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If you are not located in the United States, you'll have -to check the laws of the country where you are located before using this ebook. - - - - -Title: La Esfinge Maragata - Novela - - -Author: Concha Espina - - - -Release Date: April 10, 2016 [eBook #51724] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - - -***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA ESFINGE MARAGATA*** - - -E-text prepared by Giovanni Fini, Carlos Colon, and the Online Distributed -Proofreading Team (http://www.pgdp.net) from page images generously made -available by Internet Archive/Canadian Libraries -(https://archive.org/details/toronto) - - - -Note: Project Gutenberg also has an HTML version of this - file which includes the original text decorations. - See 51724-h.htm or 51724-h.zip: - (http://www.gutenberg.org/files/51724/51724-h/51724-h.htm) - or - (http://www.gutenberg.org/files/51724/51724-h.zip) - - - Images of the original pages are available through - Internet Archive/Canadian Libraries. See - https://archive.org/details/laesfingemaragat00espi - - -NOTA DEL TRANSCRIPTOR: - - Se ha mantenido la acentuación del libro original, que - difiere notablemente de la utilizada en español moderno. - - - - - -LA ESFINGE MARAGATA - -Novela - -Premiada por la Real Academia Española - -(Tercera Edición) - - - * * * * * * - -OBRAS DE CONCHA ESPINA - - - LA NIÑA DE LUZMELA (Novela), 2.ª edición. - - DESPERTAR PARA MORIR (Novela), 2.ª edición. - - AGUA DE NIEVE (Novela), 3.ª edición. - - LA ESFINGE MARAGATA (Novela premiada con el premio - Fastenrath por la Real Academia Española), 3.ª edición. - - LA ROSA DE LOS VIENTOS (Novela), 2.ª edición. - - AL AMOR DE LAS ESTRELLAS (_Mujeres del «Quijote»_). - - RUECAS DE MARFIL (Novelas), 2.ª edición. - - EL JAYÓN (Drama en tres actos). - - PASTORELAS. - - EL METAL DE LOS MUERTOS (Novela), 2.ª edición. - - -TRADUCCIONES: - - AL INGLÉS: - - LA ESFINGE MARAGATA. - LA ROSA DE LOS VIENTOS. - EL JAYÓN. - EL METAL DE LOS MUERTOS. - - AL ALEMÁN: - - LA ESFINGE MARAGATA. - EL JAYÓN. - EL METAL DE LOS MUERTOS. - - AL ITALIANO: - - LA ESFINGE MARAGATA. - EL JAYÓN. - PASTORELAS. - EL METAL DE LOS MUERTOS. - AL AMOR DE LAS ESTRELLAS, 2.ª edición. - - * * * * * * - - -[Illustration: - - -CONCHA ESPINA - -LA ESFINGE MARAGATA - -Novela - -Premiada por la Real Academia Española - - - - - - - -Gil Blas -Renacimiento - -10º Millar Madrid - - - - - Es propiedad de la autora. - - Derechos de reproducción y traducción - reservados para todos los países, - comprendidos Suecia, Noruega y - Rusia. - - Copyright 1920 by Concepción Espina - y Tagle. - - Hechos los depósitos que marca la - Ley para las Repúblicas Americanas. - - - MADRID.—Imprenta de Miguel Albero.—Santa Engracia 155. - - - - -[Illustration] - - - - -I - -EL SUEÑO DE LA HERMOSURA - - -VIBRA el soplo estridente de la máquina que desaloja vapor, cruje con -recio choque una portezuela, algunos pasos vigorosos repercuten en el -andén, silba un pito, tañe una campana, y el convoy trajina, resuella y -huye, dejando la pequeña estación muda y sola, con el ojo de su farol -vigilante encendido en la torva oscuridad de la noche. - -El único viajero que ha subido en San Pedro de Oza es joven, ágil, -buen mozo; lleva un billete de segunda para Madrid, y, apenas salta al -vagón, acomoda su equipaje—una maleta y el portamantas—en la rejilla -del coche. Luego desciñe el tahalí que trae debajo del gabán y lo -asegura cuidadosamente en un rincón. Dentro de su escarcela de viaje -guarda Rogelio Terán—que así se llama el mozo—toda su fortuna: poco -dinero y hartas ilusiones; el manuscrito de una novela; un libro de -memorias con apuntes de peregrino artista, versos, postales y retratos. - -Ocupan el departamento dos señoras. Al tenue claror que la lucecilla -del techo difunde, sólo se logra averiguar que entrambas duermen: la -una sentada a un extremo, con la cabeza envuelta en un abrigo que le -oculta la cara; tendida la otra en sosegada postura bajo la caricia -confortadora de un chal. Las dos permanecen ajenas al arribo del -nuevo viajero; las dos yacen con igual reposo y oscilan con el tren, -esfumadas en la penumbra del breve recinto, insensibles a la vida -maquinal del convoy, como los inanimados contornos de los almohadones -vacíos y los equipajes inertes. - -Distrae el caballero unos minutos en cambiar el hongo por la gorra, -ceñirse una manta a las rodillas y limpiar los lentes con mucha pausa -y pulcritud. Luego previene un cigarrillo, le coloca en los labios con -esa petulancia habitual del fumador, y enciende una cerilla. - -Mas antes de dar lumbre a su tabaco, inclina curioso el busto hacia la -dama, dormida enfrente, de la cual ya ha sorprendido un cándido perfil, -rodeado de cabellos oscuros, en el fonje lecho de la almohada. Con -más audaz resolución descubre ahora las hermosuras de aquel semblante -serenísimo que duerme y sonríe. La llama tembladora del fósforo quema -los dedos cómplices sin que el viajero artista deje de ver y de -admirar: la tez morena clara, de suavísimo color; puras las facciones y -graciosas; párpados grandes y tersos; orla riza y doble de pestañas que -acentúan con apacible sombra el romántico livor de las ojeras; mejillas -carnosas y rosadas; correcta la nariz y encendida la boca, y en las -sienes un oleaje de cabellos negros desprendidos del peinado, que caen -sobre las cejas y nimban la cara como una fuerte corona... - -Tales maravillas cuenta la temblorosa luz al extinguirse de un -soplo, semejante a un suspiro, mientras el ocioso mirón falla en -silencio:—¡Admirable!, ¡admirable!—Y se respalda en el sofá -escudriñando con golosa mirada a la otra incógnita dormida. -Inútilmente: la mantilla o toca que la cela el rostro, no ofrece el -menor señuelo a las audacias del furtivo y galante explorador. El cual, -entonces, se decide a encender su olvidado cigarrillo, y fuma con -impaciente y nervioso afán, puestos los ojos y el corazón en el dulce -misterio de aquella hermosa mujer... - -El tren correo salió de La Coruña a las nueve de la noche; aunque estas -señoras procedan de la capital, ¿cómo a las diez y media se han rendido -ya tan profundamente a la pesadumbre del sueño? Parece que vinieran de -lejanos países, acosadas por la fatiga de muchas horas de insomnio... -¿Viajan las dos juntas?... ¿Las reune el acaso?... ¿Adónde van?... -¿Quiénes son?... - -—Madre e hija—sospecha el curioso, pensando que una moza tan gentil -no anda bien sola por el mundo. Y saborea, con refinamiento exquisito, -la emoción de hallarse de repente, en un recodo de su inquieto -peregrinaje, al lado de una bella desconocida que, en la placidez de la -más absoluta confianza, rueda con él por un camino oscuro. - -El peso voluptuoso de esta meditación inclina otra vez al viajero hacia -la joven. - -—¿Soltera?... ¿Casada?...—murmura interiormente—. Soltera—concluye, -adivinando en las facciones suaves la pureza de la virginidad bajo la -gracia de la primera juventud—. ¡Si parece una niña!... - -La contemplación se hace tan próxima, tan impulsiva y profunda; brilla -en los claros ojos varoniles un deseo de hurto, tan voraz, que la dama -_lo siente_, mortificador, al través del sueño; suspira, se impacienta, -parece que lucha con la imposibilidad de despertarse, y en voz chita, -con enojo y con mimo, protesta: - -—¡Vaya!... - -Iníciase a lo largo del confortable chal una rápida agitación, y, al -punto, la tan sutilmente importunada vuelve a quedar en serena actitud. -De su lindo rostro se ha borrado la repentina mueca infantil que lo -alteró un instante, y la sonrisa florece ahora más clara, más dulce, -mientras el atrevido admirador, replegado en su asiento con mesura, oye -confusamente la voz de la conciencia hidalga, reprobadora de apetitos -locos, y aun el aviso discreto de aquel adagio que dice: - - _Un beso por sorpresa,_ - _es una tontería del que besa._ - -Pero estos estímulos saludables de la prudencia y la honestidad no -penetran mucho en el ánimo del viajero, absorto en otras imprevistas -revelaciones. - -La bella durmiente, al sacudir con disgusto su arrogante cabeza en la -almohada, ha dejado rodar sobre el cuello, libre y redondo, una roja -sarta de corales. - -Y la tercera inclinación de Rogelio Terán hacia el encanto de aquella -mujer, es lúgubre y angustiosa: el hilo encarnado se aparece de pronto -en la dulzura morena de la piel como borde sangriento de una herida; -el semblante, al cambiar de postura, resalta más pálido, en escorzo -bajo la macilenta luz, con la aureola de cabellos brunos en rebelde -y hermosísimo desorden. Ha cambiado así tan de súbito el aspecto de -la viajera, que el asombrado mozo apenas la reconoce: tiene ahora una -belleza trágica, el desolado rostro de una víctima; parece que la -circuyen sombras de fatal predestinación. - -De nuevo, muy de cerca, mas con respeto y solicitud, los zarcos ojos -miopes atisban el femenino perfil y sólo entonces aquella respiración -suave, aquella sonrisa difusa, devuelven al caballero la tranquilidad. - -A este punto una nota blanca ha roto las sombras en el ángulo donde -la viajera apoya los pies, y el artista, triunfante en el abierto -campo de sus exploraciones, distingue una media inmaculada, ceñida a -un alto empeine en el escote del zapato de oreja, bordado y elegante, -nuevos motivos de asombro y cavilación: aquel collar, aquel zapato, -¿pertenecen a una bailarina que viaja en traje de luces, o a una señora -vestida de aldeana por capricho y con lujo? - -La primera suposición parece más verosímil: quizá bajo la estameña -oscura del abrigo, un relámpago de falsa pedrería serpea entre livianos -tules en torno a la farandulera errante. De todas suertes, aquella -mujer no es, de seguro, una campesina auténtica viajando con el vestido -regional de Galicia. Cierto perfume señoril que de la ropa trasciende, -la finura del semblante, el pie lindo y curvado, la garganta mórbida y -dócil, sugieren la idea de una más noble calidad. - -Feliz el caballero con esta certidumbre, se decide a proteger, -solícito, el confiado reposo de la dama. Y mirándola, en tan profundo -sosiego, recuerda haber leído, no sabe dónde, que sólo en la pujante -mocedad se duerme así, con absoluto abandono, con dulzura y pesadez, y -que a este primer descanso antes de las doce de la noche, por lo mucho -que repara y embellece, lo designó cierta famosa actriz con la frase de -_el sueño de la hermosura_. - -Despiertas con esta membranza las más sutiles curiosidades del artista, -muerden la sombra queriendo descubrir cómo la gracia de aquel beleño -reparador presta a los músculos sedante laxitud, y, con una pincelada -invisible, extiende sobre el reposo de las facciones toda la infinita -serenidad de la belleza. - -—_¡El sueño de la hermosura!_—corrobora el viajero, sumido en la -poética sugestión de la frase cuando, de pronto, sobrevienen el taque -brusco de una portezuela, el uniforme del revisor y unas palabras -requeridoras, con barruntos de cortesía: - -—Buenas noches... ¿los billetes?... - -Rogelio busca el suyo sin apartar los ojos del frontero sofá, y mira -atónito cómo la manta encubridora, estremecida por un tardo movimiento, -se yergue, resbala y descubre un peregrino traje de mujer, bajo cuyo -jubón de seda negra se solivia un gallardo busto, mientras una voz -insegura, blanca y musical, prorrumpe: - -—¡Abuela, los billetes!... - -Y el brazo primoroso de la joven se tiende hacia la dama oculta en el -rincón, la mueve, la despierta con mimo y la ayuda a desembarazarse de -ropas y envoltorios. - -Surgen de ellos una cara senil y una mano rugosa; taladra el revisor -los cartoncillos, y se despide con otro portazo. - -Los tres viajeros se miran de hito en hito, con vago asombro de las -dos señoras e interés creciente por parte de Terán, que se lanza a -la cumbre de las más arduas imaginaciones ante aquellas dos mujeres -tan distintas, ataviadas de igual manera exótica, unidas por cercano -parentesco, tal vez precipitadas por la suerte en idéntico destino... -Y, sin embargo, representan dos castas, dos épocas, dos civilizaciones. -En un momento, la perspicaz observación del novelista sorprende, separa -y define: la abuela es una tosca mujer del campo, una esclava del -terruño; tiene el ademán sumiso y torpe, la expresión estólida, y en la -tostada piel surcos y huellas de trabajo y dolor; diríase que la traen -cautiva, que unos grillos feudales la oprimen y torturan, que viene del -pasado, de la edad de las ciegas servidumbres, en tanto que la moza, -linda y elegante, acusa independencia y señorío: todo su porte bizarro -lleva el distintivo moderno de la gracia a la cultura. En esta niña el -traje campesino parece un disfraz caprichoso, mientras en la anciana -tiene un aire de rudeza y humildad, como librea de esclavitud. - -Al discernir de una sola ojeada estas dos existencias, la percepción -delicada y pronta del artista advierte que aquellos ojos, súbitamente -abiertos ante él, le están mirando sin verle. Porque la vieja parece -azorada, distraída en el confín de un pensamiento remoto, del cual -extrae alguna razón muy turbia y difícil; mientras que en las pupilas -de la joven no ha despertado el alma todavía. Y una rara inquietud -acosa al mozo, aguardando que torne aquel espíritu ausente; que luzca -y se agite; que diga su linaje; que descubra algún florido secreto del -mundo interior donde se nutre y sueña. Crece tanto el ansia con que -Rogelio invoca a la dormida esencia de aquel sér, que al fin acude y se -despierta y mira desde los ojos flavos de la dama, sin comprender las -razones de tan extraña sugestión. - -—Duerme, duerme otro rato—murmura la vieja, viendo a la muchacha -revolverse perezosa con los dedos entre los desmandados bucles. - -—Sí; tengo mucho sueño... tengo frío... - -—Te arroparé con la frisa. - -Y la abuela, con gran solicitud, mueve las manos rudas para abrigar a -la joven, otra vez acostada en el sofá. - -Cruza la niña sus pestañas dobles, suspira y se aquieta, alzando el -vuelo de la manta a la altura del rostro, como para recatarlo a las -voraces miradas del viajero: el alma dormida no llegó a despertarse -con toda lucidez en las pupilas soñolientas; si se asomó un momento, -requerida por el audaz reclamo de otro espíritu, cayó otra vez desde la -linde misteriosa en la región del sueño, en el profundo _sueño de la -hermosura_. - - * * * * * - -Así crece la noche, majestuosa y sombría. Rogelio Terán, acosado -por un enjambre de pensamientos, atisba el paisaje tras los vidrios -empañecidos por la escarcha: huyen los árboles y los montes, los -abismos y las cumbres, como un galope de tinieblas en los flancos de -la vía; tiemblan con agudo fulgor las estrellas lejanas en un cielo -inclemente, crudo y glacial. - -Evoca el viajero las veces que se ha sentido, como en este instante, -impresionado por la belleza de una mujer. Y revolviendo las memorias de -su vida, halla en el fondo de cada galante recuerdo una lástima tierna -y aguda, una ardiente conmiseración hacia todas las bellas por él -adoradas un minuto, unas horas quizá, desde una ventanilla transitoria, -en la blandura de un carruaje, en la cubierta de un buque, al compás de -una danza, a los acordes místicos de un órgano... ¡En tantas ocasiones -era posible amar a una mujer! - -Las amó a todas con alma de poeta y persiguió en cada una la sombra de -un misterio, el halo de un sacrificio, la huella de una pesadumbre. -Hijo de una desventurada, a quien vió llorar mucho y morir sonriendo en -plena juventud, padecía la obsesión de los dolores femeninos, como si -en su sangre latiera siempre el temblor de aquellas lágrimas queridas. -Muy sensible por esto, muy humano, ardía en amores vertidos con -suavidad infinita sobre las criaturas y las cosas bellas y humildes; -creyendo vislumbrar un arcano de tristeza detrás de cada hermosura de -mujer, sentíase atacado de melancolía al encuentro de una hermosa. - -Jugaba al amor con timidez, en aventuras fugaces, buscando y huyendo -con sagrados terrores la grande y definitiva pasión de la juventud, la -raíz de la vida, recia y profunda, enhestada desde la tierra al cielo -como una llama, como un grito, como una corona. Quería vivir a flor -de pasiones, amándolo todo con el ímpetu de muchas piedades, cifradas -en el recuerdo de aquella sonrisa maternal que maduró con el reposo -codiciado de la muerte, pero sin esclavizarse a los latidos de un solo -corazón, porque amar al mundo entero era ya un triunfo hermoso del -sentimiento y de la bondad, y lanzarse al abismo del amor único, al -paso de una mujer, era enroscar el alma a la tremenda raiz, que lo -mismo puede erguirse al cielo como una corona victoriosa, que como un -grito lacerante, como una llama fatal. - -Y este pavor augusto a la orilla de las grandes pasiones no carecía de -egoísmo y de pereza. Como un _dilettante_ del amor, pretendía Terán -embellecer su existencia con rasgos de Quijote, al estilo moderno, sin -lastimarse las manos señoriles, sin descomponer la gallarda postura -ni encadenar el voluble corazón. Hidalguía y curiosidad, émulas en el -carácter veleidoso de este hombre, se disputaban la victoria de los -sentidos bajo la guarda prudente de una equilibrada naturaleza y al -través de un temperamento de artista y de epicúreo. En tan complejo -bagaje sentimental no había una sola nota de bellaquería ejercitada ni -de daño propio; pero sí muchos versos ungidos de ternura al margen de -cada amor: de donde se infiere que el poeta andariego era más hidalgo -que curioso, más compasivo que sensual y más artista que mundano, -aunque tuviera mucha sed de novedades, sensaciones y aventuras... - -Mientras avanza el ferrocarril al través de la noche, en pleno -interlunio, Rogelio Terán agita en la memoria el poso romántico de sus -añoranzas, y vuelve con frecuencia los ojos hacia la mocita dormilona, -que, inmóvil, trasunta la estatuaria rigidez de un velado cadáver. - -Supone el viajero que no ha dejado de contemplar aquel perfil inerte, -cuando se despierta y mira el reloj. Son las tres de la mañana y el -tren se ha detenido ante un letrero que dice: «San Clodio». Aquí el -artista se incorpora, sacude el cansancio un minuto, y en pie detrás -de la portezuela, saluda con reverente pensamiento al peregrino autor -de las _Sonatas_, al poeta de _Flor de santidad_, cuya musa galante y -campesina trovó en estas silvestres espesuras páginas deleitosas. - -Y cuando el tren arranca, jadeante y sonoro, Terán, invadido de sueño, -da una vuelta en los almohadones con el fastidio de hallarse mal a -gusto: guarda los lentes, se encasqueta la gorra, y refugiado en un -rincón procura olvidar a su vecina para dormirse, en tanto que la vieja -ha vuelto a desaparecer bajo la nube de sus tocas. - -[Illustration] - - - - -[Illustration] - - - - -II - -MARIFLOR - - -YA la sombra se repliega a los rincones del recinto, y se levanta -sobre el paisaje la peregrina claridad del amanecer, cuando Rogelio -siente una aguda atracción que le estimula y aturde, entre despierto -y dormido, llamándole con fuerza a la realidad desde el confín ignoto -de los sueños. Se endereza al punto, corrige su descuidada actitud, y -clava la ondulante memoria en el sofá de enfrente, murmurando con vivo -azoramiento: - -—Buenos días. - -Responde la dama al saludo matinal, y luego, pensativa, se pregunta -dónde ha oído una voz como aquélla; cuándo viajó, como ahora, con -un mozo rubio, de ojos azules, fino y elegante, que la miraba -mucho:—Nunca—se dice interiormente—; ¡lo he soñado!... - -Al recordar que se despertó un momento antes, enfrente de aquel hombre -dormido, vacila entre la idea remota de haberle visto llegar o de haber -soñado que llegaba. Una rara inquietud la sobrecoge: toda la púrpura -de la sangre se agolpa bajo la tersa piel de sus mejillas; vuelve -los fugitivos ojos hacia la abuela, que aún duerme, y después, para -disimular la turbación, trata de bajar uno de los cristales del coche. - -Le ayuda Terán, inmediatamente, pesaroso de haberse abandonado en -postura tal vez ridícula delante de la hermosa. Ella finge mucho -interés por el indeciso horizonte que clarea en la curva lejana de -las nubes con soñolienta luz. Y él, entretanto, examina afanoso aquel -traje, peculiar de un país que no conoce, aquella figura juvenil donde -reposa la belleza como en ánfora insigne. - -Lleva la niña el clásico manteo, usual en varias regiones españolas: -falda de negro paño con orla recamada, abierta por detrás sobre -un refajo rojo, y encima del jubón un dengue oscuro guarnecido de -terciopelo; delantal de raso con adornos sutiles, gayas flores, aves, -aplicaciones pintorescas y dos cintas bordadas de letreros con borlas -en las puntas; y al busto, bajo la sarta de corales, un gualdo pañuelo -de seda, ornado también de primorosos dibujos. - -Sobre aquel extraordinario golpe de telas joyantes y placenteros -matices, se alzaron para delicia de Terán dos manos lindas, azoradas -como palomas: querían componer unos rizos, mudar unos alfileres, -hurtar la sién a la intrusión huraña de los cabellos sublevados en -los azares de la noche; mas no lograron ninguno de estos propósitos, -y estremecidas de frío, trataron de cerrar otra vez la vidriera. -Interviene de nuevo Terán con galante premura, y después de algunas -frases de agrado y cortesía, los dos mozos se quedan frente a frente, -sentados y amigos, sonriendo con la franca expresión propia de su -vecindad y su juventud; ella, más propicia a responder que a preguntar, -dice que marcha a Astorga con la abuela para vivir en el campo hasta -que regrese su padre, el cual viaja con rumbo a la Argentina. - -¿Que si es maragata? Sí: nació allá abajo, en Valdecruces, silencioso -rincón de Maragatería, pero no conoce el país; muy pequeña, la llevaron -a La Coruña y nunca volvió al pueblo natal, porque a su madre le -gustaba poco. Su madre era costanera, de una playa de Galicia, Bayona, -el vergel más hermoso del mundo... Y la viajera dilata la expresión -infantil de sus ojos garzos, con las plácidas señales de un recuerdo -que huye... - -—Desde que mi madre murió—murmura—tampoco he vuelto allá. Todo me ha -sido adverso desde entonces—añade—: con ella se me fué la alegría, la -fortuna y hasta el mar y la tierra que yo quiero; hasta el traje y el -nombre que yo tuve... - -—¡Cómo!... ¿De verdad?—inquiere el poeta, subyugado por la voz herida -que suena a cristal roto y que se apaga en el estrépito del tren. - -—De verdad: mi padre perdió sus intereses en menos de un año, después -de vivir muchos con holgura, y se embarca pobre, soñando ganar dinero -para mí, enviándome lejos de mi costa, de mis campiñas, de mis -placeres... - -—¿Y de un amor?—pregunta osado el mozo. - -—De todos los amores—dice ella con negligente sonrisa—. Luego -contesta, amable, a muchas cosas que su interlocutor quiere averiguar: - -Sí; ha cambiado de nombre. Se llamaba Florinda, pero la abuela dice que -en tierra de maragatos los nombres «finos» no se usan; que allí suelen -llamar a las mujeres «Marijuana», «Maripepa», «Marirrosa», y que deben -nombrarla _Mariflor_. - -—¡Delicioso!—interrumpe Terán. - -Lleva Florinda sus arreos de maragata, porque el traje de la región es -allí sagrado como un rito, pero no sufrirá la vida de los labradores -en toda su rudeza: ¡le han dicho que es tan triste! El animoso -emigrante ha podido librarla de aquel atroz cautiverio hasta que logre -llevársela consigo o asegurarle definitivamente la independencia. - -—Mediante una boda—insinúa Terán con vaga pesadumbre, entre celoso -y compadecido, sin advertir que quiere penetrar muy de prisa en las -intimidades de la joven. - -Ella no da importancia a la pregunta, y responde con sinceridad: - -—Tal vez casándome sería muy feliz como mi madre, que vivió libre, -alegre y mimada; pero como el padre mío hay pocos hombres... - -Quédase Florinda meditabunda, adormilados los ojos entre las pestañas, -triste soñadora del inseguro porvenir. - -Terán la contempla conmovido ante la dulce ingenuidad que no se recela -ni ofende en aquel interrogatorio de todo punto inesperado: allí están -las íntimas confidencias que él acució unas horas antes, ambicioso y -febril, en las bellas pupilas asombradas de sueño; parece que bajo el -cutis delicado de la viajera se ven pasar las emociones, se sienten los -latidos cordiales de aquella vida, se oye el compás armonioso de aquel -espíritu, como si toda _Mariflor_ se convirtiera en alma de cristal que -vibrase en una voz apacible y se derramara en una sonrisa tenue. - -El foco de compasiones que arde en el corazón del poeta, sube de -improviso hasta los audaces pensamientos, inundando de misericordia la -conciencia varonil. Y Terán presiente, condolecido, la desventura de -aquella mujer que desde la vida muelle y dulce de la ribera mimosa, se -ve empujada, inocente y pobre, al más duro y yermo solar del páramo -legionense, a la tierra mísera y adusta que él recuerda haber cruzado -en rápida correría a los montes del Teleno, y de cuya fosca imagen -guarda una trágica impresión. - -Fué al iniciarse la primavera, como ahora. Varios socios del Club -Alpino español cruzaron la región maragata al firme y lento paso de -las caballerías del país, como perdidas sombras de mundano regocijo, -fuyentes por azar en las yermas soledades de la vida: eran mozos -festeros, exploradores felices de las sierras bravas, jamás cautivos en -una llanura tan triste y tan inútil, sembrada de pueblos estancados y -ruines; llanura esquiva, donde la sangre de la tierra castellana, las -frescas amapolas, corre con estéril pesadumbre, como flujo de entrañas -infecundas. Una mordaza de melancolía hizo enmudecer a los viajeros -desde el puente romano del Gerga, a la salida de Astorga, hasta Boisán, -donde la Naturaleza se embravece y se engalana con raros alardes de -hermosura para subir al Teleno: tomando la «senda de los peregrinos», -Murias de Rechivaldo, Castrillo de los Polvazares y otras poblaciones -de nombre sonoro y muerta fisonomía, se aparecieron en el páramo como -esfinges, al través de los medioevales caminos de herradura; y en el -trágico umbral de estos pueblos mudos, se erguía, como un símbolo de -abandono y desolación, la figura dolorosa de la maragata en brava -intimidad con el trabajo, luchando estoica y ruda contra la invalidez -miserable de la tierra... - -Al fogonazo de aquel recuerdo, Rogelio Terán reconoce el traje y -el tipo de la anciana que duerme; es la misma mujer empedernida y -triste, vieja y sacrificada, que el mozo sorprendió firme en el suelo -como heráldico atributo de esclavitud, en las torvas llanuras de -Maragatería. Pero la muchacha que al otro extremo del coche medita y -sonríe, parece separada de la abuela por siglos de generosidad y de -dulzura: en el cuerpo y en el alma de esta niña gentil, ha posado el -amor un indulto con todo su cortejo de blandas piedades. - -Prende el artista otra vez su atención en la moza, y para disimular un -tumulto loco de reflexiones, por decir algo, dice: - -—¡Es precioso el vestido de usted!... - -—Llevo el de las fiestas—responde Florinda, que sacude con mucha -gracia la flocadura espesa del pañuelo—; lo encargó mi padre para que -yo me hiciese un retrato, y la abuela me lo mandó poner ahora, porque -así dice que no pareceré en el pueblo una extraña... Tendré que hacerme -otro más humilde para todos los días... Con lo que no transijo es en -llevar en la cabeza un pañuelo como la abuelita, ¿lo ha visto usted? - -—Yo sólo quiero ver los espléndidos cabellos de mi amiga _Mariflor_... -¿_Mariflor_, qué? - -—Salvadores. En Valdecruces casi todas las familias se apellidan así. - -—Serán todos parientes. - -—Sí; se casan unos con otros, por lo general. - -—A usted ya le tendrán destinado algún primito. - -—Eso dicen. - -—¿Y se llama...?—insinúa incómodo Terán. - -—Antonio Salvadores. Pero... - -Este _pero_, largo y sonriente, acompañado de un delicioso mohín, -desarruga el entrecejo del poeta. - -—Pero, ¿qué?—interroga apremiante. - -—Que sólo nos conocemos por fotografía. - -—¿Y por cartas? - -—¡Quiá!... Los novios maragatos no se escriben. - -—¿De manera que son ustedes novios, ya de hecho? - -—A estilo del país. El padre de Antonio y el mío eran hermanos y -deseaban esa boda, pero me dejan en libertad de decidirla yo. Y si el -mozo no me gusta... - -—¿Qué tipo tiene? - -—Por el retrato y las noticias que me dan, es grande, moreno, -colorado... - -—¡No se parece a mí!—interrumpe Terán con ingenua lamentación. - -—¿Por qué había de parecerse?—pregunta la muchacha—. Y su risa, que -finge asombro, tiene un matiz muy femenino de curiosidad. Después, en -tono de confidencia, recelando del sueño de la anciana, añade: - -—Mi primo tiene una tienda de comestibles en Valladolid; este año irá -a Valdecruces para la fiesta sacramental, y yo aguardo a conocerle para -decir «que no simpatizamos», y quedar libre de ese compromiso... - -—¡Si usted ha dado ya su consentimiento!...—se duele el joven. - -—¡Qué había yo de dar, criatura!—prorrumpe con mucho desenfado la -mocita. Luego, baja la voz, y el caballero tiene que inclinar el oído -hacia la boca dulce que secretea: - -—En Maragatería, sin contar para nada con los novios, se apalabran las -bodas entre los más próximos parientes de los interesados. Pero, aunque -raras, hay algunas excepciones en esta costumbre; mi padre se enamoró -en la costa y fué muy feliz con una costanera... Por eso no me impone -a mi primo y sólo me ha suplicado que le trate antes de adquirir otras -relaciones. - -—¿Y si a usted le gustara?—inquiere todavía el viajero, sin disimular -su interés. - -Pero _Mariflor_, dictadora desde la señoría de su belleza, deja dormir -en los ojos la mirada, y murmura: - -—¡No es mi ideal un comerciante!... - -Muy respetuoso ante el secreto ideal de aquella niña encantadora, -averigua el poeta con cierta inquietud: - -—¿Qué profesión prefiere usted en un hombre? - -Ella retira con ambas manos los tenebrosos cabellos de su frente, y -contesta devota: - -—La de marino. - -Parece que detrás de esta confesión ha volado muy lejos el alma -de Florinda a perseguir por remotos mares la silueta romántica de -algún velero audaz: tal es la actitud de arrobo a que la muchacha se -abandona. Mas vuelve al punto de aquella ausencia repentina y une dos -cabos sutiles de una ilusión, muy tenue, en esta pregunta, que la hace -enrojecer: - -—¿Ha seguido usted alguna carrera? - -Suelto el corazón delante de aquellos inefables rubores, Terán dice: - -—Las he seguido todas y ninguna, porque soy poeta, soy novelista: -forjo criaturas y sentimientos, vidas y profesiones; creo almas, -caminos, mares y tierras, mundos y cielos, astros y nubes. Bajo la -exaltación de mi pluma surgen dóciles y palpitantes los seres y las -cosas, lo pasado y lo por venir, lo perecedero y lo infinito; el bien, -el mal, la gracia, el arte, la virtud, el dolor... - -Aquel torrente de elocuencia lírica se detiene en un extraño grito -que _Mariflor_ exhala: escuchando estaba el discurso, con los ojos -humedecidos y febriles, subyugada por la vehemencia de aquellas frases -ardientes, cuando, de pronto, un puyazo de luz le dió en la cara y un -tumbo del corazón la obligó a levantarse con el asombro en la boca y en -las pupilas el éxtasis, ante el colosal espectáculo que se ofrecía a -sus ojos en la llanura. Alzóse también el poeta, vuelto con prontitud -hacia donde la niña señalaba, y entrambos, mudos, atónitos, sintieron -en el pecho el golpe de una misma y formidable emoción. - -Había ya el tren salvado el espantoso despeñadero que divide las -tierras galaicas y legionenses, el cauce lúgubre y sonoro del aurífero -río, las hoscas breñas fronterizas, los puentes y los túneles de la -Barosa y Paradela; corría el convoy con fuerte resoplido por la ancha -cuenca del Sil, oculta en el fondo de un mar de vapores, fantástico -mar de cuajadas neblinas, donde se embotaban los rayos del naciente -sol. Pugnaba éste por herir y romper las apretadas ondas de la niebla; -resistía la niebla los ímpetus del encendido rey, ahogando entre -impalpables copos los saetazos de su luz... Súbitamente se alzó el -astro rútilo, irguió la frente sobre el cuajado mar y lanzó por encima -de sus ondas una triunfante llamarada; vino entonces un oportuno y -vigoroso cierzo que agitó las nieblas en raudo torbellino, las desgarró -en jirones, las arrastró con furia, bajo la gloria del sol, lo mismo -que un oleaje de sutiles aguas y espumosas crenchas, entre nimbos de -púrpura y de oro, quiméricos y extraños como una aurora boreal. Pero, -al caer un punto el aire, subió la niebla solapadamente; subió dejando -perezosos vellones en las praderas del Sil; hubo un momento en que, a -ras del tren, que dominaba unas alturas, logró alcanzar la niebla al -disco soberano y sofocar su lumbre; pero los haces del incendio solar, -cada vez más agudos y potentes, se cruzaron veloces por la tierra y -por el cielo, hasta coger entre dos llamas al flotante enemigo, el -cual, acorralado, flexible, retorciéndose como el convulso brazo de un -herido titán, fingió partir el sol en dos mitades, en dos hemisferios -resplandecientes. Fué un espectáculo de hermosa y terrible grandeza, -una visión sideral, un alborecer de los primeros días de la creación: -diríase que dos soles gemelos, dos ígneos meteoros, dos astros rivales -ardían entre el cielo y la tierra, prestos a chocar y convertir el -mundo en un caos de lumbres y vapores. Duró sólo un instante, un breve -y peregrino instante; pues todo el denso jirón de la vencida niebla, -perseguido, acosado, ya en el cielo, ya en el monte, sobre las aguas y -las frondas, se evaporó, copo tras copo, pulverizado y sorbido por el -viento y por el sol. - -[Illustration] - - - - -[Illustration] - - - - -III - -DOS CAMINOS - - -SOBRECOGIDOS por aquel suceso tan extraordinario, y a la vez tan -natural, volvieron el poeta y la niña a entrelazar la mirada y las -confidencias; pero entrambos sentían arder en sus ojos y en sus frases -la llama divina del monstruoso incendio amaneciente, como si con la -tierra y el cielo se hubiesen inflamado también los corazones. - -Rogelio Terán al sentarse ahora, había ocupado un sitio al lado de -Florinda, y se inclinaba muy afanoso, derramando la efusión de su verbo -en el absorto oído de la moza. Ella, un poco alarmada, tendió la vista -alrededor del coche, lleno de sol dorado y frío, y se encontró con -los ojos de la abuela, que, destocada en parte, inmóvil y triste, no -parecía sentir curiosidad ninguna por la insuperable pompa de la mañana -ni por la galante actitud del caballero intruso. - -Siguiendo Terán el camino a la sonrisa de la joven, hallóse también con -la anciana despierta, y trató a su vez de sonreirla. Mas se quedó el -intento extraviado en aquel semblante impasible, todo arado de arrugas, -turbio y doloroso como el crepúsculo de una raza. - -Intervino graciosa _Mariflor_ entre la buena voluntad del artista y el -entorpecimiento de la vieja, explicando con mucho donaire: - -—Abuela: este caballero ya es amigo mío; ha viajado con nosotras toda -la noche... - -Pero la maragata no entendió aquellas razones elocuentes o no la -convencieron, porque después de un murmullo, entre palabra y suspiro, -permaneció muda y pasiva, como si se le importase un ardite del amigo -viajero. El cual preguntó callandito a la muchacha: - -—¿Está sorda? - -—Está triste—murmuró ella por toda explicación, temblando igual que -si la hubiera estremecido el roce de unas alas sombrías. - -El rubio sol, que sin calentar iluminaba el coche, hizo relucir en los -ojos melados de la viajera dos lágrimas fugaces. Y pasó tan lúgubre el -silencio de aquel minuto sobre la voz quejosa, que la marcha del tren, -recia y veloz, parecía una fuga trágica en la desolación del llano. - -Rogelio Terán, cada vez más encendido en la admiración que Florinda le -inspiraba, quiso probar la dulzura de su ingenio en el propósito de -amistarse con la vieja y merecer la solicitud de la moza. - -Ya la curiosidad del viajero estaba servida: mediante la franca -elocuencia de _Mariflor_, y auxiliado por la clave del sentimiento -que los poetas conocen, había leído en aquellas dos almas, arredrada -y hermética la una, abierta la otra y confidente en toda la plenitud -de la esperanza y de las ilusiones. Y con el deseo generoso de pagar -en hidalga moneda aquella sorprendida revelación, inclinóse de nuevo -el artista, devoto y vehemente hacia la niña maragata, y le dijo su -historia, sus anhelos, sus peregrinaciones y aventuras: habló con -urgencia, con inquietud, mirando a menudo el reloj, consultando con -avidez los contornos del camino, avaro del momento fugaz que ya no -volvería sintiendo que se apresuraba, en cada ciego avance del convoy, -la hora oscura de separarse de aquella vida nueva y rara, llena de -sugestión para el poeta. - -Escuchó _Mariflor_ el fogoso relato crédula y maravillada, con los -ojos vendados de fe y acelerado el corazón por la sorpresa: aquel -señor rubio y fino, tan amable y tan elocuente, que sabía mirar con -una fuerza irresistible y extraña hasta el fondo de los pensamientos; -que elaboraba libros y periódicos; que conocía del mar y de la tierra -sirtes y derroteros, borrascas y rumbos, placeres y dolores, quería ser -amigo de _Mariflor_; quería escribirle muchas cartas, hacer para ella -muchos versos, ir a Valdecruces... ¡Válgame Dios, las cosas que la niña -estaba oyendo y contestando sin saber cómo! - -En el apacible rincón del coche había estallado una nube de promesas -y de ruegos, una lluvia de confesiones y de propósitos: la fuente de -la emoción había roto cálida y borbollante en el florido campo de dos -almas juveniles, y el murmullo de las espumas sonaba a la vez con -lastimosas querellas de elegía y alegres modulaciones de epitalamio. - -En medio de aquella ardiente prisa por saber y por contar; en aquel -arrebato confuso de sentimientos y de palabras, alzóse de improviso la -figura torpe de la abuela, preguntando con timidez a _Mariflor_: - -—¿Tienes hambre? - -—¿Hambre?... - -La muchacha tardó en traducir a la realidad este «sustantivo común» que -había sacudido el letargo de la anciana, y al cabo de una sonrisa y de -un esfuerzo, contestó ruborosa: - -—No, abuela. - -Pero la maragata dijo—no sin algunas dificultades, cohibida por -la presencia del caballero—que «era mejor» desayunar antes de la -llegada a Astorga, para emprender desde allí, en seguida, el camino a -Valdecruces. - -—¿Es muy largo?—interrogó el poeta, ganoso de trabar conversación con -la anciana. Ella, indiferente al interés del desconocido, tanteaba su -bagaje en busca de alguna cosa. Y respondió Florinda, turbada otra vez -por la visión del misterioso porvenir: - -—Es muy largo... Al paso de los mulos, llegaremos a la puesta del sol. - -Aquel tono doliente sugirió al artista, con lástima desgarradora, la -imagen de una pobre caravana discurriendo con lentitud en la soledad -gris del páramo... - -Ya la silenciosa abuelita había rescatado, al través de envoltorios y -atadijos, unas viandas, que ofreció con finura y cortedad al caballero; -y él, entonces se levantó con mucha diligencia a buscar en su equipaje -otros regalos: eran cosas delicadas, exquisitos fiambres en muy parcas -raciones, dulces envueltos en rutilantes papeles, y una botella cerrada -a tornillo, de la cual vertió café en un vaso, presentándoselo a la -anciana: - -—Está caliente, abuelita; bebe un poco—dijo _Mariflor_. - -—¿Caliente?—repitió con asombro, mirando muy recelosa el humo que -exhalaba la confortable bebida—. Y ¿quién lo ha calentado? - -—Se conserva así en esa botella, que se llama termo; ¿no lo sabías? - -La maragata movió la cabeza con incredulidad, y tomó el vasito en la -mano lentamente. - -—Bembibre—leyó a este punto la muchacha, mientras el tren se detenía. - -Y ambos jóvenes, olvidando a la abuela y al desayuno, se asomaron a -contemplar el frondoso vergel del Vierzo, plácido como un oasis, en el -austero y noble solar de León. - -—¡Bravo país de poesía y de leyenda, de amor y de piedad!—exclamó el -artista casi en soliloquio, desbocados en su imaginación membranzas y -pensamientos. - -—Yo he leído—murmuró Florinda, también evocadora—una novela que -sucede aquí. - -—_¿El señor de Bembibre?_ - -—Justamente. Es un libro muy hermoso y lastimero, ¿verdad? - -—¡No hay hermosura sin lástima!—repuso el mozo, dolorido, -contemplando a su amiga con beatitud. - -El tren, que hacía rato se engolfaba entre admirables lindes, lanzóse -otra vez a descubrir mieses y quebraduras, vegas y bosques, maravillas -de paisaje y de vegetación, bajo el cielo cobalto, henchido de luz. - -Iba Florinda enlazando con sus propias emociones, memorias tristes de -la bella y desgraciada doña Beatriz de Ossorio, y de su prometido, don -Alvaro Yáñez, tan sin ventura y sin consuelo como la que de amarle -murió, desposada y doncella, en una hora tardía de felicidad... Huyen -las márgenes sinuosas, los castaños y los nogales vides y olivos, -plantas y viveros del Mediodía que este privilegiado rincón leonés -acoge y fecunda delante de las nieves perpetuas. Y a Florinda le parece -escuchar cómo galopa el corcel fogoso donde el señor de Bembibre -lleva en sus brazos a Beatriz, desmayada: las monjas, los abades, los -caballeros del Temple, los religiosos del Cister, la enseña de la -Cruz desplegada al viento en torres y en almenas; todas las imágenes -de pasión, de bravura y de fe que han arraigado los historiadores y -los artistas en el eremítico país del Vierzo, derramaban su romántico -perfume en la imaginación vagabunda de la viajera. - -El mismo aroma legendario y bravío sacudió los nervios de Terán, -mientras la corriente de su alma fluía en tumulto, loca y triste -como la quejumbre del viento en noche de tormenta. También el mozo -sintió que en el paisaje se idealizaba toda la fortaleza augusta de -los monasterios insignes y los castillos bizarros, de las mansiones -feudales y las abadías belicosas. Erectas las alas de la fantasía, el -poeta salva puentes y fosos; discurre con peregrinos y frailes, con -reinas penitentes y obispos ermitaños; oye el clamor de las salmodias -anacoretas y de los señoríos en pugna, y asiste, en un minuto, al -reflorecimiento católico y viril de la región dominada por el báculo -monacal y las encomiendas de los Templarios... - -Así, al través de una tierra tan propicia al ensueño y al amor, -aquellas dos almas fervorosas, contagiadas de lirismos y de ternuras, -cayeron en la embriaguez de idénticas evocaciones... - -Resbalándose bajo la velocidad del convoy, se deslizaba el Vierzo -empapado en bellezas y memorias, fugitivo y rebelde como una ilusión; -y la vieja maragata, con el vaso en la mano todavía, contemplaba muy -confusa al compañero de viaje, después de apurar en furtivos sorbos -hasta la última gota de café. Una mezcla de admiración y de recelo -ponía en el apagado semblante de la anciana, pálida vislumbre de -curiosidad, mientras que en sus labios temblones iniciábase humilde una -frase cortés. - -Y así estuvo, paciente, insinuando el ademán de volver el vasito a -manos de su dueño... El dueño y _Mariflor_, cerrando con mutua mirada, -dulce y honda, el paréntesis de sus fantasías, hablaban en el foco -de luz de las vidrieras, ajenos ya al paisaje y al mundo extendido -fuera de sus corazones. En aquel momento la conversación era trivial; -tornaron a ella con azorante prisa, codiciosos de los minutos que -faltaban para que su camino se dividiese en dos, pero sintiendo la -necesidad de poner un discreto disimulo ante sí mismos en el ardor -de aquella simpatía tan nueva y tan ansiosa: por eso las palabras -no tenían el solo significado de su acepción, y férvidas, vibrantes, -teñíanse en matices y fulgores del oculto sentimiento. - -—¿Le gustan a usted las novelas?—preguntaba Terán. - -—Las novelas y las historias; me gusta mucho leer. - -—Yo le mandaré libros. - -—¿Los que usted escribe? - -—Y otros mejores... ¿Cómo los prefiere? - -—De viajes y aventuras; me encanta que en los libros sucedan muchas -cosas: acciones de guerra, lances de mar, procesos... - -—¿Y amoríos? - -—Sí; pero que terminen en boda—dijo Florinda, y se puso encarnada. - -—Desde anoche—murmuró rendido el poeta—vivo yo una hermosa aventura -«de peregrinaje y de amor...» ¿cómo terminará? - -La encendida llama de los corazones calentó las mejillas de la muchacha -y los acentos del mozo. Y el quebrantado discurso, halagador y -ardiente, volvió a rodar entre el estrépito fragoroso del tren. Cuando -éste se detuvo en la estación de Torre, quedó rota de nuevo aquella -intimidad, imperativa y fuerte, que a sus mismos mantenedores causaba -confusión y asombro. - -Entonces, la pobre abuela, perseverante en su actitud de cortesía, pudo -colocar las palabras y el vaso. - -—Muchas gracias—pronunció quedamente, dando al fin vida y rumbo a la -frase y al movimiento que hacía un buen rato preparaba. - -_Mariflor_ y su galán sintieron un poco de vergüenza al volverse hacia -la abandonada abuelita, y en prueba de sumisión y desagravio fueron a -sentarse al lado suyo. - -El inflamable caballero no había sido tan celoso para amigarse con la -vieja como para conquistar a la niña. Y ahora, impaciente, lamentando -la premura del tiempo, sacudido por un alto impulso de cordialidad -hacia aquella mujer triste y anciana, hubiera deseado poseer algún don -muy valioso para tributárselo en ofrenda devota. - -Pródigo y conciliador, no halla dones, ni siquiera palabras, para -abrirse el camino de aquel inválido corazón de abuela, premioso en dar -noticias de sus sensaciones. - -En tal incertidumbre quédase el muchacho pensativo y mudo, con el vaso -de aluminio entre los dedos. Y se alza otra vez auxiliadora la voz -amable de Florinda, que repite como un eco del discurso anterior: - -—«Abuela, este caballero ya es amigo mío: ha viajado con nosotras toda -la noche...» - -El mozo sonríe y la anciana también. Por lo cual, _Mariflor_, muy -satisfecha, apoya un brazo con mimo en el hombro de la abuelita, y -continúa: - -—Este señor es un poeta; hace libros... los escribe, ¿comprendes? - -—Ya... ya...—susurra la anciana, y sus ojos, grises y mansos, tienen -para el hazañoso doncel un lejano fulgor de admiraciones. - -—Nos va a mandar algunos—promete Florinda insinuante—, y yo te los -leeré para divertirte un poco... Este señor—sigue diciendo—anda solo -por el mundo... También su madre se le ha muerto, lo mismo que a mí; -también su padre está en América... - -—Será usted de León—asegura con respeto la abuelita, que no concibe -una patria más ilustre. - -—Soy montañés, señora; de Villanoble, a la orilla del mar. - -Y con grande sorpresa de Florinda, la abuela se estremece y exclama: - -—¡Villanoble!... Ya conozco ese pueblo; tiene un seminario muy rico, -una playa muy grande, unas casas muy hermosas... ¡Qué lejos está! - -El poeta se entristece, como si al conjuro de la extraña exclamación -el evocado pueblo se alejara, remoto, inabordable. Y la niña pregunta -absorta: - -—¿Pero has estado allí? - -—Estuve. - -—¿Cuándo, abuela?... Yo no lo sabía. - -—Hace ya mucho tiempo; no habías nacido tú; un hermano de tu padre, -seminarista, adoleció en Villanoble; ya estaba yo viuda y los otros -hijos ausentes... Tuve que ir por él. - -—¿Era uno que se murió del pecho? - -—Ese era. - -Bajo la pesadumbre de aquella historia, inclinó la anciana su frente, -pálida como la ceniza, y quedóse tan mustia, que ambos jóvenes -guardaron un silencio piadoso, hasta que la muchacha quiso justificar -aquel grave dolor, explicando: - -—La abuela tuvo trece hijos y no le quedan más que dos. - -—¡Pobre!—compadeció Terán, que adivinaba un mundo oscuro y sublime en -el alma silenciosa de la infeliz mujer. - -Una estación, desierta y soleada, quedó tendida frente al coche; -abrióse de improviso la portezuela, y una pareja de la Guardia civil -se asomó en el vano. Irresolutos, misteriosos, los guardias cerraron -sin subir: eran los únicos viajeros que habían tratado de acompañar al -poeta y a las maragatas en todo el camino. - -Se lanzó el caballero a registrar su _Guía_ con una precipitación algo -alarmante, y advirtió pesaroso: - -—Faltan dos estaciones para Astorga. - -Entreabierta en la consulta la escarcela del peregrino, desbordáronse -postales, cartapacios y libretines, toda la bizarra filiación moral -de una juventud errante y laboriosa. Y mientras tanto, _Mariflor_, -apretándose lagotera contra la abuelita, musitaba: - -—Este amigo nos escribirá; irá a visitarnos... ¿oyes, abuela?... -¿quieres? - -El amigo posó en el regazo de la anciana un montón de postales, -diciendo: - -—Hágame el favor de llevarlas, señora, como un recuerdo mío. - -Sorprendida por aquellos halagos, no supo ella qué responder, y sonrió, -dejándose engañar como una niña, entre frases conquistadoras y dádivas -pueriles. Parecía feliz en aquel instante; desplegaron sus manos -desmañadas las tarjetas sobre el delantal, y apareciéronse allí copias -de mil tesoros: cuadros y estofas de Toledo, tapices de El Escorial, -fuentes de La Granja, palacios salmantinos, joyas árabes y platerescas, -fragura de paisajes montañeses, delicia de jardines andaluces... un -tumulto de arte y de poderío español. A la maragata le sedujeron, -entre las admirables cartulinas, dos de origen mejicano, iluminadas -en colores, reproduciendo la avenida de Juárez y el palacio de Hernán -Cortés: alzólas en los dedos con admiración preferente, y en seguida, -azorada, vergonzosa, lamentó: - -—¡Es lástima; yo no gasto esquelas!... ¡no sé escribir! - -—Pero yo sé—dijo, arrulladora, _Mariflor_, deseando aceptar el -recuerdo. - -—Guárdalas tú, si el señor se empeña—consintió la abuelita—; y dale -las gracias. - -Con los ojos adoradores y solícitos, obedeció la moza, mientras la -vieja logró forzar la dura timidez de su palabra, para decirle al -caballero: - -—Si va por Valdecruces, ya sabe que allí tiene una servidora... - -—Iré, de seguro—respondió el poeta, deslumbrado por la mirada de -Florinda. En aquellos ojos, dulces y resplandecientes, fulgía la -incertidumbre con interrogación muda. - -Cuando iba a despedirse de aquel hombre extraño y amigo para ella, -sentía la muchacha el vago temor de perder la felicidad y la duda de -haberla encontrado. - -El mozo, por su parte, se engolfaba en la emoción de aquella hora, sin -detenerse a descifrar misterios, soñando muy de prisa, a sabiendas de -que iba a despertarse pronto. - - * * * * * - -Y la pobre anciana, tras un senil desbarajuste de ideas en fuga, volvió -a oprimirse el corazón en los rígidos muros de su vida cruel. - -Isócrono, maquinal, el tren corría insensible a las inquietudes de -los tres viajeros, y Florinda tuvo que ayudar a su abuela en los -preparativos de la llegada. Al través de los fardos toscos de aquel -equipaje campesino, las manos ágiles de la niña pusieron su gracia y -su finura en arpilleras y capachos, en los múltiples bultos donde la -vieja se llevaba los más vulgares utensilios del hogar fracasado en La -Coruña: cuanto no había podido venderse por usado y maltrecho. - -La abuelita contaba, meticulosa y torpe:—Uno, dos, tres—tocando con -la punta del índice cada barjuleta y cada zurrón; y la moza suspiró -con fatiga, como si le abrumara el peso de aquella carga miserable, -delatora de inclemente pobreza. - -Se estremecía de compasión Rogelio Terán en el atisbo de aquellos -pormenores: meditándolos estuvo sin saber si admirarse o condolerse de -la rara hermosura de la niña, sin darse cuenta de que no le prestaba -auxilio en el rudo trasiego de alforjas y envoltorios. Cuando acertó a -disculparse, ya _Mariflor_ había terminado su trajín y se colgaba a la -bandolera, sobre el pañuelo floreado y vistoso, un bolsillo elegante -que, entreabierto, exhaló delicadísimo perfume. - -—Es de mi traje de señora—dijo la mocita, respondiendo a la visible -extrañeza de Terán—, de mi _equipo de paisana_—subrayó graciosa y -triste. - -—Así—le replicó el poeta entusiasmado—parece que el dios ciego ha -ofrecido su carcaj simbólico a la reina de Maragatería... - -Y la abuela, en un repente inesperado y brusco, manifestó augural: - -—En nuestro país no se admiten reinas. Allí todas las mujeres somos -esclavas. - -Volvió Florinda el rostro con angustia hacia el camino, y le pareció -que temblaba el paisaje con un doloroso estremecimiento. - -Entraron en la estación de Astorga: los pregones de las clásicas -mantecadas, alguna muestra humilde del traje regional y algún indicio -de tráfico mercantil, daban al andén un poco de carácter y de vida. - -En medio de este cuadro indeciso y mediocre, puso _Mariflor_, con su -belleza original y su lujoso vestido, la nota resonante: detrás de -la abuelita, que ya tenía en torno sus bártulos de arriero, saltó la -moza al andén, apoyada en la mano que le ofrecía Terán con trémula -solicitud; y a pleno sol resplandecieron tanto los colores de su traje -y las dulzuras de su rostro, que en todas las ventanillas del tren y en -todo el recinto de la estación inicióse un movimiento de curiosidad. -No tardó este asombro interrogante en romper las fronteras de la -contemplación muda, estallando en requiebros y alabanzas, del lado -del ferrocarril, al borde de estribos y vidrieras, donde la anónima -condición de «viajeros» suele dar a los hombres mucha osadía y harta -libertad. - -Como un incienso de apoteosis, envolvió a la gentil maragata la nube de -piropos; y el poeta hubiera deseado coronar el homenaje con un vítor -atronador y lanzar luego por el vasto mundo los ecos de su audacia. - -Pero a la vera de Florinda, triunfante y proclamada hermosa, otra -mujer vieja y triste, con igual traje, con igual destino que la joven, -se sumerge en tribulaciones y cuidados en medio de su equipaje ruín. -Y a Terán se le reproduce la visión desoladora del páramo, donde el -viajero no parece hallar término ni alivio a la dureza de la ruta, -como si por ella la vida cruzase extraviada, como si la civilización -se detuviera cobarde y perezosa delante de la tierra hostil, a cuyas -entrañas inclementes sólo manos heroicas de mujer han podido llegar, en -acecho de un fruto esquivo y tardo... - -Las arrogancias de la galantería arden en lumbres de misericordia -cuando el poeta se despide de su amiga con suspiradas frases: una -campana y un silbato le devuelven al tren, ya en movimiento, mientras -_Mariflor_ sonríe con la dócil inmovilidad de un retrato alegre. - -Y los ojos azules, que ya no reflejan la figura ideal de la maragata, -se tornan añorantes hacia el coche, mudo y vacío como la fábrica de un -sueño... - -[Illustration] - - - - -[Illustration] - - - - -IV - -¡PUEBLOS OLVIDADOS! - - -UNA maragata de edad indefinible, a quien la abuela llamó _Chosca_, -había conducido tres cabalgaduras hasta la misma estación. Cargóse -en una de ellas lo más voluminoso del bagaje, y aun pudo hallar la -_Chosca_ un punto de asiento y equilibrio en la cima de aquella -balumba, cuyo difícil acomodo entretuvo a la pobre caravana dos horas -largas de talle. Y aunque la abuela se encaramó también sobre los -repliegues de otro monte de fardos, todavía las menudencias de más -fuste hubieron de refugiarse en las alforjas del mulo cebadero, el -mejor de la recua, cedido por agasajo a _Mariflor_. - -Todo lo miraba la moza fijamente, con una muda actitud, en que al tenaz -recuerdo de las cosas pasadas se sobreponía el propósito firme de -aprender y gustar las cosas nuevas; mujer y curiosa, joven y perspicaz -por añadidura, sintió, a despecho de sus íntimas inquietudes, una -ansiedad respetuosa y fuerte, que la empujaba hacia la tierra madre, -incógnita y callada como un secreto de lo porvenir. ¡Qué ejemplo más -hermoso para cualquier agudo observador, la bizarría y compostura, -la gravedad y ceremonia con que Florinda Salvadores se allanó, sin -melindres ni repulgos, a todas las veleidades de la suerte, y cambiando -de nombre, de traje y de sendero, montó en un mulo, por primera vez en -su vida, con tanta gentileza y señorío como si la tosca jamuga fuese -el blando cojín de un automóvil! Conformidad y audacia dieron alegre -resolución a la moza; y aun fueron parte a erguirla, serena y apacible -en el misterioso rumbo, cierto soplo sutil de fatalismo que sentía en -el alma y un deseo inconsciente de aventura que se le impacientaba en -la imaginación. - -El paso por Astorga tuvo para Florinda rara solemnidad. Quiso la abuela -dar allí algunos recados, hacer algunas compras y cobranzas mediante -papelucos escondidos con minuciosas precauciones en un «cornejal» -de la faltriquera, al amparo de sayales y manteos; a todos estos -menesteres asistía la muchacha desde lo alto de sus jamugas, atisbadora -y vigilante, reflejando en sus pupilas el asombro de la vieja urbe, tan -pobre y tan triste ahora, que ni siquiera guarda los vestigios de su -glorioso ayer. - -¡Cuán desolada y yerta la ciudad _Magnífica y Augusta_! ¿Quién dirá -que fué palenque y tribunal de astures, imperial colonia, centro de -vías romanas y baluarte de sus legiones, botín después del bárbaro y -del moro, joya del terrible Almanzor, pleito y disputa de castellanos -y leoneses? Ya no conserva ni las ruinas de los antiguos monumentos; -hasta aquella robusta fortaleza de sus marqueses y señores, aquel -soberbio castillo que presumía de inmortal, cayó también con los -sillares de las rotas murallas; la recia divisa de Alvar Pérez Ossorio, -que a tantas duras generaciones gritó desde el frontis nobiliario con -orgullosas letras: - - _Do mis armas se posieron_ - _movellas jamás podieron,_ - -vino a dar en ingrata sepultura bajo los residuos de cubos y de -almenas, de capiteles godos y lápidas latinas. ¿Qué rangos, qué -voluntades, qué hierros, piedras y raíces no moverá en el mundo el -ímpetu de los siglos empujando la rueda de la fortuna? - -Así, esta tierra misteriosa, de cuyos primitivos moradores sólo se -sabe el apellido—_amacos_—, o «excelentes guerreros»; este pueblo -viril que grabó en su escudo, como símbolo heroico, una rama de -poderosa encina; este solar privilegiado por cónsules, santos y reyes, -guarnecido de altivas torres y ferradas puertas, ahora vive en el -silencio de las mortales pesadumbres, ahora padece el abandono de los -históricos infortunios. Y, como un fallo de singular predestinación, -acude sobre Astorga el recuerdo de aquellas pretéritas edades, en que -la capital de la región y sus alfoces se llamaron «Asturias»: _¡Pueblos -olvidados!_ - -Una ráfaga de tales penas y de tales memorias aguzó en la fantasía -de _Mariflor_ el ansia ardiente de evocar imágenes y perseguirlas -al través de las silenciosas rúas, sobre el empedrado hostil, entre -el caserío de adobes, simétrico y vulgar. Pero todos los recuerdos -heroicos, todas las evocaciones bizarras, huyen ante el semblante -lastimoso de la Augusta y Magnífica, Muy Noble, Leal y Benemérita, -que, parda, muda, triste y pobre, languidece de añoranzas y pesares -a la sombra de su ilustre catedral, sobre las pálidas favilas de -la historia. Y cuando a fuerza de imaginación y voluntad quiso la -viajera reconstruir en su mente hechos y figuras familiares a la -patria nativa, ya la visión de Astorga, yerma y desamparada, se había -extinguido en el término raso y adusto del horizonte. - -Como fuesen grandes la calma y el regateo con que las compañeras de -Florinda ajustaron sus compras en la plaza _de los cachos_ y en los -soportales de la Plaza Mayor, y no menos prolijos los demás negocios -que la abuela trataba, llegó la media tarde cuando las tres amazonas -salieron por el arrabal de Rectivía para seguir la carretera en busca -de su pueblo. - -De la calmosa estada en la ciudad llevóse _Mariflor_, campo adelante, -el recuerdo de los dos maragatos que en el reloj del Concejo cuentan -con sendos martillos las mustias horas de aquella vida gris; la pareja -simbólica y paciente se hizo un lugar en la memoria de la niña, sobre -la impresión de aquel grave edificio, fuerte reliquia de la pasada -opulencia asturicense. Había preguntado la muchacha por un jardín ameno -que, según sus noticias, era lugar de fiestas estivales y de otros -alicientes para la juventud; aunque la abuela señaló «hacia allí», -sólo pudo Florinda columbrar una mancha verde y risueña, tendida en -la mayor altura de la muralla, sobre el mismo solar que siglos antes -ocupó la Sinagoga, cuando una rica aljama se aposentó en el arrabal de -San Andrés. El perfil airoso de la Catedral y la nobleza de algunas -portadas parroquiales, impresionaron también a la curiosa. Y el -bosquejo heráldico de unos lobos, unas bandas de azur, el león rampante -de gules, coronado de oro, la monteladura de plata, cimeras, escudetes, -lemas y coronas, rezagos de insigne alcurnia sorprendidos al azar en -unos pocos edificios, alumbraron en la mente de Florinda, con pálido -reguero de luz, la nómina confusa y lejana de Ossorios y Escobares, -Turienzos y Pimenteles, Benavides y Juncos, Gagos, Hormazas, Rojas, -Pernías, Manriques... El íntimo vigor de estos recuerdos rehogaba con -orgullosa lumbre las fantasías de la joven, cuando sus ojos se posaron -en el abierto muro, indemne a las cóleras de Witiza y Almanzor... - -Acostumbrada Florinda a escuchar de su padre los frecuentes relatos -de sus aventuras infantiles por los arrabales de la capital, casi a -tientas hallaría rumbo en el camino astorgano que cruzaba por primera -vez. - -Allí a la izquierda, dejando atrás el rasgado cinturón de las -fortificaciones, brota la viejísima Fuente Encalada, de tan henchido -seno, que ni en su estiaje paró nunca de cantar con su rumor sonoro las -penas y las glorias del país. - -Cunde el manantial en aquel punto desde los tiempos fabulosos, y le -alberga un edificio notable, con armas, inscripciones y perfiles -de varios siglos y grande pulcritud. Con abundancia sempiterna ha -prodigado la Fuente sus fidelísimos dones, lo mismo a los _aureros_ -imperiales que a los devotos del _Camino francés_ y a los trajineros -maragatos... Vive apenas la memoria de los primeros poseídos por «la -maldita sed de oro», que, bárbaros de codicia y de furor, vinieron -de todos los confines de la tierra a enriquecerse en nuestras minas -peninsulares: pasaron por aquí los explotadores de las _médulas_ -famosas, y también los cruzados, que en el siglo IX abrieron desde -Francia una difícil ruta para ofrecer homenaje en Compostela al -cuerpo del Apóstol; se han borrado «la vía de la plata» y la de «los -peregrinos» bajo la anchura de una carretera española del siglo -XVIII, en la cual la arriería se extingue impotente contra el raudo -ferrocarril; pasaron y cayeron centurias y generaciones, cetros y -coronas, y al través de las vidas caducas y de las cosas perecederas, -esta fontana dió su latido fecundo y su perenne caricia a todos los -sedientos del camino... - -_Mariflor_ tuvo sed al pasar por aquí. Despertóse en ella el recuerdo -de los años que la fuente contó, rezadora y humilde en la mansa -llanura de los «pueblos olvidados», y quiso gustar del agua fiel; -bebió ansiosa, obsesionada por la inconsciente ilusión de saciarse en -frescuras y deleites de eternidad. - -Al seguir el camino, en tanto que las otras maragatas parecían -insensibles al paisaje y a las emociones, descubrió la moza a la -derecha del manantial cierto prado muelle y jugoso hundido en el -terreno; debía ser el lugar llamado _Era-Gudina_, donde el feudo del -Marqués tuvo un estanque, una barca, una isleta y un bosque. - -A leyenda le supo a _Mariflor_ el supuesto de que allí existiesen -jamás esquife, lago y fronda; pero consultada la abuelita acerca de -tales dudas, dijo con mucha fe que «en tiempo de los moros» aquel -paraje se nombró _La Corona_, y era una hermosura de aguas corrientes, -barquichuelos, árboles y flores... - -Cuando se borraron a extramuros de Astorga aquellas tenues sonrisas de -la vegetación, extendióse la carretera sobre la llanura sin accidentes -ni perfiles, en un horizonte a cuyo fin remoto se cerraban entre nubes -las sierras de la Cepeda y los puertos bravos de Manzanal, Foncebadón y -el Teleno. Si a la vera de un puebluco estancado algún castro ondulaba, -todo su vestido consistía en bajos matorrales y encinas bordes. - -En este cuadro ascético se dibujó el relieve de las tres amazonas, -largo rato, por la amplia carretera, y cuando ya tomaron otro rumbo al -través de una calzada empedernida, la feniciente luz ablandó la dureza -del paisaje, convirtiendo la línea fuerte y sobria en mancha rubia y -dulce, en la cual se alejaron los senderos con misteriosa estela. - -Quedó entonces piadosamente velada la aridez del camino, que al -aventurarse tierra adentro en ingratos recodos, hubiese mostrado a -Florinda más de cerca su desolación; la santa beatitud del anochecer -quiso desceñir su velo romántico sobre la tristeza del erial: una -muselina blanca y rota se arrastraba por el campo en jirones de niebla, -y la serenidad del cielo, pálidamente azul, parecía remansar en la -llanura con infinita mansedumbre. - -_Mariflor_, cansada y soñolienta, aturdida por las emociones y los -sentimientos, se dejó mecer, se dejó llevar entre aquellos cendales de -sombras y de membranzas. El balanceo rítmico de la cabalgadura, algo -semejante al de una embarcación en mar serena, y la plenitud del llano, -sin orillas visibles, nubloso, insondable como un abismo, pusieron a la -amazona en punto de soñar que iba embarcada hacia un quimérico país. -Aquel vaivén de cuna, aquella ilusión de barco aventurero, tenían, -para mayor halago, un cantar peregrino en el eco de dulcísimas frases -lisonjeras que la moza guardaba en su corazón; de tan cordial tesoro -iba ella urdiendo con diligente prisa futuros lances de amor y de -felicidad, solemnes acontecimientos de bodas y placeres que parecían -tener realización positiva y dichosa en la ardiente vida de una -estrella, según lo que la niña se extasiaba, rostro al cielo, absorta y -palpitante. - -Desde el divino espacio cayó de pronto a tierra la evagación de -Florinda, porque una voz había dicho: - -—Ya llegamos... - -Entre el encaje de las sombras, cada vez más espeso, se agazapaban, -abocetados, desvaídos, barruntos de una aldea muy pobre, a juzgar por -los umbrales. Y a _Mariflor_ le acometió de súbito una triste cobardía, -en la cual se mezclaban las inquietudes con inexplicable acidez; -aquella zambullida brusca en otro pueblo, en otra casa, entre personas -desconocidas, rompiendo definitivamente todos los vínculos de su vida -anterior, daba frío y espanto a la muchacha; en un instante recordó -con lucidez lastimosa la dicha que perdió al otro lado de la llanura -maragata, y sintióse tan pequeña, tan incapaz y débil ante el enigma -de su nuevo camino, que anheló no llegar a Valdecruces y quedarse -para siempre mecida en aquel mar firme y silencioso, de tierras y de -sombras. - -Los dulcísimos ojos registraron el cielo con una mirada de angustia, -pero ausente la luna veladora, esquivas las estrellas y pálido el -celaje, el amplio dosel de la noche se mostró cerrado a la muda -plegaria de la moza; hasta la estrellita ardiente donde ella prendió -un momento antes la hoguera de sus ensueños, se había escondido, -casquivana, detrás de un banco de nubes. - -Y estaba allí el pueblo maragato, inmoble y yacente en la penumbra, -como un difunto; y ya la recua se detenía delante de una sombra más -alongada y grave que las del contorno. - -Sonó el chirrido de una puerta, y dos mujeres avanzaron en un foco -macilento de luz. Descabalgó Florinda, trémula y cobarde; sintióse -agasajada por unos besos húmedos y fuertes, por unos brazos recios y -acogedores. Ofrecían a la forastera este recibimiento cordial, Ramona, -nuera y sobrina de la anciana, y Olaya, hija de aquélla, que con sus -cuatro hermanos más pequeños constituyen hogar y familia cerca de la -tía Dolores, protectora también de su nietecilla _Mariflor_. - -Ya estaban reposando los niños, Marinela, Pedro, Carmen y Tomás; y -mientras Olaya hacía los honores a su prima con más cariño que garbo, -Ramona y las otras dos viajeras se afanaban en descargar el equipaje. -Fué la tarea tan minuciosa, que ya la noche había crecido mucho cuando -logró acostarse _Mariflor_, rendida y enervada. - -A la luz vacilante del candil pudo la muchacha aprender que era su -dormitorio el mejor de la casa, «el cuarto de respeto», donde solían -posar los principales huéspedes; y al culminarse en el lecho altísimo -y pomposo, oyó la voz humilde con que su prima la deseó buena noche, -dejando la habitación oscura y cerrada, y advirtiendo: - -—Madre y yo dormimos dambas aquí cerca; no pases cuidado. - -Poco después sintió la muchacha crujir la corvadura de las vigas muy -próximas a su cabeza; andaban pesadamente encima del aposento, hablando -en voces cautelosas. Por debajo de aquel ruido perseguía a _Mariflor_ -entre penumbras de sueño y vislumbres de realidad, la expresión vaga y -triste de un rostro ojizarco, que tan pronto era el de Terán como el -de Olalla. De aquel semblante amigo no quedaron, al fin, más que los -ojos delante de la moza; brillaban azules como las flores del aciano, -como los ojos celtas de la maragata rubia, como los ojos pensativos del -novelista viajero; una clara niebla, que fué espesándose, oscurecíalos -poco a poco... ¿Era un velo de lágrimas?... ¿El cristal de unos -lentes?... _Mariflor_ se había dormido. - - * * * * * - -Después de un sueño largo y juvenil, Florinda despierta y escucha: -escucha la soledad y el silencio, porque todo a su alrededor parece -abandonado y mudo. - -¿Qué hora será? Entra un rayo de sol por la ventanuca, tan alta y -pequeña como la de un camarote; por allí se descubre un pedacito de -cielo cuajado de luz. En la casa, grande y misteriosa, nadie pisa, -nadie levanta la voz, ningún ruido se advierte, y fuera, en aquel -espacio luminoso, abierto quizás al campo, a la calle o al corral, es -la vida un secreto, sin duda, porque ni vuela un ave, ni canta un río, -ni gime una carreta; los rumores aldeanos que Florinda conoce de otros -pueblos, parecen extinguidos aquí. ¿Se habrá quedado ella sola en el -mundo con el sol? - -Pasea por el cuarto los bellos ojos dormilones, un poco ensombrecidos -de vaga pesadumbre: mira su equipaje desparramado en confusión de -cajas y de ropas, y encima del baúl, cruzado todavía de cordeles, -sus arreos de maragata, desceñidos la víspera con laxitud de sueño -y de cansancio. Se asoman los zapatos por debajo de la colcha, muy -escandaloso el escote y algo arrugada la plantilla: parecen asustados, -uno delante de otro, como si quisieran echar a correr; el bolsillo -señoril, colgado del boliche de la cama, con la boca abierta, tiene un -aire de expectación y de asombro, y la filigrana de corales, tendida -al borde de un marco a la cabecera del lecho, corona la figura de -una Virgen ancestral, bajo cuya traza primitiva dice, en letras muy -grandes: _Nuestra Señora la Blanca_. Al volver los ojos hacia ella, -hace Florinda maquinalmente la señal de la cruz. Luego prosigue su -viaje curioso en torno al aposento: es reducido y bajo, con paredes -combas, lamidas de cal, desnudo el tosco viguetaje del techo y pintado -de amarillo, como la puerta y la ventana. Entre un recio arcón de -interesante moldura y un mueble arcaico de alta cajonería, descuella el -lecho, amplio y elevadísimo, duro de entrañas y abrumado de cobertores: -luce colcha tejida a mano, floqueada, con muchos sobrepuestos, un poco -macilenta de blancura, quizá por haber estado largo tiempo en desuso. -Dos sillitas humildes parece que se agachan bajo la pesadumbre de los -equipajes, y algunos clavos suben perdidos por las paredes, sosteniendo -con negligencia varias cosas inútiles: un refajo roto, un cencerro -mudo, una rosa mustia de papel... Ya no hay más utensilios ni más -adornos en el nuevo camarín de _Mariflor_. - -Ella busca, solícita, un espejo, un lavabo, una alfombra, cualquiera -blanda señal de compostura y deleite, y como nada encuentra parecido -a lo que necesita, vuelve la atención a los recuerdos de su llegada, -confusos entre las emociones del viaje y la sorpresa de este peregrino -amanecer. - -Al cabo, como persiste en torno suyo un silencio de inmensidad, y el -sol penetra al aposento por el angosto ventanillo, semejante a la -lucera de un camarote, piensa la infeliz, acunada todavía en su memoria -por el balanceo del mulo y las ilusiones de su navegación por la -llanura, que su bajel ha encallado en una costa salvaje, en una playa -desierta... Pero no: la mar gime, reza, escupe, solloza; tiene lágrimas -y voces y suspiros; es pasión y hermosura, es inquietud y poder, es -dolor y gozo. Y aquí, ¡ni un acento, ni una palpitación, ni un indicio -de que la vida cunda y vibre como en las olas varias de la mar!... - -Cuando empieza la niña a sentir ciertas ansiedades muy parecidas al -miedo, un rumor oscuro, entre queja y gruñido, se percibe en la quietud -silenciosa de la casa. - -—¡Abuela!—grita _Mariflor_ con espanto. - -Nadie la responde. - -—¡Abuela!—repite, loca de terror. Y luego, despavorida, prorrumpe: - -—¡Olalla! - -Al punto, cautamente, se entreabre la maciza puerta y asoma el rostro, -asombrado y grave, de Olalla Salvadores. - -Ante el resplandor bondadoso de aquellos ojos claros, Florinda se -encalma, sonríe y confiesa: - -—Tuve miedo; creí que estaba sola en Valdecruces, y después oí una -especie de quejido como una voz del otro mundo. - -—El gato, que miagó—dice la moza, admirada de los temores de su -prima. Y penetrando en el aposento, le ofrece el desayuno y le -pregunta, con mucha cortesía, cómo ha pasado la noche. - -—Demasiado bien; de un tirón—responde la dormilona, escandalizándose -al saber que son las nueve, que su abuela y su tía andan ya de trajín -fuera de casa, y que los niños se fueron a la escuela muy temprano. - -Mientras se viste _Mariflor_, explica Olalla que la escuela está a tres -kilómetros, en Piedralbina, y también el médico y el boticario. Los -rapaces llevan la comida en una fardela, y no vuelven hasta las seis. - -—¿Y en el invierno?—interroga Florinda. - -Lo mismo: salen de noche y tornan de noche; algunas veces, Tomasín, no -va. - -—¿Cuántos años tiene? - -—Cinco; pero está mayo y robusto. - -—¡Pobre!, ¡dará lástima verle por esas llanadas! - -—Más se fatiga Marinela. - -—Sí; ya sé que está un poco débil. ¿Cómo la dejáis ir? - -—Aquí se aborrece, se pone triste, llora... Y como tanto gusta de -bordar y hacer labores finas, y la maestra la quiere mucho, madre -consiente. - -—Y el médico, ¿qué dice? - -Olalla se encoge de hombros. - -—Dice—murmura—que son males de la edad. Pero para mí la pobre está -entrepechada. - -—¿Cómo? - -—Picada de la tisis, igual que mi padre, igual que tantos de la -familia... - -—¡Calla, mujer! - -A medio ceñir el pesado manteo en torno a la cintura, _Mariflor_ finge -que busca alguna cosa, se mira las manos lentamente, con mucho interés, -y al fin balbuce en imprevisto ruego: - -—¡Quisiera lavarme! - -Olalla, que tiene fija la mirada en una siniestra meditación, se turba, -enrojece, y luego de reflexionar, afirma: - -—Te traeré ahora mismo un cacho con agua. - -—No, yo voy por él; enséñame dónde hallaré lo que necesite. - -Porfían azoradas al lado de la puerta con empeño un poco artificioso, -y ya traspasado el umbral, repara Florinda en su media desnudez, y -pregunta: - -—¿Estamos solas? - -—Solas; yo anduve a modín para no despertarte. - -Desaparece Olalla pisando quedo, como si todavía alguien durmiese; -y la forastera, abocada al corredor, cruza los brazos desnudos para -abrigarse contra un frío sutil que desde la oscuridad la acosa. De -pronto, allí a sus pies, en la masa de sombra y de silencio, el gruñido -y la queja que antes alarmaron a la niña, se juntan y emergen en una -voz que parece humana, que se desgañe y evoca, igual que la de una -criatura. - -Florinda retrocede, presa otra vez de irreflexivo espanto, y para -distraer sus complejas inquietudes, remueve el equipaje, trastea y -alborota, hasta que vuelve su prima trayendo agua en un lebrillo y -colgando en el hombro una toalla de áspera urdimbre, dorada por los -años, olorosa a romero. - -Perpleja _Mariflor_ ante aquel rudimentario servicio, aplaza el -lavatorio y pide ayuda para abrir el baúl; pero Olalla no necesita más -que de sus recios brazos para darle vueltas y dejarle desligado y útil, -con la tapa cómodamente sostenida en la pared. Inclínanse las dos mozas -sobre las túmidas entrañas del cofre, y la viajera desliza su mano en -el fondo, revuelve, palpa atinadora y sonríe levantando en el puño una -cosa menuda y suave que acerca a la nariz de Olalla. - -—¿Huele bien?—pregunta. - -—¡Ah, jabón!... Yo también tuve una pastilla... - -A juzgar por la expresión lejana de los ojos azules, se pierden en -un pasado remoto el aroma y la suavidad de la pastilla que tuvo la -maragata. - -—Ve sacándolo todo—dice la prima con gracia más ligera y alegre—; -después que yo me lave lo arreglaremos juntas y te daré algunos -regalitos para ti y para los nenes. - -En tanto que Florinda se chapuza con fruición, Olalla va cogiendo -las prendas del baúl y colocándolas encima del lecho, tibio todavía -y desdoblado. Se mueve la joven con mucha calma y trata con esmero -aquellas cosas sutiles de la forastera, pero no se detiene a -contemplarlas con excesiva curiosidad. - -Casi todo el lujo del pequeño equipaje consiste en ropa interior; -camisas y pantalones con lazos, sin estrenar, con papeles de colores -que crujen, sedosos, bajo los encajes, como en los equipos de las -novias burguesas: medias caladas, pañolitos bordados y menudos, enaguas -finas, dos peinadores de manga corta, dos blusas áureas, elegantes, y -un solo vestido de luto, modesto, falda y cuerpo ajustado, sin adornos. -Algunos estuches con bagatelas casi infantiles, algunas cajas con -enseres de costura, libros, retratos, envoltorios frágiles y una bolsa -blanca, con puntillas, de cuya boca abierta acaba de salir el perfumado -jabón. - -—Aquí lo tienes todo—dice Olalla, mientras Florinda duda cómo acabará -de vestirse, temiendo estropear el lujoso pañuelo de su traje de fiesta. - -Tras una breve indecisión, que le es habitual, ofrece la prima buscarle -otro; sirve para diario y ella no le usa. Pero debe ser muy difícil -hallarle, porque cuando vuelve con él, ya _Mariflor_ se ha peinado y ha -puesto en orden el dormitorio. - -—Hay uno de cerras, pero no le encuentro—dice Olalla, desplegando un -pañuelo pajizo, de muselina, con orla estampada en vivos colores. - -—Es precioso; ¿por qué no le pones tú? - -—Entre semana, está bueno éste—sonríe la moza, señalando el suyo de -percal, también con florida guirnalda—. Y en la cabeza, ¿no llevas -uno?—interroga. - -—¡Ah, no le quiero... no me gusta!—responde Florinda con tales bríos, -que se avergüenza al punto, y disimula su turbación poniendo en las -manos de Olalla unos envoltorios, a medida que dice: - -—Para Pedro un libro, para Marinela un costurero, para Carmen una -muñeca y para Tomasín un trompo... - -Busca algo en el bolsillo colgado de la cama, y con cierta emoción, -concluye: - -—Para ti mi reloj; toma. - -Sentóse la favorecida ofreciendo lugar en el regazo a los paquetes, -y puso en la palma de su mano morena el relojito de oro y acero, -chiquitín, lustroso y palpitante; le acercó al oído, rió con expresión -de niña, dulcificando la gravedad un poco triste de su semblante, y por -todo comentario dijo: - -—¡Tan pequeño y anda! - -Después miró a su prima suavemente, lamentando: - -—¡Te vas a quedar sin él! - -—Tengo el de mamá, ¿sabes?... Está parado, pero me sirve de recuerdo. - -—¿Se ha roto? - -—No; mi padre quiso tenerle en la hora que ella murió: las tres de la -tarde. - -—¡La hora del Señor!—balbuce Olalla estremecida—. Y con el respeto y -la ternura que en Maragatería se consagra a los muertos, bendice al uso -del país la memoria evocada, pronunciando ferviente: - -—¡Biendichosa! - -Una ráfaga de tristeza suspende el íntimo coloquio y flota en la -humedad de las pupilas, que se inclinan al suelo apesaradas; la muñeca -de Carmen, rompiendo el papel que la envuelve, muestra un brazo rígido, -vestido de rojo, en trágica actitud; en la rústica mano de Olalla -Salvadores, el pulido reloj suena indiferente: _tic-tac_, _tic-tac_... - -Y aquel hálito sonoro y maquinal, aquel firme latido de un industrioso -corazón de acero, lleva extrañamente a las dos muchachas a escuchar el -pulso acelerado de los propios corazones, buenos y juveniles, regados -por una misma sangre generosa. - -Alzase Olalla con ímpetu raro en su naturaleza esquiva y grave, y -las dos mozas se miran en los ojos; los de Florinda, profundos, -inquietantes, de color de miel y de café tostado, en vano provocan una -confidencia trascendente con las aguas serenas y tristes de los ojos -azules; pero el impulso cordial prevalece por debajo del vuelo de las -almas y un pacto de amor se firma con el estallido de un largo beso. - -[Illustration] - - - - -[Illustration] - - - - -V - -VALDECRUCES - - -ALENTADA _Mariflor_ después de tan gentil alianza, se despierta con -alegres ánimos a las realidades de la vida y quiere verlo todo, -registrar su nuevo albergue, asomarse a Valdecruces. - -Aunque pone el pie con alguna medrosa inseguridad en el corredor -oscuro, camina sonriente, como jugando «a la gallina ciega», palpando -la pared con una mano y asiéndose con la otra al vestido de su prima. - -—Avísame; no veo nada—murmura—. ¿Hay que bajar?... ¿Hay que -subir?... ¡Avísame! - -—Hasta que te acostumbres. Yo atino por todos los rincones a cierra -ojos... Ahora sube un pasal... otro... sigue subiendo... ¡ya se ve luz! - -La rendija de una puerta proyectó en los altos escalones una raya de -tenue claridad; chirrió una llave, gimieron unas bisagras y hallóse -Florinda a pleno sol, deslumbrada por el torrente de resplandores -esparcidos en la salita con anchura, mediante los dos amplios huecos de -la solana. - -—¡Qué alegre, qué alegre!—gritó la forastera con encanto—. ¿Y qué se -ve por aquí?—añadió lanzándose curiosa al colgadizo. - -De pronto no vió nada. La luz cruda y fuerte esfumaba el paisaje como -una niebla. Después, dando sombra a los ojos con las dos manos, vió -surgir débilmente el diseño barroso del humilde caserío, techado con -haces secas de paja amortecida, confundiéndose con la tierra en un -mismo color, agachándose como si el peso de la macilenta cobertura -le hiciese caer de hinojos a pedir gracia o misericordia. En aquella -actitud de sumisión y pesadumbre, las casucas agobiadas, reverentes, -exhalaban un humo blanco y fino que parecía el incienso de sus votos y -oraciones. - -_Mariflor_, admirada por la novedad de aquel espectáculo, imaginado -muchas veces al través de referencias y lecturas, exclamó conmovida: - -—¡Valdecruces!... ¡Parece un Nacimiento! Y la iglesia ¿dónde -está?—preguntó. - -—Allende. ¿Ves esta hila de casas? Pues en acabando la ringuilinera, -¿ves un chipitel con una cruz?... Eiquí. - -—¿Aquéllo?—lamentó la exploradora con desilusión. - -—La techumbre es de teja—ponderó Olalla—y por dentro nuestra -parroquia es mejor que la de Piedralbina, es tan buena como la de -Valdespino; hay un Resucitado muy precioso y la Virgen tiene la cara de -marfil. - -—Pero la torre se va a caer, es monstruosa; un montón informe y la -cruz ladeada, ¡qué cosa más singular! - -—¡Si lo que tú dices—protestó Olalla riendo—es el nido de la cigüeña! - -—¡Ah, el nido!... Un nido enorme, ¿verdad?... Un nido tremendo... -¡Qué ganas tenía de verle!... Mi padre no me había dicho que le -tuvierais aquí. - -—Yera de Lagobia, pero el año de la truena se les cayó la torre, y -cuando los pájaros volvieron portaron el nido a Valdecruces. - -—¿Ellos?... ¿Ellos solos? - -—Solicos empezaron, pero la gente les dió ayuda. De primeras el nido -no era tan grande, nada más lo justo para gurar la pájara; después, -cada año atropan dello y ya tanto pesa que hubo de caerse. - -—¿Entonces?... - -—El señor cura, el tío _Chosco_ y el tío Rosendín le apuntalaron. - -—¡Ah, qué bien! Y ahora ¿hay crías? - -—Todavía no está gurona la cigüeña: saca los hijuelos allá para el mes -de junio... ¡Mira, mira el macho! - -Un ave zancuda y blanca, con las puntas de las alas negras, largo el -cuello, las patas y el pico rojos, pasó crotorante y magnífica, con -alado rumbo hacia la torre. - -—¡Qué mansa! ¿Ves? Casi tocó el alar—dijo Olalla, devota. - -Y _Mariflor_ quedóse atenta y muda ante el ave sagrada para los -labradores de Castilla, el ave tutelar de los sembrados, la reina de -los aires campesinos en la madre llanura de la patria. - -—Iré a visitar el nido regio—murmuró ferviente—. Luego lanzó la -vista al horizonte inflamado de luz, llano y calmoso, semejante a una -extensa bahía que se adormeciese inmóvil y sin respiración en el estío. - -Olalla advirtió: - -—Embajo está el huerto. - -—¿Hay flores? - -—De agavanzo y de tomillana, y dos rosales nuevos con ruchos. - -—¿Bajamos? - -—¿No quieres ver primero el palomar? - -—Sí, sí; ya lo creo. - -Ocupaba el carasol la fachada entera del edificio: tenía el suelo -jiboso y crujiente, como todo el piso alto de la casa, trémulo -el carcomido barandaje y cobijadores los aleros, donde anidaban -golondrinas; algunas prendas lacias de ropa pendían a lo largo de él, -y decoraban sus agrietados muros sendos manojos de hierbas medicinales -puestas a secar y «espigos» de legumbres envueltos, con mucha cautela, -para que la simiente en sazón quedase recogida. - -Todos estos detalles sorprendieron los ojos inquiridores que, después, -se posaron con cierta ansiedad en la saluca. - -La cual era espaciosa, baja de techo, con rudo viguetaje pintado de -amarillo, igual que el camarín de _Mariflor_; las paredes, de anémica -palidez, se hundían en muchos sitios, entre mal blanquete y hondas -arrugas, como la faz de viejas presuntuosas en las ciudades festivas. -Un sofá de anea con almohadones de satén, floreados y henchidos, -se extendía en el testero principal, y, encima, elevado y turbio, -inclinábase un espejito, con el alinde picado y el marco negro, en -reverencia inútil ante una visita que jamás llegaba; alrededor de -aquella luna triste y a lo largo de las otras paredes, sendos cromos -con patética historia memoraban la vida de una santa mártir, moza -y gentil; fotografías pálidas, casi incognoscibles, prisioneras en -listones de un dorado remoto, ceñidas por cristales heridos, trepaban -en desordenada ascensión, en una verdadera república de colgajos, -desde las decoraciones viejas de almanaques y el ramo seco de laurel, -hasta las pieles corderinas abiertas en cruz, a medio curtir. Entre -las sillas, muy numerosas, juntas y apretadas en hilera como aguerrida -hueste, delataban, algunas, otros tiempos de más prosperidad para la -familia Salvadores: aquellas de _reps_ y de caoba con el pelote del -asiento mal contenido por desmañadas costuras, con la color verde -convertida en marchitez dorada, como el follaje de otoño; aquellos -dos sillones de gutapercha, despellejados y hundidos, con respaldares -profundos y solícitos brazos; la clásica consola y el amigable velador, -cuentan las abundancias de unos desposorios en que la abuela y su primo -Juan unieron con sus manos las más pudientes fortunas de Valdecruces, -en gran porción de «arrotos» y centenales, «cortinas» y recuas... - -En estas reflexiones se para _Mariflor_, que por su aguda sensibilidad -tiene el privilegio exquisito y amargo de evocar y sufrir el fuyente -roce de las cosas, prestándoles la ternura de su propio sentimiento. - -Inconsciente de este raro don, que preside las existencias escogidas -con la facultad doble de gozar y padecer en grado sumo, la muchacha -reconstruye en un momento la dura cuesta de dolores por la cual los -años, los hijos y la miseria torva del país, han derrumbado casa y -heredad en torno de la abuela envejecida. Y una lástima aguda empaña -aquellos ojos, aún sonrientes a la orgía de luz cuajada en el páramo. - -—La vida de Santa Genoveva, ¿la sabes?—dice Olalla con beatitud, -señalando los historiados cromos que circundan las paredes—. Y viendo -que la prima no da señales de conocer el ejemplar relato, apunta sobre -una imagen de pergeño bravío, y añade con edificadora gracia: - -—Este era el traidor Golo... Aquí—indica en otro cuadro—está la -cierva que criaba en el desierto al niño... - -El dedo bronceado va posándose en cada cristal empañecido y roto, y se -detiene a lo largo de una incisión más hundida y más negra, mientras la -voz enunciadora prorrumpe: - -—Están los vidrios llenos de sedaduras... ¡Los rapaces acaban con todo! - -—Vamos, vamos a ver las palomas—pide Florinda con impaciente -actitud—. Pero Olalla la detiene sin prisa ninguna: - -—¡Ah, fíjate! Estas flores las hizo Marinela... - -Las dos primas, altos los ojos y entreabiertos los labios, contemplan -con aire estúpido una malla colgante del techo, labrada a punto de -aguja y teñida de bermellón, toda ornada de trapos vistosos que la -maestra de Piedralbina ha bautizado con el remoquete ideal de «flores». - -—Muy bien—murmura la forastera, sonriendo generosamente. - -Todavía, antes de salir, Olalla abre una puerta primero y otra después, -frente al carasol, para mostrar a su prima dos habitaciones pequeñas, -llenas de trastos, sin ventanas ni lechos. - -—Mira qué atropos—alude señalando los fardeles, seras y alforjas, en -abandonada confusión—. ¡Todo quedó sin arreglar anoche! - -Y a Florinda le parece descubrir en aquellas palabras un aire brusco, -de tedio y de cansancio. - -—Ahora seremos dos a trajinar en casa—responde afable. - -—¿En casa...? Yo aquí no subo nunca; tengo otras cosas que hacer. - -—Pero no sales al campo—dice _Mariflor_ inquieta, a pesar del -convencimiento que tiene en lo que afirma. - -—¿No es campo el caz de agua donde se lava la ropa, y el huerto de las -legumbres, y la cortina de los panes de trigo...? - -Olalla enumera los diferentes campos de sus labores con cierto calor -impropio de su palabra cantarina y premiosa, pero sin asomo de reproche -o lamento, y aun con vaga sonrisa de orgullo y fortaleza. - -—Hay que coser; hay que guisar—sigue diciendo enfática, engreída en -los altos deberes de su destino. - -—¿Y la _Chosca_?—pregunta _Mariflor_ con desolado acento—,¿Qué hace, -entonces? - -—Servir a las caballerías, mujer, y a los bueyes; andar a las aradas -con las obreras y con mi madre; atropar la leña de más fuste... - -—¿También tu madre...? - -—Agora sí—responde Olalla con imperceptible amargura. - -Se han quedado las dos mozas en la última de las habitaciones, frente -al vano del colgadizo, que extiende en la salita un esplendoroso tapiz -de sol. Con el aire tibio, levemente impregnado en aromas de huertos, -humo de hogares y vahos de pesebres, entra el hondo silencio de la -aldea hasta el rincón donde Olalla y Florinda enmudecen de pronto, -atónitas y mustias, entre mochilas y zurrones, enjalmas y capachos... - -Así las sorprende una cadencia ronca y triste, repetida a lento compás -como un latido que sonara a pena. - -—Son las palomas que arrullan—dice Olalla, levantando los ojos. - -—Llévame donde estén—repite Florinda, hablando quedo, como si temiese -turbar con sus palabras el arrullo. - -La toma su prima por la mano, y en saliendo al corredor cierra la -puerta de modo que la más profunda oscuridad envuelve los pasos de las -dos maragatas. Hácense otra vez torpes los de Florinda. - -—¿Por qué cierras?—murmura—. No tenemos ni una chispa de luz. - -—Es que el gato entra al carasol y escarrama las simientes. - -Como si quisiera protestar del mal propósito que la joven le atribuye, -el animal guaya en la sombra, lastimero y humilde. - -—¡Micho...! ¡Micho—ordena Olalla varias veces, espantándole. - -Palpando de nuevo en las tinieblas, dan las niñas en unos gemidores -peldaños, muy hostiles y maltrechos y llegan al desván, oscuro y -ruinoso, lleno de bálago resbaladizo. Una pared de madera y una -puertecilla, resquebrajadas, transfloran dorado resplandor, dividiendo -en dos mitades el local: allí, al otro lado de la medianería, donde -irradia la luz, suena el arrullo. - -Con suave remezón del maderaje, abre Olalla la palomera, y de pronto -Florinda no ve más que la luz, igual que le sucedió poco antes en el -colgadizo. Recorta el alto ventanal un pedazo de cielo que se convierte -en un chorro de sol dentro del libre refugio de las palomas: blandos -nidales, al arrimo de los adobes, cobijan a las hembras en gestación -y a los polluelos temblorosos; y desde cada nido ocupado, entre -esponjadas plumas, se vuelven los ojitos de las aves a mirar con recelo -en torno suyo. - -—¡Qué preciosas!... ¡Cuántas!... ¡Y no huyen!—exclama con embeleso -_Mariflor_. - -—Son medrosicas, pero no se asedan—dice Olalla, prodigando, graciosa, -una caricia a cada nidal—. Y como su prima quiere ver los pichones -en la mano, toma dos chiquitines bajo las alas de la madre y se los -ofrece. Ella los acoge en el delantal, por temor a que se lastimen -entre los dedos, y también porque la retrae de tocarlos un escrúpulo -repentino. - -—En guarrapas son feucos—pronuncia Olalla sonriente; y antes de -volverlos junto a la azorada paloma, los besa y los guarda entre las -dos manos un instante, encima de su corazón, con dulce gesto maternal. -Del regazo de una hembra febril, levanta después un huevecillo cálido y -terso, y se lo acerca a _Mariflor_, anunciando ponderativa: - -—¡Ponen dos todos los meses! - -—Tendréis un bando muy numeroso. - -—¡Quiá, mujer! Se mueren muchas en la invernada, con el frío y la -nieve, y los pichones más llocidos los vendemos para el mercado de -Astorga y de León. - -—¿No te da lástima? - -—¡Como son para eso! - -Florinda se aturde ante la respuesta razonable y fría, que del reciente -beso y el impulso cordial borra la impresión de ternura y oscurece con -raro misterio el alma de la campesina doncella. - -El cariñoso halago al borde del nido dejó adherida una pluma sutil en -el jubón de Olalla: ¿nada más que esta huella deleznable habrá marcado -la amorosa caricia sobre aquel macizo pecho de mujer?... ¿Nada más? - -Lo duda _Mariflor_ mientras, acuciosa, estudia aquel semblante moreno y -gracioso que cierra a toda asechanza de íntima curiosidad los secretos -de un corazón femenino: sellado con una placidez austera, ecuánime y -dulce, un poco triste, el rostro de Olalla Salvadores es un enigma, -la noble máscara de unos sentimientos absolutamente ignorados y -silenciosos. - -Al contemplarla su prima interrogadora, ella dice amable: - -—Voy a llamar a todo el bando. - -—¿Cuántas parejas tienes? - -—Treinta y tres; aquí dentro no hay ni la mitad. - -—¿Y son todas de la misma casta? - -—Abundan las palomariegas; pero téngolas también de monjil, calzadas, -moñudas, reales, tripolinas... - -De un arcón pequeño, separado del piso por toscos bastidores, vierte -la moza en su delantal una porción de cebada y sube ágilmente hasta -la tronera, apoyando los pies en las quebraduras del muro: acodada en -los umbrales, lanza desde allí con voz atrayente y melosa el familiar -reclamo: - -—Zura, zura... zurita... - -Se remecen los nidos en el palomar, y fuera, un lozano batir de alas -azota la luz; en parejas veloces acude el bando entero a picar en -las manos de la muchacha: hay palomas con rizos; las hay con toca, -con moño, con espuelas; las hay grises, verdosas, azuladas plomizas; -algunas lucen el collar blanco, otras el pico de oro, otras las -patas de luto; aquellas los reflejos metálicos en la pechuga, en las -alas, en las plumitas del colodrillo. Todas las distintas variedades -son domésticas, aclimatadas al campo mediante cruces con las castas -silvestres y tributo de crecida mortandad en los bravos inviernos. - -Rozando las mejillas de la joven, las madres anidadas salieron a -comer; ella hace en la ventana un sitio para que se asomen los ojos de -_Mariflor_, y enumera y define la variedad del bando, junto en apretado -racimo de codicias y de temblores. - -Ha trepado la niña forastera hasta descubrir la techumbre muelle y -sinuosa donde las aves, en montón, arrullan y solicitan el sustento. -Pero la prima Olalla, más complaciente aún, discurre: - -—Te las voy a mandar todas a la palomera. - -Y arroja, sonoro, el contenido de su delantal dentro de la estancia. - -Entonces una impaciente agitación de vuelos lánzase a la ventanuca -desde el techado humilde, entre el pecho de Olalla y la cabeza de -Florinda. Salta al suelo la joven para ver más de cerca a las palomas, -y ellas la miran extrañadas, de medio lado, con un ojo nada más, -mientras que alas y picos sacuden en el aire y en el tillado raudas -notas de instinto y de pasión, sorda y ávida música de picotazos, -aleteos y arrullos, donde la voracidad y los amores cantan con gráficos -acentos sus leyes y sus prerrogativas: las hembras, que en el nido -padecen sagrada calentura maternal, han bajado en volandas sus pichones -al ruedo y les incitan a comer, disputando la ración a las glotonas -más tímidas; muéstranse los machos galantes y los padres solícitos, -se colman los buches, se aquieta el tropel, y Florinda, saturada del -perfume bravío que exhala el palomar, seducida por los iris de las -plumas, agitada por las palpitaciones de las aves, ebria de sol y de -placer, siente con ardorosa plenitud la belleza potente de aquella -vida cándida y salvaje, libre y fecunda, que ahora despliega el vuelo -alto y feliz, en parejas de amor, por el llano luminoso y sin tasa, -nuncio de lo infinito... - -En pos de las palomas, los deslumbrados ojos de Florinda tropiezan con -la figura intrépida de Olalla, exaltada allí en la cumbre del palomar, -en el foco de la cruda luz, con el sereno perfil de realce sobre el -índigo raso de las nubes: despide la muchacha al bando con mimosa -delicia; le riñe y le aconseja con familiares voces; su acento casi -infantil, truncado y leve en aquel íntimo soliloquio, se aduna con los -arrullos de las fugitivas y se pierde en el aire manso, que al roce de -las alas se hace sonoro; el pañizuelo de la cabeza, caído a la espalda, -descubre un rodete rubio, apretado y firme, rutilante sobre la nuca -morena, como una corona de sol encima del trigo segal; mírase el cielo -en los claros ojos, de un azul más profundo en esta hora; las rosas -aldeanas en las mejillas arden con calor juvenil; la melada tez luce su -fino vello de sabrosa fruta y muestran los labios, mórbidos y abiertos, -unos dientes, duros, iguales, blanquísimos. - -Toda la figura de la joven, propicia al atavío regional, señora del -paraje romancesco, sublimada por la fortaleza del sol, se yergue -bellísima y extraña, con la silvestre dulzura de una roja flor de -sangre y de salud, con el donaire rústico de la fuerte amapola, -espontánea sonrisa del erial. - -Atónita _Mariflor_, cual si de pronto viera a su prima convertirse en -otra mujer, sólo recordaba de sus recientes emociones la que incendió -el copo de pluma dejando en el jubón de Olalla la estela de singular -caricia. - -Un toque gemebundo y cansado resonó en el palomar desde las -profundidades del edificio, y al romper el silencio estremeció a la -moza ensalzada en la ventanuca. - -Cuando Olalla saltó diligente junto a su prima, parecía que hubiese -perdido en un segundo el trono sublime de la belleza: en el lago azul -de sus ojos ninguna expresión grande navegaba, un leve azoramiento -físico rizaba apenas en las pupilas el sereno cristal; y en la plebeya -boca, el gesto brusco y la placidez ausente daban aire de abandono -y hastío a la maragata rubia. Quizá era su porte demasiado recio -y su cara harto redonda; tal vez los pies y las manos fuesen muy -varoniles... El copo de pluma había desaparecido de su jubón. - -—No te pongas el pañuelo—suplicó Florinda, viéndole hacer un vivo -ademán para cubrirse la cabeza. Y Olalla, realizando su propósito sin -replicar, lamentóse: - -—¡Las diez sonaron; tendré asurada la olla y la lumbre muerta!... - -Detrás de la débil puertecilla quedábanse la luz y los arrullos, -el aroma agreste de los tálamos, la pura libertad de las alas, y -_Mariflor_, a tiendas por los oscuros escalones, apretaba la mano de su -prima, repitiendo: - -—¡Tienes unas trenzas tan hermosas!... ¿Por qué no las quieres lucir? - -—No se usa. - -—Ponemos esa moda tú y yo. - -—Para ti es diferente... - -—Estás mucho más guapa sin pañuelo. - -Se adensaba la oscuridad delante de sus pasos, como si la noche subiera -del fondo de la casa, y un hálito frío sobrecogió a Florinda, recién -bañada en sol. - -Por los penumbrosos corredores del piso bajo hicieron las dos mozas -rumbo a la cocina, grande y poco alumbrada, con el llar humillado y el -suelo de tierra; taburetes de roble, escaño vetusto, ahumados vasares, -mesa «perezosa» y espetera profusa, decoraban la habitación: pendiente -de las _abregancias_, a plomo sobre el llar, esplendía una caldera -enorme. - -Como Olalla se abismase de hinojos, hurgando la lumbre, soplando en la -ceniza y sacudiendo la olla reseca, dijo _Mariflor_, tímida y sonriente: - -—¿Y mi desayuno? - -—¡Cierto!... ¡Si hoy no sé lo que hago!—murmura Olalla, -impacientándose entre los pucheros—. Mira, aquí tienes sopas... ¿te -gustan? - -—¿Sopas?... ¿De qué? - -—De patatas. - -Una salsa con mucho pimentón subía hasta los bordes de menuda tartera. - -—¿Llamáis sopa a este guiso?—preguntó Florinda, colocando otra vez la -tapa con pulcritud. - -—En el falaje de la tierra se dice así. - -—Pero ¡si hubiese otra cosa!—encareció la pobre ciudadana, mirando -alrededor. - -—Del orco de chorizos puedes cortar. - -—No; algo ligero... - -—Chocolate, café ni cosas finas, eso no hay. - -—¿Y un poco de leche? - -—De las cabras, un poquitín para Tomás y Marinela..., pero te daré -parte. - -—No, no; ya pronto es medio día: aguardo así. - -—¿Vas a fambrear, criatura?... ¡Y anoche apenas cenaste!... Los -nuestros guisotes caldudos no te prestan; tú tienes otro enseño, ¡y -aquí todo es tan mísero!... - -—Olalla, de rodillas, levantando entre el humo del hogar su cara -bondadosa, adquirió nuevamente una expresión de cansancio y pesadumbre, -que la envejeció de pronto, hasta semejarse su sonrisa a la de la -abuela. - -—Me gusta todo; ya lo verás—pronunció _Mariflor_ entonces. Y probó -heroicamente la sopa de patata. - -Se aventuró después en las habitaciones que aún desconocía, en el -corral y el huerto, mientras Olalla, trajinadora, atizaba la lumbre con -raíces de _urz_, hundida en la sombra cenicienta y humeante. - -Los tres dormitorios donde se repartían las mujeres y los niños, -tampoco estaban muy aventajados de claridad: pequeños tragaluces -cruzados de rejas, dábanles aspecto de prisión. Las camas, esponjosas -y limpias, lucían sendos rodapiés de colores; era el piso de tabla, -muy pobre el mueblaje, apretado y confuso. Una pieza que llamaban -_estradín_, y que pudiera haber sido comedor, daba acceso al corral -y a la cocina, y más luz a esta última que su ventana, pequeña y con -cristales completamente ahumados, abierta sobre la silenciosa rúa en -disposición contraria a todo intento de atisbo. A la misma fachada -Norte correspondían la puerta principal y los tragaluces de los -dormitorios. Abríanse al solano, sobre el corral y el huertecillo, la -cuadra, corrida y profunda, el _estradín_ y el gabinete de _Mariflor_, -encima se asomaban a la luz el colgadizo, la sala y el palomar. - -Así que en un periquete visitó Florinda las dependencias interiores, -salió a la corralada y de allí pasó al huerto. - -Era verdad que tenían brotes los dos únicos rosales, precisamente -al pie de aquella ventanuca parecida a la de un camarote. Un solo -arbolito, que a la muchacha le pareció un peral, señoreaba el «vergel», -donde las berzas y los repollos, con las demás vulgares hortalizas -caseras, bien cuidadas en simétricos cuadros, erguían el talante -animoso a los rayos del sol. - -A la vera de árbol, un escañuelo convidaba a sentarse, y aunque -las floridas ramas no fuesen muy frondosas, allí buscó la joven un -refugio a su breve soledad; el perfume delicado de la yema en flor, -el verde tierno de la rizosas legumbres, las débiles ondulaciones de -los rosales y, en las pálidas orillas, las flores de la retama y del -escaramujo escalando la sebe, todos los distintos semblantes del huerto -ruín, tuvieron para _Mariflor_ una vida profunda en aquella hora. -Sutiles emociones la turbaron; sobre la pobreza del paterno solar, la -melancolía insondable del país y el oscuro misterio de las entrevistas -existencias, la moza derramaba la ternura de su abundante corazón, con -el firme propósito de amar y de sufrir... ¿Para merecer...? Sí, para -alcanzar una dicha tan alta y tan ilustre que parecía un sueño, un -imposible. Era preciso que ella, _Mariflor_ Salvadores, la niña mimada -y consentida, conocedora de holguras y de halagos, arrostrase, fuerte -y audaz, las privaciones y los sacrificios, para que Dios, en premio, -la nombrara triunfalmente esposa de un artista, musa de un poeta... -¿Por qué lado, por cuál camino milagroso llegaría a libertarla _Don -Quijote_...? ¡Aún no levanta en sus hombros la cruz y ya la pobre -soñadora se impacienta por la redención! - -Hacia el corral se oyeron unos pasos y Florinda estremecióse -alucinante. Era Olalla, que desde el postigo sonrió, diciendo: - -—¡Qué esfrayadica te quedaste, rapaza! - -—¿No vienes? - -—Tengo que rachar unos tánganos, porque la lumbre no quiere arder. - -Y con gesto prometedor, algo pomposo, añadió alegre: - -—Al escurificar, de fijo recibes alguna visita. - -Quedó el anuncio ondulante en el espacio como una loca patraña contada -por el viento. El cual, presentándose de súbito, llegaba jadeando, con -la respiración férvida y mugiente, lo mismo que una bocanada de siroco. - -Se estremecieron en la falda sequiza del bancal las flores de retama -y agavanzo; el hacha leñadora hendía troncos de brezos con premura -al otro lado de la sebe, y algunos cendales de niebla empañaban el -firmamento azul. - -_Mariflor_ pensaba confusamente en la posibilidad de que en aquellas -casas que vió inclinarse bajo techumbres de cuelmo, hubiese cocinas -oscuras y tristes huertecillos y mozas bellas...; quizá, también, gatos -misteriosos y relojes ocultos, que de cuando en cuando hiciesen rodar -en el silencio un gañido tremulante y una campanada rota... - -[Illustration] - - - - -[Illustration] - - - - -VI - -REALIDAD Y FANTASÍA - - -—A la rapaza forastera, ¿la nombráis _Mariflor_? - -—Nombrámosla. - -—Pues tengo para ella una carta aquí. - -Reposadamente, desde su caballo roano, luengo de crines y -hundido de lomos, abrió el hombruco la remendada valija, sacó -un sobre y leyó en él con lentitud: «León.—Señorita _Mariflor_ -Salvadores.—Astorga.—Valdecruces.» - -—Véla—murmuró, dándosela a Ramona. - -Como ésta llamase a la interesada, el tío Fabián Alonso esperó que -saliera, y, a la luz falleciente del ocaso, la miró de hito en hito así -que ella pareció sobre el fondo oscuro del umbral. - -—¡Guapa moza!—pronunció el viejo. - -Se iba, rumbo adelante, cuando volvió de pronto para decir: - -—¿Conociste «allá abajo» a Fermín Paz? - -—¿El tío Fermín, pariente nuestro, que vive en La Coruña? - -—Ese. - -—Sí que le conozco. - -—Es yerno mío. - -—Sea por muchos años—replicó solícita _Mariflor_, rasgando el -sobre con un alfiler—. Y el cartero hizo dar otra media vuelta a su -cabalgadura, que desapareció cansina en el turbio horizonte del camino. - -Ya en los dedos gentiles de la niña temblaba una esquela. - -—¿Es de tu padre?—preguntó impaciente Ramona. - -—Es—dijo la muchacha enrojeciendo al ver la firma—de un señor que -venía con nosotras en el tren. - -—¿Y te escribe? - -—Prometió que «nos» iba a escribir. - -—¿Le conocías? - -—Le conocí entonces... - -Quedóse Ramona seria, un poco ceñuda. Era una mujer áspera, fuerte y -triste; contaba apenas cuarenta años, y si alguna vez gastó hermosura -no conservaba de ella el menor vestigio; tenía los senos derribados y -marchitas las facciones: seca y dura de miembros, alta y silenciosa, -inspiraba a Florinda un invencible temor. - -Sin saber qué actitud adoptar, con la carta entre las manos, fué la -moza alejándose poco a poco por el pasillo. Ya en su aposento, de -pie sobre una silla para recibir la muriente claridad de la empinada -ventanuca, leyó la esquela, que empezaba en prosa con mucha galanía, y -terminaba en verso, enamorado y sutil. Decía de esta suerte: - -«_Mariflor_ preciosa: ¿Se acuerda usted de nuestra dulce amistad? ¿Se -acuerda usted de nuestra triste despedida? Una semana ha transcurrido -desde entonces y aún se me resiste la certidumbre de aquel encuentro -dichoso, de aquella brusca separación. ¿Fué realidad o fantasía? De -ambas cosas se vale el amor para rendirnos: los grandes amores son el -hallazgo en la realidad de las venturas imaginadas. - -»Dormida la conocí, _Mariflor_, y aún me parece, cuando cierro los -ojos, que la veo dormir, que «la siento» soñar. Usted y el sol -amanecieron a un tiempo en la divina mañana de nuestro viaje; pero -aunque fué tan hermoso el despertar del día, vi que era usted mucho más -bella que la aurora. Bendito el sueño aquél y bendita la jornada que me -hicieron gozar de una alborada tan espléndida. ¡Qué símbolo más noble! -La vida es viaje y sueño: el amor despertar, amanecer... - -»Y volver a vivir lo ya soñado y prometido. Quizás en vez de un -hallazgo sólo sea un reconocimiento. La imagen de usted se me reproduce -en la memoria como trasunto de otra imagen: la de una niña que en la -playa de Vigo conocí hace años y a quien por rara sugestión no he -podido olvidar. Escríbame usted diciendo si se acuerda de haberme visto -antes de ahora; si presiente que nos volveremos a ver pronto. Yo la -escribiré mucho, si usted me lo permite; la mandaré muchos versos; iré -algún día a Valdecruces... - -»No es nueva, no, nuestra amistad: el nombre de usted, su voz y su -semblante despiertan en mi alma el recuerdo de otra dulce entrevista, -las sensaciones imborrables de otro feliz encuentro... - - Tal vez un día en la niñez dichosa - me miraste, al pasar, como una hermana... - ¿No eras tú aquella niña primorosa, - morenita y gitana, - que me besó en la frente, y en mis cabellos rubios - puso sus manos blancas? - ¿No te acuerdas?... Riendo me dijiste - al darme el beso aquel: ¿Cómo te llamas? - Y al escuchar la blanda melodía - de tu pregunta, me nacieron alas, - sentíme ciego de emoción, y el cuento - de mi junquillo se tornó en aljaba. - Y una voz en los aires repetía: - —Soy el amor que pasa, - el niño amor que encontrarás un día - tras de las tempestades de tu alma... - -Sobre la última frase feneció la luz con tales agonías, que _Mariflor_ -leyó el nombre del poeta sólo con el pensamiento, cerrando lentamente -los ojos atormentados en la lectura por la escasez de claridad. Bajo -las pestañas espesas tornáronse entonces visionarias las pupilas, -y persiguieron en remoto confín la figura de un niño ledo y rubio, -con alas y linjavera como el dios amor. ¿Era Rogelio Terán? ¿Era -una cándida imagen de la fantasía, un recuerdo traído a la tierra -misteriosamente desde otro mundo, desde otra existencia olvidada -y oscura? ¿Tornaría alguna vez el viajero para llevar consigo a -_Mariflor_? - -Clara luz de estas firmes ilusiones era la visión continua de unos ojos -azules, pensativos y ardientes... Tenía Florinda la certeza de haberlos -contemplado desde el fondo de su alma, no una vez sola, sino muchas, al -través de toda su vida, quizá en la cara apacible de un niño rubio, en -el semblante audaz del mozo marino que tantos días la miró en el muelle -coruñés, en el rostro varonil del viajero artista que la dijo tristezas -y amores con fina voluntad una mañana...; ¿dónde, dónde había visto -muchas veces aquellos ojos claros y profundos? - -—¿Estás aquí?—preguntaba Marinela entrando pasito. - -Escondió Florinda el billete en el jubón y tendió a su prima la mano -respondiendo negligente: - -—Aquí estaba... - -—¡Qué tenebregura! No te veo. - -Entonces _Mariflor_ se hizo buscar, agazapada y juguetona, hasta que la -chiquilla, zarandeándola suavemente, murmuró contenta: - -—No me espasmas, no—. Y su voz infantil adquirió grave acento para -anunciar:—Ahí está don Miguel, que viene a visitarte. - -Había quedado la témpora de Sur; el ábrego caliente zumbaba en -la llanura y plegaba sus ropajes sonoros contra los hormazos de -las «cortinas» y los adobes del caserío: desde el pajonal de las -techumbres, el bálago, dócil, tendía en los aleros su despeinada -cabellera rubia. - -En el _estradín_, la tía Dolores y Ramona recibían cortésmente al -párroco de Valdecruces, mientras Olalla en la cocina daba de cenar a -los niños. La comunicación con el corral estaba abierta como en el -estío, y el quinqué de petróleo, encendido en honor del señor cura, -ardía resguardándose del viento, cuyas ráfagas ondulantes henchían en -pompa el arambel de la puerta, resto sin duda de más prósperas jornadas. - -En rústico sillón, ni cómodo ni firme, se aposentaba junto a la camilla -don Miguel Fidalgo. Era un sacerdote mozo y arrogante: recién terminada -su carrera había recibido la parroquia de Valdecruces, hasta que un -concurso le permitiese ganar en oposición otra más lucratitiva y bien -dispuesta para lucir sus dotes, las cuales eran muchas y raras. - -Cursó este joven sus estudios en aquel seminario famoso donde se -alcanza autoridad preponderante en las sagradas letras: fué seminarista -en Villanoble, cuyas aulas, al decir de obispos y teólogos, suplen a -las célebres escuelas de Roma. - -Tenía don Miguel los ojos pardos, de color de canela, grandes y -bondadosos. No era de esos curas tímidos que miran a las mujeres de -soslayo, con una cortedad invencible, muchas veces por los hombres -malignos interpretada como hipocresía; él miraba a mozas y a viejas -en los ojos, con los suyos serenos y muy dulces; hablábales con -cariño, mezclado de triste y profunda compasión, y lo mismo su frase -alentadora que su mirada penetrante, gozaban el privilegio de remansar, -como dentro de un lago, las aguas pacíficas de la mansedumbre, en la -llanura abierta y desolada de aquellos corazones femeninos. Al igual -de los ojos, todas las líneas del rostro y continente denotaban, con el -apellido, la hidalguía de don Miguel. - -Al entrar _Mariflor_ en el _estradín_ la miró el sacerdote muy -despacio, y sus claras pupilas se detuvieron mucho en la inquietud -que revelaron las de la moza, ya extasiadas en sutiles arrobos, ya -impacientes en vagas incertidumbres, mudas o locas, siempre febriles y -palpitantes. Los ojos de aquella mujer le dejaron al cura algo perplejo. - -Rodó ceñida y afectuosa la conversación, durante la cual hizo el -párroco a la forastera no pocas preguntas, para sacar en limpio que a -la niña le gustaba Valdecruces, «aunque todo le parecía allí un poco -triste»; que esperaba buenas noticias de su padre, y que admitía con -carácter de provisional y poco duradera su estancia en el pueblo. - -Esto último no lo dijo Florinda claramente, ni tal vez lo pensaba de un -modo definitivo y razonado; era una esperanza que su ingenuo palique -dejaba traslucir en la prolongación suave de los silencios, al separar -las palabras con hilos invisibles de ilusiones, en la rara dulzura -de las frases tendidas con secreto placer hacia lontananzas alegres, -y, sobre todo, en la audaz palpitación de las pupilas, centelleantes -o adormiladas, pero reveladoras de un tumulto de visiones, como esas -aguas oscuras y fuyentes de los ríos norteños, donde nubes, luna y -estrellas, galopan con arrebato en las noches apacibles. - -Atento el sacerdote a estas recónditas particularidades, no parecía -desconocer en absoluto en qué bancos y quebraduras del corazón humano -suelen embravecerse o desmayar las silenciosas aguas del sentimiento, -antes de asomarse a los ojos, imaginarias y calenturientas; si no -acertó que Florinda guardaba en el jubón un mensaje amoroso, no anduvo -lejos de sospecharlo. - -Ella, por su parte, aprendía cómo aquel tío suyo, que adoleció del -pecho en Villanoble, estudiaba en el Seminario con don Miguel, y siendo -ambos nacidos de la misma tierra castellana, la juvenil amistad que -establecieron duró firme entre la familia del estudiante difunto y el -que, con el tiempo, se vino a convertir en párroco de Valdecruces. Y -pensó la niña entonces, con acelerada emoción, que aquel cura sonriente -y afable conocería, de seguro, los azules ojos, tristes y lejanos, que -la hacían soñar... - -Entró Olalla con paso macizo, volviendo atrás la cabeza para decir: - -—¡Vamos! Dad las buenas noches. - -Los rapaces se acobardaban zagueros, arrastrando los pies. - -Pedro, el mayor, venía delante, con la cabeza gacha y el rostro -encendido; era un zagalote de trece años, robusto y humilde, sin -sombra alguna de malicia en los garzos ojos; tenía las facciones -vulgares, sollamada la piel y el cabello rubio; una expresión de bondad -ennoblecía su cara al sonreir. - -Los dos pequeños llevaban también la frente sumisa, y ambos la mano -derecha entre la boca y las narices. Les sacudió su madre un cachete a -cada uno en los dedos pellizcadores, obligándoles a levantar la cabeza. -Y mostraron, con abrumadora timidez, las pupilas cambiantes entre el -gris pálido y el azul desvaído; las líneas del rostro, ordinarias -como las de Pedro; la cabellera dorada y fosca; el color saludable y -atezado, y una graciosa candidez en la cobarde sonrisa. - -Vestían los tres con pobreza, sin nota alguna regional los varones. -La niña llevaba un refajo rojo hasta el tobillo, como las mujeres -del país lo usan también para las faenas campesinas, un jubón pardo -y un delantal de cretona; a la espalda le caía un pañuelo, sin duda -destinado a cubrir la cabeza. - -—Ya sé, ya sé—les dijo el señor cura acariciándoles—que cantáis el -himno del Sagrado Corazón muy lindamente. - -Volvieron a ocultarse las caritas de Carmen y Tomás, y las manos -hurgoneras volvieron hacia el frecuentado camino de las narices. Se -repitieron los mojicones de Ramona, empeñada en conseguir que los niños -hablasen a don Miguel mirándole de frente, «como Dios manda». Pero -Carmen no dijo «esta boca es mía», y el nene rompió a llorar. - -—¡Mostrenco! ¿No te da un rayo de vergüenza?—decía la madre -zarandeándole brusca—. ¿Es propio de la hombredad llorar así? - -Mientras el párroco aseguraba, conciliador, que Tomasín y Carmen eran -unos coristas sobresalientes y que en el mes de junio entonarían en -la iglesia el himno con los demás colegiales, inclinóse Olalla sobre -su hermano hasta quedar casi de rodillas en el suelo; le atrajo, le -secó las lágrimas y otras humedades afines, y le hizo a «escucho» una -promesa. - -—¿También a mí?—murmuró Carmen callandito. - -—A los dos—aseguró la hermana, rodeando el talle de la niña con el -otro brazo. - -Y _Mariflor_, al ver un instante ambas cabecitas inocentes refugiadas -con regalo en el seno de la moza, recordó al punto aquella dulce -caricia en que el pichón recién nacido perdiera un copo de pluma... - -—Van a cantar—anunció Olalla, levantándose alegre. Y ella misma -colocó a los niños cara a la pared sin que nadie más que la forastera -se asombrase de la extraña actitud. Así cantaron, mirando al suelo, de -espaldas al auditorio: las voces tiernas, impregnadas de rubor y de -humildad, tenían un entrañable sentimiento alabando al divino Corazón -de Jesús; al truncarse en los acentos infantiles, el himno, más que -lauro, semejaba una tímida querella. - -Volvióse el cura hacia _Mariflor_ para explicarle: - -—Aquí los niños son tan vergonzosos, que siempre cantan o recitan sin -que se les vea la cara. - -Muda de asombro y de emoción asintió la joven con una sonrisa. Y en los -ojos claros de don Miguel quedó temblando como en un espejo la imagen -de aquella femenina sensibilidad, insólita en el _estradín_ de la tía -Dolores. - -Sin embargo, allí cerca se bañaba en ansiedades el corazón de -otra niña, mas en tan sagrativo silencio, que ni el mirar ni el -sonreir delataban en el rostro de Marinela emociones ocultas. Y fué -verdaderamente sugestiva la prontitud con que el sacerdote se volvió -hacia la zagala buscando en las ondas latentes del sentimiento el -rastro febril de aquel espíritu. - -Ya los nenes habían terminado su canción y dicho «buenas noches» en voz -queda, como un soplo: besaron los tres la mano del cura y se fueron a -dormir escoltados por Olalla. - -Mecíase la abuela al compás de un leve ronquido, acurrucada en su -escañuelo, con los brazos cruzados y la frente caída hacia adelante. -Ramona había cabeceado con disimulo al son del himno devoto. - -El párroco, fijos los ojos en Marinela, preguntó: - -—¿Qué me cuentas tú? - -—Nada, señor—apresuróse a responder la niña—. Pero la madre, -espabilada y pronta, se lanzó a decir: - -—Regáñela, don Miguel; vea cómo enmagrece, amarrida y tribulante como -si la hubieran maleficiado. - -—¡Si estoy buena!—balbució muy confusa la zagala. - -—Diga que miente—siguió diciendo Ramona, puesta en pie, agria y -rústica, manoteando junto a la mozuela, que temerosa se empequeñecía -en su rincón—. Diga que le va a costar muy cara la libredumbre en -que vive; ya con los quince años cumplidos no la podemos sacar de la -escuela sin que llore, ni sabe hacer más que embelecos de flores y -puntillas: ha de casarse sin ánimos para gobernar los atropos de una -casa, cuanti más para salir al campo... - -—No será menester—interrumpió el cura blandamente. - -—Píntame que sí—repuso la madre—. Y luego, menos iracunda y más -triste, añadió:—Esas caminatas a Piedralbina le hacen mal, señor; -la comida trojada le da secaño, y por la tarde llega con trueques y -sudores como si fuera a morirse. Mírela cómo desmerece: poco le halta a -Carmica para abondar tanto como ella. - -Era cierto; la pobre zagala, menuda y gentil, parecía doblarse al peso -de pertinaz quebranto, y la palidez de sus mejillas daba la conmovedora -impresión de esas rosas tenues que esperan el viento de la noche -para deshojarse. El color claro de los ojos celtas era casi verde en -los de esta niña, y ofrecía matices profundos, como aguas de mudable -coloración que reflejan los tonos distintos y movibles del follaje. -Perfecto el óvalo de la cara, prestaba una dulzura angelical a todas -las facciones de Marinela, no muy finas pero armoniosas y subrayadas -por la singular expresión de la sonrisa, rictus amargo y dulce al mismo -tiempo, sorprendente en aquella boca infantil, llena de candor. El -traje de maragata, adulterado y tosco, parecía oprimir con fatiga el -débil cuerpecillo y derrengar las caderas con los pliegues abrumadores; -bajo el pañuelo ceñido a la frente se desfallecía, igual que mies -en sazón, una cabellera pesada y rubia como el oro: toda aquella -incipiente doncellez tenía un flébil aroma de fracaso, una tristeza -inexorable a los estímulos de la juventud. - -—Yo bien quisiera darle pan dondio y otros aliños—decía Ramona, -áspera y conmovida la voz—; yo bien quisiera dejarle hacer su gusto; -pero en casa, dentro de la pobreza, tendría más descanso y más cuido; -el puchero estovado, la solombra gustable... Mire: sémblase ya a la -otra rapaza que adoleció de una manquera, triste y sin remedio, a los -mismos quince años. - -Y adelantándose la mujer, alzó con la mano la barbilla de la joven. - -Deseando el cura remediar el oscuro desconsuelo de la madre, dijo con -sutil agasajo: - -—A quien se parece es a su prima _Mariflor_. - -—Esa está acrianzada de otra manera—respondió Ramona con cierta -acritud. - -Don Miguel, levantándose para despedirse, hizo prometer a las dos -niñas que al día siguiente, domingo, después de misa mayor, irían a -verle: necesitaba hablar mucho con Marinela, y un poquito, también, con -Florinda. - -Rebullóse la abuela y masculló unas frases devotas: hablaba al -sacerdote con mucho respeto, como si no le hubiera conocido estudiante -rapaz. - -Acudió Olalla, requerida por su madre, y todas juntas escoltaron al -huésped hasta la puerta de la corralada, la más próxima a la vivienda -del párroco. - -Cálida era la noche, y un amago de tempestad mugía en el aire fuerte -y oloroso, hurtador de bravíos perfumes al través de la rotunda -paramera, de los huertos en flor, de las «aradas» abiertas en surcos de -esperanza, o fecundas en la tardía preñez de los morenos panes: en la -comba del cielo aborregado, brillaba una estrella. - -Antes de salir, cuando ya gemía el portón, preguntó don Miguel con -alguna zozobra si había noticias de Buenos Aires. - -—No las hay—dijeron a coro las mujeres. - -—Cuando mi padre arribe, escribirá a menudo—añadió Florinda -alentadora. - -—Sí; el señor Martín ha de tranquilizarnos—dijo el cura insinuante, -al otro lado del umbral—. Y la capa henchida por el viento en la -sombra, envolvió al joven apóstol en una nube negra a lo largo de la -rúa... - - * * * * * - -Acostumbrado ya el oído a los grandes silencios de Valdecruces, -Florinda percibió en la casa unos apagados rumores, apenas, al día -siguiente, se asomó la aurora al ventanillo del camarín: poco antes -habían cantado, con estridente son, un gallo y una campana. - -Vistióse la moza con mucha diligencia y se arriesgó audaz en la -penumbra del pasillo. Al verla entrar en la cocina, le preguntó Olalla, -atónita: - -—¿Por qué madrugas tanto? - -—No he podido dormir, y quería hablarte pronto. - -—¿Hablarme? - -—Sí; para que me cuentes muchas cosas que necesito saber. - -—¿Cuálas? - -—Espera. - -Había una grave resolución en el ademán contenido de Florinda, que -llevaba las trenzas colgando, el jubón entreabierto y una ligera -palidez de insomnio en el semblante. Prestó oído a un agudo reclamo que -sonaba hacia el corral:—¡Pulas!... ¡Pulas!... - -—Es mi madre que llama a las gallinas para darles el cebo—dijo Olalla. - -—¿No irá a misa con la abuela, ahora? - -—En cuanto den el segundo toque. - -Como evocado por aquel aviso, el bronce de la parroquia volvió a tañer; -al propio tiempo un gallo volvió a cantar, y en el cansado reloj de la -abuela gimieron cinco profundas campanadas. - -Abrióse la puerta del _estradín_ y un bulto macizo se perfiló en la -claridad: era la _Chosca_, que, en el escaño donde dormía, entre un -cobertor y una albarda, buscó su delantal y su pañuelo. - -Poco después las tres mujeres tomaban el camino de la iglesia. Y en -cuanto _Mariflor_ las sintió salir, dijo a su prima, que aguardaba -curiosa: - -—Cuéntame: ¿es verdad que «no tenemos» con qué darle pan tierno a -Marinela?... ¿Es verdad que somos tan pobres como tu madre dice?... -¿Que tendremos que acudir a labrar las aradas como las más infelices -criaturas? - -—¿Infelices?... ¿Pan tierno?...—repitió Olalla, con sonrisa aparente -y boba. - -—No te rías, mujer. Dime si de veras somos tan desgraciadas. - -—Gastando salud...—arguyó la campesina con ambigüedad. - -—Es que Marinela no la tiene. - -—Ni mi padre tampoco; y hace más de tres años que no manda dinero. El -tío Cristóbal se va quedando con las hipotecas... Ya casi nada de lo -que ves nos pertenece. - -—¿Ni la casa? - -—La casa... entadía sí. Pero sobre ella debemos no sé cuanto. - -—Yo he venido engañada—murmuró con angustia _Mariflor_—. Yo supe que -la abuela se había empobrecido, pero no que estuviese en estos apuros. -Mi padre tampoco lo sabía; él no quiere que salgamos a trabajar; él nos -dejó dinero... - -Aferrábase la moza al paternal apoyo, rebelde contra las fieras -asechanzas de la desventura. Y oyó con espanto que confesaba su prima: - -—Cuando llegasteis, la abuela se lo dió todo al tío Cristóbal. - -—¿Todo? - -—Y aún no llegó para saldar los réditos. - -—Mi padre—repitió la muchacha, crédula y fervorosa—mandará más en -seguida. - -—¡Pero, en el inter!...—lamentóse Olalla, como si de pronto, -encruelecida, no quisiera dar tregua ninguna a tales ilusiones. - -Sintiendo rodar sus lágrimas, cubrióse _Mariflor_ el semblante con las -manos, trémulas y gentiles. - -—¿Lloras?—dice la aldeana con pesar—. No tienes sufrencia, tú que -saldrás luego de estas agruras... - -Y como nada responde _Mariflor_, añade persuasiva: - -—Tendrás un marido haberoso... - -—¿Un marido? - -—¿No te vas a casar este verano? - -—¿Yo?... ¿Con quién? - -—¿Con quién ha de ser, rapaza? - -—No, no; te equivocas. - -—Pero, ¿no sois gustantes Antonio y tú?... - -—¡Si no le conozco! - -—Es tu primo, criatura. - -—Aunque lo sea. - -—Deportoso y bien fachado. - -—No le quiero. - -—¿Qué dices? - -—Lo que oyes... Olalla, escúchame: a mí me gusta un poeta... - -Los ojos azules se dilatan en asombro inaudito, mientras _Mariflor_ -seca su llanto y refiere, con viva luz en las pupilas: - -—Es un caballero que vino con nosotras en el tren. - -—¿Le conocías?—pregunta Olalla lo mismo que Ramona había preguntado. - -—Le conocí entonces... He recibido ayer una carta suya; ¿te lo dijo tu -madre? - -—Ni palabra. - -—Pues me la dieron delante de ella, y parece que se disgustó conmigo; -acaso debí enseñársela... No me atrevo; tu madre no me quiere mucho. - -—Sí, mujer, te quiere; es ella de ese modo: ha perdido el humor con la -muerte de sus hijos y la ruina de la hacienda. - -—¿Y debemos mucho al tío Cristóbal?—averigua _Mariflor_, otra vez -afligida. - -—Dímosle en caución la casa por el último préstamo, y aún no le -hemos pagado todos los haberes... A la abuela le queda, suyo, cuatro -hanegadas, dos parejas, la cortina y el huerto. - -—¡Qué poco, Dios mío! - -—¡Si de «allá» mandasen!... - -—Sí; mandarán—aseguró Florinda con fe—. Pero, una cosa se me ocurre: -¿por qué no acudisteis a Antonio antes que al tío Cristóbal? - -—Porque no vive el tío Bernardo, y la viuda ya sabes que es avarienta -y no nos tiene ley: quiere casar a su hijo con otra, contando que tú -tienes caudal; conque, ¡si se entera de que estamos todos pobres!... -Luego que os caséis, ya es diferente... - -—¡Si yo no me caso con Antonio!—repitió Florinda, ceñuda, bajo la -vibración de su briosa voluntad. - -—¿Hablas de veras?... ¿Vas a coyundarte con un forastero? - -—Con uno que me guste. - -—Será hacendado—repuso Olalla con aplomo. - -—No lo sé, ni me importa. Tiene un mirar que penetra en el corazón, y -sabe escribir libros. - -—¿En romance? - -—De todas las maneras. - -—Eso parece cosa de trufaldines—murmura la campesina con desdén. - -—No te entiendo. - -—De figurones, los que hacen las farsas por «ahí»—, y el despectivo -ademán de la moza se extiende amplio, como si pretendiese abarcar el -mundo que se explaya fuera de Maragatería. - -—¡Qué sabes tú!—arguye _Mariflor_, también desdeñosa—. Mas, de -repente, reprime su orgullo y gime desalada:—¡Ayúdame, por Dios! - -La prima no se conmueve; absorta, alza los hombros, como si no -entendiera aquel lenguaje vehemente y dulce. - -—¡Olalla, no me abandones!—suplica _Mariflor_ con las manos juntas. - -—¿Pero qué, rapaza? - -—No te enfades conmigo tú también; no hables nunca de que me case con -Antonio. - -—En ese entonces, nos abandonas tú... - -—¿Cómo? - -—Sí; con la boda—dice Olalla, elocuente de pronto, lógica y -persuasiva—, la situación de la abuela podía mejorar, salvarse, y la -nuestra lo mismo; saldríamos todos de este sofridero. - -—Mi padre nos salvará—interrumpe Florinda. - -—A eso fué el mío, y... ¡ya ves!—protesta la aldeana—estamos cada -día peor. Y con este malcaso tuyo... ¡tendrá que venir la santiguadora -a desbrujarnos! El primo—añade, viendo a la rebelde aturdida—había de -tenerte como a una visorreina... Manejarías a rodo los caudales... - -—¿Tiene tanto?—pregunta _Mariflor_ maquinalmente. - -—Un multiplicio de capital que pasma. - -—Pues si es rico y es bueno, a pesar de su madre, nos querrá -favorecer... aunque yo me case con otro. Se lo pediré yo; se lo pediré -de rodillas. - -La maragata rubia mueve la cabeza con incredulidad. - -—Es un mozo correcto y caballeril—afirma—; pero, si rompes la boda, -nos dejas a la rasa. - -—¡Cásate tú con él!—prorrumpe _Mariflor_. - -—Con mis padres no pactaron los suyos; a mí no me quiere—dice Olalla, -con la voz empañecida y el semblante arrebolado. - -Y en el silencio penoso que se establece entre las dos mozas, una -campanada hace vibrar su metálico temblor. - -—¡Las cinco y media!—balbuce Olalla, casi con espanto—. Tengo que -hacer la lumbre y los almuerzos. - -—Váse hacia el llar con impulso repentino, pero _Mariflor_ la detiene, -la abraza por la cintura, y, mirándola en los ojos con afán indecible, -implora otra vez: - -—No me abandones; tú me puedes ayudar mucho. - -—¡Ten compasión de mí! - -—Y tú—repite la campesina—, ¿la tendrás de nosotros? - -—Sí; te lo juro: trabajaré contigo, haré lo que me mandes, seré fuerte -y resignada. - -—Pero... ¿la boda?... - -—¿Con el primo?... No, no... Yo buscaré por otro lado la salvación -de la hacienda, si de mí depende que la perdáis: quiero haceros mucho -bien; y tú, en cambio, serás la protectora de los amores míos... ¿Lo -serás? - -Con tanta dulzura se posan las meladas pupilas en los ojos azules, con -tales inflexiones de cariño y vehemencia dice la voz suplicante, que -Olalla, incrédula todavía, transige un poco: - -—¡Si por otro camino no pudieras valer! - -—Sí, sí... haré un milagro. - -—¡Qué aquerenciada estás, criatura!—exclama la campesina, sonriendo -al fin. - -—¡Ya te pusiste contenta!... ¡Cuánto te quiero! Ya eres otra vez mi -amiga, mi hermana... ¡qué alegre estoy, a pesar de todo! - -Y _Mariflor_, con los ojos llenos de llanto y la boca llena de risa, -añade en íntimo «escucho»: - -—Te enseñaré la carta: ya verás qué preciosa escritura. - -—Tengo que hacer la lumbre—insiste la prima. - -—Luego la leeremos callandito. Ahora mándame algo: a ver, ¿qué quieres -que haga? - -—No, mujer; necesitas alindarte para la misa mayor. - -—Como tú; primero he de trabajar en cosa de fuste, que te sirva de -alivio. ¿Qué hago? Dime. - -Ante una insistencia tan ferviente, concede Olalla: - -—Sube a cebar las palomas. - -Y cuando _Mariflor_ corre, satisfecha del mandato, la maragata rubia -insinúa con tímidez: - -—Hay que limpiar la palomina de los nidos, del suelo y las -alcándaras... - -—Todo, todo en un periquete—responde ya de lejos la dulcísima voz. - - * * * * * - -Mas la promesa de Florinda no fué tan cumplidora en prontitud como en -esmero, porque así que la joven se halló en el palomar, sintió mucha -sed de aire y de luz y trepó a saciarse, de bruces en la ventana. Ya -las palomas la conocían y acordaban arrullos para ella. Tendióles sus -dos brazos _Mariflor_, ebria de un loco impulso de abrazar, triste -y feliz, rebosante de angustias y esperanzas. Todos los familiares -infortunios subían en marejada tempestuosa a estallar en su pobre -corazón, apasionado y ardiente. Exaltada por el nuevo sentimiento que -albergaba en él, la niña admitió fácilmente la idea de que su destino -en aquella casa fuese el de redentora; imaginó que Dios ponía en sus -frágiles manos el timón de la nave familiar, sin rumbo en la miseria -del país. Y abrazando en las mansas palomas a su naciente amor, creyó -en el milagro que esperaba para salir triunfante de su arrebatada -empresa. Otra vez la silueta confusa de un Don Quijote singular, con -lentes y aljaba, se adelantó en el campo de la más abundante fantasía, -para ofrecer liberaciones, paz y venturas a la muchacha en un mensaje -que empezaba así:—_Mariflor preciosa..._ - -El repetido golpe de un bastón sobre la tierra y el cascajo de una -tosecilla en la calzada, sacaron a la moza del ensueño y, empinándose -en su observatorio, vió pasar renqueante a la tía Gertrudis, una vieja -con fama de bruja, la primera persona ajena a la familia a quien -_Mariflor_ conoció en Valdecruces. Fué la tarde en que Olalla había -anunciado que llegarían visitas al «escurificar»; apenas sonó en el -portón una recia llamada, corrieron a abrir, y cuando en el umbral -preguntaron con voz rota por la forastera, una ahogada exclamación de -miedo acogió a la tía Gertrudis. - -—Es la bruja—musitaron los nenes al oído de Florinda—; espanta la -leche de las madres y hace mal de ojo a las zagalas. - -—Eso no se dice, es pecado—protestó Marinela, palideciendo a pesar -suyo. - -Y Olalla, con el ceño fruncido y el aire hostil, abrevió la visita todo -lo posible. - -Antes de marcharse, la vieja, después de hacer muchas preguntas a -_Mariflor_, acercóse a mirarla de hito en hito. - -—Para dañarte—murmuró Pedro. - -—Porque es ceganitas—disculpó Marinela. - -Y la mujeruca, présbita y sorda, encorvada y jadeante, masculló una -trémula despedida en el hueco sombrío de su boca sin dientes. - -Cuando hubo desaparecido, contó Marinela que la tía Gertrudis, siendo -moza, quiso casarse con el abuelo Juan, y como él y su gente la -desdeñaron y ella no halló marido, dieron en decir que por venganza les -hacía mal de ojo, que por ella al tío Juan se le morían los hijos y -hasta los nietos picados del «arca», allí donde apenas se conocía esa -terrible enfermedad... - -—Del andancio de las reses y de la quebrantanza de las cosechas -también tiene la culpa—añadió Pedro, rencoroso. - -Y Marinela repitió apacible: - -—Don Miguel ha dicho que es pecado creer eso, que sólo en broma se -puede hablar de brujas. La tía Gertrudis—añadió la zagala con benigno -elogio—no se mete con nadie; ¡es tan pobretica y tan vieja!... Sabe -historias de aparecidos, de príncipes y santos, y en los filandones -divierte mucho a la mocedad... - -Evoca Florinda tal escena al paso torpe de la quintañona, y mientras -se extingue el soniquete de la cachava a lo largo de la calle, remueve -la niña en tropel los recuerdos de todas las desventuras que derrama -el destino sobre la descendencia del tío Juan: miseria, expatriación, -enfermedades, muertes... - -Aquel primer homenaje que recibió en Valdecruces, a media luz, entre -miradas insidiosas y frases oscuras, lo recuerda _Mariflor_ como un -augurio que la hace estremecer. Huye de seguir contemplando la sombra -enemiga que aún se columbra en la calzada, y atisba el horizonte en -persecución de otra más dulce imagen. - -Una niebla morada baja del cielo o sube del erial, borrando límites -y extensiones, ofreciendo viva semejanza con las brumas del paisaje -marino en turbias mañanas de cerrazón. - -Rechazada Florinda por la esquivez de aquel semblante, vuélvese a -buscar el apetecido resplandor alegre dentro de la propia alma; y -derramando su crecida exaltación en delirio de frases, dirige un devoto -discurso a las hermanas palomas, al hermano viento y al ausente padre -sol. - -En la borbollante plática que fluye de los rojos labios como un río -de miel, se mezclan improvisaciones ajenas a la brisa, a la luz y a -las aves; palabras inseguras, balbucientes, en las que se esconde y -torna la enamorada voz, para componer el trozo ingenuo de una epístola, -divagando así: - -—«Muy señor mío...» (No; es poco...) «Amigo inolvidable...» (Es -mucho...) «Estimado...» (¡Uf, qué cursi!... El encabezamiento ya -lo discurriré...) «Recibí su carta...» (Bien; todo esto es fácil. -Después): «Tengo idea de haber encontrado en Vigo un nene muy mono con -los ojos azules y el pelo rubio: llevaba alitas y flechas, y nos dimos -un beso...; ¡pero me parece que era en carnaval!... De todas maneras, -yo le he visto a usted en alguna parte: haré memoria... Con mucho -placer recibiré sus cartas y puede usted venir cuando guste. Aquí hay -un cura que estudió en Villanoble y a quien debe usted de conocer: se -llama don Miguel Fidalgo. Los versos, muy preciosos. Sin más por hoy, -se repite de usted amiga y servidora...» - -Al través de las perplejidades y temores, el gozo y la esperanza -alumbran el semblante de la niña. - -Y rota de repente la niebla, álzase ardiendo el sol en la llanura como -hostia gigante sobre un ara colosal. - -[Illustration] - - - - -[Illustration] - - - - -VII - -LAS SIERVAS DE LA GLEBA - - -EL «crucero» es un punto céntrico del lugar, donde convergen cuatro -calles, anchas y silenciosas, de edificios ruines con techados de -cuelmo, pardos y miserables como la tierra y el camino: una gran cruz -labrada toscamente, ceñida en el suelo por un amago de empalizada, -corrobora el nombre de la triste y muda plazoleta. - -Por allí pasa _Mariflor_ tempranito en esta mañana azul y blanca del -mes de Abril: va la moza vestida con el mismo traje vistoso con que -llegó a Valdecruces hace pocas semanas; pero no es tan fino su calzado -como aquel que traía, ni es tan lindo el pañuelo de su talle. - -Camina muy diligente al lado de la abuela, que disimula sus «tres -veintes» y diez años más—como ella dice—siguiendo con tesón el paso -firme y ligero de la niña. - -Al tomar ambas una de las cuatro calles, en el cruce, un zagal se -aparece por la otra, silbando, con la cabeza gacha y el andar perezoso. - -—Es _Rosicler_, abuelita—advierte la muchacha. - -Levanta la voz y acorta el paso la vieja para decirle: - -—Dios te guarde. - -—Felices, tía Dolores y la compaña—contesta el mozalbete—. Y se para -en seco, turbado y rojo, con visibles afanes de añadir al saludo alguna -cosa. - -Es un maragato que contará hasta diecisiete primaveras, cenceño, de -regular estatura, ojos garzos, tez soleada y boca infantil; tiene el -genio cobarde, el humor alegre, la inteligencia calmosa y el corazón -sano: le llaman _Rosicler_ porque era desde niño risueño y galán. - -—Mucho se madruga—declara al cabo de sus vacilaciones, que hacen a la -doncella sonreir. - -—Mucho no, que ya son las ocho—replica la anciana; y añade con -afabilidad:—¿A dónde vas, hijo?... ¿Solas dejaste las ovejas? - -—Sí, señora; voy a pedirle al amo una razón... Pero torno allá de un -pronto; si vais a las aradas os alcanzo en seguida. - -—Pues aguanta, rapaz, que a las aradas vamos. - -Un instante detuvo el pastor embelesados sus tranquilos ojos en -Florinda, y luego echó a correr con tal celeridad que no tuvo tiempo de -oir la jocunda carcajada de la moza. Puso la tía Dolores un dedo rígido -sobre los labios en señal de silencio, y reprendió suavemente, algo -escandalizada: - -—¡Niña, no te rías así! - -—Pero, abuela; ¿es la plaza un camposanto?... ¿No se puede reír en -Valdecruces? - -—Tan recio no; ya te lo dije. Aquí no parece bien que las mujeres -hagan ruido. - -—Pues lo que es los hombres no han de hacerlo... Como no sean -_Rosicler_, el señor cura, el sacristán, el enterrador, y tres o cuatro -carcamales... - -—Sí; ya no quedamos en el lugar más que los viejos, las mujeres y la -rapacería—suspiró tía Dolores. - -Se extinguió la calle entre las sebes de algunos huertos mustios, y el -camino, abriéndose de pronto a un horizonte vasto, mostró las pardas -tierras movidas por labores recientes, abiertas y solitarias, con el -cuajarón sangriento de algunas amapolas temblando entre las glebas; un -viento blando y dulce besaba la llanura en silenciosa paz. - -Caminaron buen trecho las dos mujeres cuando las dió alcance -_Rosicler_, a paso veloz, con la gorra en la mano y encendido el -semblante. - -—Tardó en despacharme el tío Cristóbal—murmuró—; estaba durmiendo. - -—Estaría; que ya los años le pesan mucho: entró en los noventa y -seis—dijo la abuelita, irguiéndose con arrestos juveniles ante la -evocación venerable de tantos años vivos. - -Ella y el zagal siguieron hablando con mucha parsimonia, doctos y -humildes frente al eterno problema de su vida ruda. - -—Era sobre el sirle mi recado, ¿sabe?—explicó _Rosicler_—. Tengo que -levantar las cancillas y hube de preguntarle al tío Cristóbal hacia -dónde correría el redil. - -—Y de «allá», ¿tuviste carta? - -—Ni carta ni señales... Mi hermano me había prometido que en el mes de -San Pedro, al finar el ajuste, estaría todo a punto para embarcarme yo. - -—Aún falta tiempo. - -—Pero ya van cuatro meses que no escribe. - -—Yo también espero noticias... ¡Siempre esperando! - -—Del señor Martín, ¿verdad? - -—De los dos hijos que me quedan... Isidoro no está bien de salud—se -condolió la anciana. - -—Ahora mi padre le cuidará—dijo Florinda. - -—¡Tu padre iba tan triste! - -La muchacha bajó la cabeza, murmurando: - -—Pero es muy animoso... - -Un gran silencio corría por la tierra; a naciente fulguraba el sol, -enrubesciendo el horizonte, y en una lejanía remota alzábase la silueta -del Teleno, pálida y confusa, como errante jirón de niebla o nube. De -aquel lado venían al término de Valdecruces las tempestades asoladoras, -las fatídicas _truenas_ del estío. Hacia allí miró Florinda cuando -levantó la frente, mientras su abuela se llevaba a los ojos la punta -del delantal, y decía _Rosicler_: - -—Hoy posa en Vigo «el barco»... Quizabes tengamos carta. - -Habíase estrechado la ruta, acosada por los arados terrones; sendas -leves penetraban con misterio en el llano, fugitivas y embozadas, sin -vegetación ni perfumes. De tarde en tarde algunos matojos descoloridos -ofrecían un tropiezo en la vereda, erizados y adustos, como si se -avergonzasen de la luz vernal. - -Llegaron los tres caminantes a la orilla donde una mujer jadeaba, -aguijando, intrépida, su yunta. - -—Dios te ayude—le dijeron al uso del país. - -Y ella, de igual modo, respondió: - -—Bien venidos. - -—¿Son de usted las vacas, tía Dolores?—preguntó el muchacho. - -—Y tuyas. - -—¡Buenas yugadas rendirán!... ¡Miren que la silga!... No hay mejor -pareja en Valdecruces. - -—Háylas, hombre, que el tío Cristóbal las tiene muy llocidas. - -—Pero no tanto—halagó el pastorcillo, fervoroso. - -Y sus devotas frases se posaban en _Mariflor_ con ingenua candidez. - -Ella, agradecida y sonriente, le interrogó: - -—¿De modo que tú también te quieres embarcar? - -—También. Considere que de pastor se gana poco. - -—Pero, ¿le dices de usted?—intervino la tía Dolores—. ¡Si tu abuelo -y el suyo eran hermanos! - -—¡Como no la tengo tratada!... - -—¿Eso qué importa?—pronunció la niña—. Ya ves que yo te hablo con -franqueza de parientes. Conque dime, ¿cuánto ganas? - -—Un duro al año por cada doce ovejas, la comida y alguna ropa. - -—¿Y el rebaño es grande? - -—Hogaño es más chico. - -—¿Dónde le tienes? - -—Vélo va. - -Y el pastor señalaba en el paisaje, raso, un punto quimérico para -Florinda. - -—Yo no distingo más que cielo y tierra—murmuró la moza, entornando -los ojos y haciéndose una pantalla con la mano. - -—Vélo... vélo ende—insistía _Rosicler_, lanzado a su dialecto por la -propia fuerza y concisión de las palabras regionales—. Y con el brazo -tendido hacia el lugar solano del horizonte, trazaba un ademán amplio -y seguro, cobijador, que parecía descubrir a cada res, guardarla y -bendecirla. - -—Pues ¡ni por esas!—lamentóse la muchacha, esforzándose para -encontrar la pista del rebaño—. ¡Ahora!—exclamó de pronto—. ¡Ya, -ya caigo!... Justamente; ellas son: unas vedijas blancas que van y -vienen por allí... ¡Si en este mar de tierra parecen tus ovejas las -espumas!... ¡Las crenchas de las olas, ni más ni menos!... Y para mayor -embuste, entre el oleaje asoma un barco de vela. Mira, _Rosicler_. - -—¡Si es mi cama!—replicó el zagal, soltando la risa. - -—¿Cómo tu cama?... Pero, ¿tú duermes en un globo, ahí en mitad de la -llanura? - -Siguió riendo _Rosicler_ ante la sorpresa de la moza y su ignorancia -en materia de lechos pastoriles. Y como la mujer de la yunta había -suspendido su palique con la tía Dolores, apresuróse ésta a explicar a -Florinda de buen grado, minuciosa y elocuente, de qué artificio vulgar -se componía aquel pobre camastro, que, como en aventuras quijotiles, -tomaba _Mariflor_ por un lecho flotante y prodigioso. - -—Nada de eso, chacha; viene a ser como especie de pernales, con una -tarima; igual que unas trosas, ¿comprendes?... Lo que desde aquí se -distingue mejor, ablancazao, que se te figura la vela de un navío, es -a manera de tabique para que el rapaz se acuche de la lluvia y de los -vientos. - -Decía la maragata con firmeza, dando una entonación grata y solemne a -la clave de aquel menudo secreto, posando en la muchacha los turbios -ojos y la palabra persuasiva, con aire de iniciadora, como quien -descubre a un neófito los ritos de un culto. No parecía aquella misma -anciana que en el tren conocimos, vacilante y mustia, silenciosa y -torpe, asomada a la vida como un espectro de otros siglos. - -Ahora, bajo este cielo fuerte y alto, en este paisaje sin contornos, -llano y rudo, arisco y pobre, en esta senda parda y muda donde la -tierra parece carne de mujer anciana; aquí, en la cumbre de esta meseta -dura y grave, como altar de inmolaciones, tiene la vieja maragata -aureola de símbolo, resplandor santo de reliquia, gracia melancólica de -recuerdo; su carne, estéril y cansada, también parece tierra, tierra -de Castilla, triste y venerable, torturada y heroica. Diríase que, en -murmullo de remotas bizarrías, pasa con sigilo por la llanura un hálito -ancestral de evocaciones, haciendo marco insigne a la figura legendaria -de esta mujer. - -Florinda escucha absorta, con los ojos cautivos de aquel punto blanco, -insurgente y gentil como una vela marina: no otra cosa parece en el -horizonte el hinchado cobijo que flota sobre la cama del pastor. - -—¿Y duermes ahí todo el año?—le pregunta compadecida. - -—Desde que el tiempo abonanza—responde la abuela, mientras el zagal -sonríe, orgulloso de merecer las admiraciones de la moza. - -Vuelve la obrera del arado a pasar cerca del grupo, afanosa y -enfrascada en su labor. - -—Aguarda, Felipa—dícele de pronto la tía Dolores—. Voy a dar yo una -vuelta; luego tú echas las tornas. - -—¡Pero, abuelita!—protesta _Mariflor_ suavemente—. Y ya la abuela, -avanzando entre los terrones, blande la aguijada con muy airosa -disposición y hace retroceder a la yunta mediante la voz usual: - -—¡Tuis... tuis! - -Los animales obedecen mansos, y la maragata hunde la «tiva» en el -surco, sosteniéndola por la rabera con mano firme: brota un chorro de -tierra, débil y roja, en la férrea punta del arado; gime la «gabia», -avanza la yunta y queda abierto al sol un pobre camino de pan. - -Sigue Felipa con mirada inteligente la estela que el trabajo marca en -el suelo. Esta Felipa, ¿cuántos años podrá tener? - -—Cuarenta y cinco lo menos, piensa _Mariflor_, examinándola de reojo. -Pero ella siente la mirada curiosa de la niña, vuelve el rostro -indefinible, borrado, curtido por los aires y los soles, y al sonreir, -complaciente, muestra una dentadura blanca y hermosa, que alumbra como -un rayo de luz toda la cara. - -—Veintiocho años a lo sumo—corrige entonces la doncella, sorprendida. -Y _Rosicler_, cándido y simple, por decir algo, le pregunta: - -—¿Tú no sabes arar? - -—No—contesta prontamente la muchacha. - -—Ya irás aprendiendo; es muy fácil. - -—Mi padre me lo ha prohibido—dice ella estremeciéndose, como si las -palabras del pastor fuesen un augurio—. Y a mi abuela también—añade. - -Supone el zagal que ha cometido una indiscreción, y deseando borrarla -con cualquiera interesante noticia, sale diciendo: - -—Ya llegaron mis ovejas a los alcores. - -De aquel lado tiende Florinda la mirada, y otra vez se confunde entre -la llanura y el celaje, sin distinguir ribazo ni soto alguno: quizá -tiene los ojos ensombrecidos por una triste niebla del corazón. - -Pero tanto señala _Rosicler_ y con tal exactitud «allí á man riesga -del aprisco, una riba que asoma en ras del término», que _Mariflor_ -encuentra la remota blancura del rebaño, como nube de plata caída al -borde del cielo azul. - -—¿Tienes muchas femias?—le pregunta Felipa al pastor. - -—Cuasi por mitades; hay otros tantos marones. - -Como la abuelita los halla distraídos a los tres, al terminar el surco -sigue terciando con mucho brío. Y cuando _Mariflor_ lo advierte y la -llama, ya va lejos, salpicada de tierra, con las manos en pugna y el -cuerpo encorvado. - -—¡Oya, tía Dolores; que la llaman aquí!—vocea el zagal, deseoso de -complacer a la niña—. Pero la anciana sólo acude al redondear la -vuelta; y luego de hacer a Felipa algunas recomendaciones, dice que ya -es hora de seguir el camino hacia la hanegada de Ñanazales: tercian -allí también, y quiere dar un vistazo. - -—Y a la de Abranadillo, ¿cuándo voy?—interroga la obrera. - -—Está el terreno muy cargado; habrá que esperar un poco. - -—En cuanto vengan cuatro días estenos. - -—Justamente. - -—Creí que tenía en fuelga aquella hanegada—dice _Rosicler_. - -—No; antaño estuvo. - -Se despiden la vieja y la moza, en tanto que el zagal y Felipa, al -borde de «la arada», murmuran a dúo: - -—Condiós... - -—Condiós... - -Y al catar el sendero, con rumbo a Ñanazales, Florinda, muy curiosa, -averigua: - -—¿Cuántos años tiene esa mujer, abuela? - -Después de pensarlo mucho, bajo un pliegue pertinaz del entrecejo, -responde la anciana: - -—Habrá entrado ahora en veintitrés. - -—¡Es posible! - -—¿Qué te asusta? - -—¡Si parece mucho mayor! - -—Ya tuvo dos críos. - -—¿Luego está casada? - -—¡Natural, niña! A su edad casi todas las rapazas se han casado aquí. - -—¿Pero con quién, abuela? ¡Si no hay hombres! - -—Viene el mozo de cada una, se casa y luego se vuelve a marchar. - -A los labios dulces de la muchacha asoma una ingenua observación, mas -la contiene, la hace dar un rodeo malicioso, y pregunta con mucha -candidez: - -—¿No ha vuelto el marido de Felipa desde que se casaron? - -—Sí, mujer; ¿no te dije que tienen dos criaturas?... Viene ese, como -la mayor parte dellos, para la fiesta Sacramental; ¿cómo habían, si no, -de nacer hijos?... ¡Se acabaría el mundo! - -_Mariflor_ extiende una mirada angustiosa por los eriales: cruzan -ahora las dos mujeres unos campos en barbecho, donde apenas algunas -hierbecillas brotan y mueren, baladíes, inútiles, fracasado barrunto -de una vegetación miserable: la estepa inundada de luz, calva y mocha, -lisa y gris, silente, inmoble, daba la sensación de un mundo fenecido -o de un planeta huérfano de la humanidad. - -—¡Y este país—pensaba la moza con espanto—es el mundo, «todo el -mundo» para la abuela, para Felipa y mi prima Olalla, para cuantas -infelices nacieron en Valdecruces!... ¡Y aquí es menester que las -mujeres tengan un hijo cada año, maquinales, impávidas, envejecidas por -un trabajo embrutecedor, para que no se agote la raza triste de las -esclavas y de los emigrantes!... - -La niña maragata no reflexiona en tales pesadumbres sin un poco de -ciencia de la vida: conoce países feraces, campos alegres, pueblos -felices, libros generosos, sociedades cultas y humanitarias. Sabe -que al otro lado de la llanura baldía, de la esclavitud y de la -expatriación, hay un verdadero mundo donde el trabajo redime y -ennoblece, donde es arte la belleza y el amor es gloria, la piedad -ternura, el dolor enseñanza y la naturaleza madre. - -Ha estudiado un poquito Florinda Salvadores en el semblante vario -de las almas y de las cosas, por su lado bueno y alentador; de las -costumbres cultas y de las libertades santas, bajo su aspecto femenino -y misericordioso; ha cursado el arte de querer y de sentir, en la -escuela del hogar propio, donde la madre de esta niña, inteligente y -curiosa, fué maestra en amor y solicitud, y maestra también, por un -honrado título, corona de aprovechada mocedad. - -Todo lo que sabe _Mariflor_ y aun mucho que adivina, que presiente y -que busca por el ancho camino de ilusiones donde la ambición suele -perseguir a la felicidad, se le sube ahora a los labios en un ¡ay! -trémulo y ansioso. - -—¿Estás cansada?—le pregunta solícita la abuela. - -—No, señora—balbuce—; voy pensando que son muy tristes estos -parajes, tan solos y tan yermos. - -—¡Jesús, hija, luego te amilanas! Algunas parcelas que ves, quedan de -aramio para el año que viene; no todo es erial. - -—¿Y qué quiere decir «aramio»?... No lo entiendo. - -—Pues que ya llevó la tierra dos labores; pero es sonce el terreno y -no se puede sembrar hasta que descanse. - -—Sonce, ¿significa malo? - -—Eso mismo. Ya vas aprendiendo la nuestra fabla. - -—Algo me enseñó mi padre, que le tenía mucha ley. - -—¿Enseñar?... Él lo iba olvidando. ¡Como no casó en el país! - -Hay un dejo de amargura en esta observación; pero la vieja, adulciendo -al punto sus palabras, dice muy cariñosa: - -—Por aquí, todo a la derechera, llegamos pronto a Ñanazales, y en -redor verás cuántos bagos con gentes y yuntas; es tierra labrantía. Al -otro lado del pueblo ya está madurando la mies. - -—¿De trigo? - -—No, hija, no: de centeno. Aquí el trigo apenas se da. - -—¿Y nunca tenéis pan blanco? - -—Nunca—. Y añadió la maragata un poco secamente:—Pero nos gusta lo -moreno. - -—A mí también—se apresuró a decir, sumisa, _Mariflor_. - -La abuelita ponderó entonces jactanciosa: - -—Recogemos, además, cebada, nabos... y en algunos huertos, muestra de -trigo. - -No pudo la moza menos de suspirar otra vez ante la mención ufana de tan -ricas cosechas. Y así andando y discurriendo sobre las simientes y los -terrones, los añojales y las «aradas», vió _Mariflor_ oscurecerse la -tierra recién movida y destacarse en torno mujeres y yuntas, en grupos -solitarios y activos. - -—¿Qué hacen, abuela?—preguntó. - -—Terciar: es la última labor, por ahora. - -—¿Y no hay ningún hombre, ni uno sólo en el pueblo, que ayude a estas -cuitadas? - -—¡Qué ha de haber, criatura! el que se nos quedase aquí, sería -por no valer, por no servir más que para labores animales. Los -maragatos—añadió envanecida—son muy listos y se ocupan en otras cosas -de más provecho. - -—Y las maragatas, ¿por qué no? - -—¡Diañe!... ¿Ibamos a andar por el mundo con la casa y los críos? -¿Quién, entonces, trabajaba las tierras? - -La joven no se atrevió a contestar, porque en su corazón y en su boca -pugnaba, harto violenta, la rebeldía: allí mismo, delante de sus -ojos, jadeaban yuntas y mujeres con resuello de máquinas, fatales, -impasibles, confundidas con la tierra cruel... - -—Ya estamos en Ñanazales—dijo la tía Dolores—. ¿Ves aquellos búis -moricos?... Son de casa: la mejor pareja del lugar. - -—Y la obrera, ¿quién es?—preguntó la moza en seguida. - -—Una que tú no conoces: está para parir. - -—¿Y trabaja? - -—¡Qué ha de hacer! Así hemos trabajado todas. - -Fuese hacia ella la abuelita, diciéndole a _Mariflor_: - -—Mira, ahí tienes un sentajo: quédate a descansar un poco, que voy a -ver la traza del terreno. - -Y se alejó por la linde menuda, donde la barbechera puso fonje mullida, -amortiguadora de los pasos: delante de los bueyes «moricos» una mujer -esperaba, limpiando la reja con el gavilán. - -Sentóse Florinda en una piedra grande, relieve de majanos divisorios, -y como el sol ya calentaba mucho, se subió hasta la frente, suelto -y libre, el pañolito que sobre el jubón lucía: así quedó desnuda -su garganta, carne fina y trigueña, dorada y dulce como fruto en -sazón. Bajo aquella piel sérica y firme, soliviando los corales de la -gargantilla roja, estalló un sollozo contenido apenas, y la suave faz -mojada en llanto buscó refugio entre las alas del pañuelo. - -No sabe _Mariflor_ por qué llora, ni cuál de las amarguras que conoce -levanta en su espíritu esta repentina tempestad: añoranzas, acaso, de -los padres ausentes en dos mundos distintos y remotos; quizá secretas -aspiraciones de la juventud amenazada; imágenes, tal vez, de otra -vida feliz que ya es recuerdo; todo junto, apremiante y doloroso, -removido por la tristeza infinita del páramo, oprime y sacude el -corazón de la niña maragata... ¡Quién sabe si también las piedades -y las indignaciones alzan su voz de llanto en aquel pecho altivo y -generoso!... - -Aunque no comprende Florinda la razón de aquella angustia impetuosa, -bien quisiera llorar mucho, sólo por el descanso de su alma, que se lo -pide con sordas voces. Pero hace un valiente esfuerzo para tragarse los -sollozos, se enjuga las lágrimas y pretende evadirse a todo trance del -vehemente dolor cuyo motivo determinado ignora. - -Casi duda conseguir este triunfo la muchacha jovial que hace poco reía -en Valdecruces con escándalo de la tía Dolores. Y tanto arrecia el -ímpetu misterioso de la rebelde cuita, que _Mariflor_ cruza sus manos -en actitud devota de plegaria. - -—¡Virgen!—prorrumpe—. Seréname como a las aguas turbias de los ríos, -como a las olas bravas de los mares... - -Al punto un pájaro, escondido entre el barbecho, trasvuela hasta la -orilla de la joven, trinando alegremente. Ella le asusta con su propio -sobresalto, y el pajarillo vuelve entonces a trasvolar, sin suspender -su canción, muy contento de vivir, muy goloso de unas briznas de -hierba, casi invisibles, que se asoman cobardes al pedregal del camino. - -A milagro le trasciende a Florinda aquella aparición, como si fuera -imposible que un ave gorjeara en primavera y habitara feliz en la -llanura de Maragatería. Un resorte, enmohecido en la memoria de la -triste, se mueve de pronto, avanza, busca, y encuentra estas palabras -dulces, que en augusto libro se aprendieron: - -_Yo soy aquel que tiene cuenta con los pajaricos, y provee a las -hormigas, y pinta las flores, y desciende hasta los más viles -gusanos..._ - -Como por arte de magia cede la tormenta de lloros y suspiros que -descargaba, dura, allí, al violento compás de un corazón, y muéstrase -Florinda consolada lo mismo que si el pájaro inocente fuera un -mensajero providencial; cuando él, ahora, reclama y ayea en el -rastrojo, ella sonríe, sin lágrimas ni quebranto. - -Persiguiendo el rumbo de la avecilla dan los ojos de la maragata en -un bancal de brezo florido. Ya va a correr para recibirle como otro -mensaje del divino Artista, cuando la voz de la abuela la detiene: - -—¿Adónde vas, rapaza? - -—A coger esas flores—murmura con el acento aún turbado por la -reciente borrasca de su espíritu. - -Pero la vieja no se fija en ello ni repara tampoco en la lumbre de -pasión y delirio que arde en las mejillas de la joven, ni en el cerco -encarnado de sus ojos; está la tía Dolores preocupada porque, según -dice la obrera, uno de los «moricos» parece triste. - -—¿Y ella, la mujer?—dice Florinda muy apremiante. - -—¿Cuála? - -—Esa que está terciando para ti. - -—Pero, ¿qué hablaste della? ¡Estás boba! - -—Que si gana mucho jornal—pregunta la muchacha algo confusa, sin -atreverse a decir todo lo que se le ocurre. - -—Gana abondo: tres riales y mantenida. - -—Y «abondo», es mucho... ¡Dios mío!—lamenta la niña con terror en lo -profundo de su alma. - -Acércase distraídamente hacia los brezos, mientras inquiere la abuela -con un poco de desdén: - -—¿Te gustan las albaronas? - -—Son éstas, ¿no? - -—Sonlo. También la urz negral da flor. - -—¿Morada? - -—Sí; parece de muertos... Son las más abundantes del país. - -—Y las amapolas—añade Florinda, pensando—, ¡flores de tragedia!... -¿No sabes?—dice de pronto al oir cómo pía el pájaro evocador—. He -visto una codorniz. - -—¡Quiá mujer!... Será un vencejo. - -—Canta muy bien... ¿Oyes? ¡Si fuese una alondra! - -—No, criatura; esas son más tardías y anidan en los trigales verdes; -por aquí escasean. - -Dió prisa la tía Dolores: ya iba el sol muy alto y pudiera la moza -coger un «acaloro» no teniendo costumbre de andar a campo libre. - -Retornando a la aldea, aún pregunta _Mariflor_: - -—¿Es parienta nuestra la que gana tres reales? - -—Algo prima de tu padre viene a ser; hermana de Felipa, pero ellas -se apellidan Alonso. ¡Lástima que a esta pobre la inutilice el parto, -ahora, para dos o tres días! Son buenas servicialas... - -Allá flota el cobijo del pastor como abandonada bandera que ningún -viento agita en el desierto pardo de la llanura; los esquilones del -ganado tañen lentamente al compás del trajín, en algunas «aradas»; -y las mujeres, todas viejas al parecer, todas tristes, anhelantes y -presurosas, gobiernan el yugo al través de los terrazgos: queda el -camino a veces atravesado por el vuelo de un ave. - -—¿No lo ves? Son aviones—corrobora la anciana—; éstos son mansos -como las golondrinas; vienen en la primavera y hacen el nido en los -alares... - -Ya en la linde de Valdecruces, Florinda, con las flores del brezo entre -las manos, vuelve la mirada hacia el erial. Aquel primer paseo por el -campo de Maragatería causa en la joven una impresión indefinible de -angustia y desconsuelo. - -Y aunque se reanima su fe con la memoria del divino Artífice «que pinta -las flores y tiene cuenta con los pájaros», los dulces ojos, serenos -como aurora otoñal, miran afligidos al horizonte. - -[Illustration] - - - - -[Illustration] - - - - -VIII - -LAS DUDAS DE UN APÓSTOL - - -A la sombra de la nublada frente, los ojos de don Miguel estaban -tristes; retirado el sacerdote a su aposento, con las manos entre las -rodillas y el busto inclinado en el «escañil», meditaba sin tregua. - -¡Vaya un conflicto! ¡En buen hora la compasión y la amistad lleváronle -a ser consejero y tutor de la familia Salvadores! Toda la solicitud con -que él defendía los embrollados asuntos de esta pobre gente, no bastaba -a prevenir su adversidad. - -Las noticias de América eran harto desconsoladoras: el padre -de Florinda, «el señor Martín»—según le llamaba el mismo don -Miguel—encontró a su hermano Isidoro muy enfermo, y en manos ajenas -el humilde negocio allí establecido, señuelo de la esperanza familiar, -vorágine que sorbía cuanto la usura prestaba, con subido interés, -sobre el menguado peculio de la tía Dolores. - -Algún socorro llevó a ultramar el segundo emigrante: algo de lo que a -duras penas salvara en el hogar costanero; mas la viril resolución del -señor Martín, expatriándose con la pena de su reciente viudez y dejando -a su hija en Valdecruces, parecía estéril ante la mala ventura que a -todos alcanzaba desde la amarga paramera. - -Ya el ausente maragato le escribía con sigilo al sacerdote, que -juzgaba muy difícil levantar el caído negocio de América sin mucho -más dinero del que llevó; hablaba también de Florinda con tristeza -angustiosa y mostrábase impaciente por conocer el camino de las -negociaciones matrimoniales entre ella y su primo Antonio. «A base de -esa alianza—escribía—quizá fuera posible restaurar la hacienda de -Valdecruces, pero yo quiero dejar a la muchacha en absoluta libertad -para elegir marido: nada ambiciono para mí; por ella y por mi madre -sufro; por este pobre enfermo y por sus hijos me afano». Y añadía: -«Dime tus impresiones. Antonio irá para la fiesta Sacramental; creo que -sigue muy encaprichado por la niña; sabe que está bien educada, que -es hermosa, y, tanto él como su madre, desean lucir en la ciudad una -mujer de buen porte y de finura. Mas yo no quiero engañar a mi sobrino; -si llega la ocasión, hazle saber que perdí casi todo cuanto tenía en -el tiempo en que negociamos la boda bajo la condición de someterla -al gusto de la rapaza; el novio sabe que he delegado en ti todas mis -atribuciones sobre el particular...» - -Recordando la carta confidente, el cura se levantó inquieto y anduvo -por la salita con aire absorto; había recibido otra esquela, y otra -aún, que, distintas y semejantes a la vez, convergían al mismo punto: -el matrimonio de Florinda. - -El pretendiente de Valladolid escribía al párroco diciéndole que, -«sabedor de la tutela que desempeñaba cerca de su prima, tenía el -gusto de comunicarle su propósito de celebrar la boda aquel verano, -aprovechando la ocasión de su viaje a Valdecruces «cuando las fiestas», -puesto que sus muchas ocupaciones le impedirían volver, y ya era hora -de tomar estado... Quedaba en espera del «sí» definitivo para los fines -consiguientes...» - -Y en el mismo correo, también con sobre al señor cura, una letra fina y -nerviosa, clamaba de pronto: - -«¿No te acuerdas de mí?... Considero imposible que me hayas olvidado, -aunque nada contestas cuando van mis renglones a buscarte; soy aquel de -las coplas y de las penas a quien tú exaltabas con elevados discursos -a la orilla del mar, del mar mío que amaste y «sentiste» como un gran -artista. - -»De aquella amistad nuestra guardo yo recuerdos imborrables que ojalá -perduren también en tu memoria; atisbos de tus antiguas confidencias, -raras y profundas como las de un santo; reliquias inefables de la paz -de tus ojos, de la ternura extraña de tu voz. Siento al través de nueve -años de ausencia la codicia de un secreto que en tu alma soñé... No lo -niegues; era un secreto «blanco» y triste (según decimos ahora) que en -vano quise aprisionar en los moldes artificiosos de una fábula... Tú no -hablaste nunca, y aquel misterio quedó en mi fantasía como intangible -estela de visiones que no pueden cuajarse en una estrofa... - -»Quizás haré mal en volver a ti con esta memoria por divisa; quizás te -alarmo y «te escondo» al resucitar de improviso el agudo recuerdo de -mis curiosidades; mi propia imprevisión te prueba la cordialidad de -este impulso. - -»Al regresar de Cuba hace dos años supe en Villanoble que habías -terminado la carrera con mucha brillantez, y te escribí a tu pueblo; -después te mandé mi último libro: no respondiste a mi reclamo. Ahora, -una adorable letra de colegiala ha escrito para mí tu nombre, y -esta providencial noticia tuya que recibo por tan dulce mensajero, -me conmueve con el íntimo temblor de muchas ocultas emociones que -despiertan y vibran, gozan y esperan... - -»Si te asusta mi exordio, si te desplace esta indiscreta persecución -psicológica y sentimental, juro en mi ánima acallar para siempre tales -porfías inquiridoras; y aún le queda a este pobre artista el aspecto de -entrañable amigo y de hombre sensible para quererte y admirarte mucho. - -»Acógeme bajo esta fase de íntima fraternidad que antaño nos unió -por encima de mis inquietudes y de tu reserva; óyeme con tu afable -sonrisa de tolerancia: de mi corazón, que tú conoces de memoria, voy a -mostrarte una página «inédita», que casi yo mismo ignoro. - -»—Ya «te siento pensar» con reflexiva compasión:—¡Cree que está -enamorado!... - -»Tú sabes muchas leyendas de mis amores, y sonríes con incredulidad, -al verme perseguir de buena fe otra dulce mentira... Nada profetizo, -porque me he equivocado muchas veces; mas, honradamente te aseguro que -si éste de hoy no es el «definitivo» amor... está muy cerca de serlo...» - -No acertó el comunicante, suponiendo que el sacerdote hubiera sonreído -en la lectura de esta carta. Aun recordándola ahora, palidecía -ligeramente y plegaba con nueva incertidumbre el entrecejo. Ninguna -personal zozobra le suscitó el escrito del poeta; a las particulares -alusiones con que Rogelio Terán le saludaba, fuéle a don Miguel muy -llano contestar con serena desenvoltura: - -«Cumple ese espontáneo juramento y renuncia de una vez a tus pesquisas -novelables; ni una mala copla podrías ensayar a cuenta de los «secretos -blancos» que me atribuyes, y que sólo existen en tu imaginación.» - -Mayores dificultades tuvo que vencer el cura para contestar al resto -de la carta, donde el artista, en pleno asunto de novela, contaba con -lírico entusiasmo la despedida y el encuentro, origen «aquella nueva -página de un corazón». Desde _el sueño de la hermosura_ sorprendido en -el viaje, hasta el adiós penoso en el andén astorgano, toda la historia -linda y triste pasaba lo mismo que una centella por los enamorados -renglones. Y don Miguel, ingenuamente conmovido por aquella relación -fervorosa y rara, hallóse lejos de sonreir; repercutían en su espíritu -con singulares ecos las exaltaciones generosas reveladas en aquel -párrafo: - -«... Esta niña tan llena de atractivos, que merece llamarse María y -llamarse Flor, me ha mirado con deleite y ternura en dulcísimo abandono -de su alma, y dejándome vivir como un sonámbulo a orilla de la hermosa -realidad, hundióse en desierto camino paramés, al lado de una vieja -lamentable y torpe, con rumbo sabe Dios a cuántas amarguras...» - -—¡Sabe Dios a cuántas!—repetía el sacerdote, saturándose en el -latente aroma de caridad vertido de la pluma del poeta. - -Delatada por el santo perfume, la pura doctrina de un noble corazón -daba su fruto en estas otras frases: - -«Yo sé que esa pobre familia te aprecia como confidente y amigo de su -más íntima confianza; que ponen en tus manos sus asuntos y proyectos, -y que entre _Mariflor_ y un primo suyo median planes de boda no -sancionados aún completamente. ¿Quieres hablarme de estos propósitos? -¿Quieres decirme si dañaré los intereses de la muchacha yendo a -solazarme con su presencia al amparo de tu amistad? Siento la violenta -tentación de volverla a ver.—¿Con qué intenciones?—me preguntas—. Yo -mismo las ignoro en definitiva; desde luego con las de hacerle todo el -bien posible, y ni una sombra de mal siquiera.» - -Al llegar mentalmente a este punto de la lectura, todos los días -repetida de memoria, el párroco de Valdecruces hizo una pausa en su -agitado raciocinio, acodóse en el tosco rastel del antepecho y encendió -con lentitud un cigarro. - -A espaldas del fumador aposentábase la sombra en la modesta salita, -diseñando apenas el perfil de un pupitre y de un sillón y el contorno -de unos altos escabeles. Fuera, se amortecía bajo el crepúsculo un -huertecillo, cuyas legumbres posaban pálido tapiz de verdura sobre el -color ocre de la tierra, y en la apacible lontananza del erial tenía la -muerte de la tarde una serenidad purísima. - -Paseó don Miguel sus claros ojos por el asombrado huerto, por el -deleznable caserío asignado entre calzadas y rúas silenciosas, y los -clavó después en el lueñe horizonte, allí donde sangraba la agonía de -un magnífico sol de mayo, en la serena curva del cielo azul: evocaba el -sacerdote aquel momento en que acudiera _Mariflor_ a su llamada para -responder con claridad a dos trascendentales preguntas:—¿Quería a su -primo por esposo? - -—No, señor—dijo rotundamente la moza sin asomo de vacilaciones. - -—¿Y a Rogelio Terán? - -Aquí, una súbita sorpresa tiñó de grana el semblante de Florinda, la -cual bajó los ojos, torció nerviosa el pico del pañuelo y exclamó lo -mismo que la heroína de Campoamor: - -—«Cómo sabe usted?...» - -Aunque el cura de esta _dolora_ no era «un viejo», para él tuvo la -niña «el pecho de cristal», como en la fábula; y apenas dejó traslucir -los amorosos afanes, tuvo también la palabra expedita para defender -sus preferencias y los libres fueros de su corazón. Ya para entonces -habíase mostrado transparente como el pecho, el cristal de unos ojos -que miraban al párroco de hito en hito, y en los cuales fulgía la -esperanza como un rayo de luna sobre el mar. - -Sintióse conmovido el sacerdote en la contemplación de aquella moza que -miraba de frente como él, sin duda porque tenía muchas cosas buenas -que decir con los ojos oscuros y anhelantes. Y al cabo de innumerables -observaciones y temperamentos, se convino en la plática, requeridora -una triple resolución: escribir al padre el fiel relato de la amorosa -cuita; tratar con el primo, sólo verbalmente, «del asunto», sin -corroborarle entretanto promesa alguna de matrimonio; y responder a -Terán «en la forma que el señor cura lo creyera discreto», dando margen -a las ilusiones que la niña compartía con el poeta. - -Así, _Mariflor_ y don Miguel se propusieron en amigable complicidad -servir a los corazones y a los intereses, con un sentimiento doblemente -caritativo por parte del sacerdote; avaro y generoso a la vez, en el -espíritu ferviente de la enamorada. - -—Yo misma—concluyó por decir aquella tarde—explicaré a Antonio este -verano los motivos de mi negativa y le pediré la protección de su -fortuna para la abuela. Si es bueno y es rico, tanto como dicen, ¿ha -de negarse a salvarnos a todos? Cuanto más que yo no pretendo que nos -regale nada; bastará que nos preste sin usura... - -Y como don Miguel acogiera en silencio el vehemente propósito, añadió -la muchacha con vivísima zozobra: - -—¿Cree usted muy difícil un milagro? - -—Según y conforme... - -—Es que yo le he prometido a Olalla hacer uno, con la ayuda de Dios, -para librar la hacienda de abuelita. - -—¿Y será a base de lo que Antonio te conceda y tú le niegues? - -—¡Eso mismo! ¿Le parece a usted imposible de lograr? - -—¡Oh transparente corazón de mujer—meditó el cura sonriendo—. -¡Mezcla humanísima de egoísmo y caridad, de obstinación y de -ternura!... En fin—dijo sentencioso—: la fe mueve las montañas... -Para Dios no hay imposibles... - -Las últimas palabras del sacerdote extendieron por el dulce rostro de -la niña una expresión de singular confianza. Así, férvida y creyente, -se había despedido _Mariflor_ en aquella entrevista. - -Desde el mismo barandaje donde el cura se apoya, la vió cruzar el -huerto y salir a la penumbra del camino en el preciso instante en que -pasaba _Rosicler_ balanceando su chivata de pastor al compás de una -copla. - -Se saludaron los dos mozos bajo las alas de la brisa, mientras el -paisaje se quedaba dormido en la mansedumbre de la noche y florecía -en astros el profundo cielo. Y cuando ambas siluetas se dibujaron -levemente, ya separadas en la oscuridad, la canción de _Rosicler_ vibró -engreída, dejando en el aire una letra de boda, el jirón de un romance -popular que pregonaba: - - «Mira, niña, lo que haces, - mira lo que vas a hacer, - que el cordón de oro torcido - no se vuelve a destorcer...» - -Trovó un pájaro en su última ronda por el huerto, rodó en las nubes -una estrella rubia, y don Miguel sintió los ojos turbios de lágrimas, -quizá nacidas de la melancolía de la hora, o de aquel recuerdo «blanco -y triste» mentado por el poeta, removido por los acentos de la copla, -por la visión juvenil de la niña y el zagal... - -En este otro crepúsculo, tan espléndido como aquél, la honda meditación -del señor cura tiene cambiantes y matices como la piedra ónice, y el -relámpago de alguna sonrisa aclara a veces el frunce del entrecejo en -la frente del apóstol. El cual, como si hallase súbito remedio a una de -sus perplejidades, arroja por el balcón la punta apagada de su cigarro, -y asomándose a la puerta de la salita, llama de pronto: - -—¡Ascensión!... ¿puedes venir? - -—Voy ahora mismo—responde en el fondo de la casa un agudo acento de -mujer. Y una moza acude en seguida, diciendo al entrar: - -—¿Enciendo luz? - -—Todavía no. Te quería preguntar si conseguiste que Marinela -Salvadores te confiase aquel secreto que tú adivinabas. - -—Y acerté, mismamente. - -—Vamos a ver: ya sabes que no me impulsa la curiosidad a estas -averiguaciones en que tú me ayudas: quiero el bien de la rapaza; curar -esa dolencia, esa misteriosa pesadumbre que nadie conocía... ¿Qué -tiene, en fin? - -—Tiene... vocación de monja. - -—¿Así, en firme, de verdad?—exclama absorto el párroco. - -—De verdad, tío. Si no entra clarisa, se comalece. - -—Pero, ¿de qué le ha quedado eso? - -—De que un día fuimos juntas a Astorga y llevamos de parte de usted un -mandado para la madre abadesa: fué en el mes de abril... - -La muchacha se sienta en un escabel, y el cura, reclinándose en otro, -cerca de la sobrina, escucha con atención, ya bien entrado en el -aposento el silencioso temblor de la noche. - -—Fué en el mes de abril—repite Ascensión después de una pausa, -dando mucho alcance a su confidencia—. Con la madre Rosario salió -al locutorio una novicia a quien yo conocí en la Normal de Oviedo. -Nos dijo que estaba muy gozosa en la clausura, que tenían un jardín -precioso donde cultivaban flores para la Virgen, y que se disfrutaba -un deleite divino en aquella vida. Marinela, que no habló una palabra, -salió de allí tocada de la vocación como por milagro, y desde entonces -conozco que se muere por ser monja. - -—Pero, ¿y la dote?—prorrumpe don Miguel con impaciencia. - -—Por eso la zagala padece; hoy me ha confesado sus pesares al volver -de Piedralbina: ni por soñación espera conseguir los dineros para -entrar en Santa Clara... ¡y llora tanto! - -—¿Y por qué ha de ser en Santa Clara precisamente? Si tiene verdadera -vocación religiosa, bien puede buscar otro convento donde no necesite -llevar mil duros por delante. - -—Ya se lo he dicho yo; pero ella quiere en ese, en ese nada más. ¡Usan -las monjas un traje tan precioso, todo blanco! Y se dedican a plegar la -ropa de los altares, a hacer dulces y labores; ¡cosas finas y santas! - -—Sí—replica el cura remedando el tonillo alabancioso de la moza—, y -a practicar ayunos y vigilias, penitencias y sacrificios. - -Tras un breve silencio, Ascensión añade con tenue ironía: - -—En su casa ayuna Marinela y vive sacrificada... Ser clarisa es -destino envidiable. - -—¿También para ti? - -—¡Yo, como tengo dote y haré buena boda! - -—Porque Máximo tiene dinero, ¿no? - -—¡Claro está! Pero Olalla y Marinela no han de casarse: todo el mundo -dice que la tía Dolores ha perdido el caudal. - -—¿De manera que te parece envidiable el destino de monja para esa -niña, porque no tiene un céntimo? - -—Ya ve... Estar a la sombra en un claustro hermoso, vestida de -azucena, cuidando un jardín para la Virgen, ganando el cielo entre -oraciones y suspiros... es mucha mejor suerte que trabajar la mies como -una mula para comer el pan negro y escaso, y envejecer en la flor de la -mocedad: yo que Marinela, también entraba clarisa. - -—Pero, criatura y ¿la dote? ¿No ves que si ahora le diesen veinte mil -reales a Marinela para profesar en Santa Clara, lo mismo le servían -para casarse? Menos tienes tú y sólo por lo que tienes vas a hacer -una «buena boda», según dices: la pobreza no justifica la vocación -religiosa en este caso, y más vale así, aunque sea imposible realizar -los deseos de tu amiga. - -Ascensión, la maestra elemental, sobrina del señor cura, no enrojece al -sentirse envuelta en tan desnudos comentarios, sino que, reflexiva y -avisada, advierte a la sapiencia y lógica de su tío: - -—Repare que muchos prelados reciben herencias para dotar a las -novicias pobres, pero nunca para dotar a las novias... Hay devotos -ricos que protegen con grande caridad las vocaciones religiosas; hay -plazas de favor en los conventos; y, en un caso de apuro, no teniendo -una mujer nada más que la tierra abajo y el cielo arriba... menos -difícil me parece entrar en la clausura con el hábito que entrar en la -parroquia con el novio... ¿No es verdad? - -La pregunta, certera y amarga, hiende como un dardo la sombra, y el -sacerdote álzase al recibirla y se lleva la mano al pecho igual que si -le sintiese herido. - -Suspira sin responder, da unos pasos a tientas por la estancia y, de -pronto, se dirige hacia el balcón, donde acaba de asomarse la luna bajo -un pálido velo de niebla. - -—¿Enciendo luz?—vuelve a preguntar la moza, dando por concluído el -interrogatorio. - -Y con grave intención, que ella no comprende, el párroco de Valdecruces -avanza en la oscuridad hacia el claror divino y, señalando al cielo, -responde: - -—Deja que ésta me alumbre... - - - - -[Illustration] - - - - -IX - -¡SALVE, MARAGATA! - - -AQUEL jinete que cruzaba la estepa en un mulo, a pleno sol, vagoroso -y audaz, con aires de aventura, parecía, de lejos, _Don Quijote_; -cenceño, flexible, impaciente, exploraba los horizontes y caminos -ensoñando quimeras, igual que el caballero de la _Triste Figura_. Un -pobre _Sancho_ de a pie le acompañaba, ni gordo ni contento, alquilado -en Astorga a la par del mulo; no iban de palique el criado y el señor, -como sucede en las novelas, donde un hidalgo curioso cabalga por país -desconocido a la vera de un guía, y todo se le vuelve al intruso -preguntar al indígena por esto, por lo otro y por lo de más allá. - -Este espolique de ahora no era muy explícito que digamos: corto de -palabras y largo de piernas, quizá pretendiese economizar en saliva lo -que derrochaba en pasos, y así holgaba su boca mientras sudaban sus -pies. - -Tampoco las preguntas del caballero parecían a propósito para -quebrantar la pasiva reserva del peón: interrogaba aquél, confusamente, -sobre agricultura, historia, costumbres y privilegios de la tierra, y -el pobre maragato encogíase de hombros bajo su parda almilla, con ruda -perplejidad. - -—Aquí, de agricultura—supo al fin responder—, pues... el centeno; -de costumbres... nacer, emigrar, morirse, ¡como en todas partes! De -historia... los cuentos de las viejas, patrañas de godos y romanos... -¡vaya usté a averiguar! y de eso otro que usted dice... ¡diájule! non -lo oí mentar nunca... - -Era el espolique un hombre, tosco por su innata rudeza, condenado a -servidumbre, que a la sazón padecía en una posada de la capital. - -El andante caballero, visto de cerca, había trocado el yelmo de -Mambrino por un _jipi_, y la célebre lanza por un vástago de roble; -llevaba un maletín a la grupa, finos guantes en contacto con las -bridas, y áureos lentes sobre los ojos azules; era joven y parecía -feliz. - -Según iba creciendo la mañana, aparecíase, bajo la fuerza del sol, más -vasto el erial, más estéril y solitario. Caía la luz con arrogancia, -en toda la plenitud del mes de junio, y extendía el purísimo celaje -su amplia curva sobre la planicie con una majestad acogedora, llena -de resplandores. Los cascos de la caballería alzaban un eco sordo al -herir el camino polvoriento, y en la orilla de tímidos bancales algunos -brezos violados desfallecían de sed y de tristeza. - -Cansado ya el viajero de pretender la esquiva conversación del -espolique, iba poblando de visiones y recuerdos aquella muda soledad. -Comenzó por discurrir, con acalorada fantasía, si a tales senderos -confusos, todos aridez y desolación, haría referencia aquel fiero -relato de una lucha terrible en que el godo Teodorico destruyó las -tropas del rey suevo, Rechiario, en las _llanuras parámicas_, un -célebre día 3, _antes de las Nonas de octubre_... Apenas evocada esta -bárbara memoria, un nuevo relámpago de la imaginación encendía delante -del viajero las recordaciones caballerescas de cierto famosísimo -hecho de armas que en el siglo XV tuvo lugar a la orilla del _Camino -francés_, en el ancho país de «los pueblos olvidados». - -Y ya no eran indómitas mesnadas las que en sangrientas imágenes -cruzaron la llanura en torno del jinete soñador: los más bizarros -adalides de la Edad Media, en marcial apostura de torneo, acudían -ahora a las brillantes justas del _Paso honroso_, mantenidas por Suero -de Quiñones y otros nueve gentiles caballeros; hasta sesenta y ocho -de lejanos reinos y ciudades sorprendieron con el trote bravo de sus -corceles el silencio profundo de la estepa, codiciando un puesto en la -peregrina lid, donde los defensores se proponían correr _trescientas -lanzas, rompidas por el asta con fierros de Milán_... - -Un caliente arrebato de bravura agitó el renuevo de roble en las ancas -del mulo; dió la bestia un respingo cobarde, y el viajero creyóse -transportado a la famosa liza sobre las relucientes crines de un potro -andaluz. Le enardecieron con singulares bríos los sones de aguda -trompetería _en tono rasgado_ para _romper en batalla_, y vislumbró -en el marco de la insigne fiesta la hermosura exquisita de doña Inés, -doña Beatriz y doña Sol: iban a rescatar sus guantes empeñados por la -galantería de los combatientes. - -De pronto una imagen viva, cándida y humilde, alzó en el polvo del -camino su miserable silueta; llevóse el visionario la mano al _jipi_ -con rendimiento cortés, y una pobre maragata, cabalgadora en lenta -burra, pasó con los ojos bajos, murmurando apenas: - -—Buenos días. - -Al tímido rumor de tal saludo quedó roto el encanto del caballero, el -cual en aquel mismo instante imaginaba descubrirse ante doña Mencía, -la celebrada esposa de don Gonzalo Ruiz de la Vega, dama ilustre cuyo -guante había de rescatar en el _Paso honroso_ el conde de Benavente... - -Suspiró _Don Quijote_, sonriendo; volvió en torno suyo la mirada y -quedó atónito, como sobrecogido por la austeridad infinita del paisaje: -ni una nube corría por el cielo, ni un átomo de vida palpitaba en -el llano. La tierra infecunda se resquebrajaba a trechos, rugosa y -amarilla como el cadáver de una madre vieja en cuyo rostro las lágrimas -dejaron surcos hondos y fríos. - -Al roce súbito de aquella trágica impresión, la fantasía del ecuestre -viajero volvió a encresparse lo mismo que una ola, y tornaron a poblar -la gris llanura un tropel de personajes, surgentes de leyendas y -becerros, códices y archivos; desfilaban en la más pintoresca de las -confusiones; algunos tan despacio como si les adormeciese el son remoto -de antiguos cantares. Mezcláronse las preces sordas de una bárbara -religión primitiva con los salmos rudos del pueblo romano y con las -cristianas oraciones de aquellos devotos que, viviendo en la tierra -la Madre del Salvador, _le mandaron desde Astorga un mensaje verbal a -Palestina_... La figura pálida y lastimera del «Rey Monje», iba, con -los ojos vacíos y los hábitos en túrdigas, arrastrando su pesadumbre -junto al brutal perjeño del rey Mauregato, legislador en fabuloso -tributo _de las cien doncellas_. Después, en la desnuda lejanía, -se perfiló el fantástico ejército que en vísperas de la batalla de -las Navas acudió a las puertas del monasterio de San Isidoro, en la -ciudad de León, a llamar con recios golpes: capitaneaban la hueste -romancesca el Conde Fernán González y el Cid, buscando en su sepulcro -al rey Fernando I para que asistiese con ellos al combate... A la par -de estas visiones legendarias, amacos, asturicenses, celtas, iberos -y romanos, judíos y moros, surgían en quimérico rolde, edificando -y destruyendo con febril ansiedad. Augusto, Vespasiano, Teodorico, -Witiza, Tarik, Almanzor, una apretada nube de conquistadores y vencidos -posaba su ambición y su ideal en los solares rotos, hundiendo bajo la -tierra lanzas y semillas, regándola con lágrimas y con sudores. Mas el -yermo, silencioso, inmutable como la eternidad, no sintió la herida -de los hierros ni la amargura de los llantos; no fecundó una sola -grana de simiente ni ablandó su dureza con el sudor de las audaces -generaciones. Sin amansar su esquivez ni merecerle una sonrisa, le -anduvieron de hinojos ilustres obispos y fervientes misioneros; rudo -campo de penitencia donde sólo florecían sacrificios y austeridades, le -santificaron legiones de creyentes en pos de anacoretas y de apóstoles: -Jenadio, Fructuoso, Valerio, Froilán, Domingo (aquel que se llamó _de -la Calzada_, porque ayudó a labrar con sus manos el _Camino francés_), -santos eran que en el «desierto» de León y de Castilla, con abundantes -compañeros y discípulos, clavaron la Cruz y la oración en gloriosa -campaña espiritual. Y ¿no hubo, entre tantos amores, heroísmos y -proezas, bastante calor humano para dar vida a los eriales solariegos, -para resucitar la muerta llanura?... ¿Cuántos siglos yacía yerto, -insensible como un cadáver, el pobre suelo, hendido igual que un viejo -rostro donde el llanto labró surcos?... ¿Qué pretéritas edades, qué -desconocidas criaturas le sintieron latir rico y preñado como fecunda -tierra del corazón de una patria?... - -¡Eran éstas demasiadas interrogaciones! Aunque el viajero había -refrescado sus memorias y lecturas antes de ponerse en camino, ya le -faltaban a su mental soliloquio documentos y recursos para discutir -las causas de aquella perpetua desolación. Quiso hurtar el fatigado -pensamiento a la sutil y complicada red de tales raciocinios, pero su -noble conciencia de hidalgo y de patriota le acusó de un tanto de -culpa en el abandono y la ingratitud que lamentaba sobre el muerto -camino. ¿Quién mejor que un poeta para abrir a las modernas corrientes -de cultura y piedad un ancho cauce, y fundir en mieses de oro las -entrañas estériles del páramo? - -Alzó el jinete la juvenil cabeza con arrogante impulso, y posó la -caricia de sus ojos azules sobre los escobajos del sendero: quería -enamorarse de aquel vago propósito que de repente le asaltaba; sentir -fuerte y grande el entusiasmo por la liberación de aquella tierra, -solar de una raza insigne, testigo y campo de una historia inmortal, -madre eternamente condenada a la esclavitud de la miseria en el mismo -seno de su floreciente nación. - -Que era empresa de locos aquel sueño, le decía al hidalgo su prudente -egoísmo. Pero las ansiedades del artista y las inquietudes del quijote -respondieron al punto: ¿Acaso con la pluma no tiene una palanca -invencible cada escritor moderno?... ¿No son ahora el libro y el -periódico los vencedores propagandistas de la idea?... - -El mulo se había parado: lanzó un sordo relincho; olfateaba, y tenía en -los belfos una ligera espuma. - -—¿Qué le sucede?—preguntó el caballero mientras arreaba el espolique. - -—Le desazona el secaño—respondió el aludido parcamente. - -Y a la sola noticia de que el animal tenía sed, cambiaron de rumbo -los pensamientos del poeta: sintió el desamparo de la ruta con una -sensación de punzante disgusto; un antojo violento de agua viva, -de agua corriente y bienhechora, le secó las fauces y le enardeció -la frente. Desconcertado y pesaroso, escudriñó la monotonía de los -horizontes con la angustia del náufrago que persigue una vela salvadora -en las desiertas lontananzas del mar. Pero en la vibrante luz ni -las alas de un insecto se mecían; hasta el aire parecía dormido en -la llanura, y la llama del sol, derramando su lumbre en el erial, -semejaba una lámpara encendida sobre enorme sepulcro. - -En vano buscó el jinete algún semblante amigo donde poner con beatitud -la mirada, sedienta de piedad; por toda respuesta a tan ávida pesquisa, -dió el implacable suelo una gris vegetación de cardos marchitos y de -rastreras gatuñas. - -Entonces al poeta le asaltaron enjambres de visiones fugitivas: cortes -y ejércitos, potentados y magnates, artistas y labradores, huían hacia -los valles, hacia los ríos y las costas; buscaban la dulzura de los -bosques y la riqueza de las mieses. Los reyes castellanos, Ordoños -y Bermudos, Urracas y Berenguelas, Fernandos y Alfonsos, sentían en -la pujanza de su corona temblar el espanto del yermo como un trágico -soplo de muerte y exterminio. Y por fin abdicaba—con el abandono y -la expatriación—su omnímodo poder sobre la estepa aquel noble señor -de _diez mil vasallos, siete villas y ochenta y tres pueblos_, Alvar -Pérez Osorio, marqués de Astorga, alférez mayor del Rey, mantenedor -valiente de la bendita Seña en la batalla de Clavijo, el que a los -veintiséis títulos de sus blasones unió la singular grandeza de poderse -llamar «Señor del Páramo»... La solariega casa de Osorio, descendiente -de emperadores orientales, prima de reyes, madre de los condados de -Altamira, de Luna, de Guzmán, de León, de Trastamara y de Cabrera, -raíz y origen de los más puros abolengos españoles, árbitra de las -libertades de Castilla, levantó su hidalgo señorío de los cabezos del -erial, y olvidando la aspereza de tal cuna, indómita y fuerte como el -destino, huyó también a refugiarse en más hospitalario país... - -Allá lejos, donde el cielo y la tierra parecen confundidos en infinita -comunión de inmensidades, aparecióse un punto blanco. Viéndole flamear -distintamente, veloz en el aire con arrogancia majestuosa, murmuraba el -quijote «modernista» en la embriaguez de sus evagaciones: - -—¿Será el lienzo de un barco?... ¿Será la bandera de Clavijo?... - -Historia, fantasía y leyenda, bailaban, locas de remate, bajo la frente -rubia del mozo soñador; preso en la terrible pesadilla del llano, -confundido entre realidades y quimeras, sentía vagamente la sombra del -ensueño, el cansancio del viaje y la amargura del lugar. Quiso vencer -aquel estado de modorra, sacudir el delirio y la fatiga; hizo al cabo -un esfuerzo para recobrar su aplomo, y advirtió, al conseguirlo, que -tenía hambre y que le dolía un poco la cabeza. Miró el reloj: iban a -dar las once. Había salido de Astorga con muy ligero desayuno, y el -camino y el sol estimulaban ahora sus buenas disposiciones para el -almuerzo. - -—¿Qué se ve allí?—preguntó al guía, señalando la única mancha del -horizonte. - -—Es la cigüeña—dijo el maragato, y añadió—: Ya no está lejos -Valdecruces. - -—Ni lienzo navegante, ni enseña heroica—pensó el joven, burlándose -de su visionaria turbación—; son unas alas potentes; por su destino -libres, cautivas por su fidelidad. - -Y quedóse el viajero sumergido en regalada laxitud, en el sedante baño -de poesía que la contemplación del ave le brindaba. - -Todo era manso y fuerte en la vida singular del enorme pájaro: la -reciedumbre de su nido, centenario a veces, puesto en la torre -parroquial debajo de la Cruz, en el apacible corazón de las aldeas; -la ternura delicadísima para con los hijuelos; aquella gracia seria y -noble con que vigila las sembraduras y convive entre los campesinos; -la rara y firme condición de su boda sexual _para toda la vida_; de su -vuelta al mismo terruño para todos los años, y la reposada actitud de -la figura, el paso y el vuelo, que componen armoniosa grandeza con el -matiz austero del paisaje... Cuanto del animal amigo de los hombres -pudo enaltecer el curioso viajero, parecióle conmovedor y simbólico. - -—Una maragata y una cigüeña me han «hecho los honores» del -páramo—meditó, engolfándose en la repentina emoción. - -En aquel momento la breve caravana, doblando una ligera loma, alcanzó -al ave, quieta en el camino; tenía el largo cuello ondulante, y el -pico un poco inclinado hacia la tierra; miraba pensativa los áridos -terrones, como la mujer que al paso del caballero musitó humildemente: -«buenos días». Y siguió esperando, inmóvil en su habitual postura de -meditación y reposo, hasta que llegaron los caminantes: alzó entonces -lentamente sus ojillos de indefinible color, pardos y cenicientos igual -que la estepa; dió algunos pasos con dignidad y compostura, erguido el -cuerpo, mesurado el ademán, y abrió, por fin, las espléndidas alas con -un vuelo fácil y gracioso, desapareciendo del horizonte en majestuosas -espirales. - -No tuvo tiempo el poeta para glosar con sus admiraciones tan peregrino -espectáculo, porque al rendir la imperceptible cumbre, mostró el duro -sendero repetidas señales de dulzura. - -Se alzaba un poco en aquel sitio y por él descendían las tierras en -suaves ondulaciones, amansadas y humildes, con recientes señales de -cultivo y amigables surcos de senderos. - -A preguntas curiosas del jinete dijo el peatón que allí empezaba la -mies de Valdecruces, y que aquellos «bagos» ya tenían hecha la tercera -labor para recibir la simiente «en la semana de los Remedios», al nacer -el otoño. - -Y acosado por nuevas preguntas, explicó el maragato cómo la pobreza -del país no permitía cosechar anualmente en los mismos terrenos, y así -quedaban en _fuelga_ los unos mientras fructificaban los otros. - -—Éstas—añadió en el tecnicismo agrícola del país—estuvieron «de -aramio» siete meses. - -Y señalaba las glebas recién movidas junto a los profundos roderones -del espacioso camino. El cual iba estrechándose con la disimulada -lentitud de un prisionero que al evadirse quiere ocultar su prisa y -su esperanza. De ambos afanes pudiera suspirar el triste fugitivo del -barbecho, buscando la ilusión de una mies, la gracia bienhechora de un -arroyo y el caliente regazo de una aldea. - -Y esta sorda inquietud que parecía latir en la pálida ruta, comunicóse -a los viajeros con impaciencia viva, sin excepción del mulo, apresurado -ahora, olfateador y relinchante por demás. Habían torcido su rumbo por -la estepa, a indicaciones del caballero, que la quiso recorrer toda, y -entraban en Valdecruces por un transitorio vergel de centenos maduros. - -Pocos pasos adelante, columbró ya el jinete la verdosa masa de hojas -y de espigas, un imprevisto oasis que, acosado de cerca por el erial, -parecía surgir inseguro y tembloroso como un atrevimiento de furtivo -amor hacia la esquiva ingratitud. - -Pasó un hálito caliente de primavera sobre el áspero dorso de la -llanura, y las espigas estalladas exhalaron dulcísimo perfume. - -Comenzaban a palidecer las anchas hojas lineales en torno al granado -fruto, muertas ya las sutiles flores en el raquis henchido. Pero aún -flotaba en el ambiente esa especie de niebla azul, producida por aromas -y glumas de la flor. - -Hundiéndose de pronto el forastero en tan inesperado paraíso, imaginó -escuchar una plegaria vehemente y armoniosa en el rumor de aquel vaivén -de espigas, verdes y rubias, con degradaciones de admirables tonos. - -Fuera ya del camino central, guiaba el espolique por las honduras de un -sendero, delicadísima estela de los crecidos centeneles, agitados con -inquietud de marejada. Latía el perfume como un aliento en torno del -jinete, y se asomaban al horizonte, más visibles que en el transcurso -del viaje, los bravos picos del Teleno y Fuencebadón. - -Bien sabía el poeta que la maravilla sorprendente de aquella mies, -rescatada al páramo como botín de durísimo combate, era obra y -tormento de la mujer maragata; que bajo aquel fugitivo mar de -espigas naufragaban oscuramente la juventud y la belleza de unas -abandonadas criaturas, por débiles tenidas en el mundo; que ni la -heroica satisfacción del noble sacrificio acompañaba en su naufragio -a las infelices cautivas de la tierra, del instinto y la ignorancia. -¡Y era el hondo caudal de su ternura, inconsciente, la única fuerza -humana bastante poderosa para hacer vivir y fructificar los indomables -terrones del yermo! - -En la hidalga paramera de León, solar de los más castizos de la raza, -teatro y reliquia de inmortales memorias, duerme el pueblo maragato, -incógnito y oscuro, desprendido con misterioso origen de una remota -progenie. Siglos enteros supervivió a la desolación de los eriales, -solitario en toda la integridad de su rara pureza, embarrancando en -la llanura como un pobre navío que encalla y se sumerge, y al cual se -abandona y olvida en el turbulento mar de la civilización. Pero, al -fin, en la tragedia de este «buque fantasma» se salvaron los fuertes. -Más duros los códigos en los mares de tierra que los que rigen en los -mares de agua, consintieron que en las bárbaras olas del erial se -quedasen cautivos para siempre las mujeres y los niños, mientras los -hombres útiles pedían remolque a la vida del progreso para explotar -sus riberas. Y las pobres maragatas se encontraron solas, condenadas -a no extinguirse nunca, porque los maridos arribaban a menudo hasta -la callada flota que extendieron por el llano estas graves mujeres de -Maragatería: acuden ellos potentes y germinadores a imponer como un -tributo la propagación de la especie, a dejar la semilla de la casta -en las entrañas fecundas de unas hembras, tan capaces, que hasta en el -páramo cruel han producido flores... - -Así discurría con ansia y pesadumbre el andante poeta, enervado por la -fragancia de los centenos, peregrino entre las espigas que palpitaban -con dulce temblor. - -Sentía el mozo levantarse otra vez su inquieta voluntad con el generoso -estímulo de las redenciones. Si era una locura soñar con la liberación -del yermo, no lo era tanto apetecer la de aquellas mujeres miserables. -Y, si aun este propósito fuese desmesurado para acometido por un -corazón, un estro y una pluma, le quedaba al artista la certidumbre de -poder esgrimir con gloria aquellas nobles armas, para rescatar del mar -de tierra, libre y dichosa, a una sola mujer. - -A cada paso del mulo tomaba más cuerpo esta ilusión en los bizarros -sentimientos del joven. - -Si acaso a Valdecruces le empujaban—seguía meditando—la curiosidad -y el antojo, sobre aquellos humanos impulsos labraría con arte y con -misericordia el cauce de ternura por donde corriese el definitivo amor -a formar un sereno remanso. - -Ráfagas de ocultos fervores le sacudían, enardecido y ambicioso, -con las manos trémulas de fiebre, la memoria llena de secretos y el -porvenir cuajado de esperanzas. Todas sus emociones del camino se -condensaron, vibrantes, en aquella última; de cuantas quimeras y -memorias le acompañaron hasta allí, sólo quedaba en su imaginación, -como cifra y símbolo, una bella figura de mujer: adornábase con un -traje regional, acaso descendiente de góticos briales o de gentiles -paños morunos; tenía dulce el rostro como la ilusión del viajero, y el -alma heroica lo mismo que la raza leonesa. - -Reinó esta solitaria imagen como dueña absoluta de tantos pensamientos -impacientes, cuando, ya surcada la mies, se acercó en el paisaje la -arcillosa giba del caserío y una mansa barbechera corrió a confundirse -con las rúas del pueblo. - -En la primera de las cuales se extendía ancho lugar, parecido a una -plaza, decorado en medio con una fuente. Al borde del pilón una mujer -aguardaba que su cántaro se llenase. Iba compuesta al uso del país, -de mucha gala, sin duda por ser domingo, y parecía absorta en la -contemplación de la corriente. - -A este sitio llegaban los viajeros cuando, desde muy cerca, un toque -grave de campana avisó en la parroquia el mediodía. - -Descubrióse el espolique para rezar las oportunas oraciones y le imitó -el caballero, distraído. Mas de pronto, al encontrar junto la fuente, -viva y hermosa la imagen de sus recientes pensamientos, adelantóse -hacia ella enajenado y feliz. - -La sorprendida aguadora levantó su mirada y le brillaron los ojos -como topacios al llenarse de luz; era una mozuela pálida y triste, de -agraciada figura. Advertida por el aviso parroquial, iba a santiguarse, -cuando apareció el forastero y, mirándole con ébria admiración, trazó -aturdidamente la señal de la cruz. - -En la boca del jarro, ahito, rió entonces el agua cantarina, -vertiéndose con dulce murmullo, mientras Rogelio Terán y de la -Hoz, hidalgo montañés, novelista romántico, poeta lírico, hombre -sentimental, mozo gentil, con el _jipi_ en la diestra, declamó -reverente: - -—¡Salve, oh maragata, augusta _Señora del Páramo_, salve! - -Con lo cual la aludida, escandalizada ante una oración nueva, no -escuchada jamás, tuvo al viajero por hereje o por loco; le envolvió un -instante en la mirada de sus ojos verdes y profundos, y abandonando el -cantarillo, echó a correr con las mejillas pintadas de arrebol. - -Aún resonaba la fuga de aquellos pies menudos en la calzada vecina, -cuando el desairado galán sintió con repentinos apremios el aguijón -del hambre, y más sensible la pesadez del dolor de cabeza. Pero en -atravesando la plaza ya le ofreció el reparo apetecido la casita del -cura, puesta con vigilante devoción enfrente de la iglesia. - -Mudo estaba el lugar, como deshabitado y misterioso. La campana piadosa -había cesado de tañer y la cigüeña asomaba sus alas extendidas en la -torre, protegiendo el nido debajo de la cruz. - -Dió el maragato dos recios golpes en el conocido portal de don Miguel, -y bajo el tejaroz de la parroquia volaron con alarma unos vencejos... - -[Illustration] - - - - -[Illustration] - - - - -X - -EL FORASTERO - - -CUANDO llegó a su casa Marinela, jadeante y medrosa, desde el fondo de -la cocina donde la esperaban para comer auguró la madre: - -—Esa coitada rompió el cántaro de fijo. - -Aguardaron todos en muda expectación a que la niña explicase aquel -azoramiento de su vuelta. - -—No rompí el jarro—murmuró ella con timidez—; es que vide a un señor -rezándome, a mí misma, una salve trabucada, tal que si yo fuera la -Virgen... Venía de viaje; está demoniado o es judío. - -—¿Onde fué eso?—preguntó Olalla con asombro mientras los rapaces -corrían a la puerta, y _Mariflor_ iniciaba también un movimiento de -curiosidad. - -—A orilla de la fuente—dijo la aguadora, tomando otra vez el camino -detrás de su prima y de su hermana. - -La tía Dolores no pareció enterarse de la novedad, entretenida con -encender _fuyacos_ en el rescoldo mantenido por las brasas de un tueco. -Y Ramona, cortando lentamente raciones de la hogaza morena, rezongó -aburrida: - -—¡Cuántos parajismos! - -Ni en la calle silenciosa, caldeada por el flamear del sol, ni en la -plaza desierta, vieron los averiguadores rastro alguno del misterioso -forastero. El cantarillo, en colmo, seguía derramando el agua riente, -que al borbollar ahora, parecía esconder en sus cándidas modulaciones -un acento de burla. - -—Tú soñaste, rapaza—le dijeron los curiosos a la pobre Marinela. - -—No soñé—afirmó la niña con mucha seguridad, aún palpitantes de -admiración los profundos ojos. - -—¿Era joven?—aludió Florinda con aire distraído. - -—Mozo y galán; montaba un mulo alto como el nuestro; traía paje y -fardel. - -—¿Por el camino de Astorga? - -La maragata levantó los hombros un poco insegura. - -—Creo—dijo—que venía por la mies... no sé de dónde. - -Y sus pupilas, cambiantes como las piedras preciosas, adquirieron vagos -colores de turquesa. - -Olalla, portadora del cántaro, adelantábase con los niños, y -_Mariflor_, enlazando a su prima por la cintura, preguntaba todavía con -afán: - -—¿Era rubio y usaba lentes? - -—De eso no me acuerdo—balbució la mozuela, buscando ansiosa en su -imaginación los perfiles del rostro aparecido. De repente aseguró -arrobada: - -—Tenía los ojos azules. - -—¿De veras? - -—De verísimas. - -Las dos enmudecieron, con los corazones tan acelerados como si el -color azul fuera para entrambas un abismo... - -Durante la comida no se habló una palabra de la aventura de Marinela; -sólo Pedro miró a la moza por dos veces, haciéndose en la sién un -ademán expresivo, come diciendo: estás «de aquí». La aludida se -impacientó ruborosa, y Olalla puso un dedo sobre los labios con -prudente disimulo, recomendando la paz. - -Comían en torno a una de las «perezosas», con grave compostura y -aplomada lentitud, como si cumpliesen una sagrada obligación. Olalla, -que oficiaba de «sacerdote» en aquella solemne ceremonia, sirvió -primero a Florinda y después a Marinela; luego puso en un mismo plato -las raciones de Pedro y de Tomás; en otro la de Carmina y la suya, y -dejó el resto del caldoso cocido entre su abuela y su madre. Quedaban -así establecidas dos tácitas preferencias, que parecían justas en -consideración al desgano y el esfuerzo de ambas comensales, dueña cada -una de un plato y angustiadas sobre el humo del guisote. - -Era tan visible la repugnancia con que las dos comían, que Ramona, -después de empapujarse varias veces con murmuraciones, atragantadas -entre bocados y sorbos, acabó por decir con aquella su ronca voz, sin -matices ni blanduras: - -—¿Por qué no mojáis mánfanos en la salsa? Hay que comer para trabajar. -¡Vaya unas mozas, que no valéis una escupina!. - -La abuela suspiró con un ¡ay! rutinario, muy tembloroso. Y Olalla posó -interrogantes sus ojos claros en las delincuentes: siempre comían poco; -¡pero lo que es hoy!... Abarcó la mesa en una solícita mirada, sin -tropezar otros manjares que el pan moreno y duro, y volvióse hacia el -llar, desguarnecido de cacerolas, humeante bajo la caldera donde hervía -el agua para la comida del cerdo. Paseó en idénticas persecuciones -las paredes y el techo de la cocina, y después de lanzar sobre su -madre temerosa consulta, que no tuvo respuesta, preguntó a las dos -inapetentes: - -—¿Queréis una febra de bacalao? - -Todos los ojos se volvieron hacia la pobre bacalada, a la cual un -cloque hería prisionera en la altura, pendiente como una interrogación -sobre la estancia miserable. - -Las dos favorecidas por el generoso ofrecimiento se habían apresurado -a hundir en la salsa pedacitos de pan desde que Ramona censuró sus -melindres. Movieron la cabeza diciendo que no ante la perspectiva del -regalo, torpes para hablar, como si una misma angustia les cerrase la -boca, y mirándose con singular emoción, a punto de gemir. - -—No; si tú—saltó la madre iracunda, dirigiéndose a su hija—tienes -gustos muy finos; naciste para canonesa y no llegaste a tiempo. - -La muchacha rompió a llorar con exageradas señales de dolor, como -si otros secretos infortunios le acudiesen a los ojos pungidos de -lágrimas, mientras que su prima, sintiéndose también envuelta en la -insistente acusación, reclamaba su animosa voluntad para serenarse. - -Olalla había palidecido: nada la hacía estremecer como el lloro de sus -hermanos. - -—¡Madre, por Dios!—rogó conciliadora. Y añadió fingiendo -alegría:—Hoy hay postre, que es domingo. - -Los rapaces se miraron sonrientes, y ella, al levantarse con rumbo a un -secreto armario, acarició los hombros de Marinela y le sopló al oído -unas palabras, suaves como zureos de paloma... - -Las manzanas y el queso pusieron a los niños tan alegres, que su -animación llegó a resplandecer un poco en toda la familia, y Olalla, -más libre de cuidados, reveló de pronto un pensamiento que desde la -víspera le venía causando sordas indignaciones: - -—¡Miren que llegar sin un triste céntimo el hombre de Rosenda, tiene -alma! - -Acogió Ramona la conversación con interés agudo, murmurando: - -—Ella hace muy bien en amontonarse. - -—¡Perfectamente! - -—Amontonarse, ¿qué quiere decir?—preguntó _Mariflor_ curiosa. - -Y su tía, más amargo que nunca el acento, explicó entonces: - -—Pues no vivir con «él», no recibirle, negarle hasta el habla. - -La vieja parpadeó muy de prisa, como si espabilase el sueño o -solicitase una gota de llanto para limpiar las nubes de sus ojos. - -—¡Válgame Dios!—prorrumpió únicamente. - -—Sí; válganos a las míseras madres abandonadas con los hijos—clamó la -nuera. - -Un exiguo fulgor, como llegado con fatiga desde muy lejos, chispeó en -las pupilas de la anciana. Y repuso quejosa: - -—No lo dirás por ti. - -—¿Que no? - -—Si el marido no te puede mandar dinero, de lo suyo gastáis... y algo -de los demás. - -—También lo de mis padres lo gastaron los nietos, que yo no me casé -desnuda... y he sudado mucho en somo de la tierra. - -—¡Ansí es la vida! - -—Pero cuando es poco lo que se tiene y lo que se trabaja, al padre -cumple mantener a los hijos... o non facerlos. - -—¡Mujer! - -—Lo que usted oye. - -—¿Y cuando el esposo gasta mala suerte y mala salud?...—subrayó la -vieja, amarilla y temblante como la llama de un cirio. - -—¡Que se chive!—escupió Ramona con brutalidad, poniéndose de pie. - -Su elevada estatura dominó la estancia al ras casi del techo. Extendió -los brazos hacia los relieves de la comida y alzó de una sola vuelta -platos y cucharas, los mendrugos de pan, la fuente y el mantel: todo lo -depositó sin ruido en el rincón donde era costumbre lavar el belezo. -Se puso un delantal de arpillera sobre la saya «rajona» y comenzó -calladamente aquella labor menuda que en los días festivos excusaba a -su hija. - -Sobre el lejano resplandor enceso en los ojos de la anciana, cayó la -rugosa cortina de los párpados. Apoyó la tía Dolores un codo en las -rodillas, en la mano la frente, los pies en un «silletín», y pareció -que se amodorraba en el sopor de una fácil siesta. - -Los rapaces se habían escabullido hacia el corral, y las tres mozas, -descoloridas, inmóviles, se inclinaban en una misma actitud de -sobresalto, como si las aturdiese el rudo peso de aquellas frases que -sonaron a disputa y maldición. - -Olalla, vergonzosa de que su prima sorprendiese tan acerbas -intimidades, quiso, para disimular su disgusto, seguir hablando de -Rosenda Alonso. - -—Es una hija del tío Rosendín, ¿sabes?—le dijo en voz baja a -_Mariflor_. - -—¿El sacristán? - -—Ese. Figúrate que la pobre parió dos mielgos la semana pasada; ¿te -acuerdas? - -—Sí; yo la encontré pocos días antes, que daba compasión... - -Y la muchacha se estremece al recuerdo de aquella criatura sin forma de -mujer, apabilado el rostro, desfallecida como una sombra, arrastrando -con paso vacilante un _feije_ de leña y un vientre enorme. - -—Pues tiene otro rapaz—continúa Olalla—que anda en cuello todavía -y sin qué echar a la boca; cuando va y se le presenta el marido -fambreando también. - -—¿El, es bueno? - -—Serálo; pero es pobre como las mismas ratas. - -—Si se quieren... - -—¿Cómo se han a querer, boba, sin ser dueños ni de un quiñón de tierra? - -Triunfante al exponer aquella rotunda imposibilidad, la joven dice: - -—Con menos apuros las maragatas se amontonan cuando los maridos -vuelven sin dinero. ¿No verdá, Marinela?—y sacude blandamente a la -trasoñada niña. - -Ella parece despertar de una grave meditación, se hace repetir la -pregunta, y luego responde con respetuoso fatalismo: - -—Es el usaje del país. - -Y Florinda, abrumada por la validez indiscutible de tal uso, baja la -frente sin replicar. Otros íntimos anhelos la preocupan, mucho más -agitados desde que Marinela encontró al forastero de los ojos azules... - -Entra Pedro desperezándose, y dice que después del Rosario irá a fincar -los bolos; en su aire aburrido se conoce el deseo de que llegue la -hora. Como parlotea en alta voz, Olalla le advierte por señas que está -durmiendo la abuelita, y él entonces vuelve a salir hacia el corral -donde los chiquillos discuten la posesión de un _rongayo_ de manzana. - -Desde la oscuridad donde trajina, pregunta secamente Ramona: - -—¿No lleváis al chabarco los curros? - -La abuela se estremece sin abrir los ojos, y las muchachas se ponen de -pie como sacudidas por un resorte. - -—Agora mismo—dice la mayor—. Y las otras la siguen con mucha -celeridad, como si les diese miedo quedarse en la cocina. - -La brusca luz de fuera les hace a las tres entornar los párpados. El -_estradín_ está lleno de moscas y de polvo, y el corral, a pleno medio -día, arde y calla, reverberante de sol. - -—¿Onde estarán esos pillavanes?—dice Olalla, viendo que sus hermanos -han desaparecido. - -Se oyen hacia el huerto unas risas pueriles, y las gallinas se -alborotan pedigüeñas delante de las muchachas. - -En la negra habitación que acaban de abandonar parece que con ellas -ha huído la poca luz que había, aquel dorado resplandor que desde el -_estradín_ entraba con un vaho caliente de la tierra. El trashoguero, -embrasado todavía, pone en el hondo llar rojos matices de expirante -lumbre y un olor de agua sucia emerge en el aire con la oscuridad y con -el humo. - -La tía Dolores, apenas salieron las muchachas, se enderezó con -singulares bríos, cerró las dos puertas que daban acceso a la cocina -y, adelantándose en la sombra, segura como un remordimiento, preguntó -hacia el sitio aquel donde se rebullía la nuera: - -—Si viene Isidoro, ¿tú no le recibes? - -Hubo un silencio frío... Se oyó después un «No, señora». - -Menos firme, la voz de la anciana tornó a decir: - -—Y si algún día viene a tu casa Pedro, comalido y pobre, ¿le recibirás? - -Vibró al punto un fuerte «Sí, señora». - -Y la tía Dolores, extendiendo los brazos con un sordo crujido, replicó -anhelante: - -—¡Pues no olvides que esta casa es mía! - -Se quedó allí la vieja, muda y en cruz, sin que el rincón sombrío se -diese por enterado de aquella lógica irrebatible. Porque Ramona, que -ya había acabado de fregar, abrió sin ruido la puerta lindante con la -cuadra y salió llevando la comida para el cerdo... - -El caudal que durante los inviernos pasa trabajador por los molinos, -derivado del Duerma, hace su entrada en Valdecruces bajo la humilde -forma de un arroyo, sujeto a languideces estivales que en ocasiones -llegaron a borrar la estela desmayada. Viene esta caricia de aquel lado -donde madura más temprana la mies, donde no todo el terreno es añojal -y hasta algunas parcelas pueden pomposamente llamarse «de regadío» -cuando los ardientes calores funden en el Teleno heladas nieves, y unos -providenciales arroyatos brindan a este rincón de la llanura el piadoso -murmullo de su limosna. - -Por el mismo lado entró, en este día memorable, un poeta con ínfulas -de libertador, como si todas las sonrisas de la esperanza hubiesen de -llegar a Valdecruces desde allí. - -Mientras Olalla espera que los patos se bañen en el desmedrado -arroyuelo, las otras dos mocitas están muy silenciosas y meditabundas -mirando cómo fluye el tenue hilo de la corriente. Y sin más preámbulo, -como si una invencible preocupación la sugestionase, Marinela dice: - -—Sí, sí; por aquel lado «venía». - -Su voz, impregnada de misterio, balbuce al oído de la enamorada, que se -estremece y se turba: - -—Hace volcán—pronuncia Olalla vagamente—. Y Florinda cubre sus -cabellos con el pañuelo blanco del bolsillo. - -En el sopor fatigoso de la hora fulgura el aire y duerme la tierra, -retostada y sediente, sin que llegue del vecindario un solo suspiro -hasta la calle, desde las ventanas, abiertas como bocas en perezoso -bostezo. - -Han madrugado mucho los calores y los campesinos temen, con razón, que -se les tueste la cosecha antes de estar en punto de segarse. Andan ya -«cogiendo la vez» para los trajines del riego, solicitando hasta la -última gota del agua que empieza a murmurar como en agosto, derretida -en los montes por este mismo ábrego que en la llanura consume los -caudales del Duerna. - -Tales pensamientos se agitan en la mente de Olalla con fatigado -rumbo: este arroyo, vecino de su calle, no le dará corriente para -lavar la ropa, para bañar los patos, para surtir a la cocina; y, sobre -todo, no podrán buscar quien las ayude en las tareas del riego, ni -en las de la _jaja_ y escardadura; quizá tampoco en las de la siega -y la recolección. Las obreras son demasiado pobres para esperar por -los jornales; de América no mandan un céntimo; el tío Cristóbal pide -los haberes o la casa, y la abuelita chochea sin acordarse de lo que -debe, de lo que es suyo, de cuanto sea preciso pagar y conseguir. Ya -volaron los restos de la «matación», y la olla cuece sin «llardo» y -sin «febrayas», como la del último pobre del lugar. Escasea el aceite; -faltan zapatos a los niños; la madre sufre y riñe, con el genio más -adusto que nunca... - -—¡Dios santo!—clama la moza en medio de sus meditaciones, sin poderse -contener. - -—¿Qué sucede?—le pregunta su prima. - -Pero Olalla conoce por instinto el arte de fingir. Su carácter -reservado y oscuro no se presta a las expansiones; siente un salvaje -pudor de aquella terrible miseria que a pasos agigantados se posesiona -de su hogar, y hasta en el seno de la familia procura disimularla, -menos por compasión que por orgullo de mujer fuerte, por extraña -codicia que la empuja con bravo deseo a esconder, como un tesoro, penas -y trabajos para ella sola, hasta donde sea posible. - -—Sucede—responde tranquila—que estáis cogiendo un sofoco sin -necesidá; veivos a casa. - -—No, no—se apresuran a decir las otras con obstinación. - -Y como Olalla siente que la negativa está envuelta en nubes de -inquietud, quiere ahuyentar con frases animosas aquel mudo trastorno, -y balbuce palabras resonantes que tiemblan en la penumbra de los -pensamientos igual que pajarillos lanzados a volar en medio de la noche: - -—Bailaremos a la tarde. Ya Marinela tiene que empezar a ser moza, y -tú habrás aprendido las danzas de aquí, en dos meses que las ves... - -—No aprendo todavía—responde _Mariflor_. - -—No bailo—asegura Marinela. - -Impaciente por aquellos murmullos negativos, Olalla prorrumpe: - -—¡Sodes bobas! - -Sonríe Florinda, deseando mostrarse menos preocupada, pero busca en -vano alguna cosa alegre que decir; y como los «curros» patullan en la -fangosa margen del arroyo, comenta distraídamente. - -—Casi no tienen agua. - -—Sí; el aflujo va mermando con la sequía, y en el bañil de allá bajo -tampoco hay bastante para que las bestias se remojen... - -—¡Si lloviese!—ansía _Mariflor_, sabiendo que se aguarda la lluvia -como un gran beneficio. - -Las tres alzan los ojos con incertidumbre hacia el flamante cielo, -curvado en imperturbable serenidad sobre la aldea, y los tornan después -hacia la calle, que silente y espaciosa como un ejido, huye al campo -con el leve surco del arroyo entre las guijas. - -La doble hilera de casas, puestas holgadamente en su sitio con cierta -urbana solemnidad, se interrumpe a menudo por sebes de huertos, -portones de corrales y afluencias de otras rúas, que también se abren -anchas, calientes y dormidas. - -—Parece que no hay nadie en el pueblo—dice _Mariflor_, dominada por -el agobio profundo de tanta soledad. - -—Están todos echando la sosiega, mujer; ya verás como otros domingos, -a la hora del Rosario y después en el baile, cuánta gente. - -Y Olalla, siempre calmosa, parece que se olvida de recoger sus patos. - -Hasta que llega un perruco con la lengua fuera a beber en el mísero -arroyuelo, y espanta los ánades que salen parpando a las orillas en -torpes vaivenes. - -El gozque, así que sacia la sed, ladra con furia, y cuando las niñas -vuelven la cabeza buscando el motivo de aquel alboroto, ven a Ramona -asomándose a la empalizada del corral. - -—El tercero para las dos—advierte—. ¡Si habéis d’ir al Rosario!... - -A esta sazón rompe a tocar la esquila de la iglesia. - -Aléjase el perro, lanzando sordos gruñidos a la brusca aparición de -Ramona, mientras las muchachas y los patos se recogen. - -Y en la calle, letárgica otra vez, sólo parece vivir el hilo tenue del -arroyo, y un trapo que a lo lejos pone erguida su dudosa blancura, como -anuncio y señal de una taberna. - -Cuando vuelven a caer las tres mozas en el hondo agujero de la cocina, -sienten una frescura penetrante en medio de una densa oscuridad. - -Mas, pronto Olalla descubre en la masa de sombras y de humo a la -_Chosca_, acurrucada en el suelo entre la ceniza, dando sorbos y -bocados voraces a la misteriosa sustancia que extrae de un pucherete. - -En el escaño, donde suele dormir la criada, se ha escondido la tía -Dolores. Allí está inmóvil sobre la ruin yacija, dominada por el -letargo o por el sueño. - -—¿Qué hace usté, abuela?—le pregunta la joven asombrada—¿Duerme -todavía?... ¿No viene a la parroquia? - -La sacude con el temor de que pueda ocurrirle un accidente. - -Pero ella responde levantándose: - -—Ya voy. - -También su voz ahora parece que ha venido de muy lejos, como el fugaz -relámpago que le brilla algunas veces en los ojos. - -Hoy la esquila avisadora voltea con más sutiles vibraciones; algo le -sucede; anuncia una cosa extraordinaria; tiene una doble intención, -oculta en el repique insinuante en los últimos golpes: _Tan... tan... -tan..._ ¿Qué secretos dice a gritos la esquila?... - -Esto se pregunta _Mariflor_ acabándose de vestir, y en tanto que vuelan -como alondras sus deseos. - -Ya las tres maragatas están muy elegantes, que, de la antigua opulencia -familiar, guarda la tía Dolores ricas vestiduras del país: «rodos»; -sayuelos, dengues, arracadas, mandiles y otros aliños de mucha gracia y -mérito, aunque no cotizables para la avaricia del tío Cristóbal, como -los «bagos» y las yuntas. - -Marinela, endomingada desde muy temprano, aguardó en un rincón que las -otras terminasen su arreglo, procurando no estorbar en la estrechez del -gabinete de Florinda, único de la casa donde con el sol entra alegre la -luz. - -Cuando van a salir, llega muy presurosa la sobrina del párroco, con la -mantilla puesta y el rostro encendido. - -—Como tardábais—dice—, vengo por vosotras. Y añade en impaciente -explosión confidencial: - -—¿No sabéis?... Ha llegado a casa de mi tío un señor de Madrid: -escribe libros y cantares, y habla mucho de _Mariflor_. - -—¿Le conocías?—prorrumpe Marinela estupefacta, adivinando que ha -parecido su forastero de los ojos azules. - -La aludida, acelerado el pulso, batiente el corazón, murmura como un -eco de contestaciones idénticas: - -—Venía «con nosotras» en el tren... - -—Sí; es verdad—corrobora Ascensión—, lo ha contado en la mesa, y -como yo he servido la comida lo estuve oyendo todo. - -Olalla oculta impasible sus impresiones, y las pupilas volubles de -Marinela relumbran como dos esmeraldas. - -—¿No está loco?—interroga. - -Y luego que refiere a la sobrina del cura su hallazgo singular del -medio día, ésta clama risueña: - -—¡Andanda con la salve!... Pues el señor que dices está en su sano -juicio, es bien fablado y buen mozo. - -—No llegaremos a tiempo—murmura pasivamente Olalla. - -Movidas por advertencia tan oportuna, salen del gabinete y de nuevo -cruzan las sombras del pasillo y de la cocina, evitando con la puerta -principal el rodeo de la calle. Ni junto al llar ni en el escaño hay -figuras humanas esta vez: la casa, desierta y silenciosa, se agacha -humilde bajo el sol. - -[Illustration] - - - - -[Illustration] - - - - -XI - -LA MUSA ERRANTE - - -—HAY comedia... - -—Hay volatines... ¿Vamos? - -—Díle a madre que nos deje ir... - -—¡Díselo! - -Olalla fingió enojo, deseando complacer a los chiquillos, y lamentóse -en alta voz para que su madre la oyese: - -—¡Cuidao que sois pidones! Por mi parte ya estáis aquí de más. - -—Y mañana no habrá quien les recuerde para ir a la escuela—dijo -Ramona en tono de transigir. - -—¡Ah! Ya les haría yo poner los huesos de punta. - -Las tres caras redondas y apacibles de los niños demostraban insólita -inquietud, porque la esperanza de asistir a una «comedia» en el propio -Valdecruces era cosa verdaderamente absurda, capaz de conmover a todo -el pueblo. - -Nadie supo qué azares enemigos llevaron a los infelices histriones por -aquellas pobres veredas maragatas. Ello fué que, con las penumbras -de la noche, llegó un carro al crucero, se detuvo en una esquina -estratégica y comenzó a desalojar extraños personajes, herramientas -y enseres, bichos y trapos. Salieron de la ambulante guarida tres -viejos y una mujer madura, dos mozas, dos niños y un galán; varios -perros ladraron, chilló un mono, vociferó un lorito y relincharon dos -caballejos y una mula: dió a luz, en fin, el Arca de Noé. - -El asombro de algunos rapaces que presenciaron la llegada, propaló -por el pueblo la noticia, y la soporosa tranquilidad de los vecinos -encendióse con rara turbación. - -Desde el baile, cuando ya se retiraba la gente dominguera en pacífico -desfile, escurriéronse los grupos hasta el Crucero, y, a distancia, con -ciertas precauciones, comentaron la singular visita. - -A la vera del carro fulgían ya, como luciérnagas, algunas luces, y los -juglares, con actividad inconcebible para el atónito público, habían -obtenido del tío Cristóbal, alcalde pedáneo, licencia para celebrar -aquella misma noche una función. - -Entre grandes estrépitos, de escandalosa y memorable resonancia, -un tambor y un cornetín anunciaban, a poco, el _extraordinario -espectáculo_, para las nueve y media en punto. - -Inicióse el pregón al través de las calles con una arenga dicha en -medio de la plaza por el más mozo de los tres viejos. El orador, -después de saludar con leve modulación extranjera al _respetable -público_, ponderó como lo más sorprendente de aquella solemnidad la -«presentación» de la «célebre» _Musa errante_, una dama loca de amor, -que andaba por el mundo gimiendo su querella y que declamaría sus -cuitas en «magníficos versos» ante el _ilustre auditorio_. El cual no -quedó muy enterado de la importancia del anuncio ni muy curioso por el -peregrinaje de la _Musa_. - -Pero se celebrarían también «danzas griegas»; difíciles y peligrosos -ejercicios de gimnasia; burlas de payasos; suertes maravillosas por «el -nunca visto joven Manfredo, malabarista y nigromante». - -Tantas exóticas ponderaciones, comprendidas apenas, enervaron al -«ilustre auditorio» con un fascinador aroma de flores desconocidas. - -Y el violento perfume de la novedad que desvela a los niños impacientes -alrededor de Olalla, llega a trascender en el acento de la madre, -ablandado de pronto. - -Aprovecha la moza esta buena coyuntura para preguntar con su tacto -calmoso de campesina: - -—¿Nos deja ir? - -—Dirnos... ¡Pero solas!... - -—¡Venga usted! - -—Que vaya la abuela. - -La cual tuvo que ser consultada a voces, como si se hubiera quedado -sorda de repente. Y enterándose de que era invitada a «juegos de -farsantes», negóse esquiva y triste, con entumecido movimiento de -cabeza y de labios. - -—Iré yo—murmura Ramona, lanzando a su suegra una mirada baja y fría. - -Cuando buscan a _Mariflor_ para cenar, responde desde el huerto, y -acude sonriente, sin esconder el gozo del semblante. - -Le dicen los chiquillos que van a ir todos «a la comedia», y la -muchacha procura sacudir el entorpecimiento agudo de su alegría para -razonar y entender lo que sucede. Repite en voz alta lo que han dicho -los otros, deseando cerciorarse así de cuanto oye; y su acento resuena -ronco y dulce, embargado por la emoción. - -Todos quedan mudos cuando habla ella, sobrecogidos por la fuerte -caricia de ternura que como encendida fragancia brota en sus frases -pueriles. La miran con vago asombro; resplandece, y sonríe sin cesar, -recién despierta a realidades que sin duda ha soñado; moja con la punta -de los dedos pedacitos de pan en la inevitable salsa, y parece que le -saben muy bien según los multiplica. - -La frugal colación tiene esta noche un gusto nuevo, un incógnito grano -de pimienta que estimula en los paladares el apetito y la sed. Hasta -la inapetente niña de los ojos volubles, come de prisa, alterada y -ansiosa, como si fuese un sápido manjar la «sopa de patata». - -Cuando más se acentúa el incitante sabor que hay en la cena, más se -extiende el silencio en la cocina. Entonces _Mariflor_ revive a sus -anchas las preciadas memorias de aquella tarde, y también la punta -de sus pensamientos mojan pedacitos de ilusiones en la «salsa de la -felicidad»... - -Bendice la niña el instante precioso en que don Miguel le dijo, al -salir de la iglesia:—Aquí está «aquel señor» amigo tuyo—mientras -Rogelio Terán, con aire deslumbrado y feliz, se adelantó a saludarla en -medio de las primas. - -Como él no reconociese en Marinela a la maragata que halló junto a la -fuente, la sobrina del cura hizo el descubrimiento entre rubores de -la moza y cortesanías del galán; después, todos reunidos, se fueron -lentamente hacia el lugar del baile. - -Aprovechando la estrechez de una calleja, dijo Ascensión, oficiosa: - -—Vayan delante ustedes. - -Emparejó a la enamorada con el artista, quedóse del brazo de Marinela y -dejó atrás a Olalla con el sacerdote... - -Bebe _Mariflor_ un sorbo de agua, en la boca misma del cántaro, para -serenar este recuerdo, y quédase confusa ante los murmullos de las -palabras dulces que todavía resuenan en su oído y las consideraciones y -esperanzas que se agitan en su corazón. - -Es a ella, a la triste criatura abandonada entre cuidados y -pesadumbres, a quien un hombre de calidad ha dicho esta tarde: - -—¡Te amo, te amo!... Sueño llevarte en mis brazos, un día, lejos de -Valdecruces; quiero que seas dichosa y que me debas la felicidad; -quiero compartir la vida contigo. ¡Eres mi reina, eres mi musa!... ¿Me -quieres, _Mariflor_? - -—Sí, sí—repite embriagada por la gratitud el eco de una respuesta. - -Y entre las efusiones sentimentales que embargan a la moza, que hinchan -sus pensamientos y los entumecen con divina y cordial calentura, -quedan flotando en obstinada aparición las imágenes más indiferentes; -el gorrito azul de la niña mielga a quien Rosenda Alonso mece en las -rodillas; el severo perfil de las bailadoras que danzan de dos en dos, -con los ojos bajos, el ritmo lento y las castañuelas alborotadas, y el -semblante inmóvil del tío Fabián, agrietado y oscuro como las nueces -secas... - -También la _Chosca_ tenía cara de nuez. Y mirándola con repentina -curiosidad, sintió la muchacha importunas ganas de reir. - -Comía la sirviente a la mesa metiendo su cuchara con acompasado vaivén -en la vasija común a la tía Dolores y a Ramona. Las tres sorbían y -mojaban con lenta moderación, sin hablar y sin mirarse, como viajeros -extraños y adustos a quienes el calor y la sed reúne en el camino a la -sombra de un árbol o en torno a la frescura de una fuente. - -Descubre a estas mujeres _Mariflor_ como a criaturas nunca vistas ni -relacionadas con la sangre de ella, con su casta y origen. - -Y cuando, ya agotado en los platos el _moje_ por mendrugos de pan, se -levantan los comensales para salir, quédase la muchacha sorprendida por -su propia voz que que dice: - -—Adiós, abuela. - - * * * * * - -Apacible y sin estrellas rodaba la noche en el espacio. - -Al caer la tarde, se había extendido sobre el cielo, pálido de calor, -una sutil neblina, delicada y luminosa en su baño de luz crepuscular. -Y al descender la sombra a la llanura, quedó la blanca nube abierta en -los horizontes como un manto refrigerante, encendida por un cándido -resplandor de plenilunio: dulces soplos de viento, que parecían rezar -por los caminos, acabaron de prestar a la noche encantos de primavera. - -El auditorio de los comediantes, compuesto de niños y mujeres, con -algún anciano por rara excepción, se preocupaba de mirar al cielo -tanto como a la vieja alfombra convertida en escenario bajo la trémula -claridad de unos hachones. - -—Píntame que hace viento de Ancares—anunció Olalla con regocijo. - -—Sí; corren unas falispas algo frescas—corroboró Ramona. - -Su acento, amargo siempre, envolvía en la brusca modulación una -violenta ansiedad que halló resonancia febril en el concurso: la -inquietud y el deseo hizo balbucir a todos los labios con sigilosa -esperanza: - -—¡Hace viento de Ancares!... - -Y detrás del feliz augurio, los ojos se volvieron hacia el Norte, -escrutando las nubes encima del caserío, de aquel lado por donde la -lluvia era esperada. - -—¡Señores, atención!—gritó el director de escena, como si advirtiese -que el público se distraía del «maravilloso espectáculo»—. Va a -comenzar la extraordinaria labor del joven Manfredo. - -Ya se habían celebrado las «danzas griegas», un baile triste, lleno de -extrañas figuras y contorsiones, entre una moza muy desabrigada y un -doncel con arreos de baturro. - -Era, sin duda, este mismo «nigromante y malabarista» que jugó con -navajas y botellas, con platos y faroles, tirándolos al aire en -complicadas suertes, para recogerlos con las manos, con la boca y con -los pies. - -En seguida barajó unos resobados naipes y los hizo viajar por todo su -cuerpo. Guardó una carta con mucha pulcritud en la palma de la mano, -advirtiéndole muy finamente: - -—Pasa, monina; pasa, chiquitina... pasa... - -Y al conjuro del ruego mimoso, la sacó de la punta de una bota, -exclamando complacido: - -—¡Ya pasó! - -Aquel público no conocía, en su mayor parte, más tramoyas que las -farsas de los pastores, celebradas por año nuevo en zancos sobre la -nieve, y estaba, en realidad, maravillado. - -—Paez cosa de paganía—murmuró Ramona con recelo. - -—¡De veras!—dijo a su lado, absorto, _Rosicler_. - -Un espacioso rumor llevó sobre el concurso estas palabras que se -condensaron en la frase hostil: - -—¡Esos tíos serán ensalmadores!... - -Y las aguas muertas de todas las pupilas se rizaron con un soplo de -supersticiosa pasión. - -En aquel momento apareció en la plazuela don Miguel con su hermana, su -sobrina y un señor que ya por la tarde estuvo acompañándoles y gastó -inusitado palique con _Mariflor_ Salvadores. - -Acercáronse los recién venidos al grupo que formaba el auditorio, y el -forastero halló manera de llegarse a Florinda, en tanto que el cura -explicaba a Ramona algún asunto muy difícil, a juzgar por lo que ella -dilataba los ojos con un gesto anhelante de comprender: miró por fin -a su sobrina arrobada en silenciosa conversación con el caballero, y -alzó los hombros con brusca señal de indiferencia. Pero su mirada, fija -con dura obstinación en el escenario, ya no vió imágenes distintas -ni participó nuevas impresiones al atormentado pensamiento: toda la -inteligencia de la pobre mujer quedó colmada, inflexible y obtusa bajo -las frases breves del sacerdote. - -El joven Manfredo pedía, con muchas reverencias, un aplauso al -«respetable público», después de complicada serie de habilidades. Y -aquella gente, que no sabía aplaudir, mostróse torpe y seria delante -del ceremonioso malabarista. - -No parecía muy buena la ocasión para alargar la bandeja peticionaria, -y las mujeres se quedaron atónitas ante aquel movimiento repentino del -director de escena. - -Todas las manos se encogieron vacías, y el estupor general daba a -entender cuán sincera existía allí la convicción de que los histriones -fuesen unas criaturas sin hambre y sin cansancio, ni otra misión en el -mundo que la de rodar en una preñada carreta divirtiendo a las gentes. - -—Señores: ¡somos unos pobres artistas!—clamó el director con su -acento italiano y su cara triste. - -Una ráfaga de sorpresa agitó débilmente los inanimados sentimientos del -concurso; pero los rostros continuaron impasibles enfrente del ajeno -dolor. - -Rogelio Terán contemplaba asombrado la escena, quizá sin suponer que en -ninguno de aquellos bolsillos hubiese un solo cobre. - -La limosna del párroco y la del forastero vibraron únicas, con sonoro -repique en la exhausta bandeja. - -Al brillo de la plata, una calurosa actividad reanimó a los artistas. -Pidió el galancete su sombrero al tío _Chosco_, el enterrador, que no -sin vacilaciones alargó la miserable prenda, raída y parda, de alas -abiertas, ceñido el casco por un cordón de colgantes borlas. - -El viejo lucía inmóvil su _garnacha_ venerable, remedo de la gentil -melena de los godos. Y el malabarista sacaba duros, a granel, del -maragato sombrero; hacía sonar con deleite las monedas, y tenía al -público sugestionado con este inverosímil rumor del vil metal. - -Sin que decayese el raro interés que tan peregrino juego despertaba, -anunciaron a toque de corneta la aparición de la _Musa errante_, y el -propio joven Manfredo, sin un solo duro ya en sus manos, adelantóse con -mucha gallardía sobre la alfombra, presentando a la dama. - -Era ésta menuda, frágil y bella; parecía una niña vestida de señora. - -Llevaba flotante la cabellera oscura, el vestido de luto, escotado y -aparatoso, con relumbrones de lentejuelas y sobrepuestos de livianos -tules. Había en su rostro infantil, quebranto y languidez; los ojos, -despiertos y tristes, pedían clemencia en mudo lenguaje; los bracitos -desnudos, agitados en la patética oratoria, se abrían como en demanda -de un abrazo, con la desolada expresión de quien siente una infinita -necesidad de reposo y de auxilio. - -Avanzó enlutada entre los humeantes hachones, con aire visionario y -fúnebre, y comenzó a decir: - - Yo soy una mujer: nací pequeña, - y por dote me dieron - la dulcísima carga dolorosa - de un corazón inmenso. - En este corazón, todo llanuras - y bosques y desiertos, - ha nacido un amor, grande, muy grande, - colosal, gigantesco; - amor que se desborda de la tierra - y que invade los cielos... - Ando la vida muerta de cansancio, - inclinándome al peso - de este afán, al que busca mi esperanza - un horizonte nuevo, - un lugar apacible en que repose - y se derrame luego - con la palabra audaz y victoriosa - dueña de mi secreto. - Yo necesito un mundo que no existe, - el mundo que yo sueño, - donde la voz de mis canciones halle - espacios y silencios; - un mundo que me asile y que me escuche: - ¡le busco, y no le encuentro!... - -Vibró la última estrofa como un gemido y rodó sobre la calma de la -noche con tan anchurosa profundidad, que la errante querella pudo -sentirse peregrina de un mundo nuevo, del mundo silente y espacioso -anhelado por aquel inquieto y henchido corazón. - -Florinda y el poeta se miraron a los ojos con profunda zozobra, -impresionados por la avidez y la inquietud del amoroso romance. Y a las -impasibles aldeanas les pareció sentir en algún punto remoto de su ruda -naturaleza un extraño roce como de brisas o de alas, una desconocida -sensación de impaciencias y ansiedades. - -Aquel sordo torbellino sentimental fué a batir en el pecho de Marinela -con el ímpetu de una marejada tempestuosa. - -Desde el medio día se agitó la zagala en brusco sobresalto hasta la -hora en que vió al forastero junto a _Mariflor_ hablándola con los -labios y con los ojos un divino lenguaje que la niña tradujo con -intuición milagrosa. - -Y esta noche, sacudida por contradictorios sentimientos, perturbada por -singulares impulsos, advirtió de pronto que latía desnudo su corazón al -viento de las estrofas errabundas, como un árbol a quien arrebata su -follaje repentino huracán. - -La voz ardiente de la farandulera desceñía con arrebato vertiginoso la -vestidura de sombras y de ignorancias sobre los exaltados pensamientos -de la joven, y ella veía a la intemperie todo el fermento amargo de sus -desvaríos, todo el caos de sus bellas locuras; pensó que los demás -contemplaban con asombro aquella terrible desnudez espiritual, motivo -de su espanto, y cubrióse con el pañuelo la cara roja de vergüenza. -¡Estaba herida del incurable mal de amores que el romance clamaba! -¡Tenía, como la errante musa, un anhelo infinito sangrando penas en el -inmenso corazón!... - -Y esta misma certidumbre entraba en el ánimo de la moza con nublada -conciencia, como al través de un sueño. Quizá la niña triste iba a -sacudir tamaña pesadilla despertando a su estado interior de oscuridad, -donde ardía como lámpara celeste la vocación religiosa, vacilante y -confusa entre nieblas que servían de pudoroso vestido al inexplorado -sentimiento... - -La figuranta se adelantó en el escenario otra vez. Hablaron con ella el -director y el galán, animándola sin duda a combatir la indiferencia del -público con un nuevo recitado. Y la dama, obediente y humilde, volvió a -extender los trémulos bracitos y a querellarse rostro a las nubes, con -desgarradora expresión de impotencia: - - ¡Todo está dicho ya!... ¡Qué tarde llego!... - Por los hondos caminos de la vida - pasaron vagabundos los poetas - rodando sus cantigas: - cantaron los amores, los olvidos, - anhelos y perfidias, - perdones y venganzas, - zozobras y alegrías. - - Siglos y siglos, por el ancho mundo - la canción peregrina - sube a los montes, baja a los collados, - en los bosques suspira; - cruza mares y ríos, llora y muge - en vientos y celliscas; - se queja en el jardín abandonado, - en las flores marchitas, - en las cosas humildes, en las tumbas, - en las almas sombrías. - - Todo el mundo es querella, todo es himno, - todo el mundo es sollozo y poesía... - Y yo vengo detrás de ese torrente - que al universo encinta, - con una canción nueva entre los labios - sin poder balbucirla: - porque ya no hay palabras, no hay imágenes - ni estrofas ni armonías, - que no rueden al valle penumbroso - y suban a las cimas, - y salven los abismos, - colmando las medidas - de las voces humanas - y los sagrados sones de las liras... - ¡En este mundo lleno de canciones - ya no cabe la mía! - Loca y muda la llevo entre los labios - sin poder balbucirla... - -Bajo las floridas alas de su pañuelo, Marinela rompió a llorar con -un murmullo devaneante de palabras, como si también en sus labios -feneciese una canción muda y loca, de acentos imposibles. - -—¿Qué tienes, criatura?—le preguntó asombrada la sobrina de don -Miguel. - -Se produjo un movimiento de alarma en torno a la llorosa, y su madre la -sacudió por un brazo, ríspida y violenta. - -—¡El tríbulo de siempre!—murmuró. - -Acercóse Olalla muy descolorida, cuando el cura, como si conociera el -origen del súbito desconsuelo y lo creyese justo y necesario, ordenó -que dejasen a la moza llorar. - -El poeta y _Mariflor_ miraron al sacerdote comprendiéndole, mientras -los demás vecinos murmuraban que era aquel llanto un síntoma de -«manquera» incurable. - -La _Musa_ extendía el plato petitorio con el aire indiferente de -costumbre, quizá un poco movido aquella noche por el aspecto singular -del público, por su grave y silenciosa expectación. - -De cerca parecía más mujer y más triste la danzante: se agrandó su -estatura, y las líneas de su rostro aparecieron más cansadas y fuertes. - -Posó en torno suyo una mirada ancha y escrutadora, y para tender el -plato al alcance del cura y de Terán, se mezcló en aquel grupo extraño -donde hasta los niños hablaban en voz chita. - -Entonces, sorprendiendo los ahogados sollozos de Marinela, preguntó -asombrada: - -—¿Por qué llora? - -Su acento dulce y caliente hizo temblar a la afligida, que descubrió el -semblante y acarició con el húmedo cuarzo de sus ojos la figura de la -otra mujer. - -Como nadie respondiese, la comedianta, agitando el velo oscuro de su -cabellera, volvió a decir: - -—¿Por qué llora? - -—Porque le ha conmovido tu declamación—dijo al cabo Terán. - -Puso en la bandeja otra dádiva y averiguó sonriendo: - -—¿De dónde eres? - -—No lo sé... De cualquier parte... De un camino—repuso la andariega. - -—¿Cómo te llamas? - -—_Musa._ - -—Será remote—pronunció una voz tímida. - -—¿Y dónde aprendiste esos romances tan inquietos?—añadió el joven. - -La enlutada sacudió su melena con un gesto peculiar, alzó los hombros y -contestó en frase ambigua: - -—Por ahí... - -Su brazo desnudo parecía extenderse con altivo desdén hacia todos los -horizontes universales. - -—¿Quieres darme una copia de los versos?—le decía Terán curioso. - -—Papá los tiene. - -Papá, que era el director, se había aproximado. Buscó diligente en -sus bolsillos unas hojas escritas a máquina, y luego de escogerlas, -alargólas murmurando: - -—No son éstas las únicas que «hemos vendido», caballero. - -El poeta comprendía y pagaba mientras desfiló el público en silencio, -y don Miguel, sin intimidarse por el escote exagerado, le decía a la -recitadora algunas palabras serenas y apacibles. - -Marinela, que había cesado de llorar, apoyábase en el brazo de -Ascensión, cada vez más vergonzosa, débil, con inexplicable laxitud -de los miembros y del espíritu, como en la crisis de una enfermedad -repentina. Seguía obsesionándola el espanto de ver al aire su corazón -enfermo de ambiciones y de quimeras, dolido de ternuras insensatas, -preñado de un cantar indecible. - -Ramona miraba de reojo a su hija pensando confusamente por dónde -habría venido sobre ella la agravación de sus habituales pesadumbres; -y miraba, sobre todo al galán acompañante de _Mariflor_, sin ver, -entre las brumas del espíritu, las razones que tendría el párroco para -decir que aquel hombre era un buen caballero inspirado en los mejores -propósitos hacia la niña, y a quien era preciso tratar con mucha -discreción. En la oscura cárcel de su inteligencia el instinto le hacía -temer a Ramona una amenaza en el forastero. - -Ya los cómicos apagaron los hachones y recogieron la alfombra, buscando -el refugio de su casa ambulante, apenas visible en el abandono de la -plaza al resplandor mortecino de dos luces. - -Habían retirado en un periquete los bancos y cajones donde se aposentó -una parte del público, y quedaba otra vez la cruz sola y vigilante -en la anchura silenciosa del lugar, abriendo los brazos con infinita -indulgencia, precisamente hacia el rincón donde iban a dormir los -pobres aventureros. - -Divididos en grupos, los curiosos tornaban a sus hogares con la -extrañeza de haberlos abandonado, con el asombro de vagar a tales horas -por las calzadas adormecidas en la noche. - -La presencia de don Miguel les obligó a rechazar suposiciones de -brujería en el raro festejo nocturno, y un alucinamiento de milagro -oprimió sienes y corazones ante la sorpresa de cuantas habilidades -había lucido la farándula, aparecida como un prodigio en aquel olvidado -rincón de la llanura. - -Iba Olalla tirando de sus hermanitos, que volvían los ojos borrachos de -sueño hacia donde se quedaban los farsantes, y la familia de don Miguel -acompañaba a la de Salvadores, siempre inclinado con ansia el forastero -sobre la belleza de _Mariflor_. - -Se había roto el pálido celaje mostrando un fondo azul florecido de -estrellas, y la luna, redonda y ardiente, subía en triunfo por el -firmamento escoltada por tusones livianos de nubes. - -Aquellas ráfagas que la gente anhelosa de lluvia recibió como «viento -de Ancares», no eran más que suspiros de la brisa mojados en la -frescura natural de la noche. Y al mirar descorrido el cortinaje blanco -sobre el índigo dosel, las mujeres suspiraban a la par del viento, y -los ojos contemplaban desconsolado el alto horizonte azul. - -Despidiéronse las dos familias en la plaza donde el forastero encontró -a Marinela; cambiados los adioses, con no poca timidez en algunos -labios, desapareció cada grupo en diferente calle, y como un eco de las -eternas inquietudes humanas, quedó allí solo y despierto el gallardo -temblor de la fuente, compadecido por un rayo de luna. - -[Illustration] - - - - -[Illustration] - - - - -XII - -LA ROSA DEL CORAZÓN - - -AL llegar a Valdecruces conoció Rogelio la situación de la familia -Salvadores; supo asimismo que la boda de Florinda con su primo Antonio -era raíz de una esperanza para la rehabilitación del hogar, y que -la pobre moza, enamorada del poeta, vivía en sorda lucha pugnando -heroicamente por favorecer a los suyos, sin hollar los fueros de su -propio corazón. - -Al oir de labios de don Miguel tales revelaciones, sintió Rogelio una -agudísima piedad, y en un arranque de ternura y gratitud, determinó -acelerar sus propósitos, casarse con la dulce niña y arrebatarla para -siempre a las tristezas y servidumbres del páramo. - -Junto a la noble figura del sacerdote, en aquel ambiente de austeridad -y sacrificio, desbordáronse las compasiones del caballero: vió a la -hermosa doncella condenada a yacer en una vida tan contraria a su -educación y natural finura; admiróla doblemente con instintos de -artista y misericordia de enamorado; encareció sus excelencias y -virtudes, elevándolas a lo sumo de la imaginación, y prometióse con -hidalguía quijotesca «no comer pan a manteles» hasta librar a su dama -de tan penoso cautiverio y hacerla feliz, muy feliz... - -Mas, una vez a solas, pasó por la mente del hidalgo cierta ráfaga de -inquietud. Rogelio no era rico: después de una infancia triste, de una -adolescencia cruel, combatida por muchas pesadumbres, su arte y su -pluma, unidos en esfuerzo quizá no muy constante, pero firme y bien -orientado, comenzaban a subir la dura cuesta de la fama; pero aún no -podía como «el otro» redimir la hacienda de Valdecruces, ni siquiera -ofrecer a su amada más que un porvenir inseguro. Unirse con _Mariflor_, -¿sería, pues, hacerla feliz? - -Miraba Rogelio la vida a lo poeta, desde las cumbres, sin pensar en -las humildes realidades hasta que por su mal tropezaba con ellas. Al -decidir la boda no hallaba para su vida otro refugio que una silenciosa -casita en Villanoble, donde murió su madre, la solitaria mansión -estremecida siempre por las voces del mar. Bello rincón sin duda para -esconder un idilio, para aguardar prósperos tiempos en brazos del amor. -Pero quizá esos tiempos no llegasen nunca; tal vez un día tuviera el -marido que salir del hogar, como antaño su padre, víctima también de -amor y de pobreza, el cual se fué para siempre, aunque tras sí dejaba -una mujer y un niño... - -Al abismarse en las incertidumbres de lo venidero, revivía el mozo las -memorias de su infancia, junto a aquella madre siempre meditabunda, -siempre inquieta, vigilando día y noche los caminos por donde el -ausente pudiera tornar. Recordaba con obsesión de pesadilla los ojos -desmesurados de la infeliz cuando en el horizonte marino aparecía un -buque con rumbo a Santander, la desolación infinita del materno rostro -en constante solicitud sobre los barcos y las olas. Cuando las lágrimas -y el tiempo empañaron la luz de aquellas pupilas dulces y pacientes, la -mujer perseguía al niño para señalar, entre la bruma, el humo ilusorio -de una embarcación, y preguntar ansiosa, como la conocida «hermana» en -el cuento popular de _Barba Azul_: - -—_Rogelio, hijo mío, ¿qué ves?..._ - -Temblaba el poeta ahora, repitiendo con el corazón oprimido por -inexplicables ternuras, su réplica tantas veces balbucida: - -—_No veo más que las aguas y las nubes..._ ¡El no quisiera, por nada -del mundo, ser la causa de que en bocas inocentes hallasen ecos aquella -pregunta y aquella contestación, cifra de tremendo martirio, renovado -al través de toda una vida! - -Era Terán superticioso, creía en los pecados por atavismo. Más de -una vez, pensando en la inconstancia de su padre y en sus propias -flaquezas, huyó de tener novia, prediciendo: - -—Voy a causar su desventura. - -Y a menudo, cuando le enardecían nuevos amores, se observaba con -espanto como si en el fondo de su corazón temiese descubrir el gérmen -de alguna fatalidad hereditaria. Estos mismos terrores le persiguieron -al arribar a Valdecruces, aunque nacía la afición de ahora con tales -ímpetus y ternuras, que llegó a juzgarla definitiva y libre de toda -infidelidad. - -Acalló, pues, al fin, sus sobresaltos e incertidumbres; afirmóse en -la idea de la boda, y así se lo dijo a _Mariflor_. Pero la niña, -preocupada, irresoluta, confesóle, tras violentos sonrojos, que no -podía casarse sin aliviar a su gente de los graves apuros en que -se estaba hundiendo: lo había prometido, lo había jurado... era un -caso de conciencia y de honor. Con tan sublime sinceridad, con tales -aspiraciones generosas resplandecía el propósito de Florinda, que el -caballero enmudeció reverente. - -No aludió ella, ni de lejos, a su primo; antes bien, con singular -delicadeza limitóse a expresar la candorosa confianza que tenía de -intervenir favorablemente en las desventuras familiares. - -—Yo estoy resuelta—dijo—a remediarlas. Es un deber que me impuse. - -—¿Aun a costa de la íntima felicidad?—preguntó Rogelio atónito. - -—A costa de ella, no... pero antes de realizarla, sí... ¡lo he jurado! -Yo no puedo pensar en mi propia felicidad sin resolver la situación -de esta casa. ¿Cómo? No lo sé... En Dios confío. Entretanto, debo -olvidarme de mí misma. - -Dijo la moza con rotunda firmeza; mas la sorda rebeldía de sus -sentimientos hablaban con tal elocuencia en la penumbra de los ojos, -que el poeta sonrió seguro de la pasión con que era amado. - -Y al referir más tarde al cura esta entrevista, difundióse una grata -sorpresa por el rostro franco y abierto de don Miguel. Quiso Terán -entonces, un poco desconfiado, calar los ocultos pensamientos de -su amigo: asociaba su presente actitud con la singular resistencia -de _Mariflor_, adivinando en torno suyo algo más de aquello que ya -sabía... Pero nada pudo inquirir, porque el sacerdote se embozó de -pronto en la reserva peculiar de aquel país, todo calma, recato y -misterio... - - * * * * * - -Suponía don Miguel tan interesada a _Mariflor_ por el poeta, conocíala -tan amorosa y vehemente, que esperaba verla transigir al primer reclamo -de la pasión, escondiendo en olvidados plieguecillos de la conciencia -su afán de caridades. Mas cuando supo que la moza había puesto, incauta -y valiente, condiciones a la propia ventura en beneficio de la ajena, -una conmovedora admiración le dispuso a proteger tales propósitos, -reveladores de heroicas energías y quizás de providenciales designios. - -Así que, poco después, cuando _Mariflor_ fué a casa del párroco en -busca de refugio y de consuelo, animóla con grande ternura. - -—Sí: yo estoy dispuesta a esperar—dijo la niña—, a esperar el -milagro... Pero ¡si viera usted lo que sufro!... Cada día que pasa cae -sobre mi corazón con horrible pesadumbre... Tiemblo por la suerte de -todos mis amores... ¿Hago mal, acaso, queriendo ser feliz? - -—No, hija mía. Yo también quiero que lo seas. Pero hay que tener -presente... - -—¡Qué! ¿Ya no confía usted en Rogelio? - -—¡No confío en la felicidad!—exclamó el sacerdote, recordando a la -madre del poeta—. Además—añadió—, si tú quieres favorecer a los -tuyos... - -—Sí: espero el milagro. - -—Rogelio lo realizaría demasiado tarde... nunca tal vez... La -situación es crítica... Tu primo Antonio... - -—¡Yo no me caso con mi primo!—protestó impaciente la muchacha. - -Y como el sacerdote enmudeciera, ella se cubrió el rostro con las manos. - -—¡Ya no me anima usted!—gimió—, ¡ya me abandona! - -Sin dejarse llevar de toda su compasión, quiso el cura alentarla: - -—No te abandono, mujer. Te animo a ser valiente, a ver claro, a elegir -el camino más corto para llegar al cielo, a desconfiar de la dicha que -buscas en la tierra. ¡Pobre criatura! Debo prevenirte ¡a ti que sueñas -demasiado! - -—Pues soñar, ¿no es vivir... con el espíritu? - -—Sí: cuando no se abandonan los deberes de la implacable realidad... -En fin, no te apures; yo llamaré a tu primo. Mediremos su voluntad, sus -intenciones... - -—Pero diciéndole que no me caso con él—repetía la moza. - -—Yo no intento, hija mía, que tú te sacrifiques. Haz lo que quieras... -Dispuesto está Rogelio a casarse contigo... ¡Piénsalo bien! - -—He jurado ayudar antes de nada a mi familia... - -—Yo te libro de ese juramento. - -—¡Es que me da mucha lástima de todos!—dijo _Mariflor_ en un arranque -de ardorosa piedad. No soy egoísta. Quisiera tener mucho dinero para -darlo a manos llenas a mis parientes, a los extraños, a todos los que -sufren, a todos los que viven muriéndose de pobreza... Pero casarme -con «ese hombre» sólo porque es rico... un hombre a quien no conozco, -a quien no quiero... Mire usted, señor cura: ¡si él tampoco me conoce; -si él tampoco puede quererme! ¿Por qué ha de casarse con una pobrecilla -como yo? En cambio tiene el deber de amparar a la abuela, que es de su -sangre, que es su abuela también... Hablándole al corazón, por fuerza -ha de compadecerse de ella lo mismo que nosotros... ¿No es verdad?... -¡Sí: llámele usted; llámele en seguida! Yo le diré todo esto... Cuando -me escuche, cuando nos mire, si es cristiano, si nos tiene ley, nos -dará su apoyo, salvará nuestra hacienda... Y no será preciso que yo -venda mi corazón por un puñado de dinero... - -A los oídos del sacerdote, acostumbrado a lamentos de cada criatura, no -eran frecuentes palabras como éstas: allí cada mujer llevaba estoica y -firme su cruz en la marea siempre viva de los infortunios, sin tiempo -ni bríos para compadecer los ajenos dolores. Cada vez más prendado del -alma de _Mariflor_, embriagábase el apóstol con las brisas consoladoras -que esta niña llevaba desde la tierra que vive hasta la tierra que -muere, como un soplo de sutiles piedades cultivadas en medio de la -civilización para infundir sus simientes en el páramo. - -—¡Sí, sí!—exclamó don Miguel—. ¡Quién sabe!... Llamaré a tu primo... -Le llamaré en seguida como tú quieres. - -—¿Y acudirá? - -—Creo que sí. - -—¿Antes del _día de agosto_? - -—Antes: la semana que viene. Yo deseo que te tranquilices... Además, -el tío Cristóbal amenaza con el embargo y hay que tomar alguna -determinación. - -—Ayer se llevó la recua. - -—Ya lo sé. - -—Y la _Chosca_. - -—Eso no lo sabía. - -—No le pudimos pagar unos salarios, y como estaba para el cuido de -los animales, pues se marchó también... ¡Pobre! Iba muy triste, con -los tres mulos y la borrica: volvían todos la cabeza hacia el establo -al seguir por primera vez el camino de un albergue nuevo... ¡Daba una -compasión! - -—No quise evitar el despojo—dijo consternado el sacerdote—, porque -de los que os amenazan es el menos perjudicial; realmente una recua, -por mermada que esté, sin terraje propio y sin tráfico, más bien -resulta gravosa... - -—La conservaban por cariño y también por algo de orgullo: ¡es tan -penoso venir a menos!... Aunque me entristeció la despedida de las -bestias, me alegró al fin que cambiaran de amo; estaban, lo mismo que -la _Chosca_, muertas de necesidad... La mujerona infeliz no comía -bastante y se afanaba por darles a ellas de comer, en los rastrojos, -en los alcores, en los añojales... ¡Pobre criatura! Nunca tuvo casa ni -familia: su padre y ella se tratan casi como desconocidos. - -—Y lo son. El tío _Chosco_ «ya no se acuerda» de que esa mujer es -hija suya. Quedó viudo al nacer la desventurada, fuése lejos y cuando -volvió, pobre, viejo y vencido, se miraron como dos extraños... ¡ella -también parecía vieja! - -—Vivió desde niña en trabajosa esclavitud... - -—No da más de sí la caridad de Valdecruces—suspiró don Miguel—. Y -Florinda balbució: - -—¡Cómo ha de darlo! - -Quedóse acongojada, con el pensamiento henchido de penas. - -—Pues ¡y el _Chosco_—insistió luego—, a quien mantiene usted de -limosna, que vive sin más ilusión que la de enterar a sus parientes y -sólo disfruta olfateando los difuntos!... - -Después de una pausa lúgubre, tornó a decir _Mariflor_: - -—¿Cree usted que el tío Cristóbal llegará a embargarnos, a ponernos en -la calle? - -—Es capaz—respondió el cura—. Pero no así de pronto—añadió, viendo -palidecer a la muchacha—. Hicimos la tasación de las caballerías y con -ellas pagasteis el interés de los réditos... - -—¿Interés de intereses?... ¡Válgame la Virgen!... ¿Sabe mi padre que -están así las cosas? - -—Ya le escribí diciéndole toda la verdad, porque ha sido muy dañoso el -engaño en que le tuvo la abuela. - -—Es inocente como una niña; es ignorante y simple: si no fuera por -usted, ya estaría la pobre en medio del arroyo. - -—Ahora, con la pareja de los moricos—insinuó el párroco suavemente, -como si temiese lastimar con las palabras—creo que el feroz -prestamista quedará muy conforme... - -—¿También los bueyes?... ¡Lo que va a sufrir la abuela!... Y, dígame, -no me asusto; dígame si la casa peligra: es lo que más me apura; que -nos echen del hogar de mi padre. - -—No, no; yo haré todos los esfuerzos posibles por evitarlo—repuso el -cura muy conmovido. - -—¡Demasiado hace usted! - -Los ojos de Florinda dijeron estas palabras aún más profundamente que -sus labios. - -—¡Si usted quisiera explicarme—agregó después con vivo rubor—cuánto -debemos a ese hombre y en qué forma!... Yo entiendo algo de cuentas y -necesito ayudar a mi padre con usted. - -Absorto, perplejo, no sabía el cura qué decir, entre el reparo de -abrumar a la muchacha con más hondas preocupaciones y la admiración de -verla sobreponerse a sus íntimas amarguras para socorrer las cuitas -del común hogar. Decidióse de pronto: la mirada firme y escrutadora de -_Mariflor_ no daba treguas. - -—Es más intrincado el asunto de lo que tú te supones—comenzó—. El -pasado mes venció un nuevo empréstito que el tío Cristóbal hizo sobre -la casa, los enseres, el huerto, la cortina y una parcela de regadío -en la mies de Urdiales: tres mil pesetas por todo ello, y no fué poco -para lo que vale aquí la propiedad y lo que hacía temer la usura del -prestamista. Pero no te asombres: ese «rasgo increíble» no solamente -está garantido con hipoteca de las mejores fincas del pueblo, sino -que rentaba de una manera escandalosa. A mayor _generosidad_... mayor -negocio. ¿Comprendes? - -—Sí, señor. - -—Como tu abuela no pagó los intereses nunca y el tío Cristóbal los -cobraba compuestos, la deuda amenazaba doblarse. Así sucedió en otras -ocasiones, y así vuestro pariente se quedó con mucho de este patrimonio -antes de que yo viniera a Valdecruces. - -—¡Y mi padre sin saber nada!—exclama Florinda con desconsuelo. - -Un fuerte impulso confidencial persistía en don Miguel, satisfecho de -hallar al fin en la familia Salvadores una persona razonable. - -—El usurero—continuó—dejaba correr los meses sin apremiaros, -mientras los réditos le enriquecían: la hacienda garantizaba los plazos -vencidos. Pero ya calculó que tenía «derecho» a quedarse con todo y -se resiste a esperar; quiere la casa, los muebles y las fincas de la -hipoteca, o los doce mil reales... Hemos tasado en dos mil los bueyes -moricos y concede un plazo para el resto si se le entregan en seguida -los animales. - -—¡Le costaron a mi padre mil pesetas! - -—¡Sí!; es buena yunta, pero ha trabajado mucho y está maltratada: no -veo además otro medio de obtener un respiro, que debe ser corto, muy -corto, para que los fatales intereses no vuelvan a subir, para que -sacudáis de una vez esta inicua explotación. - -—Sí, sí—decía la moza—. Pero después, ¿qué haremos con poca hacienda -y sin costumbre de trabajar?... Si mi padre no tiene suerte, le veo mal -fin a nuestras angustias: más difícil será evitarlas en lo sucesivo -que ponerles remedio ahora... Diez mil reales—añadió optimista—se -encontrarán fácilmente. - -—¿Crees tú?—interrogó asombradísimo don Miguel. - -—Se me figura...—murmuró azorada la joven, dudando de repente si -habría dicho una inconveniencia: su generosa juventud contaba miles de -reales con mucha facilidad. - -Así, cuando el párroco declaró rotundamente:—Yo no conozco a nadie que -tenga tanto dinero disponible—balbució sobrecogida: - -—¿Le parece a usted mucho? - -—Para darlo o prestarlo a un pobre, me parece una suma fabulosa. -¡Estoy bien seguro de ello! - -—¿Lo ha experimentado usted?—replicó la zagala con la inquietud de -súbita sospecha. - -—Si yo «encontrase», como tú dices, esos miserables cuartos, ¿estaría -vuestra deuda en pie?... No creo en el dinero; no sé dónde se esconde; -no parece por ninguna parte cuando se le busca para hacer caridad: por -no tenerlo sufrí en mi primera juventud los más refinados pesares... - -Triste ráfaga de evocaciones pasó como una nube por la frente del -apóstol. - -—Cursé mis estudios de limosna, sin saborear nunca la posesión de una -peseta; caí en las adversidades de este pueblo sin poder remediarlas, -y cuando las vuestras me tocaron en lo más vivo del corazón, enloquecí -hasta el punto de creer en la existencia del embustero metal: en mi -prisa por salvaros pagué al tío Cristóbal con la dote de Ascensión... - -—¿Qué? - -—¡Y ahora no parece el dinero ni para vosotros ni para mí! - -Alzóse precipitadamente de la silla, pesaroso de haber dejado escapar -semejante confidencia; _Mariflor_, desolada, se había levantado también. - -En el profundo silencio de la tarde descendía la sombra invadiendo la -estancia; asomábase por el abierto balcón el cielo, de color de violeta. - -—No te apures, chiquilla—repuso el cura por decir algo—; he sido un -torpe: no quería contarte así las cosas. - -Con fácil prontitud asociaba Florinda a las últimas revelaciones de su -amigo cierta frase que antes sorprendiera: _un nuevo empréstito_. Y -ahora comprendía el alcance de esas palabras. - -—¿De modo que fué inútil el tremendo sacrificio de usted? - -—¿Tremendo?...—sonrió el cura con generosidad. - -—¿De modo—repetía _Mariflor_ como una sonámbula, dando vueltas por -el despacho—que diez y doce veintidós mil?... ¡Esta sí que es suma -fabulosa! No hay nadie que la tenga «disponible». - -—¡Mujer, no tanto!... Te alucinas... - -La moza no escuchaba razones: en la aterciopelada dulzura de sus -ojos se dilató el espanto de necesitar con urgencia ¡veintidós mil -reales!... una suma tal, que acaso no existiera en el mundo... Sintió -de repente en sus hombros las dos manos de don Miguel. - -—Esto se arregla, ¿entiendes?—dijo el sacerdote—. Esto se arregla -a escape: yo no he agotado todos mis recursos para buscar ese dinero; -me he explicado mal sin querer; te estoy haciendo sufrir de una manera -intolerable. - -—Aunque esto se arregle por milagro de Dios—repuso la joven -obstinadamente—, la abuela volverá a las andadas. Yo no sé cómo -viviendo con tal miseria necesita empeñarse una y otra vez: ¡ya no -confío en apoyar la casa que se hunde! - -—Mira: tu abuela es una calamidad. En la sombra confusa de su vida -brilló sólo un amor: el de la madre. Y esa única luz ha ofuscado a la -pobre mujer en lugar de alumbrarla. Repartió su ciega idolatría entre -los hijos mientras la muerte se los iba arrebatando, y por una de esas -flaquezas propias de criaturas vulgares, concentró después sus desvelos -en uno de los dos que le quedaban. - -—Mi tío Isidoro—suspiró Florinda. - -—Sí; porque tu padre casó con forastera... El predilecto, mal -afortunado en sus negocios mercantiles, emigró hace tres años con la -misma fatalidad que le acompañó en España, y desde entonces, cuanto -pide a su madre, se lo manda ella, escondiéndose de los que debemos -evitar que os arruine a todos sin provecho para ninguno, porque -Isidoro, enfermo y torpe, no sirve para nada. - -—¿Y quién cura esa manía? - -—Yo la curaré ahora que la experiencia me ha prevenido; ahora que tu -padre me ha otorgado poderes y atribuciones para intervenir en cuanto -sea menester. - -—¿Hace mucho que se renovó esa hipoteca?—preguntó la niña -avergonzada. - -—Un año. Apenas la levanté yo, por detrás de mí se volvió a tejer el -enredo. - -—¿Pagó usted muchos intereses? - -—Pocos... - -—¿De verdad? - -—Mujer, no te preocupes—eludió el cura, angustiado por la turbación -de la joven. - -Pero ella, recelosa, alarmadísima, deseando conocer toda la magnitud -del desastre, hacía signos de incredulidad. Y al mismo tiempo que -preguntaba, iba acercándose a la puerta, como si sintiera impulsos de -huir antes de obtener una contestación categórica. - -Don Miguel no quería dejarla marchar tan abrumada. - -—Yo tengo mis planes—dijo aún, reteniéndola;—un programa de nueva -vida para vosotros. - -—¿Cuál? - -—Tú te casas. - -—¿Con quién? - -—Con quien te quiera y te guste, ¡carape! A tu abuela «la declaramos -pródiga»; a Pedro le mandamos a ganarse la vida; Olalla y Ramona -trabajan la mies para mantenerse con la anciana y los pequeños; a -Marinela la buscamos dote para que se haga monja... Esto en el peor de -los casos; si tu padre no tiene suerte y a mí no me toca la lotería... - -Quiso la muchacha sonreir. - -—Pero, trabajar la mies—protestó al cabo—, es una cosa horrible para -Olalla. - -—¿Y no para su madre? - -—También... aunque tiene más costumbre... - -—¡Peor para ella!... ¡Pobre mujer! La quieres poco y vale mucho. - -_Mariflor_, sorprendida, añadió sin defenderse: - -—Pedro es muy niño para salir de casa... La dote de Marinela es muy -difícil de encontrar... - -—En fin, que no estamos conformes—replicó el santo varón algo quejoso. - -—¡Perdóneme, señor cura!—exclamó Florinda muy encarnada—. Dios le -pague cuanto hizo, cuanto hace por nosotros... Así que Antonio llegue, -tomaremos una resolución que le alcance a usted... - -Y antes de salir, ocultando el vivo rubor en el umbral de la puerta, -añadió entre lágrimas: - -—Tengo algunos anillos de oro, el reloj de mi madre, un brazalete... -¡si usted lo quisiera recibir! - -Había juntado las manos en férvida súplica, a punto de caer de -rodillas. Transido de compasión el sacerdote, hizo un ademán brusco y -tierno. - -En aquel instante se oyó el eco de unos pasos en el corral. - -—Es Rogelio, que vuelve de Monredondo—advirtió don Miguel. - -Y la moza, con un signo de silencio en los labios y un presuroso adiós -lleno de suavidades, bajó por la escalera aceleradamente. - -Esquivando al forastero, deslizóse al «cuartico» donde Ascensión cosía, -muy curiosa de la confidencia celebrada en el despacho. - -—¿Qué haces?—dijo _Mariflor_ sin saber lo que preguntaba—. Se había -enjugado los ojos, y a la media luz del aposento escondía mejor las -señales de su angustia. - -—Ya ves—repuso Ascensión desplegando un trozo de blanqueta con el -cual confeccionaba refajos. - -—¿Son para el equipo? - -—Sónlo; esta lana es de la trasquiladura de antaño. ¡Da gusto coserla -cuando se ha visto viva en los animales! - -—¿La has hilado tú? - -—Sí; pero antes lleva muchos trajines. Cada vellón se lava, se -esponja, se escarpena, se abre, se carda y se hila: todo lo hacemos -aquí; después lo tejen en Val de San Lorenzo. - -—Y ¿cuándo es la boda? - -—El día de agosto, a más tardar; durante el mes que viene se leerán -los proclamos. - -—Entonces, mañana será el primero. - -—No; el domingo que sigue. Pero, ¿cuándo es la tuya?... ¿lo hablasteis -arriba?—aludió Ascensión. - -—Vine por asuntos de la abuela... Yo no me caso tan pronto. - -Resonaban pasos y voces en el despacho de don Miguel, y los últimos -alientos de la luz desfallecían en las blancas paredes del «cuartico». - -—Sentiste llegar a don Rogelio, ¿verdad?—interrogó la novia, doblando -su costura. - -—Sí... Ahora me voy: es tarde. - -—Te acompaño hasta la fuente. - -Tomó la muchacha un cántaro en la cocina, y ambas jóvenes salieron sin -hacer ruido. - - * * * * * - -Ascensión Crespo y Fidalgo es una maragata sonriente y graciosa a -quien un leve roce con gentes extrañas a la suya ha dejado suave matiz -de alegría en las palabras y en los pensamientos: posee un título -de maestra elemental que no logra encumbrarla mucho ni distanciarla -moralmente de su país; pero le da cierto lustre entre los vecinos, -aparte su preponderancia como sobrina del párroco y novia de un rico -mercachifle. - -Su madre, hermana mayor del cura, había querido acompañarle en -Valdecruces, no tanto por regir con cariño el hogar del sacerdote como -por tener su sombra. Criáronse un tiempo don Miguel y su hermana bajo -la protección de un tío que dió carrera al varón y legó a la hembra -unos quiñones y unos miles de reales. Viuda ella al recibir la merced, -y madre de dos niñas, casó pronto a la mayor, gracias al olorcillo de -la herencia, con un pariente muy bien establecido: fugaz matrimonio -que en el término de un año desbarató la muerte, llevándose a la recién -casada. Pero el viudo, con la querencia del lar y de la dote, vuelve -ahora en busca de su cuñadita Ascensión, y la madre, que aún llora a la -hija malograda, sonríe ante la suerte de esta otra, convencida de que -un marido con dinero es la suprema felicidad para una mujer. - -Estos son, asimismo, los ideales de la joven maragata. Su rápida -excursión por la Normal de Oviedo no le descubrió muchos horizontes, -ni ensanchó sus miras, ni llegó a turbar hondamente el atávico reposo -de su inteligencia; bastante hizo la moza con suavizar su trato, con -desentumecer un poco la sonrisa y la voz: siguió escribiendo sin -ortografía y leyendo con el tonillo cantarín que aprendió en la aldea; -pero sus modales tuvieron más desenvoltura, sus palabras más camino, y -una gota de la curiosidad del mundo resbalaba, alegre, desde sus ojos -hasta sus labios sin descender nunca hasta el corazón. - -Redimida de las rudas labores campesinas, con su título flamante de -maestra y su rumboso compromiso de boda, gozó la muchacha en el lugar -de todas las preferencias y admiraciones, hasta que llegó Florinda. -Sin ningún mezquino sobresalto prestóse al punto a compartir con ella -el auge de aquellos sutiles privilegios; creyó que su descollante -categoría la designaba para recibir cortésmente a la gentil forastera, -iniciarla en las nuevas costumbres y hacerla, en suma, con la mayor -solicitud, «los honores» del pueblo. Pronto esta buena disposición tuvo -por acicate la simpatía y la curiosidad. Florinda se hizo querer: el -encanto y la dulzura de su carácter se imponía con irresistible gracia, -y el ligero tinte exótico de su persona resplandeció a los ojos de la -maestra cual lejano saludo de las novedades mundanas que ella conocía. -_Mariflor_ miraba a los ojos de la gente; reía alto, lucía el florido -cabello peinado a la moda de las ciudades; tenía pensamientos pulidos, -ideas bizarras que de todo su sér emergían con libres y serenas -emociones... Ninguna zagala de Valdecruces admiró a la forastera con -tanta intuición de sus méritos como la sobrina de don Miguel. - -Ahora, camino de la fuente, Florinda y Ascensión coloquian en afable -intimidad, lejos entre sí los corazones y unidas las existencias -juveniles en el fondo de un mutuo cariño. - -—¿Conque te proclamas el mes que viene? - -—Las dos veces que faltan, sí, porque la primera amonestación lanzóse -ya en enero, cuando nos apalabramos. - -—¡Ah! ¿Es costumbre? - -—¡Natural, mujer, para que se sepa que somos novios! - -—¿Te escribe mucho?—insinúa Florinda, intrigada. - -—Aquí no se usa. - -—¿Pero ni una vez siquiera? - -—Ni una sola. - -—¿Tampoco ha venido a verte? - -—Tampoco; vendrá la víspera del casamiento, y después de la tornaboda -se volverá a partir. Mi madre—añade, ufana, la maestruca—me da el -ajuar de la casa y la dote de cuatro mil pesetas, que administra mi tío. - -Muy descolorida y agitada, comprobando la cuantía de la aterradora -suma, _Mariflor_ pregunta para disimular sus preocupaciones: - -—¿Cómo sabes si quieres a tu novio sin conocerle apenas? - -—Porque fué bueno para la biendichosa. - -—¿Ausente y en un sólo año le pudisteis juzgar? - -—Era deportoso... ¡«mandaba» mucho! - -La risa de la fuente interrumpe la plática, y Ascensión averigua, antes -de despedirse de su compañera: - -—Y tú, ¿cómo quieres a un forastero sin conocerle más que de un viaje, -sin saber de su casta ni de su bolsillo? - -—He hablado mucho con él, con sus ojos y su corazón—balbuce Florinda, -algo confusa—; he leído sus libros y sus cartas... Además, ¿por qué -dices que le quiero? - -—Lo supongo—sonríe la maestra, con pretensiones de sabiduría, -y advierte:—Es muy bien parecido y elegante, de mucha labia y -educación... pero este personal de pluma no suele tener hacienda... -¡Harías mejor boda con Antonio! - -Vibró rudo el consejo sobre el rumor del agua fugitiva, en tanto que se -alejaba _Mariflor_, sonriendo a fuerza de pesadumbre. - -En la profunda calma del ocaso le parece a la moza infeliz que una -vegetación de espinas surge debajo de sus pies y que un lamento corre -por la sombra. Al llegar a su casa, busca refugio en el huertecillo, -pidiéndole a Dios serenidad de ánimo, consuelo y fortaleza. Allí, -escondida entre la única fronda del vergel, siente de súbito en el -rostro el roce de unas alas de mariposa: es la hojita de un capullo que -vuela desde el rosal. - -Atravesado el pecho de las más inefables compasiones, tomó Florinda -el pétalo en sus manos, y con irresistible impulso, quiso volverle a -la yema sonrosada de donde había caído. Pero quedóse inerte, presa de -inexplicable zozobra: era imposible unir la hoja muerta con el retoño -vivo... Y la zagala sentía cómo se deshojaba también, de inexorable -modo, la palpitante rosa de su corazón. - - - - -[Illustration] - - - - -XIII - -SOL DE JUSTICIA - - -UN día y otro posaba el sol adurente sobre la llanura. - -Eran tan placenteras las señales del cielo, que la sequía se convirtió -en seguro peligro para la escasa mies de Valdecruces, y bajo la férula -del tío Cristóbal celebróse con toda exactitud el turno de regar, -aprovechando el agua de los fugitivos arroyos. - -Según había temido Olalla Salvadores, llegó para sus «bagos» la vez -en el riego sin que la familia tuviese con qué buscar obreras; y -al amanecer aquella mañana, Ramona y su hija mayor, silenciosas y -diligentes, salieron hacia los centenales con los aperos necesarios -para «apresar y correr el agua». - -Del mermadísimo patrimonio de la tía Dolores no quedaban a la sazón -más tierras de regadío que las dos hazas de mies adonde las mujeres -se dirigían; y ya estas únicas parcelas estaban hipotecadas al -tío Cristóbal, que nada quiso dar sobre el terreno de secano, las -«hanegadas» de Abranadillo y Ñanazales, tendidas al otro lado del -pueblo, y menesterosas de continuas huelgas por su mucha ruindad. - -Precisamente el viejo acaudalado de Valdecruces poseía tierras -asurcanas de las que iban a regarse, y se mostró aquel año muy -solícito para beneficiar las de sus infelices vecinas, gozándose en la -ambiciosa certeza de unir pronto los diferentes lotes en una sola finca -envidiable, señora de la mies. - -No se durmió el anciano aquella mañana, y apenas calentaba el sol -cuando se aparecía entre los rústicos centenos la imponente figura -de un hombre alto y rojo, curtido y vacilante, con ancho sombrero de -cordón y borlitas, bragas de estameña, polainas de pardillo, y almilla -muy atacada sobre un chaleco de color; calzaba galochas y apoyábase en -un cayado patriarcal. En su rostro, enjuto y boquisumido, asomábanse -unos ojuelos grises, cargados de cejas blancas, turbios y persistentes, -con tenacidad interrogadora. - -A este maragato, rico en relación a la pobreza del país, le respetaban -por el dinero y la autoridad, pero su avaricia inextinguible le hacía -también odioso y temido. A pesar de sus noventa y seis años, manteníase -terco y duro como un roble, y su presencia inspiraba en todas partes -cierta inquietud mezclada de repulsión. - -Un solo hijo, ya viejo, le quedó al tío Cristóbal en la hora de la -viudez; pero este único descendiente, cargado de familia, hubo de -buscar el sustento en tráficos humildes fuera de Valdecruces, pues -todo lo que hizo el codicioso quintañón por la necesitada prole, fué -llevarse a una de las nietas para que le sirviese de criada. Y Facunda -Paz, la moza recogida por el abuelo, no lució nunca en el baile un -rostro complacido, ni un «rodo», mandil o sayo tan donoso como el de -sus vecinas o el de sus mismas hermanas, aunque las prendas de los -antiguos ajuares, mantelos y corpiños, rasos y cúbicas de la abuela se -apolillaban en el fondo de los cerrados cofres. Había trabajado el tío -Cristóbal en Madrid algunos lustros, mercader y agiotista en miserable -escala, establecido allá por los andurriales de la Puerta de Toledo. -Casó, ya hombre maduro, con moza acomodada de su país, y se trasladó a -la aldea sin abandonar los trapicheos mercaderiles; así fué explotando -en oscuros negocios la necesidad tirana del pobre vecindario, sin -compasión de la propia familia, como en el caso de la tía Dolores, de -quien era pariente. - -No amaba este avaro la tierra como las mujeres de Maragatería, con ese -amor recio y generoso que da la sal del llanto y del sudor para abono -del surco en los terrones. Amaba el dominio y la riqueza con mezquinos -alcances, dentro de una pasión raquítica y sin alas. - -Más duro de corazón y de mollera con los años, sentía la embriaguez de -las posesiones a lo grosero y sensual, sin ternuras de enamorado, sólo -con las voracidades torvas del instinto. - -Su torpe codicia iba arrastrándose lo mismo que un reptil por los -barbechos, en la estrechez de la mísera tierra laborable y en el camino -silencioso y triste de las hendidas cabañucas romanas, hasta dar por -chiripa en una casa de adobes, en una recua y un rebaño. - -Ahora zumba el usurero, como un cínife, en torno a la parcela de -regadío donde Olalla y Ramona abren el cauce regador. - -Hipan aspadas las dos mujeres sin resuello ni alivio en la pesadumbre -del trabajo, metidas hasta la cintura en la rota, represando y -corriendo el anhelado camino para el agua. - -—Dios os ayude—dice la trémula voz del tío Cristóbal desde el hoyo -profundo de sus labios. - -Ramona sigue trabajando sin responder, y Olalla pronuncia tímidamente: - -—Bien venido. - -Un golpe de tos atraganta al viejo, y su melena goda se agita en la -inclinada cerviz, como blanco cendal batido por la tormenta sobre un -árbol caduco. - -Alguna cosa impaciente querían decir aquellos labios contraídos en -espantable mueca, en tanto que los ojos, fijos y voraces, escrutaban -a las trabajadoras con ansiedad: sin duda el tío Cristóbal pretendía -enterarse de noticias urgentes antes de acabar de toser. - -Mirábale de reojo la doncella, alarmada y expectante, y Ramona le -volvía la espalda con obstinado tesón, cada vez más hundida en la -rotura, buscando afanosamente el rumbo del arroyo. - -El año anterior no necesitaron las de Salvadores regar sus panes, -porque había llovido en la primavera. Y ahora parecía que la antigua -vecindad del agua huyese como una desconocida a la solicitud de los -audaces brazos femeninos. - -—Hogaño está más lejos—había dicho suspirante la moza, mirando cómo -la gracia apetecida resbalaba por el suave declive de la mies, en -murmullo remoto... - -Ya el tío Cristóbal podía «colocar» aquella urgente pregunta que le -palpitaba en los ojos. Habíase parado al borde de los centenos, erguida -la vejez codiciosa sobre el verde tapiz de los tallos, apoyándose con -fuerza en el bastón. - -Supo el viejo, la víspera, que un galán «señorito» acompañaba, como en -las ciudades, a la prometida de Antonio Salvadores, del rico a quien -él temía casado con _Mariflor_, pero a quien nunca supuso capaz de -favorecer a la familia con desinteresados fines. - -De realizarse pronto la anunciada boda, pudiera suceder que al fincarse -en Valdecruces los novios, levantaran para sí el empeñado patrimonio de -la abuela. Entonces, ¡adiós casa, «bagos», yuntas y «cortina» en la -sombra perseguidos! - -Mas, si por lo contrario, la zagala contrajese nupcias con aquel fino -caballero, él se la llevaría fuera del país; y, donde, con una sola -excepción, todos los vecinos necesitaban limosna, ninguna otra mano se -podía tender hacia la sitiada hacienda. - -No había que pensar en que la defendiesen Isidoro ni Martín Salvadores, -que, a pesar de sus buenas aptitudes para el comercio, naufragaban -también en el maleficio lanzado por la tía Gertrudis sobre la casa del -abuelo Juan. - -Desvelada con estas consideraciones, la astucia del tío Cristóbal se -dejó sorprender por la impaciencia, y quiso averiguar a todo trance lo -que de cierto hubiese en la general suposición del forastero prendado -de la niña. Ya iba a preguntar rotundamente:—¿Conque la rapaza de -Martín hace boda con uno de fuera?—cuando se presentó orillando la -mies, a buen paso y con la azada al hombro, la propia tía Dolores. - -Saludáronse los dos primos con un leve murmullo estupefacto. ¿Qué hace -aquí la sombra de este carcamal?, se dijo la vieja, memorando con -pálida lucidez las celadas rastreras de su pariente. - -Saltó luego a la zanja con más agilidad de la que hubiera podido -suponerse, y escudriñó de soslayo la esquiva catadura del hombre, -crecido desde allí como un gigante, negro y rojo, igual que una -tragedia, sobre la glauca alegría del centeno. - -—¿A qué viene?—preguntaron con acritud dentro del cauce. - -—A trabajar—respondió la anciana llena de bríos. - -Hizo Ramona un gesto desdeñoso, y Olalla suspiró jadeante. - -Alzábase la moza a menudo para medir con los ojos la distancia a cuyo -borde modulaba el arroyuelo su promesa; no era mucha, alcanzada con -la vista: veinte metros escasos. Mas era enorme para hendirla con el -azadón, honda hasta nivelar la altura del terreno con el declive donde -el regajal corría. Y la carne joven, nueva en aquella bárbara lid, -temblaba hecha un ovillo, sudorosa y encendida bajo el implacable sol. - -En cuanto llegó la abuela a meter sus afanosos brazos en la zanja, -Ramona la dejó arañar el escondido seno de la tierra, menos duro que la -capa exterior, y subió infatigable a romper el camino en los abrojos, -sobre el campo de barbecho, mustio y ardiente. - -Rígida la corteza del erial, defendíase con sordas rebeliones del -empuje bravo de la azada. Un hiposo jadeo, semejante a un bramido por -lo amargo, resoplaba en el pecho de la cavadora, y la tierra devolvía -en retumbos persistentes los desesperados golpes, escupiendo su polvo -de cadáver a la roja cara de la mujer. - -Mira la joven con espanto cómo su madre rompe al fin la brecha sin -hacer una pausa ni pronunciar una frase, como poseída de un vértigo -brutal. Da y repite azadazos lo mismo que una furia, con sacudidas -violentas de todo su cuerpo: parece que le crujen los riñones y se le -saltan los ojos; parece que llora a raudales según tiene la faz mojada -de sudor. - -También la anciana contempla absorta el tremendo poderío de una triste -juventud, escondida en la sangre y en la voluntad bajo las injurias de -vientos y de soles, de lágrimas y trabajos. - -Pero al tío Cristóbal no se le da un ardite en aquel imponente pugilato -de la carne heroica y viva con la tierra muerta y dura. - -Impaciente hasta la indignación por la intempestiva llegada de la tía -Dolores, por el silencio hostil de las tres mujeres y el eco retumbante -de la cava, se revuelve el avaricioso con la doble ansiedad de la vejez -que tiembla impotente por cada minuto perdido para sus deseos. - -—¿Conque la rapaza de Martín hace boda con uno de fuera?—pronuncia, -al cabo, después de toser y de escupir. - -Resbaló su pregunta como tañido de campana rota sobre el cauce -entreabierto y los rastrojos: el trajín enervante quedó atravesado por -la sorpresa. - -—¿Qué dice?—murmura con asombro la tía Dolores. - -Olalla da principio en voz queda a una difícil explicación que confunde -a la anciana, y Ramona hiende con nuevos redobles el erial. - -—¡Eh!... ¿no contestáis?—grita el viejo apremiante. - -Ya la abuela va entendiendo un poco: - -—Sí, sí; el señor de Villanoble que viajaba con nosotras en el tren; -el que está con el cura de güéspede y va todos los días a nuestra -casa... Ya, ya... Pero, ¿y el primo Antonio?... ¿Y la boda esperada -como una salvación por la familia? - -—Ya veremos—insinúa Olalla, mientras su madre, muda y sorda, -permanece entregada al trabajo con frenesí. - -—¡Diájule! ¿Os habéis vuelto simples? ¿No queréis contestar?—vocifera -exasperado el tío Cristóbal. - -—No hay que impacientarle mucho—piensa la muchacha, con la serenidad -de su juicio calmoso, y responde: - -—De lo que usté pregunta... no sabemos nada. - -—¿Cómo que no sabéis?... Pues si no es por la moza, ¿por quién viene -ese barbilindo? - -—Por don Miguel. - -—¡Mentira! - -Olalla se encoge de hombros con aquel movimiento brusco, peculiar -en su madre. Y el viejo, sospechando que va por difícil camino su -investigación, hace acopio de paciencia, contiene su ira en un rebufo, -y se deja caer a la sombra del centenal, con el firme propósito de -acechar allí hasta que sepa algo, hasta que aquellas «morugas» hablen o -revienten. - -Entonces Ramona le lanza una mirada oblicua para seguir en actitud de -bestia, con la cabeza gacha y el resoplo bravo, embistiendo contra el -duro rebujal. - -Arde el sol inclemente, con furores de canícula, en gavillas de rayos -violentos, y ya tan alto sube que la sombra de los panes se disipa en -los rastrojos, desamparando al tío Cristóbal. - -Va surgiendo la rotura, roja como una herida en el pálido rostro de la -tierra, bajo la azada prepotente. - -Sigue Olalla el rastro abierto por su madre, y tunde también con bríos -las glebas hostiles; pero necesita descansar a menudo, suspira y se -angustia visiblemente en el esfuerzo. - -De vez en cuando vuelve Ramona la cara, un poco, para murmurar entre -dientes: - -—¡Aguanta, niña! - -Quiere la tía Dolores, en medio de su admiración, aborrecer a la nuera, -odiarla por fuerte y voluntariosa, por dura y audaz. Pero no cabe -ninguna violenta pasión en el pecho cansado de la anciana; sólo puede -amar pasivamente en torno suyo, con un resto del extraño y sombrío amor -que consagró a la tierra: hasta para sufrir tiene estancada la vida -en la petrificación de todos los sentimientos, y es preciso que una -novedad muy cruel la sacuda para que todavía llore o se agite. - -Allí sigue el tío Cristóbal, testarudo, con su pretensión entre las -cejas y su mirada gris fija en el cauce, sin que le apure el resistero -del sol encima de las espaldas. Cansado ya de esperar un indicio que le -lleve a descubrir lo que avizora, concluye por hablar solo y pronuncia -frases alusivas al asunto, llenas de doble sentido, y reticencias, -confiando en que las mujeres, por prurito de replicar, piquen el cebo -de la conversación. - -—No se debe torcer el su inclín a las mozas... Los forasteros también -son buenos maridos... - -Esperaba anhelante, y como nadie respondiese, entre escupitajos y toses -tornó a decir: - -—Aunque a Antonio le hacen rico, no ha de gastar sus haberes aquí; -más le gusta Santa Coloma, el pueblo de su madre... El muchacho es -cabal, no digo que no; pero el mozalbillo de los Madriles debe ser -cosa fina... y ese empleo de escribano que tiene renta ahora muchísimo -dinero... - -Se hunden las azadas en los duros terrones con acentos diferentes y -continuos, brava la una, esforzadísima la otra, débil la tercera en -seniles manos; la luz cuaja la llanura en un incendio; trasvuela un -ave, y dice aún el tío Cristóbal: - -—Sería una machada que despidierais al uno por el otro. Nada más que -con papel y tinta gana éste en un mes tanto como Antonio en un año -con la tienda. Y que la gente de pluma es dadivosa, de mucho rumbo y -generosidá... Buena suerte ha tenido la rapaza... ¿Es aquella que viene -por allí? - -En el fino sendero de la mies aparece una joven lenta y afanosa, con -una cestilla colgada del brazo. - -—Ya es medio día—dice al llegar. - -Y posando su leve carga, se abanica con las dos puntas sueltas del -pañuelo. Por verla el semblante esquivo, se arrastra el anciano sobre -el calcinado polvo, y ella gira disimuladamente el busto sin dejarse -descubrir. - -—¡Eh! muchacha: ¿eres tú la novia del forastero? - -—¿Yo?—prorrumpe absorta Marinela, volviéndose de pronto. - -—¡Ah, no eres tú! - -Terco, obcecado, el tío Cristóbal delira en torno de su idea única, lo -mismo que un demente. - -De roja que es la cara del anciano se ha puesto de color de violeta -y ofrécese tan turbia la mirada de los ojos grises, tan inseguro el -acento de la sumida boca, que Marinela supone borracho a su pariente. - -Vanse hacia el arroyo las dos zagalas para llenar de agua nueva el -cantarillo, que ya varias veces fué a pedir refrigerio a la linfa -murmuradora. - -—¡Llega tan caliente!—lamenta Olalla. - -Colman la vasija, beben las dos, y vuelven a colmarla. - -—¡Está como caldo!—dice la sedienta cavadora—. Después cuchichean, -mirando con recelo hacia la mancha oscura del anciano, medio tendido al -borde de la zanja. - -—¿Se ha vuelto chocho o está bebido?—pregunta Marinela. - -—No, mujer; quiere que le digamos con quién se casa _Mariflor_... - -—¿Y le habéis dicho?:.. - -—¡Qué sabemos nosotras! - -Era la primera vez que las dos hermanas hablaban del asunto. -Considerada como una niña la más joven, solía descubrir los secretos -familiares nada más que con los ojos, sin sorprender casi nunca una -palabra ni una confidencia, expansiones poco frecuentes allí donde -el ritmo de la vida señalaba todas las inquietudes en el silencio -taciturno de las almas. - - * * * * * - -Mientras comieron las trabajadoras, agazapadas en fila sobre el delgado -sendero del centenal, libres apenas de la plenitud del sol que a plomo -caía en la llanura, fué otras dos veces Marinela a llenar el cántaro al -arroyo. - -Había pedido agua el tío Cristóbal, y después de dársela, vertió la -niña el líquido restante y corrió a lavar la boca de barro donde puso -el viejo la suya de color de ceniza. - -Él no se mostró sentido por aquella manifiesta repugnancia, ni pareció -notar el molesto asombro que causaba a las mujeres su tenaz compañía. -Caído en soñolienta modorra, había perdido sin duda la noción del -tiempo, olvidado hasta de zumbar sus maliciosas preguntas. - -Ni el hambre ni el ejemplo le avisaron la hora de comer; ni el tórrido -calor que le cocía dióle impulso de buscar el cobijo de su casa. Cuando -vió hacer a sus vecinas la señal de la cruz, le pareció que sonaba muy -lejos el familiar repique de una campanuca. Y cuando ellas, viéndole -medio dormido y atontado, le dijeron que el sol le iba a dañar, trató -de incorporarse, dió de bruces en la tierra y quedó inmóvil, con la -boca pegada al suelo. - -Miráronse las mujeres con asombro, y como el viejo diese entonces un -fuerte ronquido, Ramona dispuso únicamente: - -—Dejadle que duerma. - -—¿Al sol?—preguntó compasiva Olalla. - -Inició la madre, con algunas vacilaciones, su acostumbrado encogimiento -de hombros, y la muchacha, quitándose el mandil, lo desplegó con -solicitud sobre el ancho sombrero del maragato. - -Poco después, hinojada en el sendero, Marinela recogía los pedacitos de -pan y el hondo cacharro con un resto de «moje», y doliéndole a Ramona -la delgadez endeble de la inclinada cintura y el trasojado semblante de -la niña, preguntó de pronto: - -—¿Por qué has venido tú con esta calor, tan aina de comer? - -—«Ella»—aludió con humildad la joven—iba a fregar el belezo y a -echar las llavazas al cocho... También cebó las gallinas y las palomas, -rachó leña y llevó los «curros» al agua. - -—Abondo es eso...—comentó la madre con invencible desdén. - -A tal punto, lanzó otro ronquido el tío Cristóbal, revolvióse con -sacudidas largas y crujientes, y en un esfuerzo, como si quisiera -levantarse, clavó en tierra las uñas de ambas manos. - -Las mozas habían palidecido. - -—Péme que está enfermo—dijo Olalla—; hincóse al lado suyo y trató de -alzarle la cabeza; pero la sintió agarrotada y rebelde. - -Acudió entonces Ramona, hundió sus recios brazos por debajo del cuerpo -rígido, y de un brusco tirón dió vuelta al hombre: aparecía con el -rostro casi negro, mojado de una espuma sangrienta, los párpados caídos -y la respiración difícil. - -Quedaron aterradas las mujeres. - -—¡Coitado, agoniza!—clamó la tía Dolores llena de medrosa piedad, en -tanto que la nuera pedía con demudado semblante: - -—¡Agua, agua! - -Inclinó Marinela el cántaro tendido. - -—Aún tiene dello...—Daba diente con diente mientras rociaba su madre -la congestionada faz. - -Abrió el moribundo los ojos, torcidos hacia la moza con una mirada -vacilante y sombría, como aquella que buscó a la novia del forastero -antes de decir: - -—¡Ah, no eres tú! - -Torció también la boca, en la mueca de su habitual sonrisa -impertinente, y quedó tieso, inmóvil, con el respiro apenas -perceptible. La tía Dolores le daba pausadamente aire con el delantal; -las muchachas, doloridas y mudas, le hacían sombra con el cuerpo: -seguía Ramona mojándole los pulsos y las sienes, y caía el silencio con -el sol, como un manto de luz sobre el extraño grupo. - -—Encomendémosle—murmuró Olalla arrodillándose. - -—Señor mío Jesucristo—fué diciendo la voz oscura y triste de la -madre, y las otras mujeres repitieron angustiadas la oración hasta el -final. - -No había dado el tío Cristóbal señales de entender el tremendo aviso, -cuando giraron sus pupilas desorbitadas y ciegas, y un estertor hiposo -le silbó dentro del pecho: con el postrer visaje y la última sacudida, -la inerte cabeza saltó desde las manos de Ramona rebotando en el -polvo, y las uñas del moribundo volvieron a clavarse feroces en el -erial. - -—¿Murió?—dijo despavorida Olalla. - -Marinela dió un grito y cerró muy apretados los ojos. - -—Sí, sí; hay que llamar gente,—respondía la madre trazando sobre el -difunto la señal de la cruz—. Y viendo a la zagala tan miedosa, añadió -resoluta: - -—Vai con la cesta y, al tanto, das razón de lo que ocurre. - -—¿A quién? - -—A la familia; ellos avisarán a la Justicia. - -Obedeció la joven con terror y sigilo: sus pies medrosos apenas tocaban -el sendero; su grácil figura desaparecía entre los altos panes. Pero -quizás un leve roce de su brazo, o tal vez un soplo de perezosa brisa, -movió las hojas verdes con rumores suavísimos de «escucho». - -—¡Madre, madre!—gimió la muchacha con espanto. Volvióse atrás -corriendo, y quedó parada al borde de la mies, sin atreverse a salir al -raso donde el muerto dormía. Allí encontró a la abuela, acurrucada en -la linde con cierta indecisión, tentada a la fuga, y detenida por el -trabajo y la caridad. - -—¿Que yé, rapaza?—preguntó con susto. - -—Tengo miedo... me siguen... escuché una voz... - -—¡Te haltan jijas hasta para fuir!—lamentó más distante el acento -brusco de Ramona. - -Y Marinela, inducida por su mismo pavor, asomóse al rebujal desde el -seto vivo de los tallos. - -Vió que Olalla había desaparecido y que su madre, sentada al sol, -impasible y estoica, velaba al muerto. Parecióle el cadáver más rígido -y huraño, con la boca abierta, y la piel del sequizo color de los -abrojos; quedó allí fascinada un minuto, y, de repente, echó a correr -entre la verde masa, por el hilo sutil de los senderos; movía con -los codos el follaje, y el rumor de las hojas sacudidas le causaba -indecible inquietud: todas las crueles fluctuaciones del pánico -vibraban en los tirantes nervios de la doncella, empujando su loca fuga -al través del centenal. - -Cuando llegó desalada al pueblo, no supo cómo hablar en casa del tío -Cristóbal. Entró en la ruin vivienda, que de pobres menesterosos -parecía, y halló a Facunda cosiendo en el clásico _cuartico_, la -pieza que ciertos días solemnes sirve de comedor a los maragatos, -forzosamente colocada entre la cocina y el corral; la misma que en casa -de la tía Dolores han llamado _estradín_ por excepción. - -Ante la absorta mirada de su amiga, Marinela, confusa y torpe, acabó -por decir: - -—Que tu abuelo se ha morido junto a la mies de Urdiales. - -—¿Mi abuelo?... ¿Sábeslo tú?... - -Facunda, con más asombro que dolor, se había puesto de pie. - -—Vengo de allá; le vide. - -—Pero, ¿qué le dió? - -—La muerte repentina. - -—¡Virgen la Blanca!... ¿Y qué hacía allí? - -—Mirando cómo abrían el calce: andamos al riego en nuestra hanegada de -la Urz. - -—¿Asurcana de la nuestra Gobia? - -—¡Velaí! - -Con la costura en la mano, la moza volvió a sentarse enfrente de -Marinela, doblada sobre un escañuelo en actitud de abrumadora fatiga. - -—Pues yo le estaba esperando para comer. - -—¿Y no comiste? - -—Nada. - -Quedaron mudas, mirándose a los ojos con sorpresa, al compás del reloj -que se mecía en su caja de roble, señoreando el _cuartico_. - -Facunda levantó del solado un marchito ramillete de tomillana, y -espantó con lentitud el enjambre zumbador de moscas, desatado en el -aposento. - -—Y al biendichoso—dijo después—, ¿se le saltaría el corazón?... - -—¿El corazón?... Píntame que el mal le dolía en los ojos y en la boca: -echaba espuma entre los labios y tenía el mirar lusco. - -—Salió de casa en ayunas, con una copa de aguardiente. - -—Pues cuenta que derecho fué a la mies. Allí dió en preguntar con -quién se casaba mi prima. - -—¡Andanda! - -—Estaría algo chocho... ¡tantos años! - -—Y la boda ¿es con ese extranjero? - -Pasó un fulgor oscuro por las turquesadas pupilas de Marinela. - -—No sé—balbució, para añadir a poco: - -—Pero, digo yo que sí. - -—Es galán y bien apersonado—musitó en éxtasis Facunda...—¿Tienes -hambre?—preguntó de repente, viendo a su amiga, blanca lo mismo que la -cal, en demudación terrible. - -—No—dijo la otra con la cabeza. - -—Pues ¿qué tienes entonces?... ¡Estás priadica! - -La interrogada sacudió los párpados violentamente para ahuyentar la -nube de su lloro, y pudo con esfuerzo tristísimo decir: - -—Me pasmó el difunto, ¿sabes? - -—¡Ah, ya!... Quedaríase muy feo; ¡sin las armas de Dios! - -—Mi madre le rezó el señor mío. - -—¿Están al riego entodavía? - -—Hasta la noche. La barbechera cae más alta que el regato, y es -menester cavar mucho. - -—¿Quién os ayuda? - -—¡Nadie! - -Al evocar el desamparo de su pobreza con la triste palabra negativa, -por la mente de la joven pasó el reflejo seductor de los caudales del -tío Cristóbal. - -—¡Vais a heredar a rodo!—murmuró fascinada, sin envidia ni rencores. - -Alumbráronse los ojos descoloridos de Facunda y una sonrisa beata se -le cuajó en los labios. Todos los matices de la emoción, suscitada por -aquel anuncio, resplandecieron en esta frase elocuente: - -—Voy a comer... - -Alzóse de nuevo, con ademanes pesados: era gruesa, fuerte, baja; tenía -mejillas carnosas, tez bronceada por el sol, mirada pasiva, y una -insignificante belleza juvenil en el conjunto de la figura. - -Revolvía Marinela su curiosidad alrededor, resumiendo maquinalmente -el inventario del _cuartico_. Y, de pronto, la hizo estremecer una -anguarina del tío Cristóbal, colgada en el apolillado capero, rígida y -sin aire, como una mortaja. - -—Tienes que avisar a la Justicia—le advirtió a la heredera con -solemne tono. - -—¡Ah! ¿Sí?—clamó Facunda, abriendo mucho la boca. - -—¡Natural! - -—¿Quién lo dijo? - -—Mi madre. - -—¿Pero es obligación?... Cuando murió la abuela no llamaron al juez. - -—Porque estuvo en la cama... Cuando el tío Agustín se atolló en la -nieve y amaneció cadáver, vino el Ayuntamiento. - -—Y ¿a quién mando a Piedralbina?—murmuró atribulada la moza, como si -tuviese que realizar una hazaña insuperable. - -—Manda a _Rosicler_. - -—Tiene el aprisco a la mayor lejura, en los alcores del Urcebo... - -—Pues a tu hermano... - -—Anda a la escuela... - -Quedáronse de nuevo silenciosas, sumidas en la preocupación terrible de -aquella grave dificultad. - -Marinela se había puesto de pie, sin apartar mucho los ojos de la -anguarina parda. - -—¿No habrá un motil que te haga el mandado?—murmuró despacito, como -si alguien durmiese. - -Y Facunda, en el mismo tono de misterio, resolvía: - -—Iré yo después de comer y de avisar en casa de mi madre. - -—¡Eso! - -Felices con el hallazgo de aquella inesperada solución, se miraron en -triunfo, sonrientes, como si hubiesen escapado de un enorme peligro. - -Tras largo y duro rechinamiento de resortes, dió el reloj una lenta -campanada, y Marinela, despidiéndose muy lacónica, salió de puntillas, -apresurada y vacilante. - -—Al paso que vas—dijo la dueña de la casa con luminosa -inspiración—podías contarle a don Miguel... - -—¡No puedo, no!—atajó la infeliz, temblando locamente. - -—¿Por qué, criatura? - -—¡No puedo, no!—y agarrada al cestillo, volvió a correr la mozuela -triste, dejando a su vecina con la boca abierta. Pero al doblar la -calle y cruzar la plaza, en el mismo brocal de la memorable fuente la -detuvieron una sombra, una voz y un saludo. Era el propio forastero de -quien la moza huía: llegaba sonreidor y alegre; extendió los brazos -para contener la delirante carrera de la joven, y con audaz halago le -rezó al oído, como un eco de su primera entrevista: - -—¡Salve, maragata! - -Un grito y un sollozo contestaron a la oración devota del poeta... -Tuvo él que sujetar el talle de la moza, fatalmente inclinado hacia el -pilón donde el agua decía la eterna incertidumbre de las cosas humanas. - -—¿Me tienes miedo?—preguntó conmovido, hablando a Marinela de tú, -como a una niña. - -Todo el nublado de las contenidas lágrimas estalló entonces. - -—Pero, ¡siempre lloras!—exclamó Terán con angustia—. ¿Qué tienes?... -¿Por qué sufres? - -Ella se dejó sostener un instante, enloquecida por el desbordado -ensueño de su alma, y al punto quiso huir. - -—¿Temes que te haga daño?... ¿Estás enferma?—seguía el joven -diciendo, con blandura y cariño, sin dejarla escapar. - -—¡No puedo, no!—repitió aún Marinela con gemido impotente, como si ya -no supiese decir otra cosa. - -Y a Rogelio Terán le pareció que la desconsolada frase había causado un -estremecimiento profundo en el transparente corazón del agua. - -—¿Qué tienes, dime?—insistió el poeta. - -Alzóse el lindo rostro con tal expresión de súplica y mansedumbre, que -el caballero aflojó los brazos y dejó partir a la zagala. - -Ya entonces la triste no pretendió correr. Fuése con pie desfallecido, -deshecha en lágrimas y sollozos, dándoles libertad con repentina y -bárbara crudeza, con alarde infantil. - -Sorprendido y emocionado la vió Terán hundirse en la ardiente calle. -No había él ido a Valdecruces para hacer llorar a las mujeres, y su -experiencia, un poco mundana, le advertía de misteriosas culpas en -el llanto de aquella joven. _Mariflor_ le había dicho que su prima -gozaba poca salud, que padecía de tristezas y lloros, y que desde la -noche de la farsa se había puesto mucho más inapetente y melancólica, -más trasoñada y sensible. Por dos veces la encontraron escribiendo el -romance de la _Musa_ entre lágrimas y suspiros. Y Olalla, su compañera -de lecho, contó que la niña por la noche no pegaba los ojos, y que si -acaso al amanecer se adormecía era para soñar con voz alucinante los -versos de la farandulera. - -También supo el forastero por don Miguel, con otros muchos pormenores, -que la zagala tenía vocación de monja. Pero, con su penetrante vista de -buen lector de almas, el poeta adivinó aquella tarde un nuevo aspecto -en la enfermedad complicada de la niña. - -Dióse a estudiar el conflicto con inquietud y lástima, ruano y -meditabundo, al través del pueblo inmóvil, sin advertir que se había -borrado en el rojizo suelo la sombra exigua de las paredes, y que ardía -la luz, como un volcán, vertida a plomo en las silentes calzadas. - -[Illustration] - - - - -[Illustration] - - - - -XIV - -ALMA Y TIERRA - - -DESDE aquel medio día luminoso en que Rogelio Terán llegó a -Maragatería, soñador y aventurero, a semejanza de Don Quijote, habían -transcurrido dos semanas apenas, tiempo harto breve para curiosear la -tierra y el alma de este país incógnito y huraño, tosca reliquia de las -viejas edades, remanso pobre y oscuro de los siglos de hierro. - -Deslizábanse los amores de _Mariflor_ y el poeta como idilio sereno -y apacible en la vida un poco fatigada del mozo, mientras se le iba -mostrando la dulce novia aún más gentil que en el primer encuentro -inolvidable, más esbelta y pensativa, luciendo más su innato señorío -sobre el fondo gris de Valdecruces. - -Cuantas impresiones recibió aquí el artista en sus andanzas tuvieron -una fuerte originalidad. Con grande asombro y compasión aprendía la -dura existencia de este pueblo de mujeres, bravo y taciturno, que -ni el tiempo ni el olvido lograron borrar de las crueldades de la -estepa al través de las centurias: hábitos y costumbres, semblantes -y caracteres, mostráronse al novelista esquivos y asequibles a la -vez, como si el rostro de la aldea, tan cándido y tan rudo, guardara -hondos misterios bajo las tenaces arrugas de los siglos... Calzadas -escabrosas, rúas cenicientas, míseras cabañas, casucas de adobes, -techumbres de bálago, trajes, palabras y tipos, descubiertos al primer -vistazo en toda su interesante rusticidad, callaban la certeza de su -origen y escondían su historia en la penumbra de caminos ignotos: -un marco de nieblas y de sombras envolvió a Valdecruces delante del -forastero, a la luz espléndida del sol. - -En la romántica incertidumbre de sus observaciones veía el poeta surgir -a cada instante el vivo enigma de unos ojos claros, de una boca muda, -de un talle macizo y un lento ademán; la humilde y robusta silueta de -una mujer, de una esfinge tímida, silenciosa, persistente: ¡la esfinge -maragata, el recio arquetipo de la madre antigua, la estampa de ese -pueblo singular petrificado en la llanura como un islote inconmovible -sobre los oleajes de la historia! - -Esta imagen perenne, más diminuta y simple, más asustadiza y torpe, -repetíase pródigamente en los niños: la cara redonda, elevado el -frontal, cóncavo el perfil, los ojos pardos, verdes o azules, con una -vaga tendencia oblicua, daban a todos un aire primitivo de candor y -timidez, un viso triste de pesadumbre y esclavitud. El sesgo leve -de la mirada era nota de cobardía y sumisión más que de recelo o -disimulo; y los gestos pausados, los calmosos debates de la palabra y -el pensamiento para resolver la más sencilla de las dudas, delataban un -cultivo intelectual muy rudimentario, un secular abandono de aquellas -mustias imaginaciones. - -Ningún rasgo masculino altivecía el semblante fusco de la aldea; los -pocos viejos que allí se refugiaban habían perdido la energía viril -lustrando por ajenos países, y en el esfuerzo bravío que sacudía a las -mujeres sobre el páramo, no asomaba ese alarde varonil de que algunas -hembras suelen revestirse al trabajar como los hombres: todo el ímpetu -fuerte de estos brazos, cultivadores del erial, derivaba del materno -amor, fuente inagotable de renunciaciones y heroísmos, divino poder que -allí se manifestaba callado, fatal y oscuro en las almas femeninas. - -A tales conclusiones fué conducido el forastero al través de sus -íntimas charlas con el cura. - -—¿Qué hay—preguntaba Rogelio cada vez más curioso—en estos corazones -tan recatados y sufridos? - -—Hay madres solamente—respondía, melancólico, don Miguel. - -—¿Y el amor sexual, esa lozanísima planta de la juventud que florece -en todos los países del mundo? - -—Estas mujeres sólo conocen la obligación de la esposa que debe -concebir. - -—Pero el sentimiento, la exaltación del espíritu hacia el hombre que -eligen, ¿tampoco lo conocen? - -—No eligen: se les da un marido, y ellas le acatan mientras puede -sostener a la familia. - -—Habrá excepciones. - -—Ninguna. - -—¿En toda la región? - -—En toda... si algún elemento extraño no se mezcla en la vida -maragata...; que no suele mezclarse. - -Bajo el tono apacible de la respuesta creyó Terán percibir una embozada -reconvención. Hallábanse ambos amigos a solas en el despacho del -sacerdote, estimulando su plática con el humo de los cigarros, mientras -el tío Cristóbal agonizaba en la mies. - -Parecía que de intento el cura no quisiera aludir directamente a los -discutidos amores del poeta y _Mariflor_. Y en esta actitud sentía el -mozo latir una sorda hostilidad. - -—¿Yo «sería» en Valdecruces ese «elemento extraño» que tú -dices?—preguntó de repente. - -—¡Quién sabe!—respondióle con tristeza don Miguel. - -—¿Estorbo? - -—¡En mi casa nunca! Pero...—dijo el párroco suavemente—contra -ti se vuelve la realidad; yo dudo que estés destinado a cumplir en -Maragatería una misión redentora, como tú supones. - -—¿Ni siquiera la de salvar a una sola mujer?... ¿no tendrá ella -bastante con mi corazón y con mi vida? - -—Tu vida no depende de ti... Tu corazón... ¡quizá tampoco! - -—¡Hombre! - -—Acuérdate... - -—Si, ya me acuerdo—interrumpió desconcertado el poeta—; pero esa -lúgubre memoria no ha de apartarme para siempre de la felicidad. - -—La felicidad no es de este mundo... - -—Si argumentas así, a lo asceta... - -—¡A lo maragato!—sonrió acerbamente don Miguel. - -—¿Y juzgas que Florinda ha nacido para sacrificarse? - -—Florinda ha nacido para obrar el bien... - -—Como todo fiel cristiano. - -—Pero con especial misión de bienhechora... Oye, Rogelio—añadió el -cura, mirando de frente a su amigo y hablando recio, como quien tomase -de pronto una determinación—. Tus intenciones son muy hermosas. -Viniste a Valdecruces generosamente equivocado detrás de una mujer: si -la quieres «salvar», como tú dices, no interrumpas sus pasos hacia la -más segura y definitiva de las salvaciones. - -—Estorbo: es indudable. - -—Para que ella siga su trazado camino, sí. - -—¿Por qué no me hablaste con esta franqueza desde el primer día? - -—Porque vuestro idilio me perturbó un poco... porque no juzgué tan -firme la perseverancia de _Mariflor_. - -—¿Y ahora? - -—Veo más claro: sacudo la romántica influencia de vuestras -confesiones; miro la realidad de las cosas... No tenemos derecho, ni tú -por egoísmo, ni yo por sensiblería, a impedir la obra de compasión que -ella se propone realizar... Creo, en fin, que debes retirarte en tanto -_Mariflor_ pacta con su primo. - -—Pero, ¿ha sonado la hora? - -—Está al caer. A instancias mías, Antonio adelanta su viaje: llegará -esta semana, cuando menos se piense. - -—Y mi marcha en este caso, ¿no parecerá una cobardía?... Te equivocas -si piensas que me retiene aquí el egoísmo, cuando me asalta la más viva -piedad. - -—¿De una sola y linda mujer? - -—¡Ojalá pudiera yo redimir a otras! - -—¿Y si pudiera Antonio? - -El pretendiente, amoscado, casi ofendido, respondió con ironía: - -—Consintiendo el esposo que la esposa le hable de usted, le sirva y le -acate como a un dios, y reviente en el páramo mientras él se regodea en -la ciudad, ¿así quieres que yo suponga grandes hazañas de un maragato -para su familia?... Aquí tiene «tu protegido» a su gente pudriéndose de -miseria, y no la socorre... - -—El móvil del amor puede inducirle... - -—¡Qué amor ni qué ocho cuartos, hombre! Vosotros hacéis las bodas con -un poco de rutina y otro poco de interés...—Detúvose temiendo ofender -a su huésped, templando la vehemencia de la voz para añadir:—Eso me -has dicho tú... - -—Y es la verdad—repuso don Miguel sin alterarse—. Pero quizá en -otros pueblos más adelantados y felices no se hacen las bodas de más -digna manera: ingredientes distintos, colores más brillantes, disimulo -y finura para dorar la píldora... Al fin y al cabo, matrimonios sin -amor. - -—No siempre. - -—Muy a menudo. - -—Siquiera esos matrimonios no llevarán consigo la injusticia irritante -de causar una víctima sola. - -—Muchas veces, sí: ¡la mujer! - -Alzóse Terán de la silla, nervioso, confundido con el recuerdo de su -madre, que de pronto le pesaba como una losa. También el sacerdote dejó -su escabel; tiró la punta del cigarro y comenzó a decir con la voz -persuasiva y amable: - -—Mira, Rogelio, amigo mío: el amor, ese sentimiento exaltado, -ambicioso, inmortal que nos sacude y nos enciende, esa divina escala -que nos conduce a Dios desde la tierra, sólo por singular prodigio -tiene un peldaño donde puedan abrazarse para ascender unidas dos -criaturas... - -—Bien; y ese peldaño... - -—No se consigue por la curiosidad romántica ni por la compasión que -sientes hacia Florinda Salvadores. De no poder subir con ella en -triunfo por la divina escala, déjala en Valdecruces, que labre aquí -consuelos... - -—¿Y martirios? - -—El hacer bien mitiga el propio dolor, le cura, le recompensa. Quien -más ama, con más brío se inmola... - -—Es decir: ¿que me desahucias definitivamente? - -—No; te aconsejo. Escucha. Ni de este amor que yo digo, ni de ese -otro que tú decías antes—impulsos, deseos y simpatías más o menos -sutiles—, suelen darse aquí las flores; ya te lo he confesado. Pero de -la llama sagrada, del divino soplo, tenemos un trasunto inconsciente -en el amor fortísimo de las madres. Florinda no quedaría huérfana de -todo goce; de este amor puede ella disfrutar con más cordura que otras -mujeres, con más sazón y gracia. - -—¡También con más tristeza! - -—Si se resigna y se conforma, no. Toda la felicidad del mundo -consiste, a mi parecer, en eso: en conformarse. - -Una pausa y un suspiro detuvieron el discurso de don Miguel mientras el -artista murmuraba: - -—¡No has dicho poco! - -Blanda y persuasivamente siguió explicando el cura: - -—En estos matrimonios que, como tú dices bien, ayuntan la costumbre y -la conveniencia, hay, sin embargo, un fondo de respeto y de fidelidad -muy ejemplares. Es cierto que la mujer come en la cocina, sirve -al marido a la mesa, le dice de vos, le teme y le desconoce; que -trabaja en la mies como una sierva y le ve partir sin despecho ni -disgusto. Pero en esto que ella hace y él consiente, no hay deliberada -humillación por una parte ni despotismo por la otra: hay en ambas -actitudes una llaneza antigua, una ruda conformidad. Aquí el alma es -primitiva y simple; las costumbres se han estancado con la vida; ello -es fruto del aislamiento, de la necesidad, de la pobreza: estamos aún -en los tiempos medioevales. - -—Pero los maragatos emigran todos; ¿cómo no toman ejemplo de los -países más cultos? - -—No les impulsa fuera de aquí la ambición tanto como la miseria. Los -que en sus luchas lograron vencer a la ignorancia, han sabido entrar -de lleno en la civilización y honrar a su país. Tenemos en América -letrados, industriales, fundadores de pueblos que han hecho prevalecer -su traje regional y sus familiares virtudes al través de influencias -muy extrañas... Tú sabes que los afortunados son muy pocos. Y la -mayoría de nuestros emigrantes sigue padeciendo la estrechez de la -inteligencia en precaria vida, trabajando en vulgarísimos trajines. -Ellos se consideran una casta aparte en el mundo, y tan apegados están -a sus leyes morales, que no adoptan de las ajenas cosa alguna, ni buena -ni mala. Son padres excelentes, ciudadanos trabajadores, económicos, -fieles y pacíficos. Si no saben sonreir a su esposa ni compadecerla, -tampoco saben engañarla ni pervertirla: no la tratan ni bien ni mal, -porque apenas la tratan. La toman para crear una familia, la sostienen -con arreglo a su posición; y la reciedumbre de estas naturalezas -inalterables descarga ciegamente todo el peso de su brusquedad sobre la -pasiva condición de la mujer; pero sin ensañamiento ni perfidia, con el -fatal poderío del más fuerte. - -—¿Lo encuentras justo? - -—Lo encuentro humano. - -—¿Y lo disculpas? - -—No: lo compadezco. Toda fuente de ternura cegada me produce sed y -tristeza. - -Brillaron húmedos los ojos del sacerdote, al evocar tal vez una -doliente memoria, y Rogelio preguntó, mirándole con suma curiosidad: - -—¿Tu discurso me quiere convencer de que _Mariflor_ necesite uno de -esos maridos... de la Edad Media? Porque todavía no me lo has probado. - -—Nada pretendo probarte; quiero que conozcas toda la posible situación -de Florinda casada con ese hombre que, en el peor de los casos para -ella, no la impediría vivir con desahogo y socorrer a la familia; -quiero que pienses cómo puede ocurrir que la muchacha gane el corazón -de su primo para remediar las desventuras de la abuela. - -—¿Mediante la boda? - -—O sin la boda: lo que ha de suceder no lo sabemos. Y necesito también -decirte que para mí, procurador y abogado de esta pobre gente, no se -trata sólo de Florinda, sino de dos madres infortunadas, de dos hijos -emigrantes y tristes, de cinco criaturas más, cuyo porvenir parece -cifrado en el destino de esa joven... - -—Pero yo sería un cobarde si desmintiera sus esperanzas de felicidad. - -—¡Y dale con la felicidad! Si _Mariflor_ no te hubiera conocido, se -consideraría feliz al hallar un esposo acaudalado y fiel. - -—No sólo de pan se vive... Sería muy desgraciada en la vulgaridad y el -abandono de una existencia semejante... - -Parecía el sacerdote otra vez distraído en lejanas memorias, cuando -murmuró con solemne acento: - -—No es vulgar si solitaria una vida donde el bien se reproduce; el -sacrificio es obra de alto linaje que recibe muy ocultas recompensas. - -—Pero, ¿tú eres un maragato positivista o un místico delirante? - -—Soy un pobre cura de almas que desea cumplir con su deber. La misión -mía es de paz y de amor, y en la dura tierra que labro no puedo soñar -con frutos sino a costa de dolores: me esfuerzo en adulcirlos cuando es -imposible evitarlos. - -—No así con Florinda. - -—Si ella acepta una cruz y yo la enseño a llevarla, ¿no habré -dulcificado su camino? - -—Todos tenemos derecho a buscar un camino sin cruces. - -—No hay quien lo encuentre. - -—Mientras se busca y se confía... - -—Se pierde el tiempo. - -—Se vive con ilusiones. - -—Antes que verlas perecer, es mejor encumbrarlas. - -—Ya ya; siempre el mismo asunto: la otra vida. Dios nos manda también -lograr ésta. - -Abismado nuevamente en remotas membranzas, exclamó el cura: - -—_¡La mujer es un ser misterioso nacido para amar y para sufrir!_ - -—Eso, ¿lo discurres tú?—preguntó impaciente el artista. - -—Son palabras de un filósofo cristiano. Yo las he visto cumplidas en -muchas ocasiones. - -Posó una amarga tristeza en la rotunda afirmación. Terán, absorto, -sombrío, interrogó casi huraño: - -—En fin, ¿qué me pides? - -—Poca cosa: que no reveles a Florinda esta confidencia; que procures -no turbar sus planes; que esperes con prudente actitud, sin desanimar a -la muchacha ni comprometerla. - -—Y ¿crees que debo partir? - -Vaciló don Miguel. - -—Mi casa es siempre tuya—pronunció cordialmente—, pero sería de mal -efecto que Antonio se creyera suplantado antes de negociar con su prima. - -—Nadie más que tú y Olalla sabe de nuestras relaciones. - -—Y todo Valdecruces. Ya te dije por qué el tío Cristóbal quería hacer -patente el inevitable rumor de este amorío; hoy supe, por mi sobrina, -que, valiéndose de _Rosicler_, otros rapaces y algunas mozas, el viejo -trata de que esta misma noche os echen «el rastro». - -—¿Y eso qué es? - -—Una costumbre del país: cuando las zagalas sospechan de una -negociación matrimonial, van de noche, callandito, a poner un reguero -de paja, visible y ufano, desde la vivienda del novio a la de la novia, -con ramificaciones a otras casas, indicando convites al casamiento. A -la puerta de la presunta desposada tejen una especie de colchón con -ramaje y rastrojos. - -—El lecho nupcial—sonrió el artista encantado. - -—Sí; un remedo a la vez insolente y candoroso, increíble en el enorme -pudor de estas mujeres. - -—Pues yo no sé si aquí la castidad sin luchas ni peligros, -eternamente dormida, tendrá mucho mérito a los ojos de Dios... - -—No negarás que es una virtud. - -—O un signo acaso de bárbara esquivez. - -—¿Quién sabe si la civilización al sensibilizarnos y pulirnos, nos -hace más o menos asequibles al mal? - -—Nos hace conscientes, hombre, que es tanto como hacernos -responsables: qué, ¿tiras a retrógrado? - -—Tiro a párroco de Valdecruces, por ahora. - -—Bueno. ¿Y el rastro ése? - -—Es un compromiso oficial de casorio si la moza no protesta. Si -rechaza al pretendiente, o los rumores del noviazgo son inciertos, -ella conduce el surco hasta una laguna, charco o regajal, durante la -siguiente noche. - -—Es curioso. - -—Da margen a una salida nocturna, llena de sigilo y moderación, por -supuesto. He tomado mis precauciones para evitar que os comprometan con -la broma, aunque si persiste el propósito... - -—Marcharé en seguida—dijo Terán reflexionando—, Anunciaré a -_Mariflor_ la posibilidad de que una carta urgente me obligue a -partir... pero mi viaje no será una retirada, sino una tregua: sólo con -esa condición te daré gusto. - -—Ni yo te pido más. Una tregua precisamente, que te dará también -espacio para posar tus impresiones y resolver con toda cordura en -negocio tan importante. - -—Entonces, pasado mañana, si te parece... - -—Muy bien. Dios te ayude. - -Y mucho más satisfechos de lo que hubieran podido suponer durante el -curso de la conversación, bajaron los dos amigos a pedir el yantar. - - * * * * * - -Una hora después, sin cuidarse del sol, rondaba Rogelio la calle de -Florinda, avisado por ella de que estaría sola y podrían hablar un -rato. - -No tardó en aparecer sobre la sebe mazorral, entre rubos y agavanzas, -la gentil cabeza de la moza. Presentóse con una de esas dulces sonrisas -que nacen en los ojos y crecen en los labios, y acogió con apasionada -ternura el credo fervoroso del amante. Él, con mucha suavidad, -deslizó en la plática el temor de una repentina ausencia: sus asuntos -amenazaban llamarle a Madrid de un momento a otro. - -La súbita emoción que encendió el semblante de la joven, mostróla tan -triste, tan pesarosa y estrujada por la vida, allí muda y trémula entre -las zarzas del vallado, que el mozo, vivamente conmovido, le prestó mil -espontáneos juramentos de constancia y fidelidad. - -—Volveré pronto—decía—, cuando tú me asegures que estás dispuesta a -venirte conmigo. - -La miraba, gozoso de saberse profundamente amado, y sufriendo al verla -tan atormentada y dolorosa, visibles ya en su cara los esfuerzos de la -lucha que sostenía con el duro trabajo, apenas caído sobre los débiles -hombros. ¿Qué iba a ser de ella prolongando la amarga situación? De la -cruel servidumbre, ¿la había de redimir el oro del primo o el amor del -poeta? - -Como si la joven adivinase que aquella duda cabía en el pensamiento del -amado, murmuró con furtiva esperanza: - -—¡Sí; volverás pronto! - -Y pudo sonreir: aún dijo alegres frases y devolvió promesas de ardorosa -pasión, cauta y firme contra el primer asalto de una sorda inquietud -que le empañó el terciopelo oscuro de las pupilas, igual que si la -pálida sonrisa de los labios ya no pudiese volver nunca hasta los ojos -donde había nacido. - -Quedaron los novios en verse por la tarde en la mies. Pensaba Florinda -salir a la caída del sol, cuando el agua corriera por los liños en la -hanegada de la Urz, ya vencido el trabajo del riego que traía a la moza -desvelada. - -Despidióse Terán rendidamente, y se alejó despreocupado, con una -ligereza de espíritu indefinible y extraña en aquel momento: sentíase -optimista, lleno de dulces seguridades que apenas tenían raiz en su -conciencia, mecido en vagas ilusiones no menos gratas por imprecisas y -locas. Iba envuelto quizá, en cendales de amor, en el divino manto que -cubre con infinita dulzura a quien lo recibe, y destroza las manos que -lo tejen. - -Así encontró a Marinela, que huía de él y que cayó en sus brazos -derretida en lágrimas. Cuando la dejó partir transido de compasión, -perdió de repente la serena beatitud que le envolvía y hallóse -despierto a sus íntimos cuidados, pesaroso de tocar tantas tristezas, -perdido en confusiones y recelos, como si la zagala enfermiza le -hubiese contagiado con los zollozos todas sus inquietudes y ansiedades. - -Horas enteras vagó irresoluto y febril al través de Valdecruces, -acosado por la opresora sensación de hallarse prisionero. Una angustia -de cárcel le martirizó en cada rúa triste y ardiente. Y el cansancio -y la sed le llevaron a la entrada silenciosa de la taberna, sobre la -cual un lienzo inmóvil y de dudoso color denotaba a estilo del país el -tráfico de vinos. - -Pidió el forastero un vaso y una silla, no sin dar grandes voces, a las -que acudió un anciano. Servido con mucha parsimonia, contemplado con -asombro por una vieja que llegó tras el viejo, supo allí que el tío -Cristóbal Paz había fallecido de un sofoco en la mies. - -—¿Trabajando?—preguntó con lástima. - -—¡Quiá!; no, señor; mirando cómo andaban al riego unas mujeres. - -—¿Las de Salvadores? - -—Esas; ya fué allá don Miguel con el Santolio pero no le alcanzó arma -ninguna; ahora están esperando a la Justicia para levantarle. - -Descansó el poeta unos minutos, pagó con esplendidez el vaso de agua -con vino, y buscó una salida al campo, orientándose hacia naciente. Era -casi la hora de su cita con _Mariflor_; y el trágico acontecimiento de -la tarde parecía propicio a que la presencia del galán en la mies no -inspirase desconfianzas. - -Ya en el libre camino aparece un poco nublado el cielo: tenues vellones -grises circundan el ocaso donde el sol se inclina malherido por la -noche, implacable y rojo sobre la sedienta planicie. - -Cuando Rogelio rinde la finísima senda de la mies y se asoma al campo -baldío donde el cauce se tiende hacia el arroyo, un espectáculo de -tremenda emoción le pasma y le sacude. - -Allí, donde la rotura brava del erial toca en suave cima con el borde -del regatuelo, se yerguen Olalla y Ramona sobre los cárdenos fulgores -de la luz poniente. El ronco retumbar de sus azadas repercute áspero y -terrible, lo mismo que una cava de sepultura; avanzan y tunden las dos -mujeres, solemnes y misteriosas frente al ocaso como si le estuvieran -abriendo una sagrada fosa al astro moribundo; con mucha prisa, antes de -que le envuelva la noche en el sudario gris de la llanura. - -El cadáver del tío Cristóbal duerme en la rastrojera, a medio cubrir -por un piadoso abrazo de retamas; junto a él la tía Dolores reza o -llora, y vigila en una expectación delirante; y en el otro confín del -horizonte una orla de nubes pálidas tiende su pesadumbre a la orilla -del cielo. - - * * * * * - -La respetada hora de la siesta había pasado magnánima aquel día sobre -las cavadoras de la mies de Urdiales. - -Aprovechó Olalla el reglamentario reposo para satisfacer un repentino -impulso de su corazón. Y destacándose valiente en el abrasado rebujal, -cortó en la mustia ribera del arroyo un haz tan grande de retamas como -pudo ceñirle entre sus brazos, bien abiertos, robustos y acogedores. -Aún supo esmerarse con paciente solicitud, escogiendo en el retamal las -flores menos tristes; quería cubrir al muerto contra las moscas y el -sol, y hacerle los honores de la mies con un poco de dulzura. - -Mientras hacinó la pálida genesta sobre el cadáver, las otras dos -mujeres rezaban el rosario, acurrucadas en la linde del plantío. -Contaba Ramona las avemarías por los dedos, murmurando al final de cada -decena, a guisa de responso:—_Requiescanquinpace_. Dijo después la -letanía de la Virgen, en el mismo bárbaro latín, y comenzó a hilvanar -una serie formidable de padrenuestros por las obligaciones del difunto. - -Tranquila, hierática, agotó la mujer el repertorio de las oportunas -preces, con la calmosa ayuda de la vieja, cuando fué Olalla a sentarse -entre las dos, murmurando: - -—¿Qué hará Tirso, el heredero, con nosotras? - -—Quedarse con todo; quitarnos la casa; ese hereda las codicias con los -intereses—respondió la madre—. Su cara morena parecía más oscura, y -su acento, siempre brusco, sonaba más enrudecido. - -Callaron las tres un instante, sobrecogidas bajo la dureza de aquella -afirmación. - -Tirso Paz tenía fama de avaricioso; recibía el caudal paterno después -de una larga vida de privaciones, despechado contra la injusta suerte -del hijo pobre que tiene un padre rico; de seguro heredaba ansioso, -violento, impaciente de poseer, sin lástimas que para su miseria nadie -tuvo, sin treguas piadosas que su mismo padre le enseñó a negar. - -Esta certidumbre tembló, fatídica, al borde de la mies, en el ardiente -silencio lleno de luz, y ahogó sus ansiedades al imperioso aviso de -Ramona que, consultando al sol, pronunció gravemente: - -—Acabóse la sosiega. - -Avanzó hacia el cauce con la azada al hombro; la anciana y la niña la -imitaron y, al pasar junto al muerto, las tres hicieron reverentes la -señal de la cruz. Inició Ramona otra vez la cava con un brío salvaje, -como si la tierra le fuese violentamente aborrecida, como si en cada -golpe de los tundentes brazos pusiera un ímpetu de odio. - -Así avanzó la rotura al correr de las horas, entre una nube de polvo -estéril, pálida sangre de las sequizas entrañas abiertas a la sed del -centeno en furiosa persecución del regajal. - -A menudo la tremenda mujer volvíase hacia la muchacha para decir -sordamente: - -—¡Aguanta, niña! - -Y la pobre bisoña, sin aliento, empapada en sudor, seguía los pasos -de su madre, ya lejos de la abuela, que se quedaba atrás alisando -maquinalmente los terrones movidos, sin saber lo que hacía, como un -instrumento inútil y abandonado. - -Una súbita parálisis de todas sus fuerzas aplastaba a la tía Dolores -en la hendedura, triste y absorta, escarbando el polvo. Sentíase -impotente en el campo por primera vez en su vida. Sobre la infeliz, -esclavizada a la tierra por un amor recio y sombrío, caía el dolor de -la incapacidad con angustiosa certidumbre. Y cuanto más irremediable -era su desventura, más sensible se alzaba en su pecho un oscuro rencor -hacia aquella otra mujer, fuerte y joven que, arrebatándose en el -trabajo como una furia, ordenaba soberbia: - -—¡Aguanta, niña! - -La esposa, inflexible para recibir al esposo pobre y enfermo, podía -enorgullecerse como madre, capaz de acoger a un hijo desgraciado. Pero -la mujer vieja, la inútil labradora, ya no tenía derecho ni a ser madre. - -Así pensaba turbiamente la tía Dolores, recordando, para mayor -pesadumbre, el peligroso albur de sus hipotecas en poder de Tirso Paz, -más temible que el propio tío Cristóbal. Sin mies, sin casa y sin -arrestos para el trabajo, ya no lograría recibir a Isidoro, ni valerle -ni ampararle; ¡ya se había acabado todo para ella en el mundo! - -Probó la triste anciana a reanimar sus bríos, aún recientes, sobre -la bien amada tierra. Quiso sentirla con la fuerte pasión de otras -horas, y dominarla como en días mejores. Se inclinó audaz en el fondo -del cauce, con la azada entre las dos manos, como disponiéndose a -desenterrar con loca angustia sus fuerzas sepultadas y, al impulso del -imposible deseo, cayó de rodillas hasta dar con la frente en el polvo. - -El chasquido agrio de los huesos no resonó tan fuerte como los golpes -de la cava, y la vieja se alzó sin escándalo, vencida y pesarosa como -nunca, a tiempo que una voz apremiaba, cada vez más distante: - -—¡Aguanta, niña! - -Se iba quedando la tía Dolores sola con el muerto; le miró pávida y -entontecida. Sobre él languidecía la genesta, formando un bulto largo y -amarillo a ras de los rastrojos, en el borde de la rota. - -Sentóse cerca la mujer, con los recuerdos medio borrados y la seguridad -de su impotencia convertida en lágrimas y oraciones. - -Algunas veces Olalla, viendo a la abuelita en tan singular actitud, -llegóse a preguntarle si le hacía daño el sol. Ella negaba con un gesto -del mortecino semblante, y la moza corría miseranda al arroyo para -humedecer aquellos labios mudos, preguntando: - -—¿Por qué no busca la solombra? ¿Por qué no quiere descansar dello? - -La abuela balbucía en vago deliquio: - -—¡Aguanta, aguanta! - -Y volvía a quedarse con el difunto, lejos de las cavadoras. - -Comenzó a llegar gente por los senderos de la mies; algunos rapaces, -prófugos de la escuela, algunas ancianas compasivas, el cura, el -sacristán y el enterrador. - -Don Miguel reconoció ligeramente el cadáver, habló con las testigos de -la imprevista muerte, y se volvió a marchar. - -Las mujerucas, sin interrumpir el trabajo de sus vecinas, repitieron -con unción:—¡Biendichoso! - -Fuése el sepulturero a preparar la fosa, con serena delectación, y tío -Rosendín, el sacristán, devolvió respetuosamente a la parroquia los -sagrados óleos que habían acompañado a don Miguel. - -También los chiquillos desfilaron curiosos de ver llegar a la Justicia: -impacientes por escoltarla, y por correr en las callejas del pueblo la -trágica novedad. - -—Hasta la noche no pueden venir los de Piedralbina—había dicho el -sacerdote—. Al paso lento de Facunda es imposible que les llegue el -mensaje antes de las seis. - -Y toda la expectación quedó suspendida para el anunciado desfile. - -Mientras tanto el cauce tocaba ya la ribera del arroyo, y Ramona mandó -a su hija hacer algunos sabios cortes en el terreno de la mies, para -cuando el agua corriese. - -Arrastrándose entre los liños, la moza abrió con un destral leves -surcos en la cabecera de la «hanegada». Y alzóse pronto, ardiendo en -el calor reconcentrado de los panes, congestionada por la postura y el -esfuerzo, para correr a la cumbre de la rota, obediente a la sugestión -del terrible grito: - -—¡Aguanta, niña! - -Unos zarpazos más; un anhelo bravío de respiraciones; la suprema -tensión de los músculos, el último temblor desesperado de los nervios, -y las dos mujeres ven cómo el agua corre, humilde y fácil, convirtiendo -la dura zanja en blando atanor de promesas bienhechoras. - -Tiembla y canta el arroyo, el sol se pone, los panes beben y las -heroínas de la cava, febriles y deshechas, reposan junto al muerto... - -Cuando avanza Terán en el grave escenario, otra sombra le sigue. -Florinda registra también la rastrojera desde el borde de un sendero. -Llegan los dos al grupo singular, le miran silenciosos y escuchan cómo -la abuela dice con furtiva emoción, que parece escapada de un delirio: - -—¡Ya no podré recibir a Isidoro! - -Se vuelve Ramona hacia aquel acento profundo, y sorprendiendo toda la -amargura de la incapacitada madre, piensa de pronto en la propia vejez, -ve de ella un ejemplo en la sombría inutilidad de la anciana, y llora -con violentos sollozos, lívido el semblante reluciente de sudores, -temblando el cuerpo, que despide un áspero olor montuno. - -Florinda y su novio retroceden espantados, sin adivinar el origen de -tan repentino desconsuelo: quizá piensan huir de aquel brusco drama -incomprensible cuando una atracción fuerte les inclina sobre el cadáver -del tío Cristóbal. - -A la dormida luz del anochecer, bajo las retamas que ha movido la -curiosidad, sólo enseña el viejo sus garrosas manos, con las uñas -henchidas de la tierra arrebatada a los rastrojos en el arañazo supremo. - -[Illustration] - - - - -[Illustration] - - - - -XV - -EL MENSAJE DE LAS PALOMAS - - -HOY parte el poeta: después de medio día vendrá junto a los tapiales -del huerto para despedirse de su amada. - -«Volverá pronto». Esta frase se ha repetido muchas veces en pocas -horas, entre enamoradas ponderaciones. Meditándola con invencible -angustia, _Mariflor_, convertida en lavandera, encrespa ropa junto a -Olalla en el caz vecino de su calle. - -Muéstrase el cielo un poco aborrascado, y la temperatura, apacible, -tiene el sutil frescor de la humedad. - -Silenciosas trabajan las dos jóvenes, mucho más hábil _Mariflor_ -de lo que su impericia pudiese prometer. La tristeza le aploma el -pensamiento; mueve las delicadas manos entre espumas como una dócil -máquina insensible. - -Mira Olalla las nubes pensando en la inutilidad del riego, y suspira -al acordarse de la próxima siega: tampoco habrá un jornal para los -segadores, ni un respiro para el descanso, ni una tregua en el bárbaro -trajín, superior al esfuerzo de las pobres mujeres. - -Un vendedor ambulante pasa con su mulo cargado de baratijas y pregona -cansado: - -—¡Tienda... tienda! - -—Vende hilo, agujas, adornos y otras cosas—dice Olalla a su prima con -cierto orgullo. - -—Pero, ¿vende, de veras? - -—¡Natural! - -—Como aquí no hay quien compre... - -—¿No ha de haber? Se le cambian por las mercancías, huevos, lardo, -palomas, simientes... gana mucho. - -En un silencio inalterable y sordo, repercute el eco del pregón: - -—¡Tienda... tienda! - -Al final de la calle, por la plazoleta de la fuente, cruza un maragato -en alta cabalgadura, con equipaje y espolique. - -—¿Tirso Paz?—interroga Olalla con zozobra. - -—Parece joven. Tirso, ¿no es viejo? - -—Dicen que sí: yo no le conozco. - -Se quedan mudas y violentas, procurando ocultarse mutuamente las -íntimas preocupaciones. Y al mediar la mañana terminan su labor. - -No hay nadie en el _estradín_ por donde las dos mozas buscan los -pasillos, tornando a la casa por el corral. - -Marinela, doliente, calla en su dormitorio; y cuando Florinda quiere -abrir el suyo, tropieza un fardo en el suelo y ve sobre la cama ropas -de hombre, unas bragas y una almilla, llenas de polvo. - -—Ha venido tu primo, de repente, sin avisar—dice Ramona detrás de la -muchacha—, y como ésta es la habitación de los forasteros... - -Florinda parece de piedra ante aquel masculino traje maragato. Y -Olalla, que también se asoma al camarín, prorrumpe azorada: - -—¡Ha venido Antonio!... Era aquel viajero que vimos pasar. - -Y palidece como una muerta. - -—Sí; entró por la otra rúa—corrobora la madre con la voz menos agria -que de costumbre. - -—¿Y dónde está? pregunta al cabo Florinda, con aire estúpido. - -—En cuanto se mudó de traje marchó a casa del señor cura: dice que le -ha llamado él y que viene sobre lo de la boda. - -—Pues voy allá, ahora mismo. - -—¿Tú? - -—¡Claro! - -—Nunca vi cosa semejante: ¡una rapaza tratando con el novio del -casamiento! - -—Mi primo no es mi novio; pero si lo fuera, con mucha más razón -necesitaría hablar con él inmediatamente. - -Tan firme era el acento de la niña y tan rotunda su determinación, que -Ramona, obligada a transigir, quiso imponer su autoridad exigiendo: - -—Olalla irá contigo. - -—Que venga. - -Y al volverse hacia su prima, asombróse _Mariflor_ de hallarla sin -colores, desconcertada y absorta. - -—¿No vamos?—le dice. - -—Pero así, sin componernos un poco... - -—Si no tardas... - -—De un volido acabo. - -La maragata rubia desaparece seguida de su madre, mientras Florinda, -sin entrar en la habitación, aguarda impaciente, sufriendo el brusco -asalto de contradictorias emociones. ¿Qué va a conseguir de Antonio? -¿Cómo es él, y cómo la juzgará a ella? Su suerte se decide sin duda -en este día nublado y grave que pasa por Valdecruces tan sigiloso, tan -descolorido... - -Le parece a _Mariflor_ que su prima tarda; se sorprende al considerar -que se está componiendo como para una fiesta, sólo porque ha llegado -Antonio. Y con un inevitable gesto de coquetería, ella se alisa también -con las manos los cabellos, se sacude el vestido y repara los pliegues -del jubón: quizá entrase al gabinete para corregir con más detalles -el tocado, si una instintiva repulsión no la dejara otra vez tan -meditabunda que no se fija en el atavío lujoso con que Olalla vuelve, -ni en su semblante, ya compuesto y servicial. - -Hasta la vivienda del párroco no cruzan las dos primas una sola frase; -pero ya en la puerta de don Miguel, Olalla detiene ansiosa a Florinda, -y murmura difícilmente: - -—¿Qué le vas a decir? - -—Que nos salve. - -—Y... ¿no le quieres? - -—Para marido, no. - -—¡Piénsalo bien!; si le venenas las intenciones, nos dejará en la -misma tribulanza. - -—¡No puedo hacer más! - -Ahora es _Mariflor_ la que palidece y tiembla con un gusto amargo en la -boca y un velo de turbaciones en las pupilas. - -—¿Está arriba Antonio?—pregunta a Ascensión, que la recibe. - -—Está. - -—¿Y... Rogelio? - -—No le he visto salir. - -—Pero, ¿estaba con don Miguel? - -—Estaba. - -—Entonces... - -—No oigo hablar más que a dos personas... Don Rogelio entra y sale a -menudo. - -Cuando la valiente muchacha preguntó a la puerta del despacho:—¿Se -puede?...—un silencio de expectación dió margen al permiso, y la -visita nueva fué acogida con el mayor asombro. - -Hacía poco más de un cuarto de hora que la misma Ascensión pidió allí -audiencia para Antonio Salvadores. - -—Está abajo, preguntando por usted—había anunciado la muchacha a su -tío. - -El sacerdote, sin titubear, contestó: - -—Que suba. - -En tanto que Rogelio decía apresuradamente: - -—Yo me voy. - -Pero con una repentina inspiración le aconsejó su amigo: - -—Entra en mi alcoba. - -—¿A qué?... ¿a escuchar? - -—A enterarte. - -—¿Como en las comedias? - -—Y como en la vida. - -—No; no me gusta... - -—Si te asaltan escrúpulos, hay un falsete; pero quizá te interese lo -que oigas. - -Y como ya resonaban en el pasillo los zapatones del forastero, don -Miguel cerró la puerta acristalada, delante del artista, y le dejó -allí, azorado, a media luz, detenido a pesar suyo por la curiosidad. - -Primero oyó cómo se cruzaron los saludos de rúbrica: una voz recia y -joven alternaba con la de don Miguel. Según aquella voz, el viajero -no había encontrado en casa de la abuela más que a la tía Ramona, y -sin tomar descanso alguno acudía impaciente a la cita con el párroco. -El cual, atacado también de la impaciencia, no anduvo con rodeos -para llegar al fondo de la conversación; y la primera novedad que el -maragato supo, fué que su prima ya no tenía dote. - -—Entonces retiro mi palabra de casamiento—dijo la voz firme, no sin -barruntos de contrariedad. - -Volvióse el poeta con indignación hacia los cristales: los visillos de -tul dejaban entrever la salita mucho más alumbrada que la alcoba, y el -enamorado pudo distinguir al hombre que fué hasta aquel instante su -rival. - -—Tu abuela está en ruina como sus hijos—decía don Miguel, disimulando -con palabras corteses la cólera de su acento—; tiene toda la hacienda -empeñada y padece una vida miserable; tus primas andan al campo como -las más infelices del país, y tú eres rico, y es menester que no las -abandones, por caridad y por obligación. - -La temblorosa llamada de Florinda atajó en los labios de su primo un -reproche violento. - -—¿Obligación?—iba a clamar—. ¿Y para decirme esta me fuerzan a venir? - -Entraron las jóvenes con silenciosa acogida. Olalla, en actitud muy -recoleta, bajaba los ojos jugando con el floquecillo de su elegante -pañuelo; _Mariflor_ paseó por la sala un relámpago febril de sus -pupilas oscuras, y viendo solos al maragato y al sacerdote, recobró un -poco de serenidad. - -—Esta será la hija de mi tío Martín—masculló Antonio después de -saludar embarazosamente. - -—Esta es—dijo el cura. - -—Por muchos años... - -Y se quedó el mozo sin saber cómo atormentar a su sombrero entre las -manos gordinflonas. - -Habíase parado _Mariflor_ junto a su primo, espiándole en muda -pesquisa, llena de esperanza y de inquietud. - -Era ancho, fuerte, carilucio; tenía cortos los brazos, cándidos los -ojos, tímido el porte. Vestía rumboso traje, compuesto de pespunteada -camisa, chaleco rojo con flores y botonadura de plata, bragas de rosel, -sayo de haldetas, atacado por sedoso cordón, botines de paño con ligas -de «viva mi dueño», y churrigueresco cinto donde esplendía otro -galante mote de amorosa finura; bajo las polainas, unos enormes zapatos -de oreja tomaban firme posesión del suelo. - -Para abreviar los enojosos preliminares de la conferencia, don Miguel, -ceñudo, molesto, se apresuró a decir a la muchacha: - -—Antonio ya conoce vuestra situación. Y la tuya, particularmente, le -inclina, por lo visto, a no insistir en sus pretensiones de casamiento. - -Al singular descanso que estas palabras ofrecieron a la moza, mezclóse, -al punto, una viva impresión de repugnancia. ¿Qué iba a pedir al -mezquino corazón de aquel hombre? ¿Cómo sería posible conmoverle, ni -con qué dignidad intentarlo en aquel instante? - -El estupor y la vergüenza no la hicieron bajar los ojos: se los clavó a -su primo honda y calladamente, hasta hacerle sudar y retroceder: nadie -le había mirado así. - -Viéndole tan confuso y torpe, sacrificó ella un fácil desquite, -diciendo, con toda la dulzura de su voz y toda la generosidad de su -espíritu: - -—No te hemos llamado para tratar de bodas, sino para pedirte que -remedies a la abuela hasta que mi padre logre remediarla. Hace tres -meses que vine aquí sin sospechar lo que ocurría, y trato con don -Miguel, nuestro protector, de salvar la hacienda, que se está perdiendo -por ignorancia y timidez... No se atrevió la pobre vieja a confiarse a -ti, que eres rico y dadivoso... - -Subrayó Florinda este prudente discurso con una leve sonrisa irónica, -dulce mohín con el cual perdonaba desde luego el áspero desdén de su -pariente. - -—¿No respondes?—añadió con asombro ante el silencio del maragato. - -Y como aún callase, sudoroso, deshilando las borlas del sombrero, -avanzó la niña y le puso las dos manos en los hombros suavemente, con -familiar llaneza. - -—¡Vamos, primo! Tú eres un hombre educado, un caballero, y no puedes -consentir que la abuela, por faltarle un apoyo, se quede en mitad de la -calle, tan viejecilla, tan triste... ¿No la has visto? Se ha vuelto un -poco chocha con los años y las lágrimas y los dolores... Si tú no la -proteges, se quedará sin tierras y sin yuntas, sin huerto y sin casa. -Todo se lo debe a Tirso Paz, por un puñado del dinero que a ti te sobra. - -—¡Diablo de chiquilla!—musitó el cura. - -Olalla rompió a llorar con grandes hipos, y en la alcoba parecía que -alguien se revolviese. - -Pero Antonio, inmóvil, petrificado bajo los finos dedos de _Mariflor_, -no resollaba. Nunca tuvo cerca de la suya una cara tan hermosa; -jamás una voz parecida sonó tan suave y angelical en aquel oído de -comerciante; ni el mozo suponía que en el mundo existiesen criaturas -con tanta labia, tanto atractivo y tamaño corazón. - -—¿No respondes?—insistió ella, intentando zarandearle con blando -movimiento. - -No consiguió moverle; creyó inútil su generosa hazaña, y los lindos -brazos, afanosos, cayeron sobre el delantal en desfallecida actitud. - -Como si sólo entonces fuese el muchacho dueño de su albedrío, levantó -sus claras pupilas con arrobamiento hacia los ojos que le acechaban. - -Los halló impenetrables, sumergidos en solemnes tinieblas, y volvió a -bajar los suyos con invencible respeto. En tanto, _Mariflor_ leyó en la -repentina mirada tal propósito, que retrocedió convulsa hasta apoyarse -en un escabel. - -—Pues, hablaremos del asunto aquí el párroco y yo—dijo de repente -Antonio con cierto brío. - -Olalla cesó de llorar y Florinda no supo qué decir; sentía congelada -su elocuencia, y no se hubiese atrevido a tender de nuevo los brazos, -persuasiva y deprecante. - -Nadie se había sentado. Don Miguel, perplejo, irresoluto, liaba un -cigarrillo para Antonio, paseando entre la mesa y el balcón, sin -atreverse a hablar por miedo a arrepentirse. Iba cayendo en la cuenta -de que lo hubiera echado todo a perder si Florinda no le acude con el -dominio de su voluntad y el «ángel» de su persona. Mas ¿no iban ya -demasiado lejos las influencias de la muchacha? - -El cura lo temía, viéndola tan ansiosa y escuchando las amigables -razones del primo. - -Se desgarraron doce campanadas en un viejo reloj mural y casi al mismo -tiempo vibró en el aire el agudo tañido de la esquila, volteada en la -parroquia. - -Don Miguel comenzó a rezar «las oraciones»; un murmullo piadoso zumbó -en el aposento; parecía que unas alas invisibles agitasen brisas de paz -sobre las inclinadas frentes. Cuando se alzaron ungidas por la señal -de la cruz, los ojos benignos del sacerdote se posaron en _Mariflor_ -con misericordia. Ella inició una desconcertada sonrisa que pudo ser de -aliento o de quebranto, y don Miguel se resolvió a decir: - -—Bueno, pues Antonio y yo trataremos con calma de vuestros intereses. - -—¡Eso!—aseveró con energía el aludido. - -—Vosotras—añadió el cura—avisaréis en casa que el viajero come hoy -aquí. - -Unas fugaces excusas del invitado, una leve porfía de Olalla para que -les acompañase, y las mozas partieron con la promesa de que Antonio -iría más tarde a visitar a la abuelita. - -Por el camino, la maragata rubia dice muy alegre: - -—De ese lado abesedo sopla mucho el aire; va a llover. - -Y la fresca brisa del Norte que les azota el rostro, le parece a -_Mariflor_ que corre triste, con amargura de lágrimas. Se detiene la -moza a escuchar aquel sordo gemido, inquietante para ella como un -augurio, y Olalla se admira. - -—¿Qué oyes?...—pregunta—. Es el pregón del quincallero. - -Entre los silbos del aire tormentoso, una voz repite con errabunda -melancolía: - -—¡Tienda..., tienda!... - - * * * * * - -Supo Antonio Salvadores que don Miguel tenía en casa un amigo -forastero, el cual aquella misma tarde regresaba a Madrid. Y, de -acuerdo con el cura, consintió el maragato en aplazar toda gestión para -después de la anunciada partida. - -El huésped hizo las presentaciones entre sus comensales con mucha -delicadeza; pero la hora de comer transcurrió silenciosa, bajo la -respectiva preocupación de cada uno, acentuada en Antonio por su gran -cortedad y su recelo al trato con gente de pluma, novelistas a caza de -tipos y de observaciones que, a lo mejor, sacan en los papeles a los -pacíficos ciudadanos. - -Miraba el comerciante de reojo al poeta, sin perder el apetito ni -acertar a decir una palabra. Y el poeta sorprendía con poco disimulo -la ordinariez de aquellos dedos glotones y de aquella boca bezuda, -reluciente de grasa, con tendencia a sonreir y a tragar en golosa -premeditación. - -—¡Un hombre semejante despreciaba a Florinda! - -Esta idea, produciendo sublevaciones bizarras en el ánimo de Terán, -ponía, sin embargo, a sus ojos una sombra de humillación sobre las -excelencias de su novia. - -Mansamente, contra todos los impulsos de la voluntad, un cierto -desencanto se adentraba, furtivo, en el pecho del vate, y galopaba, -rebelde, por tierras de la fantasía, a la vanguardia de los -sentimientos más nobles. Al desaparecer las dificultades en torno de -aquel cariño, en las ambiciones de Terán enfriábase el astro del deseo: -¡humano tributo a la vasta inquietud de la imaginación, que en los -poetas suele tener un dominio incurable! - -Como si una racha de viento borrase de repente en las nubes la colosal -figura de un águila, dejándola convertida en mariposa, así la imagen -de _Mariflor_ venía a quedar en la mente de Rogelio al nivel de -otra zagala, sin ventura y sin novio; el brutal desdén del maragato -desvanecía las fantásticas nubes. - -Acababa el poeta de despedirse de la niña, asaltado por la turbia -impresión de todas aquellas novedades. - -Mostróse cautivo y devoto como siempre, y renovó sus promesas y -afirmaciones con las mismas palabras de otros días; pero en la alta -emoción de aquel instante, solamente los labios de la moza guardaron a -los profundos sentimientos una santa fidelidad. - -—Ahora sí que volverás pronto—dijo la muchacha, tratando de -sonreir—. Ya soy libre como el aire. Mi primo no me quiere porque no -tengo dote, y ya no depende de mi boda el bienestar de la familia; ¿te -lo ha contado don Miguel? - -Ocultaba, modesta, la intención de aquella singular mirada sorprendida -en Antonio. Y sintió el caballero enrojecer su frente al acordarse de -la grosería con que fué rechazada su novia. - -—Algo me ha dicho—balbució, añadiendo en la acerbidad de su encono—. -Tú no debías dirigir la palabra a ese hombre; eres demasiado humilde. - -—¡Si él ayuda a la abuela!... - -—Aunque la ayude. - -Dulcificó al punto sus frases y su acento mientras callaba la niña con -todo el dolor reconcentrado en los ojos. - -Rogelio tenía prisa; le aguardaban para comer y debía salir muy -temprano de Valdecruces a tomar en Astorga el tren de las cinco. -Buscaría el camino más corto por la carretera, huyendo del erial. - -También a _Mariflor_ la esperaban en la cocina delante de la olla, -entre coloquios y comentarios. - -—Te escribiré muchas cartas—prometió el poeta, cada vez más compasivo. - -—¿Y versos?... - -—¡Muchos! - -Sonrió él con deleite, alucinado por la repentina ambición de entonar -canciones pastoriles a la bella musa de los zarzales, allí amorosa en -medio del escaramujo y de las urces. - -Los últimos adioses se cruzaron fervientes; una emoción de arte -prevalecía sobre todos los peligros de la inconstancia. Florinda -acompañó a su novio a lo largo de la rúa con una mirada de ingenua -adoración. - -En la explanada de la fuente el recuerdo de Marinela Salvadores detuvo -al caminante. El candor del agua y los matices verdes y azulinos del -suave manantial, le trajeron con ternura a la memoria la imagen de -la niña, sus ojos zarcos y volubles y aquel saludo lírico que tanto -la asustó a la llegada del forastero; ¿qué había sido de ella? Lo -preguntaría antes de marchar, arrepentido de haber olvidado en absoluto -a la triste zagala que una tarde le dejó sobre el pecho la limosna de -su llanto misterioso. - -Todas las impresiones de aquellos quince días extraños, remansaban de -pronto seductoras en la conciencia del artista, como recordación de un -sueño peregrino que le obligase a sonreir. - -Junto a la parroquia levantó los ojos a la torre, y el lecho vetusto -de la cigüeña le dejó extático una vez más. Ya crotoraban audazmente -los hijuelos bajo las alas regias de la madre, mientras el macho, -solícito como nunca, limpiaba de reptiles la mies y nutría la prole en -incesantes revuelos alrededor del nido. - -El silencio de la calzada, la cobardía de la luz y el semblante -rústico del cuadro, sumergieron a Terán en artísticas divagaciones. -Y se abandonó a gustarlas con el íntimo gozo de saber que las iba a -sustituir por otras nuevas. Puso en sus pensamientos, como romántica -aureola, un incitante sabor de despedida, la dulce lástima de un -abandono que no punza, la perfidia sutil de quien siente por cada -placer desflorado vivas ansias de placeres en flor... - -De toda aquella despiadada dulzura, sólo queda ahora enfrente de -Antonio Salvadores un movimiento de disgusto hacia el zafio mercader -que despertó al prócer caminante embelesado en el más lindo sueño de -su vida. Quiere el soñador compadecerse a sí mismo, como si Antonio -le hubiese causado un grave mal obligándole a partir; y no analiza la -miseria de aquel secreto goce con que parte, ni la llama oscura de -egoísmos que arde en su corazón desde que Florinda se le aparece libre. -Ni siquiera se le ocurre pensar que su viaje ya no es urgente, ni quizá -oportuno; el corazón y la lógica no dicen al novio y al caballero que -la felicidad y el amor le debían detener... - -Se habla en la mesa de que llegó por la mañana, procedente de León, el -heredero del tío Cristóbal Paz. Rogelio calla y apenas come, nervioso y -susceptible, mientras el maragato devora. Don Miguel observa a su amigo -con alguna confusión, y el _Chosco_ avisa que ya está preparado el mulo -con el equipaje. - -Las despedidas son breves, porque el viajero no sabe disimular su -impaciencia; y el enterrador, que oficia de espolique, toma el camino -con la cabalgadura, delante de Terán, a quien acompaña un rato el -sacerdote. - -Ya en mitad de la calle, se vuelve el mozo como si algo se le olvidara. -Ascensión, que aún le despide desde la puerta, averigua complaciente: - -—Qué, ¿dejó alguna cosa? - -—A Marinela Salvadores, ¿qué le ocurre?... No la he visto... - -—Dicen que adolece de medrosía. - -—¡Pobre! - -—Ya le contaré que preguntó por ella. - -—Gracias. - -—Condiós; buen viaje. - -—¡Adiós!... - -Una tirantez extraña enmudece a los dos amigos en los primeros pasos, -camino de la libertadora carretera. - -No habían tenido tiempo de cambiar impresiones desde la llegada del -maragato, y don Miguel mostrábase receloso de la singular actitud del -vate. Éste rompe el silencio con alguna vacilación: - -—¿Has visto qué rufián?—alude, sacudiendo la tierra con un mimbre -espoleador que agita entre los dedos. - -—Ya tienes libre a la paloma—responde el cura, sin declarar que le -inspiran desconfianza las apariencias de Antonio. - -Rogelio, evasivo, empeñándose en tener que estar muy enojado, adopta un -aire de víctima: - -—Si, sí; pero es insufrible someterse a regateos y tapujos con un tipo -semejante. - -—Tú ahora nada arriesgas con la caridad de Florinda, independiente ya -de vuestro amor y de vuestros propósitos. - -—Pues, sin embargo, me duelen estas luchas tan mezquinas y pueriles en -que se apasionan corazones grandes, cuando hay fuera de aquí una vida -fuerte y ancha donde luchar y vencer. - -—¿Vencer?—murmuró el cura incrédulo—. ¡Ay, amigo!, a cualquier cosa -le llamáis en el mundo éxito y logro... La pobre humanidad es en todas -partes la misma; nació propensa a la ambición y al delirio. Mas para -soñar es menester vivir, y para vivir... ¡es preciso comer! Todas las -redenciones espirituales tienen, por culpa de nuestra humana condición, -sus raíces en lo material. Yo me afano porque mis feligreses coman, a -fin de que puedan soñar con algo firme y duradero; si _Mariflor_ me -ayuda esta vez, ¡bendita sea! - -Bajó el poeta la frente un poco avergonzado y taciturno, sobrecogido -por el recuerdo de aquella impetuosa caridad escondida de pronto, y -que dos semanas antes le inflamó con su divina lumbre al través de la -llanura. - -—¡Bravo luchador, que puedes vivir escarbando la tierra y soñando con -el cielo!—exclamó en un arranque de involuntaria admiración. - -—Cumplo mi destino—respondió sencillamente el cura. - -Y ambos permanecieron mudos contemplando el paisaje, siempre raso y -pobre, extendido entre besasanas y calveros, surcado por imperceptibles -rutas hacia la pálida cinta de una carretera que iba a perderse en -el horizonte: era el mismo que Florinda entrevió una tarde de abril, -llegando a Valdecruces enamorada y triste. - -—Hay que aguantar, señor, si no quiere que se le escape el -tren—advirtió el _Chosco_. - -—Sí; nos despediremos—dijo Terán—. A ti también te esperan. - -Y el sacerdote preguntó con un leve acento de ironía: - -—¿Volverás pronto? - -Aquella frase, tan acariciada en las últimas horas, sacudió la -conciencia del viajero. - -—¿Qué duda cabe?... En cuanto me aviséis—aseguró cordial. - -Un fuerte abrazo; promesa de noticias; votos de cariño y gratitud, y el -poeta montó en el mulo, que se alejó con paso rutinero y firme. - -Varias veces volvió el joven la cabeza hacia su amigo y le halló -siempre inmóvil, con los brazos cruzados sobre el pecho en pensativa -y extática actitud. La negrura del hábito sacerdotal emergía fuerte y -rara sobre la yerta amarillez de los añojales. - -—¿Pérfido?—se preguntaba el apóstol con infinita pesadumbre—. No; -un iluso, un equivocado—respondióse, poniendo el dedo en la llaga—. -Los poetas suelen ser como los niños: volubles y crueles... Juegan con -las emociones sin miedo a destrozar un corazón, sea el propio, sea el -ajeno, por pura curiosidad, y, a veces, con el mejor propósito del -mundo... Acaso los poetas, entre todos los hombres, merecen más, por su -condición infantil, las compasivas palabras: «¡Perdónalos, Señor, que -no saben lo que hacen!»... - -Bajo la sugestión de esta noble figura sacerdotal, majestuosa y triste -sobre el adusto llano, caminaba Rogelio, distraído en meditaciones de -todo punto ajenas a su amor. - -—¿Y el secreto de este hombre—se decía—, ese remoto y «blanco» -secreto que yo adivino y que se me escapa tal vez para siempre?... -Y este pueblo extraño, insondable, ¿de dónde procede al fin? ¿Es de -origen oriental? ¿bereber? ¿libio ibérico? _¿nórdico?_... Sufre los -oscuros ensueños de los celtas; tiene la bravura torva de los moriscos -y la fría seriedad de los bretones... Quizá le fundaron los primeros -mudéjares; quizá... - -El cobijo blanco del pastor dió una cándida nota al paisaje, y el -mental discurso quedó roto en la linde de la carretera, donde el -viajero dió el último vistazo a Valdecruces. - -Todavía la silueta del sacerdote, negra y perenne, ponía un punto en la -llanura gris. El caserío se columbraba apenas, confundiendo su pálido -color con los difusos tonos de caminos y celajes. - -Poco después, a los ojos perseguidores del artista, el punto negro -y la línea pálida fueron aplastándose contra la tierra hasta quedar -borrados, confundidos, hechos cenizas del erial y rastrojo miserable -del «aramio». - -Un bando de palomas voló apacible encima del poeta. El cual tuvo un -instante de súbita emoción. Una corazonada le inclinó ferviente en su -cabalgadura, con el _jipi_ en la mano y en los labios un beso, que en -mensaje confió a las avecillas; algo se rompía dulce y noble en aquel -pecho varonil picado de morbosas inquietudes; algo que circulaba por -las venas del mozo como un derrame de ternura y de lástima. - -La sensación fué tan vehemente, que tomó al punto proporciones de -remordimiento. Por primera vez aquel día tumultuoso para la conciencia -de Terán, preguntóse, con repugnancia de su misma pregunta, si le sería -posible haber pensado en abandonar a Florinda. - -—¿Pensarlo?... ¿«Consertir» en pensarlo?—musitó sonriente—¡Jamás! -Volveré a buscarla rendido y fiel. - -Y por debajo de este gentil propósito, el débil sentimiento urdía una -irremediable traición. - - * * * * * - -Durante la silenciosa comida de aquella mañana, tuvo _Mariflor_ -singular empeño en ir y venir al dormitorio de Marinela para llevarle -pan tostado y leche, agua con azúcar, palabras y caricias llenas de -solicitud. - -A cada instante la enamorada triste fingía escuchar su nombre para -levantarse y preguntar: - -—¿Me llamabas?... ¿Qué quieres? - -Con esta maniobra, a la cual se prestaba la preocupación de los demás, -pudo dejar entera en el plato su ración y al fin sentarse junto al -lecho de su prima que, a medio vestir, con el busto levantado sobre las -almohadas y el semblante doloroso, se consumía en extraña enfermedad. - -Hasta el oscuro rincón de la paciente habían volado poco antes rumores -de extraordinaria magnitud; la llegada del primo Antonio y la partida -del forastero—como en Valdecruces llamaban al poeta—resonaron -profundamente en la alcoba. - -Allí encontraba _Mariflor_ hondos y vibrantes los ecos de su angustia, -como si un secreto instinto la dijese que su pesar hallaba en aquel -aposento otro corazón donde repercutir, resignado y humilde. - -Denso vaho de fiebre trascendía de la cama, y la oscuridad, -aposentándose en los rincones, sólo permitía un tenue dibujo a los -perfiles de las cosas. _Mariflor_ buscó las manos de la enferma, que -trasudaba con el aliento hediondo y el pecho agitado. - -—¿Estás peor?—le dijo. - -—Mucho peor. - -—¿De veras? - -—¿No lo ves? - -La interrogación desconsoladora le sonó a Florinda como un reproche. - -—No; no lo veo—repuso, inclinándose ansiosa sobre aquel gemido; sólo -descubrió la amarilla figura de una cara y la inquietante sombra de -unos ojos. Transida de piedad, exploró el recuerdo de los últimos días, -desde que Marinela llegó a casa, llorosa y medio delirante, contando -la muerte del tío Cristóbal. Como entonces entrecortaba su relación -balbuciendo convulsa:—No puedo, no puedo—así, a las instancias que le -hacían para comer y dormir, respondió muchas veces con igual pesaroso -deliquio: - -—No puedo; no puedo... - -La costumbre de verla padecer y dejarla soñar, abandonó a la zagala -enfebrecida y sola en el escondite de su cuarto. - -Desfilaron las mujeres por allí, cada una con la prisa de sus faenas y -el agobio de sus preocupaciones, y la dijeron: - -—¿Quieres algo? - -—Agua—contestó siempre. - -Olalla, por la noche, al acostarse con la enferma, padecía un instante -de inquietud. - -—Tiés tafo nel respiro—observaba—y estás calenturosa. - -Pero la rendía el sueño, y a la mañana, el trabajo, envolviéndola en su -rudo vasallaje, la empujaba fuera del hogar para suplir a la _Chosca_ -en el acarreo de la leña y en el cuidado de la cuadra. - -La tía Dolores descendía a la decrepitud vertiginosamente, como si -alguien la empujase desde la cumbre de la voluntad y del esfuerzo. - -Y Ramona bregaba enfurecida en la mies, sachando entre las pujantes -umbelas, solicitada allí por la blandura que el riego puso en el -sembrado. Si posaba un minuto en la alcoba de su hija, era para fruncir -más el ceño y vaticinar cosas terribles a propósito del maleficio de la -tía Gertrudis. - -No era milagro que desde el hoyo de su cama la enferma recibiese -a _Mariflor_ como un rayo de luz. Durante aquellos tres días de -exacerbado padecer, varias veces una voz suplicante dijo en la alcoba: - -—¡Ven acá!... ¡Quédate un poco junto a mí!... - -Y otra voz, apresurada, inquieta, respondía: - -—Ya voy... Más tarde... Luego iré... - -Florinda, en la congoja de sus pesadumbres y temores, no había tenido -tiempo de acudir al llamado quejumbroso. - -Y Marinela aguardaba consumiéndose de recónditos afanes, con la -obsesión de que en su prima moraba, en espíritu enamorado, el caballero -de los ojos azules. - -Cuando los de ambas muchachas se buscaron en el espejo de las pupilas, -la oscuridad no dijo más que zozobras, temblores y preguntas. - -—¿Qué te duele?—quería _Mariflor_ saber. - -—Nada; me atormentan el miedo y el secaño. - -—¿Y a qué tienes miedo? - -—A morirme... y a otras cosas. - -—Pues vas a vivir, a ponerte buena y a profesar clarisa. - -—No, no. - -—¿Ya no quieres? - -—Querer... sí—pronunció la zagala con alguna indecisión—; pero no -tengo dote. - -—¡Le buscamos! - -—¿Tú? - -—Entre todas. - -—¡Si te casaras con el primo, que es tan pudiente! - -—Eso es imposible. - -—Entonces... con el otro—indagó la niña arrebatada de impaciencia. - -—¡Dios sabe!... O con ninguno. Pero de todas suertes, buscaremos el -dote, si eso te hace feliz. - -Grande confusión produjo el pensamiento de la felicidad, impreciso y -extraño, cual una sombra nueva, bajo la penumbra que las emociones -condensaban en aquel espíritu infantil, alma fina y dócil llena de -miedo y de sed como la carne febril que la envolvía. - -Entre las muchas perplejidades de su imaginación, sólo un deseo -definido apreciaba la enferma: el de tener a Florinda al lado suyo y -sentir el contacto de aquella juventud delicada y hermosa, en la cual -parecían posibles todos los prodigios de las ilusiones. Escuchando -la voz de su prima, viendo su cara, sentía Marinela aclararse sus -nebulosos ensueños, como si un rayo de sol les diese forma y rumbo: -para la inocente ambiciosa, Florinda era la humana realidad de todos -los presentimientos inefables; algo así como un trasunto glorioso de -cuantas quimeras y rebeliones se fraguaban en aquel corazón de niña, -desbocado y herido. - -—¡No te vayas!—suplicó ella mimosa. - -—¡Si me voy a estar contigo toda la tarde!—prometía _Mariflor_ -clemente. - -—¿Ya «te despediste?»—insinuó entonces Marinela, vibrante de -curiosidad. - -—Sí. - -—¿Volverá pronto? - -—Eso dijo. - -—¿Te escribirá mucho? - -—Versos y cartas—confesó la novia. - -Sentía que sólo el corazón de la zagala era allí adicto a sus amores, y -por primera vez hablaba con ella en cómplice secreto. - -—¡Romances!—murmuró la niña con la voz repentinamente ilusionada. - -Y cerrando los ojos, en un espasmo de sentimental deleite, añadió: - -—Dime aquellos de la farandulera, que los aprendimos de memoria. - -Comenzó Florinda a repetir los versos con argentino son, como si el -cristal de su alma resonase al través del recitado. Y escuchaba la -paciente niña empapando su espíritu en las olas del afanoso cantar, con -tan fuerte embriaguez, que le pareció sentir en la carne el escalofrío -de violentas espumas. - -—Basta, basta—gimió—¡me duele! - -—¿Cuál? - -—El romance... el pensamiento... - -—Duerme un poco; no te conviene hablar tanto—aconsejó _Mariflor_, -alarmada por la apariencia del delirio. - -Pero la niña preguntó de pronto con mucha serenidad: - -—Y tú, ¿dónde vas a dormir esta noche? - -—¡Ah, no sé! - -—¿Con la abuela? - -Turbóse la moza: una repugnancia invencible la hizo exclamar: - -—¡No! - -—Entonces, ¿con quién?... No hay más camas. - -—Aunque sea en el escaño de la _Chosca_. - -—¡Mujer! ¡Si aquel rincón hiede! Da tastín a una cosa picante, así -como cuando el queso rancea. - -Alcanzada por un asco irresistible, _Mariflor_ se puso de pie con -instinto de fuga. ¿Dónde iba a dormir aquella noche? - -—Al raso: en el huerto, en el corral—pensó heroica y rebelde. - -Y Marinela, sin enterarse del tremendo sobresalto, murmuraba conmovida: - -—¡Oye! - -—¿Qué? - -—¿Ya «se marchó»? - -La alusión, tácita y dulce, vibró con estremecimiento de saeta. - -—Sí; ya irá por el camino—dijo Florinda amargamente. - -Sus palabras rodaron con un eco profundo, como si dilatasen los -horizontes del viajero en infinita peregrinación. - -—¡Quién fuese paloma!—exclamó la enferma con ardiente arrebato. - -Una imagen de alas libres, de lontananzas azules, de espacios alegres, -de amor y de luz, robó a la novia el pensamiento, en sacudida brusca de -la imaginación. Sentía de pronto la pesadez implacable de la atmósfera, -con tales náuseas y repulsiones, que un indómito impulso de todo su ser -le obligó a decir: - -—Me voy... vuelvo en seguida. - -Y salió escapada del dormitorio, sin tino y sin aliento. - -Buscando aire y claridad, llegó al _estradín_ y se quedó suspensa -delante de las tres mujeres de la casa, que parecían esperar una -visita, sentadas muy ceremoniosamente alrededor del aposento, sin -acordarse, al parecer, de sus cotidianos trajines. - -La abuela había resucitado un poco, listos los ojuelos y solícita la -postura, mientras Ramona doblaba el cuerpo en la silla, vencido por -la costumbre de escarbar los azarbes y los surcos, y lucía Olalla -su pañolito de Toledo, frisado y reluciente, margen de un rostro -impasible. - -No sabía _Mariflor_ cómo esquivarse a la censura de aquel extraño -grupo, silencioso como un tribunal, y azorada murmuró: - -—Marinela necesita que la visite el médico. - -—Aún se le debe el centeno de la iguala—dijo Ramona, acentuando la -sombría dureza de su rostro. - -—No importa; hay que llamarle—se atrevió a replicar Florinda. - -Y Olalla, encendida por el carmín del remordimiento, se puso de pie, -balbuciendo: - -—¿Recayó? - -—Tiene calentura. - -—Habrá que darle agua serenada. - -—Y un fervido esta noche—añadió la madre. - -—Voy a verla—decidió Olalla saliendo del _estradín_, con su paso -corto y solemne, para volver el punto más de prisa, exclamando:—¡No -está en la cama! - -—¿Cómo que no? - -—Ven, ven; no está. - -Las dos mozas corrieron juntas, y detrás gritaron las dos madres. - -—¡Sortilegio, sortilegio!—rugía Ramona, en tanto que la abuela, sin -comprender el motivo de tales alarmas, iba lamentándose: - -—¡Ay... ay!... - -Todas palparon en la oscuridad el vacío lecho, y Ramona se hundió en él -de bruces, relatando conjuros y exorcismos con demente superstición. A -su lado, la tía Dolores seguía gimiendo: - -—¡Ay... ay!... - -Las muchachas buscaban a Marinela por diferentes escondites: no podía -haber corrido mucho en poco tiempo, débil y medio desnuda. - -Todavía, en el asombro de la nueva inquietud, le sonaba a Florinda -con encanto la suspirada frase: ¡quién fuese paloma!, y los pasos -de la joven siguieron maquinalmente el invisible hilo de aquella -fascinación. Desde la penumbra de la escalera ganó la novia, con -gesto iluminado, la cumbre alegre del palomar, y entre el rebullir de -los pichones y el plumaje esponjoso de los nidos, halló a la pobre -Marinela, tiritando y encogida, de hinojos en el suelo. - -—¿Qué haces, criatura?—gritó, corriendo a levantarla. - -Pero ella puso un dedo en los labios con sigiloso ademán. - -—¡Chist!... ¿No oyes muchas alas que baten?... ¡Escucha!... - -—Sí; es que llega el bando—respondió Florinda, asomándose a recibir a -las viajeras, enajenada también por indecibles anhelos. - -—¿De dónde viene? - -—Pues de la llanura, del camino... - -Alado azoramiento de temblores y arrullos invadió el palomar. - -Quizá tocó a las aves un leve espanto en las alas cuando el viento -revolcó los húmedos sollozos en la estepa, aquella tarde triste; quizá -en los picos y en las plumas traían las palomas un mensaje embustero -y perjuro. Si el tempestuoso retornar de las mensajeras encerraba un -fatal designio, Florinda le recibió encima de los labios, sorbiéndole -hasta el corazón en el aire frío de las alas revoladoras, mirando al -nublado cielo con los ojos llenos de lágrimas, y Marinela le esperó -de rodillas, aterrada la frente, sumisa la cerviz, como una humilde -criatura sentenciada al último suplicio. - - - - -[Illustration] - - - - -XVI - -LA TRAGEDIA - - -SOFOCADO y mohíno salió Antonio Salvadores de la segunda conferencia -con don Miguel, luego de afirmar que sólo casándose con Florinda -remediaría los apuros de su gente. - -Había soltado la contradictoria declaración de sus intenciones con la -prisa de quien se descarga de un grave peso. Aceleradamente, lleno de -timidez y de bochorno, se adelantó a decir: - -—Me casaré con «ella» y arreglaremos esas trampas sin demasiados -perjuicios... - -No esperaba el cura tan a quemarropa la presentida capitulación. -Sonrió, avisado, y quiso paliar con diplomacia su respuesta para -no herir de frente el masculino orgullo, muy empinado y hosco en -Maragatería. - -—¡Hombre!—dijo—vamos por partes: la moza oyó que tú la rechazabas; -¿cómo vas a exigir ahora que te quiera?... estará quejosa, ofendida... - -—¿Ella?—dudó Antonio, como extrañando que una mujer pudiese tomar la -seria determinación de ofenderse. Luego, en aquella duda presuntuosa, -abrió su camino oscuro otra sospecha. ¿Y si _Mariflor_ no fuese una -mujer como las demás?... Porque parecía distinta... - -—Usted le dirá que me equivoqué—propuso el mozo—; que no supe -expresarme; que usted me entendió mal y yo no me atreví a desmentirle; -cualquiera disculpa que a mí no se me ocurre. - -Tanta cortesía y previsión eran indicios de firme voluntad -conquistadora. Y don Miguel, perplejo, confiando a la Providencia -el desenlace de aquel conflicto, se limitó a insistir, como medida -de precaución contra un brusco desengaño, en que Florinda era muy -sensible, delicada de pensamientos, dueña y señora de su voluntad por -expreso designio de su padre. - -—Pues usted se entenderá con ella: le dice... - -—No; eso tú. - -—¿Yo? - -—Naturalmente. - -—Usted no me conoce; yo no sirvo para hablar de estas cosas con -rapazas; además, aquí no se usa. - -—Pero tu prima es mujer de ciudad, inteligente y razonable, y tú ya -eres un hombre educado a la moderna. - -—Yo soy el mismo de antaño, don Miguel; y me pongo zarabeto y torpe en -tratándose de finuras: quiero casarme con _Mariflor_; ayúdeme usted y -me daré a buenas en lo de la abuelica. - -Clavado con tenacidad en su deseo, encendido el rostro y la actitud -inquieta, el pretendiente no dió un paso más por el camino adonde se le -quería conducir. - -Y ya mediaba la tarde cuando el cura llevó a su convidado a casa de la -tía Dolores, prometiendo explorar el ánimo de _Mariflor_ y evitarle al -mozo en lo posible, las negociaciones directas con la prima. - -Entraron, pues, los visitantes por la puertona principal, se asomaron -al _estradín_ desde el pasillo, y, no hallando quien los recibiera, -deslizáronse hasta la cocina. Quizá sus mismos pasos, recios sobre las -baldosas, y un repique sonoro del bastón de don Miguel, les impidiese -oir hacia la alcoba de Marinela voces apagadas y sollozos furtivos. - -La moza, sorprendida en el palomar, acababa de aparecer, dócil como -un corderuelo, de la mano de _Mariflor_, y era recibida con espanto -como un ánima del otro mundo. Revolvíase la madre en el dormitorio, -asegurando «que la renovera le había traspuesto de suso a la rapaza -con intención luciferal». A estos aberrados plañidos hacían coro, -augurales, las otras dos mujeres; y en vano Florinda procuraba explicar -que, sin duda, la enferma, necesitando aire en los ardores de la -calentura, había escalado inconsciente el abierto refugio de las -palomas. - -Sin negar ni asentir, acaso contagiada por la superstición de los -hechizos, Marinela gemía, hundiéndose en la cama otra vez y dejando que -su madre la cubriese con un rojo alhamar. - -—Es preciso que sudes—ordenaba Ramona—para que desarrimes la friura -del pecho. - -Y el terrible cobertor fué rodeado con saña al cuerpecillo febril. - -—¡Tengo sede!—lamentaba la niña sollozando. - -—¡Ni una gota de agua, ni una sola!—sentenció la madre severa. - -Y la voz de don Miguel resonó entonces impaciente: - -—¡Ah, de casa!... ¿Dónde estáis? - -Pero ya estaban en la cocina, aceleradas y serviciales, las de -Salvadores, dejando sola con la enferma a _Mariflor_, aplastada bajo -el aire estantío del dormitorio. No permaneció allí mucho tiempo. La -llamaron al compás de unas voces solapadas, y acudió medrosa, con la -incertidumbre en el corazón. - -Iban cayendo en la cocina las precoces tinieblas de aquella tarde gris, -y Antonio había buscado el rincón más oscuro para aposentar su lozana -persona; junto a él quedaron medio escondidas las tres mujeres; de -modo que al entrar la joven, sólo vió al cura, de pie bajo la escasa -claridad del ahumado ventanuco. - -A una indicación del sacerdote le siguió Florinda, pasmada, hacia el -_estradín_, y, traspuesto apenas el umbral, los dos hablaron quedamente -un instante, mientras en el fondo de la cocina se delataban algunos -acentos confabulados y cautelosos. - -Por el sombrío rastro de tales rumores fuese _Mariflor_ derecha hasta -su primo, le puso como por la mañana las suaves manos en los hombros, y -le dijo enérgica y triste: - -—Yo no te pedía nada para mí, y aunque me dieras todo el oro del -mundo, no te puedo querer ni ahora ni nunca. - -Tronaron sordamente unas frases violentas, en voz opaca de mujer, y un -brusco regate hurtó bajo los dedos de la niña el coleto de Antonio. -Libre ella de su grave secreto, volvió a guarecerse junto al sacerdote -que, habiéndola seguido desde el _estradín_, recibía otra vez el -fugitivo resplandor de los cristales, en el centro de la cocina. - -—¿Entonces?...—interrogó Olalla con increíble desparpajo. - -—Antonio dirá—pronunció cohibido el cura. - -Y cuando parecía imposible que el mozo respondiera, atarugado por -timideces y rencores, subrayó con bastantes ánimos: - -—Digo «que nada»; ya lo sabe usted. - -Hipos y quejas estallaron encima de tan ruda afirmación, y allí, en -la cómplice oscuridad, fué pronunciado con odio y amenazas el nombre -«del forastero». Cuanto maldecía Ramona, áspera y cruel, repetíalo -maquinalmente la tía Dolores, mientras Olalla, más prudente y justa, se -atenía a ponderar el común infortunio con ayes quejumbrosos: - -—¡Ay los mis hermanos!... ¡Ay mi abuelica!... - -Desde lejos, Marinela, ardiendo en fiebres del cuerpo y del alma, -estremecida por aquellos extraños gritos, se atrevía también a plañir: - -—¡Tengo sede! - -—¡Qué escándalo!... ¡Esto es una vergüenza!—clamó atónito don -Miguel—. ¡Silencio!—ordenó al punto con una voz estentórea, y el -cuento de su bastón repicó furiosamente en el solado. - -Establecida en apariencia la tranquilidad, dejóse oir el resoplido -de una respiración muy agitada, un trajín de carne ansiosa, como si -jadeando en las tinieblas Antonio se hubiese puesto de pie. - -De pie estaba; había entendido que aquel señor «de pluma», displicente -y finuco, invitado por don Miguel, con mucho golpe de espejuelos y de -romances y poca guita en el bolsillo, le birlaba la novia. ¡Y vive Dios -que no sería así, tan fácilmente! - -Por los fueros de Maragatería, por la honra de su casta, lo juró -Antonio Salvadores. - -Con el estallido de un beso sobre la carnosa cruz del índice y el -pulgar, dió el maragato fe de su altivo juramento, y, arrogante, audaz -como nunca, preguntó: - -—¿Cuánto hace falta para que no lloréis? - -El estupor que estas palabras produjeron, enmudeció al auditorio, hasta -que Florinda, incrédula, quizá un poco mortificadora, dijo sordamente: - -—Para que no lloren, hace falta mucho dinero. - -—¿Cuánto? - -Desde el fondo de la oscuridad, la insistencia de aquella pregunta -parecía algo fantástica. Y la joven, vacilando, como si en sueños -hablase con un duende o respondiera a un conjuro, enumeró: - -—A don Miguel hay que darle cuatro mil pesetas en seguida. - -—¿Qué más? - -—Tres mil se le debían al tío Cristóbal... - -—Al médico le debemos la iguala. - -—Y al boticario treinta riales—apuntaron desde la sombra. - -—¿Qué más?—aguijaba Antonio con tales bríos, que _Mariflor_, -corriendo un loco albur, añadió retadora: - -—Mil duros para reponer los ganados y las fincas... Otros mil para que -Marinela profese en Santa Clara... - -Crujió un escaño bajo el desplome del cuerpo, cuya voz pronunciaba -desoladamente: - -—¡Pues lo doy! - -—¿Todo?—acució Ramona delirante de codicia. - -—Todo... si me caso con «ella»; sois testigos. - -—Eso es imposible... ¡imposible!... - -La indómita repulsa quedó ahogada entre insurgentes voces. - -—¡Podré recibir a Isidoro!—balbució la abuela con extraordinaria -lucidez. - -Y Ramona, en súbito arranque de ternura, dulcificó sus labios al -proferir: - -—¡Mis fiyuelos!... - -Pero el maragato oyó rodar la palabra «imposible» hacia donde la luz -resplandecía, y hazañoso al abrigo de las tinieblas, advirtió con -rotundo acento que apagó el de las mujeres: - -—Yo no mendigo novia: pongo condiciones a la protección que se me -pide; si no convienen, ¡salud!, y que no se me diga una palabra más del -tributo de esta casa. - -—¡Dios mío. Dios mío!—plañía _Mariflor_ con espanto en aquella -negrura, cada vez más espesa, donde las enemigas voces del Destino -ponían cerco a una felicidad inocente. - -De pronto, aquel muro de sombras que disparaba frases como dardos -al corazón de la joven, se removió siniestro, y pedazos vivos de la -implacable fortaleza avanzaron hacia Florinda en forma de tres mujeres -suplicantes y desesperadas. - -Quiso entonces la infeliz asirse al noble apoyo de don Miguel; pero los -hábitos sacerdotales recogían la creciente oscuridad con tan severa -traza, que también tuvo miedo de esta inmóvil persona muda y negra. - -Y en semejante asedio y abandono, huyó la moza, perseguida por su -propio grito atormentado. Ganó el corral, cruzando el _estradín_, y -en plena rúa, corrió ciegamente, bajo la indecisa luz del prematuro -anochecer. - - * * * * * - -Al ocurrir la desalada fuga, quedó en suspenso el vocerío de las -mujeres, y en la prisa por buscar una solución al urgente problema de -la boda, se le ocurrió a Olalla encender el candil. Aunque no alumbró -mucho espacio la crepitante mecha, a su amarilla claridad surgió -abocetada, impaciente en un rincón, la figura de Antonio. - -Se limpiaba el maragato con un pañuelo de colores el sudor copioso de -la frente, y aparecía fatigadísimo, como si allí rindiera en aquel -instante la más dura jornada de su vida. - -—«Ese» no se la lleva a ufo—rezongaba—; cuando yo me planto, no le -hay más terne en todo el reino de León. - -Y bravatero, jactancioso, revolvíase entre el escaño y el llar, y hacía -con el pobre moquero raudos molinetes, en la actitud belicosa del -antiguo fidalgo que empuñase una espada leonesa de dos filos. - -Pero aquella caricatura de perdonavidas, singular en el carácter -apacible de Antonio Salvadores, no mereció la atención de las mujeres -tanto como la quietud del párroco, silencioso y como entumecido en -medio de la estancia. - -—¡Padre!... ¡Don Miguel!... ¡Señor cura...!—clamaron tres voces, -a la rebatiña de palabras insinuantes y cariñosas para sacudir al -ensimismado protector. - -—¡Es verdad!—murmuró él, recordando, como si su espíritu volviese -de un viaje—. Yo tenía que deciros alguna cosa en esta ocasión... -Pues, ya lo estáis viendo: la muchacha «no puede querer» a su primo; -el primo «no quiere» favoreceros a vosotros, y yo, ni puedo ni quiero -sobornar los sentimientos de una doncella para hacer caridades a costa -de perfidias. - -Hablaba despacio, tranquilo; su indignación se abatía sin duda en el -propósito de no intervenir más en aquel triste asunto. Y sus palabras, -escapándose en parte a la penetración de los oyentes, parecían el -resumen de un breve examen de conciencia. - -Don Miguel Fidalgo, místico y piadoso, alma encendida en lumbres de -terrenales sacrificios, se había encariñado con la esperanza de que -_Mariflor_ realizase el acto sublime de tomar, por amor a su familia, -una cruz en los hombros. Sabía el cura muchos secretos de divinas -compensaciones; confiaba poco en la constancia de Rogelio Terán, y -temiendo por la frágil dicha que manejaba el poeta, imaginó poder -asegurarla haciéndola fecunda aprovechando, por decirlo así, el seguro -dolor de una existencia en beneficio de otras pobres vidas y en -simientes de goces inmortales. - -A la luz de tan altos fines, los espejismos de don Miguel pudieron -ser hermosos; pero ahora, de cerca, tocando las salvajes pasiones y -hondas repugnancias que la heroína debiera resistir, un vértigo de -materiales angustias celaron al soñador los excelsos fulgores del -imaginado sacrificio: teorías consoladoras, confianzas secretas y -afanes recónditos, eran torres de viento para el bárbaro empuje de -la miserable escena presenciada. La brusca realidad de aquel contacto -produjo en el apóstol una sensación de pavorosa caída desde las nubes -a la tierra. Convencido de haber soñado a demasiada altura de las -fuerzas humanas, despertábase pesaroso, lleno de compasiones y de -remordimientos, como si el oculto albergue que dió a las esperanzas de -la boda fuese una culpa en la tragedia que sobrevenía. Y compungido por -el tumulto de tales pesadumbres, oyó como decía Olalla: - -—El mal caso de no querer «a éste», es por «el otro». - -—¡Por el amigo de usté!—renegó la madre, hostil. - -Le dolía al cura este recuerdo como el mayor delito de su influencia -sobre la vida de _Mariflor_ en Valdecruces; parecíale imposible haberse -dejado llevar por un sentimiento romántico hasta el punto de compartir -un día con la inexperta moza ilusiones confiadas a un caballero -errante, mariposa de todos los vergeles, giróvago enamorado, de tan -noble intención como firmeza insegura. Despierta la desconfianza que -lejos del amigo pudo adormecerse, crecía en el ánimo del sacerdote -recordando la singular precipitación con que Terán partía, después de -resistirse para conceder una tregua a su enamorada solicitud. En el -preciso momento de quedar la novia libre de morales ligaduras, con que -ella misma por compasión se ataba a una promesa, alejábase el novio -impaciente, reservado, incomprensible... ¡Acaso ya corría en el tren -seducido por todas las atracciones de la vida, sin que en la ambiciosa -cumbre de sus pensamientos la idea del deber tuviese nada más que unos -lejanos resplandores! - -Esta consideración penosa indujo al cura a conmiserar dolorosamente las -humanas flaquezas y a dejar correr una benigna lástima sobre aquellos -toscos espíritus asfixiados por el brutal peso de todas las ignorancias -y de todas las necesidades. Procuró mover los corazones bajo la -espesura de las inteligencias, solicitando mucho cariño y compasión -para Florinda, y quiso de nuevo suponer que la rebelde actitud de -la muchacha con Antonio obedecía a un justo desquite más que a las -rivalidades aludidas por Olalla. - -El maragato, muy en desacuerdo con sus recientes fachendas, apresuróse -ahora, optimista y conciliador, a recoger la tranquilizadora especie; y -sin abdicar de su nativo orgullo, pronunció benévolo: - -—Sí, la rapaza me tiene malquerencia por «aquello» que usté le dijo de -mí... - -Olalla y su madre no se mostraron muy convencidas de semejantes -suposiciones, y permanecieron inquietas, atribuladas por el fracaso -definitivo de la boda; en tanto que la tía Dolores, sin alcanzar -la magnitud de la desgracia, temía un contratiempo en el negocio -matrimonial. Mirando de hito en hito a don Miguel desde el fondo gris -de las pupilas, preguntó medrosa: - -—¡Eh!... ¿qué dicen? ¿Por qué la rapaza fuge? - -Pero su voz se apagó entre los pasos veloces de los niños que -regresaban de Piedralbina con las trojas al hombro y las caras -interrogantes. - -—_Mariflor_ corría llorando—dijeron al entrar. - -—¿Por onde? - -—Por la mies. - -Adoraban los chiquillos a su prima, y la inquietud les daba -atrevimiento para inquirir en el rostro del cura razones de la triste -carrera que ellos no habían podido contener. - -—Volverá—prometió el párroco, seguro—; volverá cariñosa para -vosotros y buena como siempre. - -—Sí, volverá; ¡no tiene hiel!—exclamó Antonio con disimulada -impaciencia. - -Y huyendo de la luz agonizante del candil, atajó en el pasillo al -sacerdote, que ya se despedía. - -—Marcho de madrugada; ¿qué razón llevo?—preguntó solícito. - -—¿De cuál? - -—De la boda. - -—Pues ya lo ves ¡ninguna! - -—Pero... ese escribano de Madrid, ¿ha de tornar? - -—Creo que no. - -—¿Y luego? - -Don Miguel se encogió de hombros, desazonado y aburrido en aquella -burda porfía, repitiendo mentalmente la grave palabra de _Mariflor:_ -«¡Imposible, imposible!» - -No parecía entender el mozo la elocuencia de los silencios ni la -expresión de los ademanes. Y aunque Olalla acudía con el candil, -aparentó el primo estar a oscuras para declarar magnánimo: - -—Yo sostengo mis condiciones. - -Como nadie le respondiese, añadió sobrepujante: - -—Y aguardaré el sí o el no... hasta Navidá. - -—¿Todavía el no?—dijo don Miguel con involuntaria sonrisa. - -Marinela, que escuchaba un murmullo de voces cerca de su alcoba, -dolióse una vez más: - -—¡Tengo sede! - -—Dadle agua a esa criatura—recomendó el párroco al salir. - -En los umbrales del portalón recordó alguna cosa, y se detuvo, -advirtiendo: - -—Tened en cuenta que a mí no me debéis nada. - -—¿Y las cuatro mil?...—quiso Antonio averiguar. - -—Nada, nada—interrumpió el sacerdote, resuelto y apresurado. - -Pero aún se volvió hacia sus feligresas, y encarándose con Ramona, le -dijo con especial tono: - -—Florinda no tiene madre, ¡acuérdate!... - - * * * * * - -Para volver a su hogar aquella misma noche sólo puso la fugitiva por -condición, en forma de sumiso ruego, que la esperase Olalla un poco -tarde, cuando los demás se hubiesen acostado. - -Y desde casa del cura, donde posó al final de su anhelante carrera, fué -acompañada por Ascensión y su madre hasta la puerta del _estradín_. - -De la timidez y sobresalto con que pisó de nuevo la cocina oscura, -solamente Olalla pudo sorprender la emoción. Pero, con los ojos turbios -de sueño, la joven no vió más que una sombra de su prima avanzando -pasito en la punta de los pies. - -Entonces un lamento de fracaso quebró apenas la silenciosa quietud. - -—Dios no quiere hacer el prodigio; ¡no quiere!—sollozó Florinda con -tan penetrante desconsuelo, que Olalla sintió necesidad de abrir los -brazos. - -—¡No llores!—respondió generosa. - -Y su pecho macizo, impasible a menudo, derritióse en blanduras -maternales al echar sobre sí el gran dolor de otra mujer. - -Manaba tan vivo aquel pesar desde la herida tierna de un corazón, -que Olalla la sentía correr como un torrente donde se desbordasen -todas las amarguras del mundo. El deseo imperioso de consolar subió -de las entrañas de la moza, y derramó sus sentimientos más dulces y -protectores en estas elocuentes palabras: - -—¿Quieres un poco de tortilla, un poco de vino que sobró a Antonio? - -Como no pudiese _Mariflor_ responder, siguió diciendo: - -—Lo había guardado para Marinela; pero te lo doy a ti. - -—No, no; gracias—dijo al cabo la favorecida. - -Porfió la maragata rubia con grande solicitud; pero _Mariflor_ la hizo -creer que había cenado ya. Juntas se hundieron en las oscuridades del -pasillo; y Olalla puso el candil en el suelo entre las puertas de dos -habitaciones contiguas. - -—Yo no me desnudo, porque tengo que levantarme al amanecer—dijo, -acompañando a su prima hasta la cama de la abuela. - -Enterada de que Antonio partía muy temprano, advirtió Florinda, -estremeciéndose: - -—No me llamarás a esa hora... - -—No, mujer; nos levantaremos dambas, mi madre y yo. - -Hablaban callandito, y un momento contemplaron mudas a la anciana, -dormida con la boca abierta. - -Estirándose en la semioscuridad con macabra rigidez, la figura yacente -parecía de tal modo un cadáver, que _Mariflor_ llegóse a tocarla -presurosa. - -—¡Está fría!—dijo trémula. - -Pero Olalla, imperturbable, repuso: - -—Los viejos siempre están congelados: y diz que es dañino acuchar con -ellos los rapaces, porque les sacan la calor. Por eso la abuela duerme -sola. - -Un silbido leve, fatigoso, daba noticia de la respiración de la -anciana, y, fuera, otros audaces silbos anunciaron los rigores del -temporal. - -La lluvia estalló sonora sobre el «cuelmo» sedoso de la techumbre, y -toda la casa quedó mecida por el llanto y los suspiros de la noche. - -—¡Dios mío, qué tristeza!—murmuró Florinda desnudándose. - -Había colocado un almohadón a los pies del lecho y desdoblando la ropa -con sigilo, deslizóse en él sin tocar a la anciana. El irresistible -escrúpulo que antes galvanizó a la infeliz, asqueada y vergonzosa, -volvió a poseerla en la orilla de los colchones, empujándola a riesgo -de caer. Resistióse casi adusta cuando Olalla la quiso arropar, y hurtó -el cuello y los brazos desnudos al roce de la sábana. - -—¡Si tienes tanto frío como la abuela!—protestó la prima. - -—¡No importa, no importa!—balbució _Mariflor_, sin saber qué decir, -escalofriada a pesar de la densa espesura del ambiente. Luego añadió -amable: - -—Y tú, ¿vas a quedarte en vela? ¿No tienes frío y sueño? - -—¿Frío en el mes de julio?... ¡Válgame Dios!... Cansada sí que estoy; -agora apago la luz y voy, aspacín, a echarme junto a Marinela. - -—¿Está mejor? - -—No sé; dímosle agua y se durmió; pero arde y tiene temblores. - -—Hay que llamar al médico. - -—Madre no se atreve, por la paga. - -—Pues hay que llamarle—insistió Florinda suspirando. - -Revolvióse un poco la abuela, tembló la moza al borde del colchón, y -Olalla dijo: - -—Duerme; ya es tarde. - -Salió en puntillas, de un soplo mató la luz, y ya entraba en su alcoba -cuando la detuvo un leve reclamo de _Mariflor_. - -—¡Oye!... Ese ruido, aquí cerca, que no es del viento ni de la lluvia, -¿de dónde viene? - -Olalla escuchó un instante, y ahogó su risa al replicar: - -—Es «él»... es Antonio que ronca; ¿tienes miedo? - -[Illustration] - - - - -[Illustration] - - - - -XVII - -DOLOR DE AMOR - - -SOBRE el llanto profundo de aquellas horas tristes, ¡cuántas angustias -rodaron en el alma de _Mariflor_! - -El novio no escribía; mudo en la ausencia, oscurecido como fuyente -sombra, perdía su señuelo, de quijote en la llanura de los «pueblos -olvidados». - -Todos los días procuraba la joven sorprender al tío Fabián Alonso -cuando, caballero en el rucio, repartía al través de Valdecruces la -escasa correspondencia. A la hora del correo, deslizábase _Mariflor_ -al huertecillo en prudente vigilancia. Aprendió a mover un destral, y, -con las sabias advertencias de la prima, fué puliendo los caballones y -limpiando los caminos, precisamente a las seis de la tarde, cuando el -tío Alonso pudiese aparecer sobre la linde antes de dar la vuelta por -la rúa donde la casona abría su entrada principal. Al divisarle, una -terrible emoción perturbaba a la novia, y cuantas inquietudes ocultan -sus resortes en las raíces del deseo, giraban locamente alrededor de la -valija mensajera. - -En aquellos instantes de suprema ansiedad, no había palpitación alguna -en la tierra ni en los cielos que para la joven no alcanzara signos -milagrosos de un augurio; el manso zurear de las palomas, el vuelo -suave de una mariposilla, el murmullo del regato, las señales apacibles -del horizonte, eran nuncios de sonriente promesa. Y, en cambio, -producía en la enamorada cruel zozobra que las aves volasen mudas, que -durmiese el arroyo o que una vedijuela de nube rodara en la limpidez -del cielo azul; así los afanes pendientes del papel amoroso que había -de llegar, padecían indecibles martirios agravados por mil puerilidades -de la impaciencia. - -Ráfagas bruscas del mismo fuerte sentimiento sacudían a _Mariflor_, -supersticiosa o creyente en contradictorio impulso. Tan pronto se -estremecían sus labios con el temblor de una plegaria, confiando a -Dios todas las inquietudes del corazón amante, como bebían sus ojos -en la fuente de imaginarias significaciones, y la nunca dormida -fantasía fraguaba sus quimeras sobre una flor, una zarza, un nublado, -convertidos en talismán. Y cada nuevo desengaño, al doler y pungir como -traiciones, prendía en la esperanza un nuevo estímulo, acendrando el -amor con el dolor. - -Nada preguntaba la niña a don Miguel, y tampoco el sacerdote necesitó -preguntar a la niña. Al encontrarse, ambos se miraban a los ojos con -la costumbre de medirse los claros pensamientos; ella leía reproches -y enemistad para el amado ausente, y aquél encontraba perdones y -disculpas en respuesta a su tácita acusación. - -Transcurrieron en estas ansiedades muchos más días de los que -_Mariflor_ creyera posible resistir. Anduvo como una sonámbula viviendo -en apariencia, desprendida con furioso egoísmo de cuanto no fuese -anhelar noticias de su novio. El pan y el sueño le sabían a lágrimas, -a ofensa el aire y el sol, y a intolerable esclavitud los lazos que la -unían al hogar. Huyó de Marinela, que la llamaba siempre desde el lecho -con una pregunta ardiente entre los labios, y procuró evadirse a toda -intimidad, trabajando sola, en el huerto y la «cortina», convirtiéndose -en hortelana, con indiferencia absurda, sin que la doliese el esfuerzo -ni la dañase el calor. Apenas supo de Olalla y de su madre, que, -laborando en la mies, aparecíanse en la cocina por la noche, mudas y -hambrientas, estoicas, impasibles... La abuela, incapaz como nunca, -gemía por los rincones con el corazón cansado de sufrir, y los niños -tornaban de la escuela descalzos y maltrechos, sin que Florinda lo -advirtiese. - -Generosa con el ingrato, no pudiendo admitir la idea de su olvido, -hasta llegó la joven a creer que hubiese muerto. Imaginó accidentes, -percances y dolencias; se atormentó con las más trágicas suposiciones -y sintió como un vértigo irresistible la atracción de la muerte; -tornábase enfermizo el carmín de sus mejillas, vacilaba su paso y -brillaban sus ojos con la tibia claridad de soles adormecidos. - -Una de aquellas tardes en que acechaba desde el huerto la llegada del -tío Fabián, al oir un chasquido de herraduras en las piedras, tuvo -que arrodillarse para no caer. Quedó inmóvil de hinojos, transida -de emoción, y el viejo, que solía mirarla con regalo y curiosidad, -asomándose a la sebe lo mismo que otros días, hizo un guiño a manera de -saludo, y murmuró, piadoso: - -—Hasta que no ahuyentes a la bruja no recibes esquela. - -Levantóse la niña zozobrante a perseguir el eco de aquel aviso y -le pareció columbrar a la tía Gertrudis inclinada sobre el bastón, -doblando la rúa a pasito menudo y cauteloso. - -Sed de amor y hambre de felicidad dieron ímpetus a Florinda para -correr en pos de la vieja. Pero la calle donde creyó que había -desaparecido, solitaria y misteriosa, no le mostró rastro ninguno. - -Siguió la joven caminando al azar, enardecida por el deseo de pedir a -los ojos nublados de aquella mujer y a su entorpecida voz razones del -maleficio que desde el abuelo Juan alcanzaba a la nieta inocente. - -Aún ardía la tarde, espléndida y dulce. Julio, al morir, agitaba el -abanico dorado de los centenos con una brisa generosa que fingía -murmullos de oleaje. - -No había llovido desde aquella noche triste en que _Mariflor_ -Salvadores lloró acerbamente con las horas, y la tierra, colorada y -sequiza, muerta de sed, emanaba agrestes perfumes en todo el paroxismo -de su excitada vegetación. - -Aromas y rumores brindaron su refrigerante caricia a la desolada moza, -apenas traspuso los linderos del lugar. - -Sabiendo que la tía Gertrudis habitaba en el barrio vecino de la mies, -íbase _Mariflor_ con ciego impulso por las rutas del campo, decidida y -absorta como si caminase derecha hacia lo infinito. - -De pronto, allí, a la orilla de un propicio sendero, encontró a -_Rosicler_. - -—¿Onde vas?—clama el pastor, atónito, delante de la moza. - -Ella se aturde, olvidando a qué esperanza la lleva aquel camino, y en -una repentina evocación de su desventura, dice con acento oscuro: - -—A buscar a la tía Gertrudis. - -—¿La renovera? - -—No sabemos si lo será—responde Florinda un poco avergonzada de -sospechar lo mismo que el pastor. - -—Diz que lo es; y que a tu gente le hace mal de ojo por rencillas que -tuvo con tu abuelo. - -Mientras coloquia el zagal, le seducen extrañamente la cabellera -sombría y la entenebrecida mirada de la joven. - -—¿Gastas poca salud?—pregunta conmovido. - -—Gasto mucha—balbució la enamorada maquinalmente. - -—Píntame que has adelgazao—murmura él, pesaroso—. Y añade, viendo -que la muchacha se quiere despedir: - -—¿Sabes a casa de la bruja? - -—No. - -—¿Entonces?... - -Desconcertada _Mariflor_ intenta continuar su camino, pero el rapaz la -detiene: - -—Yo te enseñaré—dice—. No necesitas dar vuelta a las aradas: según -vamos al pueblo, un poquitín a la derechera, hay una rúa angosta, y -alantre alantre, onde ves una cabaña con hartos boquetes y mucho cembo -en la techumbre, acullá... - -Pero Florinda está llorando. - -No comprende ella por qué su sensibilidad, atrofiada y como inerte -bajo la dureza del dolor, se derrite al contacto de la solicitud -de _Rosicler_. Saborea hieles de lágrimas hace ya muchos días, sin -conseguir el alivio del llanto. Y apenas el zagal pone ingenuamente sus -devociones al servicio de la secreta pesadumbre, estalla la lluvia del -corazón en los ardientes ojos de la novia; un sentimiento fraternal -suaviza la inclemencia del oculto padecer y afloja las bárbaras -ligaduras del silencio y el disimulo en el pobre pecho atormentado. - -Aquella racha de aromas y rumores que antes penetró el alma de la -moza como apacible compañía, fué, sin duda, el anuncio de esta brisa -sentimental que en el abandonado espíritu levantan las solícitas frases -del pastor. - -Sintiendo el apoyo de una fuerza consistente y viva, reacciona -_Mariflor_ y responde a su amigo: - -—Ya no voy adonde dices: me vuelvo a casa. - -—Y, ¿por qué lloras? - -—Porque sí. - -Esta irrebatible lógica desconcierta un poco al zagal, que luego se -rehace y afirma: - -—Ya lo sé: porque se marchó el forastero sin que os echáramos el -rastro... No quiso el señor cura. - -La moza no contesta, distraída en el consuelo de llorar, y, siguiéndola -por los estrechos viales de la mies, el pastor se preocupa meditando en -los motivos del lloro. Porque él oye decir que la niña está solicitada -para Antonio Salvadores, y no es probable que con un pretendiente de -tanta robustidad, hacienda y poderío, ella suspire por un extranjero -«ceganitas y esgamiao». - -—¡No puede ser!—corrobora en voz alta. - -Y, súbito, un razonamiento luminoso le da la clave del enigma: - -—Lloras—dice muy cierto—por las malas nuevas que tuvo de allende el -señor cura. - -—¿Las tuvo? - -—Mi hermano escribió. En la esquela pone que el tío Isidoro adolece -del arca y está «en los últimos»; que su padre quiere llevarse a Pedro, -y que... - -—Pero, ¿a quién se lo escribe? - -—Eso a nosotros, con el sobre a don Miguel, y otra carta semejante -recibió el mismo día, lo cual que dijo: Esta es de Martín. Las tenía en -somo de la mesa cuando llegué a buscar la de mi hermano. - -Sobresaltada y anhelosa, despierta _Mariflor_ desde el infausto sueño -de sus amores a las imponentes realidades de la vida. Sus lágrimas -se borran al calor de los remordimientos y el rudo latigazo de la -conciencia imprime velocidad al paso y al raciocinio de la joven. - -—¡Mi padre!—murmura enajenada. - -Y aquel nombre, dulce y solemne, le suena extraño y nuevo, muy remoto. - -Asustado el zagal, teme haber sido inoportuno, y divaga en -murmuraciones confusas: - -—Yo conté que lo sabías... Quizabes no sea cierto... Podemos ir yo y -tigo a preguntar... - -—Gracias, _Rosicler_: será mejor que vaya sola. - -Es tan visible y lastimoso el esfuerzo con que la niña se dispone a -correr en busca de sus nuevas desgracias, que el pastorcillo siéntese -inclinado a compartirle. Pero no sabe cómo sostener la media cruz de -aquel dolor, y para demostrar siquiera que él también sufre, afligido -murmura: - -—Yo marcharé con Pedro, sabe Dios hasta cuándo. - -—¡Pobre zagal!—lamenta Florinda, volviendo con dulzura la mirada a -los cándidos ojos que la siguen. - -A _Rosicler_ se le enciende el semblante, lanza un fuerte suspiro al -aire claro y esconde en el corazón unos cuantos secretos. - -¡Tal suspiran las mieses, cargadas de misteriosas inquietudes! - - * * * * * - -Don Miguel estaba en Astorga y fué preciso aguardarle, ya que llegaría -de un momento a otro. - -—Anda muy ocupado con el casamiento—dijo Ascensión a su amiga, -recibiéndola cariñosamente. - -La idea de que el cura estuviese negociando un préstamo para la dote, -colmó la pesadumbre de la muchacha. Era la primera vez que se ponía -en contacto con la gente del pueblo desde la llegada del primo y la -partida del novio, y una dolorosa cortedad hacía difíciles sus palabras -y sus averiguaciones. - -—¿Sabes tú lo que ha escrito mi padre?—atrevióse a decir. - -—No sabemos nada. - -Esta prontitud de la respuesta hizo a Florinda comprender que Ascensión -tenía orden de no decirle lo que supiese acerca de aquel punto. Pero -sin duda no le estaba prohibido exacerbar los pesares de la amiga con -crueles alusiones; y, más curiosa que malévola, por saber muchas cosas -que ignoraba, fué diciendo con femenil astucia: - -—¿Tienes buenas noticias de la Corte? - -Inmutada, la triste novia movió negativamente la cabeza. - -—¿Y de Valladolid? - -—Tampoco. - -—Facunda Paz ha dicho que te casas para las Navidades. - -—No es cierto—pudo protestar Florinda con delgada voz. - -—¡Ah! yo creí... ¡Como el primo os lo pone todo tan llano!... La -verdad es—continúa la muchacha al cabo de un inútil silencio—que -habéis tenido mala suerte: la tía Dolores pierde los caudales cuando ya -no puede trabajar; Marinela adolece, para morir cuando caiga la hoja, -y los chicos están abandonados, mientras Olalla y su madre andan de -obreras, si a mano viene. - -—¿De obreras... para los demás?—gime tembloroso, a punto de romperse, -el hilo de la remisa voz. - -—Sí; mañana van para nosotras. - -—Y, ¿a qué trabajo? - -—A la siega. - -—Pero, ¿no vienen hombres de Galicia? - -—Algunos vienen a segar otros centenales de más labor; aquí lo -suelen hacer las segadoras: «éstas» se ofrecieron, y ¡como son buenas -servicialas!... - -Le parece a la novia del poeta que fluctúa un ligero desdén en las -palabras de Ascensión, como si ya fuese irremediable el hundimiento -de la familia Salvadores y esta ruina arrastrase consigo todas las -deferencias que gozó en Valdecruces la niña ciudadana. La jerarquía del -corazón y la superioridad de la inteligencia, pugnan por levantarse -rebeldes sobre el desvalimiento fortúito, mas un pálido sonrojo tiñe la -frente de la orgullosa, y sus labios permanecen inmóviles: se siente -abandonada, pobre como jamás lo estuvo, lejos como nunca de todas las -cumbres que un día creyera poseer. El hondo fragor de sus arrogancias -enmudece esclavo de la fatalidad, cunde silencioso y baldío, derramando -los deseos en las tinieblas. - -Y Ascensión, creciéndose con infantil empaque, según advierte el -profundo descorazonamiento de la niña, adopta un tonillo desusado para -enumerar «las donas» que recibe del novio, presume y alardea entre -manteos, jubones y delantales, esparcidos con hartura por la estancia. - -Cuando llega, a poco, don Miguel y hace que Florinda suba a su -despacho, no puede la muchacha ocultar su aflicción a los ojos del -sacerdote; llora a raudales, derribada en el primer escañuelo que -tropieza, sorda a las preguntas con que el apóstol persigue la -desaforada cuita. - -—De ese modo no se puede vivir, _Mariflor_—prorrumpe don Miguel con -blanda severidad. - -Y la moza, difícilmente, responde: - -—Es que necesito morirme. - -Paseando en torno del parpadeante velón, aguarda el cura que se aquiete -la tremenda crisis de aquel pesar. Y cuando ya parece que a Florinda se -le agotan las lágrimas y sólo quedan en su pecho suspiros, indóciles -como rezago de borrasca furiosa, el confesor acerca un escabel a la -doliente, y ella misma procura abrir el alma a las investigaciones que -la solicitan. - -Fuertes son los quebrantos que la zagala llora, no lo niega don Miguel; -pero no es de criaturas cristianas el abandonarse al infortunio en -estéril desesperación, olvidando la suma bondad de _Aquel que tiene -cuenta con los pajaricos y provee a las hormigas, y pinta las flores, y -desciende hasta los más viles gusanos_. - -Esta prometedora evocación remueve con empuje milagroso las moribundas -fibras de una esperanza. ¡Pues no había olvidado _Mariflor_ aquellas -frases tan dulces y sabidas! Con su recuerdo acuden en tropel los de -la madre muerta y las lecciones aprendidas en su regazo; y un soplo -inmenso de ternura levanta los sombríos pensamientos de la moza. - -Lumbres de la excelsa piedad que alcanza a las hormigas y a las flores -y busca a los gusanos entre el polvo, despiertan con su luz todas -las piedades dormidas en el triste pecho de la enamorada. Y ya en la -torrentera de la juvenil pasión, corren con las amarguras del férvido -caudal muchas compasiones para cuantos seres tiemblan en las ramas -del fracaso y del vencimiento, como aves castigadas por la lluvia en -adversa noche: enternecida bajo la piadosa corriente de un dolor menos -áspero, _Mariflor_ escucha lo que va contando el sacerdote. - -No es cierto que las noticias de América sean tan malas como ha -entendido el simple de _Rosicler_: aunque el tío Isidoro no mejora, los -temores sobre su enfermedad no son definitivos, y los médicos opinan -que la vuelta al terruño quizá operase en el enfermo una beneficiosa -reacción. - -Cuanto al viaje del rapaz, su tío le juzga conveniente, porque, -inútil Isidoro para el trabajo, le hace falta a Martín en el tenducho -una persona de su confianza. ¿Que Pedro es un niño? Más niños y sin -protección alguna emigran otros infelices: es necesario avezarse a la -lucha por la vida y resistirla desde la niñez. - -Tampoco es una desgracia nueva que trabajen a jornal Ramona y su -hija. ¿Qué más tiene el surco propio que el ajeno, si exige el mismo -trabajo, le riega una misma fuente y el beneficio que reporta sabe a -pan moreno de una sola mies?... ¡Un poco de orgullo sacrificado es cosa -tan pueril cuando se piensa que «nuestras propiedades» lindan con el -cementerio!... - -Quiere don Miguel consolar a _Mariflor_ y se esfuerza en aducir -consideraciones de ultrahumana filosofía; pero en el fondo de sus -graves palabras, solloza con tal ímpetu la tragedia del páramo, que se -descubre, arisca, la visión de los añojales, fecundos por el terrible -esfuerzo de las mujeres, confundidos con la tierra común preñada de -despojos, florecida de cruces y de nombres. - -Y el pecho de la enamorada palpita con tan humanos afanes, tan seducido -por las aficiones a la vida y los anhelos de la transitoria felicidad, -que el pobre corazón se retuerce mártir y convulso, loco de pena entre -las lindes pálidas del cementerio y de la mies. - -Sin embargo, es preciso pensar continuamente en los grises caminos -que deslindan «arrotos» y sepulturas. ¿Qué dice el heredero del tío -Cristóbal? ¿Arrebata la hacienda de la familia Salvadores? ¿Se muestra -piadoso?... - -Sí; pues aunque Florinda lo dude, es cierto que Tirso se ha presentado -espontáneamente a don Miguel para decirle que prorroga hasta Navidad -los préstamos otorgados a la tía Dolores. - -—¡Hasta Navidad!... ¡Qué raro es eso! ¿Hablaría Antonio con él? - -No contesta el párroco a esta pregunta, pero de sus frases, vagas, -colige Florinda que no ha sospechado mal. Entonces un atrevido -pensamiento la conforta: ¡si el primo fuera remediando los apuros de la -familia hasta las Navidades! - -Siempre sería ésta una ventaja para todos; además, en cinco meses, -¡pueden ocurrir tantas cosas!... - -En seguida salta la imaginación de la joven a la más urgente de las -deudas familiares; ¿habrá pagado Antonio las cuatro mil pesetas -al cura? Trata Florinda de averiguarlo con dolorosa timidez, y el -sacerdote la interrumpe inquieto y persuasivo: - -—No me debéis nada—murmura—; ni un céntimo; ya lo sabe Antonio. - -—Pero la boda se aproxima... - -—Tengo en el bolsillo las pesetas. - -Como parece que la joven duda, don Miguel desdobla un fajo de billetes -que lleva guardados encima del corazón, y cuenta muy despacio la -interesante cantidad. - -Aún no se aclara el entrecejo de la niña; la nube que le oscurece -persiste inquietadora, porque la hazaña de recuperar aquel dinero le -tiene que haber costado al cura un sacrificio, una humillación, quizá -un bochorno. Pero el bienhechor niega, sonríe: ¿Y si se lo hubieran -regalado?... ¡Vaya con la aprensiva! - -—Usted dijo que a un pobre le era casi imposible lograr ese -préstamo—aduce _Mariflor_ acongojada. - -—Yo suelo equivocarme algunas veces, y tú eres una visionaria que -estás conspirando contra tu salud a fuerza de atormentarte; basta para -afligirnos la situación de la pobre Marinela. Conque, hija mía, a -vivir... y a esperar. - -—¿En quién?—prorrumpe ávida la moza. - -—¿Y me lo preguntas? - -—Sí; ya lo sé: ¡en Dios únicamente!... - -La incertidumbre que interrogó desde los ansiosos labios se condensa -en un gesto de cansancio profundo. Atosigada por las vicisitudes del -Destino, siente Florinda muy lejana la ayuda de Dios, muy alto el -cielo, en inabordable confín, y harto duros en la tierra los desiertos -del olvido cruel. Nostalgias de una felicidad imposible crecen en el -colmado corazón, con apremios tan vivos, que todas las piedades y las -ternuras se encogen relajadas bajo la explosiva fuerza de un solo -anhelo. - -Y audazmente, sin escrúpulos ni rubores, con absoluta necesidad de -asirse a un hilo de esperanza para poder vivir, pregunta la niña: - -—¿No sabe usted nada, nada «de él», ni una palabra siquiera? - -—¡Ni una palabra!—responde el cura con indefinible tono, lleno a la -vez de piedad y acusaciones. Advierte en seguida que su respuesta corta -como un puñal, y ve a la sentenciada palidecer y levantarse al filo de -la rotunda negativa. - -Un violento espasmo sacude la fuerte juventud de _Mariflor_, crispa en -sus labios el pesar una sonrisa helada, y tiembla en sus ojos un ramo -de locura. - -La convulsión de aquella pobre vida y el estrabismo del torturado -entendimiento, piden un socorro eficaz: pero, buscándole con la más -compasiva solicitud, sólo encuentra don Miguel revulsivos y cauterios -que, fundentes, contribuyen a derretir los caudales de bondad -constreñidos en el robusto corazón. - -—Tu padre te escribe—anuncia, fingiendo que no siente ni descubre -aquel martirio—. Aquí está la carta. - -Como la moza no tiende su mano a la misiva y continúa vacilante en los -trágicos límites de la demencia y el desaliento, añade el cura: - -—Tu padre sufre y trabaja por ti; es menester que le confortes. - -—¡Ah, mi padre!—exclama ella como un eco de lejanos cariños y -palabras antiguas. - -—Sí; él, que sólo vive para volver a verte... Y Marinela... ¡escucha!, -Marinela se muere pronto si no la cuidas tú. - -—¿Se muere? - -—¡Claro; nadie la socorre! - -—¡Virgen santa!... - -El párroco ya sabe que el alma de Florinda se resistirá a sucumbir -ante el dolor; la ve arrastrarse hacia la derrota, fascinada por el -abismo de la pena, tornar luego sumisa a los requerimientos del deber; -apagarse, encenderse al soplo de corrientes misteriosas, como una -llama recia y combatida. Él la espera, la busca, y asiste conmovido al -ardoroso combate sentimental. - -Pero la infeliz combatiente descubre el acecho de otra alma y se -esconde, replegada en sí misma, con el supremo recato de los más -íntimos pesares. Y el cura, al fin, ignora qué propósitos triunfan -en la conciencia de _Mariflor_, mientras ella se despide con el aire -pasmado, llevándose la carta. - - * * * * * - -Desfallecen las luces del crepúsculo, y la noche se levanta en el -llano; le parece a Florinda que el silencio cae como una gran oscuridad -sobre la aldea. - -Unos niños juegan al «columbón» en la explanada, pero se columpian sin -hablar ni hacer ruido, y con el propio secreto cunde la cancioncilla de -la fuente, gota a gota. - -El pobre hogar que la enamorada encuentra, está sombrío y silencioso, -lo mismo que Valdecruces. Ella lo pisa con atroz angustia, mas a poco -de acostumbrarse al taciturno ambiente oye cómo también una lágrima -horada este silencio, manando, a hilo, como la fuente de la calle: es -la voz humilde con que Marinela suspira. Al segundo reclamo de esta -gota de pena, siente _Mariflor_ un formidable sacudimiento en todas las -fibras de su alma, y corre hacia el plañido suave. - -—¡Estás sola!—compadece, dando a sus palabras una profunda entonación -de caridad y desagravio. - -—¡Ah, eres tú!—responde la enferma con todo el brío de su acento -débil. - -Y en el abrazo con que se unen en la sombra las dos primas, hay la -dulce solemnidad de una reconciliación. - -—¿Dónde está la abuela? ¿Y los niños?—dice la recién llegada, como si -volviese de un viaje, sin ánimos para preguntar por las esclavas de la -mies. - -—La abuela... por ahí. Los rapaces contentos porque mañana les darán -vacaciones. - -—Y tú, ¿no estás mejor? - -—Al contrario... Pero agora dicen que la hechicera hace igual de -ensalmadora, y que puede curarme. - -—¿La tía Gertrudis? - -—¡Velaí! Si ella me hizo el daño, que me lo quite. - -—Antes tú no creías esas patrañas—protesta Florinda. - -Luego se estremece al recordar que ella también las ha creído: -¿cuándo?... Una vertiginosa sucesión de imágenes la conturba. - -—¿Cuándo?—repite—. ¿En otra vida? ¿En sueños?... - -No; aquella misma tarde, bajo la realidad siniestra de la desgracia. - -Medrosa de hundirse en los suplicios del amoroso padecer, quiere -Florinda esclavizarse a otras emociones que la subyugan el corazón. -Enciende el candil y busca en el rostro de la enferma y en la estancia -miserable el tangible drama familiar. Necesita poner las manos en el -palpitante dolor, en la carne lacerada y febril; necesita escuchar -llantos y gritos, sentir repugnancias y miedos, hasta ahogar las -secretas desesperaciones en una borrachera de amarguras. - -Y lo consigue en parte. Marinela, muy blanca, muy tenue, sin poder -soportar la impresión de la luz, echa sobre las pupilas el lívido -velo de los párpados y sonríe enseñando unos dientes iguales, un poco -amarillentos; su cara infantil se transfigura bajo la corona violenta -de los cabellos esparcidos y vedijosos, y un conjunto indefinible -de alegría y de quebranto presta a las dulces facciones singular -expresión. El lecho, desaseado y hundido, parece un roto bajel, donde -la mozuela sentenciada boga con lentitud hacia la siniestra orilla. -En los rincones del dormitorio emergen sombras y miasmas, y cuando -Florinda alza el candil para juntar en una sola visión todas las -tristezas presentes, alumbra una imagen de Cristo, moribundo en la cruz. - -—Si no es la bruja, ¿quién nos persigue?—balbuce Marinela, recogiendo -el reproche de su prima. Y ésta, sugestionada por el pálido Crucifijo -que se le aparece como emblema del más sublime dolor, pregunta a su -vez. - -—¿Siempre estuvo aquí esta efigie? - -—Siempre. - -—Ahora la veo... - -Bajo el corpiño de la muchacha cruje un papel, quizá empujado por el -tumbo fuerte del corazón que aviva sus emociones. Ella posa la luz en -el suelo y despliega impaciente la carta de su padre. De hinojos, para -mejor alumbrar su lectura, confirma en los renglones amados cuanto -dijera don Miguel; pero añade a lo ya sabido algunos descubrimientos -que la envuelven en su fatal pesadilla de la boda con Antonio. - -El ausente, lleno de cariño y de inquietudes, trata a _Mariflor_ como a -una niña; quiere dejarla en libertad para elegir esposo, y oculta mal -sus temores de que no acierte a lograrlo con serena disposición. En los -consejos que la envía rebosan inconscientes las antiguas esperanzas de -los desposorios con el primo. «Es honrado y bueno, muy traficante; la -ayuda que su capital pudiera prestarnos, sería en estas circunstancias -definitiva para todos». Esto escribe el señor Martín sin conocer aún la -crítica situación de su madre. - -Luego, contestando a las confidencias de la joven, desliza entre -palabras recelosas el sentimiento de una contrariedad: - -«Esa gente de pluma—repite como un eco de todos los pareceres -maragatos—no me inspira confianza; suelen ser hombres andariegos, -imaginantes y lucidos, muy artificiosos y escasos de intereses; en fin, -hija mía, aconséjate mucho del señor cura y que Dios nos auxilie». - -Al través de todo el pliego, un hálito de alarma y de tristeza confunde -a la lectora: el padre se duele de no mandar «posibles», de no tener -con qué realizar el viaje de Pedro ni la repatriación de Isidoro. Y la -nublada frente de la niña se dobla con desmayo sobre la carta, como si -la venciese el agobio de otra nueva responsabilidad. - -Mientras Florinda leyó, fué Marinela haciéndose a la luz amortiguada -desde el suelo, y levantó los párpados poco a poco: el perfil de su -prima, trazado por la sombra con gigante dibujo, llenaba la pared y -tocaba en la techumbre. - -Sonrió la enferma, alegre de encontrar la figura gentil de sus -ensueños, difundida como por milagro en todo el mezquino gabinete, -y deslizóse a orilla de la cama para verla en realidad. Pero un -sobresalto la trastorna cuando descubre la carta entre los dedos -temblones de _Mariflor_. ¿Será del forastero? ¡No parece que está en -romance!... ¡Y si fuera de «él»?... - -Todas las perturbaciones y las incoherencias con que la zagala se -consume en inaudita pasión, se agolpan a los descoloridos labios para -balbucir aquella pregunta. Va a derramarse el ávido acento lo mismo que -un roto caudal de incertidumbres, y al borde sonoro de la palabra se -asustan de repente las emociones silenciosas de la niña. Tanto aprendió -a esconderlas, en el tiempo que vive encerrada con sus incógnitos -pesares, que le han crecido las sombras y los temores alrededor de los -pensamientos y ya el instintivo recato de su alma se cierra, oscuro -para siempre, en la propia timidez y confusión. Al levantar Florinda -los ojos, dócil a la penetrante consulta de otra mirada, ve Marinela -como en un espejo el desastre interior de aquella vida tan hermosa, -y le tiende los brazos en caritativo impulso de socorro. Menguada y -triste es la esperanza que ofrecen desde la navecilla del dolor unos -remos tan frágiles, mas en ellos se apoya con gratitud Florinda, y -levantándose firme, con ellos se abraza, sostenida en el naufragio de -la felicidad. - -—¿Quién nos persigue?—clama otra vez Marinela entre sollozos—. Y -como su prima no responde, añade: - -—La bruja es también sortílega, adivinadora, ¿entiendes?... ¡Vamos a -pedirle que nos ayude! - -_Mariflor_ desciñe sus brazos en torno de la enferma, y señalando en la -pared al Cristo, murmura inspirada: - -—No: ¡a Este!... - -[Illustration] - - - - -[Illustration] - - - - -XVIII - -LA HEROICA HUMILDAD - - -ARROJADAS como dos náufragos a los rigores de la suerte, Olalla y -Ramona siegan sus panes y los ajenos, hacen gavillas y manojos, -_acerandan_ y criban, mueven el trillo, el bieldo y el _calomón_. - -Ningún fiero trabajo se resiste a la necesidad y al brío de estas -mujeres silenciosas y duras, imperturbables. Si Olalla desfallece un -minuto, ebria de calor y de esfuerzo, su madre la sostiene y aguza con -unas sílabas certeras, rápidas como un latigazo: - -—¡Aguanta!—balbuce roncamente. - -Y la moza, bajo el violento acicate de este sordo grito de guerra, -endurece sus músculos y esclaviza su voluntad como una veterana -obrera de la mies. Con tan buenas disposiciones, abundan los jornales -para entrambas, cuando la propia labor les permite aceptarlos, y el -desvalido hogar navega a remolque de las bravas remadoras. - -_Mariflor_ secunda estos afanes con la más ardiente solicitud; su -dolor, reconcentrado y prisionero, yace sin rebeldías, cargado de -cadenas en el fondo del alma juvenil. - -Pero en la valentía con que la muchacha se yergue sobre su desventura, -de frente a la existencia, late el humano propósito de vencer -al Destino a fuerza de abnegación. Encauzado el tumulto de sus -desolaciones, manso ya el torbellino de sus pensamientos, Florinda ha -fijado los ojos en Dios con suprema esperanza; pretende conseguir del -Cristo moribundo, en memoria de su excelso martirio, una revocación de -la sentencia que la confina en Valdecruces, sin amor y sin pan, bajo -el cruel dilema de una boda repugnante o de una miseria definitiva y -horrible. - -Aún confía en el hombre amado, aún le defiende contra las acusaciones -de la realidad. El frío silencio que la persigue con presunciones de -abandono se lo explica como un castigo de la tardanza y resistencia con -que acude a los brazos abiertos de la Cruz. - -Exigente consigo misma, ansiosa de purificarse en el tamiz de todas -las virtudes para merecer la divina compasión, se acusa de no haber -compadecido bastante, de no haber rechazado aversiones y repugnancias -con diligente voluntad; quiere ahora poner sus sacrificios a la -altura de sus anhelos, y se debate en tremendas luchas, porque todos -los dolores le parecen poco finos y apurados para subir por ellos -a la soñada cumbre, y con tales sutilezas se desarrolla su nativa -sensibilidad, que ya teme asomarse al huerto por no interrumpir el -canto de los pájaros y levanta las zarzas del camino para no herirlas -con el pie. - -Al influjo de tan extremada compasión, un poco enfermiza y delirante, -adquiere la casona de la abuela un cariz de blandura, humano y dulce. -La enamorada realiza prodigios de orden y habilidad en torno suyo; -están los niños más aseados y alegres; el menaje más enderezado y -compuesto, y hasta la abuelita menos torpe y abrumada. Sobre todo, -Marinela es quien más plenamente recibe los favores de esta ternura que -invade el hogar como suave regolfo de una marejada asoladora. - -Para traer al médico, luego de saldar la antigua cuenta, Florinda -registró su baúl de ciudadana, y, al cabo de muy tristes y secretas -negociaciones, obtuvo de la sobrina del cura el dinero preciso en -cambio de algunas chucherías que sedujeron a la muchacha. - -La propia _Mariflor_ fué a Piedralbina con las siete pesetas, y a la -tarde siguiente el médico llamó con mucha solemnidad en casa de la tía -Dolores, después de atar a la vilorta del huertecillo las bridas de un -jaco semejante al de Fabián Alonso. - -Joven, endeble y taciturno, el facultativo parecía tan necesitado de -asistencia como poco amigo de prestarla. Comenzó por renegar de la -lobreguez de la alcoba adonde le condujo _Mariflor_, y acabó por decir -que examinaría a la paciente cuando para ello dispusiera de aire y de -luz. - -—La casa es grande—vociferó enojado—; ¿no encuentran ustedes más que -un escondrijo oscuro para esta criatura? - -La abuela se santiguó llena de asombro. ¡Andanda con el mediquín nuevo; -oscura la alcoba, después de haber comprado una vela de las finas para -cuando él llegase! - -Sintió _Mariflor_ mucha vergüenza por lo mismo que le pareció evidente -la justicia con que se censuraban las condiciones del aposento, y -prometió sustituirle al punto por el mejor del edificio. - -Un poco amansado el médico, pulsó a la niña, le miró los ojos y la -lengua, preguntó antecedentes de los progenitores, y, después que la -anciana, con el auxilio de _Mariflor_, hizo un dificultoso relato de -muertes prematuras, recomendó a la enferma sanos alimentos, un tónico -de la botica y baños progresivos de sol. - -Despidióse maravillado de la inteligencia y el interés conque Florinda -le escuchaba, dando señales de comprenderle, y cuando volvió, al cabo -de dos días, halló en mitad de la sala el lecho de Marinela, aireado y -a plena luz. - -No costó poco trabajo subirle allí; tuvieron por loca a quien lo -proponía, y sólo a fuerza de obstinadas solicitudes logróse al cabo la -piadosa intención. - -—¿Un catre en la sala?... ¡Válgame Dios; ya no me queda más que -ver!—había respondido la abuela a las primeras indicaciones de -Florinda, las cuales produjeron igual asombro en las otras mujeres. - -Después de agotar la valerosa enfermera todos sus convincentes -argumentos, comenzó Olalla a mostrarse indecisa. - -—¡Si es necesario!...—insinuó. - -Ramona, siempre con su aire de bestia parda, alzó los hombros en -indefinible actitud. Y Marinela confortó su cuerpo con el sol y las -brisas, mientras la tía Dolores se hacía cruces. - -Para conseguir los sanos alimentos y traer el tónico de Astorga, -volvieron la necesidad por un lado y por otro la codicia, a establecer -secretas relaciones entre el baúl de _Mariflor_ y los armarios de la -maestruca. - -De rodillas, inclinada con desconsuelo sobre los despojos de sus -tiempos felices, buscó la pobre muchas veces algo que cambiar por -dinero. Y poco a poco, la ropa blanca, el rosario de coral, el bolsillo -de piel, las cintas y los adornos señoriles, fueron con mucha cautela a -pulir el equipo de la novia. Como todo ello eran frivolidades de valor -escaso, Florinda dejaba tímidamente que la generosidad de Ascensión -pusiera el precio. Y Ascensión, poco escrupulosa, influída por el -espíritu mercantil de la raza, fué abusando cada vez más de aquellos -apuros y llegó a poseer casi entero el humilde tesoro de su amiga. Ya -no le quedaba a ésta más recurso que el reloj de su madre; era de oro, -de una sola tapa, lindo y pequeño. - -Postrada ante el cofre exhausto, contemplaba la niña su joya con -terrible perplejidad. Hubiera querido no sentir hacia ella un apego -entrañable, no estremecerse con profunda emoción mirando la saetilla, -parada en las tres, como recuerdo de una trágica hora. - -Varias veces, aquel mismo día, salió el estuche rojo de su escondite, -llevado y traído por una mano trémula: _Mariflor_ quería ofrecérselo -a la novia y sonreir valiente al realizar el nuevo sacrificio. Pero -ante sus ojos, turbios de llanto, la vira del reloj temblaba como dedo -convulso que señalase con infinita pena una dulce memoria próxima a -extinguirse. - -En vano la joven apelaba a sus firmes propósitos de someterse bajo el -purgativo dolor con ánimo eficaz; en la sedosa red de sus pestañas -tejía el humano sentimiento una niebla entre el alma y la Cruz... - - * * * * * - -Marinela ha mejorado un poco. Tempranito, antes que abrase el día, baña -su débil pecho en los rayos milagrosos del sol. La pócima confortante -y las comidas, apetitosas algunas veces, la van fortaleciendo; se -levanta, sale al colgadizo cuando la tarde se dulcifica, y percibe sin -cesar el tónico de las brisas puras. - -El médico ha ordenado que duerma sola, con el balcón abierto; pero -ella, lo mismo que su hermana, temen a la noche libre como a emboscado -enemigo, y Florinda tiende su colchón al lado de la enferma para -infundirle ánimos; ambas reposan a pleno aire, al amparo de la luna, -con estupefacción de cuantos vecinos conocen este nuevo sistema de -curar. - -De él se duele Ramona cada vez con más ostensible disgusto; ha querido -oponerle resistencia, pero las súplicas de Florinda obran milagros hace -algún tiempo en aquella singular mujer. Cuando se le acerca la joven -a solicitar su permiso para alguna cosa, reprime un movimiento duro, -esconde la torva decisión de su mirada, y suele decir:—Bueno—alzando -los hombros con su acostumbrada indiferencia—. Sin duda, evoca el -aviso de don Miguel: «Florinda no tiene madre; ¡acuérdate! - -Desde que la muchacha se ocupa con humilde abnegación del hogar y de -los niños, y especialmente de Marinela, diríase que acentúa Ramona -aquella pasiva tolerancia con que recibe cuanto de Florinda procede. -No pregunta de dónde saca ella dineros y entusiasmos para mimar a su -prima; supone vagamente que el párroco la ayuda por compasión, y finge, -como Olalla, no comprenderlo, algo confundidas ambas entre flojos -estímulos de vanidad y gratitud... - -Hoy _Mariflor_ arrostra muy azorada el pálido mirar de la madre; es -menester adquirir un nuevo frasco de medicina, que vale cinco pesetas. -Lo dice así de pronto, seguido, para no amedrentarse demasiado. - -—¡Cinco!—balbuce Ramona. - -Su ronca voz, sin inflexiones, rueda sombría. - -—Malas artes dañaron a la rapaza—murmura—. Y muy peor será acudir -a fabulaciones de ciudades para ponerla buena. Con darle boticas y -cuchifritus, acostarla a la santimperie y tenerla a todas horas a las -clemencias del cielo, no se consigue desfacer el hechizo de la bruja. - -—¡No crea usted en hechicerías!—ruega _Mariflor_ tímidamente. - -Pero Ramona, exaltándose, arguye: - -—¿Voy a creer que es Dios el que me comalece los rapaces y el -esposo, me rebata la hacienda y me tosiga en la sumidad de todos los -trabajos?... ¡No lo tengo merecido! Dios es justo y no puede consentir -que unos gocen de mogollón y otros pujen todas las pestilencias de la -vida. - -Palidece la doncella, creyéndose alcanzada como otras veces por el -despecho de las alusiones, pero la mujerona, mirándola de frente como -no acostumbra, adulce todo lo posible el desabrimiento de su voz, y -añade: - -—Tú eres una párvula sin hiel y no conoces al diablo. - -Suspensa _Mariflor_ ante la benigna frase, atrévese a profundizar con -la mirada en los ojos propicios de Ramona, y le parece sentir cómo se -rompe el hielo del explorado corazón, y un arroyo de ternura rueda -escondido en él... - -Están de sobremesa las cuatro mujeres de la casa, después de cenar. -Alcanzaron permiso los rapaces para correr un rato al fresco de la -noche, y ellas parecen detenidas por una involuntaria laxitud. - -El cansancio y la tristeza ponen su languidez amarga sobre aquellas -actitudes de indecisión y cortedad; el humo las envuelve y el silencio -las colma de profunda melancolía. - -Abre la abuela en prolongando bostezo su desdentada boca, y la voz -suave de Florinda insiste: - -—Marinela sanará si seguimos cuidándola... - -Ramona interrumpe sordamente: - -—No sana, como la bruja no la ensalme. - -—¡Pero si está mucho mejor!... ¿Verdad, Olalla? - -La aludida se estremece lo mismo que si volviera de un desmayo o -despertara de un sueño. Hay que repetirle la pregunta y explicarle el -asunto de la conversación; sólo entonces dice con vaga certidumbre: - -—La meiga puede sanarla. - -—¡Por Dios!... La tía Gertrudis no es meiga. ¿Tú también vas a dudarlo? - -Se encoge de hombros la maragata rubia, igual que suele hacerlo su -madre. Parece que las sensaciones delicadas son ya desconocidas para la -moza, como si con los músculos y la voluntad se le hubiese endurecido -el corazón, palpitando sobre la mies. - -Ramona espabila el candil, junta impaciente los regojos de pan en un -pico de la mesa, y no pudiendo contener el ímpetu de las indignaciones -que la obligan a moverse, prorrumpe: - -—¿Conque no es meiga la tía Gertrudis?... ¿Cómo padeces tú el aojo de -la su visita, si no en la salud en tantas de cosas?... ¿Quién trujo al -forastero trufaldín y te aquerenció con él?... ¿Quién te ofusca para no -reamar a un pretendiente de la garrideza de Antonio?... ¡Ay, rapaza; -afánate por tu prima y verás lo que consigues, si no logras trincar la -intención que nos ofende!... - -No solía Ramona componer tan largos discursos; su voz, escandecida, -tiñóse de emocionante desconsuelo, cuando añadió: - -Yo bien conozco el daño que Marinela padece; por eso fuyo de oyirla -balitar como un corderín, con la secura en la boca y en los ojos la -medrosía... Pedido hube su curación al Santísimo por los alzamientos -del cálice; pero Dios, con ser tan compasionado, permite que Lucifer -conjure contra el pobre manojuelo de mis entrañas... - -Extinguióse la burda queja en un sollozo, y el busto de la madre se -inclinó hacia la orilla de la mesa; algunas lágrimas cayeron sobre los -mendrugos de pan. - -—¡No llore!—murmuró Florinda traspasada de compasión—; ¡no llore! -Dios no deja que el Diablo dañe a los suyos, estoy segura de ello; lo -aprendí en sermones y libros: lo dice don Miguel. - -Ramona movía la cabeza con incredulidad, reprimiendo el llanto. - -—¿Y quién busca el dinero de las medicinas?—dijo al fin, como si -se diese a partido—. Sus ojos enigmáticos se posaban en la moza con -inquietud. - -Ella se ruborizó, y muy emocionada, pensando en su relojito, repuso: - -—Yo buscaré lo suficiente para algunos días; pero ya se me acaba el... -la... el medio de encontrarlo. - -Suspiró la mujer con alivio, sin mostrar desconfianza, admiración -ni curiosidades; secóse los párpados con la punta del mandil, y -comunicativa como jamás lo estuvo, dijo: - -—Mañana van las de Fidalgo a Astorga, y como no tenemos cabalgaduras, -yo había pensado que Olalla fuese con ellas a vender unos palombos; la -prestarían compaña y montaje, y ocasión de mercar zapatos para que los -críos no nos avergüencen el día de la fiesta; pero nos han ofrecido a -las dos jornal. - -—Yo iré—apresuróse a decir _Mariflor_, inspirada en un doble -propósito. - -Admitida inmediatamente la promesa, Ramona tuvo que gritársela a su -hija: - -—¿Te duermes o pasmaste?—voceó adusta. - -—¡Estoy cansa!—lamentó sin bríos la infeliz. - -—¡Pobre!—dijo Florinda entrañando el acento. - -Y un gato flacucho y pintojo lanzó a la mesa elocuentes maullidos... - -La imagen desfallecida de Olalla persiguió a _Mariflor_ toda la noche -como un punzante remordimiento; ¡ella también debía salir al campo, -jornalera y labradora sin condiciones, lo mismo que su prima!... - -Aun en las blandas horas en que el sueño ata las existencias y las -somete a su apacible dominio, velaban los pesares de la joven ocultos -en las sombras del reposo, para erguirse más crueles a la luz de la -realidad, cuando la víctima despertase. - -De tal modo iba ella robusteciendo sus ánimos contra el dolor, que -después de sobreponerse al cobarde anhelo de morir, se lanzaba a -padecer, delirante de heroísmo. Convertida en lavandera y hortelana, la -señorita melindrosa comía el rancho del hogar sin aparente esfuerzo, -mostraba un buen talante a todos los reveses de la pobreza, y se dolía -de no haber pagado su tributo de sudor a la mies. Pero la seguridad -de marchitarse aspada en el potro del trabajo, le causaba terror; ya -le parecía sentir en su florido cuerpo el menoscabo de la belleza, la -invisible garra del sacrificio hundiéndole en el rostro las facciones, -borrando la tersura y la sonrisa de la juventud. Hasta en la raíz -de los cabellos percibía la moza el temblor de tales amenazas: una -crispatura y un frío que acaso la hiciera encanecer. - -Como dormía sin que durmiese su dolor, despertábase algunas mañanas -con el espanto de las pesadillas, creyéndose ya desjarretada y mustia, -igual que tantas infelices de Valdecruces. - -Así recela hoy mismo, y una invencible zozobra la empuja hacia el -espejo. Entre las nubes del cristal resplandecen los veinte años -con tales promesas, que la medrosa no puede menos de sonreir. Se -aproxima al azogue donde irradia la imagen, busca bien en sus rasgos -la hermosura y descubre la piel fina un poco tostada por el sol, las -ojeras teñidas por la preciosa untura de las lágrimas, la boca grave -y dulce, profundo y noble el duelo de los ojos, todo el semblante -embellecido con gracias y tristezas. - -En el nublado espejo de la tía Dolores tembló la luz de una mirada -agradecida, que, al volverse luego, descubrió a Marinela con los ojos -clavados en el Cristo moribundo, ya inseparable compañero de la niña -doliente. - -Avergonzada _Mariflor_ por el contraste que ofrece su frívola consulta -con aquella otra, acude hacia su prima, hunde la cara entre los brazos -de ella para disimular el sonrojo, y pregunta: - -—¿Rezabas? - -—Eso mismo. - -—¿Por quién? - -—Por ti. - -—¡Dios te lo pague! - -La enferma alisa blandamente los cabellos de _Mariflor_, que de pronto -balbuce: - -—¿Tengo canas? - -—¡Josús, mujer!... ¿Canas a tu edade?... Tienes un pelo tan largo y -amoroso que da gusto cariciarlo. - -—¿Sabes que voy a Astorga a vender los pichones?—dice Florinda, -incorporándose para acabar de vestirse. - -—¿Tú? ¿Pues cómo? - -—Anoche ya estabas durmiendo cuando lo dispusimos: tu madre y Olalla -tienen hoy jornal. - -—¿Y quién me cuida? - -—La abuela. - -—¡Ay, no quiere que me bañe el pecho al sol; se duerme, riñe o llora! - -—Yo vuelvo al anochecer. Te traeré la medicina y yemas escarchadas -sólo para ti: son de mucho alimento. - -—¿Pero sabes el camino? - -—Voy con las de Fidalgo. - -—Entonces verás a las clarisas... ¡Dichosa tú! - -—¿Sientes la vocación otra vez? - -—¿Otra vez?—repite Marinela encendida como una rosa. - -—Creí que ya no te acordabas del convento. - -—Acordarme, sí...—murmura la enferma con tan balbuciente seguridad, -que _Mariflor_ la mira llena de asombro: ve que hace esfuerzos para -contener el llanto, se acerca a consolarla, y el incógnito dolor de -aquel pecho herido estalla en sollozante crisis. - -—¿Qué tienes? ¿Por qué lloras? ¡Dime, dime tus penas! - -La sin ventura no responde; gime anhelante, y Olalla sorprende a las -dos primas juntas, en un abrazo tristísimo. - -—¿La despedida os hace duelo?—prorrumpe atónita. Sin esperar la -contestación, añade: - -—Aquí están los palombos: diez parejas. - -Y coloca sobre la cama un escriño pequeño, donde las aves cautivas se -revuelven temblorosas. - -Florinda acaricia a Marinela, que procura serenarse y que poco después -se queda sola frente al balcón abierto, lanzando sus miradas, húmedas -aún, desde la agonía de Cristo a la serenidad resplandeciente de las -nubes. - -[Illustration] - - - - -[Illustration] - - - - -XIX - -EL CASTIGO DE LOS SUEÑOS - - -BIEN acogida _Mariflor_ por las viajeras, tuvo asiento propicio en las -anchas jamugas de la novia, mientras la madre de ésta asilaba a los -pichones en su mulo, prometiendo venderlos ella misma, más artera en -estos negocios que la niña ciudadana. - -—Tú, en cambio—le dijo—, acompañas a Ascensión, faceis compras y -visitas, que ya la boda está adiada y no hay que descuidarse con los -encargos y los aconvidos... - -El cielo, muy tocado de arreboles, anunciaba un día bochornoso, y las -amazonas se proponían llegar a la ciudad antes de que arreciase el -calor, para volver a Valdecruces con la fresca. - -Iba la novia hablando con mucho empaque de los obsequios que había -recibido y de los que aún esperaba: mantellinas con recamos, medias de -seda, lienzos y estofas, anillos, pendientes y collares; ¡le faltaba un -reloj! - -Sintió Florinda triste sobresalto allí donde llevaba oculta la alhaja -de su madre, al lado del corazón. Había resuelto vender el relojito -en Astorga para evitarse el pesar de verle en manos ajenas, y la -humillación de seguir pidiendo mezquinos favores entre gente conocida. -De pronto, considera que es preciso hacerle a la novia un regalo, un -regalo que debe extremarse como prueba de gratitud a don Miguel: y el -deseo expresado por Ascensión le parece un providente aviso contra el -propósito de hurtar la preciada joya a las ilusiones de la maestruca. -Teme que haya poca generosidad en el intento: recuerda con pesadumbre -su baúl vaciado en los cofres de la amiga a cambio de una menguada -limosna; pero aquella amiga fué antes dulce y noble con _Mariflor_, la -recibió en triunfo en el pueblo, colmándola de atenciones, cediéndola -homenajes que ella sola disfrutaba. Y ahora mismo la lleva al lado -suyo cogida por el talle con blandura, la mira y la sonríe confiada y -amable, aunque un poco embaída con su próspera suerte. - -Segura de que en casa de la abuela no habrá un lindo regalo para -Ascensión, va cediendo Florinda al bondadoso impulso de ofrecerle el -relojito que oculta. Al instante se confunde, reflexionando: ¿cómo -entonces comprará lo que Marinela necesita? - -Mejor le parece vender la joya, sumar el dinero con lo que valgan los -palomos, y después de adquirir los menesteres para la enferma y los -zapatos de los niños, comprar también el obsequio para la desposada. -Tendrá que separarse de sus amigas con disimulo antes de hacer la -venta. Entrará en una relojería y... ¿cómo va a decir cuando le -pregunten: ¿qué desea usted? - -Un aturdimiento penosísimo le embarga: oye apenas el palique animado -de Ascensión, procura sostenerle, y teme, al hablar, que el transido -acento delate las interiores cuitas. - -Compadeciendo el propio infortunio, en el alma opulenta de _Mariflor_ -se desborda una gran ternura que sube a los pelados serrijones, corre -por llecas y cambronales, y unge de lástima los abietes ariscos, las -mustias amapolas, los matojos humildes, todo el vago confín de las -veredas blanquecinas. - -¡Qué tristes son estos senderos solitarios! Arden y huyen al través -de pasturajes descoloridos y de rediles temblorosos, sin escuchar la -sonatina de una fuente ni percibir el aroma de una flor. Persíguelos -Florinda con mirada soñadora: parece que van a derramarse en la -infinitud de los horizontes para seguir corriendo a la insondable -eternidad, sin rumbo ni destino. Pero advierte que algunos, -deslizándose entre sebes y hormazos, se confunden a la par de una aldea -en los firmes renglones de una mies y mueren en los surcos, rectos y -hondos, como trazo de una ferviente plegaria dirigida hacia Dios. - -Al descubrir en el erial estas conmovedoras señales de esperanza y -trabajo, la niña triste lanza su imaginación por las llanuras de la -fantasía, y alentada supone que ya está cerca el premio de su martirio. -Quizá Antonio se decide a portarse bien con la abuela; quizá aquella -misma tarde llegue a Valdecruces el esperado aviso de la felicidad: una -carta detenida por azares que nada tengan que ver con la ingratitud y -el desamor. - -Harto encendido el día en resplandores, tocan en la ciudad las -maragatas: intérnase la madre por el callado laberinto de las rúas, y -no se detienen las mozas hasta la puerta del convento. Habían tomado un -camino vecinal junto a la milagrosa ermita del Ecce Homo; dieron desde -allí en el puente del Gerga, rozaron la Fuente Encalada, y por «el -reguero de las monjas» posaron en el umbral de las clarisas. - -Después de un patio silencioso, encuentran dos portalones bajo las alas -del edificio, grande y pesado: se adelantan por uno de ellos, llaman al -torno con suaves golpecitos, y al cabo de prolija explicación les hacen -bir a la «Reja pequeña», un locutorio humilde con apretada celosía. - -La novicia de Oviedo, amiga de Ascensión, recibe con otra monja a las -maragatas. A poco llegan unos señores preguntando por la abadesa, y -aparece la Madre Rosario, fina y dulce, sonriendo en el nimbo de su -manto virginal. - -De un lado y otro de la reja se forman dos grupos susurrantes, y -_Mariflor_, un poco aislada, escucha, distraída primero, interesada al -fin, el relato con que la abadesa satisface la curiosidad de la visita. - -—Sí—murmura—, a mediados del siglo trece, una clarisa del convento -de Salamanca, oriunda de Astorga, vino a fundar aquí. Poco después, -el muy alto y respetable señor don Álvaro Núñez de Trastamara, donó a -la Comunidad este edificio, que en aquella época lucía muy hermosas -proporciones y elegante arquitectura, y que hubo pertenecido con su -templo y aledaños a los ilustres caballeros de Alcántara. - -Habla la Madre con sentida y reposada voz, su figura se yergue -majestuosa entre los pliegues blancos del ropaje; eleva los ojos, -suspira y prosigue: - -—Reyes y próceres de otras centurias concedieron tantos favores a -esta santa Comunidad, que nuestra casa pudo llamarse _Real Convento_; -en testimonio de tal honor conservamos un escudo con castillos y -leones sobre la vivienda del capellán, y en nuestro archivo, bulas y -documentos de esclarecida memoria para la fundación. - -Al otro lado del locutorio decae la charla bajo el dominio que ejerce -el suave acento de la abadesa. - -—¡Qué lista debe de ser!—alude la maestruca mirándola con arrobo. - -Y la novicia responde llena de orgullo: - -—Viene de alto linaje: una antepasada suya fué canóniga de la Catedral -de León. - -—¿De verdá? ¿Pueden ser canónigas las mujeres? - -—En tierras de Castilla, sí. - -La monja que presenciaba la visita quebrantó su grave silencio -argumentando con mucha erudición: - -—El noble señorío de Villalobos goza, como los reyes, privilegio de -canonicato, que por falta de sucesión varonil recayó un tiempo en la -condesa doña Inés, ascendiente de nuestra Madre. - -Por mandato de la cual, sin duda, abrióse de pronto una puertecilla -para que los visitantes pudiesen admirar un bello claustro de arcadas -góticas, bañado en suavísima luz. - -—Es lo único que del antiguo edificio conservamos—dijo la abadesa—; -en el fondo está el jardín; todo ello pertenece a la clausura. - -De la extraña claridad sin tonalidades, trascendía exquisito perfume -de rosas y jazmines, cándido aliento del misterioso vergel; aromas y -resplandores invadieron el locutorio con deleite; y penetrada Florinda -por la singular impresión, dícese codiciosa: - -—¡Qué bien estaría aquí la pobre Marinela! - -Aún responde la Madre Rosario a preguntas de los caballeros: - -—Trastamaras y Osorios—encarece—han sido nuestros más cabales -protectores; al primero debe la Comunidad, entre inmensas mercedes, -el reguero que desde hace siglos viene desde Fuente Encalada a calmar -nuestra sed; todos los días pedimos a Dios por el ánima del insigne -castellano. - -Como si la blandura de la evocación hubiese tenido mágico poder, un -hilo de agua rompió a cantar en el misterio del jardín. Le acordó la -Madre con su cristalino acento para responder a los señores visitantes: - -—Nuestra regla es de mucha pobreza y humildad; comemos de vigilia todo -el año y usamos ropa interior de lana muy gorda, tejida en San Justo... - -Cerróse lentamente el postigo recién abierto, y extinguidos la luz, el -aroma y el rumor que desde el claustro seducían como ilusiones de otro -mundo, vibraron las últimas palabras de la abadesa en la austeridad -penitente del locutorio. - -Un instante después las dos niñas maragatas recobraron su mulo en el -umbral del convento y buscaron las calles céntricas de Astorga, que, -amodorrada al sol, yacía soñolienta y muda. - -Iba _Mariflor_ leyendo los rótulos de las tiendas sin hallar aquel -que temía y deseaba. Cuando hicieron alto en un almacén de tejidos de -la rúa Antigua, Ascensión, sentada cómodamente, titubeando infinitas -veces antes de elegir, parecía dispuesta a no levantarse nunca. Con -el pretexto de ir a la botica, logró la de Salvadores dejarla allí, -perpleja entre nubes de holandas. Y sola ya en la calle, tomó un rumbo -al azar, encomendándose a Dios. - -Antes de salir de Valdecruces había puesto Florinda en marcha el -relojito para romper la inmovilidad de aquella manecilla implacable, -siempre evocadora; le sentía latir junto a su corazón y le dolía en el -pecho acerbamente aquel tenue latido. - -Anduvo apresurada, dobló una esquina y luego otra, registrando carteles -comerciales, hasta que en una vidriera vió algunos relojes de acero -entre dijes y gargantillas. Al otro lado del cristal, en menguado -tenducho, un hombre de triste catadura la recibió sorprendido: - -—¿Qué desea usted, joven? - -Un gato negro levantó perezoso la cabeza y un enjambre de moscas zumbó -en torno a la pregunta. - -—Deseo—balbució la muchacha turbadísima—vender este reloj. - -Tras un prolijo examen de la joya, el comerciante dijo receloso: - -—¿Cuánto pide por él? - -—Sesenta pesetas. - -—Si quiere quince... - -—¡Ah, no!—protestó indignada la infeliz. Y casi arrebatando su tesoro -de las manos extrañas, lanzóse de nuevo a la aventura por las calles. - -Guardaba el relojito entre los dedos convulsamente apretados, y -parecíale sentir en la sangre trasfundido el pulso de metal, como si -otra vida se derramara en la suya. Todo el ímpetu de los recuerdos -latía doloroso en las potentes venas de la moza, bajo aquel doble -ritmo; ternuras maternales, goces de la niñez y florecidas esperanzas -del amor, cegaron con visiones de imposible felicidad los dulces ojos -de la viajera. - -Como llevaba el paso indeciso y extasiado el semblante, los escasos -transeuntes la miraban curiosos. Ella seguía vagando sin rumbo, -repitiendo con mecánica obstinación los nombres de las calles: la -_Redecilla_, la _Culebra_, _Santa Marta_, _Plaza del Seminario_, -_Puerta Obispo_... allí se detuvo sin saber por qué, y quedóse mirando -fijamente al escudo de una casa antigua y señorial. Era el blasón -aparatoso; en campo de gules esplendía un castillo flanqueado por -torres de sable; dos águilas de oro sujetaban una cartela, que decía: - - _Soy morena, pero hermosa._ - -Varias veces leyó la muchacha el mote, con aquella porfía maquinal -interpuesta como una nube entre sus actos y sus pensamientos. - -Bajo el dintel macizo de la portalada aparecieron unas damiselas con -sombreros de moda, abanicos y quitasoles. Mirándolas Florinda recordó, -como un tiempo muy distante, sus años de burguesa ciudadana con arreos -pueriles y melindrosas costumbres. - -Las señoritas, al perder la frescura del portal, comenzaron a darse -aire con mucho ahinco. Entonces _Mariflor_ cayó en la cuenta de que el -bochorno la mortificaba, pero continuó detenida, releyendo con absurda -tenacidad: - - _Soy morena, pero hermosa._ - -De pronto la llamaron: - -—¡Eh, rapaza, _Mariflor_! ¿qué haces ahí? - -La hermana de don Miguel esperaba atónita, contemplando a la niña. - -Ella, al volverse, quedó un momento confusa, y al cabo acertó a decir: - -—Pues buscaba una botica y me he perdido... Ascensión está en un -almacén de la rúa Antigua comprando telas... - -Conforme y calmosa, preguntó la maragata: - -—¿Gustábate el escudo? - -—Sí. - -—Era de un corregidor perpetuo de toda la provincia, consejero del rey -y mayorazgo tan haberoso, que al morirse dejó mil misas añales por su -ánima. - -—¡Ah!... - -—Y escucha: ya que te encontré aquí, sube tú a llevar a doña Serafina -estos dos pichones de parte de mi hermano. - -—¿Cómo?... - -Explicó la mujer que doña Serafina, una astorgana linajuda, era esposa -del actual dueño de la casa, ambos excelentes amigos de don Miguel, -quien les debía grandes favores. - -—Solemos ofrecerles alguna fineza—dijo—y agora pensé guardar para -ellos, a cuenta mía, tus más llocidos palombos... dejé el mulo en la -posada y aquí los traigo... pero me da mucha cortedad subir. - -Ocultó Florinda su joya y, tomando del escriño las aves, entró en el -portal diciéndose: - -—Estos señores deben ser los que le han facilitado al cura la dote de -Ascensión. - -Quedó sorprendida al encontrarse en un claustro, antiguo y apacible -como el del convento, alrededor de un jardín. Siguiéndole, halló la -escalera principal, y al cabo de la misma una puerta franca donde llamó. - -Poco después, por la ancha galería tendida sobre el claustro, se -adelantó una dama hermosa y morena, a tono con el mote de su escudo. -Bajo los negros rizos de la frente resplandecían con singular fulgor -los bellísimos ojos de aquella señora. - -—¿Preguntabas por mí?—dijo con acento afable y triste. - -Segura de que hablaba con doña Serafina, _Mariflor_ le entregó los -pichones de parte de don Miguel Fidalgo. - -Las azoradas avecillas lanzaron el columbino temblor de sus ojuelos de -una a otra mujer, y ambas sintieron, con inefable ternura, palpitar -entre sus manos aquellas vidas cándidas y medrosas. - -Bañado en suave luz cenital yacía el corredor en muda calma, y una rosa -que se asomaba en él desde el jardín, parecía doblegarse al peso de una -idea. - -También Florinda se inclinó de repente para decir con súbita -inspiración: - -—¿Quisiera usted, por casualidad, comprarme este relojito? - -Y mostróle, tan afanosa y conmovida, que la dama dijo al punto: - -—¡Será un recuerdo! - -—De mi madre... - -—¿Cómo te llamas? - -—_Mariflor_ Salvadores. - -—¡Ah, eres tú!—pronunció la señora, avizorando con sabia dulzura el -encendido rostro de la joven—. Aguarda—añadió, desapareciendo en la -galería. - -Volvió al instante, y sobre el reloj que alargaba la moza, puso un -billete de cincuenta pesetas, murmurando: - -—Guarda tu recuerdo, y éste para ti, en nombre de una niña que se -muere. - -—¿Hija de usted? - -Respondieron unos ojos llenos de lágrimas, y los labios mudos de la -madre rozaron en silenciosa despedida la frente de _Mariflor_. - -Duró la escena breves minutos, alucinantes y peregrinos. - -Al verse en la escalera otra vez, el escudo, el mote y la dama hubiesen -girado en la imaginación de Florinda igual que fantásticas visiones, si -el generoso billete no la ofreciera una sensación de realidad. Quiso -contemplar en él un augurio feliz y despertar a los presentimientos -venturosos, mas se detuvo, escuchando unas voces crueles y tranquilas, -fatales como el destino. - -Bajaba un criado detrás de la joven y subía una doncella, que -recatadamente le preguntó: - -—¿Conoces a ésa? - -—Es una pobre maragata de Valdecruces: la señorita le ha dado limosna. - -Y Florinda, con el corazón derribado, abatió la frente una vez más, -humilde al castigo de los sueños... - -[Illustration] - - - - -[Illustration] - - - - -XX - -DULCINEA LABRADORA - - -YA crece agosto, rubio en los centenos, azul en las nubes, cándido en -el aire: el sol abrasa, el viento perfuma; están dormidas las fuentes, -despiertas las dalladoras y animado Valdecruces como nunca lo suele -estar. - -Es que han venido los hombres; cruzan reposadamente las anchurosas -calzadas y las callejas hostiles, en paseos y visitas de anual -conmemoración, y cuando el día languidece, se asoman un poco a los -abrasados caminos de la mies. - -En estas rondas pausadas, algo serias, suelen ir juntos los paisanos -recién venidos; hablan a un mismo tono sereno y amigable, no discuten -ni se alteran jamás, como si para ellos no tuviese problemas la vida ni -dobleces el corazón. - -Por encima de los carrillos colorados y de las bocas sonrientes, al -confortable calor de las sosegadas digestiones, los buenos maragatos -miran a Valdecruces con seráfica beatitud. Olvidaron su dolorosa -infancia de pastores o motiles, de escolares con la ruín troja al -hombro, siempre camino de Piedralbina, entre soles o nieves, acosados -por la miseria del hogar. Y aceptan hoy, como tributo merecido, que el -pueblo se vista de gala para hospedarles, que las esposas y las hijas -les respeten como siervas, y que los niños les huyan con saludable -miedo, como a la suprema representación de la Autoridad y del Poder. - -Durante la magnífica semana de la fiesta Sacramental, sólo en la fecha -culminante del día 15, el clásico «día de Agosto», se suspenden en -Valdecruces las labores del campo. - -No importa que en cada corral las plumas de las aves anuncien -holocaustos festivos; las mujeres se multiplican para servir -regaladamente a los hombres en sus casas y para segar y recoger en las -mieses los centenos maduros. - -Como si el aguijón del servilismo se les hundiera en la carne más -brioso que nunca, fuerzan las maragatas el impulso mecánico de sus -energías, exaltan la pasiva corriente de sus humillaciones, y en un -absoluto renunciamiento a toda beligerancia social, se quedan al margen -de la vida, fuertes, ignorantes, insólitas, ofreciendo a «los amos», -con el más primitivo de los gestos serviciales, la visión placentera -de los hijos criados y felices, de la mesa servida y colmada, del -campo fecundo y alegre: las apariencias de estas horas decorativas -y relumbrantes llenan a los maridos de orgullo entre los forasteros -invitados. - -De Astorga, de León y de otras ciudades más lejanas acuden siempre -algunos curiosos a las típicas fiestas de Maragatería, y son alojados -con singular esplendidez en las casas más pudientes de cada población. -Las comilonas se suceden entonces con frecuencia y abundancia -increíbles; las cocinas pierden su medrosa oscuridad, iluminadas -por «ramayos» crepitantes, y detonan y esplenden como volcanes; -sacrifícanse allí vacas enteras, aves a montones, lechoncillos y -corderos; los manteles no se levantan, no reposan los jarros de vino ni -se disipa el humo de los cigarros. - -Al través del continuo festín, atraviesa la maragata como una sombra -providencial; a todo atiende: sirve, corre, huye asustadiza, recatando -bajo las alas del pañuelo su invencible rubor. Aún suele quedarle -tiempo aquella tarde para _amorenar_ en la mies o echar a remojo las -_garañuelas_ en el regato campesino. Y no dejará de asistir a la -verbena ataviada con su vestido más lujoso, grave, muda y bailadora, en -actitud de ejercer una profesional obligación... - -Este agosto en Valdecruces se suma a los festejos oficiales, los que se -celebrarán en la boda de Ascensión Fidalgo, y la pobre aldea, acosada -por el calor de la llanura y arrostrando con brazos femeninos los rudos -trajines de la recolección, se aturde sorprendida por el sacudimiento -del placer... - -Las de Salvadores no esperan convidados ni preparan festines; callan y -sufren, trabajando con furiosa actividad que arrebata a _Mariflor_ y la -empuja una tarde a la mies. - -Ya Marinela se puede quedar sola: baja a la cocina, sale al corral y al -huerto, cose y atiende un poco a los niños. El médico la supone curada: -hace recomendaciones de higiene y alimentación, y al despedirse asegura -que se debe a la enfermera aquel triunfo. Con la salud retornan los -místicos anhelos de la niña, encaminados y crecientes hacia el convento -de Santa Clara. Y la madre sigue encogiéndose de hombros: no fía mucho -en la robustez ni en la vocación de la mozuela. - -De América no escriben; el párroco evita, compasivo, los interrogadores -ojos de _Mariflor_, a los cuales no sabe qué decir, y ella apura -silenciosa las crueles desesperanzas, dejándose caer en la mansedumbre -secular de aquella vida que la va absorbiendo. - -Cuando sube al grado máximo la fiebre labradora de las mujeres, ya en -torno de las fiestas, hasta la tía Dolores hace gavillas, anda Pedro -muy afanoso, de motil, y _Mariflor_ dice resueltamente a Olalla: - -—Esta tarde voy a la era contigo. - -—¿A trabajar? - -—¡Claro! - -No pareció sorprenderse mucho la maragata rubia. - -—Bueno—responde saliendo del _estradín_, donde aguardan la hora del -jornal. - -—Esa tocha—indicó Marinela cuando vió salir a Olalla—no está en sus -cinco desde el arribaje de Antonio. - -La madre, que dormitaba en una silla, alzó el rostro para decir con -acento desabrido: - -—Y tú, ¿criarás verdete por non fablar? - -—Es que _Mariflor_ no debe ir a la trilla—responde la mozuela con -pesadumbre. - -—¡Ella lo quiso!—exclama Ramona de mal talante. - -Y remanece Olalla, advirtiendo que ha pasado la tregua del medio día. - -Camino de la mies se adelanta la madre con brusca precipitación. Olalla -y su prima salen detrás cogidas del brazo. - -—¿La abuela no viene?—pregunta _Mariflor_ disimulando su angustia. - -—No viene: acerbará en la troje. - -—Y nosotras, ¿qué hacemos? - -—Pues como ya todo está segado, juntaremos gavillas en manojos, ¿sabes? - -—Nada sé; tú me enseñarás. - -Se crece Olalla algo jactanciosa: - -—Sí, mujer; aprendes en un volido. Mira: agora vamos a la arada -del _Gatiñal_, donde ayer estuvimos engavillando madre y yo. Con las -garañuelas, que son cañas de centeno remojadicas y amorosas, atamos las -gavillas en manojos y las amorenamos en un montón. - -—¿En una «morena»? - -—¡Velaí! De allí se cogen para cargar los carros; y en la era se hacen -con la mies pilas muy grandes, hasta que se trille: ¿nunca lo has visto? - -—Nunca. Y aunque mi padre me lo explicaba, confundo las memorias. - -Una nube de pena oscurece la frase, haciéndola temblar. Olalla se anima -y prosigue: - -—Es que las majas llevan muchas labores: luego de tender los manojos, -desfacerlos y echar el trillo, se dan bien de vueltas hasta que se -pone la corona a la trilla. Después hay que atroparla con el calomón, -ponerla en parva, hacerle la limpia con los bieldos y acerandarla con -los cribos. - -—¿Así se recoge? - -—Sí; medímoslo en cuartales de seis heminas, bien limpio de granzas -y de coscojo, y ya tenemos pan seguro. En l’intre van juntando otras -obreras la paja que sirve para cuelmo y la menuda que se llama bálago... - -Recuerda _Mariflor_ estas lecciones con profundo pesar: le sonaron -un tiempo a dulcísima parábola llena de símbolos felices, y ahora le -punzan la carne y el espíritu como anuncios de miseria y esclavitud. - -En el campo anchuroso halla la moza borrados los fugaces senderos de -otros días. Las hoces, al segar la mies, tendieron por el llano una -alfombra rubia y caliente que reverbera al sol. - -Blando soplo de viento besa la cara de las labradoras. Olalla se -recoge, oteando los confines del paisaje con inteligente curiosidad, y -anuncia: - -—Corre una bufina mansa que ayuda mucho a los bieldos en la era. - -—Luego sonríe y añade: - -—Hoy no acongoja tanto la calor; tienes suerte, rapaza. - -Viendo que Florinda no contesta aún, dice alentadora: - -—Y quizabes esta noche dormamos en la trilla toda la mocedad. - -—¡Ah! ¿Sí? - -—Es la costumbre. - -—¿Pero no lo dejáis para la última jornada? - -—Según: hay que facerlo cuando están aquí los hombres, y en pasando -el día de agosto, ya marchan. Estamos a 13 y mañana es la boda; conque -tiene que premitirse bien aina. - -Tocan la arada del _Gatiñal_, y trémula _Mariflor_, pregunta de repente: - -—Dime, Olalla, dime; oye: ¿tú quieres a Antonio? - -—¿El primo? - -—Sí: ¿le quieres... con amor? - -—¡Mujer! - -—¡Contesta! - -—No te entiendo. - -—¿Te gustaría ser su esposa? - -—Con mis padres no pactaron los suyos: ¡la elegida eres tú! - -—Pero, ¿serías feliz si te eligiese? - -Una súbita emoción encendió a Olalla el semblante: quizá en el reino -milagroso del entusiasmo brillaron para ella los únicos resplandores de -su vida. - -Pasó como una ráfaga el dominio de aquella claridad, sobre la placidez -oscura de la moza, que se detuvo, miró a Florinda con los ojos vacíos -de ilusiones, y respondió solemne: - -—Todos seríamos felices si tú le quisieras elegir. - - * * * * * - -Se deslizó clemente la tarde, según Olalla había previsto. La mansa -«bufina» de los llanos de León pasó amable por las mieses y aligeró -los bieldos en la era, con regocijo de las trilladoras. - -Ligeras nubes tremolaron en el firmamento como nuncios de una pálida -noche, y antes de sonar la hora del reposo ya se dió por seguro que la -mocedad cenaría en el campo y dormiría «a la rasa», en cumplimiento de -su fiesta bucólica, celebrada siempre con las solemnidades de un rito. - -Fueron llegando algunos hombres solteros y casados que, muy benévolos, -ayudaron con galante solicitud a las últimas faenas de la tarde. -Quién se entretuvo en rematar una parva, quién manejó las tornaderas -o las maromas del _calomón_, y hasta hubo arrestados varones que se -atrevieron a conducir desde la mies a la era descomunales carros de -«seis en pico»: reinó allí la fraternidad más apacible y acarició el -ventalle de los bieldos muchas dulces sonrisas de mujer. - -El descanso fué alegre: sobre el respeto y el rubor con que las -maragatas trataban a los hombres, puso la anchura de los campos un -generoso perfume de libertad, que desentumeció un poco las almas -femeninas. - -La cena, copiosa y rociada con abundante vino, acabó de infundir -cordiales sentimientos entre el concurso, sin quebrantar el humilde -_vos_ con que las mujeres hablaban a sus esposos. - -Pareció a los maragatos forastera la niña ciudadana de Salvadores, -miráronla con escondida curiosidad, que fué creciendo al advertir el -mutismo de la moza, triste y pasiva, precisamente cuando el raro placer -de la confianza quería dar en Valdecruces su transitoria flor. - -Murmuróse que la tristeza de Florinda había nacido con la ausencia de -un señor «escribiente», prendado de la rapaza en extraño suelo. Se -atribuyó también aquella visible pesadumbre a la situación económica de -la familia, presa en apuros que nunca se pudieron suponer. - -Enlazados con las de Salvadores por vínculos de sangre y lazos de -antigua vecindad, todos en aquel día de expansión hubieran sentido -impulsos compasivos hacia los arruinados parientes, cuyas adversidades -tenían que ser más duras para la forastera, crecida en regalada -juventud. - -Pero mediaba Tirso Paz, asegurando que la tía Dolores levantaría su -quebrantada hacienda cuando en el próximo diciembre se celebrase -la boda de sus nietos Antonio y _Mariflor_, ya que el novio estaba -conforme con servir de sostén al derrumbado hogar; su reciente viaje -parecía confirmarlo así. Decíase que había pactado con el señor cura -las bases de un arreglo definitivo en los asuntos de la abuela, y -que Tirso entraba como acreedor en aquel previo ajuste, aplazado -para realizarse a la par de la boda. Y estos rumores, tan propicios -al bienestar de la niña, se estrellaban contra su actitud visionaria -y doliente; no cabía en la espesura de aquellos espíritus la sutil -posibilidad de que _Mariflor_ rechazase un matrimonio que tales -beneficios reportaría a ella y a los suyos.—¿Estará picada de la bruja -como la otra rapaza?—se había dicho en Valdecruces más de una vez. - -Ahora, en la fiesta, los hombres miran con respeto aquel rostro mudo y -ardiente, como ninguno esquivo; el soberano dolor que irradia, infunde -admiración por su penetrante claridad, desconocida en este país de -sombríos dolores. - -Cuando la flauta y el tamboril acuden a completar el holgorio, nadie -insiste cerca de _Mariflor_ para que baile, y a la orilla se queda sola -y meditabunda, sin que la danza respete a ninguna otra mujer. - -Allá van todas, lentas y obedientes, muchas sin ganas de bailar, -destrozados los cuerpos en la brega del campo, escondidas las almas -sabe Dios en qué recónditos pesares. Se han reunido en la era desde -las mieses, y el tamborilero recluta a las más rezagadas, como atrajo -a los hombres, mozos y viejos: danzan en caprichosos giros llenos de -gravedad y de pudor, cada maragato con dos o más mujeres, quizá porque -la emigración y la ausencia han convertido en uso una necesidad. - -Cae la noche: alta y cumplida la luna, cela entre nubes el disco -rutilante y difunde su luz con recatados matices. - -En una pausa del tamboril, rasga los aires el bárbaro cantar que un -mozo entona, sin gracia ni malicia: - - «Si quieres tener femias - en tus rebaños, - un marón sólo dejes - de pocos años... - Si quieres que la casa - non se te queme, - limpia el sarro a la priula - todos los meses...» - -Vibra alguna zapateta, acompañada del _ru-jú-jú_ potente, el céltico -grito, perpetuado al través de las generaciones españolas, y -languidecen cada vez más las cadencias del «corro» y la «entradilla», -hasta que el baile se extingue y la gente se dispone a dormir. - -Pocos bailadores desfilan camino de sus casas, y la mayoría del -concurso busca reposo en la era, ancha y mullida como enorme lecho -nupcial. - -Si en él duermen las hijas con las madres es porque la costumbre lo -establece, no porque lo necesite el buen decoro de aquella casta -juventud. A ningún marido se le ocurre vigilar a su mujer, y cada cual -se tumba por su lado, con el más impasible humor. - -Ramona, que bailó tiesa y huraña hasta el último instante, es de las -primeras en hallar cómoda postura y permanecer inmóvil, quizá rendida -al sueño. Ella y Olalla no temen a la noche libre, hoy que la tradición -les mulle un dorado mantillo en el terruño. - -Allí cerca reposa Florinda con los miembros lacerados y el alma -zozobrante: apenas consigue sonreir a _Rosicler_, que solícito la -ofrece una almohada de oloroso bálago. Hizo esfuerzos heroicos para -disimular su torpeza de labradora novicia, y la tortura de sus músculos -rebeldes al sufrimiento. Y ahora se aturde bajo los golpes de su -corazón, henchido de lágrimas, constreñido y apremiante, como si fuere -a romperse. - -No sabe cuánto tiempo trasueña, enervada por el cansancio. Oye cerca de -sí un ronquido, y a poco dice tímida una mujer: - -—¿Estades bien, señor? - -Es la hija del tío Fabián, que habla a su esposo, recién llegado de la -Coruña. Él no responde, y Florinda vuelve a sumirse en su angustiosa -laxitud. - -Despierta y delirante se figura reposar en el tren, enfrente de unos -ojos profundos que la penetran y sacuden hasta las entrañas. - -Es tan brusca la turbación con que la joven se estremece, que bajo -su cabeza se desmorona el menudo acervo de la trilla. Perdido el -blando apoyo, álzase lastimada, y sin moverse contempla el singular -espectáculo de aquel pueblo fuerte y joven, áspero hasta en el sueño: -duerme un hijo de Tirso Paz de espaldas a su novia Maricruz; la de -Alonso, a los pies de su marido; lejos del suyo, la del tío Rosendín, y -divorciadas de igual suerte todas las parejas unidas por compromisos y -bendiciones. - -No hay en el silencioso campamento, delante de Florinda, un corazón que -sufra, un afán que despierte ni una esperanza que se agite. - -Las parvas enhiestan en alto como hacia las nubes, entre cuyos girones -aparece la luna desconsolada; de lejano pesebre llega el mugido de -una res en celo, y la desvelada moza bebe insaciable el dolor de la -soledad, más triste que nunca entre el sordo latido de aquellas vidas -y el aroma de aquellos frutos. Entonces siente crecer el peso de las -trenzas en los hombros; en los párpados, la lumbre de la pasión, -y en las mejillas el carmín de la salud: una fragancia de besos le -sube hasta los labios desde el corazón, ebrio de ternuras, y toda su -mocedad, exaltada por el sentimiento, vibra y arde bajo la encubridora -noche. - -[Illustration] - - - - -[Illustration] - - - - -XXI - -SIERVA TE DOY... - - -ROTO ya el pálido celaje, apenas brillaron las estrellas de la mañana -salió el tamborilero a tocar el _Mambrú_ al través de las dormidas -rúas, anunciando alegremente el día de la boda. - -Por deferencias y respetos a don Miguel, se convino, aunque el novio -era viudo, en prescindir de la clásica cencerrada y celebrar los -desposorios con el solemne ceremonial que la costumbre ha convertido en -ley. Y desde muy temprano, algunos vecinos madrugadores atravesaban el -pueblo, en traje de fiesta, para formar la comitiva, bien armados los -hombres de escopetas y trabucos. - -Máximo, el novio, había llegado la víspera, procedente de Gijón; traía -orondo equipaje, con las últimas «donas» para la desposada, dulces y -licores para los próximos banquetes. - -Luego de confesar y examinarse de doctrina, separáronse los prometidos; -ella se encerró en su casa y él fuése a la de su allegado Fermín -Crespo, trajinante en Pontevedra, jefe de familia en Valdecruces. - -Un hijo de este mercader y un nieto del tío Cristóbal—ambos solteros, -por ser la condición indispensable—fueron designados en calidad de -íntimos del contrayente, para «mozos del caldo», especie de gentiles -escuderos al servicio del novio. Facunda Paz y Olalla Salvadores eran -damas de la novia, también «mozas del caldo», de cuyo pomposo remoquete -pudo _Mariflor_ evadirse, no sin algunas porfías. - -Cuando los nuevos redobles del tamboril anunciaron la hora del -almuerzo, llegó a casa de don Miguel un bizarro gentío, la flor y nata -de Valdecruces y no pocos vecinos comarcanos. Para todos había lonchas -de jamón, pavo, perdices, truchas y vino añejo, amén de otros manjares -y escogidos postres. - -Duró hasta las once de la mañana este primer festín, a cuya -terminación, la madrina—una maragata de rumbo—prendió en la cabeza de -la novia fuerte manto de severo color, caído hasta los pies sobre el -lujoso vestido del país. - -Comenzaron a tocar las campanas, y los hombres siguieron a Máximo, -que siempre envuelto en una capa enorme, aparentó ir en busca de la -bendición paternal. Simulada esta ceremonia, ya que el mozo no tenía -padre, volvieron sobre sus pasos entre salvas nutridas, y a la puerta -de don Miguel anunciaron con acento muy grave: - -—Venimos a cumplir una palabra empeñada. - -—Cúmplase norabuena—repuso la madre de Ascensión. - -Y en el umbral, puesta la moza de hinojos, recibió las maternales -bendiciones. - -El séquito varonil partió delante; detrás avanzaron las mujeres, -silenciosas, con intachable compostura; los «mozos del caldo», -dispuestos a correr hasta nueve arrobas de pólvora, dirigían las recias -descargas de los trabucos. - -Para lucirse mejor en el paseo, anduvieron todos a lo largo de la calle -y dieron vuelta por una donde tenía la parroquia otro portal. Allí -esperaba revestido el sacerdote, que permanecía en el templo desde que -muy temprano administró a los novios la comunión. Estaba don Miguel -pálido y triste; no quiso asistir al almuerzo, y suplicó le dispensaran -también de la comida, pretextando no hallarse muy bien de salud. - -Comenzó el acto religioso en la cancela, apretados los contrayentes -por la curiosidad del público no invitado, que tomaba posiciones -horas hacía. Como el atrio era pequeño, muchos testigos se quedaron -fuera, y la calle, resplandeciente de colores y de sol, ofrecía en -toda su esplendidez una gallarda nota regional; finos paños, sedosos -terciopelos, brocateles y tisús, habían salido del fondo de los cofres -y esponjaban al aire su belleza, mucho tiempo cautiva. - -Entre la mocedad estaba _Mariflor_, trasojada y nerviosa, deshaciéndose -en amargura bajo el rumboso atavío. Iba apoyando a Marinela, poco firme -en su primera salida de convaleciente. - -Mientras sudaban los novios con el despiadado abrigo de la capa y el -manto, las mozas, al son de castañuelas y panderos, rompieron a cantar: - - «Ya te sacaron la Cruz - de plata, para casarte; - delante del sacerdote - ya tu palabra entregaste. - Las arras y los anillos - que llevas, niña, en la mano, - son las cadenitas de oro - que te están aprisionando...» - -A cada movimiento de las cantadoras, un vaivén de arrequives y -flocaduras, un relumbrón de filigranas y corales se ufanaron en la luz. - -Encima de la torre, sin temor al bullicioso concurso, las cigüeñas -adiestraban a los hijuelos en sus primeras aventuras por el aire; -giraba el macho en torno de las crías, con una presa en el pico, -instigándolas a seguirle, y la madre volaba también alrededor de ellas, -más abajo, para sostenerlas en sus alas si cayesen. - -Penetró la boda en el templo. Y cuando en él buscaban Marinela y -Florinda un banco donde sentarse, les hizo lugar una vieja con mucha -solicitud. Era la tía Gertrudis, encogida y humilde. Su voz, al rezar, -parecía un gemido; su pobre catadura inspiraba compasión. - -Sobre el grupo que formaban las niñas y la vieja cayeron como un rayo -los ojos de Ramona, pero no se atrevían las muchachas a moverse; -celebrábase ya el Santo Sacrificio, y ellas fijaron su atención en el -altar, reverentes y devotas. - -El «Resucitado» le pareció a Florinda más muerto que nunca, con su -lívido rostro lleno de sangre y la punzadora diadema sobre las sienes: -tenía en una mano la Cruz, y en la otra, que señalaba triunfante al -cielo, le habían colocado un ramuco de flores contrahechas. Quiso -la joven rezarle con calor y confianza, como otras veces; pero un -pesimismo envolvía sus pensamientos en espesas nubes, y las mustias -rosas de trapo, alzadas por el Señor con gesto desfallecido, le -causaron infinitas ganas de llorar... - -La flauta y el tamboril acompañaron el canto de la misa, y la -elevación fué señalada con formidables estampidos de pólvora. -Iniciadas las últimas oraciones, deslizáronse al portal las «mozas del -caldo»—señaladas con mandiles verdes—seguidas por las demás solteras -para ofrecer nuevos cantares a los novios: - - «Sal, casada, de la Iglesia, - que te estamos aguardando - pa darte la norabuena, - que sea por muchos años. - Estímala, caballero, - bien la puedes estimar: - otro la pidió primero, - no se la quisieron dar. - Estímala, caballero, - como una tacita de oro, - que ya tienes mujer buena - para que te sirva en todo...» - -Los cónyuges aparecieron en la lonja parroquial, sudorosos, -acongojados, y allí mismo se apartó Máximo de su esposa para irse con -los hombres a _correr el bollo_. - -A pesar de lo cual, las muchachas, siguiendo al femenino cortejo de -Ascensión, cantaron optimistas, con mucho repique de castañuelas: - - «Por esta calle a la larga - lleva el galán a su dama; - por esta calle arenosa, - lleva el galán a su esposa. - Voló la paloma - por cima la oliva; - vivan muchos años - padrino y madrina. - Voló la paloma - por cima la fuente; - vivan muchos años - todos los presentes. - Ponei, madre, mesa, - manteles de hilo, - que viene tu hija - con el so marido...» - -Encontró la joven en el umbral de su puerta dos sitiales -enguirnaldados, y, por si nadie supiese el destino de ellos, advirtió -muy oportuna la copla: - - Sentaivos, madrina, - en silla florida; - sentaivos, casada, - en silla enramada. - -Sentáronse, en efecto, las dos mujeres, siempre cargada Ascensión -con el duro manto, que después de aquel día sólo en caso de enviudar -debiera ceñirse para los funerales del consorte. Las mozas, colocadas -en dos filas, cantaron _el ramo_, un armadijo de muchos corolines -con ajaracas y dulces. Fué largo y triste el homenaje, salpicado de -consejos y alusiones, y le recibió la moza muy recoleta y compungida, -sin levantar los ojos del suelo ni sonreir al final de la canción: - - «Guapa es la novia cual naide, - guapo el novio cual denguno; - tengan hijos a docenas - y a centenares los mulos.» - -Mientras tanto, los jóvenes corrían en la era «el bollo» del padrino, -un pan de seis libras en forma de pelele, con monedas de plata dentro -de la cabeza. - -Defendíanle los de la boda, al frente los «mozos del caldo», contra -todos los corredores que se presentaban: reglas de tradición daban -derecho a conseguirle. Cuando el vencedor hubo recogido las monedas del -premio, distribuyóse el descabellado monigote entre los concurrentes, -como fórmula que convertía a Máximo en vecino de Valdecruces: el -alcalde pedáneo lo hizo constar así en un acta. - -Todavía cantaron las mozas al llegar los del «bollo» a casa de don -Miguel: - - «Bien vengades, bien vengades, - bien venidos, que seyades...» - -Habían colocado delante de Ascensión un profundo cesto de pan cortado -en pedacitos, que ella repartía a cuantas personas se acercaban a -decirle: - -—¡Dios te haga bien casada! - -Llegóse también la tía Gertrudis, y la moza, vacilando un momento, -dióle su parte con mucha delicadeza, sin tocar la mano extendida en -fino saludo. - -Algunas voces protestaron: - -—¡Fuera la bruja! - -—No azomar a la pobre—dijo una compasiva mujer—; la infelice -perecería de hambre si no fuera por las limosnas del señor cura. - -—Tien mucho rejo; no muere tan aina—rezongó Ramona—. Y a su lado -advirtió una zagala: - -—Creer en agorerías es pecado mortal... - -Cuando el pan de la boda estuvo repartido, sirvióse una gran comida: a -la clásica bizcochada de vino rancio siguió la interminable lista de -viandas fuertes que en un mismo plato compartieron los novios. Por fin, -a media tarde viéronse éstos libres de su parda vestidura matrimonial, -que les fué perdonada a los postres del banquete, para que bailasen -juntos hasta rendirse. - -Ya la madrina _había ofrecido_. Con su moneda de oro sobre una rica -bandeja, pasó delante de los invitados diciendo: - -—Para la rueca y el uso. - -Todos daban: hasta las de Salvadores pusieron sus pesetillas en «la -ofrenda» general. - -Luego pidió el padrino: - -—Para los primeros zapatos del infante. - -Y también hubo dones. - -Es incumbencia de los «mozos del caldo» llevarle a la novia su ajuar -hasta el nuevo domicilio; pero como la recién casada iba a vivir -lindando con su madre, fué para los muchachos cosa de un periquete el -cumplir esta galante obligación. - -Desplegóse luego la danza en toda su brillantez por la ancha rúa, -extendida hasta la iglesia desde la casa parroquial. La fuerte luz del -sol y la majeza de los trajes daban al espectáculo matices de alegría y -de rumbo, que faltaban al baile de la era. Aunque el recogimiento de -las mujeres tenía siempre un cariz de austeridad, parecían ahora menos -cansadas y más felices. Los hombres, de punta en blanco, rozagantes y -orondos, sin reir ni perder su grave actitud, rebosaban satisfacción: -en la portezuela de sus chalecos las rosas tendían magníficos realces -entre el plegado camisolín y la clásica almilla. Cenojiles, cintos y -lazos, daban al viento la ferviente leyenda del amor, encerrada a veces -en el cantarcillo popular: - - «Ahí tienes mi corazón - cerrado con esa llave: - ábrele y verás que en él - sólo tu persona cabe...» - -Empezó la danza por el «baile corrido», girando las parejas con un -lento vaivén, lánguido y señoril, que terminó en compases de jota. -Siguió el llamado «dulzaina»: las mujeres, de dos en fondo, dieron una -vuelta en círculo; delante las doncellas, detrás las casadas, siempre -abstraídas y mudas; iban los hombres en la misma forma, por el lado -exterior del corro femenino, hasta que, a una señal del tamboril, -buscaron parejas, escogiéndolas por orden riguroso, dos para cada uno, -desde las primeras danzantes. Vino después la «entradilla», en la -cual salen bailando los hombres y luego acuden ellas a buscar mozo: -es el baile de los rubores y las zapatetas; las muchachas procuran -elegir a los parientes más próximos, hermanos si es posible. El corro -característico de las bodas le componen las mujeres sin bailar, de -una en una, tocando las castañuelas: abre marcha la madrina, sigue la -novia y van las solteras en último término detrás de las «mozas del -caldo». Esta rueda no se interrumpe cuando intervienen los bailadores -desde la orilla para danzar con dos mujeres, bordando las figuras en -jeroglíficos y detalles de clásico sabor y mucha honestidad. - -En el fondo de la rúa castellana, bajo los resplandores crudos de aquel -cielo de añil, adquiría la artística diversión caracteres de rito, -fabuloso perfume de romance, al que prestaba marco insigne la torre -parroquial con el sagrado nido de la cigüeña. Mas, de pronto, en un -breve descanso del tamboril, iban los hombres _a echar un neto_ sobre -los manteles de la boda, siempre extendidos; y mientras esperaban -jadeantes las mujeres, el encanto de la danza se deshacía y el aroma -del culto viejo convertíase en vulgar olor a vino de Rueda, con agrio -tufo a carne trasudada. - -Así pasaron las horas. El escaso público que no tomaba parte activa en -la fiesta iba cansándose, pero nadie osaba decirlo: seguía corriendo la -pólvora, y los espectadores seguían fijando los ojos en el baile con -atávica devoción. - -Habíase apartado don Miguel en su aposento con la disculpa de un leve -malestar, aunque no quiso perdonarse de tomar café con el padrino y -dirigir desde los balcones alguna curiosa mirada hacia la fiesta. Vió -a _Mariflor_ y su prima del brazo, ambas con el semblante fatigado y -mustio, recostadas en el atrio de la parroquia. Las hubiese invitado -a subir, mas, huyendo la tristeza inconsolable de los garzos ojos, -limitóse a mandar que las ofrecieran sillas. - -Esta previsión colocó a las jóvenes en el punto más visible entre la -concurrencia, bajo el dintel de la casa ornamentado con ramaje de -chopos y negrillos, difícilmente logrado y ya moribundo. - -La preferencia del lugar causó a las favorecidas alguna inquietud, -porque, de soslayo, iban las curiosidades a perseguir con mayor ahinco -el apartamiento de las dos zagalas bellas y tristes. - -—¿No acabará esto pronto?—dijo molesta _Mariflor_. - -—¡Quiá, mujer!; veráste tú: agora bailan hasta la noche, luego cenan -mucho, y todavía cuando están acostados los novios, van los «mozos del -caldo» a llevarles gallina en pepitoria. - -—Ya, ya; ¡linda costumbre!... - -—¡Y comen della!... - -—Pero tú y yo nos marcharemos en cuanto caiga la tarde, porque te va a -hacer daño el relente. - -—No podremos dormir: la mocedad aturde a los vecinos con los -trabucazos, y en cada puerta llama pidiendo aves para la tornaboda. - -—Sí; ya sé que si no se las dan las cogen. - -—Son derechos del novio... Mañana será la misa tempranico, y los -parientes de los desposados llevan la ofrenda al señor cura. - -—Eso no lo sabía. - -—Un cuartillo de grano o poco más: después se repite la fiesta de hoy. - -—¿Tan solemne? - -—Con menos ceremonias: sólo que una moza del caldo baila, llevando -consigo la _pica_, que luego se reparte, un pastel pintado de rojo... - -Calló Marinela, negligente y cansada, suspiró Florinda y comenzó la -tarde a palidecer. Ya iban ellas a retirarse: esperaban una ocasión -para despedirse, cuando el tío Fabián se detuvo allí, extendiendo una -carta: - -—Es para el señor cura—dijo—. ¿Quién la recoge? - -_Mariflor_, de un vistazo, conoció la letra: era de su padre. Y repuso: - -—Yo la subiré; don Miguel debe de estar arriba. - -El viejo, entregándosela, musitó: - -—Mejor te daba una para ti, paloma. - -Desapareció la joven sin responder, y había dominado apenas su -emoción cuando llamó a la puerta del sacerdote, no poco sorprendido -de la visita. Dentro de la carta venía, como de costumbre, otra para -_Mariflor_; sin sentarse, leyeron impacientes cada uno la suya. Después -se miraron, y fué la muchacha la primera en hablar: - -—Dice que me case con Antonio... - -Sonaron las palabras con una amargura indescriptible. - -—Será un consejo. - -—Es una súplica: mi padre se hunde y me pide auxilio. - -Tendió la carta, señalando con un dedo temblón los suplicantes -renglones «... hija mía; sálvanos a todos, y yo aseguro que en -recompensa a tu sacrificio Dios te hará feliz». - -Con profunda lástima levantó el cura los ojos hacia la moza. - -—Lea usted lo que escribe antes—murmuró ella. - -—Sí; me lo figuro: tu primo le propone reforzar aquel negocio con el -capital necesario y bajo la condición de vuestra boda. - -—¿Se lo cuenta a usted? - -—Como a ti. - -—¡Nada, que ese hombre me quiere comprar! - -—No te agravie su procedimiento: con él te da una prueba inaudita de -estimación. - -—¡Pero yo no me puedo vender! - -—Díselo a tu padre honradamente. - -—¡Dios de mi alma! - -—Piensa que no estás obligada al sacrificio, - -—¿Sacrificio?... Mi condescendencia no sería virtud, ya que Rogelio me -abandona. - -Se inclinó sollozante: en sus lágrimas hervía una terrible desolación. - -Don Miguel protesta conmovido: - -—Sí, sí; el que voluntariamente rinde su libertad se sacrifica. - -—Es que no soy libre: le juro, señor cura, que padezco una tremenda -esclavitud... Ya ve usted cómo «se ha portado»; pues no importa: ¡le -quiero, le quiero; no me puedo casar con otro... es imposible! - -—Tranquilízate, niña: vete en paz. Yo escribiré a tu padre cuanto -sucede. - -—¡Dígale que no consiste en mí; que mil vidas diera yo por él; que me -muero de pena al negarle este favor!... - -La ahogaba el llanto; procuró el sacerdote calmarla con exhortaciones -de mucha piedad. Despidióse la muchacha en cuanto pudo, y salió -diciendo: - -—¡Harto le mortifico a usted: Dios le recompense! - -Como la sombra había ganado ya las habitaciones, desde el rellano de la -escalera alumbró don Miguel con cerillas para que _Mariflor_ bajase. - -Iba desalada; huyendo de las luces de la cocina y el «cuartico», -deslizóse al través del portal, hasta asir el brazo de Marinela y -hundirse juntas en el sosiego oscuro de las calles. - -Era tan visible la congoja de la enamorada, que su prima le dijo con -susto: - -—Pero qué, ¿trajo malas razones la esquela? - -—No, no. - -—Vienes tribulante: bajabas a modín como escondida. - -—Por no despedirme... ¡tengo tan poco humor! Mañana daremos una -disculpa... - -—Madre también fué para casa... Oye: ¡qué triste es una boda!... -¿noverdá? A mí me hace duelo sin saber por qué... - -_Mariflor_ sólo pudo contestar con un suspiro. - -[Illustration] - - - - -[Illustration] - - - - -XXII - -LOS MARTILLOS DE LAS HORAS - - -CORRÍA noviembre. Ya en los robles puntisecos y en las oscuras urces -palidecían las hojas para morir enfermas de la fiebre otoñal; el sol -se insinuaba amarillo y remoto, dorando apenas el matiz austero del -paisaje, y en la hidalga llanura de León caían las horas con infinita -pesadumbre... - -Una tarde, muy triste, _Mariflor_ Salvadores tuvo que ir al molino, -distante dos kilómetros del pueblo. - -—Por el vero de la regona—díjole Olalla—no tienes onde perderte. - -Ella se disponía a lavar junto a su madre hasta la noche, y Marinela, -otra vez lastimosa, encogíase cerca de la lumbre. - -Salió _Mariflor_ con su cestilla de centeno al brazo y sus profundas -penas en el alma. Anduvo el camino de la mies, raso y frío, tan solo, -que ni el vuelo de un ave le daba compañía: cigüeñas y golondrinas -emigraron así que el viento comenzó a batir los eriales y la luz -pareció vieja y pálida al través de las nubes. - -Los cigoñinos, al volar valientes y seguros en pos de sus padres, -despertaron en el pecho de Florinda nostalgias de aventuras, loca -impaciencia de albures y horizontes. Las cosas fugitivas le hacían -soñar y padecer: aguas, nublados y vendavales producíanle antojos -inauditos, ansias de convertirse en átomos de aquellas peregrinas -corrientes. - -Hoy todo yace inmóvil alrededor de la moza: camina el silencio en torno -suyo, y ella escucha en la «sonora soledad» caer los instantes bajo -el martillo del tiempo y fluir la vida con sordas palpitaciones que -repercuten en los pulsos y en el corazón de la infeliz. - -¡La vida!... ¿Para qué la quiere? Ya su alma se ha despedido de la -felicidad. Vive _Mariflor_ con los ojos puestos en todo lo que huye, en -todo lo que vuela y muere: cuenta a veces los minutos con furioso deseo -de que pasen: los empuja con el pensamiento; quisiera precipitarlos -a millones en el silo de la eternidad. No es la suya la prisa del -que espera; es la sombría inquietud del que busca la muerte; y, sin -embargo, un violento impulso de esperanza ruge en el tormentoso río de -estas ansiedades. - -No quiere la enamorada confesárselo así, y ahora mismo aprovecha la -muda complicidad de este sendero para romper las cartas de su novio. -Con brusco arrebato las arranca del jubón y las desdobla: son tres. -Rasgadas juntas, va haciéndolas añicos, sin detenerse, apresurada y -triste. - -Las letras de los versos parecen rebelarse en los menudos jirones del -papel, y Florinda huye del galope de su memoria, que repite: - - ...soy el amor que pasa, - el niño amor que encontrarás un día - tras de las tempestades de tu alma... - -A pesar suyo escucha la moza los apasionados ecos de la querella. Se -dulcifica entonces su rostro, y en un repente de inefable ternura -siembra en el páramo los pedacitos de su felicidad, como granas de -amor, algunos caen al agua, a cuya linde camina la joven. - -Quédanse allí los despojos de un cariño, las simientes de una ilusión, -temblando en la apacible linfa, diciendo a los duros terrones un -enamorado «escucho»... - -Cunde el regato fino y silente, corren las nubes amenazadoras, y en la -descolorida lontananza se dibujan los perfiles de la aceña; allá lejos, -una pastoría tiende la corona de su redil junto a la henchida cama del -pastor. - -Recuerda la caminante su primera salida por el campo de Valdecruces y -su encuentro allí con _Rosicler_, el galán pastorcillo que ya emigró, -como las aves. Muchos días anduvo radio y pesaroso alrededor de la -moza, hasta despedirse de ella. ¿Qué la dijo?... ¡Nada! Parecía tener -los ojos cargados de secretos, pero sólo acertó a murmurar: ¡Adiós, -adiós!... Iba llorando. - -—¡Pobre!—balbuce Florinda tras fuerte y hondo suspiro. - -Y amargada después por el acre sabor de tantos infortunios, se enardece -y rebela con el ímpetu de su gran corazón apasionado; ansía que al -despertar el viento en los eriales pueble de frémitos la llanura, torne -lívidas las aguas del arroyo y arrastre granizos y nieves... ¡Quisiera -envolver las desolaciones de su alma en una grandiosa tempestad, en una -formidable desolación del mundo entero!... - -Asomados a las teleras balitan con desconsolada blandura los corderitos -primales, y el rapazuelo guardián entretiene sus ocios evocando al -invierno en lánguida canción: - - «¡Ay noche de Navidad, - ay noche serena y clara!...» - -—Buenas tardes. - -—Bien venida. - -Los ojos del niño siguen con extraño embeleso la gentil figura de -_Mariflor_, que todavía parece forastera y trasciende a encantos -desconocidos en el país. - -—¡Usa la guedeja al aire!—dícese el pastor, absorto en la esplendidez -de los cabellos que la muchacha luce. - -Y ella va mirando cómo crece la regona, según se aproxima al ladrón -abierto en el canal. - -El viento ha despertado: gime y vocea sobre el tríbulo de la mies y -amontona las nubes que al rodar escriben silenciosos renglones en el -agua. - -Hay poca gente en la aceña, que muele despacio, con el cauce débil, -y las maragatas allí reunidas aguardan la lluvia como un beneficio. -Pertenece a varios pueblos esta fábrica, que el Duerna rige y que -sólo en invierno trabaja; las mujeres, que esperan en riguroso turno, -platican con igual lentitud que el molino funciona. De vez en cuando -una se levanta, llena la tolva de cibera, suspira y vuelve a sentarse. -A poco avisa la citola que la rueda se ha parado; hay que esperar que -represe el agua. - -Cuando llega Florinda a pedir turno, algo confusa de su inexperiencia, -la reciben afablemente, la hacen sitio en un escaño, y en voz baja -mencionan la familia de la joven: - -—¡Quien la vió y quien la ve! ¿Noverdá? - -—Sí; ¡con la arrufadía que gastaron! - -—Era gente de mucha tramontana... - -—¡Como tuvieron los haberes a rodo!... - -—¡Y es bellida la moza! - -La cual vió con gusto presentarse a Maricruz, que al regreso de -Piedralbina entraba a pedir un poco de agua y a buscar compañía, si la -hubiese, para volver a Valdecruces. - -—Pues en la sotabasa—le dijeron—tienes colmado un cantarico; y aquí -está la de Salvadores. - -Bebió Maricruz, sonrió a su vecina y sentóse a esperarla. - -—¿Qué hora será?—pregunta una mujer. - -Otra responde: - -—Sin la ruta del sol no es fácil conocerlo. - -Y a la recién llegada le parece que habrán dado las tres. - -—¡Corre mucho frío!—le dicen. - -—Abondo, y cercea. - -—Pos la nieve es segura. - -—Sí; hogaño la tenemos antes de Navidá. - -—Ya de madrugada hubo pinganillos en los alares. - -—Pronto crece el Duerna y tenemos que abrir el fortacán para moler. - -Una moza de Piedralbina anuncia sonriente que las fiestas de año nuevo -van a estar muy preciosas. Y se discute la propiedad con que ese día -los pastores se disfrazan de mujeres para hacer gala de resistencia y -caracterizarse bien de valerosos. Así vestidos se denominan _xiepas_; -bailan en zancos sobre la nieve, cantan y piden aguinaldos en extrañas -procesiones nocturnas, que iluminan con «mechones» y adornan con -tirsos, como los gentiles en las orgías de Baco... - -Poco después, logrado por _Mariflor_ su cestillo de harina, salen de la -aceña las zagalas de Valdecruces. - -—Aguantai—les dijeron—, que no os alcance la nieve. - -Y ya los primeros copos se cuajaban en el aire. - -Quiso Maricruz entretener el camino en amistosa conversación y -mostrarse gentil con la niña ciudadana. Dijo que venía de pagar la -«avenencia» del médico, y preguntó si era verdad que las de Salvadores -esperaban al tío Isidoro. - -—Paez que trae un amago de cáncere—compadeció. - -—No sé—dice vagamente Florinda, observando con admiración a su -compañera—. Es una moza rubia y dulce; siempre que habla sonríe; tiene -seguro el paso, tranquilo el acento, apacibles los ojos, y la boda -apalabrada con un hijo de Tirso Paz. - -El agua de la presa ondula al viento, con profundos sones; el pastor se -ha cobijado, y las nubes, cargadas de cellisca, borran las líneas del -paisaje. - -—¡Buena noche se nuncia para el vuestro filandón!—prorrumpe sonriendo -Maricruz. - -—No irá gente, si nieva. - -—Más de gana, mujer, que habéis un establo bien mullido y anchuroso. -¿Dais entrada a la tía Gertrudis? - -—Si va... - -—Porque endecha unas historias de guerreros y marinos, que da gusto -oyirlas. Ella anduvo en su mocedad por las playas y conoció a maragatos -de mucho enseño, aquistadores que allende fincaron ciudades y ganaron a -pote. - -—Pero, ¿los hubo? - -—Ya lo creo, rapaza. - -—Me lo dicen; lo he leído... - -—¿Y lo dudas? - -—A veces, sí. - -—No conoces bien a estos paisanos; cuando te hagas estadiza entre -nosotros, ¡ya verás! - -—Veo mucha pobreza; las mujeres aquí abandonadas a sus fatigas, los -hombres ausentes, duros. - -—¿Duros?... No te entiendo... Valdecruces es una aldea ruín; pero -Maragatería es muy grande y tiene pueblos ricos y casas a la moda. Por -ahí fuera, los maragatos que hicieron fortuna y recibieron estudios, -son agora señorones de mucha fama. - -—Ya, ya... - -Es tan incrédulo el mohín de Florinda, que Maricruz, despierto su -estímulo regional, prosigue con algún calor: - -—Hay libros que ponen muchas cosas valientes de los maragatos; la -maestra de Piedralbina se los hace leyer a todas las rapazas. - -—Yo no digo mal de estos hombres, que de aquí es mi padre. - -—Y tus agüelos, - -—¡Claro! Digo de las costumbres, de la rudeza del país. ¡Es tan -triste!... Y en los hombres parece que se nota más. - -—Los que no aprenden finuras serán como dices tú; pero más cabales -para el trabajo y la honradez no los encuentras; si dan una palabra la -cumplen, sostienen su familia al tanto de lo que ganan, y el que engañe -a la mujer se deshonra para inseculá... ¡Nunca acontece! - -_Mariflor_ lanza un débil suspiro, y su amiga, creyéndola conforme con -el ardoroso discurso que acaba de pronunciar, se engríe y continúa: - -—Tamién hay maragatos que trovan en la política y escriben en los -papeles. Háilos militares de mucha ufaneza, clérigos de mucha santidá... - -—Ya lo sé. - -—En cuanto los acrianzan fuera de aquí sirven para todo como el -primero: y aun los pastores más esfarrapaos tienen barrunta para -medrar, si a mano viene. - -Ahora Florinda sonríe a pesar suyo. - -—Sí, mujer; acuérdate de aquel rapaz de Iruela que aballadaba ganados -al pie del Teleno. Comiéronle los lobos una res y el pobretico, -temiendo al amo, alejóse por la Sanabria alante. Conque llegó perdido -a Extremadura y por causa de una revolución le echaron para Portugal; -entodavía de allí le desterraron a Ingalaterra, y sin saber la fabla -ni conocer a nadie, entró de sirviente en una relojería: aprendió el -oficio y ya no hubo en todo el orbe otro relojero más famado. - -—Sí, ese era Losada: conozco la historia. Cuando vino a su tierra -después de mucho tiempo, dejó un reloj muy grande en Madrid, regalado -para un edificio de la Puerta del Sol. - -—¿Véslo?... Pues otros pastores de Santa Catalina, parientes de mi -abuela, bajaban con las merinas a Badajoz todos los años, a invernar en -los jarales de un duque al cual nombran del Alba. Ello fué que labrando -la tierra baldía junto al chozo, halláronla fecunda, y cada invierno, -cuando iban ende con los ganados trashumantes, labraban otro poquitín, -hasta que el señor duque les dió permiso para fincar entre sus aradas -dos pueblos, los Antrines, el de arriba y el de embajo... ¿Sabíaslo? - -—Eso no. - -Sonríe triunfante Maricruz y pisa con firme orgullo en el yerto camino. -Florinda, para corresponder a la locuacidad de su compañera, murmura: - -—Tú pareces muy feliz... ¿Cuándo te casas? - -—Neste invierno: aún no está adiada la boda—responde con rubor—. Y -tú para las Navidades ¿eh? Llevas un mozo de mucha hombría... ¡Pa que -veas que hay gente de prez nestas planuras de León! - -Achacando a modestia el silencio de Florinda, no insiste la moza en -este punto, y da otro giro a la plática. - -—¡Cómo sona la nube! - -—¡Sí! - -Ambas jóvenes se detienen un instante a escuchar la furente carrera -de los vientos y a medir con tranquila expectación la preñada negrura -del nublado. Una y otra, por distintas causas, permanecen serenas: ni -a Maricruz le asusta el temporal, por conocerle mucho, ni le halla -_Mariflor_ bastante recio para aturdirse en él. Va pensando que su -alma está más sombría que los cielos, y buscan sus ojos con ansiedad -una huella de la semilla de amor arrojada en la llanura poco antes. -Pero ya las ráfagas tempestuosas verberaron con ímpetu en el suelo, y -al borde del estremecido arroyo no parece rastro ninguno de la siembra -sentimental. - -Y cuando, alucinada, se inclina _Mariflor_ para coger, como una -reliquia, algo blanco y menudo que rueda por allí, levanta un copo de -nieve donde creyó recuperar el adorado fragmento de una carta: en la -ardorosa mano se deshace al punto la vedija glacial... - -—¿Qué te sucede?—pregunta Maricruz, viendo palidecer a su amiga—. -¿Tienes miedo? - -—No. - -El ronco arrullo y el trastornado semblante con que responde, preocupan -a Maricruz. Una impresión extraña y dolorosa turba su silvestre -espíritu. Se enlaza con blandura al brazo de su compañera y dice, -conmovida, sin saber por qué: - -—¿Sigue Marinela mejor? - -—Está lo mismo. - -—¿Aún dormís a la santimperie? - -—Ya no; mi tía se opone desde que empezó el mal tiempo. - -—¡Pobre pitusa!... ¡Y agora, si viene su padre tamién comalido! - -—¡No sé si vendrá!... - -—Ansí dicen que la tía Gertrudis os malface: ¿oístelo? - -_Mariflor_ se había serenado un poco. - -—Eso es mentira—protestó. - -—Yo nunca lo creí: ni es bruja ni prodigiadora... Será, si acaso, -conjurante. - -—Es una triste vieja como las demás. - -—Y mejor: sabe fervorines, cantares y medicinas, que te pasmas. Con -tomillín de un cantero de la huerta y otro yerbato dulce, me curó a mí -antaño la ronquez. - -—Dicen que está muy sola y muy necesitada. - -—Sí; la malfamaron y poco se la ayuda, aunque la juventud no cree, ya, -en los hechizos: son cosas de rapaces y de viejas... - -Apretó a nevar: las muchachas, muy juntas y diligentes, seguían la -margen del arroyo, fiel rumbo hacia Valdecruces en la espesa cerrazón -del horizonte. Ya estaba lejos el cauce del molino, y Maricruz, guiada -por su experiencia campesina, anunció alegre: - -—Pronto llegamos. - -Mas al punto refrenó el paso, prestó oído y añadió pesarosa: - -—¡Ay!... ¡Se ha muerto la tía Mariana! - -—Sí; tocan a difunto—dice Florinda escuchando—, ¿pero cómo sabes que -es por ella? - -—Fíjate en las posas: una... dos... Si hubiera muerto un hombre serían -tres. - -—¡Ah! - -—También el tío _Chosco_ anda malico. - -—¡Pues mira que si se muere el enterrador! - -—Hereda el puesto el sacristán. - -—Y esa tía Mariana, ¿era muy vieja? - -—Sí, mujer: abuela de Facunda por parte de madre. - -—¿Y abuela de tu novio? - -—Velaí. - -—Vamos a rezar por su alma. - -Un devoto murmullo acarició los compungidos semblantes de las mozas, -que llegaban a Valdecruces cuando ya, en precoz anochecer, moría la -tarde, malherida de la nieve. - - * * * * * - -Iba _Mariflor_ tan penetrada por el soplo de la tragedia, que no -experimentó grande inquietud al oir en su casa llantos y quejidos. -Supuso llegada la hora de que la Humanidad, lo mismo que la Naturaleza, -estallase en lamentos. Y las razones de esta lógica explosiva quedaron -atravesadas por una voz lamentable que decía en la sombra del -_estradín_: - -—¡Ay, cómo tardabas!... ¿No sabes que Pedro va a partir y que mi padre -viene a morirse? - -Florinda no supo qué responder, y Marinela, deteniéndola aún por el -brazo, añadió con angustia: - -—Madre dice que nosotras somos harto pobres para socorrer a un -enfermo, y que la abuela ya no tiene casa ni haberes para aconchegar a -su hijo; además, no quiere que mi hermano marche; llora por él clamando -que se le rebatan, que se le quitan: la abuela gime y Olalla paez muda. - -—Pero, ¿quién ha escrito? - -—Tu padre. - -—¿A mí? - -—No: a la abuela. - -—¡A mí ya no me escribe! - -—¡Mujer, la carta pone para ti tantas de cosas! - -Dentro se habían apaciguado un poco las lamentaciones, y _Mariflor_ -siguió escuchando a su prima. - -—Verás: dice la esquela que unos maragatos ricos pagan estos viajes -que te cuento. Mi padre llegará para la Pascua y el rapaz tiene que -salir a primeros de mes con un paisano de Santa Coloma—. Suspiró con -ansia la niña y lamentóse—: ¡Ay, Dios, ya estoy más sediente que -nunca, con un jibro en el pecho y un acor en el alma! - -—Pues hay que tener ánimos—murmuró Florinda maquinalmente. - -—Yo no sirvo para este mundo... ¡Si pudiese entrar en el convento! - -En aquel instante llegaban los niños de la escuela sacudiéndose la -nieve y extendiendo las manos en la oscuridad, con rumbo a la cocina, -donde antes resonaron los lloros. Detrás de los rapaces entraron las -muchachas. - -Ardía en el llar un fuego mortecino y temblaba sobre la mesa la luz -del candil. En viendo Ramona a su hijo mayor, lanzóse a él con ademán -salvaje y comenzó a gritar como si le prestaran sus aullidos todos los -animales maltratados y moribundos: - -—¡Ay fiyuelo, quédome sin tigo!... ¡Te parí de mis entrañas, te -pujé en mis brazos y trabajé para ti como una sierva!... Agora que me -conoces y me quieres, te me quitan... ¡Ay, pituso, non te veré más!... -¡Los mares y los hombres te rebatan!... - -Parecían mordiscos, por lo hambrientos, los besos de la madre; lloraba -toda la familia, y el zagal, asustado, apenas supo decir: - -—¡Volveré pronto! - -—Volverás muriente como tu padre, y yo estaré tocha y ceganitas como -tu abuela, sin nido ni cubil pa tu resguardo; lo mesmo que esa pobre: -¡mira! - -Y conteniendo la explosión de su piedad en el acento ronco y firme, -Ramona empujó a su hijo hasta la anciana. - -Acogióle ella entre sus brazos doblándose, en el sitial, para -recibirle, con tan acongojada pesadumbre, como si del viejo corazón -exprimido cayese en aquel instante la última gota de ternura. - -También Carmen y Tomasín se refugiaron, ronceros y llorones, en -aquella caricia. Estalló un sollozo en el pecho de Olalla, y el triste -concierto de ayes y suspiros volvió a levantar sus desconsoladas notas -en la escena. Ramona, con los ojos fijos en el grupo que formaban los -rapaces y la tía Dolores, fué serenándose hasta sentir un repentino -bienestar que sin saber cómo se le subió a los labios en una dulce -palabra. - -—¡Madre!—dijo. - -Nadie respondía. Las muchachas creyeron que hablaba sola. Pero ella -avanzó resueltamente desde el sitio donde había quedado en pie. Su -larga sombra ganó el techo y llenó la cocina de gigantes perfiles. - -—¡Madre!—iba diciendo—. En los últimos años, endurecido su áspero -carácter por el infortunio, huyó arisca de pronunciar esta suave -palabra. - -—¡Madre!—repitió—; ¿no me oye? - -Y puso las manos con inusitada blandura en los débiles hombros de la -vieja. - -—¡Ah!... ¿Me llamaste a mí? - -—¡Claro! Mire: con llorar, el solevanto que nos acude non se desface y -atribulamos a estas criaturas. - -—¿Qué quieres, hija? - -—Que no llore: es menester que Sidoro la halle moza. - -—¿Pos no dijiste?... - -—Era por decir: usté entodavía tiene salud y casa pa recoger a su hijo. - -—¡Ah!... ¿Consientes?... - -—¿Soy acaso una hereja?... ¿Se iba a quedar el pobre en medio de la -rúa?... Pujaremos por él como cristianas. - -—Mujer, ¡Dios te lo pague! - -—Sí—murmuró Ramona, abrazando otra vez a Pedro—. ¡Dios me lo pagará -cuando vuelva éste!... - -Temblaba Marinela apoyándose en su prima, y las dos, lo mismo que -Olalla, se animaron con aquellas últimas frases. - -—Andaí—ordenó Ramona, alcanzándolas, con un gesto impaciente—. Van a -venir las del filandón y no hay que poner las caras acontecidas. Mañana -hablaremos al señor cura. - -—Denantes—pronunció Marinela aprovechando una cordialidad tan -expresiva y rara—vide a la tía Gertrudis, y me dijo... - -—¿Onde la viste, rutiando por aquí?—interrumpió desabrida la madre. - -—Pasaba sobrazando un atiello de coscoja: ¡casi no podía con él! - -—Bueno; ¿y qué te dijo? - -—Que esta noche vendría al filandón, porque en la so cabaña no tiene -luz para hilar... Yo no me atreví a decirle que no viniera; ¡como don -Miguel manda que se la estime!... - -—Pos... ¡que entre!—concedió Ramona vacilante, mirando a Pedro con -oscura inquietud—. Y agora, las cuchares y el pote: a cenar, pa que -estos críos se acuchen. - -Las pálidas figuras del cuadro se movieron sin ruido, y rodó solitario -en la estancia el son de la esquila parroquial, que aún contaba las -fúnebres posas... - -[Illustration] - - - - -[Illustration] - - - - -XXIII - -PAÑO DE LÁGRIMAS - - -—¡AYMÉ! - -—¿Qué le pasa, tía Gertrudis? - -—Estoy cansosa, niña. - -—¿Y no va a decir aquella relación? - -—¿La de la locecica? - -—Esa. - -—En cuanto repose; todo el día anduve por ribas y cuestos atropando -carrasca antes que cerrase la nieve; y atollecí. - -—En l’intre—propuso entonces Maricruz—jugaremos a los acertijos, -¿queréis? - -Mozas y viejos aceptaron. Una ligera curiosidad alzó los ojos y animó -los semblantes. - -Tenía lugar el clásico «filandón» en la espaciosa cuadra que antaño -albergó las «llocidas» reses de la tía Dolores: un mantillo de bálago, -a modo de tapiz, prestaba calor y blandura al renegrido suelo, y un -candil de petróleo, cebado a escote, daba, pendiente de una viga, más -tufo que luz. - -Toda labor de mujer tenía allí su escuela y ejercicio: hilaban, por lo -común, las más viejas; «calcetaban» y cosían algunas, tejían otras a -ganchillo refajos y gorros infantiles. La tertulia, que se acomodaba -por turno en los establos mejores de la aldea, en el santo suelo y -entre el vaho de los animales, solía terminar cristianamente con el -rezo del rosario. Pero antes se narraban historias, se proponían -adivinanzas y hasta se dejaba correr sobre ruecas y agujas algún -airecillo picante de murmuración. - -Aunque la cuadra de este pobre lar, venido tan a menos, aloja hogaño -muy pocas reses, disfruta por céntrica y espaciosa las preferencias de -Valdecruces, y esta noche la invade un buen número de tertulianas, sin -más compañía de varón que la del tío Rosendín, el viejo sacristán. Allí -parecen también sus hijas Felipa y Rosenda; las nietas del tío Fabián, -con su madre; Ascensión con la suya; Maricruz Alonso y sus hermanas, -las de Crespo, la _Chosca_ y otra porción de mujeres de distintas -edades y parecidas condiciones. - -Mientras fueron llegando, hablóse del temporal, haciendo memoria del -último, que cubrió las casas con _trousas_ formidables, verdaderos -montes de nieve. Felipa dijo que a prevención tenía muchos _fuyacos_ -para alimentar a las ovejas, y el tío Rosendín profetizaba que aunque -arreciase el mal tiempo, aún se podían aprovechar los piornos para -el ganado durante una quincena. Las de Salvadores preguntaron con -mucho interés por el tío _Chosco_, que, según el sacristán, «iba ya -mejorcico». Se comentó en seguida el fallecimiento de la tía Mariana, -lamentando que las de Paz no asistiesen al «filandón».—Velarán el -cadáver de su agüela—opinaron algunas mujeres—. Y otras dijeron -compasivas:—¡Biendichosa!... - -Pero ya juntas las que esta noche se reúnen, piden los acertijos, y la -misma iniciadora lanza el primero: - - «Enas iglesias estoy - entre ferranchos metida, - cuándo allende, cuándo aquende, - cuándo muerta, cuándo viva...» - -—¡La lámpara!—dice riendo el sacristán. - -—¡Usté no vale!—protesta Maricruz. - -En aquel momento Florinda le pregunta con sigilo: - -—¿Cómo no fuiste al velatorio? - -—No acuden mozas cuando fallece una vieja—responde—. Fué mi madre. - -Algunos pretenden averiguar cuántos años tendría la difunta, y -Ascensión dice que no se sabe a punto fijo, porque en los libros -parroquiales sólo consta que «nació el día que se amojonó _Fumiyelamo_». - -—No había yo nacido—apunta la tía Dolores, muy despierta y con cierto -orgullo. - -Y el tío Rosendín, sonriendo malicioso, coloca otra adivinanza: - - «¿Qué cosa yía - la que no has visto nin vi - que no tien color ni olor, - pero mucho gusto sí?» - -Un aire de perplejidad inmoviliza al auditorio. El anciano detiene el -gesto de una contemporánea suya que intenta responder. - -—¡Que acierten las mozas! - -—¡El agua!—prorrumpe una voz juvenil. - -—¡Avemaría!... ¡Tien que ser una cosa que nunca hayas visto! - -Crece la incertidumbre y se suspenden las labores. Después de algunas -respuestas disparatadas, el sacristán dice triunfante: - -—¡El beso! - -—¡Josús!—pronuncian las zagalas, ruborosas. - -Todos ríen, y el viejo, embaído, añade en seguida: - - «Blanco fué mi nacimiento, - verde lluego mi niñez, - mi mocedade encarnada, - negra mi curta vejez.» - -—¡La mora! ¡La mora!—repiten alegres las muchachas. Y como ya suponen -que la tía Gertrudis ha descansado, solicitan otra vez la prometida -narración. - -Mientras la anciana sacude un poco su pensamiento, se oye al aire gemir -y a las ruecas zumbar: algún suspiro acaricia los copos blancos de las -hilanderas. - -—Erase—principió la narradora—una noche muy triste, hace ya cuántos -siglos. Por el mar que le llaman de la muerte, cerca de La Coruña, -navegaba un lembo gobernado por el turco más temido nestas historias -de piratas. Con él iba prisionera una pobre doncellica que el capitán -robó en un castillo principal. Era hija de un señor de salva, tan -hermosa y fina como las febras del oro. Quería el turco esconder a la -moza tierra adentro, y esperaba un señal, una locecica de algunos de -sus piratas que por la riba aquende le buscaban cobil, pero en toda -la ledanía de los mares no pareció ninguna luz... Conque navegaba la -embarcación roncera, en calmería de viento, apocado el velaje y cansos -los marinos, cuando va y luce una flama en una torre que le decían la -Torre del Espejo y se encendía en las noches oscuras para las naos que -llegasen de paz. Dió un brinco el pirata cabe la moza, tomando por seña -de su gente la lumbre del fogaril. Y la infelice doncella clamó al Dios -de los cristianos, que era el suyo, pidiéndole que le sacase de aquella -amaritud... - -Hace una pausa la tía Gertrudis para recordar las frases conmovedoras -de la cautiva, y aunque la misma leyenda se ha repetido muchas veces en -los «filandones», un devoto silencio la circuye ahora, y un aroma de -mar y de aventura la engrandece y ensalza entre sutiles asombros: la -evocación de ese otro llano, inmenso y libre, desconocido y atrayente, -se presenta en los labios de la anciana con imágenes desoladoras, en -que una mujer sufre cautiverio. Y las maragatas sienten batir contra -sus corazones las olas de aquel mar lejano que les lleva los padres, -los hijos y los esposos, fascinándoles con su prometedora anchura, para -engañarles al fin y cautivar la ilusión de infinitas mujeres. - -También para Florinda la llanura amiga de su niñez suena ronca y -extraña en los acentos pavorosos de la tía Gertrudis. Todas las -ilusiones de la moza naufragaron en la amada ribera, y el recuerdo de -su bien perdido se le ofrece como una pálida visión de naves que huyen -y de espumas que gimen: apenas si el perfil de un marino se agita en -estas membranzas como símbolo del primer sueño de amor que la muchacha -tuvo. Por un instante se sorprende ella al caer desde la nube de sus -evocaciones al fondo del establo donde la tertulia aguarda a que se -termine el cuento. Mira absorta a su alrededor y le parece que Marinela -está muy descolorida y que Ramona oculta mal su incertidumbre. - -Pero ya la anciana sigue el relato: - -—...Y en esto que partían el ánima las voces de la inocente, los -mareantes de la embarcación dieron en complañirse y maldecir del -capitán... - -Un estrépito medroso dejó rota la leyenda y en angustia las atenciones. - -—¿Fué tronido?—balbuce una voz. - -Y al mismo tiempo Marinela se dobla desmayada encima de su madre. - -Recíbela Ramona con un ¡ay! tan brusco, que parece un bramido de su -corazón. Deslizando hasta el suelo el cuerpo inerte de la niña, se -arrastra, súbita y fiera, y sacude a la tía Gertrudis por los brazos en -una cruel explosión de frenesí. - -—¡Conjúrala, conjúrala agora mismo—dice tuteándola con -menosprecio—bruja de Lucifer! - -—¿Yo?... ¿Yo?... - -—¡Tú, tú, sortera! - -—Yo non sé conjurar. ¡Soy cristiana y nunca tuve poder con el diañe! - -La voz senil plañía con menos asombro que amargura; aparecía en todos -los semblantes la congoja del pánico, y sólo Florinda se acordaba de -aflojar el corpiño a Marinela. - -—¡Traed vinagre para los pulsos!—pidió vivamente. - -Olalla, levantándose indecisa, declaró: - -—¡Tengo miedo d’ir sola! - -Después de algunas vacilaciones y consultas, encendió un cabo de vela -en el candil y dirigióse con Maricruz hacia el postigo medianero de la -cocina. Pero, sin alcanzarle, se volvió espantada: - -—¡Sonan pasos! - -—Es el viento y la truena—dijo Maricruz más valiente. - -Y apremiaba Florinda: - -—¡Pronto, pronto! - -Ramona, que no había soltado a la tía Gertrudis, trocó de improviso en -súplicas sus delirantes voces: - -—¡Por Dios me la conjure!... ¡Por Nuestra Señora la Blanca!... Daréle -a usted cuanto me pida; mire que va a morir. ¡Aguante, por la Virgen! - -La vieja parecía no escucharla, murmurando llorosa: - -—¡Al cabo los años que non fice mal nenguno, me temen los vecinos como -los rapaces al papón!... - -Unos brazos nerviosos la levantaron de repente, y de un salto la posó -Ramona junto a la enferma, ya reclinada en el regazo de Florinda: - -—¡Dele remedio!... ¡Aplíquele talismán!—gimió de hinojos la madre, -con las manos en cruz. - -—¡Si non gasto sorterías, mujer! - -Alguien aconsejaba: - -—¡Dígale mas que sea una oración! - -—¿Tién fístola? - -—No lo sabemos... - -La tía Gertrudis acercó sus cansadas pupilas al semblante de Marinela, -húmedo y descolorido como si estuviese lavado por los últimos sudores: -había sido inútil la aplicación del vinagre en las sienes y en los -pulsos. - -Suspiró compasiva la anciana y recogióse un momento en solemne actitud -mientras aguardaban todos con ansiedad. De pronto comenzó a decir: - -—«En el nombre del Padre, e del Hijo e del Espíritu Santo: tres -ángeles iban por un camino; encontraron con Nuestro Señor Jesucristo. -¿Dónde vais acá los tres ángeles? Acá vamos al monte Olivete y yerbas e -yungüentos catar para nuestras cuitas e plagas sanar: los tres ángeles -allá iredes; por aquí vendredes; pleito homenaje me faredes, que por -estas palabras precio non llevaredes esceto aceite de olivas e lana -sebosa de ovejas vivas... Conjúrote, plaga o llaga, que no endurezcas -ni libidinezcas por agua ni por viento ni por otro mal tiempo, que -ansí hizo la lanzada que dió Longinos a Nuestro Señor Jesucristo, ni -endureció ni beneció...» - -Abrió los ojos Marinela, tan asombrados y tristes como si girasen ya -tocados por la muerte. Una impresión de maravilla inmovilizó a la -tertulia, y Ramona, febril fluctuando entre el odio y la gratitud, -preguntó a la vieja con ensordecido acento: - -—¿Está ya liberada? - -—¿De quién? - -—Del diablo. - -—Non tornes con embaucos, criatura, que paeces una orate: yo dije la -oración porque está bendita y es buena pa sanar si Dios la acoge. Agora -hay que levar aspacín a la rapaza, aconchegarla bien caliente y darle -un buen fervido. ¿Oyísteis?... - -Bajo las dulces manos de Florinda iba Marinela recobrando el calor y el -pensamiento... - -Aún permanece en mitad de la sala el lecho de la niña. Le comparte -la enfermera, abandonando, por difíciles de cumplir, las órdenes del -médico. - -Ya _Mariflor_ no tiene bríos para cuidar a su prima en lucha con la -miseria y la ignorancia a todas horas; pero allí está vigilante junto a -ella, luego de haber tranquilizado a la familia. - -Cuando ya la tempestad hubo cesado, abrió los postigos del balcón -para asistirse con la claridad de la noche: la luna, baja y fría, -reverberante sobre la nieve, iluminaba a Valdecruces con fantástica luz. - -—¡Agua!—pedía ansiosa Marinela, y después con las manos en la -garganta, se dolía: - -—¡Tengo un ñudo aquí! - -Nerviosa y balbuciente hablaba del convento: sentía correr el agua del -jardín por los claustros, y le mareaba el olor penetrante de las flores. - -—¿Quieres una?—murmuró—. Son para la Virgen... pero te daré esta -purpurina... ¿Oyes los cánticos?... Caen en acordanza... Atiende: - - Yo soy una mujer, nací pequeña - y por dote me dieron - la dulcísima carga dolorosa - de un corazón inmenso... - -¡Esa es la voz de la madre Rosario!... Tengo miedo a la luna... ¡mira -qué cara pone!... Vamos a laudar a Dios también nosotras; canta conmigo. - -Y con tonos de diferentes canciones compuso una muy extraña, cuyo -estribillo se empeñaba en repetir: - - Yo soy una mujer, nací pequeña... - -El acento exaltado de la cantora resonó tristísimo en la estancia, y -_Mariflor_, saturándose de recuerdos y pesadumbres, logró persuadirla -de que no era religioso aquel cantar: - -—Acuérdate que le trajo la farandulera. - -—¡Ah, sí, sí...; una que tenía el corazón roto como yo!... Ven... -¡escucha! - -Y ciñéndole a su prima los brazos al cuello, Marinela suspiró: - -—¿Tienes escondido algún romance? - -—No, mujer, ninguno. - -—Pues oye mi secreto... - - Yo tengo un corazón... - -Esto no te lo digo a ti; se lo digo a Dios, ¡a Ése! - -Volvióse la niña hacia la Cruz, alzada en el muro con la doliente -imagen del Señor, y quiso rezar; pero su entendimiento, obsesionado, -sólo conseguía dar forma a las endechas de la figuranta; y como -una ráfaga de lucidez alumbrase la disparatada oración, Marinela, -acusándose de herejía, acabó por llorar rostro a la Cruz. - -Blanco de aquella lucha, la sagrada efigie atrajo también las miradas -de Florinda, que las estuvo meciendo desde el dolor humano hasta el -dolor divino, con fuertes emociones de piedad. Cerrando los ojos para -mirarse la alterada conciencia, imaginó que volvía a henchírsele -de lágrimas el pecho como en los días en que su desgracia era toda -compasión y ternura: creyó juntar su llanto con el de la enferma y -le pareció que sentía levantarse en su alma el infinito poder del -sacrificio, libre ya de egoístas propósitos, santo y puro, a humilde -semejanza del que probó Jesús agonizante. - -Pero cuando un gemido la hizo recordar, halló sus párpados enjutos y -rebeldes sus pensamientos: ¡sin duda había soñado!... - -Marinela, otra vez delirante, musitó: - -—¡Mira qué volada echó aquella estrellica!... ¿a ver si aflama el -cielo?... Agora la planura es un mar de nieve... - -Tuvo después miedo al gato que maullaba, y estremecióse con los toques -del reloj. Al amanecer, un perro lastimoso la hizo gritar de espanto, -un perro que gañía desesperadamente. - -También se alarmó Florinda con los aullidos lúgubres, pero sin -manifestarlo; puso mucha persuasión en sus palabras tranquilizadoras, -consiguiendo al fin que se durmiese la niña. - -Entonces el frío y el cansancio la inmovilizaron, envuelta en un -chal junto a los cristales: otra vez cerró los ojos abismándose en -desconsoladas meditaciones. Ya estaba allí el cano invierno con su -amenaza de pesadumbres: los lobos a la puerta, el hogar miserable, -dolientes un padre y una hija, cerrados los caminos, yertas las -esperanzas. - -Poco a poco fué rodando la cabeza de _Mariflor_ hasta quedar vencida -sobre el pecho y apoyada en los vidrios. Oía la moza llorar, llorar -mucho a la abuela, a las primas y a los rapaces: una voz, triste y -oscura, clamaba también, entre condolida y furiosa. _Mariflor_ quiso -levantarse para saber el motivo de los llantos aquellos; pero la -detuvo un aire de tempestad que soplaba desde sombría nube. ¿Volvían -los huracanes de la nevasca?... ¡Ah, no!; este viento y esta sombra -eran pliegues alborotados en el manteo de un cura. Don Miguel llegaba -agitadísimo:—¿Oyes llorar?—preguntó—. ¿Quieres tú ser el paño de -todas esas lágrimas?... ¿Di?... ¿quieres?—. Iba la moza a responder y, -como antes Marinela en su delirio, sólo acertó a balbucir el romance de -la comedianta: - - En este corazón, todo llanuras - y bosques y desiertos, - ha nacido un amor... - -Por suerte, la desatinada respuesta quedó ahogada en unos gañidos -resonantes que despertaron a Florinda. - -—¡Otra vez el perro!—murmuró anhelosa. Y aún dominada por la -pesadilla reciente, llevóse las manos al rostro que sentía húmedo: -¿habría llorado?... - -La blancura del paisaje llamó a las ensoñadas pupilas, que al punto se -nublaron de lástima: todo el bando de palomas, hambriento y alicaído, -esperaba en el carasol, y el gesto de la muchacha, al sorprenderle, -inició un arrullo largo y hondo, humilde como el de los niños cuando -piden una caridad por el amor de Dios... - - * * * * * - -Cerca de dos meses guardó en su bolsillo don Miguel una carta de -Rogelio Terán. Solía decirse todas las mañanas: «Hoy se la enseñaré a -_Mariflor_». Y luego sentía una piedad inmensa por aquella esperanza -muda que a veces resurgía en los labios de la moza. - -Ultimamente la pobre enamorada había cambiado mucho. Aparte de aquel -fuego sombrío de sus pupilas y algunos éxtasis profundos que iban a -sorprenderla cuando menos lo esperaba, fué envolviéndola un abatimiento -implacable y empujándola al fatalismo un cansancio lleno de trágicas -inquietudes. - -Y al verla hundirse en el infortunio, dudaba el sacerdote si la lectura -de aquella carta cruel sería un cable salvador tendido por el desengaño -a las últimas energías de la infeliz, o un golpe definitivo para -quebrantárselas sin remedio. - -Esta duda acomete a don Miguel una vez más cuando se dirige hoy a -casa de la tía Dolores. Le acaban de decir que Marinela ha sufrido -la víspera un grave desmayo, y aunque los detalles del suceso le -escandalizan un poco, acude a consolar en lo posible las cuitas de -aquella gente. - -En el portal encontró a Olalla, que le dijo: - -—Voy por el médico. - -—¿Tan mal sigue la enferma para que te arriesgues así? - -—No está el día tempestuoso como ayer. - -—Pero los caminos se han borrado. - -—Acertaré por la lindera del regajal. - -—Aguarda, al menos, que yo suba, y si es preciso buscaremos quien te -acompañe. - -Apareció Ramona, que bajo la mirada severa del sacerdote abatía la suya -enrojeciendo. - -—De modo—pronunció don Miguel—¿que es imposible curarte de la -superstición?... ¡No esperaba yo eso de ti! - -Ella, sin defenderse, comenzó temblorosa a relatar las noticias de -América: el esposo tornaba moribundo y el hijo había de partir agora -mesmo. - -—En l’intre—añadió sollozante—peyora la zagala... y yo dejo la -cordura no sé onde. - -—¡Vaya, vaya por Dios!—compadece el párroco. - -Y suben todos detrás de él, mientras Ramona va diciendo: - -—Anoche la coitada non quiso junto a sí más que a la prima, y hubimos -de acostarnos. Yo acodí madruguera y las hallé a las dos adormentadas: -andamos a modín pa non las recordar. - -—Pues mira tú si duermen. - -Asomó la mujer en la salita y volvióse al punto con un gesto negativo. - -—Pase, pase. - -Don Miguel halló a Marinela con los ojos febriles clavados en la Cruz -y a Florinda con los suyos vueltos al carasol. Ambas se estremecen al -sentir pasos en la estancia y, luego de saludar al sacerdote. Marinela, -descubriendo las palomas, prorrumpe: - -—Vélas, vélas ende... Las pobreticas no encuentran onde pacer: andai -por una cachapada de cebo para echárselo aquí. - -Apresúranse a obedecer los niños, y Florinda, presa de extraña emoción, -se enjuga los ojos murmurando: - -—El hielo de los cristales me humedeció la cara... Dormí y creo que -soñé. - -—¿Algo triste?—pregunta el sacerdote, reparando en la honda inquietud -de las palabras. - -—¿Triste?... Era una cosa tremenda: usted venía a preguntarme... ¡ya -no me acuerdo!—balbuce sordamente. - -Y de pronto don Miguel, con la precipitación de quien realiza un acto -contra su voluntad, busca en el bolsillo una carta y se la entrega a -Florinda: - -—Entérate: ya hace tiempo que la recibí. - -—¿Es de su padre?—dice Ramona. - -—No. - -Un silencio involuntario se establece, y aunque el cura trata de hablar -mientras la muchacha desdobla trémula el papel, sólo consigue que la -tía Dolores ensarte letanías a propósito del hijo viajero: - -—¡Aymé! ¡Si en un santiguo le podiese yo recibir en mis brazos... -¿Arribará para la Pascua?... ¿Nevará en los mares tamién?... Voy -dejarle mi lecho, señor, y las frazadas mejores... Cuando quiera -hojecer la primavera ya estará en siguranza la curación, ¿noverdá?... - -Había salido el sol, pálido y frío. Marinela, al borde de su cama -tendíase hacia él como si le pidiese una limosna de alegría: en -realidad, lo que deseaba era acercarse a _Mariflor_, en cuyas manos se -estremecía la carta de Rogelio. - -Leía la muchacha en el foco de luz: - -«Miguel, amigo mío: No el poeta ni el camarada, el penitente es quien -acude a ti. Cúlpame cuanto quieras; que me castiguen tus indignaciones, -si al fin me absuelve tu piedad. Yo te confieso contrito mi pecado de -inconstancia, mi estéril codicia de emociones, de ternuras y novedades. -Harto me duele esta triste condición: de todas mis culpas, soy, a -la par que el reo, la primera víctima... Tú bien conoces el corazón -humano y, aún mejor, conoces mi voluntad, donde toda flaqueza tiene -su asiento. Quise, fervorosamente, hacer feliz a _Mariflor_, sin -comprender que nunca, nunca lograré la felicidad, ni para mí ni para -nadie. Me engañó la fantasía; hoy reconozco la pequeñez de mi espíritu -que, enamorado de los sueños, se rinde cobardemente al afrontar -las realidades... Perdona mi error, tú, tan seguro, tan cabal, tan -heroico... Perdona también la tardanza de estos renglones que mi mano -te escribe mucho después que los dictase mi conciencia; luché antes de -escribirlos; vacilé y sufrí muchas veces con la pluma sobre el papel: -puedes creerlo. Y también que me falta valor para escribirle a «ella»: -dile que me perdone; que acaso nunca la olvide; que si fuese a buscarla -sería sin duda más culpable que apareciendo hoy a sus ojos como ingrato -y perjuro. Dile...» - -—¿Viene en romance?—preguntó Marinela, impaciente por la prolongación -de la lectura. - -Florinda volvió el rostro, blanco igual que un lirio. La rodeaban -los rapaces, y también Olalla se le iba aproximando; en el fondo de -la salita las dos mujeres cruzaban los brazos sobre el pecho. Ya la -enferma tenía entre las manos el cebo de las palomas. Quejóse de -«asperez» en la garganta, y tornó a preguntar: - -—¿Viene en romance, di? - -—No; ¡viene en prosa! - -Vibró ardiente y sombría la respuesta. Aún quedaba por leer una parte -del pliego, mas, la lectora alzó los ojos, perdidos en una fugitiva -imagen, se pasó una mano por la frente, dobló la carta y, alargándosela -al cura, dijo: - -—Puede usted escribirle a mi padre que me caso con Antonio. - -Su voz era firme, firme también su actitud. Una ráfaga de tragedia, de -tragedia sin sollozos ni palabras, atravesó la salita y puso en todos -los pechos repentino estupor. Tras un silencio angustioso, preguntó el -sacerdote con grave solemnidad: - -—Hija, ¿lo has pensado bien? - -—Sí, señor—repuso ella, altivo el gesto y serena la mirada—. Y a mi -primo... usted hará la merced de darle en mi nombre el sí que estaba -esperando. - -No dijo más. Volvióse hacia el carasol para abrir las vidrieras, tomó -el centeno en su delantal y todo el bando de palomas acudió a saciarse -en el regazo amigo, envolviendo la gentil figura con un manso rumor de -vuelos y de arrullos. La luz del sol, más fuerte al crecer la mañana, -rasgó las brumas y fingió una sonrisa en el duro semblante de la -estepa... - -[Illustration] - - - - -[Illustration] - - - - - _ÍNDICE_ - - - Páginas. - - I. El sueño de la hermosura 5 - - II. _Mariflor_ 15 - - III. Dos caminos 25 - - IV. ¡Pueblos olvidados! 39 - - V. Valdecruces 55 - - VI. Realidad y fantasía 71 - - VII. Las siervas de la gleba 93 - - VIII. Las dudas de un apóstol 109 - - IX. ¡Salve, maragata! 121 - - X. El forastero 135 - - XI. La musa errante 149 - - XII. La rosa del corazón 165 - - XIII. Sol de justicia 183 - - XIV. Alma y tierra 203 - - XV. El mensaje de las palomas 223 - - XVI. La tragedia 247 - - XVII. Dolor de amor 261 - - XVIII. La heroica humildad 279 - - XIX. El castigo de los sueños 291 - - XX. Dulcinea labradora 301 - - XXI. Sierva te doy 313 - - XXII. Los martillos de las horas 325 - - XXIII. Paño de lágrimas 339 - - - - - SE ACABÓ DE IMPRIMIR ESTA OBRA EN - MADRID, AÑO DE MCMXX, EN CASA DE - MIGUEL ALBERO. DECORACIÓN DE - ANTONIO MERLO Y ENRIQUE - VARELA DE SEIJAS - - - - - * * * * * * - - - - -NOTA DEL TRANSCRIPTOR: - -—Los errores obvios de impresión y puntuación han sido corregidos. - - - -***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA ESFINGE MARAGATA*** - - -******* This file should be named 51724-0.txt or 51724-0.zip ******* - - -This and all associated files of various formats will be found in: -http://www.gutenberg.org/dirs/5/1/7/2/51724 - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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