ni en nuestro siglo, ni en la época de la acción de la -novela, hubo de hacer jamás tanto frío ni de caer tanta nieve en la isla -de Lesbos. - - -XXIII. _¡Salud!_, _¡oh, hijo mío!_ Χαῖρε, ὦ παῖ, dice el original. He -preferido decir, _¡salud!, ¡oh, hijo mío!_, al modo más natural de -saludar ahora, diciendo _Dios te guarde_, porque este modo parece -anacrónico é impropio de gentiles. - - -XXIV. _...comieron coronados de hiedra._ Parece que un gentil muchacho, -llamado Cisso, gran bailarín y valido de Baco, bailando un día delante -del dios, para divertir sus ocios, se cayó en un hoyo y se convirtió en -hiedra, planta que fué consagrada á dicho dios, el cual gustaba de -coronarse con ella. También para los poetas se tejían de ella coronas: - - _Pastores hedera crescentem ornate poetam._ - -dice Virgilio. La hiedra, sobre todo, era para coronar á los poetas -dramáticos, por ser el teatro propio de Baco. Por eso Menandro pide á -los dioses ser siempre coronado de hiedra ática: - - Τὸν Ἀττικὸν αἰεὶ στέφεσθαι κισσόν. - -En las bacanales se coronaban asimismo de hiedra los que las celebraban. -Así es que el gobernador que puso Antíoco en Jerusalén, queriendo hacer -gentiles á los judíos, les mandaba que fuesen por las calles coronados -de hiedra cuando se celebraba la fiesta de aquel dios, como se cuenta en -el libro II, capítulo VI, de los Macabeos: _et cum Liberi sacra -celebrarentur, cogebantur heredà coronati Libero circuire_. - - -XXV...._hallaron narcisos, violetas, corregüelas_ y _otras vernales -primicias_. El texto griego dice ἀναγαλλίς, que hemos traducido por -_corregüela_. Las anagalídeas son un género de la familia de las -primuláceas, en el que se contienen muchas especies como los _murajes_. -Courier traduce _muguet_, que viene á ser en español _lirio de los -valles_; pero tal vez puso _muguet_ sólo porque el vocablo es bonito y -también el objeto que expresa. Quiera significar lo que quiera la tal -flor Anagalis, al tratar de traducirla al castellano, un amigo mío me ha -recordado á una Ninfa Anagalis, de quien nada leí jamás en ningún libro, -ni en Polidorio Virgilio; pero que, según afirma Juan de la Cueva, en su -extraño poema de _Los inventores de las cosas_, fué la que inventó el -juego de pelota. El erudito poeta dice: - - Del juego tan común de la pelota - Anagalis, muchacha, fué inventora: - Que se llame Astragalis quieren otros. - - -XXVI. _...expresando poco á poco el nombre de Itis._ Este Itis fué hijo -de Tereo, rey de Tracia. Progne, mujer de Tereo, mató á su hijo Itis, y -se le dió á comer á su propio padre. Filomena, hermana de Progne y tía -de Itis, fué convertida en ruiseñor; Progne, en golondrina; en gavilán, -Tereo, y en faisán, Itis. - - -XXVII. _Por el reposo casero y holganza del invierno estaba rijoso y -lucio, y con el beso se emberrenchinaba y con el brazo se alborotaba._ -Para descargo de mi conciencia de haber traducido con sobrada energía y -desenvoltura, diré que Dafnis, con el reposo y holganza, ἐνηβήσας, de -ἐνηβάω, _pubesco_, _juveniliter lascivio_: con el beso ὤργα, de ὀργάω, -_succo turgeo_, _venerea cupiditate flagro_; y con el abrazo ἐσκιτάλιζε, -de σκιταλίζω, _salax sum_. Lo mismo digo de otros pasajes, donde siempre -he atenuado el brío y suavizado la crudeza del texto. - - -XXVIII. _Cromis, sujeto ya de edad madura, quien había traído de la -ciudad á una mujercita_, etc. Debe entenderse que esta mujercita no era -la mujer propia, la esposa de Cromis, sino una cortesana mantenida por -él. Su mismo nombre Lycenia, de Αὔκαινα, _loba_, parece ya indicarlo, y -hasta la circunstancia de venir siempre dicho nombre en diminutivo en el -texto griego. En el teatro de aquel pueblo apenas había comedia en que -no hiciesen papel las cortesanas ó _heteras_, á veces vilipendiadas -cruelmente por los poetas, á veces también ensalzadas de discretas, -amables, generosas y hasta virtuosas. Y esto no ha de extrañarse, porque -las cortesanas de entonces representaban la inteligencia y la cultura de -la parte femenina, y alcanzaban gran poder y valimiento. Algunas se -casaban con los mismos reyes. Targalia de Mileto se casó con un rey de -Tesalia, y Tais con un Ptolomeo. Duró esto hasta muy tarde, hasta época -ya en que estaba muy difundido el Cristianismo. La mujer de Justiniano, -la célebre emperatriz Teodora, había sido una cortesana de las más -disolutas. Fué, además, tan desaforada comedianta, que las cosas que -hacía en público teatro no hay quien se atreva á explicarlas en ningún -idioma moderno, sino que se toman de Procopio y se ponen como nota, en -griego, en las historias que de ello tratan. El mismo Gibbon lo deja sin -traducir. Imitémosle. - -No ha de extrañarse, pues, que en la edad clásica y gentílica las -cortesanas tuviesen grande influjo, y fuesen amigas respetadas de los -hombres más eminentes: así Aspasia, de Pericles; Arqueanasa, de Platón; -Herpilis, de Aristóteles, y Glicera, de Menandro. Alcifrón puso en -cartas muchos rasgos brillantes de las cortesanas, y Machón escribió un -poema de los dichos discretos y agudos de estas mujeres. - -Una de las más ilustres, por su talento, discreción y afecto á sus -compatriotas, fué Rodopis, alma de la colonia griega de Egipto en tiempo -del rey Amasis. El célebre egiptólogo y novelista Jorge Ebers, en su -novela _La hija de Faraón_, hace de esta Rodopis la principal heroína, -después de la misma hija del rey de Egipto que casó con Cambises, y de -la princesa Atosa, hija de Ciro, mujer de Darío y madre de Jerjes. Claro -está que Lycenia no era una hetera de primer orden, sino modesta y de -pocas campanillas, como un pobre labrador de Lesbos podía costearla. - - -XXIX. _...habiéndose cerciorado ella de que todo estaba alerta y en su -punto..._ Creo haber traducido del modo más púdico posible el texto, -μαθοῦσα ἐνεργεῖν δυνάμενον καὶ σφριγῶντα, que interpreta así la versión -latina: _ipsa jam edocta eum ad patrandum non solum fortem esse, verum -etiam libidine turgere_... - - -XXX. _...Luego sacó del zurrón pan de higos..._ Para que no se entienda -que este _pan de higos_ está inventado por mí por la afición que yo -tengo á las cosas andaluzas, diré que παλάθη no significa más que pan de -higos; _massa caricana_, dice la versión latina, esto es, masa hecha -con el higo de Caria, que se llamaba _carica_. P. L. Courier traduce, no -sé por qué, _raisin sec_. De seguro que no había comido él, como yo, el -delicioso pan de higos que se hace en Málaga. - - -XXXI. Los mitólogos varían mucho al referir esta historia de Eco. -Fíngenla los más hija del Aire y de la Tierra. Juno dicen que la castigó -obligándola á repetir las últimas sílabas de las palabras que oyese. -Otros, que desdeñada de Narciso, á quien amaba, se convirtió en peñasco. -Ovidio, en las _Transformaciones_, cuenta que su mal pagado amor la secó -de suerte y la consumió hasta tal punto, que se quedó en los huesos y en -la voz: - - _Vox manet: ossa fuerunt lapide traxisse figuram_ - _Inde latet sylvis nulloque in monte videtur,_ - _Omnibus auditur: sonus est qui vivit in illa._ - -La fábula de Longo es, pues, diversa, y su principal gracia consiste en -un equívoco intraducible; porque μέλος, en griego, significa _miembro_, -y también _verso_, _medida_, de donde la palabra _melodía_. Así es que -los pastores esparcieron por toda la tierra τὰ μέλη, las canciones, las -melodías de la Ninfa, lo cual está traducido en latín _cantabunda -membra_, y por Courier, á quien en esto seguimos, _sus miembros_, -_llenos de harmonía_. - - -XXXII. _Esta manzana ¡oh, vírgen! es creación de las Horas divinas._ El -texto dice Ὦ παρθένε, τοῦτο τὸ μῆλον ἔφυσαν Ὧραι καλαί: el latín, _Mea -virgo, hoc pomum quod vides, anni ætates pulchræ pepererunt_. _Cette -pomme Chloe, ma mie, les beaux jours, d’été l’ont fait naître_, traduce -Courier. Yo he preferido dejar á las Horas, á las diosas, hijas de -Júpiter y de Temis, que dirigen y gobiernan las estaciones y cuidan del -carro del Sol, como creadoras de la manzana. No lo disputo, aunque creo -que esto es más poético que decir llanamente que con el verano se crió -la manzana; pero entiendo que soy más fiel traductor. Tal vez se dirá -que no es gran encarecimiento de alabanza el decir que una manzana es -creación de las Horas. Lo mismo crean las Horas las manzanas gruesas y -hermosas que las feas y ruines. Esto es verdad, considerado -pedestremente; pero cuando esto de que la manzana es creación de las -Horas se dice con entusiasmo, vale tanto como decir que las Horas -pusieron en crearla singular esmero. Semejante censura he oído hacer, -por ejemplo, de aquellos versos de Zorrilla en elogio de Granada. - - Salve ¡oh, ciudad! en donde el alba nace, - Y donde el sol poniente se reclina; - Donde la niebla en perlas se deshace, - Y las perlas en plata cristalina. - -En todas las ciudades nace el alba, se pone el sol, se deshace la niebla -y corre el agua: no cabe duda; pero Zorrilla da á entender que en -Granada ocurre todo ello de una manera eminente, ejemplar y soberana, -como si la aurora no quisiera nacer sino para alumbrar á Granada, y el -sol no quisiera reclinarse más que en el seno ó á la espalda de sus -montes. - - -XXXII. _Semele, pariendo; Ariadna, dormida_, etc. Aquí pone el autor en -breves palabras los principales casos de la vida de Baco. _Semele -pariendo_, no es la común opinión, pues refieren los más, de cuantos han -tratado este asunto, que Semele, hija de Cadmo, que tenía amores con -Júpiter, deseó ver al Dios en toda su gloria, y al verle, ardió en el -resplandor que de sí lanzaba. Ya muerta, sacó Júpiter á la criatura que -tenía ella en su seno, y acabó de criarla, hasta que se cumplieron los -nueve meses, guardándosela en un muslo. Cuentan otros, no obstante, que -Semele dió á luz á Baco naturalmente y á su tiempo, y á éstos sigue -Longo. Repetimos, con todo, que la general opinión es la del doble -nacimiento de Baco. Luciano le ha celebrado en un diálogo burlesco, y el -dios ha llevado nombres que recuerdan este nacimiento doble. Así se ha -llamado _bimatre dithyrambo_, de παρὰ τὸ δύο θύρας βῆναι, salir por dos -puertas, y Eirafiote, cosido en el muslo. - -Por lo demás, Baco y su historia tienen grandes variaciones, por ser -este dios uno de los más simbólicos y misteriosos que en Grecia se -adoraron, y por representar á la vez no pocas cosas. Por una parte, -proviene este dios del naturalismo: es la fuerza vegetativa de las -plantas. De aquí que tantas le estén consagradas, como la hiedra, la -higuera y la vid, y que le llamen γενεσιουργὸς τῶν καρπῶν, engendrador -de los frutos, y que sea también padre de Príapo. - -Representa, además, á un héroe conquistador y civilizador del mundo, y -su leyenda, bajo este aspecto, toma mucho de la de Osiris egipcio, y de -la de Melkarh ó Hércules tirio. Como Hércules, Baco erigió sus columnas -en el extremo de las tierras y mares hasta donde llevó su expedición -triunfadora. - -Representa, por último, Baco la fuerza y virtud del licor fermentado, -que inspira á los hombres una especie de delirio, que se tenía á veces -por sagrado. En este sentido, Baco trae su origen de Soma, dios de los -Vedas, dios-bebida, dios-libación, dios que se consume en la llama del -sacrificio; hijo de Indra, como Baco es hijo de Júpiter. En este -sentido, Baco recibió muchos títulos ó sobrenombres entre los griegos y -latinos. Llamóse _Musagetes_, conductor de las Musas; _Pirigenio_, -nacido del fuego; _Melpómeno_, celebrado en himnos; _Leneo_, de ληνός, -lagar; _Líber_, por la libertad que el vino engendra, y _Taurokeros_ ó -_Tauromorfos_, porque tomaba cuernos y forma de toro, á causa del furor, -osadía y violencia que adquiere quien se embriaga. De aquí que Horacio -dijese á Baco: - - _Tu spem reducis mentibus anxiis_ - _Viresque et addis cornua pauperi._ - -Dice Longo, _encadenado Licurgo_. Era éste un rey de Tracia que se opuso -al culto de Baco, por lo cual sufrió un gran castigo del dios. - -_Despedazado Penteo._ Esta aventura es de las más famosas de la historia -de Baco, por haber dado asunto á un drama de Esquilo, ya perdido, que -llevaba por título _Penteo_, y á la tragedia de Eurípides, que se -conserva y se titula _Las Bacantes_. Parece que el culto de Baco, con -sus frenéticas orgías, vino á Grecia desde Tracia y Macedonia, y halló -en Grecia al principio grande oposición. Penteo en Tebas se opuso á este -culto, y fué despedazado por las bacantes furiosas, entre las cuales se -hallaba Agave, su madre. - -_Ariadna dormida._ Prescindimos, por no ser prolijos, del valor y -significado alegórico é histórico que puedan tener los amores de -Ariadna, hija de Minos, con Baco. La general opinión, esto es, la fábula -más conocida, junta en una las dos historias de los amores de Ariadna -con Baco y con Teseo. Abandonada por este príncipe en la isla de Naxos, -después que le ayudó á vencer al Minotauro y á salir del laberinto, Baco -se le aparece enamorado, y se la lleva en triunfo. Los hermosísimos -versos de Catulo, en el epitalamio de Tetis y Peleo, describen -admirablemente, así el furor de Ariadna abandonada, como su triunfo -inmediato, y la pompa báquica en toda su extraña locura: - - _At pater ex alia florens volitabat Iachus, - Cum thiaso Satyrorum et Nysigenis Silenis, - Te quærens, Ariadna, tuoque incensus amore; - Qui tum alacres passim lymphata mente furebant - Evoe, bachantes, evoe, capita inflectentes. - Horum pars tecta quatiebant cuspide thyrsos, - Pars e divolso raptabant membra fuvenco: - Pars sesse tortis serpentibus incingebant; - Pars obscura cavis celebrabant orgia cistis - Orgia quæ frustra cupiunt audire profani; - Plangebant alia proceris tympana palmis. - Aut tereti tenues tinnitus ære ciebant; - Multi raucisonos efflabant cornua bombos, - Barbaraque horribili stridebat tibia cantu._ - -Como se ve, el asunto del triunfo de Ariadna, de las bacanales y de la -historia del hijo de Semele, rodeado siempre de bacantes, sátiros y -silenos, se prestaba mucho á la pintura, y desde los tiempos más -antiguos se han empleado en este asunto los pintores. - -Pedimos perdón á los eruditos de habernos extendido demasiado en esta -nota, pero ya se harán cargo de que escribimos también para el vulgo, el -cual tal vez ignora lo que ellos tienen olvidado de puro sabido. Para no -prolongar más la nota omitimos mucho que, con ocasión de Baco, se -pudiera decir sobre el origen de la tragedia, que nació en sus fiestas, -y sobre otras cosas, curiosas para quien no las sabe, y tal vez cansadas -para los doctos, que las saben más fundamentalmente que yo. - - -XXXIV. _Á este mensajero, que se llamaba Eudromo, porque su oficio era -correr._ Es evidente que en lo antiguo los nombres y los apellidos -debieron de ser apodos, que denotasen oficio, condición, virtud, defecto -ó calidad de la persona á quien se daban. Y esto en todos los países é -idiomas. Lo que ocurría primero en la realidad de la vida se conservó -después en Grecia y Roma, en las ficciones poéticas, sobre todo en -comedias y cuentos, donde aparecen personajes imaginarios, y no -históricos. El nombre de cada uno de estos personajes designa ya su -carácter, empleo ó menester. Así, por ejemplo, en las comedias de -Terencio se pone al principio lo que llaman _ratio nominum_, ó sea una -explicación de por qué los personajes se llaman como se llaman. Allí -vemos que una nodriza se llama Canthara, del cantarillo ó vaso de la -leche; un soldado fanfarrón, Thraso, de θράσος, audacia; un joven -alegre, Fedro, de φαιδρός, alegre; una meretriz desenvuelta, Bacchis; -un criado, Parmeno, porque está ó permanece cerca de su amo, etc. -Eudromo, pues, el buen corredor, se llamaba así porque corría. - - -XXXV. _...Sin duda mandará ahorcar de un pino á este viejo sin ventura, -como ahorcaron á Marsyas._ Marsyas no fué sólo ahorcado, sino también -desollado, como dice Ovidio en los Fastos. - - _Provocat et Phœbum, Phœbo superante, pependit;_ - _Cæssa recesserunt a cute membra sua._ - -Se cuenta de este Marsyas que fué un sátiro de grandísimo ingenio, que -inventó muchas cosas, pero que se puso tan soberbio, que quiso competir -con el propio Apolo en la música, de lo cual salió tan mal parado como -queda dicho. Las Ninfas, de quien Marsyas era muy estimado, le lloraron -y le convirtieron en río, cuyas aguas riegan la Frigia. Esto sucedió -cerca de la ciudad de Celenas, por donde corre el río Marsyas. Así es -que Xenofonte, cuando pasó por allí con los diez mil, acompañando al -joven Ciro, dice que «se contaba que allí desolló Apolo á Marsyas cuando -le venció en la contienda que con él tuvo sobre la música, y que colgó -el cuero de él en una cueva de donde nacen las fuentes.» Xenofonte no -dice con todo que Marsyas se convirtió en río, sino que por eso, por -dicho lance, se llamó el río Marsyas. - - -XXXVI. _...en compañía de su parásito, Gnatón._ Gnatón viene de γνάθος, -boca, quijada. Tal vez salga de este vocablo griego la palabra española -_gaznate_. De todos modos, γνάθων es sinónimo de parásito, y muchos -personajes de comedias, que representan dicho carácter, llevan por -nombre Gnatón. Hasta hay cortesanas ó etéreas que, sin duda, por muy -golosas y comilonas, se llaman Gnatenas. El parásito del _Eunuco_ de -Terencio se llama Gnatón. Alcifrón, en sus famosas cartas, describe -muchos parásitos, y en el teatro griego apenas había comedia en que no -figurase uno, respondiendo á nuestros lacayos graciosos de las comedias -de capa y espada, si bien los parásitos eran más despreciables y ruines. - - -XXXVII. _Ni Apolo, cuando estuvo de pastor al servicio de Laomedonte..._ -Aquí el autor se distrajo tal vez, y supuso que Apolo guardó los bueyes -de Laomedonte, por más que la general creencia era la de que guardó el -ganado de Admeto, rey de Tesalia, cuando andaba oculto por las riberas -del río Anfriso huyendo de las iras de Júpiter por haber muerto á los -cíclopes. Hizo Apolo estas muertes porque los cíclopes forjaron á -Júpiter el rayo con que el rey de los dioses mató á Esculapio, que era -hijo de Apolo. Apolo estuvo también con Neptuno al servicio de -Laomedonte, mas fué para levantar los muros de Troya. - - -XXXVIII. _...y estimaba á tu cocinero más digno de admiración y de -afecto que á todas las muchachas de Mitilene._ Esto tiene tal vez en el -original cierto sentido que, en virtud del _arreglo_ hecho por mí en el -libro IV, debe desaparecer en la traducción. El sentido que se da á la -frase en la traducción está perfectamente conforme con el carácter del -parásito glotón y aficionado á los buenos bocados. Para la gente de esta -clase, según los poetas cómicos y satíricos de la edad clásica, los -cocineros, siendo buenos, eran como dioses, y la cocina era un templo. -Las causas de su amistad y de su amor estaban en la cocina. Á este -propósito escribió un poeta del Renacimiento el siguiente epigrama: - - _Vita Cœnipetas, vagos Gnathones,_ - _Nec blandos licet æstimes amicos:_ - _Illis, dum calet olla, amor calebit;_ - _Frigebunt cito, si culina friget._ - _Non te, sed tempidum colunt cæminum:_ - _Illis fumus ubi est, ibi est amicus._ - -Lo cual imitó de esta suerte Francisco de la Torre: - - Á los que representan vida buena - En el teatro de una y otra cena - Lisonjeros buscones, y testigos - De la mesa, no estimes por amigos; - Porque en éstos (Dios de ellos nos preserve) - Mientras hierve la olla el amor hierve. - Y tienen con hastío, - Si helada la cocina, el pecho frío. - Lo que aman no eres tú, aunque amigo seas, - Sólo aman las calientes chimeneas, - Y para éstos, en fin, con ardor sumo, - Allí el amigo está donde está el humo. - -En las cartas de Alcifrón están pintadas las costumbres de los parásitos -y sus percances y disgustos: uno va á buscar cortesanas para el señor -que le convida; otro es apaleado casi de diario; otro está á punto de -morir de indigestión; otro se desespera porque no halla quien le -convide; otro se introduce en la cocina y roba de los mejores platos -para regalarse. Había también parásitos muy divertidos, decidores y -discretos, cuyos chistes hacían reir y entretenían á los señores con -quienes comían. En tiempo de Menandro había dos parásitos famosísimos -por sus chuscadas y por su elocuencia, y se llamaban Euclides y -Filoxeno. El respeto, la admiración y el amor que los parásitos -profesaban á los buenos cocineros, están consignados en muchos -fragmentos que de la comedia griega se conservan aún. Sobre todo esto -pueden verse pormenores curiosos en el ameno y erudito libro de -Guillermo Guizot, titulado _Menandro ó la comedia y la sociedad -griegas_. Baste decir aquí que el arte de la cocina y la gastronomía -eran considerados punto menos que santos. Había tratados de gastronomía -que se estimaban mucho, y se cita el de Archestrato como uno de los más -famosos. - - -XXXIX. _Vaquero fué Anquises_, etc. Esta parte del discurso de Gnatón -está de otro modo en el original. El parásito, en el original, quiere -justificarse de otras cosas con el ejemplo de los dioses. - - -XL. _...se desembarazó de la capa_ ῥίψας θοιμάτιον, dice el original; -_abiecto pallio_, la traducción latina. La mejor traducción de esto en -castellano es _capa_, si bien el _pallium_ era más bien una manta ó una -pieza cuadrada de tela de lana que los griegos se ponían sobre la -túnica, como los romanos se ponían la toga. El ἱμάτιον, sujeto por lo -común al cuello por un broche, _fibula_, πόρπη, tomaba diversos nombres, -según el modo de llevarle puesto. - - -XLI. _No me aborrezcas por haberte expuesto. Muy á despecho mío lo -hice._ Las razones meramente económicas que tuvieron los padres de -Dafnis y de Cloe para exponerlos á muerte segura y horrible, pues sólo -se salvan por milagro de Amor y las Ninfas, y la frescura y poca -vergüenza con que confiesan su infanticidio, pues lo era, aunque -frustrado, no pueden menos de sublevar los más humanos y nobles -sentimientos de nuestra edad; mas, por desgracia, esta dureza -antinatural de padres y madres no fué sólo entre paganos, ni está sólo -consignada en historias fabulosas ó verdaderas de entonces. Las -historias de épocas muy cristianas están llenas de casos parecidos y aun -peores; verdad es que no era la economía, sino un infame pundonor, quien -á tales horrores excitaba. Así vemos, por ejemplo, que Amadis fué -arrojado al río por orden ó consentimiento de su madre Elisena, y en _El -Prevenido engañado_, de Doña María de Zayas, una dama va á parir á un -corral y deja allí abandonada á la criatura para que se la coman los -cerdos. En el día, estos motivos de falsa honra no han cesado; pero los -de economía vuelven á tener ó tienen mayor fuerza que nunca, si bien el -infanticidio se suele hacer con anticipación tal, que apenas lo parece. -Se asegura que hay países muy cultos donde estipulan los que se casan -cuántos hijos han de tener. Ignoramos si tan perversa costumbre se va ya -introduciendo en España. Contra ella es freno la religión. No me atrevo -á decir que lo es también toda moral filosófica, cuando vemos que uno -de los filósofos ó pensadores que más en moda han estado, y más han -movido los espíritus de los hombres de un siglo á esta parte, J. J. -Rousseau, echaba á sus hijos á la inclusa y lo confesaba cínicamente. - - -XLII. _...Al varón le pusieron por nombre Filopoemen y á la niña -Ageles._ Filopoemen vale tanto como _amigo de los pastores_ ó _de la -vida pastoril_, de φίλος, _amigo_, y ποιμήν, pastor. Ageles significa -_rebaño_, _manada_, ἀγέλη. - - -XLIII. _Las pastorales de Longo_ han sido anotadas y comentadas por -muchos y muy sabios críticos, como Sinner, Courier, Villoison, -Mitscherlich, Coray, Huet, Moll y Schaefer. De muy poco de estas notas -nos hemos valido, por ser más propias de los que publican el texto -original. Las nuestras son casi todas para la mejor inteligencia de la -traducción, y van sólo dirigidas en su mayor parte, como ya hemos dicho -en otro lugar, al vulgo de los lectores no eruditos. - -Y ya que hemos hablado de los anotadores y comentadores de Longo, bueno -será decir algo de los críticos que le han juzgado, poniendo aquí, para -terminar estas notas, varias muestras de sus juicios. - -Huet (_De l’origine des romans_) dice: «Su estilo es sencillo, fácil y -conciso, sin obscuridad; sus expresiones están llenas de viveza y de -fuego; produce con ingenio, pinta con agrado y dispone sus imágenes con -destreza.» Mureto le llama «escritor suavísimo y dulcísimo.» Scalígero, -«autor amenísimo, y tanto mejor cuanto más sencillo.» Villoison dice: -«El habla de Longo es pura, cándida, suave, concisa y encerrada en -breves períodos, y sin embargo, numerosa, sin ninguna aspereza, pues -fluye más dulce que miel, ó como arroyo argentino, á quien frondosa y -verde selva da sombra y frescura, y donde se ven mucha copia y variedad -de flores; de suerte que no hay allí palabra, ni sentencia, ni frase que -no deleite.» - -Dunlop (en su _History of fiction_) discurre por extenso sobre nuestra -novela. Extractaremos algo de su juicio. «Longo, dice, ha evitado muchas -de las faltas en que sus modernos imitadores han caído, causando á este -género de composición (el pastoril) no corto descrédito. Sus personajes -nunca expresan conceptos de afectada galantería, ni se enredan en -razonamientos abstractos, ni él ha sobrecargado su novela con aquellos -frecuentes y largos episodios que en la _Diana_ de Jorge de Montemayor y -en la _Astrea_ de D’Urfé fatigan la atención y nos causan indiferencia -respecto á la acción principal. Ni nos pinta tampoco aquel estado -quimérico de la sociedad, llamado siglo de oro, donde los rasgos -característicos de la vida rural están borrados, sino que procura -agradarnos por una imitación legítima de la naturaleza y con la -descripción de las costumbres, faenas, deleites y fiestas de los -campesinos... Esta _pastoral_ está en general muy bellamente escrita. El -estilo, aunque ha sido censurado por la reiteración de las mismas -formas, y por mostrar en algunos pasajes al sofista que emplea juego de -palabras y afectadas antítesis, debe considerarse como el dechado más -puro de la lengua griega en aquel último período. Las descripciones de -las escenas y ocupaciones campestres son por extremo agradables, y, si -es lícito usar la expresión, hay en ellas cierta amenidad y calma, que -sobre toda la novela se difunden. Ésta, á la verdad, es la principal -excelencia en una obra de esta clase, pues no nos encanta el pastoreo, -sino la paz y el reposo de los campos.» - -No es todo elogio lo que pone Dunlop. Censura la monotonía de los amores -y coloquios, y condena, sobre todo, la inmoralidad y licencia de varios -pasajes. - -Sobre el influjo que ha tenido ó puede haber tenido esta novela en obras -de la moderna Europa, Dunlop deja en duda si Tasso se inspiró algo en -ella para el _Aminta_; pues si bien no se publicó edición alguna de -Longo en griego, hasta 1598, cuando ya Tasso había muerto, Tasso pudo -leer la traducción francesa de Amyot de 1559 y la paráfrasis latina en -verso de su compatriota Gambara, publicada en 1569. Dice, por último, -Dunlop, que ni Montemayor en la _Diana_, ni D’Urfé en la _Astrea_ -imitaron á Longo. Sí le han imitado Ramsay en el _Gentle Shepherd_, -Marmontel en _Annette et Lubin_, y más felizmente que todos, el alemán -Gessner en sus idilios. - -Villemain dice: «No se puede negar que _Dafnis y Cloe_ ha servido de -modelo á _Pablo y Virginia_. Á pesar de los cambios de costumbres, -creencias y clima, la imitación es sensible en el lenguaje de los dos -amantes; las mismas candideces apasionadas salen de la boca de Dafnis y -de la de Pablo; pero la superioridad del autor francés, ó más bien de -los sentimientos que le inspiran, se muestra por doquiera, y hace de su -obra una de las más encantadoras producciones de los tiempos modernos. -Esta superioridad no consiste sólo en una dicción más sencilla, en un -gusto más conforme con lo natural y verdadero, sino que estriba, sobre -todo, en la pureza moral y en la especie de pudor cristiano que reinan -en _Pablo y Virginia_. El cuadro de Longo es voluptuoso; el del autor -francés es casto y apasionado.» - -Chauvin (en _Les romanciers grecs et Latins_) dice: «_Dafnis y Cloe_ es -una pastoral encantadora, y ocupa, con la obra de Heliodoro, el primer -lugar entre las novelas griegas. La intriga es seguida, interesante y de -una sencillez del todo campesina... Es un cuadro lleno de gracia y de -frescura, variado por cuentos mitológicos dichosamente elegidos y bien -ligados con el asunto. El carácter, el lenguaje y las costumbres de los -pastores son siempre lo que deben ser, y el autor ha sabido evitar los -dos escollos ordinarios de las novelas pastorales: la grosería y la -cortesanía afectada. El estilo no es menos notable que el fondo; es casi -siempre de una elegancia que raya en coquetería y revela el trabajo del -autor. Su frase tiene cierta concisión ingeniosa, dispuesta con la más -hábil simetría y construída con tal delicadeza de gusto, que hasta de la -eufonía se preocupa. El autor no aventura sin intención ni una palabra, -y descuella en el empleo de las más propias para que el pensamiento sea -claro y fácil de comprender. Como se afana por parecer natural y emplea -tanto arte para ser cándido y sencillo, exagera estas cualidades y -descubre el trabajo que le cuesta tenerlas. Es lástima que el mérito de -esta linda novela esté afeado por la mancha que es común á todas las -novelas griegas: la obscenidad de ciertos pormenores y de las pinturas -voluptuosas, que el amor del arte no puede justificar.» - -Más severo Chassang con _Dafnis y Cloe_, conviene, no obstante, en que -esta novela es la mejor de todas las antiguas, aunque después añade: «Su -mérito no es la moralidad. Comparémosla con la imitación que ha hecho de -ella Bernardino de Saint-Pierre en _Pablo y Virginia_, y veremos lo que -una imaginación casta y pura ha hecho de un cuadro en el que lo -voluptuoso rayaba en indecente. La fábula de _Dafnis y Cloe_ es de gran -sencillez, y ésta es calidad que se aprecia, sobre todo al considerar -los mil incidentes groseramente dramáticos que se amontonan en otras -novelas griegas. Aquí el espíritu se reposa en más tranquilas imágenes. -¿Por qué ha de haber aquí también raptos y piraterías? ¿Por qué la -naturaleza toda se ha de desencadenar á causa del rapto de Cloe, y por -qué ha de mezclarse con la narración de las aventuras de los amantes la -de una guerra entre dos ciudades? En cuanto al estilo, de todo tiene -menos de sencillo. Tiempo ha que el candor de la traducción de Amyot ha -dejado de alucinarnos sobre la afectación del original.» En este punto -el excesivo amor propio nacional creemos que engaña á Chassang, -encontrando sencillez y candor en francés, y no encontrándolos en -griego. Por último, añade: «El autor (Longo) era un ingenio elegante, -distinguido y dotado de un vivo sentimiento de la naturaleza; pero su -obra tiene los caracteres de una época de decadencia.» - -Humboldt, en el _Cosmos_, al hablar del sentimiento de la naturaleza, y -de su expresión entre las diversas razas humanas, vista la rapidez con -que tiene que tratar este asunto, es grande la distinción que hace de la -obra de Longo, de la que dice (edición de Stuttgart, 1847, II Band., p. -14): «En el posterior tiempo bizantino, desde el fin del siglo IV, vemos -con más frecuencia pinturas de paisajes en las novelas de los prosistas -griegos. Por estas pinturas se distingue la novela pastoral de Longo, en -la cual, no obstante, las suaves descripciones de la vida humana son muy -superiores á la expresión del sentimiento de la naturaleza.» - -FIN DE LAS NOTAS - -[una barra decorativa] - - - - -LEYENDAS DEL ANTIGUO ORIENTE - - - - -[una barra decorativa] - -LEYENDAS DEL ANTIGUO ORIENTE - - -El recuerdo de la gran civilización greco-romana, ya gentílica, ya -transfigurada más tarde por el Cristianismo, no dejó de columbrarse -hasta en los siglos más tenebrosos de la Edad Media. Los pueblos de -Europa siguieron avanzando á la luz de aquel recuerdo, y pronto -volvieron al verdadero camino de la civilización, del cual no cabe duda -que se habían apartado. Y no es esto negar la marcha constantemente -progresiva del humano linaje. Un caminante se pierde por la noche en una -intrincada y obscura selva: atraviesa espesos matorrales, breñas -confusas y medrosos precipicios; tal vez rodea mucho; tal vez gasta más -tiempo y se fatiga más de lo que debiera; pero vuelve al cabo á hallarse -en el buen sendero, más adelante del punto en que se perdió, y más cerca -del término á que aspira. No de otra suerte comprendemos el retroceso -aparente de la civilización del mundo, en ciertos períodos históricos. - -Importa, además, tener presente, que cuanto por la intensidad se -menoscaba, suele compensarse en difusión. Más alumbra acaso una lámpara, -suspendida en la bóveda de un pequeño santuario, que la luna esparciendo -sus rayos por el espacio profundo de los cielos. Y, sin embargo, el -fulgor de la luna es infinitamente mayor que el de la lámpara. Lo mismo -ha podido afirmarse de la civilización, cuando se ha encerrado dentro de -los límites de un solo pueblo, ó tal vez ha iluminado sólo á una casta -de hombres superiores, ó por naturaleza ó por institución religiosa, -civil ó política. La suma del saber extendida por el mundo todo en el -siglo X de la Era cristiana, por ejemplo, era mayor sin duda que la suma -del saber que había en el mundo en el siglo IV antes de dicha Era. En -balde se buscará, no obstante, en todas las regiones y entre todas las -razas de hombres, en el siglo X, un florecimiento artístico, poético y -filosófico, como el que hubo en el siglo IV antes de la venida de -Cristo, en una pequeña comarca de Europa, cuyo centro fué Atenas. - -La memoria, aunque vaga, de aquel florecimiento, los restos de aquella -antigua civilización sirvieron de guía, estímulo y mira á las naciones -de Europa, las cuales, pensando sólo en hacer que aquella ya muerta -civilización, renaciese, aspirando sólo á retroceder hasta allí para -encontrar su ideal, lograron en la época del Renacimiento, no ya un -mero renacimiento, sino una civilización mayor, más comprensiva y más -varia, en la cual no era todo la antigua civilización clásica, sino era -un elemento, una parte, uno de los muchos factores. Fué como planta -marchita, que se había cortado hasta el haz de la tierra, pero cuyas -raíces vivían. Cuando á fuerza de esmerado cultivo, retoñó, reverdeció, -y volviendo á florecer, dió abundantes frutos, hubo de notarse con -agradable sorpresa que los frutos eran otros, ricos y extraños, mejores -de los que se esperaban, porque en la raíz de la planta antigua se -habían introducido insensible y misteriosamente, como otros tantos -injertos fecundos, mil peregrinas ideas, nociones y pensamientos. El -poeta, que pensó imitar á Homero ó á Virgilio, puso en su obra algo -nuevo y superior, y fué Dante ó Tasso; el filósofo, que pensó comentar á -Platón ó Aristóteles, creó en su comentario una nueva filosofía que -aquéllos jamás soñaron; los humildes glosadores de las leyes romanas -abrieron inspirada y divinamente ancho é inexplorado campo y jamás hasta -entonces vislumbrados y claros horizontes, por donde alcanzaron á -entrever un concepto más puro y sublime de la justicia en la sociedad y -en los indivíduos; y los estudiosos admiradores de Plinio, Dioscórides, -Hipócrates y Galeno, buscando inspiración á fin de anotarlos y de -aclararlos, descubrieron en el oculto seno de la naturaleza más hondas -verdades que cuantas sus maestros habían llegado jamás á conocer y á -divulgar entre los hombres. - -En nuestro sentir, lejos de ser el Renacimiento, con la adoración que no -pudo menos de suscitar en favor de los antiguos, y con el prurito -constante de imitarlos, un estorbo para que lo original y lo propio -apareciesen, una distracción hacia lo pasado que nos embelesaba y -retenía sin ir á la conquista del porvenir, fué un incentivo poderoso, -un estímulo ardiente, quizá una saludable alucinación por donde, -imaginando volver atrás en pos del remedio, nos lanzamos con brío hacia -adelante, en busca de lo desconocido. - -Posteriormente, cuando los pueblos de la moderna Europa contemplaron el -camino andado y tuvieron plena conciencia de la superioridad de su -civilización, el respeto á los antiguos se convirtió en orgulloso -menosprecio y en desdén injusto, el cual, empezando por las ciencias, y -en este punto llegando á su colmo en el siglo XVIII, vino á extenderse -también á principios de nuestro siglo por los dominios del arte y de la -poesía. - -Por dicha, en época posterior y algo reciente, mitigada la pasión del -engreimiento, pero sin que reviva por eso la ciega admiración anterior, -hemos venido á un término justo y razonable de estimación á la antigua -cultura clásica, la cual fué nuestro norte; y hemos evaluado y tasado -en lo debido su importancia, su influjo y su cooperación eficaz en los -desenvolvimientos ulteriores del espíritu humano. - -Predispuestos así los ánimos en nuestros días, hemos anhelado como nunca -descubrir y saber las cosas todas, y hemos manifestado una equitativa y -serena imparcialidad para juzgarlas. Desde el renacimiento clásico hasta -ahora, el espíritu de los pueblos europeos ha encumbrado su vuelo á tal -altura, que mientras otea entre nieblas no poco de su confuso porvenir, -va penetrando en los abismos de lo pasado, y ensanchando por ambos -extremos el imperio vastísimo de la historia. Y no podía ser de otra -suerte, porque no podía reducirse nuestro conocer á una porción de -tiempo mezquina, después de haberse dilatado por el espacio sin término. -El hombre de ahora, que ha hollado con sus pies todas las regiones del -globo que habita, y que ha llegado á abarcar con sus ojos mortales la -insondable profundidad del éter, ha querido hacer y ha hecho no menos -importantes conquistas en el tiempo que en el espacio. - -Si quedan en pie las dudas sobre el principio que pudo tener este -infinito Universo, y hasta sobre el origen de la tierra, nuestra morada, -y sobre la aparición en ella de nuestros primeros padres, de todo lo -cual sólo la fe ó la imaginación siguen dando explicaciones, mientras -que la verdadera ciencia niega ó calla; al menos ese principio, ese -origen y esa aparición incomprensibles, han ido retrocediendo en nuestra -mente hasta perderse en la noche tenebrosa del tiempo, y han dejado al -descubierto un larguísimo período, millares de años de existencia, no ya -sólo para el globo en que vivimos, sino también para el linaje humano. - -Sobre el origen de éste y del mundo no puede ya aquietarse la -curiosidad, dándose por satisfecha con los _mythos_ de los antiguos -Libros Sagrados ó con las bellas fábulas que los poetas han inventado ó -nos han transmitido, prestándoles una forma inmortal. Sin embargo, -menester es confesarlo, las explicaciones de los sabios modernos acerca -de estas cosas, no por ser menos poéticas nos parecen menos -inverosímiles y disparatadas. Algunos naturalistas de ahora tal vez -tengan razón, tal vez nosotros seamos atrevidos y hasta insolentes en no -querer creerlos, pero muchas de sus teorías tienen visos de ser tan -extravagantes como las expuestas en el _Antropodemus plutonicus_ y en -_El ente dilucidado_ del padre Fuente de la Peña. Schmidt, por ejemplo, -supone que las formas pasan ó se transmiten de unos seres á otros; ya -del animal á la planta, ya de la planta al animal. Así, de un tulipán -saca un cisne, poniendo patas á la cebolla y á la flor pico, y de la -cola de un león, desprendida por cierto accidente, y caida y enclavada -en terreno fértil, produce una airosa y vencedora palma. Oken, reconoce -que el hombre no debió de aparecer sobre la tierra ya perfecto y adulto, -pero tampoco cree posible que apareciese como aparece ahora, no teniendo -madre ni nodriza que le cuidase y amamantase, y siendo una criatura tan -menesterosa é incapaz en los primeros años de su vida. Para salvar estas -dificultades, imaginó Oken que en el seno de los mares, cuando estaban -aún á muy elevada temperatura, se formaron unos huevos donde los -primeros hombres se criaron y empollaron hasta la edad de tres ó cuatro -años. La marea hubo de ir depositando estos huevos en la playa, y de -ellos salieron ya los muchachos, listos y traviesos, y aptos para -alimentarse de mariscos, raíces, frutas silvestres y sabandijas. Tal fué -el origen de la humanidad. Otro sabio, llamado Ritgen, hace nacer á los -primeros hombres en el cáliz de ciertas flores gigantescas. Otros, por -último, y ésta es la opinión que ahora priva, hacen que todo proceda de -ciertas moléculas ó globulillos viscosos ó glutinosos, los cuales van -compaginando y construyendo todas las formas y maneras de la vida, desde -los grados más ínfimos hasta el grado supremo, que en el día es el -hombre, y seguirá siéndolo mientras no se forme, engendre y cuaje otro -género superior que nos quite la supremacía y el imperio, y nos mate á -desazones y malos tratos. Edgardo Quinet, en su reciente y amena obra -_La Creación_, se muestra muy inclinado á esta doctrina, y harto -receloso de que el día menos pensado nos encontremos como quien dice de -manos á boca y al revolver de una esquina, con este ser superior al -hombre, que nos destrone y confunda, y de quien seamos animal doméstico, -como es para nosotros el perro ó el gato. Con dolor prevé Edgardo Quinet -que, en nuestro orgullo de reyes de la creación, no hemos de querer -conformarnos con un papel tan humilde, y que todos nos hemos de morir de -pena, aunque somos ya de 1.200 á 1.300 millones. No de otra suerte se -extinguió la raza de los _antropiscos_, que, según otro sabio, llamado -Bergmann, en sus _Estudios de Ontología general_, precedió -inmediatamente al hombre, y fué el eslabón de la cadena que le une al -chimpancé, al gorila y á otros monos mayúsculos, desde los cuales, si -seguimos retrocediendo en los grados de la vida, iremos á parar á los -globulillos pegajosos de que ya hemos hablado. Pero estos globulillos, -sacos ó vejigüelas que contienen la vida, ¿cómo se han formado? ¿Cómo de -lo inorgánico ha procedido lo orgánico? Á esto se contesta con la ley de -formación progresiva y hasta se cita el _uranoelain_, que es una -substancia, orgánica vesicular, que se halla en la nieve cuando cae de -las nubes. Teniendo ya á mano las tales vejigüelas, no queda criatura -que no se fabrique con ellas y que, por sus pasos contados, de ellas no -vaya saliendo. - -Del moho sale el hongo, del hongo el líquen, del líquen el musgo, del -musgo el helecho y del helecho la palma; mientras que por otro lado, -sale del pulpo el caracol, del caracol el cangrejo, y del cangrejo el -pez, y del pez el lagarto, y del lagarto el cuadrúpedo, y del cuadrúpedo -el mono, y del mono el _antropisco_, y del _antropisco_ el hombre, y del -_hombre_ ese sujeto de quien tenemos tanto que recelar, según Edgardo -Quinet. Llama dicho autor á la destrucción de nuestra especie por el -mencionado sujeto, una _profecía de la ciencia_. Es el último capítulo -de su obra, la Apocalipsis de este Novísimo Testamento. Nuestras artes, -nuestras literaturas, nuestra elocuencia parlamentaria, nuestras -cavatinas, arias y sinfonías, todo se acabará. ¿Qué permanecerá de -todo?, pregunta Edgardo Quinet. Y él mismo responde: «Lo que hoy queda -del murmullo de los insectos en la floresta carbonífera?» Por cierto que -no valía la pena que se ha tomado de estar estudiando ciencias naturales -durante diez años, según afirma este profeta, para prorrumpir al cabo en -un tan desconsolador vaticinio. Entre tanto, conviene vivir sobre aviso -y con la barba sobre el hombro; y si descubrimos en gérmen á ese nuevo -ser, no hay más que exterminar el germen, aunque sea obra poco -caritativa, imitando en esto la conducta prudente de los pigmeos, -quienes, según autores fidedignos, bajan todas las primaveras de los -montes en que habitan, caballeros en sendas cabras, y destruyen los -huevos de sus acérrimos enemigos, las grullas. - -Lo malo es, si hemos de creer á otros sabios, que ya es tarde para -imitar á los pigmeos. Nuestras grullas han roto el cascarón: la raza que -ha de acabar con nosotros, como nosotros acabamos con los _antropiscos_, -vive y se extiende por el mundo y le domina, y ha empezado la obra de -aniquilamiento. Darwin, Schaafhausen y otros doctos ingleses y alemanes, -han explicado bien la teoría de que lo que es mejor y más fuerte, debe -suplantar á lo que es peor y más débil. Las razas decaídas y endebles, -que se quedan en grande atraso, que no pueden seguir, ni á remolque y á -larga distancia, á otras razas más enérgicas é inteligentes, están -condenadas á perecer y de hecho perecen. Al contacto de toda -civilización muy superior, los hombres de una civilización muy inferior, -se mueren todos. Los portugueses y españoles, como no estábamos muy -civilizados, no dimos muerte á todos los negros é indios con quienes -entramos en relación cuando nuestros descubrimientos y conquistas; pero, -según parece, los ingleses y los yankees, como más adelantados en -civilización, tienen la misión de acabar con todos. Á unos los matan á -cañonazos porque se rebelan, como á los cipayos; á otros de hambre y de -tristeza, arrojándolos de los terrenos fértiles que habitaban y -acorralándolos é internándolos en tierras más estériles, como á los -cafres, hotentotes, pieles-rojas y naturales de la Nueva Holanda y Nueva -Zelanda; y á otros los matan de fastidio, con el empeño de que lean y se -afinen, y estudien la Biblia, como á los alegres habitantes de Otahiti, -olvidados ya de sus danzas lascivas y de sus fáciles amores, y sujetos á -la férula de algún ministro protestante, empalagoso y cogotudo. Hablando -Quinet de estos infelices polinesianos, exclama: «De una raza de -hombres, esparcida sobre una inmensa extensión del globo, no quedará un -individuo sólo dentro de pocos años.» «Pronto, añade más adelante, no -quedará de estas naciones sino una queja vaga del abismo, un canto -popular, una lamentación, quizás algunas palabras de una lengua muerta, -que pasarán á la lengua de los europeos.» Como prueba de esta misión -destructora de los ingleses, dice el doctor Zimmermann que la India -Oriental había sido invadida por las feroces hordas de los mongoles y -los turcomanos, los cuales incendiaron palacios y ciudades enteras, -pasaron á cuchillo á los moradores, é hicieron otras cien mil -insolencias. El país, con todo, era tan generoso y tan rico, que pudo -alzarse de nuevo á la primera prosperidad. Pero fueron los ingleses á -la India, y la India, que era antes un jardín florido, se va -convirtiendo en un yermo, y su población de 400 millones se va -reduciendo á la cuarta parte. Sin duda que en esto hay alguna -exageración del doctor Zimmermann; mas no puede negarse que, aun -despojado de la exageración, basta para demostrar cuán terrible es la -civilización cuando llega muy desnivelada, y para hacernos sospechar si -serán los ingleses ese género nuevo con que Edgardo Quinet nos amenaza, -y que no bien acabe con los indios, ha de empezar á acabar con nosotros. -Toda raza inferior, con respecto á otra superior, es un eslabón ó un -anillo de la cadena que une al hombre con la naturaleza bruta, y según -lo explica satisfactoriamente el ya citado doctor Schaafhausen, es una -ley ineludible del progreso, que este eslabón ó anillo se rompa y -aniquile. - -Quizá pensará alguien que nosotros por salir tan mal librados con esta -Filosofía de la Historia, hija del consorcio de la Economía Política y -de la Biología, producto de la combinación de las teorías de Malthus y -Darwin, la estimamos en poco y nos atrevemos á calificarla de inhumana y -desconsoladora, cuando no la tenemos por falsa. Pero es lo cierto que la -tenemos por falsa por convicción y sin que á ello nos mueva el menor -interés. Apoyan dicha Filosofía de la Historia, los que la siguen, en -el hecho supuesto de que el progreso se realiza, como si dijéramos, por -la cima, por la cumbre, por la eminencia de las razas. Entienden que con -el ejercicio se desenvuelven más ciertos órganos y de aquí nacen las -nuevas especies. Los individuos primeros de las nuevas especies son como -monstruos de las antiguas. Aquella duda profunda del Padre Fuente de la -Peña, acerca de _si los monstruos lo son ellos ó lo somos nosotros_, ha -venido á resolverse, según la teoría de Darwin, y resulta que los -monstruos lo somos nosotros. El símil de la girafa explica esto que no -hay más que pedir. La girafa era en un principio una como cabra montés ó -gacela; pero se fué á vivir á parajes donde no había yerba, y tuvo que -alimentarse de las altas ramas hojosas de los árboles. Andaba, por lo -tanto, casi continuamente estirando el pescuezo y las patas delanteras, -y tal fué lo afanoso de este ejercicio durante muchas generaciones, que -las patas delanteras y el pescuezo se le alargaron, y casi sin sentir -vino á convertirse en girafa. Así, _mutatis mutandis_, se explica el -origen de las demás nuevas especies, cada vez mejores. Aplicada al -hombre la susodicha teoría, debe entenderse que el inglés, á fuerza de -discurrir y cavilar, ha ido empujando para arriba toda la parte anterior -de su cráneo y haciendo más capaces los senos, y más gruesas las -protuberancias de la causalidad, comparación y demás facultades -mentales superiores. Al mismo tiempo, los laberintos ó circunvoluciones -del meollo y encéfalo se han hecho más tortuosos y complicados, de lo -cual depende, sin duda, el pensamiento, así como de la masa y volumen de -los sesos, que se han hecho mayores. Y, por último, la buena -alimentación ha acostumbrado el estómago inglés á extraer y á asimilar á -su organismo mayor cantidad de fósforo, que es el ingrediente principal -con que el pensamiento se confecciona, según Moleschott, Büchner y un -boticario amigo nuestro. Lo que es Edgardo Quinet, en su ya citada -_Creación_, saca de aquí un luminoso corolario. Casi prueba que con el -Cesarismo se achican los sesos, se hacen más livianos y tienen menos -circunvoluciones. Los sesos de cualquier francés pesan hoy menos y -tienen menos laberintos que cuando comenzó á reinar Napoleón III. - -De lo que haya de verdad en este modo de explicar el pensamiento, no -queremos tratar aquí; pero explíquese el pensamiento como quiera, es -indudable, á nuestro ver, que no se ha aumentado en el hombre la -potencia ó energía de pensar, desde los principios de la historia hasta -el día. En esto no ha habido progreso, ni consiste en esto el progreso. -Quien quiera que fuese el autor ó los autores de los más antiguos himnos -del Rig-Veda, de los Poemas homéricos, del libro de Job ó de las -Institutas de Manú, pensó con más energía y eficacia que Shakspeare -componiendo todo su teatro, ó que Newton descubriendo las leyes de la -gravitación universal. Dados los pocos medios ó elementos de que -entonces se disponía, dado el escaso caudal de saber, adquirido entonces -por herencia, cualquiera de los trabajos mencionados presupone un -esfuerzo intelectual mil veces mayor; apenas se comprende sin que -atribuyamos al autor un poder sobrehumano, una inspiración semi-divina. -Los primeros hierofantes de la humanidad, los que abrieron la senda del -progreso, el hombre que detuvo - - La palabra veloz que antes huía, - -el que pensó por primera vez en la primera causa, y el que dió á un -pueblo las primeras leyes, fueron superiores á los hombres de ahora, ó -al menos iguales á los genios más sublimes que produce ó puede producir -en el día la humanidad. Valmiki, Viasa, Zoroastro, Moisés, Sakia-Muni y -Homero, si es que el pensamiento es fósforo, gran masa de meollo y -muchas circunvoluciones en él, tuvieron todos tantas circunvoluciones -como el que más en el día, y tuvieron sesos muy voluminosos y pesados, y -consumieron toda una fosforería, destilando y secretando de ella mil -ideas sublimes en la retorta del cráneo. Damos, pues, por seguro que no -ha consistido el progreso en que una familia ó varias, ó cierto número -de individuos, hayan ido elevándose y haciéndose superiores á los otros, -sino en que de la superioridad primitiva de algunos individuos ó -familias han ido poco á poco haciéndose participantes los demás, y -subiendo por la educación y por las mejoras sociales al mismo nivel de -moralidad y de inteligencia, hasta donde esto es posible, dada la -desigualdad de aptitudes que la naturaleza pone en nosotros. También ha -consistido, y consiste el progreso, en el caudal de saber y de -experiencia que se transmiten las generaciones de unas en otras, caudal -que ya no se perderá nunca y que irá creciendo cada día, con el trabajo -incesante de los futuros pensadores. - -Entendido así el progreso, debe considerarse además que la marcha -ascendente de la humanidad no se ha realizado siempre en el mismo punto, -ni entre las mismas tribus, naciones ó gentes. Desde el primer albor de -la historia hasta los tiempos de Ciro, el grande impulso civilizador -estuvo en Asia; desde Ciro hasta Alejandro, Asia y Europa se disputaron -el cetro de la civilización, y, por último, Europa le adquirió entonces, -y si bien en cierto período, desde el siglo V al XII de nuestra Era, se -diría que se le iba cayendo de la mano, y que Asia le recogía y volvía á -empuñarle, hoy más que nunca Europa le mantiene. - -Si echamos la vista sobre un mapa del Mundo Antiguo, veremos que Europa -es como una extremidad de Asia; como la sexta parte de aquel gran -continente. Las razas y la civilización de Europa de Asia han venido. -Es, pues, extraño y parece anormal que estas razas, que son las mismas -en Asia y en Europa, y esta civilización que en Asia tuvo origen, -florezcan hoy en Europa, y en Asia estén como adormecidas ó aletargadas. -Es evidente, en nuestro sentir, que en Asia han de renacer. No creemos, -como generalmente se cree, que los pueblos, las grandes familias -humanas, cumplen su misión y mueren luego. No creemos que la vida toda -del Asia se haya agolpado y como refugiado para siempre en este extremo -que se llama Europa, y que, últimamente, hasta haya abandonado la mejor -y mayor parte de este extremo, y haya ido á localizarse y á -circunscribirse sólo en las últimas tierras y naciones del Noroeste. -Aunque este fenómeno singular se advierta ahora, hace tan poco tiempo -que se advierte, que no puede ni debe mirarse sino como un accidente -momentáneo en la historia del mundo. ¿Qué son tres ó cuatro siglos, á lo -más, durante los cuales Inglaterra, Francia y Alemania pueden reclamar -con razón la supremacía, comparados con los veinte ó veinticinco siglos -que duró la civilización griega desde Hornero hasta Láscaris, y con los -millares de años que han durado las civilizaciones orientales? - -Estos pensamientos explican por qué los hombres del Occidente de Europa -volvemos la vista con tanta curiosidad hacia el Oriente, de donde nos -vino la luz, y por qué es tan fecundo todo recuerdo de las pasadas -civilizaciones. - -Desde mediados del siglo XV hasta fines del siglo XVI podemos marcar en -la historia de la moderna Europa una época, que llaman del Renacimiento: -la época en que revive ó renace la antigua civilización greco-romana y -obra los portentos de que hemos hablado al comenzar este escrito. Hoy, -esto es, desde un siglo ha, podemos afirmar que hay algo como otro -renacimiento, el cual también será fecundo: un renacimiento de la -ciencia, las lenguas, las religiones y las literaturas del Asia. - -Prolija tarea y harto superior á nuestras fuerzas sería trazar aquí á -grandes rasgos la historia de este Renacimiento oriental. No incumbe -tampoco á nuestro propósito el hacerlo. Baste decir, que lo que más nos -interesa, y lo que en efecto se puede tener por demostrado hasta la -evidencia, es nuestro cercano parentesco con los indios y con los -persas, cuyos antepasados vivieron reunidos á los nuestros en época -remotísima, difícil aún de determinar, al Norte del Cáucaso indiano. -Esta sociedad primitiva, pueblo ó tribu, es la raíz y el tronco de una -gran raza civilizadora y progresiva en alto grado, que ha extendido sus -ramas frondosas y cargadas de flores y frutos desde Ceilán hasta -Islandia, dilatándose más tarde por toda la extensión de ambas Américas. -Esta gran raza civilizadora se llama indo-europea ó japética; el pueblo -primitivo de que procede se llama los Arios. Otros pueblos de otras -razas los precedieron y formaron grandes centros de civilización antes -de que los arios apareciesen: tales son los chinos y los egipcios. Hay -quien conjetura que hubo otros centros de civilización, como el de los -atlantes, cuyo dominio se extendía por un continente inmenso, colocado -entre Europa y América, y que se tragó la mar. Supónese asimismo que los -pueblos semitas, esto es, los árabes, los hebreos, los caldeos y -asirios, ó más bien el tronco de que salieron, estuvo en época -remotísima unido también al tronco ario. Esto, con todo, ni siquiera por -indicios puede rastrearse. Ni en los idiomas semíticos hanse hallado -hasta ahora bastantes voces ni formas reductibles á las de alguna lengua -ariana, ni tradiciones autorizadas y concordes nos hablan de esta unión -primitiva. Los semitas aparecen en la historia viviendo más hacia el -Occidente que los arios; en las llanuras que bañan el Tigris y el -Eufrates. - -En dichos tiempos, llamados con elegancia por Edgardo Quinet los -_propileos_ de la historia, figuran, además, otras razas blancas ó -amarillas, en guerra constante con los arios, y á quienes se designa con -el nombre de turanienses ó turaníes. El país que se extiende desde el -Oriente del Mar Caspio al Imaus, regado por caudalosos ríos como el -Jaxartes y el Oxo, en cuyo centro está el Lago Aral, y donde aun se -ostentan ricas y famosas ciudades como Kiva, Bucara y Samarcanda, era el -Turan antiguo ó la tierra por excelencia de los turaníes; tal vez los -mismos hombres á quienes llama la Biblia los pueblos de Gog y de Magog. - -Es de advertir que algunos de los investigadores ó fantaseadores de la -más antigua historia del humano linaje, antes de esta división entre -turaníes y arios, suponen todas estas razas mezcladas y viviendo aún más -al Norte, en un país delicioso y ameno, más allá de las montañas Rifeas, -montañas que podemos colocar donde se nos antoje. Las antiguas fábulas -griegas hablan de estas montañas Rifeas y del hermoso país de los -felices hiperbóreos, el cual estaba más allá del punto desde donde sopla -el Bóreas, causa del frío, y, por consiguiente, era un país templado, -fértil y de suavísimo clima. - -Rodier supone á estos hiperbóreos, á quienes llama proto-scitas, -esparciéndose ya por el mundo y colonizando la Europa, unos 25 ó 26.000 -años antes de la Era Cristiana. Los restos de las Edades de Piedra y de -Bronce, las poblaciones lacustres, los cráneos hallados en las cavernas, -y á los que se atribuye una antigüedad portentosa, pueden creerse de -estos proto-scitas primitivos pobladores de Europa. - -La geología y la paleontología han venido á prestar un auxilio poderoso -á la arqueología y á la historia, á fin de afirmar la grande antigüedad -del género humano. Con todo, si bien dichas ciencias prueban, en nuestro -sentir, que esta antigüedad es grande, ni la fijan ni la determinan. La -misma discordancia de opiniones entre los geólogos convida al -escepticismo. Cierto es que todos convienen en que las armas de sílex y -otros restos de la Edad de Piedra suponen millares de años; pero los -cálculos varían mucho. Unos, como Bergmann, dan á los objetos que han -visto una antigüedad de 25.000 años; Lyell una antigüedad de 100.000; -Bronn llega á suponer que tienen 158.000. Todos estos geólogos, y otros -muchos, como Boucher de Perthes, Falconer y Prestwith, podrán acertar -sin contradecirse, porque podrán ser distintos los objetos que han -observado, y la Edad de Piedra no es sincrónica en todas las regiones -del globo y entre todas las razas. La Edad de Piedra dura aún en -algunas. - -De todos modos, la geología y la paleontología se ligan hoy íntimamente -con el estudio de la historia. La _Historia Universal_, publicada en -Francia, bajo la dirección del Sr. Duruy, por una sociedad de sabios, -como allí suelen llamarse cándidamente á sí mismos los escritores, sin -oponerse esto á que, en efecto, lo sean, va precedida de un tomo -titulado _La Tierra y el Hombre_, obra del ilustre Alfredo Maury, -miembro del Instituto. Puede calificarse esta obra de una verdadera -pre-historia, y contiene la geología, la historia de nuestro globo antes -de la aparición del hombre, su aparición, y la descripción de las -diferentes razas humanas y de las lenguas y religiones. Esto manifiesta -el enlace de dichas ciencias con la ciencia histórica. No se ha de -negar, sin embargo, que la cronología de los geólogos es una, y la de -los historiadores, en cierto modo, es otra. - -Las armas de sílex, otros instrumentos y utensilios de una industria -grosera, tal vez alguna imagen rudamente esculpida en un hueso ó en una -piedra, imagen de algún animal que ya no existe, ó el hueso mismo de -algún animal, como el _Bos priscus_, el _Ursus spelæus_ ó el _Rhinoceros -tichorinus_, herido por un arma, todo esto podrá demostrar la presencia -del hombre en el período cuaternario, quizá al fin del terciario, en los -terrenos llamados _pliocenos_, y dejar así abierto y despejado un -inmenso espacio de tiempo de 40.000 ó 50.000 años si se quiere, para que -la historia pueda extenderse por él; pero la verdadera historia no -empieza sino donde empieza el recuerdo de la palabra humana, cuyos -documentos son la escritura, ya hieroglífica, ya cuneiforme, y á todo lo -cual pueden añadir algunos indicios la filología comparativa y el -estudio de las más antiguas religiones y _mythos_. Este último estudio -tiene, sin embargo, el escollo de hacernos incurrir en un _evhemerismo_ -exagerado; esto es, de hacernos prestar una realidad y una consistencia -históricas á lo que no fué acaso sino una mera alegoría ó cuento -fantástico naturalista, convirtiendo en reyes á los dioses y en sucesos -de la tierra á los sucesos soñados en espacios imaginarios, celestes ú -olímpicos. Así, por ejemplo, Rodier convierte decidida y resueltamente -en personajes reales, no sólo á Osíris y á Thoth, sino también á los -dioses egipcios más primitivos, como Phré y Phta, haciendo de esta -suerte que comience la historia de Egipto más de 30.000 años antes de la -Era Cristiana. - -En efecto, la civilización egipcia parece ser la más antigua de la -tierra; pero de ningún modo podemos creer que empiece en época tan -distante. Y limitándonos nosotros á los Arios y á los demás pueblos del -Asia central que estuvieron en relaciones con ellos desde el principio -de la historia, diremos que ni Rawlinson, ni Layard, ni Duncker, ni -Grimm, ni Max Müller, ni Lassen, ni Lenormant, ni Weber; ni ningún otro -de los más eminentes historiadores, arqueólogos y filólogos -orientalistas, dan mayor antigüedad á la literatura védica que unos -dieciséis siglos antes de Cristo; á la primera dispersión de los ários, -3.000 años, y á sus sucesivas inmigraciones en Europa, de 2.000 á 1.000; -todo lo cual puede, ó casi puede, conciliarse con la cronología de la -Biblia, larga y generosamente explicada. Dentro de este gran período de -tiempo de 3.000 años, ó mejor dicho, de 2.500, terminando el período en -el origen de la guerra médica, unos 500 años antes de Cristo, así como -caben con holgura los sucesos históricos que refiere la Biblia, caben -también todos los sucesos que las tradiciones orientales, los libros -sagrados, como el Vendidad y el Desatir, las epopeyas, como el Ramayana, -el Mahabarata y el Shah-nameh, y las inscripciones cuneiformes y demás -antigüedades de la India, la Persia y el Asiria, refieren ó indican con -un carácter verdaderamente histórico, y que no son meramente un _mytho_ -ó una alegoría. - -Imaginemos ó conjeturemos en época anterior un reino ó imperio en el -país primitivo de los arios antes de su división ó cisma en iranienses é -indios. Este país se llama Ariana-Vaega. Allí reinaron sucesivamente -cinco dinastías de reyes. Los fundadores de estas dinastías, y aun -algunos otros reyes, fueron santos, legisladores ó profetas. Así, -Mahabad, quien dicen haber sido el mismo Manú; así, Dji-Afrans, Cayumer -y otros, hasta Djemschid, el Salomón de los persas, á quien los -orientales han convertido en rey de los Genios. - -Durante todo este período, los celtas, los primitivos germanos, los -primitivos griegos ó jaones y otros pueblos de raza japética, se van -separando de los arios y emigrando hacia el Asia occidental y la Europa. -Posteriormente, pero también dentro de este período, los indios y los -iranienses se separan; y, por último, el país de Ariana-Vaega es -abandonado, ó por una inundación ó diluvio, ó porque se convierte en muy -frío, y los iranienses fundan un imperio más al Sur, tal vez en la -Bactriana y Aria antiguas, extendiéndose por la Partia y la Hircanía, ó -sea en el Afganistán y el Corazán de ahora. Este nuevo Imperio se llama -Vara. Djemschid le funda, y otro Djemschid, ó el mismo Djemschid, le -pierde, porque los personajes _mythicos_ ó semi _mythicos_ viven siglos -y siglos. Zohac, caudillo árabe, le vence y le destrona. - -Supongamos, además, que este Zohac conquistase el reino de Djemschid, y -le venciese, no 7.048 años antes de Cristo, como pretende Rodier, sino -unos 2.200 ó 2.300 años antes de Cristo, como pretende Gobineau en su -_Historia de los Persas_, haciendo á Zohac contemporáneo de Nino, y -equiparándole ó confundiéndole con el Areo de los escritores clásicos. -Apoyados ahora en estas suposiciones y en las fechas que señala Rodier -con exactitud portentosa, fijemos en el año 2284, en que fué el -advenimiento de Nino, rey de Asiria, el principio de la historia que -tiene ya algo de seguro. - -Tengamos por inseguro y mythico cuanto ocurre antes y concretémonos al -período en que prevalece Asia sobre Europa; esto es, hasta la guerra -médica, unos 500 años antes de Cristo. Nos queda, pues, un espacio -histórico de cerca de 1800 años, desde Nino hasta el primer Darío, -dentro del cual se nos ha ocurrido ir escribiendo y colocando una serie -de leyendas ó novelas, en donde la imaginación ó la inspiración, si Dios -quiere enviárnosla, complete y aclare la historia, la cual, á pesar de -los trabajos de Rawlison, de Gobineau, del mismo Rodier y de otros -muchos autores que ya hemos citado ó que nos excusamos de citar, nos -deja, como vulgarmente se dice, á media miel sobre los más famosos -personajes y los más estrepitosos acontecimientos. No despreciaremos -tampoco todo lo que se cuenta de edades anteriores á Nino, y -aprovecharemos las tradiciones confusas, las epopeyas y las relaciones -de los libros sagrados, para que los casos de esas edades anteriores á -Nino sean como el fundamento y el antecedente de nuestras leyendas, y al -mismo tiempo lo que crean y afirmen sus héroes, cuando les hagamos -entrar en agradables coloquios. - -No se echen á temblar nuestros lectores juzgándose amenazados de una -obra interminable. Sin duda en mil ochocientos años caben novelas y -leyendas infinitas; pero nosotros somos infecundos y perezosos, y más -pecaremos por escribir pocas novelas ó leyendas para justificar este -prólogo ó introducción, que por escribir demasiadas. Todavía -escribiremos menos si no gustan las primeras que escribamos. Por último, -cada una de nuestras leyendas será breve de por sí, y no entraremos en -las menudencias y prolijidades en que entran y caen los que escriben -novelas de tiempos más cercanos á los nuestros, como de la Edad Media ó -aun de época más moderna, de los cuales tiempos nada se ignora, y aun la -historia que no tiene el recurso de imaginar, va siendo ya harto prolija -y algo pesada, contándonos hasta los ápices al parecer más -insignificantes. Por esto precisamente, deseando dar vuelo y rienda -suelta á nuestra fantasía, nos hemos refugiado en el antiguo Oriente. -Barante, por ejemplo, ha llenado con la historia de seis Duques de -Borgoña más volúmen de lectura que el que forman acaso todos los -historiadores griegos y latinos que aún quedan, y donde se refieren los -acontecimientos de miles de años, y el principio, crecimiento, -decadencia y caída de una multitud de imperios, repúblicas y -monarquías. Si Barante, limitándose á lo histórico, escribe tanto sobre -seis Duques de Borgoña, ¿á dónde iríamos á parar, si sobre lo histórico -quisiésemos recamar, bordar y completar con la fantasía? Por esto, -repetimos, nos vamos al antiguo Oriente. Allí donde la ciencia no llega, -es donde la imaginación y la poesía deben volar. - -Otra razón nos impulsa también á escribir estas leyendas. Deseamos -divulgar un poco la literatura oriental antigua y empezar á emplearla en -nuestra moderna literatura española. En Francia y en Inglaterra y en -Alemania, el renacimiento oriental, de que hemos hablado, deja, tiempo -ha, sentir su influjo en el arte y en la poesía. En España aún no se -nota nada de esto. - -En Alemania, el Mahabarata, el Ramayana, el Shah-nameh, los Vedas, ó han -sido traducidos en verso, ó han inspirado ya bellas poesías. En Francia, -desde los lindos cuentos de Voltaire, el antiguo Oriente ha dado asunto -feliz á muy amenas narraciones. ¿Por qué hoy, que se conoce mejor el -antiguo Oriente, no hemos de aspirar á algo semejante en España? Se me -contestará que carecemos del ingenio de Voltaire, y que _El toro -blanco_, _Zadig_ y _La Princesa de Babilonia_, son inimitables. -Procuremos, con todo, aproximarnos á esos modelos. De tiempos antiguos -se han escrito en Francia últimamente muy primorosas novelas, como _La -Momia_ y _La Corte de Merodac-Baladan_, de Teófilo Gauthier, y -_Calirhoe_, de Mauricio Sand. Sírvanos esto de estímulo. - -De Grecia y Roma, mientras duró el impulso que imprimió el Renacimiento -clásico en la moderna literatura, se escribieron novelas, poesías y -leyendas, algunas muy eruditas, agradables y celebradas, como los -_Viajes de Antenor_ y los _Viajes de Anacarsis_. Algo parecido pudiera -con general aplauso escribirse del antiguo Irán, de Asiria, de -Babilonia, de Media ó de Persia. Pero no presumimos de ser capaces de -tanto. Nuestro propósito es escribir una obra de mera imaginación sobre -el fundamento de un escasísimo saber, que sólo es necesario para que -sirva como de pauta y cañamazo á nuestros fantásticos bordados. Tal vez, -si en algo acertamos, se animen otros á escribir con más tino, -discreción y conocimiento del asunto. - -Éste, no sólo es vasto, sino seductor y apetitoso. La rapidez con que en -los libros sagrados y antiguos poemas aparecen ciertos personajes, y se -fijan en nuestra mente de un modo indeleble, como si los hubiésemos -conocido y tratado, y luego se pierden y se desvanecen, sin que se sepa -más de ellos, induce y solicita á buscarlos con la fantasía y hasta en -sueños, á fin de completar y acabar la historia de su vida. - -Sin citar para ejemplo más que á algunos personajes de la Biblia, por -ser más conocidos de todos, ¿quién no siente curiosidad de saber cómo se -llamaba la mujer de Putifar y qué fué de su vida después de aquella -terrible pasión y de aquel cruelísimo desaire que recibió de Josef el -Casto? ¿Pues, y la Reina Vastí? ¡Apenas si interesa la Reina Vastí! ¿Qué -fué de ella, después que la repudió el Rey Asuero, por demasiado -pudorosa; por no querer presentarse á lucir su hermosura, delante de -todos aquellos Príncipes y Sátrapas borrachos y libertinos, que su -marido, borracho también, tenía congregados en su gran palacio de Susa? -Del Rey Asuero nadie ignora que, después de repudiada Vastí, hace reunir -de todas las provincias del Imperio las más gallardas doncellas, las -cuales van entrando una á una en su cámara, no sin pasar antes un año en -lavatorios, sahumerios, unciones con bálsamos y pomadas y otros cien mil -preparativos para que estuviesen bien adobadas y lustrosas, y de todas -estas doncellas, previo un examen profundo, elige por reina á Ester: -pero de la pobre Vastí, nadie vuelve á acordarse. Díganme si no es este -un asunto para una novela sentimental, que mejor pudiera llamarse -lastimosa, si no temiésemos el equívoco. Más bello asunto sería aún, si -cabe, el de los amores de Salomón con la discreta y bella Reina de Sabá, -que vino á verle con tanta comitiva y séquito, que le propuso tanta -pregunta difícil, y que tan enajenada quedó de la sabiduría de Salomón y -de la magnificencia y esplendor de su corte. Como todo esto sólo está -indicado y dicho en brevísimas palabras en la Biblia, se siente un -vivísimo deseo, al menos nosotros le sentimos, de acudir á las -inscripciones y á las tradiciones, ó de pedir á Dios segunda vista -histórica para adivinar los pormenores que faltan, empezando por el -nombre propio de la Reina de Sabá, y para escribir las relaciones que -tuvo con el hijo de David, y demás casos ocurridos entonces. Lo propio -que decimos de los personajes bíblicos, puede decirse con no menos razón -de los personajes que figuran en las historias y poemas arios. Mucho nos -han interesado hasta aquí Agamenón, Ulises, Aquiles, Temístocles y -Epaminondas: mucho nos han encantado los poetas griegos, pero más nos -interesan hoy los personajes arios y más los cantos de las Vedas. Se -diría que por el espíritu están más cerca de nosotros. Los vemos tan -bien y tan íntimamente, que se siente uno inclinado á creer en la -metempsícosis y á recordar la vida que tuvo en Ariana Vaega, ó en los -tiempos de Djemschid ó de Feridum. Agni, Indra ó Aura-Mazda, nos parecen -más divinos que Vulcano, Júpiter ó Saturno. Todo el desenvolvimiento -ulterior de la civilización moderna europea se nos presenta como en -germen en aquella primera civilización oriental. No se extrañe, pues, -que hayamos elegido este asunto de las leyendas del antiguo Oriente, ni -se tilde de difusa la introducción. Antes bien, se nos quedan no pocas -cosas por decir: pero todo lo que aun queda irá saliendo en las -leyendas, las cuales aparecerán poco á poco en esta _Revista de España_, -y más tarde, si Dios nos da salud y si el público no nos desdeña, -formarán dos ó tres volúmenes separados, quizá de nada ingrata lectura. -Bueno es que España contribuya también, aunque sea pobre y modestamente, -ya que no á lo que hemos llamado y debe llamarse Renacimiento oriental, -al influjo de este renacimiento en la literatura y en la poesía de la -moderna Europa. - -Vamos á retroceder con el espíritu hasta las edades primeras de la -humanidad que la historia ilumina algo con sus fulgores, y vamos á -pintar, sin embargo, portentosas civilizaciones y á presentar -personajes, no inferiores en nada, tal vez superiores á los del día. Ya -hemos explicado cómo comprendemos el progreso. Le comprendemos por el -caudal acumulado por herencia y por la difusión y divulgación del saber -y de la moralidad en mayor número de personas, familias, tribus y -naciones. Mas creemos asimismo que, para que el progreso se realizase, -las razas civilizadoras, y singularmente los Arios, desde el principio -y más que nunca en el principio, debieron estar y sin duda estuvieron -dotados de extraordinarias facultades y de una poderosa iniciativa; -prendas que habían de resplandecer más en ellos, mientras permanecieron -en toda su pureza y no se mezclaron con otras castas plebeyas é impuras. -Pero el mezclarse con estas castas, el no despreciarlas, el bajar un -poco hasta su nivel para elevarlas hasta ellos, y el amalgamárselas para -fundar la humanidad una, era su misión providencial, era su salvación y -su destino. Los que faltaron á esta misión, degradando y envileciendo -cada vez más á las castas ó razas inferiores, acabaron por envilecerse y -degradarse ellos mismos. Los que hicieron lo contrario realizaron el -progreso. El sacerdote egipcio se ha confundido con el felah, y el -bramín con el sudra, mientras que el último hombre de nuestros pueblos -de Europa se ha elevado. - - - - -LULÚ, PRINCESA DE ZABULISTÁN - -(FRAGMENTO) - - - - -[una barra decorativa] - -LULÚ, - -PRINCESA DE ZABULISTÁN - - -I. - -Mucho se ha cavilado y discutido siempre sobre la antigua civilización -de los escitas, y aun sobre la casta de hombres que los escitas eran. -Unos escritores se los imaginaban como un pueblo japético, y otros veían -en ellos á los progenitores de los tártaros del día. Con los progresos -etnográficos no cabe ya duda en que todo lo que hoy se llama Tartaria y -Siberia, estuvo en las edades más remotas habitado por razas tártaras y -mongolas; pero también hubo allí tribus blancas, tal vez de pelo rubio y -ojos azules, de donde proceden los pueblos más nobles é ilustres de -Europa, ó que han venido á establecerse en Europa en sucesivas -emigraciones. - -Estos escitas blancos descendían de los primitivos arios, como los -celtas, los griegos y los latinos, los cuales se habían separado del -tronco común en épocas más ó menos lejanas. Los Imperios fundados en -toda la zona central del Asia, los chinos, los persas, los asirios, los -lidios y los medos, ofrecían desde muy antiguo una barrera difícil de -romper á las invasiones de aquellos pueblos del Norte. Cuando éstos -pudieron romper la barrera, penetraron en el Asia Central y bajaron por -el Sur hasta la India; pero, cuando la barrera les presentaba un -obstáculo invencible, y ellos, por exceso de población, ó bien huyendo -de los fríos boreales, se proponían abandonar el terreno de la Escitia, -tuvieron que caminar hacia el Occidente, y vinieron á establecerse en -Europa. Así nos explicamos la historia primera del gran continente del -Asia, del cual forma Europa como una pequeña prolongación occidental. - -Hasta los tiempos de Ciro el Grande, los Imperios de Persia ó de Media, -esto es, el antiguo Irán, no fueron bastante poderosos para contener las -invasiones de los escitas blancos, los cuales entraron por la Persia y -se extendieron hasta la India. Ciro, al reconstituir sobre más sólidas y -anchas bases el Imperio del Irán, hizo casi inexpugnable, ó al menos -difícil de romper la barrera que atajaba el paso de los escitas hacia el -Sur del Asia, y esto los contuvo en el Norte ó los fué impulsando -pausadamente hacia el ocaso. - -Es indudable para mí que la mayor parte de las invasiones han sido -motivadas por una violenta é imperiosa necesidad. Los pueblos, por -nómadas que sean, siempre tienen algún amor á la patria, algún apego al -suelo que los vió nacer, y no le abandonan sino por causas poderosas. -Quizás el mayor movimiento invasor de los pueblos de Asia en Europa, -movimiento que determina una de las crisis más transcendentales en la -historia, y que marca una era en la vida de la humanidad, ladeando el -curso de la civilización y abriéndole nuevo cauce, tuvo su primer origen -en China. - -Sabido es que los chinos han cumplido mucho antes que nosotros todo el -progreso de su cultura, y han venido á pararse y á inmovilizarse luego. -Ya un escritor americano del día, el Sr. Draper, augura para la Europa -suerte ó destino semejante. Según él, llegará un día, no muy lejano, en -que, recorrida toda la extensión de nuestra cultura posible, hasta tocar -el límite de lo ideal que cabía en nuestros cerebros, ó que era capaz de -concebir nuestra mente, nos quedaremos inmóviles, con el ideal -realizado, ó sin ideal, que es lo mismo. Entonces seremos como los -chinos, un pueblo ó una confederación de pueblos, muy bien ordenados, -pero sin brío y sin iniciativa. Resueltos todos los problemas de la -vida, acabadas ó satisfechas todas las esperanzas, nada quedará que nos -impulse. Mucho dudo yo de que pueda llegar jamás esta situación. El -audaz linaje de Japet, esta gente europea está dotada de una fuerza de -aspiración interminable, y de una virtud creadora en la fantasía -superior y posterior á toda ciencia y á todo arte y á toda mejora. -Siempre, creo, habrá en nosotros ímpetu para salvar con la imaginación -todos los espacios explorados y todos los caminos trillados, y para ir á -plantar, mucho más allá, la columna de fuego de un nuevo ideal que nos -sirva de guía y nos excite á caminar sin reposo en un progreso infinito, -ó si se quiere indefinido. Aun en los mismos chinos, así como en otros -pueblos del Asia, ¿quién sabe si será reposo ó sueño lo que se nos -antoja paralización eterna? ¿Quién sabe, si á la voz de un profeta, de -un vate, de un avatar, de un dios nuevo, no despertarán esos pueblos? -Entonces sí que podría cambiar por completo el eje de la civilización -del mundo y turbarse todo el equilibrio de las sociedades y de las -naciones. La agitación, las mudanzas radicales que esto pudiera traer sí -que serían extraordinarias. La guerra actual entre Francia y Alemania, -con todas sus consecuencias posibles, y hasta una guerra general en -Europa, no serían nada en comparación de lo que ocurriría si los chinos -ó los indios, en número de cuatrocientos ó quinientos millones de -hombres, se sintiesen de pronto inflamados por un nuevo ideal, y con -espíritu guerrero cayesen sobre nosotros. Nuestros cañones, -ametralladoras y fusiles de aguja de nada nos servirían. Ellos los -tendrían pronto tan buenos ó mejores que los nuestros. - -Sea de esto lo que sea, parece cierto que, allá en el siglo III ó IV, -después de Cristo, hubo en China una espantosa é inmensa revolución, -motivada por el desarrollo del bienestar material de la población y de -la riqueza. Lo que llamamos socialismo se manifestó de un modo horrible. -Los más bravos, viciosos y audaces entre las clases menesterosas de -aquella ingente población, se sublevaron contra los ricos y los dichosos -del mundo. Siguióse una tremenda guerra civil y social. Diéronse -batallas titánicas en que los hombres murieron á millares y la sangre -corrió á torrentes. La sociedad, el orden establecido, la propiedad, -triunfó al cabo, y los rebeldes más feroces, acosados por los ejércitos -del Imperio y por los hombres de las clases acomodadas, que habían -tomado las armas en vista del gran peligro, huyeron hacia el Norte y -traspasaron la frontera del Imperio, penetrando en la Siberia ó -Tartaria. Esas gentes levantiscas, siendo de la ralea más baja, llevaron -consigo al emigrar muy poco de la riqueza acumulada, del capital social -que se llama ciencia. Por esto mismo les fué más fácil unirse con tribus -tártaras errantes, y de la mezcla provino en breve un pueblo rudo y -guerrero. Movido este pueblo en busca de terrenos más fértiles y de -clima más suave, y no pudiendo ó no atreviéndose á ir hacia el Sur por -el valladar que entonces les oponía el Imperio de los Sasanidas, siguió -hacia Occidente y fué impulsando por delante de sí á todas las tribus y -naciones arianas de la Escitia, las cuales se hallaban escalonadas en la -parte boreal del Asia y aun se extendían por mucha parte de Europa, -sobre todo, en las regiones de Oriente. - -Explicado así, como parece que satisfactoriamente se explica, el -movimiento inicial de la más conocida invasión de los bárbaros y de la -caída de Roma, es claro que los pueblos de la Europa moderna tenemos -muchísimo que agradecer á los persas, y á Ciro sobre todo; porque si los -escitas blancos no hubieran sido contenidos por el valladar que Ciro -afirmó é hizo casi inexpugnable, los pueblos de raza tártara hubieran -caído sobre Europa sin que los escitas blancos se interpusiesen. Así, en -vez de ser casi todos los pueblos de nuestro continente de raza ariana, -en lugar de haber venido á mezclarse con los habitadores del orbe latino -otros pueblos, arios también, y que habían conservado en el Norte su -prístina pureza y estaban más cerca del tronco común, hubieran venido á -conquistarnos y á manchar y alterar la limpieza de nuestra sangre los -humnos, abominablemente feos y mucho menos inteligentes y civilizables. - -Sostienen los fisiólogos, que los pueblos tártaros y mongoles tienen el -cráneo más duro y menos flexible que los arios, y que dicho cráneo no -cede ni se dilata como los nuestros para dar lugar al desenvolvimiento -del seso ó meollo; por donde se ha de presumir que, si tenemos tanto -meollo los europeos y si nuestra civilización se ha elevado á tanta -altura, se lo debemos á Ciro, gran Rey de Persia, que tuvo á raya á los -escitas blancos. Si éstos hubieran invadido la Persia y la India y otras -comarcas ó regiones del Asia, quizás la gran civilización estaría ahora -por allí. Es innegable, además, que los pueblos neo-latinos, á pesar de -nuestra nobilísima estirpe, nos hubiéramos tenido que cruzar con los -tártaros, chatos, de ojos oblícuos, de gruesos labios y pómulos -salientes, y de este desigual y plebeyo cruzamiento hubieran salido unos -mestizos feos de veras, y no las naciones ilustres, hermosas y sabias -que encierra en sí la Europa. - -Pero dejando esto aparte, pues no es mi ánimo hablar de tiempos tan -recientes como los de la caída del imperio romano y fundación de las -nacionalidades europeas, tales como son hoy, diré que desde época -remotísima, ó bien por efecto de un período glacial de que hablan muchos -geólogos, ó bien por otro cataclismo, los arios, que debían vivir en un -país bastante al Norte, quizás mucho más al Norte que el lugar que por -lo común se les da por cuna, á la falda del Paropamiso, tuvieron que -separarse y emigrar. Se dice que los hielos del Polo Norte se -derritieron, quizás por efecto de haber tomado la tierra la inclinación -que hoy tiene, abriéndose el ángulo que forman los ejes del Ecuador y de -la Eclíptica, que antes se confundían y eran un solo eje. Con tan -espantosa dislocación, hubo de haber por fuerza un sacudimiento atroz en -la corteza sólida de nuestro globo, que haría reventar no pocos -volcanes; un diluvio punto menos que universal, y, por último, unos -fríos tremebundos. - -Por este motivo, y en Era muy distante de nosotros, esto es, 24.000 años -antes de la Era Cristiana, según Rodier y otros audaces cronologistas, -fué la primera dispersión de los arios. Nosotros, en la introducción á -estas leyendas, hemos mostrado ya un escepticismo prudente acerca de -este punto. No negamos ni afirmamos nada: hacemos una distinción. Á los -geólogos prehistóricos no les negamos sus descubrimientos. Queremos -conceder que sus armas y utensilios de piedra, sus fósiles y sus -poblaciones lacustres, puedan tener acaso mayor antigüedad que los -indicados 24.000 años; pero, históricamente, poco ó nada se sabe ni -puede afirmarse sobre los primeros 21.000. No es negar que hubiese -historia tres mil años antes de Cristo: es afirmar que esta historia se -ha perdido en muchos países, y que en otros se halla tan desfigurada -por las fábulas, que es imposible distinguir el cielo de la tierra, los -reyes de los dioses, los vanos ensueños poéticos de la fantasía de la -maciza y tangible realidad de las cosas. Sin duda, muchos grandes -diluvios sucesivos, aunque parciales, bastante grandes para destruir -casi por completo naciones y razas enteras, destruyeron también los -anales, si ya los había, ó borraron ó confundieron en la memoria de los -hombres los hechos de sus antepasados. - -Si no estoy trascordado, el primero que explicó el diluvio universal, -dándole por causa la fusión de los hielos del Polo Norte, fué Bernardino -Saint-Pierre, el cual escribía preciosas novelas de ciencias naturales, -harto más bonitas que las de Julio Verne en el día. Posteriormente se ha -inventado la periodicidad de los grandes diluvios, y el Polo Sur alterna -con el Polo Norte en el oficio de causarlos. Ya hemos dicho que 24.000 -años antes de Cristo fué el Polo Norte quien causó un diluvio. En el -reinado de un rey indio, llamado Satyaurata, parece que hubo otro -diluvio causado por los hielos del Polo Sur. Este diluvio, dicen algunos -sabios, que fué el que anegó á casi todos los hijos de Sem, menos á los -que se refugiaron en los montes de Armenia; en suma, fué el diluvio de -Noé, referido en la Biblia. Todavía, por último, unos 2.400 ó 2.300 -años antes de Cristo, como quien dice ayer de mañana, para quien da tan -estupenda antigüedad á nuestra especie, se imagina otro gran diluvio que -acabó con casi todos los griegos, y que también se recuerda en China, -bajo el nombre de diluvio de Yao. Al Polo Norte le tocó hacer el papel -de promovedor de este diluvio, el cual hundió la Atlántida y sepultó -bajo las arenas y piedras que trajeron consigo las aguas impetuosas los -utensilios, armas y habitaciones, y los cuerpos mismos de los primitivos -pobladores de Europa, de los hombres de la Edad de Piedra, que hoy los -sabios están sacando á relucir. - -De todo esto se deduce, á mi ver, que poco ó nada se sabe de los -principios de nuestra especie, y que apenas hay ciencia más obscura y -contradictoria que la cronología de las primeras edades del mundo. En -cuanto á los diluvios fuerza es creer que ha habido uno universal, ya -que así lo afirman nuestras Sagradas Escrituras; pero podemos poner en -duda esos enormes diluvios parciales causados por los hielos del uno ó -del otro polo en ciertos períodos. - -Tal vez basten las fuerzas permanentes de las aguas y de los volcanes, -en la larga serie de siglos, según la teoría de Lyell, para cortar -istmos y abrir estrechos, allanar valles y aupar montañas, cambiar la -posición de los continentes y de las islas, y transformar la tierra en -mar y la mar en tierra. - -La idea de Adhemar, que fué el inventor de los diluvios periódicos, -parece una renovación de la Kalpa ó del día y la noche de Brahma, que -duraba 432 millones de años, ó del año grande de los egipcios y de -Orfeo; sólo que en vez de durar este período por lo menos 120.000 años, -dura 21.000, según Adhemar. Este año grande, de los dichos 21.000 años, -tuvo su verano máximo para nuestro hemisferio boreal, en 1248, reinando -San Fernando en Castilla. Desde entonces los veranos de todos los años -van menguando y van creciendo los inviernos, hasta que llegue el año de -6498 de Cristo, en el cual los veranos y los inviernos serán exactamente -iguales en ambos hemisferios. Á lo que parece, en los momentos de esta -igualdad está el grave peligro. Los hielos que se han ido amontonando en -el Polo Sur, durante el largo invierno de 10.500 años, que por allá hay, -se derretirán, buscando el equilibrio, y habrá un nuevo diluvio que tal -vez destruya casi todo el humano linaje. En suma, y sin entrar en -reconditeces astronómicas, cada 10.500 años hay ó debe haber un diluvio, -que se va preparando lentamente con la aglomeración de los hielos, ya en -un Polo, ya en otro, á causa del mayor frío que hace alternativamente, -ora en el hemisferio austral, ora en el boreal. Como el nuevo diluvio -está anunciado para el año de 6498, es claro, como la luz del día, según -Adhemar, que el diluvio próximo pasado ocurrió en el año de 4002 antes -del nacimiento de Cristo. Se conoce que Adhemar no ha querido disgustar -al Padre Petavio, y su último diluvio coincide, sobre 100 años más ó -menos, con el de Noé. - -Dirán algunos lectores que estos apuntes cronológicos son un extraño -principio de novela; pero yo les pido perdón y me disculpo asegurando -que no es dable empezar de otro modo. La novela es un poema prosaico; -una epopeya sin poesía ó con poca poesía; y aunque en la novela entre -por mucho la invención, ó si se quiere la inspiración, conviene que esta -invención ó esta inspiración tenga algún fundamento, y no se quede en el -aire. Pongamos por caso el rapto de Sita por el tremendo rey de los -raksasas, Ravana; la alianza de Rama con los valerosos é ilustres monos, -y con Sugriva, su poderoso monarca, los cuales tan enérgicamente le -auxiliaron; su expedición á Ceilán, y el sitio y conquista de Lanka, -capital de aquella isla, con todos los portentos que allí ocurrieron. -Estos acontecimientos, en lo antiguo, podían referirse de un modo épico, -sin indicar la fecha, ni siquiera próximamente. Hoy día es preciso -marcar una fecha, créanla ó no la crean los lectores. Si yo tuviera que -contar los hechos de Rama, tendría que apelar á los críticos y -cronologistas para fijar el tiempo en que sucedieron, y he de confesar -que me vería apuradísimo. Unos me dirían que 5.500 años antes de Cristo; -otros que mucho después. Lo mismo ocurriría con casi todos los sucesos -de la India antigua. La vida de Krishna, por ejemplo, algunos la ponen -más de 3.000 años antes de Cristo; otros, como Bentley, hacen á Krishna -tan moderno, que ponen su nacimiento con exactitud maravillosa (en -virtud del horoscopio ó aspecto del cielo, cuando nació el Dios), el día -7 de Agosto del año 600 de nuestra Era. Quien supone que la leyenda de -Krishna ha servido de modelo á la historia de nuestro Divino Redentor; -quien no ve en la leyenda de Krishna sino una invención de los -brahmanes, un remedo de la vida de Jesucristo, interpolado en los -antiguos libros y poemas de la India, con el propósito de hacer -ineficaces todas las predicaciones de nuestros misioneros. - -Por lo expuesto se notará que sobre la dificultad inherente á la -cronología de los tiempos antiguos, está la mayor dificultad que ha -creado la pasión religiosa. Los amigos del Cristianismo, para -conciliarlo todo con la corta edad que la Biblia concede al mundo, -propenden á negar antigüedad á todo; y los enemigos del Cristianismo, -con menos crítica á veces, dan á ciertos sucesos y á ciertas -civilizaciones, una antigüedad portentosa. En la opinión de cada sabio -entra, además, por mucho, en no pocos casos, una ciega y decidida -predilección por un pueblo y por una cultura, objeto de sus estudios -favoritos. Tal sabio, como Beauregard, hace que todo proceda de Egipto: -leyes, religiones, artes y ciencias; tal otro, como Jacolliot, que todo -nazca de la India. De aquí también proceden en parte las divergencias en -punto á cronología. - -En fin, á pesar de estas divergencias, yo tengo que fijar algo, antes de -empezar esta primera leyenda. Si carezco de la ventaja de ser sabio, el -no serlo lleva también una ventaja. Como no he hecho estudios favoritos -de nada, nada es objeto de mi particular afición. Lo mismo me interesan -los chinos que los egipcios; no quiero más á los indios que á los -persas. No adulteraré yo la verdad ni trocaré las fechas por amor á -ninguna tribu, nación ó raza, ni por afecto á ningún gran legislador, -profeta, semidiós ó dios antediluviano. - -Empecemos, pues, por creer en el diluvio universal y no parcial, único y -no periódico, y ocurrido en el mismo año en que, de acuerdo con el Padre -Petavio, le coloca nuestra _Guía de Forasteros_. Una vez sentado y -admitido esto, pongamos aparte á los chinos, que tendrán que intervenir -muy poco en nuestras leyendas. Los demás pueblos, estirando algo la -cronología bíblica, y condensando algo sus revoluciones, adelantamientos -y desarrollos de cultura, caben todos dentro de los 4.000 años que van -desde el Diluvio hasta nuestra Era. Tal vez los egipcios, con sus -innumerables dinastías, se resistan á entrar en tan breve espacio de -tiempo; pero haremos oídos sordos contra sus clamores y protestas, y -prescindiremos de los períodos de Phta y de Phré, y de los reinados de -Osíris y de Horus, evidentemente mitológicos. Supongamos á Menes primer -rey de Egipto, y aunque le supongamos lo más cerca que se pueda del -Diluvio universal, siempre habremos de imaginar que muchas de las quince -ó dieciséis dinastías, que se cuentan desde entonces hasta el momento en -que va á empezar nuestra primera leyenda, fueron simultáneas. Cuando -nuestra historia empieza, el Egipto estaba mucho tiempo hacía bajo la -dominación de los árabes ó hycsos. Uno de sus reyes, llamado Apofis, es -quien había tenido aquellos sueños que interpretó el casto José, y quien -le nombró luego su primer Ministro. - -Un sucesor de Apofis, por nombre Janías, reinaba en Egipto en el momento -en que va á empezar nuestro relato. La capital de su reino era Sais. Los -reyes indígenas, después de haber ido palmo á palmo haciendo la -reconquista, habían logrado dar á su reino una gran extensión, y tenían -por capital de él la magnífica ciudad de Tebas, Of ó Dióspolis magna, -que por todos estos nombres es conocida. El rey ó Faraón, que por -entonces reinaba en Tebas, se llamaba Temuz; grande y terrible -personaje, algo parecido á un D. Jaime el Conquistador entre los -egipcios. - -En la India había decaído el inmenso poder de los reyes de Ayodia. Los -sucesores de Isvakú y de Rama el divino, dominador de los raksasas, -protector de los monos multiformes y sabios y destructor de Lanka, -capital de Ceilán, habían venido muy á menos. Entre tanto, la Casa Real -de los Chandras ó hijos de la Luna se había elevado mucho, y el soberano -reinante de esta dinastía había tomado el título de Maharadjad ó Gran -Rey. La terrible guerra de Mahabarat no había estallado aún. - -Sobre Asiria y Caldea se nos ofrecen algunas dificultades que importa -allanar para la mejor inteligencia de esta notable leyenda y de las -sucesivas. Sabido es que Botta, Layard, ambos Rawlinson, Oppert y otros -doctos arqueólogos, han excavado en las ruinas de Nínive, de Nimrod, de -Persépolis, de Corsabad y de otras antiguas ciudades; han desenterrado -prodigiosos monumentos; los han descrito; los han explicado, y hasta han -leído no pocas inscripciones cuneiformes, poniendo en claro su sentido. -Confrontando después estos datos con los suministrados por la Biblia, -Herodoto, Ctesias y Beroso han rehecho y esclarecido en extremo la -historia de los caldeos, asirios y babilonios. Merced á tan raros -trabajos, la historia, las leyes, los usos y costumbres, la cronología, -la vida, en suma, de los grandes imperios semíticos de las orillas del -Tígris y del Eufrates, son tan bien ó mejor conocidos que los de algunos -pueblos de la Edad Media en Europa, sobre todo desde la famosa Era -llamada de Nabonasar, año de 747 antes de Cristo, unos seis ó siete años -después de la fundación de Roma. Lo que es ya desde el reinado de -Senaquerib, en 686, la cronología no puede ser más exacta. Los mismos -objetos de entonces, descubiertos por infatigables anticuarios, nos -alucinan hasta el punto de imaginar que tocamos con la mano y vemos con -nuestros ojos mortales la civilización de aquel siglo. Aquí, en Madrid, -en nuestros bailes y fiestas, hemos contemplado al cuello de una ilustre -dama, entre otros cilindros ninivitas y babilónicos, el sello real de -Asar-Addon, conquistador de Babilonia, hijo de Senaquerib y padre de -Nabucodonosor I. - -Las dificultades y dudas en la historia de Caldea y de Asiria ocurren -mucho antes. Sin embargo, todos los sabios convienen ya, gracias á Dios, -en lo más esencial. De esperar es asimismo que no pocas dudas y -divergencias que quedan lleguen con el tiempo á resolverse. Rawlinson -dice que, de vez en cuando, es menester rehacer ó componer de nuevo la -historia de los antiguos imperios del Asia. Recientes descubrimientos -la modifican y aclaran cada vez más. Debe, pues, conjeturarse que, no -bien se escriban, con el andar de los tiempos y el progreso de la -ciencia, tres ó cuatro historias tan magistrales como la suya, vendremos -á saber á punto fijo lo que ocurría á orillas del Eufrates veinticinco ó -treinta siglos antes de Cristo, como se sabe ya lo que ocurría seis ó -siete siglos antes. En el ínterin, el historiador, grave y concienzudo, -tiene que limitarse á rastrear por indicios, en medio de mil -vacilaciones, ciertos sucesos capitalísimos, dejando entre ellos -inmensas obscuridades ó lagunas por iluminar ó por llenar. El poeta ó el -novelista, que es un poeta en prosa, es el único que por hoy puede -llenarlas, gracias á una inspiración semi-divina en que deben creer sus -lectores. Algo, con todo, puede ya fijarse como fundamento, casi con -prueba plena. - -Los autores están concordes en suponer ó sospechar un Imperio de Asiria -anterior á Nemrod. - -Nemrod vino por mar; pertenecía á la raza cusita ó etiópica; venció á -los asirios, y fundó un nuevo Imperio en el Sur de la Mesopotamia, cuya -capital fué Ur, á orillas del Eufrates. - -Asur se retiró al Norte con los asirios que no se sometieron al yugo de -los cusitas ó caldeos. - -El Imperio de Nemrod, ó la antigua Caldea, se llamó también el Imperio -de las Cuatro Razas. Aquel _fuerte cazador delante del Señor_ tuvo por -súbditos á cusitas, arios, semitas y turaníes, esto es, á gentes de las -razas amarilla, blanca y negra. El pueblo dominante fué el cusita ó -etiópico. - -De la dinastía de Nemrod se citan con certeza otros dos nombres de -reyes, á saber: Urukh é Ilki, de cuyos colosales alcázares y torres aún -se descubren vestigios. - -Á lo que parece, el Imperio de Nemrod, hacia el año de 2.400 antes de -Cristo, se desmembró y fraccionó en varios reinos, hasta que un siglo -después un rey llamado Kudur-Lagomer ó Codorlahomor, y yo tengo para mí -que era de raza ariana, hizo tributarios á otros muchos reyes y -restableció el Imperio, por breve tiempo. - -Nadie ignora que este Codorlahomor fué contemporáneo de Abraham. Los -semitas iban ya recobrando su antigua preponderancia sobre las demás -razas. En Arabia, venciendo previamente á los cusitas, que allí -predominaron, habían fundado un reino muy fuerte y guerrero, cuyo centro -era el Yemen y el Hadramaut. Contaban aquellos reyes árabes por -antecesores á Jectan, Sabá y Homeir, por lo cual las tribus que les -estaban sujetas se solían apellidar los jectanidas ó los homeiritas. - -Por último, en el tiempo en que empieza nuestra primera leyenda, reinaba -en Arabia un descendiente de Homeir, llamado Aret-el-Rech, á quien -algunos historiadores clásicos llaman Areo. Aliado este Areo con Nino, -tercero ó cuarto sucesor de Asur, venció á los cusitas; y así vino á -fundarse la gran Monarquía asiría de Nino. Con el auxilio de -Aret-el-Rech, Nino se enseñoreó de todo el Asia central. - -Llega ahora el punto más dificultoso y de mayores dudas: la primitiva -historia del Irán. El mismo Rawlinson no se atreve á retroceder con paso -seguro en esta historia sino hasta 600 ó 700 años antes de Cristo para -los medos, y para los persas hasta el reinado de Ciro ó poco antes; esto -es, que empieza casi donde nosotros vamos á concluir las leyendas. Mas -no es esto decir que nos hayamos engolfado en las edades plenamente -fabulosas. Historiadores, aunque sabios y prudentes, menos tímidos que -Rawlinson, hallan verdad histórica en los sucesos del Irán bastantes -siglos antes de Ciro, y algunos reconstruyen una historia del Irán que -empieza antes de la separación de los Indios y de los iranienses, cuando -ambos pueblos formaban uno solo; los arios, que entonaban juntos los -himnos religiosos del Rig-Veda en la primitiva región de Ariana-Vaega. -Todos los hechos de esta larga historia iraniense, anterior á Ciro, -están sacados de antiguas tradiciones conservadas por los güebros ya en -libros sagrados, ya oralmente, y recogidas muchas por los poetas épicos -del tiempo de los Soberanos musulmanes de Gasna. Entre todos estos -poetas épicos, descuella Firdusi, el Paradisaico. Su obra se titula el -_Shah-Nameh_ ó _Libro de los Reyes_. Á imitación y como continuación del -Shah-Nameh, se escribieron después otras epopeyas, otros _Namehs_ ó -_Libros_, que hacen del ciclo épico del Irán uno de los más ricos y -fecundos. Hay el _Gerschap-Nameh_, el _Barsu-Nameh_, el -_Djusgan-hir-Nameh_, el _Feramur-Narneh,_ el _Banu-Guyasp-Nameh_, el -_Bahman-Nameh_, y otros muchos que sería prolijo ir mentando. Los -Soberanos, los Príncipes y los héroes del Irán son cantados extensa y -lindamente en estos poemas. Sobresale entre todos Rustán, como en el -ciclo épico carlovingio sobresale Roldán, y el Cid en nuestra magnífica -epopeya de las guerras entre moros y cristianos, durante los siglos -medios. La cuestión está en decidir si todos estos cantos populares -tienen más valor histórico que los Libros de Caballerías; si los -Rustanes, Feramures y Barsúes son tan fantásticos como los Amadises, -Esplandianes y Lisuartes; ó si los _Namehs_, con las hazañas y guerras -que refieren, se fundan al menos, como la Iliada y la Odisea y las obras -de otros homeridas, hasta Juan Tzetzas y Colutho, en casos reales y -verdaderos, si bien abultados por la tradición y por la fantasía del -vulgo. Yo me inclino á creer que, despojados de lo sobrenatural, los -sucesos referidos por Firdusi y otros épicos de Persia pertenecen á la -historia. Los historiadores orientales, como Kondemir y Mircondo, -refieren también muchos de dichos sucesos, y, si bien Klaproth les niega -toda autoridad, hoy, en el estado actual de la ciencia, no es lícito ser -tan escéptico. Los libros sagrados zendos, como el _Vendidad_ y el -_Desatir_, confirman lo que cuentan las historias y poemas posteriores -al Islán. Estas historias estaban además basadas sobre tradiciones muy -fidedignas y sobre documentos y monumentos antiquísimos. No pocos de los -autores, como Firdusi, el más glorioso de todos, eran _dehkanes_, esto -es, antiguos nobles del Irán, hidalgos por decirlo así, de muy ilustre -casa, cuyas genealogías debieron guardarse. - -En suma, yo creo que muchas de las historias del Irán, antes de Ciro, -deben tenerse por ciertas y algunas por probables y verosímiles. - -En este supuesto, diré que el Mahabad de los Persas parece ser el mismo -Manú de los Indios, un legislador mítico primitivo. Otro profeta -iraniense, llamado Dji-Afram, simboliza el período histórico del cisma ó -separación de indios y persas. El Ariana-Vaega, con sus reyes Cayumors, -Ferval, Siamek y otros, sólo prueba que hubo una sociedad primitiva, en -la cual formaron un solo pueblo los indios, los iranienses y los escitas -blancos. - -Después de la separación, los iranienses, conducidos por Djenschid, -emigraron y fundaron el reino ó Imperio de Vara, cuya capital fué Raga. -Un conquistador, llamado Zohac, destruyó el Imperio de Vara y vino á -reinar sobre los iranienses. En el reinado de Zohac empieza nuestra -primera leyenda. Pero, ¿quién fué este Zohac y en qué siglo vivía? Á mi -ver, Zohac era semita, era el propio Aret-el-Rech, ó más bien un sobrino -y lugarteniente de aquel famoso rey del Yemem, aliado de Nino. En esto -me aparto de la opinión de Rodier, quien hace á Zohac cusita y supone -que reinó siete mil años antes de Cristo; pero tengo á mi lado á -Gobineau en su _Historia de los Persas_, quien hace que viva y reine -Zohac en la época más reciente de Nino, rey de Asiria. - -Finalmente, reinaba por entonces en la Escitia un rey llamado Tihur. La -capital de su reino era la hermosa ciudad de Vesila-Tefeh. En ella -introduciremos al punto á los lectores para que tenga verdadero comienzo -nuestra historia. - - -II. - -Vesila-Tefeh, por más que parezca inverosímil, estaba situada en medio -de las que son hoy áridas estepas por donde vagan los kirguises. En la -orilla Norte del Sir ó Jaxartes se parecía la hermosa ciudad, cuyas -casas y palacios se reflejaban en las aguas del caudaloso río. El -Imperio de que era capital se extendía por el Sur hasta el Oxo ó el -Amú-Deria. Más allá, un arenoso desierto. Otro desierto arenoso le -separaba por el Oriente de la Sogdiana. Por el Occidente tenía por -límites el Caspio y el Aral, que entonces formaban un mar solo. Por el -Norte no conocía otros términos ó fronteras que la mayor ó menor pujanza -de los escitas, vasallos del Rey Tihur, para tener á raya á los pueblos -nómadas y enteramente feroces que iban errando por los páramos boreales. -En suma, los dominios del Rey Tihur, eran como un oasis de cultura, como -una isla civilizada en medio de un Océano de barbarie. - -Á pesar de este aislamiento, los escitas de Vesila-Tefeh dejaron memoria -de sus virtudes y de su ciencia aun entre los mismos griegos, tan -vanidosos. Zalmoxis, Abaris y otros filósofos escitas se cuenta que -llevaron á Grecia religión, oráculos, ritos y misterios profundos. La -fama lejana de estos escitas hizo nacer sin duda en Grecia la fábula de -los felices hiperbóreos, que vivían en un país feraz y rico, y que -componían y cantaban los himnos más bellos que imaginarse pueden, por -ser muy amados de Apolo. Ello es que, muchos siglos antes de que en -Grecia escribiesen Homero, Herodoto y Esquilo, y aun antes de que á -Grecia llevasen los fenicios la escritura, florecía Vesila-Tefeh con -extraordinario florecimiento. Regado el fértil terreno por las aguas de -siete ríos, de muchos arroyos y de numerosos canales, estaba cubierto en -partes de hermosas huertas y jardines. No faltaban bosques umbríos de -pinos, abetos y robustas encinas. Había campiñas extensas donde se -producía trigo en abundancia, y sobre todo dilatadísimas dehesas -cubiertas de fresca y larga hierba, donde pastaban numerosos rebaños. -Pero la más envidiable calidad del País de los Siete Ríos, que así se -apellidaba el reino de Vesila-Tefeh, era la abundancia de oro. Los -esclavos de los escitas, no sólo sacaban el oro lavando las arenas, sino -también ahondando tenazmente con instrumentos de bronce en el seno de -las montañas. Los rusos han descubierto muchos restos de estas -antiquísimas minas, á las que llaman, no sé por qué, _pozos fínicos_. -Nadie duda que los rudos tártaros, que hoy habitan en las vertientes del -Ural, tanto en Kirguisia como en Siberia, son y han sido siempre -incapaces de ejecutar para sí tan hábiles trabajos, los cuales no pueden -menos de atribuirse á los antiguos escitas. Y digo _para sí_, porque en -realidad los tártaros, la gente de raza amarilla y no pocos hombres de -raza cusita ó etiópica, reducidos á la condición de esclavos, eran los -que laboreaban las minas bajo la dirección de los escitas-arios. Éstos, -como raza dominante y noble, se hubieran deshonrado ejerciendo cualquier -otro oficio que no fuese el de pastores, el de la guerra, la caza y la -agricultura. Multitud de esclavos de raza amarilla y etiópica se -empleaba en los menesteres más bajos y mecánicos. Otros esclavos semitas -hilaban y tejían la lana, el lino y el cáñamo; forjaban las armas y -utensilios de bronce, porque el hierro no se trabajaba aún; curtían y -adobaban las pieles; desempeñaban varias industrias más elegantes, y -hacían, por último, el comercio. - -Dificultoso era venir desde Nínive ó desde Babilonia trayendo -mercaderías hasta Vesila-Tefeh. Pero, ¿qué no vencen el interés y la -perseverancia del hombre? Los dos emporios principales desde donde se -hacía el comercio entre el Sur del Asia y nuestros escitas, eran el -Chersoneso Táurico y Colcos. Las caravanas que salían de Cherson tenían -que sufrir grandes trabajos, atravesar países desiertos ó habitados por -tribus feroces y pasar ríos caudalosos como el Tanais, el Rha y el Daix, -que hoy se nombran el Don, el Volga y el Ural. Todo esto se hacía, sin -embargo, y el antiguo camino de los mercaderes que señala Herodoto, -cruzaba por la parte septentrional del reino de Vesila-Tefeh y se -prolongaba hasta la China. Desde Colcos, más activo emporio aún en las -edades remotas, se iba también hasta Vesila-Tefeh, aunque exponiéndose -á peligros gravísimos que la imaginación magnificaba, pues era necesario -salvar torrentes ó ríos impetuosos como el Kur, cruzar los desfiladeros -del Cáucaso ó Montaña Sagrada, donde vivía el pájaro inteligente llamado -Karshipta, y discurrir por comarcas donde moraban gentes tan fieras, que -la fantasía del vulgo las había trocado en monstruos, bajo los nombres -de arimaspes, grifos y gorgones. - -Á pesar de todo esto, Vesila-Tefeh era un gran mercado; un centro -comercial importantísimo. De China venían sedas y objetos de marfil -labrado; de Siberia preciosas pieles; de la Arabia plumas y aromas, y de -la India especierías y tejidos de algodón, delicados y aéreos. En las -comarcas meridionales del Reino de Vesila-Tefeh, hacia donde están hoy -Kiva, Samarcanda y Bucara, se daba ya entonces el algodón como se da -ahora, pero sólo se fabricaban telas groseras. Las finas y perfectas -venían de la India por Colcos. Este comercio, que hizo Colcos durante -muchos siglos, en telas de algodón, excitó, según algunos graves -economistas, la codicia de los griegos y promovió la expedición de Jason -y de los argonautas y los infortunios y horrorosa venganza de Medea. -Jason iba á establecer una factoría en Colcos y el famoso Vellocino de -oro no era más que percal, gasa, muselina ó cotonía. Tal vez algún -etimologista ingenioso se atreva á sostener, en confirmación de lo -dicho, que la palabra _colcha_ viene de Colcos ó de Colchida, puesto que -las colchas son de algodón casi siempre. Otros autores aseguran, á pesar -de todo, que el Vellocino dorado no era una tela de algodón, sino una -zalea, adobada y preparada de un modo tal, que lavando en ella las -arenas auríferas en que los ríos de Colcos abundan, los granitos y -pajitas de oro se quedaban adheridos á la lana. Dícese que todavía, no -ya sólo algunos pueblos del Cáucaso, sino también los kirguises, se -valen de semejante método prehistórico para extraer el oro de las -arenas. Pero dejemos á un lado esta cuestión, pues importa poco á la -exactitud y escrupulosa verdad de nuestra historia. - -Otro medio había también de comunicarse con el país de los Siete Ríos, -pero era no menos difícil y peligroso. Era este medio atravesar todo el -mar Caspio ó de Hircania, mar proceloso y de muchos bajíos, y harto -mayor entonces que ahora. Acrecentaba la dificultad el no conocerse -entonces, no ya el vapor como fuerza motriz, pero ni siquiera el uso de -las velas. Las embarcaciones eran chicas y poco sólidas y se movían á -remo por fornidos esclavos. Aun así, es evidente que mientras floreció -el Imperio de Vara, Djenschid y sus sucesores sostuvieron por mar, con -los reyes de Vesila-Tefeh las relaciones más cordiales, frecuentes y -provechosas para unos y otros súbditos, los cuales se reconocían como -hermanos, por ser arios de la misma estirpe y procedencia. Caído el -Imperio de Vara bajo el poder del tirano Zohac, casi habían acabado -estas relaciones. Los iranienses gemían bajo el yugo, si bien en las -montañas del Elburz se sostenían independientes algunos valerosos. -Sabíase en Vesila-Tefeh que un ilustre descendiente de Djenschid, -llamado Abtian, los acaudillaba, pero ni tenía plaza fuerte, ni morada -fija, sino las breñas y las cavernas. Sólo en la cumbre elevadísima del -monte Demavend, en el castillo inaccesible de Selket, el más ilustre de -los _pelavanes_, ó guerreros nobles, ondeaba aún la antigua bandera del -Irán. Amol, Raga y otras ciudades del Elburz gemían cautivas y tenían -guarnición asiria ó árabe. - -Dos reinos arianos había en las orillas meridionales del Mar Caspio, -pero se habían hecho tributarios de Zohac y de Nino. Uno de estos reinos -era el de los medos, al Oriente, donde imperaba Kus-Pildendan. El otro, -al Occidente, donde está hoy el Ghilan, era el reino escita de Matjin; -su capital, Zibay; Behek su monarca. - -La catástrofe del imperio de Vara, desde que llegó á noticia de los -vesilianos, había conmovido hondamente los corazones. Todos querían -socorrer á los pocos que peleaban aún por la independencia y por la ley -pura: pero ¿cómo socorrerlos? ¿Cómo luchar contra los árabes, asirios, -caldeos y medos coaligados todos? ¿Cómo hacer además con un ejército -numeroso tan larga y expuesta expedición, ni por mar, ni por tierra? Los -vesilianos tuvieron, pues, que limitarse á una estéril simpatía, y se -vieron más aislados que nunca del resto del mundo civilizado entonces. - -Por fortuna, la civilización de Vesila-Tefeh tenía recursos propios, y -muy hondas y vigorosas raíces para vivir aisladamente. Aquellos ilustres -escitas-arios no eran sólo guerreros, pastores y labriegos, sino también -artistas, poetas, filósofos y hasta teólogos. - -De su habilidad artística daba brillante muestra la arquitectura de los -muros, casas, palacios y templos de Vesila-Tefeh. ¡Cosa singular y -apenas creíble! Aquella arquitectura era el germen, el embrión, la flor -primera de lo que hoy se llama estilo gótico. Sin duda el arte de -Bizancio y la religión cristiana han influído muy posteriormente en -dicho estilo; pero sus inventores fueron los arios de la Escitia, que en -sus inmigraciones sucesivas le introdujeron en Europa. La ciudad de -Sarmazigetusa, el castillo de Genucla y otros edificios géticos y -sármatas, representados en la Columna Trajana, inclinan á Gioberti y al -famoso Carlos Troya á creer que los getas, los sármatas y los dácios, -descendientes de los escitas primitivos, trajeron á nuestra Europa -aquella arquitectura, existente ya, por lo menos, en los antiguos -edificios de Deceneo y de Zalmoxis. Digo esto aquí para que se vea que -tengo pruebas en favor de todos mis asertos, si bien las pruebas son -inútiles, cuando lo sé y lo doy por seguro, merced á la inspiración. - -Harto bien noto que me detengo mucho en preparar la escena y en dar -conocimiento de mis actores, sin hacerlos salir ni hablar; pero la -historia ó el drama que va á representarse, exige tales preámbulos. De -otra suerte, bastantes lectores ni se darían cuenta de dónde estaban, ni -gustarían de la leyenda, ni tal vez la comprenderían. Por lo demás, yo -procuro y procuraré siempre ser muy breve. - -Ya he dicho que la ciudad de Vesila-Tefeh estaba en las orillas del Sir. -Un puente de piedra unía ambas orillas del río. Los muros que cercaban -la ciudad eran altos y gruesos, hasta el punto de que pudiese correr un -carro por cima de ellos. Cuatro anchas puertas, revestidas de chapas de -bronce, daban entrada á este recinto. Dentro de él estaban las casas de -los más nobles y principales señores, un templo en lo alto de un cerro, -y no muy distante el alcázar del Rey Tihur. No había calles. Las casas -estaban separadas unas de otras por arbolado y jardines. Fuera del -recinto de la muralla, que más bien pudiera llamarse ciudadela que -ciudad, se extendía la población y el caserío. En torno de cada casa -había una cerca, más ó menos grande, y, resguardados por la cerca ó -tapia, un huerto, un aprisco para los carneros y ovejas y un tinado para -los bueyes. - -En el templo había una torre, de forma cúbica, que terminaba en una -pirámide cuadrangular, muy aguda. Entre el extremo del cubo y la base de -la pirámide, quedaba un espacio hueco, sostenido por cuatro poderosos -machones. Del techo de este mirador colgaba, asida á una cuerda, una -enorme plancha circular de cierta amalgama metálica, en extremo sonora, -la cual, herida por un mazo de plata, daba la señal de alarma, y -convocaba á los guerreros. - -Lo interior del templo era muy bello. Diez gigantescos pilares sostenían -la techumbre. Cada pilar, desde el zócalo hasta lo alto, se asemejaba á -un grupo de palmas, cuyos troncos, unidos en manojo, esparcían luego las -airosas ramas, formando la bóveda ojival. No había imagen alguna. Sólo -había un altar en el fondo, sobre el cual brillaba perpetuamente el hijo -del cielo, la emanación de Ahura Mazda, el fuego divino. - -En Vesila-Tefeh no había sacerdotes, ó por mejor decir, eran sacerdotes -los padres de familia. El rey, como Melquisedec, era el primero de -todos. - -El dios que adoraban aquellas gentes era el Grande Espíritu, el Ser -Supremo, cuya noción no habían ofuscado aún el politeísmo y la -idolatría. En un principio, habíanle llamado Teu, ó Dev ó Div. Desde el -cisma entre iranienses é indios, este nombre de Div se había aplicado al -príncipe de las tinieblas, á los genios negros, á los espíritus -tenebrosos. Los Divs, en suma, eran los diablos para los iranienses y -para nuestros escitas-arianos. Los sabios de Vesila-Tefeh, conociendo -bien la ciencia y la teología iránicas, al principio luminoso, al foco -de la luz increada, al Grande Espíritu, en suma, generador de todo bien, -le llamaban Ahura-Mazda. Ariman era su contrario. - -El vulgo, ignorante de tan altas doctrinas, llamaba á Dios Boga ó -Savitar. Daba culto asimismo á los genios buenos ó espíritus que le -servían; á las almas de los héroes, á quienes llamaba Anses; al fuego -del altar y al Soma ó licor sagrado. El modo de adoración eran -sacrificios cruentos, libaciones é himnos. Aun no había otra liturgia ú -otro canon que la inspiración de cada sacrificador y de cada poeta. - -Delante del alcázar del Rey Tihur hacían guardia constante 60 guerreros -escogidos, de las más egregias familias. Todos tenían lanzas, arcos, -flechas y una espada corva ó alfanje. Ya servían á pie, ya á caballo, y -constituían el único ejército permanente. Verdad es que todos los -ciudadanos libres eran soldados, y acudían al llamamiento en caso de -peligro. - -El alcázar del Rey Tihur era espacioso, cómodo y lleno de regalos y -primores. Encerraba en su piso bajo magníficas caballerizas con hermosos -caballos, asnos, mulas y cabras; cinco carros elegantes; podenquera, que -contaba unas cuantas jaurías de galgos y de podencos; no escasa -colección de halcones, gerifaltes neblíes y hasta águilas y buitres -adiestrados en la cetrería; anchos corrales poblados de aves domésticas, -y un jardín muy lindo. También estaban en el piso bajo las cocinas, -despensas y bodegas y las habitaciones de la servidumbre. - -Moraba el Rey Tihur en las cámaras altas, donde había grandes salones. -Armas colgadas en haces, pieles de fieras, cabezas de venados, de lobos -y de osos ornaban los muros. - -En lo más recóndito y bello del palacio se encontraba el harem ó -_gineceo_. Los escitas no tenían más que una sola mujer, pero los reyes -y los príncipes se permitían (habiendo tomado esta pícara costumbre de -los cusitas y semitas más refinados y viciosos), el poseer algunas -bellas esclavas. - -El Rey Tihur, si bien pasaba ya de los cincuenta años, no se había -casado nunca y carecía de sucesión legítima. Un hermano suyo debía -heredar el trono, previo el consentimiento y aclamación de los nobles y -libres vasallos. - -Ni las esclavas que habitaban el harem ni las más gentiles y nobles -doncellas de toda la Escitia habían herido jamás el corazón del Rey -Tihur, ni excitádole al matrimonio. Fuerza es confesar, sin embargo, -aunque redunde en desdoro suyo, que el Rey Tihur había sido y era aún, á -pesar de sus años, muy aficionado á mujeres. Este era casi su único -defecto. Por lo demás, era tan llano, tan justo, tan valiente, tan -generoso y tan benévolo que todos sus vasallos le querían de un modo -entrañable. - -Considere, pues, el pío lector lo afligidos que estos vasallos andarían -al empezar nuestra narración. El Rey Tihur se hallaba aquejado de una -melancolía profunda, misteriosa, invencible. - -Encerrado en su estancia sólo se dejaba ver de su fiel esclavo favorito -Amrafel, negro como la endrina y fiel como el oro. Hombres versados en -la ciencia y arte de curar habían acudido con hierbas, conjuros y versos -mágicos, mas el rey no había querido recibirlos. - -En Vesila-Tefeh no se hablaba más que de aquella extraña dolencia. -Preguntábanse unos á otros: - ---¿Qué tendrá el rey?--pero nadie daba contestación satisfactoria. - - -III. - -La profunda melancolía del Rey Tihur no tenía causa conocida. Era el mal -de moda en nuestro siglo; pero entonces, aunque no se hablaba tanto de -este mal, no era menos frecuente. En las primeras edades del mundo hubo, -como en nuestra edad del vapor y del magnetismo, corazones con un amor -sin objeto, con un afán vehemente de admiración y de adoración, sin -hallar nada digno de ser admirado y adorado; con un vacío infinito en la -existencia que nada puede llenar; con un ideal vago é irrealizable; con -un empeño loco de dar tan noble y elevado fin á la vida, que todo lo que -no es este fin parece vanidad y miseria. - -La diferencia entre ahora y entonces, lo que induce á creer á los que -miran superficialmente las cosas que el mal de que hablo es más general -en el día, estriba en una mera figura retórica: en el _eufemismo_. El -que por feo, por tonto ó por poco listo, no es tan atendido y -considerado como él cree que merece; el que no llega á la posición á que -aspira; el que se aprecia y tasa en mucho más de lo que dan por él; y -muy singularmente el que tiene menos dinero del que necesita, y sabe -gastarle y no sabe adquirirle; todos éstos y no pocos más que adolecen -de otros achaques prosaicos, se atribuyen en el día el mal poético y -sublime del Rey Tihur. Ellos se curarían, y en efecto suelen curarse de -su hastío y desesperación _byroniana_, ya con un empleo, ya con unas -cuantas monedas, ya con una Gran Cruz, ya con un título de Marqués ó de -Conde; pero, mientras esto no llega, se colocan en el número de los -desesperados y de los seres superiores no comprendidos, y se declaran -ejemplos vivientes de las amarguras que pasa el _genio_ y de la -estupidez y ruindad del vulgo para con él. - -No era así el Rey Tihur. Su desesperación y su aburrimiento eran de -buena ley, y, por consiguiente, incurables. - -Los ejercicios violentos de correr á caballo y de cazar fieras no -mitigaban su dolor. En medio de las mayores agitaciones corporales su -alma estaba fija en la causa de su tormento. La fatiga rendía su cuerpo, -pero no rendía su espíritu. Hasta en sueños, el mal del espíritu le -perseguía y con nada acertaba á alejarle de sí. - -Una mañana, poco después de levantarse, hallábase el rey en su estancia -más reservada y retirada. Cualquiera de nosotros, si estuviese tan -aburrido como él, tendría un cigarro, un libro ameno, un periódico para -distraerse. En tiempo del Rey Tihur no había nada por el estilo. - -Estaba, pues, el Rey Tihur sentado en un enorme banco de roble, cubierto -el banco de una piel de oso y de varios almohadones. La ocupación del -rey era echar los dados de un cubilete y meditar sobre los caprichos -misteriosos del acaso. Entonces entró en la estancia el esclavo favorito -Amrafel, único que tenía permiso para ello, y se entabló el siguiente -coloquio. - -Conviene, empero, antes de transcribirle aquí, dar una idea ligera del -aspecto y traza de ambos interlocutores. - -Amrafel tendría de treinta á cuarenta años de edad, y ya hemos dicho que -era negro; de menos que mediana estatura, pero muy fornido. El fuego de -sus ojos y la extraordinaria blancura de sus dientes resaltaban sobre lo -atezado de su rostro. Nacido y criado Amrafel en Ur, se había instruído -en todas las ciencias y supersticiones de los caldeos, y sabía mucho de -astrología y de magia. Cuando Ur cayó en poder de los asirios-semitas, -Amrafel fué vendido como esclavo á unos mercaderes de Colcos, los cuales -le revendieron al Rey Tihur, de quien ahora gozaba toda la privanza. - -Estaba vestido Amrafel con una túnica de lana obscura, ceñida al talle -por un talabarte de cuero de búfalo, de cuyos tiros colgaban una ancha -espada, á la izquierda, con vaina y puño de plata, y á la derecha un -largo puñal, cuyo puño y vaina eran de plata también. Traía los brazos -desnudos hasta los hombros, y en los brazos sendos brazaletes. Llevaba -en las orejas zarcillos, y en la vestidura, hasta la misma fimbria ú -orla inferior, varios cascabeles ó campanillas, que sonaban al andar, y -que eran, asimismo, de plata, como los brazaletes y zarcillos. Ya se -entiende que dichos cascabeles ó campanillas no eran adorno de bufón, -sino signo de dignidad palatina y de jerarquía elevada. Por esto, sin -duda, ha quedado entre nosotros el designar á cualquiera señor muy -respetable y encumbrado, llamándole _un señor de muchas campanillas_. -Llenos de campanillas iban siempre los levitas ó sacerdotes hebreos, y -aun ahora, en la iglesia griega, están cuajados de campanillas sonoras -los trajes más ricos y vistosos de los obispos, archimandritas y -patriarcas. - -La cabeza de Amrafel estaba descubierta, dejando ver un pelo negro, -corto y muy rizado, aunque no tan áspero y crespo como la lana ó pasas -de los negros del Africa Occidental. Amrafel calzaba, por último, -elegantes sandalias, y empuñaba en la diestra una pértiga de marfil, -muestra de autoridad. Era como el pertiguero ó maestro de ceremonias del -palacio; algo parecido á lo que Jenofonte y otros autores llamaron -posteriormente _esceptuco_ en la corte de los acheménides. - -Al entrar, Amrafel no saludó al rey, prosternándose al uso de los -asirios y caldeos, sino que, según la costumbre más noble y altiva de -todos los pueblos arianos, desde los indios hasta los celtas, describió -lo que llaman en sánscrito un _pradakshina_, ó dígase trazó un círculo ó -arco de círculo, presentando siempre al rey el lado derecho. Luego se -paró silencioso enfrente de su amo. - -Este jugaba solo á los dados; juego prehistórico. Sus ropas eran de -finísima lana negra, ceñidas á la cintura por una faja de seda roja. Los -borceguíes ó coturnos, de cuero bien curtido, eran rojos también. La -rubia y larga cabellera del rey, que ya empezaba á encanecer, estaba -recogida por ínfula asimismo de seda roja. Era el Rey Tihur alto y -robusto, ancho de hombros, y de pecho dilatado. En sus piernas, que -hasta el muslo se veían desnudas, se dibujaban con brío todos los -músculos, cuerdas y tendones. - -Sobre la pujante cerviz estaba gallarda y airosamente colocada la -cabeza, bien proporcionada y hermosa. - -Los ojos del rey eran azules y ardientes, aunque velados por una triste -y amorosa expresión; y su boca, pequeña, á lo que podía descubrirse -entre la barba y el bigote, poblados y luengos. La tez era sonrosada y -blanca, á pesar de que el sol y la intemperie le habían dado un barniz ó -baño dorado; una especie de pátina semejante á la que imprime el tiempo -en los monumentos de mármol blanco de Andalucía, Sicilia y Grecia. En -fin, el perfil de la nariz y de la frente era tan correcto y -majestuoso, como imaginamos que debió serlo el de la nariz y la frente -del Júpiter de Fidias. - -Durante un breve rato no advirtió el rey la entrada de Amrafel; tan -ensimismado estaba. Alzó, por último, la cabeza; vió á Amrafel y rompió -el silencio de esta suerte: - ---Siéntate á mi lado; deseo hablarte con reposo. - -Amrafel se sentó respetuosamente en un escabel, á cierta distancia. - -El rey prosiguió: - ---Tú no ignoras mi mal, Amrafel, pero no aciertas con el remedio, ni yo -creo que le tiene. Me cansa la vida, y no quiero morir. No puedo -persuadirme de que no hay nada más allá de esta vida. ¿No crees tú, como -yo creo, que después de la muerte queda de nosotros una sombra leve y -vaporosa, que tal vez vaga por la noche en torno del sepulcro, que tal -vez se levanta en el aire tenebroso y recorre volando muchos espacios, -pero cuya vida es incompleta y horrible, por lo mismo que esta sombra -conserva el pensamiento y la memoria, y no puede ver la luz del claro -día? - ---Lo que pasa después de la muerte es un misterio,--respondió -Amrafel;--pero lo natural en el hombre es creer en una existencia -ulterior é imperecedera. - -Yo he peregrinado mucho, he hablado con hombres de todas las naciones y -castas, y todos creen en esa vida ulterior, aunque explicándola de -diverso modo. - ---¿Te satisface alguna de esas explicaciones? - ---Ninguna, por completo; y menos que ninguna la de aquéllos que del -aniquilamiento y del endiosamiento hacen una misma cosa. El entender y -el querer son esencialmente distintos. Por el entender bien podemos -confundirnos con la inteligencia infinita, y perdernos en ella como una -gota de agua se pierde en el mar; pero la voluntad es un centro -individual irreductible. Mientras más se educa y se levanta la -inteligencia humana, más se identifica y confunde con toda inteligencia; -más se acerca á la inteligencia única de que proviene. Por el contrario -la voluntad; mientras más se educa y se levanta, por más que se someta y -se conforme á los decretos eternos, más se determina y se aisla; más se -individualiza y distingue. Tiene la voluntad su centro en sí, y en su -desarrollo no hace sino marcar con más energía este centro; mientras que -el entender tiene su centro fuera de nosotros. Es un centro universal -donde concurrirían y se perderían todas las inteligencias, reduciéndose -á perfecta unidad, si en el querer de cada individuo no se cifrase la -indestructible diferencia. La voluntad es el ser que nos hace sobrevivir -en el reino de las sombras: la forma, el ídolo, el fantasma nuestro es -la voluntad. - ---Mi pensamiento está de acuerdo con el tuyo, en el modo de considerar -la vida futura. Yo concibo que un puñal, un veneno, cualquier agente -capaz de romper la máquina de mi cuerpo, puede separar las partes que le -constituyen y volverlas á los elementos de que salieron para que -compongan otros seres. Lo que no concibo es que mi forma desaparezca. -Este no sé qué, que me hace ser yo y no ser otro, no perece. Mas, ¿en -qué consiste este no sé qué? - ---Debe ser una substancia sutilísima; algo como aire ligero. - ---Tan sutil debe ser, que dudo mucho de que nuestros sentidos perciban -jamás las sombras. ¿Crees tú, que podemos verlas, oirlas, sentirlas de -algún modo, comunicar con ellas? - ---Creo que sí; pero de un modo imperfectísimo. En esta vida mortal nos -comunicamos por medio de la palabra, que estremece el aire y hiere el -oído. La palabra de las sombras debe estremecer otro ambiente más raro y -debe herir otros sentidos más agudos y perspicaces. El lenguaje de las -sombras debe ser, por último, más compendioso y rico. Su concisión y -energía maravillosas. - ---¿Cómo explicas, entonces, la evocación? ¿Acaso no crees en la -evocación de las sombras? - ---No tan sólo creo, sino que me juzgo capaz de evocarlas. - ---¿Y cómo podrás ponerme en comunicación con los muertos? - ---Sobreexcitando tus sentidos, dándoles mayor perspicacia y penetración; -pero, aun así, confieso humildemente que sólo podrás entenderte con las -sombras por un estilo rudo y grosero. La palabra verdadera de las -sombras jamás la oirás mientras vivas; su lenguaje será ininteligible -para tí mientras conserves ese cuerpo que hoy tienes. - ---De suerte--dijo el Rey Tihur,--que si sólo por estilo grosero y rudo -pueden las sombras hablar conmigo, ¿cómo ha de ser que me descubran nada -de los misterios de su vida; que me infundan nuevas ideas, inefables, -sin duda, en el lenguaje en que sólo hablan conmigo? - ---Si no es imposible, es muy difícil que las sombras te trasmitan sus -ideas; no caben en ningún idioma de los que hablan ni hablarán los -vivientes. Por esto el comercio mental entre las sombras y nosotros no -se acrecentará jamás con el andar de los siglos. Muchas leyes de las que -gobiernan el mundo que vemos descubrirá el hombre con el tiempo; pero -del mundo que está más allá de nuestros sentidos, aunque nos rodea y nos -penetra, se descubrirá poco ó nada. Lo mismo que se sabe hoy se sabrá -después que el sol y la bóveda del cielo hayan veinte mil veces -producido con sus acordes movimientos la variedad alternada de las -estaciones. - ---Te confieso que lo que no logra en mí la desesperación, el cansancio -de la vida, tal vez lo logrará un día la curiosidad. Á veces deseo la -muerte para iniciarme en esos grandes misterios; pero encontrados -sentimientos me combaten. Esos mismos grandes misterios me llaman á -conocerlos, me excitan, me atraen y me aterran. - ---Son, en efecto, pavorosos. - ---¿Llegaré á tener más luz sobre ellos en esta vida? - ---Lo ignoro. - ---Voy á declararte un proyecto que tengo y que he de realizar -inmediatamente. Estoy decidido á hacer una larga peregrinación. Quiero -ir á Bactra, á la patria del gran profeta Zoroastro, y anhelo iniciarme -en los misterios antiquísimos de Mitra. Tal vez allí descubra yo un -medio de comunicar más íntimamente con las sombras, y con otros seres -que, no tomando jamás cuerpo humano, hayan permanecido hasta hoy ocultos -á nuestra mente. ¿Imaginas tú que existan estos otros seres? - ---No lo imagino sólo, lo doy por seguro. Apenas conocemos algo de lo que -nos rodea merced á los ojos, al oído y al tacto; pero estos mismos -sentidos más aguzados, ú otros sentidos, que no acertamos siquiera á -imaginar, nos pondrían sin duda en comunicación con infinidad de seres -que hoy viven aislados de nosotros, aunque de continuo nos circundan. -En el aire, en el agua, en el fuego, en la luz, en las tinieblas hay, á -mi ver, inteligencias recónditas, seres vivos de una naturaleza superior -á la nuestra, genios emanados de Ahura-Mazda ó del Espíritu contrario, -poderes benéficos ó maléficos, que tal vez influyen en nuestro destino. - ---¿Podemos dominar á algunos de esos seres y obligarlos á que nos -obedezcan y sirvan? - ---Á los buenos y luminosos no podemos, porque provienen de un principio -soberano intransmisible; pero podemos dominar á los malos y hacer que -nos sirvan, ora ligándolos con el Espíritu contrario al bien, y -comprándole esa potestad á expensas de nuestra servidumbre, ora por -favor del mismo Ahura-Mazda, que concede esa potestad á los varones -virtuosos y sabios. Por lo dicho comprenderás que la magia es de dos -maneras, y los conjuros pueden ser eficaces, ya en nombre del principio -luminoso, ya en nombre del rey de las tinieblas. - ---Á la hora del medio día, cuando el sol está en toda su fuerza, cuando -los hombres duermen y reina el silencio, he vagado por las selvas -solitarias; en el horror de la obscura noche he acudido al lugar de los -sepulcros, donde mis mayores se dice que descansan; pero ni he visto ni -he oído sombra alguna, ni espíritu, ni genio. He vertido en las tumbas -el Soma sacrosanto, leche y manteca clarificada: he llamado á los Anses, -á los héroes antiguos. No me han respondido, ni han dado señal de quedar -satisfechos de las libaciones. ¿He cometido algún crimen, ó soy de tan -baja y vil naturaleza que no merezco acercarme á lo superior y á lo -divino? ¿Por qué ha de abrasarme entonces esta sed inextinguible de lo -divino y de lo superior? Si toda la naturaleza está poblada de virtudes, -de genios, ¿cómo es que permanece siempre desierta para mí? Oigo el -bramar de los vientos, el murmullo de las aguas; veo la esfera celeste; -veo la tierra cubierta de frutos, plantas y animales; veo y oigo, en -suma, cuanto ve y oye el más abyecto de los mortales; pero, ¿no merezco -más? ¿No valgo más? - ---No sospeches, señor, que es lisonja cortesana lo que voy á decirte. -Más vales y más mereces. Digno eres de que lo divino venga á tí durante -la vigilia y de un modo claro, no entre los vapores de un ensueño ó en -la alucinación medrosa que produce la fuerza mágica de ciertos filtros ó -de ciertos linimentos y pociones que yo poseo. Pero las sombras, los -espíritus no ceden á un capricho; no se revelan á fin de satisfacer una -mera curiosidad. Proponte un fin grande y sublime y ellos acudirán -entonces. - ---¿Quién te dice, exclamó el Rey, que yo carezco de ese fin grande y -sublime? Si en esta torpe lengua humana no acierto á formularle, ¿crees -tú que no está en mi mente, claro y limpio y formulado, y que los -espíritus no podrán leerle en ella? - ---Aun así, ¡oh Rey! menester será que hagas cuanto en lo humano sea -posible para realizar ese fin. Sólo, entonces, si el fin es bueno, y si -es, además, humanamente irrealizable, alcanzarás acaso bastante -merecimiento para que los espíritus se te aparezcan y te den su -sobrehumano auxilio. - -Calló Amrafel, y el rey Tihur quedó también por algunos instantes en muy -hondo silencio. Vuelto á lo que le rodeaba, después de aquella -reconcentración en que había caído, el Rey habló de esta manera: - ---Mira, Amrafel, lo que me impulsa á buscar el trato y conversación de -los espíritus es todo amor y aspiración no satisfecha: amor de saber y -amor de amor mismo. Quiero hallar una hermosura superior á las que he -conocido hasta ahora, para que mi voluntad la ame y en ella repose; -quiero hallar verdades superiores á las que hasta ahora he conocido, -para que mi entendimiento se satisfaga. - ---¿Y no adviertes que hay un egoísmo inmenso y un desmedido orgullo en -lo que anhelas? - ---No niego que le hay, pero no todo es orgullo y egoísmo. Más que en mi -propia ventura pienso en la grandeza y prosperidad de mi raza y de todo -el linaje humano. Salvo algunos indivíduos, y hablando en general, no -puede negarse que la raza á que pertenezco es la más noble de todas. De -ella será el imperio del mundo; ella ha de llevar á feliz término toda -aspiración y ha de realizar todo bien. Mi raza está muy postrada y -humillada. No dudes que volverá á levantarse. Concurrir á este fin es mi -deseo. El aislamiento en que vive el pueblo de Vesila-Tefeh le ha hecho -olvidar no pocas de aquellas fecundas ideas que nos inspiraron nuestros -sabios primitivos antes de separarnos. Otros pueblos de nuestra misma -estirpe han conservado mejor aquellas ideas y las han desenvuelto, pero -en cambio han viciado su voluntad. Yo pretendo ir en busca de la ciencia -de aquellos pueblos, nuestros hermanos, y traerla á nuestro pueblo, que -no la posee, si bien conserva la voluntad más pura y más entera. El -imperio de Vara ha caído; el descendiente de Djenschid no tiene cetro ni -corona. Los asirios y los árabes, á quienes aborrezco, se han -enseñoreado en los dominios de Djenschid y de los hombres de la Ley -pura. Harto conozco que las fuerzas de Vesila-Tefeh son muy débiles para -que yo vaya al imperio de Djenschid como libertador, y no quiero ir á él -como pacífico peregrino, pero iré más hacia el Oriente; iré á Bactra; -iré más allá; penetraré en la India y consultaré á los solitarios é -iluminados penitentes que habitan los bosques frondosos de Dandaka y de -Pantchavati, y las risueñas orillas del Lago de las Cinco-Apsaras. - -La gloria de aquellos solitarios llena ya toda la tierra. - ---¿Á quién dejarás, ¡oh, Rey!, el gobierno de Vesila-Tefeh, durante tan -largas y peligrosas peregrinaciones? - ---Á mi hermano Arioc--contestó el Rey Tihur.--Tú prepara lo conveniente, -pues hemos de partir mañana, al rayar el día. - ---¿Quién irá contigo? - ---Irás tú; irán treinta de los sesenta guerreros de mi guardia; cuatro -pastores, con veinte vacas y cien ovejas; mis dos mejores perros y mis -dos mejores halcones; diez mulas cargadas de riquezas y presentes que -sacarás de mi tesoro; otras cuarenta con todo género de vituallas y -refrescos; algunas tiendas de campaña; mi caballo negro de montar y mi -carroza de viaje, tirada por dos zebras poderosas, y treinta esclavos -ágiles para que nos sirvan. Todo esto ha de estar pronto, antes de que -mañana despunte la aurora. - -Al oir las últimas palabras del rey, se alzó Amrafel de su asiento, y -dando con el cuento de su pértiga ebúrnea un golpe en el suelo, dijo: - ---Tu voluntad será cumplida. - -Sin más explicaciones, salió Amrafel de la estancia. - - -IV. - -En nuestra Edad Media cristiana, los villanos eran tan humildes y -andaban tan mal armados, que un solo caballero, con buena armadura, -podía y solía alancear á millares de hombres; y un pequeño escuadrón de -caballeros podía y solía conquistar todo un reino y hacer tales proezas -é insolencias, que justificasen las que refieren los Libros de -Caballerías. Había, además, en nuestra Edad Media, mayor población y más -recursos. Nunca ó rara vez faltaba un castillo ó una posada donde -albergarse cuando llegaba la noche, ni algo de comer y de beber que, de -grado ó por fuerza, robado, comprado ó generosamente ofrecido, pudiera -satisfacer la sed y el hambre de un caballero. No se ha de extrañar, -pues, que no ya caballeros particulares, sino á veces hijos de reyes y -hasta reyes, saliesen solos de su casa, salvo la compañía de algún -escudero leal, y recorriesen mucha parte del mundo buscando aventuras. -Pero más tarde, cuando los villanos y rústicos sacudieron de sí aquella -mansedumbre y aquel hábito de sumisión á que la dominación romana por -largos siglos los había acostumbrado, y cuando la humildad evangélica -dejó de ser entendida por ellos tan á la letra, ya empezó á ser difícil -el salir sólo un caballero en busca de aventuras, por bien armado que -estuviese; y ya se expuso todo caballero, por valiente que fuese, á ser -apaleado, herido ó muerto. - -En tiempo del Rey Tihur, la dificultad y el peligro subían de punto en -absoluto, y más aún si se atiende al aislamiento de Vesila-Tefeh. Lejos, -pues, de parecemos demasiada la comitiva que el Rey Tihur quería llevar -consigo, y muchas las provisiones de toda laya que había ordenado -disponer, deben parecemos pocas é insuficientes para tan difícil -empresa. - -Bajando por la ribera del Aral, unido entonces al Mar Caspio, nada había -que recelar entonces hasta llegar cincuenta _parasangas_ ó leguas al Sur -de Vesila-Tefeh. Todo el país estaba lleno de preciosas aldeas, donde -vivían felices los súbditos de Tihur; los campos estaban bien -cultivados, y los ríos tenían puentes de barcas ó de piedra: mas, al -llegar al sitio indicado, cambiaba completamente el aspecto del suelo. -El río Djan-Deria, hoy seco ó perdido bajo las arenas del desierto de -Kizil-Cun corría entonces caudaloso con grande ímpetu á precipitarse en -el mar, en aquel sitio, donde no había puente para pasarle. - -Si bien, según he dicho, el Imperio de Vesila-Tefeh se extendía hasta el -Oxo ó el Amú-Deria, entre el Djan-Deria y la ciudad de Vesila-Kara, -célebre entonces por sus grandes minas de oro, que aun en tiempos -modernísimos han excitado la codicia del Zar Pedro el Grande, había un -inhospitable desierto de unas 40 leguas de largo, que se llama hoy -Kizil-Cun. Una vez atravesado este desierto, desde Vesila-Kara, -caminando hacia el Sur, el país era fertilísimo, poblado y hermoso, -hasta cerca del Oxo; por el Oriente lo era también hasta donde hoy está -Samarcanda, sobre poco más ó menos; pero más allá, había montañas -ásperas, nuevos desiertos arenosos y regiones selváticas, por donde -vagaban los corasmios y otras gentes fieras: todo lo cual separaba las -posesiones del Rey Tihur de la santa ciudad de Bactra ó Zoriaspa. Véase, -pues, si tenía sobrada razón el Rey Tihur para hacer tamaños -preparativos. - -Amrafel, que era listo y eficacísimo, dió las órdenes oportunas, y todo -se hallaba dispuesto para la partida á las pocas horas de haberla -decidido el rey. - -Su hermano Arioc y algunos de sus grandes vasallos trataron de -disuadirle de que emprendiese aquella expedición; pero todo fué en -balde. - -Los negocios se arreglaron como era justo, y Arioc quedó nombrado lo que -llamaríamos ahora Regente del Reino. - -Cuando se esparció la noticia de que el rey se iba, todos los habitantes -de Vesila-Tefeh, entre quienes el rey era idolatrado, dieron muestras -del más vivo y doloroso sentimiento. - -Las esclavas del _gineceo_ se afligieron también; pero se resignaron -pronto con la ausencia de su señor, quien, por lo general, les hacía -poquísimo caso. Sólo una, á quien apellidaban Peridot, como si dijéramos -hija de una peri, amaba al rey con entrañable cariño, y no podía -conformarse con su ausencia. El rey también la amaba, como parece que -sólo podía amar á una criatura terrena aquel corazón herido y aquella -alma que ardía en sed de lo sobrehumano. - -La noche víspera de la partida del rey, cuando ya las tinieblas habían -encapotado el cielo y todo el alcázar estaba en calma y reposo, Peridot -se envolvió en un manto obscuro, y tomando en la mano una lámpara, cuya -luz estaba alimentada con oloroso aceite, se dirigió á la estancia de su -dueño, que sin duda la aguardaba. - -Hallábase distraído el Rey Tihur en sus meditaciones, y como Peridot -andaba con pasos ligeros, que apenas se oían á pesar del silencio -nocturno, el rey no la sintió llegar. Dió Peridot un leve golpe en la -puerta cerrada de la estancia, y el rey, como quien despierta de un -sueño, dijo maquinalmente: - ---¿Quién es?--aunque bien sabía que era ella. - ---Soy yo; tu sierva Peridot--respondió una voz argentina. - -Abrió Tihur la puerta, y volvió á cerrarla no bien entró la esclava. -Ésta colocó en seguida la lámpara sobre un pie ó candelabro que había en -un ángulo; dejó caer el manto que la cubría y se echó en los brazos del -rey. - -Peridot era una preciosa criatura, y bien se podía dudar de que entre -los seres sobrenaturales con quienes Tihur buscaba trato, entre los -_izeds_, _anses_, _amschaspands_, _apsaras_, _peris_ y _genios_, hubiera -nada más lindo y gracioso, ni más vivo, y al parecer más inteligente. -Cualquier otro hombre que no fuese el Rey Tihur juzgaría que no era -deseable más íntima comunicación con las cosas divinas que la que podía -tener por medio de aquella muchacha; que en sus labios podía beber la -bebida de los dioses, y que la luz de sus ojos podía iluminarle con la -luz y el fuego del cielo. - -Una estola de finísimo y blanco lino velaba apenas las delicadas formas -de Peridot. Sus cabellos eran rubios como el oro. Una cinta azul los -sujetaba en parte sobre la frente pequeña y recta, desprendiéndose -airosamente algunos leves rizos sobre las sienes y el cuello. La gran -masa de la abundante mata de pelo estaba levantada por todos lados y -recogida en la cima de la cabeza, donde, entrelazada con hojas de -hiedra, formaba un corymbo elegante. Las mangas, anchas y cortas, -dejaban ver los bien torneados brazos, ornados de brazaletes de oro. -Calzaba Peridot finas sandalias, que descubrían los menudos pies. En el -ambiente que la circundaba y en el aire que agitaba y rompía al pasar, -no se sentía perfume artificial ni esencia de flores, sino un aroma -tenue y deleitoso de juventud, de salud y de limpieza; una frescura -beatífica; algo de magnético, luminoso y risueño. - -Tendría Peridot de 18 á 20 primaveras, y todo su cuerpo era de una -corrección admirable de dibujo. Si de la cara no se podía decir lo -mismo, sus facciones ganaban en gracia, animación y hechizo, lo que en -regularidad perdían. La nariz, algo recortada y levantada por abajo, -prestaba á toda su fisonomía cierto carácter de infantil petulancia; sus -grandes ojos azules estaban llenos de pasión y desenfado; sus labios, un -poco gruesos, tenían el lustre sano y el color rojo de las cerezas en -sazón, cuando aún están en el árbol, húmedas con el rocío de la aurora; -y su boca, en verdad, no muy chica, entreabierta casi siempre por una -sonrisa franca, dejaba ver dos hileras de dientes blanquísimos, iguales -y apretados, bien puestos sobre las frescas y coloradas encías, adonde -no se acertaba á comprender que hubiesen tocado jamás alimentos -terrenales, sino el néctar y los elíxires de que viven las peris y las -apsaras. - -En el primer abrazo y en la efusión de cariño que hubo de sucederle, tal -vez olvidó el Rey Tihur su aspiración á lo sobrehumano y su ansia de -penetrar los grandes misterios; tal vez desechó su enfermedad sublime, -su hastío del mundo visible y su amor del invisible. La verdad es que -nada de esto habló, ni nada se habló de ninguna otra cosa. En ciertos -momentos no hay palabra de ningún idioma conocido, por suave y regalada -que sea, que baste á expresar lo que se siente, que no lo profane al -querer expresarlo. Por esto el Rey Tihur y Peridot se callaban. Tal vez -pensó entonces el Rey Tihur que aquello sólo podía expresarse en -vocablos monosílabos; con algo como rudimentos é interjecciones, que han -de pertenecer, sin duda, al lenguaje de los espíritus, y han de ser como -el _a b c_ del habla celestial. - -Una hora después, reclinada Peridot sobre mullidos almohadones, y -teniendo junto á sí al Rey Tihur, le hablaba de esta suerte: - ---¡Ingrato! ¡Cruel! ¿No eres aquí dichoso? Por qué te vas y me -abandonas? - ---Así lo quiere mi destino,--respondió el Rey Tihur. - ---¿Y por qué, ya que es inevitable tu partida no me llevas contigo? -¿Crees tú que no tendré valor para arrostrar á tu lado todos los -peligros, para exponerme á todos los azares y para sufrir y resistir -todas las fatigas? Semíramis, la reina de Asiria, he oído contar que -inventó un traje elegantísimo, un traje guerrero y viril que le sentaba -lindamente, y en este traje acompañaba siempre á su marido en todas sus -campañas, peregrinaciones y conquistas. ¿Por qué no me dejas imitar en -esto á Semíramis? Me siento muy capaz de imitarla. - ---No puede ser, mi querida Peridot, replicó el rey. Tú ignoras lo -expuesto, lo difícil, lo terrible que es el viaje que voy á emprender. -El cansancio te rendiría; el sol y el viento ajarían y marchitarían tu -hermosura. Consérvame tu hermosura y consérvame tu amor para cuando yo -vuelva. Mi vuelta será pronto, y no puedes darme mayor prueba de afecto -que esperarme tranquila. - ---¿Y cómo he de estar tranquila, si me consumirá el deseo de tu amor y -los celos me abrasarán el alma? - ---¿Y de quién has de tener celos, oh amabilísima entre las mortales? -Todos aquellos senos de mi corazón, donde cabe aún el amor de los seres -visibles, están henchidos de tu nombre, están sellados con tu imagen, y -están encendidos en el fuego de tu mirada. No te niego, ni nunca te -negaré, que en lo más noble de mi ser, en lo más elevado de mi alma, hay -otro amor superior al que me inspiras; pero este amor, lo mismo aquí que -muy lejos de aquí, te será siempre contrario. Por este amor no te -pertenezco. Por este amor no soy tuyo. Pero, ¿acaso puedes tú tener -celos del objeto vago é inexplicable de este amor? - ---Y ¿por qué no he de tenerlos? Contigo soy muy humilde, como tu esclava -debe ser, pero soy soberbia con los otros. No hay peri, no hay ninfa, no -hay genio, no hay espíritu que juzgue yo más noble y más bello que el -espíritu que anima mi ser, cuando en tu amor se diviniza y hermosea. Si -quieres entenderte con el espíritu sólo, si quieres ahondar en los -misterios que nos circundan y donde no penetran nuestros groseros -sentidos, toma un puñal y mátame. Libre mi espíritu de esta ciega -prisión, no será sordo á tus evocaciones ni rebelde á tu mandato. Mi -voluntad amorosa tendrá fuerza bastante para quebrantar las leyes de -naturaleza; para traspasar los límites del reino de las sombras; para -llegar hasta tí; para acariciarte y besarte en el mismo centro del alma; -para decirte lo inefable; para narrarte lo inenarrable y para traer á tu -conocimiento las ocultas verdades, rompiendo el sello que las encubre. -Mátame, y ya verás cómo el lazo con que el amor me liga á tí no se -rompe, y cómo se abre para tí el reino de las sombras, en el que tendrás -una esclava. - -Ciertamente que á tan enamoradas frases era difícil contestar. No había -otra contestación que cortarlas con un beso; que cerrar con los labios -los labios de que salían. - -Así lo hizo el Rey Tihur, exclamando después de una breve pausa: - ---La culpa es mía; indudablemente la culpa es mía. Fue un egoísmo feroz -el que me incitó á hacerme amar de tí, que eres una niña. Yo soy un -viejo de corazón gastado, y apenas si puedo darte nada á trueque de los -inagotables tesoros de amor que tu alma guardaba y que tomé para mí. Los -robé miserablemente, pues nada puedo darte en cambio. No, Peridot, yo no -te amo como tú me amas, ni lograré amarte nunca. Esta sola consideración -me induciría á partir, aun cuando no hubiese otra. Tal vez la ausencia -te curará del amor inmerecido que he llegado á inspirarte. Olvídame; haz -cuenta de que no existo y consagra á otro hombre ese amor que yo sé -estimar, pero no pagar. Las puertas del _gineceo_ están abiertas para -tí. Eres libre; válete de tu libertad. - -Al oir esto Peridot, rompió en desconsolado llanto y en ternísimos -sollozos; tibias y claras lágrimas se deslizaron por sus mejillas de -rosa; y su cabeza, como flor que agosta el sol de estío, se inclinó -lánguida sobre el pecho del Rey Tihur. - ---Yo soy tu esclava--prorrumpió;--yo quiero ser y seré siempre tu -esclava. La cadena con que me has atado es más dura que el diamante, más -poderosa que la muerte. Ames ó no á Peridot, Peridot te amará con -inmortal cariño. - -Al decir esto, desató la cinta que sostenía los cabellos sobre su -frente, y suspendió en ella dos pequeños discos de oro que antes estaban -ligados á sus brazaletes por unas argollitas. Los discos podían unirse -por medio de resortes. Arrancando luego de su peinado varias hojas de -hiedra, las puso y encerró entre los discos, y ató la cinta de que -pendían al cuello del Rey Tihur. - ---La hiedra--dijo--es símbolo de mi amor, de la fuerza que á tí me liga. -Sea esta joya un talismán que te traiga venturas, que te preserve de -males y que te recuerde mi afecto. - -El rey prometió á Peridot llevar siempre sobre el pecho aquel talismán; -y, si bien era poco aficionado á jurar, juró amarla con fidelidad, juró -no amar á otra mujer más que á ella. - -En estas y otras finezas y pláticas dulces se pasó toda la noche y -sobrevino el alba. - -Aun no hemos dicho en qué estación del año nos hallábamos. Bueno será -decirlo ahora. - -Era la primavera alegre; los pájaros gorjeaban y celebraban en sus no -aprendidos cantos la luz del nuevo día, el cual anunciaba ser despejado -y sereno; un airecillo fresco y suave movía las blandas y recién nacidas -hojas de los árboles; un sutil aroma de flores y de búcaro ó de tierra -mojada por el rocío, subía hasta la estancia del rey. - -El momento de despedirse de Peridot era llegado. La despedida fué -tierna y dolorosa. Peridot lloró de nuevo, y faltó poco, muy poco, para -que no se desprendiesen dos lágrimas de los ojos del Rey Tihur. - -Envuelta Peridot otra vez en su manto negro, volvió á estrechar al rey -en un apretado y prolongado abrazo. Haciendo luego un esfuerzo, más bien -como quien huye, que como quien se retira, se fué por la misma puerta -por donde había entrado. - -Solo ya el Rey Tihur, dió fuertemente con el pie en el suelo, y se hirió -la frente con la palma de la mano, como quien anhela cobrar ánimo y -desechar vacilaciones y pensamientos que le embargan. - - -V. - -Me parece conveniente, á fin de no fatigar á los lectores, contar en -brevísimo sumario, y sin entrar en pormenores inútiles, que el Rey Tihur -salió aquella misma mañana de Vesila-Tefeh con toda su comitiva. Cinco -días caminó por medio de fértiles campos y atravesando populosas aldeas, -donde sus vasallos le mostraban amor y sentimiento porque los dejaba. Al -día sexto, ya el camino y los campos circunstantes empezaban á ser -solitarios y estériles. Hubo, sin embargo, una pequeña población donde -reposar aquella noche. - -En todo este tiempo nada ocurrió que importe ó interese á nuestra -historia. - -Al séptimo día, volvieron el rey y su séquito á emprender el viaje muy -de mañana. Y ya declinaba el sol hacia el ocaso, tiñendo de topacio y de -púrpura el horizonte y rielando en las ondas del mar Caspio, no lejos de -cuya orilla caminaban, cuando acertaron á divisar el río Djan-Deria, que -como un ancho listón de plata, cortaba la extensa llanura. - -Por más que picaron á las caballerías y á las reses, no llegaron á la -orilla del río hasta bien entrada la noche. Acamparon, pues, en la -orilla, y esperaron el alba para pasar el río. - -Á fin de que los más pudiesen dormir seguros, vigilaban alternativamente -de cuatro en cuatro los guerreros del Rey Tihur, evitando toda sorpresa -de fieras ó de bandidos. - -Al amanecer, al toque de una trompeta, los guerreros se pusieron de pie -y empuñaron las armas; y los siervos y los pastores acudieron á -prepararlo todo para el paso del río. - -Pronto, con bien afiladas segures, cortaron multitud de álamos, chopos, -mimbrones y sauces, de los cuales, entrelazados con cuerdas, que traían -preparadas al efecto, formaron seis grandes balsas y las pusieron á -flote. En una colocaron el carro del Rey Tihur y sobre el carro subió el -rey. Amrafel y doce de sus más bravos guerreros iban acompañándole en -la misma balsa. En las cinco restantes, se pusieron todas las vituallas -y riquezas que habían traído á lomo las mulas. Para mover las balsas y -hacerlas llegar á la otra orilla, aunque cediendo algo á la corriente, -iban en cada una ocho ó diez vigorosos esclavos que rompían el agua con -largos remos. Además, las mulas más fuertes, atadas á las balsas, -tiraban de ellas nadando. - -El caballo del Rey Tihur pasó también á nado, llevado del diestro por el -escudero Samec. De la misma suerte se aventuraron á pasar otros seis -guerreros, con las armas y las ropas de que se habían desnudado, puestas -sobre sendas odres atadas á las colas de los caballos. Otros tantos -esclavos, hábiles nadadores, iban asidos á las odres é impedían que se -volcasen. - -El río era por allí muy ancho, y la corriente rápida. Más de una hora -tardaron en pasarle, llevados hacia el mar por el ímpetu del agua á más -de media legua de distancia del punto de que habían salido. El mar -distaba aún otra media legua del punto de desembarque. - -Mientras pasaban, dijo Amrafel al Rey Tihur: - ---Bueno es, señor, que te apercibas. Presiento que nos aguarda un gran -peligro al llegar á la otra orilla de este río. Tú no ignoras cuán -perspicaz y penetrante es mi vista. Pues bien; entre aquellas enormes -jaras, malezas y zarzales que el violento curso del río nos hace dejar á -la izquierda, me ha parecido advertir un movimiento como de muchos -hombres emboscados. Tal vez sean ladrones ó piratas iberos y albaneses, -que desde las opuestas riberas del mar Caspio, á la falda del Cáucaso -gigantesco, aportan á veces hasta nuestras playas en sus ligeras -embarcaciones. - -No pareció verosímil al Rey Tihur esta suposición, ni fundado el recelo -de Amrafel. Sin embargo, se preparó para cualquier evento, y fué el -primero que saltó en tierra armado. Siguiéronle Amrafel y los doce -guerreros que en la misma balsa venían. - -Pronto estuvieron también desembarcadas las vituallas y las riquezas de -las otras balsas, como también el caballo del Rey y los seis guerreros -que habían venido nadando. - -El resto de las fuerzas del Rey Tihur, las reses, los pastores y las -acémilas, habían quedado en la opuesta orilla; pero lo más codiciable y -precioso estaba con el Rey Tihur. - -Las malezas donde Amrafel había creído advertir el movimiento -sospechoso, habían quedado muy distantes. Nada se notaba que confirmase -la sospecha. - -El Rey Tihur mandó á parte de su gente que volviese con las balsas á la -opuesta orilla para traer á los que allí quedaban. - - -VI. - -En la orilla del Djan-Deria, á donde había pasado el Rey Tihur, la -vegetación era más pobre que en la orilla opuesta. Las rojas y estériles -arenas del Kizil-Cun, que el viento atraía por aquella parte hasta el -mismo borde del río, quitaban toda lozanía y todo vigor productivo al -terreno. Aquellas arenas se han ido extendiendo hacia el Norte con el -andar del tiempo, y han hecho cambiar de cauce al Djan-Deria no pocas -veces. - -En la época de nuestra historia ya he dicho que el Djan-Deria estaba en -su desembocadura á unas cincuenta leguas del Sir y de Vesila-Tefeh. El -desierto de Kizil-Cun allí mismo empezaba. - -Con todo, hasta donde las aguas y el limo fecundante del Djan-Deria -solían llegar en las mayores avenidas había hierbas y plantas, verdes y -floridas entonces por ser el mejor momento de la primavera. - -En torno del sitio donde el Rey Tihur había desembarcado crecían juncos -y espadañas, olorosa retama ó gayomba, cubierta entonces de sus flores -amarillas, y algunos espinos, tarajes y enebros raquíticos. - -Á cierta distancia, hacia la izquierda, el suelo parecía ser menos -infecundo, y se alzaba el bosquecillo ó matorral donde Amrafel habría -creído percibir el movimiento de gente emboscada. - -No bien se alargaba la vista á cien pasos del río, la vegetación -desaparecía casi por completo, y apenas se veía sino un llano -extensísimo, un mar de arena roja, cuya monotonía sólo alteraban las -dunas ó montecillos que solía formar la misma arena movediza. - -Á pesar de la tristeza de este paisaje, el aire sereno y puro, el cielo -azul y diáfano, el sol que vertía sus rayos espléndidos, alegrando la -tierra y dorando el ambiente, y algunas aves, como mirlos y alondras, -que cantaban entre las matas, daban cierto encanto agreste á aquel lugar -solitario, si bien no pocos grajos y cornejas, que se levantaban á -bandadas y volaban hacia el desierto parecían anunciar con sus -siniestros graznidos las fatigas y los trabajos que aguardaban allí á -nuestros caminantes. - -Los dos perros que el Rey Tihur había traído empezaron á ladrar como -sobresaltados y á correr husmeando entre los juncos y retamas. - -El Rey, en vez de subir en el carro, había montado á caballo, pues á -caballo se proponía hacer todas las jornadas del arenoso desierto. -Llevaba el Rey en la cabeza un yelmo en forma de tiara recta ó -cilíndrica, todo él de bronce bruñido y refulgente. Dos alas, caída á -los lados, le cubrían y defendían las sienes y orejas. Vestía una -túnica que llegaba á mitad del muslo, toda de piel de cabra ó de -estezado, en el cual estaban sobrepuestas infinitas escamas, de bronce -también, que formaban una vistosa y fuerte armadura. Los borceguíes y el -talabarte eran de cuero rojo. Del talabarte pendían un rico puñal con -puño de marfil, que representaba una serpiente, y una espada ancha, -grande, pesada y terrible, cuyo puño era de oro, obra de labor pasmosa, -donde un sabio artífice ninivita se había esmerado y lucido al figurar -un león que estrechaba entre sus garras una gacela. La aljaba, llena de -acicaladas flechas, de largos y flexibles juncos, y el arco poderoso, -que pocos hombres de entonces y muchos menos de ahora tendrían fuerza -para manejar, iban pendientes á la espalda. Las grevas eran asimismo de -estezado, revestidas de escamas como la túnica, y ajustadas al tobillo, -por cima de los borceguíes, con broches de oro primorosos. Cubrían, por -último, los muslos del rey, y llegaban hasta por bajo de las rodillas, -unos calzones anchos de lana, que usaron los pueblos del Norte del Asia, -según Heródoto, y que los griegos y romanos designaron con el nombre de -_sarabaras_. - -Amrafel, á caballo al lado del rey, no vestía ya su traje áulico, sino -un traje militar, casi idéntico al del rey, aunque menos rico. Del mismo -modo iban los guerreros de la escolta. Sin embargo, en vez del yelmo, -en forma de tiara recta, que ornaba la cabeza del rey, tenían capacetes -cónicos, sin cresta ni penacho. Todos, por último, llevaban rodelas, y -para guarecerse del frío, capas, mantos, ó como quieran llamarse, que -cuando no se abrigaban con ellos, iban suspendidos á las ancas de los -caballos. - -Todos los objetos que habían venido á lomo de las mulas y pasado el río -en las balsas, estaban amontonados en la orilla. El rey, Amrafel y los -dieciocho guerreros, que ya también habían pasado, formaban un lucido, -aunque pequeño escuadrón, y aguardaban á pie firme á que el resto de la -caravana pasase. - -Las balsas en tanto se alejaron de la orilla del Sur y se encaminaron -lentamente á la otra en busca de los que allí quedaban. - -Amrafel casi había ya perdido el recelo de un mal encuentro, cuando los -perros ladraron otra vez con más ahinco y furor que en un principio. -Oyóse entonces un silbido agudo, y cual si fuera convenida señal, vieron -el rey y su gente una nube de flechas y de piedras que caían sobre -ellos. - ---Son bandidos de Iberia y de Albania, como yo temía;--dijo Amrafel al -rey. - -En efecto, de entre los juncos y retamas por donde habían venido -recatándose acababan de salir como unos cincuenta hombres, que con -arcos y hondas, á una distancia de mucho más de cien varas, hicieron -aquel disparo. Los bandidos vestían trajes de pieles y cubrían las -cabezas con sombreros de fieltro, semejantes á los que usaron en Roma -los gladiadores tracios. Una pluma de águila adornaba la punta de cada -sombrero. El aspecto de los bandidos era feroz y bárbaro. - ---¡Á ellos!--exclamó el Rey Tihur, y lanzó su caballo á galope. Amrafel, -Samec y los demás le seguían. - -Las primeras flechas y piedras no habían herido á ninguno de los -vesilianos, los cuales, cubiertos con las rodelas y defendidos por sus -armaduras, avanzaban hacia el enemigo. El disparar de las flechas y de -las piedras no cesaba un instante; pero Tihur y los suyos no tiraban -flechas, sino que con las espadas desnudas iban á dar caza á los -bandidos. - -Como éstos vieron á los caballos á menos de treinta pasos dispararon con -más tino que nunca, y al punto se pusieron en fuga. Á Amrafel le deshizo -una enorme piedra parte de la armadura de un hombro. Al rey le tocaron -dos flechas, y una se rompió en la rodela, y otra se embotó en las -_sarabaras_. Tres caballos, atravesados por otras tantas flechas, -cayeron muertos á poco, haciendo rodar en el polvo á sus jinetes. - -En aquel momento, la gente de Vesila-Tefeh se hallaba ya en el mismo -lugar donde los bandidos se habían mostrado. Los bandidos, huyendo, -habíanse puesto á bastante distancia. - -Al caer muertos los tres caballos, pararon un instante los demás del -escuadrón. Entonces resonó, á un paso de donde estaban, un alarido -salvaje, y de un lado y otro, de entre el taraje y la maleza, salieron -de improviso otros treinta ó cuarenta bandidos que allí estaban en -acecho. Unos traían largos escudos cuadrangulares y convexos; otros, el -brazo izquierdo envuelto en un paño que les servía de escudo; todos -empuñaban cuchillos corvos, con el filo hacia dentro y con aguzada -punta, semejantes en la forma á los colmillos de jabalí. Era el arma que -usaron posteriormente los tracios y otros pueblos bárbaros del Norte. -Los romanos la llamaron _sica_, de donde proviene el nombre de -_sicario_. Agachándose con esta arma, el que sabía manejarla asestaba á -su contrario el golpe de abajo arriba, á fin de abrirle el vientre. - -El Rey Tihur, con más rapidez que lo que podemos tardar en decirlo, -comprendió el gravísimo peligro en que se hallaba. Él y los suyos -estaban cercados de enemigos. Los que habían ido huyendo, para traerlos -hasta aquel sitio, iban también á caer sobre ellos. Aguardar á caballo á -los bandidos, que se deslizarían y meterían hasta entre las piernas de -los caballos y los matarían con sus terribles cuchillos, era exponerse á -morir sin gloria y sin completa venganza. Abrirse camino por entre los -bandidos y salir á escape de aquel trance, no era difícil, pero era -deslucidísimo. Para el Rey Tihur era insufrible la idea sola de huir -ante aquellos miserables. Parecíale ver á todos sus gloriosos -antepasados, á todos los espíritus de los héroes de su estirpe, -empezando por el ilustre Cayumor, que se levantaban airados á fin de -atajarle en la fuga. Creía oir las voces de todos ellos que le gritaban: - ---Es preferible la muerte. - -Todo este razonamiento fué instantáneo; pasó veloz como un relámpago por -la mente del Rey Tihur. Pasó tan veloz, que los bandidos que no tenían -más que dar un salto para estar encima, no le habían dado aún, cuando el -Rey Tihur exclamó con voz serena é imperativa: - ---¡Todos á pié, agrupados en torno mío! - -No había terminado de pronunciar estas palabras, cuando ya estaba pié á -tierra. Golpeó entonces de plano con la espada en la grupa de su -caballo, y el caballo dió dos ó tres botes y saltó por medio de los -sicarios, derribando á dos que se le opusieron y no lograron herirle. -Amrafel y los demás de la banda del Rey hicieron lo mismo con prontitud -maravillosa. Sueltos los caballos todos, se lanzaron á galope hacia el -punto, en la orilla del río, donde las vituallas y riquezas, el carro, -las zebras y algunas mulas estaban bajo la custodia de ocho esclavos, -excelentes flecheros. - -Algunos, aunque pocos bandidos, se dirigieron en pos de los caballos; -pero los ocho esclavos acababan de levantar con los sacos ó cargas una -especie de parapeto, y desde allí, resguardados, disparaban sus flechas. -Cuatro bandidos cayeron mal heridos por ellas; otros seis ó siete se -volvieron á donde estaban sus camaradas, que ya combatían contra el Rey -Tihur. - -Éste había colocado rápidamente á sus compañeros en una sola línea, -quedándose él en medio. Á su derecha Amrafel, Samec á su izquierda. La -línea se doblaba ó formaba un ángulo, en cuyo vértice estaba el Rey. Los -lados del ángulo ya se abrían, ya se cerraban hasta juntarse, según lo -requerían los accidentes de la batalla. Así presentaban siempre la cara -al enemigo, el cual no podía herirlos ni por la espalda ni por los -costados. - -De los tres guerreros que habían caído al caer sus caballos muertos, dos -habían logrado salvarse, y habían venido á ser parte en aquella -formación. El otro, cogida una pierna bajo el cuerpo del caballo, no -tuvo tiempo para levantarse, y estando caído, uno de los bandidos le -segó la garganta. - -Lo más recio de la pelea era en el vértice del ángulo, donde estaba el -Rey. Por ambos lados se precipitaban sobre él los sicarios. Cuando -paraba Tihur un golpe por un lado, por el opuesto le descargaban otro -golpe. Éstos le tiraban á la cara; aquellos, en tanto, se bajaban y -pugnaban por herirle en el vientre. Tihur se defendía y ofendía con -esfuerzo incansable y ligereza sobrehumana. Á tres había ya derribado de -otras tantas cuchilladas. El macizo y artístico puño de oro de su espada -tremenda se había hundido ya en el cráneo de otros dos, que agachados -habían venido á herirle. El puño de su espada y su homicida diestra -ponían grima con la sangre y las vísceras trituradas. - -El ataque primero de los bandidos duró dos ó tres minutos. Este tiempo -bastó para que, según hemos dicho, el Rey pusiese á cinco fuera de -combate. Amrafel, Samec y los demás guerreros habían muerto ó herido á -otros seis. Sólo dos de los guerreros vesilianos habían perecido; el que -cayó con la pierna bajo el caballo, y otro en la formación, junto á -Samec. Uno de los bandidos, poniéndose de rodillas delante de él, y -antes de que acudiera á defenderse, le rasgó el vientre con el cuchillo, -destrozándole y sacándole las entrañas. - -Sin embargo, las dos hileras de los vesilianos parecían un muro de -bronce, que se movía sin romperse y daba la muerte á cuantos á él se -acercaban. - -Los bandidos rechazados, retrocedieron, exhalando gritos roncos como el -rugir de las fieras, y pronunciando palabras bárbaras é incomprensibles -para los de Vesila-Tefeh. El ángulo que éstos formaban, se abrió -entonces hasta reducirse á una sola línea, la cual se adelantó sin -deshacerse hacia los fugitivos. - -Los bandidos, que se habían retirado después de tirar las flechas para -atraer á la emboscada á los guerreros del Rey Tihur, habían vuelto -durante la corta lucha que hemos descrito, y estaban ya á pocos pasos. - -Los vió Tihur con mirada de águila, y en el momento en que dispararon, -ordenó á su gente que cejase, formando el ángulo de nuevo. La descarga -apenas halló blanco en que dar. Sólo sobre las rodelas de Tihur, de -Amrafel y de Samec, vino á chocar con estruendo una granizada de flechas -y de piedras. - -Al ver los de los cuchillos ó _sicas_ que sus compañeros, con los arcos -y hondas, les daban tan oportuno auxilio, arremetieron otra vez á los -vesilianos con brío descomunal y con furioso ímpetu. Otros dos guerreros -de Tihur cayeron muertos en este segundo ataque; pero también murieron -los matadores. Las sombras de los guerreros vesilianos no quedaron -inultas. - -En silencio admirable, sin una voz, sin una queja, sin una imprecación, -seguían todos combatiendo. Los sicarios acudían más que sobre ningún -otro sobre el Rey Tihur; pero Samec y Amrafel combatían á su lado, y le -ayudaban á rechazar al enemigo. Tihur, con todo, se vió en un momento -acometido por tal turba, que apenas tenía vagar sino para herir con la -espada y parar las puñaladas con la rodela de triple cuero de buey y -doble plancha de bronce. Estando en esta lucha con los del cuchillo, los -arqueros y honderos no cesaban de disparar. Distraído el Rey Tihur, no -pudo precaverse ni presentar el escudo contra una piedra enorme, que -disparada de muy cerca con mano robusta y certera, partió zumbando de la -honda, y vino á dar de lleno en la refulgente tiara, abollando el limpio -bronce de que estaba hecha, y desligándola de las carrilleras que la -sostenían. La tiara rodó por el suelo, y la cabeza del Rey quedó -desnuda, brillando al sol, más que el bronce de las armas, su lustrosa y -luenga cabellera rubia. - -No quedó gota de sangre en las venas y arterias del Rey Tihur que no -sirviese entonces de ira. En aquella ofensa hecha á su persona sagrada, -vió el Rey una ofensa hecha á toda la raza divina de que descendía. Los -manes todos de los reyes gloriosos de Ariana Vaega ó tenían que ayudarle -en tan espantosa cuita ó le renegaban por descendiente. El Rey Tihur -creyó sentir entonces que penetraban en su ser, y llegaban filtrándose -hasta su corazón los espíritus de los héroes de su raza, infundiéndole -un ánimo sobrenatural y un coraje indómito. - ---No ha de quedar bandido vivo;--exclamó.--Es menester que todos mueran. -Yo sólo basto á matarlos. Sus viles cuchillos no llegarán á tocarme. No -es posible ¡oh Cayumor! que tú consientas en que muera tu nieto á manos -de ladrones. - -Diciendo estas palabras, se pensaría que el Rey Tihur habíase -transfigurado; que un fuego aterrador brotaba de sus ojos; que un nimbo -deslumbrante, que una llama eléctrica ardía en torno de sus sienes, -alzándose larga y horrible sobre la desnuda cabeza. Todos los guerreros -del Rey Tihur imaginaron ver ó vieron en realidad, aquella portentosa -llama, efecto acaso de los espíritus; obra tal vez de un magnetismo -extraordinario, ingénito y propio de aquella naturaleza privilegiada, -exaltada entonces por una pasión inmensa y vehemente. El ardor de -aquella llama encendió los corazones de los guerreros del Rey Tihur. La -fuerza y el aliento de cada uno de ellos redoblaron desde aquel -instante. - -Y sin duda, un prodigio era necesario para poder salvarse de los -bandidos. Á pesar de los muertos, la malvada tropa se había aumentado -con muchos de los arqueros y honderos, los cuales, juntos ya con los -otros, habían también puesto mano al cuchillo y cargaban -desesperadamente sobre Tihur y los suyos, brincando como panteras ó -arrastrándose como serpientes. - -El rey, Amrafel, Samec, cada uno de los guerreros vesilianos dió muerte -por lo menos á un bandido en aquella feroz pelea; pero también mordieron -el polvo cinco vesilianos más. - -Por tercera ó cuarta vez retrocedían llenos de terror los bandidos, -cuando los arqueros y honderos todos, sin que faltase uno, vinieron á -reforzarlos. También el Rey Tihur tuvo un pequeño refuerzo. Los ocho -esclavos, abandonando los sacos, las mulas, el carro y los demás -objetos, llegaron en su socorro. La última lucha, más recia, más cruda, -más desesperada que las anteriores, se emprendió ya sin que nadie -combatiese desde lejos, sino cerrando unos contra otros con sed de morir -ó matar. - -Los bandidos caían muertos ó heridos, pero su número era seis veces -mayor que el de los vesilianos, y éstos empezaron á perder terreno, -aunque sin abandonar la formación ni emprender la fuga. - -Es cierto que el que hubiera emprendido la fuga hubiera muerto al punto. -Con el peso de las armas nunca hubiera podido sustraerse á sus ligeros -perseguidores. Aun así, aun conservando la serenidad, el orden y la -formación prescripta, pronto murieron dos guerreros más de los -vesilianos y dos de los esclavos que habían acudido á socorrerlos. -Quedaban sólo el Rey Tihur, Amrafel, Samec, siete guerreros de la -guardia y seis esclavos. Trece de los del Rey Tihur habían ya perecido. - -Los que habían quedado en la orilla opuesta venían navegando en las -balsas, veían la lucha desigual y ansiaban llegar en auxilio del rey; -pero la corriente los alejaba del combate y dilataba el tiempo de tocar -el borde Sur del Djan-Deria, donde el combate ocurría. - -Á milagro pudiera atribuirse que el Rey Tihur, más atacado que ninguno -otro, se conservase aún incólume, sin herida ni lesión alguna. Tal vez -su mirada tenía fuerza de matar como la mirada del basilisco; tal vez el -resplandor de sus ojos turbaba, aterraba, cegaba á sus contrarios; tal -vez su majestad tranquila y como celeste, en medio de aquel sangriento -tumulto, les hacía perder el tino. - -Con todo, el capitán de los bandidos, ó el que parecía serlo como el más -audaz y más diestro de todos, se arrojó tan súbito sobre el Rey Tihur, -que éste no tuvo tiempo de herirle con la espada, ni de contenerle con -la rodela. El bandido, soltando el escudo, echó el brazo izquierdo al -cuello del Rey Tihur, le hizo vacilar sobre sus piernas robustas y -estuvo á punto de derribarle. Al propio tiempo, y con no vista presteza, -le tiró á la garganta una puñalada con toda la pujanza y el encono de -que era capaz. Por dicha, el Rey Tihur, aunque cedió un instante á la -fuerza de aquel bárbaro, é inclinó la cabeza de suerte que la garganta -estuvo á punto de que en ella se clavase el cuchillo, todavía se repuso -y echó el cuerpo atrás en ocasión que el cuchillo del caucasiano vino á -herirle. El cuchillo, en vez de dar en la garganta descubierta, dió con -tal violencia en el pecho del rey, que, rompiendo y destrozando varias -de las escamas de bronce, resbaló y llegó á clavarse en un costado. La -noble sangre de los héroes del primitivo imperio de Ariana-Vaega y de -los reyes de Escitia brotó impetuosa por la herida; pero, casi -simultáneamente, el Rey Tihur dió con el pomo áureo de su espada tan -rudo golpe en el hombro izquierdo de su contrario, que le volcó de -espaldas sobre la dura tierra. Un ruido temeroso hizo aquel bárbaro al -caer, como el ruido que hace un roble fortísimo cuando el huracán le -arranca de cuajo y le derrumba. Antes de que el bárbaro pudiera -levantarse vino sobre él Tihur, con la celeridad del rayo, y con el -tacón de bronce de su coturno le acertó tan certera y violentamente en -una sién, que la machacó y aplastó como quien aplasta una víbora. - -Muerto ya el capitán de los bandidos, todos iban á desbandarse y á -emprender la fuga; pero una nube sombría cubrió los ojos del Rey Tihur, -y hubiera caído desmayado al suelo, con la pérdida de la sangre, si -Amrafel no hubiese acudido á sostenerle en sus brazos. - -Los bandidos, al ver que el rey caía, recobraron el aliento y se -revolvieron contra él y contra Amrafel. Los vesilianos cercaron al rey -para defenderle hasta morir. - -Toda esperanza parecía ya locura ó sueño. Amrafel, Samec y los otros -vesilianos tenían la perdición por segura é inminente. No les quedaba -otro recurso ni otro consuelo que vender caras sus vidas y morir -matando. - -El Rey Tihur no había perdido el sentido, aunque sí la voz y las -fuerzas. No hablaba ni combatía, pero pensaba. - -Un pensamiento, tan generoso como amargo, se fijó entonces en su mente -causándole más dolor que la herida. Todos aquellos hombres, sus amigos, -sus leales servidores, iban á morir ó habían muerto ya por su culpa, por -un capricho suyo. - -Quizás hallen anacrónico mis lectores este pensamiento, ó mejor dicho, -este sentimiento filantrópico del Rey Tihur; pero créanme, no hay ni ha -habido jamás anacronismo en esto de sentimientos. Y así como hoy, en -pleno siglo XIX, hay reyes que ven impasibles que mueran millares y -millares de hombres por su culpa, bien pudo haber entonces un rey tan -humano que se afligiese de que unos pocos muriesen por él. Ello es, que -Tihur no lamentó su herida ni su posible muerte, sino las heridas y la -muerte de los otros, y no consideró que en su época era indispensable -exponerse á casos tan crueles, ó permanecer siempre sin salir del -alcázar. - -Entre tanto, la misma energía de aquel sentimiento de piedad hacia sus -compañeros fué como un bálsamo en la herida, é hizo que el Rey Tihur se -recobrase un poco. Desprendióse de los brazos de Amrafel y le dijo: - ---Defiéndete y déjame. - -Á pesar de la sangre que perdía, Tihur no soltó ni el escudo ni la -espada, y quedó en pie, después de apartarse de los brazos de su -favorito, pero quedó retraído é inerte. - -Delante de él combatían Amrafel, Samec y los demás guerreros. Los -bandidos, sin embargo, los obligaban á cejar y á irse retirando, aunque -sin poder romper fila. El rey cejaba, harto á disgusto, y á pesar de lo -débil que se sentía, entraba ya en deseo de volver á ponerse delante y -de pelear como los otros, ó más que los otros. - -Solicitado por este deseo y por la contraria convicción de la debilidad -que le aquejaba, alzó las manos al cielo y evocó con fe profunda los -espíritus de sus mayores. - -De repente, y como si fuera en respuesta de su evocación, silbó una -flecha que vino á clavarse en el pecho de uno de los bandidos y le hizo -caer en seguida al suelo, revolcándose en su sangre; un instante después -silbó otra flecha y mató á otro bandido. La tercera y la cuarta flecha -no tardaron en llegar, causando idéntico destrozo. Quizás una sombra -inteligente, un espíritu invisible las disparaba. - -Así los bandidos como los guerreros vesilianos atribuyeron á prodigio -aquella inesperada intervención. Los guerreros vesilianos volvieron á -confiar en la fortuna y pelearon con más denuedo. - -Entonces apareció á deshora el arquero diestro y milagroso. Salió de -entre las matas cercanas como si del centro de la tierra saliese. Una -extraña hermosura resplandecía en todo su ser. Su mirada era dulce y -zahareña al propio tiempo. Sus negros ojos eran suaves y terribles, como -si á la vez anidasen en ellos el amor y la muerte. Su traje era casi -igual al de los guerreros vesilianos, sólo que, en vez de capacete -llevaba un gorro colorado en la cabeza. Su talle era esbelto y gallardo; -su estatura elevada; marcial su apostura, y su rostro bello y juvenil; -negra y sedosa la barba; la tez morena, y todo él agraciado, noble y -simpático. Sus cabellos le caían en rizos sobre la espalda. - -Con rápidos pasos vino á lanzarse sobre los bandidos. Mientras caminaba, -echó á la espalda el arco y sacó de la vaina la espada y el puñal, -armadas así ambas manos, y sin escudo. Al mismo tiempo, y arrojándose -ya sobre los bandidos, dijo con voz sonora, en el mismo lenguaje ariano -que hablaba el Rey Tihur: - ---El cielo te protege, ¡oh Rey Tihur!, y me envía aquí para que te -salve. ¡Sus y á ellos, oh valeroso Amrafel! ¡Oh fuerte y leal Samec! -¡Oh, vosotros, clarísimos vesilianos! - -Al oírse nombrar por aquel desconocido, se corroboraron todos en creer -su celestial ó sobrenatural procedencia. Sólo se atrevió á contestarle -Tihur: - ---¡Bien venido seas y bendito! Tú eres sin duda un _ized_, un genio, un -enviado de Ahura-Mazda. - -Aún no había terminado el rey esta frase, cuando ya el desconocido, en -medio de los bandoleros, revolviéndose á un lado y á otro, é hiriendo y -parando á la vez con la espada y el puñal, causaba más estragos y -muertes que un fiero león en un rebaño de tímidas ovejas. - -Los bandidos, aterrados, se pusieron pronto en precipitada fuga, en -dirección hacia el mar, donde estaban, sin duda, los barcos en que -habían venido, junto á la desembocadura del Djan-Deria; pero el resto de -la caravana del Rey Tihur acababa de desembarcar y les cortó la -retirada. - -En tanto, el desconocido, el Rey Tihur, á pesar de su herida, y todos -los guerreros vesilianos, empuñaron los arcos y acosaron é hirieron con -sus flechas á los que huían. Hasta los perros, que habían estado -medrosos é inertes durante la refriega, y sólo cuando fué herido el Rey -Tihur habían dado muestra de sí, prorrumpieron en lastimeros aullidos, -cobraron valor entonces, y ladrando y corriendo, como en la caza, se -pusieron á perseguir á los bandoleros. - -El dicho del Rey Tihur casi vino á cumplirse. - ---No ha de quedar ninguno vivo--había dicho,--y efectivamente, parecía -que no había quedado vivo ni uno solo. Aun los que trataron de -esconderse entre la maleza fueron descubiertos por los perros y muertos -á flechazos ó á cuchilladas por los vesilianos. - - -VII. - -Todavía andaban los guerreros vesilianos dando caza á los fugitivos -ladrones, cuando el Rey Tihur, conducido en brazos de Amrafel y de -Samec, había llegado á la orilla del río, donde estaban los sacos y -cargas. - -Allí, extendido en un lecho que le habían preparado al aire libre, -porque las tiendas estaban aún por desembarcar, el rey se dejó curar la -herida por Amrafel, que era hombre docto en aquel arte. Amrafel conoció -al punto que la herida, aunque ancha, era poco profunda y nada grave ni -peligrosa. El puñal había resbalado en vez de ahondar, y había dejado -ilesa toda entraña. La causa del desmayo del rey había sido la gran -pérdida de sangre, aumentada por los esfuerzos que hizo combatiendo -después de herido. - -Un personaje singular estaba al lado de Amrafel y le ayudaba en la cura. -Nadie había reparado, durante la batalla, en aquel personaje que, sin -embargo, se había mostrado en pos del guerrero desconocido; pero, fijas -en éste todas las miradas y la atención toda, no había sido vista una -vieja, alta y delgada hasta el extremo de asemejar á un esqueleto, la -cual seguía al guerrero misterioso. - -En el momento de ir á curar la herida al rey, la vieja se ofreció á -hacerlo, jactándose de su ciencia. El guerrero misterioso aseguró que de -ella podían fiarse. - -Iba la vieja con una ropa talar desgarrada, pero que se conocía haber -sido rica y elegante. Un manto negro de lana le cubría la espalda, -prendido al hombro por un broche dorado. Sus cabellos, blancos como la -plata, aunque sostenidos en parte por un cordón, dejaban flotar muchos -mechones en desorden y á merced del viento. Sus manos eran tan flacas y -tan descarnados los dedos, que parecían transparentes. Sus ojos, -pequeños y vivos, lanzaban de sí miradas escudriñadoras; su nariz era -aguileña y fina; su boca, sumida y sin dientes, mostraba los colmillos -afilados y largos, que asomaban por entre los labios sutiles y -fruncidos. Llevaba la vieja un zurrón ancho de piel de tejón, atado al -cinto sobre la cadera, y en la diestra un báculo, que más que para -apoyarse, aparentaba ser signo de autoridad y dominio, ó vara mágica y -de virtudes. La vieja andaba á grandes pasos, firme y derecha como una -moza de veinte primaveras, ó más bien como un granadero prusiano de -nuestros días, que esté muy ducho en lo que llaman la marcha gimnástica. - -En suma, todo el continente de la vieja era raro por demás, y hubiera -podido servir de modelo á un hábil artista para pintar ó esculpir la -Sibila pérsica ó la Sibila eritrea. - -Mientras duró la operación de curar la herida, la vieja hizo visajes y -signos con las manos, y murmuró ó rezó en voz sumisa ensalmos -ininteligibles. De su zurrón sacó hierbas para restañar la sangre, que -Amrafel reconoció, aceptó y aplicó. - -Y por último, cubierta ya y vendada la herida, la vieja dió al rey un -licor, también con permiso y beneplácito de Amrafel, el cual licor -infundió en el rey un sueño grato y delicioso. - -Cuando el rey despertó del sueño, se sintió tan aliviado y fortalecido, -que pensó en continuar la peregrinación al día siguiente. Ni Amrafel ni -la vieja se opusieron, con tal de que fuese el rey en el carro y no á -caballo. - -Durante la cura terminó la persecución y exterminio de los ladrones, y -se acabó de poner en tierra cuanto habían dejado en las balsas los -últimos que pasaron el río, á fin de acudir con más presteza al lugar -del combate. - -Guerreros, esclavos, caballos y acémilas, todo, en suma, se reunió en el -mismo lugar. Allí se desplegaron las tiendas y se formó el campamento -para reposar aquella noche. - -Una comida abundante restauró las fuerzas de todos. - -Después de la comida, el rey Tihur llamó á su tienda al guerrero -desconocido, y estando á solas con él le habló de esta manera: - ---Valeroso joven, tú me has salvado hoy de una muerte vergonzosa. Mi -gratitud será eterna. Díme quién eres para que sepa yo á quién estoy tan -obligado. - ---Mi nombre, ilustre príncipe, es Tidal. - ---Sin duda,--añadió el Rey,--que eres de sangre de héroes; de antigua y -clara estirpe. No parece que guarde tan soberano esfuerzo el corazón de -un hombre plebeyo y obscuro. - ---En verdad,--replicó Tidal,--yo me inclino á creer, como tú, que la -grandeza de ánimo y la virtud se heredan. De esta suerte se explica que -los hombres todos se mejoren, añadiendo los que nacen después á la -nobleza heredada de otros la por ellos adquirida. Si nada heredásemos, -si ninguna virtud se trasmitiese por herencia y con la sangre, los -hombres de hoy no valdrían más que los de ayer, ni jamás ganaría nada el -humano linaje, como yo entiendo que gana. Así, pues, no atribuyo á -preocupación de casta tu idea de que debo ser noble de nacimiento, -porque me he mostrado fuerte de cuerpo y de alma. Sin embargo, la ley no -es general. Castas hay que degeneran y otras que se levantan y -magnifican. La virtud que en una familia ilustre se extingue y se -pierde, renace en otra familia. Tal vez esta virtud, trasmitida por -algún héroe, progenitor mío, ha estado latente ú obscurecida largo -tiempo por la bajeza en que había caído mi familia, ó por otras causas -que no acierto á exponer, y ahora renace en mí; que no tengo nombre, ni -antecedentes, ni gloria heredada. Yo, Rey Tihur, no soy más que un -humilde mercader, hijo de otro mercader humilde. - ---¿Eres iraniense ó escita, ó de qué raza ó nación eres? Yo me complazco -en suponer y supongo que eres escita por la perfección con que te oigo -hablar mi idioma. - ---Ignoro si soy ó si puedo decir que soy escita ó iraniense; pero creo -que soy ario. Nací y me crié en Nimrud, á las orillas del río Tigris. Mi -padre y mi madre, de familia ariana ambos, vivían allí sujetos al -dominio de los caldeos-cushitas. Por las conquistas de los hijos de Asur -y del poderoso Nino, no consiguieron más que mudar de amo. Antes de -salir de la niñez me quedé huérfano de padre y madre. Un fiel servidor -cuidó de mí y de mi hacienda hasta que tuve dieciocho años. Entonces -aquel fiel servidor me hizo dueño de todos mis bienes, que consistían en -un gran tesoro de piedras y metales preciosos, y me dijo que mi destino -era cumplir grandes cosas, recorrer muchas tierras y vagar por todo el -mundo, hasta que hallase la ocasión propicia de llevar á dichoso fin la -gloriosa empresa que por el cielo me estaba encomendada. - ---¿Y no te designó esa empresa? - ---No me la designó. Ó lo ignoraba él mismo, ó entendía que los decretos -de la Providencia no habían de cumplirse sino á condición de que yo los -ignorase hasta un momento dado. - ---¿No marcó tu ayo ese momento? - ---Le marcó y no le marcó. Aquí hay algo que no me es lícito revelar: -juré no revelarlo nunca. Sólo puedo decirte que en una cajita cerrada, -que llevo siempre oculta en el cinto, y que sólo debo abrir cuando -aparezcan ciertas señales, hay un escrito que me dará luz sobre todo. Mi -propio ayo ignoraba lo que la cajita contenía. Mi padre se la dió con -el encargo de entregármela y yo la guardo siempre conmigo. - ---¿Y no recuerdas á tu padre ni á tu madre? - ---Apenas conservo de ellos una idea confusa. Los dos, como te dije, -murieron siendo yo muy niño. - ---Singular es de veras cuanto me refieres. Sospecho que tu padre, bajo -el título de mercader, encubría otra condición más alta. - ---No me parece eso posible. Los ciudadanos de Nimrud, con quienes he -hablado, y que conocían á mi padre, nunca me dijeron de él ni de mi -familia nada de extraño ó misterioso. - ---Más extraño es eso todavía. Y dime, ¿tu ayo no te aconsejó nada al -hacerte entrega de tus bienes? - ---Me aconsejó calma y paciencia; me aconsejó no dejarme arrastrar por la -curiosidad, ni tratar de averiguar nada sobre mi futuro destino, hasta -que la suerte misma dispusiese la revelación. Me repitió mil veces que -yo no era más que un mercader; que como un mercader debía considerarme, -y que sólo me ordenaba, en nombre de mi padre, que abandonase á Nimrud y -recorriese el mundo. - ---¿Y sobre tu conducta en el comercio no te dió instrucciones? - ---Mi ayo era gran conocedor de los pueblos diversos, de los países más -distantes, de sus artes, de sus ciencias y de sus productos; y sobre -todo esto, me enseñó cuanto sabía: pero había en él algo entre -inspiración y locura, aunque yo no atino á veces á distinguir la locura -de la inspiración, y sobre ciertos puntos me dió consejos muy opuestos á -los que suelen y parece que deben darse á la gente moza. - ---¿Qué te aconsejaba, pues, si te es permitido declararlo? - ---En vez de parcidad me aconsejaba largueza y magnificencia. Mis tesoros -los juzgaba inagotables, y suponía además que yo había de ganar más -mientras más gastase, y que había de recobrarlo todo con creces cuando -llegase á perderlo todo. - ---Extraña manera fué de aconsejar á un mancebo, por lo común inclinado á -ser pródigo. - ---Yo fuí espléndido, pero no llegué jamás á la prodigalidad. Por otra -parte la suerte me ha favorecido hasta ahora. He peregrinado por casi -toda el Asia; he visto las islas del mar del Sur y la India, el Yemen y -el Adramaut, el antiquísimo Egipto y la Libia ardiente. Sería prolijo -referirte mis aventuras. Sólo importa saber que, á pesar de cuanto he -gastado, tengo en lugar seguro un tesoro riquísimo. Creo además, sin -jactancia, que he adquirido en mis peregrinaciones una experiencia muy -superior á mi edad. - ---¿Qué ha sido de tu ayo, entre tanto? - ---Mi ayo era ya viejo, y durante mi larga ausencia de Nimrud, he sabido -que pagó el tributo que debemos pagar todos á la Naturaleza, más tarde ó -más temprano. - ---Tu persona, tu vida, ese misterio de tu destino me interesan tanto, -¡oh Tidal!, que, á trueque de pasar por sobrado curioso y exigente, te -ruego me digas si el anciano que te sirvió de ayo te descubrió alguna -otra cosa. - -Nada más me descubrió, sino un nombre que me dijo podría yo llevar -cuando me le diesen muchos hombres reunidos. Entre tanto, á nadie debo -declarar este nombre. Me dió asimismo un sobrenombre, apodo ó alcuña, -que no debo divulgar tampoco, pero que puedo confiar con el mayor -sigilo, si quiero dar á una persona la mayor prueba de amistad y de -confianza. Esta alcuña voy á decírtela. Por ella, Rey Tihur, si no me -desdeñas, quiero ligarme á tí con los lazos más amistosos. Según me dijo -el anciano, con la persona á quien yo declarase esta alcuña, me unía -voluntariamente como si fuese mi hermano. En la persona que me dijese al -oído dicho nombre y dicho apodo, debía yo depositar por fuerza una -confianza sin límites. - ---Yo jamás podré desdeñarte--replicó el Rey,--y tu amistad será el mayor -bien para mí. Reflexiona antes con todo, si crees que la merezco, y no -procedas de ligero revelándome esa alcuña. - ---No procedo de ligero. Cedo, al confiarme á tí, á una inclinación -irresistible, á una viva simpatía; y aun á algo parecido á un mandato. - ---¿Acaso tu anciano tutor te habló de mí alguna vez? - ---Nunca. Ha sido otra persona quien me ha aconsejado que te dé esta -prueba de confianza. - ---¿Y cuándo te dieron el consejo? - ---Hoy mismo. - ---¿Quién? - ---La vieja extraña que me acompañaba. - ---¿La conoces tú desde hace mucho tiempo? - ---Pocos días ha que la conozco, y ni siquiera sé su nombre; pero ella -tal vez, por el arte mágico que posee, sabe el mío secretísimo y sabe -también mi apodo. Escucha en breves razones los más recientes sucesos de -mi vida. Por ellos comprenderás cómo pude venir tan en sazón á -socorrerte. Mi afán de ver mundo me movió á comprar una nave de 30 -remeros que cargué de preciosas mercancías, que tripulé en el país de -los cadusios, y en la que me embarqué en el Araxes, con intento de salir -al Mar Caspio y venir á Vesila-Tefeh, donde pensaba emplear en pieles -ricas, y visitar y conocer la capital de tus dominios. Para no cansarte -con extensos pormenores, te diré, en resumen, que en esta ocasión me -faltó mi acostumbrada prudencia. Los marineros que venían conmigo, se -habían concertado con piratas iberos y albaneses. - -Me sorprendieron dormido; mataron á tres servidores que hicieron -resistencia; se apoderaron de cuanto yo traía, y me ataron con cuerdas -los piés y las manos. Hecha esta presa, querían volver los piratas á sus -guaridas de Albania, pero se levantó una tempestad furiosa que trajo -nuestras naves á la costa de tu reino. Sabía el capitán la lengua -escita, y se aventuró con otros dos, que también la sabían, á saltar en -tierra, disfrazado, para explorar el país, y ver dónde y cómo podría dar -un buen golpe. En los campos fértiles y en las pobladas aldeas del Norte -de Djan-Deria, supo que venías tú de camino para Bactra; supo el número -de guerreros y las riquezas que traías, y dispuso salirte al encuentro, -no con sus embarcaciones al pasar el río, porque calculó que no te -aventurarías á pasarle, si las vieses, y perdería la ocasión, sino -emboscándose en los matorrales de esta orilla, y cayendo sobre tí cuando -tus fuerzas estuviesen divididas en una y otra márgen. - -Así lo hizo, como has visto, y harto conoces el resultado. - -Yo estaba vigilado con extraordinarias precauciones; atado, como te he -dicho, de pies y manos. Sólo me desataban las manos para comer. Los -barcos, que son ligeros, se pusieron á seco en la playa desierta del -Caspio, y diez hombres sólo quedaron para su custodia. El capitán trajo -aquí para la empresa la más gente que pudo. - -Indudablemente, yo hubiera permanecido á bordo sin acudir en tu auxilio -y sin saber siquiera lo que ocurría, pues, aunque entiendo y hablo -varios idiomas, ignoro el de estos moradores del Cáucaso, á no ser por -la singular y portentosa vieja que has visto. El capitán de los bandidos -y los otros dos exploradores la hallaron vagando al declinar de la tarde -en un bosque no lejos de la playa y tuvieron la ocurrencia de traerla -cautiva. - -La vieja dijo á unos la buena ventura, curó á otros varias enfermedades -y se ganó la voluntad de todos. Con rara facilidad hablaba la lengua de -los piratas, como habla la tuya y otras varias. - -Los piratas no desconfiaron de la vieja; conversaron sin recatarse de -ella y la enteraron de todos sus proyectos. - -La vieja no me había dirigido nunca la palabra durante cuatro días que -habíamos vivido juntos. Imagina cuál sería mi sorpresa, cuando hoy de -mañana, estando yo tendido, dormitando en la popa de uno de los bajeles, -puesto ya en tierra, la vieja se llegó á mi oído y pronunció, no sólo mi -apodo, sino también mi nombre incomunicable. - -Debo advertirte que desde el día de ayer nos habían dejado los bandidos -y te estaban aguardando en la emboscada. - -Al oir aquellos vocablos sacramentales y poderosos para mí, me incorporé -lleno de pasmo y ví la figura de la vieja más extraña que nunca, por el -fuego que lanzaba de los ojos y la profunda conmoción que extremecía su -descarnado cuerpo. Se diría que un numen, un dios, un espíritu, la -excitaba en lo íntimo de su ser. Me hablaba el bello idioma de la Ley -pura, y sus palabras tenían el ritmo y la armonía soberana de los cantos -sagrados. Una insólita majestad resplandecía en aquel ser decaído. Una -expresión de ternura maternal casi hermoseaba su semblante. La vieja me -abrazó y me cubrió de besos, llamándome ¡hijo!, y apenas si sus besos me -causaron repugnancia. Á mi lado ví mis armas, que la vieja había traído. -Allí estaban espada, puñal, aljaba, arco y flechas. La vieja, empuñando -y desenvainando mi puñal, cortó con rapidez mis ligaduras. - ---Eres libre,--me dijo,--toma tus armas, levántate y sígueme. Tus -guardadores, unos están ausentes, otros han sido sumidos por mis artes, -en un hondo letargo. - -Obediente seguí á la vieja, que me trajo hasta aquí, y en el camino me -informó de quién tú eras, del peligro que corrías y de la misión de -libertarte, que me encomendaba. Lo demás, ya lo sabes. - -Ahora, ¡oh Rey Tihur!, sólo me falta cumplir con el precepto de la -vieja: darte la más segura prenda de amistad; ligarme para siempre -contigo. Mi alcuña es _Seher-Gav_; el _Toro-Vigitante_. - - - - -ZARINA - -(FRAGMENTO) - - - - -[una barra decorativa] - -ZARINA - - -I - -La doctrina del progreso, á más de tener gran fundamento de verdad, está -llena de poesía. ¿Qué no puede fingir la imaginación en lo futuro, -suponiendo que la actividad de la mente humana va añadiendo, cada vez -con mayor energía, nuevos inventos y mejoras á cuanto ya acumularon y -nos legaron las pasadas generaciones? Sin embargo, todo lo que se puede -fantasear ó columbrar en lo porvenir es incierto y confuso, mientras que -las cosas que fueron conservan ser y consistencia, y, aunque carecen de -vida, pueden tomarla prestada de la forma artística y del ingenio de un -poeta. - -Por otra parte, está muy en duda, al menos para mí, si bien creo -firmemente en el progreso, que el progreso sea algo más que extrínseco. -No iré yo hasta el punto de creer que los hombres de otros siglos fuesen -más valerosos, más leales, más discretos, ni siquiera más robustos que -los del día; pero no creo tampoco que, á pesar de todos los medios que -la civilización nos proporciona, la raza humana haya ido mejorando en lo -substancial. Tal vez ese vivir de los bárbaros ó salvajes, que todavía -se hallan en nuestro planeta, no responde al estado inicial desde donde -se elevaron los pueblos de Europa á superior cultura, sino que es -degeneración ó corrupción en que á la larga han caído los tales salvajes -ó bárbaros, y de donde ni por sus propias fuerzas ni con auxilio extraño -quizá salgan nunca. - -En cambio, ciertas tribus ó castas superiores de los tiempos primitivos, -como, por ejemplo, los arios y los semitas, no debieron de valer menos -que los cultos europeos de ahora, y hasta hay una ilusión óptica que -hace que se nos aparezcan valiendo más. Los vemos como entre nubes, al -despertar intuitivo de la inteligencia, cuando lograba más la -inspiración que el discurso, bañados por la luz de una aurora divina, y -como llevando en el seno fecundo del espíritu de ellos el germen lozano -del árbol de la ciencia y de la cultura, cuya riqueza en flores y frutos -hoy tanto nos encanta y envanece. - -De aquí el que no pocos sabios vuelvan con amor los ojos, en nuestra -edad, al estudio de las primeras edades, rehaciendo antiguos idiomas, -traduciendo hieroglíficos, interpretando inscripciones, descifrando -alfabetos, y sacando á nueva luz, del olvido en que yacían sepultados, -imperios, repúblicas, reinos, dinastías, príncipes, héroes y -semi-dioses. - -¿Por qué los que no somos sabios no hemos de suplir con la imaginación -lo que ellos á fuerza de estudio no acabaron de aclarar? ¿Por qué no -hemos de concluir con sus debidos pormenores y circunstancias las -historias que más nos interesen y conmuevan, y de las cuales la -erudición nos dejó á media miel, como vulgarmente se dice? - -Hay personajes que, al entreverlos y percibirlos, indecisos, esfumados y -como hundidos en el fondo de un mar de años, todavía me encantan y me -ilusionan. ¡Qué pena me da de no conocerlos de cerca! ¿No sería posible -que, en virtud de un raro magnetismo, de una segunda vista histórica, -fijando bien la mirada mental en cualquiera de ellos, llegásemos á -comprender su carácter, sus pasiones, el móvil de sus actos y todos los -casos de su vida mejor que el sabio, que no se fija en el personaje, -sino que inspecciona fría, prosaica y rastreramente tal cual huella que -él ha dejado de su paso por el mundo, ya en el fragmento inédito, ó mal -entendido hasta hoy, de algún historiador, ya en un obelisco, ya en una -pirámide, ya en otro monumento sepulcral, ya en alguna inscripción en -forma de clavos, de las llevadas por Layard ó por otros, desde el -centro de Asia al Museo Británico, en multitud de sutiles ladrillejos? - -Yo no creo ni descreo en el espiritismo. No he profundizado la materia. -No me atrevo á decidir. Pero hablando de mí solo y por mi cuenta, aunque -no sea más que de puro modesto, no atino á concebir como factible que -los héroes, los sabios, los profetas, los santos y los penitentes -severos de todas las religiones, los monarcas soberbios, los tiranos y -guerreros, foscos, crudos y nada complacientes por naturaleza, y las -hermosas mujeres, virtuosas ó galantes, aunque todas caprichosísimas, -retrecheras y desmandadas; en suma, todo ser que ha dejado rastro -luminoso de sí en la tierra, no bien se muda al otro barrio, se vuelva -tan dócil y sumiso, que acuda á mi mandado y responda á infinidad de -preguntas, tal vez impertinentes. Y extrema para mí lo increíble de -estos hechos la manera de responder á las preguntas, que, en vez de ser -rápida, bella y digna de un espíritu, es mecánica, pesada y fastidiosa. - -No obstante, por más que yo deseche el espiritismo de esta laya, declaro -que en ocasiones me siento muy inclinado á creer en otro espiritismo más -vago, menos metódico y más conforme con la poesía. Ya en sueños, ya -dormitando, ya en arrobos, durante los cuales el alma se sobrepone á la -duración ó adquiere una velocidad mil veces mayor que la del rayo, -acaso nos elevamos por el éter y subimos á remotas estrellas, en el -momento en que llega allí la luz del sol, que hace cuarenta ó cincuenta -siglos reflejó nuestro globo, ó acaso por arte menos complicada y más -íntima, y que es por lo mismo más difícil de explicar, vemos á los -personajes pasados y los conocemos, y parece como que vivimos en su -compañía, averiguando cuanto les ha sucedido. - -De aquí la afición y los motivos que me inducen y hasta me habilitan -para escribir historias ó aventuras del antigo Oriente. Otro escritor -más profundo, ó mejor dicho, otro escritor menos somero que yo, se -propondría, al escribir cualquiera de estas historias, dar una lección -moral, política, religiosa ó filosófica á sus lectores; resolver algún -problema de importancia; pero yo no me propongo nada de esto. Me -propongo sólo entretenerme un rato y entretener á los demás. Ojalá lo -consiga. Y me propongo igualmente, aunque apenas me atrevo á confesarlo -para que no me tilden de presumido, retraer á la vida, con el conjuro de -la escritura y con la mágica evocación de la palabra, seres que ya -existieron y que me son simpáticos. - -Yo no estoy descontento de vivir en el siglo en que vivo, ni de tratar á -la gente con quien trato, ni de llevar la vida que llevo, si bien me -faltan varias cosas con las cuales viviría yo un poquito mejor; pero -todavía, á pesar de que no estoy descontento, hallo consolación en la -teoría universal; esto es, no ya sólo en abandonar lo práctico y -consagrarme á lo meramente especulativo, sin mezclarme en nada, y -contemplando con serenidad cuanto me rodea, sino lanzándome también en -la contemplación longincua; volando en busca de objetos muy apartados de -mí por el tiempo y por el espacio. Así es que hoy mi alma se ha ido de -bureo desde esta villa y corte de Madrid hasta el Asia central, y ha -saltado también por cima de no pequeño montón de siglos, subiendo contra -la corriente, hasta llegar al año 60 ó 70, sobre poco más ó menos, que -en esto no hemos de ser muy escrupulosos, de la era llamada de -Nebonasar. - -Harto se ve que no nos hemos ido muy lejos. Estamos en una edad -relativamente moderna para lo que han descubierto los sabios y -prehistoriadores del día. Vivimos con la mente poco más de seiscientos -años antes de Cristo. - -Roma había sido ya fundada; Licurgo había dado sus leyes; en Atenas y en -Corinto habían triunfado los posibilistas, cayendo la monarquía y -surgiendo la democracia; el reino de Israel, había desaparecido; el de -Judá estaba próximo á desaparecer; y Nínive misma, restaurada después -del incendio del alcázar de Sardanápalo y del saqueo y destrucción de la -ciudad por Arbaces el medo y Belesu el babilonio, estaba, á pesar del -tremendo brío de sus últimos soberanos, amenazada de nueva ruina. - -Al pasar, ó dígase al volar, hemos reparado en todo esto. Reposémonos -ahora en la recién fundada ciudad de Ecbatana, capital de Media. - - -II. - -Reinaba entonces allí un rey, poderoso y muy nombrado, y que por serlo -tenía muchos nombres, cuya significación, ya es idéntica, ya no lo es, -ya se ignora ó ya se sabe. En persa le llamaban Uvak-satara, como si -dijéramos _el poseedor ó dueño de gallardos mulos_; en asirio le -llamaban Uvakistar; en griego, Cyaxares y Ozauros, y en lengua médica, -Vakistarra, que significa _el que lleva la lanza_. Traducido este -título, tan propio, de llevador de lanza ó lancero, á la lengua de los -persas, lengua parecida á nuestras lenguas modernas de Europa, el rey se -llamaba Astibaras, y así lo designaremos en adelante. - -Asistía en la corte de este rey un príncipe ó magnate, bello y agraciado -de rostro, de elevada estatura, de afable trato, diestro en todos los -ejercicios corporales, impávido en la guerra, infatigable en la caza, y -prudente en el consejo, á pesar de sus pocos años. Sentimos no poder -darle un nombre bonito y sonoro; pero es personaje histórico; no tiene -muchos nombres en que elegir, como tenía su rey; se llamaba Estrianges, -y Estrianges le llamaremos. - -_Nada hay nuevo debajo del sol_, ha dicho el sabio, y cuando el sabio lo -dijo, estudiado lo tenía. Las cosas no suelen ser exactamente iguales; -pero son á menudo semejantes. - -En aquel tiempo, los reyes medos iban ya convirtiendo su Estado en -monarquía absoluta, haciendo prevalecer la autoridad real sobre los -otros poderes. - -Antes, la Media había sido conquistada por una raza de arios. Los arios, -luchando con las tribus indígenas y subyugándolas, habían formado una -aristocracia guerrera. Después, dominada la Media por los asirios, los -medos arios y los medos turaníes, esto es, los vencedores y los vencidos -habían estrechado un lazo de amistad para libertarse de la común -servidumbre. Había ocurrido, por ejemplo, algo de muy parecido á lo que -ocurrió en España cuando la conquista de los árabes: que los visigodos y -los hispano-romanos se unieron también. El primer gran caudillo que para -la reconquista tuvieron los españoles se llamó Pelayo, nombre latino, y -no visigodo, para denotar la fusión de las razas. Del mismo modo el -primer gran caudillo de los medos había llevado un nombre tomado de la -lengua de los vencidos, ó medos turaníes, y se había llamado Arbaces, -que significa _el primero_. - -La nueva aristocracia fué de dos clases: turaní, y sus individuos se -llamaban _busios_; y aria, y sus individuos se llamaban _arizantes_. La -plebe, no ya por fuerza, sino por amor de la patria, los seguía devota y -voluntariamente. Así vino á constituirse una república ó confederación -de caudillos, busios y arizantes, que cada cual tenía sus particulares -vasallos, sus fortalezas y dominios. Fundada, por último, la enriscada -ciudad de Ecbatana, los caudillos principales, descendientes de Arbaces -habían ido poco á poco cambiando aquel Estado en unitaria y fuerte -monarquía, á lo cual contribuyó más que ninguno este gran rey Astibaras, -á quien hemos ya presentado á nuestros lectores. - -Al empezar nuestra narración, Astibaras llevaba más de veinte años de -reinado, durante los cuales había hecho cosas estupendas. No las -contaremos todas, para no cansar al pío lector; pero algo será menester -referir, en resumen, á fin de que se estime y pondere todo el valer y -toda la gloria de este monarca, y á fin de que los sucesos de nuestra -historia ó leyenda se comprendan sin dificultad. - -El padre de Astibaras es conocido también con muchos nombres, que todos -significan lo mismo y son el mismo, según la lengua en que el nombre ha -sido traducido, á pesar del disfraz con que le han trocado al pasar de -un idioma á otro. Llamábase Pirruvartis, Fraortes, Artinés y Hartruna, -esto es, el Belicoso. - -Artinés, á fin de no desmentir su nombre, había querido sacudir el yugo -de los asirios, de quienes era tributario; había levantado un ejército -numerosísimo y había ido á combatir al rey ninivita Asurbanipal; pero -éste derrotó por completo al rey de Media en una brava y sangrienta -batalla que se dió á las orillas del Tigris. Artinés perdió allí la -vida. - -Astibaras, no bien subió al trono, trató de vengar la muerte de su -padre, y ya había invadido, con huestes más disciplinadas y numerosas -que las que llevó Artinés, los Estados de Asurbanipal, cuando sobrevino -un inesperado y gravísimo acontecimiento, que retardó por muchos años su -venganza. - -Entre el Ponto Euxino y el mar Caspio hay una gran extensión de tierras, -casi cerradas al Norte por dos ríos, el Rha, hoy el Volga, que va á -perderse en el mar Caspio, y el Tanais, hoy el Don, que se pierde en el -mar de Azof. Acaso más de cien leguas al Sur de dichos ríos, como -defensa ó valladar puesto por la Naturaleza, se levanta y extiende, de -mar á mar, la ingente cordillera del Cáucaso, donde, según la fábula -griega, Júpiter amarró á Prometeo con cadenas de diamantes, y donde un -buitre comía el hígado del titán filántropo; hasta que Hércules logró -libertarle. Desde la falda del Cáucaso, dilatándose al Mediodía hasta el -monte Ararat, en cuya nevada cumbre se posó el arca de Noé, habitaban y -habitan aún diversas tribus, gentes ó naciones, apellidadas caucásicas; -casta de hombres valientes, robustos y hermosísimos, cuales son hoy los -circasianos, georgianos y mingrelianos, en los tiempos á que nos -referimos designados con nombres diversos. Al Oriente, en las riberas -del Caspio, vivían los albaneses, y más al Sur, los cadusios; al -Occidente, orillas del Ponto, habitaban los colquios, famosos por Medea -la hechicera y por el áureo vellocino, y más al Occidente, los calibes, -diestros forjadores del hierro, y los de Tibar, tan envidiados por su -oro. En el centro de estas naciones, y como defendiendo las puertas -caucasianas contra las invasiones de los escitas, se hallaban los -iberos, de quienes sin duda proceden los primitivos españoles, que se -llamaron iberos también. - -Aunque se me censure como digresión impertinente, se me antoja decir -aquí que he tenido una verdadera satisfacción al ver que mi docto y -sagaz amigo el Padre Fidel Fita ha probado casi en su discurso de -recepción en la Academia de la Historia que los iberos de España y los -del Cáucaso son los mismos iberos, y que el georgiano y el vascuence -son lenguas hermanas. Hacía mucho tiempo que yo afirmaba lo mismo, sin -haberlo estudiado y como adivinándolo de tenazón. Y una de las razones -que yo tenía para ello era y es la corrección de formas y facciones y la -hermosura de las mujeres de las provincias vascongadas y de Navarra, -donde se conserva aún la raza ibérica primitiva en su mayor pureza; por -donde yo no podía persuadirme de que dicha raza tuviese ni hubiese -tenido jamás afinidad ni parentesco con la fea raza amarilla, tártara, -mongólica, ó como quiera llamarse. Basta echar una rápida mirada de -inspección etnográfica á las marquesas de S. y C. T., ambas de pura raza -vascongada ó ibérica primitiva, para convencerse de que no corre por sus -azules venas una sola gota de sangre tártara, sino que toda es de -Georgia y de la más acendrada y exquisita. - -Refieren las crónicas georgianas, mandadas redactar y publicar por el -Rey Wagtang, que, después de la dispersión de las gentes, fué á poblar -la Georgia ó Iberia el gigantesco patriarca Togorma, hijo de Gomer y -nieto de Jafet. Otros quieren que fuese Túbal, hijo de Jafet, quien -pobló ó colonizó la Iberia del Cáucaso, y que luego él ó sus -descendientes llegaron hasta la Iberia al Sur de los Pirineos, ya -pasando primero á Irlanda, isla á quien dieron el nombre de Ibernia, y -desde allí viniendo á España, ya viniendo á España directamente. Sobre -estos nombres de Iberia é Ibernia, de Ebro y de iberos, dados á diversas -comarcas, ríos y pueblos, se ponen varias etimologías. Ya los derivan de -_ibha_, que en el idioma de los vedas vale tanto como _familia_, ya de -_avara_, que en el mismo idioma significa _occidente_. - -Como quiera que sea, parece probado y archiprobado que estos iberos del -Cáucaso eran lo que se llama arios, y que desde allí, salvando los -desfiladeros de dichas montañas, buscaron y siguieron uno de los más -importantes y trillados caminos, por donde la gente aria se fué -extendiendo por Europa. Todas las tradiciones convienen en esto, y aun -los nombres de lugares, que fueron poniendo al pasar, lo confirman. Y -está asimismo demostrado que de la propia manera que desde el Sur del -Cáucaso invadían la Europa los arios-iberos, pasando al Norte, también, -en no pocas ocasiones, los iberos y demás pueblos del Sur del Cáucaso -sufrían la invasión de los hijos de aquéllos que en otro tiempo se -apartaron de su lado y emigraron á regiones más boreales. - -Ya, desde muy antiguo, cuentan las citadas crónicas de Georgia no pocas -invasiones en el Sur del Cáucaso, de las gentes que habitaban al Norte -de dichas montañas y que formaban un reino llamado de los cuzares ó -kazares, el cual se extendía hasta más allá del Boristenes y del Tiras. -Parece además, probado que el rey de los dichos cuzares llegó, dos mil -años antes de Cristo, á dominar toda la extensión de tierras que va -hasta el Ister, y que al Sur del Cáucaso hizo también tributarios á -todos los pueblos caucasianos, que se llamaban entonces togormíes, á -causa del patriarca Togorma, de quien se jactaban de descender, ó -kartlosíes, á causa del gigante Kartlós, hijo de Togorma, que había sido -su primer rey. - -Tributarios dicen que permanecieron largo tiempo los kartlosíes del rey -de los kazares, á quienes los autores clásicos llaman _sauromatas_ ó -_sármatas_, y cuya capital era Guerrhus, cerca de donde está hoy la -ciudad rusa de Kief, á orillas del Boristenes; pero una gran revolución -que hubo en el Irán vino, si no á libertarlos, á hacer que cambiasen y -mejorasen de dueño. - -La gloriosa dinastía de Djenschid y su imperio más glorioso habían sido -destruídos por un tirano, descendiente de Chus y de Nembrot, á quien -llaman Zohac, ó sea Dragón, y á quien también llaman Peiverasp, porque -poseía diez mil caballos árabes; pero pronto suscitó la Providencia á un -héroe, por nombre Feridún, cuyas hazañas ha cantado en lindos versos el -poeta Firdusi, el cual Feridún, á quien también apellidan Tetraono, -libertó á los iranios del yugo de Zohac, y encadenó á este déspota -diabólico en la cumbre del Cáucaso ó del Demavend, donde unas -serpientes que le brotaron en las espaldas, y que mientras era tirano no -le hacían mal porque las alimentaba con sesos de niños, privadas ya de -tan costoso alimento, se le comían á él de contínuo. - -Prescindiendo de esto, que sin duda debe de ser una fábula, la cual -tendrá su sentido moral, es lo cierto que, restablecido por Feridún el -imperio de los iranios, éste se extendió sobre los pueblos del Cáucaso, -los cuales recibieron entonces la cultura, la religión y los libros de -Zoroastro. - -Más tarde, según he podido averiguar á fuerza de prolijos estudios, -habiendo crecido mucho la población de la Iberia oriental, civilizada -entonces con la civilización irania, enviaron los iberos nuevas colonias -á España, donde ya habían enviado otras; y estas nuevas colonias -llevaron allí los libros zoroástricos y todas sus teologías y -filosofías. De aquí el gran saber de los turdetanos y tartesios, y más -tarde la ciencia y la virtud de Argantonio, rey de Tarteso y de Cádiz, -de cuyo feliz reinado tengo preparada una historia mil veces más -interesante que ésta que ahora escribo. En ella se verá cuán atinada es -la conjetura del Padre Fidel Fita, de que Argantonio era un _athravan_ -zoroástrico que reinó en España durante el eclipse de Tiro, aplastada -por Nabucodonosor, y de que el código turdetano, que Estrabón menciona, -era el mismísimo Avesta. - -Contrayéndonos ahora á los tiempos y negocios del rey Astibaras, diré -cuál fué el pavoroso acontecimiento que le detuvo en medio de sus -triunfos sobre los hijos de Asur. - -Los escitas, que se distinguen con el calificativo de sauromatas ó -sármatas, estaban muy pujantes bajo el cetro del rey Madías. Hombres y -mujeres iban siempre á caballo y peleaban con igual valor, armados de -flechas con puntas de hueso envenenadas y con yelmos y escudos de piel -de toro, de donde el primer fundamento de cuanto se refiere de las -amazonas. Este pueblo belicoso de los sármatas, después de haber vencido -á los cimerios y á los tauros, que habitaban entonces la Crimea, -penetraron en Iberia por los desfiladeros del Cáucaso, lo arrollaron -todo, y cayeron sobre Media como nube de langostas destructoras y -terribles. - -Astibaras acababa de derrotar á los asirios, y ya había puesto cerco á -Nínive, pero tuvo que levantar el cerco y acudir á la defensa de su -patria. Dió á los invasores una gran batalla, y fué vencido. - -Los escitas vencedores se derramaron entonces cual torrente devastador, -no sólo por el Imperio medo, sino también por la Frigia, la Lidia y la -Cilicia, salvando la cordillera del Tauro, y llegando hasta las -fronteras de los reinos de Jerusalem y Samaria. - -El profeta Jeremías alude sin duda á estos bárbaros del Norte, y no á -los persas cuando habla de aquellos guerreros que envía el Señor para -destruir á Babilonia. «Viene, dice, contra ella una nación del Norte, -que pondrá su tierra en soledad, y no habrá quien la habite». Claro está -que Jeremías no había de estar tan poco versado en Geografía, que había -de llamar á los persas nación del Norte, cuando con relación á los -babilonios pueden llamarse nación del Sur, y mejor aún del Oriente. Y en -otra parte añade Jeremías: «He aquí que viene un pueblo del Norte, y una -nación grande, y muchos reyes se levantarán de los términos de la -tierra». Con lo cual parece indicar que estos invasores vienen de muy -remoto país, y no de la Persia y de la Susiana, cuyas tierras baña el -Tigris, lo mismo que las de Babilonia. Jeremías alude, pues, en esta -ocasión á los escitas. Todo lo que de ellos dice conviene á los bárbaros -del Norte, y no á los persas. «Crueles son, exclama, crueles y sin -misericordia; y la voz de ellos sonará como el mar»; como si se tratase -de lengua peregrina é ignorada, que resonase á modo de bramido. - -En suma, y aluda Jeremías á quien se le antoje, lo cierto es que estos -escitas-sármatas, si bien devastaron otras muchas comarcas, se fijaron -en Media principalmente; y así, tal vez sin concierto previo, fueron -auxiliares poderosos de los asirios. Astibaras, en lucha constante y -heroica contra ellos, tratando de arrojarlos de sus Estados, durante -más de veinte años dejó reposar á Nínive y á sus reyes. - - -III. - -Entre el estruendo y el horror de las armas, en medio del tumulto de -esta larga guerra de independencia, se había criado y había crecido -nuestro héroe Estrianges. - -Á la edad de diez y siete años, cuando apenas le apuntaba el bozo, había -ido á pelear al lado de su padre, á quien había visto morir, atravesado -el corazón por una enherbolada flecha enemiga. - -Estrianges, que era hijo único, heredó los bienes y Estados que su padre -poseía, y entre ellos un castillo ó fortaleza, á pocas parasanjas de -Raga, en lo más áspero de los montes al sur del Caspio, yendo de Raga -hacia el Oriente. Desde allí, como el águila desde su nido, había estado -en acecho cuando los escitas podían mucho aún, y había caído sobre ellos -en frecuentes expediciones, vengando la muerte de su padre y auxiliando -poderosamente á Astibaras en la empresa de libertar á su pueblo. - -Cuando ya los escitas fueron pereciendo, ó sometiéndose, ó huyendo de -Media, Estrianges entretenía sus ocios cazando tigres y otras fieras -alimañas, de las muchas que se crían en aquellos montes, cuyas -ramificaciones abarcan el Sur de la silvestre Hircania y la separan de -la Partiena. - -Ya de edad de veinticuatro años, acudió Estrianges á la corte de -Ecbatana, á donde llegó precedido de la fama de sus altos hechos, como -guerrero y como cazador. Y no era esta fama vaga é indefinida, sino que -se fundaba en datos aritméticos de la más severa exactitud. Sabíase á -punto fijo el número de batallas, encuentros y escaramuzas en que se -había hallado; cuántos escitas había muerto con su propia diestra, y -cuántos tigres, panteras, leones y jabalíes habían perecido entre sus -manos. - -Además de esto, y de ser Estrianges el más acaudalado y rico del reino, -y muy discreto é instruído para lo que entonces se sabía, gozaba de -ciertas cualidades de que no podemos dar idea clara sin gastar mucha -prosa ó sin apelar á un concepto anacrónico. Puesto en su tanto el modo -de ser de tiempo y de lugar, Estrianges era el _dandy_ ó el _gomoso_ más -perfecto de Media; era el espejo en que se miraban todos los elegantes -sus contemporáneos. - -Resultó de aquí la cosa más natural del mundo. La hija mayor del rey, -que era lindísima, recatada é inteligente, que bailaba y cantaba bien, y -tenía otras mil habilidades, se enamoró de Estrianges del modo más -resuelto. Esta princesa llevaba un nombre sonoro y significativo de sus -prendas de carácter. Se llamaba Darvasastu, que en lengua pérsica es, -como si dijéramos, _que ella sea fuerte_. Darvasastu lo fué en amor como -en todo. - -El rey Astibaras, lejos de hallar disparatado este amor, halló que se -ajustaba bien con su política. Por medio de un enlace lograría que -entrara en su casa y familia el más rico y brioso de sus grandes -vasallos, corroborando su dinastía y ligando á sus intereses todo el -poder y los medios de que gozaba aquel arizante ilustre. - -Fácil fué darle á entender la inclinación que tenía por él la princesa, -lo cual no pudo menos de lisonjearle en grado sumo. Si bien no compartió -aquel amor fervoroso supo agradecerle. Darvasastu valía un tesoro, y -Estrianges, lleno de amistad y de reconocimiento, quizás él mismo -confundió tales afectos con los de amor vivo, y decidió casarse con la -princesa, sin creer que hiciese con esto el menor sacrificio. Casóse, -pues, según los ritos y ceremonias de la religión de Zoroastro, que si -bien algo impurificada por la religión de los asirios, era en aquella -edad la religión oficial del reino de Media. De esta suerte vino á ser -Estrianges yerno del Rey Astibaras. - -Con el trato y la convivencia, ambos consortes, que eran finos y -prudentes, fueron amándose más cada día y viviendo en santa paz -matrimonial, aunque por parte de ella con grande amor, y por parte de -él con tibieza; tibieza, no obstante, oculta entre mil cuidadosos -extremos y atenciones, pues no en balde era él la flor de la cortesía. - -Tan rara concordia duró años; fué una desmesurada luna de miel. -Contribuyó á esto que Estrianges, á pesar de que no amaba con fervor á -su mujer, era tan descontentadizo y tan crítico, que tampoco hallaba á -otra alguna, ni dentro de los dominios de su suegro ni fuera, en cuanto -él había explorado en sus peregrinaciones, que fuese más digna de su -amor. - -De aquí que, allá en el fondo de su alma, él se dijese algo parecido á -nuestro refrán castellano: _á falta de pan, buenas son tortas_; y como -todo es relativo en este mundo, él, de un modo relativo, amó á su mujer -por cima de todas las otras mujeres conocidas y reales. - -La situación de su ánimo, no confesada á nadie sino á sí propio, -atormentaba su corazón, á pesar de cuanto va dicho. No era él hombre que -se contentase y aquietase con lo relativo: ansiaba lo absoluto y lo -perfecto. - -Con frecuencia tenía este ó semejante coloquio consigo mismo: - ---Yo consagro á mi mujer todo el amor que pudiera dar á otras mujeres; -yo soy un dechado de fidelidad; pero descubro en lo más hondo de mi -pecho un manantial abundante de cariño, el cual ella no conoce y del -cual ni ella ni nadie bebe. ¿De qué me vale este manantial? ¿Para qué -esta riqueza de que nadie goza? Esta escondida virtud ¿no llegará jamás -á manifestarse? - -Así discurría Estrianges; pero como sus discursos en este particular -eran recónditos, pasaba en la corte, con gran satisfacción de Astibaras, -y pasaba también en la dilatada extensión del reino, por el fénix de los -maridos. Por modelo le presentaban á los suyos todas las mujeres -casadas, y todos los padres de hijas casaderas anhelaban un yerno que se -le asemejase. - -En su casa sólo parecía que faltaba un requisito para la completa -felicidad; requisito que, no ya en apariencia, sino realmente, hubiera -estrechado su lazo de amor legítimo. Su matrimonio había sido estéril. -Cinco años hacía que se había casado, y no había tenido sucesión. -Estrianges tenía entonces treinta años, y veinticuatro la princesa. - -Los hombres, cuando no hallan pábulo bastante al fuego interior, á la -actividad que los devora; cuando no tienen objeto real á quien consagrar -sus facultades, suelen buscar algún objeto fantástico ó sofístico. -Estrianges no era todo lo feliz que él ansiaba ser. Sentía sed, apetito -de algo confuso, que no acertaba á explicarse ni sabía dónde encontrar. -Su mujer, sus amigos, las demás mujeres, su gloria, su posición, la -hermosura del universo, las estrellas que pueblan el éter, el esquivo y -grato terror de las selvas, los matices y aromas de las plantas y de las -flores, todo deleitaba su ánimo; pero su ánimo no se pagaba de nada por -entero. Entonces llegó á imaginar Estrianges si todo sería como -misterio, cifra ó emblema, cuyo significado podría descubrirse por medio -de alguna clave que explicase el enigma. De aquí que, paso á paso, sin -revelar nada á nadie, porque era muy reservado, se fué Estrianges -dedicando á la magia. - -Él amaba y buscaba la luz, y pensó, por consiguiente, en la magia -blanca, y no en la negra; pero, según hemos indicado ya, la pura -religión de la luz increada se había contaminado y falseado bastante en -Media en aquellos tiempos, mezclándose con extrañas supersticiones y -creencias venidas de otros países, y singularmente de Babilonia. - - -IV. - -Estrianges se afanaba por revestir de forma sensible algo que fuese -núcleo de luz increada y perfecta concreción de su idea: algo donde -pudiera consumir la llama de amor que devoraba su alma. - -Consultó á los _athravanes_ y magos, y se dió á entender, en vista de la -consulta, que así como en todo el universo no había ser que no tuviese -su idea en la mente, así tampoco había idea en mente alguna, por vaga y -confusa que la idea fuese, que no tuviera su objeto real en el mundo. De -aquí deducía Estrianges que la idea por la que estaba atormentado no era -idea vana, sino idea que tenía objeto, y que era menester buscarle para -que se aquietase en él su voluntad. - -Esto, sin embargo, ofrecía no pocos inconvenientes. La empresa era -difícil. Podían además darse circunstancias que la hiciesen imposible. - ---En el seno de Zervana-Akerena, pensaba nuestro héroe, en el seno del -tiempo sin límites, está todo: está el dios del bien, Aura-Mazda; está -el dios del mal, Arimanes; y están las criaturas de ambos dioses -enemigos; pero ahora, en el momento en que vivo yo, ¿vive ó no vive -también el ser que me enamora? Sin duda vive. Pero ¿vive con forma y en -condiciones que me le hagan asequible? ¿No puede haber pasado ya por -esta tierra que habitamos y estar aguardando en el reino de las sombras -el día de la resurrección de los cuerpos? ¿No puede ser que aun no haya -venido á esta mansión terrena, y exista sólo su _feruer_, esto es, su -esencia celestial y divina? ¿Qué esperanza me resta, si el objeto de mi -amor es _feruer_ ó espíritu desprendido ya del cuerpo? También es dable -que el objeto de mi amor, en vez de ser criatura de Aura-Mazda, sea -criatura de Arimanes; provenga de las tinieblas, y no de la luz. - -Estrianges trataba de desechar de sí este pensamiento, que le convertía -en amador de un ser diabólico; pero el pensamiento persistía. Arimanes, -allá en lo hondo de su tenebroso imperio, había acertado á crear seres -hermosísimos, que parecían hijos de la luz. Entre ellos se contaban las -_pairikas_ ó _peris_. Estrianges llegó á sospechar si andaría él -enamorado de una _pairika_. - -De todos modos, en lo que él estaba firme era en revestir al objeto de -su amor, ya viniese de la luz, ya de las tinieblas, de un cuerpo -imaginario de mujer hermosa. Pero ¿dónde y cómo hallar la realidad de -este ser? - -Mil métodos adoptó y ensayó para hallarle. Al cabo hubo de dar un gran -paso en este camino, si bien este paso le trajo á más angustiosa -situación de espíritu de aquella en que antes se hallaba. - -Á nada dió jamás tanto crédito nuestro héroe como á la existencia de un -flúido misterioso y sutilísimo, el cual es elemento ó ambiente en que se -bañan, viven y respiran los espíritus; por manera que este flúido apenas -es materia, pero de él nacen las esferillas sutiles que, apretándose y -aglomerándose, de difusas que eran, vienen á formar los soles y los -demás astros y cuantos seres en ellos moran y viven; flúido, por otra -parte, cuya infinita virtualidad, potencia y brío los espíritus selectos -logran á veces reunir, desechando la extensión, la pesadez, la masa, la -inercia y otras cualidades que son esencia de los cuerpos, y guardando -sólo la energía, que es el principio espiritual, invisible é impalpable -de la vida y de la inteligencia. - -Lisonjeándose Estrianges de haber adquirido cierto dominio sobre este -flúido, se creyó apto para desprender su espíritu, dejando al cuerpo en -letargo, y sin desatarse del cuerpo, y unido á él como por un hilo de -dicho flúido, volar por donde quiera con tal rapidez, que equivaliese á -ser ubicuo. - -Para lograr esto, no vaciló en apelar á medios reprobados por Zoroastro, -fundador de su religión: bebió del mágico licor llamado Soma ú Homa, que -era considerado como el dios de la inspiración, y se untó las plantas de -los pies y de las manos, el pecho y la nuca, con linimentos que le -suministraron los hechiceros caldeos, los cuales tenían entonces -convento ó congregación en Ecbatana. - -Cualquiera que fuese la causa, lo cierto es que Estrianges empezó á -tener muy singulares visiones. Su alma, como si le nacieran alas para -volar y fuerzas para romper la cárcel del cuerpo, le abandonaba dormido, -y vagaba con velocidad por mil regiones, buscando siempre el escondido -objeto de su idea confusa. - -Una vez se halló Estrianges en medio de vastísima llanura, donde apenas -había árboles, sino larga y verde hierba. No reparó en otros accidentes -del paisaje, porque pronto se halló en un pequeño recinto, cuyas paredes -le pareció que flotaban como si fuesen de tela. Sobre enorme piel de -oso, extendida en el suelo, había una limpia cama, con cubierta de -púrpura. En la cama yacía durmiendo una tan bella mujer, que la -imaginación jamás la había fingido tan bella, ni con mucha distancia. Su -cuerpo, casi desnudo, era mórbido y gracioso, y modelado con suaves -curvas, aunque lleno de vigor; su tez, sonrosada y blanca; su frente, -despejada y serena; carmín sus labios; sus mejillas, como claveles, y su -luenga cabellera, tan abundante, tan rubia y tan gentilmente rizada en -ondas, que parecía envolver en parte á su dueño con manto de luz y de -oro. - -Extático la contempló Estrianges durante algún tiempo, cuya exacta -duración no pudo medir. Tampoco acertó á explicarse si su presencia -allí, meramente espiritual, ejercía algún influjo en la mujer dormida. -Notó, no obstante, que la mujer despertaba de pronto, abría los ojos y -miraba con cariño hacia el punto en que estaba él. Entonces creyó -advertir asimismo que los ojos de ella eran azules y llenos de luz, como -el cielo en el mediodía, y que en su gesto, en su actitud y en su mirada -se revelaban la inteligencia y todo el brío de un noble carácter. - -Por un momento pensó Estrianges que aquella mujer no era más que su -propia idea, que se proyectaba fuera de sí, saliendo de las nieblas -confusas del cerebro y tomando forma distinta; pero esta reflexión (como -la del que duda si estará despierto ó soñando, que sólo con dudar parece -que afirma que está despierto) le corroboró más en la creencia de la -realidad exterior y material del ser que contemplaba. Y esta creencia, -por último, hubo de convertirse para Estrianges en certidumbre cuando -entendió que otro sentido, además del de la vista, daba testimonio en su -alma de la existencia de aquella mujer. Estrianges la oyó decir con -acento peregrino y en idioma que comprendía, por más que no acertaba á -deslindar cuál fuese:--¿Quién viene á interrumpir mi sueño? ¿Quién me -perturba?--Luego con voz entera, aunque se tradujesen en ella la -inquietud y el enojo, exclamó la mujer:--_¡Hilka, hilka, bescha, -bescha!_--conjuro mágico, exorcismo asirio, que se ha conservado en uso -hasta nuestros días entre quienes cultivan y ejercen las ciencias y -artes ocultas, y que significa:--_¡Véte, véte, malo, malo!_ La fuerza de -este conjuro se tiene por irresistible cuando se pronuncia acompañado de -los signos que el ritual exige. Así es que el espíritu de Estrianges se -conmovió y se replegó apenas le hubo oído. La visión se apartó de su -vista, ó más bien, él se apartó de la visión. Estrianges se halló -despierto, en su lecho y en su propia alcoba, al lado de la princesa -Darvasastu, su legítima consorte. - -Mil veces intentó después volver á ver á la mujer misteriosa. Mil veces -excitó y lanzó á su espíritu en busca de ella. Todo fué en balde. Tan -potente era, sin duda, la virtud del exorcismo asirio. - -Estrianges acudió de nuevo inútilmente á los bebedizos mágicos y á los -impuros linimentos: se hizo iniciar en los misterios de Mitra, á fin de -adquirir recursos más poderosos para ver lo escondido y ser zahorí del -tesoro que cada día codiciaba más su alma; pero la mujer se sustraía á -sus sobrenaturales pesquisas. Por tales medios no volvió á verla -nunca. - - - - -ÍNDICE - - - _Páginas._ - -DAFNIS Y CLOE - -Introducción 5 - -Libro primero 35 - -Libro segundo 61 - -Libro tercero 89 - -Libro cuarto 117 - -Notas 148 - - -LEYENDAS DEL ANTIGUO ORIENTE 183 - -Lulú, Princesa de Zabulistán 219 - -Zarina 321 - - * * * * * - - ACABÓSE DE IMPRIMIR ESTE LIBRO - EN LA IMPRENTA ALEMANA - EN MADRID Á XXXI DÍAS - DE JULIO DE - MCMVII AÑOS - -[una barra decorativa] - - - - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of Dafnis y Cloe, leyendas del antiguo -Oriente, by Juan Valera - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK DAFNIS Y CLOE *** - -***** This file should be named 53330-0.txt or 53330-0.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/5/3/3/3/53330/ - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was -produced from images available at The Internet Archive) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. 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Thus, we do not necessarily -keep eBooks in compliance with any particular paper edition. - - -Most people start at our Web site which has the main PG search facility: - - http://www.gutenberg.org - -This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. diff --git a/old/53330-0.zip b/old/53330-0.zip Binary files differdeleted file mode 100644 index f06f879..0000000 --- a/old/53330-0.zip +++ /dev/null diff --git a/old/53330-h.zip b/old/53330-h.zip Binary files differdeleted file mode 100644 index 07fbde4..0000000 --- a/old/53330-h.zip +++ /dev/null diff --git a/old/53330-h/53330-h.htm b/old/53330-h/53330-h.htm deleted file mode 100644 index 8a2994c..0000000 --- a/old/53330-h/53330-h.htm +++ /dev/null @@ -1,8147 +0,0 @@ -<!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN" -"http://www.w3.org/TR/xhtml1/DTD/xhtml1-strict.dtd"> - -<html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml" lang="es" xml:lang="es"> - <head> <link rel="coverpage" href="images/cover.jpg" /> -<meta http-equiv="Content-Type" content="text/html;charset=utf-8" /> -<title> - The Project Gutenberg eBook of Dafnis y Cloe, por Juan Valera. -</title> -<style type="text/css"> - p {margin-top:.2em;text-align:justify;margin-bottom:.2em;text-indent:4%;} - -.c {text-align:center;text-indent:0%;} - -.cb {text-align:center;text-indent:0%;font-weight:bold;} - -.nind {text-indent:0%;} - -.r {text-align:right;margin-right: 5%;} - -.rt {text-align:right;} - -.rght {margin-left:70%;} - -.sans {font-family:sans-serif, serif;} - -small {font-size: 70%;} - -big {font-size: 130%;} - - h1 {margin-top:5%;text-align:center;clear:both;} - - h2 {margin-top:4%;margin-bottom:2%;text-align:center;clear:both; - font-size:120%;} - - h3 {margin:4% auto 2% auto;text-align:center;clear:both;} - - hr {width:90%;margin:2em auto 2em auto;clear:both;color:black;} - - hr.full {width: 60%;margin:2% auto 2% auto;border-top:1px solid black; -padding:.1em;border-bottom:1px solid black;border-left:none;border-right:none;} - - table {margin-top:2em;margin-bottom:1em;margin-left:auto;margin-right:auto;border:none;} - - body{margin-left:4%;margin-right:6%;background:#ffffff;color:black;font-family:"Times New Roman", serif;font-size:medium;} - -a:link {background-color:#ffffff;color:blue;text-decoration:none;} - - link {background-color:#ffffff;color:blue;text-decoration:none;} - -a:visited {background-color:#ffffff;color:purple;text-decoration:none;} - -a:hover {background-color:#ffffff;color:#FF0000;text-decoration:underline;} - -.smcap {font-variant:small-caps;font-size:100%;} - - img {border:none;} - - sup {font-size:75%;vertical-align:top;} - -.figcenter {margin-top:3%;margin-bottom:3%;clear:both; -margin-left:auto;margin-right:auto;text-align:center;text-indent:0%;} - @media print, handheld - {.figcenter - {page-break-before: avoid;} - } - -div.poetry {text-align:center;} -div.poem {font-size:90%;margin:auto auto;text-indent:0%; -display: inline-block; text-align: left;} -.poem .stanza {margin-top: 1em;margin-bottom:1em;} -.poem span.i0 {display: block; margin-left: 0em; padding-left: 3em; text-indent: -3em;} -.poem span.i2 {display: block; margin-left: 1em; padding-left: 3em; text-indent: -3em;} - -.pagenum {font-style:normal;position:absolute; -left:95%;font-size:55%;text-align:right;color:gray; -background-color:#ffffff;font-variant:normal;font-style:normal;font-weight:normal;text-decoration:none;text-indent:0em;} -@media print, handheld -{.pagenum - {display: none;} - } -</style> - </head> -<body> - - -<pre> - -The Project Gutenberg EBook of Dafnis y Cloe, leyendas del antiguo Oriente, by -Juan Valera - -This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with -almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - - -Title: Dafnis y Cloe, leyendas del antiguo Oriente - -Author: Juan Valera - -Release Date: October 20, 2016 [EBook #53330] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK DAFNIS Y CLOE *** - - - - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was -produced from images available at The Internet Archive) - - - - - - -</pre> - -<hr class="full" /> - -<div class="figcenter"> -<img src="images/cover.jpg" width="338" height="500" alt="" title="" /> -</div> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_001" id="page_001"></a>{1}</span></p> - -<p class="cb"> -<span class="sans">JUAN VALERA<br /> -———<br /> -<br /> -NOVELAS</span></p> - -<h1> -DAFNIS Y CLOE<br /> -<br /> -<small><span class="sans">LEYENDAS DEL ANTIGUO ORIENTE<br /> -———<br /> -<small>(FRAGMENTOS)</small></span></small></h1> - -<p class="cb"> -<img src="images/colofon.png" -width="80" -alt="" -/> -</p> - -<div class="rght"> -<p class="nind"> -<b><span class="sans">OBRAS COMPLETAS<br /> - -TOMO XII</span></b> -</p> -</div> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_002" id="page_002"></a>{2}</span> </p> - -<div class="rght"> -<p class="nind"> -Es propiedad.<br /> -Derechos reservados.<br /> -</p> -</div> -<p><span class="pagenum"><a name="page_003" id="page_003"></a>{3}</span></p> - -<p class="cb"><big> -DAFNIS Y CLOE<br /> -<br /> -Ó<br /> -<br /> -LAS PASTORALES DE LONGO</big><br /> -</p> - -<table border="1" cellpadding="5" cellspacing="0" summary=""> -<tr><td class="c"><a href="#INDICE">AL ÍNDICE</a></td></tr> -</table> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_004" id="page_004"></a>{4}</span> </p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_005" id="page_005"></a>{5}</span> </p> - -<h2><a name="INTRODUCCION" id="INTRODUCCION"></a> -<img src="images/ill_pg_005.png" width="500" height="" alt="" title="" /> -<br />INTRODUCCIÓN</h2> - -<p>Los aficionados á libros suelen cegarse con frecuencia y prestar á -muchas obras literarias un mérito que no tienen, y esperar que logren -una popularidad que al cabo no alcanzan. Es evidente que yo, cuando me -he tomado el trabajo de traducir esta novela, y me he atrevido luego á -presentarla al público, es porque creo, ó bien con fundamento, ó bien -inducido en error por dicha ceguedad, que esta novela es bonita é -interesante, y que ha de gustar y divertir á los lectores.</p> - -<p>Lejos de censurar, disculpo yo y hasta aplaudo la publicación de -cualquier libro antiguo, por malo que sea. La mayoría no tendrá la -paciencia de leerle; pero siempre le leerá con gusto y con interés -cierto breve círculo de personas estudiosas que busquen en él, y quizá -hallen nuevos datos para la historia literaria, ó curiosas noticias -sobre costumbres, usos, hechos históricos, estilo y lenguaje de una -época y nación determinadas. De libros<span class="pagenum"><a name="page_006" id="page_006"></a>{6}</span> publicados con este objeto debe -salir á la venta muy pequeño número de ejemplares. No son, ni pueden ser -en realidad, libros para el público, sino para unos cuantos bibliófilos.</p> - -<p>No es así como yo traduzco y publico en castellano la novela de Longo. -La publico como algo que, en mi sentir, puede y debe gustar aún al -vulgo; como algo que puede ser popular en nuestros días.</p> - -<p>Á fin de manifestar las razones en que me apoyo para pensar así, escribo -esta introducción.</p> - -<p>Escasísima cantidad de obras maestras tiene una fama que jamás se -marchita. Sus autores se llaman por excelencia los autores clásicos, y -toda persona culta, ó que presume de culta, los compra, aunque nunca los -lea. Si por acaso acomete, en ratos de ocio, la lectura de uno de estos -autores, pongo por caso de Homero, de Píndaro ó de Virgilio, á las pocas -páginas, ó se duerme ó se aburre. Tres modos principales suele emplear -después el lector aburrido ó dormido para explicar su aburrimiento ó su -sueño. Si es muy modesto, se echa la culpa á sí propio, reconociendo que -carece de la educación estética ó de la aptitud natural bastante para -penetrar el sentido de lo que lee, y apreciar y ponderar todos los -primores y bellezas del estilo, teniendo en cuenta, además, que es -menester cierto aparato de erudición y cierto esfuerzo de fantasía<span class="pagenum"><a name="page_007" id="page_007"></a>{7}</span> para -trasladarse en espíritu á la edad en que vivió el autor y para ponerse -en lugar de uno de sus contemporáneos, participando de sus creencias, -afecciones y anhelos, único modo de comprender todo el valor de lo que -lee, y de sentir, al leerlo, la misma honda impresión que sintieron, sin -duda, los hombres que vivían cuando el autor, y para quienes el libro se -compuso. Los que se explican así el no gustar de un autor clásico son -los menos, porque la modestia y la humildad son prendas rarísimas. Otros -hay que se lo explican todo dejando á salvo al autor y echando la culpa -al traductor desgraciado. Busca, por ejemplo, una persona elegante y de -mundo, que oye decir que la <i>Iliada</i> es un trabajo prodigioso, una -traducción castellana de la <i>Iliada</i>; le dan la de Hermosilla: empieza á -leerla, se harta á las seis ó siete páginas, y acude, para desenojarse, -á una novela de Daudet ó de Belot, que le parece mil veces más -agradable. No atreviéndose á decir que Homero es insufrible, y que todos -los críticos que le han elogiado lo hacían por seguir la corriente, ó -porque eran unos pedantones que con tales elogios querían darse tono, -decide que el traductor lo ha estropeado todo, en lo cual, hasta cierto -punto, no se equivoca á veces, y de esta suerte deja á salvo, por una -parte, el buen gusto y la agudeza y perspicacia que él cree tener, y por -otra, la autoridad de los siglos y<span class="pagenum"><a name="page_008" id="page_008"></a>{8}</span> el general y constante -consentimiento de varias y diversas civilizaciones y de muchas -generaciones, que han decidido que los cantos de Homero son de la mayor -belleza. Los más atrevidos por último, se van derechos contra el autor, -y decretan que Homero es soporífero; que en la edad bárbara en que -vivió, tal vez gustaría; pero que ahora no hay quien le aguante, y que -ni los mismos que le encomian le leen, sino que aprenden lo más -substancial de lo que dice, en algún compendio ó manual de historia de -la Literatura, y suponen que le han leído y hasta que se han encantado -leyéndole, para darse tono y lustre de discretos y de profundos.</p> - -<p>Á mí me ha ocurrido con frecuencia que hombres políticos de primera -magnitud, que han sido ministros cuatro ó cinco veces, abogados famosos, -hacendistas y economistas, me hayan excitado á que me desemboce con -ellos y les confiese que Homero no puede haberme gustado, si es que le -he leído. Y como yo me obstinara en que le había leído y en que me -gustaba, me han tenido por hipócrita literario ó por hombre disimulado y -lleno de fingimiento, á fin de darme importancia de erudito y humanista.</p> - -<p>Lo expuesto hasta aquí debiera arredrarme, en vez de animarme, para -publicar á Longo; pero yo discurro de otra suerte. Es verdad que los -poetas<span class="pagenum"><a name="page_009" id="page_009"></a>{9}</span> clásicos, griegos y latinos, no gustan al vulgo de los -españoles; pero ¿por qué no han de gustar los prosistas?</p> - -<p>Para que no gusten ni sean populares los poetas hay, á más de las ya -expuestas, otras muchas razones que vamos á exponer. Nosotros poseemos -una riquísima poesía nacional, tanto más popular cuanto más se aparta en -todo del antiguo gusto clásico. Para el asunto, si es narrativa, nos -deleita la Edad Media ó los tiempos de la casa de Austria, idealizados -de cierta manera y como nunca fueron; para los sentimientos y -pensamientos, los católicos y piadosos, aunque el poeta sea ateo y los -entrevere y combine con modernas filosofías; y para la forma, ó gran -riqueza de rimas, ó la asonancia del romance, ó la castiza y también -asonantada seguidilla. Ahora bien; sin entrar aquí á buscar la causa, es -lo cierto que Homero y Virgilio se despegarían puestos en seguidillas ó -en romances, y puestos en octavas reales ó en décimas, no sólo se -despegan también, sino que es imposible que el más hábil versificador, -forzado por el consonante, no ponga mucho de su cosecha, y además -abundantes ripios en su traducción. La versificación clásica antigua, -sobre todo los exámetros, han pasado con fortuna á varias lenguas -modernas. En inglés y en alemán se escriben y se leen con gusto los -exámetros. En castellano casi nadie los ha escrito,<span class="pagenum"><a name="page_010" id="page_010"></a>{10}</span> y nadie los -resiste. Y el verso endecasílabo libre que, á mi ver, es muy á propósito -para este género de traducciones, y aun para escribir narraciones -poéticas originales, inspira en España verdadero aborrecimiento, acaso -porque rara vez se ha hecho bien hasta ahora. Como, por otra parte, el -vulgo no tiene acostumbrado el oído, no percibe la armonía de esta -versificación, ni comprende su valer, y la juzga prosa cansada.</p> - -<p>Longo, que está en prosa y que yo traduzco en prosa, no ofrece ninguna -de estas graves dificultades. Es cierto que no debe considerarse como un -autor clásico; pero también es cierto que su obra pertenece á un género -más de moda hoy que nunca; <i>Dafnis y Cloe</i> es una novela. Y como, á mi -ver, es la mejor que se escribió en la antigüedad clásica, y está -traducida en casi todos ó en todos los idiomas modernos, he creído que -debiera estarlo también en castellano, y que una traducción fiel y hecha -con alguna gracia, si atinaba yo á dársela, había de agradar á todos.</p> - -<p>Harto sé, no obstante, que los libros, no ya clásicos y capitales, por -decirlo así, sino de segundo orden, como suelen ser las novelas, están -aún más sujetos á la moda que los demás libros. Homero y Virgilio, -aunque ya no divierten al vulgo, siguen y seguirán siempre siendo el -encanto de los doctos aun de los medianamente instruídos; pero á veces<span class="pagenum"><a name="page_011" id="page_011"></a>{11}</span> -hasta las novelas, que fueron en su época delicia de todos, no hay quien -las sufra en el día: ni los más literatos llevan con paciencia su -lectura. ¿Qué portugués, por sabio que sea, lee ahora, sin saltar una -página, la <i>Menina e moça</i>, de Bernardín Riveiro? ¿Qué español se traga -la <i>Diana</i>, de Jorge de Montemayor? El <i>Amadis de Gaula</i>, que durante -dos siglos ó más hechizó y deleitó á toda Europa, yace hoy arrinconado -para que algún paciente erudito ó algún lector tan incansable como raro -le lea por entero.</p> - -<p>Esta efímera popularidad de la novela debe de consistir, sin duda, en -que las más estimadas y leídas en su época se lo debieron, no á -cualidades permanentes, sino al estilo de moda: á algo de convencional, -que hechiza en un momento y que un momento después empalaga y aburre por -falso y afectado.</p> - -<p>Hay excepciones de esta regla; hay algunas novelas que por encima de la -beldad de convención poseen la beldad absoluta. Tales novelas sólo -sobreviven, se salvan del olvido en que las otras caen, y llegan á -contarse en el número de los libros clásicos. En toda época, pues, son ó -deben ser leídas por las personas de buen gusto. No pretendamos por eso -que el vulgo las lea también. Algo más las leerá y algo más habrán de -agradarle que los grandes poetas antiguos; pero nunca, ni con<span class="pagenum"><a name="page_012" id="page_012"></a>{12}</span> mucho, le -parecerán tan bien como cualquiera novela novísima, según el estilo y la -moda vigentes. Yo tengo para mí que el mismo <i>Quijote</i>, con ser novela -extraordinaria, sin par y única, la más espléndida joya de nuestra -literatura, el fruto más rico y sazonado del ingenio español, el libro -al lado del cual no se podrá poner acaso sino una docena de otros libros -desde que los hay en el mundo, no es hoy leído sino por literatos, -mientras que el vulgo y gran multitud de personas cultas, vulgo en esto, -se aburren leyéndole, si es que intentan leerle, y apenas perciben -algunas de sus bellezas, y las demás se escapan por completo á su -percepción, aunque la tengan muy viva, sutil y despierta para comprender -hasta los ápices y más menudos primores de Feuillet, Musset, Mérimée, -Sue, Balzac, Dickens, Dumas, Víctor Hugo y otra caterva de novelistas -contemporáneos, extranjeros, y aun españoles. Claro está que por -patriotismo, por no contrariar la corriente, con lo cual se harían en -este caso reos de lesa gloria nacional, casi todos afirman y sostienen -que el <i>Quijote</i> es obra admirable, si bien la admiran por fe y sin -leerla.</p> - -<p>Y no digo esto lamentándolo, sino para consignar un hecho. Esta -diversidad de gustos, esta moda vulgar de cada siglo, es conveniente. -¿Qué sería del infeliz escritor si el gusto fuese siempre igual? ¿Qué -concurrencia no le harían los autores antiguos?<span class="pagenum"><a name="page_013" id="page_013"></a>{13}</span> ¿Cómo competir en -España con el ignorado autor de la <i>Celestina</i> ó del <i>Amadis</i> y con -tantos otros famosos novelistas, si sus obras tuviesen hoy la vida, la -frescura y el encanto, y si fuesen tan sentidas y comprendidas del vulgo -como cuando se escribieron? Muchos, los más de los que hoy escribimos, -tendríamos que cruzarnos de brazos, llenos de aflicción y desaliento. -¿Quién escribiría un drama si gustasen y se comprendiesen Calderón y -Lope y Tirso, y respondiesen hoy, como en el siglo <small>XVII</small>, á los afectos, -pasiones y creencias de la muchedumbre?</p> - -<p>De todos modos, yo entiendo que la novela de <i>Dafnis y Cloe</i> dista no -poco de ser una obra extraordinaria; pero entiendo también que hay en -ella mérito bastante para colocarla en el número de las novelas -excepcionales, de belleza absoluta é independiente de la moda. Esto me -basta para justificar su traducción y su publicación en castellano. -Pero, ¿cómo he de fundar en esto la esperanza de que se divulgue y sea -popular la novela que traduzco y patrocino?</p> - -<p>Lo espero, en primer lugar, por su concisión, pues no pasa, traducida -por mí, de 120 páginas. Y la espero también, porque la traducción -francesa de Courier, refundiendo la de Amyot, y las disputas de Courier -con Furia por ocasión de la mancha de tinta, han dado en Francia no muy -distante<span class="pagenum"><a name="page_014" id="page_014"></a>{14}</span> celebridad y popularidad á esta novela; y como las modas -vienen á España de Francia, pudiera ser que viniese esta moda de gustar -de <i>Dafnis y Cloe</i>.</p> - -<p>Otra razón para que la novela guste, es la sencillez de su estilo, donde -la belleza de convención no entra para nada, pues los autores griegos, -hasta en la edad de decadencia, como se cree que fué la de Longo, se -dejaban más difícilmente extraviar por los artificios conceptuosos al -uso ó al gusto de un momento.</p> - -<p>Razón es asimismo la de que, á pesar de lo que aseguran muchos, de que -los autores griegos y latinos no sentían ni comprendían tan hondamente -la Naturaleza como los modernos y los orientales, en <i>Dafnis y Cloe</i> la -Naturaleza está viva, cuando no hondamente sentida y pintada. Así lo -declaran el sabio Humboldt, en el <i>Cosmos</i>, Villemain y otros críticos. -La brevedad de estas descripciones hace que hieran con más vigor la -fantasía de todo lector un poco atento, sin peligro de que fatiguen como -ocurre con frecuencia en las descripciones minuciosas, analíticas é -interminables de muchos escritores modernos, de quienes se diría que -miran con microscopio, tocan con escalpelo y escriben con plomo -derretido.</p> - -<p>Una gran contra, fuerza es confesarlo, tiene, por cierto, <i>Dafnis y -Cloe</i>: el realismo de sus escenas amorosas, y la libertad, que raya en -licencia, con<span class="pagenum"><a name="page_015" id="page_015"></a>{15}</span> que algunas están escritas; pero sirva de disculpa que lo -que en <i>Dafnis y Cloe</i> pueda tildarse de licencioso no es en el fondo -perverso, y si algo de esto último hay en el original, lo hemos cambiado -ó suprimido. En las impurezas de <i>Dafnis y Cloe</i> resplandecen además -cierto candor y cierta nitidez, y hasta me atrevo á decir que la desnuda -y limpia inocencia del mármol pentélico, trabajado por el cincel del -escultor antiguo. Para mí sería no menos injusto tildar de poco decentes -algunas escenas de <i>Dafnis y Cloe</i>, como tildar de poco decentes el -Apolo de Beldevere y la Venus de Milo. Toda la culpa, si la hay, está en -el desnudo. Vestidas, y bien vestidas, están Fanny, Madame Bovary, <i>La -mujer de fuego</i>, <i>La Dama de las Camelias</i> y otras mil heroínas del día, -y son harto menos honestas que Cloe. Inmensa, pongamos por caso, es la -distancia entre Cloe, que ama á Dafnis sin ningún interés y por él -mismo, y jura serle fiel y le es siempre fiel en vida y en muerte, y la -heroína de Goethe, Margarita, á quien las damas más púdicas admiran, no -ya á solas, en su estancia, donde no es pública la desvergüenza, sino en -pleno teatro, por lo menos haciendo gorgoritos en italiano, y en cuya -seducción interviene, no obstante, el incentivo de la codicia, el regalo -de las joyas, y donde ella, para estar con más descuido en los brazos de -su amante, da á su madre un narcótico, y para<span class="pagenum"><a name="page_016" id="page_016"></a>{16}</span> ocultar su pecado, mata á -su hijo. Todo lo cual no impide que Margarita sea admirada como criatura -angelical, modelo de ternura y de otras virtudes, y que se vaya derecha -al cielo, sin media hora siquiera de purgatorio, y que después interceda -con la Virgen María para llevarse también por allá al bribonazo del -doctor Fausto, del cual ha hecho el poeta alemán un extraño Job al -revés, ya que, en lugar de padecer con resignación las duras pruebas á -que somete el diablo al Job árabe, hace, con ayuda del diablo, cuanta -maldad y bellaquería se le antojan, sin escrúpulo de conciencia; y para -distraer sus melancolías en la ocasión más terrible, cuando ha -deshonrado y perdido á Margarita y causado la muerte de tres personas, -se va á bailar el jaleo con brujas jóvenes y bonitas en un estupendo y -desenfrenado aquelarre.</p> - -<p>Al lado de <i>Fausto</i>, al lado de gran parte de los más celebrados libros -modernos, es inocentísimo el que traducimos.</p> - -<p>Algo podrá también influir para que guste y para que las antedichas -faltas se perdonen ó se disimulen, el haber indudablemente servido de -modelo á la famosísima y con razón encomiada novela de Bernardino de -Saint-Pierre, que se titula <i>Pablo y Virginia</i>. No negaré yo que en ésta -el pudor y el espiritualismo de los amores se levantan inmensamente por -cima de lo que se pinta y refiere<span class="pagenum"><a name="page_017" id="page_017"></a>{17}</span> en <i>Dafnis y Cloe</i>, como que allí -todo está informado, á pesar del autor que era poco cristiano, por el -casto espíritu del cristianismo, mientras que <i>Dafnis y Cloe</i> es obra -gentílica; pero en otras cosas, á mi ver, <i>Dafnis y Cloe</i> aventaja á -<i>Pablo y Virginia</i>. En esta última novela hay, sin duda, en medio de sus -sencillas y naturales bellezas, sobrada afectación y <i>sensiblería</i> -malsana, propias de Rousseau, maestro de Saint-Pierre, y teosófico -prurito de buscar en la Naturaleza una revelación religiosa, mientras -que en <i>Dafnis y Cloe</i> hay religión positiva, aunque sea mala, y todo es -más candoroso y menos alambicado.</p> - -<p>Tales son las principales razones que me asisten para creer que <i>Dafnis -y Cloe</i> puede gustar aún al vulgo en España.</p> - -<p>Ya otra novela griega, que ha sido dos ó tres veces traducida ó -parafraseada en español, la única quizá que ha obtenido esta honra, -<i>Teágenes y Cariclea</i>, de Heliodoro, gustó mucho durante más de un -siglo, como lo prueban, Cervantes imitándola en el <i>Persiles</i>; Calderón -tomando asunto de ella para su comedia <i>Los Hijos de la Fortuna</i>; la -antigua traducción hecha por Fernando de Mena y publicada en 1516, y la -nueva hecha del latín, como la antigua, por D. Fernando Manuel del -Castillejo, en el año de 1722. Ambas traducciones gustaron, aunque son -desmayadísimas, y más que<span class="pagenum"><a name="page_018" id="page_018"></a>{18}</span> traducciones, desleídas paráfrasis. La novela -de Heliodoro, además, hasta en el original peca de fastidiosa, si bien -en la moral apenas tiene punto vulnerable, como obra de un santo varón -cristiano que llegó á ser obispo.</p> - -<p>Debe, por último, excitar la curiosidad pública y avivar el deseo de -leer la novela de <i>Dafnis y Cloe</i> la consideración de ser la primera por -su merecimiento, ya que no en el orden cronológico, de cuantas nos ha -dejado la literatura griega, germen fecundo y guía constante de todas -las literaturas de la moderna Europa.</p> - -<p>Aunque de la historia de este género de ficciones, que hace tiempo se -llaman <i>novelas</i>, y que tan en moda están en el día, pudiéramos -excusarnos de hablar, remitiendo al lector á los autores de más valer -que sobre ello han escrito, bueno será poner algo aquí, en breve -resumen, acerca de la novela griega en general, y singularmente acerca -de <i>Dafnis y Cloe</i>, tomando por guía á Chassang, á Chauvin, á Sinner, á -Dunlop y á otros.</p> - -<p>Cierto que la novela, escrita en prosa con alguna extensión, en una -forma aproximada á aquella en que hoy la concebimos y escribimos, y -contando lances de la vida privada de personas, no históricas, sino -particulares y fingidas las más veces, es una aparición muy tardía en la -literatura griega, y se puede y debe colocar en época de decadencia,<span class="pagenum"><a name="page_019" id="page_019"></a>{19}</span> al -menos relativa; pero, si por novela hemos de entender toda narración, -oral ó escrita, en prosa ó en verso, de casos inventados, ya se inventen -con plena conciencia, ya se imaginen ó se sueñen por unos hombres de un -modo espontáneo é inconsciente, y por otros se crean verdaderos y -reales, la novela es tan antigua como el mundo, desde que vive en el -mundo gente que habla.</p> - -<p>Los griegos la llamaron <i>mytho</i>, y los latinos <i>fábula</i>. <i>Contar ó -hablar</i> equivalía á referir <i>fábulas ó mythos</i>. <i>Hablar</i> viene de -<i>fabulor</i>, que á su vez viene de <i>fábula</i>; y <i>mytho</i> en griego significa -á la vez palabra, discurso, fábula, ó tradición popular cuento. Toda -<i>habla</i> tenía, pues, en lo antiguo, sobre todo cuando narraba, mucho de -cuento, novela ó fábula. Por medio de ellas se explicaban los fenómenos -de la Naturaleza: el terror de los bosques, el curso del sol y de las -estrellas, la vida misteriosa de las plantas, la voz del escondido eco, -la recóndita inmensidad y el prolífico abismo de los mares, el -subterráneo origen de las fuentes, el brío devorador á par que plasmante -de la llama, la lucha de los elementos, sus afinidades y consorcios -fecundos, la fuerza que amontona los metales ó que cuaja el cristal en -las entrañas de la tierra, el arco iris que se extiende en la bóveda -azul, las tinieblas de la noche, el fulgor de la aurora, las nubes, el -trueno, el rayo, la lluvia que fertiliza y el<span class="pagenum"><a name="page_020" id="page_020"></a>{20}</span> viento que destroza; -cuanto hiere, en suma, la imaginación de los hombres, cuando la -Naturaleza hablaba con más poderosa voz que en el día á sus potencias y -sentidos, sin apartar el velo que la cubre ni hacer patentes sus -entonces inefables y temerosos arcanos. Los afectos, pasiones y -apetitos, que conmovían nuestro ser, no analizados tampoco entonces, ni -fisiológica ni psicológicamente, se personificaban del mismo modo que -los fenómenos naturales externos, y de aquí nacían también dioses y -diosas, demonios y genios. Cada uno de estos seres fantásticos tenía su -vida propia. Su historia, ya se refería, ya se cantaba en himnos. Los -acontecimientos humanos, las conquistas bienhechoras ó destructoras, la -emigración de los pueblos, la fundación de ciudades, reinos ó -repúblicas, los viajes por mar y por tierra en un mundo apenas conocido, -donde la imaginación ponía lo que el entendimiento ignoraba; todo esto, -engrandecido á poco de suceder, y á veces á par que sucedía, sin que -nadie lo escribiese, transmitiéndose y creciendo al pasar de boca en -boca, y conservado á menudo en la memoria, merced á la palabra rítmica, -dejaba de ser historia, se convertía en cuento, fábula ó <i>mytho</i>, y era, -en suma, la materia épica diseminada ó difusa. En ella se guardaba, -oculto en símbolos y figuras, todo el saber de las primeras edades; de -donde, con el andar del tiempo,<span class="pagenum"><a name="page_021" id="page_021"></a>{21}</span> salieron las maravillosas epopeyas, -cuando un vate singular y dichoso acertó á reunir los dispersos cantares -en armónico conjunto; y de donde la historia brotó más tarde, cuando un -observador, curioso y discreto, agrupó esos mismos cantares épicos, -hablas y tradiciones, poniéndolos en desatada prosa y procurando dar -alguna razón de ellos en virtud de la crítica naciente.</p> - -<p>De aquí que, en fuerza de ser todo novela (religión, geografía, -historia, ciencias naturales, moral y política), no viniese hasta muy -tarde la novela propiamente dicha.</p> - -<p>Han disputado muchos eruditos sobre la procedencia de la novela griega. -Unos, como Huet, suponen que vino del Oriente; otros, que nació en -Grecia, original y castiza. Yo creo que, sin duda, los primitivos -griegos traían ya sus creencias y sus <i>mythos</i> desde que emigraron de la -cuna de la raza aria, en las faldas del Paropamiso; que fueron después -inventando mucho, y que tomaron también no poco de Egipto, de Fenicia, -del Asia Menor, de Tracia y de otras regiones y pueblos; pero los -griegos, admirablemente dotados por la Naturaleza, pusieron en todo el -sello de su propio ser: la gracia, la medida, la armonía y el buen gusto -instintivo é innato.</p> - -<p>Como quiera que ello sea, la ficción fué, en un principio, candorosa, y -no reflexiva: tuvo carácter<span class="pagenum"><a name="page_022" id="page_022"></a>{22}</span> épico, tanto por el sujeto que fingía, -cuanto por el objeto fingido. No era la ficción individual, ó se habían -perdido las huellas de que lo fuese: era obra de la imaginación -colectiva: no era historia fingida adrede, sino creída y soñada; ni era -tampoco de casos meramente domésticos, sino importantes al pueblo todo ó -á todos los hombres: historia de reyes, de patriarcas, de héroes -epónimos, de dioses y semi-dioses, los cuales, ya, como Hércules, Teseo, -Perseo y Belerofonte, altos modelos de los ulteriores caballeros -andantes, socorrían doncellas, amparaban menesterosos y libertaban la -tierra de monstruos y tiranos; ya, como Baco, Osiris y los Argonautas, -se extendían por el mundo, civilizándole en expedición conquistadora; -ya, como Hermes, inventaban artes que hacen grata la vida; ya, como -Prometeo, arrostraban la cólera del cielo y del inflexible destino, á -fin de salvar, mejorar ó ennoblecer al género humano.</p> - -<p>Cuando toda esta materia épica pasó de ser oral á ser escrita, y -perdiendo el ritmo ó forma de la poesía, vino á ponerse en prosa, la -ficción, ó dígase la novela en su más lato sentido, entró en un período -importante de su historia, si bien aun apenas aparecía aislada, sino -combinándose con todo. Los moralistas se valían de ella para inculcar -sus preceptos, y los filósofos y políticos para hacer más perceptibles y -populares sus teorías y sistemas. De<span class="pagenum"><a name="page_023" id="page_023"></a>{23}</span> aquí las fábulas de Platón sobre -la Atlántida y sobre Her el armenio, la del grave Aristóteles sobre -Sileno y Midas, y la de Jenofonte sobre la educación de Ciro.</p> - -<p>Lo inexplorado hasta entonces de este planeta en que vivimos, daba lugar -á innumerables <i>utopias</i>; esto es, á tierras incógnitas ó muy remotas, -donde vivían pueblos extraños, ya por lo monstruoso de su ser y -condición, ya por estar gobernados de una manera singular y perfecta, -según el gusto de quien transmitía ó inventaba la ficción. Así nacieron, -y se pusieron en diversos sitios, reinos ó repúblicas de amazonas, de -pigmeos y de arimaspes, y así surgieron también islas afortunadas: el -país de los hiperbóreos, amados de Apolo; la tierra de los meropes, la -nación india de los atacoros, y hasta la Pancaya de Evhemero.</p> - -<p>De la misma suerte que, por ignorancia de la geografía, se creaban -países y pueblos fantásticos, por el desconocimiento de los casos -pasados, emigraciones de razas, conquistas, victorias, civilizaciones -florecimientos y decadencias, nacieron multitud de historias de pueblos -primitivos, donde á veces, sobre la leve trama de algunos hechos reales, -la fantasía tejía y bordaba mil prodigios.</p> - -<p>Para dar autoridad á alguna doctrina religiosa ó filosófica, casi se -forjaba un personaje y toda su portentosa historia, como la de Abaris ó -la de Zamolxis,<span class="pagenum"><a name="page_024" id="page_024"></a>{24}</span> y, por el contrario, para glorificación de un personaje -real, se forjaba su leyenda. Así se escribieron no pocas vidas, no ya -sólo de reyes, héroes y conquistadores, sino también de sabios y de -filósofos, como la de Pitágoras por Jámblico y Porfirio, la de Apolonio -de Tyana por Filostrato, la de Plotino por Porfirio, y la de Proclo por -Marino. Hasta para dar una explicación racionalista á la historia -divina, para traer á la tierra á los númenes que el vulgo adoraba, y -reducirlos á la condición y proporciones humanas, se inventan fábulas no -menos increibles y absurdas que la misma religión que tiraban á -destruir, como ocurría en la ya citada Pancaya de Evhemero, quien cuenta -hoy, sin las disculpas que él tenía, tan numerosos y brillantes -discípulos, v. gr.: Rodier, Renan, Moreau de Jonnes, y sobre todo, el -autor de un libro titulado <i>Dios y su tocayo</i>, donde se pretende probar -que Jehováh era el emperador de la China, y Adán un súbdito rebelde, -expulsado del Celeste Imperio.</p> - -<p>Es evidente que al señalar aquí las diversas direcciones que tomó entre -los griegos el espíritu de invención novelesca, lo hacemos con rapidez y -á grandes rasgos, y no podemos ceñirnos á la cronología, ni marcar con -precisa distinción épocas y períodos. Baste que nos atrevamos á afirmar -que hasta los tiempos de Alejandro Magno, apenas queda rastro de lo que -ahora podemos llamar <i>novela<span class="pagenum"><a name="page_025" id="page_025"></a>{25}</span> de costumbres</i>. Toda ficción es sobre algo -que toca ó interesa á la vida pública, ya religiosa, ya política, ya -filosófica. La novela de casos domésticos estaba en gérmen y reducida al -cuento oral, que hasta muy tarde no empezó á coleccionarse.</p> - -<p>Estos cuentos venían principalmente de Mileto, de Sibares y de Chipre, y -eran á menudo amorosos y obscenos. Los más antiguos recopiladores de -estos cuentos, de quienes se tiene noticia, son de la edad de Alejandro, -ó posteriores, como Clearco de Soli, Partenio de Nicea, maestro de -Virgilio, y Conón, que vivió en el mismo tiempo.</p> - -<p>Con la novela hubo de suceder lo mismo, en cierto modo, que con el -teatro cómico. Aristófanes, en la comedia antigua, habla y trata de la -vida pública, política y religiosa. Viene después la comedia media, que -trata aún de la vida pública; pero, ya perdidas la actividad y la -libertad de la democracia ateniense, olvida lo político, y se emplea en -representar filósofos y cortesanas. Sólo con Menandro, en la comedia -nueva, aparece la verdadera vida interior doméstica, y se pintan -caracteres y pasiones de personajes privados.</p> - -<p>En la novela, lo que responde á la comedia nueva en el teatro, esto es, -lo que hasta cierto punto pudiéramos llamar <i>novela de costumbres</i>, vino -mucho más tarde. Todo novelista de este género puede afirmarse que es -posterior á la era cristiana.<span class="pagenum"><a name="page_026" id="page_026"></a>{26}</span></p> - -<p>No por esto juzgo yo, como los clasicistas severos, que es época de -decadencia ésta en que apareció la novela de dicha clase. Verdad que el -siglo de oro de las letras griegas fué el de Pericles; pero autores -eminentes hubo en épocas distintas, y nuevos períodos de florecimiento y -nuevos campos para luchar y vencer se abrieron después en repetidas -ocasiones al ingenio helénico; ora bajo los Ptolomeos y otros sucesores -de Alejandro, en filosofía, en ciencias exactas y naturales, y en poesía -lírica y bucólica; ora bajo la dominación de Roma, en quien infundió -Grecia su cultura; ora con la aparición y difusión del cristianismo y el -gran movimiento de ideas que trajo en pos de sí, aun hasta después de -caer el imperio de Occidente. Yo creo que no pueden llamarse épocas de -decadencia en una literatura aquéllas en que florecen poetas como -Teócrito, Bion y Calímaco; prosistas como Polibio, Plutarco y Luciano; -filósofos como Plotino, y escritores tan elocuentes y pensadores tan -profundos como tantos y tantos Padres de la Iglesia.</p> - -<p>En esta última época, á saber, desde el primero al quinto ó sexto siglo -de la era cristiana, es cuando escriben los principales novelistas -griegos de la novela propiamente dicha, ó dígase de la <i>novela de -costumbres</i>, ó más bien de la novela de amor y aventuras ya que las -costumbres no se pintaban<span class="pagenum"><a name="page_027" id="page_027"></a>{27}</span> entonces con la exactitud de ahora; no se -empleaba lo que hoy llamamos ó podemos llamar <i>color local y temporal</i>, -sino cuando esto salía sin caer en ello los autores; ni mucho menos -había, ni era posible que hubiese, este análisis psicológico de las -pasiones y afectos, que hoy se usa y agrada tanto. En cambio, el empleo -de lo sobrenatural y prodigioso no era tan difícil como en el día, -porque los hombres creían sin gran dificultad, por donde era llano -ingerir en las novelas lo fantástico de las antiguas fábulas -filosóficas, religiosas, geográficas é históricas.</p> - -<p>Las novelas más famosas y conocidas del expresado género son: la -<i>Eubea</i>, de Dion Crisóstomo; el <i>Asno</i>, de Lucio de Patras; <i>Las -Efesiacas</i>, de Jenofonte de Efeso; <i>Teágenes y Cariclea</i>, de Heliodoro; -<i>Leucipe y Clitofonte</i>, de Aquiles Tacio, y <i>Las Pastorales</i>, de Longo, -ó <i>Dafnis y Cloe</i>, que damos aquí traducida, y que es sin duda la mejor -de todas, ya que el <i>Asno</i>, de Lucio, es ferozmente obsceno, y la -<i>Eubea</i>, de Dion, tiene poco interés, por más que esté lindamente -escrita. Las otras novelas de dicha época son en el día harto pesadas de -leer. Y las novelas posteriores, del Bajo Imperio, no son más amenas -ahora, si bien son en extremo interesantes por lo mucho que influyen en -el desenvolvimiento de todas las literaturas del centro y occidente de -Europa durante la Edad Media; ya<span class="pagenum"><a name="page_028" id="page_028"></a>{28}</span> en leyendas y cuentos; ya en poemas y -libros de caballerías; ya en el mismo teatro, cuando el renacimiento y -después, como sucede, por ejemplo, con la historia de Apolonio de Tiro, -el poema de Alejandro y las historias troyanas.</p> - -<p>Según ya hemos dicho, aunque nuestro elogio se atribuya á pasión de -traductor, <i>Dafnis y Cloe</i> es la mejor de todas estas novelas; la única -quizá que, por la sencillez y gracia del argumento, por el primor del -estilo, y en suma, por su permanente belleza, vive y debe gustar en todo -tiempo.</p> - -<p>Contra los ataques que se han dirigido á su poca moralidad y decencia, -ya la hemos defendido hasta donde nos ha sido posible. De otras faltas -es harto más fácil defenderla. Una, sobre todo, apenas se comprende que -haya críticos juiciosos que se la atribuyan: la de la intervención -milagrosa de Pan para salvar á Cloe, á quien llevaban robada. Lo extraño -es que los críticos se hayan fijado en este momento, como si en él -apareciese sólo lo sobrenatural, y no hayan querido comprender que, -desde el comienzo de la novela, lo sobrenatural interviene en todo. Sin -su intervención la novela no sería verosímil, y por lo tanto, no sería -divertida. La verosimilitud estética se funda, pues, en la creencia en -ciertos seres por cima del ser humano y que le amparan y guían; en la -creencia en las Ninfas; en Amor, no como figura alegórica, sino como<span class="pagenum"><a name="page_029" id="page_029"></a>{29}</span> -persona real, viva y divina, y en Pan, como dios protector de los -pastores, belicoso á veces y tremendo.</p> - -<p>Sin la providencia especial de estas divinidades, sin el cuidado que -toman por Dafnis y Cloe y sin la elección que hacen de ellos para un -caso singular de enamoramiento dulcísimo, ni se hubieran salvado los -niños recién nacidos, abandonados en medio del campo, ni los hubieran -criado con tanto amor una cabra y una oveja, ni hubieran conservado su -rara hermosura á pesar de las inclemencias del cielo, ni hubieran sido -tan sencillos é inocentes, ni hubiera pasado, en resolución, casi nada -de lo que en la novela pasa. Por esto es de maravillar que los críticos -censuren el milagro de Pan para libertar á Cloe, y no censuren los demás -milagros ni se paren en ellos.</p> - -<p>Ni yo creo en Pan ni en las Ninfas, ni hay lector en el día que pueda -creer en tales disparates; mas, para la verosimilitud estética, es -fuerza ponerse en lugar del vulgo gentílico que en un tiempo dado -(todavía cuando la novela se escribió) creía en las mencionadas -patrañas, sobre todo en lugares agrestes, lejos de las grandes ciudades. -Una vez concedido esto, todo es verosímil y llano.</p> - -<p>Dafnis y Cloe, en completo estado de naturaleza, aunque sublimado é -idealizado por el favor divino, pero por el favor divino de dioses poco<span class="pagenum"><a name="page_030" id="page_030"></a>{30}</span> -severos, se aman antes de saber que se aman, son bellos é ignorantes, -contemplan y comprenden su hermosura, y de esta contemplación y -admiración nace un afecto bastante delicado para dos que viven casi vida -selvática: él sin colegio ni estudio de moral, y ella sin madre -vigilante y cristiana, sin aya inglesa que la advierta lo que es -<i>shocking</i>, y sin nada por el estilo. Si el autor, dado ya el asunto, -hubiera puesto en los amores de sus dos personajes algo de más sutil, -etéreo y espiritual, hubiera sido completamente falso, tonto é -insufrible.</p> - -<p>La novela de <i>Dafnis y Cloe</i> es, pues, lo que debe y puede ser, y tal -como es, es muy linda.</p> - -<p>Su autor imita, sin duda, á los antiguos poetas bucólicos, á Teócrito -sobre todo; pero le imita con tino y gracia. De aquí que su obra sea la -mejor, la más natural, la menos afectada y artificiosa, la única acaso -no afectada de cuantas novelas pastorales se han escrito posteriormente, -y que, pasada ya la moda, no hay quien lea con paciencia.</p> - -<p><i>Dafnis y Cloe</i>, más bien que de novela bucólica, puede calificarse de -novela campesina, de novela idílica ó de idilio en prosa; y en este -sentido, lejos de pasar de moda, da la moda y sirve de modelo aún, -<i>mutatis mutandis</i>, no sólo á <i>Pablo y Virginia</i>, sino á muchas -preciosas novelas de Jorge Sand, y hasta á una que compuso en español, -pocos años há, cierto amigo mío, con el título de <i>Pepita Jiménez</i>.<span class="pagenum"><a name="page_031" id="page_031"></a>{31}</span></p> - -<p>De estas novelas en prosa se ha pasado también á componerlas en verso, -tomando asunto de la vida común; pintando escenas villanescas, rústicas -ó burguesas, que no carecen de poesía, sino que la tienen muy grande, -cuando se aciertan á pintar con la debida sencillez homérica. En vez de -cantar á los héroes tradicionales de la epopeya, se ha cantado en estos -idilios modernos á sujetos de condición humilde. Los dos más bellos -modelos de tal género de composición, en nuestros días, son <i>Hermann y -Dorotea</i>, de Goethe, y <i>Evangelina</i>, de Longfellow. Algunos de nuestros -mejores poetas han seguido un poquito esta corriente desde hace cinco ó -seis años. Así Campoamor, en los que llama <i>Pequeños poemas</i>, y Núñez de -Arce, en otro que titula <i>Idilio</i>.</p> - -<p>Grecia también nos dió el ejemplo de esto, al ir á espirar su gran -literatura. En el siglo v, ó después (porque, así como nada se sabe de -quién fué Longo, nada se sabe tampoco de este otro autor, ni del tiempo -en que vivió), hubo un cierto Museo, á quien llaman <i>el gramático</i> ó <i>el -escolástico</i>, para distinguirle del antiquísimo Museo mitológico, hijo -de Eumolpo y discípulo de Orfeo, el cual Museo más reciente compuso la -novela en verso de <i>Hero y Leandro</i>, que es un idilio por el estilo de -los que ahora se usan, un dechado de sencillez y de gracia, un <i>pequeño -poema</i> precioso. Ganas se<span class="pagenum"><a name="page_032" id="page_032"></a>{32}</span> le han pasado al traductor de <i>Dafnis y Cloe</i> -de traducirle también y de incluirle en este mismo volumen; pero, como -no está seguro de que el público guste de lo primero, deja para más -adelante, si el público no le desdeña y le anima, el ofrecerle lo -segundo. Entre tanto, y por hoy, se despide de él, pidiéndole perdón de -sus muchas faltas.<span class="pagenum"><a name="page_033" id="page_033"></a>{33}</span></p> - -<h2><a name="PROEMIO" id="PROEMIO"></a> -<img src="images/ill_pg_033.png" width="500" height="129" alt="" title="" /> -<br />PROEMIO</h2> - -<p>Cazando en Lesbos, en un bosque consagrado á las Ninfas, vi lo más lindo -que vi jamás: imágenes pintadas, historia de amores. El soto, por -cierto, era hermoso, florido, bien regado y con mucha arboleda. Una sola -fuente alimentaba árboles y flores; pero la pintura era más deleitable -que lo demás: de hábil mano y de asunto amoroso. Así es que no pocos -forasteros acudían allí, atraídos por la fama, á dar culto á las Ninfas -y á ver la pintura.</p> - -<p>Parecíanse en ella mujeres de parto, otras que envolvían en pañales á -los abandonados pequeñuelos, cabras y ovejas que les daban de mamar, -pastores que de ellos cuidaban, mancebos y rapazas que andaban -enamorándose, correría de ladrones y algarada de enemigos. Otras mil -cosas, y todas de amor, contemplé allí con tanto pasmo, que me entró -deseo de ponerlas por escrito; y habiendo buscado á alguien que me -explicase bien la<span class="pagenum"><a name="page_034" id="page_034"></a>{34}</span> pintura, compuse estos cuatro libros, que consagro al -Amor, á las Ninfas y á Pan, esperando que mi trabajo ha de ser grato á -todos los hombres, porque sanará al enfermo, mitigará las penas del -triste, recordará de amor al que ya amó, y enseñará el amor al que no ha -amado nunca; pues nadie se libertó hasta ahora de amar, ni ha de -libertarse en lo futuro, mientras hubiere beldad y ojos que la miren. -Concédanos el Numen que nosotros mismos atinemos á contar, sanos y -salvos, los amores de otros.<span class="pagenum"><a name="page_035" id="page_035"></a>{35}</span></p> - -<h2><a name="LIBRO_PRIMERO" id="LIBRO_PRIMERO"></a> -<img src="images/ill_pg_035.png" width="500" height="120" alt="" title="" /> -<br />LIBRO PRIMERO</h2> - -<p>Ciudad de Lesbos es Mitilene, grande y hermosa. La parten canales, por -donde entra y corre la mar, y la adornan puentes de lustrosa y blanca -piedra. No semeja, á la vista, ciudad, sino grupo de islas.</p> - -<p>Á unos doscientos estadíos de Mitilene, cierto rico hombre poseía -magnífica hacienda, montes abundantes de caza, fértiles sembrados, -dehesas y colinas cubiertas de viñedo: todo junto á la mar, cuyas ondas -besaban la arena menuda de la playa.</p> - -<p>En esta hacienda, un cabrero llamado Lamón, que apacentaba su ganado, -halló á un niño, á quien criaba una cabra. En el centro de un matorral, -entre zarzas y hiedra trepadora, y sobre blando césped, reposaba el -infantico. Allí solía entrar la cabra, de suerte que desaparecía á -menudo, y abandonando su cabritillo, asistía á la criatura. Lamón notó -estas desapariciones, y se compadeció del cabritillo abandonado; pero un -día, en el ardor<span class="pagenum"><a name="page_036" id="page_036"></a>{36}</span> de la siesta, siguiendo la pista de la cabra, la vió -deslizarse con cautela entre las matas, á fin de no lastimar con las -pezuñas al niño, el cual, como si fuera del pecho materno, iba tomando -la leche. Maravillado Lamón, que harto motivo había para ello, se acercó -más, y vió que la criatura era varón, bonito y robusto, y con prendas -más ricas de lo que prometía su corta ventura, porque estaba envuelto en -mantilla de púrpura con hebilla de oro, y al lado había un puñalito, -cuyo puño era de marfil. Lo primero que discurrió Lamón fué cargar con -aquellas alhajas, y abandonar al niño; pero avergonzado luego de no -remedar siquiera la compasión de la cabra, no bien llegó la noche, lo -llevó todo, niño, cabra y alhajas, á su mujer Mirtale, á la cual, para -que se le quitase la aprensión de que las cabras parieran niños, le -contó lo ocurrido; cómo halló á la criatura, cómo la cabra la amamantaba -y cómo él había tenido vergüenza de dejarla morir. Y siendo Mirtale del -mismo parecer, ocultaron las alhajas, prohijaron al niño y encomendaron -á la cabra su crianza. Á fin de que el nombre del niño pareciese -pastoral, decidieron llamarle Dafnis.</p> - -<p>Dos años después, otro pastor de los vecinos campos, cuyo nombre era -Dryas, halló y vió algo semejante cuando apacentaba su rebaño. Había una -gruta consagrada á las Ninfas, gran roca, hueca<span class="pagenum"><a name="page_037" id="page_037"></a>{37}</span> por dentro, y en lo -exterior redonda. En esta gruta se veían figuras de Ninfas, hechas de -piedra, los pies descalzos, los brazos desnudos hasta los hombros, los -cabellos esparcidos sobre la espalda y la garganta, el traje ceñido á la -cintura, y una dulce sonrisa en entrecejo y boca; todo el aspecto de -ellas, como si hubiesen bailado en coro. En el fondo de la gruta se -levantaba un poco el terreno, y de allí manaba una fuente, cuyas aguas -se deslizaban formando manso arroyo, y alimentando en torno un prado -amenísimo, de copiosa y blanda grama cubierto. Allí se veían suspendidos -tarros, colodras, flautas, pífanos y churumbelas, ofrendas de antiguos -pastores. Á este templo de las Ninfas acudía una oveja que había ya -criado corderos, y el pastor Dryas sospechaba á veces que se le había -perdido. Queriendo, pues, corregirla y traerla de nuevo á su antiguo y -tranquilo modo de pacer, tejió con sutiles varitas de mimbre verde uno á -modo de lazo, y entró en la gruta á fin de coger la oveja; pero no bien -llegó cerca, vió lo que no esperaba: vió á la oveja que, con ternura -verdaderamente humana, daba su ubre, para que de ella sacase abundante -leche, á una criaturita, la cual, con avidez, pero sin llanto, aplicaba -la boca pura y limpia, ya á una teta, ya á otra, y cuando se había -hartado de mamar, la oveja le lamía la cara. Esta criatura era una niña, -y tenía pañales y otras<span class="pagenum"><a name="page_038" id="page_038"></a>{38}</span> prendas para poder ser reconocida; toquillas y -chinelas bordadas de hilo de oro, y ajorcas de oro también.</p> - -<p>Considerando divino tal hallazgo, y enseñado por la oveja á compadecer y -amar á la niña, Dryas la tomó en sus brazos, guardó aquellas prendas en -el zurrón, y rogó á las Ninfas que le dejasen criar con buena suerte á -la que se había puesto bajo su amparo. Y como ya era tiempo de llevar la -manada al aprisco, volvió á su cabaña, contó á su mujer lo ocurrido, le -mostró á la niña y la exhortó á tomarla por hija, ocultando cómo había -sido hallada. Napé, que así se llamaba la pastora, amó desde luego á la -niña como madre, recelosa de que la oveja no la venciese en ternura; y -en prueba de que la niña era su hija, le puso el nombre pastoral de -Cloe.</p> - -<p>Pronto crecieron los niños. Su hermosura distaba mucho de parecer -rústica. Cuando él cumplió quince años y ella dos menos, Dryas y Lamón -tuvieron idéntico sueño en una misma noche. Pensaron ver que las Ninfas, -las de la gruta donde estaba la fuente y donde Dryas había encontrado á -la niña, ponían á Dafnis y á Cloe en poder de un mozuelo gentil á par -que arrogante, con alas en los hombros y armado de arco y flechas -pequeñitas, el cual, hiriendo á ambos con la misma flecha, les mandó que -fuesen pastores: á ella, de ovejas;<span class="pagenum"><a name="page_039" id="page_039"></a>{39}</span> á él, de cabras. No poco afligió á -los viejos este sueño, que destinaba á sus hijos al oficio de guardar -ganado, porque hasta entonces habían augurado mejor suerte para ellos, -fiándose en las prendas halladas, por lo cual los habían criado con el -mayor regalo y les habían hecho aprender las letras y cuanto en el campo -hay de bueno. Resolvieron, no obstante, obedecer á los dioses, cuya -providencia había salvado á los niños. Y después de comunicarse -mutuamente el sueño, y de haber hecho un sacrificio, en la gruta de las -Ninfas, al mozuelo de las alas (cuyo nombre no acertaban á adivinar), -enviaron á los mozos á cuidar del hato, enseñándoles el oficio pastoril: -de qué modo ha de apacentarse antes del medio día, de qué modo después -de pasada la siesta; cuándo conviene llevar al abrevadero, cuándo al -aprisco; en qué ocasión debe emplearse el cayado y en qué ocasión basta -la voz. Ellos se alegraron de esto en gran manera, como si los hubieran -hecho príncipes, y amaron á sus cabras y corderos más que suele el vulgo -de los pastores, porque ella recordaba que debía la vida á una oveja, y -él no había olvidado que una cabra le cuidó y alimentó en su abandono.</p> - -<p>Empezaba entonces la primavera y se abrían las flores en montes, selvas -y prados. Oíase ya por todas partes susurro de abejas y gorjeo de -pajarillos. Los recentales balaban, los corderos retozaban en<span class="pagenum"><a name="page_040" id="page_040"></a>{40}</span> la -montaña, las abejas susurraban en el prado, y en umbrías y sotos -cantaban las aves. Como en aquella bendita estación todo se regocijaba, -Dafnis y Cloe, tan jóvenes y sencillos, se pusieron á remedar lo que -veían y oían. Oían cantar á los pájaros, y cantaban; veían brincar á los -corderos, y brincaban gallardamente; y remedando á las abejas, cogían -flores, y ya se las ponían en el pecho, ya, tejiendo guirnaldas, se las -ofrecían á las Ninfas. Todo lo hacían juntos y apacentaban cerca el uno -del otro. Á menudo Dafnis hacía volver la oveja que se extraviaba, y á -menudo Cloe espantaba á las cabras más atrevidas para que no trepasen á -los riscos. Á veces uno solo cuidada de ambos hatos, mientras que el -otro se recreaba y jugaba. Sus juegos eran infantiles y propios de -zagales. Ora ella, con juncos que cogía, formaba jaulas para cigarras, -y, distraída en esta faena, descuidaba el ganado. Ora él cortaba -delgadas cañas, les agujereaba los nudos, las pegaba con cera blanda, y -se esmeraba hasta la noche en tocar la zampoña. Á menudo compartían -ambos la leche y el vino y se comían juntos la merienda que traían de -casa. En suma, más bien se hubieran visto las cabras y las ovejas -dispersas que á Dafnis y Cloe separados.</p> - -<p>En medio de tales juegos, Amor empezó á darles penas. Una loba, que -recientemente había tenido cría, robaba muchas veces corderos de los -campos<span class="pagenum"><a name="page_041" id="page_041"></a>{41}</span> próximos para alimentar sus cachorros. Algunos aldeanos se -reunieron con este motivo, é hicieron de noche zanjas de más de una vara -de ancho y de cuatro ó cinco de hondo. Mucha porción de la tierra -removida la esparcieron á lo lejos, y sobre el hoyo extendieron palos -secos y quebradizos, cubriéndolos con el resto de la tierra para que el -suelo apareciese como antes, de modo que hasta una liebre que corriese -por cima rompiese los palos, más débiles que paja, y probase que no era -suelo, sino apariencia de suelo. Así abrieron varias zanjas en los -cerros y en el llano; pero nunca pudieron coger la loba, que presintió -la trampa. En cambio perdieron no pocos corderos y cabras, y Dafnis -estuvo á punto de perderse.</p> - -<p>Dos machos cabríos, irritados por la brama, lucharon con tal furor y -violencia, que á uno de ellos se le rompió un cuerno, y, lleno de dolor, -comenzó á huir dando bramidos, mientras que el vencedor le perseguía sin -tregua ni sosiego. Dolióse Dafnis del cuerno quebrado, y lleno de ira -contra la terquedad del macho victorioso, empuñó el cayado y dió en -perseguirle á su vez. Así, huyendo el uno y siguiéndole enfurecido el -otro, sin ver dónde ponían los pies, cayeron ambos en la trampa, el -macho primero y luego Dafnis, lo cual le salvó, pues al caer se quedó -caballero en el macho; pero, como se veía en el fondo del hoyo, -lloraba,<span class="pagenum"><a name="page_042" id="page_042"></a>{42}</span> aguardando que alguien viniese á sacarle de allí. Cloe, que -vió de lejos lo sucedido, acudió de carrera al hoyo, reconoció que -Dafnis estaba con vida y pidió socorro á un boyero de los vecinos -campos. Llegó el boyero y buscó una cuerda ó soga, para que, asido á -ella, Dafnis saliese; pero no se encontraba cuerda. Entonces Cloe desató -la cinta de sus crenchas, la dió al boyero, y de esta suerte, puestos -ambos en la boca del hoyo, agarrándose Dafnis á la cinta y tirando -ellos, logró subir el caído. Sacaron después al macho infeliz, que con -el golpe se había roto entrambos cuernos (pronta y completa venganza del -vencido), y se le dieron al boyero en pago de su ayuda, con propósito de -decir en casa, si alguien preguntaba por él, que un lobo se le había -llevado.</p> - -<p>Volvieron luego donde estaban cabras y ovejas y hallaron que pacían en -paz y buen orden. Sentáronse entonces cabe el tronco de una encina y -miraron ambos con atención si alguna parte del cuerpo de Dafnis se había -lastimado al caer; pero ni herida ni sangre tenía, sino sucio barro en -el pelo y en lo demás de su persona. Dafnis determinó lavarse para que -Lamón y Mirtale no supiesen lo ocurrido. Y yéndose con Cloe á la gruta -de las Ninfas, le dió á guardar la tuniquilla y el zurrón y se puso á -lavar en la fuente su cabellera y el cuerpo todo. La cabellera era negra -y abundante;<span class="pagenum"><a name="page_043" id="page_043"></a>{43}</span> el cuerpo, tostado del sol. Diríase que le daba color -obscuro la sombra de la cabellera. Cloe, que miraba á Dafnis, le halló -hermoso, y como hasta allí no había reparado en su hermosura, imaginó -que el baño se la prestaba. Cloe lavó luego las espaldas á Dafnis, y -halló tan suave la piel, que de oculto se tocó ella muchas veces la suya -para decidir cuál de los dos la tenía más delicada.</p> - -<p>Como ya el sol iba á ponerse, ambos volvieron con el hato á sus cabañas, -y Cloe nada deseaba tanto como ver á Dafnis bañarse de nuevo.</p> - -<p>Al día siguiente, de vuelta en la pradera, Dafnis, sentado, según solía, -al pie de una encina, tocaba la flauta, á par que miraba sus cabras, -encantadas, al parecer, con el dulce sonido. Cloe, sentada asimismo á la -vera de él, miraba sus ovejas y corderos; pero miraba más á Dafnis. Y -otra vez le pareció hermoso tocando la flauta, y creyó que la música le -hermoseaba, y para hermosearse ella tomó la flauta también. Quiso luego -que volviera él á bañarse y le vió en el baño, y sintió como fuego al -verle, y volvió á alabarle, y fué principio de amor la alabanza. Niña -candorosa, criada en los campos, no se daba cuenta de lo que le pasaba, -porque ni siquiera había oído mentar al Amor. Sentía inquietud en el -alma; no podía dominar sus ojos y hablaba mucho de Dafnis. No comía de -día, velaba de noche y descuidaba sus ovejas; ya<span class="pagenum"><a name="page_044" id="page_044"></a>{44}</span> reía, ya lloraba; si -dormía, se despertaba de súbito; su rostro se cubría de palidez y luego -ardía de rubor. Nunca se agitó más becerra picada del tábano. Acontecía -á veces que ella á sus solas prorrumpía en estas razones:</p> - -<p>«Estoy mala é ignoro mi mal; padezco y no me veo herida; me lamento y no -perdí ningún corderillo; me abraso y estoy sentada á la sombra. Mil -veces me clavé las espinas de los zarzales y no lloré; me picaron las -abejas y pronto quedé sana. Sin duda que esta picadura de ahora llega al -corazón y es más cruel que las otras. Si Dafnis es bello, las flores lo -son también; si él canta lindamente, no cantan mal las avecicas. ¿Por -qué pienso en él y no en las avecicas y en las flores? ¡Quisiera ser su -flauta para que infundiese en mí su aliento! ¡Quisiera ser su cabritillo -para que me tomara en sus brazos! ¡Oh agua perversa, que á él sólo haces -hermoso y me lavas en balde! Yo me muero, queridas Ninfas; ¿cómo no -salváis á la doncella que se crió con vosotras? ¿Quién os coronará de -flores después de mi muerte? ¿Quién tendrá cuidado de los pobrecitos -corderos? ¿Á quién encomendaré mi parlera cigarra, que cogí con tanta -fatiga y que solía cantar en la gruta para que yo durmiese la siesta? En -vano canta ahora, pues yo velo, gracias á Dafnis.» Así padecía, así se -lamentaba Cloe, procurando descubrir el nombre de Amor.<span class="pagenum"><a name="page_045" id="page_045"></a>{45}</span></p> - -<p>Entre tanto, Dorcón, el boyero que sacó del hoyo á Dafnis y al macho, -mozuelo ya con barbas y harto sabido en cosas de Amor, se había prendado -de Cloe desde el primer día; y como mientras más la trataba más se -abrasaba su alma, resolvió valerse ó de regalos ó de violencia para -lograr sus fines. Fueron sus primeros presentes, para Dafnis, una -zampoña, que tenía nueve cañutos ligados con latón, y no con cera, y -para Cloe la piel de un cervatillo, esmaltada de lunares blancos, para -que la llevase en los hombros, cual suelen las bacantes.</p> - -<p>Así creyó haberse ganado la voluntad de ambos, y pronto desatendió á -Dafnis; pero á Cloe la obsequiaba de diario, ya con blandos quesos, ya -con guirnaldas de flores, ya con frutas sazonadas. Y hasta hubo -ocasiones en que le trajo un becerro montaraz, un vaso sobredorado y -pajarillos cazados en el nido. Ignorante ella del artificio y malicia de -los amadores, tomaba los regalos y se alegraba; y se alegraba más aún -porque con ellos podía regalar á Dafnis.</p> - -<p>No tardó éste en conocer también las obras de Amor. Entre él y Dorcón -sobrevino contienda acerca de la hermosura. Cloe había de sentenciar. -Premio del vencedor, un beso de Cloe. Dorcón habló primero de esta -manera:</p> - -<p>«Yo, zagala, soy más alto que Dafnis, y valgo<span class="pagenum"><a name="page_046" id="page_046"></a>{46}</span> más de boyero que él de -cabrero, porque los bueyes valen más que las cabras. Soy blanco como la -leche y rubio como la mies cuando la siegan. No me crió una bestia, sino -mi madre. Éste es chiquitín, lampiño como las mujeres y negro como un -lobezno. Vive entre chotos, y su olor ha de ser atroz, y es tan pobre, -que no tiene para mantener un perro.</p> - -<p>Se cuenta que una cabra le dió leche, y á la verdad que parece cabrito.»</p> - -<p>Así dijo Dorcón. Luego contestó Dafnis: «Me crió una cabra como á -Júpiter, y son mejores que tus vacas las cabras que yo apaciento. Y no -huelo como ellas, como no huele Pan, que casi es macho cabrío. Bastan -para mi sustento queso, blanco vino y pan bazo, manjares campesinos, no -de gente rica. Soy lampiño como Baco, y como los jacintos moreno; pero -más vale Baco que los sátiros, y más el jacinto que la azucena. Éste es -bermejo como los zorros, barbudo como los chivos, y como las cortesanas -blanco. Y mira bien á quién besas, pues á mí me besarás la boca, y á él -las cerdas que se la cubren. Recuerda, por último, ¡oh zagala, que á tí -también te crió una oveja, y eres, no obstante, linda!»</p> - -<p>Cloe no supo ya contenerse, y movida de la alabanza, y más aún del largo -anhelo que por besar á Dafnis sentía, se levantó y le besó; beso -inocente<span class="pagenum"><a name="page_047" id="page_047"></a>{47}</span> y sin arte, pero harto poderoso para encenderle el alma.</p> - -<p>Dorcón huyó afligido en busca de nuevos medios de lograr su amor. Dafnis -no parecía haber sido besado, sino mordido: de repente se le puso la -cara triste; suspiraba con frecuencia, no reprimía la agitación de su -pecho, miraba á Cloe, y al mirarla se ponía rojo como la grana. Entonces -se maravilló por primera vez de los cabellos de ella, que eran rubios, y -de sus ojos, que los tenía grandes y dulces como las becerras, y de su -rostro, más blanco que leche de cabra. Diríase que á deshora se le -abrieron los ojos y que antes estaba ciego. Ya no tomaba alimento sino -para gustarle, ni bebida sino para humedecerse la boca. Estaba -taciturno, cuando antes era más picotero que las cigarras; yacía -inmóvil, cuando antes brincaba más que los chivos; no se curaba del -ganado; había tirado la flauta lejos de sí, y tenía pálido el rostro -como agostada hierba. Únicamente con Cloe ó pensando en Cloe volvía á -ser parlero. Á veces, á solas, se lamentaba de esta suerte:</p> - -<p>«¿Qué me hizo el beso de Cloe? Sus labios son más suaves que las rosas, -su boca más dulce que un panal, y su beso más punzante que el aguijón de -las abejas. No pocas veces he besado los chivos; no pocas veces he -besado los recentales de ella y el becerro que le regaló Dorcón; pero -este<span class="pagenum"><a name="page_048" id="page_048"></a>{48}</span> beso de ahora es muy diferente. Me falta el aliento, el corazón me -palpita, se me derrite el alma, y á pesar de todo, quiero más besos. ¡Oh -extraña victoria! ¡Oh dolencia nueva, cuyo nombre ignoro! ¿Habría Cloe -tomado veneno antes de besarme? ¿Cómo no ha muerto entonces? Los -ruiseñores cantan, y mi zampoña enmudece; brincan los cabritillos, y yo -estoy sentado; abundan las flores, y yo no tejo guirnaldas. Jacintos y -violetas florecen, y Dafnis se marchita. ¿Llegará Dorcón á ser más lindo -que yo?»</p> - -<p>Así se quejaba el bueno de Dafnis, probando los tormentos de Amor por -vez primera.</p> - -<p>Dorcón, entre tanto, el boyero enamorado de Cloe, se fué á buscar á -Dryas, que plantaba estacas para sostener una parra, y le llevó de -regalo muy ricos quesos. Y como era su antiguo amigo, porque habían ido -juntos á apacentar el ganado, trabó conversación con él, y acabó por -hablarle del casamiento de Cloe. Díjole que él deseaba tomarla por -mujer, y le prometió grandes dones como rico boyero que era: una yunta -de bueyes para arar, cuatro colmenas, cincuenta manzanos, un cuero de -buey para suelas, y cada año un becerro que podría ya destetarse. -Halagado por las promesas Dryas estuvo á punto de consentir en la boda; -pero recapacitando después que la doncella merecía mejor novio, y -temiendo ser acusado algún<span class="pagenum"><a name="page_049" id="page_049"></a>{49}</span> día de ocasionar irremediables males, -desechó la proposición de boda y se disculpó como pudo; sin aceptar lo -prometido en alboroque.</p> - -<p>Viéndose Dorcón defraudado por segunda vez en su esperanza y perdidos -sin fruto sus excelentes quesos, resolvió apelar á las manos no bien -hallase sola á Cloe. Y como había notado que Cloe y Dafnis traían -alternativamente á beber el ganado, él un día y ella otro, se valió de -una treta propia de zagal: tomó la piel de un gran lobo, que un toro -había muerto con sus astas, defendiendo la vacada, y se cubrió con dicha -piel puesta en los hombros, de modo que las patas de delante le cubrían -los brazos, las patas traseras se extendían desde los muslos á los -talones, y el hocico le tapaba la cabeza como casco de guerrero. -Disfrazado así en fiera lo menos mal que pudo, se fué á la fuente donde -bebían cabras y ovejas después de pacer. Estaba la fuente en un -barranco, y en torno de ella formaban matorral tantos espinos, zarzas, -cardos y enebros rastreros, que fácilmente se hubiera ocultado allí un -lobo de veras. Allí se escondió Dorcón, espiando el momento de venir á -beber el ganado, y con grande esperanza de asustar á Cloe con su disfraz -y de apoderarse de ella.</p> - -<p>Á poco llegó Cloe á la fuente con el ganado, mientras Dafnis cortaba -verdes tallos y renuevos<span class="pagenum"><a name="page_050" id="page_050"></a>{50}</span> para que los cabritillos se regalasen después -del pasto. Los perros que guardaban el rebaño seguían á Cloe, y como -tenían buena nariz, sintieron á Dorcón, que ya se disponía á caer sobre -Cloe; se pusieron á ladrar, se echaron sobre él como si fuera lobo, le -rodearon, y antes de que volviese del susto le mordieron. Al principio, -con vergüenza de ser descubierto, y recatándose aún con la piel de lobo, -Dorcón yacía silencioso en el matorral. Cloe, entre tanto, llena de -terror, había llamado á Dafnis para que la socorriese. Y los perros, -destrozada ya la piel del lobo, mordían sin piedad el cuerpo de Dorcón, -el cual á grandes voces acabó por suplicar que le amparasen á Cloe y á -Dafnis, que ya había llegado. Estos mitigaron pronto el furor de los -perros con las voces que tenían de costumbre. Después llevaron á la -fuente á Dorcón, que había sido herido en los muslos y en las espaldas. -Le lavaron las mordeduras, donde se veía la impresión de los dientes, y -pusieron encima corteza mascada y verde de olmo. La ignorancia de ambos -en punto á atrevimientos amorosos les hizo considerar la empresa de -Dorcón como broma y niñería pastoril, y en vez de enojarse contra él, le -consolaron con buenas palabras, y le llevaron un poco de la mano hasta -que le despidieron.</p> - -<p>Él, salvo de tan grave peligro, y no, como se<span class="pagenum"><a name="page_051" id="page_051"></a>{51}</span> dice, de la boca del -lobo, sino de la del perro, fué á curarse las heridas.</p> - -<p>Dafnis y Cloe no tuvieron poco que afanarse hasta bien entrada la noche, -para recoger las ovejas y las cabras, las cuales, espantadas de la piel -del lobo y de los ladridos, unas se encaramaron á los peñascos, y otras -se fueron huyendo hasta la mar. Todas estaban bien enseñadas á acudir á -la voz, á congregarse al son de la zampoña, y á venir oyendo sólo una -palmada; pero entonces el miedo les había hecho olvidarse de todo. Casi -fué menester perseguirlas y buscarlas por el rastro, como á las liebres. -Después las llevaron al aprisco. Aquella sola noche durmieron ambos con -profundo sueño. La fatiga fué remedio del mal de Amor; pero, venido el -día, padecieron de nuevo el mismo mal. Se alegraban al verse; les dolía -separarse; estaban desazonados; deseaban algo, é ignoraban qué. Sólo -sabían, él, que el origen de su mal era un beso, y ella, que era un -baño.</p> - -<p>Tocaba ya á su fin la primavera y empezaba el estío. Todo era vigor en -la tierra. Los árboles tenían fruta; los sembrados, espigas. Grato el -cantar de las cigarras, deleitoso el balar de los corderos, dulce el -ambiente perfumado por la fruta en sazón. Parecía que los ríos cantaban -al correr mansamente; que los vientos daban música como de flautas al -suspirar entre los pinos; que las manzanas<span class="pagenum"><a name="page_052" id="page_052"></a>{52}</span> caían enamoradas al suelo, y -que el sol, anhelante de hermosura, rasgaba todo velo que pudiera -encubrirla. Dafnis, impulsado de un ardor íntimo, que todo esto le -causaba, se echaba en los ríos, y ya se lavaba, ya cogía ligeros peces, -ya bebía como si quisiese apagar aquel fuego. Cloe, después de ordeñar -sus ovejas y no pocas de las cabras, empleaba bastante tiempo en cuajar -la leche y en osear las moscas, que al osearlas le picaban; luego se -lavaba la cara; se coronaba de ramas de pino, se ponía al hombro la piel -del cervatillo, llenaba una gran taza de vino y de leche, y gozaba con -Dafnis de aquella bebida.</p> - -<p>Cuando llegaba la hora de la siesta, llegaba también mayor hechizo y -cautividad de los ojos, porque ella miraba á Dafnis desnudo y su beldad -floreciente, y desfallecía al considerar que no había falta que ponerle -en parte alguna; y él, al verla con la piel de ciervo, coronada de pino -y ofreciéndole bebida en la taza, imaginaba ver á una de las Ninfas de -la gruta. Entonces Dafnis, arrebatando de la cabeza de ella las ramas de -pino, se coronaba á sí propio, no sin besar antes la corona. Ella, en -cambio, solía tomar la ropa de él, mientras él se bañaba, y vestírsela, -no sin besarla antes también. Ambos se tiraban manzanas, y otras veces -se peinaban el uno al otro, y Cloe comparaba el cabello de él, por lo -negro, á la endrina, y Dafnis decía que el<span class="pagenum"><a name="page_053" id="page_053"></a>{53}</span> rostro de ella era como las -manzanas, por lo blanco y sonrosado. Á veces le enseñaba á tocar la -flauta; y apenas soplaba ella, se la quitaba él y recorría todos los -agujeros, como para mostrarle dónde había faltado, y en realidad para -besar á Cloe por medio de la flauta.</p> - -<p>Tocando él así una siesta, y reposando á la sombra el ganado, Cloe hubo -de quedarse dormida. Y no bien lo advirtió Dafnis, dejó la flauta para -mirarla toda, sin hartarse de mirarla; y ya sin avergonzarse de nada, -dijo en voz baja de este modo: «¡Cómo duermen sus ojos! ¡Cómo alienta su -boca! Ni las frutas ni el tomillo huelen mejor; pero no me atrevo á -besarla. Su beso pica en el corazón y vuelve loco como la miel nueva. -Además, temo despertarla si la beso. ¡Oh parleras cigarras! ¿No la -dejaréis dormir con vuestros chirridos? ¿Y estos pícaros chivos, que -alborotan peleando á cornadas? ¡Oh lobos más cobardes que zorras! ¿por -qué no venís á robarlos?»</p> - -<p>Mientras que él profería estas razones, una cigarra, huyendo de una -golondrina que la quería cautivar, vino á refugiarse en el seno de Cloe. -La golondrina no pudo coger su presa ni reprimir el vuelo, y rozó con -las alas las mejillas de la zagala, la cual, sin comprender lo que había -sucedido, despertó asustada y gritando; pero no bien vió la golondrina, -que aún volaba cerca, y á Dafnis, que<span class="pagenum"><a name="page_054" id="page_054"></a>{54}</span> reía del susto, el susto se le -pasó y se restregó los ojos, que querían dormir todavía. Entonces la -cigarra se puso á cantar entre los pechos de Cloe, como si quisiera -darle gracias por haberle salvado. Cloe se asustó y gritó de nuevo, y -Dafnis rió. Y aprovechándose éste de la ocasión, metió bien la mano en -el seno de Cloe, y sacó de allí á la buena de la cigarra, que ni en la -mano quería callarse. Ella la vió con gusto, la tomó y la besó, y se la -volvió á poner en el pecho, siempre cantando.</p> - -<p>Recreábase una vez en oir á una paloma torcaz que arrullaba en la selva. -Quiso Cloe aprender lo que decía, y Dafnis la doctrinó, refiriendo esta -sabida conseja: «Hubo en tiempos antiguos, zagala, una zagala linda y de -pocos años como tú, la cual apacentaba muchos bueyes. Era gentil -cantadora, y su ganado se deleitaba con la música, por manera que la -zagala no se valía del cayado, ni picaba con la aijada, sino que -reposando á la sombra de un pino y coronada de verdes ramas, se ponía á -cantar de Pan y de Pitis, y toda la vacada pacía en torno oyéndola. No -lejos de allí había un zagal que también guardaba vacas y era hábil -cantador, como la zagala, y competía con ella en los cantares, siendo -los de él más briosos, como de varón, y, como de muchacho, no menos -dulces. Así fué que los ocho mejores becerros que ella tenía, hechizados -por los cantares del zagal, se pasaron de un<span class="pagenum"><a name="page_055" id="page_055"></a>{55}</span> rebaño á otro. La zagala -se apesadumbró en extremo con la pérdida de los becerros, y más aún con -el vencimiento en los cantares, y suplicó á los dioses que, antes de -volver á casa, la convirtiesen en ave. Accedieron los dioses y la -convirtieron en ave montaraz y cantadora cual la zagala. Aun en el día, -cuando canta, recuerda su derrota, y dice que busca los becerros -huidos.»</p> - -<p>En tales recreos se pasó el verano, y vino el otoño con sus racimos. -Entonces ciertos piratas de Tiro que tripulaban una nave de Caria, á fin -de no parecer bárbaros, desembarcaron en aquella costa con espadas y -petos, y garbearon cuanto pudieron hallar á su alcance: vino oloroso, -trigo á manta, panales de miel y hasta algunos bueyes y vacas del rebaño -de Dorcón. Quiso la suerte que se apoderasen de Dafnis, el cual se -andaba solazando solo junto á la mar, porque Cloe, como niña que era, -sacaba más tarde á pacer las ovejas de Dryas, por temor de los pastores -insolentes. Viendo los piratas á aquel mozo gallardo y espigado, -juzgáronle mejor presa que las ovejas y las cabras, y cesando en sus -correrías y robos, se le llevaron á la nave, mientras que él lloraba, no -sabía que hacer, y llamaba á voces á Cloe. Los piratas en tanto -desataron la amarra, pusieron mano á los remos, y se iban engolfando en -la mar, cuando acudió Cloe ya con sus ovejas y trayendo de<span class="pagenum"><a name="page_056" id="page_056"></a>{56}</span> presente á -Dafnis una nueva flauta. Y viendo ella las cabras medrosas y -descarriadas, y oyendo á Dafnis, que la llamaba siempre á gritos, -abandonó las ovejas, tiró al suelo la flauta, y á todo correr se fué -hacia Dorcón pidiéndole socorro. Hallóle por tierra, cubierto de heridas -que le habían hecho los ladrones, respirando apenas y derramando mucha -sangre. Cuando él vió á Cloe, el recuerdo de su amor le hizo cobrar -aliento. «Cloe, le dijo, pronto voy á morir. Esos inicuos piratas me han -destrozado como á un buey, porque defendía mis bueyes. Sálvate tú, salva -á Dafnis, véngame y piérdelos. Yo tengo enseñadas á mis vacas á seguir -el son de mi flauta, y por lejos que estén, acuden cuando la oyen. -Tómala, ve á la playa, y toca allí la sonata que yo enseñé á Dafnis y -que Dafnis te enseñó. Lo demás lo harán la flauta sonando y las mismas -vacas. Á tí hago presente de esta flauta, con la cual vencí en contienda -musical á muchos vaqueros y cabreros. Tú, en pago, bésame ahora, que aún -vivo, y llórame muerto. Y cuando veas á alguien apacentando bueyes, -acuérdate de mí.» Dicho esto, Dorcón besó el beso último, pues á par de -beso y voz exhaló el alma.</p> - -<p>Tomó la flauta Cloe, aplicó á ella los labios y sopló con cuanta fuerza -pudo. Oyéronla las vacas, reconocieron al punto el son, mugieron todas, -y de consuno se tiraron con ímpetu á la mar. Con<span class="pagenum"><a name="page_057" id="page_057"></a>{57}</span> salto tan violento se -ladeó la nave de un costado, y al caer las vacas se abrió en la mar como -una sima, de suerte que se volcó la nave, y las olas, al volverse á -juntar, se la tragaron. No todos los náufragos tenían la misma esperanza -de salvación, porque los piratas llevaban espada al cinto, vestían -medias corazas escamosas y calzaban grevas, mientras que Dafnis iba -descalzo, como quien apacienta en la llanura, y casi desnudo, por ser la -estación del calor. Así fué que los piratas, apenas bregaron un poco, se -hundieron, con el peso de las armas; pero Dafnis se despojó con -facilidad de su ligero vestido, y aun así se cansaba con tanto nadar, -como quien antes sólo por poco tiempo había nadado en los ríos. La -necesidad le enseñó, no obstante, lo que importaba hacer: se puso entre -dos vacas, asió sus cuernos con ambas manos, y se dejó llevar tan cómodo -y sin fatiga, como en una carreta; pues es de saber que las vacas nadan -más y mejor que los hombres, y sólo ceden en esto á las aves de agua y á -los peces, por lo cual no se cuenta de vaca ni de buey que jamás se -ahogue, como no se le ablande la pezuña con el sobrado remojo. Y en -prueba de la verdad de lo que digo, hay muchos estrechos de mar que -hasta hoy se llaman pasos de bueyes.</p> - -<p>Del modo referido escapó Dafnis, contra toda previsión, de dos peligros, -piratería y naufragio.<span class="pagenum"><a name="page_058" id="page_058"></a>{58}</span> Luego que saltó en tierra y halló á Cloe, que -reía y lloraba al mismo tiempo, se echó en sus brazos y le preguntó por -qué tocaba la flauta. Ella se lo contó todo: su ida en busca de Dorcón; -la costumbre de las vacas de acudir al son de la flauta; el consejo de -Dorcón de que la tocase, y la muerte de éste. Sólo por pudor se calló lo -del beso.</p> - -<p>Decidieron ambos honrar la memoria de su bienhechor, y en compañía de -amigos y parientes hicieron el entierro de aquél sin ventura. Echaron -tierra en la huesa, plantaron en torno árboles, y suspendieron de las -ramas las primicias de su trabajo; libaron leche sobre el sepulcro, -exprimieron racimos de uvas y quebraron flautas. Se oyó á las vacas dar -lastimeros mugidos, y se las vió correr despavoridas y sin concierto; -todo lo cual, según declaraban pastores peritos, era lamentación y duelo -de las vacas por el vaquero difunto.</p> - -<p>Después del entierro de Dorcón, Cloe se fué con Dafnis á la gruta de las -Ninfas, y allí le lavó, y luego ella misma, por la primera vez, viéndolo -Dafnis, lavó su cuerpo, blanco y reluciente de hermosura, y sin -necesitar el baño para ser hermoso. Cogieron, por último, flores de las -que daba la estación, coronaron con ellas á las imágenes y colgaron como -ofrenda la flauta de Dorcón en la pared de la gruta.</p> - -<p>Hecho esto, salieron á ver cabras y ovejas. Todas<span class="pagenum"><a name="page_059" id="page_059"></a>{59}</span> estaban echadas, sin -pacer ni balar, sino, á lo que yo entiendo, harto afligidas por la -ausencia de Dafnis y de Cloe. Así fué que en cuanto los vieron y oyeron -que las llamaban como de costumbre y que tocaban la churumbela, se -alzaron todas alegres, y las ovejas se pusieron á pacer, y las cabras á -brincar y á balar, celebrando que su cabrero se había salvado.</p> - -<p>Con todo esto, Dafnis no podía recobrar su antiguo contento desde que -vió á Cloe desnuda y patente toda su beldad, escondida antes. Le dolía -el corazón como si hubiese tomado ponzoña, y su aliento ya era fuerte y -agitado, como de alguien á quien persiguen, ya desfallecido, como por el -cansancio de la fuga. Parecíale el baño de Cloe más temible que la mar, -y pensaba que su alma estaba aún cautiva de los piratas: pues, como -mozuelo campesino, ignoraba las piraterías de Amor.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_060" id="page_060"></a>{60}</span> </p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_061" id="page_061"></a>{61}</span> </p> - -<h2><a name="LIBRO_SEGUNDO" id="LIBRO_SEGUNDO"></a> -<img src="images/ill_pg_061.png" width="500" height="99" alt="" title="" /> -<br />LIBRO SEGUNDO</h2> - -<p>Estaba ya en su fuerza el otoño, se acercaban los días de la vendimia, y -todo era vida y movimiento en el campo. Unos preparaban los lagares, -otros fregaban las tinajas; éstos tejían canastas y cestos ó afilaban -hoces pequeñas para cortar los racimos, y aquéllos disponían la piedra ó -la viga para estrujar las uvas, ó machacaban mimbres y sarmientos secos -para hacer antorchas á cuya luz trasegar el mosto de noche. Dafnis y -Cloe habían abandonado ovejas y cabras, y prestaban en tales faenas el -auxilio de sus manos. Él acarreaba la uva en cestos, la pisaba en el -lagar y llevaba el mosto á las tinajas, y ella condimentaba la comida de -los vendimiadores, les daba á beber vino añejo, y hasta vendimiaba á -veces en las cepas bajas; porque en Lesbos las viñas no están en alto ni -enlazadas á los árboles, sino rastreando los sarmientos como la hiedra, -de modo que una criatura apenas salida de los pañales puede allí coger -racimos.<span class="pagenum"><a name="page_062" id="page_062"></a>{62}</span></p> - -<p>Según usanza en esta fiesta de Baco y nacimiento del vino, acudieron -mujeres de las cercanías para ayudar en las faenas, y las más ponían los -ojos en Dafnis y encarecían su belleza como igual á la del dios. Una de -las más avispadas y audaces le besó y el beso supo bien á Dafnis y -afligió á Cloe. Y los que estaban en el lagar echaban á Cloe no pocos -requiebros, saltaban furiosamente como sátiros que ven á una bacante, y -deseaban convertirse en carneros para que ella los llevase á pacer; con -todo lo cual Cloe se regocijaba y Dafnis se ponía mohino. De aquí que -ambos ansiasen el fin de la vendimia, la vuelta á su frecuentada soledad -campestre, y oir, en vez de aquel desconcertado bullicio, el son de la -zampona y el balar de la grey.</p> - -<p>Pocos días pasaron y las viñas quedaron vendimiadas y las tinajas llenas -de mosto. Como ya no había necesidad de tantos brazos, volvieron ellos á -llevar el ganado á pacer. Muy satisfechos entonces dieron culto á las -Ninfas y les ofrecieron racimos con pámpanos, primicias de la vendimia. -Nunca habían descuidado este culto, porque siempre, antes de llevar al -pasto la grey, iban á reverenciar á las Ninfas, y al volver al aprisco -también las reverenciaban, sin dejar una vez sola de ofrecerles algo, ya -flores, ya fruta, ya verdes ramos, ya libaciones de leche; generosa -devoción de que recibieron más<span class="pagenum"><a name="page_063" id="page_063"></a>{63}</span> tarde recompensa divina. Por lo pronto -ambos retozaban como lebreles que se sueltan, y tocaban la flauta y -cantaban, y como los chivos y los borregos luchaban hasta derribarse.</p> - -<p>Mientras así se divertían, se les apareció un viejo, que vestía pellico, -calzaba abarcas y llevaba al hombro un zurrón muy estropeado. Sentóse -junto á ellos y habló de esta suerte: «Yo, hijos míos, soy el viejo -Filetas, el que tantos cantares entonó á estas Ninfas y tantas veces -tocó la flauta en honor de aquel Pan. Con mi música sólo he guiado yo -numerosa vacada. Ahora vengo á vosotros para contaros lo que ví y -participaros lo que oí. Poseo un huerto que, desde que me quité de -pastor y busqué en la vejez reposo, cultivo con mis propias manos. -Cuanto se cría en todas las estaciones se halla en mi huerto no bien su -estación llega: en primavera, rosas, lirios, azucenas, jacintos y -violetas sencillas y dobles; en verano, amapolas, peras y todo linaje de -manzanas; ahora, uvas, granadas, higos y mirto verde. Los pájaros acuden -á mi huerto á bandadas cuando amanece: unos vienen á picar, otros para -cantar á gusto, porque hay en él sombra y tres arroyos, y tal espesura -de árboles, que si derribásemos la tapia que le cerca, pensaríamos ver -un bosque.</p> - -<p>«Hoy, á eso de medio día, he sorprendido allí á un muchacho que tenía -granadas y arrayán, y era<span class="pagenum"><a name="page_064" id="page_064"></a>{64}</span> blanco como la leche, rubio como la llama y -limpio y luciente como recién salido del baño. Estaba desnudo y solo, y -se entretenía en saquearme el huerto como si fuera suyo. En balde me -eché sobre él para prenderle, receloso de que me destrozase arrayanes y -granados con sus travesuras, porque él se me esquivó, ágil y leve, ora -deslizándose entre los rosales, ora escabulléndose entre las malvalocas, -como un perdigonzuelo. No pocas veces me afané para coger cabritillos de -leche ó me cansé persiguiendo becerras; pero esta res de hoy es muy -otra, y no hay quien sepa cazarla. Fatigado yo pronto, como es natural á -mis años, y apoyado en mi báculo, no sin procurar á la vez que no se -fugase, le pregunté quién era de mis vecinos y por qué se entraba á -robar en el cercado ajeno. Él, sin responder palabra, se puso junto á -mí, sonrió con singular ternura, me tiró á la cara los granos de mirto, -y no sé cómo me ablandó el corazón y me quitó el enojo. Roguéle entonces -que no tuviese miedo de mí y se dejase prender, y juré por los mirtos -que en seguida le daría suelta, regalándole manzanas y granadas y -consintiendo que en adelante cogiese mi fruta y segase mis flores, si -alcanzaba de él un solo beso. Rióse el muchacho al oírme, con risa -sonora, y salió de su pecho voz más dulce que el cantar de la -golondrina, del ruiseñor y del cisne cuando es viejo como yo. «Á mí,<span class="pagenum"><a name="page_065" id="page_065"></a>{65}</span> -¡oh Filetas! dijo, nada me cuesta que me beses. Más gusto yo de besos -que tú de remozarte. Mira, con todo, si el don que pides conviene á tus -años, los cuales no te valdrán para quedar exento de perseguirme cuando -me hubieres besado, y no hay águila, ni gavilán, ni ave alguna de rapiña -que me alcance, por ligera que sea. No soy niño, aunque parezco niño, -sino más viejo que Saturno. Yo soy anterior al tiempo todo. Á tí te -conozco de muy atrás, cuando, zagalón todavía, guardabas tu rebaño en el -llano de la laguna. Yo estaba á la vera tuya siempre que tocabas la -flauta bajo los chopos, enamorado de Amarilis. Tú no me veías, por más -que yo solía ponerme cerca de la zagala. Al cabo te la dí, y de ella te -nacieron hijos, que son valientes vaqueros y labradores. En el día -cuido, como pastor, de Dafnis y de Cloe; y después que los reuno al -rayar el alba, me vengo á tu huerto, me divierto con sus plantas y -flores, y me baño en sus fuentes. Por eso flores y plantas están lozanas -y hermosas, regadas con el agua de mi baño. Mira cómo no hay rama alguna -deshojada, ni fruta arrancada ó caída, ni arbolillo sacado de cuajo, ni -fuente turbia. Y alégrate, además, porque sólo tú, entre los hombres, -lograste verme en la vejez.» Apenas dijo esto, empezó á revolotear entre -los arrayanes lo propio que un pajarillo, y saltando de rama en rama, se -subió á lo más alto del follaje.<span class="pagenum"><a name="page_066" id="page_066"></a>{66}</span> Entonces noté que tenía alas en las -espaldas, y entre las alas un arco, y luego no ví nada de esto, ni á él -tampoco le ví. Ahora bien, si no he vivido en balde, y si con la edad no -he llegado á perder el juicio, yo os declaro, hijos míos, que estáis -consagrados á Amor y que Amor cuida de vosotros.»</p> - -<p>En grande se holgaron ellos, como si oyeran un cuento, y no un sucedido, -y preguntaron quién era el tal Amor, si era niño ó pájaro, y qué poder -tenía. De nuevo habló así Filetas: «Dios, hijos míos, es Amor, joven, -hermoso y volátil, por lo cual se complace en la mocedad, apetece y -busca la hermosura y hace que broten alas en el alma. Tanto puede, que -Júpiter no puede más; dispone los gérmenes de donde todo nace, reina -sobre los astros y manda más en los dioses, sus compañeros, que en -cabras y ovejas vosotros. Todas las flores son obra suya. Él ha creado -estos árboles. Por su virtud corren los ríos y los vientos suspiran. Yo -ví al toro en el celo, y bramaba como picado del tábano; yo ví al macho -enamorado de la cabra, y por todas partes la seguía. Yo mismo, cuando -mozo, amaba á Amarilis, y ni me acordaba de la comida, ni tomaba de -beber, ni me entregaba al sueño. Me dolía el alma, me daba brincos el -corazón y mi cuerpo languidecía; ya gritaba como si me azotasen; ya -callaba como muerto; á veces me arrojaba al río para apagar el fuego en -que me quemaba; á<span class="pagenum"><a name="page_067" id="page_067"></a>{67}</span> veces pedía socorro á Pan, porque amó á Pitis; -elogiaba á Eco, porque después de mí llamaba á Amarilis, ó rompía mi -flauta, porque atraía á las vacas, y á mi Amarilis no la atraía. Ello es -que no hay remedio para Amor: ni filtro, ni ensalmo, ni manjar con -hechizo; no hay más que beso, abrazo y acostarse juntos desnudos.»</p> - -<p>Filetas, después que los hubo doctrinado, se fué, recibiendo de ellos -algunos quesos y un chivo, al que asomaban ya los pitones. No bien ellos -se quedaron solos, y oído entonces el nombre de Amor por vez primera, se -apesadumbraron más, y de vuelta á sus chozas, comparaban lo que sentían -á lo que el viejo había referido. «Padecen los amantes, decían, y -padecemos nosotros; no cuidan de sí mismos, como nosotros nos -descuidamos; no logran dormir, y nosotros tampoco dormimos; se diría que -arden, é idéntico fuego nos abrasa; desean verse, y para vernos ansiamos -que llegue el día. Esto, de juro, es amor. Nos amábamos sin saberlo. -Pero si esto es amor y somos amados, ¿qué nos falta? ¿Qué nos aflige? -¿Para qué nos buscamos? Filetas nos dijo la verdad; el mozuelo que vió -en su huerto no es otro que el que en sueño se apareció á nuestros -padres y les ordenó que nos diesen á guardar el ganado. ¿Cómo le -podremos prender? ¡Es pequeñuelo y se fugará! ¿Cómo huir de él? Tiene -alas y nos alcanzará. ¿Pediremos á las<span class="pagenum"><a name="page_068" id="page_068"></a>{68}</span> Ninfas que nos protejan? En vano -pidió Filetas protección á Pan cuando su amor con Amarilis. Tomemos los -remedios de que él hablaba: besos y abrazos y acostarse juntos desnudos. -Es cierto que hace mucho frío, pero le sufriremos, á fin de tomar el -último remedio.» Así repasaban ambos de noche la lección que Filetas les -había dado.</p> - -<p>Al día siguiente llevaron el ganado á pacer, y al verse, se besaron, lo -cual nunca habían hecho antes, y se estrecharon las manos y se -abrazaron. Con el tercer remedio, con el de acostarse juntos desnudos, -era con el que no se atrevían, sin duda por requerir mayor atrevimiento -que el que cabe, no ya sólo en doncellicas ternezuelas, sino también en -cabreros de corta edad. Aquella noche estuvieron tan desvelados como la -anterior, y ya con recuerdos de lo hecho, ya con pesar de lo omitido, -decían en sus adentros: «Nos hemos besado, y de nada aprovecha; nos -hemos abrazado, y tampoco hemos tenido alivio. Por fuerza, el único -remedio de amor ha de ser acostarse juntos. Menester será ponerlo por -obra. Algo ha de haber en ello más eficaz que el beso.»</p> - -<p>En tales discursos acabaron por dormirse, y sus ensueños fueron -amorosos: besos y abrazos. Aun lo que no habían hecho despiertos lo -hacían soñando: se acostaban juntos desnudos.</p> - -<p>Despertáronse luego con el alba más prendados<span class="pagenum"><a name="page_069" id="page_069"></a>{69}</span> que nunca, y se -apresuraron á salir á pastorear, impacientes de renovar los besos. No -bien se vieron, corrieron con blanda sonrisa hasta juntarse; se besaron -y se abrazaron; pero el tercer remedio no se empleó. Ni Dafnis se -atrevía á proponerle, ni Cloe quería tomar la iniciativa. El acaso hubo, -pues, de disponerlo todo.</p> - -<p>Sentados estaban ambos junto al tronco de la encina, y gustaban del -deleite que hay en el beso, y no lograban hartarse de su dulzura. -Ceñíanse con los brazos para que la unión fuese más apretada. Una vez, -como Dafnis apretase con mayor violencia, Cloe se cayó sobre un costado, -y Dafnis, siguiendo la boca de Cloe para no perder el beso, se cayó -también. Reconocieron entonces en aquella postura la que en sueños -habían tenido, y se quedaron así durante mucho tiempo, como si -estuviesen atados. Sin adivinar lo que había después, creyeron haber -tocado al último límite de los gustos amorosos, y consumieron en balde -la mayor parte del día, hasta que al llegar la noche se separaron -maldiciéndola, y recogieron el hato. Quizás hubieran llegado pronto al -término verdadero, á no sobrevenir un alboroto en aquel rústico retiro.</p> - -<p>Ciertos mancebos ricos de Metimna, deseosos de solazarse durante la -vendimia y de hacer alguna gira, echaron un barco á la mar, pusieron -por<span class="pagenum"><a name="page_070" id="page_070"></a>{70}</span> remeros á sus criados, y se vinieron á las costas de Mitilene, -donde hay ensenadas seguras, lindos caseríos, cómodas playas para -bañarse y bosques y jardines, ya por obra de Naturaleza, ya por -industria humana, y todo bueno y grato para la vida. Costeando de esta -suerte saltaban de diario en tierra, sin hacer daño á nadie, y se -entregaban á varios pasatiempos. Ora desde alguna roca que avanzaba -sobre la mar, pescaban con anzuelos colgados de una caña por un hilo -delgado; ora con redes y con perros cazaban las liebres que habían huído -de los majuelos, espantadas por los vendimiadores; ora cogían con lazo -ánades silvestres, ánsares y avutardas, con lo cual, á par que se -recreaban, proveían su mesa. Y si algo necesitaban aún, lo tomaban de -los campesinos, pagándolo más caro de lo que valía. El pan y el vino era -lo único que les faltaba, y también un sitio donde albergarse, pues no -hallaban seguridad en dormir á bordo por la otoñada, y temerosos del -temporal, traían de noche la nave á tierra.</p> - -<p>Un rústico de por allí había menester de una soga, rota ya ó gastada la -de que antes se servía para sostener en alto la piedra del husillo de su -lagar; y yéndose de oculto hacia la playa, halló la nave sin quién la -guardase; desató la amarra, se la llevó á su casa y la usó en dicho -empleo.</p> - -<p>Por la mañana los mancebos de Metimna buscaron<span class="pagenum"><a name="page_071" id="page_071"></a>{71}</span> en balde la amarra. -Nadie confesó haberla tomado. Disputaron un poco con sus huéspedes por -este motivo, se embarcaron y se fueron. Navegaron treinta estadíos, y -llegaron á los campos donde moraban Dafnis y Cloe. Aquel llano les -pareció muy á propósito para correr liebres. Y como carecían de soga ó -cuerda que les sirviese de amarra, entretejieron y retorcieron largas -varillas de verdes mimbreras, con las cuales amarraron la nave á tierra -por la alta popa. Soltaron luego los perros para que olfatearan y -levantaran la caza, y tendieron las redes en los sitios que juzgaron más -adecuados. Los perros con sus ladridos y carreras espantaron las cabras, -y éstas abandonaron los cerros y alcores y se vinieron hacia la mar, -donde entre la arena no tenían pasto, por lo cual algunas de las más -atrevidas se acercaron á la nave y se comieron la mimbre verde á que -estaba amarrada. En la mar á la sazón había resaca, porque soplaba -viento de tierra, de suerte que, no bien el barco quedó libre, las olas -le empujaron y se le llevaron lejos. Pronto se percataron de ello los -cazadores, y unos corrieron á la orilla, otros atraillaron los perros, y -todos gritaron de manera que cuanta gente había en los vecinos campos -acudió al oirlos, pero de nada valió su venida. El viento sopló más -fuerte y se llevó el barco con celeridad irresistible.</p> - -<p>Los de Metimna, enojados con la pérdida de tantas<span class="pagenum"><a name="page_072" id="page_072"></a>{72}</span> prendas de valor, -buscaron al cabrero, y habiendo hallado á Dafnis, se pusieron á darle -golpes y á desnudarle; y hasta hubo uno que, valiéndose de la cuerda con -que atraillaba los perros, iba á atarle las manos á las espaldas. -Maltratado así Dafnis, gritó y pidió socorro á los rústicos, y sobre -todo llamó á Lamón y á Dryas. Acudieron éstos, que eran dos viejos -recios, con las manos endurecidas en las labores del campo, y se -hicieron respetar, exigiendo que se tratase el negocio en justicia y -fuesen oídas las partes. Todos se conformaron, y Filetas el vaquero fué -nombrado juez, porque era el más anciano de los que allí estaban -presentes, y por su rectitud famoso en aquella comarca.</p> - -<p>Los de Metimna, con claridad y concisión, plantearon así su querella -ante el juez vaquero:</p> - -<p>«Vinimos á estos campos á cazar, dejamos nuestro barco junto á la -orilla, amarrado con verde mimbre, y nos pusimos á ojear con los perros -de caza. Entre tanto bajaron las cabras de este mozuelo á la marina, se -comieron la mimbre y desataron el barco. Ya viste cómo se le llevaron -las olas. ¿Cuánto crees que importa el perjuicio ocasionado? ¡Qué de -trajes hemos perdido! ¡Qué de collares de perros! ¡Cuánta plata, de -sobra acaso para comprar todo este terreno! Por todo lo cual parece -justo que nos llevemos á este cabrerillo torpe,<span class="pagenum"><a name="page_073" id="page_073"></a>{73}</span> que apacienta cabras -junto á la mar, cual si fuera marinero.» Así se quejaron los metimneños.</p> - -<p>Dafnis, por más que le dolían los golpes recibidos, vió á Cloe presente, -lo despreció todo, y dijo: «Yo guardo bien mi ganado. Jamás se quejó -labrador de estos contornos de que cabra mía le destrozase su huerto ó -le comiese los brotes de su viña. Éstos son cazadores inhábiles, y traen -perros mal enseñados, que no saben sino correr sin concierto, y ladrar -con tal furor, que las cabras han huído del llano y del cerro hacia la -mar, como acosadas por lobos. Es cierto que se comieron la mimbre. -¿Acaso en la arena tenían verde grama, madroños y tomillo? El barco se -le llevó el viento ó la mar. Cúlpese á la tormenta, no á las cabras. En -el barco había ropa y plata; pero ¿quién, que esté en su juicio, ha de -creer que llevaba tales riquezas un barco con amarra de mimbre?»</p> - -<p>Dicho esto, Dafnis rompió á llorar y movió á compasión á los rústicos, -de suerte que Filetas, el juez, juró por Pan y las Ninfas que no había -culpa en Dafnis, ni tampoco en las cabras. Culpados eran la mar y el -viento, los cuales tenían otros jueces. La sentencia de Filetas no -satisfizo á los metimneños, y avanzaron furiosos, cogieron otra vez á -Dafnis y le querían atar para llevársele. Pero los rústicos se -alborotaron, y, cayendo sobre ellos como grajos ó como nube de -estorninos, pronto libertaron<span class="pagenum"><a name="page_074" id="page_074"></a>{74}</span> á Dafnis, que también peleaba, y pusieron -en fuga á los metimneños, hartándolos de palos y sin cesar de -perseguirlos hasta que los echaron de todo aquel territorio. Así quedó -el campo en sosiego, y Cloe llevó á Dafnis á la gruta de las Ninfas. -Allí le lavó la cara, llena de sangre, que había echado por las -lastimadas narices, y le hizo comer un pedazo de torta y una raja de -queso que sacó del zurroncillo, y para que mejor se recobrase, le dió un -beso, todo de miel, con sus blandos labios.</p> - -<p>Así se salvó Dafnis de aquel peligro; mas no pararon allí las cosas. Los -metimneños, de vuelta á su tierra, con harta fatiga, á pie en vez de ir -en barco, y apaleados en vez de ir divertidos, convocaron en junta á los -ciudadanos, y en traje de suplicantes pidieron venganza del insulto -recibido, sin decir palabra de verdad, para que no se burlasen de ellos -por haberse dejado apalear por unos villanos; antes bien supusieron que -los de Mitilene les habían apresado el barco y robado sus bienes, como -en tiempo de guerra.</p> - -<p>En vista de las heridas, los de la junta lo creyeron todo y consideraron -justo vengar á aquellos jóvenes de las principales familias de la -ciudad. La guerra contra los de Mitilene fué, pues, decretada sin -declaración previa, y se dió orden á un capitán para que saliese á la -mar con diez naves y talase y<span class="pagenum"><a name="page_075" id="page_075"></a>{75}</span> saquease las costas del enemigo. Como se -acercaba el invierno, no era seguro aventurar mayor escuadra.</p> - -<p>Al día siguiente, hechos los aprestos y llevando como remeros á los -mismos soldados, recorrió la escuadrilla las costas de Mitilene, y la -gente entró á saco muchos lugares, robando ganado y trigo y vino en -abundancia, porque estaba recién hecha la vendimia, y cautivando no -pocos hombres de los que trabajaban en el campo. Desembarcó también -donde Dafnis y Cloe apacentaban y se llevó cuanto halló á mano.</p> - -<p>Dafnis á la sazón no guardaba las cabras, sino había ido al bosque á -coger ramas verdes para dar en el invierno alimento á los chivos. Cuando -vió la invasión desde lo alto se escondió en el hueco tronco de un -quejigo seco. Cloe, en tanto, guardaba el rebaño, y perseguida por los -invasores, se refugió en la gruta de las Ninfas, por cuyo amor rogaba -que á ella y á su grey perdonasen. De nada valió el ruego. Los -metimneños, no sólo hicieron muchas burlas y profanaciones de las -imágenes, sino que á las ovejas y á la misma Cloe, como si fuera oveja -también, se las llevaron por delante á varazos. Ya entonces tenían las -naves cargadas de botín de toda laya, y decidieron no navegar más, sino -volverse á sus casas, recelosos del invierno y de los enemigos.<span class="pagenum"><a name="page_076" id="page_076"></a>{76}</span></p> - -<p>Navegaban, pues, aunque poco y á fuerza de remos, porque el viento no -los favorecía, cuando Dafnis, visto el sosiego que reinaba, bajó á la -llanura en que solía apacentar, y no halló cabras ni ovejas, ni halló á -Cloe, sino soledad mucha, y por el suelo la flauta con que Cloe se -deleitaba. Dafnis empezó entonces á gritar y á exhalar sollozos -lastimeros, y ya corría bajo el haya donde antes se sentaba, ya hacia la -mar para ver si alcanzaba á su amiga, ya á la gruta donde se refugió -cuando la perseguían. Allí se echó por tierra y vituperó á las Ninfas de -traidoras. «Al pie de vuestras aras, dijo, fué robada Cloe, y lo vísteis -y lo sufrísteis; Cloe, la que os tejía coronas y las que os ofrecía las -primicias de la leche y la flauta que veo allí colgada. Jamás lobo me -robó una sola cabra, y los enemigos me han robado todo el rebaño y la -zagala mi compañera. Desollarán las cabras; sacrificarán las ovejas. -Cloe vivirá lejos en alguna ciudad. ¿Cómo presentarme ahora á mi padre y -á mi madre, sin cabras y sin Cloe, y también sin oficio, pues no quedan -cabras que guardar? Aquí me voy á quedar aguardando la muerte ó algún -otro enemigo. Y tú, Cloe, ¿padeces como yo? ¿Te acuerdas de estos prados -y de las Ninfas y de mí, ó te consuelan las ovejas y las cabras, -prisioneras contigo?»</p> - -<p>Conforme se lamentaba así, entre gemidos y lágrimas, se apoderó de él un -profundo sueño y se<span class="pagenum"><a name="page_077" id="page_077"></a>{77}</span> le aparecieron las tres Ninfas, grandes y hermosas, -medio desnudas, descalzas y suelto el cabello, como las imágenes. Al -principio mostraron compadecerse de Dafnis; luego dijo la mayor, -confortándole: «No así nos acuses, ¡oh Dafnis! Más cuidado que á tí nos -merece Cloe. De ella nos compadecimos apenas nació, y la criamos cuando -fué expuesta en esta gruta. Nada de común tiene ella con los campos ni -con las ovejas de Dryas. Ya hemos dispuesto lo que más le conviene. Ni -se la llevarán cautiva á Metimna, ni será entregada á los soldados como -parte del despojo. El mismo dios Pan, que está sentado bajo aquel pino, -si bien jamás le llevásteis vosotros ofrendas de flores, cede á nuestros -ruegos y va en auxilio de Cloe, como más avezado que nosotras en los -negocios de la guerra, por haber ya militado en muchas, abandonando su -agreste retiro. Tremendo enemigo va á caer sobre los metimneños. No te -aflijas, pues: levántate y ve á consolar á Lamón y Mirtale, que se -revuelcan por el suelo como tú, creyendo que también te llevan cautivo. -Mañana volverá Cloe, y con ella las ovejas y las cabras. Aun las -guardaréis juntos; aun juntos tocaréis la flauta. De lo otro cuidará -Amor.»</p> - -<p>Al ver y oir Dafnis todo esto, despertó, lloró de alegría á par que de -pena, y adoró las figuras de las Ninfas, prometiendo sacrificarles la -mejor de<span class="pagenum"><a name="page_078" id="page_078"></a>{78}</span> sus cabras, si se salvaba Cloe. Corrió después bajo el pino, -donde estaba la imagen de Pan, con patas y cuernos de cabra, en una mano -la flauta y con la otra deteniendo un chivo, y le adoró también, é -intercedió con él por Cloe y le prometió sacrificarle un macho. Y como -casi iba ya á ponerse el sol, sin cesar él en sus lamentos y plegarias, -recogió las ramas que había cortado y se fué á su cabaña. Con su vuelta -quitó á sus padres un gran pesar, trocándole en contento. Luego comió un -bocadillo y se fué á dormir, no sin llorar aún y suplicar á las Ninfas -que trajesen pronto el nuevo día, y á Cloe con él, cumpliendo la -promesa. La noche aquella le pareció la más larga de todas las noches.</p> - -<p>Entre tanto, el capitán de los metimneños, no bien hubo navegado cerca -de diez estadíos, quiso que reposase su gente, fatigada de la correría. -Había allí un cerro que avanzaba sobre la mar, abriéndose en forma de -media luna, en cuyo seno convidaban las ondas tranquilas con el más -seguro puerto. En él anclaron las naves, lejos aún de la costa, á fin de -no recelar asalto ó sorpresa de villanos, y los metimneños se entregaron -en paz á sus deportes. Como traían abundancia de todo, fruto de su -rapiña, comieron y bebieron con gran fiesta y algazara, para celebrar la -fácil victoria. Así pasaron el día, y no bien los sorprendió la noche,<span class="pagenum"><a name="page_079" id="page_079"></a>{79}</span> -parecióles de repente que toda la tierra se ardía alrededor con llamas y -relámpagos, y que se oía en la mar estrépito impetuoso de remos, como de -formidable escuadra que á combatirlos venía. Muchos gritaban á las -armas; otros se llamaban mutuamente: éste creíase ya herido; aquél -imaginaba que alguien caía muerto á su lado. En suma, todo asemejaba -reñido combate nocturno, sin que hubiese enemigos.</p> - -<p>La noche así pasada, amaneció un día más espantoso que la misma noche. -Las cabras y los machos de Dafnis llevaban en los cuernos hiedra con sus -corimbos, y los carneros y ovejas de Cloe aullaban como lobos. Ella -apareció coronada de ramas de pino. En la mar ocurrieron también muchos -portentos. No se podían levar anclas, que se agarraban al fondo; los -remos se rompían al meterlos en el agua para bogar; los delfines, -brincando fuera de la mar, azotaban con las colas las naves y -desbarataban su trabazón. Y oíase el sonido de una flauta en la más alta -cumbre de la roca; mas no deleitaba como flauta, sino aterraba á los -oyentes como trompa guerrera. De aquí el general sobresalto, el correr á -las armas y el miedo de enemigos que no se veían. Todos ansiaban que -volviese la noche, esperando que les diese tregua.</p> - -<p>Á nadie que tuviese sano el entendimiento podía<span class="pagenum"><a name="page_080" id="page_080"></a>{80}</span> ocultársele que tales -visiones y ruidos eran obra de Pan; encolerizado contra los marineros; -pero no adivinaban el motivo de su cólera, pues no habían saqueado -ningún templo de aquel dios. Por último, á eso de medio día, no sin -disposición de lo alto, quedóse el capitán dormido, y Pan se le -apareció, diciendo:</p> - -<p>«¡Oh, los más impíos y malvados de todos los mortales! ¿Cómo os -propasasteis á tal extremo en vuestra audacia loca? Llevasteis la guerra -á los campos que me son caros; robásteis las vacas, cabras y corderos de -que yo cuido, y arrancásteis de mi propio altar á una virgen, de quien -Amor quiere componer muy linda historia. Ni á las Ninfas, que os -miraban, ni á mí, que soy Pan, habéis respetado. Nunca navegando con -tales despojos, volveréis á ver á Metimna, ni escaparéis al son de mi -flauta aterradora. Os he de anegar y os he de dar por pasto á los peces, -si al punto no devolvéis á Cloe á las Ninfas, y á Cloe su rebaño, cabras -y corderos. Levántate, pues, y pon en tierra á la muchacha con todo lo -que te dije. Yo te llevaré luego en salvo por mar, y á ella por tierra.»</p> - -<p>Todo consternado se despertó con esto Briaxis, así se llamaba el -capitán, y llamó á los cabos y principales de las naves, ordenándoles -que buscasen sin demora entre los cautivos á la zagala Cloe. En seguida -la hallaron, porque estaba sentada con<span class="pagenum"><a name="page_081" id="page_081"></a>{81}</span> guirnalda de pino, y la trajeron -á la presencia del capitán, quien conoció por las señales que á causa de -ella había tenido la visión, y él mismo la llevó á tierra en su mejor -barca. Apenas desembarcó la pastorcilla, se oyó de nuevo son de flauta -sobre la roca, pero no ya belicoso y espantable, sino suave y pastoril, -como para llevar corderos á prado. Y en efecto, los corderos y las -ovejas echaron á correr por las escaleras abajo, sin tropiezo á pesar de -la dureza de sus pezuñas, y las cabras con mayor atrevimiento aún, como -acostumbradas á saltar por los vericuetos. Y toda la grey rodeó á Cloe, -y en coro se puso á retozar, brincar y balar en muestra de alegría. Las -cabras, bueyes y demás ganado de otros pastores se quedaron quietos en -el fondo de las naves, como si aquel son no los llamara. Las gentes se -maravillaron en grande al ver estas cosas, y celebraron á Pan, quien en -mar y tierra obró luego mayores prodigios. Antes de levar ancla, las -naves iban ya navegando. Un delfín, que salía con sus brincos sobre las -ondas, guiaba la nave capitana. Suavísima música de flauta conducía -cabras y corderos, y nadie veía á quien tocaba. Y todo el rebaño, -hechizado con el son, andaba á par que pacía.</p> - -<p>Era ya la hora en que se va de nuevo al pasto después de la siesta, -cuando Dafnis, que estaba oteando desde un alta atalaya, vió venir el -ganado<span class="pagenum"><a name="page_082" id="page_082"></a>{82}</span> y vió venir á Cloe. Entonces gritó: «¡Oh, Ninfas! ¡Oh, Pan!» -bajó á lo llano, abrazó á Cloe, y cayó desmayado de placer. Apenas -volvió en sí merced á los besos de Cloe y al dulce calor de sus abrazos, -se la llevó bajo el haya donde solían, y sentados contra el tronco, le -preguntó de qué suerte se salvó de los enemigos. Ella contó todas las -circunstancias: la hiedra de las cabras, los aullidos de las ovejas, la -corona de ramas de pino que le ciñó las sienes, y la medrosa noche, y -cómo hubo en la tierra fuego, extraño ruido en la mar y dos distintos -sones de flauta, uno guerrero y otro pacífico. Dijo, por último, que -ignorante ella del camino, se le indicaba y la guiaba cierta música -misteriosa.</p> - -<p>Bien notó en todo Dafnis el cumplimiento del sueño de las Ninfas y los -milagros de Pan, y también refirió él cuanto había visto y oído, y que -ya se moría de dolor cuando las Ninfas le salvaron. Después mandó á Cloe -á que dijese á Dryas y á Lamón que vinieran con todo lo necesario para -hacer un sacrificio. Él, en tanto, tomó la mejor de sus cabras; la -coronó de hiedra, conforme se había mostrado á los enemigos; vertió -leche entre sus cuernos; la sacrificó á las Ninfas; la suspendió y la -desolló, y colgó la piel en la roca.</p> - -<p>Presentes ya Cloe y los que la acompañaban, Dafnis encendió fuego, asó -parte de la carne y coció<span class="pagenum"><a name="page_083" id="page_083"></a>{83}</span> la otra parte; ofreció á las Ninfas las -primicias y les hizo una libación con un cántaro lleno de mosto. Dispuso -luego lechos de hojas verdes para todos los convidados, y se entregó á -beber, comer y jugar con ellos, sin dejar de atender al ganado, no -viniese el lobo é hiciese en él de las suyas. Hermosos cantares se -cantaron allí en loor de las Ninfas, compuestos por pastores antiguos. -Venida la noche todos durmieron al raso ó en la gruta. Al salir el sol, -se acordaron de Pan; coronaron de pino el manso de la manada y le -llevaron bajo el pino, donde entre libaciones de mosto y cantos en -alabanza del dios, se le sacrificaron, colgándole y desollándole. Las -carnes asadas y cocidas las pusieron en el prado sobre hojas verdes. La -piel con los cuernos quedó colgada del pino, junto á la imagen del dios, -ofrenda pastoral al dios de los pastores. Ofreciéronle también las -primicias de la carne; vertieron vino del cántaro más hondo, y Cloe -cantó, y Dafnis la acompañó con la zampoña.</p> - -<p>Recostáronse después y se pusieron á comer, cuando por acaso llegó -Filetas el vaquero, el cual traía para Pan algunas guirnaldas y racimos -de uvas con sarmientos y pámpanos. Le acompañaba su hijo menor Titiro, -rapazuelo de pelo rubio y ojos zarcos, vivo y travieso, y que venía -saltando más ágil que un chivo. Levantáronse todos para coronar á Pan y -colgaron los racimos en la copa<span class="pagenum"><a name="page_084" id="page_084"></a>{84}</span> del pino, y luego volvieron á sentarse, -convidando á Filetas á que merendase y bebiese con ellos. Ya algo -bebidos, se dieron, según es propio en los viejos, á referir casos de -sus verdes años, de qué suerte guardaban el hato y de cuántas -incursiones de bandidos y piratas habían escapado. Éste se jactaba de -haber muerto un lobo; aquél de no ceder más que á Pan en tocar la -flauta. La última jactancia era de Filetas. Dafnis y Cloe le rogaron con -ahinco que les diese á conocer algo de su arte tocando la flauta en la -fiesta del dios que tanto se huelga de oirla. Filetas consintió en -tocar, y si bien lamentándose de que con la vejez le faltaba resuello, -tomó la flauta de Dafnis; pero halló que era pequeña para lucir en ella -toda su maestría, y sólo propia para la boca de un rapaz, y envió á -Titiro en busca de su flauta, aunque distaba su casa diez estadíos de -allí. El chico soltó la ropa que le estorbaba, y casi desnudo echó á -correr como un gamo. Lamón, mientras volvía, se puso á contar la fábula -de Siringa, tal cual se la contó un cabrero de Sicilia, á quien dió en -pago un cabrón y una zampoña.</p> - -<p>«Siringa, dijo, no era flauta pastoril en lo antiguo, sino virgen -hermosa, con buena voz y arte en el canto. Cuidaba cabras, jugaba con -las Ninfas y cantaba como ahora. Pan, al verla cuidar las cabras, -retozar y cantar, se llegó á ella y le pidió que consintiese en lo que -él quería, ofreciéndole, en<span class="pagenum"><a name="page_085" id="page_085"></a>{85}</span> cambio, que sus cabras todas parirían -muchos cabritillos gemelos. Ella se burló de este amor y se negó á -admitir amante que era medio hombre y medio macho de cabrío. Pan -entonces la persiguió para lograrla por fuerza. Huyó Siringa de Pan y de -su violento arrojo, y fatigada al cabo, se ocultó en un cañaveral y -desapareció en una laguna. Cortó Pan las cañas con furia; sin hallar á -la linda moza halló desengaño, é imaginó un instrumento, juntando con -cera desiguales cañutos, por ser su amor desigual como ellos. De aquí -que la hermosa virgen de entonces hoy sea flauta sonora.»</p> - -<p>Terminada tenía ya Lamón su historia, y Filetas le alababa por haberla -contado con más dulzura que un cantar, cuando apareció Titiro con la -flauta de su padre, la cual era grande, hecha de gruesas cañas y con -adornos de bronce sobre las pegaduras de cera. Dijérase que era la -propia y primera flauta que fabricó Pan. Filetas se levantó, se puso -derecho sobre su asiento, y lo primero que hizo fué ensayar si el viento -colaba bien por los cañutos, y habiendo notado que el soplo penetraba -sin estorbo, sopló con brío juvenil y se oyó al punto como un concierto -de muchas flautas; tanto resonaba la suya sola. Poquito á poco fué luego -mitigando aquella vehemencia y convirtiéndola en suave melodía, y mostró -allí todo el arte del buen pastoreo musical: lo que agrada á las vacas y -bueyes,<span class="pagenum"><a name="page_086" id="page_086"></a>{86}</span> lo que conviene para las cabras y lo que gusta á las ovejas. -Para las ovejas era el son dulce, grave para el ganado vacuno y agudo -para el cabrío. Todo esto, obra de diversas flautas, lo imitaba él con -sólo la suya.</p> - -<p>Recostados los circunstantes oían la música con delicia y en silencio, -hasta que se alzó Dryas y pidió á Filetas que tocase una tonada en loor -de Baco para que él bailase un baile de lagar. Bailó, pues, imitando, -ora que vendimiaba, ora que acarreaba la uva en cestos, ora que la -pisaba, ora que llenaba las tinajas, ora que probaba el mosto. Y todas -estas cosas las bailó Dryas con tal primor y claridad, que parecía que -se estaban viendo viñas, lagar y tinajas, y al propio Dryas vendimiando -y bebiendo. Así se lució en el baile el tercer viejo, y fué á besar á -Dafnis y á Cloe. Éstos se alzaron al punto y bailaron el cuento de -Lamón. Dafnis hacía de Pan, y de Siringa Cloe. Él pedía amor; ella le -burlaba desdeñosa; él sobre las puntas de los pies, para imitar las -pezuñas del cabrío, la perseguía corriendo, y Cloe se fingía cansada y -se ocultaba, por último, entre unas matas como si fuese en la laguna. -Dafnis tomó entonces la gran flauta de Filetas, y tocó ya con flébil -tono como de suplicante, ya con tono amoroso para persuadir, ya con -suave llamada, como buscando y atrayendo á la fugitiva. Maravillado -Filetas, se alzó de su asiento,<span class="pagenum"><a name="page_087" id="page_087"></a>{87}</span> besó al rapaz, y después de besarle le -regaló la flauta, no sin pedir al cielo que Dafnis en su día pudiese -dejarla á sucesor semejante. Dafnis, por último, suspendió su pequeña -flauta en el ara de Pan, besó á Cloe como si la volviese á hallar -después de una fuga verdadera, y se llevó sus cabras, tocando la flauta -grande.</p> - -<p>Como la noche venía ya, Cloe condujo también su rebaño, aprovechándose -del mismo son, de suerte que cabras y ovejas iban juntas. Dafnis -caminaba cerca de Cloe y ambos platicaron entre sí hasta bien cerrada la -noche, concertándose para salir al día siguiente más temprano que de -costumbre.</p> - -<p>Así lo hicieron en efecto. Apenas rayó el alba, volvieron al prado, y -después de saludar primero á las Ninfas y en seguida á Pan, se sentaron -bajo la encina, tocaron juntos la flauta, se besaron, se abrazaron, se -acostaron muy juntos, y sin hacer nada más, se levantaron. Pensaron -luego en la comida, y bebieron vino con leche. Algo acalorados con esto, -y creciendo también en audacia, se enredaron en amorosa disputa y -acabaron por exigirse juramento de fidelidad. Dafnis, acercándose al -pino, juró por Pan no vivir un solo día sin Cloe, y Cloe, penetrando en -la gruta, juró por las Ninfas ser de Dafnis en vida y en muerte; pero -ella, como niña aún, era tan simplecilla, que al salir de<span class="pagenum"><a name="page_088" id="page_088"></a>{88}</span> la gruta -quiso que Dafnis le hiciese nuevo juramento. «¡Oh, Dafnis!, le dijo, -este dios Pan es travieso y muy poco de fiar. Se enamoró de Pitis, se -enamoró de Siringa, no cesa jamás de perseguir á las Dryadas y se emplea -de continuo en servir y complacer á todas las ninfas pastoriles. Si no -cumples la fe jurada, se reirá y no te castigará, aunque te enredes con -más queridas que cañutos tiene tu zampoña. Júrame, pues, por tu rebaño y -por la cabra que te crió, no abandonar á Cloe mientras ella te sea fiel. -Y si Cloe te faltare, perjura á tí y á las Ninfas, húyela, aborrécela, -mátala como á un lobo.» En el alma se complació Dafnis de estas dudas de -Cloe; y de pie en medio del rebaño, la una mano sobre una cabra y sobre -un macho la otra, juró amar á Cloe mientras ella le amara, y si ella -amase á otro, en vez de matarla, matarse él. Cloe se holgó del juramento -y le creyó, porque doncellica y pastora, tenía á las cabras y ovejas por -divinidades propias de cabrerizos y zagales.<span class="pagenum"><a name="page_089" id="page_089"></a>{89}</span></p> - -<h2><a name="LIBRO_TERCERO" id="LIBRO_TERCERO"></a> -<img src="images/ill_pg_089.png" width="500" height="88" alt="" title="" /> -<br />LIBRO TERCERO.</h2> - -<p>Cuando supieron los de Mitilene la expedición de las diez naves, y, por -gente que venía del campo, los robos que habían hecho, no juzgaron -decoroso sufrir tal afrenta de los de Metimna y resolvieron mover guerra -contra ellos con toda rapidez. Levantaron, pues, tres mil infantes y -quinientos caballos; y recelosos de la mar en la estación del invierno, -los enviaron por tierra, al mando de su general Hipaso.</p> - -<p>Éste no estragó los campos ni robó ganado ni frutos y enseres de -labranza, considerando más propios de bandido que de general tales -actos, sino marchó derecho y pronto contra la ciudad de Metimna, -esperando sorprenderla con las puertas sin custodia. Ya no distaba de la -ciudad más de cien estadíos, cuando se presentó un heraldo pidiendo -treguas. Los metimneños habían averiguado por los cautivos que los de -Mitilene nada sabían de lo ocurrido, y que eran gañanes y pastores los -que habían maltratado á los jóvenes, por lo<span class="pagenum"><a name="page_090" id="page_090"></a>{90}</span> cual reconocían que se -habían atrevido con más acritud que prudencia contra la vecina ciudad, y -sólo deseaban devolver el botín, tratarse de amigos y comerciar como -antes por mar y tierra. Hipaso aunque tenía plenos poderes para -negociar, envió al heraldo á Mitilene, y, acampado á diez estadíos de -Metimna, aguardó la resolución de sus conciudadanos. Á los dos días vino -el mensajero con orden de recibir la restitución y de volverse sin -causar daño, porque, al escoger entre la paz y la guerra, habían hallado -la paz más útil. Así terminó la guerra entre Mitilene y Metimna, con fin -tan inesperado como el principio.</p> - -<p>Llegó el invierno, para Dafnis y Cloe más que la guerra crudo. De -repente cayó mucha nieve: cubrió los caminos y encerró á los rústicos en -sus chozas. Con ímpetu se despeñaban los torrentes; se helaba el agua; -parecían muertos los árboles, y no se veía el suelo sino al borde de -arroyos y manantiales. Nadie, pues, llevaba á pacer el ganado ni se -asomaba á la puerta, sino todos encendían gran candela en el hogar, no -bien cantaba el gallo, y ya hilaban lino, ya tejían pelo de cabra, ya -tramaban lazos para cazar pájaros. Entonces era menester andar solícitos -en dar paja á los bueyes en el tinao, fronda en el aprisco á las cabras -y ovejas, y fabuco y bellotas á los cerdos en la pocilga.</p> - -<p>Con esta forzosa permanencia dentro de casa,<span class="pagenum"><a name="page_091" id="page_091"></a>{91}</span> se holgaban los demás -pastores y labriegos, porque descansaban algo de sus faenas, comían bien -y dormían á pierna tendida. Así es que el invierno se les antojaba más -dulce que el verano, que el otoño y hasta que la misma primavera. Pero -Dafnis y Cloe, retrayendo á la memoria los pasados deleites; cómo se -besaban, cómo se abrazaban y cómo merendaban juntos, se pasaban las -noches muy afligidos y sin dormir, ansiosos de que volviese la -primavera, que era para ellos volver de la muerte á la vida. Cuando por -dicha topaban con el zurrón en que habían llevado la merienda, ó veían -el cantarillo en que habían bebido, ó la zampoña, presente amoroso, -abandonada ahora, la pena de ambos se acrecentaba. Con fervor pedían á -las Ninfas y á Pan que los librase de tantos males, dejando que ellos y -su ganado salieran á tomar el sol; pero á par que pedían, buscaban medio -de verse. Cloe andaba con terribles vacilaciones y sin saber qué hacer, -porque no se apartaba de la que tenía por madre, aprendiendo á cardar -lana y á manejar el huso y escuchándola hablar de casamiento; pero -Dafnis, con mayor libertad y más ladino también que la muchacha, inventó -esta treta para verla.</p> - -<p>Delante de la vivienda de Dryas, contra la propia pared, había dos -grandes arrayanes y una mata de hiedra, tan cerca los arrayanes el uno -del otro,<span class="pagenum"><a name="page_092" id="page_092"></a>{92}</span> que la hiedra que crecía en medio los ceñía, enredando en -ambos sus hojas y largos tallos á modo de parra, y formando gruta de -tupida verdura. Por dentro colgaban, como racimos en la vid, muchos y -gruesos corimbos. Acudía, pues, allí, multitud de pájaros invernizos: -mirlos, tordos, palomas zuritas y torcaces, y otros que comen granos de -hiedra á falta de mejor alimento. So color de cazar estos pájaros, -Dafnis salió de su casa con el zurrón lleno de bollos de miel, y -llevando asimismo, para que le dieran más crédito, lazos y liga. Su -habitación distaba de la de Cloe cerca de diez estadíos, pero la nieve, -no bien endurecida, hubiera hecho trabajoso el camino, si no fuese que -para Amor todo es llano: fuego, agua y nieve de Escitia. Dafnis, pues, -se plantó de una carrera á la puerta de Dryas; sacudió la nieve de los -pies, tendió lazos, colocó largas varillas untadas con liga, y se puso -en acecho de los pájaros y también de Cloe.</p> - -<p>En cuanto á los pájaros, acudieron muchos y quedaron presos. No corta -tarea tuvo Dafnis en cogerlos, matarlos y desplumarlos. Pero nadie salía -de la casa, ni hombre ni mujer, ni gallo ni gallina. Todos, sin duda, -estaban dentro, sentados al amor de la lumbre. Dafnis vacilaba; temía -haber salido á pájaros con malos auspicios, y no se atrevía, no -obstante, á imaginar un pretexto para entrar en la casa, cavilando dónde -hallar el más<span class="pagenum"><a name="page_093" id="page_093"></a>{93}</span> plausible. «Pediré candela.—¿Cómo es eso? ¿No tienes á -nadie más cerca á quien pedirla?—Pediré pan.—Tu zurrón está bien -provisto.—Diré que me falta vino.—Há poco que hiciste la vendimia.—Un -lobo me persigue.—¿Dónde están las huellas de ese lobo?—Vine á cazar -pájaros.—Pues vete, ya que los has cazado.—Quiero ver á Cloe.—No es -fácil declarar esto al padre y á la madre de la muchacha. Más vale -callarse. No hay cosa que no excite las sospechas. Me iré. Veré á Cloe -esta primavera. No consienten los hados, á lo que barrunto, que yo la -vea en invierno.» Así discurría para sí, y, recogiendo lo que había -cazado, se disponía á partir, cuando, por misericordia de Amor, ocurrió -lo que sigue.</p> - -<p>Estaban á la mesa Dryas y su familia. Se distribuía la carne, se -repartía el pan y el jarro se llenaba de vino, en ocasión que uno de los -perros del ganado, aprovechándose del descuido de los dueños, cogió un -pedazo de carne y huyó con él fuera de casa. Irritado Dryas, tanto más -que la carne robada era su ración, agarra un palo y corre tras el rastro -del perro, como otro perro. En esta persecución, pasa cerca de la hiedra -y los arrayanes; ve á Dafnis, que se echaba ya al hombro su presa; -resuelto á irse; olvida al punto carne y perro, y exclamando en alta -voz: «¡Salud! ¡Oh, hijo mío!», le abraza, le besa, le toma de la mano y -le hace que<span class="pagenum"><a name="page_094" id="page_094"></a>{94}</span> entre en su morada. Poco faltó para que, al verse Dafnis y -Cloe, no cayesen ambos al suelo. Procuraron, no obstante, tenerse -firmes; se saludaron y se volvieron á besar, y esto casi fué arrimo para -no caer ambos.</p> - -<p>Después que logró Dafnis, contra su esperanza, ver y besar á Cloe, se -sentó junto al hogar; puso sobre la mesa las palomas y los mirlos que -traía al hombro, y contó que, harto de encierro casero, había salido á -coger pájaros, y de qué modo había cogido, ya con lazo, ya con liga, los -que venían á picar en la hiedra y en los arrayanes. Los allí presentes -alabaron mucho su habilidad y le convidaron á comer de lo que el perro -había dejado. Cloe, por orden de sus padres, le escanció la bebida, y -con alegre rostro sirvió á los otros primero, y á Dafnis el último, -fingiéndose muy enojada de que, habiendo él venido hasta allí, iba á -irse sin verla. Á pesar del enojo, Cloe, antes de presentar el vaso á -Dafnis, bebió un poco, y le dió lo demás. Dafnis, aunque sediento, bebió -con lentitud para que durase más y fuese mayor su deleite. Limpia ya la -mesa de pan y de carne, y aún sentados á ella, le preguntaron por -Mirtale y Lamón, y los declararon felices de tener en su vejez tal -apoyo; encomio de que gustó Dafnis en extremo por escucharle Cloe. -Rogáronle después que se quedase allí hasta el día siguiente, porque -tenían que hacer un sacrificio<span class="pagenum"><a name="page_095" id="page_095"></a>{95}</span> á Baco, y Dafnis, de puro contento, por -poco los adora como si fuesen el dios. Á escape sacó de su zurrón cuanto -bollo de miel en él traía, y dió á guisar para la cena los pájaros que -había cazado. Se llenó de nuevo el jarro de vino; se atizó y encandiló -el fuego, y, apenas llegó la noche, se pusieron otra vez á la mesa, -donde se divirtieron contando cuentos y entonando canciones, hasta que -los ganó el sueño y se fueron á dormir, Cloe con su madre, y Dafnis con -Dryas. Cloe se complació con la idea de volver á ver por la mañana á -Dafnis, y Dafnis, lleno de satisfacción de dormir con el padre de Cloe, -le abrazó y besó muchas veces, soñando que á Cloe abrazaba y besaba.</p> - -<p>Al amanecer era el frío atroz, y el viento del Norte todo lo helaba. De -pie ya la gente, sacrificó á Baco un borrego añal; encendió lumbre y -preparó el almuerzo. Mientras Napé amasaba el pan y Dryas guisaba el -borrego, Dafnis y Cloe, estando de vagar, salieron de la casa bajo los -arrayanes y la hiedra, y, tendiendo lazos otra vez y poniendo liga, -pillaron multitud de pájaros. Durante la caza fué aquello un no cesar de -besarse, entreverando los besos con pláticas, también sabrosas.—Por ti -vine, Cloe.—Lo sé, Dafnis.—Por ti mato estos mirlos sin ventura. ¿En -qué aprecio me tienes? ¿Te acordaste siempre de mí?—¡No me había de -acordar! Así me quieran bien las Ninfas, por quienes<span class="pagenum"><a name="page_096" id="page_096"></a>{96}</span> juré en la gruta, -á donde concurriremos apenas se derrita la nieve.—Pero cuánta hay, ¡oh, -Cloe! Yo temo derretirme antes que ella.—Anímate, Dafnis, el sol -calienta ya mucho.—Ojalá que ardiese con la viva llama en que arde mi -corazón.—Me burlas con lisonjas y luego me engañarás.—Nunca; por las -cabras, por las que quisiste que te lo jurase.</p> - -<p>Así charlaban, respondiendo Cloe á Dafnis como un eco, cuando los llamó -Napé, y ellos entraron con más abundante caza que la víspera. Hicieron -luego una libación á Baco, y comieron coronados de hiedra. Llegó, por -último, la hora, y no sin cantar antes alegres himnos en loor del dios, -despidieron á Dafnis, llenando su zurrón de carne y de pan. -Devolviéronle, además, los tordos y las palomas, para que se regalasen -comiéndolos Lamón y Mirtale, ya que ellos cazarían más en cuanto durase -el invierno y no faltase hiedra para añagaza. Dafnis, al irse, besó -primero á los padres, y á Cloe la última, á fin de guardar en toda su -pureza el dejo del beso. En adelante volvió Dafnis por allí no pocas -veces, valiéndose de otras artimañas, de modo que el invierno no se pasó -del todo mal.</p> - -<p>Apenas renació la primavera, se derritió la nieve, se descubrió el suelo -y la hierba retoñó, salieron todos los zagales á apacentar sus ganados, -y antes que todos Dafnis y Cloe, como siervos que eran del pastor más -poderoso. Lo primero fué correr<span class="pagenum"><a name="page_097" id="page_097"></a>{97}</span> á la gruta de las Ninfas, luego á Pan y -al pino, y, por último, bajo la encina, donde se sentaron, mirando pacer -y besándose. Buscaron flores para coronar á las Ninfas, y, aunque las -flores apenas empezaban á entreabrirse, acariciadas por el céfiro y -reanimadas por el sol, hallaron narcisos, violetas, corregüelas y otras -vernales primicias. Con estas flores coronaron las imágenes é hicieron -ante ellas libaciones de la nueva leche de sus ovejas y sus cabras. -Tocaron también la flauta como para competir con los ruiseñores, quienes -respondían de entre la enramada, expresando poco á poco el nombre de -Itys, cual si tratasen de recordar el canto después de tan largo -silencio. Por donde quiera balaba el ganado; los corderillos ya -retozaban, ya se inclinaban bajo las madres para chupar el pezón de la -ubre, y los moruecos perseguían á las ovejas que aún no habían tenido -cría, y cada uno cubría la suya. Las cabras eran también perseguidas por -los machos con más lascivos saltos, y los machos reñían por ellas, y -cada cual tenía sus cabras, y cuidaba de que no viniera otro y á hurto -las gozase. Tales escenas, cuya vista hubiera remozado y enardecido á -los helados viejos, enardecían más á estos mozos, llenos de fervor y de -brío. Y anhelando hallar, desde hacía tiempo, el fin del Amor, lo que -oían los abrasaba, lo que veían los amartelaba, y todo los inducía á -buscar<span class="pagenum"><a name="page_098" id="page_098"></a>{98}</span> algo de más rico y satisfactorio que el beso y el abrazo. -Buscábalo singularmente Dafnis, quien por el reposo casero y holganza -del invierno estaba rijoso y lucio, y con el beso se emberrenchinaba, y -con el abrazo se alborotaba, y al ejecutar las cosas, era ya más curioso -y atrevido. Pedía, pues, á Cloe que se prestase á cuanto él quisiera, y -que lo de acostarse juntos desnudos fuese por más tiempo que antes, ya -que esto era lo que faltaba hacer bien de cuanto les enseñó Filetas, -como único remedio para calmar el amor.</p> - -<p>Cloe le preguntó qué imaginaba él que habría más allá del beso, del -abrazo, y hasta del acostarse juntos, y qué resolvía hacer si volvían á -la yacija desnudos ambos.—Lo que hacen los moruecos con las ovejas, y -con las cabras los machos, contestó él.—Mira cómo, después de la obra, -ni las ovejas huyen ni los carneros se cansan en perseguirlas, sino que -pacen quietos y juntos, como satisfechos de un común deleite. Dulce, á -lo que entiendo, es la obra, y vence lo amargo de amor.—¿No reparaste, -repuso Cloe, que las ovejas y los carneros, las cabras y sus machos, -hacen esas cosas de pie, saltando ellos encima y sosteniéndolos ellas? -¿Para qué, pues, he de tenderme contigo desnuda? ¿No está el ganado más -vestido que yo con su pelo ó con su lana? Dafnis no pudo menos de -convenir en que así era. Tendióse, no obstante,<span class="pagenum"><a name="page_099" id="page_099"></a>{99}</span> al lado de Cloe y -meditó largo rato; sin atinar con el modo de calmar la vehemencia de su -deseo. Hizo después que ella se alzara, y la abrazó por detrás, imitando -á los carneritos; pero con esto nada logró, quedando más confuso y -echándose á llorar al ver que para tales negocios era más rudo que las -bestias.</p> - -<p>Tenía Dafnis por vecino á un labrador propietario, llamado Cromis, -sujeto ya de edad madura, quien había traído de la ciudad á una -mujercita, linda, de pocos años, con gustos más delicados y más -cuidadosa de su persona que las campesinas. Esta tal, que se llamaba -Lycenia, con ver de diario á Dafnis cuando llevaba por la mañana las -cabras al pasto, y cuando por la noche las recogía á la majada, entró en -codicia de tomarle por amante, engatusándole con regalillos, y tan -acechona anduvo, que consiguió hablar con él á solas, y le dió una -flauta, un panal de miel y un zurrón de piel de venado, si bien se -avergonzó y vaciló en declararse, conjeturando que él amaba á Cloe, al -verle siempre tan empleado en servirla. Al principio, sólo presumió esta -inclinación por risas y señas que sorprendió entre ambos; pero luego -pretextó con Cromis que iba á visitar á una vecina que estaba de parto; -los siguió una mañana; se recató entre zarzas, para que ellos no la -viesen, y vió cuanto hicieron, y escuchó cuanto dijeron, sin<span class="pagenum"><a name="page_100" id="page_100"></a>{100}</span> -ocultársele siquiera el llanto de Dafnis. Compadecida entonces, creyó -propicia la ocasión de hacer dos veces el bien, mostrando el camino de -salvación á aquellos cuitadillos y logrando ella su gusto.</p> - -<p>Con tal propósito, salió al día siguiente, como para ir á ver de nuevo á -la parida, y se fué derecha á la encina donde Dafnis y Cloe se sentaban. -Fingiéndose con primor toda consternada,—«¡Sálvame, dijo, oh, Dafnis! -¡Ay, infeliz de mí! ¡Un águila me ha robado el más hermoso de mis veinte -gansos! Fatigada con tanto peso, no he podido volar hasta lo más alto de -aquel peñón, donde anida, y se bajó con su presa á lo hondo del soto. Te -lo ruego por Pan y las Ninfas: entra conmigo en la espesura; liberta mi -ganso. Mira que no me atrevo á entrar sola, de puro medrosa. No dejes -que se descabale mi manada. ¿Quién sabe si de paso no matarás el águila, -y con eso ya no robará corderos y cabritos? Mientras, guardará Cloe -ambos rebaños. Harto la conocen las cabras, de verla siempre en tu -compañía.»</p> - -<p>Dafnis, sin prever nada de lo que iba á pasar, se levantó muy listo, -empuñó su cayado y siguió á Lycenia. Llevósele ésta lejos de Cloe, á lo -más intrincado y esquivo del soto, y allí le mandó que se sentase á su -lado, cerca de una fuentecilla.—«¡Oh, Dafnis, le dijo, tú amas á Cloe! -Anoche me<span class="pagenum"><a name="page_101" id="page_101"></a>{101}</span> lo revelaron las Ninfas. Se me aparecieron en sueño; me -informaron de tus lágrimas de ayer, y me ordenaron que te salvase, -enseñándote las obras de Amor, las cuales no estriban sólo en beso y en -abrazo y en remedar á los carneros, sino en brincos y retozos más -dulces, y cuyo deleite dura más. Así, pues, si quieres desechar el mal -que te aflige, y conocer por experiencia los gustos que anhelas, -entrégate á mi cuidado cual aprendiz sumiso, y yo, por gracia y merced -de las Ninfas, seré tu maestra.»</p> - -<p>Dafnis, sin refrenar su alegría, como cabrerillo cándido y rapaz -enamorado, se arrodilló á los pies de Lycenia y le suplicó que cuanto -antes le enseñase aquel oficio para ejercerle luego con Cloe. Y como si -fuera algo de raro y revelado por el cielo lo que Lycenia le había de -enseñar, prometió darle en pago un chivo, quesos frescos de nata y hasta -la cabra misma. Halló Lycenia aquella liberalidad pastoril más sencilla -y grata de lo que presumía, y empezó en seguida á instruir á Dafnis. -Mandóle que volviese á sentarse á la verita de ella; que le diese besos, -tales y tantos como él solía dar; que mientras la besaba la abrazase, y -por último, que sé tendiese á la larga.</p> - -<p>Luego que se sentó, y que besó, y que se tendió, habiéndose cerciorado -ella de que todo estaba alerta y en su punto, hizo que él se levantase -de un<span class="pagenum"><a name="page_102" id="page_102"></a>{102}</span> lado, y se deslizó con suma destreza debajo de él, poniéndole en -el camino por tanto tiempo buscado en balde. Después nada hubo fuera de -lo que se usa. Naturaleza misma enseñó á Dafnis lo demás.</p> - -<p>Terminada la lección amatoria, Dafnis, que guardaba su candor pastoril, -quiso correr en busca de Cloe para hacer con ella lo que acababa de -aprender, harto temeroso de que con la tardanza se le olvidase; pero -Lycenia le contuvo diciendo: «Otra cosa te importa saber, ¡oh, Dafnis! Á -mí, como soy mujer, no me hiciste daño alguno, porque ya otro hombre me -enseñó el oficio, y tomó mi doncellez en pago; pero Cloe, cuando luchare -contigo esta lucha, gemirá, llorará y derramará sangre cual si estuviere -herida. No por ello te asustes, sino cuando la persuadas á que se preste -á todo, tráetela á este sitio, para que, si grita, nadie la oiga, si -llora nadie la vea, y si derrama sangre, se lave en la fuente. No te -olvides, por último, de que yo te he hecho hombre antes de Cloe.»</p> - -<p>No bien Lycenia dió estos preceptos, se fué por otro lado del soto, como -si buscase el ganso todavía. Dafnis, en tanto, con la preocupación de lo -que había oído, cejó de su primer ímpetu, y no se atrevió á perturbar á -Cloe sino con el beso y el abrazo, á fin de que no gritase como -perseguida de enemigos, ni llorase como lastimada, ni como<span class="pagenum"><a name="page_103" id="page_103"></a>{103}</span> herida -vertiese sangre, pues escarmentado él por los recientes lances de la -guerra, tenía miedo de la sangre, y sólo de heridas imaginaba que -saliese. Así fué que tomó la determinación de no deleitarse con ella -sino en lo que tenía por costumbre; y, dejando el soto, volvió al lugar -donde ella estaba sentada, tejiendo guirnaldas de violetas; le refirió -que había arrancado de las garras mismas del águila el ganso de Lycenia, -y la besó apretadamente como Lycenia le había besado en el deleite, ya -que esto no pensaba que trajese peligro. Ella ajustó á la cabeza de él -la guirnalda de violetas, y le besó el cabello, á su ver más que las -violetas precioso. Luego sacó del zurrón pan de higos y bollos, y se los -dió á comer; y, conforme él comía, se lo quitaba ella de la boca y comía -á su vez, como los pajarillos pequeñuelos comen del pico de la madre.</p> - -<p>Mientras que comían, y más que comían se acariciaban, se descubrió una -barca de pescadores, que bogaba no lejos de la costa. No hacía viento; -la calma era completa, y era menester remar. Los pescadores remaban con -grande empuje para llevar fresco el pescado á gentes ricas de la ciudad. -Lo que suelen hacer los marineros para engañar ó aliviar sus fatigas, lo -hacían éstos también á par que remaban: uno de ellos llevaba la voz y -entonaba un cantar marino, y los restantes, por marcados intervalos, -unían en coro sus voces en consonancia<span class="pagenum"><a name="page_104" id="page_104"></a>{104}</span> con la del principal cantor. -Cuando iban por alta mar; el canto se perdía en la extensión y se -desvanecía en el aire; pero cuando doblaron la punta de un escollo y -entraron en una ensenada profunda, en forma de media luna, se oyó mejor -la música y sonó más claro en tierra el estribillo de los navegantes. En -el fondo de aquella ensenada había una garganta ó estrechura de cerros, -donde se colaba el son como en un cañuto; luego, una voz imitadora lo -repetía todo: ya repetía el ruído de los remos, ya repetía el cantar; y -era cosa de gusto el oirlo, pues primero llegaba el son que venía -directo de la mar, y el son que venía de la tierra llegaba más tarde. -Dafnis, que sabía lo que era aquello, sólo atendía á la mar; se -embelesaba al ver la barca, que más volaba que corría, y procuraba -retener algo de aquellos cantares para tocarlos luego en su flauta. Pero -Cloe, que hasta entonces no había oído eso que llaman eco, ya miraba -hacia la mar para ver á los que cantaban, ya se volvía hacia el bosque -buscando á los que respondían; y cuando pasó la barca y sobrevino -silencio en la mar y en el valle, preguntó á Dafnis si más allá del -escollo había otra mar, y otra nave que bogaba, y otros marineros que -cantaban, y por qué ya callaban todos. Dafnis sonrió con dulzura; la -besó con más dulce beso; ciñó á sus cienes la guirnalda de violetas, y -empezó á contarle la fábula<span class="pagenum"><a name="page_105" id="page_105"></a>{105}</span> de Eco, no sin concertar antes que ella le -diese diez besos más en pago de la enseñanza.—«Hay, dijo, niña mía, -muchas castas de Ninfas. Las hay de las praderas, de los bosques y de -los lagos; todas bellas; músicas todas. Hija de Ninfa fué Eco, mortal, -por serlo su padre; hermosa, cual de hermosa madre nacida. Las Ninfas la -criaron. En tocar la flauta, en pulsar la lira y la cítara, y en toda -clase de cantar, tuvo á las Musas por maestras. Así es que, cuando llegó -á la flor de su mocedad, con las Ninfas danzaba y con las Musas cantaba; -pero huía de todo varón, ya dios, ya hombre, por amor de la doncellez. -Pan se enfureció contra ella, envidioso de su música y desdeñado de su -hermosura, é infundió su furor en el alma de los pastores. Éstos, como -perros ó lobos, la despedazaron mientras cantaba, y esparcieron por toda -la tierra sus miembros, llenos de harmonía. Y la tierra los escondió en -su seno por complacer á las Ninfas, y dispuso que conservasen la virtud -de cantar. Las Musas, por último, decretaron que lo imitasen todo en la -voz, como la doncella hizo cuando vivía: hombres, dioses, instrumentos y -fieras; que imitasen, en suma, á Pan mismo cuando toca la flauta. Pan, -apenas lo oye, brinca y corre por las montañas, no ya porque ame á la -Ninfa, sino anhelando averiguar quién es su discípulo oculto.»</p> - -<p>En premio de la historia, Cloe dió á Dafnis, no<span class="pagenum"><a name="page_106" id="page_106"></a>{106}</span> sólo diez, sino muchos -más besos, y Eco casi la repitió, como para dar testimonio de que no era -mentira.</p> - -<p>El sol calentaba más cada día, porque había pasado la primavera y -empezaba el verano. Los pasatiempos de ambos eran propios de la nueva -estación. Él nadaba en los ríos, ella se bañaba en las fuentes; él -tocaba la flauta á porfía con el viento que resonaba en los pinos, ella -cantaba en competencia con los ruiseñores; ambos cogían saltamontes y -parleras cigarras, formaban ramilletes de flores, sacudían los árboles ó -trepaban á ellos y se comían la fruta. Al cabo se acostaban desnudos en -una piel de cabra. Pronto Cloe hubiera sido mujer si la sangre no -aterrase á Dafnis, quien, receloso con frecuencia de no ser dueño de sí, -impedía á Cloe que se desnudara. Pasmábase ella, si bien por vergüenza -no preguntaba la causa.</p> - -<p>En aquella estación se presentó para Cloe un enjambre de novios. De -muchas partes acudían á Dryas, pidiéndosela por mujer; unos traían -buenos presentes; otros los prometían mejores. Así fué que Napé, -estimulada por las promesas, era de opinión de casar á Cloe cuanto -antes, y no guardar por más tiempo á mozuela ya tan granada, la cual el -día menos pensado perdería su doncellez en medio del campo y se casaría -por manzanas y flores con un pastor cualquiera; que lo más conveniente<span class="pagenum"><a name="page_107" id="page_107"></a>{107}</span> -sería hacerla pronto señora de su casa, aceptar los presentes y -guardarlos para el hijo legítimo de ellos, que no hacía mucho les había -nacido. Dryas se dejaba vencer á menudo de tales razones, ya que le -ofrecían prendas de más valer que las que suelen ofrecerse por una pobre -zagala; pero, pensando luego que la muchacha valía demasiado para -casarse con un rústico, y que si hallaba un día á sus verdaderos padres -éstos los harían dichosos á todos, se resistía siempre á responder, y -así iba dando largas al asunto, no sin aprovecharse mientras de no pocos -presentes.</p> - -<p>Al saber estas cosas tuvo Cloe gran pesar, si bien se le ocultó á Dafnis -por temor de afligirle. Viendo, no obstante, que él la importunaba con -preguntas, y que ya estaba más triste de no saber nada que lo que -pudiera estar de saberlo todo, se atrevió al fin á contárselo. Le habló -de los novios, muchos y ricos; de las razones que daba Napé para -apresurar la boda, y de que Dryas no mostraba oponerse, sino lo demoraba -para las próximas vendimias. Dafnis, con tales nuevas, estuvo á pique de -perder el juicio; se echó por tierra, lloró y afirmó que él se moriría -si Cloe le faltaba, y no sólo él, sino también se morirían los carneros -sin tal pastora. Después, reflexionándolo mejor, cobraba ánimo y -resolvía hablar al padre de ella y ponerse en la lista de los -pretendientes, esperando vencerlos.<span class="pagenum"><a name="page_108" id="page_108"></a>{108}</span> Sólo una cosa le sobresaltaba: que -Lamón no era rico. Esto debilitaba mucho su esperanza. Decidióse, con -todo, á pedir á Cloe, y ella convino en que lo hiciese. Nada al -principio se atrevió á decir á Lamón; pero confiando más en Mirtale, le -descubrió su amor y le dijo que quería casarse con Cloe. Mirtale lo -participó todo á Lamón por la noche. Éste recibió con dureza la noticia, -y regañó á su mujer porque quería casar con una hija de pastores á un -muchacho que había de tener grandes riquezas, si no mentían las prendas -halladas, y que á ellos, si venían á descubrirse los padres, los haría -horros y dueños de mayores campos. Mirtale, temerosa de que Dafnis, por -despecho amoroso, y perdida toda esperanza de boda, osara darse muerte, -alegó otros motivos menos importantes que los que había dado Lamón. -«Somos pobres, le dijo, hijo mío, y necesitamos novia que más bien -traiga algo que no que se lo lleve. Ellos son ricos, pero quieren novios -ricos. Ve, no obstante; convence á Cloe, y haz que Cloe convenza á su -padre, á fin de que no pidan mucho y te la den. Ella te ama, y sin duda -gustará más de acostarse con un buen mozo pobre que no con un jimio -rico.»</p> - -<p>No esperaba Mirtale que Dryas diese nunca su consentimiento, -disponiendo, como disponía, de más ricos novios, que le ofrecían buenos -presentes. Dafnis no tenía que argüir contra lo dicho por<span class="pagenum"><a name="page_109" id="page_109"></a>{109}</span> su madre; -pero se afligió mucho, é hizo lo que suelen hacer los enamorados pobres: -lloró, y pidió auxilio á las Ninfas. Ellas volvieron á aparecérsele por -la noche, mientras dormía, en la propia forma que la primera vez, y la -mayor le dijo: «Á otro dios incumbe tratar de tu boda con Cloe. Nosotras -te daremos con qué ablandar á Dryas. La nave de los mancebos de Metimna, -cuya amarra de mimbre se comieron tus cabras, se fué aquel día muy lejos -de tierra, empujada por el viento; mas por la noche sopló viento -contrario; alborotó la mar y arrojó la nave contra unos altos peñascos. -La nave pereció, y con ella cuanto encerraba, salvo una bolsa con tres -mil dracmas, que con los restos de la nave trajo á la costa la onda, y -está allí oculta entre algas, cerca de un delfín muerto, por lo cual -nadie de los que pasan se ha aproximado, huyendo del hedor de aquella -podredumbre. Ve allí, toma la bolsa y dala. Así conviene para acreditar -por lo pronto que no eres pobre. Ya vendrá tiempo en que seas rico.»</p> - -<p>Dicho esto, desaparecieron las Ninfas en la noche. Cuando vino el día, -se levantó Dafnis rebosando de gozo; llevó sus cabras al pasto con la -mayor premura, y después de besar á Cloe y de adorar á las Ninfas, se -fué hacia la mar, como si quisiera ser rociado por las olas. Allí, por -la orilla y sobre la arena, vagaba en busca de los tres mil<span class="pagenum"><a name="page_110" id="page_110"></a>{110}</span> dracmas. No -empleó largo tiempo ni fatiga en hallarlos. El delfín no olía bien, y su -podredumbre le dió en las narices y le guió por el camino hasta llegar -al sitio indicado. Ya en él, apartó las algas y descubrió la bolsa llena -de dinero. La recogió, la guardó en el zurrón, y antes de irse, dió -gracias por todo á las Ninfas y á la misma mar, pues, aunque cabrero, -parecíale la mar más dulce que la tierra, desde que le ayudaba para -conseguir casarse con Cloe.</p> - -<p>Dueño de los tres mil dracmas, nada creía que le faltaba ya. Se -consideraba, no sólo más pudiente que los labriegos de por allí, sino -más rico que todos los hombres. Se fué al punto donde estaba Cloe; le -contó el sueño; le mostró la bolsa; le rogó que estuviese á la mira del -ganado durante su ausencia, y corrió con gran denuedo en busca de Dryas, -á quien halló en la era, trillando trigo con su mujer Napé, y á quien -dijo estas valerosas palabras:—«Dame á Cloe por mujer. Yo sé tañer la -zampoña con maestría, podar viñas y plantar árboles. Sé también arar la -tierra y aventar la miés con el bieldo. En lo tocante á pastoreo, -pregúntale á Cloe. Cincuenta cabras me entregaron, y ya tengo doble -número. He criado también grandes y hermosos machos, cuando antes era -menester llevar las cabras á que otros las padreasen. Soy muy mozo aún, -vecino vuestro y de irreprensible conducta.<span class="pagenum"><a name="page_111" id="page_111"></a>{111}</span> Me crió una cabra, como á -Cloe una oveja. Si en todo esto me aventajo á los demás novios, en -generosa largueza no he de quedarme tampoco atrás. Ellos te dan tal ó -cual cabra ú oveja, ó alguna yunta de bueyes con roña, ó ahechaduras de -trigo para mantener unas cuantas gallinas. Yo, en cambio, te doy estas -tres mil monedas. Pero no se lo digas á nadie, ni á mi padre Lamón.» Y -al dar el dinero, abrazó y besó á Dryas.</p> - -<p>Este y Napé, al recibir, sin esperarlo, tamaña suma, prometieron en -seguida á Dafnis que le darían á Cloe y que tratarían de persuadir á -Lamón. Dafnis se quedó con Napé, haciendo andar á los bueyes sobre la -parva y desmenuzando espigas con el trillo, mientras que Dryas, después -de guardar la bolsa y el dinero, se fué más que de priesa á ver á Lamón -y á Mirtale, contra todo uso y costumbre, para pedirles al novio.</p> - -<p>Hallábanse éstos midiendo cebada, que acababan de cribar, y lamentándose -de que apenas habían cogido lo que sembraron. Dryas pensó consolarlos -con asegurar que era general la mala cosecha, y luego pidió á Dafnis -para marido de Cloe, diciendo que otros le daban mucho, pero que él -prefería no tomar nada de Lamón y Mirtale, sino que se sentía inclinado -á socorrerlos con su propia hacienda. «Además, añadió, los chicos han -crecido viéndose siempre; cuidando del hato se han encariñado<span class="pagenum"><a name="page_112" id="page_112"></a>{112}</span> de manera -que no es fácil separarlos, y ya están ambos en edad de dormir juntos.» -Estas y otras razones, no menos persuasivas, alegó Dryas, como quien -había tomado tres mil dracmas para persuadirlos.</p> - -<p>Lamón no podía excusarse con la pobreza, porque los padres de la novia -no le desdeñaban por pobre, ni con la poca edad de Dafnis, que era ya un -garzón muy apuesto. La verdad no quería confesarla. No osaba decir que -consideraba á Dafnis mejor partido. Se calló, pues, por un rato, y al -cabo respondió así: «Noble es vuestro proceder al dar á los vecinos -preferencia sobre los extraños, y al poner por cima de la riqueza á la -pobreza honrada. Que Pan y las Ninfas os concedan en premio su amor. En -cuanto á mí, no deseo menos que vosotros la boda. Loco estaría yo si no -desease amistad y unión con vuestra familia, cuando me hallo tan cerca -de la vejez y necesito brazos y auxilio para mis faenas. De Cloe no hay -más que pedir: linda zagala en la flor de su edad, y buena como pocas. -Lo malo es que yo soy siervo, y de nada dispongo. Debo, pues, informar á -mi amo para que dé su permiso. Diferamos la boda para el otoño. Para -entonces dicen los que llegan de la ciudad que vendrá el amo por aquí. -Para entonces serán marido y mujer; ámense entre tanto como hermanos. -Entiende con todo ¡oh, Dryas! que vas á tener un yerno<span class="pagenum"><a name="page_113" id="page_113"></a>{113}</span> que vale más que -nosotros.» Dicho esto, le besó y le ofreció de beber, porque estaban ya -en todo el fervor del medio día, y le acompañó un buen trecho de camino, -con mil atenciones y muestras de afecto.</p> - -<p>No oyó en balde Dryas las últimas palabras de Lamón, y mientras -caminaba, iba cavilando así sobre quién sería Dafnis: «Le crió una -cabra, cual si por él velasen los dioses. Es hermoso, y en nada se -parece á ese vejete chato y á esa mujerzuela pelona. Se proporcionó tres -mil dracmas, y no hay zagal que logre reunir otros tantos piruétanos. -¿Le expondría alguien como á Cloe? ¿Le encontraría Lamón como yo la -encontré, con prendas parecidas y á propósito para un futuro -reconocimiento? ¡Oh venerado Pan y Ninfas muy amadas, permitid que así -sea! Tal vez, si él descubre á sus padres, logrará que Cloe sea también -reconocida por los suyos.»</p> - -<p>Así iba Dryas discurriendo y soñando hasta que llegó á la era, donde -esperaba Dafnis, ansioso de oir las nuevas que traía. Dióle ánimo, -llamándole yerno; le prometió que las bodas se celebrarían en el otoño, -y le estrechó la mano en señal de que Cloe no sería de otro, sino suya. -Más veloz que el pensamiento, sin comer ni beber, corrió Dafnis en busca -de Cloe. Estaba ella ordeñando y haciendo quesos, y él le anunció la -buena nueva. De allí en<span class="pagenum"><a name="page_114" id="page_114"></a>{114}</span> adelante la besaba, sin recatarsé, como á su -futura; compartía sus afanes; recogía la leche en colodras; apretaba los -quesos en zarzos, y ponía á mamar bajo las madres á cabritillos y -corderos.</p> - -<p>Después de cumplir bien con su oficio, los dos se bañaban, comían, -bebían é iban á coger fruta en sazón. Había entonces grande abundancia -de ella, por ser el momento más feraz del verano: manzanas á manta, -peras, acerolas y membrillos. Fruta había caída por el suelo; otra, -pendiente aún en el árbol; la caída, más olorosa; más lozana y fresca á -la vista la que de las ramas colgaba. Esta relucía como el oro; aquélla -embriagaba con su olor, como el vino.</p> - -<p>Entre los frutales se veía uno, tan esquilmado ya, que no tenía ni fruta -ni hoja. Desnudas estaban todas sus ramas. Una manzana sola pendía aún -en la cima, grande, hermosa, y venciendo á las demás en fragancia. Quizá -quien hizo el esquilmo no se atrevió á subir tan alto para cogerla; -quizá la dejó por descuido; quizá la bella manzana se guardaba allí para -un pastor enamorado. Apenas la vió Dafnis, quiso subir á alcanzarla. -Cloe se opuso, pero él no hizo caso; y desatendida ella, se fué con -enojo donde estaba el rebaño. Dafnis, en tanto, subió hasta alcanzar la -manzana; se la trajo á Cloe, y le dijo para quitarle el enojo:</p> - -<p>«Esta manzana ¡oh, virgen! es creación de las<span class="pagenum"><a name="page_115" id="page_115"></a>{115}</span> Horas divinas: árbol -fecundo le dió sustento; el sol la maduró y sazonó; nos la conserva la -Fortuna. Ciego y necio hubiera sido yo si no la hubiera visto y si la -hubiera dejado para que, ó bien viniese á caer por tierra, la pisoteasen -las reses y la envenenasen los reptiles, ó bien permaneciese en la -cumbre hasta que el tiempo la acabara, sin más fin que admiración -estéril. Venus recibió una manzana en premio de su hermosura. Toma tú -ésta por galardón de igual victoria. Ambas sois bellas, y de condición -semejante son vuestros jueces, pastor él y yo cabrero.»</p> - -<p>Esto dijo, y le echó la manzana en el regazo. No bien se acercó, le besó -ella. Él no se arrepintió de la audacia de haber subido tan alto por un -beso más rico que la manzana de oro.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_116" id="page_116"></a>{116}</span> </p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_117" id="page_117"></a>{117}</span> </p> - -<h2><a name="LIBRO_CUARTO" id="LIBRO_CUARTO"></a> -<img src="images/ill_pg_117.png" width="500" height="87" alt="" title="" /> -<br />LIBRO CUARTO</h2> - -<p>Por aquel tiempo llegó de Mitilene un siervo, compañero de Lamón, á -quien anunció que poco antes de la vendimia vendría el amo para ver qué -daños había causado en sus tierras la incursión de los metimneños. Y -como ya iba yéndose el verano, y el otoño se venía encima, Lamón se -afanó por disponer un recibimiento en el que todo fuera grato á los -ojos. Limpió las fuentes para que el agua corriese pura y cristalina; -sacó el estiércol del establo y corrales para que no molestara su mal -olor, y aderezó el huerto para que pareciese más ameno.</p> - -<p>El huerto era de suyo lindísimo y digno de un rey. Medía en longitud más -de un estadío; estaba en una altura, y contenía sobre cuatro yugadas de -tierra. Semejaba extenso llano, y había en él toda clase de árboles: -manzanos, arrayanes, perales, granados, higueras y olivos. En algunos -puntos la vid trepaba á los árboles, y, enlazada á ellos, lucía<span class="pagenum"><a name="page_118" id="page_118"></a>{118}</span> sus -frutos en competencia con manzanas y peras. Esto en cuanto á los -frutales; pero también había allí árboles selváticos y de sombra, como -cipreses, lauros, adelfas, plátanos y pinos; en todos los cuales, en vez -de la vid, se entrelazaba la hiedra, cuyos corimbos, que eran grandes y -negreaban ya, remedaban racimos de uvas. Las plantas que daban fruta -estaban en el centro, como para mayor defensa; las estériles, en torno, -como muralla. Lo rodeaba y amparaba todo una débil cerca ó vallado. No -había cosa que no estuviese con cierto orden y primor. Los troncos, -separados de los troncos, y en lo alto, mezclándose las ramas y -confundiéndose el follaje. Diríase que el Arte se había esmerado á -porfía con la Naturaleza. Había, en cuadros y eras, multitud de flores, -que la tierra daba de sí sin cultivo, ó que la industria cultivaba: -rosas, azucenas y jacintos, criados por la mano del hombre; violetas, -corregüelas y narcisos, espontáneamente nacidos. Allí había, en suma, -sombra en estío, flores en primavera, frutos en toda estación, y los más -deliciosos y exquisitos en otoño. Desde allí se oteaba la ancha vega, y -se contemplaban pastores y ganados, y se descubría la mar, y se veían -los que por ella iban navegando, lo cual no era pequeña parte de los -gustos con que brindaba aquel huerto. En el centro mismo, así de lo -largo como de lo ancho, se levantaban un templo y un ara de<span class="pagenum"><a name="page_119" id="page_119"></a>{119}</span> Baco; el -ara, revestida de hiedra, y de pámpanos el templo, por fuera. La -historia del dios estaba dentro pintada: Semele, pariendo; Ariadna, -dormida; encadenado, Licurgo; despedazado, Penteo; vencidos, los indios; -los tirrenos, transformados. Por donde quiera, los Sátiros; por donde -quiera, las Bacantes, que danzaban. Ni faltaba allí Pan, quien, sentado -sobre una piedra, tañía la zampoña, y daba el mismo son y compás al -pisoteo de los Sátiros en el lagar y al baile de las Ménades.</p> - -<p>Tal era el huerto que Lamón se afanaba por cuidar, podando las ramas -secas y enredando en festones la vid á los árboles. Á Baco le coronaba -de flores. Derivaba sin dificultad el agua por las limpias acequias. -Había una fuente, que Dafnis había descubierto, la cual regaba las -flores. Llamábanla fuente de Dafnis. Lamón, por último, encomendó á éste -que engordase las cabras lo más que pudiera, porque el amo, que no había -venido en tanto tiempo, iba ahora á verlo todo.</p> - -<p>Muy confiado estaba Dafnis en que alcanzaría grandes elogios por las -cabras. Las tenía en doble número de las que le habían entregado; el -lobo no se había llevado ninguna, y todas estaban más lucias y medradas -que las ovejas. Deseoso, no obstante, de hacerse propicio al amo para -que consintiese en la boda, ponía el mayor cuidado y solicitud en llevar -á pacer las cabras apenas amanecía,<span class="pagenum"><a name="page_120" id="page_120"></a>{120}</span> y en volver al aprisco tarde. Dos -veces al día las llevaba á beber, y siempre buscaba para ellas los -mejores pastos. Se procuró barreños y tarros nuevos, muchas colodras y -zarzos más capaces. Y llegó á tal punto su esmero, que barnizó con -aceite los cuernos á las cabras, y al pelo le sacó lustre. Al ver cabras -tan compuestas, las hubiera tomado cualquiera por el propio sagrado -rebaño del dios Pan. Compartía Cloe estos afanes con Dafnis, y, -descuidadas sus ovejas, sólo á las cabras atendía, de suerte que -imaginaba Dafnis que, por emplearse en ellas Cloe, se ponían tan -hermosas.</p> - -<p>Atareados andaban en esto, cuando llegó de la ciudad segundo mensajero -con orden de vendimiar cuanto antes. Él debía quedarse allí hasta que -las uvas se hicieran mosto, y entonces volver á la ciudad para acompañar -al amo, que no vendría hasta el fin del otoño. Á este mensajero, que se -llamaba Eudromo, porque su oficio era correr, le trataban todos con la -mayor consideración. Entre tanto, cogieron las uvas, las acarrearon al -lagar, y echaron el mosto en las tinajas, no sin dejar en las cepas los -racimos más gruesos, á fin de que los que iban á venir disfrutasen algo -y tuviesen cierta idea de la vendimia.</p> - -<p>Cuando Eudromo preparaba su regreso á la ciudad, Dafnis le hizo cuantos -regalillos podían<span class="pagenum"><a name="page_121" id="page_121"></a>{121}</span> esperarse de un cabrero: le dió quesos bien cuajados, -un cabrito recién nacido y una blanca piel de cabra, de pelo largo, para -que se abrigase durante el invierno en sus caminatas. Eudromo quedó -harto pagado del obsequio, y prometió á Dafnis decir de él al amo mil -cosas buenas. Se fué, pues, á la ciudad muy amigo de Dafnis.</p> - -<p>Se quejó éste receloso y asustado. Y no era menor el miedo de Cloe, -porque él era un muchachuelo, sólo acostumbrado á ver cabras y riscos, y -á tratar con gente rústica y con Cloe, y ahora tenía que ver al señor, -de quien ignoraba antes hasta el nombre. Todo se le volvía cavilar cómo -se acercaría al señor y le hablaría; y su corazón se azoraba al pensar -en que la boda pudiera desvanecerse como un sueño. De aquí que los besos -fuesen más frecuentes, y los abrazos más largos y apretados; pero se -besaban con timidez y se abrazaban con tristeza y á hurtadillas, como si -el amo estuviera allí y pudiera verlos.</p> - -<p>En medio de estas desazones tuvieron un disgusto más grave. Un vaquero -de aviesa condición, llamado Lampis, había pedido á Dryas la mano de -Cloe, y le había hecho muchos regalos á fin de que conviniese en el -casamiento. Sabedor Lampis de que Dafnis la tendría por mujer, si no se -oponía el amo, buscó trazas de enemistarle con él, y como lo que más le -agradaba era el huerto, resolvió<span class="pagenum"><a name="page_122" id="page_122"></a>{122}</span> afearle y destrozarle. Si se ponía á -talar el arbolado, podrían oir el ruido y sorprenderle, y así prefirió -arrancar las flores. Guarecido, pues, por la obscuridad de la noche, -saltó por cima de la cerca, arrancó unas plantas y quebró otras, y holló -y pisoteó las demás, como los cerdos. Después se fugó con cautela y sin -que le viesen.</p> - -<p>No bien vino el día, entró Lamón en el huerto para regar las flores con -el agua de la fuente, y al ver aquella desolación, que no la hubiera -hecho más cruel un ladrón foragido, se desgarró el sayo y puso el grito -en el cielo, con tal furor, que Mirtale, soltando la hacienda que traía -entre manos, y Dafnis, abandonando las cabras que llevaba á pacer, -acudieron á saber lo que pasaba. Al saberlo, gritaron también y se -echaron á llorar. Y no era maravilla que, temerosos del enojo del señor, -hiciesen aquel duelo por las flores. Un extraño, si hubiera pasado por -allí, hubiera llorado como ellos. Aquel sitio había perdido su gracia y -su adorno. No quedaba sino fango y broza. Si alguna flor se había -salvado de la injuria, resplandecía aún y estaba hermosa, aunque mustia -y tronchada. Las abejas revolaban en torno, y sonaba á lamentación su -incesante susurro.</p> - -<p>Lamón decía, lleno de angustia: «¡Ay de mis rosales, que me los han -roto! ¡Ay de mis violetas pisoteadas! ¡Ay de mis jacintos y narcisos, -arrancados<span class="pagenum"><a name="page_123" id="page_123"></a>{123}</span> de raíz por algún mal hombre! Vendrá la primavera y no -renacerán mis flores; vendrá el verano y no desplegarán su pompa y -lozanía; vendrá el otoño y nadie hará con ellas guirnaldas y ramilletes. -Y tú, señor Baco, ¿por qué no tuviste piedad de las infelices, entre las -que habitabas, á las que veías, y con las que te coroné tantas veces? -¿Con qué cara enseñaré ahora el huerto al amo? ¿Qué dirá al verle? Sin -duda mandará ahorcar de un pino á este viejo sin ventura, como ahorcaron -á Marsyas. ¿Y quién sabe si no ahorcarán conmigo á Dafnis, creyendo que -por descuido suyo hicieron el destrozo las cabras?»</p> - -<p>Con tales lamentaciones se acongojaban más y más, y no lloraban por las -flores, sino por ellos mismos. Cloe sollozaba y gemía como si Dafnis -hubiese de ser ahorcado; pedía al cielo que el señor ya no viniese, y -pasaba días amargos imaginando que por lo menos azotarían á su amigo.</p> - -<p>Aquella noche llegó Eudromo con la noticia de que el señor mayor sólo -tardaría ya tres días en venir, y de que su hijo estaría allí al día -siguiente. Se pusieron entonces á discurrir cómo salir de aquel apuro, y -pidieron consejo á Eudromo, el cual tenía buena voluntad á Dafnis, y fué -de parecer que declarasen primero al señor mozo lo que había pasado, -pues él prometía interceder en favor de ellos, ya que dicho señor le -quería y estimaba por<span class="pagenum"><a name="page_124" id="page_124"></a>{124}</span> ser su hermano de leche. Ellos convinieron en -hacerlo así.</p> - -<p>Al siguiente día el señor mozo; que se llamaba Astilo, llegó á caballo, -en compañía de su parásito Gnatón. Éste afeitaba sus barbas hacía no -pocos años. Astilo era un mancebo barbiponiente. Lamón, seguido de -Mirtale y de Dafnis, se prosternó á los pies del amo mozo, y le rogó se -compadeciese de un viejo infortunado y le salvase de la ira de su padre, -pues él de nada tenía culpa. Luego le contó el caso sin rodeos. Astilo -tuvo piedad del suplicante; fué al huerto; vió el estrago causado en las -flores, y prometió que para disculpar á Lamón y á Dafnis supondría que -sus caballos se habían desatado del pesebre, pisoteándolo todo, -desgajándolo y arrancándolo. Lamón y Mirtale, consolados con esto, -colmaron al joven de bendiciones, y Dafnis, además, le hizo varios -presentes: chivos, quesos, racimos con pámpanos aún, nidos de pájaros y -manzanas con rama y hojas. Sobresalía entre estos presentes el vino de -Lesbos, que huele á flores y es el más grato al paladar de cuantos se -beben. Astilo encareció la bondad de todo, y se fué á cazar liebres, -como mancebo rico, que sólo pensaba en divertirse, y que había venido al -campo á disfrutar de nuevos placeres.</p> - -<p>Gnatón, por el contrario, no hallaba placer sino en la comida y en beber -hasta emborracharse: era<span class="pagenum"><a name="page_125" id="page_125"></a>{125}</span> como un sumidero, todo gula, y todo lascivia y -pereza. Así fué que no quiso ir á cazar con Astilo, y para entretener el -tiempo, bajó hacia la playa, donde se encontró á Dafnis guardando su -ganado. Junto á Dafnis estaba Cloe, hermosa como nunca. La vió Gnatón, y -quedó al punto prendado de ella. Pensó que en la ciudad no había visto -jamás más linda moza. Dafnis, á quien apenas apuntaba el bozo, y que -parecía más niño y más dulce aún de lo que era, no infundió el menor -respeto al parásito. Y como la zagala era sencilla y humilde, juzgó -fácil empresa deslumbrarla y lograrla. Á este fin, empezó por elogiar -sus ovejas; luego la elogió á ella; luego trató de alejar á Dafnis, y no -pudo conseguirlo; y, por último, movido de una pasión que á los más -cuerdos roba la prudencia, tomó á Cloe entre sus brazos y la besó -repetidas veces, aunque ella se resistía. Dafnis acudió á interponerse, -y se interpuso entre ambos cuando Gnatón quería renovar los besos, -haciendo poca cuenta de quién se le oponía, y creyéndole débil, ó tan -respetuoso que el respeto le ataría las manos. Por dicha no fué así: -Dafnis rechazó á Gnatón con tremendo brío, y como Gnatón, según su -costumbre, estaba borracho y poco firme sobre sus piernas, dió consigo -en el suelo cuan largo era, donde Dafnis, ciego de cólera, le pateó á su -sabor y con alguna saña. Viendo después que el vencido y pateado<span class="pagenum"><a name="page_126" id="page_126"></a>{126}</span> no -bullía, Dafnis tuvo miedo de su proeza y echó á huir, seguido de Cloe, -dejando el hato en abandono.</p> - -<p>Con la afrenta y el dolor se le disiparon un poco á Gnatón los vapores -del vino; calculó que era muy ridículo quejarse y contar lo que había -ocurrido, y determinó callárselo; pero más empeñado que antes en -conseguir su propósito, resolvió pedir á Astilo, que nada le negaba, que -se llevase á Dafnis á la ciudad, y quedase él luego algún tiempo en -aquel campo, donde ya sin estorbo podría lograr á Cloe. Por lo pronto, -sin embargo, no pudo Gnatón hallar momento oportuno de hacer su -petición. Dionisofanes y su mujer Clearista acababan de llegar, y todo -era ruido y alboroto de caballerías y criados, de hombres y mujeres. -Gnatón tuvo tiempo de preparar un elegante y prolijo discurso, en que -pintaba á Astilo su amor á fin de conmoverle.</p> - -<p>Dionisofanes tenía ya entrecanos barba y cabellos; pero era un señor -alto y hermoso, y tan robusto, que daría envidia á los mancebos. Era -además rico como pocos, y muy digno y respetable. Lo primero que hizo el -día en que llegó fué sacrificar á los dioses que gobiernan las cosas -campestres: á Ceres, á Baco, á Pan y á las Ninfas. Luego dió un banquete -á todas las personas que estaban allí. En los días siguientes -inspeccionó los trabajos<span class="pagenum"><a name="page_127" id="page_127"></a>{127}</span> de Lamón. Y habiendo visto en los campos los -hondos surcos del arado, la lozanía de pámpanos en las viñas y el huerto -tan ameno (pues en lo tocante al estrago de las flores Astilo tomó para -sí la culpa), se alegró mucho, alabó á Lamón y le prometió la libertad.</p> - -<p>Después de esto fué á ver las cabras y á ver al cabrero que las cuidaba. -Cloe se escondió entre la arboleda, temerosa y avergonzada de aquel -gentío. Dafnis quedó sólo, y se mostró revestido de una peluda piel de -cabra y llevando un zurrón flamante al hombro, en la mano izquierda -quesos recién cuajados y en la derecha dos cabritillos de leche. Ni -Apolo, cuando estuvo de pastor al servicio de Laomedonte, apareció tal -como entonces apareció Dafnis, quien, lleno de rubor, sin hablar palabra -y los ojos inclinados al suelo, presentó sus dones. Lamón dijo: «Éste -¡oh, señor! es tu cabrero. Me entregaste cincuenta cabras y dos machos, -y él las ha aumentado hasta ciento. ¡Mira qué gordas y lucias están, qué -pelo tan largo y espeso, y qué cuernos tan enteros y sanos! Estas -cabras, además, han aprendido la música, y al son de la zampoña lo hacen -todo.»</p> - -<p>Clearista, que estaba allí presente, deseó ver aquella habilidad de las -cabras, y mandó á Dafnis que tañese la zampoña como solía, ofreciendo en -premio, si lo hacía bien, regalarle camisas, un sayo<span class="pagenum"><a name="page_128" id="page_128"></a>{128}</span> y un par de -zapatos. Dafnis al punto, puestos todos en cerco en torno de él, y de -pie él bajo la copa del haya, sacó la zampoña del zurrón, y apenas la -hizo sonar un poco, las cabras se pararon atentas y levantaron las -cabezas. Después tocó el toque del pasto, y las cabras bajaron las -cabezas y pacieron. Dió en seguida la zampoña un son blando y suave, y -las cabras se echaron. Luego fué agudo el son, y las cabras huyeron al -soto como perseguidas por un lobo. Tocó, por último, llamada, y saliendo -del soto, las cabras todas corrieron á echarse á sus pies. Nadie vió -jamás siervo alguno que obedeciese más listo á una señal de su amo. De -aquí que todos los circunstantes se quedaron pasmados, y sobre todos -Clearista, la cual juró que daría más de lo ofrecido á aquel cabrero tan -músico y tan guapo. Después todos se fueron á la quinta y comieron, y -enviaron á Dafnis de la comida de los señores. Él la compartió con su -zagala, muy complacido de probar los manjares de la ciudad, y con -grandes esperanzas de lograr el permiso de los amos para su casamiento.</p> - -<p>Gnatón, entre tanto, más obstinado aún en su amor, á pesar de la -pateadura, y creyendo que su vida sin Cloe sería amarga y sin objeto, se -aprovechó de un instante en que Astilo se paseaba en el huerto á sus -solas; le llevó al templo de Baco, y le besó las manos y los pies. -Astilo le preguntó<span class="pagenum"><a name="page_129" id="page_129"></a>{129}</span> por qué hacía tales extremos; le mandó que se -explicase, y juró darle auxilio en su cuita. «Ya se perdió y pereció -Gnatón, mi amo, dijo Gnatón entonces. Yo, que hasta aquí no amaba más -que una buena mesa, y nada hallaba más lindo y apetitoso que el vino -añejo, y estimaba á tu cocinero más digno de adoración y de afecto que á -todas las muchachas de Mitilene, sólo juzgo ahora digna y amable á la -zagala Cloe. Yo me abstendría de comer todos los delicados manjares que -de ordinario se sirven en tu casa, carnes, pescados, bollos y confites -de miel, y, convertido en corderito, me alimentaría de la hierba, -dejándome guiar por la voz de Cloe y por su cayado. Salva á tu Gnatón; -vence su amor invencible. De lo contrario, lo juro por el dios de mi -mayor devoción, agarro un cuchillo, me lleno bien la panza de comida, me -mato á la puerta de Cloe, y no tendrás á quién llamar Gnatoncillo, -jugando y burlando, como es tu costumbre.»</p> - -<p>No pudo aquel magnánimo mancebo, que además conocía lo que son penas de -amor, ver sin piedad las lágrimas de Gnatón, que de nuevo le besaba los -pies. Prometióle, pues, que pediría á Dafnis á su padre y que se le -llevaría á la ciudad como criado, dejando á Cloe sin aquel estorbo, á -fin de que Gnatón la tuviese á todo su talante. Deseoso luego Astilo de -embromar á Gnatón, le preguntó, riendo, si no le daba vergüenza de amar<span class="pagenum"><a name="page_130" id="page_130"></a>{130}</span> -á una rústica y de acostarse con una zagala que por fuerza había de oler -pícaramente. Pero Gnatón, que había aprendido en los banquetes de mozos -alegres y enamorados cuanto hay que saber y decir en la materia, -contestó, defendiéndose: «El que ama, señor mío, no repara en nada de -eso. No hay en el mundo objeto que no pueda inspirar una pasión, con tal -de que en él resplandezca la hermosura. Ha habido amadores de una -planta, de un río y de una fiera. ¿Y quién más digno de lástima que el -amador á quien infunde miedo el amado? En cuanto á mí, si la que amo es -por la suerte de servil condición, por la belleza es y puede ser señora. -Sus cabellos son rubios como las espigas granadas; sus ojos brillan bajo -las cejas como piedras preciosas en engaste de oro; su cara está teñida -de suave rubor, y en su fresca boca se ven dientes como el marfil de -blancos. ¿Quién tan insensible al amor, que no anhele besar tal boca? En -esto de amar á las pastoras y gente del campo, ¿qué hago yo más que -imitar á las deidades? Vaquero fué Anquises, y Venus le tomó para -querido. Pitis, amada de Pan y de Bóreas, y Maya misma, tan amada de -Júpiter, ¿eran al cabo más que pastoras? No menospreciemos á Cloe porque -lo es, sino demos gracias á los dioses de que, enamorados de ella, no -nos la roban y se la llevan al cielo.»<span class="pagenum"><a name="page_131" id="page_131"></a>{131}</span></p> - -<p>Astilo rió y celebró este discurso, diciendo que Amor hacía á los -grandes oradores. Luego trató de hallar ocasión en que pedir á su padre -que le diese á Dafnis para criado.</p> - -<p>Eudromo había estado escondido oyendo toda la conversación, y como -quería á Dafnis y le tenía por excelente mozo, se afligió mucho de que -la gentil zagala viniese á ser ludibrio de aquel borracho, y fué al -punto á contárselo todo á Lamón y al mismo Dafnis. Consternado éste, -pensó en huir robando á Cloe ó en matarla y matarse; pero Lamón, -llamando á Mirtale al patio, le dijo: «Estamos perdidos, mujer. Llegó ya -la ocasión de revelar lo que teniamos oculto. Queden sin guía las cabras -y quedémonos sin apoyo; pero, por Pan y por las Ninfas, aunque yo me -trueque en buey atado al pesebre, no me callaré sobre la condición de -Dafnis, sino que referiré cómo fué hallado y alimentado, y mostraré las -prendas que estaban expuestas junto á él. Es menester que sepa Gnatón -quién es el mozo de cuya novia quiere burlarse. Tú, ten prontas las -señales de reconocimiento.» Dichas estas palabras, ambos entraron de -nuevo en la habitación.</p> - -<p>Habiendo hallado Astilo propicio á su padre, le pidió que le dejase -llevar á Dafnis á Mitilene, asegurando que era un gallardo mancebo, más -propio para la ciudad que para el campo, y que pronto<span class="pagenum"><a name="page_132" id="page_132"></a>{132}</span> aprendería á -servir bien y á tener modales urbanos. Accediendo gustoso el padre, -llamó á Lamón y á Mirtale, y les dió como buena nueva la de que Dafnis, -en vez de estar al servicio de las cabras, iba á entrar en el de su -hijo. En cambio del cabrero que les quitaba, les ofreció, por último, -dos cabreros. Entonces Lamón, cuando ya todos los criados habían acudido -y se alegraban de tener tan gentil compañero, pidió licencia para -hablar, y habló de esta suerte: «Escucha ¡oh, señor! la verdad misma de -los labios de este viejo. Juro por Pan y por las Ninfas que no te -engañaré en nada. Yo no soy el padre de Dafnis, ni tuvo Mirtale la dicha -de ser madre suya. Otros padres le expusieron cuando pequeñuelo, por -tener ya, sin duda, hijos de sobra. Yo le encontré abandonado y tomando -la leche de una cabra, á la cual, cuando murió de muerte natural, di -sepultura cerca del huerto, con el amor que se debe á quien hizo tan -bien el oficio de madre. Yo encontré, además, con el niño ciertas -alhajas, que pueden servir en su día para reconocerle. Confieso, señor, -que conservo aún dichas alhajas. Por ellas se verá que Dafnis es de -clase superior á la nuestra. No creas, sin embargo, que me duele que -Dafnis sea criado de tu hijo: sería un galán servidor para dueño no -menos galán. Lo que me duele, y lo que no puedo tolerar, es que todo se -haga por un liviano<span class="pagenum"><a name="page_133" id="page_133"></a>{133}</span> antojo de Gnatón y por sus dañados propósitos.»</p> - -<p>Dicho esto, Lamón se calló y derramó abundantes lágrimas. Gnatón, -envalentonado, le amenazó con una paliza; pero Dionisofanes, pasmado de -lo que acababa de oir, impuso silencio á Gnatón, arqueando las cejas y -mirándole fosco; luego interrogó á Lamón, y le mandó que dijese la -verdad, y que no procurase oponerse con embustes á la voluntad de su -hijo. Lamón se sostuvo en lo dicho, lo juró por todos los dioses, y -pidió que le diesen tormento si mentía. Llegó en esto Clearista, y no -bien averiguó lo que pasaba, «¿por qué, dijo, había de mentir Lamón? ¿No -le dan dos cabreros en vez de uno? ¿Cómo ha de inventar un rústico tan -sutil patraña? Por otra parte, ¿no es increíble que de tan pobre viejo y -de tan ruín madre haya nacido tan hermoso muchacho?» Decidieron, pues, -no engolfarse en más conjeturas, sino ver y examinar las prendas, por si -denunciaban, en efecto, la superior condición que Lamón presumía.</p> - -<p>Mirtale fué al punto á sacarlas de un viejo zurrón en que las tenía -guardadas. Cuando las trajo, el primero que las vió fué Dionisofanes. Al -mirar la mantilla de púrpura, la hebilla de oro y el puñalito con puño -de marfil, dió un grito, exclamando: «¡Oh señor Júpiter!» y llamó á su -mujer para que examinase aquellas prendas. Ésta, no bien las<span class="pagenum"><a name="page_134" id="page_134"></a>{134}</span> hubo -mirado, exclamó de la misma manera: «¡Oh, queridas Parcas! ¿No son éstas -las prendas que expusimos con nuestro propio hijo cuando le enviamos con -la sierva Sofrosina para que le abandonase en el campo? No son otras; -son éstas, marido. El muchacho es nuestra sangre. Hijo tuyo es el que -guarda tus cabras.»</p> - -<p>Mientras ella hablaba así, y Dionisofanes besaba las prendas del -reconocimiento, llorando de puro gozo, Astilo se enteró de que Dafnis -era su hermano; se desembarazó de la capa y dió á correr por el huerto -para ser el primero en abrazarle. Al ver Dafnis que venía en pos de él -tanta gente corriendo y llamándole por su nombre, pensó que querían -prenderle: tiró al suelo el zurrón y la zampoña, y huyó hacia la mar, -resuelto á arrojarse en ella desde lo alto de una roca. Y de seguro lo -hubiera hecho, siendo así, por extraño caso, tan pronto hallado como -perdido, si Astilo, recelando su intento, no le gritase otra vez: -«Tente, Dafnis, y no temas. Yo soy tu hermano. Son tus padres los que -hace poco eran tus amos. Lamón nos contó lo de la cabra y nos enseñó las -prendas. Vuélvete y mira qué alegres y risueños estamos. Bésame á mí -primero. ¡Juro por las Ninfas que no te engaño!»</p> - -<p>Paróse Dafnis al oir este juramento y Astilo le alcanzó y le estrechó en -sus brazos. Después acudió multitud de criados y de criadas, y, por -último,<span class="pagenum"><a name="page_135" id="page_135"></a>{135}</span> llegaron el padre y la madre. Todos le abrazaron y le besaron -con lágrimas de contento. Él, por su parte, estuvo cariñoso con todos, y -en particular con su madre y su padre, á quienes, como si de antiguo los -conociese, estrechaba contra su seno, sin hartarse de abrazarlos: tan -rápida y poderosa impone Naturaleza su ley. Casi se olvidó Dafnis por un -instante de Cloe.</p> - -<p>Con esto se le llevaron á la quinta y le dieron, para que se vistiese, -un costoso vestido nuevo. Sentándose después con Astilo al lado de su -padre, le oyó decir estas razones: «Yo, hijos míos, me casé muy -temprano, y á poco fuí padre, según yo pensaba, muy dichoso. Primero -tuve un hijo, luego una hija, y Astilo fué el tercero. Estos tres eran -los que convenían para mi casa y mi hacienda. Vino este otro después de -todos, y tuve que exponerle. No se expusieron, á la verdad, estas -prendas como señales para reconocerle más tarde, sino como ornamento de -su sepulcro. La fortuna lo dispuso de otra manera. Mi hijo mayor, y -también mi hija, murieron ambos de la misma enfermedad y en el mismo -día. Tú, Dafnis, por la providencia de los dioses, te has salvado para -que yo tenga en la vejez doble apoyo. No me aborrezcas por haberte -expuesto. Muy á despecho mío lo hice. Y tú, Astilo, no te aflijas de -contar ahora sólo con parte cuando contabas con toda la herencia. El<span class="pagenum"><a name="page_136" id="page_136"></a>{136}</span> -mayor bien para un hombre discreto es un buen hermano. Amáos, pues, mis -hijos; y en cuanto á los bienes, nada tendréis que envidiar á los -príncipes. Ambos poseeréis pingües fincas y siervos ágiles, y oro y -plata, y todas aquellas cosas que poseen los ricos y poderosos. Mas -desde luego doy á Dafnis este campo, en que se ha criado, con Lamón y -Mirtale, y con las cabras de que él mismo ha sido pastor.»</p> - -<p>Apenas acabó dichas palabras, Dafnis se levantó y dijo: «En buena -ocasión me lo traes á la memoria, padre mío. Voy á llevar á beber á las -cabras, que aguardan sedientas el son de mi zampoña, mientras que estoy -aquí sentado.» Todos rieron de que, habiendo llegado á ser señor, -quisiese ser cabrero todavía, y enviaron á un nuevo cabrero á que -cuidase de las cabras. Sacrificaron después á Júpiter Salvador y -dispusieron un banquete. Á este banquete, el único que faltó fué Gnatón, -el cual, lleno de miedo, se pasó el día y la noche en el templo de Baco, -orando y haciendo penitencia.</p> - -<p>Pronto cundió la fama por todas partes de que Dionisofanes había hallado -á su hijo, y de que el cabrerillo Dafnis se había cambiado en señor -terrateniente, y de acá y de acullá acudieron los rústicos á felicitar -al mozo y á traer presentes á su padre. Entre ellos vino Dryas, el padre -adoptivo de<span class="pagenum"><a name="page_137" id="page_137"></a>{137}</span> Cloe. Dionisofanes los detuvo á todos para que participasen -del regocijo y de la fiesta. De antemano se había preparado vino en -abundancia, mucho pan, chochas y patos, lechoncillos y gran variedad de -tortas y confites de miel. Se mataban, además, no pocas víctimas á los -dioses titulares de aquellos sitios. Dafnis, en tanto, reunió todos sus -trastos pastoriles para repartirlos como ofrenda entre los dioses. -Consagró á Baco el zurrón y el pellico; á Pan, el pífano y la zampoña, y -á las Ninfas, el cayado y los dornajos y las colodras, que él mismo -había hecho; pero la vida de la primera juventud es aún más grata que la -riqueza, y Dafnis se apartaba con lágrimas de cada uno de estos objetos. -No ofreció las colodras, sin ordeñar antes las cabras; ni el pellico, -sin ponérsele por última vez; ni la zampoña, sin tañerla. Todo lo besó; -habló con las cabras, y llamó por sus nombres á los machos. Bebió, por -último, en la fuente, donde tantas veces había bebido con Cloe; pero no -se atrevió á hablar aún de su amor aguardando ocasión propicia.</p> - -<p>Mientras Dafnis andaba en tales sacrificios, Cloe, solitaria y llorosa, -estaba sentada viendo pacer su ganado y se lamentaba de esta suerte: -«Dafnis me olvida. Sin duda piensa ya en una novia rica. ¿Por qué exigí -que jurase, no por las Ninfas, sino por las cabras? Las abandona como á -mí. Ni al hacer ofrendas á Pan y á las Ninfas deseó ver á Cloe.<span class="pagenum"><a name="page_138" id="page_138"></a>{138}</span> Tal vez -halló más bonitas que yo á las criadas de su madre. Adiós, Dafnis, y sé -dichoso. Yo no viviré.»</p> - -<p>Exhalando estaba Cloe estas sentidas quejas, cuando el vaquero Lampis, -acompañado de algunos labriegos, vino á robarla, creyendo que Dafnis ya -no se casaría con ella, y que Dryas consentiría luego en dársela á él. -La cuitada, resistiéndose al rapto, daba lastimeros gritos, y alguien -que la oyó fué á decírselo á Napé. Napé se lo dijo á Dryas, y Dryas á -Dafnis. Éste, fuera de sí, sin atreverse á decir nada á su padre, y no -pudiendo, con todo, tolerar aquella injuria, salió del huerto, diciendo: -«¡Mal haya el reconocimiento de mi padre! ¡Cuánto más valiera seguir de -pastor! ¡Cuánto más feliz era yo cuando siervo. Entonces veía á Cloe. -Ahora Lampis la roba, se la lleva, y esta noche dormirá á su lado. Y yo -como y bebo y me deleito. En vano juré por Pan, por las Ninfas y por las -cabras!»</p> - -<p>Gnatón, que estaba oculto en el templo de Baco, oyó estas lamentaciones -de Dafnis, y juzgando oportuna la ocasión de ganarse su voluntad y de -conseguir que le perdonara, salió de su escondite y dijo á Dafnis que él -era allí el amo y que podía disponer de los criados para cualquier -empresa. Llamando entonces Dafnis á algunos de los que servían á Astilo, -se fué con ellos y con Gnatón á<span class="pagenum"><a name="page_139" id="page_139"></a>{139}</span> casa de Lampis con tal diligencia y -prontitud, que le sorprendió cuando acababa de llegar con Cloe, y la -sacó por fuerza de entre sus manos, dando de palos á los rústicos que -habían concurrido al robo y queriendo llevar cautivo á Lampis, que logró -fugarse.</p> - -<p>Dafnis perdonó á Gnatón, y le concedió su amistad después de tan buen -consejo y auxilio; y libertada ya Cloe, convino con ella en callar aún -lo de la boda, en verse de oculto, y en que Dafnis descubriese sólo su -amor á su madre. Pero Dryas no lo consintió, y halló más conveniente -decírselo todo al padre, confiado en que le persuadiría. Al día -siguiente, pues, se echó en el zurrón las prendas de reconocimiento, y -se fué en busca de Dionisofanes y de Clearista, á quienes halló sentados -en el huerto. Astilo y el propio Dafnis estaban también allí. En -silencio todos, habló Dryas de esta manera: «Igual necesidad que á -Lamón, me manda descubriros un secreto que he guardado hasta ahora. Ni -yo he engendrado á la zagala Cloe, ni he sido el primero en sustentarla. -Otro fué su padre, y yo la encontré en la gruta de las Ninfas, -alimentada por una oveja. Maravillado del hallazgo, tomé conmigo á la -niña y la crié en mi casa. Testimonio de la verdad de lo que digo da su -propia hermosura, en nada semejante á nosotros. Testimonio dan también -estas<span class="pagenum"><a name="page_140" id="page_140"></a>{140}</span> prendas, más ricas que las que suelen tener los pastores. Vedlas, -y buscad á los padres de la doncella, quien tal vez os parezca un día -digna consorte de Dafnis.»</p> - -<p>No sin intención dejó escapar Dryas estas últimas palabras. Dionisofanes -no las oyó en balde tampoco, sino que, dirigiendo la mirada hacia -Dafnis, y advirtiendo que se ponía pálido y que no acertaba á ocultar el -llanto, comprendió que tenía amores con Cloe. Y con la solicitud que -hubiera tenido por su propia hija, y no por una extraña, examinó -atentamente las razones del viejo.</p> - -<p>Vió también las prendas, es á saber, las chinelas, la toquilla y las -ajorcas, y luego hizo venir á Cloe á su presencia, y la exhortó á que se -alegrase, pues ya tenía marido, y pronto hallaría también á su padre y á -su madre. Por último, Clearista se llevó consigo á la doncella y la -aderezó y compuso como si fuese mujer de su hijo.</p> - -<p>Dionisofanes, apartándose á un lado con Dafnis, le preguntó en confianza -y con sigilo si Cloe conservaba aún la doncellez. Dafnis juró que no -había pasado del beso, del abrazo y de las mutuas promesas, con lo cual -se holgó el padre, y le dijo que se pusieran á comer con él.</p> - -<p>Allí se hubiera podido aprender cuánto el adorno realza la hermosura, -porque Cloe, bien vestida,<span class="pagenum"><a name="page_141" id="page_141"></a>{141}</span> graciosamente peinado y trenzado el cabello, -y recién lavada la cara, parecía más bella que nunca, tanto que el -propio Dafnis apenas la reconocía. Jurara cualquiera, sin ver otras -prendas y señales, que no era Dryas el padre de tan gallarda moza. -Dryas, no obstante, estaba en el festín con Napé, y tenían por -compañeros en el mismo lecho á Lamón y á Mirtale.</p> - -<p>Pocos días después se hicieron sacrificios á los dioses y ofrendas por -amor de Cloe, y ella les consagró sus baratijas pastoriles: flauta, -zurrón, pellico y colodras. Vertió, además, vino en la fuente de la -gruta, porque allí encontró amparo; adornó con flores el sepulcro de la -oveja, que le mostró Dryas; volvió aún á tocar la flauta para alegrar el -ganado, y á las propias Ninfas les dió música, pidiéndoles que -parecieran pronto sus padres, y que fueran dignos de la alianza con -Dafnis.</p> - -<p>Después que se hartaron de diversiones campesinas, decidieron volver á -la ciudad, á fin de buscar á los padres de Cloe y no retardar más su -boda con Dafnis. Muy de mañana cargaron el equipaje, y dieron á Dryas -tres mil dracmas, y á Lamón la mitad de las mieses y de la vendimia de -aquellos campos, las cabras y los cabreros, cuatro yuntas de bueyes, -buenos pellicos para el invierno, y la libertad de su mujer. Se fueron, -por último, á<span class="pagenum"><a name="page_142" id="page_142"></a>{142}</span> Mitilene con mucho aparato y pompa de carros y de -caballos.</p> - -<p>Como llegaron muy de noche á la ciudad, nadie se enteró de lo ocurrido; -pero al día siguiente se reunió á las puertas de Dionisofanes gran -multitud de hombres y de mujeres: ellos, para felicitarle por haber -hallado á su hijo, sobre todo viéndole tan guapo mozo, y las mujeres, -para holgarse con Clearista de que había logrado á la vez hijo y nuera. -Cloe las sorprendió á todas por su rara hermosura, que les pareció sin -par. En suma, nadie hablaba en la ciudad sino del muchacho y de la -zagala, augurando mil venturas de su enlace. Rogaban también á los -dioses que Cloe hallase padres dignos de su beldad, y hubo no pocas -mujeres ricas que de buena gana hubieran pasado por madres de hija tan -hermosa.</p> - -<p>Entre tanto, Dionisofanes, después de mucho cavilar, se quedó -profundamente dormido y tuvo un sueño. Creyó ver á las Ninfas pidiendo á -Amor que se llevase pronto á cabo la boda prometida. Y Amor, aflojando -la cuerda del arco y poniéndosele al hombro junto á la aljaba, ordenó á -Dionisofanes que convidase á un gran banquete á todos los sujetos de más -fuste de la ciudad, y que, al ir á llenar los últimos vasos, mostrase á -los convidados las prendas halladas con Cloe, y mandase cantar el canto -de Himeneo.<span class="pagenum"><a name="page_143" id="page_143"></a>{143}</span></p> - -<p>Visto y oído este sueño, Dionisofanes madrugó, y dispuso una opípara -comida, donde hubiese cuanto se cría de más delicado y sabroso en tierra -y en mar, en ríos y en lagos. Luego convidó á su mesa á todos los -señores principales.</p> - -<p>Ya era de noche, y estaba lleno el vaso con que suele hacerse libación á -Mercurio, cuando entró un criado trayendo las prendas en un azafate de -plata, y dando vuelta á la mesa, se las enseñó á todos. Ninguno las -reconoció; pero un cierto Megacles, que por su ancianidad estaba -reclinado en un extremo, las reconoció apenas las vió, y dijo con voz -alta y firme: «¡Cielos! ¿qué veo? ¿Qué ha sido de tí, hija mía? ¿Vives -aún? ¿Qué pastor guardó, por dicha, estas prendas? Ruégote ¡oh -Dionisofanes! que me digas dónde las hallaste. No envidies, pues tienes -á Dafnis, que yo también la tenga.»</p> - -<p>Quiso Dionisofanes que, antes de todo, contase Megacles cómo había -expuesto á la niña, y éste, con el mismo tono de voz, dijo: «Tiempo há -que me veía yo muy pobre, por haber gastado casi todos mis bienes en -juegos públicos y en naves de guerra. Estando en estos apuros, me nació -una hija. Se me hizo muy duro criarla en tanta pobreza, y la expuse con -esas alhajas, calculando que muchas personas, que no tienen hijos -naturales, desean ser padres, adoptando por hijos á los expósitos. La -niña lo fué en la gruta de las Ninfas y confiándola<span class="pagenum"><a name="page_144" id="page_144"></a>{144}</span> yo á su cuidado. -Desde entonces mis riquezas han aumentado de día en día, sin tener yo -heredero á quien dejarlas, porque no volví á tener otra hija; y como si -los dioses quisieran burlarse de mí, se me aparecían en sueño por la -noche, ofreciéndome que me haría padre una oveja.»</p> - -<p>Dionisofanes hizo, al oir tales palabras, mayores exclamaciones aún que -las que Megacles había hecho, y dejando el festín, fué á buscar á Cloe y -la trajo muy adornada y bizarra. Al entregársela á su padre, le dijo: -«Ésta es la niña que expusiste. Por disposición de los dioses, te la ha -criado una oveja, como una cabra á Dafnis. Tómala con las prendas, y al -tomarla, dásela á Dafnis por mujer. Los dos expusimos á nuestros hijos, -y los dos los hallamos ahora. Amor, Pan y las Ninfas nos los han -salvado.»</p> - -<p>Megacles convino en todo, y mandó llamar á su mujer, cuyo nombre era -Rodé, teniendo siempre á Cloe entre sus brazos. Megacles y Rodé se -quedaron á dormir allí, porque Dafnis había jurado que nadie, ni su -propio padre, sacaría á Cloe de la casa. Á la mañana siguiente, Cloe y -Dafnis decidieron volverse al campo, porque no podían sufrir la vida de -la ciudad y deseaban hacer bodas pastorales. Regresaron, pues, á la -quinta donde estaba Lamón, é hicieron que Megacles conociese á Dryas, y -Rodé á Napé.<span class="pagenum"><a name="page_145" id="page_145"></a>{145}</span></p> - -<p>Todo se preparó allí con esplendidez para la fiesta de la boda.</p> - -<p>Megacles consagró á su hija Cloe á las Ninfas, y suspendió como ofrenda -en la gruta, á más de otros objetos ricos, las prendas de -reconocimiento. Á Dryas, sobre los tres mil dracmas recibidos, le dió -para completar diez mil.</p> - -<p>Viendo Dionisofanes que el tiempo era excelente, mandó aderezar lechos -de verdes hojas en la gruta, donde se reclinaron los rústicos para gozar -de espléndido banquete. Asistieron Lamón y Mirtale, Dryas y Napé, los -parientes de Dorcón, Filetas y sus hijos, Cromis y Lycenia. Ni Lampis -faltó, después de conseguir que le perdonasen. Y como la fiesta era de -rústicos, todo allí fué al uso campesino y labriego. Cantaron unos el -cantar de los segadores; otros hicieron las farsas y burlas que suelen -hacerse cuando la vendimia; Filetas tocó la zampoña; Lampis tocó el -clarinete; Dryas y Lamón bailaron. Dafnis y Cloe no dejaron de besarse. -Las cabras mismas pacían allí cerca, como si tomasen parte en la -función, lo cual no era muy grato á los de la ciudad. Dafnis las llamaba -por sus nombres, les daba verde fronda, las agarraba por los cuernos y -las besaba.</p> - -<p>Y esto no fué sólo en aquella ocasión, sino también en lo sucesivo, -porque Dafnis y Cloe hicieron casi de continuo vida pastoril, adorando á -los<span class="pagenum"><a name="page_146" id="page_146"></a>{146}</span> dioses y profesando especial devoción á Pan, á Amor y á las Ninfas. -Aunque llegaron á ser poseedores de mucho ganado lanar y cabrío, nunca -hubo manjar que les supiese mejor que leche y fruta. Al primer hijo -varón que tuvieron le dieron por nodriza una cabra, y á la criatura -segunda, que fué una niña, la hicieron mamar de una oveja. Al varón le -pusieron por nombre Filopoemén, y á la niña Ageles. Así vivieron largos -y felices años. Y no descuidaron tampoco el adorno de la gruta, sino que -erigieron nuevas imágenes de Ninfas; levantaron un altar á Amor -pastoril; y á Pan, en vez de la copa del pino á cuya sombra estaba, le -edificaron un templo, bajo la advocación de Pan Batallador.</p> - -<p>Todo esto, sin embargo, ocurrió mucho más tarde. Por lo pronto, llegada -la noche, cuantos estaban allí llevaron á los novios al tálamo. Unos -tocaban flautas, otros tocaban clarines, y otros iban con antorchas. -Cerca ya de la puerta de la cámara nupcial, la comitiva cantó de -Himeneo, con voz tan áspera y desacorde, que no parecía que cantaban, -sino que arañaban pedruscos con almocafres.</p> - -<p>Dafnis y Cloe, á pesar de la música, se acostaron juntos desnudos; allí -se abrazaron y se besaron, sin pegar los ojos en toda la noche, como -lechuzas. Y Dafnis hizo á Cloe lo que le había enseñado<span class="pagenum"><a name="page_147" id="page_147"></a>{147}</span> Lycenia; y Cloe -conoció por primera vez que, todo lo hecho antes, entre las matas y en -la gruta, no era más que simplicidad ó niñería.</p> - -<p>Madrid, 1880.</p> - -<p class="c">FIN<span class="pagenum"><a name="page_148" id="page_148"></a>{148}</span></p> - -<h2><a name="NOTAS" id="NOTAS"></a>NOTAS</h2> - -<p>I. El título de la obra, en griego, es Λόγγου ποιμενικῶν τῶν κατὰ Δάφνιν -καὶ Χλόην βίβλοι (λόγοι) τέσσαρες, que puede traducirse: <i>Los cuatro -libros de las pastorales de Longo, ó Dafnis y Cloe</i>. Á fin de seguir el -gusto y el estilo modernos, hemos invertido y modificado los términos -del título. Ponemos por título principal de esta novela <i>Dafnis y Cloe</i>, -y añadimos luego <i>Las pastorales de Longo</i>, para indicar el género á que -pertenece la obra y el nombre, verdadero ó supuesto, de quien la -compuso.</p> - -<p>De esta novela no conocemos traducción ninguna en castellano.</p> - -<p>En otros idiomas, ó conocemos ó hemos visto citadas muchas traducciones. -Las más famosas son: En latín, la de Gothofredo Jungermann, de 1605, y -la de Pedro Moll, de 1860. En francés, la de Santiago Amyot, obispo de -Auxerre, y la de Pablo Luis Courier, que corrige y completa la -traducción del citado obispo. En italiano, la del comendador Aníbal -Caro, la de Manzini y la de Gozzi. En inglés, la de Jorge Thornley, -1657, y la de Jacobo Craggs, 1764. Y en alemán, las de Grillo, Krabinger -y Passow, en 1765, 1803 y 1811.</p> - -<p>Tenemos también una traducción sobrado libre de <i>Dafnis y Cloe</i>, hecha -en hermosos exámetros latinos, por Lorenzo Gambara, y dedicada al -célebre Antonio<span class="pagenum"><a name="page_149" id="page_149"></a>{149}</span> Perenott, cardenal Granvela, á la sazón virrey de -Nápoles.</p> - -<p>Para hacer esta traducción española hemos seguido el texto griego -completo, publicado por Courier y enmendado por Sinner: Paris, Fermín -Didot, 1829. Hemos tenido á la vista y consultado la traducción en latín -de la edición bipontina y la traducción francesa de Amyot, <i>revue, -corrigée, completée, de nouveau refaite en grande partie par P. L. -Courier</i>.</p> - -<p>En nuestra traducción de los tres primeros libros, hemos procurado ser -tan fieles al original cuanto es posible en una lengua moderna de -Europa. Nos lisonjeamos de que en punto á fidelidad hemos vencido á -Courier, como podrán ver los inteligentes, si comparan con el original -ambas traducciones.</p> - -<p>En el cuarto libro nos hemos atrevido á hacer bastantes alteraciones: -algo parecido á lo que llaman un arreglo. Esto no quita que muchos -párrafos (más de la mitad de dicho libro cuarto), estén también -traducidos por nosotros con la mayor exactitud. Sólo hemos variado unos -lances originados por cierta pasión repugnante para nuestras costumbres, -sustituyéndolos con otros, fundados en más naturales sentimientos.</p> - -<p>Fué nuestro primer propósito hacer nuestra traducción en lo que han dado -en llamar <i>fabla antigua</i> esto es, en el castellano del siglo <small>XIV</small> ó del -siglo <small>XV</small>. Para imitar bien el candor y la sencillez del texto, tal vez -hubiera sido esto convenientísimo; pero, en nuestro sentir, requería un -trabajo ímprobo si había de hacerse con conciencia y evitando el peligro -de inventar una <i>fabla antigua</i>, que jamás se hubiese hablado. Para<span class="pagenum"><a name="page_150" id="page_150"></a>{150}</span> -Courier, que ha hecho su traducción en francés arcáico, la empresa no -era tan árdua; tenía por modelo á Amyot, que le guiaba mientras él le -corregía. Por otra parte, yo entiendo que, sin procurar expresamente lo -arcáico, siguiendo bien el texto, buscando las palabras propias y los -giros más adecuados, y huyendo de las frases hechas y con frecuencia -amaneradas del estilo novísimo, resulta un castellano bastante candoroso -y que parece antiguo. El público juzgará si hemos conseguido esto en -nuestra traducción.</p> - -<p>II. Dice el proemio: <i>y habiendo buscado á alguien que me explicase bien -la pintura, compuse estos cuatro libros</i>. P. L. Courier traduce: <i>si -cherchai quelq’un qui me les donna á entendre par le menu, et ayant le -tout entendu, en composai ces quatre libres</i>. Yo empleo quince palabras, -y P. L. Courier veintidos, para decir lo que dice en ocho el autor -griego: καὶ ἀναζητησάμενος ἐξηγητὴν τῆς εἰκόνος, τέτταρας βίβλους -ἐξεπονησάμην. Depende esto, no sólo de la riqueza de formas de la lengua -griega, sobre todo en participios, que hace que se pueda decir más en -menos palabras, sino también de nuestro empeño de no sobreentender nada, -diciéndolo todo. Claro está que, cuando el autor buscó á alguien <i>qui me -les donna á entendre par le menu</i>, no se contentó con buscarle, sino que -también le oyó la explicación; pero esto se cae de su peso y no era -menester decirlo. El original no lo dice. P. L. Courier pone, pues, de -su cosecha, <i>et ayant le tout entendu</i>. En otras ocasiones añade -también, ó ya porque lo cree necesario para mayor claridad, ó bien -porque halla alguna frase que<span class="pagenum"><a name="page_151" id="page_151"></a>{151}</span> le parece bonita. Yo he procurado evitar -tales amplificaciones y adornos, y si á veces he incurrido en ellos, no -ha sido con tanta frecuencia como P. L. Courier.</p> - -<p>La observación que acabamos de hacer pudiera repetirse con frecuencia. -No lo haremos, por no pecar de prolijos. Nos limitaremos á citar otro -solo ejemplo, tomado también del proemio. Dice el original: τὸν -ἐρασθέντα ἀναμνήσει, τὸν οὐκ ἐρασθέντα προπαιδεύσει. Son siete palabras. -Traduce Courier: <i>peut remettre en memoire de ses amours celui qui -autrefois aura été amoureux et instruire celui qui ne l’aura encore -point été</i>. Son veinte y tres palabras. Traduzco yo: <i>recordará de amor -al que ya amó, y enseñará el amor al que no ha amado nunca</i>. Son diez y -siete palabras.</p> - -<p>III. <i>Á unos doscientos estadios de Mitilene</i>, yo traduzco deὅσον ἀπὸ -σταδίων διακοσίων; en latín, <i>stadia circiter ducenta</i>. <i>Estadio</i> es -palabra perfectamente castellana en este sentido, y significa la -distancia ó longitud de 125 pasos geométricos. P. L. Courier pone: -<i>environs huit ou neuf lieues loin de cette ville de Mitylène</i>. En este -caso confieso que no choca mucho que modernice la unidad de medida para -las largas distancias, pero entiendo que está mejor, ya que la historia -sucede en Grecia y en tiempos antiguos, conservar los usos y costumbres -de entonces. Más claro se comprende esto, y se ven el anacronismo y el -desentono que de semejante exceso de traducción resultan, cuando en el -mismo cuento de Dafnis y Cloe se habla de <i>dracmas</i>, dinero, y traduce -Courier <i>escudos</i>. Yo prefiero poner <i>dracmas</i>, y no traducir <i>escudos</i>, -<i>ducados</i>, <i>reales</i> ó <i>pesetas</i>, que entonces<span class="pagenum"><a name="page_152" id="page_152"></a>{152}</span> no había. Hay palabras -que no se traducen, sino que pasan íntegras á todos los idiomas cuando -se quiere volver á designar el objeto determinado y singular que -designaban. Así, pues, por muy llano y natural que yo quisiese hacer mi -estilo, jamás, por ejemplo, me atrevería á traducir <i>peplo</i>, <i>clámide</i>, -<i>estola</i> ó <i>coturno</i>, por prendas de vestir parecidas y en uso en -nuestros días.</p> - -<p>IV. Los objetos suspendidos como ofrendas en la gruta de las Ninfas eran -γαυλοὶ, καὶ αὐλοὶ πλάγιοι, καὶ σύριγγες, καὶ κάλαμοι. Courier traduce -γαυλοὶ <i>seilles á traire le lait</i>; el latín, <i>mulctræ</i>. En castellano -creo que bastaría <i>colodras</i>, que son vasijas de que se valen los -pastores para ordeñar; pero, como el <i>Diccionario de la Academia</i> supone -que las tales colodras son de madera, y los γαυλοὶ ó <i>mulctræ</i> tal vez -serían de barro, he añadido tarros para que haya de todo. Αὐλοὶ πλάγιοι -ha sido menester traducirlo también con gran libertad. En latín se -llaman <i>tibiæ obliquæ</i>, trompetas oblícuas. Dicen que este instrumento -fué inventado por Midas. Á lo que más se parece de los modernos es al -bajón, al fagot y al pífano. Por esto pongo <i>pífanos</i> en mi traducción.</p> - -<p>V. <i>Y les habían hecho aprender las letras</i>; en griego, καὶ γράμματα -ἐπαίδευον. Courier, por seguir á Amyot, pone <i>leur faisant apprendre les -lettres</i>; pero censura esta traducción en una larga nota, suponiendo que -implica un contrasentido, ó, por lo menos, que induce en error. Nosotros -creemos que no hay tal error, y que, en vista del sentido todo, no da -tampoco lugar á anfibología. <i>Aprender las letras</i> no es más que -aprender las letras,<span class="pagenum"><a name="page_153" id="page_153"></a>{153}</span> y no aprender literatura. Dice Courier que Longo -quiso decir que Dafnis y Cloe aprendieron á leer y á escribir. Yo creo -que no quiso decir sino lo que dijo, que aprendieron las letras, que -aprendieron á deletrear, y que tal vez ni escribían ni leían de corrido.</p> - -<p>VI. <i>Y se esmeraba hasta la noche en tocar la zampoña.</i> La voz griega -σύριγξ significa un instrumento inventado por Pan y compuesto de varios -cañutos desiguales, unidos entre sí. El P. Baltasar de Vitoria, gran -autoridad en esta materia, dice en su <i>Teatro de los dioses</i>, que este -instrumento se llama en castellano <i>zampoña</i> ó <i>albogue</i>. Yo pongo -zampoña unas veces, y otras veces flauta, porque el uso ha hecho que se -hable más, aunque menos exactamente, de la flauta de Pan que de la -zampoña de Pan.</p> - -<p>VII. <i>...logró subir el caído.</i> Desde este punto hasta donde dice: <i>¿qué -me hizo el beso de Cloe?</i>, todo falta en la traducción de Amyot. En el -original de la edición bipontina hay un pedazo más, hasta donde dice: <i>y -yendo con Cloe á la gruta de las Ninfas, le dió á guardar la tuniquilla -y el zurrón</i>. Había, de todos modos, una gran laguna, que después se ha -llenado, en vista del manuscrito de Florencia, donde el texto está -completo.</p> - -<p>VIII. <i>Quisiera ser su flauta para que infundiese en mí su aliento.</i> P. -L. Courier traduce: <i>Ah!, que ne suis-je sa flûte pour toucher ses -lèvres</i>. Dice el original: εἴθε αὐτοῦ σύριγξ ἐγενόμην, ἵν’ ἐμπνέη μοι. -Claro está que no se habla de los labios, sino del aliento ó soplo. -<span class="pagenum"><a name="page_154" id="page_154"></a>{154}</span>Supone Courier que esto está tomado de la antigua copla siguiente:</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2">Εἴθε λύρα καλὴ γενοίμην ἐλεφαντίνη,<br /></span> -<span class="i0">Καί με καλοὶ παῖδες φέροιεν Διονύσιον ἐς χορὸν.<br /></span> -<span class="i0">Εἴθ’ ἄπυρον καλὸν γενοίμην μέγα χρυσίον,<br /></span> -<span class="i0">Καί με καλὴ γυνὴ φοροίη καθαρὸν θεμένη νοόν.<br /></span> -</div></div> -</div> - -<p>La copla es muy bonita, pero el decir de Cloe puede ser coincidencia, y -no imitación. Es fácil coincidir en lo natural. Una oda de Anacreonte -encierra el mismo pensamiento, diciendo en la traducción de Castillo y -Ayensa, si no me es infiel la memoria:</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2">Quisiera ser la cinta<br /></span> -<span class="i0">Que pende de tu cuello;<br /></span> -<span class="i0">Quisiera ser la joya<br /></span> -<span class="i0">Adorno de tu pecho;<br /></span> -<span class="i0">Quisiera ser el agua<br /></span> -<span class="i0">Con que lavas tu cuerpo;<br /></span> -<span class="i0">Y fuera la sandalia<br /></span> -<span class="i0">Que ciñe tu pie bello;<br /></span> -<span class="i0">Que por tu planta hollado,<br /></span> -<span class="i0">Viviera yo contento.<br /></span> -</div></div> -</div> - -<p>De seguro que los rústicos andaluces no leen á Anacreonte, y uno de -ellos compuso, sin duda, aquella graciosa á par que apasionada copla de -seguidillas, que dice:</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2">¡Ay, quién fuera la cinta<br /></span> -<span class="i0">De tu zapato!...<br /></span> -</div></div> -</div> - -<p>Y no ponemos los otros dos versos por demasiado expresivos; pero buenas -ganas se nos pasan de poner<span class="pagenum"><a name="page_155" id="page_155"></a>{155}</span> los, porque vencen á los de Anacreonte, á -los del otro poeta griego y á la prosa de Longo.</p> - -<p>IX. <i>La piel de un cervatillo, esmaltada de lunares blancos, para que la -llevase en los hombros, cual suelen las bacantes.</i> En el original hay -estas dos palabras: νεβρίδα βακχικήν, para cuya traducción ha sido -menester emplear todas éstas: <i>la piel de un cervatillo para que la -llevase en los hombros, cual suelen las bacantes</i>.</p> - -<p>X. <i>Soy blanco como la leche y rubio como la mies, cuando la siegan.</i> -Añade Courier, entre estos elogios que Dorcón se tributa á sí mismo: -<i>frais comme la feuillée au printemps</i>, lo cual no está en el texto.</p> - -<p>XI. <i>...y de sus ojos, que los tenía grandes y dulces como las -becerras.</i> La comparación, en son de elogio, de los ojos de las -muchachas con los ojos de los bueyes, vacas ó becerras, es muy frecuente -en los autores griegos; hasta hay los epítetos de βοώπης y βοόγληνος, -para designar á quien tiene ojos grandes y hermosos.</p> - -<p>XII. <i>...y tenía pálido el rostro como agostada hierba.</i> Son las -palabras de Safo: χλωροτέρα πόας ἐμμί.</p> - -<p>XIII. <i>...y el hocico le tapaba la cabeza, como casco de guerrero</i>: καὶ -τοῦ στόματος τὸ χάσμα σκέπειν τὴν κεφαλήν, ὥσπερ ἀνδρὸς ὁπλίτου κράνος. -Algunos guerreros, y singularmente los abanderados, según se ve en la -Columna Trajana, llevaban el casco, <i>galea</i>, cubierto con la piel de la -cabeza de una fiera, que conservaba la <span class="pagenum"><a name="page_156" id="page_156"></a>{156}</span>forma de cabeza, de suerte que -el rostro del soldado parecía asomar por entre los dientes de la fiera.</p> - -<p>XIV. <i>...llenaba una gran taza de vino y de leche.</i> De esta mezcla -resultaba una bebida llamada οἰνόγαλα, que se toma aún, según dice -Courier, en Levante y en Calabria.</p> - -<p>XV. <i>Se ponía á cantar de Pan y de Pitis.</i> Pan fué un dios tan enamorado -como poco dichoso en sus amores. Siringa, Eco, la Luna y otras diosas y -ninfas le desdeñaron. Pitis, por el contrario, le amó, y desdeñó por él -á Bóreas, quien, enojado y celoso, la arrebató en sus alas, y la mató -arrojándola contra las rocas. La Tierra, compadecida, la transformó en -árbol: πίτυς, femenino en griego, <i>el pino</i>.</p> - -<p>XVI. <i>...y dice que busca los becerros huídos.</i> Esta fábula ó conseja, -que, el autor califica de θρυλλούμενα, cosa sabidísima ó divulgada, no -se halla en ningún mitólogo de los que yo conozco. Φάττα, la paloma -torcaz, no es nombre de ninguna ninfa, como lo es el nombre de la otra -paloma, περιστερά. Esta ninfa, Peristera, ayudó á Venus, que competía -con Amor en coger flores. Venus triunfó así de Amor. Éste, enojado, -convirtió en paloma á la ninfa. Venus la puso en su carro triunfal.</p> - -<p>XVII. <i>...hay muchos estrechos de mar que hasta hoy se llaman pasos de -bueyes.</i> En griego βοοσπόροι, de donde Bósforo.<span class="pagenum"><a name="page_157" id="page_157"></a>{157}</span></p> - -<p>XVIII. <i>No soy niño, aunque parezco niño, sino más viejo que Saturno. Yo -soy anterior al tiempo todo.</i> Este discurso de Filetas es quizá lo más -bello que hay en la obra de Longo, no tanto por lo que dice de Amor, -dicho ya por muchos autores, sino por la graciosa sencillez de estilo -con que la aparición de Amor en el huerto y todo lo demás está contado. -Como en la religión de los griegos no hubo dogmas fijos, cada poeta -contaba los hechos á su manera, resultando de aquí mucha variedad de -fábulas sobre una misma persona divina, sobre todo cuando esta persona -tenían más de alegórico que otras, como sucede con Amor. Empezando por -su mismo origen, hay gran discrepancia. Así es que unos, los más, -hicieron á Amor hijo de Venus y de Marte; otros, como Platón, le dieron -por padres á Poro y á Penia, esto es, al dios de la abundancia y á la -diosa de la pobreza; otros quieren que Amor naciese de Júpiter, y otros, -que naciese antes que todo, no comprendiendo que nadie pudiera nacer sin -Amor y antes de Amor, á no ser el Caos y la Tierra ó el Eter y la Noche. -Claro está que, para éstos, Amor es el fuego, la luz, la actividad, el -prurito, la voluntad primera que crea el ser, la vida y el universo -todo. Después de muchos siglos, Schopenhauer ha venido á parar en la -misma doctrina. Todo cuanto es, según este filósofo, se reduce á -apariciones y formas en que <i>Der Wille</i>, la Voluntad ó el Amor, se -revela y hace visible. Las criaturas son <i>objetivaciones de Amor</i>. Der -Wille es, pues, el principio real del Universo y el principio ideal ó -metafísico, y la solución del problema cosmológico. Doctrina parecida es -la de Longo cuando hace decir á Amor que es anterior al tiempo todo. -Esta idea<span class="pagenum"><a name="page_158" id="page_158"></a>{158}</span> del Amor, como fuerza demiúrgica, está expresada en la -Teogonía de Hesiodo, diciendo:</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2">Ἤτοι μὲν πρώτιστα Χάος γένετ’, αὐτὰρ ἔπειτα<br /></span> -<span class="i0">Γαῖ’ εὐρύστερνος, πάντων ἕδος ἀσφαλὲς αἰεὶ<br /></span> -<span class="i0">Ἀθανάτων οἳ ἔχουσι κάρη νιφόεντος Ὀλύμπου,<br /></span> -<span class="i0">Τάρταρα τ’ ἠερόεντα μυχῷ χθονὸς εὐρυοδείης,<br /></span> -<span class="i0">Ἠδ’ Ἔρος, ὃς κάλλιστος, κ. τ. λ.<br /></span> -</div></div> -</div> - -<p>Lo cual coincide con la cosmogonía de los fenicios, que se lee en un -fragmento de Sancuniathon, y dice: «Fueron principio de este universo un -aire tenebroso y sutil y el caos confuso y envuelto en obscuridad, á los -cuales, en tiempo infinito y que no se puede determinar, encendió un -soplo de Amor, mezclándolos, y de esta mezcla nació el deseo, fuente de -la creación toda.» Aristófanes, en su comedia <i>Las Aves</i>, donde éstas -cantan en coro el origen del mundo, expone doctrina semejante: «Eran -primero el Caos, dice, y la Noche, y el negro Erebo, y el extenso -Tártaro. No había tierra, ni aire, ni cielo. Pero en el seno infinito -del Erebo, la Noche, dotada de alas negras, puso un huevo, del cual, -agitado é incubado por las Horas, brotó el Amor, lleno de deseos.» De -aquí nació todo. Antes de Amor no hubo ni dioses.</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<p>Πρότερον δ’ οὐκ ἦν γένος ἀθανάτων, πρὶν Ἔρως ξυνέμιξεν ἅπαντα.</p> -</div></div> -</div> - -<p>Esta idea de poner á Amor antes que todo y como creador de todo inspira -hasta á los poetas cristianos.<span class="pagenum"><a name="page_159" id="page_159"></a>{159}</span> Milton, en vez de Amor, pone sobre el -Caos al Espíritu Santo, á manera de paloma, incubándole y fecundándole.</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2"><i>...with mighty wings outspread</i><br /></span> -<span class="i0"><i>Dove-like sat’st brooding on the vast abyss,</i><br /></span> -<span class="i0"><i>and mad’st it pregnant.</i><br /></span> -</div></div> -</div> - -<p>XIX. <i>Tanto puede (Amor) que Júpiter no puede más.</i> Todo este segundo -discurso de Filetas, dice Courier que está tomado de Platón. Yo entiendo -que de Platón y de muchos otros autores, esto es, que poco ó nada es -nuevo ó era nuevo entonces, salvo el sentir propio del autor, y su -expresión y estilo, lleno de candor y de gracia. Se citan unos versos de -Menandro, en que pone el poder de Amor por cima del de Júpiter. Pero, -¿de qué poeta no podrá citarse sentencia parecida? Ya Homero, en su -himno á Afrodita, dice que todas las divinidades están sujetas á su -imperio, salvo tres, que son Minerva, Diana y Vesta.</p> - -<p>Estos encarecimientos del poder de Amor no cesan con los autores -cristianos, confundiéndole tal vez para ello con una de las personas -divinas. Así dice San Bernardo que <i>Amor triunfa de Dios</i>; y nuestro -Padre Fonseca pone, entre mil otras alabanzas, que «Amor entróse por -esos cielos, y cogiendo á Dios, no flaco, sino fuerte; no en el trono de -la Cruz, sino en el de su majestad y gloria, luchó con él hasta bajarle -del cielo y hasta quitarle la vida.»</p> - -<p>Las victorias de Amor son, pues, extraordinarias y no tienen cuento. Por -eso, los espartanos, creyéndole más belicoso que á Marte, se -encomendaban á él y le<span class="pagenum"><a name="page_160" id="page_160"></a>{160}</span> hacían sacrificios siempre que tenían que reñir -alguna brava batalla.</p> - -<p>Fué creído, además, desde muy antiguo, inspirador de todas las acciones -generosas y de virtud, y se tuvo por cierto, con prefiguración -profética, aunque confusa, de los más altos misterios, que el Dios -supremo le envía á la tierra para que salve á los hombres. Ya Esopo -habla bellamente de esto en su fábula de Júpiter y Amor, dando cuenta de -que «cuando Júpiter crió á los hombres, dióles todas las prendas que los -adornan ahora; pero aún no moraba Amor en las almas de ellos, porque -este dios, que tiene alas tan sublimes, no bajaba nunca del cielo, y -sólo hería con sus flechas á los dioses. Temeroso Júpiter, no obstante, -de que se perdiera la más hermosa de sus criaturas, envió á Amor á la -tierra para que fuese custodio del género humano. Amor obedeció el -mandato de Júpiter, pero no consideró que le estuviese bien morar en -todas las almas y elegir por templo suyo lo mismo las profanas que las -iniciadas y buenas, por lo cual distribuyó el rebaño de las almas -comunes entre los Amores plebeyos, hijos de las Ninfas, y él se fué á -vivir dentro de las almas celestes y divinas, y embriagándolas con -delirio amoroso, produjo infinitos bienes para todos los hombres.»</p> - -<p>XX. <i>El mismo dios Pan... como más avezado que nosotras á los negocios -de la guerra, por haber ya militado en muchas...</i> Aún se conserva en -nuestros idiomas modernos el epíteto de <i>pánico</i>, dado al terror cuando -es muy grande. Pan auxilió mucho á Júpiter en las guerras que tuvo, -encadenando á Tifeo ó envolviéndole en<span class="pagenum"><a name="page_161" id="page_161"></a>{161}</span> una red; si bien otros dicen que -le asustó, dando un grito espantoso. En otras guerras ocurridas en este -bajo mundo, auxilió á sus devotos, como, por ejemplo, á los griegos -contra los galos, mandados por Breno.</p> - -<p>XXI. <i>...se puso á contar la fábula de Siringa...</i> Esta transformación -de Siringa en flauta, y los amores de Pan, que la originaron, sucedieron -en Arcadia, á orillas del río Ladón, según refiere Ovidio en sus -<i>Transformaciones</i>, donde dice que la Ninfa iba huyendo de Pan:</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2"><i>Donec arenosi placidum Ladonis ad amnem</i><br /></span> -<span class="i0"><i>Venerat; hic illam, cursum impedientibus undis</i><br /></span> -<span class="i0"><i>Ut se mutarent, liquidas orasse sorores:</i><br /></span> -<span class="i0"><i>Panaque cum prensam sibi jam Siringa putaret,</i><br /></span> -<span class="i0"><i>Corpore pro Nymphæ calamos tenuisse palustres;</i><br /></span> -<span class="i0"><i>Dumque ibi suspirat, motos in arundine ventos</i><br /></span> -<span class="i0"><i>Effecisse sonum tenuem, similemque quærenti,</i><br /></span> -<span class="i2"><i>Arte nova: vocisque deum dulcedine captum,</i><br /></span> -<span class="i2"><i>Hoc mihi colloquium tecum dixisse manebit,</i><br /></span> -<span class="i2"><i>Atque ita disparibus calamis compagine ceræ</i><br /></span> -<span class="i2"><i>Inter se junctis nomen mansisse puellæ.</i><br /></span> -</div></div> -</div> - -<p>XXII. <i>Llegó el invierno, para Dafnis y Cloe más que la guerra crudo.</i> -Sin duda convenía al autor, para su sencillo argumento, que el invierno -fuese muy rigoroso, ó tal vez quiso lucir su retórica pintándole, pues -es evidente que, ni en nuestro siglo, ni en la época de la acción de la -novela, hubo de hacer jamás tanto frío ni de caer tanta nieve en la isla -de Lesbos.</p> - -<p>XXIII. <i>¡Salud!</i>, <i>¡oh, hijo mío!</i> Χαῖρε, ὦ παῖ, dice el original. He -preferido decir, <i>¡salud!, ¡oh, hijo mío!</i>, al<span class="pagenum"><a name="page_162" id="page_162"></a>{162}</span> modo más natural de -saludar ahora, diciendo <i>Dios te guarde</i>, porque este modo parece -anacrónico é impropio de gentiles.</p> - -<p>XXIV. <i>...comieron coronados de hiedra.</i> Parece que un gentil muchacho, -llamado Cisso, gran bailarín y valido de Baco, bailando un día delante -del dios, para divertir sus ocios, se cayó en un hoyo y se convirtió en -hiedra, planta que fué consagrada á dicho dios, el cual gustaba de -coronarse con ella. También para los poetas se tejían de ella coronas:</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i0"><i>Pastores hedera crescentem ornate poetam.</i><br /></span> -</div></div> -</div> - -<p class="nind">dice Virgilio. La hiedra, sobre todo, era para coronar á los poetas -dramáticos, por ser el teatro propio de Baco. Por eso Menandro pide á -los dioses ser siempre coronado de hiedra ática:</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i0">Τὸν Ἀττικὸν αἰεὶ στέφεσθαι κισσόν.<br /></span> -</div></div> -</div> - -<p>En las bacanales se coronaban asimismo de hiedra los que las celebraban. -Así es que el gobernador que puso Antíoco en Jerusalén, queriendo hacer -gentiles á los judíos, les mandaba que fuesen por las calles coronados -de hiedra cuando se celebraba la fiesta de aquel dios, como se cuenta en -el libro II, capítulo VI, de los Macabeos: <i>et cum Liberi sacra -celebrarentur, cogebantur heredà coronati Libero circuire</i>.</p> - -<p>XXV....<i>hallaron narcisos, violetas, corregüelas</i> y <i>otras vernales -primicias</i>. El texto griego dice <span class="pagenum"><a name="page_163" id="page_163"></a>{163}</span>ἀναγαλλίς, que hemos traducido por -<i>corregüela</i>. Las anagalídeas son un género de la familia de las -primuláceas, en el que se contienen muchas especies como los <i>murajes</i>. -Courier traduce <i>muguet</i>, que viene á ser en español <i>lirio de los -valles</i>; pero tal vez puso <i>muguet</i> sólo porque el vocablo es bonito y -también el objeto que expresa. Quiera significar lo que quiera la tal -flor Anagalis, al tratar de traducirla al castellano, un amigo mío me ha -recordado á una Ninfa Anagalis, de quien nada leí jamás en ningún libro, -ni en Polidorio Virgilio; pero que, según afirma Juan de la Cueva, en su -extraño poema de <i>Los inventores de las cosas</i>, fué la que inventó el -juego de pelota. El erudito poeta dice:</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2">Del juego tan común de la pelota<br /></span> -<span class="i0">Anagalis, muchacha, fué inventora:<br /></span> -<span class="i0">Que se llame Astragalis quieren otros.<br /></span> -</div></div> -</div> - -<p>XXVI. <i>...expresando poco á poco el nombre de Itis.</i> Este Itis fué hijo -de Tereo, rey de Tracia. Progne, mujer de Tereo, mató á su hijo Itis, y -se le dió á comer á su propio padre. Filomena, hermana de Progne y tía -de Itis, fué convertida en ruiseñor; Progne, en golondrina; en gavilán, -Tereo, y en faisán, Itis.</p> - -<p>XXVII. <i>Por el reposo casero y holganza del invierno estaba rijoso y -lucio, y con el beso se emberrenchinaba y con el brazo se alborotaba.</i> -Para descargo de mi conciencia de haber traducido con sobrada energía y -desenvoltura, diré que Dafnis, con el reposo y holganza, ἐνηβήσας, de -ἐνηβάω, <i>pubesco</i>, <i>juveniliter lascivio</i>: con<span class="pagenum"><a name="page_164" id="page_164"></a>{164}</span> el beso ὤργα, de ὀργάω, -<i>succo turgeo</i>, <i>venerea cupiditate flagro</i>; y con el abrazo ἐσκιτάλιζε, -de σκιταλίζω, <i>salax sum</i>. Lo mismo digo de otros pasajes, donde siempre -he atenuado el brío y suavizado la crudeza del texto.</p> - -<p>XXVIII. <i>Cromis, sujeto ya de edad madura, quien había traído de la -ciudad á una mujercita</i>, etc. Debe entenderse que esta mujercita no era -la mujer propia, la esposa de Cromis, sino una cortesana mantenida por -él. Su mismo nombre Lycenia, de Αὔκαινα, <i>loba</i>, parece ya indicarlo, y -hasta la circunstancia de venir siempre dicho nombre en diminutivo en el -texto griego. En el teatro de aquel pueblo apenas había comedia en que -no hiciesen papel las cortesanas ó <i>heteras</i>, á veces vilipendiadas -cruelmente por los poetas, á veces también ensalzadas de discretas, -amables, generosas y hasta virtuosas. Y esto no ha de extrañarse, porque -las cortesanas de entonces representaban la inteligencia y la cultura de -la parte femenina, y alcanzaban gran poder y valimiento. Algunas se -casaban con los mismos reyes. Targalia de Mileto se casó con un rey de -Tesalia, y Tais con un Ptolomeo. Duró esto hasta muy tarde, hasta época -ya en que estaba muy difundido el Cristianismo. La mujer de Justiniano, -la célebre emperatriz Teodora, había sido una cortesana de las más -disolutas. Fué, además, tan desaforada comedianta, que las cosas que -hacía en público teatro no hay quien se atreva á explicarlas en ningún -idioma moderno, sino que se toman de Procopio y se ponen como nota, en -griego, en las historias que de ello tratan. El mismo Gibbon lo deja sin -traducir. Imitémosle.<span class="pagenum"><a name="page_165" id="page_165"></a>{165}</span></p> - -<p>No ha de extrañarse, pues, que en la edad clásica y gentílica las -cortesanas tuviesen grande influjo, y fuesen amigas respetadas de los -hombres más eminentes: así Aspasia, de Pericles; Arqueanasa, de Platón; -Herpilis, de Aristóteles, y Glicera, de Menandro. Alcifrón puso en -cartas muchos rasgos brillantes de las cortesanas, y Machón escribió un -poema de los dichos discretos y agudos de estas mujeres.</p> - -<p>Una de las más ilustres, por su talento, discreción y afecto á sus -compatriotas, fué Rodopis, alma de la colonia griega de Egipto en tiempo -del rey Amasis. El célebre egiptólogo y novelista Jorge Ebers, en su -novela <i>La hija de Faraón</i>, hace de esta Rodopis la principal heroína, -después de la misma hija del rey de Egipto que casó con Cambises, y de -la princesa Atosa, hija de Ciro, mujer de Darío y madre de Jerjes. Claro -está que Lycenia no era una hetera de primer orden, sino modesta y de -pocas campanillas, como un pobre labrador de Lesbos podía costearla.</p> - -<p>XXIX. <i>...habiéndose cerciorado ella de que todo estaba alerta y en su -punto...</i> Creo haber traducido del modo más púdico posible el texto, -μαθοῦσα ἐνεργεῖν δυνάμενον καὶ σφριγῶντα, que interpreta así la versión -latina: <i>ipsa jam edocta eum ad patrandum non solum fortem esse, verum -etiam libidine turgere</i>...</p> - -<p>XXX. <i>...Luego sacó del zurrón pan de higos...</i> Para que no se entienda -que este <i>pan de higos</i> está inventado por mí por la afición que yo -tengo á las cosas andaluzas, diré que παλάθη no significa más que pan de -higos;<span class="pagenum"><a name="page_166" id="page_166"></a>{166}</span> <i>massa caricana</i>, dice la versión latina, esto es, masa hecha -con el higo de Caria, que se llamaba <i>carica</i>. P. L. Courier traduce, no -sé por qué, <i>raisin sec</i>. De seguro que no había comido él, como yo, el -delicioso pan de higos que se hace en Málaga.</p> - -<p>XXXI. Los mitólogos varían mucho al referir esta historia de Eco. -Fíngenla los más hija del Aire y de la Tierra. Juno dicen que la castigó -obligándola á repetir las últimas sílabas de las palabras que oyese. -Otros, que desdeñada de Narciso, á quien amaba, se convirtió en peñasco. -Ovidio, en las <i>Transformaciones</i>, cuenta que su mal pagado amor la secó -de suerte y la consumió hasta tal punto, que se quedó en los huesos y en -la voz:</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2"><i>Vox manet: ossa fuerunt lapide traxisse figuram</i><br /></span> -<span class="i0"><i>Inde latet sylvis nulloque in monte videtur,</i><br /></span> -<span class="i0"><i>Omnibus auditur: sonus est qui vivit in illa.</i><br /></span> -</div></div> -</div> - -<p>La fábula de Longo es, pues, diversa, y su principal gracia consiste en -un equívoco intraducible; porque μέλος, en griego, significa <i>miembro</i>, -y también <i>verso</i>, <i>medida</i>, de donde la palabra <i>melodía</i>. Así es que -los pastores esparcieron por toda la tierra τὰ μέλη, las canciones, las -melodías de la Ninfa, lo cual está traducido en latín <i>cantabunda -membra</i>, y por Courier, á quien en esto seguimos, <i>sus miembros</i>, -<i>llenos de harmonía</i>.</p> - -<p>XXXII. <i>Esta manzana ¡oh, vírgen! es creación de las Horas divinas.</i> El -texto dice Ὦ παρθένε, τοῦτο τὸ μῆλον ἔφυσαν Ὧραι καλαί: el latín, <i>Mea -virgo, hoc<span class="pagenum"><a name="page_167" id="page_167"></a>{167}</span> pomum quod vides, anni ætates pulchræ pepererunt</i>. <i>Cette -pomme Chloe, ma mie, les beaux jours, d’été l’ont fait naître</i>, traduce -Courier. Yo he preferido dejar á las Horas, á las diosas, hijas de -Júpiter y de Temis, que dirigen y gobiernan las estaciones y cuidan del -carro del Sol, como creadoras de la manzana. No lo disputo, aunque creo -que esto es más poético que decir llanamente que con el verano se crió -la manzana; pero entiendo que soy más fiel traductor. Tal vez se dirá -que no es gran encarecimiento de alabanza el decir que una manzana es -creación de las Horas. Lo mismo crean las Horas las manzanas gruesas y -hermosas que las feas y ruines. Esto es verdad, considerado -pedestremente; pero cuando esto de que la manzana es creación de las -Horas se dice con entusiasmo, vale tanto como decir que las Horas -pusieron en crearla singular esmero. Semejante censura he oído hacer, -por ejemplo, de aquellos versos de Zorrilla en elogio de Granada.</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2">Salve ¡oh, ciudad! en donde el alba nace,<br /></span> -<span class="i0">Y donde el sol poniente se reclina;<br /></span> -<span class="i0">Donde la niebla en perlas se deshace,<br /></span> -<span class="i0">Y las perlas en plata cristalina.<br /></span> -</div></div> -</div> - -<p>En todas las ciudades nace el alba, se pone el sol, se deshace la niebla -y corre el agua: no cabe duda; pero Zorrilla da á entender que en -Granada ocurre todo ello de una manera eminente, ejemplar y soberana, -como si la aurora no quisiera nacer sino para alumbrar á Granada, y el -sol no quisiera reclinarse más que en el seno ó á la espalda de sus -montes.<span class="pagenum"><a name="page_168" id="page_168"></a>{168}</span></p> - -<p>XXXII. <i>Semele, pariendo; Ariadna, dormida</i>, etc. Aquí pone el autor en -breves palabras los principales casos de la vida de Baco. <i>Semele -pariendo</i>, no es la común opinión, pues refieren los más, de cuantos han -tratado este asunto, que Semele, hija de Cadmo, que tenía amores con -Júpiter, deseó ver al Dios en toda su gloria, y al verle, ardió en el -resplandor que de sí lanzaba. Ya muerta, sacó Júpiter á la criatura que -tenía ella en su seno, y acabó de criarla, hasta que se cumplieron los -nueve meses, guardándosela en un muslo. Cuentan otros, no obstante, que -Semele dió á luz á Baco naturalmente y á su tiempo, y á éstos sigue -Longo. Repetimos, con todo, que la general opinión es la del doble -nacimiento de Baco. Luciano le ha celebrado en un diálogo burlesco, y el -dios ha llevado nombres que recuerdan este nacimiento doble. Así se ha -llamado <i>bimatre dithyrambo</i>, de παρὰ τὸ δύο θύρας βῆναι, salir por dos -puertas, y Eirafiote, cosido en el muslo.</p> - -<p>Por lo demás, Baco y su historia tienen grandes variaciones, por ser -este dios uno de los más simbólicos y misteriosos que en Grecia se -adoraron, y por representar á la vez no pocas cosas. Por una parte, -proviene este dios del naturalismo: es la fuerza vegetativa de las -plantas. De aquí que tantas le estén consagradas, como la hiedra, la -higuera y la vid, y que le llamen γενεσιουργὸς τῶν καρπῶν, engendrador -de los frutos, y que sea también padre de Príapo.</p> - -<p>Representa, además, á un héroe conquistador y civilizador del mundo, y -su leyenda, bajo este aspecto, toma mucho de la de Osiris egipcio, y de -la de Melkarh ó Hércules tirio. Como Hércules, Baco erigió sus<span class="pagenum"><a name="page_169" id="page_169"></a>{169}</span> columnas -en el extremo de las tierras y mares hasta donde llevó su expedición -triunfadora.</p> - -<p>Representa, por último, Baco la fuerza y virtud del licor fermentado, -que inspira á los hombres una especie de delirio, que se tenía á veces -por sagrado. En este sentido, Baco trae su origen de Soma, dios de los -Vedas, dios-bebida, dios-libación, dios que se consume en la llama del -sacrificio; hijo de Indra, como Baco es hijo de Júpiter. En este -sentido, Baco recibió muchos títulos ó sobrenombres entre los griegos y -latinos. Llamóse <i>Musagetes</i>, conductor de las Musas; <i>Pirigenio</i>, -nacido del fuego; <i>Melpómeno</i>, celebrado en himnos; <i>Leneo</i>, de ληνός, -lagar; <i>Líber</i>, por la libertad que el vino engendra, y <i>Taurokeros</i> ó -<i>Tauromorfos</i>, porque tomaba cuernos y forma de toro, á causa del furor, -osadía y violencia que adquiere quien se embriaga. De aquí que Horacio -dijese á Baco:</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i0"><i>Tu spem reducis mentibus anxiis</i><br /></span> -<span class="i0"><i>Viresque et addis cornua pauperi.</i><br /></span> -</div></div> -</div> - -<p>Dice Longo, <i>encadenado Licurgo</i>. Era éste un rey de Tracia que se opuso -al culto de Baco, por lo cual sufrió un gran castigo del dios.</p> - -<p><i>Despedazado Penteo.</i> Esta aventura es de las más famosas de la historia -de Baco, por haber dado asunto á un drama de Esquilo, ya perdido, que -llevaba por título <i>Penteo</i>, y á la tragedia de Eurípides, que se -conserva y se titula <i>Las Bacantes</i>. Parece que el culto de Baco, con -sus frenéticas orgías, vino á Grecia desde Tracia y Macedonia, y halló -en Grecia al principio grande oposición. Penteo en Tebas se opuso á este -culto,<span class="pagenum"><a name="page_170" id="page_170"></a>{170}</span> y fué despedazado por las bacantes furiosas, entre las cuales se -hallaba Agave, su madre.</p> - -<p><i>Ariadna dormida.</i> Prescindimos, por no ser prolijos, del valor y -significado alegórico é histórico que puedan tener los amores de -Ariadna, hija de Minos, con Baco. La general opinión, esto es, la fábula -más conocida, junta en una las dos historias de los amores de Ariadna -con Baco y con Teseo. Abandonada por este príncipe en la isla de Naxos, -después que le ayudó á vencer al Minotauro y á salir del laberinto, Baco -se le aparece enamorado, y se la lleva en triunfo. Los hermosísimos -versos de Catulo, en el epitalamio de Tetis y Peleo, describen -admirablemente, así el furor de Ariadna abandonada, como su triunfo -inmediato, y la pompa báquica en toda su extraña locura:</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2"><i>At pater ex alia florens volitabat Iachus,</i><br /></span> -<span class="i0"><i>Cum thiaso Satyrorum et Nysigenis Silenis,</i><br /></span> -<span class="i0"><i>Te quærens, Ariadna, tuoque incensus amore;</i><br /></span> -<span class="i0"><i>Qui tum alacres passim lymphata mente furebant</i><br /></span> -<span class="i0"><i>Evoe, bachantes, evoe, capita inflectentes.</i><br /></span> -<span class="i0"><i>Horum pars tecta quatiebant cuspide thyrsos,</i><br /></span> -<span class="i0"><i>Pars e divolso raptabant membra fuvenco:</i><br /></span> -<span class="i0"><i>Pars sesse tortis serpentibus incingebant;</i><br /></span> -<span class="i0"><i>Pars obscura cavis celebrabant orgia cistis</i><br /></span> -<span class="i0"><i>Orgia quæ frustra cupiunt audire profani;</i><br /></span> -<span class="i0"><i>Plangebant alia proceris tympana palmis.</i><br /></span> -<span class="i0"><i>Aut tereti tenues tinnitus ære ciebant;</i><br /></span> -<span class="i0"><i>Multi raucisonos efflabant cornua bombos,</i><br /></span> -<span class="i0"><i>Barbaraque horribili stridebat tibia cantu.</i><br /></span> -</div></div> -</div> - -<p>Como se ve, el asunto del triunfo de Ariadna, de las bacanales y de la -historia del hijo de Semele, rodeado siempre de bacantes, sátiros y -silenos, se prestaba mucho<span class="pagenum"><a name="page_171" id="page_171"></a>{171}</span> á la pintura, y desde los tiempos más -antiguos se han empleado en este asunto los pintores.</p> - -<p>Pedimos perdón á los eruditos de habernos extendido demasiado en esta -nota, pero ya se harán cargo de que escribimos también para el vulgo, el -cual tal vez ignora lo que ellos tienen olvidado de puro sabido. Para no -prolongar más la nota omitimos mucho que, con ocasión de Baco, se -pudiera decir sobre el origen de la tragedia, que nació en sus fiestas, -y sobre otras cosas, curiosas para quien no las sabe, y tal vez cansadas -para los doctos, que las saben más fundamentalmente que yo.</p> - -<p>XXXIV. <i>Á este mensajero, que se llamaba Eudromo, porque su oficio era -correr.</i> Es evidente que en lo antiguo los nombres y los apellidos -debieron de ser apodos, que denotasen oficio, condición, virtud, defecto -ó calidad de la persona á quien se daban. Y esto en todos los países é -idiomas. Lo que ocurría primero en la realidad de la vida se conservó -después en Grecia y Roma, en las ficciones poéticas, sobre todo en -comedias y cuentos, donde aparecen personajes imaginarios, y no -históricos. El nombre de cada uno de estos personajes designa ya su -carácter, empleo ó menester. Así, por ejemplo, en las comedias de -Terencio se pone al principio lo que llaman <i>ratio nominum</i>, ó sea una -explicación de por qué los personajes se llaman como se llaman. Allí -vemos que una nodriza se llama Canthara, del cantarillo ó vaso de la -leche; un soldado fanfarrón, Thraso, de θράσος, audacia; un joven -alegre, Fedro, de φαιδρός, alegre; una meretriz desenvuelta, Bacchis; -un<span class="pagenum"><a name="page_172" id="page_172"></a>{172}</span> criado, Parmeno, porque está ó permanece cerca de su amo, etc. -Eudromo, pues, el buen corredor, se llamaba así porque corría.</p> - -<p>XXXV. <i>...Sin duda mandará ahorcar de un pino á este viejo sin ventura, -como ahorcaron á Marsyas.</i> Marsyas no fué sólo ahorcado, sino también -desollado, como dice Ovidio en los Fastos.</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i0"><i>Provocat et Phœbum, Phœbo superante, pependit;</i><br /></span> -<span class="i0"><i>Cæssa recesserunt a cute membra sua.</i><br /></span> -</div></div> -</div> - -<p>Se cuenta de este Marsyas que fué un sátiro de grandísimo ingenio, que -inventó muchas cosas, pero que se puso tan soberbio, que quiso competir -con el propio Apolo en la música, de lo cual salió tan mal parado como -queda dicho. Las Ninfas, de quien Marsyas era muy estimado, le lloraron -y le convirtieron en río, cuyas aguas riegan la Frigia. Esto sucedió -cerca de la ciudad de Celenas, por donde corre el río Marsyas. Así es -que Xenofonte, cuando pasó por allí con los diez mil, acompañando al -joven Ciro, dice que «se contaba que allí desolló Apolo á Marsyas cuando -le venció en la contienda que con él tuvo sobre la música, y que colgó -el cuero de él en una cueva de donde nacen las fuentes.» Xenofonte no -dice con todo que Marsyas se convirtió en río, sino que por eso, por -dicho lance, se llamó el río Marsyas.</p> - -<p>XXXVI. <i>...en compañía de su parásito, Gnatón.</i> Gnatón viene de γνάθος, -boca, quijada. Tal vez salga de<span class="pagenum"><a name="page_173" id="page_173"></a>{173}</span> este vocablo griego la palabra española -<i>gaznate</i>. De todos modos, γνάθων es sinónimo de parásito, y muchos -personajes de comedias, que representan dicho carácter, llevan por -nombre Gnatón. Hasta hay cortesanas ó etéreas que, sin duda, por muy -golosas y comilonas, se llaman Gnatenas. El parásito del <i>Eunuco</i> de -Terencio se llama Gnatón. Alcifrón, en sus famosas cartas, describe -muchos parásitos, y en el teatro griego apenas había comedia en que no -figurase uno, respondiendo á nuestros lacayos graciosos de las comedias -de capa y espada, si bien los parásitos eran más despreciables y ruines.</p> - -<p>XXXVII. <i>Ni Apolo, cuando estuvo de pastor al servicio de Laomedonte...</i> -Aquí el autor se distrajo tal vez, y supuso que Apolo guardó los bueyes -de Laomedonte, por más que la general creencia era la de que guardó el -ganado de Admeto, rey de Tesalia, cuando andaba oculto por las riberas -del río Anfriso huyendo de las iras de Júpiter por haber muerto á los -cíclopes. Hizo Apolo estas muertes porque los cíclopes forjaron á -Júpiter el rayo con que el rey de los dioses mató á Esculapio, que era -hijo de Apolo. Apolo estuvo también con Neptuno al servicio de -Laomedonte, mas fué para levantar los muros de Troya.</p> - -<p>XXXVIII. <i>...y estimaba á tu cocinero más digno de admiración y de -afecto que á todas las muchachas de Mitilene.</i> Esto tiene tal vez en el -original cierto sentido que, en virtud del <i>arreglo</i> hecho por mí en el -libro IV, debe desaparecer en la traducción. El sentido que se da<span class="pagenum"><a name="page_174" id="page_174"></a>{174}</span> á la -frase en la traducción está perfectamente conforme con el carácter del -parásito glotón y aficionado á los buenos bocados. Para la gente de esta -clase, según los poetas cómicos y satíricos de la edad clásica, los -cocineros, siendo buenos, eran como dioses, y la cocina era un templo. -Las causas de su amistad y de su amor estaban en la cocina. Á este -propósito escribió un poeta del Renacimiento el siguiente epigrama:</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i0"><i>Vita Cœnipetas, vagos Gnathones,</i><br /></span> -<span class="i0"><i>Nec blandos licet æstimes amicos:</i><br /></span> -<span class="i0"><i>Illis, dum calet olla, amor calebit;</i><br /></span> -<span class="i0"><i>Frigebunt cito, si culina friget.</i><br /></span> -<span class="i0"><i>Non te, sed tempidum colunt cæminum:</i><br /></span> -<span class="i0"><i>Illis fumus ubi est, ibi est amicus.</i><br /></span> -</div></div> -</div> - -<p>Lo cual imitó de esta suerte Francisco de la Torre:</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i0">Á los que representan vida buena<br /></span> -<span class="i0">En el teatro de una y otra cena<br /></span> -<span class="i0">Lisonjeros buscones, y testigos<br /></span> -<span class="i0">De la mesa, no estimes por amigos;<br /></span> -<span class="i0">Porque en éstos (Dios de ellos nos preserve)<br /></span> -<span class="i0">Mientras hierve la olla el amor hierve.<br /></span> -<span class="i0">Y tienen con hastío,<br /></span> -<span class="i0">Si helada la cocina, el pecho frío.<br /></span> -<span class="i0">Lo que aman no eres tú, aunque amigo seas,<br /></span> -<span class="i0">Sólo aman las calientes chimeneas,<br /></span> -<span class="i0">Y para éstos, en fin, con ardor sumo,<br /></span> -<span class="i0">Allí el amigo está donde está el humo.<br /></span> -</div></div> -</div> - -<p>En las cartas de Alcifrón están pintadas las costumbres de los parásitos -y sus percances y disgustos: uno va á buscar cortesanas para el señor -que le convida; otro<span class="pagenum"><a name="page_175" id="page_175"></a>{175}</span> es apaleado casi de diario; otro está á punto de -morir de indigestión; otro se desespera porque no halla quien le -convide; otro se introduce en la cocina y roba de los mejores platos -para regalarse. Había también parásitos muy divertidos, decidores y -discretos, cuyos chistes hacían reir y entretenían á los señores con -quienes comían. En tiempo de Menandro había dos parásitos famosísimos -por sus chuscadas y por su elocuencia, y se llamaban Euclides y -Filoxeno. El respeto, la admiración y el amor que los parásitos -profesaban á los buenos cocineros, están consignados en muchos -fragmentos que de la comedia griega se conservan aún. Sobre todo esto -pueden verse pormenores curiosos en el ameno y erudito libro de -Guillermo Guizot, titulado <i>Menandro ó la comedia y la sociedad -griegas</i>. Baste decir aquí que el arte de la cocina y la gastronomía -eran considerados punto menos que santos. Había tratados de gastronomía -que se estimaban mucho, y se cita el de Archestrato como uno de los más -famosos.</p> - -<p>XXXIX. <i>Vaquero fué Anquises</i>, etc. Esta parte del discurso de Gnatón -está de otro modo en el original. El parásito, en el original, quiere -justificarse de otras cosas con el ejemplo de los dioses.</p> - -<p>XL. <i>...se desembarazó de la capa</i> ῥίψας θοιμάτιον, dice el original; -<i>abiecto pallio</i>, la traducción latina. La mejor traducción de esto en -castellano es <i>capa</i>, si bien el <i>pallium</i> era más bien una manta ó una -pieza cuadrada de tela de lana que los griegos se ponían sobre la -túnica, como los romanos se ponían la toga. El ἱμάτιον, sujeto<span class="pagenum"><a name="page_176" id="page_176"></a>{176}</span> por lo -común al cuello por un broche, <i>fibula</i>, πόρπη, tomaba diversos nombres, -según el modo de llevarle puesto.</p> - -<p>XLI. <i>No me aborrezcas por haberte expuesto. Muy á despecho mío lo -hice.</i> Las razones meramente económicas que tuvieron los padres de -Dafnis y de Cloe para exponerlos á muerte segura y horrible, pues sólo -se salvan por milagro de Amor y las Ninfas, y la frescura y poca -vergüenza con que confiesan su infanticidio, pues lo era, aunque -frustrado, no pueden menos de sublevar los más humanos y nobles -sentimientos de nuestra edad; mas, por desgracia, esta dureza -antinatural de padres y madres no fué sólo entre paganos, ni está sólo -consignada en historias fabulosas ó verdaderas de entonces. Las -historias de épocas muy cristianas están llenas de casos parecidos y aun -peores; verdad es que no era la economía, sino un infame pundonor, quien -á tales horrores excitaba. Así vemos, por ejemplo, que Amadis fué -arrojado al río por orden ó consentimiento de su madre Elisena, y en <i>El -Prevenido engañado</i>, de Doña María de Zayas, una dama va á parir á un -corral y deja allí abandonada á la criatura para que se la coman los -cerdos. En el día, estos motivos de falsa honra no han cesado; pero los -de economía vuelven á tener ó tienen mayor fuerza que nunca, si bien el -infanticidio se suele hacer con anticipación tal, que apenas lo parece. -Se asegura que hay países muy cultos donde estipulan los que se casan -cuántos hijos han de tener. Ignoramos si tan perversa costumbre se va ya -introduciendo en España. Contra ella es freno la religión. No me atrevo -á<span class="pagenum"><a name="page_177" id="page_177"></a>{177}</span> decir que lo es también toda moral filosófica, cuando vemos que uno -de los filósofos ó pensadores que más en moda han estado, y más han -movido los espíritus de los hombres de un siglo á esta parte, J. J. -Rousseau, echaba á sus hijos á la inclusa y lo confesaba cínicamente.</p> - -<p>XLII. <i>...Al varón le pusieron por nombre Filopoemen y á la niña -Ageles.</i> Filopoemen vale tanto como <i>amigo de los pastores</i> ó <i>de la -vida pastoril</i>, de φίλος, <i>amigo</i>, y ποιμήν, pastor. Ageles significa -<i>rebaño</i>, <i>manada</i>, ἀγέλη.</p> - -<p>XLIII. <i>Las pastorales de Longo</i> han sido anotadas y comentadas por -muchos y muy sabios críticos, como Sinner, Courier, Villoison, -Mitscherlich, Coray, Huet, Moll y Schaefer. De muy poco de estas notas -nos hemos valido, por ser más propias de los que publican el texto -original. Las nuestras son casi todas para la mejor inteligencia de la -traducción, y van sólo dirigidas en su mayor parte, como ya hemos dicho -en otro lugar, al vulgo de los lectores no eruditos.</p> - -<p>Y ya que hemos hablado de los anotadores y comentadores de Longo, bueno -será decir algo de los críticos que le han juzgado, poniendo aquí, para -terminar estas notas, varias muestras de sus juicios.</p> - -<p>Huet (<i>De l’origine des romans</i>) dice: «Su estilo es sencillo, fácil y -conciso, sin obscuridad; sus expresiones están llenas de viveza y de -fuego; produce con ingenio, pinta con agrado y dispone sus imágenes con -destreza.» Mureto le llama «escritor suavísimo y dulcísimo.» Scalígero,<span class="pagenum"><a name="page_178" id="page_178"></a>{178}</span> -«autor amenísimo, y tanto mejor cuanto más sencillo.» Villoison dice: -«El habla de Longo es pura, cándida, suave, concisa y encerrada en -breves períodos, y sin embargo, numerosa, sin ninguna aspereza, pues -fluye más dulce que miel, ó como arroyo argentino, á quien frondosa y -verde selva da sombra y frescura, y donde se ven mucha copia y variedad -de flores; de suerte que no hay allí palabra, ni sentencia, ni frase que -no deleite.»</p> - -<p>Dunlop (en su <i>History of fiction</i>) discurre por extenso sobre nuestra -novela. Extractaremos algo de su juicio. «Longo, dice, ha evitado muchas -de las faltas en que sus modernos imitadores han caído, causando á este -género de composición (el pastoril) no corto descrédito. Sus personajes -nunca expresan conceptos de afectada galantería, ni se enredan en -razonamientos abstractos, ni él ha sobrecargado su novela con aquellos -frecuentes y largos episodios que en la <i>Diana</i> de Jorge de Montemayor y -en la <i>Astrea</i> de D’Urfé fatigan la atención y nos causan indiferencia -respecto á la acción principal. Ni nos pinta tampoco aquel estado -quimérico de la sociedad, llamado siglo de oro, donde los rasgos -característicos de la vida rural están borrados, sino que procura -agradarnos por una imitación legítima de la naturaleza y con la -descripción de las costumbres, faenas, deleites y fiestas de los -campesinos... Esta <i>pastoral</i> está en general muy bellamente escrita. El -estilo, aunque ha sido censurado por la reiteración de las mismas -formas, y por mostrar en algunos pasajes al sofista que emplea juego de -palabras y afectadas antítesis, debe considerarse como el dechado más -puro de la lengua<span class="pagenum"><a name="page_179" id="page_179"></a>{179}</span> griega en aquel último período. Las descripciones de -las escenas y ocupaciones campestres son por extremo agradables, y, si -es lícito usar la expresión, hay en ellas cierta amenidad y calma, que -sobre toda la novela se difunden. Ésta, á la verdad, es la principal -excelencia en una obra de esta clase, pues no nos encanta el pastoreo, -sino la paz y el reposo de los campos.»</p> - -<p>No es todo elogio lo que pone Dunlop. Censura la monotonía de los amores -y coloquios, y condena, sobre todo, la inmoralidad y licencia de varios -pasajes.</p> - -<p>Sobre el influjo que ha tenido ó puede haber tenido esta novela en obras -de la moderna Europa, Dunlop deja en duda si Tasso se inspiró algo en -ella para el <i>Aminta</i>; pues si bien no se publicó edición alguna de -Longo en griego, hasta 1598, cuando ya Tasso había muerto, Tasso pudo -leer la traducción francesa de Amyot de 1559 y la paráfrasis latina en -verso de su compatriota Gambara, publicada en 1569. Dice, por último, -Dunlop, que ni Montemayor en la <i>Diana</i>, ni D’Urfé en la <i>Astrea</i> -imitaron á Longo. Sí le han imitado Ramsay en el <i>Gentle Shepherd</i>, -Marmontel en <i>Annette et Lubin</i>, y más felizmente que todos, el alemán -Gessner en sus idilios.</p> - -<p>Villemain dice: «No se puede negar que <i>Dafnis y Cloe</i> ha servido de -modelo á <i>Pablo y Virginia</i>. Á pesar de los cambios de costumbres, -creencias y clima, la imitación es sensible en el lenguaje de los dos -amantes; las mismas candideces apasionadas salen de la boca de Dafnis y -de la de Pablo; pero la superioridad del autor francés, ó más bien de -los sentimientos que le inspiran, se muestra por doquiera, y hace de su -obra una de las<span class="pagenum"><a name="page_180" id="page_180"></a>{180}</span> más encantadoras producciones de los tiempos modernos. -Esta superioridad no consiste sólo en una dicción más sencilla, en un -gusto más conforme con lo natural y verdadero, sino que estriba, sobre -todo, en la pureza moral y en la especie de pudor cristiano que reinan -en <i>Pablo y Virginia</i>. El cuadro de Longo es voluptuoso; el del autor -francés es casto y apasionado.»</p> - -<p>Chauvin (en <i>Les romanciers grecs et Latins</i>) dice: «<i>Dafnis y Cloe</i> es -una pastoral encantadora, y ocupa, con la obra de Heliodoro, el primer -lugar entre las novelas griegas. La intriga es seguida, interesante y de -una sencillez del todo campesina... Es un cuadro lleno de gracia y de -frescura, variado por cuentos mitológicos dichosamente elegidos y bien -ligados con el asunto. El carácter, el lenguaje y las costumbres de los -pastores son siempre lo que deben ser, y el autor ha sabido evitar los -dos escollos ordinarios de las novelas pastorales: la grosería y la -cortesanía afectada. El estilo no es menos notable que el fondo; es casi -siempre de una elegancia que raya en coquetería y revela el trabajo del -autor. Su frase tiene cierta concisión ingeniosa, dispuesta con la más -hábil simetría y construída con tal delicadeza de gusto, que hasta de la -eufonía se preocupa. El autor no aventura sin intención ni una palabra, -y descuella en el empleo de las más propias para que el pensamiento sea -claro y fácil de comprender. Como se afana por parecer natural y emplea -tanto arte para ser cándido y sencillo, exagera estas cualidades y -descubre el trabajo que le cuesta tenerlas. Es lástima que el mérito de -esta linda novela esté afeado por la mancha que es común á todas las -novelas griegas: la obscenidad de<span class="pagenum"><a name="page_181" id="page_181"></a>{181}</span> ciertos pormenores y de las pinturas -voluptuosas, que el amor del arte no puede justificar.»</p> - -<p>Más severo Chassang con <i>Dafnis y Cloe</i>, conviene, no obstante, en que -esta novela es la mejor de todas las antiguas, aunque después añade: «Su -mérito no es la moralidad. Comparémosla con la imitación que ha hecho de -ella Bernardino de Saint-Pierre en <i>Pablo y Virginia</i>, y veremos lo que -una imaginación casta y pura ha hecho de un cuadro en el que lo -voluptuoso rayaba en indecente. La fábula de <i>Dafnis y Cloe</i> es de gran -sencillez, y ésta es calidad que se aprecia, sobre todo al considerar -los mil incidentes groseramente dramáticos que se amontonan en otras -novelas griegas. Aquí el espíritu se reposa en más tranquilas imágenes. -¿Por qué ha de haber aquí también raptos y piraterías? ¿Por qué la -naturaleza toda se ha de desencadenar á causa del rapto de Cloe, y por -qué ha de mezclarse con la narración de las aventuras de los amantes la -de una guerra entre dos ciudades? En cuanto al estilo, de todo tiene -menos de sencillo. Tiempo ha que el candor de la traducción de Amyot ha -dejado de alucinarnos sobre la afectación del original.» En este punto -el excesivo amor propio nacional creemos que engaña á Chassang, -encontrando sencillez y candor en francés, y no encontrándolos en -griego. Por último, añade: «El autor (Longo) era un ingenio elegante, -distinguido y dotado de un vivo sentimiento de la naturaleza; pero su -obra tiene los caracteres de una época de decadencia.»</p> - -<p>Humboldt, en el <i>Cosmos</i>, al hablar del sentimiento de la naturaleza, y -de su expresión entre las diversas<span class="pagenum"><a name="page_182" id="page_182"></a>{182}</span> razas humanas, vista la rapidez con -que tiene que tratar este asunto, es grande la distinción que hace de la -obra de Longo, de la que dice (edición de Stuttgart, 1847, II Band., p. -14): «En el posterior tiempo bizantino, desde el fin del siglo <small>IV</small>, vemos -con más frecuencia pinturas de paisajes en las novelas de los prosistas -griegos. Por estas pinturas se distingue la novela pastoral de Longo, en -la cual, no obstante, las suaves descripciones de la vida humana son muy -superiores á la expresión del sentimiento de la naturaleza.»</p> - -<p class="c">FIN DE LAS NOTAS</p> - -<div class="figcenter"> -<img src="images/ill_pg_182.png" width="80" alt="" title="" /> -</div> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_183" id="page_183"></a>{183}</span> </p> - -<h2><a name="LEYENDAS_DEL_ANTIGUO_ORIENTE" id="LEYENDAS_DEL_ANTIGUO_ORIENTE"></a>LEYENDAS DEL ANTIGUO ORIENTE</h2> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_184" id="page_184"></a>{184}</span> </p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_185" id="page_185"></a>{185}</span> </p> - -<h2> -<img src="images/ill_pg_185.png" width="500" height="120" alt="" title="" /> -<br />LEYENDAS DEL ANTIGUO ORIENTE</h2> - -<p>El recuerdo de la gran civilización greco-romana, ya gentílica, ya -transfigurada más tarde por el Cristianismo, no dejó de columbrarse -hasta en los siglos más tenebrosos de la Edad Media. Los pueblos de -Europa siguieron avanzando á la luz de aquel recuerdo, y pronto -volvieron al verdadero camino de la civilización, del cual no cabe duda -que se habían apartado. Y no es esto negar la marcha constantemente -progresiva del humano linaje. Un caminante se pierde por la noche en una -intrincada y obscura selva: atraviesa espesos matorrales, breñas -confusas y medrosos precipicios; tal vez rodea mucho; tal vez gasta más -tiempo y se fatiga más de lo que debiera; pero vuelve al cabo á hallarse -en el buen sendero, más adelante del punto en que se perdió, y más cerca -del término á que aspira. No de otra suerte comprendemos el retroceso -aparente de la civilización del mundo, en ciertos períodos históricos.</p> - -<p>Importa, además, tener presente, que cuanto por<span class="pagenum"><a name="page_186" id="page_186"></a>{186}</span> la intensidad se -menoscaba, suele compensarse en difusión. Más alumbra acaso una lámpara, -suspendida en la bóveda de un pequeño santuario, que la luna esparciendo -sus rayos por el espacio profundo de los cielos. Y, sin embargo, el -fulgor de la luna es infinitamente mayor que el de la lámpara. Lo mismo -ha podido afirmarse de la civilización, cuando se ha encerrado dentro de -los límites de un solo pueblo, ó tal vez ha iluminado sólo á una casta -de hombres superiores, ó por naturaleza ó por institución religiosa, -civil ó política. La suma del saber extendida por el mundo todo en el -siglo <small>X</small> de la Era cristiana, por ejemplo, era mayor sin duda que la suma -del saber que había en el mundo en el siglo IV antes de dicha Era. En -balde se buscará, no obstante, en todas las regiones y entre todas las -razas de hombres, en el siglo <small>X</small>, un florecimiento artístico, poético y -filosófico, como el que hubo en el siglo <small>IV</small> antes de la venida de -Cristo, en una pequeña comarca de Europa, cuyo centro fué Atenas.</p> - -<p>La memoria, aunque vaga, de aquel florecimiento, los restos de aquella -antigua civilización sirvieron de guía, estímulo y mira á las naciones -de Europa, las cuales, pensando sólo en hacer que aquella ya muerta -civilización, renaciese, aspirando sólo á retroceder hasta allí para -encontrar su ideal, lograron en la época del Renacimiento, no ya un<span class="pagenum"><a name="page_187" id="page_187"></a>{187}</span> -mero renacimiento, sino una civilización mayor, más comprensiva y más -varia, en la cual no era todo la antigua civilización clásica, sino era -un elemento, una parte, uno de los muchos factores. Fué como planta -marchita, que se había cortado hasta el haz de la tierra, pero cuyas -raíces vivían. Cuando á fuerza de esmerado cultivo, retoñó, reverdeció, -y volviendo á florecer, dió abundantes frutos, hubo de notarse con -agradable sorpresa que los frutos eran otros, ricos y extraños, mejores -de los que se esperaban, porque en la raíz de la planta antigua se -habían introducido insensible y misteriosamente, como otros tantos -injertos fecundos, mil peregrinas ideas, nociones y pensamientos. El -poeta, que pensó imitar á Homero ó á Virgilio, puso en su obra algo -nuevo y superior, y fué Dante ó Tasso; el filósofo, que pensó comentar á -Platón ó Aristóteles, creó en su comentario una nueva filosofía que -aquéllos jamás soñaron; los humildes glosadores de las leyes romanas -abrieron inspirada y divinamente ancho é inexplorado campo y jamás hasta -entonces vislumbrados y claros horizontes, por donde alcanzaron á -entrever un concepto más puro y sublime de la justicia en la sociedad y -en los indivíduos; y los estudiosos admiradores de Plinio, Dioscórides, -Hipócrates y Galeno, buscando inspiración á fin de anotarlos y de -aclararlos, descubrieron en el oculto seno de la<span class="pagenum"><a name="page_188" id="page_188"></a>{188}</span> naturaleza más hondas -verdades que cuantas sus maestros habían llegado jamás á conocer y á -divulgar entre los hombres.</p> - -<p>En nuestro sentir, lejos de ser el Renacimiento, con la adoración que no -pudo menos de suscitar en favor de los antiguos, y con el prurito -constante de imitarlos, un estorbo para que lo original y lo propio -apareciesen, una distracción hacia lo pasado que nos embelesaba y -retenía sin ir á la conquista del porvenir, fué un incentivo poderoso, -un estímulo ardiente, quizá una saludable alucinación por donde, -imaginando volver atrás en pos del remedio, nos lanzamos con brío hacia -adelante, en busca de lo desconocido.</p> - -<p>Posteriormente, cuando los pueblos de la moderna Europa contemplaron el -camino andado y tuvieron plena conciencia de la superioridad de su -civilización, el respeto á los antiguos se convirtió en orgulloso -menosprecio y en desdén injusto, el cual, empezando por las ciencias, y -en este punto llegando á su colmo en el siglo <small>XVIII</small>, vino á extenderse -también á principios de nuestro siglo por los dominios del arte y de la -poesía.</p> - -<p>Por dicha, en época posterior y algo reciente, mitigada la pasión del -engreimiento, pero sin que reviva por eso la ciega admiración anterior, -hemos venido á un término justo y razonable de estimación á la antigua -cultura clásica, la cual fué nuestro<span class="pagenum"><a name="page_189" id="page_189"></a>{189}</span> norte; y hemos evaluado y tasado -en lo debido su importancia, su influjo y su cooperación eficaz en los -desenvolvimientos ulteriores del espíritu humano.</p> - -<p>Predispuestos así los ánimos en nuestros días, hemos anhelado como nunca -descubrir y saber las cosas todas, y hemos manifestado una equitativa y -serena imparcialidad para juzgarlas. Desde el renacimiento clásico hasta -ahora, el espíritu de los pueblos europeos ha encumbrado su vuelo á tal -altura, que mientras otea entre nieblas no poco de su confuso porvenir, -va penetrando en los abismos de lo pasado, y ensanchando por ambos -extremos el imperio vastísimo de la historia. Y no podía ser de otra -suerte, porque no podía reducirse nuestro conocer á una porción de -tiempo mezquina, después de haberse dilatado por el espacio sin término. -El hombre de ahora, que ha hollado con sus pies todas las regiones del -globo que habita, y que ha llegado á abarcar con sus ojos mortales la -insondable profundidad del éter, ha querido hacer y ha hecho no menos -importantes conquistas en el tiempo que en el espacio.</p> - -<p>Si quedan en pie las dudas sobre el principio que pudo tener este -infinito Universo, y hasta sobre el origen de la tierra, nuestra morada, -y sobre la aparición en ella de nuestros primeros padres, de todo lo -cual sólo la fe ó la imaginación siguen<span class="pagenum"><a name="page_190" id="page_190"></a>{190}</span> dando explicaciones, mientras -que la verdadera ciencia niega ó calla; al menos ese principio, ese -origen y esa aparición incomprensibles, han ido retrocediendo en nuestra -mente hasta perderse en la noche tenebrosa del tiempo, y han dejado al -descubierto un larguísimo período, millares de años de existencia, no ya -sólo para el globo en que vivimos, sino también para el linaje humano.</p> - -<p>Sobre el origen de éste y del mundo no puede ya aquietarse la -curiosidad, dándose por satisfecha con los <i>mythos</i> de los antiguos -Libros Sagrados ó con las bellas fábulas que los poetas han inventado ó -nos han transmitido, prestándoles una forma inmortal. Sin embargo, -menester es confesarlo, las explicaciones de los sabios modernos acerca -de estas cosas, no por ser menos poéticas nos parecen menos -inverosímiles y disparatadas. Algunos naturalistas de ahora tal vez -tengan razón, tal vez nosotros seamos atrevidos y hasta insolentes en no -querer creerlos, pero muchas de sus teorías tienen visos de ser tan -extravagantes como las expuestas en el <i>Antropodemus plutonicus</i> y en -<i>El ente dilucidado</i> del padre Fuente de la Peña. Schmidt, por ejemplo, -supone que las formas pasan ó se transmiten de unos seres á otros; ya -del animal á la planta, ya de la planta al animal. Así, de un tulipán -saca un cisne, poniendo patas á la cebolla y á la flor pico, y de la -cola de un león, desprendida por<span class="pagenum"><a name="page_191" id="page_191"></a>{191}</span> cierto accidente, y caida y enclavada -en terreno fértil, produce una airosa y vencedora palma. Oken, reconoce -que el hombre no debió de aparecer sobre la tierra ya perfecto y adulto, -pero tampoco cree posible que apareciese como aparece ahora, no teniendo -madre ni nodriza que le cuidase y amamantase, y siendo una criatura tan -menesterosa é incapaz en los primeros años de su vida. Para salvar estas -dificultades, imaginó Oken que en el seno de los mares, cuando estaban -aún á muy elevada temperatura, se formaron unos huevos donde los -primeros hombres se criaron y empollaron hasta la edad de tres ó cuatro -años. La marea hubo de ir depositando estos huevos en la playa, y de -ellos salieron ya los muchachos, listos y traviesos, y aptos para -alimentarse de mariscos, raíces, frutas silvestres y sabandijas. Tal fué -el origen de la humanidad. Otro sabio, llamado Ritgen, hace nacer á los -primeros hombres en el cáliz de ciertas flores gigantescas. Otros, por -último, y ésta es la opinión que ahora priva, hacen que todo proceda de -ciertas moléculas ó globulillos viscosos ó glutinosos, los cuales van -compaginando y construyendo todas las formas y maneras de la vida, desde -los grados más ínfimos hasta el grado supremo, que en el día es el -hombre, y seguirá siéndolo mientras no se forme, engendre y cuaje otro -género superior que nos quite la supremacía y el imperio, y nos<span class="pagenum"><a name="page_192" id="page_192"></a>{192}</span> mate á -desazones y malos tratos. Edgardo Quinet, en su reciente y amena obra -<i>La Creación</i>, se muestra muy inclinado á esta doctrina, y harto -receloso de que el día menos pensado nos encontremos como quien dice de -manos á boca y al revolver de una esquina, con este ser superior al -hombre, que nos destrone y confunda, y de quien seamos animal doméstico, -como es para nosotros el perro ó el gato. Con dolor prevé Edgardo Quinet -que, en nuestro orgullo de reyes de la creación, no hemos de querer -conformarnos con un papel tan humilde, y que todos nos hemos de morir de -pena, aunque somos ya de 1.200 á 1.300 millones. No de otra suerte se -extinguió la raza de los <i>antropiscos</i>, que, según otro sabio, llamado -Bergmann, en sus <i>Estudios de Ontología general</i>, precedió -inmediatamente al hombre, y fué el eslabón de la cadena que le une al -chimpancé, al gorila y á otros monos mayúsculos, desde los cuales, si -seguimos retrocediendo en los grados de la vida, iremos á parar á los -globulillos pegajosos de que ya hemos hablado. Pero estos globulillos, -sacos ó vejigüelas que contienen la vida, ¿cómo se han formado? ¿Cómo de -lo inorgánico ha procedido lo orgánico? Á esto se contesta con la ley de -formación progresiva y hasta se cita el <i>uranoelain</i>, que es una -substancia, orgánica vesicular, que se halla en la nieve cuando cae de -las nubes. Teniendo ya á mano las tales vejigüelas,<span class="pagenum"><a name="page_193" id="page_193"></a>{193}</span> no queda criatura -que no se fabrique con ellas y que, por sus pasos contados, de ellas no -vaya saliendo.</p> - -<p>Del moho sale el hongo, del hongo el líquen, del líquen el musgo, del -musgo el helecho y del helecho la palma; mientras que por otro lado, -sale del pulpo el caracol, del caracol el cangrejo, y del cangrejo el -pez, y del pez el lagarto, y del lagarto el cuadrúpedo, y del cuadrúpedo -el mono, y del mono el <i>antropisco</i>, y del <i>antropisco</i> el hombre, y del -<i>hombre</i> ese sujeto de quien tenemos tanto que recelar, según Edgardo -Quinet. Llama dicho autor á la destrucción de nuestra especie por el -mencionado sujeto, una <i>profecía de la ciencia</i>. Es el último capítulo -de su obra, la Apocalipsis de este Novísimo Testamento. Nuestras artes, -nuestras literaturas, nuestra elocuencia parlamentaria, nuestras -cavatinas, arias y sinfonías, todo se acabará. ¿Qué permanecerá de -todo?, pregunta Edgardo Quinet. Y él mismo responde: «Lo que hoy queda -del murmullo de los insectos en la floresta carbonífera?» Por cierto que -no valía la pena que se ha tomado de estar estudiando ciencias naturales -durante diez años, según afirma este profeta, para prorrumpir al cabo en -un tan desconsolador vaticinio. Entre tanto, conviene vivir sobre aviso -y con la barba sobre el hombro; y si descubrimos en gérmen á ese nuevo -ser, no hay más que exterminar el germen,<span class="pagenum"><a name="page_194" id="page_194"></a>{194}</span> aunque sea obra poco -caritativa, imitando en esto la conducta prudente de los pigmeos, -quienes, según autores fidedignos, bajan todas las primaveras de los -montes en que habitan, caballeros en sendas cabras, y destruyen los -huevos de sus acérrimos enemigos, las grullas.</p> - -<p>Lo malo es, si hemos de creer á otros sabios, que ya es tarde para -imitar á los pigmeos. Nuestras grullas han roto el cascarón: la raza que -ha de acabar con nosotros, como nosotros acabamos con los <i>antropiscos</i>, -vive y se extiende por el mundo y le domina, y ha empezado la obra de -aniquilamiento. Darwin, Schaafhausen y otros doctos ingleses y alemanes, -han explicado bien la teoría de que lo que es mejor y más fuerte, debe -suplantar á lo que es peor y más débil. Las razas decaídas y endebles, -que se quedan en grande atraso, que no pueden seguir, ni á remolque y á -larga distancia, á otras razas más enérgicas é inteligentes, están -condenadas á perecer y de hecho perecen. Al contacto de toda -civilización muy superior, los hombres de una civilización muy inferior, -se mueren todos. Los portugueses y españoles, como no estábamos muy -civilizados, no dimos muerte á todos los negros é indios con quienes -entramos en relación cuando nuestros descubrimientos y conquistas; pero, -según parece, los ingleses y los yankees, como más adelantados en -civilización, tienen la misión de acabar<span class="pagenum"><a name="page_195" id="page_195"></a>{195}</span> con todos. Á unos los matan á -cañonazos porque se rebelan, como á los cipayos; á otros de hambre y de -tristeza, arrojándolos de los terrenos fértiles que habitaban y -acorralándolos é internándolos en tierras más estériles, como á los -cafres, hotentotes, pieles-rojas y naturales de la Nueva Holanda y Nueva -Zelanda; y á otros los matan de fastidio, con el empeño de que lean y se -afinen, y estudien la Biblia, como á los alegres habitantes de Otahiti, -olvidados ya de sus danzas lascivas y de sus fáciles amores, y sujetos á -la férula de algún ministro protestante, empalagoso y cogotudo. Hablando -Quinet de estos infelices polinesianos, exclama: «De una raza de -hombres, esparcida sobre una inmensa extensión del globo, no quedará un -individuo sólo dentro de pocos años.» «Pronto, añade más adelante, no -quedará de estas naciones sino una queja vaga del abismo, un canto -popular, una lamentación, quizás algunas palabras de una lengua muerta, -que pasarán á la lengua de los europeos.» Como prueba de esta misión -destructora de los ingleses, dice el doctor Zimmermann que la India -Oriental había sido invadida por las feroces hordas de los mongoles y -los turcomanos, los cuales incendiaron palacios y ciudades enteras, -pasaron á cuchillo á los moradores, é hicieron otras cien mil -insolencias. El país, con todo, era tan generoso y tan rico, que pudo -alzarse de nuevo á la primera<span class="pagenum"><a name="page_196" id="page_196"></a>{196}</span> prosperidad. Pero fueron los ingleses á -la India, y la India, que era antes un jardín florido, se va -convirtiendo en un yermo, y su población de 400 millones se va -reduciendo á la cuarta parte. Sin duda que en esto hay alguna -exageración del doctor Zimmermann; mas no puede negarse que, aun -despojado de la exageración, basta para demostrar cuán terrible es la -civilización cuando llega muy desnivelada, y para hacernos sospechar si -serán los ingleses ese género nuevo con que Edgardo Quinet nos amenaza, -y que no bien acabe con los indios, ha de empezar á acabar con nosotros. -Toda raza inferior, con respecto á otra superior, es un eslabón ó un -anillo de la cadena que une al hombre con la naturaleza bruta, y según -lo explica satisfactoriamente el ya citado doctor Schaafhausen, es una -ley ineludible del progreso, que este eslabón ó anillo se rompa y -aniquile.</p> - -<p>Quizá pensará alguien que nosotros por salir tan mal librados con esta -Filosofía de la Historia, hija del consorcio de la Economía Política y -de la Biología, producto de la combinación de las teorías de Malthus y -Darwin, la estimamos en poco y nos atrevemos á calificarla de inhumana y -desconsoladora, cuando no la tenemos por falsa. Pero es lo cierto que la -tenemos por falsa por convicción y sin que á ello nos mueva el menor -interés. Apoyan dicha Filosofía de la Historia, los que la siguen, en<span class="pagenum"><a name="page_197" id="page_197"></a>{197}</span> -el hecho supuesto de que el progreso se realiza, como si dijéramos, por -la cima, por la cumbre, por la eminencia de las razas. Entienden que con -el ejercicio se desenvuelven más ciertos órganos y de aquí nacen las -nuevas especies. Los individuos primeros de las nuevas especies son como -monstruos de las antiguas. Aquella duda profunda del Padre Fuente de la -Peña, acerca de <i>si los monstruos lo son ellos ó lo somos nosotros</i>, ha -venido á resolverse, según la teoría de Darwin, y resulta que los -monstruos lo somos nosotros. El símil de la girafa explica esto que no -hay más que pedir. La girafa era en un principio una como cabra montés ó -gacela; pero se fué á vivir á parajes donde no había yerba, y tuvo que -alimentarse de las altas ramas hojosas de los árboles. Andaba, por lo -tanto, casi continuamente estirando el pescuezo y las patas delanteras, -y tal fué lo afanoso de este ejercicio durante muchas generaciones, que -las patas delanteras y el pescuezo se le alargaron, y casi sin sentir -vino á convertirse en girafa. Así, <i>mutatis mutandis</i>, se explica el -origen de las demás nuevas especies, cada vez mejores. Aplicada al -hombre la susodicha teoría, debe entenderse que el inglés, á fuerza de -discurrir y cavilar, ha ido empujando para arriba toda la parte anterior -de su cráneo y haciendo más capaces los senos, y más gruesas las -protuberancias de la causalidad, comparación y demás facultades<span class="pagenum"><a name="page_198" id="page_198"></a>{198}</span> -mentales superiores. Al mismo tiempo, los laberintos ó circunvoluciones -del meollo y encéfalo se han hecho más tortuosos y complicados, de lo -cual depende, sin duda, el pensamiento, así como de la masa y volumen de -los sesos, que se han hecho mayores. Y, por último, la buena -alimentación ha acostumbrado el estómago inglés á extraer y á asimilar á -su organismo mayor cantidad de fósforo, que es el ingrediente principal -con que el pensamiento se confecciona, según Moleschott, Büchner y un -boticario amigo nuestro. Lo que es Edgardo Quinet, en su ya citada -<i>Creación</i>, saca de aquí un luminoso corolario. Casi prueba que con el -Cesarismo se achican los sesos, se hacen más livianos y tienen menos -circunvoluciones. Los sesos de cualquier francés pesan hoy menos y -tienen menos laberintos que cuando comenzó á reinar Napoleón III.</p> - -<p>De lo que haya de verdad en este modo de explicar el pensamiento, no -queremos tratar aquí; pero explíquese el pensamiento como quiera, es -indudable, á nuestro ver, que no se ha aumentado en el hombre la -potencia ó energía de pensar, desde los principios de la historia hasta -el día. En esto no ha habido progreso, ni consiste en esto el progreso. -Quien quiera que fuese el autor ó los autores de los más antiguos himnos -del Rig-Veda, de los Poemas homéricos, del libro de Job ó de las -Institutas de Manú, pensó con más energía y eficacia<span class="pagenum"><a name="page_199" id="page_199"></a>{199}</span> que Shakspeare -componiendo todo su teatro, ó que Newton descubriendo las leyes de la -gravitación universal. Dados los pocos medios ó elementos de que -entonces se disponía, dado el escaso caudal de saber, adquirido entonces -por herencia, cualquiera de los trabajos mencionados presupone un -esfuerzo intelectual mil veces mayor; apenas se comprende sin que -atribuyamos al autor un poder sobrehumano, una inspiración semi-divina. -Los primeros hierofantes de la humanidad, los que abrieron la senda del -progreso, el hombre que detuvo</p> - -<div class="poetry"> -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i0">La palabra veloz que antes huía,<br /></span> -</div></div> -</div> - -<p class="nind">el que pensó por primera vez en la primera causa, y el que dió á un -pueblo las primeras leyes, fueron superiores á los hombres de ahora, ó -al menos iguales á los genios más sublimes que produce ó puede producir -en el día la humanidad. Valmiki, Viasa, Zoroastro, Moisés, Sakia-Muni y -Homero, si es que el pensamiento es fósforo, gran masa de meollo y -muchas circunvoluciones en él, tuvieron todos tantas circunvoluciones -como el que más en el día, y tuvieron sesos muy voluminosos y pesados, y -consumieron toda una fosforería, destilando y secretando de ella mil -ideas sublimes en la retorta del cráneo. Damos, pues, por seguro que no -ha consistido el progreso en que<span class="pagenum"><a name="page_200" id="page_200"></a>{200}</span> una familia ó varias, ó cierto número -de individuos, hayan ido elevándose y haciéndose superiores á los otros, -sino en que de la superioridad primitiva de algunos individuos ó -familias han ido poco á poco haciéndose participantes los demás, y -subiendo por la educación y por las mejoras sociales al mismo nivel de -moralidad y de inteligencia, hasta donde esto es posible, dada la -desigualdad de aptitudes que la naturaleza pone en nosotros. También ha -consistido, y consiste el progreso, en el caudal de saber y de -experiencia que se transmiten las generaciones de unas en otras, caudal -que ya no se perderá nunca y que irá creciendo cada día, con el trabajo -incesante de los futuros pensadores.</p> - -<p>Entendido así el progreso, debe considerarse además que la marcha -ascendente de la humanidad no se ha realizado siempre en el mismo punto, -ni entre las mismas tribus, naciones ó gentes. Desde el primer albor de -la historia hasta los tiempos de Ciro, el grande impulso civilizador -estuvo en Asia; desde Ciro hasta Alejandro, Asia y Europa se disputaron -el cetro de la civilización, y, por último, Europa le adquirió entonces, -y si bien en cierto período, desde el siglo <small>V</small> al <small>XII</small> de nuestra Era, se -diría que se le iba cayendo de la mano, y que Asia le recogía y volvía á -empuñarle, hoy más que nunca Europa le mantiene.<span class="pagenum"><a name="page_201" id="page_201"></a>{201}</span></p> - -<p>Si echamos la vista sobre un mapa del Mundo Antiguo, veremos que Europa -es como una extremidad de Asia; como la sexta parte de aquel gran -continente. Las razas y la civilización de Europa de Asia han venido. -Es, pues, extraño y parece anormal que estas razas, que son las mismas -en Asia y en Europa, y esta civilización que en Asia tuvo origen, -florezcan hoy en Europa, y en Asia estén como adormecidas ó aletargadas. -Es evidente, en nuestro sentir, que en Asia han de renacer. No creemos, -como generalmente se cree, que los pueblos, las grandes familias -humanas, cumplen su misión y mueren luego. No creemos que la vida toda -del Asia se haya agolpado y como refugiado para siempre en este extremo -que se llama Europa, y que, últimamente, hasta haya abandonado la mejor -y mayor parte de este extremo, y haya ido á localizarse y á -circunscribirse sólo en las últimas tierras y naciones del Noroeste. -Aunque este fenómeno singular se advierta ahora, hace tan poco tiempo -que se advierte, que no puede ni debe mirarse sino como un accidente -momentáneo en la historia del mundo. ¿Qué son tres ó cuatro siglos, á lo -más, durante los cuales Inglaterra, Francia y Alemania pueden reclamar -con razón la supremacía, comparados con los veinte ó veinticinco siglos -que duró la civilización griega desde Hornero hasta Láscaris, y con los -millares<span class="pagenum"><a name="page_202" id="page_202"></a>{202}</span> de años que han durado las civilizaciones orientales?</p> - -<p>Estos pensamientos explican por qué los hombres del Occidente de Europa -volvemos la vista con tanta curiosidad hacia el Oriente, de donde nos -vino la luz, y por qué es tan fecundo todo recuerdo de las pasadas -civilizaciones.</p> - -<p>Desde mediados del siglo <small>XV</small> hasta fines del siglo <small>XVI</small> podemos marcar en -la historia de la moderna Europa una época, que llaman del Renacimiento: -la época en que revive ó renace la antigua civilización greco-romana y -obra los portentos de que hemos hablado al comenzar este escrito. Hoy, -esto es, desde un siglo ha, podemos afirmar que hay algo como otro -renacimiento, el cual también será fecundo: un renacimiento de la -ciencia, las lenguas, las religiones y las literaturas del Asia.</p> - -<p>Prolija tarea y harto superior á nuestras fuerzas sería trazar aquí á -grandes rasgos la historia de este Renacimiento oriental. No incumbe -tampoco á nuestro propósito el hacerlo. Baste decir, que lo que más nos -interesa, y lo que en efecto se puede tener por demostrado hasta la -evidencia, es nuestro cercano parentesco con los indios y con los -persas, cuyos antepasados vivieron reunidos á los nuestros en época -remotísima, difícil aún de determinar, al Norte del Cáucaso indiano. -Esta sociedad primitiva, pueblo ó tribu, es la raíz y el tronco<span class="pagenum"><a name="page_203" id="page_203"></a>{203}</span> de una -gran raza civilizadora y progresiva en alto grado, que ha extendido sus -ramas frondosas y cargadas de flores y frutos desde Ceilán hasta -Islandia, dilatándose más tarde por toda la extensión de ambas Américas. -Esta gran raza civilizadora se llama indo-europea ó japética; el pueblo -primitivo de que procede se llama los Arios. Otros pueblos de otras -razas los precedieron y formaron grandes centros de civilización antes -de que los arios apareciesen: tales son los chinos y los egipcios. Hay -quien conjetura que hubo otros centros de civilización, como el de los -atlantes, cuyo dominio se extendía por un continente inmenso, colocado -entre Europa y América, y que se tragó la mar. Supónese asimismo que los -pueblos semitas, esto es, los árabes, los hebreos, los caldeos y -asirios, ó más bien el tronco de que salieron, estuvo en época -remotísima unido también al tronco ario. Esto, con todo, ni siquiera por -indicios puede rastrearse. Ni en los idiomas semíticos hanse hallado -hasta ahora bastantes voces ni formas reductibles á las de alguna lengua -ariana, ni tradiciones autorizadas y concordes nos hablan de esta unión -primitiva. Los semitas aparecen en la historia viviendo más hacia el -Occidente que los arios; en las llanuras que bañan el Tigris y el -Eufrates.</p> - -<p>En dichos tiempos, llamados con elegancia por Edgardo Quinet los -<i>propileos</i> de la historia, figuran,<span class="pagenum"><a name="page_204" id="page_204"></a>{204}</span> además, otras razas blancas ó -amarillas, en guerra constante con los arios, y á quienes se designa con -el nombre de turanienses ó turaníes. El país que se extiende desde el -Oriente del Mar Caspio al Imaus, regado por caudalosos ríos como el -Jaxartes y el Oxo, en cuyo centro está el Lago Aral, y donde aun se -ostentan ricas y famosas ciudades como Kiva, Bucara y Samarcanda, era el -Turan antiguo ó la tierra por excelencia de los turaníes; tal vez los -mismos hombres á quienes llama la Biblia los pueblos de Gog y de Magog.</p> - -<p>Es de advertir que algunos de los investigadores ó fantaseadores de la -más antigua historia del humano linaje, antes de esta división entre -turaníes y arios, suponen todas estas razas mezcladas y viviendo aún más -al Norte, en un país delicioso y ameno, más allá de las montañas Rifeas, -montañas que podemos colocar donde se nos antoje. Las antiguas fábulas -griegas hablan de estas montañas Rifeas y del hermoso país de los -felices hiperbóreos, el cual estaba más allá del punto desde donde sopla -el Bóreas, causa del frío, y, por consiguiente, era un país templado, -fértil y de suavísimo clima.</p> - -<p>Rodier supone á estos hiperbóreos, á quienes llama proto-scitas, -esparciéndose ya por el mundo y colonizando la Europa, unos 25 ó 26.000 -años antes de la Era Cristiana. Los restos de las Edades<span class="pagenum"><a name="page_205" id="page_205"></a>{205}</span> de Piedra y de -Bronce, las poblaciones lacustres, los cráneos hallados en las cavernas, -y á los que se atribuye una antigüedad portentosa, pueden creerse de -estos proto-scitas primitivos pobladores de Europa.</p> - -<p>La geología y la paleontología han venido á prestar un auxilio poderoso -á la arqueología y á la historia, á fin de afirmar la grande antigüedad -del género humano. Con todo, si bien dichas ciencias prueban, en nuestro -sentir, que esta antigüedad es grande, ni la fijan ni la determinan. La -misma discordancia de opiniones entre los geólogos convida al -escepticismo. Cierto es que todos convienen en que las armas de sílex y -otros restos de la Edad de Piedra suponen millares de años; pero los -cálculos varían mucho. Unos, como Bergmann, dan á los objetos que han -visto una antigüedad de 25.000 años; Lyell una antigüedad de 100.000; -Bronn llega á suponer que tienen 158.000. Todos estos geólogos, y otros -muchos, como Boucher de Perthes, Falconer y Prestwith, podrán acertar -sin contradecirse, porque podrán ser distintos los objetos que han -observado, y la Edad de Piedra no es sincrónica en todas las regiones -del globo y entre todas las razas. La Edad de Piedra dura aún en -algunas.</p> - -<p>De todos modos, la geología y la paleontología se ligan hoy íntimamente -con el estudio de la historia.<span class="pagenum"><a name="page_206" id="page_206"></a>{206}</span> La <i>Historia Universal</i>, publicada en -Francia, bajo la dirección del Sr. Duruy, por una sociedad de sabios, -como allí suelen llamarse cándidamente á sí mismos los escritores, sin -oponerse esto á que, en efecto, lo sean, va precedida de un tomo -titulado <i>La Tierra y el Hombre</i>, obra del ilustre Alfredo Maury, -miembro del Instituto. Puede calificarse esta obra de una verdadera -pre-historia, y contiene la geología, la historia de nuestro globo antes -de la aparición del hombre, su aparición, y la descripción de las -diferentes razas humanas y de las lenguas y religiones. Esto manifiesta -el enlace de dichas ciencias con la ciencia histórica. No se ha de -negar, sin embargo, que la cronología de los geólogos es una, y la de -los historiadores, en cierto modo, es otra.</p> - -<p>Las armas de sílex, otros instrumentos y utensilios de una industria -grosera, tal vez alguna imagen rudamente esculpida en un hueso ó en una -piedra, imagen de algún animal que ya no existe, ó el hueso mismo de -algún animal, como el <i>Bos priscus</i>, el <i>Ursus spelæus</i> ó el <i>Rhinoceros -tichorinus</i>, herido por un arma, todo esto podrá demostrar la presencia -del hombre en el período cuaternario, quizá al fin del terciario, en los -terrenos llamados <i>pliocenos</i>, y dejar así abierto y despejado un -inmenso espacio de tiempo de 40.000 ó 50.000 años si se quiere, para que -la historia pueda extenderse<span class="pagenum"><a name="page_207" id="page_207"></a>{207}</span> por él; pero la verdadera historia no -empieza sino donde empieza el recuerdo de la palabra humana, cuyos -documentos son la escritura, ya hieroglífica, ya cuneiforme, y á todo lo -cual pueden añadir algunos indicios la filología comparativa y el -estudio de las más antiguas religiones y <i>mythos</i>. Este último estudio -tiene, sin embargo, el escollo de hacernos incurrir en un <i>evhemerismo</i> -exagerado; esto es, de hacernos prestar una realidad y una consistencia -históricas á lo que no fué acaso sino una mera alegoría ó cuento -fantástico naturalista, convirtiendo en reyes á los dioses y en sucesos -de la tierra á los sucesos soñados en espacios imaginarios, celestes ú -olímpicos. Así, por ejemplo, Rodier convierte decidida y resueltamente -en personajes reales, no sólo á Osíris y á Thoth, sino también á los -dioses egipcios más primitivos, como Phré y Phta, haciendo de esta -suerte que comience la historia de Egipto más de 30.000 años antes de la -Era Cristiana.</p> - -<p>En efecto, la civilización egipcia parece ser la más antigua de la -tierra; pero de ningún modo podemos creer que empiece en época tan -distante. Y limitándonos nosotros á los Arios y á los demás pueblos del -Asia central que estuvieron en relaciones con ellos desde el principio -de la historia, diremos que ni Rawlinson, ni Layard, ni Duncker, ni -Grimm, ni Max Müller, ni Lassen, ni Lenormant,<span class="pagenum"><a name="page_208" id="page_208"></a>{208}</span> ni Weber; ni ningún otro -de los más eminentes historiadores, arqueólogos y filólogos -orientalistas, dan mayor antigüedad á la literatura védica que unos -dieciséis siglos antes de Cristo; á la primera dispersión de los ários, -3.000 años, y á sus sucesivas inmigraciones en Europa, de 2.000 á 1.000; -todo lo cual puede, ó casi puede, conciliarse con la cronología de la -Biblia, larga y generosamente explicada. Dentro de este gran período de -tiempo de 3.000 años, ó mejor dicho, de 2.500, terminando el período en -el origen de la guerra médica, unos 500 años antes de Cristo, así como -caben con holgura los sucesos históricos que refiere la Biblia, caben -también todos los sucesos que las tradiciones orientales, los libros -sagrados, como el Vendidad y el Desatir, las epopeyas, como el Ramayana, -el Mahabarata y el Shah-nameh, y las inscripciones cuneiformes y demás -antigüedades de la India, la Persia y el Asiria, refieren ó indican con -un carácter verdaderamente histórico, y que no son meramente un <i>mytho</i> -ó una alegoría.</p> - -<p>Imaginemos ó conjeturemos en época anterior un reino ó imperio en el -país primitivo de los arios antes de su división ó cisma en iranienses é -indios. Este país se llama Ariana-Vaega. Allí reinaron sucesivamente -cinco dinastías de reyes. Los fundadores de estas dinastías, y aun -algunos otros reyes, fueron santos, legisladores ó profetas. Así,<span class="pagenum"><a name="page_209" id="page_209"></a>{209}</span> -Mahabad, quien dicen haber sido el mismo Manú; así, Dji-Afrans, Cayumer -y otros, hasta Djemschid, el Salomón de los persas, á quien los -orientales han convertido en rey de los Genios.</p> - -<p>Durante todo este período, los celtas, los primitivos germanos, los -primitivos griegos ó jaones y otros pueblos de raza japética, se van -separando de los arios y emigrando hacia el Asia occidental y la Europa. -Posteriormente, pero también dentro de este período, los indios y los -iranienses se separan; y, por último, el país de Ariana-Vaega es -abandonado, ó por una inundación ó diluvio, ó porque se convierte en muy -frío, y los iranienses fundan un imperio más al Sur, tal vez en la -Bactriana y Aria antiguas, extendiéndose por la Partia y la Hircanía, ó -sea en el Afganistán y el Corazán de ahora. Este nuevo Imperio se llama -Vara. Djemschid le funda, y otro Djemschid, ó el mismo Djemschid, le -pierde, porque los personajes <i>mythicos</i> ó semi <i>mythicos</i> viven siglos -y siglos. Zohac, caudillo árabe, le vence y le destrona.</p> - -<p>Supongamos, además, que este Zohac conquistase el reino de Djemschid, y -le venciese, no 7.048 años antes de Cristo, como pretende Rodier, sino -unos 2.200 ó 2.300 años antes de Cristo, como pretende Gobineau en su -<i>Historia de los Persas</i>, haciendo á Zohac contemporáneo de Nino, y -equiparándole ó confundiéndole con el Areo de los escritores<span class="pagenum"><a name="page_210" id="page_210"></a>{210}</span> clásicos. -Apoyados ahora en estas suposiciones y en las fechas que señala Rodier -con exactitud portentosa, fijemos en el año 2284, en que fué el -advenimiento de Nino, rey de Asiria, el principio de la historia que -tiene ya algo de seguro.</p> - -<p>Tengamos por inseguro y mythico cuanto ocurre antes y concretémonos al -período en que prevalece Asia sobre Europa; esto es, hasta la guerra -médica, unos 500 años antes de Cristo. Nos queda, pues, un espacio -histórico de cerca de 1800 años, desde Nino hasta el primer Darío, -dentro del cual se nos ha ocurrido ir escribiendo y colocando una serie -de leyendas ó novelas, en donde la imaginación ó la inspiración, si Dios -quiere enviárnosla, complete y aclare la historia, la cual, á pesar de -los trabajos de Rawlison, de Gobineau, del mismo Rodier y de otros -muchos autores que ya hemos citado ó que nos excusamos de citar, nos -deja, como vulgarmente se dice, á media miel sobre los más famosos -personajes y los más estrepitosos acontecimientos. No despreciaremos -tampoco todo lo que se cuenta de edades anteriores á Nino, y -aprovecharemos las tradiciones confusas, las epopeyas y las relaciones -de los libros sagrados, para que los casos de esas edades anteriores á -Nino sean como el fundamento y el antecedente de nuestras leyendas, y al -mismo tiempo lo que crean<span class="pagenum"><a name="page_211" id="page_211"></a>{211}</span> y afirmen sus héroes, cuando les hagamos -entrar en agradables coloquios.</p> - -<p>No se echen á temblar nuestros lectores juzgándose amenazados de una -obra interminable. Sin duda en mil ochocientos años caben novelas y -leyendas infinitas; pero nosotros somos infecundos y perezosos, y más -pecaremos por escribir pocas novelas ó leyendas para justificar este -prólogo ó introducción, que por escribir demasiadas. Todavía -escribiremos menos si no gustan las primeras que escribamos. Por último, -cada una de nuestras leyendas será breve de por sí, y no entraremos en -las menudencias y prolijidades en que entran y caen los que escriben -novelas de tiempos más cercanos á los nuestros, como de la Edad Media ó -aun de época más moderna, de los cuales tiempos nada se ignora, y aun la -historia que no tiene el recurso de imaginar, va siendo ya harto prolija -y algo pesada, contándonos hasta los ápices al parecer más -insignificantes. Por esto precisamente, deseando dar vuelo y rienda -suelta á nuestra fantasía, nos hemos refugiado en el antiguo Oriente. -Barante, por ejemplo, ha llenado con la historia de seis Duques de -Borgoña más volúmen de lectura que el que forman acaso todos los -historiadores griegos y latinos que aún quedan, y donde se refieren los -acontecimientos de miles de años, y el principio, crecimiento, -decadencia y caída de una multitud<span class="pagenum"><a name="page_212" id="page_212"></a>{212}</span> de imperios, repúblicas y -monarquías. Si Barante, limitándose á lo histórico, escribe tanto sobre -seis Duques de Borgoña, ¿á dónde iríamos á parar, si sobre lo histórico -quisiésemos recamar, bordar y completar con la fantasía? Por esto, -repetimos, nos vamos al antiguo Oriente. Allí donde la ciencia no llega, -es donde la imaginación y la poesía deben volar.</p> - -<p>Otra razón nos impulsa también á escribir estas leyendas. Deseamos -divulgar un poco la literatura oriental antigua y empezar á emplearla en -nuestra moderna literatura española. En Francia y en Inglaterra y en -Alemania, el renacimiento oriental, de que hemos hablado, deja, tiempo -ha, sentir su influjo en el arte y en la poesía. En España aún no se -nota nada de esto.</p> - -<p>En Alemania, el Mahabarata, el Ramayana, el Shah-nameh, los Vedas, ó han -sido traducidos en verso, ó han inspirado ya bellas poesías. En Francia, -desde los lindos cuentos de Voltaire, el antiguo Oriente ha dado asunto -feliz á muy amenas narraciones. ¿Por qué hoy, que se conoce mejor el -antiguo Oriente, no hemos de aspirar á algo semejante en España? Se me -contestará que carecemos del ingenio de Voltaire, y que <i>El toro -blanco</i>, <i>Zadig</i> y <i>La Princesa de Babilonia</i>, son inimitables. -Procuremos, con todo, aproximarnos á esos modelos. De tiempos antiguos -se han escrito en Francia<span class="pagenum"><a name="page_213" id="page_213"></a>{213}</span> últimamente muy primorosas novelas, como <i>La -Momia</i> y <i>La Corte de Merodac-Baladan</i>, de Teófilo Gauthier, y -<i>Calirhoe</i>, de Mauricio Sand. Sírvanos esto de estímulo.</p> - -<p>De Grecia y Roma, mientras duró el impulso que imprimió el Renacimiento -clásico en la moderna literatura, se escribieron novelas, poesías y -leyendas, algunas muy eruditas, agradables y celebradas, como los -<i>Viajes de Antenor</i> y los <i>Viajes de Anacarsis</i>. Algo parecido pudiera -con general aplauso escribirse del antiguo Irán, de Asiria, de -Babilonia, de Media ó de Persia. Pero no presumimos de ser capaces de -tanto. Nuestro propósito es escribir una obra de mera imaginación sobre -el fundamento de un escasísimo saber, que sólo es necesario para que -sirva como de pauta y cañamazo á nuestros fantásticos bordados. Tal vez, -si en algo acertamos, se animen otros á escribir con más tino, -discreción y conocimiento del asunto.</p> - -<p>Éste, no sólo es vasto, sino seductor y apetitoso. La rapidez con que en -los libros sagrados y antiguos poemas aparecen ciertos personajes, y se -fijan en nuestra mente de un modo indeleble, como si los hubiésemos -conocido y tratado, y luego se pierden y se desvanecen, sin que se sepa -más de ellos, induce y solicita á buscarlos con la fantasía y hasta en -sueños, á fin de completar y acabar la historia de su vida.<span class="pagenum"><a name="page_214" id="page_214"></a>{214}</span></p> - -<p>Sin citar para ejemplo más que á algunos personajes de la Biblia, por -ser más conocidos de todos, ¿quién no siente curiosidad de saber cómo se -llamaba la mujer de Putifar y qué fué de su vida después de aquella -terrible pasión y de aquel cruelísimo desaire que recibió de Josef el -Casto? ¿Pues, y la Reina Vastí? ¡Apenas si interesa la Reina Vastí! ¿Qué -fué de ella, después que la repudió el Rey Asuero, por demasiado -pudorosa; por no querer presentarse á lucir su hermosura, delante de -todos aquellos Príncipes y Sátrapas borrachos y libertinos, que su -marido, borracho también, tenía congregados en su gran palacio de Susa? -Del Rey Asuero nadie ignora que, después de repudiada Vastí, hace reunir -de todas las provincias del Imperio las más gallardas doncellas, las -cuales van entrando una á una en su cámara, no sin pasar antes un año en -lavatorios, sahumerios, unciones con bálsamos y pomadas y otros cien mil -preparativos para que estuviesen bien adobadas y lustrosas, y de todas -estas doncellas, previo un examen profundo, elige por reina á Ester: -pero de la pobre Vastí, nadie vuelve á acordarse. Díganme si no es este -un asunto para una novela sentimental, que mejor pudiera llamarse -lastimosa, si no temiésemos el equívoco. Más bello asunto sería aún, si -cabe, el de los amores de Salomón con la discreta y bella Reina de Sabá, -que vino á verle con<span class="pagenum"><a name="page_215" id="page_215"></a>{215}</span> tanta comitiva y séquito, que le propuso tanta -pregunta difícil, y que tan enajenada quedó de la sabiduría de Salomón y -de la magnificencia y esplendor de su corte. Como todo esto sólo está -indicado y dicho en brevísimas palabras en la Biblia, se siente un -vivísimo deseo, al menos nosotros le sentimos, de acudir á las -inscripciones y á las tradiciones, ó de pedir á Dios segunda vista -histórica para adivinar los pormenores que faltan, empezando por el -nombre propio de la Reina de Sabá, y para escribir las relaciones que -tuvo con el hijo de David, y demás casos ocurridos entonces. Lo propio -que decimos de los personajes bíblicos, puede decirse con no menos razón -de los personajes que figuran en las historias y poemas arios. Mucho nos -han interesado hasta aquí Agamenón, Ulises, Aquiles, Temístocles y -Epaminondas: mucho nos han encantado los poetas griegos, pero más nos -interesan hoy los personajes arios y más los cantos de las Vedas. Se -diría que por el espíritu están más cerca de nosotros. Los vemos tan -bien y tan íntimamente, que se siente uno inclinado á creer en la -metempsícosis y á recordar la vida que tuvo en Ariana Vaega, ó en los -tiempos de Djemschid ó de Feridum. Agni, Indra ó Aura-Mazda, nos parecen -más divinos que Vulcano, Júpiter ó Saturno. Todo el desenvolvimiento -ulterior de la civilización moderna europea se nos<span class="pagenum"><a name="page_216" id="page_216"></a>{216}</span> presenta como en -germen en aquella primera civilización oriental. No se extrañe, pues, -que hayamos elegido este asunto de las leyendas del antiguo Oriente, ni -se tilde de difusa la introducción. Antes bien, se nos quedan no pocas -cosas por decir: pero todo lo que aun queda irá saliendo en las -leyendas, las cuales aparecerán poco á poco en esta <i>Revista de España</i>, -y más tarde, si Dios nos da salud y si el público no nos desdeña, -formarán dos ó tres volúmenes separados, quizá de nada ingrata lectura. -Bueno es que España contribuya también, aunque sea pobre y modestamente, -ya que no á lo que hemos llamado y debe llamarse Renacimiento oriental, -al influjo de este renacimiento en la literatura y en la poesía de la -moderna Europa.</p> - -<p>Vamos á retroceder con el espíritu hasta las edades primeras de la -humanidad que la historia ilumina algo con sus fulgores, y vamos á -pintar, sin embargo, portentosas civilizaciones y á presentar -personajes, no inferiores en nada, tal vez superiores á los del día. Ya -hemos explicado cómo comprendemos el progreso. Le comprendemos por el -caudal acumulado por herencia y por la difusión y divulgación del saber -y de la moralidad en mayor número de personas, familias, tribus y -naciones. Mas creemos asimismo que, para que el progreso se realizase, -las razas civilizadoras, y singularmente<span class="pagenum"><a name="page_217" id="page_217"></a>{217}</span> los Arios, desde el principio -y más que nunca en el principio, debieron estar y sin duda estuvieron -dotados de extraordinarias facultades y de una poderosa iniciativa; -prendas que habían de resplandecer más en ellos, mientras permanecieron -en toda su pureza y no se mezclaron con otras castas plebeyas é impuras. -Pero el mezclarse con estas castas, el no despreciarlas, el bajar un -poco hasta su nivel para elevarlas hasta ellos, y el amalgamárselas para -fundar la humanidad una, era su misión providencial, era su salvación y -su destino. Los que faltaron á esta misión, degradando y envileciendo -cada vez más á las castas ó razas inferiores, acabaron por envilecerse y -degradarse ellos mismos. Los que hicieron lo contrario realizaron el -progreso. El sacerdote egipcio se ha confundido con el felah, y el -bramín con el sudra, mientras que el último hombre de nuestros pueblos -de Europa se ha elevado.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_218" id="page_218"></a>{218}</span> </p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_219" id="page_219"></a>{219}</span> </p> - -<h2><a name="LULU_PRINCESA_DE_ZABULISTAN" id="LULU_PRINCESA_DE_ZABULISTAN"></a>LULÚ, PRINCESA DE ZABULISTÁN<br /><br /> -<small>(FRAGMENTO)</small></h2> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_220" id="page_220"></a>{220}</span> </p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_221" id="page_221"></a>{221}</span> </p> - -<h2> -<img src="images/ill_pg_221.png" width="500" height="100" alt="" title="" /> -<br />LULÚ,<br /><br /> -<small>PRINCESA DE ZABULISTÁN</small></h2> - -<h3>I.</h3> - -<p>Mucho se ha cavilado y discutido siempre sobre la antigua civilización -de los escitas, y aun sobre la casta de hombres que los escitas eran. -Unos escritores se los imaginaban como un pueblo japético, y otros veían -en ellos á los progenitores de los tártaros del día. Con los progresos -etnográficos no cabe ya duda en que todo lo que hoy se llama Tartaria y -Siberia, estuvo en las edades más remotas habitado por razas tártaras y -mongolas; pero también hubo allí tribus blancas, tal vez de pelo rubio y -ojos azules, de donde proceden los pueblos más nobles é ilustres de -Europa, ó que han venido á establecerse en Europa en sucesivas -emigraciones.</p> - -<p>Estos escitas blancos descendían de los primitivos arios, como los -celtas, los griegos y los latinos, los cuales se habían separado del -tronco común en épocas más ó menos lejanas. Los Imperios fundados<span class="pagenum"><a name="page_222" id="page_222"></a>{222}</span> en -toda la zona central del Asia, los chinos, los persas, los asirios, los -lidios y los medos, ofrecían desde muy antiguo una barrera difícil de -romper á las invasiones de aquellos pueblos del Norte. Cuando éstos -pudieron romper la barrera, penetraron en el Asia Central y bajaron por -el Sur hasta la India; pero, cuando la barrera les presentaba un -obstáculo invencible, y ellos, por exceso de población, ó bien huyendo -de los fríos boreales, se proponían abandonar el terreno de la Escitia, -tuvieron que caminar hacia el Occidente, y vinieron á establecerse en -Europa. Así nos explicamos la historia primera del gran continente del -Asia, del cual forma Europa como una pequeña prolongación occidental.</p> - -<p>Hasta los tiempos de Ciro el Grande, los Imperios de Persia ó de Media, -esto es, el antiguo Irán, no fueron bastante poderosos para contener las -invasiones de los escitas blancos, los cuales entraron por la Persia y -se extendieron hasta la India. Ciro, al reconstituir sobre más sólidas y -anchas bases el Imperio del Irán, hizo casi inexpugnable, ó al menos -difícil de romper la barrera que atajaba el paso de los escitas hacia el -Sur del Asia, y esto los contuvo en el Norte ó los fué impulsando -pausadamente hacia el ocaso.</p> - -<p>Es indudable para mí que la mayor parte de las invasiones han sido -motivadas por una violenta é<span class="pagenum"><a name="page_223" id="page_223"></a>{223}</span> imperiosa necesidad. Los pueblos, por -nómadas que sean, siempre tienen algún amor á la patria, algún apego al -suelo que los vió nacer, y no le abandonan sino por causas poderosas. -Quizás el mayor movimiento invasor de los pueblos de Asia en Europa, -movimiento que determina una de las crisis más transcendentales en la -historia, y que marca una era en la vida de la humanidad, ladeando el -curso de la civilización y abriéndole nuevo cauce, tuvo su primer origen -en China.</p> - -<p>Sabido es que los chinos han cumplido mucho antes que nosotros todo el -progreso de su cultura, y han venido á pararse y á inmovilizarse luego. -Ya un escritor americano del día, el Sr. Draper, augura para la Europa -suerte ó destino semejante. Según él, llegará un día, no muy lejano, en -que, recorrida toda la extensión de nuestra cultura posible, hasta tocar -el límite de lo ideal que cabía en nuestros cerebros, ó que era capaz de -concebir nuestra mente, nos quedaremos inmóviles, con el ideal -realizado, ó sin ideal, que es lo mismo. Entonces seremos como los -chinos, un pueblo ó una confederación de pueblos, muy bien ordenados, -pero sin brío y sin iniciativa. Resueltos todos los problemas de la -vida, acabadas ó satisfechas todas las esperanzas, nada quedará que nos -impulse. Mucho dudo yo de que pueda llegar jamás esta situación. El -audaz linaje de Japet, esta gente europea<span class="pagenum"><a name="page_224" id="page_224"></a>{224}</span> está dotada de una fuerza de -aspiración interminable, y de una virtud creadora en la fantasía -superior y posterior á toda ciencia y á todo arte y á toda mejora. -Siempre, creo, habrá en nosotros ímpetu para salvar con la imaginación -todos los espacios explorados y todos los caminos trillados, y para ir á -plantar, mucho más allá, la columna de fuego de un nuevo ideal que nos -sirva de guía y nos excite á caminar sin reposo en un progreso infinito, -ó si se quiere indefinido. Aun en los mismos chinos, así como en otros -pueblos del Asia, ¿quién sabe si será reposo ó sueño lo que se nos -antoja paralización eterna? ¿Quién sabe, si á la voz de un profeta, de -un vate, de un avatar, de un dios nuevo, no despertarán esos pueblos? -Entonces sí que podría cambiar por completo el eje de la civilización -del mundo y turbarse todo el equilibrio de las sociedades y de las -naciones. La agitación, las mudanzas radicales que esto pudiera traer sí -que serían extraordinarias. La guerra actual entre Francia y Alemania, -con todas sus consecuencias posibles, y hasta una guerra general en -Europa, no serían nada en comparación de lo que ocurriría si los chinos -ó los indios, en número de cuatrocientos ó quinientos millones de -hombres, se sintiesen de pronto inflamados por un nuevo ideal, y con -espíritu guerrero cayesen sobre nosotros. Nuestros cañones, -ametralladoras y fusiles de aguja de nada<span class="pagenum"><a name="page_225" id="page_225"></a>{225}</span> nos servirían. Ellos los -tendrían pronto tan buenos ó mejores que los nuestros.</p> - -<p>Sea de esto lo que sea, parece cierto que, allá en el siglo <small>III</small> ó <small>IV</small>, -después de Cristo, hubo en China una espantosa é inmensa revolución, -motivada por el desarrollo del bienestar material de la población y de -la riqueza. Lo que llamamos socialismo se manifestó de un modo horrible. -Los más bravos, viciosos y audaces entre las clases menesterosas de -aquella ingente población, se sublevaron contra los ricos y los dichosos -del mundo. Siguióse una tremenda guerra civil y social. Diéronse -batallas titánicas en que los hombres murieron á millares y la sangre -corrió á torrentes. La sociedad, el orden establecido, la propiedad, -triunfó al cabo, y los rebeldes más feroces, acosados por los ejércitos -del Imperio y por los hombres de las clases acomodadas, que habían -tomado las armas en vista del gran peligro, huyeron hacia el Norte y -traspasaron la frontera del Imperio, penetrando en la Siberia ó -Tartaria. Esas gentes levantiscas, siendo de la ralea más baja, llevaron -consigo al emigrar muy poco de la riqueza acumulada, del capital social -que se llama ciencia. Por esto mismo les fué más fácil unirse con tribus -tártaras errantes, y de la mezcla provino en breve un pueblo rudo y -guerrero. Movido este pueblo en busca de terrenos más fértiles y de -clima más suave, y no pudiendo<span class="pagenum"><a name="page_226" id="page_226"></a>{226}</span> ó no atreviéndose á ir hacia el Sur por -el valladar que entonces les oponía el Imperio de los Sasanidas, siguió -hacia Occidente y fué impulsando por delante de sí á todas las tribus y -naciones arianas de la Escitia, las cuales se hallaban escalonadas en la -parte boreal del Asia y aun se extendían por mucha parte de Europa, -sobre todo, en las regiones de Oriente.</p> - -<p>Explicado así, como parece que satisfactoriamente se explica, el -movimiento inicial de la más conocida invasión de los bárbaros y de la -caída de Roma, es claro que los pueblos de la Europa moderna tenemos -muchísimo que agradecer á los persas, y á Ciro sobre todo; porque si los -escitas blancos no hubieran sido contenidos por el valladar que Ciro -afirmó é hizo casi inexpugnable, los pueblos de raza tártara hubieran -caído sobre Europa sin que los escitas blancos se interpusiesen. Así, en -vez de ser casi todos los pueblos de nuestro continente de raza ariana, -en lugar de haber venido á mezclarse con los habitadores del orbe latino -otros pueblos, arios también, y que habían conservado en el Norte su -prístina pureza y estaban más cerca del tronco común, hubieran venido á -conquistarnos y á manchar y alterar la limpieza de nuestra sangre los -humnos, abominablemente feos y mucho menos inteligentes y civilizables.</p> - -<p>Sostienen los fisiólogos, que los pueblos tártaros<span class="pagenum"><a name="page_227" id="page_227"></a>{227}</span> y mongoles tienen el -cráneo más duro y menos flexible que los arios, y que dicho cráneo no -cede ni se dilata como los nuestros para dar lugar al desenvolvimiento -del seso ó meollo; por donde se ha de presumir que, si tenemos tanto -meollo los europeos y si nuestra civilización se ha elevado á tanta -altura, se lo debemos á Ciro, gran Rey de Persia, que tuvo á raya á los -escitas blancos. Si éstos hubieran invadido la Persia y la India y otras -comarcas ó regiones del Asia, quizás la gran civilización estaría ahora -por allí. Es innegable, además, que los pueblos neo-latinos, á pesar de -nuestra nobilísima estirpe, nos hubiéramos tenido que cruzar con los -tártaros, chatos, de ojos oblícuos, de gruesos labios y pómulos -salientes, y de este desigual y plebeyo cruzamiento hubieran salido unos -mestizos feos de veras, y no las naciones ilustres, hermosas y sabias -que encierra en sí la Europa.</p> - -<p>Pero dejando esto aparte, pues no es mi ánimo hablar de tiempos tan -recientes como los de la caída del imperio romano y fundación de las -nacionalidades europeas, tales como son hoy, diré que desde época -remotísima, ó bien por efecto de un período glacial de que hablan muchos -geólogos, ó bien por otro cataclismo, los arios, que debían vivir en un -país bastante al Norte, quizás mucho más al Norte que el lugar que por -lo común<span class="pagenum"><a name="page_228" id="page_228"></a>{228}</span> se les da por cuna, á la falda del Paropamiso, tuvieron que -separarse y emigrar. Se dice que los hielos del Polo Norte se -derritieron, quizás por efecto de haber tomado la tierra la inclinación -que hoy tiene, abriéndose el ángulo que forman los ejes del Ecuador y de -la Eclíptica, que antes se confundían y eran un solo eje. Con tan -espantosa dislocación, hubo de haber por fuerza un sacudimiento atroz en -la corteza sólida de nuestro globo, que haría reventar no pocos -volcanes; un diluvio punto menos que universal, y, por último, unos -fríos tremebundos.</p> - -<p>Por este motivo, y en Era muy distante de nosotros, esto es, 24.000 años -antes de la Era Cristiana, según Rodier y otros audaces cronologistas, -fué la primera dispersión de los arios. Nosotros, en la introducción á -estas leyendas, hemos mostrado ya un escepticismo prudente acerca de -este punto. No negamos ni afirmamos nada: hacemos una distinción. Á los -geólogos prehistóricos no les negamos sus descubrimientos. Queremos -conceder que sus armas y utensilios de piedra, sus fósiles y sus -poblaciones lacustres, puedan tener acaso mayor antigüedad que los -indicados 24.000 años; pero, históricamente, poco ó nada se sabe ni -puede afirmarse sobre los primeros 21.000. No es negar que hubiese -historia tres mil años antes de Cristo: es afirmar que esta historia se -ha perdido en muchos<span class="pagenum"><a name="page_229" id="page_229"></a>{229}</span> países, y que en otros se halla tan desfigurada -por las fábulas, que es imposible distinguir el cielo de la tierra, los -reyes de los dioses, los vanos ensueños poéticos de la fantasía de la -maciza y tangible realidad de las cosas. Sin duda, muchos grandes -diluvios sucesivos, aunque parciales, bastante grandes para destruir -casi por completo naciones y razas enteras, destruyeron también los -anales, si ya los había, ó borraron ó confundieron en la memoria de los -hombres los hechos de sus antepasados.</p> - -<p>Si no estoy trascordado, el primero que explicó el diluvio universal, -dándole por causa la fusión de los hielos del Polo Norte, fué Bernardino -Saint-Pierre, el cual escribía preciosas novelas de ciencias naturales, -harto más bonitas que las de Julio Verne en el día. Posteriormente se ha -inventado la periodicidad de los grandes diluvios, y el Polo Sur alterna -con el Polo Norte en el oficio de causarlos. Ya hemos dicho que 24.000 -años antes de Cristo fué el Polo Norte quien causó un diluvio. En el -reinado de un rey indio, llamado Satyaurata, parece que hubo otro -diluvio causado por los hielos del Polo Sur. Este diluvio, dicen algunos -sabios, que fué el que anegó á casi todos los hijos de Sem, menos á los -que se refugiaron en los montes de Armenia; en suma, fué el diluvio de -Noé, referido en la Biblia. Todavía, por último,<span class="pagenum"><a name="page_230" id="page_230"></a>{230}</span> unos 2.400 ó 2.300 -años antes de Cristo, como quien dice ayer de mañana, para quien da tan -estupenda antigüedad á nuestra especie, se imagina otro gran diluvio que -acabó con casi todos los griegos, y que también se recuerda en China, -bajo el nombre de diluvio de Yao. Al Polo Norte le tocó hacer el papel -de promovedor de este diluvio, el cual hundió la Atlántida y sepultó -bajo las arenas y piedras que trajeron consigo las aguas impetuosas los -utensilios, armas y habitaciones, y los cuerpos mismos de los primitivos -pobladores de Europa, de los hombres de la Edad de Piedra, que hoy los -sabios están sacando á relucir.</p> - -<p>De todo esto se deduce, á mi ver, que poco ó nada se sabe de los -principios de nuestra especie, y que apenas hay ciencia más obscura y -contradictoria que la cronología de las primeras edades del mundo. En -cuanto á los diluvios fuerza es creer que ha habido uno universal, ya -que así lo afirman nuestras Sagradas Escrituras; pero podemos poner en -duda esos enormes diluvios parciales causados por los hielos del uno ó -del otro polo en ciertos períodos.</p> - -<p>Tal vez basten las fuerzas permanentes de las aguas y de los volcanes, -en la larga serie de siglos, según la teoría de Lyell, para cortar -istmos y abrir estrechos, allanar valles y aupar montañas, cambiar la -posición de los continentes y de<span class="pagenum"><a name="page_231" id="page_231"></a>{231}</span> las islas, y transformar la tierra en -mar y la mar en tierra.</p> - -<p>La idea de Adhemar, que fué el inventor de los diluvios periódicos, -parece una renovación de la Kalpa ó del día y la noche de Brahma, que -duraba 432 millones de años, ó del año grande de los egipcios y de -Orfeo; sólo que en vez de durar este período por lo menos 120.000 años, -dura 21.000, según Adhemar. Este año grande, de los dichos 21.000 años, -tuvo su verano máximo para nuestro hemisferio boreal, en 1248, reinando -San Fernando en Castilla. Desde entonces los veranos de todos los años -van menguando y van creciendo los inviernos, hasta que llegue el año de -6498 de Cristo, en el cual los veranos y los inviernos serán exactamente -iguales en ambos hemisferios. Á lo que parece, en los momentos de esta -igualdad está el grave peligro. Los hielos que se han ido amontonando en -el Polo Sur, durante el largo invierno de 10.500 años, que por allá hay, -se derretirán, buscando el equilibrio, y habrá un nuevo diluvio que tal -vez destruya casi todo el humano linaje. En suma, y sin entrar en -reconditeces astronómicas, cada 10.500 años hay ó debe haber un diluvio, -que se va preparando lentamente con la aglomeración de los hielos, ya en -un Polo, ya en otro, á causa del mayor frío que hace alternativamente, -ora en el hemisferio austral, ora en el boreal. Como el nuevo<span class="pagenum"><a name="page_232" id="page_232"></a>{232}</span> diluvio -está anunciado para el año de 6498, es claro, como la luz del día, según -Adhemar, que el diluvio próximo pasado ocurrió en el año de 4002 antes -del nacimiento de Cristo. Se conoce que Adhemar no ha querido disgustar -al Padre Petavio, y su último diluvio coincide, sobre 100 años más ó -menos, con el de Noé.</p> - -<p>Dirán algunos lectores que estos apuntes cronológicos son un extraño -principio de novela; pero yo les pido perdón y me disculpo asegurando -que no es dable empezar de otro modo. La novela es un poema prosaico; -una epopeya sin poesía ó con poca poesía; y aunque en la novela entre -por mucho la invención, ó si se quiere la inspiración, conviene que esta -invención ó esta inspiración tenga algún fundamento, y no se quede en el -aire. Pongamos por caso el rapto de Sita por el tremendo rey de los -raksasas, Ravana; la alianza de Rama con los valerosos é ilustres monos, -y con Sugriva, su poderoso monarca, los cuales tan enérgicamente le -auxiliaron; su expedición á Ceilán, y el sitio y conquista de Lanka, -capital de aquella isla, con todos los portentos que allí ocurrieron. -Estos acontecimientos, en lo antiguo, podían referirse de un modo épico, -sin indicar la fecha, ni siquiera próximamente. Hoy día es preciso -marcar una fecha, créanla ó no la crean los lectores. Si yo tuviera que -contar los hechos de Rama, tendría que apelar á<span class="pagenum"><a name="page_233" id="page_233"></a>{233}</span> los críticos y -cronologistas para fijar el tiempo en que sucedieron, y he de confesar -que me vería apuradísimo. Unos me dirían que 5.500 años antes de Cristo; -otros que mucho después. Lo mismo ocurriría con casi todos los sucesos -de la India antigua. La vida de Krishna, por ejemplo, algunos la ponen -más de 3.000 años antes de Cristo; otros, como Bentley, hacen á Krishna -tan moderno, que ponen su nacimiento con exactitud maravillosa (en -virtud del horoscopio ó aspecto del cielo, cuando nació el Dios), el día -7 de Agosto del año 600 de nuestra Era. Quien supone que la leyenda de -Krishna ha servido de modelo á la historia de nuestro Divino Redentor; -quien no ve en la leyenda de Krishna sino una invención de los -brahmanes, un remedo de la vida de Jesucristo, interpolado en los -antiguos libros y poemas de la India, con el propósito de hacer -ineficaces todas las predicaciones de nuestros misioneros.</p> - -<p>Por lo expuesto se notará que sobre la dificultad inherente á la -cronología de los tiempos antiguos, está la mayor dificultad que ha -creado la pasión religiosa. Los amigos del Cristianismo, para -conciliarlo todo con la corta edad que la Biblia concede al mundo, -propenden á negar antigüedad á todo; y los enemigos del Cristianismo, -con menos crítica á veces, dan á ciertos sucesos y á ciertas -civilizaciones, una antigüedad portentosa. En la opinión<span class="pagenum"><a name="page_234" id="page_234"></a>{234}</span> de cada sabio -entra, además, por mucho, en no pocos casos, una ciega y decidida -predilección por un pueblo y por una cultura, objeto de sus estudios -favoritos. Tal sabio, como Beauregard, hace que todo proceda de Egipto: -leyes, religiones, artes y ciencias; tal otro, como Jacolliot, que todo -nazca de la India. De aquí también proceden en parte las divergencias en -punto á cronología.</p> - -<p>En fin, á pesar de estas divergencias, yo tengo que fijar algo, antes de -empezar esta primera leyenda. Si carezco de la ventaja de ser sabio, el -no serlo lleva también una ventaja. Como no he hecho estudios favoritos -de nada, nada es objeto de mi particular afición. Lo mismo me interesan -los chinos que los egipcios; no quiero más á los indios que á los -persas. No adulteraré yo la verdad ni trocaré las fechas por amor á -ninguna tribu, nación ó raza, ni por afecto á ningún gran legislador, -profeta, semidiós ó dios antediluviano.</p> - -<p>Empecemos, pues, por creer en el diluvio universal y no parcial, único y -no periódico, y ocurrido en el mismo año en que, de acuerdo con el Padre -Petavio, le coloca nuestra <i>Guía de Forasteros</i>. Una vez sentado y -admitido esto, pongamos aparte á los chinos, que tendrán que intervenir -muy poco en nuestras leyendas. Los demás pueblos, estirando algo la -cronología bíblica, y condensando algo sus revoluciones, adelantamientos -y desarrollos<span class="pagenum"><a name="page_235" id="page_235"></a>{235}</span> de cultura, caben todos dentro de los 4.000 años que van -desde el Diluvio hasta nuestra Era. Tal vez los egipcios, con sus -innumerables dinastías, se resistan á entrar en tan breve espacio de -tiempo; pero haremos oídos sordos contra sus clamores y protestas, y -prescindiremos de los períodos de Phta y de Phré, y de los reinados de -Osíris y de Horus, evidentemente mitológicos. Supongamos á Menes primer -rey de Egipto, y aunque le supongamos lo más cerca que se pueda del -Diluvio universal, siempre habremos de imaginar que muchas de las quince -ó dieciséis dinastías, que se cuentan desde entonces hasta el momento en -que va á empezar nuestra primera leyenda, fueron simultáneas. Cuando -nuestra historia empieza, el Egipto estaba mucho tiempo hacía bajo la -dominación de los árabes ó hycsos. Uno de sus reyes, llamado Apofis, es -quien había tenido aquellos sueños que interpretó el casto José, y quien -le nombró luego su primer Ministro.</p> - -<p>Un sucesor de Apofis, por nombre Janías, reinaba en Egipto en el momento -en que va á empezar nuestro relato. La capital de su reino era Sais. Los -reyes indígenas, después de haber ido palmo á palmo haciendo la -reconquista, habían logrado dar á su reino una gran extensión, y tenían -por capital de él la magnífica ciudad de Tebas, Of ó Dióspolis magna, -que por todos estos nombres es<span class="pagenum"><a name="page_236" id="page_236"></a>{236}</span> conocida. El rey ó Faraón, que por -entonces reinaba en Tebas, se llamaba Temuz; grande y terrible -personaje, algo parecido á un D. Jaime el Conquistador entre los -egipcios.</p> - -<p>En la India había decaído el inmenso poder de los reyes de Ayodia. Los -sucesores de Isvakú y de Rama el divino, dominador de los raksasas, -protector de los monos multiformes y sabios y destructor de Lanka, -capital de Ceilán, habían venido muy á menos. Entre tanto, la Casa Real -de los Chandras ó hijos de la Luna se había elevado mucho, y el soberano -reinante de esta dinastía había tomado el título de Maharadjad ó Gran -Rey. La terrible guerra de Mahabarat no había estallado aún.</p> - -<p>Sobre Asiria y Caldea se nos ofrecen algunas dificultades que importa -allanar para la mejor inteligencia de esta notable leyenda y de las -sucesivas. Sabido es que Botta, Layard, ambos Rawlinson, Oppert y otros -doctos arqueólogos, han excavado en las ruinas de Nínive, de Nimrod, de -Persépolis, de Corsabad y de otras antiguas ciudades; han desenterrado -prodigiosos monumentos; los han descrito; los han explicado, y hasta han -leído no pocas inscripciones cuneiformes, poniendo en claro su sentido. -Confrontando después estos datos con los suministrados por la Biblia, -Herodoto, Ctesias y Beroso han rehecho y esclarecido en extremo la -historia de los caldeos, asirios y babilonios.<span class="pagenum"><a name="page_237" id="page_237"></a>{237}</span> Merced á tan raros -trabajos, la historia, las leyes, los usos y costumbres, la cronología, -la vida, en suma, de los grandes imperios semíticos de las orillas del -Tígris y del Eufrates, son tan bien ó mejor conocidos que los de algunos -pueblos de la Edad Media en Europa, sobre todo desde la famosa Era -llamada de Nabonasar, año de 747 antes de Cristo, unos seis ó siete años -después de la fundación de Roma. Lo que es ya desde el reinado de -Senaquerib, en 686, la cronología no puede ser más exacta. Los mismos -objetos de entonces, descubiertos por infatigables anticuarios, nos -alucinan hasta el punto de imaginar que tocamos con la mano y vemos con -nuestros ojos mortales la civilización de aquel siglo. Aquí, en Madrid, -en nuestros bailes y fiestas, hemos contemplado al cuello de una ilustre -dama, entre otros cilindros ninivitas y babilónicos, el sello real de -Asar-Addon, conquistador de Babilonia, hijo de Senaquerib y padre de -Nabucodonosor I.</p> - -<p>Las dificultades y dudas en la historia de Caldea y de Asiria ocurren -mucho antes. Sin embargo, todos los sabios convienen ya, gracias á Dios, -en lo más esencial. De esperar es asimismo que no pocas dudas y -divergencias que quedan lleguen con el tiempo á resolverse. Rawlinson -dice que, de vez en cuando, es menester rehacer ó componer de nuevo la -historia de los antiguos imperios del Asia.<span class="pagenum"><a name="page_238" id="page_238"></a>{238}</span> Recientes descubrimientos -la modifican y aclaran cada vez más. Debe, pues, conjeturarse que, no -bien se escriban, con el andar de los tiempos y el progreso de la -ciencia, tres ó cuatro historias tan magistrales como la suya, vendremos -á saber á punto fijo lo que ocurría á orillas del Eufrates veinticinco ó -treinta siglos antes de Cristo, como se sabe ya lo que ocurría seis ó -siete siglos antes. En el ínterin, el historiador, grave y concienzudo, -tiene que limitarse á rastrear por indicios, en medio de mil -vacilaciones, ciertos sucesos capitalísimos, dejando entre ellos -inmensas obscuridades ó lagunas por iluminar ó por llenar. El poeta ó el -novelista, que es un poeta en prosa, es el único que por hoy puede -llenarlas, gracias á una inspiración semi-divina en que deben creer sus -lectores. Algo, con todo, puede ya fijarse como fundamento, casi con -prueba plena.</p> - -<p>Los autores están concordes en suponer ó sospechar un Imperio de Asiria -anterior á Nemrod.</p> - -<p>Nemrod vino por mar; pertenecía á la raza cusita ó etiópica; venció á -los asirios, y fundó un nuevo Imperio en el Sur de la Mesopotamia, cuya -capital fué Ur, á orillas del Eufrates.</p> - -<p>Asur se retiró al Norte con los asirios que no se sometieron al yugo de -los cusitas ó caldeos.</p> - -<p>El Imperio de Nemrod, ó la antigua Caldea, se llamó también el Imperio -de las Cuatro Razas.<span class="pagenum"><a name="page_239" id="page_239"></a>{239}</span> Aquel <i>fuerte cazador delante del Señor</i> tuvo por -súbditos á cusitas, arios, semitas y turaníes, esto es, á gentes de las -razas amarilla, blanca y negra. El pueblo dominante fué el cusita ó -etiópico.</p> - -<p>De la dinastía de Nemrod se citan con certeza otros dos nombres de -reyes, á saber: Urukh é Ilki, de cuyos colosales alcázares y torres aún -se descubren vestigios.</p> - -<p>Á lo que parece, el Imperio de Nemrod, hacia el año de 2.400 antes de -Cristo, se desmembró y fraccionó en varios reinos, hasta que un siglo -después un rey llamado Kudur-Lagomer ó Codorlahomor, y yo tengo para mí -que era de raza ariana, hizo tributarios á otros muchos reyes y -restableció el Imperio, por breve tiempo.</p> - -<p>Nadie ignora que este Codorlahomor fué contemporáneo de Abraham. Los -semitas iban ya recobrando su antigua preponderancia sobre las demás -razas. En Arabia, venciendo previamente á los cusitas, que allí -predominaron, habían fundado un reino muy fuerte y guerrero, cuyo centro -era el Yemen y el Hadramaut. Contaban aquellos reyes árabes por -antecesores á Jectan, Sabá y Homeir, por lo cual las tribus que les -estaban sujetas se solían apellidar los jectanidas ó los homeiritas.</p> - -<p>Por último, en el tiempo en que empieza nuestra primera leyenda, reinaba -en Arabia un descendiente de Homeir, llamado Aret-el-Rech, á quien<span class="pagenum"><a name="page_240" id="page_240"></a>{240}</span> -algunos historiadores clásicos llaman Areo. Aliado este Areo con Nino, -tercero ó cuarto sucesor de Asur, venció á los cusitas; y así vino á -fundarse la gran Monarquía asiría de Nino. Con el auxilio de -Aret-el-Rech, Nino se enseñoreó de todo el Asia central.</p> - -<p>Llega ahora el punto más dificultoso y de mayores dudas: la primitiva -historia del Irán. El mismo Rawlinson no se atreve á retroceder con paso -seguro en esta historia sino hasta 600 ó 700 años antes de Cristo para -los medos, y para los persas hasta el reinado de Ciro ó poco antes; esto -es, que empieza casi donde nosotros vamos á concluir las leyendas. Mas -no es esto decir que nos hayamos engolfado en las edades plenamente -fabulosas. Historiadores, aunque sabios y prudentes, menos tímidos que -Rawlinson, hallan verdad histórica en los sucesos del Irán bastantes -siglos antes de Ciro, y algunos reconstruyen una historia del Irán que -empieza antes de la separación de los Indios y de los iranienses, cuando -ambos pueblos formaban uno solo; los arios, que entonaban juntos los -himnos religiosos del Rig-Veda en la primitiva región de Ariana-Vaega. -Todos los hechos de esta larga historia iraniense, anterior á Ciro, -están sacados de antiguas tradiciones conservadas por los güebros ya en -libros sagrados, ya oralmente, y recogidas muchas por los poetas épicos -del tiempo de los<span class="pagenum"><a name="page_241" id="page_241"></a>{241}</span> Soberanos musulmanes de Gasna. Entre todos estos -poetas épicos, descuella Firdusi, el Paradisaico. Su obra se titula el -<i>Shah-Nameh</i> ó <i>Libro de los Reyes</i>. Á imitación y como continuación del -Shah-Nameh, se escribieron después otras epopeyas, otros <i>Namehs</i> ó -<i>Libros</i>, que hacen del ciclo épico del Irán uno de los más ricos y -fecundos. Hay el <i>Gerschap-Nameh</i>, el <i>Barsu-Nameh</i>, el -<i>Djusgan-hir-Nameh</i>, el <i>Feramur-Narneh,</i> el <i>Banu-Guyasp-Nameh</i>, el -<i>Bahman-Nameh</i>, y otros muchos que sería prolijo ir mentando. Los -Soberanos, los Príncipes y los héroes del Irán son cantados extensa y -lindamente en estos poemas. Sobresale entre todos Rustán, como en el -ciclo épico carlovingio sobresale Roldán, y el Cid en nuestra magnífica -epopeya de las guerras entre moros y cristianos, durante los siglos -medios. La cuestión está en decidir si todos estos cantos populares -tienen más valor histórico que los Libros de Caballerías; si los -Rustanes, Feramures y Barsúes son tan fantásticos como los Amadises, -Esplandianes y Lisuartes; ó si los <i>Namehs</i>, con las hazañas y guerras -que refieren, se fundan al menos, como la Iliada y la Odisea y las obras -de otros homeridas, hasta Juan Tzetzas y Colutho, en casos reales y -verdaderos, si bien abultados por la tradición y por la fantasía del -vulgo. Yo me inclino á creer que, despojados de lo sobrenatural, los -sucesos referidos por Firdusi<span class="pagenum"><a name="page_242" id="page_242"></a>{242}</span> y otros épicos de Persia pertenecen á la -historia. Los historiadores orientales, como Kondemir y Mircondo, -refieren también muchos de dichos sucesos, y, si bien Klaproth les niega -toda autoridad, hoy, en el estado actual de la ciencia, no es lícito ser -tan escéptico. Los libros sagrados zendos, como el <i>Vendidad</i> y el -<i>Desatir</i>, confirman lo que cuentan las historias y poemas posteriores -al Islán. Estas historias estaban además basadas sobre tradiciones muy -fidedignas y sobre documentos y monumentos antiquísimos. No pocos de los -autores, como Firdusi, el más glorioso de todos, eran <i>dehkanes</i>, esto -es, antiguos nobles del Irán, hidalgos por decirlo así, de muy ilustre -casa, cuyas genealogías debieron guardarse.</p> - -<p>En suma, yo creo que muchas de las historias del Irán, antes de Ciro, -deben tenerse por ciertas y algunas por probables y verosímiles.</p> - -<p>En este supuesto, diré que el Mahabad de los Persas parece ser el mismo -Manú de los Indios, un legislador mítico primitivo. Otro profeta -iraniense, llamado Dji-Afram, simboliza el período histórico del cisma ó -separación de indios y persas. El Ariana-Vaega, con sus reyes Cayumors, -Ferval, Siamek y otros, sólo prueba que hubo una sociedad primitiva, en -la cual formaron un solo pueblo los indios, los iranienses y los escitas -blancos.<span class="pagenum"><a name="page_243" id="page_243"></a>{243}</span></p> - -<p>Después de la separación, los iranienses, conducidos por Djenschid, -emigraron y fundaron el reino ó Imperio de Vara, cuya capital fué Raga. -Un conquistador, llamado Zohac, destruyó el Imperio de Vara y vino á -reinar sobre los iranienses. En el reinado de Zohac empieza nuestra -primera leyenda. Pero, ¿quién fué este Zohac y en qué siglo vivía? Á mi -ver, Zohac era semita, era el propio Aret-el-Rech, ó más bien un sobrino -y lugarteniente de aquel famoso rey del Yemem, aliado de Nino. En esto -me aparto de la opinión de Rodier, quien hace á Zohac cusita y supone -que reinó siete mil años antes de Cristo; pero tengo á mi lado á -Gobineau en su <i>Historia de los Persas</i>, quien hace que viva y reine -Zohac en la época más reciente de Nino, rey de Asiria.</p> - -<p>Finalmente, reinaba por entonces en la Escitia un rey llamado Tihur. La -capital de su reino era la hermosa ciudad de Vesila-Tefeh. En ella -introduciremos al punto á los lectores para que tenga verdadero comienzo -nuestra historia.</p> - -<h3>II.</h3> - -<p>Vesila-Tefeh, por más que parezca inverosímil, estaba situada en medio -de las que son hoy áridas estepas por donde vagan los kirguises. En la -orilla Norte del Sir ó Jaxartes se parecía la hermosa<span class="pagenum"><a name="page_244" id="page_244"></a>{244}</span> ciudad, cuyas -casas y palacios se reflejaban en las aguas del caudaloso río. El -Imperio de que era capital se extendía por el Sur hasta el Oxo ó el -Amú-Deria. Más allá, un arenoso desierto. Otro desierto arenoso le -separaba por el Oriente de la Sogdiana. Por el Occidente tenía por -límites el Caspio y el Aral, que entonces formaban un mar solo. Por el -Norte no conocía otros términos ó fronteras que la mayor ó menor pujanza -de los escitas, vasallos del Rey Tihur, para tener á raya á los pueblos -nómadas y enteramente feroces que iban errando por los páramos boreales. -En suma, los dominios del Rey Tihur, eran como un oasis de cultura, como -una isla civilizada en medio de un Océano de barbarie.</p> - -<p>Á pesar de este aislamiento, los escitas de Vesila-Tefeh dejaron memoria -de sus virtudes y de su ciencia aun entre los mismos griegos, tan -vanidosos. Zalmoxis, Abaris y otros filósofos escitas se cuenta que -llevaron á Grecia religión, oráculos, ritos y misterios profundos. La -fama lejana de estos escitas hizo nacer sin duda en Grecia la fábula de -los felices hiperbóreos, que vivían en un país feraz y rico, y que -componían y cantaban los himnos más bellos que imaginarse pueden, por -ser muy amados de Apolo. Ello es que, muchos siglos antes de que en -Grecia escribiesen Homero, Herodoto y Esquilo, y aun antes de que á -Grecia llevasen<span class="pagenum"><a name="page_245" id="page_245"></a>{245}</span> los fenicios la escritura, florecía Vesila-Tefeh con -extraordinario florecimiento. Regado el fértil terreno por las aguas de -siete ríos, de muchos arroyos y de numerosos canales, estaba cubierto en -partes de hermosas huertas y jardines. No faltaban bosques umbríos de -pinos, abetos y robustas encinas. Había campiñas extensas donde se -producía trigo en abundancia, y sobre todo dilatadísimas dehesas -cubiertas de fresca y larga hierba, donde pastaban numerosos rebaños. -Pero la más envidiable calidad del País de los Siete Ríos, que así se -apellidaba el reino de Vesila-Tefeh, era la abundancia de oro. Los -esclavos de los escitas, no sólo sacaban el oro lavando las arenas, sino -también ahondando tenazmente con instrumentos de bronce en el seno de -las montañas. Los rusos han descubierto muchos restos de estas -antiquísimas minas, á las que llaman, no sé por qué, <i>pozos fínicos</i>. -Nadie duda que los rudos tártaros, que hoy habitan en las vertientes del -Ural, tanto en Kirguisia como en Siberia, son y han sido siempre -incapaces de ejecutar para sí tan hábiles trabajos, los cuales no pueden -menos de atribuirse á los antiguos escitas. Y digo <i>para sí</i>, porque en -realidad los tártaros, la gente de raza amarilla y no pocos hombres de -raza cusita ó etiópica, reducidos á la condición de esclavos, eran los -que laboreaban las minas bajo la dirección de los escitas-arios. Éstos,<span class="pagenum"><a name="page_246" id="page_246"></a>{246}</span> -como raza dominante y noble, se hubieran deshonrado ejerciendo cualquier -otro oficio que no fuese el de pastores, el de la guerra, la caza y la -agricultura. Multitud de esclavos de raza amarilla y etiópica se -empleaba en los menesteres más bajos y mecánicos. Otros esclavos semitas -hilaban y tejían la lana, el lino y el cáñamo; forjaban las armas y -utensilios de bronce, porque el hierro no se trabajaba aún; curtían y -adobaban las pieles; desempeñaban varias industrias más elegantes, y -hacían, por último, el comercio.</p> - -<p>Dificultoso era venir desde Nínive ó desde Babilonia trayendo -mercaderías hasta Vesila-Tefeh. Pero, ¿qué no vencen el interés y la -perseverancia del hombre? Los dos emporios principales desde donde se -hacía el comercio entre el Sur del Asia y nuestros escitas, eran el -Chersoneso Táurico y Colcos. Las caravanas que salían de Cherson tenían -que sufrir grandes trabajos, atravesar países desiertos ó habitados por -tribus feroces y pasar ríos caudalosos como el Tanais, el Rha y el Daix, -que hoy se nombran el Don, el Volga y el Ural. Todo esto se hacía, sin -embargo, y el antiguo camino de los mercaderes que señala Herodoto, -cruzaba por la parte septentrional del reino de Vesila-Tefeh y se -prolongaba hasta la China. Desde Colcos, más activo emporio aún en las -edades remotas, se iba también hasta Vesila-Tefeh,<span class="pagenum"><a name="page_247" id="page_247"></a>{247}</span> aunque exponiéndose -á peligros gravísimos que la imaginación magnificaba, pues era necesario -salvar torrentes ó ríos impetuosos como el Kur, cruzar los desfiladeros -del Cáucaso ó Montaña Sagrada, donde vivía el pájaro inteligente llamado -Karshipta, y discurrir por comarcas donde moraban gentes tan fieras, que -la fantasía del vulgo las había trocado en monstruos, bajo los nombres -de arimaspes, grifos y gorgones.</p> - -<p>Á pesar de todo esto, Vesila-Tefeh era un gran mercado; un centro -comercial importantísimo. De China venían sedas y objetos de marfil -labrado; de Siberia preciosas pieles; de la Arabia plumas y aromas, y de -la India especierías y tejidos de algodón, delicados y aéreos. En las -comarcas meridionales del Reino de Vesila-Tefeh, hacia donde están hoy -Kiva, Samarcanda y Bucara, se daba ya entonces el algodón como se da -ahora, pero sólo se fabricaban telas groseras. Las finas y perfectas -venían de la India por Colcos. Este comercio, que hizo Colcos durante -muchos siglos, en telas de algodón, excitó, según algunos graves -economistas, la codicia de los griegos y promovió la expedición de Jason -y de los argonautas y los infortunios y horrorosa venganza de Medea. -Jason iba á establecer una factoría en Colcos y el famoso Vellocino de -oro no era más que percal, gasa, muselina ó cotonía. Tal vez algún -etimologista ingenioso<span class="pagenum"><a name="page_248" id="page_248"></a>{248}</span> se atreva á sostener, en confirmación de lo -dicho, que la palabra <i>colcha</i> viene de Colcos ó de Colchida, puesto que -las colchas son de algodón casi siempre. Otros autores aseguran, á pesar -de todo, que el Vellocino dorado no era una tela de algodón, sino una -zalea, adobada y preparada de un modo tal, que lavando en ella las -arenas auríferas en que los ríos de Colcos abundan, los granitos y -pajitas de oro se quedaban adheridos á la lana. Dícese que todavía, no -ya sólo algunos pueblos del Cáucaso, sino también los kirguises, se -valen de semejante método prehistórico para extraer el oro de las -arenas. Pero dejemos á un lado esta cuestión, pues importa poco á la -exactitud y escrupulosa verdad de nuestra historia.</p> - -<p>Otro medio había también de comunicarse con el país de los Siete Ríos, -pero era no menos difícil y peligroso. Era este medio atravesar todo el -mar Caspio ó de Hircania, mar proceloso y de muchos bajíos, y harto -mayor entonces que ahora. Acrecentaba la dificultad el no conocerse -entonces, no ya el vapor como fuerza motriz, pero ni siquiera el uso de -las velas. Las embarcaciones eran chicas y poco sólidas y se movían á -remo por fornidos esclavos. Aun así, es evidente que mientras floreció -el Imperio de Vara, Djenschid y sus sucesores sostuvieron por mar, con -los reyes de Vesila-Tefeh las relaciones más cordiales, frecuentes y<span class="pagenum"><a name="page_249" id="page_249"></a>{249}</span> -provechosas para unos y otros súbditos, los cuales se reconocían como -hermanos, por ser arios de la misma estirpe y procedencia. Caído el -Imperio de Vara bajo el poder del tirano Zohac, casi habían acabado -estas relaciones. Los iranienses gemían bajo el yugo, si bien en las -montañas del Elburz se sostenían independientes algunos valerosos. -Sabíase en Vesila-Tefeh que un ilustre descendiente de Djenschid, -llamado Abtian, los acaudillaba, pero ni tenía plaza fuerte, ni morada -fija, sino las breñas y las cavernas. Sólo en la cumbre elevadísima del -monte Demavend, en el castillo inaccesible de Selket, el más ilustre de -los <i>pelavanes</i>, ó guerreros nobles, ondeaba aún la antigua bandera del -Irán. Amol, Raga y otras ciudades del Elburz gemían cautivas y tenían -guarnición asiria ó árabe.</p> - -<p>Dos reinos arianos había en las orillas meridionales del Mar Caspio, -pero se habían hecho tributarios de Zohac y de Nino. Uno de estos reinos -era el de los medos, al Oriente, donde imperaba Kus-Pildendan. El otro, -al Occidente, donde está hoy el Ghilan, era el reino escita de Matjin; -su capital, Zibay; Behek su monarca.</p> - -<p>La catástrofe del imperio de Vara, desde que llegó á noticia de los -vesilianos, había conmovido hondamente los corazones. Todos querían -socorrer á los pocos que peleaban aún por la independencia<span class="pagenum"><a name="page_250" id="page_250"></a>{250}</span> y por la ley -pura: pero ¿cómo socorrerlos? ¿Cómo luchar contra los árabes, asirios, -caldeos y medos coaligados todos? ¿Cómo hacer además con un ejército -numeroso tan larga y expuesta expedición, ni por mar, ni por tierra? Los -vesilianos tuvieron, pues, que limitarse á una estéril simpatía, y se -vieron más aislados que nunca del resto del mundo civilizado entonces.</p> - -<p>Por fortuna, la civilización de Vesila-Tefeh tenía recursos propios, y -muy hondas y vigorosas raíces para vivir aisladamente. Aquellos ilustres -escitas-arios no eran sólo guerreros, pastores y labriegos, sino también -artistas, poetas, filósofos y hasta teólogos.</p> - -<p>De su habilidad artística daba brillante muestra la arquitectura de los -muros, casas, palacios y templos de Vesila-Tefeh. ¡Cosa singular y -apenas creíble! Aquella arquitectura era el germen, el embrión, la flor -primera de lo que hoy se llama estilo gótico. Sin duda el arte de -Bizancio y la religión cristiana han influído muy posteriormente en -dicho estilo; pero sus inventores fueron los arios de la Escitia, que en -sus inmigraciones sucesivas le introdujeron en Europa. La ciudad de -Sarmazigetusa, el castillo de Genucla y otros edificios géticos y -sármatas, representados en la Columna Trajana, inclinan á Gioberti y al -famoso Carlos Troya á creer que los getas, los sármatas y los dácios,<span class="pagenum"><a name="page_251" id="page_251"></a>{251}</span> -descendientes de los escitas primitivos, trajeron á nuestra Europa -aquella arquitectura, existente ya, por lo menos, en los antiguos -edificios de Deceneo y de Zalmoxis. Digo esto aquí para que se vea que -tengo pruebas en favor de todos mis asertos, si bien las pruebas son -inútiles, cuando lo sé y lo doy por seguro, merced á la inspiración.</p> - -<p>Harto bien noto que me detengo mucho en preparar la escena y en dar -conocimiento de mis actores, sin hacerlos salir ni hablar; pero la -historia ó el drama que va á representarse, exige tales preámbulos. De -otra suerte, bastantes lectores ni se darían cuenta de dónde estaban, ni -gustarían de la leyenda, ni tal vez la comprenderían. Por lo demás, yo -procuro y procuraré siempre ser muy breve.</p> - -<p>Ya he dicho que la ciudad de Vesila-Tefeh estaba en las orillas del Sir. -Un puente de piedra unía ambas orillas del río. Los muros que cercaban -la ciudad eran altos y gruesos, hasta el punto de que pudiese correr un -carro por cima de ellos. Cuatro anchas puertas, revestidas de chapas de -bronce, daban entrada á este recinto. Dentro de él estaban las casas de -los más nobles y principales señores, un templo en lo alto de un cerro, -y no muy distante el alcázar del Rey Tihur. No había calles. Las casas -estaban separadas unas de otras por arbolado y<span class="pagenum"><a name="page_252" id="page_252"></a>{252}</span> jardines. Fuera del -recinto de la muralla, que más bien pudiera llamarse ciudadela que -ciudad, se extendía la población y el caserío. En torno de cada casa -había una cerca, más ó menos grande, y, resguardados por la cerca ó -tapia, un huerto, un aprisco para los carneros y ovejas y un tinado para -los bueyes.</p> - -<p>En el templo había una torre, de forma cúbica, que terminaba en una -pirámide cuadrangular, muy aguda. Entre el extremo del cubo y la base de -la pirámide, quedaba un espacio hueco, sostenido por cuatro poderosos -machones. Del techo de este mirador colgaba, asida á una cuerda, una -enorme plancha circular de cierta amalgama metálica, en extremo sonora, -la cual, herida por un mazo de plata, daba la señal de alarma, y -convocaba á los guerreros.</p> - -<p>Lo interior del templo era muy bello. Diez gigantescos pilares sostenían -la techumbre. Cada pilar, desde el zócalo hasta lo alto, se asemejaba á -un grupo de palmas, cuyos troncos, unidos en manojo, esparcían luego las -airosas ramas, formando la bóveda ojival. No había imagen alguna. Sólo -había un altar en el fondo, sobre el cual brillaba perpetuamente el hijo -del cielo, la emanación de Ahura Mazda, el fuego divino.</p> - -<p>En Vesila-Tefeh no había sacerdotes, ó por mejor decir, eran sacerdotes -los padres de familia. El<span class="pagenum"><a name="page_253" id="page_253"></a>{253}</span> rey, como Melquisedec, era el primero de -todos.</p> - -<p>El dios que adoraban aquellas gentes era el Grande Espíritu, el Ser -Supremo, cuya noción no habían ofuscado aún el politeísmo y la -idolatría. En un principio, habíanle llamado Teu, ó Dev ó Div. Desde el -cisma entre iranienses é indios, este nombre de Div se había aplicado al -príncipe de las tinieblas, á los genios negros, á los espíritus -tenebrosos. Los Divs, en suma, eran los diablos para los iranienses y -para nuestros escitas-arianos. Los sabios de Vesila-Tefeh, conociendo -bien la ciencia y la teología iránicas, al principio luminoso, al foco -de la luz increada, al Grande Espíritu, en suma, generador de todo bien, -le llamaban Ahura-Mazda. Ariman era su contrario.</p> - -<p>El vulgo, ignorante de tan altas doctrinas, llamaba á Dios Boga ó -Savitar. Daba culto asimismo á los genios buenos ó espíritus que le -servían; á las almas de los héroes, á quienes llamaba Anses; al fuego -del altar y al Soma ó licor sagrado. El modo de adoración eran -sacrificios cruentos, libaciones é himnos. Aun no había otra liturgia ú -otro canon que la inspiración de cada sacrificador y de cada poeta.</p> - -<p>Delante del alcázar del Rey Tihur hacían guardia constante 60 guerreros -escogidos, de las más egregias familias. Todos tenían lanzas, arcos, -flechas y una espada corva ó alfanje. Ya servían á<span class="pagenum"><a name="page_254" id="page_254"></a>{254}</span> pie, ya á caballo, y -constituían el único ejército permanente. Verdad es que todos los -ciudadanos libres eran soldados, y acudían al llamamiento en caso de -peligro.</p> - -<p>El alcázar del Rey Tihur era espacioso, cómodo y lleno de regalos y -primores. Encerraba en su piso bajo magníficas caballerizas con hermosos -caballos, asnos, mulas y cabras; cinco carros elegantes; podenquera, que -contaba unas cuantas jaurías de galgos y de podencos; no escasa -colección de halcones, gerifaltes neblíes y hasta águilas y buitres -adiestrados en la cetrería; anchos corrales poblados de aves domésticas, -y un jardín muy lindo. También estaban en el piso bajo las cocinas, -despensas y bodegas y las habitaciones de la servidumbre.</p> - -<p>Moraba el Rey Tihur en las cámaras altas, donde había grandes salones. -Armas colgadas en haces, pieles de fieras, cabezas de venados, de lobos -y de osos ornaban los muros.</p> - -<p>En lo más recóndito y bello del palacio se encontraba el harem ó -<i>gineceo</i>. Los escitas no tenían más que una sola mujer, pero los reyes -y los príncipes se permitían (habiendo tomado esta pícara costumbre de -los cusitas y semitas más refinados y viciosos), el poseer algunas -bellas esclavas.</p> - -<p>El Rey Tihur, si bien pasaba ya de los cincuenta años, no se había -casado nunca y carecía de sucesión<span class="pagenum"><a name="page_255" id="page_255"></a>{255}</span> legítima. Un hermano suyo debía -heredar el trono, previo el consentimiento y aclamación de los nobles y -libres vasallos.</p> - -<p>Ni las esclavas que habitaban el harem ni las más gentiles y nobles -doncellas de toda la Escitia habían herido jamás el corazón del Rey -Tihur, ni excitádole al matrimonio. Fuerza es confesar, sin embargo, -aunque redunde en desdoro suyo, que el Rey Tihur había sido y era aún, á -pesar de sus años, muy aficionado á mujeres. Este era casi su único -defecto. Por lo demás, era tan llano, tan justo, tan valiente, tan -generoso y tan benévolo que todos sus vasallos le querían de un modo -entrañable.</p> - -<p>Considere, pues, el pío lector lo afligidos que estos vasallos andarían -al empezar nuestra narración. El Rey Tihur se hallaba aquejado de una -melancolía profunda, misteriosa, invencible.</p> - -<p>Encerrado en su estancia sólo se dejaba ver de su fiel esclavo favorito -Amrafel, negro como la endrina y fiel como el oro. Hombres versados en -la ciencia y arte de curar habían acudido con hierbas, conjuros y versos -mágicos, mas el rey no había querido recibirlos.</p> - -<p>En Vesila-Tefeh no se hablaba más que de aquella extraña dolencia. -Preguntábanse unos á otros:</p> - -<p>—¿Qué tendrá el rey?—pero nadie daba contestación satisfactoria.<span class="pagenum"><a name="page_256" id="page_256"></a>{256}</span></p> - -<h3>III.</h3> - -<p>La profunda melancolía del Rey Tihur no tenía causa conocida. Era el mal -de moda en nuestro siglo; pero entonces, aunque no se hablaba tanto de -este mal, no era menos frecuente. En las primeras edades del mundo hubo, -como en nuestra edad del vapor y del magnetismo, corazones con un amor -sin objeto, con un afán vehemente de admiración y de adoración, sin -hallar nada digno de ser admirado y adorado; con un vacío infinito en la -existencia que nada puede llenar; con un ideal vago é irrealizable; con -un empeño loco de dar tan noble y elevado fin á la vida, que todo lo que -no es este fin parece vanidad y miseria.</p> - -<p>La diferencia entre ahora y entonces, lo que induce á creer á los que -miran superficialmente las cosas que el mal de que hablo es más general -en el día, estriba en una mera figura retórica: en el <i>eufemismo</i>. El -que por feo, por tonto ó por poco listo, no es tan atendido y -considerado como él cree que merece; el que no llega á la posición á que -aspira; el que se aprecia y tasa en mucho más de lo que dan por él; y -muy singularmente el que tiene menos dinero del que necesita, y sabe -gastarle y no sabe adquirirle; todos éstos y no pocos más que adolecen -de otros achaques prosaicos, se atribuyen en el día el mal poético y -sublime del Rey Tihur.<span class="pagenum"><a name="page_257" id="page_257"></a>{257}</span> Ellos se curarían, y en efecto suelen curarse de -su hastío y desesperación <i>byroniana</i>, ya con un empleo, ya con unas -cuantas monedas, ya con una Gran Cruz, ya con un título de Marqués ó de -Conde; pero, mientras esto no llega, se colocan en el número de los -desesperados y de los seres superiores no comprendidos, y se declaran -ejemplos vivientes de las amarguras que pasa el <i>genio</i> y de la -estupidez y ruindad del vulgo para con él.</p> - -<p>No era así el Rey Tihur. Su desesperación y su aburrimiento eran de -buena ley, y, por consiguiente, incurables.</p> - -<p>Los ejercicios violentos de correr á caballo y de cazar fieras no -mitigaban su dolor. En medio de las mayores agitaciones corporales su -alma estaba fija en la causa de su tormento. La fatiga rendía su cuerpo, -pero no rendía su espíritu. Hasta en sueños, el mal del espíritu le -perseguía y con nada acertaba á alejarle de sí.</p> - -<p>Una mañana, poco después de levantarse, hallábase el rey en su estancia -más reservada y retirada. Cualquiera de nosotros, si estuviese tan -aburrido como él, tendría un cigarro, un libro ameno, un periódico para -distraerse. En tiempo del Rey Tihur no había nada por el estilo.</p> - -<p>Estaba, pues, el Rey Tihur sentado en un enorme banco de roble, cubierto -el banco de una piel de oso y de varios almohadones. La ocupación del<span class="pagenum"><a name="page_258" id="page_258"></a>{258}</span> -rey era echar los dados de un cubilete y meditar sobre los caprichos -misteriosos del acaso. Entonces entró en la estancia el esclavo favorito -Amrafel, único que tenía permiso para ello, y se entabló el siguiente -coloquio.</p> - -<p>Conviene, empero, antes de transcribirle aquí, dar una idea ligera del -aspecto y traza de ambos interlocutores.</p> - -<p>Amrafel tendría de treinta á cuarenta años de edad, y ya hemos dicho que -era negro; de menos que mediana estatura, pero muy fornido. El fuego de -sus ojos y la extraordinaria blancura de sus dientes resaltaban sobre lo -atezado de su rostro. Nacido y criado Amrafel en Ur, se había instruído -en todas las ciencias y supersticiones de los caldeos, y sabía mucho de -astrología y de magia. Cuando Ur cayó en poder de los asirios-semitas, -Amrafel fué vendido como esclavo á unos mercaderes de Colcos, los cuales -le revendieron al Rey Tihur, de quien ahora gozaba toda la privanza.</p> - -<p>Estaba vestido Amrafel con una túnica de lana obscura, ceñida al talle -por un talabarte de cuero de búfalo, de cuyos tiros colgaban una ancha -espada, á la izquierda, con vaina y puño de plata, y á la derecha un -largo puñal, cuyo puño y vaina eran de plata también. Traía los brazos -desnudos hasta los hombros, y en los brazos sendos brazaletes. Llevaba -en las orejas zarcillos, y en la vestidura,<span class="pagenum"><a name="page_259" id="page_259"></a>{259}</span> hasta la misma fimbria ú -orla inferior, varios cascabeles ó campanillas, que sonaban al andar, y -que eran, asimismo, de plata, como los brazaletes y zarcillos. Ya se -entiende que dichos cascabeles ó campanillas no eran adorno de bufón, -sino signo de dignidad palatina y de jerarquía elevada. Por esto, sin -duda, ha quedado entre nosotros el designar á cualquiera señor muy -respetable y encumbrado, llamándole <i>un señor de muchas campanillas</i>. -Llenos de campanillas iban siempre los levitas ó sacerdotes hebreos, y -aun ahora, en la iglesia griega, están cuajados de campanillas sonoras -los trajes más ricos y vistosos de los obispos, archimandritas y -patriarcas.</p> - -<p>La cabeza de Amrafel estaba descubierta, dejando ver un pelo negro, -corto y muy rizado, aunque no tan áspero y crespo como la lana ó pasas -de los negros del Africa Occidental. Amrafel calzaba, por último, -elegantes sandalias, y empuñaba en la diestra una pértiga de marfil, -muestra de autoridad. Era como el pertiguero ó maestro de ceremonias del -palacio; algo parecido á lo que Jenofonte y otros autores llamaron -posteriormente <i>esceptuco</i> en la corte de los acheménides.</p> - -<p>Al entrar, Amrafel no saludó al rey, prosternándose al uso de los -asirios y caldeos, sino que, según la costumbre más noble y altiva de -todos los pueblos arianos, desde los indios hasta los celtas,<span class="pagenum"><a name="page_260" id="page_260"></a>{260}</span> describió -lo que llaman en sánscrito un <i>pradakshina</i>, ó dígase trazó un círculo ó -arco de círculo, presentando siempre al rey el lado derecho. Luego se -paró silencioso enfrente de su amo.</p> - -<p>Este jugaba solo á los dados; juego prehistórico. Sus ropas eran de -finísima lana negra, ceñidas á la cintura por una faja de seda roja. Los -borceguíes ó coturnos, de cuero bien curtido, eran rojos también. La -rubia y larga cabellera del rey, que ya empezaba á encanecer, estaba -recogida por ínfula asimismo de seda roja. Era el Rey Tihur alto y -robusto, ancho de hombros, y de pecho dilatado. En sus piernas, que -hasta el muslo se veían desnudas, se dibujaban con brío todos los -músculos, cuerdas y tendones.</p> - -<p>Sobre la pujante cerviz estaba gallarda y airosamente colocada la -cabeza, bien proporcionada y hermosa.</p> - -<p>Los ojos del rey eran azules y ardientes, aunque velados por una triste -y amorosa expresión; y su boca, pequeña, á lo que podía descubrirse -entre la barba y el bigote, poblados y luengos. La tez era sonrosada y -blanca, á pesar de que el sol y la intemperie le habían dado un barniz ó -baño dorado; una especie de pátina semejante á la que imprime el tiempo -en los monumentos de mármol blanco de Andalucía, Sicilia y Grecia. En -fin, el perfil de la nariz y de la frente era tan correcto y -majestuoso,<span class="pagenum"><a name="page_261" id="page_261"></a>{261}</span> como imaginamos que debió serlo el de la nariz y la frente -del Júpiter de Fidias.</p> - -<p>Durante un breve rato no advirtió el rey la entrada de Amrafel; tan -ensimismado estaba. Alzó, por último, la cabeza; vió á Amrafel y rompió -el silencio de esta suerte:</p> - -<p>—Siéntate á mi lado; deseo hablarte con reposo.</p> - -<p>Amrafel se sentó respetuosamente en un escabel, á cierta distancia.</p> - -<p>El rey prosiguió:</p> - -<p>—Tú no ignoras mi mal, Amrafel, pero no aciertas con el remedio, ni yo -creo que le tiene. Me cansa la vida, y no quiero morir. No puedo -persuadirme de que no hay nada más allá de esta vida. ¿No crees tú, como -yo creo, que después de la muerte queda de nosotros una sombra leve y -vaporosa, que tal vez vaga por la noche en torno del sepulcro, que tal -vez se levanta en el aire tenebroso y recorre volando muchos espacios, -pero cuya vida es incompleta y horrible, por lo mismo que esta sombra -conserva el pensamiento y la memoria, y no puede ver la luz del claro -día?</p> - -<p>—Lo que pasa después de la muerte es un misterio,—respondió -Amrafel;—pero lo natural en el hombre es creer en una existencia -ulterior é imperecedera.</p> - -<p>Yo he peregrinado mucho, he hablado con hombres de todas las naciones y -castas, y todos<span class="pagenum"><a name="page_262" id="page_262"></a>{262}</span> creen en esa vida ulterior, aunque explicándola de -diverso modo.</p> - -<p>—¿Te satisface alguna de esas explicaciones?</p> - -<p>—Ninguna, por completo; y menos que ninguna la de aquéllos que del -aniquilamiento y del endiosamiento hacen una misma cosa. El entender y -el querer son esencialmente distintos. Por el entender bien podemos -confundirnos con la inteligencia infinita, y perdernos en ella como una -gota de agua se pierde en el mar; pero la voluntad es un centro -individual irreductible. Mientras más se educa y se levanta la -inteligencia humana, más se identifica y confunde con toda inteligencia; -más se acerca á la inteligencia única de que proviene. Por el contrario -la voluntad; mientras más se educa y se levanta, por más que se someta y -se conforme á los decretos eternos, más se determina y se aisla; más se -individualiza y distingue. Tiene la voluntad su centro en sí, y en su -desarrollo no hace sino marcar con más energía este centro; mientras que -el entender tiene su centro fuera de nosotros. Es un centro universal -donde concurrirían y se perderían todas las inteligencias, reduciéndose -á perfecta unidad, si en el querer de cada individuo no se cifrase la -indestructible diferencia. La voluntad es el ser que nos hace sobrevivir -en el reino de las sombras: la forma, el ídolo, el fantasma nuestro es -la voluntad.<span class="pagenum"><a name="page_263" id="page_263"></a>{263}</span></p> - -<p>—Mi pensamiento está de acuerdo con el tuyo, en el modo de considerar -la vida futura. Yo concibo que un puñal, un veneno, cualquier agente -capaz de romper la máquina de mi cuerpo, puede separar las partes que le -constituyen y volverlas á los elementos de que salieron para que -compongan otros seres. Lo que no concibo es que mi forma desaparezca. -Este no sé qué, que me hace ser yo y no ser otro, no perece. Mas, ¿en -qué consiste este no sé qué?</p> - -<p>—Debe ser una substancia sutilísima; algo como aire ligero.</p> - -<p>—Tan sutil debe ser, que dudo mucho de que nuestros sentidos perciban -jamás las sombras. ¿Crees tú, que podemos verlas, oirlas, sentirlas de -algún modo, comunicar con ellas?</p> - -<p>—Creo que sí; pero de un modo imperfectísimo. En esta vida mortal nos -comunicamos por medio de la palabra, que estremece el aire y hiere el -oído. La palabra de las sombras debe estremecer otro ambiente más raro y -debe herir otros sentidos más agudos y perspicaces. El lenguaje de las -sombras debe ser, por último, más compendioso y rico. Su concisión y -energía maravillosas.</p> - -<p>—¿Cómo explicas, entonces, la evocación? ¿Acaso no crees en la -evocación de las sombras?</p> - -<p>—No tan sólo creo, sino que me juzgo capaz de evocarlas.<span class="pagenum"><a name="page_264" id="page_264"></a>{264}</span></p> - -<p>—¿Y cómo podrás ponerme en comunicación con los muertos?</p> - -<p>—Sobreexcitando tus sentidos, dándoles mayor perspicacia y penetración; -pero, aun así, confieso humildemente que sólo podrás entenderte con las -sombras por un estilo rudo y grosero. La palabra verdadera de las -sombras jamás la oirás mientras vivas; su lenguaje será ininteligible -para tí mientras conserves ese cuerpo que hoy tienes.</p> - -<p>—De suerte—dijo el Rey Tihur,—que si sólo por estilo grosero y rudo -pueden las sombras hablar conmigo, ¿cómo ha de ser que me descubran nada -de los misterios de su vida; que me infundan nuevas ideas, inefables, -sin duda, en el lenguaje en que sólo hablan conmigo?</p> - -<p>—Si no es imposible, es muy difícil que las sombras te trasmitan sus -ideas; no caben en ningún idioma de los que hablan ni hablarán los -vivientes. Por esto el comercio mental entre las sombras y nosotros no -se acrecentará jamás con el andar de los siglos. Muchas leyes de las que -gobiernan el mundo que vemos descubrirá el hombre con el tiempo; pero -del mundo que está más allá de nuestros sentidos, aunque nos rodea y nos -penetra, se descubrirá poco ó nada. Lo mismo que se sabe hoy se sabrá -después que el sol y la bóveda del cielo hayan veinte mil veces -producido con sus acordes movimientos la variedad alternada de las -estaciones.<span class="pagenum"><a name="page_265" id="page_265"></a>{265}</span></p> - -<p>—Te confieso que lo que no logra en mí la desesperación, el cansancio -de la vida, tal vez lo logrará un día la curiosidad. Á veces deseo la -muerte para iniciarme en esos grandes misterios; pero encontrados -sentimientos me combaten. Esos mismos grandes misterios me llaman á -conocerlos, me excitan, me atraen y me aterran.</p> - -<p>—Son, en efecto, pavorosos.</p> - -<p>—¿Llegaré á tener más luz sobre ellos en esta vida?</p> - -<p>—Lo ignoro.</p> - -<p>—Voy á declararte un proyecto que tengo y que he de realizar -inmediatamente. Estoy decidido á hacer una larga peregrinación. Quiero -ir á Bactra, á la patria del gran profeta Zoroastro, y anhelo iniciarme -en los misterios antiquísimos de Mitra. Tal vez allí descubra yo un -medio de comunicar más íntimamente con las sombras, y con otros seres -que, no tomando jamás cuerpo humano, hayan permanecido hasta hoy ocultos -á nuestra mente. ¿Imaginas tú que existan estos otros seres?</p> - -<p>—No lo imagino sólo, lo doy por seguro. Apenas conocemos algo de lo que -nos rodea merced á los ojos, al oído y al tacto; pero estos mismos -sentidos más aguzados, ú otros sentidos, que no acertamos siquiera á -imaginar, nos pondrían sin duda en comunicación con infinidad de seres -que hoy viven aislados de nosotros, aunque de continuo<span class="pagenum"><a name="page_266" id="page_266"></a>{266}</span> nos circundan. -En el aire, en el agua, en el fuego, en la luz, en las tinieblas hay, á -mi ver, inteligencias recónditas, seres vivos de una naturaleza superior -á la nuestra, genios emanados de Ahura-Mazda ó del Espíritu contrario, -poderes benéficos ó maléficos, que tal vez influyen en nuestro destino.</p> - -<p>—¿Podemos dominar á algunos de esos seres y obligarlos á que nos -obedezcan y sirvan?</p> - -<p>—Á los buenos y luminosos no podemos, porque provienen de un principio -soberano intransmisible; pero podemos dominar á los malos y hacer que -nos sirvan, ora ligándolos con el Espíritu contrario al bien, y -comprándole esa potestad á expensas de nuestra servidumbre, ora por -favor del mismo Ahura-Mazda, que concede esa potestad á los varones -virtuosos y sabios. Por lo dicho comprenderás que la magia es de dos -maneras, y los conjuros pueden ser eficaces, ya en nombre del principio -luminoso, ya en nombre del rey de las tinieblas.</p> - -<p>—Á la hora del medio día, cuando el sol está en toda su fuerza, cuando -los hombres duermen y reina el silencio, he vagado por las selvas -solitarias; en el horror de la obscura noche he acudido al lugar de los -sepulcros, donde mis mayores se dice que descansan; pero ni he visto ni -he oído sombra alguna, ni espíritu, ni genio. He vertido<span class="pagenum"><a name="page_267" id="page_267"></a>{267}</span> en las tumbas -el Soma sacrosanto, leche y manteca clarificada: he llamado á los Anses, -á los héroes antiguos. No me han respondido, ni han dado señal de quedar -satisfechos de las libaciones. ¿He cometido algún crimen, ó soy de tan -baja y vil naturaleza que no merezco acercarme á lo superior y á lo -divino? ¿Por qué ha de abrasarme entonces esta sed inextinguible de lo -divino y de lo superior? Si toda la naturaleza está poblada de virtudes, -de genios, ¿cómo es que permanece siempre desierta para mí? Oigo el -bramar de los vientos, el murmullo de las aguas; veo la esfera celeste; -veo la tierra cubierta de frutos, plantas y animales; veo y oigo, en -suma, cuanto ve y oye el más abyecto de los mortales; pero, ¿no merezco -más? ¿No valgo más?</p> - -<p>—No sospeches, señor, que es lisonja cortesana lo que voy á decirte. -Más vales y más mereces. Digno eres de que lo divino venga á tí durante -la vigilia y de un modo claro, no entre los vapores de un ensueño ó en -la alucinación medrosa que produce la fuerza mágica de ciertos filtros ó -de ciertos linimentos y pociones que yo poseo. Pero las sombras, los -espíritus no ceden á un capricho; no se revelan á fin de satisfacer una -mera curiosidad. Proponte un fin grande y sublime y ellos acudirán -entonces.</p> - -<p>—¿Quién te dice, exclamó el Rey, que yo carezco<span class="pagenum"><a name="page_268" id="page_268"></a>{268}</span> de ese fin grande y -sublime? Si en esta torpe lengua humana no acierto á formularle, ¿crees -tú que no está en mi mente, claro y limpio y formulado, y que los -espíritus no podrán leerle en ella?</p> - -<p>—Aun así, ¡oh Rey! menester será que hagas cuanto en lo humano sea -posible para realizar ese fin. Sólo, entonces, si el fin es bueno, y si -es, además, humanamente irrealizable, alcanzarás acaso bastante -merecimiento para que los espíritus se te aparezcan y te den su -sobrehumano auxilio.</p> - -<p>Calló Amrafel, y el rey Tihur quedó también por algunos instantes en muy -hondo silencio. Vuelto á lo que le rodeaba, después de aquella -reconcentración en que había caído, el Rey habló de esta manera:</p> - -<p>—Mira, Amrafel, lo que me impulsa á buscar el trato y conversación de -los espíritus es todo amor y aspiración no satisfecha: amor de saber y -amor de amor mismo. Quiero hallar una hermosura superior á las que he -conocido hasta ahora, para que mi voluntad la ame y en ella repose; -quiero hallar verdades superiores á las que hasta ahora he conocido, -para que mi entendimiento se satisfaga.</p> - -<p>—¿Y no adviertes que hay un egoísmo inmenso y un desmedido orgullo en -lo que anhelas?</p> - -<p>—No niego que le hay, pero no todo es orgullo y egoísmo. Más que en mi -propia ventura pienso<span class="pagenum"><a name="page_269" id="page_269"></a>{269}</span> en la grandeza y prosperidad de mi raza y de todo -el linaje humano. Salvo algunos indivíduos, y hablando en general, no -puede negarse que la raza á que pertenezco es la más noble de todas. De -ella será el imperio del mundo; ella ha de llevar á feliz término toda -aspiración y ha de realizar todo bien. Mi raza está muy postrada y -humillada. No dudes que volverá á levantarse. Concurrir á este fin es mi -deseo. El aislamiento en que vive el pueblo de Vesila-Tefeh le ha hecho -olvidar no pocas de aquellas fecundas ideas que nos inspiraron nuestros -sabios primitivos antes de separarnos. Otros pueblos de nuestra misma -estirpe han conservado mejor aquellas ideas y las han desenvuelto, pero -en cambio han viciado su voluntad. Yo pretendo ir en busca de la ciencia -de aquellos pueblos, nuestros hermanos, y traerla á nuestro pueblo, que -no la posee, si bien conserva la voluntad más pura y más entera. El -imperio de Vara ha caído; el descendiente de Djenschid no tiene cetro ni -corona. Los asirios y los árabes, á quienes aborrezco, se han -enseñoreado en los dominios de Djenschid y de los hombres de la Ley -pura. Harto conozco que las fuerzas de Vesila-Tefeh son muy débiles para -que yo vaya al imperio de Djenschid como libertador, y no quiero ir á él -como pacífico peregrino, pero iré más hacia el Oriente; iré á Bactra; -iré más allá; penetraré en la India y consultaré á los<span class="pagenum"><a name="page_270" id="page_270"></a>{270}</span> solitarios é -iluminados penitentes que habitan los bosques frondosos de Dandaka y de -Pantchavati, y las risueñas orillas del Lago de las Cinco-Apsaras.</p> - -<p>La gloria de aquellos solitarios llena ya toda la tierra.</p> - -<p>—¿Á quién dejarás, ¡oh, Rey!, el gobierno de Vesila-Tefeh, durante tan -largas y peligrosas peregrinaciones?</p> - -<p>—Á mi hermano Arioc—contestó el Rey Tihur.—Tú prepara lo conveniente, -pues hemos de partir mañana, al rayar el día.</p> - -<p>—¿Quién irá contigo?</p> - -<p>—Irás tú; irán treinta de los sesenta guerreros de mi guardia; cuatro -pastores, con veinte vacas y cien ovejas; mis dos mejores perros y mis -dos mejores halcones; diez mulas cargadas de riquezas y presentes que -sacarás de mi tesoro; otras cuarenta con todo género de vituallas y -refrescos; algunas tiendas de campaña; mi caballo negro de montar y mi -carroza de viaje, tirada por dos zebras poderosas, y treinta esclavos -ágiles para que nos sirvan. Todo esto ha de estar pronto, antes de que -mañana despunte la aurora.</p> - -<p>Al oir las últimas palabras del rey, se alzó Amrafel de su asiento, y -dando con el cuento de su pértiga ebúrnea un golpe en el suelo, dijo:</p> - -<p>—Tu voluntad será cumplida.<span class="pagenum"><a name="page_271" id="page_271"></a>{271}</span></p> - -<p>Sin más explicaciones, salió Amrafel de la estancia.</p> - -<h3>IV.</h3> - -<p>En nuestra Edad Media cristiana, los villanos eran tan humildes y -andaban tan mal armados, que un solo caballero, con buena armadura, -podía y solía alancear á millares de hombres; y un pequeño escuadrón de -caballeros podía y solía conquistar todo un reino y hacer tales proezas -é insolencias, que justificasen las que refieren los Libros de -Caballerías. Había, además, en nuestra Edad Media, mayor población y más -recursos. Nunca ó rara vez faltaba un castillo ó una posada donde -albergarse cuando llegaba la noche, ni algo de comer y de beber que, de -grado ó por fuerza, robado, comprado ó generosamente ofrecido, pudiera -satisfacer la sed y el hambre de un caballero. No se ha de extrañar, -pues, que no ya caballeros particulares, sino á veces hijos de reyes y -hasta reyes, saliesen solos de su casa, salvo la compañía de algún -escudero leal, y recorriesen mucha parte del mundo buscando aventuras. -Pero más tarde, cuando los villanos y rústicos sacudieron de sí aquella -mansedumbre y aquel hábito de sumisión á que la dominación romana por -largos siglos los había acostumbrado, y cuando la humildad evangélica -dejó de ser entendida por ellos tan á la letra, ya<span class="pagenum"><a name="page_272" id="page_272"></a>{272}</span> empezó á ser difícil -el salir sólo un caballero en busca de aventuras, por bien armado que -estuviese; y ya se expuso todo caballero, por valiente que fuese, á ser -apaleado, herido ó muerto.</p> - -<p>En tiempo del Rey Tihur, la dificultad y el peligro subían de punto en -absoluto, y más aún si se atiende al aislamiento de Vesila-Tefeh. Lejos, -pues, de parecemos demasiada la comitiva que el Rey Tihur quería llevar -consigo, y muchas las provisiones de toda laya que había ordenado -disponer, deben parecemos pocas é insuficientes para tan difícil -empresa.</p> - -<p>Bajando por la ribera del Aral, unido entonces al Mar Caspio, nada había -que recelar entonces hasta llegar cincuenta <i>parasangas</i> ó leguas al Sur -de Vesila-Tefeh. Todo el país estaba lleno de preciosas aldeas, donde -vivían felices los súbditos de Tihur; los campos estaban bien -cultivados, y los ríos tenían puentes de barcas ó de piedra: mas, al -llegar al sitio indicado, cambiaba completamente el aspecto del suelo. -El río Djan-Deria, hoy seco ó perdido bajo las arenas del desierto de -Kizil-Cun corría entonces caudaloso con grande ímpetu á precipitarse en -el mar, en aquel sitio, donde no había puente para pasarle.</p> - -<p>Si bien, según he dicho, el Imperio de Vesila-Tefeh se extendía hasta el -Oxo ó el Amú-Deria, entre el Djan-Deria y la ciudad de Vesila-Kara,<span class="pagenum"><a name="page_273" id="page_273"></a>{273}</span> -célebre entonces por sus grandes minas de oro, que aun en tiempos -modernísimos han excitado la codicia del Zar Pedro el Grande, había un -inhospitable desierto de unas 40 leguas de largo, que se llama hoy -Kizil-Cun. Una vez atravesado este desierto, desde Vesila-Kara, -caminando hacia el Sur, el país era fertilísimo, poblado y hermoso, -hasta cerca del Oxo; por el Oriente lo era también hasta donde hoy está -Samarcanda, sobre poco más ó menos; pero más allá, había montañas -ásperas, nuevos desiertos arenosos y regiones selváticas, por donde -vagaban los corasmios y otras gentes fieras: todo lo cual separaba las -posesiones del Rey Tihur de la santa ciudad de Bactra ó Zoriaspa. Véase, -pues, si tenía sobrada razón el Rey Tihur para hacer tamaños -preparativos.</p> - -<p>Amrafel, que era listo y eficacísimo, dió las órdenes oportunas, y todo -se hallaba dispuesto para la partida á las pocas horas de haberla -decidido el rey.</p> - -<p>Su hermano Arioc y algunos de sus grandes vasallos trataron de -disuadirle de que emprendiese aquella expedición; pero todo fué en -balde.</p> - -<p>Los negocios se arreglaron como era justo, y Arioc quedó nombrado lo que -llamaríamos ahora Regente del Reino.</p> - -<p>Cuando se esparció la noticia de que el rey se iba, todos los habitantes -de Vesila-Tefeh, entre<span class="pagenum"><a name="page_274" id="page_274"></a>{274}</span> quienes el rey era idolatrado, dieron muestras -del más vivo y doloroso sentimiento.</p> - -<p>Las esclavas del <i>gineceo</i> se afligieron también; pero se resignaron -pronto con la ausencia de su señor, quien, por lo general, les hacía -poquísimo caso. Sólo una, á quien apellidaban Peridot, como si dijéramos -hija de una peri, amaba al rey con entrañable cariño, y no podía -conformarse con su ausencia. El rey también la amaba, como parece que -sólo podía amar á una criatura terrena aquel corazón herido y aquella -alma que ardía en sed de lo sobrehumano.</p> - -<p>La noche víspera de la partida del rey, cuando ya las tinieblas habían -encapotado el cielo y todo el alcázar estaba en calma y reposo, Peridot -se envolvió en un manto obscuro, y tomando en la mano una lámpara, cuya -luz estaba alimentada con oloroso aceite, se dirigió á la estancia de su -dueño, que sin duda la aguardaba.</p> - -<p>Hallábase distraído el Rey Tihur en sus meditaciones, y como Peridot -andaba con pasos ligeros, que apenas se oían á pesar del silencio -nocturno, el rey no la sintió llegar. Dió Peridot un leve golpe en la -puerta cerrada de la estancia, y el rey, como quien despierta de un -sueño, dijo maquinalmente:</p> - -<p>—¿Quién es?—aunque bien sabía que era ella.</p> - -<p>—Soy yo; tu sierva Peridot—respondió una voz argentina.<span class="pagenum"><a name="page_275" id="page_275"></a>{275}</span></p> - -<p>Abrió Tihur la puerta, y volvió á cerrarla no bien entró la esclava. -Ésta colocó en seguida la lámpara sobre un pie ó candelabro que había en -un ángulo; dejó caer el manto que la cubría y se echó en los brazos del -rey.</p> - -<p>Peridot era una preciosa criatura, y bien se podía dudar de que entre -los seres sobrenaturales con quienes Tihur buscaba trato, entre los -<i>izeds</i>, <i>anses</i>, <i>amschaspands</i>, <i>apsaras</i>, <i>peris</i> y <i>genios</i>, hubiera -nada más lindo y gracioso, ni más vivo, y al parecer más inteligente. -Cualquier otro hombre que no fuese el Rey Tihur juzgaría que no era -deseable más íntima comunicación con las cosas divinas que la que podía -tener por medio de aquella muchacha; que en sus labios podía beber la -bebida de los dioses, y que la luz de sus ojos podía iluminarle con la -luz y el fuego del cielo.</p> - -<p>Una estola de finísimo y blanco lino velaba apenas las delicadas formas -de Peridot. Sus cabellos eran rubios como el oro. Una cinta azul los -sujetaba en parte sobre la frente pequeña y recta, desprendiéndose -airosamente algunos leves rizos sobre las sienes y el cuello. La gran -masa de la abundante mata de pelo estaba levantada por todos lados y -recogida en la cima de la cabeza, donde, entrelazada con hojas de -hiedra, formaba un corymbo elegante. Las mangas, anchas y cortas, -dejaban ver los bien torneados brazos, ornados de<span class="pagenum"><a name="page_276" id="page_276"></a>{276}</span> brazaletes de oro. -Calzaba Peridot finas sandalias, que descubrían los menudos pies. En el -ambiente que la circundaba y en el aire que agitaba y rompía al pasar, -no se sentía perfume artificial ni esencia de flores, sino un aroma -tenue y deleitoso de juventud, de salud y de limpieza; una frescura -beatífica; algo de magnético, luminoso y risueño.</p> - -<p>Tendría Peridot de 18 á 20 primaveras, y todo su cuerpo era de una -corrección admirable de dibujo. Si de la cara no se podía decir lo -mismo, sus facciones ganaban en gracia, animación y hechizo, lo que en -regularidad perdían. La nariz, algo recortada y levantada por abajo, -prestaba á toda su fisonomía cierto carácter de infantil petulancia; sus -grandes ojos azules estaban llenos de pasión y desenfado; sus labios, un -poco gruesos, tenían el lustre sano y el color rojo de las cerezas en -sazón, cuando aún están en el árbol, húmedas con el rocío de la aurora; -y su boca, en verdad, no muy chica, entreabierta casi siempre por una -sonrisa franca, dejaba ver dos hileras de dientes blanquísimos, iguales -y apretados, bien puestos sobre las frescas y coloradas encías, adonde -no se acertaba á comprender que hubiesen tocado jamás alimentos -terrenales, sino el néctar y los elíxires de que viven las peris y las -apsaras.</p> - -<p>En el primer abrazo y en la efusión de cariño que hubo de sucederle, tal -vez olvidó el Rey Tihur<span class="pagenum"><a name="page_277" id="page_277"></a>{277}</span> su aspiración á lo sobrehumano y su ansia de -penetrar los grandes misterios; tal vez desechó su enfermedad sublime, -su hastío del mundo visible y su amor del invisible. La verdad es que -nada de esto habló, ni nada se habló de ninguna otra cosa. En ciertos -momentos no hay palabra de ningún idioma conocido, por suave y regalada -que sea, que baste á expresar lo que se siente, que no lo profane al -querer expresarlo. Por esto el Rey Tihur y Peridot se callaban. Tal vez -pensó entonces el Rey Tihur que aquello sólo podía expresarse en -vocablos monosílabos; con algo como rudimentos é interjecciones, que han -de pertenecer, sin duda, al lenguaje de los espíritus, y han de ser como -el <i>a b c</i> del habla celestial.</p> - -<p>Una hora después, reclinada Peridot sobre mullidos almohadones, y -teniendo junto á sí al Rey Tihur, le hablaba de esta suerte:</p> - -<p>—¡Ingrato! ¡Cruel! ¿No eres aquí dichoso? Por qué te vas y me -abandonas?</p> - -<p>—Así lo quiere mi destino,—respondió el Rey Tihur.</p> - -<p>—¿Y por qué, ya que es inevitable tu partida no me llevas contigo? -¿Crees tú que no tendré valor para arrostrar á tu lado todos los -peligros, para exponerme á todos los azares y para sufrir y resistir -todas las fatigas? Semíramis, la reina de Asiria, he oído contar que -inventó un traje elegantísimo,<span class="pagenum"><a name="page_278" id="page_278"></a>{278}</span> un traje guerrero y viril que le sentaba -lindamente, y en este traje acompañaba siempre á su marido en todas sus -campañas, peregrinaciones y conquistas. ¿Por qué no me dejas imitar en -esto á Semíramis? Me siento muy capaz de imitarla.</p> - -<p>—No puede ser, mi querida Peridot, replicó el rey. Tú ignoras lo -expuesto, lo difícil, lo terrible que es el viaje que voy á emprender. -El cansancio te rendiría; el sol y el viento ajarían y marchitarían tu -hermosura. Consérvame tu hermosura y consérvame tu amor para cuando yo -vuelva. Mi vuelta será pronto, y no puedes darme mayor prueba de afecto -que esperarme tranquila.</p> - -<p>—¿Y cómo he de estar tranquila, si me consumirá el deseo de tu amor y -los celos me abrasarán el alma?</p> - -<p>—¿Y de quién has de tener celos, oh amabilísima entre las mortales? -Todos aquellos senos de mi corazón, donde cabe aún el amor de los seres -visibles, están henchidos de tu nombre, están sellados con tu imagen, y -están encendidos en el fuego de tu mirada. No te niego, ni nunca te -negaré, que en lo más noble de mi ser, en lo más elevado de mi alma, hay -otro amor superior al que me inspiras; pero este amor, lo mismo aquí que -muy lejos de aquí, te será siempre contrario. Por este amor no te -pertenezco. Por este amor no<span class="pagenum"><a name="page_279" id="page_279"></a>{279}</span> soy tuyo. Pero, ¿acaso puedes tú tener -celos del objeto vago é inexplicable de este amor?</p> - -<p>—Y ¿por qué no he de tenerlos? Contigo soy muy humilde, como tu esclava -debe ser, pero soy soberbia con los otros. No hay peri, no hay ninfa, no -hay genio, no hay espíritu que juzgue yo más noble y más bello que el -espíritu que anima mi ser, cuando en tu amor se diviniza y hermosea. Si -quieres entenderte con el espíritu sólo, si quieres ahondar en los -misterios que nos circundan y donde no penetran nuestros groseros -sentidos, toma un puñal y mátame. Libre mi espíritu de esta ciega -prisión, no será sordo á tus evocaciones ni rebelde á tu mandato. Mi -voluntad amorosa tendrá fuerza bastante para quebrantar las leyes de -naturaleza; para traspasar los límites del reino de las sombras; para -llegar hasta tí; para acariciarte y besarte en el mismo centro del alma; -para decirte lo inefable; para narrarte lo inenarrable y para traer á tu -conocimiento las ocultas verdades, rompiendo el sello que las encubre. -Mátame, y ya verás cómo el lazo con que el amor me liga á tí no se -rompe, y cómo se abre para tí el reino de las sombras, en el que tendrás -una esclava.</p> - -<p>Ciertamente que á tan enamoradas frases era difícil contestar. No había -otra contestación que cortarlas con un beso; que cerrar con los labios -los labios de que salían.<span class="pagenum"><a name="page_280" id="page_280"></a>{280}</span></p> - -<p>Así lo hizo el Rey Tihur, exclamando después de una breve pausa:</p> - -<p>—La culpa es mía; indudablemente la culpa es mía. Fue un egoísmo feroz -el que me incitó á hacerme amar de tí, que eres una niña. Yo soy un -viejo de corazón gastado, y apenas si puedo darte nada á trueque de los -inagotables tesoros de amor que tu alma guardaba y que tomé para mí. Los -robé miserablemente, pues nada puedo darte en cambio. No, Peridot, yo no -te amo como tú me amas, ni lograré amarte nunca. Esta sola consideración -me induciría á partir, aun cuando no hubiese otra. Tal vez la ausencia -te curará del amor inmerecido que he llegado á inspirarte. Olvídame; haz -cuenta de que no existo y consagra á otro hombre ese amor que yo sé -estimar, pero no pagar. Las puertas del <i>gineceo</i> están abiertas para -tí. Eres libre; válete de tu libertad.</p> - -<p>Al oir esto Peridot, rompió en desconsolado llanto y en ternísimos -sollozos; tibias y claras lágrimas se deslizaron por sus mejillas de -rosa; y su cabeza, como flor que agosta el sol de estío, se inclinó -lánguida sobre el pecho del Rey Tihur.</p> - -<p>—Yo soy tu esclava—prorrumpió;—yo quiero ser y seré siempre tu -esclava. La cadena con que me has atado es más dura que el diamante, más -poderosa que la muerte. Ames ó no á Peridot, Peridot te amará con -inmortal cariño.<span class="pagenum"><a name="page_281" id="page_281"></a>{281}</span></p> - -<p>Al decir esto, desató la cinta que sostenía los cabellos sobre su -frente, y suspendió en ella dos pequeños discos de oro que antes estaban -ligados á sus brazaletes por unas argollitas. Los discos podían unirse -por medio de resortes. Arrancando luego de su peinado varias hojas de -hiedra, las puso y encerró entre los discos, y ató la cinta de que -pendían al cuello del Rey Tihur.</p> - -<p>—La hiedra—dijo—es símbolo de mi amor, de la fuerza que á tí me liga. -Sea esta joya un talismán que te traiga venturas, que te preserve de -males y que te recuerde mi afecto.</p> - -<p>El rey prometió á Peridot llevar siempre sobre el pecho aquel talismán; -y, si bien era poco aficionado á jurar, juró amarla con fidelidad, juró -no amar á otra mujer más que á ella.</p> - -<p>En estas y otras finezas y pláticas dulces se pasó toda la noche y -sobrevino el alba.</p> - -<p>Aun no hemos dicho en qué estación del año nos hallábamos. Bueno será -decirlo ahora.</p> - -<p>Era la primavera alegre; los pájaros gorjeaban y celebraban en sus no -aprendidos cantos la luz del nuevo día, el cual anunciaba ser despejado -y sereno; un airecillo fresco y suave movía las blandas y recién nacidas -hojas de los árboles; un sutil aroma de flores y de búcaro ó de tierra -mojada por el rocío, subía hasta la estancia del rey.</p> - -<p>El momento de despedirse de Peridot era llegado.<span class="pagenum"><a name="page_282" id="page_282"></a>{282}</span> La despedida fué -tierna y dolorosa. Peridot lloró de nuevo, y faltó poco, muy poco, para -que no se desprendiesen dos lágrimas de los ojos del Rey Tihur.</p> - -<p>Envuelta Peridot otra vez en su manto negro, volvió á estrechar al rey -en un apretado y prolongado abrazo. Haciendo luego un esfuerzo, más bien -como quien huye, que como quien se retira, se fué por la misma puerta -por donde había entrado.</p> - -<p>Solo ya el Rey Tihur, dió fuertemente con el pie en el suelo, y se hirió -la frente con la palma de la mano, como quien anhela cobrar ánimo y -desechar vacilaciones y pensamientos que le embargan.</p> - -<h3>V.</h3> - -<p>Me parece conveniente, á fin de no fatigar á los lectores, contar en -brevísimo sumario, y sin entrar en pormenores inútiles, que el Rey Tihur -salió aquella misma mañana de Vesila-Tefeh con toda su comitiva. Cinco -días caminó por medio de fértiles campos y atravesando populosas aldeas, -donde sus vasallos le mostraban amor y sentimiento porque los dejaba. Al -día sexto, ya el camino y los campos circunstantes empezaban á ser -solitarios y estériles. Hubo, sin embargo, una pequeña población donde -reposar aquella noche.<span class="pagenum"><a name="page_283" id="page_283"></a>{283}</span></p> - -<p>En todo este tiempo nada ocurrió que importe ó interese á nuestra -historia.</p> - -<p>Al séptimo día, volvieron el rey y su séquito á emprender el viaje muy -de mañana. Y ya declinaba el sol hacia el ocaso, tiñendo de topacio y de -púrpura el horizonte y rielando en las ondas del mar Caspio, no lejos de -cuya orilla caminaban, cuando acertaron á divisar el río Djan-Deria, que -como un ancho listón de plata, cortaba la extensa llanura.</p> - -<p>Por más que picaron á las caballerías y á las reses, no llegaron á la -orilla del río hasta bien entrada la noche. Acamparon, pues, en la -orilla, y esperaron el alba para pasar el río.</p> - -<p>Á fin de que los más pudiesen dormir seguros, vigilaban alternativamente -de cuatro en cuatro los guerreros del Rey Tihur, evitando toda sorpresa -de fieras ó de bandidos.</p> - -<p>Al amanecer, al toque de una trompeta, los guerreros se pusieron de pie -y empuñaron las armas; y los siervos y los pastores acudieron á -prepararlo todo para el paso del río.</p> - -<p>Pronto, con bien afiladas segures, cortaron multitud de álamos, chopos, -mimbrones y sauces, de los cuales, entrelazados con cuerdas, que traían -preparadas al efecto, formaron seis grandes balsas y las pusieron á -flote. En una colocaron el carro del Rey Tihur y sobre el carro subió el -rey. Amrafel y<span class="pagenum"><a name="page_284" id="page_284"></a>{284}</span> doce de sus más bravos guerreros iban acompañándole en -la misma balsa. En las cinco restantes, se pusieron todas las vituallas -y riquezas que habían traído á lomo las mulas. Para mover las balsas y -hacerlas llegar á la otra orilla, aunque cediendo algo á la corriente, -iban en cada una ocho ó diez vigorosos esclavos que rompían el agua con -largos remos. Además, las mulas más fuertes, atadas á las balsas, -tiraban de ellas nadando.</p> - -<p>El caballo del Rey Tihur pasó también á nado, llevado del diestro por el -escudero Samec. De la misma suerte se aventuraron á pasar otros seis -guerreros, con las armas y las ropas de que se habían desnudado, puestas -sobre sendas odres atadas á las colas de los caballos. Otros tantos -esclavos, hábiles nadadores, iban asidos á las odres é impedían que se -volcasen.</p> - -<p>El río era por allí muy ancho, y la corriente rápida. Más de una hora -tardaron en pasarle, llevados hacia el mar por el ímpetu del agua á más -de media legua de distancia del punto de que habían salido. El mar -distaba aún otra media legua del punto de desembarque.</p> - -<p>Mientras pasaban, dijo Amrafel al Rey Tihur:</p> - -<p>—Bueno es, señor, que te apercibas. Presiento que nos aguarda un gran -peligro al llegar á la otra orilla de este río. Tú no ignoras cuán -perspicaz y penetrante es mi vista. Pues bien; entre<span class="pagenum"><a name="page_285" id="page_285"></a>{285}</span> aquellas enormes -jaras, malezas y zarzales que el violento curso del río nos hace dejar á -la izquierda, me ha parecido advertir un movimiento como de muchos -hombres emboscados. Tal vez sean ladrones ó piratas iberos y albaneses, -que desde las opuestas riberas del mar Caspio, á la falda del Cáucaso -gigantesco, aportan á veces hasta nuestras playas en sus ligeras -embarcaciones.</p> - -<p>No pareció verosímil al Rey Tihur esta suposición, ni fundado el recelo -de Amrafel. Sin embargo, se preparó para cualquier evento, y fué el -primero que saltó en tierra armado. Siguiéronle Amrafel y los doce -guerreros que en la misma balsa venían.</p> - -<p>Pronto estuvieron también desembarcadas las vituallas y las riquezas de -las otras balsas, como también el caballo del Rey y los seis guerreros -que habían venido nadando.</p> - -<p>El resto de las fuerzas del Rey Tihur, las reses, los pastores y las -acémilas, habían quedado en la opuesta orilla; pero lo más codiciable y -precioso estaba con el Rey Tihur.</p> - -<p>Las malezas donde Amrafel había creído advertir el movimiento -sospechoso, habían quedado muy distantes. Nada se notaba que confirmase -la sospecha.</p> - -<p>El Rey Tihur mandó á parte de su gente que volviese con las balsas á la -opuesta orilla para traer á los que allí quedaban.<span class="pagenum"><a name="page_286" id="page_286"></a>{286}</span></p> - -<h3>VI.</h3> - -<p>En la orilla del Djan-Deria, á donde había pasado el Rey Tihur, la -vegetación era más pobre que en la orilla opuesta. Las rojas y estériles -arenas del Kizil-Cun, que el viento atraía por aquella parte hasta el -mismo borde del río, quitaban toda lozanía y todo vigor productivo al -terreno. Aquellas arenas se han ido extendiendo hacia el Norte con el -andar del tiempo, y han hecho cambiar de cauce al Djan-Deria no pocas -veces.</p> - -<p>En la época de nuestra historia ya he dicho que el Djan-Deria estaba en -su desembocadura á unas cincuenta leguas del Sir y de Vesila-Tefeh. El -desierto de Kizil-Cun allí mismo empezaba.</p> - -<p>Con todo, hasta donde las aguas y el limo fecundante del Djan-Deria -solían llegar en las mayores avenidas había hierbas y plantas, verdes y -floridas entonces por ser el mejor momento de la primavera.</p> - -<p>En torno del sitio donde el Rey Tihur había desembarcado crecían juncos -y espadañas, olorosa retama ó gayomba, cubierta entonces de sus flores -amarillas, y algunos espinos, tarajes y enebros raquíticos.</p> - -<p>Á cierta distancia, hacia la izquierda, el suelo parecía ser menos -infecundo, y se alzaba el bosquecillo<span class="pagenum"><a name="page_287" id="page_287"></a>{287}</span> ó matorral donde Amrafel habría -creído percibir el movimiento de gente emboscada.</p> - -<p>No bien se alargaba la vista á cien pasos del río, la vegetación -desaparecía casi por completo, y apenas se veía sino un llano -extensísimo, un mar de arena roja, cuya monotonía sólo alteraban las -dunas ó montecillos que solía formar la misma arena movediza.</p> - -<p>Á pesar de la tristeza de este paisaje, el aire sereno y puro, el cielo -azul y diáfano, el sol que vertía sus rayos espléndidos, alegrando la -tierra y dorando el ambiente, y algunas aves, como mirlos y alondras, -que cantaban entre las matas, daban cierto encanto agreste á aquel lugar -solitario, si bien no pocos grajos y cornejas, que se levantaban á -bandadas y volaban hacia el desierto parecían anunciar con sus -siniestros graznidos las fatigas y los trabajos que aguardaban allí á -nuestros caminantes.</p> - -<p>Los dos perros que el Rey Tihur había traído empezaron á ladrar como -sobresaltados y á correr husmeando entre los juncos y retamas.</p> - -<p>El Rey, en vez de subir en el carro, había montado á caballo, pues á -caballo se proponía hacer todas las jornadas del arenoso desierto. -Llevaba el Rey en la cabeza un yelmo en forma de tiara recta ó -cilíndrica, todo él de bronce bruñido y refulgente. Dos alas, caída á -los lados, le cubrían y defendían<span class="pagenum"><a name="page_288" id="page_288"></a>{288}</span> las sienes y orejas. Vestía una -túnica que llegaba á mitad del muslo, toda de piel de cabra ó de -estezado, en el cual estaban sobrepuestas infinitas escamas, de bronce -también, que formaban una vistosa y fuerte armadura. Los borceguíes y el -talabarte eran de cuero rojo. Del talabarte pendían un rico puñal con -puño de marfil, que representaba una serpiente, y una espada ancha, -grande, pesada y terrible, cuyo puño era de oro, obra de labor pasmosa, -donde un sabio artífice ninivita se había esmerado y lucido al figurar -un león que estrechaba entre sus garras una gacela. La aljaba, llena de -acicaladas flechas, de largos y flexibles juncos, y el arco poderoso, -que pocos hombres de entonces y muchos menos de ahora tendrían fuerza -para manejar, iban pendientes á la espalda. Las grevas eran asimismo de -estezado, revestidas de escamas como la túnica, y ajustadas al tobillo, -por cima de los borceguíes, con broches de oro primorosos. Cubrían, por -último, los muslos del rey, y llegaban hasta por bajo de las rodillas, -unos calzones anchos de lana, que usaron los pueblos del Norte del Asia, -según Heródoto, y que los griegos y romanos designaron con el nombre de -<i>sarabaras</i>.</p> - -<p>Amrafel, á caballo al lado del rey, no vestía ya su traje áulico, sino -un traje militar, casi idéntico al del rey, aunque menos rico. Del mismo -modo<span class="pagenum"><a name="page_289" id="page_289"></a>{289}</span> iban los guerreros de la escolta. Sin embargo, en vez del yelmo, -en forma de tiara recta, que ornaba la cabeza del rey, tenían capacetes -cónicos, sin cresta ni penacho. Todos, por último, llevaban rodelas, y -para guarecerse del frío, capas, mantos, ó como quieran llamarse, que -cuando no se abrigaban con ellos, iban suspendidos á las ancas de los -caballos.</p> - -<p>Todos los objetos que habían venido á lomo de las mulas y pasado el río -en las balsas, estaban amontonados en la orilla. El rey, Amrafel y los -dieciocho guerreros, que ya también habían pasado, formaban un lucido, -aunque pequeño escuadrón, y aguardaban á pie firme á que el resto de la -caravana pasase.</p> - -<p>Las balsas en tanto se alejaron de la orilla del Sur y se encaminaron -lentamente á la otra en busca de los que allí quedaban.</p> - -<p>Amrafel casi había ya perdido el recelo de un mal encuentro, cuando los -perros ladraron otra vez con más ahinco y furor que en un principio. -Oyóse entonces un silbido agudo, y cual si fuera convenida señal, vieron -el rey y su gente una nube de flechas y de piedras que caían sobre -ellos.</p> - -<p>—Son bandidos de Iberia y de Albania, como yo temía;—dijo Amrafel al -rey.</p> - -<p>En efecto, de entre los juncos y retamas por donde habían venido -recatándose acababan de salir<span class="pagenum"><a name="page_290" id="page_290"></a>{290}</span> como unos cincuenta hombres, que con -arcos y hondas, á una distancia de mucho más de cien varas, hicieron -aquel disparo. Los bandidos vestían trajes de pieles y cubrían las -cabezas con sombreros de fieltro, semejantes á los que usaron en Roma -los gladiadores tracios. Una pluma de águila adornaba la punta de cada -sombrero. El aspecto de los bandidos era feroz y bárbaro.</p> - -<p>—¡Á ellos!—exclamó el Rey Tihur, y lanzó su caballo á galope. Amrafel, -Samec y los demás le seguían.</p> - -<p>Las primeras flechas y piedras no habían herido á ninguno de los -vesilianos, los cuales, cubiertos con las rodelas y defendidos por sus -armaduras, avanzaban hacia el enemigo. El disparar de las flechas y de -las piedras no cesaba un instante; pero Tihur y los suyos no tiraban -flechas, sino que con las espadas desnudas iban á dar caza á los -bandidos.</p> - -<p>Como éstos vieron á los caballos á menos de treinta pasos dispararon con -más tino que nunca, y al punto se pusieron en fuga. Á Amrafel le deshizo -una enorme piedra parte de la armadura de un hombro. Al rey le tocaron -dos flechas, y una se rompió en la rodela, y otra se embotó en las -<i>sarabaras</i>. Tres caballos, atravesados por otras tantas flechas, -cayeron muertos á poco, haciendo rodar en el polvo á sus jinetes.<span class="pagenum"><a name="page_291" id="page_291"></a>{291}</span></p> - -<p>En aquel momento, la gente de Vesila-Tefeh se hallaba ya en el mismo -lugar donde los bandidos se habían mostrado. Los bandidos, huyendo, -habíanse puesto á bastante distancia.</p> - -<p>Al caer muertos los tres caballos, pararon un instante los demás del -escuadrón. Entonces resonó, á un paso de donde estaban, un alarido -salvaje, y de un lado y otro, de entre el taraje y la maleza, salieron -de improviso otros treinta ó cuarenta bandidos que allí estaban en -acecho. Unos traían largos escudos cuadrangulares y convexos; otros, el -brazo izquierdo envuelto en un paño que les servía de escudo; todos -empuñaban cuchillos corvos, con el filo hacia dentro y con aguzada -punta, semejantes en la forma á los colmillos de jabalí. Era el arma que -usaron posteriormente los tracios y otros pueblos bárbaros del Norte. -Los romanos la llamaron <i>sica</i>, de donde proviene el nombre de -<i>sicario</i>. Agachándose con esta arma, el que sabía manejarla asestaba á -su contrario el golpe de abajo arriba, á fin de abrirle el vientre.</p> - -<p>El Rey Tihur, con más rapidez que lo que podemos tardar en decirlo, -comprendió el gravísimo peligro en que se hallaba. Él y los suyos -estaban cercados de enemigos. Los que habían ido huyendo, para traerlos -hasta aquel sitio, iban también á caer sobre ellos. Aguardar á caballo á -los bandidos, que se deslizarían y meterían hasta entre las<span class="pagenum"><a name="page_292" id="page_292"></a>{292}</span> piernas de -los caballos y los matarían con sus terribles cuchillos, era exponerse á -morir sin gloria y sin completa venganza. Abrirse camino por entre los -bandidos y salir á escape de aquel trance, no era difícil, pero era -deslucidísimo. Para el Rey Tihur era insufrible la idea sola de huir -ante aquellos miserables. Parecíale ver á todos sus gloriosos -antepasados, á todos los espíritus de los héroes de su estirpe, -empezando por el ilustre Cayumor, que se levantaban airados á fin de -atajarle en la fuga. Creía oir las voces de todos ellos que le gritaban:</p> - -<p>—Es preferible la muerte.</p> - -<p>Todo este razonamiento fué instantáneo; pasó veloz como un relámpago por -la mente del Rey Tihur. Pasó tan veloz, que los bandidos que no tenían -más que dar un salto para estar encima, no le habían dado aún, cuando el -Rey Tihur exclamó con voz serena é imperativa:</p> - -<p>—¡Todos á pié, agrupados en torno mío!</p> - -<p>No había terminado de pronunciar estas palabras, cuando ya estaba pié á -tierra. Golpeó entonces de plano con la espada en la grupa de su -caballo, y el caballo dió dos ó tres botes y saltó por medio de los -sicarios, derribando á dos que se le opusieron y no lograron herirle. -Amrafel y los demás de la banda del Rey hicieron lo mismo con prontitud -maravillosa. Sueltos los caballos todos,<span class="pagenum"><a name="page_293" id="page_293"></a>{293}</span> se lanzaron á galope hacia el -punto, en la orilla del río, donde las vituallas y riquezas, el carro, -las zebras y algunas mulas estaban bajo la custodia de ocho esclavos, -excelentes flecheros.</p> - -<p>Algunos, aunque pocos bandidos, se dirigieron en pos de los caballos; -pero los ocho esclavos acababan de levantar con los sacos ó cargas una -especie de parapeto, y desde allí, resguardados, disparaban sus flechas. -Cuatro bandidos cayeron mal heridos por ellas; otros seis ó siete se -volvieron á donde estaban sus camaradas, que ya combatían contra el Rey -Tihur.</p> - -<p>Éste había colocado rápidamente á sus compañeros en una sola línea, -quedándose él en medio. Á su derecha Amrafel, Samec á su izquierda. La -línea se doblaba ó formaba un ángulo, en cuyo vértice estaba el Rey. Los -lados del ángulo ya se abrían, ya se cerraban hasta juntarse, según lo -requerían los accidentes de la batalla. Así presentaban siempre la cara -al enemigo, el cual no podía herirlos ni por la espalda ni por los -costados.</p> - -<p>De los tres guerreros que habían caído al caer sus caballos muertos, dos -habían logrado salvarse, y habían venido á ser parte en aquella -formación. El otro, cogida una pierna bajo el cuerpo del caballo, no -tuvo tiempo para levantarse, y estando caído, uno de los bandidos le -segó la garganta.</p> - -<p>Lo más recio de la pelea era en el vértice del<span class="pagenum"><a name="page_294" id="page_294"></a>{294}</span> ángulo, donde estaba el -Rey. Por ambos lados se precipitaban sobre él los sicarios. Cuando -paraba Tihur un golpe por un lado, por el opuesto le descargaban otro -golpe. Éstos le tiraban á la cara; aquellos, en tanto, se bajaban y -pugnaban por herirle en el vientre. Tihur se defendía y ofendía con -esfuerzo incansable y ligereza sobrehumana. Á tres había ya derribado de -otras tantas cuchilladas. El macizo y artístico puño de oro de su espada -tremenda se había hundido ya en el cráneo de otros dos, que agachados -habían venido á herirle. El puño de su espada y su homicida diestra -ponían grima con la sangre y las vísceras trituradas.</p> - -<p>El ataque primero de los bandidos duró dos ó tres minutos. Este tiempo -bastó para que, según hemos dicho, el Rey pusiese á cinco fuera de -combate. Amrafel, Samec y los demás guerreros habían muerto ó herido á -otros seis. Sólo dos de los guerreros vesilianos habían perecido; el que -cayó con la pierna bajo el caballo, y otro en la formación, junto á -Samec. Uno de los bandidos, poniéndose de rodillas delante de él, y -antes de que acudiera á defenderse, le rasgó el vientre con el cuchillo, -destrozándole y sacándole las entrañas.</p> - -<p>Sin embargo, las dos hileras de los vesilianos parecían un muro de -bronce, que se movía sin romperse y daba la muerte á cuantos á él se -acercaban.<span class="pagenum"><a name="page_295" id="page_295"></a>{295}</span></p> - -<p>Los bandidos rechazados, retrocedieron, exhalando gritos roncos como el -rugir de las fieras, y pronunciando palabras bárbaras é incomprensibles -para los de Vesila-Tefeh. El ángulo que éstos formaban, se abrió -entonces hasta reducirse á una sola línea, la cual se adelantó sin -deshacerse hacia los fugitivos.</p> - -<p>Los bandidos, que se habían retirado después de tirar las flechas para -atraer á la emboscada á los guerreros del Rey Tihur, habían vuelto -durante la corta lucha que hemos descrito, y estaban ya á pocos pasos.</p> - -<p>Los vió Tihur con mirada de águila, y en el momento en que dispararon, -ordenó á su gente que cejase, formando el ángulo de nuevo. La descarga -apenas halló blanco en que dar. Sólo sobre las rodelas de Tihur, de -Amrafel y de Samec, vino á chocar con estruendo una granizada de flechas -y de piedras.</p> - -<p>Al ver los de los cuchillos ó <i>sicas</i> que sus compañeros, con los arcos -y hondas, les daban tan oportuno auxilio, arremetieron otra vez á los -vesilianos con brío descomunal y con furioso ímpetu. Otros dos guerreros -de Tihur cayeron muertos en este segundo ataque; pero también murieron -los matadores. Las sombras de los guerreros vesilianos no quedaron -inultas.</p> - -<p>En silencio admirable, sin una voz, sin una queja,<span class="pagenum"><a name="page_296" id="page_296"></a>{296}</span> sin una imprecación, -seguían todos combatiendo. Los sicarios acudían más que sobre ningún -otro sobre el Rey Tihur; pero Samec y Amrafel combatían á su lado, y le -ayudaban á rechazar al enemigo. Tihur, con todo, se vió en un momento -acometido por tal turba, que apenas tenía vagar sino para herir con la -espada y parar las puñaladas con la rodela de triple cuero de buey y -doble plancha de bronce. Estando en esta lucha con los del cuchillo, los -arqueros y honderos no cesaban de disparar. Distraído el Rey Tihur, no -pudo precaverse ni presentar el escudo contra una piedra enorme, que -disparada de muy cerca con mano robusta y certera, partió zumbando de la -honda, y vino á dar de lleno en la refulgente tiara, abollando el limpio -bronce de que estaba hecha, y desligándola de las carrilleras que la -sostenían. La tiara rodó por el suelo, y la cabeza del Rey quedó -desnuda, brillando al sol, más que el bronce de las armas, su lustrosa y -luenga cabellera rubia.</p> - -<p>No quedó gota de sangre en las venas y arterias del Rey Tihur que no -sirviese entonces de ira. En aquella ofensa hecha á su persona sagrada, -vió el Rey una ofensa hecha á toda la raza divina de que descendía. Los -manes todos de los reyes gloriosos de Ariana Vaega ó tenían que ayudarle -en tan espantosa cuita ó le renegaban por descendiente. El Rey Tihur -creyó sentir entonces<span class="pagenum"><a name="page_297" id="page_297"></a>{297}</span> que penetraban en su ser, y llegaban filtrándose -hasta su corazón los espíritus de los héroes de su raza, infundiéndole -un ánimo sobrenatural y un coraje indómito.</p> - -<p>—No ha de quedar bandido vivo;—exclamó.—Es menester que todos mueran. -Yo sólo basto á matarlos. Sus viles cuchillos no llegarán á tocarme. No -es posible ¡oh Cayumor! que tú consientas en que muera tu nieto á manos -de ladrones.</p> - -<p>Diciendo estas palabras, se pensaría que el Rey Tihur habíase -transfigurado; que un fuego aterrador brotaba de sus ojos; que un nimbo -deslumbrante, que una llama eléctrica ardía en torno de sus sienes, -alzándose larga y horrible sobre la desnuda cabeza. Todos los guerreros -del Rey Tihur imaginaron ver ó vieron en realidad, aquella portentosa -llama, efecto acaso de los espíritus; obra tal vez de un magnetismo -extraordinario, ingénito y propio de aquella naturaleza privilegiada, -exaltada entonces por una pasión inmensa y vehemente. El ardor de -aquella llama encendió los corazones de los guerreros del Rey Tihur. La -fuerza y el aliento de cada uno de ellos redoblaron desde aquel -instante.</p> - -<p>Y sin duda, un prodigio era necesario para poder salvarse de los -bandidos. Á pesar de los muertos, la malvada tropa se había aumentado -con muchos de los arqueros y honderos, los cuales, juntos<span class="pagenum"><a name="page_298" id="page_298"></a>{298}</span> ya con los -otros, habían también puesto mano al cuchillo y cargaban -desesperadamente sobre Tihur y los suyos, brincando como panteras ó -arrastrándose como serpientes.</p> - -<p>El rey, Amrafel, Samec, cada uno de los guerreros vesilianos dió muerte -por lo menos á un bandido en aquella feroz pelea; pero también mordieron -el polvo cinco vesilianos más.</p> - -<p>Por tercera ó cuarta vez retrocedían llenos de terror los bandidos, -cuando los arqueros y honderos todos, sin que faltase uno, vinieron á -reforzarlos. También el Rey Tihur tuvo un pequeño refuerzo. Los ocho -esclavos, abandonando los sacos, las mulas, el carro y los demás -objetos, llegaron en su socorro. La última lucha, más recia, más cruda, -más desesperada que las anteriores, se emprendió ya sin que nadie -combatiese desde lejos, sino cerrando unos contra otros con sed de morir -ó matar.</p> - -<p>Los bandidos caían muertos ó heridos, pero su número era seis veces -mayor que el de los vesilianos, y éstos empezaron á perder terreno, -aunque sin abandonar la formación ni emprender la fuga.</p> - -<p>Es cierto que el que hubiera emprendido la fuga hubiera muerto al punto. -Con el peso de las armas nunca hubiera podido sustraerse á sus ligeros -perseguidores. Aun así, aun conservando la serenidad, el orden y la -formación prescripta, pronto murieron dos guerreros más de los -vesilianos y dos de<span class="pagenum"><a name="page_299" id="page_299"></a>{299}</span> los esclavos que habían acudido á socorrerlos. -Quedaban sólo el Rey Tihur, Amrafel, Samec, siete guerreros de la -guardia y seis esclavos. Trece de los del Rey Tihur habían ya perecido.</p> - -<p>Los que habían quedado en la orilla opuesta venían navegando en las -balsas, veían la lucha desigual y ansiaban llegar en auxilio del rey; -pero la corriente los alejaba del combate y dilataba el tiempo de tocar -el borde Sur del Djan-Deria, donde el combate ocurría.</p> - -<p>Á milagro pudiera atribuirse que el Rey Tihur, más atacado que ninguno -otro, se conservase aún incólume, sin herida ni lesión alguna. Tal vez -su mirada tenía fuerza de matar como la mirada del basilisco; tal vez el -resplandor de sus ojos turbaba, aterraba, cegaba á sus contrarios; tal -vez su majestad tranquila y como celeste, en medio de aquel sangriento -tumulto, les hacía perder el tino.</p> - -<p>Con todo, el capitán de los bandidos, ó el que parecía serlo como el más -audaz y más diestro de todos, se arrojó tan súbito sobre el Rey Tihur, -que éste no tuvo tiempo de herirle con la espada, ni de contenerle con -la rodela. El bandido, soltando el escudo, echó el brazo izquierdo al -cuello del Rey Tihur, le hizo vacilar sobre sus piernas robustas y -estuvo á punto de derribarle. Al propio tiempo, y con no vista presteza, -le tiró á la garganta una puñalada con toda la pujanza y el encono de -que era<span class="pagenum"><a name="page_300" id="page_300"></a>{300}</span> capaz. Por dicha, el Rey Tihur, aunque cedió un instante á la -fuerza de aquel bárbaro, é inclinó la cabeza de suerte que la garganta -estuvo á punto de que en ella se clavase el cuchillo, todavía se repuso -y echó el cuerpo atrás en ocasión que el cuchillo del caucasiano vino á -herirle. El cuchillo, en vez de dar en la garganta descubierta, dió con -tal violencia en el pecho del rey, que, rompiendo y destrozando varias -de las escamas de bronce, resbaló y llegó á clavarse en un costado. La -noble sangre de los héroes del primitivo imperio de Ariana-Vaega y de -los reyes de Escitia brotó impetuosa por la herida; pero, casi -simultáneamente, el Rey Tihur dió con el pomo áureo de su espada tan -rudo golpe en el hombro izquierdo de su contrario, que le volcó de -espaldas sobre la dura tierra. Un ruido temeroso hizo aquel bárbaro al -caer, como el ruido que hace un roble fortísimo cuando el huracán le -arranca de cuajo y le derrumba. Antes de que el bárbaro pudiera -levantarse vino sobre él Tihur, con la celeridad del rayo, y con el -tacón de bronce de su coturno le acertó tan certera y violentamente en -una sién, que la machacó y aplastó como quien aplasta una víbora.</p> - -<p>Muerto ya el capitán de los bandidos, todos iban á desbandarse y á -emprender la fuga; pero una nube sombría cubrió los ojos del Rey Tihur, -y hubiera caído desmayado al suelo, con la pérdida de<span class="pagenum"><a name="page_301" id="page_301"></a>{301}</span> la sangre, si -Amrafel no hubiese acudido á sostenerle en sus brazos.</p> - -<p>Los bandidos, al ver que el rey caía, recobraron el aliento y se -revolvieron contra él y contra Amrafel. Los vesilianos cercaron al rey -para defenderle hasta morir.</p> - -<p>Toda esperanza parecía ya locura ó sueño. Amrafel, Samec y los otros -vesilianos tenían la perdición por segura é inminente. No les quedaba -otro recurso ni otro consuelo que vender caras sus vidas y morir -matando.</p> - -<p>El Rey Tihur no había perdido el sentido, aunque sí la voz y las -fuerzas. No hablaba ni combatía, pero pensaba.</p> - -<p>Un pensamiento, tan generoso como amargo, se fijó entonces en su mente -causándole más dolor que la herida. Todos aquellos hombres, sus amigos, -sus leales servidores, iban á morir ó habían muerto ya por su culpa, por -un capricho suyo.</p> - -<p>Quizás hallen anacrónico mis lectores este pensamiento, ó mejor dicho, -este sentimiento filantrópico del Rey Tihur; pero créanme, no hay ni ha -habido jamás anacronismo en esto de sentimientos. Y así como hoy, en -pleno siglo <small>XIX</small>, hay reyes que ven impasibles que mueran millares y -millares de hombres por su culpa, bien pudo haber entonces un rey tan -humano que se afligiese de que unos pocos muriesen por él. Ello es, que -Tihur no<span class="pagenum"><a name="page_302" id="page_302"></a>{302}</span> lamentó su herida ni su posible muerte, sino las heridas y la -muerte de los otros, y no consideró que en su época era indispensable -exponerse á casos tan crueles, ó permanecer siempre sin salir del -alcázar.</p> - -<p>Entre tanto, la misma energía de aquel sentimiento de piedad hacia sus -compañeros fué como un bálsamo en la herida, é hizo que el Rey Tihur se -recobrase un poco. Desprendióse de los brazos de Amrafel y le dijo:</p> - -<p>—Defiéndete y déjame.</p> - -<p>Á pesar de la sangre que perdía, Tihur no soltó ni el escudo ni la -espada, y quedó en pie, después de apartarse de los brazos de su -favorito, pero quedó retraído é inerte.</p> - -<p>Delante de él combatían Amrafel, Samec y los demás guerreros. Los -bandidos, sin embargo, los obligaban á cejar y á irse retirando, aunque -sin poder romper fila. El rey cejaba, harto á disgusto, y á pesar de lo -débil que se sentía, entraba ya en deseo de volver á ponerse delante y -de pelear como los otros, ó más que los otros.</p> - -<p>Solicitado por este deseo y por la contraria convicción de la debilidad -que le aquejaba, alzó las manos al cielo y evocó con fe profunda los -espíritus de sus mayores.</p> - -<p>De repente, y como si fuera en respuesta de su evocación, silbó una -flecha que vino á clavarse en<span class="pagenum"><a name="page_303" id="page_303"></a>{303}</span> el pecho de uno de los bandidos y le hizo -caer en seguida al suelo, revolcándose en su sangre; un instante después -silbó otra flecha y mató á otro bandido. La tercera y la cuarta flecha -no tardaron en llegar, causando idéntico destrozo. Quizás una sombra -inteligente, un espíritu invisible las disparaba.</p> - -<p>Así los bandidos como los guerreros vesilianos atribuyeron á prodigio -aquella inesperada intervención. Los guerreros vesilianos volvieron á -confiar en la fortuna y pelearon con más denuedo.</p> - -<p>Entonces apareció á deshora el arquero diestro y milagroso. Salió de -entre las matas cercanas como si del centro de la tierra saliese. Una -extraña hermosura resplandecía en todo su ser. Su mirada era dulce y -zahareña al propio tiempo. Sus negros ojos eran suaves y terribles, como -si á la vez anidasen en ellos el amor y la muerte. Su traje era casi -igual al de los guerreros vesilianos, sólo que, en vez de capacete -llevaba un gorro colorado en la cabeza. Su talle era esbelto y gallardo; -su estatura elevada; marcial su apostura, y su rostro bello y juvenil; -negra y sedosa la barba; la tez morena, y todo él agraciado, noble y -simpático. Sus cabellos le caían en rizos sobre la espalda.</p> - -<p>Con rápidos pasos vino á lanzarse sobre los bandidos. Mientras caminaba, -echó á la espalda el arco y sacó de la vaina la espada y el puñal, -armadas<span class="pagenum"><a name="page_304" id="page_304"></a>{304}</span> así ambas manos, y sin escudo. Al mismo tiempo, y arrojándose -ya sobre los bandidos, dijo con voz sonora, en el mismo lenguaje ariano -que hablaba el Rey Tihur:</p> - -<p>—El cielo te protege, ¡oh Rey Tihur!, y me envía aquí para que te -salve. ¡Sus y á ellos, oh valeroso Amrafel! ¡Oh fuerte y leal Samec! -¡Oh, vosotros, clarísimos vesilianos!</p> - -<p>Al oírse nombrar por aquel desconocido, se corroboraron todos en creer -su celestial ó sobrenatural procedencia. Sólo se atrevió á contestarle -Tihur:</p> - -<p>—¡Bien venido seas y bendito! Tú eres sin duda un <i>ized</i>, un genio, un -enviado de Ahura-Mazda.</p> - -<p>Aún no había terminado el rey esta frase, cuando ya el desconocido, en -medio de los bandoleros, revolviéndose á un lado y á otro, é hiriendo y -parando á la vez con la espada y el puñal, causaba más estragos y -muertes que un fiero león en un rebaño de tímidas ovejas.</p> - -<p>Los bandidos, aterrados, se pusieron pronto en precipitada fuga, en -dirección hacia el mar, donde estaban, sin duda, los barcos en que -habían venido, junto á la desembocadura del Djan-Deria; pero el resto de -la caravana del Rey Tihur acababa de desembarcar y les cortó la -retirada.</p> - -<p>En tanto, el desconocido, el Rey Tihur, á pesar de su herida, y todos -los guerreros vesilianos, empuñaron<span class="pagenum"><a name="page_305" id="page_305"></a>{305}</span> los arcos y acosaron é hirieron con -sus flechas á los que huían. Hasta los perros, que habían estado -medrosos é inertes durante la refriega, y sólo cuando fué herido el Rey -Tihur habían dado muestra de sí, prorrumpieron en lastimeros aullidos, -cobraron valor entonces, y ladrando y corriendo, como en la caza, se -pusieron á perseguir á los bandoleros.</p> - -<p>El dicho del Rey Tihur casi vino á cumplirse.</p> - -<p>—No ha de quedar ninguno vivo—había dicho,—y efectivamente, parecía -que no había quedado vivo ni uno solo. Aun los que trataron de -esconderse entre la maleza fueron descubiertos por los perros y muertos -á flechazos ó á cuchilladas por los vesilianos.</p> - -<h3>VII.</h3> - -<p>Todavía andaban los guerreros vesilianos dando caza á los fugitivos -ladrones, cuando el Rey Tihur, conducido en brazos de Amrafel y de -Samec, había llegado á la orilla del río, donde estaban los sacos y -cargas.</p> - -<p>Allí, extendido en un lecho que le habían preparado al aire libre, -porque las tiendas estaban aún por desembarcar, el rey se dejó curar la -herida por Amrafel, que era hombre docto en aquel arte. Amrafel conoció -al punto que la herida, aunque ancha, era poco profunda y nada grave ni<span class="pagenum"><a name="page_306" id="page_306"></a>{306}</span> -peligrosa. El puñal había resbalado en vez de ahondar, y había dejado -ilesa toda entraña. La causa del desmayo del rey había sido la gran -pérdida de sangre, aumentada por los esfuerzos que hizo combatiendo -después de herido.</p> - -<p>Un personaje singular estaba al lado de Amrafel y le ayudaba en la cura. -Nadie había reparado, durante la batalla, en aquel personaje que, sin -embargo, se había mostrado en pos del guerrero desconocido; pero, fijas -en éste todas las miradas y la atención toda, no había sido vista una -vieja, alta y delgada hasta el extremo de asemejar á un esqueleto, la -cual seguía al guerrero misterioso.</p> - -<p>En el momento de ir á curar la herida al rey, la vieja se ofreció á -hacerlo, jactándose de su ciencia. El guerrero misterioso aseguró que de -ella podían fiarse.</p> - -<p>Iba la vieja con una ropa talar desgarrada, pero que se conocía haber -sido rica y elegante. Un manto negro de lana le cubría la espalda, -prendido al hombro por un broche dorado. Sus cabellos, blancos como la -plata, aunque sostenidos en parte por un cordón, dejaban flotar muchos -mechones en desorden y á merced del viento. Sus manos eran tan flacas y -tan descarnados los dedos, que parecían transparentes. Sus ojos, -pequeños y vivos, lanzaban de sí miradas escudriñadoras; su nariz era -aguileña y fina; su boca, sumida y sin dientes,<span class="pagenum"><a name="page_307" id="page_307"></a>{307}</span> mostraba los colmillos -afilados y largos, que asomaban por entre los labios sutiles y -fruncidos. Llevaba la vieja un zurrón ancho de piel de tejón, atado al -cinto sobre la cadera, y en la diestra un báculo, que más que para -apoyarse, aparentaba ser signo de autoridad y dominio, ó vara mágica y -de virtudes. La vieja andaba á grandes pasos, firme y derecha como una -moza de veinte primaveras, ó más bien como un granadero prusiano de -nuestros días, que esté muy ducho en lo que llaman la marcha gimnástica.</p> - -<p>En suma, todo el continente de la vieja era raro por demás, y hubiera -podido servir de modelo á un hábil artista para pintar ó esculpir la -Sibila pérsica ó la Sibila eritrea.</p> - -<p>Mientras duró la operación de curar la herida, la vieja hizo visajes y -signos con las manos, y murmuró ó rezó en voz sumisa ensalmos -ininteligibles. De su zurrón sacó hierbas para restañar la sangre, que -Amrafel reconoció, aceptó y aplicó.</p> - -<p>Y por último, cubierta ya y vendada la herida, la vieja dió al rey un -licor, también con permiso y beneplácito de Amrafel, el cual licor -infundió en el rey un sueño grato y delicioso.</p> - -<p>Cuando el rey despertó del sueño, se sintió tan aliviado y fortalecido, -que pensó en continuar la peregrinación al día siguiente. Ni Amrafel ni -la<span class="pagenum"><a name="page_308" id="page_308"></a>{308}</span> vieja se opusieron, con tal de que fuese el rey en el carro y no á -caballo.</p> - -<p>Durante la cura terminó la persecución y exterminio de los ladrones, y -se acabó de poner en tierra cuanto habían dejado en las balsas los -últimos que pasaron el río, á fin de acudir con más presteza al lugar -del combate.</p> - -<p>Guerreros, esclavos, caballos y acémilas, todo, en suma, se reunió en el -mismo lugar. Allí se desplegaron las tiendas y se formó el campamento -para reposar aquella noche.</p> - -<p>Una comida abundante restauró las fuerzas de todos.</p> - -<p>Después de la comida, el rey Tihur llamó á su tienda al guerrero -desconocido, y estando á solas con él le habló de esta manera:</p> - -<p>—Valeroso joven, tú me has salvado hoy de una muerte vergonzosa. Mi -gratitud será eterna. Díme quién eres para que sepa yo á quién estoy tan -obligado.</p> - -<p>—Mi nombre, ilustre príncipe, es Tidal.</p> - -<p>—Sin duda,—añadió el Rey,—que eres de sangre de héroes; de antigua y -clara estirpe. No parece que guarde tan soberano esfuerzo el corazón de -un hombre plebeyo y obscuro.</p> - -<p>—En verdad,—replicó Tidal,—yo me inclino á creer, como tú, que la -grandeza de ánimo y la virtud se heredan. De esta suerte se explica que -los<span class="pagenum"><a name="page_309" id="page_309"></a>{309}</span> hombres todos se mejoren, añadiendo los que nacen después á la -nobleza heredada de otros la por ellos adquirida. Si nada heredásemos, -si ninguna virtud se trasmitiese por herencia y con la sangre, los -hombres de hoy no valdrían más que los de ayer, ni jamás ganaría nada el -humano linaje, como yo entiendo que gana. Así, pues, no atribuyo á -preocupación de casta tu idea de que debo ser noble de nacimiento, -porque me he mostrado fuerte de cuerpo y de alma. Sin embargo, la ley no -es general. Castas hay que degeneran y otras que se levantan y -magnifican. La virtud que en una familia ilustre se extingue y se -pierde, renace en otra familia. Tal vez esta virtud, trasmitida por -algún héroe, progenitor mío, ha estado latente ú obscurecida largo -tiempo por la bajeza en que había caído mi familia, ó por otras causas -que no acierto á exponer, y ahora renace en mí; que no tengo nombre, ni -antecedentes, ni gloria heredada. Yo, Rey Tihur, no soy más que un -humilde mercader, hijo de otro mercader humilde.</p> - -<p>—¿Eres iraniense ó escita, ó de qué raza ó nación eres? Yo me complazco -en suponer y supongo que eres escita por la perfección con que te oigo -hablar mi idioma.</p> - -<p>—Ignoro si soy ó si puedo decir que soy escita ó iraniense; pero creo -que soy ario. Nací y me crié en Nimrud, á las orillas del río Tigris. Mi -padre<span class="pagenum"><a name="page_310" id="page_310"></a>{310}</span> y mi madre, de familia ariana ambos, vivían allí sujetos al -dominio de los caldeos-cushitas. Por las conquistas de los hijos de Asur -y del poderoso Nino, no consiguieron más que mudar de amo. Antes de -salir de la niñez me quedé huérfano de padre y madre. Un fiel servidor -cuidó de mí y de mi hacienda hasta que tuve dieciocho años. Entonces -aquel fiel servidor me hizo dueño de todos mis bienes, que consistían en -un gran tesoro de piedras y metales preciosos, y me dijo que mi destino -era cumplir grandes cosas, recorrer muchas tierras y vagar por todo el -mundo, hasta que hallase la ocasión propicia de llevar á dichoso fin la -gloriosa empresa que por el cielo me estaba encomendada.</p> - -<p>—¿Y no te designó esa empresa?</p> - -<p>—No me la designó. Ó lo ignoraba él mismo, ó entendía que los decretos -de la Providencia no habían de cumplirse sino á condición de que yo los -ignorase hasta un momento dado.</p> - -<p>—¿No marcó tu ayo ese momento?</p> - -<p>—Le marcó y no le marcó. Aquí hay algo que no me es lícito revelar: -juré no revelarlo nunca. Sólo puedo decirte que en una cajita cerrada, -que llevo siempre oculta en el cinto, y que sólo debo abrir cuando -aparezcan ciertas señales, hay un escrito que me dará luz sobre todo. Mi -propio ayo ignoraba lo que la cajita contenía. Mi padre se la<span class="pagenum"><a name="page_311" id="page_311"></a>{311}</span> dió con -el encargo de entregármela y yo la guardo siempre conmigo.</p> - -<p>—¿Y no recuerdas á tu padre ni á tu madre?</p> - -<p>—Apenas conservo de ellos una idea confusa. Los dos, como te dije, -murieron siendo yo muy niño.</p> - -<p>—Singular es de veras cuanto me refieres. Sospecho que tu padre, bajo -el título de mercader, encubría otra condición más alta.</p> - -<p>—No me parece eso posible. Los ciudadanos de Nimrud, con quienes he -hablado, y que conocían á mi padre, nunca me dijeron de él ni de mi -familia nada de extraño ó misterioso.</p> - -<p>—Más extraño es eso todavía. Y dime, ¿tu ayo no te aconsejó nada al -hacerte entrega de tus bienes?</p> - -<p>—Me aconsejó calma y paciencia; me aconsejó no dejarme arrastrar por la -curiosidad, ni tratar de averiguar nada sobre mi futuro destino, hasta -que la suerte misma dispusiese la revelación. Me repitió mil veces que -yo no era más que un mercader; que como un mercader debía considerarme, -y que sólo me ordenaba, en nombre de mi padre, que abandonase á Nimrud y -recorriese el mundo.</p> - -<p>—¿Y sobre tu conducta en el comercio no te dió instrucciones?</p> - -<p>—Mi ayo era gran conocedor de los pueblos diversos, de los países más -distantes, de sus artes,<span class="pagenum"><a name="page_312" id="page_312"></a>{312}</span> de sus ciencias y de sus productos; y sobre -todo esto, me enseñó cuanto sabía: pero había en él algo entre -inspiración y locura, aunque yo no atino á veces á distinguir la locura -de la inspiración, y sobre ciertos puntos me dió consejos muy opuestos á -los que suelen y parece que deben darse á la gente moza.</p> - -<p>—¿Qué te aconsejaba, pues, si te es permitido declararlo?</p> - -<p>—En vez de parcidad me aconsejaba largueza y magnificencia. Mis tesoros -los juzgaba inagotables, y suponía además que yo había de ganar más -mientras más gastase, y que había de recobrarlo todo con creces cuando -llegase á perderlo todo.</p> - -<p>—Extraña manera fué de aconsejar á un mancebo, por lo común inclinado á -ser pródigo.</p> - -<p>—Yo fuí espléndido, pero no llegué jamás á la prodigalidad. Por otra -parte la suerte me ha favorecido hasta ahora. He peregrinado por casi -toda el Asia; he visto las islas del mar del Sur y la India, el Yemen y -el Adramaut, el antiquísimo Egipto y la Libia ardiente. Sería prolijo -referirte mis aventuras. Sólo importa saber que, á pesar de cuanto he -gastado, tengo en lugar seguro un tesoro riquísimo. Creo además, sin -jactancia, que he adquirido en mis peregrinaciones una experiencia muy -superior á mi edad.</p> - -<p>—¿Qué ha sido de tu ayo, entre tanto?<span class="pagenum"><a name="page_313" id="page_313"></a>{313}</span></p> - -<p>—Mi ayo era ya viejo, y durante mi larga ausencia de Nimrud, he sabido -que pagó el tributo que debemos pagar todos á la Naturaleza, más tarde ó -más temprano.</p> - -<p>—Tu persona, tu vida, ese misterio de tu destino me interesan tanto, -¡oh Tidal!, que, á trueque de pasar por sobrado curioso y exigente, te -ruego me digas si el anciano que te sirvió de ayo te descubrió alguna -otra cosa.</p> - -<p>Nada más me descubrió, sino un nombre que me dijo podría yo llevar -cuando me le diesen muchos hombres reunidos. Entre tanto, á nadie debo -declarar este nombre. Me dió asimismo un sobrenombre, apodo ó alcuña, -que no debo divulgar tampoco, pero que puedo confiar con el mayor -sigilo, si quiero dar á una persona la mayor prueba de amistad y de -confianza. Esta alcuña voy á decírtela. Por ella, Rey Tihur, si no me -desdeñas, quiero ligarme á tí con los lazos más amistosos. Según me dijo -el anciano, con la persona á quien yo declarase esta alcuña, me unía -voluntariamente como si fuese mi hermano. En la persona que me dijese al -oído dicho nombre y dicho apodo, debía yo depositar por fuerza una -confianza sin límites.</p> - -<p>—Yo jamás podré desdeñarte—replicó el Rey,—y tu amistad será el mayor -bien para mí. Reflexiona antes con todo, si crees que la merezco, y no -procedas de ligero revelándome esa alcuña.<span class="pagenum"><a name="page_314" id="page_314"></a>{314}</span></p> - -<p>—No procedo de ligero. Cedo, al confiarme á tí, á una inclinación -irresistible, á una viva simpatía; y aun á algo parecido á un mandato.</p> - -<p>—¿Acaso tu anciano tutor te habló de mí alguna vez?</p> - -<p>—Nunca. Ha sido otra persona quien me ha aconsejado que te dé esta -prueba de confianza.</p> - -<p>—¿Y cuándo te dieron el consejo?</p> - -<p>—Hoy mismo.</p> - -<p>—¿Quién?</p> - -<p>—La vieja extraña que me acompañaba.</p> - -<p>—¿La conoces tú desde hace mucho tiempo?</p> - -<p>—Pocos días ha que la conozco, y ni siquiera sé su nombre; pero ella -tal vez, por el arte mágico que posee, sabe el mío secretísimo y sabe -también mi apodo. Escucha en breves razones los más recientes sucesos de -mi vida. Por ellos comprenderás cómo pude venir tan en sazón á -socorrerte. Mi afán de ver mundo me movió á comprar una nave de 30 -remeros que cargué de preciosas mercancías, que tripulé en el país de -los cadusios, y en la que me embarqué en el Araxes, con intento de salir -al Mar Caspio y venir á Vesila-Tefeh, donde pensaba emplear en pieles -ricas, y visitar y conocer la capital de tus dominios. Para no cansarte -con extensos pormenores, te diré, en resumen, que en esta ocasión me -faltó mi acostumbrada prudencia. Los marineros que venían conmigo, se<span class="pagenum"><a name="page_315" id="page_315"></a>{315}</span> -habían concertado con piratas iberos y albaneses.</p> - -<p>Me sorprendieron dormido; mataron á tres servidores que hicieron -resistencia; se apoderaron de cuanto yo traía, y me ataron con cuerdas -los piés y las manos. Hecha esta presa, querían volver los piratas á sus -guaridas de Albania, pero se levantó una tempestad furiosa que trajo -nuestras naves á la costa de tu reino. Sabía el capitán la lengua -escita, y se aventuró con otros dos, que también la sabían, á saltar en -tierra, disfrazado, para explorar el país, y ver dónde y cómo podría dar -un buen golpe. En los campos fértiles y en las pobladas aldeas del Norte -de Djan-Deria, supo que venías tú de camino para Bactra; supo el número -de guerreros y las riquezas que traías, y dispuso salirte al encuentro, -no con sus embarcaciones al pasar el río, porque calculó que no te -aventurarías á pasarle, si las vieses, y perdería la ocasión, sino -emboscándose en los matorrales de esta orilla, y cayendo sobre tí cuando -tus fuerzas estuviesen divididas en una y otra márgen.</p> - -<p>Así lo hizo, como has visto, y harto conoces el resultado.</p> - -<p>Yo estaba vigilado con extraordinarias precauciones; atado, como te he -dicho, de pies y manos. Sólo me desataban las manos para comer. Los -barcos, que son ligeros, se pusieron á seco en la<span class="pagenum"><a name="page_316" id="page_316"></a>{316}</span> playa desierta del -Caspio, y diez hombres sólo quedaron para su custodia. El capitán trajo -aquí para la empresa la más gente que pudo.</p> - -<p>Indudablemente, yo hubiera permanecido á bordo sin acudir en tu auxilio -y sin saber siquiera lo que ocurría, pues, aunque entiendo y hablo -varios idiomas, ignoro el de estos moradores del Cáucaso, á no ser por -la singular y portentosa vieja que has visto. El capitán de los bandidos -y los otros dos exploradores la hallaron vagando al declinar de la tarde -en un bosque no lejos de la playa y tuvieron la ocurrencia de traerla -cautiva.</p> - -<p>La vieja dijo á unos la buena ventura, curó á otros varias enfermedades -y se ganó la voluntad de todos. Con rara facilidad hablaba la lengua de -los piratas, como habla la tuya y otras varias.</p> - -<p>Los piratas no desconfiaron de la vieja; conversaron sin recatarse de -ella y la enteraron de todos sus proyectos.</p> - -<p>La vieja no me había dirigido nunca la palabra durante cuatro días que -habíamos vivido juntos. Imagina cuál sería mi sorpresa, cuando hoy de -mañana, estando yo tendido, dormitando en la popa de uno de los bajeles, -puesto ya en tierra, la vieja se llegó á mi oído y pronunció, no sólo mi -apodo, sino también mi nombre incomunicable.<span class="pagenum"><a name="page_317" id="page_317"></a>{317}</span></p> - -<p>Debo advertirte que desde el día de ayer nos habían dejado los bandidos -y te estaban aguardando en la emboscada.</p> - -<p>Al oir aquellos vocablos sacramentales y poderosos para mí, me incorporé -lleno de pasmo y ví la figura de la vieja más extraña que nunca, por el -fuego que lanzaba de los ojos y la profunda conmoción que extremecía su -descarnado cuerpo. Se diría que un numen, un dios, un espíritu, la -excitaba en lo íntimo de su ser. Me hablaba el bello idioma de la Ley -pura, y sus palabras tenían el ritmo y la armonía soberana de los cantos -sagrados. Una insólita majestad resplandecía en aquel ser decaído. Una -expresión de ternura maternal casi hermoseaba su semblante. La vieja me -abrazó y me cubrió de besos, llamándome ¡hijo!, y apenas si sus besos me -causaron repugnancia. Á mi lado ví mis armas, que la vieja había traído. -Allí estaban espada, puñal, aljaba, arco y flechas. La vieja, empuñando -y desenvainando mi puñal, cortó con rapidez mis ligaduras.</p> - -<p>—Eres libre,—me dijo,—toma tus armas, levántate y sígueme. Tus -guardadores, unos están ausentes, otros han sido sumidos por mis artes, -en un hondo letargo.</p> - -<p>Obediente seguí á la vieja, que me trajo hasta aquí, y en el camino me -informó de quién tú eras, del peligro que corrías y de la misión de<span class="pagenum"><a name="page_318" id="page_318"></a>{318}</span> -libertarte, que me encomendaba. Lo demás, ya lo sabes.</p> - -<p>Ahora, ¡oh Rey Tihur!, sólo me falta cumplir con el precepto de la -vieja: darte la más segura prenda de amistad; ligarme para siempre -contigo. Mi alcuña es <i>Seher-Gav</i>; el <i>Toro-Vigitante</i>.<span class="pagenum"><a name="page_319" id="page_319"></a>{319}</span></p> - -<h2><a name="ZARINA" id="ZARINA"></a>ZARINA<br /><br /> -<small>(FRAGMENTO)</small></h2> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_320" id="page_320"></a>{320}</span> </p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_321" id="page_321"></a>{321}</span> </p> - -<h2> -<img src="images/ill_pg_321.png" width="500" height="104" alt="" title="" /> -<br /> ZARINA</h2> - -<h3>I.</h3> - -<p>La doctrina del progreso, á más de tener gran fundamento de verdad, está -llena de poesía. ¿Qué no puede fingir la imaginación en lo futuro, -suponiendo que la actividad de la mente humana va añadiendo, cada vez -con mayor energía, nuevos inventos y mejoras á cuanto ya acumularon y -nos legaron las pasadas generaciones? Sin embargo, todo lo que se puede -fantasear ó columbrar en lo porvenir es incierto y confuso, mientras que -las cosas que fueron conservan ser y consistencia, y, aunque carecen de -vida, pueden tomarla prestada de la forma artística y del ingenio de un -poeta.</p> - -<p>Por otra parte, está muy en duda, al menos para mí, si bien creo -firmemente en el progreso, que el progreso sea algo más que extrínseco. -No iré yo hasta el punto de creer que los hombres de otros siglos fuesen -más valerosos, más leales, más discretos, ni siquiera más robustos que -los del día;<span class="pagenum"><a name="page_322" id="page_322"></a>{322}</span> pero no creo tampoco que, á pesar de todos los medios que -la civilización nos proporciona, la raza humana haya ido mejorando en lo -substancial. Tal vez ese vivir de los bárbaros ó salvajes, que todavía -se hallan en nuestro planeta, no responde al estado inicial desde donde -se elevaron los pueblos de Europa á superior cultura, sino que es -degeneración ó corrupción en que á la larga han caído los tales salvajes -ó bárbaros, y de donde ni por sus propias fuerzas ni con auxilio extraño -quizá salgan nunca.</p> - -<p>En cambio, ciertas tribus ó castas superiores de los tiempos primitivos, -como, por ejemplo, los arios y los semitas, no debieron de valer menos -que los cultos europeos de ahora, y hasta hay una ilusión óptica que -hace que se nos aparezcan valiendo más. Los vemos como entre nubes, al -despertar intuitivo de la inteligencia, cuando lograba más la -inspiración que el discurso, bañados por la luz de una aurora divina, y -como llevando en el seno fecundo del espíritu de ellos el germen lozano -del árbol de la ciencia y de la cultura, cuya riqueza en flores y frutos -hoy tanto nos encanta y envanece.</p> - -<p>De aquí el que no pocos sabios vuelvan con amor los ojos, en nuestra -edad, al estudio de las primeras edades, rehaciendo antiguos idiomas, -traduciendo hieroglíficos, interpretando inscripciones,<span class="pagenum"><a name="page_323" id="page_323"></a>{323}</span> descifrando -alfabetos, y sacando á nueva luz, del olvido en que yacían sepultados, -imperios, repúblicas, reinos, dinastías, príncipes, héroes y -semi-dioses.</p> - -<p>¿Por qué los que no somos sabios no hemos de suplir con la imaginación -lo que ellos á fuerza de estudio no acabaron de aclarar? ¿Por qué no -hemos de concluir con sus debidos pormenores y circunstancias las -historias que más nos interesen y conmuevan, y de las cuales la -erudición nos dejó á media miel, como vulgarmente se dice?</p> - -<p>Hay personajes que, al entreverlos y percibirlos, indecisos, esfumados y -como hundidos en el fondo de un mar de años, todavía me encantan y me -ilusionan. ¡Qué pena me da de no conocerlos de cerca! ¿No sería posible -que, en virtud de un raro magnetismo, de una segunda vista histórica, -fijando bien la mirada mental en cualquiera de ellos, llegásemos á -comprender su carácter, sus pasiones, el móvil de sus actos y todos los -casos de su vida mejor que el sabio, que no se fija en el personaje, -sino que inspecciona fría, prosaica y rastreramente tal cual huella que -él ha dejado de su paso por el mundo, ya en el fragmento inédito, ó mal -entendido hasta hoy, de algún historiador, ya en un obelisco, ya en una -pirámide, ya en otro monumento sepulcral, ya en alguna inscripción en -forma de clavos, de las llevadas por Layard ó por otros, desde<span class="pagenum"><a name="page_324" id="page_324"></a>{324}</span> el -centro de Asia al Museo Británico, en multitud de sutiles ladrillejos?</p> - -<p>Yo no creo ni descreo en el espiritismo. No he profundizado la materia. -No me atrevo á decidir. Pero hablando de mí solo y por mi cuenta, aunque -no sea más que de puro modesto, no atino á concebir como factible que -los héroes, los sabios, los profetas, los santos y los penitentes -severos de todas las religiones, los monarcas soberbios, los tiranos y -guerreros, foscos, crudos y nada complacientes por naturaleza, y las -hermosas mujeres, virtuosas ó galantes, aunque todas caprichosísimas, -retrecheras y desmandadas; en suma, todo ser que ha dejado rastro -luminoso de sí en la tierra, no bien se muda al otro barrio, se vuelva -tan dócil y sumiso, que acuda á mi mandado y responda á infinidad de -preguntas, tal vez impertinentes. Y extrema para mí lo increíble de -estos hechos la manera de responder á las preguntas, que, en vez de ser -rápida, bella y digna de un espíritu, es mecánica, pesada y fastidiosa.</p> - -<p>No obstante, por más que yo deseche el espiritismo de esta laya, declaro -que en ocasiones me siento muy inclinado á creer en otro espiritismo más -vago, menos metódico y más conforme con la poesía. Ya en sueños, ya -dormitando, ya en arrobos, durante los cuales el alma se sobrepone á la -duración ó adquiere una velocidad mil veces mayor<span class="pagenum"><a name="page_325" id="page_325"></a>{325}</span> que la del rayo, -acaso nos elevamos por el éter y subimos á remotas estrellas, en el -momento en que llega allí la luz del sol, que hace cuarenta ó cincuenta -siglos reflejó nuestro globo, ó acaso por arte menos complicada y más -íntima, y que es por lo mismo más difícil de explicar, vemos á los -personajes pasados y los conocemos, y parece como que vivimos en su -compañía, averiguando cuanto les ha sucedido.</p> - -<p>De aquí la afición y los motivos que me inducen y hasta me habilitan -para escribir historias ó aventuras del antigo Oriente. Otro escritor -más profundo, ó mejor dicho, otro escritor menos somero que yo, se -propondría, al escribir cualquiera de estas historias, dar una lección -moral, política, religiosa ó filosófica á sus lectores; resolver algún -problema de importancia; pero yo no me propongo nada de esto. Me -propongo sólo entretenerme un rato y entretener á los demás. Ojalá lo -consiga. Y me propongo igualmente, aunque apenas me atrevo á confesarlo -para que no me tilden de presumido, retraer á la vida, con el conjuro de -la escritura y con la mágica evocación de la palabra, seres que ya -existieron y que me son simpáticos.</p> - -<p>Yo no estoy descontento de vivir en el siglo en que vivo, ni de tratar á -la gente con quien trato, ni de llevar la vida que llevo, si bien me -faltan varias cosas con las cuales viviría yo un poquito mejor;<span class="pagenum"><a name="page_326" id="page_326"></a>{326}</span> pero -todavía, á pesar de que no estoy descontento, hallo consolación en la -teoría universal; esto es, no ya sólo en abandonar lo práctico y -consagrarme á lo meramente especulativo, sin mezclarme en nada, y -contemplando con serenidad cuanto me rodea, sino lanzándome también en -la contemplación longincua; volando en busca de objetos muy apartados de -mí por el tiempo y por el espacio. Así es que hoy mi alma se ha ido de -bureo desde esta villa y corte de Madrid hasta el Asia central, y ha -saltado también por cima de no pequeño montón de siglos, subiendo contra -la corriente, hasta llegar al año 60 ó 70, sobre poco más ó menos, que -en esto no hemos de ser muy escrupulosos, de la era llamada de -Nebonasar.</p> - -<p>Harto se ve que no nos hemos ido muy lejos. Estamos en una edad -relativamente moderna para lo que han descubierto los sabios y -prehistoriadores del día. Vivimos con la mente poco más de seiscientos -años antes de Cristo.</p> - -<p>Roma había sido ya fundada; Licurgo había dado sus leyes; en Atenas y en -Corinto habían triunfado los posibilistas, cayendo la monarquía y -surgiendo la democracia; el reino de Israel, había desaparecido; el de -Judá estaba próximo á desaparecer; y Nínive misma, restaurada después -del incendio del alcázar de Sardanápalo y del saqueo y destrucción de la -ciudad por Arbaces el medo y<span class="pagenum"><a name="page_327" id="page_327"></a>{327}</span> Belesu el babilonio, estaba, á pesar del -tremendo brío de sus últimos soberanos, amenazada de nueva ruina.</p> - -<p>Al pasar, ó dígase al volar, hemos reparado en todo esto. Reposémonos -ahora en la recién fundada ciudad de Ecbatana, capital de Media.</p> - -<h3>II.</h3> - -<p>Reinaba entonces allí un rey, poderoso y muy nombrado, y que por serlo -tenía muchos nombres, cuya significación, ya es idéntica, ya no lo es, -ya se ignora ó ya se sabe. En persa le llamaban Uvak-satara, como si -dijéramos <i>el poseedor ó dueño de gallardos mulos</i>; en asirio le -llamaban Uvakistar; en griego, Cyaxares y Ozauros, y en lengua médica, -Vakistarra, que significa <i>el que lleva la lanza</i>. Traducido este -título, tan propio, de llevador de lanza ó lancero, á la lengua de los -persas, lengua parecida á nuestras lenguas modernas de Europa, el rey se -llamaba Astibaras, y así lo designaremos en adelante.</p> - -<p>Asistía en la corte de este rey un príncipe ó magnate, bello y agraciado -de rostro, de elevada estatura, de afable trato, diestro en todos los -ejercicios corporales, impávido en la guerra, infatigable en la caza, y -prudente en el consejo, á pesar de sus pocos años. Sentimos no poder -darle un<span class="pagenum"><a name="page_328" id="page_328"></a>{328}</span> nombre bonito y sonoro; pero es personaje histórico; no tiene -muchos nombres en que elegir, como tenía su rey; se llamaba Estrianges, -y Estrianges le llamaremos.</p> - -<p><i>Nada hay nuevo debajo del sol</i>, ha dicho el sabio, y cuando el sabio lo -dijo, estudiado lo tenía. Las cosas no suelen ser exactamente iguales; -pero son á menudo semejantes.</p> - -<p>En aquel tiempo, los reyes medos iban ya convirtiendo su Estado en -monarquía absoluta, haciendo prevalecer la autoridad real sobre los -otros poderes.</p> - -<p>Antes, la Media había sido conquistada por una raza de arios. Los arios, -luchando con las tribus indígenas y subyugándolas, habían formado una -aristocracia guerrera. Después, dominada la Media por los asirios, los -medos arios y los medos turaníes, esto es, los vencedores y los vencidos -habían estrechado un lazo de amistad para libertarse de la común -servidumbre. Había ocurrido, por ejemplo, algo de muy parecido á lo que -ocurrió en España cuando la conquista de los árabes: que los visigodos y -los hispano-romanos se unieron también. El primer gran caudillo que para -la reconquista tuvieron los españoles se llamó Pelayo, nombre latino, y -no visigodo, para denotar la fusión de las razas. Del mismo modo el -primer gran caudillo de los medos había llevado un nombre<span class="pagenum"><a name="page_329" id="page_329"></a>{329}</span> tomado de la -lengua de los vencidos, ó medos turaníes, y se había llamado Arbaces, -que significa <i>el primero</i>.</p> - -<p>La nueva aristocracia fué de dos clases: turaní, y sus individuos se -llamaban <i>busios</i>; y aria, y sus individuos se llamaban <i>arizantes</i>. La -plebe, no ya por fuerza, sino por amor de la patria, los seguía devota y -voluntariamente. Así vino á constituirse una república ó confederación -de caudillos, busios y arizantes, que cada cual tenía sus particulares -vasallos, sus fortalezas y dominios. Fundada, por último, la enriscada -ciudad de Ecbatana, los caudillos principales, descendientes de Arbaces -habían ido poco á poco cambiando aquel Estado en unitaria y fuerte -monarquía, á lo cual contribuyó más que ninguno este gran rey Astibaras, -á quien hemos ya presentado á nuestros lectores.</p> - -<p>Al empezar nuestra narración, Astibaras llevaba más de veinte años de -reinado, durante los cuales había hecho cosas estupendas. No las -contaremos todas, para no cansar al pío lector; pero algo será menester -referir, en resumen, á fin de que se estime y pondere todo el valer y -toda la gloria de este monarca, y á fin de que los sucesos de nuestra -historia ó leyenda se comprendan sin dificultad.</p> - -<p>El padre de Astibaras es conocido también con muchos nombres, que todos -significan lo mismo y son el mismo, según la lengua en que el<span class="pagenum"><a name="page_330" id="page_330"></a>{330}</span> nombre ha -sido traducido, á pesar del disfraz con que le han trocado al pasar de -un idioma á otro. Llamábase Pirruvartis, Fraortes, Artinés y Hartruna, -esto es, el Belicoso.</p> - -<p>Artinés, á fin de no desmentir su nombre, había querido sacudir el yugo -de los asirios, de quienes era tributario; había levantado un ejército -numerosísimo y había ido á combatir al rey ninivita Asurbanipal; pero -éste derrotó por completo al rey de Media en una brava y sangrienta -batalla que se dió á las orillas del Tigris. Artinés perdió allí la -vida.</p> - -<p>Astibaras, no bien subió al trono, trató de vengar la muerte de su -padre, y ya había invadido, con huestes más disciplinadas y numerosas -que las que llevó Artinés, los Estados de Asurbanipal, cuando sobrevino -un inesperado y gravísimo acontecimiento, que retardó por muchos años su -venganza.</p> - -<p>Entre el Ponto Euxino y el mar Caspio hay una gran extensión de tierras, -casi cerradas al Norte por dos ríos, el Rha, hoy el Volga, que va á -perderse en el mar Caspio, y el Tanais, hoy el Don, que se pierde en el -mar de Azof. Acaso más de cien leguas al Sur de dichos ríos, como -defensa ó valladar puesto por la Naturaleza, se levanta y extiende, de -mar á mar, la ingente cordillera del Cáucaso, donde, según la fábula -griega, Júpiter amarró á Prometeo<span class="pagenum"><a name="page_331" id="page_331"></a>{331}</span> con cadenas de diamantes, y donde un -buitre comía el hígado del titán filántropo; hasta que Hércules logró -libertarle. Desde la falda del Cáucaso, dilatándose al Mediodía hasta el -monte Ararat, en cuya nevada cumbre se posó el arca de Noé, habitaban y -habitan aún diversas tribus, gentes ó naciones, apellidadas caucásicas; -casta de hombres valientes, robustos y hermosísimos, cuales son hoy los -circasianos, georgianos y mingrelianos, en los tiempos á que nos -referimos designados con nombres diversos. Al Oriente, en las riberas -del Caspio, vivían los albaneses, y más al Sur, los cadusios; al -Occidente, orillas del Ponto, habitaban los colquios, famosos por Medea -la hechicera y por el áureo vellocino, y más al Occidente, los calibes, -diestros forjadores del hierro, y los de Tibar, tan envidiados por su -oro. En el centro de estas naciones, y como defendiendo las puertas -caucasianas contra las invasiones de los escitas, se hallaban los -iberos, de quienes sin duda proceden los primitivos españoles, que se -llamaron iberos también.</p> - -<p>Aunque se me censure como digresión impertinente, se me antoja decir -aquí que he tenido una verdadera satisfacción al ver que mi docto y -sagaz amigo el Padre Fidel Fita ha probado casi en su discurso de -recepción en la Academia de la Historia que los iberos de España y los -del Cáucaso son los mismos iberos, y que el georgiano y el vascuence<span class="pagenum"><a name="page_332" id="page_332"></a>{332}</span> -son lenguas hermanas. Hacía mucho tiempo que yo afirmaba lo mismo, sin -haberlo estudiado y como adivinándolo de tenazón. Y una de las razones -que yo tenía para ello era y es la corrección de formas y facciones y la -hermosura de las mujeres de las provincias vascongadas y de Navarra, -donde se conserva aún la raza ibérica primitiva en su mayor pureza; por -donde yo no podía persuadirme de que dicha raza tuviese ni hubiese -tenido jamás afinidad ni parentesco con la fea raza amarilla, tártara, -mongólica, ó como quiera llamarse. Basta echar una rápida mirada de -inspección etnográfica á las marquesas de S. y C. T., ambas de pura raza -vascongada ó ibérica primitiva, para convencerse de que no corre por sus -azules venas una sola gota de sangre tártara, sino que toda es de -Georgia y de la más acendrada y exquisita.</p> - -<p>Refieren las crónicas georgianas, mandadas redactar y publicar por el -Rey Wagtang, que, después de la dispersión de las gentes, fué á poblar -la Georgia ó Iberia el gigantesco patriarca Togorma, hijo de Gomer y -nieto de Jafet. Otros quieren que fuese Túbal, hijo de Jafet, quien -pobló ó colonizó la Iberia del Cáucaso, y que luego él ó sus -descendientes llegaron hasta la Iberia al Sur de los Pirineos, ya -pasando primero á Irlanda, isla á quien dieron el nombre de Ibernia, y -desde allí viniendo á España, ya viniendo á España directamente. Sobre<span class="pagenum"><a name="page_333" id="page_333"></a>{333}</span> -estos nombres de Iberia é Ibernia, de Ebro y de iberos, dados á diversas -comarcas, ríos y pueblos, se ponen varias etimologías. Ya los derivan de -<i>ibha</i>, que en el idioma de los vedas vale tanto como <i>familia</i>, ya de -<i>avara</i>, que en el mismo idioma significa <i>occidente</i>.</p> - -<p>Como quiera que sea, parece probado y archiprobado que estos iberos del -Cáucaso eran lo que se llama arios, y que desde allí, salvando los -desfiladeros de dichas montañas, buscaron y siguieron uno de los más -importantes y trillados caminos, por donde la gente aria se fué -extendiendo por Europa. Todas las tradiciones convienen en esto, y aun -los nombres de lugares, que fueron poniendo al pasar, lo confirman. Y -está asimismo demostrado que de la propia manera que desde el Sur del -Cáucaso invadían la Europa los arios-iberos, pasando al Norte, también, -en no pocas ocasiones, los iberos y demás pueblos del Sur del Cáucaso -sufrían la invasión de los hijos de aquéllos que en otro tiempo se -apartaron de su lado y emigraron á regiones más boreales.</p> - -<p>Ya, desde muy antiguo, cuentan las citadas crónicas de Georgia no pocas -invasiones en el Sur del Cáucaso, de las gentes que habitaban al Norte -de dichas montañas y que formaban un reino llamado de los cuzares ó -kazares, el cual se extendía hasta más allá del Boristenes y del Tiras. -Parece<span class="pagenum"><a name="page_334" id="page_334"></a>{334}</span> además, probado que el rey de los dichos cuzares llegó, dos mil -años antes de Cristo, á dominar toda la extensión de tierras que va -hasta el Ister, y que al Sur del Cáucaso hizo también tributarios á -todos los pueblos caucasianos, que se llamaban entonces togormíes, á -causa del patriarca Togorma, de quien se jactaban de descender, ó -kartlosíes, á causa del gigante Kartlós, hijo de Togorma, que había sido -su primer rey.</p> - -<p>Tributarios dicen que permanecieron largo tiempo los kartlosíes del rey -de los kazares, á quienes los autores clásicos llaman <i>sauromatas</i> ó -<i>sármatas</i>, y cuya capital era Guerrhus, cerca de donde está hoy la -ciudad rusa de Kief, á orillas del Boristenes; pero una gran revolución -que hubo en el Irán vino, si no á libertarlos, á hacer que cambiasen y -mejorasen de dueño.</p> - -<p>La gloriosa dinastía de Djenschid y su imperio más glorioso habían sido -destruídos por un tirano, descendiente de Chus y de Nembrot, á quien -llaman Zohac, ó sea Dragón, y á quien también llaman Peiverasp, porque -poseía diez mil caballos árabes; pero pronto suscitó la Providencia á un -héroe, por nombre Feridún, cuyas hazañas ha cantado en lindos versos el -poeta Firdusi, el cual Feridún, á quien también apellidan Tetraono, -libertó á los iranios del yugo de Zohac, y encadenó á este déspota -diabólico en la cumbre del Cáucaso ó del<span class="pagenum"><a name="page_335" id="page_335"></a>{335}</span> Demavend, donde unas -serpientes que le brotaron en las espaldas, y que mientras era tirano no -le hacían mal porque las alimentaba con sesos de niños, privadas ya de -tan costoso alimento, se le comían á él de contínuo.</p> - -<p>Prescindiendo de esto, que sin duda debe de ser una fábula, la cual -tendrá su sentido moral, es lo cierto que, restablecido por Feridún el -imperio de los iranios, éste se extendió sobre los pueblos del Cáucaso, -los cuales recibieron entonces la cultura, la religión y los libros de -Zoroastro.</p> - -<p>Más tarde, según he podido averiguar á fuerza de prolijos estudios, -habiendo crecido mucho la población de la Iberia oriental, civilizada -entonces con la civilización irania, enviaron los iberos nuevas colonias -á España, donde ya habían enviado otras; y estas nuevas colonias -llevaron allí los libros zoroástricos y todas sus teologías y -filosofías. De aquí el gran saber de los turdetanos y tartesios, y más -tarde la ciencia y la virtud de Argantonio, rey de Tarteso y de Cádiz, -de cuyo feliz reinado tengo preparada una historia mil veces más -interesante que ésta que ahora escribo. En ella se verá cuán atinada es -la conjetura del Padre Fidel Fita, de que Argantonio era un <i>athravan</i> -zoroástrico que reinó en España durante el eclipse de Tiro, aplastada -por Nabucodonosor, y de que el código turdetano, que Estrabón menciona, -era el mismísimo Avesta.<span class="pagenum"><a name="page_336" id="page_336"></a>{336}</span></p> - -<p>Contrayéndonos ahora á los tiempos y negocios del rey Astibaras, diré -cuál fué el pavoroso acontecimiento que le detuvo en medio de sus -triunfos sobre los hijos de Asur.</p> - -<p>Los escitas, que se distinguen con el calificativo de sauromatas ó -sármatas, estaban muy pujantes bajo el cetro del rey Madías. Hombres y -mujeres iban siempre á caballo y peleaban con igual valor, armados de -flechas con puntas de hueso envenenadas y con yelmos y escudos de piel -de toro, de donde el primer fundamento de cuanto se refiere de las -amazonas. Este pueblo belicoso de los sármatas, después de haber vencido -á los cimerios y á los tauros, que habitaban entonces la Crimea, -penetraron en Iberia por los desfiladeros del Cáucaso, lo arrollaron -todo, y cayeron sobre Media como nube de langostas destructoras y -terribles.</p> - -<p>Astibaras acababa de derrotar á los asirios, y ya había puesto cerco á -Nínive, pero tuvo que levantar el cerco y acudir á la defensa de su -patria. Dió á los invasores una gran batalla, y fué vencido.</p> - -<p>Los escitas vencedores se derramaron entonces cual torrente devastador, -no sólo por el Imperio medo, sino también por la Frigia, la Lidia y la -Cilicia, salvando la cordillera del Tauro, y llegando hasta las -fronteras de los reinos de Jerusalem y Samaria.</p> - -<p>El profeta Jeremías alude sin duda á estos bárbaros<span class="pagenum"><a name="page_337" id="page_337"></a>{337}</span> del Norte, y no á -los persas cuando habla de aquellos guerreros que envía el Señor para -destruir á Babilonia. «Viene, dice, contra ella una nación del Norte, -que pondrá su tierra en soledad, y no habrá quien la habite». Claro está -que Jeremías no había de estar tan poco versado en Geografía, que había -de llamar á los persas nación del Norte, cuando con relación á los -babilonios pueden llamarse nación del Sur, y mejor aún del Oriente. Y en -otra parte añade Jeremías: «He aquí que viene un pueblo del Norte, y una -nación grande, y muchos reyes se levantarán de los términos de la -tierra». Con lo cual parece indicar que estos invasores vienen de muy -remoto país, y no de la Persia y de la Susiana, cuyas tierras baña el -Tigris, lo mismo que las de Babilonia. Jeremías alude, pues, en esta -ocasión á los escitas. Todo lo que de ellos dice conviene á los bárbaros -del Norte, y no á los persas. «Crueles son, exclama, crueles y sin -misericordia; y la voz de ellos sonará como el mar»; como si se tratase -de lengua peregrina é ignorada, que resonase á modo de bramido.</p> - -<p>En suma, y aluda Jeremías á quien se le antoje, lo cierto es que estos -escitas-sármatas, si bien devastaron otras muchas comarcas, se fijaron -en Media principalmente; y así, tal vez sin concierto previo, fueron -auxiliares poderosos de los asirios. Astibaras, en lucha constante y -heroica contra ellos,<span class="pagenum"><a name="page_338" id="page_338"></a>{338}</span> tratando de arrojarlos de sus Estados, durante -más de veinte años dejó reposar á Nínive y á sus reyes.</p> - -<h3>III.</h3> - -<p>Entre el estruendo y el horror de las armas, en medio del tumulto de -esta larga guerra de independencia, se había criado y había crecido -nuestro héroe Estrianges.</p> - -<p>Á la edad de diez y siete años, cuando apenas le apuntaba el bozo, había -ido á pelear al lado de su padre, á quien había visto morir, atravesado -el corazón por una enherbolada flecha enemiga.</p> - -<p>Estrianges, que era hijo único, heredó los bienes y Estados que su padre -poseía, y entre ellos un castillo ó fortaleza, á pocas parasanjas de -Raga, en lo más áspero de los montes al sur del Caspio, yendo de Raga -hacia el Oriente. Desde allí, como el águila desde su nido, había estado -en acecho cuando los escitas podían mucho aún, y había caído sobre ellos -en frecuentes expediciones, vengando la muerte de su padre y auxiliando -poderosamente á Astibaras en la empresa de libertar á su pueblo.</p> - -<p>Cuando ya los escitas fueron pereciendo, ó sometiéndose, ó huyendo de -Media, Estrianges entretenía sus ocios cazando tigres y otras fieras -alimañas, de las muchas que se crían en aquellos<span class="pagenum"><a name="page_339" id="page_339"></a>{339}</span> montes, cuyas -ramificaciones abarcan el Sur de la silvestre Hircania y la separan de -la Partiena.</p> - -<p>Ya de edad de veinticuatro años, acudió Estrianges á la corte de -Ecbatana, á donde llegó precedido de la fama de sus altos hechos, como -guerrero y como cazador. Y no era esta fama vaga é indefinida, sino que -se fundaba en datos aritméticos de la más severa exactitud. Sabíase á -punto fijo el número de batallas, encuentros y escaramuzas en que se -había hallado; cuántos escitas había muerto con su propia diestra, y -cuántos tigres, panteras, leones y jabalíes habían perecido entre sus -manos.</p> - -<p>Además de esto, y de ser Estrianges el más acaudalado y rico del reino, -y muy discreto é instruído para lo que entonces se sabía, gozaba de -ciertas cualidades de que no podemos dar idea clara sin gastar mucha -prosa ó sin apelar á un concepto anacrónico. Puesto en su tanto el modo -de ser de tiempo y de lugar, Estrianges era el <i>dandy</i> ó el <i>gomoso</i> más -perfecto de Media; era el espejo en que se miraban todos los elegantes -sus contemporáneos.</p> - -<p>Resultó de aquí la cosa más natural del mundo. La hija mayor del rey, -que era lindísima, recatada é inteligente, que bailaba y cantaba bien, y -tenía otras mil habilidades, se enamoró de Estrianges del modo más -resuelto. Esta princesa llevaba un nombre sonoro y significativo de sus -prendas de<span class="pagenum"><a name="page_340" id="page_340"></a>{340}</span> carácter. Se llamaba Darvasastu, que en lengua pérsica es, -como si dijéramos, <i>que ella sea fuerte</i>. Darvasastu lo fué en amor como -en todo.</p> - -<p>El rey Astibaras, lejos de hallar disparatado este amor, halló que se -ajustaba bien con su política. Por medio de un enlace lograría que -entrara en su casa y familia el más rico y brioso de sus grandes -vasallos, corroborando su dinastía y ligando á sus intereses todo el -poder y los medios de que gozaba aquel arizante ilustre.</p> - -<p>Fácil fué darle á entender la inclinación que tenía por él la princesa, -lo cual no pudo menos de lisonjearle en grado sumo. Si bien no compartió -aquel amor fervoroso supo agradecerle. Darvasastu valía un tesoro, y -Estrianges, lleno de amistad y de reconocimiento, quizás él mismo -confundió tales afectos con los de amor vivo, y decidió casarse con la -princesa, sin creer que hiciese con esto el menor sacrificio. Casóse, -pues, según los ritos y ceremonias de la religión de Zoroastro, que si -bien algo impurificada por la religión de los asirios, era en aquella -edad la religión oficial del reino de Media. De esta suerte vino á ser -Estrianges yerno del Rey Astibaras.</p> - -<p>Con el trato y la convivencia, ambos consortes, que eran finos y -prudentes, fueron amándose más cada día y viviendo en santa paz -matrimonial, aunque por parte de ella con grande amor, y por<span class="pagenum"><a name="page_341" id="page_341"></a>{341}</span> parte de -él con tibieza; tibieza, no obstante, oculta entre mil cuidadosos -extremos y atenciones, pues no en balde era él la flor de la cortesía.</p> - -<p>Tan rara concordia duró años; fué una desmesurada luna de miel. -Contribuyó á esto que Estrianges, á pesar de que no amaba con fervor á -su mujer, era tan descontentadizo y tan crítico, que tampoco hallaba á -otra alguna, ni dentro de los dominios de su suegro ni fuera, en cuanto -él había explorado en sus peregrinaciones, que fuese más digna de su -amor.</p> - -<p>De aquí que, allá en el fondo de su alma, él se dijese algo parecido á -nuestro refrán castellano: <i>á falta de pan, buenas son tortas</i>; y como -todo es relativo en este mundo, él, de un modo relativo, amó á su mujer -por cima de todas las otras mujeres conocidas y reales.</p> - -<p>La situación de su ánimo, no confesada á nadie sino á sí propio, -atormentaba su corazón, á pesar de cuanto va dicho. No era él hombre que -se contentase y aquietase con lo relativo: ansiaba lo absoluto y lo -perfecto.</p> - -<p>Con frecuencia tenía este ó semejante coloquio consigo mismo:</p> - -<p>—Yo consagro á mi mujer todo el amor que pudiera dar á otras mujeres; -yo soy un dechado de fidelidad; pero descubro en lo más hondo de mi -pecho un manantial abundante de cariño, el<span class="pagenum"><a name="page_342" id="page_342"></a>{342}</span> cual ella no conoce y del -cual ni ella ni nadie bebe. ¿De qué me vale este manantial? ¿Para qué -esta riqueza de que nadie goza? Esta escondida virtud ¿no llegará jamás -á manifestarse?</p> - -<p>Así discurría Estrianges; pero como sus discursos en este particular -eran recónditos, pasaba en la corte, con gran satisfacción de Astibaras, -y pasaba también en la dilatada extensión del reino, por el fénix de los -maridos. Por modelo le presentaban á los suyos todas las mujeres -casadas, y todos los padres de hijas casaderas anhelaban un yerno que se -le asemejase.</p> - -<p>En su casa sólo parecía que faltaba un requisito para la completa -felicidad; requisito que, no ya en apariencia, sino realmente, hubiera -estrechado su lazo de amor legítimo. Su matrimonio había sido estéril. -Cinco años hacía que se había casado, y no había tenido sucesión. -Estrianges tenía entonces treinta años, y veinticuatro la princesa.</p> - -<p>Los hombres, cuando no hallan pábulo bastante al fuego interior, á la -actividad que los devora; cuando no tienen objeto real á quien consagrar -sus facultades, suelen buscar algún objeto fantástico ó sofístico. -Estrianges no era todo lo feliz que él ansiaba ser. Sentía sed, apetito -de algo confuso, que no acertaba á explicarse ni sabía dónde encontrar. -Su mujer, sus amigos, las demás mujeres, su gloria, su posición, la -hermosura del universo,<span class="pagenum"><a name="page_343" id="page_343"></a>{343}</span> las estrellas que pueblan el éter, el esquivo y -grato terror de las selvas, los matices y aromas de las plantas y de las -flores, todo deleitaba su ánimo; pero su ánimo no se pagaba de nada por -entero. Entonces llegó á imaginar Estrianges si todo sería como -misterio, cifra ó emblema, cuyo significado podría descubrirse por medio -de alguna clave que explicase el enigma. De aquí que, paso á paso, sin -revelar nada á nadie, porque era muy reservado, se fué Estrianges -dedicando á la magia.</p> - -<p>Él amaba y buscaba la luz, y pensó, por consiguiente, en la magia -blanca, y no en la negra; pero, según hemos indicado ya, la pura -religión de la luz increada se había contaminado y falseado bastante en -Media en aquellos tiempos, mezclándose con extrañas supersticiones y -creencias venidas de otros países, y singularmente de Babilonia.</p> - -<h3>IV.</h3> - -<p>Estrianges se afanaba por revestir de forma sensible algo que fuese -núcleo de luz increada y perfecta concreción de su idea: algo donde -pudiera consumir la llama de amor que devoraba su alma.</p> - -<p>Consultó á los <i>athravanes</i> y magos, y se dió á entender, en vista de la -consulta, que así como en todo el universo no había ser que no tuviese -su idea en la mente, así tampoco había idea en mente<span class="pagenum"><a name="page_344" id="page_344"></a>{344}</span> alguna, por vaga y -confusa que la idea fuese, que no tuviera su objeto real en el mundo. De -aquí deducía Estrianges que la idea por la que estaba atormentado no era -idea vana, sino idea que tenía objeto, y que era menester buscarle para -que se aquietase en él su voluntad.</p> - -<p>Esto, sin embargo, ofrecía no pocos inconvenientes. La empresa era -difícil. Podían además darse circunstancias que la hiciesen imposible.</p> - -<p>—En el seno de Zervana-Akerena, pensaba nuestro héroe, en el seno del -tiempo sin límites, está todo: está el dios del bien, Aura-Mazda; está -el dios del mal, Arimanes; y están las criaturas de ambos dioses -enemigos; pero ahora, en el momento en que vivo yo, ¿vive ó no vive -también el ser que me enamora? Sin duda vive. Pero ¿vive con forma y en -condiciones que me le hagan asequible? ¿No puede haber pasado ya por -esta tierra que habitamos y estar aguardando en el reino de las sombras -el día de la resurrección de los cuerpos? ¿No puede ser que aun no haya -venido á esta mansión terrena, y exista sólo su <i>feruer</i>, esto es, su -esencia celestial y divina? ¿Qué esperanza me resta, si el objeto de mi -amor es <i>feruer</i> ó espíritu desprendido ya del cuerpo? También es dable -que el objeto de mi amor, en vez de ser criatura de Aura-Mazda, sea -criatura de Arimanes; provenga de las tinieblas, y no de la luz.<span class="pagenum"><a name="page_345" id="page_345"></a>{345}</span></p> - -<p>Estrianges trataba de desechar de sí este pensamiento, que le convertía -en amador de un ser diabólico; pero el pensamiento persistía. Arimanes, -allá en lo hondo de su tenebroso imperio, había acertado á crear seres -hermosísimos, que parecían hijos de la luz. Entre ellos se contaban las -<i>pairikas</i> ó <i>peris</i>. Estrianges llegó á sospechar si andaría él -enamorado de una <i>pairika</i>.</p> - -<p>De todos modos, en lo que él estaba firme era en revestir al objeto de -su amor, ya viniese de la luz, ya de las tinieblas, de un cuerpo -imaginario de mujer hermosa. Pero ¿dónde y cómo hallar la realidad de -este ser?</p> - -<p>Mil métodos adoptó y ensayó para hallarle. Al cabo hubo de dar un gran -paso en este camino, si bien este paso le trajo á más angustiosa -situación de espíritu de aquella en que antes se hallaba.</p> - -<p>Á nada dió jamás tanto crédito nuestro héroe como á la existencia de un -flúido misterioso y sutilísimo, el cual es elemento ó ambiente en que se -bañan, viven y respiran los espíritus; por manera que este flúido apenas -es materia, pero de él nacen las esferillas sutiles que, apretándose y -aglomerándose, de difusas que eran, vienen á formar los soles y los -demás astros y cuantos seres en ellos moran y viven; flúido, por otra -parte, cuya infinita virtualidad, potencia y brío los espíritus selectos -logran á veces reunir, desechando la extensión, la pesadez,<span class="pagenum"><a name="page_346" id="page_346"></a>{346}</span> la masa, la -inercia y otras cualidades que son esencia de los cuerpos, y guardando -sólo la energía, que es el principio espiritual, invisible é impalpable -de la vida y de la inteligencia.</p> - -<p>Lisonjeándose Estrianges de haber adquirido cierto dominio sobre este -flúido, se creyó apto para desprender su espíritu, dejando al cuerpo en -letargo, y sin desatarse del cuerpo, y unido á él como por un hilo de -dicho flúido, volar por donde quiera con tal rapidez, que equivaliese á -ser ubicuo.</p> - -<p>Para lograr esto, no vaciló en apelar á medios reprobados por Zoroastro, -fundador de su religión: bebió del mágico licor llamado Soma ú Homa, que -era considerado como el dios de la inspiración, y se untó las plantas de -los pies y de las manos, el pecho y la nuca, con linimentos que le -suministraron los hechiceros caldeos, los cuales tenían entonces -convento ó congregación en Ecbatana.</p> - -<p>Cualquiera que fuese la causa, lo cierto es que Estrianges empezó á -tener muy singulares visiones. Su alma, como si le nacieran alas para -volar y fuerzas para romper la cárcel del cuerpo, le abandonaba dormido, -y vagaba con velocidad por mil regiones, buscando siempre el escondido -objeto de su idea confusa.</p> - -<p>Una vez se halló Estrianges en medio de vastísima llanura, donde apenas -había árboles, sino larga y verde hierba. No reparó en otros accidentes<span class="pagenum"><a name="page_347" id="page_347"></a>{347}</span> -del paisaje, porque pronto se halló en un pequeño recinto, cuyas paredes -le pareció que flotaban como si fuesen de tela. Sobre enorme piel de -oso, extendida en el suelo, había una limpia cama, con cubierta de -púrpura. En la cama yacía durmiendo una tan bella mujer, que la -imaginación jamás la había fingido tan bella, ni con mucha distancia. Su -cuerpo, casi desnudo, era mórbido y gracioso, y modelado con suaves -curvas, aunque lleno de vigor; su tez, sonrosada y blanca; su frente, -despejada y serena; carmín sus labios; sus mejillas, como claveles, y su -luenga cabellera, tan abundante, tan rubia y tan gentilmente rizada en -ondas, que parecía envolver en parte á su dueño con manto de luz y de -oro.</p> - -<p>Extático la contempló Estrianges durante algún tiempo, cuya exacta -duración no pudo medir. Tampoco acertó á explicarse si su presencia -allí, meramente espiritual, ejercía algún influjo en la mujer dormida. -Notó, no obstante, que la mujer despertaba de pronto, abría los ojos y -miraba con cariño hacia el punto en que estaba él. Entonces creyó -advertir asimismo que los ojos de ella eran azules y llenos de luz, como -el cielo en el mediodía, y que en su gesto, en su actitud y en su mirada -se revelaban la inteligencia y todo el brío de un noble carácter.</p> - -<p>Por un momento pensó Estrianges que aquella<span class="pagenum"><a name="page_348" id="page_348"></a>{348}</span> mujer no era más que su -propia idea, que se proyectaba fuera de sí, saliendo de las nieblas -confusas del cerebro y tomando forma distinta; pero esta reflexión (como -la del que duda si estará despierto ó soñando, que sólo con dudar parece -que afirma que está despierto) le corroboró más en la creencia de la -realidad exterior y material del ser que contemplaba. Y esta creencia, -por último, hubo de convertirse para Estrianges en certidumbre cuando -entendió que otro sentido, además del de la vista, daba testimonio en su -alma de la existencia de aquella mujer. Estrianges la oyó decir con -acento peregrino y en idioma que comprendía, por más que no acertaba á -deslindar cuál fuese:—¿Quién viene á interrumpir mi sueño? ¿Quién me -perturba?—Luego con voz entera, aunque se tradujesen en ella la -inquietud y el enojo, exclamó la mujer:—<i>¡Hilka, hilka, bescha, -bescha!</i>—conjuro mágico, exorcismo asirio, que se ha conservado en uso -hasta nuestros días entre quienes cultivan y ejercen las ciencias y -artes ocultas, y que significa:—<i>¡Véte, véte, malo, malo!</i> La fuerza de -este conjuro se tiene por irresistible cuando se pronuncia acompañado de -los signos que el ritual exige. Así es que el espíritu de Estrianges se -conmovió y se replegó apenas le hubo oído. La visión se apartó de su -vista, ó más bien, él se apartó de la visión. Estrianges se halló -despierto, en su lecho y<span class="pagenum"><a name="page_349" id="page_349"></a>{349}</span> en su propia alcoba, al lado de la princesa -Darvasastu, su legítima consorte.</p> - -<p>Mil veces intentó después volver á ver á la mujer misteriosa. Mil veces -excitó y lanzó á su espíritu en busca de ella. Todo fué en balde. Tan -potente era, sin duda, la virtud del exorcismo asirio.</p> - -<p>Estrianges acudió de nuevo inútilmente á los bebedizos mágicos y á los -impuros linimentos: se hizo iniciar en los misterios de Mitra, á fin de -adquirir recursos más poderosos para ver lo escondido y ser zahorí del -tesoro que cada día codiciaba más su alma; pero la mujer se sustraía á -sus sobrenaturales pesquisas. Por tales medios no volvió á verla -nunca.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_350" id="page_350"></a>{350}</span> </p> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_351" id="page_351"></a>{351}</span> </p> - -<h2><a name="INDICE" id="INDICE"></a>ÍNDICE</h2> -<table border="0" cellpadding="0" cellspacing="0" summary=""> - -<tr><td> </td><td class="rt"><small><i>Páginas.</i></small></td></tr> -<tr><td><a href="#LIBRO_PRIMERO">DAFNIS Y CLOE</a></td><td> </td></tr> -<tr><td colspan="2"> </td></tr> -<tr><td> <a href="#INTRODUCCION">Introducción</a></td><td class="rt"><a href="#page_005">5</a></td></tr> - -<tr><td> <a href="#LIBRO_PRIMERO">Libro primero</a></td><td class="rt"><a href="#page_035">35</a></td></tr> - -<tr><td> <a href="#LIBRO_SEGUNDO">Libro segundo</a></td><td class="rt"><a href="#page_061">61</a></td></tr> - -<tr><td> <a href="#LIBRO_TERCERO">Libro tercero</a></td><td class="rt"><a href="#page_089">89</a></td></tr> - -<tr><td> <a href="#LIBRO_CUARTO">Libro cuarto</a></td><td class="rt"><a href="#page_117">117</a></td></tr> - -<tr><td> <a href="#NOTAS">Notas</a></td><td class="rt"><a href="#page_148">148</a></td></tr> -<tr><td colspan="2" class="c">————</td></tr> - -<tr><td><a href="#LEYENDAS_DEL_ANTIGUO_ORIENTE">LEYENDAS DEL ANTIGUO ORIENTE</a></td><td class="rt"><a href="#page_183">183</a></td></tr> -<tr><td colspan="2"> </td></tr> -<tr><td> <a href="#LULU_PRINCESA_DE_ZABULISTAN">Lulú, Princesa de Zabulistán</a></td><td class="rt"><a href="#page_219">219</a></td></tr> - -<tr><td> <a href="#ZARINA">Zarina</a></td><td class="rt"><a href="#page_321">321</a></td></tr> -</table> - -<p><span class="pagenum"><a name="page_352" id="page_352"></a>{352}</span> </p> - -<p class="c"> -<span class="smcap">Acabóse de imprimir este libro<br /> -en la Imprenta Alemana<br /> -en Madrid á XXXI días<br /> -de Julio de<br /> -MCMVII años</span><br /> -</p> - -<div class="figcenter"> -<img src="images/ill_pg_352.png" width="50" alt="" title="" /> -</div> - -<hr class="full" /> - - - - - - - -<pre> - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of Dafnis y Cloe, leyendas del antiguo -Oriente, by Juan Valera - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK DAFNIS Y CLOE *** - -***** This file should be named 53330-h.htm or 53330-h.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/5/3/3/3/53330/ - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was -produced from images available at The Internet Archive) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. Special rules, -set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to -copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to -protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark. Project -Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you -charge for the eBooks, unless you receive specific permission. If you -do not charge anything for copies of this eBook, complying with the -rules is very easy. You may use this eBook for nearly any purpose -such as creation of derivative works, reports, performances and -research. They may be modified and printed and given away--you may do -practically ANYTHING with public domain eBooks. Redistribution is -subject to the trademark license, especially commercial -redistribution. - - - -*** START: FULL LICENSE *** - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project -Gutenberg-tm License (available with this file or online at -http://gutenberg.org/license). - - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm -electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. 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There are a lot of things you can do with Project -Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement -and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic -works. See paragraph 1.E below. - -1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation" -or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project -Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual works in the -collection are in the public domain in the United States. If an -individual work is in the public domain in the United States and you are -located in the United States, we do not claim a right to prevent you from -copying, distributing, performing, displaying or creating derivative -works based on the work as long as all references to Project Gutenberg -are removed. 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It exists -because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from -people in all walks of life. - -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's -goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. -To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation -and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 -and the Foundation web page at http://www.pglaf.org. - - -Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive -Foundation - -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at -http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent -permitted by U.S. federal laws and your state's laws. - -The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. -Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered -throughout numerous locations. Its business office is located at -809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email -business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact -information can be found at the Foundation's web site and official -page at http://pglaf.org - -For additional contact information: - Dr. Gregory B. Newby - Chief Executive and Director - gbnewby@pglaf.org - - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. 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Donations are accepted in a number of other -ways including checks, online payments and credit card donations. -To donate, please visit: http://pglaf.org/donate - - -Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic -works. - -Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm -concept of a library of electronic works that could be freely shared -with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project -Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support. - - -Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed -editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S. -unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily -keep eBooks in compliance with any particular paper edition. - - -Most people start at our Web site which has the main PG search facility: - - http://www.gutenberg.org - -This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. - - -</pre> - -</body> -</html> diff --git a/old/53330-h/images/colofon.png b/old/53330-h/images/colofon.png Binary files differdeleted file mode 100644 index e331e28..0000000 --- a/old/53330-h/images/colofon.png +++ /dev/null diff --git a/old/53330-h/images/cover.jpg b/old/53330-h/images/cover.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 4e00014..0000000 --- a/old/53330-h/images/cover.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/53330-h/images/ill_pg_005.png b/old/53330-h/images/ill_pg_005.png Binary files differdeleted file mode 100644 index 50e9257..0000000 --- a/old/53330-h/images/ill_pg_005.png +++ /dev/null diff --git a/old/53330-h/images/ill_pg_033.png b/old/53330-h/images/ill_pg_033.png Binary files differdeleted file mode 100644 index d6f23c2..0000000 --- a/old/53330-h/images/ill_pg_033.png +++ /dev/null diff --git a/old/53330-h/images/ill_pg_035.png b/old/53330-h/images/ill_pg_035.png Binary files differdeleted file mode 100644 index 395e70e..0000000 --- a/old/53330-h/images/ill_pg_035.png +++ /dev/null diff --git a/old/53330-h/images/ill_pg_061.png b/old/53330-h/images/ill_pg_061.png Binary files differdeleted file mode 100644 index e095c99..0000000 --- a/old/53330-h/images/ill_pg_061.png +++ /dev/null diff --git a/old/53330-h/images/ill_pg_089.png b/old/53330-h/images/ill_pg_089.png Binary files differdeleted file mode 100644 index a47c9d0..0000000 --- a/old/53330-h/images/ill_pg_089.png +++ /dev/null diff --git a/old/53330-h/images/ill_pg_117.png b/old/53330-h/images/ill_pg_117.png Binary files differdeleted file mode 100644 index 54526d5..0000000 --- a/old/53330-h/images/ill_pg_117.png +++ /dev/null diff --git a/old/53330-h/images/ill_pg_182.png b/old/53330-h/images/ill_pg_182.png Binary files differdeleted file mode 100644 index 3916098..0000000 --- a/old/53330-h/images/ill_pg_182.png +++ /dev/null diff --git a/old/53330-h/images/ill_pg_185.png b/old/53330-h/images/ill_pg_185.png Binary files differdeleted file mode 100644 index ed3c716..0000000 --- a/old/53330-h/images/ill_pg_185.png +++ /dev/null diff --git a/old/53330-h/images/ill_pg_221.png b/old/53330-h/images/ill_pg_221.png Binary files differdeleted file mode 100644 index 23405d7..0000000 --- a/old/53330-h/images/ill_pg_221.png +++ /dev/null diff --git a/old/53330-h/images/ill_pg_321.png b/old/53330-h/images/ill_pg_321.png Binary files differdeleted file mode 100644 index 4dc95d8..0000000 --- a/old/53330-h/images/ill_pg_321.png +++ /dev/null diff --git a/old/53330-h/images/ill_pg_352.png b/old/53330-h/images/ill_pg_352.png Binary files differdeleted file mode 100644 index 2a25845..0000000 --- a/old/53330-h/images/ill_pg_352.png +++ /dev/null |
