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-The Project Gutenberg EBook of Dafnis y Cloe, leyendas del antiguo Oriente, by
-Juan Valera
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org/license
-
-
-Title: Dafnis y Cloe, leyendas del antiguo Oriente
-
-Author: Juan Valera
-
-Release Date: October 20, 2016 [EBook #53330]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK DAFNIS Y CLOE ***
-
-
-
-
-Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
-Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was
-produced from images available at The Internet Archive)
-
-
-
-
-
-
-
-
-
-
- JUAN VALERA
-
- NOVELAS
-
- DAFNIS Y CLOE
-
- LEYENDAS DEL ANTIGUO ORIENTE
-
- (FRAGMENTOS)
-
- [imagen: colofón]
-
- OBRAS COMPLETAS
-
- TOMO XII
-
- Es propiedad.
- Derechos reservados.
-
-
-
-
- DAFNIS Y CLOE
-
- Ó
-
- LAS PASTORALES DE LONGO
-
-
-
-
-[una barra decorativa]
-
-INTRODUCCIÓN
-
-
-Los aficionados á libros suelen cegarse con frecuencia y prestar á
-muchas obras literarias un mérito que no tienen, y esperar que logren
-una popularidad que al cabo no alcanzan. Es evidente que yo, cuando me
-he tomado el trabajo de traducir esta novela, y me he atrevido luego á
-presentarla al público, es porque creo, ó bien con fundamento, ó bien
-inducido en error por dicha ceguedad, que esta novela es bonita é
-interesante, y que ha de gustar y divertir á los lectores.
-
-Lejos de censurar, disculpo yo y hasta aplaudo la publicación de
-cualquier libro antiguo, por malo que sea. La mayoría no tendrá la
-paciencia de leerle; pero siempre le leerá con gusto y con interés
-cierto breve círculo de personas estudiosas que busquen en él, y quizá
-hallen nuevos datos para la historia literaria, ó curiosas noticias
-sobre costumbres, usos, hechos históricos, estilo y lenguaje de una
-época y nación determinadas. De libros publicados con este objeto debe
-salir á la venta muy pequeño número de ejemplares. No son, ni pueden ser
-en realidad, libros para el público, sino para unos cuantos bibliófilos.
-
-No es así como yo traduzco y publico en castellano la novela de Longo.
-La publico como algo que, en mi sentir, puede y debe gustar aún al
-vulgo; como algo que puede ser popular en nuestros días.
-
-Á fin de manifestar las razones en que me apoyo para pensar así, escribo
-esta introducción.
-
-Escasísima cantidad de obras maestras tiene una fama que jamás se
-marchita. Sus autores se llaman por excelencia los autores clásicos, y
-toda persona culta, ó que presume de culta, los compra, aunque nunca los
-lea. Si por acaso acomete, en ratos de ocio, la lectura de uno de estos
-autores, pongo por caso de Homero, de Píndaro ó de Virgilio, á las pocas
-páginas, ó se duerme ó se aburre. Tres modos principales suele emplear
-después el lector aburrido ó dormido para explicar su aburrimiento ó su
-sueño. Si es muy modesto, se echa la culpa á sí propio, reconociendo que
-carece de la educación estética ó de la aptitud natural bastante para
-penetrar el sentido de lo que lee, y apreciar y ponderar todos los
-primores y bellezas del estilo, teniendo en cuenta, además, que es
-menester cierto aparato de erudición y cierto esfuerzo de fantasía para
-trasladarse en espíritu á la edad en que vivió el autor y para ponerse
-en lugar de uno de sus contemporáneos, participando de sus creencias,
-afecciones y anhelos, único modo de comprender todo el valor de lo que
-lee, y de sentir, al leerlo, la misma honda impresión que sintieron, sin
-duda, los hombres que vivían cuando el autor, y para quienes el libro se
-compuso. Los que se explican así el no gustar de un autor clásico son
-los menos, porque la modestia y la humildad son prendas rarísimas. Otros
-hay que se lo explican todo dejando á salvo al autor y echando la culpa
-al traductor desgraciado. Busca, por ejemplo, una persona elegante y de
-mundo, que oye decir que la _Iliada_ es un trabajo prodigioso, una
-traducción castellana de la _Iliada_; le dan la de Hermosilla: empieza á
-leerla, se harta á las seis ó siete páginas, y acude, para desenojarse,
-á una novela de Daudet ó de Belot, que le parece mil veces más
-agradable. No atreviéndose á decir que Homero es insufrible, y que todos
-los críticos que le han elogiado lo hacían por seguir la corriente, ó
-porque eran unos pedantones que con tales elogios querían darse tono,
-decide que el traductor lo ha estropeado todo, en lo cual, hasta cierto
-punto, no se equivoca á veces, y de esta suerte deja á salvo, por una
-parte, el buen gusto y la agudeza y perspicacia que él cree tener, y por
-otra, la autoridad de los siglos y el general y constante
-consentimiento de varias y diversas civilizaciones y de muchas
-generaciones, que han decidido que los cantos de Homero son de la mayor
-belleza. Los más atrevidos por último, se van derechos contra el autor,
-y decretan que Homero es soporífero; que en la edad bárbara en que
-vivió, tal vez gustaría; pero que ahora no hay quien le aguante, y que
-ni los mismos que le encomian le leen, sino que aprenden lo más
-substancial de lo que dice, en algún compendio ó manual de historia de
-la Literatura, y suponen que le han leído y hasta que se han encantado
-leyéndole, para darse tono y lustre de discretos y de profundos.
-
-Á mí me ha ocurrido con frecuencia que hombres políticos de primera
-magnitud, que han sido ministros cuatro ó cinco veces, abogados famosos,
-hacendistas y economistas, me hayan excitado á que me desemboce con
-ellos y les confiese que Homero no puede haberme gustado, si es que le
-he leído. Y como yo me obstinara en que le había leído y en que me
-gustaba, me han tenido por hipócrita literario ó por hombre disimulado y
-lleno de fingimiento, á fin de darme importancia de erudito y humanista.
-
-Lo expuesto hasta aquí debiera arredrarme, en vez de animarme, para
-publicar á Longo; pero yo discurro de otra suerte. Es verdad que los
-poetas clásicos, griegos y latinos, no gustan al vulgo de los
-españoles; pero ¿por qué no han de gustar los prosistas?
-
-Para que no gusten ni sean populares los poetas hay, á más de las ya
-expuestas, otras muchas razones que vamos á exponer. Nosotros poseemos
-una riquísima poesía nacional, tanto más popular cuanto más se aparta en
-todo del antiguo gusto clásico. Para el asunto, si es narrativa, nos
-deleita la Edad Media ó los tiempos de la casa de Austria, idealizados
-de cierta manera y como nunca fueron; para los sentimientos y
-pensamientos, los católicos y piadosos, aunque el poeta sea ateo y los
-entrevere y combine con modernas filosofías; y para la forma, ó gran
-riqueza de rimas, ó la asonancia del romance, ó la castiza y también
-asonantada seguidilla. Ahora bien; sin entrar aquí á buscar la causa, es
-lo cierto que Homero y Virgilio se despegarían puestos en seguidillas ó
-en romances, y puestos en octavas reales ó en décimas, no sólo se
-despegan también, sino que es imposible que el más hábil versificador,
-forzado por el consonante, no ponga mucho de su cosecha, y además
-abundantes ripios en su traducción. La versificación clásica antigua,
-sobre todo los exámetros, han pasado con fortuna á varias lenguas
-modernas. En inglés y en alemán se escriben y se leen con gusto los
-exámetros. En castellano casi nadie los ha escrito, y nadie los
-resiste. Y el verso endecasílabo libre que, á mi ver, es muy á propósito
-para este género de traducciones, y aun para escribir narraciones
-poéticas originales, inspira en España verdadero aborrecimiento, acaso
-porque rara vez se ha hecho bien hasta ahora. Como, por otra parte, el
-vulgo no tiene acostumbrado el oído, no percibe la armonía de esta
-versificación, ni comprende su valer, y la juzga prosa cansada.
-
-Longo, que está en prosa y que yo traduzco en prosa, no ofrece ninguna
-de estas graves dificultades. Es cierto que no debe considerarse como un
-autor clásico; pero también es cierto que su obra pertenece á un género
-más de moda hoy que nunca; _Dafnis y Cloe_ es una novela. Y como, á mi
-ver, es la mejor que se escribió en la antigüedad clásica, y está
-traducida en casi todos ó en todos los idiomas modernos, he creído que
-debiera estarlo también en castellano, y que una traducción fiel y hecha
-con alguna gracia, si atinaba yo á dársela, había de agradar á todos.
-
-Harto sé, no obstante, que los libros, no ya clásicos y capitales, por
-decirlo así, sino de segundo orden, como suelen ser las novelas, están
-aún más sujetos á la moda que los demás libros. Homero y Virgilio,
-aunque ya no divierten al vulgo, siguen y seguirán siempre siendo el
-encanto de los doctos aun de los medianamente instruídos; pero á veces
-hasta las novelas, que fueron en su época delicia de todos, no hay quien
-las sufra en el día: ni los más literatos llevan con paciencia su
-lectura. ¿Qué portugués, por sabio que sea, lee ahora, sin saltar una
-página, la _Menina e moça_, de Bernardín Riveiro? ¿Qué español se traga
-la _Diana_, de Jorge de Montemayor? El _Amadis de Gaula_, que durante
-dos siglos ó más hechizó y deleitó á toda Europa, yace hoy arrinconado
-para que algún paciente erudito ó algún lector tan incansable como raro
-le lea por entero.
-
-Esta efímera popularidad de la novela debe de consistir, sin duda, en
-que las más estimadas y leídas en su época se lo debieron, no á
-cualidades permanentes, sino al estilo de moda: á algo de convencional,
-que hechiza en un momento y que un momento después empalaga y aburre por
-falso y afectado.
-
-Hay excepciones de esta regla; hay algunas novelas que por encima de la
-beldad de convención poseen la beldad absoluta. Tales novelas sólo
-sobreviven, se salvan del olvido en que las otras caen, y llegan á
-contarse en el número de los libros clásicos. En toda época, pues, son ó
-deben ser leídas por las personas de buen gusto. No pretendamos por eso
-que el vulgo las lea también. Algo más las leerá y algo más habrán de
-agradarle que los grandes poetas antiguos; pero nunca, ni con mucho, le
-parecerán tan bien como cualquiera novela novísima, según el estilo y la
-moda vigentes. Yo tengo para mí que el mismo _Quijote_, con ser novela
-extraordinaria, sin par y única, la más espléndida joya de nuestra
-literatura, el fruto más rico y sazonado del ingenio español, el libro
-al lado del cual no se podrá poner acaso sino una docena de otros libros
-desde que los hay en el mundo, no es hoy leído sino por literatos,
-mientras que el vulgo y gran multitud de personas cultas, vulgo en esto,
-se aburren leyéndole, si es que intentan leerle, y apenas perciben
-algunas de sus bellezas, y las demás se escapan por completo á su
-percepción, aunque la tengan muy viva, sutil y despierta para comprender
-hasta los ápices y más menudos primores de Feuillet, Musset, Mérimée,
-Sue, Balzac, Dickens, Dumas, Víctor Hugo y otra caterva de novelistas
-contemporáneos, extranjeros, y aun españoles. Claro está que por
-patriotismo, por no contrariar la corriente, con lo cual se harían en
-este caso reos de lesa gloria nacional, casi todos afirman y sostienen
-que el _Quijote_ es obra admirable, si bien la admiran por fe y sin
-leerla.
-
-Y no digo esto lamentándolo, sino para consignar un hecho. Esta
-diversidad de gustos, esta moda vulgar de cada siglo, es conveniente.
-¿Qué sería del infeliz escritor si el gusto fuese siempre igual? ¿Qué
-concurrencia no le harían los autores antiguos? ¿Cómo competir en
-España con el ignorado autor de la _Celestina_ ó del _Amadis_ y con
-tantos otros famosos novelistas, si sus obras tuviesen hoy la vida, la
-frescura y el encanto, y si fuesen tan sentidas y comprendidas del vulgo
-como cuando se escribieron? Muchos, los más de los que hoy escribimos,
-tendríamos que cruzarnos de brazos, llenos de aflicción y desaliento.
-¿Quién escribiría un drama si gustasen y se comprendiesen Calderón y
-Lope y Tirso, y respondiesen hoy, como en el siglo XVII, á los afectos,
-pasiones y creencias de la muchedumbre?
-
-De todos modos, yo entiendo que la novela de _Dafnis y Cloe_ dista no
-poco de ser una obra extraordinaria; pero entiendo también que hay en
-ella mérito bastante para colocarla en el número de las novelas
-excepcionales, de belleza absoluta é independiente de la moda. Esto me
-basta para justificar su traducción y su publicación en castellano.
-Pero, ¿cómo he de fundar en esto la esperanza de que se divulgue y sea
-popular la novela que traduzco y patrocino?
-
-Lo espero, en primer lugar, por su concisión, pues no pasa, traducida
-por mí, de 120 páginas. Y la espero también, porque la traducción
-francesa de Courier, refundiendo la de Amyot, y las disputas de Courier
-con Furia por ocasión de la mancha de tinta, han dado en Francia no muy
-distante celebridad y popularidad á esta novela; y como las modas
-vienen á España de Francia, pudiera ser que viniese esta moda de gustar
-de _Dafnis y Cloe_.
-
-Otra razón para que la novela guste, es la sencillez de su estilo, donde
-la belleza de convención no entra para nada, pues los autores griegos,
-hasta en la edad de decadencia, como se cree que fué la de Longo, se
-dejaban más difícilmente extraviar por los artificios conceptuosos al
-uso ó al gusto de un momento.
-
-Razón es asimismo la de que, á pesar de lo que aseguran muchos, de que
-los autores griegos y latinos no sentían ni comprendían tan hondamente
-la Naturaleza como los modernos y los orientales, en _Dafnis y Cloe_ la
-Naturaleza está viva, cuando no hondamente sentida y pintada. Así lo
-declaran el sabio Humboldt, en el _Cosmos_, Villemain y otros críticos.
-La brevedad de estas descripciones hace que hieran con más vigor la
-fantasía de todo lector un poco atento, sin peligro de que fatiguen como
-ocurre con frecuencia en las descripciones minuciosas, analíticas é
-interminables de muchos escritores modernos, de quienes se diría que
-miran con microscopio, tocan con escalpelo y escriben con plomo
-derretido.
-
-Una gran contra, fuerza es confesarlo, tiene, por cierto, _Dafnis y
-Cloe_: el realismo de sus escenas amorosas, y la libertad, que raya en
-licencia, con que algunas están escritas; pero sirva de disculpa que lo
-que en _Dafnis y Cloe_ pueda tildarse de licencioso no es en el fondo
-perverso, y si algo de esto último hay en el original, lo hemos cambiado
-ó suprimido. En las impurezas de _Dafnis y Cloe_ resplandecen además
-cierto candor y cierta nitidez, y hasta me atrevo á decir que la desnuda
-y limpia inocencia del mármol pentélico, trabajado por el cincel del
-escultor antiguo. Para mí sería no menos injusto tildar de poco decentes
-algunas escenas de _Dafnis y Cloe_, como tildar de poco decentes el
-Apolo de Beldevere y la Venus de Milo. Toda la culpa, si la hay, está en
-el desnudo. Vestidas, y bien vestidas, están Fanny, Madame Bovary, _La
-mujer de fuego_, _La Dama de las Camelias_ y otras mil heroínas del día,
-y son harto menos honestas que Cloe. Inmensa, pongamos por caso, es la
-distancia entre Cloe, que ama á Dafnis sin ningún interés y por él
-mismo, y jura serle fiel y le es siempre fiel en vida y en muerte, y la
-heroína de Goethe, Margarita, á quien las damas más púdicas admiran, no
-ya á solas, en su estancia, donde no es pública la desvergüenza, sino en
-pleno teatro, por lo menos haciendo gorgoritos en italiano, y en cuya
-seducción interviene, no obstante, el incentivo de la codicia, el regalo
-de las joyas, y donde ella, para estar con más descuido en los brazos de
-su amante, da á su madre un narcótico, y para ocultar su pecado, mata á
-su hijo. Todo lo cual no impide que Margarita sea admirada como criatura
-angelical, modelo de ternura y de otras virtudes, y que se vaya derecha
-al cielo, sin media hora siquiera de purgatorio, y que después interceda
-con la Virgen María para llevarse también por allá al bribonazo del
-doctor Fausto, del cual ha hecho el poeta alemán un extraño Job al
-revés, ya que, en lugar de padecer con resignación las duras pruebas á
-que somete el diablo al Job árabe, hace, con ayuda del diablo, cuanta
-maldad y bellaquería se le antojan, sin escrúpulo de conciencia; y para
-distraer sus melancolías en la ocasión más terrible, cuando ha
-deshonrado y perdido á Margarita y causado la muerte de tres personas,
-se va á bailar el jaleo con brujas jóvenes y bonitas en un estupendo y
-desenfrenado aquelarre.
-
-Al lado de _Fausto_, al lado de gran parte de los más celebrados libros
-modernos, es inocentísimo el que traducimos.
-
-Algo podrá también influir para que guste y para que las antedichas
-faltas se perdonen ó se disimulen, el haber indudablemente servido de
-modelo á la famosísima y con razón encomiada novela de Bernardino de
-Saint-Pierre, que se titula _Pablo y Virginia_. No negaré yo que en ésta
-el pudor y el espiritualismo de los amores se levantan inmensamente por
-cima de lo que se pinta y refiere en _Dafnis y Cloe_, como que allí
-todo está informado, á pesar del autor que era poco cristiano, por el
-casto espíritu del cristianismo, mientras que _Dafnis y Cloe_ es obra
-gentílica; pero en otras cosas, á mi ver, _Dafnis y Cloe_ aventaja á
-_Pablo y Virginia_. En esta última novela hay, sin duda, en medio de sus
-sencillas y naturales bellezas, sobrada afectación y _sensiblería_
-malsana, propias de Rousseau, maestro de Saint-Pierre, y teosófico
-prurito de buscar en la Naturaleza una revelación religiosa, mientras
-que en _Dafnis y Cloe_ hay religión positiva, aunque sea mala, y todo es
-más candoroso y menos alambicado.
-
-Tales son las principales razones que me asisten para creer que _Dafnis
-y Cloe_ puede gustar aún al vulgo en España.
-
-Ya otra novela griega, que ha sido dos ó tres veces traducida ó
-parafraseada en español, la única quizá que ha obtenido esta honra,
-_Teágenes y Cariclea_, de Heliodoro, gustó mucho durante más de un
-siglo, como lo prueban, Cervantes imitándola en el _Persiles_; Calderón
-tomando asunto de ella para su comedia _Los Hijos de la Fortuna_; la
-antigua traducción hecha por Fernando de Mena y publicada en 1516, y la
-nueva hecha del latín, como la antigua, por D. Fernando Manuel del
-Castillejo, en el año de 1722. Ambas traducciones gustaron, aunque son
-desmayadísimas, y más que traducciones, desleídas paráfrasis. La novela
-de Heliodoro, además, hasta en el original peca de fastidiosa, si bien
-en la moral apenas tiene punto vulnerable, como obra de un santo varón
-cristiano que llegó á ser obispo.
-
-Debe, por último, excitar la curiosidad pública y avivar el deseo de
-leer la novela de _Dafnis y Cloe_ la consideración de ser la primera por
-su merecimiento, ya que no en el orden cronológico, de cuantas nos ha
-dejado la literatura griega, germen fecundo y guía constante de todas
-las literaturas de la moderna Europa.
-
-Aunque de la historia de este género de ficciones, que hace tiempo se
-llaman _novelas_, y que tan en moda están en el día, pudiéramos
-excusarnos de hablar, remitiendo al lector á los autores de más valer
-que sobre ello han escrito, bueno será poner algo aquí, en breve
-resumen, acerca de la novela griega en general, y singularmente acerca
-de _Dafnis y Cloe_, tomando por guía á Chassang, á Chauvin, á Sinner, á
-Dunlop y á otros.
-
-Cierto que la novela, escrita en prosa con alguna extensión, en una
-forma aproximada á aquella en que hoy la concebimos y escribimos, y
-contando lances de la vida privada de personas, no históricas, sino
-particulares y fingidas las más veces, es una aparición muy tardía en la
-literatura griega, y se puede y debe colocar en época de decadencia, al
-menos relativa; pero, si por novela hemos de entender toda narración,
-oral ó escrita, en prosa ó en verso, de casos inventados, ya se inventen
-con plena conciencia, ya se imaginen ó se sueñen por unos hombres de un
-modo espontáneo é inconsciente, y por otros se crean verdaderos y
-reales, la novela es tan antigua como el mundo, desde que vive en el
-mundo gente que habla.
-
-Los griegos la llamaron _mytho_, y los latinos _fábula_. _Contar ó
-hablar_ equivalía á referir _fábulas ó mythos_. _Hablar_ viene de
-_fabulor_, que á su vez viene de _fábula_; y _mytho_ en griego significa
-á la vez palabra, discurso, fábula, ó tradición popular cuento. Toda
-_habla_ tenía, pues, en lo antiguo, sobre todo cuando narraba, mucho de
-cuento, novela ó fábula. Por medio de ellas se explicaban los fenómenos
-de la Naturaleza: el terror de los bosques, el curso del sol y de las
-estrellas, la vida misteriosa de las plantas, la voz del escondido eco,
-la recóndita inmensidad y el prolífico abismo de los mares, el
-subterráneo origen de las fuentes, el brío devorador á par que plasmante
-de la llama, la lucha de los elementos, sus afinidades y consorcios
-fecundos, la fuerza que amontona los metales ó que cuaja el cristal en
-las entrañas de la tierra, el arco iris que se extiende en la bóveda
-azul, las tinieblas de la noche, el fulgor de la aurora, las nubes, el
-trueno, el rayo, la lluvia que fertiliza y el viento que destroza;
-cuanto hiere, en suma, la imaginación de los hombres, cuando la
-Naturaleza hablaba con más poderosa voz que en el día á sus potencias y
-sentidos, sin apartar el velo que la cubre ni hacer patentes sus
-entonces inefables y temerosos arcanos. Los afectos, pasiones y
-apetitos, que conmovían nuestro ser, no analizados tampoco entonces, ni
-fisiológica ni psicológicamente, se personificaban del mismo modo que
-los fenómenos naturales externos, y de aquí nacían también dioses y
-diosas, demonios y genios. Cada uno de estos seres fantásticos tenía su
-vida propia. Su historia, ya se refería, ya se cantaba en himnos. Los
-acontecimientos humanos, las conquistas bienhechoras ó destructoras, la
-emigración de los pueblos, la fundación de ciudades, reinos ó
-repúblicas, los viajes por mar y por tierra en un mundo apenas conocido,
-donde la imaginación ponía lo que el entendimiento ignoraba; todo esto,
-engrandecido á poco de suceder, y á veces á par que sucedía, sin que
-nadie lo escribiese, transmitiéndose y creciendo al pasar de boca en
-boca, y conservado á menudo en la memoria, merced á la palabra rítmica,
-dejaba de ser historia, se convertía en cuento, fábula ó _mytho_, y era,
-en suma, la materia épica diseminada ó difusa. En ella se guardaba,
-oculto en símbolos y figuras, todo el saber de las primeras edades; de
-donde, con el andar del tiempo, salieron las maravillosas epopeyas,
-cuando un vate singular y dichoso acertó á reunir los dispersos cantares
-en armónico conjunto; y de donde la historia brotó más tarde, cuando un
-observador, curioso y discreto, agrupó esos mismos cantares épicos,
-hablas y tradiciones, poniéndolos en desatada prosa y procurando dar
-alguna razón de ellos en virtud de la crítica naciente.
-
-De aquí que, en fuerza de ser todo novela (religión, geografía,
-historia, ciencias naturales, moral y política), no viniese hasta muy
-tarde la novela propiamente dicha.
-
-Han disputado muchos eruditos sobre la procedencia de la novela griega.
-Unos, como Huet, suponen que vino del Oriente; otros, que nació en
-Grecia, original y castiza. Yo creo que, sin duda, los primitivos
-griegos traían ya sus creencias y sus _mythos_ desde que emigraron de la
-cuna de la raza aria, en las faldas del Paropamiso; que fueron después
-inventando mucho, y que tomaron también no poco de Egipto, de Fenicia,
-del Asia Menor, de Tracia y de otras regiones y pueblos; pero los
-griegos, admirablemente dotados por la Naturaleza, pusieron en todo el
-sello de su propio ser: la gracia, la medida, la armonía y el buen gusto
-instintivo é innato.
-
-Como quiera que ello sea, la ficción fué, en un principio, candorosa, y
-no reflexiva: tuvo carácter épico, tanto por el sujeto que fingía,
-cuanto por el objeto fingido. No era la ficción individual, ó se habían
-perdido las huellas de que lo fuese: era obra de la imaginación
-colectiva: no era historia fingida adrede, sino creída y soñada; ni era
-tampoco de casos meramente domésticos, sino importantes al pueblo todo ó
-á todos los hombres: historia de reyes, de patriarcas, de héroes
-epónimos, de dioses y semi-dioses, los cuales, ya, como Hércules, Teseo,
-Perseo y Belerofonte, altos modelos de los ulteriores caballeros
-andantes, socorrían doncellas, amparaban menesterosos y libertaban la
-tierra de monstruos y tiranos; ya, como Baco, Osiris y los Argonautas,
-se extendían por el mundo, civilizándole en expedición conquistadora;
-ya, como Hermes, inventaban artes que hacen grata la vida; ya, como
-Prometeo, arrostraban la cólera del cielo y del inflexible destino, á
-fin de salvar, mejorar ó ennoblecer al género humano.
-
-Cuando toda esta materia épica pasó de ser oral á ser escrita, y
-perdiendo el ritmo ó forma de la poesía, vino á ponerse en prosa, la
-ficción, ó dígase la novela en su más lato sentido, entró en un período
-importante de su historia, si bien aun apenas aparecía aislada, sino
-combinándose con todo. Los moralistas se valían de ella para inculcar
-sus preceptos, y los filósofos y políticos para hacer más perceptibles y
-populares sus teorías y sistemas. De aquí las fábulas de Platón sobre
-la Atlántida y sobre Her el armenio, la del grave Aristóteles sobre
-Sileno y Midas, y la de Jenofonte sobre la educación de Ciro.
-
-Lo inexplorado hasta entonces de este planeta en que vivimos, daba lugar
-á innumerables _utopias_; esto es, á tierras incógnitas ó muy remotas,
-donde vivían pueblos extraños, ya por lo monstruoso de su ser y
-condición, ya por estar gobernados de una manera singular y perfecta,
-según el gusto de quien transmitía ó inventaba la ficción. Así nacieron,
-y se pusieron en diversos sitios, reinos ó repúblicas de amazonas, de
-pigmeos y de arimaspes, y así surgieron también islas afortunadas: el
-país de los hiperbóreos, amados de Apolo; la tierra de los meropes, la
-nación india de los atacoros, y hasta la Pancaya de Evhemero.
-
-De la misma suerte que, por ignorancia de la geografía, se creaban
-países y pueblos fantásticos, por el desconocimiento de los casos
-pasados, emigraciones de razas, conquistas, victorias, civilizaciones
-florecimientos y decadencias, nacieron multitud de historias de pueblos
-primitivos, donde á veces, sobre la leve trama de algunos hechos reales,
-la fantasía tejía y bordaba mil prodigios.
-
-Para dar autoridad á alguna doctrina religiosa ó filosófica, casi se
-forjaba un personaje y toda su portentosa historia, como la de Abaris ó
-la de Zamolxis, y, por el contrario, para glorificación de un personaje
-real, se forjaba su leyenda. Así se escribieron no pocas vidas, no ya
-sólo de reyes, héroes y conquistadores, sino también de sabios y de
-filósofos, como la de Pitágoras por Jámblico y Porfirio, la de Apolonio
-de Tyana por Filostrato, la de Plotino por Porfirio, y la de Proclo por
-Marino. Hasta para dar una explicación racionalista á la historia
-divina, para traer á la tierra á los númenes que el vulgo adoraba, y
-reducirlos á la condición y proporciones humanas, se inventan fábulas no
-menos increibles y absurdas que la misma religión que tiraban á
-destruir, como ocurría en la ya citada Pancaya de Evhemero, quien cuenta
-hoy, sin las disculpas que él tenía, tan numerosos y brillantes
-discípulos, v. gr.: Rodier, Renan, Moreau de Jonnes, y sobre todo, el
-autor de un libro titulado _Dios y su tocayo_, donde se pretende probar
-que Jehováh era el emperador de la China, y Adán un súbdito rebelde,
-expulsado del Celeste Imperio.
-
-Es evidente que al señalar aquí las diversas direcciones que tomó entre
-los griegos el espíritu de invención novelesca, lo hacemos con rapidez y
-á grandes rasgos, y no podemos ceñirnos á la cronología, ni marcar con
-precisa distinción épocas y períodos. Baste que nos atrevamos á afirmar
-que hasta los tiempos de Alejandro Magno, apenas queda rastro de lo que
-ahora podemos llamar _novela de costumbres_. Toda ficción es sobre algo
-que toca ó interesa á la vida pública, ya religiosa, ya política, ya
-filosófica. La novela de casos domésticos estaba en gérmen y reducida al
-cuento oral, que hasta muy tarde no empezó á coleccionarse.
-
-Estos cuentos venían principalmente de Mileto, de Sibares y de Chipre, y
-eran á menudo amorosos y obscenos. Los más antiguos recopiladores de
-estos cuentos, de quienes se tiene noticia, son de la edad de Alejandro,
-ó posteriores, como Clearco de Soli, Partenio de Nicea, maestro de
-Virgilio, y Conón, que vivió en el mismo tiempo.
-
-Con la novela hubo de suceder lo mismo, en cierto modo, que con el
-teatro cómico. Aristófanes, en la comedia antigua, habla y trata de la
-vida pública, política y religiosa. Viene después la comedia media, que
-trata aún de la vida pública; pero, ya perdidas la actividad y la
-libertad de la democracia ateniense, olvida lo político, y se emplea en
-representar filósofos y cortesanas. Sólo con Menandro, en la comedia
-nueva, aparece la verdadera vida interior doméstica, y se pintan
-caracteres y pasiones de personajes privados.
-
-En la novela, lo que responde á la comedia nueva en el teatro, esto es,
-lo que hasta cierto punto pudiéramos llamar _novela de costumbres_, vino
-mucho más tarde. Todo novelista de este género puede afirmarse que es
-posterior á la era cristiana.
-
-No por esto juzgo yo, como los clasicistas severos, que es época de
-decadencia ésta en que apareció la novela de dicha clase. Verdad que el
-siglo de oro de las letras griegas fué el de Pericles; pero autores
-eminentes hubo en épocas distintas, y nuevos períodos de florecimiento y
-nuevos campos para luchar y vencer se abrieron después en repetidas
-ocasiones al ingenio helénico; ora bajo los Ptolomeos y otros sucesores
-de Alejandro, en filosofía, en ciencias exactas y naturales, y en poesía
-lírica y bucólica; ora bajo la dominación de Roma, en quien infundió
-Grecia su cultura; ora con la aparición y difusión del cristianismo y el
-gran movimiento de ideas que trajo en pos de sí, aun hasta después de
-caer el imperio de Occidente. Yo creo que no pueden llamarse épocas de
-decadencia en una literatura aquéllas en que florecen poetas como
-Teócrito, Bion y Calímaco; prosistas como Polibio, Plutarco y Luciano;
-filósofos como Plotino, y escritores tan elocuentes y pensadores tan
-profundos como tantos y tantos Padres de la Iglesia.
-
-En esta última época, á saber, desde el primero al quinto ó sexto siglo
-de la era cristiana, es cuando escriben los principales novelistas
-griegos de la novela propiamente dicha, ó dígase de la _novela de
-costumbres_, ó más bien de la novela de amor y aventuras ya que las
-costumbres no se pintaban entonces con la exactitud de ahora; no se
-empleaba lo que hoy llamamos ó podemos llamar _color local y temporal_,
-sino cuando esto salía sin caer en ello los autores; ni mucho menos
-había, ni era posible que hubiese, este análisis psicológico de las
-pasiones y afectos, que hoy se usa y agrada tanto. En cambio, el empleo
-de lo sobrenatural y prodigioso no era tan difícil como en el día,
-porque los hombres creían sin gran dificultad, por donde era llano
-ingerir en las novelas lo fantástico de las antiguas fábulas
-filosóficas, religiosas, geográficas é históricas.
-
-Las novelas más famosas y conocidas del expresado género son: la
-_Eubea_, de Dion Crisóstomo; el _Asno_, de Lucio de Patras; _Las
-Efesiacas_, de Jenofonte de Efeso; _Teágenes y Cariclea_, de Heliodoro;
-_Leucipe y Clitofonte_, de Aquiles Tacio, y _Las Pastorales_, de Longo,
-ó _Dafnis y Cloe_, que damos aquí traducida, y que es sin duda la mejor
-de todas, ya que el _Asno_, de Lucio, es ferozmente obsceno, y la
-_Eubea_, de Dion, tiene poco interés, por más que esté lindamente
-escrita. Las otras novelas de dicha época son en el día harto pesadas de
-leer. Y las novelas posteriores, del Bajo Imperio, no son más amenas
-ahora, si bien son en extremo interesantes por lo mucho que influyen en
-el desenvolvimiento de todas las literaturas del centro y occidente de
-Europa durante la Edad Media; ya en leyendas y cuentos; ya en poemas y
-libros de caballerías; ya en el mismo teatro, cuando el renacimiento y
-después, como sucede, por ejemplo, con la historia de Apolonio de Tiro,
-el poema de Alejandro y las historias troyanas.
-
-Según ya hemos dicho, aunque nuestro elogio se atribuya á pasión de
-traductor, _Dafnis y Cloe_ es la mejor de todas estas novelas; la única
-quizá que, por la sencillez y gracia del argumento, por el primor del
-estilo, y en suma, por su permanente belleza, vive y debe gustar en todo
-tiempo.
-
-Contra los ataques que se han dirigido á su poca moralidad y decencia,
-ya la hemos defendido hasta donde nos ha sido posible. De otras faltas
-es harto más fácil defenderla. Una, sobre todo, apenas se comprende que
-haya críticos juiciosos que se la atribuyan: la de la intervención
-milagrosa de Pan para salvar á Cloe, á quien llevaban robada. Lo extraño
-es que los críticos se hayan fijado en este momento, como si en él
-apareciese sólo lo sobrenatural, y no hayan querido comprender que,
-desde el comienzo de la novela, lo sobrenatural interviene en todo. Sin
-su intervención la novela no sería verosímil, y por lo tanto, no sería
-divertida. La verosimilitud estética se funda, pues, en la creencia en
-ciertos seres por cima del ser humano y que le amparan y guían; en la
-creencia en las Ninfas; en Amor, no como figura alegórica, sino como
-persona real, viva y divina, y en Pan, como dios protector de los
-pastores, belicoso á veces y tremendo.
-
-Sin la providencia especial de estas divinidades, sin el cuidado que
-toman por Dafnis y Cloe y sin la elección que hacen de ellos para un
-caso singular de enamoramiento dulcísimo, ni se hubieran salvado los
-niños recién nacidos, abandonados en medio del campo, ni los hubieran
-criado con tanto amor una cabra y una oveja, ni hubieran conservado su
-rara hermosura á pesar de las inclemencias del cielo, ni hubieran sido
-tan sencillos é inocentes, ni hubiera pasado, en resolución, casi nada
-de lo que en la novela pasa. Por esto es de maravillar que los críticos
-censuren el milagro de Pan para libertar á Cloe, y no censuren los demás
-milagros ni se paren en ellos.
-
-Ni yo creo en Pan ni en las Ninfas, ni hay lector en el día que pueda
-creer en tales disparates; mas, para la verosimilitud estética, es
-fuerza ponerse en lugar del vulgo gentílico que en un tiempo dado
-(todavía cuando la novela se escribió) creía en las mencionadas
-patrañas, sobre todo en lugares agrestes, lejos de las grandes ciudades.
-Una vez concedido esto, todo es verosímil y llano.
-
-Dafnis y Cloe, en completo estado de naturaleza, aunque sublimado é
-idealizado por el favor divino, pero por el favor divino de dioses poco
-severos, se aman antes de saber que se aman, son bellos é ignorantes,
-contemplan y comprenden su hermosura, y de esta contemplación y
-admiración nace un afecto bastante delicado para dos que viven casi vida
-selvática: él sin colegio ni estudio de moral, y ella sin madre
-vigilante y cristiana, sin aya inglesa que la advierta lo que es
-_shocking_, y sin nada por el estilo. Si el autor, dado ya el asunto,
-hubiera puesto en los amores de sus dos personajes algo de más sutil,
-etéreo y espiritual, hubiera sido completamente falso, tonto é
-insufrible.
-
-La novela de _Dafnis y Cloe_ es, pues, lo que debe y puede ser, y tal
-como es, es muy linda.
-
-Su autor imita, sin duda, á los antiguos poetas bucólicos, á Teócrito
-sobre todo; pero le imita con tino y gracia. De aquí que su obra sea la
-mejor, la más natural, la menos afectada y artificiosa, la única acaso
-no afectada de cuantas novelas pastorales se han escrito posteriormente,
-y que, pasada ya la moda, no hay quien lea con paciencia.
-
-_Dafnis y Cloe_, más bien que de novela bucólica, puede calificarse de
-novela campesina, de novela idílica ó de idilio en prosa; y en este
-sentido, lejos de pasar de moda, da la moda y sirve de modelo aún,
-_mutatis mutandis_, no sólo á _Pablo y Virginia_, sino á muchas
-preciosas novelas de Jorge Sand, y hasta á una que compuso en español,
-pocos años há, cierto amigo mío, con el título de _Pepita Jiménez_.
-
-De estas novelas en prosa se ha pasado también á componerlas en verso,
-tomando asunto de la vida común; pintando escenas villanescas, rústicas
-ó burguesas, que no carecen de poesía, sino que la tienen muy grande,
-cuando se aciertan á pintar con la debida sencillez homérica. En vez de
-cantar á los héroes tradicionales de la epopeya, se ha cantado en estos
-idilios modernos á sujetos de condición humilde. Los dos más bellos
-modelos de tal género de composición, en nuestros días, son _Hermann y
-Dorotea_, de Goethe, y _Evangelina_, de Longfellow. Algunos de nuestros
-mejores poetas han seguido un poquito esta corriente desde hace cinco ó
-seis años. Así Campoamor, en los que llama _Pequeños poemas_, y Núñez de
-Arce, en otro que titula _Idilio_.
-
-Grecia también nos dió el ejemplo de esto, al ir á espirar su gran
-literatura. En el siglo v, ó después (porque, así como nada se sabe de
-quién fué Longo, nada se sabe tampoco de este otro autor, ni del tiempo
-en que vivió), hubo un cierto Museo, á quien llaman _el gramático_ ó _el
-escolástico_, para distinguirle del antiquísimo Museo mitológico, hijo
-de Eumolpo y discípulo de Orfeo, el cual Museo más reciente compuso la
-novela en verso de _Hero y Leandro_, que es un idilio por el estilo de
-los que ahora se usan, un dechado de sencillez y de gracia, un _pequeño
-poema_ precioso. Ganas se le han pasado al traductor de _Dafnis y Cloe_
-de traducirle también y de incluirle en este mismo volumen; pero, como
-no está seguro de que el público guste de lo primero, deja para más
-adelante, si el público no le desdeña y le anima, el ofrecerle lo
-segundo. Entre tanto, y por hoy, se despide de él, pidiéndole perdón de
-sus muchas faltas.
-
-
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-
-PROEMIO
-
-
-Cazando en Lesbos, en un bosque consagrado á las Ninfas, vi lo más lindo
-que vi jamás: imágenes pintadas, historia de amores. El soto, por
-cierto, era hermoso, florido, bien regado y con mucha arboleda. Una sola
-fuente alimentaba árboles y flores; pero la pintura era más deleitable
-que lo demás: de hábil mano y de asunto amoroso. Así es que no pocos
-forasteros acudían allí, atraídos por la fama, á dar culto á las Ninfas
-y á ver la pintura.
-
-Parecíanse en ella mujeres de parto, otras que envolvían en pañales á
-los abandonados pequeñuelos, cabras y ovejas que les daban de mamar,
-pastores que de ellos cuidaban, mancebos y rapazas que andaban
-enamorándose, correría de ladrones y algarada de enemigos. Otras mil
-cosas, y todas de amor, contemplé allí con tanto pasmo, que me entró
-deseo de ponerlas por escrito; y habiendo buscado á alguien que me
-explicase bien la pintura, compuse estos cuatro libros, que consagro al
-Amor, á las Ninfas y á Pan, esperando que mi trabajo ha de ser grato á
-todos los hombres, porque sanará al enfermo, mitigará las penas del
-triste, recordará de amor al que ya amó, y enseñará el amor al que no ha
-amado nunca; pues nadie se libertó hasta ahora de amar, ni ha de
-libertarse en lo futuro, mientras hubiere beldad y ojos que la miren.
-Concédanos el Numen que nosotros mismos atinemos á contar, sanos y
-salvos, los amores de otros.
-
-
-
-
-[una barra decorativa]
-
-LIBRO PRIMERO
-
-
-Ciudad de Lesbos es Mitilene, grande y hermosa. La parten canales, por
-donde entra y corre la mar, y la adornan puentes de lustrosa y blanca
-piedra. No semeja, á la vista, ciudad, sino grupo de islas.
-
-Á unos doscientos estadíos de Mitilene, cierto rico hombre poseía
-magnífica hacienda, montes abundantes de caza, fértiles sembrados,
-dehesas y colinas cubiertas de viñedo: todo junto á la mar, cuyas ondas
-besaban la arena menuda de la playa.
-
-En esta hacienda, un cabrero llamado Lamón, que apacentaba su ganado,
-halló á un niño, á quien criaba una cabra. En el centro de un matorral,
-entre zarzas y hiedra trepadora, y sobre blando césped, reposaba el
-infantico. Allí solía entrar la cabra, de suerte que desaparecía á
-menudo, y abandonando su cabritillo, asistía á la criatura. Lamón notó
-estas desapariciones, y se compadeció del cabritillo abandonado; pero un
-día, en el ardor de la siesta, siguiendo la pista de la cabra, la vió
-deslizarse con cautela entre las matas, á fin de no lastimar con las
-pezuñas al niño, el cual, como si fuera del pecho materno, iba tomando
-la leche. Maravillado Lamón, que harto motivo había para ello, se acercó
-más, y vió que la criatura era varón, bonito y robusto, y con prendas
-más ricas de lo que prometía su corta ventura, porque estaba envuelto en
-mantilla de púrpura con hebilla de oro, y al lado había un puñalito,
-cuyo puño era de marfil. Lo primero que discurrió Lamón fué cargar con
-aquellas alhajas, y abandonar al niño; pero avergonzado luego de no
-remedar siquiera la compasión de la cabra, no bien llegó la noche, lo
-llevó todo, niño, cabra y alhajas, á su mujer Mirtale, á la cual, para
-que se le quitase la aprensión de que las cabras parieran niños, le
-contó lo ocurrido; cómo halló á la criatura, cómo la cabra la amamantaba
-y cómo él había tenido vergüenza de dejarla morir. Y siendo Mirtale del
-mismo parecer, ocultaron las alhajas, prohijaron al niño y encomendaron
-á la cabra su crianza. Á fin de que el nombre del niño pareciese
-pastoral, decidieron llamarle Dafnis.
-
-Dos años después, otro pastor de los vecinos campos, cuyo nombre era
-Dryas, halló y vió algo semejante cuando apacentaba su rebaño. Había una
-gruta consagrada á las Ninfas, gran roca, hueca por dentro, y en lo
-exterior redonda. En esta gruta se veían figuras de Ninfas, hechas de
-piedra, los pies descalzos, los brazos desnudos hasta los hombros, los
-cabellos esparcidos sobre la espalda y la garganta, el traje ceñido á la
-cintura, y una dulce sonrisa en entrecejo y boca; todo el aspecto de
-ellas, como si hubiesen bailado en coro. En el fondo de la gruta se
-levantaba un poco el terreno, y de allí manaba una fuente, cuyas aguas
-se deslizaban formando manso arroyo, y alimentando en torno un prado
-amenísimo, de copiosa y blanda grama cubierto. Allí se veían suspendidos
-tarros, colodras, flautas, pífanos y churumbelas, ofrendas de antiguos
-pastores. Á este templo de las Ninfas acudía una oveja que había ya
-criado corderos, y el pastor Dryas sospechaba á veces que se le había
-perdido. Queriendo, pues, corregirla y traerla de nuevo á su antiguo y
-tranquilo modo de pacer, tejió con sutiles varitas de mimbre verde uno á
-modo de lazo, y entró en la gruta á fin de coger la oveja; pero no bien
-llegó cerca, vió lo que no esperaba: vió á la oveja que, con ternura
-verdaderamente humana, daba su ubre, para que de ella sacase abundante
-leche, á una criaturita, la cual, con avidez, pero sin llanto, aplicaba
-la boca pura y limpia, ya á una teta, ya á otra, y cuando se había
-hartado de mamar, la oveja le lamía la cara. Esta criatura era una niña,
-y tenía pañales y otras prendas para poder ser reconocida; toquillas y
-chinelas bordadas de hilo de oro, y ajorcas de oro también.
-
-Considerando divino tal hallazgo, y enseñado por la oveja á compadecer y
-amar á la niña, Dryas la tomó en sus brazos, guardó aquellas prendas en
-el zurrón, y rogó á las Ninfas que le dejasen criar con buena suerte á
-la que se había puesto bajo su amparo. Y como ya era tiempo de llevar la
-manada al aprisco, volvió á su cabaña, contó á su mujer lo ocurrido, le
-mostró á la niña y la exhortó á tomarla por hija, ocultando cómo había
-sido hallada. Napé, que así se llamaba la pastora, amó desde luego á la
-niña como madre, recelosa de que la oveja no la venciese en ternura; y
-en prueba de que la niña era su hija, le puso el nombre pastoral de
-Cloe.
-
-Pronto crecieron los niños. Su hermosura distaba mucho de parecer
-rústica. Cuando él cumplió quince años y ella dos menos, Dryas y Lamón
-tuvieron idéntico sueño en una misma noche. Pensaron ver que las Ninfas,
-las de la gruta donde estaba la fuente y donde Dryas había encontrado á
-la niña, ponían á Dafnis y á Cloe en poder de un mozuelo gentil á par
-que arrogante, con alas en los hombros y armado de arco y flechas
-pequeñitas, el cual, hiriendo á ambos con la misma flecha, les mandó que
-fuesen pastores: á ella, de ovejas; á él, de cabras. No poco afligió á
-los viejos este sueño, que destinaba á sus hijos al oficio de guardar
-ganado, porque hasta entonces habían augurado mejor suerte para ellos,
-fiándose en las prendas halladas, por lo cual los habían criado con el
-mayor regalo y les habían hecho aprender las letras y cuanto en el campo
-hay de bueno. Resolvieron, no obstante, obedecer á los dioses, cuya
-providencia había salvado á los niños. Y después de comunicarse
-mutuamente el sueño, y de haber hecho un sacrificio, en la gruta de las
-Ninfas, al mozuelo de las alas (cuyo nombre no acertaban á adivinar),
-enviaron á los mozos á cuidar del hato, enseñándoles el oficio pastoril:
-de qué modo ha de apacentarse antes del medio día, de qué modo después
-de pasada la siesta; cuándo conviene llevar al abrevadero, cuándo al
-aprisco; en qué ocasión debe emplearse el cayado y en qué ocasión basta
-la voz. Ellos se alegraron de esto en gran manera, como si los hubieran
-hecho príncipes, y amaron á sus cabras y corderos más que suele el vulgo
-de los pastores, porque ella recordaba que debía la vida á una oveja, y
-él no había olvidado que una cabra le cuidó y alimentó en su abandono.
-
-Empezaba entonces la primavera y se abrían las flores en montes, selvas
-y prados. Oíase ya por todas partes susurro de abejas y gorjeo de
-pajarillos. Los recentales balaban, los corderos retozaban en la
-montaña, las abejas susurraban en el prado, y en umbrías y sotos
-cantaban las aves. Como en aquella bendita estación todo se regocijaba,
-Dafnis y Cloe, tan jóvenes y sencillos, se pusieron á remedar lo que
-veían y oían. Oían cantar á los pájaros, y cantaban; veían brincar á los
-corderos, y brincaban gallardamente; y remedando á las abejas, cogían
-flores, y ya se las ponían en el pecho, ya, tejiendo guirnaldas, se las
-ofrecían á las Ninfas. Todo lo hacían juntos y apacentaban cerca el uno
-del otro. Á menudo Dafnis hacía volver la oveja que se extraviaba, y á
-menudo Cloe espantaba á las cabras más atrevidas para que no trepasen á
-los riscos. Á veces uno solo cuidada de ambos hatos, mientras que el
-otro se recreaba y jugaba. Sus juegos eran infantiles y propios de
-zagales. Ora ella, con juncos que cogía, formaba jaulas para cigarras,
-y, distraída en esta faena, descuidaba el ganado. Ora él cortaba
-delgadas cañas, les agujereaba los nudos, las pegaba con cera blanda, y
-se esmeraba hasta la noche en tocar la zampoña. Á menudo compartían
-ambos la leche y el vino y se comían juntos la merienda que traían de
-casa. En suma, más bien se hubieran visto las cabras y las ovejas
-dispersas que á Dafnis y Cloe separados.
-
-En medio de tales juegos, Amor empezó á darles penas. Una loba, que
-recientemente había tenido cría, robaba muchas veces corderos de los
-campos próximos para alimentar sus cachorros. Algunos aldeanos se
-reunieron con este motivo, é hicieron de noche zanjas de más de una vara
-de ancho y de cuatro ó cinco de hondo. Mucha porción de la tierra
-removida la esparcieron á lo lejos, y sobre el hoyo extendieron palos
-secos y quebradizos, cubriéndolos con el resto de la tierra para que el
-suelo apareciese como antes, de modo que hasta una liebre que corriese
-por cima rompiese los palos, más débiles que paja, y probase que no era
-suelo, sino apariencia de suelo. Así abrieron varias zanjas en los
-cerros y en el llano; pero nunca pudieron coger la loba, que presintió
-la trampa. En cambio perdieron no pocos corderos y cabras, y Dafnis
-estuvo á punto de perderse.
-
-Dos machos cabríos, irritados por la brama, lucharon con tal furor y
-violencia, que á uno de ellos se le rompió un cuerno, y, lleno de dolor,
-comenzó á huir dando bramidos, mientras que el vencedor le perseguía sin
-tregua ni sosiego. Dolióse Dafnis del cuerno quebrado, y lleno de ira
-contra la terquedad del macho victorioso, empuñó el cayado y dió en
-perseguirle á su vez. Así, huyendo el uno y siguiéndole enfurecido el
-otro, sin ver dónde ponían los pies, cayeron ambos en la trampa, el
-macho primero y luego Dafnis, lo cual le salvó, pues al caer se quedó
-caballero en el macho; pero, como se veía en el fondo del hoyo,
-lloraba, aguardando que alguien viniese á sacarle de allí. Cloe, que
-vió de lejos lo sucedido, acudió de carrera al hoyo, reconoció que
-Dafnis estaba con vida y pidió socorro á un boyero de los vecinos
-campos. Llegó el boyero y buscó una cuerda ó soga, para que, asido á
-ella, Dafnis saliese; pero no se encontraba cuerda. Entonces Cloe desató
-la cinta de sus crenchas, la dió al boyero, y de esta suerte, puestos
-ambos en la boca del hoyo, agarrándose Dafnis á la cinta y tirando
-ellos, logró subir el caído. Sacaron después al macho infeliz, que con
-el golpe se había roto entrambos cuernos (pronta y completa venganza del
-vencido), y se le dieron al boyero en pago de su ayuda, con propósito de
-decir en casa, si alguien preguntaba por él, que un lobo se le había
-llevado.
-
-Volvieron luego donde estaban cabras y ovejas y hallaron que pacían en
-paz y buen orden. Sentáronse entonces cabe el tronco de una encina y
-miraron ambos con atención si alguna parte del cuerpo de Dafnis se había
-lastimado al caer; pero ni herida ni sangre tenía, sino sucio barro en
-el pelo y en lo demás de su persona. Dafnis determinó lavarse para que
-Lamón y Mirtale no supiesen lo ocurrido. Y yéndose con Cloe á la gruta
-de las Ninfas, le dió á guardar la tuniquilla y el zurrón y se puso á
-lavar en la fuente su cabellera y el cuerpo todo. La cabellera era negra
-y abundante; el cuerpo, tostado del sol. Diríase que le daba color
-obscuro la sombra de la cabellera. Cloe, que miraba á Dafnis, le halló
-hermoso, y como hasta allí no había reparado en su hermosura, imaginó
-que el baño se la prestaba. Cloe lavó luego las espaldas á Dafnis, y
-halló tan suave la piel, que de oculto se tocó ella muchas veces la suya
-para decidir cuál de los dos la tenía más delicada.
-
-Como ya el sol iba á ponerse, ambos volvieron con el hato á sus cabañas,
-y Cloe nada deseaba tanto como ver á Dafnis bañarse de nuevo.
-
-Al día siguiente, de vuelta en la pradera, Dafnis, sentado, según solía,
-al pie de una encina, tocaba la flauta, á par que miraba sus cabras,
-encantadas, al parecer, con el dulce sonido. Cloe, sentada asimismo á la
-vera de él, miraba sus ovejas y corderos; pero miraba más á Dafnis. Y
-otra vez le pareció hermoso tocando la flauta, y creyó que la música le
-hermoseaba, y para hermosearse ella tomó la flauta también. Quiso luego
-que volviera él á bañarse y le vió en el baño, y sintió como fuego al
-verle, y volvió á alabarle, y fué principio de amor la alabanza. Niña
-candorosa, criada en los campos, no se daba cuenta de lo que le pasaba,
-porque ni siquiera había oído mentar al Amor. Sentía inquietud en el
-alma; no podía dominar sus ojos y hablaba mucho de Dafnis. No comía de
-día, velaba de noche y descuidaba sus ovejas; ya reía, ya lloraba; si
-dormía, se despertaba de súbito; su rostro se cubría de palidez y luego
-ardía de rubor. Nunca se agitó más becerra picada del tábano. Acontecía
-á veces que ella á sus solas prorrumpía en estas razones:
-
-«Estoy mala é ignoro mi mal; padezco y no me veo herida; me lamento y no
-perdí ningún corderillo; me abraso y estoy sentada á la sombra. Mil
-veces me clavé las espinas de los zarzales y no lloré; me picaron las
-abejas y pronto quedé sana. Sin duda que esta picadura de ahora llega al
-corazón y es más cruel que las otras. Si Dafnis es bello, las flores lo
-son también; si él canta lindamente, no cantan mal las avecicas. ¿Por
-qué pienso en él y no en las avecicas y en las flores? ¡Quisiera ser su
-flauta para que infundiese en mí su aliento! ¡Quisiera ser su cabritillo
-para que me tomara en sus brazos! ¡Oh agua perversa, que á él sólo haces
-hermoso y me lavas en balde! Yo me muero, queridas Ninfas; ¿cómo no
-salváis á la doncella que se crió con vosotras? ¿Quién os coronará de
-flores después de mi muerte? ¿Quién tendrá cuidado de los pobrecitos
-corderos? ¿Á quién encomendaré mi parlera cigarra, que cogí con tanta
-fatiga y que solía cantar en la gruta para que yo durmiese la siesta? En
-vano canta ahora, pues yo velo, gracias á Dafnis.» Así padecía, así se
-lamentaba Cloe, procurando descubrir el nombre de Amor.
-
-Entre tanto, Dorcón, el boyero que sacó del hoyo á Dafnis y al macho,
-mozuelo ya con barbas y harto sabido en cosas de Amor, se había prendado
-de Cloe desde el primer día; y como mientras más la trataba más se
-abrasaba su alma, resolvió valerse ó de regalos ó de violencia para
-lograr sus fines. Fueron sus primeros presentes, para Dafnis, una
-zampoña, que tenía nueve cañutos ligados con latón, y no con cera, y
-para Cloe la piel de un cervatillo, esmaltada de lunares blancos, para
-que la llevase en los hombros, cual suelen las bacantes.
-
-Así creyó haberse ganado la voluntad de ambos, y pronto desatendió á
-Dafnis; pero á Cloe la obsequiaba de diario, ya con blandos quesos, ya
-con guirnaldas de flores, ya con frutas sazonadas. Y hasta hubo
-ocasiones en que le trajo un becerro montaraz, un vaso sobredorado y
-pajarillos cazados en el nido. Ignorante ella del artificio y malicia de
-los amadores, tomaba los regalos y se alegraba; y se alegraba más aún
-porque con ellos podía regalar á Dafnis.
-
-No tardó éste en conocer también las obras de Amor. Entre él y Dorcón
-sobrevino contienda acerca de la hermosura. Cloe había de sentenciar.
-Premio del vencedor, un beso de Cloe. Dorcón habló primero de esta
-manera:
-
-«Yo, zagala, soy más alto que Dafnis, y valgo más de boyero que él de
-cabrero, porque los bueyes valen más que las cabras. Soy blanco como la
-leche y rubio como la mies cuando la siegan. No me crió una bestia, sino
-mi madre. Éste es chiquitín, lampiño como las mujeres y negro como un
-lobezno. Vive entre chotos, y su olor ha de ser atroz, y es tan pobre,
-que no tiene para mantener un perro.
-
-Se cuenta que una cabra le dió leche, y á la verdad que parece cabrito.»
-
-Así dijo Dorcón. Luego contestó Dafnis: «Me crió una cabra como á
-Júpiter, y son mejores que tus vacas las cabras que yo apaciento. Y no
-huelo como ellas, como no huele Pan, que casi es macho cabrío. Bastan
-para mi sustento queso, blanco vino y pan bazo, manjares campesinos, no
-de gente rica. Soy lampiño como Baco, y como los jacintos moreno; pero
-más vale Baco que los sátiros, y más el jacinto que la azucena. Éste es
-bermejo como los zorros, barbudo como los chivos, y como las cortesanas
-blanco. Y mira bien á quién besas, pues á mí me besarás la boca, y á él
-las cerdas que se la cubren. Recuerda, por último, ¡oh zagala, que á tí
-también te crió una oveja, y eres, no obstante, linda!»
-
-Cloe no supo ya contenerse, y movida de la alabanza, y más aún del largo
-anhelo que por besar á Dafnis sentía, se levantó y le besó; beso
-inocente y sin arte, pero harto poderoso para encenderle el alma.
-
-Dorcón huyó afligido en busca de nuevos medios de lograr su amor. Dafnis
-no parecía haber sido besado, sino mordido: de repente se le puso la
-cara triste; suspiraba con frecuencia, no reprimía la agitación de su
-pecho, miraba á Cloe, y al mirarla se ponía rojo como la grana. Entonces
-se maravilló por primera vez de los cabellos de ella, que eran rubios, y
-de sus ojos, que los tenía grandes y dulces como las becerras, y de su
-rostro, más blanco que leche de cabra. Diríase que á deshora se le
-abrieron los ojos y que antes estaba ciego. Ya no tomaba alimento sino
-para gustarle, ni bebida sino para humedecerse la boca. Estaba
-taciturno, cuando antes era más picotero que las cigarras; yacía
-inmóvil, cuando antes brincaba más que los chivos; no se curaba del
-ganado; había tirado la flauta lejos de sí, y tenía pálido el rostro
-como agostada hierba. Únicamente con Cloe ó pensando en Cloe volvía á
-ser parlero. Á veces, á solas, se lamentaba de esta suerte:
-
-«¿Qué me hizo el beso de Cloe? Sus labios son más suaves que las rosas,
-su boca más dulce que un panal, y su beso más punzante que el aguijón de
-las abejas. No pocas veces he besado los chivos; no pocas veces he
-besado los recentales de ella y el becerro que le regaló Dorcón; pero
-este beso de ahora es muy diferente. Me falta el aliento, el corazón me
-palpita, se me derrite el alma, y á pesar de todo, quiero más besos. ¡Oh
-extraña victoria! ¡Oh dolencia nueva, cuyo nombre ignoro! ¿Habría Cloe
-tomado veneno antes de besarme? ¿Cómo no ha muerto entonces? Los
-ruiseñores cantan, y mi zampoña enmudece; brincan los cabritillos, y yo
-estoy sentado; abundan las flores, y yo no tejo guirnaldas. Jacintos y
-violetas florecen, y Dafnis se marchita. ¿Llegará Dorcón á ser más lindo
-que yo?»
-
-Así se quejaba el bueno de Dafnis, probando los tormentos de Amor por
-vez primera.
-
-Dorcón, entre tanto, el boyero enamorado de Cloe, se fué á buscar á
-Dryas, que plantaba estacas para sostener una parra, y le llevó de
-regalo muy ricos quesos. Y como era su antiguo amigo, porque habían ido
-juntos á apacentar el ganado, trabó conversación con él, y acabó por
-hablarle del casamiento de Cloe. Díjole que él deseaba tomarla por
-mujer, y le prometió grandes dones como rico boyero que era: una yunta
-de bueyes para arar, cuatro colmenas, cincuenta manzanos, un cuero de
-buey para suelas, y cada año un becerro que podría ya destetarse.
-Halagado por las promesas Dryas estuvo á punto de consentir en la boda;
-pero recapacitando después que la doncella merecía mejor novio, y
-temiendo ser acusado algún día de ocasionar irremediables males,
-desechó la proposición de boda y se disculpó como pudo; sin aceptar lo
-prometido en alboroque.
-
-Viéndose Dorcón defraudado por segunda vez en su esperanza y perdidos
-sin fruto sus excelentes quesos, resolvió apelar á las manos no bien
-hallase sola á Cloe. Y como había notado que Cloe y Dafnis traían
-alternativamente á beber el ganado, él un día y ella otro, se valió de
-una treta propia de zagal: tomó la piel de un gran lobo, que un toro
-había muerto con sus astas, defendiendo la vacada, y se cubrió con dicha
-piel puesta en los hombros, de modo que las patas de delante le cubrían
-los brazos, las patas traseras se extendían desde los muslos á los
-talones, y el hocico le tapaba la cabeza como casco de guerrero.
-Disfrazado así en fiera lo menos mal que pudo, se fué á la fuente donde
-bebían cabras y ovejas después de pacer. Estaba la fuente en un
-barranco, y en torno de ella formaban matorral tantos espinos, zarzas,
-cardos y enebros rastreros, que fácilmente se hubiera ocultado allí un
-lobo de veras. Allí se escondió Dorcón, espiando el momento de venir á
-beber el ganado, y con grande esperanza de asustar á Cloe con su disfraz
-y de apoderarse de ella.
-
-Á poco llegó Cloe á la fuente con el ganado, mientras Dafnis cortaba
-verdes tallos y renuevos para que los cabritillos se regalasen después
-del pasto. Los perros que guardaban el rebaño seguían á Cloe, y como
-tenían buena nariz, sintieron á Dorcón, que ya se disponía á caer sobre
-Cloe; se pusieron á ladrar, se echaron sobre él como si fuera lobo, le
-rodearon, y antes de que volviese del susto le mordieron. Al principio,
-con vergüenza de ser descubierto, y recatándose aún con la piel de lobo,
-Dorcón yacía silencioso en el matorral. Cloe, entre tanto, llena de
-terror, había llamado á Dafnis para que la socorriese. Y los perros,
-destrozada ya la piel del lobo, mordían sin piedad el cuerpo de Dorcón,
-el cual á grandes voces acabó por suplicar que le amparasen á Cloe y á
-Dafnis, que ya había llegado. Estos mitigaron pronto el furor de los
-perros con las voces que tenían de costumbre. Después llevaron á la
-fuente á Dorcón, que había sido herido en los muslos y en las espaldas.
-Le lavaron las mordeduras, donde se veía la impresión de los dientes, y
-pusieron encima corteza mascada y verde de olmo. La ignorancia de ambos
-en punto á atrevimientos amorosos les hizo considerar la empresa de
-Dorcón como broma y niñería pastoril, y en vez de enojarse contra él, le
-consolaron con buenas palabras, y le llevaron un poco de la mano hasta
-que le despidieron.
-
-Él, salvo de tan grave peligro, y no, como se dice, de la boca del
-lobo, sino de la del perro, fué á curarse las heridas.
-
-Dafnis y Cloe no tuvieron poco que afanarse hasta bien entrada la noche,
-para recoger las ovejas y las cabras, las cuales, espantadas de la piel
-del lobo y de los ladridos, unas se encaramaron á los peñascos, y otras
-se fueron huyendo hasta la mar. Todas estaban bien enseñadas á acudir á
-la voz, á congregarse al son de la zampoña, y á venir oyendo sólo una
-palmada; pero entonces el miedo les había hecho olvidarse de todo. Casi
-fué menester perseguirlas y buscarlas por el rastro, como á las liebres.
-Después las llevaron al aprisco. Aquella sola noche durmieron ambos con
-profundo sueño. La fatiga fué remedio del mal de Amor; pero, venido el
-día, padecieron de nuevo el mismo mal. Se alegraban al verse; les dolía
-separarse; estaban desazonados; deseaban algo, é ignoraban qué. Sólo
-sabían, él, que el origen de su mal era un beso, y ella, que era un
-baño.
-
-Tocaba ya á su fin la primavera y empezaba el estío. Todo era vigor en
-la tierra. Los árboles tenían fruta; los sembrados, espigas. Grato el
-cantar de las cigarras, deleitoso el balar de los corderos, dulce el
-ambiente perfumado por la fruta en sazón. Parecía que los ríos cantaban
-al correr mansamente; que los vientos daban música como de flautas al
-suspirar entre los pinos; que las manzanas caían enamoradas al suelo, y
-que el sol, anhelante de hermosura, rasgaba todo velo que pudiera
-encubrirla. Dafnis, impulsado de un ardor íntimo, que todo esto le
-causaba, se echaba en los ríos, y ya se lavaba, ya cogía ligeros peces,
-ya bebía como si quisiese apagar aquel fuego. Cloe, después de ordeñar
-sus ovejas y no pocas de las cabras, empleaba bastante tiempo en cuajar
-la leche y en osear las moscas, que al osearlas le picaban; luego se
-lavaba la cara; se coronaba de ramas de pino, se ponía al hombro la piel
-del cervatillo, llenaba una gran taza de vino y de leche, y gozaba con
-Dafnis de aquella bebida.
-
-Cuando llegaba la hora de la siesta, llegaba también mayor hechizo y
-cautividad de los ojos, porque ella miraba á Dafnis desnudo y su beldad
-floreciente, y desfallecía al considerar que no había falta que ponerle
-en parte alguna; y él, al verla con la piel de ciervo, coronada de pino
-y ofreciéndole bebida en la taza, imaginaba ver á una de las Ninfas de
-la gruta. Entonces Dafnis, arrebatando de la cabeza de ella las ramas de
-pino, se coronaba á sí propio, no sin besar antes la corona. Ella, en
-cambio, solía tomar la ropa de él, mientras él se bañaba, y vestírsela,
-no sin besarla antes también. Ambos se tiraban manzanas, y otras veces
-se peinaban el uno al otro, y Cloe comparaba el cabello de él, por lo
-negro, á la endrina, y Dafnis decía que el rostro de ella era como las
-manzanas, por lo blanco y sonrosado. Á veces le enseñaba á tocar la
-flauta; y apenas soplaba ella, se la quitaba él y recorría todos los
-agujeros, como para mostrarle dónde había faltado, y en realidad para
-besar á Cloe por medio de la flauta.
-
-Tocando él así una siesta, y reposando á la sombra el ganado, Cloe hubo
-de quedarse dormida. Y no bien lo advirtió Dafnis, dejó la flauta para
-mirarla toda, sin hartarse de mirarla; y ya sin avergonzarse de nada,
-dijo en voz baja de este modo: «¡Cómo duermen sus ojos! ¡Cómo alienta su
-boca! Ni las frutas ni el tomillo huelen mejor; pero no me atrevo á
-besarla. Su beso pica en el corazón y vuelve loco como la miel nueva.
-Además, temo despertarla si la beso. ¡Oh parleras cigarras! ¿No la
-dejaréis dormir con vuestros chirridos? ¿Y estos pícaros chivos, que
-alborotan peleando á cornadas? ¡Oh lobos más cobardes que zorras! ¿por
-qué no venís á robarlos?»
-
-Mientras que él profería estas razones, una cigarra, huyendo de una
-golondrina que la quería cautivar, vino á refugiarse en el seno de Cloe.
-La golondrina no pudo coger su presa ni reprimir el vuelo, y rozó con
-las alas las mejillas de la zagala, la cual, sin comprender lo que había
-sucedido, despertó asustada y gritando; pero no bien vió la golondrina,
-que aún volaba cerca, y á Dafnis, que reía del susto, el susto se le
-pasó y se restregó los ojos, que querían dormir todavía. Entonces la
-cigarra se puso á cantar entre los pechos de Cloe, como si quisiera
-darle gracias por haberle salvado. Cloe se asustó y gritó de nuevo, y
-Dafnis rió. Y aprovechándose éste de la ocasión, metió bien la mano en
-el seno de Cloe, y sacó de allí á la buena de la cigarra, que ni en la
-mano quería callarse. Ella la vió con gusto, la tomó y la besó, y se la
-volvió á poner en el pecho, siempre cantando.
-
-Recreábase una vez en oir á una paloma torcaz que arrullaba en la selva.
-Quiso Cloe aprender lo que decía, y Dafnis la doctrinó, refiriendo esta
-sabida conseja: «Hubo en tiempos antiguos, zagala, una zagala linda y de
-pocos años como tú, la cual apacentaba muchos bueyes. Era gentil
-cantadora, y su ganado se deleitaba con la música, por manera que la
-zagala no se valía del cayado, ni picaba con la aijada, sino que
-reposando á la sombra de un pino y coronada de verdes ramas, se ponía á
-cantar de Pan y de Pitis, y toda la vacada pacía en torno oyéndola. No
-lejos de allí había un zagal que también guardaba vacas y era hábil
-cantador, como la zagala, y competía con ella en los cantares, siendo
-los de él más briosos, como de varón, y, como de muchacho, no menos
-dulces. Así fué que los ocho mejores becerros que ella tenía, hechizados
-por los cantares del zagal, se pasaron de un rebaño á otro. La zagala
-se apesadumbró en extremo con la pérdida de los becerros, y más aún con
-el vencimiento en los cantares, y suplicó á los dioses que, antes de
-volver á casa, la convirtiesen en ave. Accedieron los dioses y la
-convirtieron en ave montaraz y cantadora cual la zagala. Aun en el día,
-cuando canta, recuerda su derrota, y dice que busca los becerros
-huidos.»
-
-En tales recreos se pasó el verano, y vino el otoño con sus racimos.
-Entonces ciertos piratas de Tiro que tripulaban una nave de Caria, á fin
-de no parecer bárbaros, desembarcaron en aquella costa con espadas y
-petos, y garbearon cuanto pudieron hallar á su alcance: vino oloroso,
-trigo á manta, panales de miel y hasta algunos bueyes y vacas del rebaño
-de Dorcón. Quiso la suerte que se apoderasen de Dafnis, el cual se
-andaba solazando solo junto á la mar, porque Cloe, como niña que era,
-sacaba más tarde á pacer las ovejas de Dryas, por temor de los pastores
-insolentes. Viendo los piratas á aquel mozo gallardo y espigado,
-juzgáronle mejor presa que las ovejas y las cabras, y cesando en sus
-correrías y robos, se le llevaron á la nave, mientras que él lloraba, no
-sabía que hacer, y llamaba á voces á Cloe. Los piratas en tanto
-desataron la amarra, pusieron mano á los remos, y se iban engolfando en
-la mar, cuando acudió Cloe ya con sus ovejas y trayendo de presente á
-Dafnis una nueva flauta. Y viendo ella las cabras medrosas y
-descarriadas, y oyendo á Dafnis, que la llamaba siempre á gritos,
-abandonó las ovejas, tiró al suelo la flauta, y á todo correr se fué
-hacia Dorcón pidiéndole socorro. Hallóle por tierra, cubierto de heridas
-que le habían hecho los ladrones, respirando apenas y derramando mucha
-sangre. Cuando él vió á Cloe, el recuerdo de su amor le hizo cobrar
-aliento. «Cloe, le dijo, pronto voy á morir. Esos inicuos piratas me han
-destrozado como á un buey, porque defendía mis bueyes. Sálvate tú, salva
-á Dafnis, véngame y piérdelos. Yo tengo enseñadas á mis vacas á seguir
-el son de mi flauta, y por lejos que estén, acuden cuando la oyen.
-Tómala, ve á la playa, y toca allí la sonata que yo enseñé á Dafnis y
-que Dafnis te enseñó. Lo demás lo harán la flauta sonando y las mismas
-vacas. Á tí hago presente de esta flauta, con la cual vencí en contienda
-musical á muchos vaqueros y cabreros. Tú, en pago, bésame ahora, que aún
-vivo, y llórame muerto. Y cuando veas á alguien apacentando bueyes,
-acuérdate de mí.» Dicho esto, Dorcón besó el beso último, pues á par de
-beso y voz exhaló el alma.
-
-Tomó la flauta Cloe, aplicó á ella los labios y sopló con cuanta fuerza
-pudo. Oyéronla las vacas, reconocieron al punto el son, mugieron todas,
-y de consuno se tiraron con ímpetu á la mar. Con salto tan violento se
-ladeó la nave de un costado, y al caer las vacas se abrió en la mar como
-una sima, de suerte que se volcó la nave, y las olas, al volverse á
-juntar, se la tragaron. No todos los náufragos tenían la misma esperanza
-de salvación, porque los piratas llevaban espada al cinto, vestían
-medias corazas escamosas y calzaban grevas, mientras que Dafnis iba
-descalzo, como quien apacienta en la llanura, y casi desnudo, por ser la
-estación del calor. Así fué que los piratas, apenas bregaron un poco, se
-hundieron, con el peso de las armas; pero Dafnis se despojó con
-facilidad de su ligero vestido, y aun así se cansaba con tanto nadar,
-como quien antes sólo por poco tiempo había nadado en los ríos. La
-necesidad le enseñó, no obstante, lo que importaba hacer: se puso entre
-dos vacas, asió sus cuernos con ambas manos, y se dejó llevar tan cómodo
-y sin fatiga, como en una carreta; pues es de saber que las vacas nadan
-más y mejor que los hombres, y sólo ceden en esto á las aves de agua y á
-los peces, por lo cual no se cuenta de vaca ni de buey que jamás se
-ahogue, como no se le ablande la pezuña con el sobrado remojo. Y en
-prueba de la verdad de lo que digo, hay muchos estrechos de mar que
-hasta hoy se llaman pasos de bueyes.
-
-Del modo referido escapó Dafnis, contra toda previsión, de dos peligros,
-piratería y naufragio. Luego que saltó en tierra y halló á Cloe, que
-reía y lloraba al mismo tiempo, se echó en sus brazos y le preguntó por
-qué tocaba la flauta. Ella se lo contó todo: su ida en busca de Dorcón;
-la costumbre de las vacas de acudir al son de la flauta; el consejo de
-Dorcón de que la tocase, y la muerte de éste. Sólo por pudor se calló lo
-del beso.
-
-Decidieron ambos honrar la memoria de su bienhechor, y en compañía de
-amigos y parientes hicieron el entierro de aquél sin ventura. Echaron
-tierra en la huesa, plantaron en torno árboles, y suspendieron de las
-ramas las primicias de su trabajo; libaron leche sobre el sepulcro,
-exprimieron racimos de uvas y quebraron flautas. Se oyó á las vacas dar
-lastimeros mugidos, y se las vió correr despavoridas y sin concierto;
-todo lo cual, según declaraban pastores peritos, era lamentación y duelo
-de las vacas por el vaquero difunto.
-
-Después del entierro de Dorcón, Cloe se fué con Dafnis á la gruta de las
-Ninfas, y allí le lavó, y luego ella misma, por la primera vez, viéndolo
-Dafnis, lavó su cuerpo, blanco y reluciente de hermosura, y sin
-necesitar el baño para ser hermoso. Cogieron, por último, flores de las
-que daba la estación, coronaron con ellas á las imágenes y colgaron como
-ofrenda la flauta de Dorcón en la pared de la gruta.
-
-Hecho esto, salieron á ver cabras y ovejas. Todas estaban echadas, sin
-pacer ni balar, sino, á lo que yo entiendo, harto afligidas por la
-ausencia de Dafnis y de Cloe. Así fué que en cuanto los vieron y oyeron
-que las llamaban como de costumbre y que tocaban la churumbela, se
-alzaron todas alegres, y las ovejas se pusieron á pacer, y las cabras á
-brincar y á balar, celebrando que su cabrero se había salvado.
-
-Con todo esto, Dafnis no podía recobrar su antiguo contento desde que
-vió á Cloe desnuda y patente toda su beldad, escondida antes. Le dolía
-el corazón como si hubiese tomado ponzoña, y su aliento ya era fuerte y
-agitado, como de alguien á quien persiguen, ya desfallecido, como por el
-cansancio de la fuga. Parecíale el baño de Cloe más temible que la mar,
-y pensaba que su alma estaba aún cautiva de los piratas: pues, como
-mozuelo campesino, ignoraba las piraterías de Amor.
-
-
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-
-LIBRO SEGUNDO
-
-
-Estaba ya en su fuerza el otoño, se acercaban los días de la vendimia, y
-todo era vida y movimiento en el campo. Unos preparaban los lagares,
-otros fregaban las tinajas; éstos tejían canastas y cestos ó afilaban
-hoces pequeñas para cortar los racimos, y aquéllos disponían la piedra ó
-la viga para estrujar las uvas, ó machacaban mimbres y sarmientos secos
-para hacer antorchas á cuya luz trasegar el mosto de noche. Dafnis y
-Cloe habían abandonado ovejas y cabras, y prestaban en tales faenas el
-auxilio de sus manos. Él acarreaba la uva en cestos, la pisaba en el
-lagar y llevaba el mosto á las tinajas, y ella condimentaba la comida de
-los vendimiadores, les daba á beber vino añejo, y hasta vendimiaba á
-veces en las cepas bajas; porque en Lesbos las viñas no están en alto ni
-enlazadas á los árboles, sino rastreando los sarmientos como la hiedra,
-de modo que una criatura apenas salida de los pañales puede allí coger
-racimos.
-
-Según usanza en esta fiesta de Baco y nacimiento del vino, acudieron
-mujeres de las cercanías para ayudar en las faenas, y las más ponían los
-ojos en Dafnis y encarecían su belleza como igual á la del dios. Una de
-las más avispadas y audaces le besó y el beso supo bien á Dafnis y
-afligió á Cloe. Y los que estaban en el lagar echaban á Cloe no pocos
-requiebros, saltaban furiosamente como sátiros que ven á una bacante, y
-deseaban convertirse en carneros para que ella los llevase á pacer; con
-todo lo cual Cloe se regocijaba y Dafnis se ponía mohino. De aquí que
-ambos ansiasen el fin de la vendimia, la vuelta á su frecuentada soledad
-campestre, y oir, en vez de aquel desconcertado bullicio, el son de la
-zampona y el balar de la grey.
-
-Pocos días pasaron y las viñas quedaron vendimiadas y las tinajas llenas
-de mosto. Como ya no había necesidad de tantos brazos, volvieron ellos á
-llevar el ganado á pacer. Muy satisfechos entonces dieron culto á las
-Ninfas y les ofrecieron racimos con pámpanos, primicias de la vendimia.
-Nunca habían descuidado este culto, porque siempre, antes de llevar al
-pasto la grey, iban á reverenciar á las Ninfas, y al volver al aprisco
-también las reverenciaban, sin dejar una vez sola de ofrecerles algo, ya
-flores, ya fruta, ya verdes ramos, ya libaciones de leche; generosa
-devoción de que recibieron más tarde recompensa divina. Por lo pronto
-ambos retozaban como lebreles que se sueltan, y tocaban la flauta y
-cantaban, y como los chivos y los borregos luchaban hasta derribarse.
-
-Mientras así se divertían, se les apareció un viejo, que vestía pellico,
-calzaba abarcas y llevaba al hombro un zurrón muy estropeado. Sentóse
-junto á ellos y habló de esta suerte: «Yo, hijos míos, soy el viejo
-Filetas, el que tantos cantares entonó á estas Ninfas y tantas veces
-tocó la flauta en honor de aquel Pan. Con mi música sólo he guiado yo
-numerosa vacada. Ahora vengo á vosotros para contaros lo que ví y
-participaros lo que oí. Poseo un huerto que, desde que me quité de
-pastor y busqué en la vejez reposo, cultivo con mis propias manos.
-Cuanto se cría en todas las estaciones se halla en mi huerto no bien su
-estación llega: en primavera, rosas, lirios, azucenas, jacintos y
-violetas sencillas y dobles; en verano, amapolas, peras y todo linaje de
-manzanas; ahora, uvas, granadas, higos y mirto verde. Los pájaros acuden
-á mi huerto á bandadas cuando amanece: unos vienen á picar, otros para
-cantar á gusto, porque hay en él sombra y tres arroyos, y tal espesura
-de árboles, que si derribásemos la tapia que le cerca, pensaríamos ver
-un bosque.
-
-«Hoy, á eso de medio día, he sorprendido allí á un muchacho que tenía
-granadas y arrayán, y era blanco como la leche, rubio como la llama y
-limpio y luciente como recién salido del baño. Estaba desnudo y solo, y
-se entretenía en saquearme el huerto como si fuera suyo. En balde me
-eché sobre él para prenderle, receloso de que me destrozase arrayanes y
-granados con sus travesuras, porque él se me esquivó, ágil y leve, ora
-deslizándose entre los rosales, ora escabulléndose entre las malvalocas,
-como un perdigonzuelo. No pocas veces me afané para coger cabritillos de
-leche ó me cansé persiguiendo becerras; pero esta res de hoy es muy
-otra, y no hay quien sepa cazarla. Fatigado yo pronto, como es natural á
-mis años, y apoyado en mi báculo, no sin procurar á la vez que no se
-fugase, le pregunté quién era de mis vecinos y por qué se entraba á
-robar en el cercado ajeno. Él, sin responder palabra, se puso junto á
-mí, sonrió con singular ternura, me tiró á la cara los granos de mirto,
-y no sé cómo me ablandó el corazón y me quitó el enojo. Roguéle entonces
-que no tuviese miedo de mí y se dejase prender, y juré por los mirtos
-que en seguida le daría suelta, regalándole manzanas y granadas y
-consintiendo que en adelante cogiese mi fruta y segase mis flores, si
-alcanzaba de él un solo beso. Rióse el muchacho al oírme, con risa
-sonora, y salió de su pecho voz más dulce que el cantar de la
-golondrina, del ruiseñor y del cisne cuando es viejo como yo. «Á mí,
-¡oh Filetas! dijo, nada me cuesta que me beses. Más gusto yo de besos
-que tú de remozarte. Mira, con todo, si el don que pides conviene á tus
-años, los cuales no te valdrán para quedar exento de perseguirme cuando
-me hubieres besado, y no hay águila, ni gavilán, ni ave alguna de rapiña
-que me alcance, por ligera que sea. No soy niño, aunque parezco niño,
-sino más viejo que Saturno. Yo soy anterior al tiempo todo. Á tí te
-conozco de muy atrás, cuando, zagalón todavía, guardabas tu rebaño en el
-llano de la laguna. Yo estaba á la vera tuya siempre que tocabas la
-flauta bajo los chopos, enamorado de Amarilis. Tú no me veías, por más
-que yo solía ponerme cerca de la zagala. Al cabo te la dí, y de ella te
-nacieron hijos, que son valientes vaqueros y labradores. En el día
-cuido, como pastor, de Dafnis y de Cloe; y después que los reuno al
-rayar el alba, me vengo á tu huerto, me divierto con sus plantas y
-flores, y me baño en sus fuentes. Por eso flores y plantas están lozanas
-y hermosas, regadas con el agua de mi baño. Mira cómo no hay rama alguna
-deshojada, ni fruta arrancada ó caída, ni arbolillo sacado de cuajo, ni
-fuente turbia. Y alégrate, además, porque sólo tú, entre los hombres,
-lograste verme en la vejez.» Apenas dijo esto, empezó á revolotear entre
-los arrayanes lo propio que un pajarillo, y saltando de rama en rama, se
-subió á lo más alto del follaje. Entonces noté que tenía alas en las
-espaldas, y entre las alas un arco, y luego no ví nada de esto, ni á él
-tampoco le ví. Ahora bien, si no he vivido en balde, y si con la edad no
-he llegado á perder el juicio, yo os declaro, hijos míos, que estáis
-consagrados á Amor y que Amor cuida de vosotros.»
-
-En grande se holgaron ellos, como si oyeran un cuento, y no un sucedido,
-y preguntaron quién era el tal Amor, si era niño ó pájaro, y qué poder
-tenía. De nuevo habló así Filetas: «Dios, hijos míos, es Amor, joven,
-hermoso y volátil, por lo cual se complace en la mocedad, apetece y
-busca la hermosura y hace que broten alas en el alma. Tanto puede, que
-Júpiter no puede más; dispone los gérmenes de donde todo nace, reina
-sobre los astros y manda más en los dioses, sus compañeros, que en
-cabras y ovejas vosotros. Todas las flores son obra suya. Él ha creado
-estos árboles. Por su virtud corren los ríos y los vientos suspiran. Yo
-ví al toro en el celo, y bramaba como picado del tábano; yo ví al macho
-enamorado de la cabra, y por todas partes la seguía. Yo mismo, cuando
-mozo, amaba á Amarilis, y ni me acordaba de la comida, ni tomaba de
-beber, ni me entregaba al sueño. Me dolía el alma, me daba brincos el
-corazón y mi cuerpo languidecía; ya gritaba como si me azotasen; ya
-callaba como muerto; á veces me arrojaba al río para apagar el fuego en
-que me quemaba; á veces pedía socorro á Pan, porque amó á Pitis;
-elogiaba á Eco, porque después de mí llamaba á Amarilis, ó rompía mi
-flauta, porque atraía á las vacas, y á mi Amarilis no la atraía. Ello es
-que no hay remedio para Amor: ni filtro, ni ensalmo, ni manjar con
-hechizo; no hay más que beso, abrazo y acostarse juntos desnudos.»
-
-Filetas, después que los hubo doctrinado, se fué, recibiendo de ellos
-algunos quesos y un chivo, al que asomaban ya los pitones. No bien ellos
-se quedaron solos, y oído entonces el nombre de Amor por vez primera, se
-apesadumbraron más, y de vuelta á sus chozas, comparaban lo que sentían
-á lo que el viejo había referido. «Padecen los amantes, decían, y
-padecemos nosotros; no cuidan de sí mismos, como nosotros nos
-descuidamos; no logran dormir, y nosotros tampoco dormimos; se diría que
-arden, é idéntico fuego nos abrasa; desean verse, y para vernos ansiamos
-que llegue el día. Esto, de juro, es amor. Nos amábamos sin saberlo.
-Pero si esto es amor y somos amados, ¿qué nos falta? ¿Qué nos aflige?
-¿Para qué nos buscamos? Filetas nos dijo la verdad; el mozuelo que vió
-en su huerto no es otro que el que en sueño se apareció á nuestros
-padres y les ordenó que nos diesen á guardar el ganado. ¿Cómo le
-podremos prender? ¡Es pequeñuelo y se fugará! ¿Cómo huir de él? Tiene
-alas y nos alcanzará. ¿Pediremos á las Ninfas que nos protejan? En vano
-pidió Filetas protección á Pan cuando su amor con Amarilis. Tomemos los
-remedios de que él hablaba: besos y abrazos y acostarse juntos desnudos.
-Es cierto que hace mucho frío, pero le sufriremos, á fin de tomar el
-último remedio.» Así repasaban ambos de noche la lección que Filetas les
-había dado.
-
-Al día siguiente llevaron el ganado á pacer, y al verse, se besaron, lo
-cual nunca habían hecho antes, y se estrecharon las manos y se
-abrazaron. Con el tercer remedio, con el de acostarse juntos desnudos,
-era con el que no se atrevían, sin duda por requerir mayor atrevimiento
-que el que cabe, no ya sólo en doncellicas ternezuelas, sino también en
-cabreros de corta edad. Aquella noche estuvieron tan desvelados como la
-anterior, y ya con recuerdos de lo hecho, ya con pesar de lo omitido,
-decían en sus adentros: «Nos hemos besado, y de nada aprovecha; nos
-hemos abrazado, y tampoco hemos tenido alivio. Por fuerza, el único
-remedio de amor ha de ser acostarse juntos. Menester será ponerlo por
-obra. Algo ha de haber en ello más eficaz que el beso.»
-
-En tales discursos acabaron por dormirse, y sus ensueños fueron
-amorosos: besos y abrazos. Aun lo que no habían hecho despiertos lo
-hacían soñando: se acostaban juntos desnudos.
-
-Despertáronse luego con el alba más prendados que nunca, y se
-apresuraron á salir á pastorear, impacientes de renovar los besos. No
-bien se vieron, corrieron con blanda sonrisa hasta juntarse; se besaron
-y se abrazaron; pero el tercer remedio no se empleó. Ni Dafnis se
-atrevía á proponerle, ni Cloe quería tomar la iniciativa. El acaso hubo,
-pues, de disponerlo todo.
-
-Sentados estaban ambos junto al tronco de la encina, y gustaban del
-deleite que hay en el beso, y no lograban hartarse de su dulzura.
-Ceñíanse con los brazos para que la unión fuese más apretada. Una vez,
-como Dafnis apretase con mayor violencia, Cloe se cayó sobre un costado,
-y Dafnis, siguiendo la boca de Cloe para no perder el beso, se cayó
-también. Reconocieron entonces en aquella postura la que en sueños
-habían tenido, y se quedaron así durante mucho tiempo, como si
-estuviesen atados. Sin adivinar lo que había después, creyeron haber
-tocado al último límite de los gustos amorosos, y consumieron en balde
-la mayor parte del día, hasta que al llegar la noche se separaron
-maldiciéndola, y recogieron el hato. Quizás hubieran llegado pronto al
-término verdadero, á no sobrevenir un alboroto en aquel rústico retiro.
-
-Ciertos mancebos ricos de Metimna, deseosos de solazarse durante la
-vendimia y de hacer alguna gira, echaron un barco á la mar, pusieron
-por remeros á sus criados, y se vinieron á las costas de Mitilene,
-donde hay ensenadas seguras, lindos caseríos, cómodas playas para
-bañarse y bosques y jardines, ya por obra de Naturaleza, ya por
-industria humana, y todo bueno y grato para la vida. Costeando de esta
-suerte saltaban de diario en tierra, sin hacer daño á nadie, y se
-entregaban á varios pasatiempos. Ora desde alguna roca que avanzaba
-sobre la mar, pescaban con anzuelos colgados de una caña por un hilo
-delgado; ora con redes y con perros cazaban las liebres que habían huído
-de los majuelos, espantadas por los vendimiadores; ora cogían con lazo
-ánades silvestres, ánsares y avutardas, con lo cual, á par que se
-recreaban, proveían su mesa. Y si algo necesitaban aún, lo tomaban de
-los campesinos, pagándolo más caro de lo que valía. El pan y el vino era
-lo único que les faltaba, y también un sitio donde albergarse, pues no
-hallaban seguridad en dormir á bordo por la otoñada, y temerosos del
-temporal, traían de noche la nave á tierra.
-
-Un rústico de por allí había menester de una soga, rota ya ó gastada la
-de que antes se servía para sostener en alto la piedra del husillo de su
-lagar; y yéndose de oculto hacia la playa, halló la nave sin quién la
-guardase; desató la amarra, se la llevó á su casa y la usó en dicho
-empleo.
-
-Por la mañana los mancebos de Metimna buscaron en balde la amarra.
-Nadie confesó haberla tomado. Disputaron un poco con sus huéspedes por
-este motivo, se embarcaron y se fueron. Navegaron treinta estadíos, y
-llegaron á los campos donde moraban Dafnis y Cloe. Aquel llano les
-pareció muy á propósito para correr liebres. Y como carecían de soga ó
-cuerda que les sirviese de amarra, entretejieron y retorcieron largas
-varillas de verdes mimbreras, con las cuales amarraron la nave á tierra
-por la alta popa. Soltaron luego los perros para que olfatearan y
-levantaran la caza, y tendieron las redes en los sitios que juzgaron más
-adecuados. Los perros con sus ladridos y carreras espantaron las cabras,
-y éstas abandonaron los cerros y alcores y se vinieron hacia la mar,
-donde entre la arena no tenían pasto, por lo cual algunas de las más
-atrevidas se acercaron á la nave y se comieron la mimbre verde á que
-estaba amarrada. En la mar á la sazón había resaca, porque soplaba
-viento de tierra, de suerte que, no bien el barco quedó libre, las olas
-le empujaron y se le llevaron lejos. Pronto se percataron de ello los
-cazadores, y unos corrieron á la orilla, otros atraillaron los perros, y
-todos gritaron de manera que cuanta gente había en los vecinos campos
-acudió al oirlos, pero de nada valió su venida. El viento sopló más
-fuerte y se llevó el barco con celeridad irresistible.
-
-Los de Metimna, enojados con la pérdida de tantas prendas de valor,
-buscaron al cabrero, y habiendo hallado á Dafnis, se pusieron á darle
-golpes y á desnudarle; y hasta hubo uno que, valiéndose de la cuerda con
-que atraillaba los perros, iba á atarle las manos á las espaldas.
-Maltratado así Dafnis, gritó y pidió socorro á los rústicos, y sobre
-todo llamó á Lamón y á Dryas. Acudieron éstos, que eran dos viejos
-recios, con las manos endurecidas en las labores del campo, y se
-hicieron respetar, exigiendo que se tratase el negocio en justicia y
-fuesen oídas las partes. Todos se conformaron, y Filetas el vaquero fué
-nombrado juez, porque era el más anciano de los que allí estaban
-presentes, y por su rectitud famoso en aquella comarca.
-
-Los de Metimna, con claridad y concisión, plantearon así su querella
-ante el juez vaquero:
-
-«Vinimos á estos campos á cazar, dejamos nuestro barco junto á la
-orilla, amarrado con verde mimbre, y nos pusimos á ojear con los perros
-de caza. Entre tanto bajaron las cabras de este mozuelo á la marina, se
-comieron la mimbre y desataron el barco. Ya viste cómo se le llevaron
-las olas. ¿Cuánto crees que importa el perjuicio ocasionado? ¡Qué de
-trajes hemos perdido! ¡Qué de collares de perros! ¡Cuánta plata, de
-sobra acaso para comprar todo este terreno! Por todo lo cual parece
-justo que nos llevemos á este cabrerillo torpe, que apacienta cabras
-junto á la mar, cual si fuera marinero.» Así se quejaron los metimneños.
-
-Dafnis, por más que le dolían los golpes recibidos, vió á Cloe presente,
-lo despreció todo, y dijo: «Yo guardo bien mi ganado. Jamás se quejó
-labrador de estos contornos de que cabra mía le destrozase su huerto ó
-le comiese los brotes de su viña. Éstos son cazadores inhábiles, y traen
-perros mal enseñados, que no saben sino correr sin concierto, y ladrar
-con tal furor, que las cabras han huído del llano y del cerro hacia la
-mar, como acosadas por lobos. Es cierto que se comieron la mimbre.
-¿Acaso en la arena tenían verde grama, madroños y tomillo? El barco se
-le llevó el viento ó la mar. Cúlpese á la tormenta, no á las cabras. En
-el barco había ropa y plata; pero ¿quién, que esté en su juicio, ha de
-creer que llevaba tales riquezas un barco con amarra de mimbre?»
-
-Dicho esto, Dafnis rompió á llorar y movió á compasión á los rústicos,
-de suerte que Filetas, el juez, juró por Pan y las Ninfas que no había
-culpa en Dafnis, ni tampoco en las cabras. Culpados eran la mar y el
-viento, los cuales tenían otros jueces. La sentencia de Filetas no
-satisfizo á los metimneños, y avanzaron furiosos, cogieron otra vez á
-Dafnis y le querían atar para llevársele. Pero los rústicos se
-alborotaron, y, cayendo sobre ellos como grajos ó como nube de
-estorninos, pronto libertaron á Dafnis, que también peleaba, y pusieron
-en fuga á los metimneños, hartándolos de palos y sin cesar de
-perseguirlos hasta que los echaron de todo aquel territorio. Así quedó
-el campo en sosiego, y Cloe llevó á Dafnis á la gruta de las Ninfas.
-Allí le lavó la cara, llena de sangre, que había echado por las
-lastimadas narices, y le hizo comer un pedazo de torta y una raja de
-queso que sacó del zurroncillo, y para que mejor se recobrase, le dió un
-beso, todo de miel, con sus blandos labios.
-
-Así se salvó Dafnis de aquel peligro; mas no pararon allí las cosas. Los
-metimneños, de vuelta á su tierra, con harta fatiga, á pie en vez de ir
-en barco, y apaleados en vez de ir divertidos, convocaron en junta á los
-ciudadanos, y en traje de suplicantes pidieron venganza del insulto
-recibido, sin decir palabra de verdad, para que no se burlasen de ellos
-por haberse dejado apalear por unos villanos; antes bien supusieron que
-los de Mitilene les habían apresado el barco y robado sus bienes, como
-en tiempo de guerra.
-
-En vista de las heridas, los de la junta lo creyeron todo y consideraron
-justo vengar á aquellos jóvenes de las principales familias de la
-ciudad. La guerra contra los de Mitilene fué, pues, decretada sin
-declaración previa, y se dió orden á un capitán para que saliese á la
-mar con diez naves y talase y saquease las costas del enemigo. Como se
-acercaba el invierno, no era seguro aventurar mayor escuadra.
-
-Al día siguiente, hechos los aprestos y llevando como remeros á los
-mismos soldados, recorrió la escuadrilla las costas de Mitilene, y la
-gente entró á saco muchos lugares, robando ganado y trigo y vino en
-abundancia, porque estaba recién hecha la vendimia, y cautivando no
-pocos hombres de los que trabajaban en el campo. Desembarcó también
-donde Dafnis y Cloe apacentaban y se llevó cuanto halló á mano.
-
-Dafnis á la sazón no guardaba las cabras, sino había ido al bosque á
-coger ramas verdes para dar en el invierno alimento á los chivos. Cuando
-vió la invasión desde lo alto se escondió en el hueco tronco de un
-quejigo seco. Cloe, en tanto, guardaba el rebaño, y perseguida por los
-invasores, se refugió en la gruta de las Ninfas, por cuyo amor rogaba
-que á ella y á su grey perdonasen. De nada valió el ruego. Los
-metimneños, no sólo hicieron muchas burlas y profanaciones de las
-imágenes, sino que á las ovejas y á la misma Cloe, como si fuera oveja
-también, se las llevaron por delante á varazos. Ya entonces tenían las
-naves cargadas de botín de toda laya, y decidieron no navegar más, sino
-volverse á sus casas, recelosos del invierno y de los enemigos.
-
-Navegaban, pues, aunque poco y á fuerza de remos, porque el viento no
-los favorecía, cuando Dafnis, visto el sosiego que reinaba, bajó á la
-llanura en que solía apacentar, y no halló cabras ni ovejas, ni halló á
-Cloe, sino soledad mucha, y por el suelo la flauta con que Cloe se
-deleitaba. Dafnis empezó entonces á gritar y á exhalar sollozos
-lastimeros, y ya corría bajo el haya donde antes se sentaba, ya hacia la
-mar para ver si alcanzaba á su amiga, ya á la gruta donde se refugió
-cuando la perseguían. Allí se echó por tierra y vituperó á las Ninfas de
-traidoras. «Al pie de vuestras aras, dijo, fué robada Cloe, y lo vísteis
-y lo sufrísteis; Cloe, la que os tejía coronas y las que os ofrecía las
-primicias de la leche y la flauta que veo allí colgada. Jamás lobo me
-robó una sola cabra, y los enemigos me han robado todo el rebaño y la
-zagala mi compañera. Desollarán las cabras; sacrificarán las ovejas.
-Cloe vivirá lejos en alguna ciudad. ¿Cómo presentarme ahora á mi padre y
-á mi madre, sin cabras y sin Cloe, y también sin oficio, pues no quedan
-cabras que guardar? Aquí me voy á quedar aguardando la muerte ó algún
-otro enemigo. Y tú, Cloe, ¿padeces como yo? ¿Te acuerdas de estos prados
-y de las Ninfas y de mí, ó te consuelan las ovejas y las cabras,
-prisioneras contigo?»
-
-Conforme se lamentaba así, entre gemidos y lágrimas, se apoderó de él un
-profundo sueño y se le aparecieron las tres Ninfas, grandes y hermosas,
-medio desnudas, descalzas y suelto el cabello, como las imágenes. Al
-principio mostraron compadecerse de Dafnis; luego dijo la mayor,
-confortándole: «No así nos acuses, ¡oh Dafnis! Más cuidado que á tí nos
-merece Cloe. De ella nos compadecimos apenas nació, y la criamos cuando
-fué expuesta en esta gruta. Nada de común tiene ella con los campos ni
-con las ovejas de Dryas. Ya hemos dispuesto lo que más le conviene. Ni
-se la llevarán cautiva á Metimna, ni será entregada á los soldados como
-parte del despojo. El mismo dios Pan, que está sentado bajo aquel pino,
-si bien jamás le llevásteis vosotros ofrendas de flores, cede á nuestros
-ruegos y va en auxilio de Cloe, como más avezado que nosotras en los
-negocios de la guerra, por haber ya militado en muchas, abandonando su
-agreste retiro. Tremendo enemigo va á caer sobre los metimneños. No te
-aflijas, pues: levántate y ve á consolar á Lamón y Mirtale, que se
-revuelcan por el suelo como tú, creyendo que también te llevan cautivo.
-Mañana volverá Cloe, y con ella las ovejas y las cabras. Aun las
-guardaréis juntos; aun juntos tocaréis la flauta. De lo otro cuidará
-Amor.»
-
-Al ver y oir Dafnis todo esto, despertó, lloró de alegría á par que de
-pena, y adoró las figuras de las Ninfas, prometiendo sacrificarles la
-mejor de sus cabras, si se salvaba Cloe. Corrió después bajo el pino,
-donde estaba la imagen de Pan, con patas y cuernos de cabra, en una mano
-la flauta y con la otra deteniendo un chivo, y le adoró también, é
-intercedió con él por Cloe y le prometió sacrificarle un macho. Y como
-casi iba ya á ponerse el sol, sin cesar él en sus lamentos y plegarias,
-recogió las ramas que había cortado y se fué á su cabaña. Con su vuelta
-quitó á sus padres un gran pesar, trocándole en contento. Luego comió un
-bocadillo y se fué á dormir, no sin llorar aún y suplicar á las Ninfas
-que trajesen pronto el nuevo día, y á Cloe con él, cumpliendo la
-promesa. La noche aquella le pareció la más larga de todas las noches.
-
-Entre tanto, el capitán de los metimneños, no bien hubo navegado cerca
-de diez estadíos, quiso que reposase su gente, fatigada de la correría.
-Había allí un cerro que avanzaba sobre la mar, abriéndose en forma de
-media luna, en cuyo seno convidaban las ondas tranquilas con el más
-seguro puerto. En él anclaron las naves, lejos aún de la costa, á fin de
-no recelar asalto ó sorpresa de villanos, y los metimneños se entregaron
-en paz á sus deportes. Como traían abundancia de todo, fruto de su
-rapiña, comieron y bebieron con gran fiesta y algazara, para celebrar la
-fácil victoria. Así pasaron el día, y no bien los sorprendió la noche,
-parecióles de repente que toda la tierra se ardía alrededor con llamas y
-relámpagos, y que se oía en la mar estrépito impetuoso de remos, como de
-formidable escuadra que á combatirlos venía. Muchos gritaban á las
-armas; otros se llamaban mutuamente: éste creíase ya herido; aquél
-imaginaba que alguien caía muerto á su lado. En suma, todo asemejaba
-reñido combate nocturno, sin que hubiese enemigos.
-
-La noche así pasada, amaneció un día más espantoso que la misma noche.
-Las cabras y los machos de Dafnis llevaban en los cuernos hiedra con sus
-corimbos, y los carneros y ovejas de Cloe aullaban como lobos. Ella
-apareció coronada de ramas de pino. En la mar ocurrieron también muchos
-portentos. No se podían levar anclas, que se agarraban al fondo; los
-remos se rompían al meterlos en el agua para bogar; los delfines,
-brincando fuera de la mar, azotaban con las colas las naves y
-desbarataban su trabazón. Y oíase el sonido de una flauta en la más alta
-cumbre de la roca; mas no deleitaba como flauta, sino aterraba á los
-oyentes como trompa guerrera. De aquí el general sobresalto, el correr á
-las armas y el miedo de enemigos que no se veían. Todos ansiaban que
-volviese la noche, esperando que les diese tregua.
-
-Á nadie que tuviese sano el entendimiento podía ocultársele que tales
-visiones y ruidos eran obra de Pan; encolerizado contra los marineros;
-pero no adivinaban el motivo de su cólera, pues no habían saqueado
-ningún templo de aquel dios. Por último, á eso de medio día, no sin
-disposición de lo alto, quedóse el capitán dormido, y Pan se le
-apareció, diciendo:
-
-«¡Oh, los más impíos y malvados de todos los mortales! ¿Cómo os
-propasasteis á tal extremo en vuestra audacia loca? Llevasteis la guerra
-á los campos que me son caros; robásteis las vacas, cabras y corderos de
-que yo cuido, y arrancásteis de mi propio altar á una virgen, de quien
-Amor quiere componer muy linda historia. Ni á las Ninfas, que os
-miraban, ni á mí, que soy Pan, habéis respetado. Nunca navegando con
-tales despojos, volveréis á ver á Metimna, ni escaparéis al son de mi
-flauta aterradora. Os he de anegar y os he de dar por pasto á los peces,
-si al punto no devolvéis á Cloe á las Ninfas, y á Cloe su rebaño, cabras
-y corderos. Levántate, pues, y pon en tierra á la muchacha con todo lo
-que te dije. Yo te llevaré luego en salvo por mar, y á ella por tierra.»
-
-Todo consternado se despertó con esto Briaxis, así se llamaba el
-capitán, y llamó á los cabos y principales de las naves, ordenándoles
-que buscasen sin demora entre los cautivos á la zagala Cloe. En seguida
-la hallaron, porque estaba sentada con guirnalda de pino, y la trajeron
-á la presencia del capitán, quien conoció por las señales que á causa de
-ella había tenido la visión, y él mismo la llevó á tierra en su mejor
-barca. Apenas desembarcó la pastorcilla, se oyó de nuevo son de flauta
-sobre la roca, pero no ya belicoso y espantable, sino suave y pastoril,
-como para llevar corderos á prado. Y en efecto, los corderos y las
-ovejas echaron á correr por las escaleras abajo, sin tropiezo á pesar de
-la dureza de sus pezuñas, y las cabras con mayor atrevimiento aún, como
-acostumbradas á saltar por los vericuetos. Y toda la grey rodeó á Cloe,
-y en coro se puso á retozar, brincar y balar en muestra de alegría. Las
-cabras, bueyes y demás ganado de otros pastores se quedaron quietos en
-el fondo de las naves, como si aquel son no los llamara. Las gentes se
-maravillaron en grande al ver estas cosas, y celebraron á Pan, quien en
-mar y tierra obró luego mayores prodigios. Antes de levar ancla, las
-naves iban ya navegando. Un delfín, que salía con sus brincos sobre las
-ondas, guiaba la nave capitana. Suavísima música de flauta conducía
-cabras y corderos, y nadie veía á quien tocaba. Y todo el rebaño,
-hechizado con el son, andaba á par que pacía.
-
-Era ya la hora en que se va de nuevo al pasto después de la siesta,
-cuando Dafnis, que estaba oteando desde un alta atalaya, vió venir el
-ganado y vió venir á Cloe. Entonces gritó: «¡Oh, Ninfas! ¡Oh, Pan!»
-bajó á lo llano, abrazó á Cloe, y cayó desmayado de placer. Apenas
-volvió en sí merced á los besos de Cloe y al dulce calor de sus abrazos,
-se la llevó bajo el haya donde solían, y sentados contra el tronco, le
-preguntó de qué suerte se salvó de los enemigos. Ella contó todas las
-circunstancias: la hiedra de las cabras, los aullidos de las ovejas, la
-corona de ramas de pino que le ciñó las sienes, y la medrosa noche, y
-cómo hubo en la tierra fuego, extraño ruido en la mar y dos distintos
-sones de flauta, uno guerrero y otro pacífico. Dijo, por último, que
-ignorante ella del camino, se le indicaba y la guiaba cierta música
-misteriosa.
-
-Bien notó en todo Dafnis el cumplimiento del sueño de las Ninfas y los
-milagros de Pan, y también refirió él cuanto había visto y oído, y que
-ya se moría de dolor cuando las Ninfas le salvaron. Después mandó á Cloe
-á que dijese á Dryas y á Lamón que vinieran con todo lo necesario para
-hacer un sacrificio. Él, en tanto, tomó la mejor de sus cabras; la
-coronó de hiedra, conforme se había mostrado á los enemigos; vertió
-leche entre sus cuernos; la sacrificó á las Ninfas; la suspendió y la
-desolló, y colgó la piel en la roca.
-
-Presentes ya Cloe y los que la acompañaban, Dafnis encendió fuego, asó
-parte de la carne y coció la otra parte; ofreció á las Ninfas las
-primicias y les hizo una libación con un cántaro lleno de mosto. Dispuso
-luego lechos de hojas verdes para todos los convidados, y se entregó á
-beber, comer y jugar con ellos, sin dejar de atender al ganado, no
-viniese el lobo é hiciese en él de las suyas. Hermosos cantares se
-cantaron allí en loor de las Ninfas, compuestos por pastores antiguos.
-Venida la noche todos durmieron al raso ó en la gruta. Al salir el sol,
-se acordaron de Pan; coronaron de pino el manso de la manada y le
-llevaron bajo el pino, donde entre libaciones de mosto y cantos en
-alabanza del dios, se le sacrificaron, colgándole y desollándole. Las
-carnes asadas y cocidas las pusieron en el prado sobre hojas verdes. La
-piel con los cuernos quedó colgada del pino, junto á la imagen del dios,
-ofrenda pastoral al dios de los pastores. Ofreciéronle también las
-primicias de la carne; vertieron vino del cántaro más hondo, y Cloe
-cantó, y Dafnis la acompañó con la zampoña.
-
-Recostáronse después y se pusieron á comer, cuando por acaso llegó
-Filetas el vaquero, el cual traía para Pan algunas guirnaldas y racimos
-de uvas con sarmientos y pámpanos. Le acompañaba su hijo menor Titiro,
-rapazuelo de pelo rubio y ojos zarcos, vivo y travieso, y que venía
-saltando más ágil que un chivo. Levantáronse todos para coronar á Pan y
-colgaron los racimos en la copa del pino, y luego volvieron á sentarse,
-convidando á Filetas á que merendase y bebiese con ellos. Ya algo
-bebidos, se dieron, según es propio en los viejos, á referir casos de
-sus verdes años, de qué suerte guardaban el hato y de cuántas
-incursiones de bandidos y piratas habían escapado. Éste se jactaba de
-haber muerto un lobo; aquél de no ceder más que á Pan en tocar la
-flauta. La última jactancia era de Filetas. Dafnis y Cloe le rogaron con
-ahinco que les diese á conocer algo de su arte tocando la flauta en la
-fiesta del dios que tanto se huelga de oirla. Filetas consintió en
-tocar, y si bien lamentándose de que con la vejez le faltaba resuello,
-tomó la flauta de Dafnis; pero halló que era pequeña para lucir en ella
-toda su maestría, y sólo propia para la boca de un rapaz, y envió á
-Titiro en busca de su flauta, aunque distaba su casa diez estadíos de
-allí. El chico soltó la ropa que le estorbaba, y casi desnudo echó á
-correr como un gamo. Lamón, mientras volvía, se puso á contar la fábula
-de Siringa, tal cual se la contó un cabrero de Sicilia, á quien dió en
-pago un cabrón y una zampoña.
-
-«Siringa, dijo, no era flauta pastoril en lo antiguo, sino virgen
-hermosa, con buena voz y arte en el canto. Cuidaba cabras, jugaba con
-las Ninfas y cantaba como ahora. Pan, al verla cuidar las cabras,
-retozar y cantar, se llegó á ella y le pidió que consintiese en lo que
-él quería, ofreciéndole, en cambio, que sus cabras todas parirían
-muchos cabritillos gemelos. Ella se burló de este amor y se negó á
-admitir amante que era medio hombre y medio macho de cabrío. Pan
-entonces la persiguió para lograrla por fuerza. Huyó Siringa de Pan y de
-su violento arrojo, y fatigada al cabo, se ocultó en un cañaveral y
-desapareció en una laguna. Cortó Pan las cañas con furia; sin hallar á
-la linda moza halló desengaño, é imaginó un instrumento, juntando con
-cera desiguales cañutos, por ser su amor desigual como ellos. De aquí
-que la hermosa virgen de entonces hoy sea flauta sonora.»
-
-Terminada tenía ya Lamón su historia, y Filetas le alababa por haberla
-contado con más dulzura que un cantar, cuando apareció Titiro con la
-flauta de su padre, la cual era grande, hecha de gruesas cañas y con
-adornos de bronce sobre las pegaduras de cera. Dijérase que era la
-propia y primera flauta que fabricó Pan. Filetas se levantó, se puso
-derecho sobre su asiento, y lo primero que hizo fué ensayar si el viento
-colaba bien por los cañutos, y habiendo notado que el soplo penetraba
-sin estorbo, sopló con brío juvenil y se oyó al punto como un concierto
-de muchas flautas; tanto resonaba la suya sola. Poquito á poco fué luego
-mitigando aquella vehemencia y convirtiéndola en suave melodía, y mostró
-allí todo el arte del buen pastoreo musical: lo que agrada á las vacas y
-bueyes, lo que conviene para las cabras y lo que gusta á las ovejas.
-Para las ovejas era el son dulce, grave para el ganado vacuno y agudo
-para el cabrío. Todo esto, obra de diversas flautas, lo imitaba él con
-sólo la suya.
-
-Recostados los circunstantes oían la música con delicia y en silencio,
-hasta que se alzó Dryas y pidió á Filetas que tocase una tonada en loor
-de Baco para que él bailase un baile de lagar. Bailó, pues, imitando,
-ora que vendimiaba, ora que acarreaba la uva en cestos, ora que la
-pisaba, ora que llenaba las tinajas, ora que probaba el mosto. Y todas
-estas cosas las bailó Dryas con tal primor y claridad, que parecía que
-se estaban viendo viñas, lagar y tinajas, y al propio Dryas vendimiando
-y bebiendo. Así se lució en el baile el tercer viejo, y fué á besar á
-Dafnis y á Cloe. Éstos se alzaron al punto y bailaron el cuento de
-Lamón. Dafnis hacía de Pan, y de Siringa Cloe. Él pedía amor; ella le
-burlaba desdeñosa; él sobre las puntas de los pies, para imitar las
-pezuñas del cabrío, la perseguía corriendo, y Cloe se fingía cansada y
-se ocultaba, por último, entre unas matas como si fuese en la laguna.
-Dafnis tomó entonces la gran flauta de Filetas, y tocó ya con flébil
-tono como de suplicante, ya con tono amoroso para persuadir, ya con
-suave llamada, como buscando y atrayendo á la fugitiva. Maravillado
-Filetas, se alzó de su asiento, besó al rapaz, y después de besarle le
-regaló la flauta, no sin pedir al cielo que Dafnis en su día pudiese
-dejarla á sucesor semejante. Dafnis, por último, suspendió su pequeña
-flauta en el ara de Pan, besó á Cloe como si la volviese á hallar
-después de una fuga verdadera, y se llevó sus cabras, tocando la flauta
-grande.
-
-Como la noche venía ya, Cloe condujo también su rebaño, aprovechándose
-del mismo son, de suerte que cabras y ovejas iban juntas. Dafnis
-caminaba cerca de Cloe y ambos platicaron entre sí hasta bien cerrada la
-noche, concertándose para salir al día siguiente más temprano que de
-costumbre.
-
-Así lo hicieron en efecto. Apenas rayó el alba, volvieron al prado, y
-después de saludar primero á las Ninfas y en seguida á Pan, se sentaron
-bajo la encina, tocaron juntos la flauta, se besaron, se abrazaron, se
-acostaron muy juntos, y sin hacer nada más, se levantaron. Pensaron
-luego en la comida, y bebieron vino con leche. Algo acalorados con esto,
-y creciendo también en audacia, se enredaron en amorosa disputa y
-acabaron por exigirse juramento de fidelidad. Dafnis, acercándose al
-pino, juró por Pan no vivir un solo día sin Cloe, y Cloe, penetrando en
-la gruta, juró por las Ninfas ser de Dafnis en vida y en muerte; pero
-ella, como niña aún, era tan simplecilla, que al salir de la gruta
-quiso que Dafnis le hiciese nuevo juramento. «¡Oh, Dafnis!, le dijo,
-este dios Pan es travieso y muy poco de fiar. Se enamoró de Pitis, se
-enamoró de Siringa, no cesa jamás de perseguir á las Dryadas y se emplea
-de continuo en servir y complacer á todas las ninfas pastoriles. Si no
-cumples la fe jurada, se reirá y no te castigará, aunque te enredes con
-más queridas que cañutos tiene tu zampoña. Júrame, pues, por tu rebaño y
-por la cabra que te crió, no abandonar á Cloe mientras ella te sea fiel.
-Y si Cloe te faltare, perjura á tí y á las Ninfas, húyela, aborrécela,
-mátala como á un lobo.» En el alma se complació Dafnis de estas dudas de
-Cloe; y de pie en medio del rebaño, la una mano sobre una cabra y sobre
-un macho la otra, juró amar á Cloe mientras ella le amara, y si ella
-amase á otro, en vez de matarla, matarse él. Cloe se holgó del juramento
-y le creyó, porque doncellica y pastora, tenía á las cabras y ovejas por
-divinidades propias de cabrerizos y zagales.
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-LIBRO TERCERO.
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-
-Cuando supieron los de Mitilene la expedición de las diez naves, y, por
-gente que venía del campo, los robos que habían hecho, no juzgaron
-decoroso sufrir tal afrenta de los de Metimna y resolvieron mover guerra
-contra ellos con toda rapidez. Levantaron, pues, tres mil infantes y
-quinientos caballos; y recelosos de la mar en la estación del invierno,
-los enviaron por tierra, al mando de su general Hipaso.
-
-Éste no estragó los campos ni robó ganado ni frutos y enseres de
-labranza, considerando más propios de bandido que de general tales
-actos, sino marchó derecho y pronto contra la ciudad de Metimna,
-esperando sorprenderla con las puertas sin custodia. Ya no distaba de la
-ciudad más de cien estadíos, cuando se presentó un heraldo pidiendo
-treguas. Los metimneños habían averiguado por los cautivos que los de
-Mitilene nada sabían de lo ocurrido, y que eran gañanes y pastores los
-que habían maltratado á los jóvenes, por lo cual reconocían que se
-habían atrevido con más acritud que prudencia contra la vecina ciudad, y
-sólo deseaban devolver el botín, tratarse de amigos y comerciar como
-antes por mar y tierra. Hipaso aunque tenía plenos poderes para
-negociar, envió al heraldo á Mitilene, y, acampado á diez estadíos de
-Metimna, aguardó la resolución de sus conciudadanos. Á los dos días vino
-el mensajero con orden de recibir la restitución y de volverse sin
-causar daño, porque, al escoger entre la paz y la guerra, habían hallado
-la paz más útil. Así terminó la guerra entre Mitilene y Metimna, con fin
-tan inesperado como el principio.
-
-Llegó el invierno, para Dafnis y Cloe más que la guerra crudo. De
-repente cayó mucha nieve: cubrió los caminos y encerró á los rústicos en
-sus chozas. Con ímpetu se despeñaban los torrentes; se helaba el agua;
-parecían muertos los árboles, y no se veía el suelo sino al borde de
-arroyos y manantiales. Nadie, pues, llevaba á pacer el ganado ni se
-asomaba á la puerta, sino todos encendían gran candela en el hogar, no
-bien cantaba el gallo, y ya hilaban lino, ya tejían pelo de cabra, ya
-tramaban lazos para cazar pájaros. Entonces era menester andar solícitos
-en dar paja á los bueyes en el tinao, fronda en el aprisco á las cabras
-y ovejas, y fabuco y bellotas á los cerdos en la pocilga.
-
-Con esta forzosa permanencia dentro de casa, se holgaban los demás
-pastores y labriegos, porque descansaban algo de sus faenas, comían bien
-y dormían á pierna tendida. Así es que el invierno se les antojaba más
-dulce que el verano, que el otoño y hasta que la misma primavera. Pero
-Dafnis y Cloe, retrayendo á la memoria los pasados deleites; cómo se
-besaban, cómo se abrazaban y cómo merendaban juntos, se pasaban las
-noches muy afligidos y sin dormir, ansiosos de que volviese la
-primavera, que era para ellos volver de la muerte á la vida. Cuando por
-dicha topaban con el zurrón en que habían llevado la merienda, ó veían
-el cantarillo en que habían bebido, ó la zampoña, presente amoroso,
-abandonada ahora, la pena de ambos se acrecentaba. Con fervor pedían á
-las Ninfas y á Pan que los librase de tantos males, dejando que ellos y
-su ganado salieran á tomar el sol; pero á par que pedían, buscaban medio
-de verse. Cloe andaba con terribles vacilaciones y sin saber qué hacer,
-porque no se apartaba de la que tenía por madre, aprendiendo á cardar
-lana y á manejar el huso y escuchándola hablar de casamiento; pero
-Dafnis, con mayor libertad y más ladino también que la muchacha, inventó
-esta treta para verla.
-
-Delante de la vivienda de Dryas, contra la propia pared, había dos
-grandes arrayanes y una mata de hiedra, tan cerca los arrayanes el uno
-del otro, que la hiedra que crecía en medio los ceñía, enredando en
-ambos sus hojas y largos tallos á modo de parra, y formando gruta de
-tupida verdura. Por dentro colgaban, como racimos en la vid, muchos y
-gruesos corimbos. Acudía, pues, allí, multitud de pájaros invernizos:
-mirlos, tordos, palomas zuritas y torcaces, y otros que comen granos de
-hiedra á falta de mejor alimento. So color de cazar estos pájaros,
-Dafnis salió de su casa con el zurrón lleno de bollos de miel, y
-llevando asimismo, para que le dieran más crédito, lazos y liga. Su
-habitación distaba de la de Cloe cerca de diez estadíos, pero la nieve,
-no bien endurecida, hubiera hecho trabajoso el camino, si no fuese que
-para Amor todo es llano: fuego, agua y nieve de Escitia. Dafnis, pues,
-se plantó de una carrera á la puerta de Dryas; sacudió la nieve de los
-pies, tendió lazos, colocó largas varillas untadas con liga, y se puso
-en acecho de los pájaros y también de Cloe.
-
-En cuanto á los pájaros, acudieron muchos y quedaron presos. No corta
-tarea tuvo Dafnis en cogerlos, matarlos y desplumarlos. Pero nadie salía
-de la casa, ni hombre ni mujer, ni gallo ni gallina. Todos, sin duda,
-estaban dentro, sentados al amor de la lumbre. Dafnis vacilaba; temía
-haber salido á pájaros con malos auspicios, y no se atrevía, no
-obstante, á imaginar un pretexto para entrar en la casa, cavilando dónde
-hallar el más plausible. «Pediré candela.--¿Cómo es eso? ¿No tienes á
-nadie más cerca á quien pedirla?--Pediré pan.--Tu zurrón está bien
-provisto.--Diré que me falta vino.--Há poco que hiciste la vendimia.--Un
-lobo me persigue.--¿Dónde están las huellas de ese lobo?--Vine á cazar
-pájaros.--Pues vete, ya que los has cazado.--Quiero ver á Cloe.--No es
-fácil declarar esto al padre y á la madre de la muchacha. Más vale
-callarse. No hay cosa que no excite las sospechas. Me iré. Veré á Cloe
-esta primavera. No consienten los hados, á lo que barrunto, que yo la
-vea en invierno.» Así discurría para sí, y, recogiendo lo que había
-cazado, se disponía á partir, cuando, por misericordia de Amor, ocurrió
-lo que sigue.
-
-Estaban á la mesa Dryas y su familia. Se distribuía la carne, se
-repartía el pan y el jarro se llenaba de vino, en ocasión que uno de los
-perros del ganado, aprovechándose del descuido de los dueños, cogió un
-pedazo de carne y huyó con él fuera de casa. Irritado Dryas, tanto más
-que la carne robada era su ración, agarra un palo y corre tras el rastro
-del perro, como otro perro. En esta persecución, pasa cerca de la hiedra
-y los arrayanes; ve á Dafnis, que se echaba ya al hombro su presa;
-resuelto á irse; olvida al punto carne y perro, y exclamando en alta
-voz: «¡Salud! ¡Oh, hijo mío!», le abraza, le besa, le toma de la mano y
-le hace que entre en su morada. Poco faltó para que, al verse Dafnis y
-Cloe, no cayesen ambos al suelo. Procuraron, no obstante, tenerse
-firmes; se saludaron y se volvieron á besar, y esto casi fué arrimo para
-no caer ambos.
-
-Después que logró Dafnis, contra su esperanza, ver y besar á Cloe, se
-sentó junto al hogar; puso sobre la mesa las palomas y los mirlos que
-traía al hombro, y contó que, harto de encierro casero, había salido á
-coger pájaros, y de qué modo había cogido, ya con lazo, ya con liga, los
-que venían á picar en la hiedra y en los arrayanes. Los allí presentes
-alabaron mucho su habilidad y le convidaron á comer de lo que el perro
-había dejado. Cloe, por orden de sus padres, le escanció la bebida, y
-con alegre rostro sirvió á los otros primero, y á Dafnis el último,
-fingiéndose muy enojada de que, habiendo él venido hasta allí, iba á
-irse sin verla. Á pesar del enojo, Cloe, antes de presentar el vaso á
-Dafnis, bebió un poco, y le dió lo demás. Dafnis, aunque sediento, bebió
-con lentitud para que durase más y fuese mayor su deleite. Limpia ya la
-mesa de pan y de carne, y aún sentados á ella, le preguntaron por
-Mirtale y Lamón, y los declararon felices de tener en su vejez tal
-apoyo; encomio de que gustó Dafnis en extremo por escucharle Cloe.
-Rogáronle después que se quedase allí hasta el día siguiente, porque
-tenían que hacer un sacrificio á Baco, y Dafnis, de puro contento, por
-poco los adora como si fuesen el dios. Á escape sacó de su zurrón cuanto
-bollo de miel en él traía, y dió á guisar para la cena los pájaros que
-había cazado. Se llenó de nuevo el jarro de vino; se atizó y encandiló
-el fuego, y, apenas llegó la noche, se pusieron otra vez á la mesa,
-donde se divirtieron contando cuentos y entonando canciones, hasta que
-los ganó el sueño y se fueron á dormir, Cloe con su madre, y Dafnis con
-Dryas. Cloe se complació con la idea de volver á ver por la mañana á
-Dafnis, y Dafnis, lleno de satisfacción de dormir con el padre de Cloe,
-le abrazó y besó muchas veces, soñando que á Cloe abrazaba y besaba.
-
-Al amanecer era el frío atroz, y el viento del Norte todo lo helaba. De
-pie ya la gente, sacrificó á Baco un borrego añal; encendió lumbre y
-preparó el almuerzo. Mientras Napé amasaba el pan y Dryas guisaba el
-borrego, Dafnis y Cloe, estando de vagar, salieron de la casa bajo los
-arrayanes y la hiedra, y, tendiendo lazos otra vez y poniendo liga,
-pillaron multitud de pájaros. Durante la caza fué aquello un no cesar de
-besarse, entreverando los besos con pláticas, también sabrosas.--Por ti
-vine, Cloe.--Lo sé, Dafnis.--Por ti mato estos mirlos sin ventura. ¿En
-qué aprecio me tienes? ¿Te acordaste siempre de mí?--¡No me había de
-acordar! Así me quieran bien las Ninfas, por quienes juré en la gruta,
-á donde concurriremos apenas se derrita la nieve.--Pero cuánta hay, ¡oh,
-Cloe! Yo temo derretirme antes que ella.--Anímate, Dafnis, el sol
-calienta ya mucho.--Ojalá que ardiese con la viva llama en que arde mi
-corazón.--Me burlas con lisonjas y luego me engañarás.--Nunca; por las
-cabras, por las que quisiste que te lo jurase.
-
-Así charlaban, respondiendo Cloe á Dafnis como un eco, cuando los llamó
-Napé, y ellos entraron con más abundante caza que la víspera. Hicieron
-luego una libación á Baco, y comieron coronados de hiedra. Llegó, por
-último, la hora, y no sin cantar antes alegres himnos en loor del dios,
-despidieron á Dafnis, llenando su zurrón de carne y de pan.
-Devolviéronle, además, los tordos y las palomas, para que se regalasen
-comiéndolos Lamón y Mirtale, ya que ellos cazarían más en cuanto durase
-el invierno y no faltase hiedra para añagaza. Dafnis, al irse, besó
-primero á los padres, y á Cloe la última, á fin de guardar en toda su
-pureza el dejo del beso. En adelante volvió Dafnis por allí no pocas
-veces, valiéndose de otras artimañas, de modo que el invierno no se pasó
-del todo mal.
-
-Apenas renació la primavera, se derritió la nieve, se descubrió el suelo
-y la hierba retoñó, salieron todos los zagales á apacentar sus ganados,
-y antes que todos Dafnis y Cloe, como siervos que eran del pastor más
-poderoso. Lo primero fué correr á la gruta de las Ninfas, luego á Pan y
-al pino, y, por último, bajo la encina, donde se sentaron, mirando pacer
-y besándose. Buscaron flores para coronar á las Ninfas, y, aunque las
-flores apenas empezaban á entreabrirse, acariciadas por el céfiro y
-reanimadas por el sol, hallaron narcisos, violetas, corregüelas y otras
-vernales primicias. Con estas flores coronaron las imágenes é hicieron
-ante ellas libaciones de la nueva leche de sus ovejas y sus cabras.
-Tocaron también la flauta como para competir con los ruiseñores, quienes
-respondían de entre la enramada, expresando poco á poco el nombre de
-Itys, cual si tratasen de recordar el canto después de tan largo
-silencio. Por donde quiera balaba el ganado; los corderillos ya
-retozaban, ya se inclinaban bajo las madres para chupar el pezón de la
-ubre, y los moruecos perseguían á las ovejas que aún no habían tenido
-cría, y cada uno cubría la suya. Las cabras eran también perseguidas por
-los machos con más lascivos saltos, y los machos reñían por ellas, y
-cada cual tenía sus cabras, y cuidaba de que no viniera otro y á hurto
-las gozase. Tales escenas, cuya vista hubiera remozado y enardecido á
-los helados viejos, enardecían más á estos mozos, llenos de fervor y de
-brío. Y anhelando hallar, desde hacía tiempo, el fin del Amor, lo que
-oían los abrasaba, lo que veían los amartelaba, y todo los inducía á
-buscar algo de más rico y satisfactorio que el beso y el abrazo.
-Buscábalo singularmente Dafnis, quien por el reposo casero y holganza
-del invierno estaba rijoso y lucio, y con el beso se emberrenchinaba, y
-con el abrazo se alborotaba, y al ejecutar las cosas, era ya más curioso
-y atrevido. Pedía, pues, á Cloe que se prestase á cuanto él quisiera, y
-que lo de acostarse juntos desnudos fuese por más tiempo que antes, ya
-que esto era lo que faltaba hacer bien de cuanto les enseñó Filetas,
-como único remedio para calmar el amor.
-
-Cloe le preguntó qué imaginaba él que habría más allá del beso, del
-abrazo, y hasta del acostarse juntos, y qué resolvía hacer si volvían á
-la yacija desnudos ambos.--Lo que hacen los moruecos con las ovejas, y
-con las cabras los machos, contestó él.--Mira cómo, después de la obra,
-ni las ovejas huyen ni los carneros se cansan en perseguirlas, sino que
-pacen quietos y juntos, como satisfechos de un común deleite. Dulce, á
-lo que entiendo, es la obra, y vence lo amargo de amor.--¿No reparaste,
-repuso Cloe, que las ovejas y los carneros, las cabras y sus machos,
-hacen esas cosas de pie, saltando ellos encima y sosteniéndolos ellas?
-¿Para qué, pues, he de tenderme contigo desnuda? ¿No está el ganado más
-vestido que yo con su pelo ó con su lana? Dafnis no pudo menos de
-convenir en que así era. Tendióse, no obstante, al lado de Cloe y
-meditó largo rato; sin atinar con el modo de calmar la vehemencia de su
-deseo. Hizo después que ella se alzara, y la abrazó por detrás, imitando
-á los carneritos; pero con esto nada logró, quedando más confuso y
-echándose á llorar al ver que para tales negocios era más rudo que las
-bestias.
-
-Tenía Dafnis por vecino á un labrador propietario, llamado Cromis,
-sujeto ya de edad madura, quien había traído de la ciudad á una
-mujercita, linda, de pocos años, con gustos más delicados y más
-cuidadosa de su persona que las campesinas. Esta tal, que se llamaba
-Lycenia, con ver de diario á Dafnis cuando llevaba por la mañana las
-cabras al pasto, y cuando por la noche las recogía á la majada, entró en
-codicia de tomarle por amante, engatusándole con regalillos, y tan
-acechona anduvo, que consiguió hablar con él á solas, y le dió una
-flauta, un panal de miel y un zurrón de piel de venado, si bien se
-avergonzó y vaciló en declararse, conjeturando que él amaba á Cloe, al
-verle siempre tan empleado en servirla. Al principio, sólo presumió esta
-inclinación por risas y señas que sorprendió entre ambos; pero luego
-pretextó con Cromis que iba á visitar á una vecina que estaba de parto;
-los siguió una mañana; se recató entre zarzas, para que ellos no la
-viesen, y vió cuanto hicieron, y escuchó cuanto dijeron, sin
-ocultársele siquiera el llanto de Dafnis. Compadecida entonces, creyó
-propicia la ocasión de hacer dos veces el bien, mostrando el camino de
-salvación á aquellos cuitadillos y logrando ella su gusto.
-
-Con tal propósito, salió al día siguiente, como para ir á ver de nuevo á
-la parida, y se fué derecha á la encina donde Dafnis y Cloe se sentaban.
-Fingiéndose con primor toda consternada,--«¡Sálvame, dijo, oh, Dafnis!
-¡Ay, infeliz de mí! ¡Un águila me ha robado el más hermoso de mis veinte
-gansos! Fatigada con tanto peso, no he podido volar hasta lo más alto de
-aquel peñón, donde anida, y se bajó con su presa á lo hondo del soto. Te
-lo ruego por Pan y las Ninfas: entra conmigo en la espesura; liberta mi
-ganso. Mira que no me atrevo á entrar sola, de puro medrosa. No dejes
-que se descabale mi manada. ¿Quién sabe si de paso no matarás el águila,
-y con eso ya no robará corderos y cabritos? Mientras, guardará Cloe
-ambos rebaños. Harto la conocen las cabras, de verla siempre en tu
-compañía.»
-
-Dafnis, sin prever nada de lo que iba á pasar, se levantó muy listo,
-empuñó su cayado y siguió á Lycenia. Llevósele ésta lejos de Cloe, á lo
-más intrincado y esquivo del soto, y allí le mandó que se sentase á su
-lado, cerca de una fuentecilla.--«¡Oh, Dafnis, le dijo, tú amas á Cloe!
-Anoche me lo revelaron las Ninfas. Se me aparecieron en sueño; me
-informaron de tus lágrimas de ayer, y me ordenaron que te salvase,
-enseñándote las obras de Amor, las cuales no estriban sólo en beso y en
-abrazo y en remedar á los carneros, sino en brincos y retozos más
-dulces, y cuyo deleite dura más. Así, pues, si quieres desechar el mal
-que te aflige, y conocer por experiencia los gustos que anhelas,
-entrégate á mi cuidado cual aprendiz sumiso, y yo, por gracia y merced
-de las Ninfas, seré tu maestra.»
-
-Dafnis, sin refrenar su alegría, como cabrerillo cándido y rapaz
-enamorado, se arrodilló á los pies de Lycenia y le suplicó que cuanto
-antes le enseñase aquel oficio para ejercerle luego con Cloe. Y como si
-fuera algo de raro y revelado por el cielo lo que Lycenia le había de
-enseñar, prometió darle en pago un chivo, quesos frescos de nata y hasta
-la cabra misma. Halló Lycenia aquella liberalidad pastoril más sencilla
-y grata de lo que presumía, y empezó en seguida á instruir á Dafnis.
-Mandóle que volviese á sentarse á la verita de ella; que le diese besos,
-tales y tantos como él solía dar; que mientras la besaba la abrazase, y
-por último, que sé tendiese á la larga.
-
-Luego que se sentó, y que besó, y que se tendió, habiéndose cerciorado
-ella de que todo estaba alerta y en su punto, hizo que él se levantase
-de un lado, y se deslizó con suma destreza debajo de él, poniéndole en
-el camino por tanto tiempo buscado en balde. Después nada hubo fuera de
-lo que se usa. Naturaleza misma enseñó á Dafnis lo demás.
-
-Terminada la lección amatoria, Dafnis, que guardaba su candor pastoril,
-quiso correr en busca de Cloe para hacer con ella lo que acababa de
-aprender, harto temeroso de que con la tardanza se le olvidase; pero
-Lycenia le contuvo diciendo: «Otra cosa te importa saber, ¡oh, Dafnis! Á
-mí, como soy mujer, no me hiciste daño alguno, porque ya otro hombre me
-enseñó el oficio, y tomó mi doncellez en pago; pero Cloe, cuando luchare
-contigo esta lucha, gemirá, llorará y derramará sangre cual si estuviere
-herida. No por ello te asustes, sino cuando la persuadas á que se preste
-á todo, tráetela á este sitio, para que, si grita, nadie la oiga, si
-llora nadie la vea, y si derrama sangre, se lave en la fuente. No te
-olvides, por último, de que yo te he hecho hombre antes de Cloe.»
-
-No bien Lycenia dió estos preceptos, se fué por otro lado del soto, como
-si buscase el ganso todavía. Dafnis, en tanto, con la preocupación de lo
-que había oído, cejó de su primer ímpetu, y no se atrevió á perturbar á
-Cloe sino con el beso y el abrazo, á fin de que no gritase como
-perseguida de enemigos, ni llorase como lastimada, ni como herida
-vertiese sangre, pues escarmentado él por los recientes lances de la
-guerra, tenía miedo de la sangre, y sólo de heridas imaginaba que
-saliese. Así fué que tomó la determinación de no deleitarse con ella
-sino en lo que tenía por costumbre; y, dejando el soto, volvió al lugar
-donde ella estaba sentada, tejiendo guirnaldas de violetas; le refirió
-que había arrancado de las garras mismas del águila el ganso de Lycenia,
-y la besó apretadamente como Lycenia le había besado en el deleite, ya
-que esto no pensaba que trajese peligro. Ella ajustó á la cabeza de él
-la guirnalda de violetas, y le besó el cabello, á su ver más que las
-violetas precioso. Luego sacó del zurrón pan de higos y bollos, y se los
-dió á comer; y, conforme él comía, se lo quitaba ella de la boca y comía
-á su vez, como los pajarillos pequeñuelos comen del pico de la madre.
-
-Mientras que comían, y más que comían se acariciaban, se descubrió una
-barca de pescadores, que bogaba no lejos de la costa. No hacía viento;
-la calma era completa, y era menester remar. Los pescadores remaban con
-grande empuje para llevar fresco el pescado á gentes ricas de la ciudad.
-Lo que suelen hacer los marineros para engañar ó aliviar sus fatigas, lo
-hacían éstos también á par que remaban: uno de ellos llevaba la voz y
-entonaba un cantar marino, y los restantes, por marcados intervalos,
-unían en coro sus voces en consonancia con la del principal cantor.
-Cuando iban por alta mar; el canto se perdía en la extensión y se
-desvanecía en el aire; pero cuando doblaron la punta de un escollo y
-entraron en una ensenada profunda, en forma de media luna, se oyó mejor
-la música y sonó más claro en tierra el estribillo de los navegantes. En
-el fondo de aquella ensenada había una garganta ó estrechura de cerros,
-donde se colaba el son como en un cañuto; luego, una voz imitadora lo
-repetía todo: ya repetía el ruído de los remos, ya repetía el cantar; y
-era cosa de gusto el oirlo, pues primero llegaba el son que venía
-directo de la mar, y el son que venía de la tierra llegaba más tarde.
-Dafnis, que sabía lo que era aquello, sólo atendía á la mar; se
-embelesaba al ver la barca, que más volaba que corría, y procuraba
-retener algo de aquellos cantares para tocarlos luego en su flauta. Pero
-Cloe, que hasta entonces no había oído eso que llaman eco, ya miraba
-hacia la mar para ver á los que cantaban, ya se volvía hacia el bosque
-buscando á los que respondían; y cuando pasó la barca y sobrevino
-silencio en la mar y en el valle, preguntó á Dafnis si más allá del
-escollo había otra mar, y otra nave que bogaba, y otros marineros que
-cantaban, y por qué ya callaban todos. Dafnis sonrió con dulzura; la
-besó con más dulce beso; ciñó á sus cienes la guirnalda de violetas, y
-empezó á contarle la fábula de Eco, no sin concertar antes que ella le
-diese diez besos más en pago de la enseñanza.--«Hay, dijo, niña mía,
-muchas castas de Ninfas. Las hay de las praderas, de los bosques y de
-los lagos; todas bellas; músicas todas. Hija de Ninfa fué Eco, mortal,
-por serlo su padre; hermosa, cual de hermosa madre nacida. Las Ninfas la
-criaron. En tocar la flauta, en pulsar la lira y la cítara, y en toda
-clase de cantar, tuvo á las Musas por maestras. Así es que, cuando llegó
-á la flor de su mocedad, con las Ninfas danzaba y con las Musas cantaba;
-pero huía de todo varón, ya dios, ya hombre, por amor de la doncellez.
-Pan se enfureció contra ella, envidioso de su música y desdeñado de su
-hermosura, é infundió su furor en el alma de los pastores. Éstos, como
-perros ó lobos, la despedazaron mientras cantaba, y esparcieron por toda
-la tierra sus miembros, llenos de harmonía. Y la tierra los escondió en
-su seno por complacer á las Ninfas, y dispuso que conservasen la virtud
-de cantar. Las Musas, por último, decretaron que lo imitasen todo en la
-voz, como la doncella hizo cuando vivía: hombres, dioses, instrumentos y
-fieras; que imitasen, en suma, á Pan mismo cuando toca la flauta. Pan,
-apenas lo oye, brinca y corre por las montañas, no ya porque ame á la
-Ninfa, sino anhelando averiguar quién es su discípulo oculto.»
-
-En premio de la historia, Cloe dió á Dafnis, no sólo diez, sino muchos
-más besos, y Eco casi la repitió, como para dar testimonio de que no era
-mentira.
-
-El sol calentaba más cada día, porque había pasado la primavera y
-empezaba el verano. Los pasatiempos de ambos eran propios de la nueva
-estación. Él nadaba en los ríos, ella se bañaba en las fuentes; él
-tocaba la flauta á porfía con el viento que resonaba en los pinos, ella
-cantaba en competencia con los ruiseñores; ambos cogían saltamontes y
-parleras cigarras, formaban ramilletes de flores, sacudían los árboles ó
-trepaban á ellos y se comían la fruta. Al cabo se acostaban desnudos en
-una piel de cabra. Pronto Cloe hubiera sido mujer si la sangre no
-aterrase á Dafnis, quien, receloso con frecuencia de no ser dueño de sí,
-impedía á Cloe que se desnudara. Pasmábase ella, si bien por vergüenza
-no preguntaba la causa.
-
-En aquella estación se presentó para Cloe un enjambre de novios. De
-muchas partes acudían á Dryas, pidiéndosela por mujer; unos traían
-buenos presentes; otros los prometían mejores. Así fué que Napé,
-estimulada por las promesas, era de opinión de casar á Cloe cuanto
-antes, y no guardar por más tiempo á mozuela ya tan granada, la cual el
-día menos pensado perdería su doncellez en medio del campo y se casaría
-por manzanas y flores con un pastor cualquiera; que lo más conveniente
-sería hacerla pronto señora de su casa, aceptar los presentes y
-guardarlos para el hijo legítimo de ellos, que no hacía mucho les había
-nacido. Dryas se dejaba vencer á menudo de tales razones, ya que le
-ofrecían prendas de más valer que las que suelen ofrecerse por una pobre
-zagala; pero, pensando luego que la muchacha valía demasiado para
-casarse con un rústico, y que si hallaba un día á sus verdaderos padres
-éstos los harían dichosos á todos, se resistía siempre á responder, y
-así iba dando largas al asunto, no sin aprovecharse mientras de no pocos
-presentes.
-
-Al saber estas cosas tuvo Cloe gran pesar, si bien se le ocultó á Dafnis
-por temor de afligirle. Viendo, no obstante, que él la importunaba con
-preguntas, y que ya estaba más triste de no saber nada que lo que
-pudiera estar de saberlo todo, se atrevió al fin á contárselo. Le habló
-de los novios, muchos y ricos; de las razones que daba Napé para
-apresurar la boda, y de que Dryas no mostraba oponerse, sino lo demoraba
-para las próximas vendimias. Dafnis, con tales nuevas, estuvo á pique de
-perder el juicio; se echó por tierra, lloró y afirmó que él se moriría
-si Cloe le faltaba, y no sólo él, sino también se morirían los carneros
-sin tal pastora. Después, reflexionándolo mejor, cobraba ánimo y
-resolvía hablar al padre de ella y ponerse en la lista de los
-pretendientes, esperando vencerlos. Sólo una cosa le sobresaltaba: que
-Lamón no era rico. Esto debilitaba mucho su esperanza. Decidióse, con
-todo, á pedir á Cloe, y ella convino en que lo hiciese. Nada al
-principio se atrevió á decir á Lamón; pero confiando más en Mirtale, le
-descubrió su amor y le dijo que quería casarse con Cloe. Mirtale lo
-participó todo á Lamón por la noche. Éste recibió con dureza la noticia,
-y regañó á su mujer porque quería casar con una hija de pastores á un
-muchacho que había de tener grandes riquezas, si no mentían las prendas
-halladas, y que á ellos, si venían á descubrirse los padres, los haría
-horros y dueños de mayores campos. Mirtale, temerosa de que Dafnis, por
-despecho amoroso, y perdida toda esperanza de boda, osara darse muerte,
-alegó otros motivos menos importantes que los que había dado Lamón.
-«Somos pobres, le dijo, hijo mío, y necesitamos novia que más bien
-traiga algo que no que se lo lleve. Ellos son ricos, pero quieren novios
-ricos. Ve, no obstante; convence á Cloe, y haz que Cloe convenza á su
-padre, á fin de que no pidan mucho y te la den. Ella te ama, y sin duda
-gustará más de acostarse con un buen mozo pobre que no con un jimio
-rico.»
-
-No esperaba Mirtale que Dryas diese nunca su consentimiento,
-disponiendo, como disponía, de más ricos novios, que le ofrecían buenos
-presentes. Dafnis no tenía que argüir contra lo dicho por su madre;
-pero se afligió mucho, é hizo lo que suelen hacer los enamorados pobres:
-lloró, y pidió auxilio á las Ninfas. Ellas volvieron á aparecérsele por
-la noche, mientras dormía, en la propia forma que la primera vez, y la
-mayor le dijo: «Á otro dios incumbe tratar de tu boda con Cloe. Nosotras
-te daremos con qué ablandar á Dryas. La nave de los mancebos de Metimna,
-cuya amarra de mimbre se comieron tus cabras, se fué aquel día muy lejos
-de tierra, empujada por el viento; mas por la noche sopló viento
-contrario; alborotó la mar y arrojó la nave contra unos altos peñascos.
-La nave pereció, y con ella cuanto encerraba, salvo una bolsa con tres
-mil dracmas, que con los restos de la nave trajo á la costa la onda, y
-está allí oculta entre algas, cerca de un delfín muerto, por lo cual
-nadie de los que pasan se ha aproximado, huyendo del hedor de aquella
-podredumbre. Ve allí, toma la bolsa y dala. Así conviene para acreditar
-por lo pronto que no eres pobre. Ya vendrá tiempo en que seas rico.»
-
-Dicho esto, desaparecieron las Ninfas en la noche. Cuando vino el día,
-se levantó Dafnis rebosando de gozo; llevó sus cabras al pasto con la
-mayor premura, y después de besar á Cloe y de adorar á las Ninfas, se
-fué hacia la mar, como si quisiera ser rociado por las olas. Allí, por
-la orilla y sobre la arena, vagaba en busca de los tres mil dracmas. No
-empleó largo tiempo ni fatiga en hallarlos. El delfín no olía bien, y su
-podredumbre le dió en las narices y le guió por el camino hasta llegar
-al sitio indicado. Ya en él, apartó las algas y descubrió la bolsa llena
-de dinero. La recogió, la guardó en el zurrón, y antes de irse, dió
-gracias por todo á las Ninfas y á la misma mar, pues, aunque cabrero,
-parecíale la mar más dulce que la tierra, desde que le ayudaba para
-conseguir casarse con Cloe.
-
-Dueño de los tres mil dracmas, nada creía que le faltaba ya. Se
-consideraba, no sólo más pudiente que los labriegos de por allí, sino
-más rico que todos los hombres. Se fué al punto donde estaba Cloe; le
-contó el sueño; le mostró la bolsa; le rogó que estuviese á la mira del
-ganado durante su ausencia, y corrió con gran denuedo en busca de Dryas,
-á quien halló en la era, trillando trigo con su mujer Napé, y á quien
-dijo estas valerosas palabras:--«Dame á Cloe por mujer. Yo sé tañer la
-zampoña con maestría, podar viñas y plantar árboles. Sé también arar la
-tierra y aventar la miés con el bieldo. En lo tocante á pastoreo,
-pregúntale á Cloe. Cincuenta cabras me entregaron, y ya tengo doble
-número. He criado también grandes y hermosos machos, cuando antes era
-menester llevar las cabras á que otros las padreasen. Soy muy mozo aún,
-vecino vuestro y de irreprensible conducta. Me crió una cabra, como á
-Cloe una oveja. Si en todo esto me aventajo á los demás novios, en
-generosa largueza no he de quedarme tampoco atrás. Ellos te dan tal ó
-cual cabra ú oveja, ó alguna yunta de bueyes con roña, ó ahechaduras de
-trigo para mantener unas cuantas gallinas. Yo, en cambio, te doy estas
-tres mil monedas. Pero no se lo digas á nadie, ni á mi padre Lamón.» Y
-al dar el dinero, abrazó y besó á Dryas.
-
-Este y Napé, al recibir, sin esperarlo, tamaña suma, prometieron en
-seguida á Dafnis que le darían á Cloe y que tratarían de persuadir á
-Lamón. Dafnis se quedó con Napé, haciendo andar á los bueyes sobre la
-parva y desmenuzando espigas con el trillo, mientras que Dryas, después
-de guardar la bolsa y el dinero, se fué más que de priesa á ver á Lamón
-y á Mirtale, contra todo uso y costumbre, para pedirles al novio.
-
-Hallábanse éstos midiendo cebada, que acababan de cribar, y lamentándose
-de que apenas habían cogido lo que sembraron. Dryas pensó consolarlos
-con asegurar que era general la mala cosecha, y luego pidió á Dafnis
-para marido de Cloe, diciendo que otros le daban mucho, pero que él
-prefería no tomar nada de Lamón y Mirtale, sino que se sentía inclinado
-á socorrerlos con su propia hacienda. «Además, añadió, los chicos han
-crecido viéndose siempre; cuidando del hato se han encariñado de manera
-que no es fácil separarlos, y ya están ambos en edad de dormir juntos.»
-Estas y otras razones, no menos persuasivas, alegó Dryas, como quien
-había tomado tres mil dracmas para persuadirlos.
-
-Lamón no podía excusarse con la pobreza, porque los padres de la novia
-no le desdeñaban por pobre, ni con la poca edad de Dafnis, que era ya un
-garzón muy apuesto. La verdad no quería confesarla. No osaba decir que
-consideraba á Dafnis mejor partido. Se calló, pues, por un rato, y al
-cabo respondió así: «Noble es vuestro proceder al dar á los vecinos
-preferencia sobre los extraños, y al poner por cima de la riqueza á la
-pobreza honrada. Que Pan y las Ninfas os concedan en premio su amor. En
-cuanto á mí, no deseo menos que vosotros la boda. Loco estaría yo si no
-desease amistad y unión con vuestra familia, cuando me hallo tan cerca
-de la vejez y necesito brazos y auxilio para mis faenas. De Cloe no hay
-más que pedir: linda zagala en la flor de su edad, y buena como pocas.
-Lo malo es que yo soy siervo, y de nada dispongo. Debo, pues, informar á
-mi amo para que dé su permiso. Diferamos la boda para el otoño. Para
-entonces dicen los que llegan de la ciudad que vendrá el amo por aquí.
-Para entonces serán marido y mujer; ámense entre tanto como hermanos.
-Entiende con todo ¡oh, Dryas! que vas á tener un yerno que vale más que
-nosotros.» Dicho esto, le besó y le ofreció de beber, porque estaban ya
-en todo el fervor del medio día, y le acompañó un buen trecho de camino,
-con mil atenciones y muestras de afecto.
-
-No oyó en balde Dryas las últimas palabras de Lamón, y mientras
-caminaba, iba cavilando así sobre quién sería Dafnis: «Le crió una
-cabra, cual si por él velasen los dioses. Es hermoso, y en nada se
-parece á ese vejete chato y á esa mujerzuela pelona. Se proporcionó tres
-mil dracmas, y no hay zagal que logre reunir otros tantos piruétanos.
-¿Le expondría alguien como á Cloe? ¿Le encontraría Lamón como yo la
-encontré, con prendas parecidas y á propósito para un futuro
-reconocimiento? ¡Oh venerado Pan y Ninfas muy amadas, permitid que así
-sea! Tal vez, si él descubre á sus padres, logrará que Cloe sea también
-reconocida por los suyos.»
-
-Así iba Dryas discurriendo y soñando hasta que llegó á la era, donde
-esperaba Dafnis, ansioso de oir las nuevas que traía. Dióle ánimo,
-llamándole yerno; le prometió que las bodas se celebrarían en el otoño,
-y le estrechó la mano en señal de que Cloe no sería de otro, sino suya.
-Más veloz que el pensamiento, sin comer ni beber, corrió Dafnis en busca
-de Cloe. Estaba ella ordeñando y haciendo quesos, y él le anunció la
-buena nueva. De allí en adelante la besaba, sin recatarsé, como á su
-futura; compartía sus afanes; recogía la leche en colodras; apretaba los
-quesos en zarzos, y ponía á mamar bajo las madres á cabritillos y
-corderos.
-
-Después de cumplir bien con su oficio, los dos se bañaban, comían,
-bebían é iban á coger fruta en sazón. Había entonces grande abundancia
-de ella, por ser el momento más feraz del verano: manzanas á manta,
-peras, acerolas y membrillos. Fruta había caída por el suelo; otra,
-pendiente aún en el árbol; la caída, más olorosa; más lozana y fresca á
-la vista la que de las ramas colgaba. Esta relucía como el oro; aquélla
-embriagaba con su olor, como el vino.
-
-Entre los frutales se veía uno, tan esquilmado ya, que no tenía ni fruta
-ni hoja. Desnudas estaban todas sus ramas. Una manzana sola pendía aún
-en la cima, grande, hermosa, y venciendo á las demás en fragancia. Quizá
-quien hizo el esquilmo no se atrevió á subir tan alto para cogerla;
-quizá la dejó por descuido; quizá la bella manzana se guardaba allí para
-un pastor enamorado. Apenas la vió Dafnis, quiso subir á alcanzarla.
-Cloe se opuso, pero él no hizo caso; y desatendida ella, se fué con
-enojo donde estaba el rebaño. Dafnis, en tanto, subió hasta alcanzar la
-manzana; se la trajo á Cloe, y le dijo para quitarle el enojo:
-
-«Esta manzana ¡oh, virgen! es creación de las Horas divinas: árbol
-fecundo le dió sustento; el sol la maduró y sazonó; nos la conserva la
-Fortuna. Ciego y necio hubiera sido yo si no la hubiera visto y si la
-hubiera dejado para que, ó bien viniese á caer por tierra, la pisoteasen
-las reses y la envenenasen los reptiles, ó bien permaneciese en la
-cumbre hasta que el tiempo la acabara, sin más fin que admiración
-estéril. Venus recibió una manzana en premio de su hermosura. Toma tú
-ésta por galardón de igual victoria. Ambas sois bellas, y de condición
-semejante son vuestros jueces, pastor él y yo cabrero.»
-
-Esto dijo, y le echó la manzana en el regazo. No bien se acercó, le besó
-ella. Él no se arrepintió de la audacia de haber subido tan alto por un
-beso más rico que la manzana de oro.
-
-
-
-
-[una barra decorativa]
-
-LIBRO CUARTO
-
-
-Por aquel tiempo llegó de Mitilene un siervo, compañero de Lamón, á
-quien anunció que poco antes de la vendimia vendría el amo para ver qué
-daños había causado en sus tierras la incursión de los metimneños. Y
-como ya iba yéndose el verano, y el otoño se venía encima, Lamón se
-afanó por disponer un recibimiento en el que todo fuera grato á los
-ojos. Limpió las fuentes para que el agua corriese pura y cristalina;
-sacó el estiércol del establo y corrales para que no molestara su mal
-olor, y aderezó el huerto para que pareciese más ameno.
-
-El huerto era de suyo lindísimo y digno de un rey. Medía en longitud más
-de un estadío; estaba en una altura, y contenía sobre cuatro yugadas de
-tierra. Semejaba extenso llano, y había en él toda clase de árboles:
-manzanos, arrayanes, perales, granados, higueras y olivos. En algunos
-puntos la vid trepaba á los árboles, y, enlazada á ellos, lucía sus
-frutos en competencia con manzanas y peras. Esto en cuanto á los
-frutales; pero también había allí árboles selváticos y de sombra, como
-cipreses, lauros, adelfas, plátanos y pinos; en todos los cuales, en vez
-de la vid, se entrelazaba la hiedra, cuyos corimbos, que eran grandes y
-negreaban ya, remedaban racimos de uvas. Las plantas que daban fruta
-estaban en el centro, como para mayor defensa; las estériles, en torno,
-como muralla. Lo rodeaba y amparaba todo una débil cerca ó vallado. No
-había cosa que no estuviese con cierto orden y primor. Los troncos,
-separados de los troncos, y en lo alto, mezclándose las ramas y
-confundiéndose el follaje. Diríase que el Arte se había esmerado á
-porfía con la Naturaleza. Había, en cuadros y eras, multitud de flores,
-que la tierra daba de sí sin cultivo, ó que la industria cultivaba:
-rosas, azucenas y jacintos, criados por la mano del hombre; violetas,
-corregüelas y narcisos, espontáneamente nacidos. Allí había, en suma,
-sombra en estío, flores en primavera, frutos en toda estación, y los más
-deliciosos y exquisitos en otoño. Desde allí se oteaba la ancha vega, y
-se contemplaban pastores y ganados, y se descubría la mar, y se veían
-los que por ella iban navegando, lo cual no era pequeña parte de los
-gustos con que brindaba aquel huerto. En el centro mismo, así de lo
-largo como de lo ancho, se levantaban un templo y un ara de Baco; el
-ara, revestida de hiedra, y de pámpanos el templo, por fuera. La
-historia del dios estaba dentro pintada: Semele, pariendo; Ariadna,
-dormida; encadenado, Licurgo; despedazado, Penteo; vencidos, los indios;
-los tirrenos, transformados. Por donde quiera, los Sátiros; por donde
-quiera, las Bacantes, que danzaban. Ni faltaba allí Pan, quien, sentado
-sobre una piedra, tañía la zampoña, y daba el mismo son y compás al
-pisoteo de los Sátiros en el lagar y al baile de las Ménades.
-
-Tal era el huerto que Lamón se afanaba por cuidar, podando las ramas
-secas y enredando en festones la vid á los árboles. Á Baco le coronaba
-de flores. Derivaba sin dificultad el agua por las limpias acequias.
-Había una fuente, que Dafnis había descubierto, la cual regaba las
-flores. Llamábanla fuente de Dafnis. Lamón, por último, encomendó á éste
-que engordase las cabras lo más que pudiera, porque el amo, que no había
-venido en tanto tiempo, iba ahora á verlo todo.
-
-Muy confiado estaba Dafnis en que alcanzaría grandes elogios por las
-cabras. Las tenía en doble número de las que le habían entregado; el
-lobo no se había llevado ninguna, y todas estaban más lucias y medradas
-que las ovejas. Deseoso, no obstante, de hacerse propicio al amo para
-que consintiese en la boda, ponía el mayor cuidado y solicitud en llevar
-á pacer las cabras apenas amanecía, y en volver al aprisco tarde. Dos
-veces al día las llevaba á beber, y siempre buscaba para ellas los
-mejores pastos. Se procuró barreños y tarros nuevos, muchas colodras y
-zarzos más capaces. Y llegó á tal punto su esmero, que barnizó con
-aceite los cuernos á las cabras, y al pelo le sacó lustre. Al ver cabras
-tan compuestas, las hubiera tomado cualquiera por el propio sagrado
-rebaño del dios Pan. Compartía Cloe estos afanes con Dafnis, y,
-descuidadas sus ovejas, sólo á las cabras atendía, de suerte que
-imaginaba Dafnis que, por emplearse en ellas Cloe, se ponían tan
-hermosas.
-
-Atareados andaban en esto, cuando llegó de la ciudad segundo mensajero
-con orden de vendimiar cuanto antes. Él debía quedarse allí hasta que
-las uvas se hicieran mosto, y entonces volver á la ciudad para acompañar
-al amo, que no vendría hasta el fin del otoño. Á este mensajero, que se
-llamaba Eudromo, porque su oficio era correr, le trataban todos con la
-mayor consideración. Entre tanto, cogieron las uvas, las acarrearon al
-lagar, y echaron el mosto en las tinajas, no sin dejar en las cepas los
-racimos más gruesos, á fin de que los que iban á venir disfrutasen algo
-y tuviesen cierta idea de la vendimia.
-
-Cuando Eudromo preparaba su regreso á la ciudad, Dafnis le hizo cuantos
-regalillos podían esperarse de un cabrero: le dió quesos bien cuajados,
-un cabrito recién nacido y una blanca piel de cabra, de pelo largo, para
-que se abrigase durante el invierno en sus caminatas. Eudromo quedó
-harto pagado del obsequio, y prometió á Dafnis decir de él al amo mil
-cosas buenas. Se fué, pues, á la ciudad muy amigo de Dafnis.
-
-Se quejó éste receloso y asustado. Y no era menor el miedo de Cloe,
-porque él era un muchachuelo, sólo acostumbrado á ver cabras y riscos, y
-á tratar con gente rústica y con Cloe, y ahora tenía que ver al señor,
-de quien ignoraba antes hasta el nombre. Todo se le volvía cavilar cómo
-se acercaría al señor y le hablaría; y su corazón se azoraba al pensar
-en que la boda pudiera desvanecerse como un sueño. De aquí que los besos
-fuesen más frecuentes, y los abrazos más largos y apretados; pero se
-besaban con timidez y se abrazaban con tristeza y á hurtadillas, como si
-el amo estuviera allí y pudiera verlos.
-
-En medio de estas desazones tuvieron un disgusto más grave. Un vaquero
-de aviesa condición, llamado Lampis, había pedido á Dryas la mano de
-Cloe, y le había hecho muchos regalos á fin de que conviniese en el
-casamiento. Sabedor Lampis de que Dafnis la tendría por mujer, si no se
-oponía el amo, buscó trazas de enemistarle con él, y como lo que más le
-agradaba era el huerto, resolvió afearle y destrozarle. Si se ponía á
-talar el arbolado, podrían oir el ruido y sorprenderle, y así prefirió
-arrancar las flores. Guarecido, pues, por la obscuridad de la noche,
-saltó por cima de la cerca, arrancó unas plantas y quebró otras, y holló
-y pisoteó las demás, como los cerdos. Después se fugó con cautela y sin
-que le viesen.
-
-No bien vino el día, entró Lamón en el huerto para regar las flores con
-el agua de la fuente, y al ver aquella desolación, que no la hubiera
-hecho más cruel un ladrón foragido, se desgarró el sayo y puso el grito
-en el cielo, con tal furor, que Mirtale, soltando la hacienda que traía
-entre manos, y Dafnis, abandonando las cabras que llevaba á pacer,
-acudieron á saber lo que pasaba. Al saberlo, gritaron también y se
-echaron á llorar. Y no era maravilla que, temerosos del enojo del señor,
-hiciesen aquel duelo por las flores. Un extraño, si hubiera pasado por
-allí, hubiera llorado como ellos. Aquel sitio había perdido su gracia y
-su adorno. No quedaba sino fango y broza. Si alguna flor se había
-salvado de la injuria, resplandecía aún y estaba hermosa, aunque mustia
-y tronchada. Las abejas revolaban en torno, y sonaba á lamentación su
-incesante susurro.
-
-Lamón decía, lleno de angustia: «¡Ay de mis rosales, que me los han
-roto! ¡Ay de mis violetas pisoteadas! ¡Ay de mis jacintos y narcisos,
-arrancados de raíz por algún mal hombre! Vendrá la primavera y no
-renacerán mis flores; vendrá el verano y no desplegarán su pompa y
-lozanía; vendrá el otoño y nadie hará con ellas guirnaldas y ramilletes.
-Y tú, señor Baco, ¿por qué no tuviste piedad de las infelices, entre las
-que habitabas, á las que veías, y con las que te coroné tantas veces?
-¿Con qué cara enseñaré ahora el huerto al amo? ¿Qué dirá al verle? Sin
-duda mandará ahorcar de un pino á este viejo sin ventura, como ahorcaron
-á Marsyas. ¿Y quién sabe si no ahorcarán conmigo á Dafnis, creyendo que
-por descuido suyo hicieron el destrozo las cabras?»
-
-Con tales lamentaciones se acongojaban más y más, y no lloraban por las
-flores, sino por ellos mismos. Cloe sollozaba y gemía como si Dafnis
-hubiese de ser ahorcado; pedía al cielo que el señor ya no viniese, y
-pasaba días amargos imaginando que por lo menos azotarían á su amigo.
-
-Aquella noche llegó Eudromo con la noticia de que el señor mayor sólo
-tardaría ya tres días en venir, y de que su hijo estaría allí al día
-siguiente. Se pusieron entonces á discurrir cómo salir de aquel apuro, y
-pidieron consejo á Eudromo, el cual tenía buena voluntad á Dafnis, y fué
-de parecer que declarasen primero al señor mozo lo que había pasado,
-pues él prometía interceder en favor de ellos, ya que dicho señor le
-quería y estimaba por ser su hermano de leche. Ellos convinieron en
-hacerlo así.
-
-Al siguiente día el señor mozo; que se llamaba Astilo, llegó á caballo,
-en compañía de su parásito Gnatón. Éste afeitaba sus barbas hacía no
-pocos años. Astilo era un mancebo barbiponiente. Lamón, seguido de
-Mirtale y de Dafnis, se prosternó á los pies del amo mozo, y le rogó se
-compadeciese de un viejo infortunado y le salvase de la ira de su padre,
-pues él de nada tenía culpa. Luego le contó el caso sin rodeos. Astilo
-tuvo piedad del suplicante; fué al huerto; vió el estrago causado en las
-flores, y prometió que para disculpar á Lamón y á Dafnis supondría que
-sus caballos se habían desatado del pesebre, pisoteándolo todo,
-desgajándolo y arrancándolo. Lamón y Mirtale, consolados con esto,
-colmaron al joven de bendiciones, y Dafnis, además, le hizo varios
-presentes: chivos, quesos, racimos con pámpanos aún, nidos de pájaros y
-manzanas con rama y hojas. Sobresalía entre estos presentes el vino de
-Lesbos, que huele á flores y es el más grato al paladar de cuantos se
-beben. Astilo encareció la bondad de todo, y se fué á cazar liebres,
-como mancebo rico, que sólo pensaba en divertirse, y que había venido al
-campo á disfrutar de nuevos placeres.
-
-Gnatón, por el contrario, no hallaba placer sino en la comida y en beber
-hasta emborracharse: era como un sumidero, todo gula, y todo lascivia y
-pereza. Así fué que no quiso ir á cazar con Astilo, y para entretener el
-tiempo, bajó hacia la playa, donde se encontró á Dafnis guardando su
-ganado. Junto á Dafnis estaba Cloe, hermosa como nunca. La vió Gnatón, y
-quedó al punto prendado de ella. Pensó que en la ciudad no había visto
-jamás más linda moza. Dafnis, á quien apenas apuntaba el bozo, y que
-parecía más niño y más dulce aún de lo que era, no infundió el menor
-respeto al parásito. Y como la zagala era sencilla y humilde, juzgó
-fácil empresa deslumbrarla y lograrla. Á este fin, empezó por elogiar
-sus ovejas; luego la elogió á ella; luego trató de alejar á Dafnis, y no
-pudo conseguirlo; y, por último, movido de una pasión que á los más
-cuerdos roba la prudencia, tomó á Cloe entre sus brazos y la besó
-repetidas veces, aunque ella se resistía. Dafnis acudió á interponerse,
-y se interpuso entre ambos cuando Gnatón quería renovar los besos,
-haciendo poca cuenta de quién se le oponía, y creyéndole débil, ó tan
-respetuoso que el respeto le ataría las manos. Por dicha no fué así:
-Dafnis rechazó á Gnatón con tremendo brío, y como Gnatón, según su
-costumbre, estaba borracho y poco firme sobre sus piernas, dió consigo
-en el suelo cuan largo era, donde Dafnis, ciego de cólera, le pateó á su
-sabor y con alguna saña. Viendo después que el vencido y pateado no
-bullía, Dafnis tuvo miedo de su proeza y echó á huir, seguido de Cloe,
-dejando el hato en abandono.
-
-Con la afrenta y el dolor se le disiparon un poco á Gnatón los vapores
-del vino; calculó que era muy ridículo quejarse y contar lo que había
-ocurrido, y determinó callárselo; pero más empeñado que antes en
-conseguir su propósito, resolvió pedir á Astilo, que nada le negaba, que
-se llevase á Dafnis á la ciudad, y quedase él luego algún tiempo en
-aquel campo, donde ya sin estorbo podría lograr á Cloe. Por lo pronto,
-sin embargo, no pudo Gnatón hallar momento oportuno de hacer su
-petición. Dionisofanes y su mujer Clearista acababan de llegar, y todo
-era ruido y alboroto de caballerías y criados, de hombres y mujeres.
-Gnatón tuvo tiempo de preparar un elegante y prolijo discurso, en que
-pintaba á Astilo su amor á fin de conmoverle.
-
-Dionisofanes tenía ya entrecanos barba y cabellos; pero era un señor
-alto y hermoso, y tan robusto, que daría envidia á los mancebos. Era
-además rico como pocos, y muy digno y respetable. Lo primero que hizo el
-día en que llegó fué sacrificar á los dioses que gobiernan las cosas
-campestres: á Ceres, á Baco, á Pan y á las Ninfas. Luego dió un banquete
-á todas las personas que estaban allí. En los días siguientes
-inspeccionó los trabajos de Lamón. Y habiendo visto en los campos los
-hondos surcos del arado, la lozanía de pámpanos en las viñas y el huerto
-tan ameno (pues en lo tocante al estrago de las flores Astilo tomó para
-sí la culpa), se alegró mucho, alabó á Lamón y le prometió la libertad.
-
-Después de esto fué á ver las cabras y á ver al cabrero que las cuidaba.
-Cloe se escondió entre la arboleda, temerosa y avergonzada de aquel
-gentío. Dafnis quedó sólo, y se mostró revestido de una peluda piel de
-cabra y llevando un zurrón flamante al hombro, en la mano izquierda
-quesos recién cuajados y en la derecha dos cabritillos de leche. Ni
-Apolo, cuando estuvo de pastor al servicio de Laomedonte, apareció tal
-como entonces apareció Dafnis, quien, lleno de rubor, sin hablar palabra
-y los ojos inclinados al suelo, presentó sus dones. Lamón dijo: «Éste
-¡oh, señor! es tu cabrero. Me entregaste cincuenta cabras y dos machos,
-y él las ha aumentado hasta ciento. ¡Mira qué gordas y lucias están, qué
-pelo tan largo y espeso, y qué cuernos tan enteros y sanos! Estas
-cabras, además, han aprendido la música, y al son de la zampoña lo hacen
-todo.»
-
-Clearista, que estaba allí presente, deseó ver aquella habilidad de las
-cabras, y mandó á Dafnis que tañese la zampoña como solía, ofreciendo en
-premio, si lo hacía bien, regalarle camisas, un sayo y un par de
-zapatos. Dafnis al punto, puestos todos en cerco en torno de él, y de
-pie él bajo la copa del haya, sacó la zampoña del zurrón, y apenas la
-hizo sonar un poco, las cabras se pararon atentas y levantaron las
-cabezas. Después tocó el toque del pasto, y las cabras bajaron las
-cabezas y pacieron. Dió en seguida la zampoña un son blando y suave, y
-las cabras se echaron. Luego fué agudo el son, y las cabras huyeron al
-soto como perseguidas por un lobo. Tocó, por último, llamada, y saliendo
-del soto, las cabras todas corrieron á echarse á sus pies. Nadie vió
-jamás siervo alguno que obedeciese más listo á una señal de su amo. De
-aquí que todos los circunstantes se quedaron pasmados, y sobre todos
-Clearista, la cual juró que daría más de lo ofrecido á aquel cabrero tan
-músico y tan guapo. Después todos se fueron á la quinta y comieron, y
-enviaron á Dafnis de la comida de los señores. Él la compartió con su
-zagala, muy complacido de probar los manjares de la ciudad, y con
-grandes esperanzas de lograr el permiso de los amos para su casamiento.
-
-Gnatón, entre tanto, más obstinado aún en su amor, á pesar de la
-pateadura, y creyendo que su vida sin Cloe sería amarga y sin objeto, se
-aprovechó de un instante en que Astilo se paseaba en el huerto á sus
-solas; le llevó al templo de Baco, y le besó las manos y los pies.
-Astilo le preguntó por qué hacía tales extremos; le mandó que se
-explicase, y juró darle auxilio en su cuita. «Ya se perdió y pereció
-Gnatón, mi amo, dijo Gnatón entonces. Yo, que hasta aquí no amaba más
-que una buena mesa, y nada hallaba más lindo y apetitoso que el vino
-añejo, y estimaba á tu cocinero más digno de adoración y de afecto que á
-todas las muchachas de Mitilene, sólo juzgo ahora digna y amable á la
-zagala Cloe. Yo me abstendría de comer todos los delicados manjares que
-de ordinario se sirven en tu casa, carnes, pescados, bollos y confites
-de miel, y, convertido en corderito, me alimentaría de la hierba,
-dejándome guiar por la voz de Cloe y por su cayado. Salva á tu Gnatón;
-vence su amor invencible. De lo contrario, lo juro por el dios de mi
-mayor devoción, agarro un cuchillo, me lleno bien la panza de comida, me
-mato á la puerta de Cloe, y no tendrás á quién llamar Gnatoncillo,
-jugando y burlando, como es tu costumbre.»
-
-No pudo aquel magnánimo mancebo, que además conocía lo que son penas de
-amor, ver sin piedad las lágrimas de Gnatón, que de nuevo le besaba los
-pies. Prometióle, pues, que pediría á Dafnis á su padre y que se le
-llevaría á la ciudad como criado, dejando á Cloe sin aquel estorbo, á
-fin de que Gnatón la tuviese á todo su talante. Deseoso luego Astilo de
-embromar á Gnatón, le preguntó, riendo, si no le daba vergüenza de amar
-á una rústica y de acostarse con una zagala que por fuerza había de oler
-pícaramente. Pero Gnatón, que había aprendido en los banquetes de mozos
-alegres y enamorados cuanto hay que saber y decir en la materia,
-contestó, defendiéndose: «El que ama, señor mío, no repara en nada de
-eso. No hay en el mundo objeto que no pueda inspirar una pasión, con tal
-de que en él resplandezca la hermosura. Ha habido amadores de una
-planta, de un río y de una fiera. ¿Y quién más digno de lástima que el
-amador á quien infunde miedo el amado? En cuanto á mí, si la que amo es
-por la suerte de servil condición, por la belleza es y puede ser señora.
-Sus cabellos son rubios como las espigas granadas; sus ojos brillan bajo
-las cejas como piedras preciosas en engaste de oro; su cara está teñida
-de suave rubor, y en su fresca boca se ven dientes como el marfil de
-blancos. ¿Quién tan insensible al amor, que no anhele besar tal boca? En
-esto de amar á las pastoras y gente del campo, ¿qué hago yo más que
-imitar á las deidades? Vaquero fué Anquises, y Venus le tomó para
-querido. Pitis, amada de Pan y de Bóreas, y Maya misma, tan amada de
-Júpiter, ¿eran al cabo más que pastoras? No menospreciemos á Cloe porque
-lo es, sino demos gracias á los dioses de que, enamorados de ella, no
-nos la roban y se la llevan al cielo.»
-
-Astilo rió y celebró este discurso, diciendo que Amor hacía á los
-grandes oradores. Luego trató de hallar ocasión en que pedir á su padre
-que le diese á Dafnis para criado.
-
-Eudromo había estado escondido oyendo toda la conversación, y como
-quería á Dafnis y le tenía por excelente mozo, se afligió mucho de que
-la gentil zagala viniese á ser ludibrio de aquel borracho, y fué al
-punto á contárselo todo á Lamón y al mismo Dafnis. Consternado éste,
-pensó en huir robando á Cloe ó en matarla y matarse; pero Lamón,
-llamando á Mirtale al patio, le dijo: «Estamos perdidos, mujer. Llegó ya
-la ocasión de revelar lo que teniamos oculto. Queden sin guía las cabras
-y quedémonos sin apoyo; pero, por Pan y por las Ninfas, aunque yo me
-trueque en buey atado al pesebre, no me callaré sobre la condición de
-Dafnis, sino que referiré cómo fué hallado y alimentado, y mostraré las
-prendas que estaban expuestas junto á él. Es menester que sepa Gnatón
-quién es el mozo de cuya novia quiere burlarse. Tú, ten prontas las
-señales de reconocimiento.» Dichas estas palabras, ambos entraron de
-nuevo en la habitación.
-
-Habiendo hallado Astilo propicio á su padre, le pidió que le dejase
-llevar á Dafnis á Mitilene, asegurando que era un gallardo mancebo, más
-propio para la ciudad que para el campo, y que pronto aprendería á
-servir bien y á tener modales urbanos. Accediendo gustoso el padre,
-llamó á Lamón y á Mirtale, y les dió como buena nueva la de que Dafnis,
-en vez de estar al servicio de las cabras, iba á entrar en el de su
-hijo. En cambio del cabrero que les quitaba, les ofreció, por último,
-dos cabreros. Entonces Lamón, cuando ya todos los criados habían acudido
-y se alegraban de tener tan gentil compañero, pidió licencia para
-hablar, y habló de esta suerte: «Escucha ¡oh, señor! la verdad misma de
-los labios de este viejo. Juro por Pan y por las Ninfas que no te
-engañaré en nada. Yo no soy el padre de Dafnis, ni tuvo Mirtale la dicha
-de ser madre suya. Otros padres le expusieron cuando pequeñuelo, por
-tener ya, sin duda, hijos de sobra. Yo le encontré abandonado y tomando
-la leche de una cabra, á la cual, cuando murió de muerte natural, di
-sepultura cerca del huerto, con el amor que se debe á quien hizo tan
-bien el oficio de madre. Yo encontré, además, con el niño ciertas
-alhajas, que pueden servir en su día para reconocerle. Confieso, señor,
-que conservo aún dichas alhajas. Por ellas se verá que Dafnis es de
-clase superior á la nuestra. No creas, sin embargo, que me duele que
-Dafnis sea criado de tu hijo: sería un galán servidor para dueño no
-menos galán. Lo que me duele, y lo que no puedo tolerar, es que todo se
-haga por un liviano antojo de Gnatón y por sus dañados propósitos.»
-
-Dicho esto, Lamón se calló y derramó abundantes lágrimas. Gnatón,
-envalentonado, le amenazó con una paliza; pero Dionisofanes, pasmado de
-lo que acababa de oir, impuso silencio á Gnatón, arqueando las cejas y
-mirándole fosco; luego interrogó á Lamón, y le mandó que dijese la
-verdad, y que no procurase oponerse con embustes á la voluntad de su
-hijo. Lamón se sostuvo en lo dicho, lo juró por todos los dioses, y
-pidió que le diesen tormento si mentía. Llegó en esto Clearista, y no
-bien averiguó lo que pasaba, «¿por qué, dijo, había de mentir Lamón? ¿No
-le dan dos cabreros en vez de uno? ¿Cómo ha de inventar un rústico tan
-sutil patraña? Por otra parte, ¿no es increíble que de tan pobre viejo y
-de tan ruín madre haya nacido tan hermoso muchacho?» Decidieron, pues,
-no engolfarse en más conjeturas, sino ver y examinar las prendas, por si
-denunciaban, en efecto, la superior condición que Lamón presumía.
-
-Mirtale fué al punto á sacarlas de un viejo zurrón en que las tenía
-guardadas. Cuando las trajo, el primero que las vió fué Dionisofanes. Al
-mirar la mantilla de púrpura, la hebilla de oro y el puñalito con puño
-de marfil, dió un grito, exclamando: «¡Oh señor Júpiter!» y llamó á su
-mujer para que examinase aquellas prendas. Ésta, no bien las hubo
-mirado, exclamó de la misma manera: «¡Oh, queridas Parcas! ¿No son éstas
-las prendas que expusimos con nuestro propio hijo cuando le enviamos con
-la sierva Sofrosina para que le abandonase en el campo? No son otras;
-son éstas, marido. El muchacho es nuestra sangre. Hijo tuyo es el que
-guarda tus cabras.»
-
-Mientras ella hablaba así, y Dionisofanes besaba las prendas del
-reconocimiento, llorando de puro gozo, Astilo se enteró de que Dafnis
-era su hermano; se desembarazó de la capa y dió á correr por el huerto
-para ser el primero en abrazarle. Al ver Dafnis que venía en pos de él
-tanta gente corriendo y llamándole por su nombre, pensó que querían
-prenderle: tiró al suelo el zurrón y la zampoña, y huyó hacia la mar,
-resuelto á arrojarse en ella desde lo alto de una roca. Y de seguro lo
-hubiera hecho, siendo así, por extraño caso, tan pronto hallado como
-perdido, si Astilo, recelando su intento, no le gritase otra vez:
-«Tente, Dafnis, y no temas. Yo soy tu hermano. Son tus padres los que
-hace poco eran tus amos. Lamón nos contó lo de la cabra y nos enseñó las
-prendas. Vuélvete y mira qué alegres y risueños estamos. Bésame á mí
-primero. ¡Juro por las Ninfas que no te engaño!»
-
-Paróse Dafnis al oir este juramento y Astilo le alcanzó y le estrechó en
-sus brazos. Después acudió multitud de criados y de criadas, y, por
-último, llegaron el padre y la madre. Todos le abrazaron y le besaron
-con lágrimas de contento. Él, por su parte, estuvo cariñoso con todos, y
-en particular con su madre y su padre, á quienes, como si de antiguo los
-conociese, estrechaba contra su seno, sin hartarse de abrazarlos: tan
-rápida y poderosa impone Naturaleza su ley. Casi se olvidó Dafnis por un
-instante de Cloe.
-
-Con esto se le llevaron á la quinta y le dieron, para que se vistiese,
-un costoso vestido nuevo. Sentándose después con Astilo al lado de su
-padre, le oyó decir estas razones: «Yo, hijos míos, me casé muy
-temprano, y á poco fuí padre, según yo pensaba, muy dichoso. Primero
-tuve un hijo, luego una hija, y Astilo fué el tercero. Estos tres eran
-los que convenían para mi casa y mi hacienda. Vino este otro después de
-todos, y tuve que exponerle. No se expusieron, á la verdad, estas
-prendas como señales para reconocerle más tarde, sino como ornamento de
-su sepulcro. La fortuna lo dispuso de otra manera. Mi hijo mayor, y
-también mi hija, murieron ambos de la misma enfermedad y en el mismo
-día. Tú, Dafnis, por la providencia de los dioses, te has salvado para
-que yo tenga en la vejez doble apoyo. No me aborrezcas por haberte
-expuesto. Muy á despecho mío lo hice. Y tú, Astilo, no te aflijas de
-contar ahora sólo con parte cuando contabas con toda la herencia. El
-mayor bien para un hombre discreto es un buen hermano. Amáos, pues, mis
-hijos; y en cuanto á los bienes, nada tendréis que envidiar á los
-príncipes. Ambos poseeréis pingües fincas y siervos ágiles, y oro y
-plata, y todas aquellas cosas que poseen los ricos y poderosos. Mas
-desde luego doy á Dafnis este campo, en que se ha criado, con Lamón y
-Mirtale, y con las cabras de que él mismo ha sido pastor.»
-
-Apenas acabó dichas palabras, Dafnis se levantó y dijo: «En buena
-ocasión me lo traes á la memoria, padre mío. Voy á llevar á beber á las
-cabras, que aguardan sedientas el son de mi zampoña, mientras que estoy
-aquí sentado.» Todos rieron de que, habiendo llegado á ser señor,
-quisiese ser cabrero todavía, y enviaron á un nuevo cabrero á que
-cuidase de las cabras. Sacrificaron después á Júpiter Salvador y
-dispusieron un banquete. Á este banquete, el único que faltó fué Gnatón,
-el cual, lleno de miedo, se pasó el día y la noche en el templo de Baco,
-orando y haciendo penitencia.
-
-Pronto cundió la fama por todas partes de que Dionisofanes había hallado
-á su hijo, y de que el cabrerillo Dafnis se había cambiado en señor
-terrateniente, y de acá y de acullá acudieron los rústicos á felicitar
-al mozo y á traer presentes á su padre. Entre ellos vino Dryas, el padre
-adoptivo de Cloe. Dionisofanes los detuvo á todos para que participasen
-del regocijo y de la fiesta. De antemano se había preparado vino en
-abundancia, mucho pan, chochas y patos, lechoncillos y gran variedad de
-tortas y confites de miel. Se mataban, además, no pocas víctimas á los
-dioses titulares de aquellos sitios. Dafnis, en tanto, reunió todos sus
-trastos pastoriles para repartirlos como ofrenda entre los dioses.
-Consagró á Baco el zurrón y el pellico; á Pan, el pífano y la zampoña, y
-á las Ninfas, el cayado y los dornajos y las colodras, que él mismo
-había hecho; pero la vida de la primera juventud es aún más grata que la
-riqueza, y Dafnis se apartaba con lágrimas de cada uno de estos objetos.
-No ofreció las colodras, sin ordeñar antes las cabras; ni el pellico,
-sin ponérsele por última vez; ni la zampoña, sin tañerla. Todo lo besó;
-habló con las cabras, y llamó por sus nombres á los machos. Bebió, por
-último, en la fuente, donde tantas veces había bebido con Cloe; pero no
-se atrevió á hablar aún de su amor aguardando ocasión propicia.
-
-Mientras Dafnis andaba en tales sacrificios, Cloe, solitaria y llorosa,
-estaba sentada viendo pacer su ganado y se lamentaba de esta suerte:
-«Dafnis me olvida. Sin duda piensa ya en una novia rica. ¿Por qué exigí
-que jurase, no por las Ninfas, sino por las cabras? Las abandona como á
-mí. Ni al hacer ofrendas á Pan y á las Ninfas deseó ver á Cloe. Tal vez
-halló más bonitas que yo á las criadas de su madre. Adiós, Dafnis, y sé
-dichoso. Yo no viviré.»
-
-Exhalando estaba Cloe estas sentidas quejas, cuando el vaquero Lampis,
-acompañado de algunos labriegos, vino á robarla, creyendo que Dafnis ya
-no se casaría con ella, y que Dryas consentiría luego en dársela á él.
-La cuitada, resistiéndose al rapto, daba lastimeros gritos, y alguien
-que la oyó fué á decírselo á Napé. Napé se lo dijo á Dryas, y Dryas á
-Dafnis. Éste, fuera de sí, sin atreverse á decir nada á su padre, y no
-pudiendo, con todo, tolerar aquella injuria, salió del huerto, diciendo:
-«¡Mal haya el reconocimiento de mi padre! ¡Cuánto más valiera seguir de
-pastor! ¡Cuánto más feliz era yo cuando siervo. Entonces veía á Cloe.
-Ahora Lampis la roba, se la lleva, y esta noche dormirá á su lado. Y yo
-como y bebo y me deleito. En vano juré por Pan, por las Ninfas y por las
-cabras!»
-
-Gnatón, que estaba oculto en el templo de Baco, oyó estas lamentaciones
-de Dafnis, y juzgando oportuna la ocasión de ganarse su voluntad y de
-conseguir que le perdonara, salió de su escondite y dijo á Dafnis que él
-era allí el amo y que podía disponer de los criados para cualquier
-empresa. Llamando entonces Dafnis á algunos de los que servían á Astilo,
-se fué con ellos y con Gnatón á casa de Lampis con tal diligencia y
-prontitud, que le sorprendió cuando acababa de llegar con Cloe, y la
-sacó por fuerza de entre sus manos, dando de palos á los rústicos que
-habían concurrido al robo y queriendo llevar cautivo á Lampis, que logró
-fugarse.
-
-Dafnis perdonó á Gnatón, y le concedió su amistad después de tan buen
-consejo y auxilio; y libertada ya Cloe, convino con ella en callar aún
-lo de la boda, en verse de oculto, y en que Dafnis descubriese sólo su
-amor á su madre. Pero Dryas no lo consintió, y halló más conveniente
-decírselo todo al padre, confiado en que le persuadiría. Al día
-siguiente, pues, se echó en el zurrón las prendas de reconocimiento, y
-se fué en busca de Dionisofanes y de Clearista, á quienes halló sentados
-en el huerto. Astilo y el propio Dafnis estaban también allí. En
-silencio todos, habló Dryas de esta manera: «Igual necesidad que á
-Lamón, me manda descubriros un secreto que he guardado hasta ahora. Ni
-yo he engendrado á la zagala Cloe, ni he sido el primero en sustentarla.
-Otro fué su padre, y yo la encontré en la gruta de las Ninfas,
-alimentada por una oveja. Maravillado del hallazgo, tomé conmigo á la
-niña y la crié en mi casa. Testimonio de la verdad de lo que digo da su
-propia hermosura, en nada semejante á nosotros. Testimonio dan también
-estas prendas, más ricas que las que suelen tener los pastores. Vedlas,
-y buscad á los padres de la doncella, quien tal vez os parezca un día
-digna consorte de Dafnis.»
-
-No sin intención dejó escapar Dryas estas últimas palabras. Dionisofanes
-no las oyó en balde tampoco, sino que, dirigiendo la mirada hacia
-Dafnis, y advirtiendo que se ponía pálido y que no acertaba á ocultar el
-llanto, comprendió que tenía amores con Cloe. Y con la solicitud que
-hubiera tenido por su propia hija, y no por una extraña, examinó
-atentamente las razones del viejo.
-
-Vió también las prendas, es á saber, las chinelas, la toquilla y las
-ajorcas, y luego hizo venir á Cloe á su presencia, y la exhortó á que se
-alegrase, pues ya tenía marido, y pronto hallaría también á su padre y á
-su madre. Por último, Clearista se llevó consigo á la doncella y la
-aderezó y compuso como si fuese mujer de su hijo.
-
-Dionisofanes, apartándose á un lado con Dafnis, le preguntó en confianza
-y con sigilo si Cloe conservaba aún la doncellez. Dafnis juró que no
-había pasado del beso, del abrazo y de las mutuas promesas, con lo cual
-se holgó el padre, y le dijo que se pusieran á comer con él.
-
-Allí se hubiera podido aprender cuánto el adorno realza la hermosura,
-porque Cloe, bien vestida, graciosamente peinado y trenzado el cabello,
-y recién lavada la cara, parecía más bella que nunca, tanto que el
-propio Dafnis apenas la reconocía. Jurara cualquiera, sin ver otras
-prendas y señales, que no era Dryas el padre de tan gallarda moza.
-Dryas, no obstante, estaba en el festín con Napé, y tenían por
-compañeros en el mismo lecho á Lamón y á Mirtale.
-
-Pocos días después se hicieron sacrificios á los dioses y ofrendas por
-amor de Cloe, y ella les consagró sus baratijas pastoriles: flauta,
-zurrón, pellico y colodras. Vertió, además, vino en la fuente de la
-gruta, porque allí encontró amparo; adornó con flores el sepulcro de la
-oveja, que le mostró Dryas; volvió aún á tocar la flauta para alegrar el
-ganado, y á las propias Ninfas les dió música, pidiéndoles que
-parecieran pronto sus padres, y que fueran dignos de la alianza con
-Dafnis.
-
-Después que se hartaron de diversiones campesinas, decidieron volver á
-la ciudad, á fin de buscar á los padres de Cloe y no retardar más su
-boda con Dafnis. Muy de mañana cargaron el equipaje, y dieron á Dryas
-tres mil dracmas, y á Lamón la mitad de las mieses y de la vendimia de
-aquellos campos, las cabras y los cabreros, cuatro yuntas de bueyes,
-buenos pellicos para el invierno, y la libertad de su mujer. Se fueron,
-por último, á Mitilene con mucho aparato y pompa de carros y de
-caballos.
-
-Como llegaron muy de noche á la ciudad, nadie se enteró de lo ocurrido;
-pero al día siguiente se reunió á las puertas de Dionisofanes gran
-multitud de hombres y de mujeres: ellos, para felicitarle por haber
-hallado á su hijo, sobre todo viéndole tan guapo mozo, y las mujeres,
-para holgarse con Clearista de que había logrado á la vez hijo y nuera.
-Cloe las sorprendió á todas por su rara hermosura, que les pareció sin
-par. En suma, nadie hablaba en la ciudad sino del muchacho y de la
-zagala, augurando mil venturas de su enlace. Rogaban también á los
-dioses que Cloe hallase padres dignos de su beldad, y hubo no pocas
-mujeres ricas que de buena gana hubieran pasado por madres de hija tan
-hermosa.
-
-Entre tanto, Dionisofanes, después de mucho cavilar, se quedó
-profundamente dormido y tuvo un sueño. Creyó ver á las Ninfas pidiendo á
-Amor que se llevase pronto á cabo la boda prometida. Y Amor, aflojando
-la cuerda del arco y poniéndosele al hombro junto á la aljaba, ordenó á
-Dionisofanes que convidase á un gran banquete á todos los sujetos de más
-fuste de la ciudad, y que, al ir á llenar los últimos vasos, mostrase á
-los convidados las prendas halladas con Cloe, y mandase cantar el canto
-de Himeneo.
-
-Visto y oído este sueño, Dionisofanes madrugó, y dispuso una opípara
-comida, donde hubiese cuanto se cría de más delicado y sabroso en tierra
-y en mar, en ríos y en lagos. Luego convidó á su mesa á todos los
-señores principales.
-
-Ya era de noche, y estaba lleno el vaso con que suele hacerse libación á
-Mercurio, cuando entró un criado trayendo las prendas en un azafate de
-plata, y dando vuelta á la mesa, se las enseñó á todos. Ninguno las
-reconoció; pero un cierto Megacles, que por su ancianidad estaba
-reclinado en un extremo, las reconoció apenas las vió, y dijo con voz
-alta y firme: «¡Cielos! ¿qué veo? ¿Qué ha sido de tí, hija mía? ¿Vives
-aún? ¿Qué pastor guardó, por dicha, estas prendas? Ruégote ¡oh
-Dionisofanes! que me digas dónde las hallaste. No envidies, pues tienes
-á Dafnis, que yo también la tenga.»
-
-Quiso Dionisofanes que, antes de todo, contase Megacles cómo había
-expuesto á la niña, y éste, con el mismo tono de voz, dijo: «Tiempo há
-que me veía yo muy pobre, por haber gastado casi todos mis bienes en
-juegos públicos y en naves de guerra. Estando en estos apuros, me nació
-una hija. Se me hizo muy duro criarla en tanta pobreza, y la expuse con
-esas alhajas, calculando que muchas personas, que no tienen hijos
-naturales, desean ser padres, adoptando por hijos á los expósitos. La
-niña lo fué en la gruta de las Ninfas y confiándola yo á su cuidado.
-Desde entonces mis riquezas han aumentado de día en día, sin tener yo
-heredero á quien dejarlas, porque no volví á tener otra hija; y como si
-los dioses quisieran burlarse de mí, se me aparecían en sueño por la
-noche, ofreciéndome que me haría padre una oveja.»
-
-Dionisofanes hizo, al oir tales palabras, mayores exclamaciones aún que
-las que Megacles había hecho, y dejando el festín, fué á buscar á Cloe y
-la trajo muy adornada y bizarra. Al entregársela á su padre, le dijo:
-«Ésta es la niña que expusiste. Por disposición de los dioses, te la ha
-criado una oveja, como una cabra á Dafnis. Tómala con las prendas, y al
-tomarla, dásela á Dafnis por mujer. Los dos expusimos á nuestros hijos,
-y los dos los hallamos ahora. Amor, Pan y las Ninfas nos los han
-salvado.»
-
-Megacles convino en todo, y mandó llamar á su mujer, cuyo nombre era
-Rodé, teniendo siempre á Cloe entre sus brazos. Megacles y Rodé se
-quedaron á dormir allí, porque Dafnis había jurado que nadie, ni su
-propio padre, sacaría á Cloe de la casa. Á la mañana siguiente, Cloe y
-Dafnis decidieron volverse al campo, porque no podían sufrir la vida de
-la ciudad y deseaban hacer bodas pastorales. Regresaron, pues, á la
-quinta donde estaba Lamón, é hicieron que Megacles conociese á Dryas, y
-Rodé á Napé.
-
-Todo se preparó allí con esplendidez para la fiesta de la boda.
-
-Megacles consagró á su hija Cloe á las Ninfas, y suspendió como ofrenda
-en la gruta, á más de otros objetos ricos, las prendas de
-reconocimiento. Á Dryas, sobre los tres mil dracmas recibidos, le dió
-para completar diez mil.
-
-Viendo Dionisofanes que el tiempo era excelente, mandó aderezar lechos
-de verdes hojas en la gruta, donde se reclinaron los rústicos para gozar
-de espléndido banquete. Asistieron Lamón y Mirtale, Dryas y Napé, los
-parientes de Dorcón, Filetas y sus hijos, Cromis y Lycenia. Ni Lampis
-faltó, después de conseguir que le perdonasen. Y como la fiesta era de
-rústicos, todo allí fué al uso campesino y labriego. Cantaron unos el
-cantar de los segadores; otros hicieron las farsas y burlas que suelen
-hacerse cuando la vendimia; Filetas tocó la zampoña; Lampis tocó el
-clarinete; Dryas y Lamón bailaron. Dafnis y Cloe no dejaron de besarse.
-Las cabras mismas pacían allí cerca, como si tomasen parte en la
-función, lo cual no era muy grato á los de la ciudad. Dafnis las llamaba
-por sus nombres, les daba verde fronda, las agarraba por los cuernos y
-las besaba.
-
-Y esto no fué sólo en aquella ocasión, sino también en lo sucesivo,
-porque Dafnis y Cloe hicieron casi de continuo vida pastoril, adorando á
-los dioses y profesando especial devoción á Pan, á Amor y á las Ninfas.
-Aunque llegaron á ser poseedores de mucho ganado lanar y cabrío, nunca
-hubo manjar que les supiese mejor que leche y fruta. Al primer hijo
-varón que tuvieron le dieron por nodriza una cabra, y á la criatura
-segunda, que fué una niña, la hicieron mamar de una oveja. Al varón le
-pusieron por nombre Filopoemén, y á la niña Ageles. Así vivieron largos
-y felices años. Y no descuidaron tampoco el adorno de la gruta, sino que
-erigieron nuevas imágenes de Ninfas; levantaron un altar á Amor
-pastoril; y á Pan, en vez de la copa del pino á cuya sombra estaba, le
-edificaron un templo, bajo la advocación de Pan Batallador.
-
-Todo esto, sin embargo, ocurrió mucho más tarde. Por lo pronto, llegada
-la noche, cuantos estaban allí llevaron á los novios al tálamo. Unos
-tocaban flautas, otros tocaban clarines, y otros iban con antorchas.
-Cerca ya de la puerta de la cámara nupcial, la comitiva cantó de
-Himeneo, con voz tan áspera y desacorde, que no parecía que cantaban,
-sino que arañaban pedruscos con almocafres.
-
-Dafnis y Cloe, á pesar de la música, se acostaron juntos desnudos; allí
-se abrazaron y se besaron, sin pegar los ojos en toda la noche, como
-lechuzas. Y Dafnis hizo á Cloe lo que le había enseñado Lycenia; y Cloe
-conoció por primera vez que, todo lo hecho antes, entre las matas y en
-la gruta, no era más que simplicidad ó niñería.
-
-Madrid, 1880.
-
-FIN
-
-
-
-
-NOTAS
-
-
-I. El título de la obra, en griego, es Λόγγου ποιμενικῶν τῶν κατὰ Δάφνιν
-καὶ Χλόην βίβλοι (λόγοι) τέσσαρες, que puede traducirse: _Los cuatro
-libros de las pastorales de Longo, ó Dafnis y Cloe_. Á fin de seguir el
-gusto y el estilo modernos, hemos invertido y modificado los términos
-del título. Ponemos por título principal de esta novela _Dafnis y Cloe_,
-y añadimos luego _Las pastorales de Longo_, para indicar el género á que
-pertenece la obra y el nombre, verdadero ó supuesto, de quien la
-compuso.
-
-De esta novela no conocemos traducción ninguna en castellano.
-
-En otros idiomas, ó conocemos ó hemos visto citadas muchas traducciones.
-Las más famosas son: En latín, la de Gothofredo Jungermann, de 1605, y
-la de Pedro Moll, de 1860. En francés, la de Santiago Amyot, obispo de
-Auxerre, y la de Pablo Luis Courier, que corrige y completa la
-traducción del citado obispo. En italiano, la del comendador Aníbal
-Caro, la de Manzini y la de Gozzi. En inglés, la de Jorge Thornley,
-1657, y la de Jacobo Craggs, 1764. Y en alemán, las de Grillo, Krabinger
-y Passow, en 1765, 1803 y 1811.
-
-Tenemos también una traducción sobrado libre de _Dafnis y Cloe_, hecha
-en hermosos exámetros latinos, por Lorenzo Gambara, y dedicada al
-célebre Antonio Perenott, cardenal Granvela, á la sazón virrey de
-Nápoles.
-
-Para hacer esta traducción española hemos seguido el texto griego
-completo, publicado por Courier y enmendado por Sinner: Paris, Fermín
-Didot, 1829. Hemos tenido á la vista y consultado la traducción en latín
-de la edición bipontina y la traducción francesa de Amyot, _revue,
-corrigée, completée, de nouveau refaite en grande partie par P. L.
-Courier_.
-
-En nuestra traducción de los tres primeros libros, hemos procurado ser
-tan fieles al original cuanto es posible en una lengua moderna de
-Europa. Nos lisonjeamos de que en punto á fidelidad hemos vencido á
-Courier, como podrán ver los inteligentes, si comparan con el original
-ambas traducciones.
-
-En el cuarto libro nos hemos atrevido á hacer bastantes alteraciones:
-algo parecido á lo que llaman un arreglo. Esto no quita que muchos
-párrafos (más de la mitad de dicho libro cuarto), estén también
-traducidos por nosotros con la mayor exactitud. Sólo hemos variado unos
-lances originados por cierta pasión repugnante para nuestras costumbres,
-sustituyéndolos con otros, fundados en más naturales sentimientos.
-
-Fué nuestro primer propósito hacer nuestra traducción en lo que han dado
-en llamar _fabla antigua_ esto es, en el castellano del siglo XIV ó del
-siglo XV. Para imitar bien el candor y la sencillez del texto, tal vez
-hubiera sido esto convenientísimo; pero, en nuestro sentir, requería un
-trabajo ímprobo si había de hacerse con conciencia y evitando el peligro
-de inventar una _fabla antigua_, que jamás se hubiese hablado. Para
-Courier, que ha hecho su traducción en francés arcáico, la empresa no
-era tan árdua; tenía por modelo á Amyot, que le guiaba mientras él le
-corregía. Por otra parte, yo entiendo que, sin procurar expresamente lo
-arcáico, siguiendo bien el texto, buscando las palabras propias y los
-giros más adecuados, y huyendo de las frases hechas y con frecuencia
-amaneradas del estilo novísimo, resulta un castellano bastante candoroso
-y que parece antiguo. El público juzgará si hemos conseguido esto en
-nuestra traducción.
-
-
-II. Dice el proemio: _y habiendo buscado á alguien que me explicase bien
-la pintura, compuse estos cuatro libros_. P. L. Courier traduce: _si
-cherchai quelq’un qui me les donna á entendre par le menu, et ayant le
-tout entendu, en composai ces quatre libres_. Yo empleo quince palabras,
-y P. L. Courier veintidos, para decir lo que dice en ocho el
-autor griego: καὶ ἀναζητησάμενος ἐξηγητὴν τῆς εἰκόνος, τέτταρας βίβλους
-ἐξεπονησάμην. Depende esto, no sólo de la riqueza de formas de la lengua
-griega, sobre todo en participios, que hace que se pueda decir más en
-menos palabras, sino también de nuestro empeño de no sobreentender nada,
-diciéndolo todo. Claro está que, cuando el autor buscó á alguien _qui me
-les donna á entendre par le menu_, no se contentó con buscarle, sino que
-también le oyó la explicación; pero esto se cae de su peso y no era
-menester decirlo. El original no lo dice. P. L. Courier pone, pues, de
-su cosecha, _et ayant le tout entendu_. En otras ocasiones añade
-también, ó ya porque lo cree necesario para mayor claridad, ó bien
-porque halla alguna frase que le parece bonita. Yo he procurado evitar
-tales amplificaciones y adornos, y si á veces he incurrido en ellos, no
-ha sido con tanta frecuencia como P. L. Courier.
-
-La observación que acabamos de hacer pudiera repetirse con frecuencia.
-No lo haremos, por no pecar de prolijos. Nos limitaremos á citar otro
-solo ejemplo, tomado también del proemio. Dice el original: τὸν
-ἐρασθέντα ἀναμνήσει, τὸν οὐκ ἐρασθέντα προπαιδεύσει. Son siete palabras.
-Traduce Courier: _peut remettre en memoire de ses amours celui qui
-autrefois aura été amoureux et instruire celui qui ne l’aura encore
-point été_. Son veinte y tres palabras. Traduzco yo: _recordará de amor
-al que ya amó, y enseñará el amor al que no ha amado nunca_. Son diez y
-siete palabras.
-
-
-III. _Á unos doscientos estadios de Mitilene_, yo traduzco deὅσον ἀπὸ
-σταδίων διακοσίων; en latín, _stadia circiter ducenta_. _Estadio_ es
-palabra perfectamente castellana en este sentido, y significa la
-distancia ó longitud de 125 pasos geométricos. P. L. Courier pone:
-_environs huit ou neuf lieues loin de cette ville de Mitylène_. En este
-caso confieso que no choca mucho que modernice la unidad de medida para
-las largas distancias, pero entiendo que está mejor, ya que la historia
-sucede en Grecia y en tiempos antiguos, conservar los usos y costumbres
-de entonces. Más claro se comprende esto, y se ven el anacronismo y el
-desentono que de semejante exceso de traducción resultan, cuando en el
-mismo cuento de Dafnis y Cloe se habla de _dracmas_, dinero, y traduce
-Courier _escudos_. Yo prefiero poner _dracmas_, y no traducir _escudos_,
-_ducados_, _reales_ ó _pesetas_, que entonces no había. Hay palabras
-que no se traducen, sino que pasan íntegras á todos los idiomas cuando
-se quiere volver á designar el objeto determinado y singular que
-designaban. Así, pues, por muy llano y natural que yo quisiese hacer mi
-estilo, jamás, por ejemplo, me atrevería á traducir _peplo_, _clámide_,
-_estola_ ó _coturno_, por prendas de vestir parecidas y en uso en
-nuestros días.
-
-
-IV. Los objetos suspendidos como ofrendas en la gruta de las Ninfas
-eran γαυλοὶ, καὶ αὐλοὶ πλάγιοι, καὶ σύριγγες, καὶ κάλαμοι. Courier traduce
-γαυλοὶ _seilles á traire le lait_; el latín, _mulctræ_. En castellano
-creo que bastaría _colodras_, que son vasijas de que se valen los
-pastores para ordeñar; pero, como el _Diccionario de la Academia_ supone
-que las tales colodras son de madera, y los γαυλοὶ ó _mulctræ_ tal vez
-serían de barro, he añadido tarros para que haya de todo. Αὐλοὶ πλάγιοι
-ha sido menester traducirlo también con gran libertad. En latín se
-llaman _tibiæ obliquæ_, trompetas oblícuas. Dicen que este instrumento
-fué inventado por Midas. Á lo que más se parece de los modernos es al
-bajón, al fagot y al pífano. Por esto pongo _pífanos_ en mi traducción.
-
-
-V. _Y les habían hecho aprender las letras_; en griego, καὶ γράμματα
-ἐπαίδευον. Courier, por seguir á Amyot, pone _leur faisant apprendre les
-lettres_; pero censura esta traducción en una larga nota, suponiendo que
-implica un contrasentido, ó, por lo menos, que induce en error. Nosotros
-creemos que no hay tal error, y que, en vista del sentido todo, no da
-tampoco lugar á anfibología. _Aprender las letras_ no es más que
-aprender las letras, y no aprender literatura. Dice Courier que Longo
-quiso decir que Dafnis y Cloe aprendieron á leer y á escribir. Yo creo
-que no quiso decir sino lo que dijo, que aprendieron las letras, que
-aprendieron á deletrear, y que tal vez ni escribían ni leían de corrido.
-
-
-VI. _Y se esmeraba hasta la noche en tocar la zampoña._ La voz griega
-σύριγξ significa un instrumento inventado por Pan y compuesto de varios
-cañutos desiguales, unidos entre sí. El P. Baltasar de Vitoria, gran
-autoridad en esta materia, dice en su _Teatro de los dioses_, que este
-instrumento se llama en castellano _zampoña_ ó _albogue_. Yo pongo
-zampoña unas veces, y otras veces flauta, porque el uso ha hecho que se
-hable más, aunque menos exactamente, de la flauta de Pan que de la
-zampoña de Pan.
-
-
-VII. _...logró subir el caído._ Desde este punto hasta donde dice: _¿qué
-me hizo el beso de Cloe?_, todo falta en la traducción de Amyot. En el
-original de la edición bipontina hay un pedazo más, hasta donde dice: _y
-yendo con Cloe á la gruta de las Ninfas, le dió á guardar la tuniquilla
-y el zurrón_. Había, de todos modos, una gran laguna, que después se ha
-llenado, en vista del manuscrito de Florencia, donde el texto está
-completo.
-
-
-VIII. _Quisiera ser su flauta para que infundiese en mí su aliento._ P.
-L. Courier traduce: _Ah!, que ne suis-je sa flûte pour toucher ses
-lèvres_. Dice el original: εἴθε αὐτοῦ σύριγξ ἐγενόμην, ἵν’ ἐμπνέη μοι.
-Claro está que no se habla de los labios, sino del aliento ó soplo.
-Supone Courier que esto está tomado de la antigua copla siguiente:
-
- Εἴθε λύρα καλὴ γενοίμην ἐλεφαντίνη,
- Καί με καλοὶ παῖδες φέροιεν Διονύσιον ἐς χορὸν.
- Εἴθ’ ἄπυρον καλὸν γενοίμην μέγα χρυσίον,
- Καί με καλὴ γυνὴ φοροίη καθαρὸν θεμένη νοόν.
-
-La copla es muy bonita, pero el decir de Cloe puede ser coincidencia, y
-no imitación. Es fácil coincidir en lo natural. Una oda de Anacreonte
-encierra el mismo pensamiento, diciendo en la traducción de Castillo y
-Ayensa, si no me es infiel la memoria:
-
- Quisiera ser la cinta
- Que pende de tu cuello;
- Quisiera ser la joya
- Adorno de tu pecho;
- Quisiera ser el agua
- Con que lavas tu cuerpo;
- Y fuera la sandalia
- Que ciñe tu pie bello;
- Que por tu planta hollado,
- Viviera yo contento.
-
-De seguro que los rústicos andaluces no leen á Anacreonte, y uno de
-ellos compuso, sin duda, aquella graciosa á par que apasionada copla de
-seguidillas, que dice:
-
- ¡Ay, quién fuera la cinta
- De tu zapato!...
-
-Y no ponemos los otros dos versos por demasiado expresivos; pero buenas
-ganas se nos pasan de poner los, porque vencen á los de Anacreonte, á
-los del otro poeta griego y á la prosa de Longo.
-
-
-IX. _La piel de un cervatillo, esmaltada de lunares blancos, para que la
-llevase en los hombros, cual suelen las bacantes._ En el original hay
-estas dos palabras: νεβρίδα βακχικήν, para cuya traducción ha sido
-menester emplear todas éstas: _la piel de un cervatillo para que la
-llevase en los hombros, cual suelen las bacantes_.
-
-
-X. _Soy blanco como la leche y rubio como la mies, cuando la siegan._
-Añade Courier, entre estos elogios que Dorcón se tributa á sí mismo:
-_frais comme la feuillée au printemps_, lo cual no está en el texto.
-
-
-XI. _...y de sus ojos, que los tenía grandes y dulces como las
-becerras._ La comparación, en son de elogio, de los ojos de las
-muchachas con los ojos de los bueyes, vacas ó becerras, es muy frecuente
-en los autores griegos; hasta hay los epítetos de βοώπης y βοόγληνος,
-para designar á quien tiene ojos grandes y hermosos.
-
-
-XII. _...y tenía pálido el rostro como agostada hierba._ Son las
-palabras de Safo: χλωροτέρα πόας ἐμμί.
-
-
-XIII. _...y el hocico le tapaba la cabeza, como casco de guerrero_: καὶ
-τοῦ στόματος τὸ χάσμα σκέπειν τὴν κεφαλήν, ὥσπερ ἀνδρὸς ὁπλίτου κράνος.
-Algunos guerreros, y singularmente los abanderados, según se ve en la
-Columna Trajana, llevaban el casco, _galea_, cubierto con la piel de la
-cabeza de una fiera, que conservaba la forma de cabeza, de suerte que
-el rostro del soldado parecía asomar por entre los dientes de la fiera.
-
-
-XIV. _...llenaba una gran taza de vino y de leche._ De esta mezcla
-resultaba una bebida llamada οἰνόγαλα, que se toma aún, según dice
-Courier, en Levante y en Calabria.
-
-
-XV. _Se ponía á cantar de Pan y de Pitis._ Pan fué un dios tan enamorado
-como poco dichoso en sus amores. Siringa, Eco, la Luna y otras diosas y
-ninfas le desdeñaron. Pitis, por el contrario, le amó, y desdeñó por él
-á Bóreas, quien, enojado y celoso, la arrebató en sus alas, y la mató
-arrojándola contra las rocas. La Tierra, compadecida, la transformó en
-árbol: πίτυς, femenino en griego, _el pino_.
-
-
-XVI. _...y dice que busca los becerros huídos._ Esta fábula ó conseja,
-que, el autor califica de θρυλλούμενα, cosa sabidísima ó divulgada, no
-se halla en ningún mitólogo de los que yo conozco. Φάττα, la paloma
-torcaz, no es nombre de ninguna ninfa, como lo es el nombre de la otra
-paloma, περιστερά. Esta ninfa, Peristera, ayudó á Venus, que competía
-con Amor en coger flores. Venus triunfó así de Amor. Éste, enojado,
-convirtió en paloma á la ninfa. Venus la puso en su carro triunfal.
-
-
-XVII. _...hay muchos estrechos de mar que hasta hoy se llaman pasos de
-bueyes._ En griego βοοσπόροι, de donde Bósforo.
-
-
-XVIII. _No soy niño, aunque parezco niño, sino más viejo que Saturno. Yo
-soy anterior al tiempo todo._ Este discurso de Filetas es quizá lo más
-bello que hay en la obra de Longo, no tanto por lo que dice de Amor,
-dicho ya por muchos autores, sino por la graciosa sencillez de estilo
-con que la aparición de Amor en el huerto y todo lo demás está contado.
-Como en la religión de los griegos no hubo dogmas fijos, cada poeta
-contaba los hechos á su manera, resultando de aquí mucha variedad de
-fábulas sobre una misma persona divina, sobre todo cuando esta persona
-tenían más de alegórico que otras, como sucede con Amor. Empezando por
-su mismo origen, hay gran discrepancia. Así es que unos, los más,
-hicieron á Amor hijo de Venus y de Marte; otros, como Platón, le dieron
-por padres á Poro y á Penia, esto es, al dios de la abundancia y á la
-diosa de la pobreza; otros quieren que Amor naciese de Júpiter, y otros,
-que naciese antes que todo, no comprendiendo que nadie pudiera nacer sin
-Amor y antes de Amor, á no ser el Caos y la Tierra ó el Eter y la Noche.
-Claro está que, para éstos, Amor es el fuego, la luz, la actividad, el
-prurito, la voluntad primera que crea el ser, la vida y el universo
-todo. Después de muchos siglos, Schopenhauer ha venido á parar en la
-misma doctrina. Todo cuanto es, según este filósofo, se reduce á
-apariciones y formas en que _Der Wille_, la Voluntad ó el Amor, se
-revela y hace visible. Las criaturas son _objetivaciones de Amor_. Der
-Wille es, pues, el principio real del Universo y el principio ideal ó
-metafísico, y la solución del problema cosmológico. Doctrina parecida es
-la de Longo cuando hace decir á Amor que es anterior al tiempo todo.
-Esta idea del Amor, como fuerza demiúrgica, está expresada en la
-Teogonía de Hesiodo, diciendo:
-
- Ἤτοι μὲν πρώτιστα Χάος γένετ’, αὐτὰρ ἔπειτα
- Γαῖ’ εὐρύστερνος, πάντων ἕδος ἀσφαλὲς αἰεὶ
- Ἀθανάτων οἳ ἔχουσι κάρη νιφόεντος Ὀλύμπου,
- Τάρταρα τ’ ἠερόεντα μυχῷ χθονὸς εὐρυοδείης,
- Ἠδ’ Ἔρος, ὃς κάλλιστος, κ. τ. λ.
-
-Lo cual coincide con la cosmogonía de los fenicios, que se lee en un
-fragmento de Sancuniathon, y dice: «Fueron principio de este universo un
-aire tenebroso y sutil y el caos confuso y envuelto en obscuridad, á los
-cuales, en tiempo infinito y que no se puede determinar, encendió un
-soplo de Amor, mezclándolos, y de esta mezcla nació el deseo, fuente de
-la creación toda.» Aristófanes, en su comedia _Las Aves_, donde éstas
-cantan en coro el origen del mundo, expone doctrina semejante: «Eran
-primero el Caos, dice, y la Noche, y el negro Erebo, y el extenso
-Tártaro. No había tierra, ni aire, ni cielo. Pero en el seno infinito
-del Erebo, la Noche, dotada de alas negras, puso un huevo, del cual,
-agitado é incubado por las Horas, brotó el Amor, lleno de deseos.» De
-aquí nació todo. Antes de Amor no hubo ni dioses.
-
-
- Πρότερον δ’ οὐκ ἦν γένος ἀθανάτων, πρὶν Ἔρως ξυνέμιξεν ἅπαντα.
-
-Esta idea de poner á Amor antes que todo y como creador de todo inspira
-hasta á los poetas cristianos. Milton, en vez de Amor, pone sobre el
-Caos al Espíritu Santo, á manera de paloma, incubándole y fecundándole.
-
- _...with mighty wings outspread_
- _Dove-like sat’st brooding on the vast abyss,_
- _and mad’st it pregnant._
-
-
-XIX. _Tanto puede (Amor) que Júpiter no puede más._ Todo este segundo
-discurso de Filetas, dice Courier que está tomado de Platón. Yo entiendo
-que de Platón y de muchos otros autores, esto es, que poco ó nada es
-nuevo ó era nuevo entonces, salvo el sentir propio del autor, y su
-expresión y estilo, lleno de candor y de gracia. Se citan unos versos de
-Menandro, en que pone el poder de Amor por cima del de Júpiter. Pero,
-¿de qué poeta no podrá citarse sentencia parecida? Ya Homero, en su
-himno á Afrodita, dice que todas las divinidades están sujetas á su
-imperio, salvo tres, que son Minerva, Diana y Vesta.
-
-Estos encarecimientos del poder de Amor no cesan con los autores
-cristianos, confundiéndole tal vez para ello con una de las personas
-divinas. Así dice San Bernardo que _Amor triunfa de Dios_; y nuestro
-Padre Fonseca pone, entre mil otras alabanzas, que «Amor entróse por
-esos cielos, y cogiendo á Dios, no flaco, sino fuerte; no en el trono de
-la Cruz, sino en el de su majestad y gloria, luchó con él hasta bajarle
-del cielo y hasta quitarle la vida.»
-
-Las victorias de Amor son, pues, extraordinarias y no tienen cuento. Por
-eso, los espartanos, creyéndole más belicoso que á Marte, se
-encomendaban á él y le hacían sacrificios siempre que tenían que reñir
-alguna brava batalla.
-
-Fué creído, además, desde muy antiguo, inspirador de todas las acciones
-generosas y de virtud, y se tuvo por cierto, con prefiguración
-profética, aunque confusa, de los más altos misterios, que el Dios
-supremo le envía á la tierra para que salve á los hombres. Ya Esopo
-habla bellamente de esto en su fábula de Júpiter y Amor, dando cuenta de
-que «cuando Júpiter crió á los hombres, dióles todas las prendas que los
-adornan ahora; pero aún no moraba Amor en las almas de ellos, porque
-este dios, que tiene alas tan sublimes, no bajaba nunca del cielo, y
-sólo hería con sus flechas á los dioses. Temeroso Júpiter, no obstante,
-de que se perdiera la más hermosa de sus criaturas, envió á Amor á la
-tierra para que fuese custodio del género humano. Amor obedeció el
-mandato de Júpiter, pero no consideró que le estuviese bien morar en
-todas las almas y elegir por templo suyo lo mismo las profanas que las
-iniciadas y buenas, por lo cual distribuyó el rebaño de las almas
-comunes entre los Amores plebeyos, hijos de las Ninfas, y él se fué á
-vivir dentro de las almas celestes y divinas, y embriagándolas con
-delirio amoroso, produjo infinitos bienes para todos los hombres.»
-
-
-XX. _El mismo dios Pan... como más avezado que nosotras á los negocios
-de la guerra, por haber ya militado en muchas..._ Aún se conserva en
-nuestros idiomas modernos el epíteto de _pánico_, dado al terror cuando
-es muy grande. Pan auxilió mucho á Júpiter en las guerras que tuvo,
-encadenando á Tifeo ó envolviéndole en una red; si bien otros dicen que
-le asustó, dando un grito espantoso. En otras guerras ocurridas en este
-bajo mundo, auxilió á sus devotos, como, por ejemplo, á los griegos
-contra los galos, mandados por Breno.
-
-
-XXI. _...se puso á contar la fábula de Siringa..._ Esta transformación
-de Siringa en flauta, y los amores de Pan, que la originaron, sucedieron
-en Arcadia, á orillas del río Ladón, según refiere Ovidio en sus
-_Transformaciones_, donde dice que la Ninfa iba huyendo de Pan:
-
- _Donec arenosi placidum Ladonis ad amnem_
- _Venerat; hic illam, cursum impedientibus undis_
- _Ut se mutarent, liquidas orasse sorores:_
- _Panaque cum prensam sibi jam Siringa putaret,_
- _Corpore pro Nymphæ calamos tenuisse palustres;_
- _Dumque ibi suspirat, motos in arundine ventos_
- _Effecisse sonum tenuem, similemque quærenti,_
- _Arte nova: vocisque deum dulcedine captum,_
- _Hoc mihi colloquium tecum dixisse manebit,_
- _Atque ita disparibus calamis compagine ceræ_
- _Inter se junctis nomen mansisse puellæ._
-
-
-XXII. _Llegó el invierno, para Dafnis y Cloe más que la guerra crudo._
-Sin duda convenía al autor, para su sencillo argumento, que el invierno
-fuese muy rigoroso, ó tal vez quiso lucir su retórica pintándole, pues
-es evidente que, ni en nuestro siglo, ni en la época de la acción de la
-novela, hubo de hacer jamás tanto frío ni de caer tanta nieve en la isla
-de Lesbos.
-
-
-XXIII. _¡Salud!_, _¡oh, hijo mío!_ Χαῖρε, ὦ παῖ, dice el original. He
-preferido decir, _¡salud!, ¡oh, hijo mío!_, al modo más natural de
-saludar ahora, diciendo _Dios te guarde_, porque este modo parece
-anacrónico é impropio de gentiles.
-
-
-XXIV. _...comieron coronados de hiedra._ Parece que un gentil muchacho,
-llamado Cisso, gran bailarín y valido de Baco, bailando un día delante
-del dios, para divertir sus ocios, se cayó en un hoyo y se convirtió en
-hiedra, planta que fué consagrada á dicho dios, el cual gustaba de
-coronarse con ella. También para los poetas se tejían de ella coronas:
-
- _Pastores hedera crescentem ornate poetam._
-
-dice Virgilio. La hiedra, sobre todo, era para coronar á los poetas
-dramáticos, por ser el teatro propio de Baco. Por eso Menandro pide á
-los dioses ser siempre coronado de hiedra ática:
-
- Τὸν Ἀττικὸν αἰεὶ στέφεσθαι κισσόν.
-
-En las bacanales se coronaban asimismo de hiedra los que las celebraban.
-Así es que el gobernador que puso Antíoco en Jerusalén, queriendo hacer
-gentiles á los judíos, les mandaba que fuesen por las calles coronados
-de hiedra cuando se celebraba la fiesta de aquel dios, como se cuenta en
-el libro II, capítulo VI, de los Macabeos: _et cum Liberi sacra
-celebrarentur, cogebantur heredà coronati Libero circuire_.
-
-
-XXV...._hallaron narcisos, violetas, corregüelas_ y _otras vernales
-primicias_. El texto griego dice ἀναγαλλίς, que hemos traducido por
-_corregüela_. Las anagalídeas son un género de la familia de las
-primuláceas, en el que se contienen muchas especies como los _murajes_.
-Courier traduce _muguet_, que viene á ser en español _lirio de los
-valles_; pero tal vez puso _muguet_ sólo porque el vocablo es bonito y
-también el objeto que expresa. Quiera significar lo que quiera la tal
-flor Anagalis, al tratar de traducirla al castellano, un amigo mío me ha
-recordado á una Ninfa Anagalis, de quien nada leí jamás en ningún libro,
-ni en Polidorio Virgilio; pero que, según afirma Juan de la Cueva, en su
-extraño poema de _Los inventores de las cosas_, fué la que inventó el
-juego de pelota. El erudito poeta dice:
-
- Del juego tan común de la pelota
- Anagalis, muchacha, fué inventora:
- Que se llame Astragalis quieren otros.
-
-
-XXVI. _...expresando poco á poco el nombre de Itis._ Este Itis fué hijo
-de Tereo, rey de Tracia. Progne, mujer de Tereo, mató á su hijo Itis, y
-se le dió á comer á su propio padre. Filomena, hermana de Progne y tía
-de Itis, fué convertida en ruiseñor; Progne, en golondrina; en gavilán,
-Tereo, y en faisán, Itis.
-
-
-XXVII. _Por el reposo casero y holganza del invierno estaba rijoso y
-lucio, y con el beso se emberrenchinaba y con el brazo se alborotaba._
-Para descargo de mi conciencia de haber traducido con sobrada energía y
-desenvoltura, diré que Dafnis, con el reposo y holganza, ἐνηβήσας, de
-ἐνηβάω, _pubesco_, _juveniliter lascivio_: con el beso ὤργα, de ὀργάω,
-_succo turgeo_, _venerea cupiditate flagro_; y con el abrazo ἐσκιτάλιζε,
-de σκιταλίζω, _salax sum_. Lo mismo digo de otros pasajes, donde siempre
-he atenuado el brío y suavizado la crudeza del texto.
-
-
-XXVIII. _Cromis, sujeto ya de edad madura, quien había traído de la
-ciudad á una mujercita_, etc. Debe entenderse que esta mujercita no era
-la mujer propia, la esposa de Cromis, sino una cortesana mantenida por
-él. Su mismo nombre Lycenia, de Αὔκαινα, _loba_, parece ya indicarlo, y
-hasta la circunstancia de venir siempre dicho nombre en diminutivo en el
-texto griego. En el teatro de aquel pueblo apenas había comedia en que
-no hiciesen papel las cortesanas ó _heteras_, á veces vilipendiadas
-cruelmente por los poetas, á veces también ensalzadas de discretas,
-amables, generosas y hasta virtuosas. Y esto no ha de extrañarse, porque
-las cortesanas de entonces representaban la inteligencia y la cultura de
-la parte femenina, y alcanzaban gran poder y valimiento. Algunas se
-casaban con los mismos reyes. Targalia de Mileto se casó con un rey de
-Tesalia, y Tais con un Ptolomeo. Duró esto hasta muy tarde, hasta época
-ya en que estaba muy difundido el Cristianismo. La mujer de Justiniano,
-la célebre emperatriz Teodora, había sido una cortesana de las más
-disolutas. Fué, además, tan desaforada comedianta, que las cosas que
-hacía en público teatro no hay quien se atreva á explicarlas en ningún
-idioma moderno, sino que se toman de Procopio y se ponen como nota, en
-griego, en las historias que de ello tratan. El mismo Gibbon lo deja sin
-traducir. Imitémosle.
-
-No ha de extrañarse, pues, que en la edad clásica y gentílica las
-cortesanas tuviesen grande influjo, y fuesen amigas respetadas de los
-hombres más eminentes: así Aspasia, de Pericles; Arqueanasa, de Platón;
-Herpilis, de Aristóteles, y Glicera, de Menandro. Alcifrón puso en
-cartas muchos rasgos brillantes de las cortesanas, y Machón escribió un
-poema de los dichos discretos y agudos de estas mujeres.
-
-Una de las más ilustres, por su talento, discreción y afecto á sus
-compatriotas, fué Rodopis, alma de la colonia griega de Egipto en tiempo
-del rey Amasis. El célebre egiptólogo y novelista Jorge Ebers, en su
-novela _La hija de Faraón_, hace de esta Rodopis la principal heroína,
-después de la misma hija del rey de Egipto que casó con Cambises, y de
-la princesa Atosa, hija de Ciro, mujer de Darío y madre de Jerjes. Claro
-está que Lycenia no era una hetera de primer orden, sino modesta y de
-pocas campanillas, como un pobre labrador de Lesbos podía costearla.
-
-
-XXIX. _...habiéndose cerciorado ella de que todo estaba alerta y en su
-punto..._ Creo haber traducido del modo más púdico posible el texto,
-μαθοῦσα ἐνεργεῖν δυνάμενον καὶ σφριγῶντα, que interpreta así la versión
-latina: _ipsa jam edocta eum ad patrandum non solum fortem esse, verum
-etiam libidine turgere_...
-
-
-XXX. _...Luego sacó del zurrón pan de higos..._ Para que no se entienda
-que este _pan de higos_ está inventado por mí por la afición que yo
-tengo á las cosas andaluzas, diré que παλάθη no significa más que pan de
-higos; _massa caricana_, dice la versión latina, esto es, masa hecha
-con el higo de Caria, que se llamaba _carica_. P. L. Courier traduce, no
-sé por qué, _raisin sec_. De seguro que no había comido él, como yo, el
-delicioso pan de higos que se hace en Málaga.
-
-
-XXXI. Los mitólogos varían mucho al referir esta historia de Eco.
-Fíngenla los más hija del Aire y de la Tierra. Juno dicen que la castigó
-obligándola á repetir las últimas sílabas de las palabras que oyese.
-Otros, que desdeñada de Narciso, á quien amaba, se convirtió en peñasco.
-Ovidio, en las _Transformaciones_, cuenta que su mal pagado amor la secó
-de suerte y la consumió hasta tal punto, que se quedó en los huesos y en
-la voz:
-
- _Vox manet: ossa fuerunt lapide traxisse figuram_
- _Inde latet sylvis nulloque in monte videtur,_
- _Omnibus auditur: sonus est qui vivit in illa._
-
-La fábula de Longo es, pues, diversa, y su principal gracia consiste en
-un equívoco intraducible; porque μέλος, en griego, significa _miembro_,
-y también _verso_, _medida_, de donde la palabra _melodía_. Así es que
-los pastores esparcieron por toda la tierra τὰ μέλη, las canciones, las
-melodías de la Ninfa, lo cual está traducido en latín _cantabunda
-membra_, y por Courier, á quien en esto seguimos, _sus miembros_,
-_llenos de harmonía_.
-
-
-XXXII. _Esta manzana ¡oh, vírgen! es creación de las Horas divinas._ El
-texto dice Ὦ παρθένε, τοῦτο τὸ μῆλον ἔφυσαν Ὧραι καλαί: el latín, _Mea
-virgo, hoc pomum quod vides, anni ætates pulchræ pepererunt_. _Cette
-pomme Chloe, ma mie, les beaux jours, d’été l’ont fait naître_, traduce
-Courier. Yo he preferido dejar á las Horas, á las diosas, hijas de
-Júpiter y de Temis, que dirigen y gobiernan las estaciones y cuidan del
-carro del Sol, como creadoras de la manzana. No lo disputo, aunque creo
-que esto es más poético que decir llanamente que con el verano se crió
-la manzana; pero entiendo que soy más fiel traductor. Tal vez se dirá
-que no es gran encarecimiento de alabanza el decir que una manzana es
-creación de las Horas. Lo mismo crean las Horas las manzanas gruesas y
-hermosas que las feas y ruines. Esto es verdad, considerado
-pedestremente; pero cuando esto de que la manzana es creación de las
-Horas se dice con entusiasmo, vale tanto como decir que las Horas
-pusieron en crearla singular esmero. Semejante censura he oído hacer,
-por ejemplo, de aquellos versos de Zorrilla en elogio de Granada.
-
- Salve ¡oh, ciudad! en donde el alba nace,
- Y donde el sol poniente se reclina;
- Donde la niebla en perlas se deshace,
- Y las perlas en plata cristalina.
-
-En todas las ciudades nace el alba, se pone el sol, se deshace la niebla
-y corre el agua: no cabe duda; pero Zorrilla da á entender que en
-Granada ocurre todo ello de una manera eminente, ejemplar y soberana,
-como si la aurora no quisiera nacer sino para alumbrar á Granada, y el
-sol no quisiera reclinarse más que en el seno ó á la espalda de sus
-montes.
-
-
-XXXII. _Semele, pariendo; Ariadna, dormida_, etc. Aquí pone el autor en
-breves palabras los principales casos de la vida de Baco. _Semele
-pariendo_, no es la común opinión, pues refieren los más, de cuantos han
-tratado este asunto, que Semele, hija de Cadmo, que tenía amores con
-Júpiter, deseó ver al Dios en toda su gloria, y al verle, ardió en el
-resplandor que de sí lanzaba. Ya muerta, sacó Júpiter á la criatura que
-tenía ella en su seno, y acabó de criarla, hasta que se cumplieron los
-nueve meses, guardándosela en un muslo. Cuentan otros, no obstante, que
-Semele dió á luz á Baco naturalmente y á su tiempo, y á éstos sigue
-Longo. Repetimos, con todo, que la general opinión es la del doble
-nacimiento de Baco. Luciano le ha celebrado en un diálogo burlesco, y el
-dios ha llevado nombres que recuerdan este nacimiento doble. Así se ha
-llamado _bimatre dithyrambo_, de παρὰ τὸ δύο θύρας βῆναι, salir por dos
-puertas, y Eirafiote, cosido en el muslo.
-
-Por lo demás, Baco y su historia tienen grandes variaciones, por ser
-este dios uno de los más simbólicos y misteriosos que en Grecia se
-adoraron, y por representar á la vez no pocas cosas. Por una parte,
-proviene este dios del naturalismo: es la fuerza vegetativa de las
-plantas. De aquí que tantas le estén consagradas, como la hiedra, la
-higuera y la vid, y que le llamen γενεσιουργὸς τῶν καρπῶν, engendrador
-de los frutos, y que sea también padre de Príapo.
-
-Representa, además, á un héroe conquistador y civilizador del mundo, y
-su leyenda, bajo este aspecto, toma mucho de la de Osiris egipcio, y de
-la de Melkarh ó Hércules tirio. Como Hércules, Baco erigió sus columnas
-en el extremo de las tierras y mares hasta donde llevó su expedición
-triunfadora.
-
-Representa, por último, Baco la fuerza y virtud del licor fermentado,
-que inspira á los hombres una especie de delirio, que se tenía á veces
-por sagrado. En este sentido, Baco trae su origen de Soma, dios de los
-Vedas, dios-bebida, dios-libación, dios que se consume en la llama del
-sacrificio; hijo de Indra, como Baco es hijo de Júpiter. En este
-sentido, Baco recibió muchos títulos ó sobrenombres entre los griegos y
-latinos. Llamóse _Musagetes_, conductor de las Musas; _Pirigenio_,
-nacido del fuego; _Melpómeno_, celebrado en himnos; _Leneo_, de ληνός,
-lagar; _Líber_, por la libertad que el vino engendra, y _Taurokeros_ ó
-_Tauromorfos_, porque tomaba cuernos y forma de toro, á causa del furor,
-osadía y violencia que adquiere quien se embriaga. De aquí que Horacio
-dijese á Baco:
-
- _Tu spem reducis mentibus anxiis_
- _Viresque et addis cornua pauperi._
-
-Dice Longo, _encadenado Licurgo_. Era éste un rey de Tracia que se opuso
-al culto de Baco, por lo cual sufrió un gran castigo del dios.
-
-_Despedazado Penteo._ Esta aventura es de las más famosas de la historia
-de Baco, por haber dado asunto á un drama de Esquilo, ya perdido, que
-llevaba por título _Penteo_, y á la tragedia de Eurípides, que se
-conserva y se titula _Las Bacantes_. Parece que el culto de Baco, con
-sus frenéticas orgías, vino á Grecia desde Tracia y Macedonia, y halló
-en Grecia al principio grande oposición. Penteo en Tebas se opuso á este
-culto, y fué despedazado por las bacantes furiosas, entre las cuales se
-hallaba Agave, su madre.
-
-_Ariadna dormida._ Prescindimos, por no ser prolijos, del valor y
-significado alegórico é histórico que puedan tener los amores de
-Ariadna, hija de Minos, con Baco. La general opinión, esto es, la fábula
-más conocida, junta en una las dos historias de los amores de Ariadna
-con Baco y con Teseo. Abandonada por este príncipe en la isla de Naxos,
-después que le ayudó á vencer al Minotauro y á salir del laberinto, Baco
-se le aparece enamorado, y se la lleva en triunfo. Los hermosísimos
-versos de Catulo, en el epitalamio de Tetis y Peleo, describen
-admirablemente, así el furor de Ariadna abandonada, como su triunfo
-inmediato, y la pompa báquica en toda su extraña locura:
-
- _At pater ex alia florens volitabat Iachus,
- Cum thiaso Satyrorum et Nysigenis Silenis,
- Te quærens, Ariadna, tuoque incensus amore;
- Qui tum alacres passim lymphata mente furebant
- Evoe, bachantes, evoe, capita inflectentes.
- Horum pars tecta quatiebant cuspide thyrsos,
- Pars e divolso raptabant membra fuvenco:
- Pars sesse tortis serpentibus incingebant;
- Pars obscura cavis celebrabant orgia cistis
- Orgia quæ frustra cupiunt audire profani;
- Plangebant alia proceris tympana palmis.
- Aut tereti tenues tinnitus ære ciebant;
- Multi raucisonos efflabant cornua bombos,
- Barbaraque horribili stridebat tibia cantu._
-
-Como se ve, el asunto del triunfo de Ariadna, de las bacanales y de la
-historia del hijo de Semele, rodeado siempre de bacantes, sátiros y
-silenos, se prestaba mucho á la pintura, y desde los tiempos más
-antiguos se han empleado en este asunto los pintores.
-
-Pedimos perdón á los eruditos de habernos extendido demasiado en esta
-nota, pero ya se harán cargo de que escribimos también para el vulgo, el
-cual tal vez ignora lo que ellos tienen olvidado de puro sabido. Para no
-prolongar más la nota omitimos mucho que, con ocasión de Baco, se
-pudiera decir sobre el origen de la tragedia, que nació en sus fiestas,
-y sobre otras cosas, curiosas para quien no las sabe, y tal vez cansadas
-para los doctos, que las saben más fundamentalmente que yo.
-
-
-XXXIV. _Á este mensajero, que se llamaba Eudromo, porque su oficio era
-correr._ Es evidente que en lo antiguo los nombres y los apellidos
-debieron de ser apodos, que denotasen oficio, condición, virtud, defecto
-ó calidad de la persona á quien se daban. Y esto en todos los países é
-idiomas. Lo que ocurría primero en la realidad de la vida se conservó
-después en Grecia y Roma, en las ficciones poéticas, sobre todo en
-comedias y cuentos, donde aparecen personajes imaginarios, y no
-históricos. El nombre de cada uno de estos personajes designa ya su
-carácter, empleo ó menester. Así, por ejemplo, en las comedias de
-Terencio se pone al principio lo que llaman _ratio nominum_, ó sea una
-explicación de por qué los personajes se llaman como se llaman. Allí
-vemos que una nodriza se llama Canthara, del cantarillo ó vaso de la
-leche; un soldado fanfarrón, Thraso, de θράσος, audacia; un joven
-alegre, Fedro, de φαιδρός, alegre; una meretriz desenvuelta, Bacchis;
-un criado, Parmeno, porque está ó permanece cerca de su amo, etc.
-Eudromo, pues, el buen corredor, se llamaba así porque corría.
-
-
-XXXV. _...Sin duda mandará ahorcar de un pino á este viejo sin ventura,
-como ahorcaron á Marsyas._ Marsyas no fué sólo ahorcado, sino también
-desollado, como dice Ovidio en los Fastos.
-
- _Provocat et Phœbum, Phœbo superante, pependit;_
- _Cæssa recesserunt a cute membra sua._
-
-Se cuenta de este Marsyas que fué un sátiro de grandísimo ingenio, que
-inventó muchas cosas, pero que se puso tan soberbio, que quiso competir
-con el propio Apolo en la música, de lo cual salió tan mal parado como
-queda dicho. Las Ninfas, de quien Marsyas era muy estimado, le lloraron
-y le convirtieron en río, cuyas aguas riegan la Frigia. Esto sucedió
-cerca de la ciudad de Celenas, por donde corre el río Marsyas. Así es
-que Xenofonte, cuando pasó por allí con los diez mil, acompañando al
-joven Ciro, dice que «se contaba que allí desolló Apolo á Marsyas cuando
-le venció en la contienda que con él tuvo sobre la música, y que colgó
-el cuero de él en una cueva de donde nacen las fuentes.» Xenofonte no
-dice con todo que Marsyas se convirtió en río, sino que por eso, por
-dicho lance, se llamó el río Marsyas.
-
-
-XXXVI. _...en compañía de su parásito, Gnatón._ Gnatón viene de γνάθος,
-boca, quijada. Tal vez salga de este vocablo griego la palabra española
-_gaznate_. De todos modos, γνάθων es sinónimo de parásito, y muchos
-personajes de comedias, que representan dicho carácter, llevan por
-nombre Gnatón. Hasta hay cortesanas ó etéreas que, sin duda, por muy
-golosas y comilonas, se llaman Gnatenas. El parásito del _Eunuco_ de
-Terencio se llama Gnatón. Alcifrón, en sus famosas cartas, describe
-muchos parásitos, y en el teatro griego apenas había comedia en que no
-figurase uno, respondiendo á nuestros lacayos graciosos de las comedias
-de capa y espada, si bien los parásitos eran más despreciables y ruines.
-
-
-XXXVII. _Ni Apolo, cuando estuvo de pastor al servicio de Laomedonte..._
-Aquí el autor se distrajo tal vez, y supuso que Apolo guardó los bueyes
-de Laomedonte, por más que la general creencia era la de que guardó el
-ganado de Admeto, rey de Tesalia, cuando andaba oculto por las riberas
-del río Anfriso huyendo de las iras de Júpiter por haber muerto á los
-cíclopes. Hizo Apolo estas muertes porque los cíclopes forjaron á
-Júpiter el rayo con que el rey de los dioses mató á Esculapio, que era
-hijo de Apolo. Apolo estuvo también con Neptuno al servicio de
-Laomedonte, mas fué para levantar los muros de Troya.
-
-
-XXXVIII. _...y estimaba á tu cocinero más digno de admiración y de
-afecto que á todas las muchachas de Mitilene._ Esto tiene tal vez en el
-original cierto sentido que, en virtud del _arreglo_ hecho por mí en el
-libro IV, debe desaparecer en la traducción. El sentido que se da á la
-frase en la traducción está perfectamente conforme con el carácter del
-parásito glotón y aficionado á los buenos bocados. Para la gente de esta
-clase, según los poetas cómicos y satíricos de la edad clásica, los
-cocineros, siendo buenos, eran como dioses, y la cocina era un templo.
-Las causas de su amistad y de su amor estaban en la cocina. Á este
-propósito escribió un poeta del Renacimiento el siguiente epigrama:
-
- _Vita Cœnipetas, vagos Gnathones,_
- _Nec blandos licet æstimes amicos:_
- _Illis, dum calet olla, amor calebit;_
- _Frigebunt cito, si culina friget._
- _Non te, sed tempidum colunt cæminum:_
- _Illis fumus ubi est, ibi est amicus._
-
-Lo cual imitó de esta suerte Francisco de la Torre:
-
- Á los que representan vida buena
- En el teatro de una y otra cena
- Lisonjeros buscones, y testigos
- De la mesa, no estimes por amigos;
- Porque en éstos (Dios de ellos nos preserve)
- Mientras hierve la olla el amor hierve.
- Y tienen con hastío,
- Si helada la cocina, el pecho frío.
- Lo que aman no eres tú, aunque amigo seas,
- Sólo aman las calientes chimeneas,
- Y para éstos, en fin, con ardor sumo,
- Allí el amigo está donde está el humo.
-
-En las cartas de Alcifrón están pintadas las costumbres de los parásitos
-y sus percances y disgustos: uno va á buscar cortesanas para el señor
-que le convida; otro es apaleado casi de diario; otro está á punto de
-morir de indigestión; otro se desespera porque no halla quien le
-convide; otro se introduce en la cocina y roba de los mejores platos
-para regalarse. Había también parásitos muy divertidos, decidores y
-discretos, cuyos chistes hacían reir y entretenían á los señores con
-quienes comían. En tiempo de Menandro había dos parásitos famosísimos
-por sus chuscadas y por su elocuencia, y se llamaban Euclides y
-Filoxeno. El respeto, la admiración y el amor que los parásitos
-profesaban á los buenos cocineros, están consignados en muchos
-fragmentos que de la comedia griega se conservan aún. Sobre todo esto
-pueden verse pormenores curiosos en el ameno y erudito libro de
-Guillermo Guizot, titulado _Menandro ó la comedia y la sociedad
-griegas_. Baste decir aquí que el arte de la cocina y la gastronomía
-eran considerados punto menos que santos. Había tratados de gastronomía
-que se estimaban mucho, y se cita el de Archestrato como uno de los más
-famosos.
-
-
-XXXIX. _Vaquero fué Anquises_, etc. Esta parte del discurso de Gnatón
-está de otro modo en el original. El parásito, en el original, quiere
-justificarse de otras cosas con el ejemplo de los dioses.
-
-
-XL. _...se desembarazó de la capa_ ῥίψας θοιμάτιον, dice el original;
-_abiecto pallio_, la traducción latina. La mejor traducción de esto en
-castellano es _capa_, si bien el _pallium_ era más bien una manta ó una
-pieza cuadrada de tela de lana que los griegos se ponían sobre la
-túnica, como los romanos se ponían la toga. El ἱμάτιον, sujeto por lo
-común al cuello por un broche, _fibula_, πόρπη, tomaba diversos nombres,
-según el modo de llevarle puesto.
-
-
-XLI. _No me aborrezcas por haberte expuesto. Muy á despecho mío lo
-hice._ Las razones meramente económicas que tuvieron los padres de
-Dafnis y de Cloe para exponerlos á muerte segura y horrible, pues sólo
-se salvan por milagro de Amor y las Ninfas, y la frescura y poca
-vergüenza con que confiesan su infanticidio, pues lo era, aunque
-frustrado, no pueden menos de sublevar los más humanos y nobles
-sentimientos de nuestra edad; mas, por desgracia, esta dureza
-antinatural de padres y madres no fué sólo entre paganos, ni está sólo
-consignada en historias fabulosas ó verdaderas de entonces. Las
-historias de épocas muy cristianas están llenas de casos parecidos y aun
-peores; verdad es que no era la economía, sino un infame pundonor, quien
-á tales horrores excitaba. Así vemos, por ejemplo, que Amadis fué
-arrojado al río por orden ó consentimiento de su madre Elisena, y en _El
-Prevenido engañado_, de Doña María de Zayas, una dama va á parir á un
-corral y deja allí abandonada á la criatura para que se la coman los
-cerdos. En el día, estos motivos de falsa honra no han cesado; pero los
-de economía vuelven á tener ó tienen mayor fuerza que nunca, si bien el
-infanticidio se suele hacer con anticipación tal, que apenas lo parece.
-Se asegura que hay países muy cultos donde estipulan los que se casan
-cuántos hijos han de tener. Ignoramos si tan perversa costumbre se va ya
-introduciendo en España. Contra ella es freno la religión. No me atrevo
-á decir que lo es también toda moral filosófica, cuando vemos que uno
-de los filósofos ó pensadores que más en moda han estado, y más han
-movido los espíritus de los hombres de un siglo á esta parte, J. J.
-Rousseau, echaba á sus hijos á la inclusa y lo confesaba cínicamente.
-
-
-XLII. _...Al varón le pusieron por nombre Filopoemen y á la niña
-Ageles._ Filopoemen vale tanto como _amigo de los pastores_ ó _de la
-vida pastoril_, de φίλος, _amigo_, y ποιμήν, pastor. Ageles significa
-_rebaño_, _manada_, ἀγέλη.
-
-
-XLIII. _Las pastorales de Longo_ han sido anotadas y comentadas por
-muchos y muy sabios críticos, como Sinner, Courier, Villoison,
-Mitscherlich, Coray, Huet, Moll y Schaefer. De muy poco de estas notas
-nos hemos valido, por ser más propias de los que publican el texto
-original. Las nuestras son casi todas para la mejor inteligencia de la
-traducción, y van sólo dirigidas en su mayor parte, como ya hemos dicho
-en otro lugar, al vulgo de los lectores no eruditos.
-
-Y ya que hemos hablado de los anotadores y comentadores de Longo, bueno
-será decir algo de los críticos que le han juzgado, poniendo aquí, para
-terminar estas notas, varias muestras de sus juicios.
-
-Huet (_De l’origine des romans_) dice: «Su estilo es sencillo, fácil y
-conciso, sin obscuridad; sus expresiones están llenas de viveza y de
-fuego; produce con ingenio, pinta con agrado y dispone sus imágenes con
-destreza.» Mureto le llama «escritor suavísimo y dulcísimo.» Scalígero,
-«autor amenísimo, y tanto mejor cuanto más sencillo.» Villoison dice:
-«El habla de Longo es pura, cándida, suave, concisa y encerrada en
-breves períodos, y sin embargo, numerosa, sin ninguna aspereza, pues
-fluye más dulce que miel, ó como arroyo argentino, á quien frondosa y
-verde selva da sombra y frescura, y donde se ven mucha copia y variedad
-de flores; de suerte que no hay allí palabra, ni sentencia, ni frase que
-no deleite.»
-
-Dunlop (en su _History of fiction_) discurre por extenso sobre nuestra
-novela. Extractaremos algo de su juicio. «Longo, dice, ha evitado muchas
-de las faltas en que sus modernos imitadores han caído, causando á este
-género de composición (el pastoril) no corto descrédito. Sus personajes
-nunca expresan conceptos de afectada galantería, ni se enredan en
-razonamientos abstractos, ni él ha sobrecargado su novela con aquellos
-frecuentes y largos episodios que en la _Diana_ de Jorge de Montemayor y
-en la _Astrea_ de D’Urfé fatigan la atención y nos causan indiferencia
-respecto á la acción principal. Ni nos pinta tampoco aquel estado
-quimérico de la sociedad, llamado siglo de oro, donde los rasgos
-característicos de la vida rural están borrados, sino que procura
-agradarnos por una imitación legítima de la naturaleza y con la
-descripción de las costumbres, faenas, deleites y fiestas de los
-campesinos... Esta _pastoral_ está en general muy bellamente escrita. El
-estilo, aunque ha sido censurado por la reiteración de las mismas
-formas, y por mostrar en algunos pasajes al sofista que emplea juego de
-palabras y afectadas antítesis, debe considerarse como el dechado más
-puro de la lengua griega en aquel último período. Las descripciones de
-las escenas y ocupaciones campestres son por extremo agradables, y, si
-es lícito usar la expresión, hay en ellas cierta amenidad y calma, que
-sobre toda la novela se difunden. Ésta, á la verdad, es la principal
-excelencia en una obra de esta clase, pues no nos encanta el pastoreo,
-sino la paz y el reposo de los campos.»
-
-No es todo elogio lo que pone Dunlop. Censura la monotonía de los amores
-y coloquios, y condena, sobre todo, la inmoralidad y licencia de varios
-pasajes.
-
-Sobre el influjo que ha tenido ó puede haber tenido esta novela en obras
-de la moderna Europa, Dunlop deja en duda si Tasso se inspiró algo en
-ella para el _Aminta_; pues si bien no se publicó edición alguna de
-Longo en griego, hasta 1598, cuando ya Tasso había muerto, Tasso pudo
-leer la traducción francesa de Amyot de 1559 y la paráfrasis latina en
-verso de su compatriota Gambara, publicada en 1569. Dice, por último,
-Dunlop, que ni Montemayor en la _Diana_, ni D’Urfé en la _Astrea_
-imitaron á Longo. Sí le han imitado Ramsay en el _Gentle Shepherd_,
-Marmontel en _Annette et Lubin_, y más felizmente que todos, el alemán
-Gessner en sus idilios.
-
-Villemain dice: «No se puede negar que _Dafnis y Cloe_ ha servido de
-modelo á _Pablo y Virginia_. Á pesar de los cambios de costumbres,
-creencias y clima, la imitación es sensible en el lenguaje de los dos
-amantes; las mismas candideces apasionadas salen de la boca de Dafnis y
-de la de Pablo; pero la superioridad del autor francés, ó más bien de
-los sentimientos que le inspiran, se muestra por doquiera, y hace de su
-obra una de las más encantadoras producciones de los tiempos modernos.
-Esta superioridad no consiste sólo en una dicción más sencilla, en un
-gusto más conforme con lo natural y verdadero, sino que estriba, sobre
-todo, en la pureza moral y en la especie de pudor cristiano que reinan
-en _Pablo y Virginia_. El cuadro de Longo es voluptuoso; el del autor
-francés es casto y apasionado.»
-
-Chauvin (en _Les romanciers grecs et Latins_) dice: «_Dafnis y Cloe_ es
-una pastoral encantadora, y ocupa, con la obra de Heliodoro, el primer
-lugar entre las novelas griegas. La intriga es seguida, interesante y de
-una sencillez del todo campesina... Es un cuadro lleno de gracia y de
-frescura, variado por cuentos mitológicos dichosamente elegidos y bien
-ligados con el asunto. El carácter, el lenguaje y las costumbres de los
-pastores son siempre lo que deben ser, y el autor ha sabido evitar los
-dos escollos ordinarios de las novelas pastorales: la grosería y la
-cortesanía afectada. El estilo no es menos notable que el fondo; es casi
-siempre de una elegancia que raya en coquetería y revela el trabajo del
-autor. Su frase tiene cierta concisión ingeniosa, dispuesta con la más
-hábil simetría y construída con tal delicadeza de gusto, que hasta de la
-eufonía se preocupa. El autor no aventura sin intención ni una palabra,
-y descuella en el empleo de las más propias para que el pensamiento sea
-claro y fácil de comprender. Como se afana por parecer natural y emplea
-tanto arte para ser cándido y sencillo, exagera estas cualidades y
-descubre el trabajo que le cuesta tenerlas. Es lástima que el mérito de
-esta linda novela esté afeado por la mancha que es común á todas las
-novelas griegas: la obscenidad de ciertos pormenores y de las pinturas
-voluptuosas, que el amor del arte no puede justificar.»
-
-Más severo Chassang con _Dafnis y Cloe_, conviene, no obstante, en que
-esta novela es la mejor de todas las antiguas, aunque después añade: «Su
-mérito no es la moralidad. Comparémosla con la imitación que ha hecho de
-ella Bernardino de Saint-Pierre en _Pablo y Virginia_, y veremos lo que
-una imaginación casta y pura ha hecho de un cuadro en el que lo
-voluptuoso rayaba en indecente. La fábula de _Dafnis y Cloe_ es de gran
-sencillez, y ésta es calidad que se aprecia, sobre todo al considerar
-los mil incidentes groseramente dramáticos que se amontonan en otras
-novelas griegas. Aquí el espíritu se reposa en más tranquilas imágenes.
-¿Por qué ha de haber aquí también raptos y piraterías? ¿Por qué la
-naturaleza toda se ha de desencadenar á causa del rapto de Cloe, y por
-qué ha de mezclarse con la narración de las aventuras de los amantes la
-de una guerra entre dos ciudades? En cuanto al estilo, de todo tiene
-menos de sencillo. Tiempo ha que el candor de la traducción de Amyot ha
-dejado de alucinarnos sobre la afectación del original.» En este punto
-el excesivo amor propio nacional creemos que engaña á Chassang,
-encontrando sencillez y candor en francés, y no encontrándolos en
-griego. Por último, añade: «El autor (Longo) era un ingenio elegante,
-distinguido y dotado de un vivo sentimiento de la naturaleza; pero su
-obra tiene los caracteres de una época de decadencia.»
-
-Humboldt, en el _Cosmos_, al hablar del sentimiento de la naturaleza, y
-de su expresión entre las diversas razas humanas, vista la rapidez con
-que tiene que tratar este asunto, es grande la distinción que hace de la
-obra de Longo, de la que dice (edición de Stuttgart, 1847, II Band., p.
-14): «En el posterior tiempo bizantino, desde el fin del siglo IV, vemos
-con más frecuencia pinturas de paisajes en las novelas de los prosistas
-griegos. Por estas pinturas se distingue la novela pastoral de Longo, en
-la cual, no obstante, las suaves descripciones de la vida humana son muy
-superiores á la expresión del sentimiento de la naturaleza.»
-
-FIN DE LAS NOTAS
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-
-LEYENDAS DEL ANTIGUO ORIENTE
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-LEYENDAS DEL ANTIGUO ORIENTE
-
-
-El recuerdo de la gran civilización greco-romana, ya gentílica, ya
-transfigurada más tarde por el Cristianismo, no dejó de columbrarse
-hasta en los siglos más tenebrosos de la Edad Media. Los pueblos de
-Europa siguieron avanzando á la luz de aquel recuerdo, y pronto
-volvieron al verdadero camino de la civilización, del cual no cabe duda
-que se habían apartado. Y no es esto negar la marcha constantemente
-progresiva del humano linaje. Un caminante se pierde por la noche en una
-intrincada y obscura selva: atraviesa espesos matorrales, breñas
-confusas y medrosos precipicios; tal vez rodea mucho; tal vez gasta más
-tiempo y se fatiga más de lo que debiera; pero vuelve al cabo á hallarse
-en el buen sendero, más adelante del punto en que se perdió, y más cerca
-del término á que aspira. No de otra suerte comprendemos el retroceso
-aparente de la civilización del mundo, en ciertos períodos históricos.
-
-Importa, además, tener presente, que cuanto por la intensidad se
-menoscaba, suele compensarse en difusión. Más alumbra acaso una lámpara,
-suspendida en la bóveda de un pequeño santuario, que la luna esparciendo
-sus rayos por el espacio profundo de los cielos. Y, sin embargo, el
-fulgor de la luna es infinitamente mayor que el de la lámpara. Lo mismo
-ha podido afirmarse de la civilización, cuando se ha encerrado dentro de
-los límites de un solo pueblo, ó tal vez ha iluminado sólo á una casta
-de hombres superiores, ó por naturaleza ó por institución religiosa,
-civil ó política. La suma del saber extendida por el mundo todo en el
-siglo X de la Era cristiana, por ejemplo, era mayor sin duda que la suma
-del saber que había en el mundo en el siglo IV antes de dicha Era. En
-balde se buscará, no obstante, en todas las regiones y entre todas las
-razas de hombres, en el siglo X, un florecimiento artístico, poético y
-filosófico, como el que hubo en el siglo IV antes de la venida de
-Cristo, en una pequeña comarca de Europa, cuyo centro fué Atenas.
-
-La memoria, aunque vaga, de aquel florecimiento, los restos de aquella
-antigua civilización sirvieron de guía, estímulo y mira á las naciones
-de Europa, las cuales, pensando sólo en hacer que aquella ya muerta
-civilización, renaciese, aspirando sólo á retroceder hasta allí para
-encontrar su ideal, lograron en la época del Renacimiento, no ya un
-mero renacimiento, sino una civilización mayor, más comprensiva y más
-varia, en la cual no era todo la antigua civilización clásica, sino era
-un elemento, una parte, uno de los muchos factores. Fué como planta
-marchita, que se había cortado hasta el haz de la tierra, pero cuyas
-raíces vivían. Cuando á fuerza de esmerado cultivo, retoñó, reverdeció,
-y volviendo á florecer, dió abundantes frutos, hubo de notarse con
-agradable sorpresa que los frutos eran otros, ricos y extraños, mejores
-de los que se esperaban, porque en la raíz de la planta antigua se
-habían introducido insensible y misteriosamente, como otros tantos
-injertos fecundos, mil peregrinas ideas, nociones y pensamientos. El
-poeta, que pensó imitar á Homero ó á Virgilio, puso en su obra algo
-nuevo y superior, y fué Dante ó Tasso; el filósofo, que pensó comentar á
-Platón ó Aristóteles, creó en su comentario una nueva filosofía que
-aquéllos jamás soñaron; los humildes glosadores de las leyes romanas
-abrieron inspirada y divinamente ancho é inexplorado campo y jamás hasta
-entonces vislumbrados y claros horizontes, por donde alcanzaron á
-entrever un concepto más puro y sublime de la justicia en la sociedad y
-en los indivíduos; y los estudiosos admiradores de Plinio, Dioscórides,
-Hipócrates y Galeno, buscando inspiración á fin de anotarlos y de
-aclararlos, descubrieron en el oculto seno de la naturaleza más hondas
-verdades que cuantas sus maestros habían llegado jamás á conocer y á
-divulgar entre los hombres.
-
-En nuestro sentir, lejos de ser el Renacimiento, con la adoración que no
-pudo menos de suscitar en favor de los antiguos, y con el prurito
-constante de imitarlos, un estorbo para que lo original y lo propio
-apareciesen, una distracción hacia lo pasado que nos embelesaba y
-retenía sin ir á la conquista del porvenir, fué un incentivo poderoso,
-un estímulo ardiente, quizá una saludable alucinación por donde,
-imaginando volver atrás en pos del remedio, nos lanzamos con brío hacia
-adelante, en busca de lo desconocido.
-
-Posteriormente, cuando los pueblos de la moderna Europa contemplaron el
-camino andado y tuvieron plena conciencia de la superioridad de su
-civilización, el respeto á los antiguos se convirtió en orgulloso
-menosprecio y en desdén injusto, el cual, empezando por las ciencias, y
-en este punto llegando á su colmo en el siglo XVIII, vino á extenderse
-también á principios de nuestro siglo por los dominios del arte y de la
-poesía.
-
-Por dicha, en época posterior y algo reciente, mitigada la pasión del
-engreimiento, pero sin que reviva por eso la ciega admiración anterior,
-hemos venido á un término justo y razonable de estimación á la antigua
-cultura clásica, la cual fué nuestro norte; y hemos evaluado y tasado
-en lo debido su importancia, su influjo y su cooperación eficaz en los
-desenvolvimientos ulteriores del espíritu humano.
-
-Predispuestos así los ánimos en nuestros días, hemos anhelado como nunca
-descubrir y saber las cosas todas, y hemos manifestado una equitativa y
-serena imparcialidad para juzgarlas. Desde el renacimiento clásico hasta
-ahora, el espíritu de los pueblos europeos ha encumbrado su vuelo á tal
-altura, que mientras otea entre nieblas no poco de su confuso porvenir,
-va penetrando en los abismos de lo pasado, y ensanchando por ambos
-extremos el imperio vastísimo de la historia. Y no podía ser de otra
-suerte, porque no podía reducirse nuestro conocer á una porción de
-tiempo mezquina, después de haberse dilatado por el espacio sin término.
-El hombre de ahora, que ha hollado con sus pies todas las regiones del
-globo que habita, y que ha llegado á abarcar con sus ojos mortales la
-insondable profundidad del éter, ha querido hacer y ha hecho no menos
-importantes conquistas en el tiempo que en el espacio.
-
-Si quedan en pie las dudas sobre el principio que pudo tener este
-infinito Universo, y hasta sobre el origen de la tierra, nuestra morada,
-y sobre la aparición en ella de nuestros primeros padres, de todo lo
-cual sólo la fe ó la imaginación siguen dando explicaciones, mientras
-que la verdadera ciencia niega ó calla; al menos ese principio, ese
-origen y esa aparición incomprensibles, han ido retrocediendo en nuestra
-mente hasta perderse en la noche tenebrosa del tiempo, y han dejado al
-descubierto un larguísimo período, millares de años de existencia, no ya
-sólo para el globo en que vivimos, sino también para el linaje humano.
-
-Sobre el origen de éste y del mundo no puede ya aquietarse la
-curiosidad, dándose por satisfecha con los _mythos_ de los antiguos
-Libros Sagrados ó con las bellas fábulas que los poetas han inventado ó
-nos han transmitido, prestándoles una forma inmortal. Sin embargo,
-menester es confesarlo, las explicaciones de los sabios modernos acerca
-de estas cosas, no por ser menos poéticas nos parecen menos
-inverosímiles y disparatadas. Algunos naturalistas de ahora tal vez
-tengan razón, tal vez nosotros seamos atrevidos y hasta insolentes en no
-querer creerlos, pero muchas de sus teorías tienen visos de ser tan
-extravagantes como las expuestas en el _Antropodemus plutonicus_ y en
-_El ente dilucidado_ del padre Fuente de la Peña. Schmidt, por ejemplo,
-supone que las formas pasan ó se transmiten de unos seres á otros; ya
-del animal á la planta, ya de la planta al animal. Así, de un tulipán
-saca un cisne, poniendo patas á la cebolla y á la flor pico, y de la
-cola de un león, desprendida por cierto accidente, y caida y enclavada
-en terreno fértil, produce una airosa y vencedora palma. Oken, reconoce
-que el hombre no debió de aparecer sobre la tierra ya perfecto y adulto,
-pero tampoco cree posible que apareciese como aparece ahora, no teniendo
-madre ni nodriza que le cuidase y amamantase, y siendo una criatura tan
-menesterosa é incapaz en los primeros años de su vida. Para salvar estas
-dificultades, imaginó Oken que en el seno de los mares, cuando estaban
-aún á muy elevada temperatura, se formaron unos huevos donde los
-primeros hombres se criaron y empollaron hasta la edad de tres ó cuatro
-años. La marea hubo de ir depositando estos huevos en la playa, y de
-ellos salieron ya los muchachos, listos y traviesos, y aptos para
-alimentarse de mariscos, raíces, frutas silvestres y sabandijas. Tal fué
-el origen de la humanidad. Otro sabio, llamado Ritgen, hace nacer á los
-primeros hombres en el cáliz de ciertas flores gigantescas. Otros, por
-último, y ésta es la opinión que ahora priva, hacen que todo proceda de
-ciertas moléculas ó globulillos viscosos ó glutinosos, los cuales van
-compaginando y construyendo todas las formas y maneras de la vida, desde
-los grados más ínfimos hasta el grado supremo, que en el día es el
-hombre, y seguirá siéndolo mientras no se forme, engendre y cuaje otro
-género superior que nos quite la supremacía y el imperio, y nos mate á
-desazones y malos tratos. Edgardo Quinet, en su reciente y amena obra
-_La Creación_, se muestra muy inclinado á esta doctrina, y harto
-receloso de que el día menos pensado nos encontremos como quien dice de
-manos á boca y al revolver de una esquina, con este ser superior al
-hombre, que nos destrone y confunda, y de quien seamos animal doméstico,
-como es para nosotros el perro ó el gato. Con dolor prevé Edgardo Quinet
-que, en nuestro orgullo de reyes de la creación, no hemos de querer
-conformarnos con un papel tan humilde, y que todos nos hemos de morir de
-pena, aunque somos ya de 1.200 á 1.300 millones. No de otra suerte se
-extinguió la raza de los _antropiscos_, que, según otro sabio, llamado
-Bergmann, en sus _Estudios de Ontología general_, precedió
-inmediatamente al hombre, y fué el eslabón de la cadena que le une al
-chimpancé, al gorila y á otros monos mayúsculos, desde los cuales, si
-seguimos retrocediendo en los grados de la vida, iremos á parar á los
-globulillos pegajosos de que ya hemos hablado. Pero estos globulillos,
-sacos ó vejigüelas que contienen la vida, ¿cómo se han formado? ¿Cómo de
-lo inorgánico ha procedido lo orgánico? Á esto se contesta con la ley de
-formación progresiva y hasta se cita el _uranoelain_, que es una
-substancia, orgánica vesicular, que se halla en la nieve cuando cae de
-las nubes. Teniendo ya á mano las tales vejigüelas, no queda criatura
-que no se fabrique con ellas y que, por sus pasos contados, de ellas no
-vaya saliendo.
-
-Del moho sale el hongo, del hongo el líquen, del líquen el musgo, del
-musgo el helecho y del helecho la palma; mientras que por otro lado,
-sale del pulpo el caracol, del caracol el cangrejo, y del cangrejo el
-pez, y del pez el lagarto, y del lagarto el cuadrúpedo, y del cuadrúpedo
-el mono, y del mono el _antropisco_, y del _antropisco_ el hombre, y del
-_hombre_ ese sujeto de quien tenemos tanto que recelar, según Edgardo
-Quinet. Llama dicho autor á la destrucción de nuestra especie por el
-mencionado sujeto, una _profecía de la ciencia_. Es el último capítulo
-de su obra, la Apocalipsis de este Novísimo Testamento. Nuestras artes,
-nuestras literaturas, nuestra elocuencia parlamentaria, nuestras
-cavatinas, arias y sinfonías, todo se acabará. ¿Qué permanecerá de
-todo?, pregunta Edgardo Quinet. Y él mismo responde: «Lo que hoy queda
-del murmullo de los insectos en la floresta carbonífera?» Por cierto que
-no valía la pena que se ha tomado de estar estudiando ciencias naturales
-durante diez años, según afirma este profeta, para prorrumpir al cabo en
-un tan desconsolador vaticinio. Entre tanto, conviene vivir sobre aviso
-y con la barba sobre el hombro; y si descubrimos en gérmen á ese nuevo
-ser, no hay más que exterminar el germen, aunque sea obra poco
-caritativa, imitando en esto la conducta prudente de los pigmeos,
-quienes, según autores fidedignos, bajan todas las primaveras de los
-montes en que habitan, caballeros en sendas cabras, y destruyen los
-huevos de sus acérrimos enemigos, las grullas.
-
-Lo malo es, si hemos de creer á otros sabios, que ya es tarde para
-imitar á los pigmeos. Nuestras grullas han roto el cascarón: la raza que
-ha de acabar con nosotros, como nosotros acabamos con los _antropiscos_,
-vive y se extiende por el mundo y le domina, y ha empezado la obra de
-aniquilamiento. Darwin, Schaafhausen y otros doctos ingleses y alemanes,
-han explicado bien la teoría de que lo que es mejor y más fuerte, debe
-suplantar á lo que es peor y más débil. Las razas decaídas y endebles,
-que se quedan en grande atraso, que no pueden seguir, ni á remolque y á
-larga distancia, á otras razas más enérgicas é inteligentes, están
-condenadas á perecer y de hecho perecen. Al contacto de toda
-civilización muy superior, los hombres de una civilización muy inferior,
-se mueren todos. Los portugueses y españoles, como no estábamos muy
-civilizados, no dimos muerte á todos los negros é indios con quienes
-entramos en relación cuando nuestros descubrimientos y conquistas; pero,
-según parece, los ingleses y los yankees, como más adelantados en
-civilización, tienen la misión de acabar con todos. Á unos los matan á
-cañonazos porque se rebelan, como á los cipayos; á otros de hambre y de
-tristeza, arrojándolos de los terrenos fértiles que habitaban y
-acorralándolos é internándolos en tierras más estériles, como á los
-cafres, hotentotes, pieles-rojas y naturales de la Nueva Holanda y Nueva
-Zelanda; y á otros los matan de fastidio, con el empeño de que lean y se
-afinen, y estudien la Biblia, como á los alegres habitantes de Otahiti,
-olvidados ya de sus danzas lascivas y de sus fáciles amores, y sujetos á
-la férula de algún ministro protestante, empalagoso y cogotudo. Hablando
-Quinet de estos infelices polinesianos, exclama: «De una raza de
-hombres, esparcida sobre una inmensa extensión del globo, no quedará un
-individuo sólo dentro de pocos años.» «Pronto, añade más adelante, no
-quedará de estas naciones sino una queja vaga del abismo, un canto
-popular, una lamentación, quizás algunas palabras de una lengua muerta,
-que pasarán á la lengua de los europeos.» Como prueba de esta misión
-destructora de los ingleses, dice el doctor Zimmermann que la India
-Oriental había sido invadida por las feroces hordas de los mongoles y
-los turcomanos, los cuales incendiaron palacios y ciudades enteras,
-pasaron á cuchillo á los moradores, é hicieron otras cien mil
-insolencias. El país, con todo, era tan generoso y tan rico, que pudo
-alzarse de nuevo á la primera prosperidad. Pero fueron los ingleses á
-la India, y la India, que era antes un jardín florido, se va
-convirtiendo en un yermo, y su población de 400 millones se va
-reduciendo á la cuarta parte. Sin duda que en esto hay alguna
-exageración del doctor Zimmermann; mas no puede negarse que, aun
-despojado de la exageración, basta para demostrar cuán terrible es la
-civilización cuando llega muy desnivelada, y para hacernos sospechar si
-serán los ingleses ese género nuevo con que Edgardo Quinet nos amenaza,
-y que no bien acabe con los indios, ha de empezar á acabar con nosotros.
-Toda raza inferior, con respecto á otra superior, es un eslabón ó un
-anillo de la cadena que une al hombre con la naturaleza bruta, y según
-lo explica satisfactoriamente el ya citado doctor Schaafhausen, es una
-ley ineludible del progreso, que este eslabón ó anillo se rompa y
-aniquile.
-
-Quizá pensará alguien que nosotros por salir tan mal librados con esta
-Filosofía de la Historia, hija del consorcio de la Economía Política y
-de la Biología, producto de la combinación de las teorías de Malthus y
-Darwin, la estimamos en poco y nos atrevemos á calificarla de inhumana y
-desconsoladora, cuando no la tenemos por falsa. Pero es lo cierto que la
-tenemos por falsa por convicción y sin que á ello nos mueva el menor
-interés. Apoyan dicha Filosofía de la Historia, los que la siguen, en
-el hecho supuesto de que el progreso se realiza, como si dijéramos, por
-la cima, por la cumbre, por la eminencia de las razas. Entienden que con
-el ejercicio se desenvuelven más ciertos órganos y de aquí nacen las
-nuevas especies. Los individuos primeros de las nuevas especies son como
-monstruos de las antiguas. Aquella duda profunda del Padre Fuente de la
-Peña, acerca de _si los monstruos lo son ellos ó lo somos nosotros_, ha
-venido á resolverse, según la teoría de Darwin, y resulta que los
-monstruos lo somos nosotros. El símil de la girafa explica esto que no
-hay más que pedir. La girafa era en un principio una como cabra montés ó
-gacela; pero se fué á vivir á parajes donde no había yerba, y tuvo que
-alimentarse de las altas ramas hojosas de los árboles. Andaba, por lo
-tanto, casi continuamente estirando el pescuezo y las patas delanteras,
-y tal fué lo afanoso de este ejercicio durante muchas generaciones, que
-las patas delanteras y el pescuezo se le alargaron, y casi sin sentir
-vino á convertirse en girafa. Así, _mutatis mutandis_, se explica el
-origen de las demás nuevas especies, cada vez mejores. Aplicada al
-hombre la susodicha teoría, debe entenderse que el inglés, á fuerza de
-discurrir y cavilar, ha ido empujando para arriba toda la parte anterior
-de su cráneo y haciendo más capaces los senos, y más gruesas las
-protuberancias de la causalidad, comparación y demás facultades
-mentales superiores. Al mismo tiempo, los laberintos ó circunvoluciones
-del meollo y encéfalo se han hecho más tortuosos y complicados, de lo
-cual depende, sin duda, el pensamiento, así como de la masa y volumen de
-los sesos, que se han hecho mayores. Y, por último, la buena
-alimentación ha acostumbrado el estómago inglés á extraer y á asimilar á
-su organismo mayor cantidad de fósforo, que es el ingrediente principal
-con que el pensamiento se confecciona, según Moleschott, Büchner y un
-boticario amigo nuestro. Lo que es Edgardo Quinet, en su ya citada
-_Creación_, saca de aquí un luminoso corolario. Casi prueba que con el
-Cesarismo se achican los sesos, se hacen más livianos y tienen menos
-circunvoluciones. Los sesos de cualquier francés pesan hoy menos y
-tienen menos laberintos que cuando comenzó á reinar Napoleón III.
-
-De lo que haya de verdad en este modo de explicar el pensamiento, no
-queremos tratar aquí; pero explíquese el pensamiento como quiera, es
-indudable, á nuestro ver, que no se ha aumentado en el hombre la
-potencia ó energía de pensar, desde los principios de la historia hasta
-el día. En esto no ha habido progreso, ni consiste en esto el progreso.
-Quien quiera que fuese el autor ó los autores de los más antiguos himnos
-del Rig-Veda, de los Poemas homéricos, del libro de Job ó de las
-Institutas de Manú, pensó con más energía y eficacia que Shakspeare
-componiendo todo su teatro, ó que Newton descubriendo las leyes de la
-gravitación universal. Dados los pocos medios ó elementos de que
-entonces se disponía, dado el escaso caudal de saber, adquirido entonces
-por herencia, cualquiera de los trabajos mencionados presupone un
-esfuerzo intelectual mil veces mayor; apenas se comprende sin que
-atribuyamos al autor un poder sobrehumano, una inspiración semi-divina.
-Los primeros hierofantes de la humanidad, los que abrieron la senda del
-progreso, el hombre que detuvo
-
- La palabra veloz que antes huía,
-
-el que pensó por primera vez en la primera causa, y el que dió á un
-pueblo las primeras leyes, fueron superiores á los hombres de ahora, ó
-al menos iguales á los genios más sublimes que produce ó puede producir
-en el día la humanidad. Valmiki, Viasa, Zoroastro, Moisés, Sakia-Muni y
-Homero, si es que el pensamiento es fósforo, gran masa de meollo y
-muchas circunvoluciones en él, tuvieron todos tantas circunvoluciones
-como el que más en el día, y tuvieron sesos muy voluminosos y pesados, y
-consumieron toda una fosforería, destilando y secretando de ella mil
-ideas sublimes en la retorta del cráneo. Damos, pues, por seguro que no
-ha consistido el progreso en que una familia ó varias, ó cierto número
-de individuos, hayan ido elevándose y haciéndose superiores á los otros,
-sino en que de la superioridad primitiva de algunos individuos ó
-familias han ido poco á poco haciéndose participantes los demás, y
-subiendo por la educación y por las mejoras sociales al mismo nivel de
-moralidad y de inteligencia, hasta donde esto es posible, dada la
-desigualdad de aptitudes que la naturaleza pone en nosotros. También ha
-consistido, y consiste el progreso, en el caudal de saber y de
-experiencia que se transmiten las generaciones de unas en otras, caudal
-que ya no se perderá nunca y que irá creciendo cada día, con el trabajo
-incesante de los futuros pensadores.
-
-Entendido así el progreso, debe considerarse además que la marcha
-ascendente de la humanidad no se ha realizado siempre en el mismo punto,
-ni entre las mismas tribus, naciones ó gentes. Desde el primer albor de
-la historia hasta los tiempos de Ciro, el grande impulso civilizador
-estuvo en Asia; desde Ciro hasta Alejandro, Asia y Europa se disputaron
-el cetro de la civilización, y, por último, Europa le adquirió entonces,
-y si bien en cierto período, desde el siglo V al XII de nuestra Era, se
-diría que se le iba cayendo de la mano, y que Asia le recogía y volvía á
-empuñarle, hoy más que nunca Europa le mantiene.
-
-Si echamos la vista sobre un mapa del Mundo Antiguo, veremos que Europa
-es como una extremidad de Asia; como la sexta parte de aquel gran
-continente. Las razas y la civilización de Europa de Asia han venido.
-Es, pues, extraño y parece anormal que estas razas, que son las mismas
-en Asia y en Europa, y esta civilización que en Asia tuvo origen,
-florezcan hoy en Europa, y en Asia estén como adormecidas ó aletargadas.
-Es evidente, en nuestro sentir, que en Asia han de renacer. No creemos,
-como generalmente se cree, que los pueblos, las grandes familias
-humanas, cumplen su misión y mueren luego. No creemos que la vida toda
-del Asia se haya agolpado y como refugiado para siempre en este extremo
-que se llama Europa, y que, últimamente, hasta haya abandonado la mejor
-y mayor parte de este extremo, y haya ido á localizarse y á
-circunscribirse sólo en las últimas tierras y naciones del Noroeste.
-Aunque este fenómeno singular se advierta ahora, hace tan poco tiempo
-que se advierte, que no puede ni debe mirarse sino como un accidente
-momentáneo en la historia del mundo. ¿Qué son tres ó cuatro siglos, á lo
-más, durante los cuales Inglaterra, Francia y Alemania pueden reclamar
-con razón la supremacía, comparados con los veinte ó veinticinco siglos
-que duró la civilización griega desde Hornero hasta Láscaris, y con los
-millares de años que han durado las civilizaciones orientales?
-
-Estos pensamientos explican por qué los hombres del Occidente de Europa
-volvemos la vista con tanta curiosidad hacia el Oriente, de donde nos
-vino la luz, y por qué es tan fecundo todo recuerdo de las pasadas
-civilizaciones.
-
-Desde mediados del siglo XV hasta fines del siglo XVI podemos marcar en
-la historia de la moderna Europa una época, que llaman del Renacimiento:
-la época en que revive ó renace la antigua civilización greco-romana y
-obra los portentos de que hemos hablado al comenzar este escrito. Hoy,
-esto es, desde un siglo ha, podemos afirmar que hay algo como otro
-renacimiento, el cual también será fecundo: un renacimiento de la
-ciencia, las lenguas, las religiones y las literaturas del Asia.
-
-Prolija tarea y harto superior á nuestras fuerzas sería trazar aquí á
-grandes rasgos la historia de este Renacimiento oriental. No incumbe
-tampoco á nuestro propósito el hacerlo. Baste decir, que lo que más nos
-interesa, y lo que en efecto se puede tener por demostrado hasta la
-evidencia, es nuestro cercano parentesco con los indios y con los
-persas, cuyos antepasados vivieron reunidos á los nuestros en época
-remotísima, difícil aún de determinar, al Norte del Cáucaso indiano.
-Esta sociedad primitiva, pueblo ó tribu, es la raíz y el tronco de una
-gran raza civilizadora y progresiva en alto grado, que ha extendido sus
-ramas frondosas y cargadas de flores y frutos desde Ceilán hasta
-Islandia, dilatándose más tarde por toda la extensión de ambas Américas.
-Esta gran raza civilizadora se llama indo-europea ó japética; el pueblo
-primitivo de que procede se llama los Arios. Otros pueblos de otras
-razas los precedieron y formaron grandes centros de civilización antes
-de que los arios apareciesen: tales son los chinos y los egipcios. Hay
-quien conjetura que hubo otros centros de civilización, como el de los
-atlantes, cuyo dominio se extendía por un continente inmenso, colocado
-entre Europa y América, y que se tragó la mar. Supónese asimismo que los
-pueblos semitas, esto es, los árabes, los hebreos, los caldeos y
-asirios, ó más bien el tronco de que salieron, estuvo en época
-remotísima unido también al tronco ario. Esto, con todo, ni siquiera por
-indicios puede rastrearse. Ni en los idiomas semíticos hanse hallado
-hasta ahora bastantes voces ni formas reductibles á las de alguna lengua
-ariana, ni tradiciones autorizadas y concordes nos hablan de esta unión
-primitiva. Los semitas aparecen en la historia viviendo más hacia el
-Occidente que los arios; en las llanuras que bañan el Tigris y el
-Eufrates.
-
-En dichos tiempos, llamados con elegancia por Edgardo Quinet los
-_propileos_ de la historia, figuran, además, otras razas blancas ó
-amarillas, en guerra constante con los arios, y á quienes se designa con
-el nombre de turanienses ó turaníes. El país que se extiende desde el
-Oriente del Mar Caspio al Imaus, regado por caudalosos ríos como el
-Jaxartes y el Oxo, en cuyo centro está el Lago Aral, y donde aun se
-ostentan ricas y famosas ciudades como Kiva, Bucara y Samarcanda, era el
-Turan antiguo ó la tierra por excelencia de los turaníes; tal vez los
-mismos hombres á quienes llama la Biblia los pueblos de Gog y de Magog.
-
-Es de advertir que algunos de los investigadores ó fantaseadores de la
-más antigua historia del humano linaje, antes de esta división entre
-turaníes y arios, suponen todas estas razas mezcladas y viviendo aún más
-al Norte, en un país delicioso y ameno, más allá de las montañas Rifeas,
-montañas que podemos colocar donde se nos antoje. Las antiguas fábulas
-griegas hablan de estas montañas Rifeas y del hermoso país de los
-felices hiperbóreos, el cual estaba más allá del punto desde donde sopla
-el Bóreas, causa del frío, y, por consiguiente, era un país templado,
-fértil y de suavísimo clima.
-
-Rodier supone á estos hiperbóreos, á quienes llama proto-scitas,
-esparciéndose ya por el mundo y colonizando la Europa, unos 25 ó 26.000
-años antes de la Era Cristiana. Los restos de las Edades de Piedra y de
-Bronce, las poblaciones lacustres, los cráneos hallados en las cavernas,
-y á los que se atribuye una antigüedad portentosa, pueden creerse de
-estos proto-scitas primitivos pobladores de Europa.
-
-La geología y la paleontología han venido á prestar un auxilio poderoso
-á la arqueología y á la historia, á fin de afirmar la grande antigüedad
-del género humano. Con todo, si bien dichas ciencias prueban, en nuestro
-sentir, que esta antigüedad es grande, ni la fijan ni la determinan. La
-misma discordancia de opiniones entre los geólogos convida al
-escepticismo. Cierto es que todos convienen en que las armas de sílex y
-otros restos de la Edad de Piedra suponen millares de años; pero los
-cálculos varían mucho. Unos, como Bergmann, dan á los objetos que han
-visto una antigüedad de 25.000 años; Lyell una antigüedad de 100.000;
-Bronn llega á suponer que tienen 158.000. Todos estos geólogos, y otros
-muchos, como Boucher de Perthes, Falconer y Prestwith, podrán acertar
-sin contradecirse, porque podrán ser distintos los objetos que han
-observado, y la Edad de Piedra no es sincrónica en todas las regiones
-del globo y entre todas las razas. La Edad de Piedra dura aún en
-algunas.
-
-De todos modos, la geología y la paleontología se ligan hoy íntimamente
-con el estudio de la historia. La _Historia Universal_, publicada en
-Francia, bajo la dirección del Sr. Duruy, por una sociedad de sabios,
-como allí suelen llamarse cándidamente á sí mismos los escritores, sin
-oponerse esto á que, en efecto, lo sean, va precedida de un tomo
-titulado _La Tierra y el Hombre_, obra del ilustre Alfredo Maury,
-miembro del Instituto. Puede calificarse esta obra de una verdadera
-pre-historia, y contiene la geología, la historia de nuestro globo antes
-de la aparición del hombre, su aparición, y la descripción de las
-diferentes razas humanas y de las lenguas y religiones. Esto manifiesta
-el enlace de dichas ciencias con la ciencia histórica. No se ha de
-negar, sin embargo, que la cronología de los geólogos es una, y la de
-los historiadores, en cierto modo, es otra.
-
-Las armas de sílex, otros instrumentos y utensilios de una industria
-grosera, tal vez alguna imagen rudamente esculpida en un hueso ó en una
-piedra, imagen de algún animal que ya no existe, ó el hueso mismo de
-algún animal, como el _Bos priscus_, el _Ursus spelæus_ ó el _Rhinoceros
-tichorinus_, herido por un arma, todo esto podrá demostrar la presencia
-del hombre en el período cuaternario, quizá al fin del terciario, en los
-terrenos llamados _pliocenos_, y dejar así abierto y despejado un
-inmenso espacio de tiempo de 40.000 ó 50.000 años si se quiere, para que
-la historia pueda extenderse por él; pero la verdadera historia no
-empieza sino donde empieza el recuerdo de la palabra humana, cuyos
-documentos son la escritura, ya hieroglífica, ya cuneiforme, y á todo lo
-cual pueden añadir algunos indicios la filología comparativa y el
-estudio de las más antiguas religiones y _mythos_. Este último estudio
-tiene, sin embargo, el escollo de hacernos incurrir en un _evhemerismo_
-exagerado; esto es, de hacernos prestar una realidad y una consistencia
-históricas á lo que no fué acaso sino una mera alegoría ó cuento
-fantástico naturalista, convirtiendo en reyes á los dioses y en sucesos
-de la tierra á los sucesos soñados en espacios imaginarios, celestes ú
-olímpicos. Así, por ejemplo, Rodier convierte decidida y resueltamente
-en personajes reales, no sólo á Osíris y á Thoth, sino también á los
-dioses egipcios más primitivos, como Phré y Phta, haciendo de esta
-suerte que comience la historia de Egipto más de 30.000 años antes de la
-Era Cristiana.
-
-En efecto, la civilización egipcia parece ser la más antigua de la
-tierra; pero de ningún modo podemos creer que empiece en época tan
-distante. Y limitándonos nosotros á los Arios y á los demás pueblos del
-Asia central que estuvieron en relaciones con ellos desde el principio
-de la historia, diremos que ni Rawlinson, ni Layard, ni Duncker, ni
-Grimm, ni Max Müller, ni Lassen, ni Lenormant, ni Weber; ni ningún otro
-de los más eminentes historiadores, arqueólogos y filólogos
-orientalistas, dan mayor antigüedad á la literatura védica que unos
-dieciséis siglos antes de Cristo; á la primera dispersión de los ários,
-3.000 años, y á sus sucesivas inmigraciones en Europa, de 2.000 á 1.000;
-todo lo cual puede, ó casi puede, conciliarse con la cronología de la
-Biblia, larga y generosamente explicada. Dentro de este gran período de
-tiempo de 3.000 años, ó mejor dicho, de 2.500, terminando el período en
-el origen de la guerra médica, unos 500 años antes de Cristo, así como
-caben con holgura los sucesos históricos que refiere la Biblia, caben
-también todos los sucesos que las tradiciones orientales, los libros
-sagrados, como el Vendidad y el Desatir, las epopeyas, como el Ramayana,
-el Mahabarata y el Shah-nameh, y las inscripciones cuneiformes y demás
-antigüedades de la India, la Persia y el Asiria, refieren ó indican con
-un carácter verdaderamente histórico, y que no son meramente un _mytho_
-ó una alegoría.
-
-Imaginemos ó conjeturemos en época anterior un reino ó imperio en el
-país primitivo de los arios antes de su división ó cisma en iranienses é
-indios. Este país se llama Ariana-Vaega. Allí reinaron sucesivamente
-cinco dinastías de reyes. Los fundadores de estas dinastías, y aun
-algunos otros reyes, fueron santos, legisladores ó profetas. Así,
-Mahabad, quien dicen haber sido el mismo Manú; así, Dji-Afrans, Cayumer
-y otros, hasta Djemschid, el Salomón de los persas, á quien los
-orientales han convertido en rey de los Genios.
-
-Durante todo este período, los celtas, los primitivos germanos, los
-primitivos griegos ó jaones y otros pueblos de raza japética, se van
-separando de los arios y emigrando hacia el Asia occidental y la Europa.
-Posteriormente, pero también dentro de este período, los indios y los
-iranienses se separan; y, por último, el país de Ariana-Vaega es
-abandonado, ó por una inundación ó diluvio, ó porque se convierte en muy
-frío, y los iranienses fundan un imperio más al Sur, tal vez en la
-Bactriana y Aria antiguas, extendiéndose por la Partia y la Hircanía, ó
-sea en el Afganistán y el Corazán de ahora. Este nuevo Imperio se llama
-Vara. Djemschid le funda, y otro Djemschid, ó el mismo Djemschid, le
-pierde, porque los personajes _mythicos_ ó semi _mythicos_ viven siglos
-y siglos. Zohac, caudillo árabe, le vence y le destrona.
-
-Supongamos, además, que este Zohac conquistase el reino de Djemschid, y
-le venciese, no 7.048 años antes de Cristo, como pretende Rodier, sino
-unos 2.200 ó 2.300 años antes de Cristo, como pretende Gobineau en su
-_Historia de los Persas_, haciendo á Zohac contemporáneo de Nino, y
-equiparándole ó confundiéndole con el Areo de los escritores clásicos.
-Apoyados ahora en estas suposiciones y en las fechas que señala Rodier
-con exactitud portentosa, fijemos en el año 2284, en que fué el
-advenimiento de Nino, rey de Asiria, el principio de la historia que
-tiene ya algo de seguro.
-
-Tengamos por inseguro y mythico cuanto ocurre antes y concretémonos al
-período en que prevalece Asia sobre Europa; esto es, hasta la guerra
-médica, unos 500 años antes de Cristo. Nos queda, pues, un espacio
-histórico de cerca de 1800 años, desde Nino hasta el primer Darío,
-dentro del cual se nos ha ocurrido ir escribiendo y colocando una serie
-de leyendas ó novelas, en donde la imaginación ó la inspiración, si Dios
-quiere enviárnosla, complete y aclare la historia, la cual, á pesar de
-los trabajos de Rawlison, de Gobineau, del mismo Rodier y de otros
-muchos autores que ya hemos citado ó que nos excusamos de citar, nos
-deja, como vulgarmente se dice, á media miel sobre los más famosos
-personajes y los más estrepitosos acontecimientos. No despreciaremos
-tampoco todo lo que se cuenta de edades anteriores á Nino, y
-aprovecharemos las tradiciones confusas, las epopeyas y las relaciones
-de los libros sagrados, para que los casos de esas edades anteriores á
-Nino sean como el fundamento y el antecedente de nuestras leyendas, y al
-mismo tiempo lo que crean y afirmen sus héroes, cuando les hagamos
-entrar en agradables coloquios.
-
-No se echen á temblar nuestros lectores juzgándose amenazados de una
-obra interminable. Sin duda en mil ochocientos años caben novelas y
-leyendas infinitas; pero nosotros somos infecundos y perezosos, y más
-pecaremos por escribir pocas novelas ó leyendas para justificar este
-prólogo ó introducción, que por escribir demasiadas. Todavía
-escribiremos menos si no gustan las primeras que escribamos. Por último,
-cada una de nuestras leyendas será breve de por sí, y no entraremos en
-las menudencias y prolijidades en que entran y caen los que escriben
-novelas de tiempos más cercanos á los nuestros, como de la Edad Media ó
-aun de época más moderna, de los cuales tiempos nada se ignora, y aun la
-historia que no tiene el recurso de imaginar, va siendo ya harto prolija
-y algo pesada, contándonos hasta los ápices al parecer más
-insignificantes. Por esto precisamente, deseando dar vuelo y rienda
-suelta á nuestra fantasía, nos hemos refugiado en el antiguo Oriente.
-Barante, por ejemplo, ha llenado con la historia de seis Duques de
-Borgoña más volúmen de lectura que el que forman acaso todos los
-historiadores griegos y latinos que aún quedan, y donde se refieren los
-acontecimientos de miles de años, y el principio, crecimiento,
-decadencia y caída de una multitud de imperios, repúblicas y
-monarquías. Si Barante, limitándose á lo histórico, escribe tanto sobre
-seis Duques de Borgoña, ¿á dónde iríamos á parar, si sobre lo histórico
-quisiésemos recamar, bordar y completar con la fantasía? Por esto,
-repetimos, nos vamos al antiguo Oriente. Allí donde la ciencia no llega,
-es donde la imaginación y la poesía deben volar.
-
-Otra razón nos impulsa también á escribir estas leyendas. Deseamos
-divulgar un poco la literatura oriental antigua y empezar á emplearla en
-nuestra moderna literatura española. En Francia y en Inglaterra y en
-Alemania, el renacimiento oriental, de que hemos hablado, deja, tiempo
-ha, sentir su influjo en el arte y en la poesía. En España aún no se
-nota nada de esto.
-
-En Alemania, el Mahabarata, el Ramayana, el Shah-nameh, los Vedas, ó han
-sido traducidos en verso, ó han inspirado ya bellas poesías. En Francia,
-desde los lindos cuentos de Voltaire, el antiguo Oriente ha dado asunto
-feliz á muy amenas narraciones. ¿Por qué hoy, que se conoce mejor el
-antiguo Oriente, no hemos de aspirar á algo semejante en España? Se me
-contestará que carecemos del ingenio de Voltaire, y que _El toro
-blanco_, _Zadig_ y _La Princesa de Babilonia_, son inimitables.
-Procuremos, con todo, aproximarnos á esos modelos. De tiempos antiguos
-se han escrito en Francia últimamente muy primorosas novelas, como _La
-Momia_ y _La Corte de Merodac-Baladan_, de Teófilo Gauthier, y
-_Calirhoe_, de Mauricio Sand. Sírvanos esto de estímulo.
-
-De Grecia y Roma, mientras duró el impulso que imprimió el Renacimiento
-clásico en la moderna literatura, se escribieron novelas, poesías y
-leyendas, algunas muy eruditas, agradables y celebradas, como los
-_Viajes de Antenor_ y los _Viajes de Anacarsis_. Algo parecido pudiera
-con general aplauso escribirse del antiguo Irán, de Asiria, de
-Babilonia, de Media ó de Persia. Pero no presumimos de ser capaces de
-tanto. Nuestro propósito es escribir una obra de mera imaginación sobre
-el fundamento de un escasísimo saber, que sólo es necesario para que
-sirva como de pauta y cañamazo á nuestros fantásticos bordados. Tal vez,
-si en algo acertamos, se animen otros á escribir con más tino,
-discreción y conocimiento del asunto.
-
-Éste, no sólo es vasto, sino seductor y apetitoso. La rapidez con que en
-los libros sagrados y antiguos poemas aparecen ciertos personajes, y se
-fijan en nuestra mente de un modo indeleble, como si los hubiésemos
-conocido y tratado, y luego se pierden y se desvanecen, sin que se sepa
-más de ellos, induce y solicita á buscarlos con la fantasía y hasta en
-sueños, á fin de completar y acabar la historia de su vida.
-
-Sin citar para ejemplo más que á algunos personajes de la Biblia, por
-ser más conocidos de todos, ¿quién no siente curiosidad de saber cómo se
-llamaba la mujer de Putifar y qué fué de su vida después de aquella
-terrible pasión y de aquel cruelísimo desaire que recibió de Josef el
-Casto? ¿Pues, y la Reina Vastí? ¡Apenas si interesa la Reina Vastí! ¿Qué
-fué de ella, después que la repudió el Rey Asuero, por demasiado
-pudorosa; por no querer presentarse á lucir su hermosura, delante de
-todos aquellos Príncipes y Sátrapas borrachos y libertinos, que su
-marido, borracho también, tenía congregados en su gran palacio de Susa?
-Del Rey Asuero nadie ignora que, después de repudiada Vastí, hace reunir
-de todas las provincias del Imperio las más gallardas doncellas, las
-cuales van entrando una á una en su cámara, no sin pasar antes un año en
-lavatorios, sahumerios, unciones con bálsamos y pomadas y otros cien mil
-preparativos para que estuviesen bien adobadas y lustrosas, y de todas
-estas doncellas, previo un examen profundo, elige por reina á Ester:
-pero de la pobre Vastí, nadie vuelve á acordarse. Díganme si no es este
-un asunto para una novela sentimental, que mejor pudiera llamarse
-lastimosa, si no temiésemos el equívoco. Más bello asunto sería aún, si
-cabe, el de los amores de Salomón con la discreta y bella Reina de Sabá,
-que vino á verle con tanta comitiva y séquito, que le propuso tanta
-pregunta difícil, y que tan enajenada quedó de la sabiduría de Salomón y
-de la magnificencia y esplendor de su corte. Como todo esto sólo está
-indicado y dicho en brevísimas palabras en la Biblia, se siente un
-vivísimo deseo, al menos nosotros le sentimos, de acudir á las
-inscripciones y á las tradiciones, ó de pedir á Dios segunda vista
-histórica para adivinar los pormenores que faltan, empezando por el
-nombre propio de la Reina de Sabá, y para escribir las relaciones que
-tuvo con el hijo de David, y demás casos ocurridos entonces. Lo propio
-que decimos de los personajes bíblicos, puede decirse con no menos razón
-de los personajes que figuran en las historias y poemas arios. Mucho nos
-han interesado hasta aquí Agamenón, Ulises, Aquiles, Temístocles y
-Epaminondas: mucho nos han encantado los poetas griegos, pero más nos
-interesan hoy los personajes arios y más los cantos de las Vedas. Se
-diría que por el espíritu están más cerca de nosotros. Los vemos tan
-bien y tan íntimamente, que se siente uno inclinado á creer en la
-metempsícosis y á recordar la vida que tuvo en Ariana Vaega, ó en los
-tiempos de Djemschid ó de Feridum. Agni, Indra ó Aura-Mazda, nos parecen
-más divinos que Vulcano, Júpiter ó Saturno. Todo el desenvolvimiento
-ulterior de la civilización moderna europea se nos presenta como en
-germen en aquella primera civilización oriental. No se extrañe, pues,
-que hayamos elegido este asunto de las leyendas del antiguo Oriente, ni
-se tilde de difusa la introducción. Antes bien, se nos quedan no pocas
-cosas por decir: pero todo lo que aun queda irá saliendo en las
-leyendas, las cuales aparecerán poco á poco en esta _Revista de España_,
-y más tarde, si Dios nos da salud y si el público no nos desdeña,
-formarán dos ó tres volúmenes separados, quizá de nada ingrata lectura.
-Bueno es que España contribuya también, aunque sea pobre y modestamente,
-ya que no á lo que hemos llamado y debe llamarse Renacimiento oriental,
-al influjo de este renacimiento en la literatura y en la poesía de la
-moderna Europa.
-
-Vamos á retroceder con el espíritu hasta las edades primeras de la
-humanidad que la historia ilumina algo con sus fulgores, y vamos á
-pintar, sin embargo, portentosas civilizaciones y á presentar
-personajes, no inferiores en nada, tal vez superiores á los del día. Ya
-hemos explicado cómo comprendemos el progreso. Le comprendemos por el
-caudal acumulado por herencia y por la difusión y divulgación del saber
-y de la moralidad en mayor número de personas, familias, tribus y
-naciones. Mas creemos asimismo que, para que el progreso se realizase,
-las razas civilizadoras, y singularmente los Arios, desde el principio
-y más que nunca en el principio, debieron estar y sin duda estuvieron
-dotados de extraordinarias facultades y de una poderosa iniciativa;
-prendas que habían de resplandecer más en ellos, mientras permanecieron
-en toda su pureza y no se mezclaron con otras castas plebeyas é impuras.
-Pero el mezclarse con estas castas, el no despreciarlas, el bajar un
-poco hasta su nivel para elevarlas hasta ellos, y el amalgamárselas para
-fundar la humanidad una, era su misión providencial, era su salvación y
-su destino. Los que faltaron á esta misión, degradando y envileciendo
-cada vez más á las castas ó razas inferiores, acabaron por envilecerse y
-degradarse ellos mismos. Los que hicieron lo contrario realizaron el
-progreso. El sacerdote egipcio se ha confundido con el felah, y el
-bramín con el sudra, mientras que el último hombre de nuestros pueblos
-de Europa se ha elevado.
-
-
-
-
-LULÚ, PRINCESA DE ZABULISTÁN
-
-(FRAGMENTO)
-
-
-
-
-[una barra decorativa]
-
-LULÚ,
-
-PRINCESA DE ZABULISTÁN
-
-
-I.
-
-Mucho se ha cavilado y discutido siempre sobre la antigua civilización
-de los escitas, y aun sobre la casta de hombres que los escitas eran.
-Unos escritores se los imaginaban como un pueblo japético, y otros veían
-en ellos á los progenitores de los tártaros del día. Con los progresos
-etnográficos no cabe ya duda en que todo lo que hoy se llama Tartaria y
-Siberia, estuvo en las edades más remotas habitado por razas tártaras y
-mongolas; pero también hubo allí tribus blancas, tal vez de pelo rubio y
-ojos azules, de donde proceden los pueblos más nobles é ilustres de
-Europa, ó que han venido á establecerse en Europa en sucesivas
-emigraciones.
-
-Estos escitas blancos descendían de los primitivos arios, como los
-celtas, los griegos y los latinos, los cuales se habían separado del
-tronco común en épocas más ó menos lejanas. Los Imperios fundados en
-toda la zona central del Asia, los chinos, los persas, los asirios, los
-lidios y los medos, ofrecían desde muy antiguo una barrera difícil de
-romper á las invasiones de aquellos pueblos del Norte. Cuando éstos
-pudieron romper la barrera, penetraron en el Asia Central y bajaron por
-el Sur hasta la India; pero, cuando la barrera les presentaba un
-obstáculo invencible, y ellos, por exceso de población, ó bien huyendo
-de los fríos boreales, se proponían abandonar el terreno de la Escitia,
-tuvieron que caminar hacia el Occidente, y vinieron á establecerse en
-Europa. Así nos explicamos la historia primera del gran continente del
-Asia, del cual forma Europa como una pequeña prolongación occidental.
-
-Hasta los tiempos de Ciro el Grande, los Imperios de Persia ó de Media,
-esto es, el antiguo Irán, no fueron bastante poderosos para contener las
-invasiones de los escitas blancos, los cuales entraron por la Persia y
-se extendieron hasta la India. Ciro, al reconstituir sobre más sólidas y
-anchas bases el Imperio del Irán, hizo casi inexpugnable, ó al menos
-difícil de romper la barrera que atajaba el paso de los escitas hacia el
-Sur del Asia, y esto los contuvo en el Norte ó los fué impulsando
-pausadamente hacia el ocaso.
-
-Es indudable para mí que la mayor parte de las invasiones han sido
-motivadas por una violenta é imperiosa necesidad. Los pueblos, por
-nómadas que sean, siempre tienen algún amor á la patria, algún apego al
-suelo que los vió nacer, y no le abandonan sino por causas poderosas.
-Quizás el mayor movimiento invasor de los pueblos de Asia en Europa,
-movimiento que determina una de las crisis más transcendentales en la
-historia, y que marca una era en la vida de la humanidad, ladeando el
-curso de la civilización y abriéndole nuevo cauce, tuvo su primer origen
-en China.
-
-Sabido es que los chinos han cumplido mucho antes que nosotros todo el
-progreso de su cultura, y han venido á pararse y á inmovilizarse luego.
-Ya un escritor americano del día, el Sr. Draper, augura para la Europa
-suerte ó destino semejante. Según él, llegará un día, no muy lejano, en
-que, recorrida toda la extensión de nuestra cultura posible, hasta tocar
-el límite de lo ideal que cabía en nuestros cerebros, ó que era capaz de
-concebir nuestra mente, nos quedaremos inmóviles, con el ideal
-realizado, ó sin ideal, que es lo mismo. Entonces seremos como los
-chinos, un pueblo ó una confederación de pueblos, muy bien ordenados,
-pero sin brío y sin iniciativa. Resueltos todos los problemas de la
-vida, acabadas ó satisfechas todas las esperanzas, nada quedará que nos
-impulse. Mucho dudo yo de que pueda llegar jamás esta situación. El
-audaz linaje de Japet, esta gente europea está dotada de una fuerza de
-aspiración interminable, y de una virtud creadora en la fantasía
-superior y posterior á toda ciencia y á todo arte y á toda mejora.
-Siempre, creo, habrá en nosotros ímpetu para salvar con la imaginación
-todos los espacios explorados y todos los caminos trillados, y para ir á
-plantar, mucho más allá, la columna de fuego de un nuevo ideal que nos
-sirva de guía y nos excite á caminar sin reposo en un progreso infinito,
-ó si se quiere indefinido. Aun en los mismos chinos, así como en otros
-pueblos del Asia, ¿quién sabe si será reposo ó sueño lo que se nos
-antoja paralización eterna? ¿Quién sabe, si á la voz de un profeta, de
-un vate, de un avatar, de un dios nuevo, no despertarán esos pueblos?
-Entonces sí que podría cambiar por completo el eje de la civilización
-del mundo y turbarse todo el equilibrio de las sociedades y de las
-naciones. La agitación, las mudanzas radicales que esto pudiera traer sí
-que serían extraordinarias. La guerra actual entre Francia y Alemania,
-con todas sus consecuencias posibles, y hasta una guerra general en
-Europa, no serían nada en comparación de lo que ocurriría si los chinos
-ó los indios, en número de cuatrocientos ó quinientos millones de
-hombres, se sintiesen de pronto inflamados por un nuevo ideal, y con
-espíritu guerrero cayesen sobre nosotros. Nuestros cañones,
-ametralladoras y fusiles de aguja de nada nos servirían. Ellos los
-tendrían pronto tan buenos ó mejores que los nuestros.
-
-Sea de esto lo que sea, parece cierto que, allá en el siglo III ó IV,
-después de Cristo, hubo en China una espantosa é inmensa revolución,
-motivada por el desarrollo del bienestar material de la población y de
-la riqueza. Lo que llamamos socialismo se manifestó de un modo horrible.
-Los más bravos, viciosos y audaces entre las clases menesterosas de
-aquella ingente población, se sublevaron contra los ricos y los dichosos
-del mundo. Siguióse una tremenda guerra civil y social. Diéronse
-batallas titánicas en que los hombres murieron á millares y la sangre
-corrió á torrentes. La sociedad, el orden establecido, la propiedad,
-triunfó al cabo, y los rebeldes más feroces, acosados por los ejércitos
-del Imperio y por los hombres de las clases acomodadas, que habían
-tomado las armas en vista del gran peligro, huyeron hacia el Norte y
-traspasaron la frontera del Imperio, penetrando en la Siberia ó
-Tartaria. Esas gentes levantiscas, siendo de la ralea más baja, llevaron
-consigo al emigrar muy poco de la riqueza acumulada, del capital social
-que se llama ciencia. Por esto mismo les fué más fácil unirse con tribus
-tártaras errantes, y de la mezcla provino en breve un pueblo rudo y
-guerrero. Movido este pueblo en busca de terrenos más fértiles y de
-clima más suave, y no pudiendo ó no atreviéndose á ir hacia el Sur por
-el valladar que entonces les oponía el Imperio de los Sasanidas, siguió
-hacia Occidente y fué impulsando por delante de sí á todas las tribus y
-naciones arianas de la Escitia, las cuales se hallaban escalonadas en la
-parte boreal del Asia y aun se extendían por mucha parte de Europa,
-sobre todo, en las regiones de Oriente.
-
-Explicado así, como parece que satisfactoriamente se explica, el
-movimiento inicial de la más conocida invasión de los bárbaros y de la
-caída de Roma, es claro que los pueblos de la Europa moderna tenemos
-muchísimo que agradecer á los persas, y á Ciro sobre todo; porque si los
-escitas blancos no hubieran sido contenidos por el valladar que Ciro
-afirmó é hizo casi inexpugnable, los pueblos de raza tártara hubieran
-caído sobre Europa sin que los escitas blancos se interpusiesen. Así, en
-vez de ser casi todos los pueblos de nuestro continente de raza ariana,
-en lugar de haber venido á mezclarse con los habitadores del orbe latino
-otros pueblos, arios también, y que habían conservado en el Norte su
-prístina pureza y estaban más cerca del tronco común, hubieran venido á
-conquistarnos y á manchar y alterar la limpieza de nuestra sangre los
-humnos, abominablemente feos y mucho menos inteligentes y civilizables.
-
-Sostienen los fisiólogos, que los pueblos tártaros y mongoles tienen el
-cráneo más duro y menos flexible que los arios, y que dicho cráneo no
-cede ni se dilata como los nuestros para dar lugar al desenvolvimiento
-del seso ó meollo; por donde se ha de presumir que, si tenemos tanto
-meollo los europeos y si nuestra civilización se ha elevado á tanta
-altura, se lo debemos á Ciro, gran Rey de Persia, que tuvo á raya á los
-escitas blancos. Si éstos hubieran invadido la Persia y la India y otras
-comarcas ó regiones del Asia, quizás la gran civilización estaría ahora
-por allí. Es innegable, además, que los pueblos neo-latinos, á pesar de
-nuestra nobilísima estirpe, nos hubiéramos tenido que cruzar con los
-tártaros, chatos, de ojos oblícuos, de gruesos labios y pómulos
-salientes, y de este desigual y plebeyo cruzamiento hubieran salido unos
-mestizos feos de veras, y no las naciones ilustres, hermosas y sabias
-que encierra en sí la Europa.
-
-Pero dejando esto aparte, pues no es mi ánimo hablar de tiempos tan
-recientes como los de la caída del imperio romano y fundación de las
-nacionalidades europeas, tales como son hoy, diré que desde época
-remotísima, ó bien por efecto de un período glacial de que hablan muchos
-geólogos, ó bien por otro cataclismo, los arios, que debían vivir en un
-país bastante al Norte, quizás mucho más al Norte que el lugar que por
-lo común se les da por cuna, á la falda del Paropamiso, tuvieron que
-separarse y emigrar. Se dice que los hielos del Polo Norte se
-derritieron, quizás por efecto de haber tomado la tierra la inclinación
-que hoy tiene, abriéndose el ángulo que forman los ejes del Ecuador y de
-la Eclíptica, que antes se confundían y eran un solo eje. Con tan
-espantosa dislocación, hubo de haber por fuerza un sacudimiento atroz en
-la corteza sólida de nuestro globo, que haría reventar no pocos
-volcanes; un diluvio punto menos que universal, y, por último, unos
-fríos tremebundos.
-
-Por este motivo, y en Era muy distante de nosotros, esto es, 24.000 años
-antes de la Era Cristiana, según Rodier y otros audaces cronologistas,
-fué la primera dispersión de los arios. Nosotros, en la introducción á
-estas leyendas, hemos mostrado ya un escepticismo prudente acerca de
-este punto. No negamos ni afirmamos nada: hacemos una distinción. Á los
-geólogos prehistóricos no les negamos sus descubrimientos. Queremos
-conceder que sus armas y utensilios de piedra, sus fósiles y sus
-poblaciones lacustres, puedan tener acaso mayor antigüedad que los
-indicados 24.000 años; pero, históricamente, poco ó nada se sabe ni
-puede afirmarse sobre los primeros 21.000. No es negar que hubiese
-historia tres mil años antes de Cristo: es afirmar que esta historia se
-ha perdido en muchos países, y que en otros se halla tan desfigurada
-por las fábulas, que es imposible distinguir el cielo de la tierra, los
-reyes de los dioses, los vanos ensueños poéticos de la fantasía de la
-maciza y tangible realidad de las cosas. Sin duda, muchos grandes
-diluvios sucesivos, aunque parciales, bastante grandes para destruir
-casi por completo naciones y razas enteras, destruyeron también los
-anales, si ya los había, ó borraron ó confundieron en la memoria de los
-hombres los hechos de sus antepasados.
-
-Si no estoy trascordado, el primero que explicó el diluvio universal,
-dándole por causa la fusión de los hielos del Polo Norte, fué Bernardino
-Saint-Pierre, el cual escribía preciosas novelas de ciencias naturales,
-harto más bonitas que las de Julio Verne en el día. Posteriormente se ha
-inventado la periodicidad de los grandes diluvios, y el Polo Sur alterna
-con el Polo Norte en el oficio de causarlos. Ya hemos dicho que 24.000
-años antes de Cristo fué el Polo Norte quien causó un diluvio. En el
-reinado de un rey indio, llamado Satyaurata, parece que hubo otro
-diluvio causado por los hielos del Polo Sur. Este diluvio, dicen algunos
-sabios, que fué el que anegó á casi todos los hijos de Sem, menos á los
-que se refugiaron en los montes de Armenia; en suma, fué el diluvio de
-Noé, referido en la Biblia. Todavía, por último, unos 2.400 ó 2.300
-años antes de Cristo, como quien dice ayer de mañana, para quien da tan
-estupenda antigüedad á nuestra especie, se imagina otro gran diluvio que
-acabó con casi todos los griegos, y que también se recuerda en China,
-bajo el nombre de diluvio de Yao. Al Polo Norte le tocó hacer el papel
-de promovedor de este diluvio, el cual hundió la Atlántida y sepultó
-bajo las arenas y piedras que trajeron consigo las aguas impetuosas los
-utensilios, armas y habitaciones, y los cuerpos mismos de los primitivos
-pobladores de Europa, de los hombres de la Edad de Piedra, que hoy los
-sabios están sacando á relucir.
-
-De todo esto se deduce, á mi ver, que poco ó nada se sabe de los
-principios de nuestra especie, y que apenas hay ciencia más obscura y
-contradictoria que la cronología de las primeras edades del mundo. En
-cuanto á los diluvios fuerza es creer que ha habido uno universal, ya
-que así lo afirman nuestras Sagradas Escrituras; pero podemos poner en
-duda esos enormes diluvios parciales causados por los hielos del uno ó
-del otro polo en ciertos períodos.
-
-Tal vez basten las fuerzas permanentes de las aguas y de los volcanes,
-en la larga serie de siglos, según la teoría de Lyell, para cortar
-istmos y abrir estrechos, allanar valles y aupar montañas, cambiar la
-posición de los continentes y de las islas, y transformar la tierra en
-mar y la mar en tierra.
-
-La idea de Adhemar, que fué el inventor de los diluvios periódicos,
-parece una renovación de la Kalpa ó del día y la noche de Brahma, que
-duraba 432 millones de años, ó del año grande de los egipcios y de
-Orfeo; sólo que en vez de durar este período por lo menos 120.000 años,
-dura 21.000, según Adhemar. Este año grande, de los dichos 21.000 años,
-tuvo su verano máximo para nuestro hemisferio boreal, en 1248, reinando
-San Fernando en Castilla. Desde entonces los veranos de todos los años
-van menguando y van creciendo los inviernos, hasta que llegue el año de
-6498 de Cristo, en el cual los veranos y los inviernos serán exactamente
-iguales en ambos hemisferios. Á lo que parece, en los momentos de esta
-igualdad está el grave peligro. Los hielos que se han ido amontonando en
-el Polo Sur, durante el largo invierno de 10.500 años, que por allá hay,
-se derretirán, buscando el equilibrio, y habrá un nuevo diluvio que tal
-vez destruya casi todo el humano linaje. En suma, y sin entrar en
-reconditeces astronómicas, cada 10.500 años hay ó debe haber un diluvio,
-que se va preparando lentamente con la aglomeración de los hielos, ya en
-un Polo, ya en otro, á causa del mayor frío que hace alternativamente,
-ora en el hemisferio austral, ora en el boreal. Como el nuevo diluvio
-está anunciado para el año de 6498, es claro, como la luz del día, según
-Adhemar, que el diluvio próximo pasado ocurrió en el año de 4002 antes
-del nacimiento de Cristo. Se conoce que Adhemar no ha querido disgustar
-al Padre Petavio, y su último diluvio coincide, sobre 100 años más ó
-menos, con el de Noé.
-
-Dirán algunos lectores que estos apuntes cronológicos son un extraño
-principio de novela; pero yo les pido perdón y me disculpo asegurando
-que no es dable empezar de otro modo. La novela es un poema prosaico;
-una epopeya sin poesía ó con poca poesía; y aunque en la novela entre
-por mucho la invención, ó si se quiere la inspiración, conviene que esta
-invención ó esta inspiración tenga algún fundamento, y no se quede en el
-aire. Pongamos por caso el rapto de Sita por el tremendo rey de los
-raksasas, Ravana; la alianza de Rama con los valerosos é ilustres monos,
-y con Sugriva, su poderoso monarca, los cuales tan enérgicamente le
-auxiliaron; su expedición á Ceilán, y el sitio y conquista de Lanka,
-capital de aquella isla, con todos los portentos que allí ocurrieron.
-Estos acontecimientos, en lo antiguo, podían referirse de un modo épico,
-sin indicar la fecha, ni siquiera próximamente. Hoy día es preciso
-marcar una fecha, créanla ó no la crean los lectores. Si yo tuviera que
-contar los hechos de Rama, tendría que apelar á los críticos y
-cronologistas para fijar el tiempo en que sucedieron, y he de confesar
-que me vería apuradísimo. Unos me dirían que 5.500 años antes de Cristo;
-otros que mucho después. Lo mismo ocurriría con casi todos los sucesos
-de la India antigua. La vida de Krishna, por ejemplo, algunos la ponen
-más de 3.000 años antes de Cristo; otros, como Bentley, hacen á Krishna
-tan moderno, que ponen su nacimiento con exactitud maravillosa (en
-virtud del horoscopio ó aspecto del cielo, cuando nació el Dios), el día
-7 de Agosto del año 600 de nuestra Era. Quien supone que la leyenda de
-Krishna ha servido de modelo á la historia de nuestro Divino Redentor;
-quien no ve en la leyenda de Krishna sino una invención de los
-brahmanes, un remedo de la vida de Jesucristo, interpolado en los
-antiguos libros y poemas de la India, con el propósito de hacer
-ineficaces todas las predicaciones de nuestros misioneros.
-
-Por lo expuesto se notará que sobre la dificultad inherente á la
-cronología de los tiempos antiguos, está la mayor dificultad que ha
-creado la pasión religiosa. Los amigos del Cristianismo, para
-conciliarlo todo con la corta edad que la Biblia concede al mundo,
-propenden á negar antigüedad á todo; y los enemigos del Cristianismo,
-con menos crítica á veces, dan á ciertos sucesos y á ciertas
-civilizaciones, una antigüedad portentosa. En la opinión de cada sabio
-entra, además, por mucho, en no pocos casos, una ciega y decidida
-predilección por un pueblo y por una cultura, objeto de sus estudios
-favoritos. Tal sabio, como Beauregard, hace que todo proceda de Egipto:
-leyes, religiones, artes y ciencias; tal otro, como Jacolliot, que todo
-nazca de la India. De aquí también proceden en parte las divergencias en
-punto á cronología.
-
-En fin, á pesar de estas divergencias, yo tengo que fijar algo, antes de
-empezar esta primera leyenda. Si carezco de la ventaja de ser sabio, el
-no serlo lleva también una ventaja. Como no he hecho estudios favoritos
-de nada, nada es objeto de mi particular afición. Lo mismo me interesan
-los chinos que los egipcios; no quiero más á los indios que á los
-persas. No adulteraré yo la verdad ni trocaré las fechas por amor á
-ninguna tribu, nación ó raza, ni por afecto á ningún gran legislador,
-profeta, semidiós ó dios antediluviano.
-
-Empecemos, pues, por creer en el diluvio universal y no parcial, único y
-no periódico, y ocurrido en el mismo año en que, de acuerdo con el Padre
-Petavio, le coloca nuestra _Guía de Forasteros_. Una vez sentado y
-admitido esto, pongamos aparte á los chinos, que tendrán que intervenir
-muy poco en nuestras leyendas. Los demás pueblos, estirando algo la
-cronología bíblica, y condensando algo sus revoluciones, adelantamientos
-y desarrollos de cultura, caben todos dentro de los 4.000 años que van
-desde el Diluvio hasta nuestra Era. Tal vez los egipcios, con sus
-innumerables dinastías, se resistan á entrar en tan breve espacio de
-tiempo; pero haremos oídos sordos contra sus clamores y protestas, y
-prescindiremos de los períodos de Phta y de Phré, y de los reinados de
-Osíris y de Horus, evidentemente mitológicos. Supongamos á Menes primer
-rey de Egipto, y aunque le supongamos lo más cerca que se pueda del
-Diluvio universal, siempre habremos de imaginar que muchas de las quince
-ó dieciséis dinastías, que se cuentan desde entonces hasta el momento en
-que va á empezar nuestra primera leyenda, fueron simultáneas. Cuando
-nuestra historia empieza, el Egipto estaba mucho tiempo hacía bajo la
-dominación de los árabes ó hycsos. Uno de sus reyes, llamado Apofis, es
-quien había tenido aquellos sueños que interpretó el casto José, y quien
-le nombró luego su primer Ministro.
-
-Un sucesor de Apofis, por nombre Janías, reinaba en Egipto en el momento
-en que va á empezar nuestro relato. La capital de su reino era Sais. Los
-reyes indígenas, después de haber ido palmo á palmo haciendo la
-reconquista, habían logrado dar á su reino una gran extensión, y tenían
-por capital de él la magnífica ciudad de Tebas, Of ó Dióspolis magna,
-que por todos estos nombres es conocida. El rey ó Faraón, que por
-entonces reinaba en Tebas, se llamaba Temuz; grande y terrible
-personaje, algo parecido á un D. Jaime el Conquistador entre los
-egipcios.
-
-En la India había decaído el inmenso poder de los reyes de Ayodia. Los
-sucesores de Isvakú y de Rama el divino, dominador de los raksasas,
-protector de los monos multiformes y sabios y destructor de Lanka,
-capital de Ceilán, habían venido muy á menos. Entre tanto, la Casa Real
-de los Chandras ó hijos de la Luna se había elevado mucho, y el soberano
-reinante de esta dinastía había tomado el título de Maharadjad ó Gran
-Rey. La terrible guerra de Mahabarat no había estallado aún.
-
-Sobre Asiria y Caldea se nos ofrecen algunas dificultades que importa
-allanar para la mejor inteligencia de esta notable leyenda y de las
-sucesivas. Sabido es que Botta, Layard, ambos Rawlinson, Oppert y otros
-doctos arqueólogos, han excavado en las ruinas de Nínive, de Nimrod, de
-Persépolis, de Corsabad y de otras antiguas ciudades; han desenterrado
-prodigiosos monumentos; los han descrito; los han explicado, y hasta han
-leído no pocas inscripciones cuneiformes, poniendo en claro su sentido.
-Confrontando después estos datos con los suministrados por la Biblia,
-Herodoto, Ctesias y Beroso han rehecho y esclarecido en extremo la
-historia de los caldeos, asirios y babilonios. Merced á tan raros
-trabajos, la historia, las leyes, los usos y costumbres, la cronología,
-la vida, en suma, de los grandes imperios semíticos de las orillas del
-Tígris y del Eufrates, son tan bien ó mejor conocidos que los de algunos
-pueblos de la Edad Media en Europa, sobre todo desde la famosa Era
-llamada de Nabonasar, año de 747 antes de Cristo, unos seis ó siete años
-después de la fundación de Roma. Lo que es ya desde el reinado de
-Senaquerib, en 686, la cronología no puede ser más exacta. Los mismos
-objetos de entonces, descubiertos por infatigables anticuarios, nos
-alucinan hasta el punto de imaginar que tocamos con la mano y vemos con
-nuestros ojos mortales la civilización de aquel siglo. Aquí, en Madrid,
-en nuestros bailes y fiestas, hemos contemplado al cuello de una ilustre
-dama, entre otros cilindros ninivitas y babilónicos, el sello real de
-Asar-Addon, conquistador de Babilonia, hijo de Senaquerib y padre de
-Nabucodonosor I.
-
-Las dificultades y dudas en la historia de Caldea y de Asiria ocurren
-mucho antes. Sin embargo, todos los sabios convienen ya, gracias á Dios,
-en lo más esencial. De esperar es asimismo que no pocas dudas y
-divergencias que quedan lleguen con el tiempo á resolverse. Rawlinson
-dice que, de vez en cuando, es menester rehacer ó componer de nuevo la
-historia de los antiguos imperios del Asia. Recientes descubrimientos
-la modifican y aclaran cada vez más. Debe, pues, conjeturarse que, no
-bien se escriban, con el andar de los tiempos y el progreso de la
-ciencia, tres ó cuatro historias tan magistrales como la suya, vendremos
-á saber á punto fijo lo que ocurría á orillas del Eufrates veinticinco ó
-treinta siglos antes de Cristo, como se sabe ya lo que ocurría seis ó
-siete siglos antes. En el ínterin, el historiador, grave y concienzudo,
-tiene que limitarse á rastrear por indicios, en medio de mil
-vacilaciones, ciertos sucesos capitalísimos, dejando entre ellos
-inmensas obscuridades ó lagunas por iluminar ó por llenar. El poeta ó el
-novelista, que es un poeta en prosa, es el único que por hoy puede
-llenarlas, gracias á una inspiración semi-divina en que deben creer sus
-lectores. Algo, con todo, puede ya fijarse como fundamento, casi con
-prueba plena.
-
-Los autores están concordes en suponer ó sospechar un Imperio de Asiria
-anterior á Nemrod.
-
-Nemrod vino por mar; pertenecía á la raza cusita ó etiópica; venció á
-los asirios, y fundó un nuevo Imperio en el Sur de la Mesopotamia, cuya
-capital fué Ur, á orillas del Eufrates.
-
-Asur se retiró al Norte con los asirios que no se sometieron al yugo de
-los cusitas ó caldeos.
-
-El Imperio de Nemrod, ó la antigua Caldea, se llamó también el Imperio
-de las Cuatro Razas. Aquel _fuerte cazador delante del Señor_ tuvo por
-súbditos á cusitas, arios, semitas y turaníes, esto es, á gentes de las
-razas amarilla, blanca y negra. El pueblo dominante fué el cusita ó
-etiópico.
-
-De la dinastía de Nemrod se citan con certeza otros dos nombres de
-reyes, á saber: Urukh é Ilki, de cuyos colosales alcázares y torres aún
-se descubren vestigios.
-
-Á lo que parece, el Imperio de Nemrod, hacia el año de 2.400 antes de
-Cristo, se desmembró y fraccionó en varios reinos, hasta que un siglo
-después un rey llamado Kudur-Lagomer ó Codorlahomor, y yo tengo para mí
-que era de raza ariana, hizo tributarios á otros muchos reyes y
-restableció el Imperio, por breve tiempo.
-
-Nadie ignora que este Codorlahomor fué contemporáneo de Abraham. Los
-semitas iban ya recobrando su antigua preponderancia sobre las demás
-razas. En Arabia, venciendo previamente á los cusitas, que allí
-predominaron, habían fundado un reino muy fuerte y guerrero, cuyo centro
-era el Yemen y el Hadramaut. Contaban aquellos reyes árabes por
-antecesores á Jectan, Sabá y Homeir, por lo cual las tribus que les
-estaban sujetas se solían apellidar los jectanidas ó los homeiritas.
-
-Por último, en el tiempo en que empieza nuestra primera leyenda, reinaba
-en Arabia un descendiente de Homeir, llamado Aret-el-Rech, á quien
-algunos historiadores clásicos llaman Areo. Aliado este Areo con Nino,
-tercero ó cuarto sucesor de Asur, venció á los cusitas; y así vino á
-fundarse la gran Monarquía asiría de Nino. Con el auxilio de
-Aret-el-Rech, Nino se enseñoreó de todo el Asia central.
-
-Llega ahora el punto más dificultoso y de mayores dudas: la primitiva
-historia del Irán. El mismo Rawlinson no se atreve á retroceder con paso
-seguro en esta historia sino hasta 600 ó 700 años antes de Cristo para
-los medos, y para los persas hasta el reinado de Ciro ó poco antes; esto
-es, que empieza casi donde nosotros vamos á concluir las leyendas. Mas
-no es esto decir que nos hayamos engolfado en las edades plenamente
-fabulosas. Historiadores, aunque sabios y prudentes, menos tímidos que
-Rawlinson, hallan verdad histórica en los sucesos del Irán bastantes
-siglos antes de Ciro, y algunos reconstruyen una historia del Irán que
-empieza antes de la separación de los Indios y de los iranienses, cuando
-ambos pueblos formaban uno solo; los arios, que entonaban juntos los
-himnos religiosos del Rig-Veda en la primitiva región de Ariana-Vaega.
-Todos los hechos de esta larga historia iraniense, anterior á Ciro,
-están sacados de antiguas tradiciones conservadas por los güebros ya en
-libros sagrados, ya oralmente, y recogidas muchas por los poetas épicos
-del tiempo de los Soberanos musulmanes de Gasna. Entre todos estos
-poetas épicos, descuella Firdusi, el Paradisaico. Su obra se titula el
-_Shah-Nameh_ ó _Libro de los Reyes_. Á imitación y como continuación del
-Shah-Nameh, se escribieron después otras epopeyas, otros _Namehs_ ó
-_Libros_, que hacen del ciclo épico del Irán uno de los más ricos y
-fecundos. Hay el _Gerschap-Nameh_, el _Barsu-Nameh_, el
-_Djusgan-hir-Nameh_, el _Feramur-Narneh,_ el _Banu-Guyasp-Nameh_, el
-_Bahman-Nameh_, y otros muchos que sería prolijo ir mentando. Los
-Soberanos, los Príncipes y los héroes del Irán son cantados extensa y
-lindamente en estos poemas. Sobresale entre todos Rustán, como en el
-ciclo épico carlovingio sobresale Roldán, y el Cid en nuestra magnífica
-epopeya de las guerras entre moros y cristianos, durante los siglos
-medios. La cuestión está en decidir si todos estos cantos populares
-tienen más valor histórico que los Libros de Caballerías; si los
-Rustanes, Feramures y Barsúes son tan fantásticos como los Amadises,
-Esplandianes y Lisuartes; ó si los _Namehs_, con las hazañas y guerras
-que refieren, se fundan al menos, como la Iliada y la Odisea y las obras
-de otros homeridas, hasta Juan Tzetzas y Colutho, en casos reales y
-verdaderos, si bien abultados por la tradición y por la fantasía del
-vulgo. Yo me inclino á creer que, despojados de lo sobrenatural, los
-sucesos referidos por Firdusi y otros épicos de Persia pertenecen á la
-historia. Los historiadores orientales, como Kondemir y Mircondo,
-refieren también muchos de dichos sucesos, y, si bien Klaproth les niega
-toda autoridad, hoy, en el estado actual de la ciencia, no es lícito ser
-tan escéptico. Los libros sagrados zendos, como el _Vendidad_ y el
-_Desatir_, confirman lo que cuentan las historias y poemas posteriores
-al Islán. Estas historias estaban además basadas sobre tradiciones muy
-fidedignas y sobre documentos y monumentos antiquísimos. No pocos de los
-autores, como Firdusi, el más glorioso de todos, eran _dehkanes_, esto
-es, antiguos nobles del Irán, hidalgos por decirlo así, de muy ilustre
-casa, cuyas genealogías debieron guardarse.
-
-En suma, yo creo que muchas de las historias del Irán, antes de Ciro,
-deben tenerse por ciertas y algunas por probables y verosímiles.
-
-En este supuesto, diré que el Mahabad de los Persas parece ser el mismo
-Manú de los Indios, un legislador mítico primitivo. Otro profeta
-iraniense, llamado Dji-Afram, simboliza el período histórico del cisma ó
-separación de indios y persas. El Ariana-Vaega, con sus reyes Cayumors,
-Ferval, Siamek y otros, sólo prueba que hubo una sociedad primitiva, en
-la cual formaron un solo pueblo los indios, los iranienses y los escitas
-blancos.
-
-Después de la separación, los iranienses, conducidos por Djenschid,
-emigraron y fundaron el reino ó Imperio de Vara, cuya capital fué Raga.
-Un conquistador, llamado Zohac, destruyó el Imperio de Vara y vino á
-reinar sobre los iranienses. En el reinado de Zohac empieza nuestra
-primera leyenda. Pero, ¿quién fué este Zohac y en qué siglo vivía? Á mi
-ver, Zohac era semita, era el propio Aret-el-Rech, ó más bien un sobrino
-y lugarteniente de aquel famoso rey del Yemem, aliado de Nino. En esto
-me aparto de la opinión de Rodier, quien hace á Zohac cusita y supone
-que reinó siete mil años antes de Cristo; pero tengo á mi lado á
-Gobineau en su _Historia de los Persas_, quien hace que viva y reine
-Zohac en la época más reciente de Nino, rey de Asiria.
-
-Finalmente, reinaba por entonces en la Escitia un rey llamado Tihur. La
-capital de su reino era la hermosa ciudad de Vesila-Tefeh. En ella
-introduciremos al punto á los lectores para que tenga verdadero comienzo
-nuestra historia.
-
-
-II.
-
-Vesila-Tefeh, por más que parezca inverosímil, estaba situada en medio
-de las que son hoy áridas estepas por donde vagan los kirguises. En la
-orilla Norte del Sir ó Jaxartes se parecía la hermosa ciudad, cuyas
-casas y palacios se reflejaban en las aguas del caudaloso río. El
-Imperio de que era capital se extendía por el Sur hasta el Oxo ó el
-Amú-Deria. Más allá, un arenoso desierto. Otro desierto arenoso le
-separaba por el Oriente de la Sogdiana. Por el Occidente tenía por
-límites el Caspio y el Aral, que entonces formaban un mar solo. Por el
-Norte no conocía otros términos ó fronteras que la mayor ó menor pujanza
-de los escitas, vasallos del Rey Tihur, para tener á raya á los pueblos
-nómadas y enteramente feroces que iban errando por los páramos boreales.
-En suma, los dominios del Rey Tihur, eran como un oasis de cultura, como
-una isla civilizada en medio de un Océano de barbarie.
-
-Á pesar de este aislamiento, los escitas de Vesila-Tefeh dejaron memoria
-de sus virtudes y de su ciencia aun entre los mismos griegos, tan
-vanidosos. Zalmoxis, Abaris y otros filósofos escitas se cuenta que
-llevaron á Grecia religión, oráculos, ritos y misterios profundos. La
-fama lejana de estos escitas hizo nacer sin duda en Grecia la fábula de
-los felices hiperbóreos, que vivían en un país feraz y rico, y que
-componían y cantaban los himnos más bellos que imaginarse pueden, por
-ser muy amados de Apolo. Ello es que, muchos siglos antes de que en
-Grecia escribiesen Homero, Herodoto y Esquilo, y aun antes de que á
-Grecia llevasen los fenicios la escritura, florecía Vesila-Tefeh con
-extraordinario florecimiento. Regado el fértil terreno por las aguas de
-siete ríos, de muchos arroyos y de numerosos canales, estaba cubierto en
-partes de hermosas huertas y jardines. No faltaban bosques umbríos de
-pinos, abetos y robustas encinas. Había campiñas extensas donde se
-producía trigo en abundancia, y sobre todo dilatadísimas dehesas
-cubiertas de fresca y larga hierba, donde pastaban numerosos rebaños.
-Pero la más envidiable calidad del País de los Siete Ríos, que así se
-apellidaba el reino de Vesila-Tefeh, era la abundancia de oro. Los
-esclavos de los escitas, no sólo sacaban el oro lavando las arenas, sino
-también ahondando tenazmente con instrumentos de bronce en el seno de
-las montañas. Los rusos han descubierto muchos restos de estas
-antiquísimas minas, á las que llaman, no sé por qué, _pozos fínicos_.
-Nadie duda que los rudos tártaros, que hoy habitan en las vertientes del
-Ural, tanto en Kirguisia como en Siberia, son y han sido siempre
-incapaces de ejecutar para sí tan hábiles trabajos, los cuales no pueden
-menos de atribuirse á los antiguos escitas. Y digo _para sí_, porque en
-realidad los tártaros, la gente de raza amarilla y no pocos hombres de
-raza cusita ó etiópica, reducidos á la condición de esclavos, eran los
-que laboreaban las minas bajo la dirección de los escitas-arios. Éstos,
-como raza dominante y noble, se hubieran deshonrado ejerciendo cualquier
-otro oficio que no fuese el de pastores, el de la guerra, la caza y la
-agricultura. Multitud de esclavos de raza amarilla y etiópica se
-empleaba en los menesteres más bajos y mecánicos. Otros esclavos semitas
-hilaban y tejían la lana, el lino y el cáñamo; forjaban las armas y
-utensilios de bronce, porque el hierro no se trabajaba aún; curtían y
-adobaban las pieles; desempeñaban varias industrias más elegantes, y
-hacían, por último, el comercio.
-
-Dificultoso era venir desde Nínive ó desde Babilonia trayendo
-mercaderías hasta Vesila-Tefeh. Pero, ¿qué no vencen el interés y la
-perseverancia del hombre? Los dos emporios principales desde donde se
-hacía el comercio entre el Sur del Asia y nuestros escitas, eran el
-Chersoneso Táurico y Colcos. Las caravanas que salían de Cherson tenían
-que sufrir grandes trabajos, atravesar países desiertos ó habitados por
-tribus feroces y pasar ríos caudalosos como el Tanais, el Rha y el Daix,
-que hoy se nombran el Don, el Volga y el Ural. Todo esto se hacía, sin
-embargo, y el antiguo camino de los mercaderes que señala Herodoto,
-cruzaba por la parte septentrional del reino de Vesila-Tefeh y se
-prolongaba hasta la China. Desde Colcos, más activo emporio aún en las
-edades remotas, se iba también hasta Vesila-Tefeh, aunque exponiéndose
-á peligros gravísimos que la imaginación magnificaba, pues era necesario
-salvar torrentes ó ríos impetuosos como el Kur, cruzar los desfiladeros
-del Cáucaso ó Montaña Sagrada, donde vivía el pájaro inteligente llamado
-Karshipta, y discurrir por comarcas donde moraban gentes tan fieras, que
-la fantasía del vulgo las había trocado en monstruos, bajo los nombres
-de arimaspes, grifos y gorgones.
-
-Á pesar de todo esto, Vesila-Tefeh era un gran mercado; un centro
-comercial importantísimo. De China venían sedas y objetos de marfil
-labrado; de Siberia preciosas pieles; de la Arabia plumas y aromas, y de
-la India especierías y tejidos de algodón, delicados y aéreos. En las
-comarcas meridionales del Reino de Vesila-Tefeh, hacia donde están hoy
-Kiva, Samarcanda y Bucara, se daba ya entonces el algodón como se da
-ahora, pero sólo se fabricaban telas groseras. Las finas y perfectas
-venían de la India por Colcos. Este comercio, que hizo Colcos durante
-muchos siglos, en telas de algodón, excitó, según algunos graves
-economistas, la codicia de los griegos y promovió la expedición de Jason
-y de los argonautas y los infortunios y horrorosa venganza de Medea.
-Jason iba á establecer una factoría en Colcos y el famoso Vellocino de
-oro no era más que percal, gasa, muselina ó cotonía. Tal vez algún
-etimologista ingenioso se atreva á sostener, en confirmación de lo
-dicho, que la palabra _colcha_ viene de Colcos ó de Colchida, puesto que
-las colchas son de algodón casi siempre. Otros autores aseguran, á pesar
-de todo, que el Vellocino dorado no era una tela de algodón, sino una
-zalea, adobada y preparada de un modo tal, que lavando en ella las
-arenas auríferas en que los ríos de Colcos abundan, los granitos y
-pajitas de oro se quedaban adheridos á la lana. Dícese que todavía, no
-ya sólo algunos pueblos del Cáucaso, sino también los kirguises, se
-valen de semejante método prehistórico para extraer el oro de las
-arenas. Pero dejemos á un lado esta cuestión, pues importa poco á la
-exactitud y escrupulosa verdad de nuestra historia.
-
-Otro medio había también de comunicarse con el país de los Siete Ríos,
-pero era no menos difícil y peligroso. Era este medio atravesar todo el
-mar Caspio ó de Hircania, mar proceloso y de muchos bajíos, y harto
-mayor entonces que ahora. Acrecentaba la dificultad el no conocerse
-entonces, no ya el vapor como fuerza motriz, pero ni siquiera el uso de
-las velas. Las embarcaciones eran chicas y poco sólidas y se movían á
-remo por fornidos esclavos. Aun así, es evidente que mientras floreció
-el Imperio de Vara, Djenschid y sus sucesores sostuvieron por mar, con
-los reyes de Vesila-Tefeh las relaciones más cordiales, frecuentes y
-provechosas para unos y otros súbditos, los cuales se reconocían como
-hermanos, por ser arios de la misma estirpe y procedencia. Caído el
-Imperio de Vara bajo el poder del tirano Zohac, casi habían acabado
-estas relaciones. Los iranienses gemían bajo el yugo, si bien en las
-montañas del Elburz se sostenían independientes algunos valerosos.
-Sabíase en Vesila-Tefeh que un ilustre descendiente de Djenschid,
-llamado Abtian, los acaudillaba, pero ni tenía plaza fuerte, ni morada
-fija, sino las breñas y las cavernas. Sólo en la cumbre elevadísima del
-monte Demavend, en el castillo inaccesible de Selket, el más ilustre de
-los _pelavanes_, ó guerreros nobles, ondeaba aún la antigua bandera del
-Irán. Amol, Raga y otras ciudades del Elburz gemían cautivas y tenían
-guarnición asiria ó árabe.
-
-Dos reinos arianos había en las orillas meridionales del Mar Caspio,
-pero se habían hecho tributarios de Zohac y de Nino. Uno de estos reinos
-era el de los medos, al Oriente, donde imperaba Kus-Pildendan. El otro,
-al Occidente, donde está hoy el Ghilan, era el reino escita de Matjin;
-su capital, Zibay; Behek su monarca.
-
-La catástrofe del imperio de Vara, desde que llegó á noticia de los
-vesilianos, había conmovido hondamente los corazones. Todos querían
-socorrer á los pocos que peleaban aún por la independencia y por la ley
-pura: pero ¿cómo socorrerlos? ¿Cómo luchar contra los árabes, asirios,
-caldeos y medos coaligados todos? ¿Cómo hacer además con un ejército
-numeroso tan larga y expuesta expedición, ni por mar, ni por tierra? Los
-vesilianos tuvieron, pues, que limitarse á una estéril simpatía, y se
-vieron más aislados que nunca del resto del mundo civilizado entonces.
-
-Por fortuna, la civilización de Vesila-Tefeh tenía recursos propios, y
-muy hondas y vigorosas raíces para vivir aisladamente. Aquellos ilustres
-escitas-arios no eran sólo guerreros, pastores y labriegos, sino también
-artistas, poetas, filósofos y hasta teólogos.
-
-De su habilidad artística daba brillante muestra la arquitectura de los
-muros, casas, palacios y templos de Vesila-Tefeh. ¡Cosa singular y
-apenas creíble! Aquella arquitectura era el germen, el embrión, la flor
-primera de lo que hoy se llama estilo gótico. Sin duda el arte de
-Bizancio y la religión cristiana han influído muy posteriormente en
-dicho estilo; pero sus inventores fueron los arios de la Escitia, que en
-sus inmigraciones sucesivas le introdujeron en Europa. La ciudad de
-Sarmazigetusa, el castillo de Genucla y otros edificios géticos y
-sármatas, representados en la Columna Trajana, inclinan á Gioberti y al
-famoso Carlos Troya á creer que los getas, los sármatas y los dácios,
-descendientes de los escitas primitivos, trajeron á nuestra Europa
-aquella arquitectura, existente ya, por lo menos, en los antiguos
-edificios de Deceneo y de Zalmoxis. Digo esto aquí para que se vea que
-tengo pruebas en favor de todos mis asertos, si bien las pruebas son
-inútiles, cuando lo sé y lo doy por seguro, merced á la inspiración.
-
-Harto bien noto que me detengo mucho en preparar la escena y en dar
-conocimiento de mis actores, sin hacerlos salir ni hablar; pero la
-historia ó el drama que va á representarse, exige tales preámbulos. De
-otra suerte, bastantes lectores ni se darían cuenta de dónde estaban, ni
-gustarían de la leyenda, ni tal vez la comprenderían. Por lo demás, yo
-procuro y procuraré siempre ser muy breve.
-
-Ya he dicho que la ciudad de Vesila-Tefeh estaba en las orillas del Sir.
-Un puente de piedra unía ambas orillas del río. Los muros que cercaban
-la ciudad eran altos y gruesos, hasta el punto de que pudiese correr un
-carro por cima de ellos. Cuatro anchas puertas, revestidas de chapas de
-bronce, daban entrada á este recinto. Dentro de él estaban las casas de
-los más nobles y principales señores, un templo en lo alto de un cerro,
-y no muy distante el alcázar del Rey Tihur. No había calles. Las casas
-estaban separadas unas de otras por arbolado y jardines. Fuera del
-recinto de la muralla, que más bien pudiera llamarse ciudadela que
-ciudad, se extendía la población y el caserío. En torno de cada casa
-había una cerca, más ó menos grande, y, resguardados por la cerca ó
-tapia, un huerto, un aprisco para los carneros y ovejas y un tinado para
-los bueyes.
-
-En el templo había una torre, de forma cúbica, que terminaba en una
-pirámide cuadrangular, muy aguda. Entre el extremo del cubo y la base de
-la pirámide, quedaba un espacio hueco, sostenido por cuatro poderosos
-machones. Del techo de este mirador colgaba, asida á una cuerda, una
-enorme plancha circular de cierta amalgama metálica, en extremo sonora,
-la cual, herida por un mazo de plata, daba la señal de alarma, y
-convocaba á los guerreros.
-
-Lo interior del templo era muy bello. Diez gigantescos pilares sostenían
-la techumbre. Cada pilar, desde el zócalo hasta lo alto, se asemejaba á
-un grupo de palmas, cuyos troncos, unidos en manojo, esparcían luego las
-airosas ramas, formando la bóveda ojival. No había imagen alguna. Sólo
-había un altar en el fondo, sobre el cual brillaba perpetuamente el hijo
-del cielo, la emanación de Ahura Mazda, el fuego divino.
-
-En Vesila-Tefeh no había sacerdotes, ó por mejor decir, eran sacerdotes
-los padres de familia. El rey, como Melquisedec, era el primero de
-todos.
-
-El dios que adoraban aquellas gentes era el Grande Espíritu, el Ser
-Supremo, cuya noción no habían ofuscado aún el politeísmo y la
-idolatría. En un principio, habíanle llamado Teu, ó Dev ó Div. Desde el
-cisma entre iranienses é indios, este nombre de Div se había aplicado al
-príncipe de las tinieblas, á los genios negros, á los espíritus
-tenebrosos. Los Divs, en suma, eran los diablos para los iranienses y
-para nuestros escitas-arianos. Los sabios de Vesila-Tefeh, conociendo
-bien la ciencia y la teología iránicas, al principio luminoso, al foco
-de la luz increada, al Grande Espíritu, en suma, generador de todo bien,
-le llamaban Ahura-Mazda. Ariman era su contrario.
-
-El vulgo, ignorante de tan altas doctrinas, llamaba á Dios Boga ó
-Savitar. Daba culto asimismo á los genios buenos ó espíritus que le
-servían; á las almas de los héroes, á quienes llamaba Anses; al fuego
-del altar y al Soma ó licor sagrado. El modo de adoración eran
-sacrificios cruentos, libaciones é himnos. Aun no había otra liturgia ú
-otro canon que la inspiración de cada sacrificador y de cada poeta.
-
-Delante del alcázar del Rey Tihur hacían guardia constante 60 guerreros
-escogidos, de las más egregias familias. Todos tenían lanzas, arcos,
-flechas y una espada corva ó alfanje. Ya servían á pie, ya á caballo, y
-constituían el único ejército permanente. Verdad es que todos los
-ciudadanos libres eran soldados, y acudían al llamamiento en caso de
-peligro.
-
-El alcázar del Rey Tihur era espacioso, cómodo y lleno de regalos y
-primores. Encerraba en su piso bajo magníficas caballerizas con hermosos
-caballos, asnos, mulas y cabras; cinco carros elegantes; podenquera, que
-contaba unas cuantas jaurías de galgos y de podencos; no escasa
-colección de halcones, gerifaltes neblíes y hasta águilas y buitres
-adiestrados en la cetrería; anchos corrales poblados de aves domésticas,
-y un jardín muy lindo. También estaban en el piso bajo las cocinas,
-despensas y bodegas y las habitaciones de la servidumbre.
-
-Moraba el Rey Tihur en las cámaras altas, donde había grandes salones.
-Armas colgadas en haces, pieles de fieras, cabezas de venados, de lobos
-y de osos ornaban los muros.
-
-En lo más recóndito y bello del palacio se encontraba el harem ó
-_gineceo_. Los escitas no tenían más que una sola mujer, pero los reyes
-y los príncipes se permitían (habiendo tomado esta pícara costumbre de
-los cusitas y semitas más refinados y viciosos), el poseer algunas
-bellas esclavas.
-
-El Rey Tihur, si bien pasaba ya de los cincuenta años, no se había
-casado nunca y carecía de sucesión legítima. Un hermano suyo debía
-heredar el trono, previo el consentimiento y aclamación de los nobles y
-libres vasallos.
-
-Ni las esclavas que habitaban el harem ni las más gentiles y nobles
-doncellas de toda la Escitia habían herido jamás el corazón del Rey
-Tihur, ni excitádole al matrimonio. Fuerza es confesar, sin embargo,
-aunque redunde en desdoro suyo, que el Rey Tihur había sido y era aún, á
-pesar de sus años, muy aficionado á mujeres. Este era casi su único
-defecto. Por lo demás, era tan llano, tan justo, tan valiente, tan
-generoso y tan benévolo que todos sus vasallos le querían de un modo
-entrañable.
-
-Considere, pues, el pío lector lo afligidos que estos vasallos andarían
-al empezar nuestra narración. El Rey Tihur se hallaba aquejado de una
-melancolía profunda, misteriosa, invencible.
-
-Encerrado en su estancia sólo se dejaba ver de su fiel esclavo favorito
-Amrafel, negro como la endrina y fiel como el oro. Hombres versados en
-la ciencia y arte de curar habían acudido con hierbas, conjuros y versos
-mágicos, mas el rey no había querido recibirlos.
-
-En Vesila-Tefeh no se hablaba más que de aquella extraña dolencia.
-Preguntábanse unos á otros:
-
---¿Qué tendrá el rey?--pero nadie daba contestación satisfactoria.
-
-
-III.
-
-La profunda melancolía del Rey Tihur no tenía causa conocida. Era el mal
-de moda en nuestro siglo; pero entonces, aunque no se hablaba tanto de
-este mal, no era menos frecuente. En las primeras edades del mundo hubo,
-como en nuestra edad del vapor y del magnetismo, corazones con un amor
-sin objeto, con un afán vehemente de admiración y de adoración, sin
-hallar nada digno de ser admirado y adorado; con un vacío infinito en la
-existencia que nada puede llenar; con un ideal vago é irrealizable; con
-un empeño loco de dar tan noble y elevado fin á la vida, que todo lo que
-no es este fin parece vanidad y miseria.
-
-La diferencia entre ahora y entonces, lo que induce á creer á los que
-miran superficialmente las cosas que el mal de que hablo es más general
-en el día, estriba en una mera figura retórica: en el _eufemismo_. El
-que por feo, por tonto ó por poco listo, no es tan atendido y
-considerado como él cree que merece; el que no llega á la posición á que
-aspira; el que se aprecia y tasa en mucho más de lo que dan por él; y
-muy singularmente el que tiene menos dinero del que necesita, y sabe
-gastarle y no sabe adquirirle; todos éstos y no pocos más que adolecen
-de otros achaques prosaicos, se atribuyen en el día el mal poético y
-sublime del Rey Tihur. Ellos se curarían, y en efecto suelen curarse de
-su hastío y desesperación _byroniana_, ya con un empleo, ya con unas
-cuantas monedas, ya con una Gran Cruz, ya con un título de Marqués ó de
-Conde; pero, mientras esto no llega, se colocan en el número de los
-desesperados y de los seres superiores no comprendidos, y se declaran
-ejemplos vivientes de las amarguras que pasa el _genio_ y de la
-estupidez y ruindad del vulgo para con él.
-
-No era así el Rey Tihur. Su desesperación y su aburrimiento eran de
-buena ley, y, por consiguiente, incurables.
-
-Los ejercicios violentos de correr á caballo y de cazar fieras no
-mitigaban su dolor. En medio de las mayores agitaciones corporales su
-alma estaba fija en la causa de su tormento. La fatiga rendía su cuerpo,
-pero no rendía su espíritu. Hasta en sueños, el mal del espíritu le
-perseguía y con nada acertaba á alejarle de sí.
-
-Una mañana, poco después de levantarse, hallábase el rey en su estancia
-más reservada y retirada. Cualquiera de nosotros, si estuviese tan
-aburrido como él, tendría un cigarro, un libro ameno, un periódico para
-distraerse. En tiempo del Rey Tihur no había nada por el estilo.
-
-Estaba, pues, el Rey Tihur sentado en un enorme banco de roble, cubierto
-el banco de una piel de oso y de varios almohadones. La ocupación del
-rey era echar los dados de un cubilete y meditar sobre los caprichos
-misteriosos del acaso. Entonces entró en la estancia el esclavo favorito
-Amrafel, único que tenía permiso para ello, y se entabló el siguiente
-coloquio.
-
-Conviene, empero, antes de transcribirle aquí, dar una idea ligera del
-aspecto y traza de ambos interlocutores.
-
-Amrafel tendría de treinta á cuarenta años de edad, y ya hemos dicho que
-era negro; de menos que mediana estatura, pero muy fornido. El fuego de
-sus ojos y la extraordinaria blancura de sus dientes resaltaban sobre lo
-atezado de su rostro. Nacido y criado Amrafel en Ur, se había instruído
-en todas las ciencias y supersticiones de los caldeos, y sabía mucho de
-astrología y de magia. Cuando Ur cayó en poder de los asirios-semitas,
-Amrafel fué vendido como esclavo á unos mercaderes de Colcos, los cuales
-le revendieron al Rey Tihur, de quien ahora gozaba toda la privanza.
-
-Estaba vestido Amrafel con una túnica de lana obscura, ceñida al talle
-por un talabarte de cuero de búfalo, de cuyos tiros colgaban una ancha
-espada, á la izquierda, con vaina y puño de plata, y á la derecha un
-largo puñal, cuyo puño y vaina eran de plata también. Traía los brazos
-desnudos hasta los hombros, y en los brazos sendos brazaletes. Llevaba
-en las orejas zarcillos, y en la vestidura, hasta la misma fimbria ú
-orla inferior, varios cascabeles ó campanillas, que sonaban al andar, y
-que eran, asimismo, de plata, como los brazaletes y zarcillos. Ya se
-entiende que dichos cascabeles ó campanillas no eran adorno de bufón,
-sino signo de dignidad palatina y de jerarquía elevada. Por esto, sin
-duda, ha quedado entre nosotros el designar á cualquiera señor muy
-respetable y encumbrado, llamándole _un señor de muchas campanillas_.
-Llenos de campanillas iban siempre los levitas ó sacerdotes hebreos, y
-aun ahora, en la iglesia griega, están cuajados de campanillas sonoras
-los trajes más ricos y vistosos de los obispos, archimandritas y
-patriarcas.
-
-La cabeza de Amrafel estaba descubierta, dejando ver un pelo negro,
-corto y muy rizado, aunque no tan áspero y crespo como la lana ó pasas
-de los negros del Africa Occidental. Amrafel calzaba, por último,
-elegantes sandalias, y empuñaba en la diestra una pértiga de marfil,
-muestra de autoridad. Era como el pertiguero ó maestro de ceremonias del
-palacio; algo parecido á lo que Jenofonte y otros autores llamaron
-posteriormente _esceptuco_ en la corte de los acheménides.
-
-Al entrar, Amrafel no saludó al rey, prosternándose al uso de los
-asirios y caldeos, sino que, según la costumbre más noble y altiva de
-todos los pueblos arianos, desde los indios hasta los celtas, describió
-lo que llaman en sánscrito un _pradakshina_, ó dígase trazó un círculo ó
-arco de círculo, presentando siempre al rey el lado derecho. Luego se
-paró silencioso enfrente de su amo.
-
-Este jugaba solo á los dados; juego prehistórico. Sus ropas eran de
-finísima lana negra, ceñidas á la cintura por una faja de seda roja. Los
-borceguíes ó coturnos, de cuero bien curtido, eran rojos también. La
-rubia y larga cabellera del rey, que ya empezaba á encanecer, estaba
-recogida por ínfula asimismo de seda roja. Era el Rey Tihur alto y
-robusto, ancho de hombros, y de pecho dilatado. En sus piernas, que
-hasta el muslo se veían desnudas, se dibujaban con brío todos los
-músculos, cuerdas y tendones.
-
-Sobre la pujante cerviz estaba gallarda y airosamente colocada la
-cabeza, bien proporcionada y hermosa.
-
-Los ojos del rey eran azules y ardientes, aunque velados por una triste
-y amorosa expresión; y su boca, pequeña, á lo que podía descubrirse
-entre la barba y el bigote, poblados y luengos. La tez era sonrosada y
-blanca, á pesar de que el sol y la intemperie le habían dado un barniz ó
-baño dorado; una especie de pátina semejante á la que imprime el tiempo
-en los monumentos de mármol blanco de Andalucía, Sicilia y Grecia. En
-fin, el perfil de la nariz y de la frente era tan correcto y
-majestuoso, como imaginamos que debió serlo el de la nariz y la frente
-del Júpiter de Fidias.
-
-Durante un breve rato no advirtió el rey la entrada de Amrafel; tan
-ensimismado estaba. Alzó, por último, la cabeza; vió á Amrafel y rompió
-el silencio de esta suerte:
-
---Siéntate á mi lado; deseo hablarte con reposo.
-
-Amrafel se sentó respetuosamente en un escabel, á cierta distancia.
-
-El rey prosiguió:
-
---Tú no ignoras mi mal, Amrafel, pero no aciertas con el remedio, ni yo
-creo que le tiene. Me cansa la vida, y no quiero morir. No puedo
-persuadirme de que no hay nada más allá de esta vida. ¿No crees tú, como
-yo creo, que después de la muerte queda de nosotros una sombra leve y
-vaporosa, que tal vez vaga por la noche en torno del sepulcro, que tal
-vez se levanta en el aire tenebroso y recorre volando muchos espacios,
-pero cuya vida es incompleta y horrible, por lo mismo que esta sombra
-conserva el pensamiento y la memoria, y no puede ver la luz del claro
-día?
-
---Lo que pasa después de la muerte es un misterio,--respondió
-Amrafel;--pero lo natural en el hombre es creer en una existencia
-ulterior é imperecedera.
-
-Yo he peregrinado mucho, he hablado con hombres de todas las naciones y
-castas, y todos creen en esa vida ulterior, aunque explicándola de
-diverso modo.
-
---¿Te satisface alguna de esas explicaciones?
-
---Ninguna, por completo; y menos que ninguna la de aquéllos que del
-aniquilamiento y del endiosamiento hacen una misma cosa. El entender y
-el querer son esencialmente distintos. Por el entender bien podemos
-confundirnos con la inteligencia infinita, y perdernos en ella como una
-gota de agua se pierde en el mar; pero la voluntad es un centro
-individual irreductible. Mientras más se educa y se levanta la
-inteligencia humana, más se identifica y confunde con toda inteligencia;
-más se acerca á la inteligencia única de que proviene. Por el contrario
-la voluntad; mientras más se educa y se levanta, por más que se someta y
-se conforme á los decretos eternos, más se determina y se aisla; más se
-individualiza y distingue. Tiene la voluntad su centro en sí, y en su
-desarrollo no hace sino marcar con más energía este centro; mientras que
-el entender tiene su centro fuera de nosotros. Es un centro universal
-donde concurrirían y se perderían todas las inteligencias, reduciéndose
-á perfecta unidad, si en el querer de cada individuo no se cifrase la
-indestructible diferencia. La voluntad es el ser que nos hace sobrevivir
-en el reino de las sombras: la forma, el ídolo, el fantasma nuestro es
-la voluntad.
-
---Mi pensamiento está de acuerdo con el tuyo, en el modo de considerar
-la vida futura. Yo concibo que un puñal, un veneno, cualquier agente
-capaz de romper la máquina de mi cuerpo, puede separar las partes que le
-constituyen y volverlas á los elementos de que salieron para que
-compongan otros seres. Lo que no concibo es que mi forma desaparezca.
-Este no sé qué, que me hace ser yo y no ser otro, no perece. Mas, ¿en
-qué consiste este no sé qué?
-
---Debe ser una substancia sutilísima; algo como aire ligero.
-
---Tan sutil debe ser, que dudo mucho de que nuestros sentidos perciban
-jamás las sombras. ¿Crees tú, que podemos verlas, oirlas, sentirlas de
-algún modo, comunicar con ellas?
-
---Creo que sí; pero de un modo imperfectísimo. En esta vida mortal nos
-comunicamos por medio de la palabra, que estremece el aire y hiere el
-oído. La palabra de las sombras debe estremecer otro ambiente más raro y
-debe herir otros sentidos más agudos y perspicaces. El lenguaje de las
-sombras debe ser, por último, más compendioso y rico. Su concisión y
-energía maravillosas.
-
---¿Cómo explicas, entonces, la evocación? ¿Acaso no crees en la
-evocación de las sombras?
-
---No tan sólo creo, sino que me juzgo capaz de evocarlas.
-
---¿Y cómo podrás ponerme en comunicación con los muertos?
-
---Sobreexcitando tus sentidos, dándoles mayor perspicacia y penetración;
-pero, aun así, confieso humildemente que sólo podrás entenderte con las
-sombras por un estilo rudo y grosero. La palabra verdadera de las
-sombras jamás la oirás mientras vivas; su lenguaje será ininteligible
-para tí mientras conserves ese cuerpo que hoy tienes.
-
---De suerte--dijo el Rey Tihur,--que si sólo por estilo grosero y rudo
-pueden las sombras hablar conmigo, ¿cómo ha de ser que me descubran nada
-de los misterios de su vida; que me infundan nuevas ideas, inefables,
-sin duda, en el lenguaje en que sólo hablan conmigo?
-
---Si no es imposible, es muy difícil que las sombras te trasmitan sus
-ideas; no caben en ningún idioma de los que hablan ni hablarán los
-vivientes. Por esto el comercio mental entre las sombras y nosotros no
-se acrecentará jamás con el andar de los siglos. Muchas leyes de las que
-gobiernan el mundo que vemos descubrirá el hombre con el tiempo; pero
-del mundo que está más allá de nuestros sentidos, aunque nos rodea y nos
-penetra, se descubrirá poco ó nada. Lo mismo que se sabe hoy se sabrá
-después que el sol y la bóveda del cielo hayan veinte mil veces
-producido con sus acordes movimientos la variedad alternada de las
-estaciones.
-
---Te confieso que lo que no logra en mí la desesperación, el cansancio
-de la vida, tal vez lo logrará un día la curiosidad. Á veces deseo la
-muerte para iniciarme en esos grandes misterios; pero encontrados
-sentimientos me combaten. Esos mismos grandes misterios me llaman á
-conocerlos, me excitan, me atraen y me aterran.
-
---Son, en efecto, pavorosos.
-
---¿Llegaré á tener más luz sobre ellos en esta vida?
-
---Lo ignoro.
-
---Voy á declararte un proyecto que tengo y que he de realizar
-inmediatamente. Estoy decidido á hacer una larga peregrinación. Quiero
-ir á Bactra, á la patria del gran profeta Zoroastro, y anhelo iniciarme
-en los misterios antiquísimos de Mitra. Tal vez allí descubra yo un
-medio de comunicar más íntimamente con las sombras, y con otros seres
-que, no tomando jamás cuerpo humano, hayan permanecido hasta hoy ocultos
-á nuestra mente. ¿Imaginas tú que existan estos otros seres?
-
---No lo imagino sólo, lo doy por seguro. Apenas conocemos algo de lo que
-nos rodea merced á los ojos, al oído y al tacto; pero estos mismos
-sentidos más aguzados, ú otros sentidos, que no acertamos siquiera á
-imaginar, nos pondrían sin duda en comunicación con infinidad de seres
-que hoy viven aislados de nosotros, aunque de continuo nos circundan.
-En el aire, en el agua, en el fuego, en la luz, en las tinieblas hay, á
-mi ver, inteligencias recónditas, seres vivos de una naturaleza superior
-á la nuestra, genios emanados de Ahura-Mazda ó del Espíritu contrario,
-poderes benéficos ó maléficos, que tal vez influyen en nuestro destino.
-
---¿Podemos dominar á algunos de esos seres y obligarlos á que nos
-obedezcan y sirvan?
-
---Á los buenos y luminosos no podemos, porque provienen de un principio
-soberano intransmisible; pero podemos dominar á los malos y hacer que
-nos sirvan, ora ligándolos con el Espíritu contrario al bien, y
-comprándole esa potestad á expensas de nuestra servidumbre, ora por
-favor del mismo Ahura-Mazda, que concede esa potestad á los varones
-virtuosos y sabios. Por lo dicho comprenderás que la magia es de dos
-maneras, y los conjuros pueden ser eficaces, ya en nombre del principio
-luminoso, ya en nombre del rey de las tinieblas.
-
---Á la hora del medio día, cuando el sol está en toda su fuerza, cuando
-los hombres duermen y reina el silencio, he vagado por las selvas
-solitarias; en el horror de la obscura noche he acudido al lugar de los
-sepulcros, donde mis mayores se dice que descansan; pero ni he visto ni
-he oído sombra alguna, ni espíritu, ni genio. He vertido en las tumbas
-el Soma sacrosanto, leche y manteca clarificada: he llamado á los Anses,
-á los héroes antiguos. No me han respondido, ni han dado señal de quedar
-satisfechos de las libaciones. ¿He cometido algún crimen, ó soy de tan
-baja y vil naturaleza que no merezco acercarme á lo superior y á lo
-divino? ¿Por qué ha de abrasarme entonces esta sed inextinguible de lo
-divino y de lo superior? Si toda la naturaleza está poblada de virtudes,
-de genios, ¿cómo es que permanece siempre desierta para mí? Oigo el
-bramar de los vientos, el murmullo de las aguas; veo la esfera celeste;
-veo la tierra cubierta de frutos, plantas y animales; veo y oigo, en
-suma, cuanto ve y oye el más abyecto de los mortales; pero, ¿no merezco
-más? ¿No valgo más?
-
---No sospeches, señor, que es lisonja cortesana lo que voy á decirte.
-Más vales y más mereces. Digno eres de que lo divino venga á tí durante
-la vigilia y de un modo claro, no entre los vapores de un ensueño ó en
-la alucinación medrosa que produce la fuerza mágica de ciertos filtros ó
-de ciertos linimentos y pociones que yo poseo. Pero las sombras, los
-espíritus no ceden á un capricho; no se revelan á fin de satisfacer una
-mera curiosidad. Proponte un fin grande y sublime y ellos acudirán
-entonces.
-
---¿Quién te dice, exclamó el Rey, que yo carezco de ese fin grande y
-sublime? Si en esta torpe lengua humana no acierto á formularle, ¿crees
-tú que no está en mi mente, claro y limpio y formulado, y que los
-espíritus no podrán leerle en ella?
-
---Aun así, ¡oh Rey! menester será que hagas cuanto en lo humano sea
-posible para realizar ese fin. Sólo, entonces, si el fin es bueno, y si
-es, además, humanamente irrealizable, alcanzarás acaso bastante
-merecimiento para que los espíritus se te aparezcan y te den su
-sobrehumano auxilio.
-
-Calló Amrafel, y el rey Tihur quedó también por algunos instantes en muy
-hondo silencio. Vuelto á lo que le rodeaba, después de aquella
-reconcentración en que había caído, el Rey habló de esta manera:
-
---Mira, Amrafel, lo que me impulsa á buscar el trato y conversación de
-los espíritus es todo amor y aspiración no satisfecha: amor de saber y
-amor de amor mismo. Quiero hallar una hermosura superior á las que he
-conocido hasta ahora, para que mi voluntad la ame y en ella repose;
-quiero hallar verdades superiores á las que hasta ahora he conocido,
-para que mi entendimiento se satisfaga.
-
---¿Y no adviertes que hay un egoísmo inmenso y un desmedido orgullo en
-lo que anhelas?
-
---No niego que le hay, pero no todo es orgullo y egoísmo. Más que en mi
-propia ventura pienso en la grandeza y prosperidad de mi raza y de todo
-el linaje humano. Salvo algunos indivíduos, y hablando en general, no
-puede negarse que la raza á que pertenezco es la más noble de todas. De
-ella será el imperio del mundo; ella ha de llevar á feliz término toda
-aspiración y ha de realizar todo bien. Mi raza está muy postrada y
-humillada. No dudes que volverá á levantarse. Concurrir á este fin es mi
-deseo. El aislamiento en que vive el pueblo de Vesila-Tefeh le ha hecho
-olvidar no pocas de aquellas fecundas ideas que nos inspiraron nuestros
-sabios primitivos antes de separarnos. Otros pueblos de nuestra misma
-estirpe han conservado mejor aquellas ideas y las han desenvuelto, pero
-en cambio han viciado su voluntad. Yo pretendo ir en busca de la ciencia
-de aquellos pueblos, nuestros hermanos, y traerla á nuestro pueblo, que
-no la posee, si bien conserva la voluntad más pura y más entera. El
-imperio de Vara ha caído; el descendiente de Djenschid no tiene cetro ni
-corona. Los asirios y los árabes, á quienes aborrezco, se han
-enseñoreado en los dominios de Djenschid y de los hombres de la Ley
-pura. Harto conozco que las fuerzas de Vesila-Tefeh son muy débiles para
-que yo vaya al imperio de Djenschid como libertador, y no quiero ir á él
-como pacífico peregrino, pero iré más hacia el Oriente; iré á Bactra;
-iré más allá; penetraré en la India y consultaré á los solitarios é
-iluminados penitentes que habitan los bosques frondosos de Dandaka y de
-Pantchavati, y las risueñas orillas del Lago de las Cinco-Apsaras.
-
-La gloria de aquellos solitarios llena ya toda la tierra.
-
---¿Á quién dejarás, ¡oh, Rey!, el gobierno de Vesila-Tefeh, durante tan
-largas y peligrosas peregrinaciones?
-
---Á mi hermano Arioc--contestó el Rey Tihur.--Tú prepara lo conveniente,
-pues hemos de partir mañana, al rayar el día.
-
---¿Quién irá contigo?
-
---Irás tú; irán treinta de los sesenta guerreros de mi guardia; cuatro
-pastores, con veinte vacas y cien ovejas; mis dos mejores perros y mis
-dos mejores halcones; diez mulas cargadas de riquezas y presentes que
-sacarás de mi tesoro; otras cuarenta con todo género de vituallas y
-refrescos; algunas tiendas de campaña; mi caballo negro de montar y mi
-carroza de viaje, tirada por dos zebras poderosas, y treinta esclavos
-ágiles para que nos sirvan. Todo esto ha de estar pronto, antes de que
-mañana despunte la aurora.
-
-Al oir las últimas palabras del rey, se alzó Amrafel de su asiento, y
-dando con el cuento de su pértiga ebúrnea un golpe en el suelo, dijo:
-
---Tu voluntad será cumplida.
-
-Sin más explicaciones, salió Amrafel de la estancia.
-
-
-IV.
-
-En nuestra Edad Media cristiana, los villanos eran tan humildes y
-andaban tan mal armados, que un solo caballero, con buena armadura,
-podía y solía alancear á millares de hombres; y un pequeño escuadrón de
-caballeros podía y solía conquistar todo un reino y hacer tales proezas
-é insolencias, que justificasen las que refieren los Libros de
-Caballerías. Había, además, en nuestra Edad Media, mayor población y más
-recursos. Nunca ó rara vez faltaba un castillo ó una posada donde
-albergarse cuando llegaba la noche, ni algo de comer y de beber que, de
-grado ó por fuerza, robado, comprado ó generosamente ofrecido, pudiera
-satisfacer la sed y el hambre de un caballero. No se ha de extrañar,
-pues, que no ya caballeros particulares, sino á veces hijos de reyes y
-hasta reyes, saliesen solos de su casa, salvo la compañía de algún
-escudero leal, y recorriesen mucha parte del mundo buscando aventuras.
-Pero más tarde, cuando los villanos y rústicos sacudieron de sí aquella
-mansedumbre y aquel hábito de sumisión á que la dominación romana por
-largos siglos los había acostumbrado, y cuando la humildad evangélica
-dejó de ser entendida por ellos tan á la letra, ya empezó á ser difícil
-el salir sólo un caballero en busca de aventuras, por bien armado que
-estuviese; y ya se expuso todo caballero, por valiente que fuese, á ser
-apaleado, herido ó muerto.
-
-En tiempo del Rey Tihur, la dificultad y el peligro subían de punto en
-absoluto, y más aún si se atiende al aislamiento de Vesila-Tefeh. Lejos,
-pues, de parecemos demasiada la comitiva que el Rey Tihur quería llevar
-consigo, y muchas las provisiones de toda laya que había ordenado
-disponer, deben parecemos pocas é insuficientes para tan difícil
-empresa.
-
-Bajando por la ribera del Aral, unido entonces al Mar Caspio, nada había
-que recelar entonces hasta llegar cincuenta _parasangas_ ó leguas al Sur
-de Vesila-Tefeh. Todo el país estaba lleno de preciosas aldeas, donde
-vivían felices los súbditos de Tihur; los campos estaban bien
-cultivados, y los ríos tenían puentes de barcas ó de piedra: mas, al
-llegar al sitio indicado, cambiaba completamente el aspecto del suelo.
-El río Djan-Deria, hoy seco ó perdido bajo las arenas del desierto de
-Kizil-Cun corría entonces caudaloso con grande ímpetu á precipitarse en
-el mar, en aquel sitio, donde no había puente para pasarle.
-
-Si bien, según he dicho, el Imperio de Vesila-Tefeh se extendía hasta el
-Oxo ó el Amú-Deria, entre el Djan-Deria y la ciudad de Vesila-Kara,
-célebre entonces por sus grandes minas de oro, que aun en tiempos
-modernísimos han excitado la codicia del Zar Pedro el Grande, había un
-inhospitable desierto de unas 40 leguas de largo, que se llama hoy
-Kizil-Cun. Una vez atravesado este desierto, desde Vesila-Kara,
-caminando hacia el Sur, el país era fertilísimo, poblado y hermoso,
-hasta cerca del Oxo; por el Oriente lo era también hasta donde hoy está
-Samarcanda, sobre poco más ó menos; pero más allá, había montañas
-ásperas, nuevos desiertos arenosos y regiones selváticas, por donde
-vagaban los corasmios y otras gentes fieras: todo lo cual separaba las
-posesiones del Rey Tihur de la santa ciudad de Bactra ó Zoriaspa. Véase,
-pues, si tenía sobrada razón el Rey Tihur para hacer tamaños
-preparativos.
-
-Amrafel, que era listo y eficacísimo, dió las órdenes oportunas, y todo
-se hallaba dispuesto para la partida á las pocas horas de haberla
-decidido el rey.
-
-Su hermano Arioc y algunos de sus grandes vasallos trataron de
-disuadirle de que emprendiese aquella expedición; pero todo fué en
-balde.
-
-Los negocios se arreglaron como era justo, y Arioc quedó nombrado lo que
-llamaríamos ahora Regente del Reino.
-
-Cuando se esparció la noticia de que el rey se iba, todos los habitantes
-de Vesila-Tefeh, entre quienes el rey era idolatrado, dieron muestras
-del más vivo y doloroso sentimiento.
-
-Las esclavas del _gineceo_ se afligieron también; pero se resignaron
-pronto con la ausencia de su señor, quien, por lo general, les hacía
-poquísimo caso. Sólo una, á quien apellidaban Peridot, como si dijéramos
-hija de una peri, amaba al rey con entrañable cariño, y no podía
-conformarse con su ausencia. El rey también la amaba, como parece que
-sólo podía amar á una criatura terrena aquel corazón herido y aquella
-alma que ardía en sed de lo sobrehumano.
-
-La noche víspera de la partida del rey, cuando ya las tinieblas habían
-encapotado el cielo y todo el alcázar estaba en calma y reposo, Peridot
-se envolvió en un manto obscuro, y tomando en la mano una lámpara, cuya
-luz estaba alimentada con oloroso aceite, se dirigió á la estancia de su
-dueño, que sin duda la aguardaba.
-
-Hallábase distraído el Rey Tihur en sus meditaciones, y como Peridot
-andaba con pasos ligeros, que apenas se oían á pesar del silencio
-nocturno, el rey no la sintió llegar. Dió Peridot un leve golpe en la
-puerta cerrada de la estancia, y el rey, como quien despierta de un
-sueño, dijo maquinalmente:
-
---¿Quién es?--aunque bien sabía que era ella.
-
---Soy yo; tu sierva Peridot--respondió una voz argentina.
-
-Abrió Tihur la puerta, y volvió á cerrarla no bien entró la esclava.
-Ésta colocó en seguida la lámpara sobre un pie ó candelabro que había en
-un ángulo; dejó caer el manto que la cubría y se echó en los brazos del
-rey.
-
-Peridot era una preciosa criatura, y bien se podía dudar de que entre
-los seres sobrenaturales con quienes Tihur buscaba trato, entre los
-_izeds_, _anses_, _amschaspands_, _apsaras_, _peris_ y _genios_, hubiera
-nada más lindo y gracioso, ni más vivo, y al parecer más inteligente.
-Cualquier otro hombre que no fuese el Rey Tihur juzgaría que no era
-deseable más íntima comunicación con las cosas divinas que la que podía
-tener por medio de aquella muchacha; que en sus labios podía beber la
-bebida de los dioses, y que la luz de sus ojos podía iluminarle con la
-luz y el fuego del cielo.
-
-Una estola de finísimo y blanco lino velaba apenas las delicadas formas
-de Peridot. Sus cabellos eran rubios como el oro. Una cinta azul los
-sujetaba en parte sobre la frente pequeña y recta, desprendiéndose
-airosamente algunos leves rizos sobre las sienes y el cuello. La gran
-masa de la abundante mata de pelo estaba levantada por todos lados y
-recogida en la cima de la cabeza, donde, entrelazada con hojas de
-hiedra, formaba un corymbo elegante. Las mangas, anchas y cortas,
-dejaban ver los bien torneados brazos, ornados de brazaletes de oro.
-Calzaba Peridot finas sandalias, que descubrían los menudos pies. En el
-ambiente que la circundaba y en el aire que agitaba y rompía al pasar,
-no se sentía perfume artificial ni esencia de flores, sino un aroma
-tenue y deleitoso de juventud, de salud y de limpieza; una frescura
-beatífica; algo de magnético, luminoso y risueño.
-
-Tendría Peridot de 18 á 20 primaveras, y todo su cuerpo era de una
-corrección admirable de dibujo. Si de la cara no se podía decir lo
-mismo, sus facciones ganaban en gracia, animación y hechizo, lo que en
-regularidad perdían. La nariz, algo recortada y levantada por abajo,
-prestaba á toda su fisonomía cierto carácter de infantil petulancia; sus
-grandes ojos azules estaban llenos de pasión y desenfado; sus labios, un
-poco gruesos, tenían el lustre sano y el color rojo de las cerezas en
-sazón, cuando aún están en el árbol, húmedas con el rocío de la aurora;
-y su boca, en verdad, no muy chica, entreabierta casi siempre por una
-sonrisa franca, dejaba ver dos hileras de dientes blanquísimos, iguales
-y apretados, bien puestos sobre las frescas y coloradas encías, adonde
-no se acertaba á comprender que hubiesen tocado jamás alimentos
-terrenales, sino el néctar y los elíxires de que viven las peris y las
-apsaras.
-
-En el primer abrazo y en la efusión de cariño que hubo de sucederle, tal
-vez olvidó el Rey Tihur su aspiración á lo sobrehumano y su ansia de
-penetrar los grandes misterios; tal vez desechó su enfermedad sublime,
-su hastío del mundo visible y su amor del invisible. La verdad es que
-nada de esto habló, ni nada se habló de ninguna otra cosa. En ciertos
-momentos no hay palabra de ningún idioma conocido, por suave y regalada
-que sea, que baste á expresar lo que se siente, que no lo profane al
-querer expresarlo. Por esto el Rey Tihur y Peridot se callaban. Tal vez
-pensó entonces el Rey Tihur que aquello sólo podía expresarse en
-vocablos monosílabos; con algo como rudimentos é interjecciones, que han
-de pertenecer, sin duda, al lenguaje de los espíritus, y han de ser como
-el _a b c_ del habla celestial.
-
-Una hora después, reclinada Peridot sobre mullidos almohadones, y
-teniendo junto á sí al Rey Tihur, le hablaba de esta suerte:
-
---¡Ingrato! ¡Cruel! ¿No eres aquí dichoso? Por qué te vas y me
-abandonas?
-
---Así lo quiere mi destino,--respondió el Rey Tihur.
-
---¿Y por qué, ya que es inevitable tu partida no me llevas contigo?
-¿Crees tú que no tendré valor para arrostrar á tu lado todos los
-peligros, para exponerme á todos los azares y para sufrir y resistir
-todas las fatigas? Semíramis, la reina de Asiria, he oído contar que
-inventó un traje elegantísimo, un traje guerrero y viril que le sentaba
-lindamente, y en este traje acompañaba siempre á su marido en todas sus
-campañas, peregrinaciones y conquistas. ¿Por qué no me dejas imitar en
-esto á Semíramis? Me siento muy capaz de imitarla.
-
---No puede ser, mi querida Peridot, replicó el rey. Tú ignoras lo
-expuesto, lo difícil, lo terrible que es el viaje que voy á emprender.
-El cansancio te rendiría; el sol y el viento ajarían y marchitarían tu
-hermosura. Consérvame tu hermosura y consérvame tu amor para cuando yo
-vuelva. Mi vuelta será pronto, y no puedes darme mayor prueba de afecto
-que esperarme tranquila.
-
---¿Y cómo he de estar tranquila, si me consumirá el deseo de tu amor y
-los celos me abrasarán el alma?
-
---¿Y de quién has de tener celos, oh amabilísima entre las mortales?
-Todos aquellos senos de mi corazón, donde cabe aún el amor de los seres
-visibles, están henchidos de tu nombre, están sellados con tu imagen, y
-están encendidos en el fuego de tu mirada. No te niego, ni nunca te
-negaré, que en lo más noble de mi ser, en lo más elevado de mi alma, hay
-otro amor superior al que me inspiras; pero este amor, lo mismo aquí que
-muy lejos de aquí, te será siempre contrario. Por este amor no te
-pertenezco. Por este amor no soy tuyo. Pero, ¿acaso puedes tú tener
-celos del objeto vago é inexplicable de este amor?
-
---Y ¿por qué no he de tenerlos? Contigo soy muy humilde, como tu esclava
-debe ser, pero soy soberbia con los otros. No hay peri, no hay ninfa, no
-hay genio, no hay espíritu que juzgue yo más noble y más bello que el
-espíritu que anima mi ser, cuando en tu amor se diviniza y hermosea. Si
-quieres entenderte con el espíritu sólo, si quieres ahondar en los
-misterios que nos circundan y donde no penetran nuestros groseros
-sentidos, toma un puñal y mátame. Libre mi espíritu de esta ciega
-prisión, no será sordo á tus evocaciones ni rebelde á tu mandato. Mi
-voluntad amorosa tendrá fuerza bastante para quebrantar las leyes de
-naturaleza; para traspasar los límites del reino de las sombras; para
-llegar hasta tí; para acariciarte y besarte en el mismo centro del alma;
-para decirte lo inefable; para narrarte lo inenarrable y para traer á tu
-conocimiento las ocultas verdades, rompiendo el sello que las encubre.
-Mátame, y ya verás cómo el lazo con que el amor me liga á tí no se
-rompe, y cómo se abre para tí el reino de las sombras, en el que tendrás
-una esclava.
-
-Ciertamente que á tan enamoradas frases era difícil contestar. No había
-otra contestación que cortarlas con un beso; que cerrar con los labios
-los labios de que salían.
-
-Así lo hizo el Rey Tihur, exclamando después de una breve pausa:
-
---La culpa es mía; indudablemente la culpa es mía. Fue un egoísmo feroz
-el que me incitó á hacerme amar de tí, que eres una niña. Yo soy un
-viejo de corazón gastado, y apenas si puedo darte nada á trueque de los
-inagotables tesoros de amor que tu alma guardaba y que tomé para mí. Los
-robé miserablemente, pues nada puedo darte en cambio. No, Peridot, yo no
-te amo como tú me amas, ni lograré amarte nunca. Esta sola consideración
-me induciría á partir, aun cuando no hubiese otra. Tal vez la ausencia
-te curará del amor inmerecido que he llegado á inspirarte. Olvídame; haz
-cuenta de que no existo y consagra á otro hombre ese amor que yo sé
-estimar, pero no pagar. Las puertas del _gineceo_ están abiertas para
-tí. Eres libre; válete de tu libertad.
-
-Al oir esto Peridot, rompió en desconsolado llanto y en ternísimos
-sollozos; tibias y claras lágrimas se deslizaron por sus mejillas de
-rosa; y su cabeza, como flor que agosta el sol de estío, se inclinó
-lánguida sobre el pecho del Rey Tihur.
-
---Yo soy tu esclava--prorrumpió;--yo quiero ser y seré siempre tu
-esclava. La cadena con que me has atado es más dura que el diamante, más
-poderosa que la muerte. Ames ó no á Peridot, Peridot te amará con
-inmortal cariño.
-
-Al decir esto, desató la cinta que sostenía los cabellos sobre su
-frente, y suspendió en ella dos pequeños discos de oro que antes estaban
-ligados á sus brazaletes por unas argollitas. Los discos podían unirse
-por medio de resortes. Arrancando luego de su peinado varias hojas de
-hiedra, las puso y encerró entre los discos, y ató la cinta de que
-pendían al cuello del Rey Tihur.
-
---La hiedra--dijo--es símbolo de mi amor, de la fuerza que á tí me liga.
-Sea esta joya un talismán que te traiga venturas, que te preserve de
-males y que te recuerde mi afecto.
-
-El rey prometió á Peridot llevar siempre sobre el pecho aquel talismán;
-y, si bien era poco aficionado á jurar, juró amarla con fidelidad, juró
-no amar á otra mujer más que á ella.
-
-En estas y otras finezas y pláticas dulces se pasó toda la noche y
-sobrevino el alba.
-
-Aun no hemos dicho en qué estación del año nos hallábamos. Bueno será
-decirlo ahora.
-
-Era la primavera alegre; los pájaros gorjeaban y celebraban en sus no
-aprendidos cantos la luz del nuevo día, el cual anunciaba ser despejado
-y sereno; un airecillo fresco y suave movía las blandas y recién nacidas
-hojas de los árboles; un sutil aroma de flores y de búcaro ó de tierra
-mojada por el rocío, subía hasta la estancia del rey.
-
-El momento de despedirse de Peridot era llegado. La despedida fué
-tierna y dolorosa. Peridot lloró de nuevo, y faltó poco, muy poco, para
-que no se desprendiesen dos lágrimas de los ojos del Rey Tihur.
-
-Envuelta Peridot otra vez en su manto negro, volvió á estrechar al rey
-en un apretado y prolongado abrazo. Haciendo luego un esfuerzo, más bien
-como quien huye, que como quien se retira, se fué por la misma puerta
-por donde había entrado.
-
-Solo ya el Rey Tihur, dió fuertemente con el pie en el suelo, y se hirió
-la frente con la palma de la mano, como quien anhela cobrar ánimo y
-desechar vacilaciones y pensamientos que le embargan.
-
-
-V.
-
-Me parece conveniente, á fin de no fatigar á los lectores, contar en
-brevísimo sumario, y sin entrar en pormenores inútiles, que el Rey Tihur
-salió aquella misma mañana de Vesila-Tefeh con toda su comitiva. Cinco
-días caminó por medio de fértiles campos y atravesando populosas aldeas,
-donde sus vasallos le mostraban amor y sentimiento porque los dejaba. Al
-día sexto, ya el camino y los campos circunstantes empezaban á ser
-solitarios y estériles. Hubo, sin embargo, una pequeña población donde
-reposar aquella noche.
-
-En todo este tiempo nada ocurrió que importe ó interese á nuestra
-historia.
-
-Al séptimo día, volvieron el rey y su séquito á emprender el viaje muy
-de mañana. Y ya declinaba el sol hacia el ocaso, tiñendo de topacio y de
-púrpura el horizonte y rielando en las ondas del mar Caspio, no lejos de
-cuya orilla caminaban, cuando acertaron á divisar el río Djan-Deria, que
-como un ancho listón de plata, cortaba la extensa llanura.
-
-Por más que picaron á las caballerías y á las reses, no llegaron á la
-orilla del río hasta bien entrada la noche. Acamparon, pues, en la
-orilla, y esperaron el alba para pasar el río.
-
-Á fin de que los más pudiesen dormir seguros, vigilaban alternativamente
-de cuatro en cuatro los guerreros del Rey Tihur, evitando toda sorpresa
-de fieras ó de bandidos.
-
-Al amanecer, al toque de una trompeta, los guerreros se pusieron de pie
-y empuñaron las armas; y los siervos y los pastores acudieron á
-prepararlo todo para el paso del río.
-
-Pronto, con bien afiladas segures, cortaron multitud de álamos, chopos,
-mimbrones y sauces, de los cuales, entrelazados con cuerdas, que traían
-preparadas al efecto, formaron seis grandes balsas y las pusieron á
-flote. En una colocaron el carro del Rey Tihur y sobre el carro subió el
-rey. Amrafel y doce de sus más bravos guerreros iban acompañándole en
-la misma balsa. En las cinco restantes, se pusieron todas las vituallas
-y riquezas que habían traído á lomo las mulas. Para mover las balsas y
-hacerlas llegar á la otra orilla, aunque cediendo algo á la corriente,
-iban en cada una ocho ó diez vigorosos esclavos que rompían el agua con
-largos remos. Además, las mulas más fuertes, atadas á las balsas,
-tiraban de ellas nadando.
-
-El caballo del Rey Tihur pasó también á nado, llevado del diestro por el
-escudero Samec. De la misma suerte se aventuraron á pasar otros seis
-guerreros, con las armas y las ropas de que se habían desnudado, puestas
-sobre sendas odres atadas á las colas de los caballos. Otros tantos
-esclavos, hábiles nadadores, iban asidos á las odres é impedían que se
-volcasen.
-
-El río era por allí muy ancho, y la corriente rápida. Más de una hora
-tardaron en pasarle, llevados hacia el mar por el ímpetu del agua á más
-de media legua de distancia del punto de que habían salido. El mar
-distaba aún otra media legua del punto de desembarque.
-
-Mientras pasaban, dijo Amrafel al Rey Tihur:
-
---Bueno es, señor, que te apercibas. Presiento que nos aguarda un gran
-peligro al llegar á la otra orilla de este río. Tú no ignoras cuán
-perspicaz y penetrante es mi vista. Pues bien; entre aquellas enormes
-jaras, malezas y zarzales que el violento curso del río nos hace dejar á
-la izquierda, me ha parecido advertir un movimiento como de muchos
-hombres emboscados. Tal vez sean ladrones ó piratas iberos y albaneses,
-que desde las opuestas riberas del mar Caspio, á la falda del Cáucaso
-gigantesco, aportan á veces hasta nuestras playas en sus ligeras
-embarcaciones.
-
-No pareció verosímil al Rey Tihur esta suposición, ni fundado el recelo
-de Amrafel. Sin embargo, se preparó para cualquier evento, y fué el
-primero que saltó en tierra armado. Siguiéronle Amrafel y los doce
-guerreros que en la misma balsa venían.
-
-Pronto estuvieron también desembarcadas las vituallas y las riquezas de
-las otras balsas, como también el caballo del Rey y los seis guerreros
-que habían venido nadando.
-
-El resto de las fuerzas del Rey Tihur, las reses, los pastores y las
-acémilas, habían quedado en la opuesta orilla; pero lo más codiciable y
-precioso estaba con el Rey Tihur.
-
-Las malezas donde Amrafel había creído advertir el movimiento
-sospechoso, habían quedado muy distantes. Nada se notaba que confirmase
-la sospecha.
-
-El Rey Tihur mandó á parte de su gente que volviese con las balsas á la
-opuesta orilla para traer á los que allí quedaban.
-
-
-VI.
-
-En la orilla del Djan-Deria, á donde había pasado el Rey Tihur, la
-vegetación era más pobre que en la orilla opuesta. Las rojas y estériles
-arenas del Kizil-Cun, que el viento atraía por aquella parte hasta el
-mismo borde del río, quitaban toda lozanía y todo vigor productivo al
-terreno. Aquellas arenas se han ido extendiendo hacia el Norte con el
-andar del tiempo, y han hecho cambiar de cauce al Djan-Deria no pocas
-veces.
-
-En la época de nuestra historia ya he dicho que el Djan-Deria estaba en
-su desembocadura á unas cincuenta leguas del Sir y de Vesila-Tefeh. El
-desierto de Kizil-Cun allí mismo empezaba.
-
-Con todo, hasta donde las aguas y el limo fecundante del Djan-Deria
-solían llegar en las mayores avenidas había hierbas y plantas, verdes y
-floridas entonces por ser el mejor momento de la primavera.
-
-En torno del sitio donde el Rey Tihur había desembarcado crecían juncos
-y espadañas, olorosa retama ó gayomba, cubierta entonces de sus flores
-amarillas, y algunos espinos, tarajes y enebros raquíticos.
-
-Á cierta distancia, hacia la izquierda, el suelo parecía ser menos
-infecundo, y se alzaba el bosquecillo ó matorral donde Amrafel habría
-creído percibir el movimiento de gente emboscada.
-
-No bien se alargaba la vista á cien pasos del río, la vegetación
-desaparecía casi por completo, y apenas se veía sino un llano
-extensísimo, un mar de arena roja, cuya monotonía sólo alteraban las
-dunas ó montecillos que solía formar la misma arena movediza.
-
-Á pesar de la tristeza de este paisaje, el aire sereno y puro, el cielo
-azul y diáfano, el sol que vertía sus rayos espléndidos, alegrando la
-tierra y dorando el ambiente, y algunas aves, como mirlos y alondras,
-que cantaban entre las matas, daban cierto encanto agreste á aquel lugar
-solitario, si bien no pocos grajos y cornejas, que se levantaban á
-bandadas y volaban hacia el desierto parecían anunciar con sus
-siniestros graznidos las fatigas y los trabajos que aguardaban allí á
-nuestros caminantes.
-
-Los dos perros que el Rey Tihur había traído empezaron á ladrar como
-sobresaltados y á correr husmeando entre los juncos y retamas.
-
-El Rey, en vez de subir en el carro, había montado á caballo, pues á
-caballo se proponía hacer todas las jornadas del arenoso desierto.
-Llevaba el Rey en la cabeza un yelmo en forma de tiara recta ó
-cilíndrica, todo él de bronce bruñido y refulgente. Dos alas, caída á
-los lados, le cubrían y defendían las sienes y orejas. Vestía una
-túnica que llegaba á mitad del muslo, toda de piel de cabra ó de
-estezado, en el cual estaban sobrepuestas infinitas escamas, de bronce
-también, que formaban una vistosa y fuerte armadura. Los borceguíes y el
-talabarte eran de cuero rojo. Del talabarte pendían un rico puñal con
-puño de marfil, que representaba una serpiente, y una espada ancha,
-grande, pesada y terrible, cuyo puño era de oro, obra de labor pasmosa,
-donde un sabio artífice ninivita se había esmerado y lucido al figurar
-un león que estrechaba entre sus garras una gacela. La aljaba, llena de
-acicaladas flechas, de largos y flexibles juncos, y el arco poderoso,
-que pocos hombres de entonces y muchos menos de ahora tendrían fuerza
-para manejar, iban pendientes á la espalda. Las grevas eran asimismo de
-estezado, revestidas de escamas como la túnica, y ajustadas al tobillo,
-por cima de los borceguíes, con broches de oro primorosos. Cubrían, por
-último, los muslos del rey, y llegaban hasta por bajo de las rodillas,
-unos calzones anchos de lana, que usaron los pueblos del Norte del Asia,
-según Heródoto, y que los griegos y romanos designaron con el nombre de
-_sarabaras_.
-
-Amrafel, á caballo al lado del rey, no vestía ya su traje áulico, sino
-un traje militar, casi idéntico al del rey, aunque menos rico. Del mismo
-modo iban los guerreros de la escolta. Sin embargo, en vez del yelmo,
-en forma de tiara recta, que ornaba la cabeza del rey, tenían capacetes
-cónicos, sin cresta ni penacho. Todos, por último, llevaban rodelas, y
-para guarecerse del frío, capas, mantos, ó como quieran llamarse, que
-cuando no se abrigaban con ellos, iban suspendidos á las ancas de los
-caballos.
-
-Todos los objetos que habían venido á lomo de las mulas y pasado el río
-en las balsas, estaban amontonados en la orilla. El rey, Amrafel y los
-dieciocho guerreros, que ya también habían pasado, formaban un lucido,
-aunque pequeño escuadrón, y aguardaban á pie firme á que el resto de la
-caravana pasase.
-
-Las balsas en tanto se alejaron de la orilla del Sur y se encaminaron
-lentamente á la otra en busca de los que allí quedaban.
-
-Amrafel casi había ya perdido el recelo de un mal encuentro, cuando los
-perros ladraron otra vez con más ahinco y furor que en un principio.
-Oyóse entonces un silbido agudo, y cual si fuera convenida señal, vieron
-el rey y su gente una nube de flechas y de piedras que caían sobre
-ellos.
-
---Son bandidos de Iberia y de Albania, como yo temía;--dijo Amrafel al
-rey.
-
-En efecto, de entre los juncos y retamas por donde habían venido
-recatándose acababan de salir como unos cincuenta hombres, que con
-arcos y hondas, á una distancia de mucho más de cien varas, hicieron
-aquel disparo. Los bandidos vestían trajes de pieles y cubrían las
-cabezas con sombreros de fieltro, semejantes á los que usaron en Roma
-los gladiadores tracios. Una pluma de águila adornaba la punta de cada
-sombrero. El aspecto de los bandidos era feroz y bárbaro.
-
---¡Á ellos!--exclamó el Rey Tihur, y lanzó su caballo á galope. Amrafel,
-Samec y los demás le seguían.
-
-Las primeras flechas y piedras no habían herido á ninguno de los
-vesilianos, los cuales, cubiertos con las rodelas y defendidos por sus
-armaduras, avanzaban hacia el enemigo. El disparar de las flechas y de
-las piedras no cesaba un instante; pero Tihur y los suyos no tiraban
-flechas, sino que con las espadas desnudas iban á dar caza á los
-bandidos.
-
-Como éstos vieron á los caballos á menos de treinta pasos dispararon con
-más tino que nunca, y al punto se pusieron en fuga. Á Amrafel le deshizo
-una enorme piedra parte de la armadura de un hombro. Al rey le tocaron
-dos flechas, y una se rompió en la rodela, y otra se embotó en las
-_sarabaras_. Tres caballos, atravesados por otras tantas flechas,
-cayeron muertos á poco, haciendo rodar en el polvo á sus jinetes.
-
-En aquel momento, la gente de Vesila-Tefeh se hallaba ya en el mismo
-lugar donde los bandidos se habían mostrado. Los bandidos, huyendo,
-habíanse puesto á bastante distancia.
-
-Al caer muertos los tres caballos, pararon un instante los demás del
-escuadrón. Entonces resonó, á un paso de donde estaban, un alarido
-salvaje, y de un lado y otro, de entre el taraje y la maleza, salieron
-de improviso otros treinta ó cuarenta bandidos que allí estaban en
-acecho. Unos traían largos escudos cuadrangulares y convexos; otros, el
-brazo izquierdo envuelto en un paño que les servía de escudo; todos
-empuñaban cuchillos corvos, con el filo hacia dentro y con aguzada
-punta, semejantes en la forma á los colmillos de jabalí. Era el arma que
-usaron posteriormente los tracios y otros pueblos bárbaros del Norte.
-Los romanos la llamaron _sica_, de donde proviene el nombre de
-_sicario_. Agachándose con esta arma, el que sabía manejarla asestaba á
-su contrario el golpe de abajo arriba, á fin de abrirle el vientre.
-
-El Rey Tihur, con más rapidez que lo que podemos tardar en decirlo,
-comprendió el gravísimo peligro en que se hallaba. Él y los suyos
-estaban cercados de enemigos. Los que habían ido huyendo, para traerlos
-hasta aquel sitio, iban también á caer sobre ellos. Aguardar á caballo á
-los bandidos, que se deslizarían y meterían hasta entre las piernas de
-los caballos y los matarían con sus terribles cuchillos, era exponerse á
-morir sin gloria y sin completa venganza. Abrirse camino por entre los
-bandidos y salir á escape de aquel trance, no era difícil, pero era
-deslucidísimo. Para el Rey Tihur era insufrible la idea sola de huir
-ante aquellos miserables. Parecíale ver á todos sus gloriosos
-antepasados, á todos los espíritus de los héroes de su estirpe,
-empezando por el ilustre Cayumor, que se levantaban airados á fin de
-atajarle en la fuga. Creía oir las voces de todos ellos que le gritaban:
-
---Es preferible la muerte.
-
-Todo este razonamiento fué instantáneo; pasó veloz como un relámpago por
-la mente del Rey Tihur. Pasó tan veloz, que los bandidos que no tenían
-más que dar un salto para estar encima, no le habían dado aún, cuando el
-Rey Tihur exclamó con voz serena é imperativa:
-
---¡Todos á pié, agrupados en torno mío!
-
-No había terminado de pronunciar estas palabras, cuando ya estaba pié á
-tierra. Golpeó entonces de plano con la espada en la grupa de su
-caballo, y el caballo dió dos ó tres botes y saltó por medio de los
-sicarios, derribando á dos que se le opusieron y no lograron herirle.
-Amrafel y los demás de la banda del Rey hicieron lo mismo con prontitud
-maravillosa. Sueltos los caballos todos, se lanzaron á galope hacia el
-punto, en la orilla del río, donde las vituallas y riquezas, el carro,
-las zebras y algunas mulas estaban bajo la custodia de ocho esclavos,
-excelentes flecheros.
-
-Algunos, aunque pocos bandidos, se dirigieron en pos de los caballos;
-pero los ocho esclavos acababan de levantar con los sacos ó cargas una
-especie de parapeto, y desde allí, resguardados, disparaban sus flechas.
-Cuatro bandidos cayeron mal heridos por ellas; otros seis ó siete se
-volvieron á donde estaban sus camaradas, que ya combatían contra el Rey
-Tihur.
-
-Éste había colocado rápidamente á sus compañeros en una sola línea,
-quedándose él en medio. Á su derecha Amrafel, Samec á su izquierda. La
-línea se doblaba ó formaba un ángulo, en cuyo vértice estaba el Rey. Los
-lados del ángulo ya se abrían, ya se cerraban hasta juntarse, según lo
-requerían los accidentes de la batalla. Así presentaban siempre la cara
-al enemigo, el cual no podía herirlos ni por la espalda ni por los
-costados.
-
-De los tres guerreros que habían caído al caer sus caballos muertos, dos
-habían logrado salvarse, y habían venido á ser parte en aquella
-formación. El otro, cogida una pierna bajo el cuerpo del caballo, no
-tuvo tiempo para levantarse, y estando caído, uno de los bandidos le
-segó la garganta.
-
-Lo más recio de la pelea era en el vértice del ángulo, donde estaba el
-Rey. Por ambos lados se precipitaban sobre él los sicarios. Cuando
-paraba Tihur un golpe por un lado, por el opuesto le descargaban otro
-golpe. Éstos le tiraban á la cara; aquellos, en tanto, se bajaban y
-pugnaban por herirle en el vientre. Tihur se defendía y ofendía con
-esfuerzo incansable y ligereza sobrehumana. Á tres había ya derribado de
-otras tantas cuchilladas. El macizo y artístico puño de oro de su espada
-tremenda se había hundido ya en el cráneo de otros dos, que agachados
-habían venido á herirle. El puño de su espada y su homicida diestra
-ponían grima con la sangre y las vísceras trituradas.
-
-El ataque primero de los bandidos duró dos ó tres minutos. Este tiempo
-bastó para que, según hemos dicho, el Rey pusiese á cinco fuera de
-combate. Amrafel, Samec y los demás guerreros habían muerto ó herido á
-otros seis. Sólo dos de los guerreros vesilianos habían perecido; el que
-cayó con la pierna bajo el caballo, y otro en la formación, junto á
-Samec. Uno de los bandidos, poniéndose de rodillas delante de él, y
-antes de que acudiera á defenderse, le rasgó el vientre con el cuchillo,
-destrozándole y sacándole las entrañas.
-
-Sin embargo, las dos hileras de los vesilianos parecían un muro de
-bronce, que se movía sin romperse y daba la muerte á cuantos á él se
-acercaban.
-
-Los bandidos rechazados, retrocedieron, exhalando gritos roncos como el
-rugir de las fieras, y pronunciando palabras bárbaras é incomprensibles
-para los de Vesila-Tefeh. El ángulo que éstos formaban, se abrió
-entonces hasta reducirse á una sola línea, la cual se adelantó sin
-deshacerse hacia los fugitivos.
-
-Los bandidos, que se habían retirado después de tirar las flechas para
-atraer á la emboscada á los guerreros del Rey Tihur, habían vuelto
-durante la corta lucha que hemos descrito, y estaban ya á pocos pasos.
-
-Los vió Tihur con mirada de águila, y en el momento en que dispararon,
-ordenó á su gente que cejase, formando el ángulo de nuevo. La descarga
-apenas halló blanco en que dar. Sólo sobre las rodelas de Tihur, de
-Amrafel y de Samec, vino á chocar con estruendo una granizada de flechas
-y de piedras.
-
-Al ver los de los cuchillos ó _sicas_ que sus compañeros, con los arcos
-y hondas, les daban tan oportuno auxilio, arremetieron otra vez á los
-vesilianos con brío descomunal y con furioso ímpetu. Otros dos guerreros
-de Tihur cayeron muertos en este segundo ataque; pero también murieron
-los matadores. Las sombras de los guerreros vesilianos no quedaron
-inultas.
-
-En silencio admirable, sin una voz, sin una queja, sin una imprecación,
-seguían todos combatiendo. Los sicarios acudían más que sobre ningún
-otro sobre el Rey Tihur; pero Samec y Amrafel combatían á su lado, y le
-ayudaban á rechazar al enemigo. Tihur, con todo, se vió en un momento
-acometido por tal turba, que apenas tenía vagar sino para herir con la
-espada y parar las puñaladas con la rodela de triple cuero de buey y
-doble plancha de bronce. Estando en esta lucha con los del cuchillo, los
-arqueros y honderos no cesaban de disparar. Distraído el Rey Tihur, no
-pudo precaverse ni presentar el escudo contra una piedra enorme, que
-disparada de muy cerca con mano robusta y certera, partió zumbando de la
-honda, y vino á dar de lleno en la refulgente tiara, abollando el limpio
-bronce de que estaba hecha, y desligándola de las carrilleras que la
-sostenían. La tiara rodó por el suelo, y la cabeza del Rey quedó
-desnuda, brillando al sol, más que el bronce de las armas, su lustrosa y
-luenga cabellera rubia.
-
-No quedó gota de sangre en las venas y arterias del Rey Tihur que no
-sirviese entonces de ira. En aquella ofensa hecha á su persona sagrada,
-vió el Rey una ofensa hecha á toda la raza divina de que descendía. Los
-manes todos de los reyes gloriosos de Ariana Vaega ó tenían que ayudarle
-en tan espantosa cuita ó le renegaban por descendiente. El Rey Tihur
-creyó sentir entonces que penetraban en su ser, y llegaban filtrándose
-hasta su corazón los espíritus de los héroes de su raza, infundiéndole
-un ánimo sobrenatural y un coraje indómito.
-
---No ha de quedar bandido vivo;--exclamó.--Es menester que todos mueran.
-Yo sólo basto á matarlos. Sus viles cuchillos no llegarán á tocarme. No
-es posible ¡oh Cayumor! que tú consientas en que muera tu nieto á manos
-de ladrones.
-
-Diciendo estas palabras, se pensaría que el Rey Tihur habíase
-transfigurado; que un fuego aterrador brotaba de sus ojos; que un nimbo
-deslumbrante, que una llama eléctrica ardía en torno de sus sienes,
-alzándose larga y horrible sobre la desnuda cabeza. Todos los guerreros
-del Rey Tihur imaginaron ver ó vieron en realidad, aquella portentosa
-llama, efecto acaso de los espíritus; obra tal vez de un magnetismo
-extraordinario, ingénito y propio de aquella naturaleza privilegiada,
-exaltada entonces por una pasión inmensa y vehemente. El ardor de
-aquella llama encendió los corazones de los guerreros del Rey Tihur. La
-fuerza y el aliento de cada uno de ellos redoblaron desde aquel
-instante.
-
-Y sin duda, un prodigio era necesario para poder salvarse de los
-bandidos. Á pesar de los muertos, la malvada tropa se había aumentado
-con muchos de los arqueros y honderos, los cuales, juntos ya con los
-otros, habían también puesto mano al cuchillo y cargaban
-desesperadamente sobre Tihur y los suyos, brincando como panteras ó
-arrastrándose como serpientes.
-
-El rey, Amrafel, Samec, cada uno de los guerreros vesilianos dió muerte
-por lo menos á un bandido en aquella feroz pelea; pero también mordieron
-el polvo cinco vesilianos más.
-
-Por tercera ó cuarta vez retrocedían llenos de terror los bandidos,
-cuando los arqueros y honderos todos, sin que faltase uno, vinieron á
-reforzarlos. También el Rey Tihur tuvo un pequeño refuerzo. Los ocho
-esclavos, abandonando los sacos, las mulas, el carro y los demás
-objetos, llegaron en su socorro. La última lucha, más recia, más cruda,
-más desesperada que las anteriores, se emprendió ya sin que nadie
-combatiese desde lejos, sino cerrando unos contra otros con sed de morir
-ó matar.
-
-Los bandidos caían muertos ó heridos, pero su número era seis veces
-mayor que el de los vesilianos, y éstos empezaron á perder terreno,
-aunque sin abandonar la formación ni emprender la fuga.
-
-Es cierto que el que hubiera emprendido la fuga hubiera muerto al punto.
-Con el peso de las armas nunca hubiera podido sustraerse á sus ligeros
-perseguidores. Aun así, aun conservando la serenidad, el orden y la
-formación prescripta, pronto murieron dos guerreros más de los
-vesilianos y dos de los esclavos que habían acudido á socorrerlos.
-Quedaban sólo el Rey Tihur, Amrafel, Samec, siete guerreros de la
-guardia y seis esclavos. Trece de los del Rey Tihur habían ya perecido.
-
-Los que habían quedado en la orilla opuesta venían navegando en las
-balsas, veían la lucha desigual y ansiaban llegar en auxilio del rey;
-pero la corriente los alejaba del combate y dilataba el tiempo de tocar
-el borde Sur del Djan-Deria, donde el combate ocurría.
-
-Á milagro pudiera atribuirse que el Rey Tihur, más atacado que ninguno
-otro, se conservase aún incólume, sin herida ni lesión alguna. Tal vez
-su mirada tenía fuerza de matar como la mirada del basilisco; tal vez el
-resplandor de sus ojos turbaba, aterraba, cegaba á sus contrarios; tal
-vez su majestad tranquila y como celeste, en medio de aquel sangriento
-tumulto, les hacía perder el tino.
-
-Con todo, el capitán de los bandidos, ó el que parecía serlo como el más
-audaz y más diestro de todos, se arrojó tan súbito sobre el Rey Tihur,
-que éste no tuvo tiempo de herirle con la espada, ni de contenerle con
-la rodela. El bandido, soltando el escudo, echó el brazo izquierdo al
-cuello del Rey Tihur, le hizo vacilar sobre sus piernas robustas y
-estuvo á punto de derribarle. Al propio tiempo, y con no vista presteza,
-le tiró á la garganta una puñalada con toda la pujanza y el encono de
-que era capaz. Por dicha, el Rey Tihur, aunque cedió un instante á la
-fuerza de aquel bárbaro, é inclinó la cabeza de suerte que la garganta
-estuvo á punto de que en ella se clavase el cuchillo, todavía se repuso
-y echó el cuerpo atrás en ocasión que el cuchillo del caucasiano vino á
-herirle. El cuchillo, en vez de dar en la garganta descubierta, dió con
-tal violencia en el pecho del rey, que, rompiendo y destrozando varias
-de las escamas de bronce, resbaló y llegó á clavarse en un costado. La
-noble sangre de los héroes del primitivo imperio de Ariana-Vaega y de
-los reyes de Escitia brotó impetuosa por la herida; pero, casi
-simultáneamente, el Rey Tihur dió con el pomo áureo de su espada tan
-rudo golpe en el hombro izquierdo de su contrario, que le volcó de
-espaldas sobre la dura tierra. Un ruido temeroso hizo aquel bárbaro al
-caer, como el ruido que hace un roble fortísimo cuando el huracán le
-arranca de cuajo y le derrumba. Antes de que el bárbaro pudiera
-levantarse vino sobre él Tihur, con la celeridad del rayo, y con el
-tacón de bronce de su coturno le acertó tan certera y violentamente en
-una sién, que la machacó y aplastó como quien aplasta una víbora.
-
-Muerto ya el capitán de los bandidos, todos iban á desbandarse y á
-emprender la fuga; pero una nube sombría cubrió los ojos del Rey Tihur,
-y hubiera caído desmayado al suelo, con la pérdida de la sangre, si
-Amrafel no hubiese acudido á sostenerle en sus brazos.
-
-Los bandidos, al ver que el rey caía, recobraron el aliento y se
-revolvieron contra él y contra Amrafel. Los vesilianos cercaron al rey
-para defenderle hasta morir.
-
-Toda esperanza parecía ya locura ó sueño. Amrafel, Samec y los otros
-vesilianos tenían la perdición por segura é inminente. No les quedaba
-otro recurso ni otro consuelo que vender caras sus vidas y morir
-matando.
-
-El Rey Tihur no había perdido el sentido, aunque sí la voz y las
-fuerzas. No hablaba ni combatía, pero pensaba.
-
-Un pensamiento, tan generoso como amargo, se fijó entonces en su mente
-causándole más dolor que la herida. Todos aquellos hombres, sus amigos,
-sus leales servidores, iban á morir ó habían muerto ya por su culpa, por
-un capricho suyo.
-
-Quizás hallen anacrónico mis lectores este pensamiento, ó mejor dicho,
-este sentimiento filantrópico del Rey Tihur; pero créanme, no hay ni ha
-habido jamás anacronismo en esto de sentimientos. Y así como hoy, en
-pleno siglo XIX, hay reyes que ven impasibles que mueran millares y
-millares de hombres por su culpa, bien pudo haber entonces un rey tan
-humano que se afligiese de que unos pocos muriesen por él. Ello es, que
-Tihur no lamentó su herida ni su posible muerte, sino las heridas y la
-muerte de los otros, y no consideró que en su época era indispensable
-exponerse á casos tan crueles, ó permanecer siempre sin salir del
-alcázar.
-
-Entre tanto, la misma energía de aquel sentimiento de piedad hacia sus
-compañeros fué como un bálsamo en la herida, é hizo que el Rey Tihur se
-recobrase un poco. Desprendióse de los brazos de Amrafel y le dijo:
-
---Defiéndete y déjame.
-
-Á pesar de la sangre que perdía, Tihur no soltó ni el escudo ni la
-espada, y quedó en pie, después de apartarse de los brazos de su
-favorito, pero quedó retraído é inerte.
-
-Delante de él combatían Amrafel, Samec y los demás guerreros. Los
-bandidos, sin embargo, los obligaban á cejar y á irse retirando, aunque
-sin poder romper fila. El rey cejaba, harto á disgusto, y á pesar de lo
-débil que se sentía, entraba ya en deseo de volver á ponerse delante y
-de pelear como los otros, ó más que los otros.
-
-Solicitado por este deseo y por la contraria convicción de la debilidad
-que le aquejaba, alzó las manos al cielo y evocó con fe profunda los
-espíritus de sus mayores.
-
-De repente, y como si fuera en respuesta de su evocación, silbó una
-flecha que vino á clavarse en el pecho de uno de los bandidos y le hizo
-caer en seguida al suelo, revolcándose en su sangre; un instante después
-silbó otra flecha y mató á otro bandido. La tercera y la cuarta flecha
-no tardaron en llegar, causando idéntico destrozo. Quizás una sombra
-inteligente, un espíritu invisible las disparaba.
-
-Así los bandidos como los guerreros vesilianos atribuyeron á prodigio
-aquella inesperada intervención. Los guerreros vesilianos volvieron á
-confiar en la fortuna y pelearon con más denuedo.
-
-Entonces apareció á deshora el arquero diestro y milagroso. Salió de
-entre las matas cercanas como si del centro de la tierra saliese. Una
-extraña hermosura resplandecía en todo su ser. Su mirada era dulce y
-zahareña al propio tiempo. Sus negros ojos eran suaves y terribles, como
-si á la vez anidasen en ellos el amor y la muerte. Su traje era casi
-igual al de los guerreros vesilianos, sólo que, en vez de capacete
-llevaba un gorro colorado en la cabeza. Su talle era esbelto y gallardo;
-su estatura elevada; marcial su apostura, y su rostro bello y juvenil;
-negra y sedosa la barba; la tez morena, y todo él agraciado, noble y
-simpático. Sus cabellos le caían en rizos sobre la espalda.
-
-Con rápidos pasos vino á lanzarse sobre los bandidos. Mientras caminaba,
-echó á la espalda el arco y sacó de la vaina la espada y el puñal,
-armadas así ambas manos, y sin escudo. Al mismo tiempo, y arrojándose
-ya sobre los bandidos, dijo con voz sonora, en el mismo lenguaje ariano
-que hablaba el Rey Tihur:
-
---El cielo te protege, ¡oh Rey Tihur!, y me envía aquí para que te
-salve. ¡Sus y á ellos, oh valeroso Amrafel! ¡Oh fuerte y leal Samec!
-¡Oh, vosotros, clarísimos vesilianos!
-
-Al oírse nombrar por aquel desconocido, se corroboraron todos en creer
-su celestial ó sobrenatural procedencia. Sólo se atrevió á contestarle
-Tihur:
-
---¡Bien venido seas y bendito! Tú eres sin duda un _ized_, un genio, un
-enviado de Ahura-Mazda.
-
-Aún no había terminado el rey esta frase, cuando ya el desconocido, en
-medio de los bandoleros, revolviéndose á un lado y á otro, é hiriendo y
-parando á la vez con la espada y el puñal, causaba más estragos y
-muertes que un fiero león en un rebaño de tímidas ovejas.
-
-Los bandidos, aterrados, se pusieron pronto en precipitada fuga, en
-dirección hacia el mar, donde estaban, sin duda, los barcos en que
-habían venido, junto á la desembocadura del Djan-Deria; pero el resto de
-la caravana del Rey Tihur acababa de desembarcar y les cortó la
-retirada.
-
-En tanto, el desconocido, el Rey Tihur, á pesar de su herida, y todos
-los guerreros vesilianos, empuñaron los arcos y acosaron é hirieron con
-sus flechas á los que huían. Hasta los perros, que habían estado
-medrosos é inertes durante la refriega, y sólo cuando fué herido el Rey
-Tihur habían dado muestra de sí, prorrumpieron en lastimeros aullidos,
-cobraron valor entonces, y ladrando y corriendo, como en la caza, se
-pusieron á perseguir á los bandoleros.
-
-El dicho del Rey Tihur casi vino á cumplirse.
-
---No ha de quedar ninguno vivo--había dicho,--y efectivamente, parecía
-que no había quedado vivo ni uno solo. Aun los que trataron de
-esconderse entre la maleza fueron descubiertos por los perros y muertos
-á flechazos ó á cuchilladas por los vesilianos.
-
-
-VII.
-
-Todavía andaban los guerreros vesilianos dando caza á los fugitivos
-ladrones, cuando el Rey Tihur, conducido en brazos de Amrafel y de
-Samec, había llegado á la orilla del río, donde estaban los sacos y
-cargas.
-
-Allí, extendido en un lecho que le habían preparado al aire libre,
-porque las tiendas estaban aún por desembarcar, el rey se dejó curar la
-herida por Amrafel, que era hombre docto en aquel arte. Amrafel conoció
-al punto que la herida, aunque ancha, era poco profunda y nada grave ni
-peligrosa. El puñal había resbalado en vez de ahondar, y había dejado
-ilesa toda entraña. La causa del desmayo del rey había sido la gran
-pérdida de sangre, aumentada por los esfuerzos que hizo combatiendo
-después de herido.
-
-Un personaje singular estaba al lado de Amrafel y le ayudaba en la cura.
-Nadie había reparado, durante la batalla, en aquel personaje que, sin
-embargo, se había mostrado en pos del guerrero desconocido; pero, fijas
-en éste todas las miradas y la atención toda, no había sido vista una
-vieja, alta y delgada hasta el extremo de asemejar á un esqueleto, la
-cual seguía al guerrero misterioso.
-
-En el momento de ir á curar la herida al rey, la vieja se ofreció á
-hacerlo, jactándose de su ciencia. El guerrero misterioso aseguró que de
-ella podían fiarse.
-
-Iba la vieja con una ropa talar desgarrada, pero que se conocía haber
-sido rica y elegante. Un manto negro de lana le cubría la espalda,
-prendido al hombro por un broche dorado. Sus cabellos, blancos como la
-plata, aunque sostenidos en parte por un cordón, dejaban flotar muchos
-mechones en desorden y á merced del viento. Sus manos eran tan flacas y
-tan descarnados los dedos, que parecían transparentes. Sus ojos,
-pequeños y vivos, lanzaban de sí miradas escudriñadoras; su nariz era
-aguileña y fina; su boca, sumida y sin dientes, mostraba los colmillos
-afilados y largos, que asomaban por entre los labios sutiles y
-fruncidos. Llevaba la vieja un zurrón ancho de piel de tejón, atado al
-cinto sobre la cadera, y en la diestra un báculo, que más que para
-apoyarse, aparentaba ser signo de autoridad y dominio, ó vara mágica y
-de virtudes. La vieja andaba á grandes pasos, firme y derecha como una
-moza de veinte primaveras, ó más bien como un granadero prusiano de
-nuestros días, que esté muy ducho en lo que llaman la marcha gimnástica.
-
-En suma, todo el continente de la vieja era raro por demás, y hubiera
-podido servir de modelo á un hábil artista para pintar ó esculpir la
-Sibila pérsica ó la Sibila eritrea.
-
-Mientras duró la operación de curar la herida, la vieja hizo visajes y
-signos con las manos, y murmuró ó rezó en voz sumisa ensalmos
-ininteligibles. De su zurrón sacó hierbas para restañar la sangre, que
-Amrafel reconoció, aceptó y aplicó.
-
-Y por último, cubierta ya y vendada la herida, la vieja dió al rey un
-licor, también con permiso y beneplácito de Amrafel, el cual licor
-infundió en el rey un sueño grato y delicioso.
-
-Cuando el rey despertó del sueño, se sintió tan aliviado y fortalecido,
-que pensó en continuar la peregrinación al día siguiente. Ni Amrafel ni
-la vieja se opusieron, con tal de que fuese el rey en el carro y no á
-caballo.
-
-Durante la cura terminó la persecución y exterminio de los ladrones, y
-se acabó de poner en tierra cuanto habían dejado en las balsas los
-últimos que pasaron el río, á fin de acudir con más presteza al lugar
-del combate.
-
-Guerreros, esclavos, caballos y acémilas, todo, en suma, se reunió en el
-mismo lugar. Allí se desplegaron las tiendas y se formó el campamento
-para reposar aquella noche.
-
-Una comida abundante restauró las fuerzas de todos.
-
-Después de la comida, el rey Tihur llamó á su tienda al guerrero
-desconocido, y estando á solas con él le habló de esta manera:
-
---Valeroso joven, tú me has salvado hoy de una muerte vergonzosa. Mi
-gratitud será eterna. Díme quién eres para que sepa yo á quién estoy tan
-obligado.
-
---Mi nombre, ilustre príncipe, es Tidal.
-
---Sin duda,--añadió el Rey,--que eres de sangre de héroes; de antigua y
-clara estirpe. No parece que guarde tan soberano esfuerzo el corazón de
-un hombre plebeyo y obscuro.
-
---En verdad,--replicó Tidal,--yo me inclino á creer, como tú, que la
-grandeza de ánimo y la virtud se heredan. De esta suerte se explica que
-los hombres todos se mejoren, añadiendo los que nacen después á la
-nobleza heredada de otros la por ellos adquirida. Si nada heredásemos,
-si ninguna virtud se trasmitiese por herencia y con la sangre, los
-hombres de hoy no valdrían más que los de ayer, ni jamás ganaría nada el
-humano linaje, como yo entiendo que gana. Así, pues, no atribuyo á
-preocupación de casta tu idea de que debo ser noble de nacimiento,
-porque me he mostrado fuerte de cuerpo y de alma. Sin embargo, la ley no
-es general. Castas hay que degeneran y otras que se levantan y
-magnifican. La virtud que en una familia ilustre se extingue y se
-pierde, renace en otra familia. Tal vez esta virtud, trasmitida por
-algún héroe, progenitor mío, ha estado latente ú obscurecida largo
-tiempo por la bajeza en que había caído mi familia, ó por otras causas
-que no acierto á exponer, y ahora renace en mí; que no tengo nombre, ni
-antecedentes, ni gloria heredada. Yo, Rey Tihur, no soy más que un
-humilde mercader, hijo de otro mercader humilde.
-
---¿Eres iraniense ó escita, ó de qué raza ó nación eres? Yo me complazco
-en suponer y supongo que eres escita por la perfección con que te oigo
-hablar mi idioma.
-
---Ignoro si soy ó si puedo decir que soy escita ó iraniense; pero creo
-que soy ario. Nací y me crié en Nimrud, á las orillas del río Tigris. Mi
-padre y mi madre, de familia ariana ambos, vivían allí sujetos al
-dominio de los caldeos-cushitas. Por las conquistas de los hijos de Asur
-y del poderoso Nino, no consiguieron más que mudar de amo. Antes de
-salir de la niñez me quedé huérfano de padre y madre. Un fiel servidor
-cuidó de mí y de mi hacienda hasta que tuve dieciocho años. Entonces
-aquel fiel servidor me hizo dueño de todos mis bienes, que consistían en
-un gran tesoro de piedras y metales preciosos, y me dijo que mi destino
-era cumplir grandes cosas, recorrer muchas tierras y vagar por todo el
-mundo, hasta que hallase la ocasión propicia de llevar á dichoso fin la
-gloriosa empresa que por el cielo me estaba encomendada.
-
---¿Y no te designó esa empresa?
-
---No me la designó. Ó lo ignoraba él mismo, ó entendía que los decretos
-de la Providencia no habían de cumplirse sino á condición de que yo los
-ignorase hasta un momento dado.
-
---¿No marcó tu ayo ese momento?
-
---Le marcó y no le marcó. Aquí hay algo que no me es lícito revelar:
-juré no revelarlo nunca. Sólo puedo decirte que en una cajita cerrada,
-que llevo siempre oculta en el cinto, y que sólo debo abrir cuando
-aparezcan ciertas señales, hay un escrito que me dará luz sobre todo. Mi
-propio ayo ignoraba lo que la cajita contenía. Mi padre se la dió con
-el encargo de entregármela y yo la guardo siempre conmigo.
-
---¿Y no recuerdas á tu padre ni á tu madre?
-
---Apenas conservo de ellos una idea confusa. Los dos, como te dije,
-murieron siendo yo muy niño.
-
---Singular es de veras cuanto me refieres. Sospecho que tu padre, bajo
-el título de mercader, encubría otra condición más alta.
-
---No me parece eso posible. Los ciudadanos de Nimrud, con quienes he
-hablado, y que conocían á mi padre, nunca me dijeron de él ni de mi
-familia nada de extraño ó misterioso.
-
---Más extraño es eso todavía. Y dime, ¿tu ayo no te aconsejó nada al
-hacerte entrega de tus bienes?
-
---Me aconsejó calma y paciencia; me aconsejó no dejarme arrastrar por la
-curiosidad, ni tratar de averiguar nada sobre mi futuro destino, hasta
-que la suerte misma dispusiese la revelación. Me repitió mil veces que
-yo no era más que un mercader; que como un mercader debía considerarme,
-y que sólo me ordenaba, en nombre de mi padre, que abandonase á Nimrud y
-recorriese el mundo.
-
---¿Y sobre tu conducta en el comercio no te dió instrucciones?
-
---Mi ayo era gran conocedor de los pueblos diversos, de los países más
-distantes, de sus artes, de sus ciencias y de sus productos; y sobre
-todo esto, me enseñó cuanto sabía: pero había en él algo entre
-inspiración y locura, aunque yo no atino á veces á distinguir la locura
-de la inspiración, y sobre ciertos puntos me dió consejos muy opuestos á
-los que suelen y parece que deben darse á la gente moza.
-
---¿Qué te aconsejaba, pues, si te es permitido declararlo?
-
---En vez de parcidad me aconsejaba largueza y magnificencia. Mis tesoros
-los juzgaba inagotables, y suponía además que yo había de ganar más
-mientras más gastase, y que había de recobrarlo todo con creces cuando
-llegase á perderlo todo.
-
---Extraña manera fué de aconsejar á un mancebo, por lo común inclinado á
-ser pródigo.
-
---Yo fuí espléndido, pero no llegué jamás á la prodigalidad. Por otra
-parte la suerte me ha favorecido hasta ahora. He peregrinado por casi
-toda el Asia; he visto las islas del mar del Sur y la India, el Yemen y
-el Adramaut, el antiquísimo Egipto y la Libia ardiente. Sería prolijo
-referirte mis aventuras. Sólo importa saber que, á pesar de cuanto he
-gastado, tengo en lugar seguro un tesoro riquísimo. Creo además, sin
-jactancia, que he adquirido en mis peregrinaciones una experiencia muy
-superior á mi edad.
-
---¿Qué ha sido de tu ayo, entre tanto?
-
---Mi ayo era ya viejo, y durante mi larga ausencia de Nimrud, he sabido
-que pagó el tributo que debemos pagar todos á la Naturaleza, más tarde ó
-más temprano.
-
---Tu persona, tu vida, ese misterio de tu destino me interesan tanto,
-¡oh Tidal!, que, á trueque de pasar por sobrado curioso y exigente, te
-ruego me digas si el anciano que te sirvió de ayo te descubrió alguna
-otra cosa.
-
-Nada más me descubrió, sino un nombre que me dijo podría yo llevar
-cuando me le diesen muchos hombres reunidos. Entre tanto, á nadie debo
-declarar este nombre. Me dió asimismo un sobrenombre, apodo ó alcuña,
-que no debo divulgar tampoco, pero que puedo confiar con el mayor
-sigilo, si quiero dar á una persona la mayor prueba de amistad y de
-confianza. Esta alcuña voy á decírtela. Por ella, Rey Tihur, si no me
-desdeñas, quiero ligarme á tí con los lazos más amistosos. Según me dijo
-el anciano, con la persona á quien yo declarase esta alcuña, me unía
-voluntariamente como si fuese mi hermano. En la persona que me dijese al
-oído dicho nombre y dicho apodo, debía yo depositar por fuerza una
-confianza sin límites.
-
---Yo jamás podré desdeñarte--replicó el Rey,--y tu amistad será el mayor
-bien para mí. Reflexiona antes con todo, si crees que la merezco, y no
-procedas de ligero revelándome esa alcuña.
-
---No procedo de ligero. Cedo, al confiarme á tí, á una inclinación
-irresistible, á una viva simpatía; y aun á algo parecido á un mandato.
-
---¿Acaso tu anciano tutor te habló de mí alguna vez?
-
---Nunca. Ha sido otra persona quien me ha aconsejado que te dé esta
-prueba de confianza.
-
---¿Y cuándo te dieron el consejo?
-
---Hoy mismo.
-
---¿Quién?
-
---La vieja extraña que me acompañaba.
-
---¿La conoces tú desde hace mucho tiempo?
-
---Pocos días ha que la conozco, y ni siquiera sé su nombre; pero ella
-tal vez, por el arte mágico que posee, sabe el mío secretísimo y sabe
-también mi apodo. Escucha en breves razones los más recientes sucesos de
-mi vida. Por ellos comprenderás cómo pude venir tan en sazón á
-socorrerte. Mi afán de ver mundo me movió á comprar una nave de 30
-remeros que cargué de preciosas mercancías, que tripulé en el país de
-los cadusios, y en la que me embarqué en el Araxes, con intento de salir
-al Mar Caspio y venir á Vesila-Tefeh, donde pensaba emplear en pieles
-ricas, y visitar y conocer la capital de tus dominios. Para no cansarte
-con extensos pormenores, te diré, en resumen, que en esta ocasión me
-faltó mi acostumbrada prudencia. Los marineros que venían conmigo, se
-habían concertado con piratas iberos y albaneses.
-
-Me sorprendieron dormido; mataron á tres servidores que hicieron
-resistencia; se apoderaron de cuanto yo traía, y me ataron con cuerdas
-los piés y las manos. Hecha esta presa, querían volver los piratas á sus
-guaridas de Albania, pero se levantó una tempestad furiosa que trajo
-nuestras naves á la costa de tu reino. Sabía el capitán la lengua
-escita, y se aventuró con otros dos, que también la sabían, á saltar en
-tierra, disfrazado, para explorar el país, y ver dónde y cómo podría dar
-un buen golpe. En los campos fértiles y en las pobladas aldeas del Norte
-de Djan-Deria, supo que venías tú de camino para Bactra; supo el número
-de guerreros y las riquezas que traías, y dispuso salirte al encuentro,
-no con sus embarcaciones al pasar el río, porque calculó que no te
-aventurarías á pasarle, si las vieses, y perdería la ocasión, sino
-emboscándose en los matorrales de esta orilla, y cayendo sobre tí cuando
-tus fuerzas estuviesen divididas en una y otra márgen.
-
-Así lo hizo, como has visto, y harto conoces el resultado.
-
-Yo estaba vigilado con extraordinarias precauciones; atado, como te he
-dicho, de pies y manos. Sólo me desataban las manos para comer. Los
-barcos, que son ligeros, se pusieron á seco en la playa desierta del
-Caspio, y diez hombres sólo quedaron para su custodia. El capitán trajo
-aquí para la empresa la más gente que pudo.
-
-Indudablemente, yo hubiera permanecido á bordo sin acudir en tu auxilio
-y sin saber siquiera lo que ocurría, pues, aunque entiendo y hablo
-varios idiomas, ignoro el de estos moradores del Cáucaso, á no ser por
-la singular y portentosa vieja que has visto. El capitán de los bandidos
-y los otros dos exploradores la hallaron vagando al declinar de la tarde
-en un bosque no lejos de la playa y tuvieron la ocurrencia de traerla
-cautiva.
-
-La vieja dijo á unos la buena ventura, curó á otros varias enfermedades
-y se ganó la voluntad de todos. Con rara facilidad hablaba la lengua de
-los piratas, como habla la tuya y otras varias.
-
-Los piratas no desconfiaron de la vieja; conversaron sin recatarse de
-ella y la enteraron de todos sus proyectos.
-
-La vieja no me había dirigido nunca la palabra durante cuatro días que
-habíamos vivido juntos. Imagina cuál sería mi sorpresa, cuando hoy de
-mañana, estando yo tendido, dormitando en la popa de uno de los bajeles,
-puesto ya en tierra, la vieja se llegó á mi oído y pronunció, no sólo mi
-apodo, sino también mi nombre incomunicable.
-
-Debo advertirte que desde el día de ayer nos habían dejado los bandidos
-y te estaban aguardando en la emboscada.
-
-Al oir aquellos vocablos sacramentales y poderosos para mí, me incorporé
-lleno de pasmo y ví la figura de la vieja más extraña que nunca, por el
-fuego que lanzaba de los ojos y la profunda conmoción que extremecía su
-descarnado cuerpo. Se diría que un numen, un dios, un espíritu, la
-excitaba en lo íntimo de su ser. Me hablaba el bello idioma de la Ley
-pura, y sus palabras tenían el ritmo y la armonía soberana de los cantos
-sagrados. Una insólita majestad resplandecía en aquel ser decaído. Una
-expresión de ternura maternal casi hermoseaba su semblante. La vieja me
-abrazó y me cubrió de besos, llamándome ¡hijo!, y apenas si sus besos me
-causaron repugnancia. Á mi lado ví mis armas, que la vieja había traído.
-Allí estaban espada, puñal, aljaba, arco y flechas. La vieja, empuñando
-y desenvainando mi puñal, cortó con rapidez mis ligaduras.
-
---Eres libre,--me dijo,--toma tus armas, levántate y sígueme. Tus
-guardadores, unos están ausentes, otros han sido sumidos por mis artes,
-en un hondo letargo.
-
-Obediente seguí á la vieja, que me trajo hasta aquí, y en el camino me
-informó de quién tú eras, del peligro que corrías y de la misión de
-libertarte, que me encomendaba. Lo demás, ya lo sabes.
-
-Ahora, ¡oh Rey Tihur!, sólo me falta cumplir con el precepto de la
-vieja: darte la más segura prenda de amistad; ligarme para siempre
-contigo. Mi alcuña es _Seher-Gav_; el _Toro-Vigitante_.
-
-
-
-
-ZARINA
-
-(FRAGMENTO)
-
-
-
-
-[una barra decorativa]
-
-ZARINA
-
-
-I
-
-La doctrina del progreso, á más de tener gran fundamento de verdad, está
-llena de poesía. ¿Qué no puede fingir la imaginación en lo futuro,
-suponiendo que la actividad de la mente humana va añadiendo, cada vez
-con mayor energía, nuevos inventos y mejoras á cuanto ya acumularon y
-nos legaron las pasadas generaciones? Sin embargo, todo lo que se puede
-fantasear ó columbrar en lo porvenir es incierto y confuso, mientras que
-las cosas que fueron conservan ser y consistencia, y, aunque carecen de
-vida, pueden tomarla prestada de la forma artística y del ingenio de un
-poeta.
-
-Por otra parte, está muy en duda, al menos para mí, si bien creo
-firmemente en el progreso, que el progreso sea algo más que extrínseco.
-No iré yo hasta el punto de creer que los hombres de otros siglos fuesen
-más valerosos, más leales, más discretos, ni siquiera más robustos que
-los del día; pero no creo tampoco que, á pesar de todos los medios que
-la civilización nos proporciona, la raza humana haya ido mejorando en lo
-substancial. Tal vez ese vivir de los bárbaros ó salvajes, que todavía
-se hallan en nuestro planeta, no responde al estado inicial desde donde
-se elevaron los pueblos de Europa á superior cultura, sino que es
-degeneración ó corrupción en que á la larga han caído los tales salvajes
-ó bárbaros, y de donde ni por sus propias fuerzas ni con auxilio extraño
-quizá salgan nunca.
-
-En cambio, ciertas tribus ó castas superiores de los tiempos primitivos,
-como, por ejemplo, los arios y los semitas, no debieron de valer menos
-que los cultos europeos de ahora, y hasta hay una ilusión óptica que
-hace que se nos aparezcan valiendo más. Los vemos como entre nubes, al
-despertar intuitivo de la inteligencia, cuando lograba más la
-inspiración que el discurso, bañados por la luz de una aurora divina, y
-como llevando en el seno fecundo del espíritu de ellos el germen lozano
-del árbol de la ciencia y de la cultura, cuya riqueza en flores y frutos
-hoy tanto nos encanta y envanece.
-
-De aquí el que no pocos sabios vuelvan con amor los ojos, en nuestra
-edad, al estudio de las primeras edades, rehaciendo antiguos idiomas,
-traduciendo hieroglíficos, interpretando inscripciones, descifrando
-alfabetos, y sacando á nueva luz, del olvido en que yacían sepultados,
-imperios, repúblicas, reinos, dinastías, príncipes, héroes y
-semi-dioses.
-
-¿Por qué los que no somos sabios no hemos de suplir con la imaginación
-lo que ellos á fuerza de estudio no acabaron de aclarar? ¿Por qué no
-hemos de concluir con sus debidos pormenores y circunstancias las
-historias que más nos interesen y conmuevan, y de las cuales la
-erudición nos dejó á media miel, como vulgarmente se dice?
-
-Hay personajes que, al entreverlos y percibirlos, indecisos, esfumados y
-como hundidos en el fondo de un mar de años, todavía me encantan y me
-ilusionan. ¡Qué pena me da de no conocerlos de cerca! ¿No sería posible
-que, en virtud de un raro magnetismo, de una segunda vista histórica,
-fijando bien la mirada mental en cualquiera de ellos, llegásemos á
-comprender su carácter, sus pasiones, el móvil de sus actos y todos los
-casos de su vida mejor que el sabio, que no se fija en el personaje,
-sino que inspecciona fría, prosaica y rastreramente tal cual huella que
-él ha dejado de su paso por el mundo, ya en el fragmento inédito, ó mal
-entendido hasta hoy, de algún historiador, ya en un obelisco, ya en una
-pirámide, ya en otro monumento sepulcral, ya en alguna inscripción en
-forma de clavos, de las llevadas por Layard ó por otros, desde el
-centro de Asia al Museo Británico, en multitud de sutiles ladrillejos?
-
-Yo no creo ni descreo en el espiritismo. No he profundizado la materia.
-No me atrevo á decidir. Pero hablando de mí solo y por mi cuenta, aunque
-no sea más que de puro modesto, no atino á concebir como factible que
-los héroes, los sabios, los profetas, los santos y los penitentes
-severos de todas las religiones, los monarcas soberbios, los tiranos y
-guerreros, foscos, crudos y nada complacientes por naturaleza, y las
-hermosas mujeres, virtuosas ó galantes, aunque todas caprichosísimas,
-retrecheras y desmandadas; en suma, todo ser que ha dejado rastro
-luminoso de sí en la tierra, no bien se muda al otro barrio, se vuelva
-tan dócil y sumiso, que acuda á mi mandado y responda á infinidad de
-preguntas, tal vez impertinentes. Y extrema para mí lo increíble de
-estos hechos la manera de responder á las preguntas, que, en vez de ser
-rápida, bella y digna de un espíritu, es mecánica, pesada y fastidiosa.
-
-No obstante, por más que yo deseche el espiritismo de esta laya, declaro
-que en ocasiones me siento muy inclinado á creer en otro espiritismo más
-vago, menos metódico y más conforme con la poesía. Ya en sueños, ya
-dormitando, ya en arrobos, durante los cuales el alma se sobrepone á la
-duración ó adquiere una velocidad mil veces mayor que la del rayo,
-acaso nos elevamos por el éter y subimos á remotas estrellas, en el
-momento en que llega allí la luz del sol, que hace cuarenta ó cincuenta
-siglos reflejó nuestro globo, ó acaso por arte menos complicada y más
-íntima, y que es por lo mismo más difícil de explicar, vemos á los
-personajes pasados y los conocemos, y parece como que vivimos en su
-compañía, averiguando cuanto les ha sucedido.
-
-De aquí la afición y los motivos que me inducen y hasta me habilitan
-para escribir historias ó aventuras del antigo Oriente. Otro escritor
-más profundo, ó mejor dicho, otro escritor menos somero que yo, se
-propondría, al escribir cualquiera de estas historias, dar una lección
-moral, política, religiosa ó filosófica á sus lectores; resolver algún
-problema de importancia; pero yo no me propongo nada de esto. Me
-propongo sólo entretenerme un rato y entretener á los demás. Ojalá lo
-consiga. Y me propongo igualmente, aunque apenas me atrevo á confesarlo
-para que no me tilden de presumido, retraer á la vida, con el conjuro de
-la escritura y con la mágica evocación de la palabra, seres que ya
-existieron y que me son simpáticos.
-
-Yo no estoy descontento de vivir en el siglo en que vivo, ni de tratar á
-la gente con quien trato, ni de llevar la vida que llevo, si bien me
-faltan varias cosas con las cuales viviría yo un poquito mejor; pero
-todavía, á pesar de que no estoy descontento, hallo consolación en la
-teoría universal; esto es, no ya sólo en abandonar lo práctico y
-consagrarme á lo meramente especulativo, sin mezclarme en nada, y
-contemplando con serenidad cuanto me rodea, sino lanzándome también en
-la contemplación longincua; volando en busca de objetos muy apartados de
-mí por el tiempo y por el espacio. Así es que hoy mi alma se ha ido de
-bureo desde esta villa y corte de Madrid hasta el Asia central, y ha
-saltado también por cima de no pequeño montón de siglos, subiendo contra
-la corriente, hasta llegar al año 60 ó 70, sobre poco más ó menos, que
-en esto no hemos de ser muy escrupulosos, de la era llamada de
-Nebonasar.
-
-Harto se ve que no nos hemos ido muy lejos. Estamos en una edad
-relativamente moderna para lo que han descubierto los sabios y
-prehistoriadores del día. Vivimos con la mente poco más de seiscientos
-años antes de Cristo.
-
-Roma había sido ya fundada; Licurgo había dado sus leyes; en Atenas y en
-Corinto habían triunfado los posibilistas, cayendo la monarquía y
-surgiendo la democracia; el reino de Israel, había desaparecido; el de
-Judá estaba próximo á desaparecer; y Nínive misma, restaurada después
-del incendio del alcázar de Sardanápalo y del saqueo y destrucción de la
-ciudad por Arbaces el medo y Belesu el babilonio, estaba, á pesar del
-tremendo brío de sus últimos soberanos, amenazada de nueva ruina.
-
-Al pasar, ó dígase al volar, hemos reparado en todo esto. Reposémonos
-ahora en la recién fundada ciudad de Ecbatana, capital de Media.
-
-
-II.
-
-Reinaba entonces allí un rey, poderoso y muy nombrado, y que por serlo
-tenía muchos nombres, cuya significación, ya es idéntica, ya no lo es,
-ya se ignora ó ya se sabe. En persa le llamaban Uvak-satara, como si
-dijéramos _el poseedor ó dueño de gallardos mulos_; en asirio le
-llamaban Uvakistar; en griego, Cyaxares y Ozauros, y en lengua médica,
-Vakistarra, que significa _el que lleva la lanza_. Traducido este
-título, tan propio, de llevador de lanza ó lancero, á la lengua de los
-persas, lengua parecida á nuestras lenguas modernas de Europa, el rey se
-llamaba Astibaras, y así lo designaremos en adelante.
-
-Asistía en la corte de este rey un príncipe ó magnate, bello y agraciado
-de rostro, de elevada estatura, de afable trato, diestro en todos los
-ejercicios corporales, impávido en la guerra, infatigable en la caza, y
-prudente en el consejo, á pesar de sus pocos años. Sentimos no poder
-darle un nombre bonito y sonoro; pero es personaje histórico; no tiene
-muchos nombres en que elegir, como tenía su rey; se llamaba Estrianges,
-y Estrianges le llamaremos.
-
-_Nada hay nuevo debajo del sol_, ha dicho el sabio, y cuando el sabio lo
-dijo, estudiado lo tenía. Las cosas no suelen ser exactamente iguales;
-pero son á menudo semejantes.
-
-En aquel tiempo, los reyes medos iban ya convirtiendo su Estado en
-monarquía absoluta, haciendo prevalecer la autoridad real sobre los
-otros poderes.
-
-Antes, la Media había sido conquistada por una raza de arios. Los arios,
-luchando con las tribus indígenas y subyugándolas, habían formado una
-aristocracia guerrera. Después, dominada la Media por los asirios, los
-medos arios y los medos turaníes, esto es, los vencedores y los vencidos
-habían estrechado un lazo de amistad para libertarse de la común
-servidumbre. Había ocurrido, por ejemplo, algo de muy parecido á lo que
-ocurrió en España cuando la conquista de los árabes: que los visigodos y
-los hispano-romanos se unieron también. El primer gran caudillo que para
-la reconquista tuvieron los españoles se llamó Pelayo, nombre latino, y
-no visigodo, para denotar la fusión de las razas. Del mismo modo el
-primer gran caudillo de los medos había llevado un nombre tomado de la
-lengua de los vencidos, ó medos turaníes, y se había llamado Arbaces,
-que significa _el primero_.
-
-La nueva aristocracia fué de dos clases: turaní, y sus individuos se
-llamaban _busios_; y aria, y sus individuos se llamaban _arizantes_. La
-plebe, no ya por fuerza, sino por amor de la patria, los seguía devota y
-voluntariamente. Así vino á constituirse una república ó confederación
-de caudillos, busios y arizantes, que cada cual tenía sus particulares
-vasallos, sus fortalezas y dominios. Fundada, por último, la enriscada
-ciudad de Ecbatana, los caudillos principales, descendientes de Arbaces
-habían ido poco á poco cambiando aquel Estado en unitaria y fuerte
-monarquía, á lo cual contribuyó más que ninguno este gran rey Astibaras,
-á quien hemos ya presentado á nuestros lectores.
-
-Al empezar nuestra narración, Astibaras llevaba más de veinte años de
-reinado, durante los cuales había hecho cosas estupendas. No las
-contaremos todas, para no cansar al pío lector; pero algo será menester
-referir, en resumen, á fin de que se estime y pondere todo el valer y
-toda la gloria de este monarca, y á fin de que los sucesos de nuestra
-historia ó leyenda se comprendan sin dificultad.
-
-El padre de Astibaras es conocido también con muchos nombres, que todos
-significan lo mismo y son el mismo, según la lengua en que el nombre ha
-sido traducido, á pesar del disfraz con que le han trocado al pasar de
-un idioma á otro. Llamábase Pirruvartis, Fraortes, Artinés y Hartruna,
-esto es, el Belicoso.
-
-Artinés, á fin de no desmentir su nombre, había querido sacudir el yugo
-de los asirios, de quienes era tributario; había levantado un ejército
-numerosísimo y había ido á combatir al rey ninivita Asurbanipal; pero
-éste derrotó por completo al rey de Media en una brava y sangrienta
-batalla que se dió á las orillas del Tigris. Artinés perdió allí la
-vida.
-
-Astibaras, no bien subió al trono, trató de vengar la muerte de su
-padre, y ya había invadido, con huestes más disciplinadas y numerosas
-que las que llevó Artinés, los Estados de Asurbanipal, cuando sobrevino
-un inesperado y gravísimo acontecimiento, que retardó por muchos años su
-venganza.
-
-Entre el Ponto Euxino y el mar Caspio hay una gran extensión de tierras,
-casi cerradas al Norte por dos ríos, el Rha, hoy el Volga, que va á
-perderse en el mar Caspio, y el Tanais, hoy el Don, que se pierde en el
-mar de Azof. Acaso más de cien leguas al Sur de dichos ríos, como
-defensa ó valladar puesto por la Naturaleza, se levanta y extiende, de
-mar á mar, la ingente cordillera del Cáucaso, donde, según la fábula
-griega, Júpiter amarró á Prometeo con cadenas de diamantes, y donde un
-buitre comía el hígado del titán filántropo; hasta que Hércules logró
-libertarle. Desde la falda del Cáucaso, dilatándose al Mediodía hasta el
-monte Ararat, en cuya nevada cumbre se posó el arca de Noé, habitaban y
-habitan aún diversas tribus, gentes ó naciones, apellidadas caucásicas;
-casta de hombres valientes, robustos y hermosísimos, cuales son hoy los
-circasianos, georgianos y mingrelianos, en los tiempos á que nos
-referimos designados con nombres diversos. Al Oriente, en las riberas
-del Caspio, vivían los albaneses, y más al Sur, los cadusios; al
-Occidente, orillas del Ponto, habitaban los colquios, famosos por Medea
-la hechicera y por el áureo vellocino, y más al Occidente, los calibes,
-diestros forjadores del hierro, y los de Tibar, tan envidiados por su
-oro. En el centro de estas naciones, y como defendiendo las puertas
-caucasianas contra las invasiones de los escitas, se hallaban los
-iberos, de quienes sin duda proceden los primitivos españoles, que se
-llamaron iberos también.
-
-Aunque se me censure como digresión impertinente, se me antoja decir
-aquí que he tenido una verdadera satisfacción al ver que mi docto y
-sagaz amigo el Padre Fidel Fita ha probado casi en su discurso de
-recepción en la Academia de la Historia que los iberos de España y los
-del Cáucaso son los mismos iberos, y que el georgiano y el vascuence
-son lenguas hermanas. Hacía mucho tiempo que yo afirmaba lo mismo, sin
-haberlo estudiado y como adivinándolo de tenazón. Y una de las razones
-que yo tenía para ello era y es la corrección de formas y facciones y la
-hermosura de las mujeres de las provincias vascongadas y de Navarra,
-donde se conserva aún la raza ibérica primitiva en su mayor pureza; por
-donde yo no podía persuadirme de que dicha raza tuviese ni hubiese
-tenido jamás afinidad ni parentesco con la fea raza amarilla, tártara,
-mongólica, ó como quiera llamarse. Basta echar una rápida mirada de
-inspección etnográfica á las marquesas de S. y C. T., ambas de pura raza
-vascongada ó ibérica primitiva, para convencerse de que no corre por sus
-azules venas una sola gota de sangre tártara, sino que toda es de
-Georgia y de la más acendrada y exquisita.
-
-Refieren las crónicas georgianas, mandadas redactar y publicar por el
-Rey Wagtang, que, después de la dispersión de las gentes, fué á poblar
-la Georgia ó Iberia el gigantesco patriarca Togorma, hijo de Gomer y
-nieto de Jafet. Otros quieren que fuese Túbal, hijo de Jafet, quien
-pobló ó colonizó la Iberia del Cáucaso, y que luego él ó sus
-descendientes llegaron hasta la Iberia al Sur de los Pirineos, ya
-pasando primero á Irlanda, isla á quien dieron el nombre de Ibernia, y
-desde allí viniendo á España, ya viniendo á España directamente. Sobre
-estos nombres de Iberia é Ibernia, de Ebro y de iberos, dados á diversas
-comarcas, ríos y pueblos, se ponen varias etimologías. Ya los derivan de
-_ibha_, que en el idioma de los vedas vale tanto como _familia_, ya de
-_avara_, que en el mismo idioma significa _occidente_.
-
-Como quiera que sea, parece probado y archiprobado que estos iberos del
-Cáucaso eran lo que se llama arios, y que desde allí, salvando los
-desfiladeros de dichas montañas, buscaron y siguieron uno de los más
-importantes y trillados caminos, por donde la gente aria se fué
-extendiendo por Europa. Todas las tradiciones convienen en esto, y aun
-los nombres de lugares, que fueron poniendo al pasar, lo confirman. Y
-está asimismo demostrado que de la propia manera que desde el Sur del
-Cáucaso invadían la Europa los arios-iberos, pasando al Norte, también,
-en no pocas ocasiones, los iberos y demás pueblos del Sur del Cáucaso
-sufrían la invasión de los hijos de aquéllos que en otro tiempo se
-apartaron de su lado y emigraron á regiones más boreales.
-
-Ya, desde muy antiguo, cuentan las citadas crónicas de Georgia no pocas
-invasiones en el Sur del Cáucaso, de las gentes que habitaban al Norte
-de dichas montañas y que formaban un reino llamado de los cuzares ó
-kazares, el cual se extendía hasta más allá del Boristenes y del Tiras.
-Parece además, probado que el rey de los dichos cuzares llegó, dos mil
-años antes de Cristo, á dominar toda la extensión de tierras que va
-hasta el Ister, y que al Sur del Cáucaso hizo también tributarios á
-todos los pueblos caucasianos, que se llamaban entonces togormíes, á
-causa del patriarca Togorma, de quien se jactaban de descender, ó
-kartlosíes, á causa del gigante Kartlós, hijo de Togorma, que había sido
-su primer rey.
-
-Tributarios dicen que permanecieron largo tiempo los kartlosíes del rey
-de los kazares, á quienes los autores clásicos llaman _sauromatas_ ó
-_sármatas_, y cuya capital era Guerrhus, cerca de donde está hoy la
-ciudad rusa de Kief, á orillas del Boristenes; pero una gran revolución
-que hubo en el Irán vino, si no á libertarlos, á hacer que cambiasen y
-mejorasen de dueño.
-
-La gloriosa dinastía de Djenschid y su imperio más glorioso habían sido
-destruídos por un tirano, descendiente de Chus y de Nembrot, á quien
-llaman Zohac, ó sea Dragón, y á quien también llaman Peiverasp, porque
-poseía diez mil caballos árabes; pero pronto suscitó la Providencia á un
-héroe, por nombre Feridún, cuyas hazañas ha cantado en lindos versos el
-poeta Firdusi, el cual Feridún, á quien también apellidan Tetraono,
-libertó á los iranios del yugo de Zohac, y encadenó á este déspota
-diabólico en la cumbre del Cáucaso ó del Demavend, donde unas
-serpientes que le brotaron en las espaldas, y que mientras era tirano no
-le hacían mal porque las alimentaba con sesos de niños, privadas ya de
-tan costoso alimento, se le comían á él de contínuo.
-
-Prescindiendo de esto, que sin duda debe de ser una fábula, la cual
-tendrá su sentido moral, es lo cierto que, restablecido por Feridún el
-imperio de los iranios, éste se extendió sobre los pueblos del Cáucaso,
-los cuales recibieron entonces la cultura, la religión y los libros de
-Zoroastro.
-
-Más tarde, según he podido averiguar á fuerza de prolijos estudios,
-habiendo crecido mucho la población de la Iberia oriental, civilizada
-entonces con la civilización irania, enviaron los iberos nuevas colonias
-á España, donde ya habían enviado otras; y estas nuevas colonias
-llevaron allí los libros zoroástricos y todas sus teologías y
-filosofías. De aquí el gran saber de los turdetanos y tartesios, y más
-tarde la ciencia y la virtud de Argantonio, rey de Tarteso y de Cádiz,
-de cuyo feliz reinado tengo preparada una historia mil veces más
-interesante que ésta que ahora escribo. En ella se verá cuán atinada es
-la conjetura del Padre Fidel Fita, de que Argantonio era un _athravan_
-zoroástrico que reinó en España durante el eclipse de Tiro, aplastada
-por Nabucodonosor, y de que el código turdetano, que Estrabón menciona,
-era el mismísimo Avesta.
-
-Contrayéndonos ahora á los tiempos y negocios del rey Astibaras, diré
-cuál fué el pavoroso acontecimiento que le detuvo en medio de sus
-triunfos sobre los hijos de Asur.
-
-Los escitas, que se distinguen con el calificativo de sauromatas ó
-sármatas, estaban muy pujantes bajo el cetro del rey Madías. Hombres y
-mujeres iban siempre á caballo y peleaban con igual valor, armados de
-flechas con puntas de hueso envenenadas y con yelmos y escudos de piel
-de toro, de donde el primer fundamento de cuanto se refiere de las
-amazonas. Este pueblo belicoso de los sármatas, después de haber vencido
-á los cimerios y á los tauros, que habitaban entonces la Crimea,
-penetraron en Iberia por los desfiladeros del Cáucaso, lo arrollaron
-todo, y cayeron sobre Media como nube de langostas destructoras y
-terribles.
-
-Astibaras acababa de derrotar á los asirios, y ya había puesto cerco á
-Nínive, pero tuvo que levantar el cerco y acudir á la defensa de su
-patria. Dió á los invasores una gran batalla, y fué vencido.
-
-Los escitas vencedores se derramaron entonces cual torrente devastador,
-no sólo por el Imperio medo, sino también por la Frigia, la Lidia y la
-Cilicia, salvando la cordillera del Tauro, y llegando hasta las
-fronteras de los reinos de Jerusalem y Samaria.
-
-El profeta Jeremías alude sin duda á estos bárbaros del Norte, y no á
-los persas cuando habla de aquellos guerreros que envía el Señor para
-destruir á Babilonia. «Viene, dice, contra ella una nación del Norte,
-que pondrá su tierra en soledad, y no habrá quien la habite». Claro está
-que Jeremías no había de estar tan poco versado en Geografía, que había
-de llamar á los persas nación del Norte, cuando con relación á los
-babilonios pueden llamarse nación del Sur, y mejor aún del Oriente. Y en
-otra parte añade Jeremías: «He aquí que viene un pueblo del Norte, y una
-nación grande, y muchos reyes se levantarán de los términos de la
-tierra». Con lo cual parece indicar que estos invasores vienen de muy
-remoto país, y no de la Persia y de la Susiana, cuyas tierras baña el
-Tigris, lo mismo que las de Babilonia. Jeremías alude, pues, en esta
-ocasión á los escitas. Todo lo que de ellos dice conviene á los bárbaros
-del Norte, y no á los persas. «Crueles son, exclama, crueles y sin
-misericordia; y la voz de ellos sonará como el mar»; como si se tratase
-de lengua peregrina é ignorada, que resonase á modo de bramido.
-
-En suma, y aluda Jeremías á quien se le antoje, lo cierto es que estos
-escitas-sármatas, si bien devastaron otras muchas comarcas, se fijaron
-en Media principalmente; y así, tal vez sin concierto previo, fueron
-auxiliares poderosos de los asirios. Astibaras, en lucha constante y
-heroica contra ellos, tratando de arrojarlos de sus Estados, durante
-más de veinte años dejó reposar á Nínive y á sus reyes.
-
-
-III.
-
-Entre el estruendo y el horror de las armas, en medio del tumulto de
-esta larga guerra de independencia, se había criado y había crecido
-nuestro héroe Estrianges.
-
-Á la edad de diez y siete años, cuando apenas le apuntaba el bozo, había
-ido á pelear al lado de su padre, á quien había visto morir, atravesado
-el corazón por una enherbolada flecha enemiga.
-
-Estrianges, que era hijo único, heredó los bienes y Estados que su padre
-poseía, y entre ellos un castillo ó fortaleza, á pocas parasanjas de
-Raga, en lo más áspero de los montes al sur del Caspio, yendo de Raga
-hacia el Oriente. Desde allí, como el águila desde su nido, había estado
-en acecho cuando los escitas podían mucho aún, y había caído sobre ellos
-en frecuentes expediciones, vengando la muerte de su padre y auxiliando
-poderosamente á Astibaras en la empresa de libertar á su pueblo.
-
-Cuando ya los escitas fueron pereciendo, ó sometiéndose, ó huyendo de
-Media, Estrianges entretenía sus ocios cazando tigres y otras fieras
-alimañas, de las muchas que se crían en aquellos montes, cuyas
-ramificaciones abarcan el Sur de la silvestre Hircania y la separan de
-la Partiena.
-
-Ya de edad de veinticuatro años, acudió Estrianges á la corte de
-Ecbatana, á donde llegó precedido de la fama de sus altos hechos, como
-guerrero y como cazador. Y no era esta fama vaga é indefinida, sino que
-se fundaba en datos aritméticos de la más severa exactitud. Sabíase á
-punto fijo el número de batallas, encuentros y escaramuzas en que se
-había hallado; cuántos escitas había muerto con su propia diestra, y
-cuántos tigres, panteras, leones y jabalíes habían perecido entre sus
-manos.
-
-Además de esto, y de ser Estrianges el más acaudalado y rico del reino,
-y muy discreto é instruído para lo que entonces se sabía, gozaba de
-ciertas cualidades de que no podemos dar idea clara sin gastar mucha
-prosa ó sin apelar á un concepto anacrónico. Puesto en su tanto el modo
-de ser de tiempo y de lugar, Estrianges era el _dandy_ ó el _gomoso_ más
-perfecto de Media; era el espejo en que se miraban todos los elegantes
-sus contemporáneos.
-
-Resultó de aquí la cosa más natural del mundo. La hija mayor del rey,
-que era lindísima, recatada é inteligente, que bailaba y cantaba bien, y
-tenía otras mil habilidades, se enamoró de Estrianges del modo más
-resuelto. Esta princesa llevaba un nombre sonoro y significativo de sus
-prendas de carácter. Se llamaba Darvasastu, que en lengua pérsica es,
-como si dijéramos, _que ella sea fuerte_. Darvasastu lo fué en amor como
-en todo.
-
-El rey Astibaras, lejos de hallar disparatado este amor, halló que se
-ajustaba bien con su política. Por medio de un enlace lograría que
-entrara en su casa y familia el más rico y brioso de sus grandes
-vasallos, corroborando su dinastía y ligando á sus intereses todo el
-poder y los medios de que gozaba aquel arizante ilustre.
-
-Fácil fué darle á entender la inclinación que tenía por él la princesa,
-lo cual no pudo menos de lisonjearle en grado sumo. Si bien no compartió
-aquel amor fervoroso supo agradecerle. Darvasastu valía un tesoro, y
-Estrianges, lleno de amistad y de reconocimiento, quizás él mismo
-confundió tales afectos con los de amor vivo, y decidió casarse con la
-princesa, sin creer que hiciese con esto el menor sacrificio. Casóse,
-pues, según los ritos y ceremonias de la religión de Zoroastro, que si
-bien algo impurificada por la religión de los asirios, era en aquella
-edad la religión oficial del reino de Media. De esta suerte vino á ser
-Estrianges yerno del Rey Astibaras.
-
-Con el trato y la convivencia, ambos consortes, que eran finos y
-prudentes, fueron amándose más cada día y viviendo en santa paz
-matrimonial, aunque por parte de ella con grande amor, y por parte de
-él con tibieza; tibieza, no obstante, oculta entre mil cuidadosos
-extremos y atenciones, pues no en balde era él la flor de la cortesía.
-
-Tan rara concordia duró años; fué una desmesurada luna de miel.
-Contribuyó á esto que Estrianges, á pesar de que no amaba con fervor á
-su mujer, era tan descontentadizo y tan crítico, que tampoco hallaba á
-otra alguna, ni dentro de los dominios de su suegro ni fuera, en cuanto
-él había explorado en sus peregrinaciones, que fuese más digna de su
-amor.
-
-De aquí que, allá en el fondo de su alma, él se dijese algo parecido á
-nuestro refrán castellano: _á falta de pan, buenas son tortas_; y como
-todo es relativo en este mundo, él, de un modo relativo, amó á su mujer
-por cima de todas las otras mujeres conocidas y reales.
-
-La situación de su ánimo, no confesada á nadie sino á sí propio,
-atormentaba su corazón, á pesar de cuanto va dicho. No era él hombre que
-se contentase y aquietase con lo relativo: ansiaba lo absoluto y lo
-perfecto.
-
-Con frecuencia tenía este ó semejante coloquio consigo mismo:
-
---Yo consagro á mi mujer todo el amor que pudiera dar á otras mujeres;
-yo soy un dechado de fidelidad; pero descubro en lo más hondo de mi
-pecho un manantial abundante de cariño, el cual ella no conoce y del
-cual ni ella ni nadie bebe. ¿De qué me vale este manantial? ¿Para qué
-esta riqueza de que nadie goza? Esta escondida virtud ¿no llegará jamás
-á manifestarse?
-
-Así discurría Estrianges; pero como sus discursos en este particular
-eran recónditos, pasaba en la corte, con gran satisfacción de Astibaras,
-y pasaba también en la dilatada extensión del reino, por el fénix de los
-maridos. Por modelo le presentaban á los suyos todas las mujeres
-casadas, y todos los padres de hijas casaderas anhelaban un yerno que se
-le asemejase.
-
-En su casa sólo parecía que faltaba un requisito para la completa
-felicidad; requisito que, no ya en apariencia, sino realmente, hubiera
-estrechado su lazo de amor legítimo. Su matrimonio había sido estéril.
-Cinco años hacía que se había casado, y no había tenido sucesión.
-Estrianges tenía entonces treinta años, y veinticuatro la princesa.
-
-Los hombres, cuando no hallan pábulo bastante al fuego interior, á la
-actividad que los devora; cuando no tienen objeto real á quien consagrar
-sus facultades, suelen buscar algún objeto fantástico ó sofístico.
-Estrianges no era todo lo feliz que él ansiaba ser. Sentía sed, apetito
-de algo confuso, que no acertaba á explicarse ni sabía dónde encontrar.
-Su mujer, sus amigos, las demás mujeres, su gloria, su posición, la
-hermosura del universo, las estrellas que pueblan el éter, el esquivo y
-grato terror de las selvas, los matices y aromas de las plantas y de las
-flores, todo deleitaba su ánimo; pero su ánimo no se pagaba de nada por
-entero. Entonces llegó á imaginar Estrianges si todo sería como
-misterio, cifra ó emblema, cuyo significado podría descubrirse por medio
-de alguna clave que explicase el enigma. De aquí que, paso á paso, sin
-revelar nada á nadie, porque era muy reservado, se fué Estrianges
-dedicando á la magia.
-
-Él amaba y buscaba la luz, y pensó, por consiguiente, en la magia
-blanca, y no en la negra; pero, según hemos indicado ya, la pura
-religión de la luz increada se había contaminado y falseado bastante en
-Media en aquellos tiempos, mezclándose con extrañas supersticiones y
-creencias venidas de otros países, y singularmente de Babilonia.
-
-
-IV.
-
-Estrianges se afanaba por revestir de forma sensible algo que fuese
-núcleo de luz increada y perfecta concreción de su idea: algo donde
-pudiera consumir la llama de amor que devoraba su alma.
-
-Consultó á los _athravanes_ y magos, y se dió á entender, en vista de la
-consulta, que así como en todo el universo no había ser que no tuviese
-su idea en la mente, así tampoco había idea en mente alguna, por vaga y
-confusa que la idea fuese, que no tuviera su objeto real en el mundo. De
-aquí deducía Estrianges que la idea por la que estaba atormentado no era
-idea vana, sino idea que tenía objeto, y que era menester buscarle para
-que se aquietase en él su voluntad.
-
-Esto, sin embargo, ofrecía no pocos inconvenientes. La empresa era
-difícil. Podían además darse circunstancias que la hiciesen imposible.
-
---En el seno de Zervana-Akerena, pensaba nuestro héroe, en el seno del
-tiempo sin límites, está todo: está el dios del bien, Aura-Mazda; está
-el dios del mal, Arimanes; y están las criaturas de ambos dioses
-enemigos; pero ahora, en el momento en que vivo yo, ¿vive ó no vive
-también el ser que me enamora? Sin duda vive. Pero ¿vive con forma y en
-condiciones que me le hagan asequible? ¿No puede haber pasado ya por
-esta tierra que habitamos y estar aguardando en el reino de las sombras
-el día de la resurrección de los cuerpos? ¿No puede ser que aun no haya
-venido á esta mansión terrena, y exista sólo su _feruer_, esto es, su
-esencia celestial y divina? ¿Qué esperanza me resta, si el objeto de mi
-amor es _feruer_ ó espíritu desprendido ya del cuerpo? También es dable
-que el objeto de mi amor, en vez de ser criatura de Aura-Mazda, sea
-criatura de Arimanes; provenga de las tinieblas, y no de la luz.
-
-Estrianges trataba de desechar de sí este pensamiento, que le convertía
-en amador de un ser diabólico; pero el pensamiento persistía. Arimanes,
-allá en lo hondo de su tenebroso imperio, había acertado á crear seres
-hermosísimos, que parecían hijos de la luz. Entre ellos se contaban las
-_pairikas_ ó _peris_. Estrianges llegó á sospechar si andaría él
-enamorado de una _pairika_.
-
-De todos modos, en lo que él estaba firme era en revestir al objeto de
-su amor, ya viniese de la luz, ya de las tinieblas, de un cuerpo
-imaginario de mujer hermosa. Pero ¿dónde y cómo hallar la realidad de
-este ser?
-
-Mil métodos adoptó y ensayó para hallarle. Al cabo hubo de dar un gran
-paso en este camino, si bien este paso le trajo á más angustiosa
-situación de espíritu de aquella en que antes se hallaba.
-
-Á nada dió jamás tanto crédito nuestro héroe como á la existencia de un
-flúido misterioso y sutilísimo, el cual es elemento ó ambiente en que se
-bañan, viven y respiran los espíritus; por manera que este flúido apenas
-es materia, pero de él nacen las esferillas sutiles que, apretándose y
-aglomerándose, de difusas que eran, vienen á formar los soles y los
-demás astros y cuantos seres en ellos moran y viven; flúido, por otra
-parte, cuya infinita virtualidad, potencia y brío los espíritus selectos
-logran á veces reunir, desechando la extensión, la pesadez, la masa, la
-inercia y otras cualidades que son esencia de los cuerpos, y guardando
-sólo la energía, que es el principio espiritual, invisible é impalpable
-de la vida y de la inteligencia.
-
-Lisonjeándose Estrianges de haber adquirido cierto dominio sobre este
-flúido, se creyó apto para desprender su espíritu, dejando al cuerpo en
-letargo, y sin desatarse del cuerpo, y unido á él como por un hilo de
-dicho flúido, volar por donde quiera con tal rapidez, que equivaliese á
-ser ubicuo.
-
-Para lograr esto, no vaciló en apelar á medios reprobados por Zoroastro,
-fundador de su religión: bebió del mágico licor llamado Soma ú Homa, que
-era considerado como el dios de la inspiración, y se untó las plantas de
-los pies y de las manos, el pecho y la nuca, con linimentos que le
-suministraron los hechiceros caldeos, los cuales tenían entonces
-convento ó congregación en Ecbatana.
-
-Cualquiera que fuese la causa, lo cierto es que Estrianges empezó á
-tener muy singulares visiones. Su alma, como si le nacieran alas para
-volar y fuerzas para romper la cárcel del cuerpo, le abandonaba dormido,
-y vagaba con velocidad por mil regiones, buscando siempre el escondido
-objeto de su idea confusa.
-
-Una vez se halló Estrianges en medio de vastísima llanura, donde apenas
-había árboles, sino larga y verde hierba. No reparó en otros accidentes
-del paisaje, porque pronto se halló en un pequeño recinto, cuyas paredes
-le pareció que flotaban como si fuesen de tela. Sobre enorme piel de
-oso, extendida en el suelo, había una limpia cama, con cubierta de
-púrpura. En la cama yacía durmiendo una tan bella mujer, que la
-imaginación jamás la había fingido tan bella, ni con mucha distancia. Su
-cuerpo, casi desnudo, era mórbido y gracioso, y modelado con suaves
-curvas, aunque lleno de vigor; su tez, sonrosada y blanca; su frente,
-despejada y serena; carmín sus labios; sus mejillas, como claveles, y su
-luenga cabellera, tan abundante, tan rubia y tan gentilmente rizada en
-ondas, que parecía envolver en parte á su dueño con manto de luz y de
-oro.
-
-Extático la contempló Estrianges durante algún tiempo, cuya exacta
-duración no pudo medir. Tampoco acertó á explicarse si su presencia
-allí, meramente espiritual, ejercía algún influjo en la mujer dormida.
-Notó, no obstante, que la mujer despertaba de pronto, abría los ojos y
-miraba con cariño hacia el punto en que estaba él. Entonces creyó
-advertir asimismo que los ojos de ella eran azules y llenos de luz, como
-el cielo en el mediodía, y que en su gesto, en su actitud y en su mirada
-se revelaban la inteligencia y todo el brío de un noble carácter.
-
-Por un momento pensó Estrianges que aquella mujer no era más que su
-propia idea, que se proyectaba fuera de sí, saliendo de las nieblas
-confusas del cerebro y tomando forma distinta; pero esta reflexión (como
-la del que duda si estará despierto ó soñando, que sólo con dudar parece
-que afirma que está despierto) le corroboró más en la creencia de la
-realidad exterior y material del ser que contemplaba. Y esta creencia,
-por último, hubo de convertirse para Estrianges en certidumbre cuando
-entendió que otro sentido, además del de la vista, daba testimonio en su
-alma de la existencia de aquella mujer. Estrianges la oyó decir con
-acento peregrino y en idioma que comprendía, por más que no acertaba á
-deslindar cuál fuese:--¿Quién viene á interrumpir mi sueño? ¿Quién me
-perturba?--Luego con voz entera, aunque se tradujesen en ella la
-inquietud y el enojo, exclamó la mujer:--_¡Hilka, hilka, bescha,
-bescha!_--conjuro mágico, exorcismo asirio, que se ha conservado en uso
-hasta nuestros días entre quienes cultivan y ejercen las ciencias y
-artes ocultas, y que significa:--_¡Véte, véte, malo, malo!_ La fuerza de
-este conjuro se tiene por irresistible cuando se pronuncia acompañado de
-los signos que el ritual exige. Así es que el espíritu de Estrianges se
-conmovió y se replegó apenas le hubo oído. La visión se apartó de su
-vista, ó más bien, él se apartó de la visión. Estrianges se halló
-despierto, en su lecho y en su propia alcoba, al lado de la princesa
-Darvasastu, su legítima consorte.
-
-Mil veces intentó después volver á ver á la mujer misteriosa. Mil veces
-excitó y lanzó á su espíritu en busca de ella. Todo fué en balde. Tan
-potente era, sin duda, la virtud del exorcismo asirio.
-
-Estrianges acudió de nuevo inútilmente á los bebedizos mágicos y á los
-impuros linimentos: se hizo iniciar en los misterios de Mitra, á fin de
-adquirir recursos más poderosos para ver lo escondido y ser zahorí del
-tesoro que cada día codiciaba más su alma; pero la mujer se sustraía á
-sus sobrenaturales pesquisas. Por tales medios no volvió á verla
-nunca.
-
-
-
-
-ÍNDICE
-
-
- _Páginas._
-
-DAFNIS Y CLOE
-
-Introducción 5
-
-Libro primero 35
-
-Libro segundo 61
-
-Libro tercero 89
-
-Libro cuarto 117
-
-Notas 148
-
-
-LEYENDAS DEL ANTIGUO ORIENTE 183
-
-Lulú, Princesa de Zabulistán 219
-
-Zarina 321
-
- * * * * *
-
- ACABÓSE DE IMPRIMIR ESTE LIBRO
- EN LA IMPRENTA ALEMANA
- EN MADRID Á XXXI DÍAS
- DE JULIO DE
- MCMVII AÑOS
-
-[una barra decorativa]
-
-
-
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of Dafnis y Cloe, leyendas del antiguo
-Oriente, by Juan Valera
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK DAFNIS Y CLOE ***
-
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-Foundation
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-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
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-
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- The Project Gutenberg eBook of Dafnis y Cloe, por Juan Valera.
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-<pre>
-
-The Project Gutenberg EBook of Dafnis y Cloe, leyendas del antiguo Oriente, by
-Juan Valera
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-
-
-Title: Dafnis y Cloe, leyendas del antiguo Oriente
-
-Author: Juan Valera
-
-Release Date: October 20, 2016 [EBook #53330]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK DAFNIS Y CLOE ***
-
-
-
-
-Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
-Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was
-produced from images available at The Internet Archive)
-
-
-
-
-
-
-</pre>
-
-<hr class="full" />
-
-<div class="figcenter">
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-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_001" id="page_001"></a>{1}</span></p>
-
-<p class="cb">
-<span class="sans">JUAN VALERA<br />
-&mdash;&mdash;&mdash;<br />
-<br />
-NOVELAS</span></p>
-
-<h1>
-DAFNIS Y CLOE<br />
-<br />
-<small><span class="sans">LEYENDAS DEL ANTIGUO ORIENTE<br />
-&mdash;&mdash;&mdash;<br />
-<small>(FRAGMENTOS)</small></span></small></h1>
-
-<p class="cb">
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-</p>
-
-<div class="rght">
-<p class="nind">
-<b><span class="sans">OBRAS COMPLETAS<br />
-
-TOMO XII</span></b>
-</p>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_002" id="page_002"></a>{2}</span>&nbsp; </p>
-
-<div class="rght">
-<p class="nind">
-Es propiedad.<br />
-Derechos reservados.<br />
-</p>
-</div>
-<p><span class="pagenum"><a name="page_003" id="page_003"></a>{3}</span></p>
-
-<p class="cb"><big>
-DAFNIS Y CLOE<br />
-<br />
-Ó<br />
-<br />
-LAS PASTORALES DE LONGO</big><br />
-</p>
-
-<table border="1" cellpadding="5" cellspacing="0" summary="">
-<tr><td class="c"><a href="#INDICE">AL ÍNDICE</a></td></tr>
-</table>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_004" id="page_004"></a>{4}</span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_005" id="page_005"></a>{5}</span>&nbsp; </p>
-
-<h2><a name="INTRODUCCION" id="INTRODUCCION"></a>
-<img src="images/ill_pg_005.png" width="500" height="" alt="" title="" />
-<br />INTRODUCCIÓN</h2>
-
-<p>Los aficionados á libros suelen cegarse con frecuencia y prestar á
-muchas obras literarias un mérito que no tienen, y esperar que logren
-una popularidad que al cabo no alcanzan. Es evidente que yo, cuando me
-he tomado el trabajo de traducir esta novela, y me he atrevido luego á
-presentarla al público, es porque creo, ó bien con fundamento, ó bien
-inducido en error por dicha ceguedad, que esta novela es bonita é
-interesante, y que ha de gustar y divertir á los lectores.</p>
-
-<p>Lejos de censurar, disculpo yo y hasta aplaudo la publicación de
-cualquier libro antiguo, por malo que sea. La mayoría no tendrá la
-paciencia de leerle; pero siempre le leerá con gusto y con interés
-cierto breve círculo de personas estudiosas que busquen en él, y quizá
-hallen nuevos datos para la historia literaria, ó curiosas noticias
-sobre costumbres, usos, hechos históricos, estilo y lenguaje de una
-época y nación determinadas. De libros<span class="pagenum"><a name="page_006" id="page_006"></a>{6}</span> publicados con este objeto debe
-salir á la venta muy pequeño número de ejemplares. No son, ni pueden ser
-en realidad, libros para el público, sino para unos cuantos bibliófilos.</p>
-
-<p>No es así como yo traduzco y publico en castellano la novela de Longo.
-La publico como algo que, en mi sentir, puede y debe gustar aún al
-vulgo; como algo que puede ser popular en nuestros días.</p>
-
-<p>Á fin de manifestar las razones en que me apoyo para pensar así, escribo
-esta introducción.</p>
-
-<p>Escasísima cantidad de obras maestras tiene una fama que jamás se
-marchita. Sus autores se llaman por excelencia los autores clásicos, y
-toda persona culta, ó que presume de culta, los compra, aunque nunca los
-lea. Si por acaso acomete, en ratos de ocio, la lectura de uno de estos
-autores, pongo por caso de Homero, de Píndaro ó de Virgilio, á las pocas
-páginas, ó se duerme ó se aburre. Tres modos principales suele emplear
-después el lector aburrido ó dormido para explicar su aburrimiento ó su
-sueño. Si es muy modesto, se echa la culpa á sí propio, reconociendo que
-carece de la educación estética ó de la aptitud natural bastante para
-penetrar el sentido de lo que lee, y apreciar y ponderar todos los
-primores y bellezas del estilo, teniendo en cuenta, además, que es
-menester cierto aparato de erudición y cierto esfuerzo de fantasía<span class="pagenum"><a name="page_007" id="page_007"></a>{7}</span> para
-trasladarse en espíritu á la edad en que vivió el autor y para ponerse
-en lugar de uno de sus contemporáneos, participando de sus creencias,
-afecciones y anhelos, único modo de comprender todo el valor de lo que
-lee, y de sentir, al leerlo, la misma honda impresión que sintieron, sin
-duda, los hombres que vivían cuando el autor, y para quienes el libro se
-compuso. Los que se explican así el no gustar de un autor clásico son
-los menos, porque la modestia y la humildad son prendas rarísimas. Otros
-hay que se lo explican todo dejando á salvo al autor y echando la culpa
-al traductor desgraciado. Busca, por ejemplo, una persona elegante y de
-mundo, que oye decir que la <i>Iliada</i> es un trabajo prodigioso, una
-traducción castellana de la <i>Iliada</i>; le dan la de Hermosilla: empieza á
-leerla, se harta á las seis ó siete páginas, y acude, para desenojarse,
-á una novela de Daudet ó de Belot, que le parece mil veces más
-agradable. No atreviéndose á decir que Homero es insufrible, y que todos
-los críticos que le han elogiado lo hacían por seguir la corriente, ó
-porque eran unos pedantones que con tales elogios querían darse tono,
-decide que el traductor lo ha estropeado todo, en lo cual, hasta cierto
-punto, no se equivoca á veces, y de esta suerte deja á salvo, por una
-parte, el buen gusto y la agudeza y perspicacia que él cree tener, y por
-otra, la autoridad de los siglos y<span class="pagenum"><a name="page_008" id="page_008"></a>{8}</span> el general y constante
-consentimiento de varias y diversas civilizaciones y de muchas
-generaciones, que han decidido que los cantos de Homero son de la mayor
-belleza. Los más atrevidos por último, se van derechos contra el autor,
-y decretan que Homero es soporífero; que en la edad bárbara en que
-vivió, tal vez gustaría; pero que ahora no hay quien le aguante, y que
-ni los mismos que le encomian le leen, sino que aprenden lo más
-substancial de lo que dice, en algún compendio ó manual de historia de
-la Literatura, y suponen que le han leído y hasta que se han encantado
-leyéndole, para darse tono y lustre de discretos y de profundos.</p>
-
-<p>Á mí me ha ocurrido con frecuencia que hombres políticos de primera
-magnitud, que han sido ministros cuatro ó cinco veces, abogados famosos,
-hacendistas y economistas, me hayan excitado á que me desemboce con
-ellos y les confiese que Homero no puede haberme gustado, si es que le
-he leído. Y como yo me obstinara en que le había leído y en que me
-gustaba, me han tenido por hipócrita literario ó por hombre disimulado y
-lleno de fingimiento, á fin de darme importancia de erudito y humanista.</p>
-
-<p>Lo expuesto hasta aquí debiera arredrarme, en vez de animarme, para
-publicar á Longo; pero yo discurro de otra suerte. Es verdad que los
-poetas<span class="pagenum"><a name="page_009" id="page_009"></a>{9}</span> clásicos, griegos y latinos, no gustan al vulgo de los
-españoles; pero ¿por qué no han de gustar los prosistas?</p>
-
-<p>Para que no gusten ni sean populares los poetas hay, á más de las ya
-expuestas, otras muchas razones que vamos á exponer. Nosotros poseemos
-una riquísima poesía nacional, tanto más popular cuanto más se aparta en
-todo del antiguo gusto clásico. Para el asunto, si es narrativa, nos
-deleita la Edad Media ó los tiempos de la casa de Austria, idealizados
-de cierta manera y como nunca fueron; para los sentimientos y
-pensamientos, los católicos y piadosos, aunque el poeta sea ateo y los
-entrevere y combine con modernas filosofías; y para la forma, ó gran
-riqueza de rimas, ó la asonancia del romance, ó la castiza y también
-asonantada seguidilla. Ahora bien; sin entrar aquí á buscar la causa, es
-lo cierto que Homero y Virgilio se despegarían puestos en seguidillas ó
-en romances, y puestos en octavas reales ó en décimas, no sólo se
-despegan también, sino que es imposible que el más hábil versificador,
-forzado por el consonante, no ponga mucho de su cosecha, y además
-abundantes ripios en su traducción. La versificación clásica antigua,
-sobre todo los exámetros, han pasado con fortuna á varias lenguas
-modernas. En inglés y en alemán se escriben y se leen con gusto los
-exámetros. En castellano casi nadie los ha escrito,<span class="pagenum"><a name="page_010" id="page_010"></a>{10}</span> y nadie los
-resiste. Y el verso endecasílabo libre que, á mi ver, es muy á propósito
-para este género de traducciones, y aun para escribir narraciones
-poéticas originales, inspira en España verdadero aborrecimiento, acaso
-porque rara vez se ha hecho bien hasta ahora. Como, por otra parte, el
-vulgo no tiene acostumbrado el oído, no percibe la armonía de esta
-versificación, ni comprende su valer, y la juzga prosa cansada.</p>
-
-<p>Longo, que está en prosa y que yo traduzco en prosa, no ofrece ninguna
-de estas graves dificultades. Es cierto que no debe considerarse como un
-autor clásico; pero también es cierto que su obra pertenece á un género
-más de moda hoy que nunca; <i>Dafnis y Cloe</i> es una novela. Y como, á mi
-ver, es la mejor que se escribió en la antigüedad clásica, y está
-traducida en casi todos ó en todos los idiomas modernos, he creído que
-debiera estarlo también en castellano, y que una traducción fiel y hecha
-con alguna gracia, si atinaba yo á dársela, había de agradar á todos.</p>
-
-<p>Harto sé, no obstante, que los libros, no ya clásicos y capitales, por
-decirlo así, sino de segundo orden, como suelen ser las novelas, están
-aún más sujetos á la moda que los demás libros. Homero y Virgilio,
-aunque ya no divierten al vulgo, siguen y seguirán siempre siendo el
-encanto de los doctos aun de los medianamente instruídos; pero á veces<span class="pagenum"><a name="page_011" id="page_011"></a>{11}</span>
-hasta las novelas, que fueron en su época delicia de todos, no hay quien
-las sufra en el día: ni los más literatos llevan con paciencia su
-lectura. ¿Qué portugués, por sabio que sea, lee ahora, sin saltar una
-página, la <i>Menina e moça</i>, de Bernardín Riveiro? ¿Qué español se traga
-la <i>Diana</i>, de Jorge de Montemayor? El <i>Amadis de Gaula</i>, que durante
-dos siglos ó más hechizó y deleitó á toda Europa, yace hoy arrinconado
-para que algún paciente erudito ó algún lector tan incansable como raro
-le lea por entero.</p>
-
-<p>Esta efímera popularidad de la novela debe de consistir, sin duda, en
-que las más estimadas y leídas en su época se lo debieron, no á
-cualidades permanentes, sino al estilo de moda: á algo de convencional,
-que hechiza en un momento y que un momento después empalaga y aburre por
-falso y afectado.</p>
-
-<p>Hay excepciones de esta regla; hay algunas novelas que por encima de la
-beldad de convención poseen la beldad absoluta. Tales novelas sólo
-sobreviven, se salvan del olvido en que las otras caen, y llegan á
-contarse en el número de los libros clásicos. En toda época, pues, son ó
-deben ser leídas por las personas de buen gusto. No pretendamos por eso
-que el vulgo las lea también. Algo más las leerá y algo más habrán de
-agradarle que los grandes poetas antiguos; pero nunca, ni con<span class="pagenum"><a name="page_012" id="page_012"></a>{12}</span> mucho, le
-parecerán tan bien como cualquiera novela novísima, según el estilo y la
-moda vigentes. Yo tengo para mí que el mismo <i>Quijote</i>, con ser novela
-extraordinaria, sin par y única, la más espléndida joya de nuestra
-literatura, el fruto más rico y sazonado del ingenio español, el libro
-al lado del cual no se podrá poner acaso sino una docena de otros libros
-desde que los hay en el mundo, no es hoy leído sino por literatos,
-mientras que el vulgo y gran multitud de personas cultas, vulgo en esto,
-se aburren leyéndole, si es que intentan leerle, y apenas perciben
-algunas de sus bellezas, y las demás se escapan por completo á su
-percepción, aunque la tengan muy viva, sutil y despierta para comprender
-hasta los ápices y más menudos primores de Feuillet, Musset, Mérimée,
-Sue, Balzac, Dickens, Dumas, Víctor Hugo y otra caterva de novelistas
-contemporáneos, extranjeros, y aun españoles. Claro está que por
-patriotismo, por no contrariar la corriente, con lo cual se harían en
-este caso reos de lesa gloria nacional, casi todos afirman y sostienen
-que el <i>Quijote</i> es obra admirable, si bien la admiran por fe y sin
-leerla.</p>
-
-<p>Y no digo esto lamentándolo, sino para consignar un hecho. Esta
-diversidad de gustos, esta moda vulgar de cada siglo, es conveniente.
-¿Qué sería del infeliz escritor si el gusto fuese siempre igual? ¿Qué
-concurrencia no le harían los autores antiguos?<span class="pagenum"><a name="page_013" id="page_013"></a>{13}</span> ¿Cómo competir en
-España con el ignorado autor de la <i>Celestina</i> ó del <i>Amadis</i> y con
-tantos otros famosos novelistas, si sus obras tuviesen hoy la vida, la
-frescura y el encanto, y si fuesen tan sentidas y comprendidas del vulgo
-como cuando se escribieron? Muchos, los más de los que hoy escribimos,
-tendríamos que cruzarnos de brazos, llenos de aflicción y desaliento.
-¿Quién escribiría un drama si gustasen y se comprendiesen Calderón y
-Lope y Tirso, y respondiesen hoy, como en el siglo <small>XVII</small>, á los afectos,
-pasiones y creencias de la muchedumbre?</p>
-
-<p>De todos modos, yo entiendo que la novela de <i>Dafnis y Cloe</i> dista no
-poco de ser una obra extraordinaria; pero entiendo también que hay en
-ella mérito bastante para colocarla en el número de las novelas
-excepcionales, de belleza absoluta é independiente de la moda. Esto me
-basta para justificar su traducción y su publicación en castellano.
-Pero, ¿cómo he de fundar en esto la esperanza de que se divulgue y sea
-popular la novela que traduzco y patrocino?</p>
-
-<p>Lo espero, en primer lugar, por su concisión, pues no pasa, traducida
-por mí, de 120 páginas. Y la espero también, porque la traducción
-francesa de Courier, refundiendo la de Amyot, y las disputas de Courier
-con Furia por ocasión de la mancha de tinta, han dado en Francia no muy
-distante<span class="pagenum"><a name="page_014" id="page_014"></a>{14}</span> celebridad y popularidad á esta novela; y como las modas
-vienen á España de Francia, pudiera ser que viniese esta moda de gustar
-de <i>Dafnis y Cloe</i>.</p>
-
-<p>Otra razón para que la novela guste, es la sencillez de su estilo, donde
-la belleza de convención no entra para nada, pues los autores griegos,
-hasta en la edad de decadencia, como se cree que fué la de Longo, se
-dejaban más difícilmente extraviar por los artificios conceptuosos al
-uso ó al gusto de un momento.</p>
-
-<p>Razón es asimismo la de que, á pesar de lo que aseguran muchos, de que
-los autores griegos y latinos no sentían ni comprendían tan hondamente
-la Naturaleza como los modernos y los orientales, en <i>Dafnis y Cloe</i> la
-Naturaleza está viva, cuando no hondamente sentida y pintada. Así lo
-declaran el sabio Humboldt, en el <i>Cosmos</i>, Villemain y otros críticos.
-La brevedad de estas descripciones hace que hieran con más vigor la
-fantasía de todo lector un poco atento, sin peligro de que fatiguen como
-ocurre con frecuencia en las descripciones minuciosas, analíticas é
-interminables de muchos escritores modernos, de quienes se diría que
-miran con microscopio, tocan con escalpelo y escriben con plomo
-derretido.</p>
-
-<p>Una gran contra, fuerza es confesarlo, tiene, por cierto, <i>Dafnis y
-Cloe</i>: el realismo de sus escenas amorosas, y la libertad, que raya en
-licencia, con<span class="pagenum"><a name="page_015" id="page_015"></a>{15}</span> que algunas están escritas; pero sirva de disculpa que lo
-que en <i>Dafnis y Cloe</i> pueda tildarse de licencioso no es en el fondo
-perverso, y si algo de esto último hay en el original, lo hemos cambiado
-ó suprimido. En las impurezas de <i>Dafnis y Cloe</i> resplandecen además
-cierto candor y cierta nitidez, y hasta me atrevo á decir que la desnuda
-y limpia inocencia del mármol pentélico, trabajado por el cincel del
-escultor antiguo. Para mí sería no menos injusto tildar de poco decentes
-algunas escenas de <i>Dafnis y Cloe</i>, como tildar de poco decentes el
-Apolo de Beldevere y la Venus de Milo. Toda la culpa, si la hay, está en
-el desnudo. Vestidas, y bien vestidas, están Fanny, Madame Bovary, <i>La
-mujer de fuego</i>, <i>La Dama de las Camelias</i> y otras mil heroínas del día,
-y son harto menos honestas que Cloe. Inmensa, pongamos por caso, es la
-distancia entre Cloe, que ama á Dafnis sin ningún interés y por él
-mismo, y jura serle fiel y le es siempre fiel en vida y en muerte, y la
-heroína de Goethe, Margarita, á quien las damas más púdicas admiran, no
-ya á solas, en su estancia, donde no es pública la desvergüenza, sino en
-pleno teatro, por lo menos haciendo gorgoritos en italiano, y en cuya
-seducción interviene, no obstante, el incentivo de la codicia, el regalo
-de las joyas, y donde ella, para estar con más descuido en los brazos de
-su amante, da á su madre un narcótico, y para<span class="pagenum"><a name="page_016" id="page_016"></a>{16}</span> ocultar su pecado, mata á
-su hijo. Todo lo cual no impide que Margarita sea admirada como criatura
-angelical, modelo de ternura y de otras virtudes, y que se vaya derecha
-al cielo, sin media hora siquiera de purgatorio, y que después interceda
-con la Virgen María para llevarse también por allá al bribonazo del
-doctor Fausto, del cual ha hecho el poeta alemán un extraño Job al
-revés, ya que, en lugar de padecer con resignación las duras pruebas á
-que somete el diablo al Job árabe, hace, con ayuda del diablo, cuanta
-maldad y bellaquería se le antojan, sin escrúpulo de conciencia; y para
-distraer sus melancolías en la ocasión más terrible, cuando ha
-deshonrado y perdido á Margarita y causado la muerte de tres personas,
-se va á bailar el jaleo con brujas jóvenes y bonitas en un estupendo y
-desenfrenado aquelarre.</p>
-
-<p>Al lado de <i>Fausto</i>, al lado de gran parte de los más celebrados libros
-modernos, es inocentísimo el que traducimos.</p>
-
-<p>Algo podrá también influir para que guste y para que las antedichas
-faltas se perdonen ó se disimulen, el haber indudablemente servido de
-modelo á la famosísima y con razón encomiada novela de Bernardino de
-Saint-Pierre, que se titula <i>Pablo y Virginia</i>. No negaré yo que en ésta
-el pudor y el espiritualismo de los amores se levantan inmensamente por
-cima de lo que se pinta y refiere<span class="pagenum"><a name="page_017" id="page_017"></a>{17}</span> en <i>Dafnis y Cloe</i>, como que allí
-todo está informado, á pesar del autor que era poco cristiano, por el
-casto espíritu del cristianismo, mientras que <i>Dafnis y Cloe</i> es obra
-gentílica; pero en otras cosas, á mi ver, <i>Dafnis y Cloe</i> aventaja á
-<i>Pablo y Virginia</i>. En esta última novela hay, sin duda, en medio de sus
-sencillas y naturales bellezas, sobrada afectación y <i>sensiblería</i>
-malsana, propias de Rousseau, maestro de Saint-Pierre, y teosófico
-prurito de buscar en la Naturaleza una revelación religiosa, mientras
-que en <i>Dafnis y Cloe</i> hay religión positiva, aunque sea mala, y todo es
-más candoroso y menos alambicado.</p>
-
-<p>Tales son las principales razones que me asisten para creer que <i>Dafnis
-y Cloe</i> puede gustar aún al vulgo en España.</p>
-
-<p>Ya otra novela griega, que ha sido dos ó tres veces traducida ó
-parafraseada en español, la única quizá que ha obtenido esta honra,
-<i>Teágenes y Cariclea</i>, de Heliodoro, gustó mucho durante más de un
-siglo, como lo prueban, Cervantes imitándola en el <i>Persiles</i>; Calderón
-tomando asunto de ella para su comedia <i>Los Hijos de la Fortuna</i>; la
-antigua traducción hecha por Fernando de Mena y publicada en 1516, y la
-nueva hecha del latín, como la antigua, por D. Fernando Manuel del
-Castillejo, en el año de 1722. Ambas traducciones gustaron, aunque son
-desmayadísimas, y más que<span class="pagenum"><a name="page_018" id="page_018"></a>{18}</span> traducciones, desleídas paráfrasis. La novela
-de Heliodoro, además, hasta en el original peca de fastidiosa, si bien
-en la moral apenas tiene punto vulnerable, como obra de un santo varón
-cristiano que llegó á ser obispo.</p>
-
-<p>Debe, por último, excitar la curiosidad pública y avivar el deseo de
-leer la novela de <i>Dafnis y Cloe</i> la consideración de ser la primera por
-su merecimiento, ya que no en el orden cronológico, de cuantas nos ha
-dejado la literatura griega, germen fecundo y guía constante de todas
-las literaturas de la moderna Europa.</p>
-
-<p>Aunque de la historia de este género de ficciones, que hace tiempo se
-llaman <i>novelas</i>, y que tan en moda están en el día, pudiéramos
-excusarnos de hablar, remitiendo al lector á los autores de más valer
-que sobre ello han escrito, bueno será poner algo aquí, en breve
-resumen, acerca de la novela griega en general, y singularmente acerca
-de <i>Dafnis y Cloe</i>, tomando por guía á Chassang, á Chauvin, á Sinner, á
-Dunlop y á otros.</p>
-
-<p>Cierto que la novela, escrita en prosa con alguna extensión, en una
-forma aproximada á aquella en que hoy la concebimos y escribimos, y
-contando lances de la vida privada de personas, no históricas, sino
-particulares y fingidas las más veces, es una aparición muy tardía en la
-literatura griega, y se puede y debe colocar en época de decadencia,<span class="pagenum"><a name="page_019" id="page_019"></a>{19}</span> al
-menos relativa; pero, si por novela hemos de entender toda narración,
-oral ó escrita, en prosa ó en verso, de casos inventados, ya se inventen
-con plena conciencia, ya se imaginen ó se sueñen por unos hombres de un
-modo espontáneo é inconsciente, y por otros se crean verdaderos y
-reales, la novela es tan antigua como el mundo, desde que vive en el
-mundo gente que habla.</p>
-
-<p>Los griegos la llamaron <i>mytho</i>, y los latinos <i>fábula</i>. <i>Contar ó
-hablar</i> equivalía á referir <i>fábulas ó mythos</i>. <i>Hablar</i> viene de
-<i>fabulor</i>, que á su vez viene de <i>fábula</i>; y <i>mytho</i> en griego significa
-á la vez palabra, discurso, fábula, ó tradición popular cuento. Toda
-<i>habla</i> tenía, pues, en lo antiguo, sobre todo cuando narraba, mucho de
-cuento, novela ó fábula. Por medio de ellas se explicaban los fenómenos
-de la Naturaleza: el terror de los bosques, el curso del sol y de las
-estrellas, la vida misteriosa de las plantas, la voz del escondido eco,
-la recóndita inmensidad y el prolífico abismo de los mares, el
-subterráneo origen de las fuentes, el brío devorador á par que plasmante
-de la llama, la lucha de los elementos, sus afinidades y consorcios
-fecundos, la fuerza que amontona los metales ó que cuaja el cristal en
-las entrañas de la tierra, el arco iris que se extiende en la bóveda
-azul, las tinieblas de la noche, el fulgor de la aurora, las nubes, el
-trueno, el rayo, la lluvia que fertiliza y el<span class="pagenum"><a name="page_020" id="page_020"></a>{20}</span> viento que destroza;
-cuanto hiere, en suma, la imaginación de los hombres, cuando la
-Naturaleza hablaba con más poderosa voz que en el día á sus potencias y
-sentidos, sin apartar el velo que la cubre ni hacer patentes sus
-entonces inefables y temerosos arcanos. Los afectos, pasiones y
-apetitos, que conmovían nuestro ser, no analizados tampoco entonces, ni
-fisiológica ni psicológicamente, se personificaban del mismo modo que
-los fenómenos naturales externos, y de aquí nacían también dioses y
-diosas, demonios y genios. Cada uno de estos seres fantásticos tenía su
-vida propia. Su historia, ya se refería, ya se cantaba en himnos. Los
-acontecimientos humanos, las conquistas bienhechoras ó destructoras, la
-emigración de los pueblos, la fundación de ciudades, reinos ó
-repúblicas, los viajes por mar y por tierra en un mundo apenas conocido,
-donde la imaginación ponía lo que el entendimiento ignoraba; todo esto,
-engrandecido á poco de suceder, y á veces á par que sucedía, sin que
-nadie lo escribiese, transmitiéndose y creciendo al pasar de boca en
-boca, y conservado á menudo en la memoria, merced á la palabra rítmica,
-dejaba de ser historia, se convertía en cuento, fábula ó <i>mytho</i>, y era,
-en suma, la materia épica diseminada ó difusa. En ella se guardaba,
-oculto en símbolos y figuras, todo el saber de las primeras edades; de
-donde, con el andar del tiempo,<span class="pagenum"><a name="page_021" id="page_021"></a>{21}</span> salieron las maravillosas epopeyas,
-cuando un vate singular y dichoso acertó á reunir los dispersos cantares
-en armónico conjunto; y de donde la historia brotó más tarde, cuando un
-observador, curioso y discreto, agrupó esos mismos cantares épicos,
-hablas y tradiciones, poniéndolos en desatada prosa y procurando dar
-alguna razón de ellos en virtud de la crítica naciente.</p>
-
-<p>De aquí que, en fuerza de ser todo novela (religión, geografía,
-historia, ciencias naturales, moral y política), no viniese hasta muy
-tarde la novela propiamente dicha.</p>
-
-<p>Han disputado muchos eruditos sobre la procedencia de la novela griega.
-Unos, como Huet, suponen que vino del Oriente; otros, que nació en
-Grecia, original y castiza. Yo creo que, sin duda, los primitivos
-griegos traían ya sus creencias y sus <i>mythos</i> desde que emigraron de la
-cuna de la raza aria, en las faldas del Paropamiso; que fueron después
-inventando mucho, y que tomaron también no poco de Egipto, de Fenicia,
-del Asia Menor, de Tracia y de otras regiones y pueblos; pero los
-griegos, admirablemente dotados por la Naturaleza, pusieron en todo el
-sello de su propio ser: la gracia, la medida, la armonía y el buen gusto
-instintivo é innato.</p>
-
-<p>Como quiera que ello sea, la ficción fué, en un principio, candorosa, y
-no reflexiva: tuvo carácter<span class="pagenum"><a name="page_022" id="page_022"></a>{22}</span> épico, tanto por el sujeto que fingía,
-cuanto por el objeto fingido. No era la ficción individual, ó se habían
-perdido las huellas de que lo fuese: era obra de la imaginación
-colectiva: no era historia fingida adrede, sino creída y soñada; ni era
-tampoco de casos meramente domésticos, sino importantes al pueblo todo ó
-á todos los hombres: historia de reyes, de patriarcas, de héroes
-epónimos, de dioses y semi-dioses, los cuales, ya, como Hércules, Teseo,
-Perseo y Belerofonte, altos modelos de los ulteriores caballeros
-andantes, socorrían doncellas, amparaban menesterosos y libertaban la
-tierra de monstruos y tiranos; ya, como Baco, Osiris y los Argonautas,
-se extendían por el mundo, civilizándole en expedición conquistadora;
-ya, como Hermes, inventaban artes que hacen grata la vida; ya, como
-Prometeo, arrostraban la cólera del cielo y del inflexible destino, á
-fin de salvar, mejorar ó ennoblecer al género humano.</p>
-
-<p>Cuando toda esta materia épica pasó de ser oral á ser escrita, y
-perdiendo el ritmo ó forma de la poesía, vino á ponerse en prosa, la
-ficción, ó dígase la novela en su más lato sentido, entró en un período
-importante de su historia, si bien aun apenas aparecía aislada, sino
-combinándose con todo. Los moralistas se valían de ella para inculcar
-sus preceptos, y los filósofos y políticos para hacer más perceptibles y
-populares sus teorías y sistemas. De<span class="pagenum"><a name="page_023" id="page_023"></a>{23}</span> aquí las fábulas de Platón sobre
-la Atlántida y sobre Her el armenio, la del grave Aristóteles sobre
-Sileno y Midas, y la de Jenofonte sobre la educación de Ciro.</p>
-
-<p>Lo inexplorado hasta entonces de este planeta en que vivimos, daba lugar
-á innumerables <i>utopias</i>; esto es, á tierras incógnitas ó muy remotas,
-donde vivían pueblos extraños, ya por lo monstruoso de su ser y
-condición, ya por estar gobernados de una manera singular y perfecta,
-según el gusto de quien transmitía ó inventaba la ficción. Así nacieron,
-y se pusieron en diversos sitios, reinos ó repúblicas de amazonas, de
-pigmeos y de arimaspes, y así surgieron también islas afortunadas: el
-país de los hiperbóreos, amados de Apolo; la tierra de los meropes, la
-nación india de los atacoros, y hasta la Pancaya de Evhemero.</p>
-
-<p>De la misma suerte que, por ignorancia de la geografía, se creaban
-países y pueblos fantásticos, por el desconocimiento de los casos
-pasados, emigraciones de razas, conquistas, victorias, civilizaciones
-florecimientos y decadencias, nacieron multitud de historias de pueblos
-primitivos, donde á veces, sobre la leve trama de algunos hechos reales,
-la fantasía tejía y bordaba mil prodigios.</p>
-
-<p>Para dar autoridad á alguna doctrina religiosa ó filosófica, casi se
-forjaba un personaje y toda su portentosa historia, como la de Abaris ó
-la de Zamolxis,<span class="pagenum"><a name="page_024" id="page_024"></a>{24}</span> y, por el contrario, para glorificación de un personaje
-real, se forjaba su leyenda. Así se escribieron no pocas vidas, no ya
-sólo de reyes, héroes y conquistadores, sino también de sabios y de
-filósofos, como la de Pitágoras por Jámblico y Porfirio, la de Apolonio
-de Tyana por Filostrato, la de Plotino por Porfirio, y la de Proclo por
-Marino. Hasta para dar una explicación racionalista á la historia
-divina, para traer á la tierra á los númenes que el vulgo adoraba, y
-reducirlos á la condición y proporciones humanas, se inventan fábulas no
-menos increibles y absurdas que la misma religión que tiraban á
-destruir, como ocurría en la ya citada Pancaya de Evhemero, quien cuenta
-hoy, sin las disculpas que él tenía, tan numerosos y brillantes
-discípulos, v. gr.: Rodier, Renan, Moreau de Jonnes, y sobre todo, el
-autor de un libro titulado <i>Dios y su tocayo</i>, donde se pretende probar
-que Jehováh era el emperador de la China, y Adán un súbdito rebelde,
-expulsado del Celeste Imperio.</p>
-
-<p>Es evidente que al señalar aquí las diversas direcciones que tomó entre
-los griegos el espíritu de invención novelesca, lo hacemos con rapidez y
-á grandes rasgos, y no podemos ceñirnos á la cronología, ni marcar con
-precisa distinción épocas y períodos. Baste que nos atrevamos á afirmar
-que hasta los tiempos de Alejandro Magno, apenas queda rastro de lo que
-ahora podemos llamar <i>novela<span class="pagenum"><a name="page_025" id="page_025"></a>{25}</span> de costumbres</i>. Toda ficción es sobre algo
-que toca ó interesa á la vida pública, ya religiosa, ya política, ya
-filosófica. La novela de casos domésticos estaba en gérmen y reducida al
-cuento oral, que hasta muy tarde no empezó á coleccionarse.</p>
-
-<p>Estos cuentos venían principalmente de Mileto, de Sibares y de Chipre, y
-eran á menudo amorosos y obscenos. Los más antiguos recopiladores de
-estos cuentos, de quienes se tiene noticia, son de la edad de Alejandro,
-ó posteriores, como Clearco de Soli, Partenio de Nicea, maestro de
-Virgilio, y Conón, que vivió en el mismo tiempo.</p>
-
-<p>Con la novela hubo de suceder lo mismo, en cierto modo, que con el
-teatro cómico. Aristófanes, en la comedia antigua, habla y trata de la
-vida pública, política y religiosa. Viene después la comedia media, que
-trata aún de la vida pública; pero, ya perdidas la actividad y la
-libertad de la democracia ateniense, olvida lo político, y se emplea en
-representar filósofos y cortesanas. Sólo con Menandro, en la comedia
-nueva, aparece la verdadera vida interior doméstica, y se pintan
-caracteres y pasiones de personajes privados.</p>
-
-<p>En la novela, lo que responde á la comedia nueva en el teatro, esto es,
-lo que hasta cierto punto pudiéramos llamar <i>novela de costumbres</i>, vino
-mucho más tarde. Todo novelista de este género puede afirmarse que es
-posterior á la era cristiana.<span class="pagenum"><a name="page_026" id="page_026"></a>{26}</span></p>
-
-<p>No por esto juzgo yo, como los clasicistas severos, que es época de
-decadencia ésta en que apareció la novela de dicha clase. Verdad que el
-siglo de oro de las letras griegas fué el de Pericles; pero autores
-eminentes hubo en épocas distintas, y nuevos períodos de florecimiento y
-nuevos campos para luchar y vencer se abrieron después en repetidas
-ocasiones al ingenio helénico; ora bajo los Ptolomeos y otros sucesores
-de Alejandro, en filosofía, en ciencias exactas y naturales, y en poesía
-lírica y bucólica; ora bajo la dominación de Roma, en quien infundió
-Grecia su cultura; ora con la aparición y difusión del cristianismo y el
-gran movimiento de ideas que trajo en pos de sí, aun hasta después de
-caer el imperio de Occidente. Yo creo que no pueden llamarse épocas de
-decadencia en una literatura aquéllas en que florecen poetas como
-Teócrito, Bion y Calímaco; prosistas como Polibio, Plutarco y Luciano;
-filósofos como Plotino, y escritores tan elocuentes y pensadores tan
-profundos como tantos y tantos Padres de la Iglesia.</p>
-
-<p>En esta última época, á saber, desde el primero al quinto ó sexto siglo
-de la era cristiana, es cuando escriben los principales novelistas
-griegos de la novela propiamente dicha, ó dígase de la <i>novela de
-costumbres</i>, ó más bien de la novela de amor y aventuras ya que las
-costumbres no se pintaban<span class="pagenum"><a name="page_027" id="page_027"></a>{27}</span> entonces con la exactitud de ahora; no se
-empleaba lo que hoy llamamos ó podemos llamar <i>color local y temporal</i>,
-sino cuando esto salía sin caer en ello los autores; ni mucho menos
-había, ni era posible que hubiese, este análisis psicológico de las
-pasiones y afectos, que hoy se usa y agrada tanto. En cambio, el empleo
-de lo sobrenatural y prodigioso no era tan difícil como en el día,
-porque los hombres creían sin gran dificultad, por donde era llano
-ingerir en las novelas lo fantástico de las antiguas fábulas
-filosóficas, religiosas, geográficas é históricas.</p>
-
-<p>Las novelas más famosas y conocidas del expresado género son: la
-<i>Eubea</i>, de Dion Crisóstomo; el <i>Asno</i>, de Lucio de Patras; <i>Las
-Efesiacas</i>, de Jenofonte de Efeso; <i>Teágenes y Cariclea</i>, de Heliodoro;
-<i>Leucipe y Clitofonte</i>, de Aquiles Tacio, y <i>Las Pastorales</i>, de Longo,
-ó <i>Dafnis y Cloe</i>, que damos aquí traducida, y que es sin duda la mejor
-de todas, ya que el <i>Asno</i>, de Lucio, es ferozmente obsceno, y la
-<i>Eubea</i>, de Dion, tiene poco interés, por más que esté lindamente
-escrita. Las otras novelas de dicha época son en el día harto pesadas de
-leer. Y las novelas posteriores, del Bajo Imperio, no son más amenas
-ahora, si bien son en extremo interesantes por lo mucho que influyen en
-el desenvolvimiento de todas las literaturas del centro y occidente de
-Europa durante la Edad Media; ya<span class="pagenum"><a name="page_028" id="page_028"></a>{28}</span> en leyendas y cuentos; ya en poemas y
-libros de caballerías; ya en el mismo teatro, cuando el renacimiento y
-después, como sucede, por ejemplo, con la historia de Apolonio de Tiro,
-el poema de Alejandro y las historias troyanas.</p>
-
-<p>Según ya hemos dicho, aunque nuestro elogio se atribuya á pasión de
-traductor, <i>Dafnis y Cloe</i> es la mejor de todas estas novelas; la única
-quizá que, por la sencillez y gracia del argumento, por el primor del
-estilo, y en suma, por su permanente belleza, vive y debe gustar en todo
-tiempo.</p>
-
-<p>Contra los ataques que se han dirigido á su poca moralidad y decencia,
-ya la hemos defendido hasta donde nos ha sido posible. De otras faltas
-es harto más fácil defenderla. Una, sobre todo, apenas se comprende que
-haya críticos juiciosos que se la atribuyan: la de la intervención
-milagrosa de Pan para salvar á Cloe, á quien llevaban robada. Lo extraño
-es que los críticos se hayan fijado en este momento, como si en él
-apareciese sólo lo sobrenatural, y no hayan querido comprender que,
-desde el comienzo de la novela, lo sobrenatural interviene en todo. Sin
-su intervención la novela no sería verosímil, y por lo tanto, no sería
-divertida. La verosimilitud estética se funda, pues, en la creencia en
-ciertos seres por cima del ser humano y que le amparan y guían; en la
-creencia en las Ninfas; en Amor, no como figura alegórica, sino como<span class="pagenum"><a name="page_029" id="page_029"></a>{29}</span>
-persona real, viva y divina, y en Pan, como dios protector de los
-pastores, belicoso á veces y tremendo.</p>
-
-<p>Sin la providencia especial de estas divinidades, sin el cuidado que
-toman por Dafnis y Cloe y sin la elección que hacen de ellos para un
-caso singular de enamoramiento dulcísimo, ni se hubieran salvado los
-niños recién nacidos, abandonados en medio del campo, ni los hubieran
-criado con tanto amor una cabra y una oveja, ni hubieran conservado su
-rara hermosura á pesar de las inclemencias del cielo, ni hubieran sido
-tan sencillos é inocentes, ni hubiera pasado, en resolución, casi nada
-de lo que en la novela pasa. Por esto es de maravillar que los críticos
-censuren el milagro de Pan para libertar á Cloe, y no censuren los demás
-milagros ni se paren en ellos.</p>
-
-<p>Ni yo creo en Pan ni en las Ninfas, ni hay lector en el día que pueda
-creer en tales disparates; mas, para la verosimilitud estética, es
-fuerza ponerse en lugar del vulgo gentílico que en un tiempo dado
-(todavía cuando la novela se escribió) creía en las mencionadas
-patrañas, sobre todo en lugares agrestes, lejos de las grandes ciudades.
-Una vez concedido esto, todo es verosímil y llano.</p>
-
-<p>Dafnis y Cloe, en completo estado de naturaleza, aunque sublimado é
-idealizado por el favor divino, pero por el favor divino de dioses poco<span class="pagenum"><a name="page_030" id="page_030"></a>{30}</span>
-severos, se aman antes de saber que se aman, son bellos é ignorantes,
-contemplan y comprenden su hermosura, y de esta contemplación y
-admiración nace un afecto bastante delicado para dos que viven casi vida
-selvática: él sin colegio ni estudio de moral, y ella sin madre
-vigilante y cristiana, sin aya inglesa que la advierta lo que es
-<i>shocking</i>, y sin nada por el estilo. Si el autor, dado ya el asunto,
-hubiera puesto en los amores de sus dos personajes algo de más sutil,
-etéreo y espiritual, hubiera sido completamente falso, tonto é
-insufrible.</p>
-
-<p>La novela de <i>Dafnis y Cloe</i> es, pues, lo que debe y puede ser, y tal
-como es, es muy linda.</p>
-
-<p>Su autor imita, sin duda, á los antiguos poetas bucólicos, á Teócrito
-sobre todo; pero le imita con tino y gracia. De aquí que su obra sea la
-mejor, la más natural, la menos afectada y artificiosa, la única acaso
-no afectada de cuantas novelas pastorales se han escrito posteriormente,
-y que, pasada ya la moda, no hay quien lea con paciencia.</p>
-
-<p><i>Dafnis y Cloe</i>, más bien que de novela bucólica, puede calificarse de
-novela campesina, de novela idílica ó de idilio en prosa; y en este
-sentido, lejos de pasar de moda, da la moda y sirve de modelo aún,
-<i>mutatis mutandis</i>, no sólo á <i>Pablo y Virginia</i>, sino á muchas
-preciosas novelas de Jorge Sand, y hasta á una que compuso en español,
-pocos años há, cierto amigo mío, con el título de <i>Pepita Jiménez</i>.<span class="pagenum"><a name="page_031" id="page_031"></a>{31}</span></p>
-
-<p>De estas novelas en prosa se ha pasado también á componerlas en verso,
-tomando asunto de la vida común; pintando escenas villanescas, rústicas
-ó burguesas, que no carecen de poesía, sino que la tienen muy grande,
-cuando se aciertan á pintar con la debida sencillez homérica. En vez de
-cantar á los héroes tradicionales de la epopeya, se ha cantado en estos
-idilios modernos á sujetos de condición humilde. Los dos más bellos
-modelos de tal género de composición, en nuestros días, son <i>Hermann y
-Dorotea</i>, de Goethe, y <i>Evangelina</i>, de Longfellow. Algunos de nuestros
-mejores poetas han seguido un poquito esta corriente desde hace cinco ó
-seis años. Así Campoamor, en los que llama <i>Pequeños poemas</i>, y Núñez de
-Arce, en otro que titula <i>Idilio</i>.</p>
-
-<p>Grecia también nos dió el ejemplo de esto, al ir á espirar su gran
-literatura. En el siglo v, ó después (porque, así como nada se sabe de
-quién fué Longo, nada se sabe tampoco de este otro autor, ni del tiempo
-en que vivió), hubo un cierto Museo, á quien llaman <i>el gramático</i> ó <i>el
-escolástico</i>, para distinguirle del antiquísimo Museo mitológico, hijo
-de Eumolpo y discípulo de Orfeo, el cual Museo más reciente compuso la
-novela en verso de <i>Hero y Leandro</i>, que es un idilio por el estilo de
-los que ahora se usan, un dechado de sencillez y de gracia, un <i>pequeño
-poema</i> precioso. Ganas se<span class="pagenum"><a name="page_032" id="page_032"></a>{32}</span> le han pasado al traductor de <i>Dafnis y Cloe</i>
-de traducirle también y de incluirle en este mismo volumen; pero, como
-no está seguro de que el público guste de lo primero, deja para más
-adelante, si el público no le desdeña y le anima, el ofrecerle lo
-segundo. Entre tanto, y por hoy, se despide de él, pidiéndole perdón de
-sus muchas faltas.<span class="pagenum"><a name="page_033" id="page_033"></a>{33}</span></p>
-
-<h2><a name="PROEMIO" id="PROEMIO"></a>
-<img src="images/ill_pg_033.png" width="500" height="129" alt="" title="" />
-<br />PROEMIO</h2>
-
-<p>Cazando en Lesbos, en un bosque consagrado á las Ninfas, vi lo más lindo
-que vi jamás: imágenes pintadas, historia de amores. El soto, por
-cierto, era hermoso, florido, bien regado y con mucha arboleda. Una sola
-fuente alimentaba árboles y flores; pero la pintura era más deleitable
-que lo demás: de hábil mano y de asunto amoroso. Así es que no pocos
-forasteros acudían allí, atraídos por la fama, á dar culto á las Ninfas
-y á ver la pintura.</p>
-
-<p>Parecíanse en ella mujeres de parto, otras que envolvían en pañales á
-los abandonados pequeñuelos, cabras y ovejas que les daban de mamar,
-pastores que de ellos cuidaban, mancebos y rapazas que andaban
-enamorándose, correría de ladrones y algarada de enemigos. Otras mil
-cosas, y todas de amor, contemplé allí con tanto pasmo, que me entró
-deseo de ponerlas por escrito; y habiendo buscado á alguien que me
-explicase bien la<span class="pagenum"><a name="page_034" id="page_034"></a>{34}</span> pintura, compuse estos cuatro libros, que consagro al
-Amor, á las Ninfas y á Pan, esperando que mi trabajo ha de ser grato á
-todos los hombres, porque sanará al enfermo, mitigará las penas del
-triste, recordará de amor al que ya amó, y enseñará el amor al que no ha
-amado nunca; pues nadie se libertó hasta ahora de amar, ni ha de
-libertarse en lo futuro, mientras hubiere beldad y ojos que la miren.
-Concédanos el Numen que nosotros mismos atinemos á contar, sanos y
-salvos, los amores de otros.<span class="pagenum"><a name="page_035" id="page_035"></a>{35}</span></p>
-
-<h2><a name="LIBRO_PRIMERO" id="LIBRO_PRIMERO"></a>
-<img src="images/ill_pg_035.png" width="500" height="120" alt="" title="" />
-<br />LIBRO PRIMERO</h2>
-
-<p>Ciudad de Lesbos es Mitilene, grande y hermosa. La parten canales, por
-donde entra y corre la mar, y la adornan puentes de lustrosa y blanca
-piedra. No semeja, á la vista, ciudad, sino grupo de islas.</p>
-
-<p>Á unos doscientos estadíos de Mitilene, cierto rico hombre poseía
-magnífica hacienda, montes abundantes de caza, fértiles sembrados,
-dehesas y colinas cubiertas de viñedo: todo junto á la mar, cuyas ondas
-besaban la arena menuda de la playa.</p>
-
-<p>En esta hacienda, un cabrero llamado Lamón, que apacentaba su ganado,
-halló á un niño, á quien criaba una cabra. En el centro de un matorral,
-entre zarzas y hiedra trepadora, y sobre blando césped, reposaba el
-infantico. Allí solía entrar la cabra, de suerte que desaparecía á
-menudo, y abandonando su cabritillo, asistía á la criatura. Lamón notó
-estas desapariciones, y se compadeció del cabritillo abandonado; pero un
-día, en el ardor<span class="pagenum"><a name="page_036" id="page_036"></a>{36}</span> de la siesta, siguiendo la pista de la cabra, la vió
-deslizarse con cautela entre las matas, á fin de no lastimar con las
-pezuñas al niño, el cual, como si fuera del pecho materno, iba tomando
-la leche. Maravillado Lamón, que harto motivo había para ello, se acercó
-más, y vió que la criatura era varón, bonito y robusto, y con prendas
-más ricas de lo que prometía su corta ventura, porque estaba envuelto en
-mantilla de púrpura con hebilla de oro, y al lado había un puñalito,
-cuyo puño era de marfil. Lo primero que discurrió Lamón fué cargar con
-aquellas alhajas, y abandonar al niño; pero avergonzado luego de no
-remedar siquiera la compasión de la cabra, no bien llegó la noche, lo
-llevó todo, niño, cabra y alhajas, á su mujer Mirtale, á la cual, para
-que se le quitase la aprensión de que las cabras parieran niños, le
-contó lo ocurrido; cómo halló á la criatura, cómo la cabra la amamantaba
-y cómo él había tenido vergüenza de dejarla morir. Y siendo Mirtale del
-mismo parecer, ocultaron las alhajas, prohijaron al niño y encomendaron
-á la cabra su crianza. Á fin de que el nombre del niño pareciese
-pastoral, decidieron llamarle Dafnis.</p>
-
-<p>Dos años después, otro pastor de los vecinos campos, cuyo nombre era
-Dryas, halló y vió algo semejante cuando apacentaba su rebaño. Había una
-gruta consagrada á las Ninfas, gran roca, hueca<span class="pagenum"><a name="page_037" id="page_037"></a>{37}</span> por dentro, y en lo
-exterior redonda. En esta gruta se veían figuras de Ninfas, hechas de
-piedra, los pies descalzos, los brazos desnudos hasta los hombros, los
-cabellos esparcidos sobre la espalda y la garganta, el traje ceñido á la
-cintura, y una dulce sonrisa en entrecejo y boca; todo el aspecto de
-ellas, como si hubiesen bailado en coro. En el fondo de la gruta se
-levantaba un poco el terreno, y de allí manaba una fuente, cuyas aguas
-se deslizaban formando manso arroyo, y alimentando en torno un prado
-amenísimo, de copiosa y blanda grama cubierto. Allí se veían suspendidos
-tarros, colodras, flautas, pífanos y churumbelas, ofrendas de antiguos
-pastores. Á este templo de las Ninfas acudía una oveja que había ya
-criado corderos, y el pastor Dryas sospechaba á veces que se le había
-perdido. Queriendo, pues, corregirla y traerla de nuevo á su antiguo y
-tranquilo modo de pacer, tejió con sutiles varitas de mimbre verde uno á
-modo de lazo, y entró en la gruta á fin de coger la oveja; pero no bien
-llegó cerca, vió lo que no esperaba: vió á la oveja que, con ternura
-verdaderamente humana, daba su ubre, para que de ella sacase abundante
-leche, á una criaturita, la cual, con avidez, pero sin llanto, aplicaba
-la boca pura y limpia, ya á una teta, ya á otra, y cuando se había
-hartado de mamar, la oveja le lamía la cara. Esta criatura era una niña,
-y tenía pañales y otras<span class="pagenum"><a name="page_038" id="page_038"></a>{38}</span> prendas para poder ser reconocida; toquillas y
-chinelas bordadas de hilo de oro, y ajorcas de oro también.</p>
-
-<p>Considerando divino tal hallazgo, y enseñado por la oveja á compadecer y
-amar á la niña, Dryas la tomó en sus brazos, guardó aquellas prendas en
-el zurrón, y rogó á las Ninfas que le dejasen criar con buena suerte á
-la que se había puesto bajo su amparo. Y como ya era tiempo de llevar la
-manada al aprisco, volvió á su cabaña, contó á su mujer lo ocurrido, le
-mostró á la niña y la exhortó á tomarla por hija, ocultando cómo había
-sido hallada. Napé, que así se llamaba la pastora, amó desde luego á la
-niña como madre, recelosa de que la oveja no la venciese en ternura; y
-en prueba de que la niña era su hija, le puso el nombre pastoral de
-Cloe.</p>
-
-<p>Pronto crecieron los niños. Su hermosura distaba mucho de parecer
-rústica. Cuando él cumplió quince años y ella dos menos, Dryas y Lamón
-tuvieron idéntico sueño en una misma noche. Pensaron ver que las Ninfas,
-las de la gruta donde estaba la fuente y donde Dryas había encontrado á
-la niña, ponían á Dafnis y á Cloe en poder de un mozuelo gentil á par
-que arrogante, con alas en los hombros y armado de arco y flechas
-pequeñitas, el cual, hiriendo á ambos con la misma flecha, les mandó que
-fuesen pastores: á ella, de ovejas;<span class="pagenum"><a name="page_039" id="page_039"></a>{39}</span> á él, de cabras. No poco afligió á
-los viejos este sueño, que destinaba á sus hijos al oficio de guardar
-ganado, porque hasta entonces habían augurado mejor suerte para ellos,
-fiándose en las prendas halladas, por lo cual los habían criado con el
-mayor regalo y les habían hecho aprender las letras y cuanto en el campo
-hay de bueno. Resolvieron, no obstante, obedecer á los dioses, cuya
-providencia había salvado á los niños. Y después de comunicarse
-mutuamente el sueño, y de haber hecho un sacrificio, en la gruta de las
-Ninfas, al mozuelo de las alas (cuyo nombre no acertaban á adivinar),
-enviaron á los mozos á cuidar del hato, enseñándoles el oficio pastoril:
-de qué modo ha de apacentarse antes del medio día, de qué modo después
-de pasada la siesta; cuándo conviene llevar al abrevadero, cuándo al
-aprisco; en qué ocasión debe emplearse el cayado y en qué ocasión basta
-la voz. Ellos se alegraron de esto en gran manera, como si los hubieran
-hecho príncipes, y amaron á sus cabras y corderos más que suele el vulgo
-de los pastores, porque ella recordaba que debía la vida á una oveja, y
-él no había olvidado que una cabra le cuidó y alimentó en su abandono.</p>
-
-<p>Empezaba entonces la primavera y se abrían las flores en montes, selvas
-y prados. Oíase ya por todas partes susurro de abejas y gorjeo de
-pajarillos. Los recentales balaban, los corderos retozaban en<span class="pagenum"><a name="page_040" id="page_040"></a>{40}</span> la
-montaña, las abejas susurraban en el prado, y en umbrías y sotos
-cantaban las aves. Como en aquella bendita estación todo se regocijaba,
-Dafnis y Cloe, tan jóvenes y sencillos, se pusieron á remedar lo que
-veían y oían. Oían cantar á los pájaros, y cantaban; veían brincar á los
-corderos, y brincaban gallardamente; y remedando á las abejas, cogían
-flores, y ya se las ponían en el pecho, ya, tejiendo guirnaldas, se las
-ofrecían á las Ninfas. Todo lo hacían juntos y apacentaban cerca el uno
-del otro. Á menudo Dafnis hacía volver la oveja que se extraviaba, y á
-menudo Cloe espantaba á las cabras más atrevidas para que no trepasen á
-los riscos. Á veces uno solo cuidada de ambos hatos, mientras que el
-otro se recreaba y jugaba. Sus juegos eran infantiles y propios de
-zagales. Ora ella, con juncos que cogía, formaba jaulas para cigarras,
-y, distraída en esta faena, descuidaba el ganado. Ora él cortaba
-delgadas cañas, les agujereaba los nudos, las pegaba con cera blanda, y
-se esmeraba hasta la noche en tocar la zampoña. Á menudo compartían
-ambos la leche y el vino y se comían juntos la merienda que traían de
-casa. En suma, más bien se hubieran visto las cabras y las ovejas
-dispersas que á Dafnis y Cloe separados.</p>
-
-<p>En medio de tales juegos, Amor empezó á darles penas. Una loba, que
-recientemente había tenido cría, robaba muchas veces corderos de los
-campos<span class="pagenum"><a name="page_041" id="page_041"></a>{41}</span> próximos para alimentar sus cachorros. Algunos aldeanos se
-reunieron con este motivo, é hicieron de noche zanjas de más de una vara
-de ancho y de cuatro ó cinco de hondo. Mucha porción de la tierra
-removida la esparcieron á lo lejos, y sobre el hoyo extendieron palos
-secos y quebradizos, cubriéndolos con el resto de la tierra para que el
-suelo apareciese como antes, de modo que hasta una liebre que corriese
-por cima rompiese los palos, más débiles que paja, y probase que no era
-suelo, sino apariencia de suelo. Así abrieron varias zanjas en los
-cerros y en el llano; pero nunca pudieron coger la loba, que presintió
-la trampa. En cambio perdieron no pocos corderos y cabras, y Dafnis
-estuvo á punto de perderse.</p>
-
-<p>Dos machos cabríos, irritados por la brama, lucharon con tal furor y
-violencia, que á uno de ellos se le rompió un cuerno, y, lleno de dolor,
-comenzó á huir dando bramidos, mientras que el vencedor le perseguía sin
-tregua ni sosiego. Dolióse Dafnis del cuerno quebrado, y lleno de ira
-contra la terquedad del macho victorioso, empuñó el cayado y dió en
-perseguirle á su vez. Así, huyendo el uno y siguiéndole enfurecido el
-otro, sin ver dónde ponían los pies, cayeron ambos en la trampa, el
-macho primero y luego Dafnis, lo cual le salvó, pues al caer se quedó
-caballero en el macho; pero, como se veía en el fondo del hoyo,
-lloraba,<span class="pagenum"><a name="page_042" id="page_042"></a>{42}</span> aguardando que alguien viniese á sacarle de allí. Cloe, que
-vió de lejos lo sucedido, acudió de carrera al hoyo, reconoció que
-Dafnis estaba con vida y pidió socorro á un boyero de los vecinos
-campos. Llegó el boyero y buscó una cuerda ó soga, para que, asido á
-ella, Dafnis saliese; pero no se encontraba cuerda. Entonces Cloe desató
-la cinta de sus crenchas, la dió al boyero, y de esta suerte, puestos
-ambos en la boca del hoyo, agarrándose Dafnis á la cinta y tirando
-ellos, logró subir el caído. Sacaron después al macho infeliz, que con
-el golpe se había roto entrambos cuernos (pronta y completa venganza del
-vencido), y se le dieron al boyero en pago de su ayuda, con propósito de
-decir en casa, si alguien preguntaba por él, que un lobo se le había
-llevado.</p>
-
-<p>Volvieron luego donde estaban cabras y ovejas y hallaron que pacían en
-paz y buen orden. Sentáronse entonces cabe el tronco de una encina y
-miraron ambos con atención si alguna parte del cuerpo de Dafnis se había
-lastimado al caer; pero ni herida ni sangre tenía, sino sucio barro en
-el pelo y en lo demás de su persona. Dafnis determinó lavarse para que
-Lamón y Mirtale no supiesen lo ocurrido. Y yéndose con Cloe á la gruta
-de las Ninfas, le dió á guardar la tuniquilla y el zurrón y se puso á
-lavar en la fuente su cabellera y el cuerpo todo. La cabellera era negra
-y abundante;<span class="pagenum"><a name="page_043" id="page_043"></a>{43}</span> el cuerpo, tostado del sol. Diríase que le daba color
-obscuro la sombra de la cabellera. Cloe, que miraba á Dafnis, le halló
-hermoso, y como hasta allí no había reparado en su hermosura, imaginó
-que el baño se la prestaba. Cloe lavó luego las espaldas á Dafnis, y
-halló tan suave la piel, que de oculto se tocó ella muchas veces la suya
-para decidir cuál de los dos la tenía más delicada.</p>
-
-<p>Como ya el sol iba á ponerse, ambos volvieron con el hato á sus cabañas,
-y Cloe nada deseaba tanto como ver á Dafnis bañarse de nuevo.</p>
-
-<p>Al día siguiente, de vuelta en la pradera, Dafnis, sentado, según solía,
-al pie de una encina, tocaba la flauta, á par que miraba sus cabras,
-encantadas, al parecer, con el dulce sonido. Cloe, sentada asimismo á la
-vera de él, miraba sus ovejas y corderos; pero miraba más á Dafnis. Y
-otra vez le pareció hermoso tocando la flauta, y creyó que la música le
-hermoseaba, y para hermosearse ella tomó la flauta también. Quiso luego
-que volviera él á bañarse y le vió en el baño, y sintió como fuego al
-verle, y volvió á alabarle, y fué principio de amor la alabanza. Niña
-candorosa, criada en los campos, no se daba cuenta de lo que le pasaba,
-porque ni siquiera había oído mentar al Amor. Sentía inquietud en el
-alma; no podía dominar sus ojos y hablaba mucho de Dafnis. No comía de
-día, velaba de noche y descuidaba sus ovejas; ya<span class="pagenum"><a name="page_044" id="page_044"></a>{44}</span> reía, ya lloraba; si
-dormía, se despertaba de súbito; su rostro se cubría de palidez y luego
-ardía de rubor. Nunca se agitó más becerra picada del tábano. Acontecía
-á veces que ella á sus solas prorrumpía en estas razones:</p>
-
-<p>«Estoy mala é ignoro mi mal; padezco y no me veo herida; me lamento y no
-perdí ningún corderillo; me abraso y estoy sentada á la sombra. Mil
-veces me clavé las espinas de los zarzales y no lloré; me picaron las
-abejas y pronto quedé sana. Sin duda que esta picadura de ahora llega al
-corazón y es más cruel que las otras. Si Dafnis es bello, las flores lo
-son también; si él canta lindamente, no cantan mal las avecicas. ¿Por
-qué pienso en él y no en las avecicas y en las flores? ¡Quisiera ser su
-flauta para que infundiese en mí su aliento! ¡Quisiera ser su cabritillo
-para que me tomara en sus brazos! ¡Oh agua perversa, que á él sólo haces
-hermoso y me lavas en balde! Yo me muero, queridas Ninfas; ¿cómo no
-salváis á la doncella que se crió con vosotras? ¿Quién os coronará de
-flores después de mi muerte? ¿Quién tendrá cuidado de los pobrecitos
-corderos? ¿Á quién encomendaré mi parlera cigarra, que cogí con tanta
-fatiga y que solía cantar en la gruta para que yo durmiese la siesta? En
-vano canta ahora, pues yo velo, gracias á Dafnis.» Así padecía, así se
-lamentaba Cloe, procurando descubrir el nombre de Amor.<span class="pagenum"><a name="page_045" id="page_045"></a>{45}</span></p>
-
-<p>Entre tanto, Dorcón, el boyero que sacó del hoyo á Dafnis y al macho,
-mozuelo ya con barbas y harto sabido en cosas de Amor, se había prendado
-de Cloe desde el primer día; y como mientras más la trataba más se
-abrasaba su alma, resolvió valerse ó de regalos ó de violencia para
-lograr sus fines. Fueron sus primeros presentes, para Dafnis, una
-zampoña, que tenía nueve cañutos ligados con latón, y no con cera, y
-para Cloe la piel de un cervatillo, esmaltada de lunares blancos, para
-que la llevase en los hombros, cual suelen las bacantes.</p>
-
-<p>Así creyó haberse ganado la voluntad de ambos, y pronto desatendió á
-Dafnis; pero á Cloe la obsequiaba de diario, ya con blandos quesos, ya
-con guirnaldas de flores, ya con frutas sazonadas. Y hasta hubo
-ocasiones en que le trajo un becerro montaraz, un vaso sobredorado y
-pajarillos cazados en el nido. Ignorante ella del artificio y malicia de
-los amadores, tomaba los regalos y se alegraba; y se alegraba más aún
-porque con ellos podía regalar á Dafnis.</p>
-
-<p>No tardó éste en conocer también las obras de Amor. Entre él y Dorcón
-sobrevino contienda acerca de la hermosura. Cloe había de sentenciar.
-Premio del vencedor, un beso de Cloe. Dorcón habló primero de esta
-manera:</p>
-
-<p>«Yo, zagala, soy más alto que Dafnis, y valgo<span class="pagenum"><a name="page_046" id="page_046"></a>{46}</span> más de boyero que él de
-cabrero, porque los bueyes valen más que las cabras. Soy blanco como la
-leche y rubio como la mies cuando la siegan. No me crió una bestia, sino
-mi madre. Éste es chiquitín, lampiño como las mujeres y negro como un
-lobezno. Vive entre chotos, y su olor ha de ser atroz, y es tan pobre,
-que no tiene para mantener un perro.</p>
-
-<p>Se cuenta que una cabra le dió leche, y á la verdad que parece cabrito.»</p>
-
-<p>Así dijo Dorcón. Luego contestó Dafnis: «Me crió una cabra como á
-Júpiter, y son mejores que tus vacas las cabras que yo apaciento. Y no
-huelo como ellas, como no huele Pan, que casi es macho cabrío. Bastan
-para mi sustento queso, blanco vino y pan bazo, manjares campesinos, no
-de gente rica. Soy lampiño como Baco, y como los jacintos moreno; pero
-más vale Baco que los sátiros, y más el jacinto que la azucena. Éste es
-bermejo como los zorros, barbudo como los chivos, y como las cortesanas
-blanco. Y mira bien á quién besas, pues á mí me besarás la boca, y á él
-las cerdas que se la cubren. Recuerda, por último, ¡oh zagala, que á tí
-también te crió una oveja, y eres, no obstante, linda!»</p>
-
-<p>Cloe no supo ya contenerse, y movida de la alabanza, y más aún del largo
-anhelo que por besar á Dafnis sentía, se levantó y le besó; beso
-inocente<span class="pagenum"><a name="page_047" id="page_047"></a>{47}</span> y sin arte, pero harto poderoso para encenderle el alma.</p>
-
-<p>Dorcón huyó afligido en busca de nuevos medios de lograr su amor. Dafnis
-no parecía haber sido besado, sino mordido: de repente se le puso la
-cara triste; suspiraba con frecuencia, no reprimía la agitación de su
-pecho, miraba á Cloe, y al mirarla se ponía rojo como la grana. Entonces
-se maravilló por primera vez de los cabellos de ella, que eran rubios, y
-de sus ojos, que los tenía grandes y dulces como las becerras, y de su
-rostro, más blanco que leche de cabra. Diríase que á deshora se le
-abrieron los ojos y que antes estaba ciego. Ya no tomaba alimento sino
-para gustarle, ni bebida sino para humedecerse la boca. Estaba
-taciturno, cuando antes era más picotero que las cigarras; yacía
-inmóvil, cuando antes brincaba más que los chivos; no se curaba del
-ganado; había tirado la flauta lejos de sí, y tenía pálido el rostro
-como agostada hierba. Únicamente con Cloe ó pensando en Cloe volvía á
-ser parlero. Á veces, á solas, se lamentaba de esta suerte:</p>
-
-<p>«¿Qué me hizo el beso de Cloe? Sus labios son más suaves que las rosas,
-su boca más dulce que un panal, y su beso más punzante que el aguijón de
-las abejas. No pocas veces he besado los chivos; no pocas veces he
-besado los recentales de ella y el becerro que le regaló Dorcón; pero
-este<span class="pagenum"><a name="page_048" id="page_048"></a>{48}</span> beso de ahora es muy diferente. Me falta el aliento, el corazón me
-palpita, se me derrite el alma, y á pesar de todo, quiero más besos. ¡Oh
-extraña victoria! ¡Oh dolencia nueva, cuyo nombre ignoro! ¿Habría Cloe
-tomado veneno antes de besarme? ¿Cómo no ha muerto entonces? Los
-ruiseñores cantan, y mi zampoña enmudece; brincan los cabritillos, y yo
-estoy sentado; abundan las flores, y yo no tejo guirnaldas. Jacintos y
-violetas florecen, y Dafnis se marchita. ¿Llegará Dorcón á ser más lindo
-que yo?»</p>
-
-<p>Así se quejaba el bueno de Dafnis, probando los tormentos de Amor por
-vez primera.</p>
-
-<p>Dorcón, entre tanto, el boyero enamorado de Cloe, se fué á buscar á
-Dryas, que plantaba estacas para sostener una parra, y le llevó de
-regalo muy ricos quesos. Y como era su antiguo amigo, porque habían ido
-juntos á apacentar el ganado, trabó conversación con él, y acabó por
-hablarle del casamiento de Cloe. Díjole que él deseaba tomarla por
-mujer, y le prometió grandes dones como rico boyero que era: una yunta
-de bueyes para arar, cuatro colmenas, cincuenta manzanos, un cuero de
-buey para suelas, y cada año un becerro que podría ya destetarse.
-Halagado por las promesas Dryas estuvo á punto de consentir en la boda;
-pero recapacitando después que la doncella merecía mejor novio, y
-temiendo ser acusado algún<span class="pagenum"><a name="page_049" id="page_049"></a>{49}</span> día de ocasionar irremediables males,
-desechó la proposición de boda y se disculpó como pudo; sin aceptar lo
-prometido en alboroque.</p>
-
-<p>Viéndose Dorcón defraudado por segunda vez en su esperanza y perdidos
-sin fruto sus excelentes quesos, resolvió apelar á las manos no bien
-hallase sola á Cloe. Y como había notado que Cloe y Dafnis traían
-alternativamente á beber el ganado, él un día y ella otro, se valió de
-una treta propia de zagal: tomó la piel de un gran lobo, que un toro
-había muerto con sus astas, defendiendo la vacada, y se cubrió con dicha
-piel puesta en los hombros, de modo que las patas de delante le cubrían
-los brazos, las patas traseras se extendían desde los muslos á los
-talones, y el hocico le tapaba la cabeza como casco de guerrero.
-Disfrazado así en fiera lo menos mal que pudo, se fué á la fuente donde
-bebían cabras y ovejas después de pacer. Estaba la fuente en un
-barranco, y en torno de ella formaban matorral tantos espinos, zarzas,
-cardos y enebros rastreros, que fácilmente se hubiera ocultado allí un
-lobo de veras. Allí se escondió Dorcón, espiando el momento de venir á
-beber el ganado, y con grande esperanza de asustar á Cloe con su disfraz
-y de apoderarse de ella.</p>
-
-<p>Á poco llegó Cloe á la fuente con el ganado, mientras Dafnis cortaba
-verdes tallos y renuevos<span class="pagenum"><a name="page_050" id="page_050"></a>{50}</span> para que los cabritillos se regalasen después
-del pasto. Los perros que guardaban el rebaño seguían á Cloe, y como
-tenían buena nariz, sintieron á Dorcón, que ya se disponía á caer sobre
-Cloe; se pusieron á ladrar, se echaron sobre él como si fuera lobo, le
-rodearon, y antes de que volviese del susto le mordieron. Al principio,
-con vergüenza de ser descubierto, y recatándose aún con la piel de lobo,
-Dorcón yacía silencioso en el matorral. Cloe, entre tanto, llena de
-terror, había llamado á Dafnis para que la socorriese. Y los perros,
-destrozada ya la piel del lobo, mordían sin piedad el cuerpo de Dorcón,
-el cual á grandes voces acabó por suplicar que le amparasen á Cloe y á
-Dafnis, que ya había llegado. Estos mitigaron pronto el furor de los
-perros con las voces que tenían de costumbre. Después llevaron á la
-fuente á Dorcón, que había sido herido en los muslos y en las espaldas.
-Le lavaron las mordeduras, donde se veía la impresión de los dientes, y
-pusieron encima corteza mascada y verde de olmo. La ignorancia de ambos
-en punto á atrevimientos amorosos les hizo considerar la empresa de
-Dorcón como broma y niñería pastoril, y en vez de enojarse contra él, le
-consolaron con buenas palabras, y le llevaron un poco de la mano hasta
-que le despidieron.</p>
-
-<p>Él, salvo de tan grave peligro, y no, como se<span class="pagenum"><a name="page_051" id="page_051"></a>{51}</span> dice, de la boca del
-lobo, sino de la del perro, fué á curarse las heridas.</p>
-
-<p>Dafnis y Cloe no tuvieron poco que afanarse hasta bien entrada la noche,
-para recoger las ovejas y las cabras, las cuales, espantadas de la piel
-del lobo y de los ladridos, unas se encaramaron á los peñascos, y otras
-se fueron huyendo hasta la mar. Todas estaban bien enseñadas á acudir á
-la voz, á congregarse al son de la zampoña, y á venir oyendo sólo una
-palmada; pero entonces el miedo les había hecho olvidarse de todo. Casi
-fué menester perseguirlas y buscarlas por el rastro, como á las liebres.
-Después las llevaron al aprisco. Aquella sola noche durmieron ambos con
-profundo sueño. La fatiga fué remedio del mal de Amor; pero, venido el
-día, padecieron de nuevo el mismo mal. Se alegraban al verse; les dolía
-separarse; estaban desazonados; deseaban algo, é ignoraban qué. Sólo
-sabían, él, que el origen de su mal era un beso, y ella, que era un
-baño.</p>
-
-<p>Tocaba ya á su fin la primavera y empezaba el estío. Todo era vigor en
-la tierra. Los árboles tenían fruta; los sembrados, espigas. Grato el
-cantar de las cigarras, deleitoso el balar de los corderos, dulce el
-ambiente perfumado por la fruta en sazón. Parecía que los ríos cantaban
-al correr mansamente; que los vientos daban música como de flautas al
-suspirar entre los pinos; que las manzanas<span class="pagenum"><a name="page_052" id="page_052"></a>{52}</span> caían enamoradas al suelo, y
-que el sol, anhelante de hermosura, rasgaba todo velo que pudiera
-encubrirla. Dafnis, impulsado de un ardor íntimo, que todo esto le
-causaba, se echaba en los ríos, y ya se lavaba, ya cogía ligeros peces,
-ya bebía como si quisiese apagar aquel fuego. Cloe, después de ordeñar
-sus ovejas y no pocas de las cabras, empleaba bastante tiempo en cuajar
-la leche y en osear las moscas, que al osearlas le picaban; luego se
-lavaba la cara; se coronaba de ramas de pino, se ponía al hombro la piel
-del cervatillo, llenaba una gran taza de vino y de leche, y gozaba con
-Dafnis de aquella bebida.</p>
-
-<p>Cuando llegaba la hora de la siesta, llegaba también mayor hechizo y
-cautividad de los ojos, porque ella miraba á Dafnis desnudo y su beldad
-floreciente, y desfallecía al considerar que no había falta que ponerle
-en parte alguna; y él, al verla con la piel de ciervo, coronada de pino
-y ofreciéndole bebida en la taza, imaginaba ver á una de las Ninfas de
-la gruta. Entonces Dafnis, arrebatando de la cabeza de ella las ramas de
-pino, se coronaba á sí propio, no sin besar antes la corona. Ella, en
-cambio, solía tomar la ropa de él, mientras él se bañaba, y vestírsela,
-no sin besarla antes también. Ambos se tiraban manzanas, y otras veces
-se peinaban el uno al otro, y Cloe comparaba el cabello de él, por lo
-negro, á la endrina, y Dafnis decía que el<span class="pagenum"><a name="page_053" id="page_053"></a>{53}</span> rostro de ella era como las
-manzanas, por lo blanco y sonrosado. Á veces le enseñaba á tocar la
-flauta; y apenas soplaba ella, se la quitaba él y recorría todos los
-agujeros, como para mostrarle dónde había faltado, y en realidad para
-besar á Cloe por medio de la flauta.</p>
-
-<p>Tocando él así una siesta, y reposando á la sombra el ganado, Cloe hubo
-de quedarse dormida. Y no bien lo advirtió Dafnis, dejó la flauta para
-mirarla toda, sin hartarse de mirarla; y ya sin avergonzarse de nada,
-dijo en voz baja de este modo: «¡Cómo duermen sus ojos! ¡Cómo alienta su
-boca! Ni las frutas ni el tomillo huelen mejor; pero no me atrevo á
-besarla. Su beso pica en el corazón y vuelve loco como la miel nueva.
-Además, temo despertarla si la beso. ¡Oh parleras cigarras! ¿No la
-dejaréis dormir con vuestros chirridos? ¿Y estos pícaros chivos, que
-alborotan peleando á cornadas? ¡Oh lobos más cobardes que zorras! ¿por
-qué no venís á robarlos?»</p>
-
-<p>Mientras que él profería estas razones, una cigarra, huyendo de una
-golondrina que la quería cautivar, vino á refugiarse en el seno de Cloe.
-La golondrina no pudo coger su presa ni reprimir el vuelo, y rozó con
-las alas las mejillas de la zagala, la cual, sin comprender lo que había
-sucedido, despertó asustada y gritando; pero no bien vió la golondrina,
-que aún volaba cerca, y á Dafnis, que<span class="pagenum"><a name="page_054" id="page_054"></a>{54}</span> reía del susto, el susto se le
-pasó y se restregó los ojos, que querían dormir todavía. Entonces la
-cigarra se puso á cantar entre los pechos de Cloe, como si quisiera
-darle gracias por haberle salvado. Cloe se asustó y gritó de nuevo, y
-Dafnis rió. Y aprovechándose éste de la ocasión, metió bien la mano en
-el seno de Cloe, y sacó de allí á la buena de la cigarra, que ni en la
-mano quería callarse. Ella la vió con gusto, la tomó y la besó, y se la
-volvió á poner en el pecho, siempre cantando.</p>
-
-<p>Recreábase una vez en oir á una paloma torcaz que arrullaba en la selva.
-Quiso Cloe aprender lo que decía, y Dafnis la doctrinó, refiriendo esta
-sabida conseja: «Hubo en tiempos antiguos, zagala, una zagala linda y de
-pocos años como tú, la cual apacentaba muchos bueyes. Era gentil
-cantadora, y su ganado se deleitaba con la música, por manera que la
-zagala no se valía del cayado, ni picaba con la aijada, sino que
-reposando á la sombra de un pino y coronada de verdes ramas, se ponía á
-cantar de Pan y de Pitis, y toda la vacada pacía en torno oyéndola. No
-lejos de allí había un zagal que también guardaba vacas y era hábil
-cantador, como la zagala, y competía con ella en los cantares, siendo
-los de él más briosos, como de varón, y, como de muchacho, no menos
-dulces. Así fué que los ocho mejores becerros que ella tenía, hechizados
-por los cantares del zagal, se pasaron de un<span class="pagenum"><a name="page_055" id="page_055"></a>{55}</span> rebaño á otro. La zagala
-se apesadumbró en extremo con la pérdida de los becerros, y más aún con
-el vencimiento en los cantares, y suplicó á los dioses que, antes de
-volver á casa, la convirtiesen en ave. Accedieron los dioses y la
-convirtieron en ave montaraz y cantadora cual la zagala. Aun en el día,
-cuando canta, recuerda su derrota, y dice que busca los becerros
-huidos.»</p>
-
-<p>En tales recreos se pasó el verano, y vino el otoño con sus racimos.
-Entonces ciertos piratas de Tiro que tripulaban una nave de Caria, á fin
-de no parecer bárbaros, desembarcaron en aquella costa con espadas y
-petos, y garbearon cuanto pudieron hallar á su alcance: vino oloroso,
-trigo á manta, panales de miel y hasta algunos bueyes y vacas del rebaño
-de Dorcón. Quiso la suerte que se apoderasen de Dafnis, el cual se
-andaba solazando solo junto á la mar, porque Cloe, como niña que era,
-sacaba más tarde á pacer las ovejas de Dryas, por temor de los pastores
-insolentes. Viendo los piratas á aquel mozo gallardo y espigado,
-juzgáronle mejor presa que las ovejas y las cabras, y cesando en sus
-correrías y robos, se le llevaron á la nave, mientras que él lloraba, no
-sabía que hacer, y llamaba á voces á Cloe. Los piratas en tanto
-desataron la amarra, pusieron mano á los remos, y se iban engolfando en
-la mar, cuando acudió Cloe ya con sus ovejas y trayendo de<span class="pagenum"><a name="page_056" id="page_056"></a>{56}</span> presente á
-Dafnis una nueva flauta. Y viendo ella las cabras medrosas y
-descarriadas, y oyendo á Dafnis, que la llamaba siempre á gritos,
-abandonó las ovejas, tiró al suelo la flauta, y á todo correr se fué
-hacia Dorcón pidiéndole socorro. Hallóle por tierra, cubierto de heridas
-que le habían hecho los ladrones, respirando apenas y derramando mucha
-sangre. Cuando él vió á Cloe, el recuerdo de su amor le hizo cobrar
-aliento. «Cloe, le dijo, pronto voy á morir. Esos inicuos piratas me han
-destrozado como á un buey, porque defendía mis bueyes. Sálvate tú, salva
-á Dafnis, véngame y piérdelos. Yo tengo enseñadas á mis vacas á seguir
-el son de mi flauta, y por lejos que estén, acuden cuando la oyen.
-Tómala, ve á la playa, y toca allí la sonata que yo enseñé á Dafnis y
-que Dafnis te enseñó. Lo demás lo harán la flauta sonando y las mismas
-vacas. Á tí hago presente de esta flauta, con la cual vencí en contienda
-musical á muchos vaqueros y cabreros. Tú, en pago, bésame ahora, que aún
-vivo, y llórame muerto. Y cuando veas á alguien apacentando bueyes,
-acuérdate de mí.» Dicho esto, Dorcón besó el beso último, pues á par de
-beso y voz exhaló el alma.</p>
-
-<p>Tomó la flauta Cloe, aplicó á ella los labios y sopló con cuanta fuerza
-pudo. Oyéronla las vacas, reconocieron al punto el son, mugieron todas,
-y de consuno se tiraron con ímpetu á la mar. Con<span class="pagenum"><a name="page_057" id="page_057"></a>{57}</span> salto tan violento se
-ladeó la nave de un costado, y al caer las vacas se abrió en la mar como
-una sima, de suerte que se volcó la nave, y las olas, al volverse á
-juntar, se la tragaron. No todos los náufragos tenían la misma esperanza
-de salvación, porque los piratas llevaban espada al cinto, vestían
-medias corazas escamosas y calzaban grevas, mientras que Dafnis iba
-descalzo, como quien apacienta en la llanura, y casi desnudo, por ser la
-estación del calor. Así fué que los piratas, apenas bregaron un poco, se
-hundieron, con el peso de las armas; pero Dafnis se despojó con
-facilidad de su ligero vestido, y aun así se cansaba con tanto nadar,
-como quien antes sólo por poco tiempo había nadado en los ríos. La
-necesidad le enseñó, no obstante, lo que importaba hacer: se puso entre
-dos vacas, asió sus cuernos con ambas manos, y se dejó llevar tan cómodo
-y sin fatiga, como en una carreta; pues es de saber que las vacas nadan
-más y mejor que los hombres, y sólo ceden en esto á las aves de agua y á
-los peces, por lo cual no se cuenta de vaca ni de buey que jamás se
-ahogue, como no se le ablande la pezuña con el sobrado remojo. Y en
-prueba de la verdad de lo que digo, hay muchos estrechos de mar que
-hasta hoy se llaman pasos de bueyes.</p>
-
-<p>Del modo referido escapó Dafnis, contra toda previsión, de dos peligros,
-piratería y naufragio.<span class="pagenum"><a name="page_058" id="page_058"></a>{58}</span> Luego que saltó en tierra y halló á Cloe, que
-reía y lloraba al mismo tiempo, se echó en sus brazos y le preguntó por
-qué tocaba la flauta. Ella se lo contó todo: su ida en busca de Dorcón;
-la costumbre de las vacas de acudir al son de la flauta; el consejo de
-Dorcón de que la tocase, y la muerte de éste. Sólo por pudor se calló lo
-del beso.</p>
-
-<p>Decidieron ambos honrar la memoria de su bienhechor, y en compañía de
-amigos y parientes hicieron el entierro de aquél sin ventura. Echaron
-tierra en la huesa, plantaron en torno árboles, y suspendieron de las
-ramas las primicias de su trabajo; libaron leche sobre el sepulcro,
-exprimieron racimos de uvas y quebraron flautas. Se oyó á las vacas dar
-lastimeros mugidos, y se las vió correr despavoridas y sin concierto;
-todo lo cual, según declaraban pastores peritos, era lamentación y duelo
-de las vacas por el vaquero difunto.</p>
-
-<p>Después del entierro de Dorcón, Cloe se fué con Dafnis á la gruta de las
-Ninfas, y allí le lavó, y luego ella misma, por la primera vez, viéndolo
-Dafnis, lavó su cuerpo, blanco y reluciente de hermosura, y sin
-necesitar el baño para ser hermoso. Cogieron, por último, flores de las
-que daba la estación, coronaron con ellas á las imágenes y colgaron como
-ofrenda la flauta de Dorcón en la pared de la gruta.</p>
-
-<p>Hecho esto, salieron á ver cabras y ovejas. Todas<span class="pagenum"><a name="page_059" id="page_059"></a>{59}</span> estaban echadas, sin
-pacer ni balar, sino, á lo que yo entiendo, harto afligidas por la
-ausencia de Dafnis y de Cloe. Así fué que en cuanto los vieron y oyeron
-que las llamaban como de costumbre y que tocaban la churumbela, se
-alzaron todas alegres, y las ovejas se pusieron á pacer, y las cabras á
-brincar y á balar, celebrando que su cabrero se había salvado.</p>
-
-<p>Con todo esto, Dafnis no podía recobrar su antiguo contento desde que
-vió á Cloe desnuda y patente toda su beldad, escondida antes. Le dolía
-el corazón como si hubiese tomado ponzoña, y su aliento ya era fuerte y
-agitado, como de alguien á quien persiguen, ya desfallecido, como por el
-cansancio de la fuga. Parecíale el baño de Cloe más temible que la mar,
-y pensaba que su alma estaba aún cautiva de los piratas: pues, como
-mozuelo campesino, ignoraba las piraterías de Amor.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_060" id="page_060"></a>{60}</span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_061" id="page_061"></a>{61}</span>&nbsp; </p>
-
-<h2><a name="LIBRO_SEGUNDO" id="LIBRO_SEGUNDO"></a>
-<img src="images/ill_pg_061.png" width="500" height="99" alt="" title="" />
-<br />LIBRO SEGUNDO</h2>
-
-<p>Estaba ya en su fuerza el otoño, se acercaban los días de la vendimia, y
-todo era vida y movimiento en el campo. Unos preparaban los lagares,
-otros fregaban las tinajas; éstos tejían canastas y cestos ó afilaban
-hoces pequeñas para cortar los racimos, y aquéllos disponían la piedra ó
-la viga para estrujar las uvas, ó machacaban mimbres y sarmientos secos
-para hacer antorchas á cuya luz trasegar el mosto de noche. Dafnis y
-Cloe habían abandonado ovejas y cabras, y prestaban en tales faenas el
-auxilio de sus manos. Él acarreaba la uva en cestos, la pisaba en el
-lagar y llevaba el mosto á las tinajas, y ella condimentaba la comida de
-los vendimiadores, les daba á beber vino añejo, y hasta vendimiaba á
-veces en las cepas bajas; porque en Lesbos las viñas no están en alto ni
-enlazadas á los árboles, sino rastreando los sarmientos como la hiedra,
-de modo que una criatura apenas salida de los pañales puede allí coger
-racimos.<span class="pagenum"><a name="page_062" id="page_062"></a>{62}</span></p>
-
-<p>Según usanza en esta fiesta de Baco y nacimiento del vino, acudieron
-mujeres de las cercanías para ayudar en las faenas, y las más ponían los
-ojos en Dafnis y encarecían su belleza como igual á la del dios. Una de
-las más avispadas y audaces le besó y el beso supo bien á Dafnis y
-afligió á Cloe. Y los que estaban en el lagar echaban á Cloe no pocos
-requiebros, saltaban furiosamente como sátiros que ven á una bacante, y
-deseaban convertirse en carneros para que ella los llevase á pacer; con
-todo lo cual Cloe se regocijaba y Dafnis se ponía mohino. De aquí que
-ambos ansiasen el fin de la vendimia, la vuelta á su frecuentada soledad
-campestre, y oir, en vez de aquel desconcertado bullicio, el son de la
-zampona y el balar de la grey.</p>
-
-<p>Pocos días pasaron y las viñas quedaron vendimiadas y las tinajas llenas
-de mosto. Como ya no había necesidad de tantos brazos, volvieron ellos á
-llevar el ganado á pacer. Muy satisfechos entonces dieron culto á las
-Ninfas y les ofrecieron racimos con pámpanos, primicias de la vendimia.
-Nunca habían descuidado este culto, porque siempre, antes de llevar al
-pasto la grey, iban á reverenciar á las Ninfas, y al volver al aprisco
-también las reverenciaban, sin dejar una vez sola de ofrecerles algo, ya
-flores, ya fruta, ya verdes ramos, ya libaciones de leche; generosa
-devoción de que recibieron más<span class="pagenum"><a name="page_063" id="page_063"></a>{63}</span> tarde recompensa divina. Por lo pronto
-ambos retozaban como lebreles que se sueltan, y tocaban la flauta y
-cantaban, y como los chivos y los borregos luchaban hasta derribarse.</p>
-
-<p>Mientras así se divertían, se les apareció un viejo, que vestía pellico,
-calzaba abarcas y llevaba al hombro un zurrón muy estropeado. Sentóse
-junto á ellos y habló de esta suerte: «Yo, hijos míos, soy el viejo
-Filetas, el que tantos cantares entonó á estas Ninfas y tantas veces
-tocó la flauta en honor de aquel Pan. Con mi música sólo he guiado yo
-numerosa vacada. Ahora vengo á vosotros para contaros lo que ví y
-participaros lo que oí. Poseo un huerto que, desde que me quité de
-pastor y busqué en la vejez reposo, cultivo con mis propias manos.
-Cuanto se cría en todas las estaciones se halla en mi huerto no bien su
-estación llega: en primavera, rosas, lirios, azucenas, jacintos y
-violetas sencillas y dobles; en verano, amapolas, peras y todo linaje de
-manzanas; ahora, uvas, granadas, higos y mirto verde. Los pájaros acuden
-á mi huerto á bandadas cuando amanece: unos vienen á picar, otros para
-cantar á gusto, porque hay en él sombra y tres arroyos, y tal espesura
-de árboles, que si derribásemos la tapia que le cerca, pensaríamos ver
-un bosque.</p>
-
-<p>«Hoy, á eso de medio día, he sorprendido allí á un muchacho que tenía
-granadas y arrayán, y era<span class="pagenum"><a name="page_064" id="page_064"></a>{64}</span> blanco como la leche, rubio como la llama y
-limpio y luciente como recién salido del baño. Estaba desnudo y solo, y
-se entretenía en saquearme el huerto como si fuera suyo. En balde me
-eché sobre él para prenderle, receloso de que me destrozase arrayanes y
-granados con sus travesuras, porque él se me esquivó, ágil y leve, ora
-deslizándose entre los rosales, ora escabulléndose entre las malvalocas,
-como un perdigonzuelo. No pocas veces me afané para coger cabritillos de
-leche ó me cansé persiguiendo becerras; pero esta res de hoy es muy
-otra, y no hay quien sepa cazarla. Fatigado yo pronto, como es natural á
-mis años, y apoyado en mi báculo, no sin procurar á la vez que no se
-fugase, le pregunté quién era de mis vecinos y por qué se entraba á
-robar en el cercado ajeno. Él, sin responder palabra, se puso junto á
-mí, sonrió con singular ternura, me tiró á la cara los granos de mirto,
-y no sé cómo me ablandó el corazón y me quitó el enojo. Roguéle entonces
-que no tuviese miedo de mí y se dejase prender, y juré por los mirtos
-que en seguida le daría suelta, regalándole manzanas y granadas y
-consintiendo que en adelante cogiese mi fruta y segase mis flores, si
-alcanzaba de él un solo beso. Rióse el muchacho al oírme, con risa
-sonora, y salió de su pecho voz más dulce que el cantar de la
-golondrina, del ruiseñor y del cisne cuando es viejo como yo. «Á mí,<span class="pagenum"><a name="page_065" id="page_065"></a>{65}</span>
-¡oh Filetas! dijo, nada me cuesta que me beses. Más gusto yo de besos
-que tú de remozarte. Mira, con todo, si el don que pides conviene á tus
-años, los cuales no te valdrán para quedar exento de perseguirme cuando
-me hubieres besado, y no hay águila, ni gavilán, ni ave alguna de rapiña
-que me alcance, por ligera que sea. No soy niño, aunque parezco niño,
-sino más viejo que Saturno. Yo soy anterior al tiempo todo. Á tí te
-conozco de muy atrás, cuando, zagalón todavía, guardabas tu rebaño en el
-llano de la laguna. Yo estaba á la vera tuya siempre que tocabas la
-flauta bajo los chopos, enamorado de Amarilis. Tú no me veías, por más
-que yo solía ponerme cerca de la zagala. Al cabo te la dí, y de ella te
-nacieron hijos, que son valientes vaqueros y labradores. En el día
-cuido, como pastor, de Dafnis y de Cloe; y después que los reuno al
-rayar el alba, me vengo á tu huerto, me divierto con sus plantas y
-flores, y me baño en sus fuentes. Por eso flores y plantas están lozanas
-y hermosas, regadas con el agua de mi baño. Mira cómo no hay rama alguna
-deshojada, ni fruta arrancada ó caída, ni arbolillo sacado de cuajo, ni
-fuente turbia. Y alégrate, además, porque sólo tú, entre los hombres,
-lograste verme en la vejez.» Apenas dijo esto, empezó á revolotear entre
-los arrayanes lo propio que un pajarillo, y saltando de rama en rama, se
-subió á lo más alto del follaje.<span class="pagenum"><a name="page_066" id="page_066"></a>{66}</span> Entonces noté que tenía alas en las
-espaldas, y entre las alas un arco, y luego no ví nada de esto, ni á él
-tampoco le ví. Ahora bien, si no he vivido en balde, y si con la edad no
-he llegado á perder el juicio, yo os declaro, hijos míos, que estáis
-consagrados á Amor y que Amor cuida de vosotros.»</p>
-
-<p>En grande se holgaron ellos, como si oyeran un cuento, y no un sucedido,
-y preguntaron quién era el tal Amor, si era niño ó pájaro, y qué poder
-tenía. De nuevo habló así Filetas: «Dios, hijos míos, es Amor, joven,
-hermoso y volátil, por lo cual se complace en la mocedad, apetece y
-busca la hermosura y hace que broten alas en el alma. Tanto puede, que
-Júpiter no puede más; dispone los gérmenes de donde todo nace, reina
-sobre los astros y manda más en los dioses, sus compañeros, que en
-cabras y ovejas vosotros. Todas las flores son obra suya. Él ha creado
-estos árboles. Por su virtud corren los ríos y los vientos suspiran. Yo
-ví al toro en el celo, y bramaba como picado del tábano; yo ví al macho
-enamorado de la cabra, y por todas partes la seguía. Yo mismo, cuando
-mozo, amaba á Amarilis, y ni me acordaba de la comida, ni tomaba de
-beber, ni me entregaba al sueño. Me dolía el alma, me daba brincos el
-corazón y mi cuerpo languidecía; ya gritaba como si me azotasen; ya
-callaba como muerto; á veces me arrojaba al río para apagar el fuego en
-que me quemaba; á<span class="pagenum"><a name="page_067" id="page_067"></a>{67}</span> veces pedía socorro á Pan, porque amó á Pitis;
-elogiaba á Eco, porque después de mí llamaba á Amarilis, ó rompía mi
-flauta, porque atraía á las vacas, y á mi Amarilis no la atraía. Ello es
-que no hay remedio para Amor: ni filtro, ni ensalmo, ni manjar con
-hechizo; no hay más que beso, abrazo y acostarse juntos desnudos.»</p>
-
-<p>Filetas, después que los hubo doctrinado, se fué, recibiendo de ellos
-algunos quesos y un chivo, al que asomaban ya los pitones. No bien ellos
-se quedaron solos, y oído entonces el nombre de Amor por vez primera, se
-apesadumbraron más, y de vuelta á sus chozas, comparaban lo que sentían
-á lo que el viejo había referido. «Padecen los amantes, decían, y
-padecemos nosotros; no cuidan de sí mismos, como nosotros nos
-descuidamos; no logran dormir, y nosotros tampoco dormimos; se diría que
-arden, é idéntico fuego nos abrasa; desean verse, y para vernos ansiamos
-que llegue el día. Esto, de juro, es amor. Nos amábamos sin saberlo.
-Pero si esto es amor y somos amados, ¿qué nos falta? ¿Qué nos aflige?
-¿Para qué nos buscamos? Filetas nos dijo la verdad; el mozuelo que vió
-en su huerto no es otro que el que en sueño se apareció á nuestros
-padres y les ordenó que nos diesen á guardar el ganado. ¿Cómo le
-podremos prender? ¡Es pequeñuelo y se fugará! ¿Cómo huir de él? Tiene
-alas y nos alcanzará. ¿Pediremos á las<span class="pagenum"><a name="page_068" id="page_068"></a>{68}</span> Ninfas que nos protejan? En vano
-pidió Filetas protección á Pan cuando su amor con Amarilis. Tomemos los
-remedios de que él hablaba: besos y abrazos y acostarse juntos desnudos.
-Es cierto que hace mucho frío, pero le sufriremos, á fin de tomar el
-último remedio.» Así repasaban ambos de noche la lección que Filetas les
-había dado.</p>
-
-<p>Al día siguiente llevaron el ganado á pacer, y al verse, se besaron, lo
-cual nunca habían hecho antes, y se estrecharon las manos y se
-abrazaron. Con el tercer remedio, con el de acostarse juntos desnudos,
-era con el que no se atrevían, sin duda por requerir mayor atrevimiento
-que el que cabe, no ya sólo en doncellicas ternezuelas, sino también en
-cabreros de corta edad. Aquella noche estuvieron tan desvelados como la
-anterior, y ya con recuerdos de lo hecho, ya con pesar de lo omitido,
-decían en sus adentros: «Nos hemos besado, y de nada aprovecha; nos
-hemos abrazado, y tampoco hemos tenido alivio. Por fuerza, el único
-remedio de amor ha de ser acostarse juntos. Menester será ponerlo por
-obra. Algo ha de haber en ello más eficaz que el beso.»</p>
-
-<p>En tales discursos acabaron por dormirse, y sus ensueños fueron
-amorosos: besos y abrazos. Aun lo que no habían hecho despiertos lo
-hacían soñando: se acostaban juntos desnudos.</p>
-
-<p>Despertáronse luego con el alba más prendados<span class="pagenum"><a name="page_069" id="page_069"></a>{69}</span> que nunca, y se
-apresuraron á salir á pastorear, impacientes de renovar los besos. No
-bien se vieron, corrieron con blanda sonrisa hasta juntarse; se besaron
-y se abrazaron; pero el tercer remedio no se empleó. Ni Dafnis se
-atrevía á proponerle, ni Cloe quería tomar la iniciativa. El acaso hubo,
-pues, de disponerlo todo.</p>
-
-<p>Sentados estaban ambos junto al tronco de la encina, y gustaban del
-deleite que hay en el beso, y no lograban hartarse de su dulzura.
-Ceñíanse con los brazos para que la unión fuese más apretada. Una vez,
-como Dafnis apretase con mayor violencia, Cloe se cayó sobre un costado,
-y Dafnis, siguiendo la boca de Cloe para no perder el beso, se cayó
-también. Reconocieron entonces en aquella postura la que en sueños
-habían tenido, y se quedaron así durante mucho tiempo, como si
-estuviesen atados. Sin adivinar lo que había después, creyeron haber
-tocado al último límite de los gustos amorosos, y consumieron en balde
-la mayor parte del día, hasta que al llegar la noche se separaron
-maldiciéndola, y recogieron el hato. Quizás hubieran llegado pronto al
-término verdadero, á no sobrevenir un alboroto en aquel rústico retiro.</p>
-
-<p>Ciertos mancebos ricos de Metimna, deseosos de solazarse durante la
-vendimia y de hacer alguna gira, echaron un barco á la mar, pusieron
-por<span class="pagenum"><a name="page_070" id="page_070"></a>{70}</span> remeros á sus criados, y se vinieron á las costas de Mitilene,
-donde hay ensenadas seguras, lindos caseríos, cómodas playas para
-bañarse y bosques y jardines, ya por obra de Naturaleza, ya por
-industria humana, y todo bueno y grato para la vida. Costeando de esta
-suerte saltaban de diario en tierra, sin hacer daño á nadie, y se
-entregaban á varios pasatiempos. Ora desde alguna roca que avanzaba
-sobre la mar, pescaban con anzuelos colgados de una caña por un hilo
-delgado; ora con redes y con perros cazaban las liebres que habían huído
-de los majuelos, espantadas por los vendimiadores; ora cogían con lazo
-ánades silvestres, ánsares y avutardas, con lo cual, á par que se
-recreaban, proveían su mesa. Y si algo necesitaban aún, lo tomaban de
-los campesinos, pagándolo más caro de lo que valía. El pan y el vino era
-lo único que les faltaba, y también un sitio donde albergarse, pues no
-hallaban seguridad en dormir á bordo por la otoñada, y temerosos del
-temporal, traían de noche la nave á tierra.</p>
-
-<p>Un rústico de por allí había menester de una soga, rota ya ó gastada la
-de que antes se servía para sostener en alto la piedra del husillo de su
-lagar; y yéndose de oculto hacia la playa, halló la nave sin quién la
-guardase; desató la amarra, se la llevó á su casa y la usó en dicho
-empleo.</p>
-
-<p>Por la mañana los mancebos de Metimna buscaron<span class="pagenum"><a name="page_071" id="page_071"></a>{71}</span> en balde la amarra.
-Nadie confesó haberla tomado. Disputaron un poco con sus huéspedes por
-este motivo, se embarcaron y se fueron. Navegaron treinta estadíos, y
-llegaron á los campos donde moraban Dafnis y Cloe. Aquel llano les
-pareció muy á propósito para correr liebres. Y como carecían de soga ó
-cuerda que les sirviese de amarra, entretejieron y retorcieron largas
-varillas de verdes mimbreras, con las cuales amarraron la nave á tierra
-por la alta popa. Soltaron luego los perros para que olfatearan y
-levantaran la caza, y tendieron las redes en los sitios que juzgaron más
-adecuados. Los perros con sus ladridos y carreras espantaron las cabras,
-y éstas abandonaron los cerros y alcores y se vinieron hacia la mar,
-donde entre la arena no tenían pasto, por lo cual algunas de las más
-atrevidas se acercaron á la nave y se comieron la mimbre verde á que
-estaba amarrada. En la mar á la sazón había resaca, porque soplaba
-viento de tierra, de suerte que, no bien el barco quedó libre, las olas
-le empujaron y se le llevaron lejos. Pronto se percataron de ello los
-cazadores, y unos corrieron á la orilla, otros atraillaron los perros, y
-todos gritaron de manera que cuanta gente había en los vecinos campos
-acudió al oirlos, pero de nada valió su venida. El viento sopló más
-fuerte y se llevó el barco con celeridad irresistible.</p>
-
-<p>Los de Metimna, enojados con la pérdida de tantas<span class="pagenum"><a name="page_072" id="page_072"></a>{72}</span> prendas de valor,
-buscaron al cabrero, y habiendo hallado á Dafnis, se pusieron á darle
-golpes y á desnudarle; y hasta hubo uno que, valiéndose de la cuerda con
-que atraillaba los perros, iba á atarle las manos á las espaldas.
-Maltratado así Dafnis, gritó y pidió socorro á los rústicos, y sobre
-todo llamó á Lamón y á Dryas. Acudieron éstos, que eran dos viejos
-recios, con las manos endurecidas en las labores del campo, y se
-hicieron respetar, exigiendo que se tratase el negocio en justicia y
-fuesen oídas las partes. Todos se conformaron, y Filetas el vaquero fué
-nombrado juez, porque era el más anciano de los que allí estaban
-presentes, y por su rectitud famoso en aquella comarca.</p>
-
-<p>Los de Metimna, con claridad y concisión, plantearon así su querella
-ante el juez vaquero:</p>
-
-<p>«Vinimos á estos campos á cazar, dejamos nuestro barco junto á la
-orilla, amarrado con verde mimbre, y nos pusimos á ojear con los perros
-de caza. Entre tanto bajaron las cabras de este mozuelo á la marina, se
-comieron la mimbre y desataron el barco. Ya viste cómo se le llevaron
-las olas. ¿Cuánto crees que importa el perjuicio ocasionado? ¡Qué de
-trajes hemos perdido! ¡Qué de collares de perros! ¡Cuánta plata, de
-sobra acaso para comprar todo este terreno! Por todo lo cual parece
-justo que nos llevemos á este cabrerillo torpe,<span class="pagenum"><a name="page_073" id="page_073"></a>{73}</span> que apacienta cabras
-junto á la mar, cual si fuera marinero.» Así se quejaron los metimneños.</p>
-
-<p>Dafnis, por más que le dolían los golpes recibidos, vió á Cloe presente,
-lo despreció todo, y dijo: «Yo guardo bien mi ganado. Jamás se quejó
-labrador de estos contornos de que cabra mía le destrozase su huerto ó
-le comiese los brotes de su viña. Éstos son cazadores inhábiles, y traen
-perros mal enseñados, que no saben sino correr sin concierto, y ladrar
-con tal furor, que las cabras han huído del llano y del cerro hacia la
-mar, como acosadas por lobos. Es cierto que se comieron la mimbre.
-¿Acaso en la arena tenían verde grama, madroños y tomillo? El barco se
-le llevó el viento ó la mar. Cúlpese á la tormenta, no á las cabras. En
-el barco había ropa y plata; pero ¿quién, que esté en su juicio, ha de
-creer que llevaba tales riquezas un barco con amarra de mimbre?»</p>
-
-<p>Dicho esto, Dafnis rompió á llorar y movió á compasión á los rústicos,
-de suerte que Filetas, el juez, juró por Pan y las Ninfas que no había
-culpa en Dafnis, ni tampoco en las cabras. Culpados eran la mar y el
-viento, los cuales tenían otros jueces. La sentencia de Filetas no
-satisfizo á los metimneños, y avanzaron furiosos, cogieron otra vez á
-Dafnis y le querían atar para llevársele. Pero los rústicos se
-alborotaron, y, cayendo sobre ellos como grajos ó como nube de
-estorninos, pronto libertaron<span class="pagenum"><a name="page_074" id="page_074"></a>{74}</span> á Dafnis, que también peleaba, y pusieron
-en fuga á los metimneños, hartándolos de palos y sin cesar de
-perseguirlos hasta que los echaron de todo aquel territorio. Así quedó
-el campo en sosiego, y Cloe llevó á Dafnis á la gruta de las Ninfas.
-Allí le lavó la cara, llena de sangre, que había echado por las
-lastimadas narices, y le hizo comer un pedazo de torta y una raja de
-queso que sacó del zurroncillo, y para que mejor se recobrase, le dió un
-beso, todo de miel, con sus blandos labios.</p>
-
-<p>Así se salvó Dafnis de aquel peligro; mas no pararon allí las cosas. Los
-metimneños, de vuelta á su tierra, con harta fatiga, á pie en vez de ir
-en barco, y apaleados en vez de ir divertidos, convocaron en junta á los
-ciudadanos, y en traje de suplicantes pidieron venganza del insulto
-recibido, sin decir palabra de verdad, para que no se burlasen de ellos
-por haberse dejado apalear por unos villanos; antes bien supusieron que
-los de Mitilene les habían apresado el barco y robado sus bienes, como
-en tiempo de guerra.</p>
-
-<p>En vista de las heridas, los de la junta lo creyeron todo y consideraron
-justo vengar á aquellos jóvenes de las principales familias de la
-ciudad. La guerra contra los de Mitilene fué, pues, decretada sin
-declaración previa, y se dió orden á un capitán para que saliese á la
-mar con diez naves y talase y<span class="pagenum"><a name="page_075" id="page_075"></a>{75}</span> saquease las costas del enemigo. Como se
-acercaba el invierno, no era seguro aventurar mayor escuadra.</p>
-
-<p>Al día siguiente, hechos los aprestos y llevando como remeros á los
-mismos soldados, recorrió la escuadrilla las costas de Mitilene, y la
-gente entró á saco muchos lugares, robando ganado y trigo y vino en
-abundancia, porque estaba recién hecha la vendimia, y cautivando no
-pocos hombres de los que trabajaban en el campo. Desembarcó también
-donde Dafnis y Cloe apacentaban y se llevó cuanto halló á mano.</p>
-
-<p>Dafnis á la sazón no guardaba las cabras, sino había ido al bosque á
-coger ramas verdes para dar en el invierno alimento á los chivos. Cuando
-vió la invasión desde lo alto se escondió en el hueco tronco de un
-quejigo seco. Cloe, en tanto, guardaba el rebaño, y perseguida por los
-invasores, se refugió en la gruta de las Ninfas, por cuyo amor rogaba
-que á ella y á su grey perdonasen. De nada valió el ruego. Los
-metimneños, no sólo hicieron muchas burlas y profanaciones de las
-imágenes, sino que á las ovejas y á la misma Cloe, como si fuera oveja
-también, se las llevaron por delante á varazos. Ya entonces tenían las
-naves cargadas de botín de toda laya, y decidieron no navegar más, sino
-volverse á sus casas, recelosos del invierno y de los enemigos.<span class="pagenum"><a name="page_076" id="page_076"></a>{76}</span></p>
-
-<p>Navegaban, pues, aunque poco y á fuerza de remos, porque el viento no
-los favorecía, cuando Dafnis, visto el sosiego que reinaba, bajó á la
-llanura en que solía apacentar, y no halló cabras ni ovejas, ni halló á
-Cloe, sino soledad mucha, y por el suelo la flauta con que Cloe se
-deleitaba. Dafnis empezó entonces á gritar y á exhalar sollozos
-lastimeros, y ya corría bajo el haya donde antes se sentaba, ya hacia la
-mar para ver si alcanzaba á su amiga, ya á la gruta donde se refugió
-cuando la perseguían. Allí se echó por tierra y vituperó á las Ninfas de
-traidoras. «Al pie de vuestras aras, dijo, fué robada Cloe, y lo vísteis
-y lo sufrísteis; Cloe, la que os tejía coronas y las que os ofrecía las
-primicias de la leche y la flauta que veo allí colgada. Jamás lobo me
-robó una sola cabra, y los enemigos me han robado todo el rebaño y la
-zagala mi compañera. Desollarán las cabras; sacrificarán las ovejas.
-Cloe vivirá lejos en alguna ciudad. ¿Cómo presentarme ahora á mi padre y
-á mi madre, sin cabras y sin Cloe, y también sin oficio, pues no quedan
-cabras que guardar? Aquí me voy á quedar aguardando la muerte ó algún
-otro enemigo. Y tú, Cloe, ¿padeces como yo? ¿Te acuerdas de estos prados
-y de las Ninfas y de mí, ó te consuelan las ovejas y las cabras,
-prisioneras contigo?»</p>
-
-<p>Conforme se lamentaba así, entre gemidos y lágrimas, se apoderó de él un
-profundo sueño y se<span class="pagenum"><a name="page_077" id="page_077"></a>{77}</span> le aparecieron las tres Ninfas, grandes y hermosas,
-medio desnudas, descalzas y suelto el cabello, como las imágenes. Al
-principio mostraron compadecerse de Dafnis; luego dijo la mayor,
-confortándole: «No así nos acuses, ¡oh Dafnis! Más cuidado que á tí nos
-merece Cloe. De ella nos compadecimos apenas nació, y la criamos cuando
-fué expuesta en esta gruta. Nada de común tiene ella con los campos ni
-con las ovejas de Dryas. Ya hemos dispuesto lo que más le conviene. Ni
-se la llevarán cautiva á Metimna, ni será entregada á los soldados como
-parte del despojo. El mismo dios Pan, que está sentado bajo aquel pino,
-si bien jamás le llevásteis vosotros ofrendas de flores, cede á nuestros
-ruegos y va en auxilio de Cloe, como más avezado que nosotras en los
-negocios de la guerra, por haber ya militado en muchas, abandonando su
-agreste retiro. Tremendo enemigo va á caer sobre los metimneños. No te
-aflijas, pues: levántate y ve á consolar á Lamón y Mirtale, que se
-revuelcan por el suelo como tú, creyendo que también te llevan cautivo.
-Mañana volverá Cloe, y con ella las ovejas y las cabras. Aun las
-guardaréis juntos; aun juntos tocaréis la flauta. De lo otro cuidará
-Amor.»</p>
-
-<p>Al ver y oir Dafnis todo esto, despertó, lloró de alegría á par que de
-pena, y adoró las figuras de las Ninfas, prometiendo sacrificarles la
-mejor de<span class="pagenum"><a name="page_078" id="page_078"></a>{78}</span> sus cabras, si se salvaba Cloe. Corrió después bajo el pino,
-donde estaba la imagen de Pan, con patas y cuernos de cabra, en una mano
-la flauta y con la otra deteniendo un chivo, y le adoró también, é
-intercedió con él por Cloe y le prometió sacrificarle un macho. Y como
-casi iba ya á ponerse el sol, sin cesar él en sus lamentos y plegarias,
-recogió las ramas que había cortado y se fué á su cabaña. Con su vuelta
-quitó á sus padres un gran pesar, trocándole en contento. Luego comió un
-bocadillo y se fué á dormir, no sin llorar aún y suplicar á las Ninfas
-que trajesen pronto el nuevo día, y á Cloe con él, cumpliendo la
-promesa. La noche aquella le pareció la más larga de todas las noches.</p>
-
-<p>Entre tanto, el capitán de los metimneños, no bien hubo navegado cerca
-de diez estadíos, quiso que reposase su gente, fatigada de la correría.
-Había allí un cerro que avanzaba sobre la mar, abriéndose en forma de
-media luna, en cuyo seno convidaban las ondas tranquilas con el más
-seguro puerto. En él anclaron las naves, lejos aún de la costa, á fin de
-no recelar asalto ó sorpresa de villanos, y los metimneños se entregaron
-en paz á sus deportes. Como traían abundancia de todo, fruto de su
-rapiña, comieron y bebieron con gran fiesta y algazara, para celebrar la
-fácil victoria. Así pasaron el día, y no bien los sorprendió la noche,<span class="pagenum"><a name="page_079" id="page_079"></a>{79}</span>
-parecióles de repente que toda la tierra se ardía alrededor con llamas y
-relámpagos, y que se oía en la mar estrépito impetuoso de remos, como de
-formidable escuadra que á combatirlos venía. Muchos gritaban á las
-armas; otros se llamaban mutuamente: éste creíase ya herido; aquél
-imaginaba que alguien caía muerto á su lado. En suma, todo asemejaba
-reñido combate nocturno, sin que hubiese enemigos.</p>
-
-<p>La noche así pasada, amaneció un día más espantoso que la misma noche.
-Las cabras y los machos de Dafnis llevaban en los cuernos hiedra con sus
-corimbos, y los carneros y ovejas de Cloe aullaban como lobos. Ella
-apareció coronada de ramas de pino. En la mar ocurrieron también muchos
-portentos. No se podían levar anclas, que se agarraban al fondo; los
-remos se rompían al meterlos en el agua para bogar; los delfines,
-brincando fuera de la mar, azotaban con las colas las naves y
-desbarataban su trabazón. Y oíase el sonido de una flauta en la más alta
-cumbre de la roca; mas no deleitaba como flauta, sino aterraba á los
-oyentes como trompa guerrera. De aquí el general sobresalto, el correr á
-las armas y el miedo de enemigos que no se veían. Todos ansiaban que
-volviese la noche, esperando que les diese tregua.</p>
-
-<p>Á nadie que tuviese sano el entendimiento podía<span class="pagenum"><a name="page_080" id="page_080"></a>{80}</span> ocultársele que tales
-visiones y ruidos eran obra de Pan; encolerizado contra los marineros;
-pero no adivinaban el motivo de su cólera, pues no habían saqueado
-ningún templo de aquel dios. Por último, á eso de medio día, no sin
-disposición de lo alto, quedóse el capitán dormido, y Pan se le
-apareció, diciendo:</p>
-
-<p>«¡Oh, los más impíos y malvados de todos los mortales! ¿Cómo os
-propasasteis á tal extremo en vuestra audacia loca? Llevasteis la guerra
-á los campos que me son caros; robásteis las vacas, cabras y corderos de
-que yo cuido, y arrancásteis de mi propio altar á una virgen, de quien
-Amor quiere componer muy linda historia. Ni á las Ninfas, que os
-miraban, ni á mí, que soy Pan, habéis respetado. Nunca navegando con
-tales despojos, volveréis á ver á Metimna, ni escaparéis al son de mi
-flauta aterradora. Os he de anegar y os he de dar por pasto á los peces,
-si al punto no devolvéis á Cloe á las Ninfas, y á Cloe su rebaño, cabras
-y corderos. Levántate, pues, y pon en tierra á la muchacha con todo lo
-que te dije. Yo te llevaré luego en salvo por mar, y á ella por tierra.»</p>
-
-<p>Todo consternado se despertó con esto Briaxis, así se llamaba el
-capitán, y llamó á los cabos y principales de las naves, ordenándoles
-que buscasen sin demora entre los cautivos á la zagala Cloe. En seguida
-la hallaron, porque estaba sentada con<span class="pagenum"><a name="page_081" id="page_081"></a>{81}</span> guirnalda de pino, y la trajeron
-á la presencia del capitán, quien conoció por las señales que á causa de
-ella había tenido la visión, y él mismo la llevó á tierra en su mejor
-barca. Apenas desembarcó la pastorcilla, se oyó de nuevo son de flauta
-sobre la roca, pero no ya belicoso y espantable, sino suave y pastoril,
-como para llevar corderos á prado. Y en efecto, los corderos y las
-ovejas echaron á correr por las escaleras abajo, sin tropiezo á pesar de
-la dureza de sus pezuñas, y las cabras con mayor atrevimiento aún, como
-acostumbradas á saltar por los vericuetos. Y toda la grey rodeó á Cloe,
-y en coro se puso á retozar, brincar y balar en muestra de alegría. Las
-cabras, bueyes y demás ganado de otros pastores se quedaron quietos en
-el fondo de las naves, como si aquel son no los llamara. Las gentes se
-maravillaron en grande al ver estas cosas, y celebraron á Pan, quien en
-mar y tierra obró luego mayores prodigios. Antes de levar ancla, las
-naves iban ya navegando. Un delfín, que salía con sus brincos sobre las
-ondas, guiaba la nave capitana. Suavísima música de flauta conducía
-cabras y corderos, y nadie veía á quien tocaba. Y todo el rebaño,
-hechizado con el son, andaba á par que pacía.</p>
-
-<p>Era ya la hora en que se va de nuevo al pasto después de la siesta,
-cuando Dafnis, que estaba oteando desde un alta atalaya, vió venir el
-ganado<span class="pagenum"><a name="page_082" id="page_082"></a>{82}</span> y vió venir á Cloe. Entonces gritó: «¡Oh, Ninfas! ¡Oh, Pan!»
-bajó á lo llano, abrazó á Cloe, y cayó desmayado de placer. Apenas
-volvió en sí merced á los besos de Cloe y al dulce calor de sus abrazos,
-se la llevó bajo el haya donde solían, y sentados contra el tronco, le
-preguntó de qué suerte se salvó de los enemigos. Ella contó todas las
-circunstancias: la hiedra de las cabras, los aullidos de las ovejas, la
-corona de ramas de pino que le ciñó las sienes, y la medrosa noche, y
-cómo hubo en la tierra fuego, extraño ruido en la mar y dos distintos
-sones de flauta, uno guerrero y otro pacífico. Dijo, por último, que
-ignorante ella del camino, se le indicaba y la guiaba cierta música
-misteriosa.</p>
-
-<p>Bien notó en todo Dafnis el cumplimiento del sueño de las Ninfas y los
-milagros de Pan, y también refirió él cuanto había visto y oído, y que
-ya se moría de dolor cuando las Ninfas le salvaron. Después mandó á Cloe
-á que dijese á Dryas y á Lamón que vinieran con todo lo necesario para
-hacer un sacrificio. Él, en tanto, tomó la mejor de sus cabras; la
-coronó de hiedra, conforme se había mostrado á los enemigos; vertió
-leche entre sus cuernos; la sacrificó á las Ninfas; la suspendió y la
-desolló, y colgó la piel en la roca.</p>
-
-<p>Presentes ya Cloe y los que la acompañaban, Dafnis encendió fuego, asó
-parte de la carne y coció<span class="pagenum"><a name="page_083" id="page_083"></a>{83}</span> la otra parte; ofreció á las Ninfas las
-primicias y les hizo una libación con un cántaro lleno de mosto. Dispuso
-luego lechos de hojas verdes para todos los convidados, y se entregó á
-beber, comer y jugar con ellos, sin dejar de atender al ganado, no
-viniese el lobo é hiciese en él de las suyas. Hermosos cantares se
-cantaron allí en loor de las Ninfas, compuestos por pastores antiguos.
-Venida la noche todos durmieron al raso ó en la gruta. Al salir el sol,
-se acordaron de Pan; coronaron de pino el manso de la manada y le
-llevaron bajo el pino, donde entre libaciones de mosto y cantos en
-alabanza del dios, se le sacrificaron, colgándole y desollándole. Las
-carnes asadas y cocidas las pusieron en el prado sobre hojas verdes. La
-piel con los cuernos quedó colgada del pino, junto á la imagen del dios,
-ofrenda pastoral al dios de los pastores. Ofreciéronle también las
-primicias de la carne; vertieron vino del cántaro más hondo, y Cloe
-cantó, y Dafnis la acompañó con la zampoña.</p>
-
-<p>Recostáronse después y se pusieron á comer, cuando por acaso llegó
-Filetas el vaquero, el cual traía para Pan algunas guirnaldas y racimos
-de uvas con sarmientos y pámpanos. Le acompañaba su hijo menor Titiro,
-rapazuelo de pelo rubio y ojos zarcos, vivo y travieso, y que venía
-saltando más ágil que un chivo. Levantáronse todos para coronar á Pan y
-colgaron los racimos en la copa<span class="pagenum"><a name="page_084" id="page_084"></a>{84}</span> del pino, y luego volvieron á sentarse,
-convidando á Filetas á que merendase y bebiese con ellos. Ya algo
-bebidos, se dieron, según es propio en los viejos, á referir casos de
-sus verdes años, de qué suerte guardaban el hato y de cuántas
-incursiones de bandidos y piratas habían escapado. Éste se jactaba de
-haber muerto un lobo; aquél de no ceder más que á Pan en tocar la
-flauta. La última jactancia era de Filetas. Dafnis y Cloe le rogaron con
-ahinco que les diese á conocer algo de su arte tocando la flauta en la
-fiesta del dios que tanto se huelga de oirla. Filetas consintió en
-tocar, y si bien lamentándose de que con la vejez le faltaba resuello,
-tomó la flauta de Dafnis; pero halló que era pequeña para lucir en ella
-toda su maestría, y sólo propia para la boca de un rapaz, y envió á
-Titiro en busca de su flauta, aunque distaba su casa diez estadíos de
-allí. El chico soltó la ropa que le estorbaba, y casi desnudo echó á
-correr como un gamo. Lamón, mientras volvía, se puso á contar la fábula
-de Siringa, tal cual se la contó un cabrero de Sicilia, á quien dió en
-pago un cabrón y una zampoña.</p>
-
-<p>«Siringa, dijo, no era flauta pastoril en lo antiguo, sino virgen
-hermosa, con buena voz y arte en el canto. Cuidaba cabras, jugaba con
-las Ninfas y cantaba como ahora. Pan, al verla cuidar las cabras,
-retozar y cantar, se llegó á ella y le pidió que consintiese en lo que
-él quería, ofreciéndole, en<span class="pagenum"><a name="page_085" id="page_085"></a>{85}</span> cambio, que sus cabras todas parirían
-muchos cabritillos gemelos. Ella se burló de este amor y se negó á
-admitir amante que era medio hombre y medio macho de cabrío. Pan
-entonces la persiguió para lograrla por fuerza. Huyó Siringa de Pan y de
-su violento arrojo, y fatigada al cabo, se ocultó en un cañaveral y
-desapareció en una laguna. Cortó Pan las cañas con furia; sin hallar á
-la linda moza halló desengaño, é imaginó un instrumento, juntando con
-cera desiguales cañutos, por ser su amor desigual como ellos. De aquí
-que la hermosa virgen de entonces hoy sea flauta sonora.»</p>
-
-<p>Terminada tenía ya Lamón su historia, y Filetas le alababa por haberla
-contado con más dulzura que un cantar, cuando apareció Titiro con la
-flauta de su padre, la cual era grande, hecha de gruesas cañas y con
-adornos de bronce sobre las pegaduras de cera. Dijérase que era la
-propia y primera flauta que fabricó Pan. Filetas se levantó, se puso
-derecho sobre su asiento, y lo primero que hizo fué ensayar si el viento
-colaba bien por los cañutos, y habiendo notado que el soplo penetraba
-sin estorbo, sopló con brío juvenil y se oyó al punto como un concierto
-de muchas flautas; tanto resonaba la suya sola. Poquito á poco fué luego
-mitigando aquella vehemencia y convirtiéndola en suave melodía, y mostró
-allí todo el arte del buen pastoreo musical: lo que agrada á las vacas y
-bueyes,<span class="pagenum"><a name="page_086" id="page_086"></a>{86}</span> lo que conviene para las cabras y lo que gusta á las ovejas.
-Para las ovejas era el son dulce, grave para el ganado vacuno y agudo
-para el cabrío. Todo esto, obra de diversas flautas, lo imitaba él con
-sólo la suya.</p>
-
-<p>Recostados los circunstantes oían la música con delicia y en silencio,
-hasta que se alzó Dryas y pidió á Filetas que tocase una tonada en loor
-de Baco para que él bailase un baile de lagar. Bailó, pues, imitando,
-ora que vendimiaba, ora que acarreaba la uva en cestos, ora que la
-pisaba, ora que llenaba las tinajas, ora que probaba el mosto. Y todas
-estas cosas las bailó Dryas con tal primor y claridad, que parecía que
-se estaban viendo viñas, lagar y tinajas, y al propio Dryas vendimiando
-y bebiendo. Así se lució en el baile el tercer viejo, y fué á besar á
-Dafnis y á Cloe. Éstos se alzaron al punto y bailaron el cuento de
-Lamón. Dafnis hacía de Pan, y de Siringa Cloe. Él pedía amor; ella le
-burlaba desdeñosa; él sobre las puntas de los pies, para imitar las
-pezuñas del cabrío, la perseguía corriendo, y Cloe se fingía cansada y
-se ocultaba, por último, entre unas matas como si fuese en la laguna.
-Dafnis tomó entonces la gran flauta de Filetas, y tocó ya con flébil
-tono como de suplicante, ya con tono amoroso para persuadir, ya con
-suave llamada, como buscando y atrayendo á la fugitiva. Maravillado
-Filetas, se alzó de su asiento,<span class="pagenum"><a name="page_087" id="page_087"></a>{87}</span> besó al rapaz, y después de besarle le
-regaló la flauta, no sin pedir al cielo que Dafnis en su día pudiese
-dejarla á sucesor semejante. Dafnis, por último, suspendió su pequeña
-flauta en el ara de Pan, besó á Cloe como si la volviese á hallar
-después de una fuga verdadera, y se llevó sus cabras, tocando la flauta
-grande.</p>
-
-<p>Como la noche venía ya, Cloe condujo también su rebaño, aprovechándose
-del mismo son, de suerte que cabras y ovejas iban juntas. Dafnis
-caminaba cerca de Cloe y ambos platicaron entre sí hasta bien cerrada la
-noche, concertándose para salir al día siguiente más temprano que de
-costumbre.</p>
-
-<p>Así lo hicieron en efecto. Apenas rayó el alba, volvieron al prado, y
-después de saludar primero á las Ninfas y en seguida á Pan, se sentaron
-bajo la encina, tocaron juntos la flauta, se besaron, se abrazaron, se
-acostaron muy juntos, y sin hacer nada más, se levantaron. Pensaron
-luego en la comida, y bebieron vino con leche. Algo acalorados con esto,
-y creciendo también en audacia, se enredaron en amorosa disputa y
-acabaron por exigirse juramento de fidelidad. Dafnis, acercándose al
-pino, juró por Pan no vivir un solo día sin Cloe, y Cloe, penetrando en
-la gruta, juró por las Ninfas ser de Dafnis en vida y en muerte; pero
-ella, como niña aún, era tan simplecilla, que al salir de<span class="pagenum"><a name="page_088" id="page_088"></a>{88}</span> la gruta
-quiso que Dafnis le hiciese nuevo juramento. «¡Oh, Dafnis!, le dijo,
-este dios Pan es travieso y muy poco de fiar. Se enamoró de Pitis, se
-enamoró de Siringa, no cesa jamás de perseguir á las Dryadas y se emplea
-de continuo en servir y complacer á todas las ninfas pastoriles. Si no
-cumples la fe jurada, se reirá y no te castigará, aunque te enredes con
-más queridas que cañutos tiene tu zampoña. Júrame, pues, por tu rebaño y
-por la cabra que te crió, no abandonar á Cloe mientras ella te sea fiel.
-Y si Cloe te faltare, perjura á tí y á las Ninfas, húyela, aborrécela,
-mátala como á un lobo.» En el alma se complació Dafnis de estas dudas de
-Cloe; y de pie en medio del rebaño, la una mano sobre una cabra y sobre
-un macho la otra, juró amar á Cloe mientras ella le amara, y si ella
-amase á otro, en vez de matarla, matarse él. Cloe se holgó del juramento
-y le creyó, porque doncellica y pastora, tenía á las cabras y ovejas por
-divinidades propias de cabrerizos y zagales.<span class="pagenum"><a name="page_089" id="page_089"></a>{89}</span></p>
-
-<h2><a name="LIBRO_TERCERO" id="LIBRO_TERCERO"></a>
-<img src="images/ill_pg_089.png" width="500" height="88" alt="" title="" />
-<br />LIBRO TERCERO.</h2>
-
-<p>Cuando supieron los de Mitilene la expedición de las diez naves, y, por
-gente que venía del campo, los robos que habían hecho, no juzgaron
-decoroso sufrir tal afrenta de los de Metimna y resolvieron mover guerra
-contra ellos con toda rapidez. Levantaron, pues, tres mil infantes y
-quinientos caballos; y recelosos de la mar en la estación del invierno,
-los enviaron por tierra, al mando de su general Hipaso.</p>
-
-<p>Éste no estragó los campos ni robó ganado ni frutos y enseres de
-labranza, considerando más propios de bandido que de general tales
-actos, sino marchó derecho y pronto contra la ciudad de Metimna,
-esperando sorprenderla con las puertas sin custodia. Ya no distaba de la
-ciudad más de cien estadíos, cuando se presentó un heraldo pidiendo
-treguas. Los metimneños habían averiguado por los cautivos que los de
-Mitilene nada sabían de lo ocurrido, y que eran gañanes y pastores los
-que habían maltratado á los jóvenes, por lo<span class="pagenum"><a name="page_090" id="page_090"></a>{90}</span> cual reconocían que se
-habían atrevido con más acritud que prudencia contra la vecina ciudad, y
-sólo deseaban devolver el botín, tratarse de amigos y comerciar como
-antes por mar y tierra. Hipaso aunque tenía plenos poderes para
-negociar, envió al heraldo á Mitilene, y, acampado á diez estadíos de
-Metimna, aguardó la resolución de sus conciudadanos. Á los dos días vino
-el mensajero con orden de recibir la restitución y de volverse sin
-causar daño, porque, al escoger entre la paz y la guerra, habían hallado
-la paz más útil. Así terminó la guerra entre Mitilene y Metimna, con fin
-tan inesperado como el principio.</p>
-
-<p>Llegó el invierno, para Dafnis y Cloe más que la guerra crudo. De
-repente cayó mucha nieve: cubrió los caminos y encerró á los rústicos en
-sus chozas. Con ímpetu se despeñaban los torrentes; se helaba el agua;
-parecían muertos los árboles, y no se veía el suelo sino al borde de
-arroyos y manantiales. Nadie, pues, llevaba á pacer el ganado ni se
-asomaba á la puerta, sino todos encendían gran candela en el hogar, no
-bien cantaba el gallo, y ya hilaban lino, ya tejían pelo de cabra, ya
-tramaban lazos para cazar pájaros. Entonces era menester andar solícitos
-en dar paja á los bueyes en el tinao, fronda en el aprisco á las cabras
-y ovejas, y fabuco y bellotas á los cerdos en la pocilga.</p>
-
-<p>Con esta forzosa permanencia dentro de casa,<span class="pagenum"><a name="page_091" id="page_091"></a>{91}</span> se holgaban los demás
-pastores y labriegos, porque descansaban algo de sus faenas, comían bien
-y dormían á pierna tendida. Así es que el invierno se les antojaba más
-dulce que el verano, que el otoño y hasta que la misma primavera. Pero
-Dafnis y Cloe, retrayendo á la memoria los pasados deleites; cómo se
-besaban, cómo se abrazaban y cómo merendaban juntos, se pasaban las
-noches muy afligidos y sin dormir, ansiosos de que volviese la
-primavera, que era para ellos volver de la muerte á la vida. Cuando por
-dicha topaban con el zurrón en que habían llevado la merienda, ó veían
-el cantarillo en que habían bebido, ó la zampoña, presente amoroso,
-abandonada ahora, la pena de ambos se acrecentaba. Con fervor pedían á
-las Ninfas y á Pan que los librase de tantos males, dejando que ellos y
-su ganado salieran á tomar el sol; pero á par que pedían, buscaban medio
-de verse. Cloe andaba con terribles vacilaciones y sin saber qué hacer,
-porque no se apartaba de la que tenía por madre, aprendiendo á cardar
-lana y á manejar el huso y escuchándola hablar de casamiento; pero
-Dafnis, con mayor libertad y más ladino también que la muchacha, inventó
-esta treta para verla.</p>
-
-<p>Delante de la vivienda de Dryas, contra la propia pared, había dos
-grandes arrayanes y una mata de hiedra, tan cerca los arrayanes el uno
-del otro,<span class="pagenum"><a name="page_092" id="page_092"></a>{92}</span> que la hiedra que crecía en medio los ceñía, enredando en
-ambos sus hojas y largos tallos á modo de parra, y formando gruta de
-tupida verdura. Por dentro colgaban, como racimos en la vid, muchos y
-gruesos corimbos. Acudía, pues, allí, multitud de pájaros invernizos:
-mirlos, tordos, palomas zuritas y torcaces, y otros que comen granos de
-hiedra á falta de mejor alimento. So color de cazar estos pájaros,
-Dafnis salió de su casa con el zurrón lleno de bollos de miel, y
-llevando asimismo, para que le dieran más crédito, lazos y liga. Su
-habitación distaba de la de Cloe cerca de diez estadíos, pero la nieve,
-no bien endurecida, hubiera hecho trabajoso el camino, si no fuese que
-para Amor todo es llano: fuego, agua y nieve de Escitia. Dafnis, pues,
-se plantó de una carrera á la puerta de Dryas; sacudió la nieve de los
-pies, tendió lazos, colocó largas varillas untadas con liga, y se puso
-en acecho de los pájaros y también de Cloe.</p>
-
-<p>En cuanto á los pájaros, acudieron muchos y quedaron presos. No corta
-tarea tuvo Dafnis en cogerlos, matarlos y desplumarlos. Pero nadie salía
-de la casa, ni hombre ni mujer, ni gallo ni gallina. Todos, sin duda,
-estaban dentro, sentados al amor de la lumbre. Dafnis vacilaba; temía
-haber salido á pájaros con malos auspicios, y no se atrevía, no
-obstante, á imaginar un pretexto para entrar en la casa, cavilando dónde
-hallar el más<span class="pagenum"><a name="page_093" id="page_093"></a>{93}</span> plausible. «Pediré candela.&mdash;¿Cómo es eso? ¿No tienes á
-nadie más cerca á quien pedirla?&mdash;Pediré pan.&mdash;Tu zurrón está bien
-provisto.&mdash;Diré que me falta vino.&mdash;Há poco que hiciste la vendimia.&mdash;Un
-lobo me persigue.&mdash;¿Dónde están las huellas de ese lobo?&mdash;Vine á cazar
-pájaros.&mdash;Pues vete, ya que los has cazado.&mdash;Quiero ver á Cloe.&mdash;No es
-fácil declarar esto al padre y á la madre de la muchacha. Más vale
-callarse. No hay cosa que no excite las sospechas. Me iré. Veré á Cloe
-esta primavera. No consienten los hados, á lo que barrunto, que yo la
-vea en invierno.» Así discurría para sí, y, recogiendo lo que había
-cazado, se disponía á partir, cuando, por misericordia de Amor, ocurrió
-lo que sigue.</p>
-
-<p>Estaban á la mesa Dryas y su familia. Se distribuía la carne, se
-repartía el pan y el jarro se llenaba de vino, en ocasión que uno de los
-perros del ganado, aprovechándose del descuido de los dueños, cogió un
-pedazo de carne y huyó con él fuera de casa. Irritado Dryas, tanto más
-que la carne robada era su ración, agarra un palo y corre tras el rastro
-del perro, como otro perro. En esta persecución, pasa cerca de la hiedra
-y los arrayanes; ve á Dafnis, que se echaba ya al hombro su presa;
-resuelto á irse; olvida al punto carne y perro, y exclamando en alta
-voz: «¡Salud! ¡Oh, hijo mío!», le abraza, le besa, le toma de la mano y
-le hace que<span class="pagenum"><a name="page_094" id="page_094"></a>{94}</span> entre en su morada. Poco faltó para que, al verse Dafnis y
-Cloe, no cayesen ambos al suelo. Procuraron, no obstante, tenerse
-firmes; se saludaron y se volvieron á besar, y esto casi fué arrimo para
-no caer ambos.</p>
-
-<p>Después que logró Dafnis, contra su esperanza, ver y besar á Cloe, se
-sentó junto al hogar; puso sobre la mesa las palomas y los mirlos que
-traía al hombro, y contó que, harto de encierro casero, había salido á
-coger pájaros, y de qué modo había cogido, ya con lazo, ya con liga, los
-que venían á picar en la hiedra y en los arrayanes. Los allí presentes
-alabaron mucho su habilidad y le convidaron á comer de lo que el perro
-había dejado. Cloe, por orden de sus padres, le escanció la bebida, y
-con alegre rostro sirvió á los otros primero, y á Dafnis el último,
-fingiéndose muy enojada de que, habiendo él venido hasta allí, iba á
-irse sin verla. Á pesar del enojo, Cloe, antes de presentar el vaso á
-Dafnis, bebió un poco, y le dió lo demás. Dafnis, aunque sediento, bebió
-con lentitud para que durase más y fuese mayor su deleite. Limpia ya la
-mesa de pan y de carne, y aún sentados á ella, le preguntaron por
-Mirtale y Lamón, y los declararon felices de tener en su vejez tal
-apoyo; encomio de que gustó Dafnis en extremo por escucharle Cloe.
-Rogáronle después que se quedase allí hasta el día siguiente, porque
-tenían que hacer un sacrificio<span class="pagenum"><a name="page_095" id="page_095"></a>{95}</span> á Baco, y Dafnis, de puro contento, por
-poco los adora como si fuesen el dios. Á escape sacó de su zurrón cuanto
-bollo de miel en él traía, y dió á guisar para la cena los pájaros que
-había cazado. Se llenó de nuevo el jarro de vino; se atizó y encandiló
-el fuego, y, apenas llegó la noche, se pusieron otra vez á la mesa,
-donde se divirtieron contando cuentos y entonando canciones, hasta que
-los ganó el sueño y se fueron á dormir, Cloe con su madre, y Dafnis con
-Dryas. Cloe se complació con la idea de volver á ver por la mañana á
-Dafnis, y Dafnis, lleno de satisfacción de dormir con el padre de Cloe,
-le abrazó y besó muchas veces, soñando que á Cloe abrazaba y besaba.</p>
-
-<p>Al amanecer era el frío atroz, y el viento del Norte todo lo helaba. De
-pie ya la gente, sacrificó á Baco un borrego añal; encendió lumbre y
-preparó el almuerzo. Mientras Napé amasaba el pan y Dryas guisaba el
-borrego, Dafnis y Cloe, estando de vagar, salieron de la casa bajo los
-arrayanes y la hiedra, y, tendiendo lazos otra vez y poniendo liga,
-pillaron multitud de pájaros. Durante la caza fué aquello un no cesar de
-besarse, entreverando los besos con pláticas, también sabrosas.&mdash;Por ti
-vine, Cloe.&mdash;Lo sé, Dafnis.&mdash;Por ti mato estos mirlos sin ventura. ¿En
-qué aprecio me tienes? ¿Te acordaste siempre de mí?&mdash;¡No me había de
-acordar! Así me quieran bien las Ninfas, por quienes<span class="pagenum"><a name="page_096" id="page_096"></a>{96}</span> juré en la gruta,
-á donde concurriremos apenas se derrita la nieve.&mdash;Pero cuánta hay, ¡oh,
-Cloe! Yo temo derretirme antes que ella.&mdash;Anímate, Dafnis, el sol
-calienta ya mucho.&mdash;Ojalá que ardiese con la viva llama en que arde mi
-corazón.&mdash;Me burlas con lisonjas y luego me engañarás.&mdash;Nunca; por las
-cabras, por las que quisiste que te lo jurase.</p>
-
-<p>Así charlaban, respondiendo Cloe á Dafnis como un eco, cuando los llamó
-Napé, y ellos entraron con más abundante caza que la víspera. Hicieron
-luego una libación á Baco, y comieron coronados de hiedra. Llegó, por
-último, la hora, y no sin cantar antes alegres himnos en loor del dios,
-despidieron á Dafnis, llenando su zurrón de carne y de pan.
-Devolviéronle, además, los tordos y las palomas, para que se regalasen
-comiéndolos Lamón y Mirtale, ya que ellos cazarían más en cuanto durase
-el invierno y no faltase hiedra para añagaza. Dafnis, al irse, besó
-primero á los padres, y á Cloe la última, á fin de guardar en toda su
-pureza el dejo del beso. En adelante volvió Dafnis por allí no pocas
-veces, valiéndose de otras artimañas, de modo que el invierno no se pasó
-del todo mal.</p>
-
-<p>Apenas renació la primavera, se derritió la nieve, se descubrió el suelo
-y la hierba retoñó, salieron todos los zagales á apacentar sus ganados,
-y antes que todos Dafnis y Cloe, como siervos que eran del pastor más
-poderoso. Lo primero fué correr<span class="pagenum"><a name="page_097" id="page_097"></a>{97}</span> á la gruta de las Ninfas, luego á Pan y
-al pino, y, por último, bajo la encina, donde se sentaron, mirando pacer
-y besándose. Buscaron flores para coronar á las Ninfas, y, aunque las
-flores apenas empezaban á entreabrirse, acariciadas por el céfiro y
-reanimadas por el sol, hallaron narcisos, violetas, corregüelas y otras
-vernales primicias. Con estas flores coronaron las imágenes é hicieron
-ante ellas libaciones de la nueva leche de sus ovejas y sus cabras.
-Tocaron también la flauta como para competir con los ruiseñores, quienes
-respondían de entre la enramada, expresando poco á poco el nombre de
-Itys, cual si tratasen de recordar el canto después de tan largo
-silencio. Por donde quiera balaba el ganado; los corderillos ya
-retozaban, ya se inclinaban bajo las madres para chupar el pezón de la
-ubre, y los moruecos perseguían á las ovejas que aún no habían tenido
-cría, y cada uno cubría la suya. Las cabras eran también perseguidas por
-los machos con más lascivos saltos, y los machos reñían por ellas, y
-cada cual tenía sus cabras, y cuidaba de que no viniera otro y á hurto
-las gozase. Tales escenas, cuya vista hubiera remozado y enardecido á
-los helados viejos, enardecían más á estos mozos, llenos de fervor y de
-brío. Y anhelando hallar, desde hacía tiempo, el fin del Amor, lo que
-oían los abrasaba, lo que veían los amartelaba, y todo los inducía á
-buscar<span class="pagenum"><a name="page_098" id="page_098"></a>{98}</span> algo de más rico y satisfactorio que el beso y el abrazo.
-Buscábalo singularmente Dafnis, quien por el reposo casero y holganza
-del invierno estaba rijoso y lucio, y con el beso se emberrenchinaba, y
-con el abrazo se alborotaba, y al ejecutar las cosas, era ya más curioso
-y atrevido. Pedía, pues, á Cloe que se prestase á cuanto él quisiera, y
-que lo de acostarse juntos desnudos fuese por más tiempo que antes, ya
-que esto era lo que faltaba hacer bien de cuanto les enseñó Filetas,
-como único remedio para calmar el amor.</p>
-
-<p>Cloe le preguntó qué imaginaba él que habría más allá del beso, del
-abrazo, y hasta del acostarse juntos, y qué resolvía hacer si volvían á
-la yacija desnudos ambos.&mdash;Lo que hacen los moruecos con las ovejas, y
-con las cabras los machos, contestó él.&mdash;Mira cómo, después de la obra,
-ni las ovejas huyen ni los carneros se cansan en perseguirlas, sino que
-pacen quietos y juntos, como satisfechos de un común deleite. Dulce, á
-lo que entiendo, es la obra, y vence lo amargo de amor.&mdash;¿No reparaste,
-repuso Cloe, que las ovejas y los carneros, las cabras y sus machos,
-hacen esas cosas de pie, saltando ellos encima y sosteniéndolos ellas?
-¿Para qué, pues, he de tenderme contigo desnuda? ¿No está el ganado más
-vestido que yo con su pelo ó con su lana? Dafnis no pudo menos de
-convenir en que así era. Tendióse, no obstante,<span class="pagenum"><a name="page_099" id="page_099"></a>{99}</span> al lado de Cloe y
-meditó largo rato; sin atinar con el modo de calmar la vehemencia de su
-deseo. Hizo después que ella se alzara, y la abrazó por detrás, imitando
-á los carneritos; pero con esto nada logró, quedando más confuso y
-echándose á llorar al ver que para tales negocios era más rudo que las
-bestias.</p>
-
-<p>Tenía Dafnis por vecino á un labrador propietario, llamado Cromis,
-sujeto ya de edad madura, quien había traído de la ciudad á una
-mujercita, linda, de pocos años, con gustos más delicados y más
-cuidadosa de su persona que las campesinas. Esta tal, que se llamaba
-Lycenia, con ver de diario á Dafnis cuando llevaba por la mañana las
-cabras al pasto, y cuando por la noche las recogía á la majada, entró en
-codicia de tomarle por amante, engatusándole con regalillos, y tan
-acechona anduvo, que consiguió hablar con él á solas, y le dió una
-flauta, un panal de miel y un zurrón de piel de venado, si bien se
-avergonzó y vaciló en declararse, conjeturando que él amaba á Cloe, al
-verle siempre tan empleado en servirla. Al principio, sólo presumió esta
-inclinación por risas y señas que sorprendió entre ambos; pero luego
-pretextó con Cromis que iba á visitar á una vecina que estaba de parto;
-los siguió una mañana; se recató entre zarzas, para que ellos no la
-viesen, y vió cuanto hicieron, y escuchó cuanto dijeron, sin<span class="pagenum"><a name="page_100" id="page_100"></a>{100}</span>
-ocultársele siquiera el llanto de Dafnis. Compadecida entonces, creyó
-propicia la ocasión de hacer dos veces el bien, mostrando el camino de
-salvación á aquellos cuitadillos y logrando ella su gusto.</p>
-
-<p>Con tal propósito, salió al día siguiente, como para ir á ver de nuevo á
-la parida, y se fué derecha á la encina donde Dafnis y Cloe se sentaban.
-Fingiéndose con primor toda consternada,&mdash;«¡Sálvame, dijo, oh, Dafnis!
-¡Ay, infeliz de mí! ¡Un águila me ha robado el más hermoso de mis veinte
-gansos! Fatigada con tanto peso, no he podido volar hasta lo más alto de
-aquel peñón, donde anida, y se bajó con su presa á lo hondo del soto. Te
-lo ruego por Pan y las Ninfas: entra conmigo en la espesura; liberta mi
-ganso. Mira que no me atrevo á entrar sola, de puro medrosa. No dejes
-que se descabale mi manada. ¿Quién sabe si de paso no matarás el águila,
-y con eso ya no robará corderos y cabritos? Mientras, guardará Cloe
-ambos rebaños. Harto la conocen las cabras, de verla siempre en tu
-compañía.»</p>
-
-<p>Dafnis, sin prever nada de lo que iba á pasar, se levantó muy listo,
-empuñó su cayado y siguió á Lycenia. Llevósele ésta lejos de Cloe, á lo
-más intrincado y esquivo del soto, y allí le mandó que se sentase á su
-lado, cerca de una fuentecilla.&mdash;«¡Oh, Dafnis, le dijo, tú amas á Cloe!
-Anoche me<span class="pagenum"><a name="page_101" id="page_101"></a>{101}</span> lo revelaron las Ninfas. Se me aparecieron en sueño; me
-informaron de tus lágrimas de ayer, y me ordenaron que te salvase,
-enseñándote las obras de Amor, las cuales no estriban sólo en beso y en
-abrazo y en remedar á los carneros, sino en brincos y retozos más
-dulces, y cuyo deleite dura más. Así, pues, si quieres desechar el mal
-que te aflige, y conocer por experiencia los gustos que anhelas,
-entrégate á mi cuidado cual aprendiz sumiso, y yo, por gracia y merced
-de las Ninfas, seré tu maestra.»</p>
-
-<p>Dafnis, sin refrenar su alegría, como cabrerillo cándido y rapaz
-enamorado, se arrodilló á los pies de Lycenia y le suplicó que cuanto
-antes le enseñase aquel oficio para ejercerle luego con Cloe. Y como si
-fuera algo de raro y revelado por el cielo lo que Lycenia le había de
-enseñar, prometió darle en pago un chivo, quesos frescos de nata y hasta
-la cabra misma. Halló Lycenia aquella liberalidad pastoril más sencilla
-y grata de lo que presumía, y empezó en seguida á instruir á Dafnis.
-Mandóle que volviese á sentarse á la verita de ella; que le diese besos,
-tales y tantos como él solía dar; que mientras la besaba la abrazase, y
-por último, que sé tendiese á la larga.</p>
-
-<p>Luego que se sentó, y que besó, y que se tendió, habiéndose cerciorado
-ella de que todo estaba alerta y en su punto, hizo que él se levantase
-de un<span class="pagenum"><a name="page_102" id="page_102"></a>{102}</span> lado, y se deslizó con suma destreza debajo de él, poniéndole en
-el camino por tanto tiempo buscado en balde. Después nada hubo fuera de
-lo que se usa. Naturaleza misma enseñó á Dafnis lo demás.</p>
-
-<p>Terminada la lección amatoria, Dafnis, que guardaba su candor pastoril,
-quiso correr en busca de Cloe para hacer con ella lo que acababa de
-aprender, harto temeroso de que con la tardanza se le olvidase; pero
-Lycenia le contuvo diciendo: «Otra cosa te importa saber, ¡oh, Dafnis! Á
-mí, como soy mujer, no me hiciste daño alguno, porque ya otro hombre me
-enseñó el oficio, y tomó mi doncellez en pago; pero Cloe, cuando luchare
-contigo esta lucha, gemirá, llorará y derramará sangre cual si estuviere
-herida. No por ello te asustes, sino cuando la persuadas á que se preste
-á todo, tráetela á este sitio, para que, si grita, nadie la oiga, si
-llora nadie la vea, y si derrama sangre, se lave en la fuente. No te
-olvides, por último, de que yo te he hecho hombre antes de Cloe.»</p>
-
-<p>No bien Lycenia dió estos preceptos, se fué por otro lado del soto, como
-si buscase el ganso todavía. Dafnis, en tanto, con la preocupación de lo
-que había oído, cejó de su primer ímpetu, y no se atrevió á perturbar á
-Cloe sino con el beso y el abrazo, á fin de que no gritase como
-perseguida de enemigos, ni llorase como lastimada, ni como<span class="pagenum"><a name="page_103" id="page_103"></a>{103}</span> herida
-vertiese sangre, pues escarmentado él por los recientes lances de la
-guerra, tenía miedo de la sangre, y sólo de heridas imaginaba que
-saliese. Así fué que tomó la determinación de no deleitarse con ella
-sino en lo que tenía por costumbre; y, dejando el soto, volvió al lugar
-donde ella estaba sentada, tejiendo guirnaldas de violetas; le refirió
-que había arrancado de las garras mismas del águila el ganso de Lycenia,
-y la besó apretadamente como Lycenia le había besado en el deleite, ya
-que esto no pensaba que trajese peligro. Ella ajustó á la cabeza de él
-la guirnalda de violetas, y le besó el cabello, á su ver más que las
-violetas precioso. Luego sacó del zurrón pan de higos y bollos, y se los
-dió á comer; y, conforme él comía, se lo quitaba ella de la boca y comía
-á su vez, como los pajarillos pequeñuelos comen del pico de la madre.</p>
-
-<p>Mientras que comían, y más que comían se acariciaban, se descubrió una
-barca de pescadores, que bogaba no lejos de la costa. No hacía viento;
-la calma era completa, y era menester remar. Los pescadores remaban con
-grande empuje para llevar fresco el pescado á gentes ricas de la ciudad.
-Lo que suelen hacer los marineros para engañar ó aliviar sus fatigas, lo
-hacían éstos también á par que remaban: uno de ellos llevaba la voz y
-entonaba un cantar marino, y los restantes, por marcados intervalos,
-unían en coro sus voces en consonancia<span class="pagenum"><a name="page_104" id="page_104"></a>{104}</span> con la del principal cantor.
-Cuando iban por alta mar; el canto se perdía en la extensión y se
-desvanecía en el aire; pero cuando doblaron la punta de un escollo y
-entraron en una ensenada profunda, en forma de media luna, se oyó mejor
-la música y sonó más claro en tierra el estribillo de los navegantes. En
-el fondo de aquella ensenada había una garganta ó estrechura de cerros,
-donde se colaba el son como en un cañuto; luego, una voz imitadora lo
-repetía todo: ya repetía el ruído de los remos, ya repetía el cantar; y
-era cosa de gusto el oirlo, pues primero llegaba el son que venía
-directo de la mar, y el son que venía de la tierra llegaba más tarde.
-Dafnis, que sabía lo que era aquello, sólo atendía á la mar; se
-embelesaba al ver la barca, que más volaba que corría, y procuraba
-retener algo de aquellos cantares para tocarlos luego en su flauta. Pero
-Cloe, que hasta entonces no había oído eso que llaman eco, ya miraba
-hacia la mar para ver á los que cantaban, ya se volvía hacia el bosque
-buscando á los que respondían; y cuando pasó la barca y sobrevino
-silencio en la mar y en el valle, preguntó á Dafnis si más allá del
-escollo había otra mar, y otra nave que bogaba, y otros marineros que
-cantaban, y por qué ya callaban todos. Dafnis sonrió con dulzura; la
-besó con más dulce beso; ciñó á sus cienes la guirnalda de violetas, y
-empezó á contarle la fábula<span class="pagenum"><a name="page_105" id="page_105"></a>{105}</span> de Eco, no sin concertar antes que ella le
-diese diez besos más en pago de la enseñanza.&mdash;«Hay, dijo, niña mía,
-muchas castas de Ninfas. Las hay de las praderas, de los bosques y de
-los lagos; todas bellas; músicas todas. Hija de Ninfa fué Eco, mortal,
-por serlo su padre; hermosa, cual de hermosa madre nacida. Las Ninfas la
-criaron. En tocar la flauta, en pulsar la lira y la cítara, y en toda
-clase de cantar, tuvo á las Musas por maestras. Así es que, cuando llegó
-á la flor de su mocedad, con las Ninfas danzaba y con las Musas cantaba;
-pero huía de todo varón, ya dios, ya hombre, por amor de la doncellez.
-Pan se enfureció contra ella, envidioso de su música y desdeñado de su
-hermosura, é infundió su furor en el alma de los pastores. Éstos, como
-perros ó lobos, la despedazaron mientras cantaba, y esparcieron por toda
-la tierra sus miembros, llenos de harmonía. Y la tierra los escondió en
-su seno por complacer á las Ninfas, y dispuso que conservasen la virtud
-de cantar. Las Musas, por último, decretaron que lo imitasen todo en la
-voz, como la doncella hizo cuando vivía: hombres, dioses, instrumentos y
-fieras; que imitasen, en suma, á Pan mismo cuando toca la flauta. Pan,
-apenas lo oye, brinca y corre por las montañas, no ya porque ame á la
-Ninfa, sino anhelando averiguar quién es su discípulo oculto.»</p>
-
-<p>En premio de la historia, Cloe dió á Dafnis, no<span class="pagenum"><a name="page_106" id="page_106"></a>{106}</span> sólo diez, sino muchos
-más besos, y Eco casi la repitió, como para dar testimonio de que no era
-mentira.</p>
-
-<p>El sol calentaba más cada día, porque había pasado la primavera y
-empezaba el verano. Los pasatiempos de ambos eran propios de la nueva
-estación. Él nadaba en los ríos, ella se bañaba en las fuentes; él
-tocaba la flauta á porfía con el viento que resonaba en los pinos, ella
-cantaba en competencia con los ruiseñores; ambos cogían saltamontes y
-parleras cigarras, formaban ramilletes de flores, sacudían los árboles ó
-trepaban á ellos y se comían la fruta. Al cabo se acostaban desnudos en
-una piel de cabra. Pronto Cloe hubiera sido mujer si la sangre no
-aterrase á Dafnis, quien, receloso con frecuencia de no ser dueño de sí,
-impedía á Cloe que se desnudara. Pasmábase ella, si bien por vergüenza
-no preguntaba la causa.</p>
-
-<p>En aquella estación se presentó para Cloe un enjambre de novios. De
-muchas partes acudían á Dryas, pidiéndosela por mujer; unos traían
-buenos presentes; otros los prometían mejores. Así fué que Napé,
-estimulada por las promesas, era de opinión de casar á Cloe cuanto
-antes, y no guardar por más tiempo á mozuela ya tan granada, la cual el
-día menos pensado perdería su doncellez en medio del campo y se casaría
-por manzanas y flores con un pastor cualquiera; que lo más conveniente<span class="pagenum"><a name="page_107" id="page_107"></a>{107}</span>
-sería hacerla pronto señora de su casa, aceptar los presentes y
-guardarlos para el hijo legítimo de ellos, que no hacía mucho les había
-nacido. Dryas se dejaba vencer á menudo de tales razones, ya que le
-ofrecían prendas de más valer que las que suelen ofrecerse por una pobre
-zagala; pero, pensando luego que la muchacha valía demasiado para
-casarse con un rústico, y que si hallaba un día á sus verdaderos padres
-éstos los harían dichosos á todos, se resistía siempre á responder, y
-así iba dando largas al asunto, no sin aprovecharse mientras de no pocos
-presentes.</p>
-
-<p>Al saber estas cosas tuvo Cloe gran pesar, si bien se le ocultó á Dafnis
-por temor de afligirle. Viendo, no obstante, que él la importunaba con
-preguntas, y que ya estaba más triste de no saber nada que lo que
-pudiera estar de saberlo todo, se atrevió al fin á contárselo. Le habló
-de los novios, muchos y ricos; de las razones que daba Napé para
-apresurar la boda, y de que Dryas no mostraba oponerse, sino lo demoraba
-para las próximas vendimias. Dafnis, con tales nuevas, estuvo á pique de
-perder el juicio; se echó por tierra, lloró y afirmó que él se moriría
-si Cloe le faltaba, y no sólo él, sino también se morirían los carneros
-sin tal pastora. Después, reflexionándolo mejor, cobraba ánimo y
-resolvía hablar al padre de ella y ponerse en la lista de los
-pretendientes, esperando vencerlos.<span class="pagenum"><a name="page_108" id="page_108"></a>{108}</span> Sólo una cosa le sobresaltaba: que
-Lamón no era rico. Esto debilitaba mucho su esperanza. Decidióse, con
-todo, á pedir á Cloe, y ella convino en que lo hiciese. Nada al
-principio se atrevió á decir á Lamón; pero confiando más en Mirtale, le
-descubrió su amor y le dijo que quería casarse con Cloe. Mirtale lo
-participó todo á Lamón por la noche. Éste recibió con dureza la noticia,
-y regañó á su mujer porque quería casar con una hija de pastores á un
-muchacho que había de tener grandes riquezas, si no mentían las prendas
-halladas, y que á ellos, si venían á descubrirse los padres, los haría
-horros y dueños de mayores campos. Mirtale, temerosa de que Dafnis, por
-despecho amoroso, y perdida toda esperanza de boda, osara darse muerte,
-alegó otros motivos menos importantes que los que había dado Lamón.
-«Somos pobres, le dijo, hijo mío, y necesitamos novia que más bien
-traiga algo que no que se lo lleve. Ellos son ricos, pero quieren novios
-ricos. Ve, no obstante; convence á Cloe, y haz que Cloe convenza á su
-padre, á fin de que no pidan mucho y te la den. Ella te ama, y sin duda
-gustará más de acostarse con un buen mozo pobre que no con un jimio
-rico.»</p>
-
-<p>No esperaba Mirtale que Dryas diese nunca su consentimiento,
-disponiendo, como disponía, de más ricos novios, que le ofrecían buenos
-presentes. Dafnis no tenía que argüir contra lo dicho por<span class="pagenum"><a name="page_109" id="page_109"></a>{109}</span> su madre;
-pero se afligió mucho, é hizo lo que suelen hacer los enamorados pobres:
-lloró, y pidió auxilio á las Ninfas. Ellas volvieron á aparecérsele por
-la noche, mientras dormía, en la propia forma que la primera vez, y la
-mayor le dijo: «Á otro dios incumbe tratar de tu boda con Cloe. Nosotras
-te daremos con qué ablandar á Dryas. La nave de los mancebos de Metimna,
-cuya amarra de mimbre se comieron tus cabras, se fué aquel día muy lejos
-de tierra, empujada por el viento; mas por la noche sopló viento
-contrario; alborotó la mar y arrojó la nave contra unos altos peñascos.
-La nave pereció, y con ella cuanto encerraba, salvo una bolsa con tres
-mil dracmas, que con los restos de la nave trajo á la costa la onda, y
-está allí oculta entre algas, cerca de un delfín muerto, por lo cual
-nadie de los que pasan se ha aproximado, huyendo del hedor de aquella
-podredumbre. Ve allí, toma la bolsa y dala. Así conviene para acreditar
-por lo pronto que no eres pobre. Ya vendrá tiempo en que seas rico.»</p>
-
-<p>Dicho esto, desaparecieron las Ninfas en la noche. Cuando vino el día,
-se levantó Dafnis rebosando de gozo; llevó sus cabras al pasto con la
-mayor premura, y después de besar á Cloe y de adorar á las Ninfas, se
-fué hacia la mar, como si quisiera ser rociado por las olas. Allí, por
-la orilla y sobre la arena, vagaba en busca de los tres mil<span class="pagenum"><a name="page_110" id="page_110"></a>{110}</span> dracmas. No
-empleó largo tiempo ni fatiga en hallarlos. El delfín no olía bien, y su
-podredumbre le dió en las narices y le guió por el camino hasta llegar
-al sitio indicado. Ya en él, apartó las algas y descubrió la bolsa llena
-de dinero. La recogió, la guardó en el zurrón, y antes de irse, dió
-gracias por todo á las Ninfas y á la misma mar, pues, aunque cabrero,
-parecíale la mar más dulce que la tierra, desde que le ayudaba para
-conseguir casarse con Cloe.</p>
-
-<p>Dueño de los tres mil dracmas, nada creía que le faltaba ya. Se
-consideraba, no sólo más pudiente que los labriegos de por allí, sino
-más rico que todos los hombres. Se fué al punto donde estaba Cloe; le
-contó el sueño; le mostró la bolsa; le rogó que estuviese á la mira del
-ganado durante su ausencia, y corrió con gran denuedo en busca de Dryas,
-á quien halló en la era, trillando trigo con su mujer Napé, y á quien
-dijo estas valerosas palabras:&mdash;«Dame á Cloe por mujer. Yo sé tañer la
-zampoña con maestría, podar viñas y plantar árboles. Sé también arar la
-tierra y aventar la miés con el bieldo. En lo tocante á pastoreo,
-pregúntale á Cloe. Cincuenta cabras me entregaron, y ya tengo doble
-número. He criado también grandes y hermosos machos, cuando antes era
-menester llevar las cabras á que otros las padreasen. Soy muy mozo aún,
-vecino vuestro y de irreprensible conducta.<span class="pagenum"><a name="page_111" id="page_111"></a>{111}</span> Me crió una cabra, como á
-Cloe una oveja. Si en todo esto me aventajo á los demás novios, en
-generosa largueza no he de quedarme tampoco atrás. Ellos te dan tal ó
-cual cabra ú oveja, ó alguna yunta de bueyes con roña, ó ahechaduras de
-trigo para mantener unas cuantas gallinas. Yo, en cambio, te doy estas
-tres mil monedas. Pero no se lo digas á nadie, ni á mi padre Lamón.» Y
-al dar el dinero, abrazó y besó á Dryas.</p>
-
-<p>Este y Napé, al recibir, sin esperarlo, tamaña suma, prometieron en
-seguida á Dafnis que le darían á Cloe y que tratarían de persuadir á
-Lamón. Dafnis se quedó con Napé, haciendo andar á los bueyes sobre la
-parva y desmenuzando espigas con el trillo, mientras que Dryas, después
-de guardar la bolsa y el dinero, se fué más que de priesa á ver á Lamón
-y á Mirtale, contra todo uso y costumbre, para pedirles al novio.</p>
-
-<p>Hallábanse éstos midiendo cebada, que acababan de cribar, y lamentándose
-de que apenas habían cogido lo que sembraron. Dryas pensó consolarlos
-con asegurar que era general la mala cosecha, y luego pidió á Dafnis
-para marido de Cloe, diciendo que otros le daban mucho, pero que él
-prefería no tomar nada de Lamón y Mirtale, sino que se sentía inclinado
-á socorrerlos con su propia hacienda. «Además, añadió, los chicos han
-crecido viéndose siempre; cuidando del hato se han encariñado<span class="pagenum"><a name="page_112" id="page_112"></a>{112}</span> de manera
-que no es fácil separarlos, y ya están ambos en edad de dormir juntos.»
-Estas y otras razones, no menos persuasivas, alegó Dryas, como quien
-había tomado tres mil dracmas para persuadirlos.</p>
-
-<p>Lamón no podía excusarse con la pobreza, porque los padres de la novia
-no le desdeñaban por pobre, ni con la poca edad de Dafnis, que era ya un
-garzón muy apuesto. La verdad no quería confesarla. No osaba decir que
-consideraba á Dafnis mejor partido. Se calló, pues, por un rato, y al
-cabo respondió así: «Noble es vuestro proceder al dar á los vecinos
-preferencia sobre los extraños, y al poner por cima de la riqueza á la
-pobreza honrada. Que Pan y las Ninfas os concedan en premio su amor. En
-cuanto á mí, no deseo menos que vosotros la boda. Loco estaría yo si no
-desease amistad y unión con vuestra familia, cuando me hallo tan cerca
-de la vejez y necesito brazos y auxilio para mis faenas. De Cloe no hay
-más que pedir: linda zagala en la flor de su edad, y buena como pocas.
-Lo malo es que yo soy siervo, y de nada dispongo. Debo, pues, informar á
-mi amo para que dé su permiso. Diferamos la boda para el otoño. Para
-entonces dicen los que llegan de la ciudad que vendrá el amo por aquí.
-Para entonces serán marido y mujer; ámense entre tanto como hermanos.
-Entiende con todo ¡oh, Dryas! que vas á tener un yerno<span class="pagenum"><a name="page_113" id="page_113"></a>{113}</span> que vale más que
-nosotros.» Dicho esto, le besó y le ofreció de beber, porque estaban ya
-en todo el fervor del medio día, y le acompañó un buen trecho de camino,
-con mil atenciones y muestras de afecto.</p>
-
-<p>No oyó en balde Dryas las últimas palabras de Lamón, y mientras
-caminaba, iba cavilando así sobre quién sería Dafnis: «Le crió una
-cabra, cual si por él velasen los dioses. Es hermoso, y en nada se
-parece á ese vejete chato y á esa mujerzuela pelona. Se proporcionó tres
-mil dracmas, y no hay zagal que logre reunir otros tantos piruétanos.
-¿Le expondría alguien como á Cloe? ¿Le encontraría Lamón como yo la
-encontré, con prendas parecidas y á propósito para un futuro
-reconocimiento? ¡Oh venerado Pan y Ninfas muy amadas, permitid que así
-sea! Tal vez, si él descubre á sus padres, logrará que Cloe sea también
-reconocida por los suyos.»</p>
-
-<p>Así iba Dryas discurriendo y soñando hasta que llegó á la era, donde
-esperaba Dafnis, ansioso de oir las nuevas que traía. Dióle ánimo,
-llamándole yerno; le prometió que las bodas se celebrarían en el otoño,
-y le estrechó la mano en señal de que Cloe no sería de otro, sino suya.
-Más veloz que el pensamiento, sin comer ni beber, corrió Dafnis en busca
-de Cloe. Estaba ella ordeñando y haciendo quesos, y él le anunció la
-buena nueva. De allí en<span class="pagenum"><a name="page_114" id="page_114"></a>{114}</span> adelante la besaba, sin recatarsé, como á su
-futura; compartía sus afanes; recogía la leche en colodras; apretaba los
-quesos en zarzos, y ponía á mamar bajo las madres á cabritillos y
-corderos.</p>
-
-<p>Después de cumplir bien con su oficio, los dos se bañaban, comían,
-bebían é iban á coger fruta en sazón. Había entonces grande abundancia
-de ella, por ser el momento más feraz del verano: manzanas á manta,
-peras, acerolas y membrillos. Fruta había caída por el suelo; otra,
-pendiente aún en el árbol; la caída, más olorosa; más lozana y fresca á
-la vista la que de las ramas colgaba. Esta relucía como el oro; aquélla
-embriagaba con su olor, como el vino.</p>
-
-<p>Entre los frutales se veía uno, tan esquilmado ya, que no tenía ni fruta
-ni hoja. Desnudas estaban todas sus ramas. Una manzana sola pendía aún
-en la cima, grande, hermosa, y venciendo á las demás en fragancia. Quizá
-quien hizo el esquilmo no se atrevió á subir tan alto para cogerla;
-quizá la dejó por descuido; quizá la bella manzana se guardaba allí para
-un pastor enamorado. Apenas la vió Dafnis, quiso subir á alcanzarla.
-Cloe se opuso, pero él no hizo caso; y desatendida ella, se fué con
-enojo donde estaba el rebaño. Dafnis, en tanto, subió hasta alcanzar la
-manzana; se la trajo á Cloe, y le dijo para quitarle el enojo:</p>
-
-<p>«Esta manzana ¡oh, virgen! es creación de las<span class="pagenum"><a name="page_115" id="page_115"></a>{115}</span> Horas divinas: árbol
-fecundo le dió sustento; el sol la maduró y sazonó; nos la conserva la
-Fortuna. Ciego y necio hubiera sido yo si no la hubiera visto y si la
-hubiera dejado para que, ó bien viniese á caer por tierra, la pisoteasen
-las reses y la envenenasen los reptiles, ó bien permaneciese en la
-cumbre hasta que el tiempo la acabara, sin más fin que admiración
-estéril. Venus recibió una manzana en premio de su hermosura. Toma tú
-ésta por galardón de igual victoria. Ambas sois bellas, y de condición
-semejante son vuestros jueces, pastor él y yo cabrero.»</p>
-
-<p>Esto dijo, y le echó la manzana en el regazo. No bien se acercó, le besó
-ella. Él no se arrepintió de la audacia de haber subido tan alto por un
-beso más rico que la manzana de oro.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_116" id="page_116"></a>{116}</span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_117" id="page_117"></a>{117}</span>&nbsp; </p>
-
-<h2><a name="LIBRO_CUARTO" id="LIBRO_CUARTO"></a>
-<img src="images/ill_pg_117.png" width="500" height="87" alt="" title="" />
-<br />LIBRO CUARTO</h2>
-
-<p>Por aquel tiempo llegó de Mitilene un siervo, compañero de Lamón, á
-quien anunció que poco antes de la vendimia vendría el amo para ver qué
-daños había causado en sus tierras la incursión de los metimneños. Y
-como ya iba yéndose el verano, y el otoño se venía encima, Lamón se
-afanó por disponer un recibimiento en el que todo fuera grato á los
-ojos. Limpió las fuentes para que el agua corriese pura y cristalina;
-sacó el estiércol del establo y corrales para que no molestara su mal
-olor, y aderezó el huerto para que pareciese más ameno.</p>
-
-<p>El huerto era de suyo lindísimo y digno de un rey. Medía en longitud más
-de un estadío; estaba en una altura, y contenía sobre cuatro yugadas de
-tierra. Semejaba extenso llano, y había en él toda clase de árboles:
-manzanos, arrayanes, perales, granados, higueras y olivos. En algunos
-puntos la vid trepaba á los árboles, y, enlazada á ellos, lucía<span class="pagenum"><a name="page_118" id="page_118"></a>{118}</span> sus
-frutos en competencia con manzanas y peras. Esto en cuanto á los
-frutales; pero también había allí árboles selváticos y de sombra, como
-cipreses, lauros, adelfas, plátanos y pinos; en todos los cuales, en vez
-de la vid, se entrelazaba la hiedra, cuyos corimbos, que eran grandes y
-negreaban ya, remedaban racimos de uvas. Las plantas que daban fruta
-estaban en el centro, como para mayor defensa; las estériles, en torno,
-como muralla. Lo rodeaba y amparaba todo una débil cerca ó vallado. No
-había cosa que no estuviese con cierto orden y primor. Los troncos,
-separados de los troncos, y en lo alto, mezclándose las ramas y
-confundiéndose el follaje. Diríase que el Arte se había esmerado á
-porfía con la Naturaleza. Había, en cuadros y eras, multitud de flores,
-que la tierra daba de sí sin cultivo, ó que la industria cultivaba:
-rosas, azucenas y jacintos, criados por la mano del hombre; violetas,
-corregüelas y narcisos, espontáneamente nacidos. Allí había, en suma,
-sombra en estío, flores en primavera, frutos en toda estación, y los más
-deliciosos y exquisitos en otoño. Desde allí se oteaba la ancha vega, y
-se contemplaban pastores y ganados, y se descubría la mar, y se veían
-los que por ella iban navegando, lo cual no era pequeña parte de los
-gustos con que brindaba aquel huerto. En el centro mismo, así de lo
-largo como de lo ancho, se levantaban un templo y un ara de<span class="pagenum"><a name="page_119" id="page_119"></a>{119}</span> Baco; el
-ara, revestida de hiedra, y de pámpanos el templo, por fuera. La
-historia del dios estaba dentro pintada: Semele, pariendo; Ariadna,
-dormida; encadenado, Licurgo; despedazado, Penteo; vencidos, los indios;
-los tirrenos, transformados. Por donde quiera, los Sátiros; por donde
-quiera, las Bacantes, que danzaban. Ni faltaba allí Pan, quien, sentado
-sobre una piedra, tañía la zampoña, y daba el mismo son y compás al
-pisoteo de los Sátiros en el lagar y al baile de las Ménades.</p>
-
-<p>Tal era el huerto que Lamón se afanaba por cuidar, podando las ramas
-secas y enredando en festones la vid á los árboles. Á Baco le coronaba
-de flores. Derivaba sin dificultad el agua por las limpias acequias.
-Había una fuente, que Dafnis había descubierto, la cual regaba las
-flores. Llamábanla fuente de Dafnis. Lamón, por último, encomendó á éste
-que engordase las cabras lo más que pudiera, porque el amo, que no había
-venido en tanto tiempo, iba ahora á verlo todo.</p>
-
-<p>Muy confiado estaba Dafnis en que alcanzaría grandes elogios por las
-cabras. Las tenía en doble número de las que le habían entregado; el
-lobo no se había llevado ninguna, y todas estaban más lucias y medradas
-que las ovejas. Deseoso, no obstante, de hacerse propicio al amo para
-que consintiese en la boda, ponía el mayor cuidado y solicitud en llevar
-á pacer las cabras apenas amanecía,<span class="pagenum"><a name="page_120" id="page_120"></a>{120}</span> y en volver al aprisco tarde. Dos
-veces al día las llevaba á beber, y siempre buscaba para ellas los
-mejores pastos. Se procuró barreños y tarros nuevos, muchas colodras y
-zarzos más capaces. Y llegó á tal punto su esmero, que barnizó con
-aceite los cuernos á las cabras, y al pelo le sacó lustre. Al ver cabras
-tan compuestas, las hubiera tomado cualquiera por el propio sagrado
-rebaño del dios Pan. Compartía Cloe estos afanes con Dafnis, y,
-descuidadas sus ovejas, sólo á las cabras atendía, de suerte que
-imaginaba Dafnis que, por emplearse en ellas Cloe, se ponían tan
-hermosas.</p>
-
-<p>Atareados andaban en esto, cuando llegó de la ciudad segundo mensajero
-con orden de vendimiar cuanto antes. Él debía quedarse allí hasta que
-las uvas se hicieran mosto, y entonces volver á la ciudad para acompañar
-al amo, que no vendría hasta el fin del otoño. Á este mensajero, que se
-llamaba Eudromo, porque su oficio era correr, le trataban todos con la
-mayor consideración. Entre tanto, cogieron las uvas, las acarrearon al
-lagar, y echaron el mosto en las tinajas, no sin dejar en las cepas los
-racimos más gruesos, á fin de que los que iban á venir disfrutasen algo
-y tuviesen cierta idea de la vendimia.</p>
-
-<p>Cuando Eudromo preparaba su regreso á la ciudad, Dafnis le hizo cuantos
-regalillos podían<span class="pagenum"><a name="page_121" id="page_121"></a>{121}</span> esperarse de un cabrero: le dió quesos bien cuajados,
-un cabrito recién nacido y una blanca piel de cabra, de pelo largo, para
-que se abrigase durante el invierno en sus caminatas. Eudromo quedó
-harto pagado del obsequio, y prometió á Dafnis decir de él al amo mil
-cosas buenas. Se fué, pues, á la ciudad muy amigo de Dafnis.</p>
-
-<p>Se quejó éste receloso y asustado. Y no era menor el miedo de Cloe,
-porque él era un muchachuelo, sólo acostumbrado á ver cabras y riscos, y
-á tratar con gente rústica y con Cloe, y ahora tenía que ver al señor,
-de quien ignoraba antes hasta el nombre. Todo se le volvía cavilar cómo
-se acercaría al señor y le hablaría; y su corazón se azoraba al pensar
-en que la boda pudiera desvanecerse como un sueño. De aquí que los besos
-fuesen más frecuentes, y los abrazos más largos y apretados; pero se
-besaban con timidez y se abrazaban con tristeza y á hurtadillas, como si
-el amo estuviera allí y pudiera verlos.</p>
-
-<p>En medio de estas desazones tuvieron un disgusto más grave. Un vaquero
-de aviesa condición, llamado Lampis, había pedido á Dryas la mano de
-Cloe, y le había hecho muchos regalos á fin de que conviniese en el
-casamiento. Sabedor Lampis de que Dafnis la tendría por mujer, si no se
-oponía el amo, buscó trazas de enemistarle con él, y como lo que más le
-agradaba era el huerto, resolvió<span class="pagenum"><a name="page_122" id="page_122"></a>{122}</span> afearle y destrozarle. Si se ponía á
-talar el arbolado, podrían oir el ruido y sorprenderle, y así prefirió
-arrancar las flores. Guarecido, pues, por la obscuridad de la noche,
-saltó por cima de la cerca, arrancó unas plantas y quebró otras, y holló
-y pisoteó las demás, como los cerdos. Después se fugó con cautela y sin
-que le viesen.</p>
-
-<p>No bien vino el día, entró Lamón en el huerto para regar las flores con
-el agua de la fuente, y al ver aquella desolación, que no la hubiera
-hecho más cruel un ladrón foragido, se desgarró el sayo y puso el grito
-en el cielo, con tal furor, que Mirtale, soltando la hacienda que traía
-entre manos, y Dafnis, abandonando las cabras que llevaba á pacer,
-acudieron á saber lo que pasaba. Al saberlo, gritaron también y se
-echaron á llorar. Y no era maravilla que, temerosos del enojo del señor,
-hiciesen aquel duelo por las flores. Un extraño, si hubiera pasado por
-allí, hubiera llorado como ellos. Aquel sitio había perdido su gracia y
-su adorno. No quedaba sino fango y broza. Si alguna flor se había
-salvado de la injuria, resplandecía aún y estaba hermosa, aunque mustia
-y tronchada. Las abejas revolaban en torno, y sonaba á lamentación su
-incesante susurro.</p>
-
-<p>Lamón decía, lleno de angustia: «¡Ay de mis rosales, que me los han
-roto! ¡Ay de mis violetas pisoteadas! ¡Ay de mis jacintos y narcisos,
-arrancados<span class="pagenum"><a name="page_123" id="page_123"></a>{123}</span> de raíz por algún mal hombre! Vendrá la primavera y no
-renacerán mis flores; vendrá el verano y no desplegarán su pompa y
-lozanía; vendrá el otoño y nadie hará con ellas guirnaldas y ramilletes.
-Y tú, señor Baco, ¿por qué no tuviste piedad de las infelices, entre las
-que habitabas, á las que veías, y con las que te coroné tantas veces?
-¿Con qué cara enseñaré ahora el huerto al amo? ¿Qué dirá al verle? Sin
-duda mandará ahorcar de un pino á este viejo sin ventura, como ahorcaron
-á Marsyas. ¿Y quién sabe si no ahorcarán conmigo á Dafnis, creyendo que
-por descuido suyo hicieron el destrozo las cabras?»</p>
-
-<p>Con tales lamentaciones se acongojaban más y más, y no lloraban por las
-flores, sino por ellos mismos. Cloe sollozaba y gemía como si Dafnis
-hubiese de ser ahorcado; pedía al cielo que el señor ya no viniese, y
-pasaba días amargos imaginando que por lo menos azotarían á su amigo.</p>
-
-<p>Aquella noche llegó Eudromo con la noticia de que el señor mayor sólo
-tardaría ya tres días en venir, y de que su hijo estaría allí al día
-siguiente. Se pusieron entonces á discurrir cómo salir de aquel apuro, y
-pidieron consejo á Eudromo, el cual tenía buena voluntad á Dafnis, y fué
-de parecer que declarasen primero al señor mozo lo que había pasado,
-pues él prometía interceder en favor de ellos, ya que dicho señor le
-quería y estimaba por<span class="pagenum"><a name="page_124" id="page_124"></a>{124}</span> ser su hermano de leche. Ellos convinieron en
-hacerlo así.</p>
-
-<p>Al siguiente día el señor mozo; que se llamaba Astilo, llegó á caballo,
-en compañía de su parásito Gnatón. Éste afeitaba sus barbas hacía no
-pocos años. Astilo era un mancebo barbiponiente. Lamón, seguido de
-Mirtale y de Dafnis, se prosternó á los pies del amo mozo, y le rogó se
-compadeciese de un viejo infortunado y le salvase de la ira de su padre,
-pues él de nada tenía culpa. Luego le contó el caso sin rodeos. Astilo
-tuvo piedad del suplicante; fué al huerto; vió el estrago causado en las
-flores, y prometió que para disculpar á Lamón y á Dafnis supondría que
-sus caballos se habían desatado del pesebre, pisoteándolo todo,
-desgajándolo y arrancándolo. Lamón y Mirtale, consolados con esto,
-colmaron al joven de bendiciones, y Dafnis, además, le hizo varios
-presentes: chivos, quesos, racimos con pámpanos aún, nidos de pájaros y
-manzanas con rama y hojas. Sobresalía entre estos presentes el vino de
-Lesbos, que huele á flores y es el más grato al paladar de cuantos se
-beben. Astilo encareció la bondad de todo, y se fué á cazar liebres,
-como mancebo rico, que sólo pensaba en divertirse, y que había venido al
-campo á disfrutar de nuevos placeres.</p>
-
-<p>Gnatón, por el contrario, no hallaba placer sino en la comida y en beber
-hasta emborracharse: era<span class="pagenum"><a name="page_125" id="page_125"></a>{125}</span> como un sumidero, todo gula, y todo lascivia y
-pereza. Así fué que no quiso ir á cazar con Astilo, y para entretener el
-tiempo, bajó hacia la playa, donde se encontró á Dafnis guardando su
-ganado. Junto á Dafnis estaba Cloe, hermosa como nunca. La vió Gnatón, y
-quedó al punto prendado de ella. Pensó que en la ciudad no había visto
-jamás más linda moza. Dafnis, á quien apenas apuntaba el bozo, y que
-parecía más niño y más dulce aún de lo que era, no infundió el menor
-respeto al parásito. Y como la zagala era sencilla y humilde, juzgó
-fácil empresa deslumbrarla y lograrla. Á este fin, empezó por elogiar
-sus ovejas; luego la elogió á ella; luego trató de alejar á Dafnis, y no
-pudo conseguirlo; y, por último, movido de una pasión que á los más
-cuerdos roba la prudencia, tomó á Cloe entre sus brazos y la besó
-repetidas veces, aunque ella se resistía. Dafnis acudió á interponerse,
-y se interpuso entre ambos cuando Gnatón quería renovar los besos,
-haciendo poca cuenta de quién se le oponía, y creyéndole débil, ó tan
-respetuoso que el respeto le ataría las manos. Por dicha no fué así:
-Dafnis rechazó á Gnatón con tremendo brío, y como Gnatón, según su
-costumbre, estaba borracho y poco firme sobre sus piernas, dió consigo
-en el suelo cuan largo era, donde Dafnis, ciego de cólera, le pateó á su
-sabor y con alguna saña. Viendo después que el vencido y pateado<span class="pagenum"><a name="page_126" id="page_126"></a>{126}</span> no
-bullía, Dafnis tuvo miedo de su proeza y echó á huir, seguido de Cloe,
-dejando el hato en abandono.</p>
-
-<p>Con la afrenta y el dolor se le disiparon un poco á Gnatón los vapores
-del vino; calculó que era muy ridículo quejarse y contar lo que había
-ocurrido, y determinó callárselo; pero más empeñado que antes en
-conseguir su propósito, resolvió pedir á Astilo, que nada le negaba, que
-se llevase á Dafnis á la ciudad, y quedase él luego algún tiempo en
-aquel campo, donde ya sin estorbo podría lograr á Cloe. Por lo pronto,
-sin embargo, no pudo Gnatón hallar momento oportuno de hacer su
-petición. Dionisofanes y su mujer Clearista acababan de llegar, y todo
-era ruido y alboroto de caballerías y criados, de hombres y mujeres.
-Gnatón tuvo tiempo de preparar un elegante y prolijo discurso, en que
-pintaba á Astilo su amor á fin de conmoverle.</p>
-
-<p>Dionisofanes tenía ya entrecanos barba y cabellos; pero era un señor
-alto y hermoso, y tan robusto, que daría envidia á los mancebos. Era
-además rico como pocos, y muy digno y respetable. Lo primero que hizo el
-día en que llegó fué sacrificar á los dioses que gobiernan las cosas
-campestres: á Ceres, á Baco, á Pan y á las Ninfas. Luego dió un banquete
-á todas las personas que estaban allí. En los días siguientes
-inspeccionó los trabajos<span class="pagenum"><a name="page_127" id="page_127"></a>{127}</span> de Lamón. Y habiendo visto en los campos los
-hondos surcos del arado, la lozanía de pámpanos en las viñas y el huerto
-tan ameno (pues en lo tocante al estrago de las flores Astilo tomó para
-sí la culpa), se alegró mucho, alabó á Lamón y le prometió la libertad.</p>
-
-<p>Después de esto fué á ver las cabras y á ver al cabrero que las cuidaba.
-Cloe se escondió entre la arboleda, temerosa y avergonzada de aquel
-gentío. Dafnis quedó sólo, y se mostró revestido de una peluda piel de
-cabra y llevando un zurrón flamante al hombro, en la mano izquierda
-quesos recién cuajados y en la derecha dos cabritillos de leche. Ni
-Apolo, cuando estuvo de pastor al servicio de Laomedonte, apareció tal
-como entonces apareció Dafnis, quien, lleno de rubor, sin hablar palabra
-y los ojos inclinados al suelo, presentó sus dones. Lamón dijo: «Éste
-¡oh, señor! es tu cabrero. Me entregaste cincuenta cabras y dos machos,
-y él las ha aumentado hasta ciento. ¡Mira qué gordas y lucias están, qué
-pelo tan largo y espeso, y qué cuernos tan enteros y sanos! Estas
-cabras, además, han aprendido la música, y al son de la zampoña lo hacen
-todo.»</p>
-
-<p>Clearista, que estaba allí presente, deseó ver aquella habilidad de las
-cabras, y mandó á Dafnis que tañese la zampoña como solía, ofreciendo en
-premio, si lo hacía bien, regalarle camisas, un sayo<span class="pagenum"><a name="page_128" id="page_128"></a>{128}</span> y un par de
-zapatos. Dafnis al punto, puestos todos en cerco en torno de él, y de
-pie él bajo la copa del haya, sacó la zampoña del zurrón, y apenas la
-hizo sonar un poco, las cabras se pararon atentas y levantaron las
-cabezas. Después tocó el toque del pasto, y las cabras bajaron las
-cabezas y pacieron. Dió en seguida la zampoña un son blando y suave, y
-las cabras se echaron. Luego fué agudo el son, y las cabras huyeron al
-soto como perseguidas por un lobo. Tocó, por último, llamada, y saliendo
-del soto, las cabras todas corrieron á echarse á sus pies. Nadie vió
-jamás siervo alguno que obedeciese más listo á una señal de su amo. De
-aquí que todos los circunstantes se quedaron pasmados, y sobre todos
-Clearista, la cual juró que daría más de lo ofrecido á aquel cabrero tan
-músico y tan guapo. Después todos se fueron á la quinta y comieron, y
-enviaron á Dafnis de la comida de los señores. Él la compartió con su
-zagala, muy complacido de probar los manjares de la ciudad, y con
-grandes esperanzas de lograr el permiso de los amos para su casamiento.</p>
-
-<p>Gnatón, entre tanto, más obstinado aún en su amor, á pesar de la
-pateadura, y creyendo que su vida sin Cloe sería amarga y sin objeto, se
-aprovechó de un instante en que Astilo se paseaba en el huerto á sus
-solas; le llevó al templo de Baco, y le besó las manos y los pies.
-Astilo le preguntó<span class="pagenum"><a name="page_129" id="page_129"></a>{129}</span> por qué hacía tales extremos; le mandó que se
-explicase, y juró darle auxilio en su cuita. «Ya se perdió y pereció
-Gnatón, mi amo, dijo Gnatón entonces. Yo, que hasta aquí no amaba más
-que una buena mesa, y nada hallaba más lindo y apetitoso que el vino
-añejo, y estimaba á tu cocinero más digno de adoración y de afecto que á
-todas las muchachas de Mitilene, sólo juzgo ahora digna y amable á la
-zagala Cloe. Yo me abstendría de comer todos los delicados manjares que
-de ordinario se sirven en tu casa, carnes, pescados, bollos y confites
-de miel, y, convertido en corderito, me alimentaría de la hierba,
-dejándome guiar por la voz de Cloe y por su cayado. Salva á tu Gnatón;
-vence su amor invencible. De lo contrario, lo juro por el dios de mi
-mayor devoción, agarro un cuchillo, me lleno bien la panza de comida, me
-mato á la puerta de Cloe, y no tendrás á quién llamar Gnatoncillo,
-jugando y burlando, como es tu costumbre.»</p>
-
-<p>No pudo aquel magnánimo mancebo, que además conocía lo que son penas de
-amor, ver sin piedad las lágrimas de Gnatón, que de nuevo le besaba los
-pies. Prometióle, pues, que pediría á Dafnis á su padre y que se le
-llevaría á la ciudad como criado, dejando á Cloe sin aquel estorbo, á
-fin de que Gnatón la tuviese á todo su talante. Deseoso luego Astilo de
-embromar á Gnatón, le preguntó, riendo, si no le daba vergüenza de amar<span class="pagenum"><a name="page_130" id="page_130"></a>{130}</span>
-á una rústica y de acostarse con una zagala que por fuerza había de oler
-pícaramente. Pero Gnatón, que había aprendido en los banquetes de mozos
-alegres y enamorados cuanto hay que saber y decir en la materia,
-contestó, defendiéndose: «El que ama, señor mío, no repara en nada de
-eso. No hay en el mundo objeto que no pueda inspirar una pasión, con tal
-de que en él resplandezca la hermosura. Ha habido amadores de una
-planta, de un río y de una fiera. ¿Y quién más digno de lástima que el
-amador á quien infunde miedo el amado? En cuanto á mí, si la que amo es
-por la suerte de servil condición, por la belleza es y puede ser señora.
-Sus cabellos son rubios como las espigas granadas; sus ojos brillan bajo
-las cejas como piedras preciosas en engaste de oro; su cara está teñida
-de suave rubor, y en su fresca boca se ven dientes como el marfil de
-blancos. ¿Quién tan insensible al amor, que no anhele besar tal boca? En
-esto de amar á las pastoras y gente del campo, ¿qué hago yo más que
-imitar á las deidades? Vaquero fué Anquises, y Venus le tomó para
-querido. Pitis, amada de Pan y de Bóreas, y Maya misma, tan amada de
-Júpiter, ¿eran al cabo más que pastoras? No menospreciemos á Cloe porque
-lo es, sino demos gracias á los dioses de que, enamorados de ella, no
-nos la roban y se la llevan al cielo.»<span class="pagenum"><a name="page_131" id="page_131"></a>{131}</span></p>
-
-<p>Astilo rió y celebró este discurso, diciendo que Amor hacía á los
-grandes oradores. Luego trató de hallar ocasión en que pedir á su padre
-que le diese á Dafnis para criado.</p>
-
-<p>Eudromo había estado escondido oyendo toda la conversación, y como
-quería á Dafnis y le tenía por excelente mozo, se afligió mucho de que
-la gentil zagala viniese á ser ludibrio de aquel borracho, y fué al
-punto á contárselo todo á Lamón y al mismo Dafnis. Consternado éste,
-pensó en huir robando á Cloe ó en matarla y matarse; pero Lamón,
-llamando á Mirtale al patio, le dijo: «Estamos perdidos, mujer. Llegó ya
-la ocasión de revelar lo que teniamos oculto. Queden sin guía las cabras
-y quedémonos sin apoyo; pero, por Pan y por las Ninfas, aunque yo me
-trueque en buey atado al pesebre, no me callaré sobre la condición de
-Dafnis, sino que referiré cómo fué hallado y alimentado, y mostraré las
-prendas que estaban expuestas junto á él. Es menester que sepa Gnatón
-quién es el mozo de cuya novia quiere burlarse. Tú, ten prontas las
-señales de reconocimiento.» Dichas estas palabras, ambos entraron de
-nuevo en la habitación.</p>
-
-<p>Habiendo hallado Astilo propicio á su padre, le pidió que le dejase
-llevar á Dafnis á Mitilene, asegurando que era un gallardo mancebo, más
-propio para la ciudad que para el campo, y que pronto<span class="pagenum"><a name="page_132" id="page_132"></a>{132}</span> aprendería á
-servir bien y á tener modales urbanos. Accediendo gustoso el padre,
-llamó á Lamón y á Mirtale, y les dió como buena nueva la de que Dafnis,
-en vez de estar al servicio de las cabras, iba á entrar en el de su
-hijo. En cambio del cabrero que les quitaba, les ofreció, por último,
-dos cabreros. Entonces Lamón, cuando ya todos los criados habían acudido
-y se alegraban de tener tan gentil compañero, pidió licencia para
-hablar, y habló de esta suerte: «Escucha ¡oh, señor! la verdad misma de
-los labios de este viejo. Juro por Pan y por las Ninfas que no te
-engañaré en nada. Yo no soy el padre de Dafnis, ni tuvo Mirtale la dicha
-de ser madre suya. Otros padres le expusieron cuando pequeñuelo, por
-tener ya, sin duda, hijos de sobra. Yo le encontré abandonado y tomando
-la leche de una cabra, á la cual, cuando murió de muerte natural, di
-sepultura cerca del huerto, con el amor que se debe á quien hizo tan
-bien el oficio de madre. Yo encontré, además, con el niño ciertas
-alhajas, que pueden servir en su día para reconocerle. Confieso, señor,
-que conservo aún dichas alhajas. Por ellas se verá que Dafnis es de
-clase superior á la nuestra. No creas, sin embargo, que me duele que
-Dafnis sea criado de tu hijo: sería un galán servidor para dueño no
-menos galán. Lo que me duele, y lo que no puedo tolerar, es que todo se
-haga por un liviano<span class="pagenum"><a name="page_133" id="page_133"></a>{133}</span> antojo de Gnatón y por sus dañados propósitos.»</p>
-
-<p>Dicho esto, Lamón se calló y derramó abundantes lágrimas. Gnatón,
-envalentonado, le amenazó con una paliza; pero Dionisofanes, pasmado de
-lo que acababa de oir, impuso silencio á Gnatón, arqueando las cejas y
-mirándole fosco; luego interrogó á Lamón, y le mandó que dijese la
-verdad, y que no procurase oponerse con embustes á la voluntad de su
-hijo. Lamón se sostuvo en lo dicho, lo juró por todos los dioses, y
-pidió que le diesen tormento si mentía. Llegó en esto Clearista, y no
-bien averiguó lo que pasaba, «¿por qué, dijo, había de mentir Lamón? ¿No
-le dan dos cabreros en vez de uno? ¿Cómo ha de inventar un rústico tan
-sutil patraña? Por otra parte, ¿no es increíble que de tan pobre viejo y
-de tan ruín madre haya nacido tan hermoso muchacho?» Decidieron, pues,
-no engolfarse en más conjeturas, sino ver y examinar las prendas, por si
-denunciaban, en efecto, la superior condición que Lamón presumía.</p>
-
-<p>Mirtale fué al punto á sacarlas de un viejo zurrón en que las tenía
-guardadas. Cuando las trajo, el primero que las vió fué Dionisofanes. Al
-mirar la mantilla de púrpura, la hebilla de oro y el puñalito con puño
-de marfil, dió un grito, exclamando: «¡Oh señor Júpiter!» y llamó á su
-mujer para que examinase aquellas prendas. Ésta, no bien las<span class="pagenum"><a name="page_134" id="page_134"></a>{134}</span> hubo
-mirado, exclamó de la misma manera: «¡Oh, queridas Parcas! ¿No son éstas
-las prendas que expusimos con nuestro propio hijo cuando le enviamos con
-la sierva Sofrosina para que le abandonase en el campo? No son otras;
-son éstas, marido. El muchacho es nuestra sangre. Hijo tuyo es el que
-guarda tus cabras.»</p>
-
-<p>Mientras ella hablaba así, y Dionisofanes besaba las prendas del
-reconocimiento, llorando de puro gozo, Astilo se enteró de que Dafnis
-era su hermano; se desembarazó de la capa y dió á correr por el huerto
-para ser el primero en abrazarle. Al ver Dafnis que venía en pos de él
-tanta gente corriendo y llamándole por su nombre, pensó que querían
-prenderle: tiró al suelo el zurrón y la zampoña, y huyó hacia la mar,
-resuelto á arrojarse en ella desde lo alto de una roca. Y de seguro lo
-hubiera hecho, siendo así, por extraño caso, tan pronto hallado como
-perdido, si Astilo, recelando su intento, no le gritase otra vez:
-«Tente, Dafnis, y no temas. Yo soy tu hermano. Son tus padres los que
-hace poco eran tus amos. Lamón nos contó lo de la cabra y nos enseñó las
-prendas. Vuélvete y mira qué alegres y risueños estamos. Bésame á mí
-primero. ¡Juro por las Ninfas que no te engaño!»</p>
-
-<p>Paróse Dafnis al oir este juramento y Astilo le alcanzó y le estrechó en
-sus brazos. Después acudió multitud de criados y de criadas, y, por
-último,<span class="pagenum"><a name="page_135" id="page_135"></a>{135}</span> llegaron el padre y la madre. Todos le abrazaron y le besaron
-con lágrimas de contento. Él, por su parte, estuvo cariñoso con todos, y
-en particular con su madre y su padre, á quienes, como si de antiguo los
-conociese, estrechaba contra su seno, sin hartarse de abrazarlos: tan
-rápida y poderosa impone Naturaleza su ley. Casi se olvidó Dafnis por un
-instante de Cloe.</p>
-
-<p>Con esto se le llevaron á la quinta y le dieron, para que se vistiese,
-un costoso vestido nuevo. Sentándose después con Astilo al lado de su
-padre, le oyó decir estas razones: «Yo, hijos míos, me casé muy
-temprano, y á poco fuí padre, según yo pensaba, muy dichoso. Primero
-tuve un hijo, luego una hija, y Astilo fué el tercero. Estos tres eran
-los que convenían para mi casa y mi hacienda. Vino este otro después de
-todos, y tuve que exponerle. No se expusieron, á la verdad, estas
-prendas como señales para reconocerle más tarde, sino como ornamento de
-su sepulcro. La fortuna lo dispuso de otra manera. Mi hijo mayor, y
-también mi hija, murieron ambos de la misma enfermedad y en el mismo
-día. Tú, Dafnis, por la providencia de los dioses, te has salvado para
-que yo tenga en la vejez doble apoyo. No me aborrezcas por haberte
-expuesto. Muy á despecho mío lo hice. Y tú, Astilo, no te aflijas de
-contar ahora sólo con parte cuando contabas con toda la herencia. El<span class="pagenum"><a name="page_136" id="page_136"></a>{136}</span>
-mayor bien para un hombre discreto es un buen hermano. Amáos, pues, mis
-hijos; y en cuanto á los bienes, nada tendréis que envidiar á los
-príncipes. Ambos poseeréis pingües fincas y siervos ágiles, y oro y
-plata, y todas aquellas cosas que poseen los ricos y poderosos. Mas
-desde luego doy á Dafnis este campo, en que se ha criado, con Lamón y
-Mirtale, y con las cabras de que él mismo ha sido pastor.»</p>
-
-<p>Apenas acabó dichas palabras, Dafnis se levantó y dijo: «En buena
-ocasión me lo traes á la memoria, padre mío. Voy á llevar á beber á las
-cabras, que aguardan sedientas el son de mi zampoña, mientras que estoy
-aquí sentado.» Todos rieron de que, habiendo llegado á ser señor,
-quisiese ser cabrero todavía, y enviaron á un nuevo cabrero á que
-cuidase de las cabras. Sacrificaron después á Júpiter Salvador y
-dispusieron un banquete. Á este banquete, el único que faltó fué Gnatón,
-el cual, lleno de miedo, se pasó el día y la noche en el templo de Baco,
-orando y haciendo penitencia.</p>
-
-<p>Pronto cundió la fama por todas partes de que Dionisofanes había hallado
-á su hijo, y de que el cabrerillo Dafnis se había cambiado en señor
-terrateniente, y de acá y de acullá acudieron los rústicos á felicitar
-al mozo y á traer presentes á su padre. Entre ellos vino Dryas, el padre
-adoptivo de<span class="pagenum"><a name="page_137" id="page_137"></a>{137}</span> Cloe. Dionisofanes los detuvo á todos para que participasen
-del regocijo y de la fiesta. De antemano se había preparado vino en
-abundancia, mucho pan, chochas y patos, lechoncillos y gran variedad de
-tortas y confites de miel. Se mataban, además, no pocas víctimas á los
-dioses titulares de aquellos sitios. Dafnis, en tanto, reunió todos sus
-trastos pastoriles para repartirlos como ofrenda entre los dioses.
-Consagró á Baco el zurrón y el pellico; á Pan, el pífano y la zampoña, y
-á las Ninfas, el cayado y los dornajos y las colodras, que él mismo
-había hecho; pero la vida de la primera juventud es aún más grata que la
-riqueza, y Dafnis se apartaba con lágrimas de cada uno de estos objetos.
-No ofreció las colodras, sin ordeñar antes las cabras; ni el pellico,
-sin ponérsele por última vez; ni la zampoña, sin tañerla. Todo lo besó;
-habló con las cabras, y llamó por sus nombres á los machos. Bebió, por
-último, en la fuente, donde tantas veces había bebido con Cloe; pero no
-se atrevió á hablar aún de su amor aguardando ocasión propicia.</p>
-
-<p>Mientras Dafnis andaba en tales sacrificios, Cloe, solitaria y llorosa,
-estaba sentada viendo pacer su ganado y se lamentaba de esta suerte:
-«Dafnis me olvida. Sin duda piensa ya en una novia rica. ¿Por qué exigí
-que jurase, no por las Ninfas, sino por las cabras? Las abandona como á
-mí. Ni al hacer ofrendas á Pan y á las Ninfas deseó ver á Cloe.<span class="pagenum"><a name="page_138" id="page_138"></a>{138}</span> Tal vez
-halló más bonitas que yo á las criadas de su madre. Adiós, Dafnis, y sé
-dichoso. Yo no viviré.»</p>
-
-<p>Exhalando estaba Cloe estas sentidas quejas, cuando el vaquero Lampis,
-acompañado de algunos labriegos, vino á robarla, creyendo que Dafnis ya
-no se casaría con ella, y que Dryas consentiría luego en dársela á él.
-La cuitada, resistiéndose al rapto, daba lastimeros gritos, y alguien
-que la oyó fué á decírselo á Napé. Napé se lo dijo á Dryas, y Dryas á
-Dafnis. Éste, fuera de sí, sin atreverse á decir nada á su padre, y no
-pudiendo, con todo, tolerar aquella injuria, salió del huerto, diciendo:
-«¡Mal haya el reconocimiento de mi padre! ¡Cuánto más valiera seguir de
-pastor! ¡Cuánto más feliz era yo cuando siervo. Entonces veía á Cloe.
-Ahora Lampis la roba, se la lleva, y esta noche dormirá á su lado. Y yo
-como y bebo y me deleito. En vano juré por Pan, por las Ninfas y por las
-cabras!»</p>
-
-<p>Gnatón, que estaba oculto en el templo de Baco, oyó estas lamentaciones
-de Dafnis, y juzgando oportuna la ocasión de ganarse su voluntad y de
-conseguir que le perdonara, salió de su escondite y dijo á Dafnis que él
-era allí el amo y que podía disponer de los criados para cualquier
-empresa. Llamando entonces Dafnis á algunos de los que servían á Astilo,
-se fué con ellos y con Gnatón á<span class="pagenum"><a name="page_139" id="page_139"></a>{139}</span> casa de Lampis con tal diligencia y
-prontitud, que le sorprendió cuando acababa de llegar con Cloe, y la
-sacó por fuerza de entre sus manos, dando de palos á los rústicos que
-habían concurrido al robo y queriendo llevar cautivo á Lampis, que logró
-fugarse.</p>
-
-<p>Dafnis perdonó á Gnatón, y le concedió su amistad después de tan buen
-consejo y auxilio; y libertada ya Cloe, convino con ella en callar aún
-lo de la boda, en verse de oculto, y en que Dafnis descubriese sólo su
-amor á su madre. Pero Dryas no lo consintió, y halló más conveniente
-decírselo todo al padre, confiado en que le persuadiría. Al día
-siguiente, pues, se echó en el zurrón las prendas de reconocimiento, y
-se fué en busca de Dionisofanes y de Clearista, á quienes halló sentados
-en el huerto. Astilo y el propio Dafnis estaban también allí. En
-silencio todos, habló Dryas de esta manera: «Igual necesidad que á
-Lamón, me manda descubriros un secreto que he guardado hasta ahora. Ni
-yo he engendrado á la zagala Cloe, ni he sido el primero en sustentarla.
-Otro fué su padre, y yo la encontré en la gruta de las Ninfas,
-alimentada por una oveja. Maravillado del hallazgo, tomé conmigo á la
-niña y la crié en mi casa. Testimonio de la verdad de lo que digo da su
-propia hermosura, en nada semejante á nosotros. Testimonio dan también
-estas<span class="pagenum"><a name="page_140" id="page_140"></a>{140}</span> prendas, más ricas que las que suelen tener los pastores. Vedlas,
-y buscad á los padres de la doncella, quien tal vez os parezca un día
-digna consorte de Dafnis.»</p>
-
-<p>No sin intención dejó escapar Dryas estas últimas palabras. Dionisofanes
-no las oyó en balde tampoco, sino que, dirigiendo la mirada hacia
-Dafnis, y advirtiendo que se ponía pálido y que no acertaba á ocultar el
-llanto, comprendió que tenía amores con Cloe. Y con la solicitud que
-hubiera tenido por su propia hija, y no por una extraña, examinó
-atentamente las razones del viejo.</p>
-
-<p>Vió también las prendas, es á saber, las chinelas, la toquilla y las
-ajorcas, y luego hizo venir á Cloe á su presencia, y la exhortó á que se
-alegrase, pues ya tenía marido, y pronto hallaría también á su padre y á
-su madre. Por último, Clearista se llevó consigo á la doncella y la
-aderezó y compuso como si fuese mujer de su hijo.</p>
-
-<p>Dionisofanes, apartándose á un lado con Dafnis, le preguntó en confianza
-y con sigilo si Cloe conservaba aún la doncellez. Dafnis juró que no
-había pasado del beso, del abrazo y de las mutuas promesas, con lo cual
-se holgó el padre, y le dijo que se pusieran á comer con él.</p>
-
-<p>Allí se hubiera podido aprender cuánto el adorno realza la hermosura,
-porque Cloe, bien vestida,<span class="pagenum"><a name="page_141" id="page_141"></a>{141}</span> graciosamente peinado y trenzado el cabello,
-y recién lavada la cara, parecía más bella que nunca, tanto que el
-propio Dafnis apenas la reconocía. Jurara cualquiera, sin ver otras
-prendas y señales, que no era Dryas el padre de tan gallarda moza.
-Dryas, no obstante, estaba en el festín con Napé, y tenían por
-compañeros en el mismo lecho á Lamón y á Mirtale.</p>
-
-<p>Pocos días después se hicieron sacrificios á los dioses y ofrendas por
-amor de Cloe, y ella les consagró sus baratijas pastoriles: flauta,
-zurrón, pellico y colodras. Vertió, además, vino en la fuente de la
-gruta, porque allí encontró amparo; adornó con flores el sepulcro de la
-oveja, que le mostró Dryas; volvió aún á tocar la flauta para alegrar el
-ganado, y á las propias Ninfas les dió música, pidiéndoles que
-parecieran pronto sus padres, y que fueran dignos de la alianza con
-Dafnis.</p>
-
-<p>Después que se hartaron de diversiones campesinas, decidieron volver á
-la ciudad, á fin de buscar á los padres de Cloe y no retardar más su
-boda con Dafnis. Muy de mañana cargaron el equipaje, y dieron á Dryas
-tres mil dracmas, y á Lamón la mitad de las mieses y de la vendimia de
-aquellos campos, las cabras y los cabreros, cuatro yuntas de bueyes,
-buenos pellicos para el invierno, y la libertad de su mujer. Se fueron,
-por último, á<span class="pagenum"><a name="page_142" id="page_142"></a>{142}</span> Mitilene con mucho aparato y pompa de carros y de
-caballos.</p>
-
-<p>Como llegaron muy de noche á la ciudad, nadie se enteró de lo ocurrido;
-pero al día siguiente se reunió á las puertas de Dionisofanes gran
-multitud de hombres y de mujeres: ellos, para felicitarle por haber
-hallado á su hijo, sobre todo viéndole tan guapo mozo, y las mujeres,
-para holgarse con Clearista de que había logrado á la vez hijo y nuera.
-Cloe las sorprendió á todas por su rara hermosura, que les pareció sin
-par. En suma, nadie hablaba en la ciudad sino del muchacho y de la
-zagala, augurando mil venturas de su enlace. Rogaban también á los
-dioses que Cloe hallase padres dignos de su beldad, y hubo no pocas
-mujeres ricas que de buena gana hubieran pasado por madres de hija tan
-hermosa.</p>
-
-<p>Entre tanto, Dionisofanes, después de mucho cavilar, se quedó
-profundamente dormido y tuvo un sueño. Creyó ver á las Ninfas pidiendo á
-Amor que se llevase pronto á cabo la boda prometida. Y Amor, aflojando
-la cuerda del arco y poniéndosele al hombro junto á la aljaba, ordenó á
-Dionisofanes que convidase á un gran banquete á todos los sujetos de más
-fuste de la ciudad, y que, al ir á llenar los últimos vasos, mostrase á
-los convidados las prendas halladas con Cloe, y mandase cantar el canto
-de Himeneo.<span class="pagenum"><a name="page_143" id="page_143"></a>{143}</span></p>
-
-<p>Visto y oído este sueño, Dionisofanes madrugó, y dispuso una opípara
-comida, donde hubiese cuanto se cría de más delicado y sabroso en tierra
-y en mar, en ríos y en lagos. Luego convidó á su mesa á todos los
-señores principales.</p>
-
-<p>Ya era de noche, y estaba lleno el vaso con que suele hacerse libación á
-Mercurio, cuando entró un criado trayendo las prendas en un azafate de
-plata, y dando vuelta á la mesa, se las enseñó á todos. Ninguno las
-reconoció; pero un cierto Megacles, que por su ancianidad estaba
-reclinado en un extremo, las reconoció apenas las vió, y dijo con voz
-alta y firme: «¡Cielos! ¿qué veo? ¿Qué ha sido de tí, hija mía? ¿Vives
-aún? ¿Qué pastor guardó, por dicha, estas prendas? Ruégote ¡oh
-Dionisofanes! que me digas dónde las hallaste. No envidies, pues tienes
-á Dafnis, que yo también la tenga.»</p>
-
-<p>Quiso Dionisofanes que, antes de todo, contase Megacles cómo había
-expuesto á la niña, y éste, con el mismo tono de voz, dijo: «Tiempo há
-que me veía yo muy pobre, por haber gastado casi todos mis bienes en
-juegos públicos y en naves de guerra. Estando en estos apuros, me nació
-una hija. Se me hizo muy duro criarla en tanta pobreza, y la expuse con
-esas alhajas, calculando que muchas personas, que no tienen hijos
-naturales, desean ser padres, adoptando por hijos á los expósitos. La
-niña lo fué en la gruta de las Ninfas y confiándola<span class="pagenum"><a name="page_144" id="page_144"></a>{144}</span> yo á su cuidado.
-Desde entonces mis riquezas han aumentado de día en día, sin tener yo
-heredero á quien dejarlas, porque no volví á tener otra hija; y como si
-los dioses quisieran burlarse de mí, se me aparecían en sueño por la
-noche, ofreciéndome que me haría padre una oveja.»</p>
-
-<p>Dionisofanes hizo, al oir tales palabras, mayores exclamaciones aún que
-las que Megacles había hecho, y dejando el festín, fué á buscar á Cloe y
-la trajo muy adornada y bizarra. Al entregársela á su padre, le dijo:
-«Ésta es la niña que expusiste. Por disposición de los dioses, te la ha
-criado una oveja, como una cabra á Dafnis. Tómala con las prendas, y al
-tomarla, dásela á Dafnis por mujer. Los dos expusimos á nuestros hijos,
-y los dos los hallamos ahora. Amor, Pan y las Ninfas nos los han
-salvado.»</p>
-
-<p>Megacles convino en todo, y mandó llamar á su mujer, cuyo nombre era
-Rodé, teniendo siempre á Cloe entre sus brazos. Megacles y Rodé se
-quedaron á dormir allí, porque Dafnis había jurado que nadie, ni su
-propio padre, sacaría á Cloe de la casa. Á la mañana siguiente, Cloe y
-Dafnis decidieron volverse al campo, porque no podían sufrir la vida de
-la ciudad y deseaban hacer bodas pastorales. Regresaron, pues, á la
-quinta donde estaba Lamón, é hicieron que Megacles conociese á Dryas, y
-Rodé á Napé.<span class="pagenum"><a name="page_145" id="page_145"></a>{145}</span></p>
-
-<p>Todo se preparó allí con esplendidez para la fiesta de la boda.</p>
-
-<p>Megacles consagró á su hija Cloe á las Ninfas, y suspendió como ofrenda
-en la gruta, á más de otros objetos ricos, las prendas de
-reconocimiento. Á Dryas, sobre los tres mil dracmas recibidos, le dió
-para completar diez mil.</p>
-
-<p>Viendo Dionisofanes que el tiempo era excelente, mandó aderezar lechos
-de verdes hojas en la gruta, donde se reclinaron los rústicos para gozar
-de espléndido banquete. Asistieron Lamón y Mirtale, Dryas y Napé, los
-parientes de Dorcón, Filetas y sus hijos, Cromis y Lycenia. Ni Lampis
-faltó, después de conseguir que le perdonasen. Y como la fiesta era de
-rústicos, todo allí fué al uso campesino y labriego. Cantaron unos el
-cantar de los segadores; otros hicieron las farsas y burlas que suelen
-hacerse cuando la vendimia; Filetas tocó la zampoña; Lampis tocó el
-clarinete; Dryas y Lamón bailaron. Dafnis y Cloe no dejaron de besarse.
-Las cabras mismas pacían allí cerca, como si tomasen parte en la
-función, lo cual no era muy grato á los de la ciudad. Dafnis las llamaba
-por sus nombres, les daba verde fronda, las agarraba por los cuernos y
-las besaba.</p>
-
-<p>Y esto no fué sólo en aquella ocasión, sino también en lo sucesivo,
-porque Dafnis y Cloe hicieron casi de continuo vida pastoril, adorando á
-los<span class="pagenum"><a name="page_146" id="page_146"></a>{146}</span> dioses y profesando especial devoción á Pan, á Amor y á las Ninfas.
-Aunque llegaron á ser poseedores de mucho ganado lanar y cabrío, nunca
-hubo manjar que les supiese mejor que leche y fruta. Al primer hijo
-varón que tuvieron le dieron por nodriza una cabra, y á la criatura
-segunda, que fué una niña, la hicieron mamar de una oveja. Al varón le
-pusieron por nombre Filopoemén, y á la niña Ageles. Así vivieron largos
-y felices años. Y no descuidaron tampoco el adorno de la gruta, sino que
-erigieron nuevas imágenes de Ninfas; levantaron un altar á Amor
-pastoril; y á Pan, en vez de la copa del pino á cuya sombra estaba, le
-edificaron un templo, bajo la advocación de Pan Batallador.</p>
-
-<p>Todo esto, sin embargo, ocurrió mucho más tarde. Por lo pronto, llegada
-la noche, cuantos estaban allí llevaron á los novios al tálamo. Unos
-tocaban flautas, otros tocaban clarines, y otros iban con antorchas.
-Cerca ya de la puerta de la cámara nupcial, la comitiva cantó de
-Himeneo, con voz tan áspera y desacorde, que no parecía que cantaban,
-sino que arañaban pedruscos con almocafres.</p>
-
-<p>Dafnis y Cloe, á pesar de la música, se acostaron juntos desnudos; allí
-se abrazaron y se besaron, sin pegar los ojos en toda la noche, como
-lechuzas. Y Dafnis hizo á Cloe lo que le había enseñado<span class="pagenum"><a name="page_147" id="page_147"></a>{147}</span> Lycenia; y Cloe
-conoció por primera vez que, todo lo hecho antes, entre las matas y en
-la gruta, no era más que simplicidad ó niñería.</p>
-
-<p>Madrid, 1880.</p>
-
-<p class="c">FIN<span class="pagenum"><a name="page_148" id="page_148"></a>{148}</span></p>
-
-<h2><a name="NOTAS" id="NOTAS"></a>NOTAS</h2>
-
-<p>I. El título de la obra, en griego, es Λόγγου ποιμενικῶν τῶν κατὰ Δάφνιν
-καὶ Χλόην βίβλοι (λόγοι) τέσσαρες, que puede traducirse: <i>Los cuatro
-libros de las pastorales de Longo, ó Dafnis y Cloe</i>. Á fin de seguir el
-gusto y el estilo modernos, hemos invertido y modificado los términos
-del título. Ponemos por título principal de esta novela <i>Dafnis y Cloe</i>,
-y añadimos luego <i>Las pastorales de Longo</i>, para indicar el género á que
-pertenece la obra y el nombre, verdadero ó supuesto, de quien la
-compuso.</p>
-
-<p>De esta novela no conocemos traducción ninguna en castellano.</p>
-
-<p>En otros idiomas, ó conocemos ó hemos visto citadas muchas traducciones.
-Las más famosas son: En latín, la de Gothofredo Jungermann, de 1605, y
-la de Pedro Moll, de 1860. En francés, la de Santiago Amyot, obispo de
-Auxerre, y la de Pablo Luis Courier, que corrige y completa la
-traducción del citado obispo. En italiano, la del comendador Aníbal
-Caro, la de Manzini y la de Gozzi. En inglés, la de Jorge Thornley,
-1657, y la de Jacobo Craggs, 1764. Y en alemán, las de Grillo, Krabinger
-y Passow, en 1765, 1803 y 1811.</p>
-
-<p>Tenemos también una traducción sobrado libre de <i>Dafnis y Cloe</i>, hecha
-en hermosos exámetros latinos, por Lorenzo Gambara, y dedicada al
-célebre Antonio<span class="pagenum"><a name="page_149" id="page_149"></a>{149}</span> Perenott, cardenal Granvela, á la sazón virrey de
-Nápoles.</p>
-
-<p>Para hacer esta traducción española hemos seguido el texto griego
-completo, publicado por Courier y enmendado por Sinner: Paris, Fermín
-Didot, 1829. Hemos tenido á la vista y consultado la traducción en latín
-de la edición bipontina y la traducción francesa de Amyot, <i>revue,
-corrigée, completée, de nouveau refaite en grande partie par P. L.
-Courier</i>.</p>
-
-<p>En nuestra traducción de los tres primeros libros, hemos procurado ser
-tan fieles al original cuanto es posible en una lengua moderna de
-Europa. Nos lisonjeamos de que en punto á fidelidad hemos vencido á
-Courier, como podrán ver los inteligentes, si comparan con el original
-ambas traducciones.</p>
-
-<p>En el cuarto libro nos hemos atrevido á hacer bastantes alteraciones:
-algo parecido á lo que llaman un arreglo. Esto no quita que muchos
-párrafos (más de la mitad de dicho libro cuarto), estén también
-traducidos por nosotros con la mayor exactitud. Sólo hemos variado unos
-lances originados por cierta pasión repugnante para nuestras costumbres,
-sustituyéndolos con otros, fundados en más naturales sentimientos.</p>
-
-<p>Fué nuestro primer propósito hacer nuestra traducción en lo que han dado
-en llamar <i>fabla antigua</i> esto es, en el castellano del siglo <small>XIV</small> ó del
-siglo <small>XV</small>. Para imitar bien el candor y la sencillez del texto, tal vez
-hubiera sido esto convenientísimo; pero, en nuestro sentir, requería un
-trabajo ímprobo si había de hacerse con conciencia y evitando el peligro
-de inventar una <i>fabla antigua</i>, que jamás se hubiese hablado. Para<span class="pagenum"><a name="page_150" id="page_150"></a>{150}</span>
-Courier, que ha hecho su traducción en francés arcáico, la empresa no
-era tan árdua; tenía por modelo á Amyot, que le guiaba mientras él le
-corregía. Por otra parte, yo entiendo que, sin procurar expresamente lo
-arcáico, siguiendo bien el texto, buscando las palabras propias y los
-giros más adecuados, y huyendo de las frases hechas y con frecuencia
-amaneradas del estilo novísimo, resulta un castellano bastante candoroso
-y que parece antiguo. El público juzgará si hemos conseguido esto en
-nuestra traducción.</p>
-
-<p>II. Dice el proemio: <i>y habiendo buscado á alguien que me explicase bien
-la pintura, compuse estos cuatro libros</i>. P. L. Courier traduce: <i>si
-cherchai quelq’un qui me les donna á entendre par le menu, et ayant le
-tout entendu, en composai ces quatre libres</i>. Yo empleo quince palabras,
-y P. L. Courier veintidos, para decir lo que dice en ocho el autor
-griego: καὶ ἀναζητησάμενος ἐξηγητὴν τῆς εἰκόνος, τέτταρας βίβλους
-ἐξεπονησάμην. Depende esto, no sólo de la riqueza de formas de la lengua
-griega, sobre todo en participios, que hace que se pueda decir más en
-menos palabras, sino también de nuestro empeño de no sobreentender nada,
-diciéndolo todo. Claro está que, cuando el autor buscó á alguien <i>qui me
-les donna á entendre par le menu</i>, no se contentó con buscarle, sino que
-también le oyó la explicación; pero esto se cae de su peso y no era
-menester decirlo. El original no lo dice. P. L. Courier pone, pues, de
-su cosecha, <i>et ayant le tout entendu</i>. En otras ocasiones añade
-también, ó ya porque lo cree necesario para mayor claridad, ó bien
-porque halla alguna frase que<span class="pagenum"><a name="page_151" id="page_151"></a>{151}</span> le parece bonita. Yo he procurado evitar
-tales amplificaciones y adornos, y si á veces he incurrido en ellos, no
-ha sido con tanta frecuencia como P. L. Courier.</p>
-
-<p>La observación que acabamos de hacer pudiera repetirse con frecuencia.
-No lo haremos, por no pecar de prolijos. Nos limitaremos á citar otro
-solo ejemplo, tomado también del proemio. Dice el original: τὸν
-ἐρασθέντα ἀναμνήσει, τὸν οὐκ ἐρασθέντα προπαιδεύσει. Son siete palabras.
-Traduce Courier: <i>peut remettre en memoire de ses amours celui qui
-autrefois aura été amoureux et instruire celui qui ne l’aura encore
-point été</i>. Son veinte y tres palabras. Traduzco yo: <i>recordará de amor
-al que ya amó, y enseñará el amor al que no ha amado nunca</i>. Son diez y
-siete palabras.</p>
-
-<p>III. <i>Á unos doscientos estadios de Mitilene</i>, yo traduzco deὅσον ἀπὸ
-σταδίων διακοσίων; en latín, <i>stadia circiter ducenta</i>. <i>Estadio</i> es
-palabra perfectamente castellana en este sentido, y significa la
-distancia ó longitud de 125 pasos geométricos. P. L. Courier pone:
-<i>environs huit ou neuf lieues loin de cette ville de Mitylène</i>. En este
-caso confieso que no choca mucho que modernice la unidad de medida para
-las largas distancias, pero entiendo que está mejor, ya que la historia
-sucede en Grecia y en tiempos antiguos, conservar los usos y costumbres
-de entonces. Más claro se comprende esto, y se ven el anacronismo y el
-desentono que de semejante exceso de traducción resultan, cuando en el
-mismo cuento de Dafnis y Cloe se habla de <i>dracmas</i>, dinero, y traduce
-Courier <i>escudos</i>. Yo prefiero poner <i>dracmas</i>, y no traducir <i>escudos</i>,
-<i>ducados</i>, <i>reales</i> ó <i>pesetas</i>, que entonces<span class="pagenum"><a name="page_152" id="page_152"></a>{152}</span> no había. Hay palabras
-que no se traducen, sino que pasan íntegras á todos los idiomas cuando
-se quiere volver á designar el objeto determinado y singular que
-designaban. Así, pues, por muy llano y natural que yo quisiese hacer mi
-estilo, jamás, por ejemplo, me atrevería á traducir <i>peplo</i>, <i>clámide</i>,
-<i>estola</i> ó <i>coturno</i>, por prendas de vestir parecidas y en uso en
-nuestros días.</p>
-
-<p>IV. Los objetos suspendidos como ofrendas en la gruta de las Ninfas eran
-γαυλοὶ, καὶ αὐλοὶ πλάγιοι, καὶ σύριγγες, καὶ κάλαμοι. Courier traduce
-γαυλοὶ <i>seilles á traire le lait</i>; el latín, <i>mulctræ</i>. En castellano
-creo que bastaría <i>colodras</i>, que son vasijas de que se valen los
-pastores para ordeñar; pero, como el <i>Diccionario de la Academia</i> supone
-que las tales colodras son de madera, y los γαυλοὶ ó <i>mulctræ</i> tal vez
-serían de barro, he añadido tarros para que haya de todo. Αὐλοὶ πλάγιοι
-ha sido menester traducirlo también con gran libertad. En latín se
-llaman <i>tibiæ obliquæ</i>, trompetas oblícuas. Dicen que este instrumento
-fué inventado por Midas. Á lo que más se parece de los modernos es al
-bajón, al fagot y al pífano. Por esto pongo <i>pífanos</i> en mi traducción.</p>
-
-<p>V. <i>Y les habían hecho aprender las letras</i>; en griego, καὶ γράμματα
-ἐπαίδευον. Courier, por seguir á Amyot, pone <i>leur faisant apprendre les
-lettres</i>; pero censura esta traducción en una larga nota, suponiendo que
-implica un contrasentido, ó, por lo menos, que induce en error. Nosotros
-creemos que no hay tal error, y que, en vista del sentido todo, no da
-tampoco lugar á anfibología. <i>Aprender las letras</i> no es más que
-aprender las letras,<span class="pagenum"><a name="page_153" id="page_153"></a>{153}</span> y no aprender literatura. Dice Courier que Longo
-quiso decir que Dafnis y Cloe aprendieron á leer y á escribir. Yo creo
-que no quiso decir sino lo que dijo, que aprendieron las letras, que
-aprendieron á deletrear, y que tal vez ni escribían ni leían de corrido.</p>
-
-<p>VI. <i>Y se esmeraba hasta la noche en tocar la zampoña.</i> La voz griega
-σύριγξ significa un instrumento inventado por Pan y compuesto de varios
-cañutos desiguales, unidos entre sí. El P. Baltasar de Vitoria, gran
-autoridad en esta materia, dice en su <i>Teatro de los dioses</i>, que este
-instrumento se llama en castellano <i>zampoña</i> ó <i>albogue</i>. Yo pongo
-zampoña unas veces, y otras veces flauta, porque el uso ha hecho que se
-hable más, aunque menos exactamente, de la flauta de Pan que de la
-zampoña de Pan.</p>
-
-<p>VII. <i>...logró subir el caído.</i> Desde este punto hasta donde dice: <i>¿qué
-me hizo el beso de Cloe?</i>, todo falta en la traducción de Amyot. En el
-original de la edición bipontina hay un pedazo más, hasta donde dice: <i>y
-yendo con Cloe á la gruta de las Ninfas, le dió á guardar la tuniquilla
-y el zurrón</i>. Había, de todos modos, una gran laguna, que después se ha
-llenado, en vista del manuscrito de Florencia, donde el texto está
-completo.</p>
-
-<p>VIII. <i>Quisiera ser su flauta para que infundiese en mí su aliento.</i> P.
-L. Courier traduce: <i>Ah!, que ne suis-je sa flûte pour toucher ses
-lèvres</i>. Dice el original: εἴθε αὐτοῦ σύριγξ ἐγενόμην, ἵν’ ἐμπνέη μοι.
-Claro está que no se habla de los labios, sino del aliento ó soplo.
-<span class="pagenum"><a name="page_154" id="page_154"></a>{154}</span>Supone Courier que esto está tomado de la antigua copla siguiente:</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2">Εἴθε λύρα καλὴ γενοίμην ἐλεφαντίνη,<br /></span>
-<span class="i0">Καί με καλοὶ παῖδες φέροιεν Διονύσιον ἐς χορὸν.<br /></span>
-<span class="i0">Εἴθ’ ἄπυρον καλὸν γενοίμην μέγα χρυσίον,<br /></span>
-<span class="i0">Καί με καλὴ γυνὴ φοροίη καθαρὸν θεμένη νοόν.<br /></span>
-</div></div>
-</div>
-
-<p>La copla es muy bonita, pero el decir de Cloe puede ser coincidencia, y
-no imitación. Es fácil coincidir en lo natural. Una oda de Anacreonte
-encierra el mismo pensamiento, diciendo en la traducción de Castillo y
-Ayensa, si no me es infiel la memoria:</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2">Quisiera ser la cinta<br /></span>
-<span class="i0">Que pende de tu cuello;<br /></span>
-<span class="i0">Quisiera ser la joya<br /></span>
-<span class="i0">Adorno de tu pecho;<br /></span>
-<span class="i0">Quisiera ser el agua<br /></span>
-<span class="i0">Con que lavas tu cuerpo;<br /></span>
-<span class="i0">Y fuera la sandalia<br /></span>
-<span class="i0">Que ciñe tu pie bello;<br /></span>
-<span class="i0">Que por tu planta hollado,<br /></span>
-<span class="i0">Viviera yo contento.<br /></span>
-</div></div>
-</div>
-
-<p>De seguro que los rústicos andaluces no leen á Anacreonte, y uno de
-ellos compuso, sin duda, aquella graciosa á par que apasionada copla de
-seguidillas, que dice:</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2">¡Ay, quién fuera la cinta<br /></span>
-<span class="i0">De tu zapato!...<br /></span>
-</div></div>
-</div>
-
-<p>Y no ponemos los otros dos versos por demasiado expresivos; pero buenas
-ganas se nos pasan de poner<span class="pagenum"><a name="page_155" id="page_155"></a>{155}</span> los, porque vencen á los de Anacreonte, á
-los del otro poeta griego y á la prosa de Longo.</p>
-
-<p>IX. <i>La piel de un cervatillo, esmaltada de lunares blancos, para que la
-llevase en los hombros, cual suelen las bacantes.</i> En el original hay
-estas dos palabras: νεβρίδα βακχικήν, para cuya traducción ha sido
-menester emplear todas éstas: <i>la piel de un cervatillo para que la
-llevase en los hombros, cual suelen las bacantes</i>.</p>
-
-<p>X. <i>Soy blanco como la leche y rubio como la mies, cuando la siegan.</i>
-Añade Courier, entre estos elogios que Dorcón se tributa á sí mismo:
-<i>frais comme la feuillée au printemps</i>, lo cual no está en el texto.</p>
-
-<p>XI. <i>...y de sus ojos, que los tenía grandes y dulces como las
-becerras.</i> La comparación, en son de elogio, de los ojos de las
-muchachas con los ojos de los bueyes, vacas ó becerras, es muy frecuente
-en los autores griegos; hasta hay los epítetos de βοώπης y βοόγληνος,
-para designar á quien tiene ojos grandes y hermosos.</p>
-
-<p>XII. <i>...y tenía pálido el rostro como agostada hierba.</i> Son las
-palabras de Safo: χλωροτέρα πόας ἐμμί.</p>
-
-<p>XIII. <i>...y el hocico le tapaba la cabeza, como casco de guerrero</i>: καὶ
-τοῦ στόματος τὸ χάσμα σκέπειν τὴν κεφαλήν, ὥσπερ ἀνδρὸς ὁπλίτου κράνος.
-Algunos guerreros, y singularmente los abanderados, según se ve en la
-Columna Trajana, llevaban el casco, <i>galea</i>, cubierto con la piel de la
-cabeza de una fiera, que conservaba la <span class="pagenum"><a name="page_156" id="page_156"></a>{156}</span>forma de cabeza, de suerte que
-el rostro del soldado parecía asomar por entre los dientes de la fiera.</p>
-
-<p>XIV. <i>...llenaba una gran taza de vino y de leche.</i> De esta mezcla
-resultaba una bebida llamada οἰνόγαλα, que se toma aún, según dice
-Courier, en Levante y en Calabria.</p>
-
-<p>XV. <i>Se ponía á cantar de Pan y de Pitis.</i> Pan fué un dios tan enamorado
-como poco dichoso en sus amores. Siringa, Eco, la Luna y otras diosas y
-ninfas le desdeñaron. Pitis, por el contrario, le amó, y desdeñó por él
-á Bóreas, quien, enojado y celoso, la arrebató en sus alas, y la mató
-arrojándola contra las rocas. La Tierra, compadecida, la transformó en
-árbol: πίτυς, femenino en griego, <i>el pino</i>.</p>
-
-<p>XVI. <i>...y dice que busca los becerros huídos.</i> Esta fábula ó conseja,
-que, el autor califica de θρυλλούμενα, cosa sabidísima ó divulgada, no
-se halla en ningún mitólogo de los que yo conozco. Φάττα, la paloma
-torcaz, no es nombre de ninguna ninfa, como lo es el nombre de la otra
-paloma, περιστερά. Esta ninfa, Peristera, ayudó á Venus, que competía
-con Amor en coger flores. Venus triunfó así de Amor. Éste, enojado,
-convirtió en paloma á la ninfa. Venus la puso en su carro triunfal.</p>
-
-<p>XVII. <i>...hay muchos estrechos de mar que hasta hoy se llaman pasos de
-bueyes.</i> En griego βοοσπόροι, de donde Bósforo.<span class="pagenum"><a name="page_157" id="page_157"></a>{157}</span></p>
-
-<p>XVIII. <i>No soy niño, aunque parezco niño, sino más viejo que Saturno. Yo
-soy anterior al tiempo todo.</i> Este discurso de Filetas es quizá lo más
-bello que hay en la obra de Longo, no tanto por lo que dice de Amor,
-dicho ya por muchos autores, sino por la graciosa sencillez de estilo
-con que la aparición de Amor en el huerto y todo lo demás está contado.
-Como en la religión de los griegos no hubo dogmas fijos, cada poeta
-contaba los hechos á su manera, resultando de aquí mucha variedad de
-fábulas sobre una misma persona divina, sobre todo cuando esta persona
-tenían más de alegórico que otras, como sucede con Amor. Empezando por
-su mismo origen, hay gran discrepancia. Así es que unos, los más,
-hicieron á Amor hijo de Venus y de Marte; otros, como Platón, le dieron
-por padres á Poro y á Penia, esto es, al dios de la abundancia y á la
-diosa de la pobreza; otros quieren que Amor naciese de Júpiter, y otros,
-que naciese antes que todo, no comprendiendo que nadie pudiera nacer sin
-Amor y antes de Amor, á no ser el Caos y la Tierra ó el Eter y la Noche.
-Claro está que, para éstos, Amor es el fuego, la luz, la actividad, el
-prurito, la voluntad primera que crea el ser, la vida y el universo
-todo. Después de muchos siglos, Schopenhauer ha venido á parar en la
-misma doctrina. Todo cuanto es, según este filósofo, se reduce á
-apariciones y formas en que <i>Der Wille</i>, la Voluntad ó el Amor, se
-revela y hace visible. Las criaturas son <i>objetivaciones de Amor</i>. Der
-Wille es, pues, el principio real del Universo y el principio ideal ó
-metafísico, y la solución del problema cosmológico. Doctrina parecida es
-la de Longo cuando hace decir á Amor que es anterior al tiempo todo.
-Esta idea<span class="pagenum"><a name="page_158" id="page_158"></a>{158}</span> del Amor, como fuerza demiúrgica, está expresada en la
-Teogonía de Hesiodo, diciendo:</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2">Ἤτοι μὲν πρώτιστα Χάος γένετ’, αὐτὰρ ἔπειτα<br /></span>
-<span class="i0">Γαῖ’ εὐρύστερνος, πάντων ἕδος ἀσφαλὲς αἰεὶ<br /></span>
-<span class="i0">Ἀθανάτων οἳ ἔχουσι κάρη νιφόεντος Ὀλύμπου,<br /></span>
-<span class="i0">Τάρταρα τ’ ἠερόεντα μυχῷ χθονὸς εὐρυοδείης,<br /></span>
-<span class="i0">Ἠδ’ Ἔρος, ὃς κάλλιστος, κ. τ. λ.<br /></span>
-</div></div>
-</div>
-
-<p>Lo cual coincide con la cosmogonía de los fenicios, que se lee en un
-fragmento de Sancuniathon, y dice: «Fueron principio de este universo un
-aire tenebroso y sutil y el caos confuso y envuelto en obscuridad, á los
-cuales, en tiempo infinito y que no se puede determinar, encendió un
-soplo de Amor, mezclándolos, y de esta mezcla nació el deseo, fuente de
-la creación toda.» Aristófanes, en su comedia <i>Las Aves</i>, donde éstas
-cantan en coro el origen del mundo, expone doctrina semejante: «Eran
-primero el Caos, dice, y la Noche, y el negro Erebo, y el extenso
-Tártaro. No había tierra, ni aire, ni cielo. Pero en el seno infinito
-del Erebo, la Noche, dotada de alas negras, puso un huevo, del cual,
-agitado é incubado por las Horas, brotó el Amor, lleno de deseos.» De
-aquí nació todo. Antes de Amor no hubo ni dioses.</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<p>Πρότερον δ’ οὐκ ἦν γένος ἀθανάτων, πρὶν Ἔρως ξυνέμιξεν ἅπαντα.</p>
-</div></div>
-</div>
-
-<p>Esta idea de poner á Amor antes que todo y como creador de todo inspira
-hasta á los poetas cristianos.<span class="pagenum"><a name="page_159" id="page_159"></a>{159}</span> Milton, en vez de Amor, pone sobre el
-Caos al Espíritu Santo, á manera de paloma, incubándole y fecundándole.</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2"><i>...with mighty wings outspread</i><br /></span>
-<span class="i0"><i>Dove-like sat’st brooding on the vast abyss,</i><br /></span>
-<span class="i0"><i>and mad’st it pregnant.</i><br /></span>
-</div></div>
-</div>
-
-<p>XIX. <i>Tanto puede (Amor) que Júpiter no puede más.</i> Todo este segundo
-discurso de Filetas, dice Courier que está tomado de Platón. Yo entiendo
-que de Platón y de muchos otros autores, esto es, que poco ó nada es
-nuevo ó era nuevo entonces, salvo el sentir propio del autor, y su
-expresión y estilo, lleno de candor y de gracia. Se citan unos versos de
-Menandro, en que pone el poder de Amor por cima del de Júpiter. Pero,
-¿de qué poeta no podrá citarse sentencia parecida? Ya Homero, en su
-himno á Afrodita, dice que todas las divinidades están sujetas á su
-imperio, salvo tres, que son Minerva, Diana y Vesta.</p>
-
-<p>Estos encarecimientos del poder de Amor no cesan con los autores
-cristianos, confundiéndole tal vez para ello con una de las personas
-divinas. Así dice San Bernardo que <i>Amor triunfa de Dios</i>; y nuestro
-Padre Fonseca pone, entre mil otras alabanzas, que «Amor entróse por
-esos cielos, y cogiendo á Dios, no flaco, sino fuerte; no en el trono de
-la Cruz, sino en el de su majestad y gloria, luchó con él hasta bajarle
-del cielo y hasta quitarle la vida.»</p>
-
-<p>Las victorias de Amor son, pues, extraordinarias y no tienen cuento. Por
-eso, los espartanos, creyéndole más belicoso que á Marte, se
-encomendaban á él y le<span class="pagenum"><a name="page_160" id="page_160"></a>{160}</span> hacían sacrificios siempre que tenían que reñir
-alguna brava batalla.</p>
-
-<p>Fué creído, además, desde muy antiguo, inspirador de todas las acciones
-generosas y de virtud, y se tuvo por cierto, con prefiguración
-profética, aunque confusa, de los más altos misterios, que el Dios
-supremo le envía á la tierra para que salve á los hombres. Ya Esopo
-habla bellamente de esto en su fábula de Júpiter y Amor, dando cuenta de
-que «cuando Júpiter crió á los hombres, dióles todas las prendas que los
-adornan ahora; pero aún no moraba Amor en las almas de ellos, porque
-este dios, que tiene alas tan sublimes, no bajaba nunca del cielo, y
-sólo hería con sus flechas á los dioses. Temeroso Júpiter, no obstante,
-de que se perdiera la más hermosa de sus criaturas, envió á Amor á la
-tierra para que fuese custodio del género humano. Amor obedeció el
-mandato de Júpiter, pero no consideró que le estuviese bien morar en
-todas las almas y elegir por templo suyo lo mismo las profanas que las
-iniciadas y buenas, por lo cual distribuyó el rebaño de las almas
-comunes entre los Amores plebeyos, hijos de las Ninfas, y él se fué á
-vivir dentro de las almas celestes y divinas, y embriagándolas con
-delirio amoroso, produjo infinitos bienes para todos los hombres.»</p>
-
-<p>XX. <i>El mismo dios Pan... como más avezado que nosotras á los negocios
-de la guerra, por haber ya militado en muchas...</i> Aún se conserva en
-nuestros idiomas modernos el epíteto de <i>pánico</i>, dado al terror cuando
-es muy grande. Pan auxilió mucho á Júpiter en las guerras que tuvo,
-encadenando á Tifeo ó envolviéndole en<span class="pagenum"><a name="page_161" id="page_161"></a>{161}</span> una red; si bien otros dicen que
-le asustó, dando un grito espantoso. En otras guerras ocurridas en este
-bajo mundo, auxilió á sus devotos, como, por ejemplo, á los griegos
-contra los galos, mandados por Breno.</p>
-
-<p>XXI. <i>...se puso á contar la fábula de Siringa...</i> Esta transformación
-de Siringa en flauta, y los amores de Pan, que la originaron, sucedieron
-en Arcadia, á orillas del río Ladón, según refiere Ovidio en sus
-<i>Transformaciones</i>, donde dice que la Ninfa iba huyendo de Pan:</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2"><i>Donec arenosi placidum Ladonis ad amnem</i><br /></span>
-<span class="i0"><i>Venerat; hic illam, cursum impedientibus undis</i><br /></span>
-<span class="i0"><i>Ut se mutarent, liquidas orasse sorores:</i><br /></span>
-<span class="i0"><i>Panaque cum prensam sibi jam Siringa putaret,</i><br /></span>
-<span class="i0"><i>Corpore pro Nymphæ calamos tenuisse palustres;</i><br /></span>
-<span class="i0"><i>Dumque ibi suspirat, motos in arundine ventos</i><br /></span>
-<span class="i0"><i>Effecisse sonum tenuem, similemque quærenti,</i><br /></span>
-<span class="i2"><i>Arte nova: vocisque deum dulcedine captum,</i><br /></span>
-<span class="i2"><i>Hoc mihi colloquium tecum dixisse manebit,</i><br /></span>
-<span class="i2"><i>Atque ita disparibus calamis compagine ceræ</i><br /></span>
-<span class="i2"><i>Inter se junctis nomen mansisse puellæ.</i><br /></span>
-</div></div>
-</div>
-
-<p>XXII. <i>Llegó el invierno, para Dafnis y Cloe más que la guerra crudo.</i>
-Sin duda convenía al autor, para su sencillo argumento, que el invierno
-fuese muy rigoroso, ó tal vez quiso lucir su retórica pintándole, pues
-es evidente que, ni en nuestro siglo, ni en la época de la acción de la
-novela, hubo de hacer jamás tanto frío ni de caer tanta nieve en la isla
-de Lesbos.</p>
-
-<p>XXIII. <i>¡Salud!</i>, <i>¡oh, hijo mío!</i> Χαῖρε, ὦ παῖ, dice el original. He
-preferido decir, <i>¡salud!, ¡oh, hijo mío!</i>, al<span class="pagenum"><a name="page_162" id="page_162"></a>{162}</span> modo más natural de
-saludar ahora, diciendo <i>Dios te guarde</i>, porque este modo parece
-anacrónico é impropio de gentiles.</p>
-
-<p>XXIV. <i>...comieron coronados de hiedra.</i> Parece que un gentil muchacho,
-llamado Cisso, gran bailarín y valido de Baco, bailando un día delante
-del dios, para divertir sus ocios, se cayó en un hoyo y se convirtió en
-hiedra, planta que fué consagrada á dicho dios, el cual gustaba de
-coronarse con ella. También para los poetas se tejían de ella coronas:</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i0"><i>Pastores hedera crescentem ornate poetam.</i><br /></span>
-</div></div>
-</div>
-
-<p class="nind">dice Virgilio. La hiedra, sobre todo, era para coronar á los poetas
-dramáticos, por ser el teatro propio de Baco. Por eso Menandro pide á
-los dioses ser siempre coronado de hiedra ática:</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i0">Τὸν Ἀττικὸν αἰεὶ στέφεσθαι κισσόν.<br /></span>
-</div></div>
-</div>
-
-<p>En las bacanales se coronaban asimismo de hiedra los que las celebraban.
-Así es que el gobernador que puso Antíoco en Jerusalén, queriendo hacer
-gentiles á los judíos, les mandaba que fuesen por las calles coronados
-de hiedra cuando se celebraba la fiesta de aquel dios, como se cuenta en
-el libro II, capítulo VI, de los Macabeos: <i>et cum Liberi sacra
-celebrarentur, cogebantur heredà coronati Libero circuire</i>.</p>
-
-<p>XXV....<i>hallaron narcisos, violetas, corregüelas</i> y <i>otras vernales
-primicias</i>. El texto griego dice <span class="pagenum"><a name="page_163" id="page_163"></a>{163}</span>ἀναγαλλίς, que hemos traducido por
-<i>corregüela</i>. Las anagalídeas son un género de la familia de las
-primuláceas, en el que se contienen muchas especies como los <i>murajes</i>.
-Courier traduce <i>muguet</i>, que viene á ser en español <i>lirio de los
-valles</i>; pero tal vez puso <i>muguet</i> sólo porque el vocablo es bonito y
-también el objeto que expresa. Quiera significar lo que quiera la tal
-flor Anagalis, al tratar de traducirla al castellano, un amigo mío me ha
-recordado á una Ninfa Anagalis, de quien nada leí jamás en ningún libro,
-ni en Polidorio Virgilio; pero que, según afirma Juan de la Cueva, en su
-extraño poema de <i>Los inventores de las cosas</i>, fué la que inventó el
-juego de pelota. El erudito poeta dice:</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2">Del juego tan común de la pelota<br /></span>
-<span class="i0">Anagalis, muchacha, fué inventora:<br /></span>
-<span class="i0">Que se llame Astragalis quieren otros.<br /></span>
-</div></div>
-</div>
-
-<p>XXVI. <i>...expresando poco á poco el nombre de Itis.</i> Este Itis fué hijo
-de Tereo, rey de Tracia. Progne, mujer de Tereo, mató á su hijo Itis, y
-se le dió á comer á su propio padre. Filomena, hermana de Progne y tía
-de Itis, fué convertida en ruiseñor; Progne, en golondrina; en gavilán,
-Tereo, y en faisán, Itis.</p>
-
-<p>XXVII. <i>Por el reposo casero y holganza del invierno estaba rijoso y
-lucio, y con el beso se emberrenchinaba y con el brazo se alborotaba.</i>
-Para descargo de mi conciencia de haber traducido con sobrada energía y
-desenvoltura, diré que Dafnis, con el reposo y holganza, ἐνηβήσας, de
-ἐνηβάω, <i>pubesco</i>, <i>juveniliter lascivio</i>: con<span class="pagenum"><a name="page_164" id="page_164"></a>{164}</span> el beso ὤργα, de ὀργάω,
-<i>succo turgeo</i>, <i>venerea cupiditate flagro</i>; y con el abrazo ἐσκιτάλιζε,
-de σκιταλίζω, <i>salax sum</i>. Lo mismo digo de otros pasajes, donde siempre
-he atenuado el brío y suavizado la crudeza del texto.</p>
-
-<p>XXVIII. <i>Cromis, sujeto ya de edad madura, quien había traído de la
-ciudad á una mujercita</i>, etc. Debe entenderse que esta mujercita no era
-la mujer propia, la esposa de Cromis, sino una cortesana mantenida por
-él. Su mismo nombre Lycenia, de Αὔκαινα, <i>loba</i>, parece ya indicarlo, y
-hasta la circunstancia de venir siempre dicho nombre en diminutivo en el
-texto griego. En el teatro de aquel pueblo apenas había comedia en que
-no hiciesen papel las cortesanas ó <i>heteras</i>, á veces vilipendiadas
-cruelmente por los poetas, á veces también ensalzadas de discretas,
-amables, generosas y hasta virtuosas. Y esto no ha de extrañarse, porque
-las cortesanas de entonces representaban la inteligencia y la cultura de
-la parte femenina, y alcanzaban gran poder y valimiento. Algunas se
-casaban con los mismos reyes. Targalia de Mileto se casó con un rey de
-Tesalia, y Tais con un Ptolomeo. Duró esto hasta muy tarde, hasta época
-ya en que estaba muy difundido el Cristianismo. La mujer de Justiniano,
-la célebre emperatriz Teodora, había sido una cortesana de las más
-disolutas. Fué, además, tan desaforada comedianta, que las cosas que
-hacía en público teatro no hay quien se atreva á explicarlas en ningún
-idioma moderno, sino que se toman de Procopio y se ponen como nota, en
-griego, en las historias que de ello tratan. El mismo Gibbon lo deja sin
-traducir. Imitémosle.<span class="pagenum"><a name="page_165" id="page_165"></a>{165}</span></p>
-
-<p>No ha de extrañarse, pues, que en la edad clásica y gentílica las
-cortesanas tuviesen grande influjo, y fuesen amigas respetadas de los
-hombres más eminentes: así Aspasia, de Pericles; Arqueanasa, de Platón;
-Herpilis, de Aristóteles, y Glicera, de Menandro. Alcifrón puso en
-cartas muchos rasgos brillantes de las cortesanas, y Machón escribió un
-poema de los dichos discretos y agudos de estas mujeres.</p>
-
-<p>Una de las más ilustres, por su talento, discreción y afecto á sus
-compatriotas, fué Rodopis, alma de la colonia griega de Egipto en tiempo
-del rey Amasis. El célebre egiptólogo y novelista Jorge Ebers, en su
-novela <i>La hija de Faraón</i>, hace de esta Rodopis la principal heroína,
-después de la misma hija del rey de Egipto que casó con Cambises, y de
-la princesa Atosa, hija de Ciro, mujer de Darío y madre de Jerjes. Claro
-está que Lycenia no era una hetera de primer orden, sino modesta y de
-pocas campanillas, como un pobre labrador de Lesbos podía costearla.</p>
-
-<p>XXIX. <i>...habiéndose cerciorado ella de que todo estaba alerta y en su
-punto...</i> Creo haber traducido del modo más púdico posible el texto,
-μαθοῦσα ἐνεργεῖν δυνάμενον καὶ σφριγῶντα, que interpreta así la versión
-latina: <i>ipsa jam edocta eum ad patrandum non solum fortem esse, verum
-etiam libidine turgere</i>...</p>
-
-<p>XXX. <i>...Luego sacó del zurrón pan de higos...</i> Para que no se entienda
-que este <i>pan de higos</i> está inventado por mí por la afición que yo
-tengo á las cosas andaluzas, diré que παλάθη no significa más que pan de
-higos;<span class="pagenum"><a name="page_166" id="page_166"></a>{166}</span> <i>massa caricana</i>, dice la versión latina, esto es, masa hecha
-con el higo de Caria, que se llamaba <i>carica</i>. P. L. Courier traduce, no
-sé por qué, <i>raisin sec</i>. De seguro que no había comido él, como yo, el
-delicioso pan de higos que se hace en Málaga.</p>
-
-<p>XXXI. Los mitólogos varían mucho al referir esta historia de Eco.
-Fíngenla los más hija del Aire y de la Tierra. Juno dicen que la castigó
-obligándola á repetir las últimas sílabas de las palabras que oyese.
-Otros, que desdeñada de Narciso, á quien amaba, se convirtió en peñasco.
-Ovidio, en las <i>Transformaciones</i>, cuenta que su mal pagado amor la secó
-de suerte y la consumió hasta tal punto, que se quedó en los huesos y en
-la voz:</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2"><i>Vox manet: ossa fuerunt lapide traxisse figuram</i><br /></span>
-<span class="i0"><i>Inde latet sylvis nulloque in monte videtur,</i><br /></span>
-<span class="i0"><i>Omnibus auditur: sonus est qui vivit in illa.</i><br /></span>
-</div></div>
-</div>
-
-<p>La fábula de Longo es, pues, diversa, y su principal gracia consiste en
-un equívoco intraducible; porque μέλος, en griego, significa <i>miembro</i>,
-y también <i>verso</i>, <i>medida</i>, de donde la palabra <i>melodía</i>. Así es que
-los pastores esparcieron por toda la tierra τὰ μέλη, las canciones, las
-melodías de la Ninfa, lo cual está traducido en latín <i>cantabunda
-membra</i>, y por Courier, á quien en esto seguimos, <i>sus miembros</i>,
-<i>llenos de harmonía</i>.</p>
-
-<p>XXXII. <i>Esta manzana ¡oh, vírgen! es creación de las Horas divinas.</i> El
-texto dice Ὦ παρθένε, τοῦτο τὸ μῆλον ἔφυσαν Ὧραι καλαί: el latín, <i>Mea
-virgo, hoc<span class="pagenum"><a name="page_167" id="page_167"></a>{167}</span> pomum quod vides, anni ætates pulchræ pepererunt</i>. <i>Cette
-pomme Chloe, ma mie, les beaux jours, d’été l’ont fait naître</i>, traduce
-Courier. Yo he preferido dejar á las Horas, á las diosas, hijas de
-Júpiter y de Temis, que dirigen y gobiernan las estaciones y cuidan del
-carro del Sol, como creadoras de la manzana. No lo disputo, aunque creo
-que esto es más poético que decir llanamente que con el verano se crió
-la manzana; pero entiendo que soy más fiel traductor. Tal vez se dirá
-que no es gran encarecimiento de alabanza el decir que una manzana es
-creación de las Horas. Lo mismo crean las Horas las manzanas gruesas y
-hermosas que las feas y ruines. Esto es verdad, considerado
-pedestremente; pero cuando esto de que la manzana es creación de las
-Horas se dice con entusiasmo, vale tanto como decir que las Horas
-pusieron en crearla singular esmero. Semejante censura he oído hacer,
-por ejemplo, de aquellos versos de Zorrilla en elogio de Granada.</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2">Salve ¡oh, ciudad! en donde el alba nace,<br /></span>
-<span class="i0">Y donde el sol poniente se reclina;<br /></span>
-<span class="i0">Donde la niebla en perlas se deshace,<br /></span>
-<span class="i0">Y las perlas en plata cristalina.<br /></span>
-</div></div>
-</div>
-
-<p>En todas las ciudades nace el alba, se pone el sol, se deshace la niebla
-y corre el agua: no cabe duda; pero Zorrilla da á entender que en
-Granada ocurre todo ello de una manera eminente, ejemplar y soberana,
-como si la aurora no quisiera nacer sino para alumbrar á Granada, y el
-sol no quisiera reclinarse más que en el seno ó á la espalda de sus
-montes.<span class="pagenum"><a name="page_168" id="page_168"></a>{168}</span></p>
-
-<p>XXXII. <i>Semele, pariendo; Ariadna, dormida</i>, etc. Aquí pone el autor en
-breves palabras los principales casos de la vida de Baco. <i>Semele
-pariendo</i>, no es la común opinión, pues refieren los más, de cuantos han
-tratado este asunto, que Semele, hija de Cadmo, que tenía amores con
-Júpiter, deseó ver al Dios en toda su gloria, y al verle, ardió en el
-resplandor que de sí lanzaba. Ya muerta, sacó Júpiter á la criatura que
-tenía ella en su seno, y acabó de criarla, hasta que se cumplieron los
-nueve meses, guardándosela en un muslo. Cuentan otros, no obstante, que
-Semele dió á luz á Baco naturalmente y á su tiempo, y á éstos sigue
-Longo. Repetimos, con todo, que la general opinión es la del doble
-nacimiento de Baco. Luciano le ha celebrado en un diálogo burlesco, y el
-dios ha llevado nombres que recuerdan este nacimiento doble. Así se ha
-llamado <i>bimatre dithyrambo</i>, de παρὰ τὸ δύο θύρας βῆναι, salir por dos
-puertas, y Eirafiote, cosido en el muslo.</p>
-
-<p>Por lo demás, Baco y su historia tienen grandes variaciones, por ser
-este dios uno de los más simbólicos y misteriosos que en Grecia se
-adoraron, y por representar á la vez no pocas cosas. Por una parte,
-proviene este dios del naturalismo: es la fuerza vegetativa de las
-plantas. De aquí que tantas le estén consagradas, como la hiedra, la
-higuera y la vid, y que le llamen γενεσιουργὸς τῶν καρπῶν, engendrador
-de los frutos, y que sea también padre de Príapo.</p>
-
-<p>Representa, además, á un héroe conquistador y civilizador del mundo, y
-su leyenda, bajo este aspecto, toma mucho de la de Osiris egipcio, y de
-la de Melkarh ó Hércules tirio. Como Hércules, Baco erigió sus<span class="pagenum"><a name="page_169" id="page_169"></a>{169}</span> columnas
-en el extremo de las tierras y mares hasta donde llevó su expedición
-triunfadora.</p>
-
-<p>Representa, por último, Baco la fuerza y virtud del licor fermentado,
-que inspira á los hombres una especie de delirio, que se tenía á veces
-por sagrado. En este sentido, Baco trae su origen de Soma, dios de los
-Vedas, dios-bebida, dios-libación, dios que se consume en la llama del
-sacrificio; hijo de Indra, como Baco es hijo de Júpiter. En este
-sentido, Baco recibió muchos títulos ó sobrenombres entre los griegos y
-latinos. Llamóse <i>Musagetes</i>, conductor de las Musas; <i>Pirigenio</i>,
-nacido del fuego; <i>Melpómeno</i>, celebrado en himnos; <i>Leneo</i>, de ληνός,
-lagar; <i>Líber</i>, por la libertad que el vino engendra, y <i>Taurokeros</i> ó
-<i>Tauromorfos</i>, porque tomaba cuernos y forma de toro, á causa del furor,
-osadía y violencia que adquiere quien se embriaga. De aquí que Horacio
-dijese á Baco:</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i0"><i>Tu spem reducis mentibus anxiis</i><br /></span>
-<span class="i0"><i>Viresque et addis cornua pauperi.</i><br /></span>
-</div></div>
-</div>
-
-<p>Dice Longo, <i>encadenado Licurgo</i>. Era éste un rey de Tracia que se opuso
-al culto de Baco, por lo cual sufrió un gran castigo del dios.</p>
-
-<p><i>Despedazado Penteo.</i> Esta aventura es de las más famosas de la historia
-de Baco, por haber dado asunto á un drama de Esquilo, ya perdido, que
-llevaba por título <i>Penteo</i>, y á la tragedia de Eurípides, que se
-conserva y se titula <i>Las Bacantes</i>. Parece que el culto de Baco, con
-sus frenéticas orgías, vino á Grecia desde Tracia y Macedonia, y halló
-en Grecia al principio grande oposición. Penteo en Tebas se opuso á este
-culto,<span class="pagenum"><a name="page_170" id="page_170"></a>{170}</span> y fué despedazado por las bacantes furiosas, entre las cuales se
-hallaba Agave, su madre.</p>
-
-<p><i>Ariadna dormida.</i> Prescindimos, por no ser prolijos, del valor y
-significado alegórico é histórico que puedan tener los amores de
-Ariadna, hija de Minos, con Baco. La general opinión, esto es, la fábula
-más conocida, junta en una las dos historias de los amores de Ariadna
-con Baco y con Teseo. Abandonada por este príncipe en la isla de Naxos,
-después que le ayudó á vencer al Minotauro y á salir del laberinto, Baco
-se le aparece enamorado, y se la lleva en triunfo. Los hermosísimos
-versos de Catulo, en el epitalamio de Tetis y Peleo, describen
-admirablemente, así el furor de Ariadna abandonada, como su triunfo
-inmediato, y la pompa báquica en toda su extraña locura:</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2"><i>At pater ex alia florens volitabat Iachus,</i><br /></span>
-<span class="i0"><i>Cum thiaso Satyrorum et Nysigenis Silenis,</i><br /></span>
-<span class="i0"><i>Te quærens, Ariadna, tuoque incensus amore;</i><br /></span>
-<span class="i0"><i>Qui tum alacres passim lymphata mente furebant</i><br /></span>
-<span class="i0"><i>Evoe, bachantes, evoe, capita inflectentes.</i><br /></span>
-<span class="i0"><i>Horum pars tecta quatiebant cuspide thyrsos,</i><br /></span>
-<span class="i0"><i>Pars e divolso raptabant membra fuvenco:</i><br /></span>
-<span class="i0"><i>Pars sesse tortis serpentibus incingebant;</i><br /></span>
-<span class="i0"><i>Pars obscura cavis celebrabant orgia cistis</i><br /></span>
-<span class="i0"><i>Orgia quæ frustra cupiunt audire profani;</i><br /></span>
-<span class="i0"><i>Plangebant alia proceris tympana palmis.</i><br /></span>
-<span class="i0"><i>Aut tereti tenues tinnitus ære ciebant;</i><br /></span>
-<span class="i0"><i>Multi raucisonos efflabant cornua bombos,</i><br /></span>
-<span class="i0"><i>Barbaraque horribili stridebat tibia cantu.</i><br /></span>
-</div></div>
-</div>
-
-<p>Como se ve, el asunto del triunfo de Ariadna, de las bacanales y de la
-historia del hijo de Semele, rodeado siempre de bacantes, sátiros y
-silenos, se prestaba mucho<span class="pagenum"><a name="page_171" id="page_171"></a>{171}</span> á la pintura, y desde los tiempos más
-antiguos se han empleado en este asunto los pintores.</p>
-
-<p>Pedimos perdón á los eruditos de habernos extendido demasiado en esta
-nota, pero ya se harán cargo de que escribimos también para el vulgo, el
-cual tal vez ignora lo que ellos tienen olvidado de puro sabido. Para no
-prolongar más la nota omitimos mucho que, con ocasión de Baco, se
-pudiera decir sobre el origen de la tragedia, que nació en sus fiestas,
-y sobre otras cosas, curiosas para quien no las sabe, y tal vez cansadas
-para los doctos, que las saben más fundamentalmente que yo.</p>
-
-<p>XXXIV. <i>Á este mensajero, que se llamaba Eudromo, porque su oficio era
-correr.</i> Es evidente que en lo antiguo los nombres y los apellidos
-debieron de ser apodos, que denotasen oficio, condición, virtud, defecto
-ó calidad de la persona á quien se daban. Y esto en todos los países é
-idiomas. Lo que ocurría primero en la realidad de la vida se conservó
-después en Grecia y Roma, en las ficciones poéticas, sobre todo en
-comedias y cuentos, donde aparecen personajes imaginarios, y no
-históricos. El nombre de cada uno de estos personajes designa ya su
-carácter, empleo ó menester. Así, por ejemplo, en las comedias de
-Terencio se pone al principio lo que llaman <i>ratio nominum</i>, ó sea una
-explicación de por qué los personajes se llaman como se llaman. Allí
-vemos que una nodriza se llama Canthara, del cantarillo ó vaso de la
-leche; un soldado fanfarrón, Thraso, de θράσος, audacia; un joven
-alegre, Fedro, de φαιδρός, alegre; una meretriz desenvuelta, Bacchis;
-un<span class="pagenum"><a name="page_172" id="page_172"></a>{172}</span> criado, Parmeno, porque está ó permanece cerca de su amo, etc.
-Eudromo, pues, el buen corredor, se llamaba así porque corría.</p>
-
-<p>XXXV. <i>...Sin duda mandará ahorcar de un pino á este viejo sin ventura,
-como ahorcaron á Marsyas.</i> Marsyas no fué sólo ahorcado, sino también
-desollado, como dice Ovidio en los Fastos.</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i0"><i>Provocat et Phœbum, Phœbo superante, pependit;</i><br /></span>
-<span class="i0"><i>Cæssa recesserunt a cute membra sua.</i><br /></span>
-</div></div>
-</div>
-
-<p>Se cuenta de este Marsyas que fué un sátiro de grandísimo ingenio, que
-inventó muchas cosas, pero que se puso tan soberbio, que quiso competir
-con el propio Apolo en la música, de lo cual salió tan mal parado como
-queda dicho. Las Ninfas, de quien Marsyas era muy estimado, le lloraron
-y le convirtieron en río, cuyas aguas riegan la Frigia. Esto sucedió
-cerca de la ciudad de Celenas, por donde corre el río Marsyas. Así es
-que Xenofonte, cuando pasó por allí con los diez mil, acompañando al
-joven Ciro, dice que «se contaba que allí desolló Apolo á Marsyas cuando
-le venció en la contienda que con él tuvo sobre la música, y que colgó
-el cuero de él en una cueva de donde nacen las fuentes.» Xenofonte no
-dice con todo que Marsyas se convirtió en río, sino que por eso, por
-dicho lance, se llamó el río Marsyas.</p>
-
-<p>XXXVI. <i>...en compañía de su parásito, Gnatón.</i> Gnatón viene de γνάθος,
-boca, quijada. Tal vez salga de<span class="pagenum"><a name="page_173" id="page_173"></a>{173}</span> este vocablo griego la palabra española
-<i>gaznate</i>. De todos modos, γνάθων es sinónimo de parásito, y muchos
-personajes de comedias, que representan dicho carácter, llevan por
-nombre Gnatón. Hasta hay cortesanas ó etéreas que, sin duda, por muy
-golosas y comilonas, se llaman Gnatenas. El parásito del <i>Eunuco</i> de
-Terencio se llama Gnatón. Alcifrón, en sus famosas cartas, describe
-muchos parásitos, y en el teatro griego apenas había comedia en que no
-figurase uno, respondiendo á nuestros lacayos graciosos de las comedias
-de capa y espada, si bien los parásitos eran más despreciables y ruines.</p>
-
-<p>XXXVII. <i>Ni Apolo, cuando estuvo de pastor al servicio de Laomedonte...</i>
-Aquí el autor se distrajo tal vez, y supuso que Apolo guardó los bueyes
-de Laomedonte, por más que la general creencia era la de que guardó el
-ganado de Admeto, rey de Tesalia, cuando andaba oculto por las riberas
-del río Anfriso huyendo de las iras de Júpiter por haber muerto á los
-cíclopes. Hizo Apolo estas muertes porque los cíclopes forjaron á
-Júpiter el rayo con que el rey de los dioses mató á Esculapio, que era
-hijo de Apolo. Apolo estuvo también con Neptuno al servicio de
-Laomedonte, mas fué para levantar los muros de Troya.</p>
-
-<p>XXXVIII. <i>...y estimaba á tu cocinero más digno de admiración y de
-afecto que á todas las muchachas de Mitilene.</i> Esto tiene tal vez en el
-original cierto sentido que, en virtud del <i>arreglo</i> hecho por mí en el
-libro IV, debe desaparecer en la traducción. El sentido que se da<span class="pagenum"><a name="page_174" id="page_174"></a>{174}</span> á la
-frase en la traducción está perfectamente conforme con el carácter del
-parásito glotón y aficionado á los buenos bocados. Para la gente de esta
-clase, según los poetas cómicos y satíricos de la edad clásica, los
-cocineros, siendo buenos, eran como dioses, y la cocina era un templo.
-Las causas de su amistad y de su amor estaban en la cocina. Á este
-propósito escribió un poeta del Renacimiento el siguiente epigrama:</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i0"><i>Vita Cœnipetas, vagos Gnathones,</i><br /></span>
-<span class="i0"><i>Nec blandos licet æstimes amicos:</i><br /></span>
-<span class="i0"><i>Illis, dum calet olla, amor calebit;</i><br /></span>
-<span class="i0"><i>Frigebunt cito, si culina friget.</i><br /></span>
-<span class="i0"><i>Non te, sed tempidum colunt cæminum:</i><br /></span>
-<span class="i0"><i>Illis fumus ubi est, ibi est amicus.</i><br /></span>
-</div></div>
-</div>
-
-<p>Lo cual imitó de esta suerte Francisco de la Torre:</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i0">Á los que representan vida buena<br /></span>
-<span class="i0">En el teatro de una y otra cena<br /></span>
-<span class="i0">Lisonjeros buscones, y testigos<br /></span>
-<span class="i0">De la mesa, no estimes por amigos;<br /></span>
-<span class="i0">Porque en éstos (Dios de ellos nos preserve)<br /></span>
-<span class="i0">Mientras hierve la olla el amor hierve.<br /></span>
-<span class="i0">Y tienen con hastío,<br /></span>
-<span class="i0">Si helada la cocina, el pecho frío.<br /></span>
-<span class="i0">Lo que aman no eres tú, aunque amigo seas,<br /></span>
-<span class="i0">Sólo aman las calientes chimeneas,<br /></span>
-<span class="i0">Y para éstos, en fin, con ardor sumo,<br /></span>
-<span class="i0">Allí el amigo está donde está el humo.<br /></span>
-</div></div>
-</div>
-
-<p>En las cartas de Alcifrón están pintadas las costumbres de los parásitos
-y sus percances y disgustos: uno va á buscar cortesanas para el señor
-que le convida; otro<span class="pagenum"><a name="page_175" id="page_175"></a>{175}</span> es apaleado casi de diario; otro está á punto de
-morir de indigestión; otro se desespera porque no halla quien le
-convide; otro se introduce en la cocina y roba de los mejores platos
-para regalarse. Había también parásitos muy divertidos, decidores y
-discretos, cuyos chistes hacían reir y entretenían á los señores con
-quienes comían. En tiempo de Menandro había dos parásitos famosísimos
-por sus chuscadas y por su elocuencia, y se llamaban Euclides y
-Filoxeno. El respeto, la admiración y el amor que los parásitos
-profesaban á los buenos cocineros, están consignados en muchos
-fragmentos que de la comedia griega se conservan aún. Sobre todo esto
-pueden verse pormenores curiosos en el ameno y erudito libro de
-Guillermo Guizot, titulado <i>Menandro ó la comedia y la sociedad
-griegas</i>. Baste decir aquí que el arte de la cocina y la gastronomía
-eran considerados punto menos que santos. Había tratados de gastronomía
-que se estimaban mucho, y se cita el de Archestrato como uno de los más
-famosos.</p>
-
-<p>XXXIX. <i>Vaquero fué Anquises</i>, etc. Esta parte del discurso de Gnatón
-está de otro modo en el original. El parásito, en el original, quiere
-justificarse de otras cosas con el ejemplo de los dioses.</p>
-
-<p>XL. <i>...se desembarazó de la capa</i> ῥίψας θοιμάτιον, dice el original;
-<i>abiecto pallio</i>, la traducción latina. La mejor traducción de esto en
-castellano es <i>capa</i>, si bien el <i>pallium</i> era más bien una manta ó una
-pieza cuadrada de tela de lana que los griegos se ponían sobre la
-túnica, como los romanos se ponían la toga. El ἱμάτιον, sujeto<span class="pagenum"><a name="page_176" id="page_176"></a>{176}</span> por lo
-común al cuello por un broche, <i>fibula</i>, πόρπη, tomaba diversos nombres,
-según el modo de llevarle puesto.</p>
-
-<p>XLI. <i>No me aborrezcas por haberte expuesto. Muy á despecho mío lo
-hice.</i> Las razones meramente económicas que tuvieron los padres de
-Dafnis y de Cloe para exponerlos á muerte segura y horrible, pues sólo
-se salvan por milagro de Amor y las Ninfas, y la frescura y poca
-vergüenza con que confiesan su infanticidio, pues lo era, aunque
-frustrado, no pueden menos de sublevar los más humanos y nobles
-sentimientos de nuestra edad; mas, por desgracia, esta dureza
-antinatural de padres y madres no fué sólo entre paganos, ni está sólo
-consignada en historias fabulosas ó verdaderas de entonces. Las
-historias de épocas muy cristianas están llenas de casos parecidos y aun
-peores; verdad es que no era la economía, sino un infame pundonor, quien
-á tales horrores excitaba. Así vemos, por ejemplo, que Amadis fué
-arrojado al río por orden ó consentimiento de su madre Elisena, y en <i>El
-Prevenido engañado</i>, de Doña María de Zayas, una dama va á parir á un
-corral y deja allí abandonada á la criatura para que se la coman los
-cerdos. En el día, estos motivos de falsa honra no han cesado; pero los
-de economía vuelven á tener ó tienen mayor fuerza que nunca, si bien el
-infanticidio se suele hacer con anticipación tal, que apenas lo parece.
-Se asegura que hay países muy cultos donde estipulan los que se casan
-cuántos hijos han de tener. Ignoramos si tan perversa costumbre se va ya
-introduciendo en España. Contra ella es freno la religión. No me atrevo
-á<span class="pagenum"><a name="page_177" id="page_177"></a>{177}</span> decir que lo es también toda moral filosófica, cuando vemos que uno
-de los filósofos ó pensadores que más en moda han estado, y más han
-movido los espíritus de los hombres de un siglo á esta parte, J. J.
-Rousseau, echaba á sus hijos á la inclusa y lo confesaba cínicamente.</p>
-
-<p>XLII. <i>...Al varón le pusieron por nombre Filopoemen y á la niña
-Ageles.</i> Filopoemen vale tanto como <i>amigo de los pastores</i> ó <i>de la
-vida pastoril</i>, de φίλος, <i>amigo</i>, y ποιμήν, pastor. Ageles significa
-<i>rebaño</i>, <i>manada</i>, ἀγέλη.</p>
-
-<p>XLIII. <i>Las pastorales de Longo</i> han sido anotadas y comentadas por
-muchos y muy sabios críticos, como Sinner, Courier, Villoison,
-Mitscherlich, Coray, Huet, Moll y Schaefer. De muy poco de estas notas
-nos hemos valido, por ser más propias de los que publican el texto
-original. Las nuestras son casi todas para la mejor inteligencia de la
-traducción, y van sólo dirigidas en su mayor parte, como ya hemos dicho
-en otro lugar, al vulgo de los lectores no eruditos.</p>
-
-<p>Y ya que hemos hablado de los anotadores y comentadores de Longo, bueno
-será decir algo de los críticos que le han juzgado, poniendo aquí, para
-terminar estas notas, varias muestras de sus juicios.</p>
-
-<p>Huet (<i>De l’origine des romans</i>) dice: «Su estilo es sencillo, fácil y
-conciso, sin obscuridad; sus expresiones están llenas de viveza y de
-fuego; produce con ingenio, pinta con agrado y dispone sus imágenes con
-destreza.» Mureto le llama «escritor suavísimo y dulcísimo.» Scalígero,<span class="pagenum"><a name="page_178" id="page_178"></a>{178}</span>
-«autor amenísimo, y tanto mejor cuanto más sencillo.» Villoison dice:
-«El habla de Longo es pura, cándida, suave, concisa y encerrada en
-breves períodos, y sin embargo, numerosa, sin ninguna aspereza, pues
-fluye más dulce que miel, ó como arroyo argentino, á quien frondosa y
-verde selva da sombra y frescura, y donde se ven mucha copia y variedad
-de flores; de suerte que no hay allí palabra, ni sentencia, ni frase que
-no deleite.»</p>
-
-<p>Dunlop (en su <i>History of fiction</i>) discurre por extenso sobre nuestra
-novela. Extractaremos algo de su juicio. «Longo, dice, ha evitado muchas
-de las faltas en que sus modernos imitadores han caído, causando á este
-género de composición (el pastoril) no corto descrédito. Sus personajes
-nunca expresan conceptos de afectada galantería, ni se enredan en
-razonamientos abstractos, ni él ha sobrecargado su novela con aquellos
-frecuentes y largos episodios que en la <i>Diana</i> de Jorge de Montemayor y
-en la <i>Astrea</i> de D’Urfé fatigan la atención y nos causan indiferencia
-respecto á la acción principal. Ni nos pinta tampoco aquel estado
-quimérico de la sociedad, llamado siglo de oro, donde los rasgos
-característicos de la vida rural están borrados, sino que procura
-agradarnos por una imitación legítima de la naturaleza y con la
-descripción de las costumbres, faenas, deleites y fiestas de los
-campesinos... Esta <i>pastoral</i> está en general muy bellamente escrita. El
-estilo, aunque ha sido censurado por la reiteración de las mismas
-formas, y por mostrar en algunos pasajes al sofista que emplea juego de
-palabras y afectadas antítesis, debe considerarse como el dechado más
-puro de la lengua<span class="pagenum"><a name="page_179" id="page_179"></a>{179}</span> griega en aquel último período. Las descripciones de
-las escenas y ocupaciones campestres son por extremo agradables, y, si
-es lícito usar la expresión, hay en ellas cierta amenidad y calma, que
-sobre toda la novela se difunden. Ésta, á la verdad, es la principal
-excelencia en una obra de esta clase, pues no nos encanta el pastoreo,
-sino la paz y el reposo de los campos.»</p>
-
-<p>No es todo elogio lo que pone Dunlop. Censura la monotonía de los amores
-y coloquios, y condena, sobre todo, la inmoralidad y licencia de varios
-pasajes.</p>
-
-<p>Sobre el influjo que ha tenido ó puede haber tenido esta novela en obras
-de la moderna Europa, Dunlop deja en duda si Tasso se inspiró algo en
-ella para el <i>Aminta</i>; pues si bien no se publicó edición alguna de
-Longo en griego, hasta 1598, cuando ya Tasso había muerto, Tasso pudo
-leer la traducción francesa de Amyot de 1559 y la paráfrasis latina en
-verso de su compatriota Gambara, publicada en 1569. Dice, por último,
-Dunlop, que ni Montemayor en la <i>Diana</i>, ni D’Urfé en la <i>Astrea</i>
-imitaron á Longo. Sí le han imitado Ramsay en el <i>Gentle Shepherd</i>,
-Marmontel en <i>Annette et Lubin</i>, y más felizmente que todos, el alemán
-Gessner en sus idilios.</p>
-
-<p>Villemain dice: «No se puede negar que <i>Dafnis y Cloe</i> ha servido de
-modelo á <i>Pablo y Virginia</i>. Á pesar de los cambios de costumbres,
-creencias y clima, la imitación es sensible en el lenguaje de los dos
-amantes; las mismas candideces apasionadas salen de la boca de Dafnis y
-de la de Pablo; pero la superioridad del autor francés, ó más bien de
-los sentimientos que le inspiran, se muestra por doquiera, y hace de su
-obra una de las<span class="pagenum"><a name="page_180" id="page_180"></a>{180}</span> más encantadoras producciones de los tiempos modernos.
-Esta superioridad no consiste sólo en una dicción más sencilla, en un
-gusto más conforme con lo natural y verdadero, sino que estriba, sobre
-todo, en la pureza moral y en la especie de pudor cristiano que reinan
-en <i>Pablo y Virginia</i>. El cuadro de Longo es voluptuoso; el del autor
-francés es casto y apasionado.»</p>
-
-<p>Chauvin (en <i>Les romanciers grecs et Latins</i>) dice: «<i>Dafnis y Cloe</i> es
-una pastoral encantadora, y ocupa, con la obra de Heliodoro, el primer
-lugar entre las novelas griegas. La intriga es seguida, interesante y de
-una sencillez del todo campesina... Es un cuadro lleno de gracia y de
-frescura, variado por cuentos mitológicos dichosamente elegidos y bien
-ligados con el asunto. El carácter, el lenguaje y las costumbres de los
-pastores son siempre lo que deben ser, y el autor ha sabido evitar los
-dos escollos ordinarios de las novelas pastorales: la grosería y la
-cortesanía afectada. El estilo no es menos notable que el fondo; es casi
-siempre de una elegancia que raya en coquetería y revela el trabajo del
-autor. Su frase tiene cierta concisión ingeniosa, dispuesta con la más
-hábil simetría y construída con tal delicadeza de gusto, que hasta de la
-eufonía se preocupa. El autor no aventura sin intención ni una palabra,
-y descuella en el empleo de las más propias para que el pensamiento sea
-claro y fácil de comprender. Como se afana por parecer natural y emplea
-tanto arte para ser cándido y sencillo, exagera estas cualidades y
-descubre el trabajo que le cuesta tenerlas. Es lástima que el mérito de
-esta linda novela esté afeado por la mancha que es común á todas las
-novelas griegas: la obscenidad de<span class="pagenum"><a name="page_181" id="page_181"></a>{181}</span> ciertos pormenores y de las pinturas
-voluptuosas, que el amor del arte no puede justificar.»</p>
-
-<p>Más severo Chassang con <i>Dafnis y Cloe</i>, conviene, no obstante, en que
-esta novela es la mejor de todas las antiguas, aunque después añade: «Su
-mérito no es la moralidad. Comparémosla con la imitación que ha hecho de
-ella Bernardino de Saint-Pierre en <i>Pablo y Virginia</i>, y veremos lo que
-una imaginación casta y pura ha hecho de un cuadro en el que lo
-voluptuoso rayaba en indecente. La fábula de <i>Dafnis y Cloe</i> es de gran
-sencillez, y ésta es calidad que se aprecia, sobre todo al considerar
-los mil incidentes groseramente dramáticos que se amontonan en otras
-novelas griegas. Aquí el espíritu se reposa en más tranquilas imágenes.
-¿Por qué ha de haber aquí también raptos y piraterías? ¿Por qué la
-naturaleza toda se ha de desencadenar á causa del rapto de Cloe, y por
-qué ha de mezclarse con la narración de las aventuras de los amantes la
-de una guerra entre dos ciudades? En cuanto al estilo, de todo tiene
-menos de sencillo. Tiempo ha que el candor de la traducción de Amyot ha
-dejado de alucinarnos sobre la afectación del original.» En este punto
-el excesivo amor propio nacional creemos que engaña á Chassang,
-encontrando sencillez y candor en francés, y no encontrándolos en
-griego. Por último, añade: «El autor (Longo) era un ingenio elegante,
-distinguido y dotado de un vivo sentimiento de la naturaleza; pero su
-obra tiene los caracteres de una época de decadencia.»</p>
-
-<p>Humboldt, en el <i>Cosmos</i>, al hablar del sentimiento de la naturaleza, y
-de su expresión entre las diversas<span class="pagenum"><a name="page_182" id="page_182"></a>{182}</span> razas humanas, vista la rapidez con
-que tiene que tratar este asunto, es grande la distinción que hace de la
-obra de Longo, de la que dice (edición de Stuttgart, 1847, II Band., p.
-14): «En el posterior tiempo bizantino, desde el fin del siglo <small>IV</small>, vemos
-con más frecuencia pinturas de paisajes en las novelas de los prosistas
-griegos. Por estas pinturas se distingue la novela pastoral de Longo, en
-la cual, no obstante, las suaves descripciones de la vida humana son muy
-superiores á la expresión del sentimiento de la naturaleza.»</p>
-
-<p class="c">FIN DE LAS NOTAS</p>
-
-<div class="figcenter">
-<img src="images/ill_pg_182.png" width="80" alt="" title="" />
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_183" id="page_183"></a>{183}</span>&nbsp; </p>
-
-<h2><a name="LEYENDAS_DEL_ANTIGUO_ORIENTE" id="LEYENDAS_DEL_ANTIGUO_ORIENTE"></a>LEYENDAS DEL ANTIGUO ORIENTE</h2>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_184" id="page_184"></a>{184}</span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_185" id="page_185"></a>{185}</span>&nbsp; </p>
-
-<h2>
-<img src="images/ill_pg_185.png" width="500" height="120" alt="" title="" />
-<br />LEYENDAS DEL ANTIGUO ORIENTE</h2>
-
-<p>El recuerdo de la gran civilización greco-romana, ya gentílica, ya
-transfigurada más tarde por el Cristianismo, no dejó de columbrarse
-hasta en los siglos más tenebrosos de la Edad Media. Los pueblos de
-Europa siguieron avanzando á la luz de aquel recuerdo, y pronto
-volvieron al verdadero camino de la civilización, del cual no cabe duda
-que se habían apartado. Y no es esto negar la marcha constantemente
-progresiva del humano linaje. Un caminante se pierde por la noche en una
-intrincada y obscura selva: atraviesa espesos matorrales, breñas
-confusas y medrosos precipicios; tal vez rodea mucho; tal vez gasta más
-tiempo y se fatiga más de lo que debiera; pero vuelve al cabo á hallarse
-en el buen sendero, más adelante del punto en que se perdió, y más cerca
-del término á que aspira. No de otra suerte comprendemos el retroceso
-aparente de la civilización del mundo, en ciertos períodos históricos.</p>
-
-<p>Importa, además, tener presente, que cuanto por<span class="pagenum"><a name="page_186" id="page_186"></a>{186}</span> la intensidad se
-menoscaba, suele compensarse en difusión. Más alumbra acaso una lámpara,
-suspendida en la bóveda de un pequeño santuario, que la luna esparciendo
-sus rayos por el espacio profundo de los cielos. Y, sin embargo, el
-fulgor de la luna es infinitamente mayor que el de la lámpara. Lo mismo
-ha podido afirmarse de la civilización, cuando se ha encerrado dentro de
-los límites de un solo pueblo, ó tal vez ha iluminado sólo á una casta
-de hombres superiores, ó por naturaleza ó por institución religiosa,
-civil ó política. La suma del saber extendida por el mundo todo en el
-siglo <small>X</small> de la Era cristiana, por ejemplo, era mayor sin duda que la suma
-del saber que había en el mundo en el siglo IV antes de dicha Era. En
-balde se buscará, no obstante, en todas las regiones y entre todas las
-razas de hombres, en el siglo <small>X</small>, un florecimiento artístico, poético y
-filosófico, como el que hubo en el siglo <small>IV</small> antes de la venida de
-Cristo, en una pequeña comarca de Europa, cuyo centro fué Atenas.</p>
-
-<p>La memoria, aunque vaga, de aquel florecimiento, los restos de aquella
-antigua civilización sirvieron de guía, estímulo y mira á las naciones
-de Europa, las cuales, pensando sólo en hacer que aquella ya muerta
-civilización, renaciese, aspirando sólo á retroceder hasta allí para
-encontrar su ideal, lograron en la época del Renacimiento, no ya un<span class="pagenum"><a name="page_187" id="page_187"></a>{187}</span>
-mero renacimiento, sino una civilización mayor, más comprensiva y más
-varia, en la cual no era todo la antigua civilización clásica, sino era
-un elemento, una parte, uno de los muchos factores. Fué como planta
-marchita, que se había cortado hasta el haz de la tierra, pero cuyas
-raíces vivían. Cuando á fuerza de esmerado cultivo, retoñó, reverdeció,
-y volviendo á florecer, dió abundantes frutos, hubo de notarse con
-agradable sorpresa que los frutos eran otros, ricos y extraños, mejores
-de los que se esperaban, porque en la raíz de la planta antigua se
-habían introducido insensible y misteriosamente, como otros tantos
-injertos fecundos, mil peregrinas ideas, nociones y pensamientos. El
-poeta, que pensó imitar á Homero ó á Virgilio, puso en su obra algo
-nuevo y superior, y fué Dante ó Tasso; el filósofo, que pensó comentar á
-Platón ó Aristóteles, creó en su comentario una nueva filosofía que
-aquéllos jamás soñaron; los humildes glosadores de las leyes romanas
-abrieron inspirada y divinamente ancho é inexplorado campo y jamás hasta
-entonces vislumbrados y claros horizontes, por donde alcanzaron á
-entrever un concepto más puro y sublime de la justicia en la sociedad y
-en los indivíduos; y los estudiosos admiradores de Plinio, Dioscórides,
-Hipócrates y Galeno, buscando inspiración á fin de anotarlos y de
-aclararlos, descubrieron en el oculto seno de la<span class="pagenum"><a name="page_188" id="page_188"></a>{188}</span> naturaleza más hondas
-verdades que cuantas sus maestros habían llegado jamás á conocer y á
-divulgar entre los hombres.</p>
-
-<p>En nuestro sentir, lejos de ser el Renacimiento, con la adoración que no
-pudo menos de suscitar en favor de los antiguos, y con el prurito
-constante de imitarlos, un estorbo para que lo original y lo propio
-apareciesen, una distracción hacia lo pasado que nos embelesaba y
-retenía sin ir á la conquista del porvenir, fué un incentivo poderoso,
-un estímulo ardiente, quizá una saludable alucinación por donde,
-imaginando volver atrás en pos del remedio, nos lanzamos con brío hacia
-adelante, en busca de lo desconocido.</p>
-
-<p>Posteriormente, cuando los pueblos de la moderna Europa contemplaron el
-camino andado y tuvieron plena conciencia de la superioridad de su
-civilización, el respeto á los antiguos se convirtió en orgulloso
-menosprecio y en desdén injusto, el cual, empezando por las ciencias, y
-en este punto llegando á su colmo en el siglo <small>XVIII</small>, vino á extenderse
-también á principios de nuestro siglo por los dominios del arte y de la
-poesía.</p>
-
-<p>Por dicha, en época posterior y algo reciente, mitigada la pasión del
-engreimiento, pero sin que reviva por eso la ciega admiración anterior,
-hemos venido á un término justo y razonable de estimación á la antigua
-cultura clásica, la cual fué nuestro<span class="pagenum"><a name="page_189" id="page_189"></a>{189}</span> norte; y hemos evaluado y tasado
-en lo debido su importancia, su influjo y su cooperación eficaz en los
-desenvolvimientos ulteriores del espíritu humano.</p>
-
-<p>Predispuestos así los ánimos en nuestros días, hemos anhelado como nunca
-descubrir y saber las cosas todas, y hemos manifestado una equitativa y
-serena imparcialidad para juzgarlas. Desde el renacimiento clásico hasta
-ahora, el espíritu de los pueblos europeos ha encumbrado su vuelo á tal
-altura, que mientras otea entre nieblas no poco de su confuso porvenir,
-va penetrando en los abismos de lo pasado, y ensanchando por ambos
-extremos el imperio vastísimo de la historia. Y no podía ser de otra
-suerte, porque no podía reducirse nuestro conocer á una porción de
-tiempo mezquina, después de haberse dilatado por el espacio sin término.
-El hombre de ahora, que ha hollado con sus pies todas las regiones del
-globo que habita, y que ha llegado á abarcar con sus ojos mortales la
-insondable profundidad del éter, ha querido hacer y ha hecho no menos
-importantes conquistas en el tiempo que en el espacio.</p>
-
-<p>Si quedan en pie las dudas sobre el principio que pudo tener este
-infinito Universo, y hasta sobre el origen de la tierra, nuestra morada,
-y sobre la aparición en ella de nuestros primeros padres, de todo lo
-cual sólo la fe ó la imaginación siguen<span class="pagenum"><a name="page_190" id="page_190"></a>{190}</span> dando explicaciones, mientras
-que la verdadera ciencia niega ó calla; al menos ese principio, ese
-origen y esa aparición incomprensibles, han ido retrocediendo en nuestra
-mente hasta perderse en la noche tenebrosa del tiempo, y han dejado al
-descubierto un larguísimo período, millares de años de existencia, no ya
-sólo para el globo en que vivimos, sino también para el linaje humano.</p>
-
-<p>Sobre el origen de éste y del mundo no puede ya aquietarse la
-curiosidad, dándose por satisfecha con los <i>mythos</i> de los antiguos
-Libros Sagrados ó con las bellas fábulas que los poetas han inventado ó
-nos han transmitido, prestándoles una forma inmortal. Sin embargo,
-menester es confesarlo, las explicaciones de los sabios modernos acerca
-de estas cosas, no por ser menos poéticas nos parecen menos
-inverosímiles y disparatadas. Algunos naturalistas de ahora tal vez
-tengan razón, tal vez nosotros seamos atrevidos y hasta insolentes en no
-querer creerlos, pero muchas de sus teorías tienen visos de ser tan
-extravagantes como las expuestas en el <i>Antropodemus plutonicus</i> y en
-<i>El ente dilucidado</i> del padre Fuente de la Peña. Schmidt, por ejemplo,
-supone que las formas pasan ó se transmiten de unos seres á otros; ya
-del animal á la planta, ya de la planta al animal. Así, de un tulipán
-saca un cisne, poniendo patas á la cebolla y á la flor pico, y de la
-cola de un león, desprendida por<span class="pagenum"><a name="page_191" id="page_191"></a>{191}</span> cierto accidente, y caida y enclavada
-en terreno fértil, produce una airosa y vencedora palma. Oken, reconoce
-que el hombre no debió de aparecer sobre la tierra ya perfecto y adulto,
-pero tampoco cree posible que apareciese como aparece ahora, no teniendo
-madre ni nodriza que le cuidase y amamantase, y siendo una criatura tan
-menesterosa é incapaz en los primeros años de su vida. Para salvar estas
-dificultades, imaginó Oken que en el seno de los mares, cuando estaban
-aún á muy elevada temperatura, se formaron unos huevos donde los
-primeros hombres se criaron y empollaron hasta la edad de tres ó cuatro
-años. La marea hubo de ir depositando estos huevos en la playa, y de
-ellos salieron ya los muchachos, listos y traviesos, y aptos para
-alimentarse de mariscos, raíces, frutas silvestres y sabandijas. Tal fué
-el origen de la humanidad. Otro sabio, llamado Ritgen, hace nacer á los
-primeros hombres en el cáliz de ciertas flores gigantescas. Otros, por
-último, y ésta es la opinión que ahora priva, hacen que todo proceda de
-ciertas moléculas ó globulillos viscosos ó glutinosos, los cuales van
-compaginando y construyendo todas las formas y maneras de la vida, desde
-los grados más ínfimos hasta el grado supremo, que en el día es el
-hombre, y seguirá siéndolo mientras no se forme, engendre y cuaje otro
-género superior que nos quite la supremacía y el imperio, y nos<span class="pagenum"><a name="page_192" id="page_192"></a>{192}</span> mate á
-desazones y malos tratos. Edgardo Quinet, en su reciente y amena obra
-<i>La Creación</i>, se muestra muy inclinado á esta doctrina, y harto
-receloso de que el día menos pensado nos encontremos como quien dice de
-manos á boca y al revolver de una esquina, con este ser superior al
-hombre, que nos destrone y confunda, y de quien seamos animal doméstico,
-como es para nosotros el perro ó el gato. Con dolor prevé Edgardo Quinet
-que, en nuestro orgullo de reyes de la creación, no hemos de querer
-conformarnos con un papel tan humilde, y que todos nos hemos de morir de
-pena, aunque somos ya de 1.200 á 1.300 millones. No de otra suerte se
-extinguió la raza de los <i>antropiscos</i>, que, según otro sabio, llamado
-Bergmann, en sus <i>Estudios de Ontología general</i>, precedió
-inmediatamente al hombre, y fué el eslabón de la cadena que le une al
-chimpancé, al gorila y á otros monos mayúsculos, desde los cuales, si
-seguimos retrocediendo en los grados de la vida, iremos á parar á los
-globulillos pegajosos de que ya hemos hablado. Pero estos globulillos,
-sacos ó vejigüelas que contienen la vida, ¿cómo se han formado? ¿Cómo de
-lo inorgánico ha procedido lo orgánico? Á esto se contesta con la ley de
-formación progresiva y hasta se cita el <i>uranoelain</i>, que es una
-substancia, orgánica vesicular, que se halla en la nieve cuando cae de
-las nubes. Teniendo ya á mano las tales vejigüelas,<span class="pagenum"><a name="page_193" id="page_193"></a>{193}</span> no queda criatura
-que no se fabrique con ellas y que, por sus pasos contados, de ellas no
-vaya saliendo.</p>
-
-<p>Del moho sale el hongo, del hongo el líquen, del líquen el musgo, del
-musgo el helecho y del helecho la palma; mientras que por otro lado,
-sale del pulpo el caracol, del caracol el cangrejo, y del cangrejo el
-pez, y del pez el lagarto, y del lagarto el cuadrúpedo, y del cuadrúpedo
-el mono, y del mono el <i>antropisco</i>, y del <i>antropisco</i> el hombre, y del
-<i>hombre</i> ese sujeto de quien tenemos tanto que recelar, según Edgardo
-Quinet. Llama dicho autor á la destrucción de nuestra especie por el
-mencionado sujeto, una <i>profecía de la ciencia</i>. Es el último capítulo
-de su obra, la Apocalipsis de este Novísimo Testamento. Nuestras artes,
-nuestras literaturas, nuestra elocuencia parlamentaria, nuestras
-cavatinas, arias y sinfonías, todo se acabará. ¿Qué permanecerá de
-todo?, pregunta Edgardo Quinet. Y él mismo responde: «Lo que hoy queda
-del murmullo de los insectos en la floresta carbonífera?» Por cierto que
-no valía la pena que se ha tomado de estar estudiando ciencias naturales
-durante diez años, según afirma este profeta, para prorrumpir al cabo en
-un tan desconsolador vaticinio. Entre tanto, conviene vivir sobre aviso
-y con la barba sobre el hombro; y si descubrimos en gérmen á ese nuevo
-ser, no hay más que exterminar el germen,<span class="pagenum"><a name="page_194" id="page_194"></a>{194}</span> aunque sea obra poco
-caritativa, imitando en esto la conducta prudente de los pigmeos,
-quienes, según autores fidedignos, bajan todas las primaveras de los
-montes en que habitan, caballeros en sendas cabras, y destruyen los
-huevos de sus acérrimos enemigos, las grullas.</p>
-
-<p>Lo malo es, si hemos de creer á otros sabios, que ya es tarde para
-imitar á los pigmeos. Nuestras grullas han roto el cascarón: la raza que
-ha de acabar con nosotros, como nosotros acabamos con los <i>antropiscos</i>,
-vive y se extiende por el mundo y le domina, y ha empezado la obra de
-aniquilamiento. Darwin, Schaafhausen y otros doctos ingleses y alemanes,
-han explicado bien la teoría de que lo que es mejor y más fuerte, debe
-suplantar á lo que es peor y más débil. Las razas decaídas y endebles,
-que se quedan en grande atraso, que no pueden seguir, ni á remolque y á
-larga distancia, á otras razas más enérgicas é inteligentes, están
-condenadas á perecer y de hecho perecen. Al contacto de toda
-civilización muy superior, los hombres de una civilización muy inferior,
-se mueren todos. Los portugueses y españoles, como no estábamos muy
-civilizados, no dimos muerte á todos los negros é indios con quienes
-entramos en relación cuando nuestros descubrimientos y conquistas; pero,
-según parece, los ingleses y los yankees, como más adelantados en
-civilización, tienen la misión de acabar<span class="pagenum"><a name="page_195" id="page_195"></a>{195}</span> con todos. Á unos los matan á
-cañonazos porque se rebelan, como á los cipayos; á otros de hambre y de
-tristeza, arrojándolos de los terrenos fértiles que habitaban y
-acorralándolos é internándolos en tierras más estériles, como á los
-cafres, hotentotes, pieles-rojas y naturales de la Nueva Holanda y Nueva
-Zelanda; y á otros los matan de fastidio, con el empeño de que lean y se
-afinen, y estudien la Biblia, como á los alegres habitantes de Otahiti,
-olvidados ya de sus danzas lascivas y de sus fáciles amores, y sujetos á
-la férula de algún ministro protestante, empalagoso y cogotudo. Hablando
-Quinet de estos infelices polinesianos, exclama: «De una raza de
-hombres, esparcida sobre una inmensa extensión del globo, no quedará un
-individuo sólo dentro de pocos años.» «Pronto, añade más adelante, no
-quedará de estas naciones sino una queja vaga del abismo, un canto
-popular, una lamentación, quizás algunas palabras de una lengua muerta,
-que pasarán á la lengua de los europeos.» Como prueba de esta misión
-destructora de los ingleses, dice el doctor Zimmermann que la India
-Oriental había sido invadida por las feroces hordas de los mongoles y
-los turcomanos, los cuales incendiaron palacios y ciudades enteras,
-pasaron á cuchillo á los moradores, é hicieron otras cien mil
-insolencias. El país, con todo, era tan generoso y tan rico, que pudo
-alzarse de nuevo á la primera<span class="pagenum"><a name="page_196" id="page_196"></a>{196}</span> prosperidad. Pero fueron los ingleses á
-la India, y la India, que era antes un jardín florido, se va
-convirtiendo en un yermo, y su población de 400 millones se va
-reduciendo á la cuarta parte. Sin duda que en esto hay alguna
-exageración del doctor Zimmermann; mas no puede negarse que, aun
-despojado de la exageración, basta para demostrar cuán terrible es la
-civilización cuando llega muy desnivelada, y para hacernos sospechar si
-serán los ingleses ese género nuevo con que Edgardo Quinet nos amenaza,
-y que no bien acabe con los indios, ha de empezar á acabar con nosotros.
-Toda raza inferior, con respecto á otra superior, es un eslabón ó un
-anillo de la cadena que une al hombre con la naturaleza bruta, y según
-lo explica satisfactoriamente el ya citado doctor Schaafhausen, es una
-ley ineludible del progreso, que este eslabón ó anillo se rompa y
-aniquile.</p>
-
-<p>Quizá pensará alguien que nosotros por salir tan mal librados con esta
-Filosofía de la Historia, hija del consorcio de la Economía Política y
-de la Biología, producto de la combinación de las teorías de Malthus y
-Darwin, la estimamos en poco y nos atrevemos á calificarla de inhumana y
-desconsoladora, cuando no la tenemos por falsa. Pero es lo cierto que la
-tenemos por falsa por convicción y sin que á ello nos mueva el menor
-interés. Apoyan dicha Filosofía de la Historia, los que la siguen, en<span class="pagenum"><a name="page_197" id="page_197"></a>{197}</span>
-el hecho supuesto de que el progreso se realiza, como si dijéramos, por
-la cima, por la cumbre, por la eminencia de las razas. Entienden que con
-el ejercicio se desenvuelven más ciertos órganos y de aquí nacen las
-nuevas especies. Los individuos primeros de las nuevas especies son como
-monstruos de las antiguas. Aquella duda profunda del Padre Fuente de la
-Peña, acerca de <i>si los monstruos lo son ellos ó lo somos nosotros</i>, ha
-venido á resolverse, según la teoría de Darwin, y resulta que los
-monstruos lo somos nosotros. El símil de la girafa explica esto que no
-hay más que pedir. La girafa era en un principio una como cabra montés ó
-gacela; pero se fué á vivir á parajes donde no había yerba, y tuvo que
-alimentarse de las altas ramas hojosas de los árboles. Andaba, por lo
-tanto, casi continuamente estirando el pescuezo y las patas delanteras,
-y tal fué lo afanoso de este ejercicio durante muchas generaciones, que
-las patas delanteras y el pescuezo se le alargaron, y casi sin sentir
-vino á convertirse en girafa. Así, <i>mutatis mutandis</i>, se explica el
-origen de las demás nuevas especies, cada vez mejores. Aplicada al
-hombre la susodicha teoría, debe entenderse que el inglés, á fuerza de
-discurrir y cavilar, ha ido empujando para arriba toda la parte anterior
-de su cráneo y haciendo más capaces los senos, y más gruesas las
-protuberancias de la causalidad, comparación y demás facultades<span class="pagenum"><a name="page_198" id="page_198"></a>{198}</span>
-mentales superiores. Al mismo tiempo, los laberintos ó circunvoluciones
-del meollo y encéfalo se han hecho más tortuosos y complicados, de lo
-cual depende, sin duda, el pensamiento, así como de la masa y volumen de
-los sesos, que se han hecho mayores. Y, por último, la buena
-alimentación ha acostumbrado el estómago inglés á extraer y á asimilar á
-su organismo mayor cantidad de fósforo, que es el ingrediente principal
-con que el pensamiento se confecciona, según Moleschott, Büchner y un
-boticario amigo nuestro. Lo que es Edgardo Quinet, en su ya citada
-<i>Creación</i>, saca de aquí un luminoso corolario. Casi prueba que con el
-Cesarismo se achican los sesos, se hacen más livianos y tienen menos
-circunvoluciones. Los sesos de cualquier francés pesan hoy menos y
-tienen menos laberintos que cuando comenzó á reinar Napoleón III.</p>
-
-<p>De lo que haya de verdad en este modo de explicar el pensamiento, no
-queremos tratar aquí; pero explíquese el pensamiento como quiera, es
-indudable, á nuestro ver, que no se ha aumentado en el hombre la
-potencia ó energía de pensar, desde los principios de la historia hasta
-el día. En esto no ha habido progreso, ni consiste en esto el progreso.
-Quien quiera que fuese el autor ó los autores de los más antiguos himnos
-del Rig-Veda, de los Poemas homéricos, del libro de Job ó de las
-Institutas de Manú, pensó con más energía y eficacia<span class="pagenum"><a name="page_199" id="page_199"></a>{199}</span> que Shakspeare
-componiendo todo su teatro, ó que Newton descubriendo las leyes de la
-gravitación universal. Dados los pocos medios ó elementos de que
-entonces se disponía, dado el escaso caudal de saber, adquirido entonces
-por herencia, cualquiera de los trabajos mencionados presupone un
-esfuerzo intelectual mil veces mayor; apenas se comprende sin que
-atribuyamos al autor un poder sobrehumano, una inspiración semi-divina.
-Los primeros hierofantes de la humanidad, los que abrieron la senda del
-progreso, el hombre que detuvo</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i0">La palabra veloz que antes huía,<br /></span>
-</div></div>
-</div>
-
-<p class="nind">el que pensó por primera vez en la primera causa, y el que dió á un
-pueblo las primeras leyes, fueron superiores á los hombres de ahora, ó
-al menos iguales á los genios más sublimes que produce ó puede producir
-en el día la humanidad. Valmiki, Viasa, Zoroastro, Moisés, Sakia-Muni y
-Homero, si es que el pensamiento es fósforo, gran masa de meollo y
-muchas circunvoluciones en él, tuvieron todos tantas circunvoluciones
-como el que más en el día, y tuvieron sesos muy voluminosos y pesados, y
-consumieron toda una fosforería, destilando y secretando de ella mil
-ideas sublimes en la retorta del cráneo. Damos, pues, por seguro que no
-ha consistido el progreso en que<span class="pagenum"><a name="page_200" id="page_200"></a>{200}</span> una familia ó varias, ó cierto número
-de individuos, hayan ido elevándose y haciéndose superiores á los otros,
-sino en que de la superioridad primitiva de algunos individuos ó
-familias han ido poco á poco haciéndose participantes los demás, y
-subiendo por la educación y por las mejoras sociales al mismo nivel de
-moralidad y de inteligencia, hasta donde esto es posible, dada la
-desigualdad de aptitudes que la naturaleza pone en nosotros. También ha
-consistido, y consiste el progreso, en el caudal de saber y de
-experiencia que se transmiten las generaciones de unas en otras, caudal
-que ya no se perderá nunca y que irá creciendo cada día, con el trabajo
-incesante de los futuros pensadores.</p>
-
-<p>Entendido así el progreso, debe considerarse además que la marcha
-ascendente de la humanidad no se ha realizado siempre en el mismo punto,
-ni entre las mismas tribus, naciones ó gentes. Desde el primer albor de
-la historia hasta los tiempos de Ciro, el grande impulso civilizador
-estuvo en Asia; desde Ciro hasta Alejandro, Asia y Europa se disputaron
-el cetro de la civilización, y, por último, Europa le adquirió entonces,
-y si bien en cierto período, desde el siglo <small>V</small> al <small>XII</small> de nuestra Era, se
-diría que se le iba cayendo de la mano, y que Asia le recogía y volvía á
-empuñarle, hoy más que nunca Europa le mantiene.<span class="pagenum"><a name="page_201" id="page_201"></a>{201}</span></p>
-
-<p>Si echamos la vista sobre un mapa del Mundo Antiguo, veremos que Europa
-es como una extremidad de Asia; como la sexta parte de aquel gran
-continente. Las razas y la civilización de Europa de Asia han venido.
-Es, pues, extraño y parece anormal que estas razas, que son las mismas
-en Asia y en Europa, y esta civilización que en Asia tuvo origen,
-florezcan hoy en Europa, y en Asia estén como adormecidas ó aletargadas.
-Es evidente, en nuestro sentir, que en Asia han de renacer. No creemos,
-como generalmente se cree, que los pueblos, las grandes familias
-humanas, cumplen su misión y mueren luego. No creemos que la vida toda
-del Asia se haya agolpado y como refugiado para siempre en este extremo
-que se llama Europa, y que, últimamente, hasta haya abandonado la mejor
-y mayor parte de este extremo, y haya ido á localizarse y á
-circunscribirse sólo en las últimas tierras y naciones del Noroeste.
-Aunque este fenómeno singular se advierta ahora, hace tan poco tiempo
-que se advierte, que no puede ni debe mirarse sino como un accidente
-momentáneo en la historia del mundo. ¿Qué son tres ó cuatro siglos, á lo
-más, durante los cuales Inglaterra, Francia y Alemania pueden reclamar
-con razón la supremacía, comparados con los veinte ó veinticinco siglos
-que duró la civilización griega desde Hornero hasta Láscaris, y con los
-millares<span class="pagenum"><a name="page_202" id="page_202"></a>{202}</span> de años que han durado las civilizaciones orientales?</p>
-
-<p>Estos pensamientos explican por qué los hombres del Occidente de Europa
-volvemos la vista con tanta curiosidad hacia el Oriente, de donde nos
-vino la luz, y por qué es tan fecundo todo recuerdo de las pasadas
-civilizaciones.</p>
-
-<p>Desde mediados del siglo <small>XV</small> hasta fines del siglo <small>XVI</small> podemos marcar en
-la historia de la moderna Europa una época, que llaman del Renacimiento:
-la época en que revive ó renace la antigua civilización greco-romana y
-obra los portentos de que hemos hablado al comenzar este escrito. Hoy,
-esto es, desde un siglo ha, podemos afirmar que hay algo como otro
-renacimiento, el cual también será fecundo: un renacimiento de la
-ciencia, las lenguas, las religiones y las literaturas del Asia.</p>
-
-<p>Prolija tarea y harto superior á nuestras fuerzas sería trazar aquí á
-grandes rasgos la historia de este Renacimiento oriental. No incumbe
-tampoco á nuestro propósito el hacerlo. Baste decir, que lo que más nos
-interesa, y lo que en efecto se puede tener por demostrado hasta la
-evidencia, es nuestro cercano parentesco con los indios y con los
-persas, cuyos antepasados vivieron reunidos á los nuestros en época
-remotísima, difícil aún de determinar, al Norte del Cáucaso indiano.
-Esta sociedad primitiva, pueblo ó tribu, es la raíz y el tronco<span class="pagenum"><a name="page_203" id="page_203"></a>{203}</span> de una
-gran raza civilizadora y progresiva en alto grado, que ha extendido sus
-ramas frondosas y cargadas de flores y frutos desde Ceilán hasta
-Islandia, dilatándose más tarde por toda la extensión de ambas Américas.
-Esta gran raza civilizadora se llama indo-europea ó japética; el pueblo
-primitivo de que procede se llama los Arios. Otros pueblos de otras
-razas los precedieron y formaron grandes centros de civilización antes
-de que los arios apareciesen: tales son los chinos y los egipcios. Hay
-quien conjetura que hubo otros centros de civilización, como el de los
-atlantes, cuyo dominio se extendía por un continente inmenso, colocado
-entre Europa y América, y que se tragó la mar. Supónese asimismo que los
-pueblos semitas, esto es, los árabes, los hebreos, los caldeos y
-asirios, ó más bien el tronco de que salieron, estuvo en época
-remotísima unido también al tronco ario. Esto, con todo, ni siquiera por
-indicios puede rastrearse. Ni en los idiomas semíticos hanse hallado
-hasta ahora bastantes voces ni formas reductibles á las de alguna lengua
-ariana, ni tradiciones autorizadas y concordes nos hablan de esta unión
-primitiva. Los semitas aparecen en la historia viviendo más hacia el
-Occidente que los arios; en las llanuras que bañan el Tigris y el
-Eufrates.</p>
-
-<p>En dichos tiempos, llamados con elegancia por Edgardo Quinet los
-<i>propileos</i> de la historia, figuran,<span class="pagenum"><a name="page_204" id="page_204"></a>{204}</span> además, otras razas blancas ó
-amarillas, en guerra constante con los arios, y á quienes se designa con
-el nombre de turanienses ó turaníes. El país que se extiende desde el
-Oriente del Mar Caspio al Imaus, regado por caudalosos ríos como el
-Jaxartes y el Oxo, en cuyo centro está el Lago Aral, y donde aun se
-ostentan ricas y famosas ciudades como Kiva, Bucara y Samarcanda, era el
-Turan antiguo ó la tierra por excelencia de los turaníes; tal vez los
-mismos hombres á quienes llama la Biblia los pueblos de Gog y de Magog.</p>
-
-<p>Es de advertir que algunos de los investigadores ó fantaseadores de la
-más antigua historia del humano linaje, antes de esta división entre
-turaníes y arios, suponen todas estas razas mezcladas y viviendo aún más
-al Norte, en un país delicioso y ameno, más allá de las montañas Rifeas,
-montañas que podemos colocar donde se nos antoje. Las antiguas fábulas
-griegas hablan de estas montañas Rifeas y del hermoso país de los
-felices hiperbóreos, el cual estaba más allá del punto desde donde sopla
-el Bóreas, causa del frío, y, por consiguiente, era un país templado,
-fértil y de suavísimo clima.</p>
-
-<p>Rodier supone á estos hiperbóreos, á quienes llama proto-scitas,
-esparciéndose ya por el mundo y colonizando la Europa, unos 25 ó 26.000
-años antes de la Era Cristiana. Los restos de las Edades<span class="pagenum"><a name="page_205" id="page_205"></a>{205}</span> de Piedra y de
-Bronce, las poblaciones lacustres, los cráneos hallados en las cavernas,
-y á los que se atribuye una antigüedad portentosa, pueden creerse de
-estos proto-scitas primitivos pobladores de Europa.</p>
-
-<p>La geología y la paleontología han venido á prestar un auxilio poderoso
-á la arqueología y á la historia, á fin de afirmar la grande antigüedad
-del género humano. Con todo, si bien dichas ciencias prueban, en nuestro
-sentir, que esta antigüedad es grande, ni la fijan ni la determinan. La
-misma discordancia de opiniones entre los geólogos convida al
-escepticismo. Cierto es que todos convienen en que las armas de sílex y
-otros restos de la Edad de Piedra suponen millares de años; pero los
-cálculos varían mucho. Unos, como Bergmann, dan á los objetos que han
-visto una antigüedad de 25.000 años; Lyell una antigüedad de 100.000;
-Bronn llega á suponer que tienen 158.000. Todos estos geólogos, y otros
-muchos, como Boucher de Perthes, Falconer y Prestwith, podrán acertar
-sin contradecirse, porque podrán ser distintos los objetos que han
-observado, y la Edad de Piedra no es sincrónica en todas las regiones
-del globo y entre todas las razas. La Edad de Piedra dura aún en
-algunas.</p>
-
-<p>De todos modos, la geología y la paleontología se ligan hoy íntimamente
-con el estudio de la historia.<span class="pagenum"><a name="page_206" id="page_206"></a>{206}</span> La <i>Historia Universal</i>, publicada en
-Francia, bajo la dirección del Sr. Duruy, por una sociedad de sabios,
-como allí suelen llamarse cándidamente á sí mismos los escritores, sin
-oponerse esto á que, en efecto, lo sean, va precedida de un tomo
-titulado <i>La Tierra y el Hombre</i>, obra del ilustre Alfredo Maury,
-miembro del Instituto. Puede calificarse esta obra de una verdadera
-pre-historia, y contiene la geología, la historia de nuestro globo antes
-de la aparición del hombre, su aparición, y la descripción de las
-diferentes razas humanas y de las lenguas y religiones. Esto manifiesta
-el enlace de dichas ciencias con la ciencia histórica. No se ha de
-negar, sin embargo, que la cronología de los geólogos es una, y la de
-los historiadores, en cierto modo, es otra.</p>
-
-<p>Las armas de sílex, otros instrumentos y utensilios de una industria
-grosera, tal vez alguna imagen rudamente esculpida en un hueso ó en una
-piedra, imagen de algún animal que ya no existe, ó el hueso mismo de
-algún animal, como el <i>Bos priscus</i>, el <i>Ursus spelæus</i> ó el <i>Rhinoceros
-tichorinus</i>, herido por un arma, todo esto podrá demostrar la presencia
-del hombre en el período cuaternario, quizá al fin del terciario, en los
-terrenos llamados <i>pliocenos</i>, y dejar así abierto y despejado un
-inmenso espacio de tiempo de 40.000 ó 50.000 años si se quiere, para que
-la historia pueda extenderse<span class="pagenum"><a name="page_207" id="page_207"></a>{207}</span> por él; pero la verdadera historia no
-empieza sino donde empieza el recuerdo de la palabra humana, cuyos
-documentos son la escritura, ya hieroglífica, ya cuneiforme, y á todo lo
-cual pueden añadir algunos indicios la filología comparativa y el
-estudio de las más antiguas religiones y <i>mythos</i>. Este último estudio
-tiene, sin embargo, el escollo de hacernos incurrir en un <i>evhemerismo</i>
-exagerado; esto es, de hacernos prestar una realidad y una consistencia
-históricas á lo que no fué acaso sino una mera alegoría ó cuento
-fantástico naturalista, convirtiendo en reyes á los dioses y en sucesos
-de la tierra á los sucesos soñados en espacios imaginarios, celestes ú
-olímpicos. Así, por ejemplo, Rodier convierte decidida y resueltamente
-en personajes reales, no sólo á Osíris y á Thoth, sino también á los
-dioses egipcios más primitivos, como Phré y Phta, haciendo de esta
-suerte que comience la historia de Egipto más de 30.000 años antes de la
-Era Cristiana.</p>
-
-<p>En efecto, la civilización egipcia parece ser la más antigua de la
-tierra; pero de ningún modo podemos creer que empiece en época tan
-distante. Y limitándonos nosotros á los Arios y á los demás pueblos del
-Asia central que estuvieron en relaciones con ellos desde el principio
-de la historia, diremos que ni Rawlinson, ni Layard, ni Duncker, ni
-Grimm, ni Max Müller, ni Lassen, ni Lenormant,<span class="pagenum"><a name="page_208" id="page_208"></a>{208}</span> ni Weber; ni ningún otro
-de los más eminentes historiadores, arqueólogos y filólogos
-orientalistas, dan mayor antigüedad á la literatura védica que unos
-dieciséis siglos antes de Cristo; á la primera dispersión de los ários,
-3.000 años, y á sus sucesivas inmigraciones en Europa, de 2.000 á 1.000;
-todo lo cual puede, ó casi puede, conciliarse con la cronología de la
-Biblia, larga y generosamente explicada. Dentro de este gran período de
-tiempo de 3.000 años, ó mejor dicho, de 2.500, terminando el período en
-el origen de la guerra médica, unos 500 años antes de Cristo, así como
-caben con holgura los sucesos históricos que refiere la Biblia, caben
-también todos los sucesos que las tradiciones orientales, los libros
-sagrados, como el Vendidad y el Desatir, las epopeyas, como el Ramayana,
-el Mahabarata y el Shah-nameh, y las inscripciones cuneiformes y demás
-antigüedades de la India, la Persia y el Asiria, refieren ó indican con
-un carácter verdaderamente histórico, y que no son meramente un <i>mytho</i>
-ó una alegoría.</p>
-
-<p>Imaginemos ó conjeturemos en época anterior un reino ó imperio en el
-país primitivo de los arios antes de su división ó cisma en iranienses é
-indios. Este país se llama Ariana-Vaega. Allí reinaron sucesivamente
-cinco dinastías de reyes. Los fundadores de estas dinastías, y aun
-algunos otros reyes, fueron santos, legisladores ó profetas. Así,<span class="pagenum"><a name="page_209" id="page_209"></a>{209}</span>
-Mahabad, quien dicen haber sido el mismo Manú; así, Dji-Afrans, Cayumer
-y otros, hasta Djemschid, el Salomón de los persas, á quien los
-orientales han convertido en rey de los Genios.</p>
-
-<p>Durante todo este período, los celtas, los primitivos germanos, los
-primitivos griegos ó jaones y otros pueblos de raza japética, se van
-separando de los arios y emigrando hacia el Asia occidental y la Europa.
-Posteriormente, pero también dentro de este período, los indios y los
-iranienses se separan; y, por último, el país de Ariana-Vaega es
-abandonado, ó por una inundación ó diluvio, ó porque se convierte en muy
-frío, y los iranienses fundan un imperio más al Sur, tal vez en la
-Bactriana y Aria antiguas, extendiéndose por la Partia y la Hircanía, ó
-sea en el Afganistán y el Corazán de ahora. Este nuevo Imperio se llama
-Vara. Djemschid le funda, y otro Djemschid, ó el mismo Djemschid, le
-pierde, porque los personajes <i>mythicos</i> ó semi <i>mythicos</i> viven siglos
-y siglos. Zohac, caudillo árabe, le vence y le destrona.</p>
-
-<p>Supongamos, además, que este Zohac conquistase el reino de Djemschid, y
-le venciese, no 7.048 años antes de Cristo, como pretende Rodier, sino
-unos 2.200 ó 2.300 años antes de Cristo, como pretende Gobineau en su
-<i>Historia de los Persas</i>, haciendo á Zohac contemporáneo de Nino, y
-equiparándole ó confundiéndole con el Areo de los escritores<span class="pagenum"><a name="page_210" id="page_210"></a>{210}</span> clásicos.
-Apoyados ahora en estas suposiciones y en las fechas que señala Rodier
-con exactitud portentosa, fijemos en el año 2284, en que fué el
-advenimiento de Nino, rey de Asiria, el principio de la historia que
-tiene ya algo de seguro.</p>
-
-<p>Tengamos por inseguro y mythico cuanto ocurre antes y concretémonos al
-período en que prevalece Asia sobre Europa; esto es, hasta la guerra
-médica, unos 500 años antes de Cristo. Nos queda, pues, un espacio
-histórico de cerca de 1800 años, desde Nino hasta el primer Darío,
-dentro del cual se nos ha ocurrido ir escribiendo y colocando una serie
-de leyendas ó novelas, en donde la imaginación ó la inspiración, si Dios
-quiere enviárnosla, complete y aclare la historia, la cual, á pesar de
-los trabajos de Rawlison, de Gobineau, del mismo Rodier y de otros
-muchos autores que ya hemos citado ó que nos excusamos de citar, nos
-deja, como vulgarmente se dice, á media miel sobre los más famosos
-personajes y los más estrepitosos acontecimientos. No despreciaremos
-tampoco todo lo que se cuenta de edades anteriores á Nino, y
-aprovecharemos las tradiciones confusas, las epopeyas y las relaciones
-de los libros sagrados, para que los casos de esas edades anteriores á
-Nino sean como el fundamento y el antecedente de nuestras leyendas, y al
-mismo tiempo lo que crean<span class="pagenum"><a name="page_211" id="page_211"></a>{211}</span> y afirmen sus héroes, cuando les hagamos
-entrar en agradables coloquios.</p>
-
-<p>No se echen á temblar nuestros lectores juzgándose amenazados de una
-obra interminable. Sin duda en mil ochocientos años caben novelas y
-leyendas infinitas; pero nosotros somos infecundos y perezosos, y más
-pecaremos por escribir pocas novelas ó leyendas para justificar este
-prólogo ó introducción, que por escribir demasiadas. Todavía
-escribiremos menos si no gustan las primeras que escribamos. Por último,
-cada una de nuestras leyendas será breve de por sí, y no entraremos en
-las menudencias y prolijidades en que entran y caen los que escriben
-novelas de tiempos más cercanos á los nuestros, como de la Edad Media ó
-aun de época más moderna, de los cuales tiempos nada se ignora, y aun la
-historia que no tiene el recurso de imaginar, va siendo ya harto prolija
-y algo pesada, contándonos hasta los ápices al parecer más
-insignificantes. Por esto precisamente, deseando dar vuelo y rienda
-suelta á nuestra fantasía, nos hemos refugiado en el antiguo Oriente.
-Barante, por ejemplo, ha llenado con la historia de seis Duques de
-Borgoña más volúmen de lectura que el que forman acaso todos los
-historiadores griegos y latinos que aún quedan, y donde se refieren los
-acontecimientos de miles de años, y el principio, crecimiento,
-decadencia y caída de una multitud<span class="pagenum"><a name="page_212" id="page_212"></a>{212}</span> de imperios, repúblicas y
-monarquías. Si Barante, limitándose á lo histórico, escribe tanto sobre
-seis Duques de Borgoña, ¿á dónde iríamos á parar, si sobre lo histórico
-quisiésemos recamar, bordar y completar con la fantasía? Por esto,
-repetimos, nos vamos al antiguo Oriente. Allí donde la ciencia no llega,
-es donde la imaginación y la poesía deben volar.</p>
-
-<p>Otra razón nos impulsa también á escribir estas leyendas. Deseamos
-divulgar un poco la literatura oriental antigua y empezar á emplearla en
-nuestra moderna literatura española. En Francia y en Inglaterra y en
-Alemania, el renacimiento oriental, de que hemos hablado, deja, tiempo
-ha, sentir su influjo en el arte y en la poesía. En España aún no se
-nota nada de esto.</p>
-
-<p>En Alemania, el Mahabarata, el Ramayana, el Shah-nameh, los Vedas, ó han
-sido traducidos en verso, ó han inspirado ya bellas poesías. En Francia,
-desde los lindos cuentos de Voltaire, el antiguo Oriente ha dado asunto
-feliz á muy amenas narraciones. ¿Por qué hoy, que se conoce mejor el
-antiguo Oriente, no hemos de aspirar á algo semejante en España? Se me
-contestará que carecemos del ingenio de Voltaire, y que <i>El toro
-blanco</i>, <i>Zadig</i> y <i>La Princesa de Babilonia</i>, son inimitables.
-Procuremos, con todo, aproximarnos á esos modelos. De tiempos antiguos
-se han escrito en Francia<span class="pagenum"><a name="page_213" id="page_213"></a>{213}</span> últimamente muy primorosas novelas, como <i>La
-Momia</i> y <i>La Corte de Merodac-Baladan</i>, de Teófilo Gauthier, y
-<i>Calirhoe</i>, de Mauricio Sand. Sírvanos esto de estímulo.</p>
-
-<p>De Grecia y Roma, mientras duró el impulso que imprimió el Renacimiento
-clásico en la moderna literatura, se escribieron novelas, poesías y
-leyendas, algunas muy eruditas, agradables y celebradas, como los
-<i>Viajes de Antenor</i> y los <i>Viajes de Anacarsis</i>. Algo parecido pudiera
-con general aplauso escribirse del antiguo Irán, de Asiria, de
-Babilonia, de Media ó de Persia. Pero no presumimos de ser capaces de
-tanto. Nuestro propósito es escribir una obra de mera imaginación sobre
-el fundamento de un escasísimo saber, que sólo es necesario para que
-sirva como de pauta y cañamazo á nuestros fantásticos bordados. Tal vez,
-si en algo acertamos, se animen otros á escribir con más tino,
-discreción y conocimiento del asunto.</p>
-
-<p>Éste, no sólo es vasto, sino seductor y apetitoso. La rapidez con que en
-los libros sagrados y antiguos poemas aparecen ciertos personajes, y se
-fijan en nuestra mente de un modo indeleble, como si los hubiésemos
-conocido y tratado, y luego se pierden y se desvanecen, sin que se sepa
-más de ellos, induce y solicita á buscarlos con la fantasía y hasta en
-sueños, á fin de completar y acabar la historia de su vida.<span class="pagenum"><a name="page_214" id="page_214"></a>{214}</span></p>
-
-<p>Sin citar para ejemplo más que á algunos personajes de la Biblia, por
-ser más conocidos de todos, ¿quién no siente curiosidad de saber cómo se
-llamaba la mujer de Putifar y qué fué de su vida después de aquella
-terrible pasión y de aquel cruelísimo desaire que recibió de Josef el
-Casto? ¿Pues, y la Reina Vastí? ¡Apenas si interesa la Reina Vastí! ¿Qué
-fué de ella, después que la repudió el Rey Asuero, por demasiado
-pudorosa; por no querer presentarse á lucir su hermosura, delante de
-todos aquellos Príncipes y Sátrapas borrachos y libertinos, que su
-marido, borracho también, tenía congregados en su gran palacio de Susa?
-Del Rey Asuero nadie ignora que, después de repudiada Vastí, hace reunir
-de todas las provincias del Imperio las más gallardas doncellas, las
-cuales van entrando una á una en su cámara, no sin pasar antes un año en
-lavatorios, sahumerios, unciones con bálsamos y pomadas y otros cien mil
-preparativos para que estuviesen bien adobadas y lustrosas, y de todas
-estas doncellas, previo un examen profundo, elige por reina á Ester:
-pero de la pobre Vastí, nadie vuelve á acordarse. Díganme si no es este
-un asunto para una novela sentimental, que mejor pudiera llamarse
-lastimosa, si no temiésemos el equívoco. Más bello asunto sería aún, si
-cabe, el de los amores de Salomón con la discreta y bella Reina de Sabá,
-que vino á verle con<span class="pagenum"><a name="page_215" id="page_215"></a>{215}</span> tanta comitiva y séquito, que le propuso tanta
-pregunta difícil, y que tan enajenada quedó de la sabiduría de Salomón y
-de la magnificencia y esplendor de su corte. Como todo esto sólo está
-indicado y dicho en brevísimas palabras en la Biblia, se siente un
-vivísimo deseo, al menos nosotros le sentimos, de acudir á las
-inscripciones y á las tradiciones, ó de pedir á Dios segunda vista
-histórica para adivinar los pormenores que faltan, empezando por el
-nombre propio de la Reina de Sabá, y para escribir las relaciones que
-tuvo con el hijo de David, y demás casos ocurridos entonces. Lo propio
-que decimos de los personajes bíblicos, puede decirse con no menos razón
-de los personajes que figuran en las historias y poemas arios. Mucho nos
-han interesado hasta aquí Agamenón, Ulises, Aquiles, Temístocles y
-Epaminondas: mucho nos han encantado los poetas griegos, pero más nos
-interesan hoy los personajes arios y más los cantos de las Vedas. Se
-diría que por el espíritu están más cerca de nosotros. Los vemos tan
-bien y tan íntimamente, que se siente uno inclinado á creer en la
-metempsícosis y á recordar la vida que tuvo en Ariana Vaega, ó en los
-tiempos de Djemschid ó de Feridum. Agni, Indra ó Aura-Mazda, nos parecen
-más divinos que Vulcano, Júpiter ó Saturno. Todo el desenvolvimiento
-ulterior de la civilización moderna europea se nos<span class="pagenum"><a name="page_216" id="page_216"></a>{216}</span> presenta como en
-germen en aquella primera civilización oriental. No se extrañe, pues,
-que hayamos elegido este asunto de las leyendas del antiguo Oriente, ni
-se tilde de difusa la introducción. Antes bien, se nos quedan no pocas
-cosas por decir: pero todo lo que aun queda irá saliendo en las
-leyendas, las cuales aparecerán poco á poco en esta <i>Revista de España</i>,
-y más tarde, si Dios nos da salud y si el público no nos desdeña,
-formarán dos ó tres volúmenes separados, quizá de nada ingrata lectura.
-Bueno es que España contribuya también, aunque sea pobre y modestamente,
-ya que no á lo que hemos llamado y debe llamarse Renacimiento oriental,
-al influjo de este renacimiento en la literatura y en la poesía de la
-moderna Europa.</p>
-
-<p>Vamos á retroceder con el espíritu hasta las edades primeras de la
-humanidad que la historia ilumina algo con sus fulgores, y vamos á
-pintar, sin embargo, portentosas civilizaciones y á presentar
-personajes, no inferiores en nada, tal vez superiores á los del día. Ya
-hemos explicado cómo comprendemos el progreso. Le comprendemos por el
-caudal acumulado por herencia y por la difusión y divulgación del saber
-y de la moralidad en mayor número de personas, familias, tribus y
-naciones. Mas creemos asimismo que, para que el progreso se realizase,
-las razas civilizadoras, y singularmente<span class="pagenum"><a name="page_217" id="page_217"></a>{217}</span> los Arios, desde el principio
-y más que nunca en el principio, debieron estar y sin duda estuvieron
-dotados de extraordinarias facultades y de una poderosa iniciativa;
-prendas que habían de resplandecer más en ellos, mientras permanecieron
-en toda su pureza y no se mezclaron con otras castas plebeyas é impuras.
-Pero el mezclarse con estas castas, el no despreciarlas, el bajar un
-poco hasta su nivel para elevarlas hasta ellos, y el amalgamárselas para
-fundar la humanidad una, era su misión providencial, era su salvación y
-su destino. Los que faltaron á esta misión, degradando y envileciendo
-cada vez más á las castas ó razas inferiores, acabaron por envilecerse y
-degradarse ellos mismos. Los que hicieron lo contrario realizaron el
-progreso. El sacerdote egipcio se ha confundido con el felah, y el
-bramín con el sudra, mientras que el último hombre de nuestros pueblos
-de Europa se ha elevado.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_218" id="page_218"></a>{218}</span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_219" id="page_219"></a>{219}</span>&nbsp; </p>
-
-<h2><a name="LULU_PRINCESA_DE_ZABULISTAN" id="LULU_PRINCESA_DE_ZABULISTAN"></a>LULÚ, PRINCESA DE ZABULISTÁN<br /><br />
-<small>(FRAGMENTO)</small></h2>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_220" id="page_220"></a>{220}</span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_221" id="page_221"></a>{221}</span>&nbsp; </p>
-
-<h2>
-<img src="images/ill_pg_221.png" width="500" height="100" alt="" title="" />
-<br />LULÚ,<br /><br />
-<small>PRINCESA DE ZABULISTÁN</small></h2>
-
-<h3>I.</h3>
-
-<p>Mucho se ha cavilado y discutido siempre sobre la antigua civilización
-de los escitas, y aun sobre la casta de hombres que los escitas eran.
-Unos escritores se los imaginaban como un pueblo japético, y otros veían
-en ellos á los progenitores de los tártaros del día. Con los progresos
-etnográficos no cabe ya duda en que todo lo que hoy se llama Tartaria y
-Siberia, estuvo en las edades más remotas habitado por razas tártaras y
-mongolas; pero también hubo allí tribus blancas, tal vez de pelo rubio y
-ojos azules, de donde proceden los pueblos más nobles é ilustres de
-Europa, ó que han venido á establecerse en Europa en sucesivas
-emigraciones.</p>
-
-<p>Estos escitas blancos descendían de los primitivos arios, como los
-celtas, los griegos y los latinos, los cuales se habían separado del
-tronco común en épocas más ó menos lejanas. Los Imperios fundados<span class="pagenum"><a name="page_222" id="page_222"></a>{222}</span> en
-toda la zona central del Asia, los chinos, los persas, los asirios, los
-lidios y los medos, ofrecían desde muy antiguo una barrera difícil de
-romper á las invasiones de aquellos pueblos del Norte. Cuando éstos
-pudieron romper la barrera, penetraron en el Asia Central y bajaron por
-el Sur hasta la India; pero, cuando la barrera les presentaba un
-obstáculo invencible, y ellos, por exceso de población, ó bien huyendo
-de los fríos boreales, se proponían abandonar el terreno de la Escitia,
-tuvieron que caminar hacia el Occidente, y vinieron á establecerse en
-Europa. Así nos explicamos la historia primera del gran continente del
-Asia, del cual forma Europa como una pequeña prolongación occidental.</p>
-
-<p>Hasta los tiempos de Ciro el Grande, los Imperios de Persia ó de Media,
-esto es, el antiguo Irán, no fueron bastante poderosos para contener las
-invasiones de los escitas blancos, los cuales entraron por la Persia y
-se extendieron hasta la India. Ciro, al reconstituir sobre más sólidas y
-anchas bases el Imperio del Irán, hizo casi inexpugnable, ó al menos
-difícil de romper la barrera que atajaba el paso de los escitas hacia el
-Sur del Asia, y esto los contuvo en el Norte ó los fué impulsando
-pausadamente hacia el ocaso.</p>
-
-<p>Es indudable para mí que la mayor parte de las invasiones han sido
-motivadas por una violenta é<span class="pagenum"><a name="page_223" id="page_223"></a>{223}</span> imperiosa necesidad. Los pueblos, por
-nómadas que sean, siempre tienen algún amor á la patria, algún apego al
-suelo que los vió nacer, y no le abandonan sino por causas poderosas.
-Quizás el mayor movimiento invasor de los pueblos de Asia en Europa,
-movimiento que determina una de las crisis más transcendentales en la
-historia, y que marca una era en la vida de la humanidad, ladeando el
-curso de la civilización y abriéndole nuevo cauce, tuvo su primer origen
-en China.</p>
-
-<p>Sabido es que los chinos han cumplido mucho antes que nosotros todo el
-progreso de su cultura, y han venido á pararse y á inmovilizarse luego.
-Ya un escritor americano del día, el Sr. Draper, augura para la Europa
-suerte ó destino semejante. Según él, llegará un día, no muy lejano, en
-que, recorrida toda la extensión de nuestra cultura posible, hasta tocar
-el límite de lo ideal que cabía en nuestros cerebros, ó que era capaz de
-concebir nuestra mente, nos quedaremos inmóviles, con el ideal
-realizado, ó sin ideal, que es lo mismo. Entonces seremos como los
-chinos, un pueblo ó una confederación de pueblos, muy bien ordenados,
-pero sin brío y sin iniciativa. Resueltos todos los problemas de la
-vida, acabadas ó satisfechas todas las esperanzas, nada quedará que nos
-impulse. Mucho dudo yo de que pueda llegar jamás esta situación. El
-audaz linaje de Japet, esta gente europea<span class="pagenum"><a name="page_224" id="page_224"></a>{224}</span> está dotada de una fuerza de
-aspiración interminable, y de una virtud creadora en la fantasía
-superior y posterior á toda ciencia y á todo arte y á toda mejora.
-Siempre, creo, habrá en nosotros ímpetu para salvar con la imaginación
-todos los espacios explorados y todos los caminos trillados, y para ir á
-plantar, mucho más allá, la columna de fuego de un nuevo ideal que nos
-sirva de guía y nos excite á caminar sin reposo en un progreso infinito,
-ó si se quiere indefinido. Aun en los mismos chinos, así como en otros
-pueblos del Asia, ¿quién sabe si será reposo ó sueño lo que se nos
-antoja paralización eterna? ¿Quién sabe, si á la voz de un profeta, de
-un vate, de un avatar, de un dios nuevo, no despertarán esos pueblos?
-Entonces sí que podría cambiar por completo el eje de la civilización
-del mundo y turbarse todo el equilibrio de las sociedades y de las
-naciones. La agitación, las mudanzas radicales que esto pudiera traer sí
-que serían extraordinarias. La guerra actual entre Francia y Alemania,
-con todas sus consecuencias posibles, y hasta una guerra general en
-Europa, no serían nada en comparación de lo que ocurriría si los chinos
-ó los indios, en número de cuatrocientos ó quinientos millones de
-hombres, se sintiesen de pronto inflamados por un nuevo ideal, y con
-espíritu guerrero cayesen sobre nosotros. Nuestros cañones,
-ametralladoras y fusiles de aguja de nada<span class="pagenum"><a name="page_225" id="page_225"></a>{225}</span> nos servirían. Ellos los
-tendrían pronto tan buenos ó mejores que los nuestros.</p>
-
-<p>Sea de esto lo que sea, parece cierto que, allá en el siglo <small>III</small> ó <small>IV</small>,
-después de Cristo, hubo en China una espantosa é inmensa revolución,
-motivada por el desarrollo del bienestar material de la población y de
-la riqueza. Lo que llamamos socialismo se manifestó de un modo horrible.
-Los más bravos, viciosos y audaces entre las clases menesterosas de
-aquella ingente población, se sublevaron contra los ricos y los dichosos
-del mundo. Siguióse una tremenda guerra civil y social. Diéronse
-batallas titánicas en que los hombres murieron á millares y la sangre
-corrió á torrentes. La sociedad, el orden establecido, la propiedad,
-triunfó al cabo, y los rebeldes más feroces, acosados por los ejércitos
-del Imperio y por los hombres de las clases acomodadas, que habían
-tomado las armas en vista del gran peligro, huyeron hacia el Norte y
-traspasaron la frontera del Imperio, penetrando en la Siberia ó
-Tartaria. Esas gentes levantiscas, siendo de la ralea más baja, llevaron
-consigo al emigrar muy poco de la riqueza acumulada, del capital social
-que se llama ciencia. Por esto mismo les fué más fácil unirse con tribus
-tártaras errantes, y de la mezcla provino en breve un pueblo rudo y
-guerrero. Movido este pueblo en busca de terrenos más fértiles y de
-clima más suave, y no pudiendo<span class="pagenum"><a name="page_226" id="page_226"></a>{226}</span> ó no atreviéndose á ir hacia el Sur por
-el valladar que entonces les oponía el Imperio de los Sasanidas, siguió
-hacia Occidente y fué impulsando por delante de sí á todas las tribus y
-naciones arianas de la Escitia, las cuales se hallaban escalonadas en la
-parte boreal del Asia y aun se extendían por mucha parte de Europa,
-sobre todo, en las regiones de Oriente.</p>
-
-<p>Explicado así, como parece que satisfactoriamente se explica, el
-movimiento inicial de la más conocida invasión de los bárbaros y de la
-caída de Roma, es claro que los pueblos de la Europa moderna tenemos
-muchísimo que agradecer á los persas, y á Ciro sobre todo; porque si los
-escitas blancos no hubieran sido contenidos por el valladar que Ciro
-afirmó é hizo casi inexpugnable, los pueblos de raza tártara hubieran
-caído sobre Europa sin que los escitas blancos se interpusiesen. Así, en
-vez de ser casi todos los pueblos de nuestro continente de raza ariana,
-en lugar de haber venido á mezclarse con los habitadores del orbe latino
-otros pueblos, arios también, y que habían conservado en el Norte su
-prístina pureza y estaban más cerca del tronco común, hubieran venido á
-conquistarnos y á manchar y alterar la limpieza de nuestra sangre los
-humnos, abominablemente feos y mucho menos inteligentes y civilizables.</p>
-
-<p>Sostienen los fisiólogos, que los pueblos tártaros<span class="pagenum"><a name="page_227" id="page_227"></a>{227}</span> y mongoles tienen el
-cráneo más duro y menos flexible que los arios, y que dicho cráneo no
-cede ni se dilata como los nuestros para dar lugar al desenvolvimiento
-del seso ó meollo; por donde se ha de presumir que, si tenemos tanto
-meollo los europeos y si nuestra civilización se ha elevado á tanta
-altura, se lo debemos á Ciro, gran Rey de Persia, que tuvo á raya á los
-escitas blancos. Si éstos hubieran invadido la Persia y la India y otras
-comarcas ó regiones del Asia, quizás la gran civilización estaría ahora
-por allí. Es innegable, además, que los pueblos neo-latinos, á pesar de
-nuestra nobilísima estirpe, nos hubiéramos tenido que cruzar con los
-tártaros, chatos, de ojos oblícuos, de gruesos labios y pómulos
-salientes, y de este desigual y plebeyo cruzamiento hubieran salido unos
-mestizos feos de veras, y no las naciones ilustres, hermosas y sabias
-que encierra en sí la Europa.</p>
-
-<p>Pero dejando esto aparte, pues no es mi ánimo hablar de tiempos tan
-recientes como los de la caída del imperio romano y fundación de las
-nacionalidades europeas, tales como son hoy, diré que desde época
-remotísima, ó bien por efecto de un período glacial de que hablan muchos
-geólogos, ó bien por otro cataclismo, los arios, que debían vivir en un
-país bastante al Norte, quizás mucho más al Norte que el lugar que por
-lo común<span class="pagenum"><a name="page_228" id="page_228"></a>{228}</span> se les da por cuna, á la falda del Paropamiso, tuvieron que
-separarse y emigrar. Se dice que los hielos del Polo Norte se
-derritieron, quizás por efecto de haber tomado la tierra la inclinación
-que hoy tiene, abriéndose el ángulo que forman los ejes del Ecuador y de
-la Eclíptica, que antes se confundían y eran un solo eje. Con tan
-espantosa dislocación, hubo de haber por fuerza un sacudimiento atroz en
-la corteza sólida de nuestro globo, que haría reventar no pocos
-volcanes; un diluvio punto menos que universal, y, por último, unos
-fríos tremebundos.</p>
-
-<p>Por este motivo, y en Era muy distante de nosotros, esto es, 24.000 años
-antes de la Era Cristiana, según Rodier y otros audaces cronologistas,
-fué la primera dispersión de los arios. Nosotros, en la introducción á
-estas leyendas, hemos mostrado ya un escepticismo prudente acerca de
-este punto. No negamos ni afirmamos nada: hacemos una distinción. Á los
-geólogos prehistóricos no les negamos sus descubrimientos. Queremos
-conceder que sus armas y utensilios de piedra, sus fósiles y sus
-poblaciones lacustres, puedan tener acaso mayor antigüedad que los
-indicados 24.000 años; pero, históricamente, poco ó nada se sabe ni
-puede afirmarse sobre los primeros 21.000. No es negar que hubiese
-historia tres mil años antes de Cristo: es afirmar que esta historia se
-ha perdido en muchos<span class="pagenum"><a name="page_229" id="page_229"></a>{229}</span> países, y que en otros se halla tan desfigurada
-por las fábulas, que es imposible distinguir el cielo de la tierra, los
-reyes de los dioses, los vanos ensueños poéticos de la fantasía de la
-maciza y tangible realidad de las cosas. Sin duda, muchos grandes
-diluvios sucesivos, aunque parciales, bastante grandes para destruir
-casi por completo naciones y razas enteras, destruyeron también los
-anales, si ya los había, ó borraron ó confundieron en la memoria de los
-hombres los hechos de sus antepasados.</p>
-
-<p>Si no estoy trascordado, el primero que explicó el diluvio universal,
-dándole por causa la fusión de los hielos del Polo Norte, fué Bernardino
-Saint-Pierre, el cual escribía preciosas novelas de ciencias naturales,
-harto más bonitas que las de Julio Verne en el día. Posteriormente se ha
-inventado la periodicidad de los grandes diluvios, y el Polo Sur alterna
-con el Polo Norte en el oficio de causarlos. Ya hemos dicho que 24.000
-años antes de Cristo fué el Polo Norte quien causó un diluvio. En el
-reinado de un rey indio, llamado Satyaurata, parece que hubo otro
-diluvio causado por los hielos del Polo Sur. Este diluvio, dicen algunos
-sabios, que fué el que anegó á casi todos los hijos de Sem, menos á los
-que se refugiaron en los montes de Armenia; en suma, fué el diluvio de
-Noé, referido en la Biblia. Todavía, por último,<span class="pagenum"><a name="page_230" id="page_230"></a>{230}</span> unos 2.400 ó 2.300
-años antes de Cristo, como quien dice ayer de mañana, para quien da tan
-estupenda antigüedad á nuestra especie, se imagina otro gran diluvio que
-acabó con casi todos los griegos, y que también se recuerda en China,
-bajo el nombre de diluvio de Yao. Al Polo Norte le tocó hacer el papel
-de promovedor de este diluvio, el cual hundió la Atlántida y sepultó
-bajo las arenas y piedras que trajeron consigo las aguas impetuosas los
-utensilios, armas y habitaciones, y los cuerpos mismos de los primitivos
-pobladores de Europa, de los hombres de la Edad de Piedra, que hoy los
-sabios están sacando á relucir.</p>
-
-<p>De todo esto se deduce, á mi ver, que poco ó nada se sabe de los
-principios de nuestra especie, y que apenas hay ciencia más obscura y
-contradictoria que la cronología de las primeras edades del mundo. En
-cuanto á los diluvios fuerza es creer que ha habido uno universal, ya
-que así lo afirman nuestras Sagradas Escrituras; pero podemos poner en
-duda esos enormes diluvios parciales causados por los hielos del uno ó
-del otro polo en ciertos períodos.</p>
-
-<p>Tal vez basten las fuerzas permanentes de las aguas y de los volcanes,
-en la larga serie de siglos, según la teoría de Lyell, para cortar
-istmos y abrir estrechos, allanar valles y aupar montañas, cambiar la
-posición de los continentes y de<span class="pagenum"><a name="page_231" id="page_231"></a>{231}</span> las islas, y transformar la tierra en
-mar y la mar en tierra.</p>
-
-<p>La idea de Adhemar, que fué el inventor de los diluvios periódicos,
-parece una renovación de la Kalpa ó del día y la noche de Brahma, que
-duraba 432 millones de años, ó del año grande de los egipcios y de
-Orfeo; sólo que en vez de durar este período por lo menos 120.000 años,
-dura 21.000, según Adhemar. Este año grande, de los dichos 21.000 años,
-tuvo su verano máximo para nuestro hemisferio boreal, en 1248, reinando
-San Fernando en Castilla. Desde entonces los veranos de todos los años
-van menguando y van creciendo los inviernos, hasta que llegue el año de
-6498 de Cristo, en el cual los veranos y los inviernos serán exactamente
-iguales en ambos hemisferios. Á lo que parece, en los momentos de esta
-igualdad está el grave peligro. Los hielos que se han ido amontonando en
-el Polo Sur, durante el largo invierno de 10.500 años, que por allá hay,
-se derretirán, buscando el equilibrio, y habrá un nuevo diluvio que tal
-vez destruya casi todo el humano linaje. En suma, y sin entrar en
-reconditeces astronómicas, cada 10.500 años hay ó debe haber un diluvio,
-que se va preparando lentamente con la aglomeración de los hielos, ya en
-un Polo, ya en otro, á causa del mayor frío que hace alternativamente,
-ora en el hemisferio austral, ora en el boreal. Como el nuevo<span class="pagenum"><a name="page_232" id="page_232"></a>{232}</span> diluvio
-está anunciado para el año de 6498, es claro, como la luz del día, según
-Adhemar, que el diluvio próximo pasado ocurrió en el año de 4002 antes
-del nacimiento de Cristo. Se conoce que Adhemar no ha querido disgustar
-al Padre Petavio, y su último diluvio coincide, sobre 100 años más ó
-menos, con el de Noé.</p>
-
-<p>Dirán algunos lectores que estos apuntes cronológicos son un extraño
-principio de novela; pero yo les pido perdón y me disculpo asegurando
-que no es dable empezar de otro modo. La novela es un poema prosaico;
-una epopeya sin poesía ó con poca poesía; y aunque en la novela entre
-por mucho la invención, ó si se quiere la inspiración, conviene que esta
-invención ó esta inspiración tenga algún fundamento, y no se quede en el
-aire. Pongamos por caso el rapto de Sita por el tremendo rey de los
-raksasas, Ravana; la alianza de Rama con los valerosos é ilustres monos,
-y con Sugriva, su poderoso monarca, los cuales tan enérgicamente le
-auxiliaron; su expedición á Ceilán, y el sitio y conquista de Lanka,
-capital de aquella isla, con todos los portentos que allí ocurrieron.
-Estos acontecimientos, en lo antiguo, podían referirse de un modo épico,
-sin indicar la fecha, ni siquiera próximamente. Hoy día es preciso
-marcar una fecha, créanla ó no la crean los lectores. Si yo tuviera que
-contar los hechos de Rama, tendría que apelar á<span class="pagenum"><a name="page_233" id="page_233"></a>{233}</span> los críticos y
-cronologistas para fijar el tiempo en que sucedieron, y he de confesar
-que me vería apuradísimo. Unos me dirían que 5.500 años antes de Cristo;
-otros que mucho después. Lo mismo ocurriría con casi todos los sucesos
-de la India antigua. La vida de Krishna, por ejemplo, algunos la ponen
-más de 3.000 años antes de Cristo; otros, como Bentley, hacen á Krishna
-tan moderno, que ponen su nacimiento con exactitud maravillosa (en
-virtud del horoscopio ó aspecto del cielo, cuando nació el Dios), el día
-7 de Agosto del año 600 de nuestra Era. Quien supone que la leyenda de
-Krishna ha servido de modelo á la historia de nuestro Divino Redentor;
-quien no ve en la leyenda de Krishna sino una invención de los
-brahmanes, un remedo de la vida de Jesucristo, interpolado en los
-antiguos libros y poemas de la India, con el propósito de hacer
-ineficaces todas las predicaciones de nuestros misioneros.</p>
-
-<p>Por lo expuesto se notará que sobre la dificultad inherente á la
-cronología de los tiempos antiguos, está la mayor dificultad que ha
-creado la pasión religiosa. Los amigos del Cristianismo, para
-conciliarlo todo con la corta edad que la Biblia concede al mundo,
-propenden á negar antigüedad á todo; y los enemigos del Cristianismo,
-con menos crítica á veces, dan á ciertos sucesos y á ciertas
-civilizaciones, una antigüedad portentosa. En la opinión<span class="pagenum"><a name="page_234" id="page_234"></a>{234}</span> de cada sabio
-entra, además, por mucho, en no pocos casos, una ciega y decidida
-predilección por un pueblo y por una cultura, objeto de sus estudios
-favoritos. Tal sabio, como Beauregard, hace que todo proceda de Egipto:
-leyes, religiones, artes y ciencias; tal otro, como Jacolliot, que todo
-nazca de la India. De aquí también proceden en parte las divergencias en
-punto á cronología.</p>
-
-<p>En fin, á pesar de estas divergencias, yo tengo que fijar algo, antes de
-empezar esta primera leyenda. Si carezco de la ventaja de ser sabio, el
-no serlo lleva también una ventaja. Como no he hecho estudios favoritos
-de nada, nada es objeto de mi particular afición. Lo mismo me interesan
-los chinos que los egipcios; no quiero más á los indios que á los
-persas. No adulteraré yo la verdad ni trocaré las fechas por amor á
-ninguna tribu, nación ó raza, ni por afecto á ningún gran legislador,
-profeta, semidiós ó dios antediluviano.</p>
-
-<p>Empecemos, pues, por creer en el diluvio universal y no parcial, único y
-no periódico, y ocurrido en el mismo año en que, de acuerdo con el Padre
-Petavio, le coloca nuestra <i>Guía de Forasteros</i>. Una vez sentado y
-admitido esto, pongamos aparte á los chinos, que tendrán que intervenir
-muy poco en nuestras leyendas. Los demás pueblos, estirando algo la
-cronología bíblica, y condensando algo sus revoluciones, adelantamientos
-y desarrollos<span class="pagenum"><a name="page_235" id="page_235"></a>{235}</span> de cultura, caben todos dentro de los 4.000 años que van
-desde el Diluvio hasta nuestra Era. Tal vez los egipcios, con sus
-innumerables dinastías, se resistan á entrar en tan breve espacio de
-tiempo; pero haremos oídos sordos contra sus clamores y protestas, y
-prescindiremos de los períodos de Phta y de Phré, y de los reinados de
-Osíris y de Horus, evidentemente mitológicos. Supongamos á Menes primer
-rey de Egipto, y aunque le supongamos lo más cerca que se pueda del
-Diluvio universal, siempre habremos de imaginar que muchas de las quince
-ó dieciséis dinastías, que se cuentan desde entonces hasta el momento en
-que va á empezar nuestra primera leyenda, fueron simultáneas. Cuando
-nuestra historia empieza, el Egipto estaba mucho tiempo hacía bajo la
-dominación de los árabes ó hycsos. Uno de sus reyes, llamado Apofis, es
-quien había tenido aquellos sueños que interpretó el casto José, y quien
-le nombró luego su primer Ministro.</p>
-
-<p>Un sucesor de Apofis, por nombre Janías, reinaba en Egipto en el momento
-en que va á empezar nuestro relato. La capital de su reino era Sais. Los
-reyes indígenas, después de haber ido palmo á palmo haciendo la
-reconquista, habían logrado dar á su reino una gran extensión, y tenían
-por capital de él la magnífica ciudad de Tebas, Of ó Dióspolis magna,
-que por todos estos nombres es<span class="pagenum"><a name="page_236" id="page_236"></a>{236}</span> conocida. El rey ó Faraón, que por
-entonces reinaba en Tebas, se llamaba Temuz; grande y terrible
-personaje, algo parecido á un D. Jaime el Conquistador entre los
-egipcios.</p>
-
-<p>En la India había decaído el inmenso poder de los reyes de Ayodia. Los
-sucesores de Isvakú y de Rama el divino, dominador de los raksasas,
-protector de los monos multiformes y sabios y destructor de Lanka,
-capital de Ceilán, habían venido muy á menos. Entre tanto, la Casa Real
-de los Chandras ó hijos de la Luna se había elevado mucho, y el soberano
-reinante de esta dinastía había tomado el título de Maharadjad ó Gran
-Rey. La terrible guerra de Mahabarat no había estallado aún.</p>
-
-<p>Sobre Asiria y Caldea se nos ofrecen algunas dificultades que importa
-allanar para la mejor inteligencia de esta notable leyenda y de las
-sucesivas. Sabido es que Botta, Layard, ambos Rawlinson, Oppert y otros
-doctos arqueólogos, han excavado en las ruinas de Nínive, de Nimrod, de
-Persépolis, de Corsabad y de otras antiguas ciudades; han desenterrado
-prodigiosos monumentos; los han descrito; los han explicado, y hasta han
-leído no pocas inscripciones cuneiformes, poniendo en claro su sentido.
-Confrontando después estos datos con los suministrados por la Biblia,
-Herodoto, Ctesias y Beroso han rehecho y esclarecido en extremo la
-historia de los caldeos, asirios y babilonios.<span class="pagenum"><a name="page_237" id="page_237"></a>{237}</span> Merced á tan raros
-trabajos, la historia, las leyes, los usos y costumbres, la cronología,
-la vida, en suma, de los grandes imperios semíticos de las orillas del
-Tígris y del Eufrates, son tan bien ó mejor conocidos que los de algunos
-pueblos de la Edad Media en Europa, sobre todo desde la famosa Era
-llamada de Nabonasar, año de 747 antes de Cristo, unos seis ó siete años
-después de la fundación de Roma. Lo que es ya desde el reinado de
-Senaquerib, en 686, la cronología no puede ser más exacta. Los mismos
-objetos de entonces, descubiertos por infatigables anticuarios, nos
-alucinan hasta el punto de imaginar que tocamos con la mano y vemos con
-nuestros ojos mortales la civilización de aquel siglo. Aquí, en Madrid,
-en nuestros bailes y fiestas, hemos contemplado al cuello de una ilustre
-dama, entre otros cilindros ninivitas y babilónicos, el sello real de
-Asar-Addon, conquistador de Babilonia, hijo de Senaquerib y padre de
-Nabucodonosor I.</p>
-
-<p>Las dificultades y dudas en la historia de Caldea y de Asiria ocurren
-mucho antes. Sin embargo, todos los sabios convienen ya, gracias á Dios,
-en lo más esencial. De esperar es asimismo que no pocas dudas y
-divergencias que quedan lleguen con el tiempo á resolverse. Rawlinson
-dice que, de vez en cuando, es menester rehacer ó componer de nuevo la
-historia de los antiguos imperios del Asia.<span class="pagenum"><a name="page_238" id="page_238"></a>{238}</span> Recientes descubrimientos
-la modifican y aclaran cada vez más. Debe, pues, conjeturarse que, no
-bien se escriban, con el andar de los tiempos y el progreso de la
-ciencia, tres ó cuatro historias tan magistrales como la suya, vendremos
-á saber á punto fijo lo que ocurría á orillas del Eufrates veinticinco ó
-treinta siglos antes de Cristo, como se sabe ya lo que ocurría seis ó
-siete siglos antes. En el ínterin, el historiador, grave y concienzudo,
-tiene que limitarse á rastrear por indicios, en medio de mil
-vacilaciones, ciertos sucesos capitalísimos, dejando entre ellos
-inmensas obscuridades ó lagunas por iluminar ó por llenar. El poeta ó el
-novelista, que es un poeta en prosa, es el único que por hoy puede
-llenarlas, gracias á una inspiración semi-divina en que deben creer sus
-lectores. Algo, con todo, puede ya fijarse como fundamento, casi con
-prueba plena.</p>
-
-<p>Los autores están concordes en suponer ó sospechar un Imperio de Asiria
-anterior á Nemrod.</p>
-
-<p>Nemrod vino por mar; pertenecía á la raza cusita ó etiópica; venció á
-los asirios, y fundó un nuevo Imperio en el Sur de la Mesopotamia, cuya
-capital fué Ur, á orillas del Eufrates.</p>
-
-<p>Asur se retiró al Norte con los asirios que no se sometieron al yugo de
-los cusitas ó caldeos.</p>
-
-<p>El Imperio de Nemrod, ó la antigua Caldea, se llamó también el Imperio
-de las Cuatro Razas.<span class="pagenum"><a name="page_239" id="page_239"></a>{239}</span> Aquel <i>fuerte cazador delante del Señor</i> tuvo por
-súbditos á cusitas, arios, semitas y turaníes, esto es, á gentes de las
-razas amarilla, blanca y negra. El pueblo dominante fué el cusita ó
-etiópico.</p>
-
-<p>De la dinastía de Nemrod se citan con certeza otros dos nombres de
-reyes, á saber: Urukh é Ilki, de cuyos colosales alcázares y torres aún
-se descubren vestigios.</p>
-
-<p>Á lo que parece, el Imperio de Nemrod, hacia el año de 2.400 antes de
-Cristo, se desmembró y fraccionó en varios reinos, hasta que un siglo
-después un rey llamado Kudur-Lagomer ó Codorlahomor, y yo tengo para mí
-que era de raza ariana, hizo tributarios á otros muchos reyes y
-restableció el Imperio, por breve tiempo.</p>
-
-<p>Nadie ignora que este Codorlahomor fué contemporáneo de Abraham. Los
-semitas iban ya recobrando su antigua preponderancia sobre las demás
-razas. En Arabia, venciendo previamente á los cusitas, que allí
-predominaron, habían fundado un reino muy fuerte y guerrero, cuyo centro
-era el Yemen y el Hadramaut. Contaban aquellos reyes árabes por
-antecesores á Jectan, Sabá y Homeir, por lo cual las tribus que les
-estaban sujetas se solían apellidar los jectanidas ó los homeiritas.</p>
-
-<p>Por último, en el tiempo en que empieza nuestra primera leyenda, reinaba
-en Arabia un descendiente de Homeir, llamado Aret-el-Rech, á quien<span class="pagenum"><a name="page_240" id="page_240"></a>{240}</span>
-algunos historiadores clásicos llaman Areo. Aliado este Areo con Nino,
-tercero ó cuarto sucesor de Asur, venció á los cusitas; y así vino á
-fundarse la gran Monarquía asiría de Nino. Con el auxilio de
-Aret-el-Rech, Nino se enseñoreó de todo el Asia central.</p>
-
-<p>Llega ahora el punto más dificultoso y de mayores dudas: la primitiva
-historia del Irán. El mismo Rawlinson no se atreve á retroceder con paso
-seguro en esta historia sino hasta 600 ó 700 años antes de Cristo para
-los medos, y para los persas hasta el reinado de Ciro ó poco antes; esto
-es, que empieza casi donde nosotros vamos á concluir las leyendas. Mas
-no es esto decir que nos hayamos engolfado en las edades plenamente
-fabulosas. Historiadores, aunque sabios y prudentes, menos tímidos que
-Rawlinson, hallan verdad histórica en los sucesos del Irán bastantes
-siglos antes de Ciro, y algunos reconstruyen una historia del Irán que
-empieza antes de la separación de los Indios y de los iranienses, cuando
-ambos pueblos formaban uno solo; los arios, que entonaban juntos los
-himnos religiosos del Rig-Veda en la primitiva región de Ariana-Vaega.
-Todos los hechos de esta larga historia iraniense, anterior á Ciro,
-están sacados de antiguas tradiciones conservadas por los güebros ya en
-libros sagrados, ya oralmente, y recogidas muchas por los poetas épicos
-del tiempo de los<span class="pagenum"><a name="page_241" id="page_241"></a>{241}</span> Soberanos musulmanes de Gasna. Entre todos estos
-poetas épicos, descuella Firdusi, el Paradisaico. Su obra se titula el
-<i>Shah-Nameh</i> ó <i>Libro de los Reyes</i>. Á imitación y como continuación del
-Shah-Nameh, se escribieron después otras epopeyas, otros <i>Namehs</i> ó
-<i>Libros</i>, que hacen del ciclo épico del Irán uno de los más ricos y
-fecundos. Hay el <i>Gerschap-Nameh</i>, el <i>Barsu-Nameh</i>, el
-<i>Djusgan-hir-Nameh</i>, el <i>Feramur-Narneh,</i> el <i>Banu-Guyasp-Nameh</i>, el
-<i>Bahman-Nameh</i>, y otros muchos que sería prolijo ir mentando. Los
-Soberanos, los Príncipes y los héroes del Irán son cantados extensa y
-lindamente en estos poemas. Sobresale entre todos Rustán, como en el
-ciclo épico carlovingio sobresale Roldán, y el Cid en nuestra magnífica
-epopeya de las guerras entre moros y cristianos, durante los siglos
-medios. La cuestión está en decidir si todos estos cantos populares
-tienen más valor histórico que los Libros de Caballerías; si los
-Rustanes, Feramures y Barsúes son tan fantásticos como los Amadises,
-Esplandianes y Lisuartes; ó si los <i>Namehs</i>, con las hazañas y guerras
-que refieren, se fundan al menos, como la Iliada y la Odisea y las obras
-de otros homeridas, hasta Juan Tzetzas y Colutho, en casos reales y
-verdaderos, si bien abultados por la tradición y por la fantasía del
-vulgo. Yo me inclino á creer que, despojados de lo sobrenatural, los
-sucesos referidos por Firdusi<span class="pagenum"><a name="page_242" id="page_242"></a>{242}</span> y otros épicos de Persia pertenecen á la
-historia. Los historiadores orientales, como Kondemir y Mircondo,
-refieren también muchos de dichos sucesos, y, si bien Klaproth les niega
-toda autoridad, hoy, en el estado actual de la ciencia, no es lícito ser
-tan escéptico. Los libros sagrados zendos, como el <i>Vendidad</i> y el
-<i>Desatir</i>, confirman lo que cuentan las historias y poemas posteriores
-al Islán. Estas historias estaban además basadas sobre tradiciones muy
-fidedignas y sobre documentos y monumentos antiquísimos. No pocos de los
-autores, como Firdusi, el más glorioso de todos, eran <i>dehkanes</i>, esto
-es, antiguos nobles del Irán, hidalgos por decirlo así, de muy ilustre
-casa, cuyas genealogías debieron guardarse.</p>
-
-<p>En suma, yo creo que muchas de las historias del Irán, antes de Ciro,
-deben tenerse por ciertas y algunas por probables y verosímiles.</p>
-
-<p>En este supuesto, diré que el Mahabad de los Persas parece ser el mismo
-Manú de los Indios, un legislador mítico primitivo. Otro profeta
-iraniense, llamado Dji-Afram, simboliza el período histórico del cisma ó
-separación de indios y persas. El Ariana-Vaega, con sus reyes Cayumors,
-Ferval, Siamek y otros, sólo prueba que hubo una sociedad primitiva, en
-la cual formaron un solo pueblo los indios, los iranienses y los escitas
-blancos.<span class="pagenum"><a name="page_243" id="page_243"></a>{243}</span></p>
-
-<p>Después de la separación, los iranienses, conducidos por Djenschid,
-emigraron y fundaron el reino ó Imperio de Vara, cuya capital fué Raga.
-Un conquistador, llamado Zohac, destruyó el Imperio de Vara y vino á
-reinar sobre los iranienses. En el reinado de Zohac empieza nuestra
-primera leyenda. Pero, ¿quién fué este Zohac y en qué siglo vivía? Á mi
-ver, Zohac era semita, era el propio Aret-el-Rech, ó más bien un sobrino
-y lugarteniente de aquel famoso rey del Yemem, aliado de Nino. En esto
-me aparto de la opinión de Rodier, quien hace á Zohac cusita y supone
-que reinó siete mil años antes de Cristo; pero tengo á mi lado á
-Gobineau en su <i>Historia de los Persas</i>, quien hace que viva y reine
-Zohac en la época más reciente de Nino, rey de Asiria.</p>
-
-<p>Finalmente, reinaba por entonces en la Escitia un rey llamado Tihur. La
-capital de su reino era la hermosa ciudad de Vesila-Tefeh. En ella
-introduciremos al punto á los lectores para que tenga verdadero comienzo
-nuestra historia.</p>
-
-<h3>II.</h3>
-
-<p>Vesila-Tefeh, por más que parezca inverosímil, estaba situada en medio
-de las que son hoy áridas estepas por donde vagan los kirguises. En la
-orilla Norte del Sir ó Jaxartes se parecía la hermosa<span class="pagenum"><a name="page_244" id="page_244"></a>{244}</span> ciudad, cuyas
-casas y palacios se reflejaban en las aguas del caudaloso río. El
-Imperio de que era capital se extendía por el Sur hasta el Oxo ó el
-Amú-Deria. Más allá, un arenoso desierto. Otro desierto arenoso le
-separaba por el Oriente de la Sogdiana. Por el Occidente tenía por
-límites el Caspio y el Aral, que entonces formaban un mar solo. Por el
-Norte no conocía otros términos ó fronteras que la mayor ó menor pujanza
-de los escitas, vasallos del Rey Tihur, para tener á raya á los pueblos
-nómadas y enteramente feroces que iban errando por los páramos boreales.
-En suma, los dominios del Rey Tihur, eran como un oasis de cultura, como
-una isla civilizada en medio de un Océano de barbarie.</p>
-
-<p>Á pesar de este aislamiento, los escitas de Vesila-Tefeh dejaron memoria
-de sus virtudes y de su ciencia aun entre los mismos griegos, tan
-vanidosos. Zalmoxis, Abaris y otros filósofos escitas se cuenta que
-llevaron á Grecia religión, oráculos, ritos y misterios profundos. La
-fama lejana de estos escitas hizo nacer sin duda en Grecia la fábula de
-los felices hiperbóreos, que vivían en un país feraz y rico, y que
-componían y cantaban los himnos más bellos que imaginarse pueden, por
-ser muy amados de Apolo. Ello es que, muchos siglos antes de que en
-Grecia escribiesen Homero, Herodoto y Esquilo, y aun antes de que á
-Grecia llevasen<span class="pagenum"><a name="page_245" id="page_245"></a>{245}</span> los fenicios la escritura, florecía Vesila-Tefeh con
-extraordinario florecimiento. Regado el fértil terreno por las aguas de
-siete ríos, de muchos arroyos y de numerosos canales, estaba cubierto en
-partes de hermosas huertas y jardines. No faltaban bosques umbríos de
-pinos, abetos y robustas encinas. Había campiñas extensas donde se
-producía trigo en abundancia, y sobre todo dilatadísimas dehesas
-cubiertas de fresca y larga hierba, donde pastaban numerosos rebaños.
-Pero la más envidiable calidad del País de los Siete Ríos, que así se
-apellidaba el reino de Vesila-Tefeh, era la abundancia de oro. Los
-esclavos de los escitas, no sólo sacaban el oro lavando las arenas, sino
-también ahondando tenazmente con instrumentos de bronce en el seno de
-las montañas. Los rusos han descubierto muchos restos de estas
-antiquísimas minas, á las que llaman, no sé por qué, <i>pozos fínicos</i>.
-Nadie duda que los rudos tártaros, que hoy habitan en las vertientes del
-Ural, tanto en Kirguisia como en Siberia, son y han sido siempre
-incapaces de ejecutar para sí tan hábiles trabajos, los cuales no pueden
-menos de atribuirse á los antiguos escitas. Y digo <i>para sí</i>, porque en
-realidad los tártaros, la gente de raza amarilla y no pocos hombres de
-raza cusita ó etiópica, reducidos á la condición de esclavos, eran los
-que laboreaban las minas bajo la dirección de los escitas-arios. Éstos,<span class="pagenum"><a name="page_246" id="page_246"></a>{246}</span>
-como raza dominante y noble, se hubieran deshonrado ejerciendo cualquier
-otro oficio que no fuese el de pastores, el de la guerra, la caza y la
-agricultura. Multitud de esclavos de raza amarilla y etiópica se
-empleaba en los menesteres más bajos y mecánicos. Otros esclavos semitas
-hilaban y tejían la lana, el lino y el cáñamo; forjaban las armas y
-utensilios de bronce, porque el hierro no se trabajaba aún; curtían y
-adobaban las pieles; desempeñaban varias industrias más elegantes, y
-hacían, por último, el comercio.</p>
-
-<p>Dificultoso era venir desde Nínive ó desde Babilonia trayendo
-mercaderías hasta Vesila-Tefeh. Pero, ¿qué no vencen el interés y la
-perseverancia del hombre? Los dos emporios principales desde donde se
-hacía el comercio entre el Sur del Asia y nuestros escitas, eran el
-Chersoneso Táurico y Colcos. Las caravanas que salían de Cherson tenían
-que sufrir grandes trabajos, atravesar países desiertos ó habitados por
-tribus feroces y pasar ríos caudalosos como el Tanais, el Rha y el Daix,
-que hoy se nombran el Don, el Volga y el Ural. Todo esto se hacía, sin
-embargo, y el antiguo camino de los mercaderes que señala Herodoto,
-cruzaba por la parte septentrional del reino de Vesila-Tefeh y se
-prolongaba hasta la China. Desde Colcos, más activo emporio aún en las
-edades remotas, se iba también hasta Vesila-Tefeh,<span class="pagenum"><a name="page_247" id="page_247"></a>{247}</span> aunque exponiéndose
-á peligros gravísimos que la imaginación magnificaba, pues era necesario
-salvar torrentes ó ríos impetuosos como el Kur, cruzar los desfiladeros
-del Cáucaso ó Montaña Sagrada, donde vivía el pájaro inteligente llamado
-Karshipta, y discurrir por comarcas donde moraban gentes tan fieras, que
-la fantasía del vulgo las había trocado en monstruos, bajo los nombres
-de arimaspes, grifos y gorgones.</p>
-
-<p>Á pesar de todo esto, Vesila-Tefeh era un gran mercado; un centro
-comercial importantísimo. De China venían sedas y objetos de marfil
-labrado; de Siberia preciosas pieles; de la Arabia plumas y aromas, y de
-la India especierías y tejidos de algodón, delicados y aéreos. En las
-comarcas meridionales del Reino de Vesila-Tefeh, hacia donde están hoy
-Kiva, Samarcanda y Bucara, se daba ya entonces el algodón como se da
-ahora, pero sólo se fabricaban telas groseras. Las finas y perfectas
-venían de la India por Colcos. Este comercio, que hizo Colcos durante
-muchos siglos, en telas de algodón, excitó, según algunos graves
-economistas, la codicia de los griegos y promovió la expedición de Jason
-y de los argonautas y los infortunios y horrorosa venganza de Medea.
-Jason iba á establecer una factoría en Colcos y el famoso Vellocino de
-oro no era más que percal, gasa, muselina ó cotonía. Tal vez algún
-etimologista ingenioso<span class="pagenum"><a name="page_248" id="page_248"></a>{248}</span> se atreva á sostener, en confirmación de lo
-dicho, que la palabra <i>colcha</i> viene de Colcos ó de Colchida, puesto que
-las colchas son de algodón casi siempre. Otros autores aseguran, á pesar
-de todo, que el Vellocino dorado no era una tela de algodón, sino una
-zalea, adobada y preparada de un modo tal, que lavando en ella las
-arenas auríferas en que los ríos de Colcos abundan, los granitos y
-pajitas de oro se quedaban adheridos á la lana. Dícese que todavía, no
-ya sólo algunos pueblos del Cáucaso, sino también los kirguises, se
-valen de semejante método prehistórico para extraer el oro de las
-arenas. Pero dejemos á un lado esta cuestión, pues importa poco á la
-exactitud y escrupulosa verdad de nuestra historia.</p>
-
-<p>Otro medio había también de comunicarse con el país de los Siete Ríos,
-pero era no menos difícil y peligroso. Era este medio atravesar todo el
-mar Caspio ó de Hircania, mar proceloso y de muchos bajíos, y harto
-mayor entonces que ahora. Acrecentaba la dificultad el no conocerse
-entonces, no ya el vapor como fuerza motriz, pero ni siquiera el uso de
-las velas. Las embarcaciones eran chicas y poco sólidas y se movían á
-remo por fornidos esclavos. Aun así, es evidente que mientras floreció
-el Imperio de Vara, Djenschid y sus sucesores sostuvieron por mar, con
-los reyes de Vesila-Tefeh las relaciones más cordiales, frecuentes y<span class="pagenum"><a name="page_249" id="page_249"></a>{249}</span>
-provechosas para unos y otros súbditos, los cuales se reconocían como
-hermanos, por ser arios de la misma estirpe y procedencia. Caído el
-Imperio de Vara bajo el poder del tirano Zohac, casi habían acabado
-estas relaciones. Los iranienses gemían bajo el yugo, si bien en las
-montañas del Elburz se sostenían independientes algunos valerosos.
-Sabíase en Vesila-Tefeh que un ilustre descendiente de Djenschid,
-llamado Abtian, los acaudillaba, pero ni tenía plaza fuerte, ni morada
-fija, sino las breñas y las cavernas. Sólo en la cumbre elevadísima del
-monte Demavend, en el castillo inaccesible de Selket, el más ilustre de
-los <i>pelavanes</i>, ó guerreros nobles, ondeaba aún la antigua bandera del
-Irán. Amol, Raga y otras ciudades del Elburz gemían cautivas y tenían
-guarnición asiria ó árabe.</p>
-
-<p>Dos reinos arianos había en las orillas meridionales del Mar Caspio,
-pero se habían hecho tributarios de Zohac y de Nino. Uno de estos reinos
-era el de los medos, al Oriente, donde imperaba Kus-Pildendan. El otro,
-al Occidente, donde está hoy el Ghilan, era el reino escita de Matjin;
-su capital, Zibay; Behek su monarca.</p>
-
-<p>La catástrofe del imperio de Vara, desde que llegó á noticia de los
-vesilianos, había conmovido hondamente los corazones. Todos querían
-socorrer á los pocos que peleaban aún por la independencia<span class="pagenum"><a name="page_250" id="page_250"></a>{250}</span> y por la ley
-pura: pero ¿cómo socorrerlos? ¿Cómo luchar contra los árabes, asirios,
-caldeos y medos coaligados todos? ¿Cómo hacer además con un ejército
-numeroso tan larga y expuesta expedición, ni por mar, ni por tierra? Los
-vesilianos tuvieron, pues, que limitarse á una estéril simpatía, y se
-vieron más aislados que nunca del resto del mundo civilizado entonces.</p>
-
-<p>Por fortuna, la civilización de Vesila-Tefeh tenía recursos propios, y
-muy hondas y vigorosas raíces para vivir aisladamente. Aquellos ilustres
-escitas-arios no eran sólo guerreros, pastores y labriegos, sino también
-artistas, poetas, filósofos y hasta teólogos.</p>
-
-<p>De su habilidad artística daba brillante muestra la arquitectura de los
-muros, casas, palacios y templos de Vesila-Tefeh. ¡Cosa singular y
-apenas creíble! Aquella arquitectura era el germen, el embrión, la flor
-primera de lo que hoy se llama estilo gótico. Sin duda el arte de
-Bizancio y la religión cristiana han influído muy posteriormente en
-dicho estilo; pero sus inventores fueron los arios de la Escitia, que en
-sus inmigraciones sucesivas le introdujeron en Europa. La ciudad de
-Sarmazigetusa, el castillo de Genucla y otros edificios géticos y
-sármatas, representados en la Columna Trajana, inclinan á Gioberti y al
-famoso Carlos Troya á creer que los getas, los sármatas y los dácios,<span class="pagenum"><a name="page_251" id="page_251"></a>{251}</span>
-descendientes de los escitas primitivos, trajeron á nuestra Europa
-aquella arquitectura, existente ya, por lo menos, en los antiguos
-edificios de Deceneo y de Zalmoxis. Digo esto aquí para que se vea que
-tengo pruebas en favor de todos mis asertos, si bien las pruebas son
-inútiles, cuando lo sé y lo doy por seguro, merced á la inspiración.</p>
-
-<p>Harto bien noto que me detengo mucho en preparar la escena y en dar
-conocimiento de mis actores, sin hacerlos salir ni hablar; pero la
-historia ó el drama que va á representarse, exige tales preámbulos. De
-otra suerte, bastantes lectores ni se darían cuenta de dónde estaban, ni
-gustarían de la leyenda, ni tal vez la comprenderían. Por lo demás, yo
-procuro y procuraré siempre ser muy breve.</p>
-
-<p>Ya he dicho que la ciudad de Vesila-Tefeh estaba en las orillas del Sir.
-Un puente de piedra unía ambas orillas del río. Los muros que cercaban
-la ciudad eran altos y gruesos, hasta el punto de que pudiese correr un
-carro por cima de ellos. Cuatro anchas puertas, revestidas de chapas de
-bronce, daban entrada á este recinto. Dentro de él estaban las casas de
-los más nobles y principales señores, un templo en lo alto de un cerro,
-y no muy distante el alcázar del Rey Tihur. No había calles. Las casas
-estaban separadas unas de otras por arbolado y<span class="pagenum"><a name="page_252" id="page_252"></a>{252}</span> jardines. Fuera del
-recinto de la muralla, que más bien pudiera llamarse ciudadela que
-ciudad, se extendía la población y el caserío. En torno de cada casa
-había una cerca, más ó menos grande, y, resguardados por la cerca ó
-tapia, un huerto, un aprisco para los carneros y ovejas y un tinado para
-los bueyes.</p>
-
-<p>En el templo había una torre, de forma cúbica, que terminaba en una
-pirámide cuadrangular, muy aguda. Entre el extremo del cubo y la base de
-la pirámide, quedaba un espacio hueco, sostenido por cuatro poderosos
-machones. Del techo de este mirador colgaba, asida á una cuerda, una
-enorme plancha circular de cierta amalgama metálica, en extremo sonora,
-la cual, herida por un mazo de plata, daba la señal de alarma, y
-convocaba á los guerreros.</p>
-
-<p>Lo interior del templo era muy bello. Diez gigantescos pilares sostenían
-la techumbre. Cada pilar, desde el zócalo hasta lo alto, se asemejaba á
-un grupo de palmas, cuyos troncos, unidos en manojo, esparcían luego las
-airosas ramas, formando la bóveda ojival. No había imagen alguna. Sólo
-había un altar en el fondo, sobre el cual brillaba perpetuamente el hijo
-del cielo, la emanación de Ahura Mazda, el fuego divino.</p>
-
-<p>En Vesila-Tefeh no había sacerdotes, ó por mejor decir, eran sacerdotes
-los padres de familia. El<span class="pagenum"><a name="page_253" id="page_253"></a>{253}</span> rey, como Melquisedec, era el primero de
-todos.</p>
-
-<p>El dios que adoraban aquellas gentes era el Grande Espíritu, el Ser
-Supremo, cuya noción no habían ofuscado aún el politeísmo y la
-idolatría. En un principio, habíanle llamado Teu, ó Dev ó Div. Desde el
-cisma entre iranienses é indios, este nombre de Div se había aplicado al
-príncipe de las tinieblas, á los genios negros, á los espíritus
-tenebrosos. Los Divs, en suma, eran los diablos para los iranienses y
-para nuestros escitas-arianos. Los sabios de Vesila-Tefeh, conociendo
-bien la ciencia y la teología iránicas, al principio luminoso, al foco
-de la luz increada, al Grande Espíritu, en suma, generador de todo bien,
-le llamaban Ahura-Mazda. Ariman era su contrario.</p>
-
-<p>El vulgo, ignorante de tan altas doctrinas, llamaba á Dios Boga ó
-Savitar. Daba culto asimismo á los genios buenos ó espíritus que le
-servían; á las almas de los héroes, á quienes llamaba Anses; al fuego
-del altar y al Soma ó licor sagrado. El modo de adoración eran
-sacrificios cruentos, libaciones é himnos. Aun no había otra liturgia ú
-otro canon que la inspiración de cada sacrificador y de cada poeta.</p>
-
-<p>Delante del alcázar del Rey Tihur hacían guardia constante 60 guerreros
-escogidos, de las más egregias familias. Todos tenían lanzas, arcos,
-flechas y una espada corva ó alfanje. Ya servían á<span class="pagenum"><a name="page_254" id="page_254"></a>{254}</span> pie, ya á caballo, y
-constituían el único ejército permanente. Verdad es que todos los
-ciudadanos libres eran soldados, y acudían al llamamiento en caso de
-peligro.</p>
-
-<p>El alcázar del Rey Tihur era espacioso, cómodo y lleno de regalos y
-primores. Encerraba en su piso bajo magníficas caballerizas con hermosos
-caballos, asnos, mulas y cabras; cinco carros elegantes; podenquera, que
-contaba unas cuantas jaurías de galgos y de podencos; no escasa
-colección de halcones, gerifaltes neblíes y hasta águilas y buitres
-adiestrados en la cetrería; anchos corrales poblados de aves domésticas,
-y un jardín muy lindo. También estaban en el piso bajo las cocinas,
-despensas y bodegas y las habitaciones de la servidumbre.</p>
-
-<p>Moraba el Rey Tihur en las cámaras altas, donde había grandes salones.
-Armas colgadas en haces, pieles de fieras, cabezas de venados, de lobos
-y de osos ornaban los muros.</p>
-
-<p>En lo más recóndito y bello del palacio se encontraba el harem ó
-<i>gineceo</i>. Los escitas no tenían más que una sola mujer, pero los reyes
-y los príncipes se permitían (habiendo tomado esta pícara costumbre de
-los cusitas y semitas más refinados y viciosos), el poseer algunas
-bellas esclavas.</p>
-
-<p>El Rey Tihur, si bien pasaba ya de los cincuenta años, no se había
-casado nunca y carecía de sucesión<span class="pagenum"><a name="page_255" id="page_255"></a>{255}</span> legítima. Un hermano suyo debía
-heredar el trono, previo el consentimiento y aclamación de los nobles y
-libres vasallos.</p>
-
-<p>Ni las esclavas que habitaban el harem ni las más gentiles y nobles
-doncellas de toda la Escitia habían herido jamás el corazón del Rey
-Tihur, ni excitádole al matrimonio. Fuerza es confesar, sin embargo,
-aunque redunde en desdoro suyo, que el Rey Tihur había sido y era aún, á
-pesar de sus años, muy aficionado á mujeres. Este era casi su único
-defecto. Por lo demás, era tan llano, tan justo, tan valiente, tan
-generoso y tan benévolo que todos sus vasallos le querían de un modo
-entrañable.</p>
-
-<p>Considere, pues, el pío lector lo afligidos que estos vasallos andarían
-al empezar nuestra narración. El Rey Tihur se hallaba aquejado de una
-melancolía profunda, misteriosa, invencible.</p>
-
-<p>Encerrado en su estancia sólo se dejaba ver de su fiel esclavo favorito
-Amrafel, negro como la endrina y fiel como el oro. Hombres versados en
-la ciencia y arte de curar habían acudido con hierbas, conjuros y versos
-mágicos, mas el rey no había querido recibirlos.</p>
-
-<p>En Vesila-Tefeh no se hablaba más que de aquella extraña dolencia.
-Preguntábanse unos á otros:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué tendrá el rey?&mdash;pero nadie daba contestación satisfactoria.<span class="pagenum"><a name="page_256" id="page_256"></a>{256}</span></p>
-
-<h3>III.</h3>
-
-<p>La profunda melancolía del Rey Tihur no tenía causa conocida. Era el mal
-de moda en nuestro siglo; pero entonces, aunque no se hablaba tanto de
-este mal, no era menos frecuente. En las primeras edades del mundo hubo,
-como en nuestra edad del vapor y del magnetismo, corazones con un amor
-sin objeto, con un afán vehemente de admiración y de adoración, sin
-hallar nada digno de ser admirado y adorado; con un vacío infinito en la
-existencia que nada puede llenar; con un ideal vago é irrealizable; con
-un empeño loco de dar tan noble y elevado fin á la vida, que todo lo que
-no es este fin parece vanidad y miseria.</p>
-
-<p>La diferencia entre ahora y entonces, lo que induce á creer á los que
-miran superficialmente las cosas que el mal de que hablo es más general
-en el día, estriba en una mera figura retórica: en el <i>eufemismo</i>. El
-que por feo, por tonto ó por poco listo, no es tan atendido y
-considerado como él cree que merece; el que no llega á la posición á que
-aspira; el que se aprecia y tasa en mucho más de lo que dan por él; y
-muy singularmente el que tiene menos dinero del que necesita, y sabe
-gastarle y no sabe adquirirle; todos éstos y no pocos más que adolecen
-de otros achaques prosaicos, se atribuyen en el día el mal poético y
-sublime del Rey Tihur.<span class="pagenum"><a name="page_257" id="page_257"></a>{257}</span> Ellos se curarían, y en efecto suelen curarse de
-su hastío y desesperación <i>byroniana</i>, ya con un empleo, ya con unas
-cuantas monedas, ya con una Gran Cruz, ya con un título de Marqués ó de
-Conde; pero, mientras esto no llega, se colocan en el número de los
-desesperados y de los seres superiores no comprendidos, y se declaran
-ejemplos vivientes de las amarguras que pasa el <i>genio</i> y de la
-estupidez y ruindad del vulgo para con él.</p>
-
-<p>No era así el Rey Tihur. Su desesperación y su aburrimiento eran de
-buena ley, y, por consiguiente, incurables.</p>
-
-<p>Los ejercicios violentos de correr á caballo y de cazar fieras no
-mitigaban su dolor. En medio de las mayores agitaciones corporales su
-alma estaba fija en la causa de su tormento. La fatiga rendía su cuerpo,
-pero no rendía su espíritu. Hasta en sueños, el mal del espíritu le
-perseguía y con nada acertaba á alejarle de sí.</p>
-
-<p>Una mañana, poco después de levantarse, hallábase el rey en su estancia
-más reservada y retirada. Cualquiera de nosotros, si estuviese tan
-aburrido como él, tendría un cigarro, un libro ameno, un periódico para
-distraerse. En tiempo del Rey Tihur no había nada por el estilo.</p>
-
-<p>Estaba, pues, el Rey Tihur sentado en un enorme banco de roble, cubierto
-el banco de una piel de oso y de varios almohadones. La ocupación del<span class="pagenum"><a name="page_258" id="page_258"></a>{258}</span>
-rey era echar los dados de un cubilete y meditar sobre los caprichos
-misteriosos del acaso. Entonces entró en la estancia el esclavo favorito
-Amrafel, único que tenía permiso para ello, y se entabló el siguiente
-coloquio.</p>
-
-<p>Conviene, empero, antes de transcribirle aquí, dar una idea ligera del
-aspecto y traza de ambos interlocutores.</p>
-
-<p>Amrafel tendría de treinta á cuarenta años de edad, y ya hemos dicho que
-era negro; de menos que mediana estatura, pero muy fornido. El fuego de
-sus ojos y la extraordinaria blancura de sus dientes resaltaban sobre lo
-atezado de su rostro. Nacido y criado Amrafel en Ur, se había instruído
-en todas las ciencias y supersticiones de los caldeos, y sabía mucho de
-astrología y de magia. Cuando Ur cayó en poder de los asirios-semitas,
-Amrafel fué vendido como esclavo á unos mercaderes de Colcos, los cuales
-le revendieron al Rey Tihur, de quien ahora gozaba toda la privanza.</p>
-
-<p>Estaba vestido Amrafel con una túnica de lana obscura, ceñida al talle
-por un talabarte de cuero de búfalo, de cuyos tiros colgaban una ancha
-espada, á la izquierda, con vaina y puño de plata, y á la derecha un
-largo puñal, cuyo puño y vaina eran de plata también. Traía los brazos
-desnudos hasta los hombros, y en los brazos sendos brazaletes. Llevaba
-en las orejas zarcillos, y en la vestidura,<span class="pagenum"><a name="page_259" id="page_259"></a>{259}</span> hasta la misma fimbria ú
-orla inferior, varios cascabeles ó campanillas, que sonaban al andar, y
-que eran, asimismo, de plata, como los brazaletes y zarcillos. Ya se
-entiende que dichos cascabeles ó campanillas no eran adorno de bufón,
-sino signo de dignidad palatina y de jerarquía elevada. Por esto, sin
-duda, ha quedado entre nosotros el designar á cualquiera señor muy
-respetable y encumbrado, llamándole <i>un señor de muchas campanillas</i>.
-Llenos de campanillas iban siempre los levitas ó sacerdotes hebreos, y
-aun ahora, en la iglesia griega, están cuajados de campanillas sonoras
-los trajes más ricos y vistosos de los obispos, archimandritas y
-patriarcas.</p>
-
-<p>La cabeza de Amrafel estaba descubierta, dejando ver un pelo negro,
-corto y muy rizado, aunque no tan áspero y crespo como la lana ó pasas
-de los negros del Africa Occidental. Amrafel calzaba, por último,
-elegantes sandalias, y empuñaba en la diestra una pértiga de marfil,
-muestra de autoridad. Era como el pertiguero ó maestro de ceremonias del
-palacio; algo parecido á lo que Jenofonte y otros autores llamaron
-posteriormente <i>esceptuco</i> en la corte de los acheménides.</p>
-
-<p>Al entrar, Amrafel no saludó al rey, prosternándose al uso de los
-asirios y caldeos, sino que, según la costumbre más noble y altiva de
-todos los pueblos arianos, desde los indios hasta los celtas,<span class="pagenum"><a name="page_260" id="page_260"></a>{260}</span> describió
-lo que llaman en sánscrito un <i>pradakshina</i>, ó dígase trazó un círculo ó
-arco de círculo, presentando siempre al rey el lado derecho. Luego se
-paró silencioso enfrente de su amo.</p>
-
-<p>Este jugaba solo á los dados; juego prehistórico. Sus ropas eran de
-finísima lana negra, ceñidas á la cintura por una faja de seda roja. Los
-borceguíes ó coturnos, de cuero bien curtido, eran rojos también. La
-rubia y larga cabellera del rey, que ya empezaba á encanecer, estaba
-recogida por ínfula asimismo de seda roja. Era el Rey Tihur alto y
-robusto, ancho de hombros, y de pecho dilatado. En sus piernas, que
-hasta el muslo se veían desnudas, se dibujaban con brío todos los
-músculos, cuerdas y tendones.</p>
-
-<p>Sobre la pujante cerviz estaba gallarda y airosamente colocada la
-cabeza, bien proporcionada y hermosa.</p>
-
-<p>Los ojos del rey eran azules y ardientes, aunque velados por una triste
-y amorosa expresión; y su boca, pequeña, á lo que podía descubrirse
-entre la barba y el bigote, poblados y luengos. La tez era sonrosada y
-blanca, á pesar de que el sol y la intemperie le habían dado un barniz ó
-baño dorado; una especie de pátina semejante á la que imprime el tiempo
-en los monumentos de mármol blanco de Andalucía, Sicilia y Grecia. En
-fin, el perfil de la nariz y de la frente era tan correcto y
-majestuoso,<span class="pagenum"><a name="page_261" id="page_261"></a>{261}</span> como imaginamos que debió serlo el de la nariz y la frente
-del Júpiter de Fidias.</p>
-
-<p>Durante un breve rato no advirtió el rey la entrada de Amrafel; tan
-ensimismado estaba. Alzó, por último, la cabeza; vió á Amrafel y rompió
-el silencio de esta suerte:</p>
-
-<p>&mdash;Siéntate á mi lado; deseo hablarte con reposo.</p>
-
-<p>Amrafel se sentó respetuosamente en un escabel, á cierta distancia.</p>
-
-<p>El rey prosiguió:</p>
-
-<p>&mdash;Tú no ignoras mi mal, Amrafel, pero no aciertas con el remedio, ni yo
-creo que le tiene. Me cansa la vida, y no quiero morir. No puedo
-persuadirme de que no hay nada más allá de esta vida. ¿No crees tú, como
-yo creo, que después de la muerte queda de nosotros una sombra leve y
-vaporosa, que tal vez vaga por la noche en torno del sepulcro, que tal
-vez se levanta en el aire tenebroso y recorre volando muchos espacios,
-pero cuya vida es incompleta y horrible, por lo mismo que esta sombra
-conserva el pensamiento y la memoria, y no puede ver la luz del claro
-día?</p>
-
-<p>&mdash;Lo que pasa después de la muerte es un misterio,&mdash;respondió
-Amrafel;&mdash;pero lo natural en el hombre es creer en una existencia
-ulterior é imperecedera.</p>
-
-<p>Yo he peregrinado mucho, he hablado con hombres de todas las naciones y
-castas, y todos<span class="pagenum"><a name="page_262" id="page_262"></a>{262}</span> creen en esa vida ulterior, aunque explicándola de
-diverso modo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Te satisface alguna de esas explicaciones?</p>
-
-<p>&mdash;Ninguna, por completo; y menos que ninguna la de aquéllos que del
-aniquilamiento y del endiosamiento hacen una misma cosa. El entender y
-el querer son esencialmente distintos. Por el entender bien podemos
-confundirnos con la inteligencia infinita, y perdernos en ella como una
-gota de agua se pierde en el mar; pero la voluntad es un centro
-individual irreductible. Mientras más se educa y se levanta la
-inteligencia humana, más se identifica y confunde con toda inteligencia;
-más se acerca á la inteligencia única de que proviene. Por el contrario
-la voluntad; mientras más se educa y se levanta, por más que se someta y
-se conforme á los decretos eternos, más se determina y se aisla; más se
-individualiza y distingue. Tiene la voluntad su centro en sí, y en su
-desarrollo no hace sino marcar con más energía este centro; mientras que
-el entender tiene su centro fuera de nosotros. Es un centro universal
-donde concurrirían y se perderían todas las inteligencias, reduciéndose
-á perfecta unidad, si en el querer de cada individuo no se cifrase la
-indestructible diferencia. La voluntad es el ser que nos hace sobrevivir
-en el reino de las sombras: la forma, el ídolo, el fantasma nuestro es
-la voluntad.<span class="pagenum"><a name="page_263" id="page_263"></a>{263}</span></p>
-
-<p>&mdash;Mi pensamiento está de acuerdo con el tuyo, en el modo de considerar
-la vida futura. Yo concibo que un puñal, un veneno, cualquier agente
-capaz de romper la máquina de mi cuerpo, puede separar las partes que le
-constituyen y volverlas á los elementos de que salieron para que
-compongan otros seres. Lo que no concibo es que mi forma desaparezca.
-Este no sé qué, que me hace ser yo y no ser otro, no perece. Mas, ¿en
-qué consiste este no sé qué?</p>
-
-<p>&mdash;Debe ser una substancia sutilísima; algo como aire ligero.</p>
-
-<p>&mdash;Tan sutil debe ser, que dudo mucho de que nuestros sentidos perciban
-jamás las sombras. ¿Crees tú, que podemos verlas, oirlas, sentirlas de
-algún modo, comunicar con ellas?</p>
-
-<p>&mdash;Creo que sí; pero de un modo imperfectísimo. En esta vida mortal nos
-comunicamos por medio de la palabra, que estremece el aire y hiere el
-oído. La palabra de las sombras debe estremecer otro ambiente más raro y
-debe herir otros sentidos más agudos y perspicaces. El lenguaje de las
-sombras debe ser, por último, más compendioso y rico. Su concisión y
-energía maravillosas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo explicas, entonces, la evocación? ¿Acaso no crees en la
-evocación de las sombras?</p>
-
-<p>&mdash;No tan sólo creo, sino que me juzgo capaz de evocarlas.<span class="pagenum"><a name="page_264" id="page_264"></a>{264}</span></p>
-
-<p>&mdash;¿Y cómo podrás ponerme en comunicación con los muertos?</p>
-
-<p>&mdash;Sobreexcitando tus sentidos, dándoles mayor perspicacia y penetración;
-pero, aun así, confieso humildemente que sólo podrás entenderte con las
-sombras por un estilo rudo y grosero. La palabra verdadera de las
-sombras jamás la oirás mientras vivas; su lenguaje será ininteligible
-para tí mientras conserves ese cuerpo que hoy tienes.</p>
-
-<p>&mdash;De suerte&mdash;dijo el Rey Tihur,&mdash;que si sólo por estilo grosero y rudo
-pueden las sombras hablar conmigo, ¿cómo ha de ser que me descubran nada
-de los misterios de su vida; que me infundan nuevas ideas, inefables,
-sin duda, en el lenguaje en que sólo hablan conmigo?</p>
-
-<p>&mdash;Si no es imposible, es muy difícil que las sombras te trasmitan sus
-ideas; no caben en ningún idioma de los que hablan ni hablarán los
-vivientes. Por esto el comercio mental entre las sombras y nosotros no
-se acrecentará jamás con el andar de los siglos. Muchas leyes de las que
-gobiernan el mundo que vemos descubrirá el hombre con el tiempo; pero
-del mundo que está más allá de nuestros sentidos, aunque nos rodea y nos
-penetra, se descubrirá poco ó nada. Lo mismo que se sabe hoy se sabrá
-después que el sol y la bóveda del cielo hayan veinte mil veces
-producido con sus acordes movimientos la variedad alternada de las
-estaciones.<span class="pagenum"><a name="page_265" id="page_265"></a>{265}</span></p>
-
-<p>&mdash;Te confieso que lo que no logra en mí la desesperación, el cansancio
-de la vida, tal vez lo logrará un día la curiosidad. Á veces deseo la
-muerte para iniciarme en esos grandes misterios; pero encontrados
-sentimientos me combaten. Esos mismos grandes misterios me llaman á
-conocerlos, me excitan, me atraen y me aterran.</p>
-
-<p>&mdash;Son, en efecto, pavorosos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Llegaré á tener más luz sobre ellos en esta vida?</p>
-
-<p>&mdash;Lo ignoro.</p>
-
-<p>&mdash;Voy á declararte un proyecto que tengo y que he de realizar
-inmediatamente. Estoy decidido á hacer una larga peregrinación. Quiero
-ir á Bactra, á la patria del gran profeta Zoroastro, y anhelo iniciarme
-en los misterios antiquísimos de Mitra. Tal vez allí descubra yo un
-medio de comunicar más íntimamente con las sombras, y con otros seres
-que, no tomando jamás cuerpo humano, hayan permanecido hasta hoy ocultos
-á nuestra mente. ¿Imaginas tú que existan estos otros seres?</p>
-
-<p>&mdash;No lo imagino sólo, lo doy por seguro. Apenas conocemos algo de lo que
-nos rodea merced á los ojos, al oído y al tacto; pero estos mismos
-sentidos más aguzados, ú otros sentidos, que no acertamos siquiera á
-imaginar, nos pondrían sin duda en comunicación con infinidad de seres
-que hoy viven aislados de nosotros, aunque de continuo<span class="pagenum"><a name="page_266" id="page_266"></a>{266}</span> nos circundan.
-En el aire, en el agua, en el fuego, en la luz, en las tinieblas hay, á
-mi ver, inteligencias recónditas, seres vivos de una naturaleza superior
-á la nuestra, genios emanados de Ahura-Mazda ó del Espíritu contrario,
-poderes benéficos ó maléficos, que tal vez influyen en nuestro destino.</p>
-
-<p>&mdash;¿Podemos dominar á algunos de esos seres y obligarlos á que nos
-obedezcan y sirvan?</p>
-
-<p>&mdash;Á los buenos y luminosos no podemos, porque provienen de un principio
-soberano intransmisible; pero podemos dominar á los malos y hacer que
-nos sirvan, ora ligándolos con el Espíritu contrario al bien, y
-comprándole esa potestad á expensas de nuestra servidumbre, ora por
-favor del mismo Ahura-Mazda, que concede esa potestad á los varones
-virtuosos y sabios. Por lo dicho comprenderás que la magia es de dos
-maneras, y los conjuros pueden ser eficaces, ya en nombre del principio
-luminoso, ya en nombre del rey de las tinieblas.</p>
-
-<p>&mdash;Á la hora del medio día, cuando el sol está en toda su fuerza, cuando
-los hombres duermen y reina el silencio, he vagado por las selvas
-solitarias; en el horror de la obscura noche he acudido al lugar de los
-sepulcros, donde mis mayores se dice que descansan; pero ni he visto ni
-he oído sombra alguna, ni espíritu, ni genio. He vertido<span class="pagenum"><a name="page_267" id="page_267"></a>{267}</span> en las tumbas
-el Soma sacrosanto, leche y manteca clarificada: he llamado á los Anses,
-á los héroes antiguos. No me han respondido, ni han dado señal de quedar
-satisfechos de las libaciones. ¿He cometido algún crimen, ó soy de tan
-baja y vil naturaleza que no merezco acercarme á lo superior y á lo
-divino? ¿Por qué ha de abrasarme entonces esta sed inextinguible de lo
-divino y de lo superior? Si toda la naturaleza está poblada de virtudes,
-de genios, ¿cómo es que permanece siempre desierta para mí? Oigo el
-bramar de los vientos, el murmullo de las aguas; veo la esfera celeste;
-veo la tierra cubierta de frutos, plantas y animales; veo y oigo, en
-suma, cuanto ve y oye el más abyecto de los mortales; pero, ¿no merezco
-más? ¿No valgo más?</p>
-
-<p>&mdash;No sospeches, señor, que es lisonja cortesana lo que voy á decirte.
-Más vales y más mereces. Digno eres de que lo divino venga á tí durante
-la vigilia y de un modo claro, no entre los vapores de un ensueño ó en
-la alucinación medrosa que produce la fuerza mágica de ciertos filtros ó
-de ciertos linimentos y pociones que yo poseo. Pero las sombras, los
-espíritus no ceden á un capricho; no se revelan á fin de satisfacer una
-mera curiosidad. Proponte un fin grande y sublime y ellos acudirán
-entonces.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién te dice, exclamó el Rey, que yo carezco<span class="pagenum"><a name="page_268" id="page_268"></a>{268}</span> de ese fin grande y
-sublime? Si en esta torpe lengua humana no acierto á formularle, ¿crees
-tú que no está en mi mente, claro y limpio y formulado, y que los
-espíritus no podrán leerle en ella?</p>
-
-<p>&mdash;Aun así, ¡oh Rey! menester será que hagas cuanto en lo humano sea
-posible para realizar ese fin. Sólo, entonces, si el fin es bueno, y si
-es, además, humanamente irrealizable, alcanzarás acaso bastante
-merecimiento para que los espíritus se te aparezcan y te den su
-sobrehumano auxilio.</p>
-
-<p>Calló Amrafel, y el rey Tihur quedó también por algunos instantes en muy
-hondo silencio. Vuelto á lo que le rodeaba, después de aquella
-reconcentración en que había caído, el Rey habló de esta manera:</p>
-
-<p>&mdash;Mira, Amrafel, lo que me impulsa á buscar el trato y conversación de
-los espíritus es todo amor y aspiración no satisfecha: amor de saber y
-amor de amor mismo. Quiero hallar una hermosura superior á las que he
-conocido hasta ahora, para que mi voluntad la ame y en ella repose;
-quiero hallar verdades superiores á las que hasta ahora he conocido,
-para que mi entendimiento se satisfaga.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y no adviertes que hay un egoísmo inmenso y un desmedido orgullo en
-lo que anhelas?</p>
-
-<p>&mdash;No niego que le hay, pero no todo es orgullo y egoísmo. Más que en mi
-propia ventura pienso<span class="pagenum"><a name="page_269" id="page_269"></a>{269}</span> en la grandeza y prosperidad de mi raza y de todo
-el linaje humano. Salvo algunos indivíduos, y hablando en general, no
-puede negarse que la raza á que pertenezco es la más noble de todas. De
-ella será el imperio del mundo; ella ha de llevar á feliz término toda
-aspiración y ha de realizar todo bien. Mi raza está muy postrada y
-humillada. No dudes que volverá á levantarse. Concurrir á este fin es mi
-deseo. El aislamiento en que vive el pueblo de Vesila-Tefeh le ha hecho
-olvidar no pocas de aquellas fecundas ideas que nos inspiraron nuestros
-sabios primitivos antes de separarnos. Otros pueblos de nuestra misma
-estirpe han conservado mejor aquellas ideas y las han desenvuelto, pero
-en cambio han viciado su voluntad. Yo pretendo ir en busca de la ciencia
-de aquellos pueblos, nuestros hermanos, y traerla á nuestro pueblo, que
-no la posee, si bien conserva la voluntad más pura y más entera. El
-imperio de Vara ha caído; el descendiente de Djenschid no tiene cetro ni
-corona. Los asirios y los árabes, á quienes aborrezco, se han
-enseñoreado en los dominios de Djenschid y de los hombres de la Ley
-pura. Harto conozco que las fuerzas de Vesila-Tefeh son muy débiles para
-que yo vaya al imperio de Djenschid como libertador, y no quiero ir á él
-como pacífico peregrino, pero iré más hacia el Oriente; iré á Bactra;
-iré más allá; penetraré en la India y consultaré á los<span class="pagenum"><a name="page_270" id="page_270"></a>{270}</span> solitarios é
-iluminados penitentes que habitan los bosques frondosos de Dandaka y de
-Pantchavati, y las risueñas orillas del Lago de las Cinco-Apsaras.</p>
-
-<p>La gloria de aquellos solitarios llena ya toda la tierra.</p>
-
-<p>&mdash;¿Á quién dejarás, ¡oh, Rey!, el gobierno de Vesila-Tefeh, durante tan
-largas y peligrosas peregrinaciones?</p>
-
-<p>&mdash;Á mi hermano Arioc&mdash;contestó el Rey Tihur.&mdash;Tú prepara lo conveniente,
-pues hemos de partir mañana, al rayar el día.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién irá contigo?</p>
-
-<p>&mdash;Irás tú; irán treinta de los sesenta guerreros de mi guardia; cuatro
-pastores, con veinte vacas y cien ovejas; mis dos mejores perros y mis
-dos mejores halcones; diez mulas cargadas de riquezas y presentes que
-sacarás de mi tesoro; otras cuarenta con todo género de vituallas y
-refrescos; algunas tiendas de campaña; mi caballo negro de montar y mi
-carroza de viaje, tirada por dos zebras poderosas, y treinta esclavos
-ágiles para que nos sirvan. Todo esto ha de estar pronto, antes de que
-mañana despunte la aurora.</p>
-
-<p>Al oir las últimas palabras del rey, se alzó Amrafel de su asiento, y
-dando con el cuento de su pértiga ebúrnea un golpe en el suelo, dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Tu voluntad será cumplida.<span class="pagenum"><a name="page_271" id="page_271"></a>{271}</span></p>
-
-<p>Sin más explicaciones, salió Amrafel de la estancia.</p>
-
-<h3>IV.</h3>
-
-<p>En nuestra Edad Media cristiana, los villanos eran tan humildes y
-andaban tan mal armados, que un solo caballero, con buena armadura,
-podía y solía alancear á millares de hombres; y un pequeño escuadrón de
-caballeros podía y solía conquistar todo un reino y hacer tales proezas
-é insolencias, que justificasen las que refieren los Libros de
-Caballerías. Había, además, en nuestra Edad Media, mayor población y más
-recursos. Nunca ó rara vez faltaba un castillo ó una posada donde
-albergarse cuando llegaba la noche, ni algo de comer y de beber que, de
-grado ó por fuerza, robado, comprado ó generosamente ofrecido, pudiera
-satisfacer la sed y el hambre de un caballero. No se ha de extrañar,
-pues, que no ya caballeros particulares, sino á veces hijos de reyes y
-hasta reyes, saliesen solos de su casa, salvo la compañía de algún
-escudero leal, y recorriesen mucha parte del mundo buscando aventuras.
-Pero más tarde, cuando los villanos y rústicos sacudieron de sí aquella
-mansedumbre y aquel hábito de sumisión á que la dominación romana por
-largos siglos los había acostumbrado, y cuando la humildad evangélica
-dejó de ser entendida por ellos tan á la letra, ya<span class="pagenum"><a name="page_272" id="page_272"></a>{272}</span> empezó á ser difícil
-el salir sólo un caballero en busca de aventuras, por bien armado que
-estuviese; y ya se expuso todo caballero, por valiente que fuese, á ser
-apaleado, herido ó muerto.</p>
-
-<p>En tiempo del Rey Tihur, la dificultad y el peligro subían de punto en
-absoluto, y más aún si se atiende al aislamiento de Vesila-Tefeh. Lejos,
-pues, de parecemos demasiada la comitiva que el Rey Tihur quería llevar
-consigo, y muchas las provisiones de toda laya que había ordenado
-disponer, deben parecemos pocas é insuficientes para tan difícil
-empresa.</p>
-
-<p>Bajando por la ribera del Aral, unido entonces al Mar Caspio, nada había
-que recelar entonces hasta llegar cincuenta <i>parasangas</i> ó leguas al Sur
-de Vesila-Tefeh. Todo el país estaba lleno de preciosas aldeas, donde
-vivían felices los súbditos de Tihur; los campos estaban bien
-cultivados, y los ríos tenían puentes de barcas ó de piedra: mas, al
-llegar al sitio indicado, cambiaba completamente el aspecto del suelo.
-El río Djan-Deria, hoy seco ó perdido bajo las arenas del desierto de
-Kizil-Cun corría entonces caudaloso con grande ímpetu á precipitarse en
-el mar, en aquel sitio, donde no había puente para pasarle.</p>
-
-<p>Si bien, según he dicho, el Imperio de Vesila-Tefeh se extendía hasta el
-Oxo ó el Amú-Deria, entre el Djan-Deria y la ciudad de Vesila-Kara,<span class="pagenum"><a name="page_273" id="page_273"></a>{273}</span>
-célebre entonces por sus grandes minas de oro, que aun en tiempos
-modernísimos han excitado la codicia del Zar Pedro el Grande, había un
-inhospitable desierto de unas 40 leguas de largo, que se llama hoy
-Kizil-Cun. Una vez atravesado este desierto, desde Vesila-Kara,
-caminando hacia el Sur, el país era fertilísimo, poblado y hermoso,
-hasta cerca del Oxo; por el Oriente lo era también hasta donde hoy está
-Samarcanda, sobre poco más ó menos; pero más allá, había montañas
-ásperas, nuevos desiertos arenosos y regiones selváticas, por donde
-vagaban los corasmios y otras gentes fieras: todo lo cual separaba las
-posesiones del Rey Tihur de la santa ciudad de Bactra ó Zoriaspa. Véase,
-pues, si tenía sobrada razón el Rey Tihur para hacer tamaños
-preparativos.</p>
-
-<p>Amrafel, que era listo y eficacísimo, dió las órdenes oportunas, y todo
-se hallaba dispuesto para la partida á las pocas horas de haberla
-decidido el rey.</p>
-
-<p>Su hermano Arioc y algunos de sus grandes vasallos trataron de
-disuadirle de que emprendiese aquella expedición; pero todo fué en
-balde.</p>
-
-<p>Los negocios se arreglaron como era justo, y Arioc quedó nombrado lo que
-llamaríamos ahora Regente del Reino.</p>
-
-<p>Cuando se esparció la noticia de que el rey se iba, todos los habitantes
-de Vesila-Tefeh, entre<span class="pagenum"><a name="page_274" id="page_274"></a>{274}</span> quienes el rey era idolatrado, dieron muestras
-del más vivo y doloroso sentimiento.</p>
-
-<p>Las esclavas del <i>gineceo</i> se afligieron también; pero se resignaron
-pronto con la ausencia de su señor, quien, por lo general, les hacía
-poquísimo caso. Sólo una, á quien apellidaban Peridot, como si dijéramos
-hija de una peri, amaba al rey con entrañable cariño, y no podía
-conformarse con su ausencia. El rey también la amaba, como parece que
-sólo podía amar á una criatura terrena aquel corazón herido y aquella
-alma que ardía en sed de lo sobrehumano.</p>
-
-<p>La noche víspera de la partida del rey, cuando ya las tinieblas habían
-encapotado el cielo y todo el alcázar estaba en calma y reposo, Peridot
-se envolvió en un manto obscuro, y tomando en la mano una lámpara, cuya
-luz estaba alimentada con oloroso aceite, se dirigió á la estancia de su
-dueño, que sin duda la aguardaba.</p>
-
-<p>Hallábase distraído el Rey Tihur en sus meditaciones, y como Peridot
-andaba con pasos ligeros, que apenas se oían á pesar del silencio
-nocturno, el rey no la sintió llegar. Dió Peridot un leve golpe en la
-puerta cerrada de la estancia, y el rey, como quien despierta de un
-sueño, dijo maquinalmente:</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién es?&mdash;aunque bien sabía que era ella.</p>
-
-<p>&mdash;Soy yo; tu sierva Peridot&mdash;respondió una voz argentina.<span class="pagenum"><a name="page_275" id="page_275"></a>{275}</span></p>
-
-<p>Abrió Tihur la puerta, y volvió á cerrarla no bien entró la esclava.
-Ésta colocó en seguida la lámpara sobre un pie ó candelabro que había en
-un ángulo; dejó caer el manto que la cubría y se echó en los brazos del
-rey.</p>
-
-<p>Peridot era una preciosa criatura, y bien se podía dudar de que entre
-los seres sobrenaturales con quienes Tihur buscaba trato, entre los
-<i>izeds</i>, <i>anses</i>, <i>amschaspands</i>, <i>apsaras</i>, <i>peris</i> y <i>genios</i>, hubiera
-nada más lindo y gracioso, ni más vivo, y al parecer más inteligente.
-Cualquier otro hombre que no fuese el Rey Tihur juzgaría que no era
-deseable más íntima comunicación con las cosas divinas que la que podía
-tener por medio de aquella muchacha; que en sus labios podía beber la
-bebida de los dioses, y que la luz de sus ojos podía iluminarle con la
-luz y el fuego del cielo.</p>
-
-<p>Una estola de finísimo y blanco lino velaba apenas las delicadas formas
-de Peridot. Sus cabellos eran rubios como el oro. Una cinta azul los
-sujetaba en parte sobre la frente pequeña y recta, desprendiéndose
-airosamente algunos leves rizos sobre las sienes y el cuello. La gran
-masa de la abundante mata de pelo estaba levantada por todos lados y
-recogida en la cima de la cabeza, donde, entrelazada con hojas de
-hiedra, formaba un corymbo elegante. Las mangas, anchas y cortas,
-dejaban ver los bien torneados brazos, ornados de<span class="pagenum"><a name="page_276" id="page_276"></a>{276}</span> brazaletes de oro.
-Calzaba Peridot finas sandalias, que descubrían los menudos pies. En el
-ambiente que la circundaba y en el aire que agitaba y rompía al pasar,
-no se sentía perfume artificial ni esencia de flores, sino un aroma
-tenue y deleitoso de juventud, de salud y de limpieza; una frescura
-beatífica; algo de magnético, luminoso y risueño.</p>
-
-<p>Tendría Peridot de 18 á 20 primaveras, y todo su cuerpo era de una
-corrección admirable de dibujo. Si de la cara no se podía decir lo
-mismo, sus facciones ganaban en gracia, animación y hechizo, lo que en
-regularidad perdían. La nariz, algo recortada y levantada por abajo,
-prestaba á toda su fisonomía cierto carácter de infantil petulancia; sus
-grandes ojos azules estaban llenos de pasión y desenfado; sus labios, un
-poco gruesos, tenían el lustre sano y el color rojo de las cerezas en
-sazón, cuando aún están en el árbol, húmedas con el rocío de la aurora;
-y su boca, en verdad, no muy chica, entreabierta casi siempre por una
-sonrisa franca, dejaba ver dos hileras de dientes blanquísimos, iguales
-y apretados, bien puestos sobre las frescas y coloradas encías, adonde
-no se acertaba á comprender que hubiesen tocado jamás alimentos
-terrenales, sino el néctar y los elíxires de que viven las peris y las
-apsaras.</p>
-
-<p>En el primer abrazo y en la efusión de cariño que hubo de sucederle, tal
-vez olvidó el Rey Tihur<span class="pagenum"><a name="page_277" id="page_277"></a>{277}</span> su aspiración á lo sobrehumano y su ansia de
-penetrar los grandes misterios; tal vez desechó su enfermedad sublime,
-su hastío del mundo visible y su amor del invisible. La verdad es que
-nada de esto habló, ni nada se habló de ninguna otra cosa. En ciertos
-momentos no hay palabra de ningún idioma conocido, por suave y regalada
-que sea, que baste á expresar lo que se siente, que no lo profane al
-querer expresarlo. Por esto el Rey Tihur y Peridot se callaban. Tal vez
-pensó entonces el Rey Tihur que aquello sólo podía expresarse en
-vocablos monosílabos; con algo como rudimentos é interjecciones, que han
-de pertenecer, sin duda, al lenguaje de los espíritus, y han de ser como
-el <i>a b c</i> del habla celestial.</p>
-
-<p>Una hora después, reclinada Peridot sobre mullidos almohadones, y
-teniendo junto á sí al Rey Tihur, le hablaba de esta suerte:</p>
-
-<p>&mdash;¡Ingrato! ¡Cruel! ¿No eres aquí dichoso? Por qué te vas y me
-abandonas?</p>
-
-<p>&mdash;Así lo quiere mi destino,&mdash;respondió el Rey Tihur.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y por qué, ya que es inevitable tu partida no me llevas contigo?
-¿Crees tú que no tendré valor para arrostrar á tu lado todos los
-peligros, para exponerme á todos los azares y para sufrir y resistir
-todas las fatigas? Semíramis, la reina de Asiria, he oído contar que
-inventó un traje elegantísimo,<span class="pagenum"><a name="page_278" id="page_278"></a>{278}</span> un traje guerrero y viril que le sentaba
-lindamente, y en este traje acompañaba siempre á su marido en todas sus
-campañas, peregrinaciones y conquistas. ¿Por qué no me dejas imitar en
-esto á Semíramis? Me siento muy capaz de imitarla.</p>
-
-<p>&mdash;No puede ser, mi querida Peridot, replicó el rey. Tú ignoras lo
-expuesto, lo difícil, lo terrible que es el viaje que voy á emprender.
-El cansancio te rendiría; el sol y el viento ajarían y marchitarían tu
-hermosura. Consérvame tu hermosura y consérvame tu amor para cuando yo
-vuelva. Mi vuelta será pronto, y no puedes darme mayor prueba de afecto
-que esperarme tranquila.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y cómo he de estar tranquila, si me consumirá el deseo de tu amor y
-los celos me abrasarán el alma?</p>
-
-<p>&mdash;¿Y de quién has de tener celos, oh amabilísima entre las mortales?
-Todos aquellos senos de mi corazón, donde cabe aún el amor de los seres
-visibles, están henchidos de tu nombre, están sellados con tu imagen, y
-están encendidos en el fuego de tu mirada. No te niego, ni nunca te
-negaré, que en lo más noble de mi ser, en lo más elevado de mi alma, hay
-otro amor superior al que me inspiras; pero este amor, lo mismo aquí que
-muy lejos de aquí, te será siempre contrario. Por este amor no te
-pertenezco. Por este amor no<span class="pagenum"><a name="page_279" id="page_279"></a>{279}</span> soy tuyo. Pero, ¿acaso puedes tú tener
-celos del objeto vago é inexplicable de este amor?</p>
-
-<p>&mdash;Y ¿por qué no he de tenerlos? Contigo soy muy humilde, como tu esclava
-debe ser, pero soy soberbia con los otros. No hay peri, no hay ninfa, no
-hay genio, no hay espíritu que juzgue yo más noble y más bello que el
-espíritu que anima mi ser, cuando en tu amor se diviniza y hermosea. Si
-quieres entenderte con el espíritu sólo, si quieres ahondar en los
-misterios que nos circundan y donde no penetran nuestros groseros
-sentidos, toma un puñal y mátame. Libre mi espíritu de esta ciega
-prisión, no será sordo á tus evocaciones ni rebelde á tu mandato. Mi
-voluntad amorosa tendrá fuerza bastante para quebrantar las leyes de
-naturaleza; para traspasar los límites del reino de las sombras; para
-llegar hasta tí; para acariciarte y besarte en el mismo centro del alma;
-para decirte lo inefable; para narrarte lo inenarrable y para traer á tu
-conocimiento las ocultas verdades, rompiendo el sello que las encubre.
-Mátame, y ya verás cómo el lazo con que el amor me liga á tí no se
-rompe, y cómo se abre para tí el reino de las sombras, en el que tendrás
-una esclava.</p>
-
-<p>Ciertamente que á tan enamoradas frases era difícil contestar. No había
-otra contestación que cortarlas con un beso; que cerrar con los labios
-los labios de que salían.<span class="pagenum"><a name="page_280" id="page_280"></a>{280}</span></p>
-
-<p>Así lo hizo el Rey Tihur, exclamando después de una breve pausa:</p>
-
-<p>&mdash;La culpa es mía; indudablemente la culpa es mía. Fue un egoísmo feroz
-el que me incitó á hacerme amar de tí, que eres una niña. Yo soy un
-viejo de corazón gastado, y apenas si puedo darte nada á trueque de los
-inagotables tesoros de amor que tu alma guardaba y que tomé para mí. Los
-robé miserablemente, pues nada puedo darte en cambio. No, Peridot, yo no
-te amo como tú me amas, ni lograré amarte nunca. Esta sola consideración
-me induciría á partir, aun cuando no hubiese otra. Tal vez la ausencia
-te curará del amor inmerecido que he llegado á inspirarte. Olvídame; haz
-cuenta de que no existo y consagra á otro hombre ese amor que yo sé
-estimar, pero no pagar. Las puertas del <i>gineceo</i> están abiertas para
-tí. Eres libre; válete de tu libertad.</p>
-
-<p>Al oir esto Peridot, rompió en desconsolado llanto y en ternísimos
-sollozos; tibias y claras lágrimas se deslizaron por sus mejillas de
-rosa; y su cabeza, como flor que agosta el sol de estío, se inclinó
-lánguida sobre el pecho del Rey Tihur.</p>
-
-<p>&mdash;Yo soy tu esclava&mdash;prorrumpió;&mdash;yo quiero ser y seré siempre tu
-esclava. La cadena con que me has atado es más dura que el diamante, más
-poderosa que la muerte. Ames ó no á Peridot, Peridot te amará con
-inmortal cariño.<span class="pagenum"><a name="page_281" id="page_281"></a>{281}</span></p>
-
-<p>Al decir esto, desató la cinta que sostenía los cabellos sobre su
-frente, y suspendió en ella dos pequeños discos de oro que antes estaban
-ligados á sus brazaletes por unas argollitas. Los discos podían unirse
-por medio de resortes. Arrancando luego de su peinado varias hojas de
-hiedra, las puso y encerró entre los discos, y ató la cinta de que
-pendían al cuello del Rey Tihur.</p>
-
-<p>&mdash;La hiedra&mdash;dijo&mdash;es símbolo de mi amor, de la fuerza que á tí me liga.
-Sea esta joya un talismán que te traiga venturas, que te preserve de
-males y que te recuerde mi afecto.</p>
-
-<p>El rey prometió á Peridot llevar siempre sobre el pecho aquel talismán;
-y, si bien era poco aficionado á jurar, juró amarla con fidelidad, juró
-no amar á otra mujer más que á ella.</p>
-
-<p>En estas y otras finezas y pláticas dulces se pasó toda la noche y
-sobrevino el alba.</p>
-
-<p>Aun no hemos dicho en qué estación del año nos hallábamos. Bueno será
-decirlo ahora.</p>
-
-<p>Era la primavera alegre; los pájaros gorjeaban y celebraban en sus no
-aprendidos cantos la luz del nuevo día, el cual anunciaba ser despejado
-y sereno; un airecillo fresco y suave movía las blandas y recién nacidas
-hojas de los árboles; un sutil aroma de flores y de búcaro ó de tierra
-mojada por el rocío, subía hasta la estancia del rey.</p>
-
-<p>El momento de despedirse de Peridot era llegado.<span class="pagenum"><a name="page_282" id="page_282"></a>{282}</span> La despedida fué
-tierna y dolorosa. Peridot lloró de nuevo, y faltó poco, muy poco, para
-que no se desprendiesen dos lágrimas de los ojos del Rey Tihur.</p>
-
-<p>Envuelta Peridot otra vez en su manto negro, volvió á estrechar al rey
-en un apretado y prolongado abrazo. Haciendo luego un esfuerzo, más bien
-como quien huye, que como quien se retira, se fué por la misma puerta
-por donde había entrado.</p>
-
-<p>Solo ya el Rey Tihur, dió fuertemente con el pie en el suelo, y se hirió
-la frente con la palma de la mano, como quien anhela cobrar ánimo y
-desechar vacilaciones y pensamientos que le embargan.</p>
-
-<h3>V.</h3>
-
-<p>Me parece conveniente, á fin de no fatigar á los lectores, contar en
-brevísimo sumario, y sin entrar en pormenores inútiles, que el Rey Tihur
-salió aquella misma mañana de Vesila-Tefeh con toda su comitiva. Cinco
-días caminó por medio de fértiles campos y atravesando populosas aldeas,
-donde sus vasallos le mostraban amor y sentimiento porque los dejaba. Al
-día sexto, ya el camino y los campos circunstantes empezaban á ser
-solitarios y estériles. Hubo, sin embargo, una pequeña población donde
-reposar aquella noche.<span class="pagenum"><a name="page_283" id="page_283"></a>{283}</span></p>
-
-<p>En todo este tiempo nada ocurrió que importe ó interese á nuestra
-historia.</p>
-
-<p>Al séptimo día, volvieron el rey y su séquito á emprender el viaje muy
-de mañana. Y ya declinaba el sol hacia el ocaso, tiñendo de topacio y de
-púrpura el horizonte y rielando en las ondas del mar Caspio, no lejos de
-cuya orilla caminaban, cuando acertaron á divisar el río Djan-Deria, que
-como un ancho listón de plata, cortaba la extensa llanura.</p>
-
-<p>Por más que picaron á las caballerías y á las reses, no llegaron á la
-orilla del río hasta bien entrada la noche. Acamparon, pues, en la
-orilla, y esperaron el alba para pasar el río.</p>
-
-<p>Á fin de que los más pudiesen dormir seguros, vigilaban alternativamente
-de cuatro en cuatro los guerreros del Rey Tihur, evitando toda sorpresa
-de fieras ó de bandidos.</p>
-
-<p>Al amanecer, al toque de una trompeta, los guerreros se pusieron de pie
-y empuñaron las armas; y los siervos y los pastores acudieron á
-prepararlo todo para el paso del río.</p>
-
-<p>Pronto, con bien afiladas segures, cortaron multitud de álamos, chopos,
-mimbrones y sauces, de los cuales, entrelazados con cuerdas, que traían
-preparadas al efecto, formaron seis grandes balsas y las pusieron á
-flote. En una colocaron el carro del Rey Tihur y sobre el carro subió el
-rey. Amrafel y<span class="pagenum"><a name="page_284" id="page_284"></a>{284}</span> doce de sus más bravos guerreros iban acompañándole en
-la misma balsa. En las cinco restantes, se pusieron todas las vituallas
-y riquezas que habían traído á lomo las mulas. Para mover las balsas y
-hacerlas llegar á la otra orilla, aunque cediendo algo á la corriente,
-iban en cada una ocho ó diez vigorosos esclavos que rompían el agua con
-largos remos. Además, las mulas más fuertes, atadas á las balsas,
-tiraban de ellas nadando.</p>
-
-<p>El caballo del Rey Tihur pasó también á nado, llevado del diestro por el
-escudero Samec. De la misma suerte se aventuraron á pasar otros seis
-guerreros, con las armas y las ropas de que se habían desnudado, puestas
-sobre sendas odres atadas á las colas de los caballos. Otros tantos
-esclavos, hábiles nadadores, iban asidos á las odres é impedían que se
-volcasen.</p>
-
-<p>El río era por allí muy ancho, y la corriente rápida. Más de una hora
-tardaron en pasarle, llevados hacia el mar por el ímpetu del agua á más
-de media legua de distancia del punto de que habían salido. El mar
-distaba aún otra media legua del punto de desembarque.</p>
-
-<p>Mientras pasaban, dijo Amrafel al Rey Tihur:</p>
-
-<p>&mdash;Bueno es, señor, que te apercibas. Presiento que nos aguarda un gran
-peligro al llegar á la otra orilla de este río. Tú no ignoras cuán
-perspicaz y penetrante es mi vista. Pues bien; entre<span class="pagenum"><a name="page_285" id="page_285"></a>{285}</span> aquellas enormes
-jaras, malezas y zarzales que el violento curso del río nos hace dejar á
-la izquierda, me ha parecido advertir un movimiento como de muchos
-hombres emboscados. Tal vez sean ladrones ó piratas iberos y albaneses,
-que desde las opuestas riberas del mar Caspio, á la falda del Cáucaso
-gigantesco, aportan á veces hasta nuestras playas en sus ligeras
-embarcaciones.</p>
-
-<p>No pareció verosímil al Rey Tihur esta suposición, ni fundado el recelo
-de Amrafel. Sin embargo, se preparó para cualquier evento, y fué el
-primero que saltó en tierra armado. Siguiéronle Amrafel y los doce
-guerreros que en la misma balsa venían.</p>
-
-<p>Pronto estuvieron también desembarcadas las vituallas y las riquezas de
-las otras balsas, como también el caballo del Rey y los seis guerreros
-que habían venido nadando.</p>
-
-<p>El resto de las fuerzas del Rey Tihur, las reses, los pastores y las
-acémilas, habían quedado en la opuesta orilla; pero lo más codiciable y
-precioso estaba con el Rey Tihur.</p>
-
-<p>Las malezas donde Amrafel había creído advertir el movimiento
-sospechoso, habían quedado muy distantes. Nada se notaba que confirmase
-la sospecha.</p>
-
-<p>El Rey Tihur mandó á parte de su gente que volviese con las balsas á la
-opuesta orilla para traer á los que allí quedaban.<span class="pagenum"><a name="page_286" id="page_286"></a>{286}</span></p>
-
-<h3>VI.</h3>
-
-<p>En la orilla del Djan-Deria, á donde había pasado el Rey Tihur, la
-vegetación era más pobre que en la orilla opuesta. Las rojas y estériles
-arenas del Kizil-Cun, que el viento atraía por aquella parte hasta el
-mismo borde del río, quitaban toda lozanía y todo vigor productivo al
-terreno. Aquellas arenas se han ido extendiendo hacia el Norte con el
-andar del tiempo, y han hecho cambiar de cauce al Djan-Deria no pocas
-veces.</p>
-
-<p>En la época de nuestra historia ya he dicho que el Djan-Deria estaba en
-su desembocadura á unas cincuenta leguas del Sir y de Vesila-Tefeh. El
-desierto de Kizil-Cun allí mismo empezaba.</p>
-
-<p>Con todo, hasta donde las aguas y el limo fecundante del Djan-Deria
-solían llegar en las mayores avenidas había hierbas y plantas, verdes y
-floridas entonces por ser el mejor momento de la primavera.</p>
-
-<p>En torno del sitio donde el Rey Tihur había desembarcado crecían juncos
-y espadañas, olorosa retama ó gayomba, cubierta entonces de sus flores
-amarillas, y algunos espinos, tarajes y enebros raquíticos.</p>
-
-<p>Á cierta distancia, hacia la izquierda, el suelo parecía ser menos
-infecundo, y se alzaba el bosquecillo<span class="pagenum"><a name="page_287" id="page_287"></a>{287}</span> ó matorral donde Amrafel habría
-creído percibir el movimiento de gente emboscada.</p>
-
-<p>No bien se alargaba la vista á cien pasos del río, la vegetación
-desaparecía casi por completo, y apenas se veía sino un llano
-extensísimo, un mar de arena roja, cuya monotonía sólo alteraban las
-dunas ó montecillos que solía formar la misma arena movediza.</p>
-
-<p>Á pesar de la tristeza de este paisaje, el aire sereno y puro, el cielo
-azul y diáfano, el sol que vertía sus rayos espléndidos, alegrando la
-tierra y dorando el ambiente, y algunas aves, como mirlos y alondras,
-que cantaban entre las matas, daban cierto encanto agreste á aquel lugar
-solitario, si bien no pocos grajos y cornejas, que se levantaban á
-bandadas y volaban hacia el desierto parecían anunciar con sus
-siniestros graznidos las fatigas y los trabajos que aguardaban allí á
-nuestros caminantes.</p>
-
-<p>Los dos perros que el Rey Tihur había traído empezaron á ladrar como
-sobresaltados y á correr husmeando entre los juncos y retamas.</p>
-
-<p>El Rey, en vez de subir en el carro, había montado á caballo, pues á
-caballo se proponía hacer todas las jornadas del arenoso desierto.
-Llevaba el Rey en la cabeza un yelmo en forma de tiara recta ó
-cilíndrica, todo él de bronce bruñido y refulgente. Dos alas, caída á
-los lados, le cubrían y defendían<span class="pagenum"><a name="page_288" id="page_288"></a>{288}</span> las sienes y orejas. Vestía una
-túnica que llegaba á mitad del muslo, toda de piel de cabra ó de
-estezado, en el cual estaban sobrepuestas infinitas escamas, de bronce
-también, que formaban una vistosa y fuerte armadura. Los borceguíes y el
-talabarte eran de cuero rojo. Del talabarte pendían un rico puñal con
-puño de marfil, que representaba una serpiente, y una espada ancha,
-grande, pesada y terrible, cuyo puño era de oro, obra de labor pasmosa,
-donde un sabio artífice ninivita se había esmerado y lucido al figurar
-un león que estrechaba entre sus garras una gacela. La aljaba, llena de
-acicaladas flechas, de largos y flexibles juncos, y el arco poderoso,
-que pocos hombres de entonces y muchos menos de ahora tendrían fuerza
-para manejar, iban pendientes á la espalda. Las grevas eran asimismo de
-estezado, revestidas de escamas como la túnica, y ajustadas al tobillo,
-por cima de los borceguíes, con broches de oro primorosos. Cubrían, por
-último, los muslos del rey, y llegaban hasta por bajo de las rodillas,
-unos calzones anchos de lana, que usaron los pueblos del Norte del Asia,
-según Heródoto, y que los griegos y romanos designaron con el nombre de
-<i>sarabaras</i>.</p>
-
-<p>Amrafel, á caballo al lado del rey, no vestía ya su traje áulico, sino
-un traje militar, casi idéntico al del rey, aunque menos rico. Del mismo
-modo<span class="pagenum"><a name="page_289" id="page_289"></a>{289}</span> iban los guerreros de la escolta. Sin embargo, en vez del yelmo,
-en forma de tiara recta, que ornaba la cabeza del rey, tenían capacetes
-cónicos, sin cresta ni penacho. Todos, por último, llevaban rodelas, y
-para guarecerse del frío, capas, mantos, ó como quieran llamarse, que
-cuando no se abrigaban con ellos, iban suspendidos á las ancas de los
-caballos.</p>
-
-<p>Todos los objetos que habían venido á lomo de las mulas y pasado el río
-en las balsas, estaban amontonados en la orilla. El rey, Amrafel y los
-dieciocho guerreros, que ya también habían pasado, formaban un lucido,
-aunque pequeño escuadrón, y aguardaban á pie firme á que el resto de la
-caravana pasase.</p>
-
-<p>Las balsas en tanto se alejaron de la orilla del Sur y se encaminaron
-lentamente á la otra en busca de los que allí quedaban.</p>
-
-<p>Amrafel casi había ya perdido el recelo de un mal encuentro, cuando los
-perros ladraron otra vez con más ahinco y furor que en un principio.
-Oyóse entonces un silbido agudo, y cual si fuera convenida señal, vieron
-el rey y su gente una nube de flechas y de piedras que caían sobre
-ellos.</p>
-
-<p>&mdash;Son bandidos de Iberia y de Albania, como yo temía;&mdash;dijo Amrafel al
-rey.</p>
-
-<p>En efecto, de entre los juncos y retamas por donde habían venido
-recatándose acababan de salir<span class="pagenum"><a name="page_290" id="page_290"></a>{290}</span> como unos cincuenta hombres, que con
-arcos y hondas, á una distancia de mucho más de cien varas, hicieron
-aquel disparo. Los bandidos vestían trajes de pieles y cubrían las
-cabezas con sombreros de fieltro, semejantes á los que usaron en Roma
-los gladiadores tracios. Una pluma de águila adornaba la punta de cada
-sombrero. El aspecto de los bandidos era feroz y bárbaro.</p>
-
-<p>&mdash;¡Á ellos!&mdash;exclamó el Rey Tihur, y lanzó su caballo á galope. Amrafel,
-Samec y los demás le seguían.</p>
-
-<p>Las primeras flechas y piedras no habían herido á ninguno de los
-vesilianos, los cuales, cubiertos con las rodelas y defendidos por sus
-armaduras, avanzaban hacia el enemigo. El disparar de las flechas y de
-las piedras no cesaba un instante; pero Tihur y los suyos no tiraban
-flechas, sino que con las espadas desnudas iban á dar caza á los
-bandidos.</p>
-
-<p>Como éstos vieron á los caballos á menos de treinta pasos dispararon con
-más tino que nunca, y al punto se pusieron en fuga. Á Amrafel le deshizo
-una enorme piedra parte de la armadura de un hombro. Al rey le tocaron
-dos flechas, y una se rompió en la rodela, y otra se embotó en las
-<i>sarabaras</i>. Tres caballos, atravesados por otras tantas flechas,
-cayeron muertos á poco, haciendo rodar en el polvo á sus jinetes.<span class="pagenum"><a name="page_291" id="page_291"></a>{291}</span></p>
-
-<p>En aquel momento, la gente de Vesila-Tefeh se hallaba ya en el mismo
-lugar donde los bandidos se habían mostrado. Los bandidos, huyendo,
-habíanse puesto á bastante distancia.</p>
-
-<p>Al caer muertos los tres caballos, pararon un instante los demás del
-escuadrón. Entonces resonó, á un paso de donde estaban, un alarido
-salvaje, y de un lado y otro, de entre el taraje y la maleza, salieron
-de improviso otros treinta ó cuarenta bandidos que allí estaban en
-acecho. Unos traían largos escudos cuadrangulares y convexos; otros, el
-brazo izquierdo envuelto en un paño que les servía de escudo; todos
-empuñaban cuchillos corvos, con el filo hacia dentro y con aguzada
-punta, semejantes en la forma á los colmillos de jabalí. Era el arma que
-usaron posteriormente los tracios y otros pueblos bárbaros del Norte.
-Los romanos la llamaron <i>sica</i>, de donde proviene el nombre de
-<i>sicario</i>. Agachándose con esta arma, el que sabía manejarla asestaba á
-su contrario el golpe de abajo arriba, á fin de abrirle el vientre.</p>
-
-<p>El Rey Tihur, con más rapidez que lo que podemos tardar en decirlo,
-comprendió el gravísimo peligro en que se hallaba. Él y los suyos
-estaban cercados de enemigos. Los que habían ido huyendo, para traerlos
-hasta aquel sitio, iban también á caer sobre ellos. Aguardar á caballo á
-los bandidos, que se deslizarían y meterían hasta entre las<span class="pagenum"><a name="page_292" id="page_292"></a>{292}</span> piernas de
-los caballos y los matarían con sus terribles cuchillos, era exponerse á
-morir sin gloria y sin completa venganza. Abrirse camino por entre los
-bandidos y salir á escape de aquel trance, no era difícil, pero era
-deslucidísimo. Para el Rey Tihur era insufrible la idea sola de huir
-ante aquellos miserables. Parecíale ver á todos sus gloriosos
-antepasados, á todos los espíritus de los héroes de su estirpe,
-empezando por el ilustre Cayumor, que se levantaban airados á fin de
-atajarle en la fuga. Creía oir las voces de todos ellos que le gritaban:</p>
-
-<p>&mdash;Es preferible la muerte.</p>
-
-<p>Todo este razonamiento fué instantáneo; pasó veloz como un relámpago por
-la mente del Rey Tihur. Pasó tan veloz, que los bandidos que no tenían
-más que dar un salto para estar encima, no le habían dado aún, cuando el
-Rey Tihur exclamó con voz serena é imperativa:</p>
-
-<p>&mdash;¡Todos á pié, agrupados en torno mío!</p>
-
-<p>No había terminado de pronunciar estas palabras, cuando ya estaba pié á
-tierra. Golpeó entonces de plano con la espada en la grupa de su
-caballo, y el caballo dió dos ó tres botes y saltó por medio de los
-sicarios, derribando á dos que se le opusieron y no lograron herirle.
-Amrafel y los demás de la banda del Rey hicieron lo mismo con prontitud
-maravillosa. Sueltos los caballos todos,<span class="pagenum"><a name="page_293" id="page_293"></a>{293}</span> se lanzaron á galope hacia el
-punto, en la orilla del río, donde las vituallas y riquezas, el carro,
-las zebras y algunas mulas estaban bajo la custodia de ocho esclavos,
-excelentes flecheros.</p>
-
-<p>Algunos, aunque pocos bandidos, se dirigieron en pos de los caballos;
-pero los ocho esclavos acababan de levantar con los sacos ó cargas una
-especie de parapeto, y desde allí, resguardados, disparaban sus flechas.
-Cuatro bandidos cayeron mal heridos por ellas; otros seis ó siete se
-volvieron á donde estaban sus camaradas, que ya combatían contra el Rey
-Tihur.</p>
-
-<p>Éste había colocado rápidamente á sus compañeros en una sola línea,
-quedándose él en medio. Á su derecha Amrafel, Samec á su izquierda. La
-línea se doblaba ó formaba un ángulo, en cuyo vértice estaba el Rey. Los
-lados del ángulo ya se abrían, ya se cerraban hasta juntarse, según lo
-requerían los accidentes de la batalla. Así presentaban siempre la cara
-al enemigo, el cual no podía herirlos ni por la espalda ni por los
-costados.</p>
-
-<p>De los tres guerreros que habían caído al caer sus caballos muertos, dos
-habían logrado salvarse, y habían venido á ser parte en aquella
-formación. El otro, cogida una pierna bajo el cuerpo del caballo, no
-tuvo tiempo para levantarse, y estando caído, uno de los bandidos le
-segó la garganta.</p>
-
-<p>Lo más recio de la pelea era en el vértice del<span class="pagenum"><a name="page_294" id="page_294"></a>{294}</span> ángulo, donde estaba el
-Rey. Por ambos lados se precipitaban sobre él los sicarios. Cuando
-paraba Tihur un golpe por un lado, por el opuesto le descargaban otro
-golpe. Éstos le tiraban á la cara; aquellos, en tanto, se bajaban y
-pugnaban por herirle en el vientre. Tihur se defendía y ofendía con
-esfuerzo incansable y ligereza sobrehumana. Á tres había ya derribado de
-otras tantas cuchilladas. El macizo y artístico puño de oro de su espada
-tremenda se había hundido ya en el cráneo de otros dos, que agachados
-habían venido á herirle. El puño de su espada y su homicida diestra
-ponían grima con la sangre y las vísceras trituradas.</p>
-
-<p>El ataque primero de los bandidos duró dos ó tres minutos. Este tiempo
-bastó para que, según hemos dicho, el Rey pusiese á cinco fuera de
-combate. Amrafel, Samec y los demás guerreros habían muerto ó herido á
-otros seis. Sólo dos de los guerreros vesilianos habían perecido; el que
-cayó con la pierna bajo el caballo, y otro en la formación, junto á
-Samec. Uno de los bandidos, poniéndose de rodillas delante de él, y
-antes de que acudiera á defenderse, le rasgó el vientre con el cuchillo,
-destrozándole y sacándole las entrañas.</p>
-
-<p>Sin embargo, las dos hileras de los vesilianos parecían un muro de
-bronce, que se movía sin romperse y daba la muerte á cuantos á él se
-acercaban.<span class="pagenum"><a name="page_295" id="page_295"></a>{295}</span></p>
-
-<p>Los bandidos rechazados, retrocedieron, exhalando gritos roncos como el
-rugir de las fieras, y pronunciando palabras bárbaras é incomprensibles
-para los de Vesila-Tefeh. El ángulo que éstos formaban, se abrió
-entonces hasta reducirse á una sola línea, la cual se adelantó sin
-deshacerse hacia los fugitivos.</p>
-
-<p>Los bandidos, que se habían retirado después de tirar las flechas para
-atraer á la emboscada á los guerreros del Rey Tihur, habían vuelto
-durante la corta lucha que hemos descrito, y estaban ya á pocos pasos.</p>
-
-<p>Los vió Tihur con mirada de águila, y en el momento en que dispararon,
-ordenó á su gente que cejase, formando el ángulo de nuevo. La descarga
-apenas halló blanco en que dar. Sólo sobre las rodelas de Tihur, de
-Amrafel y de Samec, vino á chocar con estruendo una granizada de flechas
-y de piedras.</p>
-
-<p>Al ver los de los cuchillos ó <i>sicas</i> que sus compañeros, con los arcos
-y hondas, les daban tan oportuno auxilio, arremetieron otra vez á los
-vesilianos con brío descomunal y con furioso ímpetu. Otros dos guerreros
-de Tihur cayeron muertos en este segundo ataque; pero también murieron
-los matadores. Las sombras de los guerreros vesilianos no quedaron
-inultas.</p>
-
-<p>En silencio admirable, sin una voz, sin una queja,<span class="pagenum"><a name="page_296" id="page_296"></a>{296}</span> sin una imprecación,
-seguían todos combatiendo. Los sicarios acudían más que sobre ningún
-otro sobre el Rey Tihur; pero Samec y Amrafel combatían á su lado, y le
-ayudaban á rechazar al enemigo. Tihur, con todo, se vió en un momento
-acometido por tal turba, que apenas tenía vagar sino para herir con la
-espada y parar las puñaladas con la rodela de triple cuero de buey y
-doble plancha de bronce. Estando en esta lucha con los del cuchillo, los
-arqueros y honderos no cesaban de disparar. Distraído el Rey Tihur, no
-pudo precaverse ni presentar el escudo contra una piedra enorme, que
-disparada de muy cerca con mano robusta y certera, partió zumbando de la
-honda, y vino á dar de lleno en la refulgente tiara, abollando el limpio
-bronce de que estaba hecha, y desligándola de las carrilleras que la
-sostenían. La tiara rodó por el suelo, y la cabeza del Rey quedó
-desnuda, brillando al sol, más que el bronce de las armas, su lustrosa y
-luenga cabellera rubia.</p>
-
-<p>No quedó gota de sangre en las venas y arterias del Rey Tihur que no
-sirviese entonces de ira. En aquella ofensa hecha á su persona sagrada,
-vió el Rey una ofensa hecha á toda la raza divina de que descendía. Los
-manes todos de los reyes gloriosos de Ariana Vaega ó tenían que ayudarle
-en tan espantosa cuita ó le renegaban por descendiente. El Rey Tihur
-creyó sentir entonces<span class="pagenum"><a name="page_297" id="page_297"></a>{297}</span> que penetraban en su ser, y llegaban filtrándose
-hasta su corazón los espíritus de los héroes de su raza, infundiéndole
-un ánimo sobrenatural y un coraje indómito.</p>
-
-<p>&mdash;No ha de quedar bandido vivo;&mdash;exclamó.&mdash;Es menester que todos mueran.
-Yo sólo basto á matarlos. Sus viles cuchillos no llegarán á tocarme. No
-es posible ¡oh Cayumor! que tú consientas en que muera tu nieto á manos
-de ladrones.</p>
-
-<p>Diciendo estas palabras, se pensaría que el Rey Tihur habíase
-transfigurado; que un fuego aterrador brotaba de sus ojos; que un nimbo
-deslumbrante, que una llama eléctrica ardía en torno de sus sienes,
-alzándose larga y horrible sobre la desnuda cabeza. Todos los guerreros
-del Rey Tihur imaginaron ver ó vieron en realidad, aquella portentosa
-llama, efecto acaso de los espíritus; obra tal vez de un magnetismo
-extraordinario, ingénito y propio de aquella naturaleza privilegiada,
-exaltada entonces por una pasión inmensa y vehemente. El ardor de
-aquella llama encendió los corazones de los guerreros del Rey Tihur. La
-fuerza y el aliento de cada uno de ellos redoblaron desde aquel
-instante.</p>
-
-<p>Y sin duda, un prodigio era necesario para poder salvarse de los
-bandidos. Á pesar de los muertos, la malvada tropa se había aumentado
-con muchos de los arqueros y honderos, los cuales, juntos<span class="pagenum"><a name="page_298" id="page_298"></a>{298}</span> ya con los
-otros, habían también puesto mano al cuchillo y cargaban
-desesperadamente sobre Tihur y los suyos, brincando como panteras ó
-arrastrándose como serpientes.</p>
-
-<p>El rey, Amrafel, Samec, cada uno de los guerreros vesilianos dió muerte
-por lo menos á un bandido en aquella feroz pelea; pero también mordieron
-el polvo cinco vesilianos más.</p>
-
-<p>Por tercera ó cuarta vez retrocedían llenos de terror los bandidos,
-cuando los arqueros y honderos todos, sin que faltase uno, vinieron á
-reforzarlos. También el Rey Tihur tuvo un pequeño refuerzo. Los ocho
-esclavos, abandonando los sacos, las mulas, el carro y los demás
-objetos, llegaron en su socorro. La última lucha, más recia, más cruda,
-más desesperada que las anteriores, se emprendió ya sin que nadie
-combatiese desde lejos, sino cerrando unos contra otros con sed de morir
-ó matar.</p>
-
-<p>Los bandidos caían muertos ó heridos, pero su número era seis veces
-mayor que el de los vesilianos, y éstos empezaron á perder terreno,
-aunque sin abandonar la formación ni emprender la fuga.</p>
-
-<p>Es cierto que el que hubiera emprendido la fuga hubiera muerto al punto.
-Con el peso de las armas nunca hubiera podido sustraerse á sus ligeros
-perseguidores. Aun así, aun conservando la serenidad, el orden y la
-formación prescripta, pronto murieron dos guerreros más de los
-vesilianos y dos de<span class="pagenum"><a name="page_299" id="page_299"></a>{299}</span> los esclavos que habían acudido á socorrerlos.
-Quedaban sólo el Rey Tihur, Amrafel, Samec, siete guerreros de la
-guardia y seis esclavos. Trece de los del Rey Tihur habían ya perecido.</p>
-
-<p>Los que habían quedado en la orilla opuesta venían navegando en las
-balsas, veían la lucha desigual y ansiaban llegar en auxilio del rey;
-pero la corriente los alejaba del combate y dilataba el tiempo de tocar
-el borde Sur del Djan-Deria, donde el combate ocurría.</p>
-
-<p>Á milagro pudiera atribuirse que el Rey Tihur, más atacado que ninguno
-otro, se conservase aún incólume, sin herida ni lesión alguna. Tal vez
-su mirada tenía fuerza de matar como la mirada del basilisco; tal vez el
-resplandor de sus ojos turbaba, aterraba, cegaba á sus contrarios; tal
-vez su majestad tranquila y como celeste, en medio de aquel sangriento
-tumulto, les hacía perder el tino.</p>
-
-<p>Con todo, el capitán de los bandidos, ó el que parecía serlo como el más
-audaz y más diestro de todos, se arrojó tan súbito sobre el Rey Tihur,
-que éste no tuvo tiempo de herirle con la espada, ni de contenerle con
-la rodela. El bandido, soltando el escudo, echó el brazo izquierdo al
-cuello del Rey Tihur, le hizo vacilar sobre sus piernas robustas y
-estuvo á punto de derribarle. Al propio tiempo, y con no vista presteza,
-le tiró á la garganta una puñalada con toda la pujanza y el encono de
-que era<span class="pagenum"><a name="page_300" id="page_300"></a>{300}</span> capaz. Por dicha, el Rey Tihur, aunque cedió un instante á la
-fuerza de aquel bárbaro, é inclinó la cabeza de suerte que la garganta
-estuvo á punto de que en ella se clavase el cuchillo, todavía se repuso
-y echó el cuerpo atrás en ocasión que el cuchillo del caucasiano vino á
-herirle. El cuchillo, en vez de dar en la garganta descubierta, dió con
-tal violencia en el pecho del rey, que, rompiendo y destrozando varias
-de las escamas de bronce, resbaló y llegó á clavarse en un costado. La
-noble sangre de los héroes del primitivo imperio de Ariana-Vaega y de
-los reyes de Escitia brotó impetuosa por la herida; pero, casi
-simultáneamente, el Rey Tihur dió con el pomo áureo de su espada tan
-rudo golpe en el hombro izquierdo de su contrario, que le volcó de
-espaldas sobre la dura tierra. Un ruido temeroso hizo aquel bárbaro al
-caer, como el ruido que hace un roble fortísimo cuando el huracán le
-arranca de cuajo y le derrumba. Antes de que el bárbaro pudiera
-levantarse vino sobre él Tihur, con la celeridad del rayo, y con el
-tacón de bronce de su coturno le acertó tan certera y violentamente en
-una sién, que la machacó y aplastó como quien aplasta una víbora.</p>
-
-<p>Muerto ya el capitán de los bandidos, todos iban á desbandarse y á
-emprender la fuga; pero una nube sombría cubrió los ojos del Rey Tihur,
-y hubiera caído desmayado al suelo, con la pérdida de<span class="pagenum"><a name="page_301" id="page_301"></a>{301}</span> la sangre, si
-Amrafel no hubiese acudido á sostenerle en sus brazos.</p>
-
-<p>Los bandidos, al ver que el rey caía, recobraron el aliento y se
-revolvieron contra él y contra Amrafel. Los vesilianos cercaron al rey
-para defenderle hasta morir.</p>
-
-<p>Toda esperanza parecía ya locura ó sueño. Amrafel, Samec y los otros
-vesilianos tenían la perdición por segura é inminente. No les quedaba
-otro recurso ni otro consuelo que vender caras sus vidas y morir
-matando.</p>
-
-<p>El Rey Tihur no había perdido el sentido, aunque sí la voz y las
-fuerzas. No hablaba ni combatía, pero pensaba.</p>
-
-<p>Un pensamiento, tan generoso como amargo, se fijó entonces en su mente
-causándole más dolor que la herida. Todos aquellos hombres, sus amigos,
-sus leales servidores, iban á morir ó habían muerto ya por su culpa, por
-un capricho suyo.</p>
-
-<p>Quizás hallen anacrónico mis lectores este pensamiento, ó mejor dicho,
-este sentimiento filantrópico del Rey Tihur; pero créanme, no hay ni ha
-habido jamás anacronismo en esto de sentimientos. Y así como hoy, en
-pleno siglo <small>XIX</small>, hay reyes que ven impasibles que mueran millares y
-millares de hombres por su culpa, bien pudo haber entonces un rey tan
-humano que se afligiese de que unos pocos muriesen por él. Ello es, que
-Tihur no<span class="pagenum"><a name="page_302" id="page_302"></a>{302}</span> lamentó su herida ni su posible muerte, sino las heridas y la
-muerte de los otros, y no consideró que en su época era indispensable
-exponerse á casos tan crueles, ó permanecer siempre sin salir del
-alcázar.</p>
-
-<p>Entre tanto, la misma energía de aquel sentimiento de piedad hacia sus
-compañeros fué como un bálsamo en la herida, é hizo que el Rey Tihur se
-recobrase un poco. Desprendióse de los brazos de Amrafel y le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Defiéndete y déjame.</p>
-
-<p>Á pesar de la sangre que perdía, Tihur no soltó ni el escudo ni la
-espada, y quedó en pie, después de apartarse de los brazos de su
-favorito, pero quedó retraído é inerte.</p>
-
-<p>Delante de él combatían Amrafel, Samec y los demás guerreros. Los
-bandidos, sin embargo, los obligaban á cejar y á irse retirando, aunque
-sin poder romper fila. El rey cejaba, harto á disgusto, y á pesar de lo
-débil que se sentía, entraba ya en deseo de volver á ponerse delante y
-de pelear como los otros, ó más que los otros.</p>
-
-<p>Solicitado por este deseo y por la contraria convicción de la debilidad
-que le aquejaba, alzó las manos al cielo y evocó con fe profunda los
-espíritus de sus mayores.</p>
-
-<p>De repente, y como si fuera en respuesta de su evocación, silbó una
-flecha que vino á clavarse en<span class="pagenum"><a name="page_303" id="page_303"></a>{303}</span> el pecho de uno de los bandidos y le hizo
-caer en seguida al suelo, revolcándose en su sangre; un instante después
-silbó otra flecha y mató á otro bandido. La tercera y la cuarta flecha
-no tardaron en llegar, causando idéntico destrozo. Quizás una sombra
-inteligente, un espíritu invisible las disparaba.</p>
-
-<p>Así los bandidos como los guerreros vesilianos atribuyeron á prodigio
-aquella inesperada intervención. Los guerreros vesilianos volvieron á
-confiar en la fortuna y pelearon con más denuedo.</p>
-
-<p>Entonces apareció á deshora el arquero diestro y milagroso. Salió de
-entre las matas cercanas como si del centro de la tierra saliese. Una
-extraña hermosura resplandecía en todo su ser. Su mirada era dulce y
-zahareña al propio tiempo. Sus negros ojos eran suaves y terribles, como
-si á la vez anidasen en ellos el amor y la muerte. Su traje era casi
-igual al de los guerreros vesilianos, sólo que, en vez de capacete
-llevaba un gorro colorado en la cabeza. Su talle era esbelto y gallardo;
-su estatura elevada; marcial su apostura, y su rostro bello y juvenil;
-negra y sedosa la barba; la tez morena, y todo él agraciado, noble y
-simpático. Sus cabellos le caían en rizos sobre la espalda.</p>
-
-<p>Con rápidos pasos vino á lanzarse sobre los bandidos. Mientras caminaba,
-echó á la espalda el arco y sacó de la vaina la espada y el puñal,
-armadas<span class="pagenum"><a name="page_304" id="page_304"></a>{304}</span> así ambas manos, y sin escudo. Al mismo tiempo, y arrojándose
-ya sobre los bandidos, dijo con voz sonora, en el mismo lenguaje ariano
-que hablaba el Rey Tihur:</p>
-
-<p>&mdash;El cielo te protege, ¡oh Rey Tihur!, y me envía aquí para que te
-salve. ¡Sus y á ellos, oh valeroso Amrafel! ¡Oh fuerte y leal Samec!
-¡Oh, vosotros, clarísimos vesilianos!</p>
-
-<p>Al oírse nombrar por aquel desconocido, se corroboraron todos en creer
-su celestial ó sobrenatural procedencia. Sólo se atrevió á contestarle
-Tihur:</p>
-
-<p>&mdash;¡Bien venido seas y bendito! Tú eres sin duda un <i>ized</i>, un genio, un
-enviado de Ahura-Mazda.</p>
-
-<p>Aún no había terminado el rey esta frase, cuando ya el desconocido, en
-medio de los bandoleros, revolviéndose á un lado y á otro, é hiriendo y
-parando á la vez con la espada y el puñal, causaba más estragos y
-muertes que un fiero león en un rebaño de tímidas ovejas.</p>
-
-<p>Los bandidos, aterrados, se pusieron pronto en precipitada fuga, en
-dirección hacia el mar, donde estaban, sin duda, los barcos en que
-habían venido, junto á la desembocadura del Djan-Deria; pero el resto de
-la caravana del Rey Tihur acababa de desembarcar y les cortó la
-retirada.</p>
-
-<p>En tanto, el desconocido, el Rey Tihur, á pesar de su herida, y todos
-los guerreros vesilianos, empuñaron<span class="pagenum"><a name="page_305" id="page_305"></a>{305}</span> los arcos y acosaron é hirieron con
-sus flechas á los que huían. Hasta los perros, que habían estado
-medrosos é inertes durante la refriega, y sólo cuando fué herido el Rey
-Tihur habían dado muestra de sí, prorrumpieron en lastimeros aullidos,
-cobraron valor entonces, y ladrando y corriendo, como en la caza, se
-pusieron á perseguir á los bandoleros.</p>
-
-<p>El dicho del Rey Tihur casi vino á cumplirse.</p>
-
-<p>&mdash;No ha de quedar ninguno vivo&mdash;había dicho,&mdash;y efectivamente, parecía
-que no había quedado vivo ni uno solo. Aun los que trataron de
-esconderse entre la maleza fueron descubiertos por los perros y muertos
-á flechazos ó á cuchilladas por los vesilianos.</p>
-
-<h3>VII.</h3>
-
-<p>Todavía andaban los guerreros vesilianos dando caza á los fugitivos
-ladrones, cuando el Rey Tihur, conducido en brazos de Amrafel y de
-Samec, había llegado á la orilla del río, donde estaban los sacos y
-cargas.</p>
-
-<p>Allí, extendido en un lecho que le habían preparado al aire libre,
-porque las tiendas estaban aún por desembarcar, el rey se dejó curar la
-herida por Amrafel, que era hombre docto en aquel arte. Amrafel conoció
-al punto que la herida, aunque ancha, era poco profunda y nada grave ni<span class="pagenum"><a name="page_306" id="page_306"></a>{306}</span>
-peligrosa. El puñal había resbalado en vez de ahondar, y había dejado
-ilesa toda entraña. La causa del desmayo del rey había sido la gran
-pérdida de sangre, aumentada por los esfuerzos que hizo combatiendo
-después de herido.</p>
-
-<p>Un personaje singular estaba al lado de Amrafel y le ayudaba en la cura.
-Nadie había reparado, durante la batalla, en aquel personaje que, sin
-embargo, se había mostrado en pos del guerrero desconocido; pero, fijas
-en éste todas las miradas y la atención toda, no había sido vista una
-vieja, alta y delgada hasta el extremo de asemejar á un esqueleto, la
-cual seguía al guerrero misterioso.</p>
-
-<p>En el momento de ir á curar la herida al rey, la vieja se ofreció á
-hacerlo, jactándose de su ciencia. El guerrero misterioso aseguró que de
-ella podían fiarse.</p>
-
-<p>Iba la vieja con una ropa talar desgarrada, pero que se conocía haber
-sido rica y elegante. Un manto negro de lana le cubría la espalda,
-prendido al hombro por un broche dorado. Sus cabellos, blancos como la
-plata, aunque sostenidos en parte por un cordón, dejaban flotar muchos
-mechones en desorden y á merced del viento. Sus manos eran tan flacas y
-tan descarnados los dedos, que parecían transparentes. Sus ojos,
-pequeños y vivos, lanzaban de sí miradas escudriñadoras; su nariz era
-aguileña y fina; su boca, sumida y sin dientes,<span class="pagenum"><a name="page_307" id="page_307"></a>{307}</span> mostraba los colmillos
-afilados y largos, que asomaban por entre los labios sutiles y
-fruncidos. Llevaba la vieja un zurrón ancho de piel de tejón, atado al
-cinto sobre la cadera, y en la diestra un báculo, que más que para
-apoyarse, aparentaba ser signo de autoridad y dominio, ó vara mágica y
-de virtudes. La vieja andaba á grandes pasos, firme y derecha como una
-moza de veinte primaveras, ó más bien como un granadero prusiano de
-nuestros días, que esté muy ducho en lo que llaman la marcha gimnástica.</p>
-
-<p>En suma, todo el continente de la vieja era raro por demás, y hubiera
-podido servir de modelo á un hábil artista para pintar ó esculpir la
-Sibila pérsica ó la Sibila eritrea.</p>
-
-<p>Mientras duró la operación de curar la herida, la vieja hizo visajes y
-signos con las manos, y murmuró ó rezó en voz sumisa ensalmos
-ininteligibles. De su zurrón sacó hierbas para restañar la sangre, que
-Amrafel reconoció, aceptó y aplicó.</p>
-
-<p>Y por último, cubierta ya y vendada la herida, la vieja dió al rey un
-licor, también con permiso y beneplácito de Amrafel, el cual licor
-infundió en el rey un sueño grato y delicioso.</p>
-
-<p>Cuando el rey despertó del sueño, se sintió tan aliviado y fortalecido,
-que pensó en continuar la peregrinación al día siguiente. Ni Amrafel ni
-la<span class="pagenum"><a name="page_308" id="page_308"></a>{308}</span> vieja se opusieron, con tal de que fuese el rey en el carro y no á
-caballo.</p>
-
-<p>Durante la cura terminó la persecución y exterminio de los ladrones, y
-se acabó de poner en tierra cuanto habían dejado en las balsas los
-últimos que pasaron el río, á fin de acudir con más presteza al lugar
-del combate.</p>
-
-<p>Guerreros, esclavos, caballos y acémilas, todo, en suma, se reunió en el
-mismo lugar. Allí se desplegaron las tiendas y se formó el campamento
-para reposar aquella noche.</p>
-
-<p>Una comida abundante restauró las fuerzas de todos.</p>
-
-<p>Después de la comida, el rey Tihur llamó á su tienda al guerrero
-desconocido, y estando á solas con él le habló de esta manera:</p>
-
-<p>&mdash;Valeroso joven, tú me has salvado hoy de una muerte vergonzosa. Mi
-gratitud será eterna. Díme quién eres para que sepa yo á quién estoy tan
-obligado.</p>
-
-<p>&mdash;Mi nombre, ilustre príncipe, es Tidal.</p>
-
-<p>&mdash;Sin duda,&mdash;añadió el Rey,&mdash;que eres de sangre de héroes; de antigua y
-clara estirpe. No parece que guarde tan soberano esfuerzo el corazón de
-un hombre plebeyo y obscuro.</p>
-
-<p>&mdash;En verdad,&mdash;replicó Tidal,&mdash;yo me inclino á creer, como tú, que la
-grandeza de ánimo y la virtud se heredan. De esta suerte se explica que
-los<span class="pagenum"><a name="page_309" id="page_309"></a>{309}</span> hombres todos se mejoren, añadiendo los que nacen después á la
-nobleza heredada de otros la por ellos adquirida. Si nada heredásemos,
-si ninguna virtud se trasmitiese por herencia y con la sangre, los
-hombres de hoy no valdrían más que los de ayer, ni jamás ganaría nada el
-humano linaje, como yo entiendo que gana. Así, pues, no atribuyo á
-preocupación de casta tu idea de que debo ser noble de nacimiento,
-porque me he mostrado fuerte de cuerpo y de alma. Sin embargo, la ley no
-es general. Castas hay que degeneran y otras que se levantan y
-magnifican. La virtud que en una familia ilustre se extingue y se
-pierde, renace en otra familia. Tal vez esta virtud, trasmitida por
-algún héroe, progenitor mío, ha estado latente ú obscurecida largo
-tiempo por la bajeza en que había caído mi familia, ó por otras causas
-que no acierto á exponer, y ahora renace en mí; que no tengo nombre, ni
-antecedentes, ni gloria heredada. Yo, Rey Tihur, no soy más que un
-humilde mercader, hijo de otro mercader humilde.</p>
-
-<p>&mdash;¿Eres iraniense ó escita, ó de qué raza ó nación eres? Yo me complazco
-en suponer y supongo que eres escita por la perfección con que te oigo
-hablar mi idioma.</p>
-
-<p>&mdash;Ignoro si soy ó si puedo decir que soy escita ó iraniense; pero creo
-que soy ario. Nací y me crié en Nimrud, á las orillas del río Tigris. Mi
-padre<span class="pagenum"><a name="page_310" id="page_310"></a>{310}</span> y mi madre, de familia ariana ambos, vivían allí sujetos al
-dominio de los caldeos-cushitas. Por las conquistas de los hijos de Asur
-y del poderoso Nino, no consiguieron más que mudar de amo. Antes de
-salir de la niñez me quedé huérfano de padre y madre. Un fiel servidor
-cuidó de mí y de mi hacienda hasta que tuve dieciocho años. Entonces
-aquel fiel servidor me hizo dueño de todos mis bienes, que consistían en
-un gran tesoro de piedras y metales preciosos, y me dijo que mi destino
-era cumplir grandes cosas, recorrer muchas tierras y vagar por todo el
-mundo, hasta que hallase la ocasión propicia de llevar á dichoso fin la
-gloriosa empresa que por el cielo me estaba encomendada.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y no te designó esa empresa?</p>
-
-<p>&mdash;No me la designó. Ó lo ignoraba él mismo, ó entendía que los decretos
-de la Providencia no habían de cumplirse sino á condición de que yo los
-ignorase hasta un momento dado.</p>
-
-<p>&mdash;¿No marcó tu ayo ese momento?</p>
-
-<p>&mdash;Le marcó y no le marcó. Aquí hay algo que no me es lícito revelar:
-juré no revelarlo nunca. Sólo puedo decirte que en una cajita cerrada,
-que llevo siempre oculta en el cinto, y que sólo debo abrir cuando
-aparezcan ciertas señales, hay un escrito que me dará luz sobre todo. Mi
-propio ayo ignoraba lo que la cajita contenía. Mi padre se la<span class="pagenum"><a name="page_311" id="page_311"></a>{311}</span> dió con
-el encargo de entregármela y yo la guardo siempre conmigo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y no recuerdas á tu padre ni á tu madre?</p>
-
-<p>&mdash;Apenas conservo de ellos una idea confusa. Los dos, como te dije,
-murieron siendo yo muy niño.</p>
-
-<p>&mdash;Singular es de veras cuanto me refieres. Sospecho que tu padre, bajo
-el título de mercader, encubría otra condición más alta.</p>
-
-<p>&mdash;No me parece eso posible. Los ciudadanos de Nimrud, con quienes he
-hablado, y que conocían á mi padre, nunca me dijeron de él ni de mi
-familia nada de extraño ó misterioso.</p>
-
-<p>&mdash;Más extraño es eso todavía. Y dime, ¿tu ayo no te aconsejó nada al
-hacerte entrega de tus bienes?</p>
-
-<p>&mdash;Me aconsejó calma y paciencia; me aconsejó no dejarme arrastrar por la
-curiosidad, ni tratar de averiguar nada sobre mi futuro destino, hasta
-que la suerte misma dispusiese la revelación. Me repitió mil veces que
-yo no era más que un mercader; que como un mercader debía considerarme,
-y que sólo me ordenaba, en nombre de mi padre, que abandonase á Nimrud y
-recorriese el mundo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y sobre tu conducta en el comercio no te dió instrucciones?</p>
-
-<p>&mdash;Mi ayo era gran conocedor de los pueblos diversos, de los países más
-distantes, de sus artes,<span class="pagenum"><a name="page_312" id="page_312"></a>{312}</span> de sus ciencias y de sus productos; y sobre
-todo esto, me enseñó cuanto sabía: pero había en él algo entre
-inspiración y locura, aunque yo no atino á veces á distinguir la locura
-de la inspiración, y sobre ciertos puntos me dió consejos muy opuestos á
-los que suelen y parece que deben darse á la gente moza.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué te aconsejaba, pues, si te es permitido declararlo?</p>
-
-<p>&mdash;En vez de parcidad me aconsejaba largueza y magnificencia. Mis tesoros
-los juzgaba inagotables, y suponía además que yo había de ganar más
-mientras más gastase, y que había de recobrarlo todo con creces cuando
-llegase á perderlo todo.</p>
-
-<p>&mdash;Extraña manera fué de aconsejar á un mancebo, por lo común inclinado á
-ser pródigo.</p>
-
-<p>&mdash;Yo fuí espléndido, pero no llegué jamás á la prodigalidad. Por otra
-parte la suerte me ha favorecido hasta ahora. He peregrinado por casi
-toda el Asia; he visto las islas del mar del Sur y la India, el Yemen y
-el Adramaut, el antiquísimo Egipto y la Libia ardiente. Sería prolijo
-referirte mis aventuras. Sólo importa saber que, á pesar de cuanto he
-gastado, tengo en lugar seguro un tesoro riquísimo. Creo además, sin
-jactancia, que he adquirido en mis peregrinaciones una experiencia muy
-superior á mi edad.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué ha sido de tu ayo, entre tanto?<span class="pagenum"><a name="page_313" id="page_313"></a>{313}</span></p>
-
-<p>&mdash;Mi ayo era ya viejo, y durante mi larga ausencia de Nimrud, he sabido
-que pagó el tributo que debemos pagar todos á la Naturaleza, más tarde ó
-más temprano.</p>
-
-<p>&mdash;Tu persona, tu vida, ese misterio de tu destino me interesan tanto,
-¡oh Tidal!, que, á trueque de pasar por sobrado curioso y exigente, te
-ruego me digas si el anciano que te sirvió de ayo te descubrió alguna
-otra cosa.</p>
-
-<p>Nada más me descubrió, sino un nombre que me dijo podría yo llevar
-cuando me le diesen muchos hombres reunidos. Entre tanto, á nadie debo
-declarar este nombre. Me dió asimismo un sobrenombre, apodo ó alcuña,
-que no debo divulgar tampoco, pero que puedo confiar con el mayor
-sigilo, si quiero dar á una persona la mayor prueba de amistad y de
-confianza. Esta alcuña voy á decírtela. Por ella, Rey Tihur, si no me
-desdeñas, quiero ligarme á tí con los lazos más amistosos. Según me dijo
-el anciano, con la persona á quien yo declarase esta alcuña, me unía
-voluntariamente como si fuese mi hermano. En la persona que me dijese al
-oído dicho nombre y dicho apodo, debía yo depositar por fuerza una
-confianza sin límites.</p>
-
-<p>&mdash;Yo jamás podré desdeñarte&mdash;replicó el Rey,&mdash;y tu amistad será el mayor
-bien para mí. Reflexiona antes con todo, si crees que la merezco, y no
-procedas de ligero revelándome esa alcuña.<span class="pagenum"><a name="page_314" id="page_314"></a>{314}</span></p>
-
-<p>&mdash;No procedo de ligero. Cedo, al confiarme á tí, á una inclinación
-irresistible, á una viva simpatía; y aun á algo parecido á un mandato.</p>
-
-<p>&mdash;¿Acaso tu anciano tutor te habló de mí alguna vez?</p>
-
-<p>&mdash;Nunca. Ha sido otra persona quien me ha aconsejado que te dé esta
-prueba de confianza.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y cuándo te dieron el consejo?</p>
-
-<p>&mdash;Hoy mismo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién?</p>
-
-<p>&mdash;La vieja extraña que me acompañaba.</p>
-
-<p>&mdash;¿La conoces tú desde hace mucho tiempo?</p>
-
-<p>&mdash;Pocos días ha que la conozco, y ni siquiera sé su nombre; pero ella
-tal vez, por el arte mágico que posee, sabe el mío secretísimo y sabe
-también mi apodo. Escucha en breves razones los más recientes sucesos de
-mi vida. Por ellos comprenderás cómo pude venir tan en sazón á
-socorrerte. Mi afán de ver mundo me movió á comprar una nave de 30
-remeros que cargué de preciosas mercancías, que tripulé en el país de
-los cadusios, y en la que me embarqué en el Araxes, con intento de salir
-al Mar Caspio y venir á Vesila-Tefeh, donde pensaba emplear en pieles
-ricas, y visitar y conocer la capital de tus dominios. Para no cansarte
-con extensos pormenores, te diré, en resumen, que en esta ocasión me
-faltó mi acostumbrada prudencia. Los marineros que venían conmigo, se<span class="pagenum"><a name="page_315" id="page_315"></a>{315}</span>
-habían concertado con piratas iberos y albaneses.</p>
-
-<p>Me sorprendieron dormido; mataron á tres servidores que hicieron
-resistencia; se apoderaron de cuanto yo traía, y me ataron con cuerdas
-los piés y las manos. Hecha esta presa, querían volver los piratas á sus
-guaridas de Albania, pero se levantó una tempestad furiosa que trajo
-nuestras naves á la costa de tu reino. Sabía el capitán la lengua
-escita, y se aventuró con otros dos, que también la sabían, á saltar en
-tierra, disfrazado, para explorar el país, y ver dónde y cómo podría dar
-un buen golpe. En los campos fértiles y en las pobladas aldeas del Norte
-de Djan-Deria, supo que venías tú de camino para Bactra; supo el número
-de guerreros y las riquezas que traías, y dispuso salirte al encuentro,
-no con sus embarcaciones al pasar el río, porque calculó que no te
-aventurarías á pasarle, si las vieses, y perdería la ocasión, sino
-emboscándose en los matorrales de esta orilla, y cayendo sobre tí cuando
-tus fuerzas estuviesen divididas en una y otra márgen.</p>
-
-<p>Así lo hizo, como has visto, y harto conoces el resultado.</p>
-
-<p>Yo estaba vigilado con extraordinarias precauciones; atado, como te he
-dicho, de pies y manos. Sólo me desataban las manos para comer. Los
-barcos, que son ligeros, se pusieron á seco en la<span class="pagenum"><a name="page_316" id="page_316"></a>{316}</span> playa desierta del
-Caspio, y diez hombres sólo quedaron para su custodia. El capitán trajo
-aquí para la empresa la más gente que pudo.</p>
-
-<p>Indudablemente, yo hubiera permanecido á bordo sin acudir en tu auxilio
-y sin saber siquiera lo que ocurría, pues, aunque entiendo y hablo
-varios idiomas, ignoro el de estos moradores del Cáucaso, á no ser por
-la singular y portentosa vieja que has visto. El capitán de los bandidos
-y los otros dos exploradores la hallaron vagando al declinar de la tarde
-en un bosque no lejos de la playa y tuvieron la ocurrencia de traerla
-cautiva.</p>
-
-<p>La vieja dijo á unos la buena ventura, curó á otros varias enfermedades
-y se ganó la voluntad de todos. Con rara facilidad hablaba la lengua de
-los piratas, como habla la tuya y otras varias.</p>
-
-<p>Los piratas no desconfiaron de la vieja; conversaron sin recatarse de
-ella y la enteraron de todos sus proyectos.</p>
-
-<p>La vieja no me había dirigido nunca la palabra durante cuatro días que
-habíamos vivido juntos. Imagina cuál sería mi sorpresa, cuando hoy de
-mañana, estando yo tendido, dormitando en la popa de uno de los bajeles,
-puesto ya en tierra, la vieja se llegó á mi oído y pronunció, no sólo mi
-apodo, sino también mi nombre incomunicable.<span class="pagenum"><a name="page_317" id="page_317"></a>{317}</span></p>
-
-<p>Debo advertirte que desde el día de ayer nos habían dejado los bandidos
-y te estaban aguardando en la emboscada.</p>
-
-<p>Al oir aquellos vocablos sacramentales y poderosos para mí, me incorporé
-lleno de pasmo y ví la figura de la vieja más extraña que nunca, por el
-fuego que lanzaba de los ojos y la profunda conmoción que extremecía su
-descarnado cuerpo. Se diría que un numen, un dios, un espíritu, la
-excitaba en lo íntimo de su ser. Me hablaba el bello idioma de la Ley
-pura, y sus palabras tenían el ritmo y la armonía soberana de los cantos
-sagrados. Una insólita majestad resplandecía en aquel ser decaído. Una
-expresión de ternura maternal casi hermoseaba su semblante. La vieja me
-abrazó y me cubrió de besos, llamándome ¡hijo!, y apenas si sus besos me
-causaron repugnancia. Á mi lado ví mis armas, que la vieja había traído.
-Allí estaban espada, puñal, aljaba, arco y flechas. La vieja, empuñando
-y desenvainando mi puñal, cortó con rapidez mis ligaduras.</p>
-
-<p>&mdash;Eres libre,&mdash;me dijo,&mdash;toma tus armas, levántate y sígueme. Tus
-guardadores, unos están ausentes, otros han sido sumidos por mis artes,
-en un hondo letargo.</p>
-
-<p>Obediente seguí á la vieja, que me trajo hasta aquí, y en el camino me
-informó de quién tú eras, del peligro que corrías y de la misión de<span class="pagenum"><a name="page_318" id="page_318"></a>{318}</span>
-libertarte, que me encomendaba. Lo demás, ya lo sabes.</p>
-
-<p>Ahora, ¡oh Rey Tihur!, sólo me falta cumplir con el precepto de la
-vieja: darte la más segura prenda de amistad; ligarme para siempre
-contigo. Mi alcuña es <i>Seher-Gav</i>; el <i>Toro-Vigitante</i>.<span class="pagenum"><a name="page_319" id="page_319"></a>{319}</span></p>
-
-<h2><a name="ZARINA" id="ZARINA"></a>ZARINA<br /><br />
-<small>(FRAGMENTO)</small></h2>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_320" id="page_320"></a>{320}</span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_321" id="page_321"></a>{321}</span>&nbsp; </p>
-
-<h2>
-<img src="images/ill_pg_321.png" width="500" height="104" alt="" title="" />
-<br /> ZARINA</h2>
-
-<h3>I.</h3>
-
-<p>La doctrina del progreso, á más de tener gran fundamento de verdad, está
-llena de poesía. ¿Qué no puede fingir la imaginación en lo futuro,
-suponiendo que la actividad de la mente humana va añadiendo, cada vez
-con mayor energía, nuevos inventos y mejoras á cuanto ya acumularon y
-nos legaron las pasadas generaciones? Sin embargo, todo lo que se puede
-fantasear ó columbrar en lo porvenir es incierto y confuso, mientras que
-las cosas que fueron conservan ser y consistencia, y, aunque carecen de
-vida, pueden tomarla prestada de la forma artística y del ingenio de un
-poeta.</p>
-
-<p>Por otra parte, está muy en duda, al menos para mí, si bien creo
-firmemente en el progreso, que el progreso sea algo más que extrínseco.
-No iré yo hasta el punto de creer que los hombres de otros siglos fuesen
-más valerosos, más leales, más discretos, ni siquiera más robustos que
-los del día;<span class="pagenum"><a name="page_322" id="page_322"></a>{322}</span> pero no creo tampoco que, á pesar de todos los medios que
-la civilización nos proporciona, la raza humana haya ido mejorando en lo
-substancial. Tal vez ese vivir de los bárbaros ó salvajes, que todavía
-se hallan en nuestro planeta, no responde al estado inicial desde donde
-se elevaron los pueblos de Europa á superior cultura, sino que es
-degeneración ó corrupción en que á la larga han caído los tales salvajes
-ó bárbaros, y de donde ni por sus propias fuerzas ni con auxilio extraño
-quizá salgan nunca.</p>
-
-<p>En cambio, ciertas tribus ó castas superiores de los tiempos primitivos,
-como, por ejemplo, los arios y los semitas, no debieron de valer menos
-que los cultos europeos de ahora, y hasta hay una ilusión óptica que
-hace que se nos aparezcan valiendo más. Los vemos como entre nubes, al
-despertar intuitivo de la inteligencia, cuando lograba más la
-inspiración que el discurso, bañados por la luz de una aurora divina, y
-como llevando en el seno fecundo del espíritu de ellos el germen lozano
-del árbol de la ciencia y de la cultura, cuya riqueza en flores y frutos
-hoy tanto nos encanta y envanece.</p>
-
-<p>De aquí el que no pocos sabios vuelvan con amor los ojos, en nuestra
-edad, al estudio de las primeras edades, rehaciendo antiguos idiomas,
-traduciendo hieroglíficos, interpretando inscripciones,<span class="pagenum"><a name="page_323" id="page_323"></a>{323}</span> descifrando
-alfabetos, y sacando á nueva luz, del olvido en que yacían sepultados,
-imperios, repúblicas, reinos, dinastías, príncipes, héroes y
-semi-dioses.</p>
-
-<p>¿Por qué los que no somos sabios no hemos de suplir con la imaginación
-lo que ellos á fuerza de estudio no acabaron de aclarar? ¿Por qué no
-hemos de concluir con sus debidos pormenores y circunstancias las
-historias que más nos interesen y conmuevan, y de las cuales la
-erudición nos dejó á media miel, como vulgarmente se dice?</p>
-
-<p>Hay personajes que, al entreverlos y percibirlos, indecisos, esfumados y
-como hundidos en el fondo de un mar de años, todavía me encantan y me
-ilusionan. ¡Qué pena me da de no conocerlos de cerca! ¿No sería posible
-que, en virtud de un raro magnetismo, de una segunda vista histórica,
-fijando bien la mirada mental en cualquiera de ellos, llegásemos á
-comprender su carácter, sus pasiones, el móvil de sus actos y todos los
-casos de su vida mejor que el sabio, que no se fija en el personaje,
-sino que inspecciona fría, prosaica y rastreramente tal cual huella que
-él ha dejado de su paso por el mundo, ya en el fragmento inédito, ó mal
-entendido hasta hoy, de algún historiador, ya en un obelisco, ya en una
-pirámide, ya en otro monumento sepulcral, ya en alguna inscripción en
-forma de clavos, de las llevadas por Layard ó por otros, desde<span class="pagenum"><a name="page_324" id="page_324"></a>{324}</span> el
-centro de Asia al Museo Británico, en multitud de sutiles ladrillejos?</p>
-
-<p>Yo no creo ni descreo en el espiritismo. No he profundizado la materia.
-No me atrevo á decidir. Pero hablando de mí solo y por mi cuenta, aunque
-no sea más que de puro modesto, no atino á concebir como factible que
-los héroes, los sabios, los profetas, los santos y los penitentes
-severos de todas las religiones, los monarcas soberbios, los tiranos y
-guerreros, foscos, crudos y nada complacientes por naturaleza, y las
-hermosas mujeres, virtuosas ó galantes, aunque todas caprichosísimas,
-retrecheras y desmandadas; en suma, todo ser que ha dejado rastro
-luminoso de sí en la tierra, no bien se muda al otro barrio, se vuelva
-tan dócil y sumiso, que acuda á mi mandado y responda á infinidad de
-preguntas, tal vez impertinentes. Y extrema para mí lo increíble de
-estos hechos la manera de responder á las preguntas, que, en vez de ser
-rápida, bella y digna de un espíritu, es mecánica, pesada y fastidiosa.</p>
-
-<p>No obstante, por más que yo deseche el espiritismo de esta laya, declaro
-que en ocasiones me siento muy inclinado á creer en otro espiritismo más
-vago, menos metódico y más conforme con la poesía. Ya en sueños, ya
-dormitando, ya en arrobos, durante los cuales el alma se sobrepone á la
-duración ó adquiere una velocidad mil veces mayor<span class="pagenum"><a name="page_325" id="page_325"></a>{325}</span> que la del rayo,
-acaso nos elevamos por el éter y subimos á remotas estrellas, en el
-momento en que llega allí la luz del sol, que hace cuarenta ó cincuenta
-siglos reflejó nuestro globo, ó acaso por arte menos complicada y más
-íntima, y que es por lo mismo más difícil de explicar, vemos á los
-personajes pasados y los conocemos, y parece como que vivimos en su
-compañía, averiguando cuanto les ha sucedido.</p>
-
-<p>De aquí la afición y los motivos que me inducen y hasta me habilitan
-para escribir historias ó aventuras del antigo Oriente. Otro escritor
-más profundo, ó mejor dicho, otro escritor menos somero que yo, se
-propondría, al escribir cualquiera de estas historias, dar una lección
-moral, política, religiosa ó filosófica á sus lectores; resolver algún
-problema de importancia; pero yo no me propongo nada de esto. Me
-propongo sólo entretenerme un rato y entretener á los demás. Ojalá lo
-consiga. Y me propongo igualmente, aunque apenas me atrevo á confesarlo
-para que no me tilden de presumido, retraer á la vida, con el conjuro de
-la escritura y con la mágica evocación de la palabra, seres que ya
-existieron y que me son simpáticos.</p>
-
-<p>Yo no estoy descontento de vivir en el siglo en que vivo, ni de tratar á
-la gente con quien trato, ni de llevar la vida que llevo, si bien me
-faltan varias cosas con las cuales viviría yo un poquito mejor;<span class="pagenum"><a name="page_326" id="page_326"></a>{326}</span> pero
-todavía, á pesar de que no estoy descontento, hallo consolación en la
-teoría universal; esto es, no ya sólo en abandonar lo práctico y
-consagrarme á lo meramente especulativo, sin mezclarme en nada, y
-contemplando con serenidad cuanto me rodea, sino lanzándome también en
-la contemplación longincua; volando en busca de objetos muy apartados de
-mí por el tiempo y por el espacio. Así es que hoy mi alma se ha ido de
-bureo desde esta villa y corte de Madrid hasta el Asia central, y ha
-saltado también por cima de no pequeño montón de siglos, subiendo contra
-la corriente, hasta llegar al año 60 ó 70, sobre poco más ó menos, que
-en esto no hemos de ser muy escrupulosos, de la era llamada de
-Nebonasar.</p>
-
-<p>Harto se ve que no nos hemos ido muy lejos. Estamos en una edad
-relativamente moderna para lo que han descubierto los sabios y
-prehistoriadores del día. Vivimos con la mente poco más de seiscientos
-años antes de Cristo.</p>
-
-<p>Roma había sido ya fundada; Licurgo había dado sus leyes; en Atenas y en
-Corinto habían triunfado los posibilistas, cayendo la monarquía y
-surgiendo la democracia; el reino de Israel, había desaparecido; el de
-Judá estaba próximo á desaparecer; y Nínive misma, restaurada después
-del incendio del alcázar de Sardanápalo y del saqueo y destrucción de la
-ciudad por Arbaces el medo y<span class="pagenum"><a name="page_327" id="page_327"></a>{327}</span> Belesu el babilonio, estaba, á pesar del
-tremendo brío de sus últimos soberanos, amenazada de nueva ruina.</p>
-
-<p>Al pasar, ó dígase al volar, hemos reparado en todo esto. Reposémonos
-ahora en la recién fundada ciudad de Ecbatana, capital de Media.</p>
-
-<h3>II.</h3>
-
-<p>Reinaba entonces allí un rey, poderoso y muy nombrado, y que por serlo
-tenía muchos nombres, cuya significación, ya es idéntica, ya no lo es,
-ya se ignora ó ya se sabe. En persa le llamaban Uvak-satara, como si
-dijéramos <i>el poseedor ó dueño de gallardos mulos</i>; en asirio le
-llamaban Uvakistar; en griego, Cyaxares y Ozauros, y en lengua médica,
-Vakistarra, que significa <i>el que lleva la lanza</i>. Traducido este
-título, tan propio, de llevador de lanza ó lancero, á la lengua de los
-persas, lengua parecida á nuestras lenguas modernas de Europa, el rey se
-llamaba Astibaras, y así lo designaremos en adelante.</p>
-
-<p>Asistía en la corte de este rey un príncipe ó magnate, bello y agraciado
-de rostro, de elevada estatura, de afable trato, diestro en todos los
-ejercicios corporales, impávido en la guerra, infatigable en la caza, y
-prudente en el consejo, á pesar de sus pocos años. Sentimos no poder
-darle un<span class="pagenum"><a name="page_328" id="page_328"></a>{328}</span> nombre bonito y sonoro; pero es personaje histórico; no tiene
-muchos nombres en que elegir, como tenía su rey; se llamaba Estrianges,
-y Estrianges le llamaremos.</p>
-
-<p><i>Nada hay nuevo debajo del sol</i>, ha dicho el sabio, y cuando el sabio lo
-dijo, estudiado lo tenía. Las cosas no suelen ser exactamente iguales;
-pero son á menudo semejantes.</p>
-
-<p>En aquel tiempo, los reyes medos iban ya convirtiendo su Estado en
-monarquía absoluta, haciendo prevalecer la autoridad real sobre los
-otros poderes.</p>
-
-<p>Antes, la Media había sido conquistada por una raza de arios. Los arios,
-luchando con las tribus indígenas y subyugándolas, habían formado una
-aristocracia guerrera. Después, dominada la Media por los asirios, los
-medos arios y los medos turaníes, esto es, los vencedores y los vencidos
-habían estrechado un lazo de amistad para libertarse de la común
-servidumbre. Había ocurrido, por ejemplo, algo de muy parecido á lo que
-ocurrió en España cuando la conquista de los árabes: que los visigodos y
-los hispano-romanos se unieron también. El primer gran caudillo que para
-la reconquista tuvieron los españoles se llamó Pelayo, nombre latino, y
-no visigodo, para denotar la fusión de las razas. Del mismo modo el
-primer gran caudillo de los medos había llevado un nombre<span class="pagenum"><a name="page_329" id="page_329"></a>{329}</span> tomado de la
-lengua de los vencidos, ó medos turaníes, y se había llamado Arbaces,
-que significa <i>el primero</i>.</p>
-
-<p>La nueva aristocracia fué de dos clases: turaní, y sus individuos se
-llamaban <i>busios</i>; y aria, y sus individuos se llamaban <i>arizantes</i>. La
-plebe, no ya por fuerza, sino por amor de la patria, los seguía devota y
-voluntariamente. Así vino á constituirse una república ó confederación
-de caudillos, busios y arizantes, que cada cual tenía sus particulares
-vasallos, sus fortalezas y dominios. Fundada, por último, la enriscada
-ciudad de Ecbatana, los caudillos principales, descendientes de Arbaces
-habían ido poco á poco cambiando aquel Estado en unitaria y fuerte
-monarquía, á lo cual contribuyó más que ninguno este gran rey Astibaras,
-á quien hemos ya presentado á nuestros lectores.</p>
-
-<p>Al empezar nuestra narración, Astibaras llevaba más de veinte años de
-reinado, durante los cuales había hecho cosas estupendas. No las
-contaremos todas, para no cansar al pío lector; pero algo será menester
-referir, en resumen, á fin de que se estime y pondere todo el valer y
-toda la gloria de este monarca, y á fin de que los sucesos de nuestra
-historia ó leyenda se comprendan sin dificultad.</p>
-
-<p>El padre de Astibaras es conocido también con muchos nombres, que todos
-significan lo mismo y son el mismo, según la lengua en que el<span class="pagenum"><a name="page_330" id="page_330"></a>{330}</span> nombre ha
-sido traducido, á pesar del disfraz con que le han trocado al pasar de
-un idioma á otro. Llamábase Pirruvartis, Fraortes, Artinés y Hartruna,
-esto es, el Belicoso.</p>
-
-<p>Artinés, á fin de no desmentir su nombre, había querido sacudir el yugo
-de los asirios, de quienes era tributario; había levantado un ejército
-numerosísimo y había ido á combatir al rey ninivita Asurbanipal; pero
-éste derrotó por completo al rey de Media en una brava y sangrienta
-batalla que se dió á las orillas del Tigris. Artinés perdió allí la
-vida.</p>
-
-<p>Astibaras, no bien subió al trono, trató de vengar la muerte de su
-padre, y ya había invadido, con huestes más disciplinadas y numerosas
-que las que llevó Artinés, los Estados de Asurbanipal, cuando sobrevino
-un inesperado y gravísimo acontecimiento, que retardó por muchos años su
-venganza.</p>
-
-<p>Entre el Ponto Euxino y el mar Caspio hay una gran extensión de tierras,
-casi cerradas al Norte por dos ríos, el Rha, hoy el Volga, que va á
-perderse en el mar Caspio, y el Tanais, hoy el Don, que se pierde en el
-mar de Azof. Acaso más de cien leguas al Sur de dichos ríos, como
-defensa ó valladar puesto por la Naturaleza, se levanta y extiende, de
-mar á mar, la ingente cordillera del Cáucaso, donde, según la fábula
-griega, Júpiter amarró á Prometeo<span class="pagenum"><a name="page_331" id="page_331"></a>{331}</span> con cadenas de diamantes, y donde un
-buitre comía el hígado del titán filántropo; hasta que Hércules logró
-libertarle. Desde la falda del Cáucaso, dilatándose al Mediodía hasta el
-monte Ararat, en cuya nevada cumbre se posó el arca de Noé, habitaban y
-habitan aún diversas tribus, gentes ó naciones, apellidadas caucásicas;
-casta de hombres valientes, robustos y hermosísimos, cuales son hoy los
-circasianos, georgianos y mingrelianos, en los tiempos á que nos
-referimos designados con nombres diversos. Al Oriente, en las riberas
-del Caspio, vivían los albaneses, y más al Sur, los cadusios; al
-Occidente, orillas del Ponto, habitaban los colquios, famosos por Medea
-la hechicera y por el áureo vellocino, y más al Occidente, los calibes,
-diestros forjadores del hierro, y los de Tibar, tan envidiados por su
-oro. En el centro de estas naciones, y como defendiendo las puertas
-caucasianas contra las invasiones de los escitas, se hallaban los
-iberos, de quienes sin duda proceden los primitivos españoles, que se
-llamaron iberos también.</p>
-
-<p>Aunque se me censure como digresión impertinente, se me antoja decir
-aquí que he tenido una verdadera satisfacción al ver que mi docto y
-sagaz amigo el Padre Fidel Fita ha probado casi en su discurso de
-recepción en la Academia de la Historia que los iberos de España y los
-del Cáucaso son los mismos iberos, y que el georgiano y el vascuence<span class="pagenum"><a name="page_332" id="page_332"></a>{332}</span>
-son lenguas hermanas. Hacía mucho tiempo que yo afirmaba lo mismo, sin
-haberlo estudiado y como adivinándolo de tenazón. Y una de las razones
-que yo tenía para ello era y es la corrección de formas y facciones y la
-hermosura de las mujeres de las provincias vascongadas y de Navarra,
-donde se conserva aún la raza ibérica primitiva en su mayor pureza; por
-donde yo no podía persuadirme de que dicha raza tuviese ni hubiese
-tenido jamás afinidad ni parentesco con la fea raza amarilla, tártara,
-mongólica, ó como quiera llamarse. Basta echar una rápida mirada de
-inspección etnográfica á las marquesas de S. y C. T., ambas de pura raza
-vascongada ó ibérica primitiva, para convencerse de que no corre por sus
-azules venas una sola gota de sangre tártara, sino que toda es de
-Georgia y de la más acendrada y exquisita.</p>
-
-<p>Refieren las crónicas georgianas, mandadas redactar y publicar por el
-Rey Wagtang, que, después de la dispersión de las gentes, fué á poblar
-la Georgia ó Iberia el gigantesco patriarca Togorma, hijo de Gomer y
-nieto de Jafet. Otros quieren que fuese Túbal, hijo de Jafet, quien
-pobló ó colonizó la Iberia del Cáucaso, y que luego él ó sus
-descendientes llegaron hasta la Iberia al Sur de los Pirineos, ya
-pasando primero á Irlanda, isla á quien dieron el nombre de Ibernia, y
-desde allí viniendo á España, ya viniendo á España directamente. Sobre<span class="pagenum"><a name="page_333" id="page_333"></a>{333}</span>
-estos nombres de Iberia é Ibernia, de Ebro y de iberos, dados á diversas
-comarcas, ríos y pueblos, se ponen varias etimologías. Ya los derivan de
-<i>ibha</i>, que en el idioma de los vedas vale tanto como <i>familia</i>, ya de
-<i>avara</i>, que en el mismo idioma significa <i>occidente</i>.</p>
-
-<p>Como quiera que sea, parece probado y archiprobado que estos iberos del
-Cáucaso eran lo que se llama arios, y que desde allí, salvando los
-desfiladeros de dichas montañas, buscaron y siguieron uno de los más
-importantes y trillados caminos, por donde la gente aria se fué
-extendiendo por Europa. Todas las tradiciones convienen en esto, y aun
-los nombres de lugares, que fueron poniendo al pasar, lo confirman. Y
-está asimismo demostrado que de la propia manera que desde el Sur del
-Cáucaso invadían la Europa los arios-iberos, pasando al Norte, también,
-en no pocas ocasiones, los iberos y demás pueblos del Sur del Cáucaso
-sufrían la invasión de los hijos de aquéllos que en otro tiempo se
-apartaron de su lado y emigraron á regiones más boreales.</p>
-
-<p>Ya, desde muy antiguo, cuentan las citadas crónicas de Georgia no pocas
-invasiones en el Sur del Cáucaso, de las gentes que habitaban al Norte
-de dichas montañas y que formaban un reino llamado de los cuzares ó
-kazares, el cual se extendía hasta más allá del Boristenes y del Tiras.
-Parece<span class="pagenum"><a name="page_334" id="page_334"></a>{334}</span> además, probado que el rey de los dichos cuzares llegó, dos mil
-años antes de Cristo, á dominar toda la extensión de tierras que va
-hasta el Ister, y que al Sur del Cáucaso hizo también tributarios á
-todos los pueblos caucasianos, que se llamaban entonces togormíes, á
-causa del patriarca Togorma, de quien se jactaban de descender, ó
-kartlosíes, á causa del gigante Kartlós, hijo de Togorma, que había sido
-su primer rey.</p>
-
-<p>Tributarios dicen que permanecieron largo tiempo los kartlosíes del rey
-de los kazares, á quienes los autores clásicos llaman <i>sauromatas</i> ó
-<i>sármatas</i>, y cuya capital era Guerrhus, cerca de donde está hoy la
-ciudad rusa de Kief, á orillas del Boristenes; pero una gran revolución
-que hubo en el Irán vino, si no á libertarlos, á hacer que cambiasen y
-mejorasen de dueño.</p>
-
-<p>La gloriosa dinastía de Djenschid y su imperio más glorioso habían sido
-destruídos por un tirano, descendiente de Chus y de Nembrot, á quien
-llaman Zohac, ó sea Dragón, y á quien también llaman Peiverasp, porque
-poseía diez mil caballos árabes; pero pronto suscitó la Providencia á un
-héroe, por nombre Feridún, cuyas hazañas ha cantado en lindos versos el
-poeta Firdusi, el cual Feridún, á quien también apellidan Tetraono,
-libertó á los iranios del yugo de Zohac, y encadenó á este déspota
-diabólico en la cumbre del Cáucaso ó del<span class="pagenum"><a name="page_335" id="page_335"></a>{335}</span> Demavend, donde unas
-serpientes que le brotaron en las espaldas, y que mientras era tirano no
-le hacían mal porque las alimentaba con sesos de niños, privadas ya de
-tan costoso alimento, se le comían á él de contínuo.</p>
-
-<p>Prescindiendo de esto, que sin duda debe de ser una fábula, la cual
-tendrá su sentido moral, es lo cierto que, restablecido por Feridún el
-imperio de los iranios, éste se extendió sobre los pueblos del Cáucaso,
-los cuales recibieron entonces la cultura, la religión y los libros de
-Zoroastro.</p>
-
-<p>Más tarde, según he podido averiguar á fuerza de prolijos estudios,
-habiendo crecido mucho la población de la Iberia oriental, civilizada
-entonces con la civilización irania, enviaron los iberos nuevas colonias
-á España, donde ya habían enviado otras; y estas nuevas colonias
-llevaron allí los libros zoroástricos y todas sus teologías y
-filosofías. De aquí el gran saber de los turdetanos y tartesios, y más
-tarde la ciencia y la virtud de Argantonio, rey de Tarteso y de Cádiz,
-de cuyo feliz reinado tengo preparada una historia mil veces más
-interesante que ésta que ahora escribo. En ella se verá cuán atinada es
-la conjetura del Padre Fidel Fita, de que Argantonio era un <i>athravan</i>
-zoroástrico que reinó en España durante el eclipse de Tiro, aplastada
-por Nabucodonosor, y de que el código turdetano, que Estrabón menciona,
-era el mismísimo Avesta.<span class="pagenum"><a name="page_336" id="page_336"></a>{336}</span></p>
-
-<p>Contrayéndonos ahora á los tiempos y negocios del rey Astibaras, diré
-cuál fué el pavoroso acontecimiento que le detuvo en medio de sus
-triunfos sobre los hijos de Asur.</p>
-
-<p>Los escitas, que se distinguen con el calificativo de sauromatas ó
-sármatas, estaban muy pujantes bajo el cetro del rey Madías. Hombres y
-mujeres iban siempre á caballo y peleaban con igual valor, armados de
-flechas con puntas de hueso envenenadas y con yelmos y escudos de piel
-de toro, de donde el primer fundamento de cuanto se refiere de las
-amazonas. Este pueblo belicoso de los sármatas, después de haber vencido
-á los cimerios y á los tauros, que habitaban entonces la Crimea,
-penetraron en Iberia por los desfiladeros del Cáucaso, lo arrollaron
-todo, y cayeron sobre Media como nube de langostas destructoras y
-terribles.</p>
-
-<p>Astibaras acababa de derrotar á los asirios, y ya había puesto cerco á
-Nínive, pero tuvo que levantar el cerco y acudir á la defensa de su
-patria. Dió á los invasores una gran batalla, y fué vencido.</p>
-
-<p>Los escitas vencedores se derramaron entonces cual torrente devastador,
-no sólo por el Imperio medo, sino también por la Frigia, la Lidia y la
-Cilicia, salvando la cordillera del Tauro, y llegando hasta las
-fronteras de los reinos de Jerusalem y Samaria.</p>
-
-<p>El profeta Jeremías alude sin duda á estos bárbaros<span class="pagenum"><a name="page_337" id="page_337"></a>{337}</span> del Norte, y no á
-los persas cuando habla de aquellos guerreros que envía el Señor para
-destruir á Babilonia. «Viene, dice, contra ella una nación del Norte,
-que pondrá su tierra en soledad, y no habrá quien la habite». Claro está
-que Jeremías no había de estar tan poco versado en Geografía, que había
-de llamar á los persas nación del Norte, cuando con relación á los
-babilonios pueden llamarse nación del Sur, y mejor aún del Oriente. Y en
-otra parte añade Jeremías: «He aquí que viene un pueblo del Norte, y una
-nación grande, y muchos reyes se levantarán de los términos de la
-tierra». Con lo cual parece indicar que estos invasores vienen de muy
-remoto país, y no de la Persia y de la Susiana, cuyas tierras baña el
-Tigris, lo mismo que las de Babilonia. Jeremías alude, pues, en esta
-ocasión á los escitas. Todo lo que de ellos dice conviene á los bárbaros
-del Norte, y no á los persas. «Crueles son, exclama, crueles y sin
-misericordia; y la voz de ellos sonará como el mar»; como si se tratase
-de lengua peregrina é ignorada, que resonase á modo de bramido.</p>
-
-<p>En suma, y aluda Jeremías á quien se le antoje, lo cierto es que estos
-escitas-sármatas, si bien devastaron otras muchas comarcas, se fijaron
-en Media principalmente; y así, tal vez sin concierto previo, fueron
-auxiliares poderosos de los asirios. Astibaras, en lucha constante y
-heroica contra ellos,<span class="pagenum"><a name="page_338" id="page_338"></a>{338}</span> tratando de arrojarlos de sus Estados, durante
-más de veinte años dejó reposar á Nínive y á sus reyes.</p>
-
-<h3>III.</h3>
-
-<p>Entre el estruendo y el horror de las armas, en medio del tumulto de
-esta larga guerra de independencia, se había criado y había crecido
-nuestro héroe Estrianges.</p>
-
-<p>Á la edad de diez y siete años, cuando apenas le apuntaba el bozo, había
-ido á pelear al lado de su padre, á quien había visto morir, atravesado
-el corazón por una enherbolada flecha enemiga.</p>
-
-<p>Estrianges, que era hijo único, heredó los bienes y Estados que su padre
-poseía, y entre ellos un castillo ó fortaleza, á pocas parasanjas de
-Raga, en lo más áspero de los montes al sur del Caspio, yendo de Raga
-hacia el Oriente. Desde allí, como el águila desde su nido, había estado
-en acecho cuando los escitas podían mucho aún, y había caído sobre ellos
-en frecuentes expediciones, vengando la muerte de su padre y auxiliando
-poderosamente á Astibaras en la empresa de libertar á su pueblo.</p>
-
-<p>Cuando ya los escitas fueron pereciendo, ó sometiéndose, ó huyendo de
-Media, Estrianges entretenía sus ocios cazando tigres y otras fieras
-alimañas, de las muchas que se crían en aquellos<span class="pagenum"><a name="page_339" id="page_339"></a>{339}</span> montes, cuyas
-ramificaciones abarcan el Sur de la silvestre Hircania y la separan de
-la Partiena.</p>
-
-<p>Ya de edad de veinticuatro años, acudió Estrianges á la corte de
-Ecbatana, á donde llegó precedido de la fama de sus altos hechos, como
-guerrero y como cazador. Y no era esta fama vaga é indefinida, sino que
-se fundaba en datos aritméticos de la más severa exactitud. Sabíase á
-punto fijo el número de batallas, encuentros y escaramuzas en que se
-había hallado; cuántos escitas había muerto con su propia diestra, y
-cuántos tigres, panteras, leones y jabalíes habían perecido entre sus
-manos.</p>
-
-<p>Además de esto, y de ser Estrianges el más acaudalado y rico del reino,
-y muy discreto é instruído para lo que entonces se sabía, gozaba de
-ciertas cualidades de que no podemos dar idea clara sin gastar mucha
-prosa ó sin apelar á un concepto anacrónico. Puesto en su tanto el modo
-de ser de tiempo y de lugar, Estrianges era el <i>dandy</i> ó el <i>gomoso</i> más
-perfecto de Media; era el espejo en que se miraban todos los elegantes
-sus contemporáneos.</p>
-
-<p>Resultó de aquí la cosa más natural del mundo. La hija mayor del rey,
-que era lindísima, recatada é inteligente, que bailaba y cantaba bien, y
-tenía otras mil habilidades, se enamoró de Estrianges del modo más
-resuelto. Esta princesa llevaba un nombre sonoro y significativo de sus
-prendas de<span class="pagenum"><a name="page_340" id="page_340"></a>{340}</span> carácter. Se llamaba Darvasastu, que en lengua pérsica es,
-como si dijéramos, <i>que ella sea fuerte</i>. Darvasastu lo fué en amor como
-en todo.</p>
-
-<p>El rey Astibaras, lejos de hallar disparatado este amor, halló que se
-ajustaba bien con su política. Por medio de un enlace lograría que
-entrara en su casa y familia el más rico y brioso de sus grandes
-vasallos, corroborando su dinastía y ligando á sus intereses todo el
-poder y los medios de que gozaba aquel arizante ilustre.</p>
-
-<p>Fácil fué darle á entender la inclinación que tenía por él la princesa,
-lo cual no pudo menos de lisonjearle en grado sumo. Si bien no compartió
-aquel amor fervoroso supo agradecerle. Darvasastu valía un tesoro, y
-Estrianges, lleno de amistad y de reconocimiento, quizás él mismo
-confundió tales afectos con los de amor vivo, y decidió casarse con la
-princesa, sin creer que hiciese con esto el menor sacrificio. Casóse,
-pues, según los ritos y ceremonias de la religión de Zoroastro, que si
-bien algo impurificada por la religión de los asirios, era en aquella
-edad la religión oficial del reino de Media. De esta suerte vino á ser
-Estrianges yerno del Rey Astibaras.</p>
-
-<p>Con el trato y la convivencia, ambos consortes, que eran finos y
-prudentes, fueron amándose más cada día y viviendo en santa paz
-matrimonial, aunque por parte de ella con grande amor, y por<span class="pagenum"><a name="page_341" id="page_341"></a>{341}</span> parte de
-él con tibieza; tibieza, no obstante, oculta entre mil cuidadosos
-extremos y atenciones, pues no en balde era él la flor de la cortesía.</p>
-
-<p>Tan rara concordia duró años; fué una desmesurada luna de miel.
-Contribuyó á esto que Estrianges, á pesar de que no amaba con fervor á
-su mujer, era tan descontentadizo y tan crítico, que tampoco hallaba á
-otra alguna, ni dentro de los dominios de su suegro ni fuera, en cuanto
-él había explorado en sus peregrinaciones, que fuese más digna de su
-amor.</p>
-
-<p>De aquí que, allá en el fondo de su alma, él se dijese algo parecido á
-nuestro refrán castellano: <i>á falta de pan, buenas son tortas</i>; y como
-todo es relativo en este mundo, él, de un modo relativo, amó á su mujer
-por cima de todas las otras mujeres conocidas y reales.</p>
-
-<p>La situación de su ánimo, no confesada á nadie sino á sí propio,
-atormentaba su corazón, á pesar de cuanto va dicho. No era él hombre que
-se contentase y aquietase con lo relativo: ansiaba lo absoluto y lo
-perfecto.</p>
-
-<p>Con frecuencia tenía este ó semejante coloquio consigo mismo:</p>
-
-<p>&mdash;Yo consagro á mi mujer todo el amor que pudiera dar á otras mujeres;
-yo soy un dechado de fidelidad; pero descubro en lo más hondo de mi
-pecho un manantial abundante de cariño, el<span class="pagenum"><a name="page_342" id="page_342"></a>{342}</span> cual ella no conoce y del
-cual ni ella ni nadie bebe. ¿De qué me vale este manantial? ¿Para qué
-esta riqueza de que nadie goza? Esta escondida virtud ¿no llegará jamás
-á manifestarse?</p>
-
-<p>Así discurría Estrianges; pero como sus discursos en este particular
-eran recónditos, pasaba en la corte, con gran satisfacción de Astibaras,
-y pasaba también en la dilatada extensión del reino, por el fénix de los
-maridos. Por modelo le presentaban á los suyos todas las mujeres
-casadas, y todos los padres de hijas casaderas anhelaban un yerno que se
-le asemejase.</p>
-
-<p>En su casa sólo parecía que faltaba un requisito para la completa
-felicidad; requisito que, no ya en apariencia, sino realmente, hubiera
-estrechado su lazo de amor legítimo. Su matrimonio había sido estéril.
-Cinco años hacía que se había casado, y no había tenido sucesión.
-Estrianges tenía entonces treinta años, y veinticuatro la princesa.</p>
-
-<p>Los hombres, cuando no hallan pábulo bastante al fuego interior, á la
-actividad que los devora; cuando no tienen objeto real á quien consagrar
-sus facultades, suelen buscar algún objeto fantástico ó sofístico.
-Estrianges no era todo lo feliz que él ansiaba ser. Sentía sed, apetito
-de algo confuso, que no acertaba á explicarse ni sabía dónde encontrar.
-Su mujer, sus amigos, las demás mujeres, su gloria, su posición, la
-hermosura del universo,<span class="pagenum"><a name="page_343" id="page_343"></a>{343}</span> las estrellas que pueblan el éter, el esquivo y
-grato terror de las selvas, los matices y aromas de las plantas y de las
-flores, todo deleitaba su ánimo; pero su ánimo no se pagaba de nada por
-entero. Entonces llegó á imaginar Estrianges si todo sería como
-misterio, cifra ó emblema, cuyo significado podría descubrirse por medio
-de alguna clave que explicase el enigma. De aquí que, paso á paso, sin
-revelar nada á nadie, porque era muy reservado, se fué Estrianges
-dedicando á la magia.</p>
-
-<p>Él amaba y buscaba la luz, y pensó, por consiguiente, en la magia
-blanca, y no en la negra; pero, según hemos indicado ya, la pura
-religión de la luz increada se había contaminado y falseado bastante en
-Media en aquellos tiempos, mezclándose con extrañas supersticiones y
-creencias venidas de otros países, y singularmente de Babilonia.</p>
-
-<h3>IV.</h3>
-
-<p>Estrianges se afanaba por revestir de forma sensible algo que fuese
-núcleo de luz increada y perfecta concreción de su idea: algo donde
-pudiera consumir la llama de amor que devoraba su alma.</p>
-
-<p>Consultó á los <i>athravanes</i> y magos, y se dió á entender, en vista de la
-consulta, que así como en todo el universo no había ser que no tuviese
-su idea en la mente, así tampoco había idea en mente<span class="pagenum"><a name="page_344" id="page_344"></a>{344}</span> alguna, por vaga y
-confusa que la idea fuese, que no tuviera su objeto real en el mundo. De
-aquí deducía Estrianges que la idea por la que estaba atormentado no era
-idea vana, sino idea que tenía objeto, y que era menester buscarle para
-que se aquietase en él su voluntad.</p>
-
-<p>Esto, sin embargo, ofrecía no pocos inconvenientes. La empresa era
-difícil. Podían además darse circunstancias que la hiciesen imposible.</p>
-
-<p>&mdash;En el seno de Zervana-Akerena, pensaba nuestro héroe, en el seno del
-tiempo sin límites, está todo: está el dios del bien, Aura-Mazda; está
-el dios del mal, Arimanes; y están las criaturas de ambos dioses
-enemigos; pero ahora, en el momento en que vivo yo, ¿vive ó no vive
-también el ser que me enamora? Sin duda vive. Pero ¿vive con forma y en
-condiciones que me le hagan asequible? ¿No puede haber pasado ya por
-esta tierra que habitamos y estar aguardando en el reino de las sombras
-el día de la resurrección de los cuerpos? ¿No puede ser que aun no haya
-venido á esta mansión terrena, y exista sólo su <i>feruer</i>, esto es, su
-esencia celestial y divina? ¿Qué esperanza me resta, si el objeto de mi
-amor es <i>feruer</i> ó espíritu desprendido ya del cuerpo? También es dable
-que el objeto de mi amor, en vez de ser criatura de Aura-Mazda, sea
-criatura de Arimanes; provenga de las tinieblas, y no de la luz.<span class="pagenum"><a name="page_345" id="page_345"></a>{345}</span></p>
-
-<p>Estrianges trataba de desechar de sí este pensamiento, que le convertía
-en amador de un ser diabólico; pero el pensamiento persistía. Arimanes,
-allá en lo hondo de su tenebroso imperio, había acertado á crear seres
-hermosísimos, que parecían hijos de la luz. Entre ellos se contaban las
-<i>pairikas</i> ó <i>peris</i>. Estrianges llegó á sospechar si andaría él
-enamorado de una <i>pairika</i>.</p>
-
-<p>De todos modos, en lo que él estaba firme era en revestir al objeto de
-su amor, ya viniese de la luz, ya de las tinieblas, de un cuerpo
-imaginario de mujer hermosa. Pero ¿dónde y cómo hallar la realidad de
-este ser?</p>
-
-<p>Mil métodos adoptó y ensayó para hallarle. Al cabo hubo de dar un gran
-paso en este camino, si bien este paso le trajo á más angustiosa
-situación de espíritu de aquella en que antes se hallaba.</p>
-
-<p>Á nada dió jamás tanto crédito nuestro héroe como á la existencia de un
-flúido misterioso y sutilísimo, el cual es elemento ó ambiente en que se
-bañan, viven y respiran los espíritus; por manera que este flúido apenas
-es materia, pero de él nacen las esferillas sutiles que, apretándose y
-aglomerándose, de difusas que eran, vienen á formar los soles y los
-demás astros y cuantos seres en ellos moran y viven; flúido, por otra
-parte, cuya infinita virtualidad, potencia y brío los espíritus selectos
-logran á veces reunir, desechando la extensión, la pesadez,<span class="pagenum"><a name="page_346" id="page_346"></a>{346}</span> la masa, la
-inercia y otras cualidades que son esencia de los cuerpos, y guardando
-sólo la energía, que es el principio espiritual, invisible é impalpable
-de la vida y de la inteligencia.</p>
-
-<p>Lisonjeándose Estrianges de haber adquirido cierto dominio sobre este
-flúido, se creyó apto para desprender su espíritu, dejando al cuerpo en
-letargo, y sin desatarse del cuerpo, y unido á él como por un hilo de
-dicho flúido, volar por donde quiera con tal rapidez, que equivaliese á
-ser ubicuo.</p>
-
-<p>Para lograr esto, no vaciló en apelar á medios reprobados por Zoroastro,
-fundador de su religión: bebió del mágico licor llamado Soma ú Homa, que
-era considerado como el dios de la inspiración, y se untó las plantas de
-los pies y de las manos, el pecho y la nuca, con linimentos que le
-suministraron los hechiceros caldeos, los cuales tenían entonces
-convento ó congregación en Ecbatana.</p>
-
-<p>Cualquiera que fuese la causa, lo cierto es que Estrianges empezó á
-tener muy singulares visiones. Su alma, como si le nacieran alas para
-volar y fuerzas para romper la cárcel del cuerpo, le abandonaba dormido,
-y vagaba con velocidad por mil regiones, buscando siempre el escondido
-objeto de su idea confusa.</p>
-
-<p>Una vez se halló Estrianges en medio de vastísima llanura, donde apenas
-había árboles, sino larga y verde hierba. No reparó en otros accidentes<span class="pagenum"><a name="page_347" id="page_347"></a>{347}</span>
-del paisaje, porque pronto se halló en un pequeño recinto, cuyas paredes
-le pareció que flotaban como si fuesen de tela. Sobre enorme piel de
-oso, extendida en el suelo, había una limpia cama, con cubierta de
-púrpura. En la cama yacía durmiendo una tan bella mujer, que la
-imaginación jamás la había fingido tan bella, ni con mucha distancia. Su
-cuerpo, casi desnudo, era mórbido y gracioso, y modelado con suaves
-curvas, aunque lleno de vigor; su tez, sonrosada y blanca; su frente,
-despejada y serena; carmín sus labios; sus mejillas, como claveles, y su
-luenga cabellera, tan abundante, tan rubia y tan gentilmente rizada en
-ondas, que parecía envolver en parte á su dueño con manto de luz y de
-oro.</p>
-
-<p>Extático la contempló Estrianges durante algún tiempo, cuya exacta
-duración no pudo medir. Tampoco acertó á explicarse si su presencia
-allí, meramente espiritual, ejercía algún influjo en la mujer dormida.
-Notó, no obstante, que la mujer despertaba de pronto, abría los ojos y
-miraba con cariño hacia el punto en que estaba él. Entonces creyó
-advertir asimismo que los ojos de ella eran azules y llenos de luz, como
-el cielo en el mediodía, y que en su gesto, en su actitud y en su mirada
-se revelaban la inteligencia y todo el brío de un noble carácter.</p>
-
-<p>Por un momento pensó Estrianges que aquella<span class="pagenum"><a name="page_348" id="page_348"></a>{348}</span> mujer no era más que su
-propia idea, que se proyectaba fuera de sí, saliendo de las nieblas
-confusas del cerebro y tomando forma distinta; pero esta reflexión (como
-la del que duda si estará despierto ó soñando, que sólo con dudar parece
-que afirma que está despierto) le corroboró más en la creencia de la
-realidad exterior y material del ser que contemplaba. Y esta creencia,
-por último, hubo de convertirse para Estrianges en certidumbre cuando
-entendió que otro sentido, además del de la vista, daba testimonio en su
-alma de la existencia de aquella mujer. Estrianges la oyó decir con
-acento peregrino y en idioma que comprendía, por más que no acertaba á
-deslindar cuál fuese:&mdash;¿Quién viene á interrumpir mi sueño? ¿Quién me
-perturba?&mdash;Luego con voz entera, aunque se tradujesen en ella la
-inquietud y el enojo, exclamó la mujer:&mdash;<i>¡Hilka, hilka, bescha,
-bescha!</i>&mdash;conjuro mágico, exorcismo asirio, que se ha conservado en uso
-hasta nuestros días entre quienes cultivan y ejercen las ciencias y
-artes ocultas, y que significa:&mdash;<i>¡Véte, véte, malo, malo!</i> La fuerza de
-este conjuro se tiene por irresistible cuando se pronuncia acompañado de
-los signos que el ritual exige. Así es que el espíritu de Estrianges se
-conmovió y se replegó apenas le hubo oído. La visión se apartó de su
-vista, ó más bien, él se apartó de la visión. Estrianges se halló
-despierto, en su lecho y<span class="pagenum"><a name="page_349" id="page_349"></a>{349}</span> en su propia alcoba, al lado de la princesa
-Darvasastu, su legítima consorte.</p>
-
-<p>Mil veces intentó después volver á ver á la mujer misteriosa. Mil veces
-excitó y lanzó á su espíritu en busca de ella. Todo fué en balde. Tan
-potente era, sin duda, la virtud del exorcismo asirio.</p>
-
-<p>Estrianges acudió de nuevo inútilmente á los bebedizos mágicos y á los
-impuros linimentos: se hizo iniciar en los misterios de Mitra, á fin de
-adquirir recursos más poderosos para ver lo escondido y ser zahorí del
-tesoro que cada día codiciaba más su alma; pero la mujer se sustraía á
-sus sobrenaturales pesquisas. Por tales medios no volvió á verla
-nunca.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_350" id="page_350"></a>{350}</span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_351" id="page_351"></a>{351}</span>&nbsp; </p>
-
-<h2><a name="INDICE" id="INDICE"></a>ÍNDICE</h2>
-<table border="0" cellpadding="0" cellspacing="0" summary="">
-
-<tr><td>&nbsp;</td><td class="rt"><small><i>Páginas.</i></small></td></tr>
-<tr><td><a href="#LIBRO_PRIMERO">DAFNIS Y CLOE</a></td><td>&nbsp;</td></tr>
-<tr><td colspan="2">&nbsp;</td></tr>
-<tr><td>&nbsp; &nbsp; <a href="#INTRODUCCION">Introducción</a></td><td class="rt"><a href="#page_005">5</a></td></tr>
-
-<tr><td>&nbsp; &nbsp; <a href="#LIBRO_PRIMERO">Libro primero</a></td><td class="rt"><a href="#page_035">35</a></td></tr>
-
-<tr><td>&nbsp; &nbsp; <a href="#LIBRO_SEGUNDO">Libro segundo</a></td><td class="rt"><a href="#page_061">61</a></td></tr>
-
-<tr><td>&nbsp; &nbsp; <a href="#LIBRO_TERCERO">Libro tercero</a></td><td class="rt"><a href="#page_089">89</a></td></tr>
-
-<tr><td>&nbsp; &nbsp; <a href="#LIBRO_CUARTO">Libro cuarto</a></td><td class="rt"><a href="#page_117">117</a></td></tr>
-
-<tr><td>&nbsp; &nbsp; <a href="#NOTAS">Notas</a></td><td class="rt"><a href="#page_148">148</a></td></tr>
-<tr><td colspan="2" class="c">&mdash;&mdash;&mdash;&mdash;</td></tr>
-
-<tr><td><a href="#LEYENDAS_DEL_ANTIGUO_ORIENTE">LEYENDAS DEL ANTIGUO ORIENTE</a></td><td class="rt"><a href="#page_183">183</a></td></tr>
-<tr><td colspan="2">&nbsp;</td></tr>
-<tr><td>&nbsp; &nbsp; <a href="#LULU_PRINCESA_DE_ZABULISTAN">Lulú, Princesa de Zabulistán</a></td><td class="rt"><a href="#page_219">219</a></td></tr>
-
-<tr><td>&nbsp; &nbsp; <a href="#ZARINA">Zarina</a></td><td class="rt"><a href="#page_321">321</a></td></tr>
-</table>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_352" id="page_352"></a>{352}</span>&nbsp; </p>
-
-<p class="c">
-<span class="smcap">Acabóse de imprimir este libro<br />
-en la Imprenta Alemana<br />
-en Madrid á XXXI días<br />
-de Julio de<br />
-MCMVII años</span><br />
-</p>
-
-<div class="figcenter">
-<img src="images/ill_pg_352.png" width="50" alt="" title="" />
-</div>
-
-<hr class="full" />
-
-
-
-
-
-
-
-<pre>
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of Dafnis y Cloe, leyendas del antiguo
-Oriente, by Juan Valera
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK DAFNIS Y CLOE ***
-
-***** This file should be named 53330-h.htm or 53330-h.zip *****
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