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-The Project Gutenberg eBook, La Esfinge Maragata, by Concha Espina
-
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
-other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
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-
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-
-Title: La Esfinge Maragata
- Novela
-
-
-Author: Concha Espina
-
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-Release Date: April 10, 2016 [eBook #51724]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-
-***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA ESFINGE MARAGATA***
-
-
-E-text prepared by Giovanni Fini, Carlos Colon, and the Online Distributed
-Proofreading Team (http://www.pgdp.net) from page images generously made
-available by Internet Archive/Canadian Libraries
-(https://archive.org/details/toronto)
-
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-
-Note: Project Gutenberg also has an HTML version of this
- file which includes the original text decorations.
- See 51724-h.htm or 51724-h.zip:
- (http://www.gutenberg.org/files/51724/51724-h/51724-h.htm)
- or
- (http://www.gutenberg.org/files/51724/51724-h.zip)
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-
- Images of the original pages are available through
- Internet Archive/Canadian Libraries. See
- https://archive.org/details/laesfingemaragat00espi
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-
-NOTA DEL TRANSCRIPTOR:
-
- Se ha mantenido la acentuación del libro original, que
- difiere notablemente de la utilizada en español moderno.
-
-
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-
-LA ESFINGE MARAGATA
-
-Novela
-
-Premiada por la Real Academia Española
-
-(Tercera Edición)
-
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- * * * * * *
-
-OBRAS DE CONCHA ESPINA
-
-
- LA NIÑA DE LUZMELA (Novela), 2.ª edición.
-
- DESPERTAR PARA MORIR (Novela), 2.ª edición.
-
- AGUA DE NIEVE (Novela), 3.ª edición.
-
- LA ESFINGE MARAGATA (Novela premiada con el premio
- Fastenrath por la Real Academia Española), 3.ª edición.
-
- LA ROSA DE LOS VIENTOS (Novela), 2.ª edición.
-
- AL AMOR DE LAS ESTRELLAS (_Mujeres del «Quijote»_).
-
- RUECAS DE MARFIL (Novelas), 2.ª edición.
-
- EL JAYÓN (Drama en tres actos).
-
- PASTORELAS.
-
- EL METAL DE LOS MUERTOS (Novela), 2.ª edición.
-
-
-TRADUCCIONES:
-
- AL INGLÉS:
-
- LA ESFINGE MARAGATA.
- LA ROSA DE LOS VIENTOS.
- EL JAYÓN.
- EL METAL DE LOS MUERTOS.
-
- AL ALEMÁN:
-
- LA ESFINGE MARAGATA.
- EL JAYÓN.
- EL METAL DE LOS MUERTOS.
-
- AL ITALIANO:
-
- LA ESFINGE MARAGATA.
- EL JAYÓN.
- PASTORELAS.
- EL METAL DE LOS MUERTOS.
- AL AMOR DE LAS ESTRELLAS, 2.ª edición.
-
- * * * * * *
-
-
-[Illustration:
-
-
-CONCHA ESPINA
-
-LA ESFINGE MARAGATA
-
-Novela
-
-Premiada por la Real Academia Española
-
-
-
-
-
-
-
-Gil Blas
-Renacimiento
-
-10º Millar Madrid
-
-
-
-
- Es propiedad de la autora.
-
- Derechos de reproducción y traducción
- reservados para todos los países,
- comprendidos Suecia, Noruega y
- Rusia.
-
- Copyright 1920 by Concepción Espina
- y Tagle.
-
- Hechos los depósitos que marca la
- Ley para las Repúblicas Americanas.
-
-
- MADRID.—Imprenta de Miguel Albero.—Santa Engracia 155.
-
-
-
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-I
-
-EL SUEÑO DE LA HERMOSURA
-
-
-VIBRA el soplo estridente de la máquina que desaloja vapor, cruje con
-recio choque una portezuela, algunos pasos vigorosos repercuten en el
-andén, silba un pito, tañe una campana, y el convoy trajina, resuella y
-huye, dejando la pequeña estación muda y sola, con el ojo de su farol
-vigilante encendido en la torva oscuridad de la noche.
-
-El único viajero que ha subido en San Pedro de Oza es joven, ágil,
-buen mozo; lleva un billete de segunda para Madrid, y, apenas salta al
-vagón, acomoda su equipaje—una maleta y el portamantas—en la rejilla
-del coche. Luego desciñe el tahalí que trae debajo del gabán y lo
-asegura cuidadosamente en un rincón. Dentro de su escarcela de viaje
-guarda Rogelio Terán—que así se llama el mozo—toda su fortuna: poco
-dinero y hartas ilusiones; el manuscrito de una novela; un libro de
-memorias con apuntes de peregrino artista, versos, postales y retratos.
-
-Ocupan el departamento dos señoras. Al tenue claror que la lucecilla
-del techo difunde, sólo se logra averiguar que entrambas duermen: la
-una sentada a un extremo, con la cabeza envuelta en un abrigo que le
-oculta la cara; tendida la otra en sosegada postura bajo la caricia
-confortadora de un chal. Las dos permanecen ajenas al arribo del
-nuevo viajero; las dos yacen con igual reposo y oscilan con el tren,
-esfumadas en la penumbra del breve recinto, insensibles a la vida
-maquinal del convoy, como los inanimados contornos de los almohadones
-vacíos y los equipajes inertes.
-
-Distrae el caballero unos minutos en cambiar el hongo por la gorra,
-ceñirse una manta a las rodillas y limpiar los lentes con mucha pausa
-y pulcritud. Luego previene un cigarrillo, le coloca en los labios con
-esa petulancia habitual del fumador, y enciende una cerilla.
-
-Mas antes de dar lumbre a su tabaco, inclina curioso el busto hacia la
-dama, dormida enfrente, de la cual ya ha sorprendido un cándido perfil,
-rodeado de cabellos oscuros, en el fonje lecho de la almohada. Con
-más audaz resolución descubre ahora las hermosuras de aquel semblante
-serenísimo que duerme y sonríe. La llama tembladora del fósforo quema
-los dedos cómplices sin que el viajero artista deje de ver y de
-admirar: la tez morena clara, de suavísimo color; puras las facciones y
-graciosas; párpados grandes y tersos; orla riza y doble de pestañas que
-acentúan con apacible sombra el romántico livor de las ojeras; mejillas
-carnosas y rosadas; correcta la nariz y encendida la boca, y en las
-sienes un oleaje de cabellos negros desprendidos del peinado, que caen
-sobre las cejas y nimban la cara como una fuerte corona...
-
-Tales maravillas cuenta la temblorosa luz al extinguirse de un
-soplo, semejante a un suspiro, mientras el ocioso mirón falla en
-silencio:—¡Admirable!, ¡admirable!—Y se respalda en el sofá
-escudriñando con golosa mirada a la otra incógnita dormida.
-Inútilmente: la mantilla o toca que la cela el rostro, no ofrece el
-menor señuelo a las audacias del furtivo y galante explorador. El cual,
-entonces, se decide a encender su olvidado cigarrillo, y fuma con
-impaciente y nervioso afán, puestos los ojos y el corazón en el dulce
-misterio de aquella hermosa mujer...
-
-El tren correo salió de La Coruña a las nueve de la noche; aunque estas
-señoras procedan de la capital, ¿cómo a las diez y media se han rendido
-ya tan profundamente a la pesadumbre del sueño? Parece que vinieran de
-lejanos países, acosadas por la fatiga de muchas horas de insomnio...
-¿Viajan las dos juntas?... ¿Las reune el acaso?... ¿Adónde van?...
-¿Quiénes son?...
-
-—Madre e hija—sospecha el curioso, pensando que una moza tan gentil
-no anda bien sola por el mundo. Y saborea, con refinamiento exquisito,
-la emoción de hallarse de repente, en un recodo de su inquieto
-peregrinaje, al lado de una bella desconocida que, en la placidez de la
-más absoluta confianza, rueda con él por un camino oscuro.
-
-El peso voluptuoso de esta meditación inclina otra vez al viajero hacia
-la joven.
-
-—¿Soltera?... ¿Casada?...—murmura interiormente—. Soltera—concluye,
-adivinando en las facciones suaves la pureza de la virginidad bajo la
-gracia de la primera juventud—. ¡Si parece una niña!...
-
-La contemplación se hace tan próxima, tan impulsiva y profunda; brilla
-en los claros ojos varoniles un deseo de hurto, tan voraz, que la dama
-_lo siente_, mortificador, al través del sueño; suspira, se impacienta,
-parece que lucha con la imposibilidad de despertarse, y en voz chita,
-con enojo y con mimo, protesta:
-
-—¡Vaya!...
-
-Iníciase a lo largo del confortable chal una rápida agitación, y, al
-punto, la tan sutilmente importunada vuelve a quedar en serena actitud.
-De su lindo rostro se ha borrado la repentina mueca infantil que lo
-alteró un instante, y la sonrisa florece ahora más clara, más dulce,
-mientras el atrevido admirador, replegado en su asiento con mesura, oye
-confusamente la voz de la conciencia hidalga, reprobadora de apetitos
-locos, y aun el aviso discreto de aquel adagio que dice:
-
- _Un beso por sorpresa,_
- _es una tontería del que besa._
-
-Pero estos estímulos saludables de la prudencia y la honestidad no
-penetran mucho en el ánimo del viajero, absorto en otras imprevistas
-revelaciones.
-
-La bella durmiente, al sacudir con disgusto su arrogante cabeza en la
-almohada, ha dejado rodar sobre el cuello, libre y redondo, una roja
-sarta de corales.
-
-Y la tercera inclinación de Rogelio Terán hacia el encanto de aquella
-mujer, es lúgubre y angustiosa: el hilo encarnado se aparece de pronto
-en la dulzura morena de la piel como borde sangriento de una herida;
-el semblante, al cambiar de postura, resalta más pálido, en escorzo
-bajo la macilenta luz, con la aureola de cabellos brunos en rebelde
-y hermosísimo desorden. Ha cambiado así tan de súbito el aspecto de
-la viajera, que el asombrado mozo apenas la reconoce: tiene ahora una
-belleza trágica, el desolado rostro de una víctima; parece que la
-circuyen sombras de fatal predestinación.
-
-De nuevo, muy de cerca, mas con respeto y solicitud, los zarcos ojos
-miopes atisban el femenino perfil y sólo entonces aquella respiración
-suave, aquella sonrisa difusa, devuelven al caballero la tranquilidad.
-
-A este punto una nota blanca ha roto las sombras en el ángulo donde
-la viajera apoya los pies, y el artista, triunfante en el abierto
-campo de sus exploraciones, distingue una media inmaculada, ceñida a
-un alto empeine en el escote del zapato de oreja, bordado y elegante,
-nuevos motivos de asombro y cavilación: aquel collar, aquel zapato,
-¿pertenecen a una bailarina que viaja en traje de luces, o a una señora
-vestida de aldeana por capricho y con lujo?
-
-La primera suposición parece más verosímil: quizá bajo la estameña
-oscura del abrigo, un relámpago de falsa pedrería serpea entre livianos
-tules en torno a la farandulera errante. De todas suertes, aquella
-mujer no es, de seguro, una campesina auténtica viajando con el vestido
-regional de Galicia. Cierto perfume señoril que de la ropa trasciende,
-la finura del semblante, el pie lindo y curvado, la garganta mórbida y
-dócil, sugieren la idea de una más noble calidad.
-
-Feliz el caballero con esta certidumbre, se decide a proteger,
-solícito, el confiado reposo de la dama. Y mirándola, en tan profundo
-sosiego, recuerda haber leído, no sabe dónde, que sólo en la pujante
-mocedad se duerme así, con absoluto abandono, con dulzura y pesadez, y
-que a este primer descanso antes de las doce de la noche, por lo mucho
-que repara y embellece, lo designó cierta famosa actriz con la frase de
-_el sueño de la hermosura_.
-
-Despiertas con esta membranza las más sutiles curiosidades del artista,
-muerden la sombra queriendo descubrir cómo la gracia de aquel beleño
-reparador presta a los músculos sedante laxitud, y, con una pincelada
-invisible, extiende sobre el reposo de las facciones toda la infinita
-serenidad de la belleza.
-
-—_¡El sueño de la hermosura!_—corrobora el viajero, sumido en la
-poética sugestión de la frase cuando, de pronto, sobrevienen el taque
-brusco de una portezuela, el uniforme del revisor y unas palabras
-requeridoras, con barruntos de cortesía:
-
-—Buenas noches... ¿los billetes?...
-
-Rogelio busca el suyo sin apartar los ojos del frontero sofá, y mira
-atónito cómo la manta encubridora, estremecida por un tardo movimiento,
-se yergue, resbala y descubre un peregrino traje de mujer, bajo cuyo
-jubón de seda negra se solivia un gallardo busto, mientras una voz
-insegura, blanca y musical, prorrumpe:
-
-—¡Abuela, los billetes!...
-
-Y el brazo primoroso de la joven se tiende hacia la dama oculta en el
-rincón, la mueve, la despierta con mimo y la ayuda a desembarazarse de
-ropas y envoltorios.
-
-Surgen de ellos una cara senil y una mano rugosa; taladra el revisor
-los cartoncillos, y se despide con otro portazo.
-
-Los tres viajeros se miran de hito en hito, con vago asombro de las
-dos señoras e interés creciente por parte de Terán, que se lanza a
-la cumbre de las más arduas imaginaciones ante aquellas dos mujeres
-tan distintas, ataviadas de igual manera exótica, unidas por cercano
-parentesco, tal vez precipitadas por la suerte en idéntico destino...
-Y, sin embargo, representan dos castas, dos épocas, dos civilizaciones.
-En un momento, la perspicaz observación del novelista sorprende, separa
-y define: la abuela es una tosca mujer del campo, una esclava del
-terruño; tiene el ademán sumiso y torpe, la expresión estólida, y en la
-tostada piel surcos y huellas de trabajo y dolor; diríase que la traen
-cautiva, que unos grillos feudales la oprimen y torturan, que viene del
-pasado, de la edad de las ciegas servidumbres, en tanto que la moza,
-linda y elegante, acusa independencia y señorío: todo su porte bizarro
-lleva el distintivo moderno de la gracia a la cultura. En esta niña el
-traje campesino parece un disfraz caprichoso, mientras en la anciana
-tiene un aire de rudeza y humildad, como librea de esclavitud.
-
-Al discernir de una sola ojeada estas dos existencias, la percepción
-delicada y pronta del artista advierte que aquellos ojos, súbitamente
-abiertos ante él, le están mirando sin verle. Porque la vieja parece
-azorada, distraída en el confín de un pensamiento remoto, del cual
-extrae alguna razón muy turbia y difícil; mientras que en las pupilas
-de la joven no ha despertado el alma todavía. Y una rara inquietud
-acosa al mozo, aguardando que torne aquel espíritu ausente; que luzca
-y se agite; que diga su linaje; que descubra algún florido secreto del
-mundo interior donde se nutre y sueña. Crece tanto el ansia con que
-Rogelio invoca a la dormida esencia de aquel sér, que al fin acude y se
-despierta y mira desde los ojos flavos de la dama, sin comprender las
-razones de tan extraña sugestión.
-
-—Duerme, duerme otro rato—murmura la vieja, viendo a la muchacha
-revolverse perezosa con los dedos entre los desmandados bucles.
-
-—Sí; tengo mucho sueño... tengo frío...
-
-—Te arroparé con la frisa.
-
-Y la abuela, con gran solicitud, mueve las manos rudas para abrigar a
-la joven, otra vez acostada en el sofá.
-
-Cruza la niña sus pestañas dobles, suspira y se aquieta, alzando el
-vuelo de la manta a la altura del rostro, como para recatarlo a las
-voraces miradas del viajero: el alma dormida no llegó a despertarse
-con toda lucidez en las pupilas soñolientas; si se asomó un momento,
-requerida por el audaz reclamo de otro espíritu, cayó otra vez desde la
-linde misteriosa en la región del sueño, en el profundo _sueño de la
-hermosura_.
-
- * * * * *
-
-Así crece la noche, majestuosa y sombría. Rogelio Terán, acosado
-por un enjambre de pensamientos, atisba el paisaje tras los vidrios
-empañecidos por la escarcha: huyen los árboles y los montes, los
-abismos y las cumbres, como un galope de tinieblas en los flancos de
-la vía; tiemblan con agudo fulgor las estrellas lejanas en un cielo
-inclemente, crudo y glacial.
-
-Evoca el viajero las veces que se ha sentido, como en este instante,
-impresionado por la belleza de una mujer. Y revolviendo las memorias de
-su vida, halla en el fondo de cada galante recuerdo una lástima tierna
-y aguda, una ardiente conmiseración hacia todas las bellas por él
-adoradas un minuto, unas horas quizá, desde una ventanilla transitoria,
-en la blandura de un carruaje, en la cubierta de un buque, al compás de
-una danza, a los acordes místicos de un órgano... ¡En tantas ocasiones
-era posible amar a una mujer!
-
-Las amó a todas con alma de poeta y persiguió en cada una la sombra de
-un misterio, el halo de un sacrificio, la huella de una pesadumbre.
-Hijo de una desventurada, a quien vió llorar mucho y morir sonriendo en
-plena juventud, padecía la obsesión de los dolores femeninos, como si
-en su sangre latiera siempre el temblor de aquellas lágrimas queridas.
-Muy sensible por esto, muy humano, ardía en amores vertidos con
-suavidad infinita sobre las criaturas y las cosas bellas y humildes;
-creyendo vislumbrar un arcano de tristeza detrás de cada hermosura de
-mujer, sentíase atacado de melancolía al encuentro de una hermosa.
-
-Jugaba al amor con timidez, en aventuras fugaces, buscando y huyendo
-con sagrados terrores la grande y definitiva pasión de la juventud, la
-raíz de la vida, recia y profunda, enhestada desde la tierra al cielo
-como una llama, como un grito, como una corona. Quería vivir a flor
-de pasiones, amándolo todo con el ímpetu de muchas piedades, cifradas
-en el recuerdo de aquella sonrisa maternal que maduró con el reposo
-codiciado de la muerte, pero sin esclavizarse a los latidos de un solo
-corazón, porque amar al mundo entero era ya un triunfo hermoso del
-sentimiento y de la bondad, y lanzarse al abismo del amor único, al
-paso de una mujer, era enroscar el alma a la tremenda raiz, que lo
-mismo puede erguirse al cielo como una corona victoriosa, que como un
-grito lacerante, como una llama fatal.
-
-Y este pavor augusto a la orilla de las grandes pasiones no carecía de
-egoísmo y de pereza. Como un _dilettante_ del amor, pretendía Terán
-embellecer su existencia con rasgos de Quijote, al estilo moderno, sin
-lastimarse las manos señoriles, sin descomponer la gallarda postura
-ni encadenar el voluble corazón. Hidalguía y curiosidad, émulas en el
-carácter veleidoso de este hombre, se disputaban la victoria de los
-sentidos bajo la guarda prudente de una equilibrada naturaleza y al
-través de un temperamento de artista y de epicúreo. En tan complejo
-bagaje sentimental no había una sola nota de bellaquería ejercitada ni
-de daño propio; pero sí muchos versos ungidos de ternura al margen de
-cada amor: de donde se infiere que el poeta andariego era más hidalgo
-que curioso, más compasivo que sensual y más artista que mundano,
-aunque tuviera mucha sed de novedades, sensaciones y aventuras...
-
-Mientras avanza el ferrocarril al través de la noche, en pleno
-interlunio, Rogelio Terán agita en la memoria el poso romántico de sus
-añoranzas, y vuelve con frecuencia los ojos hacia la mocita dormilona,
-que, inmóvil, trasunta la estatuaria rigidez de un velado cadáver.
-
-Supone el viajero que no ha dejado de contemplar aquel perfil inerte,
-cuando se despierta y mira el reloj. Son las tres de la mañana y el
-tren se ha detenido ante un letrero que dice: «San Clodio». Aquí el
-artista se incorpora, sacude el cansancio un minuto, y en pie detrás
-de la portezuela, saluda con reverente pensamiento al peregrino autor
-de las _Sonatas_, al poeta de _Flor de santidad_, cuya musa galante y
-campesina trovó en estas silvestres espesuras páginas deleitosas.
-
-Y cuando el tren arranca, jadeante y sonoro, Terán, invadido de sueño,
-da una vuelta en los almohadones con el fastidio de hallarse mal a
-gusto: guarda los lentes, se encasqueta la gorra, y refugiado en un
-rincón procura olvidar a su vecina para dormirse, en tanto que la vieja
-ha vuelto a desaparecer bajo la nube de sus tocas.
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-II
-
-MARIFLOR
-
-
-YA la sombra se repliega a los rincones del recinto, y se levanta
-sobre el paisaje la peregrina claridad del amanecer, cuando Rogelio
-siente una aguda atracción que le estimula y aturde, entre despierto
-y dormido, llamándole con fuerza a la realidad desde el confín ignoto
-de los sueños. Se endereza al punto, corrige su descuidada actitud, y
-clava la ondulante memoria en el sofá de enfrente, murmurando con vivo
-azoramiento:
-
-—Buenos días.
-
-Responde la dama al saludo matinal, y luego, pensativa, se pregunta
-dónde ha oído una voz como aquélla; cuándo viajó, como ahora, con
-un mozo rubio, de ojos azules, fino y elegante, que la miraba
-mucho:—Nunca—se dice interiormente—; ¡lo he soñado!...
-
-Al recordar que se despertó un momento antes, enfrente de aquel hombre
-dormido, vacila entre la idea remota de haberle visto llegar o de haber
-soñado que llegaba. Una rara inquietud la sobrecoge: toda la púrpura
-de la sangre se agolpa bajo la tersa piel de sus mejillas; vuelve
-los fugitivos ojos hacia la abuela, que aún duerme, y después, para
-disimular la turbación, trata de bajar uno de los cristales del coche.
-
-Le ayuda Terán, inmediatamente, pesaroso de haberse abandonado en
-postura tal vez ridícula delante de la hermosa. Ella finge mucho
-interés por el indeciso horizonte que clarea en la curva lejana de
-las nubes con soñolienta luz. Y él, entretanto, examina afanoso aquel
-traje, peculiar de un país que no conoce, aquella figura juvenil donde
-reposa la belleza como en ánfora insigne.
-
-Lleva la niña el clásico manteo, usual en varias regiones españolas:
-falda de negro paño con orla recamada, abierta por detrás sobre
-un refajo rojo, y encima del jubón un dengue oscuro guarnecido de
-terciopelo; delantal de raso con adornos sutiles, gayas flores, aves,
-aplicaciones pintorescas y dos cintas bordadas de letreros con borlas
-en las puntas; y al busto, bajo la sarta de corales, un gualdo pañuelo
-de seda, ornado también de primorosos dibujos.
-
-Sobre aquel extraordinario golpe de telas joyantes y placenteros
-matices, se alzaron para delicia de Terán dos manos lindas, azoradas
-como palomas: querían componer unos rizos, mudar unos alfileres,
-hurtar la sién a la intrusión huraña de los cabellos sublevados en
-los azares de la noche; mas no lograron ninguno de estos propósitos,
-y estremecidas de frío, trataron de cerrar otra vez la vidriera.
-Interviene de nuevo Terán con galante premura, y después de algunas
-frases de agrado y cortesía, los dos mozos se quedan frente a frente,
-sentados y amigos, sonriendo con la franca expresión propia de su
-vecindad y su juventud; ella, más propicia a responder que a preguntar,
-dice que marcha a Astorga con la abuela para vivir en el campo hasta
-que regrese su padre, el cual viaja con rumbo a la Argentina.
-
-¿Que si es maragata? Sí: nació allá abajo, en Valdecruces, silencioso
-rincón de Maragatería, pero no conoce el país; muy pequeña, la llevaron
-a La Coruña y nunca volvió al pueblo natal, porque a su madre le
-gustaba poco. Su madre era costanera, de una playa de Galicia, Bayona,
-el vergel más hermoso del mundo... Y la viajera dilata la expresión
-infantil de sus ojos garzos, con las plácidas señales de un recuerdo
-que huye...
-
-—Desde que mi madre murió—murmura—tampoco he vuelto allá. Todo me ha
-sido adverso desde entonces—añade—: con ella se me fué la alegría, la
-fortuna y hasta el mar y la tierra que yo quiero; hasta el traje y el
-nombre que yo tuve...
-
-—¡Cómo!... ¿De verdad?—inquiere el poeta, subyugado por la voz herida
-que suena a cristal roto y que se apaga en el estrépito del tren.
-
-—De verdad: mi padre perdió sus intereses en menos de un año, después
-de vivir muchos con holgura, y se embarca pobre, soñando ganar dinero
-para mí, enviándome lejos de mi costa, de mis campiñas, de mis
-placeres...
-
-—¿Y de un amor?—pregunta osado el mozo.
-
-—De todos los amores—dice ella con negligente sonrisa—. Luego
-contesta, amable, a muchas cosas que su interlocutor quiere averiguar:
-
-Sí; ha cambiado de nombre. Se llamaba Florinda, pero la abuela dice que
-en tierra de maragatos los nombres «finos» no se usan; que allí suelen
-llamar a las mujeres «Marijuana», «Maripepa», «Marirrosa», y que deben
-nombrarla _Mariflor_.
-
-—¡Delicioso!—interrumpe Terán.
-
-Lleva Florinda sus arreos de maragata, porque el traje de la región es
-allí sagrado como un rito, pero no sufrirá la vida de los labradores
-en toda su rudeza: ¡le han dicho que es tan triste! El animoso
-emigrante ha podido librarla de aquel atroz cautiverio hasta que logre
-llevársela consigo o asegurarle definitivamente la independencia.
-
-—Mediante una boda—insinúa Terán con vaga pesadumbre, entre celoso
-y compadecido, sin advertir que quiere penetrar muy de prisa en las
-intimidades de la joven.
-
-Ella no da importancia a la pregunta, y responde con sinceridad:
-
-—Tal vez casándome sería muy feliz como mi madre, que vivió libre,
-alegre y mimada; pero como el padre mío hay pocos hombres...
-
-Quédase Florinda meditabunda, adormilados los ojos entre las pestañas,
-triste soñadora del inseguro porvenir.
-
-Terán la contempla conmovido ante la dulce ingenuidad que no se recela
-ni ofende en aquel interrogatorio de todo punto inesperado: allí están
-las íntimas confidencias que él acució unas horas antes, ambicioso y
-febril, en las bellas pupilas asombradas de sueño; parece que bajo el
-cutis delicado de la viajera se ven pasar las emociones, se sienten los
-latidos cordiales de aquella vida, se oye el compás armonioso de aquel
-espíritu, como si toda _Mariflor_ se convirtiera en alma de cristal que
-vibrase en una voz apacible y se derramara en una sonrisa tenue.
-
-El foco de compasiones que arde en el corazón del poeta, sube de
-improviso hasta los audaces pensamientos, inundando de misericordia la
-conciencia varonil. Y Terán presiente, condolecido, la desventura de
-aquella mujer que desde la vida muelle y dulce de la ribera mimosa, se
-ve empujada, inocente y pobre, al más duro y yermo solar del páramo
-legionense, a la tierra mísera y adusta que él recuerda haber cruzado
-en rápida correría a los montes del Teleno, y de cuya fosca imagen
-guarda una trágica impresión.
-
-Fué al iniciarse la primavera, como ahora. Varios socios del Club
-Alpino español cruzaron la región maragata al firme y lento paso de
-las caballerías del país, como perdidas sombras de mundano regocijo,
-fuyentes por azar en las yermas soledades de la vida: eran mozos
-festeros, exploradores felices de las sierras bravas, jamás cautivos en
-una llanura tan triste y tan inútil, sembrada de pueblos estancados y
-ruines; llanura esquiva, donde la sangre de la tierra castellana, las
-frescas amapolas, corre con estéril pesadumbre, como flujo de entrañas
-infecundas. Una mordaza de melancolía hizo enmudecer a los viajeros
-desde el puente romano del Gerga, a la salida de Astorga, hasta Boisán,
-donde la Naturaleza se embravece y se engalana con raros alardes de
-hermosura para subir al Teleno: tomando la «senda de los peregrinos»,
-Murias de Rechivaldo, Castrillo de los Polvazares y otras poblaciones
-de nombre sonoro y muerta fisonomía, se aparecieron en el páramo como
-esfinges, al través de los medioevales caminos de herradura; y en el
-trágico umbral de estos pueblos mudos, se erguía, como un símbolo de
-abandono y desolación, la figura dolorosa de la maragata en brava
-intimidad con el trabajo, luchando estoica y ruda contra la invalidez
-miserable de la tierra...
-
-Al fogonazo de aquel recuerdo, Rogelio Terán reconoce el traje y
-el tipo de la anciana que duerme; es la misma mujer empedernida y
-triste, vieja y sacrificada, que el mozo sorprendió firme en el suelo
-como heráldico atributo de esclavitud, en las torvas llanuras de
-Maragatería. Pero la muchacha que al otro extremo del coche medita y
-sonríe, parece separada de la abuela por siglos de generosidad y de
-dulzura: en el cuerpo y en el alma de esta niña gentil, ha posado el
-amor un indulto con todo su cortejo de blandas piedades.
-
-Prende el artista otra vez su atención en la moza, y para disimular un
-tumulto loco de reflexiones, por decir algo, dice:
-
-—¡Es precioso el vestido de usted!...
-
-—Llevo el de las fiestas—responde Florinda, que sacude con mucha
-gracia la flocadura espesa del pañuelo—; lo encargó mi padre para que
-yo me hiciese un retrato, y la abuela me lo mandó poner ahora, porque
-así dice que no pareceré en el pueblo una extraña... Tendré que hacerme
-otro más humilde para todos los días... Con lo que no transijo es en
-llevar en la cabeza un pañuelo como la abuelita, ¿lo ha visto usted?
-
-—Yo sólo quiero ver los espléndidos cabellos de mi amiga _Mariflor_...
-¿_Mariflor_, qué?
-
-—Salvadores. En Valdecruces casi todas las familias se apellidan así.
-
-—Serán todos parientes.
-
-—Sí; se casan unos con otros, por lo general.
-
-—A usted ya le tendrán destinado algún primito.
-
-—Eso dicen.
-
-—¿Y se llama...?—insinúa incómodo Terán.
-
-—Antonio Salvadores. Pero...
-
-Este _pero_, largo y sonriente, acompañado de un delicioso mohín,
-desarruga el entrecejo del poeta.
-
-—Pero, ¿qué?—interroga apremiante.
-
-—Que sólo nos conocemos por fotografía.
-
-—¿Y por cartas?
-
-—¡Quiá!... Los novios maragatos no se escriben.
-
-—¿De manera que son ustedes novios, ya de hecho?
-
-—A estilo del país. El padre de Antonio y el mío eran hermanos y
-deseaban esa boda, pero me dejan en libertad de decidirla yo. Y si el
-mozo no me gusta...
-
-—¿Qué tipo tiene?
-
-—Por el retrato y las noticias que me dan, es grande, moreno,
-colorado...
-
-—¡No se parece a mí!—interrumpe Terán con ingenua lamentación.
-
-—¿Por qué había de parecerse?—pregunta la muchacha—. Y su risa, que
-finge asombro, tiene un matiz muy femenino de curiosidad. Después, en
-tono de confidencia, recelando del sueño de la anciana, añade:
-
-—Mi primo tiene una tienda de comestibles en Valladolid; este año irá
-a Valdecruces para la fiesta sacramental, y yo aguardo a conocerle para
-decir «que no simpatizamos», y quedar libre de ese compromiso...
-
-—¡Si usted ha dado ya su consentimiento!...—se duele el joven.
-
-—¡Qué había yo de dar, criatura!—prorrumpe con mucho desenfado la
-mocita. Luego, baja la voz, y el caballero tiene que inclinar el oído
-hacia la boca dulce que secretea:
-
-—En Maragatería, sin contar para nada con los novios, se apalabran las
-bodas entre los más próximos parientes de los interesados. Pero, aunque
-raras, hay algunas excepciones en esta costumbre; mi padre se enamoró
-en la costa y fué muy feliz con una costanera... Por eso no me impone
-a mi primo y sólo me ha suplicado que le trate antes de adquirir otras
-relaciones.
-
-—¿Y si a usted le gustara?—inquiere todavía el viajero, sin disimular
-su interés.
-
-Pero _Mariflor_, dictadora desde la señoría de su belleza, deja dormir
-en los ojos la mirada, y murmura:
-
-—¡No es mi ideal un comerciante!...
-
-Muy respetuoso ante el secreto ideal de aquella niña encantadora,
-averigua el poeta con cierta inquietud:
-
-—¿Qué profesión prefiere usted en un hombre?
-
-Ella retira con ambas manos los tenebrosos cabellos de su frente, y
-contesta devota:
-
-—La de marino.
-
-Parece que detrás de esta confesión ha volado muy lejos el alma
-de Florinda a perseguir por remotos mares la silueta romántica de
-algún velero audaz: tal es la actitud de arrobo a que la muchacha se
-abandona. Mas vuelve al punto de aquella ausencia repentina y une dos
-cabos sutiles de una ilusión, muy tenue, en esta pregunta, que la hace
-enrojecer:
-
-—¿Ha seguido usted alguna carrera?
-
-Suelto el corazón delante de aquellos inefables rubores, Terán dice:
-
-—Las he seguido todas y ninguna, porque soy poeta, soy novelista:
-forjo criaturas y sentimientos, vidas y profesiones; creo almas,
-caminos, mares y tierras, mundos y cielos, astros y nubes. Bajo la
-exaltación de mi pluma surgen dóciles y palpitantes los seres y las
-cosas, lo pasado y lo por venir, lo perecedero y lo infinito; el bien,
-el mal, la gracia, el arte, la virtud, el dolor...
-
-Aquel torrente de elocuencia lírica se detiene en un extraño grito
-que _Mariflor_ exhala: escuchando estaba el discurso, con los ojos
-humedecidos y febriles, subyugada por la vehemencia de aquellas frases
-ardientes, cuando, de pronto, un puyazo de luz le dió en la cara y un
-tumbo del corazón la obligó a levantarse con el asombro en la boca y en
-las pupilas el éxtasis, ante el colosal espectáculo que se ofrecía a
-sus ojos en la llanura. Alzóse también el poeta, vuelto con prontitud
-hacia donde la niña señalaba, y entrambos, mudos, atónitos, sintieron
-en el pecho el golpe de una misma y formidable emoción.
-
-Había ya el tren salvado el espantoso despeñadero que divide las
-tierras galaicas y legionenses, el cauce lúgubre y sonoro del aurífero
-río, las hoscas breñas fronterizas, los puentes y los túneles de la
-Barosa y Paradela; corría el convoy con fuerte resoplido por la ancha
-cuenca del Sil, oculta en el fondo de un mar de vapores, fantástico
-mar de cuajadas neblinas, donde se embotaban los rayos del naciente
-sol. Pugnaba éste por herir y romper las apretadas ondas de la niebla;
-resistía la niebla los ímpetus del encendido rey, ahogando entre
-impalpables copos los saetazos de su luz... Súbitamente se alzó el
-astro rútilo, irguió la frente sobre el cuajado mar y lanzó por encima
-de sus ondas una triunfante llamarada; vino entonces un oportuno y
-vigoroso cierzo que agitó las nieblas en raudo torbellino, las desgarró
-en jirones, las arrastró con furia, bajo la gloria del sol, lo mismo
-que un oleaje de sutiles aguas y espumosas crenchas, entre nimbos de
-púrpura y de oro, quiméricos y extraños como una aurora boreal. Pero,
-al caer un punto el aire, subió la niebla solapadamente; subió dejando
-perezosos vellones en las praderas del Sil; hubo un momento en que, a
-ras del tren, que dominaba unas alturas, logró alcanzar la niebla al
-disco soberano y sofocar su lumbre; pero los haces del incendio solar,
-cada vez más agudos y potentes, se cruzaron veloces por la tierra y
-por el cielo, hasta coger entre dos llamas al flotante enemigo, el
-cual, acorralado, flexible, retorciéndose como el convulso brazo de un
-herido titán, fingió partir el sol en dos mitades, en dos hemisferios
-resplandecientes. Fué un espectáculo de hermosa y terrible grandeza,
-una visión sideral, un alborecer de los primeros días de la creación:
-diríase que dos soles gemelos, dos ígneos meteoros, dos astros rivales
-ardían entre el cielo y la tierra, prestos a chocar y convertir el
-mundo en un caos de lumbres y vapores. Duró sólo un instante, un breve
-y peregrino instante; pues todo el denso jirón de la vencida niebla,
-perseguido, acosado, ya en el cielo, ya en el monte, sobre las aguas y
-las frondas, se evaporó, copo tras copo, pulverizado y sorbido por el
-viento y por el sol.
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-III
-
-DOS CAMINOS
-
-
-SOBRECOGIDOS por aquel suceso tan extraordinario, y a la vez tan
-natural, volvieron el poeta y la niña a entrelazar la mirada y las
-confidencias; pero entrambos sentían arder en sus ojos y en sus frases
-la llama divina del monstruoso incendio amaneciente, como si con la
-tierra y el cielo se hubiesen inflamado también los corazones.
-
-Rogelio Terán al sentarse ahora, había ocupado un sitio al lado de
-Florinda, y se inclinaba muy afanoso, derramando la efusión de su verbo
-en el absorto oído de la moza. Ella, un poco alarmada, tendió la vista
-alrededor del coche, lleno de sol dorado y frío, y se encontró con
-los ojos de la abuela, que, destocada en parte, inmóvil y triste, no
-parecía sentir curiosidad ninguna por la insuperable pompa de la mañana
-ni por la galante actitud del caballero intruso.
-
-Siguiendo Terán el camino a la sonrisa de la joven, hallóse también con
-la anciana despierta, y trató a su vez de sonreirla. Mas se quedó el
-intento extraviado en aquel semblante impasible, todo arado de arrugas,
-turbio y doloroso como el crepúsculo de una raza.
-
-Intervino graciosa _Mariflor_ entre la buena voluntad del artista y el
-entorpecimiento de la vieja, explicando con mucho donaire:
-
-—Abuela: este caballero ya es amigo mío; ha viajado con nosotras toda
-la noche...
-
-Pero la maragata no entendió aquellas razones elocuentes o no la
-convencieron, porque después de un murmullo, entre palabra y suspiro,
-permaneció muda y pasiva, como si se le importase un ardite del amigo
-viajero. El cual preguntó callandito a la muchacha:
-
-—¿Está sorda?
-
-—Está triste—murmuró ella por toda explicación, temblando igual que
-si la hubiera estremecido el roce de unas alas sombrías.
-
-El rubio sol, que sin calentar iluminaba el coche, hizo relucir en los
-ojos melados de la viajera dos lágrimas fugaces. Y pasó tan lúgubre el
-silencio de aquel minuto sobre la voz quejosa, que la marcha del tren,
-recia y veloz, parecía una fuga trágica en la desolación del llano.
-
-Rogelio Terán, cada vez más encendido en la admiración que Florinda le
-inspiraba, quiso probar la dulzura de su ingenio en el propósito de
-amistarse con la vieja y merecer la solicitud de la moza.
-
-Ya la curiosidad del viajero estaba servida: mediante la franca
-elocuencia de _Mariflor_, y auxiliado por la clave del sentimiento
-que los poetas conocen, había leído en aquellas dos almas, arredrada
-y hermética la una, abierta la otra y confidente en toda la plenitud
-de la esperanza y de las ilusiones. Y con el deseo generoso de pagar
-en hidalga moneda aquella sorprendida revelación, inclinóse de nuevo
-el artista, devoto y vehemente hacia la niña maragata, y le dijo su
-historia, sus anhelos, sus peregrinaciones y aventuras: habló con
-urgencia, con inquietud, mirando a menudo el reloj, consultando con
-avidez los contornos del camino, avaro del momento fugaz que ya no
-volvería sintiendo que se apresuraba, en cada ciego avance del convoy,
-la hora oscura de separarse de aquella vida nueva y rara, llena de
-sugestión para el poeta.
-
-Escuchó _Mariflor_ el fogoso relato crédula y maravillada, con los
-ojos vendados de fe y acelerado el corazón por la sorpresa: aquel
-señor rubio y fino, tan amable y tan elocuente, que sabía mirar con
-una fuerza irresistible y extraña hasta el fondo de los pensamientos;
-que elaboraba libros y periódicos; que conocía del mar y de la tierra
-sirtes y derroteros, borrascas y rumbos, placeres y dolores, quería ser
-amigo de _Mariflor_; quería escribirle muchas cartas, hacer para ella
-muchos versos, ir a Valdecruces... ¡Válgame Dios, las cosas que la niña
-estaba oyendo y contestando sin saber cómo!
-
-En el apacible rincón del coche había estallado una nube de promesas
-y de ruegos, una lluvia de confesiones y de propósitos: la fuente de
-la emoción había roto cálida y borbollante en el florido campo de dos
-almas juveniles, y el murmullo de las espumas sonaba a la vez con
-lastimosas querellas de elegía y alegres modulaciones de epitalamio.
-
-En medio de aquella ardiente prisa por saber y por contar; en aquel
-arrebato confuso de sentimientos y de palabras, alzóse de improviso la
-figura torpe de la abuela, preguntando con timidez a _Mariflor_:
-
-—¿Tienes hambre?
-
-—¿Hambre?...
-
-La muchacha tardó en traducir a la realidad este «sustantivo común» que
-había sacudido el letargo de la anciana, y al cabo de una sonrisa y de
-un esfuerzo, contestó ruborosa:
-
-—No, abuela.
-
-Pero la maragata dijo—no sin algunas dificultades, cohibida por
-la presencia del caballero—que «era mejor» desayunar antes de la
-llegada a Astorga, para emprender desde allí, en seguida, el camino a
-Valdecruces.
-
-—¿Es muy largo?—interrogó el poeta, ganoso de trabar conversación con
-la anciana. Ella, indiferente al interés del desconocido, tanteaba su
-bagaje en busca de alguna cosa. Y respondió Florinda, turbada otra vez
-por la visión del misterioso porvenir:
-
-—Es muy largo... Al paso de los mulos, llegaremos a la puesta del sol.
-
-Aquel tono doliente sugirió al artista, con lástima desgarradora, la
-imagen de una pobre caravana discurriendo con lentitud en la soledad
-gris del páramo...
-
-Ya la silenciosa abuelita había rescatado, al través de envoltorios y
-atadijos, unas viandas, que ofreció con finura y cortedad al caballero;
-y él, entonces se levantó con mucha diligencia a buscar en su equipaje
-otros regalos: eran cosas delicadas, exquisitos fiambres en muy parcas
-raciones, dulces envueltos en rutilantes papeles, y una botella cerrada
-a tornillo, de la cual vertió café en un vaso, presentándoselo a la
-anciana:
-
-—Está caliente, abuelita; bebe un poco—dijo _Mariflor_.
-
-—¿Caliente?—repitió con asombro, mirando muy recelosa el humo que
-exhalaba la confortable bebida—. Y ¿quién lo ha calentado?
-
-—Se conserva así en esa botella, que se llama termo; ¿no lo sabías?
-
-La maragata movió la cabeza con incredulidad, y tomó el vasito en la
-mano lentamente.
-
-—Bembibre—leyó a este punto la muchacha, mientras el tren se detenía.
-
-Y ambos jóvenes, olvidando a la abuela y al desayuno, se asomaron a
-contemplar el frondoso vergel del Vierzo, plácido como un oasis, en el
-austero y noble solar de León.
-
-—¡Bravo país de poesía y de leyenda, de amor y de piedad!—exclamó el
-artista casi en soliloquio, desbocados en su imaginación membranzas y
-pensamientos.
-
-—Yo he leído—murmuró Florinda, también evocadora—una novela que
-sucede aquí.
-
-—_¿El señor de Bembibre?_
-
-—Justamente. Es un libro muy hermoso y lastimero, ¿verdad?
-
-—¡No hay hermosura sin lástima!—repuso el mozo, dolorido,
-contemplando a su amiga con beatitud.
-
-El tren, que hacía rato se engolfaba entre admirables lindes, lanzóse
-otra vez a descubrir mieses y quebraduras, vegas y bosques, maravillas
-de paisaje y de vegetación, bajo el cielo cobalto, henchido de luz.
-
-Iba Florinda enlazando con sus propias emociones, memorias tristes de
-la bella y desgraciada doña Beatriz de Ossorio, y de su prometido, don
-Alvaro Yáñez, tan sin ventura y sin consuelo como la que de amarle
-murió, desposada y doncella, en una hora tardía de felicidad... Huyen
-las márgenes sinuosas, los castaños y los nogales vides y olivos,
-plantas y viveros del Mediodía que este privilegiado rincón leonés
-acoge y fecunda delante de las nieves perpetuas. Y a Florinda le parece
-escuchar cómo galopa el corcel fogoso donde el señor de Bembibre
-lleva en sus brazos a Beatriz, desmayada: las monjas, los abades, los
-caballeros del Temple, los religiosos del Cister, la enseña de la
-Cruz desplegada al viento en torres y en almenas; todas las imágenes
-de pasión, de bravura y de fe que han arraigado los historiadores y
-los artistas en el eremítico país del Vierzo, derramaban su romántico
-perfume en la imaginación vagabunda de la viajera.
-
-El mismo aroma legendario y bravío sacudió los nervios de Terán,
-mientras la corriente de su alma fluía en tumulto, loca y triste
-como la quejumbre del viento en noche de tormenta. También el mozo
-sintió que en el paisaje se idealizaba toda la fortaleza augusta de
-los monasterios insignes y los castillos bizarros, de las mansiones
-feudales y las abadías belicosas. Erectas las alas de la fantasía, el
-poeta salva puentes y fosos; discurre con peregrinos y frailes, con
-reinas penitentes y obispos ermitaños; oye el clamor de las salmodias
-anacoretas y de los señoríos en pugna, y asiste, en un minuto, al
-reflorecimiento católico y viril de la región dominada por el báculo
-monacal y las encomiendas de los Templarios...
-
-Así, al través de una tierra tan propicia al ensueño y al amor,
-aquellas dos almas fervorosas, contagiadas de lirismos y de ternuras,
-cayeron en la embriaguez de idénticas evocaciones...
-
-Resbalándose bajo la velocidad del convoy, se deslizaba el Vierzo
-empapado en bellezas y memorias, fugitivo y rebelde como una ilusión;
-y la vieja maragata, con el vaso en la mano todavía, contemplaba muy
-confusa al compañero de viaje, después de apurar en furtivos sorbos
-hasta la última gota de café. Una mezcla de admiración y de recelo
-ponía en el apagado semblante de la anciana, pálida vislumbre de
-curiosidad, mientras que en sus labios temblones iniciábase humilde una
-frase cortés.
-
-Y así estuvo, paciente, insinuando el ademán de volver el vasito a
-manos de su dueño... El dueño y _Mariflor_, cerrando con mutua mirada,
-dulce y honda, el paréntesis de sus fantasías, hablaban en el foco
-de luz de las vidrieras, ajenos ya al paisaje y al mundo extendido
-fuera de sus corazones. En aquel momento la conversación era trivial;
-tornaron a ella con azorante prisa, codiciosos de los minutos que
-faltaban para que su camino se dividiese en dos, pero sintiendo la
-necesidad de poner un discreto disimulo ante sí mismos en el ardor
-de aquella simpatía tan nueva y tan ansiosa: por eso las palabras
-no tenían el solo significado de su acepción, y férvidas, vibrantes,
-teñíanse en matices y fulgores del oculto sentimiento.
-
-—¿Le gustan a usted las novelas?—preguntaba Terán.
-
-—Las novelas y las historias; me gusta mucho leer.
-
-—Yo le mandaré libros.
-
-—¿Los que usted escribe?
-
-—Y otros mejores... ¿Cómo los prefiere?
-
-—De viajes y aventuras; me encanta que en los libros sucedan muchas
-cosas: acciones de guerra, lances de mar, procesos...
-
-—¿Y amoríos?
-
-—Sí; pero que terminen en boda—dijo Florinda, y se puso encarnada.
-
-—Desde anoche—murmuró rendido el poeta—vivo yo una hermosa aventura
-«de peregrinaje y de amor...» ¿cómo terminará?
-
-La encendida llama de los corazones calentó las mejillas de la muchacha
-y los acentos del mozo. Y el quebrantado discurso, halagador y
-ardiente, volvió a rodar entre el estrépito fragoroso del tren. Cuando
-éste se detuvo en la estación de Torre, quedó rota de nuevo aquella
-intimidad, imperativa y fuerte, que a sus mismos mantenedores causaba
-confusión y asombro.
-
-Entonces, la pobre abuela, perseverante en su actitud de cortesía, pudo
-colocar las palabras y el vaso.
-
-—Muchas gracias—pronunció quedamente, dando al fin vida y rumbo a la
-frase y al movimiento que hacía un buen rato preparaba.
-
-_Mariflor_ y su galán sintieron un poco de vergüenza al volverse hacia
-la abandonada abuelita, y en prueba de sumisión y desagravio fueron a
-sentarse al lado suyo.
-
-El inflamable caballero no había sido tan celoso para amigarse con la
-vieja como para conquistar a la niña. Y ahora, impaciente, lamentando
-la premura del tiempo, sacudido por un alto impulso de cordialidad
-hacia aquella mujer triste y anciana, hubiera deseado poseer algún don
-muy valioso para tributárselo en ofrenda devota.
-
-Pródigo y conciliador, no halla dones, ni siquiera palabras, para
-abrirse el camino de aquel inválido corazón de abuela, premioso en dar
-noticias de sus sensaciones.
-
-En tal incertidumbre quédase el muchacho pensativo y mudo, con el vaso
-de aluminio entre los dedos. Y se alza otra vez auxiliadora la voz
-amable de Florinda, que repite como un eco del discurso anterior:
-
-—«Abuela, este caballero ya es amigo mío: ha viajado con nosotras toda
-la noche...»
-
-El mozo sonríe y la anciana también. Por lo cual, _Mariflor_, muy
-satisfecha, apoya un brazo con mimo en el hombro de la abuelita, y
-continúa:
-
-—Este señor es un poeta; hace libros... los escribe, ¿comprendes?
-
-—Ya... ya...—susurra la anciana, y sus ojos, grises y mansos, tienen
-para el hazañoso doncel un lejano fulgor de admiraciones.
-
-—Nos va a mandar algunos—promete Florinda insinuante—, y yo te los
-leeré para divertirte un poco... Este señor—sigue diciendo—anda solo
-por el mundo... También su madre se le ha muerto, lo mismo que a mí;
-también su padre está en América...
-
-—Será usted de León—asegura con respeto la abuelita, que no concibe
-una patria más ilustre.
-
-—Soy montañés, señora; de Villanoble, a la orilla del mar.
-
-Y con grande sorpresa de Florinda, la abuela se estremece y exclama:
-
-—¡Villanoble!... Ya conozco ese pueblo; tiene un seminario muy rico,
-una playa muy grande, unas casas muy hermosas... ¡Qué lejos está!
-
-El poeta se entristece, como si al conjuro de la extraña exclamación
-el evocado pueblo se alejara, remoto, inabordable. Y la niña pregunta
-absorta:
-
-—¿Pero has estado allí?
-
-—Estuve.
-
-—¿Cuándo, abuela?... Yo no lo sabía.
-
-—Hace ya mucho tiempo; no habías nacido tú; un hermano de tu padre,
-seminarista, adoleció en Villanoble; ya estaba yo viuda y los otros
-hijos ausentes... Tuve que ir por él.
-
-—¿Era uno que se murió del pecho?
-
-—Ese era.
-
-Bajo la pesadumbre de aquella historia, inclinó la anciana su frente,
-pálida como la ceniza, y quedóse tan mustia, que ambos jóvenes
-guardaron un silencio piadoso, hasta que la muchacha quiso justificar
-aquel grave dolor, explicando:
-
-—La abuela tuvo trece hijos y no le quedan más que dos.
-
-—¡Pobre!—compadeció Terán, que adivinaba un mundo oscuro y sublime en
-el alma silenciosa de la infeliz mujer.
-
-Una estación, desierta y soleada, quedó tendida frente al coche;
-abrióse de improviso la portezuela, y una pareja de la Guardia civil
-se asomó en el vano. Irresolutos, misteriosos, los guardias cerraron
-sin subir: eran los únicos viajeros que habían tratado de acompañar al
-poeta y a las maragatas en todo el camino.
-
-Se lanzó el caballero a registrar su _Guía_ con una precipitación algo
-alarmante, y advirtió pesaroso:
-
-—Faltan dos estaciones para Astorga.
-
-Entreabierta en la consulta la escarcela del peregrino, desbordáronse
-postales, cartapacios y libretines, toda la bizarra filiación moral
-de una juventud errante y laboriosa. Y mientras tanto, _Mariflor_,
-apretándose lagotera contra la abuelita, musitaba:
-
-—Este amigo nos escribirá; irá a visitarnos... ¿oyes, abuela?...
-¿quieres?
-
-El amigo posó en el regazo de la anciana un montón de postales,
-diciendo:
-
-—Hágame el favor de llevarlas, señora, como un recuerdo mío.
-
-Sorprendida por aquellos halagos, no supo ella qué responder, y sonrió,
-dejándose engañar como una niña, entre frases conquistadoras y dádivas
-pueriles. Parecía feliz en aquel instante; desplegaron sus manos
-desmañadas las tarjetas sobre el delantal, y apareciéronse allí copias
-de mil tesoros: cuadros y estofas de Toledo, tapices de El Escorial,
-fuentes de La Granja, palacios salmantinos, joyas árabes y platerescas,
-fragura de paisajes montañeses, delicia de jardines andaluces... un
-tumulto de arte y de poderío español. A la maragata le sedujeron,
-entre las admirables cartulinas, dos de origen mejicano, iluminadas
-en colores, reproduciendo la avenida de Juárez y el palacio de Hernán
-Cortés: alzólas en los dedos con admiración preferente, y en seguida,
-azorada, vergonzosa, lamentó:
-
-—¡Es lástima; yo no gasto esquelas!... ¡no sé escribir!
-
-—Pero yo sé—dijo, arrulladora, _Mariflor_, deseando aceptar el
-recuerdo.
-
-—Guárdalas tú, si el señor se empeña—consintió la abuelita—; y dale
-las gracias.
-
-Con los ojos adoradores y solícitos, obedeció la moza, mientras la
-vieja logró forzar la dura timidez de su palabra, para decirle al
-caballero:
-
-—Si va por Valdecruces, ya sabe que allí tiene una servidora...
-
-—Iré, de seguro—respondió el poeta, deslumbrado por la mirada de
-Florinda. En aquellos ojos, dulces y resplandecientes, fulgía la
-incertidumbre con interrogación muda.
-
-Cuando iba a despedirse de aquel hombre extraño y amigo para ella,
-sentía la muchacha el vago temor de perder la felicidad y la duda de
-haberla encontrado.
-
-El mozo, por su parte, se engolfaba en la emoción de aquella hora, sin
-detenerse a descifrar misterios, soñando muy de prisa, a sabiendas de
-que iba a despertarse pronto.
-
- * * * * *
-
-Y la pobre anciana, tras un senil desbarajuste de ideas en fuga, volvió
-a oprimirse el corazón en los rígidos muros de su vida cruel.
-
-Isócrono, maquinal, el tren corría insensible a las inquietudes de
-los tres viajeros, y Florinda tuvo que ayudar a su abuela en los
-preparativos de la llegada. Al través de los fardos toscos de aquel
-equipaje campesino, las manos ágiles de la niña pusieron su gracia y
-su finura en arpilleras y capachos, en los múltiples bultos donde la
-vieja se llevaba los más vulgares utensilios del hogar fracasado en La
-Coruña: cuanto no había podido venderse por usado y maltrecho.
-
-La abuelita contaba, meticulosa y torpe:—Uno, dos, tres—tocando con
-la punta del índice cada barjuleta y cada zurrón; y la moza suspiró
-con fatiga, como si le abrumara el peso de aquella carga miserable,
-delatora de inclemente pobreza.
-
-Se estremecía de compasión Rogelio Terán en el atisbo de aquellos
-pormenores: meditándolos estuvo sin saber si admirarse o condolerse de
-la rara hermosura de la niña, sin darse cuenta de que no le prestaba
-auxilio en el rudo trasiego de alforjas y envoltorios. Cuando acertó a
-disculparse, ya _Mariflor_ había terminado su trajín y se colgaba a la
-bandolera, sobre el pañuelo floreado y vistoso, un bolsillo elegante
-que, entreabierto, exhaló delicadísimo perfume.
-
-—Es de mi traje de señora—dijo la mocita, respondiendo a la visible
-extrañeza de Terán—, de mi _equipo de paisana_—subrayó graciosa y
-triste.
-
-—Así—le replicó el poeta entusiasmado—parece que el dios ciego ha
-ofrecido su carcaj simbólico a la reina de Maragatería...
-
-Y la abuela, en un repente inesperado y brusco, manifestó augural:
-
-—En nuestro país no se admiten reinas. Allí todas las mujeres somos
-esclavas.
-
-Volvió Florinda el rostro con angustia hacia el camino, y le pareció
-que temblaba el paisaje con un doloroso estremecimiento.
-
-Entraron en la estación de Astorga: los pregones de las clásicas
-mantecadas, alguna muestra humilde del traje regional y algún indicio
-de tráfico mercantil, daban al andén un poco de carácter y de vida.
-
-En medio de este cuadro indeciso y mediocre, puso _Mariflor_, con su
-belleza original y su lujoso vestido, la nota resonante: detrás de
-la abuelita, que ya tenía en torno sus bártulos de arriero, saltó la
-moza al andén, apoyada en la mano que le ofrecía Terán con trémula
-solicitud; y a pleno sol resplandecieron tanto los colores de su traje
-y las dulzuras de su rostro, que en todas las ventanillas del tren y en
-todo el recinto de la estación inicióse un movimiento de curiosidad.
-No tardó este asombro interrogante en romper las fronteras de la
-contemplación muda, estallando en requiebros y alabanzas, del lado
-del ferrocarril, al borde de estribos y vidrieras, donde la anónima
-condición de «viajeros» suele dar a los hombres mucha osadía y harta
-libertad.
-
-Como un incienso de apoteosis, envolvió a la gentil maragata la nube de
-piropos; y el poeta hubiera deseado coronar el homenaje con un vítor
-atronador y lanzar luego por el vasto mundo los ecos de su audacia.
-
-Pero a la vera de Florinda, triunfante y proclamada hermosa, otra
-mujer vieja y triste, con igual traje, con igual destino que la joven,
-se sumerge en tribulaciones y cuidados en medio de su equipaje ruín.
-Y a Terán se le reproduce la visión desoladora del páramo, donde el
-viajero no parece hallar término ni alivio a la dureza de la ruta,
-como si por ella la vida cruzase extraviada, como si la civilización
-se detuviera cobarde y perezosa delante de la tierra hostil, a cuyas
-entrañas inclementes sólo manos heroicas de mujer han podido llegar, en
-acecho de un fruto esquivo y tardo...
-
-Las arrogancias de la galantería arden en lumbres de misericordia
-cuando el poeta se despide de su amiga con suspiradas frases: una
-campana y un silbato le devuelven al tren, ya en movimiento, mientras
-_Mariflor_ sonríe con la dócil inmovilidad de un retrato alegre.
-
-Y los ojos azules, que ya no reflejan la figura ideal de la maragata,
-se tornan añorantes hacia el coche, mudo y vacío como la fábrica de un
-sueño...
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-IV
-
-¡PUEBLOS OLVIDADOS!
-
-
-UNA maragata de edad indefinible, a quien la abuela llamó _Chosca_,
-había conducido tres cabalgaduras hasta la misma estación. Cargóse
-en una de ellas lo más voluminoso del bagaje, y aun pudo hallar la
-_Chosca_ un punto de asiento y equilibrio en la cima de aquella
-balumba, cuyo difícil acomodo entretuvo a la pobre caravana dos horas
-largas de talle. Y aunque la abuela se encaramó también sobre los
-repliegues de otro monte de fardos, todavía las menudencias de más
-fuste hubieron de refugiarse en las alforjas del mulo cebadero, el
-mejor de la recua, cedido por agasajo a _Mariflor_.
-
-Todo lo miraba la moza fijamente, con una muda actitud, en que al tenaz
-recuerdo de las cosas pasadas se sobreponía el propósito firme de
-aprender y gustar las cosas nuevas; mujer y curiosa, joven y perspicaz
-por añadidura, sintió, a despecho de sus íntimas inquietudes, una
-ansiedad respetuosa y fuerte, que la empujaba hacia la tierra madre,
-incógnita y callada como un secreto de lo porvenir. ¡Qué ejemplo más
-hermoso para cualquier agudo observador, la bizarría y compostura,
-la gravedad y ceremonia con que Florinda Salvadores se allanó, sin
-melindres ni repulgos, a todas las veleidades de la suerte, y cambiando
-de nombre, de traje y de sendero, montó en un mulo, por primera vez en
-su vida, con tanta gentileza y señorío como si la tosca jamuga fuese
-el blando cojín de un automóvil! Conformidad y audacia dieron alegre
-resolución a la moza; y aun fueron parte a erguirla, serena y apacible
-en el misterioso rumbo, cierto soplo sutil de fatalismo que sentía en
-el alma y un deseo inconsciente de aventura que se le impacientaba en
-la imaginación.
-
-El paso por Astorga tuvo para Florinda rara solemnidad. Quiso la abuela
-dar allí algunos recados, hacer algunas compras y cobranzas mediante
-papelucos escondidos con minuciosas precauciones en un «cornejal»
-de la faltriquera, al amparo de sayales y manteos; a todos estos
-menesteres asistía la muchacha desde lo alto de sus jamugas, atisbadora
-y vigilante, reflejando en sus pupilas el asombro de la vieja urbe, tan
-pobre y tan triste ahora, que ni siquiera guarda los vestigios de su
-glorioso ayer.
-
-¡Cuán desolada y yerta la ciudad _Magnífica y Augusta_! ¿Quién dirá
-que fué palenque y tribunal de astures, imperial colonia, centro de
-vías romanas y baluarte de sus legiones, botín después del bárbaro y
-del moro, joya del terrible Almanzor, pleito y disputa de castellanos
-y leoneses? Ya no conserva ni las ruinas de los antiguos monumentos;
-hasta aquella robusta fortaleza de sus marqueses y señores, aquel
-soberbio castillo que presumía de inmortal, cayó también con los
-sillares de las rotas murallas; la recia divisa de Alvar Pérez Ossorio,
-que a tantas duras generaciones gritó desde el frontis nobiliario con
-orgullosas letras:
-
- _Do mis armas se posieron_
- _movellas jamás podieron,_
-
-vino a dar en ingrata sepultura bajo los residuos de cubos y de
-almenas, de capiteles godos y lápidas latinas. ¿Qué rangos, qué
-voluntades, qué hierros, piedras y raíces no moverá en el mundo el
-ímpetu de los siglos empujando la rueda de la fortuna?
-
-Así, esta tierra misteriosa, de cuyos primitivos moradores sólo se
-sabe el apellido—_amacos_—, o «excelentes guerreros»; este pueblo
-viril que grabó en su escudo, como símbolo heroico, una rama de
-poderosa encina; este solar privilegiado por cónsules, santos y reyes,
-guarnecido de altivas torres y ferradas puertas, ahora vive en el
-silencio de las mortales pesadumbres, ahora padece el abandono de los
-históricos infortunios. Y, como un fallo de singular predestinación,
-acude sobre Astorga el recuerdo de aquellas pretéritas edades, en que
-la capital de la región y sus alfoces se llamaron «Asturias»: _¡Pueblos
-olvidados!_
-
-Una ráfaga de tales penas y de tales memorias aguzó en la fantasía
-de _Mariflor_ el ansia ardiente de evocar imágenes y perseguirlas
-al través de las silenciosas rúas, sobre el empedrado hostil, entre
-el caserío de adobes, simétrico y vulgar. Pero todos los recuerdos
-heroicos, todas las evocaciones bizarras, huyen ante el semblante
-lastimoso de la Augusta y Magnífica, Muy Noble, Leal y Benemérita,
-que, parda, muda, triste y pobre, languidece de añoranzas y pesares
-a la sombra de su ilustre catedral, sobre las pálidas favilas de
-la historia. Y cuando a fuerza de imaginación y voluntad quiso la
-viajera reconstruir en su mente hechos y figuras familiares a la
-patria nativa, ya la visión de Astorga, yerma y desamparada, se había
-extinguido en el término raso y adusto del horizonte.
-
-Como fuesen grandes la calma y el regateo con que las compañeras de
-Florinda ajustaron sus compras en la plaza _de los cachos_ y en los
-soportales de la Plaza Mayor, y no menos prolijos los demás negocios
-que la abuela trataba, llegó la media tarde cuando las tres amazonas
-salieron por el arrabal de Rectivía para seguir la carretera en busca
-de su pueblo.
-
-De la calmosa estada en la ciudad llevóse _Mariflor_, campo adelante,
-el recuerdo de los dos maragatos que en el reloj del Concejo cuentan
-con sendos martillos las mustias horas de aquella vida gris; la pareja
-simbólica y paciente se hizo un lugar en la memoria de la niña, sobre
-la impresión de aquel grave edificio, fuerte reliquia de la pasada
-opulencia asturicense. Había preguntado la muchacha por un jardín ameno
-que, según sus noticias, era lugar de fiestas estivales y de otros
-alicientes para la juventud; aunque la abuela señaló «hacia allí»,
-sólo pudo Florinda columbrar una mancha verde y risueña, tendida en
-la mayor altura de la muralla, sobre el mismo solar que siglos antes
-ocupó la Sinagoga, cuando una rica aljama se aposentó en el arrabal de
-San Andrés. El perfil airoso de la Catedral y la nobleza de algunas
-portadas parroquiales, impresionaron también a la curiosa. Y el
-bosquejo heráldico de unos lobos, unas bandas de azur, el león rampante
-de gules, coronado de oro, la monteladura de plata, cimeras, escudetes,
-lemas y coronas, rezagos de insigne alcurnia sorprendidos al azar en
-unos pocos edificios, alumbraron en la mente de Florinda, con pálido
-reguero de luz, la nómina confusa y lejana de Ossorios y Escobares,
-Turienzos y Pimenteles, Benavides y Juncos, Gagos, Hormazas, Rojas,
-Pernías, Manriques... El íntimo vigor de estos recuerdos rehogaba con
-orgullosa lumbre las fantasías de la joven, cuando sus ojos se posaron
-en el abierto muro, indemne a las cóleras de Witiza y Almanzor...
-
-Acostumbrada Florinda a escuchar de su padre los frecuentes relatos
-de sus aventuras infantiles por los arrabales de la capital, casi a
-tientas hallaría rumbo en el camino astorgano que cruzaba por primera
-vez.
-
-Allí a la izquierda, dejando atrás el rasgado cinturón de las
-fortificaciones, brota la viejísima Fuente Encalada, de tan henchido
-seno, que ni en su estiaje paró nunca de cantar con su rumor sonoro las
-penas y las glorias del país.
-
-Cunde el manantial en aquel punto desde los tiempos fabulosos, y le
-alberga un edificio notable, con armas, inscripciones y perfiles
-de varios siglos y grande pulcritud. Con abundancia sempiterna ha
-prodigado la Fuente sus fidelísimos dones, lo mismo a los _aureros_
-imperiales que a los devotos del _Camino francés_ y a los trajineros
-maragatos... Vive apenas la memoria de los primeros poseídos por «la
-maldita sed de oro», que, bárbaros de codicia y de furor, vinieron
-de todos los confines de la tierra a enriquecerse en nuestras minas
-peninsulares: pasaron por aquí los explotadores de las _médulas_
-famosas, y también los cruzados, que en el siglo IX abrieron desde
-Francia una difícil ruta para ofrecer homenaje en Compostela al
-cuerpo del Apóstol; se han borrado «la vía de la plata» y la de «los
-peregrinos» bajo la anchura de una carretera española del siglo
-XVIII, en la cual la arriería se extingue impotente contra el raudo
-ferrocarril; pasaron y cayeron centurias y generaciones, cetros y
-coronas, y al través de las vidas caducas y de las cosas perecederas,
-esta fontana dió su latido fecundo y su perenne caricia a todos los
-sedientos del camino...
-
-_Mariflor_ tuvo sed al pasar por aquí. Despertóse en ella el recuerdo
-de los años que la fuente contó, rezadora y humilde en la mansa
-llanura de los «pueblos olvidados», y quiso gustar del agua fiel;
-bebió ansiosa, obsesionada por la inconsciente ilusión de saciarse en
-frescuras y deleites de eternidad.
-
-Al seguir el camino, en tanto que las otras maragatas parecían
-insensibles al paisaje y a las emociones, descubrió la moza a la
-derecha del manantial cierto prado muelle y jugoso hundido en el
-terreno; debía ser el lugar llamado _Era-Gudina_, donde el feudo del
-Marqués tuvo un estanque, una barca, una isleta y un bosque.
-
-A leyenda le supo a _Mariflor_ el supuesto de que allí existiesen
-jamás esquife, lago y fronda; pero consultada la abuelita acerca de
-tales dudas, dijo con mucha fe que «en tiempo de los moros» aquel
-paraje se nombró _La Corona_, y era una hermosura de aguas corrientes,
-barquichuelos, árboles y flores...
-
-Cuando se borraron a extramuros de Astorga aquellas tenues sonrisas de
-la vegetación, extendióse la carretera sobre la llanura sin accidentes
-ni perfiles, en un horizonte a cuyo fin remoto se cerraban entre nubes
-las sierras de la Cepeda y los puertos bravos de Manzanal, Foncebadón y
-el Teleno. Si a la vera de un puebluco estancado algún castro ondulaba,
-todo su vestido consistía en bajos matorrales y encinas bordes.
-
-En este cuadro ascético se dibujó el relieve de las tres amazonas,
-largo rato, por la amplia carretera, y cuando ya tomaron otro rumbo al
-través de una calzada empedernida, la feniciente luz ablandó la dureza
-del paisaje, convirtiendo la línea fuerte y sobria en mancha rubia y
-dulce, en la cual se alejaron los senderos con misteriosa estela.
-
-Quedó entonces piadosamente velada la aridez del camino, que al
-aventurarse tierra adentro en ingratos recodos, hubiese mostrado a
-Florinda más de cerca su desolación; la santa beatitud del anochecer
-quiso desceñir su velo romántico sobre la tristeza del erial: una
-muselina blanca y rota se arrastraba por el campo en jirones de niebla,
-y la serenidad del cielo, pálidamente azul, parecía remansar en la
-llanura con infinita mansedumbre.
-
-_Mariflor_, cansada y soñolienta, aturdida por las emociones y los
-sentimientos, se dejó mecer, se dejó llevar entre aquellos cendales de
-sombras y de membranzas. El balanceo rítmico de la cabalgadura, algo
-semejante al de una embarcación en mar serena, y la plenitud del llano,
-sin orillas visibles, nubloso, insondable como un abismo, pusieron a la
-amazona en punto de soñar que iba embarcada hacia un quimérico país.
-Aquel vaivén de cuna, aquella ilusión de barco aventurero, tenían,
-para mayor halago, un cantar peregrino en el eco de dulcísimas frases
-lisonjeras que la moza guardaba en su corazón; de tan cordial tesoro
-iba ella urdiendo con diligente prisa futuros lances de amor y de
-felicidad, solemnes acontecimientos de bodas y placeres que parecían
-tener realización positiva y dichosa en la ardiente vida de una
-estrella, según lo que la niña se extasiaba, rostro al cielo, absorta y
-palpitante.
-
-Desde el divino espacio cayó de pronto a tierra la evagación de
-Florinda, porque una voz había dicho:
-
-—Ya llegamos...
-
-Entre el encaje de las sombras, cada vez más espeso, se agazapaban,
-abocetados, desvaídos, barruntos de una aldea muy pobre, a juzgar por
-los umbrales. Y a _Mariflor_ le acometió de súbito una triste cobardía,
-en la cual se mezclaban las inquietudes con inexplicable acidez;
-aquella zambullida brusca en otro pueblo, en otra casa, entre personas
-desconocidas, rompiendo definitivamente todos los vínculos de su vida
-anterior, daba frío y espanto a la muchacha; en un instante recordó
-con lucidez lastimosa la dicha que perdió al otro lado de la llanura
-maragata, y sintióse tan pequeña, tan incapaz y débil ante el enigma
-de su nuevo camino, que anheló no llegar a Valdecruces y quedarse
-para siempre mecida en aquel mar firme y silencioso, de tierras y de
-sombras.
-
-Los dulcísimos ojos registraron el cielo con una mirada de angustia,
-pero ausente la luna veladora, esquivas las estrellas y pálido el
-celaje, el amplio dosel de la noche se mostró cerrado a la muda
-plegaria de la moza; hasta la estrellita ardiente donde ella prendió
-un momento antes la hoguera de sus ensueños, se había escondido,
-casquivana, detrás de un banco de nubes.
-
-Y estaba allí el pueblo maragato, inmoble y yacente en la penumbra,
-como un difunto; y ya la recua se detenía delante de una sombra más
-alongada y grave que las del contorno.
-
-Sonó el chirrido de una puerta, y dos mujeres avanzaron en un foco
-macilento de luz. Descabalgó Florinda, trémula y cobarde; sintióse
-agasajada por unos besos húmedos y fuertes, por unos brazos recios y
-acogedores. Ofrecían a la forastera este recibimiento cordial, Ramona,
-nuera y sobrina de la anciana, y Olaya, hija de aquélla, que con sus
-cuatro hermanos más pequeños constituyen hogar y familia cerca de la
-tía Dolores, protectora también de su nietecilla _Mariflor_.
-
-Ya estaban reposando los niños, Marinela, Pedro, Carmen y Tomás; y
-mientras Olaya hacía los honores a su prima con más cariño que garbo,
-Ramona y las otras dos viajeras se afanaban en descargar el equipaje.
-Fué la tarea tan minuciosa, que ya la noche había crecido mucho cuando
-logró acostarse _Mariflor_, rendida y enervada.
-
-A la luz vacilante del candil pudo la muchacha aprender que era su
-dormitorio el mejor de la casa, «el cuarto de respeto», donde solían
-posar los principales huéspedes; y al culminarse en el lecho altísimo
-y pomposo, oyó la voz humilde con que su prima la deseó buena noche,
-dejando la habitación oscura y cerrada, y advirtiendo:
-
-—Madre y yo dormimos dambas aquí cerca; no pases cuidado.
-
-Poco después sintió la muchacha crujir la corvadura de las vigas muy
-próximas a su cabeza; andaban pesadamente encima del aposento, hablando
-en voces cautelosas. Por debajo de aquel ruido perseguía a _Mariflor_
-entre penumbras de sueño y vislumbres de realidad, la expresión vaga y
-triste de un rostro ojizarco, que tan pronto era el de Terán como el
-de Olalla. De aquel semblante amigo no quedaron, al fin, más que los
-ojos delante de la moza; brillaban azules como las flores del aciano,
-como los ojos celtas de la maragata rubia, como los ojos pensativos del
-novelista viajero; una clara niebla, que fué espesándose, oscurecíalos
-poco a poco... ¿Era un velo de lágrimas?... ¿El cristal de unos
-lentes?... _Mariflor_ se había dormido.
-
- * * * * *
-
-Después de un sueño largo y juvenil, Florinda despierta y escucha:
-escucha la soledad y el silencio, porque todo a su alrededor parece
-abandonado y mudo.
-
-¿Qué hora será? Entra un rayo de sol por la ventanuca, tan alta y
-pequeña como la de un camarote; por allí se descubre un pedacito de
-cielo cuajado de luz. En la casa, grande y misteriosa, nadie pisa,
-nadie levanta la voz, ningún ruido se advierte, y fuera, en aquel
-espacio luminoso, abierto quizás al campo, a la calle o al corral, es
-la vida un secreto, sin duda, porque ni vuela un ave, ni canta un río,
-ni gime una carreta; los rumores aldeanos que Florinda conoce de otros
-pueblos, parecen extinguidos aquí. ¿Se habrá quedado ella sola en el
-mundo con el sol?
-
-Pasea por el cuarto los bellos ojos dormilones, un poco ensombrecidos
-de vaga pesadumbre: mira su equipaje desparramado en confusión de
-cajas y de ropas, y encima del baúl, cruzado todavía de cordeles,
-sus arreos de maragata, desceñidos la víspera con laxitud de sueño
-y de cansancio. Se asoman los zapatos por debajo de la colcha, muy
-escandaloso el escote y algo arrugada la plantilla: parecen asustados,
-uno delante de otro, como si quisieran echar a correr; el bolsillo
-señoril, colgado del boliche de la cama, con la boca abierta, tiene un
-aire de expectación y de asombro, y la filigrana de corales, tendida
-al borde de un marco a la cabecera del lecho, corona la figura de
-una Virgen ancestral, bajo cuya traza primitiva dice, en letras muy
-grandes: _Nuestra Señora la Blanca_. Al volver los ojos hacia ella,
-hace Florinda maquinalmente la señal de la cruz. Luego prosigue su
-viaje curioso en torno al aposento: es reducido y bajo, con paredes
-combas, lamidas de cal, desnudo el tosco viguetaje del techo y pintado
-de amarillo, como la puerta y la ventana. Entre un recio arcón de
-interesante moldura y un mueble arcaico de alta cajonería, descuella el
-lecho, amplio y elevadísimo, duro de entrañas y abrumado de cobertores:
-luce colcha tejida a mano, floqueada, con muchos sobrepuestos, un poco
-macilenta de blancura, quizá por haber estado largo tiempo en desuso.
-Dos sillitas humildes parece que se agachan bajo la pesadumbre de los
-equipajes, y algunos clavos suben perdidos por las paredes, sosteniendo
-con negligencia varias cosas inútiles: un refajo roto, un cencerro
-mudo, una rosa mustia de papel... Ya no hay más utensilios ni más
-adornos en el nuevo camarín de _Mariflor_.
-
-Ella busca, solícita, un espejo, un lavabo, una alfombra, cualquiera
-blanda señal de compostura y deleite, y como nada encuentra parecido
-a lo que necesita, vuelve la atención a los recuerdos de su llegada,
-confusos entre las emociones del viaje y la sorpresa de este peregrino
-amanecer.
-
-Al cabo, como persiste en torno suyo un silencio de inmensidad, y el
-sol penetra al aposento por el angosto ventanillo, semejante a la
-lucera de un camarote, piensa la infeliz, acunada todavía en su memoria
-por el balanceo del mulo y las ilusiones de su navegación por la
-llanura, que su bajel ha encallado en una costa salvaje, en una playa
-desierta... Pero no: la mar gime, reza, escupe, solloza; tiene lágrimas
-y voces y suspiros; es pasión y hermosura, es inquietud y poder, es
-dolor y gozo. Y aquí, ¡ni un acento, ni una palpitación, ni un indicio
-de que la vida cunda y vibre como en las olas varias de la mar!...
-
-Cuando empieza la niña a sentir ciertas ansiedades muy parecidas al
-miedo, un rumor oscuro, entre queja y gruñido, se percibe en la quietud
-silenciosa de la casa.
-
-—¡Abuela!—grita _Mariflor_ con espanto.
-
-Nadie la responde.
-
-—¡Abuela!—repite, loca de terror. Y luego, despavorida, prorrumpe:
-
-—¡Olalla!
-
-Al punto, cautamente, se entreabre la maciza puerta y asoma el rostro,
-asombrado y grave, de Olalla Salvadores.
-
-Ante el resplandor bondadoso de aquellos ojos claros, Florinda se
-encalma, sonríe y confiesa:
-
-—Tuve miedo; creí que estaba sola en Valdecruces, y después oí una
-especie de quejido como una voz del otro mundo.
-
-—El gato, que miagó—dice la moza, admirada de los temores de su
-prima. Y penetrando en el aposento, le ofrece el desayuno y le
-pregunta, con mucha cortesía, cómo ha pasado la noche.
-
-—Demasiado bien; de un tirón—responde la dormilona, escandalizándose
-al saber que son las nueve, que su abuela y su tía andan ya de trajín
-fuera de casa, y que los niños se fueron a la escuela muy temprano.
-
-Mientras se viste _Mariflor_, explica Olalla que la escuela está a tres
-kilómetros, en Piedralbina, y también el médico y el boticario. Los
-rapaces llevan la comida en una fardela, y no vuelven hasta las seis.
-
-—¿Y en el invierno?—interroga Florinda.
-
-Lo mismo: salen de noche y tornan de noche; algunas veces, Tomasín, no
-va.
-
-—¿Cuántos años tiene?
-
-—Cinco; pero está mayo y robusto.
-
-—¡Pobre!, ¡dará lástima verle por esas llanadas!
-
-—Más se fatiga Marinela.
-
-—Sí; ya sé que está un poco débil. ¿Cómo la dejáis ir?
-
-—Aquí se aborrece, se pone triste, llora... Y como tanto gusta de
-bordar y hacer labores finas, y la maestra la quiere mucho, madre
-consiente.
-
-—Y el médico, ¿qué dice?
-
-Olalla se encoge de hombros.
-
-—Dice—murmura—que son males de la edad. Pero para mí la pobre está
-entrepechada.
-
-—¿Cómo?
-
-—Picada de la tisis, igual que mi padre, igual que tantos de la
-familia...
-
-—¡Calla, mujer!
-
-A medio ceñir el pesado manteo en torno a la cintura, _Mariflor_ finge
-que busca alguna cosa, se mira las manos lentamente, con mucho interés,
-y al fin balbuce en imprevisto ruego:
-
-—¡Quisiera lavarme!
-
-Olalla, que tiene fija la mirada en una siniestra meditación, se turba,
-enrojece, y luego de reflexionar, afirma:
-
-—Te traeré ahora mismo un cacho con agua.
-
-—No, yo voy por él; enséñame dónde hallaré lo que necesite.
-
-Porfían azoradas al lado de la puerta con empeño un poco artificioso,
-y ya traspasado el umbral, repara Florinda en su media desnudez, y
-pregunta:
-
-—¿Estamos solas?
-
-—Solas; yo anduve a modín para no despertarte.
-
-Desaparece Olalla pisando quedo, como si todavía alguien durmiese;
-y la forastera, abocada al corredor, cruza los brazos desnudos para
-abrigarse contra un frío sutil que desde la oscuridad la acosa. De
-pronto, allí a sus pies, en la masa de sombra y de silencio, el gruñido
-y la queja que antes alarmaron a la niña, se juntan y emergen en una
-voz que parece humana, que se desgañe y evoca, igual que la de una
-criatura.
-
-Florinda retrocede, presa otra vez de irreflexivo espanto, y para
-distraer sus complejas inquietudes, remueve el equipaje, trastea y
-alborota, hasta que vuelve su prima trayendo agua en un lebrillo y
-colgando en el hombro una toalla de áspera urdimbre, dorada por los
-años, olorosa a romero.
-
-Perpleja _Mariflor_ ante aquel rudimentario servicio, aplaza el
-lavatorio y pide ayuda para abrir el baúl; pero Olalla no necesita más
-que de sus recios brazos para darle vueltas y dejarle desligado y útil,
-con la tapa cómodamente sostenida en la pared. Inclínanse las dos mozas
-sobre las túmidas entrañas del cofre, y la viajera desliza su mano en
-el fondo, revuelve, palpa atinadora y sonríe levantando en el puño una
-cosa menuda y suave que acerca a la nariz de Olalla.
-
-—¿Huele bien?—pregunta.
-
-—¡Ah, jabón!... Yo también tuve una pastilla...
-
-A juzgar por la expresión lejana de los ojos azules, se pierden en
-un pasado remoto el aroma y la suavidad de la pastilla que tuvo la
-maragata.
-
-—Ve sacándolo todo—dice la prima con gracia más ligera y alegre—;
-después que yo me lave lo arreglaremos juntas y te daré algunos
-regalitos para ti y para los nenes.
-
-En tanto que Florinda se chapuza con fruición, Olalla va cogiendo
-las prendas del baúl y colocándolas encima del lecho, tibio todavía
-y desdoblado. Se mueve la joven con mucha calma y trata con esmero
-aquellas cosas sutiles de la forastera, pero no se detiene a
-contemplarlas con excesiva curiosidad.
-
-Casi todo el lujo del pequeño equipaje consiste en ropa interior;
-camisas y pantalones con lazos, sin estrenar, con papeles de colores
-que crujen, sedosos, bajo los encajes, como en los equipos de las
-novias burguesas: medias caladas, pañolitos bordados y menudos, enaguas
-finas, dos peinadores de manga corta, dos blusas áureas, elegantes, y
-un solo vestido de luto, modesto, falda y cuerpo ajustado, sin adornos.
-Algunos estuches con bagatelas casi infantiles, algunas cajas con
-enseres de costura, libros, retratos, envoltorios frágiles y una bolsa
-blanca, con puntillas, de cuya boca abierta acaba de salir el perfumado
-jabón.
-
-—Aquí lo tienes todo—dice Olalla, mientras Florinda duda cómo acabará
-de vestirse, temiendo estropear el lujoso pañuelo de su traje de fiesta.
-
-Tras una breve indecisión, que le es habitual, ofrece la prima buscarle
-otro; sirve para diario y ella no le usa. Pero debe ser muy difícil
-hallarle, porque cuando vuelve con él, ya _Mariflor_ se ha peinado y ha
-puesto en orden el dormitorio.
-
-—Hay uno de cerras, pero no le encuentro—dice Olalla, desplegando un
-pañuelo pajizo, de muselina, con orla estampada en vivos colores.
-
-—Es precioso; ¿por qué no le pones tú?
-
-—Entre semana, está bueno éste—sonríe la moza, señalando el suyo de
-percal, también con florida guirnalda—. Y en la cabeza, ¿no llevas
-uno?—interroga.
-
-—¡Ah, no le quiero... no me gusta!—responde Florinda con tales bríos,
-que se avergüenza al punto, y disimula su turbación poniendo en las
-manos de Olalla unos envoltorios, a medida que dice:
-
-—Para Pedro un libro, para Marinela un costurero, para Carmen una
-muñeca y para Tomasín un trompo...
-
-Busca algo en el bolsillo colgado de la cama, y con cierta emoción,
-concluye:
-
-—Para ti mi reloj; toma.
-
-Sentóse la favorecida ofreciendo lugar en el regazo a los paquetes,
-y puso en la palma de su mano morena el relojito de oro y acero,
-chiquitín, lustroso y palpitante; le acercó al oído, rió con expresión
-de niña, dulcificando la gravedad un poco triste de su semblante, y por
-todo comentario dijo:
-
-—¡Tan pequeño y anda!
-
-Después miró a su prima suavemente, lamentando:
-
-—¡Te vas a quedar sin él!
-
-—Tengo el de mamá, ¿sabes?... Está parado, pero me sirve de recuerdo.
-
-—¿Se ha roto?
-
-—No; mi padre quiso tenerle en la hora que ella murió: las tres de la
-tarde.
-
-—¡La hora del Señor!—balbuce Olalla estremecida—. Y con el respeto y
-la ternura que en Maragatería se consagra a los muertos, bendice al uso
-del país la memoria evocada, pronunciando ferviente:
-
-—¡Biendichosa!
-
-Una ráfaga de tristeza suspende el íntimo coloquio y flota en la
-humedad de las pupilas, que se inclinan al suelo apesaradas; la muñeca
-de Carmen, rompiendo el papel que la envuelve, muestra un brazo rígido,
-vestido de rojo, en trágica actitud; en la rústica mano de Olalla
-Salvadores, el pulido reloj suena indiferente: _tic-tac_, _tic-tac_...
-
-Y aquel hálito sonoro y maquinal, aquel firme latido de un industrioso
-corazón de acero, lleva extrañamente a las dos muchachas a escuchar el
-pulso acelerado de los propios corazones, buenos y juveniles, regados
-por una misma sangre generosa.
-
-Alzase Olalla con ímpetu raro en su naturaleza esquiva y grave, y
-las dos mozas se miran en los ojos; los de Florinda, profundos,
-inquietantes, de color de miel y de café tostado, en vano provocan una
-confidencia trascendente con las aguas serenas y tristes de los ojos
-azules; pero el impulso cordial prevalece por debajo del vuelo de las
-almas y un pacto de amor se firma con el estallido de un largo beso.
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-V
-
-VALDECRUCES
-
-
-ALENTADA _Mariflor_ después de tan gentil alianza, se despierta con
-alegres ánimos a las realidades de la vida y quiere verlo todo,
-registrar su nuevo albergue, asomarse a Valdecruces.
-
-Aunque pone el pie con alguna medrosa inseguridad en el corredor
-oscuro, camina sonriente, como jugando «a la gallina ciega», palpando
-la pared con una mano y asiéndose con la otra al vestido de su prima.
-
-—Avísame; no veo nada—murmura—. ¿Hay que bajar?... ¿Hay que
-subir?... ¡Avísame!
-
-—Hasta que te acostumbres. Yo atino por todos los rincones a cierra
-ojos... Ahora sube un pasal... otro... sigue subiendo... ¡ya se ve luz!
-
-La rendija de una puerta proyectó en los altos escalones una raya de
-tenue claridad; chirrió una llave, gimieron unas bisagras y hallóse
-Florinda a pleno sol, deslumbrada por el torrente de resplandores
-esparcidos en la salita con anchura, mediante los dos amplios huecos de
-la solana.
-
-—¡Qué alegre, qué alegre!—gritó la forastera con encanto—. ¿Y qué se
-ve por aquí?—añadió lanzándose curiosa al colgadizo.
-
-De pronto no vió nada. La luz cruda y fuerte esfumaba el paisaje como
-una niebla. Después, dando sombra a los ojos con las dos manos, vió
-surgir débilmente el diseño barroso del humilde caserío, techado con
-haces secas de paja amortecida, confundiéndose con la tierra en un
-mismo color, agachándose como si el peso de la macilenta cobertura
-le hiciese caer de hinojos a pedir gracia o misericordia. En aquella
-actitud de sumisión y pesadumbre, las casucas agobiadas, reverentes,
-exhalaban un humo blanco y fino que parecía el incienso de sus votos y
-oraciones.
-
-_Mariflor_, admirada por la novedad de aquel espectáculo, imaginado
-muchas veces al través de referencias y lecturas, exclamó conmovida:
-
-—¡Valdecruces!... ¡Parece un Nacimiento! Y la iglesia ¿dónde
-está?—preguntó.
-
-—Allende. ¿Ves esta hila de casas? Pues en acabando la ringuilinera,
-¿ves un chipitel con una cruz?... Eiquí.
-
-—¿Aquéllo?—lamentó la exploradora con desilusión.
-
-—La techumbre es de teja—ponderó Olalla—y por dentro nuestra
-parroquia es mejor que la de Piedralbina, es tan buena como la de
-Valdespino; hay un Resucitado muy precioso y la Virgen tiene la cara de
-marfil.
-
-—Pero la torre se va a caer, es monstruosa; un montón informe y la
-cruz ladeada, ¡qué cosa más singular!
-
-—¡Si lo que tú dices—protestó Olalla riendo—es el nido de la cigüeña!
-
-—¡Ah, el nido!... Un nido enorme, ¿verdad?... Un nido tremendo...
-¡Qué ganas tenía de verle!... Mi padre no me había dicho que le
-tuvierais aquí.
-
-—Yera de Lagobia, pero el año de la truena se les cayó la torre, y
-cuando los pájaros volvieron portaron el nido a Valdecruces.
-
-—¿Ellos?... ¿Ellos solos?
-
-—Solicos empezaron, pero la gente les dió ayuda. De primeras el nido
-no era tan grande, nada más lo justo para gurar la pájara; después,
-cada año atropan dello y ya tanto pesa que hubo de caerse.
-
-—¿Entonces?...
-
-—El señor cura, el tío _Chosco_ y el tío Rosendín le apuntalaron.
-
-—¡Ah, qué bien! Y ahora ¿hay crías?
-
-—Todavía no está gurona la cigüeña: saca los hijuelos allá para el mes
-de junio... ¡Mira, mira el macho!
-
-Un ave zancuda y blanca, con las puntas de las alas negras, largo el
-cuello, las patas y el pico rojos, pasó crotorante y magnífica, con
-alado rumbo hacia la torre.
-
-—¡Qué mansa! ¿Ves? Casi tocó el alar—dijo Olalla, devota.
-
-Y _Mariflor_ quedóse atenta y muda ante el ave sagrada para los
-labradores de Castilla, el ave tutelar de los sembrados, la reina de
-los aires campesinos en la madre llanura de la patria.
-
-—Iré a visitar el nido regio—murmuró ferviente—. Luego lanzó la
-vista al horizonte inflamado de luz, llano y calmoso, semejante a una
-extensa bahía que se adormeciese inmóvil y sin respiración en el estío.
-
-Olalla advirtió:
-
-—Embajo está el huerto.
-
-—¿Hay flores?
-
-—De agavanzo y de tomillana, y dos rosales nuevos con ruchos.
-
-—¿Bajamos?
-
-—¿No quieres ver primero el palomar?
-
-—Sí, sí; ya lo creo.
-
-Ocupaba el carasol la fachada entera del edificio: tenía el suelo
-jiboso y crujiente, como todo el piso alto de la casa, trémulo
-el carcomido barandaje y cobijadores los aleros, donde anidaban
-golondrinas; algunas prendas lacias de ropa pendían a lo largo de él,
-y decoraban sus agrietados muros sendos manojos de hierbas medicinales
-puestas a secar y «espigos» de legumbres envueltos, con mucha cautela,
-para que la simiente en sazón quedase recogida.
-
-Todos estos detalles sorprendieron los ojos inquiridores que, después,
-se posaron con cierta ansiedad en la saluca.
-
-La cual era espaciosa, baja de techo, con rudo viguetaje pintado de
-amarillo, igual que el camarín de _Mariflor_; las paredes, de anémica
-palidez, se hundían en muchos sitios, entre mal blanquete y hondas
-arrugas, como la faz de viejas presuntuosas en las ciudades festivas.
-Un sofá de anea con almohadones de satén, floreados y henchidos,
-se extendía en el testero principal, y, encima, elevado y turbio,
-inclinábase un espejito, con el alinde picado y el marco negro, en
-reverencia inútil ante una visita que jamás llegaba; alrededor de
-aquella luna triste y a lo largo de las otras paredes, sendos cromos
-con patética historia memoraban la vida de una santa mártir, moza
-y gentil; fotografías pálidas, casi incognoscibles, prisioneras en
-listones de un dorado remoto, ceñidas por cristales heridos, trepaban
-en desordenada ascensión, en una verdadera república de colgajos,
-desde las decoraciones viejas de almanaques y el ramo seco de laurel,
-hasta las pieles corderinas abiertas en cruz, a medio curtir. Entre
-las sillas, muy numerosas, juntas y apretadas en hilera como aguerrida
-hueste, delataban, algunas, otros tiempos de más prosperidad para la
-familia Salvadores: aquellas de _reps_ y de caoba con el pelote del
-asiento mal contenido por desmañadas costuras, con la color verde
-convertida en marchitez dorada, como el follaje de otoño; aquellos
-dos sillones de gutapercha, despellejados y hundidos, con respaldares
-profundos y solícitos brazos; la clásica consola y el amigable velador,
-cuentan las abundancias de unos desposorios en que la abuela y su primo
-Juan unieron con sus manos las más pudientes fortunas de Valdecruces,
-en gran porción de «arrotos» y centenales, «cortinas» y recuas...
-
-En estas reflexiones se para _Mariflor_, que por su aguda sensibilidad
-tiene el privilegio exquisito y amargo de evocar y sufrir el fuyente
-roce de las cosas, prestándoles la ternura de su propio sentimiento.
-
-Inconsciente de este raro don, que preside las existencias escogidas
-con la facultad doble de gozar y padecer en grado sumo, la muchacha
-reconstruye en un momento la dura cuesta de dolores por la cual los
-años, los hijos y la miseria torva del país, han derrumbado casa y
-heredad en torno de la abuela envejecida. Y una lástima aguda empaña
-aquellos ojos, aún sonrientes a la orgía de luz cuajada en el páramo.
-
-—La vida de Santa Genoveva, ¿la sabes?—dice Olalla con beatitud,
-señalando los historiados cromos que circundan las paredes—. Y viendo
-que la prima no da señales de conocer el ejemplar relato, apunta sobre
-una imagen de pergeño bravío, y añade con edificadora gracia:
-
-—Este era el traidor Golo... Aquí—indica en otro cuadro—está la
-cierva que criaba en el desierto al niño...
-
-El dedo bronceado va posándose en cada cristal empañecido y roto, y se
-detiene a lo largo de una incisión más hundida y más negra, mientras la
-voz enunciadora prorrumpe:
-
-—Están los vidrios llenos de sedaduras... ¡Los rapaces acaban con todo!
-
-—Vamos, vamos a ver las palomas—pide Florinda con impaciente
-actitud—. Pero Olalla la detiene sin prisa ninguna:
-
-—¡Ah, fíjate! Estas flores las hizo Marinela...
-
-Las dos primas, altos los ojos y entreabiertos los labios, contemplan
-con aire estúpido una malla colgante del techo, labrada a punto de
-aguja y teñida de bermellón, toda ornada de trapos vistosos que la
-maestra de Piedralbina ha bautizado con el remoquete ideal de «flores».
-
-—Muy bien—murmura la forastera, sonriendo generosamente.
-
-Todavía, antes de salir, Olalla abre una puerta primero y otra después,
-frente al carasol, para mostrar a su prima dos habitaciones pequeñas,
-llenas de trastos, sin ventanas ni lechos.
-
-—Mira qué atropos—alude señalando los fardeles, seras y alforjas, en
-abandonada confusión—. ¡Todo quedó sin arreglar anoche!
-
-Y a Florinda le parece descubrir en aquellas palabras un aire brusco,
-de tedio y de cansancio.
-
-—Ahora seremos dos a trajinar en casa—responde afable.
-
-—¿En casa...? Yo aquí no subo nunca; tengo otras cosas que hacer.
-
-—Pero no sales al campo—dice _Mariflor_ inquieta, a pesar del
-convencimiento que tiene en lo que afirma.
-
-—¿No es campo el caz de agua donde se lava la ropa, y el huerto de las
-legumbres, y la cortina de los panes de trigo...?
-
-Olalla enumera los diferentes campos de sus labores con cierto calor
-impropio de su palabra cantarina y premiosa, pero sin asomo de reproche
-o lamento, y aun con vaga sonrisa de orgullo y fortaleza.
-
-—Hay que coser; hay que guisar—sigue diciendo enfática, engreída en
-los altos deberes de su destino.
-
-—¿Y la _Chosca_?—pregunta _Mariflor_ con desolado acento—,¿Qué hace,
-entonces?
-
-—Servir a las caballerías, mujer, y a los bueyes; andar a las aradas
-con las obreras y con mi madre; atropar la leña de más fuste...
-
-—¿También tu madre...?
-
-—Agora sí—responde Olalla con imperceptible amargura.
-
-Se han quedado las dos mozas en la última de las habitaciones, frente
-al vano del colgadizo, que extiende en la salita un esplendoroso tapiz
-de sol. Con el aire tibio, levemente impregnado en aromas de huertos,
-humo de hogares y vahos de pesebres, entra el hondo silencio de la
-aldea hasta el rincón donde Olalla y Florinda enmudecen de pronto,
-atónitas y mustias, entre mochilas y zurrones, enjalmas y capachos...
-
-Así las sorprende una cadencia ronca y triste, repetida a lento compás
-como un latido que sonara a pena.
-
-—Son las palomas que arrullan—dice Olalla, levantando los ojos.
-
-—Llévame donde estén—repite Florinda, hablando quedo, como si temiese
-turbar con sus palabras el arrullo.
-
-La toma su prima por la mano, y en saliendo al corredor cierra la
-puerta de modo que la más profunda oscuridad envuelve los pasos de las
-dos maragatas. Hácense otra vez torpes los de Florinda.
-
-—¿Por qué cierras?—murmura—. No tenemos ni una chispa de luz.
-
-—Es que el gato entra al carasol y escarrama las simientes.
-
-Como si quisiera protestar del mal propósito que la joven le atribuye,
-el animal guaya en la sombra, lastimero y humilde.
-
-—¡Micho...! ¡Micho—ordena Olalla varias veces, espantándole.
-
-Palpando de nuevo en las tinieblas, dan las niñas en unos gemidores
-peldaños, muy hostiles y maltrechos y llegan al desván, oscuro y
-ruinoso, lleno de bálago resbaladizo. Una pared de madera y una
-puertecilla, resquebrajadas, transfloran dorado resplandor, dividiendo
-en dos mitades el local: allí, al otro lado de la medianería, donde
-irradia la luz, suena el arrullo.
-
-Con suave remezón del maderaje, abre Olalla la palomera, y de pronto
-Florinda no ve más que la luz, igual que le sucedió poco antes en el
-colgadizo. Recorta el alto ventanal un pedazo de cielo que se convierte
-en un chorro de sol dentro del libre refugio de las palomas: blandos
-nidales, al arrimo de los adobes, cobijan a las hembras en gestación
-y a los polluelos temblorosos; y desde cada nido ocupado, entre
-esponjadas plumas, se vuelven los ojitos de las aves a mirar con recelo
-en torno suyo.
-
-—¡Qué preciosas!... ¡Cuántas!... ¡Y no huyen!—exclama con embeleso
-_Mariflor_.
-
-—Son medrosicas, pero no se asedan—dice Olalla, prodigando, graciosa,
-una caricia a cada nidal—. Y como su prima quiere ver los pichones
-en la mano, toma dos chiquitines bajo las alas de la madre y se los
-ofrece. Ella los acoge en el delantal, por temor a que se lastimen
-entre los dedos, y también porque la retrae de tocarlos un escrúpulo
-repentino.
-
-—En guarrapas son feucos—pronuncia Olalla sonriente; y antes de
-volverlos junto a la azorada paloma, los besa y los guarda entre las
-dos manos un instante, encima de su corazón, con dulce gesto maternal.
-Del regazo de una hembra febril, levanta después un huevecillo cálido y
-terso, y se lo acerca a _Mariflor_, anunciando ponderativa:
-
-—¡Ponen dos todos los meses!
-
-—Tendréis un bando muy numeroso.
-
-—¡Quiá, mujer! Se mueren muchas en la invernada, con el frío y la
-nieve, y los pichones más llocidos los vendemos para el mercado de
-Astorga y de León.
-
-—¿No te da lástima?
-
-—¡Como son para eso!
-
-Florinda se aturde ante la respuesta razonable y fría, que del reciente
-beso y el impulso cordial borra la impresión de ternura y oscurece con
-raro misterio el alma de la campesina doncella.
-
-El cariñoso halago al borde del nido dejó adherida una pluma sutil en
-el jubón de Olalla: ¿nada más que esta huella deleznable habrá marcado
-la amorosa caricia sobre aquel macizo pecho de mujer?... ¿Nada más?
-
-Lo duda _Mariflor_ mientras, acuciosa, estudia aquel semblante moreno y
-gracioso que cierra a toda asechanza de íntima curiosidad los secretos
-de un corazón femenino: sellado con una placidez austera, ecuánime y
-dulce, un poco triste, el rostro de Olalla Salvadores es un enigma,
-la noble máscara de unos sentimientos absolutamente ignorados y
-silenciosos.
-
-Al contemplarla su prima interrogadora, ella dice amable:
-
-—Voy a llamar a todo el bando.
-
-—¿Cuántas parejas tienes?
-
-—Treinta y tres; aquí dentro no hay ni la mitad.
-
-—¿Y son todas de la misma casta?
-
-—Abundan las palomariegas; pero téngolas también de monjil, calzadas,
-moñudas, reales, tripolinas...
-
-De un arcón pequeño, separado del piso por toscos bastidores, vierte
-la moza en su delantal una porción de cebada y sube ágilmente hasta
-la tronera, apoyando los pies en las quebraduras del muro: acodada en
-los umbrales, lanza desde allí con voz atrayente y melosa el familiar
-reclamo:
-
-—Zura, zura... zurita...
-
-Se remecen los nidos en el palomar, y fuera, un lozano batir de alas
-azota la luz; en parejas veloces acude el bando entero a picar en
-las manos de la muchacha: hay palomas con rizos; las hay con toca,
-con moño, con espuelas; las hay grises, verdosas, azuladas plomizas;
-algunas lucen el collar blanco, otras el pico de oro, otras las
-patas de luto; aquellas los reflejos metálicos en la pechuga, en las
-alas, en las plumitas del colodrillo. Todas las distintas variedades
-son domésticas, aclimatadas al campo mediante cruces con las castas
-silvestres y tributo de crecida mortandad en los bravos inviernos.
-
-Rozando las mejillas de la joven, las madres anidadas salieron a
-comer; ella hace en la ventana un sitio para que se asomen los ojos de
-_Mariflor_, y enumera y define la variedad del bando, junto en apretado
-racimo de codicias y de temblores.
-
-Ha trepado la niña forastera hasta descubrir la techumbre muelle y
-sinuosa donde las aves, en montón, arrullan y solicitan el sustento.
-Pero la prima Olalla, más complaciente aún, discurre:
-
-—Te las voy a mandar todas a la palomera.
-
-Y arroja, sonoro, el contenido de su delantal dentro de la estancia.
-
-Entonces una impaciente agitación de vuelos lánzase a la ventanuca
-desde el techado humilde, entre el pecho de Olalla y la cabeza de
-Florinda. Salta al suelo la joven para ver más de cerca a las palomas,
-y ellas la miran extrañadas, de medio lado, con un ojo nada más,
-mientras que alas y picos sacuden en el aire y en el tillado raudas
-notas de instinto y de pasión, sorda y ávida música de picotazos,
-aleteos y arrullos, donde la voracidad y los amores cantan con gráficos
-acentos sus leyes y sus prerrogativas: las hembras, que en el nido
-padecen sagrada calentura maternal, han bajado en volandas sus pichones
-al ruedo y les incitan a comer, disputando la ración a las glotonas
-más tímidas; muéstranse los machos galantes y los padres solícitos,
-se colman los buches, se aquieta el tropel, y Florinda, saturada del
-perfume bravío que exhala el palomar, seducida por los iris de las
-plumas, agitada por las palpitaciones de las aves, ebria de sol y de
-placer, siente con ardorosa plenitud la belleza potente de aquella
-vida cándida y salvaje, libre y fecunda, que ahora despliega el vuelo
-alto y feliz, en parejas de amor, por el llano luminoso y sin tasa,
-nuncio de lo infinito...
-
-En pos de las palomas, los deslumbrados ojos de Florinda tropiezan con
-la figura intrépida de Olalla, exaltada allí en la cumbre del palomar,
-en el foco de la cruda luz, con el sereno perfil de realce sobre el
-índigo raso de las nubes: despide la muchacha al bando con mimosa
-delicia; le riñe y le aconseja con familiares voces; su acento casi
-infantil, truncado y leve en aquel íntimo soliloquio, se aduna con los
-arrullos de las fugitivas y se pierde en el aire manso, que al roce de
-las alas se hace sonoro; el pañizuelo de la cabeza, caído a la espalda,
-descubre un rodete rubio, apretado y firme, rutilante sobre la nuca
-morena, como una corona de sol encima del trigo segal; mírase el cielo
-en los claros ojos, de un azul más profundo en esta hora; las rosas
-aldeanas en las mejillas arden con calor juvenil; la melada tez luce su
-fino vello de sabrosa fruta y muestran los labios, mórbidos y abiertos,
-unos dientes, duros, iguales, blanquísimos.
-
-Toda la figura de la joven, propicia al atavío regional, señora del
-paraje romancesco, sublimada por la fortaleza del sol, se yergue
-bellísima y extraña, con la silvestre dulzura de una roja flor de
-sangre y de salud, con el donaire rústico de la fuerte amapola,
-espontánea sonrisa del erial.
-
-Atónita _Mariflor_, cual si de pronto viera a su prima convertirse en
-otra mujer, sólo recordaba de sus recientes emociones la que incendió
-el copo de pluma dejando en el jubón de Olalla la estela de singular
-caricia.
-
-Un toque gemebundo y cansado resonó en el palomar desde las
-profundidades del edificio, y al romper el silencio estremeció a la
-moza ensalzada en la ventanuca.
-
-Cuando Olalla saltó diligente junto a su prima, parecía que hubiese
-perdido en un segundo el trono sublime de la belleza: en el lago azul
-de sus ojos ninguna expresión grande navegaba, un leve azoramiento
-físico rizaba apenas en las pupilas el sereno cristal; y en la plebeya
-boca, el gesto brusco y la placidez ausente daban aire de abandono
-y hastío a la maragata rubia. Quizá era su porte demasiado recio
-y su cara harto redonda; tal vez los pies y las manos fuesen muy
-varoniles... El copo de pluma había desaparecido de su jubón.
-
-—No te pongas el pañuelo—suplicó Florinda, viéndole hacer un vivo
-ademán para cubrirse la cabeza. Y Olalla, realizando su propósito sin
-replicar, lamentóse:
-
-—¡Las diez sonaron; tendré asurada la olla y la lumbre muerta!...
-
-Detrás de la débil puertecilla quedábanse la luz y los arrullos,
-el aroma agreste de los tálamos, la pura libertad de las alas, y
-_Mariflor_, a tiendas por los oscuros escalones, apretaba la mano de su
-prima, repitiendo:
-
-—¡Tienes unas trenzas tan hermosas!... ¿Por qué no las quieres lucir?
-
-—No se usa.
-
-—Ponemos esa moda tú y yo.
-
-—Para ti es diferente...
-
-—Estás mucho más guapa sin pañuelo.
-
-Se adensaba la oscuridad delante de sus pasos, como si la noche subiera
-del fondo de la casa, y un hálito frío sobrecogió a Florinda, recién
-bañada en sol.
-
-Por los penumbrosos corredores del piso bajo hicieron las dos mozas
-rumbo a la cocina, grande y poco alumbrada, con el llar humillado y el
-suelo de tierra; taburetes de roble, escaño vetusto, ahumados vasares,
-mesa «perezosa» y espetera profusa, decoraban la habitación: pendiente
-de las _abregancias_, a plomo sobre el llar, esplendía una caldera
-enorme.
-
-Como Olalla se abismase de hinojos, hurgando la lumbre, soplando en la
-ceniza y sacudiendo la olla reseca, dijo _Mariflor_, tímida y sonriente:
-
-—¿Y mi desayuno?
-
-—¡Cierto!... ¡Si hoy no sé lo que hago!—murmura Olalla,
-impacientándose entre los pucheros—. Mira, aquí tienes sopas... ¿te
-gustan?
-
-—¿Sopas?... ¿De qué?
-
-—De patatas.
-
-Una salsa con mucho pimentón subía hasta los bordes de menuda tartera.
-
-—¿Llamáis sopa a este guiso?—preguntó Florinda, colocando otra vez la
-tapa con pulcritud.
-
-—En el falaje de la tierra se dice así.
-
-—Pero ¡si hubiese otra cosa!—encareció la pobre ciudadana, mirando
-alrededor.
-
-—Del orco de chorizos puedes cortar.
-
-—No; algo ligero...
-
-—Chocolate, café ni cosas finas, eso no hay.
-
-—¿Y un poco de leche?
-
-—De las cabras, un poquitín para Tomás y Marinela..., pero te daré
-parte.
-
-—No, no; ya pronto es medio día: aguardo así.
-
-—¿Vas a fambrear, criatura?... ¡Y anoche apenas cenaste!... Los
-nuestros guisotes caldudos no te prestan; tú tienes otro enseño, ¡y
-aquí todo es tan mísero!...
-
-—Olalla, de rodillas, levantando entre el humo del hogar su cara
-bondadosa, adquirió nuevamente una expresión de cansancio y pesadumbre,
-que la envejeció de pronto, hasta semejarse su sonrisa a la de la
-abuela.
-
-—Me gusta todo; ya lo verás—pronunció _Mariflor_ entonces. Y probó
-heroicamente la sopa de patata.
-
-Se aventuró después en las habitaciones que aún desconocía, en el
-corral y el huerto, mientras Olalla, trajinadora, atizaba la lumbre con
-raíces de _urz_, hundida en la sombra cenicienta y humeante.
-
-Los tres dormitorios donde se repartían las mujeres y los niños,
-tampoco estaban muy aventajados de claridad: pequeños tragaluces
-cruzados de rejas, dábanles aspecto de prisión. Las camas, esponjosas
-y limpias, lucían sendos rodapiés de colores; era el piso de tabla,
-muy pobre el mueblaje, apretado y confuso. Una pieza que llamaban
-_estradín_, y que pudiera haber sido comedor, daba acceso al corral
-y a la cocina, y más luz a esta última que su ventana, pequeña y con
-cristales completamente ahumados, abierta sobre la silenciosa rúa en
-disposición contraria a todo intento de atisbo. A la misma fachada
-Norte correspondían la puerta principal y los tragaluces de los
-dormitorios. Abríanse al solano, sobre el corral y el huertecillo, la
-cuadra, corrida y profunda, el _estradín_ y el gabinete de _Mariflor_,
-encima se asomaban a la luz el colgadizo, la sala y el palomar.
-
-Así que en un periquete visitó Florinda las dependencias interiores,
-salió a la corralada y de allí pasó al huerto.
-
-Era verdad que tenían brotes los dos únicos rosales, precisamente
-al pie de aquella ventanuca parecida a la de un camarote. Un solo
-arbolito, que a la muchacha le pareció un peral, señoreaba el «vergel»,
-donde las berzas y los repollos, con las demás vulgares hortalizas
-caseras, bien cuidadas en simétricos cuadros, erguían el talante
-animoso a los rayos del sol.
-
-A la vera de árbol, un escañuelo convidaba a sentarse, y aunque
-las floridas ramas no fuesen muy frondosas, allí buscó la joven un
-refugio a su breve soledad; el perfume delicado de la yema en flor,
-el verde tierno de la rizosas legumbres, las débiles ondulaciones de
-los rosales y, en las pálidas orillas, las flores de la retama y del
-escaramujo escalando la sebe, todos los distintos semblantes del huerto
-ruín, tuvieron para _Mariflor_ una vida profunda en aquella hora.
-Sutiles emociones la turbaron; sobre la pobreza del paterno solar, la
-melancolía insondable del país y el oscuro misterio de las entrevistas
-existencias, la moza derramaba la ternura de su abundante corazón, con
-el firme propósito de amar y de sufrir... ¿Para merecer...? Sí, para
-alcanzar una dicha tan alta y tan ilustre que parecía un sueño, un
-imposible. Era preciso que ella, _Mariflor_ Salvadores, la niña mimada
-y consentida, conocedora de holguras y de halagos, arrostrase, fuerte
-y audaz, las privaciones y los sacrificios, para que Dios, en premio,
-la nombrara triunfalmente esposa de un artista, musa de un poeta...
-¿Por qué lado, por cuál camino milagroso llegaría a libertarla _Don
-Quijote_...? ¡Aún no levanta en sus hombros la cruz y ya la pobre
-soñadora se impacienta por la redención!
-
-Hacia el corral se oyeron unos pasos y Florinda estremecióse
-alucinante. Era Olalla, que desde el postigo sonrió, diciendo:
-
-—¡Qué esfrayadica te quedaste, rapaza!
-
-—¿No vienes?
-
-—Tengo que rachar unos tánganos, porque la lumbre no quiere arder.
-
-Y con gesto prometedor, algo pomposo, añadió alegre:
-
-—Al escurificar, de fijo recibes alguna visita.
-
-Quedó el anuncio ondulante en el espacio como una loca patraña contada
-por el viento. El cual, presentándose de súbito, llegaba jadeando, con
-la respiración férvida y mugiente, lo mismo que una bocanada de siroco.
-
-Se estremecieron en la falda sequiza del bancal las flores de retama
-y agavanzo; el hacha leñadora hendía troncos de brezos con premura
-al otro lado de la sebe, y algunos cendales de niebla empañaban el
-firmamento azul.
-
-_Mariflor_ pensaba confusamente en la posibilidad de que en aquellas
-casas que vió inclinarse bajo techumbres de cuelmo, hubiese cocinas
-oscuras y tristes huertecillos y mozas bellas...; quizá, también, gatos
-misteriosos y relojes ocultos, que de cuando en cuando hiciesen rodar
-en el silencio un gañido tremulante y una campanada rota...
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-VI
-
-REALIDAD Y FANTASÍA
-
-
-—A la rapaza forastera, ¿la nombráis _Mariflor_?
-
-—Nombrámosla.
-
-—Pues tengo para ella una carta aquí.
-
-Reposadamente, desde su caballo roano, luengo de crines y
-hundido de lomos, abrió el hombruco la remendada valija, sacó
-un sobre y leyó en él con lentitud: «León.—Señorita _Mariflor_
-Salvadores.—Astorga.—Valdecruces.»
-
-—Véla—murmuró, dándosela a Ramona.
-
-Como ésta llamase a la interesada, el tío Fabián Alonso esperó que
-saliera, y, a la luz falleciente del ocaso, la miró de hito en hito así
-que ella pareció sobre el fondo oscuro del umbral.
-
-—¡Guapa moza!—pronunció el viejo.
-
-Se iba, rumbo adelante, cuando volvió de pronto para decir:
-
-—¿Conociste «allá abajo» a Fermín Paz?
-
-—¿El tío Fermín, pariente nuestro, que vive en La Coruña?
-
-—Ese.
-
-—Sí que le conozco.
-
-—Es yerno mío.
-
-—Sea por muchos años—replicó solícita _Mariflor_, rasgando el
-sobre con un alfiler—. Y el cartero hizo dar otra media vuelta a su
-cabalgadura, que desapareció cansina en el turbio horizonte del camino.
-
-Ya en los dedos gentiles de la niña temblaba una esquela.
-
-—¿Es de tu padre?—preguntó impaciente Ramona.
-
-—Es—dijo la muchacha enrojeciendo al ver la firma—de un señor que
-venía con nosotras en el tren.
-
-—¿Y te escribe?
-
-—Prometió que «nos» iba a escribir.
-
-—¿Le conocías?
-
-—Le conocí entonces...
-
-Quedóse Ramona seria, un poco ceñuda. Era una mujer áspera, fuerte y
-triste; contaba apenas cuarenta años, y si alguna vez gastó hermosura
-no conservaba de ella el menor vestigio; tenía los senos derribados y
-marchitas las facciones: seca y dura de miembros, alta y silenciosa,
-inspiraba a Florinda un invencible temor.
-
-Sin saber qué actitud adoptar, con la carta entre las manos, fué la
-moza alejándose poco a poco por el pasillo. Ya en su aposento, de
-pie sobre una silla para recibir la muriente claridad de la empinada
-ventanuca, leyó la esquela, que empezaba en prosa con mucha galanía, y
-terminaba en verso, enamorado y sutil. Decía de esta suerte:
-
-«_Mariflor_ preciosa: ¿Se acuerda usted de nuestra dulce amistad? ¿Se
-acuerda usted de nuestra triste despedida? Una semana ha transcurrido
-desde entonces y aún se me resiste la certidumbre de aquel encuentro
-dichoso, de aquella brusca separación. ¿Fué realidad o fantasía? De
-ambas cosas se vale el amor para rendirnos: los grandes amores son el
-hallazgo en la realidad de las venturas imaginadas.
-
-»Dormida la conocí, _Mariflor_, y aún me parece, cuando cierro los
-ojos, que la veo dormir, que «la siento» soñar. Usted y el sol
-amanecieron a un tiempo en la divina mañana de nuestro viaje; pero
-aunque fué tan hermoso el despertar del día, vi que era usted mucho más
-bella que la aurora. Bendito el sueño aquél y bendita la jornada que me
-hicieron gozar de una alborada tan espléndida. ¡Qué símbolo más noble!
-La vida es viaje y sueño: el amor despertar, amanecer...
-
-»Y volver a vivir lo ya soñado y prometido. Quizás en vez de un
-hallazgo sólo sea un reconocimiento. La imagen de usted se me reproduce
-en la memoria como trasunto de otra imagen: la de una niña que en la
-playa de Vigo conocí hace años y a quien por rara sugestión no he
-podido olvidar. Escríbame usted diciendo si se acuerda de haberme visto
-antes de ahora; si presiente que nos volveremos a ver pronto. Yo la
-escribiré mucho, si usted me lo permite; la mandaré muchos versos; iré
-algún día a Valdecruces...
-
-»No es nueva, no, nuestra amistad: el nombre de usted, su voz y su
-semblante despiertan en mi alma el recuerdo de otra dulce entrevista,
-las sensaciones imborrables de otro feliz encuentro...
-
- Tal vez un día en la niñez dichosa
- me miraste, al pasar, como una hermana...
- ¿No eras tú aquella niña primorosa,
- morenita y gitana,
- que me besó en la frente, y en mis cabellos rubios
- puso sus manos blancas?
- ¿No te acuerdas?... Riendo me dijiste
- al darme el beso aquel: ¿Cómo te llamas?
- Y al escuchar la blanda melodía
- de tu pregunta, me nacieron alas,
- sentíme ciego de emoción, y el cuento
- de mi junquillo se tornó en aljaba.
- Y una voz en los aires repetía:
- —Soy el amor que pasa,
- el niño amor que encontrarás un día
- tras de las tempestades de tu alma...
-
-Sobre la última frase feneció la luz con tales agonías, que _Mariflor_
-leyó el nombre del poeta sólo con el pensamiento, cerrando lentamente
-los ojos atormentados en la lectura por la escasez de claridad. Bajo
-las pestañas espesas tornáronse entonces visionarias las pupilas,
-y persiguieron en remoto confín la figura de un niño ledo y rubio,
-con alas y linjavera como el dios amor. ¿Era Rogelio Terán? ¿Era
-una cándida imagen de la fantasía, un recuerdo traído a la tierra
-misteriosamente desde otro mundo, desde otra existencia olvidada
-y oscura? ¿Tornaría alguna vez el viajero para llevar consigo a
-_Mariflor_?
-
-Clara luz de estas firmes ilusiones era la visión continua de unos ojos
-azules, pensativos y ardientes... Tenía Florinda la certeza de haberlos
-contemplado desde el fondo de su alma, no una vez sola, sino muchas, al
-través de toda su vida, quizá en la cara apacible de un niño rubio, en
-el semblante audaz del mozo marino que tantos días la miró en el muelle
-coruñés, en el rostro varonil del viajero artista que la dijo tristezas
-y amores con fina voluntad una mañana...; ¿dónde, dónde había visto
-muchas veces aquellos ojos claros y profundos?
-
-—¿Estás aquí?—preguntaba Marinela entrando pasito.
-
-Escondió Florinda el billete en el jubón y tendió a su prima la mano
-respondiendo negligente:
-
-—Aquí estaba...
-
-—¡Qué tenebregura! No te veo.
-
-Entonces _Mariflor_ se hizo buscar, agazapada y juguetona, hasta que la
-chiquilla, zarandeándola suavemente, murmuró contenta:
-
-—No me espasmas, no—. Y su voz infantil adquirió grave acento para
-anunciar:—Ahí está don Miguel, que viene a visitarte.
-
-Había quedado la témpora de Sur; el ábrego caliente zumbaba en
-la llanura y plegaba sus ropajes sonoros contra los hormazos de
-las «cortinas» y los adobes del caserío: desde el pajonal de las
-techumbres, el bálago, dócil, tendía en los aleros su despeinada
-cabellera rubia.
-
-En el _estradín_, la tía Dolores y Ramona recibían cortésmente al
-párroco de Valdecruces, mientras Olalla en la cocina daba de cenar a
-los niños. La comunicación con el corral estaba abierta como en el
-estío, y el quinqué de petróleo, encendido en honor del señor cura,
-ardía resguardándose del viento, cuyas ráfagas ondulantes henchían en
-pompa el arambel de la puerta, resto sin duda de más prósperas jornadas.
-
-En rústico sillón, ni cómodo ni firme, se aposentaba junto a la camilla
-don Miguel Fidalgo. Era un sacerdote mozo y arrogante: recién terminada
-su carrera había recibido la parroquia de Valdecruces, hasta que un
-concurso le permitiese ganar en oposición otra más lucratitiva y bien
-dispuesta para lucir sus dotes, las cuales eran muchas y raras.
-
-Cursó este joven sus estudios en aquel seminario famoso donde se
-alcanza autoridad preponderante en las sagradas letras: fué seminarista
-en Villanoble, cuyas aulas, al decir de obispos y teólogos, suplen a
-las célebres escuelas de Roma.
-
-Tenía don Miguel los ojos pardos, de color de canela, grandes y
-bondadosos. No era de esos curas tímidos que miran a las mujeres de
-soslayo, con una cortedad invencible, muchas veces por los hombres
-malignos interpretada como hipocresía; él miraba a mozas y a viejas
-en los ojos, con los suyos serenos y muy dulces; hablábales con
-cariño, mezclado de triste y profunda compasión, y lo mismo su frase
-alentadora que su mirada penetrante, gozaban el privilegio de remansar,
-como dentro de un lago, las aguas pacíficas de la mansedumbre, en la
-llanura abierta y desolada de aquellos corazones femeninos. Al igual
-de los ojos, todas las líneas del rostro y continente denotaban, con el
-apellido, la hidalguía de don Miguel.
-
-Al entrar _Mariflor_ en el _estradín_ la miró el sacerdote muy
-despacio, y sus claras pupilas se detuvieron mucho en la inquietud
-que revelaron las de la moza, ya extasiadas en sutiles arrobos, ya
-impacientes en vagas incertidumbres, mudas o locas, siempre febriles y
-palpitantes. Los ojos de aquella mujer le dejaron al cura algo perplejo.
-
-Rodó ceñida y afectuosa la conversación, durante la cual hizo el
-párroco a la forastera no pocas preguntas, para sacar en limpio que a
-la niña le gustaba Valdecruces, «aunque todo le parecía allí un poco
-triste»; que esperaba buenas noticias de su padre, y que admitía con
-carácter de provisional y poco duradera su estancia en el pueblo.
-
-Esto último no lo dijo Florinda claramente, ni tal vez lo pensaba de un
-modo definitivo y razonado; era una esperanza que su ingenuo palique
-dejaba traslucir en la prolongación suave de los silencios, al separar
-las palabras con hilos invisibles de ilusiones, en la rara dulzura
-de las frases tendidas con secreto placer hacia lontananzas alegres,
-y, sobre todo, en la audaz palpitación de las pupilas, centelleantes
-o adormiladas, pero reveladoras de un tumulto de visiones, como esas
-aguas oscuras y fuyentes de los ríos norteños, donde nubes, luna y
-estrellas, galopan con arrebato en las noches apacibles.
-
-Atento el sacerdote a estas recónditas particularidades, no parecía
-desconocer en absoluto en qué bancos y quebraduras del corazón humano
-suelen embravecerse o desmayar las silenciosas aguas del sentimiento,
-antes de asomarse a los ojos, imaginarias y calenturientas; si no
-acertó que Florinda guardaba en el jubón un mensaje amoroso, no anduvo
-lejos de sospecharlo.
-
-Ella, por su parte, aprendía cómo aquel tío suyo, que adoleció del
-pecho en Villanoble, estudiaba en el Seminario con don Miguel, y siendo
-ambos nacidos de la misma tierra castellana, la juvenil amistad que
-establecieron duró firme entre la familia del estudiante difunto y el
-que, con el tiempo, se vino a convertir en párroco de Valdecruces. Y
-pensó la niña entonces, con acelerada emoción, que aquel cura sonriente
-y afable conocería, de seguro, los azules ojos, tristes y lejanos, que
-la hacían soñar...
-
-Entró Olalla con paso macizo, volviendo atrás la cabeza para decir:
-
-—¡Vamos! Dad las buenas noches.
-
-Los rapaces se acobardaban zagueros, arrastrando los pies.
-
-Pedro, el mayor, venía delante, con la cabeza gacha y el rostro
-encendido; era un zagalote de trece años, robusto y humilde, sin
-sombra alguna de malicia en los garzos ojos; tenía las facciones
-vulgares, sollamada la piel y el cabello rubio; una expresión de bondad
-ennoblecía su cara al sonreir.
-
-Los dos pequeños llevaban también la frente sumisa, y ambos la mano
-derecha entre la boca y las narices. Les sacudió su madre un cachete a
-cada uno en los dedos pellizcadores, obligándoles a levantar la cabeza.
-Y mostraron, con abrumadora timidez, las pupilas cambiantes entre el
-gris pálido y el azul desvaído; las líneas del rostro, ordinarias
-como las de Pedro; la cabellera dorada y fosca; el color saludable y
-atezado, y una graciosa candidez en la cobarde sonrisa.
-
-Vestían los tres con pobreza, sin nota alguna regional los varones.
-La niña llevaba un refajo rojo hasta el tobillo, como las mujeres
-del país lo usan también para las faenas campesinas, un jubón pardo
-y un delantal de cretona; a la espalda le caía un pañuelo, sin duda
-destinado a cubrir la cabeza.
-
-—Ya sé, ya sé—les dijo el señor cura acariciándoles—que cantáis el
-himno del Sagrado Corazón muy lindamente.
-
-Volvieron a ocultarse las caritas de Carmen y Tomás, y las manos
-hurgoneras volvieron hacia el frecuentado camino de las narices. Se
-repitieron los mojicones de Ramona, empeñada en conseguir que los niños
-hablasen a don Miguel mirándole de frente, «como Dios manda». Pero
-Carmen no dijo «esta boca es mía», y el nene rompió a llorar.
-
-—¡Mostrenco! ¿No te da un rayo de vergüenza?—decía la madre
-zarandeándole brusca—. ¿Es propio de la hombredad llorar así?
-
-Mientras el párroco aseguraba, conciliador, que Tomasín y Carmen eran
-unos coristas sobresalientes y que en el mes de junio entonarían en
-la iglesia el himno con los demás colegiales, inclinóse Olalla sobre
-su hermano hasta quedar casi de rodillas en el suelo; le atrajo, le
-secó las lágrimas y otras humedades afines, y le hizo a «escucho» una
-promesa.
-
-—¿También a mí?—murmuró Carmen callandito.
-
-—A los dos—aseguró la hermana, rodeando el talle de la niña con el
-otro brazo.
-
-Y _Mariflor_, al ver un instante ambas cabecitas inocentes refugiadas
-con regalo en el seno de la moza, recordó al punto aquella dulce
-caricia en que el pichón recién nacido perdiera un copo de pluma...
-
-—Van a cantar—anunció Olalla, levantándose alegre. Y ella misma
-colocó a los niños cara a la pared sin que nadie más que la forastera
-se asombrase de la extraña actitud. Así cantaron, mirando al suelo, de
-espaldas al auditorio: las voces tiernas, impregnadas de rubor y de
-humildad, tenían un entrañable sentimiento alabando al divino Corazón
-de Jesús; al truncarse en los acentos infantiles, el himno, más que
-lauro, semejaba una tímida querella.
-
-Volvióse el cura hacia _Mariflor_ para explicarle:
-
-—Aquí los niños son tan vergonzosos, que siempre cantan o recitan sin
-que se les vea la cara.
-
-Muda de asombro y de emoción asintió la joven con una sonrisa. Y en los
-ojos claros de don Miguel quedó temblando como en un espejo la imagen
-de aquella femenina sensibilidad, insólita en el _estradín_ de la tía
-Dolores.
-
-Sin embargo, allí cerca se bañaba en ansiedades el corazón de
-otra niña, mas en tan sagrativo silencio, que ni el mirar ni el
-sonreir delataban en el rostro de Marinela emociones ocultas. Y fué
-verdaderamente sugestiva la prontitud con que el sacerdote se volvió
-hacia la zagala buscando en las ondas latentes del sentimiento el
-rastro febril de aquel espíritu.
-
-Ya los nenes habían terminado su canción y dicho «buenas noches» en voz
-queda, como un soplo: besaron los tres la mano del cura y se fueron a
-dormir escoltados por Olalla.
-
-Mecíase la abuela al compás de un leve ronquido, acurrucada en su
-escañuelo, con los brazos cruzados y la frente caída hacia adelante.
-Ramona había cabeceado con disimulo al son del himno devoto.
-
-El párroco, fijos los ojos en Marinela, preguntó:
-
-—¿Qué me cuentas tú?
-
-—Nada, señor—apresuróse a responder la niña—. Pero la madre,
-espabilada y pronta, se lanzó a decir:
-
-—Regáñela, don Miguel; vea cómo enmagrece, amarrida y tribulante como
-si la hubieran maleficiado.
-
-—¡Si estoy buena!—balbució muy confusa la zagala.
-
-—Diga que miente—siguió diciendo Ramona, puesta en pie, agria y
-rústica, manoteando junto a la mozuela, que temerosa se empequeñecía
-en su rincón—. Diga que le va a costar muy cara la libredumbre en
-que vive; ya con los quince años cumplidos no la podemos sacar de la
-escuela sin que llore, ni sabe hacer más que embelecos de flores y
-puntillas: ha de casarse sin ánimos para gobernar los atropos de una
-casa, cuanti más para salir al campo...
-
-—No será menester—interrumpió el cura blandamente.
-
-—Píntame que sí—repuso la madre—. Y luego, menos iracunda y más
-triste, añadió:—Esas caminatas a Piedralbina le hacen mal, señor;
-la comida trojada le da secaño, y por la tarde llega con trueques y
-sudores como si fuera a morirse. Mírela cómo desmerece: poco le halta a
-Carmica para abondar tanto como ella.
-
-Era cierto; la pobre zagala, menuda y gentil, parecía doblarse al peso
-de pertinaz quebranto, y la palidez de sus mejillas daba la conmovedora
-impresión de esas rosas tenues que esperan el viento de la noche
-para deshojarse. El color claro de los ojos celtas era casi verde en
-los de esta niña, y ofrecía matices profundos, como aguas de mudable
-coloración que reflejan los tonos distintos y movibles del follaje.
-Perfecto el óvalo de la cara, prestaba una dulzura angelical a todas
-las facciones de Marinela, no muy finas pero armoniosas y subrayadas
-por la singular expresión de la sonrisa, rictus amargo y dulce al mismo
-tiempo, sorprendente en aquella boca infantil, llena de candor. El
-traje de maragata, adulterado y tosco, parecía oprimir con fatiga el
-débil cuerpecillo y derrengar las caderas con los pliegues abrumadores;
-bajo el pañuelo ceñido a la frente se desfallecía, igual que mies
-en sazón, una cabellera pesada y rubia como el oro: toda aquella
-incipiente doncellez tenía un flébil aroma de fracaso, una tristeza
-inexorable a los estímulos de la juventud.
-
-—Yo bien quisiera darle pan dondio y otros aliños—decía Ramona,
-áspera y conmovida la voz—; yo bien quisiera dejarle hacer su gusto;
-pero en casa, dentro de la pobreza, tendría más descanso y más cuido;
-el puchero estovado, la solombra gustable... Mire: sémblase ya a la
-otra rapaza que adoleció de una manquera, triste y sin remedio, a los
-mismos quince años.
-
-Y adelantándose la mujer, alzó con la mano la barbilla de la joven.
-
-Deseando el cura remediar el oscuro desconsuelo de la madre, dijo con
-sutil agasajo:
-
-—A quien se parece es a su prima _Mariflor_.
-
-—Esa está acrianzada de otra manera—respondió Ramona con cierta
-acritud.
-
-Don Miguel, levantándose para despedirse, hizo prometer a las dos
-niñas que al día siguiente, domingo, después de misa mayor, irían a
-verle: necesitaba hablar mucho con Marinela, y un poquito, también, con
-Florinda.
-
-Rebullóse la abuela y masculló unas frases devotas: hablaba al
-sacerdote con mucho respeto, como si no le hubiera conocido estudiante
-rapaz.
-
-Acudió Olalla, requerida por su madre, y todas juntas escoltaron al
-huésped hasta la puerta de la corralada, la más próxima a la vivienda
-del párroco.
-
-Cálida era la noche, y un amago de tempestad mugía en el aire fuerte
-y oloroso, hurtador de bravíos perfumes al través de la rotunda
-paramera, de los huertos en flor, de las «aradas» abiertas en surcos de
-esperanza, o fecundas en la tardía preñez de los morenos panes: en la
-comba del cielo aborregado, brillaba una estrella.
-
-Antes de salir, cuando ya gemía el portón, preguntó don Miguel con
-alguna zozobra si había noticias de Buenos Aires.
-
-—No las hay—dijeron a coro las mujeres.
-
-—Cuando mi padre arribe, escribirá a menudo—añadió Florinda
-alentadora.
-
-—Sí; el señor Martín ha de tranquilizarnos—dijo el cura insinuante,
-al otro lado del umbral—. Y la capa henchida por el viento en la
-sombra, envolvió al joven apóstol en una nube negra a lo largo de la
-rúa...
-
- * * * * *
-
-Acostumbrado ya el oído a los grandes silencios de Valdecruces,
-Florinda percibió en la casa unos apagados rumores, apenas, al día
-siguiente, se asomó la aurora al ventanillo del camarín: poco antes
-habían cantado, con estridente son, un gallo y una campana.
-
-Vistióse la moza con mucha diligencia y se arriesgó audaz en la
-penumbra del pasillo. Al verla entrar en la cocina, le preguntó Olalla,
-atónita:
-
-—¿Por qué madrugas tanto?
-
-—No he podido dormir, y quería hablarte pronto.
-
-—¿Hablarme?
-
-—Sí; para que me cuentes muchas cosas que necesito saber.
-
-—¿Cuálas?
-
-—Espera.
-
-Había una grave resolución en el ademán contenido de Florinda, que
-llevaba las trenzas colgando, el jubón entreabierto y una ligera
-palidez de insomnio en el semblante. Prestó oído a un agudo reclamo que
-sonaba hacia el corral:—¡Pulas!... ¡Pulas!...
-
-—Es mi madre que llama a las gallinas para darles el cebo—dijo Olalla.
-
-—¿No irá a misa con la abuela, ahora?
-
-—En cuanto den el segundo toque.
-
-Como evocado por aquel aviso, el bronce de la parroquia volvió a tañer;
-al propio tiempo un gallo volvió a cantar, y en el cansado reloj de la
-abuela gimieron cinco profundas campanadas.
-
-Abrióse la puerta del _estradín_ y un bulto macizo se perfiló en la
-claridad: era la _Chosca_, que, en el escaño donde dormía, entre un
-cobertor y una albarda, buscó su delantal y su pañuelo.
-
-Poco después las tres mujeres tomaban el camino de la iglesia. Y en
-cuanto _Mariflor_ las sintió salir, dijo a su prima, que aguardaba
-curiosa:
-
-—Cuéntame: ¿es verdad que «no tenemos» con qué darle pan tierno a
-Marinela?... ¿Es verdad que somos tan pobres como tu madre dice?...
-¿Que tendremos que acudir a labrar las aradas como las más infelices
-criaturas?
-
-—¿Infelices?... ¿Pan tierno?...—repitió Olalla, con sonrisa aparente
-y boba.
-
-—No te rías, mujer. Dime si de veras somos tan desgraciadas.
-
-—Gastando salud...—arguyó la campesina con ambigüedad.
-
-—Es que Marinela no la tiene.
-
-—Ni mi padre tampoco; y hace más de tres años que no manda dinero. El
-tío Cristóbal se va quedando con las hipotecas... Ya casi nada de lo
-que ves nos pertenece.
-
-—¿Ni la casa?
-
-—La casa... entadía sí. Pero sobre ella debemos no sé cuanto.
-
-—Yo he venido engañada—murmuró con angustia _Mariflor_—. Yo supe que
-la abuela se había empobrecido, pero no que estuviese en estos apuros.
-Mi padre tampoco lo sabía; él no quiere que salgamos a trabajar; él nos
-dejó dinero...
-
-Aferrábase la moza al paternal apoyo, rebelde contra las fieras
-asechanzas de la desventura. Y oyó con espanto que confesaba su prima:
-
-—Cuando llegasteis, la abuela se lo dió todo al tío Cristóbal.
-
-—¿Todo?
-
-—Y aún no llegó para saldar los réditos.
-
-—Mi padre—repitió la muchacha, crédula y fervorosa—mandará más en
-seguida.
-
-—¡Pero, en el inter!...—lamentóse Olalla, como si de pronto,
-encruelecida, no quisiera dar tregua ninguna a tales ilusiones.
-
-Sintiendo rodar sus lágrimas, cubrióse _Mariflor_ el semblante con las
-manos, trémulas y gentiles.
-
-—¿Lloras?—dice la aldeana con pesar—. No tienes sufrencia, tú que
-saldrás luego de estas agruras...
-
-Y como nada responde _Mariflor_, añade persuasiva:
-
-—Tendrás un marido haberoso...
-
-—¿Un marido?
-
-—¿No te vas a casar este verano?
-
-—¿Yo?... ¿Con quién?
-
-—¿Con quién ha de ser, rapaza?
-
-—No, no; te equivocas.
-
-—Pero, ¿no sois gustantes Antonio y tú?...
-
-—¡Si no le conozco!
-
-—Es tu primo, criatura.
-
-—Aunque lo sea.
-
-—Deportoso y bien fachado.
-
-—No le quiero.
-
-—¿Qué dices?
-
-—Lo que oyes... Olalla, escúchame: a mí me gusta un poeta...
-
-Los ojos azules se dilatan en asombro inaudito, mientras _Mariflor_
-seca su llanto y refiere, con viva luz en las pupilas:
-
-—Es un caballero que vino con nosotras en el tren.
-
-—¿Le conocías?—pregunta Olalla lo mismo que Ramona había preguntado.
-
-—Le conocí entonces... He recibido ayer una carta suya; ¿te lo dijo tu
-madre?
-
-—Ni palabra.
-
-—Pues me la dieron delante de ella, y parece que se disgustó conmigo;
-acaso debí enseñársela... No me atrevo; tu madre no me quiere mucho.
-
-—Sí, mujer, te quiere; es ella de ese modo: ha perdido el humor con la
-muerte de sus hijos y la ruina de la hacienda.
-
-—¿Y debemos mucho al tío Cristóbal?—averigua _Mariflor_, otra vez
-afligida.
-
-—Dímosle en caución la casa por el último préstamo, y aún no le
-hemos pagado todos los haberes... A la abuela le queda, suyo, cuatro
-hanegadas, dos parejas, la cortina y el huerto.
-
-—¡Qué poco, Dios mío!
-
-—¡Si de «allá» mandasen!...
-
-—Sí; mandarán—aseguró Florinda con fe—. Pero, una cosa se me ocurre:
-¿por qué no acudisteis a Antonio antes que al tío Cristóbal?
-
-—Porque no vive el tío Bernardo, y la viuda ya sabes que es avarienta
-y no nos tiene ley: quiere casar a su hijo con otra, contando que tú
-tienes caudal; conque, ¡si se entera de que estamos todos pobres!...
-Luego que os caséis, ya es diferente...
-
-—¡Si yo no me caso con Antonio!—repitió Florinda, ceñuda, bajo la
-vibración de su briosa voluntad.
-
-—¿Hablas de veras?... ¿Vas a coyundarte con un forastero?
-
-—Con uno que me guste.
-
-—Será hacendado—repuso Olalla con aplomo.
-
-—No lo sé, ni me importa. Tiene un mirar que penetra en el corazón, y
-sabe escribir libros.
-
-—¿En romance?
-
-—De todas las maneras.
-
-—Eso parece cosa de trufaldines—murmura la campesina con desdén.
-
-—No te entiendo.
-
-—De figurones, los que hacen las farsas por «ahí»—, y el despectivo
-ademán de la moza se extiende amplio, como si pretendiese abarcar el
-mundo que se explaya fuera de Maragatería.
-
-—¡Qué sabes tú!—arguye _Mariflor_, también desdeñosa—. Mas, de
-repente, reprime su orgullo y gime desalada:—¡Ayúdame, por Dios!
-
-La prima no se conmueve; absorta, alza los hombros, como si no
-entendiera aquel lenguaje vehemente y dulce.
-
-—¡Olalla, no me abandones!—suplica _Mariflor_ con las manos juntas.
-
-—¿Pero qué, rapaza?
-
-—No te enfades conmigo tú también; no hables nunca de que me case con
-Antonio.
-
-—En ese entonces, nos abandonas tú...
-
-—¿Cómo?
-
-—Sí; con la boda—dice Olalla, elocuente de pronto, lógica y
-persuasiva—, la situación de la abuela podía mejorar, salvarse, y la
-nuestra lo mismo; saldríamos todos de este sofridero.
-
-—Mi padre nos salvará—interrumpe Florinda.
-
-—A eso fué el mío, y... ¡ya ves!—protesta la aldeana—estamos cada
-día peor. Y con este malcaso tuyo... ¡tendrá que venir la santiguadora
-a desbrujarnos! El primo—añade, viendo a la rebelde aturdida—había de
-tenerte como a una visorreina... Manejarías a rodo los caudales...
-
-—¿Tiene tanto?—pregunta _Mariflor_ maquinalmente.
-
-—Un multiplicio de capital que pasma.
-
-—Pues si es rico y es bueno, a pesar de su madre, nos querrá
-favorecer... aunque yo me case con otro. Se lo pediré yo; se lo pediré
-de rodillas.
-
-La maragata rubia mueve la cabeza con incredulidad.
-
-—Es un mozo correcto y caballeril—afirma—; pero, si rompes la boda,
-nos dejas a la rasa.
-
-—¡Cásate tú con él!—prorrumpe _Mariflor_.
-
-—Con mis padres no pactaron los suyos; a mí no me quiere—dice Olalla,
-con la voz empañecida y el semblante arrebolado.
-
-Y en el silencio penoso que se establece entre las dos mozas, una
-campanada hace vibrar su metálico temblor.
-
-—¡Las cinco y media!—balbuce Olalla, casi con espanto—. Tengo que
-hacer la lumbre y los almuerzos.
-
-—Váse hacia el llar con impulso repentino, pero _Mariflor_ la detiene,
-la abraza por la cintura, y, mirándola en los ojos con afán indecible,
-implora otra vez:
-
-—No me abandones; tú me puedes ayudar mucho.
-
-—¡Ten compasión de mí!
-
-—Y tú—repite la campesina—, ¿la tendrás de nosotros?
-
-—Sí; te lo juro: trabajaré contigo, haré lo que me mandes, seré fuerte
-y resignada.
-
-—Pero... ¿la boda?...
-
-—¿Con el primo?... No, no... Yo buscaré por otro lado la salvación
-de la hacienda, si de mí depende que la perdáis: quiero haceros mucho
-bien; y tú, en cambio, serás la protectora de los amores míos... ¿Lo
-serás?
-
-Con tanta dulzura se posan las meladas pupilas en los ojos azules, con
-tales inflexiones de cariño y vehemencia dice la voz suplicante, que
-Olalla, incrédula todavía, transige un poco:
-
-—¡Si por otro camino no pudieras valer!
-
-—Sí, sí... haré un milagro.
-
-—¡Qué aquerenciada estás, criatura!—exclama la campesina, sonriendo
-al fin.
-
-—¡Ya te pusiste contenta!... ¡Cuánto te quiero! Ya eres otra vez mi
-amiga, mi hermana... ¡qué alegre estoy, a pesar de todo!
-
-Y _Mariflor_, con los ojos llenos de llanto y la boca llena de risa,
-añade en íntimo «escucho»:
-
-—Te enseñaré la carta: ya verás qué preciosa escritura.
-
-—Tengo que hacer la lumbre—insiste la prima.
-
-—Luego la leeremos callandito. Ahora mándame algo: a ver, ¿qué quieres
-que haga?
-
-—No, mujer; necesitas alindarte para la misa mayor.
-
-—Como tú; primero he de trabajar en cosa de fuste, que te sirva de
-alivio. ¿Qué hago? Dime.
-
-Ante una insistencia tan ferviente, concede Olalla:
-
-—Sube a cebar las palomas.
-
-Y cuando _Mariflor_ corre, satisfecha del mandato, la maragata rubia
-insinúa con tímidez:
-
-—Hay que limpiar la palomina de los nidos, del suelo y las
-alcándaras...
-
-—Todo, todo en un periquete—responde ya de lejos la dulcísima voz.
-
- * * * * *
-
-Mas la promesa de Florinda no fué tan cumplidora en prontitud como en
-esmero, porque así que la joven se halló en el palomar, sintió mucha
-sed de aire y de luz y trepó a saciarse, de bruces en la ventana. Ya
-las palomas la conocían y acordaban arrullos para ella. Tendióles sus
-dos brazos _Mariflor_, ebria de un loco impulso de abrazar, triste
-y feliz, rebosante de angustias y esperanzas. Todos los familiares
-infortunios subían en marejada tempestuosa a estallar en su pobre
-corazón, apasionado y ardiente. Exaltada por el nuevo sentimiento que
-albergaba en él, la niña admitió fácilmente la idea de que su destino
-en aquella casa fuese el de redentora; imaginó que Dios ponía en sus
-frágiles manos el timón de la nave familiar, sin rumbo en la miseria
-del país. Y abrazando en las mansas palomas a su naciente amor, creyó
-en el milagro que esperaba para salir triunfante de su arrebatada
-empresa. Otra vez la silueta confusa de un Don Quijote singular, con
-lentes y aljaba, se adelantó en el campo de la más abundante fantasía,
-para ofrecer liberaciones, paz y venturas a la muchacha en un mensaje
-que empezaba así:—_Mariflor preciosa..._
-
-El repetido golpe de un bastón sobre la tierra y el cascajo de una
-tosecilla en la calzada, sacaron a la moza del ensueño y, empinándose
-en su observatorio, vió pasar renqueante a la tía Gertrudis, una vieja
-con fama de bruja, la primera persona ajena a la familia a quien
-_Mariflor_ conoció en Valdecruces. Fué la tarde en que Olalla había
-anunciado que llegarían visitas al «escurificar»; apenas sonó en el
-portón una recia llamada, corrieron a abrir, y cuando en el umbral
-preguntaron con voz rota por la forastera, una ahogada exclamación de
-miedo acogió a la tía Gertrudis.
-
-—Es la bruja—musitaron los nenes al oído de Florinda—; espanta la
-leche de las madres y hace mal de ojo a las zagalas.
-
-—Eso no se dice, es pecado—protestó Marinela, palideciendo a pesar
-suyo.
-
-Y Olalla, con el ceño fruncido y el aire hostil, abrevió la visita todo
-lo posible.
-
-Antes de marcharse, la vieja, después de hacer muchas preguntas a
-_Mariflor_, acercóse a mirarla de hito en hito.
-
-—Para dañarte—murmuró Pedro.
-
-—Porque es ceganitas—disculpó Marinela.
-
-Y la mujeruca, présbita y sorda, encorvada y jadeante, masculló una
-trémula despedida en el hueco sombrío de su boca sin dientes.
-
-Cuando hubo desaparecido, contó Marinela que la tía Gertrudis, siendo
-moza, quiso casarse con el abuelo Juan, y como él y su gente la
-desdeñaron y ella no halló marido, dieron en decir que por venganza les
-hacía mal de ojo, que por ella al tío Juan se le morían los hijos y
-hasta los nietos picados del «arca», allí donde apenas se conocía esa
-terrible enfermedad...
-
-—Del andancio de las reses y de la quebrantanza de las cosechas
-también tiene la culpa—añadió Pedro, rencoroso.
-
-Y Marinela repitió apacible:
-
-—Don Miguel ha dicho que es pecado creer eso, que sólo en broma se
-puede hablar de brujas. La tía Gertrudis—añadió la zagala con benigno
-elogio—no se mete con nadie; ¡es tan pobretica y tan vieja!... Sabe
-historias de aparecidos, de príncipes y santos, y en los filandones
-divierte mucho a la mocedad...
-
-Evoca Florinda tal escena al paso torpe de la quintañona, y mientras
-se extingue el soniquete de la cachava a lo largo de la calle, remueve
-la niña en tropel los recuerdos de todas las desventuras que derrama
-el destino sobre la descendencia del tío Juan: miseria, expatriación,
-enfermedades, muertes...
-
-Aquel primer homenaje que recibió en Valdecruces, a media luz, entre
-miradas insidiosas y frases oscuras, lo recuerda _Mariflor_ como un
-augurio que la hace estremecer. Huye de seguir contemplando la sombra
-enemiga que aún se columbra en la calzada, y atisba el horizonte en
-persecución de otra más dulce imagen.
-
-Una niebla morada baja del cielo o sube del erial, borrando límites
-y extensiones, ofreciendo viva semejanza con las brumas del paisaje
-marino en turbias mañanas de cerrazón.
-
-Rechazada Florinda por la esquivez de aquel semblante, vuélvese a
-buscar el apetecido resplandor alegre dentro de la propia alma; y
-derramando su crecida exaltación en delirio de frases, dirige un devoto
-discurso a las hermanas palomas, al hermano viento y al ausente padre
-sol.
-
-En la borbollante plática que fluye de los rojos labios como un río
-de miel, se mezclan improvisaciones ajenas a la brisa, a la luz y a
-las aves; palabras inseguras, balbucientes, en las que se esconde y
-torna la enamorada voz, para componer el trozo ingenuo de una epístola,
-divagando así:
-
-—«Muy señor mío...» (No; es poco...) «Amigo inolvidable...» (Es
-mucho...) «Estimado...» (¡Uf, qué cursi!... El encabezamiento ya
-lo discurriré...) «Recibí su carta...» (Bien; todo esto es fácil.
-Después): «Tengo idea de haber encontrado en Vigo un nene muy mono con
-los ojos azules y el pelo rubio: llevaba alitas y flechas, y nos dimos
-un beso...; ¡pero me parece que era en carnaval!... De todas maneras,
-yo le he visto a usted en alguna parte: haré memoria... Con mucho
-placer recibiré sus cartas y puede usted venir cuando guste. Aquí hay
-un cura que estudió en Villanoble y a quien debe usted de conocer: se
-llama don Miguel Fidalgo. Los versos, muy preciosos. Sin más por hoy,
-se repite de usted amiga y servidora...»
-
-Al través de las perplejidades y temores, el gozo y la esperanza
-alumbran el semblante de la niña.
-
-Y rota de repente la niebla, álzase ardiendo el sol en la llanura como
-hostia gigante sobre un ara colosal.
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-VII
-
-LAS SIERVAS DE LA GLEBA
-
-
-EL «crucero» es un punto céntrico del lugar, donde convergen cuatro
-calles, anchas y silenciosas, de edificios ruines con techados de
-cuelmo, pardos y miserables como la tierra y el camino: una gran cruz
-labrada toscamente, ceñida en el suelo por un amago de empalizada,
-corrobora el nombre de la triste y muda plazoleta.
-
-Por allí pasa _Mariflor_ tempranito en esta mañana azul y blanca del
-mes de Abril: va la moza vestida con el mismo traje vistoso con que
-llegó a Valdecruces hace pocas semanas; pero no es tan fino su calzado
-como aquel que traía, ni es tan lindo el pañuelo de su talle.
-
-Camina muy diligente al lado de la abuela, que disimula sus «tres
-veintes» y diez años más—como ella dice—siguiendo con tesón el paso
-firme y ligero de la niña.
-
-Al tomar ambas una de las cuatro calles, en el cruce, un zagal se
-aparece por la otra, silbando, con la cabeza gacha y el andar perezoso.
-
-—Es _Rosicler_, abuelita—advierte la muchacha.
-
-Levanta la voz y acorta el paso la vieja para decirle:
-
-—Dios te guarde.
-
-—Felices, tía Dolores y la compaña—contesta el mozalbete—. Y se para
-en seco, turbado y rojo, con visibles afanes de añadir al saludo alguna
-cosa.
-
-Es un maragato que contará hasta diecisiete primaveras, cenceño, de
-regular estatura, ojos garzos, tez soleada y boca infantil; tiene el
-genio cobarde, el humor alegre, la inteligencia calmosa y el corazón
-sano: le llaman _Rosicler_ porque era desde niño risueño y galán.
-
-—Mucho se madruga—declara al cabo de sus vacilaciones, que hacen a la
-doncella sonreir.
-
-—Mucho no, que ya son las ocho—replica la anciana; y añade con
-afabilidad:—¿A dónde vas, hijo?... ¿Solas dejaste las ovejas?
-
-—Sí, señora; voy a pedirle al amo una razón... Pero torno allá de un
-pronto; si vais a las aradas os alcanzo en seguida.
-
-—Pues aguanta, rapaz, que a las aradas vamos.
-
-Un instante detuvo el pastor embelesados sus tranquilos ojos en
-Florinda, y luego echó a correr con tal celeridad que no tuvo tiempo de
-oir la jocunda carcajada de la moza. Puso la tía Dolores un dedo rígido
-sobre los labios en señal de silencio, y reprendió suavemente, algo
-escandalizada:
-
-—¡Niña, no te rías así!
-
-—Pero, abuela; ¿es la plaza un camposanto?... ¿No se puede reír en
-Valdecruces?
-
-—Tan recio no; ya te lo dije. Aquí no parece bien que las mujeres
-hagan ruido.
-
-—Pues lo que es los hombres no han de hacerlo... Como no sean
-_Rosicler_, el señor cura, el sacristán, el enterrador, y tres o cuatro
-carcamales...
-
-—Sí; ya no quedamos en el lugar más que los viejos, las mujeres y la
-rapacería—suspiró tía Dolores.
-
-Se extinguió la calle entre las sebes de algunos huertos mustios, y el
-camino, abriéndose de pronto a un horizonte vasto, mostró las pardas
-tierras movidas por labores recientes, abiertas y solitarias, con el
-cuajarón sangriento de algunas amapolas temblando entre las glebas; un
-viento blando y dulce besaba la llanura en silenciosa paz.
-
-Caminaron buen trecho las dos mujeres cuando las dió alcance
-_Rosicler_, a paso veloz, con la gorra en la mano y encendido el
-semblante.
-
-—Tardó en despacharme el tío Cristóbal—murmuró—; estaba durmiendo.
-
-—Estaría; que ya los años le pesan mucho: entró en los noventa y
-seis—dijo la abuelita, irguiéndose con arrestos juveniles ante la
-evocación venerable de tantos años vivos.
-
-Ella y el zagal siguieron hablando con mucha parsimonia, doctos y
-humildes frente al eterno problema de su vida ruda.
-
-—Era sobre el sirle mi recado, ¿sabe?—explicó _Rosicler_—. Tengo que
-levantar las cancillas y hube de preguntarle al tío Cristóbal hacia
-dónde correría el redil.
-
-—Y de «allá», ¿tuviste carta?
-
-—Ni carta ni señales... Mi hermano me había prometido que en el mes de
-San Pedro, al finar el ajuste, estaría todo a punto para embarcarme yo.
-
-—Aún falta tiempo.
-
-—Pero ya van cuatro meses que no escribe.
-
-—Yo también espero noticias... ¡Siempre esperando!
-
-—Del señor Martín, ¿verdad?
-
-—De los dos hijos que me quedan... Isidoro no está bien de salud—se
-condolió la anciana.
-
-—Ahora mi padre le cuidará—dijo Florinda.
-
-—¡Tu padre iba tan triste!
-
-La muchacha bajó la cabeza, murmurando:
-
-—Pero es muy animoso...
-
-Un gran silencio corría por la tierra; a naciente fulguraba el sol,
-enrubesciendo el horizonte, y en una lejanía remota alzábase la silueta
-del Teleno, pálida y confusa, como errante jirón de niebla o nube. De
-aquel lado venían al término de Valdecruces las tempestades asoladoras,
-las fatídicas _truenas_ del estío. Hacia allí miró Florinda cuando
-levantó la frente, mientras su abuela se llevaba a los ojos la punta
-del delantal, y decía _Rosicler_:
-
-—Hoy posa en Vigo «el barco»... Quizabes tengamos carta.
-
-Habíase estrechado la ruta, acosada por los arados terrones; sendas
-leves penetraban con misterio en el llano, fugitivas y embozadas, sin
-vegetación ni perfumes. De tarde en tarde algunos matojos descoloridos
-ofrecían un tropiezo en la vereda, erizados y adustos, como si se
-avergonzasen de la luz vernal.
-
-Llegaron los tres caminantes a la orilla donde una mujer jadeaba,
-aguijando, intrépida, su yunta.
-
-—Dios te ayude—le dijeron al uso del país.
-
-Y ella, de igual modo, respondió:
-
-—Bien venidos.
-
-—¿Son de usted las vacas, tía Dolores?—preguntó el muchacho.
-
-—Y tuyas.
-
-—¡Buenas yugadas rendirán!... ¡Miren que la silga!... No hay mejor
-pareja en Valdecruces.
-
-—Háylas, hombre, que el tío Cristóbal las tiene muy llocidas.
-
-—Pero no tanto—halagó el pastorcillo, fervoroso.
-
-Y sus devotas frases se posaban en _Mariflor_ con ingenua candidez.
-
-Ella, agradecida y sonriente, le interrogó:
-
-—¿De modo que tú también te quieres embarcar?
-
-—También. Considere que de pastor se gana poco.
-
-—Pero, ¿le dices de usted?—intervino la tía Dolores—. ¡Si tu abuelo
-y el suyo eran hermanos!
-
-—¡Como no la tengo tratada!...
-
-—¿Eso qué importa?—pronunció la niña—. Ya ves que yo te hablo con
-franqueza de parientes. Conque dime, ¿cuánto ganas?
-
-—Un duro al año por cada doce ovejas, la comida y alguna ropa.
-
-—¿Y el rebaño es grande?
-
-—Hogaño es más chico.
-
-—¿Dónde le tienes?
-
-—Vélo va.
-
-Y el pastor señalaba en el paisaje, raso, un punto quimérico para
-Florinda.
-
-—Yo no distingo más que cielo y tierra—murmuró la moza, entornando
-los ojos y haciéndose una pantalla con la mano.
-
-—Vélo... vélo ende—insistía _Rosicler_, lanzado a su dialecto por la
-propia fuerza y concisión de las palabras regionales—. Y con el brazo
-tendido hacia el lugar solano del horizonte, trazaba un ademán amplio
-y seguro, cobijador, que parecía descubrir a cada res, guardarla y
-bendecirla.
-
-—Pues ¡ni por esas!—lamentóse la muchacha, esforzándose para
-encontrar la pista del rebaño—. ¡Ahora!—exclamó de pronto—. ¡Ya,
-ya caigo!... Justamente; ellas son: unas vedijas blancas que van y
-vienen por allí... ¡Si en este mar de tierra parecen tus ovejas las
-espumas!... ¡Las crenchas de las olas, ni más ni menos!... Y para mayor
-embuste, entre el oleaje asoma un barco de vela. Mira, _Rosicler_.
-
-—¡Si es mi cama!—replicó el zagal, soltando la risa.
-
-—¿Cómo tu cama?... Pero, ¿tú duermes en un globo, ahí en mitad de la
-llanura?
-
-Siguió riendo _Rosicler_ ante la sorpresa de la moza y su ignorancia
-en materia de lechos pastoriles. Y como la mujer de la yunta había
-suspendido su palique con la tía Dolores, apresuróse ésta a explicar a
-Florinda de buen grado, minuciosa y elocuente, de qué artificio vulgar
-se componía aquel pobre camastro, que, como en aventuras quijotiles,
-tomaba _Mariflor_ por un lecho flotante y prodigioso.
-
-—Nada de eso, chacha; viene a ser como especie de pernales, con una
-tarima; igual que unas trosas, ¿comprendes?... Lo que desde aquí se
-distingue mejor, ablancazao, que se te figura la vela de un navío, es
-a manera de tabique para que el rapaz se acuche de la lluvia y de los
-vientos.
-
-Decía la maragata con firmeza, dando una entonación grata y solemne a
-la clave de aquel menudo secreto, posando en la muchacha los turbios
-ojos y la palabra persuasiva, con aire de iniciadora, como quien
-descubre a un neófito los ritos de un culto. No parecía aquella misma
-anciana que en el tren conocimos, vacilante y mustia, silenciosa y
-torpe, asomada a la vida como un espectro de otros siglos.
-
-Ahora, bajo este cielo fuerte y alto, en este paisaje sin contornos,
-llano y rudo, arisco y pobre, en esta senda parda y muda donde la
-tierra parece carne de mujer anciana; aquí, en la cumbre de esta meseta
-dura y grave, como altar de inmolaciones, tiene la vieja maragata
-aureola de símbolo, resplandor santo de reliquia, gracia melancólica de
-recuerdo; su carne, estéril y cansada, también parece tierra, tierra
-de Castilla, triste y venerable, torturada y heroica. Diríase que, en
-murmullo de remotas bizarrías, pasa con sigilo por la llanura un hálito
-ancestral de evocaciones, haciendo marco insigne a la figura legendaria
-de esta mujer.
-
-Florinda escucha absorta, con los ojos cautivos de aquel punto blanco,
-insurgente y gentil como una vela marina: no otra cosa parece en el
-horizonte el hinchado cobijo que flota sobre la cama del pastor.
-
-—¿Y duermes ahí todo el año?—le pregunta compadecida.
-
-—Desde que el tiempo abonanza—responde la abuela, mientras el zagal
-sonríe, orgulloso de merecer las admiraciones de la moza.
-
-Vuelve la obrera del arado a pasar cerca del grupo, afanosa y
-enfrascada en su labor.
-
-—Aguarda, Felipa—dícele de pronto la tía Dolores—. Voy a dar yo una
-vuelta; luego tú echas las tornas.
-
-—¡Pero, abuelita!—protesta _Mariflor_ suavemente—. Y ya la abuela,
-avanzando entre los terrones, blande la aguijada con muy airosa
-disposición y hace retroceder a la yunta mediante la voz usual:
-
-—¡Tuis... tuis!
-
-Los animales obedecen mansos, y la maragata hunde la «tiva» en el
-surco, sosteniéndola por la rabera con mano firme: brota un chorro de
-tierra, débil y roja, en la férrea punta del arado; gime la «gabia»,
-avanza la yunta y queda abierto al sol un pobre camino de pan.
-
-Sigue Felipa con mirada inteligente la estela que el trabajo marca en
-el suelo. Esta Felipa, ¿cuántos años podrá tener?
-
-—Cuarenta y cinco lo menos, piensa _Mariflor_, examinándola de reojo.
-Pero ella siente la mirada curiosa de la niña, vuelve el rostro
-indefinible, borrado, curtido por los aires y los soles, y al sonreir,
-complaciente, muestra una dentadura blanca y hermosa, que alumbra como
-un rayo de luz toda la cara.
-
-—Veintiocho años a lo sumo—corrige entonces la doncella, sorprendida.
-Y _Rosicler_, cándido y simple, por decir algo, le pregunta:
-
-—¿Tú no sabes arar?
-
-—No—contesta prontamente la muchacha.
-
-—Ya irás aprendiendo; es muy fácil.
-
-—Mi padre me lo ha prohibido—dice ella estremeciéndose, como si las
-palabras del pastor fuesen un augurio—. Y a mi abuela también—añade.
-
-Supone el zagal que ha cometido una indiscreción, y deseando borrarla
-con cualquiera interesante noticia, sale diciendo:
-
-—Ya llegaron mis ovejas a los alcores.
-
-De aquel lado tiende Florinda la mirada, y otra vez se confunde entre
-la llanura y el celaje, sin distinguir ribazo ni soto alguno: quizá
-tiene los ojos ensombrecidos por una triste niebla del corazón.
-
-Pero tanto señala _Rosicler_ y con tal exactitud «allí á man riesga
-del aprisco, una riba que asoma en ras del término», que _Mariflor_
-encuentra la remota blancura del rebaño, como nube de plata caída al
-borde del cielo azul.
-
-—¿Tienes muchas femias?—le pregunta Felipa al pastor.
-
-—Cuasi por mitades; hay otros tantos marones.
-
-Como la abuelita los halla distraídos a los tres, al terminar el surco
-sigue terciando con mucho brío. Y cuando _Mariflor_ lo advierte y la
-llama, ya va lejos, salpicada de tierra, con las manos en pugna y el
-cuerpo encorvado.
-
-—¡Oya, tía Dolores; que la llaman aquí!—vocea el zagal, deseoso de
-complacer a la niña—. Pero la anciana sólo acude al redondear la
-vuelta; y luego de hacer a Felipa algunas recomendaciones, dice que ya
-es hora de seguir el camino hacia la hanegada de Ñanazales: tercian
-allí también, y quiere dar un vistazo.
-
-—Y a la de Abranadillo, ¿cuándo voy?—interroga la obrera.
-
-—Está el terreno muy cargado; habrá que esperar un poco.
-
-—En cuanto vengan cuatro días estenos.
-
-—Justamente.
-
-—Creí que tenía en fuelga aquella hanegada—dice _Rosicler_.
-
-—No; antaño estuvo.
-
-Se despiden la vieja y la moza, en tanto que el zagal y Felipa, al
-borde de «la arada», murmuran a dúo:
-
-—Condiós...
-
-—Condiós...
-
-Y al catar el sendero, con rumbo a Ñanazales, Florinda, muy curiosa,
-averigua:
-
-—¿Cuántos años tiene esa mujer, abuela?
-
-Después de pensarlo mucho, bajo un pliegue pertinaz del entrecejo,
-responde la anciana:
-
-—Habrá entrado ahora en veintitrés.
-
-—¡Es posible!
-
-—¿Qué te asusta?
-
-—¡Si parece mucho mayor!
-
-—Ya tuvo dos críos.
-
-—¿Luego está casada?
-
-—¡Natural, niña! A su edad casi todas las rapazas se han casado aquí.
-
-—¿Pero con quién, abuela? ¡Si no hay hombres!
-
-—Viene el mozo de cada una, se casa y luego se vuelve a marchar.
-
-A los labios dulces de la muchacha asoma una ingenua observación, mas
-la contiene, la hace dar un rodeo malicioso, y pregunta con mucha
-candidez:
-
-—¿No ha vuelto el marido de Felipa desde que se casaron?
-
-—Sí, mujer; ¿no te dije que tienen dos criaturas?... Viene ese, como
-la mayor parte dellos, para la fiesta Sacramental; ¿cómo habían, si no,
-de nacer hijos?... ¡Se acabaría el mundo!
-
-_Mariflor_ extiende una mirada angustiosa por los eriales: cruzan
-ahora las dos mujeres unos campos en barbecho, donde apenas algunas
-hierbecillas brotan y mueren, baladíes, inútiles, fracasado barrunto
-de una vegetación miserable: la estepa inundada de luz, calva y mocha,
-lisa y gris, silente, inmoble, daba la sensación de un mundo fenecido
-o de un planeta huérfano de la humanidad.
-
-—¡Y este país—pensaba la moza con espanto—es el mundo, «todo el
-mundo» para la abuela, para Felipa y mi prima Olalla, para cuantas
-infelices nacieron en Valdecruces!... ¡Y aquí es menester que las
-mujeres tengan un hijo cada año, maquinales, impávidas, envejecidas por
-un trabajo embrutecedor, para que no se agote la raza triste de las
-esclavas y de los emigrantes!...
-
-La niña maragata no reflexiona en tales pesadumbres sin un poco de
-ciencia de la vida: conoce países feraces, campos alegres, pueblos
-felices, libros generosos, sociedades cultas y humanitarias. Sabe
-que al otro lado de la llanura baldía, de la esclavitud y de la
-expatriación, hay un verdadero mundo donde el trabajo redime y
-ennoblece, donde es arte la belleza y el amor es gloria, la piedad
-ternura, el dolor enseñanza y la naturaleza madre.
-
-Ha estudiado un poquito Florinda Salvadores en el semblante vario
-de las almas y de las cosas, por su lado bueno y alentador; de las
-costumbres cultas y de las libertades santas, bajo su aspecto femenino
-y misericordioso; ha cursado el arte de querer y de sentir, en la
-escuela del hogar propio, donde la madre de esta niña, inteligente y
-curiosa, fué maestra en amor y solicitud, y maestra también, por un
-honrado título, corona de aprovechada mocedad.
-
-Todo lo que sabe _Mariflor_ y aun mucho que adivina, que presiente y
-que busca por el ancho camino de ilusiones donde la ambición suele
-perseguir a la felicidad, se le sube ahora a los labios en un ¡ay!
-trémulo y ansioso.
-
-—¿Estás cansada?—le pregunta solícita la abuela.
-
-—No, señora—balbuce—; voy pensando que son muy tristes estos
-parajes, tan solos y tan yermos.
-
-—¡Jesús, hija, luego te amilanas! Algunas parcelas que ves, quedan de
-aramio para el año que viene; no todo es erial.
-
-—¿Y qué quiere decir «aramio»?... No lo entiendo.
-
-—Pues que ya llevó la tierra dos labores; pero es sonce el terreno y
-no se puede sembrar hasta que descanse.
-
-—Sonce, ¿significa malo?
-
-—Eso mismo. Ya vas aprendiendo la nuestra fabla.
-
-—Algo me enseñó mi padre, que le tenía mucha ley.
-
-—¿Enseñar?... Él lo iba olvidando. ¡Como no casó en el país!
-
-Hay un dejo de amargura en esta observación; pero la vieja, adulciendo
-al punto sus palabras, dice muy cariñosa:
-
-—Por aquí, todo a la derechera, llegamos pronto a Ñanazales, y en
-redor verás cuántos bagos con gentes y yuntas; es tierra labrantía. Al
-otro lado del pueblo ya está madurando la mies.
-
-—¿De trigo?
-
-—No, hija, no: de centeno. Aquí el trigo apenas se da.
-
-—¿Y nunca tenéis pan blanco?
-
-—Nunca—. Y añadió la maragata un poco secamente:—Pero nos gusta lo
-moreno.
-
-—A mí también—se apresuró a decir, sumisa, _Mariflor_.
-
-La abuelita ponderó entonces jactanciosa:
-
-—Recogemos, además, cebada, nabos... y en algunos huertos, muestra de
-trigo.
-
-No pudo la moza menos de suspirar otra vez ante la mención ufana de tan
-ricas cosechas. Y así andando y discurriendo sobre las simientes y los
-terrones, los añojales y las «aradas», vió _Mariflor_ oscurecerse la
-tierra recién movida y destacarse en torno mujeres y yuntas, en grupos
-solitarios y activos.
-
-—¿Qué hacen, abuela?—preguntó.
-
-—Terciar: es la última labor, por ahora.
-
-—¿Y no hay ningún hombre, ni uno sólo en el pueblo, que ayude a estas
-cuitadas?
-
-—¡Qué ha de haber, criatura! el que se nos quedase aquí, sería
-por no valer, por no servir más que para labores animales. Los
-maragatos—añadió envanecida—son muy listos y se ocupan en otras cosas
-de más provecho.
-
-—Y las maragatas, ¿por qué no?
-
-—¡Diañe!... ¿Ibamos a andar por el mundo con la casa y los críos?
-¿Quién, entonces, trabajaba las tierras?
-
-La joven no se atrevió a contestar, porque en su corazón y en su boca
-pugnaba, harto violenta, la rebeldía: allí mismo, delante de sus
-ojos, jadeaban yuntas y mujeres con resuello de máquinas, fatales,
-impasibles, confundidas con la tierra cruel...
-
-—Ya estamos en Ñanazales—dijo la tía Dolores—. ¿Ves aquellos búis
-moricos?... Son de casa: la mejor pareja del lugar.
-
-—Y la obrera, ¿quién es?—preguntó la moza en seguida.
-
-—Una que tú no conoces: está para parir.
-
-—¿Y trabaja?
-
-—¡Qué ha de hacer! Así hemos trabajado todas.
-
-Fuese hacia ella la abuelita, diciéndole a _Mariflor_:
-
-—Mira, ahí tienes un sentajo: quédate a descansar un poco, que voy a
-ver la traza del terreno.
-
-Y se alejó por la linde menuda, donde la barbechera puso fonje mullida,
-amortiguadora de los pasos: delante de los bueyes «moricos» una mujer
-esperaba, limpiando la reja con el gavilán.
-
-Sentóse Florinda en una piedra grande, relieve de majanos divisorios,
-y como el sol ya calentaba mucho, se subió hasta la frente, suelto
-y libre, el pañolito que sobre el jubón lucía: así quedó desnuda
-su garganta, carne fina y trigueña, dorada y dulce como fruto en
-sazón. Bajo aquella piel sérica y firme, soliviando los corales de la
-gargantilla roja, estalló un sollozo contenido apenas, y la suave faz
-mojada en llanto buscó refugio entre las alas del pañuelo.
-
-No sabe _Mariflor_ por qué llora, ni cuál de las amarguras que conoce
-levanta en su espíritu esta repentina tempestad: añoranzas, acaso, de
-los padres ausentes en dos mundos distintos y remotos; quizá secretas
-aspiraciones de la juventud amenazada; imágenes, tal vez, de otra
-vida feliz que ya es recuerdo; todo junto, apremiante y doloroso,
-removido por la tristeza infinita del páramo, oprime y sacude el
-corazón de la niña maragata... ¡Quién sabe si también las piedades
-y las indignaciones alzan su voz de llanto en aquel pecho altivo y
-generoso!...
-
-Aunque no comprende Florinda la razón de aquella angustia impetuosa,
-bien quisiera llorar mucho, sólo por el descanso de su alma, que se lo
-pide con sordas voces. Pero hace un valiente esfuerzo para tragarse los
-sollozos, se enjuga las lágrimas y pretende evadirse a todo trance del
-vehemente dolor cuyo motivo determinado ignora.
-
-Casi duda conseguir este triunfo la muchacha jovial que hace poco reía
-en Valdecruces con escándalo de la tía Dolores. Y tanto arrecia el
-ímpetu misterioso de la rebelde cuita, que _Mariflor_ cruza sus manos
-en actitud devota de plegaria.
-
-—¡Virgen!—prorrumpe—. Seréname como a las aguas turbias de los ríos,
-como a las olas bravas de los mares...
-
-Al punto un pájaro, escondido entre el barbecho, trasvuela hasta la
-orilla de la joven, trinando alegremente. Ella le asusta con su propio
-sobresalto, y el pajarillo vuelve entonces a trasvolar, sin suspender
-su canción, muy contento de vivir, muy goloso de unas briznas de
-hierba, casi invisibles, que se asoman cobardes al pedregal del camino.
-
-A milagro le trasciende a Florinda aquella aparición, como si fuera
-imposible que un ave gorjeara en primavera y habitara feliz en la
-llanura de Maragatería. Un resorte, enmohecido en la memoria de la
-triste, se mueve de pronto, avanza, busca, y encuentra estas palabras
-dulces, que en augusto libro se aprendieron:
-
-_Yo soy aquel que tiene cuenta con los pajaricos, y provee a las
-hormigas, y pinta las flores, y desciende hasta los más viles
-gusanos..._
-
-Como por arte de magia cede la tormenta de lloros y suspiros que
-descargaba, dura, allí, al violento compás de un corazón, y muéstrase
-Florinda consolada lo mismo que si el pájaro inocente fuera un
-mensajero providencial; cuando él, ahora, reclama y ayea en el
-rastrojo, ella sonríe, sin lágrimas ni quebranto.
-
-Persiguiendo el rumbo de la avecilla dan los ojos de la maragata en
-un bancal de brezo florido. Ya va a correr para recibirle como otro
-mensaje del divino Artista, cuando la voz de la abuela la detiene:
-
-—¿Adónde vas, rapaza?
-
-—A coger esas flores—murmura con el acento aún turbado por la
-reciente borrasca de su espíritu.
-
-Pero la vieja no se fija en ello ni repara tampoco en la lumbre de
-pasión y delirio que arde en las mejillas de la joven, ni en el cerco
-encarnado de sus ojos; está la tía Dolores preocupada porque, según
-dice la obrera, uno de los «moricos» parece triste.
-
-—¿Y ella, la mujer?—dice Florinda muy apremiante.
-
-—¿Cuála?
-
-—Esa que está terciando para ti.
-
-—Pero, ¿qué hablaste della? ¡Estás boba!
-
-—Que si gana mucho jornal—pregunta la muchacha algo confusa, sin
-atreverse a decir todo lo que se le ocurre.
-
-—Gana abondo: tres riales y mantenida.
-
-—Y «abondo», es mucho... ¡Dios mío!—lamenta la niña con terror en lo
-profundo de su alma.
-
-Acércase distraídamente hacia los brezos, mientras inquiere la abuela
-con un poco de desdén:
-
-—¿Te gustan las albaronas?
-
-—Son éstas, ¿no?
-
-—Sonlo. También la urz negral da flor.
-
-—¿Morada?
-
-—Sí; parece de muertos... Son las más abundantes del país.
-
-—Y las amapolas—añade Florinda, pensando—, ¡flores de tragedia!...
-¿No sabes?—dice de pronto al oir cómo pía el pájaro evocador—. He
-visto una codorniz.
-
-—¡Quiá mujer!... Será un vencejo.
-
-—Canta muy bien... ¿Oyes? ¡Si fuese una alondra!
-
-—No, criatura; esas son más tardías y anidan en los trigales verdes;
-por aquí escasean.
-
-Dió prisa la tía Dolores: ya iba el sol muy alto y pudiera la moza
-coger un «acaloro» no teniendo costumbre de andar a campo libre.
-
-Retornando a la aldea, aún pregunta _Mariflor_:
-
-—¿Es parienta nuestra la que gana tres reales?
-
-—Algo prima de tu padre viene a ser; hermana de Felipa, pero ellas
-se apellidan Alonso. ¡Lástima que a esta pobre la inutilice el parto,
-ahora, para dos o tres días! Son buenas servicialas...
-
-Allá flota el cobijo del pastor como abandonada bandera que ningún
-viento agita en el desierto pardo de la llanura; los esquilones del
-ganado tañen lentamente al compás del trajín, en algunas «aradas»;
-y las mujeres, todas viejas al parecer, todas tristes, anhelantes y
-presurosas, gobiernan el yugo al través de los terrazgos: queda el
-camino a veces atravesado por el vuelo de un ave.
-
-—¿No lo ves? Son aviones—corrobora la anciana—; éstos son mansos
-como las golondrinas; vienen en la primavera y hacen el nido en los
-alares...
-
-Ya en la linde de Valdecruces, Florinda, con las flores del brezo entre
-las manos, vuelve la mirada hacia el erial. Aquel primer paseo por el
-campo de Maragatería causa en la joven una impresión indefinible de
-angustia y desconsuelo.
-
-Y aunque se reanima su fe con la memoria del divino Artífice «que pinta
-las flores y tiene cuenta con los pájaros», los dulces ojos, serenos
-como aurora otoñal, miran afligidos al horizonte.
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-VIII
-
-LAS DUDAS DE UN APÓSTOL
-
-
-A la sombra de la nublada frente, los ojos de don Miguel estaban
-tristes; retirado el sacerdote a su aposento, con las manos entre las
-rodillas y el busto inclinado en el «escañil», meditaba sin tregua.
-
-¡Vaya un conflicto! ¡En buen hora la compasión y la amistad lleváronle
-a ser consejero y tutor de la familia Salvadores! Toda la solicitud con
-que él defendía los embrollados asuntos de esta pobre gente, no bastaba
-a prevenir su adversidad.
-
-Las noticias de América eran harto desconsoladoras: el padre
-de Florinda, «el señor Martín»—según le llamaba el mismo don
-Miguel—encontró a su hermano Isidoro muy enfermo, y en manos ajenas
-el humilde negocio allí establecido, señuelo de la esperanza familiar,
-vorágine que sorbía cuanto la usura prestaba, con subido interés,
-sobre el menguado peculio de la tía Dolores.
-
-Algún socorro llevó a ultramar el segundo emigrante: algo de lo que a
-duras penas salvara en el hogar costanero; mas la viril resolución del
-señor Martín, expatriándose con la pena de su reciente viudez y dejando
-a su hija en Valdecruces, parecía estéril ante la mala ventura que a
-todos alcanzaba desde la amarga paramera.
-
-Ya el ausente maragato le escribía con sigilo al sacerdote, que
-juzgaba muy difícil levantar el caído negocio de América sin mucho
-más dinero del que llevó; hablaba también de Florinda con tristeza
-angustiosa y mostrábase impaciente por conocer el camino de las
-negociaciones matrimoniales entre ella y su primo Antonio. «A base de
-esa alianza—escribía—quizá fuera posible restaurar la hacienda de
-Valdecruces, pero yo quiero dejar a la muchacha en absoluta libertad
-para elegir marido: nada ambiciono para mí; por ella y por mi madre
-sufro; por este pobre enfermo y por sus hijos me afano». Y añadía:
-«Dime tus impresiones. Antonio irá para la fiesta Sacramental; creo que
-sigue muy encaprichado por la niña; sabe que está bien educada, que
-es hermosa, y, tanto él como su madre, desean lucir en la ciudad una
-mujer de buen porte y de finura. Mas yo no quiero engañar a mi sobrino;
-si llega la ocasión, hazle saber que perdí casi todo cuanto tenía en
-el tiempo en que negociamos la boda bajo la condición de someterla
-al gusto de la rapaza; el novio sabe que he delegado en ti todas mis
-atribuciones sobre el particular...»
-
-Recordando la carta confidente, el cura se levantó inquieto y anduvo
-por la salita con aire absorto; había recibido otra esquela, y otra
-aún, que, distintas y semejantes a la vez, convergían al mismo punto:
-el matrimonio de Florinda.
-
-El pretendiente de Valladolid escribía al párroco diciéndole que,
-«sabedor de la tutela que desempeñaba cerca de su prima, tenía el
-gusto de comunicarle su propósito de celebrar la boda aquel verano,
-aprovechando la ocasión de su viaje a Valdecruces «cuando las fiestas»,
-puesto que sus muchas ocupaciones le impedirían volver, y ya era hora
-de tomar estado... Quedaba en espera del «sí» definitivo para los fines
-consiguientes...»
-
-Y en el mismo correo, también con sobre al señor cura, una letra fina y
-nerviosa, clamaba de pronto:
-
-«¿No te acuerdas de mí?... Considero imposible que me hayas olvidado,
-aunque nada contestas cuando van mis renglones a buscarte; soy aquel de
-las coplas y de las penas a quien tú exaltabas con elevados discursos
-a la orilla del mar, del mar mío que amaste y «sentiste» como un gran
-artista.
-
-»De aquella amistad nuestra guardo yo recuerdos imborrables que ojalá
-perduren también en tu memoria; atisbos de tus antiguas confidencias,
-raras y profundas como las de un santo; reliquias inefables de la paz
-de tus ojos, de la ternura extraña de tu voz. Siento al través de nueve
-años de ausencia la codicia de un secreto que en tu alma soñé... No lo
-niegues; era un secreto «blanco» y triste (según decimos ahora) que en
-vano quise aprisionar en los moldes artificiosos de una fábula... Tú no
-hablaste nunca, y aquel misterio quedó en mi fantasía como intangible
-estela de visiones que no pueden cuajarse en una estrofa...
-
-»Quizás haré mal en volver a ti con esta memoria por divisa; quizás te
-alarmo y «te escondo» al resucitar de improviso el agudo recuerdo de
-mis curiosidades; mi propia imprevisión te prueba la cordialidad de
-este impulso.
-
-»Al regresar de Cuba hace dos años supe en Villanoble que habías
-terminado la carrera con mucha brillantez, y te escribí a tu pueblo;
-después te mandé mi último libro: no respondiste a mi reclamo. Ahora,
-una adorable letra de colegiala ha escrito para mí tu nombre, y
-esta providencial noticia tuya que recibo por tan dulce mensajero,
-me conmueve con el íntimo temblor de muchas ocultas emociones que
-despiertan y vibran, gozan y esperan...
-
-»Si te asusta mi exordio, si te desplace esta indiscreta persecución
-psicológica y sentimental, juro en mi ánima acallar para siempre tales
-porfías inquiridoras; y aún le queda a este pobre artista el aspecto de
-entrañable amigo y de hombre sensible para quererte y admirarte mucho.
-
-»Acógeme bajo esta fase de íntima fraternidad que antaño nos unió
-por encima de mis inquietudes y de tu reserva; óyeme con tu afable
-sonrisa de tolerancia: de mi corazón, que tú conoces de memoria, voy a
-mostrarte una página «inédita», que casi yo mismo ignoro.
-
-»—Ya «te siento pensar» con reflexiva compasión:—¡Cree que está
-enamorado!...
-
-»Tú sabes muchas leyendas de mis amores, y sonríes con incredulidad,
-al verme perseguir de buena fe otra dulce mentira... Nada profetizo,
-porque me he equivocado muchas veces; mas, honradamente te aseguro que
-si éste de hoy no es el «definitivo» amor... está muy cerca de serlo...»
-
-No acertó el comunicante, suponiendo que el sacerdote hubiera sonreído
-en la lectura de esta carta. Aun recordándola ahora, palidecía
-ligeramente y plegaba con nueva incertidumbre el entrecejo. Ninguna
-personal zozobra le suscitó el escrito del poeta; a las particulares
-alusiones con que Rogelio Terán le saludaba, fuéle a don Miguel muy
-llano contestar con serena desenvoltura:
-
-«Cumple ese espontáneo juramento y renuncia de una vez a tus pesquisas
-novelables; ni una mala copla podrías ensayar a cuenta de los «secretos
-blancos» que me atribuyes, y que sólo existen en tu imaginación.»
-
-Mayores dificultades tuvo que vencer el cura para contestar al resto
-de la carta, donde el artista, en pleno asunto de novela, contaba con
-lírico entusiasmo la despedida y el encuentro, origen «aquella nueva
-página de un corazón». Desde _el sueño de la hermosura_ sorprendido en
-el viaje, hasta el adiós penoso en el andén astorgano, toda la historia
-linda y triste pasaba lo mismo que una centella por los enamorados
-renglones. Y don Miguel, ingenuamente conmovido por aquella relación
-fervorosa y rara, hallóse lejos de sonreir; repercutían en su espíritu
-con singulares ecos las exaltaciones generosas reveladas en aquel
-párrafo:
-
-«... Esta niña tan llena de atractivos, que merece llamarse María y
-llamarse Flor, me ha mirado con deleite y ternura en dulcísimo abandono
-de su alma, y dejándome vivir como un sonámbulo a orilla de la hermosa
-realidad, hundióse en desierto camino paramés, al lado de una vieja
-lamentable y torpe, con rumbo sabe Dios a cuántas amarguras...»
-
-—¡Sabe Dios a cuántas!—repetía el sacerdote, saturándose en el
-latente aroma de caridad vertido de la pluma del poeta.
-
-Delatada por el santo perfume, la pura doctrina de un noble corazón
-daba su fruto en estas otras frases:
-
-«Yo sé que esa pobre familia te aprecia como confidente y amigo de su
-más íntima confianza; que ponen en tus manos sus asuntos y proyectos,
-y que entre _Mariflor_ y un primo suyo median planes de boda no
-sancionados aún completamente. ¿Quieres hablarme de estos propósitos?
-¿Quieres decirme si dañaré los intereses de la muchacha yendo a
-solazarme con su presencia al amparo de tu amistad? Siento la violenta
-tentación de volverla a ver.—¿Con qué intenciones?—me preguntas—. Yo
-mismo las ignoro en definitiva; desde luego con las de hacerle todo el
-bien posible, y ni una sombra de mal siquiera.»
-
-Al llegar mentalmente a este punto de la lectura, todos los días
-repetida de memoria, el párroco de Valdecruces hizo una pausa en su
-agitado raciocinio, acodóse en el tosco rastel del antepecho y encendió
-con lentitud un cigarro.
-
-A espaldas del fumador aposentábase la sombra en la modesta salita,
-diseñando apenas el perfil de un pupitre y de un sillón y el contorno
-de unos altos escabeles. Fuera, se amortecía bajo el crepúsculo un
-huertecillo, cuyas legumbres posaban pálido tapiz de verdura sobre el
-color ocre de la tierra, y en la apacible lontananza del erial tenía la
-muerte de la tarde una serenidad purísima.
-
-Paseó don Miguel sus claros ojos por el asombrado huerto, por el
-deleznable caserío asignado entre calzadas y rúas silenciosas, y los
-clavó después en el lueñe horizonte, allí donde sangraba la agonía de
-un magnífico sol de mayo, en la serena curva del cielo azul: evocaba el
-sacerdote aquel momento en que acudiera _Mariflor_ a su llamada para
-responder con claridad a dos trascendentales preguntas:—¿Quería a su
-primo por esposo?
-
-—No, señor—dijo rotundamente la moza sin asomo de vacilaciones.
-
-—¿Y a Rogelio Terán?
-
-Aquí, una súbita sorpresa tiñó de grana el semblante de Florinda, la
-cual bajó los ojos, torció nerviosa el pico del pañuelo y exclamó lo
-mismo que la heroína de Campoamor:
-
-—«Cómo sabe usted?...»
-
-Aunque el cura de esta _dolora_ no era «un viejo», para él tuvo la
-niña «el pecho de cristal», como en la fábula; y apenas dejó traslucir
-los amorosos afanes, tuvo también la palabra expedita para defender
-sus preferencias y los libres fueros de su corazón. Ya para entonces
-habíase mostrado transparente como el pecho, el cristal de unos ojos
-que miraban al párroco de hito en hito, y en los cuales fulgía la
-esperanza como un rayo de luna sobre el mar.
-
-Sintióse conmovido el sacerdote en la contemplación de aquella moza que
-miraba de frente como él, sin duda porque tenía muchas cosas buenas
-que decir con los ojos oscuros y anhelantes. Y al cabo de innumerables
-observaciones y temperamentos, se convino en la plática, requeridora
-una triple resolución: escribir al padre el fiel relato de la amorosa
-cuita; tratar con el primo, sólo verbalmente, «del asunto», sin
-corroborarle entretanto promesa alguna de matrimonio; y responder a
-Terán «en la forma que el señor cura lo creyera discreto», dando margen
-a las ilusiones que la niña compartía con el poeta.
-
-Así, _Mariflor_ y don Miguel se propusieron en amigable complicidad
-servir a los corazones y a los intereses, con un sentimiento doblemente
-caritativo por parte del sacerdote; avaro y generoso a la vez, en el
-espíritu ferviente de la enamorada.
-
-—Yo misma—concluyó por decir aquella tarde—explicaré a Antonio este
-verano los motivos de mi negativa y le pediré la protección de su
-fortuna para la abuela. Si es bueno y es rico, tanto como dicen, ¿ha
-de negarse a salvarnos a todos? Cuanto más que yo no pretendo que nos
-regale nada; bastará que nos preste sin usura...
-
-Y como don Miguel acogiera en silencio el vehemente propósito, añadió
-la muchacha con vivísima zozobra:
-
-—¿Cree usted muy difícil un milagro?
-
-—Según y conforme...
-
-—Es que yo le he prometido a Olalla hacer uno, con la ayuda de Dios,
-para librar la hacienda de abuelita.
-
-—¿Y será a base de lo que Antonio te conceda y tú le niegues?
-
-—¡Eso mismo! ¿Le parece a usted imposible de lograr?
-
-—¡Oh transparente corazón de mujer—meditó el cura sonriendo—.
-¡Mezcla humanísima de egoísmo y caridad, de obstinación y de
-ternura!... En fin—dijo sentencioso—: la fe mueve las montañas...
-Para Dios no hay imposibles...
-
-Las últimas palabras del sacerdote extendieron por el dulce rostro de
-la niña una expresión de singular confianza. Así, férvida y creyente,
-se había despedido _Mariflor_ en aquella entrevista.
-
-Desde el mismo barandaje donde el cura se apoya, la vió cruzar el
-huerto y salir a la penumbra del camino en el preciso instante en que
-pasaba _Rosicler_ balanceando su chivata de pastor al compás de una
-copla.
-
-Se saludaron los dos mozos bajo las alas de la brisa, mientras el
-paisaje se quedaba dormido en la mansedumbre de la noche y florecía
-en astros el profundo cielo. Y cuando ambas siluetas se dibujaron
-levemente, ya separadas en la oscuridad, la canción de _Rosicler_ vibró
-engreída, dejando en el aire una letra de boda, el jirón de un romance
-popular que pregonaba:
-
- «Mira, niña, lo que haces,
- mira lo que vas a hacer,
- que el cordón de oro torcido
- no se vuelve a destorcer...»
-
-Trovó un pájaro en su última ronda por el huerto, rodó en las nubes
-una estrella rubia, y don Miguel sintió los ojos turbios de lágrimas,
-quizá nacidas de la melancolía de la hora, o de aquel recuerdo «blanco
-y triste» mentado por el poeta, removido por los acentos de la copla,
-por la visión juvenil de la niña y el zagal...
-
-En este otro crepúsculo, tan espléndido como aquél, la honda meditación
-del señor cura tiene cambiantes y matices como la piedra ónice, y el
-relámpago de alguna sonrisa aclara a veces el frunce del entrecejo en
-la frente del apóstol. El cual, como si hallase súbito remedio a una de
-sus perplejidades, arroja por el balcón la punta apagada de su cigarro,
-y asomándose a la puerta de la salita, llama de pronto:
-
-—¡Ascensión!... ¿puedes venir?
-
-—Voy ahora mismo—responde en el fondo de la casa un agudo acento de
-mujer. Y una moza acude en seguida, diciendo al entrar:
-
-—¿Enciendo luz?
-
-—Todavía no. Te quería preguntar si conseguiste que Marinela
-Salvadores te confiase aquel secreto que tú adivinabas.
-
-—Y acerté, mismamente.
-
-—Vamos a ver: ya sabes que no me impulsa la curiosidad a estas
-averiguaciones en que tú me ayudas: quiero el bien de la rapaza; curar
-esa dolencia, esa misteriosa pesadumbre que nadie conocía... ¿Qué
-tiene, en fin?
-
-—Tiene... vocación de monja.
-
-—¿Así, en firme, de verdad?—exclama absorto el párroco.
-
-—De verdad, tío. Si no entra clarisa, se comalece.
-
-—Pero, ¿de qué le ha quedado eso?
-
-—De que un día fuimos juntas a Astorga y llevamos de parte de usted un
-mandado para la madre abadesa: fué en el mes de abril...
-
-La muchacha se sienta en un escabel, y el cura, reclinándose en otro,
-cerca de la sobrina, escucha con atención, ya bien entrado en el
-aposento el silencioso temblor de la noche.
-
-—Fué en el mes de abril—repite Ascensión después de una pausa,
-dando mucho alcance a su confidencia—. Con la madre Rosario salió
-al locutorio una novicia a quien yo conocí en la Normal de Oviedo.
-Nos dijo que estaba muy gozosa en la clausura, que tenían un jardín
-precioso donde cultivaban flores para la Virgen, y que se disfrutaba
-un deleite divino en aquella vida. Marinela, que no habló una palabra,
-salió de allí tocada de la vocación como por milagro, y desde entonces
-conozco que se muere por ser monja.
-
-—Pero, ¿y la dote?—prorrumpe don Miguel con impaciencia.
-
-—Por eso la zagala padece; hoy me ha confesado sus pesares al volver
-de Piedralbina: ni por soñación espera conseguir los dineros para
-entrar en Santa Clara... ¡y llora tanto!
-
-—¿Y por qué ha de ser en Santa Clara precisamente? Si tiene verdadera
-vocación religiosa, bien puede buscar otro convento donde no necesite
-llevar mil duros por delante.
-
-—Ya se lo he dicho yo; pero ella quiere en ese, en ese nada más. ¡Usan
-las monjas un traje tan precioso, todo blanco! Y se dedican a plegar la
-ropa de los altares, a hacer dulces y labores; ¡cosas finas y santas!
-
-—Sí—replica el cura remedando el tonillo alabancioso de la moza—, y
-a practicar ayunos y vigilias, penitencias y sacrificios.
-
-Tras un breve silencio, Ascensión añade con tenue ironía:
-
-—En su casa ayuna Marinela y vive sacrificada... Ser clarisa es
-destino envidiable.
-
-—¿También para ti?
-
-—¡Yo, como tengo dote y haré buena boda!
-
-—Porque Máximo tiene dinero, ¿no?
-
-—¡Claro está! Pero Olalla y Marinela no han de casarse: todo el mundo
-dice que la tía Dolores ha perdido el caudal.
-
-—¿De manera que te parece envidiable el destino de monja para esa
-niña, porque no tiene un céntimo?
-
-—Ya ve... Estar a la sombra en un claustro hermoso, vestida de
-azucena, cuidando un jardín para la Virgen, ganando el cielo entre
-oraciones y suspiros... es mucha mejor suerte que trabajar la mies como
-una mula para comer el pan negro y escaso, y envejecer en la flor de la
-mocedad: yo que Marinela, también entraba clarisa.
-
-—Pero, criatura y ¿la dote? ¿No ves que si ahora le diesen veinte mil
-reales a Marinela para profesar en Santa Clara, lo mismo le servían
-para casarse? Menos tienes tú y sólo por lo que tienes vas a hacer
-una «buena boda», según dices: la pobreza no justifica la vocación
-religiosa en este caso, y más vale así, aunque sea imposible realizar
-los deseos de tu amiga.
-
-Ascensión, la maestra elemental, sobrina del señor cura, no enrojece al
-sentirse envuelta en tan desnudos comentarios, sino que, reflexiva y
-avisada, advierte a la sapiencia y lógica de su tío:
-
-—Repare que muchos prelados reciben herencias para dotar a las
-novicias pobres, pero nunca para dotar a las novias... Hay devotos
-ricos que protegen con grande caridad las vocaciones religiosas; hay
-plazas de favor en los conventos; y, en un caso de apuro, no teniendo
-una mujer nada más que la tierra abajo y el cielo arriba... menos
-difícil me parece entrar en la clausura con el hábito que entrar en la
-parroquia con el novio... ¿No es verdad?
-
-La pregunta, certera y amarga, hiende como un dardo la sombra, y el
-sacerdote álzase al recibirla y se lleva la mano al pecho igual que si
-le sintiese herido.
-
-Suspira sin responder, da unos pasos a tientas por la estancia y, de
-pronto, se dirige hacia el balcón, donde acaba de asomarse la luna bajo
-un pálido velo de niebla.
-
-—¿Enciendo luz?—vuelve a preguntar la moza, dando por concluído el
-interrogatorio.
-
-Y con grave intención, que ella no comprende, el párroco de Valdecruces
-avanza en la oscuridad hacia el claror divino y, señalando al cielo,
-responde:
-
-—Deja que ésta me alumbre...
-
-
-
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-IX
-
-¡SALVE, MARAGATA!
-
-
-AQUEL jinete que cruzaba la estepa en un mulo, a pleno sol, vagoroso
-y audaz, con aires de aventura, parecía, de lejos, _Don Quijote_;
-cenceño, flexible, impaciente, exploraba los horizontes y caminos
-ensoñando quimeras, igual que el caballero de la _Triste Figura_. Un
-pobre _Sancho_ de a pie le acompañaba, ni gordo ni contento, alquilado
-en Astorga a la par del mulo; no iban de palique el criado y el señor,
-como sucede en las novelas, donde un hidalgo curioso cabalga por país
-desconocido a la vera de un guía, y todo se le vuelve al intruso
-preguntar al indígena por esto, por lo otro y por lo de más allá.
-
-Este espolique de ahora no era muy explícito que digamos: corto de
-palabras y largo de piernas, quizá pretendiese economizar en saliva lo
-que derrochaba en pasos, y así holgaba su boca mientras sudaban sus
-pies.
-
-Tampoco las preguntas del caballero parecían a propósito para
-quebrantar la pasiva reserva del peón: interrogaba aquél, confusamente,
-sobre agricultura, historia, costumbres y privilegios de la tierra, y
-el pobre maragato encogíase de hombros bajo su parda almilla, con ruda
-perplejidad.
-
-—Aquí, de agricultura—supo al fin responder—, pues... el centeno;
-de costumbres... nacer, emigrar, morirse, ¡como en todas partes! De
-historia... los cuentos de las viejas, patrañas de godos y romanos...
-¡vaya usté a averiguar! y de eso otro que usted dice... ¡diájule! non
-lo oí mentar nunca...
-
-Era el espolique un hombre, tosco por su innata rudeza, condenado a
-servidumbre, que a la sazón padecía en una posada de la capital.
-
-El andante caballero, visto de cerca, había trocado el yelmo de
-Mambrino por un _jipi_, y la célebre lanza por un vástago de roble;
-llevaba un maletín a la grupa, finos guantes en contacto con las
-bridas, y áureos lentes sobre los ojos azules; era joven y parecía
-feliz.
-
-Según iba creciendo la mañana, aparecíase, bajo la fuerza del sol, más
-vasto el erial, más estéril y solitario. Caía la luz con arrogancia,
-en toda la plenitud del mes de junio, y extendía el purísimo celaje
-su amplia curva sobre la planicie con una majestad acogedora, llena
-de resplandores. Los cascos de la caballería alzaban un eco sordo al
-herir el camino polvoriento, y en la orilla de tímidos bancales algunos
-brezos violados desfallecían de sed y de tristeza.
-
-Cansado ya el viajero de pretender la esquiva conversación del
-espolique, iba poblando de visiones y recuerdos aquella muda soledad.
-Comenzó por discurrir, con acalorada fantasía, si a tales senderos
-confusos, todos aridez y desolación, haría referencia aquel fiero
-relato de una lucha terrible en que el godo Teodorico destruyó las
-tropas del rey suevo, Rechiario, en las _llanuras parámicas_, un
-célebre día 3, _antes de las Nonas de octubre_... Apenas evocada esta
-bárbara memoria, un nuevo relámpago de la imaginación encendía delante
-del viajero las recordaciones caballerescas de cierto famosísimo
-hecho de armas que en el siglo XV tuvo lugar a la orilla del _Camino
-francés_, en el ancho país de «los pueblos olvidados».
-
-Y ya no eran indómitas mesnadas las que en sangrientas imágenes
-cruzaron la llanura en torno del jinete soñador: los más bizarros
-adalides de la Edad Media, en marcial apostura de torneo, acudían
-ahora a las brillantes justas del _Paso honroso_, mantenidas por Suero
-de Quiñones y otros nueve gentiles caballeros; hasta sesenta y ocho
-de lejanos reinos y ciudades sorprendieron con el trote bravo de sus
-corceles el silencio profundo de la estepa, codiciando un puesto en la
-peregrina lid, donde los defensores se proponían correr _trescientas
-lanzas, rompidas por el asta con fierros de Milán_...
-
-Un caliente arrebato de bravura agitó el renuevo de roble en las ancas
-del mulo; dió la bestia un respingo cobarde, y el viajero creyóse
-transportado a la famosa liza sobre las relucientes crines de un potro
-andaluz. Le enardecieron con singulares bríos los sones de aguda
-trompetería _en tono rasgado_ para _romper en batalla_, y vislumbró
-en el marco de la insigne fiesta la hermosura exquisita de doña Inés,
-doña Beatriz y doña Sol: iban a rescatar sus guantes empeñados por la
-galantería de los combatientes.
-
-De pronto una imagen viva, cándida y humilde, alzó en el polvo del
-camino su miserable silueta; llevóse el visionario la mano al _jipi_
-con rendimiento cortés, y una pobre maragata, cabalgadora en lenta
-burra, pasó con los ojos bajos, murmurando apenas:
-
-—Buenos días.
-
-Al tímido rumor de tal saludo quedó roto el encanto del caballero, el
-cual en aquel mismo instante imaginaba descubrirse ante doña Mencía,
-la celebrada esposa de don Gonzalo Ruiz de la Vega, dama ilustre cuyo
-guante había de rescatar en el _Paso honroso_ el conde de Benavente...
-
-Suspiró _Don Quijote_, sonriendo; volvió en torno suyo la mirada y
-quedó atónito, como sobrecogido por la austeridad infinita del paisaje:
-ni una nube corría por el cielo, ni un átomo de vida palpitaba en
-el llano. La tierra infecunda se resquebrajaba a trechos, rugosa y
-amarilla como el cadáver de una madre vieja en cuyo rostro las lágrimas
-dejaron surcos hondos y fríos.
-
-Al roce súbito de aquella trágica impresión, la fantasía del ecuestre
-viajero volvió a encresparse lo mismo que una ola, y tornaron a poblar
-la gris llanura un tropel de personajes, surgentes de leyendas y
-becerros, códices y archivos; desfilaban en la más pintoresca de las
-confusiones; algunos tan despacio como si les adormeciese el son remoto
-de antiguos cantares. Mezcláronse las preces sordas de una bárbara
-religión primitiva con los salmos rudos del pueblo romano y con las
-cristianas oraciones de aquellos devotos que, viviendo en la tierra
-la Madre del Salvador, _le mandaron desde Astorga un mensaje verbal a
-Palestina_... La figura pálida y lastimera del «Rey Monje», iba, con
-los ojos vacíos y los hábitos en túrdigas, arrastrando su pesadumbre
-junto al brutal perjeño del rey Mauregato, legislador en fabuloso
-tributo _de las cien doncellas_. Después, en la desnuda lejanía,
-se perfiló el fantástico ejército que en vísperas de la batalla de
-las Navas acudió a las puertas del monasterio de San Isidoro, en la
-ciudad de León, a llamar con recios golpes: capitaneaban la hueste
-romancesca el Conde Fernán González y el Cid, buscando en su sepulcro
-al rey Fernando I para que asistiese con ellos al combate... A la par
-de estas visiones legendarias, amacos, asturicenses, celtas, iberos
-y romanos, judíos y moros, surgían en quimérico rolde, edificando
-y destruyendo con febril ansiedad. Augusto, Vespasiano, Teodorico,
-Witiza, Tarik, Almanzor, una apretada nube de conquistadores y vencidos
-posaba su ambición y su ideal en los solares rotos, hundiendo bajo la
-tierra lanzas y semillas, regándola con lágrimas y con sudores. Mas el
-yermo, silencioso, inmutable como la eternidad, no sintió la herida
-de los hierros ni la amargura de los llantos; no fecundó una sola
-grana de simiente ni ablandó su dureza con el sudor de las audaces
-generaciones. Sin amansar su esquivez ni merecerle una sonrisa, le
-anduvieron de hinojos ilustres obispos y fervientes misioneros; rudo
-campo de penitencia donde sólo florecían sacrificios y austeridades, le
-santificaron legiones de creyentes en pos de anacoretas y de apóstoles:
-Jenadio, Fructuoso, Valerio, Froilán, Domingo (aquel que se llamó _de
-la Calzada_, porque ayudó a labrar con sus manos el _Camino francés_),
-santos eran que en el «desierto» de León y de Castilla, con abundantes
-compañeros y discípulos, clavaron la Cruz y la oración en gloriosa
-campaña espiritual. Y ¿no hubo, entre tantos amores, heroísmos y
-proezas, bastante calor humano para dar vida a los eriales solariegos,
-para resucitar la muerta llanura?... ¿Cuántos siglos yacía yerto,
-insensible como un cadáver, el pobre suelo, hendido igual que un viejo
-rostro donde el llanto labró surcos?... ¿Qué pretéritas edades, qué
-desconocidas criaturas le sintieron latir rico y preñado como fecunda
-tierra del corazón de una patria?...
-
-¡Eran éstas demasiadas interrogaciones! Aunque el viajero había
-refrescado sus memorias y lecturas antes de ponerse en camino, ya le
-faltaban a su mental soliloquio documentos y recursos para discutir
-las causas de aquella perpetua desolación. Quiso hurtar el fatigado
-pensamiento a la sutil y complicada red de tales raciocinios, pero su
-noble conciencia de hidalgo y de patriota le acusó de un tanto de
-culpa en el abandono y la ingratitud que lamentaba sobre el muerto
-camino. ¿Quién mejor que un poeta para abrir a las modernas corrientes
-de cultura y piedad un ancho cauce, y fundir en mieses de oro las
-entrañas estériles del páramo?
-
-Alzó el jinete la juvenil cabeza con arrogante impulso, y posó la
-caricia de sus ojos azules sobre los escobajos del sendero: quería
-enamorarse de aquel vago propósito que de repente le asaltaba; sentir
-fuerte y grande el entusiasmo por la liberación de aquella tierra,
-solar de una raza insigne, testigo y campo de una historia inmortal,
-madre eternamente condenada a la esclavitud de la miseria en el mismo
-seno de su floreciente nación.
-
-Que era empresa de locos aquel sueño, le decía al hidalgo su prudente
-egoísmo. Pero las ansiedades del artista y las inquietudes del quijote
-respondieron al punto: ¿Acaso con la pluma no tiene una palanca
-invencible cada escritor moderno?... ¿No son ahora el libro y el
-periódico los vencedores propagandistas de la idea?...
-
-El mulo se había parado: lanzó un sordo relincho; olfateaba, y tenía en
-los belfos una ligera espuma.
-
-—¿Qué le sucede?—preguntó el caballero mientras arreaba el espolique.
-
-—Le desazona el secaño—respondió el aludido parcamente.
-
-Y a la sola noticia de que el animal tenía sed, cambiaron de rumbo
-los pensamientos del poeta: sintió el desamparo de la ruta con una
-sensación de punzante disgusto; un antojo violento de agua viva,
-de agua corriente y bienhechora, le secó las fauces y le enardeció
-la frente. Desconcertado y pesaroso, escudriñó la monotonía de los
-horizontes con la angustia del náufrago que persigue una vela salvadora
-en las desiertas lontananzas del mar. Pero en la vibrante luz ni
-las alas de un insecto se mecían; hasta el aire parecía dormido en
-la llanura, y la llama del sol, derramando su lumbre en el erial,
-semejaba una lámpara encendida sobre enorme sepulcro.
-
-En vano buscó el jinete algún semblante amigo donde poner con beatitud
-la mirada, sedienta de piedad; por toda respuesta a tan ávida pesquisa,
-dió el implacable suelo una gris vegetación de cardos marchitos y de
-rastreras gatuñas.
-
-Entonces al poeta le asaltaron enjambres de visiones fugitivas: cortes
-y ejércitos, potentados y magnates, artistas y labradores, huían hacia
-los valles, hacia los ríos y las costas; buscaban la dulzura de los
-bosques y la riqueza de las mieses. Los reyes castellanos, Ordoños
-y Bermudos, Urracas y Berenguelas, Fernandos y Alfonsos, sentían en
-la pujanza de su corona temblar el espanto del yermo como un trágico
-soplo de muerte y exterminio. Y por fin abdicaba—con el abandono y
-la expatriación—su omnímodo poder sobre la estepa aquel noble señor
-de _diez mil vasallos, siete villas y ochenta y tres pueblos_, Alvar
-Pérez Osorio, marqués de Astorga, alférez mayor del Rey, mantenedor
-valiente de la bendita Seña en la batalla de Clavijo, el que a los
-veintiséis títulos de sus blasones unió la singular grandeza de poderse
-llamar «Señor del Páramo»... La solariega casa de Osorio, descendiente
-de emperadores orientales, prima de reyes, madre de los condados de
-Altamira, de Luna, de Guzmán, de León, de Trastamara y de Cabrera,
-raíz y origen de los más puros abolengos españoles, árbitra de las
-libertades de Castilla, levantó su hidalgo señorío de los cabezos del
-erial, y olvidando la aspereza de tal cuna, indómita y fuerte como el
-destino, huyó también a refugiarse en más hospitalario país...
-
-Allá lejos, donde el cielo y la tierra parecen confundidos en infinita
-comunión de inmensidades, aparecióse un punto blanco. Viéndole flamear
-distintamente, veloz en el aire con arrogancia majestuosa, murmuraba el
-quijote «modernista» en la embriaguez de sus evagaciones:
-
-—¿Será el lienzo de un barco?... ¿Será la bandera de Clavijo?...
-
-Historia, fantasía y leyenda, bailaban, locas de remate, bajo la frente
-rubia del mozo soñador; preso en la terrible pesadilla del llano,
-confundido entre realidades y quimeras, sentía vagamente la sombra del
-ensueño, el cansancio del viaje y la amargura del lugar. Quiso vencer
-aquel estado de modorra, sacudir el delirio y la fatiga; hizo al cabo
-un esfuerzo para recobrar su aplomo, y advirtió, al conseguirlo, que
-tenía hambre y que le dolía un poco la cabeza. Miró el reloj: iban a
-dar las once. Había salido de Astorga con muy ligero desayuno, y el
-camino y el sol estimulaban ahora sus buenas disposiciones para el
-almuerzo.
-
-—¿Qué se ve allí?—preguntó al guía, señalando la única mancha del
-horizonte.
-
-—Es la cigüeña—dijo el maragato, y añadió—: Ya no está lejos
-Valdecruces.
-
-—Ni lienzo navegante, ni enseña heroica—pensó el joven, burlándose
-de su visionaria turbación—; son unas alas potentes; por su destino
-libres, cautivas por su fidelidad.
-
-Y quedóse el viajero sumergido en regalada laxitud, en el sedante baño
-de poesía que la contemplación del ave le brindaba.
-
-Todo era manso y fuerte en la vida singular del enorme pájaro: la
-reciedumbre de su nido, centenario a veces, puesto en la torre
-parroquial debajo de la Cruz, en el apacible corazón de las aldeas;
-la ternura delicadísima para con los hijuelos; aquella gracia seria y
-noble con que vigila las sembraduras y convive entre los campesinos;
-la rara y firme condición de su boda sexual _para toda la vida_; de su
-vuelta al mismo terruño para todos los años, y la reposada actitud de
-la figura, el paso y el vuelo, que componen armoniosa grandeza con el
-matiz austero del paisaje... Cuanto del animal amigo de los hombres
-pudo enaltecer el curioso viajero, parecióle conmovedor y simbólico.
-
-—Una maragata y una cigüeña me han «hecho los honores» del
-páramo—meditó, engolfándose en la repentina emoción.
-
-En aquel momento la breve caravana, doblando una ligera loma, alcanzó
-al ave, quieta en el camino; tenía el largo cuello ondulante, y el
-pico un poco inclinado hacia la tierra; miraba pensativa los áridos
-terrones, como la mujer que al paso del caballero musitó humildemente:
-«buenos días». Y siguió esperando, inmóvil en su habitual postura de
-meditación y reposo, hasta que llegaron los caminantes: alzó entonces
-lentamente sus ojillos de indefinible color, pardos y cenicientos igual
-que la estepa; dió algunos pasos con dignidad y compostura, erguido el
-cuerpo, mesurado el ademán, y abrió, por fin, las espléndidas alas con
-un vuelo fácil y gracioso, desapareciendo del horizonte en majestuosas
-espirales.
-
-No tuvo tiempo el poeta para glosar con sus admiraciones tan peregrino
-espectáculo, porque al rendir la imperceptible cumbre, mostró el duro
-sendero repetidas señales de dulzura.
-
-Se alzaba un poco en aquel sitio y por él descendían las tierras en
-suaves ondulaciones, amansadas y humildes, con recientes señales de
-cultivo y amigables surcos de senderos.
-
-A preguntas curiosas del jinete dijo el peatón que allí empezaba la
-mies de Valdecruces, y que aquellos «bagos» ya tenían hecha la tercera
-labor para recibir la simiente «en la semana de los Remedios», al nacer
-el otoño.
-
-Y acosado por nuevas preguntas, explicó el maragato cómo la pobreza
-del país no permitía cosechar anualmente en los mismos terrenos, y así
-quedaban en _fuelga_ los unos mientras fructificaban los otros.
-
-—Éstas—añadió en el tecnicismo agrícola del país—estuvieron «de
-aramio» siete meses.
-
-Y señalaba las glebas recién movidas junto a los profundos roderones
-del espacioso camino. El cual iba estrechándose con la disimulada
-lentitud de un prisionero que al evadirse quiere ocultar su prisa y
-su esperanza. De ambos afanes pudiera suspirar el triste fugitivo del
-barbecho, buscando la ilusión de una mies, la gracia bienhechora de un
-arroyo y el caliente regazo de una aldea.
-
-Y esta sorda inquietud que parecía latir en la pálida ruta, comunicóse
-a los viajeros con impaciencia viva, sin excepción del mulo, apresurado
-ahora, olfateador y relinchante por demás. Habían torcido su rumbo por
-la estepa, a indicaciones del caballero, que la quiso recorrer toda, y
-entraban en Valdecruces por un transitorio vergel de centenos maduros.
-
-Pocos pasos adelante, columbró ya el jinete la verdosa masa de hojas
-y de espigas, un imprevisto oasis que, acosado de cerca por el erial,
-parecía surgir inseguro y tembloroso como un atrevimiento de furtivo
-amor hacia la esquiva ingratitud.
-
-Pasó un hálito caliente de primavera sobre el áspero dorso de la
-llanura, y las espigas estalladas exhalaron dulcísimo perfume.
-
-Comenzaban a palidecer las anchas hojas lineales en torno al granado
-fruto, muertas ya las sutiles flores en el raquis henchido. Pero aún
-flotaba en el ambiente esa especie de niebla azul, producida por aromas
-y glumas de la flor.
-
-Hundiéndose de pronto el forastero en tan inesperado paraíso, imaginó
-escuchar una plegaria vehemente y armoniosa en el rumor de aquel vaivén
-de espigas, verdes y rubias, con degradaciones de admirables tonos.
-
-Fuera ya del camino central, guiaba el espolique por las honduras de un
-sendero, delicadísima estela de los crecidos centeneles, agitados con
-inquietud de marejada. Latía el perfume como un aliento en torno del
-jinete, y se asomaban al horizonte, más visibles que en el transcurso
-del viaje, los bravos picos del Teleno y Fuencebadón.
-
-Bien sabía el poeta que la maravilla sorprendente de aquella mies,
-rescatada al páramo como botín de durísimo combate, era obra y
-tormento de la mujer maragata; que bajo aquel fugitivo mar de
-espigas naufragaban oscuramente la juventud y la belleza de unas
-abandonadas criaturas, por débiles tenidas en el mundo; que ni la
-heroica satisfacción del noble sacrificio acompañaba en su naufragio
-a las infelices cautivas de la tierra, del instinto y la ignorancia.
-¡Y era el hondo caudal de su ternura, inconsciente, la única fuerza
-humana bastante poderosa para hacer vivir y fructificar los indomables
-terrones del yermo!
-
-En la hidalga paramera de León, solar de los más castizos de la raza,
-teatro y reliquia de inmortales memorias, duerme el pueblo maragato,
-incógnito y oscuro, desprendido con misterioso origen de una remota
-progenie. Siglos enteros supervivió a la desolación de los eriales,
-solitario en toda la integridad de su rara pureza, embarrancando en
-la llanura como un pobre navío que encalla y se sumerge, y al cual se
-abandona y olvida en el turbulento mar de la civilización. Pero, al
-fin, en la tragedia de este «buque fantasma» se salvaron los fuertes.
-Más duros los códigos en los mares de tierra que los que rigen en los
-mares de agua, consintieron que en las bárbaras olas del erial se
-quedasen cautivos para siempre las mujeres y los niños, mientras los
-hombres útiles pedían remolque a la vida del progreso para explotar
-sus riberas. Y las pobres maragatas se encontraron solas, condenadas
-a no extinguirse nunca, porque los maridos arribaban a menudo hasta
-la callada flota que extendieron por el llano estas graves mujeres de
-Maragatería: acuden ellos potentes y germinadores a imponer como un
-tributo la propagación de la especie, a dejar la semilla de la casta
-en las entrañas fecundas de unas hembras, tan capaces, que hasta en el
-páramo cruel han producido flores...
-
-Así discurría con ansia y pesadumbre el andante poeta, enervado por la
-fragancia de los centenos, peregrino entre las espigas que palpitaban
-con dulce temblor.
-
-Sentía el mozo levantarse otra vez su inquieta voluntad con el generoso
-estímulo de las redenciones. Si era una locura soñar con la liberación
-del yermo, no lo era tanto apetecer la de aquellas mujeres miserables.
-Y, si aun este propósito fuese desmesurado para acometido por un
-corazón, un estro y una pluma, le quedaba al artista la certidumbre de
-poder esgrimir con gloria aquellas nobles armas, para rescatar del mar
-de tierra, libre y dichosa, a una sola mujer.
-
-A cada paso del mulo tomaba más cuerpo esta ilusión en los bizarros
-sentimientos del joven.
-
-Si acaso a Valdecruces le empujaban—seguía meditando—la curiosidad
-y el antojo, sobre aquellos humanos impulsos labraría con arte y con
-misericordia el cauce de ternura por donde corriese el definitivo amor
-a formar un sereno remanso.
-
-Ráfagas de ocultos fervores le sacudían, enardecido y ambicioso,
-con las manos trémulas de fiebre, la memoria llena de secretos y el
-porvenir cuajado de esperanzas. Todas sus emociones del camino se
-condensaron, vibrantes, en aquella última; de cuantas quimeras y
-memorias le acompañaron hasta allí, sólo quedaba en su imaginación,
-como cifra y símbolo, una bella figura de mujer: adornábase con un
-traje regional, acaso descendiente de góticos briales o de gentiles
-paños morunos; tenía dulce el rostro como la ilusión del viajero, y el
-alma heroica lo mismo que la raza leonesa.
-
-Reinó esta solitaria imagen como dueña absoluta de tantos pensamientos
-impacientes, cuando, ya surcada la mies, se acercó en el paisaje la
-arcillosa giba del caserío y una mansa barbechera corrió a confundirse
-con las rúas del pueblo.
-
-En la primera de las cuales se extendía ancho lugar, parecido a una
-plaza, decorado en medio con una fuente. Al borde del pilón una mujer
-aguardaba que su cántaro se llenase. Iba compuesta al uso del país,
-de mucha gala, sin duda por ser domingo, y parecía absorta en la
-contemplación de la corriente.
-
-A este sitio llegaban los viajeros cuando, desde muy cerca, un toque
-grave de campana avisó en la parroquia el mediodía.
-
-Descubrióse el espolique para rezar las oportunas oraciones y le imitó
-el caballero, distraído. Mas de pronto, al encontrar junto la fuente,
-viva y hermosa la imagen de sus recientes pensamientos, adelantóse
-hacia ella enajenado y feliz.
-
-La sorprendida aguadora levantó su mirada y le brillaron los ojos
-como topacios al llenarse de luz; era una mozuela pálida y triste, de
-agraciada figura. Advertida por el aviso parroquial, iba a santiguarse,
-cuando apareció el forastero y, mirándole con ébria admiración, trazó
-aturdidamente la señal de la cruz.
-
-En la boca del jarro, ahito, rió entonces el agua cantarina,
-vertiéndose con dulce murmullo, mientras Rogelio Terán y de la
-Hoz, hidalgo montañés, novelista romántico, poeta lírico, hombre
-sentimental, mozo gentil, con el _jipi_ en la diestra, declamó
-reverente:
-
-—¡Salve, oh maragata, augusta _Señora del Páramo_, salve!
-
-Con lo cual la aludida, escandalizada ante una oración nueva, no
-escuchada jamás, tuvo al viajero por hereje o por loco; le envolvió un
-instante en la mirada de sus ojos verdes y profundos, y abandonando el
-cantarillo, echó a correr con las mejillas pintadas de arrebol.
-
-Aún resonaba la fuga de aquellos pies menudos en la calzada vecina,
-cuando el desairado galán sintió con repentinos apremios el aguijón
-del hambre, y más sensible la pesadez del dolor de cabeza. Pero en
-atravesando la plaza ya le ofreció el reparo apetecido la casita del
-cura, puesta con vigilante devoción enfrente de la iglesia.
-
-Mudo estaba el lugar, como deshabitado y misterioso. La campana piadosa
-había cesado de tañer y la cigüeña asomaba sus alas extendidas en la
-torre, protegiendo el nido debajo de la cruz.
-
-Dió el maragato dos recios golpes en el conocido portal de don Miguel,
-y bajo el tejaroz de la parroquia volaron con alarma unos vencejos...
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-X
-
-EL FORASTERO
-
-
-CUANDO llegó a su casa Marinela, jadeante y medrosa, desde el fondo de
-la cocina donde la esperaban para comer auguró la madre:
-
-—Esa coitada rompió el cántaro de fijo.
-
-Aguardaron todos en muda expectación a que la niña explicase aquel
-azoramiento de su vuelta.
-
-—No rompí el jarro—murmuró ella con timidez—; es que vide a un señor
-rezándome, a mí misma, una salve trabucada, tal que si yo fuera la
-Virgen... Venía de viaje; está demoniado o es judío.
-
-—¿Onde fué eso?—preguntó Olalla con asombro mientras los rapaces
-corrían a la puerta, y _Mariflor_ iniciaba también un movimiento de
-curiosidad.
-
-—A orilla de la fuente—dijo la aguadora, tomando otra vez el camino
-detrás de su prima y de su hermana.
-
-La tía Dolores no pareció enterarse de la novedad, entretenida con
-encender _fuyacos_ en el rescoldo mantenido por las brasas de un tueco.
-Y Ramona, cortando lentamente raciones de la hogaza morena, rezongó
-aburrida:
-
-—¡Cuántos parajismos!
-
-Ni en la calle silenciosa, caldeada por el flamear del sol, ni en la
-plaza desierta, vieron los averiguadores rastro alguno del misterioso
-forastero. El cantarillo, en colmo, seguía derramando el agua riente,
-que al borbollar ahora, parecía esconder en sus cándidas modulaciones
-un acento de burla.
-
-—Tú soñaste, rapaza—le dijeron los curiosos a la pobre Marinela.
-
-—No soñé—afirmó la niña con mucha seguridad, aún palpitantes de
-admiración los profundos ojos.
-
-—¿Era joven?—aludió Florinda con aire distraído.
-
-—Mozo y galán; montaba un mulo alto como el nuestro; traía paje y
-fardel.
-
-—¿Por el camino de Astorga?
-
-La maragata levantó los hombros un poco insegura.
-
-—Creo—dijo—que venía por la mies... no sé de dónde.
-
-Y sus pupilas, cambiantes como las piedras preciosas, adquirieron vagos
-colores de turquesa.
-
-Olalla, portadora del cántaro, adelantábase con los niños, y
-_Mariflor_, enlazando a su prima por la cintura, preguntaba todavía con
-afán:
-
-—¿Era rubio y usaba lentes?
-
-—De eso no me acuerdo—balbució la mozuela, buscando ansiosa en su
-imaginación los perfiles del rostro aparecido. De repente aseguró
-arrobada:
-
-—Tenía los ojos azules.
-
-—¿De veras?
-
-—De verísimas.
-
-Las dos enmudecieron, con los corazones tan acelerados como si el
-color azul fuera para entrambas un abismo...
-
-Durante la comida no se habló una palabra de la aventura de Marinela;
-sólo Pedro miró a la moza por dos veces, haciéndose en la sién un
-ademán expresivo, come diciendo: estás «de aquí». La aludida se
-impacientó ruborosa, y Olalla puso un dedo sobre los labios con
-prudente disimulo, recomendando la paz.
-
-Comían en torno a una de las «perezosas», con grave compostura y
-aplomada lentitud, como si cumpliesen una sagrada obligación. Olalla,
-que oficiaba de «sacerdote» en aquella solemne ceremonia, sirvió
-primero a Florinda y después a Marinela; luego puso en un mismo plato
-las raciones de Pedro y de Tomás; en otro la de Carmina y la suya, y
-dejó el resto del caldoso cocido entre su abuela y su madre. Quedaban
-así establecidas dos tácitas preferencias, que parecían justas en
-consideración al desgano y el esfuerzo de ambas comensales, dueña cada
-una de un plato y angustiadas sobre el humo del guisote.
-
-Era tan visible la repugnancia con que las dos comían, que Ramona,
-después de empapujarse varias veces con murmuraciones, atragantadas
-entre bocados y sorbos, acabó por decir con aquella su ronca voz, sin
-matices ni blanduras:
-
-—¿Por qué no mojáis mánfanos en la salsa? Hay que comer para trabajar.
-¡Vaya unas mozas, que no valéis una escupina!.
-
-La abuela suspiró con un ¡ay! rutinario, muy tembloroso. Y Olalla posó
-interrogantes sus ojos claros en las delincuentes: siempre comían poco;
-¡pero lo que es hoy!... Abarcó la mesa en una solícita mirada, sin
-tropezar otros manjares que el pan moreno y duro, y volvióse hacia el
-llar, desguarnecido de cacerolas, humeante bajo la caldera donde hervía
-el agua para la comida del cerdo. Paseó en idénticas persecuciones
-las paredes y el techo de la cocina, y después de lanzar sobre su
-madre temerosa consulta, que no tuvo respuesta, preguntó a las dos
-inapetentes:
-
-—¿Queréis una febra de bacalao?
-
-Todos los ojos se volvieron hacia la pobre bacalada, a la cual un
-cloque hería prisionera en la altura, pendiente como una interrogación
-sobre la estancia miserable.
-
-Las dos favorecidas por el generoso ofrecimiento se habían apresurado
-a hundir en la salsa pedacitos de pan desde que Ramona censuró sus
-melindres. Movieron la cabeza diciendo que no ante la perspectiva del
-regalo, torpes para hablar, como si una misma angustia les cerrase la
-boca, y mirándose con singular emoción, a punto de gemir.
-
-—No; si tú—saltó la madre iracunda, dirigiéndose a su hija—tienes
-gustos muy finos; naciste para canonesa y no llegaste a tiempo.
-
-La muchacha rompió a llorar con exageradas señales de dolor, como
-si otros secretos infortunios le acudiesen a los ojos pungidos de
-lágrimas, mientras que su prima, sintiéndose también envuelta en la
-insistente acusación, reclamaba su animosa voluntad para serenarse.
-
-Olalla había palidecido: nada la hacía estremecer como el lloro de sus
-hermanos.
-
-—¡Madre, por Dios!—rogó conciliadora. Y añadió fingiendo
-alegría:—Hoy hay postre, que es domingo.
-
-Los rapaces se miraron sonrientes, y ella, al levantarse con rumbo a un
-secreto armario, acarició los hombros de Marinela y le sopló al oído
-unas palabras, suaves como zureos de paloma...
-
-Las manzanas y el queso pusieron a los niños tan alegres, que su
-animación llegó a resplandecer un poco en toda la familia, y Olalla,
-más libre de cuidados, reveló de pronto un pensamiento que desde la
-víspera le venía causando sordas indignaciones:
-
-—¡Miren que llegar sin un triste céntimo el hombre de Rosenda, tiene
-alma!
-
-Acogió Ramona la conversación con interés agudo, murmurando:
-
-—Ella hace muy bien en amontonarse.
-
-—¡Perfectamente!
-
-—Amontonarse, ¿qué quiere decir?—preguntó _Mariflor_ curiosa.
-
-Y su tía, más amargo que nunca el acento, explicó entonces:
-
-—Pues no vivir con «él», no recibirle, negarle hasta el habla.
-
-La vieja parpadeó muy de prisa, como si espabilase el sueño o
-solicitase una gota de llanto para limpiar las nubes de sus ojos.
-
-—¡Válgame Dios!—prorrumpió únicamente.
-
-—Sí; válganos a las míseras madres abandonadas con los hijos—clamó la
-nuera.
-
-Un exiguo fulgor, como llegado con fatiga desde muy lejos, chispeó en
-las pupilas de la anciana. Y repuso quejosa:
-
-—No lo dirás por ti.
-
-—¿Que no?
-
-—Si el marido no te puede mandar dinero, de lo suyo gastáis... y algo
-de los demás.
-
-—También lo de mis padres lo gastaron los nietos, que yo no me casé
-desnuda... y he sudado mucho en somo de la tierra.
-
-—¡Ansí es la vida!
-
-—Pero cuando es poco lo que se tiene y lo que se trabaja, al padre
-cumple mantener a los hijos... o non facerlos.
-
-—¡Mujer!
-
-—Lo que usted oye.
-
-—¿Y cuando el esposo gasta mala suerte y mala salud?...—subrayó la
-vieja, amarilla y temblante como la llama de un cirio.
-
-—¡Que se chive!—escupió Ramona con brutalidad, poniéndose de pie.
-
-Su elevada estatura dominó la estancia al ras casi del techo. Extendió
-los brazos hacia los relieves de la comida y alzó de una sola vuelta
-platos y cucharas, los mendrugos de pan, la fuente y el mantel: todo lo
-depositó sin ruido en el rincón donde era costumbre lavar el belezo.
-Se puso un delantal de arpillera sobre la saya «rajona» y comenzó
-calladamente aquella labor menuda que en los días festivos excusaba a
-su hija.
-
-Sobre el lejano resplandor enceso en los ojos de la anciana, cayó la
-rugosa cortina de los párpados. Apoyó la tía Dolores un codo en las
-rodillas, en la mano la frente, los pies en un «silletín», y pareció
-que se amodorraba en el sopor de una fácil siesta.
-
-Los rapaces se habían escabullido hacia el corral, y las tres mozas,
-descoloridas, inmóviles, se inclinaban en una misma actitud de
-sobresalto, como si las aturdiese el rudo peso de aquellas frases que
-sonaron a disputa y maldición.
-
-Olalla, vergonzosa de que su prima sorprendiese tan acerbas
-intimidades, quiso, para disimular su disgusto, seguir hablando de
-Rosenda Alonso.
-
-—Es una hija del tío Rosendín, ¿sabes?—le dijo en voz baja a
-_Mariflor_.
-
-—¿El sacristán?
-
-—Ese. Figúrate que la pobre parió dos mielgos la semana pasada; ¿te
-acuerdas?
-
-—Sí; yo la encontré pocos días antes, que daba compasión...
-
-Y la muchacha se estremece al recuerdo de aquella criatura sin forma de
-mujer, apabilado el rostro, desfallecida como una sombra, arrastrando
-con paso vacilante un _feije_ de leña y un vientre enorme.
-
-—Pues tiene otro rapaz—continúa Olalla—que anda en cuello todavía
-y sin qué echar a la boca; cuando va y se le presenta el marido
-fambreando también.
-
-—¿El, es bueno?
-
-—Serálo; pero es pobre como las mismas ratas.
-
-—Si se quieren...
-
-—¿Cómo se han a querer, boba, sin ser dueños ni de un quiñón de tierra?
-
-Triunfante al exponer aquella rotunda imposibilidad, la joven dice:
-
-—Con menos apuros las maragatas se amontonan cuando los maridos
-vuelven sin dinero. ¿No verdá, Marinela?—y sacude blandamente a la
-trasoñada niña.
-
-Ella parece despertar de una grave meditación, se hace repetir la
-pregunta, y luego responde con respetuoso fatalismo:
-
-—Es el usaje del país.
-
-Y Florinda, abrumada por la validez indiscutible de tal uso, baja la
-frente sin replicar. Otros íntimos anhelos la preocupan, mucho más
-agitados desde que Marinela encontró al forastero de los ojos azules...
-
-Entra Pedro desperezándose, y dice que después del Rosario irá a fincar
-los bolos; en su aire aburrido se conoce el deseo de que llegue la
-hora. Como parlotea en alta voz, Olalla le advierte por señas que está
-durmiendo la abuelita, y él entonces vuelve a salir hacia el corral
-donde los chiquillos discuten la posesión de un _rongayo_ de manzana.
-
-Desde la oscuridad donde trajina, pregunta secamente Ramona:
-
-—¿No lleváis al chabarco los curros?
-
-La abuela se estremece sin abrir los ojos, y las muchachas se ponen de
-pie como sacudidas por un resorte.
-
-—Agora mismo—dice la mayor—. Y las otras la siguen con mucha
-celeridad, como si les diese miedo quedarse en la cocina.
-
-La brusca luz de fuera les hace a las tres entornar los párpados. El
-_estradín_ está lleno de moscas y de polvo, y el corral, a pleno medio
-día, arde y calla, reverberante de sol.
-
-—¿Onde estarán esos pillavanes?—dice Olalla, viendo que sus hermanos
-han desaparecido.
-
-Se oyen hacia el huerto unas risas pueriles, y las gallinas se
-alborotan pedigüeñas delante de las muchachas.
-
-En la negra habitación que acaban de abandonar parece que con ellas
-ha huído la poca luz que había, aquel dorado resplandor que desde el
-_estradín_ entraba con un vaho caliente de la tierra. El trashoguero,
-embrasado todavía, pone en el hondo llar rojos matices de expirante
-lumbre y un olor de agua sucia emerge en el aire con la oscuridad y con
-el humo.
-
-La tía Dolores, apenas salieron las muchachas, se enderezó con
-singulares bríos, cerró las dos puertas que daban acceso a la cocina
-y, adelantándose en la sombra, segura como un remordimiento, preguntó
-hacia el sitio aquel donde se rebullía la nuera:
-
-—Si viene Isidoro, ¿tú no le recibes?
-
-Hubo un silencio frío... Se oyó después un «No, señora».
-
-Menos firme, la voz de la anciana tornó a decir:
-
-—Y si algún día viene a tu casa Pedro, comalido y pobre, ¿le recibirás?
-
-Vibró al punto un fuerte «Sí, señora».
-
-Y la tía Dolores, extendiendo los brazos con un sordo crujido, replicó
-anhelante:
-
-—¡Pues no olvides que esta casa es mía!
-
-Se quedó allí la vieja, muda y en cruz, sin que el rincón sombrío se
-diese por enterado de aquella lógica irrebatible. Porque Ramona, que
-ya había acabado de fregar, abrió sin ruido la puerta lindante con la
-cuadra y salió llevando la comida para el cerdo...
-
-El caudal que durante los inviernos pasa trabajador por los molinos,
-derivado del Duerma, hace su entrada en Valdecruces bajo la humilde
-forma de un arroyo, sujeto a languideces estivales que en ocasiones
-llegaron a borrar la estela desmayada. Viene esta caricia de aquel lado
-donde madura más temprana la mies, donde no todo el terreno es añojal
-y hasta algunas parcelas pueden pomposamente llamarse «de regadío»
-cuando los ardientes calores funden en el Teleno heladas nieves, y unos
-providenciales arroyatos brindan a este rincón de la llanura el piadoso
-murmullo de su limosna.
-
-Por el mismo lado entró, en este día memorable, un poeta con ínfulas
-de libertador, como si todas las sonrisas de la esperanza hubiesen de
-llegar a Valdecruces desde allí.
-
-Mientras Olalla espera que los patos se bañen en el desmedrado
-arroyuelo, las otras dos mocitas están muy silenciosas y meditabundas
-mirando cómo fluye el tenue hilo de la corriente. Y sin más preámbulo,
-como si una invencible preocupación la sugestionase, Marinela dice:
-
-—Sí, sí; por aquel lado «venía».
-
-Su voz, impregnada de misterio, balbuce al oído de la enamorada, que se
-estremece y se turba:
-
-—Hace volcán—pronuncia Olalla vagamente—. Y Florinda cubre sus
-cabellos con el pañuelo blanco del bolsillo.
-
-En el sopor fatigoso de la hora fulgura el aire y duerme la tierra,
-retostada y sediente, sin que llegue del vecindario un solo suspiro
-hasta la calle, desde las ventanas, abiertas como bocas en perezoso
-bostezo.
-
-Han madrugado mucho los calores y los campesinos temen, con razón, que
-se les tueste la cosecha antes de estar en punto de segarse. Andan ya
-«cogiendo la vez» para los trajines del riego, solicitando hasta la
-última gota del agua que empieza a murmurar como en agosto, derretida
-en los montes por este mismo ábrego que en la llanura consume los
-caudales del Duerna.
-
-Tales pensamientos se agitan en la mente de Olalla con fatigado
-rumbo: este arroyo, vecino de su calle, no le dará corriente para
-lavar la ropa, para bañar los patos, para surtir a la cocina; y, sobre
-todo, no podrán buscar quien las ayude en las tareas del riego, ni
-en las de la _jaja_ y escardadura; quizá tampoco en las de la siega
-y la recolección. Las obreras son demasiado pobres para esperar por
-los jornales; de América no mandan un céntimo; el tío Cristóbal pide
-los haberes o la casa, y la abuelita chochea sin acordarse de lo que
-debe, de lo que es suyo, de cuanto sea preciso pagar y conseguir. Ya
-volaron los restos de la «matación», y la olla cuece sin «llardo» y
-sin «febrayas», como la del último pobre del lugar. Escasea el aceite;
-faltan zapatos a los niños; la madre sufre y riñe, con el genio más
-adusto que nunca...
-
-—¡Dios santo!—clama la moza en medio de sus meditaciones, sin poderse
-contener.
-
-—¿Qué sucede?—le pregunta su prima.
-
-Pero Olalla conoce por instinto el arte de fingir. Su carácter
-reservado y oscuro no se presta a las expansiones; siente un salvaje
-pudor de aquella terrible miseria que a pasos agigantados se posesiona
-de su hogar, y hasta en el seno de la familia procura disimularla,
-menos por compasión que por orgullo de mujer fuerte, por extraña
-codicia que la empuja con bravo deseo a esconder, como un tesoro, penas
-y trabajos para ella sola, hasta donde sea posible.
-
-—Sucede—responde tranquila—que estáis cogiendo un sofoco sin
-necesidá; veivos a casa.
-
-—No, no—se apresuran a decir las otras con obstinación.
-
-Y como Olalla siente que la negativa está envuelta en nubes de
-inquietud, quiere ahuyentar con frases animosas aquel mudo trastorno,
-y balbuce palabras resonantes que tiemblan en la penumbra de los
-pensamientos igual que pajarillos lanzados a volar en medio de la noche:
-
-—Bailaremos a la tarde. Ya Marinela tiene que empezar a ser moza, y
-tú habrás aprendido las danzas de aquí, en dos meses que las ves...
-
-—No aprendo todavía—responde _Mariflor_.
-
-—No bailo—asegura Marinela.
-
-Impaciente por aquellos murmullos negativos, Olalla prorrumpe:
-
-—¡Sodes bobas!
-
-Sonríe Florinda, deseando mostrarse menos preocupada, pero busca en
-vano alguna cosa alegre que decir; y como los «curros» patullan en la
-fangosa margen del arroyo, comenta distraídamente.
-
-—Casi no tienen agua.
-
-—Sí; el aflujo va mermando con la sequía, y en el bañil de allá bajo
-tampoco hay bastante para que las bestias se remojen...
-
-—¡Si lloviese!—ansía _Mariflor_, sabiendo que se aguarda la lluvia
-como un gran beneficio.
-
-Las tres alzan los ojos con incertidumbre hacia el flamante cielo,
-curvado en imperturbable serenidad sobre la aldea, y los tornan después
-hacia la calle, que silente y espaciosa como un ejido, huye al campo
-con el leve surco del arroyo entre las guijas.
-
-La doble hilera de casas, puestas holgadamente en su sitio con cierta
-urbana solemnidad, se interrumpe a menudo por sebes de huertos,
-portones de corrales y afluencias de otras rúas, que también se abren
-anchas, calientes y dormidas.
-
-—Parece que no hay nadie en el pueblo—dice _Mariflor_, dominada por
-el agobio profundo de tanta soledad.
-
-—Están todos echando la sosiega, mujer; ya verás como otros domingos,
-a la hora del Rosario y después en el baile, cuánta gente.
-
-Y Olalla, siempre calmosa, parece que se olvida de recoger sus patos.
-
-Hasta que llega un perruco con la lengua fuera a beber en el mísero
-arroyuelo, y espanta los ánades que salen parpando a las orillas en
-torpes vaivenes.
-
-El gozque, así que sacia la sed, ladra con furia, y cuando las niñas
-vuelven la cabeza buscando el motivo de aquel alboroto, ven a Ramona
-asomándose a la empalizada del corral.
-
-—El tercero para las dos—advierte—. ¡Si habéis d’ir al Rosario!...
-
-A esta sazón rompe a tocar la esquila de la iglesia.
-
-Aléjase el perro, lanzando sordos gruñidos a la brusca aparición de
-Ramona, mientras las muchachas y los patos se recogen.
-
-Y en la calle, letárgica otra vez, sólo parece vivir el hilo tenue del
-arroyo, y un trapo que a lo lejos pone erguida su dudosa blancura, como
-anuncio y señal de una taberna.
-
-Cuando vuelven a caer las tres mozas en el hondo agujero de la cocina,
-sienten una frescura penetrante en medio de una densa oscuridad.
-
-Mas, pronto Olalla descubre en la masa de sombras y de humo a la
-_Chosca_, acurrucada en el suelo entre la ceniza, dando sorbos y
-bocados voraces a la misteriosa sustancia que extrae de un pucherete.
-
-En el escaño, donde suele dormir la criada, se ha escondido la tía
-Dolores. Allí está inmóvil sobre la ruin yacija, dominada por el
-letargo o por el sueño.
-
-—¿Qué hace usté, abuela?—le pregunta la joven asombrada—¿Duerme
-todavía?... ¿No viene a la parroquia?
-
-La sacude con el temor de que pueda ocurrirle un accidente.
-
-Pero ella responde levantándose:
-
-—Ya voy.
-
-También su voz ahora parece que ha venido de muy lejos, como el fugaz
-relámpago que le brilla algunas veces en los ojos.
-
-Hoy la esquila avisadora voltea con más sutiles vibraciones; algo le
-sucede; anuncia una cosa extraordinaria; tiene una doble intención,
-oculta en el repique insinuante en los últimos golpes: _Tan... tan...
-tan..._ ¿Qué secretos dice a gritos la esquila?...
-
-Esto se pregunta _Mariflor_ acabándose de vestir, y en tanto que vuelan
-como alondras sus deseos.
-
-Ya las tres maragatas están muy elegantes, que, de la antigua opulencia
-familiar, guarda la tía Dolores ricas vestiduras del país: «rodos»;
-sayuelos, dengues, arracadas, mandiles y otros aliños de mucha gracia y
-mérito, aunque no cotizables para la avaricia del tío Cristóbal, como
-los «bagos» y las yuntas.
-
-Marinela, endomingada desde muy temprano, aguardó en un rincón que las
-otras terminasen su arreglo, procurando no estorbar en la estrechez del
-gabinete de Florinda, único de la casa donde con el sol entra alegre la
-luz.
-
-Cuando van a salir, llega muy presurosa la sobrina del párroco, con la
-mantilla puesta y el rostro encendido.
-
-—Como tardábais—dice—, vengo por vosotras. Y añade en impaciente
-explosión confidencial:
-
-—¿No sabéis?... Ha llegado a casa de mi tío un señor de Madrid:
-escribe libros y cantares, y habla mucho de _Mariflor_.
-
-—¿Le conocías?—prorrumpe Marinela estupefacta, adivinando que ha
-parecido su forastero de los ojos azules.
-
-La aludida, acelerado el pulso, batiente el corazón, murmura como un
-eco de contestaciones idénticas:
-
-—Venía «con nosotras» en el tren...
-
-—Sí; es verdad—corrobora Ascensión—, lo ha contado en la mesa, y
-como yo he servido la comida lo estuve oyendo todo.
-
-Olalla oculta impasible sus impresiones, y las pupilas volubles de
-Marinela relumbran como dos esmeraldas.
-
-—¿No está loco?—interroga.
-
-Y luego que refiere a la sobrina del cura su hallazgo singular del
-medio día, ésta clama risueña:
-
-—¡Andanda con la salve!... Pues el señor que dices está en su sano
-juicio, es bien fablado y buen mozo.
-
-—No llegaremos a tiempo—murmura pasivamente Olalla.
-
-Movidas por advertencia tan oportuna, salen del gabinete y de nuevo
-cruzan las sombras del pasillo y de la cocina, evitando con la puerta
-principal el rodeo de la calle. Ni junto al llar ni en el escaño hay
-figuras humanas esta vez: la casa, desierta y silenciosa, se agacha
-humilde bajo el sol.
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-XI
-
-LA MUSA ERRANTE
-
-
-—HAY comedia...
-
-—Hay volatines... ¿Vamos?
-
-—Díle a madre que nos deje ir...
-
-—¡Díselo!
-
-Olalla fingió enojo, deseando complacer a los chiquillos, y lamentóse
-en alta voz para que su madre la oyese:
-
-—¡Cuidao que sois pidones! Por mi parte ya estáis aquí de más.
-
-—Y mañana no habrá quien les recuerde para ir a la escuela—dijo
-Ramona en tono de transigir.
-
-—¡Ah! Ya les haría yo poner los huesos de punta.
-
-Las tres caras redondas y apacibles de los niños demostraban insólita
-inquietud, porque la esperanza de asistir a una «comedia» en el propio
-Valdecruces era cosa verdaderamente absurda, capaz de conmover a todo
-el pueblo.
-
-Nadie supo qué azares enemigos llevaron a los infelices histriones por
-aquellas pobres veredas maragatas. Ello fué que, con las penumbras
-de la noche, llegó un carro al crucero, se detuvo en una esquina
-estratégica y comenzó a desalojar extraños personajes, herramientas
-y enseres, bichos y trapos. Salieron de la ambulante guarida tres
-viejos y una mujer madura, dos mozas, dos niños y un galán; varios
-perros ladraron, chilló un mono, vociferó un lorito y relincharon dos
-caballejos y una mula: dió a luz, en fin, el Arca de Noé.
-
-El asombro de algunos rapaces que presenciaron la llegada, propaló
-por el pueblo la noticia, y la soporosa tranquilidad de los vecinos
-encendióse con rara turbación.
-
-Desde el baile, cuando ya se retiraba la gente dominguera en pacífico
-desfile, escurriéronse los grupos hasta el Crucero, y, a distancia, con
-ciertas precauciones, comentaron la singular visita.
-
-A la vera del carro fulgían ya, como luciérnagas, algunas luces, y los
-juglares, con actividad inconcebible para el atónito público, habían
-obtenido del tío Cristóbal, alcalde pedáneo, licencia para celebrar
-aquella misma noche una función.
-
-Entre grandes estrépitos, de escandalosa y memorable resonancia,
-un tambor y un cornetín anunciaban, a poco, el _extraordinario
-espectáculo_, para las nueve y media en punto.
-
-Inicióse el pregón al través de las calles con una arenga dicha en
-medio de la plaza por el más mozo de los tres viejos. El orador,
-después de saludar con leve modulación extranjera al _respetable
-público_, ponderó como lo más sorprendente de aquella solemnidad la
-«presentación» de la «célebre» _Musa errante_, una dama loca de amor,
-que andaba por el mundo gimiendo su querella y que declamaría sus
-cuitas en «magníficos versos» ante el _ilustre auditorio_. El cual no
-quedó muy enterado de la importancia del anuncio ni muy curioso por el
-peregrinaje de la _Musa_.
-
-Pero se celebrarían también «danzas griegas»; difíciles y peligrosos
-ejercicios de gimnasia; burlas de payasos; suertes maravillosas por «el
-nunca visto joven Manfredo, malabarista y nigromante».
-
-Tantas exóticas ponderaciones, comprendidas apenas, enervaron al
-«ilustre auditorio» con un fascinador aroma de flores desconocidas.
-
-Y el violento perfume de la novedad que desvela a los niños impacientes
-alrededor de Olalla, llega a trascender en el acento de la madre,
-ablandado de pronto.
-
-Aprovecha la moza esta buena coyuntura para preguntar con su tacto
-calmoso de campesina:
-
-—¿Nos deja ir?
-
-—Dirnos... ¡Pero solas!...
-
-—¡Venga usted!
-
-—Que vaya la abuela.
-
-La cual tuvo que ser consultada a voces, como si se hubiera quedado
-sorda de repente. Y enterándose de que era invitada a «juegos de
-farsantes», negóse esquiva y triste, con entumecido movimiento de
-cabeza y de labios.
-
-—Iré yo—murmura Ramona, lanzando a su suegra una mirada baja y fría.
-
-Cuando buscan a _Mariflor_ para cenar, responde desde el huerto, y
-acude sonriente, sin esconder el gozo del semblante.
-
-Le dicen los chiquillos que van a ir todos «a la comedia», y la
-muchacha procura sacudir el entorpecimiento agudo de su alegría para
-razonar y entender lo que sucede. Repite en voz alta lo que han dicho
-los otros, deseando cerciorarse así de cuanto oye; y su acento resuena
-ronco y dulce, embargado por la emoción.
-
-Todos quedan mudos cuando habla ella, sobrecogidos por la fuerte
-caricia de ternura que como encendida fragancia brota en sus frases
-pueriles. La miran con vago asombro; resplandece, y sonríe sin cesar,
-recién despierta a realidades que sin duda ha soñado; moja con la punta
-de los dedos pedacitos de pan en la inevitable salsa, y parece que le
-saben muy bien según los multiplica.
-
-La frugal colación tiene esta noche un gusto nuevo, un incógnito grano
-de pimienta que estimula en los paladares el apetito y la sed. Hasta
-la inapetente niña de los ojos volubles, come de prisa, alterada y
-ansiosa, como si fuese un sápido manjar la «sopa de patata».
-
-Cuando más se acentúa el incitante sabor que hay en la cena, más se
-extiende el silencio en la cocina. Entonces _Mariflor_ revive a sus
-anchas las preciadas memorias de aquella tarde, y también la punta
-de sus pensamientos mojan pedacitos de ilusiones en la «salsa de la
-felicidad»...
-
-Bendice la niña el instante precioso en que don Miguel le dijo, al
-salir de la iglesia:—Aquí está «aquel señor» amigo tuyo—mientras
-Rogelio Terán, con aire deslumbrado y feliz, se adelantó a saludarla en
-medio de las primas.
-
-Como él no reconociese en Marinela a la maragata que halló junto a la
-fuente, la sobrina del cura hizo el descubrimiento entre rubores de
-la moza y cortesanías del galán; después, todos reunidos, se fueron
-lentamente hacia el lugar del baile.
-
-Aprovechando la estrechez de una calleja, dijo Ascensión, oficiosa:
-
-—Vayan delante ustedes.
-
-Emparejó a la enamorada con el artista, quedóse del brazo de Marinela y
-dejó atrás a Olalla con el sacerdote...
-
-Bebe _Mariflor_ un sorbo de agua, en la boca misma del cántaro, para
-serenar este recuerdo, y quédase confusa ante los murmullos de las
-palabras dulces que todavía resuenan en su oído y las consideraciones y
-esperanzas que se agitan en su corazón.
-
-Es a ella, a la triste criatura abandonada entre cuidados y
-pesadumbres, a quien un hombre de calidad ha dicho esta tarde:
-
-—¡Te amo, te amo!... Sueño llevarte en mis brazos, un día, lejos de
-Valdecruces; quiero que seas dichosa y que me debas la felicidad;
-quiero compartir la vida contigo. ¡Eres mi reina, eres mi musa!... ¿Me
-quieres, _Mariflor_?
-
-—Sí, sí—repite embriagada por la gratitud el eco de una respuesta.
-
-Y entre las efusiones sentimentales que embargan a la moza, que hinchan
-sus pensamientos y los entumecen con divina y cordial calentura,
-quedan flotando en obstinada aparición las imágenes más indiferentes;
-el gorrito azul de la niña mielga a quien Rosenda Alonso mece en las
-rodillas; el severo perfil de las bailadoras que danzan de dos en dos,
-con los ojos bajos, el ritmo lento y las castañuelas alborotadas, y el
-semblante inmóvil del tío Fabián, agrietado y oscuro como las nueces
-secas...
-
-También la _Chosca_ tenía cara de nuez. Y mirándola con repentina
-curiosidad, sintió la muchacha importunas ganas de reir.
-
-Comía la sirviente a la mesa metiendo su cuchara con acompasado vaivén
-en la vasija común a la tía Dolores y a Ramona. Las tres sorbían y
-mojaban con lenta moderación, sin hablar y sin mirarse, como viajeros
-extraños y adustos a quienes el calor y la sed reúne en el camino a la
-sombra de un árbol o en torno a la frescura de una fuente.
-
-Descubre a estas mujeres _Mariflor_ como a criaturas nunca vistas ni
-relacionadas con la sangre de ella, con su casta y origen.
-
-Y cuando, ya agotado en los platos el _moje_ por mendrugos de pan, se
-levantan los comensales para salir, quédase la muchacha sorprendida por
-su propia voz que que dice:
-
-—Adiós, abuela.
-
- * * * * *
-
-Apacible y sin estrellas rodaba la noche en el espacio.
-
-Al caer la tarde, se había extendido sobre el cielo, pálido de calor,
-una sutil neblina, delicada y luminosa en su baño de luz crepuscular.
-Y al descender la sombra a la llanura, quedó la blanca nube abierta en
-los horizontes como un manto refrigerante, encendida por un cándido
-resplandor de plenilunio: dulces soplos de viento, que parecían rezar
-por los caminos, acabaron de prestar a la noche encantos de primavera.
-
-El auditorio de los comediantes, compuesto de niños y mujeres, con
-algún anciano por rara excepción, se preocupaba de mirar al cielo
-tanto como a la vieja alfombra convertida en escenario bajo la trémula
-claridad de unos hachones.
-
-—Píntame que hace viento de Ancares—anunció Olalla con regocijo.
-
-—Sí; corren unas falispas algo frescas—corroboró Ramona.
-
-Su acento, amargo siempre, envolvía en la brusca modulación una
-violenta ansiedad que halló resonancia febril en el concurso: la
-inquietud y el deseo hizo balbucir a todos los labios con sigilosa
-esperanza:
-
-—¡Hace viento de Ancares!...
-
-Y detrás del feliz augurio, los ojos se volvieron hacia el Norte,
-escrutando las nubes encima del caserío, de aquel lado por donde la
-lluvia era esperada.
-
-—¡Señores, atención!—gritó el director de escena, como si advirtiese
-que el público se distraía del «maravilloso espectáculo»—. Va a
-comenzar la extraordinaria labor del joven Manfredo.
-
-Ya se habían celebrado las «danzas griegas», un baile triste, lleno de
-extrañas figuras y contorsiones, entre una moza muy desabrigada y un
-doncel con arreos de baturro.
-
-Era, sin duda, este mismo «nigromante y malabarista» que jugó con
-navajas y botellas, con platos y faroles, tirándolos al aire en
-complicadas suertes, para recogerlos con las manos, con la boca y con
-los pies.
-
-En seguida barajó unos resobados naipes y los hizo viajar por todo su
-cuerpo. Guardó una carta con mucha pulcritud en la palma de la mano,
-advirtiéndole muy finamente:
-
-—Pasa, monina; pasa, chiquitina... pasa...
-
-Y al conjuro del ruego mimoso, la sacó de la punta de una bota,
-exclamando complacido:
-
-—¡Ya pasó!
-
-Aquel público no conocía, en su mayor parte, más tramoyas que las
-farsas de los pastores, celebradas por año nuevo en zancos sobre la
-nieve, y estaba, en realidad, maravillado.
-
-—Paez cosa de paganía—murmuró Ramona con recelo.
-
-—¡De veras!—dijo a su lado, absorto, _Rosicler_.
-
-Un espacioso rumor llevó sobre el concurso estas palabras que se
-condensaron en la frase hostil:
-
-—¡Esos tíos serán ensalmadores!...
-
-Y las aguas muertas de todas las pupilas se rizaron con un soplo de
-supersticiosa pasión.
-
-En aquel momento apareció en la plazuela don Miguel con su hermana, su
-sobrina y un señor que ya por la tarde estuvo acompañándoles y gastó
-inusitado palique con _Mariflor_ Salvadores.
-
-Acercáronse los recién venidos al grupo que formaba el auditorio, y el
-forastero halló manera de llegarse a Florinda, en tanto que el cura
-explicaba a Ramona algún asunto muy difícil, a juzgar por lo que ella
-dilataba los ojos con un gesto anhelante de comprender: miró por fin
-a su sobrina arrobada en silenciosa conversación con el caballero, y
-alzó los hombros con brusca señal de indiferencia. Pero su mirada, fija
-con dura obstinación en el escenario, ya no vió imágenes distintas
-ni participó nuevas impresiones al atormentado pensamiento: toda la
-inteligencia de la pobre mujer quedó colmada, inflexible y obtusa bajo
-las frases breves del sacerdote.
-
-El joven Manfredo pedía, con muchas reverencias, un aplauso al
-«respetable público», después de complicada serie de habilidades. Y
-aquella gente, que no sabía aplaudir, mostróse torpe y seria delante
-del ceremonioso malabarista.
-
-No parecía muy buena la ocasión para alargar la bandeja peticionaria,
-y las mujeres se quedaron atónitas ante aquel movimiento repentino del
-director de escena.
-
-Todas las manos se encogieron vacías, y el estupor general daba a
-entender cuán sincera existía allí la convicción de que los histriones
-fuesen unas criaturas sin hambre y sin cansancio, ni otra misión en el
-mundo que la de rodar en una preñada carreta divirtiendo a las gentes.
-
-—Señores: ¡somos unos pobres artistas!—clamó el director con su
-acento italiano y su cara triste.
-
-Una ráfaga de sorpresa agitó débilmente los inanimados sentimientos del
-concurso; pero los rostros continuaron impasibles enfrente del ajeno
-dolor.
-
-Rogelio Terán contemplaba asombrado la escena, quizá sin suponer que en
-ninguno de aquellos bolsillos hubiese un solo cobre.
-
-La limosna del párroco y la del forastero vibraron únicas, con sonoro
-repique en la exhausta bandeja.
-
-Al brillo de la plata, una calurosa actividad reanimó a los artistas.
-Pidió el galancete su sombrero al tío _Chosco_, el enterrador, que no
-sin vacilaciones alargó la miserable prenda, raída y parda, de alas
-abiertas, ceñido el casco por un cordón de colgantes borlas.
-
-El viejo lucía inmóvil su _garnacha_ venerable, remedo de la gentil
-melena de los godos. Y el malabarista sacaba duros, a granel, del
-maragato sombrero; hacía sonar con deleite las monedas, y tenía al
-público sugestionado con este inverosímil rumor del vil metal.
-
-Sin que decayese el raro interés que tan peregrino juego despertaba,
-anunciaron a toque de corneta la aparición de la _Musa errante_, y el
-propio joven Manfredo, sin un solo duro ya en sus manos, adelantóse con
-mucha gallardía sobre la alfombra, presentando a la dama.
-
-Era ésta menuda, frágil y bella; parecía una niña vestida de señora.
-
-Llevaba flotante la cabellera oscura, el vestido de luto, escotado y
-aparatoso, con relumbrones de lentejuelas y sobrepuestos de livianos
-tules. Había en su rostro infantil, quebranto y languidez; los ojos,
-despiertos y tristes, pedían clemencia en mudo lenguaje; los bracitos
-desnudos, agitados en la patética oratoria, se abrían como en demanda
-de un abrazo, con la desolada expresión de quien siente una infinita
-necesidad de reposo y de auxilio.
-
-Avanzó enlutada entre los humeantes hachones, con aire visionario y
-fúnebre, y comenzó a decir:
-
- Yo soy una mujer: nací pequeña,
- y por dote me dieron
- la dulcísima carga dolorosa
- de un corazón inmenso.
- En este corazón, todo llanuras
- y bosques y desiertos,
- ha nacido un amor, grande, muy grande,
- colosal, gigantesco;
- amor que se desborda de la tierra
- y que invade los cielos...
- Ando la vida muerta de cansancio,
- inclinándome al peso
- de este afán, al que busca mi esperanza
- un horizonte nuevo,
- un lugar apacible en que repose
- y se derrame luego
- con la palabra audaz y victoriosa
- dueña de mi secreto.
- Yo necesito un mundo que no existe,
- el mundo que yo sueño,
- donde la voz de mis canciones halle
- espacios y silencios;
- un mundo que me asile y que me escuche:
- ¡le busco, y no le encuentro!...
-
-Vibró la última estrofa como un gemido y rodó sobre la calma de la
-noche con tan anchurosa profundidad, que la errante querella pudo
-sentirse peregrina de un mundo nuevo, del mundo silente y espacioso
-anhelado por aquel inquieto y henchido corazón.
-
-Florinda y el poeta se miraron a los ojos con profunda zozobra,
-impresionados por la avidez y la inquietud del amoroso romance. Y a las
-impasibles aldeanas les pareció sentir en algún punto remoto de su ruda
-naturaleza un extraño roce como de brisas o de alas, una desconocida
-sensación de impaciencias y ansiedades.
-
-Aquel sordo torbellino sentimental fué a batir en el pecho de Marinela
-con el ímpetu de una marejada tempestuosa.
-
-Desde el medio día se agitó la zagala en brusco sobresalto hasta la
-hora en que vió al forastero junto a _Mariflor_ hablándola con los
-labios y con los ojos un divino lenguaje que la niña tradujo con
-intuición milagrosa.
-
-Y esta noche, sacudida por contradictorios sentimientos, perturbada por
-singulares impulsos, advirtió de pronto que latía desnudo su corazón al
-viento de las estrofas errabundas, como un árbol a quien arrebata su
-follaje repentino huracán.
-
-La voz ardiente de la farandulera desceñía con arrebato vertiginoso la
-vestidura de sombras y de ignorancias sobre los exaltados pensamientos
-de la joven, y ella veía a la intemperie todo el fermento amargo de sus
-desvaríos, todo el caos de sus bellas locuras; pensó que los demás
-contemplaban con asombro aquella terrible desnudez espiritual, motivo
-de su espanto, y cubrióse con el pañuelo la cara roja de vergüenza.
-¡Estaba herida del incurable mal de amores que el romance clamaba!
-¡Tenía, como la errante musa, un anhelo infinito sangrando penas en el
-inmenso corazón!...
-
-Y esta misma certidumbre entraba en el ánimo de la moza con nublada
-conciencia, como al través de un sueño. Quizá la niña triste iba a
-sacudir tamaña pesadilla despertando a su estado interior de oscuridad,
-donde ardía como lámpara celeste la vocación religiosa, vacilante y
-confusa entre nieblas que servían de pudoroso vestido al inexplorado
-sentimiento...
-
-La figuranta se adelantó en el escenario otra vez. Hablaron con ella el
-director y el galán, animándola sin duda a combatir la indiferencia del
-público con un nuevo recitado. Y la dama, obediente y humilde, volvió a
-extender los trémulos bracitos y a querellarse rostro a las nubes, con
-desgarradora expresión de impotencia:
-
- ¡Todo está dicho ya!... ¡Qué tarde llego!...
- Por los hondos caminos de la vida
- pasaron vagabundos los poetas
- rodando sus cantigas:
- cantaron los amores, los olvidos,
- anhelos y perfidias,
- perdones y venganzas,
- zozobras y alegrías.
-
- Siglos y siglos, por el ancho mundo
- la canción peregrina
- sube a los montes, baja a los collados,
- en los bosques suspira;
- cruza mares y ríos, llora y muge
- en vientos y celliscas;
- se queja en el jardín abandonado,
- en las flores marchitas,
- en las cosas humildes, en las tumbas,
- en las almas sombrías.
-
- Todo el mundo es querella, todo es himno,
- todo el mundo es sollozo y poesía...
- Y yo vengo detrás de ese torrente
- que al universo encinta,
- con una canción nueva entre los labios
- sin poder balbucirla:
- porque ya no hay palabras, no hay imágenes
- ni estrofas ni armonías,
- que no rueden al valle penumbroso
- y suban a las cimas,
- y salven los abismos,
- colmando las medidas
- de las voces humanas
- y los sagrados sones de las liras...
- ¡En este mundo lleno de canciones
- ya no cabe la mía!
- Loca y muda la llevo entre los labios
- sin poder balbucirla...
-
-Bajo las floridas alas de su pañuelo, Marinela rompió a llorar con
-un murmullo devaneante de palabras, como si también en sus labios
-feneciese una canción muda y loca, de acentos imposibles.
-
-—¿Qué tienes, criatura?—le preguntó asombrada la sobrina de don
-Miguel.
-
-Se produjo un movimiento de alarma en torno a la llorosa, y su madre la
-sacudió por un brazo, ríspida y violenta.
-
-—¡El tríbulo de siempre!—murmuró.
-
-Acercóse Olalla muy descolorida, cuando el cura, como si conociera el
-origen del súbito desconsuelo y lo creyese justo y necesario, ordenó
-que dejasen a la moza llorar.
-
-El poeta y _Mariflor_ miraron al sacerdote comprendiéndole, mientras
-los demás vecinos murmuraban que era aquel llanto un síntoma de
-«manquera» incurable.
-
-La _Musa_ extendía el plato petitorio con el aire indiferente de
-costumbre, quizá un poco movido aquella noche por el aspecto singular
-del público, por su grave y silenciosa expectación.
-
-De cerca parecía más mujer y más triste la danzante: se agrandó su
-estatura, y las líneas de su rostro aparecieron más cansadas y fuertes.
-
-Posó en torno suyo una mirada ancha y escrutadora, y para tender el
-plato al alcance del cura y de Terán, se mezcló en aquel grupo extraño
-donde hasta los niños hablaban en voz chita.
-
-Entonces, sorprendiendo los ahogados sollozos de Marinela, preguntó
-asombrada:
-
-—¿Por qué llora?
-
-Su acento dulce y caliente hizo temblar a la afligida, que descubrió el
-semblante y acarició con el húmedo cuarzo de sus ojos la figura de la
-otra mujer.
-
-Como nadie respondiese, la comedianta, agitando el velo oscuro de su
-cabellera, volvió a decir:
-
-—¿Por qué llora?
-
-—Porque le ha conmovido tu declamación—dijo al cabo Terán.
-
-Puso en la bandeja otra dádiva y averiguó sonriendo:
-
-—¿De dónde eres?
-
-—No lo sé... De cualquier parte... De un camino—repuso la andariega.
-
-—¿Cómo te llamas?
-
-—_Musa._
-
-—Será remote—pronunció una voz tímida.
-
-—¿Y dónde aprendiste esos romances tan inquietos?—añadió el joven.
-
-La enlutada sacudió su melena con un gesto peculiar, alzó los hombros y
-contestó en frase ambigua:
-
-—Por ahí...
-
-Su brazo desnudo parecía extenderse con altivo desdén hacia todos los
-horizontes universales.
-
-—¿Quieres darme una copia de los versos?—le decía Terán curioso.
-
-—Papá los tiene.
-
-Papá, que era el director, se había aproximado. Buscó diligente en
-sus bolsillos unas hojas escritas a máquina, y luego de escogerlas,
-alargólas murmurando:
-
-—No son éstas las únicas que «hemos vendido», caballero.
-
-El poeta comprendía y pagaba mientras desfiló el público en silencio,
-y don Miguel, sin intimidarse por el escote exagerado, le decía a la
-recitadora algunas palabras serenas y apacibles.
-
-Marinela, que había cesado de llorar, apoyábase en el brazo de
-Ascensión, cada vez más vergonzosa, débil, con inexplicable laxitud
-de los miembros y del espíritu, como en la crisis de una enfermedad
-repentina. Seguía obsesionándola el espanto de ver al aire su corazón
-enfermo de ambiciones y de quimeras, dolido de ternuras insensatas,
-preñado de un cantar indecible.
-
-Ramona miraba de reojo a su hija pensando confusamente por dónde
-habría venido sobre ella la agravación de sus habituales pesadumbres;
-y miraba, sobre todo al galán acompañante de _Mariflor_, sin ver,
-entre las brumas del espíritu, las razones que tendría el párroco para
-decir que aquel hombre era un buen caballero inspirado en los mejores
-propósitos hacia la niña, y a quien era preciso tratar con mucha
-discreción. En la oscura cárcel de su inteligencia el instinto le hacía
-temer a Ramona una amenaza en el forastero.
-
-Ya los cómicos apagaron los hachones y recogieron la alfombra, buscando
-el refugio de su casa ambulante, apenas visible en el abandono de la
-plaza al resplandor mortecino de dos luces.
-
-Habían retirado en un periquete los bancos y cajones donde se aposentó
-una parte del público, y quedaba otra vez la cruz sola y vigilante
-en la anchura silenciosa del lugar, abriendo los brazos con infinita
-indulgencia, precisamente hacia el rincón donde iban a dormir los
-pobres aventureros.
-
-Divididos en grupos, los curiosos tornaban a sus hogares con la
-extrañeza de haberlos abandonado, con el asombro de vagar a tales horas
-por las calzadas adormecidas en la noche.
-
-La presencia de don Miguel les obligó a rechazar suposiciones de
-brujería en el raro festejo nocturno, y un alucinamiento de milagro
-oprimió sienes y corazones ante la sorpresa de cuantas habilidades
-había lucido la farándula, aparecida como un prodigio en aquel olvidado
-rincón de la llanura.
-
-Iba Olalla tirando de sus hermanitos, que volvían los ojos borrachos de
-sueño hacia donde se quedaban los farsantes, y la familia de don Miguel
-acompañaba a la de Salvadores, siempre inclinado con ansia el forastero
-sobre la belleza de _Mariflor_.
-
-Se había roto el pálido celaje mostrando un fondo azul florecido de
-estrellas, y la luna, redonda y ardiente, subía en triunfo por el
-firmamento escoltada por tusones livianos de nubes.
-
-Aquellas ráfagas que la gente anhelosa de lluvia recibió como «viento
-de Ancares», no eran más que suspiros de la brisa mojados en la
-frescura natural de la noche. Y al mirar descorrido el cortinaje blanco
-sobre el índigo dosel, las mujeres suspiraban a la par del viento, y
-los ojos contemplaban desconsolado el alto horizonte azul.
-
-Despidiéronse las dos familias en la plaza donde el forastero encontró
-a Marinela; cambiados los adioses, con no poca timidez en algunos
-labios, desapareció cada grupo en diferente calle, y como un eco de las
-eternas inquietudes humanas, quedó allí solo y despierto el gallardo
-temblor de la fuente, compadecido por un rayo de luna.
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-XII
-
-LA ROSA DEL CORAZÓN
-
-
-AL llegar a Valdecruces conoció Rogelio la situación de la familia
-Salvadores; supo asimismo que la boda de Florinda con su primo Antonio
-era raíz de una esperanza para la rehabilitación del hogar, y que
-la pobre moza, enamorada del poeta, vivía en sorda lucha pugnando
-heroicamente por favorecer a los suyos, sin hollar los fueros de su
-propio corazón.
-
-Al oir de labios de don Miguel tales revelaciones, sintió Rogelio una
-agudísima piedad, y en un arranque de ternura y gratitud, determinó
-acelerar sus propósitos, casarse con la dulce niña y arrebatarla para
-siempre a las tristezas y servidumbres del páramo.
-
-Junto a la noble figura del sacerdote, en aquel ambiente de austeridad
-y sacrificio, desbordáronse las compasiones del caballero: vió a la
-hermosa doncella condenada a yacer en una vida tan contraria a su
-educación y natural finura; admiróla doblemente con instintos de
-artista y misericordia de enamorado; encareció sus excelencias y
-virtudes, elevándolas a lo sumo de la imaginación, y prometióse con
-hidalguía quijotesca «no comer pan a manteles» hasta librar a su dama
-de tan penoso cautiverio y hacerla feliz, muy feliz...
-
-Mas, una vez a solas, pasó por la mente del hidalgo cierta ráfaga de
-inquietud. Rogelio no era rico: después de una infancia triste, de una
-adolescencia cruel, combatida por muchas pesadumbres, su arte y su
-pluma, unidos en esfuerzo quizá no muy constante, pero firme y bien
-orientado, comenzaban a subir la dura cuesta de la fama; pero aún no
-podía como «el otro» redimir la hacienda de Valdecruces, ni siquiera
-ofrecer a su amada más que un porvenir inseguro. Unirse con _Mariflor_,
-¿sería, pues, hacerla feliz?
-
-Miraba Rogelio la vida a lo poeta, desde las cumbres, sin pensar en
-las humildes realidades hasta que por su mal tropezaba con ellas. Al
-decidir la boda no hallaba para su vida otro refugio que una silenciosa
-casita en Villanoble, donde murió su madre, la solitaria mansión
-estremecida siempre por las voces del mar. Bello rincón sin duda para
-esconder un idilio, para aguardar prósperos tiempos en brazos del amor.
-Pero quizá esos tiempos no llegasen nunca; tal vez un día tuviera el
-marido que salir del hogar, como antaño su padre, víctima también de
-amor y de pobreza, el cual se fué para siempre, aunque tras sí dejaba
-una mujer y un niño...
-
-Al abismarse en las incertidumbres de lo venidero, revivía el mozo las
-memorias de su infancia, junto a aquella madre siempre meditabunda,
-siempre inquieta, vigilando día y noche los caminos por donde el
-ausente pudiera tornar. Recordaba con obsesión de pesadilla los ojos
-desmesurados de la infeliz cuando en el horizonte marino aparecía un
-buque con rumbo a Santander, la desolación infinita del materno rostro
-en constante solicitud sobre los barcos y las olas. Cuando las lágrimas
-y el tiempo empañaron la luz de aquellas pupilas dulces y pacientes, la
-mujer perseguía al niño para señalar, entre la bruma, el humo ilusorio
-de una embarcación, y preguntar ansiosa, como la conocida «hermana» en
-el cuento popular de _Barba Azul_:
-
-—_Rogelio, hijo mío, ¿qué ves?..._
-
-Temblaba el poeta ahora, repitiendo con el corazón oprimido por
-inexplicables ternuras, su réplica tantas veces balbucida:
-
-—_No veo más que las aguas y las nubes..._ ¡El no quisiera, por nada
-del mundo, ser la causa de que en bocas inocentes hallasen ecos aquella
-pregunta y aquella contestación, cifra de tremendo martirio, renovado
-al través de toda una vida!
-
-Era Terán superticioso, creía en los pecados por atavismo. Más de
-una vez, pensando en la inconstancia de su padre y en sus propias
-flaquezas, huyó de tener novia, prediciendo:
-
-—Voy a causar su desventura.
-
-Y a menudo, cuando le enardecían nuevos amores, se observaba con
-espanto como si en el fondo de su corazón temiese descubrir el gérmen
-de alguna fatalidad hereditaria. Estos mismos terrores le persiguieron
-al arribar a Valdecruces, aunque nacía la afición de ahora con tales
-ímpetus y ternuras, que llegó a juzgarla definitiva y libre de toda
-infidelidad.
-
-Acalló, pues, al fin, sus sobresaltos e incertidumbres; afirmóse en
-la idea de la boda, y así se lo dijo a _Mariflor_. Pero la niña,
-preocupada, irresoluta, confesóle, tras violentos sonrojos, que no
-podía casarse sin aliviar a su gente de los graves apuros en que
-se estaba hundiendo: lo había prometido, lo había jurado... era un
-caso de conciencia y de honor. Con tan sublime sinceridad, con tales
-aspiraciones generosas resplandecía el propósito de Florinda, que el
-caballero enmudeció reverente.
-
-No aludió ella, ni de lejos, a su primo; antes bien, con singular
-delicadeza limitóse a expresar la candorosa confianza que tenía de
-intervenir favorablemente en las desventuras familiares.
-
-—Yo estoy resuelta—dijo—a remediarlas. Es un deber que me impuse.
-
-—¿Aun a costa de la íntima felicidad?—preguntó Rogelio atónito.
-
-—A costa de ella, no... pero antes de realizarla, sí... ¡lo he jurado!
-Yo no puedo pensar en mi propia felicidad sin resolver la situación
-de esta casa. ¿Cómo? No lo sé... En Dios confío. Entretanto, debo
-olvidarme de mí misma.
-
-Dijo la moza con rotunda firmeza; mas la sorda rebeldía de sus
-sentimientos hablaban con tal elocuencia en la penumbra de los ojos,
-que el poeta sonrió seguro de la pasión con que era amado.
-
-Y al referir más tarde al cura esta entrevista, difundióse una grata
-sorpresa por el rostro franco y abierto de don Miguel. Quiso Terán
-entonces, un poco desconfiado, calar los ocultos pensamientos de
-su amigo: asociaba su presente actitud con la singular resistencia
-de _Mariflor_, adivinando en torno suyo algo más de aquello que ya
-sabía... Pero nada pudo inquirir, porque el sacerdote se embozó de
-pronto en la reserva peculiar de aquel país, todo calma, recato y
-misterio...
-
- * * * * *
-
-Suponía don Miguel tan interesada a _Mariflor_ por el poeta, conocíala
-tan amorosa y vehemente, que esperaba verla transigir al primer reclamo
-de la pasión, escondiendo en olvidados plieguecillos de la conciencia
-su afán de caridades. Mas cuando supo que la moza había puesto, incauta
-y valiente, condiciones a la propia ventura en beneficio de la ajena,
-una conmovedora admiración le dispuso a proteger tales propósitos,
-reveladores de heroicas energías y quizás de providenciales designios.
-
-Así que, poco después, cuando _Mariflor_ fué a casa del párroco en
-busca de refugio y de consuelo, animóla con grande ternura.
-
-—Sí: yo estoy dispuesta a esperar—dijo la niña—, a esperar el
-milagro... Pero ¡si viera usted lo que sufro!... Cada día que pasa cae
-sobre mi corazón con horrible pesadumbre... Tiemblo por la suerte de
-todos mis amores... ¿Hago mal, acaso, queriendo ser feliz?
-
-—No, hija mía. Yo también quiero que lo seas. Pero hay que tener
-presente...
-
-—¡Qué! ¿Ya no confía usted en Rogelio?
-
-—¡No confío en la felicidad!—exclamó el sacerdote, recordando a la
-madre del poeta—. Además—añadió—, si tú quieres favorecer a los
-tuyos...
-
-—Sí: espero el milagro.
-
-—Rogelio lo realizaría demasiado tarde... nunca tal vez... La
-situación es crítica... Tu primo Antonio...
-
-—¡Yo no me caso con mi primo!—protestó impaciente la muchacha.
-
-Y como el sacerdote enmudeciera, ella se cubrió el rostro con las manos.
-
-—¡Ya no me anima usted!—gimió—, ¡ya me abandona!
-
-Sin dejarse llevar de toda su compasión, quiso el cura alentarla:
-
-—No te abandono, mujer. Te animo a ser valiente, a ver claro, a elegir
-el camino más corto para llegar al cielo, a desconfiar de la dicha que
-buscas en la tierra. ¡Pobre criatura! Debo prevenirte ¡a ti que sueñas
-demasiado!
-
-—Pues soñar, ¿no es vivir... con el espíritu?
-
-—Sí: cuando no se abandonan los deberes de la implacable realidad...
-En fin, no te apures; yo llamaré a tu primo. Mediremos su voluntad, sus
-intenciones...
-
-—Pero diciéndole que no me caso con él—repetía la moza.
-
-—Yo no intento, hija mía, que tú te sacrifiques. Haz lo que quieras...
-Dispuesto está Rogelio a casarse contigo... ¡Piénsalo bien!
-
-—He jurado ayudar antes de nada a mi familia...
-
-—Yo te libro de ese juramento.
-
-—¡Es que me da mucha lástima de todos!—dijo _Mariflor_ en un arranque
-de ardorosa piedad. No soy egoísta. Quisiera tener mucho dinero para
-darlo a manos llenas a mis parientes, a los extraños, a todos los que
-sufren, a todos los que viven muriéndose de pobreza... Pero casarme
-con «ese hombre» sólo porque es rico... un hombre a quien no conozco,
-a quien no quiero... Mire usted, señor cura: ¡si él tampoco me conoce;
-si él tampoco puede quererme! ¿Por qué ha de casarse con una pobrecilla
-como yo? En cambio tiene el deber de amparar a la abuela, que es de su
-sangre, que es su abuela también... Hablándole al corazón, por fuerza
-ha de compadecerse de ella lo mismo que nosotros... ¿No es verdad?...
-¡Sí: llámele usted; llámele en seguida! Yo le diré todo esto... Cuando
-me escuche, cuando nos mire, si es cristiano, si nos tiene ley, nos
-dará su apoyo, salvará nuestra hacienda... Y no será preciso que yo
-venda mi corazón por un puñado de dinero...
-
-A los oídos del sacerdote, acostumbrado a lamentos de cada criatura, no
-eran frecuentes palabras como éstas: allí cada mujer llevaba estoica y
-firme su cruz en la marea siempre viva de los infortunios, sin tiempo
-ni bríos para compadecer los ajenos dolores. Cada vez más prendado del
-alma de _Mariflor_, embriagábase el apóstol con las brisas consoladoras
-que esta niña llevaba desde la tierra que vive hasta la tierra que
-muere, como un soplo de sutiles piedades cultivadas en medio de la
-civilización para infundir sus simientes en el páramo.
-
-—¡Sí, sí!—exclamó don Miguel—. ¡Quién sabe!... Llamaré a tu primo...
-Le llamaré en seguida como tú quieres.
-
-—¿Y acudirá?
-
-—Creo que sí.
-
-—¿Antes del _día de agosto_?
-
-—Antes: la semana que viene. Yo deseo que te tranquilices... Además,
-el tío Cristóbal amenaza con el embargo y hay que tomar alguna
-determinación.
-
-—Ayer se llevó la recua.
-
-—Ya lo sé.
-
-—Y la _Chosca_.
-
-—Eso no lo sabía.
-
-—No le pudimos pagar unos salarios, y como estaba para el cuido de
-los animales, pues se marchó también... ¡Pobre! Iba muy triste, con
-los tres mulos y la borrica: volvían todos la cabeza hacia el establo
-al seguir por primera vez el camino de un albergue nuevo... ¡Daba una
-compasión!
-
-—No quise evitar el despojo—dijo consternado el sacerdote—, porque
-de los que os amenazan es el menos perjudicial; realmente una recua,
-por mermada que esté, sin terraje propio y sin tráfico, más bien
-resulta gravosa...
-
-—La conservaban por cariño y también por algo de orgullo: ¡es tan
-penoso venir a menos!... Aunque me entristeció la despedida de las
-bestias, me alegró al fin que cambiaran de amo; estaban, lo mismo que
-la _Chosca_, muertas de necesidad... La mujerona infeliz no comía
-bastante y se afanaba por darles a ellas de comer, en los rastrojos,
-en los alcores, en los añojales... ¡Pobre criatura! Nunca tuvo casa ni
-familia: su padre y ella se tratan casi como desconocidos.
-
-—Y lo son. El tío _Chosco_ «ya no se acuerda» de que esa mujer es
-hija suya. Quedó viudo al nacer la desventurada, fuése lejos y cuando
-volvió, pobre, viejo y vencido, se miraron como dos extraños... ¡ella
-también parecía vieja!
-
-—Vivió desde niña en trabajosa esclavitud...
-
-—No da más de sí la caridad de Valdecruces—suspiró don Miguel—. Y
-Florinda balbució:
-
-—¡Cómo ha de darlo!
-
-Quedóse acongojada, con el pensamiento henchido de penas.
-
-—Pues ¡y el _Chosco_—insistió luego—, a quien mantiene usted de
-limosna, que vive sin más ilusión que la de enterar a sus parientes y
-sólo disfruta olfateando los difuntos!...
-
-Después de una pausa lúgubre, tornó a decir _Mariflor_:
-
-—¿Cree usted que el tío Cristóbal llegará a embargarnos, a ponernos en
-la calle?
-
-—Es capaz—respondió el cura—. Pero no así de pronto—añadió, viendo
-palidecer a la muchacha—. Hicimos la tasación de las caballerías y con
-ellas pagasteis el interés de los réditos...
-
-—¿Interés de intereses?... ¡Válgame la Virgen!... ¿Sabe mi padre que
-están así las cosas?
-
-—Ya le escribí diciéndole toda la verdad, porque ha sido muy dañoso el
-engaño en que le tuvo la abuela.
-
-—Es inocente como una niña; es ignorante y simple: si no fuera por
-usted, ya estaría la pobre en medio del arroyo.
-
-—Ahora, con la pareja de los moricos—insinuó el párroco suavemente,
-como si temiese lastimar con las palabras—creo que el feroz
-prestamista quedará muy conforme...
-
-—¿También los bueyes?... ¡Lo que va a sufrir la abuela!... Y, dígame,
-no me asusto; dígame si la casa peligra: es lo que más me apura; que
-nos echen del hogar de mi padre.
-
-—No, no; yo haré todos los esfuerzos posibles por evitarlo—repuso el
-cura muy conmovido.
-
-—¡Demasiado hace usted!
-
-Los ojos de Florinda dijeron estas palabras aún más profundamente que
-sus labios.
-
-—¡Si usted quisiera explicarme—agregó después con vivo rubor—cuánto
-debemos a ese hombre y en qué forma!... Yo entiendo algo de cuentas y
-necesito ayudar a mi padre con usted.
-
-Absorto, perplejo, no sabía el cura qué decir, entre el reparo de
-abrumar a la muchacha con más hondas preocupaciones y la admiración de
-verla sobreponerse a sus íntimas amarguras para socorrer las cuitas
-del común hogar. Decidióse de pronto: la mirada firme y escrutadora de
-_Mariflor_ no daba treguas.
-
-—Es más intrincado el asunto de lo que tú te supones—comenzó—. El
-pasado mes venció un nuevo empréstito que el tío Cristóbal hizo sobre
-la casa, los enseres, el huerto, la cortina y una parcela de regadío
-en la mies de Urdiales: tres mil pesetas por todo ello, y no fué poco
-para lo que vale aquí la propiedad y lo que hacía temer la usura del
-prestamista. Pero no te asombres: ese «rasgo increíble» no solamente
-está garantido con hipoteca de las mejores fincas del pueblo, sino
-que rentaba de una manera escandalosa. A mayor _generosidad_... mayor
-negocio. ¿Comprendes?
-
-—Sí, señor.
-
-—Como tu abuela no pagó los intereses nunca y el tío Cristóbal los
-cobraba compuestos, la deuda amenazaba doblarse. Así sucedió en otras
-ocasiones, y así vuestro pariente se quedó con mucho de este patrimonio
-antes de que yo viniera a Valdecruces.
-
-—¡Y mi padre sin saber nada!—exclama Florinda con desconsuelo.
-
-Un fuerte impulso confidencial persistía en don Miguel, satisfecho de
-hallar al fin en la familia Salvadores una persona razonable.
-
-—El usurero—continuó—dejaba correr los meses sin apremiaros,
-mientras los réditos le enriquecían: la hacienda garantizaba los plazos
-vencidos. Pero ya calculó que tenía «derecho» a quedarse con todo y
-se resiste a esperar; quiere la casa, los muebles y las fincas de la
-hipoteca, o los doce mil reales... Hemos tasado en dos mil los bueyes
-moricos y concede un plazo para el resto si se le entregan en seguida
-los animales.
-
-—¡Le costaron a mi padre mil pesetas!
-
-—¡Sí!; es buena yunta, pero ha trabajado mucho y está maltratada: no
-veo además otro medio de obtener un respiro, que debe ser corto, muy
-corto, para que los fatales intereses no vuelvan a subir, para que
-sacudáis de una vez esta inicua explotación.
-
-—Sí, sí—decía la moza—. Pero después, ¿qué haremos con poca hacienda
-y sin costumbre de trabajar?... Si mi padre no tiene suerte, le veo mal
-fin a nuestras angustias: más difícil será evitarlas en lo sucesivo
-que ponerles remedio ahora... Diez mil reales—añadió optimista—se
-encontrarán fácilmente.
-
-—¿Crees tú?—interrogó asombradísimo don Miguel.
-
-—Se me figura...—murmuró azorada la joven, dudando de repente si
-habría dicho una inconveniencia: su generosa juventud contaba miles de
-reales con mucha facilidad.
-
-Así, cuando el párroco declaró rotundamente:—Yo no conozco a nadie que
-tenga tanto dinero disponible—balbució sobrecogida:
-
-—¿Le parece a usted mucho?
-
-—Para darlo o prestarlo a un pobre, me parece una suma fabulosa.
-¡Estoy bien seguro de ello!
-
-—¿Lo ha experimentado usted?—replicó la zagala con la inquietud de
-súbita sospecha.
-
-—Si yo «encontrase», como tú dices, esos miserables cuartos, ¿estaría
-vuestra deuda en pie?... No creo en el dinero; no sé dónde se esconde;
-no parece por ninguna parte cuando se le busca para hacer caridad: por
-no tenerlo sufrí en mi primera juventud los más refinados pesares...
-
-Triste ráfaga de evocaciones pasó como una nube por la frente del
-apóstol.
-
-—Cursé mis estudios de limosna, sin saborear nunca la posesión de una
-peseta; caí en las adversidades de este pueblo sin poder remediarlas,
-y cuando las vuestras me tocaron en lo más vivo del corazón, enloquecí
-hasta el punto de creer en la existencia del embustero metal: en mi
-prisa por salvaros pagué al tío Cristóbal con la dote de Ascensión...
-
-—¿Qué?
-
-—¡Y ahora no parece el dinero ni para vosotros ni para mí!
-
-Alzóse precipitadamente de la silla, pesaroso de haber dejado escapar
-semejante confidencia; _Mariflor_, desolada, se había levantado también.
-
-En el profundo silencio de la tarde descendía la sombra invadiendo la
-estancia; asomábase por el abierto balcón el cielo, de color de violeta.
-
-—No te apures, chiquilla—repuso el cura por decir algo—; he sido un
-torpe: no quería contarte así las cosas.
-
-Con fácil prontitud asociaba Florinda a las últimas revelaciones de su
-amigo cierta frase que antes sorprendiera: _un nuevo empréstito_. Y
-ahora comprendía el alcance de esas palabras.
-
-—¿De modo que fué inútil el tremendo sacrificio de usted?
-
-—¿Tremendo?...—sonrió el cura con generosidad.
-
-—¿De modo—repetía _Mariflor_ como una sonámbula, dando vueltas por
-el despacho—que diez y doce veintidós mil?... ¡Esta sí que es suma
-fabulosa! No hay nadie que la tenga «disponible».
-
-—¡Mujer, no tanto!... Te alucinas...
-
-La moza no escuchaba razones: en la aterciopelada dulzura de sus
-ojos se dilató el espanto de necesitar con urgencia ¡veintidós mil
-reales!... una suma tal, que acaso no existiera en el mundo... Sintió
-de repente en sus hombros las dos manos de don Miguel.
-
-—Esto se arregla, ¿entiendes?—dijo el sacerdote—. Esto se arregla
-a escape: yo no he agotado todos mis recursos para buscar ese dinero;
-me he explicado mal sin querer; te estoy haciendo sufrir de una manera
-intolerable.
-
-—Aunque esto se arregle por milagro de Dios—repuso la joven
-obstinadamente—, la abuela volverá a las andadas. Yo no sé cómo
-viviendo con tal miseria necesita empeñarse una y otra vez: ¡ya no
-confío en apoyar la casa que se hunde!
-
-—Mira: tu abuela es una calamidad. En la sombra confusa de su vida
-brilló sólo un amor: el de la madre. Y esa única luz ha ofuscado a la
-pobre mujer en lugar de alumbrarla. Repartió su ciega idolatría entre
-los hijos mientras la muerte se los iba arrebatando, y por una de esas
-flaquezas propias de criaturas vulgares, concentró después sus desvelos
-en uno de los dos que le quedaban.
-
-—Mi tío Isidoro—suspiró Florinda.
-
-—Sí; porque tu padre casó con forastera... El predilecto, mal
-afortunado en sus negocios mercantiles, emigró hace tres años con la
-misma fatalidad que le acompañó en España, y desde entonces, cuanto
-pide a su madre, se lo manda ella, escondiéndose de los que debemos
-evitar que os arruine a todos sin provecho para ninguno, porque
-Isidoro, enfermo y torpe, no sirve para nada.
-
-—¿Y quién cura esa manía?
-
-—Yo la curaré ahora que la experiencia me ha prevenido; ahora que tu
-padre me ha otorgado poderes y atribuciones para intervenir en cuanto
-sea menester.
-
-—¿Hace mucho que se renovó esa hipoteca?—preguntó la niña
-avergonzada.
-
-—Un año. Apenas la levanté yo, por detrás de mí se volvió a tejer el
-enredo.
-
-—¿Pagó usted muchos intereses?
-
-—Pocos...
-
-—¿De verdad?
-
-—Mujer, no te preocupes—eludió el cura, angustiado por la turbación
-de la joven.
-
-Pero ella, recelosa, alarmadísima, deseando conocer toda la magnitud
-del desastre, hacía signos de incredulidad. Y al mismo tiempo que
-preguntaba, iba acercándose a la puerta, como si sintiera impulsos de
-huir antes de obtener una contestación categórica.
-
-Don Miguel no quería dejarla marchar tan abrumada.
-
-—Yo tengo mis planes—dijo aún, reteniéndola;—un programa de nueva
-vida para vosotros.
-
-—¿Cuál?
-
-—Tú te casas.
-
-—¿Con quién?
-
-—Con quien te quiera y te guste, ¡carape! A tu abuela «la declaramos
-pródiga»; a Pedro le mandamos a ganarse la vida; Olalla y Ramona
-trabajan la mies para mantenerse con la anciana y los pequeños; a
-Marinela la buscamos dote para que se haga monja... Esto en el peor de
-los casos; si tu padre no tiene suerte y a mí no me toca la lotería...
-
-Quiso la muchacha sonreir.
-
-—Pero, trabajar la mies—protestó al cabo—, es una cosa horrible para
-Olalla.
-
-—¿Y no para su madre?
-
-—También... aunque tiene más costumbre...
-
-—¡Peor para ella!... ¡Pobre mujer! La quieres poco y vale mucho.
-
-_Mariflor_, sorprendida, añadió sin defenderse:
-
-—Pedro es muy niño para salir de casa... La dote de Marinela es muy
-difícil de encontrar...
-
-—En fin, que no estamos conformes—replicó el santo varón algo quejoso.
-
-—¡Perdóneme, señor cura!—exclamó Florinda muy encarnada—. Dios le
-pague cuanto hizo, cuanto hace por nosotros... Así que Antonio llegue,
-tomaremos una resolución que le alcance a usted...
-
-Y antes de salir, ocultando el vivo rubor en el umbral de la puerta,
-añadió entre lágrimas:
-
-—Tengo algunos anillos de oro, el reloj de mi madre, un brazalete...
-¡si usted lo quisiera recibir!
-
-Había juntado las manos en férvida súplica, a punto de caer de
-rodillas. Transido de compasión el sacerdote, hizo un ademán brusco y
-tierno.
-
-En aquel instante se oyó el eco de unos pasos en el corral.
-
-—Es Rogelio, que vuelve de Monredondo—advirtió don Miguel.
-
-Y la moza, con un signo de silencio en los labios y un presuroso adiós
-lleno de suavidades, bajó por la escalera aceleradamente.
-
-Esquivando al forastero, deslizóse al «cuartico» donde Ascensión cosía,
-muy curiosa de la confidencia celebrada en el despacho.
-
-—¿Qué haces?—dijo _Mariflor_ sin saber lo que preguntaba—. Se había
-enjugado los ojos, y a la media luz del aposento escondía mejor las
-señales de su angustia.
-
-—Ya ves—repuso Ascensión desplegando un trozo de blanqueta con el
-cual confeccionaba refajos.
-
-—¿Son para el equipo?
-
-—Sónlo; esta lana es de la trasquiladura de antaño. ¡Da gusto coserla
-cuando se ha visto viva en los animales!
-
-—¿La has hilado tú?
-
-—Sí; pero antes lleva muchos trajines. Cada vellón se lava, se
-esponja, se escarpena, se abre, se carda y se hila: todo lo hacemos
-aquí; después lo tejen en Val de San Lorenzo.
-
-—Y ¿cuándo es la boda?
-
-—El día de agosto, a más tardar; durante el mes que viene se leerán
-los proclamos.
-
-—Entonces, mañana será el primero.
-
-—No; el domingo que sigue. Pero, ¿cuándo es la tuya?... ¿lo hablasteis
-arriba?—aludió Ascensión.
-
-—Vine por asuntos de la abuela... Yo no me caso tan pronto.
-
-Resonaban pasos y voces en el despacho de don Miguel, y los últimos
-alientos de la luz desfallecían en las blancas paredes del «cuartico».
-
-—Sentiste llegar a don Rogelio, ¿verdad?—interrogó la novia, doblando
-su costura.
-
-—Sí... Ahora me voy: es tarde.
-
-—Te acompaño hasta la fuente.
-
-Tomó la muchacha un cántaro en la cocina, y ambas jóvenes salieron sin
-hacer ruido.
-
- * * * * *
-
-Ascensión Crespo y Fidalgo es una maragata sonriente y graciosa a
-quien un leve roce con gentes extrañas a la suya ha dejado suave matiz
-de alegría en las palabras y en los pensamientos: posee un título
-de maestra elemental que no logra encumbrarla mucho ni distanciarla
-moralmente de su país; pero le da cierto lustre entre los vecinos,
-aparte su preponderancia como sobrina del párroco y novia de un rico
-mercachifle.
-
-Su madre, hermana mayor del cura, había querido acompañarle en
-Valdecruces, no tanto por regir con cariño el hogar del sacerdote como
-por tener su sombra. Criáronse un tiempo don Miguel y su hermana bajo
-la protección de un tío que dió carrera al varón y legó a la hembra
-unos quiñones y unos miles de reales. Viuda ella al recibir la merced,
-y madre de dos niñas, casó pronto a la mayor, gracias al olorcillo de
-la herencia, con un pariente muy bien establecido: fugaz matrimonio
-que en el término de un año desbarató la muerte, llevándose a la recién
-casada. Pero el viudo, con la querencia del lar y de la dote, vuelve
-ahora en busca de su cuñadita Ascensión, y la madre, que aún llora a la
-hija malograda, sonríe ante la suerte de esta otra, convencida de que
-un marido con dinero es la suprema felicidad para una mujer.
-
-Estos son, asimismo, los ideales de la joven maragata. Su rápida
-excursión por la Normal de Oviedo no le descubrió muchos horizontes,
-ni ensanchó sus miras, ni llegó a turbar hondamente el atávico reposo
-de su inteligencia; bastante hizo la moza con suavizar su trato, con
-desentumecer un poco la sonrisa y la voz: siguió escribiendo sin
-ortografía y leyendo con el tonillo cantarín que aprendió en la aldea;
-pero sus modales tuvieron más desenvoltura, sus palabras más camino, y
-una gota de la curiosidad del mundo resbalaba, alegre, desde sus ojos
-hasta sus labios sin descender nunca hasta el corazón.
-
-Redimida de las rudas labores campesinas, con su título flamante de
-maestra y su rumboso compromiso de boda, gozó la muchacha en el lugar
-de todas las preferencias y admiraciones, hasta que llegó Florinda.
-Sin ningún mezquino sobresalto prestóse al punto a compartir con ella
-el auge de aquellos sutiles privilegios; creyó que su descollante
-categoría la designaba para recibir cortésmente a la gentil forastera,
-iniciarla en las nuevas costumbres y hacerla, en suma, con la mayor
-solicitud, «los honores» del pueblo. Pronto esta buena disposición tuvo
-por acicate la simpatía y la curiosidad. Florinda se hizo querer: el
-encanto y la dulzura de su carácter se imponía con irresistible gracia,
-y el ligero tinte exótico de su persona resplandeció a los ojos de la
-maestra cual lejano saludo de las novedades mundanas que ella conocía.
-_Mariflor_ miraba a los ojos de la gente; reía alto, lucía el florido
-cabello peinado a la moda de las ciudades; tenía pensamientos pulidos,
-ideas bizarras que de todo su sér emergían con libres y serenas
-emociones... Ninguna zagala de Valdecruces admiró a la forastera con
-tanta intuición de sus méritos como la sobrina de don Miguel.
-
-Ahora, camino de la fuente, Florinda y Ascensión coloquian en afable
-intimidad, lejos entre sí los corazones y unidas las existencias
-juveniles en el fondo de un mutuo cariño.
-
-—¿Conque te proclamas el mes que viene?
-
-—Las dos veces que faltan, sí, porque la primera amonestación lanzóse
-ya en enero, cuando nos apalabramos.
-
-—¡Ah! ¿Es costumbre?
-
-—¡Natural, mujer, para que se sepa que somos novios!
-
-—¿Te escribe mucho?—insinúa Florinda, intrigada.
-
-—Aquí no se usa.
-
-—¿Pero ni una vez siquiera?
-
-—Ni una sola.
-
-—¿Tampoco ha venido a verte?
-
-—Tampoco; vendrá la víspera del casamiento, y después de la tornaboda
-se volverá a partir. Mi madre—añade, ufana, la maestruca—me da el
-ajuar de la casa y la dote de cuatro mil pesetas, que administra mi tío.
-
-Muy descolorida y agitada, comprobando la cuantía de la aterradora
-suma, _Mariflor_ pregunta para disimular sus preocupaciones:
-
-—¿Cómo sabes si quieres a tu novio sin conocerle apenas?
-
-—Porque fué bueno para la biendichosa.
-
-—¿Ausente y en un sólo año le pudisteis juzgar?
-
-—Era deportoso... ¡«mandaba» mucho!
-
-La risa de la fuente interrumpe la plática, y Ascensión averigua, antes
-de despedirse de su compañera:
-
-—Y tú, ¿cómo quieres a un forastero sin conocerle más que de un viaje,
-sin saber de su casta ni de su bolsillo?
-
-—He hablado mucho con él, con sus ojos y su corazón—balbuce Florinda,
-algo confusa—; he leído sus libros y sus cartas... Además, ¿por qué
-dices que le quiero?
-
-—Lo supongo—sonríe la maestra, con pretensiones de sabiduría,
-y advierte:—Es muy bien parecido y elegante, de mucha labia y
-educación... pero este personal de pluma no suele tener hacienda...
-¡Harías mejor boda con Antonio!
-
-Vibró rudo el consejo sobre el rumor del agua fugitiva, en tanto que se
-alejaba _Mariflor_, sonriendo a fuerza de pesadumbre.
-
-En la profunda calma del ocaso le parece a la moza infeliz que una
-vegetación de espinas surge debajo de sus pies y que un lamento corre
-por la sombra. Al llegar a su casa, busca refugio en el huertecillo,
-pidiéndole a Dios serenidad de ánimo, consuelo y fortaleza. Allí,
-escondida entre la única fronda del vergel, siente de súbito en el
-rostro el roce de unas alas de mariposa: es la hojita de un capullo que
-vuela desde el rosal.
-
-Atravesado el pecho de las más inefables compasiones, tomó Florinda
-el pétalo en sus manos, y con irresistible impulso, quiso volverle a
-la yema sonrosada de donde había caído. Pero quedóse inerte, presa de
-inexplicable zozobra: era imposible unir la hoja muerta con el retoño
-vivo... Y la zagala sentía cómo se deshojaba también, de inexorable
-modo, la palpitante rosa de su corazón.
-
-
-
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-XIII
-
-SOL DE JUSTICIA
-
-
-UN día y otro posaba el sol adurente sobre la llanura.
-
-Eran tan placenteras las señales del cielo, que la sequía se convirtió
-en seguro peligro para la escasa mies de Valdecruces, y bajo la férula
-del tío Cristóbal celebróse con toda exactitud el turno de regar,
-aprovechando el agua de los fugitivos arroyos.
-
-Según había temido Olalla Salvadores, llegó para sus «bagos» la vez
-en el riego sin que la familia tuviese con qué buscar obreras; y
-al amanecer aquella mañana, Ramona y su hija mayor, silenciosas y
-diligentes, salieron hacia los centenales con los aperos necesarios
-para «apresar y correr el agua».
-
-Del mermadísimo patrimonio de la tía Dolores no quedaban a la sazón
-más tierras de regadío que las dos hazas de mies adonde las mujeres
-se dirigían; y ya estas únicas parcelas estaban hipotecadas al
-tío Cristóbal, que nada quiso dar sobre el terreno de secano, las
-«hanegadas» de Abranadillo y Ñanazales, tendidas al otro lado del
-pueblo, y menesterosas de continuas huelgas por su mucha ruindad.
-
-Precisamente el viejo acaudalado de Valdecruces poseía tierras
-asurcanas de las que iban a regarse, y se mostró aquel año muy
-solícito para beneficiar las de sus infelices vecinas, gozándose en la
-ambiciosa certeza de unir pronto los diferentes lotes en una sola finca
-envidiable, señora de la mies.
-
-No se durmió el anciano aquella mañana, y apenas calentaba el sol
-cuando se aparecía entre los rústicos centenos la imponente figura
-de un hombre alto y rojo, curtido y vacilante, con ancho sombrero de
-cordón y borlitas, bragas de estameña, polainas de pardillo, y almilla
-muy atacada sobre un chaleco de color; calzaba galochas y apoyábase en
-un cayado patriarcal. En su rostro, enjuto y boquisumido, asomábanse
-unos ojuelos grises, cargados de cejas blancas, turbios y persistentes,
-con tenacidad interrogadora.
-
-A este maragato, rico en relación a la pobreza del país, le respetaban
-por el dinero y la autoridad, pero su avaricia inextinguible le hacía
-también odioso y temido. A pesar de sus noventa y seis años, manteníase
-terco y duro como un roble, y su presencia inspiraba en todas partes
-cierta inquietud mezclada de repulsión.
-
-Un solo hijo, ya viejo, le quedó al tío Cristóbal en la hora de la
-viudez; pero este único descendiente, cargado de familia, hubo de
-buscar el sustento en tráficos humildes fuera de Valdecruces, pues
-todo lo que hizo el codicioso quintañón por la necesitada prole, fué
-llevarse a una de las nietas para que le sirviese de criada. Y Facunda
-Paz, la moza recogida por el abuelo, no lució nunca en el baile un
-rostro complacido, ni un «rodo», mandil o sayo tan donoso como el de
-sus vecinas o el de sus mismas hermanas, aunque las prendas de los
-antiguos ajuares, mantelos y corpiños, rasos y cúbicas de la abuela se
-apolillaban en el fondo de los cerrados cofres. Había trabajado el tío
-Cristóbal en Madrid algunos lustros, mercader y agiotista en miserable
-escala, establecido allá por los andurriales de la Puerta de Toledo.
-Casó, ya hombre maduro, con moza acomodada de su país, y se trasladó a
-la aldea sin abandonar los trapicheos mercaderiles; así fué explotando
-en oscuros negocios la necesidad tirana del pobre vecindario, sin
-compasión de la propia familia, como en el caso de la tía Dolores, de
-quien era pariente.
-
-No amaba este avaro la tierra como las mujeres de Maragatería, con ese
-amor recio y generoso que da la sal del llanto y del sudor para abono
-del surco en los terrones. Amaba el dominio y la riqueza con mezquinos
-alcances, dentro de una pasión raquítica y sin alas.
-
-Más duro de corazón y de mollera con los años, sentía la embriaguez de
-las posesiones a lo grosero y sensual, sin ternuras de enamorado, sólo
-con las voracidades torvas del instinto.
-
-Su torpe codicia iba arrastrándose lo mismo que un reptil por los
-barbechos, en la estrechez de la mísera tierra laborable y en el camino
-silencioso y triste de las hendidas cabañucas romanas, hasta dar por
-chiripa en una casa de adobes, en una recua y un rebaño.
-
-Ahora zumba el usurero, como un cínife, en torno a la parcela de
-regadío donde Olalla y Ramona abren el cauce regador.
-
-Hipan aspadas las dos mujeres sin resuello ni alivio en la pesadumbre
-del trabajo, metidas hasta la cintura en la rota, represando y
-corriendo el anhelado camino para el agua.
-
-—Dios os ayude—dice la trémula voz del tío Cristóbal desde el hoyo
-profundo de sus labios.
-
-Ramona sigue trabajando sin responder, y Olalla pronuncia tímidamente:
-
-—Bien venido.
-
-Un golpe de tos atraganta al viejo, y su melena goda se agita en la
-inclinada cerviz, como blanco cendal batido por la tormenta sobre un
-árbol caduco.
-
-Alguna cosa impaciente querían decir aquellos labios contraídos en
-espantable mueca, en tanto que los ojos, fijos y voraces, escrutaban
-a las trabajadoras con ansiedad: sin duda el tío Cristóbal pretendía
-enterarse de noticias urgentes antes de acabar de toser.
-
-Mirábale de reojo la doncella, alarmada y expectante, y Ramona le
-volvía la espalda con obstinado tesón, cada vez más hundida en la
-rotura, buscando afanosamente el rumbo del arroyo.
-
-El año anterior no necesitaron las de Salvadores regar sus panes,
-porque había llovido en la primavera. Y ahora parecía que la antigua
-vecindad del agua huyese como una desconocida a la solicitud de los
-audaces brazos femeninos.
-
-—Hogaño está más lejos—había dicho suspirante la moza, mirando cómo
-la gracia apetecida resbalaba por el suave declive de la mies, en
-murmullo remoto...
-
-Ya el tío Cristóbal podía «colocar» aquella urgente pregunta que le
-palpitaba en los ojos. Habíase parado al borde de los centenos, erguida
-la vejez codiciosa sobre el verde tapiz de los tallos, apoyándose con
-fuerza en el bastón.
-
-Supo el viejo, la víspera, que un galán «señorito» acompañaba, como en
-las ciudades, a la prometida de Antonio Salvadores, del rico a quien
-él temía casado con _Mariflor_, pero a quien nunca supuso capaz de
-favorecer a la familia con desinteresados fines.
-
-De realizarse pronto la anunciada boda, pudiera suceder que al fincarse
-en Valdecruces los novios, levantaran para sí el empeñado patrimonio de
-la abuela. Entonces, ¡adiós casa, «bagos», yuntas y «cortina» en la
-sombra perseguidos!
-
-Mas, si por lo contrario, la zagala contrajese nupcias con aquel fino
-caballero, él se la llevaría fuera del país; y, donde, con una sola
-excepción, todos los vecinos necesitaban limosna, ninguna otra mano se
-podía tender hacia la sitiada hacienda.
-
-No había que pensar en que la defendiesen Isidoro ni Martín Salvadores,
-que, a pesar de sus buenas aptitudes para el comercio, naufragaban
-también en el maleficio lanzado por la tía Gertrudis sobre la casa del
-abuelo Juan.
-
-Desvelada con estas consideraciones, la astucia del tío Cristóbal se
-dejó sorprender por la impaciencia, y quiso averiguar a todo trance lo
-que de cierto hubiese en la general suposición del forastero prendado
-de la niña. Ya iba a preguntar rotundamente:—¿Conque la rapaza de
-Martín hace boda con uno de fuera?—cuando se presentó orillando la
-mies, a buen paso y con la azada al hombro, la propia tía Dolores.
-
-Saludáronse los dos primos con un leve murmullo estupefacto. ¿Qué hace
-aquí la sombra de este carcamal?, se dijo la vieja, memorando con
-pálida lucidez las celadas rastreras de su pariente.
-
-Saltó luego a la zanja con más agilidad de la que hubiera podido
-suponerse, y escudriñó de soslayo la esquiva catadura del hombre,
-crecido desde allí como un gigante, negro y rojo, igual que una
-tragedia, sobre la glauca alegría del centeno.
-
-—¿A qué viene?—preguntaron con acritud dentro del cauce.
-
-—A trabajar—respondió la anciana llena de bríos.
-
-Hizo Ramona un gesto desdeñoso, y Olalla suspiró jadeante.
-
-Alzábase la moza a menudo para medir con los ojos la distancia a cuyo
-borde modulaba el arroyuelo su promesa; no era mucha, alcanzada con
-la vista: veinte metros escasos. Mas era enorme para hendirla con el
-azadón, honda hasta nivelar la altura del terreno con el declive donde
-el regajal corría. Y la carne joven, nueva en aquella bárbara lid,
-temblaba hecha un ovillo, sudorosa y encendida bajo el implacable sol.
-
-En cuanto llegó la abuela a meter sus afanosos brazos en la zanja,
-Ramona la dejó arañar el escondido seno de la tierra, menos duro que la
-capa exterior, y subió infatigable a romper el camino en los abrojos,
-sobre el campo de barbecho, mustio y ardiente.
-
-Rígida la corteza del erial, defendíase con sordas rebeliones del
-empuje bravo de la azada. Un hiposo jadeo, semejante a un bramido por
-lo amargo, resoplaba en el pecho de la cavadora, y la tierra devolvía
-en retumbos persistentes los desesperados golpes, escupiendo su polvo
-de cadáver a la roja cara de la mujer.
-
-Mira la joven con espanto cómo su madre rompe al fin la brecha sin
-hacer una pausa ni pronunciar una frase, como poseída de un vértigo
-brutal. Da y repite azadazos lo mismo que una furia, con sacudidas
-violentas de todo su cuerpo: parece que le crujen los riñones y se le
-saltan los ojos; parece que llora a raudales según tiene la faz mojada
-de sudor.
-
-También la anciana contempla absorta el tremendo poderío de una triste
-juventud, escondida en la sangre y en la voluntad bajo las injurias de
-vientos y de soles, de lágrimas y trabajos.
-
-Pero al tío Cristóbal no se le da un ardite en aquel imponente pugilato
-de la carne heroica y viva con la tierra muerta y dura.
-
-Impaciente hasta la indignación por la intempestiva llegada de la tía
-Dolores, por el silencio hostil de las tres mujeres y el eco retumbante
-de la cava, se revuelve el avaricioso con la doble ansiedad de la vejez
-que tiembla impotente por cada minuto perdido para sus deseos.
-
-—¿Conque la rapaza de Martín hace boda con uno de fuera?—pronuncia,
-al cabo, después de toser y de escupir.
-
-Resbaló su pregunta como tañido de campana rota sobre el cauce
-entreabierto y los rastrojos: el trajín enervante quedó atravesado por
-la sorpresa.
-
-—¿Qué dice?—murmura con asombro la tía Dolores.
-
-Olalla da principio en voz queda a una difícil explicación que confunde
-a la anciana, y Ramona hiende con nuevos redobles el erial.
-
-—¡Eh!... ¿no contestáis?—grita el viejo apremiante.
-
-Ya la abuela va entendiendo un poco:
-
-—Sí, sí; el señor de Villanoble que viajaba con nosotras en el tren;
-el que está con el cura de güéspede y va todos los días a nuestra
-casa... Ya, ya... Pero, ¿y el primo Antonio?... ¿Y la boda esperada
-como una salvación por la familia?
-
-—Ya veremos—insinúa Olalla, mientras su madre, muda y sorda,
-permanece entregada al trabajo con frenesí.
-
-—¡Diájule! ¿Os habéis vuelto simples? ¿No queréis contestar?—vocifera
-exasperado el tío Cristóbal.
-
-—No hay que impacientarle mucho—piensa la muchacha, con la serenidad
-de su juicio calmoso, y responde:
-
-—De lo que usté pregunta... no sabemos nada.
-
-—¿Cómo que no sabéis?... Pues si no es por la moza, ¿por quién viene
-ese barbilindo?
-
-—Por don Miguel.
-
-—¡Mentira!
-
-Olalla se encoge de hombros con aquel movimiento brusco, peculiar
-en su madre. Y el viejo, sospechando que va por difícil camino su
-investigación, hace acopio de paciencia, contiene su ira en un rebufo,
-y se deja caer a la sombra del centenal, con el firme propósito de
-acechar allí hasta que sepa algo, hasta que aquellas «morugas» hablen o
-revienten.
-
-Entonces Ramona le lanza una mirada oblicua para seguir en actitud de
-bestia, con la cabeza gacha y el resoplo bravo, embistiendo contra el
-duro rebujal.
-
-Arde el sol inclemente, con furores de canícula, en gavillas de rayos
-violentos, y ya tan alto sube que la sombra de los panes se disipa en
-los rastrojos, desamparando al tío Cristóbal.
-
-Va surgiendo la rotura, roja como una herida en el pálido rostro de la
-tierra, bajo la azada prepotente.
-
-Sigue Olalla el rastro abierto por su madre, y tunde también con bríos
-las glebas hostiles; pero necesita descansar a menudo, suspira y se
-angustia visiblemente en el esfuerzo.
-
-De vez en cuando vuelve Ramona la cara, un poco, para murmurar entre
-dientes:
-
-—¡Aguanta, niña!
-
-Quiere la tía Dolores, en medio de su admiración, aborrecer a la nuera,
-odiarla por fuerte y voluntariosa, por dura y audaz. Pero no cabe
-ninguna violenta pasión en el pecho cansado de la anciana; sólo puede
-amar pasivamente en torno suyo, con un resto del extraño y sombrío amor
-que consagró a la tierra: hasta para sufrir tiene estancada la vida
-en la petrificación de todos los sentimientos, y es preciso que una
-novedad muy cruel la sacuda para que todavía llore o se agite.
-
-Allí sigue el tío Cristóbal, testarudo, con su pretensión entre las
-cejas y su mirada gris fija en el cauce, sin que le apure el resistero
-del sol encima de las espaldas. Cansado ya de esperar un indicio que le
-lleve a descubrir lo que avizora, concluye por hablar solo y pronuncia
-frases alusivas al asunto, llenas de doble sentido, y reticencias,
-confiando en que las mujeres, por prurito de replicar, piquen el cebo
-de la conversación.
-
-—No se debe torcer el su inclín a las mozas... Los forasteros también
-son buenos maridos...
-
-Esperaba anhelante, y como nadie respondiese, entre escupitajos y toses
-tornó a decir:
-
-—Aunque a Antonio le hacen rico, no ha de gastar sus haberes aquí;
-más le gusta Santa Coloma, el pueblo de su madre... El muchacho es
-cabal, no digo que no; pero el mozalbillo de los Madriles debe ser
-cosa fina... y ese empleo de escribano que tiene renta ahora muchísimo
-dinero...
-
-Se hunden las azadas en los duros terrones con acentos diferentes y
-continuos, brava la una, esforzadísima la otra, débil la tercera en
-seniles manos; la luz cuaja la llanura en un incendio; trasvuela un
-ave, y dice aún el tío Cristóbal:
-
-—Sería una machada que despidierais al uno por el otro. Nada más que
-con papel y tinta gana éste en un mes tanto como Antonio en un año
-con la tienda. Y que la gente de pluma es dadivosa, de mucho rumbo y
-generosidá... Buena suerte ha tenido la rapaza... ¿Es aquella que viene
-por allí?
-
-En el fino sendero de la mies aparece una joven lenta y afanosa, con
-una cestilla colgada del brazo.
-
-—Ya es medio día—dice al llegar.
-
-Y posando su leve carga, se abanica con las dos puntas sueltas del
-pañuelo. Por verla el semblante esquivo, se arrastra el anciano sobre
-el calcinado polvo, y ella gira disimuladamente el busto sin dejarse
-descubrir.
-
-—¡Eh! muchacha: ¿eres tú la novia del forastero?
-
-—¿Yo?—prorrumpe absorta Marinela, volviéndose de pronto.
-
-—¡Ah, no eres tú!
-
-Terco, obcecado, el tío Cristóbal delira en torno de su idea única, lo
-mismo que un demente.
-
-De roja que es la cara del anciano se ha puesto de color de violeta
-y ofrécese tan turbia la mirada de los ojos grises, tan inseguro el
-acento de la sumida boca, que Marinela supone borracho a su pariente.
-
-Vanse hacia el arroyo las dos zagalas para llenar de agua nueva el
-cantarillo, que ya varias veces fué a pedir refrigerio a la linfa
-murmuradora.
-
-—¡Llega tan caliente!—lamenta Olalla.
-
-Colman la vasija, beben las dos, y vuelven a colmarla.
-
-—¡Está como caldo!—dice la sedienta cavadora—. Después cuchichean,
-mirando con recelo hacia la mancha oscura del anciano, medio tendido al
-borde de la zanja.
-
-—¿Se ha vuelto chocho o está bebido?—pregunta Marinela.
-
-—No, mujer; quiere que le digamos con quién se casa _Mariflor_...
-
-—¿Y le habéis dicho?:..
-
-—¡Qué sabemos nosotras!
-
-Era la primera vez que las dos hermanas hablaban del asunto.
-Considerada como una niña la más joven, solía descubrir los secretos
-familiares nada más que con los ojos, sin sorprender casi nunca una
-palabra ni una confidencia, expansiones poco frecuentes allí donde
-el ritmo de la vida señalaba todas las inquietudes en el silencio
-taciturno de las almas.
-
- * * * * *
-
-Mientras comieron las trabajadoras, agazapadas en fila sobre el delgado
-sendero del centenal, libres apenas de la plenitud del sol que a plomo
-caía en la llanura, fué otras dos veces Marinela a llenar el cántaro al
-arroyo.
-
-Había pedido agua el tío Cristóbal, y después de dársela, vertió la
-niña el líquido restante y corrió a lavar la boca de barro donde puso
-el viejo la suya de color de ceniza.
-
-Él no se mostró sentido por aquella manifiesta repugnancia, ni pareció
-notar el molesto asombro que causaba a las mujeres su tenaz compañía.
-Caído en soñolienta modorra, había perdido sin duda la noción del
-tiempo, olvidado hasta de zumbar sus maliciosas preguntas.
-
-Ni el hambre ni el ejemplo le avisaron la hora de comer; ni el tórrido
-calor que le cocía dióle impulso de buscar el cobijo de su casa. Cuando
-vió hacer a sus vecinas la señal de la cruz, le pareció que sonaba muy
-lejos el familiar repique de una campanuca. Y cuando ellas, viéndole
-medio dormido y atontado, le dijeron que el sol le iba a dañar, trató
-de incorporarse, dió de bruces en la tierra y quedó inmóvil, con la
-boca pegada al suelo.
-
-Miráronse las mujeres con asombro, y como el viejo diese entonces un
-fuerte ronquido, Ramona dispuso únicamente:
-
-—Dejadle que duerma.
-
-—¿Al sol?—preguntó compasiva Olalla.
-
-Inició la madre, con algunas vacilaciones, su acostumbrado encogimiento
-de hombros, y la muchacha, quitándose el mandil, lo desplegó con
-solicitud sobre el ancho sombrero del maragato.
-
-Poco después, hinojada en el sendero, Marinela recogía los pedacitos de
-pan y el hondo cacharro con un resto de «moje», y doliéndole a Ramona
-la delgadez endeble de la inclinada cintura y el trasojado semblante de
-la niña, preguntó de pronto:
-
-—¿Por qué has venido tú con esta calor, tan aina de comer?
-
-—«Ella»—aludió con humildad la joven—iba a fregar el belezo y a
-echar las llavazas al cocho... También cebó las gallinas y las palomas,
-rachó leña y llevó los «curros» al agua.
-
-—Abondo es eso...—comentó la madre con invencible desdén.
-
-A tal punto, lanzó otro ronquido el tío Cristóbal, revolvióse con
-sacudidas largas y crujientes, y en un esfuerzo, como si quisiera
-levantarse, clavó en tierra las uñas de ambas manos.
-
-Las mozas habían palidecido.
-
-—Péme que está enfermo—dijo Olalla—; hincóse al lado suyo y trató de
-alzarle la cabeza; pero la sintió agarrotada y rebelde.
-
-Acudió entonces Ramona, hundió sus recios brazos por debajo del cuerpo
-rígido, y de un brusco tirón dió vuelta al hombre: aparecía con el
-rostro casi negro, mojado de una espuma sangrienta, los párpados caídos
-y la respiración difícil.
-
-Quedaron aterradas las mujeres.
-
-—¡Coitado, agoniza!—clamó la tía Dolores llena de medrosa piedad, en
-tanto que la nuera pedía con demudado semblante:
-
-—¡Agua, agua!
-
-Inclinó Marinela el cántaro tendido.
-
-—Aún tiene dello...—Daba diente con diente mientras rociaba su madre
-la congestionada faz.
-
-Abrió el moribundo los ojos, torcidos hacia la moza con una mirada
-vacilante y sombría, como aquella que buscó a la novia del forastero
-antes de decir:
-
-—¡Ah, no eres tú!
-
-Torció también la boca, en la mueca de su habitual sonrisa
-impertinente, y quedó tieso, inmóvil, con el respiro apenas
-perceptible. La tía Dolores le daba pausadamente aire con el delantal;
-las muchachas, doloridas y mudas, le hacían sombra con el cuerpo:
-seguía Ramona mojándole los pulsos y las sienes, y caía el silencio con
-el sol, como un manto de luz sobre el extraño grupo.
-
-—Encomendémosle—murmuró Olalla arrodillándose.
-
-—Señor mío Jesucristo—fué diciendo la voz oscura y triste de la
-madre, y las otras mujeres repitieron angustiadas la oración hasta el
-final.
-
-No había dado el tío Cristóbal señales de entender el tremendo aviso,
-cuando giraron sus pupilas desorbitadas y ciegas, y un estertor hiposo
-le silbó dentro del pecho: con el postrer visaje y la última sacudida,
-la inerte cabeza saltó desde las manos de Ramona rebotando en el
-polvo, y las uñas del moribundo volvieron a clavarse feroces en el
-erial.
-
-—¿Murió?—dijo despavorida Olalla.
-
-Marinela dió un grito y cerró muy apretados los ojos.
-
-—Sí, sí; hay que llamar gente,—respondía la madre trazando sobre el
-difunto la señal de la cruz—. Y viendo a la zagala tan miedosa, añadió
-resoluta:
-
-—Vai con la cesta y, al tanto, das razón de lo que ocurre.
-
-—¿A quién?
-
-—A la familia; ellos avisarán a la Justicia.
-
-Obedeció la joven con terror y sigilo: sus pies medrosos apenas tocaban
-el sendero; su grácil figura desaparecía entre los altos panes. Pero
-quizás un leve roce de su brazo, o tal vez un soplo de perezosa brisa,
-movió las hojas verdes con rumores suavísimos de «escucho».
-
-—¡Madre, madre!—gimió la muchacha con espanto. Volvióse atrás
-corriendo, y quedó parada al borde de la mies, sin atreverse a salir al
-raso donde el muerto dormía. Allí encontró a la abuela, acurrucada en
-la linde con cierta indecisión, tentada a la fuga, y detenida por el
-trabajo y la caridad.
-
-—¿Que yé, rapaza?—preguntó con susto.
-
-—Tengo miedo... me siguen... escuché una voz...
-
-—¡Te haltan jijas hasta para fuir!—lamentó más distante el acento
-brusco de Ramona.
-
-Y Marinela, inducida por su mismo pavor, asomóse al rebujal desde el
-seto vivo de los tallos.
-
-Vió que Olalla había desaparecido y que su madre, sentada al sol,
-impasible y estoica, velaba al muerto. Parecióle el cadáver más rígido
-y huraño, con la boca abierta, y la piel del sequizo color de los
-abrojos; quedó allí fascinada un minuto, y, de repente, echó a correr
-entre la verde masa, por el hilo sutil de los senderos; movía con
-los codos el follaje, y el rumor de las hojas sacudidas le causaba
-indecible inquietud: todas las crueles fluctuaciones del pánico
-vibraban en los tirantes nervios de la doncella, empujando su loca fuga
-al través del centenal.
-
-Cuando llegó desalada al pueblo, no supo cómo hablar en casa del tío
-Cristóbal. Entró en la ruin vivienda, que de pobres menesterosos
-parecía, y halló a Facunda cosiendo en el clásico _cuartico_, la
-pieza que ciertos días solemnes sirve de comedor a los maragatos,
-forzosamente colocada entre la cocina y el corral; la misma que en casa
-de la tía Dolores han llamado _estradín_ por excepción.
-
-Ante la absorta mirada de su amiga, Marinela, confusa y torpe, acabó
-por decir:
-
-—Que tu abuelo se ha morido junto a la mies de Urdiales.
-
-—¿Mi abuelo?... ¿Sábeslo tú?...
-
-Facunda, con más asombro que dolor, se había puesto de pie.
-
-—Vengo de allá; le vide.
-
-—Pero, ¿qué le dió?
-
-—La muerte repentina.
-
-—¡Virgen la Blanca!... ¿Y qué hacía allí?
-
-—Mirando cómo abrían el calce: andamos al riego en nuestra hanegada de
-la Urz.
-
-—¿Asurcana de la nuestra Gobia?
-
-—¡Velaí!
-
-Con la costura en la mano, la moza volvió a sentarse enfrente de
-Marinela, doblada sobre un escañuelo en actitud de abrumadora fatiga.
-
-—Pues yo le estaba esperando para comer.
-
-—¿Y no comiste?
-
-—Nada.
-
-Quedaron mudas, mirándose a los ojos con sorpresa, al compás del reloj
-que se mecía en su caja de roble, señoreando el _cuartico_.
-
-Facunda levantó del solado un marchito ramillete de tomillana, y
-espantó con lentitud el enjambre zumbador de moscas, desatado en el
-aposento.
-
-—Y al biendichoso—dijo después—, ¿se le saltaría el corazón?...
-
-—¿El corazón?... Píntame que el mal le dolía en los ojos y en la boca:
-echaba espuma entre los labios y tenía el mirar lusco.
-
-—Salió de casa en ayunas, con una copa de aguardiente.
-
-—Pues cuenta que derecho fué a la mies. Allí dió en preguntar con
-quién se casaba mi prima.
-
-—¡Andanda!
-
-—Estaría algo chocho... ¡tantos años!
-
-—Y la boda ¿es con ese extranjero?
-
-Pasó un fulgor oscuro por las turquesadas pupilas de Marinela.
-
-—No sé—balbució, para añadir a poco:
-
-—Pero, digo yo que sí.
-
-—Es galán y bien apersonado—musitó en éxtasis Facunda...—¿Tienes
-hambre?—preguntó de repente, viendo a su amiga, blanca lo mismo que la
-cal, en demudación terrible.
-
-—No—dijo la otra con la cabeza.
-
-—Pues ¿qué tienes entonces?... ¡Estás priadica!
-
-La interrogada sacudió los párpados violentamente para ahuyentar la
-nube de su lloro, y pudo con esfuerzo tristísimo decir:
-
-—Me pasmó el difunto, ¿sabes?
-
-—¡Ah, ya!... Quedaríase muy feo; ¡sin las armas de Dios!
-
-—Mi madre le rezó el señor mío.
-
-—¿Están al riego entodavía?
-
-—Hasta la noche. La barbechera cae más alta que el regato, y es
-menester cavar mucho.
-
-—¿Quién os ayuda?
-
-—¡Nadie!
-
-Al evocar el desamparo de su pobreza con la triste palabra negativa,
-por la mente de la joven pasó el reflejo seductor de los caudales del
-tío Cristóbal.
-
-—¡Vais a heredar a rodo!—murmuró fascinada, sin envidia ni rencores.
-
-Alumbráronse los ojos descoloridos de Facunda y una sonrisa beata se
-le cuajó en los labios. Todos los matices de la emoción, suscitada por
-aquel anuncio, resplandecieron en esta frase elocuente:
-
-—Voy a comer...
-
-Alzóse de nuevo, con ademanes pesados: era gruesa, fuerte, baja; tenía
-mejillas carnosas, tez bronceada por el sol, mirada pasiva, y una
-insignificante belleza juvenil en el conjunto de la figura.
-
-Revolvía Marinela su curiosidad alrededor, resumiendo maquinalmente
-el inventario del _cuartico_. Y, de pronto, la hizo estremecer una
-anguarina del tío Cristóbal, colgada en el apolillado capero, rígida y
-sin aire, como una mortaja.
-
-—Tienes que avisar a la Justicia—le advirtió a la heredera con
-solemne tono.
-
-—¡Ah! ¿Sí?—clamó Facunda, abriendo mucho la boca.
-
-—¡Natural!
-
-—¿Quién lo dijo?
-
-—Mi madre.
-
-—¿Pero es obligación?... Cuando murió la abuela no llamaron al juez.
-
-—Porque estuvo en la cama... Cuando el tío Agustín se atolló en la
-nieve y amaneció cadáver, vino el Ayuntamiento.
-
-—Y ¿a quién mando a Piedralbina?—murmuró atribulada la moza, como si
-tuviese que realizar una hazaña insuperable.
-
-—Manda a _Rosicler_.
-
-—Tiene el aprisco a la mayor lejura, en los alcores del Urcebo...
-
-—Pues a tu hermano...
-
-—Anda a la escuela...
-
-Quedáronse de nuevo silenciosas, sumidas en la preocupación terrible de
-aquella grave dificultad.
-
-Marinela se había puesto de pie, sin apartar mucho los ojos de la
-anguarina parda.
-
-—¿No habrá un motil que te haga el mandado?—murmuró despacito, como
-si alguien durmiese.
-
-Y Facunda, en el mismo tono de misterio, resolvía:
-
-—Iré yo después de comer y de avisar en casa de mi madre.
-
-—¡Eso!
-
-Felices con el hallazgo de aquella inesperada solución, se miraron en
-triunfo, sonrientes, como si hubiesen escapado de un enorme peligro.
-
-Tras largo y duro rechinamiento de resortes, dió el reloj una lenta
-campanada, y Marinela, despidiéndose muy lacónica, salió de puntillas,
-apresurada y vacilante.
-
-—Al paso que vas—dijo la dueña de la casa con luminosa
-inspiración—podías contarle a don Miguel...
-
-—¡No puedo, no!—atajó la infeliz, temblando locamente.
-
-—¿Por qué, criatura?
-
-—¡No puedo, no!—y agarrada al cestillo, volvió a correr la mozuela
-triste, dejando a su vecina con la boca abierta. Pero al doblar la
-calle y cruzar la plaza, en el mismo brocal de la memorable fuente la
-detuvieron una sombra, una voz y un saludo. Era el propio forastero de
-quien la moza huía: llegaba sonreidor y alegre; extendió los brazos
-para contener la delirante carrera de la joven, y con audaz halago le
-rezó al oído, como un eco de su primera entrevista:
-
-—¡Salve, maragata!
-
-Un grito y un sollozo contestaron a la oración devota del poeta...
-Tuvo él que sujetar el talle de la moza, fatalmente inclinado hacia el
-pilón donde el agua decía la eterna incertidumbre de las cosas humanas.
-
-—¿Me tienes miedo?—preguntó conmovido, hablando a Marinela de tú,
-como a una niña.
-
-Todo el nublado de las contenidas lágrimas estalló entonces.
-
-—Pero, ¡siempre lloras!—exclamó Terán con angustia—. ¿Qué tienes?...
-¿Por qué sufres?
-
-Ella se dejó sostener un instante, enloquecida por el desbordado
-ensueño de su alma, y al punto quiso huir.
-
-—¿Temes que te haga daño?... ¿Estás enferma?—seguía el joven
-diciendo, con blandura y cariño, sin dejarla escapar.
-
-—¡No puedo, no!—repitió aún Marinela con gemido impotente, como si ya
-no supiese decir otra cosa.
-
-Y a Rogelio Terán le pareció que la desconsolada frase había causado un
-estremecimiento profundo en el transparente corazón del agua.
-
-—¿Qué tienes, dime?—insistió el poeta.
-
-Alzóse el lindo rostro con tal expresión de súplica y mansedumbre, que
-el caballero aflojó los brazos y dejó partir a la zagala.
-
-Ya entonces la triste no pretendió correr. Fuése con pie desfallecido,
-deshecha en lágrimas y sollozos, dándoles libertad con repentina y
-bárbara crudeza, con alarde infantil.
-
-Sorprendido y emocionado la vió Terán hundirse en la ardiente calle.
-No había él ido a Valdecruces para hacer llorar a las mujeres, y su
-experiencia, un poco mundana, le advertía de misteriosas culpas en
-el llanto de aquella joven. _Mariflor_ le había dicho que su prima
-gozaba poca salud, que padecía de tristezas y lloros, y que desde la
-noche de la farsa se había puesto mucho más inapetente y melancólica,
-más trasoñada y sensible. Por dos veces la encontraron escribiendo el
-romance de la _Musa_ entre lágrimas y suspiros. Y Olalla, su compañera
-de lecho, contó que la niña por la noche no pegaba los ojos, y que si
-acaso al amanecer se adormecía era para soñar con voz alucinante los
-versos de la farandulera.
-
-También supo el forastero por don Miguel, con otros muchos pormenores,
-que la zagala tenía vocación de monja. Pero, con su penetrante vista de
-buen lector de almas, el poeta adivinó aquella tarde un nuevo aspecto
-en la enfermedad complicada de la niña.
-
-Dióse a estudiar el conflicto con inquietud y lástima, ruano y
-meditabundo, al través del pueblo inmóvil, sin advertir que se había
-borrado en el rojizo suelo la sombra exigua de las paredes, y que ardía
-la luz, como un volcán, vertida a plomo en las silentes calzadas.
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-XIV
-
-ALMA Y TIERRA
-
-
-DESDE aquel medio día luminoso en que Rogelio Terán llegó a
-Maragatería, soñador y aventurero, a semejanza de Don Quijote, habían
-transcurrido dos semanas apenas, tiempo harto breve para curiosear la
-tierra y el alma de este país incógnito y huraño, tosca reliquia de las
-viejas edades, remanso pobre y oscuro de los siglos de hierro.
-
-Deslizábanse los amores de _Mariflor_ y el poeta como idilio sereno
-y apacible en la vida un poco fatigada del mozo, mientras se le iba
-mostrando la dulce novia aún más gentil que en el primer encuentro
-inolvidable, más esbelta y pensativa, luciendo más su innato señorío
-sobre el fondo gris de Valdecruces.
-
-Cuantas impresiones recibió aquí el artista en sus andanzas tuvieron
-una fuerte originalidad. Con grande asombro y compasión aprendía la
-dura existencia de este pueblo de mujeres, bravo y taciturno, que
-ni el tiempo ni el olvido lograron borrar de las crueldades de la
-estepa al través de las centurias: hábitos y costumbres, semblantes
-y caracteres, mostráronse al novelista esquivos y asequibles a la
-vez, como si el rostro de la aldea, tan cándido y tan rudo, guardara
-hondos misterios bajo las tenaces arrugas de los siglos... Calzadas
-escabrosas, rúas cenicientas, míseras cabañas, casucas de adobes,
-techumbres de bálago, trajes, palabras y tipos, descubiertos al primer
-vistazo en toda su interesante rusticidad, callaban la certeza de su
-origen y escondían su historia en la penumbra de caminos ignotos:
-un marco de nieblas y de sombras envolvió a Valdecruces delante del
-forastero, a la luz espléndida del sol.
-
-En la romántica incertidumbre de sus observaciones veía el poeta surgir
-a cada instante el vivo enigma de unos ojos claros, de una boca muda,
-de un talle macizo y un lento ademán; la humilde y robusta silueta de
-una mujer, de una esfinge tímida, silenciosa, persistente: ¡la esfinge
-maragata, el recio arquetipo de la madre antigua, la estampa de ese
-pueblo singular petrificado en la llanura como un islote inconmovible
-sobre los oleajes de la historia!
-
-Esta imagen perenne, más diminuta y simple, más asustadiza y torpe,
-repetíase pródigamente en los niños: la cara redonda, elevado el
-frontal, cóncavo el perfil, los ojos pardos, verdes o azules, con una
-vaga tendencia oblicua, daban a todos un aire primitivo de candor y
-timidez, un viso triste de pesadumbre y esclavitud. El sesgo leve
-de la mirada era nota de cobardía y sumisión más que de recelo o
-disimulo; y los gestos pausados, los calmosos debates de la palabra y
-el pensamiento para resolver la más sencilla de las dudas, delataban un
-cultivo intelectual muy rudimentario, un secular abandono de aquellas
-mustias imaginaciones.
-
-Ningún rasgo masculino altivecía el semblante fusco de la aldea; los
-pocos viejos que allí se refugiaban habían perdido la energía viril
-lustrando por ajenos países, y en el esfuerzo bravío que sacudía a las
-mujeres sobre el páramo, no asomaba ese alarde varonil de que algunas
-hembras suelen revestirse al trabajar como los hombres: todo el ímpetu
-fuerte de estos brazos, cultivadores del erial, derivaba del materno
-amor, fuente inagotable de renunciaciones y heroísmos, divino poder que
-allí se manifestaba callado, fatal y oscuro en las almas femeninas.
-
-A tales conclusiones fué conducido el forastero al través de sus
-íntimas charlas con el cura.
-
-—¿Qué hay—preguntaba Rogelio cada vez más curioso—en estos corazones
-tan recatados y sufridos?
-
-—Hay madres solamente—respondía, melancólico, don Miguel.
-
-—¿Y el amor sexual, esa lozanísima planta de la juventud que florece
-en todos los países del mundo?
-
-—Estas mujeres sólo conocen la obligación de la esposa que debe
-concebir.
-
-—Pero el sentimiento, la exaltación del espíritu hacia el hombre que
-eligen, ¿tampoco lo conocen?
-
-—No eligen: se les da un marido, y ellas le acatan mientras puede
-sostener a la familia.
-
-—Habrá excepciones.
-
-—Ninguna.
-
-—¿En toda la región?
-
-—En toda... si algún elemento extraño no se mezcla en la vida
-maragata...; que no suele mezclarse.
-
-Bajo el tono apacible de la respuesta creyó Terán percibir una embozada
-reconvención. Hallábanse ambos amigos a solas en el despacho del
-sacerdote, estimulando su plática con el humo de los cigarros, mientras
-el tío Cristóbal agonizaba en la mies.
-
-Parecía que de intento el cura no quisiera aludir directamente a los
-discutidos amores del poeta y _Mariflor_. Y en esta actitud sentía el
-mozo latir una sorda hostilidad.
-
-—¿Yo «sería» en Valdecruces ese «elemento extraño» que tú
-dices?—preguntó de repente.
-
-—¡Quién sabe!—respondióle con tristeza don Miguel.
-
-—¿Estorbo?
-
-—¡En mi casa nunca! Pero...—dijo el párroco suavemente—contra
-ti se vuelve la realidad; yo dudo que estés destinado a cumplir en
-Maragatería una misión redentora, como tú supones.
-
-—¿Ni siquiera la de salvar a una sola mujer?... ¿no tendrá ella
-bastante con mi corazón y con mi vida?
-
-—Tu vida no depende de ti... Tu corazón... ¡quizá tampoco!
-
-—¡Hombre!
-
-—Acuérdate...
-
-—Si, ya me acuerdo—interrumpió desconcertado el poeta—; pero esa
-lúgubre memoria no ha de apartarme para siempre de la felicidad.
-
-—La felicidad no es de este mundo...
-
-—Si argumentas así, a lo asceta...
-
-—¡A lo maragato!—sonrió acerbamente don Miguel.
-
-—¿Y juzgas que Florinda ha nacido para sacrificarse?
-
-—Florinda ha nacido para obrar el bien...
-
-—Como todo fiel cristiano.
-
-—Pero con especial misión de bienhechora... Oye, Rogelio—añadió el
-cura, mirando de frente a su amigo y hablando recio, como quien tomase
-de pronto una determinación—. Tus intenciones son muy hermosas.
-Viniste a Valdecruces generosamente equivocado detrás de una mujer: si
-la quieres «salvar», como tú dices, no interrumpas sus pasos hacia la
-más segura y definitiva de las salvaciones.
-
-—Estorbo: es indudable.
-
-—Para que ella siga su trazado camino, sí.
-
-—¿Por qué no me hablaste con esta franqueza desde el primer día?
-
-—Porque vuestro idilio me perturbó un poco... porque no juzgué tan
-firme la perseverancia de _Mariflor_.
-
-—¿Y ahora?
-
-—Veo más claro: sacudo la romántica influencia de vuestras
-confesiones; miro la realidad de las cosas... No tenemos derecho, ni tú
-por egoísmo, ni yo por sensiblería, a impedir la obra de compasión que
-ella se propone realizar... Creo, en fin, que debes retirarte en tanto
-_Mariflor_ pacta con su primo.
-
-—Pero, ¿ha sonado la hora?
-
-—Está al caer. A instancias mías, Antonio adelanta su viaje: llegará
-esta semana, cuando menos se piense.
-
-—Y mi marcha en este caso, ¿no parecerá una cobardía?... Te equivocas
-si piensas que me retiene aquí el egoísmo, cuando me asalta la más viva
-piedad.
-
-—¿De una sola y linda mujer?
-
-—¡Ojalá pudiera yo redimir a otras!
-
-—¿Y si pudiera Antonio?
-
-El pretendiente, amoscado, casi ofendido, respondió con ironía:
-
-—Consintiendo el esposo que la esposa le hable de usted, le sirva y le
-acate como a un dios, y reviente en el páramo mientras él se regodea en
-la ciudad, ¿así quieres que yo suponga grandes hazañas de un maragato
-para su familia?... Aquí tiene «tu protegido» a su gente pudriéndose de
-miseria, y no la socorre...
-
-—El móvil del amor puede inducirle...
-
-—¡Qué amor ni qué ocho cuartos, hombre! Vosotros hacéis las bodas con
-un poco de rutina y otro poco de interés...—Detúvose temiendo ofender
-a su huésped, templando la vehemencia de la voz para añadir:—Eso me
-has dicho tú...
-
-—Y es la verdad—repuso don Miguel sin alterarse—. Pero quizá en
-otros pueblos más adelantados y felices no se hacen las bodas de más
-digna manera: ingredientes distintos, colores más brillantes, disimulo
-y finura para dorar la píldora... Al fin y al cabo, matrimonios sin
-amor.
-
-—No siempre.
-
-—Muy a menudo.
-
-—Siquiera esos matrimonios no llevarán consigo la injusticia irritante
-de causar una víctima sola.
-
-—Muchas veces, sí: ¡la mujer!
-
-Alzóse Terán de la silla, nervioso, confundido con el recuerdo de su
-madre, que de pronto le pesaba como una losa. También el sacerdote dejó
-su escabel; tiró la punta del cigarro y comenzó a decir con la voz
-persuasiva y amable:
-
-—Mira, Rogelio, amigo mío: el amor, ese sentimiento exaltado,
-ambicioso, inmortal que nos sacude y nos enciende, esa divina escala
-que nos conduce a Dios desde la tierra, sólo por singular prodigio
-tiene un peldaño donde puedan abrazarse para ascender unidas dos
-criaturas...
-
-—Bien; y ese peldaño...
-
-—No se consigue por la curiosidad romántica ni por la compasión que
-sientes hacia Florinda Salvadores. De no poder subir con ella en
-triunfo por la divina escala, déjala en Valdecruces, que labre aquí
-consuelos...
-
-—¿Y martirios?
-
-—El hacer bien mitiga el propio dolor, le cura, le recompensa. Quien
-más ama, con más brío se inmola...
-
-—Es decir: ¿que me desahucias definitivamente?
-
-—No; te aconsejo. Escucha. Ni de este amor que yo digo, ni de ese
-otro que tú decías antes—impulsos, deseos y simpatías más o menos
-sutiles—, suelen darse aquí las flores; ya te lo he confesado. Pero de
-la llama sagrada, del divino soplo, tenemos un trasunto inconsciente
-en el amor fortísimo de las madres. Florinda no quedaría huérfana de
-todo goce; de este amor puede ella disfrutar con más cordura que otras
-mujeres, con más sazón y gracia.
-
-—¡También con más tristeza!
-
-—Si se resigna y se conforma, no. Toda la felicidad del mundo
-consiste, a mi parecer, en eso: en conformarse.
-
-Una pausa y un suspiro detuvieron el discurso de don Miguel mientras el
-artista murmuraba:
-
-—¡No has dicho poco!
-
-Blanda y persuasivamente siguió explicando el cura:
-
-—En estos matrimonios que, como tú dices bien, ayuntan la costumbre y
-la conveniencia, hay, sin embargo, un fondo de respeto y de fidelidad
-muy ejemplares. Es cierto que la mujer come en la cocina, sirve
-al marido a la mesa, le dice de vos, le teme y le desconoce; que
-trabaja en la mies como una sierva y le ve partir sin despecho ni
-disgusto. Pero en esto que ella hace y él consiente, no hay deliberada
-humillación por una parte ni despotismo por la otra: hay en ambas
-actitudes una llaneza antigua, una ruda conformidad. Aquí el alma es
-primitiva y simple; las costumbres se han estancado con la vida; ello
-es fruto del aislamiento, de la necesidad, de la pobreza: estamos aún
-en los tiempos medioevales.
-
-—Pero los maragatos emigran todos; ¿cómo no toman ejemplo de los
-países más cultos?
-
-—No les impulsa fuera de aquí la ambición tanto como la miseria. Los
-que en sus luchas lograron vencer a la ignorancia, han sabido entrar
-de lleno en la civilización y honrar a su país. Tenemos en América
-letrados, industriales, fundadores de pueblos que han hecho prevalecer
-su traje regional y sus familiares virtudes al través de influencias
-muy extrañas... Tú sabes que los afortunados son muy pocos. Y la
-mayoría de nuestros emigrantes sigue padeciendo la estrechez de la
-inteligencia en precaria vida, trabajando en vulgarísimos trajines.
-Ellos se consideran una casta aparte en el mundo, y tan apegados están
-a sus leyes morales, que no adoptan de las ajenas cosa alguna, ni buena
-ni mala. Son padres excelentes, ciudadanos trabajadores, económicos,
-fieles y pacíficos. Si no saben sonreir a su esposa ni compadecerla,
-tampoco saben engañarla ni pervertirla: no la tratan ni bien ni mal,
-porque apenas la tratan. La toman para crear una familia, la sostienen
-con arreglo a su posición; y la reciedumbre de estas naturalezas
-inalterables descarga ciegamente todo el peso de su brusquedad sobre la
-pasiva condición de la mujer; pero sin ensañamiento ni perfidia, con el
-fatal poderío del más fuerte.
-
-—¿Lo encuentras justo?
-
-—Lo encuentro humano.
-
-—¿Y lo disculpas?
-
-—No: lo compadezco. Toda fuente de ternura cegada me produce sed y
-tristeza.
-
-Brillaron húmedos los ojos del sacerdote, al evocar tal vez una
-doliente memoria, y Rogelio preguntó, mirándole con suma curiosidad:
-
-—¿Tu discurso me quiere convencer de que _Mariflor_ necesite uno de
-esos maridos... de la Edad Media? Porque todavía no me lo has probado.
-
-—Nada pretendo probarte; quiero que conozcas toda la posible situación
-de Florinda casada con ese hombre que, en el peor de los casos para
-ella, no la impediría vivir con desahogo y socorrer a la familia;
-quiero que pienses cómo puede ocurrir que la muchacha gane el corazón
-de su primo para remediar las desventuras de la abuela.
-
-—¿Mediante la boda?
-
-—O sin la boda: lo que ha de suceder no lo sabemos. Y necesito también
-decirte que para mí, procurador y abogado de esta pobre gente, no se
-trata sólo de Florinda, sino de dos madres infortunadas, de dos hijos
-emigrantes y tristes, de cinco criaturas más, cuyo porvenir parece
-cifrado en el destino de esa joven...
-
-—Pero yo sería un cobarde si desmintiera sus esperanzas de felicidad.
-
-—¡Y dale con la felicidad! Si _Mariflor_ no te hubiera conocido, se
-consideraría feliz al hallar un esposo acaudalado y fiel.
-
-—No sólo de pan se vive... Sería muy desgraciada en la vulgaridad y el
-abandono de una existencia semejante...
-
-Parecía el sacerdote otra vez distraído en lejanas memorias, cuando
-murmuró con solemne acento:
-
-—No es vulgar si solitaria una vida donde el bien se reproduce; el
-sacrificio es obra de alto linaje que recibe muy ocultas recompensas.
-
-—Pero, ¿tú eres un maragato positivista o un místico delirante?
-
-—Soy un pobre cura de almas que desea cumplir con su deber. La misión
-mía es de paz y de amor, y en la dura tierra que labro no puedo soñar
-con frutos sino a costa de dolores: me esfuerzo en adulcirlos cuando es
-imposible evitarlos.
-
-—No así con Florinda.
-
-—Si ella acepta una cruz y yo la enseño a llevarla, ¿no habré
-dulcificado su camino?
-
-—Todos tenemos derecho a buscar un camino sin cruces.
-
-—No hay quien lo encuentre.
-
-—Mientras se busca y se confía...
-
-—Se pierde el tiempo.
-
-—Se vive con ilusiones.
-
-—Antes que verlas perecer, es mejor encumbrarlas.
-
-—Ya ya; siempre el mismo asunto: la otra vida. Dios nos manda también
-lograr ésta.
-
-Abismado nuevamente en remotas membranzas, exclamó el cura:
-
-—_¡La mujer es un ser misterioso nacido para amar y para sufrir!_
-
-—Eso, ¿lo discurres tú?—preguntó impaciente el artista.
-
-—Son palabras de un filósofo cristiano. Yo las he visto cumplidas en
-muchas ocasiones.
-
-Posó una amarga tristeza en la rotunda afirmación. Terán, absorto,
-sombrío, interrogó casi huraño:
-
-—En fin, ¿qué me pides?
-
-—Poca cosa: que no reveles a Florinda esta confidencia; que procures
-no turbar sus planes; que esperes con prudente actitud, sin desanimar a
-la muchacha ni comprometerla.
-
-—Y ¿crees que debo partir?
-
-Vaciló don Miguel.
-
-—Mi casa es siempre tuya—pronunció cordialmente—, pero sería de mal
-efecto que Antonio se creyera suplantado antes de negociar con su prima.
-
-—Nadie más que tú y Olalla sabe de nuestras relaciones.
-
-—Y todo Valdecruces. Ya te dije por qué el tío Cristóbal quería hacer
-patente el inevitable rumor de este amorío; hoy supe, por mi sobrina,
-que, valiéndose de _Rosicler_, otros rapaces y algunas mozas, el viejo
-trata de que esta misma noche os echen «el rastro».
-
-—¿Y eso qué es?
-
-—Una costumbre del país: cuando las zagalas sospechan de una
-negociación matrimonial, van de noche, callandito, a poner un reguero
-de paja, visible y ufano, desde la vivienda del novio a la de la novia,
-con ramificaciones a otras casas, indicando convites al casamiento. A
-la puerta de la presunta desposada tejen una especie de colchón con
-ramaje y rastrojos.
-
-—El lecho nupcial—sonrió el artista encantado.
-
-—Sí; un remedo a la vez insolente y candoroso, increíble en el enorme
-pudor de estas mujeres.
-
-—Pues yo no sé si aquí la castidad sin luchas ni peligros,
-eternamente dormida, tendrá mucho mérito a los ojos de Dios...
-
-—No negarás que es una virtud.
-
-—O un signo acaso de bárbara esquivez.
-
-—¿Quién sabe si la civilización al sensibilizarnos y pulirnos, nos
-hace más o menos asequibles al mal?
-
-—Nos hace conscientes, hombre, que es tanto como hacernos
-responsables: qué, ¿tiras a retrógrado?
-
-—Tiro a párroco de Valdecruces, por ahora.
-
-—Bueno. ¿Y el rastro ése?
-
-—Es un compromiso oficial de casorio si la moza no protesta. Si
-rechaza al pretendiente, o los rumores del noviazgo son inciertos,
-ella conduce el surco hasta una laguna, charco o regajal, durante la
-siguiente noche.
-
-—Es curioso.
-
-—Da margen a una salida nocturna, llena de sigilo y moderación, por
-supuesto. He tomado mis precauciones para evitar que os comprometan con
-la broma, aunque si persiste el propósito...
-
-—Marcharé en seguida—dijo Terán reflexionando—, Anunciaré a
-_Mariflor_ la posibilidad de que una carta urgente me obligue a
-partir... pero mi viaje no será una retirada, sino una tregua: sólo con
-esa condición te daré gusto.
-
-—Ni yo te pido más. Una tregua precisamente, que te dará también
-espacio para posar tus impresiones y resolver con toda cordura en
-negocio tan importante.
-
-—Entonces, pasado mañana, si te parece...
-
-—Muy bien. Dios te ayude.
-
-Y mucho más satisfechos de lo que hubieran podido suponer durante el
-curso de la conversación, bajaron los dos amigos a pedir el yantar.
-
- * * * * *
-
-Una hora después, sin cuidarse del sol, rondaba Rogelio la calle de
-Florinda, avisado por ella de que estaría sola y podrían hablar un
-rato.
-
-No tardó en aparecer sobre la sebe mazorral, entre rubos y agavanzas,
-la gentil cabeza de la moza. Presentóse con una de esas dulces sonrisas
-que nacen en los ojos y crecen en los labios, y acogió con apasionada
-ternura el credo fervoroso del amante. Él, con mucha suavidad,
-deslizó en la plática el temor de una repentina ausencia: sus asuntos
-amenazaban llamarle a Madrid de un momento a otro.
-
-La súbita emoción que encendió el semblante de la joven, mostróla tan
-triste, tan pesarosa y estrujada por la vida, allí muda y trémula entre
-las zarzas del vallado, que el mozo, vivamente conmovido, le prestó mil
-espontáneos juramentos de constancia y fidelidad.
-
-—Volveré pronto—decía—, cuando tú me asegures que estás dispuesta a
-venirte conmigo.
-
-La miraba, gozoso de saberse profundamente amado, y sufriendo al verla
-tan atormentada y dolorosa, visibles ya en su cara los esfuerzos de la
-lucha que sostenía con el duro trabajo, apenas caído sobre los débiles
-hombros. ¿Qué iba a ser de ella prolongando la amarga situación? De la
-cruel servidumbre, ¿la había de redimir el oro del primo o el amor del
-poeta?
-
-Como si la joven adivinase que aquella duda cabía en el pensamiento del
-amado, murmuró con furtiva esperanza:
-
-—¡Sí; volverás pronto!
-
-Y pudo sonreir: aún dijo alegres frases y devolvió promesas de ardorosa
-pasión, cauta y firme contra el primer asalto de una sorda inquietud
-que le empañó el terciopelo oscuro de las pupilas, igual que si la
-pálida sonrisa de los labios ya no pudiese volver nunca hasta los ojos
-donde había nacido.
-
-Quedaron los novios en verse por la tarde en la mies. Pensaba Florinda
-salir a la caída del sol, cuando el agua corriera por los liños en la
-hanegada de la Urz, ya vencido el trabajo del riego que traía a la moza
-desvelada.
-
-Despidióse Terán rendidamente, y se alejó despreocupado, con una
-ligereza de espíritu indefinible y extraña en aquel momento: sentíase
-optimista, lleno de dulces seguridades que apenas tenían raiz en su
-conciencia, mecido en vagas ilusiones no menos gratas por imprecisas y
-locas. Iba envuelto quizá, en cendales de amor, en el divino manto que
-cubre con infinita dulzura a quien lo recibe, y destroza las manos que
-lo tejen.
-
-Así encontró a Marinela, que huía de él y que cayó en sus brazos
-derretida en lágrimas. Cuando la dejó partir transido de compasión,
-perdió de repente la serena beatitud que le envolvía y hallóse
-despierto a sus íntimos cuidados, pesaroso de tocar tantas tristezas,
-perdido en confusiones y recelos, como si la zagala enfermiza le
-hubiese contagiado con los zollozos todas sus inquietudes y ansiedades.
-
-Horas enteras vagó irresoluto y febril al través de Valdecruces,
-acosado por la opresora sensación de hallarse prisionero. Una angustia
-de cárcel le martirizó en cada rúa triste y ardiente. Y el cansancio
-y la sed le llevaron a la entrada silenciosa de la taberna, sobre la
-cual un lienzo inmóvil y de dudoso color denotaba a estilo del país el
-tráfico de vinos.
-
-Pidió el forastero un vaso y una silla, no sin dar grandes voces, a las
-que acudió un anciano. Servido con mucha parsimonia, contemplado con
-asombro por una vieja que llegó tras el viejo, supo allí que el tío
-Cristóbal Paz había fallecido de un sofoco en la mies.
-
-—¿Trabajando?—preguntó con lástima.
-
-—¡Quiá!; no, señor; mirando cómo andaban al riego unas mujeres.
-
-—¿Las de Salvadores?
-
-—Esas; ya fué allá don Miguel con el Santolio pero no le alcanzó arma
-ninguna; ahora están esperando a la Justicia para levantarle.
-
-Descansó el poeta unos minutos, pagó con esplendidez el vaso de agua
-con vino, y buscó una salida al campo, orientándose hacia naciente. Era
-casi la hora de su cita con _Mariflor_; y el trágico acontecimiento de
-la tarde parecía propicio a que la presencia del galán en la mies no
-inspirase desconfianzas.
-
-Ya en el libre camino aparece un poco nublado el cielo: tenues vellones
-grises circundan el ocaso donde el sol se inclina malherido por la
-noche, implacable y rojo sobre la sedienta planicie.
-
-Cuando Rogelio rinde la finísima senda de la mies y se asoma al campo
-baldío donde el cauce se tiende hacia el arroyo, un espectáculo de
-tremenda emoción le pasma y le sacude.
-
-Allí, donde la rotura brava del erial toca en suave cima con el borde
-del regatuelo, se yerguen Olalla y Ramona sobre los cárdenos fulgores
-de la luz poniente. El ronco retumbar de sus azadas repercute áspero y
-terrible, lo mismo que una cava de sepultura; avanzan y tunden las dos
-mujeres, solemnes y misteriosas frente al ocaso como si le estuvieran
-abriendo una sagrada fosa al astro moribundo; con mucha prisa, antes de
-que le envuelva la noche en el sudario gris de la llanura.
-
-El cadáver del tío Cristóbal duerme en la rastrojera, a medio cubrir
-por un piadoso abrazo de retamas; junto a él la tía Dolores reza o
-llora, y vigila en una expectación delirante; y en el otro confín del
-horizonte una orla de nubes pálidas tiende su pesadumbre a la orilla
-del cielo.
-
- * * * * *
-
-La respetada hora de la siesta había pasado magnánima aquel día sobre
-las cavadoras de la mies de Urdiales.
-
-Aprovechó Olalla el reglamentario reposo para satisfacer un repentino
-impulso de su corazón. Y destacándose valiente en el abrasado rebujal,
-cortó en la mustia ribera del arroyo un haz tan grande de retamas como
-pudo ceñirle entre sus brazos, bien abiertos, robustos y acogedores.
-Aún supo esmerarse con paciente solicitud, escogiendo en el retamal las
-flores menos tristes; quería cubrir al muerto contra las moscas y el
-sol, y hacerle los honores de la mies con un poco de dulzura.
-
-Mientras hacinó la pálida genesta sobre el cadáver, las otras dos
-mujeres rezaban el rosario, acurrucadas en la linde del plantío.
-Contaba Ramona las avemarías por los dedos, murmurando al final de cada
-decena, a guisa de responso:—_Requiescanquinpace_. Dijo después la
-letanía de la Virgen, en el mismo bárbaro latín, y comenzó a hilvanar
-una serie formidable de padrenuestros por las obligaciones del difunto.
-
-Tranquila, hierática, agotó la mujer el repertorio de las oportunas
-preces, con la calmosa ayuda de la vieja, cuando fué Olalla a sentarse
-entre las dos, murmurando:
-
-—¿Qué hará Tirso, el heredero, con nosotras?
-
-—Quedarse con todo; quitarnos la casa; ese hereda las codicias con los
-intereses—respondió la madre—. Su cara morena parecía más oscura, y
-su acento, siempre brusco, sonaba más enrudecido.
-
-Callaron las tres un instante, sobrecogidas bajo la dureza de aquella
-afirmación.
-
-Tirso Paz tenía fama de avaricioso; recibía el caudal paterno después
-de una larga vida de privaciones, despechado contra la injusta suerte
-del hijo pobre que tiene un padre rico; de seguro heredaba ansioso,
-violento, impaciente de poseer, sin lástimas que para su miseria nadie
-tuvo, sin treguas piadosas que su mismo padre le enseñó a negar.
-
-Esta certidumbre tembló, fatídica, al borde de la mies, en el ardiente
-silencio lleno de luz, y ahogó sus ansiedades al imperioso aviso de
-Ramona que, consultando al sol, pronunció gravemente:
-
-—Acabóse la sosiega.
-
-Avanzó hacia el cauce con la azada al hombro; la anciana y la niña la
-imitaron y, al pasar junto al muerto, las tres hicieron reverentes la
-señal de la cruz. Inició Ramona otra vez la cava con un brío salvaje,
-como si la tierra le fuese violentamente aborrecida, como si en cada
-golpe de los tundentes brazos pusiera un ímpetu de odio.
-
-Así avanzó la rotura al correr de las horas, entre una nube de polvo
-estéril, pálida sangre de las sequizas entrañas abiertas a la sed del
-centeno en furiosa persecución del regajal.
-
-A menudo la tremenda mujer volvíase hacia la muchacha para decir
-sordamente:
-
-—¡Aguanta, niña!
-
-Y la pobre bisoña, sin aliento, empapada en sudor, seguía los pasos
-de su madre, ya lejos de la abuela, que se quedaba atrás alisando
-maquinalmente los terrones movidos, sin saber lo que hacía, como un
-instrumento inútil y abandonado.
-
-Una súbita parálisis de todas sus fuerzas aplastaba a la tía Dolores
-en la hendedura, triste y absorta, escarbando el polvo. Sentíase
-impotente en el campo por primera vez en su vida. Sobre la infeliz,
-esclavizada a la tierra por un amor recio y sombrío, caía el dolor de
-la incapacidad con angustiosa certidumbre. Y cuanto más irremediable
-era su desventura, más sensible se alzaba en su pecho un oscuro rencor
-hacia aquella otra mujer, fuerte y joven que, arrebatándose en el
-trabajo como una furia, ordenaba soberbia:
-
-—¡Aguanta, niña!
-
-La esposa, inflexible para recibir al esposo pobre y enfermo, podía
-enorgullecerse como madre, capaz de acoger a un hijo desgraciado. Pero
-la mujer vieja, la inútil labradora, ya no tenía derecho ni a ser madre.
-
-Así pensaba turbiamente la tía Dolores, recordando, para mayor
-pesadumbre, el peligroso albur de sus hipotecas en poder de Tirso Paz,
-más temible que el propio tío Cristóbal. Sin mies, sin casa y sin
-arrestos para el trabajo, ya no lograría recibir a Isidoro, ni valerle
-ni ampararle; ¡ya se había acabado todo para ella en el mundo!
-
-Probó la triste anciana a reanimar sus bríos, aún recientes, sobre
-la bien amada tierra. Quiso sentirla con la fuerte pasión de otras
-horas, y dominarla como en días mejores. Se inclinó audaz en el fondo
-del cauce, con la azada entre las dos manos, como disponiéndose a
-desenterrar con loca angustia sus fuerzas sepultadas y, al impulso del
-imposible deseo, cayó de rodillas hasta dar con la frente en el polvo.
-
-El chasquido agrio de los huesos no resonó tan fuerte como los golpes
-de la cava, y la vieja se alzó sin escándalo, vencida y pesarosa como
-nunca, a tiempo que una voz apremiaba, cada vez más distante:
-
-—¡Aguanta, niña!
-
-Se iba quedando la tía Dolores sola con el muerto; le miró pávida y
-entontecida. Sobre él languidecía la genesta, formando un bulto largo y
-amarillo a ras de los rastrojos, en el borde de la rota.
-
-Sentóse cerca la mujer, con los recuerdos medio borrados y la seguridad
-de su impotencia convertida en lágrimas y oraciones.
-
-Algunas veces Olalla, viendo a la abuelita en tan singular actitud,
-llegóse a preguntarle si le hacía daño el sol. Ella negaba con un gesto
-del mortecino semblante, y la moza corría miseranda al arroyo para
-humedecer aquellos labios mudos, preguntando:
-
-—¿Por qué no busca la solombra? ¿Por qué no quiere descansar dello?
-
-La abuela balbucía en vago deliquio:
-
-—¡Aguanta, aguanta!
-
-Y volvía a quedarse con el difunto, lejos de las cavadoras.
-
-Comenzó a llegar gente por los senderos de la mies; algunos rapaces,
-prófugos de la escuela, algunas ancianas compasivas, el cura, el
-sacristán y el enterrador.
-
-Don Miguel reconoció ligeramente el cadáver, habló con las testigos de
-la imprevista muerte, y se volvió a marchar.
-
-Las mujerucas, sin interrumpir el trabajo de sus vecinas, repitieron
-con unción:—¡Biendichoso!
-
-Fuése el sepulturero a preparar la fosa, con serena delectación, y tío
-Rosendín, el sacristán, devolvió respetuosamente a la parroquia los
-sagrados óleos que habían acompañado a don Miguel.
-
-También los chiquillos desfilaron curiosos de ver llegar a la Justicia:
-impacientes por escoltarla, y por correr en las callejas del pueblo la
-trágica novedad.
-
-—Hasta la noche no pueden venir los de Piedralbina—había dicho el
-sacerdote—. Al paso lento de Facunda es imposible que les llegue el
-mensaje antes de las seis.
-
-Y toda la expectación quedó suspendida para el anunciado desfile.
-
-Mientras tanto el cauce tocaba ya la ribera del arroyo, y Ramona mandó
-a su hija hacer algunos sabios cortes en el terreno de la mies, para
-cuando el agua corriese.
-
-Arrastrándose entre los liños, la moza abrió con un destral leves
-surcos en la cabecera de la «hanegada». Y alzóse pronto, ardiendo en
-el calor reconcentrado de los panes, congestionada por la postura y el
-esfuerzo, para correr a la cumbre de la rota, obediente a la sugestión
-del terrible grito:
-
-—¡Aguanta, niña!
-
-Unos zarpazos más; un anhelo bravío de respiraciones; la suprema
-tensión de los músculos, el último temblor desesperado de los nervios,
-y las dos mujeres ven cómo el agua corre, humilde y fácil, convirtiendo
-la dura zanja en blando atanor de promesas bienhechoras.
-
-Tiembla y canta el arroyo, el sol se pone, los panes beben y las
-heroínas de la cava, febriles y deshechas, reposan junto al muerto...
-
-Cuando avanza Terán en el grave escenario, otra sombra le sigue.
-Florinda registra también la rastrojera desde el borde de un sendero.
-Llegan los dos al grupo singular, le miran silenciosos y escuchan cómo
-la abuela dice con furtiva emoción, que parece escapada de un delirio:
-
-—¡Ya no podré recibir a Isidoro!
-
-Se vuelve Ramona hacia aquel acento profundo, y sorprendiendo toda la
-amargura de la incapacitada madre, piensa de pronto en la propia vejez,
-ve de ella un ejemplo en la sombría inutilidad de la anciana, y llora
-con violentos sollozos, lívido el semblante reluciente de sudores,
-temblando el cuerpo, que despide un áspero olor montuno.
-
-Florinda y su novio retroceden espantados, sin adivinar el origen de
-tan repentino desconsuelo: quizá piensan huir de aquel brusco drama
-incomprensible cuando una atracción fuerte les inclina sobre el cadáver
-del tío Cristóbal.
-
-A la dormida luz del anochecer, bajo las retamas que ha movido la
-curiosidad, sólo enseña el viejo sus garrosas manos, con las uñas
-henchidas de la tierra arrebatada a los rastrojos en el arañazo supremo.
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-XV
-
-EL MENSAJE DE LAS PALOMAS
-
-
-HOY parte el poeta: después de medio día vendrá junto a los tapiales
-del huerto para despedirse de su amada.
-
-«Volverá pronto». Esta frase se ha repetido muchas veces en pocas
-horas, entre enamoradas ponderaciones. Meditándola con invencible
-angustia, _Mariflor_, convertida en lavandera, encrespa ropa junto a
-Olalla en el caz vecino de su calle.
-
-Muéstrase el cielo un poco aborrascado, y la temperatura, apacible,
-tiene el sutil frescor de la humedad.
-
-Silenciosas trabajan las dos jóvenes, mucho más hábil _Mariflor_
-de lo que su impericia pudiese prometer. La tristeza le aploma el
-pensamiento; mueve las delicadas manos entre espumas como una dócil
-máquina insensible.
-
-Mira Olalla las nubes pensando en la inutilidad del riego, y suspira
-al acordarse de la próxima siega: tampoco habrá un jornal para los
-segadores, ni un respiro para el descanso, ni una tregua en el bárbaro
-trajín, superior al esfuerzo de las pobres mujeres.
-
-Un vendedor ambulante pasa con su mulo cargado de baratijas y pregona
-cansado:
-
-—¡Tienda... tienda!
-
-—Vende hilo, agujas, adornos y otras cosas—dice Olalla a su prima con
-cierto orgullo.
-
-—Pero, ¿vende, de veras?
-
-—¡Natural!
-
-—Como aquí no hay quien compre...
-
-—¿No ha de haber? Se le cambian por las mercancías, huevos, lardo,
-palomas, simientes... gana mucho.
-
-En un silencio inalterable y sordo, repercute el eco del pregón:
-
-—¡Tienda... tienda!
-
-Al final de la calle, por la plazoleta de la fuente, cruza un maragato
-en alta cabalgadura, con equipaje y espolique.
-
-—¿Tirso Paz?—interroga Olalla con zozobra.
-
-—Parece joven. Tirso, ¿no es viejo?
-
-—Dicen que sí: yo no le conozco.
-
-Se quedan mudas y violentas, procurando ocultarse mutuamente las
-íntimas preocupaciones. Y al mediar la mañana terminan su labor.
-
-No hay nadie en el _estradín_ por donde las dos mozas buscan los
-pasillos, tornando a la casa por el corral.
-
-Marinela, doliente, calla en su dormitorio; y cuando Florinda quiere
-abrir el suyo, tropieza un fardo en el suelo y ve sobre la cama ropas
-de hombre, unas bragas y una almilla, llenas de polvo.
-
-—Ha venido tu primo, de repente, sin avisar—dice Ramona detrás de la
-muchacha—, y como ésta es la habitación de los forasteros...
-
-Florinda parece de piedra ante aquel masculino traje maragato. Y
-Olalla, que también se asoma al camarín, prorrumpe azorada:
-
-—¡Ha venido Antonio!... Era aquel viajero que vimos pasar.
-
-Y palidece como una muerta.
-
-—Sí; entró por la otra rúa—corrobora la madre con la voz menos agria
-que de costumbre.
-
-—¿Y dónde está? pregunta al cabo Florinda, con aire estúpido.
-
-—En cuanto se mudó de traje marchó a casa del señor cura: dice que le
-ha llamado él y que viene sobre lo de la boda.
-
-—Pues voy allá, ahora mismo.
-
-—¿Tú?
-
-—¡Claro!
-
-—Nunca vi cosa semejante: ¡una rapaza tratando con el novio del
-casamiento!
-
-—Mi primo no es mi novio; pero si lo fuera, con mucha más razón
-necesitaría hablar con él inmediatamente.
-
-Tan firme era el acento de la niña y tan rotunda su determinación, que
-Ramona, obligada a transigir, quiso imponer su autoridad exigiendo:
-
-—Olalla irá contigo.
-
-—Que venga.
-
-Y al volverse hacia su prima, asombróse _Mariflor_ de hallarla sin
-colores, desconcertada y absorta.
-
-—¿No vamos?—le dice.
-
-—Pero así, sin componernos un poco...
-
-—Si no tardas...
-
-—De un volido acabo.
-
-La maragata rubia desaparece seguida de su madre, mientras Florinda,
-sin entrar en la habitación, aguarda impaciente, sufriendo el brusco
-asalto de contradictorias emociones. ¿Qué va a conseguir de Antonio?
-¿Cómo es él, y cómo la juzgará a ella? Su suerte se decide sin duda
-en este día nublado y grave que pasa por Valdecruces tan sigiloso, tan
-descolorido...
-
-Le parece a _Mariflor_ que su prima tarda; se sorprende al considerar
-que se está componiendo como para una fiesta, sólo porque ha llegado
-Antonio. Y con un inevitable gesto de coquetería, ella se alisa también
-con las manos los cabellos, se sacude el vestido y repara los pliegues
-del jubón: quizá entrase al gabinete para corregir con más detalles
-el tocado, si una instintiva repulsión no la dejara otra vez tan
-meditabunda que no se fija en el atavío lujoso con que Olalla vuelve,
-ni en su semblante, ya compuesto y servicial.
-
-Hasta la vivienda del párroco no cruzan las dos primas una sola frase;
-pero ya en la puerta de don Miguel, Olalla detiene ansiosa a Florinda,
-y murmura difícilmente:
-
-—¿Qué le vas a decir?
-
-—Que nos salve.
-
-—Y... ¿no le quieres?
-
-—Para marido, no.
-
-—¡Piénsalo bien!; si le venenas las intenciones, nos dejará en la
-misma tribulanza.
-
-—¡No puedo hacer más!
-
-Ahora es _Mariflor_ la que palidece y tiembla con un gusto amargo en la
-boca y un velo de turbaciones en las pupilas.
-
-—¿Está arriba Antonio?—pregunta a Ascensión, que la recibe.
-
-—Está.
-
-—¿Y... Rogelio?
-
-—No le he visto salir.
-
-—Pero, ¿estaba con don Miguel?
-
-—Estaba.
-
-—Entonces...
-
-—No oigo hablar más que a dos personas... Don Rogelio entra y sale a
-menudo.
-
-Cuando la valiente muchacha preguntó a la puerta del despacho:—¿Se
-puede?...—un silencio de expectación dió margen al permiso, y la
-visita nueva fué acogida con el mayor asombro.
-
-Hacía poco más de un cuarto de hora que la misma Ascensión pidió allí
-audiencia para Antonio Salvadores.
-
-—Está abajo, preguntando por usted—había anunciado la muchacha a su
-tío.
-
-El sacerdote, sin titubear, contestó:
-
-—Que suba.
-
-En tanto que Rogelio decía apresuradamente:
-
-—Yo me voy.
-
-Pero con una repentina inspiración le aconsejó su amigo:
-
-—Entra en mi alcoba.
-
-—¿A qué?... ¿a escuchar?
-
-—A enterarte.
-
-—¿Como en las comedias?
-
-—Y como en la vida.
-
-—No; no me gusta...
-
-—Si te asaltan escrúpulos, hay un falsete; pero quizá te interese lo
-que oigas.
-
-Y como ya resonaban en el pasillo los zapatones del forastero, don
-Miguel cerró la puerta acristalada, delante del artista, y le dejó
-allí, azorado, a media luz, detenido a pesar suyo por la curiosidad.
-
-Primero oyó cómo se cruzaron los saludos de rúbrica: una voz recia y
-joven alternaba con la de don Miguel. Según aquella voz, el viajero
-no había encontrado en casa de la abuela más que a la tía Ramona, y
-sin tomar descanso alguno acudía impaciente a la cita con el párroco.
-El cual, atacado también de la impaciencia, no anduvo con rodeos
-para llegar al fondo de la conversación; y la primera novedad que el
-maragato supo, fué que su prima ya no tenía dote.
-
-—Entonces retiro mi palabra de casamiento—dijo la voz firme, no sin
-barruntos de contrariedad.
-
-Volvióse el poeta con indignación hacia los cristales: los visillos de
-tul dejaban entrever la salita mucho más alumbrada que la alcoba, y el
-enamorado pudo distinguir al hombre que fué hasta aquel instante su
-rival.
-
-—Tu abuela está en ruina como sus hijos—decía don Miguel, disimulando
-con palabras corteses la cólera de su acento—; tiene toda la hacienda
-empeñada y padece una vida miserable; tus primas andan al campo como
-las más infelices del país, y tú eres rico, y es menester que no las
-abandones, por caridad y por obligación.
-
-La temblorosa llamada de Florinda atajó en los labios de su primo un
-reproche violento.
-
-—¿Obligación?—iba a clamar—. ¿Y para decirme esta me fuerzan a venir?
-
-Entraron las jóvenes con silenciosa acogida. Olalla, en actitud muy
-recoleta, bajaba los ojos jugando con el floquecillo de su elegante
-pañuelo; _Mariflor_ paseó por la sala un relámpago febril de sus
-pupilas oscuras, y viendo solos al maragato y al sacerdote, recobró un
-poco de serenidad.
-
-—Esta será la hija de mi tío Martín—masculló Antonio después de
-saludar embarazosamente.
-
-—Esta es—dijo el cura.
-
-—Por muchos años...
-
-Y se quedó el mozo sin saber cómo atormentar a su sombrero entre las
-manos gordinflonas.
-
-Habíase parado _Mariflor_ junto a su primo, espiándole en muda
-pesquisa, llena de esperanza y de inquietud.
-
-Era ancho, fuerte, carilucio; tenía cortos los brazos, cándidos los
-ojos, tímido el porte. Vestía rumboso traje, compuesto de pespunteada
-camisa, chaleco rojo con flores y botonadura de plata, bragas de rosel,
-sayo de haldetas, atacado por sedoso cordón, botines de paño con ligas
-de «viva mi dueño», y churrigueresco cinto donde esplendía otro
-galante mote de amorosa finura; bajo las polainas, unos enormes zapatos
-de oreja tomaban firme posesión del suelo.
-
-Para abreviar los enojosos preliminares de la conferencia, don Miguel,
-ceñudo, molesto, se apresuró a decir a la muchacha:
-
-—Antonio ya conoce vuestra situación. Y la tuya, particularmente, le
-inclina, por lo visto, a no insistir en sus pretensiones de casamiento.
-
-Al singular descanso que estas palabras ofrecieron a la moza, mezclóse,
-al punto, una viva impresión de repugnancia. ¿Qué iba a pedir al
-mezquino corazón de aquel hombre? ¿Cómo sería posible conmoverle, ni
-con qué dignidad intentarlo en aquel instante?
-
-El estupor y la vergüenza no la hicieron bajar los ojos: se los clavó a
-su primo honda y calladamente, hasta hacerle sudar y retroceder: nadie
-le había mirado así.
-
-Viéndole tan confuso y torpe, sacrificó ella un fácil desquite,
-diciendo, con toda la dulzura de su voz y toda la generosidad de su
-espíritu:
-
-—No te hemos llamado para tratar de bodas, sino para pedirte que
-remedies a la abuela hasta que mi padre logre remediarla. Hace tres
-meses que vine aquí sin sospechar lo que ocurría, y trato con don
-Miguel, nuestro protector, de salvar la hacienda, que se está perdiendo
-por ignorancia y timidez... No se atrevió la pobre vieja a confiarse a
-ti, que eres rico y dadivoso...
-
-Subrayó Florinda este prudente discurso con una leve sonrisa irónica,
-dulce mohín con el cual perdonaba desde luego el áspero desdén de su
-pariente.
-
-—¿No respondes?—añadió con asombro ante el silencio del maragato.
-
-Y como aún callase, sudoroso, deshilando las borlas del sombrero,
-avanzó la niña y le puso las dos manos en los hombros suavemente, con
-familiar llaneza.
-
-—¡Vamos, primo! Tú eres un hombre educado, un caballero, y no puedes
-consentir que la abuela, por faltarle un apoyo, se quede en mitad de la
-calle, tan viejecilla, tan triste... ¿No la has visto? Se ha vuelto un
-poco chocha con los años y las lágrimas y los dolores... Si tú no la
-proteges, se quedará sin tierras y sin yuntas, sin huerto y sin casa.
-Todo se lo debe a Tirso Paz, por un puñado del dinero que a ti te sobra.
-
-—¡Diablo de chiquilla!—musitó el cura.
-
-Olalla rompió a llorar con grandes hipos, y en la alcoba parecía que
-alguien se revolviese.
-
-Pero Antonio, inmóvil, petrificado bajo los finos dedos de _Mariflor_,
-no resollaba. Nunca tuvo cerca de la suya una cara tan hermosa;
-jamás una voz parecida sonó tan suave y angelical en aquel oído de
-comerciante; ni el mozo suponía que en el mundo existiesen criaturas
-con tanta labia, tanto atractivo y tamaño corazón.
-
-—¿No respondes?—insistió ella, intentando zarandearle con blando
-movimiento.
-
-No consiguió moverle; creyó inútil su generosa hazaña, y los lindos
-brazos, afanosos, cayeron sobre el delantal en desfallecida actitud.
-
-Como si sólo entonces fuese el muchacho dueño de su albedrío, levantó
-sus claras pupilas con arrobamiento hacia los ojos que le acechaban.
-
-Los halló impenetrables, sumergidos en solemnes tinieblas, y volvió a
-bajar los suyos con invencible respeto. En tanto, _Mariflor_ leyó en la
-repentina mirada tal propósito, que retrocedió convulsa hasta apoyarse
-en un escabel.
-
-—Pues, hablaremos del asunto aquí el párroco y yo—dijo de repente
-Antonio con cierto brío.
-
-Olalla cesó de llorar y Florinda no supo qué decir; sentía congelada
-su elocuencia, y no se hubiese atrevido a tender de nuevo los brazos,
-persuasiva y deprecante.
-
-Nadie se había sentado. Don Miguel, perplejo, irresoluto, liaba un
-cigarrillo para Antonio, paseando entre la mesa y el balcón, sin
-atreverse a hablar por miedo a arrepentirse. Iba cayendo en la cuenta
-de que lo hubiera echado todo a perder si Florinda no le acude con el
-dominio de su voluntad y el «ángel» de su persona. Mas ¿no iban ya
-demasiado lejos las influencias de la muchacha?
-
-El cura lo temía, viéndola tan ansiosa y escuchando las amigables
-razones del primo.
-
-Se desgarraron doce campanadas en un viejo reloj mural y casi al mismo
-tiempo vibró en el aire el agudo tañido de la esquila, volteada en la
-parroquia.
-
-Don Miguel comenzó a rezar «las oraciones»; un murmullo piadoso zumbó
-en el aposento; parecía que unas alas invisibles agitasen brisas de paz
-sobre las inclinadas frentes. Cuando se alzaron ungidas por la señal
-de la cruz, los ojos benignos del sacerdote se posaron en _Mariflor_
-con misericordia. Ella inició una desconcertada sonrisa que pudo ser de
-aliento o de quebranto, y don Miguel se resolvió a decir:
-
-—Bueno, pues Antonio y yo trataremos con calma de vuestros intereses.
-
-—¡Eso!—aseveró con energía el aludido.
-
-—Vosotras—añadió el cura—avisaréis en casa que el viajero come hoy
-aquí.
-
-Unas fugaces excusas del invitado, una leve porfía de Olalla para que
-les acompañase, y las mozas partieron con la promesa de que Antonio
-iría más tarde a visitar a la abuelita.
-
-Por el camino, la maragata rubia dice muy alegre:
-
-—De ese lado abesedo sopla mucho el aire; va a llover.
-
-Y la fresca brisa del Norte que les azota el rostro, le parece a
-_Mariflor_ que corre triste, con amargura de lágrimas. Se detiene la
-moza a escuchar aquel sordo gemido, inquietante para ella como un
-augurio, y Olalla se admira.
-
-—¿Qué oyes?...—pregunta—. Es el pregón del quincallero.
-
-Entre los silbos del aire tormentoso, una voz repite con errabunda
-melancolía:
-
-—¡Tienda..., tienda!...
-
- * * * * *
-
-Supo Antonio Salvadores que don Miguel tenía en casa un amigo
-forastero, el cual aquella misma tarde regresaba a Madrid. Y, de
-acuerdo con el cura, consintió el maragato en aplazar toda gestión para
-después de la anunciada partida.
-
-El huésped hizo las presentaciones entre sus comensales con mucha
-delicadeza; pero la hora de comer transcurrió silenciosa, bajo la
-respectiva preocupación de cada uno, acentuada en Antonio por su gran
-cortedad y su recelo al trato con gente de pluma, novelistas a caza de
-tipos y de observaciones que, a lo mejor, sacan en los papeles a los
-pacíficos ciudadanos.
-
-Miraba el comerciante de reojo al poeta, sin perder el apetito ni
-acertar a decir una palabra. Y el poeta sorprendía con poco disimulo
-la ordinariez de aquellos dedos glotones y de aquella boca bezuda,
-reluciente de grasa, con tendencia a sonreir y a tragar en golosa
-premeditación.
-
-—¡Un hombre semejante despreciaba a Florinda!
-
-Esta idea, produciendo sublevaciones bizarras en el ánimo de Terán,
-ponía, sin embargo, a sus ojos una sombra de humillación sobre las
-excelencias de su novia.
-
-Mansamente, contra todos los impulsos de la voluntad, un cierto
-desencanto se adentraba, furtivo, en el pecho del vate, y galopaba,
-rebelde, por tierras de la fantasía, a la vanguardia de los
-sentimientos más nobles. Al desaparecer las dificultades en torno de
-aquel cariño, en las ambiciones de Terán enfriábase el astro del deseo:
-¡humano tributo a la vasta inquietud de la imaginación, que en los
-poetas suele tener un dominio incurable!
-
-Como si una racha de viento borrase de repente en las nubes la colosal
-figura de un águila, dejándola convertida en mariposa, así la imagen
-de _Mariflor_ venía a quedar en la mente de Rogelio al nivel de
-otra zagala, sin ventura y sin novio; el brutal desdén del maragato
-desvanecía las fantásticas nubes.
-
-Acababa el poeta de despedirse de la niña, asaltado por la turbia
-impresión de todas aquellas novedades.
-
-Mostróse cautivo y devoto como siempre, y renovó sus promesas y
-afirmaciones con las mismas palabras de otros días; pero en la alta
-emoción de aquel instante, solamente los labios de la moza guardaron a
-los profundos sentimientos una santa fidelidad.
-
-—Ahora sí que volverás pronto—dijo la muchacha, tratando de
-sonreir—. Ya soy libre como el aire. Mi primo no me quiere porque no
-tengo dote, y ya no depende de mi boda el bienestar de la familia; ¿te
-lo ha contado don Miguel?
-
-Ocultaba, modesta, la intención de aquella singular mirada sorprendida
-en Antonio. Y sintió el caballero enrojecer su frente al acordarse de
-la grosería con que fué rechazada su novia.
-
-—Algo me ha dicho—balbució, añadiendo en la acerbidad de su encono—.
-Tú no debías dirigir la palabra a ese hombre; eres demasiado humilde.
-
-—¡Si él ayuda a la abuela!...
-
-—Aunque la ayude.
-
-Dulcificó al punto sus frases y su acento mientras callaba la niña con
-todo el dolor reconcentrado en los ojos.
-
-Rogelio tenía prisa; le aguardaban para comer y debía salir muy
-temprano de Valdecruces a tomar en Astorga el tren de las cinco.
-Buscaría el camino más corto por la carretera, huyendo del erial.
-
-También a _Mariflor_ la esperaban en la cocina delante de la olla,
-entre coloquios y comentarios.
-
-—Te escribiré muchas cartas—prometió el poeta, cada vez más compasivo.
-
-—¿Y versos?...
-
-—¡Muchos!
-
-Sonrió él con deleite, alucinado por la repentina ambición de entonar
-canciones pastoriles a la bella musa de los zarzales, allí amorosa en
-medio del escaramujo y de las urces.
-
-Los últimos adioses se cruzaron fervientes; una emoción de arte
-prevalecía sobre todos los peligros de la inconstancia. Florinda
-acompañó a su novio a lo largo de la rúa con una mirada de ingenua
-adoración.
-
-En la explanada de la fuente el recuerdo de Marinela Salvadores detuvo
-al caminante. El candor del agua y los matices verdes y azulinos del
-suave manantial, le trajeron con ternura a la memoria la imagen de
-la niña, sus ojos zarcos y volubles y aquel saludo lírico que tanto
-la asustó a la llegada del forastero; ¿qué había sido de ella? Lo
-preguntaría antes de marchar, arrepentido de haber olvidado en absoluto
-a la triste zagala que una tarde le dejó sobre el pecho la limosna de
-su llanto misterioso.
-
-Todas las impresiones de aquellos quince días extraños, remansaban de
-pronto seductoras en la conciencia del artista, como recordación de un
-sueño peregrino que le obligase a sonreir.
-
-Junto a la parroquia levantó los ojos a la torre, y el lecho vetusto
-de la cigüeña le dejó extático una vez más. Ya crotoraban audazmente
-los hijuelos bajo las alas regias de la madre, mientras el macho,
-solícito como nunca, limpiaba de reptiles la mies y nutría la prole en
-incesantes revuelos alrededor del nido.
-
-El silencio de la calzada, la cobardía de la luz y el semblante
-rústico del cuadro, sumergieron a Terán en artísticas divagaciones.
-Y se abandonó a gustarlas con el íntimo gozo de saber que las iba a
-sustituir por otras nuevas. Puso en sus pensamientos, como romántica
-aureola, un incitante sabor de despedida, la dulce lástima de un
-abandono que no punza, la perfidia sutil de quien siente por cada
-placer desflorado vivas ansias de placeres en flor...
-
-De toda aquella despiadada dulzura, sólo queda ahora enfrente de
-Antonio Salvadores un movimiento de disgusto hacia el zafio mercader
-que despertó al prócer caminante embelesado en el más lindo sueño de
-su vida. Quiere el soñador compadecerse a sí mismo, como si Antonio
-le hubiese causado un grave mal obligándole a partir; y no analiza la
-miseria de aquel secreto goce con que parte, ni la llama oscura de
-egoísmos que arde en su corazón desde que Florinda se le aparece libre.
-Ni siquiera se le ocurre pensar que su viaje ya no es urgente, ni quizá
-oportuno; el corazón y la lógica no dicen al novio y al caballero que
-la felicidad y el amor le debían detener...
-
-Se habla en la mesa de que llegó por la mañana, procedente de León, el
-heredero del tío Cristóbal Paz. Rogelio calla y apenas come, nervioso y
-susceptible, mientras el maragato devora. Don Miguel observa a su amigo
-con alguna confusión, y el _Chosco_ avisa que ya está preparado el mulo
-con el equipaje.
-
-Las despedidas son breves, porque el viajero no sabe disimular su
-impaciencia; y el enterrador, que oficia de espolique, toma el camino
-con la cabalgadura, delante de Terán, a quien acompaña un rato el
-sacerdote.
-
-Ya en mitad de la calle, se vuelve el mozo como si algo se le olvidara.
-Ascensión, que aún le despide desde la puerta, averigua complaciente:
-
-—Qué, ¿dejó alguna cosa?
-
-—A Marinela Salvadores, ¿qué le ocurre?... No la he visto...
-
-—Dicen que adolece de medrosía.
-
-—¡Pobre!
-
-—Ya le contaré que preguntó por ella.
-
-—Gracias.
-
-—Condiós; buen viaje.
-
-—¡Adiós!...
-
-Una tirantez extraña enmudece a los dos amigos en los primeros pasos,
-camino de la libertadora carretera.
-
-No habían tenido tiempo de cambiar impresiones desde la llegada del
-maragato, y don Miguel mostrábase receloso de la singular actitud del
-vate. Éste rompe el silencio con alguna vacilación:
-
-—¿Has visto qué rufián?—alude, sacudiendo la tierra con un mimbre
-espoleador que agita entre los dedos.
-
-—Ya tienes libre a la paloma—responde el cura, sin declarar que le
-inspiran desconfianza las apariencias de Antonio.
-
-Rogelio, evasivo, empeñándose en tener que estar muy enojado, adopta un
-aire de víctima:
-
-—Si, sí; pero es insufrible someterse a regateos y tapujos con un tipo
-semejante.
-
-—Tú ahora nada arriesgas con la caridad de Florinda, independiente ya
-de vuestro amor y de vuestros propósitos.
-
-—Pues, sin embargo, me duelen estas luchas tan mezquinas y pueriles en
-que se apasionan corazones grandes, cuando hay fuera de aquí una vida
-fuerte y ancha donde luchar y vencer.
-
-—¿Vencer?—murmuró el cura incrédulo—. ¡Ay, amigo!, a cualquier cosa
-le llamáis en el mundo éxito y logro... La pobre humanidad es en todas
-partes la misma; nació propensa a la ambición y al delirio. Mas para
-soñar es menester vivir, y para vivir... ¡es preciso comer! Todas las
-redenciones espirituales tienen, por culpa de nuestra humana condición,
-sus raíces en lo material. Yo me afano porque mis feligreses coman, a
-fin de que puedan soñar con algo firme y duradero; si _Mariflor_ me
-ayuda esta vez, ¡bendita sea!
-
-Bajó el poeta la frente un poco avergonzado y taciturno, sobrecogido
-por el recuerdo de aquella impetuosa caridad escondida de pronto, y
-que dos semanas antes le inflamó con su divina lumbre al través de la
-llanura.
-
-—¡Bravo luchador, que puedes vivir escarbando la tierra y soñando con
-el cielo!—exclamó en un arranque de involuntaria admiración.
-
-—Cumplo mi destino—respondió sencillamente el cura.
-
-Y ambos permanecieron mudos contemplando el paisaje, siempre raso y
-pobre, extendido entre besasanas y calveros, surcado por imperceptibles
-rutas hacia la pálida cinta de una carretera que iba a perderse en
-el horizonte: era el mismo que Florinda entrevió una tarde de abril,
-llegando a Valdecruces enamorada y triste.
-
-—Hay que aguantar, señor, si no quiere que se le escape el
-tren—advirtió el _Chosco_.
-
-—Sí; nos despediremos—dijo Terán—. A ti también te esperan.
-
-Y el sacerdote preguntó con un leve acento de ironía:
-
-—¿Volverás pronto?
-
-Aquella frase, tan acariciada en las últimas horas, sacudió la
-conciencia del viajero.
-
-—¿Qué duda cabe?... En cuanto me aviséis—aseguró cordial.
-
-Un fuerte abrazo; promesa de noticias; votos de cariño y gratitud, y el
-poeta montó en el mulo, que se alejó con paso rutinero y firme.
-
-Varias veces volvió el joven la cabeza hacia su amigo y le halló
-siempre inmóvil, con los brazos cruzados sobre el pecho en pensativa
-y extática actitud. La negrura del hábito sacerdotal emergía fuerte y
-rara sobre la yerta amarillez de los añojales.
-
-—¿Pérfido?—se preguntaba el apóstol con infinita pesadumbre—. No;
-un iluso, un equivocado—respondióse, poniendo el dedo en la llaga—.
-Los poetas suelen ser como los niños: volubles y crueles... Juegan con
-las emociones sin miedo a destrozar un corazón, sea el propio, sea el
-ajeno, por pura curiosidad, y, a veces, con el mejor propósito del
-mundo... Acaso los poetas, entre todos los hombres, merecen más, por su
-condición infantil, las compasivas palabras: «¡Perdónalos, Señor, que
-no saben lo que hacen!»...
-
-Bajo la sugestión de esta noble figura sacerdotal, majestuosa y triste
-sobre el adusto llano, caminaba Rogelio, distraído en meditaciones de
-todo punto ajenas a su amor.
-
-—¿Y el secreto de este hombre—se decía—, ese remoto y «blanco»
-secreto que yo adivino y que se me escapa tal vez para siempre?...
-Y este pueblo extraño, insondable, ¿de dónde procede al fin? ¿Es de
-origen oriental? ¿bereber? ¿libio ibérico? _¿nórdico?_... Sufre los
-oscuros ensueños de los celtas; tiene la bravura torva de los moriscos
-y la fría seriedad de los bretones... Quizá le fundaron los primeros
-mudéjares; quizá...
-
-El cobijo blanco del pastor dió una cándida nota al paisaje, y el
-mental discurso quedó roto en la linde de la carretera, donde el
-viajero dió el último vistazo a Valdecruces.
-
-Todavía la silueta del sacerdote, negra y perenne, ponía un punto en la
-llanura gris. El caserío se columbraba apenas, confundiendo su pálido
-color con los difusos tonos de caminos y celajes.
-
-Poco después, a los ojos perseguidores del artista, el punto negro
-y la línea pálida fueron aplastándose contra la tierra hasta quedar
-borrados, confundidos, hechos cenizas del erial y rastrojo miserable
-del «aramio».
-
-Un bando de palomas voló apacible encima del poeta. El cual tuvo un
-instante de súbita emoción. Una corazonada le inclinó ferviente en su
-cabalgadura, con el _jipi_ en la mano y en los labios un beso, que en
-mensaje confió a las avecillas; algo se rompía dulce y noble en aquel
-pecho varonil picado de morbosas inquietudes; algo que circulaba por
-las venas del mozo como un derrame de ternura y de lástima.
-
-La sensación fué tan vehemente, que tomó al punto proporciones de
-remordimiento. Por primera vez aquel día tumultuoso para la conciencia
-de Terán, preguntóse, con repugnancia de su misma pregunta, si le sería
-posible haber pensado en abandonar a Florinda.
-
-—¿Pensarlo?... ¿«Consertir» en pensarlo?—musitó sonriente—¡Jamás!
-Volveré a buscarla rendido y fiel.
-
-Y por debajo de este gentil propósito, el débil sentimiento urdía una
-irremediable traición.
-
- * * * * *
-
-Durante la silenciosa comida de aquella mañana, tuvo _Mariflor_
-singular empeño en ir y venir al dormitorio de Marinela para llevarle
-pan tostado y leche, agua con azúcar, palabras y caricias llenas de
-solicitud.
-
-A cada instante la enamorada triste fingía escuchar su nombre para
-levantarse y preguntar:
-
-—¿Me llamabas?... ¿Qué quieres?
-
-Con esta maniobra, a la cual se prestaba la preocupación de los demás,
-pudo dejar entera en el plato su ración y al fin sentarse junto al
-lecho de su prima que, a medio vestir, con el busto levantado sobre las
-almohadas y el semblante doloroso, se consumía en extraña enfermedad.
-
-Hasta el oscuro rincón de la paciente habían volado poco antes rumores
-de extraordinaria magnitud; la llegada del primo Antonio y la partida
-del forastero—como en Valdecruces llamaban al poeta—resonaron
-profundamente en la alcoba.
-
-Allí encontraba _Mariflor_ hondos y vibrantes los ecos de su angustia,
-como si un secreto instinto la dijese que su pesar hallaba en aquel
-aposento otro corazón donde repercutir, resignado y humilde.
-
-Denso vaho de fiebre trascendía de la cama, y la oscuridad,
-aposentándose en los rincones, sólo permitía un tenue dibujo a los
-perfiles de las cosas. _Mariflor_ buscó las manos de la enferma, que
-trasudaba con el aliento hediondo y el pecho agitado.
-
-—¿Estás peor?—le dijo.
-
-—Mucho peor.
-
-—¿De veras?
-
-—¿No lo ves?
-
-La interrogación desconsoladora le sonó a Florinda como un reproche.
-
-—No; no lo veo—repuso, inclinándose ansiosa sobre aquel gemido; sólo
-descubrió la amarilla figura de una cara y la inquietante sombra de
-unos ojos. Transida de piedad, exploró el recuerdo de los últimos días,
-desde que Marinela llegó a casa, llorosa y medio delirante, contando
-la muerte del tío Cristóbal. Como entonces entrecortaba su relación
-balbuciendo convulsa:—No puedo, no puedo—así, a las instancias que le
-hacían para comer y dormir, respondió muchas veces con igual pesaroso
-deliquio:
-
-—No puedo; no puedo...
-
-La costumbre de verla padecer y dejarla soñar, abandonó a la zagala
-enfebrecida y sola en el escondite de su cuarto.
-
-Desfilaron las mujeres por allí, cada una con la prisa de sus faenas y
-el agobio de sus preocupaciones, y la dijeron:
-
-—¿Quieres algo?
-
-—Agua—contestó siempre.
-
-Olalla, por la noche, al acostarse con la enferma, padecía un instante
-de inquietud.
-
-—Tiés tafo nel respiro—observaba—y estás calenturosa.
-
-Pero la rendía el sueño, y a la mañana, el trabajo, envolviéndola en su
-rudo vasallaje, la empujaba fuera del hogar para suplir a la _Chosca_
-en el acarreo de la leña y en el cuidado de la cuadra.
-
-La tía Dolores descendía a la decrepitud vertiginosamente, como si
-alguien la empujase desde la cumbre de la voluntad y del esfuerzo.
-
-Y Ramona bregaba enfurecida en la mies, sachando entre las pujantes
-umbelas, solicitada allí por la blandura que el riego puso en el
-sembrado. Si posaba un minuto en la alcoba de su hija, era para fruncir
-más el ceño y vaticinar cosas terribles a propósito del maleficio de la
-tía Gertrudis.
-
-No era milagro que desde el hoyo de su cama la enferma recibiese
-a _Mariflor_ como un rayo de luz. Durante aquellos tres días de
-exacerbado padecer, varias veces una voz suplicante dijo en la alcoba:
-
-—¡Ven acá!... ¡Quédate un poco junto a mí!...
-
-Y otra voz, apresurada, inquieta, respondía:
-
-—Ya voy... Más tarde... Luego iré...
-
-Florinda, en la congoja de sus pesadumbres y temores, no había tenido
-tiempo de acudir al llamado quejumbroso.
-
-Y Marinela aguardaba consumiéndose de recónditos afanes, con la
-obsesión de que en su prima moraba, en espíritu enamorado, el caballero
-de los ojos azules.
-
-Cuando los de ambas muchachas se buscaron en el espejo de las pupilas,
-la oscuridad no dijo más que zozobras, temblores y preguntas.
-
-—¿Qué te duele?—quería _Mariflor_ saber.
-
-—Nada; me atormentan el miedo y el secaño.
-
-—¿Y a qué tienes miedo?
-
-—A morirme... y a otras cosas.
-
-—Pues vas a vivir, a ponerte buena y a profesar clarisa.
-
-—No, no.
-
-—¿Ya no quieres?
-
-—Querer... sí—pronunció la zagala con alguna indecisión—; pero no
-tengo dote.
-
-—¡Le buscamos!
-
-—¿Tú?
-
-—Entre todas.
-
-—¡Si te casaras con el primo, que es tan pudiente!
-
-—Eso es imposible.
-
-—Entonces... con el otro—indagó la niña arrebatada de impaciencia.
-
-—¡Dios sabe!... O con ninguno. Pero de todas suertes, buscaremos el
-dote, si eso te hace feliz.
-
-Grande confusión produjo el pensamiento de la felicidad, impreciso y
-extraño, cual una sombra nueva, bajo la penumbra que las emociones
-condensaban en aquel espíritu infantil, alma fina y dócil llena de
-miedo y de sed como la carne febril que la envolvía.
-
-Entre las muchas perplejidades de su imaginación, sólo un deseo
-definido apreciaba la enferma: el de tener a Florinda al lado suyo y
-sentir el contacto de aquella juventud delicada y hermosa, en la cual
-parecían posibles todos los prodigios de las ilusiones. Escuchando
-la voz de su prima, viendo su cara, sentía Marinela aclararse sus
-nebulosos ensueños, como si un rayo de sol les diese forma y rumbo:
-para la inocente ambiciosa, Florinda era la humana realidad de todos
-los presentimientos inefables; algo así como un trasunto glorioso de
-cuantas quimeras y rebeliones se fraguaban en aquel corazón de niña,
-desbocado y herido.
-
-—¡No te vayas!—suplicó ella mimosa.
-
-—¡Si me voy a estar contigo toda la tarde!—prometía _Mariflor_
-clemente.
-
-—¿Ya «te despediste?»—insinuó entonces Marinela, vibrante de
-curiosidad.
-
-—Sí.
-
-—¿Volverá pronto?
-
-—Eso dijo.
-
-—¿Te escribirá mucho?
-
-—Versos y cartas—confesó la novia.
-
-Sentía que sólo el corazón de la zagala era allí adicto a sus amores, y
-por primera vez hablaba con ella en cómplice secreto.
-
-—¡Romances!—murmuró la niña con la voz repentinamente ilusionada.
-
-Y cerrando los ojos, en un espasmo de sentimental deleite, añadió:
-
-—Dime aquellos de la farandulera, que los aprendimos de memoria.
-
-Comenzó Florinda a repetir los versos con argentino son, como si el
-cristal de su alma resonase al través del recitado. Y escuchaba la
-paciente niña empapando su espíritu en las olas del afanoso cantar, con
-tan fuerte embriaguez, que le pareció sentir en la carne el escalofrío
-de violentas espumas.
-
-—Basta, basta—gimió—¡me duele!
-
-—¿Cuál?
-
-—El romance... el pensamiento...
-
-—Duerme un poco; no te conviene hablar tanto—aconsejó _Mariflor_,
-alarmada por la apariencia del delirio.
-
-Pero la niña preguntó de pronto con mucha serenidad:
-
-—Y tú, ¿dónde vas a dormir esta noche?
-
-—¡Ah, no sé!
-
-—¿Con la abuela?
-
-Turbóse la moza: una repugnancia invencible la hizo exclamar:
-
-—¡No!
-
-—Entonces, ¿con quién?... No hay más camas.
-
-—Aunque sea en el escaño de la _Chosca_.
-
-—¡Mujer! ¡Si aquel rincón hiede! Da tastín a una cosa picante, así
-como cuando el queso rancea.
-
-Alcanzada por un asco irresistible, _Mariflor_ se puso de pie con
-instinto de fuga. ¿Dónde iba a dormir aquella noche?
-
-—Al raso: en el huerto, en el corral—pensó heroica y rebelde.
-
-Y Marinela, sin enterarse del tremendo sobresalto, murmuraba conmovida:
-
-—¡Oye!
-
-—¿Qué?
-
-—¿Ya «se marchó»?
-
-La alusión, tácita y dulce, vibró con estremecimiento de saeta.
-
-—Sí; ya irá por el camino—dijo Florinda amargamente.
-
-Sus palabras rodaron con un eco profundo, como si dilatasen los
-horizontes del viajero en infinita peregrinación.
-
-—¡Quién fuese paloma!—exclamó la enferma con ardiente arrebato.
-
-Una imagen de alas libres, de lontananzas azules, de espacios alegres,
-de amor y de luz, robó a la novia el pensamiento, en sacudida brusca de
-la imaginación. Sentía de pronto la pesadez implacable de la atmósfera,
-con tales náuseas y repulsiones, que un indómito impulso de todo su ser
-le obligó a decir:
-
-—Me voy... vuelvo en seguida.
-
-Y salió escapada del dormitorio, sin tino y sin aliento.
-
-Buscando aire y claridad, llegó al _estradín_ y se quedó suspensa
-delante de las tres mujeres de la casa, que parecían esperar una
-visita, sentadas muy ceremoniosamente alrededor del aposento, sin
-acordarse, al parecer, de sus cotidianos trajines.
-
-La abuela había resucitado un poco, listos los ojuelos y solícita la
-postura, mientras Ramona doblaba el cuerpo en la silla, vencido por
-la costumbre de escarbar los azarbes y los surcos, y lucía Olalla
-su pañolito de Toledo, frisado y reluciente, margen de un rostro
-impasible.
-
-No sabía _Mariflor_ cómo esquivarse a la censura de aquel extraño
-grupo, silencioso como un tribunal, y azorada murmuró:
-
-—Marinela necesita que la visite el médico.
-
-—Aún se le debe el centeno de la iguala—dijo Ramona, acentuando la
-sombría dureza de su rostro.
-
-—No importa; hay que llamarle—se atrevió a replicar Florinda.
-
-Y Olalla, encendida por el carmín del remordimiento, se puso de pie,
-balbuciendo:
-
-—¿Recayó?
-
-—Tiene calentura.
-
-—Habrá que darle agua serenada.
-
-—Y un fervido esta noche—añadió la madre.
-
-—Voy a verla—decidió Olalla saliendo del _estradín_, con su paso
-corto y solemne, para volver el punto más de prisa, exclamando:—¡No
-está en la cama!
-
-—¿Cómo que no?
-
-—Ven, ven; no está.
-
-Las dos mozas corrieron juntas, y detrás gritaron las dos madres.
-
-—¡Sortilegio, sortilegio!—rugía Ramona, en tanto que la abuela, sin
-comprender el motivo de tales alarmas, iba lamentándose:
-
-—¡Ay... ay!...
-
-Todas palparon en la oscuridad el vacío lecho, y Ramona se hundió en él
-de bruces, relatando conjuros y exorcismos con demente superstición. A
-su lado, la tía Dolores seguía gimiendo:
-
-—¡Ay... ay!...
-
-Las muchachas buscaban a Marinela por diferentes escondites: no podía
-haber corrido mucho en poco tiempo, débil y medio desnuda.
-
-Todavía, en el asombro de la nueva inquietud, le sonaba a Florinda
-con encanto la suspirada frase: ¡quién fuese paloma!, y los pasos
-de la joven siguieron maquinalmente el invisible hilo de aquella
-fascinación. Desde la penumbra de la escalera ganó la novia, con
-gesto iluminado, la cumbre alegre del palomar, y entre el rebullir de
-los pichones y el plumaje esponjoso de los nidos, halló a la pobre
-Marinela, tiritando y encogida, de hinojos en el suelo.
-
-—¿Qué haces, criatura?—gritó, corriendo a levantarla.
-
-Pero ella puso un dedo en los labios con sigiloso ademán.
-
-—¡Chist!... ¿No oyes muchas alas que baten?... ¡Escucha!...
-
-—Sí; es que llega el bando—respondió Florinda, asomándose a recibir a
-las viajeras, enajenada también por indecibles anhelos.
-
-—¿De dónde viene?
-
-—Pues de la llanura, del camino...
-
-Alado azoramiento de temblores y arrullos invadió el palomar.
-
-Quizá tocó a las aves un leve espanto en las alas cuando el viento
-revolcó los húmedos sollozos en la estepa, aquella tarde triste; quizá
-en los picos y en las plumas traían las palomas un mensaje embustero
-y perjuro. Si el tempestuoso retornar de las mensajeras encerraba un
-fatal designio, Florinda le recibió encima de los labios, sorbiéndole
-hasta el corazón en el aire frío de las alas revoladoras, mirando al
-nublado cielo con los ojos llenos de lágrimas, y Marinela le esperó
-de rodillas, aterrada la frente, sumisa la cerviz, como una humilde
-criatura sentenciada al último suplicio.
-
-
-
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-XVI
-
-LA TRAGEDIA
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-SOFOCADO y mohíno salió Antonio Salvadores de la segunda conferencia
-con don Miguel, luego de afirmar que sólo casándose con Florinda
-remediaría los apuros de su gente.
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-Había soltado la contradictoria declaración de sus intenciones con la
-prisa de quien se descarga de un grave peso. Aceleradamente, lleno de
-timidez y de bochorno, se adelantó a decir:
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-—Me casaré con «ella» y arreglaremos esas trampas sin demasiados
-perjuicios...
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-No esperaba el cura tan a quemarropa la presentida capitulación.
-Sonrió, avisado, y quiso paliar con diplomacia su respuesta para
-no herir de frente el masculino orgullo, muy empinado y hosco en
-Maragatería.
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-—¡Hombre!—dijo—vamos por partes: la moza oyó que tú la rechazabas;
-¿cómo vas a exigir ahora que te quiera?... estará quejosa, ofendida...
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-—¿Ella?—dudó Antonio, como extrañando que una mujer pudiese tomar la
-seria determinación de ofenderse. Luego, en aquella duda presuntuosa,
-abrió su camino oscuro otra sospecha. ¿Y si _Mariflor_ no fuese una
-mujer como las demás?... Porque parecía distinta...
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-—Usted le dirá que me equivoqué—propuso el mozo—; que no supe
-expresarme; que usted me entendió mal y yo no me atreví a desmentirle;
-cualquiera disculpa que a mí no se me ocurre.
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-Tanta cortesía y previsión eran indicios de firme voluntad
-conquistadora. Y don Miguel, perplejo, confiando a la Providencia
-el desenlace de aquel conflicto, se limitó a insistir, como medida
-de precaución contra un brusco desengaño, en que Florinda era muy
-sensible, delicada de pensamientos, dueña y señora de su voluntad por
-expreso designio de su padre.
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-—Pues usted se entenderá con ella: le dice...
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-—No; eso tú.
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-—¿Yo?
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-—Naturalmente.
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-—Usted no me conoce; yo no sirvo para hablar de estas cosas con
-rapazas; además, aquí no se usa.
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-—Pero tu prima es mujer de ciudad, inteligente y razonable, y tú ya
-eres un hombre educado a la moderna.
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-—Yo soy el mismo de antaño, don Miguel; y me pongo zarabeto y torpe en
-tratándose de finuras: quiero casarme con _Mariflor_; ayúdeme usted y
-me daré a buenas en lo de la abuelica.
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-Clavado con tenacidad en su deseo, encendido el rostro y la actitud
-inquieta, el pretendiente no dió un paso más por el camino adonde se le
-quería conducir.
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-Y ya mediaba la tarde cuando el cura llevó a su convidado a casa de la
-tía Dolores, prometiendo explorar el ánimo de _Mariflor_ y evitarle al
-mozo en lo posible, las negociaciones directas con la prima.
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-Entraron, pues, los visitantes por la puertona principal, se asomaron
-al _estradín_ desde el pasillo, y, no hallando quien los recibiera,
-deslizáronse hasta la cocina. Quizá sus mismos pasos, recios sobre las
-baldosas, y un repique sonoro del bastón de don Miguel, les impidiese
-oir hacia la alcoba de Marinela voces apagadas y sollozos furtivos.
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-La moza, sorprendida en el palomar, acababa de aparecer, dócil como
-un corderuelo, de la mano de _Mariflor_, y era recibida con espanto
-como un ánima del otro mundo. Revolvíase la madre en el dormitorio,
-asegurando «que la renovera le había traspuesto de suso a la rapaza
-con intención luciferal». A estos aberrados plañidos hacían coro,
-augurales, las otras dos mujeres; y en vano Florinda procuraba explicar
-que, sin duda, la enferma, necesitando aire en los ardores de la
-calentura, había escalado inconsciente el abierto refugio de las
-palomas.
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-Sin negar ni asentir, acaso contagiada por la superstición de los
-hechizos, Marinela gemía, hundiéndose en la cama otra vez y dejando que
-su madre la cubriese con un rojo alhamar.
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-—Es preciso que sudes—ordenaba Ramona—para que desarrimes la friura
-del pecho.
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-Y el terrible cobertor fué rodeado con saña al cuerpecillo febril.
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-—¡Tengo sede!—lamentaba la niña sollozando.
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-—¡Ni una gota de agua, ni una sola!—sentenció la madre severa.
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-Y la voz de don Miguel resonó entonces impaciente:
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-—¡Ah, de casa!... ¿Dónde estáis?
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-Pero ya estaban en la cocina, aceleradas y serviciales, las de
-Salvadores, dejando sola con la enferma a _Mariflor_, aplastada bajo
-el aire estantío del dormitorio. No permaneció allí mucho tiempo. La
-llamaron al compás de unas voces solapadas, y acudió medrosa, con la
-incertidumbre en el corazón.
-
-Iban cayendo en la cocina las precoces tinieblas de aquella tarde gris,
-y Antonio había buscado el rincón más oscuro para aposentar su lozana
-persona; junto a él quedaron medio escondidas las tres mujeres; de
-modo que al entrar la joven, sólo vió al cura, de pie bajo la escasa
-claridad del ahumado ventanuco.
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-A una indicación del sacerdote le siguió Florinda, pasmada, hacia el
-_estradín_, y, traspuesto apenas el umbral, los dos hablaron quedamente
-un instante, mientras en el fondo de la cocina se delataban algunos
-acentos confabulados y cautelosos.
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-Por el sombrío rastro de tales rumores fuese _Mariflor_ derecha hasta
-su primo, le puso como por la mañana las suaves manos en los hombros, y
-le dijo enérgica y triste:
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-—Yo no te pedía nada para mí, y aunque me dieras todo el oro del
-mundo, no te puedo querer ni ahora ni nunca.
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-Tronaron sordamente unas frases violentas, en voz opaca de mujer, y un
-brusco regate hurtó bajo los dedos de la niña el coleto de Antonio.
-Libre ella de su grave secreto, volvió a guarecerse junto al sacerdote
-que, habiéndola seguido desde el _estradín_, recibía otra vez el
-fugitivo resplandor de los cristales, en el centro de la cocina.
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-—¿Entonces?...—interrogó Olalla con increíble desparpajo.
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-—Antonio dirá—pronunció cohibido el cura.
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-Y cuando parecía imposible que el mozo respondiera, atarugado por
-timideces y rencores, subrayó con bastantes ánimos:
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-—Digo «que nada»; ya lo sabe usted.
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-Hipos y quejas estallaron encima de tan ruda afirmación, y allí, en
-la cómplice oscuridad, fué pronunciado con odio y amenazas el nombre
-«del forastero». Cuanto maldecía Ramona, áspera y cruel, repetíalo
-maquinalmente la tía Dolores, mientras Olalla, más prudente y justa, se
-atenía a ponderar el común infortunio con ayes quejumbrosos:
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-—¡Ay los mis hermanos!... ¡Ay mi abuelica!...
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-Desde lejos, Marinela, ardiendo en fiebres del cuerpo y del alma,
-estremecida por aquellos extraños gritos, se atrevía también a plañir:
-
-—¡Tengo sede!
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-—¡Qué escándalo!... ¡Esto es una vergüenza!—clamó atónito don
-Miguel—. ¡Silencio!—ordenó al punto con una voz estentórea, y el
-cuento de su bastón repicó furiosamente en el solado.
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-Establecida en apariencia la tranquilidad, dejóse oir el resoplido
-de una respiración muy agitada, un trajín de carne ansiosa, como si
-jadeando en las tinieblas Antonio se hubiese puesto de pie.
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-De pie estaba; había entendido que aquel señor «de pluma», displicente
-y finuco, invitado por don Miguel, con mucho golpe de espejuelos y de
-romances y poca guita en el bolsillo, le birlaba la novia. ¡Y vive Dios
-que no sería así, tan fácilmente!
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-Por los fueros de Maragatería, por la honra de su casta, lo juró
-Antonio Salvadores.
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-Con el estallido de un beso sobre la carnosa cruz del índice y el
-pulgar, dió el maragato fe de su altivo juramento, y, arrogante, audaz
-como nunca, preguntó:
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-—¿Cuánto hace falta para que no lloréis?
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-El estupor que estas palabras produjeron, enmudeció al auditorio, hasta
-que Florinda, incrédula, quizá un poco mortificadora, dijo sordamente:
-
-—Para que no lloren, hace falta mucho dinero.
-
-—¿Cuánto?
-
-Desde el fondo de la oscuridad, la insistencia de aquella pregunta
-parecía algo fantástica. Y la joven, vacilando, como si en sueños
-hablase con un duende o respondiera a un conjuro, enumeró:
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-—A don Miguel hay que darle cuatro mil pesetas en seguida.
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-—¿Qué más?
-
-—Tres mil se le debían al tío Cristóbal...
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-—Al médico le debemos la iguala.
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-—Y al boticario treinta riales—apuntaron desde la sombra.
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-—¿Qué más?—aguijaba Antonio con tales bríos, que _Mariflor_,
-corriendo un loco albur, añadió retadora:
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-—Mil duros para reponer los ganados y las fincas... Otros mil para que
-Marinela profese en Santa Clara...
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-Crujió un escaño bajo el desplome del cuerpo, cuya voz pronunciaba
-desoladamente:
-
-—¡Pues lo doy!
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-—¿Todo?—acució Ramona delirante de codicia.
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-—Todo... si me caso con «ella»; sois testigos.
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-—Eso es imposible... ¡imposible!...
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-La indómita repulsa quedó ahogada entre insurgentes voces.
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-—¡Podré recibir a Isidoro!—balbució la abuela con extraordinaria
-lucidez.
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-Y Ramona, en súbito arranque de ternura, dulcificó sus labios al
-proferir:
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-—¡Mis fiyuelos!...
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-Pero el maragato oyó rodar la palabra «imposible» hacia donde la luz
-resplandecía, y hazañoso al abrigo de las tinieblas, advirtió con
-rotundo acento que apagó el de las mujeres:
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-—Yo no mendigo novia: pongo condiciones a la protección que se me
-pide; si no convienen, ¡salud!, y que no se me diga una palabra más del
-tributo de esta casa.
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-—¡Dios mío. Dios mío!—plañía _Mariflor_ con espanto en aquella
-negrura, cada vez más espesa, donde las enemigas voces del Destino
-ponían cerco a una felicidad inocente.
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-De pronto, aquel muro de sombras que disparaba frases como dardos
-al corazón de la joven, se removió siniestro, y pedazos vivos de la
-implacable fortaleza avanzaron hacia Florinda en forma de tres mujeres
-suplicantes y desesperadas.
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-Quiso entonces la infeliz asirse al noble apoyo de don Miguel; pero los
-hábitos sacerdotales recogían la creciente oscuridad con tan severa
-traza, que también tuvo miedo de esta inmóvil persona muda y negra.
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-Y en semejante asedio y abandono, huyó la moza, perseguida por su
-propio grito atormentado. Ganó el corral, cruzando el _estradín_, y
-en plena rúa, corrió ciegamente, bajo la indecisa luz del prematuro
-anochecer.
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- * * * * *
-
-Al ocurrir la desalada fuga, quedó en suspenso el vocerío de las
-mujeres, y en la prisa por buscar una solución al urgente problema de
-la boda, se le ocurrió a Olalla encender el candil. Aunque no alumbró
-mucho espacio la crepitante mecha, a su amarilla claridad surgió
-abocetada, impaciente en un rincón, la figura de Antonio.
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-Se limpiaba el maragato con un pañuelo de colores el sudor copioso de
-la frente, y aparecía fatigadísimo, como si allí rindiera en aquel
-instante la más dura jornada de su vida.
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-—«Ese» no se la lleva a ufo—rezongaba—; cuando yo me planto, no le
-hay más terne en todo el reino de León.
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-Y bravatero, jactancioso, revolvíase entre el escaño y el llar, y hacía
-con el pobre moquero raudos molinetes, en la actitud belicosa del
-antiguo fidalgo que empuñase una espada leonesa de dos filos.
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-Pero aquella caricatura de perdonavidas, singular en el carácter
-apacible de Antonio Salvadores, no mereció la atención de las mujeres
-tanto como la quietud del párroco, silencioso y como entumecido en
-medio de la estancia.
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-—¡Padre!... ¡Don Miguel!... ¡Señor cura...!—clamaron tres voces,
-a la rebatiña de palabras insinuantes y cariñosas para sacudir al
-ensimismado protector.
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-—¡Es verdad!—murmuró él, recordando, como si su espíritu volviese
-de un viaje—. Yo tenía que deciros alguna cosa en esta ocasión...
-Pues, ya lo estáis viendo: la muchacha «no puede querer» a su primo;
-el primo «no quiere» favoreceros a vosotros, y yo, ni puedo ni quiero
-sobornar los sentimientos de una doncella para hacer caridades a costa
-de perfidias.
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-Hablaba despacio, tranquilo; su indignación se abatía sin duda en el
-propósito de no intervenir más en aquel triste asunto. Y sus palabras,
-escapándose en parte a la penetración de los oyentes, parecían el
-resumen de un breve examen de conciencia.
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-Don Miguel Fidalgo, místico y piadoso, alma encendida en lumbres de
-terrenales sacrificios, se había encariñado con la esperanza de que
-_Mariflor_ realizase el acto sublime de tomar, por amor a su familia,
-una cruz en los hombros. Sabía el cura muchos secretos de divinas
-compensaciones; confiaba poco en la constancia de Rogelio Terán, y
-temiendo por la frágil dicha que manejaba el poeta, imaginó poder
-asegurarla haciéndola fecunda aprovechando, por decirlo así, el seguro
-dolor de una existencia en beneficio de otras pobres vidas y en
-simientes de goces inmortales.
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-A la luz de tan altos fines, los espejismos de don Miguel pudieron
-ser hermosos; pero ahora, de cerca, tocando las salvajes pasiones y
-hondas repugnancias que la heroína debiera resistir, un vértigo de
-materiales angustias celaron al soñador los excelsos fulgores del
-imaginado sacrificio: teorías consoladoras, confianzas secretas y
-afanes recónditos, eran torres de viento para el bárbaro empuje de
-la miserable escena presenciada. La brusca realidad de aquel contacto
-produjo en el apóstol una sensación de pavorosa caída desde las nubes
-a la tierra. Convencido de haber soñado a demasiada altura de las
-fuerzas humanas, despertábase pesaroso, lleno de compasiones y de
-remordimientos, como si el oculto albergue que dió a las esperanzas de
-la boda fuese una culpa en la tragedia que sobrevenía. Y compungido por
-el tumulto de tales pesadumbres, oyó como decía Olalla:
-
-—El mal caso de no querer «a éste», es por «el otro».
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-—¡Por el amigo de usté!—renegó la madre, hostil.
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-Le dolía al cura este recuerdo como el mayor delito de su influencia
-sobre la vida de _Mariflor_ en Valdecruces; parecíale imposible haberse
-dejado llevar por un sentimiento romántico hasta el punto de compartir
-un día con la inexperta moza ilusiones confiadas a un caballero
-errante, mariposa de todos los vergeles, giróvago enamorado, de tan
-noble intención como firmeza insegura. Despierta la desconfianza que
-lejos del amigo pudo adormecerse, crecía en el ánimo del sacerdote
-recordando la singular precipitación con que Terán partía, después de
-resistirse para conceder una tregua a su enamorada solicitud. En el
-preciso momento de quedar la novia libre de morales ligaduras, con que
-ella misma por compasión se ataba a una promesa, alejábase el novio
-impaciente, reservado, incomprensible... ¡Acaso ya corría en el tren
-seducido por todas las atracciones de la vida, sin que en la ambiciosa
-cumbre de sus pensamientos la idea del deber tuviese nada más que unos
-lejanos resplandores!
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-Esta consideración penosa indujo al cura a conmiserar dolorosamente las
-humanas flaquezas y a dejar correr una benigna lástima sobre aquellos
-toscos espíritus asfixiados por el brutal peso de todas las ignorancias
-y de todas las necesidades. Procuró mover los corazones bajo la
-espesura de las inteligencias, solicitando mucho cariño y compasión
-para Florinda, y quiso de nuevo suponer que la rebelde actitud de
-la muchacha con Antonio obedecía a un justo desquite más que a las
-rivalidades aludidas por Olalla.
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-El maragato, muy en desacuerdo con sus recientes fachendas, apresuróse
-ahora, optimista y conciliador, a recoger la tranquilizadora especie; y
-sin abdicar de su nativo orgullo, pronunció benévolo:
-
-—Sí, la rapaza me tiene malquerencia por «aquello» que usté le dijo de
-mí...
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-Olalla y su madre no se mostraron muy convencidas de semejantes
-suposiciones, y permanecieron inquietas, atribuladas por el fracaso
-definitivo de la boda; en tanto que la tía Dolores, sin alcanzar
-la magnitud de la desgracia, temía un contratiempo en el negocio
-matrimonial. Mirando de hito en hito a don Miguel desde el fondo gris
-de las pupilas, preguntó medrosa:
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-—¡Eh!... ¿qué dicen? ¿Por qué la rapaza fuge?
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-Pero su voz se apagó entre los pasos veloces de los niños que
-regresaban de Piedralbina con las trojas al hombro y las caras
-interrogantes.
-
-—_Mariflor_ corría llorando—dijeron al entrar.
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-—¿Por onde?
-
-—Por la mies.
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-Adoraban los chiquillos a su prima, y la inquietud les daba
-atrevimiento para inquirir en el rostro del cura razones de la triste
-carrera que ellos no habían podido contener.
-
-—Volverá—prometió el párroco, seguro—; volverá cariñosa para
-vosotros y buena como siempre.
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-—Sí, volverá; ¡no tiene hiel!—exclamó Antonio con disimulada
-impaciencia.
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-Y huyendo de la luz agonizante del candil, atajó en el pasillo al
-sacerdote, que ya se despedía.
-
-—Marcho de madrugada; ¿qué razón llevo?—preguntó solícito.
-
-—¿De cuál?
-
-—De la boda.
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-—Pues ya lo ves ¡ninguna!
-
-—Pero... ese escribano de Madrid, ¿ha de tornar?
-
-—Creo que no.
-
-—¿Y luego?
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-Don Miguel se encogió de hombros, desazonado y aburrido en aquella
-burda porfía, repitiendo mentalmente la grave palabra de _Mariflor:_
-«¡Imposible, imposible!»
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-No parecía entender el mozo la elocuencia de los silencios ni la
-expresión de los ademanes. Y aunque Olalla acudía con el candil,
-aparentó el primo estar a oscuras para declarar magnánimo:
-
-—Yo sostengo mis condiciones.
-
-Como nadie le respondiese, añadió sobrepujante:
-
-—Y aguardaré el sí o el no... hasta Navidá.
-
-—¿Todavía el no?—dijo don Miguel con involuntaria sonrisa.
-
-Marinela, que escuchaba un murmullo de voces cerca de su alcoba,
-dolióse una vez más:
-
-—¡Tengo sede!
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-—Dadle agua a esa criatura—recomendó el párroco al salir.
-
-En los umbrales del portalón recordó alguna cosa, y se detuvo,
-advirtiendo:
-
-—Tened en cuenta que a mí no me debéis nada.
-
-—¿Y las cuatro mil?...—quiso Antonio averiguar.
-
-—Nada, nada—interrumpió el sacerdote, resuelto y apresurado.
-
-Pero aún se volvió hacia sus feligresas, y encarándose con Ramona, le
-dijo con especial tono:
-
-—Florinda no tiene madre, ¡acuérdate!...
-
- * * * * *
-
-Para volver a su hogar aquella misma noche sólo puso la fugitiva por
-condición, en forma de sumiso ruego, que la esperase Olalla un poco
-tarde, cuando los demás se hubiesen acostado.
-
-Y desde casa del cura, donde posó al final de su anhelante carrera, fué
-acompañada por Ascensión y su madre hasta la puerta del _estradín_.
-
-De la timidez y sobresalto con que pisó de nuevo la cocina oscura,
-solamente Olalla pudo sorprender la emoción. Pero, con los ojos turbios
-de sueño, la joven no vió más que una sombra de su prima avanzando
-pasito en la punta de los pies.
-
-Entonces un lamento de fracaso quebró apenas la silenciosa quietud.
-
-—Dios no quiere hacer el prodigio; ¡no quiere!—sollozó Florinda con
-tan penetrante desconsuelo, que Olalla sintió necesidad de abrir los
-brazos.
-
-—¡No llores!—respondió generosa.
-
-Y su pecho macizo, impasible a menudo, derritióse en blanduras
-maternales al echar sobre sí el gran dolor de otra mujer.
-
-Manaba tan vivo aquel pesar desde la herida tierna de un corazón,
-que Olalla la sentía correr como un torrente donde se desbordasen
-todas las amarguras del mundo. El deseo imperioso de consolar subió
-de las entrañas de la moza, y derramó sus sentimientos más dulces y
-protectores en estas elocuentes palabras:
-
-—¿Quieres un poco de tortilla, un poco de vino que sobró a Antonio?
-
-Como no pudiese _Mariflor_ responder, siguió diciendo:
-
-—Lo había guardado para Marinela; pero te lo doy a ti.
-
-—No, no; gracias—dijo al cabo la favorecida.
-
-Porfió la maragata rubia con grande solicitud; pero _Mariflor_ la hizo
-creer que había cenado ya. Juntas se hundieron en las oscuridades del
-pasillo; y Olalla puso el candil en el suelo entre las puertas de dos
-habitaciones contiguas.
-
-—Yo no me desnudo, porque tengo que levantarme al amanecer—dijo,
-acompañando a su prima hasta la cama de la abuela.
-
-Enterada de que Antonio partía muy temprano, advirtió Florinda,
-estremeciéndose:
-
-—No me llamarás a esa hora...
-
-—No, mujer; nos levantaremos dambas, mi madre y yo.
-
-Hablaban callandito, y un momento contemplaron mudas a la anciana,
-dormida con la boca abierta.
-
-Estirándose en la semioscuridad con macabra rigidez, la figura yacente
-parecía de tal modo un cadáver, que _Mariflor_ llegóse a tocarla
-presurosa.
-
-—¡Está fría!—dijo trémula.
-
-Pero Olalla, imperturbable, repuso:
-
-—Los viejos siempre están congelados: y diz que es dañino acuchar con
-ellos los rapaces, porque les sacan la calor. Por eso la abuela duerme
-sola.
-
-Un silbido leve, fatigoso, daba noticia de la respiración de la
-anciana, y, fuera, otros audaces silbos anunciaron los rigores del
-temporal.
-
-La lluvia estalló sonora sobre el «cuelmo» sedoso de la techumbre, y
-toda la casa quedó mecida por el llanto y los suspiros de la noche.
-
-—¡Dios mío, qué tristeza!—murmuró Florinda desnudándose.
-
-Había colocado un almohadón a los pies del lecho y desdoblando la ropa
-con sigilo, deslizóse en él sin tocar a la anciana. El irresistible
-escrúpulo que antes galvanizó a la infeliz, asqueada y vergonzosa,
-volvió a poseerla en la orilla de los colchones, empujándola a riesgo
-de caer. Resistióse casi adusta cuando Olalla la quiso arropar, y hurtó
-el cuello y los brazos desnudos al roce de la sábana.
-
-—¡Si tienes tanto frío como la abuela!—protestó la prima.
-
-—¡No importa, no importa!—balbució _Mariflor_, sin saber qué decir,
-escalofriada a pesar de la densa espesura del ambiente. Luego añadió
-amable:
-
-—Y tú, ¿vas a quedarte en vela? ¿No tienes frío y sueño?
-
-—¿Frío en el mes de julio?... ¡Válgame Dios!... Cansada sí que estoy;
-agora apago la luz y voy, aspacín, a echarme junto a Marinela.
-
-—¿Está mejor?
-
-—No sé; dímosle agua y se durmió; pero arde y tiene temblores.
-
-—Hay que llamar al médico.
-
-—Madre no se atreve, por la paga.
-
-—Pues hay que llamarle—insistió Florinda suspirando.
-
-Revolvióse un poco la abuela, tembló la moza al borde del colchón, y
-Olalla dijo:
-
-—Duerme; ya es tarde.
-
-Salió en puntillas, de un soplo mató la luz, y ya entraba en su alcoba
-cuando la detuvo un leve reclamo de _Mariflor_.
-
-—¡Oye!... Ese ruido, aquí cerca, que no es del viento ni de la lluvia,
-¿de dónde viene?
-
-Olalla escuchó un instante, y ahogó su risa al replicar:
-
-—Es «él»... es Antonio que ronca; ¿tienes miedo?
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-XVII
-
-DOLOR DE AMOR
-
-
-SOBRE el llanto profundo de aquellas horas tristes, ¡cuántas angustias
-rodaron en el alma de _Mariflor_!
-
-El novio no escribía; mudo en la ausencia, oscurecido como fuyente
-sombra, perdía su señuelo, de quijote en la llanura de los «pueblos
-olvidados».
-
-Todos los días procuraba la joven sorprender al tío Fabián Alonso
-cuando, caballero en el rucio, repartía al través de Valdecruces la
-escasa correspondencia. A la hora del correo, deslizábase _Mariflor_
-al huertecillo en prudente vigilancia. Aprendió a mover un destral, y,
-con las sabias advertencias de la prima, fué puliendo los caballones y
-limpiando los caminos, precisamente a las seis de la tarde, cuando el
-tío Alonso pudiese aparecer sobre la linde antes de dar la vuelta por
-la rúa donde la casona abría su entrada principal. Al divisarle, una
-terrible emoción perturbaba a la novia, y cuantas inquietudes ocultan
-sus resortes en las raíces del deseo, giraban locamente alrededor de la
-valija mensajera.
-
-En aquellos instantes de suprema ansiedad, no había palpitación alguna
-en la tierra ni en los cielos que para la joven no alcanzara signos
-milagrosos de un augurio; el manso zurear de las palomas, el vuelo
-suave de una mariposilla, el murmullo del regato, las señales apacibles
-del horizonte, eran nuncios de sonriente promesa. Y, en cambio,
-producía en la enamorada cruel zozobra que las aves volasen mudas, que
-durmiese el arroyo o que una vedijuela de nube rodara en la limpidez
-del cielo azul; así los afanes pendientes del papel amoroso que había
-de llegar, padecían indecibles martirios agravados por mil puerilidades
-de la impaciencia.
-
-Ráfagas bruscas del mismo fuerte sentimiento sacudían a _Mariflor_,
-supersticiosa o creyente en contradictorio impulso. Tan pronto se
-estremecían sus labios con el temblor de una plegaria, confiando a
-Dios todas las inquietudes del corazón amante, como bebían sus ojos
-en la fuente de imaginarias significaciones, y la nunca dormida
-fantasía fraguaba sus quimeras sobre una flor, una zarza, un nublado,
-convertidos en talismán. Y cada nuevo desengaño, al doler y pungir como
-traiciones, prendía en la esperanza un nuevo estímulo, acendrando el
-amor con el dolor.
-
-Nada preguntaba la niña a don Miguel, y tampoco el sacerdote necesitó
-preguntar a la niña. Al encontrarse, ambos se miraban a los ojos con
-la costumbre de medirse los claros pensamientos; ella leía reproches
-y enemistad para el amado ausente, y aquél encontraba perdones y
-disculpas en respuesta a su tácita acusación.
-
-Transcurrieron en estas ansiedades muchos más días de los que
-_Mariflor_ creyera posible resistir. Anduvo como una sonámbula viviendo
-en apariencia, desprendida con furioso egoísmo de cuanto no fuese
-anhelar noticias de su novio. El pan y el sueño le sabían a lágrimas,
-a ofensa el aire y el sol, y a intolerable esclavitud los lazos que la
-unían al hogar. Huyó de Marinela, que la llamaba siempre desde el lecho
-con una pregunta ardiente entre los labios, y procuró evadirse a toda
-intimidad, trabajando sola, en el huerto y la «cortina», convirtiéndose
-en hortelana, con indiferencia absurda, sin que la doliese el esfuerzo
-ni la dañase el calor. Apenas supo de Olalla y de su madre, que,
-laborando en la mies, aparecíanse en la cocina por la noche, mudas y
-hambrientas, estoicas, impasibles... La abuela, incapaz como nunca,
-gemía por los rincones con el corazón cansado de sufrir, y los niños
-tornaban de la escuela descalzos y maltrechos, sin que Florinda lo
-advirtiese.
-
-Generosa con el ingrato, no pudiendo admitir la idea de su olvido,
-hasta llegó la joven a creer que hubiese muerto. Imaginó accidentes,
-percances y dolencias; se atormentó con las más trágicas suposiciones
-y sintió como un vértigo irresistible la atracción de la muerte;
-tornábase enfermizo el carmín de sus mejillas, vacilaba su paso y
-brillaban sus ojos con la tibia claridad de soles adormecidos.
-
-Una de aquellas tardes en que acechaba desde el huerto la llegada del
-tío Fabián, al oir un chasquido de herraduras en las piedras, tuvo
-que arrodillarse para no caer. Quedó inmóvil de hinojos, transida
-de emoción, y el viejo, que solía mirarla con regalo y curiosidad,
-asomándose a la sebe lo mismo que otros días, hizo un guiño a manera de
-saludo, y murmuró, piadoso:
-
-—Hasta que no ahuyentes a la bruja no recibes esquela.
-
-Levantóse la niña zozobrante a perseguir el eco de aquel aviso y
-le pareció columbrar a la tía Gertrudis inclinada sobre el bastón,
-doblando la rúa a pasito menudo y cauteloso.
-
-Sed de amor y hambre de felicidad dieron ímpetus a Florinda para
-correr en pos de la vieja. Pero la calle donde creyó que había
-desaparecido, solitaria y misteriosa, no le mostró rastro ninguno.
-
-Siguió la joven caminando al azar, enardecida por el deseo de pedir a
-los ojos nublados de aquella mujer y a su entorpecida voz razones del
-maleficio que desde el abuelo Juan alcanzaba a la nieta inocente.
-
-Aún ardía la tarde, espléndida y dulce. Julio, al morir, agitaba el
-abanico dorado de los centenos con una brisa generosa que fingía
-murmullos de oleaje.
-
-No había llovido desde aquella noche triste en que _Mariflor_
-Salvadores lloró acerbamente con las horas, y la tierra, colorada y
-sequiza, muerta de sed, emanaba agrestes perfumes en todo el paroxismo
-de su excitada vegetación.
-
-Aromas y rumores brindaron su refrigerante caricia a la desolada moza,
-apenas traspuso los linderos del lugar.
-
-Sabiendo que la tía Gertrudis habitaba en el barrio vecino de la mies,
-íbase _Mariflor_ con ciego impulso por las rutas del campo, decidida y
-absorta como si caminase derecha hacia lo infinito.
-
-De pronto, allí, a la orilla de un propicio sendero, encontró a
-_Rosicler_.
-
-—¿Onde vas?—clama el pastor, atónito, delante de la moza.
-
-Ella se aturde, olvidando a qué esperanza la lleva aquel camino, y en
-una repentina evocación de su desventura, dice con acento oscuro:
-
-—A buscar a la tía Gertrudis.
-
-—¿La renovera?
-
-—No sabemos si lo será—responde Florinda un poco avergonzada de
-sospechar lo mismo que el pastor.
-
-—Diz que lo es; y que a tu gente le hace mal de ojo por rencillas que
-tuvo con tu abuelo.
-
-Mientras coloquia el zagal, le seducen extrañamente la cabellera
-sombría y la entenebrecida mirada de la joven.
-
-—¿Gastas poca salud?—pregunta conmovido.
-
-—Gasto mucha—balbució la enamorada maquinalmente.
-
-—Píntame que has adelgazao—murmura él, pesaroso—. Y añade, viendo
-que la muchacha se quiere despedir:
-
-—¿Sabes a casa de la bruja?
-
-—No.
-
-—¿Entonces?...
-
-Desconcertada _Mariflor_ intenta continuar su camino, pero el rapaz la
-detiene:
-
-—Yo te enseñaré—dice—. No necesitas dar vuelta a las aradas: según
-vamos al pueblo, un poquitín a la derechera, hay una rúa angosta, y
-alantre alantre, onde ves una cabaña con hartos boquetes y mucho cembo
-en la techumbre, acullá...
-
-Pero Florinda está llorando.
-
-No comprende ella por qué su sensibilidad, atrofiada y como inerte
-bajo la dureza del dolor, se derrite al contacto de la solicitud
-de _Rosicler_. Saborea hieles de lágrimas hace ya muchos días, sin
-conseguir el alivio del llanto. Y apenas el zagal pone ingenuamente sus
-devociones al servicio de la secreta pesadumbre, estalla la lluvia del
-corazón en los ardientes ojos de la novia; un sentimiento fraternal
-suaviza la inclemencia del oculto padecer y afloja las bárbaras
-ligaduras del silencio y el disimulo en el pobre pecho atormentado.
-
-Aquella racha de aromas y rumores que antes penetró el alma de la
-moza como apacible compañía, fué, sin duda, el anuncio de esta brisa
-sentimental que en el abandonado espíritu levantan las solícitas frases
-del pastor.
-
-Sintiendo el apoyo de una fuerza consistente y viva, reacciona
-_Mariflor_ y responde a su amigo:
-
-—Ya no voy adonde dices: me vuelvo a casa.
-
-—Y, ¿por qué lloras?
-
-—Porque sí.
-
-Esta irrebatible lógica desconcierta un poco al zagal, que luego se
-rehace y afirma:
-
-—Ya lo sé: porque se marchó el forastero sin que os echáramos el
-rastro... No quiso el señor cura.
-
-La moza no contesta, distraída en el consuelo de llorar, y, siguiéndola
-por los estrechos viales de la mies, el pastor se preocupa meditando en
-los motivos del lloro. Porque él oye decir que la niña está solicitada
-para Antonio Salvadores, y no es probable que con un pretendiente de
-tanta robustidad, hacienda y poderío, ella suspire por un extranjero
-«ceganitas y esgamiao».
-
-—¡No puede ser!—corrobora en voz alta.
-
-Y, súbito, un razonamiento luminoso le da la clave del enigma:
-
-—Lloras—dice muy cierto—por las malas nuevas que tuvo de allende el
-señor cura.
-
-—¿Las tuvo?
-
-—Mi hermano escribió. En la esquela pone que el tío Isidoro adolece
-del arca y está «en los últimos»; que su padre quiere llevarse a Pedro,
-y que...
-
-—Pero, ¿a quién se lo escribe?
-
-—Eso a nosotros, con el sobre a don Miguel, y otra carta semejante
-recibió el mismo día, lo cual que dijo: Esta es de Martín. Las tenía en
-somo de la mesa cuando llegué a buscar la de mi hermano.
-
-Sobresaltada y anhelosa, despierta _Mariflor_ desde el infausto sueño
-de sus amores a las imponentes realidades de la vida. Sus lágrimas
-se borran al calor de los remordimientos y el rudo latigazo de la
-conciencia imprime velocidad al paso y al raciocinio de la joven.
-
-—¡Mi padre!—murmura enajenada.
-
-Y aquel nombre, dulce y solemne, le suena extraño y nuevo, muy remoto.
-
-Asustado el zagal, teme haber sido inoportuno, y divaga en
-murmuraciones confusas:
-
-—Yo conté que lo sabías... Quizabes no sea cierto... Podemos ir yo y
-tigo a preguntar...
-
-—Gracias, _Rosicler_: será mejor que vaya sola.
-
-Es tan visible y lastimoso el esfuerzo con que la niña se dispone a
-correr en busca de sus nuevas desgracias, que el pastorcillo siéntese
-inclinado a compartirle. Pero no sabe cómo sostener la media cruz de
-aquel dolor, y para demostrar siquiera que él también sufre, afligido
-murmura:
-
-—Yo marcharé con Pedro, sabe Dios hasta cuándo.
-
-—¡Pobre zagal!—lamenta Florinda, volviendo con dulzura la mirada a
-los cándidos ojos que la siguen.
-
-A _Rosicler_ se le enciende el semblante, lanza un fuerte suspiro al
-aire claro y esconde en el corazón unos cuantos secretos.
-
-¡Tal suspiran las mieses, cargadas de misteriosas inquietudes!
-
- * * * * *
-
-Don Miguel estaba en Astorga y fué preciso aguardarle, ya que llegaría
-de un momento a otro.
-
-—Anda muy ocupado con el casamiento—dijo Ascensión a su amiga,
-recibiéndola cariñosamente.
-
-La idea de que el cura estuviese negociando un préstamo para la dote,
-colmó la pesadumbre de la muchacha. Era la primera vez que se ponía
-en contacto con la gente del pueblo desde la llegada del primo y la
-partida del novio, y una dolorosa cortedad hacía difíciles sus palabras
-y sus averiguaciones.
-
-—¿Sabes tú lo que ha escrito mi padre?—atrevióse a decir.
-
-—No sabemos nada.
-
-Esta prontitud de la respuesta hizo a Florinda comprender que Ascensión
-tenía orden de no decirle lo que supiese acerca de aquel punto. Pero
-sin duda no le estaba prohibido exacerbar los pesares de la amiga con
-crueles alusiones; y, más curiosa que malévola, por saber muchas cosas
-que ignoraba, fué diciendo con femenil astucia:
-
-—¿Tienes buenas noticias de la Corte?
-
-Inmutada, la triste novia movió negativamente la cabeza.
-
-—¿Y de Valladolid?
-
-—Tampoco.
-
-—Facunda Paz ha dicho que te casas para las Navidades.
-
-—No es cierto—pudo protestar Florinda con delgada voz.
-
-—¡Ah! yo creí... ¡Como el primo os lo pone todo tan llano!... La
-verdad es—continúa la muchacha al cabo de un inútil silencio—que
-habéis tenido mala suerte: la tía Dolores pierde los caudales cuando ya
-no puede trabajar; Marinela adolece, para morir cuando caiga la hoja,
-y los chicos están abandonados, mientras Olalla y su madre andan de
-obreras, si a mano viene.
-
-—¿De obreras... para los demás?—gime tembloroso, a punto de romperse,
-el hilo de la remisa voz.
-
-—Sí; mañana van para nosotras.
-
-—Y, ¿a qué trabajo?
-
-—A la siega.
-
-—Pero, ¿no vienen hombres de Galicia?
-
-—Algunos vienen a segar otros centenales de más labor; aquí lo
-suelen hacer las segadoras: «éstas» se ofrecieron, y ¡como son buenas
-servicialas!...
-
-Le parece a la novia del poeta que fluctúa un ligero desdén en las
-palabras de Ascensión, como si ya fuese irremediable el hundimiento
-de la familia Salvadores y esta ruina arrastrase consigo todas las
-deferencias que gozó en Valdecruces la niña ciudadana. La jerarquía del
-corazón y la superioridad de la inteligencia, pugnan por levantarse
-rebeldes sobre el desvalimiento fortúito, mas un pálido sonrojo tiñe la
-frente de la orgullosa, y sus labios permanecen inmóviles: se siente
-abandonada, pobre como jamás lo estuvo, lejos como nunca de todas las
-cumbres que un día creyera poseer. El hondo fragor de sus arrogancias
-enmudece esclavo de la fatalidad, cunde silencioso y baldío, derramando
-los deseos en las tinieblas.
-
-Y Ascensión, creciéndose con infantil empaque, según advierte el
-profundo descorazonamiento de la niña, adopta un tonillo desusado para
-enumerar «las donas» que recibe del novio, presume y alardea entre
-manteos, jubones y delantales, esparcidos con hartura por la estancia.
-
-Cuando llega, a poco, don Miguel y hace que Florinda suba a su
-despacho, no puede la muchacha ocultar su aflicción a los ojos del
-sacerdote; llora a raudales, derribada en el primer escañuelo que
-tropieza, sorda a las preguntas con que el apóstol persigue la
-desaforada cuita.
-
-—De ese modo no se puede vivir, _Mariflor_—prorrumpe don Miguel con
-blanda severidad.
-
-Y la moza, difícilmente, responde:
-
-—Es que necesito morirme.
-
-Paseando en torno del parpadeante velón, aguarda el cura que se aquiete
-la tremenda crisis de aquel pesar. Y cuando ya parece que a Florinda se
-le agotan las lágrimas y sólo quedan en su pecho suspiros, indóciles
-como rezago de borrasca furiosa, el confesor acerca un escabel a la
-doliente, y ella misma procura abrir el alma a las investigaciones que
-la solicitan.
-
-Fuertes son los quebrantos que la zagala llora, no lo niega don Miguel;
-pero no es de criaturas cristianas el abandonarse al infortunio en
-estéril desesperación, olvidando la suma bondad de _Aquel que tiene
-cuenta con los pajaricos y provee a las hormigas, y pinta las flores, y
-desciende hasta los más viles gusanos_.
-
-Esta prometedora evocación remueve con empuje milagroso las moribundas
-fibras de una esperanza. ¡Pues no había olvidado _Mariflor_ aquellas
-frases tan dulces y sabidas! Con su recuerdo acuden en tropel los de
-la madre muerta y las lecciones aprendidas en su regazo; y un soplo
-inmenso de ternura levanta los sombríos pensamientos de la moza.
-
-Lumbres de la excelsa piedad que alcanza a las hormigas y a las flores
-y busca a los gusanos entre el polvo, despiertan con su luz todas
-las piedades dormidas en el triste pecho de la enamorada. Y ya en la
-torrentera de la juvenil pasión, corren con las amarguras del férvido
-caudal muchas compasiones para cuantos seres tiemblan en las ramas
-del fracaso y del vencimiento, como aves castigadas por la lluvia en
-adversa noche: enternecida bajo la piadosa corriente de un dolor menos
-áspero, _Mariflor_ escucha lo que va contando el sacerdote.
-
-No es cierto que las noticias de América sean tan malas como ha
-entendido el simple de _Rosicler_: aunque el tío Isidoro no mejora, los
-temores sobre su enfermedad no son definitivos, y los médicos opinan
-que la vuelta al terruño quizá operase en el enfermo una beneficiosa
-reacción.
-
-Cuanto al viaje del rapaz, su tío le juzga conveniente, porque,
-inútil Isidoro para el trabajo, le hace falta a Martín en el tenducho
-una persona de su confianza. ¿Que Pedro es un niño? Más niños y sin
-protección alguna emigran otros infelices: es necesario avezarse a la
-lucha por la vida y resistirla desde la niñez.
-
-Tampoco es una desgracia nueva que trabajen a jornal Ramona y su
-hija. ¿Qué más tiene el surco propio que el ajeno, si exige el mismo
-trabajo, le riega una misma fuente y el beneficio que reporta sabe a
-pan moreno de una sola mies?... ¡Un poco de orgullo sacrificado es cosa
-tan pueril cuando se piensa que «nuestras propiedades» lindan con el
-cementerio!...
-
-Quiere don Miguel consolar a _Mariflor_ y se esfuerza en aducir
-consideraciones de ultrahumana filosofía; pero en el fondo de sus
-graves palabras, solloza con tal ímpetu la tragedia del páramo, que se
-descubre, arisca, la visión de los añojales, fecundos por el terrible
-esfuerzo de las mujeres, confundidos con la tierra común preñada de
-despojos, florecida de cruces y de nombres.
-
-Y el pecho de la enamorada palpita con tan humanos afanes, tan seducido
-por las aficiones a la vida y los anhelos de la transitoria felicidad,
-que el pobre corazón se retuerce mártir y convulso, loco de pena entre
-las lindes pálidas del cementerio y de la mies.
-
-Sin embargo, es preciso pensar continuamente en los grises caminos
-que deslindan «arrotos» y sepulturas. ¿Qué dice el heredero del tío
-Cristóbal? ¿Arrebata la hacienda de la familia Salvadores? ¿Se muestra
-piadoso?...
-
-Sí; pues aunque Florinda lo dude, es cierto que Tirso se ha presentado
-espontáneamente a don Miguel para decirle que prorroga hasta Navidad
-los préstamos otorgados a la tía Dolores.
-
-—¡Hasta Navidad!... ¡Qué raro es eso! ¿Hablaría Antonio con él?
-
-No contesta el párroco a esta pregunta, pero de sus frases, vagas,
-colige Florinda que no ha sospechado mal. Entonces un atrevido
-pensamiento la conforta: ¡si el primo fuera remediando los apuros de la
-familia hasta las Navidades!
-
-Siempre sería ésta una ventaja para todos; además, en cinco meses,
-¡pueden ocurrir tantas cosas!...
-
-En seguida salta la imaginación de la joven a la más urgente de las
-deudas familiares; ¿habrá pagado Antonio las cuatro mil pesetas
-al cura? Trata Florinda de averiguarlo con dolorosa timidez, y el
-sacerdote la interrumpe inquieto y persuasivo:
-
-—No me debéis nada—murmura—; ni un céntimo; ya lo sabe Antonio.
-
-—Pero la boda se aproxima...
-
-—Tengo en el bolsillo las pesetas.
-
-Como parece que la joven duda, don Miguel desdobla un fajo de billetes
-que lleva guardados encima del corazón, y cuenta muy despacio la
-interesante cantidad.
-
-Aún no se aclara el entrecejo de la niña; la nube que le oscurece
-persiste inquietadora, porque la hazaña de recuperar aquel dinero le
-tiene que haber costado al cura un sacrificio, una humillación, quizá
-un bochorno. Pero el bienhechor niega, sonríe: ¿Y si se lo hubieran
-regalado?... ¡Vaya con la aprensiva!
-
-—Usted dijo que a un pobre le era casi imposible lograr ese
-préstamo—aduce _Mariflor_ acongojada.
-
-—Yo suelo equivocarme algunas veces, y tú eres una visionaria que
-estás conspirando contra tu salud a fuerza de atormentarte; basta para
-afligirnos la situación de la pobre Marinela. Conque, hija mía, a
-vivir... y a esperar.
-
-—¿En quién?—prorrumpe ávida la moza.
-
-—¿Y me lo preguntas?
-
-—Sí; ya lo sé: ¡en Dios únicamente!...
-
-La incertidumbre que interrogó desde los ansiosos labios se condensa
-en un gesto de cansancio profundo. Atosigada por las vicisitudes del
-Destino, siente Florinda muy lejana la ayuda de Dios, muy alto el
-cielo, en inabordable confín, y harto duros en la tierra los desiertos
-del olvido cruel. Nostalgias de una felicidad imposible crecen en el
-colmado corazón, con apremios tan vivos, que todas las piedades y las
-ternuras se encogen relajadas bajo la explosiva fuerza de un solo
-anhelo.
-
-Y audazmente, sin escrúpulos ni rubores, con absoluta necesidad de
-asirse a un hilo de esperanza para poder vivir, pregunta la niña:
-
-—¿No sabe usted nada, nada «de él», ni una palabra siquiera?
-
-—¡Ni una palabra!—responde el cura con indefinible tono, lleno a la
-vez de piedad y acusaciones. Advierte en seguida que su respuesta corta
-como un puñal, y ve a la sentenciada palidecer y levantarse al filo de
-la rotunda negativa.
-
-Un violento espasmo sacude la fuerte juventud de _Mariflor_, crispa en
-sus labios el pesar una sonrisa helada, y tiembla en sus ojos un ramo
-de locura.
-
-La convulsión de aquella pobre vida y el estrabismo del torturado
-entendimiento, piden un socorro eficaz: pero, buscándole con la más
-compasiva solicitud, sólo encuentra don Miguel revulsivos y cauterios
-que, fundentes, contribuyen a derretir los caudales de bondad
-constreñidos en el robusto corazón.
-
-—Tu padre te escribe—anuncia, fingiendo que no siente ni descubre
-aquel martirio—. Aquí está la carta.
-
-Como la moza no tiende su mano a la misiva y continúa vacilante en los
-trágicos límites de la demencia y el desaliento, añade el cura:
-
-—Tu padre sufre y trabaja por ti; es menester que le confortes.
-
-—¡Ah, mi padre!—exclama ella como un eco de lejanos cariños y
-palabras antiguas.
-
-—Sí; él, que sólo vive para volver a verte... Y Marinela... ¡escucha!,
-Marinela se muere pronto si no la cuidas tú.
-
-—¿Se muere?
-
-—¡Claro; nadie la socorre!
-
-—¡Virgen santa!...
-
-El párroco ya sabe que el alma de Florinda se resistirá a sucumbir
-ante el dolor; la ve arrastrarse hacia la derrota, fascinada por el
-abismo de la pena, tornar luego sumisa a los requerimientos del deber;
-apagarse, encenderse al soplo de corrientes misteriosas, como una
-llama recia y combatida. Él la espera, la busca, y asiste conmovido al
-ardoroso combate sentimental.
-
-Pero la infeliz combatiente descubre el acecho de otra alma y se
-esconde, replegada en sí misma, con el supremo recato de los más
-íntimos pesares. Y el cura, al fin, ignora qué propósitos triunfan
-en la conciencia de _Mariflor_, mientras ella se despide con el aire
-pasmado, llevándose la carta.
-
- * * * * *
-
-Desfallecen las luces del crepúsculo, y la noche se levanta en el
-llano; le parece a Florinda que el silencio cae como una gran oscuridad
-sobre la aldea.
-
-Unos niños juegan al «columbón» en la explanada, pero se columpian sin
-hablar ni hacer ruido, y con el propio secreto cunde la cancioncilla de
-la fuente, gota a gota.
-
-El pobre hogar que la enamorada encuentra, está sombrío y silencioso,
-lo mismo que Valdecruces. Ella lo pisa con atroz angustia, mas a poco
-de acostumbrarse al taciturno ambiente oye cómo también una lágrima
-horada este silencio, manando, a hilo, como la fuente de la calle: es
-la voz humilde con que Marinela suspira. Al segundo reclamo de esta
-gota de pena, siente _Mariflor_ un formidable sacudimiento en todas las
-fibras de su alma, y corre hacia el plañido suave.
-
-—¡Estás sola!—compadece, dando a sus palabras una profunda entonación
-de caridad y desagravio.
-
-—¡Ah, eres tú!—responde la enferma con todo el brío de su acento
-débil.
-
-Y en el abrazo con que se unen en la sombra las dos primas, hay la
-dulce solemnidad de una reconciliación.
-
-—¿Dónde está la abuela? ¿Y los niños?—dice la recién llegada, como si
-volviese de un viaje, sin ánimos para preguntar por las esclavas de la
-mies.
-
-—La abuela... por ahí. Los rapaces contentos porque mañana les darán
-vacaciones.
-
-—Y tú, ¿no estás mejor?
-
-—Al contrario... Pero agora dicen que la hechicera hace igual de
-ensalmadora, y que puede curarme.
-
-—¿La tía Gertrudis?
-
-—¡Velaí! Si ella me hizo el daño, que me lo quite.
-
-—Antes tú no creías esas patrañas—protesta Florinda.
-
-Luego se estremece al recordar que ella también las ha creído:
-¿cuándo?... Una vertiginosa sucesión de imágenes la conturba.
-
-—¿Cuándo?—repite—. ¿En otra vida? ¿En sueños?...
-
-No; aquella misma tarde, bajo la realidad siniestra de la desgracia.
-
-Medrosa de hundirse en los suplicios del amoroso padecer, quiere
-Florinda esclavizarse a otras emociones que la subyugan el corazón.
-Enciende el candil y busca en el rostro de la enferma y en la estancia
-miserable el tangible drama familiar. Necesita poner las manos en el
-palpitante dolor, en la carne lacerada y febril; necesita escuchar
-llantos y gritos, sentir repugnancias y miedos, hasta ahogar las
-secretas desesperaciones en una borrachera de amarguras.
-
-Y lo consigue en parte. Marinela, muy blanca, muy tenue, sin poder
-soportar la impresión de la luz, echa sobre las pupilas el lívido
-velo de los párpados y sonríe enseñando unos dientes iguales, un poco
-amarillentos; su cara infantil se transfigura bajo la corona violenta
-de los cabellos esparcidos y vedijosos, y un conjunto indefinible
-de alegría y de quebranto presta a las dulces facciones singular
-expresión. El lecho, desaseado y hundido, parece un roto bajel, donde
-la mozuela sentenciada boga con lentitud hacia la siniestra orilla.
-En los rincones del dormitorio emergen sombras y miasmas, y cuando
-Florinda alza el candil para juntar en una sola visión todas las
-tristezas presentes, alumbra una imagen de Cristo, moribundo en la cruz.
-
-—Si no es la bruja, ¿quién nos persigue?—balbuce Marinela, recogiendo
-el reproche de su prima. Y ésta, sugestionada por el pálido Crucifijo
-que se le aparece como emblema del más sublime dolor, pregunta a su
-vez.
-
-—¿Siempre estuvo aquí esta efigie?
-
-—Siempre.
-
-—Ahora la veo...
-
-Bajo el corpiño de la muchacha cruje un papel, quizá empujado por el
-tumbo fuerte del corazón que aviva sus emociones. Ella posa la luz en
-el suelo y despliega impaciente la carta de su padre. De hinojos, para
-mejor alumbrar su lectura, confirma en los renglones amados cuanto
-dijera don Miguel; pero añade a lo ya sabido algunos descubrimientos
-que la envuelven en su fatal pesadilla de la boda con Antonio.
-
-El ausente, lleno de cariño y de inquietudes, trata a _Mariflor_ como a
-una niña; quiere dejarla en libertad para elegir esposo, y oculta mal
-sus temores de que no acierte a lograrlo con serena disposición. En los
-consejos que la envía rebosan inconscientes las antiguas esperanzas de
-los desposorios con el primo. «Es honrado y bueno, muy traficante; la
-ayuda que su capital pudiera prestarnos, sería en estas circunstancias
-definitiva para todos». Esto escribe el señor Martín sin conocer aún la
-crítica situación de su madre.
-
-Luego, contestando a las confidencias de la joven, desliza entre
-palabras recelosas el sentimiento de una contrariedad:
-
-«Esa gente de pluma—repite como un eco de todos los pareceres
-maragatos—no me inspira confianza; suelen ser hombres andariegos,
-imaginantes y lucidos, muy artificiosos y escasos de intereses; en fin,
-hija mía, aconséjate mucho del señor cura y que Dios nos auxilie».
-
-Al través de todo el pliego, un hálito de alarma y de tristeza confunde
-a la lectora: el padre se duele de no mandar «posibles», de no tener
-con qué realizar el viaje de Pedro ni la repatriación de Isidoro. Y la
-nublada frente de la niña se dobla con desmayo sobre la carta, como si
-la venciese el agobio de otra nueva responsabilidad.
-
-Mientras Florinda leyó, fué Marinela haciéndose a la luz amortiguada
-desde el suelo, y levantó los párpados poco a poco: el perfil de su
-prima, trazado por la sombra con gigante dibujo, llenaba la pared y
-tocaba en la techumbre.
-
-Sonrió la enferma, alegre de encontrar la figura gentil de sus
-ensueños, difundida como por milagro en todo el mezquino gabinete,
-y deslizóse a orilla de la cama para verla en realidad. Pero un
-sobresalto la trastorna cuando descubre la carta entre los dedos
-temblones de _Mariflor_. ¿Será del forastero? ¡No parece que está en
-romance!... ¡Y si fuera de «él»?...
-
-Todas las perturbaciones y las incoherencias con que la zagala se
-consume en inaudita pasión, se agolpan a los descoloridos labios para
-balbucir aquella pregunta. Va a derramarse el ávido acento lo mismo que
-un roto caudal de incertidumbres, y al borde sonoro de la palabra se
-asustan de repente las emociones silenciosas de la niña. Tanto aprendió
-a esconderlas, en el tiempo que vive encerrada con sus incógnitos
-pesares, que le han crecido las sombras y los temores alrededor de los
-pensamientos y ya el instintivo recato de su alma se cierra, oscuro
-para siempre, en la propia timidez y confusión. Al levantar Florinda
-los ojos, dócil a la penetrante consulta de otra mirada, ve Marinela
-como en un espejo el desastre interior de aquella vida tan hermosa,
-y le tiende los brazos en caritativo impulso de socorro. Menguada y
-triste es la esperanza que ofrecen desde la navecilla del dolor unos
-remos tan frágiles, mas en ellos se apoya con gratitud Florinda, y
-levantándose firme, con ellos se abraza, sostenida en el naufragio de
-la felicidad.
-
-—¿Quién nos persigue?—clama otra vez Marinela entre sollozos—. Y
-como su prima no responde, añade:
-
-—La bruja es también sortílega, adivinadora, ¿entiendes?... ¡Vamos a
-pedirle que nos ayude!
-
-_Mariflor_ desciñe sus brazos en torno de la enferma, y señalando en la
-pared al Cristo, murmura inspirada:
-
-—No: ¡a Este!...
-
-[Illustration]
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-[Illustration]
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-XVIII
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-LA HEROICA HUMILDAD
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-ARROJADAS como dos náufragos a los rigores de la suerte, Olalla y
-Ramona siegan sus panes y los ajenos, hacen gavillas y manojos,
-_acerandan_ y criban, mueven el trillo, el bieldo y el _calomón_.
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-Ningún fiero trabajo se resiste a la necesidad y al brío de estas
-mujeres silenciosas y duras, imperturbables. Si Olalla desfallece un
-minuto, ebria de calor y de esfuerzo, su madre la sostiene y aguza con
-unas sílabas certeras, rápidas como un latigazo:
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-—¡Aguanta!—balbuce roncamente.
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-Y la moza, bajo el violento acicate de este sordo grito de guerra,
-endurece sus músculos y esclaviza su voluntad como una veterana
-obrera de la mies. Con tan buenas disposiciones, abundan los jornales
-para entrambas, cuando la propia labor les permite aceptarlos, y el
-desvalido hogar navega a remolque de las bravas remadoras.
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-_Mariflor_ secunda estos afanes con la más ardiente solicitud; su
-dolor, reconcentrado y prisionero, yace sin rebeldías, cargado de
-cadenas en el fondo del alma juvenil.
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-Pero en la valentía con que la muchacha se yergue sobre su desventura,
-de frente a la existencia, late el humano propósito de vencer
-al Destino a fuerza de abnegación. Encauzado el tumulto de sus
-desolaciones, manso ya el torbellino de sus pensamientos, Florinda ha
-fijado los ojos en Dios con suprema esperanza; pretende conseguir del
-Cristo moribundo, en memoria de su excelso martirio, una revocación de
-la sentencia que la confina en Valdecruces, sin amor y sin pan, bajo
-el cruel dilema de una boda repugnante o de una miseria definitiva y
-horrible.
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-Aún confía en el hombre amado, aún le defiende contra las acusaciones
-de la realidad. El frío silencio que la persigue con presunciones de
-abandono se lo explica como un castigo de la tardanza y resistencia con
-que acude a los brazos abiertos de la Cruz.
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-Exigente consigo misma, ansiosa de purificarse en el tamiz de todas
-las virtudes para merecer la divina compasión, se acusa de no haber
-compadecido bastante, de no haber rechazado aversiones y repugnancias
-con diligente voluntad; quiere ahora poner sus sacrificios a la
-altura de sus anhelos, y se debate en tremendas luchas, porque todos
-los dolores le parecen poco finos y apurados para subir por ellos
-a la soñada cumbre, y con tales sutilezas se desarrolla su nativa
-sensibilidad, que ya teme asomarse al huerto por no interrumpir el
-canto de los pájaros y levanta las zarzas del camino para no herirlas
-con el pie.
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-Al influjo de tan extremada compasión, un poco enfermiza y delirante,
-adquiere la casona de la abuela un cariz de blandura, humano y dulce.
-La enamorada realiza prodigios de orden y habilidad en torno suyo;
-están los niños más aseados y alegres; el menaje más enderezado y
-compuesto, y hasta la abuelita menos torpe y abrumada. Sobre todo,
-Marinela es quien más plenamente recibe los favores de esta ternura que
-invade el hogar como suave regolfo de una marejada asoladora.
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-Para traer al médico, luego de saldar la antigua cuenta, Florinda
-registró su baúl de ciudadana, y, al cabo de muy tristes y secretas
-negociaciones, obtuvo de la sobrina del cura el dinero preciso en
-cambio de algunas chucherías que sedujeron a la muchacha.
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-La propia _Mariflor_ fué a Piedralbina con las siete pesetas, y a la
-tarde siguiente el médico llamó con mucha solemnidad en casa de la tía
-Dolores, después de atar a la vilorta del huertecillo las bridas de un
-jaco semejante al de Fabián Alonso.
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-Joven, endeble y taciturno, el facultativo parecía tan necesitado de
-asistencia como poco amigo de prestarla. Comenzó por renegar de la
-lobreguez de la alcoba adonde le condujo _Mariflor_, y acabó por decir
-que examinaría a la paciente cuando para ello dispusiera de aire y de
-luz.
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-—La casa es grande—vociferó enojado—; ¿no encuentran ustedes más que
-un escondrijo oscuro para esta criatura?
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-La abuela se santiguó llena de asombro. ¡Andanda con el mediquín nuevo;
-oscura la alcoba, después de haber comprado una vela de las finas para
-cuando él llegase!
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-Sintió _Mariflor_ mucha vergüenza por lo mismo que le pareció evidente
-la justicia con que se censuraban las condiciones del aposento, y
-prometió sustituirle al punto por el mejor del edificio.
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-Un poco amansado el médico, pulsó a la niña, le miró los ojos y la
-lengua, preguntó antecedentes de los progenitores, y, después que la
-anciana, con el auxilio de _Mariflor_, hizo un dificultoso relato de
-muertes prematuras, recomendó a la enferma sanos alimentos, un tónico
-de la botica y baños progresivos de sol.
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-Despidióse maravillado de la inteligencia y el interés conque Florinda
-le escuchaba, dando señales de comprenderle, y cuando volvió, al cabo
-de dos días, halló en mitad de la sala el lecho de Marinela, aireado y
-a plena luz.
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-No costó poco trabajo subirle allí; tuvieron por loca a quien lo
-proponía, y sólo a fuerza de obstinadas solicitudes logróse al cabo la
-piadosa intención.
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-—¿Un catre en la sala?... ¡Válgame Dios; ya no me queda más que
-ver!—había respondido la abuela a las primeras indicaciones de
-Florinda, las cuales produjeron igual asombro en las otras mujeres.
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-Después de agotar la valerosa enfermera todos sus convincentes
-argumentos, comenzó Olalla a mostrarse indecisa.
-
-—¡Si es necesario!...—insinuó.
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-Ramona, siempre con su aire de bestia parda, alzó los hombros en
-indefinible actitud. Y Marinela confortó su cuerpo con el sol y las
-brisas, mientras la tía Dolores se hacía cruces.
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-Para conseguir los sanos alimentos y traer el tónico de Astorga,
-volvieron la necesidad por un lado y por otro la codicia, a establecer
-secretas relaciones entre el baúl de _Mariflor_ y los armarios de la
-maestruca.
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-De rodillas, inclinada con desconsuelo sobre los despojos de sus
-tiempos felices, buscó la pobre muchas veces algo que cambiar por
-dinero. Y poco a poco, la ropa blanca, el rosario de coral, el bolsillo
-de piel, las cintas y los adornos señoriles, fueron con mucha cautela a
-pulir el equipo de la novia. Como todo ello eran frivolidades de valor
-escaso, Florinda dejaba tímidamente que la generosidad de Ascensión
-pusiera el precio. Y Ascensión, poco escrupulosa, influída por el
-espíritu mercantil de la raza, fué abusando cada vez más de aquellos
-apuros y llegó a poseer casi entero el humilde tesoro de su amiga. Ya
-no le quedaba a ésta más recurso que el reloj de su madre; era de oro,
-de una sola tapa, lindo y pequeño.
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-Postrada ante el cofre exhausto, contemplaba la niña su joya con
-terrible perplejidad. Hubiera querido no sentir hacia ella un apego
-entrañable, no estremecerse con profunda emoción mirando la saetilla,
-parada en las tres, como recuerdo de una trágica hora.
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-Varias veces, aquel mismo día, salió el estuche rojo de su escondite,
-llevado y traído por una mano trémula: _Mariflor_ quería ofrecérselo
-a la novia y sonreir valiente al realizar el nuevo sacrificio. Pero
-ante sus ojos, turbios de llanto, la vira del reloj temblaba como dedo
-convulso que señalase con infinita pena una dulce memoria próxima a
-extinguirse.
-
-En vano la joven apelaba a sus firmes propósitos de someterse bajo el
-purgativo dolor con ánimo eficaz; en la sedosa red de sus pestañas
-tejía el humano sentimiento una niebla entre el alma y la Cruz...
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- * * * * *
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-Marinela ha mejorado un poco. Tempranito, antes que abrase el día, baña
-su débil pecho en los rayos milagrosos del sol. La pócima confortante
-y las comidas, apetitosas algunas veces, la van fortaleciendo; se
-levanta, sale al colgadizo cuando la tarde se dulcifica, y percibe sin
-cesar el tónico de las brisas puras.
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-El médico ha ordenado que duerma sola, con el balcón abierto; pero
-ella, lo mismo que su hermana, temen a la noche libre como a emboscado
-enemigo, y Florinda tiende su colchón al lado de la enferma para
-infundirle ánimos; ambas reposan a pleno aire, al amparo de la luna,
-con estupefacción de cuantos vecinos conocen este nuevo sistema de
-curar.
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-De él se duele Ramona cada vez con más ostensible disgusto; ha querido
-oponerle resistencia, pero las súplicas de Florinda obran milagros hace
-algún tiempo en aquella singular mujer. Cuando se le acerca la joven
-a solicitar su permiso para alguna cosa, reprime un movimiento duro,
-esconde la torva decisión de su mirada, y suele decir:—Bueno—alzando
-los hombros con su acostumbrada indiferencia—. Sin duda, evoca el
-aviso de don Miguel: «Florinda no tiene madre; ¡acuérdate!
-
-Desde que la muchacha se ocupa con humilde abnegación del hogar y de
-los niños, y especialmente de Marinela, diríase que acentúa Ramona
-aquella pasiva tolerancia con que recibe cuanto de Florinda procede.
-No pregunta de dónde saca ella dineros y entusiasmos para mimar a su
-prima; supone vagamente que el párroco la ayuda por compasión, y finge,
-como Olalla, no comprenderlo, algo confundidas ambas entre flojos
-estímulos de vanidad y gratitud...
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-Hoy _Mariflor_ arrostra muy azorada el pálido mirar de la madre; es
-menester adquirir un nuevo frasco de medicina, que vale cinco pesetas.
-Lo dice así de pronto, seguido, para no amedrentarse demasiado.
-
-—¡Cinco!—balbuce Ramona.
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-Su ronca voz, sin inflexiones, rueda sombría.
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-—Malas artes dañaron a la rapaza—murmura—. Y muy peor será acudir
-a fabulaciones de ciudades para ponerla buena. Con darle boticas y
-cuchifritus, acostarla a la santimperie y tenerla a todas horas a las
-clemencias del cielo, no se consigue desfacer el hechizo de la bruja.
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-—¡No crea usted en hechicerías!—ruega _Mariflor_ tímidamente.
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-Pero Ramona, exaltándose, arguye:
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-—¿Voy a creer que es Dios el que me comalece los rapaces y el
-esposo, me rebata la hacienda y me tosiga en la sumidad de todos los
-trabajos?... ¡No lo tengo merecido! Dios es justo y no puede consentir
-que unos gocen de mogollón y otros pujen todas las pestilencias de la
-vida.
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-Palidece la doncella, creyéndose alcanzada como otras veces por el
-despecho de las alusiones, pero la mujerona, mirándola de frente como
-no acostumbra, adulce todo lo posible el desabrimiento de su voz, y
-añade:
-
-—Tú eres una párvula sin hiel y no conoces al diablo.
-
-Suspensa _Mariflor_ ante la benigna frase, atrévese a profundizar con
-la mirada en los ojos propicios de Ramona, y le parece sentir cómo se
-rompe el hielo del explorado corazón, y un arroyo de ternura rueda
-escondido en él...
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-Están de sobremesa las cuatro mujeres de la casa, después de cenar.
-Alcanzaron permiso los rapaces para correr un rato al fresco de la
-noche, y ellas parecen detenidas por una involuntaria laxitud.
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-El cansancio y la tristeza ponen su languidez amarga sobre aquellas
-actitudes de indecisión y cortedad; el humo las envuelve y el silencio
-las colma de profunda melancolía.
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-Abre la abuela en prolongando bostezo su desdentada boca, y la voz
-suave de Florinda insiste:
-
-—Marinela sanará si seguimos cuidándola...
-
-Ramona interrumpe sordamente:
-
-—No sana, como la bruja no la ensalme.
-
-—¡Pero si está mucho mejor!... ¿Verdad, Olalla?
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-La aludida se estremece lo mismo que si volviera de un desmayo o
-despertara de un sueño. Hay que repetirle la pregunta y explicarle el
-asunto de la conversación; sólo entonces dice con vaga certidumbre:
-
-—La meiga puede sanarla.
-
-—¡Por Dios!... La tía Gertrudis no es meiga. ¿Tú también vas a dudarlo?
-
-Se encoge de hombros la maragata rubia, igual que suele hacerlo su
-madre. Parece que las sensaciones delicadas son ya desconocidas para la
-moza, como si con los músculos y la voluntad se le hubiese endurecido
-el corazón, palpitando sobre la mies.
-
-Ramona espabila el candil, junta impaciente los regojos de pan en un
-pico de la mesa, y no pudiendo contener el ímpetu de las indignaciones
-que la obligan a moverse, prorrumpe:
-
-—¿Conque no es meiga la tía Gertrudis?... ¿Cómo padeces tú el aojo de
-la su visita, si no en la salud en tantas de cosas?... ¿Quién trujo al
-forastero trufaldín y te aquerenció con él?... ¿Quién te ofusca para no
-reamar a un pretendiente de la garrideza de Antonio?... ¡Ay, rapaza;
-afánate por tu prima y verás lo que consigues, si no logras trincar la
-intención que nos ofende!...
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-No solía Ramona componer tan largos discursos; su voz, escandecida,
-tiñóse de emocionante desconsuelo, cuando añadió:
-
-Yo bien conozco el daño que Marinela padece; por eso fuyo de oyirla
-balitar como un corderín, con la secura en la boca y en los ojos la
-medrosía... Pedido hube su curación al Santísimo por los alzamientos
-del cálice; pero Dios, con ser tan compasionado, permite que Lucifer
-conjure contra el pobre manojuelo de mis entrañas...
-
-Extinguióse la burda queja en un sollozo, y el busto de la madre se
-inclinó hacia la orilla de la mesa; algunas lágrimas cayeron sobre los
-mendrugos de pan.
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-—¡No llore!—murmuró Florinda traspasada de compasión—; ¡no llore!
-Dios no deja que el Diablo dañe a los suyos, estoy segura de ello; lo
-aprendí en sermones y libros: lo dice don Miguel.
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-Ramona movía la cabeza con incredulidad, reprimiendo el llanto.
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-—¿Y quién busca el dinero de las medicinas?—dijo al fin, como si
-se diese a partido—. Sus ojos enigmáticos se posaban en la moza con
-inquietud.
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-Ella se ruborizó, y muy emocionada, pensando en su relojito, repuso:
-
-—Yo buscaré lo suficiente para algunos días; pero ya se me acaba el...
-la... el medio de encontrarlo.
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-Suspiró la mujer con alivio, sin mostrar desconfianza, admiración
-ni curiosidades; secóse los párpados con la punta del mandil, y
-comunicativa como jamás lo estuvo, dijo:
-
-—Mañana van las de Fidalgo a Astorga, y como no tenemos cabalgaduras,
-yo había pensado que Olalla fuese con ellas a vender unos palombos; la
-prestarían compaña y montaje, y ocasión de mercar zapatos para que los
-críos no nos avergüencen el día de la fiesta; pero nos han ofrecido a
-las dos jornal.
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-—Yo iré—apresuróse a decir _Mariflor_, inspirada en un doble
-propósito.
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-Admitida inmediatamente la promesa, Ramona tuvo que gritársela a su
-hija:
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-—¿Te duermes o pasmaste?—voceó adusta.
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-—¡Estoy cansa!—lamentó sin bríos la infeliz.
-
-—¡Pobre!—dijo Florinda entrañando el acento.
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-Y un gato flacucho y pintojo lanzó a la mesa elocuentes maullidos...
-
-La imagen desfallecida de Olalla persiguió a _Mariflor_ toda la noche
-como un punzante remordimiento; ¡ella también debía salir al campo,
-jornalera y labradora sin condiciones, lo mismo que su prima!...
-
-Aun en las blandas horas en que el sueño ata las existencias y las
-somete a su apacible dominio, velaban los pesares de la joven ocultos
-en las sombras del reposo, para erguirse más crueles a la luz de la
-realidad, cuando la víctima despertase.
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-De tal modo iba ella robusteciendo sus ánimos contra el dolor, que
-después de sobreponerse al cobarde anhelo de morir, se lanzaba a
-padecer, delirante de heroísmo. Convertida en lavandera y hortelana, la
-señorita melindrosa comía el rancho del hogar sin aparente esfuerzo,
-mostraba un buen talante a todos los reveses de la pobreza, y se dolía
-de no haber pagado su tributo de sudor a la mies. Pero la seguridad
-de marchitarse aspada en el potro del trabajo, le causaba terror; ya
-le parecía sentir en su florido cuerpo el menoscabo de la belleza, la
-invisible garra del sacrificio hundiéndole en el rostro las facciones,
-borrando la tersura y la sonrisa de la juventud. Hasta en la raíz
-de los cabellos percibía la moza el temblor de tales amenazas: una
-crispatura y un frío que acaso la hiciera encanecer.
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-Como dormía sin que durmiese su dolor, despertábase algunas mañanas
-con el espanto de las pesadillas, creyéndose ya desjarretada y mustia,
-igual que tantas infelices de Valdecruces.
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-Así recela hoy mismo, y una invencible zozobra la empuja hacia el
-espejo. Entre las nubes del cristal resplandecen los veinte años
-con tales promesas, que la medrosa no puede menos de sonreir. Se
-aproxima al azogue donde irradia la imagen, busca bien en sus rasgos
-la hermosura y descubre la piel fina un poco tostada por el sol, las
-ojeras teñidas por la preciosa untura de las lágrimas, la boca grave
-y dulce, profundo y noble el duelo de los ojos, todo el semblante
-embellecido con gracias y tristezas.
-
-En el nublado espejo de la tía Dolores tembló la luz de una mirada
-agradecida, que, al volverse luego, descubrió a Marinela con los ojos
-clavados en el Cristo moribundo, ya inseparable compañero de la niña
-doliente.
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-Avergonzada _Mariflor_ por el contraste que ofrece su frívola consulta
-con aquella otra, acude hacia su prima, hunde la cara entre los brazos
-de ella para disimular el sonrojo, y pregunta:
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-—¿Rezabas?
-
-—Eso mismo.
-
-—¿Por quién?
-
-—Por ti.
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-—¡Dios te lo pague!
-
-La enferma alisa blandamente los cabellos de _Mariflor_, que de pronto
-balbuce:
-
-—¿Tengo canas?
-
-—¡Josús, mujer!... ¿Canas a tu edade?... Tienes un pelo tan largo y
-amoroso que da gusto cariciarlo.
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-—¿Sabes que voy a Astorga a vender los pichones?—dice Florinda,
-incorporándose para acabar de vestirse.
-
-—¿Tú? ¿Pues cómo?
-
-—Anoche ya estabas durmiendo cuando lo dispusimos: tu madre y Olalla
-tienen hoy jornal.
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-—¿Y quién me cuida?
-
-—La abuela.
-
-—¡Ay, no quiere que me bañe el pecho al sol; se duerme, riñe o llora!
-
-—Yo vuelvo al anochecer. Te traeré la medicina y yemas escarchadas
-sólo para ti: son de mucho alimento.
-
-—¿Pero sabes el camino?
-
-—Voy con las de Fidalgo.
-
-—Entonces verás a las clarisas... ¡Dichosa tú!
-
-—¿Sientes la vocación otra vez?
-
-—¿Otra vez?—repite Marinela encendida como una rosa.
-
-—Creí que ya no te acordabas del convento.
-
-—Acordarme, sí...—murmura la enferma con tan balbuciente seguridad,
-que _Mariflor_ la mira llena de asombro: ve que hace esfuerzos para
-contener el llanto, se acerca a consolarla, y el incógnito dolor de
-aquel pecho herido estalla en sollozante crisis.
-
-—¿Qué tienes? ¿Por qué lloras? ¡Dime, dime tus penas!
-
-La sin ventura no responde; gime anhelante, y Olalla sorprende a las
-dos primas juntas, en un abrazo tristísimo.
-
-—¿La despedida os hace duelo?—prorrumpe atónita. Sin esperar la
-contestación, añade:
-
-—Aquí están los palombos: diez parejas.
-
-Y coloca sobre la cama un escriño pequeño, donde las aves cautivas se
-revuelven temblorosas.
-
-Florinda acaricia a Marinela, que procura serenarse y que poco después
-se queda sola frente al balcón abierto, lanzando sus miradas, húmedas
-aún, desde la agonía de Cristo a la serenidad resplandeciente de las
-nubes.
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-[Illustration]
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-[Illustration]
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-
-XIX
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-EL CASTIGO DE LOS SUEÑOS
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-BIEN acogida _Mariflor_ por las viajeras, tuvo asiento propicio en las
-anchas jamugas de la novia, mientras la madre de ésta asilaba a los
-pichones en su mulo, prometiendo venderlos ella misma, más artera en
-estos negocios que la niña ciudadana.
-
-—Tú, en cambio—le dijo—, acompañas a Ascensión, faceis compras y
-visitas, que ya la boda está adiada y no hay que descuidarse con los
-encargos y los aconvidos...
-
-El cielo, muy tocado de arreboles, anunciaba un día bochornoso, y las
-amazonas se proponían llegar a la ciudad antes de que arreciase el
-calor, para volver a Valdecruces con la fresca.
-
-Iba la novia hablando con mucho empaque de los obsequios que había
-recibido y de los que aún esperaba: mantellinas con recamos, medias de
-seda, lienzos y estofas, anillos, pendientes y collares; ¡le faltaba un
-reloj!
-
-Sintió Florinda triste sobresalto allí donde llevaba oculta la alhaja
-de su madre, al lado del corazón. Había resuelto vender el relojito
-en Astorga para evitarse el pesar de verle en manos ajenas, y la
-humillación de seguir pidiendo mezquinos favores entre gente conocida.
-De pronto, considera que es preciso hacerle a la novia un regalo, un
-regalo que debe extremarse como prueba de gratitud a don Miguel: y el
-deseo expresado por Ascensión le parece un providente aviso contra el
-propósito de hurtar la preciada joya a las ilusiones de la maestruca.
-Teme que haya poca generosidad en el intento: recuerda con pesadumbre
-su baúl vaciado en los cofres de la amiga a cambio de una menguada
-limosna; pero aquella amiga fué antes dulce y noble con _Mariflor_, la
-recibió en triunfo en el pueblo, colmándola de atenciones, cediéndola
-homenajes que ella sola disfrutaba. Y ahora mismo la lleva al lado
-suyo cogida por el talle con blandura, la mira y la sonríe confiada y
-amable, aunque un poco embaída con su próspera suerte.
-
-Segura de que en casa de la abuela no habrá un lindo regalo para
-Ascensión, va cediendo Florinda al bondadoso impulso de ofrecerle el
-relojito que oculta. Al instante se confunde, reflexionando: ¿cómo
-entonces comprará lo que Marinela necesita?
-
-Mejor le parece vender la joya, sumar el dinero con lo que valgan los
-palomos, y después de adquirir los menesteres para la enferma y los
-zapatos de los niños, comprar también el obsequio para la desposada.
-Tendrá que separarse de sus amigas con disimulo antes de hacer la
-venta. Entrará en una relojería y... ¿cómo va a decir cuando le
-pregunten: ¿qué desea usted?
-
-Un aturdimiento penosísimo le embarga: oye apenas el palique animado
-de Ascensión, procura sostenerle, y teme, al hablar, que el transido
-acento delate las interiores cuitas.
-
-Compadeciendo el propio infortunio, en el alma opulenta de _Mariflor_
-se desborda una gran ternura que sube a los pelados serrijones, corre
-por llecas y cambronales, y unge de lástima los abietes ariscos, las
-mustias amapolas, los matojos humildes, todo el vago confín de las
-veredas blanquecinas.
-
-¡Qué tristes son estos senderos solitarios! Arden y huyen al través
-de pasturajes descoloridos y de rediles temblorosos, sin escuchar la
-sonatina de una fuente ni percibir el aroma de una flor. Persíguelos
-Florinda con mirada soñadora: parece que van a derramarse en la
-infinitud de los horizontes para seguir corriendo a la insondable
-eternidad, sin rumbo ni destino. Pero advierte que algunos,
-deslizándose entre sebes y hormazos, se confunden a la par de una aldea
-en los firmes renglones de una mies y mueren en los surcos, rectos y
-hondos, como trazo de una ferviente plegaria dirigida hacia Dios.
-
-Al descubrir en el erial estas conmovedoras señales de esperanza y
-trabajo, la niña triste lanza su imaginación por las llanuras de la
-fantasía, y alentada supone que ya está cerca el premio de su martirio.
-Quizá Antonio se decide a portarse bien con la abuela; quizá aquella
-misma tarde llegue a Valdecruces el esperado aviso de la felicidad: una
-carta detenida por azares que nada tengan que ver con la ingratitud y
-el desamor.
-
-Harto encendido el día en resplandores, tocan en la ciudad las
-maragatas: intérnase la madre por el callado laberinto de las rúas, y
-no se detienen las mozas hasta la puerta del convento. Habían tomado un
-camino vecinal junto a la milagrosa ermita del Ecce Homo; dieron desde
-allí en el puente del Gerga, rozaron la Fuente Encalada, y por «el
-reguero de las monjas» posaron en el umbral de las clarisas.
-
-Después de un patio silencioso, encuentran dos portalones bajo las alas
-del edificio, grande y pesado: se adelantan por uno de ellos, llaman al
-torno con suaves golpecitos, y al cabo de prolija explicación les hacen
-bir a la «Reja pequeña», un locutorio humilde con apretada celosía.
-
-La novicia de Oviedo, amiga de Ascensión, recibe con otra monja a las
-maragatas. A poco llegan unos señores preguntando por la abadesa, y
-aparece la Madre Rosario, fina y dulce, sonriendo en el nimbo de su
-manto virginal.
-
-De un lado y otro de la reja se forman dos grupos susurrantes, y
-_Mariflor_, un poco aislada, escucha, distraída primero, interesada al
-fin, el relato con que la abadesa satisface la curiosidad de la visita.
-
-—Sí—murmura—, a mediados del siglo trece, una clarisa del convento
-de Salamanca, oriunda de Astorga, vino a fundar aquí. Poco después,
-el muy alto y respetable señor don Álvaro Núñez de Trastamara, donó a
-la Comunidad este edificio, que en aquella época lucía muy hermosas
-proporciones y elegante arquitectura, y que hubo pertenecido con su
-templo y aledaños a los ilustres caballeros de Alcántara.
-
-Habla la Madre con sentida y reposada voz, su figura se yergue
-majestuosa entre los pliegues blancos del ropaje; eleva los ojos,
-suspira y prosigue:
-
-—Reyes y próceres de otras centurias concedieron tantos favores a
-esta santa Comunidad, que nuestra casa pudo llamarse _Real Convento_;
-en testimonio de tal honor conservamos un escudo con castillos y
-leones sobre la vivienda del capellán, y en nuestro archivo, bulas y
-documentos de esclarecida memoria para la fundación.
-
-Al otro lado del locutorio decae la charla bajo el dominio que ejerce
-el suave acento de la abadesa.
-
-—¡Qué lista debe de ser!—alude la maestruca mirándola con arrobo.
-
-Y la novicia responde llena de orgullo:
-
-—Viene de alto linaje: una antepasada suya fué canóniga de la Catedral
-de León.
-
-—¿De verdá? ¿Pueden ser canónigas las mujeres?
-
-—En tierras de Castilla, sí.
-
-La monja que presenciaba la visita quebrantó su grave silencio
-argumentando con mucha erudición:
-
-—El noble señorío de Villalobos goza, como los reyes, privilegio de
-canonicato, que por falta de sucesión varonil recayó un tiempo en la
-condesa doña Inés, ascendiente de nuestra Madre.
-
-Por mandato de la cual, sin duda, abrióse de pronto una puertecilla
-para que los visitantes pudiesen admirar un bello claustro de arcadas
-góticas, bañado en suavísima luz.
-
-—Es lo único que del antiguo edificio conservamos—dijo la abadesa—;
-en el fondo está el jardín; todo ello pertenece a la clausura.
-
-De la extraña claridad sin tonalidades, trascendía exquisito perfume
-de rosas y jazmines, cándido aliento del misterioso vergel; aromas y
-resplandores invadieron el locutorio con deleite; y penetrada Florinda
-por la singular impresión, dícese codiciosa:
-
-—¡Qué bien estaría aquí la pobre Marinela!
-
-Aún responde la Madre Rosario a preguntas de los caballeros:
-
-—Trastamaras y Osorios—encarece—han sido nuestros más cabales
-protectores; al primero debe la Comunidad, entre inmensas mercedes,
-el reguero que desde hace siglos viene desde Fuente Encalada a calmar
-nuestra sed; todos los días pedimos a Dios por el ánima del insigne
-castellano.
-
-Como si la blandura de la evocación hubiese tenido mágico poder, un
-hilo de agua rompió a cantar en el misterio del jardín. Le acordó la
-Madre con su cristalino acento para responder a los señores visitantes:
-
-—Nuestra regla es de mucha pobreza y humildad; comemos de vigilia todo
-el año y usamos ropa interior de lana muy gorda, tejida en San Justo...
-
-Cerróse lentamente el postigo recién abierto, y extinguidos la luz, el
-aroma y el rumor que desde el claustro seducían como ilusiones de otro
-mundo, vibraron las últimas palabras de la abadesa en la austeridad
-penitente del locutorio.
-
-Un instante después las dos niñas maragatas recobraron su mulo en el
-umbral del convento y buscaron las calles céntricas de Astorga, que,
-amodorrada al sol, yacía soñolienta y muda.
-
-Iba _Mariflor_ leyendo los rótulos de las tiendas sin hallar aquel
-que temía y deseaba. Cuando hicieron alto en un almacén de tejidos de
-la rúa Antigua, Ascensión, sentada cómodamente, titubeando infinitas
-veces antes de elegir, parecía dispuesta a no levantarse nunca. Con
-el pretexto de ir a la botica, logró la de Salvadores dejarla allí,
-perpleja entre nubes de holandas. Y sola ya en la calle, tomó un rumbo
-al azar, encomendándose a Dios.
-
-Antes de salir de Valdecruces había puesto Florinda en marcha el
-relojito para romper la inmovilidad de aquella manecilla implacable,
-siempre evocadora; le sentía latir junto a su corazón y le dolía en el
-pecho acerbamente aquel tenue latido.
-
-Anduvo apresurada, dobló una esquina y luego otra, registrando carteles
-comerciales, hasta que en una vidriera vió algunos relojes de acero
-entre dijes y gargantillas. Al otro lado del cristal, en menguado
-tenducho, un hombre de triste catadura la recibió sorprendido:
-
-—¿Qué desea usted, joven?
-
-Un gato negro levantó perezoso la cabeza y un enjambre de moscas zumbó
-en torno a la pregunta.
-
-—Deseo—balbució la muchacha turbadísima—vender este reloj.
-
-Tras un prolijo examen de la joya, el comerciante dijo receloso:
-
-—¿Cuánto pide por él?
-
-—Sesenta pesetas.
-
-—Si quiere quince...
-
-—¡Ah, no!—protestó indignada la infeliz. Y casi arrebatando su tesoro
-de las manos extrañas, lanzóse de nuevo a la aventura por las calles.
-
-Guardaba el relojito entre los dedos convulsamente apretados, y
-parecíale sentir en la sangre trasfundido el pulso de metal, como si
-otra vida se derramara en la suya. Todo el ímpetu de los recuerdos
-latía doloroso en las potentes venas de la moza, bajo aquel doble
-ritmo; ternuras maternales, goces de la niñez y florecidas esperanzas
-del amor, cegaron con visiones de imposible felicidad los dulces ojos
-de la viajera.
-
-Como llevaba el paso indeciso y extasiado el semblante, los escasos
-transeuntes la miraban curiosos. Ella seguía vagando sin rumbo,
-repitiendo con mecánica obstinación los nombres de las calles: la
-_Redecilla_, la _Culebra_, _Santa Marta_, _Plaza del Seminario_,
-_Puerta Obispo_... allí se detuvo sin saber por qué, y quedóse mirando
-fijamente al escudo de una casa antigua y señorial. Era el blasón
-aparatoso; en campo de gules esplendía un castillo flanqueado por
-torres de sable; dos águilas de oro sujetaban una cartela, que decía:
-
- _Soy morena, pero hermosa._
-
-Varias veces leyó la muchacha el mote, con aquella porfía maquinal
-interpuesta como una nube entre sus actos y sus pensamientos.
-
-Bajo el dintel macizo de la portalada aparecieron unas damiselas con
-sombreros de moda, abanicos y quitasoles. Mirándolas Florinda recordó,
-como un tiempo muy distante, sus años de burguesa ciudadana con arreos
-pueriles y melindrosas costumbres.
-
-Las señoritas, al perder la frescura del portal, comenzaron a darse
-aire con mucho ahinco. Entonces _Mariflor_ cayó en la cuenta de que el
-bochorno la mortificaba, pero continuó detenida, releyendo con absurda
-tenacidad:
-
- _Soy morena, pero hermosa._
-
-De pronto la llamaron:
-
-—¡Eh, rapaza, _Mariflor_! ¿qué haces ahí?
-
-La hermana de don Miguel esperaba atónita, contemplando a la niña.
-
-Ella, al volverse, quedó un momento confusa, y al cabo acertó a decir:
-
-—Pues buscaba una botica y me he perdido... Ascensión está en un
-almacén de la rúa Antigua comprando telas...
-
-Conforme y calmosa, preguntó la maragata:
-
-—¿Gustábate el escudo?
-
-—Sí.
-
-—Era de un corregidor perpetuo de toda la provincia, consejero del rey
-y mayorazgo tan haberoso, que al morirse dejó mil misas añales por su
-ánima.
-
-—¡Ah!...
-
-—Y escucha: ya que te encontré aquí, sube tú a llevar a doña Serafina
-estos dos pichones de parte de mi hermano.
-
-—¿Cómo?...
-
-Explicó la mujer que doña Serafina, una astorgana linajuda, era esposa
-del actual dueño de la casa, ambos excelentes amigos de don Miguel,
-quien les debía grandes favores.
-
-—Solemos ofrecerles alguna fineza—dijo—y agora pensé guardar para
-ellos, a cuenta mía, tus más llocidos palombos... dejé el mulo en la
-posada y aquí los traigo... pero me da mucha cortedad subir.
-
-Ocultó Florinda su joya y, tomando del escriño las aves, entró en el
-portal diciéndose:
-
-—Estos señores deben ser los que le han facilitado al cura la dote de
-Ascensión.
-
-Quedó sorprendida al encontrarse en un claustro, antiguo y apacible
-como el del convento, alrededor de un jardín. Siguiéndole, halló la
-escalera principal, y al cabo de la misma una puerta franca donde llamó.
-
-Poco después, por la ancha galería tendida sobre el claustro, se
-adelantó una dama hermosa y morena, a tono con el mote de su escudo.
-Bajo los negros rizos de la frente resplandecían con singular fulgor
-los bellísimos ojos de aquella señora.
-
-—¿Preguntabas por mí?—dijo con acento afable y triste.
-
-Segura de que hablaba con doña Serafina, _Mariflor_ le entregó los
-pichones de parte de don Miguel Fidalgo.
-
-Las azoradas avecillas lanzaron el columbino temblor de sus ojuelos de
-una a otra mujer, y ambas sintieron, con inefable ternura, palpitar
-entre sus manos aquellas vidas cándidas y medrosas.
-
-Bañado en suave luz cenital yacía el corredor en muda calma, y una rosa
-que se asomaba en él desde el jardín, parecía doblegarse al peso de una
-idea.
-
-También Florinda se inclinó de repente para decir con súbita
-inspiración:
-
-—¿Quisiera usted, por casualidad, comprarme este relojito?
-
-Y mostróle, tan afanosa y conmovida, que la dama dijo al punto:
-
-—¡Será un recuerdo!
-
-—De mi madre...
-
-—¿Cómo te llamas?
-
-—_Mariflor_ Salvadores.
-
-—¡Ah, eres tú!—pronunció la señora, avizorando con sabia dulzura el
-encendido rostro de la joven—. Aguarda—añadió, desapareciendo en la
-galería.
-
-Volvió al instante, y sobre el reloj que alargaba la moza, puso un
-billete de cincuenta pesetas, murmurando:
-
-—Guarda tu recuerdo, y éste para ti, en nombre de una niña que se
-muere.
-
-—¿Hija de usted?
-
-Respondieron unos ojos llenos de lágrimas, y los labios mudos de la
-madre rozaron en silenciosa despedida la frente de _Mariflor_.
-
-Duró la escena breves minutos, alucinantes y peregrinos.
-
-Al verse en la escalera otra vez, el escudo, el mote y la dama hubiesen
-girado en la imaginación de Florinda igual que fantásticas visiones, si
-el generoso billete no la ofreciera una sensación de realidad. Quiso
-contemplar en él un augurio feliz y despertar a los presentimientos
-venturosos, mas se detuvo, escuchando unas voces crueles y tranquilas,
-fatales como el destino.
-
-Bajaba un criado detrás de la joven y subía una doncella, que
-recatadamente le preguntó:
-
-—¿Conoces a ésa?
-
-—Es una pobre maragata de Valdecruces: la señorita le ha dado limosna.
-
-Y Florinda, con el corazón derribado, abatió la frente una vez más,
-humilde al castigo de los sueños...
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-XX
-
-DULCINEA LABRADORA
-
-
-YA crece agosto, rubio en los centenos, azul en las nubes, cándido en
-el aire: el sol abrasa, el viento perfuma; están dormidas las fuentes,
-despiertas las dalladoras y animado Valdecruces como nunca lo suele
-estar.
-
-Es que han venido los hombres; cruzan reposadamente las anchurosas
-calzadas y las callejas hostiles, en paseos y visitas de anual
-conmemoración, y cuando el día languidece, se asoman un poco a los
-abrasados caminos de la mies.
-
-En estas rondas pausadas, algo serias, suelen ir juntos los paisanos
-recién venidos; hablan a un mismo tono sereno y amigable, no discuten
-ni se alteran jamás, como si para ellos no tuviese problemas la vida ni
-dobleces el corazón.
-
-Por encima de los carrillos colorados y de las bocas sonrientes, al
-confortable calor de las sosegadas digestiones, los buenos maragatos
-miran a Valdecruces con seráfica beatitud. Olvidaron su dolorosa
-infancia de pastores o motiles, de escolares con la ruín troja al
-hombro, siempre camino de Piedralbina, entre soles o nieves, acosados
-por la miseria del hogar. Y aceptan hoy, como tributo merecido, que el
-pueblo se vista de gala para hospedarles, que las esposas y las hijas
-les respeten como siervas, y que los niños les huyan con saludable
-miedo, como a la suprema representación de la Autoridad y del Poder.
-
-Durante la magnífica semana de la fiesta Sacramental, sólo en la fecha
-culminante del día 15, el clásico «día de Agosto», se suspenden en
-Valdecruces las labores del campo.
-
-No importa que en cada corral las plumas de las aves anuncien
-holocaustos festivos; las mujeres se multiplican para servir
-regaladamente a los hombres en sus casas y para segar y recoger en las
-mieses los centenos maduros.
-
-Como si el aguijón del servilismo se les hundiera en la carne más
-brioso que nunca, fuerzan las maragatas el impulso mecánico de sus
-energías, exaltan la pasiva corriente de sus humillaciones, y en un
-absoluto renunciamiento a toda beligerancia social, se quedan al margen
-de la vida, fuertes, ignorantes, insólitas, ofreciendo a «los amos»,
-con el más primitivo de los gestos serviciales, la visión placentera
-de los hijos criados y felices, de la mesa servida y colmada, del
-campo fecundo y alegre: las apariencias de estas horas decorativas
-y relumbrantes llenan a los maridos de orgullo entre los forasteros
-invitados.
-
-De Astorga, de León y de otras ciudades más lejanas acuden siempre
-algunos curiosos a las típicas fiestas de Maragatería, y son alojados
-con singular esplendidez en las casas más pudientes de cada población.
-Las comilonas se suceden entonces con frecuencia y abundancia
-increíbles; las cocinas pierden su medrosa oscuridad, iluminadas
-por «ramayos» crepitantes, y detonan y esplenden como volcanes;
-sacrifícanse allí vacas enteras, aves a montones, lechoncillos y
-corderos; los manteles no se levantan, no reposan los jarros de vino ni
-se disipa el humo de los cigarros.
-
-Al través del continuo festín, atraviesa la maragata como una sombra
-providencial; a todo atiende: sirve, corre, huye asustadiza, recatando
-bajo las alas del pañuelo su invencible rubor. Aún suele quedarle
-tiempo aquella tarde para _amorenar_ en la mies o echar a remojo las
-_garañuelas_ en el regato campesino. Y no dejará de asistir a la
-verbena ataviada con su vestido más lujoso, grave, muda y bailadora, en
-actitud de ejercer una profesional obligación...
-
-Este agosto en Valdecruces se suma a los festejos oficiales, los que se
-celebrarán en la boda de Ascensión Fidalgo, y la pobre aldea, acosada
-por el calor de la llanura y arrostrando con brazos femeninos los rudos
-trajines de la recolección, se aturde sorprendida por el sacudimiento
-del placer...
-
-Las de Salvadores no esperan convidados ni preparan festines; callan y
-sufren, trabajando con furiosa actividad que arrebata a _Mariflor_ y la
-empuja una tarde a la mies.
-
-Ya Marinela se puede quedar sola: baja a la cocina, sale al corral y al
-huerto, cose y atiende un poco a los niños. El médico la supone curada:
-hace recomendaciones de higiene y alimentación, y al despedirse asegura
-que se debe a la enfermera aquel triunfo. Con la salud retornan los
-místicos anhelos de la niña, encaminados y crecientes hacia el convento
-de Santa Clara. Y la madre sigue encogiéndose de hombros: no fía mucho
-en la robustez ni en la vocación de la mozuela.
-
-De América no escriben; el párroco evita, compasivo, los interrogadores
-ojos de _Mariflor_, a los cuales no sabe qué decir, y ella apura
-silenciosa las crueles desesperanzas, dejándose caer en la mansedumbre
-secular de aquella vida que la va absorbiendo.
-
-Cuando sube al grado máximo la fiebre labradora de las mujeres, ya en
-torno de las fiestas, hasta la tía Dolores hace gavillas, anda Pedro
-muy afanoso, de motil, y _Mariflor_ dice resueltamente a Olalla:
-
-—Esta tarde voy a la era contigo.
-
-—¿A trabajar?
-
-—¡Claro!
-
-No pareció sorprenderse mucho la maragata rubia.
-
-—Bueno—responde saliendo del _estradín_, donde aguardan la hora del
-jornal.
-
-—Esa tocha—indicó Marinela cuando vió salir a Olalla—no está en sus
-cinco desde el arribaje de Antonio.
-
-La madre, que dormitaba en una silla, alzó el rostro para decir con
-acento desabrido:
-
-—Y tú, ¿criarás verdete por non fablar?
-
-—Es que _Mariflor_ no debe ir a la trilla—responde la mozuela con
-pesadumbre.
-
-—¡Ella lo quiso!—exclama Ramona de mal talante.
-
-Y remanece Olalla, advirtiendo que ha pasado la tregua del medio día.
-
-Camino de la mies se adelanta la madre con brusca precipitación. Olalla
-y su prima salen detrás cogidas del brazo.
-
-—¿La abuela no viene?—pregunta _Mariflor_ disimulando su angustia.
-
-—No viene: acerbará en la troje.
-
-—Y nosotras, ¿qué hacemos?
-
-—Pues como ya todo está segado, juntaremos gavillas en manojos, ¿sabes?
-
-—Nada sé; tú me enseñarás.
-
-Se crece Olalla algo jactanciosa:
-
-—Sí, mujer; aprendes en un volido. Mira: agora vamos a la arada
-del _Gatiñal_, donde ayer estuvimos engavillando madre y yo. Con las
-garañuelas, que son cañas de centeno remojadicas y amorosas, atamos las
-gavillas en manojos y las amorenamos en un montón.
-
-—¿En una «morena»?
-
-—¡Velaí! De allí se cogen para cargar los carros; y en la era se hacen
-con la mies pilas muy grandes, hasta que se trille: ¿nunca lo has visto?
-
-—Nunca. Y aunque mi padre me lo explicaba, confundo las memorias.
-
-Una nube de pena oscurece la frase, haciéndola temblar. Olalla se anima
-y prosigue:
-
-—Es que las majas llevan muchas labores: luego de tender los manojos,
-desfacerlos y echar el trillo, se dan bien de vueltas hasta que se
-pone la corona a la trilla. Después hay que atroparla con el calomón,
-ponerla en parva, hacerle la limpia con los bieldos y acerandarla con
-los cribos.
-
-—¿Así se recoge?
-
-—Sí; medímoslo en cuartales de seis heminas, bien limpio de granzas
-y de coscojo, y ya tenemos pan seguro. En l’intre van juntando otras
-obreras la paja que sirve para cuelmo y la menuda que se llama bálago...
-
-Recuerda _Mariflor_ estas lecciones con profundo pesar: le sonaron
-un tiempo a dulcísima parábola llena de símbolos felices, y ahora le
-punzan la carne y el espíritu como anuncios de miseria y esclavitud.
-
-En el campo anchuroso halla la moza borrados los fugaces senderos de
-otros días. Las hoces, al segar la mies, tendieron por el llano una
-alfombra rubia y caliente que reverbera al sol.
-
-Blando soplo de viento besa la cara de las labradoras. Olalla se
-recoge, oteando los confines del paisaje con inteligente curiosidad, y
-anuncia:
-
-—Corre una bufina mansa que ayuda mucho a los bieldos en la era.
-
-—Luego sonríe y añade:
-
-—Hoy no acongoja tanto la calor; tienes suerte, rapaza.
-
-Viendo que Florinda no contesta aún, dice alentadora:
-
-—Y quizabes esta noche dormamos en la trilla toda la mocedad.
-
-—¡Ah! ¿Sí?
-
-—Es la costumbre.
-
-—¿Pero no lo dejáis para la última jornada?
-
-—Según: hay que facerlo cuando están aquí los hombres, y en pasando
-el día de agosto, ya marchan. Estamos a 13 y mañana es la boda; conque
-tiene que premitirse bien aina.
-
-Tocan la arada del _Gatiñal_, y trémula _Mariflor_, pregunta de repente:
-
-—Dime, Olalla, dime; oye: ¿tú quieres a Antonio?
-
-—¿El primo?
-
-—Sí: ¿le quieres... con amor?
-
-—¡Mujer!
-
-—¡Contesta!
-
-—No te entiendo.
-
-—¿Te gustaría ser su esposa?
-
-—Con mis padres no pactaron los suyos: ¡la elegida eres tú!
-
-—Pero, ¿serías feliz si te eligiese?
-
-Una súbita emoción encendió a Olalla el semblante: quizá en el reino
-milagroso del entusiasmo brillaron para ella los únicos resplandores de
-su vida.
-
-Pasó como una ráfaga el dominio de aquella claridad, sobre la placidez
-oscura de la moza, que se detuvo, miró a Florinda con los ojos vacíos
-de ilusiones, y respondió solemne:
-
-—Todos seríamos felices si tú le quisieras elegir.
-
- * * * * *
-
-Se deslizó clemente la tarde, según Olalla había previsto. La mansa
-«bufina» de los llanos de León pasó amable por las mieses y aligeró
-los bieldos en la era, con regocijo de las trilladoras.
-
-Ligeras nubes tremolaron en el firmamento como nuncios de una pálida
-noche, y antes de sonar la hora del reposo ya se dió por seguro que la
-mocedad cenaría en el campo y dormiría «a la rasa», en cumplimiento de
-su fiesta bucólica, celebrada siempre con las solemnidades de un rito.
-
-Fueron llegando algunos hombres solteros y casados que, muy benévolos,
-ayudaron con galante solicitud a las últimas faenas de la tarde.
-Quién se entretuvo en rematar una parva, quién manejó las tornaderas
-o las maromas del _calomón_, y hasta hubo arrestados varones que se
-atrevieron a conducir desde la mies a la era descomunales carros de
-«seis en pico»: reinó allí la fraternidad más apacible y acarició el
-ventalle de los bieldos muchas dulces sonrisas de mujer.
-
-El descanso fué alegre: sobre el respeto y el rubor con que las
-maragatas trataban a los hombres, puso la anchura de los campos un
-generoso perfume de libertad, que desentumeció un poco las almas
-femeninas.
-
-La cena, copiosa y rociada con abundante vino, acabó de infundir
-cordiales sentimientos entre el concurso, sin quebrantar el humilde
-_vos_ con que las mujeres hablaban a sus esposos.
-
-Pareció a los maragatos forastera la niña ciudadana de Salvadores,
-miráronla con escondida curiosidad, que fué creciendo al advertir el
-mutismo de la moza, triste y pasiva, precisamente cuando el raro placer
-de la confianza quería dar en Valdecruces su transitoria flor.
-
-Murmuróse que la tristeza de Florinda había nacido con la ausencia de
-un señor «escribiente», prendado de la rapaza en extraño suelo. Se
-atribuyó también aquella visible pesadumbre a la situación económica de
-la familia, presa en apuros que nunca se pudieron suponer.
-
-Enlazados con las de Salvadores por vínculos de sangre y lazos de
-antigua vecindad, todos en aquel día de expansión hubieran sentido
-impulsos compasivos hacia los arruinados parientes, cuyas adversidades
-tenían que ser más duras para la forastera, crecida en regalada
-juventud.
-
-Pero mediaba Tirso Paz, asegurando que la tía Dolores levantaría su
-quebrantada hacienda cuando en el próximo diciembre se celebrase
-la boda de sus nietos Antonio y _Mariflor_, ya que el novio estaba
-conforme con servir de sostén al derrumbado hogar; su reciente viaje
-parecía confirmarlo así. Decíase que había pactado con el señor cura
-las bases de un arreglo definitivo en los asuntos de la abuela, y
-que Tirso entraba como acreedor en aquel previo ajuste, aplazado
-para realizarse a la par de la boda. Y estos rumores, tan propicios
-al bienestar de la niña, se estrellaban contra su actitud visionaria
-y doliente; no cabía en la espesura de aquellos espíritus la sutil
-posibilidad de que _Mariflor_ rechazase un matrimonio que tales
-beneficios reportaría a ella y a los suyos.—¿Estará picada de la bruja
-como la otra rapaza?—se había dicho en Valdecruces más de una vez.
-
-Ahora, en la fiesta, los hombres miran con respeto aquel rostro mudo y
-ardiente, como ninguno esquivo; el soberano dolor que irradia, infunde
-admiración por su penetrante claridad, desconocida en este país de
-sombríos dolores.
-
-Cuando la flauta y el tamboril acuden a completar el holgorio, nadie
-insiste cerca de _Mariflor_ para que baile, y a la orilla se queda sola
-y meditabunda, sin que la danza respete a ninguna otra mujer.
-
-Allá van todas, lentas y obedientes, muchas sin ganas de bailar,
-destrozados los cuerpos en la brega del campo, escondidas las almas
-sabe Dios en qué recónditos pesares. Se han reunido en la era desde
-las mieses, y el tamborilero recluta a las más rezagadas, como atrajo
-a los hombres, mozos y viejos: danzan en caprichosos giros llenos de
-gravedad y de pudor, cada maragato con dos o más mujeres, quizá porque
-la emigración y la ausencia han convertido en uso una necesidad.
-
-Cae la noche: alta y cumplida la luna, cela entre nubes el disco
-rutilante y difunde su luz con recatados matices.
-
-En una pausa del tamboril, rasga los aires el bárbaro cantar que un
-mozo entona, sin gracia ni malicia:
-
- «Si quieres tener femias
- en tus rebaños,
- un marón sólo dejes
- de pocos años...
- Si quieres que la casa
- non se te queme,
- limpia el sarro a la priula
- todos los meses...»
-
-Vibra alguna zapateta, acompañada del _ru-jú-jú_ potente, el céltico
-grito, perpetuado al través de las generaciones españolas, y
-languidecen cada vez más las cadencias del «corro» y la «entradilla»,
-hasta que el baile se extingue y la gente se dispone a dormir.
-
-Pocos bailadores desfilan camino de sus casas, y la mayoría del
-concurso busca reposo en la era, ancha y mullida como enorme lecho
-nupcial.
-
-Si en él duermen las hijas con las madres es porque la costumbre lo
-establece, no porque lo necesite el buen decoro de aquella casta
-juventud. A ningún marido se le ocurre vigilar a su mujer, y cada cual
-se tumba por su lado, con el más impasible humor.
-
-Ramona, que bailó tiesa y huraña hasta el último instante, es de las
-primeras en hallar cómoda postura y permanecer inmóvil, quizá rendida
-al sueño. Ella y Olalla no temen a la noche libre, hoy que la tradición
-les mulle un dorado mantillo en el terruño.
-
-Allí cerca reposa Florinda con los miembros lacerados y el alma
-zozobrante: apenas consigue sonreir a _Rosicler_, que solícito la
-ofrece una almohada de oloroso bálago. Hizo esfuerzos heroicos para
-disimular su torpeza de labradora novicia, y la tortura de sus músculos
-rebeldes al sufrimiento. Y ahora se aturde bajo los golpes de su
-corazón, henchido de lágrimas, constreñido y apremiante, como si fuere
-a romperse.
-
-No sabe cuánto tiempo trasueña, enervada por el cansancio. Oye cerca de
-sí un ronquido, y a poco dice tímida una mujer:
-
-—¿Estades bien, señor?
-
-Es la hija del tío Fabián, que habla a su esposo, recién llegado de la
-Coruña. Él no responde, y Florinda vuelve a sumirse en su angustiosa
-laxitud.
-
-Despierta y delirante se figura reposar en el tren, enfrente de unos
-ojos profundos que la penetran y sacuden hasta las entrañas.
-
-Es tan brusca la turbación con que la joven se estremece, que bajo
-su cabeza se desmorona el menudo acervo de la trilla. Perdido el
-blando apoyo, álzase lastimada, y sin moverse contempla el singular
-espectáculo de aquel pueblo fuerte y joven, áspero hasta en el sueño:
-duerme un hijo de Tirso Paz de espaldas a su novia Maricruz; la de
-Alonso, a los pies de su marido; lejos del suyo, la del tío Rosendín, y
-divorciadas de igual suerte todas las parejas unidas por compromisos y
-bendiciones.
-
-No hay en el silencioso campamento, delante de Florinda, un corazón que
-sufra, un afán que despierte ni una esperanza que se agite.
-
-Las parvas enhiestan en alto como hacia las nubes, entre cuyos girones
-aparece la luna desconsolada; de lejano pesebre llega el mugido de
-una res en celo, y la desvelada moza bebe insaciable el dolor de la
-soledad, más triste que nunca entre el sordo latido de aquellas vidas
-y el aroma de aquellos frutos. Entonces siente crecer el peso de las
-trenzas en los hombros; en los párpados, la lumbre de la pasión,
-y en las mejillas el carmín de la salud: una fragancia de besos le
-sube hasta los labios desde el corazón, ebrio de ternuras, y toda su
-mocedad, exaltada por el sentimiento, vibra y arde bajo la encubridora
-noche.
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-XXI
-
-SIERVA TE DOY...
-
-
-ROTO ya el pálido celaje, apenas brillaron las estrellas de la mañana
-salió el tamborilero a tocar el _Mambrú_ al través de las dormidas
-rúas, anunciando alegremente el día de la boda.
-
-Por deferencias y respetos a don Miguel, se convino, aunque el novio
-era viudo, en prescindir de la clásica cencerrada y celebrar los
-desposorios con el solemne ceremonial que la costumbre ha convertido en
-ley. Y desde muy temprano, algunos vecinos madrugadores atravesaban el
-pueblo, en traje de fiesta, para formar la comitiva, bien armados los
-hombres de escopetas y trabucos.
-
-Máximo, el novio, había llegado la víspera, procedente de Gijón; traía
-orondo equipaje, con las últimas «donas» para la desposada, dulces y
-licores para los próximos banquetes.
-
-Luego de confesar y examinarse de doctrina, separáronse los prometidos;
-ella se encerró en su casa y él fuése a la de su allegado Fermín
-Crespo, trajinante en Pontevedra, jefe de familia en Valdecruces.
-
-Un hijo de este mercader y un nieto del tío Cristóbal—ambos solteros,
-por ser la condición indispensable—fueron designados en calidad de
-íntimos del contrayente, para «mozos del caldo», especie de gentiles
-escuderos al servicio del novio. Facunda Paz y Olalla Salvadores eran
-damas de la novia, también «mozas del caldo», de cuyo pomposo remoquete
-pudo _Mariflor_ evadirse, no sin algunas porfías.
-
-Cuando los nuevos redobles del tamboril anunciaron la hora del
-almuerzo, llegó a casa de don Miguel un bizarro gentío, la flor y nata
-de Valdecruces y no pocos vecinos comarcanos. Para todos había lonchas
-de jamón, pavo, perdices, truchas y vino añejo, amén de otros manjares
-y escogidos postres.
-
-Duró hasta las once de la mañana este primer festín, a cuya
-terminación, la madrina—una maragata de rumbo—prendió en la cabeza de
-la novia fuerte manto de severo color, caído hasta los pies sobre el
-lujoso vestido del país.
-
-Comenzaron a tocar las campanas, y los hombres siguieron a Máximo,
-que siempre envuelto en una capa enorme, aparentó ir en busca de la
-bendición paternal. Simulada esta ceremonia, ya que el mozo no tenía
-padre, volvieron sobre sus pasos entre salvas nutridas, y a la puerta
-de don Miguel anunciaron con acento muy grave:
-
-—Venimos a cumplir una palabra empeñada.
-
-—Cúmplase norabuena—repuso la madre de Ascensión.
-
-Y en el umbral, puesta la moza de hinojos, recibió las maternales
-bendiciones.
-
-El séquito varonil partió delante; detrás avanzaron las mujeres,
-silenciosas, con intachable compostura; los «mozos del caldo»,
-dispuestos a correr hasta nueve arrobas de pólvora, dirigían las recias
-descargas de los trabucos.
-
-Para lucirse mejor en el paseo, anduvieron todos a lo largo de la calle
-y dieron vuelta por una donde tenía la parroquia otro portal. Allí
-esperaba revestido el sacerdote, que permanecía en el templo desde que
-muy temprano administró a los novios la comunión. Estaba don Miguel
-pálido y triste; no quiso asistir al almuerzo, y suplicó le dispensaran
-también de la comida, pretextando no hallarse muy bien de salud.
-
-Comenzó el acto religioso en la cancela, apretados los contrayentes
-por la curiosidad del público no invitado, que tomaba posiciones
-horas hacía. Como el atrio era pequeño, muchos testigos se quedaron
-fuera, y la calle, resplandeciente de colores y de sol, ofrecía en
-toda su esplendidez una gallarda nota regional; finos paños, sedosos
-terciopelos, brocateles y tisús, habían salido del fondo de los cofres
-y esponjaban al aire su belleza, mucho tiempo cautiva.
-
-Entre la mocedad estaba _Mariflor_, trasojada y nerviosa, deshaciéndose
-en amargura bajo el rumboso atavío. Iba apoyando a Marinela, poco firme
-en su primera salida de convaleciente.
-
-Mientras sudaban los novios con el despiadado abrigo de la capa y el
-manto, las mozas, al son de castañuelas y panderos, rompieron a cantar:
-
- «Ya te sacaron la Cruz
- de plata, para casarte;
- delante del sacerdote
- ya tu palabra entregaste.
- Las arras y los anillos
- que llevas, niña, en la mano,
- son las cadenitas de oro
- que te están aprisionando...»
-
-A cada movimiento de las cantadoras, un vaivén de arrequives y
-flocaduras, un relumbrón de filigranas y corales se ufanaron en la luz.
-
-Encima de la torre, sin temor al bullicioso concurso, las cigüeñas
-adiestraban a los hijuelos en sus primeras aventuras por el aire;
-giraba el macho en torno de las crías, con una presa en el pico,
-instigándolas a seguirle, y la madre volaba también alrededor de ellas,
-más abajo, para sostenerlas en sus alas si cayesen.
-
-Penetró la boda en el templo. Y cuando en él buscaban Marinela y
-Florinda un banco donde sentarse, les hizo lugar una vieja con mucha
-solicitud. Era la tía Gertrudis, encogida y humilde. Su voz, al rezar,
-parecía un gemido; su pobre catadura inspiraba compasión.
-
-Sobre el grupo que formaban las niñas y la vieja cayeron como un rayo
-los ojos de Ramona, pero no se atrevían las muchachas a moverse;
-celebrábase ya el Santo Sacrificio, y ellas fijaron su atención en el
-altar, reverentes y devotas.
-
-El «Resucitado» le pareció a Florinda más muerto que nunca, con su
-lívido rostro lleno de sangre y la punzadora diadema sobre las sienes:
-tenía en una mano la Cruz, y en la otra, que señalaba triunfante al
-cielo, le habían colocado un ramuco de flores contrahechas. Quiso
-la joven rezarle con calor y confianza, como otras veces; pero un
-pesimismo envolvía sus pensamientos en espesas nubes, y las mustias
-rosas de trapo, alzadas por el Señor con gesto desfallecido, le
-causaron infinitas ganas de llorar...
-
-La flauta y el tamboril acompañaron el canto de la misa, y la
-elevación fué señalada con formidables estampidos de pólvora.
-Iniciadas las últimas oraciones, deslizáronse al portal las «mozas del
-caldo»—señaladas con mandiles verdes—seguidas por las demás solteras
-para ofrecer nuevos cantares a los novios:
-
- «Sal, casada, de la Iglesia,
- que te estamos aguardando
- pa darte la norabuena,
- que sea por muchos años.
- Estímala, caballero,
- bien la puedes estimar:
- otro la pidió primero,
- no se la quisieron dar.
- Estímala, caballero,
- como una tacita de oro,
- que ya tienes mujer buena
- para que te sirva en todo...»
-
-Los cónyuges aparecieron en la lonja parroquial, sudorosos,
-acongojados, y allí mismo se apartó Máximo de su esposa para irse con
-los hombres a _correr el bollo_.
-
-A pesar de lo cual, las muchachas, siguiendo al femenino cortejo de
-Ascensión, cantaron optimistas, con mucho repique de castañuelas:
-
- «Por esta calle a la larga
- lleva el galán a su dama;
- por esta calle arenosa,
- lleva el galán a su esposa.
- Voló la paloma
- por cima la oliva;
- vivan muchos años
- padrino y madrina.
- Voló la paloma
- por cima la fuente;
- vivan muchos años
- todos los presentes.
- Ponei, madre, mesa,
- manteles de hilo,
- que viene tu hija
- con el so marido...»
-
-Encontró la joven en el umbral de su puerta dos sitiales
-enguirnaldados, y, por si nadie supiese el destino de ellos, advirtió
-muy oportuna la copla:
-
- Sentaivos, madrina,
- en silla florida;
- sentaivos, casada,
- en silla enramada.
-
-Sentáronse, en efecto, las dos mujeres, siempre cargada Ascensión
-con el duro manto, que después de aquel día sólo en caso de enviudar
-debiera ceñirse para los funerales del consorte. Las mozas, colocadas
-en dos filas, cantaron _el ramo_, un armadijo de muchos corolines
-con ajaracas y dulces. Fué largo y triste el homenaje, salpicado de
-consejos y alusiones, y le recibió la moza muy recoleta y compungida,
-sin levantar los ojos del suelo ni sonreir al final de la canción:
-
- «Guapa es la novia cual naide,
- guapo el novio cual denguno;
- tengan hijos a docenas
- y a centenares los mulos.»
-
-Mientras tanto, los jóvenes corrían en la era «el bollo» del padrino,
-un pan de seis libras en forma de pelele, con monedas de plata dentro
-de la cabeza.
-
-Defendíanle los de la boda, al frente los «mozos del caldo», contra
-todos los corredores que se presentaban: reglas de tradición daban
-derecho a conseguirle. Cuando el vencedor hubo recogido las monedas del
-premio, distribuyóse el descabellado monigote entre los concurrentes,
-como fórmula que convertía a Máximo en vecino de Valdecruces: el
-alcalde pedáneo lo hizo constar así en un acta.
-
-Todavía cantaron las mozas al llegar los del «bollo» a casa de don
-Miguel:
-
- «Bien vengades, bien vengades,
- bien venidos, que seyades...»
-
-Habían colocado delante de Ascensión un profundo cesto de pan cortado
-en pedacitos, que ella repartía a cuantas personas se acercaban a
-decirle:
-
-—¡Dios te haga bien casada!
-
-Llegóse también la tía Gertrudis, y la moza, vacilando un momento,
-dióle su parte con mucha delicadeza, sin tocar la mano extendida en
-fino saludo.
-
-Algunas voces protestaron:
-
-—¡Fuera la bruja!
-
-—No azomar a la pobre—dijo una compasiva mujer—; la infelice
-perecería de hambre si no fuera por las limosnas del señor cura.
-
-—Tien mucho rejo; no muere tan aina—rezongó Ramona—. Y a su lado
-advirtió una zagala:
-
-—Creer en agorerías es pecado mortal...
-
-Cuando el pan de la boda estuvo repartido, sirvióse una gran comida: a
-la clásica bizcochada de vino rancio siguió la interminable lista de
-viandas fuertes que en un mismo plato compartieron los novios. Por fin,
-a media tarde viéronse éstos libres de su parda vestidura matrimonial,
-que les fué perdonada a los postres del banquete, para que bailasen
-juntos hasta rendirse.
-
-Ya la madrina _había ofrecido_. Con su moneda de oro sobre una rica
-bandeja, pasó delante de los invitados diciendo:
-
-—Para la rueca y el uso.
-
-Todos daban: hasta las de Salvadores pusieron sus pesetillas en «la
-ofrenda» general.
-
-Luego pidió el padrino:
-
-—Para los primeros zapatos del infante.
-
-Y también hubo dones.
-
-Es incumbencia de los «mozos del caldo» llevarle a la novia su ajuar
-hasta el nuevo domicilio; pero como la recién casada iba a vivir
-lindando con su madre, fué para los muchachos cosa de un periquete el
-cumplir esta galante obligación.
-
-Desplegóse luego la danza en toda su brillantez por la ancha rúa,
-extendida hasta la iglesia desde la casa parroquial. La fuerte luz del
-sol y la majeza de los trajes daban al espectáculo matices de alegría y
-de rumbo, que faltaban al baile de la era. Aunque el recogimiento de
-las mujeres tenía siempre un cariz de austeridad, parecían ahora menos
-cansadas y más felices. Los hombres, de punta en blanco, rozagantes y
-orondos, sin reir ni perder su grave actitud, rebosaban satisfacción:
-en la portezuela de sus chalecos las rosas tendían magníficos realces
-entre el plegado camisolín y la clásica almilla. Cenojiles, cintos y
-lazos, daban al viento la ferviente leyenda del amor, encerrada a veces
-en el cantarcillo popular:
-
- «Ahí tienes mi corazón
- cerrado con esa llave:
- ábrele y verás que en él
- sólo tu persona cabe...»
-
-Empezó la danza por el «baile corrido», girando las parejas con un
-lento vaivén, lánguido y señoril, que terminó en compases de jota.
-Siguió el llamado «dulzaina»: las mujeres, de dos en fondo, dieron una
-vuelta en círculo; delante las doncellas, detrás las casadas, siempre
-abstraídas y mudas; iban los hombres en la misma forma, por el lado
-exterior del corro femenino, hasta que, a una señal del tamboril,
-buscaron parejas, escogiéndolas por orden riguroso, dos para cada uno,
-desde las primeras danzantes. Vino después la «entradilla», en la
-cual salen bailando los hombres y luego acuden ellas a buscar mozo:
-es el baile de los rubores y las zapatetas; las muchachas procuran
-elegir a los parientes más próximos, hermanos si es posible. El corro
-característico de las bodas le componen las mujeres sin bailar, de
-una en una, tocando las castañuelas: abre marcha la madrina, sigue la
-novia y van las solteras en último término detrás de las «mozas del
-caldo». Esta rueda no se interrumpe cuando intervienen los bailadores
-desde la orilla para danzar con dos mujeres, bordando las figuras en
-jeroglíficos y detalles de clásico sabor y mucha honestidad.
-
-En el fondo de la rúa castellana, bajo los resplandores crudos de aquel
-cielo de añil, adquiría la artística diversión caracteres de rito,
-fabuloso perfume de romance, al que prestaba marco insigne la torre
-parroquial con el sagrado nido de la cigüeña. Mas, de pronto, en un
-breve descanso del tamboril, iban los hombres _a echar un neto_ sobre
-los manteles de la boda, siempre extendidos; y mientras esperaban
-jadeantes las mujeres, el encanto de la danza se deshacía y el aroma
-del culto viejo convertíase en vulgar olor a vino de Rueda, con agrio
-tufo a carne trasudada.
-
-Así pasaron las horas. El escaso público que no tomaba parte activa en
-la fiesta iba cansándose, pero nadie osaba decirlo: seguía corriendo la
-pólvora, y los espectadores seguían fijando los ojos en el baile con
-atávica devoción.
-
-Habíase apartado don Miguel en su aposento con la disculpa de un leve
-malestar, aunque no quiso perdonarse de tomar café con el padrino y
-dirigir desde los balcones alguna curiosa mirada hacia la fiesta. Vió
-a _Mariflor_ y su prima del brazo, ambas con el semblante fatigado y
-mustio, recostadas en el atrio de la parroquia. Las hubiese invitado
-a subir, mas, huyendo la tristeza inconsolable de los garzos ojos,
-limitóse a mandar que las ofrecieran sillas.
-
-Esta previsión colocó a las jóvenes en el punto más visible entre la
-concurrencia, bajo el dintel de la casa ornamentado con ramaje de
-chopos y negrillos, difícilmente logrado y ya moribundo.
-
-La preferencia del lugar causó a las favorecidas alguna inquietud,
-porque, de soslayo, iban las curiosidades a perseguir con mayor ahinco
-el apartamiento de las dos zagalas bellas y tristes.
-
-—¿No acabará esto pronto?—dijo molesta _Mariflor_.
-
-—¡Quiá, mujer!; veráste tú: agora bailan hasta la noche, luego cenan
-mucho, y todavía cuando están acostados los novios, van los «mozos del
-caldo» a llevarles gallina en pepitoria.
-
-—Ya, ya; ¡linda costumbre!...
-
-—¡Y comen della!...
-
-—Pero tú y yo nos marcharemos en cuanto caiga la tarde, porque te va a
-hacer daño el relente.
-
-—No podremos dormir: la mocedad aturde a los vecinos con los
-trabucazos, y en cada puerta llama pidiendo aves para la tornaboda.
-
-—Sí; ya sé que si no se las dan las cogen.
-
-—Son derechos del novio... Mañana será la misa tempranico, y los
-parientes de los desposados llevan la ofrenda al señor cura.
-
-—Eso no lo sabía.
-
-—Un cuartillo de grano o poco más: después se repite la fiesta de hoy.
-
-—¿Tan solemne?
-
-—Con menos ceremonias: sólo que una moza del caldo baila, llevando
-consigo la _pica_, que luego se reparte, un pastel pintado de rojo...
-
-Calló Marinela, negligente y cansada, suspiró Florinda y comenzó la
-tarde a palidecer. Ya iban ellas a retirarse: esperaban una ocasión
-para despedirse, cuando el tío Fabián se detuvo allí, extendiendo una
-carta:
-
-—Es para el señor cura—dijo—. ¿Quién la recoge?
-
-_Mariflor_, de un vistazo, conoció la letra: era de su padre. Y repuso:
-
-—Yo la subiré; don Miguel debe de estar arriba.
-
-El viejo, entregándosela, musitó:
-
-—Mejor te daba una para ti, paloma.
-
-Desapareció la joven sin responder, y había dominado apenas su
-emoción cuando llamó a la puerta del sacerdote, no poco sorprendido
-de la visita. Dentro de la carta venía, como de costumbre, otra para
-_Mariflor_; sin sentarse, leyeron impacientes cada uno la suya. Después
-se miraron, y fué la muchacha la primera en hablar:
-
-—Dice que me case con Antonio...
-
-Sonaron las palabras con una amargura indescriptible.
-
-—Será un consejo.
-
-—Es una súplica: mi padre se hunde y me pide auxilio.
-
-Tendió la carta, señalando con un dedo temblón los suplicantes
-renglones «... hija mía; sálvanos a todos, y yo aseguro que en
-recompensa a tu sacrificio Dios te hará feliz».
-
-Con profunda lástima levantó el cura los ojos hacia la moza.
-
-—Lea usted lo que escribe antes—murmuró ella.
-
-—Sí; me lo figuro: tu primo le propone reforzar aquel negocio con el
-capital necesario y bajo la condición de vuestra boda.
-
-—¿Se lo cuenta a usted?
-
-—Como a ti.
-
-—¡Nada, que ese hombre me quiere comprar!
-
-—No te agravie su procedimiento: con él te da una prueba inaudita de
-estimación.
-
-—¡Pero yo no me puedo vender!
-
-—Díselo a tu padre honradamente.
-
-—¡Dios de mi alma!
-
-—Piensa que no estás obligada al sacrificio,
-
-—¿Sacrificio?... Mi condescendencia no sería virtud, ya que Rogelio me
-abandona.
-
-Se inclinó sollozante: en sus lágrimas hervía una terrible desolación.
-
-Don Miguel protesta conmovido:
-
-—Sí, sí; el que voluntariamente rinde su libertad se sacrifica.
-
-—Es que no soy libre: le juro, señor cura, que padezco una tremenda
-esclavitud... Ya ve usted cómo «se ha portado»; pues no importa: ¡le
-quiero, le quiero; no me puedo casar con otro... es imposible!
-
-—Tranquilízate, niña: vete en paz. Yo escribiré a tu padre cuanto
-sucede.
-
-—¡Dígale que no consiste en mí; que mil vidas diera yo por él; que me
-muero de pena al negarle este favor!...
-
-La ahogaba el llanto; procuró el sacerdote calmarla con exhortaciones
-de mucha piedad. Despidióse la muchacha en cuanto pudo, y salió
-diciendo:
-
-—¡Harto le mortifico a usted: Dios le recompense!
-
-Como la sombra había ganado ya las habitaciones, desde el rellano de la
-escalera alumbró don Miguel con cerillas para que _Mariflor_ bajase.
-
-Iba desalada; huyendo de las luces de la cocina y el «cuartico»,
-deslizóse al través del portal, hasta asir el brazo de Marinela y
-hundirse juntas en el sosiego oscuro de las calles.
-
-Era tan visible la congoja de la enamorada, que su prima le dijo con
-susto:
-
-—Pero qué, ¿trajo malas razones la esquela?
-
-—No, no.
-
-—Vienes tribulante: bajabas a modín como escondida.
-
-—Por no despedirme... ¡tengo tan poco humor! Mañana daremos una
-disculpa...
-
-—Madre también fué para casa... Oye: ¡qué triste es una boda!...
-¿noverdá? A mí me hace duelo sin saber por qué...
-
-_Mariflor_ sólo pudo contestar con un suspiro.
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-XXII
-
-LOS MARTILLOS DE LAS HORAS
-
-
-CORRÍA noviembre. Ya en los robles puntisecos y en las oscuras urces
-palidecían las hojas para morir enfermas de la fiebre otoñal; el sol
-se insinuaba amarillo y remoto, dorando apenas el matiz austero del
-paisaje, y en la hidalga llanura de León caían las horas con infinita
-pesadumbre...
-
-Una tarde, muy triste, _Mariflor_ Salvadores tuvo que ir al molino,
-distante dos kilómetros del pueblo.
-
-—Por el vero de la regona—díjole Olalla—no tienes onde perderte.
-
-Ella se disponía a lavar junto a su madre hasta la noche, y Marinela,
-otra vez lastimosa, encogíase cerca de la lumbre.
-
-Salió _Mariflor_ con su cestilla de centeno al brazo y sus profundas
-penas en el alma. Anduvo el camino de la mies, raso y frío, tan solo,
-que ni el vuelo de un ave le daba compañía: cigüeñas y golondrinas
-emigraron así que el viento comenzó a batir los eriales y la luz
-pareció vieja y pálida al través de las nubes.
-
-Los cigoñinos, al volar valientes y seguros en pos de sus padres,
-despertaron en el pecho de Florinda nostalgias de aventuras, loca
-impaciencia de albures y horizontes. Las cosas fugitivas le hacían
-soñar y padecer: aguas, nublados y vendavales producíanle antojos
-inauditos, ansias de convertirse en átomos de aquellas peregrinas
-corrientes.
-
-Hoy todo yace inmóvil alrededor de la moza: camina el silencio en torno
-suyo, y ella escucha en la «sonora soledad» caer los instantes bajo
-el martillo del tiempo y fluir la vida con sordas palpitaciones que
-repercuten en los pulsos y en el corazón de la infeliz.
-
-¡La vida!... ¿Para qué la quiere? Ya su alma se ha despedido de la
-felicidad. Vive _Mariflor_ con los ojos puestos en todo lo que huye, en
-todo lo que vuela y muere: cuenta a veces los minutos con furioso deseo
-de que pasen: los empuja con el pensamiento; quisiera precipitarlos
-a millones en el silo de la eternidad. No es la suya la prisa del
-que espera; es la sombría inquietud del que busca la muerte; y, sin
-embargo, un violento impulso de esperanza ruge en el tormentoso río de
-estas ansiedades.
-
-No quiere la enamorada confesárselo así, y ahora mismo aprovecha la
-muda complicidad de este sendero para romper las cartas de su novio.
-Con brusco arrebato las arranca del jubón y las desdobla: son tres.
-Rasgadas juntas, va haciéndolas añicos, sin detenerse, apresurada y
-triste.
-
-Las letras de los versos parecen rebelarse en los menudos jirones del
-papel, y Florinda huye del galope de su memoria, que repite:
-
- ...soy el amor que pasa,
- el niño amor que encontrarás un día
- tras de las tempestades de tu alma...
-
-A pesar suyo escucha la moza los apasionados ecos de la querella. Se
-dulcifica entonces su rostro, y en un repente de inefable ternura
-siembra en el páramo los pedacitos de su felicidad, como granas de
-amor, algunos caen al agua, a cuya linde camina la joven.
-
-Quédanse allí los despojos de un cariño, las simientes de una ilusión,
-temblando en la apacible linfa, diciendo a los duros terrones un
-enamorado «escucho»...
-
-Cunde el regato fino y silente, corren las nubes amenazadoras, y en la
-descolorida lontananza se dibujan los perfiles de la aceña; allá lejos,
-una pastoría tiende la corona de su redil junto a la henchida cama del
-pastor.
-
-Recuerda la caminante su primera salida por el campo de Valdecruces y
-su encuentro allí con _Rosicler_, el galán pastorcillo que ya emigró,
-como las aves. Muchos días anduvo radio y pesaroso alrededor de la
-moza, hasta despedirse de ella. ¿Qué la dijo?... ¡Nada! Parecía tener
-los ojos cargados de secretos, pero sólo acertó a murmurar: ¡Adiós,
-adiós!... Iba llorando.
-
-—¡Pobre!—balbuce Florinda tras fuerte y hondo suspiro.
-
-Y amargada después por el acre sabor de tantos infortunios, se enardece
-y rebela con el ímpetu de su gran corazón apasionado; ansía que al
-despertar el viento en los eriales pueble de frémitos la llanura, torne
-lívidas las aguas del arroyo y arrastre granizos y nieves... ¡Quisiera
-envolver las desolaciones de su alma en una grandiosa tempestad, en una
-formidable desolación del mundo entero!...
-
-Asomados a las teleras balitan con desconsolada blandura los corderitos
-primales, y el rapazuelo guardián entretiene sus ocios evocando al
-invierno en lánguida canción:
-
- «¡Ay noche de Navidad,
- ay noche serena y clara!...»
-
-—Buenas tardes.
-
-—Bien venida.
-
-Los ojos del niño siguen con extraño embeleso la gentil figura de
-_Mariflor_, que todavía parece forastera y trasciende a encantos
-desconocidos en el país.
-
-—¡Usa la guedeja al aire!—dícese el pastor, absorto en la esplendidez
-de los cabellos que la muchacha luce.
-
-Y ella va mirando cómo crece la regona, según se aproxima al ladrón
-abierto en el canal.
-
-El viento ha despertado: gime y vocea sobre el tríbulo de la mies y
-amontona las nubes que al rodar escriben silenciosos renglones en el
-agua.
-
-Hay poca gente en la aceña, que muele despacio, con el cauce débil,
-y las maragatas allí reunidas aguardan la lluvia como un beneficio.
-Pertenece a varios pueblos esta fábrica, que el Duerna rige y que
-sólo en invierno trabaja; las mujeres, que esperan en riguroso turno,
-platican con igual lentitud que el molino funciona. De vez en cuando
-una se levanta, llena la tolva de cibera, suspira y vuelve a sentarse.
-A poco avisa la citola que la rueda se ha parado; hay que esperar que
-represe el agua.
-
-Cuando llega Florinda a pedir turno, algo confusa de su inexperiencia,
-la reciben afablemente, la hacen sitio en un escaño, y en voz baja
-mencionan la familia de la joven:
-
-—¡Quien la vió y quien la ve! ¿Noverdá?
-
-—Sí; ¡con la arrufadía que gastaron!
-
-—Era gente de mucha tramontana...
-
-—¡Como tuvieron los haberes a rodo!...
-
-—¡Y es bellida la moza!
-
-La cual vió con gusto presentarse a Maricruz, que al regreso de
-Piedralbina entraba a pedir un poco de agua y a buscar compañía, si la
-hubiese, para volver a Valdecruces.
-
-—Pues en la sotabasa—le dijeron—tienes colmado un cantarico; y aquí
-está la de Salvadores.
-
-Bebió Maricruz, sonrió a su vecina y sentóse a esperarla.
-
-—¿Qué hora será?—pregunta una mujer.
-
-Otra responde:
-
-—Sin la ruta del sol no es fácil conocerlo.
-
-Y a la recién llegada le parece que habrán dado las tres.
-
-—¡Corre mucho frío!—le dicen.
-
-—Abondo, y cercea.
-
-—Pos la nieve es segura.
-
-—Sí; hogaño la tenemos antes de Navidá.
-
-—Ya de madrugada hubo pinganillos en los alares.
-
-—Pronto crece el Duerna y tenemos que abrir el fortacán para moler.
-
-Una moza de Piedralbina anuncia sonriente que las fiestas de año nuevo
-van a estar muy preciosas. Y se discute la propiedad con que ese día
-los pastores se disfrazan de mujeres para hacer gala de resistencia y
-caracterizarse bien de valerosos. Así vestidos se denominan _xiepas_;
-bailan en zancos sobre la nieve, cantan y piden aguinaldos en extrañas
-procesiones nocturnas, que iluminan con «mechones» y adornan con
-tirsos, como los gentiles en las orgías de Baco...
-
-Poco después, logrado por _Mariflor_ su cestillo de harina, salen de la
-aceña las zagalas de Valdecruces.
-
-—Aguantai—les dijeron—, que no os alcance la nieve.
-
-Y ya los primeros copos se cuajaban en el aire.
-
-Quiso Maricruz entretener el camino en amistosa conversación y
-mostrarse gentil con la niña ciudadana. Dijo que venía de pagar la
-«avenencia» del médico, y preguntó si era verdad que las de Salvadores
-esperaban al tío Isidoro.
-
-—Paez que trae un amago de cáncere—compadeció.
-
-—No sé—dice vagamente Florinda, observando con admiración a su
-compañera—. Es una moza rubia y dulce; siempre que habla sonríe; tiene
-seguro el paso, tranquilo el acento, apacibles los ojos, y la boda
-apalabrada con un hijo de Tirso Paz.
-
-El agua de la presa ondula al viento, con profundos sones; el pastor se
-ha cobijado, y las nubes, cargadas de cellisca, borran las líneas del
-paisaje.
-
-—¡Buena noche se nuncia para el vuestro filandón!—prorrumpe sonriendo
-Maricruz.
-
-—No irá gente, si nieva.
-
-—Más de gana, mujer, que habéis un establo bien mullido y anchuroso.
-¿Dais entrada a la tía Gertrudis?
-
-—Si va...
-
-—Porque endecha unas historias de guerreros y marinos, que da gusto
-oyirlas. Ella anduvo en su mocedad por las playas y conoció a maragatos
-de mucho enseño, aquistadores que allende fincaron ciudades y ganaron a
-pote.
-
-—Pero, ¿los hubo?
-
-—Ya lo creo, rapaza.
-
-—Me lo dicen; lo he leído...
-
-—¿Y lo dudas?
-
-—A veces, sí.
-
-—No conoces bien a estos paisanos; cuando te hagas estadiza entre
-nosotros, ¡ya verás!
-
-—Veo mucha pobreza; las mujeres aquí abandonadas a sus fatigas, los
-hombres ausentes, duros.
-
-—¿Duros?... No te entiendo... Valdecruces es una aldea ruín; pero
-Maragatería es muy grande y tiene pueblos ricos y casas a la moda. Por
-ahí fuera, los maragatos que hicieron fortuna y recibieron estudios,
-son agora señorones de mucha fama.
-
-—Ya, ya...
-
-Es tan incrédulo el mohín de Florinda, que Maricruz, despierto su
-estímulo regional, prosigue con algún calor:
-
-—Hay libros que ponen muchas cosas valientes de los maragatos; la
-maestra de Piedralbina se los hace leyer a todas las rapazas.
-
-—Yo no digo mal de estos hombres, que de aquí es mi padre.
-
-—Y tus agüelos,
-
-—¡Claro! Digo de las costumbres, de la rudeza del país. ¡Es tan
-triste!... Y en los hombres parece que se nota más.
-
-—Los que no aprenden finuras serán como dices tú; pero más cabales
-para el trabajo y la honradez no los encuentras; si dan una palabra la
-cumplen, sostienen su familia al tanto de lo que ganan, y el que engañe
-a la mujer se deshonra para inseculá... ¡Nunca acontece!
-
-_Mariflor_ lanza un débil suspiro, y su amiga, creyéndola conforme con
-el ardoroso discurso que acaba de pronunciar, se engríe y continúa:
-
-—Tamién hay maragatos que trovan en la política y escriben en los
-papeles. Háilos militares de mucha ufaneza, clérigos de mucha santidá...
-
-—Ya lo sé.
-
-—En cuanto los acrianzan fuera de aquí sirven para todo como el
-primero: y aun los pastores más esfarrapaos tienen barrunta para
-medrar, si a mano viene.
-
-Ahora Florinda sonríe a pesar suyo.
-
-—Sí, mujer; acuérdate de aquel rapaz de Iruela que aballadaba ganados
-al pie del Teleno. Comiéronle los lobos una res y el pobretico,
-temiendo al amo, alejóse por la Sanabria alante. Conque llegó perdido
-a Extremadura y por causa de una revolución le echaron para Portugal;
-entodavía de allí le desterraron a Ingalaterra, y sin saber la fabla
-ni conocer a nadie, entró de sirviente en una relojería: aprendió el
-oficio y ya no hubo en todo el orbe otro relojero más famado.
-
-—Sí, ese era Losada: conozco la historia. Cuando vino a su tierra
-después de mucho tiempo, dejó un reloj muy grande en Madrid, regalado
-para un edificio de la Puerta del Sol.
-
-—¿Véslo?... Pues otros pastores de Santa Catalina, parientes de mi
-abuela, bajaban con las merinas a Badajoz todos los años, a invernar en
-los jarales de un duque al cual nombran del Alba. Ello fué que labrando
-la tierra baldía junto al chozo, halláronla fecunda, y cada invierno,
-cuando iban ende con los ganados trashumantes, labraban otro poquitín,
-hasta que el señor duque les dió permiso para fincar entre sus aradas
-dos pueblos, los Antrines, el de arriba y el de embajo... ¿Sabíaslo?
-
-—Eso no.
-
-Sonríe triunfante Maricruz y pisa con firme orgullo en el yerto camino.
-Florinda, para corresponder a la locuacidad de su compañera, murmura:
-
-—Tú pareces muy feliz... ¿Cuándo te casas?
-
-—Neste invierno: aún no está adiada la boda—responde con rubor—. Y
-tú para las Navidades ¿eh? Llevas un mozo de mucha hombría... ¡Pa que
-veas que hay gente de prez nestas planuras de León!
-
-Achacando a modestia el silencio de Florinda, no insiste la moza en
-este punto, y da otro giro a la plática.
-
-—¡Cómo sona la nube!
-
-—¡Sí!
-
-Ambas jóvenes se detienen un instante a escuchar la furente carrera
-de los vientos y a medir con tranquila expectación la preñada negrura
-del nublado. Una y otra, por distintas causas, permanecen serenas: ni
-a Maricruz le asusta el temporal, por conocerle mucho, ni le halla
-_Mariflor_ bastante recio para aturdirse en él. Va pensando que su
-alma está más sombría que los cielos, y buscan sus ojos con ansiedad
-una huella de la semilla de amor arrojada en la llanura poco antes.
-Pero ya las ráfagas tempestuosas verberaron con ímpetu en el suelo, y
-al borde del estremecido arroyo no parece rastro ninguno de la siembra
-sentimental.
-
-Y cuando, alucinada, se inclina _Mariflor_ para coger, como una
-reliquia, algo blanco y menudo que rueda por allí, levanta un copo de
-nieve donde creyó recuperar el adorado fragmento de una carta: en la
-ardorosa mano se deshace al punto la vedija glacial...
-
-—¿Qué te sucede?—pregunta Maricruz, viendo palidecer a su amiga—.
-¿Tienes miedo?
-
-—No.
-
-El ronco arrullo y el trastornado semblante con que responde, preocupan
-a Maricruz. Una impresión extraña y dolorosa turba su silvestre
-espíritu. Se enlaza con blandura al brazo de su compañera y dice,
-conmovida, sin saber por qué:
-
-—¿Sigue Marinela mejor?
-
-—Está lo mismo.
-
-—¿Aún dormís a la santimperie?
-
-—Ya no; mi tía se opone desde que empezó el mal tiempo.
-
-—¡Pobre pitusa!... ¡Y agora, si viene su padre tamién comalido!
-
-—¡No sé si vendrá!...
-
-—Ansí dicen que la tía Gertrudis os malface: ¿oístelo?
-
-_Mariflor_ se había serenado un poco.
-
-—Eso es mentira—protestó.
-
-—Yo nunca lo creí: ni es bruja ni prodigiadora... Será, si acaso,
-conjurante.
-
-—Es una triste vieja como las demás.
-
-—Y mejor: sabe fervorines, cantares y medicinas, que te pasmas. Con
-tomillín de un cantero de la huerta y otro yerbato dulce, me curó a mí
-antaño la ronquez.
-
-—Dicen que está muy sola y muy necesitada.
-
-—Sí; la malfamaron y poco se la ayuda, aunque la juventud no cree, ya,
-en los hechizos: son cosas de rapaces y de viejas...
-
-Apretó a nevar: las muchachas, muy juntas y diligentes, seguían la
-margen del arroyo, fiel rumbo hacia Valdecruces en la espesa cerrazón
-del horizonte. Ya estaba lejos el cauce del molino, y Maricruz, guiada
-por su experiencia campesina, anunció alegre:
-
-—Pronto llegamos.
-
-Mas al punto refrenó el paso, prestó oído y añadió pesarosa:
-
-—¡Ay!... ¡Se ha muerto la tía Mariana!
-
-—Sí; tocan a difunto—dice Florinda escuchando—, ¿pero cómo sabes que
-es por ella?
-
-—Fíjate en las posas: una... dos... Si hubiera muerto un hombre serían
-tres.
-
-—¡Ah!
-
-—También el tío _Chosco_ anda malico.
-
-—¡Pues mira que si se muere el enterrador!
-
-—Hereda el puesto el sacristán.
-
-—Y esa tía Mariana, ¿era muy vieja?
-
-—Sí, mujer: abuela de Facunda por parte de madre.
-
-—¿Y abuela de tu novio?
-
-—Velaí.
-
-—Vamos a rezar por su alma.
-
-Un devoto murmullo acarició los compungidos semblantes de las mozas,
-que llegaban a Valdecruces cuando ya, en precoz anochecer, moría la
-tarde, malherida de la nieve.
-
- * * * * *
-
-Iba _Mariflor_ tan penetrada por el soplo de la tragedia, que no
-experimentó grande inquietud al oir en su casa llantos y quejidos.
-Supuso llegada la hora de que la Humanidad, lo mismo que la Naturaleza,
-estallase en lamentos. Y las razones de esta lógica explosiva quedaron
-atravesadas por una voz lamentable que decía en la sombra del
-_estradín_:
-
-—¡Ay, cómo tardabas!... ¿No sabes que Pedro va a partir y que mi padre
-viene a morirse?
-
-Florinda no supo qué responder, y Marinela, deteniéndola aún por el
-brazo, añadió con angustia:
-
-—Madre dice que nosotras somos harto pobres para socorrer a un
-enfermo, y que la abuela ya no tiene casa ni haberes para aconchegar a
-su hijo; además, no quiere que mi hermano marche; llora por él clamando
-que se le rebatan, que se le quitan: la abuela gime y Olalla paez muda.
-
-—Pero, ¿quién ha escrito?
-
-—Tu padre.
-
-—¿A mí?
-
-—No: a la abuela.
-
-—¡A mí ya no me escribe!
-
-—¡Mujer, la carta pone para ti tantas de cosas!
-
-Dentro se habían apaciguado un poco las lamentaciones, y _Mariflor_
-siguió escuchando a su prima.
-
-—Verás: dice la esquela que unos maragatos ricos pagan estos viajes
-que te cuento. Mi padre llegará para la Pascua y el rapaz tiene que
-salir a primeros de mes con un paisano de Santa Coloma—. Suspiró con
-ansia la niña y lamentóse—: ¡Ay, Dios, ya estoy más sediente que
-nunca, con un jibro en el pecho y un acor en el alma!
-
-—Pues hay que tener ánimos—murmuró Florinda maquinalmente.
-
-—Yo no sirvo para este mundo... ¡Si pudiese entrar en el convento!
-
-En aquel instante llegaban los niños de la escuela sacudiéndose la
-nieve y extendiendo las manos en la oscuridad, con rumbo a la cocina,
-donde antes resonaron los lloros. Detrás de los rapaces entraron las
-muchachas.
-
-Ardía en el llar un fuego mortecino y temblaba sobre la mesa la luz
-del candil. En viendo Ramona a su hijo mayor, lanzóse a él con ademán
-salvaje y comenzó a gritar como si le prestaran sus aullidos todos los
-animales maltratados y moribundos:
-
-—¡Ay fiyuelo, quédome sin tigo!... ¡Te parí de mis entrañas, te
-pujé en mis brazos y trabajé para ti como una sierva!... Agora que me
-conoces y me quieres, te me quitan... ¡Ay, pituso, non te veré más!...
-¡Los mares y los hombres te rebatan!...
-
-Parecían mordiscos, por lo hambrientos, los besos de la madre; lloraba
-toda la familia, y el zagal, asustado, apenas supo decir:
-
-—¡Volveré pronto!
-
-—Volverás muriente como tu padre, y yo estaré tocha y ceganitas como
-tu abuela, sin nido ni cubil pa tu resguardo; lo mesmo que esa pobre:
-¡mira!
-
-Y conteniendo la explosión de su piedad en el acento ronco y firme,
-Ramona empujó a su hijo hasta la anciana.
-
-Acogióle ella entre sus brazos doblándose, en el sitial, para
-recibirle, con tan acongojada pesadumbre, como si del viejo corazón
-exprimido cayese en aquel instante la última gota de ternura.
-
-También Carmen y Tomasín se refugiaron, ronceros y llorones, en
-aquella caricia. Estalló un sollozo en el pecho de Olalla, y el triste
-concierto de ayes y suspiros volvió a levantar sus desconsoladas notas
-en la escena. Ramona, con los ojos fijos en el grupo que formaban los
-rapaces y la tía Dolores, fué serenándose hasta sentir un repentino
-bienestar que sin saber cómo se le subió a los labios en una dulce
-palabra.
-
-—¡Madre!—dijo.
-
-Nadie respondía. Las muchachas creyeron que hablaba sola. Pero ella
-avanzó resueltamente desde el sitio donde había quedado en pie. Su
-larga sombra ganó el techo y llenó la cocina de gigantes perfiles.
-
-—¡Madre!—iba diciendo—. En los últimos años, endurecido su áspero
-carácter por el infortunio, huyó arisca de pronunciar esta suave
-palabra.
-
-—¡Madre!—repitió—; ¿no me oye?
-
-Y puso las manos con inusitada blandura en los débiles hombros de la
-vieja.
-
-—¡Ah!... ¿Me llamaste a mí?
-
-—¡Claro! Mire: con llorar, el solevanto que nos acude non se desface y
-atribulamos a estas criaturas.
-
-—¿Qué quieres, hija?
-
-—Que no llore: es menester que Sidoro la halle moza.
-
-—¿Pos no dijiste?...
-
-—Era por decir: usté entodavía tiene salud y casa pa recoger a su hijo.
-
-—¡Ah!... ¿Consientes?...
-
-—¿Soy acaso una hereja?... ¿Se iba a quedar el pobre en medio de la
-rúa?... Pujaremos por él como cristianas.
-
-—Mujer, ¡Dios te lo pague!
-
-—Sí—murmuró Ramona, abrazando otra vez a Pedro—. ¡Dios me lo pagará
-cuando vuelva éste!...
-
-Temblaba Marinela apoyándose en su prima, y las dos, lo mismo que
-Olalla, se animaron con aquellas últimas frases.
-
-—Andaí—ordenó Ramona, alcanzándolas, con un gesto impaciente—. Van a
-venir las del filandón y no hay que poner las caras acontecidas. Mañana
-hablaremos al señor cura.
-
-—Denantes—pronunció Marinela aprovechando una cordialidad tan
-expresiva y rara—vide a la tía Gertrudis, y me dijo...
-
-—¿Onde la viste, rutiando por aquí?—interrumpió desabrida la madre.
-
-—Pasaba sobrazando un atiello de coscoja: ¡casi no podía con él!
-
-—Bueno; ¿y qué te dijo?
-
-—Que esta noche vendría al filandón, porque en la so cabaña no tiene
-luz para hilar... Yo no me atreví a decirle que no viniera; ¡como don
-Miguel manda que se la estime!...
-
-—Pos... ¡que entre!—concedió Ramona vacilante, mirando a Pedro con
-oscura inquietud—. Y agora, las cuchares y el pote: a cenar, pa que
-estos críos se acuchen.
-
-Las pálidas figuras del cuadro se movieron sin ruido, y rodó solitario
-en la estancia el son de la esquila parroquial, que aún contaba las
-fúnebres posas...
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-XXIII
-
-PAÑO DE LÁGRIMAS
-
-
-—¡AYMÉ!
-
-—¿Qué le pasa, tía Gertrudis?
-
-—Estoy cansosa, niña.
-
-—¿Y no va a decir aquella relación?
-
-—¿La de la locecica?
-
-—Esa.
-
-—En cuanto repose; todo el día anduve por ribas y cuestos atropando
-carrasca antes que cerrase la nieve; y atollecí.
-
-—En l’intre—propuso entonces Maricruz—jugaremos a los acertijos,
-¿queréis?
-
-Mozas y viejos aceptaron. Una ligera curiosidad alzó los ojos y animó
-los semblantes.
-
-Tenía lugar el clásico «filandón» en la espaciosa cuadra que antaño
-albergó las «llocidas» reses de la tía Dolores: un mantillo de bálago,
-a modo de tapiz, prestaba calor y blandura al renegrido suelo, y un
-candil de petróleo, cebado a escote, daba, pendiente de una viga, más
-tufo que luz.
-
-Toda labor de mujer tenía allí su escuela y ejercicio: hilaban, por lo
-común, las más viejas; «calcetaban» y cosían algunas, tejían otras a
-ganchillo refajos y gorros infantiles. La tertulia, que se acomodaba
-por turno en los establos mejores de la aldea, en el santo suelo y
-entre el vaho de los animales, solía terminar cristianamente con el
-rezo del rosario. Pero antes se narraban historias, se proponían
-adivinanzas y hasta se dejaba correr sobre ruecas y agujas algún
-airecillo picante de murmuración.
-
-Aunque la cuadra de este pobre lar, venido tan a menos, aloja hogaño
-muy pocas reses, disfruta por céntrica y espaciosa las preferencias de
-Valdecruces, y esta noche la invade un buen número de tertulianas, sin
-más compañía de varón que la del tío Rosendín, el viejo sacristán. Allí
-parecen también sus hijas Felipa y Rosenda; las nietas del tío Fabián,
-con su madre; Ascensión con la suya; Maricruz Alonso y sus hermanas,
-las de Crespo, la _Chosca_ y otra porción de mujeres de distintas
-edades y parecidas condiciones.
-
-Mientras fueron llegando, hablóse del temporal, haciendo memoria del
-último, que cubrió las casas con _trousas_ formidables, verdaderos
-montes de nieve. Felipa dijo que a prevención tenía muchos _fuyacos_
-para alimentar a las ovejas, y el tío Rosendín profetizaba que aunque
-arreciase el mal tiempo, aún se podían aprovechar los piornos para
-el ganado durante una quincena. Las de Salvadores preguntaron con
-mucho interés por el tío _Chosco_, que, según el sacristán, «iba ya
-mejorcico». Se comentó en seguida el fallecimiento de la tía Mariana,
-lamentando que las de Paz no asistiesen al «filandón».—Velarán el
-cadáver de su agüela—opinaron algunas mujeres—. Y otras dijeron
-compasivas:—¡Biendichosa!...
-
-Pero ya juntas las que esta noche se reúnen, piden los acertijos, y la
-misma iniciadora lanza el primero:
-
- «Enas iglesias estoy
- entre ferranchos metida,
- cuándo allende, cuándo aquende,
- cuándo muerta, cuándo viva...»
-
-—¡La lámpara!—dice riendo el sacristán.
-
-—¡Usté no vale!—protesta Maricruz.
-
-En aquel momento Florinda le pregunta con sigilo:
-
-—¿Cómo no fuiste al velatorio?
-
-—No acuden mozas cuando fallece una vieja—responde—. Fué mi madre.
-
-Algunos pretenden averiguar cuántos años tendría la difunta, y
-Ascensión dice que no se sabe a punto fijo, porque en los libros
-parroquiales sólo consta que «nació el día que se amojonó _Fumiyelamo_».
-
-—No había yo nacido—apunta la tía Dolores, muy despierta y con cierto
-orgullo.
-
-Y el tío Rosendín, sonriendo malicioso, coloca otra adivinanza:
-
- «¿Qué cosa yía
- la que no has visto nin vi
- que no tien color ni olor,
- pero mucho gusto sí?»
-
-Un aire de perplejidad inmoviliza al auditorio. El anciano detiene el
-gesto de una contemporánea suya que intenta responder.
-
-—¡Que acierten las mozas!
-
-—¡El agua!—prorrumpe una voz juvenil.
-
-—¡Avemaría!... ¡Tien que ser una cosa que nunca hayas visto!
-
-Crece la incertidumbre y se suspenden las labores. Después de algunas
-respuestas disparatadas, el sacristán dice triunfante:
-
-—¡El beso!
-
-—¡Josús!—pronuncian las zagalas, ruborosas.
-
-Todos ríen, y el viejo, embaído, añade en seguida:
-
- «Blanco fué mi nacimiento,
- verde lluego mi niñez,
- mi mocedade encarnada,
- negra mi curta vejez.»
-
-—¡La mora! ¡La mora!—repiten alegres las muchachas. Y como ya suponen
-que la tía Gertrudis ha descansado, solicitan otra vez la prometida
-narración.
-
-Mientras la anciana sacude un poco su pensamiento, se oye al aire gemir
-y a las ruecas zumbar: algún suspiro acaricia los copos blancos de las
-hilanderas.
-
-—Erase—principió la narradora—una noche muy triste, hace ya cuántos
-siglos. Por el mar que le llaman de la muerte, cerca de La Coruña,
-navegaba un lembo gobernado por el turco más temido nestas historias
-de piratas. Con él iba prisionera una pobre doncellica que el capitán
-robó en un castillo principal. Era hija de un señor de salva, tan
-hermosa y fina como las febras del oro. Quería el turco esconder a la
-moza tierra adentro, y esperaba un señal, una locecica de algunos de
-sus piratas que por la riba aquende le buscaban cobil, pero en toda
-la ledanía de los mares no pareció ninguna luz... Conque navegaba la
-embarcación roncera, en calmería de viento, apocado el velaje y cansos
-los marinos, cuando va y luce una flama en una torre que le decían la
-Torre del Espejo y se encendía en las noches oscuras para las naos que
-llegasen de paz. Dió un brinco el pirata cabe la moza, tomando por seña
-de su gente la lumbre del fogaril. Y la infelice doncella clamó al Dios
-de los cristianos, que era el suyo, pidiéndole que le sacase de aquella
-amaritud...
-
-Hace una pausa la tía Gertrudis para recordar las frases conmovedoras
-de la cautiva, y aunque la misma leyenda se ha repetido muchas veces en
-los «filandones», un devoto silencio la circuye ahora, y un aroma de
-mar y de aventura la engrandece y ensalza entre sutiles asombros: la
-evocación de ese otro llano, inmenso y libre, desconocido y atrayente,
-se presenta en los labios de la anciana con imágenes desoladoras, en
-que una mujer sufre cautiverio. Y las maragatas sienten batir contra
-sus corazones las olas de aquel mar lejano que les lleva los padres,
-los hijos y los esposos, fascinándoles con su prometedora anchura, para
-engañarles al fin y cautivar la ilusión de infinitas mujeres.
-
-También para Florinda la llanura amiga de su niñez suena ronca y
-extraña en los acentos pavorosos de la tía Gertrudis. Todas las
-ilusiones de la moza naufragaron en la amada ribera, y el recuerdo de
-su bien perdido se le ofrece como una pálida visión de naves que huyen
-y de espumas que gimen: apenas si el perfil de un marino se agita en
-estas membranzas como símbolo del primer sueño de amor que la muchacha
-tuvo. Por un instante se sorprende ella al caer desde la nube de sus
-evocaciones al fondo del establo donde la tertulia aguarda a que se
-termine el cuento. Mira absorta a su alrededor y le parece que Marinela
-está muy descolorida y que Ramona oculta mal su incertidumbre.
-
-Pero ya la anciana sigue el relato:
-
-—...Y en esto que partían el ánima las voces de la inocente, los
-mareantes de la embarcación dieron en complañirse y maldecir del
-capitán...
-
-Un estrépito medroso dejó rota la leyenda y en angustia las atenciones.
-
-—¿Fué tronido?—balbuce una voz.
-
-Y al mismo tiempo Marinela se dobla desmayada encima de su madre.
-
-Recíbela Ramona con un ¡ay! tan brusco, que parece un bramido de su
-corazón. Deslizando hasta el suelo el cuerpo inerte de la niña, se
-arrastra, súbita y fiera, y sacude a la tía Gertrudis por los brazos en
-una cruel explosión de frenesí.
-
-—¡Conjúrala, conjúrala agora mismo—dice tuteándola con
-menosprecio—bruja de Lucifer!
-
-—¿Yo?... ¿Yo?...
-
-—¡Tú, tú, sortera!
-
-—Yo non sé conjurar. ¡Soy cristiana y nunca tuve poder con el diañe!
-
-La voz senil plañía con menos asombro que amargura; aparecía en todos
-los semblantes la congoja del pánico, y sólo Florinda se acordaba de
-aflojar el corpiño a Marinela.
-
-—¡Traed vinagre para los pulsos!—pidió vivamente.
-
-Olalla, levantándose indecisa, declaró:
-
-—¡Tengo miedo d’ir sola!
-
-Después de algunas vacilaciones y consultas, encendió un cabo de vela
-en el candil y dirigióse con Maricruz hacia el postigo medianero de la
-cocina. Pero, sin alcanzarle, se volvió espantada:
-
-—¡Sonan pasos!
-
-—Es el viento y la truena—dijo Maricruz más valiente.
-
-Y apremiaba Florinda:
-
-—¡Pronto, pronto!
-
-Ramona, que no había soltado a la tía Gertrudis, trocó de improviso en
-súplicas sus delirantes voces:
-
-—¡Por Dios me la conjure!... ¡Por Nuestra Señora la Blanca!... Daréle
-a usted cuanto me pida; mire que va a morir. ¡Aguante, por la Virgen!
-
-La vieja parecía no escucharla, murmurando llorosa:
-
-—¡Al cabo los años que non fice mal nenguno, me temen los vecinos como
-los rapaces al papón!...
-
-Unos brazos nerviosos la levantaron de repente, y de un salto la posó
-Ramona junto a la enferma, ya reclinada en el regazo de Florinda:
-
-—¡Dele remedio!... ¡Aplíquele talismán!—gimió de hinojos la madre,
-con las manos en cruz.
-
-—¡Si non gasto sorterías, mujer!
-
-Alguien aconsejaba:
-
-—¡Dígale mas que sea una oración!
-
-—¿Tién fístola?
-
-—No lo sabemos...
-
-La tía Gertrudis acercó sus cansadas pupilas al semblante de Marinela,
-húmedo y descolorido como si estuviese lavado por los últimos sudores:
-había sido inútil la aplicación del vinagre en las sienes y en los
-pulsos.
-
-Suspiró compasiva la anciana y recogióse un momento en solemne actitud
-mientras aguardaban todos con ansiedad. De pronto comenzó a decir:
-
-—«En el nombre del Padre, e del Hijo e del Espíritu Santo: tres
-ángeles iban por un camino; encontraron con Nuestro Señor Jesucristo.
-¿Dónde vais acá los tres ángeles? Acá vamos al monte Olivete y yerbas e
-yungüentos catar para nuestras cuitas e plagas sanar: los tres ángeles
-allá iredes; por aquí vendredes; pleito homenaje me faredes, que por
-estas palabras precio non llevaredes esceto aceite de olivas e lana
-sebosa de ovejas vivas... Conjúrote, plaga o llaga, que no endurezcas
-ni libidinezcas por agua ni por viento ni por otro mal tiempo, que
-ansí hizo la lanzada que dió Longinos a Nuestro Señor Jesucristo, ni
-endureció ni beneció...»
-
-Abrió los ojos Marinela, tan asombrados y tristes como si girasen ya
-tocados por la muerte. Una impresión de maravilla inmovilizó a la
-tertulia, y Ramona, febril fluctuando entre el odio y la gratitud,
-preguntó a la vieja con ensordecido acento:
-
-—¿Está ya liberada?
-
-—¿De quién?
-
-—Del diablo.
-
-—Non tornes con embaucos, criatura, que paeces una orate: yo dije la
-oración porque está bendita y es buena pa sanar si Dios la acoge. Agora
-hay que levar aspacín a la rapaza, aconchegarla bien caliente y darle
-un buen fervido. ¿Oyísteis?...
-
-Bajo las dulces manos de Florinda iba Marinela recobrando el calor y el
-pensamiento...
-
-Aún permanece en mitad de la sala el lecho de la niña. Le comparte
-la enfermera, abandonando, por difíciles de cumplir, las órdenes del
-médico.
-
-Ya _Mariflor_ no tiene bríos para cuidar a su prima en lucha con la
-miseria y la ignorancia a todas horas; pero allí está vigilante junto a
-ella, luego de haber tranquilizado a la familia.
-
-Cuando ya la tempestad hubo cesado, abrió los postigos del balcón
-para asistirse con la claridad de la noche: la luna, baja y fría,
-reverberante sobre la nieve, iluminaba a Valdecruces con fantástica luz.
-
-—¡Agua!—pedía ansiosa Marinela, y después con las manos en la
-garganta, se dolía:
-
-—¡Tengo un ñudo aquí!
-
-Nerviosa y balbuciente hablaba del convento: sentía correr el agua del
-jardín por los claustros, y le mareaba el olor penetrante de las flores.
-
-—¿Quieres una?—murmuró—. Son para la Virgen... pero te daré esta
-purpurina... ¿Oyes los cánticos?... Caen en acordanza... Atiende:
-
- Yo soy una mujer, nací pequeña
- y por dote me dieron
- la dulcísima carga dolorosa
- de un corazón inmenso...
-
-¡Esa es la voz de la madre Rosario!... Tengo miedo a la luna... ¡mira
-qué cara pone!... Vamos a laudar a Dios también nosotras; canta conmigo.
-
-Y con tonos de diferentes canciones compuso una muy extraña, cuyo
-estribillo se empeñaba en repetir:
-
- Yo soy una mujer, nací pequeña...
-
-El acento exaltado de la cantora resonó tristísimo en la estancia, y
-_Mariflor_, saturándose de recuerdos y pesadumbres, logró persuadirla
-de que no era religioso aquel cantar:
-
-—Acuérdate que le trajo la farandulera.
-
-—¡Ah, sí, sí...; una que tenía el corazón roto como yo!... Ven...
-¡escucha!
-
-Y ciñéndole a su prima los brazos al cuello, Marinela suspiró:
-
-—¿Tienes escondido algún romance?
-
-—No, mujer, ninguno.
-
-—Pues oye mi secreto...
-
- Yo tengo un corazón...
-
-Esto no te lo digo a ti; se lo digo a Dios, ¡a Ése!
-
-Volvióse la niña hacia la Cruz, alzada en el muro con la doliente
-imagen del Señor, y quiso rezar; pero su entendimiento, obsesionado,
-sólo conseguía dar forma a las endechas de la figuranta; y como
-una ráfaga de lucidez alumbrase la disparatada oración, Marinela,
-acusándose de herejía, acabó por llorar rostro a la Cruz.
-
-Blanco de aquella lucha, la sagrada efigie atrajo también las miradas
-de Florinda, que las estuvo meciendo desde el dolor humano hasta el
-dolor divino, con fuertes emociones de piedad. Cerrando los ojos para
-mirarse la alterada conciencia, imaginó que volvía a henchírsele
-de lágrimas el pecho como en los días en que su desgracia era toda
-compasión y ternura: creyó juntar su llanto con el de la enferma y
-le pareció que sentía levantarse en su alma el infinito poder del
-sacrificio, libre ya de egoístas propósitos, santo y puro, a humilde
-semejanza del que probó Jesús agonizante.
-
-Pero cuando un gemido la hizo recordar, halló sus párpados enjutos y
-rebeldes sus pensamientos: ¡sin duda había soñado!...
-
-Marinela, otra vez delirante, musitó:
-
-—¡Mira qué volada echó aquella estrellica!... ¿a ver si aflama el
-cielo?... Agora la planura es un mar de nieve...
-
-Tuvo después miedo al gato que maullaba, y estremecióse con los toques
-del reloj. Al amanecer, un perro lastimoso la hizo gritar de espanto,
-un perro que gañía desesperadamente.
-
-También se alarmó Florinda con los aullidos lúgubres, pero sin
-manifestarlo; puso mucha persuasión en sus palabras tranquilizadoras,
-consiguiendo al fin que se durmiese la niña.
-
-Entonces el frío y el cansancio la inmovilizaron, envuelta en un
-chal junto a los cristales: otra vez cerró los ojos abismándose en
-desconsoladas meditaciones. Ya estaba allí el cano invierno con su
-amenaza de pesadumbres: los lobos a la puerta, el hogar miserable,
-dolientes un padre y una hija, cerrados los caminos, yertas las
-esperanzas.
-
-Poco a poco fué rodando la cabeza de _Mariflor_ hasta quedar vencida
-sobre el pecho y apoyada en los vidrios. Oía la moza llorar, llorar
-mucho a la abuela, a las primas y a los rapaces: una voz, triste y
-oscura, clamaba también, entre condolida y furiosa. _Mariflor_ quiso
-levantarse para saber el motivo de los llantos aquellos; pero la
-detuvo un aire de tempestad que soplaba desde sombría nube. ¿Volvían
-los huracanes de la nevasca?... ¡Ah, no!; este viento y esta sombra
-eran pliegues alborotados en el manteo de un cura. Don Miguel llegaba
-agitadísimo:—¿Oyes llorar?—preguntó—. ¿Quieres tú ser el paño de
-todas esas lágrimas?... ¿Di?... ¿quieres?—. Iba la moza a responder y,
-como antes Marinela en su delirio, sólo acertó a balbucir el romance de
-la comedianta:
-
- En este corazón, todo llanuras
- y bosques y desiertos,
- ha nacido un amor...
-
-Por suerte, la desatinada respuesta quedó ahogada en unos gañidos
-resonantes que despertaron a Florinda.
-
-—¡Otra vez el perro!—murmuró anhelosa. Y aún dominada por la
-pesadilla reciente, llevóse las manos al rostro que sentía húmedo:
-¿habría llorado?...
-
-La blancura del paisaje llamó a las ensoñadas pupilas, que al punto se
-nublaron de lástima: todo el bando de palomas, hambriento y alicaído,
-esperaba en el carasol, y el gesto de la muchacha, al sorprenderle,
-inició un arrullo largo y hondo, humilde como el de los niños cuando
-piden una caridad por el amor de Dios...
-
- * * * * *
-
-Cerca de dos meses guardó en su bolsillo don Miguel una carta de
-Rogelio Terán. Solía decirse todas las mañanas: «Hoy se la enseñaré a
-_Mariflor_». Y luego sentía una piedad inmensa por aquella esperanza
-muda que a veces resurgía en los labios de la moza.
-
-Ultimamente la pobre enamorada había cambiado mucho. Aparte de aquel
-fuego sombrío de sus pupilas y algunos éxtasis profundos que iban a
-sorprenderla cuando menos lo esperaba, fué envolviéndola un abatimiento
-implacable y empujándola al fatalismo un cansancio lleno de trágicas
-inquietudes.
-
-Y al verla hundirse en el infortunio, dudaba el sacerdote si la lectura
-de aquella carta cruel sería un cable salvador tendido por el desengaño
-a las últimas energías de la infeliz, o un golpe definitivo para
-quebrantárselas sin remedio.
-
-Esta duda acomete a don Miguel una vez más cuando se dirige hoy a
-casa de la tía Dolores. Le acaban de decir que Marinela ha sufrido
-la víspera un grave desmayo, y aunque los detalles del suceso le
-escandalizan un poco, acude a consolar en lo posible las cuitas de
-aquella gente.
-
-En el portal encontró a Olalla, que le dijo:
-
-—Voy por el médico.
-
-—¿Tan mal sigue la enferma para que te arriesgues así?
-
-—No está el día tempestuoso como ayer.
-
-—Pero los caminos se han borrado.
-
-—Acertaré por la lindera del regajal.
-
-—Aguarda, al menos, que yo suba, y si es preciso buscaremos quien te
-acompañe.
-
-Apareció Ramona, que bajo la mirada severa del sacerdote abatía la suya
-enrojeciendo.
-
-—De modo—pronunció don Miguel—¿que es imposible curarte de la
-superstición?... ¡No esperaba yo eso de ti!
-
-Ella, sin defenderse, comenzó temblorosa a relatar las noticias de
-América: el esposo tornaba moribundo y el hijo había de partir agora
-mesmo.
-
-—En l’intre—añadió sollozante—peyora la zagala... y yo dejo la
-cordura no sé onde.
-
-—¡Vaya, vaya por Dios!—compadece el párroco.
-
-Y suben todos detrás de él, mientras Ramona va diciendo:
-
-—Anoche la coitada non quiso junto a sí más que a la prima, y hubimos
-de acostarnos. Yo acodí madruguera y las hallé a las dos adormentadas:
-andamos a modín pa non las recordar.
-
-—Pues mira tú si duermen.
-
-Asomó la mujer en la salita y volvióse al punto con un gesto negativo.
-
-—Pase, pase.
-
-Don Miguel halló a Marinela con los ojos febriles clavados en la Cruz
-y a Florinda con los suyos vueltos al carasol. Ambas se estremecen al
-sentir pasos en la estancia y, luego de saludar al sacerdote. Marinela,
-descubriendo las palomas, prorrumpe:
-
-—Vélas, vélas ende... Las pobreticas no encuentran onde pacer: andai
-por una cachapada de cebo para echárselo aquí.
-
-Apresúranse a obedecer los niños, y Florinda, presa de extraña emoción,
-se enjuga los ojos murmurando:
-
-—El hielo de los cristales me humedeció la cara... Dormí y creo que
-soñé.
-
-—¿Algo triste?—pregunta el sacerdote, reparando en la honda inquietud
-de las palabras.
-
-—¿Triste?... Era una cosa tremenda: usted venía a preguntarme... ¡ya
-no me acuerdo!—balbuce sordamente.
-
-Y de pronto don Miguel, con la precipitación de quien realiza un acto
-contra su voluntad, busca en el bolsillo una carta y se la entrega a
-Florinda:
-
-—Entérate: ya hace tiempo que la recibí.
-
-—¿Es de su padre?—dice Ramona.
-
-—No.
-
-Un silencio involuntario se establece, y aunque el cura trata de hablar
-mientras la muchacha desdobla trémula el papel, sólo consigue que la
-tía Dolores ensarte letanías a propósito del hijo viajero:
-
-—¡Aymé! ¡Si en un santiguo le podiese yo recibir en mis brazos...
-¿Arribará para la Pascua?... ¿Nevará en los mares tamién?... Voy
-dejarle mi lecho, señor, y las frazadas mejores... Cuando quiera
-hojecer la primavera ya estará en siguranza la curación, ¿noverdá?...
-
-Había salido el sol, pálido y frío. Marinela, al borde de su cama
-tendíase hacia él como si le pidiese una limosna de alegría: en
-realidad, lo que deseaba era acercarse a _Mariflor_, en cuyas manos se
-estremecía la carta de Rogelio.
-
-Leía la muchacha en el foco de luz:
-
-«Miguel, amigo mío: No el poeta ni el camarada, el penitente es quien
-acude a ti. Cúlpame cuanto quieras; que me castiguen tus indignaciones,
-si al fin me absuelve tu piedad. Yo te confieso contrito mi pecado de
-inconstancia, mi estéril codicia de emociones, de ternuras y novedades.
-Harto me duele esta triste condición: de todas mis culpas, soy, a
-la par que el reo, la primera víctima... Tú bien conoces el corazón
-humano y, aún mejor, conoces mi voluntad, donde toda flaqueza tiene
-su asiento. Quise, fervorosamente, hacer feliz a _Mariflor_, sin
-comprender que nunca, nunca lograré la felicidad, ni para mí ni para
-nadie. Me engañó la fantasía; hoy reconozco la pequeñez de mi espíritu
-que, enamorado de los sueños, se rinde cobardemente al afrontar
-las realidades... Perdona mi error, tú, tan seguro, tan cabal, tan
-heroico... Perdona también la tardanza de estos renglones que mi mano
-te escribe mucho después que los dictase mi conciencia; luché antes de
-escribirlos; vacilé y sufrí muchas veces con la pluma sobre el papel:
-puedes creerlo. Y también que me falta valor para escribirle a «ella»:
-dile que me perdone; que acaso nunca la olvide; que si fuese a buscarla
-sería sin duda más culpable que apareciendo hoy a sus ojos como ingrato
-y perjuro. Dile...»
-
-—¿Viene en romance?—preguntó Marinela, impaciente por la prolongación
-de la lectura.
-
-Florinda volvió el rostro, blanco igual que un lirio. La rodeaban
-los rapaces, y también Olalla se le iba aproximando; en el fondo de
-la salita las dos mujeres cruzaban los brazos sobre el pecho. Ya la
-enferma tenía entre las manos el cebo de las palomas. Quejóse de
-«asperez» en la garganta, y tornó a preguntar:
-
-—¿Viene en romance, di?
-
-—No; ¡viene en prosa!
-
-Vibró ardiente y sombría la respuesta. Aún quedaba por leer una parte
-del pliego, mas, la lectora alzó los ojos, perdidos en una fugitiva
-imagen, se pasó una mano por la frente, dobló la carta y, alargándosela
-al cura, dijo:
-
-—Puede usted escribirle a mi padre que me caso con Antonio.
-
-Su voz era firme, firme también su actitud. Una ráfaga de tragedia, de
-tragedia sin sollozos ni palabras, atravesó la salita y puso en todos
-los pechos repentino estupor. Tras un silencio angustioso, preguntó el
-sacerdote con grave solemnidad:
-
-—Hija, ¿lo has pensado bien?
-
-—Sí, señor—repuso ella, altivo el gesto y serena la mirada—. Y a mi
-primo... usted hará la merced de darle en mi nombre el sí que estaba
-esperando.
-
-No dijo más. Volvióse hacia el carasol para abrir las vidrieras, tomó
-el centeno en su delantal y todo el bando de palomas acudió a saciarse
-en el regazo amigo, envolviendo la gentil figura con un manso rumor de
-vuelos y de arrullos. La luz del sol, más fuerte al crecer la mañana,
-rasgó las brumas y fingió una sonrisa en el duro semblante de la
-estepa...
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-[Illustration]
-
-
-
-
- _ÍNDICE_
-
-
- Páginas.
-
- I. El sueño de la hermosura 5
-
- II. _Mariflor_ 15
-
- III. Dos caminos 25
-
- IV. ¡Pueblos olvidados! 39
-
- V. Valdecruces 55
-
- VI. Realidad y fantasía 71
-
- VII. Las siervas de la gleba 93
-
- VIII. Las dudas de un apóstol 109
-
- IX. ¡Salve, maragata! 121
-
- X. El forastero 135
-
- XI. La musa errante 149
-
- XII. La rosa del corazón 165
-
- XIII. Sol de justicia 183
-
- XIV. Alma y tierra 203
-
- XV. El mensaje de las palomas 223
-
- XVI. La tragedia 247
-
- XVII. Dolor de amor 261
-
- XVIII. La heroica humildad 279
-
- XIX. El castigo de los sueños 291
-
- XX. Dulcinea labradora 301
-
- XXI. Sierva te doy 313
-
- XXII. Los martillos de las horas 325
-
- XXIII. Paño de lágrimas 339
-
-
-
-
- SE ACABÓ DE IMPRIMIR ESTA OBRA EN
- MADRID, AÑO DE MCMXX, EN CASA DE
- MIGUEL ALBERO. DECORACIÓN DE
- ANTONIO MERLO Y ENRIQUE
- VARELA DE SEIJAS
-
-
-
-
- * * * * * *
-
-
-
-
-NOTA DEL TRANSCRIPTOR:
-
-—Los errores obvios de impresión y puntuación han sido corregidos.
-
-
-
-***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA ESFINGE MARAGATA***
-
-
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-
-
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-
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-including legal fees, that arise directly or indirectly from any of
-the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this
-or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or
-additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any
-Defect you cause.
-
-Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
-
-Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
-electronic works in formats readable by the widest variety of
-computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
-exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
-from people in all walks of life.
-
-Volunteers and financial support to provide volunteers with the
-assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
-goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
-remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
-and permanent future for Project Gutenberg-tm and future
-generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
-Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
-www.gutenberg.org
-
-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation
-
-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
-U.S. federal laws and your state's laws.
-
-The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
-mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
-volunteers and employees are scattered throughout numerous
-locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
-Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
-date contact information can be found at the Foundation's web site and
-official page at www.gutenberg.org/contact
-
-For additional contact information:
-
- Dr. Gregory B. Newby
- Chief Executive and Director
- gbnewby@pglaf.org
-
-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation
-
-Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
-spread public support and donations to carry out its mission of
-increasing the number of public domain and licensed works that can be
-freely distributed in machine readable form accessible by the widest
-array of equipment including outdated equipment. Many small donations
-($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
-status with the IRS.
-
-The Foundation is committed to complying with the laws regulating
-charities and charitable donations in all 50 states of the United
-States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
-considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
-with these requirements. We do not solicit donations in locations
-where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
-DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
-state visit www.gutenberg.org/donate
-
-While we cannot and do not solicit contributions from states where we
-have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
-against accepting unsolicited donations from donors in such states who
-approach us with offers to donate.
-
-International donations are gratefully accepted, but we cannot make
-any statements concerning tax treatment of donations received from
-outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
-
-Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
-methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
-ways including checks, online payments and credit card donations. To
-donate, please visit: www.gutenberg.org/donate
-
-Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.
-
-Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
-Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
-freely shared with anyone. For forty years, he produced and
-distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
-volunteer support.
-
-Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
-editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
-the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
-necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
-edition.
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-Most people start at our Web site which has the main PG search
-facility: www.gutenberg.org
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-This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
-including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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