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-The Project Gutenberg eBook, Tierras Solares, by Rubén Darío, Illustrated
-by Enrique Ochoa
-
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
-other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
-the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you'll have
-to check the laws of the country where you are located before using this ebook.
-
-
-
-
-Title: Tierras Solares
- Volumen III de las obras completas
-
-
-Author: Rubén Darío
-
-
-
-Release Date: August 20, 2016 [eBook #52857]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-
-***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK TIERRAS SOLARES***
-
-
-E-text prepared by Josep Cols Canals, Carlos Colón, and the Online
-Distributed Proofreading Team (http://www.pgdp.net) from page images
-generously made available by Internet Archive/Canadian Libraries
-(https://archive.org/details/toronto)
-
-
-
-Note: Project Gutenberg also has an HTML version of this
- file which includes the original illuminations.
- See 52857-h.htm or 52857-h.zip:
- (http://www.gutenberg.org/files/52857/52857-h/52857-h.htm)
- or
- (http://www.gutenberg.org/files/52857/52857-h.zip)
-
-
- Images of the original pages are available through
- Internet Archive/Canadian Libraries. See
- https://archive.org/details/obrascompletaspr03daruoft
-
-
-Nota del Transcriptor:
-
- Letras itálicas son denotadas con _líneas_.
-
- Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las
- minúsculas) han sido sustituidas por letras mayúsculas
- de tamaño normal.
-
-
-
-
-
- TIERRAS
- SOLARES
-
- POR
-
- RUBÉN DARIO
-
- ILUSTRACIONES
- DE
- ENRIQUE OCHOA
-
-
-
- Volumen III de las obras completas.
- Administración: Editorial
- MUNDO LATINO
-
- MADRID
-
-
-
-
- ES PROPIEDAD
-
-
-
-
- A
-
- FELIPE LÓPEZ
-
- MUY CORDIALMENTE
-
- _R. D._
-
-
-
-
-[Ilustración: BARCELONA]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-DESPUÉS de algunos años vuelvo a Barcelona, tierra buena. En otra
-ocasión os he dicho mis impresiones de este país grato y amable, en
-donde la laboriosidad es virtud común y el orgullo innato y el sustento
-de las tradiciones defensa contra debilitamientos y decadencias. Salí
-de París el día de la primera nevada, que anunciaba la crudez del
-próximo invierno. Salí en busca de sol y salud, y aquí, desde que he
-llegado, he visto la luz alegre y sana del sol español, un cielo sin
-las tristezas parisienses; y una vez más me he asombrado de cómo
-Jean Moreas encuentra en París el mismo cielo de Grecia, el cual tan
-solamente da todo su gozo en las tierras solares. Bien es cierto que el
-poeta se refiere más al ambiente que a la luz, más al respirar que al
-mirar. Pero la bondad de este cielo entra principalmente por los ojos y
-los poros, abiertos al cálido cariño del inmenso y maravilloso diamante
-de vida que nos hace la merced de existir.
-
-Cuando os escribí de España fué a raíz de la guerra funesta. Acababa
-de pasar la tempestad. Estaba dolorosa y abatida la raza, agonizaba
-el país. Y os hablé, sin embargo, de la mina de energía, del vasto
-yacimiento de fuerza que hallé en esta provincia de Cataluña, gracias
-al carácter de los habitantes, de antaño famosos por empresas arduas
-y bien realizadas; y admiré la riqueza y el movimiento productor
-de esta Barcelona modernísima, hermana en trabajo de la potente
-Bilbao, afortunadas hormigas ambas que no han mirado nunca con buen
-mirar a la cortesana cigarra de Castilla. España estaba, por opinión
-general, condenada a la perpetua ruina, a la irremediable muerte.
-No se veía venir por ninguna parte el caballero esperado, a quien
-buscaba en la lejanía del camino la mirada ansiosa de la hermana Ana.
-Hubo el aparecimiento de los profetas del mal y la irrupción de los
-improvisados salvadores. Todo el mundo era hábil para indicar una
-senda propicia; todo el mundo se creía llamado a poner nueva sangre
-en el cuerpo agotado. Se dijera un consejo de políticas. Todas las
-políticas y todos los politiquistas sabían un secreto con el cual se
-iba a hinchar con músculos nuevos el pellejo del maltrecho León. En el
-mundo del pensamiento se veían apenas unas cuantas esperanzas entre
-el coro de eminencias amojamadas. Apenas los pocos violentos, los
-revolucionarios, los iconoclastas, hacían lo posible por encender una
-hoguera nueva. Y olía demasiado a podrido en Dinamarca.
-
-Hoy, al pasar, mi impresión es otra. Desde hace algún tiempo se ha
-notado un estremecimiento de vida en la península. Cierto que las
-políticas y los politiquistas continúan con sus ruidos inútiles y sus
-discursos verbosos; cierto que ni los del carlismo renuncian a su
-vago soñar, ni los de la república pierden momento para proclamar
-que ellos son los dueños del porvenir y de la grandeza nacional,
-entre escándalos y rivalidades poco provechosas al verdadero ideal
-perseguido; cierto que el clericalismo inquisitorial, por un lado,
-y el militarismo montjuichesco, por otro, no han cambiado un ápice
-desde los tiempos terribles en que cayó, rojamente, el pobre y grande
-conservador D. Antonio Cánovas; cierto que nadie sucede al pobre y
-grande liberal Emilio Castelar; cierto que cierta prensa en que los
-antiguos baturrillos, tiquismiquis, o dimes y diretes continúan en
-una tradicional ignorancia de cultura, aún persiste; cierto que el
-hambre del pueblo no mengua; cierto que la pereza general y la inquina
-porque sí, del uno contra el otro, se sigue manifestando; cierto que
-sigue oliendo a podrido en Dinamarca. Pero, fijáos bien: una fragancia
-de juventud en flor llega hasta nosotros. Voces individuales, pero
-poderosas y firmes, dicen palabras de bien y de verdad que el país
-comienza a escuchar. Hay un rumor. ¿Es una resurrección? No, es un
-despertamiento. Se renace. Se vuelve a vivir en un deseo de acción,
-que demuestra y anuncia una próxima era de victorias. No tenían razón
-los desconsolados, los que juzgaron el daño irremediable. He ahí los
-buenos pensadores de la nueva España que piensa; he ahí los buenos
-profesores de trabajo; los bravos catedráticos de actos, que enseñan a
-las generaciones flamantes la manera de conseguir el logro, de sembrar
-para recoger. Los superficiales del pedantismo desaparecieron; los
-superficiales del odio inmotivado, de la improductiva palabra, de
-las envidias absurdas, esos no existen más que en sí mismos. Existe,
-empero, una juventud que ha encontrado su verbo. Existen los nuevos
-apóstoles que dicen la doctrina saludable de la regeneración, del gozo
-de la existencia; los buenos escritores de desinterés y de ímpetu;
-los nuevos poetas que hablan armoniosamente, con sencillez o con
-complicación, según sus almas, lo que sienten, lo que juzgan que deben
-decir, en amor y sinceridad, con desdén del lodo verbal, de la vulgar
-hazaña, del reir injusto. Y eso en toda España, desde entre los vascos
-y catalanes activos, hasta entre los vibrantes andaluces y entre los
-habitantes de la gárrula corte. La salud será, pues, luego, total.
-
-Mas Barcelona me detiene, con su carácter tan propio, y sin embargo,
-desde antes tan universalizada más que europeizada. Sus ramblas
-floridas hierven de almas, con su paseo de Gracia; las fábricas vecinas
-han adquirido mayor empuje. Llegan numerosos los barcos a traer el
-material de las industrias y salen cargados de la exportación pingüe
-que aumenta la existente riqueza. Se alzan palacios flamantes. La
-electricidad ayuda al progreso por todos puntos. La urbe se ensancha
-y la población crece. Tan solamente turban la paz activa de producir
-las agitaciones que de tanto en tanto siguen manifestándose y tomando
-incremento en el elemento obrero. Hay un huevo que empolla desde
-hace años la revolución latente, pero de ese huevo no saldrá ni con
-mucho la soñada gallina gorda de los socialistas; antes bien, el ave
-roja de la anarquía. El obrero aquí no se deja embaucar y va viendo
-por sí solo. Los cabecillas pueden de un momento a otro perder su
-cabeza. El trabajador aquí se impone, y su imposición se nota. No se
-ve un solo establecimiento público que esté vedado a la blusa, y la
-blusa hace ostentación de su presencia en todas partes. La cultura
-general es también mayor, como ya otra vez lo he hecho notar, que en
-otras provincias. El ambiente barcelonés es el de un pequeño París.
-Sus artistas y escritores, genuinamente catalanes, están en contacto
-con todo el mundo. Esta tierra de hombres de labor material, vasto
-nido de menestrales, es también sustentadora de fuertes cerebros, de
-aladas almas, de finas y sutiles imaginaciones. En el siglo XIX surge
-el marqués de Campo; lo cual no obsta para que nazca después Santiago
-Rusiñol. Rusiñol, espíritu encantador, pintor de soñaciones, maestro
-de melancolías, y el cual en todas sus obras pone algo de la tristeza
-que ha aprendido en las partes dolorosas y misteriosas de la vida. Le
-conocí en París, después de ser muy amigos desde lejos. Es la primera
-vez en que la persona no me causó decepción por el artista. Personal
-e intelectualmente es el mismo. Gracias a Dios que no me ha quitado
-aún--¡ni me lo quite nunca!--el don de admirar. Admirar de veras, con
-mente sincera, con el corazón o con la cabeza, o con ambas cosas. Me
-habló entonces Rusiñol de su drama _L'Heroe_ y de la resonancia del
-estreno, pues en la pieza hay dura enseñanza popular dicha, si con
-manera de noble artista, con claridad que pone a la vista de todos una
-amarga lección de los injustos horrores de la guerra. Los del gobierno,
-los del poder y los entorchados, protestaron e iban a provocar grueso
-escándalo; las representaciones cesaron por orden de la autoridad, y
-el artista dramaturgo tuvo que salir para Francia. Ahora veo en los
-carteles anunciada una obra nueva, que por su título juzgo causará, si
-cabe, mayores protestas. Se llama _El Mistich_. El soñador hace así
-su ofrenda de bien a los oprimidos, ayuda a los de abajo. Como debe
-hacerlo: desde arriba.
-
-Otros poetas traducen a los clásicos, y a los modernísimos extranjeros.
-Hay un «teatro latino» que equivale a l'Oeuvre, o al Libre de París. Se
-publican excelentes revistas de ideas y de arte, y libros de ingenios y
-talentos bregadores presentados en formas artísticamente llamativas y
-de bella tipografía. Todo ésto en catalán. Pues son raros los que, como
-el noble poeta Marquina, prefieren vestir de castellano sus ideas.
-
-La juventud--¡brava «joventut»!--cultiva su campo, siembra su
-semilla. Alza, construye su torre en el limitado cerco en que se oye
-su lengua: pero desde lo alto de su torre, ve todos los horizontes.
-Fecundo núcleo de vivaz civilización, la vieja Barcino, la generosa
-y gallarda Barcelona de ahora, se afianza en su seguro valor y alza
-la cabeza orgullosa coronada de muros, entre la montaña y el mar, que
-vió partir en otros siglos los barcos de sus conquistadores. ¿Existe
-el catalanismo? ¿Existe el odio que se ha dicho contra el resto de
-España? Yo no lo creo ni lo noto ahora. Existe el catalanismo, si
-por catalanismo se entiende el deseo de usufructuar el haber propio,
-la separación de ese mismo haber para salvarlo de la amenazadora
-bancarrota general, el derecho de la hormiga para decir a la cigarra:
-«¡baila ahora!»; y la voluntad de mandar en su casa. Mas así como el
-ansia de porvenir ha unido a los obreros catalanes con todos los de
-la península en una misma mira y un mismo sentimiento, el deseo de
-vuelo y expansión comienza a unir a la intelectualidad libre catalana
-con la libre intelectualidad española, representada por admirables
-personalidades pertenecientes a todas las provincias, ligados así
-todos por la solidaridad del pensamiento y el propósito de olvidar
-pasados defectos y errores, y colaborar en la misma tarea de bondad
-y de gloria. Cierto, repito, que quedan los anquilosados de ayer,
-los rezagados de la pacotilla; pero toda la sucia y seca hojarasca
-desaparece al brotar la nueva selva, al renovarse la flora del viejo
-jardín, a la entrada triunfal de la recién nacida primavera. La
-América española ha mandado también sus embajadores, y poco a poco se
-va formando más íntima relación entre ambos continentes, gracias a la
-fuerza íntima de la idea, y a la internacional potencia del arte y
-de la palabra. Pues hasta, por mayor decoro, la vida comercial misma
-ha sacado ventajas, ayudada por los predicadores de las letras y
-misioneros del periodismo. La unión mental será más y más fundamental
-cada día que pase, conservando cada país su personalidad y su manera
-de expresión. Se cambiarán con mayor frecuencia las delegaciones de
-los intereses y las delegaciones de las ideas. Seremos, entonces
-sí, la más grande España, antes de que avance el yanqui haciendo
-Panamaes. Que cada región tenga y conserve su egoísmo altivo, pues de
-la conjunción de todos esos egoísmos se forma la común grandeza; cada
-grande árbol crece y se fortifica solo y todos forman la floresta. Esto
-me hace pensar la Barcelona de las rojas barretinas y de las compañías
-de vapores, la Barcelona de Rusiñol y de Gual, y la de las copiosas
-fábricas y nutridos almacenes; la que hace oro, labra hierro, cultiva
-flores y se fecunda a sí misma, entre los montes altos, silenciosos y
-las inmensas aguas que hablan.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración: MÁLAGA]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-ESCRIBO a la orilla del mar, sobre una terraza adonde llega el ruido
-de la espuma. A pesar de la estación, está alegre y claro el día, y
-el cielo limpio, de limpidez mineral, y el aire acariciador. Esta es
-la dulce Málaga, llamada la Bella, de donde son las famosas pasas,
-las famosas mujeres y el vino preferido para la consagración. Es
-justamente una parte de la «tierra de María Santísima», con dos partes
-de la tierra de Mahoma. Mas el color local se va perdiendo, a medida
-que avanza la universal civilización destructora de poesía y hacedora
-de negocios. Hay, en verdad, mucho de lo típico, en los barrios
-singulares, como el Perchel, la Trinidad y la escalonada Alcazaba; mas
-la ciudad no os ofrecerá mucho que satisfaga a vuestra imaginación,
-sobre todo si imagináis a la francesa, y no buscáis sino pandereta,
-navaja, mantón y calañés. Hay sí la reja cantada en los versos, y los
-ojos espléndidos de las mujeres, y la molicie, y el ambiente de amor.
-Hay las callejuelas estrechas y antiguas, y las ventanas adornadas
-con los tiestos de albahacas y claveles, como en los cromos; hay
-bastante morisco y no poco medioeval. Mas, del lado del mar, surge una
-Málaga cosmopolita y nueva, y más que cosmopolita, inglesa, durante
-la «season», pues demás está decir que desde que un Mr. Richard Ford
-escribió en su «Hand-Book for travellers in Spain» que el clima de
-Málaga es «superior a todos los de Italia y España para enfermedades
-del pecho» y que «aquí el invierno es desconocido», la invasión
-británica estuvo decretada. Los ingleses no han llegado a Andalucía tan
-solamente por bien de sus pulmones y bronquios. Y así, como lo hace
-observar José Nogales, que es autoridad y que es andaluz: «en las
-zonas andaluzas donde se extiende la influencia inglesa--exclusivamente
-inglesa--, la vida interior reacciona de un modo maravilloso. Parece
-otra gente. Por Málaga, por el campo de Gibraltar y por Huelva, van
-entrando los ingleses en mansa y tranquila invasión de intereses que de
-día en día ensanchan y afirman. Y el fenómeno por mí observado consiste
-en lo bien y rápidamente que se entienden y hermanan el andaluz y el
-inglés. A los dos días de llegar, el inglés es «don Guillermo», o «don
-Roberto», o «don Jorge». Unos y otros se acomodan bien a sus maneras, y
-hay, andando el tiempo, deseos del entruque rara vez desperdiciados. De
-ahí va saliendo el núcleo de una raza nueva y vigorosa». El extranjero
-ha traído a Andalucía el impulso del trabajo, ha implantado fábricas,
-ha dado gran aumento a la exportación de frutas y de vinos. ¿Quién se
-acuerda ya del inglés «aborrecido»? El nombre de uno está grabado en
-un monumento público, el inglés Robert Boyd, que fué fusilado por la
-causa de la libertad, junto con Torrijos. Estas villas floridas, estos
-chalets llenos de morenas meridionales y rubias anglo-sajonas, al
-lado de la Caleta y el Polo, hacen recordar que por aquí pasó Byron y
-afirman que esto es encantador. Sobre todo, no hay ese bullir lujoso
-de las ciudades balnearias revueltas por la moda y emponzoñadas por
-el casino. Aquí no hay casino, ni moda, ni viene Liane de Pougy, ni
-monsieur de Phocas. Aquí hay luz, montes apacibles, el Mediterráneo,
-barcas pescadoras. «Larios y boquerones», corrige un andaluz que lee
-las últimas palabras que he escrito.
-
-¿Larios? En efecto, en la ciudad todo es Larios. La propiedad, la
-influencia política, están en poder de ese apellido. Vais por un paseo
-y encontráis una estatua del marqués de Larios. La calle principal
-de la ciudad, es la calle de Larios; las casas todas que forman esa
-calle, pertenecen a los Larios; de los Larios son también otras cuantas
-regadas en la población. Hay dos grandes fábricas de hilados, con
-unos ocho mil trabajadores, y demás está deciros que esa fábrica es
-de los Larios. Hay diez fábricas y refinerías de azúcar, y pertenecen
-igualmente a la famosa familia.--¿Y ese gran asilo?--De Larios. Desde
-Gibraltar hasta Almería, me dicen, todo es de ellos. Málaga es la
-ciudad de los Larios.--¿Y la catedral, también será de ellos?--La
-catedral no; pero el reloj de la catedral, ¡sí! Estas son andaluzadas
-en serio.
-
- * * * * *
-
-«Les damos por armas la forma de la misma ciudad y fortaleza de
-Gibralfaro, con el corral de los cautivos en un campo colorado, y por
-reverencia y en cada una de sus torres, las imágenes de los patronos de
-Málaga, San Ciriaco y Santa Paula, y por honra del puerto las ondas del
-mar, y por orladura de las dichas armas, el yugo y las flechas». Así se
-expresa la real cédula en que los Reyes Católicos, Don Fernando y Doña
-Isabel, concedieron a Málaga el blasón que queda dicho. Gibralfaro es
-una ruina, como todo lo que queda recordando el poderío árabe. He visto
-la bella puerta de las Atarazanas sirviendo de entrada a un mercado, en
-el mismo lugar en que se levantaba una magnífica mezquita en tiempos no
-de tanta miseria para el pueblo malagueño. Es la obra de los cristianos
-y civilizados vencedores. La labrada piedra contesta: _Le galib ille
-Aláh_: El vencedor solo es Dios...
-
-Y la herencia arábiga se encuentra por todas partes, en la faz de las
-mujeres, en las figuras del pueblo, en las rejas de las casas, en los
-guturales gritos de los vendedores ambulantes.
-
-Cuando he recorrido la ciudadela de la antigua Alcazaba, he creído
-ver revivir ante mis ojos la pasada existencia. Habitan gentes en las
-mismas viejas construcciones, casas estrechas y escalonadas en la
-altura, desde donde se domina el ancho puerto.
-
-En algún punto veis, sobre una columna corintia del tiempo de la
-dominación romana, el arco en herradura que vió pasar los albornoces
-blancos y los estandartes verdes. He conocido al poeta y novelista
-Arturo Reyes, el primero de los portaliras malagueños y bien amado de
-sus conterráneos; jamás he visto moro de pintura o de verdad que le
-supere en aspecto. ¡Qué modelo para Benjamín Constant! He visto vestida
-a la moda de París y en un elegante carruaje, a Zulema; y, con una flor
-en la cabeza, comprando pescado, cerca del seco Guadalmedina, a Zoraida.
-
- * * * * *
-
-Entrando a la realidad de la vida, halláis un pueblo pobre, falto
-de sangre y de trabajo. El exceso de población apenas halla salida
-escasa en los inmigrantes que atraviesan el Océano. Y la indolencia
-nacional... Iba yo recorriendo la ciudad, en un tranvía tirado por
-flojos caballos. Allá, en un lugar llamado Puerta Nueva, se encontró
-un carro en la vía, en el carro unos cuantos sacos, y el carrero
-consiendo uno de ellos. El hombre vió venir el tranvía con una mirada
-indiferente, y siguió cosiendo su saco. ¿Pasaríamos? ¿No pasaríamos...?
-El conductor descendió a hablar con el carrero; oí vagas palabras,
-vi pocos gestos. El hombre seguía consiendo su saco... A los cuatro
-minutos, el tranvía pudo pasar, _et pour cause_. El hombre había
-acabado de coser su saco...
-
-En un lugar de la larga hondonada que forma el lecho del sediento
-Guadalmedina, he visto una especie de lamentable mercado al aire libre,
-peces y fruta, cestas de pulpos como en Nápoles, y naranjas doradas. Lo
-pintoresco no quita la sensación de miseria, entre calles y callejuelas
-llenas de malos olores, de charcos pestilenciales, de focos de
-enfermedad. Me explico la abundancia de pálidos rostros, de colores
-marchitos en las más hermosas facciones.
-
-Hoy veo, en un diario, que el número de reses vacunas sacrificadas
-es de veinte; y Málaga tiene más de ciento treinta mil habitantes...
-¡Y la carne paga una peseta el kilo, de derechos de consumo! Un muy
-discreto y activo periodista, a quien he tenido el placer de tratar, el
-Sr. Fernández y García, me da los más penosos detalles: «La carestía
-de los artículos alimenticios, dice, equivale a un grave motivo de
-alarma. La carne, para los pobres, resulta un artículo de lujo. Muchos
-enfermos tienen que prescindir de ese alimento necesario para reponer
-las fuerzas, porque su precio excesivo no lo pone al alcance más que
-de las personas bien acomodadas. La leche es mala y cara. ¿De qué
-nos sirve nuestra vecindad con Marruecos, si rara vez disfrutamos
-la ventaja de recibir, en cantidad suficiente, huevos y aves a
-precios económicos, importados de los terrenos inmediatos a nuestras
-posesiones de Africa? El pescado mismo, con excepción de los días de
-pesca abundante y extraordinaria, sufre carestía. ¿El bacalao? Si el
-gobierno no toma el buen acuerdo de pedir a las Cortes la supresión de
-los derechos arancelarios, se venderá tan caro, que, como sucede con la
-carne, no estará al alcance de los pobres. Sólo faltaba el aumento en
-los precios de los alquileres, y ya es tan difícil encontrar albergue
-higiénico y barato, como un avaro con alma. De modo que el malestar se
-acentúa para todas esas clases de la sociedad a quienes la lucha por
-la existencia resulta penosísima, y que van dejándose la piel en las
-zarzas de estos infortunios. Con decir que el remedio no se vislumbra,
-se expresa que la desgracia que nos afluye parece mayor porque se vive
-sin esperanzas». Hay, pues, necesidad en las clases pobres, hambre en
-el pueblo.
-
-La antigua religiosidad ha mermado mucho, y, en sus sufrimientos, ya
-no se vuelven los necesitados a la Divinidad, ya no se ruega a Dios...
-Se siente una invasión de protestas anárquicas, que va de la ciudad a
-la campiña, a pesar de las congregaciones religiosas que luchan por
-conservar su influencia, a pesar de las vírgenes que podéis ver en
-algunos sitios, a la entrada de algunas casas, adornadas de flores
-artificiales, y ante las cuales arde una pálida lamparilla de devoción
-tradicional.
-
- * * * * *
-
-Hoy, 11 de Diciembre, aniversario del fusilamiento de Torrijos y
-sus compañeros, he ido a ver el monumento levantado en memoria del
-espantoso sacrificio... No vi coronas profusas, flores de recuerdo.
-Por calles sucias, entre baches y pedregales, llegué, por el barrio
-del Perchel, a la iglesia del Carmen, donde estaba el antiguo
-convento. Por el camino, un compañero me recuerda la página sangrienta
-que inmortalizó artísticamente un célebre pincel. Encontrábanse en
-Gibraltar unos cincuenta desterrados a causa de sus ideas liberales,
-y fueron llamados secretamente por el gobernador de Málaga, Moreno,
-proponiéndoles pronunciarse con ellos en favor de las libertades
-de la Constitución, como se decía entonces. Salieron de Gibraltar
-cincuenta y un hombres. En camino, pasaron la noche en el cortijo de
-la Alquería, y allí fueron copados por las tropas que mandó con ese
-objeto el mismo gobernador de Málaga. Lograron escapar dos ingleses,
-de tres que venían en la expedición. Llegaron los presos por la mañana
-del 10 de Diciembre, y al día siguiente, a pesar de ser día domingo,
-con el permiso episcopal, fueron fusilados. La capilla la pasaron en
-una iglesia del entonces convento carmelita. La ejecución empezó a
-las siete de la mañana y duró media hora. El último que mataron fué
-el inglés Boyd. «Mi abuelo, me dice la persona que me acompaña, oyó
-los tiros desde el vecino matadero de reses. Calcula que se tirarían
-mil tiros... De lo que no hay que asombrarse, teniendo en cuenta que
-entonces se usaban fusiles de chispa, que estaba lloviendo y que se
-mojaba la pólvora de las cazoletas, por lo que fallaban muchos tiros.
-Los quejidos de las víctimas y el estado nervioso de los mismos
-soldados de la ejecución aumentaban el horror de tal manera, que el
-fraile que confesó y ayudó a bien morir a las víctimas se volvió
-loco...»
-
-Al llegar a la iglesia, un chicuelo zaparrastroso me sale al paso.
-
---¿Qué quiere usted?
-
---Visitar la iglesia.
-
---Venga.
-
---Dime: ¿en dónde estuvieron encerrados Torrijos y sus compañeros?
-
-El chico me mira asombrado. No halla qué contestar. Le explico más. Se
-trata de unos que mataron hace tiempo... Por fin cae en la cuenta.
-
---Venga usted. Ya sé. Aquí está el confesonario en donde los confesaron.
-
-En efecto: en una capilla que está al lado derecho del altar mayor, y
-cuya entrada aún conserva la gruesa reja que sirvió de cárcel de una
-noche a los sacrificados, logré ver entre la obscuridad, aislado, un
-confesonario viejo y polvoroso. Luego salgo con mi amigo acompañante a
-buscar el lugar en que fueron ultimados. Lo encontramos, preguntando,
-en una callejuela inmunda. Hay una base gastada, de mármol, sobre la
-que reposa una tosca cruz de hierro. Hay una inscripción borrada,
-ilegible. Ni una flor. Hay comadres conversando en las puertas de las
-casuchas vecinas, y muchachos mugrientos jugando a pleno cielo, y un
-perro soñoliento hacia el lado por donde se va al mar azul...
-
-Esta es Málaga la Bella, de donde son las famosas pasas, las famosas
-mujeres y el vino preferido para la consagración.
-
-
-II
-
-Por la mañana he ido a ver «sacar el copo» a los pescadores, a un
-lado del esbelto y blanco faro. Las gentes están ya de fiesta como
-la mar y el sol. Miro animación por las calles, sobre todo cerca de
-la Plaza de la Constitución, donde un puñado de barracas atrae a los
-transeuntes y forasteros. La calle de lujo, la calle Larios, ofrece
-sus vitrinas llenas de dulces, de pintura _criarde_ y de artículos
-de París. Allá en la playa hay ropas más vistosas que de costumbre,
-mantones blancos y azules, pañuelos y corbatas policromas, entre las
-gentes que van a presenciar la sacada de la red. Tirada por unos
-cuantos hombres y muchachos, sostenida en las aguas por odres infladas,
-va saliendo poco a poco ante la inmensidad del Mediterráneo azul y
-del cielo azul. Cuando llega a la arena y la recogen rápidamente los
-pescadores--después de larga fatiga,--se ve la carga de boquerones
-semejantes a vivas rebanaduras de plomo, los opalinos y flácidos
-calamares, la pescadilla como una lanza, la sardina plateada y profusa.
-De allí los recoge el vendedor callejero, que va después gritando su
-calidad y llevando, como la balanza los platillos, dos cestos laterales
-colgantes del palo que sostiene sobre sus hombros.
-
-Por las calles va la gente atareada en busca de los preparativos de
-las cenas caseras. Los paveros, «de su banda de pavos en compañía»,
-como canta la sonora guitarra del poeta Rueda, van, en efecto,
-conduciendo, con una vara larga como de alcalde y un ancho sombrero,
-a los suculentos animales que son de costumbre y ley en noche de
-Navidad. Se compran en las dulcerías y confiterías las sabrosas cosas
-miliunanochescas o monjiles, hechas de harinas y mieles, y cuya
-nomenclatura regocijaría a pantagruélicos abates: turrones y mazapanes,
-pestiños, roscas, tortas de aceite y manteca, y entre cien otros, los
-polvorones de Estepa y Laujar, los alfajores exquisitos y golosinas de
-almendras y azúcar que se deshacen inefablemente en el paladar. Apenas
-me referiré a la _charcuterie_ nacional, con sus salchichones de Vich,
-sus chorizos de Candelario y la Rioja y Extremadura, sus incomparables
-morcillas y salazones, y la egregia butifarra catalana. Las frutas
-tienen admirable representación en los puestos que se establecen a la
-entrada de la calle Nueva, con una variedad y lozanía que sorprenden.
-Junto a la uva deliciosa del país, cuya fama es universal, y junto a
-las doradas naranjas dulcísimas, se ve la americana chirimoya y la
-misma caña de azúcar, y la banana, que han brotado en este suelo al
-amor de un clima casi tropical. El mercado de frutas en plena calle
-es a la manera de un zoko árabe, por su bullicio y movimiento, lo
-pintoresco de las gentes, los borriquillos cargados, los tipos mismos
-populares y la invisible y perdurable influencia que los antiguos
-habitantes africanos dejaron en el ambiente de esta ciudad indolente,
-poética y llena de cálida gracia.
-
-Y he de celebrar siempre, ante todo y después de todo, el hechizo de
-la mujer malagueña, indudablemente la primera en hermosura en todo el
-reino de belleza que es la tierra de España. Hay que ver Málaga en
-un día como éste, con sus calles y paseos, su Caleta y el Palo, su
-Alameda y su nuevo Parque, animados de maravillosas rosas vivientes,
-que van y vienen, sin coqueterías de países más parisienizados, pero
-todas carne floral y colores de vida, de salud y amor. Lo mismo las
-malagueñas de la aristocracia, que saben bien los usos y modas de París
-y Londres, que las de la clase media y las del pueblo, llevan en sus
-rostros un poema de encanto natural y una atávica chispa encendedora de
-corazones que hacen revivir en las más prosaicas almas de este tiempo
-práctico, un enamorado son de guzla, o una declamación que valga por
-una kásida. La malagueña es sultana u odalisca. O impera con la mirada,
-o halaga con la sonrisa. Hay cuerpos que van rítmicamente andando con
-manera tal, que el _incensu patuit dea_ os sale de los labios. Hay ojos
-malagueños que son inmensos, y en su inmensidad está todo el cielo y
-todo el mar y todo el amor, junto con la inmensa voluptuosidad. Este es
-don particular de la hembra de aquí, como saturada del perfume de la
-ilusión moruna del mahometano paraíso. Son las anticipadas huríes. Y
-como a sus abuelas les impuso el catolicismo la devoción, hay en ellas
-una inquietante mezcla de ángeles católicos y zoraidas sarracenas.
-Tienen el más provocador de los pudores. Las cabelleras son copiosas y
-doradas o renegridas. He visto pasar dos hermanitas de las más opuestas
-cabelleras: la una nocturna, de noche tempestuosa; la otra auroral.
-Llevaban el pelo caído por la espalda, y no se podía menos de pensar ya
-en Margarita, ya en Mignon. ¿Y Esmeralda? A Esmeralda la veis a cada
-paso. Y si vais al suburbio, en el medio gitano, veis aparecer, aun en
-horribles tugurios, sus dos ojos negros llenos de pasión y maleficio.
-
-La goletera, la heroína de Arturo Reyes, sale multiplicada de su
-barrio, seguida del novio y de los varios Pipirigañas que andan
-alrededor suyo. Como no soy muy ducho en distinguir las de la Goleta
-entre las del Perchel y de la Trinidad, se me antoja una Trini cada
-moza de las que llaman barbianas, con bellos ojos y caras y cuerpos
-de celeste pecado mortal. En el paseo, por la tarde, a orilla del mar
-quieto y amoroso en su dulce infinito, se juntan todas esas Trinis en
-grupos familiares, cerca de pequeñas hogueras en que en sartas se asan
-las ricas sardinas recién salidas del copo, y que se comen calientes,
-regadas después con el chispeante Montilla que pone luz solar en la
-cabeza y suelta estas ágiles lenguas, estas ágiles manos y estos ágiles
-pies, pues siempre se toca la guitarra, siempre se jalea, se acompaña
-al tocador con las palmas, siempre se cantan las gimientes malagueñas
-o los rítmicos tangos, y a veces se ve a una brava muchacha iniciar
-un paso en que luce el garbo heredado de las antiguas danzarinas
-andaluzas. Las percheleras y las trinitarias son famosas por su gracia
-y su habilidad para el canto y el baile. Así las he admirado al pasar,
-mientras un sol cariñoso teñía ya de oro, de violeta, de púrpura, el
-inmenso cristal mediterráneo.
-
-Los hombres pasan con sus trajes nuevos, las americanas ceñidas a la
-torera, los sombreros grises cordobeses, los zapatos de charol con la
-inevitable caña de color claro. Y con ciertos andares y ademanes que
-hacen ver que el compadrito bonaerense ha heredado algo de por acá.
-Y las mujeres andan como que se deslizan, con los mantones de lana,
-blancos, rojos, azules, como las corbatas de los novios y amigos, y
-llevan las cabezas hermosísimas, adornadas con flores, profusamente,
-rosas fresquísimas y rosadas, claveles ultraviolentos, y unas especies
-de crisantemas pajizas que llaman goyetinas, y que completan la
-decoración floral. Quién va a la casa a preparar la cena de la noche,
-quién va a las barracas a comprar juguetes con los niños; juguetes que
-tienen todo el carácter local: guitarritas, castañuelas, panderetas
-y figuras de nacimiento, que se venden al lado del pin-pan-pum,
-divertimiento grotesco en que la brutalidad y el instinto de agresión
-humanos encuentran contentamiento, lo mismo en la feria de Neully que
-en la diminuta fiesta pascual malacitana. Las borracheras populares
-comienzan a hacer ruido por la noche. Se oyen pasar las sonoras
-«parrandas», reuniones de muchachos y muchachas del pueblo, que van
-cantando coplas por las calles, coplas que recuerdan la celebración
-del día, la Virgen en el pesebre, José, el niño Jesús, el buey y la
-mula. Y de paso va entremezclada la copla amorosa o satírica, al son
-de las zambombas, al grito de los pitos, al chocar de las almireces
-y castañuelas, al rasgueo de la inseparable guitarra. Hay quien se
-acuerda todavía de por qué se celebra esa noche; hay quien piensa,
-por la tradición, en la estrella de los reyes magos, en la aldea de
-Belén, en el Dios de los cristianos que nació pobremente, que murió
-hace muchos siglos, y por el cual se pasan ratos muy agradables y
-regocijados.
-
- La nochebuena se viene,
- la nochebuena se va,
- y nosotros nos iremos
- y no volveremos más.
-
- ¡Carrasclás, que gordo está el pavo;
- carrasclás, que gordito está;
- carrasclás, qué enjundia que tiene;
- carrasclás, carrasclás, carrasclás!
-
-¿Quién se acuerda en París, al engullir el «boudin» blanco, ni de
-Cristo ni de la muerte...?
-
-Luego se va aquí a la misa del gallo. Las gentes invaden la iglesia,
-iluminada como para la alegre fiesta. El órgano lanza sus chorros
-armoniosos. Los villancicos resuenan, como las coplas de una celeste
-juerga. Los registros de la voz humana, del bombardón, de la chirimía,
-derraman sus sonidos como en un trueno de música. Hay verdadero gozo
-en el ambiente, aunque la devoción no sea muy grande. Las campanas han
-anunciado el nacimiento del buen Pastor, celebrado por los pastores
-y adorado por los reyes. Todo eso está muy bien; y así ha llegado la
-hora de ir a los ágapes copiosos en que hay tanta golosina, tanto vino
-encendedor de sangre y el animal de ritual:
-
- ¡Carrasclás, que gordo está el pavo;
- carrasclás, que gordito está;
- carrasclás, qué enjundia que tiene;
- carrasclás, carrasclás, carrasclás!
-
-Luego será la danza, los cantos; airosas sevillanas, donairosos
-panaderos, saltantes y garbosas jotas. Y el buen pueblo continuará
-en la zambra; saldrá por la población caminando al compás de sus
-instrumentos, echando al aire, bajo las estrellas, estrofa y estrofa;
-la parranda llenará con sus ecos todos los barrios; el vino irá
-dejando vencidos, y la última canción se escuchará hasta después de
-que haya salido el sol.
-
- * * * * *
-
-Sol andaluz, que vieron los primitivos celtas, que sedujo a los
-antiguos cartagineses, que deslumbró a los navegantes fenicios, que
-atrajo a los brumosos vándalos, que admiró a los romanos, pero que,
-sobre todo, fué la delicia de los africanos de ojos y sangre solares;
-él es más que todo el donador de gracia y amor en esta tierra. Málaga
-es predilecta del divino Helios. «En otros días, dice D. Juan Valera,
-cuando teníamos en España un pronunciamiento cada seis meses, Málaga
-se jactaba de ser la primera en el peligro de la libertad. Ahora que
-felizmente la libertad no peligra, Málaga, con su región, bien puede
-jactarse, si no de ser la primera, de ir muy adelante y de descollar
-mucho en el cultivo de las letras humanas y de la palabra hablada y
-escrita. Es singularísimo que los hijos de esa región se distingan
-hablando y escribiendo, por dos cualidades extremas en las que se
-cifra todo el poder de la palabra humana. El discurso hablado del
-malagueño es torrente impetuoso que arrebata y conmueve: acusaciones
-serias, chistes, burlas, sistemas políticos y económicos, y hasta
-filosofías de la historia, inventado todo de repente y convertido en
-masa de proyectiles para derribar a los contrarios y meterlos debajo
-de los bancos; tal es la elocuencia torrencial de la región malagueña:
-algo semejante a una venida del Guadalmedina.» Esas son cualidades
-solares. El sol da su brillo a la imaginación malagueña, su fuerza a
-la fecundidad malagueña, su singular encanto a la hembra malagueña;
-Castelar no era de Málaga, era de Cádiz; hermana solar también; pero
-Cánovas era malagueño. La paleta del egregio maestro Moreno Carbonero
-concentra mucho de esta luz poderosa y dominante. Los poetas malagueños
-Díaz de Escovar, que hace cantares oyendo el latir del corazón de su
-pueblo; Reyes, que lleva la primacía, ardoroso moro, y más que andaluz
-supermalagueño; Rueda, maestro en gay saber andaluz; Urbano, delicado;
-Sánchez Rodríguez, triste y melodioso; González Anaya, enamorado
-melancólico de su tierra; Fernández de los Reyes, que labra el verso
-sincero y vibrador; todos los portaliras malagueños son dignos de su
-raza solar. Son almas que sufren lejanos atavismos, de los cuales brota
-el canto como la rosa del rosal.
-
-Hay una estatua que levantar en Málaga: la de Hamehet-el-Zegrí.
-
-Y así concluyo estas líneas sobre la Nochebuena, en pleno sol.
-
-
-III
-
-Los extranjeros que llegamos en la hora actual a España, sufrimos
-ciertamente desengaños. Hemos llegado tarde; _les lauriers sont
-coupés_. El progreso es el enemigo de lo pintoresco, y su nivelación
-no va dejando carácter local ni originalidad en ninguna parte. Hay
-andaluces de la hora presente que protestan contra la Andalucía de
-figuras de pandereta y caja-de-pasas, que tanto ha dado que escribir,
-cantar y pintar, la Andalucía byroniana, de Gautier, la de D'Amicis;
-protestan porque quieren otra Andalucía semejante a los Dorados
-comerciales en que piensa mi amigo Maeztu. ¡Ah! desgraciadamente ya
-no encontramos la poética Andalucía sino muy venida a menos o muy ida
-a más. El progreso aquí en Málaga, por ejemplo, ha traído los altos
-hornos y se ha llevado los encantos de antaño. Las particularidades
-andaluzas que antes daban viva lección de las gracias autóctonas y de
-las locales bizarrías, la indumentaria misma, todo lo que constituía
-tema para páginas de colorido y de dibujo característicos, queda en los
-viejos libros. _El Solitario_ es tan antiguo como Nepote. En la calle
-principal de Málaga hay tiendas parisienses, dos clubs. En el paseo
-principal hay corso como en Palermo o en el Bois, relativamente, y la
-ciudad cuenta con un automóvil, ¡oh poeta Ovando Santarén!, que no
-podría entrar en tus octavas reales.
-
-Los malagueños progresistas que quieren su ciudad igual a no importa
-qué «ciudad moderna», con las abominaciones rectangulares que odiaba
-el gran Yanqui, están en su derecho, como los venecianos que quieren
-rellenar el _Canalazzo_ y echar al olvido las góndolas. Están en su
-derecho; pero también están en el suyo los artistas del mundo que
-defienden la belleza del pasado y la razón del arte. Nada más odioso
-para mí que un doctor japonés vestido de londinense, que durante el
-tiempo que nos tocó estar juntos en un compartimiento de ferrocarril,
-me hablaba con desprecio de los pintores japoneses y de la poesía
-de su raza, y me elogiaba la invasión del parlamentarismo y la
-occidentalización de sus compatriotas de ojos circunflejos. Y nada más
-simpático que la idea del fuerte y noble pintor Moreno Carbonero, que
-inició un proyecto, según me dicen, de reconstruir la ruinosa Alcazaba
-morisca malagueña, para resucitar en la ciudad luminosa un rincón
-pintoresco y animado de la vida antigua, sin duda alguna más activa,
-y, sobre todo, más bella que la presente. Las altas damas desdeñan
-ya la mantilla. No se encuentra una maja sino en cromos. Los hombres
-quieren, por su parte, parecer ingleses, como los elegantes de todos
-lugares. El pueblo bajo no tiene sino vagos restos de las tradicionales
-maneras. Los toreros quieren ser personajes sociales. «Don Luis» es
-el célebre Mazzantini, y se habla de sus modos de gran señor y de su
-biblioteca y de sus trufas. El otro Mazzantini, el _cadet_, se mete en
-los asuntos electores de su pueblo, perora, toma parte activa en las
-luchas políticas. La coleta queda, por milagro, como un recuerdo y como
-una costumbre, que acabará por caer. Los tipos bizarros de antes quedan
-para modelos de los pintores y _pour l'exportation_.
-
-El mismo cante flamenco ha degenerado, ha perdido sus bríos antiguos.
-Vagan aún gloriosas ruinas, como Chacón, famoso por sus «jipíos»,
-tanto como por sus buenas fortunas en aristocráticos caprichos, y Juan
-Breva, el «cantaor» de Don Alfonso XII, que, viejo corpulento, va hoy
-por ahí cantando en falsetes lamentables las eternas malagueñas de
-quejas e hipos, o las amorosas y armoniosas soleares, último aeda del
-antes triunfante flamenquismo. Dicen de Chacón que es uno de los que
-han contribuído a la ruina del cante, porque ha sido el decadente con
-talento de los «cantaores», y los que le han seguido y han querido
-hacer como él, han resultado con el fracaso de todos los serviles
-acólitos que sin reflexión ni fuerza imitan. Donde algo queda de las
-pasadas gracias nativas es en el baile, pues las danzarinas andaluzas
-guardan aún las mismas condiciones que las hacen aparecer en los
-exámetros de Juvenal. La exportación que ya señala el satírico, está
-hoy en más auge que nunca. El baile español se ha hecho un número
-preciso en todo programa de café-concert o music-hall que se respeta,
-y hay países en donde es singularmente gustado, como en Rusia y en los
-Estados Unidos. Carolina Otero conoce la admiración de los rublos. Y
-el ilustre cubano José Martí contó, en una de sus bellas cartas, a los
-lectores de _La Nación_, de Buenos Aires, cómo los yanquis salían de su
-frialdad anglosajona al mover sus estupendas piernas aquella ruidosa y
-preciosa Carmencita, que quedó, para regocijo de los ojos, perpetuada
-en la tela de Sargent, que guarda el Luxembourg.
-
-Así, toda joven que aprende a bailar, sueña, si es bella, con la
-felicidad que existe en el extranjero, con las contratas en grandes
-ciudades en que hay gloria y amor rico, en las victorias de las
-Carmencitas, Oteros, Guerreros y Chavitas que van conquistando el mundo
-a son de sevillana, jota, vito, seguidilla o tango. Entretanto se van
-cerrando los cafés típicos de cante, aun en esta misma Andalucía de las
-guitarras, coplas y claveles. Aquí en Málaga había cinco, por ejemplo,
-entre ellos el famoso de Silverio, y apenas queda uno, muy mediocre
-y poco atrayente. En Sevilla se cerró el sonadísimo Burrero, en la
-calle de las Sierpes, después de haber tenido en su tablado todas las
-celebridades guitarreras y coreográficas de la tierra, que como sabéis,
-es «de María Santísima». Restan apenas las vistosas y decorativas casas
-de cante y baile que puedan satisfacer la curiosidad del viajero, en
-ciudades de segundo orden, como Ronda, Vélez-Malaga o Antequera, lugar
-por donde muchos quieren que salga el sol...; o allá en Algeciras, o
-La Línea, en las cercanías de Gibraltar, en donde los ingleses de la
-guarnición van a dejar sus libras convertidas en castizas pesetas.
-
-Yo he ido a ver aquí en Málaga el café de España. Leí el anuncio en
-un diario: «Todas las noches, grandes bailes nacionales y cante, por
-la célebre cantadora por Tangos la Niña de Pomares, y el aplaudido
-cantador José Beda, el Jerezano. A las siete y media. Entrada al
-consumo». El local es un largo salón, con mesitas, como cualquier café,
-y en el centro un tablado, sin adorno alguno.
-
-Concurrencia heteróclita; humo de cigarros; uno que otro «señorito»,
-uno que otro militar, algunos campesinos, que aquí llaman catetos.
-De pronto, los acordes de un piano se oyen, y aparecen en el tablado
-seis u ocho mozas vestidas de semimajas; es decir, de majas, que a la
-conocida indumentaria han agregado adornos y pompones a la francesa.
-
-Llevan colores vistosos en las faldas cortas y acampanadas, en los
-corpiños; y en las cabezas, rizadas y de peinados bajos, portan
-moños de cintas y flores de tintes violentos, flores naturales o
-artificiales. Bailan primero las boleras, que son las que llevan esas
-faldas cortas, y se acompañan con las castañuelas, bailan el olé,
-que tiene el ritmo de un vals; los panaderos, más despaciosos, por
-dos parejas; las sevillanas, el jaleo, el vito, las soleares, las
-«seguirillas», y hasta jotas. Hay cierta gracia; pero deslucen las
-arrugadas medias color de carne, los trajes sin esmero, los zapatos
-usados, las sonrisas forzadas en las caras llenas de pintura, los
-horribles calzones que se exhiben al dar las ligeras vueltas o al hacer
-un quiebre de cintura.
-
-Después de las boleras bailan las flamencas sus polos, medios polos,
-zapateados, tangos y otros bailes. Las flamencas llevan faldas largas,
-no llevan castañuelas; pero hacen sonar los dedos imitándolas, y tienen
-un coro de jaleadores que las anima con gritos, con los tradicionales
-«oles» y «arzas», y que sigue el ritmo con las palmas. Todas esas
-danzas se parecen; el extranjero, el no conocedor, difícilmente puede
-distinguir la diferencia que hay entre una y otra, la cual diferencia
-es de pasos y compases, con el ritmo más o menos precipitado o
-contenido.
-
-Después que han bailado, descienden boleras y flamencas a visitar
-a los consumidores en las mesitas, a hacer gastar lo más que se
-pueda, según la consigna del dueño del café. Todas las que he visto
-son muy jóvenes y bonitas, afeadas tan solamente por lo sórdido de
-los vestidos. Hay una niña de trece a catorce años, portadora de
-monstruosas piernas postizas. Pregunto a un vecino qué dice la liga
-contra la trata de blancas a este respecto, y me contesta que estas
-jóvenes son, o por lo menos dicen que son, honestas. De mesa en mesa
-van trasegando manzanilla y más manzanilla, de mesa en mesa donde hay
-extranjeros o forasteros, porque los nativos conocen el juego y no se
-dejan explotar. Las caras de las muchachas, cubiertas de polvos y de
-afeites, exageradamente brochadas de rojo, a los resplandores de la luz
-eléctrica toman reflejos extraños, se ven en una verdad lamentable,
-con un aspecto cuasi grotesco, penoso y triste, en su fiesta, como en
-un cuadro de Zuloaga. Las infelices beben, beben, para volver a bailar
-y volver a beber. Las interpelan conocidos, de chaqueta o americana
-corta y sombrero cordobés, les dicen groseras galanterías, les murmuran
-proposiciones, se burlan de ellas, y, a veces, las insultan... El piano
-inicia de nuevo el son, y ellas, descaradas, bestiales, ingenuas, suben
-de nuevo a las tablas.
-
-Toca a los cantadores la tarea. _Cantaor_ en realidad hay uno sólo
-de los dos hombres bien afeitados y ceñidos que se sientan en sendas
-sillas. Uno toca la guitarra. El otro, el _cantaor_, clava los ojos
-en el aire, mirando hacia arriba, y comienza a quejarse, a quejarse
-largamente; con un bastón pesado golpea las tablas, llevando el compás,
-y la queja se extiende, ondulante, gemido, grito, ay, lamento; y la
-boca sigue abierta, como si fuese saliendo de ella una interminable
-cinta de notas gemebundas, hasta que sale el verso de la copla, que
-se refiere a una de estas tres cosas, que desde hace mil años forman
-el tema de los poetas andaluces: su mamá, su novia, la muerte, o
-una de tantas vírgenes de su devoción. Entre verso y verso hay unos
-ayes desgarradores, unos ayes feroces, de alguien a quien se está
-asesinando, y entonces, del público conocedor salen unos cuantos _¡olé
-ya!_ aprobativos, mientras la guitarra sigue en rasgueos, o canta o
-gime también como el afeitado y berreante _cantaor_. Luego se anuncia
-el «americanito». Y sale a cantar un chico de unos diez o doce años,
-que bien pudieran ser catorce o quince, y grita, y gime, y berrea
-también amores desesperados, habla de la Virgen y de una _puñalaíta_. Y
-olé ya. Cuando llegó el chico a mi mesa me pidió un chocolate.
-
-A él no le obligan a beber montilla ni manzanilla.
-
---¿Por qué te llaman «el Americanito»?
-
---Porque zoy americano.
-
---¿De dónde?
-
---De Buenozaire.
-
---¿Y te acuerdas de Buenozaire?
-
---No zeñó.
-
---¿Y cuánto hace que viniste de allá?
-
---Doze años.
-
-¡Cómo no haya venido en el vientre de su madre! Y vuelta otra vez a
-los bailes de las pobres muchachas pintarrajeadas, a los clamores
-desesperados de José Beda «el Jerezano», y a los tangos de la «niña de
-Pomares». Sale uno fastidiado, aburrido. Gautier y D'Amicis llegaron
-a estas tierras en tiempos mejores. Sus almas, ciertamente, no tenían
-el veneno del Livor que mata a las generaciones de hoy; pero también
-las cosas de España eran distintas entonces. Imperaba la alegría de
-Fortuny. Había diligencias, contrabandistas, mendigos pintorescos...
-Hoy éstos abundan de todas layas... Y la vulgaridad utilitaria de la
-universal civilización lleva el desencanto sobre rieles o en automóvil
-a todos los rincones del planeta. Si no fuesen las soberbias mujeres,
-el hechizo de la tierra, la dulzura del sol. Eso ayuda a la imaginación
-y hace que aun se levanten castillos «en España».
-
-
-IV
-
-Algunos historiadores malacitanos recuerdan cierta horrorosa tempestad
-que padeció este puerto el año 1567. «Aunque no ha sido el puerto
-de Málaga de los más combatidos por las tempestades, no obstante,
-registra varias tristes efemérides--dice el poeta Díaz de Escovar--que
-cubrieron de luto a los habitantes de la ciudad». Uno de los temporales
-más terribles, que ocasionó muchos daños y no pocas víctimas, fué el
-acaecido el 8 de Febrero de 1567. Pocas noticias detalladas encontramos
-sobre el mismo, y sólo Martínez de Aguilar, en su _Breve descripción
-cronológica de la fundación de la ciudad de Málaga_, impresa en 1819,
-nos da algunos datos que hacen comprender la importancia del temporal.
-Marzo, en el tomo segundo, página 72 de la _Historia de Málaga_,
-escribe algunas indicaciones sobre este suceso. El puerto estaba lleno
-de navíos importantes, que debían conducir cargamento de artillería,
-municiones y otros bastimentos para las plazas de Africa. A bordo de
-estos navíos se hallaban seis mil hombres del ejército, que tenían
-necesidad de desembarcar en Cartagena. El mar, agitado violentamente,
-arrojó contra las piedras de los muelles muchos de aquellos barcos.
-Veinticuatro días, según Martínez de Aguilar, duró el temporal, siendo
-difíciles los socorros y grande el pánico de los que veían perecer
-tanto y tanto hombre y perdida tanta riqueza. No están conformes los
-historiadores, de quienes estos datos tomamos, respecto al número de
-navíos que se hicieron pedazos. Marzo asegura que fueron veintisiete,
-cantidad con la cual no está conforme Martínez de Aguilar, que escribe
-fueron veintitrés, añadiendo que sólo se salvó de aquel horrible
-desastre un navío vizcaíno. El mar se cubrió de víctimas, pues muchos
-soldados y marineros perecieron.
-
-Esto me hace recordar otra catástrofe reciente que tanta conmoción
-produjo; me refiero a la pérdida del buque-escuela de la marina
-alemana que se despedazó contra los escollos, a la vista de la
-población malagueña. El barco había salido fuera del puerto, a pesar de
-amenazar mal tiempo, a hacer algunos ejercicios. La tempestad se vino
-violentamente, y cuando el capitán quiso entrar a ponerse en salvo, no
-pudo conseguirlo y el buque chocó contra las rocas. Todos miraban desde
-los murallones y desde la playa la muerte de tantos hombres, y, si se
-logró salvar a algunos, grande fué el número de los que perecieron.
-Quiénes se pudieron asir a cables o boyas, quiénes lograron ganar la
-costa a nado, a pesar del fragor y fuerza de las olas enormes. Fué
-aquel un día de luto para la escuadra alemana, para Alemania entera
-y su emperador. Y he podido ver en este aniversario las coronas que
-ornaron las tumbas de algunos de los que perecieron en el cementerio
-inglés de esta ciudad. La pérdida de ese barco-escuela, como la del
-«Vienne» francés, es de esos golpes terribles que la ira del mar
-asesta sobre los países que conquistan su elemento con el poder de las
-escuadras, y la escuadra y la nación argentinas saben de esos duelos
-con recordar el solo nombre de la perdida «Rosales».
-
-A veces el mar asalta a la tierra, o temerosamente la amenaza; fuera
-de los formidables cataclismos cíclicos, como aquel en que se hundió
-la misteriosa Atlántida. Algunos sabréis del clamor que se oyó en el
-Callao en tiempos ya lejanos: «¡El mar se sale!» Y si mi memoria no
-yerra, he leído que hubo, en efecto, una invasión del mar. Pues bien,
-aquí en tierra malagueña se oyó a mediados del antepasado siglo,
-en el mismo mes y año en que sufrió Lisboa su histórico y terrible
-terremoto, se oyó el mismo espantoso clamor. Serían las diez y media
-de la mañana, dice Díaz de Escovar--que sabe admirablemente los
-pasados y presentes secretos, leyendas e historias de su ciudad--del
-27 de Noviembre de 1755, cuando violentas oscilaciones, que, según
-el autor de las _Conversaciones malagueñas_, duraron de cinco a seis
-minutos, conmovieron los edificios de Málaga. A la vez se esparció
-entre los vecinos la pavorosa voz de que «el mar se salía». Díaz de
-Escovar, que es varón creyente y valiente en su fe católica, confiesa
-que no ha de entrar «en disertaciones sobre si la voz fué hija de una
-extraña realidad o alucinación de exaltadas fantasías». No faltan
-historiadores, cuyas dotes de veracidad son notorias, que la presenten
-como verdadera. Barbán de Castro parece dar a entender que la voz no
-fué sobrenatural, sino que se esparció y propaló de unos en otros, casi
-instantáneamente.
-
-Esto es más racional y más verosímil por más que nada hay imposible si
-Dios lo quiere. Paréceme que Málaga, país en donde los gitanos dicen
-la buenaventura, lleno aún de terrores medioevales como estaba, fué
-posiblemente presa de una vasta autosugestión colectiva, días después
-de la ruina de la capital lusitana.
-
-O había terremoto y maremoto, y alguien gritó: «¡el mar se sale!».
-Aunque ni esto último parece, pues ese mismo citado Barbán de Castro
-dice en su _Cronología_: «¿Quién creyera que estando el mar entonces
-con la mayor quietud y serenidad visible, pues era la hora más
-proporcionada para ello, se pudiese persuadir a todo un pueblo tan
-numeroso a que creyese que el mar se le tragaba? Se puede con toda
-verdad asegurar a nuestros venideros, que apenas hubo persona de todos
-estados y condiciones que no creyese a un tiempo mismo que el mar,
-como decían, se había salido, y era menester huir aceleradamente a
-los montes». A los montes volaron las gentes, por lo que según parece
-no fué cólera del mar, sino broma neptuniana; de gente se llenaron los
-cerros de San Cristóbal y Gibralfaro, que están junto a la ciudad. De
-Escovar escribe que: «El magistrado de la ciudad recorrió las alturas,
-costándole gran trabajo y no pocas palabras convencer a los que allí
-se refugiaban de que sólo existía una alarma infundada, que tenía por
-base el miedo, pues el mar estaba tan sosegado como intranquilos los
-espíritus de los habitantes de Málaga. Los menos temerosos volvieron a
-la ciudad. Se publicaron bandos referentes a los hechos ocurridos, en
-los que se anunciaba que si ocurriese novedad alguna se avisaría por
-medio de la campana que había sobre la Puerta de Mar, en cuyo sitio un
-regidor perpetuo, con centinelas avanzados, en el caso de notar algún
-movimiento peligroso, o extraño en el mar, dispararía algunos tiros
-al aire, que servirían de señales». Y si gustáis de la nota cómica en
-medio de las tribulaciones, he aquí lo que cuenta, entre otras cosas,
-un escritor que presenció los sucesos: «El Dignidad de Tesoro de
-nuestra iglesia, al ver correr a las gentes a buscar el campo quiso
-seguirlas, y pareciéndole que en calle de Beatas se atrasaba a otros,
-porque el manteo y el sombrero le estorbaban, los soltó en la calle,
-para seguir la marcha, alzándose bien la sotana. Advirtiendo después
-que en ella llevaba, entre el pecho, metidos los guantes (me contó él
-mismo), que los arrojó al suelo, pareciéndole que aun aquello le servía
-de embarazo». Y agrega Medina Conde: «Fueron muchas las confesiones
-generales que se hicieron, y reformó más este susto que muchas
-misiones».
-
- * * * * *
-
-He ido a ver en día de mar agitado la playa malagueña. El agua, que
-tantas veces ha mostrado a mis ojos su espejo de azules profundos
-y pacíficos, ruge y se arquea y avanza hacia la tierra de manera
-tal, que bien se explica hayan padecido el legendario susto los que
-gritaban: «¡El mar se sale!» Las espumas saltan sobre las macizas obras
-del puerto que aquel gran malagueño que se llamó D. Antonio Cánovas
-del Castillo dejó a su ciudad nunca olvidada. Por el lado del faro
-la furia marina se manifiesta igual, y a lo largo de la vía que se
-extiende hacia la parte de la Caleta. Hablando en poeta diría que la
-espuma de los briosos caballos de Neptuno, o la hirviente leche de los
-rebaños que «carnerean» sobre la revuelta superficie, o bien el agitado
-jabón que mil colosales Nansicaas derraman de colosales artesas, llega
-alzándose, echando al aire saladas pulverizaciones, rompiéndose en las
-piedras, hasta salpicar los jardines que en floridas mansiones hay para
-encanto de hidalgos, ricos o adinerados extranjeros.
-
-He visto, a pesar de la mar brava, que los pescadores estaban sacando
-sus redes con gran trabajo. Me he acercado a ellos. Unos veinte hombres
-de cada lado tiraban, aprovechando la llegada de la ola, las cuerdas
-resistentes; y luego hacían esfuerzos para que la vuelta del agua no
-les quitara lo ganado.
-
-Poco a poco, bajo el sol y casi desnudos, hacen su tarea. A veces les
-bañan los espumarajos; a veces les hace retroceder la potencia del
-agua, y se entierran hasta más arriba de los tobillos, encorvados
-con la cuerda del hombro. Y parece que el monstruo está colérico,
-sin razón, como la fatalidad, contra esos pobres trabajadores del
-mar. Porque las cóleras del mar son así, como todas las cosas de la
-naturaleza, iguales para todos. La hormiga o el hombre, el acorazado
-o la lancha del pescador, son aplastados por la misma invisible mano,
-sorbidos por el mismo visible elemento, unidos en la destrucción, en la
-universal muerte. Thalasa no sabe si el rey loco la manda azotar, o si
-están allí los pies de ese otro rey para mojarlos o no. Ella vive en su
-misterio. Hace su eterna obra, cumple su destino infinito. Apenas si
-se comunica con los corazones que se acuerdan con la palpitación del
-suyo, con las mentes de los soñadores y pensadores que se hunden en lo
-insondable del tiempo y del espacio, con los buzos de Dios.
-
-La ronca mar sigue en sus vaivenes y en sus clamores furiosos, y los
-pescadores tiran de su «copo». Un grito señala el momento de unir
-el empuje. Entre los que trabajan hay ancianos, hombres robustos,
-adolescentes dorados de sol, niños que están aprendiendo los oficios
-del agua y del viento. Un capataz vigila. A lo lejos se recortan en el
-lejano horizonte las velas latinas que andan aguas adentro. Los colores
-del agua cambian. Aquí es el blanco lácteo de las espumas, en seguida
-un gris verdoso, en seguida verdeoscuro, luego verdepálido, luego azul.
-Y las voces del mar enojado son roncas, hondas, cuando se desploman los
-arcos de cristal y de ámbar, alborotadas como de muchedumbre al saltar
-los ramilletes enormes, las cascadas espumosas, y con ruido de sedas,
-de papeles que se rozan, de condor que se arrastra, del aire entre los
-ramajes de pinos de un bosque.
-
-Gracias a Dios. A pesar de la cólera del mar, a pesar del ímpetu de
-esas poderosas fuerzas, he aquí que los pescadores han sacado por fin
-el «copo», y más cargados de peces que otras ocasiones en que los he
-visto trabajar con viento propicio y Mediterráneo en calma. La red
-ha traído un buen por qué de calamares, sardinas, rojos salmonetes,
-pequeños y saltantes boquerones, un crecido, feo y amarillento pulpo.
-Los pescadores están contentos. Y me alejo pensando--asociación de
-ideas--en Wells, en Víctor Hugo y en N. S. Jesucristo.
-
-
-
-
-[Ilustración: LA TRISTEZA ANDALUZA]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-¿HABÉIS oído a un «cantaor»? Si lo habéis oído, os recordaré esa voz
-larga y gimiente, esa cara rapada y seria, esa mano que mueve el bastón
-para llevar el compás. Parece que el hombre se está muriendo, parece
-que se va a acabar, parece que se acabó. A mí me ha conturbado tal
-gemido de otro mundo, tal hilo de alma, cosa de armonía enferma, copla
-llena de rota música que no se sabe con qué afanes va a hundirse en
-los abismos del espacio. El «cantaor», aeda de estas tierras extrañas,
-ha recogido el alma triste de la España mora y la echa por la boca
-en quejidos, en largos ayes, en lamentos desesperados de pasión. Más
-que una pena personal, es una pena nacional la que estos hombres van
-gimiendo al son de las histéricas guitarras. Son cosas antiguas, son
-cosas melodiosas o furiosas de palacios de árabes... He oído a Juan
-Breva, el «cantaor» de más renombre, el que acompañó en sus juergas
-al rey alegre don Alfonso XII. Juan Breva aúlla o se queja, lobo o
-pájaro de amor, dejando entrever todo el pasado de estas regiones
-asoleadas, toda la morería, toda la inmensa tristeza que hay en la
-tierra andaluza; tristeza del suelo fatigado de las llamas solares,
-tristeza de las melancólicas hembras de grandes ojos, tristeza especial
-de los mismos cantos, pues no se puede escuchar uno que no diga muerte,
-cuchillada, luto, virgen penosa o nota crepuscular. A la orilla del mar
-he oído cantar a un mozo pescador, que descansaba junto a una barca; y
-su canción era tan triste, tan amarga, como las coplas de Juan Breva.
-Cantan lo mismo las muchachas frescas, rosadas de vida, que ponen
-claveles en las ventanas y que tienen un novio. Porque así son aquí la
-vida y el amor; todo lo contrario de lo que piensan los que sólo han
-visto una Andalucía a la francesa, de exposición universal o de caja
-de pasas. En verdad os digo que este es el reino del desconsuelo y de
-la muerte. El amor popular es inquieto y fatal. La mujer ama con ardor
-y con miedo. Sabe que si engaña al novio, le partirá éste el pecho y
-el vientre de un navajazo. «Una puñalaíta». Hace algún tiempo, en un
-florido patio malagueño, se celebraba una fiesta, y cierta gallarda
-moza se puso a cantar. Cantaba maravillosamente. De pronto cantó una
-copla que dice en dos de sus versos:
-
- ¿No hay quien me pegue un tirito
- en medio del corazón?
-
-Un loco, o un enamorado novio, estaba allí, y sacó una pistola, y le
-pegó el tiro, en medio del corazón. Estos salvajes amorosos son así.
-Antaño no habría sido pistola, sino gumía. Todos los poetas de estas
-regiones son dolorosos y excesivos, fatalistas, o violentos. Todos son
-amados del sol. Todos no: he aquí uno amado de la luna...
-
-En uno de estos crepúsculos de invierno, en que el Mediterráneo ensaya
-un aspecto gris que borrará la aurora del siguiente día, he comenzado
-a leer el libro de un poeta nuevo de tierra andaluza, el cual acaba
-de aparecer y es ya el más sutil y exquisito de todos los portaliras
-españoles. Al hojear su libro _Arias tristes_, lo juzgariais de un
-poeta extranjero. Fijáos más; es un poeta completamente de su tierra,
-como su nombre. Se llama Juan, como el Arcipreste, y Jiménez, como el
-Cardenal. Surge en momentos en que a su país comienzan a llegar ráfagas
-de afuera, sobre más de una parte derrumbada de la antigua muralla
-chinesca que construyó la intransigencia y macizó el exagerado y falso
-orgullo nacional. Quiero decir que llega a tiempo para el triunfo de su
-esfuerzo. Como todo joven poeta de fines del siglo XIX y comienzos del
-XX, ha puesto el oído atento a la siringa francesa de Verlaine. Mas,
-lejos del desdoro de la imitación y ajeno a la indigencia del calco,
-ha aprendido a ser él mismo--_être soi mème_--y dice su alma en versos
-sencillos como lirios y musicales como aguas de fuente. Este poeta
-está enfermo, vive en un sanatorio, allá en Madrid. Así, en su poesía
-no busquéis salud gozosa ni rosas de risa. Cuando más, a veces, una
-sonrisa, una sonrisa de convaleciente:
-
- Convalescente di squisitti mali...
-
-pero en la cual se insinúa uno de los más grandes misterios de la vida.
-Cuando Camille Mauclair, el crítico meditativo del «Arte en silencio»,
-se complacía en escribir versos, colocó un volumen de verbales
-sonatinas de otoño bajo la invocación de Schumann; Jiménez tiene como
-patrono de su libro musical y melancólico al melodioso Schubert. Antes
-de cada división de sus poemas, aparecen, a la manera de introducción,
-las notas de «El elogio de las lágrimas», de la «Serenata», de «Tú
-eres la paz». Se penetra así, a la influencia de la música, a uno como
-parque de dulzura y de pena en donde, al amor de la luna, un alma dice,
-como el ruiseñor, sus arias crepusculares o nocturnas. Nunca como ahora
-se ha cumplido el precepto de Pauvre Lelian: _De la musique avant toute
-chose..._ Ya antes dijo el celeste Shakespeare:
-
- The man that hath no music in himself,
- Nor is not mov'd with concord of sweet sounds,
- Is fit for treasons, stratagems, and spoils;
- The motions of his spirit are dull as night.
- And his affections dark as Erebus...
-
-Conozco de esos seres. Y veo, en cambio, a través de esta poesía de
-sinceridad y de reserva, a un tiempo mismo, la transparencia de un
-espíritu fino como un diamante y deliciosamente sensitivo. He aquí
-un lírico de la familia de Heine, de la familia de Verlaine, y que
-permanece, no solamente español, sino andaluz, andaluz de la triste
-Andalucía. Es de los que cantan la verdad de su existencia y claman
-el secreto de su ilusión, adornando su poesía con flores de su jardín
-interior, lejos de la especulación «literaria» y del mundo del
-arribismo intelectual. Su cultura le universaliza, su vocabulario es el
-de la aristocracia artística de todas partes, pero la expresión y el
-fondo son suyos como el perfume de su tierra y el ritmo de su sangre.
-Desde Becquer no se ha escuchado en este ambiente de la península
-un son de arpa, un eco de mandolina, más personal, más individual.
-Pudiendo ser obscuro y complicado, es cristalino y casi ingenuo. Se
-diría que tiene timideces de orfandad, como el Maestro--_¡priez pour
-le pauvre Gaspard!_--si no se viesen brillar a la luz de la luna las
-espuelas de oro de sus pies de príncipe, que estimulan los bríos de un
-pegaso joven y ardiente cuyas crines están húmedas de rocío matinal.
-El poeta dice, como la Ifigenia de Moreas: «Es dulce el sol», pero
-sus ansias y sus visiones están alumbradas por el _clair-de-lune_. Y
-hay allí en esos versos admirables y exquisitos, las mismas visiones
-y las mismas ansias que en las coplas populares que cantan las mozas
-enamoradas, y los sonoros, duros y aullantes _cantaores_. Allí está la
-irremediable obsesión de la muerte, de la podredumbre sepulcral, de
-los corazones partidos, de la tristeza matadora. Sólo que el artista
-tiene una cultura europea, y si no fuese su «acento» mental, no se le
-conocería el origen ni la patria, y sus arias podrían ser _lieder_
-germánicos o sonatinas parisienses que acompañaría la música de
-Debussy. Hay un olor a violetas. Hay paisajes entrevistos como por una
-ventana, cielos y campos de viñeta. Hay una gran castidad poeana, a
-pesar de los gritos de la vida; hay valles que tienen un ensueño y un
-corazón:
-
- El valle tiene un ensueño
- y un corazón; sueña y sabe
- dar con su sueño un son triste
- de flautas y de cantares,
-
-hay flautas pánicas, dulces flautas campesinas. ¡Deliciosos romances!
-
- Río encantado, las ramas
- soñolientas de los sauces,
- en los remansos dormidos
- besan los claros cristales.
-
- Y el cielo es plácido y dulce,
- un cielo bajo y flotante,
- que con su bruma de plata
- va acariciando los árboles.
-
-Ese romance suena a la música del divino Góngora; y para nosotros, los
-americanos, a la música de un rimador de encantos y de tristezas, de
-un adorable orfeo cubano, ha tiempo desaparecido. Esas notas las hemos
-oído en las cuerdas que acariciaba la mano de Zenea. Escuchad a Jiménez:
-
- Llora el ángelus de otoño
- la campana de la iglesia,
- un ángelus mustio, muerto
- entre la lluvia y la niebla.
-
-Recordad a Zenea:
-
- Baja Arturo al occidente
- Bañado en púrpura regia
- Y al soplar el manso alisio
- Las eolias arpas suenan.
-
-En todo el libro de Jiménez hay una, diríase, sonrisa psíquica, llena
-de la suavidad melancólica que da el anhelo de lo imposible, antigua
-enfermedad de soñador. Los que hablan de un arte enfermo, juzgo que
-se equivocan. No hay arte enfermo, hay artistas enfermos; y en las
-almas es como en la naturaleza. Hay maneras de expresión que da el
-obscuro destino. Los antiguos no andaban errados cuando hablaban de la
-influencia de los astros. Hay maneras de expresión que da el obscuro
-destino, y no exijáis a una pálida flor de lis que tenga los colores
-violentos de una rosa roja, ni modestia a la cola del pavo real, ni
-un solo de ruiseñor al papagayo. El poeta nace, sí; todas las cosas
-naturales nacen; lo que no nace es lo artificial. Así, no penséis
-en que Francis Jammes o Juan R. Jiménez harían mejor en pensar en
-el porvenir político de sus respectivas naciones, que en decir los
-sentimientos que brotan al calor apacible de sus dulces musas. No seas
-alegre, poeta, que naciste absolutamente amado de la tristeza, por tu
-tierra, por la morena y amadora y triste Andalucía; y porque tu sino te
-ha puesto al nacer un rayo lunático y visionario dentro del cerebro.
-
-Hay en este libro vagas reminiscencias literarias; por ahí pasa, un
-momento, un enlutado misterioso semejante al de la estrofa mussetiana,
-el enlutado «qui me ressemble comme un frère»; suena uno que otro
-acorde de fiesta galante--íntima, sin decoración ni preciosismo--y se
-alzan, bajo la claridad lunar, los chorros de agua de Lelian, «sveltes
-parmi les marbres». Y Febe, aquí; allá, más allá, siempre:
-
- Las noches de luna tienen
- una lumbre de azucena,
- que inunda de paz el alma
- y de ensueño la tristeza.
-
- Yo no sé qué hay en la luna
- que tanto calma y consuela,
- que da unos besos tan dulces
- a las almas que la besan.
-
- Si hubiera siempre una luna,
- una luna blanca y buena,
- triste lágrima del cielo
- temblando sobre la tierra,
-
- los corazones que saben
- por qué las flores se secan,
- mirando siempre a la luna
- se morirían de pena.
-
- Mi jardín tiene una fuente
- y la fuente una quimera,
- y la quimera un amante
- que se muere de tristeza...
-
-Hay de cuando en cuando, entre los sedosos romances, estrofas que
-hacen vibrar sus consonantes de armónica, sus acordes de ocarina. Lo
-preciso se junta a lo indeciso. Y el amor del astro en todos los siglos
-misterioso lo melancoliza todo. El poeta explicará su atracción: «Libro
-monótono, lleno de luna y de tristeza. Si no existiera la luna, no sé
-qué sería de los soñadores, pues de tal modo entra el rayo de luna en
-el alma triste, que, aunque la apena más, la inunda de consuelo: un
-consuelo lleno de lágrimas, como la luna. Los que os hayáis estremecido
-bajo las estrellas, oyendo venir en la brisa la sonata de un piano,
-sintiendo qué pobre es la vida entre la noche y ante la muerte, dejad
-caer la mirada sobre estas rimas iguales, de un mismo color, sin otros
-matices que los que en la noche surgen confusamente de los macizos
-del jardín, allá donde están las flores casi ahogadas en la negrura.
-Y soñad conmigo con las visiones blancas de siempre y con los poetas
-muertos: Enrique Heine, Gustavo Becquer, Pablo Verlaine, Alfredo de
-Musset; y lloremos juntos por nosotros y por todos los que nunca
-lloran.» Mirad con simpatía esa juventud que, en estos impudentes
-tiempos, tiene el franco valor de las lágrimas: _Lacrimabiliter_.
-Juzgad que ha elegido bien el patronato de Schuber. «Llave de plata de
-la fuente de las lágrimas», dice Shelley de la música. El poeta nuevo
-toca esa llave y hace caer el agua de la fuente una vez más. Así,
-Andalucía, entre todos tus tocadores de guitarra y de pandereta, entre
-todos los que hacen literatura alegre con tu color y tu exuberancia,
-te ha nacido un sonador de viola, de arpa, que sabe cantar, noble y
-deliciosamente, a la sordina, la recóndita nostalgia, la melancolía que
-llevas en el fondo de tu pecho. En tu copioso y fuertemente perfumado
-jardín lleno de claveles, ha abierto sus pétalos armoniosos una rosa
-de plata pálida espolvoreada de azul. Y yo tengo fe en la vida y en
-el porvenir. Quizá pronto, la nueva aurora pondrá un poco de su color
-de rosa en esa flor de poesía nostálgica. Y al ruiseñor que canta por
-la noche al hechizo de la luna, sucederá una alondra matutina que se
-embriague de sol.
-
-
-
-
-[Ilustración: GRANADA]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-HE venido, por un instante, a visitar el viejo paraíso moro. He venido
-por un ferrocarril osado, bizarría de ingenieros, hecho entre las
-entrañas de montes de piedra dura. He visto inmensas rocas tajadas; he
-pasado sobre puentes entre la boca de un túnel y la de otro; abajo, en
-el abismo, corre el agua sonora. Así el progreso moderno conduce al
-antiguo ensueño. Y cuando he admirado la ciudad de Boabdil, he tenido
-muy amables imaginaciones. He pensado en visiones miliunanochescas.
-He recordado el título del lírico libro del provenzal Aubanel: _La
-granada entreabierta_. Y he ideado las impresiones de la pequeña
-alma de una coccinela pequeñita que se pasease por una granada
-entreabierta... Va por la corteza rugosa que acaba en una corona, que
-ha sido flor roja como una brasa. Va, la pequeñita coccinela, por
-las durezas lisas o ásperas de la cáscara, hasta llegar al borde,
-desde donde se divisa el interior palacio de pedrería... Y los rayos
-solares ponen el encanto de los juegos de la luz en el corazón de la
-granada entreabierta; y la coccinela penetra entre las riquezas que se
-presentan a sus ojos, y se maravilla de ese esplendor, y luego sabe
-que el corazón de la granada es dulce como la miel. Como la almita
-de esa bestezuela de Dios mi alma. He mirado la corteza rugosa de la
-antigua capital mahometana, en un tiempo muy poco propicio, entre
-calles lodosas y bajo un cielo nublado; mas luego he ido hacia la
-parte entreabierta que deja ver el corazón de su historia y su propio
-corazón. Y he visto la pedrería fantástica de un arte exótico, amoroso
-y sensual. Y después, el sol ha brillado; y así, la encantadora ciudad
-se me ha mostrado primero brumosa y luego luminosa. Y sé que el
-corazón de la granada entreabierta es dulce como la miel.
-
-Razón tuvo el rey que lloró como una mujer... Es este uno de los países
-en que uno crearía, para una primavera sin fin, un jardín de ilusiones.
-Un «carmen». Carmen, verso... Jóvenes enamorados, parejas dichosas de
-todos los puntos de la tierra, si sois ricos, venid a repetiros que os
-amáis, en el tiempo de la primavera, a un carmen granadino; y si sois
-pobres, venid en alas de vuestro deseo, en el carro de una ilusión, en
-compañía de un poeta favorito... Verso, carmen.
-
-He tenido, por llegar en este frío Febrero, un singular gozo; estar
-solo en la Alhambra y en el Generalife. En otra estación, la afluencia
-de viajeros abruma y perturba, como en todos los lugares adonde
-puede guiar el rojo Baedeker. Pues es esta una de las ciudades más
-frecuentadas por los rebaños de la agencia Cook. Además, el guía,
-discreto, no ha pretendido instruirme evocando la sombra del erudito
-Riaño. Los rebaños de la agencia Cook, que van a dar de comer a
-las palomas de Venecia, a oir el eco del baptisterio de Pisa, y a
-reflexionar sobre la inclinación de la torre; los que andan en
-busca de la especialidad señalada en las guías, o narrada por los
-_commis-voyageurs_, ya se sabe lo que vienen a ver a Granada: los
-mosaicos y azulejos, que antaño destrozaba el turismo; la Alhambra
-anecdótica: «¡ah, cómo gozaban aquellos moros!»; _Chorro e Jumo_, el
-rey de los gitanos y los tangos de las gitanillas, en las cuevas, en
-donde se compran cestillas de mimbre y candiles de cobre. En otra
-ocasión y en otra parte, me he complacido en bailes de gitanas que
-bailaban maravillosamente, y he contado cómo el pintor Carolus Durán
-dejó caer en el corpiño de una pequeña Esmeralda un luis de oro. En
-cuanto al lamentable rey _fâlof_, vestido como los contrabandistas de
-la era romántica, con una indumentaria de comparsa de ópera cómica,
-«¡palojinglese!» le he mirado al pasar, a la entrada del palacio.
-Ya está muy viejo el pobre modelo de Fortuny, y vive apenas de las
-propinas anglo-sajonas.
-
-No me perdonaríais que a estas horas os resultase con el descubrimiento
-de Granada. Todos, más o menos, acariciáis el recuerdo de vuestro
-«último abencerraje», y si no, el yanqui Washington Irving os
-habrá, de seguro, conducido por estas encantadoras regiones. Pero
-no es posible poner el pie en este suelo atrayente, contemplar la
-decoración histórica de estos recintos de leyenda, sin hacer un poquito
-el Chateaubriand. ¿Quién no se siente en un caso igual poseído de
-ese tartarinismo sentimental, que sin que notemos a la inmediata su
-influencia, nos solidariza un tanto con los tipos de nuestras lecturas,
-con los personajes que nos han hecho pensar y soñar un poco, por la
-poesía de su vida, que nos liberta por instantes de la prosa de nuestra
-existencia práctica cuotidiana? Así, pues, no he de negaros que he
-evocado a la bella Lindaraja cerca de su mirador, que he lamentado una
-vez más la atroz expulsión de los moros, de aquellos moros cultos,
-sabios, poetas, con industrias hermosas y pueblo sin miserias. Desde
-la Alhambra se mira el soberbio paisaje que presenta Granada y su
-vega Deliciosa. A la derecha, la antigua capital, el barrio actual
-del Albaicín, con sus tejados viejos, sus construcciones moriscas,
-su amontonamiento oriental de viviendas; al frente, la ciudad nueva,
-en que la universalidad edilicia sigue el patrón de todas partes; a
-la izquierda, la verde vega, con sus cultivos y sus inmensos paños
-de billar; más acá, cerca de la mansión de encajes de piedra, los
-cármenes, estas frescas y pintorescas villas, donde los granadinos
-cultivan en los ardientes veranos sus heredadas gratas perezas, sus
-complacencias amorosas y sus tranquilas indolencias. En el fondo, la
-sirena coronada de blancura. En verdad se sienten saudades del pasado.
-Se comprende el entusiasmo de los artistas que han llegado aquí a
-recibir una nueva revelación de la belleza de la vida. Se piensa en
-los novelescos guerreros y amadores que vinieron del Africa cercana a
-anticiparse en este país espléndido un poco del cielo mahometano. Nadie
-ha vivido la poesía como esa misteriosa y pensativa raza de hombres
-tristes de amor y de fatalidad. Su arte labra esas mansiones de recelo
-y capricho con talento de abejas. La decoración viene de la naturaleza
-misma, de las líneas de florales, de las geometrías de la clara del
-huevo batido o de los cristales de la nieve. Su arco diríase imitado
-de las herraduras de sus caballos; sus columnas de los datileros, o
-de los tallos de las azucenas. Y hay algo de inaudito y de fantástico
-en todo esto, de manera tal, que vienen al pensamiento esas moradas
-ilusorias en que habitan los inmortales príncipes de los cuentos que
-cuenta la prodigiosa Scherezada. Y tan no puede separarse la poesía
-de estas mágicas arquitecturas, que sus decoradores y ornamentistas
-aprovechaban sus magníficas caligrafías para adornos, adornos que
-al mismo tiempo que los ojos con sus combinaciones y bizarrías
-de caracteres, halagan la mente con el sentido de las suras o la
-significación de los versos. Y ¿ese encanto del agua, transparencia,
-frescor, armonía, en los patios de mármol, para creyentes en cuya
-religión son obligatorias las abluciones, y ardientes poligamos en cuyo
-paraíso el primer premio es la limpia, perfumada, adolescente y siempre
-virgen belleza femenina?
-
-El agua por todas partes, en las copiosas albercas, en los estanques
-que reproducen las bizarrías arquitecturales, en las anchas tazas como
-la que sostienen los leones del famoso patio, o simplemente brotando de
-los surtidores colocados entre las lisas losas de mármol. Comprendían
-aquellos príncipes imaginativos que hablaban en tropos pomposos, que
-la vida tiene hechizos que hay que aprovechar antes de que sobrevenga
-la fatal desaparición. Fijáos en el significado de las inscripciones
-decorativas que a cada paso encontraréis: «Yo soy una esposa con las
-vestiduras nupciales, dotada de hermosura y perfecciones. Contempla el
-esplendor que me rodea y comprenderás la gran verdad de mis palabras.
-Mira también mi corona, la encontrarás semejante a la luna nueva. Ibn
-Nazar es el sol de este orbe del esplendor y la belleza. Permanezca en
-su elevado puesto sin miedo a la hora del ocaso. Mientras yo, llena
-de gloria por misericordia suya, publico siempre sus felicidades.
-Contempla este esplendor. Aquí se establece para administrar justicia a
-sus siervos. Siempre que de aquí se aleja, sus vasallos se entristecen
-de no encontrarlo. Pues por mi Señor Ibn Nazar colma Dios de beneficios
-a los que le sirven. Habiéndole hecho descendiente del Señor de la
-tribu de Jaxred Saad, hijo de Obada». ¡Gloriosos nazaritas y feliz
-Abul Walid Ismael! Y allí en dos nichos de la sala de Comares:
-«¡Alabanza a Dios! Yo deslumbro a los seres dotados de hermosura con
-mis adornos y mi diadema, pues los luceros descendieron a mí desde
-sus elevadas mansiones. Aparece el vaso de agua que hay en mí como un
-fiel que en la quibla del templo permanece absorto en Dios. A pesar
-del transcurso del tiempo, continuarán mis generosas acciones dando
-alivio al que tiene sed, y albergue al indigente. Pues por mí pasan
-las numerosas liberalidades de mi Señor Abul Hachach. Nunca dejan de
-brillar en mí sus resplandores, pues su luz resplandece aun en las
-tinieblas de la noche. Tallaron sutilmente los dedos de mi artífice
-mis labores, después de haber ordenado las piedras de mi corona. Me
-asemejo al solio de una esposa, pero soy superior a él, pues contengo
-la felicidad de los desposados. Aquel que venga a mí sediento, le
-conduciré a un lugar donde encuentre agua limpia, fresca, dulce y
-sin mezcla. Pues yo soy a manera del arco iris cuando aparece, y el
-sol nuestro Señor Abul Hachach. No dejen de vivir sus bondades tanto
-tiempo cuanto la casa del Excelso continúe concediendo los favores de
-la peregrinación». Por todos lugares encontraréis las alabanzas al
-dichoso dueño y morador, y, sobre todo, a Alah. Nada que contenga mayor
-filosofía que la divisa de los Alhamares: «Sólo Dios es vencedor».
-Para disfrutar tranquilamente de la magnificencia y suavidad de estos
-parajes y recintos, ninguna ayuda mejor que la tradición, eso que no
-está en los libros ni certifican los documentos. Así, al llegar a la
-pila en donde algo que se asemeja a una gran mancha sangrienta llama
-la atención del visitante, no escuchéis a los que os dicen que Ginés
-Pérez de Hita inventa, y creed firmemente en que esa oscura tacha de
-mármol es debida a las rojas degollaciones de que se habla en las
-leyendas de zegríes y abencerrajes. Y cuando estéis en el patio de
-Lindaraja, no pongáis atención a los arabizantes que os pretendan
-explicar la etimología del nombre y negar la existencia de la linda
-figura; antes bien: imagináosla muy rosada, muy blanca, muy ardiente
-para el amor, y con unos ojos almendrados, de negros mirares, como
-corresponde a una verdadera sultana de cuento. Los traductores como
-Lafuente Alcántara pueden serviros para saber que en la taza de la
-fuente, en ese patio, dejó un poeta estos pensamientos: «Yo soy un
-orbe de agua que se ostenta a las criaturas diáfano y transparente;
-un gran océano, cuyas riberas son obras selectas de mármol escogido,
-y cuyas aguas, en forma de perlas, corren sobre un inmenso hielo
-primorosamente labrado. Me llega a inundar el agua; pero yo, de tiempo
-en tiempo, voy desprendiéndome del transparente velo con que me cubre.
-Entonces yo y aquella parte de agua que se desprende desde los bordes
-de la fuente, aparecemos como un trozo de hielo, del cual parte se
-liquida y parte no se liquida. Pero cuando mana con mucha abundancia,
-sólo somos comparables a un cielo tachonado de estrellas. Yo también
-soy una concha, y la reunión de las perlas son las gotas. Semejantes
-a las joyas que la diestra mano de un artífice colocó en la corona de
-mi Señor Ibn Nazar, del que con solicitud prodigó para mí los tesoros
-de su erario. Viva con doble felicidad que hasta el día el solícito
-varón de la estirpe de Galeb, de los hijos de la prosperidad, de los
-venturosos, estrellas resplandecientes de la bondad, mansión deliciosa
-de la nobleza. De los hijos de la kabila de los Jazrech, de aquellos
-que clamaron la verdad y ampararon al profeta, él ha sido nuevo Saad,
-que con sus amonestaciones ha disipado y convertido en luz todas las
-tinieblas. Y constituyendo a las comarcas en una paz estable, ha hecho
-prosperar a sus vasallos. Puso la elevación del trono en garantía de
-seguridad a la religión y a los creyentes. Y a mí me ha concedido el
-más alto grado de belleza, causando mi forma admiración a los eruditos;
-pues ni jamás se ha visto cosa mayor que yo en Oriente ni en Occidente,
-ni en ningún tiempo alcanzó cosa semejante a mí rey alguno ni en el
-extranjero ni en Arabia». Salones, torres, ajimeces, bordadas piedras,
-aéreos calados, baños, jardines, miradores... Aquí encuentro que había
-Justicia; más allá que había Salud; más allá que había Belleza; más
-allá que había Placer. Eran sabios aquellos hombres de turbante; eran
-buenos, eran fuertes y eran artistas.
-
-Si la Alhambra es más grande, más suntuosa, más imponente, el
-Generalife es más cordial, más íntimo, más amable. «Delicioso para el
-amor», escribió en el álbum de la dulce mansión una mujer llamada
-D.ª Cristina Santoyo. D.ª Cristina sintetizó así todo lo que pueden
-hilar los literatos y rimar los poetas sobre este rincón hechicero.
-Yo no sé si la marquesa de Campotejar, dueña actual de esa maravilla,
-es joven; pero si no lo es, tiene que haberlo sido y que haber amado
-en este nido de ensueño; y, por lo tanto, haber tenido por escenario
-de su amor el que le envidiarían todos los reyes de la tierra. Cuán
-explicables son los entusiásticos arranques del viejo Dumas, en las
-cartas en que se manifiesta poeta y amoroso: «Lo que hay de maravilloso
-en el Generalife, señora, no son por cierto sus salas, sus baños, sus
-corredores, pues que esto lo encontraremos en la Alhambra mejor y más
-bien conservado; lo que es allí bello, maravilloso, son sus jardines,
-sus aguas, su vista. Permaneced, pues, en medio de esos jardines lo que
-os sea posible, señora; embriagáos con los perfumes que no encontraréis
-iguales, porque en parte ninguna se hallarán reunidos en un más pequeño
-espacio tantos naranjos, tantos jazmines, tantas rosas; impregnáos con
-la muelle frescura que despide el agua, porque tampoco en parte alguna
-veréis brotar tantas fuentes, despeñarse tantas cascadas, rodar tantos
-torrentes; y, en fin, mirad por cada abertura, que cada abertura es una
-ventana abierta sobre el paraíso. Y lo que más os seducirá, señora,
-es ese sabor de Arabia que ha quedado flotando en el aire». Yo he
-gustado ese sabor de Arabia desde que penetré por entre la doble fila
-de cipreses y entré por la baja y ancha puerta del Generalife. Buenos
-genios me amparaban en mi paseo solitario. Por guía tuve a la hija del
-jardinero, una preciosa niña de trece a catorce años, rubia y seria,
-que me enseñó el secular ciprés, bajo el cual se sentaba la sultana
-Zoraida, y el estanque, y los mirtos, y los rosales, y las salas en que
-en los viejos lienzos se representan los antiguos señores, y el gran
-árbol genealógico, y las galerías silenciosas en donde dan ganas de
-suspirar y de besar. ¿Para qué hablaros de lo demás? ¿Para qué deciros
-vulgares noticias de las guías, datos y fechas que os resultarían
-ridículos? ¿Para qué hablaros de la Granada actual, de la ciudad que
-hace política y en donde se pregonan las últimas noticias del conflicto
-ruso-japonés? He dejado Granada con pena, por su corazón de mármol
-labrado, por su viejo corazón, por sus divinas vejeces, que hace más
-adorables una naturaleza singular. Es uno de los pocos lugares de la
-tierra en que uno querría permanecer, si no fuese que el espíritu
-tiende adelante, siempre más adelante, si es posible fuera del mundo,
-«anywhere out of the world!» Y al dejarlo, han venido a mi memoria las
-estrofas de una romanza que en mi niñez oía cantar:
-
- Aben Amet, al partir de Granada,
- su corazón desgarrado sintió,
- y allá en la vega, al perderla de vista,
- con débil voz su lamento expresó...
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración: SEVILLA]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-AUNQUE es invierno, he hallado rosas en Sevilla. El cielo ha estado
-puro y francamente hospitalario pasadas las primeras horas de la
-mañana. La Giralda se ha destacado en espléndido campo de azur. Luego,
-las mujeres sevillanas, entrevistas por las rejas que hay a la entrada
-de los patios marmóreos y floridos, dan razón a la fama. He visto,
-pues, maravilla.
-
-No sin razón es esta la ciudad de don Juan y la ciudad de don Pedro.
-Siempre la poesía, la leyenda, la tradición, os saldrán al encuentro.
-Estrella, el Burlador, el Monarca cruel, el Barbero... Por eso el
-grande y armonioso José Zorrilla se recomendaba aquí evocando el nombre
-de su Tenorio y de su Rey justiciero. El turismo viene, por moda, a la
-Semana Santa. Es decir, a pagar cuentas enormes de hospedaje, a dormir
-sobre una mesa de billar en veces, y a ver pasar las procesiones, entre
-católicos irreligiosos, santos macabros, cristos lívidos y sangrientos
-con cabelleras humanas. Al mismo tiempo, el viajero escuchará los
-gritos extraordinarios de las saetas y las carceleras. En el día
-aprovechará la buena ocasión para ir a ver a las cigarreras en la
-fábrica, con sus _deshabillés_ sugerentes; si ha leído _La femme et le
-pantin_, de Pierre Louys, tanto mejor; y volverá a su país diciendo que
-ha conocido el encanto sevillano. No, ciertamente, indiscutiblemente,
-el encanto sevillano está en otra parte. La Semana Santa y la feria
-son notas singulares, y las cigarreras ayudan al color local que se
-ha conocido en las lecturas; pero el alma de Sevilla no tiene gran
-cosa que ver con todo ese pintoresco reglamentario. Ni con eso, ni
-con el industrialismo y la vida comercial que puebla de barcos las
-riberas del Guadalquivir; ni aun con el batallón trashumante de toreros
-calipigios que se entretiene en la estrecha y retorcida calle de las
-Sierpes. El encanto íntimo de Sevilla está en lo que nos comunica su
-pasado. Su alma habla en la soledad silenciosa; así el alma triste de
-toda la vieja España. Dicen sus secretos las antiguas callejuelas en
-las horas nocturnas. Y nada es comparable a la melancolía grave de sus
-jardines, esos jardines que ha interpretado pictórica y magistralmente
-en melodías del color el talento excepcional y hondo de Santiago
-Rusiñol--ese «ruiseñor» de la fuerte Cataluña.
-
-¡Sevilla! Las injusticias de la fama no tienen gran fundamento:
-abominad la célebre calle de las Sierpes en donde existió un célebre
-café flamenco que se llamaba el Burrero...; abominad la manzanilla
-misma, que es un brevaje aceitoso y poco amable; abominad, aunque os
-gusten los toros, a los toreros fuera del coso. Pero adorad, extasiáos,
-para vuestro reino interior, en los jardines del Alcázar sevillano--,
-como en Aranjuez, como en la mágica Granada. De todo lo que han
-contemplado mis ojos, una de las cosas que más han impresionado a
-mi espíritu son esos deleitosos y frescos retiros. Ni las vetustas
-murallas carcomidas de siglos, que aún atestiguan el viejo poderío de
-los conquistadores romanos, ni los restos visigodos, ni la esbelta
-Giralda mauritana, cuyo nombre alegra como una banderola, ni la Torre
-del Oro a la orilla del río, ni las magnificencias del Alcázar, que
-renuevan en mi memoria las sensaciones experimentadas en la Alhambra
-granadina, nada me ha hecho meditar y soñar como estos jardines
-que vieron tantas históricas grandezas, tantos misterios y tantas
-voluptuosidades. La culpa la tiene en gran parte ese don Pedro que
-tenía tanto de don Juan...
-
-Cuando uno entra, a un lado de las galerías que llevan el nombre de
-aquel raro monarca que comprendía la belleza morisca, que tuvo mucho
-de oriental, mucho del Arum-al-Raschid de «Las mil y una noches», lo
-primero que conmueve es el más blando de los silencios, apenas turbado
-por el fino hilo líquido que cae de un surtidor en el ancho estanque de
-verdes aguas. El suave viento mueve el ramaje de dos grandes magnolias
-vecinas. Y entre rosales y arrayanes, se descienden dos graderías y se
-va a ver lo que se llama los baños de doña María de Padilla. Hay una
-grande y larga piscina, bajo bajas bóvedas góticas. Nada más. Pero,
-¿qué importa? Pintores ha habido que han intentado resucitar el sensual
-capítulo de la bella novela de vida. Quedáos al amor de vuestras ideas.
-¿No oís cantar los pájaros de la primavera? ¿No veis al monarca que se
-acerca entre las flores nuevas y lujuriantes? ¿No oís el ruido del agua
-transparente en donde el cuerpo sonrosado de la real querida forma a
-su rededor círculos de diamante? Ella ríe, el duro rey sonríe. Cerca
-hay palomas blancas y de plumajes que la luz tornasola; y un pavón
-de Oriente, vestido de orgullo, ostenta sus gemas, como un visir de
-fiesta. Ahí tenéis el encanto sevillano.
-
-Más allá iréis al jardín de la gruta, y allí los arrayanes forman un
-famoso y pueril laberinto; y en un rústico templete, bajo extraña
-bóveda, una blanca estatua de dos mujeres unidas por la espalda, arroja
-de sus cuatro pechos cuatro chorros de agua. Neptuno decorativo os
-saluda en el llamado jardín Grande, y en el del León hay señaladas
-huellas leoninas: _hic sunt leones_. Es en efecto aquí donde se
-conserva el cenador del césar Carlos V. Allí, entre los mármoles y los
-policromos azulejos y las maderas admirablemente talladas, las águilas
-imperiales guardan el orgullo de sus actitudes y recuerdan la presencia
-desvanecida de la soberbia y soberana persona.
-
-Cuando salís, lleváis una sensación imborrable.
-
-Como decía antes, por las calles os llamará siempre, con su callada
-voz, la tradición. En vano, en las vías estrechas, os hará pegaros a la
-pared el tranvía eléctrico. En vano los vendedores de antigüedades os
-querrán atraer con sus letreros en inglés. Por muy poco meditativos o
-poetas que seáis, tendréis que pensar en uno de los dos hombres-sombras
-zorrillescos, don Pedro o don Juan.
-
-Allá en la iglesia del hospital de la Caridad, me he inclinado ante
-nombres ilustres, de mosaistas, pintores y tallistas; bastará el solo
-de Murillo multiplicado en obras excelentes, como un Dios Niño que se
-apoya en el mundo, todo gracia, y un Moisés en que Bartolomé Esteban
-demuestra que celeste suavidad y pincel dulce no le impiden el dar
-cuando le venía en voluntad una nota de fuerza. Y luego el realista
-y macabro Valdés Leal, cantado en las labradas rimas de Gautier, que
-renueva en más de un cuadro el triunfo de la muerte, y las visiones
-cadavéricas de los frescos del camposanto pisano.
-
-Cuenta un cronista que al ver pintada tan a lo muerto la descomposición
-en el ataúd, dijo Murillo a su amigo el artista: «Compadre, esto
-es menester mirarlo con la mano en las narices». Mas, pasad a la
-sacristía. No os detengáis en la visión de San Cayetano, de Céspedes,
-ni en el San Miguel, de Roela.
-
-Ved ese retrato del tiempo viejo, ved ese caballero firmado por Valdés
-Leal y ved esa espada antigua, que en estos tiempos de ruines prosas
-no hay mano digna de tocar. Ese caballero orgulloso, cuya estatua se
-ha inaugurado recientemente, es un _révenant_, es un habitante del
-ensueño, es un vecino de la ciudad de la eterna ilusión, es un héroe de
-la poesía, un fantasma de capa y espada. Ese hombre es el asesino del
-amor y el campeón de la voluptuosidad. Es el Sr. D. Miguel de Mañara,
-celebrado en la inmortalidad del arte bajo el nombre de Don Juan. Y esa
-es su espada. Está en una sacristía, porque ya sabéis que el diablo
-cuando se hizo viejo se metió fraile.
-
-En la catedral mucho hay que admirar y las guías lo detallan; pero
-allí también, como en todos lugares, es el pasado el que os detiene
-con su historia o con su página legendaria. Así, de ese púlpito que
-encontráis en un patio, en donde predicaron varones ilustres como el
-vigoroso Vicente Ferrer, pasáis a las maravillas de las naves, en donde
-gloriosas paletas dejaron telas de valor y de renombre. Y la anécdota
-tradicional os espera asimismo por toda capilla y rincón, desde el
-colosal San Cristóbal, junto al altar de la Gamba, hasta el pequeño
-Niño Jesús, al cual llaman el mudo, obra de Montáñez. Y aquí llega la
-nota curiosa.
-
-Encontráis gentes de añeja devoción, a quienes dirigís la palabra,
-y que, por más que les habléis, no os dan contestación alguna. Esos
-son fanáticos que han hecho al niño rubio del altar la promesa del
-silencio por un tiempo determinado. En una de las capillas--y aquí la
-anécdota es moderna--está el famoso San Antonio, de Murillo, cuadro
-que fué mutilado por un visitante norteamericano, que creyó oportuno
-aislar el santo del resto de la composición para provecho propio.
-Sabido es que el cónsul español en Boston tuvo denuncia del paradero
-del fragmento pictórico y logró rescatarlo. Hoy, gracias al arte y
-habilidad de un pintor eminente, el cuadro aparece restaurado, y no se
-notan las señales de la amputación del robador yanqui.
-
-No os detendré ante las muchas obras artísticas y renombradas que aquí
-se guardan, pues son tantas y tales que hay libros de eruditos, como
-Cean Bermúdes, que están dedicados a ellos. Pero no dejaré de deciros
-que veáis cierto fúnebre monumento que está cerca del Cristóforo de
-Pérez de Alesio, el cual monumento es obra moderna y muy celebrada,
-compuesta de cuatro figuras que soportan una urna, y que seguramente
-os es familiar por las ilustraciones. En esa urna--¡descubríos!--están
-las cenizas, las discutidas cenizas de Cristóbal Colón, que antes
-estuvieron depositadas en la catedral de la Habana. Creo que el más
-impasible e indiferente de los americanos, no dejará de sentir así sea
-una vaga emoción delante de ese puñado de huesos. Hasta después podrá
-llegar la eterna Eironeia, y haceros comprender que no es muy grande el
-favor que nos hizo.
-
-La tarde estaba alegre y dorada cuando pasé el Puente de Triana para
-ir al barrio de ese nombre tan cantado en las coplas. ¿Diré que tuve
-más de una ilusión deshecha? Fuera de una que otra ventana llena de
-los tiestos usuales en toda Andalucía, y una que otra cara de cromo
-o de caja de cerillas, no pude satisfacer mi curiosidad de belleza
-sevillana. Vi mucho mozo de chaqueta y pantalón ajustado, haraganeando
-en las esquinas, no lejos de los muelles en que el sevillano trabajador
-suda en los afanes del tráfago moderno. Vi portales sin aseo y tiendas
-de salazones, y una diligencia a la antigua, que al lado del eléctrico
-tranvía iba cargada de gentes y maletas a alguna parte. Vi la Torre
-del Oro bañada del oro de la tarde, y el río de un color sucio
-amarillento; y a lo lejos las alturas que empezaba a borrar, a esfumar
-el crepúsculo. Y si no volví contento de Triana, puesto que quizás yo
-iba con la idea de un Triana fantástico, o imposible o demasiado a la
-francesa, tuve un desquite con la salida de una bella niña y una vieja
-dueña de una vieja iglesia. Doña Inés del alma mía y su inseparable
-guardadora.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración: CORDOBA]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-UNA modesta estación; un ómnibus que va mal que bien por la calle,
-sobre baches y fango.
-
-Mal tiempo. He ahí mi primera impresión en la ilustre y secular
-Córdoba. En cambio, los verdes naranjos, en los cercanos jardines,
-y flores a pesar del tiempo, me resarcieron del inicial desencanto.
-El hotel en que me hospedo da a la vía principal de la población,
-la alameda llamada del Gran Capitán, en memoria de aquel magnífico
-guerrero D. Gonzalo, cuya casa natal estuvo por este punto. Cuando la
-lluvia ha cesado y puedo salir, veo grupos de gentes estacionados en
-la alameda, el eterno grupo de ciudad española, que conversa y «mata»
-las horas.
-
-Fuera de este paseo, de que están orgullosos los habitantes, las otras
-calles son marcadamente típicas, descendiendo de la parte alta de la
-ciudad a la baja, o Ajerquia. No he podido menos que tener presente en
-mi memoria a la amable Córdoba argentina, a cada paso que he dado en
-la antigua Córdoba andaluza. No es que tengan nada de semejante, fuera
-del espíritu de la raza llevado por los hombres de la colonia, sino
-que el nombre imponía el recuerdo, y el haber sido centro de estudio
-y de saber en tiempos remotos esta ciudad abuela, como esa en no tan
-lejanos, continuando su tradición en los presentes. No son pocos los
-pergaminos de nobleza de la patria de Séneca y de Lucano, a la cual un
-latinista moderno hace declarar sus grandezas en clásicos exámetros:
-
- Illa ego sum quodam latialis gloria Roma
- cum dedit illa mihi quæ sibi jura dabat.
- Inter romanas sum prima colonia facta
- sola que patricio nomine clara fui.
- Deliciis fruor ipsa meis Montisque Marian
- ad cujus gremium dotibus aucta cubo...
- Piscosus me Boetis amat, me argentea cingit
- unda cabalino fonte sacrata magis, etc., etc.
-
-Y vaya esa transcripción de sabios metros en gracia a las dos Córdobas
-gloriosas, pues la de ese lado del mar también pudiera repetir con ésta:
-
- Mille mihi Senecæ, Lucani mille fuissenl,
- si mihi Mecoenas unus ab urbe foret.
-
-Decía, pues, que las calles de la población me han parecido de
-lo más característico, y con razón, pues según la monografía
-histórico-topográfica de Ramírez, «ni en su dirección ni en su anchura
-han sufrido alteración alguna sustancial desde los tiempos más remotos,
-y son, por lo general, como todas las de las poblaciones antiguas,
-estrechas y torcidas, o poco alineadas, por lo que es cosa digna de
-reparo que en el centro de la ciudad se encuentren algunas calles de
-mediana anchura». Yo, ni en Granada, ni en Sevilla, ni en Málaga, he
-encontrado ese ambiente de antigüedad de esta capital esclarecida y
-en una época foco, puede decirse, de la sabiduría universal. Y en la
-estrechez y soledad de las calles, la reja siempre, la ventana propicia
-al amorío de romance, los patios misteriosos que se entrevén. Si en
-un lugar, a modo de plazoleta, está el nombre de Séneca, y evocáis la
-memoria de aquel admirable filósofo y periodista _avant la lettre_,
-conocimientos mentales no tan viejos se os presentarán en esas casas
-de las vías angostas, y de las cuales suele brotar, inesperadamente,
-el eco de un piano. Allí puede muy bien vivir la señorita doña Pepita
-Jiménez; allá puede estar forjando sus ilusiones el doctor Faustino;
-y si no, en una o en otra morada puede haber nacido el ilustre D.
-Juan Valera, porque es sabido que, como Ambrosio de Morales y el gran
-Góngora, D. Juan es cordobés.
-
-De edades lejanísimas quedan en Córdoba huellas cesáreas. De César
-quedan, cuando después de ser cartaginesa fué romana. Como colonia
-patricia consta en las medallas y en los libros que fué notable. Y aun
-afirma uno de sus historiadores que, siendo pretor de las Españas
-citerior y ulterior Marco Claudio Marcelo, «la ciudad fué ampliada y
-ennoblecida con suntuosos edificios, y parece se hizo de moda en Roma,
-por aquel tiempo, poseer una quinta en los amenos campos de Córdoba».
-Hoy de aquellas grandezas quedan apenas lápidas, inscripciones
-monumentales, columnas miliarias, monedas de Augusto en que hay
-borrosos problemas para los numismatas, y un venerable puente, al que
-aún sostienen sus pesados arcos sobre el turbio Guadalquivir. Fué goda
-y luego árabe, y los islamitas la elevaron en verdad a su más alta
-potencia. Leer esa historia es penetrar en su vida cuasi fabulosa de
-capital imperial, de un imperio de cuento miliunanochesco.
-
-Hoy queda casi nada en comparación de los antiguos esplendores
-califales; pero lo que queda, la mezquita convertida en catedral y
-cuya transformación enoja a todo artista viajero, como D'Amicis, da
-idea de qué clase de cerebros cubrían aquellos prestigiosos turbantes.
-¿Qué sería aquella magnífica Rusafa, o huerto real, en donde el
-poderoso Abderramán I, que también, como buen oriental, era profeta,
-anticipándose al cubano José María Heredia el viejo, cantó a su
-compatriota la palmera, entonces extranjera en esta tierra? Y sobre
-todo, ¿qué escenario como de la historia del príncipe Camaralzamán y la
-princesa Badura, u otros príncipes en cuyas vidas se interesaba tanto
-Dinarzada, no sería la Azhara de Abderramán III, llamada así por el
-nombre de la favorita del harén? En verdad, pudo venir a habitar el
-palacio el rey Salomón en compañía de la reina de Saba. No os repetiré
-los datos algo prosaicos de cronistas cristianos como Díaz de Rivas;
-pero sí lo que refieren narradores árabes contemporáneos de aquel
-espléndido califa:
-
-«Las casas edificadas bajo un plan uniforme, con mucho gusto y
-magnificencia y coronadas de azoteas, tenían jardines plantados de
-naranjos, y correspondían a la grandeza y suntuosidad del alcázar a
-que estaban agregadas. En la construcción de este sitio real empleó
-Abderramán inmensos tesoros. Los obreros ocupados en la construcción
-eran mil, mil y quinientas las mulas y cuatrocientos los camellos que
-conducían materiales. Ayudáronle en la dirección de la obra los más
-célebres arquitectos de Bagdad, Tosthat y Kaiorán, y de Constantinopla,
-que le envió su aliado Constantino VI, regalándole al mismo tiempo
-cuarenta columnas de granito, las más hermosas que pudo encontrar.
-Pasaban de mil doscientas las de varias clases de mármoles que había
-hecho traer a gran precio de algunas provincias de España, de Francia,
-de Italia, Grecia, Africa y Asia. El exterior, así como el interior del
-alcázar, contra la costumbre de los árabes, estaba hermoseado con el
-mismo empeño y prolijidad que el resto del edificio, y en el interior
-se encontraba cuanto el arte ayudado de la riqueza puede producir de
-más bello y encantador. Las paredes estaban incrustadas de arabescos
-de mucho gusto, las ventanas y puertas eran de cedro adornadas
-de preciosas esculturas, y los techos pintados de azul celeste y
-esmaltados de oro.
-
-«Pero como era natural, nada llegaba al primor y riqueza que en
-el salón destinado para su morada había prodigado el califa. Los
-adornos de sus muros estaban formados de oro, perlas y otras piedras
-preciosas, y en varios sitios, según costumbre, se leían aleluyas
-alkoránicas. En una magnífica fuente de alabastro, que estaba en medio
-de la pieza, arrojaban agua por la boca varios animales de oro, y en
-su centro nadaba un cisne del mismo metal. Sobre la fuente pendía
-una perla de extraordinario precio que al califa había regalado el
-emperador León, de Constantinopla. El retrete donde estaba el lecho
-de la favorita, se veía cubierto por un artesonado revestido de oro y
-acero, y sembrado de piedras preciosas; y en medio del resplandor que
-despedían las luces de cien arañas, saltaba un chorro de azogue que
-cual plata líquida caía en un hermoso pilón de alabastro. Sobre la
-puerta principal del alcázar, se veía la estatua de la hermosa esclava,
-no sin indignación de los más severos musulmanes, que censuraban la
-impiedad del califa, que se había atrevido a representar la forma
-humana, contra el expreso precepto del Korán. Los jardines que rodeaban
-el palacio correspondían a lo demás en primor y belleza, pues la
-fantasía más fecunda había prodigado allí cuanto puede lisonjear los
-sentidos. Bosques de mirtos y de laureles se mezclaban con los olivos,
-cuyo verdor se retrataba en las cristalinas aguas de los estanques:
-animales raros vagaban encerrados en jardines dispuestos para este fin
-y aves de vistosos plumajes y agradable canto animaban tan encantadora
-mansión.» Al suspender esa descripción, no creeríais oir la voz de
-Dinarzada: «¿Hermanita, quieres contar uno de los hermosos cuentos
-que tú sabes?» De tales mansiones no se gloria hoy la más soberbia de
-las testas coronadas y solamente pueden contemplarse, con ayuda de
-la imaginación, en las renombradas narraciones que he citado y que
-ha sacado a la luz y al arte modernos la sabia voluntad y el talento
-admirable del Dr. Mardrus.
-
-Vagando de un punto a otro y perdiéndome a veces en el laberinto
-de esas calles orientales, he dado con fuentes, ruinas, un curioso
-monumento al ángel Gabriel, que, según tradición, ha librado a la
-ciudad repetidas veces de pestes, tempestades y calamidades, y por
-fin encontré lo único que verdaderamente atrae a los extranjeros: la
-mezquita. En este caso, como en otros, no cabe descripción alguna,
-pues muchas hay en las guías y en cien libros de viajes. Diré, sí,
-que me asombró este edificio de fe, como los otros edificios de amor y
-de guerra que dejaron en su amado Al-Andalus, y que uní mi voz a las
-mil que han lamentado la vandálica religiosidad de los católicos que
-creyeron preciso demoler obras del arte y afear el recinto de Alah para
-adorar mejor a Jesucristo.
-
-La selva de columnas, la profusión de los arcos, hacen pensar en
-lo que sería cuando no había tapiadas puertas y la luz penetraba
-lateral. Se diría una vasta petrificación de palmeras. Y gracias que
-aún queden joyas arquitecturales y de mosaico, cual ese prodigioso
-mihrab o sagrario mahometano, que es la admiración de los conocedores.
-Aunque hay en la parte de intrusa construcción española muy notables
-trabajos, como el coro, el visitante no tiene pensamientos más que
-para los islamitas, que sabían edificar tan bellas moradas de oración.
-Al entrar, da deseos de cambiar los zapatos por un par de babuchas, y
-murmurar que «sólo Dios es grande».
-
-
-
-
-[Ilustración: GIBRALTAR]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-I
-
-DESDE que llegué a Algeciras, sentí que ya no me encontraba
-completamente en España. No descendí en la estación, sino a la entrada
-del muelle, a un paso del Hotel Anglo-Hispano y del Hotel Reina
-Cristina, dos establecimientos ingleses. El tren llega hasta allí
-para comodidad de los ingleses. Desde luego la línea férrea entre
-Bobadilla y Algeciras es propiedad de una compañía inglesa. En el hotel
-me encuentro con que todo el mundo es inglés. En el salón de lectura
-casi todos los diarios son de Londres. Alguien me asegura que desde el
-Hotel Reina Cristina, que está construído en una altura y en el cual
-se eleva un largo mástil, se hacen señales semafóricas con Gibraltar.
-Al día siguiente tomo en el muelle inglés el vapor de la misma
-nacionalidad, que me conduce al Peñón.
-
- * * * * *
-
-Un malagueño que se llama Paquito y que es portador de una guitarra, va
-a bordo. Una joven miss se ha acercado a él y en muy buen castellano le
-invita a que le dé una lección al aire libre, sobre cubierta. Paquito
-se excusa. Luego, allá a solas conmigo, me hace sus confidencias.
-
---¡Vamos, que los ingleses no me agradan! Voy a Gibraltar por unos días
-a ganar un dinerito... A usted, si gusta, le invito para que me oiga
-tocar y cantar.
-
-La enorme mole se va agrandando sobre el fondo del cielo invernal.
-Se distinguen las casas escalonadas sobre la roca, y más tarde los
-muelles y escolleras; por todas partes el ir y venir de barcos, y, con
-ayuda del anteojo, las innumerables baterías, la floración de cañones
-que hacen del promontorio un inmenso panal de piedra y acero en que
-aguardan el momento propicio para lanzarse los enjambres de avispas de
-fuego que alborotará la mano de la guerra.
-
---¿Qué le parece, Paquito?
-
-Paquito alza los hombros, resignado. Después, a media voz, me canta,
-junto a la borda del barco, una canción, con ritmo de tango, cuyas
-patrióticas y desgreñadas estrofas, no por serlo dicen menos lo que
-siente el corazón popular.
-
- España fué la nación
- que más lauros conquistó;
- por la tierra y por el mar
- extendió su autoridad;
- al grito sacrosanto
- de Castilla y de León,
- clavaba en lo más alto
- su glorioso pabellón.
- Tiempo feliz que de fijo
- para siempre ya pasó.
- Al comparar la antigua situación
- con la actual, causa pena y dolor.
- De ira y de vergüenza
- deberíamos llorar
- al contemplar, y es la verdad,
- que nuestra dignidad
- manchada está
- desde que vió ondear
- la bandera inglesa
- en el Peñón de Gibraltar.
- Qué vergüenza da,
- que vergüenza da, y es la verdad.
- Aunque el mundo sabe
- que ese invencible Peñón
- hoy es inglés
- por una traición.
- Porque jamás pudo vencer
- el pueblo inglés al español,
- y en lucha igual, franca y leal,
- el Aguila se humilla ante el León.
- Pero ha de llegar
- el día en que volvamos
- nuestro Peñón a recobrar
- y ese día cerca está,
- y subiendo a lo más alto,
- y allí gritando ¡viva España!
- nuestro glorioso pabellón clavar.
-
-¡_Alas poor_, Paquito! Mientras das al aire suavemente esa cordial
-protesta, yo admiro a estos fuertes y temibles hombres. Este Peñón es
-el más vasto altar, el más colosal monumento de la conquista y de la
-guerra. Por un lado se impone dominante sobre España, por otro sobre
-Africa, y el Mediterráneo que vió en lejanos tiempos la omnipotencia
-latina, presencia hoy la omnipotencia de Britannia, sobre las olas--,
-_on the waves_.
-
- * * * * *
-
-El vapor atraca al muelle. Al pisar tierra, creo entrar en un cuartel.
-Las murallas, los fuertes, las amenazantes baterías de la altura están
-ante mi vista. Al entrar por una puerta de la ciudad, un soldado me da
-un cartoncito con un número y un permiso para circular por ella hasta
-el cañonazo de las doce. En una plazoleta, oficiales rojos enseñan el
-ejercicio a soldados kakhi. Una banda suena a lo lejos. Por fin, heme
-aquí en un hotel carísimo--parece que no hay de otros en la ciudad--y
-luego, en la calle, para aprovechar mi tiempo.
-
-Noto que, a pesar de todo, no se ha logrado desarraigar el idioma. Toda
-la gente habla español. En las vitrinas de las tiendas, los objetos
-están expuestos con los precios escritos en inglés y en español.
-Asimismo la moneda española circula, y se puede pagar una cosa,
-correspondientemente, en chelines o en pesetas. Mas la poderosa Roma
-moderna impone su sello. Hay algo de cada colonia que podéis observar
-al paso. Aquí un negro, más allá un hindú, que os vende labores de
-Persia y del Indostán. No os extrañarán, por la vecindad, los moros,
-y los muchos malteses y judíos en sus tiendas curiosas. Los tipos son
-marcadísimos. He visto en verdad y en una esquina, a Alí Babá. Y los
-cuarenta ladrones, entre ellos el cochero que me pasea; y a Shylock,
-junto a un sórdido mostrador, un Shylock como el que hace Novelli,
-todo vestido de negro. Pasan, en fiacres de toldos amarillos, soldados
-y oficiales, que se dirigen a los cuarteles. Veo, no lejos, humo de
-chimeneas, y oigo agitación de máquinas. Sobre todo se siente el peso
-de una consigna y la regularidad dura de la vida militar. Aquí se han
-de leer mucho los versos de Rudyar Kipling. Todos esos caras morenas de
-comerciantes de la India, sonríen al Tommy que pasa. Los judíos están
-contentos porque hacen negocio. Los gibraltarinos están satisfechos
-porque los negocios van siempre bien. Y los españoles vecinos, de la
-misma manera, pues hay aquí buen mercado para los productos que se
-importan. Por su parte, los militares llevan una existencia de lo más
-agradable, pues tienen desde «whisky-and-soda» hasta «music-hall», con
-estrellas de la Alhambra londinense, y cacerías en tierra española, con
-todo el confort y cuidado que un inglés pone en esas cosas.
-
- * * * * *
-
-Allá lejos, pasadas las puertas del lado sur del puerto--una española,
-otra inglesa, puertas gemelas que decoran sendos escudos, el uno
-del tiempo de la antigua dominación, el otro moderno--; más allá de
-los jardines que en la roca escueta han hecho florecer con bellas
-vegetaciones las activas autoridades, he ido a ver los trabajos de los
-grandes diques en construcción. Los trabajadores bullen en la inmensa
-escavación, afanosos. Se me dice que de algunos días a esta parte
-se han recibido órdenes de apurar las tareas. Se escucha el ruido
-de las dragas. Los pitos de vapor silban, las vagonetas cargadas de
-tierra corren, la multiplicada labor se siente incansable. Se ve que
-es la energía británica la que dirige. Hay aspectos imprevistos, de
-rincones floridos, cerca de las garitas y de los depósitos. El cochero
-que he tomado en Gunners Parade, me lleva hasta una de las baterías
-bajas, donde un enorme cañón rodeado de proyectiles, también enormes,
-amenaza al mar. Hay en las entrañas de la colosal roca vastos trojes
-de guerra, en previsión de posibles cercos, así fuesen los traídos por
-consecuencia de una liga continental.
-
-Hay cordones de bocas de fuego en las distintas salientes del Peñón.
-Y, a pesar de lo que se murmura contra la capacidad del ejército
-inglés, hay una admirable disciplina, y se ve que una inteligencia
-ordenada y eficaz ha precedido a todo el abastecimiento y defensa
-de ese formidable castillo natural sobre las olas. No soy perito en
-cuestiones militares, pero no sé hasta qué punto tenga razón un miembro
-de la Cámara de los Comunes, Gibson Bowles, en las afirmaciones hechas
-en un ruidoso folleto sobre la vulnerabilidad y debilidad estratégica
-de Gibraltar. Sin embargo, a la simple vista, no me parece de una
-imposibilidad absoluta que por el lado de tierra, un ejército audaz
-y bien dirigido pudiese llegar a tomar la gran fortaleza, apoyado
-por modernísimos cañones, que encontrarían el más estupendo blanco
-que imaginarse puede. Por esto es muy explicable la actitud celosa
-de Inglaterra que, cada vez que el gobierno español ha intentado
-fortificar su territorio por los lados peligrosos, ha protestado por
-medio del embajador en Madrid, y ha impedido toda probabilidad de
-futuros perjuicios. Por su parte, el almirantazgo y el ministerio de
-guerra londinenses tienen siempre buenos centinelas. De Rooke a White,
-todos los que han tenido mando en el Peñón han sido espíritus hábiles
-y meritorios soldados. Me parece que en los versos de Paquito el
-malagueño, hay profecías difíciles de cumplirse. En Highest-Pont, en
-The Galleries, en Signal-Station, hay muchos ojos vigilantes. Y cada
-día que pasa se va aumentando el número de cañones, el trabajo de los
-diques de carena y el arreglo y buen mantenimiento de los innumerables
-galpones, bodegas y depósitos de municiones y víveres. Hay talleres
-excelentes y cantidades de carbón crecidísimas. El nuevo muelle,
-concluído casi, es de primer orden, como los otros en construcción. Una
-lluvia de libras esterlinas amaciza y fortalece todo eso.
-
- * * * * *
-
-Difícil de abordar el gobernador, el secretario colonial, Mr. Evans,
-es en verdad tipo simpático y afable. Un mi compañero ocasional, Mr.
-Fox--sonriente zorro anglosajón, que viaja por placer y sport, y que
-ha recorrido todo el mundo, se hace lenguas del secretario.--«¿Y la
-guerra, Mr. Fox? ¿Y la guerra?»--«No sabe nadie lo que puede pasar.
-Pero Inglaterra es tan prudente como potente, y no crea usted que se
-precipite a causar conflictos, de los cuales no se puede calcular el
-terrible resultado. No obstante, la Gran Bretaña está lista para todo
-evento. El pueblo simpatiza con el Japón, más que por la alianza, por
-la antigua enemiga con el Oso. En cuanto al estado de la marina y
-del ejército, no crea usted a los pesimistas. Se ha trabajado y se
-trabaja. Sir Charles Beresford, no diría ahora lo que en época no muy
-lejana. Esta es la opinión del vencedor de Ladysmith y de su amable
-secretario». Miss Fox, que acompaña a su padre y que tiene los más
-lindos ojos azules en el más fino y sonrosado rostro, aprueba. Lo cual
-me hace, incontinenti, no tener ningún cuidado por la buena suerte
-asegurada de los barcos y soldados de su majestad el rey Eduardo.
-
- * * * * *
-
-En un solo día he visto pasar un hermoso crucero francés, tres barcos
-de guerra de otras nacionalidades y como doscientos vapores mercantes.
-Se espera pronto a la escuadra nacional. Además, el King Alfred y el
-Diadem, que de Singapoore se dirigen a Inglaterra. Y dentro de días, la
-visita del emperador de Alemania.
-
- * * * * *
-
-Mr. Fox me hace saber cosas interesantes y pintorescas. Hay un club
-Ladysmith que da bailes de máscaras en sus salones, situados en el
-Flat Bastion Road. El ejército de salvación, por su parte, predica el
-bien y pone en las calles los grandes letreros usuales, con máximas
-evangélicas y declamatorios consejos. Pero los oficiales que escuchan y
-siguen al pie de la letra la palabra de esos comisionistas del Señor,
-son pocos como los temperantes de tal o cual asociación. Prefieren
-entre el _hunting_ y el _tennis_, unas salidas gratas por el lado de
-la Línea, en donde hay cante flamenco, guapas mozas españolas y el
-consiguiente pale-ale y whisky de Escocia. Y aquí, en la ciudad armada,
-está el Empire, a la manera de Londres, con una London Variety Company,
-en que hay una «star» que se llama mademoiselle Vanmeeren.--«¡Soberbio,
-Mr. Fox!--_¡I think so, Mr. Darío, The Channel Fleet will thus find
-ample amusement for their evenings on shore!_»
-
-Miss Fox mira, distraídamente, hacia la costa de España, donde Tarifa
-semeja una ciudad sin vida. La banda ensaya, no lejos, todos los himnos
-nacionales habidos y por haber. Las sombras nocturnas se adelantan.
-
- * * * * *
-
---¡Allo, Mr. Darío!
-
---¡Allo, Mr. Fox!
-
---¿Una taza de té?
-
-Tomar una taza de té con Mr. Fox es un placer, cuando no da en hablar
-de cacerías y otros sports. Miss Fox le acompaña siempre, y toma parte
-activa en charlas sobre literatura, sobre ocultismo, sobre artes.
-
-Ambos son admiradores de Rodín, y se esfuerzan en convencerme de que
-los franceses no comprenden al gran escultor y los ingleses sí. Los
-ingleses y los norteamericanos, dice Miss Fox. Se celebra la poesía de
-Rudyard Kipling, algunas de cuyas composiciones, demasiado argóticas,
-confieso modestamente no comprender. Se trata del valor japonés, y no
-soy simpático cuando expongo mis simpatías por Rusia. Así, llegamos a
-tratar de la cuestión anglo-española, la eterna cuestión de Gibraltar.
-
---Los españoles, dice Mr. Fox, dicen que los Ingleses ocupan Gibraltar
-por una traición. Y a los japoneses se les acusa de traidores por
-causa del golpe por sorpresa que inició la guerra actual. ¿Qué guerra
-no es, en realidad, traidora? ¿Y qué cosa es traición, cuando se
-trata de guerra? Ahora bien, si los ingleses dejaran actualmente poner
-excelentes y modernísimas fortificaciones en el Fraile, en La Leña, en
-Camorro, en las Palomas y en otros lugares del litoral del estrecho,
-confiese usted que serían unos tontos. Puesto que usted ha leído al
-filósofo alemán de «Más allá del Bien y del Mal», no tengo que entrar
-en mayores disertaciones. Además el tiempo es oro.
-
-Miss Fox pone un poquito más de brandy en mi té.
-
- * * * * *
-
-Pronto he de dejar el Peñón, erizado de hierro y de muerte. Me he de
-dirigir a la vecina Africa, cuyas costas se divisan, alzándose en
-el fondo el grande Atlas. Mis amigos ingleses me dan una carta de
-presentación para un rico árabe, que reside en Tánger, y llevo además
-otra, del amable cónsul argentino en Málaga, para el administrador
-español de correos en la ciudad blanca.
-
-
-II
-
-En estos días ha habido, como muy a menudo, divertimientos alegres
-para los distinguidos oficiales de esta férrea guarnición. Persona que
-ha asistido a ellos, me celebra la distinción y las elegancias de las
-jiras sportivas. Ha sido un _fox hunting_ de lo más ameno y variado,
-después de gozar los invitados de la hospitalidad de Mr. Larios--, uno
-de la egregia familia que sabéis. Galopes animados hacia Salt Pans,
-por amables colinas, por Agua Corte; persecución de un zorro cerca de
-Polmones Village; amazonas animosas y bravos cazadores, que iban en
-caballos veloces; magnífica jauría;
-
- Van perros de fina raza,
- Cornetas de monte, en fin,
- Cuanto exige Moratín,
- En su poema _La Caza_.
-
-como diría, en los buenos tiempos en que hacía versos, el señor
-presidente Marroquín, de Colombia. Además de zorros, ha habido
-jabalíes, entre los cuales uno viejo y terrible que hirió gravemente
-a dos sabuesos. Nada os diré de las excelentes provisiones, siendo
-ingleses los de la partida. Hasta versos se han rimado, en los cuales
-se dicen bromas anglosajonas que tocan al «honorable secretario». He
-aquí esa muestra del humor britanocalpense:
-
- Oh where and oh where is the gallant «Hon. Sec.»
- Oh where and oh where can he be?
- There's no one to keep these bold «thrusters» in check
- No signs of E. M. can we see.
- We met at «the Farm» (sure 'twas after the Ball)
- And gossiped and «coffe-housed» there,
- And drinks (though the need of Dutch courage is small)
- While violets decket each dame there.
- _Chorus._--And there, oh yes there, was the genial «Hon. Sec.»
- His smile beaming broadly and bland
- As fietd money tickets he swift did collect
- By scores were they thrust in his hand.
-
-Eso, con otras estrofas más, se ha cantado con uno de esos joviales
-aires ingleses que habéis oído más de una vez. Así se divierten los
-militares que guardan la vasta fortaleza de rocas que humilla el amor
-propio de la Europa entera. Así se divierten, como en todas partes
-donde moran. Unos son enviados a la India, o a otras posesiones
-coloniales. Otros hay que viven aquí desde hace mucho tiempo. A veces
-suena un pífano, se oyen tambores. Un grupo de soldados pasa, solemne.
-Se lleva a enterrar a un compañero que quedará por siempre en el peñón,
-como están en el cementerio viejo, bajo túmulos grises, llenos de
-inscripciones, víctimas de Trafalgar... Pero son los amos de cuanto su
-vista abarca.
-
- * * * * *
-
-Como leyese las anteriores líneas a un mi amigo español que está en el
-mismo hotel que yo, sonríe amargamente.--«¿Usted no sabe hasta dónde
-llega la conquista de la libra esterlina y de los cañones del Peñón, en
-tierras de España, en tierra de nuestro D. Quijote? Pues escuche.» Y me
-lee unos recortes que saca de su cartera:
-
-«Junto a Algeciras los ingleses disponen de campos para jugar al
-«golf», de cotos para cazar, de huertas para recrearse. Apenas alguien
-necesita en Algeciras vender una casa, los ingleses la adquieren, y a
-buen precio. Pronto habrá en Algeciras más propietarios ingleses que
-españoles. Sin embargo, Algeciras, es como Gibraltar una plaza fuerte.
-Bien es verdad que esta condición no se halla justificada sino por una
-vetusta batería artillada por algunas piezas de las que se cargan por
-la boca; pero no importa, buena, o mala, Algeciras es una plaza de
-guerra, y como tal, está sujeta a reglas especiales, ni más ni menos
-que la plaza de Gibraltar.
-
-Sin extremar, como en Gibraltar se extreman--por ser allí la
-jurisdicción militar la única que rige--la dignidad, el honor, si
-todavía estos vocablos quieren significar algo en nuestra patria,
-debieran imponernos cierta línea de conducta. Entretanto, del propio
-modo que La Línea, El Campamento y Puente Mayorga son arrabales de
-Gibraltar, Algeciras se convierte paulatinamente en una dependencia
-del imperio británico. Hay una provincia inglesa que tiene por capital
-Gibraltar, y que comprende de hecho el Peñón, el Campo, Algeciras y
-todo el territorio hasta Tarifa por un lado, y de Ronda por otro.
-Es verdad que esta provincia tiene autoridades militares, civiles y
-judiciales españolas; pero quien gobierna efectivamente en ellas es el
-Foreign Office de Londres, y por mandato suyo, el general gobernador
-de la plaza de Gibraltar. Allí no se hace nada sin anuencia de los
-ingleses, en tanto que los ingleses hacen allí lo que les parece,
-seguros de hallar la aprobación tácita o la sanción legal de parte de
-España. La soberanía española en aquella región de la Península es una
-pura ficción. Conviene hablar claro y que lo proclamemos muy alto; es
-indispensable que España lo sepa: existe de hecho, enclavada en los
-dominios de la monarquía española, una provincia inglesa de Gibraltar,
-de la cual el Peñón es la cabeza y la ciudadela.
-
-Los ingleses se han creado intereses por doquiera, desde la margen
-del estrecho hasta la serranía de Ronda. Todo el mundo sabe lo que
-significa para los ingleses la fórmula «crearse intereses». La
-intervención activa de la Gran Bretaña en la colonia portuguesa
-de Lorenzo Márquez y la transformación de ésta en una especie de
-protectorado británico, débese principalmente al ferrocarril de
-Delagoa a Komati-Port, cuyo primer interesado es un súbdito inglés.
-Así también la zona recorrida por el ferrocarril de Algeciras a
-Bobadilla cae, según la teoría diplomática inglesa «dentro de la
-esfera de los intereses británicos». De ahí que conceptuemos este
-ferrocarril como una infamia, porque, una de dos: o esta línea
-aprovecha al país, o aprovecha a los ingleses: si lo primero, el más
-elemental patriotismo aconsejaba que se concediese a una compañía
-nacional, o por lo menos, no inglesa; si lo segundo, jamás, en manera
-alguna, debía haberse otorgado la concesión a quienquiera que fuera,
-y menos aun, a una compañía inglesa. Si los ingleses no se encuentran
-bien en Gibraltar; si el Peñón les parece incómodo y angosto; si la
-residencia en Gibraltar les es penosa, por la falta de campos, de
-espacio, de comunicaciones, ¡que se vayan! pero que no vengan a exigir
-de nosotros esas facilidades de que carecen. Desgraciadamente, para
-oprobio nuestro, esas facilidades las obtienen con creces; gracias a
-nosotros, Gibraltar reune para ellos todos los atractivos y todas
-las comodidades imaginables». Todo eso es la pura verdad, y mi amigo
-español me hace notar que se les ha dado y se les sigue dando hasta
-tierra. ¡Hasta tierra! Sí, se ha traído mucha tierra de España y la
-que se pisa, en el muelle nuevo, y más allá, es, ciertamente, «tierra
-española...»
-
-¿Y agua?
-
-Hay aljibes admirables en que se aprovecha toda el agua que cae en
-el Peñón; pero se trataba no hace mucho de concesiones de no sé qué
-fuentes de la sierra al lado de San Roque. Y ha habido un diputado a
-cortes que sostenía con entusiasmo esa concesión. «Gibraltar tiene en
-el parlamento español «sus» diputados. Los ingleses no civilizan nunca,
-corrompen, y el espíritu corruptor inglés se extiende como una lepra
-a muchas leguas a la redonda del Peñón.» No obstante... Podrán los
-ingleses no civilizar; más, desde Castellar, Ronda, y demás lugares
-que se van acercando a Gibraltar, de donde se desborda la invasión
-británica, advertís un aseo, una actividad, una higiene, un confort y
-un _pale-ale_, que muy poco tienen de españoles...
-
-No he encontrado en los habitantes de Gibraltar, originarios de
-familias españolas, un manifiesto deseo de volver a la antigua
-bandera... Se advierte que un nuevo espíritu se ha posesionado de la
-raza. Todo el mundo ama el trabajo y procura la actividad. He recordado
-la palabra del siempre citable Nietzsche: «Las razas laboriosas no
-pueden soportar la ociosidad. Fué un golpe magistral del instinto
-«inglés» santificar el domingo en las masas y hacerlo aburrido para
-ellas, a tal punto que el inglés aspira inconscientemente a su
-trabajo de la semana.» El domingo en Gibraltar, es como el domingo
-en Londres, o en cualquier ciudad anglosajona. Religiosa o no, la
-población se encuentra triste, opaca, sin movimiento, en un exceso de
-santificaciones.
-
-Todos los ciudadanos de Gibraltar que hablan español piensan en inglés.
-El Peñón está bien asido, como por las poderosas mandíbulas de un
-gigantesco bulldog. Este no soltará fácilmente, antes bien quiere
-avanzar, tierra adentro.
-
-Como he dicho, no se permite al Gobierno de España ninguna
-fortificación vecina. Inglaterra desea mantener el campo, tal como
-quedó establecido en 1810, cuando fueron volados los fuertes
-existentes. «De 1810 a acá, dice un escritor español, cuantas veces
-hemos intentado levantar las fortificaciones derruídas o construir
-otras, Inglaterra ha hallado medio de hacer obstrucción. Nuestras
-tentativas por recuperar en la bahía de Algeciras el rango a que
-tenemos derecho, o simplemente por organizar la defensa de nuestro
-territorio, corresponden a la segunda mitad del siglo XIX. El último
-proyecto, el que más nos interesa, puesto que se aplica a los modernos
-adelantos de la artillería y a las recientes innovaciones en el arte de
-la fortificación, lleva la fecha de 1900.»
-
-Los ingleses, por su parte, hacen perfectamente, pues una vez bien
-fortificada la parte española y artillada con cañones modernos, El
-Peñón estaría, dada una conflagración europea, en verdadero peligro.
-
-
-
-
-[Ilustración: TÁNGER]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-EN el _Gibel-Musa_, vapor inglés, después de tres horas de mar, llego
-a tierra mahometana. Desde a bordo ha comenzado para mí lo pintoresco
-con el amontonamiento, sobre cubierta, de moros y judíos de distintos
-aspectos, blancos, morenos, de ropajes oscuros o de vestidos vistosos.
-Había ancianos de largas barbas blancas, semejantes a los Abrahames
-de las ilustraciones bíblicas, y mocetones robustos, hombres de faces
-serenas y meditativas, mercaderes con morrales y cajas. Había rimeros
-de paquetes, armas, bagajes. Había pipas humeantes de cazoleta
-diminuta. Cabezas con fez, con turbante, con capuchón. Había animales.
-Un árabe de negra mirada iba cuidando su caballo. Un viejo de dulce
-y venerable aspecto acariciaba un cordero. Las inglesas del pasaje y
-unas norteamericanas de gorrita impertinente y rosados colores sacaban
-instantáneas, no sin la protesta de algunos de los africanos, que veían
-en tal acto un atentado contra el precepto koránico. Atrás quedaban las
-costas andaluzas. (¿No es allá, oh soberbio y famoso mulato, donde el
-Africa empieza más bien que en los Pirineos?). El mar estaba apacible,
-a pesar de las cóleras que le han sacudido los días pasados, y el
-firmamento de un azul pacífico. Poco a poco la ciudad fué apareciendo
-a mi vista, y antes, a un lado, las alturas que se extienden hacia
-el interior, en donde hormiguean las kabilas; y más allá, la casita
-blanca del nunca bien ponderado corresponsal del _Times_, Mr. Harris
-(¡perpetúe Alah su felicidad y sus días!), que en tantas andanzas se ha
-metido, y cuya cabeza ha sido deseada por tantos alfanjes de hijos del
-Profeta. Ese brillantísimo colega y Mr. Mac-Lean tuvieron que salir
-más que velozmente a causa de políticas aventuras, en las cuales estaba
-mezclado el sultán modernista, sportman Moulai-abd-ul-Aziz (¡que Alah
-le dé unos buenos tirones de orejas!), el cual no piensa más que en
-bicicletas y máquinas fotográficas, cosa que no había pensado el buen
-Loti cuando le vió niño en la corte de su padre.
-
-Por fin la ciudad se presenta, sobre el celeste fondo, la ciudad
-blanca, muy blanca, tatuada de minaretes verdes. Confieso que es para
-mí de un singular placer esta llegada a un lugar que se compadece
-con mis lecturas y ensueños orientales, a pesar de que sé que es una
-ciudad profanada por la invasión europea, adonde la civilización ha
-llevado, con escasos bienes, muchos de sus daños habituales. Por de
-pronto, he ahí la muchedumbre de intérpretes del hotel, de dueños de
-botes de desembarco que pretenden desollarnos en todas las lenguas
-posibles. Y ya en el muelle, después de pasar la aduana, muchedumbre
-de guías, y de los que el señor Echegaray llamaría, por no hablar como
-Quevedo, galeotos. ¡La aduana! Yo no sé que es lo que le dice en árabe
-a uno de los empleados de turbante y albornoz el intérprete que me
-conduce; pero, como en algunos países cristianos, no me han registrado
-el equipaje, y ha de costarme esa deferencia el consabido premio.
-Entro a la ciudad por una de las tres puertas juntas arábigas que hay
-en los muros blancos, entre una muchedumbre de albornoces, turbantes
-y babuchas, burritos cargados, cargadores que atropellan, mendigos
-que tienden la mano y dicen palabras guturales, amontonamientos de
-fardos, de cajas, de cargamentos de todas clases. Hacia la izquierda
-subo por una calle estrecha, y a poco estamos en el mercado, o Zoko
-Chico, punto en donde se encuentra el hotel en que he de habitar
-durante mi corta permanencia. A pesar de las tiendas europeas, a pesar
-de la indumentaria de los turistas y vecinos europeos, el aspecto
-de la ciudad es completamente oriental. Me siento por primera vez
-en la atmósfera de unas de mis más preferidas obras, las deliciosas
-narraciones que han regocijado y hecho soñar mi infancia, en español,
-y complacido y recreado más de una vez mis horas de hombre, en la
-incomparable y completa versión francesa del Dr. Mardrus: _Las mil
-Noches y una Noche_. Es que tras esta mezcla de árabes, de moros, de
-kabilas, de europeos, que constituye la población accesible, existe el
-misterio y la poesía de la verdadera vida de Oriente, tal como en los
-tiempos más remotos. Pues, como muy bien se ha observado, el Marruecos
-contemporáneo es siempre el imperio moro del siglo duodécimo, con
-su organización feudal, su lujo y sus artes exquisitas. Y comprendo
-la inmensa distancia que hay entre esos espíritus de creyentes y
-fatalistas musulmanes y las almas de Europa y América; entre esas razas
-del animal humano llenas de ferocidades, de noblezas, de arrojos, de
-vicios y de virtudes naturales, y las razas nuestras que el progreso
-y la civilización han llenado de artificialidad, de sequedad y de
-desencanto. El desdén inmenso que estos hombres sienten por nosotros,
-tiene su base principal en el concepto distinto de la vida que hay en
-su cerebro. Ellos no guardan, como los que somos cristianos, ciertas
-ideas del pecado que hacen dura y despreciable la vida terrestre, y en
-su inmortalidad teológica, no esperan ni premios ni castigos que vayan
-más allá de nuestra comprensión.
-
- * * * * *
-
-Salgo del hotel a dar mi primera vuelta por la ciudad, caballero en
-una mula mansa y vieja, en una silla morisca forrada de paño rojo. Me
-precede, en otra mula, el guía, un español que hace largos años reside
-aquí, y que conoce el idioma perfectamente. Me sigue, a pie, un morito
-vivaracho, de grandes ojos negros. Ambos llevan látigos; el guía para
-los moros del pueblo, que no se apartan del camino, y el morito para
-mi mula. Así pasamos por toda la larga y única calle que pueda merecer
-este nombre, hasta llegar al gran Zoko, o Zoko de Barra, el mercado
-principal. No nos detenemos, pues por esta vez quiero conocer los
-alrededores. No lejos están las casas en que habitan los cónsules,
-algunas con hermosos jardines y de arquitectura oriental. Más afuera,
-en los declives del terreno, o sobre graciosas colinas, hay otras
-construcciones en donde moran extranjeros. Después es la campaña. Hay
-profusión de áloes y tunas, lo que en España llaman higos chumbos, y
-datileros e higueras. Manchas de flores rojas y amarillas entre los
-repliegues del terreno, y gencianas y geranios. Todo lo ilumina una
-luz grata y cálida. No muy distante, advierto grupos de casas bajas,
-aldehuelas como sembradas en el seno de los valles, y de donde se eleva
-una columna de humo. Y sobre una altura, de pronto, la silueta de un
-jinete. Unos cuantos soldados entran montados en sus hermosos caballos
-y armados de las largas espingardas que se creerían tan solamente
-propias para las panoplias de adorno y las colecciones de los museos y
-armerías. Son de las tropas que vienen del interior, en donde una nueva
-insurrección se ha levantado de manera tal, que desde hace algunos días
-son escasas las caravanas que entran a Tánger, y, por lo tanto, sufre
-el comercio.
-
-La tarde cae y vuelvo al hotel.
-
-He bajado a la playa, allá lejos, en donde hay casetas de baño y pasan
-de cuando en cuando moros montados en sus burros, que vienen de no
-sé dónde, del campo vecino, de detrás de las alturas cercanas. Hay
-cerca un quiosco blanco y pintoresco, casas blancas de techos rojos,
-habitaciones en que ricos extranjeros se solazan enfrente de las aguas
-azules.
-
-Desde aquí se divisa una parte de la población; en algunos puntos
-jardines y arboledas; más lejos, murallones, las orientales
-construcciones cúbicas, construídas como en un vasto anfiteatro. Hay
-algunas de dos pisos, y tales rodeadas de otras bajas, con muchas
-puertas.
-
-Una que otra lancha se ve por ahí cerca en el mar quieto. Hay una
-grande paz. Por aquí deben habitar de esos ingleses y norteamericanos
-hábiles y curiosos que han sentado sus reales en esta tierra y han
-explotado y explotan el país comercialmente, o como dice un buen
-censor, que han hecho experiencias industriales e industriosas. Los
-chalets y moradas que hay cerca de mí, muestran todos los aspectos de
-nuestras mansiones de ricos occidentales.
-
-A poco rato de vagar, he aquí que sale de una de las casas una bella
-dama rubia, mientras en lo interior suena un piano. Pongo el oído
-atento a lo que tocan. Es algo del _Otello_ de Verdi. No está fuera de
-lugar.
-
-Un caballero español me presenta a Mohamed-Ben-Ibrahim, moro de
-letras, que ha viajado por Francia, Italia y España, y que conoce
-perfectamente, para ser moro, la literatura española. Es un tipo
-elegante, quizá demasiado europeizado, que a su traje flotante y
-soberbio ha agregado una magnífica leontina hecha por un platero
-madrileño, y un reloj suizo, de cincelados oros, con campanilla de
-repetición, que se complace en hacerme oir cuando paseamos... Me
-habla del poeta Zorrilla y me recita versos del maestro. Me pregunta
-si Zorrilla sabía árabe y, como yo resueltamente y creyendo decir la
-verdad, le digo que sí, su contentamiento es grande. Mohamed no ha
-perdido mucho de su carácter nacional a pesar de sus viajes y de su
-confesado afecto por las mujeres cristianas, sobre todo por esas huríes
-singulares de París. Él continúa en la completa fe de sus mayores, y
-es un mahometano practicante que no olvida, a la hora señalada, su
-plegaria, con la mirada hacia el punto cardinal en donde la ciudad
-sagrada se encuentra. Pero no es suficientemente ortodoxo... Hemos
-entrado en un bar, o cosa por el estilo, que hay cerca de mi hotel,
-y allí Mohamed se ha mostrado demasiado afecto a una bebida nacional
-británica, muy usada por los célebres rumíes Harris y Mac Lean...: el
-whisky-and-soda. «Amigo Mohamed, le digo, tengo una vaga sospecha de
-que vuestro profeta no os ha dicho precisamente que el vino es bueno, y
-menos el whisky». Mohamed sonríe, pero no con irreverencia occidental,
-antes bien como quien va a decir una cosa de razón a quien la ignora.
-«Es cierto que él peca, porque le gustan mucho no solamente el whisky,
-sino los vinos de España, y sobre todo el champaña que aprendió a
-saborear en los bulevares parisienses, y cierto moscato espumante
-de que la admirable Italia le dió muestra exquisita, pero él es un
-creyente que conoce muy bien su religión, y las condiciones que hay que
-llenar para que los pecados sean perdonados y sea abierto el mahometano
-paraíso. El peca, y luego va a la Meca.
-
-No ha faltado, desde hace tiempo, una sola vez a la consagrada
-costumbre, obligatoria para todo buen musulmán, y así Alah le reconoce
-digno». Esto dicho, Mohamed bebe su licor escocés con fruición y vuelve
-a hablar de poesía. A este propósito me confía que se ha atrevido a
-hacer versos en español, y me recita algunos, no más malos que los
-de tales incircuncisos que yo me sé. Me cuenta que hay marroquíes y
-tunecinos que cultivan la literatura castellana, y me pondera a un su
-amigo de Túnez, llamado Abul Nazar, de quien me recita unos versos a
-la Giralda sevillana, que le habrían satisfecho a Zorrilla, por moros
-y por zorrillescos. Abul Nazar, como Mohamed-Ben-Ibrahim, siente en
-verdad que el alma del autor de _Granada_, era, siendo tan católica,
-enormemente sarracena. Los versos de Abul Nazar, son los siguientes:
-
- Giralda, alminar gentil
- En que la belleza mora,
- Eres cautiva señora
- En extranjero pensil.
-
- Yo te llevara a un paraje
- Que fuera harén opulento,
- Donde regalase el viento
- Tus alharacas de encaje.
-
- Vieras con el ajimez,
- Que ojos finge de tu cara,
- Las lejanías del Sahara,
- Los bosques de Mequinez.
-
- Sobre cielos carmesíes
- Las huríes,
- Aun más blancas que el marfil,
- Se apostaran por mirarte
- E imitarte
- En tu apostura gentil.
-
- Desde tu altura sonara
- Dulce y clara
- La canción del Muëzín;
- Te abanicaran palmeras
- Y tuvieras
- De rosas blando cojín.
-
- ¡Quién abrochara tu talle
- De mi valle
- Con el nardo embriagador!
- Y a tu pecho floreciente
- Diera ardiente
- Cálido beso de amor.
-
-¿Qué más morisco y qué más zorrillesco? Ese son de guzla es ciertamente
-una oriental que se intercalaría sin detonar, entre las del autor de
-_Tenorio_ o las del injustamente olvidado padre Arolas.
-
- * * * * *
-
-Anoche he estado en el principal café moro. Por una puerta estrecha que
-da a una angosta callejuela, se entra al no muy espacioso recinto. Hay
-tapices para los del país, y mesitas para los visitantes extranjeros.
-Mi amigo español y yo nos sentamos en una de las últimas. Había cerca
-de nosotros varios franceses y señoras inglesas. Un mozo de rojo fez
-nos sirve en pequeñas tazas el café ya azucarado y sin colar, como es
-uso y como lo solemos tomar los aficionados en París en el restaurant
-judío-oriental de la rue Cadet. La atmósfera está cargada, pues no son
-pocos los fumadores. Unos fuman el tabaco solo, y otros mezclado con
-cáñamo indiano. De pronto inicia la orquesta--¡la orquesta!--un son de
-los suyos... La orquesta se compone de ocho o diez músicos que tocan
-los más inverosímiles violines y violones. Veo un solo violoncello
-europeo tocado por un morenote barrigón que mueve todo el cuerpo
-cuando toca. Es un solo motivo repetido una, dos, innumerables veces,
-motivo triste, lánguido, hipnotizante; y como no andan muy acordes
-todos los que ejecutan, da la disonancia persistente, a veces, cierta
-angustia. ¿Qué impresión hay en mí? En verdad, vuelve a cada paso,
-por la escena iluminada por las lámparas de cobre, por el ambiente,
-por los tipos y sus indumentarias, la reminiscencia miliunanochesca;
-pero también pienso que no es la primera vez que escucho ese aire
-monótono y veo esas singulares figuras. A la idea de cuento árabe se
-junta entonces el no lejano recuerdo de la Exposición de 1900. Me
-regocija un tanto, por el lado poético, el que esto esté en su centro
-y lugar, aunque me amargue mi contentamiento el notar que todo se hace
-para satisfacer la curiosidad y recibir las pesetas del turista, del
-perro cristiano. Las cuerdas chillan rozadas por los arcos curvos, y
-de las cajas sonoras, hechas unas en forma de zuecos, salen las voces
-gimientes. A esto acompañan varios guitarrones a manera de laúdes, con
-labores de nácar incrustados, y a todo se unen las voces cantantes de
-los músicos mismos, entre los que hay jóvenes y viejos, abundando
-entre los últimos siempre los rostros bíblicos, las caras de viejos
-profetas aullantes.
-
-Hay que salir de ahí para librarse de la repetición dolorosa y llorosa
-del motivo oriental, que llega a causar malestar en los nervios.
-
- * * * * *
-
-El canto o más bien recitado del muezzin, es de esas cosas que no
-se olvidan cuando se las oye. En lo profundo de la sombra nocturna,
-o a la hora del crepúsculo, o bajo la maravillosa luna que brilla
-sobre zafiro celeste, su voz, en un ritmo repetido y único, confía al
-viento y promulga al mundo que Alah es grande. Esta campana humana
-que llama a la oración y que recuerda a las razas más creyentes del
-orbe la omnipotencia del Dios poderoso, es de lo más impresionante
-intelectualmente que se puede todavía encontrar sobre la faz de la
-tierra, de la tierra árida de destrucciones mentales, seca de vientos
-de filosofía, y que casi no halla en donde resguardar el resto de las
-creencias y de amables ilusiones divinas que han sido por tantos
-siglos el sostén y la gracia del espíritu de los pueblos.
-
-Flaubert afirmaba, que si se golpeaba sobre las cabezas bellas y graves
-y pensativas de estos africanos, no saldría más que lo que hay en un
-_cruchon sans bière ou d'un sepulcre vide_. Yo he oído salir de estos
-cerebros--quizá de los menos europerizados que en mis pocos momentos
-africanos he conocido--pensamientos serios y ocurrencias interesantes.
-No porque ellos tengan un punto de vista diferente del nuestro en la
-vida, en el progreso y en la esperada inmortalidad, dejan de mostrar
-una sensatez y largas vistas que muchos cristianos desearían. Son
-excepciones, es cierto; pero no hay que olvidar que esta raza tuvo en
-jaque a Europa y encendió lámparas al mundo cuando había enseñanza en
-Córdoba, y gloria en Granada y en Bagdad.
-
-El zapatero que tiene su taller en un miserable tenducho, os dice
-razones discretas y, sobre todo, os trata con toda la urbanidad
-apetecible, desde luego que entráis bajo su techo. Esos remendones
-de babuchas son curiosísimos, y, según mi intérprete, hacen entre la
-morería, como los barberos de nuestras civilizaciones cristianas:
-charlar de los sucesos que pasan y entretener o impacientar al cliente
-con sus conversaciones. En este caso, pues, el silencioso vivir de la
-raza, tiene su contraparte...
-
- * * * * *
-
-Día de mercado. El gran zocco es un vasto cafarnaum, un hervidero de
-colores y de figuras bizarras, una colección rara, para el extraño, de
-escenas pintorescas.
-
-He aquí las caravanas en reposo, después de haber cruzado el desierto
-para traer las mercaderías de lejanas comarcas. Los camellos, que
-hasta hoy había visto tan sólo en jardines zoológicos, en la bohemia
-de los circos errantes, los camellos, feos y misteriosos, cantados
-tan bellamente en los versos de Valencia, están aquí en su ambiente
-y bajo su cielo, unos echados, otros de pie, tristes, esfíngicos,
-jeroglíficos...; y junto a ellos, sudaneses de carbón, beduínos de
-gestos fieros, entre bultos y amontonamientos de cosas heteróclitas.
-Más allá, mulas, caballos desensillados o con las consabidas monturas
-rojas. Y un mundo de gentes diversas, un andante museo de biología
-comparada, y una variedad de vestimentas y de tintes que sorprenden e
-interesan. Aquí está un moro berberisco, con su capucha calada que le
-cae atrás en pico: su traje que se asemeja a una clámide con mangas
-que le llegan a medio brazo, y el aire poco reservado, en su cara que
-llamara campechana si no relampagueasen de repente instintos terribles
-en sus pupilas. Lleva las piernas desnudas, la barba afeitada, los
-pies descalzos. Luego un kabila ceñudo, rapado el cabello por delante
-hasta formarle una calva sobre el apretado y corto pelo negro; los
-ojos crueles, la boca voluntariosa bajo un bigote escasísimo. Luego un
-árabe rubio casi, de mirada soñadora y barba fina, y un árabe moreno,
-de cara afilada, mentón puntiagudo que prolonga la barba negra, cráneo
-alargado, gesto autoritario y siempre duro. Luego negros colosales;
-¿senegalenses? ¿abisinios? ¿sudaneses?
-
-Perdonad mi escasez de antropología en tan curiosas sensaciones
-africanas; mas lo único que os diré, es que como esos gigantescos
-negros eran, o deben haber sido, los que cuidaban los molosos y los
-leones de la reina de Saba. Los vestidos hacen sus juegos de color en
-la plaza hormigueante. Ya es el jaique blanco, ya el jaique rosado,
-ya el jaique verdoso, ya el jaique obscuro o leonado; ya el amplio
-albornoz majestuoso, ya los mil turbantes de varias formas. Veo
-turbantes rojos en el centro, y alrededor blanquísimos, en un pesado
-retorcimiento de telas, turbantes blancos de centro negro, turbantes
-todos negros y turbantes todos blancos; y unos que parecen hechos
-con camisas viejas y otros que parecen gordas trenzas de fulares de
-lujo. Una tela es áspera y pobre; otra os da idea del gran señor que
-la lleva, por los tejidos de oro que brillan en la ondulante seda o
-preciosa lana. Hay albornoces que indican una categoría. Hay babuchas
-ricas y babuchas miserables.
-
-A tal comerciante le veo una leontina semejante a la de mi amigo
-Mohamed-Ben-Ibrahim, y un rostro que parece haber pasado por el
-pecaminoso ambiente de París. Si irá también con frecuencia en
-peregrinación a la Meca... Y paso entre este mundo tan diferente al
-mundo en que he vivido, con la sensación de estar en un ambiente de
-fantasía. En este lado, un moro vende dátiles en confitura; más lejos
-unas galletas de apetitoso aspecto; más allá, dulce de no sé qué fruta;
-más allá habas; acullá aceitunas, y almendras, y pan del país hecho de
-un trigo especial que llaman _dura_.
-
-Luego, son unos ambulantes vendedores de babuchas y cueros, curtidos,
-de colores vivos, orfebrerías y tejidos de oro de Fez: _chiarenas_, y
-jaiques hechos a mano. Y en sus tenduchos, otros mercaderes aguardan
-indolentes a los compradores de sillas de montar, de turbantes, de
-arneses, de puñales, de hierros y aceros distintos, de vasos y jarras.
-¿Y las mujeres? Yo no he visto sino tales envoltorios blancos, pobres
-viejas, que como todas las mahometanas, tenían el pudor oriental de la
-cara. A una jovencita alcancé, en un descuido, a verle el rostro, por
-un lado; era hermosa, mas me pareció que estaba tatuada en la mejilla.
-Mirad si un artista, en estas tierras, tiene en donde ver vida aparte,
-seres aparte, y soñar su sueño, aparte...
-
-Caminando llego hasta un grupo de gentes que ven a un encantador de
-serpientes. Más lejos, unos _aissaouas_ hacen sus sabidas terribles
-proezas. Al son de unos roncos tambores golpeados por las manos de sus
-dos compañeros, el salvaje brujo comienza a mover la cabeza primero,
-luego el busto, luego todo el cuerpo, sin mover los pies, en una
-danza de cobra, de adelante atrás o de un lado para otro. Los moros
-le miran en silencio. Uno de los tamboreros echa en un brasero cierto
-polvo resinoso, que produce fuerte humareda, en la cual, sin dejar
-su rítmico vaivén, mete la cabeza el _aissaoua_ y aspira con fuerza.
-Diríase que se hipnotiza y que se anestesia. A poco toma un puñal agudo
-y se traspasa un brazo, una mano, una oreja, la lengua; ase a puñados
-brasas que uno ve que queman, pues se siente un repugnante olor a carne
-asada...; se echa de barriga sobre un sable afiladísimo y se le ve en
-la piel una herida que brota sangre...; se mete una especie de cuña en
-la órbita de un ojo y el globo sale fuera, horroroso...; ase varias
-víboras que dicen ser venenosas y se deja picar en los labios, en el
-cuello, en la lengua... Los tamboreros siguen su son, al que agregan
-un canto nasal y chillón. Para final, el brujo feroz toma un poco de
-paja, la da a examinar a la asistencia como nuestros prestidigitadores,
-la enrolla, la hace una pelota entre sus ásperas manos, sopla en ella y
-la paja se enciende y arde sobre sus palmas hasta que se consume. Los
-concurrentes le dan unos cuantos ochavos y la función concluye para
-recomenzar más tarde.
-
- * * * * *
-
-Al retirarme veo en otro extremo de la plaza, que forma un declive,
-gran muchedumbre sentada en el suelo silenciosa. Frente al grupo
-de albornoces, jaiques y turbantes de colores, se alza un árabe de
-negra barba, todo vestido de blanco, tipo, en verdad, hermoso y
-aristocrático. Habla, recita. Mi intérprete me explica: «Es el poeta
-que cuenta cuentos». Viejos, muchachos, hombres, le escuchan como a
-quien trajese noticias de reinos extraordinarios, de países de ilusión.
-Bello es el espectáculo al armonioso brillar del sol de la tarde sobre
-los hombres, sobre las vestiduras, sobre las cercanas casas cúbicas y
-blancas. El poeta, el narrador, dice con entonaciones admirables, en
-su gutural y ronca lengua, sus historias, sus cuentos. Y hay algo en
-su declamación del modo de recitar de los actores franceses. Cuando
-concluye, todos desfilan ante él y le dejan su óbolo.
-
-Y al partir y al despedirme de ese lugar y de este país en donde jamás
-un tholva leerá un libro de Nietszche, vuelve a mi memoria el libro
-maravilloso, el libro glorioso, a quien se debe tanta magia, tanto
-color, tantas sanas alegrías y visiones interiores, el adorable _Alf
-lailah oua lailah_--_Las mil noches y una noche_--que empieza: «Está
-referido--pero Alah es más sabio y más cuerdo y más bienhechor--que
-había--en lo que transcurrió y se presentó en la antigüedad del tiempo
-y el pasado de la edad y del momento--un rey entre los reyes de Sassan
-en las islas de la India y de la China...»
-
-
-
-
-[Ilustración: VENECIA]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-ESCRIBIR sobre Venecia, insistir sobre Venecia... ¿todavía? Bien se
-pudiera, para nosotros, sobre todo, con un poco del montón estético
-ruskiniano, con Molmenti, con los mil de la bibliografía veneciana,
-hacer, al uso del fácil literaturismo, una labor de pintorescos
-retazos, como del viejo traje de Arlequín, desecho de los últimos
-carnavales... No en mis días. Uno podría aparecer de repente que me
-dijese: «Eso es de Ruskin», o «es de Molmenti». Os doy mejor lo mío,
-mis impresiones, mis instantáneas intelectuales, a toda luz, para que
-todos las comprendan y las vean. Esto me atrae desde hace ya tiempo las
-simpatías de las excelentes personas que gustan de la claridad y de la
-sencillez...
-
-Así, pues, guardo mi flauta y mi violín, que me habrían servido para
-ejecutar vagas rapsodias en esta ocasión, y digo simplemente que
-estoy en Venecia, de nuevo, y que, desde la misma ventana del hotel
-Bellevue, por donde me asomaba hace cuatro años, veo la misma joya
-bizantina de San Marcos, las palomas, la plaza, con el Campanile
-de menos, y los ingleses eternos, que van a visitar la iglesia, el
-palacio, y a dar de comer a las palomas... La primera vez me enamoré
-de Venecia con locura: hoy, creo que estoy siempre enamorado de ella,
-pero haría un matrimonio de conveniencia... No porque la juzgue muerta,
-como Maurice Barrés, porque Anadiómena no muere, sino por las malas
-frecuentaciones y relaciones que ha tenido; no por su decadencia,
-sino por su profanación. Profanación del peor vicio cosmopolita que
-viene a flotar en góndola, para dar color local a sus caprichos; del
-ridículo literario de todas partes, que escoge como decoración de
-insensatez estos lugares divinizados por la poesía y consagrados por
-la historia; del dinero anglosajón y alemán que vulgariza los palacios
-y las costumbres, del turismo carneril que invade con sus tropillas
-todo rincón de meditaciones, todo recinto de arte, todo santuario de
-recuerdo. Esto se ha convertido, ¡oh, desgracia! en la ciudad de los
-Snobs, en Snobópolis. Y es el peor snobismo existente el que aquí
-se da cita. ¿Sabéis que podéis encontrar en el Danieli aristocracia
-adventicia, falsa y pentapolitana? Chiflados de todas partes vienen
-a querer convertirse en ruiseñores y a creer que hacen brillar la
-renovación de grandes nombres. Periodistas ricos y novelistas de
-París, de Londres, de otras partes, vienen a vivir dos meses de novela
-pseudosentimental que les dé para ponerla en una serie de artículos,
-en un volumen... Pintores de rezagado romanticismo enfermos, o de
-ultrahisterismo, rematados, _ainda mais_ llenos de ideas morbosas,
-llegan a proyectar telas y a realizar escándalos de que los Esclavones
-sonríen y la Piazzeta se conmueve, aun... Tal novelista bulevardero,
-busca aquí temas o decorado, para sus escenas, para su literatura
-asfaltita. Y las siete lámparas de la Arquitectura no se apagan, y las
-Piedras de Venecia siguen impasibles.
-
-...Piedras de Venecia, ¿quién diría vuestros encantos, vuestros
-misterios, vuestros maravillosos secretos, vuestras floraciones de
-idea y de arte? Muchos lo han dicho--y el mejor, y el último, ese
-inexcusable D'Annunzio... Y he aquí que D'Annunzio se me asemeja a esa
-prodigiosa Venecia... ¿Raro? No sé. Vamos a ver.
-
-Venecia, la poética, la soberbiamente dulce, la celeste Venecia--decía
-yo a un amigo mío, compañero de viaje, mientras la góndola nos
-conducía en esas aguas soñolientas cuyo paludismo se mezcla a tanta
-reminiscencia intelectual... Y me esforcé en hacer todo lo posible
-para presentarle, en cortas frases, una monografía veneciana, una
-imagen pequeña como en un pequeño espejo, de la soberana y magnífica
-república, del poderío antiguo, de la maravilla de sus grandezas
-comerciales y políticas, de su vida artísticamente real y práctica, y
-cruel y terrible y poética y sangrienta. Le cincelé en poca prosa un
-Puente de los Suspiros... Le hice ver el Canalazzo, casi en verso, con
-estrofa por palacio... Le diluí, con mi mejor manera, la dulzura de
-amar y el ardor de amor, en ese ambiente. Le hice sentir a Giorgione, y
-adorar el Ticiano, a su manera. Vió de oro, de mármol y de sol amable
-la ciudad de silencio, de amor y de crepúsculo. Saqué mi violín... En
-esto llegó, en otra góndola, un agente de una casa de cristalería y
-muebles... Fuimos a los almacenes. Vimos muchas cosas de todas clases
-y hubo que comprar. Había una Venus de mármol, cristales finísimos y
-pacotilla... Recordé un cuento de Julio Piquet, a propósito de un lindo
-vaso. Hubo que hacer sumas... Hablamos en inglés... El agente hacía
-señas al vendedor, para su comisión... Afuera brillaba un bello sol
-sobre el gran canal... Eso es D'Annunzio... ¿y qué?... Eso es nuestro
-tiempo. Eso es nuestra vida actual. Eso es: pompa y oropel, brillo y
-negocio...
-
-...La negra góndola va por el agua negra y mal oliente. Relucen sus
-adornos dorados. Va entre las viejas puertas, las paredes viejas y las
-rejas de las famosas prisiones. El gondolero no deja de enseñarme su
-lección de historia hasta que le pido silencio. Va la negra góndola.
-Sale al gran canal. La tarde es literaria. El sol va adorablemente
-dorando con oro violeta las aguas, y con oro rojo pálido la cúpula
-de San Giorgio... La luz, el paisaje, la armonía suprema natural, el
-horizonte «histórico», el aire melificado por siglos de besos de amor,
-los poetas que por aquí pasaron, los duxes, los conquistadores... ¡Qué
-hermoso escenario para veinte años vírgenes y una lira! Yo tengo casi
-el doble, y sin palma; y el instrumento apolíneo creo que se me quedó
-en Buenos Aires...
-
-Llego al Lido en momentos en que puedo presenciar un lamentable
-espectáculo. D. Carlos de Borbón y su esposa D.ª Berta de Rohan,
-bajan a tierra, de su barquilla a vapor, o a gasolina, una especie de
-automóvil marítimo. Hace años os he hablado, con respeto y simpatía, de
-ese rey en el destierro... Hoy le veo y me parece que no le ha limado
-el tiempo. Su D.ª Berta--«¡Rohan soy!»--es la misma. El aspecto del
-monarca _in partibus_ es el mismo, y su humor que se transparenta por
-sus maneras, pintado admirablemente por Luis Bonafoux, debe ser el
-mismo. Y _César_, el perro, de que hablé también hace ya tiempo, sigue
-siempre al lado del amo, símbolo de la carlista fidelidad.
-
-Conozco la mayor parte de las repúblicas nuestras, con sus extrañas
-políticas movidas desde los palacios presidenciales y casas de
-distintos colores, y llego a este propósito a recordar la ocurrencia
-que en una revista francesa expresó un chispeante escritor argentino,
-Luis B. Tamini: ¡Los pueblos latinoamericanos unidos en un gran imperio
-o reino, y proclamado y coronado señor, D. Carlos de Borbón! La broma
-da que pensar, sobre todo, si se han leído los versos en que un poeta
-y diplomático del Perú, el distinguido Sr. Chocano, dice con su épica
-trompa:
-
- Ve a Porfirio I: si él es fuerte y es grande,
- Grande y fuerte es su pueblo. Y él nos da la lección.
- Quien le diga tirano, ya sabrá que en América
- Los rieles que se clavan son los grilletes de hoy.
-
-Yo no sé lo que dirán de eso mejicanos poco entusiastas por los rieles
-del presidente Díaz, como el escritor Ciro Ceballos. Mas volviendo a
-D. Carlos, no me uniría yo a la proclamación que inicia Tamini, desde
-que le he visto salir de su lanchita a vapor en las playas de ese Lido
-por donde vaga el recuerdo de Byron. Le he visto, con su esposa, ella
-muy elegante, muy parisiense, él muy sportman, muy inglés, con su
-sombrerito de paja y doblado el ruedo de los pantalones, como es de uso
-entre la correcta gente británica. Hasta allí todo va perfectamente.
-Mas ¿esa banderita española que parte los corazones, en la popa de
-la lanchita automóvil? ¿Y esos marineros, vestidos como comparsas
-de zarzuela patriótica, con cintas amarillas y rojas en vestidos y
-sombreros?... ¡Oh, Daudet, oh, Voltaire!
-
- * * * * *
-
-Llevo en la obscura barca el libro en que Barrés, cultivando siempre su
-yo, realiza preciosas páginas de amable filosofía. Y me fijo en las que
-hablan de «las sombras que flotan sobre los ponientes del Adriático».
-Es una la del sereno Goethe, otra la del sentimental Chateaubriand,
-otra la del borrascoso lord Byron, dos unidas, las de Musset y George
-Sand; otra la del pintor suicida, Leopoldo Robert; luego la de Taine,
-la de Gautier, la de Wagner. Pienso que esas sombras tienen mucha
-culpa, con los evocadores de ellas, de que la encantada ciudad pueda
-justamente ser denominada Snobópolis. Desde más de un honesto burgués
-atacado de mal de novela vivida, hasta los equívocos Aldesward, se
-acogen, quién al amparo de la sombra de Musset, quién a la de Wagner.
-Solamente a la del sesudo Taine sospecho que la dejan tranquila.
-
-...¡Musset, George Sand! Acaba de publicarse la correspondencia de ese
-famoso par de románticos, y no por pura indiscrección del encargado de
-la publicación o de las familias respectivas, sino por póstuma voluntad
-de aquella terrible señora, que pensó en el futuro, en que la humanidad
-del porvenir tendría interés en saber sus intimidades poco delicadas,
-y la estupenda situación del _ménage à trois_ sentimental y físico que
-sostuvieron su inaudito carácter y su extraordinario temperamento.
-Sand, Musset, Pagello... ¡Da pena leer esas cartas, pena por el pobre
-Musset, jovencito, soñador, alcoholizado, y en manos de semejante
-literata! La literatura los unió, y Pagello, que no entendía de
-literaturas, aparece allí como el más interesante bruto. Él es el único
-que está en la vida. A los dos curiosos amantes, apenas el velo de oro
-de la gloria alcanza a librarlos del ridículo. Ellos mismos fueron
-snobs _avant la lettre_.
-
-Oigo, por la noche, en el silencio de los canales, bajo el taciturno
-cielo, como eco de cantos. Vuelvo a la góndola y me dirijo hacia en
-donde, en una gran barca adornada de farolillos de colores, suenan
-violines y flautas y guitarras. Allí, una graciosa muchacha, acompañada
-por los instrumentos, canta sus canciones. La barca está rodeada
-de góndolas, y todos los que han llegado atraídos por la armonía,
-escuchan. Hay allí seguramente espíritus de pasión, almas de ideas; y
-hay allí, seguramente, de los cosmopolitas de Snobópolis. Hay quienes,
-silenciosos, sueñan su sueño, y quienes se engañan a sí mismos, en una
-aventura de farsa, en una comedia amorosa, artística o literaria. De
-todas maneras, es éste aún uno de los lugares de la tierra en donde,
-los enamorados del amor o de sus visiones, pueden encontrar un refugio,
-a despecho de los profanos invasores. _Aunque se quiera, no puede
-haber un automóvil._ No hay más que el de D. Carlos sobre las aguas...
-Se puede también apartar por momentos, mejor que en ninguna parte, la
-dolorosa realidad cotidiana. «El único medio eficaz de soportar la
-vida, es olvidar la vida», dice el ya citado M. Taine. Aquí se puede
-gozar de ese olvido, pues Venecia, todavía, a pesar de los judíos de
-las fábricas de vidrios, a pesar de los clientes del café Florián,
-a pesar de los estetas de larga cabellera, es un país de sueño y de
-ilusión, un reino florido de versos y de melodías. Y la belleza de las
-mujeres venecianas, consagrada en rimas y en cuadros magistrales, con
-sus gloriosas cabezas que Ticiano amaba, está allí, indestructible,
-atractiva, demandando la ofrenda del canto y el tributo del amor. Amor
-que inspiran, no terribles y estrepitosas Pentesileas de letras, como
-la ilustre jamona del lírico de _Las Noches_, sino prodigios de gracia
-y de decoro juveniles, primaverales, como aquella divina y casi impúber
-condesa que adoró a Byron, la Guiccioli, cuyo nombre vibra en la noche
-del tiempo como un trino de italiano ruiseñor.
-
-
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-[Ilustración: FLORENCIA]
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-[Ilustración]
-
-
-UNA vuelta por la Cascine, una recorrida al Lungarno, un saludo a
-Miguel Angel, una reverencia a Dante, y después de subir por la puerta
-Romana a respirar el dulce aire en que se recrea la vegetación florida
-que rodea al amable San Miniato, descender por este suelo que hollaron
-los pies de Beatriz, hacia la ciudad. Luego, pasar por las venerables
-construcciones de dominó, detenerse un rato en el Gambrinus, e ir
-en seguida a un restaurant, en donde no se coma a la francesa, y en
-donde se balancee en su armazón de níquel el grande y panzudo frasco
-de purísimo vino toscano. Es un buen programa para turista que va de
-prisa. Si sois artistas, esta ciudad es para largas permanencias, para
-venir a pintar un gran cuadro, vivir una bella vida, escribir un gran
-libro..., aunque fuese uno más en la inmensa bibliografía inspirada por
-la vieja urbe florida de los lirios y de las rosas.
-
-Por la noche he ido al teatro en que cantan la Paccini y Bonci. Aquí no
-se exige el traje de etiqueta. Es algo así como si se diese a entender
-que lo que en otras partes es función extraordinaria y singular
-divertimiento, aquí es espectáculo natural y propio. Se está en casa de
-la Opera, de confianza.
-
-Magnífica orquesta, concurrencia, en donde brillaban hermosísimos ojos
-de luz negra, o de ardientes resplandores azules; copiosas cabelleras
-de heroínas d'annunzianas, y un ambiente de comunicativa alegría. Y son
-los viejos _Puritani_, los que se cantan. Gloria a la música antigua,
-a la melodiosa ópera romántica, a los maestros que nos deleitan sin
-fatigarnos mucho el cerebro, con el «vapor del arte». Las músicas
-nuevas y sabias son para la cabeza; las que encantaron a nuestros
-abuelos son para el corazón. Feliz quien puede todavía gustar de esos
-goces de antaño, y salir del teatro con la imaginación fresca, el alma
-alada, como respirando un recién cortado _bouquet_ de ilusiones, y,
-como en el encanto de pasados recuerdos, o en la esperanza de amor aún,
-tarareando una romanza que aún no han alcanzado a ajar los callejeros
-organillos.
-
-
-PEQUEÑA ÓPERA LÍRICA
-
-Por la mañana, después de leer los versos de un poeta joven y ardoroso,
-R. Blanco Fombona, he tenido una singular soñación, de esta manera...:
-«En cuanto a la persona del autor de esta «Pequeña ópera lírica», diré
-que es un antiguo conocimiento mío. Lo vi la primera vez en casa del
-cardenal de Ferrara, en Roma, y allí nos presentó en términos amables
-y corteses, messer Gabriel Cesano. Juntos visitamos frecuentemente en
-sus horas laboriosas al insigne Benvenuto Cellini, a quien solíamos
-acompañar, algún tiempo después en la ciudad de Florencia, cuando
-salía de paseo y aventura, durante cuatro días que allí permaneció.
-Benvenuto lo tenía en estima y cariño, porque mostraba un gentil
-hablar, una gallarda figura y un ímpetu brillante para cosas de placer
-y pendencia, además de sus relaciones con las musas, docto en finas
-rimas, finas dagas y finas palabras. Desrazonábamos a la luz de la
-luna, a las orillas del Arno. Él tenía a veces súbitos arranques
-de intransigencia y ponía yo como escudo paciencia fuerte, para no
-acabar tanto intelecto de amor en choque y sangre. Mi mayor edad me
-daba más tranquilos argumentos. Las discusiones eran sobre Cristo
-Nuestro Señor, sobre el poder de Venus, sobre el mérito de un salero
-de oro. Me solía repetir sentencias de graves pensadores y exámetros
-de sensuales poetas. Fraternizábamos en Epicuro, pero yo creyendo
-siempre en Jesús santo, y él no. Me repetía con frecuencia un apotegma
-del sesudo y honesto Marco Aurelio: «En general, el vicio no daña al
-mundo, y en particular no daña sino a aquel que no puede abandonarlo
-cuando quiere.» Tenía las más suaves y amables maneras y las más
-inesperadas y agresivas sonrisas. Una noche, en una hostería, apaleó
-a un mozo, se armó camorra, sacó la espada, llegó la justicia, yo me
-escurrí. Sus frecuentaciones eran de todas guisas. El mismo día en que
-me presentó a un grande de España, le vi hablar con gentes equívocas.
-«La vida es eso», contestaba a mi extrañeza. Era gran partidario
-de los Médicis y amaba sobre todo a Lorenzo, porque era poeta y se
-apellidaba el Magnífico. Apenas había comenzado a vivir verdaderamente,
-y ya quería escribir el diario de su vida. Era injusto, porque la
-juventud es pasión y la pasión no es justicia. Yo le observaba con
-nuestro gran Benvenuto: «Tutti gli uomini d'ogni sorte, che hanno fatto
-qualche cosa che sia virtuosa, o si veramente che le virtù somiglie,
-doverieno, essendo veritieri e da bene, di lor propria mano descrivere
-la loro vita: ma non si doverrebe cominciare una tal bella impresa,
-prima che passatto l'età de quarant'anni». Partió a Flandes; llegó
-a París y fué favorecido por el rey Francisco. Tuvo una riña con La
-Primatrice a causa del Cellini, e hirió gravemente a un mal enemigo,
-por lo cual fué a prisión. Seguía siempre el cultivo de su individuo,
-y el de los versos, y el de su fresca y valiente vida. Concluía una
-carta suya que recibí en Florencia, con una cita de Séneca... «et in
-isto vitæ habitu compone placide, non molliter». Tan pronto oía rumor
-de guerra en cualquier parte, quería volar, buscaba el caballo que
-relincha en Job. Amador de gozo, había sido desde la infancia sabedor
-de sufrimiento; y en su fragante primavera, miraba a todos lados
-azorado, cual si sospechase que iban de pronto a salir cabezas de lobos
-de entre las rosas. Desconfiaba de la más dulce amistad, pues en el
-corazón de cada próximo bien podía haber un nido de perfidias. Gustaba
-largamente del buen vino de España, del excelente acero, de la carne
-en flor. Se exaltaba con facilidad, mas de la violencia pasaba en un
-instante a la blandura. Un día, con messer Luigi Alamanni, que era
-alegre y razonable, por una cuestión de arte, casi llega a la ofensa.
-Guardaba en su estancia hermosas armas, ricas sedas, libros de poemas,
-camafeos de diosas y figuras itifálicas. Dejé de verlo por la ausencia.
-Luego, no supe más de él. Un nuestro amigo romano me dijo estar en
-conocimiento de que habiendo partido a un país lejano y entrado en
-guerras, se había hecho coronar rey. Otro me refirió que lo habían
-matado. Otro que se había metido fraile.
-
-...Hoy, en una mañana ardorosa de las calendas de Mayo, del año de
-1904, en la ciudad de Florencia, he escrito las líneas anteriores, que
-he leído varias veces con meditación y cuidado. ¿Lo que contienen, es
-una creación de la fantasía, o bien un fijo recuerdo de una pasada
-realidad, o la concentración de un sueño?... Pasemos. Pasemos... Un
-poco de barata sabiduría alcánica no haría mal; o un poco de teosofía
-hindú y de H. P. B. No me interesan esas proezas. El que tenga ojos que
-vea. ¡Para los demás todo es inútil!
-
-El Arno está allí, no lejos de donde escribo. Acabo de ver una
-vez más el palacio viejo, el Perseo, los sátiros que rodean al
-Biancone... Estoy saturado de italianidad y de florentinismo... Doy
-a Dios gracias por los aislamientos intelectuales que me procura, y
-por lo lejos que estoy de tantas otras gentes... Y gusto los versos
-de este poeta hispanoamericano, que es asimismo tan de Italia, tan
-del Renacimiento, aunque sea muy de hoy y tenga sangre española, y
-haya nacido en Caracas y habite en París. «Pequeña ópera lírica»...
-¿qué me importa cómo se llame el instrumento si suena bien y seduce
-la armonía? El instrumento suena ya como una mandolina de Venecia,
-ya como una melancólica guitarra americana, o bien como una lira de
-arte nuevo. Mas, quien lo toca, tenedlo por seguro, es un hombre; un
-hombre que dice la verdad de su sentimiento y de su pensamiento, a
-veces lo más personalmente posible, a veces pagando el natural tributo
-al momento intelectual por que pasa la joven poesía castellana de
-ambos continentes. Ha pasado ya la primera tentativa de Querubín, D.
-Juan se afirma, sin que pueda evitar, un instante u otro, un acceso
-de sentimentalismo, pues tiene pupilas que contemplan el crepúsculo
-y oídos que oyen la revelación de un son de flauta. Un donjuanismo a
-veces pensativo, a veces precioso, a veces felino... Como de su don
-Juan gato. El dirá el encanto de las piedras preciosas, madrigalizará
-arcáicamente, pagará lo que debe a la literatura. Mas, cuando dice:
-Vida, es de verdad, y parece que se desnudase, que se pusiese en pleno
-sol en el orgullo de su animalidad, con el ímpetu de hacer cosas
-fuertes y naturales, primitivas, que manifiestan energía, músculo
-y voluntad. Y así contradice al espíritu de decadencia un soplo de
-humanismo. El cansancio, la tristeza urbana, la enfermedad de las
-lecturas, el residuo de las varias filosofías apuradas, dan paso a un
-soplo sano, a un aire germinal, a un aliento agrario.
-
- ...Me dan ganas
- de beber leche, de domar un potro,
- de atravesar un río...
-
-Esto está ajeno a las parodias de corrupción estética que infestan
-algunos de nuestros rincones literarios, verlenianismo por fuerza,
-sibilinismo de importación, «porque así se hace ahora», cosas que a
-muchos parecen nuevas, y que ya son, en verdad, muy viejas. Hombre
-enérgico, de acción, la poesía le va bien, como el laurel a la frente,
-la banderola a la lanza y el penacho al casco. ¿Por qué te habías
-de dejar contagiar, ¡oh, amigo de Benvenuto y de Lorenzo!, por el
-rebajamiento de las aspiraciones, por la humillación ante su propia
-conciencia, por las _petites saletées_ del literaturismo industrial
-que privan en las bajas regiones de la mentalidad parisiense, o mejor
-dicho, bulevardera? Si caes, tanto peor para ti, y rompe, antes, tus
-relaciones epistolares con la Primavera, y encógete de hombros ante los
-pañuelos blancos que dicen adiós. He leído estos versos con el placer
-que se experimenta siempre a la influencia de la juventud, con todos
-sus bellos excesos, exuberancias e irreflexiones. Tal fosco aspecto
-de ateísmo, tal contagio de superhombría germánica, tal ligereza de
-expresión, no van con mis pensares y mis gustos. Lo que sí va, es el
-amor a la Belleza en general, y a la femenina belleza en particular, y
-la continua tendencia a la vida, a la dominación de la vida, con sus
-países de ensueño y sus realidades armoniosas, productoras, floreales,
-genésicas. Va ese gran placer del sensitivo que toca los nervios del
-mundo y los siente vibrar al unísono con sus nervios; va el culto del
-beso y del verso, y la savia pagana y la locura sensual de todo panida.
-
-El grupo de rimas es corto. Siete cañas tiene la siringa, y de cada una
-de ellas fluirá una rítmica voz. No alargaré esta disertación sobre
-la breve ópera en que se canta un alma. Sería fabricar un baúl para un
-collar de perlas o «hacer una casa para un ruiseñor.»
-
-
-ITALOTERAPIA
-
-El mejor sistema de curación para la fatiga de los inmensos capitales,
-para el hastío del tumulto, para la pereza cerebral, para la desolante
-neurastenia que os hace ver tan sólo el lado débil y oscuro de vuestra
-vida: este sol, estas gentes, estos recuerdos, esta poesía, estas
-piedras viejas.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración: DE TIERRAS SOLARES A TIERRAS DE BRUMA]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-WATERLÓO
-
-CUANDO descendí del tren, un carruaje me condujo a recorrer el campo
-de batalla. Hacía un bello día primaveral. La vasta campiña verde se
-extendía bañada de sol fresco, de luz dulce. Y fué primero el gran
-recuerdo de Hugo, narrando la formidable caída del dueño del águila,
-y a los sonoros clarines líricos y a las terribles trompetas épicas
-apareció todo lo que el arte ha creado por obra del más tempestuoso
-derrumbamiento de gloria y de soberbia que hayan visto los siglos.
-Y entonces me convencía de que en realidad no puede ya fácilmente
-concebirse otro Napoleón que el Napoleón idealizado de la leyenda, el
-de los versos de Heine, el de los cuadros lívidos de Henri de Groux.
-Los lugares de peregrinación y de turismo, la realidad de las reliquias
-conservadas en las colecciones que se exhiben, todo contribuye a
-afirmar mayormente el carácter extrahumano de la acción que tuvo entre
-los hombres el semidiós, cuyas cenizas están bajo la cúpula de los
-Inválidos. (Semidiós..., cenizas, cenizas de semidiós..., ¡mísero
-planeta!) El gran león conmemorativo se alza sobre su alto pedestal;
-los monumentos dicen en letras borrosas nombres de guerreros; la Ferme
-Papelotte alza su torrecilla sobre las blancas paredes; Hougomont
-aún mantiene ruinoso el tremendo capítulo de _Los miserables_, las
-ruinas de la capilla, el Cristo de pies quemados, el pozo; todo es
-la ilustración patente del magnífico trozo de historia que cambió
-la suerte del mundo. Aun tal tronco de árbol, contemporáneo de la
-sangrienta función, se yergue, destrozado y mordido por la curiosidad
-o la piedad, o la admiración de estrictos visitantes. La Belle
-Alliance, blanca y vieja, junto a la verde alameda, da su testimonio
-como una abuela. En el cuartel general de Wéllington hay un café y se
-vende leche fresca. En el castillo anciano, bajo un galpón, está el
-carretón y los barriles, tomados en Waterlóo. Y en un hotel inglés en
-que hay un bar, se exhiben huesos, balas desenterradas, apolilladas
-casacas, _petits-chapeaux_, autógrafos de Blucher, Wéllington y otros
-jefes, números del _Times_ que dieron cuenta de la batalla, sables
-franceses, holandeses, ingleses, hierros viejos, memorias viejas.
-Una vieja inglesa hace el _boniment_, da la explicación, vende
-tarjetas postales... Después, uno, se toma, al lado, un bock, o un
-whisky-and-soda, entre ingleses, que no faltan, pensando en la leyenda
-del Aguila, en el inmenso Napoleón, semidiós en cenizas.
-
-Y he ahí que al dejar el vasto campo en el Mont-Saint-Jean, en donde
-tanta sangre se derramó por _el Cabito_, por _el Pelón_, por uno de los
-más tremendos azotes de Dios, cae sobre la tierra, harta de osamentas,
-la clara bondad de los azules cielos. Vacas rojas, manchadas de blanco,
-pacen sobre la felpa ondulada de la llanura. Un campesino ara. Suena a
-lo lejos un mugido. Un pájaro pasa sobre mi cabeza, como una flecha.
-Tranquilidad. Mayo. Paz.
-
-
-POR EL RHIN
-
-Adiós, Colonia, que aprendí a amar en Heine, y que me eres grata por
-tu catedral portentosa, por el agua que inventó Farina y por mi amigo
-Johan Fasthenrath, que traduce a los poetas españoles y ha llevado al
-zorrillesco D. Juan Tenorio a hablar en el idioma del Doctor Fausto.
-Te saludo por las once mil vírgenes que desembarcaron en tu suelo,
-guiadas por la divina Ursula; por Conrado de Hochsteden, tu Arzobispo;
-por el arquitecto de tu fábrica sagrada, que entró en tratos con el
-diablo antes que el amante de Margarita; por el bravo obispo Engelbert
-de Falkembourg y por Hermann Gryn, cuyas armas aún he podido contemplar
-esculpidas en tu _rathaus_. Llevo de ti la visión de tus puentes de
-barcas, del domo labrado que erige al firmamento sus oraciones de
-piedra, armoniosa y severa iglesia, hermana gótica de las maravillas
-de Burgos, de París, de las antiguas basílicas de las ciudades que
-antaño sabían orar católicamente; el magnífico esplendor moderno de tus
-construcciones, de tus paseos entrevistos y de una emperatriz Augusta,
-marmórea y serena, sentada sobre su blanco pedestal ante un plantío
-casi heraldizado de tulipanes multicolores.
-
-¡El Rhin! Y siempre la vasta sombra hugueana por todas partes... Y
-la sombra de otro coloso, Wagner, y las armoniosas baladas de tantos
-poetas. Permitid que, por primera vez, cite versos a propósito, de un
-poeta que me es íntimamente personal y querido:
-
- ...; la celeste
- Gretchen; claro de luna; el aria, el nido
- del ruiseñor; y en una roca agreste,
- la luz de nieve que del cielo llega
- y baña a una hermosura que suspira
- la queja vaga que a la noche entrega
- Loreley en la lengua de la lira.
- Y sobre el agua azul el caballero
- Lohengrín; y su cisne, cual si fuese
- un cincelado témpano viajero,
- con su cuello enarcado en forma de S.
- Y del divino Enrique Heine un canto
- a la orilla del Rhin; y del divino
- Wolfang la larga cabellera, el manto:
- y de la uva teutona el blanco vino.
-
-El vaporcito, flamante y elegante, sale por el río, hacia Maguncia.
-Miro a un lado la campaña verde, y a otro la fila de grises edificios
-comerciales y marítimos. Hay una que otra chimenea que lanza su humo.
-Se oye el rumor de la ciudad, y a lo lejos el agudo clamor de una
-sirena. Y antes de las últimas villas y chalets que señalan el término
-de población, alcanzo a divisar una especie de gigantesco guerrero, rey
-de piedra, o monumental burgrave que aparece como una evocación de la
-pasada feudalidad teutónica.
-
-Y comienza el desfile de castillos, de esos castillos de cuento y
-de grabado que han deleitado nuestra infancia en páginas de dorados
-libros, en antiguos almanaques o en ornamentados _keepsakes_. Y sobre
-las torres arruinadas, o sobre las restauradas almenas, pasa el vuelo
-de las tradiciones legendarias.
-
-Y es el pasado recóndito, la prodigiosa Edad Media «enorme y
-delicada», o los nombres de ayer, resplandecientes de gloria y
-sonoros de armonía. He aquí ya Bonn, que, más altas que su castillo
-de Poppelsdorf, levanta dos banderas de gloria: Arndt, Beethoven. He
-aquí las siete montañas a un lado, y a otro el derruído Godesberg; y
-una vasta procesión de poéticas resurrecciones empieza. ¿Son cincuenta
-nombres? ¿Son cien nombres? ¿Son mil? Son un mundo de creaciones de
-la historia, de la fantasía popular y de la celeste potencia de los
-maestros de la lira y del arpa. Y sucede que, a menudo, mientras vais
-pensando en una brumosa soñación, o mirando con los ojos de vuestra
-mente las figuras de luz de luna, nacidas de la melodía de los poemas,
-pasa de pronto ante vuestros carnales ojos, por la cultivada ribera,
-a perderse en la negrura de un túnel, una locomotora, que arrastra su
-caudal de vagones. Cuando Hugo vino todavía no había ferrocarriles
-en estas regiones que sintieron antaño el paso de los dragones y de
-los gigantes. El maestro recogió muchos ecos de las sagas rhenanas, y
-los repitió y aprisionó en la prosa suya, hecha como con las mismas
-rocas duras de los montes y de los cimientos indestructibles de los
-castillos señoriales. Pero las leyendas son innumerables y vencen al
-paso de los siglos. Su gran enemigo, el progreso, apenas las toca y
-transforma. Lo que es estudio folklórico para los eruditos, vive y
-palpita siempre en la imaginación y en el corazón populares--y en el
-santuario de los incontaminados poetas.
-
-...Gryn, el matador de leones, pasa. Surgen entre las viejas piedras,
-en las leyendas ciudadanas, testas de fieros arzobispos, o de duros
-y severos burgomaestres. Soberbios bandidos son amados, antes que
-Hernani, por deliciosas y delicadas castellanas. Entre huestes
-semejantes a perros rabiosos, florecen dulces rubias que melifican
-el espanto de las torturas y carnicerías. Caballeros que parten en
-peregrinación a Palestina, son salvados de las desgracias por el Señor,
-a quien elevan capillas votivas. El milagro florece como en Jacobo de
-Voragine; hay dragones como en las vidas de los santos, y gigantes como
-en las _Mil y una Noches_, y aparecidos como en los cuentos del pueblo.
-Mujeres ideales, de ojos azules, son lirios de felicidad y rosas de
-consagración. Bárbaros velludos como osos y feroces como tigres,
-se mueren de amor por las blancas y finas adoradas. Princesas de
-lánguidos cuellos cantan romanzas acompañándose con el arpa, ante reyes
-paternales, de largas barbas y ojos pensativos. Peregrinos tocan a las
-puertas de los castillos en noches tempestuosas. Los alquimistas hacen
-el oro en sus nocturnas tareas. Los templarios combaten, o emplazan,
-en la hoguera, a sus verdugos, ante el tribunal de Dios. Los cuernos
-de caza hacen resonar los bosques y los rudos cazadores persiguen en
-caballos como huracanes, ciervos y jabalíes. Lorelay, envuelta en gasa
-lunar, melodiosa, amorosa, peligrosa, la mujer, la ilusión, la sirena,
-se sienta en su roca.
-
-Antorchas llameantes brillan entre los peñascos. San Clemente libra
-a la suave Ina, de la furia del río y de los bandidos. Uta, muere
-abrazada a su amante Reichenstein, en un suicidio amoroso que ha de
-ser, corriendo los tiempos, un común _faits-divers_. El Arzobispo
-Hatto, a quien la historia alaba y la leyenda vitupera, muere, por
-castigo de Dios, a causa de su mal corazón, comido por los ratones.
-El Conde Eppo encuentra en una montaña a una bella joven robada por
-un gigante; y, con ayuda de la Santísima Trinidad, salva a la dama y
-echa al monstruo en un precipicio en donde muere despedazado. La enorme
-persona de Carlo Magno aparece aquí, allá. Su hija Emma, casada contra
-su voluntad, va a habitar con su esposo Egimardo, en el campo; luego
-el emperador, ante ellos, un día que los encuentra por casualidad, y
-los reconoce, felices, les perdona y les lleva a su palacio. El mismo
-César sale, en coche, en excursiones, con el bandido Elbegart, que
-es un bandido cuerdo y valiente. Condes violentos y caprichosos son
-vencidos en sus mansiones feudaes por la unión de los comerciantes de
-las ciudades coligadas. El caballero de Stanferberg se enamora de una
-ondina y es correspondido; luego es infiel a su juramento de amor y es
-castigado por la cólera de las ondas vengadoras. Una sirena discreta
-y hacendosa, va a hilar en la rueca, a la casa de un joven que se
-apasiona por ella. Una noche la sigue, la ve entrar en las aguas del
-Rhin, y muere al lanzarse tras ella en los cristales del río. Los
-espíritus salen de las tumbas a amonestar a los caballeros demasiado
-tunantes. Lobos furiosos castigan a las profetisas que, enamoradas de
-los hombres, pierden su castidad y su don pitónico. Bodegas ocultas
-guardan un vino de dioses que inútilmente es buscado en los campos
-misteriosos. El diablo, Satanás en persona, sale de sus abismos y
-entra en tratos con las personas que andan en apuros y dificultades, y
-las saca de ellos, a trueque del alma y de la salvación eterna. Pero
-Nuestra Señora suele aparecer a tiempo con su poder, y manda a los
-infiernos al perverso demonio. Un joven pintor ve de noche renovarse
-en Oppenmeins, entre esqueletos, una batalla entre suecos y españoles,
-de la guerra de Treinta años. Una diestra caballería conduce a la dama
-que la monta y a la que se quiere casar por fuerza, a la mansión de
-su amante. Y cien y cien más páginas, de sangre y de bruma, de luz
-pálida o de resplandores rojos, hasta llegar a esa Maguncia famosa en
-que nació el hombre que después Lucifer ha hecho mayor competencia al
-Creador: Gutenberg.
-
-Desfile de castillos, desfile de leyendas, revuelo de poesía y de
-encanto lírico, en este viaje de horas, por el río sereno, eternamente
-perfumado por el vino pálido que dan las viñas de sus orillas. Y canta
-Adelaida von Stolterfoth: «Del polvo de la ruina nace en el Rhin una
-vida más bella. Giran los espíritus que por tanto tiempo han descansado
-en las tumbas; resuenan las canciones con extraños saludos que yo debo
-repetir suavemente en mis canciones y en mis ensueños. Cuando veo volar
-al pájaro en las alturas del azul del aire; cuando veo deslizarse los
-barcos en la lejanía de las brumas grises, me parece que dice palabras
-el pájaro al hender los espacios, y otras palabras escucho al rápido
-paso de la embarcación.» Y yo también, peregrino de arte, de americanas
-tierras, hecho al sol y al canto de la vida latina, he puesto el oído
-atento a esas palabras de las aves y de las barcas germánicas, y de esa
-bruma he visto surgir la eterna gracia de las almas aladas, la virtud
-de la sagrada poesía, a la cual no vencerán ni los odios humanos, ni
-las sequedades de los intereses modernos, ni la mediocridad de las
-chatas cabezas de los regeneradores igualitarios. Pues la soberanía
-del espíritu se basa en lo que está más allá del bien y del mal, más
-allá de nuestro planeta mismo y de nuestros conceptos de verdad y de
-mentira: en lo infinito, en lo absoluto.
-
-
-FRANCFORT S. M.
-
-Francfort, ciudad seca, triste, honrada, judía. A pesar del abuso del
-_art nouveau_ que la invade como a todas las ciudades alemanas, a pesar
-de sus tranvías eléctricos y de los palacios modernos de sus banqueros,
-tiene un aire de antigüedad, un olor de vejez y un sello imborrable de
-_ghetto_ y de _judengasse_. Por algo hacen detener el carruaje cuando,
-al pasar por la calle Boerne, os señalan una casita _vieillotte_ de
-estampa, blanca, con su fachada terminada en punta, sus ventanas con
-cortinillas de encaje, sus dos rejas de hierro en la parte baja. Es
-la casa-madre, la cuna del poder de los Rothschild. Allí vivió y allí
-manejó sus primeros millones el viejo _rex Judeorum_, tronco de los
-barones de hoy. La sequedad y la tristeza de esta ciudad de finanzas
-apenas es alegrada aquí, allá, por la figura de mármol o de bronze
-de un pensador, de un poeta. Aquí Schiller, allá Goethe, más allá
-Lessing. Pasan tipos de Shilock, o hermosas Rebecas, por las calles en
-donde se alzan los muros de la sinagoga. La restaurada catedral se ve
-como extraña en esta tierra de circuncisos. En el día, se siente el
-hervor de los negocios, la agitación de los rapaces mercaderes de oro.
-De noche, no hay lugar más triste. A las diez, ya los teatros están
-cerrados. A las diez y media, nadie anda por las calles. Tanto como
-el catolicismo, el arte parece estar aquí en dominio ajeno. Apenas se
-sabe aquí que existe un museo Goethe, en donde, junto con documentos
-iconográficos, se guardan objetos y manuscritos del gran alemán. El
-verdadero santuario de Francfort del Mein, es la casita de verjas de
-hierro y de las cortinillas blancas: la casa de los viejos Rothschild.
-
-La sombra del Emperador de la banca, del César israelita, se ve, por
-los ojos de nuestra adoración mammónica contemporánea, más grande que
-la del remoto y casi ignorado Gunther Schwarzburg, y aun que la del
-fabuloso Carlo Magno, cuya estatua se alza en el rojo y viejo puente
-sobre el río moroso que divide la población.
-
-
-HAMBURGO O EL REINO DE LOS CISNES
-
-Huysmans ha sido injusto con Hamburgo, y su duro humor se ha expresado
-en párrafos acres. Es que Durtal no fué a visitar el paraíso de los
-cisnes, y M. Folantin comió mal a dos marcos cincuenta. Hamburgo es
-alegre, casi con alegría latina, en cuanto cabe en un centro sajón.
-Hamburgo es la ciudad trabajadora, negociante, independiente, con
-su estricto senado, sus fábricas, sus canales, sus grandes hoteles,
-sus almacenes copiosos, y es también la ciudad que se divierte, se
-embellece, coquetea con el extranjero, tiene un su San Paulique que se
-parece a Montmartre como la cerveza al champaña, cafés al aire libre, a
-la orilla del Alster animado de yates, y a donde se va en vaporcitos,
-y en donde, los domingos, garridas muchachas flirtean al son de la
-música. Tiene un gran barrio lujoso que algunos llaman la Judea, porque
-poderosos semitas gozan en villas y _cottages_ de la felicidad que
-da el dinero. Huysmans habla, feroz, de caraqueños que encontró en
-este emporio comercial. Yo no he encontrado a ningún compatriota de
-Bolívar, aunque no es raro oir hablar español, pues son muchos los
-hispanoamericanos residentes, y los hamburgueses que se han venido a
-establecer con sus familias criollas, después de hacer fortuna en las
-lejanas tierras calientes. Las arquitecturas distintas surgen entre los
-verdores de los jardines o al lado de las ordenadas alamedas.
-
-Helkendorf, fresco y florido, tiene rincones deliciosos de descanso, de
-amor y de ensueño, pues no es imposible ejercer esa delicada función
-de soñar en una ciudad en donde los habitantes, por muy prácticos que
-sean, tienen un poético paraje formado por un remanso del río, en el
-cual paraje una cantidad numerosa de cisnes es mantenida por el erario
-público. Estos poetas no tienen otra ocupación más que consagrarse a la
-belleza, ser blancos--hay algunos negros--y deslizarse gallardamente,
-con la dignidad que les dejó como herencia Júpiter. Ellos cumplen
-exactamente con sus obligaciones, y además de la pitanza que les
-ofrecen sus guardianes, el público los gratifica con migas de pan. El
-remanso es cristalino, la ribera florida; las tardes de oro llueven
-gracia mágica sobre ese divino espectáculo, que pondría meditabundo al
-doctor Tribulat Bonhomet. Y los líricos habitantes de esos cristales
-que multiplican sus olímpicos aspectos, gozan de la más dulce beatitud
-en la capital de los falsificadores y mercaderes teutónicos. Aunque,
-en verdad, no he dejado de sentirme un poco inquieto cuando, comiendo
-en compañía de un mi conocido, exportador semita, me ha dicho, con
-una manera de satisfacción glotona, que el cisne, como el ganso, bien
-preparado, es, ¡ay! muy sabroso.
-
-Y a propósito de líricos cisnes, os he dicho que Hamburgo tiene un
-Montmartre que se llama San Pauli... A mí me lo habían asegurado así,
-al menos. ¿Un Montmartre...? Para marineros. Con uno que otro café de
-nota, en que se puede comer halagado por la orquesta. Por lo demás,
-los teatritos son sórdidos, con _chanteuses_ de deshecho, espesas
-mugidoras de romanzas, o flacas parcas que dicen en inglés o en alemán
-chillonas canciones. No hay un solo cabaret, un solo poeta melenudo o
-sin melena que evoque el recuerdo de Privas, de Rictus o de Montoya.
-En un gran salón de audiciones populares, da conciertos una banda
-militar. En la plaza, un guignol atrae al _populo_; los letreros de
-la luz eléctrica prometen maravillas, y en el interior, la diversión
-es mala y fastidiosa. Quedan los restaurantes, con las sopas dulces,
-las salchichas, los diversos _bráten_, y la excelente cerveza. M. de
-Folantin, por un lado, tuvo razón. Pero, ¡oh, Des Esseintes!, ¿y los
-cisnes?
-
-
-BERLÍN
-
-Al conocer Alemania, y sobre todo, Berlín, he creído comprender al
-emperador. Guillermo II, militar, creyente fervoroso, apasionado de
-arte, inquieto, viajero, abarcador, es el único cerebro de coronada
-testa en que hoy caben los antiguos ideales de grandeza, de dominación
-y de dignidad cesárea que constituyeron, durante tanto tiempo, el poder
-y la fuerza del vigoroso feudalismo. Todos los monarcas de hoy, más o
-menos, con excepción quizá del autócrata de Rusia, merecen el paraguas
-de Luis Felipe. Guillermo II, compatriota de Lohengrin, vidente que ha
-previsto no hace mucho tiempo y anunciado a las naciones, por medio
-de un simbólico dibujo célebre, el despertamiento y la acometida de
-la raza amarilla contra la blanca Europa; Guillermo II, que, si no
-fuese el óbice pietista, quién sabe si llegaría hasta realizar la liga
-medioeval dominadora del mundo--el Papa y el Emperador;--Guillermo II,
-vive más allá del momento, inspirado en lo pasado, presintiendo lo
-porvenir, y amacizando el presente robusto de su país, con la rigurosa
-disciplina que lo militariza todo, príncipe de ideal sustentado por
-la realidad de la fuerza, creyente cuando ya casi no hay rey que
-crea ni en su propio derecho divino, respetuoso de la tradición
-eclesiástica romana, cuando la misma Francia cristianísima echa de su
-suelo a las congregaciones religiosas y está dominada por un gobierno
-que no desearía otra cosa que la completa ruptura del concordato y
-la separación absoluta de la iglesia; Guillermo II, cuya actividad
-asombra, cuyo talento no hay quien no reconozca, cuyo carácter es de
-acero como su voluntad, está en su verdadero centro en este Berlín
-geométrico, alegre de otra alegría que la de París, hollado a cada
-momento por el paso de las tropas, con su Unter den Linden que extiende
-su verde avenida entre las casas lujosas, con su movimiento comercial y
-su circulación activa, y en donde, junto a las conmemoraciones de las
-armas, se levantan las conmemoraciones de las artes y de las ciencias.
-Y no en vano el divino Euforión surgió en esta tierra a la evocación
-del cisne de Weimar, pues en esta capital bárbara a cada paso se mira
-florecer la gracia helénica, ya en la composición de los artificiales
-paisajes, en las arquitecturas urbanas, en las construcciones
-monumentales. Yo no sabría alabar cierta protestante hipocresía general
-que se nota en la vida; pero, sí, la bella libertad del arte en sus
-mejores manifestaciones, una larga comprensión de la armonía, del
-desnudo, de la euritmia griega. Y esto se explica. Aquí, en tierra
-germánica, Goethe resucitó la olímpica persona de la homérica Helena,
-Lessing meditó sus dilucidaciones del Laoconte, Juan Pablo pensó:
-Heine, el ruiseñor, se abrevó de agua castalia; Momsen construyó su
-edificio mental sobre las gloriosas ruinas de Roma.
-
-La luz de la Helade alcanzó las brumas septentrionales. Allí en
-Charlotemburg, siguiendo el silencioso camino de copudas alamedas,
-al suave rozar de los pinos, entre los macizos de rosas, entre los
-plantíos de tulipanes, he llegado al severo y sencillo templete que
-sirve de lugar de reposo a los restos imperiales de los abuelos
-de Guillermo II. Un coloso marcial de larga y rubia barba me ha
-permitido la entrada. Y he tenido, en verdad, como la vaga sensación
-de un ensueño. A través de los vidrios de un color azul dulce y de
-cielo, la onda solar penetra maravillosamente, de manera que baña el
-recinto con su tenue y paradisiaco resplandor. Y a esa blanda y mágica
-luminosidad se ve alzarse la alta figura tristemente grave de un divino
-centinela, el arcángel Miguel, armado de su espada flamígera, y luego,
-he allí tres yacentes estatuas sobre tres mausoleos. Y en el fondo
-un Jesucristo de mosaico, que dice con su leyenda y con su expresión
-sabias y celestes palabras. Allí descansa en la paz de Dios Federico
-Guillermo II; allí descansa en la misericordia de Dios Guillermo I,
-emperador de Alemania y rey de Prusia. Y he allí, a su lado, a la Dama
-porfirogénita que es semejante a una diosa. El artista no haría con
-más amor que el que ha puesto al hacer ese cuerpo admirable apenas
-cubierto por el lino fino de la túnica, el cuerpo de Diana o el cuerpo
-de Venus. ¿Es Diana, es Venus dormida? Diana no es, pues la maternidad
-se revela en esa flor en plena hermosura; no es Venus, pues antes bien
-que la tentadora gracia de la carne, se desprende de esa forma una
-dignidad casta y serena. Y la luz tamizada pone una caricia paradisiaca
-sobre esa realización pagana; y Miguel, apoyado en su arma flamígera,
-vela silencioso: una paz sepulcral llena el estrecho habitáculo de los
-príncipes de mármol; e iguales a los del último paria, en la sola y
-posible igualdad de la transformación eterna, quedan en sus criptas
-semejantes a santuarios, esos puñados de huesos de Hohenzollern.
-
-Berlín: cuarteles, museos, estatuas, paseos con más estatuas, derroche
-de mármol como en la alameda de la Victoria, mármol para todos los
-Hohenstauffen, mármol para los Hohenzollern, y bronce y mármol para
-el gran Federico, para el gran Guillermo, para Moltke, para Bismarck;
-almacenes, pasajes llenos de tiendas de bric-a-brac, pomposas
-cigarrerías, restaurantes de cervezas y restaurantes de vinos; grandes
-teatros y un music-hall enorme. Y un aquárium que llamó la atención
-de Huysmans. Huysmans vió mucho, pero no lo vió todo, naturalmente. A
-mí me ha parecido entrar en un círculo del Dante, en el cual hubiera
-necesitado, como Virgilio, a mi amigo el doctor Holmberg. El aquárium
-es subterráneo, y no es solamente aquárium, pues se exhiben hasta loros
-y arañas y otros bichos pesadillescos, como ese horroroso ptatydactilus
-aegipcianus que está a la entrada, semejante a una rana estirada, y el
-zomurus gigánteus, lagarto erizado como de púas de hierro. Más allá,
-la africana bitis gabónica, serpiente con la piel pintada art-nouveau,
-y el pithon feroz y el crótalo con su apéndice de cascabeles; el naja
-búngarus, venenosísimo y aterciopelado; iguanas crestadas, nudos de
-viboritas enredadas como macarrones, y grises, y flácidas; y luego la
-anaconda brasileña. Se desciende, y en un estanque, entre peñascos,
-hay focas y leones marinos, y a un lado, papagayos blancos; y después
-una gran pajarera, donde se oyen arrullos de paloma y cuchilleo
-de aves. A un lado, apenas separados por una barrera baja y muy
-franqueable, los cocodrilos semejantes a troncos, a piedras. Y en
-seguida, la siboldia máxima japonesa, monstruoso y leproso lagarto. ¿Os
-atrae de nuevo la pajarera? Es que canta la gymnorhinia tibicen, igual
-a un cuervo que tuviese una blanca sobrepelliz y que tocase la flauta.
-Un hoyo lleno de agua: el cocodrilo negro de China, como un gran
-«garrobo». Y por fin, os atrae el verdadero aquárium, la fantástica
-vida submarina que tanto ha interesado al autor de _A Rebours_. Es la
-inaudita flora del Océano, los peces de sueños calenturientos, los
-aspectos de visión diabólica, o de locura. Veo en un fondo de arenas
-y de roca, naranjas que se mueven, crustáceos imprevistos, caprichos
-madrepóricos, semivivientes rábanos que se encogen, hipocampos y
-estrellas purpúreas. Erizos como pelotas de alfileres, entre lechugas
-de cristal verdemarino. Y grutas. Y un pecezote hinchado, inflado,
-junto al escorpión de mar. Hay una brocha que se mueve, una vejiga de
-manteca, plumones y espumas. Entreabiertas, grandes valvas que parecen
-abanicos, cactus y raquetas de lawn tennis. Pagurus inverosímiles
-van arrastrando sus casas llenas de púas y protuberancias. Y la
-pluralidad de los peces, la variedad de sus tipos, son desconcertantes.
-Y veis en todas sus faces monstruosas, hasta en las más increíbles,
-la reproducción de fisonomías humanas que habéis observado, desde
-las comunes hasta las deformes del raquitismo, de la idiotez, de la
-imbecilidad, de los casos crueles de los manicomios. Y hay formas y
-gestos que creeríais imaginarios y alucinatorios; y os convencéis que
-los pintores holandeses de ciertos cuadros demoníacos, y el mismo
-Rops y Odilon Redon, con sus fantasías monstruosas e ilusorias, no
-han creado nada, pues todo lo que la imaginación del hombre más
-torturado de visiones infernales pueda imaginar, existe en los secretos
-misteriosos y en los profundos laboratorios de la naturaleza. Seguís, y
-os encontráis con la murena que se envaina en un tubo como un espeso
-sable gris. Pequeños pulpos evolucionan entre el agua burbujeante.
-Inmóvil sobre la arena, está la negra raya chata, de pizarra terrosa
-con su arpón largo. Y pasa despacioso el homard, enorme alacrán marino
-acorazado, que en vez del venenoso garfio, tiene una mariposa de
-terciopelo negro ornada de amarillo.
-
-Berlín: ciudad que sabe la ordenanza, el latín, el griego, y también
-el plat-deustch; ciudad fuerte, pecadora, pero pacata; elegante, pero
-dura; rica, banquera; de arte; pero con cierto mal gusto común; con
-mujeres lindas, pero que tienen unos pies aplastadores de ilusiones;
-ciudad de secretos escándalos y de corrección excesiva; ciudad en que
-se siente la influencia del cuartel junto a la de la universidad;
-ciudad llena de cosas contradictorias, donde visitando un templo, os
-aborda un proxeneta que os promete el pecado, y en un bar, entre gentes
-pecadoras, se os aparece una mujer que os ofrece periódicos religiosos
-y os vende ¡imágenes de Cristo!
-
-
-VIENA
-
-Me habían dicho: «Es una hermana de París». Es una hermana de París que
-tiene los ojos más azules de tanto mirarse en el espejo del Danubio.
-Hay en la ciudad una alegría comunicativa, y si no la gracia impregnada
-de parisina, posee la elegancia, la gallardía de la seducción.
-
-Para mí, Viena y vals eran dos ideas juntas en mi mente. Viena, vals,
-placer. Un gran torbellino de mujeres hermosas en brazos de magníficos
-danzadores, deslizándose en anchas salas lisas, mientras afuera pasaban
-sonoros carruajes, se alzaban soberbios monumentos, bullía el mundo.
-Más o menos, he podido encontrar realizada esa imaginación, con mucho
-progreso además y mucho jardín atrayente, y mucho divertimiento, y
-mucha belleza femenina, y el centenario del padre del vals, Joseph
-Johan Strauss, que acaba de celebrarse. En su honor me he invitado
-a almorzar en el Volksgarten. En su honor y con una reverencia al
-poeta Grillparzer, cuyo monumento se alza no lejos de donde me sirven
-excelente _rostbraten_ y una pilsen de oro pálido, que es como líquida
-seda helada, mientras la brava orquesta anima el suave aire con ritmos
-armoniosos y ondulantes. En este mismo jardín fué donde Strauss dirigió
-la suya. Aquí nació el vals, a cuyos compases se balanceó el orbe;
-el vals, halago de la melancolía, lengua del gozo, música de amor,
-creación de un músico _minor_, pero que adoptarían los más altos y
-mayores, como Weber, como Chopín, como el mismo poderoso Beethoven.
-¿Que Lanner, el amigo y rival, tuvo parte en el invento? Nadie se
-acuerda de Lanner, hoy, como no sea para hacer constar que tenía mucho
-menos talento que Strauss.
-
-Juraría que no hay uno solo de los que lean estas líneas, que no haya
-tenido en su vida un momento de animado placer, o de dulce tristeza,
-al mágico brotar de esa pequeña y cristalina cascada melodiosa que
-se llama _El Danubio azul_... Yo le debo muy copiosa cosecha de
-recuerdos y de ensueños, ya lanzada por las orquestas, ejecutadas en
-confidenciales pianos, o suspirada por errantes organillos; sobre todo
-por los organillos...
-
-También como París, es este un país de arte, y en una avenida os
-encontraréis con un grande y pensativo Goethe, sentado en su sillón
-de bronce, o en una plazuela con un Mozart, jóvenes y airosos, o con
-Beethoven, o con Schiller; y en todas partes, un ambiente propicio al
-pensamiento. Y, sobre todo, un invisible soplo que incita al placer.
-En París hay más vicio que goce, aquí más goce que vicio. De todas
-maneras, aquí lanzó su último aliento el probo y sensato Marco Aurelio,
-que, entre sus mejores sentencias, ha dejado ésta, si poco purista, muy
-cuerda: «En general, el vicio no daña al mundo, y en particular, no
-daña sino a aquel que no puede abandonarlo cuando quiere».
-
-Viena placentera, pero también Viena laboriosa, pensadora, política,
-sentimental, artística, guerrera, religiosa. Todo encontraréis a
-vuestro paso. Aquí su palacio imperial; su catedral, enorme vegetación
-de piedra; más allá, Santa María Stiegen, vasto bouquet de ojivas
-y flechas, lo antiguo; y más allá, su teatro de la Opera, con su
-peristilo coronado por dos caballeros de bronce, lo moderno; o el
-Hofburgtheater, serio y elegante, al cual se llega por entre dos filas
-de estatuas de mármol, que tienen por fondo verdores de árboles y
-macizos de flores; o la Rathaus imponente con su elevada torre central;
-o el palacio del Reichsrath, y el frontispicio del parlamento, todo
-griego; y ante este último, mientras a sus pies, entre simulacros
-marmóreos, se vierte el agua armoniosa de una ánfora, Palas Atenea,
-gigantesca, se apoya en su lanza de oro y tiene en la diestra la alada
-Victoria.
-
-Dulces rincones amorosos, blandos retiros, labrados quioscos y curvos
-chorros de agua, en los jardines, en el Stadtpark, lleno de risas de
-niños; en Schwarzenberg, fácil a las citas y a los suspiros, o en el
-mismo Volksgarten, con su templo a Teseo, y sus alamedas, sus umbrías,
-sus tibios nidos, sus fragancias de parque y sus rumores de bosque. O
-allá, en el Prater, que si no vale el Bois parisiense, tiene especiales
-atractivos, en sus recodos de floresta y sus techumbres de hojas y su
-larguísima avenida. Mas, nada como ese fastuoso e histórico Schönbrunn,
-donde recordáis a Versalles y a Le Nôtre, y al gran Napoleón, y al
-triste Aiglon, hijo del Aguila. Flota un ambiente singular entre las
-bien ordenadas arquitecturas vegetales, entre los templetes de ramas y
-las verdes cúpulas y arcadas que forman los recortados tilos, las copas
-educadas y pomposas de los castaños. Las mitologías de las fuentes se
-bañan en la exhalación de vaporizadas perlas de su propia lluvia. Grata
-quietud invita a sentarse en los místicos bancos de los parterres,
-a meditar, a soñar, a imaginarse las bellas representaciones de la
-historia, mientras en su magnífica altura, la Gloriette destaca sobre
-el fondo celeste su pórtico soberbio, aún persistente decoración de más
-de una comedia y drama imperiales y reales.
-
-
-LA TUMBA DE LOS NUEVOS ATRIDAS
-
-Un capuchino de larga barba guía al grupo de visitantes--campesinos,
-forasteros e ingleses. Al bajar la escalera estrecha de la bóveda, el
-ruido de los pasos. Luego, el ruido de las llaves de su reverencia.
-Luego, silencio. Y el cicerone de capucha, comienza a decir su lección,
-recorriendo las tumbas del lado derecho, los sarcófagos viejos, en
-donde reposan reales e imperiales huesos viejísimos, entre las cajas
-de metal gris labrado de esculturas macabras y simbólicas, tras
-duras rejas férreas. A mí no me interesan esos príncipes antiguos
-que tienen su página correspondiente en los anales austriacos: no me
-atrae Matías, ni Ana, ni José, ni Leopoldo, ni Carlos. Yo voy hacia
-la izquierda, en donde duermen los porfirogénitos malditos, las
-coronadas testas perseguidas por el destino, la familia misteriosa y
-fatídica de los Atridas modernos, esos Hapsburgos rubios o brunos,
-jóvenes o viejos, pero idénticos en el sufrimiento, en la desventura,
-en la tragedia. No me impresiona tanto el ataúd en que están los
-restos del duque de Reichstadt, ni el nombre de María Luisa en la caja
-mortuoria, como los otros sarcófagos en que duermen su eterno sueño,
-Maximiliano, el emperador de la barba de oro, el del cerro de las
-campanas; Elisabeth, la «emperatriz errante», que segó el anarquismo,
-y Rodolfo, el de la novela sangrienta. Aquí reposa, en la paz de la
-muerte, el que estaba destinado a ceñir la corona de los emperadores
-de Austria y de los reyes de Hungría. El capuchino explica rápida
-y precisamente, en alemán, la vida de cada uno de los príncipes
-difuntos que reposan en el subterráneo; y el profundo silencio de
-los visitantes es tan solamente interrumpido por un vago rumor de
-palabras entredichas en voz baja, cuando se detiene el grupo ante el
-sepulcro del archiduque Rodolfo de Hapsburgo. Pequeña iglesia de los
-capuchinos, que encierra tanta desventura, los despojos de esa familia
-predestinada fatídicamente a ser azotada por la desgracia; tristes
-grandezas desaparecidas entre la locura y la sangre; seres de vidas
-extraordinarias que realizan las más lúgubres y dolorosas creaciones de
-los poetas del destino, de los dramaturgos del misterio.
-
-
-LA SECESIÓN
-
-Cuando en 1900 vi en el Grand Palais la sección correspondiente a los
-secesionistas vieneses, mi entusiasmo fué vivo y justo. He ahí unos
-cuantos adoradores sinceros de la libertad del arte, buscadores de lo
-nuevo, de lo raro, según sus temperamentos, o intérpretes personales
-de las antiguas tradiciones artísticas, sin _blague_ bulevardera, sin
-esteticismos montmartreses, sin los absurdos mamarrachos que, entre
-pocas obras de talento, exhiben unos cuantos desalmados, en el Salón
-de los Indépendents parisienses. ¿Es que el ambiente es otro? ¿Es que
-en Viena la lucha por la vida y por la gloria es distinta? La verdad
-es que, en todos los esfuerzos de los artistas de la Secesión, noto
-una sinceridad y una noble independencia y una consagración a la idea
-y a la realización de la belleza, muy distantes de los extravagantes
-_épateurs_ apurados de arribismo que abundan en la capital francesa.
-
-En edificio propio construído y arreglado conforme con los gustos
-y pensares estéticos de los organizadores del museo, la obra de la
-Secesión se exhibe en la metrópoli austriaca como un testimonio
-innegable del tesón, de la energía y del talento de sus puros artistas.
-El museo es un museo «de excepción» como diría Vittorio Pica. Nada de
-lo que hay en él es vulgar ni común, y se manifiesta en todo un don de
-alta gracia y una voluntad de hermosura y una fuerza de pensamiento,
-que honran y elevan sobremanera a la luchadora mentalidad austriaca.
-Aquí se ve que no se busca asustar al burgués, sino más bien darle una
-nueva revelación de belleza. Aquí tienen nobles sacerdotes el ensueño
-y la vida misteriosa, y el pincel y el cincel dicen la profundidad
-de lo desconocido, lo arcano de nuestras humanas existencias y el
-enigma que existe en toda cosa. Sintéticos o complicados, expresan
-sus meditaciones y sus visiones interiores, o en un extraño aparato
-simbólico hacen surgir un aspecto de la verdad posible, o hacen
-florecer de luz el alma, o cristalizan lo indeciso y lo recóndito. Y
-hay la franca expresión y el desdén de toda rutina. Aquí es el único
-museo del mundo en donde no solamente se ha destrozado la académica
-hoja de parra, sino que se ha tenido el valor de revelar lo más íntimo,
-de no ocultar lo más oculto, a punto de que se os vienen a la memoria
-ciertas cuartetas memorables de Théophile Gautier. La leyenda tiene sus
-cultivadores. Veo cien cuadros que me atraen; no os diré los nombres
-de los autores, pues no están en las telas y no tengo tiempo para
-anotar un catálogo. Sí recordaré al potente Franz Metzner, el Rodin
-austriaco, el autor de ese poema soberbio de mármol que se llama _La
-Tierra_, y de admirables estudios decorativos y de bustos y de estatuas
-de una originalidad imponente y comprensiva. _La Tierra_, de Metzner,
-está expuesta en un saloncito especial, adornado tan solamente de
-expresivos telamones y de su sola, impresionante y elegante sencillez.
-Y la figura en que se manifiestan la vida y el ritmo terrestres y la
-fuerza natural, está sobre su base como la majestad y el misterio de
-un simulacro sagrado. Lo que la Secesión ha enviado a la Exposición de
-San Luis, atestigua el valor de sus pintores, decoradores, estatuarios,
-ceramistas, mueblistas. Ferdinand Andri envía sus figuras valientes,
-que renuevan algo del arcáico arte asirio; Metzner, sus soberbias
-creaciones plásticas, sus sintéticas expresiones de la persona
-humana; Klimt, sus cuadros simbólicos de factura extraordinaria y de
-significación honda, como _El manzano de oro_, _La vida es un combate_,
-_La Jurisprudencia_ y _La Filosofía_, que tantas discusiones causó
-cuando se expuso en París en la última Exposición Universal.
-
-Salgo de la Secesión encantado de encontrar un verdadero templo del
-arte en tiempos en que los templos del arte están en posesión de
-los mercaderes, de los insinceros, de los pacotillistas o de los
-histriones. Y saludo ese esfuerzo generoso, deseando que en nuestros
-países de arte naciente se junten las energías individuales de los
-puros, de los incontaminados, y procuren hacer algo semejante, lejos de
-la chatura de las escuelas de limitación y atrofia y de las modas vanas
-que nada tienen que ver con la eternidad de la belleza.
-
-
-BUDA-PEST
-
-...Buda-Pest: el Rey; María Teresa; el Danubio azul; paprikahum, vino
-de Tokai...; y una vieja zarzuela que deleiteó mis años infantiles.
-_Los Madgyares_, en la cual cantaba un coro:
-
- Vamos señores
- A la feria de Buda,
- Que hoy es el día
- De vender y comprar.
-
-Y los trajes vistosos de alamares y galones, y el leguito del convento:
-
- _Ego sum, ego sum_
- El leguito del convento
- _Ego sum_, además
- Campanero y sacristán...
-
-Y me hechizó la ciudad bizarra, o más bien las dos ciudades gemelas
-unidas por los magníficos puentes, con su clima, sus flores, sus
-paseos, su barrio elegante y moderno en que casi todas las nuevas
-construcciones son _art nouveau_, o secesión, mansiones caprichosas
-de los magnates y propietarios de pingües pushtas y «economías». Es
-una delicia pasear por el kiralgi var, y sus palacios y verdores, a
-orillas del agua azul del armonioso río. Hay edificios espléndidos
-como el magnífico parlamento, que se refleja en el Danubio, y sus
-plazas espaciosas, las calles y avenidas, y sobre todo, las más bellas
-mujeres del mundo hacen mirar esta tierra como un terrenal paraíso.
-¡Oh! todos los países tienen lugares de gozo y bellas mujeres, pero
-la Ciudad del Amor y de la hermosura, creedme, es Buda-Pest. Hay un
-lugar, en un suburbio de la ciudad de Pest, que se llama Os Buda Vara,
-jardín, paseo; feria nocturna, lleno de atracciones, teatritos, ventas
-diversas, castillos luminosos, flores, perfumes, músicas nacionales,
-trajes pintorescos; y allí he visto una colección de beldades que
-habrían dejado meditabundo y soñador al mismo rey Salomón que, como
-sabéis, era de gusto exquisito.
-
-Un momento ha habido de duelo nacional, más que duelo ha sido una
-glorificación, una apoteosis: la muerte de Jokai. Impregnado del
-encanto de esta ciudad fascinadora, he asistido a los funerales de su
-poeta, de su novelista, de su pensador nacional. Pasaban los carros
-cargados de coronas por la gran calle Andrassy, en donde estaba la
-morada del escritor; el cortejo era solemne y fastuoso; representantes
-del gobierno asistían a la ceremonia en que se honraba la memoria del
-viejo revolucionario; vistosos y pintorescos uniformes militares,
-universitarios, heráldicos, desfilaban en la severa procesión. Y en en
-los balcones, adornados de colgaduras de duelo, se veía una muchedumbre
-de rostros divinos en que brillaban maravillosos ojos húngaros. Y ante
-ese esplendor y ese prodigio de belleza femenina, al pasar el carro de
-las más frescas coronas, de los estudiantes, compré a una florista un
-ramo de rosas, y, poeta desconocido de lejanas tierras, con el corazón
-palpitante, con un temor de emoción, arrojé yo también mi ofrenda al
-anciano Jokai.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-INDICE
-
-
-TIERRAS SOLARES
-
- Págs.
-
- Barcelona 9
-
- Málaga 21
-
- La tristeza andaluza 69
-
- Granada 85
-
- Sevilla 103
-
- Córdoba 117
-
- Gibraltar 129
-
- Tánger 155
-
- Venecia 181
-
- Florencia 195
-
-
- DE TIERRAS SOLARES A TIERRAS DE BRUMA
-
- Waterlóo 211
-
- Por el Rhin 214
-
- Francfort S. M. 223
-
- Berlín 228
-
- Viena 237
-
- La tumba de los nuevos atridas 241
-
- La Secesión 243
-
- Buda-Pest 247
-
-
-
-
- ACABÓSE
- DE IMPRIMIR
- ESTE LIBRO EN
- MADRID EN EL ESTABLECIMIENTO
- TIPOGRÁFICO
- DE JOSÉ YAGÜES
- SANZ, EL DÍA XXV
- DE SEPTIEMBRE
- DE AÑO
- MCMXVII
-
-
-
-
- * * * * * *
-
-
-
-
-Nota del Transcriptor:
-
-Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.
-
-Errores obvios de imprenta han sido corregidos.
-
-Páginas en blanco han sido eliminadas.
-
-
-
-***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK TIERRAS SOLARES***
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-<title>The Project Gutenberg eBook of Tierras Solares, by Rubén Darío</title>
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-<body>
-<h1 class="pg">The Project Gutenberg eBook, Tierras Solares, by Rubén Darío, Illustrated
-by Enrique Ochoa</h1>
-<p>This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States
-and most other parts of the world at no cost and with almost no
-restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it
-under the terms of the Project Gutenberg License included with this
-eBook or online at <a
-href="http://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. If you are not
-located in the United States, you'll have to check the laws of the
-country where you are located before using this ebook.</p>
-<p>Title: Tierras Solares</p>
-<p> Volumen III de las obras completas</p>
-<p>Author: Rubén Darío</p>
-<p>Release Date: August 20, 2016 [eBook #52857]</p>
-<p>Language: Spanish</p>
-<p>Character set encoding: ISO-8859-1</p>
-<p>***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK TIERRAS SOLARES***</p>
-<p>&nbsp;</p>
-<h4>E-text prepared by Josep Cols Canals, Carlos Colón,<br />
- and the Online Distributed Proofreading Team<br />
- (<a href="http://www.pgdp.net">http://www.pgdp.net</a>)<br />
- from page images generously made available by<br />
- Internet Archive/Canadian Libraries<br />
- (<a href="https://archive.org/details/toronto">https://archive.org/details/toronto</a>)</h4>
-<p>&nbsp;</p>
-<table border="0" style="background-color: #ccccff;margin: 0 auto;" cellpadding="10">
- <tr>
- <td valign="top">
- Note:
- </td>
- <td>
- Images of the original pages are available through
- Internet Archive/Canadian Libraries. See
- <a href="https://archive.org/details/obrascompletaspr03daruoft">
- https://archive.org/details/obrascompletaspr03daruoft</a>
- </td>
- </tr>
-</table>
-<p>&nbsp;</p>
-<hr class="full" />
-<p>&nbsp;</p>
-<p>&nbsp;</p>
-
-<h1>TIERRAS SOLARES</h1>
-
-<p class="center">POR</p>
-
-<p class="center p2 large">RUBÉN DARIO</p>
-
-<p class="center p4">ILUSTRACIONES</p>
-<p class="center">DE</p>
-<p class="center large">ENRIQUE OCHOA</p>
-
-<p class="p2 center">Volumen III de las obras completas.
-Administración: Editorial
-MUNDO LATINO<br />
-<span class="smcap">Madrid</span></p>
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_4" id="Page_4"></a></span></p>
-
-
-
-<p class="p6 center">ES PROPIEDAD</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_5" id="Page_5"></a></span></p>
-
-
-
-
-<p class="p6 center">A<br />
-<span class="large">FELIPE LÓPEZ</span><br />
-MUY CORDIALMENTE<br />
-&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;<i>R. D.</i></p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_6" id="Page_6"></a>
-<a name="Page_7" id="Page_7"></a></span></p>
-
-<h2 class="nd">BARCELONA</h2>
-<div class="figcenter6"><a name="Barcelona"><img src="images/p007.jpg" width="400"
-height="174" alt="BARCELONA" title="" /></a></div>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_8" id="Page_8"></a>
-<a name="Page_9" id="Page_9"></a></span></p>
-
-
-
-<div class="figcenter6c"><img src="images/p009.jpg" width="500"
-height="228" alt="" title="" /></div>
-
-<div>
- <img class="drop-cap" src="images/d.jpg" width="100" height="99" alt=""/>
-</div>
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">Después</span> de algunos años vuelvo a Barcelona,
-tierra buena. En otra ocasión
-os he dicho mis impresiones de este
-país grato y amable, en donde la laboriosidad es
-virtud común y el orgullo innato y el sustento de
-las tradiciones defensa contra debilitamientos y
-decadencias. Salí de París el día de la primera
-nevada, que anunciaba la crudez del próximo invierno.
-Salí en busca de sol y salud, y aquí, desde
-que he llegado, he visto la luz alegre y sana
-del sol español, un cielo sin las tristezas parisienses;
-y una vez más me he asombrado de cómo<span class="pagenum"><a name="Page_10" id="Page_10">[10]</a></span>
-Jean Moreas encuentra en París el mismo cielo
-de Grecia, el cual tan solamente da todo su gozo
-en las tierras solares. Bien es cierto que el poeta
-se refiere más al ambiente que a la luz, más al
-respirar que al mirar. Pero la bondad de este cielo
-entra principalmente por los ojos y los poros,
-abiertos al cálido cariño del inmenso y maravilloso
-diamante de vida que nos hace la merced de
-existir.</p>
-
-<p>Cuando os escribí de España fué a raíz de la
-guerra funesta. Acababa de pasar la tempestad.
-Estaba dolorosa y abatida la raza, agonizaba el
-país. Y os hablé, sin embargo, de la mina de
-energía, del vasto yacimiento de fuerza que hallé
-en esta provincia de Cataluña, gracias al carácter
-de los habitantes, de antaño famosos por empresas
-arduas y bien realizadas; y admiré la riqueza
-y el movimiento productor de esta Barcelona
-modernísima, hermana en trabajo de la potente
-Bilbao, afortunadas hormigas ambas que
-no han mirado nunca con buen mirar a la cortesana
-cigarra de Castilla. España estaba, por
-opinión general, condenada a la perpetua ruina,
-a la irremediable muerte. No se veía venir por<span class="pagenum"><a name="Page_11" id="Page_11">[11]</a></span>
-ninguna parte el caballero esperado, a quien buscaba
-en la lejanía del camino la mirada ansiosa
-de la hermana Ana. Hubo el aparecimiento de los
-profetas del mal y la irrupción de los improvisados
-salvadores. Todo el mundo era hábil para
-indicar una senda propicia; todo el mundo se
-creía llamado a poner nueva sangre en el cuerpo
-agotado. Se dijera un consejo de políticas.
-Todas las políticas y todos los politiquistas sabían
-un secreto con el cual se iba a hinchar con
-músculos nuevos el pellejo del maltrecho León.
-En el mundo del pensamiento se veían apenas
-unas cuantas esperanzas entre el coro de eminencias
-amojamadas. Apenas los pocos violentos,
-los revolucionarios, los iconoclastas, hacían
-lo posible por encender una hoguera nueva. Y
-olía demasiado a podrido en Dinamarca.</p>
-
-<p>Hoy, al pasar, mi impresión es otra. Desde
-hace algún tiempo se ha notado un estremecimiento
-de vida en la península. Cierto que las
-políticas y los politiquistas continúan con sus
-ruidos inútiles y sus discursos verbosos; cierto
-que ni los del carlismo renuncian a su vago soñar,
-ni los de la república pierden momento para<span class="pagenum"><a name="Page_12" id="Page_12">[12]</a></span>
-proclamar que ellos son los dueños del porvenir
-y de la grandeza nacional, entre escándalos y
-rivalidades poco provechosas al verdadero ideal
-perseguido; cierto que el clericalismo inquisitorial,
-por un lado, y el militarismo montjuichesco,
-por otro, no han cambiado un ápice desde los
-tiempos terribles en que cayó, rojamente, el pobre
-y grande conservador D. Antonio Cánovas;
-cierto que nadie sucede al pobre y grande liberal
-Emilio Castelar; cierto que cierta prensa en
-que los antiguos baturrillos, tiquismiquis, o dimes
-y diretes continúan en una tradicional ignorancia
-de cultura, aún persiste; cierto que el
-hambre del pueblo no mengua; cierto que la pereza
-general y la inquina porque sí, del uno contra
-el otro, se sigue manifestando; cierto que sigue
-oliendo a podrido en Dinamarca. Pero, fijáos
-bien: una fragancia de juventud en flor llega hasta
-nosotros. Voces individuales, pero poderosas
-y firmes, dicen palabras de bien y de verdad que
-el país comienza a escuchar. Hay un rumor. ¿Es
-una resurrección? No, es un despertamiento. Se
-renace. Se vuelve a vivir en un deseo de acción,
-que demuestra y anuncia una próxima era de<span class="pagenum"><a name="Page_13" id="Page_13">[13]</a></span>
-victorias. No tenían razón los desconsolados,
-los que juzgaron el daño irremediable. He ahí los
-buenos pensadores de la nueva España que piensa;
-he ahí los buenos profesores de trabajo; los
-bravos catedráticos de actos, que enseñan a las
-generaciones flamantes la manera de conseguir
-el logro, de sembrar para recoger. Los superficiales
-del pedantismo desaparecieron; los superficiales
-del odio inmotivado, de la improductiva
-palabra, de las envidias absurdas, esos no
-existen más que en sí mismos. Existe, empero,
-una juventud que ha encontrado su verbo. Existen
-los nuevos apóstoles que dicen la doctrina
-saludable de la regeneración, del gozo de la existencia;
-los buenos escritores de desinterés y de
-ímpetu; los nuevos poetas que hablan armoniosamente,
-con sencillez o con complicación, según
-sus almas, lo que sienten, lo que juzgan que
-deben decir, en amor y sinceridad, con desdén del
-lodo verbal, de la vulgar hazaña, del reir injusto.
-Y eso en toda España, desde entre los vascos
-y catalanes activos, hasta entre los vibrantes
-andaluces y entre los habitantes de la gárrula
-corte. La salud será, pues, luego, total.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_14" id="Page_14">[14]</a></span></p>
-
-<p>Mas Barcelona me detiene, con su carácter
-tan propio, y sin embargo, desde antes tan universalizada
-más que europeizada. Sus ramblas
-floridas hierven de almas, con su paseo de Gracia;
-las fábricas vecinas han adquirido mayor
-empuje. Llegan numerosos los barcos a traer el
-material de las industrias y salen cargados de la
-exportación pingüe que aumenta la existente riqueza.
-Se alzan palacios flamantes. La electricidad
-ayuda al progreso por todos puntos. La
-urbe se ensancha y la población crece. Tan solamente
-turban la paz activa de producir las agitaciones
-que de tanto en tanto siguen manifestándose
-y tomando incremento en el elemento
-obrero. Hay un huevo que empolla desde hace
-años la revolución latente, pero de ese huevo no
-saldrá ni con mucho la soñada gallina gorda de
-los socialistas; antes bien, el ave roja de la anarquía.
-El obrero aquí no se deja embaucar y va
-viendo por sí solo. Los cabecillas pueden de un
-momento a otro perder su cabeza. El trabajador
-aquí se impone, y su imposición se nota. No se
-ve un solo establecimiento público que esté vedado
-a la blusa, y la blusa hace ostentación de<span class="pagenum"><a name="Page_15" id="Page_15">[15]</a></span>
-su presencia en todas partes. La cultura general
-es también mayor, como ya otra vez lo he hecho
-notar, que en otras provincias. El ambiente barcelonés
-es el de un pequeño París. Sus artistas
-y escritores, genuinamente catalanes, están en
-contacto con todo el mundo. Esta tierra de hombres
-de labor material, vasto nido de menestrales,
-es también sustentadora de fuertes cerebros,
-de aladas almas, de finas y sutiles imaginaciones.
-En el siglo <span class="smcap">xix</span> surge el marqués de Campo;
-lo cual no obsta para que nazca después Santiago
-Rusiñol. Rusiñol, espíritu encantador, pintor
-de soñaciones, maestro de melancolías, y el cual
-en todas sus obras pone algo de la tristeza que
-ha aprendido en las partes dolorosas y misteriosas
-de la vida. Le conocí en París, después de
-ser muy amigos desde lejos. Es la primera vez
-en que la persona no me causó decepción por el
-artista. Personal e intelectualmente es el mismo.
-Gracias a Dios que no me ha quitado aún&mdash;¡ni
-me lo quite nunca!&mdash;el don de admirar. Admirar
-de veras, con mente sincera, con el corazón o
-con la cabeza, o con ambas cosas. Me habló entonces
-Rusiñol de su drama <i>L'Heroe</i> y de la re<span class="pagenum"><a name="Page_16" id="Page_16">[16]</a></span>sonancia
-del estreno, pues en la pieza hay dura
-enseñanza popular dicha, si con manera de noble
-artista, con claridad que pone a la vista de
-todos una amarga lección de los injustos horrores
-de la guerra. Los del gobierno, los del poder
-y los entorchados, protestaron e iban a provocar
-grueso escándalo; las representaciones cesaron
-por orden de la autoridad, y el artista dramaturgo
-tuvo que salir para Francia. Ahora veo en los
-carteles anunciada una obra nueva, que por su
-título juzgo causará, si cabe, mayores protestas.
-Se llama <i>El Mistich</i>. El soñador hace así su
-ofrenda de bien a los oprimidos, ayuda a los de
-abajo. Como debe hacerlo: desde arriba.</p>
-
-<p>Otros poetas traducen a los clásicos, y a los
-modernísimos extranjeros. Hay un «teatro latino»
-que equivale a l'Oeuvre, o al Libre de París.
-Se publican excelentes revistas de ideas y de
-arte, y libros de ingenios y talentos bregadores
-presentados en formas artísticamente llamativas
-y de bella tipografía. Todo ésto en catalán. Pues
-son raros los que, como el noble poeta Marquina,
-prefieren vestir de castellano sus ideas.</p>
-
-<p>La juventud&mdash;¡brava «joventut»!&mdash;cultiva su<span class="pagenum"><a name="Page_17" id="Page_17">[17]</a></span>
-campo, siembra su semilla. Alza, construye su
-torre en el limitado cerco en que se oye su lengua:
-pero desde lo alto de su torre, ve todos los
-horizontes. Fecundo núcleo de vivaz civilización,
-la vieja Barcino, la generosa y gallarda Barcelona
-de ahora, se afianza en su seguro valor y
-alza la cabeza orgullosa coronada de muros, entre
-la montaña y el mar, que vió partir en otros
-siglos los barcos de sus conquistadores. ¿Existe
-el catalanismo? ¿Existe el odio que se ha dicho
-contra el resto de España? Yo no lo creo ni lo
-noto ahora. Existe el catalanismo, si por catalanismo
-se entiende el deseo de usufructuar el haber
-propio, la separación de ese mismo haber
-para salvarlo de la amenazadora bancarrota general,
-el derecho de la hormiga para decir a la
-cigarra: «¡baila ahora!»; y la voluntad de mandar
-en su casa. Mas así como el ansia de porvenir
-ha unido a los obreros catalanes con todos
-los de la península en una misma mira y un mismo
-sentimiento, el deseo de vuelo y expansión
-comienza a unir a la intelectualidad libre catalana
-con la libre intelectualidad española, representada
-por admirables personalidades pertene<span class="pagenum"><a name="Page_18" id="Page_18">[18]</a></span>cientes
-a todas las provincias, ligados así todos
-por la solidaridad del pensamiento y el propósito
-de olvidar pasados defectos y errores, y colaborar
-en la misma tarea de bondad y de gloria.
-Cierto, repito, que quedan los anquilosados de
-ayer, los rezagados de la pacotilla; pero toda la
-sucia y seca hojarasca desaparece al brotar la
-nueva selva, al renovarse la flora del viejo jardín,
-a la entrada triunfal de la recién nacida primavera.
-La América española ha mandado también
-sus embajadores, y poco a poco se va formando
-más íntima relación entre ambos continentes,
-gracias a la fuerza íntima de la idea, y a
-la internacional potencia del arte y de la palabra.
-Pues hasta, por mayor decoro, la vida comercial
-misma ha sacado ventajas, ayudada por los predicadores
-de las letras y misioneros del periodismo.
-La unión mental será más y más fundamental
-cada día que pase, conservando cada
-país su personalidad y su manera de expresión.
-Se cambiarán con mayor frecuencia las delegaciones
-de los intereses y las delegaciones de las
-ideas. Seremos, entonces sí, la más grande España,
-antes de que avance el yanqui haciendo<span class="pagenum"><a name="Page_19" id="Page_19">[19]</a></span>
-Panamaes. Que cada región tenga y conserve
-su egoísmo altivo, pues de la conjunción de todos
-esos egoísmos se forma la común grandeza;
-cada grande árbol crece y se fortifica solo y todos
-forman la floresta. Esto me hace pensar la
-Barcelona de las rojas barretinas y de las compañías
-de vapores, la Barcelona de Rusiñol y de
-Gual, y la de las copiosas fábricas y nutridos
-almacenes; la que hace oro, labra hierro, cultiva
-flores y se fecunda a sí misma, entre los montes
-altos, silenciosos y las inmensas aguas que
-hablan.</p>
-
-<div class="figcenter6"><img src="images/p019.jpg" width="150"
-height="147" alt="" title="" /></div>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_20" id="Page_20"></a>
-<a name="Page_21" id="Page_21"></a></span></p>
-
-<h2 class="nd">MÁLAGA</h2>
-<div class="figcenter6"><a name="Malaga"><img src="images/p021.jpg" width="400"
-height="170" alt="MÁLAGA" title="" /></a></div>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_22" id="Page_22"></a>
-<a name="Page_23" id="Page_23"></a></span></p>
-
-<div class="figcenter6c"><img src="images/p023.jpg" width="500"
-height="245" alt="" title="" /></div>
-
-<div>
- <img class="drop-cap" src="images/e.jpg" width="100" height="102" alt=""/>
-</div>
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">Escribo</span> a la orilla del mar, sobre una
-terraza adonde llega el ruido de la
-espuma. A pesar de la estación, está
-alegre y claro el día, y el cielo limpio, de limpidez
-mineral, y el aire acariciador. Esta es la
-dulce Málaga, llamada la Bella, de donde son
-las famosas pasas, las famosas mujeres y el
-vino preferido para la consagración. Es justamente
-una parte de la «tierra de María Santísima»,
-con dos partes de la tierra de Mahoma.
-Mas el color local se va perdiendo, a medida que
-avanza la universal civilización destructora de
-poesía y hacedora de negocios. Hay, en verdad,<span class="pagenum"><a name="Page_24" id="Page_24">[24]</a></span>
-mucho de lo típico, en los barrios singulares,
-como el Perchel, la Trinidad y la escalonada Alcazaba;
-mas la ciudad no os ofrecerá mucho que
-satisfaga a vuestra imaginación, sobre todo si
-imagináis a la francesa, y no buscáis sino pandereta,
-navaja, mantón y calañés. Hay sí la reja
-cantada en los versos, y los ojos espléndidos de
-las mujeres, y la molicie, y el ambiente de amor.
-Hay las callejuelas estrechas y antiguas, y las
-ventanas adornadas con los tiestos de albahacas
-y claveles, como en los cromos; hay bastante
-morisco y no poco medioeval. Mas, del lado del
-mar, surge una Málaga cosmopolita y nueva, y
-más que cosmopolita, inglesa, durante la «season»,
-pues demás está decir que desde que un
-Mr. Richard Ford escribió en su «Hand-Book for
-travellers in Spain» que el clima de Málaga es
-«superior a todos los de Italia y España para enfermedades
-del pecho» y que «aquí el invierno es
-desconocido», la invasión británica estuvo decretada.
-Los ingleses no han llegado a Andalucía
-tan solamente por bien de sus pulmones y bronquios.
-Y así, como lo hace observar José Nogales,
-que es autoridad y que es andaluz: «en las<span class="pagenum"><a name="Page_25" id="Page_25">[25]</a></span>
-zonas andaluzas donde se extiende la influencia
-inglesa&mdash;exclusivamente inglesa&mdash;, la vida interior
-reacciona de un modo maravilloso. Parece
-otra gente. Por Málaga, por el campo de Gibraltar
-y por Huelva, van entrando los ingleses en
-mansa y tranquila invasión de intereses que de
-día en día ensanchan y afirman. Y el fenómeno
-por mí observado consiste en lo bien y rápidamente
-que se entienden y hermanan el andaluz y
-el inglés. A los dos días de llegar, el inglés es
-«don Guillermo», o «don Roberto», o «don Jorge».
-Unos y otros se acomodan bien a sus maneras,
-y hay, andando el tiempo, deseos del entruque
-rara vez desperdiciados. De ahí va saliendo
-el núcleo de una raza nueva y vigorosa». El
-extranjero ha traído a Andalucía el impulso del
-trabajo, ha implantado fábricas, ha dado gran
-aumento a la exportación de frutas y de vinos.
-¿Quién se acuerda ya del inglés «aborrecido»?
-El nombre de uno está grabado en un monumento
-público, el inglés Robert Boyd, que fué fusilado
-por la causa de la libertad, junto con Torrijos.
-Estas villas floridas, estos chalets llenos de morenas
-meridionales y rubias anglo-sajonas, al<span class="pagenum"><a name="Page_26" id="Page_26">[26]</a></span>
-lado de la Caleta y el Polo, hacen recordar que
-por aquí pasó Byron y afirman que esto es encantador.
-Sobre todo, no hay ese bullir lujoso de
-las ciudades balnearias revueltas por la moda y
-emponzoñadas por el casino. Aquí no hay casino,
-ni moda, ni viene Liane de Pougy, ni monsieur
-de Phocas. Aquí hay luz, montes apacibles,
-el Mediterráneo, barcas pescadoras. «Larios y
-boquerones», corrige un andaluz que lee las últimas
-palabras que he escrito.</p>
-
-<p>¿Larios? En efecto, en la ciudad todo es Larios.
-La propiedad, la influencia política, están
-en poder de ese apellido. Vais por un paseo y
-encontráis una estatua del marqués de Larios. La
-calle principal de la ciudad, es la calle de Larios;
-las casas todas que forman esa calle, pertenecen a
-los Larios; de los Larios son también otras cuantas
-regadas en la población. Hay dos grandes
-fábricas de hilados, con unos ocho mil trabajadores,
-y demás está deciros que esa fábrica es de los
-Larios. Hay diez fábricas y refinerías de azúcar,
-y pertenecen igualmente a la famosa familia.&mdash;¿Y
-ese gran asilo?&mdash;De Larios. Desde Gibraltar hasta
-Almería, me dicen, todo es de ellos. Málaga es<span class="pagenum"><a name="Page_27" id="Page_27">[27]</a></span>
-la ciudad de los Larios.&mdash;¿Y la catedral, también
-será de ellos?&mdash;La catedral no; pero el reloj de la
-catedral, ¡sí! Estas son andaluzadas en serio.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>«Les damos por armas la forma de la misma
-ciudad y fortaleza de Gibralfaro, con el corral de
-los cautivos en un campo colorado, y por reverencia
-y en cada una de sus torres, las imágenes
-de los patronos de Málaga, San Ciriaco y Santa
-Paula, y por honra del puerto las ondas del mar,
-y por orladura de las dichas armas, el yugo y las
-flechas». Así se expresa la real cédula en que los
-Reyes Católicos, Don Fernando y Doña Isabel,
-concedieron a Málaga el blasón que queda dicho.
-Gibralfaro es una ruina, como todo lo que queda
-recordando el poderío árabe. He visto la bella
-puerta de las Atarazanas sirviendo de entrada a
-un mercado, en el mismo lugar en que se levantaba
-una magnífica mezquita en tiempos no de
-tanta miseria para el pueblo malagueño. Es la
-obra de los cristianos y civilizados vencedores.
-La labrada piedra contesta: <i>Le galib ille Aláh</i>:
-El vencedor solo es Dios...</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_28" id="Page_28">[28]</a></span></p>
-
-<p>Y la herencia arábiga se encuentra por todas
-partes, en la faz de las mujeres, en las figuras del
-pueblo, en las rejas de las casas, en los guturales
-gritos de los vendedores ambulantes.</p>
-
-<p>Cuando he recorrido la ciudadela de la antigua
-Alcazaba, he creído ver revivir ante mis ojos la
-pasada existencia. Habitan gentes en las mismas
-viejas construcciones, casas estrechas y escalonadas
-en la altura, desde donde se domina el
-ancho puerto.</p>
-
-<p>En algún punto veis, sobre una columna corintia
-del tiempo de la dominación romana, el
-arco en herradura que vió pasar los albornoces
-blancos y los estandartes verdes. He conocido al
-poeta y novelista Arturo Reyes, el primero de los
-portaliras malagueños y bien amado de sus conterráneos;
-jamás he visto moro de pintura o de
-verdad que le supere en aspecto. ¡Qué modelo
-para Benjamín Constant! He visto vestida a la
-moda de París y en un elegante carruaje, a Zulema;
-y, con una flor en la cabeza, comprando
-pescado, cerca del seco Guadalmedina, a Zoraida.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_29" id="Page_29">[29]</a></span>
-Entrando a la realidad de la vida, halláis un
-pueblo pobre, falto de sangre y de trabajo. El exceso
-de población apenas halla salida escasa en
-los inmigrantes que atraviesan el Océano. Y la
-indolencia nacional... Iba yo recorriendo la ciudad,
-en un tranvía tirado por flojos caballos.
-Allá, en un lugar llamado Puerta Nueva, se encontró
-un carro en la vía, en el carro unos cuantos
-sacos, y el carrero consiendo uno de ellos.
-El hombre vió venir el tranvía con una mirada
-indiferente, y siguió cosiendo su saco. ¿Pasaríamos?
-¿No pasaríamos...? El conductor descendió
-a hablar con el carrero; oí vagas palabras,
-vi pocos gestos. El hombre seguía consiendo su
-saco... A los cuatro minutos, el tranvía pudo
-pasar, <i>et pour cause</i>. El hombre había acabado
-de coser su saco...</p>
-
-<p>En un lugar de la larga hondonada que forma
-el lecho del sediento Guadalmedina, he visto una
-especie de lamentable mercado al aire libre, peces
-y fruta, cestas de pulpos como en Nápoles, y naranjas
-doradas. Lo pintoresco no quita la sensación
-de miseria, entre calles y callejuelas llenas
-de malos olores, de charcos pestilenciales, de<span class="pagenum"><a name="Page_30" id="Page_30">[30]</a></span>
-focos de enfermedad. Me explico la abundancia
-de pálidos rostros, de colores marchitos en las
-más hermosas facciones.</p>
-
-<p>Hoy veo, en un diario, que el número de reses
-vacunas sacrificadas es de veinte; y Málaga tiene
-más de ciento treinta mil habitantes... ¡Y la carne
-paga una peseta el kilo, de derechos de consumo!
-Un muy discreto y activo periodista, a quien
-he tenido el placer de tratar, el Sr. Fernández y
-García, me da los más penosos detalles: «La
-carestía de los artículos alimenticios, dice, equivale
-a un grave motivo de alarma. La carne,
-para los pobres, resulta un artículo de lujo. Muchos
-enfermos tienen que prescindir de ese alimento
-necesario para reponer las fuerzas, porque
-su precio excesivo no lo pone al alcance más que
-de las personas bien acomodadas. La leche es
-mala y cara. ¿De qué nos sirve nuestra vecindad
-con Marruecos, si rara vez disfrutamos la ventaja
-de recibir, en cantidad suficiente, huevos y
-aves a precios económicos, importados de los
-terrenos inmediatos a nuestras posesiones de
-Africa? El pescado mismo, con excepción de los
-días de pesca abundante y extraordinaria, sufre<span class="pagenum"><a name="Page_31" id="Page_31">[31]</a></span>
-carestía. ¿El bacalao? Si el gobierno no toma
-el buen acuerdo de pedir a las Cortes la supresión
-de los derechos arancelarios, se venderá tan
-caro, que, como sucede con la carne, no estará
-al alcance de los pobres. Sólo faltaba el aumento
-en los precios de los alquileres, y ya es tan difícil
-encontrar albergue higiénico y barato, como
-un avaro con alma. De modo que el malestar se
-acentúa para todas esas clases de la sociedad a
-quienes la lucha por la existencia resulta penosísima,
-y que van dejándose la piel en las zarzas
-de estos infortunios. Con decir que el remedio no
-se vislumbra, se expresa que la desgracia que
-nos afluye parece mayor porque se vive sin esperanzas».
-Hay, pues, necesidad en las clases pobres,
-hambre en el pueblo.</p>
-
-<p>La antigua religiosidad ha mermado mucho, y,
-en sus sufrimientos, ya no se vuelven los necesitados
-a la Divinidad, ya no se ruega a Dios...
-Se siente una invasión de protestas anárquicas,
-que va de la ciudad a la campiña, a pesar de las
-congregaciones religiosas que luchan por conservar
-su influencia, a pesar de las vírgenes que
-podéis ver en algunos sitios, a la entrada de al<span class="pagenum"><a name="Page_32" id="Page_32">[32]</a></span>gunas
-casas, adornadas de flores artificiales, y
-ante las cuales arde una pálida lamparilla de devoción
-tradicional.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>Hoy, 11 de Diciembre, aniversario del fusilamiento
-de Torrijos y sus compañeros, he ido a
-ver el monumento levantado en memoria del espantoso
-sacrificio... No vi coronas profusas, flores
-de recuerdo. Por calles sucias, entre baches
-y pedregales, llegué, por el barrio del Perchel, a
-la iglesia del Carmen, donde estaba el antiguo
-convento. Por el camino, un compañero me recuerda
-la página sangrienta que inmortalizó artísticamente
-un célebre pincel. Encontrábanse en
-Gibraltar unos cincuenta desterrados a causa de
-sus ideas liberales, y fueron llamados secretamente
-por el gobernador de Málaga, Moreno,
-proponiéndoles pronunciarse con ellos en favor
-de las libertades de la Constitución, como se
-decía entonces. Salieron de Gibraltar cincuenta
-y un hombres. En camino, pasaron la noche en
-el cortijo de la Alquería, y allí fueron copados
-por las tropas que mandó con ese objeto el mis<span class="pagenum"><a name="Page_33" id="Page_33">[33]</a></span>mo
-gobernador de Málaga. Lograron escapar
-dos ingleses, de tres que venían en la expedición.
-Llegaron los presos por la mañana del 10 de Diciembre,
-y al día siguiente, a pesar de ser día
-domingo, con el permiso episcopal, fueron fusilados.
-La capilla la pasaron en una iglesia del
-entonces convento carmelita. La ejecución empezó
-a las siete de la mañana y duró media hora.
-El último que mataron fué el inglés Boyd. «Mi
-abuelo, me dice la persona que me acompaña,
-oyó los tiros desde el vecino matadero de reses.
-Calcula que se tirarían mil tiros... De lo que no
-hay que asombrarse, teniendo en cuenta que entonces
-se usaban fusiles de chispa, que estaba
-lloviendo y que se mojaba la pólvora de las cazoletas,
-por lo que fallaban muchos tiros. Los
-quejidos de las víctimas y el estado nervioso de
-los mismos soldados de la ejecución aumentaban
-el horror de tal manera, que el fraile que confesó
-y ayudó a bien morir a las víctimas se volvió
-loco...»</p>
-
-<p>Al llegar a la iglesia, un chicuelo zaparrastroso
-me sale al paso.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué quiere usted?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_34" id="Page_34">[34]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Visitar la iglesia.</p>
-
-<p>&mdash;Venga.</p>
-
-<p>&mdash;Dime: ¿en dónde estuvieron encerrados Torrijos
-y sus compañeros?</p>
-
-<p>El chico me mira asombrado. No halla qué
-contestar. Le explico más. Se trata de unos que
-mataron hace tiempo... Por fin cae en la cuenta.</p>
-
-<p>&mdash;Venga usted. Ya sé. Aquí está el confesonario
-en donde los confesaron.</p>
-
-<p>En efecto: en una capilla que está al lado derecho
-del altar mayor, y cuya entrada aún conserva
-la gruesa reja que sirvió de cárcel de una noche
-a los sacrificados, logré ver entre la obscuridad,
-aislado, un confesonario viejo y polvoroso.
-Luego salgo con mi amigo acompañante a buscar
-el lugar en que fueron ultimados. Lo encontramos,
-preguntando, en una callejuela inmunda.
-Hay una base gastada, de mármol, sobre la que
-reposa una tosca cruz de hierro. Hay una inscripción
-borrada, ilegible. Ni una flor. Hay comadres
-conversando en las puertas de las casuchas
-vecinas, y muchachos mugrientos jugando a
-pleno cielo, y un perro soñoliento hacia el lado
-por donde se va al mar azul...</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_35" id="Page_35">[35]</a></span></p>
-
-<p>Esta es Málaga la Bella, de donde son las famosas
-pasas, las famosas mujeres y el vino preferido
-para la consagración.</p>
-
-<p class="p4"><span class="pagenum"><a name="Page_36" id="Page_36">[36]</a></span></p>
-
-
-<h3>II</h3>
-
-<p>Por la mañana he ido a ver «sacar el copo» a
-los pescadores, a un lado del esbelto y blanco
-faro. Las gentes están ya de fiesta como la mar y
-el sol. Miro animación por las calles, sobre todo
-cerca de la Plaza de la Constitución, donde un
-puñado de barracas atrae a los transeuntes y forasteros.
-La calle de lujo, la calle Larios, ofrece
-sus vitrinas llenas de dulces, de pintura <i>criarde</i>
-y de artículos de París. Allá en la playa hay ropas
-más vistosas que de costumbre, mantones blancos
-y azules, pañuelos y corbatas policromas,
-entre las gentes que van a presenciar la sacada
-de la red. Tirada por unos cuantos hombres y
-muchachos, sostenida en las aguas por odres infladas,
-va saliendo poco a poco ante la inmensidad
-del Mediterráneo azul y del cielo azul. Cuando
-llega a la arena y la recogen rápidamente los
-pescadores&mdash;después de larga fatiga,&mdash;se ve la<span class="pagenum"><a name="Page_37" id="Page_37">[37]</a></span>
-carga de boquerones semejantes a vivas rebanaduras
-de plomo, los opalinos y flácidos calamares,
-la pescadilla como una lanza, la sardina plateada
-y profusa. De allí los recoge el vendedor
-callejero, que va después gritando su calidad y
-llevando, como la balanza los platillos, dos
-cestos laterales colgantes del palo que sostiene
-sobre sus hombros.</p>
-
-<p>Por las calles va la gente atareada en busca
-de los preparativos de las cenas caseras. Los paveros,
-«de su banda de pavos en compañía»,
-como canta la sonora guitarra del poeta Rueda,
-van, en efecto, conduciendo, con una vara larga
-como de alcalde y un ancho sombrero, a los suculentos
-animales que son de costumbre y ley en
-noche de Navidad. Se compran en las dulcerías
-y confiterías las sabrosas cosas miliunanochescas
-o monjiles, hechas de harinas y mieles, y
-cuya nomenclatura regocijaría a pantagruélicos
-abates: turrones y mazapanes, pestiños, roscas,
-tortas de aceite y manteca, y entre cien otros, los
-polvorones de Estepa y Laujar, los alfajores exquisitos
-y golosinas de almendras y azúcar que
-se deshacen inefablemente en el paladar. Apenas<span class="pagenum"><a name="Page_38" id="Page_38">[38]</a></span>
-me referiré a la <i>charcuterie</i> nacional, con sus
-salchichones de Vich, sus chorizos de Candelario
-y la Rioja y Extremadura, sus incomparables
-morcillas y salazones, y la egregia butifarra catalana.
-Las frutas tienen admirable representación
-en los puestos que se establecen a la entrada
-de la calle Nueva, con una variedad y lozanía
-que sorprenden. Junto a la uva deliciosa del país,
-cuya fama es universal, y junto a las doradas naranjas
-dulcísimas, se ve la americana chirimoya
-y la misma caña de azúcar, y la banana, que han
-brotado en este suelo al amor de un clima casi
-tropical. El mercado de frutas en plena calle es a
-la manera de un zoko árabe, por su bullicio y
-movimiento, lo pintoresco de las gentes, los borriquillos
-cargados, los tipos mismos populares
-y la invisible y perdurable influencia que los antiguos
-habitantes africanos dejaron en el ambiente
-de esta ciudad indolente, poética y llena de cálida
-gracia.</p>
-
-<p>Y he de celebrar siempre, ante todo y después
-de todo, el hechizo de la mujer malagueña, indudablemente
-la primera en hermosura en todo el
-reino de belleza que es la tierra de España. Hay<span class="pagenum"><a name="Page_39" id="Page_39">[39]</a></span>
-que ver Málaga en un día como éste, con sus calles
-y paseos, su Caleta y el Palo, su Alameda y
-su nuevo Parque, animados de maravillosas rosas
-vivientes, que van y vienen, sin coqueterías
-de países más parisienizados, pero todas carne
-floral y colores de vida, de salud y amor. Lo
-mismo las malagueñas de la aristocracia, que saben
-bien los usos y modas de París y Londres,
-que las de la clase media y las del pueblo, llevan
-en sus rostros un poema de encanto natural y
-una atávica chispa encendedora de corazones que
-hacen revivir en las más prosaicas almas de este
-tiempo práctico, un enamorado son de guzla, o
-una declamación que valga por una kásida. La
-malagueña es sultana u odalisca. O impera con
-la mirada, o halaga con la sonrisa. Hay cuerpos
-que van rítmicamente andando con manera tal,
-que el <i>incensu patuit dea</i> os sale de los labios.
-Hay ojos malagueños que son inmensos, y en su
-inmensidad está todo el cielo y todo el mar y todo
-el amor, junto con la inmensa voluptuosidad.
-Este es don particular de la hembra de aquí,
-como saturada del perfume de la ilusión moruna
-del mahometano paraíso. Son las anticipadas hu<span class="pagenum"><a name="Page_40" id="Page_40">[40]</a></span>ríes.
-Y como a sus abuelas les impuso el catolicismo
-la devoción, hay en ellas una inquietante
-mezcla de ángeles católicos y zoraidas sarracenas.
-Tienen el más provocador de los pudores.
-Las cabelleras son copiosas y doradas o renegridas.
-He visto pasar dos hermanitas de las más
-opuestas cabelleras: la una nocturna, de noche
-tempestuosa; la otra auroral. Llevaban el pelo
-caído por la espalda, y no se podía menos de
-pensar ya en Margarita, ya en Mignon. ¿Y Esmeralda?
-A Esmeralda la veis a cada paso. Y si
-vais al suburbio, en el medio gitano, veis aparecer,
-aun en horribles tugurios, sus dos ojos negros
-llenos de pasión y maleficio.</p>
-
-<p>La goletera, la heroína de Arturo Reyes, sale
-multiplicada de su barrio, seguida del novio y de
-los varios Pipirigañas que andan alrededor suyo.
-Como no soy muy ducho en distinguir las de la
-Goleta entre las del Perchel y de la Trinidad, se
-me antoja una Trini cada moza de las que llaman
-barbianas, con bellos ojos y caras y cuerpos de
-celeste pecado mortal. En el paseo, por la tarde,
-a orilla del mar quieto y amoroso en su dulce infinito,
-se juntan todas esas Trinis en grupos fa<span class="pagenum"><a name="Page_41" id="Page_41">[41]</a></span>miliares,
-cerca de pequeñas hogueras en que en
-sartas se asan las ricas sardinas recién salidas
-del copo, y que se comen calientes, regadas después
-con el chispeante Montilla que pone luz solar
-en la cabeza y suelta estas ágiles lenguas, estas
-ágiles manos y estos ágiles pies, pues siempre
-se toca la guitarra, siempre se jalea, se acompaña
-al tocador con las palmas, siempre se cantan
-las gimientes malagueñas o los rítmicos tangos,
-y a veces se ve a una brava muchacha iniciar
-un paso en que luce el garbo heredado de las
-antiguas danzarinas andaluzas. Las percheleras
-y las trinitarias son famosas por su gracia y su
-habilidad para el canto y el baile. Así las he admirado
-al pasar, mientras un sol cariñoso teñía
-ya de oro, de violeta, de púrpura, el inmenso
-cristal mediterráneo.</p>
-
-<p>Los hombres pasan con sus trajes nuevos, las
-americanas ceñidas a la torera, los sombreros
-grises cordobeses, los zapatos de charol con la
-inevitable caña de color claro. Y con ciertos andares
-y ademanes que hacen ver que el compadrito
-bonaerense ha heredado algo de por acá. Y
-las mujeres andan como que se deslizan, con los<span class="pagenum"><a name="Page_42" id="Page_42">[42]</a></span>
-mantones de lana, blancos, rojos, azules, como
-las corbatas de los novios y amigos, y llevan las
-cabezas hermosísimas, adornadas con flores,
-profusamente, rosas fresquísimas y rosadas, claveles
-ultraviolentos, y unas especies de crisantemas
-pajizas que llaman goyetinas, y que completan
-la decoración floral. Quién va a la casa a preparar
-la cena de la noche, quién va a las barracas
-a comprar juguetes con los niños; juguetes
-que tienen todo el carácter local: guitarritas, castañuelas,
-panderetas y figuras de nacimiento, que
-se venden al lado del pin-pan-pum, divertimiento
-grotesco en que la brutalidad y el instinto de
-agresión humanos encuentran contentamiento, lo
-mismo en la feria de Neully que en la diminuta
-fiesta pascual malacitana. Las borracheras populares
-comienzan a hacer ruido por la noche. Se
-oyen pasar las sonoras «parrandas», reuniones
-de muchachos y muchachas del pueblo, que van
-cantando coplas por las calles, coplas que recuerdan
-la celebración del día, la Virgen en el pesebre,
-José, el niño Jesús, el buey y la mula. Y de
-paso va entremezclada la copla amorosa o satírica,
-al son de las zambombas, al grito de los pi<span class="pagenum"><a name="Page_43" id="Page_43">[43]</a></span>tos,
-al chocar de las almireces y castañuelas, al
-rasgueo de la inseparable guitarra. Hay quien se
-acuerda todavía de por qué se celebra esa noche;
-hay quien piensa, por la tradición, en la estrella
-de los reyes magos, en la aldea de Belén, en el
-Dios de los cristianos que nació pobremente, que
-murió hace muchos siglos, y por el cual se pasan
-ratos muy agradables y regocijados.</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-
-<div class="line i1">La nochebuena se viene,</div>
-<div class="line">la nochebuena se va,</div>
-<div class="line">y nosotros nos iremos</div>
-<div class="line">y no volveremos más.</div>
-</div></div></div>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-
-<div class="line i1">¡Carrasclás, que gordo está el pavo;</div>
-<div class="line">carrasclás, que gordito está;</div>
-<div class="line">carrasclás, qué enjundia que tiene;</div>
-<div class="line">carrasclás, carrasclás, carrasclás!</div>
-</div></div></div>
-
-<p>¿Quién se acuerda en París, al engullir el «boudin»
-blanco, ni de Cristo ni de la muerte...?</p>
-
-<p>Luego se va aquí a la misa del gallo. Las gentes
-invaden la iglesia, iluminada como para la
-alegre fiesta. El órgano lanza sus chorros armoniosos.
-Los villancicos resuenan, como las co<span class="pagenum"><a name="Page_44" id="Page_44">[44]</a></span>plas
-de una celeste juerga. Los registros de la
-voz humana, del bombardón, de la chirimía, derraman
-sus sonidos como en un trueno de música.
-Hay verdadero gozo en el ambiente, aunque
-la devoción no sea muy grande. Las campanas
-han anunciado el nacimiento del buen Pastor, celebrado
-por los pastores y adorado por los reyes.
-Todo eso está muy bien; y así ha llegado la hora
-de ir a los ágapes copiosos en que hay tanta golosina,
-tanto vino encendedor de sangre y el animal
-de ritual:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-
-<div class="line i1">¡Carrasclás, que gordo está el pavo;</div>
-<div class="line">carrasclás, que gordito está;</div>
-<div class="line">carrasclás, qué enjundia que tiene;</div>
-<div class="line">carrasclás, carrasclás, carrasclás!</div>
-</div></div></div>
-
-<p>Luego será la danza, los cantos; airosas sevillanas,
-donairosos panaderos, saltantes y garbosas
-jotas. Y el buen pueblo continuará en la zambra;
-saldrá por la población caminando al compás
-de sus instrumentos, echando al aire, bajo
-las estrellas, estrofa y estrofa; la parranda llenará
-con sus ecos todos los barrios; el vino irá de<span class="pagenum"><a name="Page_45" id="Page_45">[45]</a></span>jando
-vencidos, y la última canción se escuchará
-hasta después de que haya salido el sol.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>Sol andaluz, que vieron los primitivos celtas,
-que sedujo a los antiguos cartagineses, que deslumbró
-a los navegantes fenicios, que atrajo a
-los brumosos vándalos, que admiró a los romanos,
-pero que, sobre todo, fué la delicia de los
-africanos de ojos y sangre solares; él es más que
-todo el donador de gracia y amor en esta tierra.
-Málaga es predilecta del divino Helios. «En otros
-días, dice D. Juan Valera, cuando teníamos en
-España un pronunciamiento cada seis meses,
-Málaga se jactaba de ser la primera en el peligro
-de la libertad. Ahora que felizmente la libertad no
-peligra, Málaga, con su región, bien puede jactarse,
-si no de ser la primera, de ir muy adelante
-y de descollar mucho en el cultivo de las letras
-humanas y de la palabra hablada y escrita. Es
-singularísimo que los hijos de esa región se distingan
-hablando y escribiendo, por dos cualidades
-extremas en las que se cifra todo el poder de
-la palabra humana. El discurso hablado del ma<span class="pagenum"><a name="Page_46" id="Page_46">[46]</a></span>lagueño
-es torrente impetuoso que arrebata y
-conmueve: acusaciones serias, chistes, burlas,
-sistemas políticos y económicos, y hasta filosofías
-de la historia, inventado todo de repente y
-convertido en masa de proyectiles para derribar
-a los contrarios y meterlos debajo de los bancos;
-tal es la elocuencia torrencial de la región malagueña:
-algo semejante a una venida del Guadalmedina.»
-Esas son cualidades solares. El sol da
-su brillo a la imaginación malagueña, su fuerza
-a la fecundidad malagueña, su singular encanto a
-la hembra malagueña; Castelar no era de Málaga,
-era de Cádiz; hermana solar también; pero
-Cánovas era malagueño. La paleta del egregio
-maestro Moreno Carbonero concentra mucho de
-esta luz poderosa y dominante. Los poetas malagueños
-Díaz de Escovar, que hace cantares
-oyendo el latir del corazón de su pueblo; Reyes,
-que lleva la primacía, ardoroso moro, y más que
-andaluz supermalagueño; Rueda, maestro en gay
-saber andaluz; Urbano, delicado; Sánchez Rodríguez,
-triste y melodioso; González Anaya, enamorado
-melancólico de su tierra; Fernández de
-los Reyes, que labra el verso sincero y vibrador;<span class="pagenum"><a name="Page_47" id="Page_47">[47]</a></span>
-todos los portaliras malagueños son dignos de
-su raza solar. Son almas que sufren lejanos atavismos,
-de los cuales brota el canto como la rosa
-del rosal.</p>
-
-<p>Hay una estatua que levantar en Málaga: la de
-Hamehet-el-Zegrí.</p>
-
-<p>Y así concluyo estas líneas sobre la Nochebuena,
-en pleno sol.</p>
-
-<p class="p4"><span class="pagenum"><a name="Page_48" id="Page_48">[48]</a></span></p>
-
-
-<h3>III</h3>
-
-<p>Los extranjeros que llegamos en la hora actual
-a España, sufrimos ciertamente desengaños.
-Hemos llegado tarde; <i>les lauriers sont coupés</i>.
-El progreso es el enemigo de lo pintoresco, y su
-nivelación no va dejando carácter local ni originalidad
-en ninguna parte. Hay andaluces de la
-hora presente que protestan contra la Andalucía
-de figuras de pandereta y caja-de-pasas, que
-tanto ha dado que escribir, cantar y pintar, la
-Andalucía byroniana, de Gautier, la de D'Amicis;
-protestan porque quieren otra Andalucía semejante
-a los Dorados comerciales en que piensa
-mi amigo Maeztu. ¡Ah! desgraciadamente ya
-no encontramos la poética Andalucía sino muy
-venida a menos o muy ida a más. El progreso
-aquí en Málaga, por ejemplo, ha traído los altos
-hornos y se ha llevado los encantos de antaño.
-Las particularidades andaluzas que antes daban<span class="pagenum"><a name="Page_49" id="Page_49">[49]</a></span>
-viva lección de las gracias autóctonas y de las
-locales bizarrías, la indumentaria misma, todo lo
-que constituía tema para páginas de colorido y
-de dibujo característicos, queda en los viejos libros.
-<i>El Solitario</i> es tan antiguo como Nepote.
-En la calle principal de Málaga hay tiendas parisienses,
-dos clubs. En el paseo principal hay
-corso como en Palermo o en el Bois, relativamente,
-y la ciudad cuenta con un automóvil, ¡oh
-poeta Ovando Santarén!, que no podría entrar
-en tus octavas reales.</p>
-
-<p>Los malagueños progresistas que quieren su
-ciudad igual a no importa qué «ciudad moderna»,
-con las abominaciones rectangulares que
-odiaba el gran Yanqui, están en su derecho,
-como los venecianos que quieren rellenar el <i>Canalazzo</i>
-y echar al olvido las góndolas. Están
-en su derecho; pero también están en el suyo los
-artistas del mundo que defienden la belleza del
-pasado y la razón del arte. Nada más odioso
-para mí que un doctor japonés vestido de londinense,
-que durante el tiempo que nos tocó estar
-juntos en un compartimiento de ferrocarril, me
-hablaba con desprecio de los pintores japoneses<span class="pagenum"><a name="Page_50" id="Page_50">[50]</a></span>
-y de la poesía de su raza, y me elogiaba la invasión
-del parlamentarismo y la occidentalización
-de sus compatriotas de ojos circunflejos. Y nada
-más simpático que la idea del fuerte y noble pintor
-Moreno Carbonero, que inició un proyecto,
-según me dicen, de reconstruir la ruinosa Alcazaba
-morisca malagueña, para resucitar en la ciudad
-luminosa un rincón pintoresco y animado de
-la vida antigua, sin duda alguna más activa, y,
-sobre todo, más bella que la presente. Las altas
-damas desdeñan ya la mantilla. No se encuentra
-una maja sino en cromos. Los hombres quieren,
-por su parte, parecer ingleses, como los elegantes
-de todos lugares. El pueblo bajo no tiene sino
-vagos restos de las tradicionales maneras. Los
-toreros quieren ser personajes sociales. «Don
-Luis» es el célebre Mazzantini, y se habla de sus
-modos de gran señor y de su biblioteca y de sus
-trufas. El otro Mazzantini, el <i>cadet</i>, se mete
-en los asuntos electores de su pueblo, perora,
-toma parte activa en las luchas políticas. La
-coleta queda, por milagro, como un recuerdo
-y como una costumbre, que acabará por caer.
-Los tipos bizarros de antes quedan para mo<span class="pagenum"><a name="Page_51" id="Page_51">[51]</a></span>delos
-de los pintores y <i>pour l'exportation</i>.</p>
-
-<p>El mismo cante flamenco ha degenerado, ha
-perdido sus bríos antiguos. Vagan aún gloriosas
-ruinas, como Chacón, famoso por sus «jipíos»,
-tanto como por sus buenas fortunas en aristocráticos
-caprichos, y Juan Breva, el «cantaor» de
-Don Alfonso XII, que, viejo corpulento, va hoy
-por ahí cantando en falsetes lamentables las eternas
-malagueñas de quejas e hipos, o las amorosas
-y armoniosas soleares, último aeda del antes
-triunfante flamenquismo. Dicen de Chacón que es
-uno de los que han contribuído a la ruina del
-cante, porque ha sido el decadente con talento de
-los «cantaores», y los que le han seguido y han
-querido hacer como él, han resultado con el fracaso
-de todos los serviles acólitos que sin reflexión
-ni fuerza imitan. Donde algo queda de las
-pasadas gracias nativas es en el baile, pues las
-danzarinas andaluzas guardan aún las mismas
-condiciones que las hacen aparecer en los exámetros
-de Juvenal. La exportación que ya señala
-el satírico, está hoy en más auge que nunca. El
-baile español se ha hecho un número preciso en
-todo programa de café-concert o music-hall que<span class="pagenum"><a name="Page_52" id="Page_52">[52]</a></span>
-se respeta, y hay países en donde es singularmente
-gustado, como en Rusia y en los Estados
-Unidos. Carolina Otero conoce la admiración de
-los rublos. Y el ilustre cubano José Martí contó,
-en una de sus bellas cartas, a los lectores de <i>La
-Nación</i>, de Buenos Aires, cómo los yanquis salían
-de su frialdad anglosajona al mover sus estupendas
-piernas aquella ruidosa y preciosa Carmencita,
-que quedó, para regocijo de los ojos, perpetuada
-en la tela de Sargent, que guarda el Luxembourg.</p>
-
-<p>Así, toda joven que aprende a bailar, sueña, si
-es bella, con la felicidad que existe en el extranjero,
-con las contratas en grandes ciudades en que
-hay gloria y amor rico, en las victorias de las
-Carmencitas, Oteros, Guerreros y Chavitas que
-van conquistando el mundo a son de sevillana,
-jota, vito, seguidilla o tango. Entretanto se van
-cerrando los cafés típicos de cante, aun en esta
-misma Andalucía de las guitarras, coplas y claveles.
-Aquí en Málaga había cinco, por ejemplo,
-entre ellos el famoso de Silverio, y apenas queda
-uno, muy mediocre y poco atrayente. En Sevilla
-se cerró el sonadísimo Burrero, en la calle de las<span class="pagenum"><a name="Page_53" id="Page_53">[53]</a></span>
-Sierpes, después de haber tenido en su tablado
-todas las celebridades guitarreras y coreográficas
-de la tierra, que como sabéis, es «de María
-Santísima». Restan apenas las vistosas y decorativas
-casas de cante y baile que puedan satisfacer
-la curiosidad del viajero, en ciudades de
-segundo orden, como Ronda, Vélez-Malaga o
-Antequera, lugar por donde muchos quieren que
-salga el sol...; o allá en Algeciras, o La Línea,
-en las cercanías de Gibraltar, en donde los ingleses
-de la guarnición van a dejar sus libras convertidas
-en castizas pesetas.</p>
-
-<p>Yo he ido a ver aquí en Málaga el café de España.
-Leí el anuncio en un diario: «Todas las noches,
-grandes bailes nacionales y cante, por la
-célebre cantadora por Tangos la Niña de Pomares,
-y el aplaudido cantador José Beda, el Jerezano.
-A las siete y media. Entrada al consumo».
-El local es un largo salón, con mesitas, como
-cualquier café, y en el centro un tablado, sin adorno
-alguno.</p>
-
-<p>Concurrencia heteróclita; humo de cigarros;
-uno que otro «señorito», uno que otro militar, algunos
-campesinos, que aquí llaman catetos. De<span class="pagenum"><a name="Page_54" id="Page_54">[54]</a></span>
-pronto, los acordes de un piano se oyen, y aparecen
-en el tablado seis u ocho mozas vestidas de
-semimajas; es decir, de majas, que a la conocida
-indumentaria han agregado adornos y pompones
-a la francesa.</p>
-
-<p>Llevan colores vistosos en las faldas cortas y
-acampanadas, en los corpiños; y en las cabezas,
-rizadas y de peinados bajos, portan moños de
-cintas y flores de tintes violentos, flores naturales
-o artificiales. Bailan primero las boleras, que
-son las que llevan esas faldas cortas, y se acompañan
-con las castañuelas, bailan el olé, que tiene
-el ritmo de un vals; los panaderos, más despaciosos,
-por dos parejas; las sevillanas, el jaleo,
-el vito, las soleares, las «seguirillas», y hasta
-jotas. Hay cierta gracia; pero deslucen las arrugadas
-medias color de carne, los trajes sin esmero,
-los zapatos usados, las sonrisas forzadas en
-las caras llenas de pintura, los horribles calzones
-que se exhiben al dar las ligeras vueltas o al hacer
-un quiebre de cintura.</p>
-
-<p>Después de las boleras bailan las flamencas
-sus polos, medios polos, zapateados, tangos y
-otros bailes. Las flamencas llevan faldas largas,<span class="pagenum"><a name="Page_55" id="Page_55">[55]</a></span>
-no llevan castañuelas; pero hacen sonar los dedos
-imitándolas, y tienen un coro de jaleadores
-que las anima con gritos, con los tradicionales
-«oles» y «arzas», y que sigue el ritmo con las
-palmas. Todas esas danzas se parecen; el extranjero,
-el no conocedor, difícilmente puede distinguir
-la diferencia que hay entre una y otra, la
-cual diferencia es de pasos y compases, con el
-ritmo más o menos precipitado o contenido.</p>
-
-<p>Después que han bailado, descienden boleras
-y flamencas a visitar a los consumidores en las
-mesitas, a hacer gastar lo más que se pueda, según
-la consigna del dueño del café. Todas las
-que he visto son muy jóvenes y bonitas, afeadas
-tan solamente por lo sórdido de los vestidos.
-Hay una niña de trece a catorce años, portadora
-de monstruosas piernas postizas. Pregunto a un
-vecino qué dice la liga contra la trata de blancas
-a este respecto, y me contesta que estas jóvenes
-son, o por lo menos dicen que son, honestas.
-De mesa en mesa van trasegando manzanilla
-y más manzanilla, de mesa en mesa donde
-hay extranjeros o forasteros, porque los nativos
-conocen el juego y no se dejan explotar. Las ca<span class="pagenum"><a name="Page_56" id="Page_56">[56]</a></span>ras
-de las muchachas, cubiertas de polvos y de
-afeites, exageradamente brochadas de rojo, a los
-resplandores de la luz eléctrica toman reflejos extraños,
-se ven en una verdad lamentable, con un
-aspecto cuasi grotesco, penoso y triste, en su
-fiesta, como en un cuadro de Zuloaga. Las infelices
-beben, beben, para volver a bailar y volver
-a beber. Las interpelan conocidos, de chaqueta o
-americana corta y sombrero cordobés, les dicen
-groseras galanterías, les murmuran proposiciones,
-se burlan de ellas, y, a veces, las insultan...
-El piano inicia de nuevo el son, y ellas, descaradas,
-bestiales, ingenuas, suben de nuevo a las
-tablas.</p>
-
-<p>Toca a los cantadores la tarea. <i>Cantaor</i> en
-realidad hay uno sólo de los dos hombres bien
-afeitados y ceñidos que se sientan en sendas sillas.
-Uno toca la guitarra. El otro, el <i>cantaor</i>,
-clava los ojos en el aire, mirando hacia arriba, y
-comienza a quejarse, a quejarse largamente; con
-un bastón pesado golpea las tablas, llevando el
-compás, y la queja se extiende, ondulante, gemido,
-grito, ay, lamento; y la boca sigue abierta,
-como si fuese saliendo de ella una interminable<span class="pagenum"><a name="Page_57" id="Page_57">[57]</a></span>
-cinta de notas gemebundas, hasta que sale el
-verso de la copla, que se refiere a una de estas
-tres cosas, que desde hace mil años forman el
-tema de los poetas andaluces: su mamá, su novia,
-la muerte, o una de tantas vírgenes de su
-devoción. Entre verso y verso hay unos ayes
-desgarradores, unos ayes feroces, de alguien a
-quien se está asesinando, y entonces, del público
-conocedor salen unos cuantos <i>¡olé ya!</i> aprobativos,
-mientras la guitarra sigue en rasgueos,
-o canta o gime también como el afeitado y berreante
-<i>cantaor</i>. Luego se anuncia el «americanito».
-Y sale a cantar un chico de unos diez o
-doce años, que bien pudieran ser catorce o quince,
-y grita, y gime, y berrea también amores desesperados,
-habla de la Virgen y de una <i>puñalaíta</i>.
-Y olé ya. Cuando llegó el chico a mi mesa me
-pidió un chocolate.</p>
-
-<p>A él no le obligan a beber montilla ni manzanilla.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué te llaman «el Americanito»?</p>
-
-<p>&mdash;Porque zoy americano.</p>
-
-<p>&mdash;¿De dónde?</p>
-
-<p>&mdash;De Buenozaire.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_58" id="Page_58">[58]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Y te acuerdas de Buenozaire?</p>
-
-<p>&mdash;No zeñó.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y cuánto hace que viniste de allá?</p>
-
-<p>&mdash;Doze años.</p>
-
-<p>¡Cómo no haya venido en el vientre de su madre!
-Y vuelta otra vez a los bailes de las pobres
-muchachas pintarrajeadas, a los clamores desesperados
-de José Beda «el Jerezano», y a los tangos
-de la «niña de Pomares». Sale uno fastidiado,
-aburrido. Gautier y D'Amicis llegaron a estas
-tierras en tiempos mejores. Sus almas, ciertamente,
-no tenían el veneno del Livor que mata
-a las generaciones de hoy; pero también las cosas
-de España eran distintas entonces. Imperaba
-la alegría de Fortuny. Había diligencias, contrabandistas,
-mendigos pintorescos... Hoy éstos
-abundan de todas layas... Y la vulgaridad utilitaria
-de la universal civilización lleva el desencanto
-sobre rieles o en automóvil a todos los rincones
-del planeta. Si no fuesen las soberbias mujeres,
-el hechizo de la tierra, la dulzura del sol.
-Eso ayuda a la imaginación y hace que aun se
-levanten castillos «en España».</p>
-
-<p class="p4"><span class="pagenum"><a name="Page_59" id="Page_59">[59]</a></span></p>
-
-
-<h3>IV</h3>
-
-<p>Algunos historiadores malacitanos recuerdan
-cierta horrorosa tempestad que padeció este puerto
-el año 1567. «Aunque no ha sido el puerto de
-Málaga de los más combatidos por las tempestades,
-no obstante, registra varias tristes efemérides&mdash;dice
-el poeta Díaz de Escovar&mdash;que cubrieron
-de luto a los habitantes de la ciudad». Uno
-de los temporales más terribles, que ocasionó
-muchos daños y no pocas víctimas, fué el acaecido
-el 8 de Febrero de 1567. Pocas noticias detalladas
-encontramos sobre el mismo, y sólo
-Martínez de Aguilar, en su <i>Breve descripción
-cronológica de la fundación de la ciudad de
-Málaga</i>, impresa en 1819, nos da algunos datos
-que hacen comprender la importancia del temporal.
-Marzo, en el tomo segundo, página 72 de la
-<i>Historia de Málaga</i>, escribe algunas indicaciones
-sobre este suceso. El puerto estaba lleno de<span class="pagenum"><a name="Page_60" id="Page_60">[60]</a></span>
-navíos importantes, que debían conducir cargamento
-de artillería, municiones y otros bastimentos
-para las plazas de Africa. A bordo de estos
-navíos se hallaban seis mil hombres del ejército,
-que tenían necesidad de desembarcar en Cartagena.
-El mar, agitado violentamente, arrojó contra
-las piedras de los muelles muchos de aquellos
-barcos. Veinticuatro días, según Martínez de
-Aguilar, duró el temporal, siendo difíciles los socorros
-y grande el pánico de los que veían perecer
-tanto y tanto hombre y perdida tanta riqueza.
-No están conformes los historiadores, de quienes
-estos datos tomamos, respecto al número de navíos
-que se hicieron pedazos. Marzo asegura
-que fueron veintisiete, cantidad con la cual no
-está conforme Martínez de Aguilar, que escribe
-fueron veintitrés, añadiendo que sólo se salvó de
-aquel horrible desastre un navío vizcaíno. El mar
-se cubrió de víctimas, pues muchos soldados y
-marineros perecieron.</p>
-
-<p>Esto me hace recordar otra catástrofe reciente
-que tanta conmoción produjo; me refiero a la pérdida
-del buque-escuela de la marina alemana que
-se despedazó contra los escollos, a la vista de la<span class="pagenum"><a name="Page_61" id="Page_61">[61]</a></span>
-población malagueña. El barco había salido fuera
-del puerto, a pesar de amenazar mal tiempo, a
-hacer algunos ejercicios. La tempestad se vino
-violentamente, y cuando el capitán quiso entrar a
-ponerse en salvo, no pudo conseguirlo y el buque
-chocó contra las rocas. Todos miraban desde los
-murallones y desde la playa la muerte de tantos
-hombres, y, si se logró salvar a algunos, grande
-fué el número de los que perecieron. Quiénes se
-pudieron asir a cables o boyas, quiénes lograron
-ganar la costa a nado, a pesar del fragor y fuerza
-de las olas enormes. Fué aquel un día de luto
-para la escuadra alemana, para Alemania entera
-y su emperador. Y he podido ver en este aniversario
-las coronas que ornaron las tumbas de algunos
-de los que perecieron en el cementerio inglés
-de esta ciudad. La pérdida de ese barco-escuela,
-como la del «Vienne» francés, es de esos
-golpes terribles que la ira del mar asesta sobre
-los países que conquistan su elemento con el poder
-de las escuadras, y la escuadra y la nación
-argentinas saben de esos duelos con recordar el
-solo nombre de la perdida «Rosales».</p>
-
-<p>A veces el mar asalta a la tierra, o temerosa<span class="pagenum"><a name="Page_62" id="Page_62">[62]</a></span>mente
-la amenaza; fuera de los formidables cataclismos
-cíclicos, como aquel en que se hundió la
-misteriosa Atlántida. Algunos sabréis del clamor
-que se oyó en el Callao en tiempos ya lejanos:
-«¡El mar se sale!» Y si mi memoria no yerra, he
-leído que hubo, en efecto, una invasión del mar.
-Pues bien, aquí en tierra malagueña se oyó a mediados
-del antepasado siglo, en el mismo mes y
-año en que sufrió Lisboa su histórico y terrible
-terremoto, se oyó el mismo espantoso clamor.
-Serían las diez y media de la mañana, dice Díaz
-de Escovar&mdash;que sabe admirablemente los pasados
-y presentes secretos, leyendas e historias de
-su ciudad&mdash;del 27 de Noviembre de 1755, cuando
-violentas oscilaciones, que, según el autor de las
-<i>Conversaciones malagueñas</i>, duraron de cinco
-a seis minutos, conmovieron los edificios de Málaga.
-A la vez se esparció entre los vecinos la
-pavorosa voz de que «el mar se salía». Díaz de
-Escovar, que es varón creyente y valiente en su
-fe católica, confiesa que no ha de entrar «en disertaciones
-sobre si la voz fué hija de una extraña
-realidad o alucinación de exaltadas fantasías».
-No faltan historiadores, cuyas dotes de veracidad<span class="pagenum"><a name="Page_63" id="Page_63">[63]</a></span>
-son notorias, que la presenten como verdadera.
-Barbán de Castro parece dar a entender que la
-voz no fué sobrenatural, sino que se esparció y
-propaló de unos en otros, casi instantáneamente.</p>
-
-<p>Esto es más racional y más verosímil por más
-que nada hay imposible si Dios lo quiere. Paréceme
-que Málaga, país en donde los gitanos dicen
-la buenaventura, lleno aún de terrores medioevales
-como estaba, fué posiblemente presa
-de una vasta autosugestión colectiva, días después
-de la ruina de la capital lusitana.</p>
-
-<p>O había terremoto y maremoto, y alguien gritó:
-«¡el mar se sale!». Aunque ni esto último parece,
-pues ese mismo citado Barbán de Castro
-dice en su <i>Cronología</i>: «¿Quién creyera que estando
-el mar entonces con la mayor quietud y
-serenidad visible, pues era la hora más proporcionada
-para ello, se pudiese persuadir a todo
-un pueblo tan numeroso a que creyese que el
-mar se le tragaba? Se puede con toda verdad
-asegurar a nuestros venideros, que apenas hubo
-persona de todos estados y condiciones que
-no creyese a un tiempo mismo que el mar,
-como decían, se había salido, y era menester<span class="pagenum"><a name="Page_64" id="Page_64">[64]</a></span>
-huir aceleradamente a los montes». A los montes
-volaron las gentes, por lo que según parece
-no fué cólera del mar, sino broma neptuniana;
-de gente se llenaron los cerros de San Cristóbal
-y Gibralfaro, que están junto a la ciudad.
-De Escovar escribe que: «El magistrado de la
-ciudad recorrió las alturas, costándole gran trabajo
-y no pocas palabras convencer a los que allí
-se refugiaban de que sólo existía una alarma infundada,
-que tenía por base el miedo, pues el
-mar estaba tan sosegado como intranquilos los
-espíritus de los habitantes de Málaga. Los menos
-temerosos volvieron a la ciudad. Se publicaron
-bandos referentes a los hechos ocurridos,
-en los que se anunciaba que si ocurriese novedad
-alguna se avisaría por medio de la campana que
-había sobre la Puerta de Mar, en cuyo sitio un
-regidor perpetuo, con centinelas avanzados, en
-el caso de notar algún movimiento peligroso, o
-extraño en el mar, dispararía algunos tiros al aire,
-que servirían de señales». Y si gustáis de la nota
-cómica en medio de las tribulaciones, he aquí lo
-que cuenta, entre otras cosas, un escritor que
-presenció los sucesos: «El Dignidad de Tesoro<span class="pagenum"><a name="Page_65" id="Page_65">[65]</a></span>
-de nuestra iglesia, al ver correr a las gentes a
-buscar el campo quiso seguirlas, y pareciéndole
-que en calle de Beatas se atrasaba a otros, porque
-el manteo y el sombrero le estorbaban, los
-soltó en la calle, para seguir la marcha, alzándose
-bien la sotana. Advirtiendo después que en
-ella llevaba, entre el pecho, metidos los guantes
-(me contó él mismo), que los arrojó al suelo, pareciéndole
-que aun aquello le servía de embarazo».
-Y agrega Medina Conde: «Fueron muchas
-las confesiones generales que se hicieron, y reformó
-más este susto que muchas misiones».</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>He ido a ver en día de mar agitado la playa
-malagueña. El agua, que tantas veces ha mostrado
-a mis ojos su espejo de azules profundos
-y pacíficos, ruge y se arquea y avanza hacia la
-tierra de manera tal, que bien se explica hayan
-padecido el legendario susto los que gritaban:
-«¡El mar se sale!» Las espumas saltan sobre las
-macizas obras del puerto que aquel gran malagueño
-que se llamó D. Antonio Cánovas del
-Castillo dejó a su ciudad nunca olvidada. Por el<span class="pagenum"><a name="Page_66" id="Page_66">[66]</a></span>
-lado del faro la furia marina se manifiesta igual,
-y a lo largo de la vía que se extiende hacia la
-parte de la Caleta. Hablando en poeta diría que
-la espuma de los briosos caballos de Neptuno, o
-la hirviente leche de los rebaños que «carnerean»
-sobre la revuelta superficie, o bien el agitado
-jabón que mil colosales Nansicaas derraman de
-colosales artesas, llega alzándose, echando al
-aire saladas pulverizaciones, rompiéndose en las
-piedras, hasta salpicar los jardines que en floridas
-mansiones hay para encanto de hidalgos,
-ricos o adinerados extranjeros.</p>
-
-<p>He visto, a pesar de la mar brava, que los pescadores
-estaban sacando sus redes con gran trabajo.
-Me he acercado a ellos. Unos veinte hombres
-de cada lado tiraban, aprovechando la llegada
-de la ola, las cuerdas resistentes; y luego
-hacían esfuerzos para que la vuelta del agua no
-les quitara lo ganado.</p>
-
-<p>Poco a poco, bajo el sol y casi desnudos, hacen
-su tarea. A veces les bañan los espumarajos;
-a veces les hace retroceder la potencia del agua,
-y se entierran hasta más arriba de los tobillos,
-encorvados con la cuerda del hombro. Y parece<span class="pagenum"><a name="Page_67" id="Page_67">[67]</a></span>
-que el monstruo está colérico, sin razón, como
-la fatalidad, contra esos pobres trabajadores del
-mar. Porque las cóleras del mar son así, como
-todas las cosas de la naturaleza, iguales para
-todos. La hormiga o el hombre, el acorazado o
-la lancha del pescador, son aplastados por la
-misma invisible mano, sorbidos por el mismo
-visible elemento, unidos en la destrucción, en la
-universal muerte. Thalasa no sabe si el rey loco
-la manda azotar, o si están allí los pies de ese
-otro rey para mojarlos o no. Ella vive en su misterio.
-Hace su eterna obra, cumple su destino infinito.
-Apenas si se comunica con los corazones
-que se acuerdan con la palpitación del suyo, con
-las mentes de los soñadores y pensadores que
-se hunden en lo insondable del tiempo y del espacio,
-con los buzos de Dios.</p>
-
-<p>La ronca mar sigue en sus vaivenes y en sus
-clamores furiosos, y los pescadores tiran de su
-«copo». Un grito señala el momento de unir el
-empuje. Entre los que trabajan hay ancianos,
-hombres robustos, adolescentes dorados de sol,
-niños que están aprendiendo los oficios del
-agua y del viento. Un capataz vigila. A lo lejos<span class="pagenum"><a name="Page_68" id="Page_68">[68]</a></span>
-se recortan en el lejano horizonte las velas latinas
-que andan aguas adentro. Los colores del
-agua cambian. Aquí es el blanco lácteo de las
-espumas, en seguida un gris verdoso, en seguida
-verdeoscuro, luego verdepálido, luego azul. Y
-las voces del mar enojado son roncas, hondas,
-cuando se desploman los arcos de cristal y de
-ámbar, alborotadas como de muchedumbre al
-saltar los ramilletes enormes, las cascadas espumosas,
-y con ruido de sedas, de papeles que
-se rozan, de condor que se arrastra, del aire
-entre los ramajes de pinos de un bosque.</p>
-
-<p>Gracias a Dios. A pesar de la cólera del mar,
-a pesar del ímpetu de esas poderosas fuerzas,
-he aquí que los pescadores han sacado por fin
-el «copo», y más cargados de peces que otras
-ocasiones en que los he visto trabajar con viento
-propicio y Mediterráneo en calma. La red ha
-traído un buen por qué de calamares, sardinas,
-rojos salmonetes, pequeños y saltantes boquerones,
-un crecido, feo y amarillento pulpo. Los
-pescadores están contentos. Y me alejo pensando&mdash;asociación
-de ideas&mdash;en Wells, en Víctor
-Hugo y en N. S. Jesucristo.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_69" id="Page_69"></a></span></p>
-
-<h2 class="nd">LA TRISTEZA ANDALUZA</h2>
-<div class="figcenter6"><a name="Andaluza"><img src="images/p069.jpg" width="400"
-height="170" alt="LA TRISTEZA ANDALUZA" title="" /></a></div>
-
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_70" id="Page_70"></a>
-<a name="Page_71" id="Page_71"></a></span></p>
-
-<div class="figcenter6c"><img src="images/p071.jpg" width="500"
-height="169" alt="" title="" /></div>
-
-
-<div>
- <img class="drop-cap" src="images/h.jpg" width="100" height="99" alt=""/>
-</div>
-
-
-
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">¿Habéis</span> oído a un «cantaor»? Si lo habéis
-oído, os recordaré esa voz larga
-y gimiente, esa cara rapada y seria,
-esa mano que mueve el bastón para llevar el
-compás. Parece que el hombre se está muriendo,
-parece que se va a acabar, parece que se acabó.
-A mí me ha conturbado tal gemido de otro mundo,
-tal hilo de alma, cosa de armonía enferma,
-copla llena de rota música que no se sabe con qué
-afanes va a hundirse en los abismos del espacio.
-El «cantaor», aeda de estas tierras extrañas, ha
-recogido el alma triste de la España mora y la<span class="pagenum"><a name="Page_72" id="Page_72">[72]</a></span>
-echa por la boca en quejidos, en largos ayes, en
-lamentos desesperados de pasión. Más que una
-pena personal, es una pena nacional la que estos
-hombres van gimiendo al son de las histéricas guitarras.
-Son cosas antiguas, son cosas melodiosas
-o furiosas de palacios de árabes... He oído
-a Juan Breva, el «cantaor» de más renombre,
-el que acompañó en sus juergas al rey alegre
-don Alfonso XII. Juan Breva aúlla o se queja,
-lobo o pájaro de amor, dejando entrever todo el
-pasado de estas regiones asoleadas, toda la morería,
-toda la inmensa tristeza que hay en la tierra
-andaluza; tristeza del suelo fatigado de las
-llamas solares, tristeza de las melancólicas hembras
-de grandes ojos, tristeza especial de los mismos
-cantos, pues no se puede escuchar uno que
-no diga muerte, cuchillada, luto, virgen penosa
-o nota crepuscular. A la orilla del mar he oído
-cantar a un mozo pescador, que descansaba junto
-a una barca; y su canción era tan triste, tan
-amarga, como las coplas de Juan Breva. Cantan
-lo mismo las muchachas frescas, rosadas de
-vida, que ponen claveles en las ventanas y que
-tienen un novio. Porque así son aquí la vida y el<span class="pagenum"><a name="Page_73" id="Page_73">[73]</a></span>
-amor; todo lo contrario de lo que piensan los
-que sólo han visto una Andalucía a la francesa,
-de exposición universal o de caja de pasas. En
-verdad os digo que este es el reino del desconsuelo
-y de la muerte. El amor popular es inquieto
-y fatal. La mujer ama con ardor y con miedo.
-Sabe que si engaña al novio, le partirá éste el
-pecho y el vientre de un navajazo. «Una puñalaíta».
-Hace algún tiempo, en un florido patio
-malagueño, se celebraba una fiesta, y cierta
-gallarda moza se puso a cantar. Cantaba maravillosamente.
-De pronto cantó una copla que
-dice en dos de sus versos:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-
-<div class="line">¿No hay quien me pegue un tirito</div>
-<div class="line">en medio del corazón?</div>
-</div></div></div>
-
-<p>Un loco, o un enamorado novio, estaba allí, y
-sacó una pistola, y le pegó el tiro, en medio del
-corazón. Estos salvajes amorosos son así. Antaño
-no habría sido pistola, sino gumía. Todos los
-poetas de estas regiones son dolorosos y excesivos,
-fatalistas, o violentos. Todos son amados
-del sol. Todos no: he aquí uno amado de la luna...</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_74" id="Page_74">[74]</a></span></p>
-
-<p>En uno de estos crepúsculos de invierno, en
-que el Mediterráneo ensaya un aspecto gris que
-borrará la aurora del siguiente día, he comenzado
-a leer el libro de un poeta nuevo de tierra andaluza,
-el cual acaba de aparecer y es ya el más
-sutil y exquisito de todos los portaliras españoles.
-Al hojear su libro <i>Arias tristes</i>, lo juzgariais
-de un poeta extranjero. Fijáos más; es un poeta
-completamente de su tierra, como su nombre. Se
-llama Juan, como el Arcipreste, y Jiménez, como
-el Cardenal. Surge en momentos en que a su
-país comienzan a llegar ráfagas de afuera, sobre
-más de una parte derrumbada de la antigua
-muralla chinesca que construyó la intransigencia
-y macizó el exagerado y falso orgullo nacional.
-Quiero decir que llega a tiempo para el triunfo
-de su esfuerzo. Como todo joven poeta de fines
-del siglo <span class="smcap">xix</span> y comienzos del <span class="smcap">xx</span>, ha puesto el
-oído atento a la siringa francesa de Verlaine.
-Mas, lejos del desdoro de la imitación y ajeno a
-la indigencia del calco, ha aprendido a ser él
-mismo&mdash;<i>être soi mème</i>&mdash;y dice su alma en versos
-sencillos como lirios y musicales como aguas
-de fuente. Este poeta está enfermo, vive en un<span class="pagenum"><a name="Page_75" id="Page_75">[75]</a></span>
-sanatorio, allá en Madrid. Así, en su poesía no
-busquéis salud gozosa ni rosas de risa. Cuando
-más, a veces, una sonrisa, una sonrisa de convaleciente:</p>
-
-<p class="p2 center">Convalescente di squisitti mali...</p>
-
-<p class="p2">pero en la cual se insinúa uno de los más grandes
-misterios de la vida. Cuando Camille Mauclair,
-el crítico meditativo del «Arte en silencio»,
-se complacía en escribir versos, colocó un volumen
-de verbales sonatinas de otoño bajo la invocación
-de Schumann; Jiménez tiene como patrono
-de su libro musical y melancólico al melodioso
-Schubert. Antes de cada división de sus
-poemas, aparecen, a la manera de introducción,
-las notas de «El elogio de las lágrimas», de la
-«Serenata», de «Tú eres la paz». Se penetra así,
-a la influencia de la música, a uno como parque
-de dulzura y de pena en donde, al amor de la
-luna, un alma dice, como el ruiseñor, sus arias
-crepusculares o nocturnas. Nunca como ahora
-se ha cumplido el precepto de Pauvre Lelian:
-<i>De la musique avant toute chose...</i> Ya antes
-dijo el celeste Shakespeare:</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_76" id="Page_76">[76]</a></span></p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-
-<div class="line i1">The man that hath no music in himself,</div>
-<div class="line">Nor is not mov'd with concord of sweet sounds,</div>
-<div class="line">Is fit for treasons, stratagems, and spoils;</div>
-<div class="line">The motions of his spirit are dull as night.</div>
-<div class="line">And his affections dark as Erebus...</div>
-</div></div></div>
-
-<p>Conozco de esos seres. Y veo, en cambio, a
-través de esta poesía de sinceridad y de reserva,
-a un tiempo mismo, la transparencia de un espíritu
-fino como un diamante y deliciosamente sensitivo.
-He aquí un lírico de la familia de Heine,
-de la familia de Verlaine, y que permanece, no
-solamente español, sino andaluz, andaluz de la
-triste Andalucía. Es de los que cantan la verdad
-de su existencia y claman el secreto de su ilusión,
-adornando su poesía con flores de su jardín
-interior, lejos de la especulación «literaria» y del
-mundo del arribismo intelectual. Su cultura le
-universaliza, su vocabulario es el de la aristocracia
-artística de todas partes, pero la expresión
-y el fondo son suyos como el perfume de
-su tierra y el ritmo de su sangre. Desde Becquer
-no se ha escuchado en este ambiente de la península
-un son de arpa, un eco de mandolina,<span class="pagenum"><a name="Page_77" id="Page_77">[77]</a></span>
-más personal, más individual. Pudiendo ser obscuro
-y complicado, es cristalino y casi ingenuo.
-Se diría que tiene timideces de orfandad, como
-el Maestro&mdash;<i>¡priez pour le pauvre Gaspard!</i>&mdash;si
-no se viesen brillar a la luz de la luna las espuelas
-de oro de sus pies de príncipe, que estimulan
-los bríos de un pegaso joven y ardiente
-cuyas crines están húmedas de rocío matinal. El
-poeta dice, como la Ifigenia de Moreas: «Es
-dulce el sol», pero sus ansias y sus visiones están
-alumbradas por el <i>clair-de-lune</i>. Y hay allí
-en esos versos admirables y exquisitos, las mismas
-visiones y las mismas ansias que en las
-coplas populares que cantan las mozas enamoradas,
-y los sonoros, duros y aullantes <i>cantaores</i>.
-Allí está la irremediable obsesión de la
-muerte, de la podredumbre sepulcral, de los corazones
-partidos, de la tristeza matadora. Sólo
-que el artista tiene una cultura europea, y si no
-fuese su «acento» mental, no se le conocería el
-origen ni la patria, y sus arias podrían ser <i>lieder</i>
-germánicos o sonatinas parisienses que
-acompañaría la música de Debussy. Hay un olor
-a violetas. Hay paisajes entrevistos como por<span class="pagenum"><a name="Page_78" id="Page_78">[78]</a></span>
-una ventana, cielos y campos de viñeta. Hay
-una gran castidad poeana, a pesar de los gritos
-de la vida; hay valles que tienen un ensueño y
-un corazón:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-
-<div class="line i1">El valle tiene un ensueño</div>
-<div class="line">y un corazón; sueña y sabe</div>
-<div class="line">dar con su sueño un son triste</div>
-<div class="line">de flautas y de cantares,</div>
-</div></div></div>
-
-<p>hay flautas pánicas, dulces flautas campesinas.
-¡Deliciosos romances!</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-
-<div class="line i1">Río encantado, las ramas</div>
-<div class="line">soñolientas de los sauces,</div>
-<div class="line">en los remansos dormidos</div>
-<div class="line">besan los claros cristales.</div>
-</div><div class="stanza">
-<div class="line i1">Y el cielo es plácido y dulce,</div>
-<div class="line">un cielo bajo y flotante,</div>
-<div class="line">que con su bruma de plata</div>
-<div class="line">va acariciando los árboles.</div>
-</div></div></div>
-
-<p>Ese romance suena a la música del divino
-Góngora; y para nosotros, los americanos, a la
-música de un rimador de encantos y de tristezas,<span class="pagenum"><a name="Page_79" id="Page_79">[79]</a></span>
-de un adorable orfeo cubano, ha tiempo desaparecido.
-Esas notas las hemos oído en las cuerdas
-que acariciaba la mano de Zenea. Escuchad
-a Jiménez:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-
-<div class="line i1">Llora el ángelus de otoño</div>
-<div class="line">la campana de la iglesia,</div>
-<div class="line">un ángelus mustio, muerto</div>
-<div class="line">entre la lluvia y la niebla.</div>
-</div></div></div>
-
-<p>Recordad a Zenea:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-
-<div class="line i1">Baja Arturo al occidente</div>
-<div class="line">Bañado en púrpura regia</div>
-<div class="line">Y al soplar el manso alisio</div>
-<div class="line">Las eolias arpas suenan.</div>
-</div></div></div>
-
-<p>En todo el libro de Jiménez hay una, diríase,
-sonrisa psíquica, llena de la suavidad melancólica
-que da el anhelo de lo imposible, antigua
-enfermedad de soñador. Los que hablan de un
-arte enfermo, juzgo que se equivocan. No
-hay arte enfermo, hay artistas enfermos; y en
-las almas es como en la naturaleza. Hay ma<span class="pagenum"><a name="Page_80" id="Page_80">[80]</a></span>neras
-de expresión que da el obscuro destino.
-Los antiguos no andaban errados cuando hablaban
-de la influencia de los astros. Hay maneras
-de expresión que da el obscuro destino, y no
-exijáis a una pálida flor de lis que tenga los colores
-violentos de una rosa roja, ni modestia a
-la cola del pavo real, ni un solo de ruiseñor al
-papagayo. El poeta nace, sí; todas las cosas naturales
-nacen; lo que no nace es lo artificial. Así,
-no penséis en que Francis Jammes o Juan R. Jiménez
-harían mejor en pensar en el porvenir político
-de sus respectivas naciones, que en decir
-los sentimientos que brotan al calor apacible de
-sus dulces musas. No seas alegre, poeta, que
-naciste absolutamente amado de la tristeza, por
-tu tierra, por la morena y amadora y triste Andalucía;
-y porque tu sino te ha puesto al nacer
-un rayo lunático y visionario dentro del cerebro.</p>
-
-<p>Hay en este libro vagas reminiscencias literarias;
-por ahí pasa, un momento, un enlutado
-misterioso semejante al de la estrofa mussetiana,
-el enlutado «qui me ressemble comme un frère»;
-suena uno que otro acorde de fiesta galante&mdash;íntima,
-sin decoración ni preciosismo&mdash;y se al<span class="pagenum"><a name="Page_81" id="Page_81">[81]</a></span>zan,
-bajo la claridad lunar, los chorros de agua
-de Lelian, «sveltes parmi les marbres». Y Febe,
-aquí; allá, más allá, siempre:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-
-<div class="line i1">Las noches de luna tienen</div>
-<div class="line">una lumbre de azucena,</div>
-<div class="line">que inunda de paz el alma</div>
-<div class="line">y de ensueño la tristeza.</div>
-</div><div class="stanza">
-<div class="line i1">Yo no sé qué hay en la luna</div>
-<div class="line">que tanto calma y consuela,</div>
-<div class="line">que da unos besos tan dulces</div>
-<div class="line">a las almas que la besan.</div>
-</div><div class="stanza">
-<div class="line i1">Si hubiera siempre una luna,</div>
-<div class="line">una luna blanca y buena,</div>
-<div class="line">triste lágrima del cielo</div>
-<div class="line">temblando sobre la tierra,</div>
-</div><div class="stanza">
-<div class="line i1">los corazones que saben</div>
-<div class="line">por qué las flores se secan,</div>
-<div class="line">mirando siempre a la luna</div>
-<div class="line">se morirían de pena.</div>
-</div><div class="stanza">
-<div class="line i1">Mi jardín tiene una fuente</div>
-<div class="line">y la fuente una quimera,</div>
-<div class="line">y la quimera un amante</div>
-<div class="line">que se muere de tristeza...</div>
-</div></div></div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_82" id="Page_82">[82]</a></span>
-Hay de cuando en cuando, entre los sedosos
-romances, estrofas que hacen vibrar sus
-consonantes de armónica, sus acordes de ocarina.
-Lo preciso se junta a lo indeciso. Y el
-amor del astro en todos los siglos misterioso
-lo melancoliza todo. El poeta explicará su atracción:
-«Libro monótono, lleno de luna y de tristeza.
-Si no existiera la luna, no sé qué sería de los
-soñadores, pues de tal modo entra el rayo de
-luna en el alma triste, que, aunque la apena más,
-la inunda de consuelo: un consuelo lleno de lágrimas,
-como la luna. Los que os hayáis estremecido
-bajo las estrellas, oyendo venir en la
-brisa la sonata de un piano, sintiendo qué pobre
-es la vida entre la noche y ante la muerte, dejad
-caer la mirada sobre estas rimas iguales, de un
-mismo color, sin otros matices que los que en la
-noche surgen confusamente de los macizos del
-jardín, allá donde están las flores casi ahogadas
-en la negrura. Y soñad conmigo con las visiones
-blancas de siempre y con los poetas muertos:
-Enrique Heine, Gustavo Becquer, Pablo Verlaine,
-Alfredo de Musset; y lloremos juntos por
-nosotros y por todos los que nunca lloran.» Mi<span class="pagenum"><a name="Page_83" id="Page_83">[83]</a></span>rad
-con simpatía esa juventud que, en estos
-impudentes tiempos, tiene el franco valor de las
-lágrimas: <i>Lacrimabiliter</i>. Juzgad que ha elegido
-bien el patronato de Schuber. «Llave de plata de
-la fuente de las lágrimas», dice Shelley de la
-música. El poeta nuevo toca esa llave y hace
-caer el agua de la fuente una vez más. Así, Andalucía,
-entre todos tus tocadores de guitarra y
-de pandereta, entre todos los que hacen literatura
-alegre con tu color y tu exuberancia, te ha
-nacido un sonador de viola, de arpa, que sabe
-cantar, noble y deliciosamente, a la sordina, la
-recóndita nostalgia, la melancolía que llevas en
-el fondo de tu pecho. En tu copioso y fuertemente
-perfumado jardín lleno de claveles, ha
-abierto sus pétalos armoniosos una rosa de plata
-pálida espolvoreada de azul. Y yo tengo fe en la
-vida y en el porvenir. Quizá pronto, la nueva
-aurora pondrá un poco de su color de rosa en
-esa flor de poesía nostálgica. Y al ruiseñor que
-canta por la noche al hechizo de la luna, sucederá
-una alondra matutina que se embriague de sol.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_84" id="Page_84"></a>
-<a name="Page_85" id="Page_85"></a></span></p>
-
-<h2 class="nd">GRANADA</h2>
-<div class="figcenter6"><a name="Granada"><img src="images/p085.jpg" width="400"
-height="167" alt="GRANADA" title="" /></a></div>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_86" id="Page_86"></a>
-<a name="Page_87" id="Page_87"></a></span></p>
-
-<div class="figcenter6c"><img src="images/p087.jpg" width="500"
-height="151" alt="" title="" /></div>
-
-
-<div>
- <img class="drop-cap" src="images/h.jpg" width="100" height="99" alt=""/>
-</div>
-
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">He</span> venido, por un instante, a visitar el
-viejo paraíso moro. He venido por
-un ferrocarril osado, bizarría de ingenieros,
-hecho entre las entrañas de montes de
-piedra dura. He visto inmensas rocas tajadas; he
-pasado sobre puentes entre la boca de un túnel y
-la de otro; abajo, en el abismo, corre el agua
-sonora. Así el progreso moderno conduce al antiguo
-ensueño. Y cuando he admirado la ciudad
-de Boabdil, he tenido muy amables imaginaciones.
-He pensado en visiones miliunanochescas.
-He recordado el título del lírico libro del proven<span class="pagenum"><a name="Page_88" id="Page_88">[88]</a></span>zal
-Aubanel: <i>La granada entreabierta</i>. Y he
-ideado las impresiones de la pequeña alma de
-una coccinela pequeñita que se pasease por una
-granada entreabierta... Va por la corteza rugosa
-que acaba en una corona, que ha sido flor roja
-como una brasa. Va, la pequeñita coccinela, por
-las durezas lisas o ásperas de la cáscara, hasta
-llegar al borde, desde donde se divisa el interior
-palacio de pedrería... Y los rayos solares ponen
-el encanto de los juegos de la luz en el corazón
-de la granada entreabierta; y la coccinela penetra
-entre las riquezas que se presentan a sus ojos, y
-se maravilla de ese esplendor, y luego sabe que
-el corazón de la granada es dulce como la miel.
-Como la almita de esa bestezuela de Dios mi
-alma. He mirado la corteza rugosa de la antigua
-capital mahometana, en un tiempo muy poco
-propicio, entre calles lodosas y bajo un cielo nublado;
-mas luego he ido hacia la parte entreabierta
-que deja ver el corazón de su historia y su
-propio corazón. Y he visto la pedrería fantástica
-de un arte exótico, amoroso y sensual. Y después,
-el sol ha brillado; y así, la encantadora
-ciudad se me ha mostrado primero brumosa y<span class="pagenum"><a name="Page_89" id="Page_89">[89]</a></span>
-luego luminosa. Y sé que el corazón de la granada
-entreabierta es dulce como la miel.</p>
-
-<p>Razón tuvo el rey que lloró como una mujer...
-Es este uno de los países en que uno crearía,
-para una primavera sin fin, un jardín de ilusiones.
-Un «carmen». Carmen, verso... Jóvenes
-enamorados, parejas dichosas de todos los puntos
-de la tierra, si sois ricos, venid a repetiros que
-os amáis, en el tiempo de la primavera, a un carmen
-granadino; y si sois pobres, venid en alas
-de vuestro deseo, en el carro de una ilusión, en
-compañía de un poeta favorito... Verso, carmen.</p>
-
-<p>He tenido, por llegar en este frío Febrero, un
-singular gozo; estar solo en la Alhambra y en el
-Generalife. En otra estación, la afluencia de viajeros
-abruma y perturba, como en todos los lugares
-adonde puede guiar el rojo Baedeker. Pues
-es esta una de las ciudades más frecuentadas
-por los rebaños de la agencia Cook. Además, el
-guía, discreto, no ha pretendido instruirme evocando
-la sombra del erudito Riaño. Los rebaños
-de la agencia Cook, que van a dar de comer a
-las palomas de Venecia, a oir el eco del baptisterio
-de Pisa, y a reflexionar sobre la inclinación<span class="pagenum"><a name="Page_90" id="Page_90">[90]</a></span>
-de la torre; los que andan en busca de la especialidad
-señalada en las guías, o narrada por los
-<i>commis-voyageurs</i>, ya se sabe lo que vienen a
-ver a Granada: los mosaicos y azulejos, que antaño
-destrozaba el turismo; la Alhambra anecdótica:
-«¡ah, cómo gozaban aquellos moros!»;
-<i>Chorro e Jumo</i>, el rey de los gitanos y los tangos
-de las gitanillas, en las cuevas, en donde se
-compran cestillas de mimbre y candiles de cobre.
-En otra ocasión y en otra parte, me he complacido
-en bailes de gitanas que bailaban maravillosamente,
-y he contado cómo el pintor Carolus
-Durán dejó caer en el corpiño de una pequeña
-Esmeralda un luis de oro. En cuanto al lamentable
-rey <i>fâlof</i>, vestido como los contrabandistas
-de la era romántica, con una indumentaria de
-comparsa de ópera cómica, «¡palojinglese!» le
-he mirado al pasar, a la entrada del palacio. Ya
-está muy viejo el pobre modelo de Fortuny, y
-vive apenas de las propinas anglo-sajonas.</p>
-
-<p>No me perdonaríais que a estas horas os resultase
-con el descubrimiento de Granada. Todos,
-más o menos, acariciáis el recuerdo de vuestro
-«último abencerraje», y si no, el yanqui Was<span class="pagenum"><a name="Page_91" id="Page_91">[91]</a></span>hington
-Irving os habrá, de seguro, conducido
-por estas encantadoras regiones. Pero no es posible
-poner el pie en este suelo atrayente, contemplar
-la decoración histórica de estos recintos
-de leyenda, sin hacer un poquito el Chateaubriand.
-¿Quién no se siente en un caso igual
-poseído de ese tartarinismo sentimental, que sin
-que notemos a la inmediata su influencia, nos
-solidariza un tanto con los tipos de nuestras lecturas,
-con los personajes que nos han hecho
-pensar y soñar un poco, por la poesía de su vida,
-que nos liberta por instantes de la prosa de nuestra
-existencia práctica cuotidiana? Así, pues, no
-he de negaros que he evocado a la bella Lindaraja
-cerca de su mirador, que he lamentado una
-vez más la atroz expulsión de los moros, de
-aquellos moros cultos, sabios, poetas, con industrias
-hermosas y pueblo sin miserias. Desde la
-Alhambra se mira el soberbio paisaje que presenta
-Granada y su vega Deliciosa. A la derecha,
-la antigua capital, el barrio actual del Albaicín,
-con sus tejados viejos, sus construcciones moriscas,
-su amontonamiento oriental de viviendas;
-al frente, la ciudad nueva, en que la universalidad<span class="pagenum"><a name="Page_92" id="Page_92">[92]</a></span>
-edilicia sigue el patrón de todas partes; a la izquierda,
-la verde vega, con sus cultivos y sus
-inmensos paños de billar; más acá, cerca de la
-mansión de encajes de piedra, los cármenes,
-estas frescas y pintorescas villas, donde los granadinos
-cultivan en los ardientes veranos sus
-heredadas gratas perezas, sus complacencias
-amorosas y sus tranquilas indolencias. En el
-fondo, la sirena coronada de blancura. En verdad
-se sienten saudades del pasado. Se comprende
-el entusiasmo de los artistas que han llegado
-aquí a recibir una nueva revelación de la
-belleza de la vida. Se piensa en los novelescos
-guerreros y amadores que vinieron del Africa
-cercana a anticiparse en este país espléndido un
-poco del cielo mahometano. Nadie ha vivido la
-poesía como esa misteriosa y pensativa raza de
-hombres tristes de amor y de fatalidad. Su arte
-labra esas mansiones de recelo y capricho con
-talento de abejas. La decoración viene de la naturaleza
-misma, de las líneas de florales, de las
-geometrías de la clara del huevo batido o de los
-cristales de la nieve. Su arco diríase imitado de
-las herraduras de sus caballos; sus columnas de<span class="pagenum"><a name="Page_93" id="Page_93">[93]</a></span>
-los datileros, o de los tallos de las azucenas. Y
-hay algo de inaudito y de fantástico en todo esto,
-de manera tal, que vienen al pensamiento esas
-moradas ilusorias en que habitan los inmortales
-príncipes de los cuentos que cuenta la prodigiosa
-Scherezada. Y tan no puede separarse la poesía
-de estas mágicas arquitecturas, que sus decoradores
-y ornamentistas aprovechaban sus magníficas
-caligrafías para adornos, adornos que al
-mismo tiempo que los ojos con sus combinaciones
-y bizarrías de caracteres, halagan la mente
-con el sentido de las suras o la significación de
-los versos. Y ¿ese encanto del agua, transparencia,
-frescor, armonía, en los patios de mármol,
-para creyentes en cuya religión son obligatorias
-las abluciones, y ardientes poligamos en cuyo
-paraíso el primer premio es la limpia, perfumada,
-adolescente y siempre virgen belleza femenina?</p>
-
-<p>El agua por todas partes, en las copiosas albercas,
-en los estanques que reproducen las bizarrías
-arquitecturales, en las anchas tazas como
-la que sostienen los leones del famoso patio, o
-simplemente brotando de los surtidores coloca<span class="pagenum"><a name="Page_94" id="Page_94">[94]</a></span>dos
-entre las lisas losas de mármol. Comprendían
-aquellos príncipes imaginativos que hablaban
-en tropos pomposos, que la vida tiene hechizos
-que hay que aprovechar antes de que
-sobrevenga la fatal desaparición. Fijáos en el
-significado de las inscripciones decorativas que
-a cada paso encontraréis: «Yo soy una esposa
-con las vestiduras nupciales, dotada de hermosura
-y perfecciones. Contempla el esplendor que
-me rodea y comprenderás la gran verdad de mis
-palabras. Mira también mi corona, la encontrarás
-semejante a la luna nueva. Ibn Nazar es el sol de
-este orbe del esplendor y la belleza. Permanezca
-en su elevado puesto sin miedo a la hora del
-ocaso. Mientras yo, llena de gloria por misericordia
-suya, publico siempre sus felicidades.
-Contempla este esplendor. Aquí se establece para
-administrar justicia a sus siervos. Siempre que
-de aquí se aleja, sus vasallos se entristecen de no
-encontrarlo. Pues por mi Señor Ibn Nazar colma
-Dios de beneficios a los que le sirven. Habiéndole
-hecho descendiente del Señor de la tribu de Jaxred
-Saad, hijo de Obada». ¡Gloriosos nazaritas
-y feliz Abul Walid Ismael! Y allí en dos nichos<span class="pagenum"><a name="Page_95" id="Page_95">[95]</a></span>
-de la sala de Comares: «¡Alabanza a Dios! Yo
-deslumbro a los seres dotados de hermosura con
-mis adornos y mi diadema, pues los luceros descendieron
-a mí desde sus elevadas mansiones.
-Aparece el vaso de agua que hay en mí como un
-fiel que en la quibla del templo permanece absorto
-en Dios. A pesar del transcurso del tiempo,
-continuarán mis generosas acciones dando alivio
-al que tiene sed, y albergue al indigente. Pues
-por mí pasan las numerosas liberalidades de mi
-Señor Abul Hachach. Nunca dejan de brillar en mí
-sus resplandores, pues su luz resplandece aun en
-las tinieblas de la noche. Tallaron sutilmente los
-dedos de mi artífice mis labores, después de haber
-ordenado las piedras de mi corona. Me asemejo
-al solio de una esposa, pero soy superior a
-él, pues contengo la felicidad de los desposados.
-Aquel que venga a mí sediento, le conduciré a un
-lugar donde encuentre agua limpia, fresca, dulce
-y sin mezcla. Pues yo soy a manera del arco iris
-cuando aparece, y el sol nuestro Señor Abul
-Hachach. No dejen de vivir sus bondades tanto
-tiempo cuanto la casa del Excelso continúe concediendo
-los favores de la peregrinación». Por<span class="pagenum"><a name="Page_96" id="Page_96">[96]</a></span>
-todos lugares encontraréis las alabanzas al dichoso
-dueño y morador, y, sobre todo, a Alah.
-Nada que contenga mayor filosofía que la divisa
-de los Alhamares: «Sólo Dios es vencedor».
-Para disfrutar tranquilamente de la magnificencia
-y suavidad de estos parajes y recintos, ninguna
-ayuda mejor que la tradición, eso que no está en
-los libros ni certifican los documentos. Así, al
-llegar a la pila en donde algo que se asemeja a
-una gran mancha sangrienta llama la atención
-del visitante, no escuchéis a los que os dicen que
-Ginés Pérez de Hita inventa, y creed firmemente
-en que esa oscura tacha de mármol es debida a
-las rojas degollaciones de que se habla en las
-leyendas de zegríes y abencerrajes. Y cuando
-estéis en el patio de Lindaraja, no pongáis atención
-a los arabizantes que os pretendan explicar
-la etimología del nombre y negar la existencia de
-la linda figura; antes bien: imagináosla muy rosada,
-muy blanca, muy ardiente para el amor, y
-con unos ojos almendrados, de negros mirares,
-como corresponde a una verdadera sultana de
-cuento. Los traductores como Lafuente Alcántara
-pueden serviros para saber que en la taza de la<span class="pagenum"><a name="Page_97" id="Page_97">[97]</a></span>
-fuente, en ese patio, dejó un poeta estos pensamientos:
-«Yo soy un orbe de agua que se ostenta
-a las criaturas diáfano y transparente; un gran
-océano, cuyas riberas son obras selectas de mármol
-escogido, y cuyas aguas, en forma de perlas,
-corren sobre un inmenso hielo primorosamente
-labrado. Me llega a inundar el agua; pero
-yo, de tiempo en tiempo, voy desprendiéndome
-del transparente velo con que me cubre. Entonces
-yo y aquella parte de agua que se desprende
-desde los bordes de la fuente, aparecemos como
-un trozo de hielo, del cual parte se liquida y
-parte no se liquida. Pero cuando mana con mucha
-abundancia, sólo somos comparables a un
-cielo tachonado de estrellas. Yo también soy una
-concha, y la reunión de las perlas son las gotas.
-Semejantes a las joyas que la diestra mano de un
-artífice colocó en la corona de mi Señor Ibn Nazar,
-del que con solicitud prodigó para mí los tesoros
-de su erario. Viva con doble felicidad que
-hasta el día el solícito varón de la estirpe de Galeb,
-de los hijos de la prosperidad, de los venturosos,
-estrellas resplandecientes de la bondad,
-mansión deliciosa de la nobleza. De los hijos de<span class="pagenum"><a name="Page_98" id="Page_98">[98]</a></span>
-la kabila de los Jazrech, de aquellos que clamaron
-la verdad y ampararon al profeta, él ha sido
-nuevo Saad, que con sus amonestaciones ha disipado
-y convertido en luz todas las tinieblas. Y
-constituyendo a las comarcas en una paz estable,
-ha hecho prosperar a sus vasallos. Puso la elevación
-del trono en garantía de seguridad a la
-religión y a los creyentes. Y a mí me ha concedido
-el más alto grado de belleza, causando mi
-forma admiración a los eruditos; pues ni jamás
-se ha visto cosa mayor que yo en Oriente ni en
-Occidente, ni en ningún tiempo alcanzó cosa semejante
-a mí rey alguno ni en el extranjero ni en
-Arabia». Salones, torres, ajimeces, bordadas
-piedras, aéreos calados, baños, jardines, miradores...
-Aquí encuentro que había Justicia; más
-allá que había Salud; más allá que había Belleza;
-más allá que había Placer. Eran sabios aquellos
-hombres de turbante; eran buenos, eran fuertes y
-eran artistas.</p>
-
-<p>Si la Alhambra es más grande, más suntuosa,
-más imponente, el Generalife es más cordial, más
-íntimo, más amable. «Delicioso para el amor»,
-escribió en el álbum de la dulce mansión una<span class="pagenum"><a name="Page_99" id="Page_99">[99]</a></span>
-mujer llamada D.ª Cristina Santoyo. D.ª Cristina
-sintetizó así todo lo que pueden hilar los literatos
-y rimar los poetas sobre este rincón hechicero.
-Yo no sé si la marquesa de Campotejar, dueña
-actual de esa maravilla, es joven; pero si no lo
-es, tiene que haberlo sido y que haber amado en
-este nido de ensueño; y, por lo tanto, haber tenido
-por escenario de su amor el que le envidiarían
-todos los reyes de la tierra. Cuán explicables
-son los entusiásticos arranques del viejo
-Dumas, en las cartas en que se manifiesta poeta
-y amoroso: «Lo que hay de maravilloso en el
-Generalife, señora, no son por cierto sus salas,
-sus baños, sus corredores, pues que esto lo encontraremos
-en la Alhambra mejor y más bien
-conservado; lo que es allí bello, maravilloso, son
-sus jardines, sus aguas, su vista. Permaneced,
-pues, en medio de esos jardines lo que os sea
-posible, señora; embriagáos con los perfumes
-que no encontraréis iguales, porque en parte ninguna
-se hallarán reunidos en un más pequeño
-espacio tantos naranjos, tantos jazmines, tantas
-rosas; impregnáos con la muelle frescura que
-despide el agua, porque tampoco en parte algu<span class="pagenum"><a name="Page_100" id="Page_100">[100]</a></span>na
-veréis brotar tantas fuentes, despeñarse tantas
-cascadas, rodar tantos torrentes; y, en fin, mirad
-por cada abertura, que cada abertura es una ventana
-abierta sobre el paraíso. Y lo que más os
-seducirá, señora, es ese sabor de Arabia que ha
-quedado flotando en el aire». Yo he gustado ese
-sabor de Arabia desde que penetré por entre la
-doble fila de cipreses y entré por la baja y ancha
-puerta del Generalife. Buenos genios me amparaban
-en mi paseo solitario. Por guía tuve a la
-hija del jardinero, una preciosa niña de trece a
-catorce años, rubia y seria, que me enseñó el
-secular ciprés, bajo el cual se sentaba la sultana
-Zoraida, y el estanque, y los mirtos, y los rosales,
-y las salas en que en los viejos lienzos se
-representan los antiguos señores, y el gran árbol
-genealógico, y las galerías silenciosas en donde
-dan ganas de suspirar y de besar. ¿Para qué
-hablaros de lo demás? ¿Para qué deciros vulgares
-noticias de las guías, datos y fechas que os
-resultarían ridículos? ¿Para qué hablaros de la
-Granada actual, de la ciudad que hace política y
-en donde se pregonan las últimas noticias del
-conflicto ruso-japonés? He dejado Granada con<span class="pagenum"><a name="Page_101" id="Page_101">[101]</a></span>
-pena, por su corazón de mármol labrado, por su
-viejo corazón, por sus divinas vejeces, que hace
-más adorables una naturaleza singular. Es uno
-de los pocos lugares de la tierra en que uno querría
-permanecer, si no fuese que el espíritu tiende
-adelante, siempre más adelante, si es posible
-fuera del mundo, «anywhere out of the world!»
-Y al dejarlo, han venido a mi memoria las estrofas
-de una romanza que en mi niñez oía cantar:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-
-<div class="line i1">Aben Amet, al partir de Granada,</div>
-<div class="line">su corazón desgarrado sintió,</div>
-<div class="line">y allá en la vega, al perderla de vista,</div>
-<div class="line">con débil voz su lamento expresó...</div>
-</div></div></div>
-
-<div class="figcenter6"><img src="images/p101.jpg" width="150"
-height="165" alt="" title="" /></div>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_102" id="Page_102"></a>
-<a name="Page_103" id="Page_103"></a></span></p>
-
-<h2 class="nd">SEVILLA</h2>
-<div class="figcenter6"><a name="Sevilla"><img src="images/p103.jpg" width="400"
-height="165" alt="SEVILLA" title="" /></a></div>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_104" id="Page_104"></a>
-<a name="Page_105" id="Page_105"></a></span></p>
-
-<div class="figcenter6c"><img src="images/p105.jpg" width="500"
-height="177" alt="" title="" /></div>
-
-
-<div>
- <img class="drop-cap" src="images/a.jpg" width="100" height="100" alt=""/>
-</div>
-
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">Aunque</span> es invierno, he hallado rosas
-en Sevilla. El cielo ha estado puro
-y francamente hospitalario pasadas
-las primeras horas de la mañana. La Giralda se
-ha destacado en espléndido campo de azur. Luego,
-las mujeres sevillanas, entrevistas por las
-rejas que hay a la entrada de los patios marmóreos
-y floridos, dan razón a la fama. He visto,
-pues, maravilla.</p>
-
-<p>No sin razón es esta la ciudad de don Juan y
-la ciudad de don Pedro. Siempre la poesía, la
-leyenda, la tradición, os saldrán al encuentro.<span class="pagenum"><a name="Page_106" id="Page_106">[106]</a></span>
-Estrella, el Burlador, el Monarca cruel, el Barbero...
-Por eso el grande y armonioso José Zorrilla
-se recomendaba aquí evocando el nombre
-de su Tenorio y de su Rey justiciero. El turismo
-viene, por moda, a la Semana Santa. Es decir,
-a pagar cuentas enormes de hospedaje, a dormir
-sobre una mesa de billar en veces, y a ver pasar
-las procesiones, entre católicos irreligiosos,
-santos macabros, cristos lívidos y sangrientos
-con cabelleras humanas. Al mismo tiempo, el
-viajero escuchará los gritos extraordinarios de
-las saetas y las carceleras. En el día aprovechará
-la buena ocasión para ir a ver a las cigarreras
-en la fábrica, con sus <i>deshabillés</i> sugerentes;
-si ha leído <i>La femme et le pantin</i>, de Pierre
-Louys, tanto mejor; y volverá a su país diciendo
-que ha conocido el encanto sevillano. No,
-ciertamente, indiscutiblemente, el encanto sevillano
-está en otra parte. La Semana Santa y la
-feria son notas singulares, y las cigarreras ayudan
-al color local que se ha conocido en las lecturas;
-pero el alma de Sevilla no tiene gran cosa
-que ver con todo ese pintoresco reglamentario.
-Ni con eso, ni con el industrialismo y la vida co<span class="pagenum"><a name="Page_107" id="Page_107">[107]</a></span>mercial
-que puebla de barcos las riberas del
-Guadalquivir; ni aun con el batallón trashumante
-de toreros calipigios que se entretiene en la estrecha
-y retorcida calle de las Sierpes. El encanto
-íntimo de Sevilla está en lo que nos comunica
-su pasado. Su alma habla en la soledad silenciosa;
-así el alma triste de toda la vieja España.
-Dicen sus secretos las antiguas callejuelas en las
-horas nocturnas. Y nada es comparable a la melancolía
-grave de sus jardines, esos jardines que
-ha interpretado pictórica y magistralmente en
-melodías del color el talento excepcional y hondo
-de Santiago Rusiñol&mdash;ese «ruiseñor» de la
-fuerte Cataluña.</p>
-
-<p>¡Sevilla! Las injusticias de la fama no tienen
-gran fundamento: abominad la célebre calle de
-las Sierpes en donde existió un célebre café flamenco
-que se llamaba el Burrero...; abominad la
-manzanilla misma, que es un brevaje aceitoso y
-poco amable; abominad, aunque os gusten los
-toros, a los toreros fuera del coso. Pero adorad,
-extasiáos, para vuestro reino interior, en los jardines
-del Alcázar sevillano&mdash;, como en Aranjuez,
-como en la mágica Granada. De todo lo que han<span class="pagenum"><a name="Page_108" id="Page_108">[108]</a></span>
-contemplado mis ojos, una de las cosas que más
-han impresionado a mi espíritu son esos deleitosos
-y frescos retiros. Ni las vetustas murallas
-carcomidas de siglos, que aún atestiguan el viejo
-poderío de los conquistadores romanos, ni los
-restos visigodos, ni la esbelta Giralda mauritana,
-cuyo nombre alegra como una banderola, ni
-la Torre del Oro a la orilla del río, ni las magnificencias
-del Alcázar, que renuevan en mi memoria
-las sensaciones experimentadas en la Alhambra
-granadina, nada me ha hecho meditar y
-soñar como estos jardines que vieron tantas
-históricas grandezas, tantos misterios y tantas
-voluptuosidades. La culpa la tiene en gran parte
-ese don Pedro que tenía tanto de don Juan...</p>
-
-<p>Cuando uno entra, a un lado de las galerías
-que llevan el nombre de aquel raro monarca que
-comprendía la belleza morisca, que tuvo mucho
-de oriental, mucho del Arum-al-Raschid de «Las
-mil y una noches», lo primero que conmueve es
-el más blando de los silencios, apenas turbado
-por el fino hilo líquido que cae de un surtidor en
-el ancho estanque de verdes aguas. El suave
-viento mueve el ramaje de dos grandes magno<span class="pagenum"><a name="Page_109" id="Page_109">[109]</a></span>lias
-vecinas. Y entre rosales y arrayanes, se descienden
-dos graderías y se va a ver lo que se
-llama los baños de doña María de Padilla. Hay
-una grande y larga piscina, bajo bajas bóvedas
-góticas. Nada más. Pero, ¿qué importa? Pintores
-ha habido que han intentado resucitar el sensual
-capítulo de la bella novela de vida. Quedáos
-al amor de vuestras ideas. ¿No oís cantar los
-pájaros de la primavera? ¿No veis al monarca
-que se acerca entre las flores nuevas y lujuriantes?
-¿No oís el ruido del agua transparente en
-donde el cuerpo sonrosado de la real querida
-forma a su rededor círculos de diamante? Ella
-ríe, el duro rey sonríe. Cerca hay palomas blancas
-y de plumajes que la luz tornasola; y un pavón
-de Oriente, vestido de orgullo, ostenta sus
-gemas, como un visir de fiesta. Ahí tenéis el
-encanto sevillano.</p>
-
-<p>Más allá iréis al jardín de la gruta, y allí los
-arrayanes forman un famoso y pueril laberinto; y
-en un rústico templete, bajo extraña bóveda, una
-blanca estatua de dos mujeres unidas por la espalda,
-arroja de sus cuatro pechos cuatro chorros
-de agua. Neptuno decorativo os saluda en el lla<span class="pagenum"><a name="Page_110" id="Page_110">[110]</a></span>mado
-jardín Grande, y en el del León hay señaladas
-huellas leoninas: <i>hic sunt leones</i>. Es en
-efecto aquí donde se conserva el cenador del
-césar Carlos V. Allí, entre los mármoles y los
-policromos azulejos y las maderas admirablemente
-talladas, las águilas imperiales guardan
-el orgullo de sus actitudes y recuerdan la presencia
-desvanecida de la soberbia y soberana
-persona.</p>
-
-<p>Cuando salís, lleváis una sensación imborrable.</p>
-
-<p>Como decía antes, por las calles os llamará
-siempre, con su callada voz, la tradición. En vano,
-en las vías estrechas, os hará pegaros a la
-pared el tranvía eléctrico. En vano los vendedores
-de antigüedades os querrán atraer con sus
-letreros en inglés. Por muy poco meditativos o
-poetas que seáis, tendréis que pensar en uno de
-los dos hombres-sombras zorrillescos, don Pedro
-o don Juan.</p>
-
-<p>Allá en la iglesia del hospital de la Caridad,
-me he inclinado ante nombres ilustres, de mosaistas,
-pintores y tallistas; bastará el solo de
-Murillo multiplicado en obras excelentes, como<span class="pagenum"><a name="Page_111" id="Page_111">[111]</a></span>
-un Dios Niño que se apoya en el mundo, todo
-gracia, y un Moisés en que Bartolomé Esteban
-demuestra que celeste suavidad y pincel dulce no
-le impiden el dar cuando le venía en voluntad
-una nota de fuerza. Y luego el realista y macabro
-Valdés Leal, cantado en las labradas rimas
-de Gautier, que renueva en más de un cuadro el
-triunfo de la muerte, y las visiones cadavéricas
-de los frescos del camposanto pisano.</p>
-
-<p>Cuenta un cronista que al ver pintada tan a lo
-muerto la descomposición en el ataúd, dijo Murillo
-a su amigo el artista: «Compadre, esto es
-menester mirarlo con la mano en las narices».
-Mas, pasad a la sacristía. No os detengáis en
-la visión de San Cayetano, de Céspedes, ni en el
-San Miguel, de Roela.</p>
-
-<p>Ved ese retrato del tiempo viejo, ved ese caballero
-firmado por Valdés Leal y ved esa espada
-antigua, que en estos tiempos de ruines prosas
-no hay mano digna de tocar. Ese caballero orgulloso,
-cuya estatua se ha inaugurado recientemente,
-es un <i>révenant</i>, es un habitante del ensueño,
-es un vecino de la ciudad de la eterna
-ilusión, es un héroe de la poesía, un fantasma de<span class="pagenum"><a name="Page_112" id="Page_112">[112]</a></span>
-capa y espada. Ese hombre es el asesino del
-amor y el campeón de la voluptuosidad. Es el
-Sr. D. Miguel de Mañara, celebrado en la inmortalidad
-del arte bajo el nombre de Don Juan. Y
-esa es su espada. Está en una sacristía, porque
-ya sabéis que el diablo cuando se hizo viejo se
-metió fraile.</p>
-
-<p>En la catedral mucho hay que admirar y las
-guías lo detallan; pero allí también, como en
-todos lugares, es el pasado el que os detiene con
-su historia o con su página legendaria. Así, de
-ese púlpito que encontráis en un patio, en donde
-predicaron varones ilustres como el vigoroso Vicente
-Ferrer, pasáis a las maravillas de las naves,
-en donde gloriosas paletas dejaron telas de
-valor y de renombre. Y la anécdota tradicional
-os espera asimismo por toda capilla y rincón,
-desde el colosal San Cristóbal, junto al altar de
-la Gamba, hasta el pequeño Niño Jesús, al cual
-llaman el mudo, obra de Montáñez. Y aquí llega
-la nota curiosa.</p>
-
-<p>Encontráis gentes de añeja devoción, a quienes
-dirigís la palabra, y que, por más que les habléis,
-no os dan contestación alguna. Esos son fanáti<span class="pagenum"><a name="Page_113" id="Page_113">[113]</a></span>cos
-que han hecho al niño rubio del altar la promesa
-del silencio por un tiempo determinado. En
-una de las capillas&mdash;y aquí la anécdota es moderna&mdash;está
-el famoso San Antonio, de Murillo,
-cuadro que fué mutilado por un visitante norteamericano,
-que creyó oportuno aislar el santo
-del resto de la composición para provecho propio.
-Sabido es que el cónsul español en Boston
-tuvo denuncia del paradero del fragmento pictórico
-y logró rescatarlo. Hoy, gracias al arte y
-habilidad de un pintor eminente, el cuadro aparece
-restaurado, y no se notan las señales de la
-amputación del robador yanqui.</p>
-
-<p>No os detendré ante las muchas obras artísticas
-y renombradas que aquí se guardan, pues
-son tantas y tales que hay libros de eruditos,
-como Cean Bermúdes, que están dedicados a
-ellos. Pero no dejaré de deciros que veáis cierto
-fúnebre monumento que está cerca del Cristóforo
-de Pérez de Alesio, el cual monumento es obra
-moderna y muy celebrada, compuesta de cuatro
-figuras que soportan una urna, y que seguramente
-os es familiar por las ilustraciones. En esa
-urna&mdash;¡descubríos!&mdash;están las cenizas, las discu<span class="pagenum"><a name="Page_114" id="Page_114">[114]</a></span>tidas
-cenizas de Cristóbal Colón, que antes estuvieron
-depositadas en la catedral de la Habana.
-Creo que el más impasible e indiferente de los
-americanos, no dejará de sentir así sea una vaga
-emoción delante de ese puñado de huesos. Hasta
-después podrá llegar la eterna Eironeia, y haceros
-comprender que no es muy grande el favor
-que nos hizo.</p>
-
-<p>La tarde estaba alegre y dorada cuando pasé
-el Puente de Triana para ir al barrio de ese nombre
-tan cantado en las coplas. ¿Diré que tuve
-más de una ilusión deshecha? Fuera de una que
-otra ventana llena de los tiestos usuales en toda
-Andalucía, y una que otra cara de cromo o de
-caja de cerillas, no pude satisfacer mi curiosidad
-de belleza sevillana. Vi mucho mozo de chaqueta
-y pantalón ajustado, haraganeando en las esquinas,
-no lejos de los muelles en que el sevillano
-trabajador suda en los afanes del tráfago moderno.
-Vi portales sin aseo y tiendas de salazones, y
-una diligencia a la antigua, que al lado del eléctrico
-tranvía iba cargada de gentes y maletas a
-alguna parte. Vi la Torre del Oro bañada del oro
-de la tarde, y el río de un color sucio amarillento;<span class="pagenum"><a name="Page_115" id="Page_115">[115]</a></span>
-y a lo lejos las alturas que empezaba a borrar, a
-esfumar el crepúsculo. Y si no volví contento de
-Triana, puesto que quizás yo iba con la idea de
-un Triana fantástico, o imposible o demasiado a
-la francesa, tuve un desquite con la salida de
-una bella niña y una vieja dueña de una vieja
-iglesia. Doña Inés del alma mía y su inseparable
-guardadora.</p>
-
-<div class="figcenter6"><img src="images/p115.jpg" width="150"
-height="83" alt="" title="" /></div>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_116" id="Page_116"></a>
-<a name="Page_117" id="Page_117"></a></span></p>
-
-<h2 class="nd">CORDOBA</h2>
-<div class="figcenter6"><a name="Cordoba"><img src="images/p117.jpg" width="400"
-height="174" alt="CORDOBA" title="" /></a></div>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_118" id="Page_118"></a>
-<a name="Page_119" id="Page_119"></a></span></p>
-
-
-
-
-<div class="figcenter6c"><img src="images/p119.jpg" width="500"
-height="191" alt="" title="" /></div>
-
-
-<div>
- <img class="drop-cap" src="images/u.jpg" width="100" height="100" alt=""/>
-</div>
-
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">Una</span> modesta estación; un ómnibus
-que va mal que bien por la calle, sobre
-baches y fango.</p>
-
-<p>Mal tiempo. He ahí mi primera impresión en la
-ilustre y secular Córdoba. En cambio, los verdes
-naranjos, en los cercanos jardines, y flores
-a pesar del tiempo, me resarcieron del inicial
-desencanto. El hotel en que me hospedo da a la
-vía principal de la población, la alameda llamada
-del Gran Capitán, en memoria de aquel magnífico
-guerrero D. Gonzalo, cuya casa natal estuvo
-por este punto. Cuando la lluvia ha cesado y<span class="pagenum"><a name="Page_120" id="Page_120">[120]</a></span>
-puedo salir, veo grupos de gentes estacionados
-en la alameda, el eterno grupo de ciudad española,
-que conversa y «mata» las horas.</p>
-
-<p>Fuera de este paseo, de que están orgullosos
-los habitantes, las otras calles son marcadamente
-típicas, descendiendo de la parte alta de la
-ciudad a la baja, o Ajerquia. No he podido menos
-que tener presente en mi memoria a la amable
-Córdoba argentina, a cada paso que he dado
-en la antigua Córdoba andaluza. No es que tengan
-nada de semejante, fuera del espíritu de la
-raza llevado por los hombres de la colonia, sino
-que el nombre imponía el recuerdo, y el haber
-sido centro de estudio y de saber en tiempos remotos
-esta ciudad abuela, como esa en no tan
-lejanos, continuando su tradición en los presentes.
-No son pocos los pergaminos de nobleza
-de la patria de Séneca y de Lucano, a la cual un
-latinista moderno hace declarar sus grandezas
-en clásicos exámetros:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-
-<div class="line i1">Illa ego sum quodam latialis gloria Roma</div>
-<div class="line">cum dedit illa mihi quæ sibi jura dabat.</div>
-<div class="line">Inter romanas sum prima colonia facta</div>
-<div class="line">sola que patricio nomine clara fui.</div>
-<div class="line">Deliciis fruor ipsa meis Montisque Marian<span class="pagenum"><a name="Page_121" id="Page_121">[121]</a></span></div>
-<div class="line">ad cujus gremium dotibus aucta cubo...</div>
-<div class="line">Piscosus me B&oelig;tis amat, me argentea cingit</div>
-<div class="line">unda cabalino fonte sacrata magis, etc., etc.</div>
-</div></div></div>
-
-<p>Y vaya esa transcripción de sabios metros en
-gracia a las dos Córdobas gloriosas, pues la de
-ese lado del mar también pudiera repetir con
-ésta:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-
-<div class="line i1">Mille mihi Senecæ, Lucani mille fuissenl,</div>
-<div class="line">si mihi Mec&oelig;nas unus ab urbe foret.</div>
-</div></div></div>
-
-<p>Decía, pues, que las calles de la población me
-han parecido de lo más característico, y con razón,
-pues según la monografía histórico-topográfica
-de Ramírez, «ni en su dirección ni en su
-anchura han sufrido alteración alguna sustancial
-desde los tiempos más remotos, y son, por lo
-general, como todas las de las poblaciones antiguas,
-estrechas y torcidas, o poco alineadas,
-por lo que es cosa digna de reparo que en el centro
-de la ciudad se encuentren algunas calles de
-mediana anchura». Yo, ni en Granada, ni en Se<span class="pagenum"><a name="Page_122" id="Page_122">[122]</a></span>villa,
-ni en Málaga, he encontrado ese ambiente
-de antigüedad de esta capital esclarecida y en
-una época foco, puede decirse, de la sabiduría
-universal. Y en la estrechez y soledad de las calles,
-la reja siempre, la ventana propicia al amorío
-de romance, los patios misteriosos que se
-entrevén. Si en un lugar, a modo de plazoleta,
-está el nombre de Séneca, y evocáis la memoria
-de aquel admirable filósofo y periodista <i>avant la
-lettre</i>, conocimientos mentales no tan viejos se
-os presentarán en esas casas de las vías angostas,
-y de las cuales suele brotar, inesperadamente,
-el eco de un piano. Allí puede muy bien vivir
-la señorita doña Pepita Jiménez; allá puede estar
-forjando sus ilusiones el doctor Faustino; y si
-no, en una o en otra morada puede haber nacido
-el ilustre D. Juan Valera, porque es sabido que,
-como Ambrosio de Morales y el gran Góngora,
-D. Juan es cordobés.</p>
-
-<p>De edades lejanísimas quedan en Córdoba
-huellas cesáreas. De César quedan, cuando después
-de ser cartaginesa fué romana. Como colonia
-patricia consta en las medallas y en los libros
-que fué notable. Y aun afirma uno de sus<span class="pagenum"><a name="Page_123" id="Page_123">[123]</a></span>
-historiadores que, siendo pretor de las Españas
-citerior y ulterior Marco Claudio Marcelo, «la
-ciudad fué ampliada y ennoblecida con suntuosos
-edificios, y parece se hizo de moda en Roma,
-por aquel tiempo, poseer una quinta en los amenos
-campos de Córdoba». Hoy de aquellas grandezas
-quedan apenas lápidas, inscripciones monumentales,
-columnas miliarias, monedas de Augusto
-en que hay borrosos problemas para los
-numismatas, y un venerable puente, al que aún
-sostienen sus pesados arcos sobre el turbio Guadalquivir.
-Fué goda y luego árabe, y los islamitas
-la elevaron en verdad a su más alta potencia.
-Leer esa historia es penetrar en su vida cuasi
-fabulosa de capital imperial, de un imperio de
-cuento miliunanochesco.</p>
-
-<p>Hoy queda casi nada en comparación de los
-antiguos esplendores califales; pero lo que queda,
-la mezquita convertida en catedral y cuya
-transformación enoja a todo artista viajero, como
-D'Amicis, da idea de qué clase de cerebros cubrían
-aquellos prestigiosos turbantes. ¿Qué sería
-aquella magnífica Rusafa, o huerto real, en donde
-el poderoso Abderramán I, que también, como<span class="pagenum"><a name="Page_124" id="Page_124">[124]</a></span>
-buen oriental, era profeta, anticipándose al cubano
-José María Heredia el viejo, cantó a su
-compatriota la palmera, entonces extranjera en
-esta tierra? Y sobre todo, ¿qué escenario como
-de la historia del príncipe Camaralzamán y la
-princesa Badura, u otros príncipes en cuyas vidas
-se interesaba tanto Dinarzada, no sería la
-Azhara de Abderramán III, llamada así por el
-nombre de la favorita del harén? En verdad,
-pudo venir a habitar el palacio el rey Salomón
-en compañía de la reina de Saba. No os repetiré
-los datos algo prosaicos de cronistas cristianos
-como Díaz de Rivas; pero sí lo que refieren
-narradores árabes contemporáneos de aquel espléndido
-califa:</p>
-
-<p>«Las casas edificadas bajo un plan uniforme,
-con mucho gusto y magnificencia y coronadas
-de azoteas, tenían jardines plantados de naranjos,
-y correspondían a la grandeza y suntuosidad
-del alcázar a que estaban agregadas. En la
-construcción de este sitio real empleó Abderramán
-inmensos tesoros. Los obreros ocupados
-en la construcción eran mil, mil y quinientas las
-mulas y cuatrocientos los camellos que condu<span class="pagenum"><a name="Page_125" id="Page_125">[125]</a></span>cían
-materiales. Ayudáronle en la dirección de la
-obra los más célebres arquitectos de Bagdad,
-Tosthat y Kaiorán, y de Constantinopla, que le
-envió su aliado Constantino VI, regalándole al
-mismo tiempo cuarenta columnas de granito, las
-más hermosas que pudo encontrar. Pasaban de
-mil doscientas las de varias clases de mármoles
-que había hecho traer a gran precio de algunas
-provincias de España, de Francia, de Italia, Grecia,
-Africa y Asia. El exterior, así como el interior
-del alcázar, contra la costumbre de los árabes,
-estaba hermoseado con el mismo empeño y
-prolijidad que el resto del edificio, y en el interior
-se encontraba cuanto el arte ayudado de la riqueza
-puede producir de más bello y encantador.
-Las paredes estaban incrustadas de arabescos
-de mucho gusto, las ventanas y puertas eran de
-cedro adornadas de preciosas esculturas, y los
-techos pintados de azul celeste y esmaltados
-de oro.</p>
-
-<p>«Pero como era natural, nada llegaba al primor
-y riqueza que en el salón destinado para su
-morada había prodigado el califa. Los adornos
-de sus muros estaban formados de oro, perlas y<span class="pagenum"><a name="Page_126" id="Page_126">[126]</a></span>
-otras piedras preciosas, y en varios sitios, según
-costumbre, se leían aleluyas alkoránicas. En una
-magnífica fuente de alabastro, que estaba en medio
-de la pieza, arrojaban agua por la boca varios
-animales de oro, y en su centro nadaba un
-cisne del mismo metal. Sobre la fuente pendía
-una perla de extraordinario precio que al califa
-había regalado el emperador León, de Constantinopla.
-El retrete donde estaba el lecho de la favorita,
-se veía cubierto por un artesonado revestido
-de oro y acero, y sembrado de piedras preciosas;
-y en medio del resplandor que despedían
-las luces de cien arañas, saltaba un chorro de
-azogue que cual plata líquida caía en un hermoso
-pilón de alabastro. Sobre la puerta principal
-del alcázar, se veía la estatua de la hermosa esclava,
-no sin indignación de los más severos
-musulmanes, que censuraban la impiedad del califa,
-que se había atrevido a representar la forma
-humana, contra el expreso precepto del Korán.
-Los jardines que rodeaban el palacio correspondían
-a lo demás en primor y belleza, pues la fantasía
-más fecunda había prodigado allí cuanto
-puede lisonjear los sentidos. Bosques de mirtos<span class="pagenum"><a name="Page_127" id="Page_127">[127]</a></span>
-y de laureles se mezclaban con los olivos, cuyo
-verdor se retrataba en las cristalinas aguas de
-los estanques: animales raros vagaban encerrados
-en jardines dispuestos para este fin y aves
-de vistosos plumajes y agradable canto animaban
-tan encantadora mansión.» Al suspender esa
-descripción, no creeríais oir la voz de Dinarzada:
-«¿Hermanita, quieres contar uno de los hermosos
-cuentos que tú sabes?» De tales mansiones
-no se gloria hoy la más soberbia de las testas
-coronadas y solamente pueden contemplarse,
-con ayuda de la imaginación, en las renombradas
-narraciones que he citado y que ha sacado
-a la luz y al arte modernos la sabia voluntad
-y el talento admirable del Dr. Mardrus.</p>
-
-<p>Vagando de un punto a otro y perdiéndome a
-veces en el laberinto de esas calles orientales, he
-dado con fuentes, ruinas, un curioso monumento
-al ángel Gabriel, que, según tradición, ha librado
-a la ciudad repetidas veces de pestes, tempestades
-y calamidades, y por fin encontré lo único
-que verdaderamente atrae a los extranjeros: la
-mezquita. En este caso, como en otros, no cabe
-descripción alguna, pues muchas hay en las<span class="pagenum"><a name="Page_128" id="Page_128">[128]</a></span>
-guías y en cien libros de viajes. Diré, sí, que me
-asombró este edificio de fe, como los otros edificios
-de amor y de guerra que dejaron en su amado
-Al-Andalus, y que uní mi voz a las mil que
-han lamentado la vandálica religiosidad de los
-católicos que creyeron preciso demoler obras del
-arte y afear el recinto de Alah para adorar mejor
-a Jesucristo.</p>
-
-<p>La selva de columnas, la profusión de los arcos,
-hacen pensar en lo que sería cuando no había
-tapiadas puertas y la luz penetraba lateral.
-Se diría una vasta petrificación de palmeras. Y
-gracias que aún queden joyas arquitecturales y
-de mosaico, cual ese prodigioso mihrab o sagrario
-mahometano, que es la admiración de los
-conocedores. Aunque hay en la parte de intrusa
-construcción española muy notables trabajos,
-como el coro, el visitante no tiene pensamientos
-más que para los islamitas, que sabían edificar
-tan bellas moradas de oración. Al entrar, da deseos
-de cambiar los zapatos por un par de babuchas,
-y murmurar que «sólo Dios es grande».</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_129" id="Page_129"></a></span></p>
-
-<h2 class="nd">GIBRALTAR</h2>
-<div class="figcenter6"><a name="Gibraltar"><img src="images/p129.jpg" width="400"
-height="171" alt="GIBRALTAR" title="" /></a></div>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_130" id="Page_130"></a>
-<a name="Page_131" id="Page_131"></a></span></p>
-
-
-
-
-<div class="figcenter6c"><img src="images/p131.jpg" width="500"
-height="211" alt="" title="" /></div>
-
-
-<h3>I</h3>
-
-
-
-
-
-
-
-
-
-<div>
- <img class="drop-cap" src="images/d.jpg" width="100" height="99" alt=""/>
-</div>
-
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">Desde</span> que llegué a Algeciras, sentí que
-ya no me encontraba completamente
-en España. No descendí en la estación,
-sino a la entrada del muelle, a un paso del
-Hotel Anglo-Hispano y del Hotel Reina Cristina,
-dos establecimientos ingleses. El tren llega hasta
-allí para comodidad de los ingleses. Desde luego
-la línea férrea entre Bobadilla y Algeciras es propiedad
-de una compañía inglesa. En el hotel me
-encuentro con que todo el mundo es inglés. En
-el salón de lectura casi todos los diarios son de
-Londres. Alguien me asegura que desde el Hotel<span class="pagenum"><a name="Page_132" id="Page_132">[132]</a></span>
-Reina Cristina, que está construído en una altura
-y en el cual se eleva un largo mástil, se hacen
-señales semafóricas con Gibraltar. Al día siguiente
-tomo en el muelle inglés el vapor de la misma
-nacionalidad, que me conduce al Peñón.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>Un malagueño que se llama Paquito y que es
-portador de una guitarra, va a bordo. Una joven
-miss se ha acercado a él y en muy buen castellano
-le invita a que le dé una lección al aire libre,
-sobre cubierta. Paquito se excusa. Luego, allá a
-solas conmigo, me hace sus confidencias.</p>
-
-<p>&mdash;¡Vamos, que los ingleses no me agradan!
-Voy a Gibraltar por unos días a ganar un dinerito...
-A usted, si gusta, le invito para que me
-oiga tocar y cantar.</p>
-
-<p>La enorme mole se va agrandando sobre el
-fondo del cielo invernal. Se distinguen las casas
-escalonadas sobre la roca, y más tarde los muelles
-y escolleras; por todas partes el ir y venir de
-barcos, y, con ayuda del anteojo, las innumerables
-baterías, la floración de cañones que hacen
-del promontorio un inmenso panal de piedra y<span class="pagenum"><a name="Page_133" id="Page_133">[133]</a></span>
-acero en que aguardan el momento propicio para
-lanzarse los enjambres de avispas de fuego que
-alborotará la mano de la guerra.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué le parece, Paquito?</p>
-
-<p>Paquito alza los hombros, resignado. Después,
-a media voz, me canta, junto a la borda del barco,
-una canción, con ritmo de tango, cuyas patrióticas
-y desgreñadas estrofas, no por serlo
-dicen menos lo que siente el corazón popular.</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-
-<div class="line i1">España fué la nación</div>
-<div class="line">que más lauros conquistó;</div>
-<div class="line">por la tierra y por el mar</div>
-<div class="line">extendió su autoridad;</div>
-<div class="line">al grito sacrosanto</div>
-<div class="line">de Castilla y de León,</div>
-<div class="line">clavaba en lo más alto</div>
-<div class="line">su glorioso pabellón.</div>
-<div class="line">Tiempo feliz que de fijo</div>
-<div class="line">para siempre ya pasó.</div>
-<div class="line">Al comparar la antigua situación</div>
-<div class="line">con la actual, causa pena y dolor.</div>
-<div class="line">De ira y de vergüenza</div>
-<div class="line">deberíamos llorar</div>
-<div class="line">al contemplar, y es la verdad,</div>
-<div class="line">que nuestra dignidad<span class="pagenum"><a name="Page_134" id="Page_134">[134]</a></span></div>
-<div class="line">manchada está</div>
-<div class="line">desde que vió ondear</div>
-<div class="line">la bandera inglesa</div>
-<div class="line">en el Peñón de Gibraltar.</div>
-<div class="line">Qué vergüenza da,</div>
-<div class="line">que vergüenza da, y es la verdad.</div>
-<div class="line">Aunque el mundo sabe</div>
-<div class="line">que ese invencible Peñón</div>
-<div class="line">hoy es inglés</div>
-<div class="line">por una traición.</div>
-<div class="line">Porque jamás pudo vencer</div>
-<div class="line">el pueblo inglés al español,</div>
-<div class="line">y en lucha igual, franca y leal,</div>
-<div class="line">el Aguila se humilla ante el León.</div>
-<div class="line">Pero ha de llegar</div>
-<div class="line">el día en que volvamos</div>
-<div class="line">nuestro Peñón a recobrar</div>
-<div class="line">y ese día cerca está,</div>
-<div class="line">y subiendo a lo más alto,</div>
-<div class="line">y allí gritando ¡viva España!</div>
-<div class="line">nuestro glorioso pabellón clavar.</div>
-</div></div></div>
-
-<p>¡<i>Alas poor</i>, Paquito! Mientras das al aire suavemente
-esa cordial protesta, yo admiro a estos
-fuertes y temibles hombres. Este Peñón es el más<span class="pagenum"><a name="Page_135" id="Page_135">[135]</a></span>
-vasto altar, el más colosal monumento de la conquista
-y de la guerra. Por un lado se impone dominante
-sobre España, por otro sobre Africa, y
-el Mediterráneo que vió en lejanos tiempos la
-omnipotencia latina, presencia hoy la omnipotencia
-de Britannia, sobre las olas&mdash;, <i>on the
-waves</i>.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>El vapor atraca al muelle. Al pisar tierra, creo
-entrar en un cuartel. Las murallas, los fuertes,
-las amenazantes baterías de la altura están ante
-mi vista. Al entrar por una puerta de la ciudad,
-un soldado me da un cartoncito con un número
-y un permiso para circular por ella hasta el cañonazo
-de las doce. En una plazoleta, oficiales
-rojos enseñan el ejercicio a soldados kakhi. Una
-banda suena a lo lejos. Por fin, heme aquí en un
-hotel carísimo&mdash;parece que no hay de otros en la
-ciudad&mdash;y luego, en la calle, para aprovechar mi
-tiempo.</p>
-
-<p>Noto que, a pesar de todo, no se ha logrado
-desarraigar el idioma. Toda la gente habla español.
-En las vitrinas de las tiendas, los objetos<span class="pagenum"><a name="Page_136" id="Page_136">[136]</a></span>
-están expuestos con los precios escritos en inglés
-y en español. Asimismo la moneda española
-circula, y se puede pagar una cosa, correspondientemente,
-en chelines o en pesetas. Mas la
-poderosa Roma moderna impone su sello. Hay
-algo de cada colonia que podéis observar al
-paso. Aquí un negro, más allá un hindú, que os
-vende labores de Persia y del Indostán. No os
-extrañarán, por la vecindad, los moros, y los
-muchos malteses y judíos en sus tiendas curiosas.
-Los tipos son marcadísimos. He visto en
-verdad y en una esquina, a Alí Babá. Y los cuarenta
-ladrones, entre ellos el cochero que me pasea;
-y a Shylock, junto a un sórdido mostrador,
-un Shylock como el que hace Novelli, todo vestido
-de negro. Pasan, en fiacres de toldos amarillos,
-soldados y oficiales, que se dirigen a los
-cuarteles. Veo, no lejos, humo de chimeneas, y
-oigo agitación de máquinas. Sobre todo se siente
-el peso de una consigna y la regularidad dura
-de la vida militar. Aquí se han de leer mucho los
-versos de Rudyar Kipling. Todos esos caras morenas
-de comerciantes de la India, sonríen al
-Tommy que pasa. Los judíos están contentos<span class="pagenum"><a name="Page_137" id="Page_137">[137]</a></span>
-porque hacen negocio. Los gibraltarinos están
-satisfechos porque los negocios van siempre
-bien. Y los españoles vecinos, de la misma manera,
-pues hay aquí buen mercado para los productos
-que se importan. Por su parte, los militares
-llevan una existencia de lo más agradable,
-pues tienen desde «whisky-and-soda» hasta
-«music-hall», con estrellas de la Alhambra londinense,
-y cacerías en tierra española, con todo el
-confort y cuidado que un inglés pone en esas
-cosas.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>Allá lejos, pasadas las puertas del lado sur del
-puerto&mdash;una española, otra inglesa, puertas gemelas
-que decoran sendos escudos, el uno del
-tiempo de la antigua dominación, el otro moderno&mdash;;
-más allá de los jardines que en la roca escueta
-han hecho florecer con bellas vegetaciones
-las activas autoridades, he ido a ver los trabajos
-de los grandes diques en construcción. Los trabajadores
-bullen en la inmensa escavación, afanosos.
-Se me dice que de algunos días a esta
-parte se han recibido órdenes de apurar las ta<span class="pagenum"><a name="Page_138" id="Page_138">[138]</a></span>reas.
-Se escucha el ruido de las dragas. Los
-pitos de vapor silban, las vagonetas cargadas de
-tierra corren, la multiplicada labor se siente incansable.
-Se ve que es la energía británica la
-que dirige. Hay aspectos imprevistos, de rincones
-floridos, cerca de las garitas y de los depósitos.
-El cochero que he tomado en Gunners Parade,
-me lleva hasta una de las baterías bajas,
-donde un enorme cañón rodeado de proyectiles,
-también enormes, amenaza al mar. Hay en las
-entrañas de la colosal roca vastos trojes de guerra,
-en previsión de posibles cercos, así fuesen
-los traídos por consecuencia de una liga continental.</p>
-
-<p>Hay cordones de bocas de fuego en las distintas
-salientes del Peñón. Y, a pesar de lo que se
-murmura contra la capacidad del ejército inglés,
-hay una admirable disciplina, y se ve que una inteligencia
-ordenada y eficaz ha precedido a todo
-el abastecimiento y defensa de ese formidable
-castillo natural sobre las olas. No soy perito en
-cuestiones militares, pero no sé hasta qué punto
-tenga razón un miembro de la Cámara de los
-Comunes, Gibson Bowles, en las afirmaciones<span class="pagenum"><a name="Page_139" id="Page_139">[139]</a></span>
-hechas en un ruidoso folleto sobre la vulnerabilidad
-y debilidad estratégica de Gibraltar. Sin embargo,
-a la simple vista, no me parece de una
-imposibilidad absoluta que por el lado de tierra,
-un ejército audaz y bien dirigido pudiese llegar
-a tomar la gran fortaleza, apoyado por modernísimos
-cañones, que encontrarían el más estupendo
-blanco que imaginarse puede. Por esto es
-muy explicable la actitud celosa de Inglaterra
-que, cada vez que el gobierno español ha intentado
-fortificar su territorio por los lados peligrosos,
-ha protestado por medio del embajador en
-Madrid, y ha impedido toda probabilidad de futuros
-perjuicios. Por su parte, el almirantazgo y
-el ministerio de guerra londinenses tienen siempre
-buenos centinelas. De Rooke a White, todos
-los que han tenido mando en el Peñón han sido
-espíritus hábiles y meritorios soldados. Me parece
-que en los versos de Paquito el malagueño,
-hay profecías difíciles de cumplirse. En Highest-Pont,
-en The Galleries, en Signal-Station, hay
-muchos ojos vigilantes. Y cada día que pasa se
-va aumentando el número de cañones, el trabajo
-de los diques de carena y el arreglo y buen man<span class="pagenum"><a name="Page_140" id="Page_140">[140]</a></span>tenimiento
-de los innumerables galpones, bodegas
-y depósitos de municiones y víveres. Hay
-talleres excelentes y cantidades de carbón crecidísimas.
-El nuevo muelle, concluído casi, es de
-primer orden, como los otros en construcción.
-Una lluvia de libras esterlinas amaciza y fortalece
-todo eso.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>Difícil de abordar el gobernador, el secretario
-colonial, Mr. Evans, es en verdad tipo simpático
-y afable. Un mi compañero ocasional, Mr. Fox&mdash;sonriente
-zorro anglosajón, que viaja por placer
-y sport, y que ha recorrido todo el mundo, se
-hace lenguas del secretario.&mdash;«¿Y la guerra,
-Mr. Fox? ¿Y la guerra?»&mdash;«No sabe nadie lo que
-puede pasar. Pero Inglaterra es tan prudente
-como potente, y no crea usted que se precipite a
-causar conflictos, de los cuales no se puede calcular
-el terrible resultado. No obstante, la Gran
-Bretaña está lista para todo evento. El pueblo
-simpatiza con el Japón, más que por la alianza,
-por la antigua enemiga con el Oso. En cuanto al
-estado de la marina y del ejército, no crea usted<span class="pagenum"><a name="Page_141" id="Page_141">[141]</a></span>
-a los pesimistas. Se ha trabajado y se trabaja.
-Sir Charles Beresford, no diría ahora lo que en
-época no muy lejana. Esta es la opinión del vencedor
-de Ladysmith y de su amable secretario».
-Miss Fox, que acompaña a su padre y que tiene
-los más lindos ojos azules en el más fino y sonrosado
-rostro, aprueba. Lo cual me hace, incontinenti,
-no tener ningún cuidado por la buena
-suerte asegurada de los barcos y soldados de su
-majestad el rey Eduardo.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>En un solo día he visto pasar un hermoso crucero
-francés, tres barcos de guerra de otras nacionalidades
-y como doscientos vapores mercantes.
-Se espera pronto a la escuadra nacional.
-Además, el King Alfred y el Diadem, que de
-Singapoore se dirigen a Inglaterra. Y dentro de
-días, la visita del emperador de Alemania.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>Mr. Fox me hace saber cosas interesantes y
-pintorescas. Hay un club Ladysmith que da bailes
-de máscaras en sus salones, situados en el<span class="pagenum"><a name="Page_142" id="Page_142">[142]</a></span>
-Flat Bastion Road. El ejército de salvación, por
-su parte, predica el bien y pone en las calles los
-grandes letreros usuales, con máximas evangélicas
-y declamatorios consejos. Pero los oficiales
-que escuchan y siguen al pie de la letra la
-palabra de esos comisionistas del Señor, son
-pocos como los temperantes de tal o cual asociación.
-Prefieren entre el <i>hunting</i> y el <i>tennis</i>,
-unas salidas gratas por el lado de la Línea, en
-donde hay cante flamenco, guapas mozas españolas
-y el consiguiente pale-ale y whisky de Escocia.
-Y aquí, en la ciudad armada, está el Empire,
-a la manera de Londres, con una London
-Variety Company, en que hay una «star» que se
-llama mademoiselle Vanmeeren.&mdash;«¡Soberbio,
-Mr. Fox!&mdash;<i>¡I think so, Mr. Darío, The Channel
-Fleet will thus find ample amusement for their
-evenings on shore!</i>»</p>
-
-<p>Miss Fox mira, distraídamente, hacia la costa
-de España, donde Tarifa semeja una ciudad sin
-vida. La banda ensaya, no lejos, todos los himnos
-nacionales habidos y por haber. Las sombras
-nocturnas se adelantan.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_143" id="Page_143">[143]</a></span>
-&mdash;¡Allo, Mr. Darío!</p>
-
-<p>&mdash;¡Allo, Mr. Fox!</p>
-
-<p>&mdash;¿Una taza de té?</p>
-
-<p>Tomar una taza de té con Mr. Fox es un placer,
-cuando no da en hablar de cacerías y otros
-sports. Miss Fox le acompaña siempre, y toma
-parte activa en charlas sobre literatura, sobre
-ocultismo, sobre artes.</p>
-
-<p>Ambos son admiradores de Rodín, y se esfuerzan
-en convencerme de que los franceses no
-comprenden al gran escultor y los ingleses sí.
-Los ingleses y los norteamericanos, dice Miss
-Fox. Se celebra la poesía de Rudyard Kipling,
-algunas de cuyas composiciones, demasiado argóticas,
-confieso modestamente no comprender.
-Se trata del valor japonés, y no soy simpático
-cuando expongo mis simpatías por Rusia. Así,
-llegamos a tratar de la cuestión anglo-española,
-la eterna cuestión de Gibraltar.</p>
-
-<p>&mdash;Los españoles, dice Mr. Fox, dicen que los
-Ingleses ocupan Gibraltar por una traición. Y a
-los japoneses se les acusa de traidores por causa
-del golpe por sorpresa que inició la guerra actual.
-¿Qué guerra no es, en realidad, traidora?<span class="pagenum"><a name="Page_144" id="Page_144">[144]</a></span>
-¿Y qué cosa es traición, cuando se trata de guerra?
-Ahora bien, si los ingleses dejaran actualmente
-poner excelentes y modernísimas fortificaciones
-en el Fraile, en La Leña, en Camorro, en
-las Palomas y en otros lugares del litoral del estrecho,
-confiese usted que serían unos tontos.
-Puesto que usted ha leído al filósofo alemán de
-«Más allá del Bien y del Mal», no tengo que entrar
-en mayores disertaciones. Además el tiempo
-es oro.</p>
-
-<p>Miss Fox pone un poquito más de brandy en
-mi té.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>Pronto he de dejar el Peñón, erizado de hierro
-y de muerte. Me he de dirigir a la vecina Africa,
-cuyas costas se divisan, alzándose en el fondo el
-grande Atlas. Mis amigos ingleses me dan una
-carta de presentación para un rico árabe, que reside
-en Tánger, y llevo además otra, del amable
-cónsul argentino en Málaga, para el administrador
-español de correos en la ciudad blanca.</p>
-
-<p class="p4"><span class="pagenum"><a name="Page_145" id="Page_145">[145]</a></span></p>
-
-
-<h3>II</h3>
-
-<p>En estos días ha habido, como muy a menudo,
-divertimientos alegres para los distinguidos
-oficiales de esta férrea guarnición. Persona que
-ha asistido a ellos, me celebra la distinción y las
-elegancias de las jiras sportivas. Ha sido un <i>fox
-hunting</i> de lo más ameno y variado, después de
-gozar los invitados de la hospitalidad de Mr. Larios&mdash;,
-uno de la egregia familia que sabéis. Galopes
-animados hacia Salt Pans, por amables
-colinas, por Agua Corte; persecución de un zorro
-cerca de Polmones Village; amazonas animosas
-y bravos cazadores, que iban en caballos veloces;
-magnífica jauría;</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-
-<div class="line">Van perros de fina raza,</div>
-<div class="line">Cornetas de monte, en fin,</div>
-<div class="line">Cuanto exige Moratín,</div>
-<div class="line">En su poema <i>La Caza</i>.</div>
-</div></div></div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_146" id="Page_146">[146]</a></span>
-como diría, en los buenos tiempos en que hacía
-versos, el señor presidente Marroquín, de Colombia.
-Además de zorros, ha habido jabalíes, entre
-los cuales uno viejo y terrible que hirió gravemente
-a dos sabuesos. Nada os diré de las excelentes
-provisiones, siendo ingleses los de la
-partida. Hasta versos se han rimado, en los cuales
-se dicen bromas anglosajonas que tocan al
-«honorable secretario». He aquí esa muestra del
-humor britanocalpense:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-
-<div class="line i1">Oh where and oh where is the gallant «Hon. Sec.»</div>
-<div class="line">Oh where and oh where can he be?</div>
-<div class="line">There's no one to keep these bold «thrusters» in check</div>
-<div class="line">No signs of E. M. can we see.</div>
-<div class="line">We met at «the Farm» (sure 'twas after the Ball)</div>
-<div class="line">And gossiped and «coffe-housed» there,</div>
-<div class="line">And drinks (though the need of Dutch courage is small)</div>
-<div class="line">While violets decket each dame there.</div>
-<div class="line"><i>Chorus.</i>&mdash;And there, oh yes there, was the genial «Hon. Sec.»</div>
-<div class="line">His smile beaming broadly and bland</div>
-<div class="line">As fietd money tickets he swift did collect</div>
-<div class="line">By scores were they thrust in his hand.</div>
-</div></div></div>
-
-<p>Eso, con otras estrofas más, se ha cantado
-con uno de esos joviales aires ingleses que ha<span class="pagenum"><a name="Page_147" id="Page_147">[147]</a></span>béis
-oído más de una vez. Así se divierten los
-militares que guardan la vasta fortaleza de rocas
-que humilla el amor propio de la Europa entera.
-Así se divierten, como en todas partes donde
-moran. Unos son enviados a la India, o a otras
-posesiones coloniales. Otros hay que viven aquí
-desde hace mucho tiempo. A veces suena un pífano,
-se oyen tambores. Un grupo de soldados
-pasa, solemne. Se lleva a enterrar a un compañero
-que quedará por siempre en el peñón, como
-están en el cementerio viejo, bajo túmulos grises,
-llenos de inscripciones, víctimas de Trafalgar...
-Pero son los amos de cuanto su vista abarca.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>Como leyese las anteriores líneas a un mi
-amigo español que está en el mismo hotel que
-yo, sonríe amargamente.&mdash;«¿Usted no sabe hasta
-dónde llega la conquista de la libra esterlina y
-de los cañones del Peñón, en tierras de España,
-en tierra de nuestro D. Quijote? Pues escuche.»
-Y me lee unos recortes que saca de su cartera:</p>
-
-<p>«Junto a Algeciras los ingleses disponen de
-campos para jugar al «golf», de cotos para ca<span class="pagenum"><a name="Page_148" id="Page_148">[148]</a></span>zar,
-de huertas para recrearse. Apenas alguien
-necesita en Algeciras vender una casa, los ingleses
-la adquieren, y a buen precio. Pronto habrá
-en Algeciras más propietarios ingleses que españoles.
-Sin embargo, Algeciras, es como Gibraltar
-una plaza fuerte. Bien es verdad que esta
-condición no se halla justificada sino por una
-vetusta batería artillada por algunas piezas de
-las que se cargan por la boca; pero no importa,
-buena, o mala, Algeciras es una plaza de guerra,
-y como tal, está sujeta a reglas especiales, ni
-más ni menos que la plaza de Gibraltar.</p>
-
-<p>Sin extremar, como en Gibraltar se extreman&mdash;por
-ser allí la jurisdicción militar la única
-que rige&mdash;la dignidad, el honor, si todavía estos
-vocablos quieren significar algo en nuestra patria,
-debieran imponernos cierta línea de conducta.
-Entretanto, del propio modo que La Línea,
-El Campamento y Puente Mayorga son arrabales
-de Gibraltar, Algeciras se convierte paulatinamente
-en una dependencia del imperio británico.
-Hay una provincia inglesa que tiene por capital
-Gibraltar, y que comprende de hecho el Peñón,
-el Campo, Algeciras y todo el territorio<span class="pagenum"><a name="Page_149" id="Page_149">[149]</a></span>
-hasta Tarifa por un lado, y de Ronda por otro.
-Es verdad que esta provincia tiene autoridades
-militares, civiles y judiciales españolas; pero
-quien gobierna efectivamente en ellas es el Foreign
-Office de Londres, y por mandato suyo, el
-general gobernador de la plaza de Gibraltar.
-Allí no se hace nada sin anuencia de los ingleses,
-en tanto que los ingleses hacen allí lo que
-les parece, seguros de hallar la aprobación tácita
-o la sanción legal de parte de España. La soberanía
-española en aquella región de la Península
-es una pura ficción. Conviene hablar claro
-y que lo proclamemos muy alto; es indispensable
-que España lo sepa: existe de hecho, enclavada
-en los dominios de la monarquía española,
-una provincia inglesa de Gibraltar, de la cual el
-Peñón es la cabeza y la ciudadela.</p>
-
-<p>Los ingleses se han creado intereses por doquiera,
-desde la margen del estrecho hasta la
-serranía de Ronda. Todo el mundo sabe lo que
-significa para los ingleses la fórmula «crearse
-intereses». La intervención activa de la Gran
-Bretaña en la colonia portuguesa de Lorenzo
-Márquez y la transformación de ésta en una es<span class="pagenum"><a name="Page_150" id="Page_150">[150]</a></span>pecie
-de protectorado británico, débese principalmente
-al ferrocarril de Delagoa a Komati-Port,
-cuyo primer interesado es un súbdito inglés. Así
-también la zona recorrida por el ferrocarril de
-Algeciras a Bobadilla cae, según la teoría diplomática
-inglesa «dentro de la esfera de los intereses
-británicos». De ahí que conceptuemos este
-ferrocarril como una infamia, porque, una de
-dos: o esta línea aprovecha al país, o aprovecha
-a los ingleses: si lo primero, el más elemental
-patriotismo aconsejaba que se concediese a una
-compañía nacional, o por lo menos, no inglesa;
-si lo segundo, jamás, en manera alguna, debía
-haberse otorgado la concesión a quienquiera
-que fuera, y menos aun, a una compañía inglesa.
-Si los ingleses no se encuentran bien en Gibraltar;
-si el Peñón les parece incómodo y angosto;
-si la residencia en Gibraltar les es penosa, por
-la falta de campos, de espacio, de comunicaciones,
-¡que se vayan! pero que no vengan a exigir
-de nosotros esas facilidades de que carecen.
-Desgraciadamente, para oprobio nuestro, esas
-facilidades las obtienen con creces; gracias a nosotros,
-Gibraltar reune para ellos todos los atrac<span class="pagenum"><a name="Page_151" id="Page_151">[151]</a></span>tivos
-y todas las comodidades imaginables».
-Todo eso es la pura verdad, y mi amigo español
-me hace notar que se les ha dado y se les sigue
-dando hasta tierra. ¡Hasta tierra! Sí, se ha traído
-mucha tierra de España y la que se pisa, en
-el muelle nuevo, y más allá, es, ciertamente,
-«tierra española...»</p>
-
-<p>¿Y agua?</p>
-
-<p>Hay aljibes admirables en que se aprovecha
-toda el agua que cae en el Peñón; pero se trataba
-no hace mucho de concesiones de no sé qué
-fuentes de la sierra al lado de San Roque. Y ha
-habido un diputado a cortes que sostenía con
-entusiasmo esa concesión. «Gibraltar tiene en el
-parlamento español «sus» diputados. Los ingleses
-no civilizan nunca, corrompen, y el espíritu
-corruptor inglés se extiende como una lepra a
-muchas leguas a la redonda del Peñón.» No obstante...
-Podrán los ingleses no civilizar; más,
-desde Castellar, Ronda, y demás lugares que se
-van acercando a Gibraltar, de donde se desborda
-la invasión británica, advertís un aseo, una
-actividad, una higiene, un confort y un <i>pale-ale</i>,
-que muy poco tienen de españoles...</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_152" id="Page_152">[152]</a></span></p>
-
-<p>No he encontrado en los habitantes de Gibraltar,
-originarios de familias españolas, un manifiesto
-deseo de volver a la antigua bandera...
-Se advierte que un nuevo espíritu se ha posesionado
-de la raza. Todo el mundo ama el trabajo
-y procura la actividad. He recordado la palabra
-del siempre citable Nietzsche: «Las razas laboriosas
-no pueden soportar la ociosidad. Fué un
-golpe magistral del instinto «inglés» santificar el
-domingo en las masas y hacerlo aburrido para
-ellas, a tal punto que el inglés aspira inconscientemente
-a su trabajo de la semana.» El domingo
-en Gibraltar, es como el domingo en Londres, o
-en cualquier ciudad anglosajona. Religiosa o no,
-la población se encuentra triste, opaca, sin movimiento,
-en un exceso de santificaciones.</p>
-
-<p>Todos los ciudadanos de Gibraltar que hablan
-español piensan en inglés. El Peñón está bien
-asido, como por las poderosas mandíbulas de
-un gigantesco bulldog. Este no soltará fácilmente,
-antes bien quiere avanzar, tierra adentro.</p>
-
-<p>Como he dicho, no se permite al Gobierno de
-España ninguna fortificación vecina. Inglaterra
-desea mantener el campo, tal como quedó esta<span class="pagenum"><a name="Page_153" id="Page_153">[153]</a></span>blecido
-en 1810, cuando fueron volados los fuertes
-existentes. «De 1810 a acá, dice un escritor
-español, cuantas veces hemos intentado levantar
-las fortificaciones derruídas o construir otras,
-Inglaterra ha hallado medio de hacer obstrucción.
-Nuestras tentativas por recuperar en la bahía de
-Algeciras el rango a que tenemos derecho, o
-simplemente por organizar la defensa de nuestro
-territorio, corresponden a la segunda mitad del
-siglo <span class="smcap">xix</span>. El último proyecto, el que más nos interesa,
-puesto que se aplica a los modernos adelantos
-de la artillería y a las recientes innovaciones
-en el arte de la fortificación, lleva la fecha
-de 1900.»</p>
-
-<p>Los ingleses, por su parte, hacen perfectamente,
-pues una vez bien fortificada la parte española
-y artillada con cañones modernos, El Peñón
-estaría, dada una conflagración europea, en
-verdadero peligro.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_154" id="Page_154"></a>
-<a name="Page_155" id="Page_155"></a></span></p>
-
-<h2 class="nd">TÁNGER</h2>
-<div class="figcenter6"><a name="Tanger"><img src="images/p155.jpg" width="400"
-height="172" alt="TÁNGER" title="" /></a></div>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_156" id="Page_156"></a>
-<a name="Page_157" id="Page_157"></a></span></p>
-
-<div class="figcenter6c"><img src="images/p157.jpg" width="500"
-height="187" alt="" title="" /></div>
-
-
-
-<div>
- <img class="drop-cap" src="images/e.jpg" width="100" height="99" alt=""/>
-</div>
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">En</span> el <i>Gibel-Musa</i>, vapor inglés, después
-de tres horas de mar, llego a
-tierra mahometana. Desde a bordo
-ha comenzado para mí lo pintoresco con el
-amontonamiento, sobre cubierta, de moros y judíos
-de distintos aspectos, blancos, morenos, de
-ropajes oscuros o de vestidos vistosos. Había
-ancianos de largas barbas blancas, semejantes a
-los Abrahames de las ilustraciones bíblicas, y
-mocetones robustos, hombres de faces serenas
-y meditativas, mercaderes con morrales y cajas.
-Había rimeros de paquetes, armas, bagajes. Ha<span class="pagenum"><a name="Page_158" id="Page_158">[158]</a></span>bía
-pipas humeantes de cazoleta diminuta. Cabezas
-con fez, con turbante, con capuchón. Había
-animales. Un árabe de negra mirada iba cuidando
-su caballo. Un viejo de dulce y venerable aspecto
-acariciaba un cordero. Las inglesas del
-pasaje y unas norteamericanas de gorrita impertinente
-y rosados colores sacaban instantáneas,
-no sin la protesta de algunos de los africanos,
-que veían en tal acto un atentado contra el precepto
-koránico. Atrás quedaban las costas andaluzas.
-(¿No es allá, oh soberbio y famoso mulato,
-donde el Africa empieza más bien que en
-los Pirineos?). El mar estaba apacible, a pesar
-de las cóleras que le han sacudido los días pasados,
-y el firmamento de un azul pacífico. Poco
-a poco la ciudad fué apareciendo a mi vista, y
-antes, a un lado, las alturas que se extienden
-hacia el interior, en donde hormiguean las kabilas;
-y más allá, la casita blanca del nunca bien
-ponderado corresponsal del <i>Times</i>, Mr. Harris
-(¡perpetúe Alah su felicidad y sus días!), que en
-tantas andanzas se ha metido, y cuya cabeza ha
-sido deseada por tantos alfanjes de hijos del
-Profeta. Ese brillantísimo colega y Mr. Mac-Lean<span class="pagenum"><a name="Page_159" id="Page_159">[159]</a></span>
-tuvieron que salir más que velozmente a causa
-de políticas aventuras, en las cuales estaba mezclado
-el sultán modernista, sportman Moulai-abd-ul-Aziz
-(¡que Alah le dé unos buenos tirones
-de orejas!), el cual no piensa más que en bicicletas
-y máquinas fotográficas, cosa que no había
-pensado el buen Loti cuando le vió niño en la
-corte de su padre.</p>
-
-<p>Por fin la ciudad se presenta, sobre el celeste
-fondo, la ciudad blanca, muy blanca, tatuada de
-minaretes verdes. Confieso que es para mí de
-un singular placer esta llegada a un lugar que se
-compadece con mis lecturas y ensueños orientales,
-a pesar de que sé que es una ciudad profanada
-por la invasión europea, adonde la civilización
-ha llevado, con escasos bienes, muchos
-de sus daños habituales. Por de pronto, he ahí
-la muchedumbre de intérpretes del hotel, de dueños
-de botes de desembarco que pretenden desollarnos
-en todas las lenguas posibles. Y ya en
-el muelle, después de pasar la aduana, muchedumbre
-de guías, y de los que el señor Echegaray
-llamaría, por no hablar como Quevedo, galeotos.
-¡La aduana! Yo no sé que es lo que le<span class="pagenum"><a name="Page_160" id="Page_160">[160]</a></span>
-dice en árabe a uno de los empleados de turbante
-y albornoz el intérprete que me conduce; pero,
-como en algunos países cristianos, no me han
-registrado el equipaje, y ha de costarme esa deferencia
-el consabido premio. Entro a la ciudad
-por una de las tres puertas juntas arábigas que
-hay en los muros blancos, entre una muchedumbre
-de albornoces, turbantes y babuchas, burritos
-cargados, cargadores que atropellan, mendigos
-que tienden la mano y dicen palabras guturales,
-amontonamientos de fardos, de cajas,
-de cargamentos de todas clases. Hacia la izquierda
-subo por una calle estrecha, y a poco
-estamos en el mercado, o Zoko Chico, punto en
-donde se encuentra el hotel en que he de habitar
-durante mi corta permanencia. A pesar de las
-tiendas europeas, a pesar de la indumentaria de
-los turistas y vecinos europeos, el aspecto de la
-ciudad es completamente oriental. Me siento por
-primera vez en la atmósfera de unas de mis más
-preferidas obras, las deliciosas narraciones que
-han regocijado y hecho soñar mi infancia, en español,
-y complacido y recreado más de una vez
-mis horas de hombre, en la incomparable y com<span class="pagenum"><a name="Page_161" id="Page_161">[161]</a></span>pleta
-versión francesa del Dr. Mardrus: <i>Las mil
-Noches y una Noche</i>. Es que tras esta mezcla
-de árabes, de moros, de kabilas, de europeos,
-que constituye la población accesible, existe el
-misterio y la poesía de la verdadera vida de Oriente,
-tal como en los tiempos más remotos. Pues,
-como muy bien se ha observado, el Marruecos
-contemporáneo es siempre el imperio moro del
-siglo duodécimo, con su organización feudal, su
-lujo y sus artes exquisitas. Y comprendo la inmensa
-distancia que hay entre esos espíritus de
-creyentes y fatalistas musulmanes y las almas
-de Europa y América; entre esas razas del animal
-humano llenas de ferocidades, de noblezas,
-de arrojos, de vicios y de virtudes naturales, y
-las razas nuestras que el progreso y la civilización
-han llenado de artificialidad, de sequedad y
-de desencanto. El desdén inmenso que estos
-hombres sienten por nosotros, tiene su base
-principal en el concepto distinto de la vida que
-hay en su cerebro. Ellos no guardan, como los
-que somos cristianos, ciertas ideas del pecado
-que hacen dura y despreciable la vida terrestre,
-y en su inmortalidad teológica, no esperan ni<span class="pagenum"><a name="Page_162" id="Page_162">[162]</a></span>
-premios ni castigos que vayan más allá de nuestra
-comprensión.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>Salgo del hotel a dar mi primera vuelta por la
-ciudad, caballero en una mula mansa y vieja, en
-una silla morisca forrada de paño rojo. Me precede,
-en otra mula, el guía, un español que hace
-largos años reside aquí, y que conoce el idioma
-perfectamente. Me sigue, a pie, un morito vivaracho,
-de grandes ojos negros. Ambos llevan
-látigos; el guía para los moros del pueblo, que
-no se apartan del camino, y el morito para mi
-mula. Así pasamos por toda la larga y única calle
-que pueda merecer este nombre, hasta llegar
-al gran Zoko, o Zoko de Barra, el mercado
-principal. No nos detenemos, pues por esta vez
-quiero conocer los alrededores. No lejos están
-las casas en que habitan los cónsules, algunas
-con hermosos jardines y de arquitectura oriental.
-Más afuera, en los declives del terreno, o sobre
-graciosas colinas, hay otras construcciones en
-donde moran extranjeros. Después es la campaña.
-Hay profusión de áloes y tunas, lo que en<span class="pagenum"><a name="Page_163" id="Page_163">[163]</a></span>
-España llaman higos chumbos, y datileros e higueras.
-Manchas de flores rojas y amarillas entre
-los repliegues del terreno, y gencianas y geranios.
-Todo lo ilumina una luz grata y cálida. No
-muy distante, advierto grupos de casas bajas,
-aldehuelas como sembradas en el seno de los
-valles, y de donde se eleva una columna de humo.
-Y sobre una altura, de pronto, la silueta de un
-jinete. Unos cuantos soldados entran montados
-en sus hermosos caballos y armados de las largas
-espingardas que se creerían tan solamente
-propias para las panoplias de adorno y las colecciones
-de los museos y armerías. Son de las
-tropas que vienen del interior, en donde una nueva
-insurrección se ha levantado de manera tal,
-que desde hace algunos días son escasas las caravanas
-que entran a Tánger, y, por lo tanto,
-sufre el comercio.</p>
-
-<p>La tarde cae y vuelvo al hotel.</p>
-
-<p>He bajado a la playa, allá lejos, en donde hay
-casetas de baño y pasan de cuando en cuando
-moros montados en sus burros, que vienen de
-no sé dónde, del campo vecino, de detrás de las
-alturas cercanas. Hay cerca un quiosco blanco y<span class="pagenum"><a name="Page_164" id="Page_164">[164]</a></span>
-pintoresco, casas blancas de techos rojos, habitaciones
-en que ricos extranjeros se solazan enfrente
-de las aguas azules.</p>
-
-<p>Desde aquí se divisa una parte de la población;
-en algunos puntos jardines y arboledas; más
-lejos, murallones, las orientales construcciones
-cúbicas, construídas como en un vasto anfiteatro.
-Hay algunas de dos pisos, y tales rodeadas de
-otras bajas, con muchas puertas.</p>
-
-<p>Una que otra lancha se ve por ahí cerca en el
-mar quieto. Hay una grande paz. Por aquí deben
-habitar de esos ingleses y norteamericanos hábiles
-y curiosos que han sentado sus reales en esta
-tierra y han explotado y explotan el país comercialmente,
-o como dice un buen censor, que han
-hecho experiencias industriales e industriosas.
-Los chalets y moradas que hay cerca de mí,
-muestran todos los aspectos de nuestras mansiones
-de ricos occidentales.</p>
-
-<p>A poco rato de vagar, he aquí que sale de una
-de las casas una bella dama rubia, mientras en
-lo interior suena un piano. Pongo el oído atento
-a lo que tocan. Es algo del <i>Otello</i> de Verdi. No
-está fuera de lugar.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_165" id="Page_165">[165]</a></span></p>
-
-<p>Un caballero español me presenta a Mohamed-Ben-Ibrahim,
-moro de letras, que ha viajado por
-Francia, Italia y España, y que conoce perfectamente,
-para ser moro, la literatura española. Es
-un tipo elegante, quizá demasiado europeizado,
-que a su traje flotante y soberbio ha agregado
-una magnífica leontina hecha por un platero madrileño,
-y un reloj suizo, de cincelados oros, con
-campanilla de repetición, que se complace en
-hacerme oir cuando paseamos... Me habla del
-poeta Zorrilla y me recita versos del maestro. Me
-pregunta si Zorrilla sabía árabe y, como yo resueltamente
-y creyendo decir la verdad, le digo
-que sí, su contentamiento es grande. Mohamed
-no ha perdido mucho de su carácter nacional a
-pesar de sus viajes y de su confesado afecto por
-las mujeres cristianas, sobre todo por esas huríes
-singulares de París. Él continúa en la completa
-fe de sus mayores, y es un mahometano practicante
-que no olvida, a la hora señalada, su plegaria,
-con la mirada hacia el punto cardinal en
-donde la ciudad sagrada se encuentra. Pero no
-es suficientemente ortodoxo... Hemos entrado en
-un bar, o cosa por el estilo, que hay cerca de mi<span class="pagenum"><a name="Page_166" id="Page_166">[166]</a></span>
-hotel, y allí Mohamed se ha mostrado demasiado
-afecto a una bebida nacional británica, muy
-usada por los célebres rumíes Harris y Mac
-Lean...: el whisky-and-soda. «Amigo Mohamed,
-le digo, tengo una vaga sospecha de que vuestro
-profeta no os ha dicho precisamente que el vino
-es bueno, y menos el whisky». Mohamed sonríe,
-pero no con irreverencia occidental, antes bien
-como quien va a decir una cosa de razón a quien
-la ignora. «Es cierto que él peca, porque le gustan
-mucho no solamente el whisky, sino los vinos
-de España, y sobre todo el champaña que
-aprendió a saborear en los bulevares parisienses,
-y cierto moscato espumante de que la admirable
-Italia le dió muestra exquisita, pero él es un creyente
-que conoce muy bien su religión, y las condiciones
-que hay que llenar para que los pecados
-sean perdonados y sea abierto el mahometano
-paraíso. El peca, y luego va a la Meca.</p>
-
-<p>No ha faltado, desde hace tiempo, una sola
-vez a la consagrada costumbre, obligatoria para
-todo buen musulmán, y así Alah le reconoce
-digno». Esto dicho, Mohamed bebe su licor escocés
-con fruición y vuelve a hablar de poesía.<span class="pagenum"><a name="Page_167" id="Page_167">[167]</a></span>
-A este propósito me confía que se ha atrevido a
-hacer versos en español, y me recita algunos, no
-más malos que los de tales incircuncisos que yo
-me sé. Me cuenta que hay marroquíes y tunecinos
-que cultivan la literatura castellana, y me
-pondera a un su amigo de Túnez, llamado Abul
-Nazar, de quien me recita unos versos a la Giralda
-sevillana, que le habrían satisfecho a Zorrilla,
-por moros y por zorrillescos. Abul Nazar,
-como Mohamed-Ben-Ibrahim, siente en verdad
-que el alma del autor de <i>Granada</i>, era, siendo
-tan católica, enormemente sarracena. Los versos
-de Abul Nazar, son los siguientes:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-
-<div class="line">Giralda, alminar gentil</div>
-<div class="line">En que la belleza mora,</div>
-<div class="line">Eres cautiva señora</div>
-<div class="line">En extranjero pensil.</div>
-</div><div class="stanza">
-<div class="line">Yo te llevara a un paraje</div>
-<div class="line">Que fuera harén opulento,</div>
-<div class="line">Donde regalase el viento</div>
-<div class="line">Tus alharacas de encaje.</div>
-</div><div class="stanza">
-<div class="line">Vieras con el ajimez,</div>
-<div class="line">Que ojos finge de tu cara,</div>
-<div class="line">Las lejanías del Sahara,<span class="pagenum"><a name="Page_168" id="Page_168">[168]</a></span></div>
-<div class="line">Los bosques de Mequinez.</div>
-</div><div class="stanza">
-<div class="line">Sobre cielos carmesíes</div>
-<div class="line i2">Las huríes,</div>
-<div class="line">Aun más blancas que el marfil,</div>
-<div class="line">Se apostaran por mirarte</div>
-<div class="line i2">E imitarte</div>
-<div class="line">En tu apostura gentil.</div>
-</div><div class="stanza">
-<div class="line">Desde tu altura sonara</div>
-<div class="line i2">Dulce y clara</div>
-<div class="line">La canción del Muëzín;</div>
-<div class="line">Te abanicaran palmeras</div>
-<div class="line i2">Y tuvieras</div>
-<div class="line">De rosas blando cojín.</div>
-</div><div class="stanza">
-<div class="line">¡Quién abrochara tu talle</div>
-<div class="line i2">De mi valle</div>
-<div class="line">Con el nardo embriagador!</div>
-<div class="line">Y a tu pecho floreciente</div>
-<div class="line i2">Diera ardiente</div>
-<div class="line">Cálido beso de amor.</div>
-</div></div></div>
-
-<p>¿Qué más morisco y qué más zorrillesco? Ese
-son de guzla es ciertamente una oriental que se<span class="pagenum"><a name="Page_169" id="Page_169">[169]</a></span>
-intercalaría sin detonar, entre las del autor de
-<i>Tenorio</i> o las del injustamente olvidado padre
-Arolas.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>Anoche he estado en el principal café moro.
-Por una puerta estrecha que da a una angosta
-callejuela, se entra al no muy espacioso recinto.
-Hay tapices para los del país, y mesitas para los
-visitantes extranjeros. Mi amigo español y yo
-nos sentamos en una de las últimas. Había cerca
-de nosotros varios franceses y señoras inglesas.
-Un mozo de rojo fez nos sirve en pequeñas tazas
-el café ya azucarado y sin colar, como es uso y
-como lo solemos tomar los aficionados en París
-en el restaurant judío-oriental de la rue Cadet.
-La atmósfera está cargada, pues no son pocos
-los fumadores. Unos fuman el tabaco solo, y
-otros mezclado con cáñamo indiano. De pronto
-inicia la orquesta&mdash;¡la orquesta!&mdash;un son de los
-suyos... La orquesta se compone de ocho o diez
-músicos que tocan los más inverosímiles violines
-y violones. Veo un solo violoncello europeo tocado
-por un morenote barrigón que mueve todo<span class="pagenum"><a name="Page_170" id="Page_170">[170]</a></span>
-el cuerpo cuando toca. Es un solo motivo repetido
-una, dos, innumerables veces, motivo triste,
-lánguido, hipnotizante; y como no andan muy
-acordes todos los que ejecutan, da la disonancia
-persistente, a veces, cierta angustia. ¿Qué impresión
-hay en mí? En verdad, vuelve a cada
-paso, por la escena iluminada por las lámparas
-de cobre, por el ambiente, por los tipos y sus indumentarias,
-la reminiscencia miliunanochesca;
-pero también pienso que no es la primera vez
-que escucho ese aire monótono y veo esas singulares
-figuras. A la idea de cuento árabe se
-junta entonces el no lejano recuerdo de la Exposición
-de 1900. Me regocija un tanto, por el lado
-poético, el que esto esté en su centro y lugar,
-aunque me amargue mi contentamiento el notar
-que todo se hace para satisfacer la curiosidad y
-recibir las pesetas del turista, del perro cristiano.
-Las cuerdas chillan rozadas por los arcos curvos,
-y de las cajas sonoras, hechas unas en forma
-de zuecos, salen las voces gimientes. A esto
-acompañan varios guitarrones a manera de laúdes,
-con labores de nácar incrustados, y a todo
-se unen las voces cantantes de los músicos mis<span class="pagenum"><a name="Page_171" id="Page_171">[171]</a></span>mos,
-entre los que hay jóvenes y viejos, abundando
-entre los últimos siempre los rostros bíblicos,
-las caras de viejos profetas aullantes.</p>
-
-<p>Hay que salir de ahí para librarse de la repetición
-dolorosa y llorosa del motivo oriental, que
-llega a causar malestar en los nervios.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>El canto o más bien recitado del muezzin, es
-de esas cosas que no se olvidan cuando se las
-oye. En lo profundo de la sombra nocturna, o a
-la hora del crepúsculo, o bajo la maravillosa
-luna que brilla sobre zafiro celeste, su voz, en
-un ritmo repetido y único, confía al viento y promulga
-al mundo que Alah es grande. Esta campana
-humana que llama a la oración y que recuerda
-a las razas más creyentes del orbe la
-omnipotencia del Dios poderoso, es de lo más
-impresionante intelectualmente que se puede todavía
-encontrar sobre la faz de la tierra, de la
-tierra árida de destrucciones mentales, seca de
-vientos de filosofía, y que casi no halla en donde
-resguardar el resto de las creencias y de amables
-ilusiones divinas que han sido por tantos<span class="pagenum"><a name="Page_172" id="Page_172">[172]</a></span>
-siglos el sostén y la gracia del espíritu de los
-pueblos.</p>
-
-<p>Flaubert afirmaba, que si se golpeaba sobre
-las cabezas bellas y graves y pensativas de estos
-africanos, no saldría más que lo que hay en un
-<i>cruchon sans bière ou d'un sepulcre vide</i>. Yo
-he oído salir de estos cerebros&mdash;quizá de los
-menos europerizados que en mis pocos momentos
-africanos he conocido&mdash;pensamientos serios
-y ocurrencias interesantes. No porque ellos tengan
-un punto de vista diferente del nuestro en la
-vida, en el progreso y en la esperada inmortalidad,
-dejan de mostrar una sensatez y largas vistas
-que muchos cristianos desearían. Son excepciones,
-es cierto; pero no hay que olvidar que
-esta raza tuvo en jaque a Europa y encendió lámparas
-al mundo cuando había enseñanza en
-Córdoba, y gloria en Granada y en Bagdad.</p>
-
-<p>El zapatero que tiene su taller en un miserable
-tenducho, os dice razones discretas y, sobre
-todo, os trata con toda la urbanidad apetecible,
-desde luego que entráis bajo su techo. Esos remendones
-de babuchas son curiosísimos, y, según
-mi intérprete, hacen entre la morería, como<span class="pagenum"><a name="Page_173" id="Page_173">[173]</a></span>
-los barberos de nuestras civilizaciones cristianas:
-charlar de los sucesos que pasan y entretener o
-impacientar al cliente con sus conversaciones.
-En este caso, pues, el silencioso vivir de la raza,
-tiene su contraparte...</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>Día de mercado. El gran zocco es un vasto
-cafarnaum, un hervidero de colores y de figuras
-bizarras, una colección rara, para el extraño, de
-escenas pintorescas.</p>
-
-<p>He aquí las caravanas en reposo, después de
-haber cruzado el desierto para traer las mercaderías
-de lejanas comarcas. Los camellos, que
-hasta hoy había visto tan sólo en jardines zoológicos,
-en la bohemia de los circos errantes, los
-camellos, feos y misteriosos, cantados tan bellamente
-en los versos de Valencia, están aquí en
-su ambiente y bajo su cielo, unos echados, otros
-de pie, tristes, esfíngicos, jeroglíficos...; y junto
-a ellos, sudaneses de carbón, beduínos de gestos
-fieros, entre bultos y amontonamientos de cosas
-heteróclitas. Más allá, mulas, caballos desensillados
-o con las consabidas monturas rojas. Y<span class="pagenum"><a name="Page_174" id="Page_174">[174]</a></span>
-un mundo de gentes diversas, un andante museo
-de biología comparada, y una variedad de vestimentas
-y de tintes que sorprenden e interesan.
-Aquí está un moro berberisco, con su capucha
-calada que le cae atrás en pico: su traje que se
-asemeja a una clámide con mangas que le llegan
-a medio brazo, y el aire poco reservado, en su
-cara que llamara campechana si no relampagueasen
-de repente instintos terribles en sus pupilas.
-Lleva las piernas desnudas, la barba afeitada,
-los pies descalzos. Luego un kabila ceñudo,
-rapado el cabello por delante hasta formarle
-una calva sobre el apretado y corto pelo negro;
-los ojos crueles, la boca voluntariosa bajo un
-bigote escasísimo. Luego un árabe rubio casi, de
-mirada soñadora y barba fina, y un árabe moreno,
-de cara afilada, mentón puntiagudo que prolonga
-la barba negra, cráneo alargado, gesto
-autoritario y siempre duro. Luego negros colosales;
-¿senegalenses? ¿abisinios? ¿sudaneses?</p>
-
-<p>Perdonad mi escasez de antropología en tan
-curiosas sensaciones africanas; mas lo único que
-os diré, es que como esos gigantescos negros
-eran, o deben haber sido, los que cuidaban los<span class="pagenum"><a name="Page_175" id="Page_175">[175]</a></span>
-molosos y los leones de la reina de Saba. Los
-vestidos hacen sus juegos de color en la plaza
-hormigueante. Ya es el jaique blanco, ya el jaique
-rosado, ya el jaique verdoso, ya el jaique obscuro
-o leonado; ya el amplio albornoz majestuoso,
-ya los mil turbantes de varias formas. Veo turbantes
-rojos en el centro, y alrededor blanquísimos,
-en un pesado retorcimiento de telas, turbantes
-blancos de centro negro, turbantes todos
-negros y turbantes todos blancos; y unos que
-parecen hechos con camisas viejas y otros que
-parecen gordas trenzas de fulares de lujo. Una
-tela es áspera y pobre; otra os da idea del gran
-señor que la lleva, por los tejidos de oro que brillan
-en la ondulante seda o preciosa lana. Hay
-albornoces que indican una categoría. Hay babuchas
-ricas y babuchas miserables.</p>
-
-<p>A tal comerciante le veo una leontina semejante
-a la de mi amigo Mohamed-Ben-Ibrahim, y un
-rostro que parece haber pasado por el pecaminoso
-ambiente de París. Si irá también con frecuencia
-en peregrinación a la Meca... Y paso
-entre este mundo tan diferente al mundo en que
-he vivido, con la sensación de estar en un am<span class="pagenum"><a name="Page_176" id="Page_176">[176]</a></span>biente
-de fantasía. En este lado, un moro vende
-dátiles en confitura; más lejos unas galletas de
-apetitoso aspecto; más allá, dulce de no sé qué
-fruta; más allá habas; acullá aceitunas, y almendras,
-y pan del país hecho de un trigo especial
-que llaman <i>dura</i>.</p>
-
-<p>Luego, son unos ambulantes vendedores de
-babuchas y cueros, curtidos, de colores vivos,
-orfebrerías y tejidos de oro de Fez: <i>chiarenas</i>, y
-jaiques hechos a mano. Y en sus tenduchos,
-otros mercaderes aguardan indolentes a los compradores
-de sillas de montar, de turbantes, de
-arneses, de puñales, de hierros y aceros distintos,
-de vasos y jarras. ¿Y las mujeres? Yo no he
-visto sino tales envoltorios blancos, pobres viejas,
-que como todas las mahometanas, tenían el
-pudor oriental de la cara. A una jovencita alcancé,
-en un descuido, a verle el rostro, por un lado;
-era hermosa, mas me pareció que estaba tatuada
-en la mejilla. Mirad si un artista, en estas tierras,
-tiene en donde ver vida aparte, seres aparte, y
-soñar su sueño, aparte...</p>
-
-<p>Caminando llego hasta un grupo de gentes
-que ven a un encantador de serpientes. Más lejos,<span class="pagenum"><a name="Page_177" id="Page_177">[177]</a></span>
-unos <i>aissaouas</i> hacen sus sabidas terribles proezas.
-Al son de unos roncos tambores golpeados
-por las manos de sus dos compañeros, el salvaje
-brujo comienza a mover la cabeza primero, luego
-el busto, luego todo el cuerpo, sin mover los
-pies, en una danza de cobra, de adelante atrás o
-de un lado para otro. Los moros le miran en silencio.
-Uno de los tamboreros echa en un brasero
-cierto polvo resinoso, que produce fuerte humareda,
-en la cual, sin dejar su rítmico vaivén,
-mete la cabeza el <i>aissaoua</i> y aspira con fuerza.
-Diríase que se hipnotiza y que se anestesia. A
-poco toma un puñal agudo y se traspasa un brazo,
-una mano, una oreja, la lengua; ase a puñados
-brasas que uno ve que queman, pues se
-siente un repugnante olor a carne asada...; se
-echa de barriga sobre un sable afiladísimo y se
-le ve en la piel una herida que brota sangre...;
-se mete una especie de cuña en la órbita de un
-ojo y el globo sale fuera, horroroso...; ase varias
-víboras que dicen ser venenosas y se deja
-picar en los labios, en el cuello, en la lengua...
-Los tamboreros siguen su son, al que agregan
-un canto nasal y chillón. Para final, el brujo feroz<span class="pagenum"><a name="Page_178" id="Page_178">[178]</a></span>
-toma un poco de paja, la da a examinar a la asistencia
-como nuestros prestidigitadores, la enrolla,
-la hace una pelota entre sus ásperas manos,
-sopla en ella y la paja se enciende y arde sobre
-sus palmas hasta que se consume. Los concurrentes
-le dan unos cuantos ochavos y la función
-concluye para recomenzar más tarde.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>Al retirarme veo en otro extremo de la plaza,
-que forma un declive, gran muchedumbre sentada
-en el suelo silenciosa. Frente al grupo de albornoces,
-jaiques y turbantes de colores, se alza un
-árabe de negra barba, todo vestido de blanco,
-tipo, en verdad, hermoso y aristocrático. Habla,
-recita. Mi intérprete me explica: «Es el poeta que
-cuenta cuentos». Viejos, muchachos, hombres, le
-escuchan como a quien trajese noticias de reinos
-extraordinarios, de países de ilusión. Bello es el
-espectáculo al armonioso brillar del sol de la tarde
-sobre los hombres, sobre las vestiduras, sobre
-las cercanas casas cúbicas y blancas. El
-poeta, el narrador, dice con entonaciones admirables,
-en su gutural y ronca lengua, sus histo<span class="pagenum"><a name="Page_179" id="Page_179">[179]</a></span>rias,
-sus cuentos. Y hay algo en su declamación
-del modo de recitar de los actores franceses.
-Cuando concluye, todos desfilan ante él y le
-dejan su óbolo.</p>
-
-<p>Y al partir y al despedirme de ese lugar y de
-este país en donde jamás un tholva leerá un libro
-de Nietszche, vuelve a mi memoria el libro maravilloso,
-el libro glorioso, a quien se debe tanta
-magia, tanto color, tantas sanas alegrías y visiones
-interiores, el adorable <i>Alf lailah oua lailah</i>&mdash;<i>Las
-mil noches y una noche</i>&mdash;que empieza:
-«Está referido&mdash;pero Alah es más sabio y más
-cuerdo y más bienhechor&mdash;que había&mdash;en lo que
-transcurrió y se presentó en la antigüedad del
-tiempo y el pasado de la edad y del momento&mdash;un
-rey entre los reyes de Sassan en las islas de
-la India y de la China...»</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_180" id="Page_180"></a>
-<a name="Page_181" id="Page_181"></a></span></p>
-
-<h2 class="nd">VENECIA</h2>
-<div class="figcenter6"><a name="Venecia"><img src="images/p181.jpg" width="400"
-height="172" alt="VENECIA" title="" /></a></div>
-
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_182" id="Page_182"></a>
-<a name="Page_183" id="Page_183"></a></span></p>
-
-
-<div class="figcenter6c"><img src="images/p183.jpg" width="500"
-height="168" alt="" title="" /></div>
-
-
-<div>
- <img class="drop-cap" src="images/e.jpg" width="100" height="99" alt=""/>
-</div>
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">Escribir</span> sobre Venecia, insistir sobre
-Venecia... ¿todavía? Bien se pudiera,
-para nosotros, sobre todo, con
-un poco del montón estético ruskiniano, con Molmenti,
-con los mil de la bibliografía veneciana,
-hacer, al uso del fácil literaturismo, una labor de
-pintorescos retazos, como del viejo traje de Arlequín,
-desecho de los últimos carnavales... No
-en mis días. Uno podría aparecer de repente que
-me dijese: «Eso es de Ruskin», o «es de Molmenti».
-Os doy mejor lo mío, mis impresiones,
-mis instantáneas intelectuales, a toda luz, para<span class="pagenum"><a name="Page_184" id="Page_184">[184]</a></span>
-que todos las comprendan y las vean. Esto me
-atrae desde hace ya tiempo las simpatías de las
-excelentes personas que gustan de la claridad y
-de la sencillez...</p>
-
-<p>Así, pues, guardo mi flauta y mi violín, que me
-habrían servido para ejecutar vagas rapsodias en
-esta ocasión, y digo simplemente que estoy en
-Venecia, de nuevo, y que, desde la misma ventana
-del hotel Bellevue, por donde me asomaba
-hace cuatro años, veo la misma joya bizantina
-de San Marcos, las palomas, la plaza, con el
-Campanile de menos, y los ingleses eternos, que
-van a visitar la iglesia, el palacio, y a dar de comer
-a las palomas... La primera vez me enamoré
-de Venecia con locura: hoy, creo que estoy
-siempre enamorado de ella, pero haría un matrimonio
-de conveniencia... No porque la juzgue
-muerta, como Maurice Barrés, porque Anadiómena
-no muere, sino por las malas frecuentaciones
-y relaciones que ha tenido; no por su decadencia,
-sino por su profanación. Profanación del
-peor vicio cosmopolita que viene a flotar en góndola,
-para dar color local a sus caprichos; del
-ridículo literario de todas partes, que escoge<span class="pagenum"><a name="Page_185" id="Page_185">[185]</a></span>
-como decoración de insensatez estos lugares divinizados
-por la poesía y consagrados por la
-historia; del dinero anglosajón y alemán que vulgariza
-los palacios y las costumbres, del turismo
-carneril que invade con sus tropillas todo rincón
-de meditaciones, todo recinto de arte, todo santuario
-de recuerdo. Esto se ha convertido, ¡oh,
-desgracia! en la ciudad de los Snobs, en Snobópolis.
-Y es el peor snobismo existente el que aquí
-se da cita. ¿Sabéis que podéis encontrar en el
-Danieli aristocracia adventicia, falsa y pentapolitana?
-Chiflados de todas partes vienen a querer
-convertirse en ruiseñores y a creer que hacen
-brillar la renovación de grandes nombres. Periodistas
-ricos y novelistas de París, de Londres,
-de otras partes, vienen a vivir dos meses de novela
-pseudosentimental que les dé para ponerla
-en una serie de artículos, en un volumen... Pintores
-de rezagado romanticismo enfermos, o de
-ultrahisterismo, rematados, <i>ainda mais</i> llenos de
-ideas morbosas, llegan a proyectar telas y a
-realizar escándalos de que los Esclavones sonríen
-y la Piazzeta se conmueve, aun... Tal novelista
-bulevardero, busca aquí temas o decorado,<span class="pagenum"><a name="Page_186" id="Page_186">[186]</a></span>
-para sus escenas, para su literatura asfaltita. Y
-las siete lámparas de la Arquitectura no se apagan,
-y las Piedras de Venecia siguen impasibles.</p>
-
-<p>...Piedras de Venecia, ¿quién diría vuestros
-encantos, vuestros misterios, vuestros maravillosos
-secretos, vuestras floraciones de idea y de
-arte? Muchos lo han dicho&mdash;y el mejor, y el último,
-ese inexcusable D'Annunzio... Y he aquí que
-D'Annunzio se me asemeja a esa prodigiosa Venecia...
-¿Raro? No sé. Vamos a ver.</p>
-
-<p>Venecia, la poética, la soberbiamente dulce,
-la celeste Venecia&mdash;decía yo a un amigo mío,
-compañero de viaje, mientras la góndola nos
-conducía en esas aguas soñolientas cuyo paludismo
-se mezcla a tanta reminiscencia intelectual...
-Y me esforcé en hacer todo lo posible para
-presentarle, en cortas frases, una monografía
-veneciana, una imagen pequeña como en un pequeño
-espejo, de la soberana y magnífica república,
-del poderío antiguo, de la maravilla de sus
-grandezas comerciales y políticas, de su vida artísticamente
-real y práctica, y cruel y terrible y
-poética y sangrienta. Le cincelé en poca prosa
-un Puente de los Suspiros... Le hice ver el Ca<span class="pagenum"><a name="Page_187" id="Page_187">[187]</a></span>nalazzo,
-casi en verso, con estrofa por palacio...
-Le diluí, con mi mejor manera, la dulzura de
-amar y el ardor de amor, en ese ambiente. Le
-hice sentir a Giorgione, y adorar el Ticiano, a su
-manera. Vió de oro, de mármol y de sol amable
-la ciudad de silencio, de amor y de crepúsculo.
-Saqué mi violín... En esto llegó, en otra góndola,
-un agente de una casa de cristalería y muebles...
-Fuimos a los almacenes. Vimos muchas
-cosas de todas clases y hubo que comprar. Había
-una Venus de mármol, cristales finísimos y
-pacotilla... Recordé un cuento de Julio Piquet, a
-propósito de un lindo vaso. Hubo que hacer sumas...
-Hablamos en inglés... El agente hacía señas
-al vendedor, para su comisión... Afuera brillaba
-un bello sol sobre el gran canal... Eso es
-D'Annunzio... ¿y qué?... Eso es nuestro tiempo.
-Eso es nuestra vida actual. Eso es: pompa y
-oropel, brillo y negocio...</p>
-
-<p>...La negra góndola va por el agua negra y
-mal oliente. Relucen sus adornos dorados. Va
-entre las viejas puertas, las paredes viejas y las
-rejas de las famosas prisiones. El gondolero no
-deja de enseñarme su lección de historia hasta<span class="pagenum"><a name="Page_188" id="Page_188">[188]</a></span>
-que le pido silencio. Va la negra góndola. Sale
-al gran canal. La tarde es literaria. El sol va adorablemente
-dorando con oro violeta las aguas, y
-con oro rojo pálido la cúpula de San Giorgio...
-La luz, el paisaje, la armonía suprema natural, el
-horizonte «histórico», el aire melificado por siglos
-de besos de amor, los poetas que por aquí pasaron,
-los duxes, los conquistadores... ¡Qué hermoso
-escenario para veinte años vírgenes y una
-lira! Yo tengo casi el doble, y sin palma; y el
-instrumento apolíneo creo que se me quedó en
-Buenos Aires...</p>
-
-<p>Llego al Lido en momentos en que puedo presenciar
-un lamentable espectáculo. D. Carlos de
-Borbón y su esposa D.ª Berta de Rohan, bajan
-a tierra, de su barquilla a vapor, o a gasolina,
-una especie de automóvil marítimo. Hace años
-os he hablado, con respeto y simpatía, de ese
-rey en el destierro... Hoy le veo y me parece que
-no le ha limado el tiempo. Su D.ª Berta&mdash;«¡Rohan
-soy!»&mdash;es la misma. El aspecto del monarca <i>in
-partibus</i> es el mismo, y su humor que se transparenta
-por sus maneras, pintado admirablemente
-por Luis Bonafoux, debe ser el mismo. Y <i>Cé<span class="pagenum"><a name="Page_189" id="Page_189">[189]</a></span>sar</i>,
-el perro, de que hablé también hace ya tiempo,
-sigue siempre al lado del amo, símbolo de la
-carlista fidelidad.</p>
-
-<p>Conozco la mayor parte de las repúblicas
-nuestras, con sus extrañas políticas movidas
-desde los palacios presidenciales y casas de distintos
-colores, y llego a este propósito a recordar
-la ocurrencia que en una revista francesa expresó
-un chispeante escritor argentino, Luis
-B. Tamini: ¡Los pueblos latinoamericanos unidos
-en un gran imperio o reino, y proclamado y coronado
-señor, D. Carlos de Borbón! La broma
-da que pensar, sobre todo, si se han leído los
-versos en que un poeta y diplomático del Perú,
-el distinguido Sr. Chocano, dice con su épica
-trompa:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-
-<div class="line i1">Ve a Porfirio I: si él es fuerte y es grande,</div>
-<div class="line">Grande y fuerte es su pueblo. Y él nos da la lección.</div>
-<div class="line">Quien le diga tirano, ya sabrá que en América</div>
-<div class="line">Los rieles que se clavan son los grilletes de hoy.</div>
-</div></div></div>
-
-<p>Yo no sé lo que dirán de eso mejicanos poco
-entusiastas por los rieles del presidente Díaz,
-como el escritor Ciro Ceballos. Mas volviendo<span class="pagenum"><a name="Page_190" id="Page_190">[190]</a></span>
-a D. Carlos, no me uniría yo a la proclamación
-que inicia Tamini, desde que le he visto salir de
-su lanchita a vapor en las playas de ese Lido por
-donde vaga el recuerdo de Byron. Le he visto,
-con su esposa, ella muy elegante, muy parisiense,
-él muy sportman, muy inglés, con su sombrerito
-de paja y doblado el ruedo de los pantalones,
-como es de uso entre la correcta gente
-británica. Hasta allí todo va perfectamente. Mas
-¿esa banderita española que parte los corazones,
-en la popa de la lanchita automóvil? ¿Y esos marineros,
-vestidos como comparsas de zarzuela
-patriótica, con cintas amarillas y rojas en vestidos
-y sombreros?... ¡Oh, Daudet, oh, Voltaire!</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>Llevo en la obscura barca el libro en que Barrés,
-cultivando siempre su yo, realiza preciosas
-páginas de amable filosofía. Y me fijo en las que
-hablan de «las sombras que flotan sobre los ponientes
-del Adriático». Es una la del sereno
-Goethe, otra la del sentimental Chateaubriand,
-otra la del borrascoso lord Byron, dos unidas,
-las de Musset y George Sand; otra la del pintor<span class="pagenum"><a name="Page_191" id="Page_191">[191]</a></span>
-suicida, Leopoldo Robert; luego la de Taine, la
-de Gautier, la de Wagner. Pienso que esas sombras
-tienen mucha culpa, con los evocadores de
-ellas, de que la encantada ciudad pueda justamente
-ser denominada Snobópolis. Desde más de un
-honesto burgués atacado de mal de novela vivida,
-hasta los equívocos Aldesward, se acogen,
-quién al amparo de la sombra de Musset, quién
-a la de Wagner. Solamente a la del sesudo Taine
-sospecho que la dejan tranquila.</p>
-
-<p>...¡Musset, George Sand! Acaba de publicarse
-la correspondencia de ese famoso par de románticos,
-y no por pura indiscrección del encargado
-de la publicación o de las familias respectivas,
-sino por póstuma voluntad de aquella terrible señora,
-que pensó en el futuro, en que la humanidad
-del porvenir tendría interés en saber sus intimidades
-poco delicadas, y la estupenda situación
-del <i>ménage à trois</i> sentimental y físico que
-sostuvieron su inaudito carácter y su extraordinario
-temperamento. Sand, Musset, Pagello...
-¡Da pena leer esas cartas, pena por el pobre
-Musset, jovencito, soñador, alcoholizado, y en
-manos de semejante literata! La literatura los<span class="pagenum"><a name="Page_192" id="Page_192">[192]</a></span>
-unió, y Pagello, que no entendía de literaturas,
-aparece allí como el más interesante bruto. Él es
-el único que está en la vida. A los dos curiosos
-amantes, apenas el velo de oro de la gloria alcanza
-a librarlos del ridículo. Ellos mismos fueron
-snobs <i>avant la lettre</i>.</p>
-
-<p>Oigo, por la noche, en el silencio de los canales,
-bajo el taciturno cielo, como eco de cantos.
-Vuelvo a la góndola y me dirijo hacia en donde,
-en una gran barca adornada de farolillos de colores,
-suenan violines y flautas y guitarras. Allí,
-una graciosa muchacha, acompañada por los
-instrumentos, canta sus canciones. La barca está
-rodeada de góndolas, y todos los que han llegado
-atraídos por la armonía, escuchan. Hay allí
-seguramente espíritus de pasión, almas de ideas;
-y hay allí, seguramente, de los cosmopolitas de
-Snobópolis. Hay quienes, silenciosos, sueñan su
-sueño, y quienes se engañan a sí mismos, en una
-aventura de farsa, en una comedia amorosa, artística
-o literaria. De todas maneras, es éste aún
-uno de los lugares de la tierra en donde, los
-enamorados del amor o de sus visiones, pueden
-encontrar un refugio, a despecho de los profanos<span class="pagenum"><a name="Page_193" id="Page_193">[193]</a></span>
-invasores. <i>Aunque se quiera, no puede haber
-un automóvil.</i> No hay más que el de D. Carlos
-sobre las aguas... Se puede también apartar por
-momentos, mejor que en ninguna parte, la dolorosa
-realidad cotidiana. «El único medio eficaz
-de soportar la vida, es olvidar la vida», dice el
-ya citado M. Taine. Aquí se puede gozar de ese
-olvido, pues Venecia, todavía, a pesar de los
-judíos de las fábricas de vidrios, a pesar de los
-clientes del café Florián, a pesar de los estetas
-de larga cabellera, es un país de sueño y de ilusión,
-un reino florido de versos y de melodías. Y
-la belleza de las mujeres venecianas, consagrada
-en rimas y en cuadros magistrales, con sus gloriosas
-cabezas que Ticiano amaba, está allí, indestructible,
-atractiva, demandando la ofrenda
-del canto y el tributo del amor. Amor que inspiran,
-no terribles y estrepitosas Pentesileas de letras,
-como la ilustre jamona del lírico de <i>Las
-Noches</i>, sino prodigios de gracia y de decoro
-juveniles, primaverales, como aquella divina y
-casi impúber condesa que adoró a Byron, la
-Guiccioli, cuyo nombre vibra en la noche del
-tiempo como un trino de italiano ruiseñor.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_194" id="Page_194"></a>
-<a name="Page_195" id="Page_195"></a></span></p>
-
-<h2 class="nd">FLORENCIA</h2>
-<div class="figcenter6"><a name="Florencia"><img src="images/p195.jpg" width="400"
-height="172" alt="FLORENCIA" title="" /></a></div>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_196" id="Page_196"></a>
-<a name="Page_197" id="Page_197"></a></span></p>
-
-
-<div class="figcenter6c"><img src="images/p197.jpg" width="500"
-height="154" alt="" title="" /></div>
-
-
-<div>
- <img class="drop-cap" src="images/u.jpg" width="100" height="100" alt=""/>
-</div>
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">Una</span> vuelta por la Cascine, una recorrida
-al Lungarno, un saludo a Miguel
-Angel, una reverencia a Dante, y después
-de subir por la puerta Romana a respirar el
-dulce aire en que se recrea la vegetación florida
-que rodea al amable San Miniato, descender por
-este suelo que hollaron los pies de Beatriz, hacia
-la ciudad. Luego, pasar por las venerables construcciones
-de dominó, detenerse un rato en el
-Gambrinus, e ir en seguida a un restaurant, en
-donde no se coma a la francesa, y en donde se
-balancee en su armazón de níquel el grande y<span class="pagenum"><a name="Page_198" id="Page_198">[198]</a></span>
-panzudo frasco de purísimo vino toscano. Es un
-buen programa para turista que va de prisa. Si
-sois artistas, esta ciudad es para largas permanencias,
-para venir a pintar un gran cuadro, vivir
-una bella vida, escribir un gran libro..., aunque
-fuese uno más en la inmensa bibliografía inspirada
-por la vieja urbe florida de los lirios y de las
-rosas.</p>
-
-<p>Por la noche he ido al teatro en que cantan la
-Paccini y Bonci. Aquí no se exige el traje de etiqueta.
-Es algo así como si se diese a entender
-que lo que en otras partes es función extraordinaria
-y singular divertimiento, aquí es espectáculo
-natural y propio. Se está en casa de la Opera,
-de confianza.</p>
-
-<p>Magnífica orquesta, concurrencia, en donde
-brillaban hermosísimos ojos de luz negra, o de
-ardientes resplandores azules; copiosas cabelleras
-de heroínas d'annunzianas, y un ambiente de
-comunicativa alegría. Y son los viejos <i>Puritani</i>,
-los que se cantan. Gloria a la música antigua, a
-la melodiosa ópera romántica, a los maestros
-que nos deleitan sin fatigarnos mucho el cerebro,
-con el «vapor del arte». Las músicas nuevas y<span class="pagenum"><a name="Page_199" id="Page_199">[199]</a></span>
-sabias son para la cabeza; las que encantaron a
-nuestros abuelos son para el corazón. Feliz quien
-puede todavía gustar de esos goces de antaño, y
-salir del teatro con la imaginación fresca, el alma
-alada, como respirando un recién cortado <i>bouquet</i>
-de ilusiones, y, como en el encanto de pasados
-recuerdos, o en la esperanza de amor aún,
-tarareando una romanza que aún no han alcanzado
-a ajar los callejeros organillos.</p>
-
-
-<h3>PEQUEÑA ÓPERA LÍRICA</h3>
-
-<p>Por la mañana, después de leer los versos de
-un poeta joven y ardoroso, R. Blanco Fombona,
-he tenido una singular soñación, de esta manera...:
-«En cuanto a la persona del autor de esta
-«Pequeña ópera lírica», diré que es un antiguo
-conocimiento mío. Lo vi la primera vez en casa
-del cardenal de Ferrara, en Roma, y allí nos presentó
-en términos amables y corteses, messer
-Gabriel Cesano. Juntos visitamos frecuentemente
-en sus horas laboriosas al insigne Benvenuto
-Cellini, a quien solíamos acompañar, algún tiempo
-después en la ciudad de Florencia, cuando sa<span class="pagenum"><a name="Page_200" id="Page_200">[200]</a></span>lía
-de paseo y aventura, durante cuatro días que
-allí permaneció. Benvenuto lo tenía en estima y
-cariño, porque mostraba un gentil hablar, una
-gallarda figura y un ímpetu brillante para cosas
-de placer y pendencia, además de sus relaciones
-con las musas, docto en finas rimas, finas dagas
-y finas palabras. Desrazonábamos a la luz de la
-luna, a las orillas del Arno. Él tenía a veces súbitos
-arranques de intransigencia y ponía yo
-como escudo paciencia fuerte, para no acabar
-tanto intelecto de amor en choque y sangre. Mi
-mayor edad me daba más tranquilos argumentos.
-Las discusiones eran sobre Cristo Nuestro Señor,
-sobre el poder de Venus, sobre el mérito de
-un salero de oro. Me solía repetir sentencias de
-graves pensadores y exámetros de sensuales
-poetas. Fraternizábamos en Epicuro, pero yo creyendo
-siempre en Jesús santo, y él no. Me repetía
-con frecuencia un apotegma del sesudo y honesto
-Marco Aurelio: «En general, el vicio no
-daña al mundo, y en particular no daña sino a
-aquel que no puede abandonarlo cuando quiere.»
-Tenía las más suaves y amables maneras y las
-más inesperadas y agresivas sonrisas. Una no<span class="pagenum"><a name="Page_201" id="Page_201">[201]</a></span>che,
-en una hostería, apaleó a un mozo, se armó
-camorra, sacó la espada, llegó la justicia, yo me
-escurrí. Sus frecuentaciones eran de todas guisas.
-El mismo día en que me presentó a un grande
-de España, le vi hablar con gentes equívocas.
-«La vida es eso», contestaba a mi extrañeza. Era
-gran partidario de los Médicis y amaba sobre
-todo a Lorenzo, porque era poeta y se apellidaba
-el Magnífico. Apenas había comenzado a vivir
-verdaderamente, y ya quería escribir el diario de
-su vida. Era injusto, porque la juventud es pasión
-y la pasión no es justicia. Yo le observaba con
-nuestro gran Benvenuto: «Tutti gli uomini d'ogni
-sorte, che hanno fatto qualche cosa che sia virtuosa,
-o si veramente che le virtù somiglie, doverieno,
-essendo veritieri e da bene, di lor propria
-mano descrivere la loro vita: ma non si doverrebe
-cominciare una tal bella impresa, prima che
-passatto l'età de quarant'anni». Partió a Flandes;
-llegó a París y fué favorecido por el rey Francisco.
-Tuvo una riña con La Primatrice a causa del
-Cellini, e hirió gravemente a un mal enemigo,
-por lo cual fué a prisión. Seguía siempre el cultivo
-de su individuo, y el de los versos, y el de su<span class="pagenum"><a name="Page_202" id="Page_202">[202]</a></span>
-fresca y valiente vida. Concluía una carta suya
-que recibí en Florencia, con una cita de Séneca...
-«et in isto vitæ habitu compone placide, non molliter».
-Tan pronto oía rumor de guerra en cualquier
-parte, quería volar, buscaba el caballo que
-relincha en Job. Amador de gozo, había sido desde
-la infancia sabedor de sufrimiento; y en su fragante
-primavera, miraba a todos lados azorado,
-cual si sospechase que iban de pronto a salir cabezas
-de lobos de entre las rosas. Desconfiaba
-de la más dulce amistad, pues en el corazón de
-cada próximo bien podía haber un nido de perfidias.
-Gustaba largamente del buen vino de España,
-del excelente acero, de la carne en flor. Se
-exaltaba con facilidad, mas de la violencia pasaba
-en un instante a la blandura. Un día, con messer
-Luigi Alamanni, que era alegre y razonable,
-por una cuestión de arte, casi llega a la ofensa.
-Guardaba en su estancia hermosas armas, ricas
-sedas, libros de poemas, camafeos de diosas y
-figuras itifálicas. Dejé de verlo por la ausencia.
-Luego, no supe más de él. Un nuestro amigo romano
-me dijo estar en conocimiento de que habiendo
-partido a un país lejano y entrado en<span class="pagenum"><a name="Page_203" id="Page_203">[203]</a></span>
-guerras, se había hecho coronar rey. Otro me
-refirió que lo habían matado. Otro que se había
-metido fraile.</p>
-
-<p>...Hoy, en una mañana ardorosa de las calendas
-de Mayo, del año de 1904, en la ciudad de
-Florencia, he escrito las líneas anteriores, que he
-leído varias veces con meditación y cuidado. ¿Lo
-que contienen, es una creación de la fantasía, o
-bien un fijo recuerdo de una pasada realidad, o
-la concentración de un sueño?... Pasemos. Pasemos...
-Un poco de barata sabiduría alcánica
-no haría mal; o un poco de teosofía hindú y
-de H. P. B. No me interesan esas proezas. El
-que tenga ojos que vea. ¡Para los demás todo es
-inútil!</p>
-
-<p>El Arno está allí, no lejos de donde escribo.
-Acabo de ver una vez más el palacio viejo, el
-Perseo, los sátiros que rodean al Biancone... Estoy
-saturado de italianidad y de florentinismo...
-Doy a Dios gracias por los aislamientos intelectuales
-que me procura, y por lo lejos que estoy
-de tantas otras gentes... Y gusto los versos de
-este poeta hispanoamericano, que es asimismo
-tan de Italia, tan del Renacimiento, aunque sea<span class="pagenum"><a name="Page_204" id="Page_204">[204]</a></span>
-muy de hoy y tenga sangre española, y haya nacido
-en Caracas y habite en París. «Pequeña
-ópera lírica»... ¿qué me importa cómo se llame
-el instrumento si suena bien y seduce la armonía?
-El instrumento suena ya como una mandolina de
-Venecia, ya como una melancólica guitarra americana,
-o bien como una lira de arte nuevo. Mas,
-quien lo toca, tenedlo por seguro, es un hombre;
-un hombre que dice la verdad de su sentimiento
-y de su pensamiento, a veces lo más personalmente
-posible, a veces pagando el natural tributo
-al momento intelectual por que pasa la joven poesía
-castellana de ambos continentes. Ha pasado
-ya la primera tentativa de Querubín, D. Juan se
-afirma, sin que pueda evitar, un instante u otro,
-un acceso de sentimentalismo, pues tiene pupilas
-que contemplan el crepúsculo y oídos que oyen
-la revelación de un son de flauta. Un donjuanismo
-a veces pensativo, a veces precioso, a veces
-felino... Como de su don Juan gato. El dirá el
-encanto de las piedras preciosas, madrigalizará
-arcáicamente, pagará lo que debe a la literatura.
-Mas, cuando dice: Vida, es de verdad, y parece
-que se desnudase, que se pusiese en pleno sol en<span class="pagenum"><a name="Page_205" id="Page_205">[205]</a></span>
-el orgullo de su animalidad, con el ímpetu de hacer
-cosas fuertes y naturales, primitivas, que manifiestan
-energía, músculo y voluntad. Y así contradice
-al espíritu de decadencia un soplo de humanismo.
-El cansancio, la tristeza urbana, la enfermedad
-de las lecturas, el residuo de las varias
-filosofías apuradas, dan paso a un soplo sano, a
-un aire germinal, a un aliento agrario.</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-
-<div class="line i1">...Me dan ganas</div>
-<div class="line">de beber leche, de domar un potro,</div>
-<div class="line">de atravesar un río...</div>
-</div></div></div>
-
-<p>Esto está ajeno a las parodias de corrupción
-estética que infestan algunos de nuestros rincones
-literarios, verlenianismo por fuerza, sibilinismo
-de importación, «porque así se hace ahora»,
-cosas que a muchos parecen nuevas, y que ya
-son, en verdad, muy viejas. Hombre enérgico,
-de acción, la poesía le va bien, como el laurel a
-la frente, la banderola a la lanza y el penacho al
-casco. ¿Por qué te habías de dejar contagiar,
-¡oh, amigo de Benvenuto y de Lorenzo!, por el
-rebajamiento de las aspiraciones, por la humillación
-ante su propia conciencia, por las <i>petites<span class="pagenum"><a name="Page_206" id="Page_206">[206]</a></span>
-saletées</i> del literaturismo industrial que privan en
-las bajas regiones de la mentalidad parisiense, o
-mejor dicho, bulevardera? Si caes, tanto peor
-para ti, y rompe, antes, tus relaciones epistolares
-con la Primavera, y encógete de hombros
-ante los pañuelos blancos que dicen adiós. He
-leído estos versos con el placer que se experimenta
-siempre a la influencia de la juventud, con
-todos sus bellos excesos, exuberancias e irreflexiones.
-Tal fosco aspecto de ateísmo, tal contagio
-de superhombría germánica, tal ligereza de
-expresión, no van con mis pensares y mis gustos.
-Lo que sí va, es el amor a la Belleza en general,
-y a la femenina belleza en particular, y la
-continua tendencia a la vida, a la dominación de
-la vida, con sus países de ensueño y sus realidades
-armoniosas, productoras, floreales, genésicas.
-Va ese gran placer del sensitivo que toca los
-nervios del mundo y los siente vibrar al unísono
-con sus nervios; va el culto del beso y del verso,
-y la savia pagana y la locura sensual de todo
-panida.</p>
-
-<p>El grupo de rimas es corto. Siete cañas tiene
-la siringa, y de cada una de ellas fluirá una rít<span class="pagenum"><a name="Page_207" id="Page_207">[207]</a></span>mica
-voz. No alargaré esta disertación sobre la
-breve ópera en que se canta un alma. Sería fabricar
-un baúl para un collar de perlas o «hacer una
-casa para un ruiseñor.»</p>
-
-
-<h3>ITALOTERAPIA</h3>
-
-<p>El mejor sistema de curación para la fatiga de
-los inmensos capitales, para el hastío del tumulto,
-para la pereza cerebral, para la desolante
-neurastenia que os hace ver tan sólo el lado débil
-y oscuro de vuestra vida: este sol, estas gentes,
-estos recuerdos, esta poesía, estas piedras
-viejas.</p>
-
-<div class="figcenter6"><img src="images/p207.jpg" width="150"
-height="201" alt="" title="" /></div>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_208" id="Page_208"></a>
-<a name="Page_209" id="Page_209"></a></span></p>
-
-<h2 class="nd">DE TIERRAS SOLARES A TIERRAS DE BRUMA</h2>
-<div class="figcenter6"><a name="Bruma"><img src="images/p209.jpg" width="400"
-height="171" alt="DE TIERRAS SOLARES A TIERRAS DE BRUMA" title="" /></a></div>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_210" id="Page_210"></a>
-<a name="Page_211" id="Page_211"></a></span></p>
-
-
-<div class="figcenter6c"><img src="images/p211.jpg" width="500"
-height="172" alt="" title="" /></div>
-
-<h3 id="Waterloo">WATERLÓO</h3>
-
-<div>
- <img class="drop-cap" src="images/c.jpg" width="100" height="104" alt=""/>
-</div>
-
-<p class="drop-cap"><span class="smcap">Cuando</span> descendí del tren, un carruaje
-me condujo a recorrer el campo de
-batalla. Hacía un bello día primaveral.
-La vasta campiña verde se extendía bañada
-de sol fresco, de luz dulce. Y fué primero el
-gran recuerdo de Hugo, narrando la formidable
-caída del dueño del águila, y a los sonoros clarines
-líricos y a las terribles trompetas épicas
-apareció todo lo que el arte ha creado por obra
-del más tempestuoso derrumbamiento de gloria
-y de soberbia que hayan visto los siglos. Y entonces
-me convencía de que en realidad no puede<span class="pagenum"><a name="Page_212" id="Page_212">[212]</a></span>
-ya fácilmente concebirse otro Napoleón que el
-Napoleón idealizado de la leyenda, el de los versos
-de Heine, el de los cuadros lívidos de Henri
-de Groux. Los lugares de peregrinación y de turismo,
-la realidad de las reliquias conservadas en
-las colecciones que se exhiben, todo contribuye
-a afirmar mayormente el carácter extrahumano
-de la acción que tuvo entre los hombres el semidiós,
-cuyas cenizas están bajo la cúpula de los
-Inválidos. (Semidiós..., cenizas, cenizas de semidiós...,
-¡mísero planeta!) El gran león conmemorativo
-se alza sobre su alto pedestal; los monumentos
-dicen en letras borrosas nombres de
-guerreros; la Ferme Papelotte alza su torrecilla
-sobre las blancas paredes; Hougomont aún mantiene
-ruinoso el tremendo capítulo de <i>Los miserables</i>,
-las ruinas de la capilla, el Cristo de pies
-quemados, el pozo; todo es la ilustración patente
-del magnífico trozo de historia que cambió la
-suerte del mundo. Aun tal tronco de árbol, contemporáneo
-de la sangrienta función, se yergue,
-destrozado y mordido por la curiosidad o la piedad,
-o la admiración de estrictos visitantes. La
-Belle Alliance, blanca y vieja, junto a la verde<span class="pagenum"><a name="Page_213" id="Page_213">[213]</a></span>
-alameda, da su testimonio como una abuela. En
-el cuartel general de Wéllington hay un café y se
-vende leche fresca. En el castillo anciano, bajo
-un galpón, está el carretón y los barriles, tomados
-en Waterlóo. Y en un hotel inglés en que hay
-un bar, se exhiben huesos, balas desenterradas,
-apolilladas casacas, <i>petits-chapeaux</i>, autógrafos
-de Blucher, Wéllington y otros jefes, números
-del <i>Times</i> que dieron cuenta de la batalla, sables
-franceses, holandeses, ingleses, hierros viejos,
-memorias viejas. Una vieja inglesa hace el <i>boniment</i>,
-da la explicación, vende tarjetas postales...
-Después, uno, se toma, al lado, un bock, o un
-whisky-and-soda, entre ingleses, que no faltan,
-pensando en la leyenda del Aguila, en el inmenso
-Napoleón, semidiós en cenizas.</p>
-
-<p>Y he ahí que al dejar el vasto campo en el
-Mont-Saint-Jean, en donde tanta sangre se derramó
-por <i>el Cabito</i>, por <i>el Pelón</i>, por uno de los
-más tremendos azotes de Dios, cae sobre la tierra,
-harta de osamentas, la clara bondad de los
-azules cielos. Vacas rojas, manchadas de blanco,
-pacen sobre la felpa ondulada de la llanura. Un
-campesino ara. Suena a lo lejos un mugido. Un<span class="pagenum"><a name="Page_214" id="Page_214">[214]</a></span>
-pájaro pasa sobre mi cabeza, como una flecha.
-Tranquilidad. Mayo. Paz.</p>
-
-
-<h3 id="Rhin">POR EL RHIN</h3>
-
-<p>Adiós, Colonia, que aprendí a amar en Heine,
-y que me eres grata por tu catedral portentosa,
-por el agua que inventó Farina y por mi amigo
-Johan Fasthenrath, que traduce a los poetas españoles
-y ha llevado al zorrillesco D. Juan Tenorio
-a hablar en el idioma del Doctor Fausto.
-Te saludo por las once mil vírgenes que desembarcaron
-en tu suelo, guiadas por la divina Ursula;
-por Conrado de Hochsteden, tu Arzobispo;
-por el arquitecto de tu fábrica sagrada, que entró
-en tratos con el diablo antes que el amante de
-Margarita; por el bravo obispo Engelbert de
-Falkembourg y por Hermann Gryn, cuyas armas
-aún he podido contemplar esculpidas en tu
-<i>rathaus</i>. Llevo de ti la visión de tus puentes de
-barcas, del domo labrado que erige al firmamento
-sus oraciones de piedra, armoniosa y severa
-iglesia, hermana gótica de las maravillas de
-Burgos, de París, de las antiguas basílicas de<span class="pagenum"><a name="Page_215" id="Page_215">[215]</a></span>
-las ciudades que antaño sabían orar católicamente;
-el magnífico esplendor moderno de tus
-construcciones, de tus paseos entrevistos y de
-una emperatriz Augusta, marmórea y serena,
-sentada sobre su blanco pedestal ante un plantío
-casi heraldizado de tulipanes multicolores.</p>
-
-<p>¡El Rhin! Y siempre la vasta sombra hugueana
-por todas partes... Y la sombra de otro coloso,
-Wagner, y las armoniosas baladas de tantos
-poetas. Permitid que, por primera vez, cite versos
-a propósito, de un poeta que me es íntimamente
-personal y querido:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-
-<div class="line i10">...; la celeste</div>
-<div class="line">Gretchen; claro de luna; el aria, el nido</div>
-<div class="line">del ruiseñor; y en una roca agreste,</div>
-<div class="line">la luz de nieve que del cielo llega</div>
-<div class="line">y baña a una hermosura que suspira</div>
-<div class="line">la queja vaga que a la noche entrega</div>
-<div class="line">Loreley en la lengua de la lira.</div>
-<div class="line">Y sobre el agua azul el caballero</div>
-<div class="line">Lohengrín; y su cisne, cual si fuese</div>
-<div class="line">un cincelado témpano viajero,</div>
-<div class="line">con su cuello enarcado en forma de S.</div>
-<div class="line">Y del divino Enrique Heine un canto</div>
-<div class="line">a la orilla del Rhin; y del divino<span class="pagenum"><a name="Page_216" id="Page_216">[216]</a></span></div>
-<div class="line">Wolfang la larga cabellera, el manto:</div>
-<div class="line">y de la uva teutona el blanco vino.</div>
-</div></div></div>
-
-<p>El vaporcito, flamante y elegante, sale por el
-río, hacia Maguncia. Miro a un lado la campaña
-verde, y a otro la fila de grises edificios comerciales
-y marítimos. Hay una que otra chimenea
-que lanza su humo. Se oye el rumor de la ciudad,
-y a lo lejos el agudo clamor de una sirena.
-Y antes de las últimas villas y chalets que señalan
-el término de población, alcanzo a divisar
-una especie de gigantesco guerrero, rey de piedra,
-o monumental burgrave que aparece como
-una evocación de la pasada feudalidad teutónica.</p>
-
-<p>Y comienza el desfile de castillos, de esos castillos
-de cuento y de grabado que han deleitado
-nuestra infancia en páginas de dorados libros,
-en antiguos almanaques o en ornamentados
-<i>keepsakes</i>. Y sobre las torres arruinadas, o sobre
-las restauradas almenas, pasa el vuelo de las
-tradiciones legendarias.</p>
-
-<p>Y es el pasado recóndito, la prodigiosa Edad
-Media «enorme y delicada», o los nombres de<span class="pagenum"><a name="Page_217" id="Page_217">[217]</a></span>
-ayer, resplandecientes de gloria y sonoros de
-armonía. He aquí ya Bonn, que, más altas que
-su castillo de Poppelsdorf, levanta dos banderas
-de gloria: Arndt, Beethoven. He aquí las siete
-montañas a un lado, y a otro el derruído Godesberg;
-y una vasta procesión de poéticas resurrecciones
-empieza. ¿Son cincuenta nombres? ¿Son
-cien nombres? ¿Son mil? Son un mundo de
-creaciones de la historia, de la fantasía popular
-y de la celeste potencia de los maestros de la
-lira y del arpa. Y sucede que, a menudo, mientras
-vais pensando en una brumosa soñación, o
-mirando con los ojos de vuestra mente las figuras
-de luz de luna, nacidas de la melodía de los
-poemas, pasa de pronto ante vuestros carnales
-ojos, por la cultivada ribera, a perderse en la negrura
-de un túnel, una locomotora, que arrastra
-su caudal de vagones. Cuando Hugo vino todavía
-no había ferrocarriles en estas regiones que
-sintieron antaño el paso de los dragones y de
-los gigantes. El maestro recogió muchos ecos de
-las sagas rhenanas, y los repitió y aprisionó en
-la prosa suya, hecha como con las mismas rocas
-duras de los montes y de los cimientos indestruc<span class="pagenum"><a name="Page_218" id="Page_218">[218]</a></span>tibles
-de los castillos señoriales. Pero las leyendas
-son innumerables y vencen al paso de los siglos.
-Su gran enemigo, el progreso, apenas las
-toca y transforma. Lo que es estudio folklórico
-para los eruditos, vive y palpita siempre en la
-imaginación y en el corazón populares&mdash;y en el
-santuario de los incontaminados poetas.</p>
-
-<p>...Gryn, el matador de leones, pasa. Surgen
-entre las viejas piedras, en las leyendas ciudadanas,
-testas de fieros arzobispos, o de duros y severos
-burgomaestres. Soberbios bandidos son
-amados, antes que Hernani, por deliciosas y delicadas
-castellanas. Entre huestes semejantes a
-perros rabiosos, florecen dulces rubias que melifican
-el espanto de las torturas y carnicerías.
-Caballeros que parten en peregrinación a Palestina,
-son salvados de las desgracias por el Señor,
-a quien elevan capillas votivas. El milagro
-florece como en Jacobo de Voragine; hay dragones
-como en las vidas de los santos, y gigantes
-como en las <i>Mil y una Noches</i>, y aparecidos
-como en los cuentos del pueblo. Mujeres ideales,
-de ojos azules, son lirios de felicidad y rosas de
-consagración. Bárbaros velludos como osos y<span class="pagenum"><a name="Page_219" id="Page_219">[219]</a></span>
-feroces como tigres, se mueren de amor por las
-blancas y finas adoradas. Princesas de lánguidos
-cuellos cantan romanzas acompañándose
-con el arpa, ante reyes paternales, de largas
-barbas y ojos pensativos. Peregrinos tocan a las
-puertas de los castillos en noches tempestuosas.
-Los alquimistas hacen el oro en sus nocturnas
-tareas. Los templarios combaten, o emplazan,
-en la hoguera, a sus verdugos, ante el
-tribunal de Dios. Los cuernos de caza hacen resonar
-los bosques y los rudos cazadores persiguen
-en caballos como huracanes, ciervos y jabalíes.
-Lorelay, envuelta en gasa lunar, melodiosa,
-amorosa, peligrosa, la mujer, la ilusión, la
-sirena, se sienta en su roca.</p>
-
-<p>Antorchas llameantes brillan entre los peñascos.
-San Clemente libra a la suave Ina, de la
-furia del río y de los bandidos. Uta, muere abrazada
-a su amante Reichenstein, en un suicidio
-amoroso que ha de ser, corriendo los tiempos,
-un común <i>faits-divers</i>. El Arzobispo Hatto, a
-quien la historia alaba y la leyenda vitupera,
-muere, por castigo de Dios, a causa de su mal
-corazón, comido por los ratones. El Conde<span class="pagenum"><a name="Page_220" id="Page_220">[220]</a></span>
-Eppo encuentra en una montaña a una bella joven
-robada por un gigante; y, con ayuda de la
-Santísima Trinidad, salva a la dama y echa al
-monstruo en un precipicio en donde muere despedazado.
-La enorme persona de Carlo Magno
-aparece aquí, allá. Su hija Emma, casada contra
-su voluntad, va a habitar con su esposo Egimardo,
-en el campo; luego el emperador, ante ellos,
-un día que los encuentra por casualidad, y los
-reconoce, felices, les perdona y les lleva a su palacio.
-El mismo César sale, en coche, en excursiones,
-con el bandido Elbegart, que es un bandido
-cuerdo y valiente. Condes violentos y caprichosos
-son vencidos en sus mansiones feudaes
-por la unión de los comerciantes de las ciudades
-coligadas. El caballero de Stanferberg se
-enamora de una ondina y es correspondido;
-luego es infiel a su juramento de amor y es castigado
-por la cólera de las ondas vengadoras.
-Una sirena discreta y hacendosa, va a hilar en la
-rueca, a la casa de un joven que se apasiona por
-ella. Una noche la sigue, la ve entrar en las
-aguas del Rhin, y muere al lanzarse tras ella en
-los cristales del río. Los espíritus salen de las<span class="pagenum"><a name="Page_221" id="Page_221">[221]</a></span>
-tumbas a amonestar a los caballeros demasiado
-tunantes. Lobos furiosos castigan a las profetisas
-que, enamoradas de los hombres, pierden su
-castidad y su don pitónico. Bodegas ocultas
-guardan un vino de dioses que inútilmente es
-buscado en los campos misteriosos. El diablo,
-Satanás en persona, sale de sus abismos y entra
-en tratos con las personas que andan en apuros
-y dificultades, y las saca de ellos, a trueque del
-alma y de la salvación eterna. Pero Nuestra Señora
-suele aparecer a tiempo con su poder, y
-manda a los infiernos al perverso demonio. Un
-joven pintor ve de noche renovarse en Oppenmeins,
-entre esqueletos, una batalla entre suecos
-y españoles, de la guerra de Treinta años. Una
-diestra caballería conduce a la dama que la
-monta y a la que se quiere casar por fuerza, a la
-mansión de su amante. Y cien y cien más páginas,
-de sangre y de bruma, de luz pálida o de
-resplandores rojos, hasta llegar a esa Maguncia
-famosa en que nació el hombre que después Lucifer
-ha hecho mayor competencia al Creador:
-Gutenberg.</p>
-
-<p>Desfile de castillos, desfile de leyendas, revuelo<span class="pagenum"><a name="Page_222" id="Page_222">[222]</a></span>
-de poesía y de encanto lírico, en este viaje de horas,
-por el río sereno, eternamente perfumado
-por el vino pálido que dan las viñas de sus orillas.
-Y canta Adelaida von Stolterfoth: «Del
-polvo de la ruina nace en el Rhin una vida más
-bella. Giran los espíritus que por tanto tiempo
-han descansado en las tumbas; resuenan las
-canciones con extraños saludos que yo debo repetir
-suavemente en mis canciones y en mis ensueños.
-Cuando veo volar al pájaro en las alturas
-del azul del aire; cuando veo deslizarse los
-barcos en la lejanía de las brumas grises, me
-parece que dice palabras el pájaro al hender los
-espacios, y otras palabras escucho al rápido
-paso de la embarcación.» Y yo también, peregrino
-de arte, de americanas tierras, hecho al sol y
-al canto de la vida latina, he puesto el oído atento
-a esas palabras de las aves y de las barcas
-germánicas, y de esa bruma he visto surgir la
-eterna gracia de las almas aladas, la virtud de la
-sagrada poesía, a la cual no vencerán ni los
-odios humanos, ni las sequedades de los intereses
-modernos, ni la mediocridad de las chatas
-cabezas de los regeneradores igualitarios. Pues<span class="pagenum"><a name="Page_223" id="Page_223">[223]</a></span>
-la soberanía del espíritu se basa en lo que está
-más allá del bien y del mal, más allá de nuestro
-planeta mismo y de nuestros conceptos de verdad
-y de mentira: en lo infinito, en lo absoluto.</p>
-
-
-<h3 id="SM">FRANCFORT S. M.</h3>
-
-<p>Francfort, ciudad seca, triste, honrada, judía.
-A pesar del abuso del <i>art nouveau</i> que la invade
-como a todas las ciudades alemanas, a pesar de
-sus tranvías eléctricos y de los palacios modernos
-de sus banqueros, tiene un aire de antigüedad,
-un olor de vejez y un sello imborrable de
-<i>ghetto</i> y de <i>judengasse</i>. Por algo hacen detener
-el carruaje cuando, al pasar por la calle Boerne,
-os señalan una casita <i>vieillotte</i> de estampa, blanca,
-con su fachada terminada en punta, sus ventanas
-con cortinillas de encaje, sus dos rejas de
-hierro en la parte baja. Es la casa-madre, la
-cuna del poder de los Rothschild. Allí vivió y
-allí manejó sus primeros millones el viejo <i>rex
-Judeorum</i>, tronco de los barones de hoy. La sequedad
-y la tristeza de esta ciudad de finanzas
-apenas es alegrada aquí, allá, por la figura de<span class="pagenum"><a name="Page_224" id="Page_224">[224]</a></span>
-mármol o de bronze de un pensador, de un
-poeta. Aquí Schiller, allá Goethe, más allá Lessing.
-Pasan tipos de Shilock, o hermosas Rebecas,
-por las calles en donde se alzan los muros
-de la sinagoga. La restaurada catedral se ve
-como extraña en esta tierra de circuncisos. En el
-día, se siente el hervor de los negocios, la agitación
-de los rapaces mercaderes de oro. De noche,
-no hay lugar más triste. A las diez, ya los
-teatros están cerrados. A las diez y media, nadie
-anda por las calles. Tanto como el catolicismo,
-el arte parece estar aquí en dominio ajeno. Apenas
-se sabe aquí que existe un museo Goethe, en
-donde, junto con documentos iconográficos, se
-guardan objetos y manuscritos del gran alemán.
-El verdadero santuario de Francfort del Mein, es
-la casita de verjas de hierro y de las cortinillas
-blancas: la casa de los viejos Rothschild.</p>
-
-<p>La sombra del Emperador de la banca, del
-César israelita, se ve, por los ojos de nuestra
-adoración mammónica contemporánea, más
-grande que la del remoto y casi ignorado Gunther
-Schwarzburg, y aun que la del fabuloso
-Carlo Magno, cuya estatua se alza en el rojo y<span class="pagenum"><a name="Page_225" id="Page_225">[225]</a></span>
-viejo puente sobre el río moroso que divide la
-población.</p>
-
-
-<h3 id="Cisnes">HAMBURGO O EL REINO DE LOS CISNES</h3>
-
-<p>Huysmans ha sido injusto con Hamburgo, y su
-duro humor se ha expresado en párrafos acres.
-Es que Durtal no fué a visitar el paraíso de los
-cisnes, y M. Folantin comió mal a dos marcos
-cincuenta. Hamburgo es alegre, casi con alegría
-latina, en cuanto cabe en un centro sajón. Hamburgo
-es la ciudad trabajadora, negociante, independiente,
-con su estricto senado, sus fábricas,
-sus canales, sus grandes hoteles, sus almacenes
-copiosos, y es también la ciudad que se divierte,
-se embellece, coquetea con el extranjero, tiene un
-su San Paulique que se parece a Montmartre
-como la cerveza al champaña, cafés al aire libre,
-a la orilla del Alster animado de yates, y a donde
-se va en vaporcitos, y en donde, los domingos,
-garridas muchachas flirtean al son de la música.
-Tiene un gran barrio lujoso que algunos llaman
-la Judea, porque poderosos semitas gozan en
-villas y <i>cottages</i> de la felicidad que da el dinero.<span class="pagenum"><a name="Page_226" id="Page_226">[226]</a></span>
-Huysmans habla, feroz, de caraqueños que encontró
-en este emporio comercial. Yo no he encontrado
-a ningún compatriota de Bolívar, aunque
-no es raro oir hablar español, pues son muchos
-los hispanoamericanos residentes, y los
-hamburgueses que se han venido a establecer
-con sus familias criollas, después de hacer fortuna
-en las lejanas tierras calientes. Las arquitecturas
-distintas surgen entre los verdores de los jardines
-o al lado de las ordenadas alamedas.</p>
-
-<p>Helkendorf, fresco y florido, tiene rincones deliciosos
-de descanso, de amor y de ensueño,
-pues no es imposible ejercer esa delicada función
-de soñar en una ciudad en donde los habitantes,
-por muy prácticos que sean, tienen un poético
-paraje formado por un remanso del río, en el cual
-paraje una cantidad numerosa de cisnes es mantenida
-por el erario público. Estos poetas no tienen
-otra ocupación más que consagrarse a la
-belleza, ser blancos&mdash;hay algunos negros&mdash;y
-deslizarse gallardamente, con la dignidad que les
-dejó como herencia Júpiter. Ellos cumplen exactamente
-con sus obligaciones, y además de la
-pitanza que les ofrecen sus guardianes, el públi<span class="pagenum"><a name="Page_227" id="Page_227">[227]</a></span>co
-los gratifica con migas de pan. El remanso
-es cristalino, la ribera florida; las tardes de oro
-llueven gracia mágica sobre ese divino espectáculo,
-que pondría meditabundo al doctor Tribulat
-Bonhomet. Y los líricos habitantes de esos
-cristales que multiplican sus olímpicos aspectos,
-gozan de la más dulce beatitud en la capital de
-los falsificadores y mercaderes teutónicos. Aunque,
-en verdad, no he dejado de sentirme un
-poco inquieto cuando, comiendo en compañía de
-un mi conocido, exportador semita, me ha dicho,
-con una manera de satisfacción glotona, que el
-cisne, como el ganso, bien preparado, es, ¡ay!
-muy sabroso.</p>
-
-<p>Y a propósito de líricos cisnes, os he dicho
-que Hamburgo tiene un Montmartre que se llama
-San Pauli... A mí me lo habían asegurado así,
-al menos. ¿Un Montmartre...? Para marineros.
-Con uno que otro café de nota, en que se puede
-comer halagado por la orquesta. Por lo demás,
-los teatritos son sórdidos, con <i>chanteuses</i> de
-deshecho, espesas mugidoras de romanzas, o
-flacas parcas que dicen en inglés o en alemán
-chillonas canciones. No hay un solo cabaret, un<span class="pagenum"><a name="Page_228" id="Page_228">[228]</a></span>
-solo poeta melenudo o sin melena que evoque el
-recuerdo de Privas, de Rictus o de Montoya. En
-un gran salón de audiciones populares, da conciertos
-una banda militar. En la plaza, un guignol
-atrae al <i>populo</i>; los letreros de la luz eléctrica
-prometen maravillas, y en el interior, la diversión
-es mala y fastidiosa. Quedan los restaurantes,
-con las sopas dulces, las salchichas,
-los diversos <i>bráten</i>, y la excelente cerveza. M. de
-Folantin, por un lado, tuvo razón. Pero, ¡oh,
-Des Esseintes!, ¿y los cisnes?</p>
-
-
-<h3 id="Berlin">BERLÍN</h3>
-
-<p>Al conocer Alemania, y sobre todo, Berlín, he
-creído comprender al emperador. Guillermo II,
-militar, creyente fervoroso, apasionado de arte,
-inquieto, viajero, abarcador, es el único cerebro
-de coronada testa en que hoy caben los antiguos
-ideales de grandeza, de dominación y de dignidad
-cesárea que constituyeron, durante tanto
-tiempo, el poder y la fuerza del vigoroso feudalismo.
-Todos los monarcas de hoy, más o menos,
-con excepción quizá del autócrata de Rusia,<span class="pagenum"><a name="Page_229" id="Page_229">[229]</a></span>
-merecen el paraguas de Luis Felipe. Guillermo II,
-compatriota de Lohengrin, vidente que ha previsto
-no hace mucho tiempo y anunciado a las
-naciones, por medio de un simbólico dibujo célebre,
-el despertamiento y la acometida de la
-raza amarilla contra la blanca Europa; Guillermo
-II, que, si no fuese el óbice pietista, quién
-sabe si llegaría hasta realizar la liga medioeval
-dominadora del mundo&mdash;el Papa y el Emperador;&mdash;Guillermo
-II, vive más allá del momento,
-inspirado en lo pasado, presintiendo lo porvenir,
-y amacizando el presente robusto de su país, con
-la rigurosa disciplina que lo militariza todo, príncipe
-de ideal sustentado por la realidad de la
-fuerza, creyente cuando ya casi no hay rey que
-crea ni en su propio derecho divino, respetuoso
-de la tradición eclesiástica romana, cuando la
-misma Francia cristianísima echa de su suelo a
-las congregaciones religiosas y está dominada
-por un gobierno que no desearía otra cosa que
-la completa ruptura del concordato y la separación
-absoluta de la iglesia; Guillermo II, cuya
-actividad asombra, cuyo talento no hay quien no
-reconozca, cuyo carácter es de acero como su<span class="pagenum"><a name="Page_230" id="Page_230">[230]</a></span>
-voluntad, está en su verdadero centro en este
-Berlín geométrico, alegre de otra alegría que la
-de París, hollado a cada momento por el paso
-de las tropas, con su Unter den Linden que extiende
-su verde avenida entre las casas lujosas,
-con su movimiento comercial y su circulación
-activa, y en donde, junto a las conmemoraciones
-de las armas, se levantan las conmemoraciones
-de las artes y de las ciencias. Y no en vano el divino
-Euforión surgió en esta tierra a la evocación
-del cisne de Weimar, pues en esta capital bárbara
-a cada paso se mira florecer la gracia helénica,
-ya en la composición de los artificiales paisajes,
-en las arquitecturas urbanas, en las construcciones
-monumentales. Yo no sabría alabar
-cierta protestante hipocresía general que se nota
-en la vida; pero, sí, la bella libertad del arte en
-sus mejores manifestaciones, una larga comprensión
-de la armonía, del desnudo, de la euritmia
-griega. Y esto se explica. Aquí, en tierra
-germánica, Goethe resucitó la olímpica persona
-de la homérica Helena, Lessing meditó sus dilucidaciones
-del Laoconte, Juan Pablo pensó: Heine,
-el ruiseñor, se abrevó de agua castalia; Mom<span class="pagenum"><a name="Page_231" id="Page_231">[231]</a></span>sen
-construyó su edificio mental sobre las gloriosas
-ruinas de Roma.</p>
-
-<p>La luz de la Helade alcanzó las brumas septentrionales.
-Allí en Charlotemburg, siguiendo el
-silencioso camino de copudas alamedas, al suave
-rozar de los pinos, entre los macizos de rosas,
-entre los plantíos de tulipanes, he llegado al
-severo y sencillo templete que sirve de lugar de
-reposo a los restos imperiales de los abuelos de
-Guillermo II. Un coloso marcial de larga y rubia
-barba me ha permitido la entrada. Y he tenido,
-en verdad, como la vaga sensación de un ensueño.
-A través de los vidrios de un color azul dulce
-y de cielo, la onda solar penetra maravillosamente,
-de manera que baña el recinto con su tenue
-y paradisiaco resplandor. Y a esa blanda y
-mágica luminosidad se ve alzarse la alta figura
-tristemente grave de un divino centinela, el arcángel
-Miguel, armado de su espada flamígera,
-y luego, he allí tres yacentes estatuas sobre tres
-mausoleos. Y en el fondo un Jesucristo de mosaico,
-que dice con su leyenda y con su expresión
-sabias y celestes palabras. Allí descansa en
-la paz de Dios Federico Guillermo II; allí des<span class="pagenum"><a name="Page_232" id="Page_232">[232]</a></span>cansa
-en la misericordia de Dios Guillermo I,
-emperador de Alemania y rey de Prusia. Y he
-allí, a su lado, a la Dama porfirogénita que es
-semejante a una diosa. El artista no haría con
-más amor que el que ha puesto al hacer ese
-cuerpo admirable apenas cubierto por el lino
-fino de la túnica, el cuerpo de Diana o el cuerpo
-de Venus. ¿Es Diana, es Venus dormida? Diana
-no es, pues la maternidad se revela en esa flor
-en plena hermosura; no es Venus, pues antes
-bien que la tentadora gracia de la carne, se desprende
-de esa forma una dignidad casta y serena.
-Y la luz tamizada pone una caricia paradisiaca
-sobre esa realización pagana; y Miguel,
-apoyado en su arma flamígera, vela silencioso:
-una paz sepulcral llena el estrecho habitáculo de
-los príncipes de mármol; e iguales a los del último
-paria, en la sola y posible igualdad de la
-transformación eterna, quedan en sus criptas semejantes
-a santuarios, esos puñados de huesos
-de Hohenzollern.</p>
-
-<p>Berlín: cuarteles, museos, estatuas, paseos con
-más estatuas, derroche de mármol como en la
-alameda de la Victoria, mármol para todos los<span class="pagenum"><a name="Page_233" id="Page_233">[233]</a></span>
-Hohenstauffen, mármol para los Hohenzollern, y
-bronce y mármol para el gran Federico, para el
-gran Guillermo, para Moltke, para Bismarck; almacenes,
-pasajes llenos de tiendas de bric-a-brac,
-pomposas cigarrerías, restaurantes de cervezas
-y restaurantes de vinos; grandes teatros y un
-music-hall enorme. Y un aquárium que llamó la
-atención de Huysmans. Huysmans vió mucho,
-pero no lo vió todo, naturalmente. A mí me ha
-parecido entrar en un círculo del Dante, en el
-cual hubiera necesitado, como Virgilio, a mi amigo
-el doctor Holmberg. El aquárium es subterráneo,
-y no es solamente aquárium, pues se exhiben
-hasta loros y arañas y otros bichos pesadillescos,
-como ese horroroso ptatydactilus aegipcianus
-que está a la entrada, semejante a una
-rana estirada, y el zomurus gigánteus, lagarto
-erizado como de púas de hierro. Más allá, la
-africana bitis gabónica, serpiente con la piel pintada
-art-nouveau, y el pithon feroz y el crótalo
-con su apéndice de cascabeles; el naja búngarus,
-venenosísimo y aterciopelado; iguanas crestadas,
-nudos de viboritas enredadas como macarrones,
-y grises, y flácidas; y luego la anaconda<span class="pagenum"><a name="Page_234" id="Page_234">[234]</a></span>
-brasileña. Se desciende, y en un estanque, entre
-peñascos, hay focas y leones marinos, y a un
-lado, papagayos blancos; y después una gran
-pajarera, donde se oyen arrullos de paloma y
-cuchilleo de aves. A un lado, apenas separados
-por una barrera baja y muy franqueable, los cocodrilos
-semejantes a troncos, a piedras. Y en
-seguida, la siboldia máxima japonesa, monstruoso
-y leproso lagarto. ¿Os atrae de nuevo la pajarera?
-Es que canta la gymnorhinia tibicen,
-igual a un cuervo que tuviese una blanca sobrepelliz
-y que tocase la flauta. Un hoyo lleno de
-agua: el cocodrilo negro de China, como un gran
-«garrobo». Y por fin, os atrae el verdadero
-aquárium, la fantástica vida submarina que tanto
-ha interesado al autor de <i>A Rebours</i>. Es
-la inaudita flora del Océano, los peces de sueños
-calenturientos, los aspectos de visión diabólica,
-o de locura. Veo en un fondo de arenas y
-de roca, naranjas que se mueven, crustáceos imprevistos,
-caprichos madrepóricos, semivivientes
-rábanos que se encogen, hipocampos y estrellas
-purpúreas. Erizos como pelotas de alfileres,
-entre lechugas de cristal verdemarino. Y<span class="pagenum"><a name="Page_235" id="Page_235">[235]</a></span>
-grutas. Y un pecezote hinchado, inflado, junto al
-escorpión de mar. Hay una brocha que se mueve,
-una vejiga de manteca, plumones y espumas.
-Entreabiertas, grandes valvas que parecen abanicos,
-cactus y raquetas de lawn tennis. Pagurus
-inverosímiles van arrastrando sus casas llenas
-de púas y protuberancias. Y la pluralidad de los
-peces, la variedad de sus tipos, son desconcertantes.
-Y veis en todas sus faces monstruosas,
-hasta en las más increíbles, la reproducción de
-fisonomías humanas que habéis observado, desde
-las comunes hasta las deformes del raquitismo,
-de la idiotez, de la imbecilidad, de los casos
-crueles de los manicomios. Y hay formas y gestos
-que creeríais imaginarios y alucinatorios; y
-os convencéis que los pintores holandeses de
-ciertos cuadros demoníacos, y el mismo Rops y
-Odilon Redon, con sus fantasías monstruosas e
-ilusorias, no han creado nada, pues todo lo que
-la imaginación del hombre más torturado de visiones
-infernales pueda imaginar, existe en los
-secretos misteriosos y en los profundos laboratorios
-de la naturaleza. Seguís, y os encontráis
-con la murena que se envaina en un tubo como<span class="pagenum"><a name="Page_236" id="Page_236">[236]</a></span>
-un espeso sable gris. Pequeños pulpos evolucionan
-entre el agua burbujeante. Inmóvil sobre la
-arena, está la negra raya chata, de pizarra terrosa
-con su arpón largo. Y pasa despacioso el
-homard, enorme alacrán marino acorazado, que
-en vez del venenoso garfio, tiene una mariposa
-de terciopelo negro ornada de amarillo.</p>
-
-<p>Berlín: ciudad que sabe la ordenanza, el latín,
-el griego, y también el plat-deustch; ciudad fuerte,
-pecadora, pero pacata; elegante, pero dura;
-rica, banquera; de arte; pero con cierto mal gusto
-común; con mujeres lindas, pero que tienen unos
-pies aplastadores de ilusiones; ciudad de secretos
-escándalos y de corrección excesiva; ciudad en
-que se siente la influencia del cuartel junto a la
-de la universidad; ciudad llena de cosas contradictorias,
-donde visitando un templo, os aborda
-un proxeneta que os promete el pecado, y en un
-bar, entre gentes pecadoras, se os aparece una
-mujer que os ofrece periódicos religiosos y os
-vende ¡imágenes de Cristo!</p>
-
-<p class="p4"><span class="pagenum"><a name="Page_237" id="Page_237">[237]</a></span></p>
-
-
-<h3 id="Viena">VIENA</h3>
-
-<p>Me habían dicho: «Es una hermana de París».
-Es una hermana de París que tiene los ojos más
-azules de tanto mirarse en el espejo del Danubio.
-Hay en la ciudad una alegría comunicativa, y si
-no la gracia impregnada de parisina, posee la
-elegancia, la gallardía de la seducción.</p>
-
-<p>Para mí, Viena y vals eran dos ideas juntas en
-mi mente. Viena, vals, placer. Un gran torbellino
-de mujeres hermosas en brazos de magníficos
-danzadores, deslizándose en anchas salas lisas,
-mientras afuera pasaban sonoros carruajes, se
-alzaban soberbios monumentos, bullía el mundo.
-Más o menos, he podido encontrar realizada esa
-imaginación, con mucho progreso además y
-mucho jardín atrayente, y mucho divertimiento,
-y mucha belleza femenina, y el centenario del
-padre del vals, Joseph Johan Strauss, que acaba
-de celebrarse. En su honor me he invitado a almorzar
-en el Volksgarten. En su honor y con
-una reverencia al poeta Grillparzer, cuyo monumento
-se alza no lejos de donde me sirven excelente
-<i>rostbraten</i> y una pilsen de oro pálido, que<span class="pagenum"><a name="Page_238" id="Page_238">[238]</a></span>
-es como líquida seda helada, mientras la brava
-orquesta anima el suave aire con ritmos armoniosos
-y ondulantes. En este mismo jardín fué
-donde Strauss dirigió la suya. Aquí nació el vals,
-a cuyos compases se balanceó el orbe; el vals,
-halago de la melancolía, lengua del gozo, música
-de amor, creación de un músico <i>minor</i>, pero que
-adoptarían los más altos y mayores, como Weber,
-como Chopín, como el mismo poderoso
-Beethoven. ¿Que Lanner, el amigo y rival, tuvo
-parte en el invento? Nadie se acuerda de Lanner,
-hoy, como no sea para hacer constar que tenía
-mucho menos talento que Strauss.</p>
-
-<p>Juraría que no hay uno solo de los que lean
-estas líneas, que no haya tenido en su vida un
-momento de animado placer, o de dulce tristeza,
-al mágico brotar de esa pequeña y cristalina
-cascada melodiosa que se llama <i>El Danubio
-azul</i>... Yo le debo muy copiosa cosecha de recuerdos
-y de ensueños, ya lanzada por las orquestas,
-ejecutadas en confidenciales pianos, o
-suspirada por errantes organillos; sobre todo por
-los organillos...</p>
-
-<p>También como París, es este un país de arte,<span class="pagenum"><a name="Page_239" id="Page_239">[239]</a></span>
-y en una avenida os encontraréis con un grande
-y pensativo Goethe, sentado en su sillón de
-bronce, o en una plazuela con un Mozart, jóvenes
-y airosos, o con Beethoven, o con Schiller; y en
-todas partes, un ambiente propicio al pensamiento.
-Y, sobre todo, un invisible soplo que incita
-al placer. En París hay más vicio que goce,
-aquí más goce que vicio. De todas maneras,
-aquí lanzó su último aliento el probo y sensato
-Marco Aurelio, que, entre sus mejores sentencias,
-ha dejado ésta, si poco purista, muy cuerda: «En
-general, el vicio no daña al mundo, y en particular,
-no daña sino a aquel que no puede abandonarlo
-cuando quiere».</p>
-
-<p>Viena placentera, pero también Viena laboriosa,
-pensadora, política, sentimental, artística,
-guerrera, religiosa. Todo encontraréis a vuestro
-paso. Aquí su palacio imperial; su catedral, enorme
-vegetación de piedra; más allá, Santa María
-Stiegen, vasto bouquet de ojivas y flechas, lo
-antiguo; y más allá, su teatro de la Opera, con
-su peristilo coronado por dos caballeros de bronce,
-lo moderno; o el Hofburgtheater, serio y elegante,
-al cual se llega por entre dos filas de es<span class="pagenum"><a name="Page_240" id="Page_240">[240]</a></span>tatuas
-de mármol, que tienen por fondo verdores
-de árboles y macizos de flores; o la Rathaus imponente
-con su elevada torre central; o el palacio
-del Reichsrath, y el frontispicio del parlamento,
-todo griego; y ante este último, mientras a sus
-pies, entre simulacros marmóreos, se vierte el
-agua armoniosa de una ánfora, Palas Atenea,
-gigantesca, se apoya en su lanza de oro y tiene
-en la diestra la alada Victoria.</p>
-
-<p>Dulces rincones amorosos, blandos retiros,
-labrados quioscos y curvos chorros de agua, en
-los jardines, en el Stadtpark, lleno de risas de
-niños; en Schwarzenberg, fácil a las citas y a los
-suspiros, o en el mismo Volksgarten, con su
-templo a Teseo, y sus alamedas, sus umbrías,
-sus tibios nidos, sus fragancias de parque y sus
-rumores de bosque. O allá, en el Prater, que si
-no vale el Bois parisiense, tiene especiales atractivos,
-en sus recodos de floresta y sus techumbres
-de hojas y su larguísima avenida. Mas,
-nada como ese fastuoso e histórico Schönbrunn,
-donde recordáis a Versalles y a Le Nôtre, y al
-gran Napoleón, y al triste Aiglon, hijo del Aguila.
-Flota un ambiente singular entre las bien or<span class="pagenum"><a name="Page_241" id="Page_241">[241]</a></span>denadas
-arquitecturas vegetales, entre los templetes
-de ramas y las verdes cúpulas y arcadas
-que forman los recortados tilos, las copas educadas
-y pomposas de los castaños. Las mitologías
-de las fuentes se bañan en la exhalación de
-vaporizadas perlas de su propia lluvia. Grata
-quietud invita a sentarse en los místicos bancos
-de los parterres, a meditar, a soñar, a imaginarse
-las bellas representaciones de la historia,
-mientras en su magnífica altura, la Gloriette
-destaca sobre el fondo celeste su pórtico soberbio,
-aún persistente decoración de más de una
-comedia y drama imperiales y reales.</p>
-
-
-<h3 id="Tumba">LA TUMBA DE LOS NUEVOS ATRIDAS</h3>
-
-<p>Un capuchino de larga barba guía al grupo de
-visitantes&mdash;campesinos, forasteros e ingleses. Al
-bajar la escalera estrecha de la bóveda, el ruido
-de los pasos. Luego, el ruido de las llaves de su
-reverencia. Luego, silencio. Y el cicerone de capucha,
-comienza a decir su lección, recorriendo
-las tumbas del lado derecho, los sarcófagos
-viejos, en donde reposan reales e imperiales hue<span class="pagenum"><a name="Page_242" id="Page_242">[242]</a></span>sos
-viejísimos, entre las cajas de metal gris labrado
-de esculturas macabras y simbólicas, tras
-duras rejas férreas. A mí no me interesan esos
-príncipes antiguos que tienen su página correspondiente
-en los anales austriacos: no me atrae
-Matías, ni Ana, ni José, ni Leopoldo, ni Carlos.
-Yo voy hacia la izquierda, en donde duermen los
-porfirogénitos malditos, las coronadas testas
-perseguidas por el destino, la familia misteriosa
-y fatídica de los Atridas modernos, esos Hapsburgos
-rubios o brunos, jóvenes o viejos, pero
-idénticos en el sufrimiento, en la desventura, en
-la tragedia. No me impresiona tanto el ataúd en
-que están los restos del duque de Reichstadt, ni
-el nombre de María Luisa en la caja mortuoria,
-como los otros sarcófagos en que duermen su
-eterno sueño, Maximiliano, el emperador de la
-barba de oro, el del cerro de las campanas; Elisabeth,
-la «emperatriz errante», que segó el
-anarquismo, y Rodolfo, el de la novela sangrienta.
-Aquí reposa, en la paz de la muerte, el que
-estaba destinado a ceñir la corona de los emperadores
-de Austria y de los reyes de Hungría. El
-capuchino explica rápida y precisamente, en ale<span class="pagenum"><a name="Page_243" id="Page_243">[243]</a></span>mán,
-la vida de cada uno de los príncipes difuntos
-que reposan en el subterráneo; y el profundo
-silencio de los visitantes es tan solamente interrumpido
-por un vago rumor de palabras entredichas
-en voz baja, cuando se detiene el grupo
-ante el sepulcro del archiduque Rodolfo de Hapsburgo.
-Pequeña iglesia de los capuchinos, que
-encierra tanta desventura, los despojos de esa
-familia predestinada fatídicamente a ser azotada
-por la desgracia; tristes grandezas desaparecidas
-entre la locura y la sangre; seres de vidas
-extraordinarias que realizan las más lúgubres y
-dolorosas creaciones de los poetas del destino,
-de los dramaturgos del misterio.</p>
-
-
-<h3 id="La">LA SECESIÓN</h3>
-
-<p>Cuando en 1900 vi en el Grand Palais la sección
-correspondiente a los secesionistas vieneses,
-mi entusiasmo fué vivo y justo. He ahí unos
-cuantos adoradores sinceros de la libertad del
-arte, buscadores de lo nuevo, de lo raro, según
-sus temperamentos, o intérpretes personales de
-las antiguas tradiciones artísticas, sin <i>blague</i><span class="pagenum"><a name="Page_244" id="Page_244">[244]</a></span>
-bulevardera, sin esteticismos montmartreses, sin
-los absurdos mamarrachos que, entre pocas
-obras de talento, exhiben unos cuantos desalmados,
-en el Salón de los Indépendents parisienses.
-¿Es que el ambiente es otro? ¿Es que en Viena
-la lucha por la vida y por la gloria es distinta?
-La verdad es que, en todos los esfuerzos de los
-artistas de la Secesión, noto una sinceridad y
-una noble independencia y una consagración a
-la idea y a la realización de la belleza, muy distantes
-de los extravagantes <i>épateurs</i> apurados
-de arribismo que abundan en la capital francesa.</p>
-
-<p>En edificio propio construído y arreglado conforme
-con los gustos y pensares estéticos de los
-organizadores del museo, la obra de la Secesión
-se exhibe en la metrópoli austriaca como un testimonio
-innegable del tesón, de la energía y del
-talento de sus puros artistas. El museo es un museo
-«de excepción» como diría Vittorio Pica.
-Nada de lo que hay en él es vulgar ni común, y
-se manifiesta en todo un don de alta gracia y una
-voluntad de hermosura y una fuerza de pensamiento,
-que honran y elevan sobremanera a la
-luchadora mentalidad austriaca. Aquí se ve que<span class="pagenum"><a name="Page_245" id="Page_245">[245]</a></span>
-no se busca asustar al burgués, sino más bien
-darle una nueva revelación de belleza. Aquí tienen
-nobles sacerdotes el ensueño y la vida misteriosa,
-y el pincel y el cincel dicen la profundidad
-de lo desconocido, lo arcano de nuestras
-humanas existencias y el enigma que existe en
-toda cosa. Sintéticos o complicados, expresan
-sus meditaciones y sus visiones interiores, o en
-un extraño aparato simbólico hacen surgir un aspecto
-de la verdad posible, o hacen florecer de
-luz el alma, o cristalizan lo indeciso y lo recóndito.
-Y hay la franca expresión y el desdén de
-toda rutina. Aquí es el único museo del mundo en
-donde no solamente se ha destrozado la académica
-hoja de parra, sino que se ha tenido el valor
-de revelar lo más íntimo, de no ocultar lo más
-oculto, a punto de que se os vienen a la memoria
-ciertas cuartetas memorables de Théophile Gautier.
-La leyenda tiene sus cultivadores. Veo cien
-cuadros que me atraen; no os diré los nombres
-de los autores, pues no están en las telas y no
-tengo tiempo para anotar un catálogo. Sí recordaré
-al potente Franz Metzner, el Rodin austriaco,
-el autor de ese poema soberbio de mármol<span class="pagenum"><a name="Page_246" id="Page_246">[246]</a></span>
-que se llama <i>La Tierra</i>, y de admirables estudios
-decorativos y de bustos y de estatuas de una originalidad
-imponente y comprensiva. <i>La Tierra</i>,
-de Metzner, está expuesta en un saloncito especial,
-adornado tan solamente de expresivos telamones
-y de su sola, impresionante y elegante
-sencillez. Y la figura en que se manifiestan la
-vida y el ritmo terrestres y la fuerza natural, está
-sobre su base como la majestad y el misterio de
-un simulacro sagrado. Lo que la Secesión ha enviado
-a la Exposición de San Luis, atestigua el
-valor de sus pintores, decoradores, estatuarios,
-ceramistas, mueblistas. Ferdinand Andri envía
-sus figuras valientes, que renuevan algo del arcáico
-arte asirio; Metzner, sus soberbias creaciones
-plásticas, sus sintéticas expresiones de la
-persona humana; Klimt, sus cuadros simbólicos
-de factura extraordinaria y de significación honda,
-como <i>El manzano de oro</i>, <i>La vida es un
-combate</i>, <i>La Jurisprudencia</i> y <i>La Filosofía</i>, que
-tantas discusiones causó cuando se expuso en
-París en la última Exposición Universal.</p>
-
-<p>Salgo de la Secesión encantado de encontrar
-un verdadero templo del arte en tiempos en que<span class="pagenum"><a name="Page_247" id="Page_247">[247]</a></span>
-los templos del arte están en posesión de los
-mercaderes, de los insinceros, de los pacotillistas
-o de los histriones. Y saludo ese esfuerzo
-generoso, deseando que en nuestros países de
-arte naciente se junten las energías individuales
-de los puros, de los incontaminados, y procuren
-hacer algo semejante, lejos de la chatura de
-las escuelas de limitación y atrofia y de las
-modas vanas que nada tienen que ver con la
-eternidad de la belleza.</p>
-
-
-<h3 id="Buda">BUDA-PEST</h3>
-
-<p>...Buda-Pest: el Rey; María Teresa; el Danubio
-azul; paprikahum, vino de Tokai...; y una vieja
-zarzuela que deleiteó mis años infantiles. <i>Los
-Madgyares</i>, en la cual cantaba un coro:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-
-<div class="line i1">Vamos señores</div>
-<div class="line">A la feria de Buda,</div>
-<div class="line">Que hoy es el día</div>
-<div class="line">De vender y comprar.</div>
-</div></div></div>
-
-<p>Y los trajes vistosos de alamares y galones, y
-el leguito del convento:</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_248" id="Page_248">[248]</a></span></p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-
-<div class="line i1"><i>Ego sum, ego sum</i></div>
-<div class="line">El leguito del convento</div>
-<div class="line"><i>Ego sum</i>, además</div>
-<div class="line">Campanero y sacristán...</div>
-</div></div></div>
-
-<p>Y me hechizó la ciudad bizarra, o más bien las
-dos ciudades gemelas unidas por los magníficos
-puentes, con su clima, sus flores, sus paseos, su
-barrio elegante y moderno en que casi todas las
-nuevas construcciones son <i>art nouveau</i>, o secesión,
-mansiones caprichosas de los magnates y
-propietarios de pingües pushtas y «economías».
-Es una delicia pasear por el kiralgi var, y sus palacios
-y verdores, a orillas del agua azul del armonioso
-río. Hay edificios espléndidos como el
-magnífico parlamento, que se refleja en el Danubio,
-y sus plazas espaciosas, las calles y avenidas,
-y sobre todo, las más bellas mujeres del
-mundo hacen mirar esta tierra como un terrenal
-paraíso. ¡Oh! todos los países tienen lugares de
-gozo y bellas mujeres, pero la Ciudad del Amor
-y de la hermosura, creedme, es Buda-Pest. Hay
-un lugar, en un suburbio de la ciudad de Pest,
-que se llama Os Buda Vara, jardín, paseo; feria
-nocturna, lleno de atracciones, teatritos, ventas<span class="pagenum"><a name="Page_249" id="Page_249">[249]</a></span>
-diversas, castillos luminosos, flores, perfumes,
-músicas nacionales, trajes pintorescos; y allí he
-visto una colección de beldades que habrían
-dejado meditabundo y soñador al mismo rey
-Salomón que, como sabéis, era de gusto exquisito.</p>
-
-<p>Un momento ha habido de duelo nacional, más
-que duelo ha sido una glorificación, una apoteosis:
-la muerte de Jokai. Impregnado del encanto
-de esta ciudad fascinadora, he asistido a los funerales
-de su poeta, de su novelista, de su pensador
-nacional. Pasaban los carros cargados de
-coronas por la gran calle Andrassy, en donde
-estaba la morada del escritor; el cortejo era solemne
-y fastuoso; representantes del gobierno
-asistían a la ceremonia en que se honraba la
-memoria del viejo revolucionario; vistosos y pintorescos
-uniformes militares, universitarios, heráldicos,
-desfilaban en la severa procesión. Y en
-en los balcones, adornados de colgaduras de
-duelo, se veía una muchedumbre de rostros divinos
-en que brillaban maravillosos ojos húngaros.
-Y ante ese esplendor y ese prodigio de belleza
-femenina, al pasar el carro de las más frescas<span class="pagenum"><a name="Page_250" id="Page_250">[250]</a></span>
-coronas, de los estudiantes, compré a una
-florista un ramo de rosas, y, poeta desconocido
-de lejanas tierras, con el corazón palpitante, con
-un temor de emoción, arrojé yo también mi
-ofrenda al anciano Jokai.</p>
-
-<div class="figcenter6"><img src="images/p250.jpg" width="150"
-height="70" alt="" title="" /></div>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_251" id="Page_251">[251]</a></span></p>
-
-
-
-
-<h2>INDICE</h2>
-
-<table border="0" cellpadding="5" cellspacing="5" summary="indice">
-
-<tr>
-<td class="tdc" colspan="2">TIERRAS SOLARES</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdrb" colspan="2">Págs.</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl"><a href="#Barcelona">Barcelona</a></td>
-<td class="tdrb">9</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl"><a href="#Malaga">Málaga</a></td>
-<td class="tdrb">21</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl"><a href="#Andaluza">La tristeza andaluza</a></td>
-<td class="tdrb">69</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl"><a href="#Granada">Granada</a></td>
-<td class="tdrb">85</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl"><a href="#Sevilla">Sevilla</a></td>
-<td class="tdrb">103</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl"><a href="#Cordoba">Córdoba</a></td>
-<td class="tdrb">117</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl"><a href="#Gibraltar">Gibraltar</a></td>
-<td class="tdrb">129</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl"><a href="#Tanger">Tánger</a></td>
-<td class="tdrb">155</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl"><a href="#Venecia">Venecia</a></td>
-<td class="tdrb">181</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl"><a href="#Florencia">Florencia</a></td>
-<td class="tdrb">195</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdc" colspan="2">DE TIERRAS SOLARES A TIERRAS DE BRUMA</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl"><a href="#Waterloo">Waterlóo</a></td>
-<td class="tdrb">211</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl"><a href="#Rhin">Por el Rhin</a></td>
-<td class="tdrb">214</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl"><a href="#SM">Francfort S. M.</a></td>
-<td class="tdrb">223</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl"><a href="#Berlin">Berlín</a></td>
-<td class="tdrb">228</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl"><a href="#Viena">Viena</a></td>
-<td class="tdrb">237</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl"><a href="#Tumba">La tumba de los nuevos atridas</a></td>
-<td class="tdrb">241</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl"><a href="#La">La Secesión</a></td>
-<td class="tdrb">243</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl"><a href="#Buda">Buda-Pest</a></td>
-<td class="tdrb">247</td>
-</tr>
-
-</table>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_252" id="Page_252">[252]</a></span></p>
-
-
-
-
-<p class="smcap p6 center large">Acabóse
-de imprimir
-este libro en
-Madrid en el establecimiento
-tipográfico
-de José Yagües
-Sanz, el día xxv
-de Septiembre
-de año
-mcmxvii</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-<p>&nbsp;</p>
-<hr />
-<p>&nbsp;</p>
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p class="box">Nota del Transcriptor:<br/><br/>
-
-Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.<br/><br />
- Errores obvios de imprenta han sido corregidos.<br/><br />
-
- Páginas en blanco han sido eliminadas.<br/><br/>
-La portada fue diseñada por el transcriptor y se considera dominio público.<br /></p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-<p>&nbsp;</p>
-<hr class="full" />
-<p>***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK TIERRAS SOLARES***</p>
-<p>******* This file should be named 52857-h.htm or 52857-h.zip *******</p>
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-</p>
-
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-version posted on the official Project Gutenberg-tm web site
-(www.gutenberg.org), you must, at no additional cost, fee or expense
-to the user, provide a copy, a means of exporting a copy, or a means
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-Vanilla ASCII" or other form. Any alternate format must include the
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- the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
- you already use to calculate your applicable taxes. The fee is owed
- to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he has
- agreed to donate royalties under this paragraph to the Project
- Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments must be paid
- within 60 days following each date on which you prepare (or are
- legally required to prepare) your periodic tax returns. Royalty
- payments should be clearly marked as such and sent to the Project
- Gutenberg Literary Archive Foundation at the address specified in
- Section 4, "Information about donations to the Project Gutenberg
- Literary Archive Foundation."</li>
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- you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
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- License. You must require such a user to return or destroy all
- copies of the works possessed in a physical medium and discontinue
- all use of and all access to other copies of Project Gutenberg-tm
- works.</li>
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- electronic work is discovered and reported to you within 90 days of
- receipt of the work.</li>
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-<li>You comply with all other terms of this agreement for free
- distribution of Project Gutenberg-tm works.</li>
-</ul>
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-Gutenberg-tm electronic work or group of works on different terms than
-are set forth in this agreement, you must obtain permission in writing
-from both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and The
-Project Gutenberg Trademark LLC, the owner of the Project Gutenberg-tm
-trademark. Contact the Foundation as set forth in Section 3 below.</p>
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-<p>1.F.</p>
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-<p>1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
-effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
-works not protected by U.S. copyright law in creating the Project
-Gutenberg-tm collection. Despite these efforts, Project Gutenberg-tm
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-of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
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-TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
-LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
-INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
-DAMAGE.</p>
-
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-receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
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-received the work on a physical medium, you must return the medium
-with your written explanation. The person or entity that provided you
-with the defective work may elect to provide a replacement copy in
-lieu of a refund. If you received the work electronically, the person
-or entity providing it to you may choose to give you a second
-opportunity to receive the work electronically in lieu of a refund. If
-the second copy is also defective, you may demand a refund in writing
-without further opportunities to fix the problem.</p>
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-in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS', WITH NO
-OTHER WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT
-LIMITED TO WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.</p>
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-<p>1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied
-warranties or the exclusion or limitation of certain types of
-damages. If any disclaimer or limitation set forth in this agreement
-violates the law of the state applicable to this agreement, the
-agreement shall be interpreted to make the maximum disclaimer or
-limitation permitted by the applicable state law. The invalidity or
-unenforceability of any provision of this agreement shall not void the
-remaining provisions.</p>
-
-<p>1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
-trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
-providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in
-accordance with this agreement, and any volunteers associated with the
-production, promotion and distribution of Project Gutenberg-tm
-electronic works, harmless from all liability, costs and expenses,
-including legal fees, that arise directly or indirectly from any of
-the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this
-or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or
-additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any
-Defect you cause. </p>
-
-<h3 class="pg">Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm</h3>
-
-<p>Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
-electronic works in formats readable by the widest variety of
-computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
-exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
-from people in all walks of life.</p>
-
-<p>Volunteers and financial support to provide volunteers with the
-assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
-goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
-remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
-and permanent future for Project Gutenberg-tm and future
-generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
-Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
-www.gutenberg.org.</p>
-
-<h3 class="pg">Section 3. Information about the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation</h3>
-
-<p>The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
-U.S. federal laws and your state's laws.</p>
-
-<p>The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
-mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
-volunteers and employees are scattered throughout numerous
-locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
-Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
-date contact information can be found at the Foundation's web site and
-official page at www.gutenberg.org/contact</p>
-
-<p>For additional contact information:</p>
-
-<p> Dr. Gregory B. Newby<br />
- Chief Executive and Director<br />
- gbnewby@pglaf.org</p>
-
-<h3 class="pg">Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation</h3>
-
-<p>Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
-spread public support and donations to carry out its mission of
-increasing the number of public domain and licensed works that can be
-freely distributed in machine readable form accessible by the widest
-array of equipment including outdated equipment. Many small donations
-($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
-status with the IRS.</p>
-
-<p>The Foundation is committed to complying with the laws regulating
-charities and charitable donations in all 50 states of the United
-States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
-considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
-with these requirements. We do not solicit donations in locations
-where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
-DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
-state visit <a href="http://www.gutenberg.org/donate">www.gutenberg.org/donate</a>.</p>
-
-<p>While we cannot and do not solicit contributions from states where we
-have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
-against accepting unsolicited donations from donors in such states who
-approach us with offers to donate.</p>
-
-<p>International donations are gratefully accepted, but we cannot make
-any statements concerning tax treatment of donations received from
-outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.</p>
-
-<p>Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
-methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
-ways including checks, online payments and credit card donations. To
-donate, please visit: www.gutenberg.org/donate</p>
-
-<h3 class="pg">Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.</h3>
-
-<p>Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
-Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
-freely shared with anyone. For forty years, he produced and
-distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
-volunteer support.</p>
-
-<p>Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
-editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
-the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
-necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
-edition.</p>
-
-<p>Most people start at our Web site which has the main PG search
-facility: www.gutenberg.org</p>
-
-<p>This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
-including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
-subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.</p>
-
-</body>
-</html>
-
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