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-The Project Gutenberg eBook, La Biblia en España, Tomo II (de 3), by
-George Borrow, Translated by Manuel Azaña
-
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
-other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
-the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you'll have
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-
-
-
-
-Title: La Biblia en España, Tomo II (de 3)
- O viajes, aventuras y prisiones de un inglés en su intento de difundir las Escrituras por la Península
-
-
-Author: George Borrow
-
-
-
-Release Date: January 24, 2016 [eBook #51020]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-
-***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA BIBLIA EN ESPAÑA, TOMO II (DE
-3)***
-
-
-E-text prepared by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box, and the Online
-Distributed Proofreading Team (http://www.pgdp.net) from page images
-generously made available by Internet Archive/Canadian Libraries
-(https://archive.org/details/toronto)
-
-
-
-Note: Project Gutenberg also has an HTML version of this
- file which includes the original illustration.
- See 51020-h.htm or 51020-h.zip:
- (http://www.gutenberg.org/files/51020/51020-h/51020-h.htm)
- or
- (http://www.gutenberg.org/files/51020/51020-h.zip)
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- Images of the original pages are available through
- Internet Archive/Canadian Libraries. See
- https://archive.org/details/labibliaenespa02borr
-
-
- Project Gutenberg has the other two volumes of this work.
- Tomo I: see http://www.gutenberg.org/ebooks/51019
- Tomo III: see http://www.gutenberg.org/ebooks/51689
-
-
-NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
-
- En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_
- y las versalitas como MAYÚSCULAS.
-
-
-
-
-COLECCIÓN GRANADA
-
-VIAJES
-
-BORROW: LA BIBLIA EN ESPAÑA
-TRAD. DEL INGLÉS POR M. AZAÑA
-
-
-LA BIBLIA EN ESPAÑA
-
-POR
-
-J. BORROW
-
-TRADUCCIÓN DIRECTA DEL INGLÉS
-POR MANUEL AZAÑA
-
-TOMO II
-
-
-
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-COLECCIÓN GRANADA
-JIMÉNEZ-FRAUD, Editor.—MADRID
-
-
-ES PROPIEDAD
-QUEDA HECHO EL DEPÓSITO QUE MARCA
-LA LEY
-
-Imprenta Clásica Española. Glorieta de Chamberí. Madrid.
-
-
-
-
-ÍNDICES
-
-
- _Páginas._
-
- CAPÍTULO XIX.—Llegada a Madrid.—María Díaz.—Impresión
- del Testamento.—Mi proyecto.—El corcel andaluz.—Se
- necesita un criado.—Una petición.—Antonio Buchini.—El
- general Córdova.—Principios de honor. 13
-
- CAP. XX.—Enfermedad.—Visita nocturna.—Una inteligencia
- superior.—El cuchicheo.—Salamanca.—Hospitalidad
- irlandesa.—Soldados españoles.—Anuncios de las
- Escrituras. 30
-
- CAP. XXI.—Salida de Salamanca.—Recibimiento en
- Pitiega.—El dilema.—Inspiración súbita.—El buen
- cura.—Combate de dos cuadrúpedos.—Irlandeses
- cristianos.—Las llanuras de España.—Los catalanes.—La
- poza fatal.—Valladolid.—Propaganda de las
- Escrituras.—Las misiones para Filipinas.—El colegio
- inglés.—Una conversación.—La carcelera. 43
-
- CAP. XXII.—Dueñas.—Los hijos de
- Egipto.—Chalanerías.—El caballo de carga.—La
- caída.—Palencia.—Curas carlistas.—El
- mirador.—Sinceridad sacerdotal.—León.—Alarma de
- Antonio.—Calor y polvo. 69
-
- CAP. XXIII.—Astorga.—La posada.—Los
- maragatos.—Costumbres de los maragatos.—La estatua. 87
-
- CAP. XXIV.—Salida de Astorga.—La venta.—El
- atajo.—Salvación difícil.—El vaso de agua.—Sol y
- sombra.—Bembibre.—El convento de las Rocas.—Puesta de
- sol.—Cacabelos.—Aventura a media noche.—Villafranca. 94
-
- CAP. XXV.—Villafranca.—El puerto.—Simplicidad
- gallega.—La guardia de la frontera.—La
- herradura.—Peculiaridades gallegas.—Una palabra sobre
- el idioma.—El correo.—El hostelero y los huéspedes.—Los
- andaluces. 113
-
- CAP. XXVI.—Lugo.—Los baños.—Una historia de
- familia.—Los Migueletes.—Las tres cabezas.—Un
- veterinario.—La escuadra inglesa.—Venta de
- Testamentos.—La Coruña.—El reconocimiento.—Luigi
- Pozzi.—La especulación.—John Moore. 130
-
- CAP. XXVII.—Compostela.—Rey Romero.—El buscador de
- tesoros.—Proyectos risueños.—El derecho de
- asilo.—Riquezas ocultas.—El canónigo.—El localismo.—La
- lepra.—Los huesos de Santiago. 151
-
- CAP. XXVIII.—Los mareantes de Padrón.—Caldas de los
- Reyes.—Pontevedra.—El notario público.—La insania de un
- barbero.—Una presentación.—La lengua gallega.—Paseo por
- la tarde.—Vigo.—El forastero.—Los judíos del
- desierto.—La bahía de Vigo.—Una interrupción brusca.—El
- gobernador. 168
-
- CAP. XXIX.—Llegada a Padrón.—Un proyecto aventurado.—El
- _alquilador_.—Falta de palabra.—Un compañero
- singular.—Historia sencilla.—Un camino áspero.—La
- deserción.—La jaca.—Un diálogo.—Situación difícil.—La
- _Estadea_.—Nos anochece.—La choza.—La almohada del
- viajero. 189
-
- CAP. XXX.—Mañana de otoño.—El fin del
- mundo.—Corcubión.—Duyo.—El cabo.—Una ballena.—La bahía
- exterior.—La detención.—El pescador alcalde.—Calros
- Rey.—Un incrédulo.—¿Dónde está el pasaporte?—La
- playa.—Un liberal influyente.—La criada.—El gran
- «Baintham».—Un libro sin par.—Hospitalidad. 211
-
- CAP. XXXI.—La Coruña.—Paso de la bahía.—El Ferrol.—El
- astillero.—¿Dónde estamos?—El embajador griego.—A la
- luz de un farol.—El barranco.—Viveiro.—La
- noche.—Ciénagas y tremedales.—Buenas palabras y buena
- moneda.—La cincha de cuero.—Ojos de lince.—El bribón
- del guía. 236
-
- CAP. XXXII.—Martín de Ribadeo.—La yegua facciosa.—Los
- asturianos.—Luarca.—Las siete bellotas.—Los
- ermitaños.—Narración de un asturiano.—Unos huéspedes
- raros.—El criado gigante.—Batuschca. 255
-
- CAP. XXXIII.—Oviedo.—Los diez caballeros.—Otra vez el
- suizo.—Petición modesta.—Los ladrones.—Benevolencia
- episcopal.—La catedral.—Un retrato de Feijóo. 271
-
- CAP. XXXIV.—Salida de Oviedo.—Villaviciosa.—El joven
- de la posada.—La narración de Antonio.—El general y
- su familia.—Noticias deplorables.—Mañana
- moriremos.—San Vicente.—Santander.—Una arenga.—El
- irlandés Flinter. 285
-
- CAP. XXXV.—Salida de Santander.—Alarma nocturna.—La
- hoz tenebrosa. 301
-
-
-
-
-LA BIBLIA EN ESPAÑA
-
-
-
-
-CAPÍTULO XIX
-
- Llegada a Madrid.—María Díaz.—Impresión del Testamento.—Mi
- proyecto.—El corcel andaluz.—Se necesita un criado.—Una
- petición.—Antonio Buchini.—El general Córdova.—Principios
- de honor.
-
-
-Llegué a Madrid[1], y en lugar de acudir a mi antiguo alojamiento de
-la calle de la Zarza, tomé otro en la calle de Santiago[2], en las
-cercanías de Palacio. El nombre de la hostelera (porque, hablando
-propiamente, hostelero no le había) era María Díaz, de quien voy
-a decir algo en particular, ya que ahora se me ofrece ocasión de
-hacerlo.
-
- [1] Borrow salió de Sevilla el 9 de Diciembre de 1836, estuvo
- once días en Córdoba, de donde partió el 20, llegando a Aranjuez
- el 25 y a Madrid el 26. (Knapp.)
-
- [2] Número 16, piso 3.º (Knapp.)
-
-Podía contar esta mujer hasta treinta y cinco años; era más bien
-agraciada, y todos los rasgos de su fisonomía denotaban una
-inteligencia poco común. Tenía los ojos vivos y penetrantes, aunque
-a veces los velaba una expresión un tanto melancólica. Todo su
-porte respiraba serenidad y reposo notables, debajo de los que
-alentaban una robustez de ánimo y una energía para la acción prontas
-a manifestarse en cuanto era menester. Aunque española, y, como es
-natural, católica, animábanla una tolerancia y generosidad como
-ya las quisieran para sí personas colocadas a mucha mayor altura.
-Durante mi permanencia en España encontré en esta mujer un amigo
-firme e invariable, y a veces un discretísimo consejero. Se adhirió a
-todos mis proyectos, no diré con entusiasmo, porque esto era impropio
-de su carácter, pero con sinceridad y cordialidad, y los favoreció
-en cuanto estuvo de su parte. No se apartó de mí en las horas de
-peligro y de persecución, y persistió en mi amistad, a pesar de lo
-mucho que mis enemigos trabajaron cerca de ella para inducirla a que
-me abandonase o me traicionara. Sus móviles fueron nobilísimos: la
-amistad y una percepción exacta de los deberes de la hospitalidad;
-ningún otro incentivo ni esperanza egoísta, por remota que fuese,
-influyó en la conducta de esta admirable mujer para conmigo. ¡Honor
-a María Díaz, la reposada, animosa e inteligente castellana! Sería
-yo un ingrato si no hablase aquí bien de ella, pues sobradamente
-merecido tiene este elogio en las humildes páginas de LA BIBLIA EN
-ESPAÑA.
-
-María Díaz era natural de Villaseca, aldea de Castilla la Nueva
-situada en lo que llaman La Sagra, a unas tres leguas de Toledo. Su
-padre fué un arquitecto de cierta nombradía, entendido especialmente
-en la construcción de puentes. María Díaz se casó muy joven con
-un respetable hidalgo de Villaseca, llamado López, de quien tenía
-tres hijos. A la muerte de su padre, ocurrida cinco años antes
-de la fecha a que me refiero, María Díaz se trasladó a Madrid,
-en parte con el propósito de educar a sus hijos, y en parte con
-la esperanza de cobrar una importante suma que el Gobierno quedó
-debiendo a su padre por varias obras de utilidad y ornato, ejecutadas
-principalmente en las cercanías de Aranjuez. La justicia de su
-reclamación fué reconocida sin tardanza; pero, ¡ay!, no consiguió
-ni un cuarto, porque el Tesoro real estaba vacío. Sus esperanzas de
-felicidad terrena se concentraron entonces en sus hijos. Los dos
-más jóvenes eran aún de muy corta edad; pero el mayor, Juan José
-López, muchacho de diez y seis años, prometía realizar sobradamente
-las más encumbradas esperanzas de su cariñosa madre. Dedicado a las
-artes, había hecho ya en ellas tales progresos, que era el discípulo
-favorito de su famoso tocayo Vicente López, el mejor pintor de la
-moderna España. Tal era María Díaz, quien, conforme a una costumbre
-seguida antaño universalmente en España, y muy extendida aún,
-conservaba su nombre de soltera, a pesar de estar casada. Esto es lo
-que hay que decir de María Díaz y su familia[3].
-
- [3] María Díaz murió en 1844. (Knapp.)
-
-Uno de mis primeros cuidados fué visitar a Mr. Villiers, que me
-recibió con su bondad habitual. Le pregunté si, a juicio suyo, podía
-aventurarme a imprimir las Escrituras sin dirigir nuevas peticiones
-al Gobierno. Su respuesta fué satisfactoria. «Obtuvo usted el
-permiso del Gobierno de Istúriz—me dijo—, mucho menos liberal que
-el presente; yo soy testigo de la promesa que le hicieron a usted
-aquellos ministros, y la considero suficiente. Lo mejor que puede
-usted hacer es comenzar y terminar la obra lo más pronto posible,
-sin nuevas peticiones; y si alguien pretende interrumpirle, no
-tiene usted más que acudir a mí; ya sabe que puede mandarme cuanto
-quiera.» Salí de la entrevista muy contento, y en seguida comencé los
-preparativos para ejecutar lo que me había llevado a España.
-
-Es innecesario referir aquí ciertos detalles de poco interés para el
-lector; baste decir que tres meses más tarde se publicaba en Madrid
-una edición del Nuevo Testamento de cinco mil ejemplares. La obra
-se imprimió en el establecimiento de don Andrés Borrego, escritor
-de economía política muy conocido, y propietario y director de un
-periódico influyente llamado _El Español_. A este señor me recomendó
-el propio Istúriz, el día de nuestra entrevista. El malaventurado
-ministro tenía a Borrego en grandísima estimación, y pensaba elevarlo
-al puesto de ministro de Hacienda; pero al estallar la revolución de
-La Granja abortó este proyecto, con los demás de igual índole que
-tuviera formados[4].
-
- [4] El primer contrato para imprimir el Nuevo Testamento lo hizo
- con Mr. Charles Wood, impresor del gobierno español. El contrato
- con Borrego es de 17 de Enero de 1837, para reproducir la edición
- de Londres (1826) del N. T. de Scio. (Knapp.)
-
-La versión española del Nuevo Testamento que yo publicaba había sido
-hecha muchos años antes por cierto _Padre_ Felipe Scio, confesor
-de Fernando VII, y hasta llegó a imprimirse; mas por las notas y
-comentarios que la recargaban, era impropia para la circulación
-general, a la que, después de todo, no iba destinada. En la nueva
-edición se omitieron, como es natural, las notas, y se ofreció al
-público la palabra divina escueta. Apareció en un hermoso volumen en
-octavo, muestra plausible, en conjunto, de la tipografía española.
-Pero la nueva impresión del Nuevo Testamento en Madrid no podía por
-sí sola producir fruto alguno, a menos que se tomasen medidas, y
-medidas muy enérgicas, para la circulación del libro sagrado.
-
-Tratándose del Nuevo Testamento, no podía seguirse el sistema
-que habitualmente se emplea en España para publicar los libros,
-que consiste en confiar la obra a los libreros de la capital y
-contentarse con la venta que éstos y sus agentes en las ciudades de
-provincias obtienen sin salirse de la común rutina de su negocio;
-en general, el resultado de este sistema es que al cabo de año se
-venden unas pocas docenas de ejemplares, porque la demanda de obras
-literarias de cualquier género es en España miserablemente reducida.
-
-Los cristianos de Inglaterra habían hecho ya sacrificios
-considerables con la esperanza de esparcir ampliamente la palabra
-de Dios entre los españoles, y era necesario ahora no escatimar los
-esfuerzos para que esa esperanza no quedase frustrada. Antes de que
-el libro estuviese listo comencé los preparativos para realizar un
-plan en el que ya había pensado varias veces durante mi anterior
-visita a España, sin abandonarlo después nunca; plan que fué objeto
-de mis meditaciones lo mismo a la altura del cabo Finisterre en plena
-borrasca, que en los desfiladeros de Sierra Morena y en las llanuras
-de la Mancha, cuando caminaba lentamente seguido a corta distancia
-por el _contrabandista_.
-
-Mi propósito era depositar unos cuantos ejemplares en las librerías
-de Madrid, y luego montar a caballo, con el Testamento en la mano, y
-emprender la propagación de la palabra de Dios entre los españoles,
-no sólo en las ciudades, sino en las aldeas; no sólo entre los
-habitantes de las llanuras, sino entre los montañeses y serranos.
-Me proponía recorrer Castilla la Vieja y atravesar toda Galicia
-y Asturias; establecer depósitos de la Escritura en las ciudades
-importantes, y visitar los lugares más apartados y recónditos; en
-todos ellos hablar de Cristo, explicar la naturaleza de su libro y
-poner el libro mismo en manos de aquellos que me pareciesen capaces
-de sacar de él algún provecho.
-
-Bien sabía yo que en ese viaje me aguardaban muchos peligros, y que
-quizás iba a correr la misma suerte que San Esteban; pero ¿merece
-el nombre de discípulo de Cristo quien no afronta cualquier peligro
-por la causa de Aquel a quien proclama por maestro? «Quien por mi
-causa pierda su vida, la encontrará»; son palabras que el mismo Señor
-pronunció; palabras llenas de consuelo para mí, como lo estarán, sin
-duda, para cuantos emprenden con limpieza de corazón la difusión del
-Evangelio en tierras salvajes y bárbaras...[5].
-
- [5] Borrow pensó primeramente en dar por terminada su misión
- en la Península con la impresión del Nuevo Testamento, dejando
- a otros el cuidado de distribuir la obra. Cambió de idea y se
- ofreció a desempeñar en persona ese cometido; los directores de
- la Sociedad Bíblica aceptaron su propuesta, recibiendo Borrow la
- autorización oficial dos días después de terminarse la tirada del
- libro. (Knapp.)
-
-Empecé por comprar otro caballo, aprovechando el precio
-extraordinariamente bajo de esos animales en aquellos días. Estaba a
-punto de publicarse una disposición requisando cinco mil caballos;
-el resultado fué que un inmenso número de ellos salió a la venta,
-porque en virtud de la requisa podían embargarse, por conveniencia
-del servicio, los de cualquier persona, no siendo un extranjero.
-Lo más probable era que, una vez reunido el cupo de la requisa,
-el precio de los caballos se triplicara; por tal razón me decidí
-a comprar uno antes de hacerme verdadera falta. Compré un caballo
-entero andaluz, de pelo negro, de mucha fuerza, capaz de hacer un
-viaje de cien leguas en una semana; pero era cerril, salvaje y de
-malísimo genio. No obstante, el cargamento de Biblias que al llegar
-la ocasión pensaba yo echarle encima de las costillas, me pareció muy
-suficiente para amansarlo, sobre todo cuando tuviera que remontar
-las ásperas montañas del Norte de la Península. Hubiera deseado
-comprar una mula; pero aunque llegué a ofrecer treinta libras por una
-bastante ruin, no quisieron dármela; mientras que el precio de ambos
-caballos—magníficos animales por su talla y su fuerza—apenas llegaba
-a esa suma.
-
-El estado de las regiones circunvecinas no convidaba a viajar por
-ellas. Cabrera estaba a nueve leguas de Madrid con un ejército
-de cerca de nueve mil hombres; había derrotado a varios pequeños
-destacamentos de tropas de la reina y devastado la Mancha a sangre y
-fuego, quemando varias ciudades. A todas horas llegaban bandadas de
-fugitivos aterrorizados, que referían nuevos desastres y miserias; lo
-único que me sorprendía era que el enemigo no se presentase, y con la
-toma de Madrid, que estaba casi a merced suya, no pusiese fin a la
-guerra de una vez. Pero la verdad es que los generales carlistas no
-deseaban terminar la guerra, porque mientras en el país continuasen
-la efusión de sangre y la anarquía, podían ellos saquear y ejercer
-esa desenfrenada autoridad tan grata a los hombres de brutales e
-indómitas pasiones. Cabrera, sobre todo, era un malvado cobarde,
-en cuyo limitado entendimiento no podía albergarse una sola idea
-de mediana grandeza, cuyos hechos heroicos se limitaban a degollar
-hombres indefensos y a violar y destripar infelices mujeres; sin
-embargo, he visto que a un individuo tan vil, ciertos periódicos
-franceses (carlistas, naturalmente) le llaman el joven y heroico
-general. ¡Infame sea el miserable asesino! El último cabo de escuadra
-de Napoleón se hubiera reído de su talento militar, y medio batallón
-de granaderos austriacos hubiera bastado para tirarle de cabeza, con
-toda su patulea guerrera, al Ebro.
-
-Hice, pues, los preparativos de mi viaje al Norte. Estaba ya provisto
-de caballos muy a propósito para soportar las fatigas del camino
-y la carga que me pareciese necesario echarles. Pero una cosa,
-indispensable para quien va a emprender una expedición de esa índole,
-me faltaba aún: quiero decir un criado que me acompañase. Quizás en
-ninguna parte del mundo abundan los criados tanto como en Madrid; al
-menos, los individuos dispuestos a ofrecer sus servicios a cambio de
-la soldada y la comida, aunque de los servicios efectivos que sean
-capaces de prestar se pueda decir muy poco; pero mi criado tenía
-que ser de condición poco común, inteligente, activo, capaz, en
-casos de apuro, de darme un consejo útil; además, valiente, porque
-se requería, en verdad, cierto valor para seguir a un amo resuelto
-a explorar la mayor parte de España, y que intentaba viajar sin
-protección de arrieros y carreteros, en _cabalgaduras_ propias.
-Acaso hubiera estado años enteros buscando un criado de esa índole
-sin encontrarlo; pero la suerte me deparó uno cuando cabalmente lo
-necesitaba, sin tener que molestarme en hacer pesquisas laboriosas.
-Un día hablaba yo de este asunto con el señor Borrego, en cuyo
-establecimiento se había impreso el Nuevo Testamento, y le pregunté
-si, en su opinión, podría yo encontrar en Madrid un hombre tal como
-me hacía falta, añadiendo que para mí era de especial importancia que
-el criado supiese, además del español, algún otro idioma en el que
-pudiésemos hablar cuando fuese necesario, sin que nos entendieran los
-curiosos.
-
-—Hace media hora—me respondió—ha estado hablando conmigo un hombre
-que reúne exactamente todas esas cualidades, y, cosa singular,
-ha venido a verme creyendo que yo podría recomendarle a un amo.
-Dos veces le he tenido a mi servicio; respondo de que es listo y
-valiente; creo que también es digno de confianza, al menos para
-un amo que transija con su genio, porque ha de saber usted que es
-un individuo singularísimo, muy arbitrario en sus inclinaciones y
-antipatías; gusta de satisfacerlas a toda costa, suya o ajena. Quizás
-simpatice con usted, y en tal caso le será de mucha utilidad, porque
-en todo sabe poner mano, si quiere, y conoce no dos, sino media
-docena de idiomas.
-
-—¿Es español?—pregunté.
-
-—Se lo enviaré a usted mañana—dijo Borrego—, y, oyéndolo de su boca,
-sabrá usted mejor quién es y qué es.
-
-Al siguiente día, en el preciso momento de sentarme ante la _sopa_,
-la patrona me dijo que un hombre deseaba hablarme.
-
-—Que entre—respondí.
-
-Y casi en el acto el desconocido entró. Iba decentemente vestido a
-la moda francesa, y su aspecto era más bien juvenil, aunque, según
-averigüé más adelante, estaba ya muy por encima de los cuarenta. De
-estatura algo más que mediana, llamaba la atención su delgadez, sin
-la que hubiera podido tenérsele por bien formado. Tenía los brazos
-largos y huesudos, y toda su persona daba la impresión de una gran
-actividad y de una fuerza no pequeña. Eran lacios sus cabellos,
-negros como el azabache, angosta su frente, pequeños y grises sus
-ojos, en los que brillaba una expresión sutil y maligna, mezclada
-con otra de burla, que le daba un realce singular. Su nariz era
-correcta; pero la boca, de inmensa anchura, y la mandíbula inferior,
-muy saliente. No había visto yo en toda mi vida una fisonomía tan
-extraña, y durante un rato me estuve mirándole en silencio.
-
-—¿Quién es usted?—pregunté por fin.
-
-—Un criado en busca de amo—me respondió en correcto francés, pero con
-un acento extraño—. Vengo recomendado a usted, mi lor, por _monsieur_
-Borrego.
-
-YO.—¿De qué país es usted? ¿Es usted francés o español?
-
-EL HOMBRE.—Dios me libre de ser ninguna de las dos cosas, _mi lor;
-j’ai l’honneur d’être de la nation grecque_; mi nombre es Antonio
-Buchini, nacido en Pera la _Belle_, cerca de Constantinopla.
-
-YO.—¿Y cómo ha venido usted a España?
-
-BUCHINI.—_Mi lor, je vais vous raconter mon histoire du commencement
-jusqu’ici._ Mi padre era natural de Syra, en Grecia; siendo muy
-joven se trasladó a Pera, y allí sirvió de portero en casa de varios
-embajadores que le estimaban mucho por su fidelidad. Entre otros,
-sirvió al embajador de su país de usted, precisamente en la época en
-que Inglaterra y la Puerta se hacían guerra. _Monsieur_ el embajador
-tuvo que huír para salvar la vida, y dejó al cuidado de mi padre
-casi todo lo que tenía de algún valor; mi padre lo escondió todo con
-mucho riesgo suyo, y cuando se ajustó la paz restituyó a _Monsieur_
-hasta la más insignificante baratija. Menciono estas circunstancias
-para demostrarle a usted que mi familia tiene principios de honor
-y es digna de toda confianza. Mi padre se casó con una muchacha de
-Pera, _et moi je suis l’unique fruit de ce mariage_. De mi madre nada
-sé, porque murió a poco de nacer yo. Una familia de judíos ricos se
-compadeció de mi orfandad y se ofreció a recogerme; mi padre vino en
-ello de buen grado, y con aquella familia estuve varios años, hasta
-que fuí un _beau garçon_; se aficionaron mucho a mí, y al cabo se
-ofrecieron a adoptarme y a nombrarme heredero de cuanto tenían, a
-condición de hacerme judío. _Mais la circoncision n’était guère à
-mon goût_, especialmente la de los judíos, porque yo soy griego, y
-tengo mi orgullo y principios de honor. Me separé, pues, de aquella
-familia, diciendo que si alguna vez consentía en convertirme sería a
-la fe de los turcos, porque son muy hombres, son orgullosos y tienen
-principios de honor, como yo los tengo. Volví con mi padre, que me
-buscó varias colocaciones, ninguna de mi gusto, hasta que entré en
-casa de _Monsieur_ Zea.
-
-YO. Supongo que se refiere usted a Zea Bermúdez, que se encontraría
-entonces en Constantinopla.
-
-BUCHINI. Exactamente, _mi lor_, y a su servicio estuve mientras
-permaneció allí. Puso en mí gran confianza, más que nada porque hablo
-el español con gran pureza; lo aprendí con los judíos, que, según
-he oído decir a _Monsieur_ Zea, lo hablan mejor que los actuales
-españoles de nacimiento.
-
-No voy a seguir paso a paso la historia, un poco larga, del griego;
-baste decir que vino de Constantinopla a España con Zea Bermúdez y
-a su servicio continuó bastantes años, hasta que fué despedido por
-casarse con una doncella guipuzcoana, _fille de chambre_ de _Madame_
-Zea. Desde entonces había servido a infinidad de amos, a veces como
-ayuda de cámara; otras, las más, de cocinero. Me confesó, sin
-embargo, que casi nunca había durado más de tres días en un mismo
-empleo, a causa de las riñas que con toda seguridad suscitaba en
-la casa a poco de ser admitido, y para las que no encontraba otra
-razón que la de ser griego y tener principios de honor. Entre otras
-personas había servido al general Córdova, que era, según me dijo,
-muy mal pagador y tenía la costumbre de maltratar a sus criados.
-«Pero en mí se encontró con la horma de su zapato—dijo Antonio—,
-porque yo andaba prevenido; y un día, cuando desenvainaba la espada
-contra mí, saqué una pistola y le apunté a la cara. Se puso más
-pálido que un muerto, y desde aquel día me trató con toda clase de
-miramientos. Pero todo era fingido: el suceso se le había enconado en
-el alma, y estaba resuelto a vengarse. Cuando le dieron el mando del
-ejército, puso mucho empeño en que me fuese con él; _mais je lui ris
-au nez_, le hice el signo del _cortamanga_, pedí mis soldadas y le
-dejé; no pude hacer cosa mejor, porque al criado que llevó consigo le
-hizo fusilar acusado de insubordinación.»
-
-—Temo—dije yo—que tenga usted un natural turbulento y que todas esas
-riñas de que me habla nazcan sólo de su mal genio.
-
-—¿Y qué quiere usted, _Monsieur_? _Moi je suis Grec, je suis fier,
-et j’ai des principes d’honneur._ Deseo que se me trate con cierta
-consideración, aunque confieso que no tengo muy buen genio, y a
-veces me siento tentado de reñir hasta con las ollas y peroles de la
-cocina. Bien mirado todo, creo que a usted le convendría tomarme a
-su servicio, y yo le prometo a usted contenerme lo posible. Una cosa
-me agrada mucho en usted, y es que no está casado. Preferiría servir
-por pura amistad a un joven soltero que a un casado, aunque me diese
-cincuenta duros al mes. Es seguro que _Madame_ me odiaría, y también
-su doncella, sobre todo su doncella, porque yo estoy casado. Veo que
-_mi lor_ desea admitirme.
-
-—Pero acaba usted de decir que está casado—repliqué—. ¿Cómo va usted
-a dejar a su mujer? Porque yo estoy en vísperas de salir de Madrid
-para recorrer las provincias más apartadas y montañosas de España.
-
-—Mi mujer recibirá la mitad de mi sueldo durante mi ausencia, _mi
-lor_, y, por tanto, no tendrá razón para quejarse si la dejo. ¡Qué
-digo, quejarse! Mi mujer está ya muy bien enseñada y no se quejará.
-Nunca habla ni se sienta en presencia mía sin pedirme permiso.
-¿Acaso no soy yo griego? ¿Acaso no sé cómo debo gobernar mi propia
-casa? Admítame, _mi lor_; soy hombre de muchas habilidades, criado
-discreto, excelente cocinero, buen caballerizo y ágil jinete; en una
-palabra, soy Ρωμαϊκός. ¿Qué más quiere usted?
-
-Le pregunté sus condiciones, que resultaron exorbitantes, a pesar
-de sus _principes d’honneur_. Descubrí, no obstante, que estaba
-dispuesto a contentarse con la mitad de lo que pedía. Apenas
-cerramos el trato, se apoderó de la sopera (la sopa se había quedado
-completamente fría) y, poniéndola en la punta o más bien en la uña
-del dedo índice, la hizo dar varias vueltas sobre su cabeza sin
-verter ni una gota, con gran asombro mío; se lanzó luego hacia la
-puerta, desapareció, y al cabo de un instante reapareció con la
-_puchera_, poniéndola, después de otros brinquitos y floreos, encima
-de la mesa. Hecho esto, dejó caer los brazos, y, poniendo una mano
-sobre otra, se estuvo en posición de descanso, entornados los ojos y
-con el mismo aplomo que si llevase ya a mi servicio veinte años.
-
-De ese modo inauguró Antonio Buchini sus funciones. A muchos sitios
-salvajes me acompañó, andando el tiempo; en muchas singulares
-aventuras participó; su conducta fué a menudo sorprendente en sumo
-grado, pero me sirvió con valor y fidelidad; en todo y por todo, no
-espero ver ya un criado como éste.
-
-_Kosko bakh, Anton[6]._
-
- [6] Buena suerte, Antonio.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XX
-
- Enfermedad.—Visita nocturna.—Una inteligencia superior.—El
- cuchicheo.—Salamanca.—Hospitalidad irlandesa.—Soldados
- españoles.—Anuncios de las Escrituras.
-
-
-El deseo que tengo de comenzar la narración de mi viaje me induce
-a abstenerme de contar a los lectores buen número de cosas que me
-sucedieron antes de salir de Madrid para esta expedición. A mediados
-de mayo, teniéndolo ya todo dispuesto, me despedí de mis amigos.
-Salamanca era el primer punto a que pensaba dirigirme.
-
-Pocos días antes de mi partida me sentí bastante mal, a causa
-del estado del tiempo, muy desapacible por los vientos ásperos
-que constantemente soplaban. Me atacó un resfriado muy fuerte,
-que terminó con una tos por demás incómoda, rebelde a todos los
-remedios que sucesivamente empleé. Hechos ya los preparativos para
-marcharme en día determinado, llegué a temer que el estado de mi
-salud me obligase a aplazar el viaje algún tiempo. El último día
-de mi estancia en Madrid, viendo que apenas podía tenerme en pie,
-me decidí a emplear cualquier recurso desesperado, y por consejo
-del barbero-cirujano que me visitaba, me sangré, ya muy entrada la
-noche de aquel mismo día; el barbero me sacó diez y seis onzas de
-sangre, y después de cobrar sus honorarios, se fué, deseándome feliz
-viaje; por su reputación me aseguró que al mediodía siguiente estaría
-restablecido por completo.
-
-Pocos minutos después, y cuando sentado a solas meditaba yo en el
-viaje que iba a emprender y en el caduco estado de mi salud, oí
-llamar con fuerza a la puerta de la casa en cuyo tercer piso me
-alojaba. Un minuto después, Mr. S[outhern], de la embajada británica,
-entró en el aposento. Cambiadas unas breves palabras, dijo que me
-visitaba por encargo de Mr. Villiers para comunicarme la resolución
-tomada por el embajador. Temeroso de las graves dificultades con que
-tropezaría si intentaba difundir, solo y sin ayuda, el Evangelio
-de Dios por una parte considerable de España, había resuelto Mr.
-Villiers emplear todo su crédito e influencia en favor de mis planes,
-pareciéndole que, llevados a buen término, no podrían por menos de
-mejorar notablemente el estado político y moral de España.
-
-Con tal fin se proponía adquirir una importante cantidad de
-ejemplares del Nuevo Testamento y remitírselos sin tardanza a los
-diferentes cónsules británicos establecidos en España, con órdenes
-precisas y terminantes de emplear todos los medios nacidos de su
-situación oficial en favorecer la circulación de tales libros y
-en asegurarlos la publicidad. Recibirían, además, el encargo de
-proporcionarme, en cuanto llegase yo a sus respectivos distritos, el
-auxilio, el estímulo y la protección de que hubiese menester.
-
-Estas noticias me produjeron, como puede suponerse, grandísimo
-contento, pues, aunque de tiempo atrás conocía yo la buena voluntad
-con que Mr. Villiers estaba dispuesto a ayudarme en toda ocasión,
-y de ello me había dado con frecuencia pruebas suficientes, nunca
-pude esperar que llegase tan adelante en su generosidad ni, dada su
-importante posición diplomática, que procediese con tanta audacia
-y resolución. Esa es la vez primera, creo yo, que un embajador
-británico ha hecho de la causa de la Sociedad Bíblica una causa
-nacional, o la ha favorecido directa o indirectamente. El caso de
-Mr. Villiers es mucho más de notar porque a mi llegada a Madrid no
-le hallé bien dispuesto, ni mucho menos, en favor de la Sociedad.
-Probablemente, el Espíritu Santo le iluminó en ese punto. Era
-de esperar que con su apoyo nuestra institución no tardaría en
-poseer numerosos agentes en España que, con muchos más medios y
-mejores ocasiones que yo, esparcirían la semilla del Evangelio y
-convirtirían el árido y reseco yermo en risueño y verde trigal.
-
-Dos palabras acerca del caballero que me hizo esa visita nocturna.
-
-Es lo más probable que él haya olvidado hace ya mucho tiempo al
-humilde propagandista de la Biblia en España; pero yo conservo
-todavía el recuerdo de las bondades que me dispensó. Dotado de una
-inteligencia de primer orden, maestro en el saber de toda Europa,
-profundamente versado en las lenguas clásicas, hablaba la mayoría
-de los idiomas modernos con notable facilidad, y poseía, además, un
-cabal conocimiento del corazón humano; tales cualidades, empleadas en
-la carrera diplomática, le daban una superioridad de que muy pocos,
-aun entre los mejor dotados, podían jactarse. Durante su permanencia
-en España prestó muchos relevantes servicios al Gobierno de su
-país, y al Gobierno, creo yo, no le faltarían ni el discernimiento
-necesario para verlos, ni gratitud para premiarlos. Tuvo que
-contrarrestar, sin embargo, los enconados ataques de la malquerencia
-estúpida y baja del partido que, poco después de esta época, usurpó
-la dirección de los asuntos públicos en España. Ese partido, cuyos
-torpes manejos deshacía constantemente Mr. Southern, le temía y
-le odiaba como a su genio malo, y aprovechaba todas las ocasiones
-para arrojar sobre él las calumnias más inverosímiles y absurdas.
-Entre otras cosas, le acusaban de haber intervenido como agente del
-Gobierno británico en los sucesos de La Granja, provocando aquella
-revolución con el soborno de los soldados rebeldes y, en especial,
-del famoso sargento García. Tal acusación sólo puede provocar,
-naturalmente, una sonrisa en cuantos conocen bien el carácter inglés
-y la línea general de conducta seguida por el Gobierno británico;
-pero en España era universalmente creída, y hasta la publicó impresa
-cierto periódico, órgano oficial del necio duque de Frías, uno de
-los muchos primeros ministros del partido _moderado_ que rápidamente
-se sucedieron en el poder en el último período de la lucha entre
-carlistas y _cristinos_. Pero ¿cuándo una imputación calumniosa se
-vino jamás al suelo en España por el peso de su propia absurdidad?
-¡Infortunado país! ¡Mientras no te ilumine la pura luz del Evangelio
-no sabrás que el don más alto de todos es la caridad!
-
-Al siguiente día se verificó la predicción del barbero: la tos y la
-fiebre cedieron mucho, si bien por la pérdida de sangre me encontraba
-algo débil. A las doce en punto llegaron los caballos a la puerta de
-mi casa de la _calle de Santiago_, y me dispuse a montar; pero mi
-caballo negro andaluz, _entero_, como ya dije, no se dejaba acercar;
-en cuanto me veía la intención, empezaba a dar vueltas muy de prisa.
-
-—_C’est un mauvais signe, mon maître_—dijo Antonio, quien, vestido
-con un jubón verde, tocado con un gorro de _montero_, y calzadas
-las botas y las espuelas, tenía por la brida al caballo comprado al
-_contrabandista_, dispuesto a seguirme—. Eso es una mala señal, y en
-mi país aplazarían el viaje hasta mañana.
-
-—¿Hay en su país de usted quien dome los caballos de este
-modo?—pregunté, y tomando al caballo por la crin cumplí del modo más
-satisfactorio la ceremonia de hablarle quedo al oído. Estúvose quieto
-el animal y monté exclamando:
-
- El mozo gitano gritó a su caballo
- al tiempo de ponerle el freno en la boca:
- ¡Buen caballo, caballo gitano!
- ¡Déjame que te monte ahora![7]
-
- [7] He aquí la original copla bilingüe que damos traducida en el
- texto:
-
- The _Romany chal_ to his horse did cry,
- As he placed the bit in his horse’s jaw.
- «_Kosko gry! Romany gry!_
- _Muk man kistur tute knaw!_»
-
-Salimos de Madrid por la puerta de San Vicente, y nos encaminamos
-hacia las elevadas montañas que dividen las dos Castillas. Aquella
-noche nos quedamos en Guadarrama, pueblo grande al pie de la sierra,
-distante de Madrid siete leguas. Al día siguiente madrugamos,
-subimos al puerto y entramos en Castilla la Vieja.
-
-Cruzadas las montañas, el camino de Salamanca corre casi siempre por
-llanuras arenosas y áridas, con pequeños y claros pinares esparcidos
-aquí y allá. Ningún suceso digno de mención me ocurrió en el viaje.
-Vendimos algunos Testamentos a nuestro paso por los pueblos,
-especialmente en Peñaranda. Al mediar el tercer día, descubrimos
-desde lo alto de una colina un gran cimborrio que, herido con fuerza
-por los rayos del sol, parecía de oro bruñido. Era la cúpula de la
-catedral de Salamanca. Nos halagaba la idea de encontrarnos ya al
-fin de nuestro viaje, pero nos engañábamos: aún faltaban cuatro
-leguas hasta la ciudad, cuyas iglesias y conventos, irguiendo sus
-masas gigantescas, se columbran desde inmensa distancia y seducen al
-viajero con la impresión de una proximidad completamente ilusoria.
-Hasta mucho después de cerrar la noche, no llegamos a la puerta de la
-ciudad, cerrada y guardada en previsión de un ataque carlista; no sin
-dificultad nos permitieron entrar, y llevando nuestros caballos por
-calles desiertas, silenciosas y obscuras, dimos con un individuo que
-nos encaminó a una _posada_, la del Toro, grande, sombría e incómoda,
-la mejor de la ciudad, según comprobé más adelante.
-
-Salamanca es una ciudad melancólica; los días de su gloria escolar
-se acabaron hace mucho tiempo para no volver; suceso no muy de
-lamentar, pues ¿qué provecho ha obtenido jamás el mundo de la
-filosofía escolástica? Y sólo a ella debió siempre Salamanca su fama.
-Sus aulas están ahora casi en silencio; la hierba crece en los patios
-donde en otro tiempo se agolpaban a diario ocho mil estudiantes lo
-menos, cifra a que hoy en día no llega la población total de la
-ciudad. Pero, con su melancolía y todo, ¡qué interesante, más aún,
-qué espléndido lugar es Salamanca! ¡Cuán soberbias sus iglesias, qué
-estupendos sus conventos abandonados, y con qué sublime pero adusta
-grandeza sus enormes y ruinosos muros, que coronan la escarpada
-orilla del Tormes, miran al ameno río y a su venerable puente!
-
-¡Lástima que de los muchos ríos de España casi ninguno sea navegable!
-El Tormes es bello, pero de poca agua, y en lugar de ser manantial de
-prosperidades y de riqueza para esta parte de Castilla, sólo sirve
-para mover unos cuantos pequeños molinos instalados en las presas de
-piedra que de trecho en trecho atraviesan el cauce.
-
-Mi estancia en Salamanca fué sobre todo placentera por las bondadosas
-atenciones y la diligente hospitalidad de los moradores del Colegio
-irlandés, para cuyo rector llevaba yo una carta de recomendación
-de mi bueno y excelente amigo Mr. O’Shea, el famoso banquero de
-Madrid. No olvidaré fácilmente a aquellos irlandeses, sobre todo a
-su director, el doctor Gartland, genuino vástago del buen tronco
-hibernés, hombre de gran saber, de espíritu elevado y cumplido
-caballero. Aunque sabía de sobra quién yo era, tendió una mano
-amistosa al errante misionero hereje, exponiéndose con tal conducta
-a los agrios reparos de los curas del país, gente de pocos alcances,
-que me miraban de reojo cada vez que pasaba junto a los corrillos de
-la _Plaza_, donde, vestidos con sus largos manteos y tocados con la
-feísima teja, se reunían para murmurar. Pero ¿cuándo se ha visto que
-un irlandés deje de cumplir los deberes de la hospitalidad por temor
-a las consecuencias de su conducta? Estoy seguro de que ni el Papa
-ni los cardenales, con toda su autoridad, bastarían para inducirle
-a cerrar su puerta al mismo Lutero, si tan respetable personaje
-anduviese ahora por el mundo, necesitado de sustento y asilo.
-
-¡Honor a Irlanda y a sus «cien mil bienvenidas»! Por mucho tiempo han
-sido sus campos los más verdes del mundo, sus hijas las más hermosas,
-sus hijos los más elocuentes y valerosos. ¡Que sea siempre así!
-
-La _posada_ donde me alojé era un buen ejemplar de los antiguos
-albergues españoles, igual en casi todo a las del tiempo de Felipe
-III o IV. Las habitaciones eran muchas y grandes, pavimentadas de
-ladrillo o de piedra, con una alcoba, generalmente, en un extremo
-y en ella una miserable cama de borra. Detrás de la casa el corral
-y al fondo de éste la cuadra, llena de caballos, jacas, mulas,
-_machos_ y burros, porque huéspedes no faltaban, la mayoría de
-los cuales, _arrieros_ o vendedores ambulantes que recorrían el
-país traficando en lienzos y paños burdos, dormía en el establo
-con sus _caballerías_. En el cuarto frontero al mío se alojaba un
-oficial herido, recién llegado de San Sebastián en un jaco lleno de
-mataduras; era extremeño y se volvía a su pueblo para curarse. Le
-acompañaban tres soldados licenciados, inútiles para el servicio a
-causa de sus mutilaciones y lisiaduras; eran, según me contaron,
-del mismo pueblo que su merced, y por eso les permitía viajar en su
-compañía. Los soldados dormían en los camastros de las mulas; de día
-haraganeaban por la casa, fumando cigarros de papel. Nunca los vi
-comer, pero hacían frecuentes visitas a un rincón fresco y obscuro
-donde estaba una _bota_, y poniéndosela como a seis pulgadas de sus
-delgados y negruzcos labios, dejaban que el líquido se les entrase
-mansamente por el garguero abajo. Dijéronme que no tenían paga, y
-como carecían en absoluto de dinero, _su merced_ el oficial les daba
-a veces un pedazo de pan, pero también él era pobre y sólo poseía
-un puñado de duros. ¡Magníficos huéspedes para una posada!, pensé
-yo: sin embargo, España, lo digo en su honor, es uno de los pocos
-países de Europa donde nunca se insulta a la pobreza ni se la mira
-con desprecio. A ninguna puerta llamará un pobre donde se le despida
-con un sofión, aunque sea la puerta de una posada; si no le dan
-albergue, despídenle al menos con suaves palabras, encomendándole
-a la misericordia de Dios y de su madre. Así es como debe ser. Yo
-me río del fanatismo y de los prejuicios de España; aborrezco la
-crueldad y ferocidad que han arrojado sobre su historia una mancha
-de infamia indeleble; pero he de decir en pro de los españoles que
-ningún pueblo del mundo muestra en el trato social un aprecio más
-justo de la consideración debida a la dignidad de la naturaleza
-humana, ni comprende mejor el proceder que a un hombre le importa
-adoptar respecto de sus semejantes. Ya he dicho que este es uno de
-los pocos países de Europa donde no se mira con desprecio la pobreza;
-añado ahora que es también uno de los pocos donde la riqueza no es
-ciegamente idolatrada. En España, los mismos mendigos no se sienten
-seres degradados, porque no besan ningún pie, e ignoran lo que es
-verse abofeteados o escupidos; en España, el duque y el marqués con
-dificultad pueden alimentar una opinión excesivamente presuntuosa de
-su propia importancia, porque no encuentran a nadie, quizás con la
-excepción de su criado francés, que los adule o los halague.
-
-Durante mi estancia en Salamanca, tomé algunas disposiciones para
-que la palabra de Dios pudiese ser conocida de todos en la famosa
-ciudad. El principal librero de la localidad, Blanco, hombre rico y
-respetable, consintió en ser mi representante, y, en consecuencia,
-deposité en su tienda cierto número de ejemplares del Nuevo
-Testamento. Blanco era propietario de una pequeña imprenta, donde se
-tiraba el _Boletín Oficial_ de la ciudad. Redacté para el _Boletín_
-un anuncio de la obra, diciendo, entre otras cosas, que el Nuevo
-Testamento es la única guía para la salvación; hablaba también de la
-Sociedad Bíblica, y de los grandes sacrificios pecuniarios que estaba
-haciendo con la mira de proclamar a Cristo crucificado y de dar a
-conocer su doctrina. Quizás encuentren algunos ese paso demasiado
-atrevido, pero yo no sabía cuál otro podía tomar que llamase
-más la atención de la gente, extremo de gran importancia. Mandé
-también imprimir cierto número de esos anuncios en forma y tamaño
-de carteles, y los mandé pegar en diferentes sitios de la ciudad.
-Muchas esperanzas tenía yo de vender por ese medio una cantidad
-considerable de ejemplares del Nuevo Testamento; me proponía repetir
-el experimento en Valladolid, León, Santiago y demás ciudades
-importantes que visitase, repartiendo asimismo los anuncios por los
-caminos. De esa manera, los hijos de España llegarían a saber que el
-Nuevo Testamento existe, hecho que apenas conocía entonces el cinco
-por ciento de los españoles, a pesar de la catolicidad y cristiandad
-de que con harta frecuencia se jactan.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XXI
-
- Salida de Salamanca.—Recibimiento en Pitiega.—El
- dilema.—Inspiración súbita.—El buen cura.—Combate
- de dos cuadrúpedos.—Irlandeses cristianos.—Las
- llanuras de España.—Los catalanes.—La poza
- fatal.—Valladolid.—Propaganda de las Escrituras.—Las
- misiones para Filipinas.—El colegio inglés.—Una
- conversación.—La carcelera.
-
-
-El sábado 10 de junio salí de Salamanca para Valladolid. Como el
-pueblo donde pensábamos quedarnos sólo distaba cinco leguas, no
-salimos hasta después del medio día. Había en el cielo una neblina
-que obscurecía al sol y casi lo ocultaba a nuestra vista. Mi
-amigo Mr. Patrick Cantwell, del Colegio irlandés, fué tan amable
-que me acompañó parte del camino. Montaba una mula de alquiler,
-extremadamente ruin en apariencia, incapaz, a juicio mío, de seguir
-el paso de nuestros fogosos caballos; parecía hermana gemela de la
-mula de Gil Pérez, en la que su sobrino hizo el famoso viaje de
-Oviedo a Peñaflor. Pero estaba yo muy equivocado. El animalito, en
-cuanto montó mi amigo, salió andando con aquel rápido paso tantas
-veces admirado por mí en las mulas españolas y que no puede igualar
-caballo alguno. Los nuestros, a pesar de su magnífica estampa, se
-quedaron atrás muy pronto, y a cada momento teníamos que ponerlos al
-trote para seguir al singular cuadrúpedo, que muy a menudo engallaba
-la cabeza, encogía los labios y nos enseñaba sus amarillos dientes,
-como si se riera de nosotros, y acaso se reía. Aconteció que ninguno
-conocíamos bien el camino; en realidad, no veíamos cosa alguna que
-pudiera con justicia llamarse así. La ruta de Salamanca a Valladolid,
-a veces carril, a veces senda, es muy difícil de distinguir; no
-tardamos en perdernos, y anduvimos mucho más de lo que, en rigor,
-era necesario. Sin embargo, como nos cruzábamos frecuentemente
-con hombres y mujeres que pasaban montados en jumentos, nuestro
-orgullo no nos impidió tomar los necesarios informes, y a fuerza de
-preguntas llegamos al cabo a Pitiega, pueblecito a cuatro leguas
-de Salamanca, formado por chozas de tierra, en las que viven unas
-cincuenta familias, enclavado en una llanura polvorienta, cubierta de
-opulentos trigales. Preguntamos por la casa del _cura_, un anciano a
-quien había visto yo el día antes en el Colegio Irlandés, y que al
-enterarse de mi próximo viaje a Valladolid, me arrancó la promesa de
-no pasar por su pueblo sin visitarle y sin aceptar su hospitalidad.
-Una mujer nos encaminó a cierta casita aislada, de aspecto un poco
-mejor que las contiguas; tenía un pequeño pórtico, cubierto, si no
-recuerdo mal, por una parra. Llamamos fuerte y repetidas veces a la
-puerta, sin obtener contestación; callaba la voz del hombre, y ni
-siquiera ladraba un perro. Lo que ocurría era que el anciano cura
-estaba durmiendo la _siesta_ y lo mismo toda su familia, compuesta
-de una sirvienta vieja y de un gato. Movíamos tanto ruido y dábamos
-tantas voces, impacientados por el hambre, que el bueno del cura
-acabó por despertarse, y saltando de la cama corrió presuroso a
-la puerta, lleno de confusión, y al vernos se deshizo en excusas
-por estar durmiendo en el punto y hora en que, según dijo, debía
-hallarse en la azotea acechando la llegada de su huésped. Me abrazó
-cariñosamente y me condujo a su despacho, aposento de regulares
-dimensiones, guarnecido de estantes llenos de libros. En uno de los
-extremos había una especie de mesa o escritorio, tendido de cuero
-negro, y un ancho sillón, donde el cura me obligó a sentarme cuando
-me disponía, con ardor de bibliómano, a inspeccionar los estantes;
-con extraordinaria vehemencia me dijo que allí no había nada digno de
-la atención de un inglés, porque toda su librería estaba compuesta de
-libros de rezo y de áridos tratados de teología católica.
-
-Se ocupó luego en ofrecernos un refrigerio. En un abrir y cerrar
-de ojos, con la ayuda del ama, puso sobre la mesa varios platos
-con bollos y confituras y unas botellas de vidrio grueso que se me
-antojaron muy parecidas a las de Schiedam, y resultaron, en efecto,
-suyas. «Aquí tienen—dijo el cura restregándose las manos—. Doy
-gracias a Dios por poder ofrecerles algo de su gusto. Estas botellas
-son de aguardiente de Holanda añejo»; y manifestando dos anchos
-vasos, continuó: «Llénenlos, amigos míos, y beban; beban y apúrenlo
-si les place, porque para mí eso está de sobra: rara vez bebo nada
-más que agua. Sé que a ustedes los isleños les gusta beber y que no
-pueden pasar sin ello; por tanto, si les sirve de provecho, lo que
-siento es no tener más.»
-
-Al observar que nos contentábamos meramente con gustar el aguardiente
-nos miró asombrado y nos preguntó por qué no bebíamos. Le dijimos que
-muy rara vez bebíamos alcoholes, y yo añadí que, por mi parte, apenas
-probaba ni aun el vino, contentándome, como él, con beber agua.
-Algo incrédulo se mostró; pero nos dijo que procediéramos con plena
-libertad y pidiéramos lo que fuese de nuestro gusto. Le contestamos
-que aún no habíamos comido y que nos alegraría poder ingerir algo
-substantífico. «Me temo que no haya en casa nada que les venga bien;
-con todo, vamos a verlo.»
-
-En diciendo esto, nos condujo a una corraliza, a espaldas de la casa,
-que hubiera podido llamarse huerto o jardín de haberse criado en ella
-árboles o flores; pero sólo producía abundante hierba. En un extremo
-había un palomar bastante grande, y nos metimos en él, «porque—dijo
-el cura—si encontrásemos unos buenos pichones, ya tenían ustedes
-excelente comida.» Empero nos llevamos chasco: después de registrar
-los nidos, sólo encontramos pichones de muy pocos días, que no se
-podían comer. El buen hombre se entristeció mucho y empezó a temer,
-según dijo, que tuviésemos que marcharnos sin probar bocado. Dejamos
-el palomar y nos llevó a un sitio donde había varias colmenas, en
-torno de las que volaba un enjambre de afanosas abejas, llenando el
-aire con su zumbido. «Lo que más quiero, después de mis prójimos,
-son las abejas—dijo el cura—. Uno de mis placeres es sentarme aquí a
-observarlas y a escuchar su música.»
-
-Pasamos después por varias habitaciones desamuebladas contiguas
-al corral, en una de las cuales colgaban varias lonjas de tocino;
-deteniéndose debajo de ellas, el cura alzó los ojos y se puso a
-mirarlas atentamente. Dijímosle que si no podía ofrecernos cosa
-mejor, tomaríamos muy gustosos unos torreznos, sobre todo si se les
-añadían unos huevos. «Para decir la verdad—respondió—, no tengo
-otra cosa, y si os arregláis con esto, me alegraré mucho; huevos no
-faltarán y podéis comer cuantos queráis, fresquísimos, porque las
-gallinas ponen todos los días.»
-
-Una vez preparado todo a nuestro gusto, nos sentamos a comer el
-torrezno y los huevos; pero no en el aposento donde primeramente nos
-recibió, sino en otro más chico, en el lado opuesto del zaguán. El
-buen cura no comió con nosotros por haberlo hecho ya mucho antes;
-pero se sentó en la cabecera de la mesa y animó la comida con su
-charla. «Ahí mismo donde están ustedes ahora—dijo—se sentaron antaño
-Wellington y Crawford, después de derrotar en los Arapiles a los
-franceses, rescatándonos de la servidumbre de aquella perversa
-nación. Nunca he venerado mi casa tanto como desde que la honraron
-con su presencia aquellos héroes, uno de los cuales era un semidiós.»
-Rompió luego en un elocuentísimo panegírico de _El Gran Lord_, como
-le llamaba, y con mucho gusto lo transcribiría si mi pluma fuese
-capaz de traducir al inglés los robustos y sonoros períodos de su
-poderoso castellano. Hasta entonces me había parecido el cura un
-viejo ignorante y sencillo, casi un simple, tan incapaz de sentir
-fuertes emociones como una tortuga dentro de su concha. Pero una
-súbita inspiración le iluminó; vibró en sus ojos una ardiente
-llamarada y todos los músculos de su rostro temblaron. El bonete
-de seda que, conforme al uso del clero católico, llevaba puesto,
-movíasele arriba y abajo a compás de su agitación. Pronto advertí
-que estaba ante uno de tantos hombres notables como surgen con
-frecuencia en el seno de la iglesia romana, que a una simplicidad
-infantil reúnen una energía inmensa y un entendimiento poderoso, y
-son igualmente aptos para guiar un reducido rebaño de ignorantes
-campesinos en una obscura aldea de Italia o de España, o para
-convertir millones de paganos en las costas del Japón, de China o del
-Paraguay.
-
-El cura era un hombre delgado y seco, como de sesenta y cinco años, y
-vestía un manteo negro de tela burda; lo restante de su pergenio no
-era de mejor calidad. La modestia de su atavío no era, ni con mucho,
-resultado de la pobreza. El curato era de muy buenos rendimientos, y
-ponía anualmente a disposición del titular ochocientos duros por lo
-menos, de los que invertía la octava parte en sufragar sobradamente
-los gastos de su casa y familia; lo demás lo empleaba por completo
-en obras de pura caridad. Daba de comer al caminante hambriento, que
-luego seguía su viaje muy alegre con provisiones en las alforjas
-y una _peseta_ en el bolsillo; cuando sus feligreses necesitaban
-dinero, no tenían más que acudir a su despacho, y de seguro
-encontraban inmediato remedio. Era, verdaderamente, el banquero del
-pueblo, y ni esperaba ni deseaba que le devolvieran sus préstamos.
-Aunque necesitaba hacer viajes frecuentes a Salamanca, no tenía mula,
-y se valía de un jumento que le dejaba el molinero del pueblo. «Hace
-años tenía yo una mula, pero se la llevó sin mi permiso un viajero
-a quien albergué una noche; porque ha de saberse que en esa alcoba
-tengo dos camas muy limpias a disposición de los caminantes, y me
-alegraría mucho que usted y su amigo las ocuparan y se quedasen
-conmigo hasta mañana.»
-
-Pero ansiaba yo continuar el viaje, y a mi amigo no le apetecía menos
-volverse a Salamanca. Al despedirme del hospitalario cura le regalé
-un ejemplar del Nuevo Testamento. Recibiólo sin proferir palabra y lo
-colocó en un estante de su despacho; observé que le hacía señas al
-estudiante irlandés, moviendo la cabeza como si quisiera decir: «Su
-amigo de usted no pierde ocasión de propagar su libro»; porque sabía
-muy bien quién era yo. No olvidaré tan pronto al presbítero, bueno de
-veras, Antonio García de Aguilar, _cura_ de Pitiega.
-
-Llegamos a Pedroso poco antes de anochecer. Pedroso es una aldehuela
-como de treinta casas, cortada por un arroyuelo o _regata_. En
-sus orillas, mujeres y mozas lavaban ropa y cantaban; la iglesia,
-aislada y solitaria, se alzaba en último término. Preguntamos por
-la _posada_ y nos mostraron una casucha que en nada se distinguía de
-las demás por su aspecto general. En vano llamamos a la puerta: en
-Castilla no es costumbre que los posaderos salgan a recibir a sus
-huéspedes. Concluímos por apearnos y entrar en la casa; preguntamos
-a una mujer de semblante adusto dónde podíamos poner los caballos.
-Nos dijo que no era posible llevarlos a la cuadra de la casa, porque
-habían metido en ella unos _malos machos_, pertenecientes a dos
-viajeros, que se pondrían seguramente a reñir con nuestros caballos
-y habría una _función_ capaz de hundir la casa. Nos señaló un anejo
-a la posada, al otro lado de la calle, diciendo que allí podríamos
-encerrar nuestras bestias. Reconocimos el lugar, encontrándolo lleno
-de basura, habitado por los cerdos, y sin cerradura en la puerta.
-Me acordé de la mula del _cura_ y me entraron pocas ganas de dejar
-los caballos en tal lugar, a merced de cualquier ladrón de aquellos
-contornos. Volví, pues, a la posada y dije resueltamente que había
-decidido llevarlos a la cuadra. Dos hombres, sentados en el suelo,
-cenaban una inmensa fuente de liebre estofada; eran los vendedores
-ambulantes, dueños de los machos. Al dirigirme a la cuadra, uno de
-los dos hombres murmuró: «Sí, sí; anda y ya verás lo que pasa».
-Apenas entré en el establo sonó un hórrido y discordante grito,
-mezcla de rebuzno y quejido, y el más grande de los dos _machos_,
-soltándose del pesebre a que estaba atado, con los ojos como brasas y
-resoplando con la furia de un vendaval, se arrojó sobre mi caballo;
-pero éste, tan cerril como el macho, alzó las patas y, a la manera
-de un pugilista inglés, le pagó con tal caricia en la frente que
-casi le tira al suelo. Se trabó después un combate, y pensé que iba
-a realizarse la predicción de la adusta mujer haciéndose pedazos
-la casa. Puse fin a la batalla colgándome del ronzal del macho,
-con riesgo de mis extremidades, mientras Antonio, a costa de mucho
-trabajo, apartaba el caballo. Entonces el dueño del macho, que se
-había quedado en la puerta, se adelantó diciendo: «Si hubiera usted
-seguido el consejo que le dieron, no habría pasado esto». Díjele que
-era un disparate dejar los caballos en un sitio donde probablemente
-los robarían antes del amanecer, y que yo no estaba dispuesto a
-correr ese albur; el hombre me respondió: «Es verdad, es verdad;
-quizá ha hecho usted bien». Luego ató de nuevo el _macho_ al pesebre,
-y reforzó la atadura con un pedazo de tralla, asegurando que ya no
-era posible que el animal se soltase.
-
-Después de cenar vagué por el pueblo. Intenté hablar con dos o tres
-labradores, en pie a la puerta de sus casas; pero todos se mostraron
-por demás reservados, y con un áspero _buenas noches_, daban media
-vuelta y se metían dentro, sin invitarme a entrar. Me encaminé, por
-último, al pórtico de la iglesia, y allí permanecí un rato pensativo,
-hasta que juzgué conveniente retirarme a descansar, y así lo hice, no
-sin fijar antes en el atrio de la iglesia un cartel anunciando que
-el Nuevo Testamento se vendía en Salamanca. De vuelta en la posada
-encontré a los dos vendedores ambulantes profundamente dormidos en
-las _mantas_ de sus machos, tendidas por el suelo. Un hombre a quien
-yo no había visto hasta entonces, y que era, al parecer, el amo
-de la casa, me dijo: «Me figuro, _caballero_, que usted ha de ser
-un comerciante francés, de paso para la feria de Medina.» «No soy
-francés ni comerciante—respondí—. Aunque pasaré por Medina, no voy a
-la feria.» «Entonces será usted uno de los irlandeses cristianos de
-Salamanca, _caballero_—replicó el hombre—. He oído decir que viene
-usted de allí.» «¿Por qué los llama usted irlandeses cristianos?
-¿Es que hay paganos en su país?» «Los llamamos cristianos—dijo el
-posadero—para distinguirlos de los irlandeses ingleses, que son peor
-que paganos, porque son judíos y herejes.» Sin responder, me entré en
-mi cuarto, y desde él oí, por estar la puerta entornada, el siguiente
-breve diálogo entre el posadero y su mujer.
-
-EL POSADERO.—_Mujer_, me parece que tenemos mala gente en casa.
-
-SU MUJER.—¿Te refieres a los últimos que han llegado, a ese
-_caballero_ y a su criado? Sí; no he visto en mi vida gente peor
-encarada.
-
-EL POSADERO.—No me gusta el criado, y menos todavía el amo. Es un
-hombre sin formalidad ni educación; me dice que no es francés, le
-hablo de los irlandeses cristianos, y parece que tampoco es de su
-casta. Tengo más que barruntos de que es hereje o, por lo menos,
-judío.
-
-SU MUJER.—Acaso sea las dos cosas. _¡María Santísima!_ ¿Qué haremos
-para purificar la casa cuando se vayan?
-
-EL POSADERO.—¡Oh! Lo que es eso irá a la _cuenta_, como es natural.
-
-Dormí profundamente, y me levanté algo entrada la mañana; después de
-desayunarme pagué la cuenta, y bien conocí, por su exorbitancia, que
-no habían dejado de poner en ella los gastos de purificación. Los
-vendedores ambulantes se habían marchado al rayar el día. Sacamos
-luego los caballos y montamos; en la puerta de la posada había un
-grupo de gente que no nos quitaba ojo.—¿Qué significa esto?—le
-pregunté a Antonio.
-
-—Se susurra que no somos cristianos—respondió—y han venido para
-persignarse al vernos partir.
-
-En el momento de romper la marcha, en efecto, lo menos doce manos
-se pusieron a hacer la señal de la cruz, que ahuyenta al Malo.
-Antonio se volvió al instante y se santiguó al modo griego, mucho más
-complejo y difícil que el católico.
-
-—_¡Mirad qué santiguo, qué santiguo de los demonios!_—exclamaron
-varias voces, mientras avivábamos el paso por temor a las
-consecuencias.
-
-El día fué por demás caluroso, y con mucha lentitud proseguimos
-la marcha a través de las llanuras de Castilla la Vieja. En todo
-lo perteneciente a España, la inmensidad y la sublimidad se
-asocian. Grandes son sus montañas y no menos grandes sus planicies,
-ilimitadas, al parecer; pero no como las uniformes e ininterrumpidas
-llanadas de las estepas rusas. El terreno presenta de continuo
-escabrosidades y desniveles; aquí un barranco profundo o rambla,
-excavado por los torrentes invernales; más allá una eminencia, muchas
-veces fragosa e inculta, en cuya cima aparece un pueblecito aislado
-y solitario. ¡Cuánta melancolía por doquier; qué escasas las notas
-vivas, joviales! Aquí y allá se encuentra a veces algún labriego
-solitario trabajando la tierra; tierra sin límites, donde los olmos,
-las encinas y los fresnos son desconocidos; tierra sin verdor, sobre
-la que sólo el triste y desolado pino destaca su forma piramidal.
-¿Y quién viaja por estas comarcas? Principalmente los _arrieros_ y
-sus largas recuas de mulas, adornadas con campanillas de monótono
-tintineo. Vedlos, con sus rostros atezados, sus trajes pardos, sus
-sombrerotes gachos; ved a los _arrieros_, verdaderos señores de las
-rutas de España, más respetados en estos caminos polvorientos que los
-duques y los _condes_, vedlos: mal encarados, orgullosos, rara vez
-sociables, cuyas roncas voces se oyen en ocasiones desde una milla de
-distancia, ya excitando a los perezosos animales, ya entreteniendo la
-tristeza del camino con rudos y discordantes cantares.
-
-Muy entrada la tarde llegamos a Medina del Campo, una de las
-principales ciudades de España en otro tiempo, y al presente lugar
-sin importancia. Inmensas ruinas la rodean por todas partes,
-atestiguando la pasada grandeza de la «ciudad de la llanura». La
-plaza principal o del mercado es notable; rodéanla sólidos porches,
-sobre los que se alzan negruzcos edificios muy antiguos. Medina
-estaba llena de gente, porque la feria se celebraba de allí a un
-par de días. Algún trabajo nos costó conseguir que nos admitieran
-en la _posada_, ocupada principalmente por catalanes llegados de
-Valladolid. Esa gente no sólo llevaba consigo sus mercancías, sino
-sus mujeres e hijos. Algunos tenían malísima catadura, sobre todo
-uno, gordo y de aspecto salvaje, como de cuarenta años de edad, que
-se portó de atroz manera: sentado con su mujer, quizás su concubina,
-a la puerta de un aposento que daba al patio, no cesaba de expeler
-horribles y obscenos juramentos en español y en catalán. La mujer era
-de notable hermosura; pero muy recia y al parecer no menos salvaje
-que el hombre; su modo de hablar era igualmente horrendo. Ambos
-parecían dominados por incomprensible furor. Al cabo, ante cierta
-observación hecha por la mujer, el hombre se levantó y sacando de la
-faja un gran cuchillo le tiró un golpe a su compañera en el pecho
-desnudo; la mujer, empero, interpuso la palma de la mano y recibió
-en ella el navajazo. Estúvose un momento el agresor mirando gotear
-la sangre en el suelo, mientras la mujer levantaba en alto la mano
-herida; luego, arrojando un estruendoso juramento, salió corriendo
-del patio a la _plaza_. Me acerqué entonces a la mujer y dije: «¿Por
-qué ha sido todo eso? Espero que ese tunante no le habrá herido de
-gravedad.» Volvió hacia mí el semblante con expresión infernal y
-mirándome despreciativamente exclamó: «_Carals, ¿que es eso?_ ¿No
-puede un caballero catalán hablar de sus asuntos particulares con
-su señora sin que usted los interrumpa?» Se vendó luego la mano con
-un pañuelo y entrándose en el cuarto sacó una mesita, puso en ella
-diferentes cosas para disponer la cena, y se sentó en un taburete.
-En seguida volvió el catalán y, sin decir palabra, se sentó en el
-umbral, como si nada hubiera ocurrido; la singular pareja comenzó a
-comer y a beber, sazonando los manjares con juramentos y burlas.
-
-Pasamos la noche en Medina, y a la mañana siguiente, muy temprano,
-reanudamos el viaje, pasando por una comarca muy parecida a la que
-recorrimos el día antes; a cosa del mediodía llegamos a una pequeña
-_venta_, a media legua del Duero, y en ella descansamos durante las
-horas de más calor; montamos después nuevamente y, cruzando el río
-por un hermoso puente de piedra, nos encaminamos a Valladolid. Las
-márgenes del Duero son muy bellas por aquel sitio y pobladas de
-árboles y arbustos en los que trinaban melodiosamente a nuestro paso
-algunos pajarillos. Delicioso frescor subía del agua que, a veces,
-se embravecía entre las piedras o fluía veloz sobre la blanca arena,
-o se estancaba con mansedumbre en las pozas azules, de considerable
-hondura. Muy cerca de una de estas hoyas estaba sentada una mujer,
-como de treinta años, vestida a lo labrador, con pulcritud; miraba
-fijamente al agua, arrojando a ella, de vez en cuando, flores y
-ramitas. Me detuve un momento y la hablé; pero sin mirarme ni
-contestar, siguió contemplando el agua como si hubiera perdido la
-conciencia de cuanto le rodeaba. «¿Quién es esa mujer?», pregunté
-a un pastor que encontré momentos más tarde. «Es una loca, _la
-pobrecita_—respondió—. Hace un mes se le ahogó un hijo en esa poza,
-y desde entonces ha perdido el juicio. La van a llevar a Valladolid,
-a la _Casa de los locos_. Todos los años se ahoga bastante gente en
-los remolinos del Duero; éste es un río muy malo. _Vaya usted con
-la Virgen, caballero._» Después entramos en los mezquinos y ralos
-_pinares_ que bordean el camino de Valladolid por aquella dirección.
-
-Valladolid está situado en medio de un inmenso valle, o más bien
-hondonada, abierta, al parecer, por una fortísima convulsión de
-la planicie castellana. Las alturas de las inmediaciones no son,
-propiamente, una elevación del suelo, sino más bien los bordes de
-la hondonada. Son muy escabrosas y pendientes y de aspecto por
-demás insólito. Parece que en épocas remotas toda esta comarca
-estuvo trabajada por fuerzas volcánicas. Hay en Valladolid numerosos
-conventos, ahora abandonados, magnífica muestra, algunos de ellos,
-de la arquitectura española. La iglesia principal, bastante antigua,
-está sin acabar; propusiéronse los fundadores levantar un edificio
-muy vasto; pero sus medios no bastaron para realizar el plan. Es de
-granito sin labrar. Valladolid es ciudad fabril, pero en cambio su
-comercio está principalmente en manos de los catalanes, establecidos
-aquí en número próximo a trescientos. Posee una hermosa _alameda_ por
-la que corre el Esgueva. La población dícese que llega a sesenta mil
-habitantes.
-
-Paramos en la _Posada de las Diligencias_, edificio magnífico;
-pero a los dos días de llegar nos fuimos de ella muy gustosos,
-porque el alojamiento era malísimo, y la gente de la casa por demás
-grosera. El dueño, hombre de talla gigantesca, de enormes bigotes
-y de marcialidad afectada, debía de creerse un caballero demasiado
-principal para fijar la atención en sus huéspedes, de los que, a la
-verdad, no andaba muy recargado, porque sólo estábamos Antonio y yo.
-Era persona importante entre los guardias nacionales de Valladolid
-y se recreaba pavoneándose por la ciudad en un corcel pesadote que
-encerraba en una cuadra subterránea.
-
-Trasladamos nuestros reales al Caballo de Troya, _posada_ antigua,
-a cargo de un vascongado que, al menos, no se creía superior a su
-oficio. Las cosas andaban muy revueltas en Valladolid por creerse
-inminente una visita de los facciosos. Barreadas todas las puertas,
-construyeron, además, unos reductos para cubrir los aproches de la
-ciudad. Poco después de marcharnos nosotros, llegaron, en efecto, los
-carlistas al mando del cabecilla vizcaíno Zariategui. No encontraron
-resistencia; los nacionales más decididos se retiraron al reducto
-principal y en seguida lo entregaron, sin que en toda esa función se
-disparase un tiro. Mi amigo, el héroe de la posada, en cuanto oyó que
-se aproximaba el enemigo, montó a caballo y escapó, y no ha vuelto a
-saberse de él. A mi regreso a Valladolid, hallé la posada en otras
-manos mucho mejores: regíala un francés de Bayona, quien me prodigó
-tantas amabilidades como groserías sufrí de su predecesor.
-
-A los pocos días conocí al librero de la localidad, hombre sencillo,
-de corazón bondadoso, que de buen grado se encargó de vender los
-Testamentos. Todo género de literatura hallábase en Valladolid en
-profundísima decadencia. Mi nuevo amigo sólo podía dedicarse a
-vender libros en combinación con otros negocios, porque, según me
-aseguró, la librería no le daba para vivir. Sin embargo, durante la
-semana que permanecí en la ciudad se vendió un número considerable
-de ejemplares, y abrigaba yo buenas esperanzas de que aún pedirían
-muchos más. Para llamar la atención sobre mis libros recurrí al
-sistema empleado en Salamanca y fijé carteles en las paredes. Antes
-de marcharme dispuse que todas las semanas los renovasen; con eso
-pensaba yo lograr multiplicados y saludables frutos, porque el
-pueblo tendría siempre ocasión de saber que existía, al alcance de
-sus medios, un libro que contiene la palabra de vida, y acaso se
-sintiera inducido a comprarlo y a consultarlo, incluso acerca de su
-salvación... Hay en Valladolid un colegio inglés y otro escocés.
-Mis amables amigos los irlandeses de Salamanca me habían dado una
-carta de presentación para el rector del último. Estaba el colegio
-instalado en un lóbrego edificio, en calle apartada. El rector vestía
-como los eclesiásticos españoles, carácter que, a todas luces,
-pretendían apropiarse. Había en sus modales cierta fría sequedad,
-sin pizca del generoso celo ni de la ardiente hospitalidad que de
-tal modo me cautivaron en el cortesísimo rector de los irlandeses de
-Salamanca; sin embargo, me trató con mucha urbanidad y se ofreció a
-enseñarme las curiosidades locales. Sabía, sin duda alguna, quién
-era yo, y acaso por esta razón se mostró más reservado de lo que en
-otro caso hubiese sido; no hablamos palabra de asuntos religiosos,
-como si de consuno quisiésemos eludirlos. Bajo sus auspicios visité
-el colegio de las Misiones Filipinas, situado en las afueras; me
-presentaron al rector, septuagenario de hermosa presencia, muy
-vigoroso, en hábito de fraile. Expresaba su semblante una benignidad
-plácida que me interesó sobremanera; hablaba poco y con sencillez;
-parecía haber dicho adiós a todas las pasiones terrenales. Sin
-embargo, aún se aferraba a cierta pequeña debilidad.
-
-YO.—Vive usted en una casa hermosa, padre. Lo menos caben aquí
-doscientos estudiantes.
-
-EL RECTOR.—Más aún, hijo mío; se hizo para albergar más centenares
-que simples individuos vivimos en ella ahora.
-
-YO.—Veo aquí algunos trabajos de defensa improvisados; los muros
-están llenos de aspilleras por todas partes.
-
-EL RECTOR.—Hace unos días vinieron los nacionales de Valladolid
-y causaron bastante daño sin utilidad alguna; estuvieron un poco
-groseros y me amenazaron con los clubs. ¡Pobres hombres, pobres
-hombres!
-
-YO.—Supongo que también las misiones, a pesar de sus elevados fines,
-se resentirán de los trastornos actuales de España.
-
-EL RECTOR.—Demasiado cierto es eso; ahora el Gobierno no nos favorece
-nada; sólo contamos con nuestras propias fuerzas y con la ayuda de
-Dios.
-
-YO.—¿Cuántos misioneros novicios hay en el colegio?
-
-EL RECTOR.—Ninguno, hijo mío; ninguno. El rebaño se ha dispersado; el
-pastor se ha quedado solo.
-
-YO.—Vuestra reverencia habrá, sin duda alguna, tomado parte activa en
-las misiones.
-
-EL RECTOR.—Cuarenta años he estado en Filipinas, hijo mío; cuarenta
-años entre los indios. ¡Ay de mí! ¡Cuánto quiero yo a los indios de
-Filipinas!
-
-YO.—¿Habla vuestra reverencia la lengua de los indios?
-
-EL RECTOR.—No, hijo mío. A los indios les enseñábamos el castellano;
-a mi parecer, no hay idioma mejor. Les enseñábamos el castellano y la
-adoración de la Virgen. ¿Qué más necesitaban saber?
-
-YO.—¿Y qué piensa vuestra reverencia de las Filipinas como país?
-
-EL RECTOR.—Cuarenta años he estado allá; pero lo conozco poco; el
-país no me interesaba gran cosa; mis amores eran los indios. No es
-mala tierra aquélla; pero no tiene comparación con Castilla.
-
-YO.—¿Vuestra reverencia es castellano?
-
-EL RECTOR.—Soy castellano viejo, hijo mío.
-
-Desde la Casa de las Misiones Filipinas, me condujo mi amigo al
-Colegio inglés, establecimiento muy superior en todos los órdenes al
-Colegio Escocés. En este último había muy pocos alumnos, creo que
-seis o siete apenas, mientras que en el seminario inglés se educaban
-unos treinta o cuarenta, según me dijeron. La casa es hermosa,
-con una iglesia pequeña, pero suntuosa, y muy buena biblioteca:
-su emplazamiento es alegre y ventilado; completamente aislada en
-un barrio de poco tránsito, un elevado muro, genuina muestra del
-exclusivismo inglés, la rodea por todas partes y encierra, además,
-un deleitoso jardín. Este colegio es, con gran ventaja, el mejor de
-los de su clase en toda la Península, y creo que el más floreciente.
-En el rápido vistazo dado a su interior no podía enterarme a fondo
-de su régimen; pero no dejó de impresionarme el orden, la limpieza,
-el método reinantes por doquiera. Sin embargo, no me atrevería yo
-a afirmar que el aire de severa disciplina monástica que allí se
-advertía respondiese con exactitud a la realidad. En la visita nos
-acompañó el vicerrector, por estar ausente el rector. De todas las
-curiosidades del colegio la más notable es la galería de pinturas,
-donde se guardan los retratos de gran número de antiguos alumnos de
-la casa martirizados en Inglaterra, en el ejercicio de su vocación,
-durante los agitados tiempos de Eduardo VI y de la feroz Isabel. En
-esa casa se educaron muchos de aquellos sacerdotes medio extranjeros,
-pálidos, sonrientes, que a hurtadillas recorrían en todas direcciones
-la verde Inglaterra; ocultos en misteriosos albergues, en el seno
-de los bosques, soplaban sobre el moribundo rescoldo del papismo,
-sin otra esperanza y acaso sin otro deseo que el de perecer
-descuartizados por las sangrientas manos del verdugo, entre el
-griterío de una plebe tan fanática como ellos; sacerdotes como
-Bedingfield y Garnet, y tantos otros cuyo nombre se ha incorporado a
-las gestas de su país. Muchas historias, maravillosas precisamente
-por ser ciertas, podrían, sin duda, extraerse de los archivos del
-seminario papista inglés de Valladolid.
-
-No escaseaban los huéspedes en el Caballo de Troya, donde nos
-alojábamos. Entre los llegados durante mi estancia allí, figuraba una
-mujer muy fornida y jovial, en extremo bien vestida, con traje de
-seda negra y _mantilla_ de mucho precio. Acompañábala un mozalbete
-de quince años, muy guapo, pero de expresión maligna y arisca, hijo
-suyo. Venían de Toro, lugar distante una jornada de Valladolid,
-famoso por su vino. Una noche, estando al _fresco_ en el patio de la
-posada, tuvimos el siguiente coloquio:
-
-LA MUJER.—¡_Vaya, vaya_, qué pueblo tan aburrido es Valladolid! ¡Qué
-diferencia de Toro!
-
-YO.—Yo le hubiera creído, por lo menos, tan divertido como Toro, que
-no es ni la tercera parte de grande.
-
-LA MUJER.—¿Tan divertido como Toro? _¡Vaya, vaya!_ ¿Ha estado usted
-alguna vez en la cárcel de Toro, señor caballero?
-
-YO.—Nunca he tenido ese honor; generalmente, la cárcel es el último
-sitio que se me ocurre visitar.
-
-LA MUJER.—Vea usted lo que es la diferencia de gustos: yo he ido a
-ver la cárcel de Valladolid, y me parece tan aburrida como la ciudad.
-
-YO.—Es claro; si en alguna parte hay tristeza y fastidio, ha de ser
-en la cárcel.
-
-LA MUJER.—Pero no en la de Toro.
-
-YO.—¿Qué tiene la cárcel de Toro para distinguirse de las demás?
-
-LA MUJER.—¿Qué tiene? _¡Vaya!_ ¿Pues no soy yo la _carcelera_? ¿Y no
-es mi marido el _alcaide_? Y mi hijo, ¿no es hijo de la cárcel?
-
-YO.—Dispense usted: no conocía esas circunstancias. La diferencia, en
-efecto, es grande.
-
-LA MUJER.—Ya lo creo. Yo también soy hija de la cárcel; mi padre era
-_alcaide_ y mi hijo podría aspirar a serlo, si no fuese tonto.
-
-YO.—¿Tonto? Pues en la cara lo disimula bastante. No sería yo quien
-comprara a este muchacho si lo vendieran por tonto.
-
-LA CARCELERA.—¡Buen negocio haría usted si lo comprase! Más
-_picardías_ tiene que cualquier _calabocero_ de Toro. Mi sentido es
-que no le tira la cárcel tanto como debiera, sabiendo lo que han sido
-sus padres. Tiene demasiado orgullo, demasiados caprichos; al cabo ha
-logrado convencerme para que lo traiga a Valladolid, y le he colocado
-a prueba en casa de un comerciante de la _Plaza_. Espero que no irá
-a parar a la cárcel; si no, ya verá la diferencia que hay entre ser
-hijo de la cárcel y estar encarcelado.
-
-YO.—Habiendo tantas distracciones en Toro, los presos no lo pasarán
-mal con usted.
-
-LA CARCELERA.—Sí; somos muy buenos con ellos; me refiero a los que
-son _caballeros_, porque con los que no tienen más que _miseria_,
-¿qué podemos hacer? La cárcel de Toro es muy divertida: dejamos
-entrar todo el vino que quieren los presos, mientras tienen dinero
-para comprarlo y para pagar el derecho de entrada. La de Valladolid
-no es ni la mitad de alegre; no hay cárcel como la de Toro. Allí
-aprendí yo a tocar la guitarra. Un caballero andaluz me enseñó a
-tocar y cantar _a la gitana_. ¡Pobre muchacho! Fué mi primer _novio_.
-Juanito, trae la guitarra, que voy a cantarle a este caballero unos
-aires andaluces.
-
-La _carcelera_ tenía hermosa voz y tocaba el instrumento favorito
-de los españoles con verdadera maestría. Estuve escuchando sus
-habilidades cerca de una hora, hasta que me retiré a mi habitación
-a descansar. Creo que continuó tocando y cantando la mayor parte de
-la noche, porque la oí todas las veces que me desperté, y aun entre
-sueños me sonaban en los oídos las cuerdas de la guitarra.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XXII
-
- Dueñas.—Los hijos de Egipto.—Chalanerías.—El caballo
- de carga.—La caída.—Palencia.—Curas carlistas.—El
- mirador.—Sinceridad sacerdotal.—León.—Alarma de
- Antonio.—Calor y polvo.
-
-
-Después de estar diez días en Valladolid nos pusimos en marcha para
-León. Llegamos al mediodía a Dueñas, ciudad notable por muchos
-motivos, distante de Valladolid seis leguas cortas. Hállase situada
-en una ladera, sobre la que se alza a pico una montaña de tierra
-calcárea coronada por un castillo en ruinas. En torno de Dueñas se ve
-multitud de cuevas excavadas en la pendiente y cerradas con fuertes
-puertas: son las bodegas donde se guarda el vino que en abundancia
-produce la comarca, y que se vende principalmente a los navarros
-y montañeses; acuden a buscarlo en carretas de bueyes y se lo
-llevan en grandes cantidades. Paramos en una mezquina posada de los
-arrabales, con idea de dar descanso a los caballos. Varios soldados
-de Caballería allí alojados aparecieron en seguida, y con ojos de
-gente experta empezaron a examinar mi caballo _entero_. «Este caballo
-tan bueno debiera ser nuestro—dijo el cabo—. ¡Qué pecho tiene! ¿Con
-qué derecho viaja usted en ese caballo, _señor_, haciendo falta
-tantos para el servicio de la reina? Este caballo pertenece a la
-_requisa_.» «Con el derecho que me da el haberlo comprado, y el ser
-yo inglés»—repliqué. «¡Oh, su merced es inglés!—respondió el cabo—.
-Eso es otra cosa. A los ingleses se les permite en España hacer de lo
-suyo lo que quieran, permiso que no tienen los españoles. Caballero,
-he visto a sus paisanos de usted en las provincias vascongadas:
-_vaya_, ¡qué jinetes y qué caballos! Tampoco se baten mal; pero lo
-que mejor hacen es montar. Los he visto subir por los _barrancos_ en
-busca de los facciosos, y caer sobre ellos de improviso cuando se
-creían más seguros y no dejar ni uno vivo. La verdad: este caballo es
-magnífico; voy a mirarle el diente.»
-
-Miré al cabo; tenía la nariz y los ojos dentro de la boca del
-caballo. Los demás de la partida, que podían ser seis o siete, no
-estaban menos atareados. El uno le examinaba las manos; el otro, las
-patas; éste tiraba de la cola con toda su fuerza, mientras aquél le
-apretaba la tráquea para descubrir si el animal tenía allí alguna
-tacha. Por fin, al ver al cabo dispuesto a aflojarle la silla para
-reconocerle el lomo, exclamé:
-
-—Quietos, _chabés_[8] de Egipto; os olvidáis de que sois
-_hundunares_[9], y que no estáis _paruguing grastes_[10] en el
-_chardí_[11].
-
- [8] Plural de _chabó_ o _chabé_: mozo, joven, compañero.
-
- [9] Soldados.
-
- [10] _Parugar_: trocar, traficar. _Graste_: caballo.
-
- [11] Feria.
-
-Al oír estas palabras, el cabo y los soldados volvieron completamente
-el rostro hacia mí. Sí; no cabía duda: eran los semblantes y el
-mirar fijo y velado de los hijos de Egipto. Lo menos un minuto
-estuvimos mirándonos mutuamente, hasta que el cabo, en la más
-elocuente lamentación gitana imaginable, me dijo: ¡El _erray_[12]
-nos conoce a nosotros, pobres _Caloré_![13] ¿Y dice que es inglés?
-_¡Bullati!_[14] No me figuraba encontrar por aquí un _Busnó_[15] que
-nos conociera, porque en estas tierras no se ven nunca _gitanos_. Sí;
-su merced acierta; somos todos de la sangre de los _Caloré_. Somos de
-_Melegrana_[16], y de allí nos sacaron para llevarnos a las guerras.
-Su merced ha acertado; al ver este caballo nos hemos creído otra vez
-en nuestra casa en el _mercado_ de Granada; el caballo es paisano
-nuestro, un _andalou_ verdadero. _Por Dios_, véndanos su merced este
-caballo; aunque somos pobres _Caloré_, podemos comprarlo.
-
- [12] Caballero.
-
- [13] Plural de _Caloró_: gitano.
-
- [14] _Bul_; _Bullati_: el ano.
-
- [15] Un hombre no gitano; un gentil.
-
- [16] Granada.
-
-—Os olvidáis de que sois soldados; ¿cómo me ibais a comprar el
-caballo?
-
-—Somos soldados—replicó el cabo—; pero no hemos dejado de ser
-_Caloré_. Compramos y vendemos _bestis_; nuestro capitán va a la
-parte con nosotros. Hemos estado en las guerras; pero no queremos
-pelear; eso se queda para los _Busné_. Hemos vivido juntos y muy
-unidos, como buenos _Caloré_; hemos ganado dinero. _No tenga usted
-cuidao._ Podemos comprarle el caballo.
-
-Al decir esto, sacó una bolsa con diez onzas de oro lo menos.
-
-—Si quisiera venderlo—repuse—, ¿cuánto me daríais por el caballo?
-
-—Entonces su merced desea vender el caballo. Eso ya es otra cosa. Le
-daremos a su merced diez duros por él. No vale para nada.
-
-—¿Cómo es eso?—exclamé—. Hace un momento me habéis dicho que era un
-caballo muy bueno, paisano vuestro.
-
-—No, _señor_; no hemos dicho que sea _Andalou_, hemos dicho que es
-_Extremou_, y de lo peor de su casta. Tiene diez y ocho años, es
-corto de resuello y está malo.
-
-—Pero si yo no quiero vender el caballo; al contrario. Más bien
-necesito comprar que vender.
-
-—¿Su merced no quiere vender el caballo?—dijo el gitano—. Espere su
-merced: daremos sesenta duros por el caballo de su merced.
-
-—Aunque me dierais doscientos sesenta. _¡Meclis, meclis!_[17], no
-digas más. Conozco las tretas de los gitanos. No quiero tratos con
-vosotros.
-
- [17] ¡Quita de ahí! ¡Déjame!
-
-—¿No ha dicho su merced que desea comprar un caballo?—preguntó el
-gitano.
-
-—No necesito comprar ninguno—exclamé—. De necesitar algo, sería una
-jaca para el equipaje. Pero se ha hecho tarde; Antonio, paga la
-cuenta.
-
-—Espere su merced; no tenga tanta prisa—dijo el gitano—. Voy a
-traerle lo que usted necesita.
-
-Sin aguardar respuesta corrió a la cuadra, y a poco salió trayendo
-por el ramal una jaca ruana, de unos trece palmos de alzada, llena
-de mataduras y señales de las cuerdas y ataderos. La estampa, sin
-embargo, no era mala, y tenía un brillo extraordinario en los ojos.
-
-—Aquí tiene su merced—dijo el gitano—la mejor jaca de España.
-
-—¿Para qué me enseñas ese pobre animal?—pregunté.
-
-—¿Pobre animal?—repuso el gitano—. Es un caballo mejor que su
-_Andalou_ de usted.
-
-—Puede que no quisieras cambiarlos—dije yo sonriendo.
-
-—_Señor_, lo que yo digo es que puesto a correr, le saca ventaja a su
-_Andalou_ de usted.
-
-—Está muy flaco—respondí—. Me parece que concluirá muy pronto de
-pasar fatigas.
-
-—Flaco y todo como está, _señor_, ni usted ni cuantos ingleses hay en
-España son capaces de dominarlo.
-
-Miré otra vez al animal, y su estampa me hizo una impresión más
-favorable aún que antes. Necesitaba yo una caballería para relevar,
-cuando fuese menester, a la de Antonio en el transporte del equipaje,
-y aunque el estado de aquella jaca era lastimoso, pensé que con el
-buen trato no tardaría en redondearse.
-
-—¿Puedo montar en él?—pregunté.
-
-—Es caballo de carga, _señor_, y no está hecho a la silla; sólo
-se deja montar por mí, que soy su amo. Cuando se arranca, no para
-hasta el mar: se lanza por cuestas y montañas, y las deja atrás en
-un momento. Si quiere usted montar este caballo, _señor_, permítame
-que antes le ponga la brida, porque con el ronzal no podrá usted
-sujetarlo.
-
-—Eso es una tontería—repliqué—. Pretendes hacerme creer que tiene
-mucho genio para pedir más por él. Te digo que está casi muriéndose.
-
-Tomé el ronzal y monté. Apenas me sintió sobre las costillas, el
-animalito, que hasta entonces había estado inmóvil como una piedra,
-sin mostrar el menor deseo de cambiar de postura ni dar más señales
-de vida que revolver los ojos y enderezar una oreja, arrancó al
-galope tendido como un caballo de carreras. Presumía yo que el
-caballo iba a cocear o a tirarse al suelo para librarse de la carga;
-pero la escapada me cogió completamente desprevenido. No me costó
-gran trabajo, sin embargo, sostenerme, porque desde la niñez estaba
-yo habituado a montar en pelo; pero frustró todos los esfuerzos que
-hice para detenerlo, y casi empecé a creer, como me había dicho el
-gitano, que ya no se pararía hasta el mar. No obstante, disponía yo
-de un arma poderosa, y fué tirar del ronzal con toda mi fuerza, hasta
-que obligué al caballo a volver ligeramente el cuello, que, por lo
-rígido, parecía de palo; a pesar de todo, no disminuyó la rapidez
-de su carrera ni un momento. A mano izquierda del camino, por donde
-volábamos, había una profunda zanja, en el preciso lugar donde el
-camino torcía a la derecha, y hacia la zanja se lanzó oblicuamente
-el caballo. Con los tirones se rompió el ronzal; el caballo siguió
-disparado como una flecha, y yo caí de espaldas al suelo.
-
-—_Señor_—dijo el gitano, acercándoseme con el semblante más serio del
-mundo—, ya le decía yo a usted que no montase sin brida ni freno; es
-caballo de carga y sólo está acostumbrado a que le monte yo, que le
-doy de comer. (Al decir esto silbó, y el animal, que andaba dando
-corcovos por el campo, y acoceando el aire, volvió al instante con
-un suave relincho.) Vea su merced qué manso es—continuó el gitano—.
-Es un caballo de carga de primera, y puede subir, con todo lo que
-usted lleva, las montañas de Galicia.
-
-—¿Cuánto pides por él?—dije yo.
-
-—_Señor_, como su merced es inglés y buen _jinete_, y, sobre todo,
-conoce los usos de los _Caloré_, y sus mañas y lenguaje también, se
-lo venderé a usted muy arreglado. Me dará usted doscientos sesenta
-duros por él, ni uno menos.
-
-—Es mucho dinero—respondí.
-
-—No, _señor_, nada de eso; es un caballo de carga; fíjese usted que
-pertenece al ejército, y no lo vendo para mí.
-
-Dos horas de caballo nos pusieron en Palencia, ciudad antigua y
-bella, admirablemente situada a orillas del Carrión, y famosa por
-su comercio de lanas. Nos alojamos en la mejor _posada_ que había,
-y seguidamente fuí a visitar a uno de los principales comerciantes
-de la ciudad, para quien me había dado una recomendación mi banquero
-de Madrid. Dijéronme que el señor estaba durmiendo la _siesta_.
-«Entonces—pensé yo—lo mejor será hacer otro tanto», y me volví a
-la _posada_. Por la tarde repetí la visita, y vi al comerciante.
-Era un hombre bajo y corpulento, de unos treinta años; al pronto
-me recibió con cierta sequedad, pero no tardaron sus modales en
-dulcificarse, y a lo último no sabía ya cómo darme suficientes
-pruebas de su cortesía. Me presentó a un su hermano, recién llegado
-de Santander, persona inteligente en grado sumo, y que había vivido
-varios años en Inglaterra. Ambos se empeñaron en enseñarme la ciudad,
-como lo hicieron, paseándome por ella y por sus cercanías. Admiré
-sobre todo la catedral, edificio de estilo gótico primitivo, pero
-elegante y ligero. Mientras recorríamos sus naves laterales, los
-dulces rayos del sol poniente, al entrar por las ventanas arqueadas,
-iluminaban algunos hermosos cuadros de Murillo que adornan el sagrado
-edificio[18]. Desde la iglesia lleváronme mis amigos por un camino
-pintoresco a un batán de las afueras. Abundaban allí el agua y los
-árboles, pareciéndome los alrededores de Palencia uno de los lugares
-más agradables que hasta entonces había visto. Cansados de rodar de
-una parte a otra, fuimos a un café, donde me obsequiaron con dulces
-y chocolate. Tal fué la hospitalidad de mis amigos, sencilla y
-agradable, como hay mucha en España.
-
- [18] Estos «cuadros de Murillo» son imaginarios, observa el
- editor U. R. Burke.
-
-Al siguiente día proseguimos el viaje, triste en su mayor parte,
-a través de áridas y desoladas llanuras, con algunos pueblos y
-ciudades esparcidos aquí y allá, pueblos silenciosos, melancólicos,
-distantes unos de otros dos o tres leguas. Hacia el mediodía
-percibimos a lo lejos, entre brumas, una inmensa cadena de montañas,
-límite septentrional de Castilla; pero el día se nubló y obscureció,
-y las perdimos de vista. Un viento sonoro comenzó a soplar con
-violencia en las desoladas llanuras, arrojándonos al rostro nubes
-de polvo; los pocos rayos de sol que traspasaban las nubes eran
-candentes, inflamados. Iba yo muy cansado del viaje, y cuando a eso
-de las cuatro llegamos a X[19], pueblo grande, a mitad de camino
-entre Palencia y León, resolví pasar allí la noche. Pocos lugares
-habré visto en mi vida tan desolados como aquel pueblo. Las casas,
-grandes en su mayoría, tenían muros de barro, como los pajares. En
-toda la sinuosa y larga calle por donde entramos, no vimos alma
-viviente a quien preguntar por la _venta_ o _posada_; al cabo, en un
-extremo de la plaza, al fondo, descubrimos dos bultos negros parados
-junto a una puerta, e interrogándolos supimos ser aquella la casa que
-buscábamos. Extraño era el aspecto de los dos seres, que parecían
-los genios del lugar. El uno, pequeño y delgado, de unos cincuenta
-años, tenía las facciones pronunciadas y aviesas. Vestía una holgada
-casaca negra de largos faldones, calzón también negro y gruesas
-medias de estambre del mismo color. Hubiérale tomado desde luego por
-un eclesiástico, a no ser por su sombrero, pequeña castora abollada,
-nada clerical ciertamente. Su acompañante era de corta estatura
-y mucho más joven. Vestía de análogo modo, salvo que llevaba una
-capa azul obscuro. Empuñaban sendos bastones, y, sin alejarse de la
-puerta, tan pronto entraban como salían, mirando a veces al camino,
-como si aguardasen a alguien.
-
- [19] Posiblemente Cisneros o Calzada. (Nota del editor Burke.)
-
-—Créame usted, _mon maître_—me dijo Antonio en francés—, estos dos
-individuos son curas carlistas, y están aguardando la llegada del
-Pretendiente. _Les imbeciles!_
-
-Llevamos los caballos a la cuadra, guiados por la posadera. «¿Quiénes
-son esos hombres?»—pregunté.
-
-—El más viejo es el arcipreste del _pueblo_—respondió la mujer—. El
-otro es hermano de mi marido. _¡Pobrecito!_ Era fraile en un convento
-de aquí; pero lo cerraron y echaron a los hermanos.
-
-Volvimos a la puerta.
-
-—Me parece, caballeros, que ustedes son catalanes—dijo el
-cura.—¿Traen ustedes noticias de aquel reino?
-
-—¿Por qué supone usted que somos catalanes?—pregunté.
-
-—Porque les he oído hace un momento hablar en esa lengua.
-
-—No traigo noticias de Cataluña—respondí—. Pero creo que la mayor
-parte del principado está en manos de los carlistas.
-
-—¡Ejem, hermano Pedro! Este caballero dice que la mayor parte de
-Cataluña está en poder de los realistas. Por favor, caballero, dígame
-si sabe por dónde andará a estas horas Don Carlos con su ejército.
-
-—Por mis noticias—respondí—es posible que esté ya muy cerca de aquí.
-
-Eché a andar hacia la salida del pueblo. Al instante se me juntaron
-los dos individuos, y Antonio con ellos, poniéndonos los cuatro a
-mirar fijamente al camino.
-
-—¿Ve usted algo?—pregunté por fin a Antonio.
-
-—_Non, mon maître._
-
-—¿Ve usted algo, señor?—pregunté al cura.
-
-—No veo nada—respondió, alargando el pescuezo.
-
-—No veo nada—dijo Pedro, el ex fraile—; sólo veo mucho polvo, cada
-vez más espeso.
-
-—Entonces, yo me vuelvo—dije—. Es poco prudente estarse aquí
-esperando al Pretendiente. Si los nacionales de la población se
-enteran, pueden fusilarnos.
-
-—¡Ejem!—dijo el cura, siguiéndome—. Aquí no hay nacionales; quisiera
-yo saber quién se atrevería a serlo. Cuando los vecinos recibieron
-orden de alistarse en la milicia, rehusaron todos sin excepción,
-y tuvimos que pagar una multa. Por tanto, amigo, si tiene algo que
-comunicarnos hable sin recelo; aquí todos somos de su misma opinión.
-
-—Yo no tengo opinión alguna—repliqué—, como no sea que me corre prisa
-cenar. No estoy por _Rey_ ni por _Roque_. ¿No dice usted que soy
-catalán? Pues ya sabe usted que los catalanes no piensan más que en
-sus negocios.
-
-Al anochecer anduve vagando por el pueblo, que me pareció aún más
-abandonado y melancólico que antes; acaso fué, no obstante, una
-población de importancia en tiempos pasados. En un extremo del pueblo
-yacían las ruinas de un vasto y tosco castillo, casi todo de piedra
-berroqueña; quise visitarlas, pero hallé la entrada defendida por una
-puerta. Desde el castillo me encaminé al convento, triste y desolado
-lugar, antigua morada de frailes franciscanos mendicantes. Ya me
-volvía a la posada, cuando oí fuerte rumor de voces, y guiándome
-por ellas no tardé en salir a una especie de prado, donde sobre un
-montículo estaba sentado un cura vestido de hábitos, leyendo en alta
-voz un periódico; en torno suyo, de pie o sentados en la hierba,
-se congregaban unos cincuenta _vecinos_, vestidos casi todos con
-luengas capas; entre ellos descubrí a mis dos amigos, el cura y el
-fraile. «Es un buen enjambre de carlistas—dije entre mí—ansiosos
-de noticias»; y me encaminé hacia otra parte de la pradera, donde
-pastaban los ganados del pueblo. El cura, en cuanto me vió, se apartó
-del grupo y vino a mí. «He oído que necesita usted un caballo—me
-dijo—. Yo tengo aquí uno pastando, el mejor del reino de León»; y
-con la volubilidad de un _chalán_ empezó a ensalzar los méritos del
-animal. No tardó en juntársenos el fraile, quien, aprovechando una
-oportunidad, me tiró de la manga, y me dijo:
-
-—Señor, con el cura no se puede tratar; es el pillo más grande de
-estos contornos. Si necesita usted un caballo, mi hermano tiene uno
-mucho mejor, y se lo dará más barato.
-
-—No pienso comprarlo hasta que llegue a León—exclamé; y me fuí,
-meditando en la amistad y en la sinceridad de los curas.
-
-Desde X a León, ocho leguas de camino, el país mejoró rápidamente;
-cruzamos varios arroyos, y a veces atravesábamos praderas
-exuberantes. Volvió a brillar el sol, y acogí su reaparición con
-alegría, a pesar del sofocante calor. A dos leguas de León dimos
-alcance a un tropel de gente con caballos, mulas y carros que acudían
-a la famosa feria que el día de San Juan se celebra en León; en
-efecto, se inauguró a los tres días de nuestra llegada. Aunque esa
-feria es principalmente de caballos, acuden a ella comerciantes de
-muchas partes de España con diferentes géneros de mercadería, y allí
-me encontré a muchos catalanes ya vistos en Medina y Valladolid.
-
-Nada notable hay en León, ciudad vieja y tétrica, salvo la catedral,
-que es, en muchos respectos, un duplicado de la de Palencia, elegante
-y aérea como ésta, pero sin los espléndidos cuadros que la adornan.
-La situación de León en el centro de una comarca floreciente,
-abundante en árboles, y regada por muchas corrientes de agua nacidas
-en las grandes montañas de las inmediaciones, es muy placentera.
-Dista mucho, sin embargo, de ser un lugar saludable, sobre todo en
-verano, cuando los calores suscitan las emanaciones nocivas de las
-aguas, que engendran muchas enfermedades, especialmente calenturas.
-Apenas llevaba tres días en León me atacó una de esas fiebres,
-contra la que creí no poder luchar, no obstante mi constitución
-robusta, pues en siete días que me duró me quedé casi en los huesos,
-y en tan deplorable estado de debilidad que no podía hacer el más
-leve movimiento. Pero ya antes había logrado que un librero se
-encargara de vender los Testamentos, y publicado los anuncios de
-costumbre, aunque sin grandes esperanzas de buen éxito, porque los
-leoneses, con raras excepciones, son furibundos carlistas y ciegos e
-ignorantes secuaces de la arcaica iglesia papal. La sede episcopal
-de León estuvo ocupada en otro tiempo por el primer ministro de Don
-Carlos, y parece que su espíritu fanático y feroz llena todavía la
-ciudad. En cuanto aparecieron los carteles, el clero se puso en
-movimiento. Fueron de casa en casa, fulminando maldiciones y anatemas
-y amenazando con todo género de desventuras a quien comprase o
-leyese «los libros malditos» que los herejes introducían en el país
-con propósito de pervertir las almas cándidas de los habitantes.
-Hicieron más: incoaron un proceso ante el tribunal eclesiástico
-contra el librero. Por fortuna, ese tribunal no posee ahora mucha
-autoridad, y el librero, atrevido y resuelto, sostuvo el reto y llegó
-hasta fijar un anuncio en la misma puerta de la catedral. A pesar
-del griterío que se levantó contra los libros, se vendieron en León
-algunos ejemplares; dos fueron adquiridos por sendos exclaustrados,
-y otros tantos por párrocos de las aldeas vecinas. Creo que en total
-se vendieron unos quince ejemplares, de suerte que mi visita a lugar
-tan atrasado no se perdió del todo, porque la semilla del Evangelio
-quedó sembrada, aunque con parquedad. Pero las espesas tinieblas que
-envuelven a León son verdaderamente lamentables, y la ignorancia
-del pueblo es tan grande que en las tiendas se venden públicamente
-y tienen gran aceptación conjuros y encantaciones impresos contra
-Satanás y su hueste y contra todo género de maleficios. Tales son
-los resultados del papismo, la falacia que más ha contribuído a
-envilecer y embrutecer al espíritu humano.
-
-Apenas pude levantarme del lecho donde la fiebre me tuvo postrado.
-Antonio me descubrió sus temores. Díjome que había visto a varios
-soldados, con el uniforme de Don Carlos, acechar a la puerta de la
-_posada_ e inquirir noticias respecto de mí. Ocurría, en efecto, en
-León un hecho singular: más de cincuenta individuos, que por diversos
-motivos habían dejado las filas del Pretendiente, paseaban por las
-calles vistiendo su librea, plenamente seguros de que nadie los
-molestaría gracias a la protección cierta de las autoridades locales.
-Supe también por Antonio que el posadero era un notorio _alcahuete_
-o espía de los ladrones de toda la comarca, y que a menos de
-emprender el viaje muy pronto y sin avisar, nos robarían seguramente
-en el camino. No hice gran caso de tales indicaciones; pero tenía
-vivos deseos de marcharme de León, porque, a mi parecer, en tanto
-permaneciese allí no podría recobrar la salud ni la fuerza.
-
-De consiguiente, a las tres de la mañana salimos para Galicia; apenas
-habíamos andado media legua, estalló una tormenta violentísima.
-Nos hallábamos en un bosque que se dilataba bastante en la misma
-dirección que nosotros seguíamos.
-
-El viento doblaba los árboles casi hasta el suelo o los arrancaba
-de cuajo; la luz de los relámpagos que fulguraban en torno nuestro,
-barría la tierra y casi nos cegaba. El fogoso caballo andaluz que yo
-montaba se espantó y comenzó a botar como un endemoniado. Como estaba
-tan débil, me costó grandísimo trabajo agarrarme a la silla y evitar
-una caída que podía ser fatal. La tronada acabó en una manga de agua
-tremenda que engrosó los arroyos e inundó los campos, haciendo muchos
-daños en los sembrados. Después de una caminata de cinco leguas
-comenzamos a entrar en la región montañosa de Astorga. El calor se
-hizo casi sofocante. Aparecieron enjambres de moscas que, posándose
-en los caballos, los enloquecían a picaduras. El camino era duro y
-fatigoso. Con gran trabajo llegamos a Astorga, cubiertos de barro y
-de polvo, tan sedientos que la lengua se nos pegaba al paladar.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XXIII
-
- Astorga.—La posada.—Los maragatos.—Costumbres de los
- maragatos.—La estatua.
-
-
-Fuimos a una posada de los arrabales, la única, por cierto, que había
-en la ciudad. El patio estaba lleno de _arrieros_ y carreteros que
-movían gran alboroto; el posadero reñía con dos de sus parroquianos,
-y reinaba universal confusión. Al apearme recibí en la cara el
-contenido de un vaso de vino; pero como el saludo iba probablemente
-destinado a otro, me hice el desentendido. Alcanzóle a Antonio un
-estacazo, y, menos paciente que yo, devolvió en el acto el saludo
-cruzándole la cara con el látigo a un carretero. Mientras me
-esforzaba por separar a los dos antagonistas, mi caballo se escapó, y
-rompiendo por entre la revuelta multitud, derribó a varios individuos
-y causó no pocos destrozos. Costó mucho tiempo restablecer la paz;
-por fin nos condujeron a una habitación de regular decencia. Apenas
-nos habíamos instalado, llegó de Madrid la galera para La Coruña
-llena de viajeros polvorientos: mujeres, niños, oficiales inválidos
-y otra gente así. En seguida nos expulsaron de nuestro cuarto y
-arrojaron los equipajes al patio. Como nos quejáramos de tal trato,
-nos dijeron que éramos dos vagabundos a quien nadie conocía, que
-habíamos llegado sin _arriero_ y puesto en confusión la casa entera.
-Por gran favor nos permitieron, al cabo, refugiarnos en un ruinoso
-cuartucho pegado a la cuadra, lleno de ratas y de miseria. Había allí
-una cama con dosel muy antigua, y hubimos de darnos por contentos con
-tan miserable acomodo porque, abrasado de fiebre, yo no podía seguir
-adelante. El calor era insoportable. Me senté en la escalera, con la
-cabeza entre las manos, anhelando por falta de aire; Antonio acudió a
-darme de beber agua con vinagre, y me sentí aliviado.
-
-Tres días estuvimos en aquel arrabal, y la mayor parte del tiempo
-permanecí tendido en la cama. Una o dos veces se me ocurrió ir a
-la ciudad; pero no encontré librero ni persona alguna dispuesta a
-encargarse de vender mis Testamentos. La gente era brutal, estúpida
-y grosera; me volví a la cama cansado y desanimado. Allí me estuve
-oyendo, de tiempo en tiempo, los armoniosos sones de la campana del
-reloj de la vieja catedral. El posadero ni fué a verme ni preguntó
-por mí. Con los cuidados de Antonio recobré las fuerzas rápidamente.
-«_Mon maître_—me dijo una tarde—. Veo que está usted mejor; vámonos
-mañana de esta ciudad y de esta _posada_, que son a cual peores.
-_Allons, mon maître! Il est temps de nous mettre en chemin pour Lugo
-et Galice._»
-
-Antes de contar lo que nos ocurrió en el viaje a Lugo y Galicia,
-acaso no esté de más decir unas palabras respecto de Astorga y sus
-contornos. Astorga es una ciudad amurallada, de cinco a seis mil
-habitantes, con catedral y seminario, vacío actualmente. Está situada
-en los confines y puede ser llamada capital de una comarca denominada
-país de los _maragatos_, como de tres leguas cuadradas de extensión,
-que limita al Noroeste la montaña llamada Teleno, la más elevada de
-una cadena nacida cerca de la desembocadura del Miño y que enlaza con
-el inmenso macizo divisorio de las Asturias y Guipúzcoa. La región,
-rocosa en su mayor parte, con ligeras salpicaduras de tierra de un
-color rojo ladrillo, es ingrata y árida, y paga mezquinamente los
-afanes del labrador. Los maragatos son quizás la casta más singular
-de cuantas pueden encontrarse en la mezclada población de España.
-Tienen costumbres y vestidos peculiares, y nunca se casan con
-españoles. Su nombre indica su origen, pues significa «moros godos»;
-y hoy en día su pergenio, consistente en un chaquetón muy ajustado,
-ceñido al talle por una faja ancha, calzones anchos hasta la rodilla,
-botas y polainas, difiere muy poco del de los moros de Berbería.
-Llevan afeitado el cráneo, y sólo se dejan un ligero cerquillo de
-pelo en la parte inferior. Si llevaran turbante o _barrete_ apenas
-se los distinguiría de los moros por el vestido; pero usan en lugar
-de aquél el _sombrero_ ancho. Es casi indudable que los maragatos
-son reliquias de aquellos godos que tomaron partido por los moros
-invasores de España, y adoptaron su religión, costumbres y traje,
-que, con excepción de la primera, conservan aún en buena parte. Pero
-es también evidente que su sangre no se ha mezclado con la de los
-salvajes hijos del desierto, porque con dificultad se encontrarían en
-las montañas de Noruega tipos y rostros más esencialmente godos que
-los maragatos. Son hombres de fuerza atlética; pero toscos, pesados,
-de facciones generalmente correctas, pero vacíos de expresión. Hablan
-con lentitud y lisura; rara vez, o nunca, se observan en ellos los
-arranques de elocuencia y de imaginación tan comunes en los demás
-españoles; tienen además una pronunciación áspera y fuerte, y al
-oírlos hablar creeríase escuchar a un campesino alemán o inglés
-que intentara expresarse en el idioma de la Península. Son de
-temperamento flemático, y con dificultad se encolerizan; pero son
-peligrosos y extremados cuando una vez se incomodan; persona que
-los conocía bien me dijo que prefería afrontar a diez valencianos,
-pueblo mal notado por su ferocidad e instintos sanguinarios, que a
-un solo maragato irritado, por flojo y embotado que sea en las demás
-ocasiones.
-
-Los hombres apenas se ocupan en las labores del campo,
-abandonándoselas a las mujeres, que aran las pedregosas tierras
-y recogen sus menguadas cosechas. Muy diferente es la ocupación
-de sus maridos e hijos: constituyen un pueblo de _arrieros_, y
-considerarían casi como una desgracia emplearse en otros quehaceres.
-Por todos los caminos de España, y particularmente al Norte de la
-cordillera divisoria de ambas Castillas, pasan los maragatos, en
-cuadrillas de cinco o seis, dormitando, o simplemente echados en el
-lomo de sus gigantescas y cargadísimas mulas, bajo los rayos del sol
-achicharrante. En suma: casi todo el comercio de una mitad de España
-está en manos de los maragatos, cuya fidelidad es tal, que cuantos
-han utilizado sus servicios no vacilarían en confiarles el transporte
-de un tesoro desde el Cantábrico a Madrid, en la seguridad completa
-de que no sería culpa suya si no llegaba salvo e intacto a su
-destino; arrojados han de ser los ladrones que intenten arrebatar sus
-mercancías a los arrieros maragatos, dondequiera temidos; aferrados a
-ellas mientras pueden tenerse en pie, las defienden a tiros o con su
-propio cuerpo si caen en la pelea.
-
-Pero aunque son los _arrieros_ más fieles de España, distan mucho
-de ser desinteresados; en general, cobran por el transporte de
-mercancías el doble, cuando menos, de lo que a otros del mismo oficio
-les parecería suficiente recompensa. De esa manera acumulan grandes
-sumas de dinero, a pesar de que se tratan mucho mejor de lo que en
-general es uso entre los frugales españoles, otro argumento en favor
-de su pura descendencia gótica, porque los maragatos, como verdaderos
-hombres del Norte, son aficionados a la bebida y se regodean en las
-comidas copiosas y empalagosas; así tienen esos corpachones tan
-rozagantes. Muchos han dejado al morir fortunas considerables, y no
-es raro que leguen una parte de su caudal para erigir o embellecer
-casas religiosas.
-
-En el extremo oriental de la catedral de Astorga, dominando el
-altivo muro, hay sobre el tejado una estatua de plomo colosal: es la
-estatua de un arriero maragato que legó a la catedral una cantidad
-importante[20]. La figura aparece vestida con el traje nacional; pero
-desvía el rostro de la tierra de sus padres, y como ondea en la mano
-una especie de bandera, parece que está animando a todos los de su
-raza para que abandonen aquella región estéril y busquen en otros
-climas un campo más rico y vasto para su actividad y su energía.
-
- [20] El nombre del arriero era Pedro Mato. La estatua es de
- madera. (Nota del editor Burke.)
-
-Hablé de religión con varios maragatos, que es asunto primordial;
-pero «su corazón estaba endurecido; sus oídos, sordos, y sus ojos,
-cerrados». Con uno, sobre todo, hablé mucho rato, después de
-mostrarle el Nuevo Testamento. Me escuchó, o pareció escucharme, con
-paciencia, bebiendo de vez en cuando copiosos tragos de un inmenso
-jarro de vino blanco que sostenía entre las rodillas. Cuando acabé de
-hablar me dijo: «Mañana me voy a Lugo, para donde va usted también,
-según tengo entendido. Si quiere usted enviar allá sus baúles, no
-tengo inconveniente en encargarme de ello, a tanto (y me dió un
-precio exorbitante). De todo lo demás que me ha dicho usted, entiendo
-muy poco y no creo ni una palabra; respecto de los libros que me ha
-enseñado usted, compraré tres o cuatro. No pienso leerlos, la verdad;
-pero, sin duda, los venderé a precio más alto del que usted pide por
-ellos.»
-
-Y basta ya de maragatos.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XXIV
-
- Salida de Astorga.—La venta.—El atajo.—Salvación
- difícil.—El vaso de agua.—Sol y sombra.—Bembibre.—El
- convento de las Rocas.—Puesta de sol.—Cacabelos.—Aventura a
- media noche.—Villafranca.
-
-
-A las cuatro de una hermosa mañana salimos de Astorga, o más bien de
-sus arrabales, donde habíamos vivido; nos encaminamos hacia el Norte
-en dirección de Galicia; dejamos a nuestra izquierda la montaña de
-Teleno, y fuimos bordeando por el Este el país de los maragatos, por
-terreno fragoso, alegrado por algunos vallecitos verdes y arroyuelos.
-Varias maragatas, montadas en jumentos, se cruzaron con nosotros;
-iban a Astorga a vender verduras. Vi a otras en los campos gobernando
-el tosco arado, tirado por bueyes flacos. Pasamos también por un
-pueblecito donde no vi alma viviente. Cerca de aquel pueblo entramos
-en la carretera directa de Madrid a La Coruña, y después de andar
-unas cuatro leguas llegamos a una especie de desfiladero, formado,
-a nuestra izquierda, por una enorme y maciza montaña (una de las
-que arrancan del macizo de Teleno), y a nuestra derecha por otra de
-mucha menos altura. En el comedio de esa hoz, bastante ancha, se
-descubría una vista muy hermosa. Delante, como a legua y media de
-distancia, alzábase la poderosa cordillera divisoria ya mentada; en
-sus vertientes azules, y en sus quebradas y pintorescas cumbres,
-se enredaban todavía algunos tenues jirones de la niebla matutina,
-que los fuertes rayos del sol deshacían con rapidez. Parecía una
-enorme barrera que fuese a interceptarnos el camino, y me recordó
-las fábulas relativas a los hijos de Magog, de quienes se dice que
-residen en lo más remoto de Tartaria detrás de una gigantesca muralla
-de granito, que sólo puede pasarse por una puerta de acero de mil
-codos de altura.
-
-Poco después llegamos a Manzanal, aldea compuesta de tristes
-casuchas, con todas las muestras de la pobreza y de la miseria. Era
-la hora indicada para comer nosotros y dar pienso a los caballos, y
-nos dirigimos a una _venta_ al final del pueblo; si bien encontramos
-cebada para los animales, trabajo nos costó hallar algo para
-nosotros. Por fortuna, pude adquirir un jarro grande de leche, porque
-las vacas abundaban; muchas de ellas pastaban en un pintoresco valle
-que acabábamos de atravesar, bien poblado de hierba y de árboles, con
-un arroyuelo cortado por pequeñas cascadas. Tendría el jarro hasta
-una azumbre de leche, y en pocos minutos lo apuré, pues aunque tenía
-perdido el apetito, la fiebre me abrasaba de sed. La venta consistía
-en un inmenso establo, con una partición para cocina y un sitio
-donde dormía la familia del ventero. El amo, joven y recio, estaba
-recostado en un ancho banco de piedra junto a la puerta. Era muy
-preguntón; pero como yo no podía saciar su afán de noticias, comenzó
-a hablar él, y, cada vez más comunicativo, acabó por referirme la
-historia de su vida; en resumen, me contó que había sido correo
-en las provincias Vascongadas, y que un año antes fué trasladado
-a aquella aldea, donde tenía a su cargo la estafeta. Era liberal
-entusiasta, y hablaba pestes de la gente del país, toda carlista,
-según decía, y amiga de los frailes. No puse gran atención en sus
-palabras, porque me entretuve en observar a un muchacho maragato, de
-unos catorce años, que servía en la casa de mozo de cuadra. Pregunté
-al amo si aún estábamos en tierra de maragatos, y me respondió que
-ya la habíamos dejado más de una legua atrás; el muchacho aquel era
-huérfano, y se había puesto a servir para ahorrar unos cuartos y
-dedicarse a _arriero_. Hice unas preguntas al muchacho; pero me miró
-a la cara, malhumorado, y guardó tenaz silencio o respondió sólo
-con monosílabos. Al preguntarle si sabía leer: «Sí—dijo—; como ese
-caballo de usted que está ahí queriendo arrancar el pesebre.»
-
-Dejado Manzanal, continuamos el viaje. No tardamos en llegar al borde
-de un profundo valle abierto entre montañas, no las que habíamos
-visto frente a nosotros, y que ahora dejábamos a la derecha, sino
-las del macizo de Teleno antes de unirse a aquéllas. El valle se
-asemejaba un poco a una herradura; el camino seguía las laderas
-dando un gran rodeo; pero cabalmente delante de nosotros arrancaba
-un sendero que en suave descenso, al parecer, cruzaba el valle para
-unirse de nuevo al camino al otro lado, a un cuarto de milla de
-distancia; nos metimos por el atajo para evitar el rodeo.
-
-Poco trecho llevaríamos andado, cuando encontramos a dos gallegos
-que iban a segar a Castilla. Uno de ellos exclamó; «Caballero,
-vuélvase atrás; dentro de nada llegará usted a unos precipicios
-donde se romperán la cabeza los caballos; apenas hemos podido
-subirlos nosotros a pie.» El otro gritó: «Caballero, siga adelante;
-pero lleve mucho cuidado; si los caballos no tropiezan no correrá
-usted gran peligro; mi compañero es tonto.» Los dos montañeses se
-pusieron a disputar, sosteniendo cada cual su opinión con juramentos
-y maldiciones pero, sin esperar el resultado, proseguí adelante.
-Gruesas piedras, pedazos de pizarra, en los que mi caballo tropezaba
-sin cesar, empezaron a obstruir el camino. Oí también ruido de agua
-en una garganta profunda que no había visto hasta entonces, y me
-pareció más que insensato continuar por el atajo. Volví el caballo,
-y me dirigía con rapidez al camino, cuando Antonio, mi fiel criado
-griego, me indicó una pradera por la cual, a su parecer, podríamos
-cortar mucho y salir a la carretera en un punto bastante más bajo
-que si desandábamos todo el atajo. Radiante hierba verde, muy corta,
-cubría la pradera, cruzada por un arroyuelo. Metí espuelas al caballo
-creyendo salir a la carretera en un momento; pero el animal empezó a
-resoplar con violencia, a espantarse y a dar otras evidentes señales
-de no querer cruzar por aquel sitio, en apariencia tentador. Creí que
-el olor de algún lobo, o de otra alimaña cualquiera, era la causa
-de su espanto; pero salí pronto de mi error viéndole hundirse hasta
-los corvejones en una ciénaga; lanzó un agudo relincho, y mostrando
-grandísimo terror, manoteó y se esforzó por zafarse; pero a cada
-momento se hundía más. Al cabo pudo alcanzar una veta de roca que
-emergía del fango; en ella puso los cuatro remos, y con un esfuerzo
-tremendo saltó el arroyo y se libró del suelo traicionero cayendo en
-otro de relativa firmeza, donde permaneció jadeante, cubiertos los
-ijares de espuma y sudor. Antonio, que había contemplado la escena,
-no se atrevió a seguirme, y desandando todo el atajo se reunió poco
-después conmigo en la carretera. El suceso trajo a mi memoria la
-pradera y el sendero que tentaron a Cristián cuando seguía el angosto
-camino del cielo, y que acabaron por llevarle a los dominios del
-gigante Desesperado.
-
-Comenzamos luego a descender al valle por una ancha y excelente
-_carretera_ abierta en la escarpada falda de la montaña que teníamos
-a la derecha. A la izquierda quedaba la garganta por donde caía
-el torrente de que antes hablé. Era la carretera tortuosa, y el
-paisaje más pintoresco a cada revuelta. Ensanchábase poco a poco la
-garganta; el arroyo que por ella corría, con el alimento de numerosos
-manantiales, engrosaba su vena y su fragor; pronto quedó muy debajo
-de nosotros, prosiguiendo su arrebatado curso hacia el terreno llano,
-por donde fluía a través de una linda y angosta pradera. Selvático
-era el aspecto de las montañas del fondo, cubiertas, desde los pies
-a la cima, de árboles tan espesos que no se percibía ni un palmo
-del suelo, en cuyos senos se albergan lobos, jabalíes y _corzos_.
-Estos, según me contó un campesino que pasó guiando un carro de
-bueyes, bajan con frecuencia a la pradera, donde los cazan a tiros
-para aprovechar la piel, porque la carne, muy dura y desagradable,
-nadie la quiere. No obstante lo agreste de la región, la mano del
-hombre era visible por doquiera. En las escarpadas vertientes de la
-garganta, por donde el arroyo caía, amarilleaban pequeños sembrados
-de cebada; abajo, en la pradera, veíase una aldea y una iglesia;
-hasta nosotros subían los alegres cantares de los segadores que
-guadañaban la lozana y abundosa hierba. Apenas podía creer que
-estábamos en España, tan parda, árida y triste en general, y casi me
-imaginé hallarme en la antigua y gloriosa tierra de Grecia, cuyos
-montes y selvas han sido tan bien descriptos por Teócrito.
-
-Entramos en un pueblecito situado en el fondo del valle y regado
-por las aguas del torrente, ya casi convertido en río. No he
-visto situación tan romántica como la de aquel pueblo. Rodeado de
-montañas, que casi le dominaban a pico, cobijado por muy densas y
-variadas arboledas, alegrábanlo el rumor de las aguas, el canto
-de los ruiseñores y las sonoras notas del cuco, encaramado en las
-altas ramas; pero la aldea era miserable. Las casas eran de pizarra,
-abundantísima en las montañas vecinas, y las techumbres del mismo
-material; pero no a la manera limpia y ordenada que se usa en las
-casas inglesas, porque las pizarras eran de todos tamaños y parecían
-colocadas en revuelta confusión. Muertos de sed y de calor nos
-sentamos en un banco de piedra, y rogué a una mujer que me diese un
-poco de agua. Respondió que me la traería, a condición de pagarla.
-Antonio, al oírla, se incomodó mucho, y mezclando el griego, el turco
-y el español, invocó la venganza de la _Panhagia_ sobre aquella mujer
-sin corazón. «Si ofreciese dinero a un mahometano por un trago de
-agua—decía Antonio—me lo arrojaría a la cara, y usted es católica
-y por la puerta de su casa pasa un río.» Le mandé callar, y repetí
-mi ruego, después de dar a la mujer dos _cuartos_; tomó entonces un
-cántaro y lo llenó en el arroyo. El agua era cenagosa y desagradable;
-pero calmó la sed febril que me devoraba.
-
-Montamos de nuevo y proseguimos la marcha. Durante un trecho
-considerable el camino seguía la margen del río; las aguas se
-precipitaban a veces en pequeñas cascadas, o alborotaban entre las
-piedras, o fluían en sombrío silencio sobre las pozas profundas, bajo
-el dosel de los sauces. Las pozas debían de ser abundantes en pesca;
-con mucha frecuencia saltaban del agua gruesas truchas y cazaban
-las brillantes moscas que pasaban rozando la engañosa superficie.
-Eran deliciosos el momento y el lugar. Rodaba el sol por lo alto del
-firmamento, despidiendo de su orbe de fuego rayos gloriosísimos, y la
-atmósfera vibraba con su resplandor; pero la sombra de los árboles
-templaba su fuerza, o la hacían inofensiva la vivificante frescura
-que subía del agua o las suaves brisas que a intervalos murmuraban
-en las praderas, «aireando la mejilla y levantando el cabello» del
-viajero. Las montañas fueron poco a poco aclarándose. Entramos
-en una planicie. Sobre las altas hierbas ondulantes extendían
-los robustísimos castaños, en plena floración, sus gigantescas y
-sombrosas ramas. Echadas en el suelo descansaban unas cuantas parejas
-de bueyes, soportando en sus cabezas el grave peso de la pértiga de
-las carretas, mientras los boyeros se ocupaban en aderezar la comida
-o dormían a la sombra y sobre la hierba una _siesta_ deliciosa.
-Me acerqué al grupo más numeroso y pregunté a un individuo si
-necesitaban el Testamento de Jesucristo. Miráronse con asombro unos
-a otros y me miraron a mí, hasta que un joven, que conservaba entre
-las manos una escopeta mientras descansaba, me preguntó qué era eso
-y si yo era catalán, «porque tiene usted un hablar muy áspero, y es
-alto y rubio como aquella gente». Me senté con ellos, y les dije que
-no era catalán, sino que venía por el mar de Occidente, de un sitio
-distante muchas leguas de allí, a vender aquel libro a mitad de su
-precio de coste, y que la salvación de su alma dependía de conocerlo
-bien. Expliqué la naturaleza del Nuevo Testamento y leí la parábola
-del sembrador. Mis oyentes miráronse de nuevo con asombro; pero me
-dijeron que no podían, siendo pobres, comprar libros. Me levanté,
-monté a caballo, y al marcharme les dije: «La paz sea con vosotros.»
-Oído esto por el joven de la escopeta, se puso en pie, y exclamando:
-«_Cáspita_, ¡qué cosa tan rara!», me arrebató el libro de la mano y
-me pagó el precio que le había pedido.
-
-Acaso no se encuentre, aun buscándolo por todo el mundo, un lugar
-cuyas ventajas naturales rivalicen con las de esta llanura o valle
-de Bembibre, con su barrera de ingentes montañas, con sus copudos
-castaños, y con los robledales y saucedas que visten las márgenes del
-río, tributario del Miño. Es verdad que, cuando yo pasé por allí, el
-luminar del cielo ardía en todo su esplendor, y las cosas, alumbradas
-por sus rayos, aparecían brillantes, prósperas y jocundas. No
-aseguro que aquellos lugares me hubieran producido igual admiración
-contemplados a otra luz; pero es indiscutible que siendo tantas sus
-cualidades no pueden por menos de producir en cualquier tiempo hondo
-deleite; a la belleza apacible de un paisaje inglés júntase allí
-un no sé qué de grande y de agreste, y tengo para mí que el hombre
-nacido en aquellos valles, a no ser muy insaciable y turbulento, no
-querrá abandonarlos jamás. En aquellas horas no hubiera ambicionado
-yo mejor destino que el de ser pastor o cazador en las praderas o en
-las montañas de Bembibre.
-
-Tres horas más tarde, la situación había variado. En Bembibre,
-pueblo de barro y pizarra, poco digno de atención, hicimos alto,
-para comer nosotros y dar pienso a los caballos. Continuamos
-luego cuesta arriba, porque el camino iba por una de las últimas
-estribaciones de aquellas montañas divisorias, ya frecuentemente
-mencionadas; pero el cielo se había obscurecido; las nubes rodaban
-veloces sobre las montañas, viniendo del mar, y un viento frío se
-quejaba tristemente. Dimos alcance a un aldeano, montado en una mula
-miserable, y nos dijo: «Tenemos la nube encima; los asturianos la
-van a ver muy bien, porque corre hacia su tierra.» Apenas lo había
-dicho, un relámpago, tan vivo y deslumbrador como si todo el brillo
-del elemento ígneo se hubiese concentrado en él, fulguró en torno,
-inflamando la atmósfera y envolviendo montañas, rocas y árboles en un
-resplandor indescriptible. La mula del aldeano se cayó al suelo; mi
-caballo se encabritó, y dando media vuelta echó a correr como loco
-cuesta abajo, y durante un rato no pude refrenarlo. Al relámpago
-siguió el estampido de un trueno, no menos terrible, pero lejano,
-sordo y profundo; las montañas recogieron su sonido y lo repitieron
-llevándolo de cumbre en cumbre, hasta que se perdió en el espacio sin
-límites. Otros relámpagos y truenos estallaron, pero más débiles en
-comparación; cayeron algunas gotas de lluvia. Lo recio de la nube
-parecía estar en otra región. «Donde haya caído esa exhalación—dijo
-el aldeano al juntarse de nuevo a nosotros—más de cien familias
-estarán llorando a estas horas; aun a seis leguas de distancia
-mi mula se ha cegado con el resplandor.» Llevaba por la brida al
-animal, que, en efecto, parecía dañado en la vista. «Si los frailes
-estuviesen aún en su nido, allá en lo alto—continuó—, diría que esto
-es obra suya, porque ellos son los causantes de todas las desgracias
-de esta tierra.»
-
-Alcé los ojos en la dirección indicada por el aldeano, y a media
-ladera de la montaña por cuya base íbamos vi un inmenso peñasco,
-pavoroso y negruzco, que sobresalía a gran altura sobre el camino,
-como si amenazase destruírlo. Parecíase aquello a uno de los
-arrecifes de rocas representados en el cuadro del Diluvio, a los
-que trepan los aterrorizados fugitivos para escapar a la tenaz
-persecución de las embravecidas e incontrastables olas, y desde
-los que miran con horror a sus pies, mientras sobre ellos se
-levantan nuevas y vertiginosas alturas a las que en vano pugnan por
-encaramarse. En el mismo borde de aquel peñasco se alzaba un edificio
-consagrado, al parecer, a fines religiosos, porque sobre sus muros y
-techumbre se erguía el campanario de una iglesia. «Esa es la casa de
-la Virgen de las Rocas—dijo el aldeano—, y hasta hace poco estaba
-llena de frailes; pero los han echado, y ahora no viven ahí más que
-lechuzas y cuervos.» Repliqué que no debía de ser envidiable la
-vida en una mansión tan triste y desamparada, porque en invierno se
-correría grave peligro de morir allí de frío. «De ningún modo—me
-respondió—. Tenían toda la leña que querían para sus _braseros_ y
-chimeneas, y mucho y buen vino para calentarse en las comidas, nada
-frugales. Además, tenían otro convento ahí en el valle, al que se
-retiraban cuando les parecía bien.» Al preguntarle el motivo de su
-aversión a los frailes, me contestó que había sido vasallo suyo, y
-que año tras año le privaban de la flor de cuanto poseía. Hablando
-de ese modo llegamos a una aldea, debajo precisamente del convento,
-y allí me dejó el aldeano, después de señalarme una casa de piedra,
-con una imagen sobre la puerta, que perteneció en otro tiempo, según
-dijo, a la _canalla_ de allá arriba.
-
-El sol se acercaba al ocaso; deseoso de llegar a Villafranca, donde
-pensaba descansar, y de la que aún me separaban tres leguas y media,
-no me detuve en la aldea. El camino empezó a descender en rápida y
-tortuosa cuesta, que terminaba en un valle, en cuyo fondo había un
-puente angosto y largo; por debajo pasaba un río, que por una ancha
-garganta se abría paso entre dos montañas. La cordillera estaba allí
-tajada, probablemente por una convulsión de la naturaleza. Contemplé
-la hoz y las montañas de ambos lados. A gran altura, por mi derecha,
-pero destacándose con mucha claridad, iluminado por los últimos rayos
-del sol, aparecía el convento del Despeñadero, y frente por frente,
-al otro extremo del valle, alzábase a pico la montaña rival, que, por
-interceptar en parte considerable la luz, echaba masas de sombras
-sobre la parte alta del paso, envolviéndolo en misteriosa obscuridad.
-Del seno de ella se arrojaba con ruido atronador un río, blanco de
-espuma, arrastrando en pos de sí piedras y ramas: era el bravío Sil,
-engrosado tal vez por las recientes lluvias, que desde su cuna en las
-montañas de Asturias se precipitaba hacia el Océano.
-
-Pasaron algunas horas más. Era ya noche cerrada y nos hallábamos
-rodeados de bosques, buscando a tientas el camino, porque la
-obscuridad era tal que apenas veía a una vara más allá de la cabeza
-del caballo. El animal parecía intranquilo, se paraba muchas
-veces, apuntaba las orejas y daba relinchos lastimeros. Frecuentes
-relámpagos iluminaban con sus llamaradas el cielo negro y echaban una
-momentánea claridad sobre nuestro camino. Ningún ruido interrumpía el
-silencio de la noche, salvo el tardo paso de los caballos, y a veces
-el croar de las ranas en algún charco. Me acordé de que estaba en
-España, tierra predilecta de estas dos furias: asesinato y robo, y
-de la facilidad con que dos viajeros fatigados e inermes podían ser
-víctimas suyas.
-
-Al fin salimos de los bosques, y después de andar otro poco el
-caballo relinchó alegremente y salió al trote corto. Pronto llegaron
-a mis oídos ladridos de perros, y creímos estar cerca de poblado.
-En efecto, estábamos en Cacabelos, ciudad a unas cinco millas de
-Villafranca.
-
-Eran cerca de las once, y me pareció mejor esperar al siguiente día
-en aquel lugar que seguir sin dilación a Villafranca, exponiéndonos a
-los horrores de la obscuridad en un camino solitario y desconocido.
-Tomé el partido de quedarme, pero no había contado con la huéspeda:
-en la primera _posada_ a que llamé respondieron que no podían
-admitirnos, y menos aún a los caballos, porque la cuadra estaba
-llena de agua. En la segunda—y en el pueblo no había más que dos—una
-tosca voz me respondió desde la ventana casi con las palabras de la
-Escritura: «No importunes; la puerta está ya cerrada, y mis hijos y
-yo estamos acostados; no puedo levantarme para abrirte.» En realidad,
-no tenía yo muchas ganas de entrar, porque la posada tenía pobrísimo
-aspecto; pero daba lástima ver a los pobres caballos manotear contra
-la puerta, como si implorasen la entrada.
-
-Ya no teníamos dónde escoger: sólo nos quedaba continuar nuestro
-triste viaje a Villafranca, hasta donde había, según nos dijeron, una
-legua corta, que resultó ser legua y media. No fué cosa fácil salir
-del pueblo, porque nos perdíamos en el laberinto de sus callejuelas.
-Un muchacho de unos diez y ocho años consintió, mediante la oferta de
-una _peseta_, en guiarnos, y después de muchas vueltas nos puso en un
-puente, diciéndonos que le cruzáramos y siguiéramos el camino, que
-era el de Villafranca; recibió luego lo ofrecido y se marchó muy de
-prisa.
-
-Seguimos sus indicaciones, no sin alguna sospecha de que pudiera
-habernos engañado. La noche era aún más obscura, de suerte que no
-se podía distinguir cosa alguna, por muy próxima que estuviese. Los
-relámpagos eran más débiles y raros. Oíamos el rumor de los árboles
-y a veces ladridos de perros; pero este ruido cesó pronto y quedamos
-envueltos en silenciosas tinieblas. Mi caballo, o por cansancio o por
-el mal estado del camino, tropezaba mucho; en vista de lo cual me
-apeé, y llevándolo por las riendas no tardé en dejar a Antonio muy
-atrás.
-
-Un gran trecho anduve de ese modo, cuando sobrevino un incidente
-muy apropiado a la hora y al lugar. Iba yo por entre árboles y
-matorrales; de pronto el caballo se detiene, y a poco me tira de
-espaldas. No sé cómo fué; pero el miedo, nunca sentido hasta
-entonces en la soledad ni en las tinieblas, me invadió súbitamente.
-Me disponía a hacer andar al caballo cuando sentí ruido a mi derecha,
-y escuché con atención. El ruido parecía el de una o varias personas,
-abriéndose camino a través de ramas y maleza. Cesó pronto y oí
-pasos en el camino. Era el andar lento y vacilante de gentes que
-transportan un objeto pesadísimo, casi superior a sus fuerzas, y me
-pareció oír la respiración anhelosa de hombres muy fatigados. Hubo
-una breve pausa, durante la que me pareció que descansaban en medio
-del camino. Luego se reanudaron los pasos, hasta llegar al otro lado,
-y de nuevo oí los crujidos de las ramas; continuó un poco de tiempo y
-gradualmente se desvaneció.
-
-Seguí mi camino, pensando en lo que acababa de suceder y haciendo
-conjeturas sobre la causa. Los relámpagos fulguraban de nuevo, y a su
-luz pude ver que me acercaba a unas elevadas y obscuras montañas. La
-caminata nocturna duraba tanto que perdí la esperanza de llegar a la
-ciudad, y entorné los ojos adormilado, aunque continuaba marchando
-mecánicamente, sin soltar la rienda del caballo. De pronto una voz me
-gritó a corta distancia: «_¿Quién vive?_»; al fin había dado con el
-camino de Villafranca. La voz procedía de un centinela del arrabal,
-uno de esos singulares migueletes, medio soldados, medio _guerillas_
-que en general emplea el Gobierno de España en limpiar de ladrones
-los caminos. Di la respuesta usual: «_España_», y me acerqué al lugar
-donde estaba de plantón. Cambiamos unas palabras y me senté en una
-piedra a esperar a Antonio, que tardó bastante en llegar. Le pregunté
-si se había cruzado con alguien en el camino; pero no había visto
-nada. La noche, o más bien la mañana, era aún muy obscura, a pesar de
-un débil cuarto de luna que a ratos se dejaba ver entre las nubes.
-Bajamos una calle a nuestra izquierda, que el miguelete nos indicó,
-para llegar a la puerta de la ciudad. La calle era empinada, no
-veíamos puerta ninguna, y no tardamos en ver detenidos nuestros pasos
-por una fila de casas y un muro. Llamamos a la puerta de dos o tres
-de aquellas casas (en cuyos pisos superiores había luces encendidas),
-con el fin de orientarnos, pero no nos oyeron o no nos hicieron caso.
-Hórrido maullar de gatos saludaba nuestros oídos desde los tejados
-y desde los rincones obscuros, y me acordé de la llegada nocturna
-de Don Quijote y su escudero al Toboso y sus inútiles pesquisas por
-las desiertas calles en busca del palacio de Dulcinea. Al fin vimos
-luz y oímos voces en una casita aislada, al otro lado de una especie
-de foso; tirando de los caballos llegamos a la puerta y llamamos;
-nos abrió un viejo, que por su traje me pareció un hornero, y no me
-equivoqué; en razón de su oficio estaba levantado a tales horas. Le
-rogamos que nos indicase el camino para entrar en la ciudad, y echó
-delante de nosotros por una angosta callejuela que arrancaba junto a
-su casa, diciendo que él mismo iba a llevarnos a la _posada_.
-
-La calleja conducía directamente a una plaza, al parecer la del
-mercado, y ya en ella detúvose nuestro guía ante una casa de
-esquina, y llamó. Después de un buen rato se abrió una ventana del
-piso alto, y una voz de mujer nos preguntó quiénes éramos. «Dos
-viajeros que acaban de llegar y buscan posada»—respondió el viejo.
-«No quiero que me molesten a estas horas de la noche—respondió la
-mujer—; querrán cenar y no hay nada en casa; que vayan a cualquier
-otra parte». Cuando ya iba la mujer a cerrar la ventana, grité que
-no necesitábamos cena, sino descanso para nosotros y los caballos,
-porque veníamos desde Astorga y estábamos muertos de cansancio.
-«¿Quién es el que habla?—exclamó la mujer—. Esa voz seguramente es
-la de Gil, el relojero alemán de Pontevedra. Bien venido, compañero;
-llega usted a tiempo, porque tengo el reloj desarreglado. Siento
-haberle hecho a usted esperar; en seguida abro».
-
-Cerróse de golpe la ventana, y a poco brilló una luz entre las
-rendijas de la puerta; giró una llave en la cerradura, y entramos.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XXV
-
- Villafranca.—El puerto.—Simplicidad gallega.—La guardia de
- la frontera.—La herradura.—Peculiaridades gallegas.—Una
- palabra sobre el idioma.—El correo.—El hostelero y los
- huéspedes.—Los andaluces.
-
-
-¡Ave María!—dijo la mujer—. ¿Quién está aquí? Este no es Gil, el
-relojero.—Que sea Gil o sea Juan—respondí—necesitamos posada, y la
-pagaremos.—Nuestro primer cuidado fué estabular los caballos, que
-estaban agotados; después tratamos de instalarnos lo mejor posible.
-La casa era grande y cómoda. Luego de beber un poco de agua me tendí
-en el suelo de una habitación sobre los colchones que trajo la
-posadera, y en menos de un minuto me quedé profundamente dormido.
-
-Me desperté muy entrada la mañana. Salí a la plaza del mercado,
-llena de gente. Alzando los ojos vi asomar sobre los tejados de las
-casas los picos de unas montañas muy altas y sombrías. La ciudad
-está en una profunda hondonada y rodeada de montañas casi por todos
-lados.—_¡Quel pays barbare!_—dijo Antonio—, al reunirse conmigo.
-Cuanto más lejos vamos, más salvaje parece todo. Empieza a darme
-miedo el viaje a Galicia. Me dicen que tenemos que trepar por esas
-montañas; se despearán los caballos.—Dejé la plaza del mercado y
-subí a la muralla de la ciudad con ánimo de descubrir la puerta por
-donde habíamos entrado la noche precedente; pero no tuve mejor éxito
-con luz del sol que en la obscuridad. En la dirección de Astorga la
-ciudad parecía estar herméticamente cerrada.
-
-Deseoso de entrar en Galicia, y pareciéndome que los caballos se
-habían hasta cierto punto repuesto del cansancio de la jornada
-anterior, montamos de nuevo y proseguimos nuestra ruta. Atravesamos
-un puente, y al instante nos vimos en un profundo desfiladero, por
-cuyo fondo se precipitaba un impetuoso riachuelo, dominado a pico por
-la carretera que lleva a Galicia. Estábamos en el renombrado puerto
-de Fuencebadón.
-
-Es imposible describir el puerto ni la región circunvecina, que
-contiene algunos de los más extraordinarios paisajes de España;
-a todo lo que aspiro es a trazar un débil e imperfecto bosquejo.
-El viajero que sube el puerto sigue durante casi una legua el
-curso del torrente, cuyas márgenes, escarpadas en algunos sitios,
-descienden en otros suavemente hasta el agua, y están pobladas de
-hermosos árboles: robles, álamos y castaños. Al principio se ven
-numerosas aldehuelas de casas bajas, con techumbre de inmensas
-pizarras y aleros que casi tocan al suelo. Las aldeas son menos
-frecuentes a medida que el camino es más estrecho y escarpado,
-hasta que por último desaparecen poco antes del sitio en que el
-camino se aparta del riachuelo para no verlo más, si bien se oye
-todavía a sus tributarios mugir en el fondo de las ramblas, o se
-los ve caer en delgados chorros por los barrancos abajo. Todo es
-allí de insólita y agreste belleza. La eminencia por donde trepa el
-camino se yergue a la derecha, mientras en el extremo opuesto de un
-profundo barranco se alza una montaña inmensa, a cuya cima apenas
-alcanza la vista. Pero lo más singular del puerto son los campos o
-praderas suspendidos en las vertientes. Cubiertos estaban, cuando
-yo pasé, de exuberante hierba, y en muchos de ellos los segadores
-guadañaban, aunque parecía imposible que un hombre pudiera tenerse
-en pie en terreno tan escarpado; los senderillos que corren en todas
-direcciones parecen hilos tendidos en la falda de la montaña. Un
-carro de bueyes va serpenteando en torno de un pico elevadísimo;
-una de las ruedas queda por completo al aire sobre la espantosa
-pendiente; el vértigo se apodera del cerebro y hay que apartar la
-vista con rapidez. Una nube se interpone; cuando volvemos a mirar,
-los objetos de nuestra ansiedad han desaparecido. El camino es cada
-vez más estrecho y tortuoso. Andadas dos leguas aún queda un tercio
-de la cuesta por subir. Todavía no es aquello Galicia; todavía se oye
-hablar castellano, muy tosco, a la verdad, en las chozas miserables
-levantadas en los apartados rincones por donde pasa el camino.
-
-Poco antes de llegar a lo alto del puerto una niebla espesa
-envolvió las cimas de las montañas. Comenzó a lloviznar. «Estas
-son las nieblas que los gallegos llaman _bretima_—dijo Antonio—, y
-abundan mucho en esta tierra.» «¿Ha estado usted ya otras veces en
-Galicia?»—pregunté. «_Non, mon maître_; pero he servido en muchas
-casas donde había criados gallegos, y por eso conozco un poco sus
-costumbres y su lengua.» «¿Y tiene usted buena opinión de los
-gallegos?» «En manera alguna, _mon maître_; los hombres, en general,
-parecen muy rústicos y simples, pero son capaces de engañar al
-_filou_ más listo de París; respecto de las mujeres es imposible
-vivir en la misma casa que ellas, sobre todo si son _camareras_
-y acompañan a la _señora_; no hacen más que mover disensiones y
-disputas en la casa, y contar habladurías de los otros criados. Ya he
-perdido en Madrid dos o tres colocaciones excelentes por culpa de las
-camareras gallegas. Ya estamos en la raya, _mon maître_; me parece
-que este pueblo debe de ser ya de Galicia».
-
-Entramos en el pueblo, situado en lo alto de la montaña, y como
-jinetes y caballos estábamos cansadísimos, buscamos un sitio donde
-reparar las fuerzas. Junto a la puerta del pueblo había una casa ante
-la que se hallaban una o dos mulas y una jaca; pensé que aquélla
-sería la posada, y en efecto lo era. Entramos: varios soldados
-estaban tumbados en unos montones del heno que casi llenaba el local,
-parecido a un establo. Todos eran de malísimo aspecto y muy sucios.
-Hablaban entre sí en un dialecto de extraña sonoridad, que supuse
-sería el gallego. En cuanto nos vieron, dos o tres se levantaron de
-sus camas y corrieron al encuentro de Antonio, a quien saludaron con
-mucho afecto, llamándole _companheiro_. «¿De qué conoce usted a esta
-gente?», le pregunté en francés. «_Ces messieurs sont presque tous de
-ma connoissance_»—contestó—, _et, entre nous, ce sont de véritables
-vauriens_; casi todos son ladrones y asesinos. Aquel tuerto, que es
-el cabo, se escapó hace poco de Madrid con más que sospechas de estar
-complicado en un envenenamiento; aquí, en su tierra, está bastante
-seguro, y, como usted ve, lo emplean en guardar la frontera. Debemos
-ser amables con ellos, _mon maître_; hay que darles vino, o se
-ofenderán. Los conozco, _mon maître_; los conozco. ¡Hola! Posadero,
-traiga una _azumbre_ de vino.»
-
-Mientras Antonio convidaba a sus amigos llevé los caballos a la
-cuadra; había que atravesar la casa, posada o como se la quiera
-llamar. La cuadra era un miserable cobertizo, donde los caballos se
-hundían hasta el menudillo en cieno y barro. Pedí cebada, pero me
-dijeron que en Galicia no se usaba para pienso y era rarísima; en
-sustitución me ofrecieron maíz, que los caballos comieron sin reparo;
-tampoco se podía encontrar paja, sustituida por heno medio verde.
-A fuerza de patalear en el fango de la cuadra, mi caballo perdió
-una herradura, y en vano la busqué.—«¿Hay herrador en el pueblo?»,
-pregunté a un individuo que hacía de mozo de cuadra.
-
-EL MOZO DE CUADRA.—_Sí, senhor_; pero supongo que traerá usted
-consigo herraduras, porque si no, a este caballo tan grande no lo
-herrarán en el pueblo.
-
-YO.—¿Qué quiere usted decir? ¿Es que el herrador no sabe su oficio?
-¿No puede poner una herradura?
-
-EL MOZO DE CUADRA.—_Sí, senhor_, puede poner una herradura si usted
-se la proporciona; pero en Galicia no hay herraduras para caballos,
-al menos por estos sitios.
-
-YO.—¿No es costumbre aquí herrar a los caballos?
-
-EL MOZO DE CUADRA.—_Senhor_, en Galicia no hay caballos; no hay más
-que jacas; los que traen caballos a Galicia—sólo un loco puede hacer
-tal—tienen que traer también un repuesto de herraduras, porque aquí
-no las hay de ese tamaño.
-
-YO.—¿Qué quiere decir eso de que sólo un loco puede traer caballos a
-Galicia?
-
-EL MOZO DE CUADRA.—_Senhor_, no hay caballo que resista los piensos
-y las montañas de Galicia sin enfermar; y si no se muere de una vez,
-le costará a usted en veterinarios más de lo que vale. Además, un
-caballo no sirve aquí de nada, y en terreno tan quebrado no puede
-prestar ni la décima parte del servicio que una yegüecilla puede
-hacer. Vea también, _senhor_, que su caballo es entero; de cada
-veinte jacas que vea usted por los caminos de Galicia, diez y nueve
-son yeguas; los machos se envían a Castilla para venderlos. _Senhor_,
-su caballo entrará en celo por esos caminos y atrapará un muermo, que
-no tiene cura. _Senhor_, sólo a un loco se le ocurre traer un caballo
-a Galicia, pero hay que estar dos veces loco para traer un _entero_,
-como usted ha hecho.
-
-—Extraño país es Galicia—dije yo; y me fuí a consultar con Antonio.
-
-Resultó que los informes del mozo de cuadra eran literalmente exactos
-en lo referente a la herradura; por lo menos, el herrador del
-pueblo, a quien llevé mi caballo, confesó que no podía herrarlo por
-carecer de herraduras adecuadas a sus cascos. Dijo que probablemente
-tendríamos que llevar el caballo a Lugo, donde por haber guarnición
-de caballería encontraríamos acaso lo que necesitábamos. Añadió,
-empero, que la mayor parte de los soldados de caballería iban
-montados en jacas del país, porque la mortalidad entre los caballos
-traídos de país llano era espantosa. Lugo estaba a diez leguas; al
-parecer no había por el momento otro remedio que tener paciencia, y
-tomado algún descanso seguimos el viaje, llevando los caballos por
-las riendas.
-
-Estábamos en la cima de una de las más elevadas montañas de Galicia;
-anduvimos una legua por terreno llano y empezamos a bajar. Cuando
-íbamos por la planicie, cubierta de tojos y jaras, dimos de súbito
-con media docena de individuos armados de carabinas y vestidos con
-uniformes andrajosos. Al principio supusimos que eran bandidos; se
-trataba tan sólo de una patrulla de soldados destacada del pueblo
-que acabábamos de dejar, como escolta de un correo provincial.
-Nos rodearon clamando por cigarros, pero no cometieron grosería
-mayor. Como no teníamos cigarros, les di una moneda de plata. Dos
-de los peor encarados tenían mucho empeño en que los permitiésemos
-escoltarnos hasta Nogales, pueblo en que nos proponíamos pernoctar.
-«No se lo permita usted de ningún modo, _mon maître_—dijo Antonio—.
-Son dos asesinos famosos a quienes conocí en Madrid; en el primer
-barranco nos matarían para robarnos.» Decliné cortésmente sus ofertas
-y partimos. «Al parecer, conoce usted a todos los salteadores de
-Galicia», dije a Antonio cuando bajábamos de la montaña.
-
-—A esos dos individuos—replicó—los conocí cuando estuve de cocinero
-en casa del general O..., que es gallego; eran íntimos amigos del
-_repostero_. Todos los gallegos que hay en Madrid, cualquiera que sea
-su condición, se conocen; allí, al menos, son todos buenos amigos
-y se ayudan mutuamente en cuantas ocasiones se presentan. Si en
-una casa hay un criado gallego, seguramente la cocina se llena de
-paisanos suyos, y no tarda en advertirlo el cocinero a costa suya,
-porque comúnmente se dan maña para devorar cualquier regalillo que
-tengan reservado para sí y su familia.
-
-Poco antes de la mitad de la cuesta llegamos a una aldea. Al ver
-una fragua hicimos alto, con la débil esperanza de encontrar una
-herradura para mi caballo, que por ir descalzo empezaba a renquear.
-Con gran alegría descubrimos que el herrero poseía una herradura de
-caballo, que algún tiempo antes se había encontrado en el camino.
-Después de machacarla y arreglarla mucho, el Vulcano gallego falló
-que serviría muy bien a falta de otra mejor; con lo cual montamos de
-nuevo y continuamos despacio el descenso.
-
-Poco antes de ponerse el sol llegamos a Nogales, aldea situada en un
-angosto valle, al pie de la montaña en cuya travesía habíamos gastado
-el día entero. Era un lugar en extremo pintoresco. Montes escarpados,
-cubiertos de frondosos castañares, lo rodeaban por todos lados. La
-aldea misma estaba casi cobijada por los árboles; pegado a ella
-corría un murmurante arroyuelo. Encontramos una _posada_ regularmente
-espaciosa y cómoda.
-
-Estaba yo débil y cansado, pero con pocas ganas de dormir. Antonio
-aderezó nuestra cena, o más bien la suya, porque yo no tenía apetito.
-Sentado a la puerta, me entretuve en contemplar los bosques de las
-alturas circunvecinas o el agua del arroyuelo, y en escuchar a la
-gente que vagaba por allí, hablando en el dialecto del país. ¡Qué
-extraña lengua es el gallego, con su acento quejumbroso y melodioso
-a la vez, y con su revoltijo de palabras de varios idiomas, pero
-sobre todo del español y del portugués! «¿Entiende usted lo que
-dicen?»—pregunté a Antonio, que ya se había reunido conmigo. «No lo
-entiendo, _mon maître_—respondió—. He aprendido muchas palabras con
-los criados gallegos en las casas donde he servido, pero no puedo
-seguir una conversación. He oído decir a los gallegos que no hay
-dos aldeas donde se hable de la misma manera, y que muchas veces no
-se entienden entre sí. Lo peor del gallego es que todos piensan al
-oirlo por primera vez que es facilísimo de aprender, porque a cada
-momento perciben vocablos ya oídos antes; pero eso sirve tan sólo de
-mayor extravío y embrollo, y para que se entienda mal lo que se oye;
-mientras que si ignorasen totalmente esta lengua, aguzarían el oído
-para entenderla, como me pasa a mí cuando oigo hablar vascuence, bien
-que no conozco más palabra de este idioma que _jaungicoa_.»
-
-Al cerrar la noche me fuí a la cama, donde estuve cuatro o cinco
-horas intranquilo y desvelado, porque aún no estaba limpio de fiebre.
-Mucho después de media noche, y cuando iba quedándome dormido, me
-espabiló un gran ruido en la calle, y el resplandor de unas luces
-que entraban por la celosía de la ventana de mi cuarto. Un momento
-después apareció Antonio, a medio vestir. «_Mon maître_—dijo—, acaba
-de llegar el correo de Madrid a La Coruña con una gran escolta y
-enorme número de viajeros. Me dicen que el camino de aquí a Lugo
-está infestado de ladrones y de carlistas que cometen todo género de
-atrocidades; debemos aprovecharnos de la ocasión y mañana al mediodía
-podemos estar en salvo en Lugo.» Al instante me arrojé de la cama y
-me vestí, diciendo a Antonio que fuese a disponer los caballos sin
-tardanza.
-
-Pronto estuvimos montados y en la calle, en medio de una revuelta
-muchedumbre de hombres y cuadrúpedos. La luz de dos teas puestas
-delante del correo brillaba en las armas de varios soldados,
-formados, al parecer, a ambos lados del camino; pero la obscuridad
-no me permitía ver los objetos claramente. El correo iba montado en
-una yegua peluda; en el arzón y en la grupa llevaba sendos sacos de
-cuero, tan grandes que casi tocaban al suelo. Durante un cuarto de
-hora todo fué confusión, ir y venir, gritos y batahola; al cabo de
-ese tiempo se dió la orden de marcha. Apenas habíamos salido del
-pueblo se apagaron las teas y quedamos casi en totales tinieblas;
-marchábamos entre árboles, como se dejaba conocer por el rumor de las
-hojas en torno nuestro. Mi caballo iba muy intranquilo, relinchaba
-medrosamente, y a veces se encabritaba. «Si su caballo de usted
-no se tranquiliza, caballero, tendremos que pegarle un tiro—dijo
-una voz con acento andaluz—; descompone toda la comitiva.» «Sería
-una lástima, sargento—repliqué—, porque es cordobés por los cuatro
-costados; no está hecho a los caminos de este país bárbaro.» «¡Oh!
-¿Es de Córdoba?—dijo la voz—, _vaya_, no lo sabía; yo también soy
-cordobés. _¡Pobrecito!_ Déjeme usted palparlo; sí, en el pelo conozco
-que es paisano mío. La verdad, matarle... _¡Vaya!_, me gustaría ver
-al gallego del demonio que se atreva a hacerle daño. País bárbaro,
-_yo lo creo_: ni aceite, ni olivos, ni pan, ni cebada. De modo que
-usted ha estado en Córdoba; _vaya_, hágame el favor de aceptar este
-cigarro.»
-
-De esa manera anduvimos varias horas por montes y valles, casi
-siempre a muy lento paso. Los soldados de la escolta cantaban de
-tiempo en tiempo canciones patrióticas, respirando amor y adhesión
-a la joven reina Isabel y odio al feroz tirano Carlos. Una de las
-coplas que oí decía, sobre poco más o menos:
-
- Duro tiene el corazón
- Con Carlos, viejo cruel,
- y sólo seis años cuenta,
- niña inocente, Isabel.
-
-Al romper el día, me encontré en medio de una procesión de doscientas
-o trescientas personas, algunas a pie, la mayoría montadas en mulas
-o yeguas; no vi un solo caballo, fuera del mío y el de Antonio.
-Unos pocos soldados iban diseminados a lo largo del camino. El país
-era montuoso, pero no tanto ni tan pintoresco como el que habíamos
-atravesado el día anterior; casi todo él estaba dividido en pequeños
-campos plantados de maíz. Cada dos o tres leguas se relevaba la
-escolta en algún pueblo donde había tropas destacadas. La mayor
-parte de las veces los pueblos eran un conjunto de miserables
-chozas, con techumbre de bálago, empapada de humedad, y cubierta
-frecuentemente de vegetación silvestre. Había montones de estiércol
-delante de las puertas, y abundaban los charcos y lodazales. Enormes
-cerdos pululaban mezclados con chiquillos en cueros. El interior de
-las chozas correspondía a su apariencia externa: estaban llenas de
-suciedad y miseria.
-
-Llegamos a Lugo a las dos de la tarde. Durante las dos o tres últimas
-leguas, el cansancio nacido de la falta de sueño y de mi pasada
-enfermedad me agobiaba tanto que fuí continuamente dormitando en la
-silla, sin enterarme apenas de lo que estaba pasando. Nos alojamos
-en una vasta _posada_ extramuros de la ciudad, edificada en una
-elevación del terreno, desde donde se descubría una extensa vista
-hacia el Este. Poco después de llegar empezó a llover a torrentes, y
-así continuó sin cesar los dos días sucesivos, cosa que me afligió
-poco, pues pasé todo ese tiempo en la cama, y casi puedo decir que
-dormitando. En la tarde del tercer día me levanté.
-
-Había en la casa bastante bullicio, producido por la llegada de una
-familia procedente de La Coruña; venía en un gran coche de viaje,
-escoltado por cuatro carabineros. La familia era más bien numerosa:
-se componía del padre, un hijo y once hijas; la mayor de unos diez y
-ocho años. Un individuo de miserable aspecto, de chaqueta y sombrero
-de copa alta, les servía de criado. Llegaron muy mojados, tiritando;
-todos parecían muy desconsolados, especialmente el padre, hombre de
-mediana edad, de buena presencia.
-
-—¿Podremos alojarnos en esta _fonda_?—preguntó con dulce voz al dueño.
-
-—Sin duda alguna—replicó el hostelero—; nuestra casa es grande.
-¿Cuántas habitaciones necesita su merced para su familia?
-
-—Con una tendremos bastante—contestó el forastero.
-
-El huésped, que por ser gotoso iba apoyado en un palo, miró un
-momento al viajero y luego a cada individuo de su familia, sin
-olvidar al criado, y con un ligero encogimiento de hombros por todo
-comentario, les mostró el camino de un aposento donde había dos o
-tres camas con colchones de borra, aposento que yo rechacé a mi
-llegada por pequeño, obscuro e incómodo; abriéndolo bruscamente,
-preguntó si les servía.
-
-—Es un poco pequeño—repuso el señor;—pero creo que nos servirá.
-
-—Me alegro mucho—replicó el huésped—. ¿Hay que preparar cena para su
-merced y su familia?
-
-—No, gracias—contestó el forastero—. Mi criado mismo preparará lo
-poco que necesitamos.
-
-Entregada la llave al criado, toda la familia se ocultó en la
-habitación, no sin despedir antes a la escolta, gratificando al jefe
-de los carabineros con una _peseta_. El hombre estuvo medio minuto
-contemplando la propina brillar en la palma de su mano; luego, con un
-brusco _¡vamos!_, giró sobre los talones y sin despedirse de nadie se
-fué con los hombres a sus órdenes.
-
-—¿Quiénes serán esos forasteros?—pregunté al huésped cuando estábamos
-los dos sentados en un ancho corredor abierto en un lado de la casa y
-que ocupaba todo aquel frente.
-
-—No lo sé—contestó—; pero por su escolta supongo que tienen algún
-empleo oficial. No son de por aquí, y estoy casi seguro de que son
-andaluces.
-
-A los pocos minutos se abrió la puerta de la habitación ocupada por
-los forasteros y apareció el criado con una vasija en la mano.
-
-—_Señor patrón_—preguntó—, ¿me hace el favor de decirme dónde puedo
-comprar un poco de aceite?
-
-—En la casa lo hay—replicó el huésped—si es que necesita usted
-comprar; pero si, como es probable, supone usted que al vendérselo
-queremos ganar un _cuarto_, puede usted ir a comprarlo a la calle. Es
-lo que yo me figuraba—continuó el huésped cuando el criado se fué a
-su recado—: son andaluces y van a hacer lo que llaman un _gazpacho_
-para cenar. ¡Qué tacañería la de esos andaluces! Vienen a sacarle
-el jugo a Galicia, y les molesta que el pobre posadero se gane un
-_cuarto_ vendiéndoles el aceite para el _gazpacho_. Una cosa le
-aseguro a usted, señor: cuando el criado vuelva y pida pan y ajos
-para mezclarlos con el aceite, le diré que no lo hay en casa; si ha
-comprado el aceite fuera, lo mismo puede comprar el ajo y el pan; sí
-por cierto; y para el caso, el agua también.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XXVI
-
- Lugo.—Los baños—Una historia de familia.—Los
- Migueletes.—Las tres cabezas.—Un veterinario.—La
- escuadra inglesa.—Venta de testamentos.—La Coruña.—El
- reconocimiento.—Luigi Pozzi.—La especulación.—John Moore.
-
-
-En Lugo encontré un librero rico para quien me habían dado en
-Madrid una carta de recomendación. De buen grado se encargó de
-la venta de mis libros. El Señor se dignó favorecer los humildes
-esfuerzos que por su causa hice en Lugo. Treinta ejemplares del Nuevo
-Testamento llevé allí, y en un solo día se vendieron. El obispo de
-la ciudad—Lugo es sede episcopal—compró para sí dos ejemplares, y
-varios curas y frailes exclaustrados, en lugar de seguir el ejemplo
-de sus hermanos de León persiguiendo la obra, hablaron bien de ella y
-recomendaron su lectura. Ante la gran demanda que hubo me apesadumbró
-que mi repuesto de libros estuviese exhausto; si hubiera podido
-reponerlo, se habrían vendido cuatro veces más libros en los pocos
-días que permanecí en Lugo.
-
-Lugo cuenta unos 6.000 habitantes. Está situado en una elevación
-del terreno; antiguas murallas lo defienden. Carece de edificios
-notables; la misma catedral es de poca importancia. En el centro de
-la ciudad se encuentra la plaza del mercado, ligera y alegre, sin
-las macizas y pesadas fábricas que los españoles, así en tiempos
-pasados como en los modernos, acostumbran levantar en torno de sus
-_plazas_. Es cosa singular que Lugo, ciudad de muy escasa importancia
-en nuestros días, fuese en otros tiempos capital de España[21];
-tal ocurría en la época de los romanos, que, por ser un pueblo no
-muy dado a guiarse por el capricho, tendría, sin duda, razones muy
-valiosas para preferir esa localidad.
-
- [21] Es un error: _Lucus Augusti_ fué sólo capital de la Galicia
- septentrional; _Bracara Augusta_ (Braga), de la meridional;
- el Miño las dividía. (Nota del editor Burke.)
-
-Hay muchas reliquias romanas en las cercanías; la más importante son
-las ruinas de las antiguas termas medicinales en la ribera Sur del
-Miño, que serpentea por el valle al pie de la ciudad. En esos sitios,
-el Miño es un río con altas y escarpadas márgenes, muy pobladas de
-árboles.
-
-Una tarde visité los baños en compañía de mi amigo el librero. Fueron
-construídos sobre unos manantiales calientes que vierten su caudal
-en el río. A pesar de su estado ruinoso se hallaban atestados de
-enfermos, que esperaban mejorar con las aguas, famosas todavía
-por sus cualidades salutíferas. Extraño espectáculo ofrecían los
-pacientes, vestidos con túnicas de franela muy parecidas a mortajas,
-sumergidos en el agua caliente, entre los sillares desencajados,
-envueltos en nubes de vapor.
-
-Tres o cuatro días después de mi llegada hallábame sentado en el
-corredor que, como ya he dicho, ocupaba un frente entero de la casa.
-El cielo estaba despejado, y el sol radiante animaba con su luz todas
-las cosas. De pronto se abrió la puerta del aposento ocupado por
-los forasteros, y salió toda la familia, con excepción del padre,
-quien, supuse yo, debía de estar fuera ocupado en sus asuntos. El
-mísero criado cerraba la marcha, y al salir de la habitación cerró
-cuidadosamente la puerta y se guardó la llave en el bolsillo. El hijo
-y las once hijas iban muy bien vestidos: el muchacho, con pantalón
-y chaqueta de corte inglés; las muchachas, de blanco inmaculado.
-La familia era, en general, bien parecida, de ojos negros y tez
-olivácea; pero la hija mayor era de notable hermosura. Se colocaron
-en los bancos del corredor, y el desarrapado doméstico se sentó con
-sus amos sin ceremonia alguna. Estuvieron un buen rato callados,
-mirando con ojos desconsolados las casas del arrabal y los pardos
-muros de la ciudad, hasta que la hija mayor, o _señorita_, como la
-llamaban, rompió el silencio con un «_¡Ay, Dios mío!_»
-
-EL CRIADO.—_¡Ay, Dios mío!_ A bonita tierra hemos venido a parar.
-
-YO.—No veo por qué les parece a ustedes tan malo un país que por su
-naturaleza es el más rico y abundante de toda España. Cierto que la
-generalidad de los habitantes están en la miseria; pero la culpa es
-suya, no de la tierra.
-
-EL CRIADO.—Caballero, el país es horrible; no diga usted que no. Las
-señoritas, el señorito y yo estamos espantados; hasta su merced lo
-está también, y dice que hemos venido a esta tierra a expiar nuestros
-pecados. Todos los días llueve, y ésta es casi la primera vez que
-vemos el sol desde que llegamos. No cesa de llover, y no puede uno
-salir a la calle sin meterse en el _fango_ hasta el tobillo, y luego
-no se encuentra una casa.
-
-YO.—No lo entiendo. Me parece que hay casas de sobra en la población.
-
-EL CRIADO.—Dispense usted, señor. Ayer alquiló su merced una casa
-por tres reales y medio al día; pero cuando la _señorita_ la vió se
-echó a llorar, y dijo que aquello no era una casa, sino una perrera;
-entonces su merced pagó la renta de un día y rompió el trato. ¡Tres
-reales y medio diarios! En nuestro país podríamos tener un palacio
-por ese dinero.
-
-YO.—¿De qué país vienen ustedes?
-
-EL CRIADO.—Caballero, usted parece un señor muy decente y le voy a
-contar nuestra historia. Somos de Andalucía, y su merced era el año
-pasado recaudador general de contribuciones en Granada; tenía catorce
-mil _reals_ de sueldo, con lo que nos dábamos traza para vivir
-bastante bien, sin perder las _funciones_ de toros, y cuando no las
-había, las de _novillos_, y alguna que otra vez a la ópera. En una
-palabra: vivíamos con holgura y sin privarnos de diversiones; tanto,
-que su merced pensaba últimamente comprarle un caballo al señorito,
-que tiene catorce años, y ha de aprender a montar ahora o nunca. Pero
-el ministerio cambió, caballero, y los nuevos ministros, que no eran
-amigos de su merced, le quitaron el empleo. Caballero, desde aquella
-bendita tierra de Granada, donde nuestro sueldo era de catorce
-mil _reals_, nos han trasladado a Galicia, a esta fatal ciudad de
-Lugo, y su merced tiene que contentarse con diez mil, a todas luces
-insuficientes para sostener nuestras antiguas comodidades. ¡Adiós las
-_funciones_ de toros y de _novillos_, y la ópera! ¡Adiós la esperanza
-de tener un caballo para el señorito! Caballero, estoy desesperado.
-¡Calle, calle por amor de Dios; yo no puedo hablar más!
-
-Conocida su historia, ya no me asombró que el recaudador general
-desease ahorrar un _cuarto_ en la compra del aceite para su
-_gazpacho_ y el de su familia de once hijas, un hijo y un criado.
-
-Estuvimos en Lugo una semana y continuamos el viaje a La Coruña,
-distante unas doce leguas. Nos levantamos antes de rayar el día para
-aprovechar la escolta del correo, en cuya compañía hicimos unas
-seis leguas. Se hablaba mucho de ladrones y de partidas volantes
-de facciosos, razón por la que nuestra escolta era considerable. A
-unas cinco o seis leguas de Lugo, la guardia de soldados regulares
-fué relevada por un pelotón de cincuenta migueletes. Todos tenían
-aspecto de bandidos; pero nunca había visto yo gente de tan bárbara
-hermosura. Hallábanse todos en la flor de la edad; eran de elevada
-estatura, de miembros hercúleos; usaban recias patillas y caminaban
-con aire fanfarrón, como si provocaran el peligro y lo desdeñaran.
-Contrastaban sobremanera con los soldados que nos escoltaron hasta
-allí, pobres muchachos de diez y seis a diez y ocho años, sin vigor
-ni actividad. El traje peculiar de los migueletes, si a algo militar
-se parece, es al que usaban antiguamente los marinos ingleses. Llevan
-un sombrero característico y, generalmente, polainas; sus armas son
-el fusil y la bayoneta. El color de su vestido es de ordinario pardo
-obscuro. Guardan muy poca o ninguna disciplina, tanto en las marchas
-como en la acción. Son excelentes tropas irregulares, y en servicio
-de guerra se les emplea con singular utilidad como escaramuzadores.
-Sus funciones propias se asemejan, sin embargo, a las de la policía
-y están encargados de limpiar de ladrones los caminos, para lo cual
-se hallan en cierto respecto muy bien preparados, porque, en general,
-todos son ladrones durante alguna época de su vida. No es fácil decir
-por qué los llaman migueletes; lo más probable es que deriven su
-nombre del de un antiguo jefe. Tengo pocas noticias acerca de este
-cuerpo, y no puedo, por tanto, entrar en detalles; lo siento, porque
-sin duda ha de haber muchas cosas notables que decir acerca de él.
-
-Cansado de la marcha lenta del correo, resolví adelantarme,
-arrostrando el peligro; cometí con eso una imprudencia no pequeña,
-pues estuve a punto de caer en manos de los ladrones. De súbito dos
-individuos se me plantaron delante apuntándome con sus escopetas,
-y las hubieran descargado sobre mí, probablemente, si no se llegan
-a asustar al oír el ruido del caballo de Antonio, que me seguía a
-muy corta distancia. El suceso ocurrió en el puente de Castellanos,
-lugar famoso por los robos y muertes que en él se hacían, y muy a
-propósito para tales empresas, porque está en el fondo de un profundo
-barranco, rodeado de agrestes y desoladas montañas. Un cuarto de
-hora antes tan sólo, había pasado yo junto a tres horribles cabezas
-clavadas en sendos palos al borde del camino; eran las de un capitán
-de ladrones y dos cómplices suyos, apresados y ejecutados dos meses
-antes. Su principal guarida eran las inmediaciones del puente; tenían
-por costumbre arrojar los cuerpos de sus víctimas a las profundas
-y negras aguas que corrían impetuosas por debajo. Aquellas tres
-cabezas no se borrarán jamás de mi memoria, particularmente la del
-capitán, puesta en un palo más alto que el de las otras dos: sus
-largos cabellos ondeaban al viento, y las facciones, ennegrecidas y
-torcidas, hacían, bañadas de sol, una mueca burlona. Los individuos
-que me echaron el alto eran restos de la cuadrilla.
-
-Llegamos a Betanzos muy entrada la tarde. La ciudad está en una ría,
-a cierta distancia del mar y a unas tres leguas de La Coruña. Altas
-montañas la rodean por tres lados. Durante casi todo el día el tiempo
-estuvo cubierto y amenazador; al llegar a Betanzos, la densidad
-y pesadez de la atmósfera eran insoportables. Por todas partes
-los malos olores asaltaban nuestro órgano olfatorio. Las calles
-estaban muy sucias, las casas también, y singularmente la _posada_.
-Entramos en el establo; estaba sembrado de algas podridas y otros
-desperdicios, donde se revolcaban los cerdos. Alrededor zumbaban las
-moscas, muy gordas y asquerosas. «¡Esto es una peste!»—exclamé—. Pero
-no había otra cuadra, y tuvimos que atar los infelices animales a
-tan sucios pesebres. El único pienso que pudimos darles fué maíz. Al
-anochecer los llevamos a beber en el riachuelo que pasa por Betanzos.
-El _entero_ bebió con ansia; pero al volver a la posada noté que
-estaba triste y que llevaba la cabeza caída. Apenas ocupó de nuevo
-su plaza, le acometió una tos muy honda y bronca. Recordé lo que me
-había dicho el mozo de cuadra en la montaña: «Es un loco el que trae
-un caballo a Galicia, y dos veces loco si trae un _entero_.» Durante
-la mayor parte del día el caballo anduvo en medio de un tropel de
-cien yeguas lo menos, y se excitó mucho. Con la tos, le entró un
-temblor violento. Me procuré un cuartillo de aguardiente anisado, y
-con ayuda de Antonio le di friegas casi durante una hora, hasta que
-el pelo se le cubrió de blanca espuma; pero la tos le iba en aumento,
-tenía la mirada fija y los miembros rígidos.
-
-—¡No hay más remedio que sangrarlo!—dije—. Corre a buscar al
-veterinario.
-
-Llegó el veterinario.
-
-—Va usted a sangrar el caballo—exclamé—y a sacarle una _azumbre_ de
-sangre.
-
-El albéitar miró al animal y se encaminó a la puerta.
-
-—¿Adónde va usted?—pregunté.
-
-—A mi casa—respondió.
-
-—¡Pero si le necesitamos a usted aquí!
-
-—Ya lo comprendo—repuso—. Y por eso me voy.
-
-—Tiene usted que sangrar el caballo o se me morirá.
-
-—Lo sé—dijo el albéitar—; pero no lo sangro.
-
-—¿Por qué?
-
-—No lo sangro más que con una condición.
-
-—¿Con cuál?
-
-—¡Con cuál! Que me pagará usted una onza de oro.
-
-—¡Sube corriendo a buscar el estuche de piel!—dije a Antonio.
-
-Trajo el estuche, tomé un fleme ancho y, con ayuda de una piedra, lo
-introduje en la vena principal de una pata del caballo. Al principio
-la sangre no quería salir; al fin, a fuerza de frotes, comenzó a
-manar, y acabó por correr en abundancia; así estuvo una media hora.
-
-—El caballo se va a desmayar, _mon maître_—dijo Antonio.
-
-—Sostenle firme—respondí—, y dentro de diez minutos cerraré la vena.
-
-La cerré, en efecto, y mientras lo hacía me puse a mirar al albéitar
-a la cara, arqueando las cejas.
-
-—¡_Carracho_, qué diablo de brujo!—musitó el albéitar al marcharse—.
-¡A él si que le sangraría yo si tuviese aquí el cuchillo!
-
-Por la noche volvimos a sangrar el caballo, y con esta segunda
-sangría se salvó. A la mañana siguiente empezó a comer.
-
-A otro día salimos para La Coruña, llevando los caballos por la
-brida. El día era espléndido, y nuestro paseo delicioso. Ibamos
-bajo los árboles muy altos y sombrosos, que bordean la ruta desde
-Betanzos hasta ya cerca de La Coruña. Nada tan risueño y alegre como
-el país circunvecino. Los viñedos abundaban en las inmediaciones de
-las aldeas por donde atravesábamos, y millones de plantas de maíz
-erguían sus altas cañas y desplegaban sus anchas hojas verdes en los
-campos. A las tres horas de camino columbramos la bahía de La Coruña,
-en la que, no obstante estar aún a una legua de distancia, vimos
-tres o cuatro grandes navíos anclados. «¿Pertenecerán los navíos a
-España?»—me pregunté—. En la aldea inmediata nos dijeron que la noche
-anterior había llegado una escuadra inglesa, se ignoraba con qué
-objeto.
-
-—Sin embargo—continuó nuestro informador—, parece seguro que traen
-algún designio sobre Galicia. Esos extranjeros son la ruina de España.
-
-Nos alojamos en la que llaman calle Real, en una excelente _fonda_ o
-_posada_, regida por un individuo bajo y grueso, de aspecto bastante
-risible, genovés por su cuna. Estaba casado con una vascongada, alta,
-fea, pero de buen genio, que le había dado un hijo y una hija. Al
-parecer la mujer había llevado consigo poco tiempo antes a todas sus
-parientes guipuzcoanas, que en número de nueve llenaban en la casa
-los oficios de camareras, cocineras y fregatrices; todas eran muy
-feas, pero de buen natural y en extremo parlanchinas. Durante el día
-entero atronaban la casa con su excelente vascuence y su malísimo
-castellano. El genovés, por el contrario, hablaba poco; una razón
-poderosa hubiera podido aducir para ello: llevaba treinta años en
-España y había olvidado su idioma nativo, sin aprender el español,
-que hablaba bastante mal.
-
-Reinaba en La Coruña gran animación y bullicio con motivo de la
-llegada de la escuadra inglesa; pero al día siguiente la flota se
-marchó para hacer un breve crucero por el Mediterráneo, y en el acto
-volvió todo a su curso normal.
-
-Tenía yo en La Coruña un repuesto de quinientos Testamentos, con
-los que me proponía abastecer las principales ciudades gallegas.
-En seguida que llegué se publicaron los anuncios usuales, y el
-libro se vendió regularmente—unos siete u ocho ejemplares diarios,
-por término medio—. Al leer estos detalles no faltará acaso quien
-sienta la tentación de decir: «Esas minucias no valen la pena de
-mencionarlas.» Pero los que tal crean, deben pensar que hasta muy
-pocos meses antes de la fecha a que me refiero la existencia misma
-del Evangelio era casi desconocida en España, y que necesariamente
-había de ser empeño difícil inducir a los españoles, gente que lee
-muy poco, a comprar una obra como el Nuevo Testamento, de primordial
-importancia para la salud del alma, es cierto, pero que ofrece pocas
-esperanzas de diversión a los espíritus frívolos y corrompidos.
-Esperaba yo presenciar los albores de una época mejor y más
-ilustrada, y me regocijaba pensando que en la infeliz y desalumbrada
-España se vendía ya el Nuevo Testamento, aunque en corta cantidad,
-desde Madrid hasta las más distantes poblaciones gallegas, en un
-trayecto de casi cuatrocientas millas.
-
-La Coruña se alza en una península que tiene por un lado el mar y por
-otro la famosa bahía.
-
-La ciudad se divide en vieja y nueva; esta última fué probablemente
-en otros tiempos un mero arrabal. La ciudad vieja, desolada y en
-ruinas, está separada de la ciudad nueva por un ancho foso. La ciudad
-moderna es mucho más agradable y contiene una calle suntuosa, la
-calle Real, residencia de los principales comerciantes. Un rasgo
-singular de esta calle es que toda ella está pavimentada con losas de
-mármol, por las que circulan caballerías y carros como si fuese un
-pavimento ordinario.
-
-Es un dicho proverbial entre los coruñeses que en su ciudad hay una
-calle tan limpia que se puede comer en ella la _puchera_ sin el más
-leve reparo. Sin duda el dicho podrá ser cierto después de una de las
-lluvias que con tal frecuencia empapan el suelo de Galicia, y dejan
-el piso de la calle muy lustroso. La Coruña fué en tiempos pasados
-una plaza comercial importante; pero la mayor parte del tráfico se ha
-trasladado últimamente a Santander, ciudad situada a mucha distancia
-de La Coruña, en dirección del golfo de Vizcaya.
-
-—¿Va usted a ir a Santiago, Giorgio? Si fuese usted allá, me haría el
-favor de llevar un recado a un pobre compatriota mío—dijo una voz en
-inglés cerrado, estando yo una mañana a la puerta de mi _posada_, en
-la calle Real de La Coruña.
-
-Miré en torno, y vi un hombre cerca de mí, en pie junto a la puerta
-de una tienda contigua a la posada. Representaba sesenta y cinco
-años; era pálido su rostro y la nariz notable por su color rojo.
-Vestía un amplio sobretodo verde, tenía en la boca una larga pipa de
-barro y en la mano una vara.
-
-—¿Quién es usted y quién es su compatriota?—pregunté—. No le conozco
-a usted.
-
-—Pues yo a usted, sí—replicó el hombre—. Usted me compró el primer
-cuchillo que vendí en el mercado de N.
-
-YO.—¡Ah! Ahora le recuerdo a usted, Luigi Pozzi, y me acuerdo muy
-bien, además, de las veces que fuí, siendo un chiquillo, hace ya
-veinte años, a la tiendecita de usted y le oía hablar en milanés con
-sus compatriotas.
-
-LUIGI.—Aquellos eran tiempos dichosos para mí. ¡Oh!, si supiera usted
-con qué fuerza reaparecieron en mi memoria cuando le vi a usted
-detenerse a la puerta de la _posada_. Al instante me metí dentro,
-cerré la tienda, me eché en la cama y lloré.
-
-YO.—No veo motivo para que eche usted tan de menos aquellos tiempos.
-Cuando yo le conocí a usted en Inglaterra era usted buhonero; a veces
-ponía un tenducho en el mercado de una ciudad rural. Ahora me lo
-encuentro en un puerto español, propietario, por lo visto, de una
-tienda importante. No veo por qué se queja usted del cambio.
-
-LUIGI (Arrojando la pipa al suelo).—¡Quejarme del cambio! ¿Sabe usted
-una cosa? Inglaterra es el paraíso de los piamonteses y milaneses,
-especialmente de los de Como. Jamás nos entregamos al descanso
-que no soñemos con ella, ya estemos en nuestro país, ya en tierra
-extranjera, como yo ahora. ¡Quejarme del cambio! ¡Y que eso lo diga
-un inglés! Prefiero ser miserable vagabundo en Inglaterra que dueño y
-señor de todo en diez leguas a la redonda del lago de Como, y otro
-tanto dirán todos mis compatriotas que han estado en Inglaterra,
-dondequiera que se encuentren. Puedo enseñarle diez cartas de otros
-tantos compatriotas residentes en América, donde se han hecho ricos,
-y prosperan, y son hombres principales; pues bien: todas las noches,
-cuando sus cabezas reposan en la almohada, sus almas _auslandra_[22],
-y van arrastradas a Inglaterra y hacia sus verdes campos. Llegan allí
-en alas del ensueño, ponen sus cajas en el suelo y van mostrando a
-los honrados campesinos, a sus mujeres e hijas, espejillos y otras
-chucherías, y como antaño, las venden entre regateos y chuscadas. Al
-caer la tarde, vuelven como en los tiempos pasados a las tabernas
-a comer las tostadas de pan y el queso y a beber la cerveza de
-Suffolk, y a escuchar los ruidosos cantares y alegres chanzas de los
-labradores. Pues si echan de menos Inglaterra y sueñan con ella los
-que están en América, país próspero, según reconocen ellos mismos,
-favorable a los piamonteses y milaneses, cuánto más la echará de
-menos quien, como yo, lleva tantos años en España, en esta espantosa
-ciudad de La Coruña, sosteniendo un comercio ruinoso, y donde se
-pasan los meses sin ver una cara inglesa ni oír una palabra del
-bendito idioma inglés.
-
- [22] Vocablo del dialecto milanés, según Borrow y su anotador
- Burke, equivalente a vagar sin rumbo.
-
-YO.—Con tal predilección por Inglaterra, ¿qué le movió a usted a
-dejarla y a venir a España?
-
-LUIGI.—Se lo diré a usted. Hace unos diez y seis años se apoderó
-de cuantos estábamos en Inglaterra un deseo general de ser algo
-más de lo que hasta entonces habíamos sido: buhoneros, vagabundos;
-deseaban además—el hombre nunca está contento—ver tierras nuevas; la
-mayor parte se fué de Inglaterra, y donde antes había diez, apenas
-si quedó uno. Casi todos se fueron a América, país muy favorable,
-como ya le he dicho a usted, para nosotros los naturales de Como.
-Bueno; todos mis amigos y parientes atravesaron el mar; yo también
-me empeñé en viajar; pero en vez de irme con los otros al Oeste,
-a un país donde todos han prosperado, se me ocurrió venir a esta
-tierra de España, donde cuantos extranjeros se establecen mueren
-de tristeza, más tarde o más temprano. Se me metió en la cabeza la
-idea de que podía hacer fortuna de golpe trayendo un cargamento de
-artículos ingleses baratos, como los que vendía yo de ordinario a los
-aldeanos de Inglaterra. Fleté medio barco para mis artículos, porque
-en Inglaterra había ganado algún dinero con mi humilde tráfico, y
-llegué a La Coruña. Aquí empezaron de golpe mis contrariedades;
-los desengaños sucedían a los desengaños. Con extremada dificultad
-obtuve permiso para desembarcar las mercancías, y eso a costa de
-un gran sacrificio en sobornos, propinas y cosas parecidas. Apenas
-establecido, vi que el comercio era aquí muy escaso y que mis géneros
-se vendían muy lentamente, y a precio de coste o poco más. Pensé
-marcharme a otra parte; pero me dijeron que tendría que dejar aquí
-mis existencias, a menos de pagar nuevas propinas que me hubiesen
-arruinado. De este modo he resistido catorce años, vendiendo apenas
-lo bastante para pagar el alquiler de la tienda y mantenerme; y así
-continuaré hasta que me muera, o hasta que se me acaben los géneros.
-En mal hora me fuí de Inglaterra para venir a España.
-
-YO.—¿Me ha dicho usted que tiene un compatriota en Santiago?
-
-LUIGI.—Sí; un pobre hombre, muy honrado, que, como yo, ha tenido la
-extraña suerte de venir a parar a Galicia. A veces me las arreglo
-para mandarle algunos géneros que vende en Santiago con más ganancia
-que yo aquí. Es hombre feliz, porque no ha visto Inglaterra, e ignora
-la diferencia entre los dos países. ¡Oh campiñas inglesas, quién
-os volviera a ver! ¡Y aquellas cervecerías! ¡Y lo que más vale de
-todo, la buena fe de la gente y la seguridad personal! He viajado
-por toda Inglaterra, y en ninguna parte me trataron mal, salvo una
-vez en el Norte, ciertos papistas a quienes aconsejé que abandonaran
-sus pantomimas y asistieran al culto anglicano, como hacía yo, y
-como todos mis compatriotas hacían en Inglaterra; porque, sépalo
-usted, _signor Giorgio_, todos nosotros, ya fuésemos piamonteses,
-ya naturales de Como, veíamos con muy buenos ojos la religión
-protestante, cuando no éramos miembros efectivos de ella.
-
-YO.—¿Qué se propone usted hacer ahora, Luigi? ¿Qué esperanzas tiene?
-
-LUIGI.—Mis esperanzas están borradas, _Giorgio_; mi único propósito
-es morirme en La Coruña, acaso en el hospital, si es que me admiten.
-Hace años todavía pensaba en marcharme, aunque fuese dejándolo todo
-abandonado, para volver a Inglaterra o irme a América; pero ahora es
-demasiado tarde, _Giorgio_; demasiado tarde. Cuando perdí todas mis
-esperanzas me di a la bebida, a la que nunca tuve antes afición, y
-ahora soy lo que supongo habrá usted adivinado.
-
-—Para todos hay esperanza en el Evangelio—dije yo—, incluso para
-usted. Le enviaré a usted uno.
-
-En la ciudad vieja, mirando al Este, hay una pequeña batería cuyo
-muro bañan las aguas de la bahía. Es un lugar apacible, desde donde
-se descubre una extensa vista. La batería ocupa unas ochenta varas en
-cuadro; algunos arbolillos crecen por allí, y sirve más que nada de
-lugar de esparcimiento de los coruñeses.
-
-En el centro de la batería está la tumba de Moore, levantada por los
-caballerescos franceses, en conmemoración de la muerte de su heroico
-antagonista. Es de forma oblonga, rematada por una piedra, y en
-cada lado ostenta uno de esos sencillos y sublimes epitafios en que
-nuestros rivales son maestros, y que tan fuerte contraste hacen con
-las pretenciosas e hinchadas inscripciones que deforman los muros de
-la Abadía de Westminster:
-
- «JOHN MOORE,
- Jefe del ejército inglés. Muerto en el campo de batalla.
- 1809.»
-
-La tumba es de mármol; rodéala un muro cuadrangular, alto parapeto
-de tosco granito; pegado a cada esquina, emerge del suelo la culata
-de un enorme cañón de bronce, destinado a dar solidez al muro. Estas
-construcciones exteriores no son obra de los franceses, sino del
-gobierno inglés.
-
-Allí yace el héroe, casi a la vista de la gloriosa colina donde,
-revolviéndose contra sus perseguidores como un león acosado, terminó
-su carrera. Muchos ganan la inmortalidad sin buscarla, y mueren antes
-de que sus primeros rayos doren su nombre; de éstos fué Moore. El
-general, al huír de Castilla con sus desalentadas tropas, hostigado
-por un enemigo impetuoso y terrible, no soñaba que estaba a punto
-de alcanzar lo que muchos hombres, mejores y más grandes aunque no
-ciertamente más valientes que él, han deseado en vano. Sus mismos
-infortunios, la desastrosa retirada, la sangrienta muerte, y su tumba
-en país extranjero, lejos de sus parientes y amigos, aseguraron su
-fama inmortal. Apenas hay un español que no conozca de oídas esta
-tumba y que no hable de ella con respeto. Afírmase que con el general
-hereje fueron sepultados tesoros inmensos, aunque nadie acierta a
-decir para qué fin. De creer a los gallegos, los demonios de las
-nubes persiguieron a los ingleses en su fuga y los atacaron con
-torbellinos y mangas de agua cuando se esforzaban por remontar los
-tortuosos y empinados senderos de Fuencebadón; otras leyendas aún más
-groseras se cuentan acerca del modo como cayó el valeroso general.
-Sí; la inmortalidad ha coronado las sienes de Moore, incluso en
-España, tierra del olvido, por donde el Guadalete, el antiguo Leteo,
-fluye.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XXVII
-
- Compostela.—Rey Romero.—El buscador de tesoros.—Proyectos
- risueños.—El derecho de asilo.—Riquezas ocultas.—El
- canónigo.—El localismo.—La lepra.—Los huesos de Santiago.
-
-
-En los comienzos de agosto me hallé en Santiago de Compostela. Hice
-el viaje desde La Coruña en compañía del correo, a quien escoltaba
-una fuerte patrulla de soldados, a causa de la perturbación de la
-comarca, infestada de bandidos. Desde La Coruña a Santiago no hay más
-que diez leguas; pero el viaje duró día y medio. Fué muy agradable:
-el terreno era muy variado y bello, alternando los montes y los
-valles; en muchos sitios, frondosos árboles de variadas especies
-cobijaban bajo su espléndido follaje el camino. Centenares de
-viajeros, a pie o a caballo, se aprovecharon de la defensa que la
-escolta ofrecía; el temor a los ladrones era grande. Dos o tres veces
-se dió la señal de alarma durante el viaje; pero llegamos a Santiago
-sin ser atacados.
-
-Santiago se alza en una planicie amena, rodeada de montañas; la más
-notable es una de forma cónica, llamada Pico Sacro, de la que se
-cuentan muchas leyendas maravillosas. Santiago es una ciudad vieja
-muy bella, de unos veinte mil habitantes. Hubo tiempos en que, con la
-sola excepción de Roma, fué Santiago el lugar de peregrinación más
-famoso del mundo, porque dicen que su catedral guarda los huesos de
-Santiago el Mayor, el hijo del trueno, que, según la leyenda de la
-iglesia romana, fué el primero en predicar el Evangelio en España.
-Pero su gloria como lugar de peregrinación decae rápidamente.
-
-La catedral, aunque obra de varias épocas, en la que se mezclan
-diversos estilos de arquitectura, es una fábrica majestuosa y
-venerable, muy a propósito para suscitar la admiración y el respeto;
-es casi imposible, a la verdad, pasear por sus sombrías naves, oír
-la solemne música y los nobles cánticos, respirar el incienso de los
-grandes incensarios, lanzados a veces hasta la bóveda del techo por
-la maquinaria que los mueve, mientras los cirios gigantescos brillan
-aquí y allá en la penumbra, en los altares de numerosos santos, ante
-los que los fieles, de hinojos, exhalan sus plegarias en demanda de
-protección, de piedad y de amor, y dudar de que hollamos una casa
-donde el Señor mora con deleite. El Señor, empero, se aparta de ella;
-no escucha, no mira, y si lo hace será con enojo. ¿De qué aprovechan
-la solemne música, los nobles cánticos, el incienso de suave olor?
-¿De qué aprovecha arrodillarse ante aquel altar mayor, todo de
-plata, coronado por una estatua con sombrero de plata y armadura,
-emblema de un hombre que, si bien apóstol y confesor, fué todo lo
-más un servidor inútil? ¿De qué aprovecha esperar la remisión de los
-pecados confiando en los méritos de quien no poseía ninguno, o rendir
-homenaje a otros que nacieron y se criaron en pecado, y que sólo
-por el ejercicio de una ardiente fe, otorgada desde lo alto, podían
-esperar librarse de la cólera del Omnipotente? Alzaos de hinojos,
-hijos de Compostela, y si os prosternáis sea sólo ante el Altísimo,
-ni volváis a dirigir a vuestro patrono, en la víspera de su fiesta,
-este himno, por sublime que parezca:
-
- ¡Oh tú, escudo de la fe que en España profesamos,
- azote del enemigo que se atreviera a retarnos,
- tú, a quien el hijo de Dios, de los elementos amo,
- llamárate hijo del trueno, oh tú, inmortal Santiago!
-
- Desde ese asilo bendito, glorioso y sacrosanto
- dispénsanos tus mercedes y tu favor soberano;
- escucha nuestras plegarias, que con fervoroso labio
- ofrecémoste rendidos, poderoso Santiago.
-
- A ti las gracias eleva España en un solo canto,
- y aunque de tu nombre cobra honor y gloria preclaros,
- más se precia de tener tu cuerpo en el santuario
- de Compostela, sepulcro del bendito Santiago.
-
- Cuando la maldad impía, la liviandad y el escarnio
- de la fe, a España sumieron en las tinieblas del caos,
- tú tan sólo luz divina fuiste y refulgente faro
- que del infierno el escuro alumbraste, Santiago.
-
- Y cuando a guerra terrible el español esforzado
- se lanzó, te apareciste caballero en tu caballo
- rompiendo las filas moras que por Mahoma jurando
- a tu poder se rindieron, victorioso Santiago.
-
- Así pues, aquí nos tienes a tus pies arrodillados,
- porque intercedas pidiendo perdón de nuestros pecados
- a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo,
- ¡oh tú, más alto que el sol, bendito apóstol Santiago!
-
-En Santiago tropecé con un coadyuvante para mis trabajos bíblicos,
-bueno y cordial, en la persona del librero de la población, Rey
-Romero, hombre de unos sesenta años. Este excelente sujeto, rico
-y respetado, tomó el asunto con un entusiasmo inspirado sin duda
-desde lo alto, sin perder ocasión de recomendar mi libro a cuantos
-entraban en su tienda, espléndido y cómodo establecimiento sito en la
-Azabachería. En muchos casos, cuando los aldeanos de las cercanías
-entraban a comprar alguno de los necios y populares libros de cuentos
-que circulan por España, les convencía para que, en su lugar, se
-llevaran a su casa el Testamento, asegurándoles que el libro sagrado
-era mucho mejor, más instructivo y hasta mucho más entretenido que
-los que iban a buscar. No tardó en cobrarme gran afición, y todas las
-tardes me visitaba en mi _posada_ y me acompañaba en mis paseos por
-la ciudad y sus alrededores. El hombre sabía muchas cosas, y, aunque
-de corazón sencillo, poseía un ingenio muy despierto en extremo
-regocijante a veces.
-
-Una noche, ya tarde, me paseaba solo por la _alameda_ de Santiago
-pensando qué dirección tomaría en mi próximo viaje, porque ya llevaba
-allí diez días; la luna, esplendorosa, alumbraba todos los objetos
-hasta considerable distancia en torno mío. La _alameda_ estaba por
-completo solitaria; todo el mundo, menos yo, se había retirado a
-descansar. Me senté en un banco y proseguí mis reflexiones, cuando,
-de súbito, me interrumpió un ruido como de alguien que anduviese
-pesadamente renqueando. Volví los ojos en la dirección del ruido, y
-al pronto sólo percibí un bulto informe que avanzaba con lentitud;
-cuando estuvo más cerca distinguí la silueta de un hombre, vestido
-con burdo traje pardo, con una especie de sombrero andaluz, y que
-a modo de bastón empuñaba una rama de árbol pelada. Llegó frente a
-mi banco; se detuvo, se quitó el sombrero y me pidió limosna con un
-acento insólito y en una jerga extraña, algo semejante al catalán. La
-luna iluminó unas guedejas grises y un semblante rojizo y curtido que
-al instante reconocí.
-
-—Benedicto Mol—exclamé—, ¿cómo es posible que me le encuentre a
-usted en Compostela?
-
-—_Och, mein Gott, es ist der Herr!_—replicó Benedicto—. ¡_Och_, qué
-buena suerte! ¡La primera persona que veo en Compostela es el _Herr_!
-
-YO.—Apenas puedo dar crédito a mis ojos. ¿Dice usted que acaba de
-llegar a Santiago?
-
-BENEDICTO.—¡Oh, sí! Llego en este momento; vengo a pie desde Madrid,
-que ya es camino.
-
-YO.—¿Y qué ha podido inducirle a usted a emprender un viaje tan largo?
-
-BENEDICTO.—Vengo en busca del _Schatz_, del tesoro. Le dije a usted
-en Madrid que estaba a punto de venir; ahora me lo encuentro aquí; ya
-no tengo duda de que hallaré el _Schatz_.
-
-YO.—¿Y cómo se las ha arreglado para vivir durante el viaje?
-
-BENEDICTO.—¡Oh! He sacado unos _cuartos_ pidiendo limosna. Al llegar
-a Toro me puse a trabajar de jabonero, hasta que, descubierta mi
-incapacidad, me echaron del pueblo. Continué pidiendo limosna hasta
-llegar a Orense, que ya es tierra de Galicia. No me gusta nada este
-país.
-
-YO.—¿Por qué?
-
-BENEDICTO.—¡Por qué! Porque aquí todos mendigan, y como apenas tienen
-para ellos, menos tienen para mí, que soy forastero. ¡Oh! ¡Qué
-miseria la de Galicia! Cuando por las noches llego a una de esas
-pocilgas que ellos llaman _posadas_, y pido por Dios un pedazo de pan
-para comer y un poco de paja para dormir, me maldicen y me contestan
-que en Galicia no hay pan ni paja, y a buen seguro que desde que
-estoy en Galicia no he visto ninguna de las dos cosas; sólo un poco
-de lo que llaman aquí _broa_ y unos desperdicios de cañas, usadas
-para cama de los caballos; me duelen todos los huesos desde que entré
-en Galicia.
-
-YO.—A pesar de todo, ha venido usted a un país que llama miserable,
-en busca de un tesoro.
-
-BENEDICTO.—¡Oh!, _yaw_, pero el _Schatz_ está enterrado; no está
-sobre la tierra; en Galicia no hay dinero en la haz de la tierra. Lo
-desenterraré, y luego compraré un coche con seis mulas y me iré a
-Lucerna; si al _Herr_ le agrada irse conmigo, será muy bien recibido.
-
-YO.—Me temo que se haya metido usted en un callejón sin salida. ¿Qué
-piensa usted hacer? ¿Tiene usted algún dinero?
-
-BENEDICTO.—Ni un _cuarto_; pero una vez en Santiago, eso ya no me
-importa. Estoy cerca del _Schatz_; además le he visto a usted, que es
-buena señal; esto quiere decir que aún está aquí el _Schatz_. Voy a
-ir a la mejor _posada_ de la población y viviré como un duque, hasta
-que se me presente la ocasión de desenterrar el _Schatz_, con el que
-pagaré todos los gastos.
-
-—No haga usted eso—repliqué yo—. Busque un sitio para dormir y
-procúrese algún trabajo. Mientras tanto, tenga esta pequeñez para
-remediarse. Creo que el tesoro que ha venido a buscar sólo existe en
-su imaginación de usted.
-
-Le di un duro y me marché.
-
-Nunca he gozado de paseos más encantadores que en las cercanías
-de Santiago. Mi amigo, el bueno y anciano librero, me acompañaba
-casi siempre. Vagábamos por las frondosas márgenes de los numerosos
-arroyuelos, gozando de los placenteros atardeceres veraniegos de
-aquella parte de España. El tema de nuestros coloquios era de
-ordinario la religión; pero también hablábamos con frecuencia
-de los países extranjeros visitados por mí, y otras veces de
-cosas que interesaban personalmente a mi amigo. «Los libreros
-españoles—decía—somos todos liberales; no somos amigos del sistema
-frailuno, ni podríamos serlo. Los frailes favorecen las tinieblas,
-y nosotros vivimos de esparcir la luz. Somos muy amantes de nuestra
-profesión, y más o menos, todos hemos padecido por su causa.
-Muchos de los nuestros fueron ahorcados en los tiempos de terror,
-por vender inofensivas traducciones del francés o del inglés.
-Poco después de ser derrocada la Constitución por Angulema y las
-bayonetas francesas, tuve que huír de Santiago y refugiarme en la
-parte más agreste de Galicia, cerca de Corcubión. A no ser por los
-buenos amigos, no lo contaría ahora; con todo, me costó mucho dinero
-arreglar el asunto. Mientras estuve escondido, se hicieron cargo de
-la librería los funcionarios de la curia eclesiástica, y le decían a
-mi mujer que era menester quemarme por haber vendido libros malos.
-Pero esos tiempos ya pasaron, gracias a Dios, y espero que no han de
-volver.»
-
-Una vez íbamos paseando por las calles de Santiago, y el librero se
-detuvo delante de una iglesia, poniéndose a contemplarla atentamente.
-Como no ofrecía a la vista nada notable, le pregunté la causa de su
-interés. «En tiempo de los frailes—me dijo—esta iglesia tenía derecho
-de asilo, y cualquier criminal que se refugiaba en ella quedaba en
-salvo. A todos alcanzaba su protección, aun a los más viles, menos a
-los _negros_, como llamaban a los liberales.»
-
-—¿A los asesinos también?—pregunté.
-
-—A los asesinos y a otros delincuentes peores. Entre paréntesis:
-he oído decir que ustedes los ingleses miran con la más extremada
-aversión el homicidio; ¿creen ustedes, en efecto, que es un crimen
-enorme?
-
-—¿Pues no lo hemos de creer?—repliqué.—En todos los demás cabe
-reparación; pero si quitamos la vida lo quitamos todo.
-
-—Los frailes pensaban de otro modo—replicó el anciano—, y
-consideraron siempre el homicidio como una _friolera_; pero no así el
-delito de casarse sin dispensa dos primos hermanos, para el que, a
-creerlos, difícilmente hay remisión en este mundo ni el otro.
-
-Dos o tres días después de esto estábamos sentados en mi habitación
-de la _posada_, conversando, cuando Antonio abrió la puerta y dijo,
-sonriente, que abajo estaba un «señor» extranjero que pretendía
-hablarme. «Que suba»—respondí; y casi al instante apareció Benedicto
-Mol.
-
-—Aquí tiene usted una persona singularísima—dije al librero—. En
-general, ustedes los gallegos se marchan de su tierra para hacer
-dinero; éste, por el contrario, viene aquí a buscarlo.
-
-REY ROMERO.—Y hace muy bien. Galicia es la provincia de España que
-más riquezas naturales encierra; pero los habitantes son muy lerdos,
-y no saben utilizar los dones que les rodean; en prueba de lo que
-puede sacarse de Galicia, vea usted a los catalanes que se han
-establecido aquí: todos son ricos. Hay riquezas por todas partes,
-sobre la tierra y debajo de ella.
-
-BENEDICTO.—¡Oh!, _yaw_, en tierra, eso es lo que yo digo. Hay muchos
-más tesoros debajo de tierra que encima de ella.
-
-YO.—¿Ha descubierto usted desde que no nos vemos el sitio donde dice
-usted que está escondido el tesoro?
-
-BENEDICTO.—Sí; ahora lo sé ya todo. Está enterrado en la sacristía de
-San Roque.
-
-YO.—¿Cómo lo ha averiguado usted?
-
-BENEDICTO.—Verá usted. Al día siguiente de llegar, anduve paseándome
-por la población, en busca de la iglesia; pero no encontré ninguna
-que correspondiese con las señas que me dió mi camarada antes de
-morir en el hospital. Entré en bastantes, examinándolas con cuidado,
-pero en vano; no pude dar con el sitio que yo veía con los ojos del
-alma. Conté el caso a la gente de mi posada y me aconsejaron que
-llamase a una _meiga_.
-
-YO.—¡Una _meiga_! ¿Qué es eso?
-
-BENEDICTO.—¡Oh! Una _Haxweib_, una bruja; los gallegos en su jerga,
-de la que no entiendo una palabra, la llaman bruja. Consentí, y
-enviaron a buscar a la _meiga_. ¡Ah, qué _Weib_ es la _meiga_! No he
-visto nunca mujer igual; tan alta como yo, su rostro es tan redondo y
-tan rojo como el sol. Me preguntó muchas cosas en gallego, y cuando
-le dije todo lo que necesitaba saber sacó una baraja de naipes y fué
-poniéndolos en la mesa de un modo particular; me dijo, al fin, que
-el tesoro está en la iglesia de San Roque, cosa cierta, seguramente,
-pues he ido a la iglesia y corresponde con toda exactitud a las
-señas que me dió el compañero muerto en el hospital. ¡Oh!, esa
-_meiga_ es una _Hax_ muy poderosa. Es muy conocida en estos contornos
-y se sabe que ha hecho muchos daños en el ganado. En pago de su
-trabajo le di medio duro, del que usted me regaló.
-
-YO.—Pues se ha portado usted como un tonto; la bruja le ha engañado
-groseramente. Pero aun siendo verdad que el tesoro esté en la iglesia
-que usted dice, no es probable que le permitan remover el suelo de la
-sacristía para desenterrarlo.
-
-BENEDICTO.—Ese asunto va ya por muy buen camino. Ayer fuí a
-confesarme con un canónigo, que me dió la absolución y su bendición;
-no es que a mí me importen mucho esas cosas; pero sí sé que este es
-el modo mejor de entrar en materia; me confesé, y luego hablé de mis
-viajes, y acabé por contar al canónigo lo del tesoro, y le propuse
-que si me ayudaba nos lo repartiríamos entre los dos. ¡Oh!, quisiera
-que hubiesen ustedes visto la cara que puso. En el acto aceptó la
-propuesta, y me dijo que podía ser un buen negocio; me estrechó la
-mano, afirmando que soy un suizo honrado y muy buen católico.
-
-Después le propuse que me admitiera en su casa y me tuviese con él
-hasta que se presentase ocasión de desenterrar juntos el tesoro. Pero
-a eso se negó.
-
-REY ROMERO.—Lo que es eso, lo creo: cuente usted con que ningún
-canónigo se comprometerá hasta ese punto sin razones muy fuertes para
-ello. Las historias de tesoros ocultos están ya muy gastadas; por
-aquí se han oído contar casi desde los tiempos de los moros.
-
-BENEDICTO.—Me aconsejó ir a ver al capitán general y pedirle permiso
-para las excavaciones, prometiéndome, si lo obtenía, ayudarme con
-toda su influencia.
-
-En diciendo esto, el suizo se fué, y no volví a ver e ni oí hablar de
-él en todo lo demás del tiempo que estuve en Santiago.
-
-El librero no se cansaba de enseñarme su ciudad natal, de la que era
-entusiasta admirador. La verdad es que en ninguna parte he encontrado
-el sentimiento localista, muy extendido por toda España, tan fuerte
-como en Santiago. Con tal que su ciudad prospere, a los santiagueses
-les importa poco que las demás ciudades gallegas perezcan. Su
-antipatía a la ciudad de La Coruña no tenía límites, sentimiento
-agravado en no corta medida por la traslación de la capitalidad
-provincial desde Santiago a La Coruña. No me toca a mí, que soy
-extranjero, decir si el cambio era o no recomendable; pero mi opinión
-íntima es por completo adversa a él. Santiago es una de las ciudades
-más céntricas de Galicia, con importantes núcleos de población por
-todos lados, mientras que La Coruña está en un extremo, a gran
-distancia del resto de la región. «Es una lástima que los _vecinos_
-de La Coruña no puedan inventar un medio de llevarse nuestra
-catedral, como se han llevado nuestro gobierno—decía un santiagués—.
-Así harían mejor papel, porque ahora no tienen una iglesia donde se
-pueda decir misa.» «También es gran lástima—decía otro—que no puedan
-llevarse nuestro hospital, para no verse obligados a enviarnos sus
-enfermos pobres. Siempre me ha parecido que los enfermos de La Coruña
-tienen mucho peor cara que los de otras partes; pero ¿qué puede venir
-de La Coruña que sea bueno?»
-
-En compañía del librero visité el hospital; pero no me detuve mucho
-tiempo en él, porque la miseria y la suciedad reinantes me arrojaron
-rápidamente a la calle. La verdad es que Santiago viene a ser el
-inmenso lazareto de Galicia, lo cual explica el prodigioso número de
-seres horribles que se ven por las calles, llegados, en su mayoría,
-en demanda de asistencia médica, que se les administra—según pude
-saber—con escasez e ineficacia. Entre aquellos desgraciados descubría
-a veces algún caso de la terrible lepra, e instantaneamente huía de
-él con un «Dios te remedie», como un judío de la antigüedad. Galicia
-es la única provincia de España donde aún son frecuentes los casos
-de lepra; prueba convincente de que esta enfermedad es producida por
-la mala alimentación y por el descuido en la limpieza, porque los
-gallegos, en lo tocante a las comodidades de la vida y a los hábitos
-civilizados, están, por confesión propia, mucho más atrasados que los
-demás naturales de España.
-
-—Además del hospital general—dijo el librero—tenemos una leprosería.
-¿Quiere usted verla? En Santiago hay de todo. Nada falta: hasta la
-lepra tiene aquí albergue.
-
-—No me opongo a que vayamos a ver la leprosería; pero ha de ser desde
-lejos, porque lo que es entrar, no entro.
-
-Dicho esto me llevó por el camino de Padrón y Vigo abajo, e
-indicándome dos o tres chozas, exclamó:
-
-—Esa es la leprosería.
-
-—Muy pobre me parece—respondí—. ¿Qué comodidades pueden encontrar ahí
-dentro los enfermos? ¿Quién los cuida?
-
-—Ahí los dejan entregados a sí mismos—respondió el librero—.
-Probablemente se morirán a veces por abandono. En otro tiempo la
-leprosería estaba bien dotada, con rentas bastantes para sostenerla;
-pero también fueron secuestradas en las revueltas últimas. Ahora,
-los leprosos menos repulsivos se sitúan por lo común al borde de la
-carretera y mendigan para todos. Vea usted, ahí está uno.
-
-Era cierto: un leproso, medio desnudo, descubiertas las relucientes
-escamas, aparecía sentado al pie de una cerca ruinosa. Arrojamos
-unas monedas en el sombrero de aquel ser infortunado, y nos fuimos.
-
-—Mala enfermedad es ésta—dijo mi amigo—, y yo, que he visto muchos
-leprosos, confieso que su proximidad me hace poca gracia. La verdad:
-preferiría que no entrasen, como entran algunas veces, en mi tienda
-a pedir limosna. Tengo entendido que la lepra es la enfermedad más
-contagiosa que hay; pero existe una variedad de virulencia terrible,
-la más temida de todas: es la lepra elefantina. A los que mueren de
-ella los queman, por disposición de la ley, y se aventan las cenizas,
-porque si el cuerpo de esos leprosos se enterrase en el cementerio,
-la enfermedad se propagaría en seguida incluso a los demás muertos
-allí enterrados. Al menos, eso es lo que se cree por aquí. Ahora
-se está siguiendo causa por haber enterrado en el cementerio los
-cadáveres de unas víctimas de la lepra elefantina. Funesta es la
-lepra en cualquiera de sus formas, pero sobre todo la elefantina.
-
-—Hablando de cadáveres—dije yo—, ¿cree usted que los huesos de
-Santiago están realmente enterrados en Compostela?
-
-—¿Qué puedo decir yo?—respondió el anciano—. De eso sabe usted
-tanto como yo. Debajo del altar mayor hay una piedra muy grande
-que, según dicen, cierra la boca de un profundo pozo en cuyo fondo
-se cree que están enterrados los huesos de Santiago; por qué los
-pusieron en el fondo de un pozo es un misterio insondable para mí.
-Uno de los dependientes de la iglesia me ha contado que una noche
-estaba de guardia con un compañero dentro de la iglesia, porque unos
-ladrones habían asaltado poco antes una de las capillas y cometido un
-sacrilegio; el tiempo se les hacía pesado, y para entretenerse, en
-el silencio de la noche, tomaron una palanca, removieron la losa y
-miraron en la sima abierta: estaba obscura como una tumba; entonces
-ataron un peso al extremo de una cuerda larga y lo echaron dentro.
-A muy gran profundidad chocó, al parecer, contra un objeto sólido,
-haciendo un ruido opaco, como de plomo. Supusieron que podía ser un
-ataúd, y quizás lo fuese; pero ¿de quién? Esa es la cuestión.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XXVIII
-
- Los mareantes de Padrón.—Caldas de los
- Reyes.—Pontevedra.—El notario público.—La insania de un
- barbero.—Una presentación.—La lengua gallega.—Paseo por
- la tarde.—Vigo.—El forastero.—Los judíos del desierto.—La
- bahía de Vigo.—Una interrupción brusca.—El gobernador.
-
-
-Después de estar unos quince días en Santiago, montamos de nuevo a
-caballo y proseguimos el viaje en dirección de Vigo. Como salimos de
-Santiago ya muy entrada la tarde, no pasamos aquel día de Padrón,
-distante sólo tres leguas. Padrón es un pequeño puerto situado en una
-ría, y lo llaman así por razón de brevedad; pero su nombre verdadero
-es _Villa del Padrón_, o ciudad del santo patrono, porque ésta fué,
-según la leyenda, la principal residencia del santo en Galicia. Los
-romanos llamaron a este lugar Iria Flavia. Es una ciudad pequeña,
-pero floreciente, con comercio marítimo de alguna importancia, pues
-sus barquichuelos surcan a veces el Golfo de Vizcaya, y hasta llegan
-al Támesis y a Londres.
-
-Hay una curiosa anécdota referente a los mareantes de Padrón que no
-estará enteramente fuera de lugar aquí, pues se relaciona con la
-circulación de las Escrituras. Hallándome un día en la tienda de mi
-amigo el librero de Santiago, entró un sacerdote corpulento, con
-aspecto de buen humor. Tomó uno de mis Testamentos y al instante
-rompió en una ruidosa carcajada.
-
-—¿Qué ocurre?—preguntó el librero.
-
-—La vista de este libro me trae a la memoria un sucedido—repuso el
-otro—. Hace unos veinte años, cuando a los ingleses se les metió por
-vez primera en la cabeza convertirnos a los españoles a su manera de
-pensar, repartieron gran número de libros de esta clase entre los
-españoles que iban a Londres; algunos cayeron en manos de ciertos
-mareantes de Padrón, y cuando esta buena gente regresó a Galicia se
-observó que se habían vuelto muy tercos y amigos de disputar. Apenas
-aventuraba alguien delante de ellos una opinión, la contradecían
-de plano, sobre todo si se trataba de asuntos religiosos. «Eso es
-falso—decían—. San Pablo, en tal capítulo y en tal versículo, afirma
-exactamente lo contrario.» «¿Qué sabes tú lo que San Pablo ni otros
-santos han escrito?»—les preguntaban los curas—. «Más de lo que
-ustedes se figuran—respondían—. Ya no se nos puede tener en tinieblas
-y en la ignorancia respecto de esas cosas», y entonces exhibían
-sus libros y leían párrafos y más párrafos, haciendo comentarios
-que escandalizaban a todos; no les importaba nada el Papa, y hasta
-hablaban con irreverencia de las reliquias de Santiago. El caso se
-divulgó pronto, y de nuestra sede salieron órdenes para secuestrar
-los libros y quemarlos. Así se hizo; los mareantes fueron castigados
-o reprendidos, y no he vuelto a oír hablar de ellos. No he podido por
-menos de reirme al ver esos libros acordándome de los mareantes de
-Padrón y de sus disputas religiosas.
-
-Al día siguiente llegamos a Pontevedra. Como no se decía que por allí
-hubiese ladrones, viajábamos solos y sin escolta. El camino es bello
-y pintoresco, aunque algo solitario, sobre todo después que dejamos
-atrás la pequeña ciudad de Caldas. En España hay varias poblaciones
-de ese nombre. Esta de que hablo se llama, para distinguirla de las
-demás, Caldas de los Reyes. No estará de más advertir que el español
-_Caldas_ es sinónimo del morisco _Alhama_, palabra muy frecuente en
-la topografía de España y Africa. Caldas tiene, al parecer, muy bien
-puesto su nombre. Se alza en una confluencia de manantiales, y cuando
-pasamos por allí estaba atestada de gente que acudía a curarse con
-las aguas. En el curso de mis viajes he observado que siempre hay
-vestigios de volcanes en las cercanías de los manantiales de aguas
-calientes, ya sea montañas hendidas, o gruesos peñascos que emergen
-aislados en la llanura o en la ladera como si los titanes hubiesen
-estado jugando a los bolos. Este último rasgo es el que domina en
-Caldas; la vertiente Sur de la montaña se halla cubierta de inmensas
-piedras de granito, expelidas, en alguna antiquísima erupción, de
-las entrañas de la tierra. Desde Caldas a Pontevedra el camino es
-montuoso y cansado; tuvimos mucho calor, y las nubes de moscas, una
-de las plagas de Galicia, molestaban tanto a nuestros caballos, que
-nos obligaron a cortar unas ramas de árbol para protegerles la cabeza
-y el cuello contra los atormentadores aguijones de aquellos insectos
-sedientos de sangre.
-
-Para viajar a caballo por Galicia en esa época del año, es muy
-recomendable llevar una red fina para defensa del animal, remedio
-seguro y cómodo, completamente desconocido en Galicia, por las
-muestras, no obstante ser quizá el país del mundo en que más se
-necesita.
-
-Pontevedra, en conjunto, merece el nombre de ciudad monumental,
-pues algunos de sus edificios públicos, en especial los conventos,
-son tales como no se ven en parte alguna, fuera de España e Italia.
-Rodéanla murallas de piedra labrada, y se alza en el fondo de una
-ensenada, en la que desemboca el río Lérez. Dícese que fué fundada
-por una colonia griega, cuyo jefe era nada menos que Teucer el
-Telamonio. En tiempos antiguos fué plaza comercial importante;
-cerca del puerto se ven las ruinas de un _farol_, o faro, que
-pasa por ser antiquísimo. El puerto, empero, muy distante de la
-ciudad, es incómodo y muy poco profundo. La comarca pontevedresa
-es de incomparable amenidad, abundante en frutas de todo género,
-especialmente en uvas, que en la estación propicia muestran,
-pendientes de las _parras_, su deliciosa lozanía. Un antiguo autor
-andaluz ha dicho que aquí se producen tantos naranjos y limoneros
-como en la campiña cordobesa; pero las naranjas no son buenas y no
-pueden competir con las de Andalucía. Los pontevedreses se jactan de
-que su suelo produce dos esquilmos al año, y que mientras recogen una
-cosecha siembran la otra. Razón tienen para enorgullecerse de una
-tierra como la suya, pródigamente dotada.
-
-La ciudad está en gran decadencia, y a pesar de la suntuosidad de sus
-edificios públicos, encontramos allí aún más suciedad y miseria que
-las usuales en Galicia. La _posada_ era misérrima, y para acabarlo
-de arreglar la posadera tenía un genio regañón inaguantable. Porque
-Antonio se quejó de la calidad de algunos de los comestibles que nos
-servía, empezó a maldecirle violentamente en la lengua del país,
-única que sabía hablar, y le amenazó, si intentaba producir desorden
-en la casa, con echarle a la calle a él, a los caballos y a su amo.
-Ni el mismo Sócrates se hubiera conducido en tal ocasión con más
-prudencia que Antonio, quien se encogió de hombros, murmuró unas
-palabras en griego y guardó silencio.
-
-—¿Dónde vive el notario público?—pregunté—. Es de saber que el
-notario público vendía libros, y para él llevaba yo una recomendación
-de mi amigo de Santiago. Un muchacho me guió a casa del _señor_
-García, que tal era el nombre del notario. Me encontré con un hombre
-de unos cuarenta años, vivo, altivo y locuaz. De muy buen grado se
-encargó de vender mis Testamentos, y en un abrir y cerrar de ojos le
-vendió dos a un cliente, aldeano por las muestras, que le esperaba en
-el despacho. El notario era un patriota entusiasta; pero claro es que
-en sentido local, porque no le importaba más país que Pontevedra.
-
-Los tales vigueses—me dijo—pretenden que su ciudad es mejor que la
-nuestra, y que tiene más títulos para ser la capital de esta parte
-de Galicia. ¿Ha oído usted jamás un desatino semejante? Le digo a
-usted, amigo, que me importaría muy poco que ardiese Vigo con cuantos
-mentecatos y bribones encierra. ¿Se le ocurriría a usted jamás
-comparar Vigo con Pontevedra?
-
-—No lo sé—repuse—; nunca he estado en Vigo; pero he oído decir que
-su bahía es la mejor del mundo.
-
-—¿La bahía, buen señor? ¡La bahía! Sí; esos bribones tienen una
-bahía, y la bahía es la que nos ha robado todo nuestro comercio.
-Pero ¿qué necesidad tiene de una bahía la capital de una provincia?
-Lo que necesita son edificios públicos donde puedan reunirse los
-diputados provinciales a tratar de sus asuntos; pues bien: lejos de
-tener Vigo un edificio público bueno, no hay una casa decente en todo
-el pueblo. ¡La bahía! Sí, tienen una bahía; ¿pero tienen agua para
-beber? ¿Tienen fuentes? Sí, las tienen; pero el agua es tan salobre,
-que haría reventar a un caballo. Espero, querido amigo, que no habrá
-hecho usted un viaje tan largo para ponerse de parte de una gavilla
-de piratas como los de Vigo.
-
-—No he venido a ponerme de su parte—contesté—; la verdad es que
-no sabía yo que necesitasen mi ayuda en esta disputa. Sólo vengo
-a traerles el Nuevo Testamento, del que están al parecer muy
-necesitados, si son tan pícaros e infames como usted los pinta.
-
-—¿Pintarlos, querido amigo? Pero ¿no lo dice el caso por sí solo?
-¿No sostienen que su ciudad es más apropiada que la nuestra para ser
-capital de la provincia? _¡Qué disparate! ¡Que bribonería!_
-
-—¿Hay en Vigo alguna librería?—pregunté.
-
-—Había una perteneciente a un barbero loco. Afortunadamente para
-usted la librería quebró y su dueño ha desaparecido. No hubiera
-dejado de jugarle a usted una de estas dos malas partidas: o hacerle
-una cortadura en el cuello, so pretexto de afeitarle, o encargarse
-de sus libros y no darle nunca cuentas de su venta. ¡Una bahía!
-¡Quisiera yo ver qué derecho tiene a una bahía un nido de lechuzas
-como Vigo!
-
-No es posible tratar a nadie con más bondad que el notario público
-me trató a mi en cuanto le convencí de que no tenía intención de
-ponerme de parte de los de Vigo contra Pontevedra. Eran entonces
-las seis de la tarde; sin dilación me llevó a una confitería y me
-obsequió con un helado y una jícara de chocolate. Salimos luego a
-pasear por la ciudad, y el notario fué mostrándome varios edificios,
-especialmente el convento de los jesuítas. «Vea usted esa fachada.
-¿Qué le parece?»—decía.
-
-Al expresarle la admiración sincera que sentía, acabé de conquistar
-el corazón del buen notario. «Supongo que en Vigo no habrá nada como
-esto»—le dije—. Me miró un instante, guiñó los ojos, ahogó una risita
-de triunfo, y prosiguió su camino andando a tremenda velocidad.
-El _señor_ García iba vestido enteramente como un notario inglés.
-Llevaba sombrero blanco, levita obscura, calzones de lana gris
-abotonados en las rodillas, medias blancas y zapatos negros bien
-embetunados. Pero nunca he visto a un notario inglés andar tan de
-prisa; aquello apenas podía llamarse andar; más parecía una sucesión
-de sacudidas eléctricas y de brincos. Viéndome en la imposibilidad de
-seguirle, le pregunté falto de alientos:
-
-—¿Adónde me lleva usted?
-
-—A casa del hombre de más talento de España—replicó—, a quien voy a
-presentarle a usted. No vaya usted a pensar que Pontevedra sólo se
-enorgullece de sus edificios públicos y de la hermosura de su suelo:
-produce también más espíritus esclarecidos que ninguna otra ciudad de
-España. ¿Ha oído usted hablar alguna vez del gran Tamerlán?
-
-—Sí tal—respondí—. Pero no procedía de Pontevedra ni de sus
-alrededores; vino de las estepas de Tartaria, cerca del río Oxo.
-
-—Ya lo sé—replicó el notario—; pero lo que yo quiero decir es que,
-cuando Enrique III tuvo que enviar un embajador a aquel africano, el
-único hombre que halló a propósito para el caso fué un caballero de
-Pontevedra llamado don...[23] ¡Que los de Vigo rebatan ese hecho si
-pueden!
-
- [23] Alude a D. Pelayo Gómez de Sotomayor, primer enviado de
- Enrique III cerca de Tamerlán.
-
-Entramos en un ancho portal y subimos una suntuosa escalera, al final
-de la que el notario llamó a una puerta pequeña.
-
-—¿A quién me va usted a presentar?—le pregunté.
-
-—A un abogado que se llama...—replicó García. Es el hombre de más
-talento de España, y conoce todas las lenguas y todas las ciencias.
-
-Nos abrió una mujer de aspecto respetable, con todas las muestras de
-ser el ama de gobierno, y luego de decirnos, contestando a nuestras
-preguntas, que el abogado estaba en casa, nos llevó a una inmensa
-sala, o más bien librería, pues los muros estaban cubiertos de libros
-excepto en dos o tres sitios ocupados por algunos buenos cuadros de
-escuela española antigua. Los suaves rayos del sol poniente entraban
-por una ventana con cristales de colores, y esclarecían el aposento.
-Detrás de la mesa estaba sentado el abogado, a quien miré con no
-pequeña curiosidad. Tenía la frente alta y llena de arrugas, y las
-facciones muy graves, netamente españolas. Vestía una especie de
-hopalanda, y frisaba en los sesenta años. Estaba leyendo, sentado
-detrás de una ancha mesa, y, al entrar nosotros, medio se incorporó y
-nos hizo una ligera reverencia.
-
-El notario le hizo un saludo reverente, y en voz baja le pidió
-permiso para presentarle un amigo, un caballero inglés que viajaba
-por Galicia.
-
-—Tengo mucho gusto en verle—dijo el abogado—; pero espero que hablará
-castellano, pues en otro caso apenas podríamos comunicarnos; aunque
-leo el francés y el latín, no los hablo.
-
-—Habla el español casi tan bien como si fuera de Pontevedra—repuso el
-notario.
-
-—Los naturales de Pontevedra—observé yo—me parecen más versados en
-gallego que en castellano, pues la mayor parte de las conversaciones
-que oigo en la calle son en aquel dialecto.
-
-—El último caballero que me presentó mi amigo García—dijo el
-abogado—era un portugués que hablaba muy poco o nada el español.
-Dicen que el gallego y el portugués se parecen mucho; pero
-cuando quisimos hablar en las dos lenguas no nos fué posible
-entendernos. Yo entendía poco de lo que él decía, y mi gallego era
-para él completamente ininteligible. ¿Entiende usted el dialecto
-local?—continuó.
-
-—Muy poco—repliqué—. Debe de ser principalmente por el acento
-peculiar y la pronunciación, nueva para mí, de los gallegos, porque
-su lengua está compuesta casi del todo de palabras españolas y
-portuguesas.
-
-—De modo que es usted inglés—dijo el abogado—. Sus compatriotas han
-hecho mucho daño antiguamente en estas regiones, si hemos de creer a
-las historias.
-
-—Sí—dije yo—; hundieron los galeones y quemaron los mejores barcos de
-guerra de ustedes en la bahía de Vigo, y en tiempo de lord Cobham
-impusieron a la ciudad de Pontevedra una contribución de cuarenta mil
-libras esterlinas.
-
-—Cualquier potencia extranjera—interrumpió el notario—tiene perfecto
-derecho para atacar a Vigo; pero no concibo qué podían alegar sus
-compatriotas de usted para arruinar a Pontevedra, ciudad respetable
-que nunca les hizo daño.
-
-—_Señor_ caballero—dijo el abogado—, voy a enseñarle a usted mi
-librería. Aquí tiene usted una obra curiosa, una colección de poemas,
-escritos casi todos en gallego por el cura de _Fruime_. Es nuestro
-poeta nacional y nos enorgullecemos de él.
-
-Estuvimos más de una hora con el abogado; su conversación, si no
-me convenció de que fuese el hombre de más talento de España, era,
-en general, de gran interés; el abogado poseía, ciertamente, una
-ilustración general bastante extensa, aunque le faltaba muchísimo
-para ser el profundo filólogo que el notario me había dicho[24].
-
- [24] El abogado se llamaba D. Claudio González y Zúñiga, autor
- de la _Descripción Económica de la Provincia de Pontevedra_.
- Pontevedra, 1834. (Knapp).
-
-En la tarde del siguiente día, al disponerme a salir de Pontevedra,
-el _señor_ García, en pie junto a mi caballo, me abrazó, y me deslizó
-en la mano un folletito. «Este libro—me dijo—contiene una descripción
-de Pontevedra. Hable usted bien de Pontevedra dondequiera que vaya.»
-Asentí con la cabeza. «Espere—añadió—. He oído hablar, mi querido
-amigo, de la Sociedad a que usted pertenece, y trabajaré cuanto pueda
-en favor de sus designios. Lo hago con absoluto desinterés; pero si
-alguna vez, andando el tiempo, tuviese usted ocasión de hablar en
-letras de molde del _señor_ García, notario de Pontevedra—ya usted me
-entiende—, deseo que no deje de hacerlo.»
-
-—Así lo haré—contesté yo.
-
-El recorrido de Pontevedra a Vigo es sólo de cuatro leguas, y fué un
-agradable paseo a caballo que hicimos en una tarde. Al acercarnos
-a Vigo, el terreno iba siendo extremadamente montañoso, aunque el
-paisaje era de insuperable hermosura. Las vertientes de las montañas
-estaban casi todas cubiertas de frondosas arboledas, hasta la misma
-cúspide, aunque a veces algún pico de roca desnuda asomaba, alzándose
-hasta las nubes.
-
-Al anochecer, el camino se entenebreció, envolviéndolo las montañas
-y bosques circundantes en profundas sombras. Pero era un camino muy
-transitado: oíamos el chirriar de muchos carros que iban por él y
-continuamente nos cruzábamos con numerosos jinetes y peatones. Las
-aldeas eran frecuentes. Las _parras_ crecían con lozana pompa, aún
-mayor, si cabe, que en el campo de Pontevedra. Por todas partes
-reinaban la actividad y la vida. El zumbido de los insectos, el
-alegre ladrar de los perros, los rudos cantares de Galicia, se
-mezclaban en deleitosa sinfonía. Tan placentero fué el viaje, que
-casi sentí llegar a las puertas de Vigo.
-
-La ciudad ocupa la parte baja de un elevado cerro, más escarpado y
-pendiente a medida que se sube hacia el castillo que lo corona. El
-casco de la población es pequeño y compacto, rodeado de murallas
-bajas; las calles son angostas, empinadas y tortuosas; en medio de la
-ciudad hay una plaza pequeña.
-
-Hay un _faubourg_ de regular extensión a lo largo del borde de la
-bahía. Encontramos una excelente _posada_, regida por un matrimonio
-vascongado, cortés e inteligente. Las calles estaban abarrotadas y
-todo en la ciudad era ruido y jolgorio. Lucía un desdichado simulacro
-de iluminación, puesta por el vecindario para celebrar una victoria
-ganada, o que se afirmaba haber ganado, contra las tropas del
-Pretendiente. Por todas partes se veían uniformes militares. Para
-mayor bullicio, acababa de llegar de Oporto una compañía de cómicos
-portugueses, y aquella noche iban a dar su primera representación
-en Vigo. «¿Representan la comedia en español?»—pregunté—. «No—me
-respondieron—, y por eso tiene todo el mundo tantos deseos de ir;
-otra cosa sería si representaran en una lengua que todos entendieran.»
-
-A la mañana siguiente hallábame sentado, para desayunarme, en
-un vasto aposento que miraba a la _Plaza Mayor_ de Vigo. El sol
-lucía esplendoroso, y todas las cosas en torno aparecían animadas,
-jocundas. En aquel momento entró un desconocido, me hizo una
-reverencia profunda y se plantó en la ventana, donde permaneció buen
-rato en silencio. Era un hombre como de treinta y cinco años, de muy
-notable presencia. Sus facciones eran de absoluta corrección, casi
-puedo decir de perfecta belleza. Tenía el pelo negrísimo y lustroso;
-los ojos, grandes, negros y melancólicos; pero lo que más me llamó la
-atención fué su tez, de tono oliváceo amoratado. Vestía con primorosa
-elegancia según la moda francesa. Llevaba al cuello una gruesa cadena
-de oro, en los dedos anchos anillos, y engastado en uno de ellos,
-un magnífico rubí. «¿Quién será este hombre?—pensé yo—. ¿Español,
-portugués? Acaso un criollo.» Le hice una pregunta indiferente
-en español, y me contestó en el mismo idioma; pero su acento me
-convenció de que no era español ni portugués.
-
-—Si no me engaño, hablo con un inglés, señor—me dijo en el mejor
-inglés que puede hablar un extranjero.
-
-YO.—Lo ha acertado usted; pero yo, en cambio, no acabo de adivinar
-qué país es el suyo.
-
-EL DESCONOCIDO.—¿Puedo tomar asiento?
-
-YO.—Singular pregunta. ¿No tiene usted tanto derecho como yo a
-sentarse en la sala común de una posada?
-
-EL DESCONOCIDO.—No estoy seguro de ello. A la gente de aquí, en
-general, no le gusta verme tomar asiento a su lado.
-
-YO.—Quizás por las opiniones políticas de usted, o porque haya usted
-tenido la desgracia de cometer algún delito.
-
-EL DESCONOCIDO.—No tengo opiniones políticas, y no he cometido, que
-yo sepa, delito alguno. Aquí me odian por mi país y mi religión.
-
-YO.—¿Estoy hablando quizás con un protestante, como yo?
-
-EL DESCONOCIDO.—No soy protestante. Si lo fuese, se andarían con más
-tiento para demostrarme su odio, porque entonces tendría un Gobierno
-y un cónsul que me defendieran. Soy judío, judío de Berbería, súbdito
-de Abderramán.
-
-YO.—En tal caso, no tiene usted mucho de qué lamentarse si aquí le
-miran mal, puesto que en Berbería los judíos son esclavos.
-
-EL DESCONOCIDO.—En casi todas partes lo son, es cierto; pero no donde
-yo he nacido, muy en el interior del país, cerca de los desiertos.
-Allí los judíos son libres y temidos, y tan valientes como los mismos
-musulmanes; saben domar potros y manejar el fusil. Los judíos de
-nuestra tribu no son esclavos, y no queremos que se nos trate como
-tales por los cristianos ni por los moros.
-
-YO.—La historia de usted debe de ser muy curiosa; quisiera conocerla.
-
-EL DESCONOCIDO.—No pienso contarle mi historia a nadie. He viajado
-mucho, dedicado al comercio, y he prosperado. Ahora estoy establecido
-en Portugal; pero no me gusta la gente de los países católicos, y
-menos que ninguna la de España. Al llegar aquí he sufrido injusticias
-vergonzosas en la _aduana_, y, al protestar, se rieron de mí y me
-llamaron judío. Por dondequiera que voy, veo escarnecer a los judíos,
-excepto en el país de usted; por eso mi corazón se apasiona por los
-ingleses. Usted es aquí un forastero. ¿Puedo servirle en algo? No
-tiene usted más que mandarme.
-
-YO.—Se lo agradezco a usted con toda el alma, pero no necesito nada.
-
-EL DESCONOCIDO.—¿Trae usted letras? Yo le tomo a usted las que traiga.
-
-YO.—Nada necesito. El favor que puede usted hacerme es aceptar de mí
-un libro.
-
-EL DESCONOCIDO.—Lo aceptaré muy agradecido. Sé cuál es. ¡Qué pueblo
-tan singular: el mismo vestido, el mismo semblante, el mismo libro!
-Pelham me dió uno en Egipto. ¡Adiós! Jesús fué un hombre virtuoso,
-quizás un profeta; pero... ¡adiós!
-
-Bien pueden los pontevedreses envidiar a los de Vigo su bahía, con
-la que, en muchas cualidades, no puede compararse ninguna otra en
-el mundo. Altas y escarpadas montañas la defienden por todos lados,
-menos por el Oeste, abierto sobre el Atlántico; pero en medio de la
-boca surge una isla, imponente muro de roca, que rompe el oleaje e
-impide que las mareas del Poniente invadan la bahía con violencia. A
-cada lado de la isla hay un paso, bastante ancho para que los barcos
-puedan atravesarlo en cualquier tiempo con toda seguridad. La bahía
-es oblonga, y se mete mucho tierra adentro; es tan vasta, que mil
-navíos de línea pueden maniobrar en ella sin estorbarse. Las aguas
-son obscuras, sosegadas y profundas, sin bajíos ni arenas; de suerte
-que el barco de guerra más soberbio puede surgir a tiro de piedra de
-los muros de la ciudad sin averiarse la quilla.
-
-Aquella bahía ha presenciado muchos sucesos memorables, ha visto
-armamentos poderosos. Allí se reunieron los corpulentos barcos de la
-Invencible; desde allí, cargada con la pompa, el poderío y el terror
-de la vieja España, la monstruosa escuadra, desplegando sus enormes
-velas al viento, zarpó orgullosamente para arrasar la isla luterana.
-La mitad de los bosques de Galicia fué arrasada, y todos los
-marineros de las mil bahías y rías de las agrias costas cantábricas
-fueron enganchados a la fuerza para construir y armar la flota. Allí
-fué donde las banderas unidas de Inglaterra y Holanda humillaron
-el orgullo de España y Francia: sus navíos de guerra estallaron,
-volando sus astillas inflamadas sobre las cumbres de las montañas de
-Galicia, y los galeones, en llamas, se hundieron con sus tesoros,
-mientras iban a la deriva en dirección de Sampayo. En las costas de
-aquella bahía fué donde la guardia inglesa vació por vez primera
-las _bodegas_ españolas, mientras las bombas de Cobham hundían las
-techumbres del castillo de Castro, y los _vecinos_ de Pontevedra
-enterraban sus doblones en las cuevas, y los correos llevaban a
-escape a Lugo y Orense la noticia de la invasión de los herejes y del
-desastre de Vigo. Todos esos hechos acudían a mi mente, contemplando
-la bahía desde un punto muy alto de la montaña, a muy corta distancia
-del fuerte.
-
-—¿Qué está usted haciendo ahí, caballero?—gritaron varias voces—.
-¡Quieto, _Carracho_! Si intenta usted correr, le descerrajo un tiro.
-
-Miré en torno y vi, exactamente encima de mí, tres o cuatro
-individuos, soldados por las muestras, vestidos con sucios uniformes,
-en un tortuoso sendero que trepaba por la colina. Teníanme encañonado
-con sus fusiles.
-
-—¿Qué estoy haciendo? Ya lo ven ustedes: nada—respondí—, como no sea
-mirar la bahía. Y en eso de correr, no hay cuidado: el terreno no es
-a propósito.
-
-—Dése usted preso—dijeron—, y venga usted con nosotros al castillo.
-
-—Precisamente estaba pensando en ir allá antes de recibir su amable
-invitación—contesté—. Deseo ver el fuerte.
-
-Me encaramé al lugar donde estaban, y en el acto me rodearon; con
-esa escolta llegué al castillo, que en su tiempo habría sido muy
-importante, pero ahora ruinoso.
-
-—Sospechamos que es usted un espía—dijo el cabo, que iba delante.
-
-—¿De veras?—contesté.
-
-—Sí—repuso el cabo—, y en estos últimos tiempos hemos cogido y
-fusilado varios.
-
-Encaramado en uno de los parapetos del castillo estaba un joven, con
-uniforme de oficial subalterno, a quien me presentaron.
-
-—Hace media hora que estamos vigilándole a usted, mientras hacía
-observaciones—me dijo.
-
-—Pues se han tomado ustedes un trabajo inútil—respondí—. Soy inglés,
-y me entretenía en contemplar la bahía. Quisiera que ahora tuviese
-usted la amabilidad de enseñarme el fuerte.
-
-Hablamos un poco más, y el oficial dijo: «Me gusta ser amable con la
-gente de su país de usted: queda usted en libertad.» Me incliné,
-salí del fuerte y emprendí el descenso de la montaña. Cuando iba a
-entrar en la ciudad, el cabo, que me había seguido ocultamente, me
-tocó en el hombro. «Venga usted conmigo a ver al gobernador»—dijo—.
-«Con mucho gusto»—respondí—. El gobernador estaba afeitándose cuando
-llegamos a su presencia, y apareció en mangas de camisa, con la
-navaja en la mano. Parecía de muy mal humor, debido quizás a que le
-habíamos interrumpido en su tocado. Me hizo dos o tres preguntas, y
-al saber que llevaba pasaporte y que era portador de una carta para
-el cónsul inglés, me dijo que podía marcharme cuando quisiera. Hice
-una reverencia al gobernador de la ciudad, como antes al gobernador
-del fuerte, y salí, encaminándome a la posada.
-
-En Vigo hice muy poca cosa en punto a la distribución de mis libros;
-estuve allí unos cuantos días, y me marché, tomando de nuevo el
-camino de Santiago.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XXIX
-
- Llegada a Padrón.—Un proyecto aventurado.—El
- _alquilador_.—Falta de palabra.—Un compañero
- singular.—Historia sencilla.—Un camino áspero.—La
- deserción.—La jaca.—Un diálogo.—Situación difícil.—La
- _Estadea_.—Nos anochece.—La choza.—La almohada del viajero.
-
-
-Llegué a Padrón al caer la tarde, de vuelta de Pontevedra y de Vigo.
-Tenía el propósito de enviar a mi criado con los caballos a Santiago
-y alquilar un guía que me llevase a Finisterre. Difícil me sería
-justificar con alguna razón plausible el ardiente deseo que tenía
-de visitar ese lugar; pero recordaba que el año anterior me había
-librado casi por milagro de naufragar y perecer en los peñascales
-que bordean aquel punto extremo del Viejo Mundo, y pensé que llevar
-el Evangelio a un lugar tan apartado y agreste sería acaso una
-peregrinación acepta a los ojos de mi Hacedor. Verdad es que sólo me
-restaba un ejemplar de los que había llevado conmigo en esta última
-etapa; pero tal reflexión, lejos de desanimarme en mi proyecto,
-produjo el efecto contrario: consideré que el Señor, desde que se
-reveló al hombre, se había servido siempre para cumplir las más
-grandes obras de medios insuficientes en apariencia, y pensé que el
-único ejemplar restante podría por sí solo causar tanto bien como los
-otros cuatro mil novecientos noventa y nueve de la edición de Madrid.
-
-Sabía yo que mis caballos no servían en modo alguno para ir a
-Finisterre, porque los caminos y sendas corrían por barrancos
-pedregosos, por ásperas y empinadas montañas; resolví, pues,
-dejarlos atrás con Antonio, a quien tampoco quería yo exponer a las
-penalidades de un viaje como aquél. Sin pérdida de tiempo mandé
-buscar un _alquilador_ y le expliqué mis intenciones. Díjome que
-tenía a mi disposición una excelente jaca de montaña y que él en
-persona me acompañaría; pero al propio tiempo añadió que el viaje
-era terrible para hombres y bestias, y esperaba que se lo pagase con
-largueza. Consentí en darle cuanto me pidió; pero con la expresa
-condición de acompañarme él en persona, como me había ofrecido,
-pues no tenía yo gana de internarme en las montañas con el último
-bigardo del pueblo que se le antojase buscar, y que sería muy capaz
-de jugarme una mala pasada. Replicó con la frase que los españoles
-usan invariablemente para desvanecer la desconfianza o la duda:
-«_No tenga usted cuidado_, yo mismo iré.» Arregladas así las cosas
-satisfactoriamente, a mi parecer, tomé una cena ligera y me retiré a
-dormir.
-
-Había yo encargado al _alquilador_ que me llamase a las tres de la
-mañana siguiente; pero no apareció hasta las cinco; supongo que se
-dormiría, pues eso fué lo que me ocurrió también a mí. Me levanté
-de un brinco; me vestí; puse unas cuantas cosas en la maleta, sin
-olvidar el Testamento que pensaba regalar a los habitantes de
-Finisterre, y luego salí, encontrando a mi amigo el _alquilador_,
-que tenía por las riendas la _jaca_ en que había yo de hacer la
-excursión. Era un animalito muy bueno, fuerte y sano al parecer, sin
-un solo pelo blanco en todo su cuerpo, negro como las alas del cuervo.
-
-Detrás permanecía en pie un bípedo de singularísima catadura, en
-quien por el momento no puse atención; pero del que he de contar
-mucho en lo sucesivo.
-
-Pregunté al _alquilador_ si estaba todo listo, y obtenida respuesta
-afirmativa, me despedí de Antonio, puse en marcha la jaca y con paso
-vivo salimos del pueblo, tomando al principio el camino de Santiago.
-El tipo aquel de quien he hablado antes venía pegado a nosotros;
-pregunté al _alquilador_ quién era y por qué motivo nos seguía, a
-lo cual respondió que era un criado suyo y que nos acompañaría un
-rato para volverse luego. Continuamos a buen paso, hasta llegar a
-menos de un cuarto de milla del convento de la _Esclavitud_, un poco
-más allá del cual, según me habían dicho, tendríamos que dejar el
-camino real; en tal punto, el _alquilador_ se detuvo bruscamente, y
-al instante todos hicimos alto. Pregunté la razón de la parada, y no
-obtuve respuesta. El _alquilador_ tenía los ojos clavados en el suelo
-y contaba, al parecer, con intenso cuidado las huellas de las vacas,
-mulas y caballos estampadas en el polvo de la carretera. Repetí mi
-pregunta con voz más fuerte, cuando después de una larga pausa alzó
-un poco los ojos, aunque sin mirarme a la cara, y dijo que creía que
-yo estaba en la idea de que me iba a acompañar hasta Finisterre, y
-que, si era así, lo sentía mucho, por ser cosa imposible de cumplir,
-pues ignoraba completamente el camino, y además era incapaz de hacer
-un viaje tan largo por tan mal terreno, no siendo ya el hombre que
-antaño había sido, y que él estaba comprometido a llevar aquel mismo
-día a Pontevedra a un caballero que le aguardaba.
-
-—Pero—continuó—como me gusta quedar siempre como un _caballero_
-con todo el mundo, he tomado mis medidas para no dejarle a usted
-plantado. He hecho un ajuste con este individuo—añadió señalando al
-tipo raro—para que le acompañe. Es de toda confianza, y conoce muy
-bien el camino de Finisterre, pues ha ido allá muchas veces con esta
-misma jaca que usted monta. Además será un buen compañero de viaje,
-porque habla francés e inglés muy bien, y ha recorrido todo el mundo.
-
-El hombre cesó al cabo de hablar; su engaño, desvergüenza y villanía
-me produjeron tal efecto, que pasó algún tiempo antes de poder hallar
-una respuesta. Le reproché en términos muy duros su falta de palabra
-y le dije que se me pasaban muy buenas ganas de volver al instante al
-pueblo y denunciarle al _alcalde_ para que le castigase a toda costa.
-A esto replicó:
-
-—Señor caballero, con hacer eso no se encontrará usted más cerca de
-Finisterre, adonde tiene tantas ganas de ir. Siga mi consejo: meta
-espuela a la jaca; porque, como usted ve, se hace tarde, y hay doce
-leguas largas a Corcubión, donde pasará usted la noche; y desde allí
-a Finisterre, tampoco es grano de anís. Con este hombre _no tenga
-usted cuidado_: es el mejor guía de Galicia, habla inglés y francés,
-y le servirá de agradable compañía.
-
-Ya entonces había yo reflexionado que con volver a Padrón sólo
-conseguiría gastar tiempo, y que el intento de hacer castigar al
-individuo aquel no me reportaría ventaja alguna; además, como me
-parecía un tunante en toda la extensión de la palabra, tan buena era
-la compañía de cualquier otra persona como la suya. Manifesté, pues,
-mi resolución de seguir adelante, y le dije que se volviera, y le
-conjuré por Dios a que se arrepintiese de sus culpas. Vencedor en
-este punto, pensó sacar nuevas ventajas; se colocó a una vara delante
-de la jaca, y me dijo que el precio que yo me había comprometido a
-pagar por el alquiler de la jaca (todo lo que me pidió, dicho sea
-de paso) era muy poco, y que antes de continuar había de prometerle
-dos duros más, pues sin duda estaba loco o borracho al hacer el
-trato conmigo. La cólera me dominó por completo, y sin pararme a
-reflexionar metí espuelas a la _jaca_, que le derribó en el polvo y
-le pasó por encima. A cien varas de distancia volví la cabeza y le
-vi en pie en el mismo sitio, el sombrero caído en el suelo, y sin
-dejar de mirarnos se santiguaba con mucha devoción. Su criado, o lo
-que fuese, lejos de socorrer a su principal, en cuanto la _jaca_ se
-movió echó a correr a su lado, sin proferir palabra ni hacer otro
-comentario que golpearse vigorosamente un muslo con la mano derecha.
-No tardamos en pasar de Esclavitud, y un instante después volvimos
-a la izquierda, metiéndonos por un sendero desigual y pedregoso que
-llevaba a unos maizales. Pasamos junto a varias caserías, y llegamos
-al fin a una cañada, cuyas laderas estaban cubiertas de robles enanos
-y que descendía suavemente hasta un riachuelo obscuro, sombreado por
-los árboles, que atravesamos por un tosco puentecillo. Ya entonces
-había tenido tiempo de examinar detenidamente de pies a cabeza a
-mi singular compañero. Su estatura, estirándose todo lo posible,
-quizás hubiera llegado a cinco pies y una pulgada, pero el hombre
-tenía cierta tendencia a encorvarse. La naturaleza le había dotado de
-inmensa cabeza, poniéndosela a ras de los hombros, porque entre las
-piezas que entraron en su composición faltó, por lo visto, un cuello.
-A los lados se balanceaban unos brazos largos y musculosos. Era, en
-conjunto, de armazón tan fuerte y sólida como la de un atleta. Sus
-piernas eran cortas, pero muy ágiles, y su rostro, largo, largo,
-hubiera guardado cierta remota semejanza con un rostro humano a no
-haber la boca tuerta y los anchos ojos parados usurpado su sitio
-natural a la nariz, que era casi invisible. Su vestido se componía de
-tres prendas: sombrero portugués, ancho de copa y angosto de alas,
-viejo y andrajoso; una especie de camisa y unos calzones de tela
-burda. Quise trabar conversación con él, y, recordando lo que el
-alquilador me había dicho, le pregunté en inglés si había trabajado
-siempre en el oficio de guía. Al oírme volvió los ojos hacia mí con
-expresión singular, y clavándomelos en el rostro soltó una risotada,
-dió un salto y palmoteó tres veces por encima de su cabeza. Comprendí
-que no me había entendido; repetí la pregunta en francés, y me
-respondió de nuevo con la risa, el salto y las palmadas. Al cabo, en
-mal español, dijo:
-
-—Mi amo, hable en español, por amor de Dios, y le entenderé a usted,
-y mejor aún si habla en gallego; pero no puedo prometerle otra cosa.
-Oí lo que le decía el _alquilador_; pero es el mayor _embustero_ de
-la tierra, y le engañó a usted en eso, como al prometerle que le
-acompañaría. A su servicio estoy por mis pecados; pero en mal hora
-dejé el profundo mar y me dediqué a guía.
-
-Me contó que era de Padrón, marinero de oficio, y que había pasado la
-mayor parte de su vida en la escuadra española; sirviendo en ella,
-visitó Cuba y otras muchas partes de la América española.
-
-—Cuando mi amo—continuó—le dijo a usted que yo sería un buen
-compañero de viaje, le dijo la verdad, la única verdad que ha salido
-de su boca en un mes; mucho antes de llegar a Finisterre se habrá
-usted alegrado de que el criado, y no el amo, haya venido con usted;
-mi amo es muy torpe y muy pesado, y yo soy como usted ve.
-
-Dió dos o tres saltos mortales, volvió a reírse a carcajadas y a
-palmotear.
-
-—Seguramente no se figura usted—continuó—que ayer vine de La Coruña
-con esa jaca y muy buena carga; llegamos a Padrón a las dos de la
-madrugada, y a pesar de eso la jaca y yo estamos dispuestos a hacer
-este nuevo viaje. Como dice mi amo, _no tenga usted cuidado_; nadie
-ha tenido queja de la jaca ni de mí.
-
-Hablando de esa suerte recorrimos un buen trecho del camino, por
-terreno pintoresco, hasta llegar a una aldea muy linda en la falda de
-una montaña.
-
-—Este pueblo—dijo el guía—se llama Los Angeles, porque su iglesia la
-hicieron los ángeles hace ya mucho tiempo; debajo de ella pusieren
-una barra de oro traída del cielo y que había servido de viga en la
-propia casa de Dios. Va por debajo de tierra desde aquí hasta la
-catedral de Compostela.
-
-Atravesamos el pueblo, que, según me dijo también el guía, tenía
-unos baños muy visitados por los santiagueses. Torcimos hacia el
-Noroeste, dando la vuelta a una montaña que alzaba majestuosamente
-sobre nuestras cabezas su cumbre coronada de peñascos desnudos; a
-nuestra derecha, en la otra orilla de un valle espacioso, corría
-una elevada cadena de montañas, que iba a enlazarse con las del
-Norte de Santiago. En la cima de esa cadena alzábanse unas torres
-almenadas, llamadas de Altamira, al decir de mi guía, restos de un
-antiguo castillo, ya en ruinas, que fué en otro tiempo la residencia
-principal que los condes de ese título tenían en la provincia.
-Volviendo después hacia el Oeste, no tardamos en encontrarnos al pie
-de un puerto muy empinado y escabroso, que conducía a una región más
-alta. La subida nos costó cerca de media hora, y las dificultades
-del terreno eran tales, que más de una vez me alegré de haber dejado
-nuestros caballos y de montar aquella intrépida jaquita; acostumbrada
-a los caminos, trepaba con mucho ánimo, y nos puso al fin sin daño en
-lo alto de la subida.
-
-Allí entramos en una _choza_ gallega para reponer nuestras fuerzas
-y las del caballo. El cuadrúpedo comió un poco de maíz, y los dos
-bípedos nos regalamos con _broa_ y _aguardiente_, servidos por una
-mujer que encontramos en la choza. Salí fuera unos minutos a observar
-el aspecto del país, y al volver encontré al guía profundamente
-dormido en el banco donde le dejé. Estaba sentado, muy tieso, con
-la espalda apoyada en la pared y las piernas colgando a unas tres
-pulgadas del suelo, porque eran demasiado cortas para llegar a él.
-Cinco minutos lo menos estuve contemplando su reposo, tan profundo
-y tranquilo como el de la muerte. Su rostro me recordaba mucho esas
-singulares fisonomías de santos y monjes que a veces se encuentran
-en las hornacinas de los muros de los conventos en ruinas. No había
-ni el más ligero vislumbre de vitalidad en su semblante, que por el
-color y la rigidez pudiera parecer de piedra, tan informe y tan tosco
-como una de esas cabezas de piedra de Icolmkill que han desafiado
-las intemperies de doce siglos. Mirándole estuve hasta que empecé
-a sentir cierta alarma, pensando que la vida podía haber huído de
-aquella maltrecha y extenuada máquina. Le sacudí con fuerza por un
-hombro, y lentamente se despertó, abrió los ojos asombrado y luego
-los cerró. Durante unos momentos no supo, con toda evidencia, dónde
-estaba. Le di voces preguntándole si pensaba pasarse el día durmiendo
-en lugar de llevarme a Finisterre; al oírme se dejó caer sobre las
-piernas, arrebató el sombrero que yacía en la mesa, y en el acto
-salió por la puerta corriendo y gritando:
-
-—Sí, sí, ya me acuerdo; sígame, capitán, y le llevaré a Finisterre en
-un vuelo.
-
-Le seguí con la vista y tomó a todo correr la misma dirección que
-antes traíamos.—Espera—le grité—; espera. ¿Me vas a dejar aquí con la
-jaca? Espera; aún no hemos pagado el gasto. Espera.—Pero no volvió la
-cabeza ni un instante, y en menos de un minuto se perdió de vista.
-La jaca, atada al pesebre en un rincón de la choza, comenzó a dar
-relinchos terroríficos, a manotear y a erizar la cola y la crin de un
-modo extraño. Tanto tiraba del ramal, que temí que se estrangulara.
-
-—¡Mujer!—exclamé—, ¿dónde anda usted y qué significa todo esto?
-
-Pero la huéspeda había desaparecido también, y aunque recorrí la
-_choza_, dando fuertes voces, no obtuve respuesta.
-
-Continuaban los relinchos de la jaca, y los tirones que daba del
-ramal eran cada vez más fuertes.
-
-—¿Estoy rodeado de locos?—grité, y arrojando sobre la mesa una
-_peseta_ desaté el caballo e intenté ponerle el bocado, pero no lo
-conseguí. Apenas solté el ramal comenzó la jaca a tirar hacia la
-puerta, a despecho de cuantos esfuerzos hice para impedirlo.—Si
-te escapas—dije—mi situación va a ser divertida—. Pero todo tiene
-remedio: de un brinco monté en la silla, y un instante después el
-animalito me llevaba, en rápido galope, por un camino que supuse
-sería el de Finisterre.
-
-La situación, divertida para el lector, era para mí bastante
-apurada. Hallábame a lomos de un caballo fogoso, sin medio alguno
-de gobernarlo, a todo correr por un camino peligroso y desconocido.
-No parecía ni rastro del guía, ni encontré a nadie a quien pedir
-noticias. La verdad es que, dado caso de alcanzar a un pasajero o de
-cruzarme con él, apenas habría tenido tiempo de dirigirle la palabra:
-tan veloz era la carrera del caballo. «¿Estará este animal enseñado
-a estas cosas?—pensaba yo—. ¿Me llevará a una cueva de ladrones, que
-me corten el cuello? ¿No hace más que seguir, por instinto, a su
-amo?» No tardé en desechar ambas suposiciones. La velocidad de la
-jaca amenguó; al parecer, había perdido el camino. Miró en torno con
-inquietud; al cabo llegó a un arenal, pegó el hocico al suelo, y de
-pronto se tumbó, revolcándose de una manera verdaderamente caballuna.
-No me hice daño, y al instante aproveché la ocasión para ponerle el
-bocado, que antes llevaba colgado del pescuezo. Volví a montar y me
-puse a buscar el camino.
-
-No tardé en encontrarlo, y seguí adelante. El camino iba por un
-yermo poblado de brezos y tojos y sembrado de pedruscos. El sol,
-ya muy alto, calentaba de firme. Encontré alguna gente, hombres y
-mujeres, que me miraba sorprendida, maravillándose probablemente de
-que una persona como yo anduviese sin guía por tales sitios. Pregunté
-a dos mujeres si habían visto a mi guía; pero no me entendieron o
-no quisieron entenderme, y, luego de cambiar entre sí unas pocas
-palabras en uno de los cien dialectos de Galicia, siguieron su
-camino. Después de atravesar el descampado, llegué de improviso a un
-convento al borde de un profundo barranco, por cuyo fondo corría un
-rumoroso arroyo.
-
-El lugar era bello y pintoresco; espesas arboledas poblaban las
-vertientes del barranco; del otro lado surgía una montaña alta y
-obscura. El convento, muy capaz, parecía abandonado. Pasé junto a él,
-y al instante llegué a una aldea, tan desierta, por las muestras,
-como el convento, pues no hallé ser viviente, ni siquiera un perro
-que me saludara con sus ladridos. Me detuve en una fuente de piedra,
-que vertía sus aguas en una pila. Sentada en la pila, con los brazos
-caídos y los ojos clavados en la montaña vecina, estaba una figura
-humana, que aún se presenta frecuentemente a mi fantasía, sobre todo
-cuando duermo y me oprime una pesadilla: era mi fugitivo guía.
-
-YO.—Buenos días tenga usted, caballero. El tiempo está caluroso, y
-ese agua exquisita convida a beberla. Tentado estoy de apearme y
-regalarme con un trago.
-
-EL GUÍA.—Su merced no puede hacer mejor cosa. Hace mucho calor, en
-efecto; lo mejor es que beba un poco de agua. También yo acabo de
-beber. Pero le aconsejo que no dé agua al caballo: está jadeante y
-muy sudado.
-
-YO.—Ya puede estarlo. He venido galopando lo menos dos leguas en
-busca de un individuo que se comprometió a llevarme a Finisterre,
-pero que me ha abandonado de la manera más extraña del mundo; tanto,
-que he llegado a creer que era un bandido, no un hombre honrado ¿No
-le ha visto usted, por casualidad?
-
-EL GUÍA.—¿Qué señas tiene?
-
-YO.—Es bajo, grueso, muy parecido a usted, giboso y, con perdón de
-usted, muy feo.
-
-EL GUÍA.—¡Ja, ja! Le conozco. Hemos venido corriendo juntos hasta
-la fuente, y aquí me dejó. Caballero, ese hombre no es un ladrón; si
-algo es, es un _nuveiro_, un hombre que anda por las nubes, y que, a
-veces, un soplo de viento se lo lleva. Si alguna vez vuelve usted a
-viajar con ese hombre, no le permita usted beber más de una copa de
-anís cada vez; de lo contrario, se subirá a las nubes, le dejará a
-usted y andará por ahí corriendo hasta que dé con un arroyo, o pegue
-con la cabeza en una fuente; entonces, con un trago, vuelve a ser lo
-que era. ¿De manera, señor caballero, que va usted a Finisterre? Pues
-vea usted qué rareza: un caballero muy parecido a usted me ajustó
-esta mañana para que le llevara allí también; pero se me ha perdido
-en el camino. Me parece lo mejor que continuemos juntos hasta que
-encuentre usted a su guía y yo a mi amo.
-
-Podían ser las dos de la tarde cuando llegamos a un puente, largo y
-ruinoso, muy antiguo al parecer, llamado, según el guía, puente de
-Don Alonso. Atravesaba una ensenada, o más bien ría, porque el mar no
-estaba lejos; a nuestra derecha quedaba la pequeña ciudad de Noya.
-
-—Cuando atravesemos el puente, capitán—dijo el guía—, llegaremos
-a país desconocido, porque yo no he pasado nunca de Noya, y de
-Finisterre, no sólo no he estado allí nunca, pero ni siquiera he oído
-hablar. He preguntado a dos o tres personas, desde que nos pusimos
-en camino, y saben tanto como yo. Sin embargo, bien mirado todo, creo
-que lo mejor es seguir hasta Corcubión, a unas cinco leguas de aquí,
-adonde quizás lleguemos antes de cerrar la noche si damos con el
-camino o encontramos quien nos guíe; porque, como ya le he dicho, yo
-lo desconozco en absoluto.
-
-—En buenas manos he caído—respondí—. Creo, en efecto, que lo mejor
-es ir a Corcubión, y allí quizás sepamos algo de Finisterre y se
-encuentre un guía que nos lleve.
-
-Entonces, con nuevos brincos y cabriolas, echó a andar con paso
-rápido, deteniéndose a veces en una _choza_ con el propósito de
-adquirir informes, supongo yo, aunque apenas entendí una palabra de
-la jerga en que él y sus interlocutores hablaban.
-
-A poco llegamos a un terreno por demás agreste y montuoso. Subimos
-y bajamos barrancos; vadeamos arroyos, y nos arañamos la cara y las
-manos en las zarzas, deteniéndonos a veces a coger moras silvestres,
-de que había cosecha abundante. Por camino tan duro avanzábamos muy
-despacio. La jaca iba detrás del guía, tan pegada a él, que casi le
-tocaba en el hombro con el hocico. El país era cada vez más agreste,
-y una vez que dejamos atrás un molino, ya no vimos rastro de vivienda
-humana. El molino estaba en el fondo de una hondonada, sombreada por
-grandes árboles, y sus ruedas, al girar, hacían un ruido triste y
-monótono.
-
-—¿Llegaremos a Corcubión esta noche?—pregunté al guía cuando, al
-salir del valle, nos encontramos en un descampado sin límites, al
-parecer.
-
-EL GUÍA.—No; no podemos, y este descampado no me gusta nada. El
-sol va a ponerse en seguida, y entonces, como haya niebla, nos
-encontraremos a la _Estadea_.
-
-YO.—¿Qué es eso de la _Estadea_?
-
-EL GUÍA.—¡Qué es eso de la _Estadea_! ¿Me pregunta mi amo qué es la
-_Estadinha_? No me he encontrado a la _Estadinha_ más que una vez, y
-fué en un sitio como éste. Iba yo con unas mujeres, y se levantó una
-niebla muy espesa. De pronto empezaron a brillar encima de nosotros,
-entre la niebla, muchas luces; había lo menos mil. Se oyó un chillido
-tremendo, y las mujeres se cayeron al suelo, gritando: _¡Estadea,
-Estadea!_ Yo también me caí y gritaba: _¡Estadinha! ¡Estadinha!_ La
-_Estadea_ son las almas de los muertos que andan encima de la niebla
-con luces en las manos. Con franqueza, mi amo, si encontramos a las
-almas, me escapo y no paro de correr hasta tirarme de cabeza al mar.
-Esta noche ya no llegamos a Corcubión; mi única esperanza es que
-encontremos por aquí una _choza_ donde podamos defendernos de la
-_Estadinha_.
-
-La noche se nos echó encima antes de atravesar el despoblado; pero
-no hubo niebla, con gran contento de mi guía, y un pico de luna
-alumbraba parcialmente nuestros pasos. Estábamos, sin embargo, en
-una situación muy triste: aquel era el páramo más desolado de la
-provincia más agreste de España, ignorábamos el camino y apenas si
-sabíamos adónde íbamos, porque el guía me dijo repetidas veces que no
-creía en la existencia de un lugar llamado Finisterre, y de existir,
-sería alguna montaña solitaria señalada en el mapa. Si me ponía a
-reflexionar sobre el carácter de mi guía, no encontraba grandes
-motivos de tranquilidad ni de aliento; en el caso más favorable,
-era evidentemente un hombre medio tonto, sujeto, por confesión
-propia, a ciertos paroxismos que no se diferenciaban esencialmente
-de la locura. Su insensata huida de cerca de tres leguas, aquella
-misma mañana, sin causa aparente para ello, y últimamente su loco y
-supersticioso temor de encontrar a las almas de los muertos en el
-despoblado, caso en el que se proponía, según me dijo, abandonarme y
-correr en busca del mar, me impresionaron fuertemente. Pensé también
-en la posibilidad de que no estuviésemos en el camino de Finisterre
-ni en el de Corcubión, y resolví acogerme a la primera choza que
-encontrásemos, para no correr el riesgo de rodar a un precipicio y
-rompernos la nuca. Pero no se veía cabaña alguna; el despoblado
-parecía interminable, y por él anduvimos hasta que se puso la luna,
-dejándonos en casi total obscuridad.
-
-Al cabo llegamos al pie de una cuesta muy escarpada, a la cual subía
-un agrio sendero.
-
-—¿Será este nuestro camino?—pregunté al guía.
-
-—No nos queda otro, capitán—respondió el hombre—. Subiremos, y cuando
-estemos arriba veremos el mar, si es que está cerca.
-
-Eché pie a tierra, porque subir a caballo por tal sendero en plena
-obscuridad hubiese sido locura. Trepamos en hilera: primero, el
-guía; detrás, la jaca, con el hocico pegado, como de costumbre, al
-hombro de su amo, a quien quería apasionadamente, y yo a retaguardia,
-agarrado con la mano izquierda a la cola del caballo. Dimos muchos
-traspiés y más de una caída; cierta vez rodamos todos por la falda
-del cerro. A los veinte minutos llegamos a la cima; miramos en torno,
-pero no vimos el mar; un páramo obscuro, apenas entrevisto, se
-extendía al parecer por todos lados.
-
-—Vamos a tener que acampar aquí hasta mañana—dije yo.
-
-De pronto mi guía me tomó una mano.
-
-—Allí hay _lume, senhor_—decía—; allí hay _lume_.
-
-Miré en la dirección que me indicaba, y después de esforzarme un
-rato, me pareció ver a cierta distancia, muy por bajo de nosotros, un
-débil resplandor.
-
-—Eso es _lume_—exclamó el guía—, y procede de la chimenea de una
-_choza_.
-
-A la bajada del cerro vagamos sin rumbo no poco tiempo, hasta que nos
-encontramos en medio de seis o siete chozas negras.
-
-—Llama a la puerta de una cualquiera—dije al guía—y pregunta si
-pueden darnos asilo por esta noche.
-
-Así lo hizo, y al instante apareció un hombre con una tea encendida
-en la mano.
-
-—¿Puede usted guarecer a un _cabalheiro_ contra la noche y la
-_estadea_?—preguntó el guía.
-
-—Sí puedo, gracias a Dios—dijo el hombre.
-
-Era de figura atlética; no llevaba zapatos ni medias, y, en conjunto,
-le encontré muy parecido a los campesinos de los pantanos de Munster.
-
-—Hagan el favor de entrar, caballeros; podemos acomodarlos a ustedes
-y también a la _cabalgadura_.
-
-La choza donde entramos estaba dividida en tres compartimientos: en
-el primero había hierba, en el segundo estaban las vacas, y en el
-tercero la familia, compuesta del padre y la madre del hombre que nos
-había abierto y de su mujer e hijos.
-
-—Usted es catalán, señor caballero, y va a buscar a sus paisanos
-de Corcubión—dijo el hombre en regular español—. ¡Ah! Ustedes los
-catalanes son buena gente y tienen muy buenos establecimientos en las
-costas gallegas; la lástima es que se llevan todo el dinero fuera del
-país.
-
-No tengo, en cualquiera circunstancia, el menor inconveniente en
-pasar por catalán; en aquel caso más bien me alegré de que una gente
-tan salvaje creyera que yo tenía en las vecindades amigos poderosos
-y compatriotas que estaban, acaso, aguardándome. Favorecí, pues, su
-error y empecé a hablar, con fuerte acento catalán, de la pesca en
-Galicia y del impuesto sobre la sal. El guía me miró un momento con
-expresión singular, entre seria y burlona; sin embargo, no dijo nada;
-se dió un palmetazo en el muslo, como de costumbre, y pegó el brinco
-que casi dió en el techo con su risible cabezota. Preguntando, supe
-que aún faltaban dos leguas hasta Corcubión, y que el camino, entre
-cerros y páramos, era difícil.
-
-Nuestro huésped nos preguntó si teníamos hambre; le respondimos
-que sí, y trajo una docena de huevos y un poco de tocino. Mientras
-se aderezaba la cena, mi guía sostuvo con la familia una larga
-conversación; pero como hablaban en gallego no pude entenderlos.
-Creo que principalmente se referían a brujas y hechicerías, porque
-nombraban mucho la _estadea_. Después de la cena pregunté dónde
-podría descansar; el huésped me señaló una trampilla en el techo,
-diciendo que encima había un desván a propósito para dormir, y en él
-encontraría paja limpia. Por pura curiosidad pregunté si no había en
-la choza ninguna cama.
-
-—No—replicó el hombre—; ni las hay hasta Corcubión. Yo nunca me he
-acostado en cama, ni nadie de mi familia; dormimos en el suelo o en
-la paja con el ganado.
-
-Como viajero experto me abstuve de lamentarlo; subí por una escalera
-al desván, bastante ancho y casi vacío; puse la capa por almohada
-y me tendí en las tablas, prefiriéndolas por más de un motivo a la
-paja. Durante un buen rato estuve oyendo a la gente aquella hablar
-en gallego, y entre los intersticios del piso veía los resplandores
-de la lumbre. Las voces se extinguieron poco a poco; el fuego se
-fué apagando y dejé de verlo. Me adormecí, desperté, me adormecí de
-nuevo, y caí por último en profundo sueño, del que sólo desperté al
-segundo canto del gallo.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XXX
-
- Mañana de otoño.—El fin del mundo.—Corcubión.—Duyo.—El
- cabo.—Una ballena.—La bahía exterior.—La detención.—El
- pescador alcalde.—Calros Rey.—Un incrédulo.—¿Dónde está el
- pasaporte?—La playa.—Un liberal influyente.—La criada.—El
- gran «Baintham».—Un libro sin par.—Hospitalidad.
-
-
-Hacía una hermosa mañana de otoño cuando salimos de la _choza_ y
-proseguimos el viaje a Corcubión. Gratifiqué al huésped con un par
-de _pesetas_, y me pidió por favor que si regresábamos por el mismo
-camino, y la noche nos sorprendía, no dejáramos de buscar albergue
-bajo su techo. Así se lo prometí, al mismo tiempo que formaba el
-propósito de hacer todo lo posible para evitar tal contingencia,
-porque dormir en el desván de una choza gallega no es muy apetecible,
-aunque no tan malo como pasar la noche en un descampado o en un monte.
-
-Emprendimos, pues, la marcha a paso vivo por ásperos caminos de
-herradura y veredas, rodeados de brezos y jaras. Al cabo de una
-hora llegamos a la vista del mar, y, dirigidos por un muchacho que
-encontramos en el despoblado guardando unas pocas y míseras ovejas,
-torcimos hacia el Noroeste y alcanzamos, por último, la cima de una
-montaña, donde nos detuvimos un poco a contemplar el panorama que se
-ofrecía ante nosotros.
-
-No sin razón los latinos dieron a aquellos parajes el nombre de
-_Finis terræ_. Nos encontrábamos en un sitio exactamente igual a como
-en mi infancia había yo imaginado la conclusión del mundo, más allá
-de la que sólo había un mar borrascoso, o el abismo, o el caos. Tenía
-ante mis ojos un Océano inmenso, y a mis pies la dilatada e irregular
-línea de la costa, alta y escarpada. Con seguridad no hay en todo el
-mundo costa más abrupta que la costa gallega, desde la desembocadura
-del Miño hasta el Cabo Finisterre. Es una barrera de montañas de
-granito muy agrestes, dentelladas casi todas en la cima, y cortadas a
-veces por radas y bahías, como las de Vigo y Pontevedra, que penetran
-profundamente en tierra. Esas ensenadas y rías son todas de inmensa
-hondura, y de capacidad sobrada para abrigar las escuadras de las más
-soberbias naciones marítimas del mundo.
-
-La grandeza severa y agreste de aquellos parajes, subyuga la
-imaginación. Esa costa salvaje, lo primero que percibe de España el
-viajero procedente del Norte o el que surca el ancho Océano, responde
-muy bien, por su apariencia, a la idea que de antemano se tiene de
-tan singular país. «Sí—exclama el viajero—; esta es España, sin duda
-alguna; la inexorable, la rígida España; esta tierra es un emblema
-de los espíritus que en ella han visto la luz. ¿De qué otra tierra
-podían salir aquellos seres prodigiosos que aterraron al Viejo Mundo,
-y llenaron el Nuevo de sangre y horror? ¡Alba y Felipe, Cortés y
-Pizarro, severos y colosales espectros que surgen entre las sombras
-de la edad pasada, como esas montañas de granito surgen de la niebla
-ante los ojos del navegante! ¡Sí; esta es España, sin duda: la
-inexorable, la indomable España; tierra emblemática de sus hijos!»
-
-En cuanto a mí, al contemplar el ancho mar y la costa tan salvaje,
-exclamé: «¡Oh imagen de nuestra sepultura y de los temerosos caminos
-que a ella llevan! Esos desiertos y páramos por donde he pasado son
-como las ásperas y tristes jornadas de nuestra vida. Alentados por
-la esperanza, luchamos con todos los obstáculos, con la montaña, la
-ciénaga y el yermo, para llegar ¿a qué? a la tumba y a sus bordes
-pavorosos. ¡Oh! ¡Que no me abandone en la hora postrera la esperanza
-en el Redentor y en Dios!»
-
-Descendimos del cerro, y de nuevo perdimos de vista el mar,
-metiéndonos por barrancos y cañadas, donde había, de vez en cuando,
-manchas de pinos. Continuando el descenso, acabamos por llegar a la
-terminación de una larga y angosta ría, donde se alzaba una aldea;
-a corta distancia, en la margen occidental de la ría, veíase una
-población bastante mayor, que casi tenía derecho al nombre de ciudad.
-Esta última era Corcubión; la primera, si no recuerdo mal, se llamaba
-Ría de Silla. Nos apresuramos a llegar a Corcubión, y mandé al guía
-que preguntase por el camino de Finisterre. Entró en una taberna,
-de donde salía mucho bullicio, y a poco volvió diciéndome que el
-pueblo de Finisterre distaba una legua y media de allí. Un hombre, en
-manifiesto estado de embriaguez, apareció en la puerta, detrás de mi
-guía.
-
-—¿Van ustedes a Finisterre, _cavalheiros_?—exclamó.
-
-—Sí, amigo mío—respondí—. ¡Allá vamos!
-
-—Entonces van ustedes a un _fato de borrachos_—replicó—. Tengan
-cuidado no les hagan alguna mala partida.
-
-Seguimos adelante, y, luego de atravesar una península arenosa, a la
-espalda de la ciudad, llegamos a la costa de una inmensa bahía, cuya
-extremidad Noroeste la formaba el renombrado Cabo de Finisterre, que
-se extendía ante nuestra vista mar adentro.
-
-Por una playa de arena de blancura deslumbradora avanzamos hacia
-el Cabo, meta de nuestro viaje. El sol brillaba resplandeciente,
-y sus rayos iluminaban todas las cosas. Delante de nosotros, el
-mar parecía un espejo, y las olas que rompían en la costa eran
-tan débiles que apenas levantaban un murmullo. Avivamos el paso,
-siguiendo el profundo contorno de la bahía, dominada por montañas
-gigantescas. Singulares recuerdos comenzaron a invadir mi espíritu:
-en aquella playa, según la tradición de toda la antigua cristiandad,
-Santiago, el Santo patrono de España, predicó el Evangelio a los
-idólatras españoles. En aquella playa se alzaba en otro tiempo una
-ciudad comercial inmensa, la más orgullosa de España. En la bahía,
-hoy desierta, resonaban entonces millares y millares de voces, cuando
-las naves y el comercio de todo lo descubierto de la tierra se
-concentraban en Duyo.
-
-—¿Cómo se llama este pueblo?—pregunté a una mujer, al pasar por cinco
-o seis casas ruinosas en el recodo de la bahía, antes de entrar en la
-península de Finisterre.
-
-—Esto no es un pueblo—dijo la gallega—. Esto no es un pueblo, señor
-caballero; es una ciudad, es Duyo.
-
-¡Tales son las glorias del mundo! ¡Aquellas chozas eran todo lo que
-el rugiente mar y la garra del tiempo habían dejado de Duyo, la gran
-ciudad! Y ahora, derechos a Finisterre.
-
-Al mediodía llegamos al pueblo de ese nombre, compuesto de un
-centenar de casas y construído en el lado Sur de la península,
-precisamente en el paraje donde el terreno se levanta para formar
-la enorme y escarpada cabeza del Cabo. En vano buscamos una posada
-o _venta_ donde encerrar el caballo; por un momento creímos haber
-encontrado lo que buscábamos, y hasta llegamos a atar el caballo al
-pesebre. Pero en cuanto salimos lo desataron, echándolo a la calle.
-La poca gente que vimos nos observaba de un modo extraño. No hicimos
-gran caso de estos detalles y continuamos calle arriba, hasta que nos
-admitieron en casa de un comerciante castellano, a quien su suerte
-había llevado a aquel rincón de Galicia, al fin del mundo. Lo primero
-que hicimos fué echar un pienso al caballo, que ya daba señales de
-estar muy cansado. Pedimos luego para nosotros algo de comer: como
-una hora más tarde nos sirvieron un pescado de unas tres libras,
-regularmente sabroso, muy fresco, condimentado para nosotros por una
-vieja que desempeñaba las funciones de ama de gobierno. Terminada la
-comida, salí con mi grotesco guía y me dispuse a subir a la montaña.
-
-Nos detuvimos a examinar un reducto o batería abandonada que mira a
-la bahía, y, mientras estábamos en esto, reparé más de una vez que
-también nosotros éramos objeto de curiosidad y acecho; en efecto,
-a nuestro paso vislumbré más de una cara que nos atisbaba por
-los huecos y hendiduras de las tapias. Comenzamos luego a subir
-al Finisterre, trazando en sus vertientes graníticas numerosos y
-largos _detours_. El sol estaba en lo más alto de su carrera, y sus
-ardentísimos y furiosos rayos caían a plomo y nos asaeteaban. En la
-subida se me destrozó el calzado y me corté los pies; el calor me
-hacía sudar a chorros. Para mi guía, en cambio, la subida no era,
-al parecer, fatigosa ni difícil. No le asustaba el calor del día,
-ni una gota de sudor surcaba su curtido semblante, ni le faltaba el
-resuello; brincaba de roca en roca con la irritante agilidad de una
-cabra montés. Antes de llegar a la mitad de la subida me encontré
-rendido por completo. Comencé a rilar y a tambalearme.
-
-—¡No tenga miedo!—dijo el guía—. Ahí se ve una cerca; échese un poco
-a la sombra.
-
-Me pasó uno de sus largos y robustos brazos por la cintura, y, aunque
-comparado conmigo parecía un enano, me sostuvo como a un chico
-hasta llegar a una tosca valla que atravesaba la mayor parte de la
-montaña y servía, probablemente, de lindero. Difícil fué encontrar
-una sombra: descubrimos, por último, una pequeña hendidura, abierta
-quizás por algún pastor para dormir en ella la _siesta_. Allí me
-tendió el guía con mucho tiento, y, quitándose el enorme sombrero,
-comenzó a abanicarme sin descanso. Fuí reviviendo por momentos, y,
-después de descansar un rato muy largo, emprendí de nuevo la subida;
-por fin llegué a la cumbre con ayuda del guía.
-
-Nos encontramos a gran altura entre dos bahías, con la vasta soledad
-del mar delante de nosotros. De los diez mil barcos que anualmente
-surcan aquellas aguas a la vista del Cabo, no se descubría entonces
-ni uno solo. Era el mar un desierto azul brillante, del que, a
-intervalos, emergía la negra cabeza de un cachalote arrojando dos
-delgados chorros de agua. La bahía de Finisterre, la más grande de
-las dos, resplandecía hasta su entrada con los bellos tornasoles de
-un inmenso banco de _sardinhas_, en cuyos bordes estaba probablemente
-el cachalote dándose un festín. Al otro lado del Cabo veíamos a
-nuestros pies una bahía más pequeña, bordeada de rocas de formas
-extrañas, que dominan la costa; esta bahía se llama en el lenguaje
-del país _Praia do mar de fora_, y es lugar temible en días de
-borrasca, cuando el oleaje del Atlántico penetra en ella y rompe
-contra las rocas sumergidas que allí abundan. Aun en días de calma
-resuena en aquella bahía un fragor cavernoso que llena el corazón de
-inquietud.
-
-Descubríase por doquiera un panorama grandioso, sublime. Después de
-contemplarlo desde la cima cerca de una hora, descendimos.
-
-Al llegar a la casa donde teníamos nuestro pasajero albergue,
-hallamos ocupado el portal por unos cuantos hombres, echados algunos
-en el suelo y bebiendo vino en unas pequeñas vasijas de barro muy
-usadas en aquella parte de Galicia. Les saludé cortésmente al pasar
-y subí al aposento donde comimos. En un tosco y sucio lecho que allí
-había me arrojé rendido de cansancio. Resolví reposar un poco, y
-por la noche reunir a la gente del pueblo y leerles unos capítulos
-de la Escritura y dirigirles una ligera exhortación cristiana. Me
-dormí pronto; pero mi sueño fué muy intranquilo. Veíame rodeado de
-dificultades múltiples, entre peñascos y barrancos, luchando en vano
-por libertarme. Rostros muy extraños se asomaban entre los árboles
-o salían de las cavernas y sacaban una lengua bífida y arrojaban
-gritos de cólera. Miré en torno buscando a mi guía, pero no le hallé;
-me pareció, sin embargo, oír en lo hondo de un barranco una voz que
-hablaba de mí. No sé cuánto hubieran durado estas pesadillas; pero,
-de súbito, sentí que me agarraban con violencia por un hombro, y de
-un tirón casi me arrastraron fuera de la cama. Desperté con gran
-sorpresa, y a la luz del sol poniente vi inclinada sobre mí una
-figura extraña y desconocida: era la de un hombre ya de edad, de
-gigantesca talla, muy barbudo, con cejas grandes y frondosas, vestido
-a lo pescador y con un fusil mohoso en la mano.
-
-YO.—¿Quién es usted, qué desea?
-
-EL HOMBRE.—Poco importa quién soy yo. Levántese y venga conmigo; le
-necesito.
-
-YO.—¿Con qué autoridad se atreve usted a venir a molestarme?
-
-EL HOMBRE.—Con la autoridad de la _justicia_ de Finisterre. Sígame
-sin resistencia, Calros, o será peor.
-
-—¿Calros?—dije yo—. ¿Qué significa esto?
-
-Me pareció, sin embargo, lo más prudente obedecer, y bajé la escalera
-detrás de mi hombre. La tienda y el portal hallábanse atestados de
-vecinos de Finisterre: hombres, mujeres y chicos; estos últimos
-desnudos casi todos, chorreando agua, como si los hubieran llamado a
-toda prisa de sus juegos en la orilla del mar. A través de aquella
-multitud, el hombre que he tratado de describir se abrió paso con
-ademán autoritario.
-
-Al llegar a la calle, posó sin violencia una de sus pesadas manos en
-mi brazo.
-
-—¡Es Calros, es Calros!—gritó un centenar de voces—. Acaba de llegar
-a Finisterre y la _justicia_ le ha prendido.
-
-Sin saber lo que todo aquello podía significar, seguí calle abajo
-en compañía de mi singular conductor. La multitud que nos seguía
-vociferando era cada vez más numerosa. Hasta sacaron los enfermos
-a las puertas para que viesen lo que ocurría y echaran un vistazo
-al temible Calros. Me admiró, sobre todo, el ardimiento de que dió
-muestras un tullido, quien, a despecho de los ruegos de su mujer, se
-mezcló con las turbas, y, aunque perdió la muleta, siguió adelante,
-brincando con una sola pierna, mientras decía:
-
-—_¡Carracho! ¡También voy yo!_
-
-Por fin llegamos a una casa un poco mayor que las demás; el guía me
-introdujo en una sala baja, me colocó en el centro y volvió corriendo
-a la puerta con ánimo de impedir el paso a la gente que pugnaba por
-entrar con nosotros. No sin trabajo consiguió su propósito; una o dos
-veces se vió en el caso de rechazar a culatazos a los intrusos. Me
-puse entonces a examinar el aposento. Todo el mobiliario consistía
-en unos cuantos toneles; había además en el suelo el mástil de una
-lancha y una o dos velas. Sentados en los toneles estaban tres o
-cuatro hombres, con toscos trajes de pescadores o de carpinteros
-de ribera. El personaje principal era un individuo de unos treinta
-y cinco años, de gesto avinagrado, _alcalde_ de Finisterre, según
-averigüé después, y dueño de la casa en que nos encontrábamos. En un
-rincón descubrí a mi guía; evidentemente estaba preso: dos robustos
-pescadores, armado el uno con un fusil y el otro con un bichero, le
-guardaban. Un minuto duró mi examen; el _alcalde_, atusándose las
-patillas, me interrogó así:
-
-—¿Quién es usted, dónde está su pasaporte y a qué ha venido a
-Finisterre?
-
-YO.—Soy un inglés, mi pasaporte es éste y he venido a ver Finisterre.
-
-Mi respuesta los desconcertó, al parecer, por breves momentos.
-Miráronse unos a otros, y miraron mi pasaporte. Al cabo, el
-_alcalde_, golpeándolo con un dedo, vociferó:
-
-—Este pasaporte no es español; parece que está escrito en francés.
-
-YO.—Ya le he dicho a usted que soy extranjero. Por eso traigo, como
-es natural, pasaporte extranjero.
-
-EL ALCALDE.—Entonces quiere usted hacernos creer que no es _Calros
-rey_.
-
-YO.—Nunca he oído hablar de ese rey ni he oído tal nombre.
-
-EL ALCALDE.—¡Miren qué sujeto! Se atreve a decir que no ha oído
-hablar nunca de Calros el pretendiente, que se titula rey.
-
-YO.—Si ese Calros es el pretendiente don Carlos, todo lo que puedo
-contestar es que no creo que hable usted en serio. Lo mismo podía
-usted decir que ese pobre hombre, mi guía, a quien por lo visto han
-hecho ustedes prisionero, es su sobrino, el _infante_ don Sebastián.
-
-EL ALCALDE.—¡Ah! Usted mismo se ha vendido; en efecto, por tal le
-tenemos.
-
-YO.—Es verdad que los dos son jorobados; pero ¿en qué me parezco yo
-a don Carlos? No tengo tipo español, y al pretendiente le llevo lo
-menos la cabeza.
-
-EL ALCALDE.—Eso no le hace. Ya se sabe que usted lleva varios
-chalecos consigo, y con ellos se disfraza, pareciendo más alto o más
-bajo, según le acomoda.
-
-Esta razón era tan concluyente, que no supe contestar. El _alcalde_
-echó una mirada de triunfo en torno suyo, como si hubiese hecho un
-gran descubrimiento.
-
-—Sí; ¡es Calros, es Calros!—decía la turba, agolpada en la puerta.
-
-—No estaría mal fusilar a estos dos hombres ahora mismo—continuó el
-_alcalde_—; porque si no son los dos pretendientes, es seguro que los
-dos son facciosos.
-
-—No estoy yo muy seguro de que sean ni una cosa ni otra—dijo una voz
-bronca.
-
-La _justicia_ de Finisterre volvió los ojos hacia donde había
-sonado la voz, y lo mismo hice yo. Nuestras miradas se posaron en
-el individuo que guardaba la puerta; había plantado el cañón de la
-escopeta en el suelo y apoyaba la barba en la culata.
-
-—No estoy muy seguro de que sean una cosa ni otra—repitió avanzando—.
-He examinado a este hombre—dijo, señalándome—y escuchado su modo de
-hablar, y me parece que es inglés; su cara y su voz lo dicen. ¿Quién
-conoce a los ingleses mejor que Antonio de la Trava? ¿Quién tiene más
-motivos para conocerlos? ¿No ha tripulado sus barcos, no ha comido su
-galleta, y no estaba junto a Nelson cuando le mataron de un tiro?
-
-Al oírle, el _alcalde_ se enfureció.
-
-—Es tan inglés como tú—exclamó—. Si fuese inglés no habría
-venido a escondidas ni por tierra; habría venido embarcado y con
-recomendaciones para alguno de nosotros o para los catalanes; habría
-venido a comprar o a vender; pero en Finisterre no le conoce nadie
-ni conoce a nadie; además, lo primero que ha hecho al llegar aquí
-ha sido inspeccionar el fuerte y subir a la montaña a trazar un
-campamento, estoy seguro. ¿A qué iba a venir a Finisterre si no es
-Calros ni un _bribón_ de _faccioso_?
-
-Comprendí que había gran parte de justicia en alguna de estas
-observaciones, y por vez primera me di cuenta de la gran imprudencia
-que había cometido metiéndome por parajes tan incultos y entre gentes
-tan bárbaras, sin llevar pretexto alguno que pudiera justificar a sus
-ojos mi viaje. Traté de convencer al _alcalde_ de que mi expedición
-por aquel país no tenía otro fin que el de conocer las muchas cosas
-notables que encierra y recoger noticias acerca del carácter y
-condición de los habitantes. Pero estos motivos eran incomprensibles
-para él.
-
-—¿A qué ha subido usted a la montaña? ¡Para ver el paisaje!
-_¡Disparate!_ Hace cuarenta años que vivo en Finisterre y no he
-subido nunca, ni subiría en un día como el de hoy aunque me diesen
-dos onzas de oro. Ha venido usted a medir la altura y a replantear
-un campamento.
-
-Encontré, sin embargo, un amigo resuelto en Antonio, el viejo, quien
-insistió, fundándose en su conocimiento de los ingleses, en que muy
-bien podía ser cierto cuanto yo decía.
-
-—Los ingleses—decía—no saben qué hacer con tanto dinero como tienen,
-y andan de aquí para allá por todo el mundo, y a lo mejor pagan
-carísimo lo que para la demás gente no vale un cuarto.
-
-Comenzó entonces, a pesar del enojo del _alcalde_, a examinarme de
-inglés. Todos sus conocimientos en esta lengua se reducían a dos
-palabras: _knife_ y _fork_, las cuales traduje a sus equivalentes
-en español; el viejo me declaró inglés al instante, y blandiendo su
-escopeta exclamó:
-
-—Este hombre no es Calros; es inglés, como tiene dicho, y el que
-trate de molestarle se las entenderá con Antonio de la Trava, _el
-valiente de Finisterre_.
-
-Nadie trató de impugnar ese fallo, y al fin resolvieron enviarme a
-Corcubión para que me interrogara el _alcalde mayor_ del distrito.
-
-—Pero ¿qué hacemos con este otro individuo?—preguntó el _alcalde_ de
-Finisterre—. Este, al menos, no es inglés. Tráele para acá y oigamos
-lo que dice en su defensa. Vamos, hombre, ¿quién eres y quién es tu
-amo?
-
-EL GUÍA.—Soy Sebastianillo, un pobre marinero licenciado de Padrón,
-y mi amo, a la hora presente, es este caballero que está aquí, el
-inglés más valiente y de más dinero del mundo. Tiene en Vigo dos
-barcos cargados de riquezas. Ya se lo dije a ustedes antes, cuando me
-prendieron en la posada.
-
-EL ALCALDE.—¿Y tu pasaporte?
-
-EL GUÍA.—Yo no tengo pasaporte. ¿Quién piensa en traer pasaporte a un
-sitio como éste, donde no habrá dos personas que sepan leer? Yo no
-tengo pasaporte; el de mi amo sirve también para mí.
-
-EL ALCALDE.—No tal; y puesto que no tienes pasaporte y confiesas que
-te llamas Sebastián, vamos a fusilarte. Antonio de la Trava, tú y los
-escopeteros os lleváis de aquí a este Sebastianillo y le fusiláis
-delante de la puerta.
-
-ANTONIO DE LA TRAVA.—Con mucho gusto, _señor alcalde_, puesto que
-usted lo manda. No tengo por qué tomarme ningún trabajo en favor de
-este individuo. Es seguro que no es inglés; más trazas tiene de brujo
-o de _nuveiro_, uno de esos demonios que levantan las tormentas y
-hunden las lanchas. Además, dice que es de Padrón, y todos los de ese
-pueblo son ladrones y borrachos. Una vez me jugaron una mala partida,
-y no me disgustaría fusilar a todo el _pueblo_.
-
-Intervine yo entonces, y dije que si fusilaban al guía debían
-fusilarme a mí también; ponderé la crueldad y barbarie de quitar la
-vida a un pobre desdichado que, como se adivinaba al primer golpe de
-vista, era medio tonto; añadí que si alguien tenía culpa en aquel
-caso era yo, porque el otro no era más que un criado sometido a mis
-órdenes.
-
-—Después de todo—dijo el alcalde—, me parece que lo mejor es enviar
-a los dos presos a Corcubión para que el _alcalde mayor_ haga de
-vosotros lo que le parezca. Pero tenéis que pagar la escolta; no
-vayáis a figuraros que los vecinos de Finisterre no tienen cosa mejor
-que hacer que ir de una parte a otra con cada individuo que se le
-ocurra venir a esta ciudad.
-
-—De eso me encargo yo—dijo Antonio—. Soy el _valiente_ de Finisterre
-y no me asusto de dos hombres. Además, estoy seguro de que el
-capitán, aquí presente, me pagará lo que sea razonable, o dejaría de
-ser inglés. Conque no perdamos tiempo, y en marcha para Corcubión,
-que se hace tarde. Sin embargo, capitán, lo primero de todo es
-registrarle a usted, y luego registraré el equipaje. Supongo que no
-llevará usted armas; pero lo mejor es cerciorarse.
-
-Mucho antes de cerrar la noche, montado de nuevo en la jaca y
-acompañado por el guía, emprendí a través de la playa el regreso
-a Corcubión. Delante iba Antonio de la Trava, escopeta al hombro,
-andando pesadamente.
-
-YO.—¿No le da a usted miedo, Antonio, ir solo con dos presos, uno de
-ellos a caballo? Si quisiéramos, creo que podríamos más que usted.
-
-ANTONIO DE LA TRAVA.—Soy el _valiente de Finisterre_ y no me asusto
-por eso.
-
-YO.—¿Por qué le llaman a usted el _valiente_ de Finisterre?
-
-ANTONIO DE LA TRAVA.—En todo el distrito se me conoce por ese nombre.
-Cuando los franceses vinieron a Finisterre y destruyeron el fuerte,
-tres murieron a mis manos. Yo estaba en lo alto de la montaña, adonde
-ha subido usted hoy; desde allí hacía fuego sobre el enemigo, hasta
-que tres soldados se lanzaron en mi persecución. ¡Qué locos! A dos de
-ellos los eché a rodar entre las peñas con dos tiros de este fusil, y
-al tercero le rompí la cabeza de un culatazo. Por esto me llaman el
-_valiente_ de Finisterre.
-
-YO.—¿Y cómo fué usted a parar de marinero en la escuadra inglesa? Me
-parece haberle oído decir que presenció usted la muerte de Nelson.
-
-ANTONIO DE LA TRAVA.—Sus compatriotas de usted me apresaron, capitán;
-y como soy marinero desde la niñez, se mostraron muy satisfechos de
-mis servicios. Nueve meses pasé con ellos, y estuve en Trafalgar.
-Vi morir al almirante inglés. Usted se le parece algo en la cara, y
-cuando le oigo a usted hablar me parece oír la voz del almirante.
-Tengo cariño a los ingleses, y por eso le he salvado a usted. No
-crea usted que me iba yo a cansar andando por estos arenales si
-fuese usted un compatriota. Ya estamos en Duyo, capitán. ¿Tomamos un
-reparillo?
-
-Así lo hicimos, o, mejor dicho, Antonio de la Trava se reparó
-trasegando vaso tras vaso de vino con una sed, al parecer,
-inextinguible.
-
-—El hombre que nos dijo que los borrachos de Finisterre nos harían
-una mala partida era más brujo que yo—murmuró Sebastián, mi guía.
-
-Por fin, el veterano héroe del Cabo se levantó despacio y dijo que
-debíamos darnos prisa para llegar a Corcubión antes de cerrar la
-noche.
-
-—¿Qué clase de persona es el _alcalde_ a quien me lleva usted?—dije.
-
-—¡Oh! Es muy diferente del de Finisterre. Es un _señorito_ joven
-llegado hace poco de Madrid. Ni siquiera es gallego. Es muy liberal,
-y a órdenes suyas se debe principalmente que andemos por aquí tan
-sobre aviso. Se dice que los carlistas piensan hacer un desembarco en
-esta parte de la costa de Galicia. Que vengan siquiera a Finisterre;
-allí somos todos liberales sin excepción, y el _valiente_, aunque
-ya es viejo, está dispuesto a repetir lo que hizo en tiempo de los
-franceses. Pues, como iba diciendo antes, el _alcalde_ a quien vamos
-a ver es un joven muy instruído, y si quiere, puede hablar con usted
-en inglés mejor aún que yo, eso que fuí amigo de Nelson y peleé a su
-lado en Trafalgar.
-
-La noche cerró antes de llegar a Corcubión. Antonio se detuvo de
-nuevo en una taberna y después nos condujo a casa del _alcalde_.
-Su andar era ya muy poco seguro; al llegar a la puerta de la casa
-tropezó en el umbral y se cayó al suelo. Se puso en pie, lanzando un
-juramento, y al instante comenzó a aporrear la puerta con la culata
-del fusil. «¿Quién es?»—preguntó al fin en gallego una suave voz de
-mujer—. «El _valiente_ de Finisterre»—respondió Antonio—. Se abrió la
-puerta y vimos ante nosotros una mujer bastante linda con una luz en
-la mano.
-
-—¿Qué le trae por aquí tan tarde, Antonio?—preguntó.
-
-—Traigo dos prisioneros, _mi pulida_—respondió.
-
-—_¡Ave María!_—exclamó—. Supongo que no correremos peligro.
-
-—De uno respondo—replicó el viejo—; pero el otro es un _nuveiro_ y
-ha hundido más barcas que todos sus hermanos de Galicia. Pero no
-te asustes, preciosa—añadió al ver santiguarse a la mujer—; cierra
-primero la puerta y llévame luego a donde esté el _alcalde_; tengo
-mucho que contarle.
-
-Cerróse la puerta, y Antonio, después de ordenarnos permanecer en
-el patio, subió, precedido de la muchacha, una escalera de piedra,
-dejándonos en profundas tinieblas.
-
-Pasó un cuarto de hora; de nuevo vimos el fulgor de la luz en la
-escalera, y la muchacha reapareció. Vino hacia mí y aproximándome al
-rostro la luz, me miró con atención. Después de un minucioso examen,
-se acercó a mi guía y le contempló con mayor detenimiento aún;
-volvióse al fin a mí y dijo en el mejor español que pudo: «_Señor_
-caballero, le felicito a usted por tener un criado como éste. Es el
-_mozo_ mejor parecido de toda Galicia. _¡Vaya!_ Con sólo que llevara
-algo más de ropa y no fuese descalzo como va, ahora mismo le admitía
-de _novio_; pero, desgraciadamente, he hecho voto de no casarme nunca
-con un pobre, y sí sólo con quien tenga la bolsa bien repleta de
-dinero y pueda comprarme buenos trajes. ¿De manera que son ustedes
-carlistas? _¡Vaya!_ No crean que por eso voy a quererles mal; pero,
-siendo carlistas, ¿por qué han ido ustedes a Finisterre, si allí
-son todos _cristinos_ y _negros_? ¿Por qué no han ido ustedes a mi
-pueblo? Allí nadie se hubiese metido con ustedes. Los de mi pueblo no
-se parecen a esos borrachos de Finisterre. En mi pueblo no molesta
-nadie a la gente de bien. _¡Vaya!_ No saben ustedes el odio que le
-tengo a ese borracho de Finisterre que les ha traído. ¡Es tan viejo
-y tan feo! Si no fuera por la ley que le tengo al _señor alcalde_,
-abriría la puerta y le pondría en la calle a usted y a su criado, _el
-buen mozo_.»
-
-En esto, bajó Antonio. «Sígame—dijo—; su merced el _alcalde_ está
-dispuesto a recibirle al momento.» Sebastián y yo le seguimos
-escaleras arriba, y entramos en un aposento, donde, sentado detrás
-de una mesa, vimos a un joven de corta estatura, pero guapo de cara
-y vestido a la última moda. Estaba escribiendo una carta, y cuando
-terminó se la entregó a un secretario para copiarla. Entonces me miró
-un instante fijamente y tuvimos la siguiente conversación:
-
-EL ALCALDE.—Ya veo que es usted inglés; aquí mi amigo Antonio me ha
-dicho que le han detenido a usted en Finisterre.
-
-YO.—Le han dicho a usted la verdad; a no ser por él, creo que hubiera
-perecido a manos de aquellos salvajes pescadores.
-
-EL ALCALDE.—Los habitantes de Finisterre son buena gente y muy
-liberales todos. ¿Me permite usted ver el pasaporte? Sí; está en
-regla. Es verdaderamente ridículo que le hayan detenido a usted
-tomándole por carlista.
-
-YO.—No sólo por carlista, sino por don Carlos en persona.
-
-EL ALCALDE.—¡Oh!, es de lo más ridículo; ¡confundir a un compatriota
-del gran Baintham con un bárbaro como ése!
-
-YO.—Dispense usted, señor: ¿de quien ha dicho usted?
-
-EL ALCALDE.—Del gran Baintham; el que ha inventado leyes para
-el mundo entero. Espero verlas adoptadas dentro de poco en este
-desgraciado país.
-
-YO.—¡Oh! Quiere usted decir Jeremías Bentham. Sí: un hombre muy
-notable en su línea.
-
-EL ALCALDE.—¡En su línea! ¡En todas las líneas! Es el genio más
-universal que ha producido el mundo: es un Solón, un Platón y un Lope
-de Vega.
-
-YO.—No he leído sus obras; pero no dudo que sea un Solón, y hasta
-un Platón, como usted dice. Lo que no podía figurarme es que se le
-clasificara como poeta con Lope de Vega.
-
-EL ALCALDE.—¡Es asombroso! Por lo que veo, no ha leído usted nada
-de él; en cambio, aquí estoy yo, un pobre _alcalde_ de Galicia, que
-tiene todos los escritos de Baintham en ese estante y los estudia día
-y noche.
-
-YO.—Conocerá usted el inglés, sin duda alguna.
-
-EL ALCALDE.—Sí tal; quiero decir, el inglés contenido en las obras
-de Baintham. Celebro muchísimo ver a un compatriota suyo por estos
-parajes tan bárbaros. Comprendo y aprecio los motivos que le han
-traído a usted por aquí; disimule las groserías e insolencias que
-haya sufrido. Ahora trataremos de repararlas en lo posible. Está
-usted en libertad; pero como es tarde, le buscaré a usted alojamiento
-para esta noche. Aquí al lado hay uno muy a propósito. Vamos allá
-ahora mismo. Espere: ¿lleva usted un libro en la mano?
-
-YO.—El Nuevo Testamento.
-
-EL ALCALDE.—¿Qué libro es ése?
-
-YO.—Una parte de las Sagradas Escrituras, de la Biblia.
-
-EL ALCALDE.—¿Para qué lleva usted consigo ese libro?
-
-YO.—Uno de los motivos principales de mi visita a Finisterre era
-llevar este libro a un sitio tan inculto.
-
-EL ALCALDE.—¡Ja, ja! ¡Qué rareza! Sí; ya caigo. He oído decir que
-los ingleses aprecian mucho ese libro estrafalario. Es muy raro que
-los contemporáneos del gran Baintham den valor alguno a ese librote
-frailesco.
-
-Era ya muy entrada la noche; mi nuevo amigo me acompañó al
-alojamiento que me había destinado, en casa de una anciana
-respetable, donde hallé una habitación cómoda y limpia. Por el
-camino deslicé en la mano de Antonio una propina, y al llegar a la
-casa le regalé con toda solemnidad, y en presencia del _alcalde_, el
-Testamento, rogándole que lo llevase a Finisterre y lo conservase
-como recuerdo del inglés a quien había protegido con tanta eficacia.
-
-ANTONIO.—Así lo haré, y cuando los vientos del Noroeste no permitan
-salir al mar, leeré en el regalo de su merced. Adiós, mi capitán;
-cuando vuelva usted a Finisterre espero que vendrá en un buen barco
-inglés, abarrotado de contrabando, y no por tierra en una jaca, ni en
-compañía de _nuveiros_ y gente de Padrón.
-
-Al instante llegó la criada del _alcalde_ con una canasta que puso en
-la cocina, y preparó una cena excelente para el amigo de su amo.
-
-Servida la cena, el _alcalde_ se despidió de mí, no sin preguntarme
-en qué podía serme útil.
-
-—Mañana me vuelvo a Santiago—respondí—. Espero sinceramente que
-alguna vez se me presentará ocasión de dar a conocer al mundo la
-hospitalidad que he recibido de un hombre tan docto como el _alcalde_
-de Corcubión[25].
-
- [25] El alcalde de Corcubión no necesitaba saber inglés para leer
- a Bentham, porque desde 1820 a 1837 gran parte de sus escritos
- se habían traducido y publicado en España. Las obras completas
- fueron publicadas en español por Baltasar Anduaga Espinosa,
- Madrid, 1841-1843, 14 vols. en 4.º El calificativo de «Solón
- inglés» que Borrow pone en boca del alcalde está tomado de un
- artículo del _Monthly Magazine_, que Borrow conocía bien. Su
- indiferencia por Bentham nace de la secreta hostilidad que Borrow
- profesaba al Dr. Bowring, uno de los agentes principales de la
- introducción de las obras de Bentham en la Península. (Knapp.)
-
-
-
-
-CAPÍTULO XXXI
-
- La Coruña.—Paso de la bahía.—El Ferrol.—El
- astillero.—¿Dónde estamos?—El embajador griego.—A la luz
- de un farol.—El barranco.—Viveiro.—La noche.—Ciénagas y
- tremedales.—Buenas palabras y buena moneda.—La cincha de
- cuero.—Ojos de lince.—El bribón del guía.
-
-
-Desde Corcubión volví a Santiago y La Coruña, y comencé los
-preparativos del viaje a Asturias. En Santiago vendí el caballo
-andaluz. Los viajes por Galicia le habían quebrantado mucho, y me
-pareció incapaz de hacer las largas caminatas por país montañoso que
-me aguardaban. La escasez de caballos en La Coruña era tan grande,
-que no me fué difícil vender el mío por mucho más dinero del que me
-costó. Un comerciante de La Coruña, joven y rico, se enamoró de su
-pelo lustroso y de la largura de su crin y de su cola. Por mi parte
-tenía más de un motivo para alegrarme de venderlo: estaba resabiado
-y sin domar, y no hacía más que buscarme cuestiones en las cuadras
-de las _posadas_ donde parábamos a dormir o a comer. Un labrador de
-Castilla la Vieja, a cuya jaca trató de mala manera mi caballo, me
-decía en cierta ocasión:
-
-—Señor caballero, si se quiere usted bien o en algo se respeta,
-deshágase de ese animal, que puede ser su perdición; créame usted.
-
-En La Coruña se quedó, donde murió del muermo, según supe más tarde.
-¡Paz a su memoria!
-
-Crucé la bahía para ir de La Coruña a El Ferrol. Antonio, con el
-caballo que nos quedaba, fué por tierra, viaje fatigoso y largo, bien
-que por mar sólo haya tres leguas. Me mareé mucho en la travesía,
-y tuve que ir echado, casi sin sentido, en el fondo de la pequeña
-lancha en que me embarqué, abarrotada de gente. El viento era
-contrario y la marejada muy fuerte. No pudimos izar la vela; cinco o
-seis marinerotes nos llevaron a remo, y en todo el tiempo no cesaron
-de cantar canciones gallegas. De pronto, el mar pareció serenarse
-y el mareo se me quitó de golpe. Me puse en pie y miré en torno.
-Estábamos en uno de los parajes más raros que pueden imaginarse:
-era un largo y angosto pasadizo, dominado en ambas márgenes por una
-estupenda barrera de rocas negras y amenazadoras. Esa hendidura
-natural de la línea de la costa es tan regular y tan recta, que no
-parece obra del azar, sino hecha a propósito. Las aguas, sombrías
-y quietas, son de inmensa profundidad. El paso tendrá una milla
-de largo, y es la entrada de un ancho fondeadero, en cuyo extremo
-opuesto se alza la ciudad de El Ferrol.
-
-Apenas entré en esta ciudad se apoderó de mi alma la tristeza. La
-hierba crecía en las calles; por todas partes me daban en cara las
-huellas de la miseria. El Ferrol es el gran arsenal marítimo de
-España, y participa en la ruina de la en otro tiempo espléndida
-marina española. Ya no pululan en él aquellos millares de carpinteros
-de ribera que construían las largas fragatas y los tremendos navíos
-de tres puentes, destruídos casi todos en Trafalgar. Tan sólo unos
-pocos obreros mal pagados y medio hambrientos desperdician allí
-las horas, y apenas sirven para reparar tal cual _guardacostas_
-desmantelado por los tiros de alguna goleta inglesa contrabandista
-de Gibraltar. La mitad de los habitantes de El Ferrol pide limosna;
-y dícese que no es raro encontrar entre ellos oficiales de marina
-retirados, muchos de ellos inválidos, a quienes se deja perecer en
-la indigencia, ya que, por la penuria de los tiempos, cobran sus
-sueldos y pensiones con tres o cuatro años de retraso. Una turba de
-pordioseros importunos me siguió hasta la _posada_ y aún intentó
-penetrar en mi habitación.
-
-—¿Quién es usted?—pregunté a una mujer postrada a mis plantas, que
-conservaba en el rostro huellas evidentes de un pasado mejor.
-
-—Soy la viuda—me respondió en muy buen francés—de un valeroso oficial
-que fué en otros tiempos almirante de este puerto.
-
-En ninguna parte se manifiestan la miseria y la decadencia de la
-moderna España con tanta fuerza como en El Ferrol.
-
-Con todo, hay aquí todavía mucho que admirar. A pesar de su
-desolación actual, hay en El Ferrol algunas calles buenas y no pocas
-casas muy hermosas. La _alameda_ es una plantación de un millar de
-olmos próximamente, casi todos magníficos; los pobres ferrolanos,
-con el genuino espíritu localista tan dominante en España, se jactan
-de que su ciudad posee un paseo público mejor que el de Madrid, y al
-compararle con el _Prado_ hablan de éste con no disimulado desprecio.
-En un extremo de la _alameda_ se levanta la única iglesia que hay en
-El Ferrol; la visité al día siguiente de mi llegada, que fué domingo.
-Los fieles, aldeanos casi todos, no cabían en ella, y con la cabeza
-descubierta permanecían de hinojos delante de la puerta, ocupando
-buen trecho del paseo.
-
-Paralelo a la _alameda_ corre el muro del arsenal y del astillero.
-Varias horas gasté en la visita de esos lugares, provisto del
-indispensable permiso escrito del capitán general de El Ferrol;
-al visitarlos quedé lleno de admiración. Yo he visto los reales
-astilleros de Rusia y de Inglaterra; pero, en cuanto a la grandeza
-del plan y a la suntuosidad de la ejecución, no pueden ni por un
-momento compararse con estos maravillosos monumentos del extinguido
-esplendor naval de España. No me propongo describirlos; baste decir
-que el fondeadero oval, rodeado de un muelle de granito, tiene
-capacidad bastante para cien navíos de primer orden; pero en lugar
-de tal fuerza sólo había allí una fragata de sesenta cañones y dos
-bergantines; a tan insignificante número de barcos se halla reducida
-actualmente la marina de España.
-
-Dos o tres días llevaba yo en El Ferrol aguardando a Antonio, y no
-acababa de llegar; al fin, según estaba yo al caer de una tarde
-avizorando la calle, le vi venir, llevando por el diestro a nuestro
-único caballo. Me contó que a unas tres leguas de La Coruña, el
-caballo, agobiado por el calor y por las moscas, se había caído al
-suelo con una especie de ataque, del que sólo había vuelto a fuerza
-de copiosas sangrías, razón por la que tuvo que detenerse un día
-más en el camino. El caballo estaba, en efecto, muy débil; tenía
-un estertor que al principio me alarmó; pero le administré unas
-medicinas, y a los pocos días me pareció bastante restablecido para
-continuar el viaje.
-
-Partimos, por tanto, de El Ferrol, después de alquilar una jaca
-para mí y de ajustar un guía que nos llevase a Ribadeo, a veinte
-leguas de El Ferrol, en los confines de las Asturias. El día, al
-principio, estuvo despejado; pero antes de llegar a Novales, a tres
-leguas de camino, se obscureció el cielo y cayó la niebla, acompañada
-de llovizna. El país que atravesábamos era muy pintoresco. A eso de
-las dos de la tarde divisamos entre la niebla, a nuestra izquierda,
-Santa Marta, pequeña ciudad de pescadores, con una hermosa bahía.
-Siguiendo a lo largo de la cima de una cadena de montañas entramos en
-un castañar que parecía inacabable; la lluvia continuaba, repicando
-sin cesar en las anchas hojas verdes.
-
-—Ya empiezan las lluvias del otoño—dijo el guía—. Mucho se van
-ustedes a mojar, mis amos, antes de llegar a Oviedo.
-
-—¿Ha estado usted alguna vez en Oviedo?—pregunté.
-
-—No; sólo he llegado hasta Ribadeo, y para eso nada más que una
-vez. Hablando con franqueza, no sé cómo nos arreglaremos al llegar
-a los descampados que hay aquí cerca; de noche, y con lluvia, será
-muy difícil encontrar el camino. Quisiera estar ya de vuelta en El
-Ferrol, porque este camino, el peor de Galicia por muchas razones,
-no me gusta; pero donde va la jaca de mi amo allí tengo yo que ir
-también: tal es la vida para nosotros los guías.
-
-Me encogí de hombros al recibir esas noticias, poco agradables en
-verdad, y di la callada por respuesta.
-
-Por fin, al cerrar la noche, salimos del bosque, y a poco descendimos
-a un profundo valle, al pie de elevadas montañas.
-
-—¿Dónde estamos ahora?—pregunté al guía, a punto que, en el fondo
-del valle, salvábamos por un tosco puente un arroyuelo ruidoso y
-espumante, engrosado por las lluvias.
-
-—En el valle de Coisa Doiro—replicó—; mi opinión es que pasemos aquí
-la noche para no aventurarnos en los montes por donde pasa el camino
-de Viveiro, porque entrar en ellos y perdernos va a ser todo uno, y
-entonces _¡adiós!_, morimos todos.
-
-—¿Hay algún pueblo por aquí cerca?
-
-—Sí, señor; el pueblo está enfrente de nosotros, y dentro de un
-instante llegaremos a él.
-
-A poco entramos en una aldea que se alzaba, entre árboles altísimos,
-a la entrada del desfiladero.
-
-Antonio se apeó, entró en dos o tres chozas y volvió en seguida,
-diciendo:
-
-—No podemos quedarnos aquí, _mon maître_, sin que nos coma la
-miseria; mejor estaremos entre esos cerros. No hay ni lumbre ni luz
-en estas chozas y la lluvia cala los techos.
-
-El guía, sin embargo, se negó a continuar.
-
-—Con luz del día me costaría trabajo encontrar el camino—gritó
-malhumorado—; peor será de noche, con tormenta y _bretima_.
-
-Adquirimos un poco de vino y de pan de maíz en una de las chozas, y
-mientras comíamos, Antonio dijo:
-
-—_Mon maître_, lo mejor que en esta situación podemos hacer es
-ajustar a cualquiera de este pueblo para que nos lleve por esas
-montañas a Viveiro. Aquí no hay camas, y si nos echamos en la paja,
-con los vestidos mojados, atraparemos una terciana gallega. El guía
-que traemos no sirve para nada; vamos a buscar uno que le sustituya.
-
-Sin aguardar respuesta, arrojó la corteza de _broa_ que estaba
-comiendo y desapareció. Se encaminó, como más adelante supe, a la
-choza del _alcalde_, y le pidió, en nombre de la reina, un guía para
-el embajador griego, que se había extraviado camino de Asturias.
-Volvió a los diez minutos en compañía de la autoridad local, quien,
-con gran sorpresa de mi parte, me hizo una profunda reverencia y
-permaneció con la cabeza descubierta bajo la lluvia.
-
-—Su excelencia—exclamó Antonio—necesita un guía para ir a Viveiro.
-Las personas de nuestra clase no están obligadas a pagar los
-servicios que necesiten; sin embargo, su excelencia es de entrañas
-compasivas y dará gustoso tres _pesetas_ a cualquier persona
-competente que le acompañe a Viveiro, y todo el pan y el vino que
-quiera comer y beber al llegar.
-
-—Su excelencia será servido—respondió el _alcalde_—. Sin embargo,
-como el camino es largo y difícil y en la montaña hay mucha
-_bretima_, me parece que, además del pan y del vino, su excelencia
-no debe ofrecer menos de cuatro _pesetas_ al guía que le lleve a
-Viveiro, y no conozco ninguno mejor que mi yerno, Juanito.
-
-—Concedido, _señor alcalde_—repliqué yo—. Traiga usted el guía, y la
-peseta de aumento saldrá también a relucir en sazón oportuna.
-
-No tardó en aparecer Juanito con un farol en la mano. Partimos al
-instante. Los dos guías empezaron a hablar en gallego.
-
-—_Mon maître_—dijo Antonio—, este nuevo tunante le está preguntando
-al otro qué traemos, a su parecer, en las maletas.
-
-Luego, sin esperar mi respuesta, gritó:—¡Pistolas, bárbaros;
-pistolas!, como vais a saber a costa vuestra si no dejáis esa
-jerigonza y habláis en castellano.
-
-Callaron los gallegos, y al instante el primer guía se quedó atrás,
-mientras el otro abría la marcha, farol en mano.
-
-—Quédate atrás y muy separado—dijo Antonio al primero—. Te advierto,
-además, que veo lo mismo detrás que delante. _Mon maître_—continuó
-dirigiéndose a mí—, no creo que estos individuos traten de hacernos
-daño, sobre todo porque no se conocen; pero bueno será que vayan
-separados, porque el lugar y la hora son tentadores para cometer un
-robo o una muerte.
-
-Seguía lloviendo sin cesar; el camino era escabroso y muy pendiente,
-y la noche tan obscura, que apenas veíamos la masa confusa de las
-montañas circundantes. Una o dos veces nuestro guía pareció perder el
-camino: se detenía, hablaba entre dientes, alzaba en alto el farol y
-luego seguía adelante despacio e indeciso. De esta manera anduvimos
-tres o cuatro horas; al cabo pregunté al guía cuánto faltaba para
-Viveiro.
-
-—No sé a punto fijo dónde estamos—respondió—, aunque creo que no nos
-hemos perdido. De todos modos, podemos estar escasamente a menos de
-dos leguas cortas de Viveiro.
-
-—Entonces no llegamos antes de salir el sol—interrumpió Antonio—,
-porque una legua corta de Galicia equivale lo menos a dos de
-Castilla, y acaso estamos destinados a no llegar nunca si el camino
-va por ese precipicio.
-
-Al tiempo que hablaba comenzó el guía a bajar por un barranco que
-parecía llevar a las entrañas de la tierra.
-
-—¡Alto!—dije yo—. ¿Adónde vas?
-
-—A Viveiro, _senhor_—replicó el hombre—; éste es el camino de
-Viveiro; no hay otro. Ahora ya sé dónde estamos.
-
-La luz del farol cayó sobre las curtidas facciones del guía al
-volverse para contestar, según estaba un poco por bajo de nosotros en
-la vertiente del barranco, poblada de gruesos árboles, debajo de cuya
-bóveda frondosa descendía un sendero de pavorosa pendiente. Me apeé
-de la jaca, y entregando las riendas al otro guía dije:
-
-—Aquí tienes el caballo de tu amo; llévalo por el despeñadero abajo
-si quieres; pero yo me lavo las manos en el asunto.
-
-El hombre, sin responder palabra, montó de un salto, y diciéndole a
-la jaca: _¡Vamos, Perico!_, empezó a bajar.
-
-—Venga, _senhor_—decía el del farol—; no hay tiempo que perder; la
-luz se va a apagar muy pronto, y estamos en lo peor de todo el camino.
-
-Pensé en la probabilidad de que el guía nos llevase a una cueva de
-forajidos, donde nos degollarían; pero, cobrando ánimos, me agarré a
-la brida de nuestro caballo y seguí al hombre aquel por el barranco
-abajo, entre peñas y zarzas. Duró el descenso unos diez minutos, y
-antes de llegar al final se apagó la luz y quedamos en casi total
-obscuridad.
-
-El guía nos animaba diciendo que no había peligro, y al fin llegamos
-al fondo del barranco, por donde corría un riachuelo. Le vadeamos
-con agua hasta las rodillas. Estando en el agua, alcé los ojos y
-vislumbré un pedazo de cielo a través de las ramas de los árboles
-que por todas partes cubrían las empinadas vertientes del barranco
-y abovedaban el cauce del arroyo. Jamás viajero descarriado se ha
-visto en un sitio tan extraño ni de tales lobreguez y horror. Después
-de una breve pausa, empezamos a escalar la vertiente opuesta, menos
-escarpada que la otra, y en pocos minutos llegamos a la cima.
-
-Poco después amainó la lluvia, salió la luna, y algunos de sus
-débiles rayos perforaron la húmeda gasa de la niebla. El camino era
-ya menos pendiente. A las dos horas descendimos al borde de una vasta
-ensenada, y la costeamos hasta un sitio donde había muchos botes
-y lanchas volcados en la arena. Al instante vimos ante nosotros
-los muros de Viveiro, sobre los que derramaba la luna un débil
-resplandor. Entramos por una puerta abovedada, alta y, al parecer,
-ruinosa, y el guía nos condujo al momento a la _posada_.
-
-Todo el mundo estaba en Viveiro sepultado en profundo sueño; ni
-siquiera un perro nos saludó con sus ladridos. Después de mucho
-llamar, nos abrieron en la _posada_, edificio grande y ruinoso.
-Apenas estuvimos alojados hombres y caballos, la lluvia comenzó de
-nuevo con mayor furia que antes, con gran aparato de relámpagos y
-truenos. Antonio y yo, rendidos de cansancio, nos acostamos en unas
-malas camas dispuestas en un aposento ruinoso, en el que penetraba
-la lluvia por una porción de grietas; los guías se quedaron comiendo
-pan y bebiendo vino hasta la mañana.
-
-Al levantarme, la vista de un día despejado me llenó de contento.
-Antonio preparó en seguida un sabroso desayuno de gallina estofada,
-que nos vino muy bien después de las diez leguas de viaje del día
-anterior por los caminos que he intentado describir. Fuimos luego
-a dar una vuelta por la población, que consiste en poco más de
-una calle larga, en la falda de un empinado cerro, muy poblado de
-bosque y árboles frutales. A eso de las diez proseguimos el viaje,
-acompañados por el primer guía; el otro se había vuelto a Coisa Doiro
-unas horas antes.
-
-Aquel día caminamos casi siempre a la vista de la costa cantábrica,
-siguiendo su contorno. El país era estéril, cubierto en muchos sitios
-de grandes pedruscos; encontramos, sin embargo, algunos pedazos de
-tierra cultivada, plantados de viñedo. Vimos muy pocas viviendas
-humanas; con todo, el viaje fué placentero, gracias al esplendente
-sol, que alegraba con sus rayos los agrestes yermos y brillaba en la
-superficie del lejano mar, dormido en apacible calma.
-
-Al caer la tarde estábamos en las inmediaciones de la costa, con una
-cadena de montañas cubiertas de bosque a nuestra derecha. El guía nos
-llevó hacia una ensenada de bordes pantanosos, y a poco se detuvo y
-declaró que ya no sabía adónde nos llevaba.
-
-—_Mon maître_—dijo Antonio—, lo mejor es que guiemos nosotros mismos;
-como usted ve, de nada sirve fiarse de este individuo, que sólo sabe
-meter a la gente en los cenagales.
-
-Volvimos atrás, y dando la vuelta a la ciénaga en un trecho
-considerable, llegamos a un angosto sendero; nos metimos por él,
-hasta dar en un bosque muy espeso, donde al instante nos perdimos por
-completo. Vagamos entre los árboles mucho tiempo; de pronto oímos
-ruido de agua, y un momento después el fragor de un rodezno. Guiados
-por el ruido, descubrimos un pequeño molino de piedras construído
-sobre un arroyo: allí nos detuvimos y llamamos; pero sin obtener
-respuesta.
-
-—Aquí no hay nadie—dijo Antonio—. Pero este sendero nos llevará,
-seguramente, a sitio habitado.
-
-Echamos por él, y a los diez minutos estábamos a la puerta de una
-choza, dentro de la que se veía luz. Antonio se apeó y abrió la
-puerta.
-
-—¿Hay aquí alguien que quiera llevarnos a Ribadeo?—preguntó.
-
-—_Senhor_—respondió una voz—, de aquí a Ribadeo hay cinco leguas
-largas, y hay que cruzar además un río.
-
-—Entonces hasta el pueblo más próximo—continuó Antonio.
-
-—Yo soy _vecino_ del pueblo inmediato, que está en el camino de
-Ribadeo—dijo otra voz—, y les llevaré a ustedes allá si me dan buenas
-palabras y, lo que es mejor, buenas monedas.
-
-Al decir esto salió de la choza un hombre con un palo grueso en la
-mano. Echó a andar resueltamente a paso largo delante de nosotros, y
-en menos de media hora nos sacó del bosque. En otra media hora nos
-llevó a un grupo de casucas situadas cerca del mar; nos señaló una de
-ellas, y, guardándose una peseta que le di, se despidió.
-
-Los moradores de la casa consintieron de buen grado en albergarnos
-aquella noche. La vivienda era mucho más limpia y cómoda que la
-generalidad de las miserables chozas de los campesinos gallegos. El
-piso bajo consistía en una troje y una cuadra; encima había un desván
-muy capaz con algunas camas de borra limpias y cómodas. Vi también
-algunos mástiles y velas de botes. La familia se componía de dos
-hermanos con sus mujeres e hijos. Uno era pescador; pero el otro, que
-era el principal de la familia, me dijo que había residido muchos
-años en Madrid sirviendo, y que, reunida una pequeña suma, se volvió
-al pueblo natal, donde compró un poco de tierra, de cuyo cultivo
-vivía. Toda la familia hablaba usualmente el castellano, y, según me
-dijeron, no se habla mucho gallego por aquellas partes. He olvidado
-el nombre del pueblo, situado en el estuario del Foz, que baja de
-Mondoñedo. Por la mañana cruzamos el estuario en una barcaza con los
-caballos, y al mediodía llegamos a Ribadeo.
-
-—Ya ve su merced—me dijo el guía que traíamos desde El Ferrol—que he
-cumplido mi ajuste y que el viaje ha sido muy duro; espero que su
-merced nos permitirá a _Perico_ y a mí pasar la noche a su costa en
-esta posada, y mañana nos volveremos; ahora estamos muy cansados.
-
-—Nunca he montado una jaca mejor que _Perico_, ni he tropezado con un
-guía peor que usted. No conoce usted el terreno, y no ha hecho más
-que buscarnos dificultades. Sin embargo, quédese aquí esta noche, si
-está cansado, como dice, y mañana puede volverse al Ferrol, donde le
-aconsejo que se dedique a otro oficio.
-
-Esto se lo dije a la puerta de la _posada_ de Ribadeo.
-
-—¿Llevo los caballos a la cuadra?—preguntó.
-
-—Como usted quiera.
-
-Antonio le miró un momento, según se alejaba con los caballos, y,
-moviendo la cabeza, le siguió con cautela. Al cuarto de hora volvió
-sonriente, cargado con la montura de nuestro caballo.
-
-—_Mon maître_—dijo—, durante todo el viaje he ido formando muy mala
-opinión del guía; pero ahora acabo de descubrir que si ha pedido
-permiso para quedarse aquí ha sido con idea de robarnos algo. Andaba
-muy solícito con nuestro caballo en la cuadra, y ahora echo de menos
-la cincha de cuero nueva que tanto le llamaba la atención estos días.
-Ya la habrá escondido no sé dónde; pero le tenemos seguro, porque aún
-no ha cobrado el alquiler de la jaca ni la propina.
-
-En esto volvió el guía. Los pícaros son siempre suspicaces. El hombre
-nos echó una ojeada, y notando acaso en nuestros rostros algo que no
-le gustó, dijo de súbito:
-
-—Déme usted el alquiler del caballo y mi _propina_; _Perico_ y yo nos
-vamos al momento.
-
-—¿Cómo es eso?—respondí—. Yo creía que usted y _Perico_ estaban
-cansados y que pasarían aquí la noche; pronto se han repuesto ustedes
-del cansancio.
-
-—Lo he pensado mejor—dijo el hombre—. Mi amo se enfadaría si pierdo
-tiempo aquí. Así que págueme y nos iremos.
-
-—Descuide usted—respondí—. Voy a pagarle, puesto que lo desea. ¿Está
-completa la montura?
-
-—Sí, señor; se la he entregado a su criado.
-
-—Todo está aquí—dijo Antonio—, menos la cincha de cuero.
-
-—Yo no la tengo—replicó el guía.
-
-—Claro está que no—contesté—. Vamos a la cuadra; quizás la
-encontremos allí.
-
-Fuimos a la cuadra, y, aunque buscamos mucho, la cincha no pareció.
-
-—La lleva rodeada a la cintura, debajo del pantalón, _mon
-maître_—dijo Antonio, cuyos ojos de lince lo escudriñaban todo—. Pero
-no nos demos por enterados; estas gentes son paisanos suyos y acaso
-se pondrían de su parte si intentásemos apoderarnos de él. Ya le digo
-que le tenemos en nuestro poder, porque no le hemos pagado.
-
-El prójimo empezó entonces a hablar en gallego con los circunstantes
-(se habían congregado varias personas), diciendo que el _Denho_
-le llevase si sabía algo de la cincha perdida; pero nadie parecía
-inclinado a ponerse de su parte, y los oyentes se limitaban a
-encogerse de hombros. Volvimos al portal de la posada, clamando el
-guía por el precio del alquiler y la _propina_. No le respondí, y
-acabó por marcharse, amenazándonos con acudir a la _justicia_; a los
-diez minutos volvió corriendo con la cincha en la mano.
-
-—Acabo de encontrarla en la calle—dijo—. Su criado la habrá perdido.
-
-Tomé la cincha y me puse a contar muy despacio la cantidad a que
-ascendía el alquiler del caballo; después de entregársela delante de
-testigos, dije:
-
-—Durante todo el viaje no nos ha servido usted de nada; sin embargo,
-ha disfrutado del mismo trato que nosotros, y ha comido y bebido a
-su antojo: tenía intención de darle a usted dos duros de _propina_;
-pero en vista de que a pesar de lo bien que le hemos tratado ha
-querido usted robarnos, no le doy ni un _cuarto_; conque váyase a sus
-negocios.
-
-Todos los presentes aprobaron esta sentencia, y le dijeron que tenía
-su merecido y que era la deshonra de Galicia. Dos o tres mujeres se
-santiguaron y le preguntaron si no temía que el _Denho_, a quien
-había invocado, se lo llevase. Por último, un hombre de presencia
-respetable le dijo:
-
-—¿No se avergüenza usted de haber querido robar a dos extranjeros
-inocentes?
-
-—¡Extranjeros!—rugió el guía, que echaba espuma de rabia—¡inocentes
-extranjeros, _carracho_! Más saben de España y de Galicia que todos
-nosotros juntos. ¡Oh! _Denho_, el criado no es un hombre, es un
-brujo, un _nuveiro_. ¿Dónde está _Perico_?
-
-Montó en su jaca y se fué en seguida a otra posada; pero la historia
-de su picardía corrió más que él, y no quisieron admitirlo en ninguna
-parte; volvió sobre sus pasos, y, al verme asomado a la ventana de
-la casa, lanzó un grito salvaje, me amenazó con el puño y salió al
-galope de la ciudad, perseguido por los gritos y los insultos de la
-gente.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XXXII
-
- Martín de Ribadeo.—La yegua facciosa.—Los
- asturianos.—Luarca.—Las siete bellotas.—Los
- ermitaños.—Narración de un asturiano.—Unos huéspedes
- raros.—El criado gigante.—Batuschca.
-
-
-¿Qué se le ofrece a usted?—pregunté a un individuo bajo, grueso,
-de alegre rostro, vestido con una chaqueta de pana y pantalones de
-lienzo ordinario, que se presentó en mi habitación al obscurecer.
-
-—Soy Martín de Ribadeo—contestó—, de oficio _alquilador_. He oído
-que su merced necesita un caballo para ir a Asturias, con un guía,
-naturalmente; si es así, le aconsejo que me ajuste a mí y a mi yegua.
-
-—Ya estoy cansado de guías—repliqué—; tanto, que estaba pensando
-comprar una jaca y seguir adelante sin guía ninguno. El último que
-hemos tenido era un pillo.
-
-—Eso me han dicho, y no ha sido poca suerte para ese _bribón_ que
-no estuviese yo en Ribadeo cuando ocurrió el suceso a que alude su
-merced. Al volver, ya se había ido con _Perico_; que si no, de
-seguro le sangro. Es la vergüenza del oficio, uno de los más honrados
-y antiguos del mundo. Al mismo _Perico_ debía darle vergüenza de él,
-porque _Perico_, aunque sea una jaca, es persona muy cabal y de gran
-talento, conocidísima en los caminos. Sólo mi yegua le aventaja.
-
-—¿Conoce usted bien el camino de Oviedo?—pregunté.
-
-—No, señor; sólo le conozco hasta Luarca, que es un día de viaje.
-No le quiero engañar a usted; por tanto, sólo iré con ustedes hasta
-ese pueblo; pero quizás podría servirles para todo el viaje, pues si
-no conozco el terreno, tengo lengua en la boca y pies ligeros para
-hacer preguntas y correr. De todos modos, no me comprometo más que
-hasta Luarca, donde ustedes harán lo que gusten. Deseo acompañarles a
-ustedes porque son extranjeros y la conversación de los extranjeros
-me gusta: siempre se aprende algo útil o entretenido. Además, deseo
-que ustedes se convenzan de que no todos los guías de Galicia son
-ladrones, y se convencerán con que me dejen acompañarles hasta Luarca.
-
-Me chocaron tanto el buen humor y la franqueza de aquel hombre, y,
-sobre todo, la originalidad de carácter que descubrían sus palabras,
-que de buen grado le ajusté para que nos sirviera de guía hasta
-Luarca; cerrado el trato, me dejó, prometiendo venir a buscarme con
-la yegua a las ocho de la mañana siguiente.
-
-Ribadeo es uno de los principales puertos de Galicia, admirablemente
-situado para el comercio en una profunda ensenada, donde desemboca el
-Eo. Contiene muy buenos edificios y una amplia _plaza_ plantada de
-árboles. Había anclados en la rada varios navíos; la población, más
-bien numerosa, no mostraba aquella miseria y tristeza que acababa de
-ver en los ferrolanos.
-
-Al día siguiente, Martín de Ribadeo se presentó con la yegua a
-la hora convenida. La yegua era flaca y macilenta y tenía poca
-más alzada que una jaca; pero era muy limpia de remos, y Martín
-aseguraba que no había otra mejor en toda España. «Esta yegua es
-facciosa—decía—, creo que alavesa. Los carlistas la trajeron, y como
-se quedó coja la desecharon y yo la compré por un duro. Pero ya no
-está coja, como verán ustedes muy pronto.»
-
-Habíamos llegado a la ría que divide Galicia y Asturias. Una barcaza
-nos esperaba como a dos varas de la orilla. Martín se acercó al
-agua con su yegua, la animó con un grito, y sin vacilación alguna
-el animal se lanzó de un brinco a la barca. «Ya les he dicho que es
-_facciosa_—dijo Martín—. Sólo un animal faccioso da este salto.»
-
-Embarcados en la lancha, cruzamos la ría, que tendría por allí una
-milla de anchura, y tomamos tierra en Castropol, primera ciudad
-de Asturias. Monté entonces en la yegua facciosa y Antonio en mi
-caballo. Martín iba delante, bromeando con cuantas personas se
-encontraba, y a veces nos alegraba el camino con sus canciones.
-
-Estábamos ya en Asturias; al mediodía llegamos a Navia, pueblecito
-de pescadores situado en una _ría_; en las inmediaciones se alzan,
-formando semicírculo, unas ásperas montañas llamadas Sierra de
-Burón. En la rada había un barquichuelo, procedente, según averigüé
-más tarde, de las provincias Vascongadas, para cargar sidra o
-_sagardúa_, la bebida de que tanto gustan los vascos. Cuando íbamos
-por la angosta calle del pueblo, tres hombres, zapateros al parecer,
-sentados en una tiendecilla, saludaron a Antonio con un _¡Hola!_
-Detúvose a conversar con ellos, y cuando se reunió con nosotros en
-la _posada_ le pregunté quienes eran. «_Mon maître_—dijo—, _ce sont
-des messieurs de ma connaissance_.» He sido compañero de servicio de
-los tres varias veces; y de antemano le digo a usted que en este país
-apenas hay un pueblo donde no tenga yo un amigo. Todos los asturianos
-van a Madrid en cierta época de su vida en busca de colocación, y
-cuando han arañado algún dinero se vuelven a su país. Como yo he
-servido en todas las casas grandes de Madrid, conozco a la mayor
-parte de ellos. No tengo nada que decir contra los asturianos, salvo
-que son tacaños y mezquinos mientras están sirviendo; pero no son
-ladrones, ni en su país ni fuera de él, y he oído decir que se puede
-atravesar Asturias de punta a punta sin el menor riesgo de que le
-roben o le maltraten a uno, cosa que no sucede en Galicia, donde a
-cada momento estábamos expuestos a que nos cortaran el cuello.
-
-Salimos de Navia y seguimos adelante, a través de una comarca
-desolada, hasta el puerto de Baralla, en una ingente barrera de
-granito, desnuda de toda vegetación, aunque desde lejos aparezca de
-un ligero color verde.
-
-—Este puerto—dijo Martín de Ribadeo—tiene muy mala fama, y no me
-gustaría atravesarlo de noche. Aquí no hay ladrones, sino algo peor,
-los _duendes_ de dos frailes franciscanos. Cuentan que en tiempos
-antiguos, mucho antes de suprimirse los conventos, dos frailes
-franciscanos salieron de su convento a mendigar. Recogieron muchas
-limosnas, y cuando al cerrar la noche pasaban por aquí, camino de
-su convento, disputaron sobre cuál de los dos había recogido más,
-empeñado cada uno en que había cumplido con su obligación mejor que
-el otro; al cabo, de las palabras vivas pasaron a los insultos, y de
-los insultos a los golpes. ¿Qué cree usted que hicieron aquellos
-demonios de frailes? Se quitaron las capas, haciéndoles en una punta
-sendos nudos con una gruesa piedra dentro, y se machacaron con tal
-furia, que ambos quedaron muertos. Yo no sé, mi amo, cuál es peor
-plaga, si los frailes, los curas o los gorriones.
-
- ¡Dios Nuestro Señor nos libre de todos los pajarracos,
- frailes, curas y gorriones que por ahí van volando,
- que los gorriones no dejan de trigo siquiera un grano,
- los frailes se beben la uva que nosotros vendimiamos
- y los curas tienen todas las mujeres a su mando.
- Dios Nuestro Señor nos libre de todos los pajarracos!
-
-Dos horas después llegamos a Luarca, cuya situación es singular. Se
-halla en una profunda hondonada, de tan rápidas vertientes, que no
-se ve el pueblo hasta que está uno encima de él. En el extremo Norte
-de la hondonada hay una pequeña bahía, en la que entra el mar por
-un boquete angosto. Encontramos una _posada_ grande y cómoda; por
-consejo de Martín buscamos un guía y un caballo de refresco; pero nos
-dijeron que todos los caballos del pueblo estaban ausentes y que aún
-tardarían dos días en volver. «Al entrar en Luarca—dijo Martín—tuve
-el presentimiento de que no estábamos destinados a separarnos ahora.
-Tiene usted que alquilarnos a mí y a la yegua hasta Gijón; allí
-ya encontrará usted medio de trasladarse a Oviedo. Hablando con
-franqueza, no siento lo más mínimo que los guías estén fuera, porque
-la compañía de usted me agrada, y estoy seguro de que a usted le
-agrada la mía. Ahora voy a escribir una carta a mi mujer diciéndole
-que no volveré a Ribadeo en unos cuantos días.» Martín salió del
-aposento cantando la siguiente copla:
-
- Un manco escribió una carta;
- un ciego la está mirando;
- un mudo la está leyendo,
- y un sordo la está escuchando.
-
-A la mañana siguiente, muy temprano, salimos de la hondonada de
-Luarca; en una hora de marcha, los caballos nos llevaron a Caneiro,
-profundo y romántico valle entre peñascos, sombreado por altos
-castaños. Por en medio del valle pasa un río muy rápido, que cruzamos
-en bote.
-
-—En toda Asturias—dijo el botero—no hay otro río como éste para las
-truchas. Mire usted esas piedras grandes del fondo; pues cuando llega
-su época, si el tiempo es bueno, no se vende tantísima pesca como hay.
-
-Dejando atrás el valle, entramos en una región de mucha piedra,
-montañosa, lúgubre y agreste. El día, nublado, sombrío, lo
-entristecía todo en torno nuestro.
-
-—¿Vamos bien por este camino para Gijón y Oviedo?—preguntó Martín a
-una vieja que estaba a la puerta de una casa.
-
-—¿Para Gijón y Oviedo?—replicó la comadre—. Aun tienen ustedes que
-cansarse de andar antes de llegar a Gijón y Oviedo. Por de pronto
-tienen ustedes que rajar las _bellotas_; cabalmente están ustedes
-debajo.
-
-—¿Qué quiere decir con eso de rajar las _bellotas_?—pregunté a Martín
-de Ribadeo.
-
-—¿No ha oído nunca su merced hablar de las siete
-_bellotas_?—respondió el guía—. A punto fijo no puedo decirle a usted
-lo que son, porque no las he visto nunca; pero creo que han de ser
-siete montañas que vamos a cruzar, y las llaman de ese modo porque
-las encuentran parecidas a las _bellotas_. He oído hablar de ellas
-bastante, y me alegro de tener ocasión de verlas, aunque, según
-dicen, se les indigestan a los caballos.
-
-En aquella parte de Asturias alcanzan las montañas considerable
-altura. Son casi todas de obscuro granito, cubierto aquí y allá por
-una ligera capa de tierra. Se acercan mucho al mar, hacia el cual
-declinan en vertientes muy quebradas, donde se abren profundas y
-escarpadas gargantas; por cada una corre un arroyo, tributo de las
-montañas al piélago salado. El camino va por esos derrumbaderos. A
-siete de ellos los llaman en el país _las siete bellotas_. El más
-terrible de todos es el del centro, del cual desciende un torrente
-impetuoso. En lo más alto, a muchos cientos de varas de elevación,
-se alza una escarpada muralla de roca, negra como el hollín; cuando
-pasamos, un velo de _bretima_ envolvía la cumbre. Esa garganta se
-ramifica por ambos lados en pequeñas cañadas o valles, tan cubiertos
-de árboles y tallares, que la mirada no puede penetrar en ellos.
-
-—Estos sitios serían muy buenos para unas ermitas—dije a Martín de
-Ribadeo—. Aquí podían vivir felices, alimentándose de raíces y no
-bebiendo más que agua, unos cuantos santos varones, y dedicarse a la
-contemplación divina sin que el ruido del mundo viniese a turbarlos.
-
-—Es verdad—respondió Martín—, y quizás por eso no hay ermitas en los
-_barrancos_ de las siete _bellotas_. Nuestros ermitaños tienen poca
-afición a las raíces y al agua, y no se oponen a que de vez en cuando
-interrumpan sus meditaciones. _¡Vaya!_ Nunca he visto una ermita que
-no estuviese cerca de algún pueblo rico, o que no fuese un sitio
-frecuentado por todos los vagos de los alrededores. A los ermitaños
-no les gusta vivir en estos barrancos, porque los lobos y las zorras
-acabarían con sus gallinas. Conocía yo a un ermitaño que al morir
-dejó a su sobrina una fortuna de setecientos duros, ahorrada casi
-toda cebando pavos.
-
-En la cima de esta _bellota_ había una _venta_ miserable donde
-descansamos, continuando después el viaje. Ya muy avanzada la tarde
-salimos del último de aquellos difíciles puertos. El viento comenzó
-entonces a soplar, trayendo en sus alas una lluvia menuda. Pasamos
-por Soto de Luiña, y prosiguiendo nuestro camino a través de una
-región muy agreste, pero pintoresca, nos encontramos al anochecer
-al pie de una escarpada montaña, a la que se subía por un camino
-de herradura, a través de un bosque de altísimos árboles. Mucho
-antes de llegar a la cumbre se hizo de noche; la lluvia arreció.
-Ibamos tropezando en la obscuridad y llevábamos de la brida los
-caballos, que a veces se arrodillaban por lo resbaladizo del sendero.
-Alcanzamos, por fin, la cumbre sin novedad, y con paso vivo llegamos,
-media hora más tarde, a la entrada de Muros, pueblo grande, situado
-precisamente al pie de la otra vertiente de la montaña.
-
-Ardía un buen fuego en la _posada_, y su calor, que no tardó en
-secarnos los vestidos, nos recompensó, hasta cierto punto, de los
-trabajos sufridos al escalar las _bellotas_. ¡Singular paraje aquella
-_posada_ de Muros! La casa era grande e irregular, con espaciosa
-cocina en el piso bajo. Escaleras arriba había un vasto comedor con
-inmensa mesa de roble, rodeada de pesados sillones de cuero muy altos
-de respaldo, que lo menos tenían tres siglos. Con este aposento se
-comunicaba una galería o voladizo de madera, abierta al aire, que
-conducía a un cuarto pequeño, provisto de un lecho antiguo, con dosel
-y cortinas, donde yo había de dormir. Era una de esas posadas que
-los novelistas gustan de introducir en sus descripciones, sobre todo
-cuando los sucesos narrados ocurren en España. El huésped era un
-asturiano locuaz.
-
-El viento rugía sin cesar y llovía a torrentes. Me senté, soñoliento,
-al amor de la lumbre, y la conversación del huésped me despabiló.
-
-—_Señor_—me dijo—, hacía ya tres años que no venían extranjeros a
-mi casa. Recuerdo que por esta misma época, y en una noche como la
-de hoy, llegaron a la posada dos hombres a caballo. Me chocó que
-no trajeran guía. En mi vida he visto dos individuos más raros;
-no se me olvidarán jamás. El uno era tan alto como un gigante;
-tenía unos bigotes rojizos que le tapaban la boca; la cara era
-coloradota y parecía muy torpe y estúpido; debía de serlo, en efecto,
-porque cuando le hablé no pareció haberme entendido, y me contestó
-farfullando un _¡válgame Dios!_ tan extraño, que me le quedé mirando
-con los ojos y la boca abiertos. El otro no era alto ni colorado,
-ni tenía pelos en la cara, ni apenas en la cabeza. Era diminuto y
-parecía _jorobado_; pero ¡_válgame Dios_, qué ojos los suyos! Tan
-penetrantes y malignos eran como los de un gato montés. Hablaba
-el español tan bien como yo; pero no era español. Un español no
-tiene aquel mirar. Iba vestido de _zamarra_, con muchos bordados y
-filigranas, y llevaba sombrero andaluz; no tardé en comprender que el
-pequeño era el amo, y el gigante el criado.
-
-»¡_Válgame Dios_, qué malísimo genio tenía el _jorobado_! Con
-todo, era muy gracioso y zumbón, y a veces me decía unas chuscadas
-como para morirse de risa. Se puso a cenar en el comedor de arriba
-(permítame usted que le diga que durmió en el mismo cuarto en que
-su merced va a dormir esta noche), y su criado le servía. Bueno: yo
-tenía mucha curiosidad, y me senté también a la mesa sin pedirle
-permiso. ¿Por qué había de pedírselo? Yo estaba en mi casa, y un
-asturiano es buena compañía para un rey, y es a menudo de mejor
-sangre. La cena fué sorprendente. En cuanto el gigante se descuidaba
-lo más mínimo en el servicio de su amo, el _jorobado_ se ponía en
-pie, se subía a la silla de un brinco, y agarrando al gigante por
-el pelo le daba de bofetadas, hasta el punto de hacerme temer que
-iba a arrojar las muelas por la boca. Pero el gigante no parecía
-dar gran importancia a estos incidentes; supongo que ya estaría
-acostumbrado. _¡Válgame Dios!_ Un español no lo hubiera llevado con
-tanta paciencia. Pero lo que más me sorprendía era que después de
-pegar al criado el amo se sentaba, y al instante comenzaba a hablar y
-a reír con él como si no hubiera ocurrido nada, y el gigante reía y
-conversaba con su amo como si no le hubiera pegado nunca.
-
-»Ya supondrá usted, _señor_, que no entendí ni palabra de la
-conversación, porque no hablaban en cristiano, sino en la misma
-lengua extraña en que el gigante me contestaba cuando le dirigía
-la palabra; todavía me está sonando en los oídos. No se parecía a
-ninguna otra lengua, ni al vascuence, ni a la lengua en que su merced
-habla aquí a mi tocayo el _signor_ Antonio. _¡Válgame Dios!_ A lo que
-más se parecía es al ruido que hace una persona al enjuagarse la boca
-con agua. Creo recordar todavía una palabra que no se le caía de los
-labios al gigante; pero su amo no la empleaba jamás.
-
-»Pero aún no le he contado a usted lo más raro de esta historia.
-Cuando se acabó la cena estaba muy avanzada la noche; la lluvia
-golpeaba en las ventanas como en este momento. De pronto el jorobado
-sacó el reloj, ¡_Válgame Dios_, qué reloj! Sólo le diré a usted una
-cosa, _señor_: que con los brillantes engastados en las tapas se
-podía comprar toda Asturias y Muros encima, y relucían tanto que no
-hacía falta lámpara en el cuarto. El _jorobado_ miró al reloj y me
-dijo: «Me voy a acostar.» Tomé la luz y le llevé por la galería a
-su cuarto, seguidos del criado. Bueno, _señor_: levanté la mesa y
-me quedé aquí abajo esperando al criado, a quien tenía preparada
-una buena cama cerca de la mía. _Señor_, esperé con calma una hora,
-pero al cabo se me agotó la paciencia; subí al comedor, entré en la
-galería, y al llegar a la puerta de la habitación de aquel viajero
-tan raro, ¿qué dirá usted que vi?
-
-—¿Cómo lo voy a saber?—respondí—. Acaso sus botas de montar.
-
-—No, _señor_; no vi sus botas de montar. Tumbado en el suelo, con
-la cabeza apoyada en la puerta, de suerte que era imposible abrirla
-sin despertarle, estaba el gigante profundamente dormido; sus
-inmensas piernas ocupaban casi toda la longitud de la galería. Me
-santigüé lleno de admiración; y no me faltaban motivos, porque el
-viento era tan fuerte como esta noche, la lluvia entraba a chorros
-en la galería, y, sin embargo, allí se estaba el hombre dormido
-profundamente, sin abrigo, sin un leño siquiera por almohada, tumbado
-delante de la puerta de su amo.
-
-»_Señor_, aquella noche dormí muy poco, porque pensé que había
-alojado a dos brujos o a gente que no era humana. Una o dos veces
-subí al piso de arriba y me asomé a la galería: el criado continuaba
-allí dormido; me persigné y me volví a la cama.
-
-—Bueno—dije yo—, ¿qué ocurrió al día siguiente?
-
-—Nada de particular: el _jorobado_ bajó de su cuarto y estuvo
-bromeando conmigo en buen español; el criado bajó también, pero de
-todo lo que dijo, que no fué mucho, no entendí ni palabra, porque
-hablaba en aquella calamidad de lengua. Estuvieron aquí todo el día
-hasta después de cenar; entonces el _jorobado_ me dió una onza de
-oro, montaron los dos a caballo y se fueron no sé adónde, en plena
-noche, de modo tan extraño como habían venido.
-
-—¿Es eso todo?—pregunté.
-
-—No, _señor_; no es eso todo: razón tenía yo al suponer que eran
-_brujos_; al día siguiente llegó un correo y los buscaron mucho, y a
-mí me prendieron por haberlos tenido en mi casa. Esto ocurrió a poco
-de empezar la guerra. Se dijo que eran espías y emisarios de no sé
-qué nación, y que habían visitado todos los rincones de Asturias para
-conferenciar con los descontentos. Lograron escaparse y no volvió
-a saberse de ellos; pero los caballos que montaban parecieron, sin
-los jinetes, vagando por el monte; eran jacas ordinarias sin ningún
-valor. Se cree que los _brujos_ se embarcarían en algún barquichuelo
-escondido en una de las _rías_ de la costa.
-
-YO.—¿Qué palabra era la que oía usted decir continuamente al criado,
-y que cree usted poder recordar?
-
-EL HUÉSPED.—_Señor_, hace ya tres años que la oí, y a veces
-puedo recordarla, pero a veces no; en ocasiones me he despertado
-repitiéndola. Espere, _señor_; la tengo en la punta de la lengua: era
-_Patusca_.
-
-YO.—Quiere usted decir _Batuschca_; aquellos hombres eran rusos.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XXXIII
-
- Oviedo.—Los diez caballeros.—Otra vez el suizo.—Petición
- modesta.—Los ladrones.—Benevolencia episcopal.—La
- catedral.—Un retrato de Feijóo.
-
-
-Tengo que dar ahora un gran salto en mi viaje, nada menos que desde
-Muros a Oviedo, contentándome con decir que fuimos desde Muros
-a Vélez[26] y desde aquí a Gijón, donde nuestro guía Martín se
-despidió, volviéndose con la yegua a Ribadeo. El buen hombre sintió
-mucho separarse de nosotros y hasta llegó a manifestar el deseo de
-que le tomase a él con su yegua a mi servicio.
-
- [26] ¿Avilés?
-
-—Tengo muchas ganas—me dijo—de correr toda España y hasta el mundo
-entero, y es seguro que no volveré a ver una ocasión como la que
-ahora se me presenta pegándome a los faldones de su merced.
-
-Al recordarle yo que tenía mujer e hijos, respondió:
-
-—Es verdad, es verdad; me había olvidado de ellos; dichoso el guía
-que no tenga más familia que una yegua y un potro.
-
-Oviedo está a tres leguas de Gijón. Antonio fué en el caballo, y
-yo en una especie de diligencia que hace el servicio diario entre
-las dos poblaciones. El camino es bueno, pero montuoso. Llegué sin
-novedad a la capital de las Asturias, aunque en época más bien
-desfavorable, porque hasta las puertas de la ciudad llegaba el
-estruendo de la guerra y se oía «la exhortación de los capitanes y
-la gritería del ejército». Por la fecha a que me refiero, Castilla
-estaba en manos de los carlistas, que habían tomado y saqueado
-Valladolid, como habían hecho poco antes con Segovia. Se esperaba
-verlos marchar contra Oviedo de un día para otro; pero no hubieran
-dejado de encontrar resistencia, porque contaba la ciudad con
-una guarnición considerable que había erigido algunos reductos y
-fortificado varios conventos, especialmente el de Santa Clara de la
-Vega. Todos los ánimos se hallaban en un estado de ansiedad febril,
-muy especialmente por no recibirse noticias de Madrid, que, según los
-últimos informes, estaba en poder de las partidas de Cabrera y de
-Palillos.
-
-Sucedió, pues, que una noche me encontraba yo en la antigua ciudad
-de Oviedo, en un apartado aposento, grande y mal amueblado, de una
-antigua _posada_, que fué en otros tiempos palacio de los condes
-de Santa Cruz. Eran más de las diez y llovía a mares. De pronto,
-conforme estaba yo escribiendo, me detuve al oír el ruido de
-numerosas pisadas en la crujiente escalera que conducía a mi cuarto.
-La puerta se abrió de súbito y entraron nueve hombres de elevada
-estatura, al mando de un personaje pequeñuelo y chepudo. Todos iban
-embozados en amplias capas españolas, pero al instante conocí en su
-porte que eran _caballeros_. Colocáronse en fila delante de la mesa
-en que yo escribía. De repente, se desembozaron todos a un tiempo y
-vi que cada uno llevaba un libro en la mano, libro que yo conocía
-muy bien. Después de una pausa que no fuí capaz de romper, porque
-estaba atónito de asombro, y casi me imaginaba que tenía delante una
-aparición, el chepudo avanzó un poco y con voz suave y argentina
-dijo: «_Señor_ caballero, ¿ha sido usted quien ha traído este libro
-a las Asturias?» Me figuré que aquellos señores eran las autoridades
-civiles de la población que venían a arrestarme, y, poniéndome en
-pie, repuse: «Sí, por cierto: yo he sido, y es una gloria para mí
-haberlo hecho. El libro es el Nuevo Testamento de Dios; quisiera
-poder traer un millón.»
-
-—Y yo también lo deseo de corazón—dijo el hombrecillo con un
-suspiro—. No tema usted nada, señor caballero; estos señores son
-amigos míos. Acabamos de comprar estos libros en la tienda donde
-usted los ha entregado para su venta, y nos hemos tomado la libertad
-de visitarle para darle las gracias por el tesoro que nos ha traído.
-Espero que podrá proveernos también del Viejo Testamento.
-
-Respondí que sentía mucho decirles que por el momento me era
-completamente imposible complacerles, porque no tenía ejemplares del
-Antiguo Testamento; pero que no perdía la esperanza de procurarme en
-breve algunos, trayéndolos de Inglaterra.
-
-Me hizo después muchas preguntas acerca de mis viajes de propaganda
-por España, de sus resultados y de las miras que la Sociedad Bíblica
-tenía respecto de este país; esperaba que nuestra sociedad dedicase
-atención especial a Asturias, el terreno más favorable, a su parecer,
-para nuestros trabajos, de toda la Península. Después de media hora
-de conversación, el chepudo me dijo de súbito en inglés: «Buenas
-noches, señor», y, embozándose en la capa, se fué como había venido.
-Sus compañeros, que hasta entonces no habían pronunciado una palabra,
-repitieron todos: «Señor, buenas noches», y, envolviéndose en las
-capas, le siguieron.
-
-Para explicar esta escena extraña, he de decir que por la mañana
-había visitado yo al pequeño librero de la ciudad, Longoria, y,
-de acuerdo con él, le envié por la tarde un fardo de cuarenta
-Testamentos, todo lo que me quedaba, con unos cuantos carteles.
-El librero me aseguró que, si bien se encargaba de la venta muy
-gustoso, no había esperanzas de buen éxito, porque llevaba ya un mes
-sin vender un solo libro de ninguna clase, debido a lo revuelto de
-los tiempos y a la pobreza reinante en el país; estas noticias me
-desanimaron mucho. Pero la visita nocturna me advirtió que no debe
-uno abatirse cuando las cosas presentan un aspecto muy sombrío,
-porque entonces es cuando la mano del Señor interviene, por lo
-general, con mayor actividad, para que los hombres aprendan a conocer
-que cuanto de bueno se realiza no es obra suya, sino de El.
-
-Dos o tres días después de esta aventura hallábame de nuevo en mi
-destartalado y mal amueblado aposento; serían las diez de una mañana
-melancólica, y la lluvia otoñal continuaba cayendo. Acababa de
-desayunarme y me disponía a escribir mis notas diarias, cuando se
-abrió la puerta de golpe y Antonio entró de un brinco.
-
-—_Mon maître_—dijo, sin aliento—, ¿quién dirá usted que ha venido?
-
-—El pretendiente, tal vez—dije yo con cierto sobresalto—. Si es así,
-estamos presos.
-
-—¡Bah!, ¡bah!—dijo Antonio—. No es el pretendiente; es uno que vale
-veinte veces más: es el suizo de Santiago.
-
-—¡Benedicto Mol, el suizo!—exclamé—. ¡Qué! ¿Ha encontrado el tesoro?
-¿Cómo viene? ¿Cómo está vestido?
-
-—_Mon maître_—dijo Antonio—, viene a pie, juzgando por los zapatos
-que trae, tan rotos, que los dedos le asoman por los agujeros; su
-ropa es un andrajo.
-
-—Debe de haber algún misterio en todo esto—respondí—. ¿Dónde está
-ahora?
-
-—Abajo, _mon maître_—replicó Antonio—. Viene a buscarnos. Pero en
-cuanto le vi he subido corriendo a darle a usted la noticia.
-
-Pocos minutos después Benedicto Mol subía las escaleras. Venía, como
-Antonio me dijo, vestido de harapos y casi descalzo; su sombrero
-andaluz, tan viejo, chorreaba agua.
-
-—_Och, lieber Herr_—dijo Benedicto—, ¡qué alegría tan grande verle a
-usted! ¡Oh! Sólo con verle a usted la cara estoy casi pagado de todas
-las miserias que he sufrido desde que me separé de usted en Santiago.
-
-YO.—Le veo a usted en Oviedo y apenas puedo dar crédito a mis ojos.
-¿Qué motivo le trae a usted a esta población tan fuera de su camino y
-desde tan gran distancia?
-
-BENEDICTO.—_Lieber Herr_, permítame que me siente y le contaré todo
-lo que me ha sucedido. Pocos días después de verle a usted por
-última vez, el _canónigo_ me aconsejó que pidiese al capitán general
-permiso y ayuda para desenterrar el tesoro. Fuí a ver al capitán
-general, que al principio me recibió con amabilidad, me hizo muchas
-preguntas y me dijo que volviera. Continué visitándole, hasta que se
-negó a recibirme, y por más que hice, no pude volverle a ver. El
-canónigo entonces fué incomodándose, sobre todo porque me había dado
-unas pocas _pesetas_ de las limosnas de la iglesia; y muy a menudo
-me llamaba _bribón_ e impostor. Al cabo, una mañana fuí a verle,
-le dije que me proponía volver a Madrid para someter el asunto al
-Gobierno, y le pedí por favor una certificación en la que constase
-que yo había hecho una peregrinación a Santiago; pensaba yo que ese
-documento me sería útil en el camino, porque me permitiría pedir
-limosna con más autoridad. Apenas oyó mi pretensión, sin decir
-palabra ni darme tiempo para defenderme, se arrojó sobre mí como un
-tigre y me agarrotó el cuello con las manos, tan bien y tan fuerte,
-que pensé morir estrangulado. Pero yo soy suizo, nacido en Lucerna, y
-apenas me recobré un poco, no me costó trabajo rechazarle; entonces,
-amenazándole con el palo, me retiré. Me siguió hasta la puerta con
-horribles maldiciones, y me amenazó, si me atrevía a volver, con
-meterme en la cárcel por ladrón y hereje. Fuí entonces a buscarle a
-usted, _lieber Herr_; pero me dijeron que se había marchado usted a
-La Coruña, y a La Coruña me fuí en su busca.
-
-YO.—¿Y qué le sucedió en el camino?
-
-BENEDICTO.—Voy a decírselo. A mitad de camino, entre La Coruña y
-Santiago, y según iba yo pensando en el _Schatz_, oí un galope
-estrepitoso; miré en torno y vi que dos hombres a caballo venían
-derechamente hacia mí a campo traviesa con la rapidez del viento.
-_Lieber Gott_—dije yo—, estos son ladrones o facciosos; y lo
-eran, en efecto. En un momento me alcanzaron y me dieron el alto;
-tiré el palo, me quité el sombrero y los saludé. «Buenos días,
-_caballeros_»—dije—. «Buenos días, paisano»—respondieron—, y
-estuvimos mirándonos más de un minuto. _Lieber Himmel_, nunca he
-visto ladrones tan bien vestidos y armados, ni mejor montados que
-aquéllos. Llevaban dos jacas magníficas, tan fogosas que parecían
-poder subir hasta las nubes en un vuelo. Estuvimos mirándonos hasta
-que uno me preguntó quien era yo, de donde venía y a donde iba.
-«Caballeros—respondí—, yo soy suizo y he venido a Santiago a cumplir
-una promesa; ahora me vuelvo a mi país.» No dije una palabra del
-tesoro, porque temí que me fusilaran si se les ocurría pensar que
-llevaba conmigo parte de él.
-
-—¿Tienes dinero?—me preguntaron.
-
-—Caballeros—respondí—, ya ven ustedes que viajo a pie y con los
-zapatos rotos; si tuviera dinero no iría así. No quiero engañarles,
-sin embargo: tengo una _peseta_ y unos _cuartos_. Al decir esto,
-saqué lo que tenía y se lo ofrecí.
-
-—Nosotros somos _caballeros_ de Galicia—dijeron—y no quitamos
-_pesetas_, menos aún _cuartos_. ¿De qué partido eres? ¿Estás por la
-reina?
-
-—No, caballeros—respondí—; no estoy por la reina; pero al mismo
-tiempo, permítanme ustedes que les diga que tampoco estoy por el rey;
-no estoy enterado de ese asunto; soy suizo, y, por tanto, no peleo en
-pro ni en contra de nadie mientras no me paguen.
-
-Esto les hizo reír; me preguntaron luego cosas relativas a Santiago,
-a las tropas que había y al capitán general; para no disgustarles
-conté todo lo que sabía y más aún. Entonces, uno de ellos, el más
-feroz y violento de los dos, me apuntó con el trabuco y dijo: «Si
-hubieses sido español, te hubiéramos hecho astillas la cabeza,
-tomándote por espía; pero vemos que eres extranjero y creemos lo que
-nos has dicho. Toma esta _peseta_ y sigue tu camino; pero cuidado
-con decir a nadie nada de nosotros, porque si no, _¡carracho!_...»
-Descargó el trabuco por encima de mi cabeza, y tan cerca que durante
-un segundo me tuve por muerto. Luego, dando una gran voz, salieron al
-galope; sus caballos saltaban por los _barrancos_ como si estuvieran
-poseídos de los demonios.
-
-YO.—¿Qué le ocurrió a usted al llegar a La Coruña?
-
-BENEDICTO.—Al llegar a La Coruña pregunté por usted, _lieber Herr_, y
-me dijeron que precisamente el día anterior se había marchado usted
-a Oviedo; al oirlo se me heló el corazón, viéndome en el extremo más
-remoto de Galicia sin un amigo que me socorriera. Estuve un día o
-dos sin saber qué hacer; al fin resolví dirigirme a la frontera de
-Francia, pasando por Oviedo, donde esperaba verle a usted y pedirle
-consejo. Mendigué entre los alemanes establecidos en La Coruña
-un socorro para el camino, y saqué muy poco, sólo unos _cuartos_,
-menos de lo que los facciosos me dieron en el camino de Santiago;
-con eso salí para Asturias por el camino de Mondoñedo. _Och_, qué
-ciudad, ¡Mondoñedo!, llena de canónigos, de curas, de _pfaffen_, más
-carlistas todos que el propio don Carlos.
-
-»Un día fuí al palacio del obispo y hablé con él, diciéndole que
-volvía de una peregrinación a Santiago y le pedí un socorro. Díjome
-que no podía remediarme, y en cuanto a lo de ser peregrino de
-Santiago se holgó mucho de ello, esperando que fuese de gran provecho
-para mi alma. Salí de Mondoñedo y me metí por las montañas, pidiendo
-limosna a la puerta de cada _choza_ que encontraba; decía a todos
-que era un peregrino procedente de Santiago, y mostraba mi pasaporte
-en prueba de que había estado allí. _Lieber Herr_, nadie me dió un
-_cuarto_, ni siquiera un pedazo de _broa_; gallegos y asturianos se
-reían de Santiago y me dijeron que el nombre del santo no era ya un
-talismán en España. Me hubiera muerto de hambre a no ser porque de
-vez en cuando arrancaba una o dos mazorcas de algún maizal; también
-cogía tal cual racimo de las _parras_ y moras de zarza; de este
-modo fuí tirando hasta llegar a las _bellotas_; allí encontré un
-cabrito perdido, lo maté y me comí un pedazo, crudo y todo, porque el
-hambre era mucha; me sentó muy mal, y estuve dos días postrado en un
-_barranco_, medio muerto, incapaz de valerme; fué una gran suerte que
-no me devorasen los lobos. Después, a campo traviesa, seguí a Oviedo;
-no sé cómo he llegado; parecía un espectro. La noche pasada dormí en
-una pocilga vacía, a unas dos leguas de aquí, y antes de abandonarla
-me hinqué de rodillas y pedí a Dios que me permitiese encontrarle a
-usted, _lieber Herr_, porque usted era mi última esperanza.
-
-YO.—¿Y qué piensa usted hacer ahora?
-
-BENEDICTO.—¿Qué quiere usted que le diga, _lieber Herr_? No sé qué
-hacer. Me someto en todo a sus consejos.
-
-YO.—Estaré en Oviedo unos pocos días más; durante ellos, puede usted
-alojarse en esta _posada_, y trate de recobrarse de las fatigas de
-tan desastrosos viajes; quizás antes de marcharme se me ocurra algún
-plan para sacarle a usted de esta situación tan apurada.
-
-Oviedo tiene unos quince mil habitantes. Está en una situación
-pintoresca, entre dos montañas: el Morcín y el Naranco; la primera
-es muy alta y escabrosa; durante la mayor parte del año se halla
-cubierta de nieve; las vertientes de la otra están cultivadas y
-plantadas de viñedo. El ornamento principal de la ciudad es la
-catedral; su torre, extremadamente alta, es quizás uno de los más
-puros ejemplares de la arquitectura gótica que existen hoy en día.
-El interior de la catedral es decente y apropiado; pero muy sencillo
-y sin adornos. Sólo vi un cuadro: la Conversión de San Pablo. Una de
-las capillas es cementerio, donde descansan los huesos de once reyes
-godos. ¡Paz a sus almas!
-
-En La Coruña me habían dado una carta de recomendación para un
-comerciante de Oviedo, el cual me recibió con gran cortesía, y
-dedicó, por lo general, un rato todos los días a enseñarme las cosas
-notables de Oviedo. Una mañana me dijo:
-
-—Usted habrá oído, sin duda, hablar de Feijóo, el famoso filósofo
-benedictino, cuyos escritos han contribuido mucho a disipar las
-supersticiones y los errores populares, tanto tiempo acreditados en
-España; está enterrado en uno de los conventos de Oviedo, donde pasó
-gran parte de su vida. Venga usted conmigo y le enseñaré su retrato.
-Nuestro gran rey Carlos III envió desde Madrid a su pintor para que
-lo hiciera. Ahora pertenece a mi amigo el abogado don Ramón Valdés.
-
-Fuimos a casa de don Ramón Valdés, quien, muy cortésmente, me enseñó
-el retrato de Feijóo, de forma circular, como de un pie de diámetro,
-rodeado de un pequeño bastidor de cobre, algo así como el borde
-de una bacía de barbero. Tenía el semblante ancho y grueso, pero
-correcto; arqueadas las cejas, los ojos vivos y penetrantes, la
-nariz aguileña. Llevaba en la cabeza un gorro de seda; el cuello de
-la túnica apenas llegaba a verse. Era, sin duda, un cuadro bueno, y
-me llamó mucho la atención, como uno de los mejores ejemplares del
-moderno arte español que había visto hasta entonces.
-
-Uno o dos días después dije a Benedicto Mol:—Mañana me voy a
-Santander. Es hora ya de que resuelva usted lo que ha de hacer: o
-volverse a Madrid o dirigirse rápidamente a Francia, y desde allí
-continuar hacia su país.
-
-—_Lieber Herr_—dijo Benedicto—, iré detrás de usted a Santander en
-jornadas cortas, porque en un país tan montañoso no puedo andar
-mucho; una vez allí, acaso encuentre medio de ir a Francia. En
-estos viajes tan horribles me sirve de mucho consuelo pensar que
-voy siguiendo las huellas de usted y la esperanza de alcanzarle de
-nuevo. Esta esperanza me salvó la vida en las _bellotas_, y sin eso
-no hubiera llegado jamás a Oviedo. Saldré de España lo antes posible
-y me iré a Lucerna, aunque es fuerte cosa dejar detrás de mí el
-_Schatz_ en la tierra de los gallegos.
-
-Al separarnos le regalé unos pocos duros.
-
-—Benedicto es un hombre extraño—me dijo Antonio a la mañana
-siguiente, cuando, acompañados por un guía, salimos de Oviedo—. Es un
-hombre extraño, _mon maître_, el tal Benedicto. Ha llevado una vida
-extraña y le espera una muerte extraña también: lo lleva escrito en
-el rostro. No creo que se marche de España, y si se marcha será para
-volver, porque está embrujado con el tesoro. Anoche envió a buscar
-una _sorcière_, y delante de mí la consultó; le dijo que estaba
-destinado a encontrar el tesoro, pero que antes tenía que cruzar
-agua. Le puso en guardia contra un enemigo, que Benedicto supone
-que será el canónigo de Santiago. He oído hablar mucho del ansia
-de dinero de los suizos; este hombre es una prueba. Por todos los
-tesoros de España no sufriría yo lo que Benedicto ha sufrido en estos
-últimos viajes.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XXXIV
-
- Salida de Oviedo.—Villaviciosa.—El joven de la posada.—La
- narración de Antonio.—El general y su familia.—Noticias
- deplorables.—Mañana moriremos.—San Vicente.—Santander.—Una
- arenga.—El irlandés Flinter.
-
-
-Salimos, pues, de Oviedo e hicimos rumbo a Santander. El guía que
-llevábamos, y a quien había yo alquilado la jaca que montaba, nos lo
-recomendó mi amigo el comerciante de Oviedo. Resultó ser un individuo
-desidioso e indolente; iba, por lo general, doscientas o trescientas
-varas rezagado de nosotros, y en lugar de alegrarnos el camino con
-cantares y cuentos, como Martín de Ribadeo, apenas abrió los labios,
-salvo para decirnos que no fuésemos tan de prisa, o que le iba a
-reventar la jaca si le daba tantos espolazos. Además era ladrón, y
-aunque se ajustó para hacer el viaje a _seco_, o sea corriendo de
-su cuenta sus gastos personales y los del caballo, se las arregló
-de modo que, durante todo el viaje, unos y otros pesaron sobre mí.
-Cuando se viaja por España, el plan más barato es que en el ajuste
-entre la manutención del guía y de su caballo o mula, porque así el
-precio del alquiler disminuye lo menos un tercio, y las cuentas en
-el camino rara vez suben más por eso; mientras que, en otro caso,
-el guía se embolsa la diferencia, y, no obstante, queda libre de
-su escote a expensas del viajero, gracias a la connivencia de los
-posaderos, unidos a los guías por una especie de espíritu de cuerpo.
-
-Entrada la tarde llegamos a Villaviciosa, ciudad pequeña y sucia, a
-ocho leguas de Oviedo, al borde de una ensenada que comunica con el
-golfo de Vizcaya. Suele llamarse a Villaviciosa _la capital de las
-avellanas_ por la inmensa cantidad de ese fruto que se cosecha en
-su término; la mayor parte se exporta a Inglaterra. Al acercarnos
-al pueblo, dábamos alcance a numerosos carros de _avellanas_ que
-llevaban la misma dirección que nosotros. Me dijeron que en la rada
-había anclados algunos barcos ingleses. Por extraño que parezca, y
-a pesar de hallarnos en la _capital de las avellanas_, nos fué muy
-difícil procurarnos un puñado de ellas para postre, y más de la mitad
-de las que nos dieron estaban hueras. Los de la posada nos dijeron
-que como las avellanas eran para la exportación, no se les ocurría
-siquiera comerlas ni ofrecérselas a los huéspedes.
-
-Al día siguiente llegamos muy temprano a Colunga, lindo pueblecito,
-situado en una elevación del terreno, entre frondosos castañares. El
-pueblo es famoso, al menos en Asturias, por ser cuna de Argüelles,
-padre de la Constitución española.
-
-Al desmontar a la puerta de la _posada_, donde pensábamos reparar las
-fuerzas, una persona, asomada a una ventana del piso alto, lanzó una
-exclamación y desapareció. Estábamos todavía en la puerta, cuando el
-mismo individuo llegó corriendo y se arrojó al cuello de Antonio.
-Era un joven bien parecido, de unos veinticinco años, vestido con
-elegancia y tocado con una gorra de _montero_. Antonio, después de
-mirarle un momento, exclamó: _Ah, monsieur, est ce bien vous?_, y le
-dió un afectuoso apretón de manos. El desconocido le hizo señas de
-que le siguiera, y en el acto se fueron los dos al aposento de encima.
-
-Preguntándome lo que podría significar aquello, me senté a almorzar.
-Pasó una hora, y Antonio no volvía. Por entre las tablas que formaban
-el techo de la cocina, oía yo su voz y la de su amigo, y me parecía
-oír a veces sollozos entrecortados y gemidos. Hubo después un largo
-silencio. Ya empezaba a impacientarme e iba a llamar a Antonio,
-cuando el hombre se presentó; pero no le acompañaba el desconocido.
-
-—Sepamos, por todas las extravagancias de este mundo—pregunté—¿qué ha
-estado usted haciendo por ahí? ¿Quién es ese hombre?
-
-—_Mon maître_—dijo Antonio—, _c’est un monsieur de ma connaissance_.
-Con su permiso, voy a tomar un bocado, y por el camino le contaré a
-usted lo que sé de él.
-
-—_Monsieur_—dijo Antonio cuando cabalgábamos ya fuera de Colunga—,
-está usted impaciente por saber la historia de ese caballero a quien
-ha visto usted abrazarme en la posada. Sepa usted, _mon maître_, que
-estas guerras de carlistas y _cristinos_ han causado muchas miserias
-y desventuras en este país; pero no creo que haya en toda España
-persona tan plenamente desdichada como ese pobre y joven caballero de
-la posada; todas sus desventuras provienen del espíritu de partido y
-de facción que en estos últimos tiempos prevalecía tanto.
-
-»_Mon maître_, como le he dicho a usted repetidas veces, he vivido
-en muchas casas y servido a muchos amos; sucedió que hará unos diez
-años entré a servir al padre de ese caballero, muy niño entonces.
-La familia estaba en muy buena posición; el padre era general del
-ejército y bastante rico. Constituían la familia el padre, su señora
-y dos hijos; el más joven es el que usted ha visto; el otro le
-llevaba unos cuantos años. _¡Par Dieu!_ En aquella casa lo pasé muy
-bien; todos los individuos de la familia me trataban con bondad. De
-muchas casas me han despedido; pero de aquella, no; cosa notable.
-Las tres veces que me salí fué por mi libre voluntad. Me enfadaba
-con los otros criados, o con el perro o el gato. La última vez me
-fuí por culpa de una codorniz colgada en la ventana de _madame_,
-y que me despertaba todas las mañanas con su canto. _Eh bien, mon
-maître_, así corrieron las cosas durante los tres años que, con
-tales alternativas, estuve al servicio de la familia; al cabo de ese
-tiempo, decidieron que el señorito más joven se fuese a viajar, y se
-pensó que yo le acompañase como criado. Tenía yo muy buenas ganas
-de irme con él; mas, _par malheur_, me encontraba por aquellos días
-muy disgustado con _madame_, su madre, por causa de la codorniz, e
-insistí en que antes de acompañar al señorito matarían al pájaro y
-lo echarían al puchero. _Madame_ se negó a esto de modo terminante;
-y hasta el pobre señorito, que siempre se había puesto de mi parte
-en tales ocasiones, dijo que eso era una extravagancia; me fuí de la
-casa muy amoscado, y no volví más.
-
-»_Eh bien, mon maître_, el señorito se fué a viajar y estuvo fuera
-varios años; desde su partida hasta que le he encontrado en Colunga,
-no había vuelto a verle ni oído hablar de él; pero sí tenía noticias
-de su familia: de _monsieur_, su padre; de _madame_, su madre, y de
-su hermano, oficial de caballería. Poco antes de la guerra civil, o
-sea antes de morir Fernando VII, _monsieur_, padre de este joven,
-fué nombrado capitán general de La Coruña. Aunque muy buen amo,
-_monsieur_ era bastante orgulloso, amigo de la disciplina, de la
-obediencia y de todas esas cosas. Además, no era amigo del populacho,
-de la _canaille_, y profesaba singular aversión a los nacionales. Por
-esto, al morir Fernando, se susurraba en La Coruña que el general
-no era liberal, y que era más amigo de Carlos que de Cristina. _Eh
-bien_: aconteció que un día se celebraba en la bahía una gran _fête_
-en la que tomaban parte los soldados y los nacionales; yo no sé cómo
-sucedió; el caso es que hubo una _émeute_, y los nacionales echaron
-mano a _monsieur_, el general, le ataron una cuerda al cuello, le
-zambulleron en el agua desde la falúa en que iba, y lo llevaron a
-remolque hasta que se ahogó. Entonces fueron a su casa, la saquearon,
-y maltrataron de tal modo a _madame_, que por entonces estaba
-_enceinte_, que a las pocas horas expiró.
-
-»Le digo a usted, _mon maître_, aunque le cueste trabajo creerlo, que
-al saber la desgracia de _madame_ y del general, lloré por ellos,
-y sentí haberme despedido de la casa airadamente, por causa de la
-maldita codorniz.
-
-»_Eh bien, mon maître, nous poursuivrons notre histoire._ El hijo
-mayor, oficial de caballería, como le he dicho, y hombre enérgico,
-en cuanto supo la muerte de sus padres juró vengarse. ¡Pobre
-infeliz! No se le ocurrió más que desertar con dos o tres camaradas
-descontentos, y, metiéndose en Galicia, levantaron una pequeña
-facción y proclamaron a don Carlos. Por un poco de tiempo hicieron
-mucho daño a los liberales, quemando y arrasando sus propiedades, y
-dieron muerte a varios nacionales que cayeron en sus manos. Pero esto
-duró poco; su facción fué dispersada y el jefe preso y ahorcado, y su
-cabeza clavada en un palo.
-
-»_Nous sommes déjà presque au bout._ Cuando llegamos a la posada, el
-joven me llevó a su cuarto, como usted vió, y durante un buen rato
-las lágrimas y los sollozos no le dejaron hablar. Su historia se
-cuenta en dos palabras: volvió de su viaje, y la primera noticia
-que le aguardaba a su regreso era que habían ahogado a su padre,
-asesinado a su madre y ahorcado a su hermano, y que, además, todos
-los bienes de la familia estaban confiscados. Y no era eso todo:
-donde quiera que iba le miraban como faccioso, y los nacionales le
-apaleaban. Acudió a sus parientes, y algunos, del bando carlista,
-le aconsejaron que se alistara en el ejército de don Carlos, y el
-mismo Pretendiente, que fué amigo de su padre, le ofreció un empleo
-en su ejército. Pero, _mon maître_, como le dije a usted antes, se
-trata de un joven pacífico, manso como un cordero, que aborrece
-el derramamiento de sangre. Además, no era de ideas carlistas,
-porque durante sus estudios había leído libros escritos en tiempos
-antiguos por algunos compatriotas míos, donde no se habla más que de
-repúblicas, de libertades y de derechos del hombre, de suerte que se
-inclinaba más al sistema liberal que al de don Carlos; declinó, por
-tanto, la oferta de don Carlos, y todos sus parientes le abandonaron,
-mientras los liberales le acosaban de pueblo en pueblo como a bestia
-salvaje. Al fin, vendió unas tierrecillas que le quedaban, y con el
-producto se retiró a Colunga, donde nadie le conoce; aquí lleva hace
-varios meses una vida muy triste; la lectura de dos o tres libros
-y correr de vez en cuando una liebre con su perro son todas sus
-distracciones. Me pidió consejo, pero no pude darle ninguno y no hice
-más que llorar con él. Al cabo, dijo: «Querido Antonio, para mí no
-hay remedio, ya lo veo. Dices que tu amo está abajo; ruégale de mi
-parte que se espere hasta mañana; mandaremos llamar a las muchachas
-del pueblo, buscaremos un violín y una gaita, y bailaremos para
-olvidar nuestros cuidados un momento.» Entonces me dijo unas palabras
-en griego viejo; apenas las entendí, pero creo que significan algo
-así como: «Bebamos y comamos y alegrémonos, que mañana moriremos.»
-
-»_Eh bien, mon maître_: le dije que usted es un señor muy serio,
-que no se divierte nunca y que estaba de prisa. Lloró otra vez,
-y, abrazándome, nos dijimos adiós. Ya sabe usted, _mon maître_, la
-historia del joven de la posada.»
-
-Dormimos en Ribadesella, y al mediar el siguiente día llegamos a
-Llanes. El camino corría entre la costa y una inmensa cadena de
-montañas que alzaba su barrera formidable a una legua del mar.
-El terreno por donde íbamos era regularmente llano y parecía
-bien cultivado. Abundaban los viñedos y los árboles, y a cortos
-intervalos se alzaban los _cortijos_ de los propietarios, edificios
-de piedra, de planta cuadrada, rodeados de un muro exterior. Llanes
-es una ciudad antigua, de gran importancia en otros tiempos. En sus
-cercanías está el convento de San Cilorio, uno de los edificios
-monásticos más grandes de España. Ahora está abandonado, y se alza
-solitario y desolado en una de las penínsulas de la costa cantábrica.
-Dejado Llanes, entramos a poco en una de las regiones más áridas
-y tristes que pueden imaginarse, donde todo era piedra y rocas,
-sin árboles ni hierba. La noche nos cogió en aquellos lugares.
-Continuamos la marcha, no obstante, hasta llegar a una aldea llamada
-Santo Colombo. Allí pasamos la noche en casa de un carabinero,
-hombre atlético, a quien encontramos a la puerta, armado de fusil.
-Era castellano, con todo el ceremonioso formulismo y la grave
-urbanidad que en otro tiempo dieron tanta fama a sus compatriotas.
-Regañó a su mujer porque hablaba con la criada delante de nosotros
-de asuntos de la casa. «Bárbara—dijo—, esa conversación no puede
-interesarles a unos caballeros forasteros; cállate, o vete a otra
-parte con la _muchacha_.» No quiso aceptar remuneración alguna por su
-hospitalidad. «Soy un _caballero_ como ustedes—dijo—. No acostumbro
-a albergar gente en mi casa para ganar dinero. A ustedes les admití
-porque se les había hecho de noche y la _posada_ estaba lejos.»
-
-Madrugamos mucho y seguimos nuestra ruta por un terreno tan triste y
-pedregoso como el recorrido el día antes. En cuatro horas llegamos a
-San Vicente, pueblo grande y destrozado, habitado principalmente por
-miserables pescadores. Conserva, empero, notables reliquias de su
-pasada magnificencia; el puente, tendido sobre la profunda y ancha
-ría en cuya margen se alza la ciudad, no tiene menos de treinta y dos
-arcos, y es de granito gris. Su fábrica es muy antigua; se halla tan
-ruinoso en algunos sitios, que ofrece peligro.
-
-Dejando atrás San Vicente, caminamos unas cuantas leguas por la
-costa; a veces atravesábamos alguna angosta ría. El terreno comenzó a
-mejorar; en las cercanías de Santillana era ya fértil y ameno. Como
-una hora antes de llegar al país de Gil Blas, atravesamos un extenso
-bosque, con muchas rocas y precipicios. En un lugar como éste se
-hallaba la caverna de Rolando, según se cuenta en la novela. El
-bosque tenía mala fama; el guía nos dijo que en él se cometían robos;
-pero nada nos sucedió, y llegamos a Santillana a eso de las seis de
-la tarde.
-
-No entramos en la ciudad; hicimos alto en una gran _venta_ o
-_posada_, en las afueras, delante de la que se alzaba un fresno
-gigante. Apenas hospedados, estalló una espantosa tormenta de agua
-y viento, con muchos truenos y relámpagos, que se prolongó sin
-interrupción varias horas, y cuyos efectos observé durante el viaje
-del siguiente día: todos los ríos que encontramos iban muy crecidos;
-al borde del camino yacían descuajados algunos árboles. Santillana
-cuenta con cuatro mil habitantes, y dista de Santander, adonde
-llegamos al otro día temprano, seis leguas cortas.
-
-No hay cosa que contraste más con la región desolada y los pueblos
-medio en ruinas que acabábamos de atravesar, que el bullicio y la
-actividad de Santander, casi la única ciudad de España que no ha
-padecido con las guerras civiles, a pesar de hallarse en los confines
-de las Provincias Vascongadas, reducto del Pretendiente. Hasta las
-postrimerías del siglo pasado, Santander era poco más que una obscura
-ciudad de pescadores; pero en estos últimos años ha monopolizado casi
-por completo el comercio con las posesiones ultramarinas de España,
-especialmente con la Habana. La consecuencia de esto ha sido que,
-mientras Santander se enriquecía con rapidez, La Coruña y Cádiz han
-ido decayendo al mismo paso. Santander posee un muelle muy hermoso,
-sobre el que se alza una línea de soberbios edificios, mucho más
-suntuosos que los palacios de la aristocracia en Madrid; son de
-estilo francés, y en su mayoría los ocupan comerciantes. La población
-de Santander es de unos sesenta mil habitantes.
-
-El día de mi llegada comí en la _table d’hôte_ de la fonda principal,
-regida por un genovés. La concurrencia era muy mezclada: franceses,
-alemanes y españoles hablaban en sus idiomas respectivos, y en una
-punta de la mesa, sentados frente a frente, dos catalanes, uno de los
-cuales pesaría veinte arrobas, gruñían en su áspero dialecto. Mucho
-antes de terminar la comida, un individuo sentado junto al catalán
-corpulento monopolizó la atención y las conversaciones de todos.
-Era un hombre delgado, de mediana estatura, rubicundo y con una
-irregularidad en la mirada que, si no era estrabismo, se le parecía
-mucho. Llevaba uniforme militar, azul, y por el gusto de perorar se
-olvidaba de los manjares que tenía delante. Hablaba en correctísimo
-español, pero con un leve acento extranjero. Entretúvose un buen
-rato en discurrir acerca de la guerra y de sus particularidades,
-criticando con mucha libertad la conducta de los generales, tanto
-carlistas como _cristinos_, en la presente lucha, y, por último,
-exclamó:
-
-—Si el Gobierno me diese veinte mil hombres tan sólo, acababa yo la
-guerra en seis meses.
-
-—Dispense usted, señor—dijo un español sentado a la mesa—; la
-curiosidad me mueve a pedirle a usted el favor de decirnos su
-distinguido nombre.
-
-—Yo soy Flinter—contestó el militar—, nombre que las mujeres, los
-niños y los hombres de España traen de boca en boca. Soy Flinter
-el irlandés y acabo de escaparme de las garras de don Carlos en
-las Provincias Vascongadas. Al morir Fernando me declaré por
-Isabel, estimando que todo buen caballero irlandés al servicio de
-España debía hacer otro tanto. Todos ustedes han oído hablar de
-mis hazañas; permítanme ustedes decir que aún hubiese hecho mucho
-más si la envidia de mi gloria no hubiese trabajado para privarme
-de los medios de acción necesarios. Hace dos años me mandaron a
-Extremadura a organizar las milicias. Las partidas de Gómez y de
-Cabrera entraron en la provincia, sembrando la devastación en torno;
-con todo, me encontraron en mi puesto, y si mis subalternos me
-hubieran secundado como era debido, los dos cabecillas no habrían
-vuelto ante su amo a jactarse de sus triunfos. Estando a la defensiva
-en mis atrincheramientos, se destacó de las filas carlistas un
-hombre y nos intimó la rendición. «¿Quién eres?»—le pregunté—. «Soy
-Cabrera»—respondió—. «Y yo soy Flinter—repliqué desenvainando el
-sable—; retírate a tus líneas o mueres inmediatamente.» Amedrentado,
-hizo lo que le mandé. Una hora después nos rendimos. Me llevaron
-prisionero a las Provincias Vascongadas, y los carlistas se
-regocijaron mucho con mi captura, porque el nombre de Flinter era muy
-sonado en sus filas. Me arrojaron en una mazmorra repugnante, donde
-estuve veinte meses. Hacía mucho frío, yo estaba desnudo, pero no me
-desanimé por eso: mi indomable espíritu no podía sentir tal flaqueza.
-Al cabo, mi carcelero se compadeció de mis desdichas. Díjome que «le
-apesadumbraba ver morir sin gloria a hombre tan valiente». Combinamos
-un plan de fuga, adquirimos unos disfraces y nos lanzamos juntos a
-la ventura. Pasamos inadvertidos hasta llegar a las líneas carlistas
-sobre Bilbao; allí nos dieron el alto. Pero mi presencia de ánimo no
-me abandonó. Iba yo disfrazado de carretero catalán, y la frialdad de
-mis respuestas engañó a mis interrogadores. Nos dejaron pasar y no
-tardamos en vernos en salvo dentro de los muros de Bilbao. Aquella
-noche hubo iluminación en la ciudad, porque el león había roto
-sus redes, Flinter se había escapado y volvía a reanimar una causa
-abatida. Acabo de llegar ahora de Santander, de paso para Madrid,
-donde voy a pedir al Gobierno el mando de veinte mil hombres.
-
-¡Pobre Flinter! Seguramente no se han visto juntos en el mismo
-cuerpo un corazón más intrépido ni una boca más fanfarrona. Se fué
-a Madrid y, por la influencia del embajador británico, amigo suyo,
-obtuvo el mando de una pequeña división, con la que se dió traza
-para sorprender y derrotar, en las cercanías de Toledo, un cuerpo
-de carlistas al mando de Orejita, tres veces superior en número a
-sus tropas. En pago de esa hazaña, el Gobierno, que era entonces
-_moderado_ o _juste milieu_, le persiguió con incansable animosidad;
-el primer ministro, Ofalia, apoyó con toda su influencia numerosas y
-ridículas acusaciones de robos y saqueos aducidas contra el demasiado
-victorioso general por los canónigos carlistas de Toledo. Fué
-asimismo acusado de negligencia por haber consentido, después de la
-batalla de Valdepeñas, ganada también por él con gran intrepidez, que
-las fuerzas carlistas se posesionaran de las minas de Almadén; bien
-que el Gobierno, empeñado en perderle, hizo cuanto pudo para impedir
-que se aprovechara de la victoria, negándole todo género de recursos
-y refuerzos. Privado de los frutos de su victoria, cegáronse sus
-esperanzas, y una melancolía morbosa se apoderó del irlandés;
-resignó el mando, y menos de diez meses después de haberle visto en
-Santander, dió a sus cobardes y envidiosos enemigos un triunfo que
-los satisfizo, cortándose el cuello con una navaja de afeitar.
-
-¡Almas ardorosas, nacidas en otros climas, que aspiráis a
-distinguiros al servicio de España y a ganar recompensas y honores,
-acordaos de la suerte de Colón y de otro no menos valiente y
-apasionado: Flinter!
-
-
-
-
-CAPÍTULO XXXV
-
- Salida de Santander.—Alarma nocturna.—La hoz tenebrosa.
-
-
-Tenía yo encargado que mandaran desde Madrid a Santander 200
-Testamentos; con no pequeño disgusto hallé que no habían llegado,
-y supuse o que los carlistas se habían apoderado de ellos en el
-camino, o que mi carta se había extraviado. Pensé pedir a Inglaterra
-provisión de ellos; pero abandoné la idea por dos razones: en primer
-lugar, hubiera tenido que perder un mes aguardando, ocioso, su
-llegada, y la ciudad era muy cara, y en segundo lugar, me encontraba
-muy mal de salud y no podía procurarme buena asistencia médica en
-Santander. Desde que salí de La Coruña me afligía una disentería
-terrible, complicada últimamente con una oftalmía. Resolví, por
-tanto, marcharme a Madrid. Pero no era esto empresa fácil. Partidas
-del ejército de don Carlos, batidas en Castilla, merodeaban por
-la región que yo iba a cruzar, sobre todo por la parte llamada La
-Montaña, de modo que las comunicaciones de Santander con el Sur
-estaban cortadas. Sin embargo, determiné confiar, como siempre, en
-el Todopoderoso y afrontar el peligro. Compré un caballejo, y en
-compañía de Antonio me puse en camino.
-
-Antes de marcharme hablé con los libreros para el caso de que me
-fuera posible enviarles un depósito de Testamentos desde Madrid;
-arregladas las cosas a gusto mío, me puse en manos de la Providencia.
-No me detendré en referir este viaje de 300 millas. Pasamos por en
-medio del fuego, aunque parezca raro, sin chamuscarnos un pelo de
-la cabeza. Delante, detrás y a cada lado de nosotros se cometían
-robos, muertes y todo género de atrocidades; pero ni siquiera nos
-ladró un perro, aunque en cierta ocasión se concertó un plan para
-cogernos. A unas cuatro leguas de Santander, mientras echábamos
-pienso a los caballos en la posada de un pueblo, vi salir corriendo
-a un hombre que había estado cuchicheando con el mozo que nos daba
-la cebada para las bestias. En el acto le pregunté lo que el hombre
-le había dicho; pero obtuve sólo respuestas evasivas. Luego resultó
-que hablaron de nosotros. Dos o tres leguas más lejos había otro
-pueblo y otra posada, donde tenía pensado detenerme, y de seguro
-lo dije así; pero al llegar a ella, como aún quedaba bastante sol,
-decidí continuar hasta otra posada que creía encontrar a una legua
-de distancia; me equivoqué en esto, porque no encontramos ninguna
-hasta Ontaneda, a nueve leguas y media de Santander, donde había
-un pequeño destacamento de soldados. A media noche nos despertó el
-grito de alarma; el faccioso estaba cerca; acababa de llegar un
-emisario del _alcalde_ del pueblo inmediato, donde había tenido yo
-intención de pernoctar, diciendo que una partida carlista había
-sorprendido el lugar en busca de un espía inglés que suponían alojado
-en la posada. Al oír esto, el oficial que mandaba la tropa no se
-creyó seguro, y al instante reunió su gente y se retiró a un pueblo
-próximo fortificado, guarnecido por un destacamento más poderoso.
-Nosotros ensillamos los caballos y continuamos nuestro camino en la
-obscuridad. Si los carlistas llegan a cogerme me hubieran fusilado en
-el acto, y arrojado mi cuerpo en las peñas para pasto de buitres y
-lobos. Pero «no estaba escrito», decía Antonio, que, como muchos de
-sus compatriotas, era fatalista. A la noche siguiente nos libramos
-también de buena: llegábamos cerca de la entrada de un paso horrible
-llamado _El puerto de la puente de las tablas_, que atraviesa una
-montaña pavorosa y negra, al otro lado de la cual está la ciudad de
-Oña, donde me proponía pasar la noche. Hacía un cuarto de hora que
-se había puesto el sol. De pronto un hombre, con el rostro lleno de
-sangre, salió precipitadamente de la hoz.
-
-—Vuélvase atrás, señor—dijo—, en nombre de Dios; en la hoz hay
-ladrones, y acaban de robarme la mula y todo lo que tengo; con
-trabajo he salido vivo de sus manos.
-
-No sé por qué no le hice caso, y sin responder seguí adelante; cierto
-que estaba yo tan cansado y enfermo que me importaba muy poco lo que
-pudiera sucederme. Entramos; a derecha e izquierda se alzaban las
-rocas a pico e interceptaban la escasa luz del crepúsculo, de suerte
-que en torno nuestro reinaban tinieblas sepulcrales o, más bien,
-las tinieblas del valle de la sombra de muerte, y no sabíamos por
-dónde íbamos; pero confiábamos en el instinto de los caballos, que
-avanzaban con las cabezas pegadas al suelo. No se oía más ruido que
-el fragor del agua al despeñarse por la hoz. A cada momento creía
-que iba a sentir un puñal en el cuello; pero «no estaba escrito».
-Atravesamos la hoz sin hallar ser humano, y a los tres cuartos de
-hora de haber entrado en ella nos encontrábamos en la _posada_ de la
-ciudad de Oña, atestada de tropas y de paisanos armados en espera de
-un ataque del grueso del ejército carlista, que andaba muy cerca.
-
-Bueno: llegamos a Burgos sin novedad; llegamos a Valladolid sin
-novedad; pasamos el Guadarrama sin novedad, y, por último, llegamos
-sin novedad a nuestra casa en Madrid. La gente ponderaba nuestra
-buena suerte; Antonio decía: «No estaba escrito»; pero yo digo: Loado
-sea el Señor por las mercedes que nos otorgó.
-
-
-FIN DEL TOMO SEGUNDO
-
-
-
-
- * * * * * *
-
-
-
-
-NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
-
- * Se ha respetado la ortografía original, normalizándola a la
- grafía de mayor frecuencia.
-
- * Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar.
-
- * Se ha reparado el emparejamiento de los puntos de admiración e
- interrogación, y de los paréntesis y comillas.
-
-
-
-***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA BIBLIA EN ESPAÑA, TOMO II (DE
-3)***
-
-
-******* This file should be named 51020-0.txt or 51020-0.zip *******
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-Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
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-Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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-<body>
-<h1 class="pg">The Project Gutenberg eBook, La Biblia en España, Tomo II (de 3), by
-George Borrow, Translated by Manuel Azaña</h1>
-<p>This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States
-and most other parts of the world at no cost and with almost no
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-country where you are located before using this ebook.</p>
-<p>Title: La Biblia en España, Tomo II (de 3)</p>
-<p> O viajes, aventuras y prisiones de un inglés en su intento de difundir las Escrituras por la Península</p>
-<p>Author: George Borrow</p>
-<p>Release Date: January 24, 2016 [eBook #51020]</p>
-<p>Language: Spanish</p>
-<p>Character set encoding: UTF-8</p>
-<p>***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA BIBLIA EN ESPAÑA, TOMO II (DE 3)***</p>
-<p>&nbsp;</p>
-<h4>E-text prepared by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box,<br />
- and the Online Distributed Proofreading Team<br />
- (<a href="http://www.pgdp.net">http://www.pgdp.net</a>)<br />
- from page images generously made available by<br />
- Internet Archive/Canadian Libraries<br />
- (<a href="https://archive.org/details/toronto">https://archive.org/details/toronto</a>)</h4>
-<p>&nbsp;</p>
-<table border="0" style="background-color: #ccccff;margin: 0 auto;" cellpadding="10">
- <tr>
- <td valign="top">
- Note:
- </td>
- <td>
- Images of the original pages are available through
- Internet Archive/Canadian Libraries. See
- <a href="https://archive.org/details/labibliaenespa02borr">
- https://archive.org/details/labibliaenespa02borr</a><br />
- <br />
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- <a href="http://www.gutenberg.org/files/51019/51019-h/51019-h.htm">Tomo I</a>: see http://www.gutenberg.org/files/51019/51019-h/51019-h.htm<br />
- <a href="http://www.gutenberg.org/files/51689/51689-h/51689-h.htm">Tomo III</a>: see http://www.gutenberg.org/files/51689/51689-h/51689-h.htm
-
- </td>
- </tr>
-</table>
-<p>&nbsp;</p>
-
-<div class="front">
- <p><a href="#tnote">Nota de transcripción</a></p>
- <p><a href="#ToC">Índice</a></p>
-</div>
-
-<hr class="full" />
-<div class="body">
-<p>&nbsp;</p>
-<p>&nbsp;</p>
-<p>&nbsp;</p>
-<div class="screenonly">
- <div class="figcenter">
- <img src="images/cover.jpg"
- alt="Cubierta del libro" />
- </div>
-</div>
-
-<div class="aftit">
- <h1 class="faux">LA BIBLIA EN ESPAÑA</h1>
- <hr class="chap" />
- <p><span class="pagenum" id="Page_i">[p. i]</span></p>
- <p><span class="g1">COLECCIÓN GRANADA</span></p>
- <p class="large p4"><span class="g2">VIAJES</span></p>
- <p class="p4">BORROW: LA BIBLIA EN ESPAÑA<br />
- TRAD. DEL INGLÉS POR M. AZAÑA</p>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
-
-<div class="tit">
- <p><span class="pagenum" id="Page_3">[p. 3]</span></p>
- <p class="xxl">LA &nbsp; BIBLIA &nbsp; EN &nbsp; ESPAÑA</p>
- <p class="large p1">
- <span class="smcap">o viajes, aventuras y prisiones de un</span><br />
- <span class="smcap">inglés en su intento de difundir las</span><br />
- <span class="smcap">Escrituras por la Península</span>
- </p>
- <p class="small p2">POR</p>
- <p class="xl g1 p1"><span class="smcap">J. Borrow</span></p>
-
- <p class="g1 p2"><span class="smcap">traducción directa del inglés<br />
- por Manuel Azaña</span></p>
-
- <p class="large g2 p2">TOMO II</p>
-
- <div class="figcenter">
- <img src="images/logo.jpg"
- alt="Logotipo del editor" />
- </div>
-
- <p class="small g3">COLECCIÓN GRANADA</p>
- <hr class="imp" />
- <p class="small g3">JIMÉNEZ-FRAUD, Editor.—MADRID</p>
-</div>
-
-
-<div class="aftit">
- <hr class="chap" />
- <p><span class="pagenum" id="Page_4">[p. 4]</span></p>
- <p class="xs">ES PROPIEDAD</p>
- <p class="xs p1">QUEDA HECHO EL DEPÓSITO QUE MARCA</p>
- <p class="xs p1 g3">LA LEY</p>
- <p class="small p4">Imprenta Clásica Española. Glorieta de Chamberí. Madrid.</p>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
-
-<div class="chapter" id="ToC">
- <p><span class="pagenum" id="Page_5">[p. 5]</span></p>
- <h2 class="nobreak g2">ÍNDICES</h2>
-</div>
-
-<table summary="índice de contenidos">
- <tr>
- <td class="tdl">&nbsp;</td>
- <td class="tdr"><span class="subrayado">Páginas.</span></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Capítulo xix.</span>— Llegada a Madrid.— María
- Díaz.— Impresión del Testamento.— Mi proyecto.— El corcel andaluz.—
- Se necesita un criado.— Una petición.— Antonio Buchini.— El general
- Córdova.— Principios de honor.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_13">13</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. xx.</span>— Enfermedad.— Visita nocturna.—
- Una inteligencia superior.— El cuchicheo.— Salamanca.— Hospitalidad
- irlandesa.— Soldados españoles.— Anuncios de las Escrituras.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_30">30</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. xxi.</span>— Salida de Salamanca.—
- Recibimiento en Pitiega.— El dilema.— Inspiración súbita.— El buen
- cura.— Combate de dos cuadrúpedos.— Irlandeses cristianos.— Las
- llanuras de España.— Los catalanes.— La poza fatal.— Valladolid.—
- Propaganda de las Escrituras.— Las misiones para Filipinas.— El
- colegio inglés.— Una conversación.— La carcelera.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_43">43</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. xxii.</span>— Dueñas.— Los hijos de
- Egipto.— Chalanerías.— El <span class="pagenum" id="Page_6">[p.
- 6]</span>caballo de carga.— La caída.— Palencia.— Curas carlistas.—
- El mirador.— Sinceridad sacerdotal.— León.— Alarma de Antonio.— Calor
- y polvo.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_69">69</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. xxiii.</span>— Astorga.— La posada.— Los
- maragatos.— Costumbres de los maragatos.— La estatua.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_87">87</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. xxiv.</span>— Salida de Astorga.— La venta.—
- El atajo.— Salvación difícil.— El vaso de agua.— Sol y sombra.—
- Bembibre.— El convento de las Rocas.— Puesta de sol.— Cacabelos.—
- Aventura a media noche.— Villafranca.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_94">94</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. xxv.</span>— Villafranca.— El puerto.—
- Simplicidad gallega.— La guardia de la frontera.— La herradura.—
- Peculiaridades gallegas.— Una palabra sobre el idioma.— El correo.—
- El hostelero y los huéspedes.— Los andaluces.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_113">113</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. xxvi.</span>— Lugo.— Los baños.— Una
- historia de familia.— Los Migueletes.— Las tres cabezas.— Un
- veterinario.— La escuadra inglesa.— Venta de Testamentos.— La
- Coruña.— El reconocimiento.— Luigi Pozzi.— La especulación.— John
- Moore.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_130">130</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="pagenum" id="Page_7">[p. 7]</span><span
- class="smcap">Cap. xxvii.</span>— Compostela.— Rey Romero.— El
- buscador de tesoros.— Proyectos risueños.— El derecho de asilo.—
- Riquezas ocultas.— El canónigo.— El localismo.— La lepra.— Los huesos
- de Santiago.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_151">151</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. xxviii.</span>— Los mareantes de Padrón.—
- Caldas de los Reyes.— Pontevedra.— El notario público.— La insania
- de un barbero.— Una presentación.— La lengua gallega.— Paseo por la
- tarde.— Vigo.— El forastero.— Los judíos del desierto.— La bahía de
- Vigo.— Una interrupción brusca.— El gobernador.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_168">168</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. xxix.</span>— Llegada a Padrón.— Un proyecto
- aventurado.— El <i>alquilador</i>.— Falta de palabra.— Un compañero
- singular.— Historia sencilla.— Un camino áspero.— La deserción.— La
- jaca.— Un diálogo.— Situación difícil.— La <i>Estadea</i>.— Nos anochece.—
- La choza.— La almohada del viajero.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_189">189</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. xxx.</span>— Mañana de otoño.— El fin
- del mundo.— Corcubión.— Duyo.— El cabo.— Una ballena.— La bahía
- exterior.— La detención.— El pescador alcalde.— Calros Rey.— Un
- incrédulo.— ¿Dónde está el pasaporte?— La <span class="pagenum"
- id="Page_8">[p. 8]</span>playa.— Un liberal influyente.— La criada.—
- El gran «Baintham».— Un libro sin par.— Hospitalidad.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_211">211</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. xxxi.</span>— La Coruña.— Paso de la
- bahía.— El Ferrol.— El astillero.— ¿Dónde estamos?— El embajador
- griego.— A la luz de un farol.— El barranco.— Viveiro.— La noche.—
- Ciénagas y tremedales.— Buenas palabras y buena moneda.— La cincha de
- cuero.— Ojos de lince.— El bribón del guía.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_236">236</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. xxxii.</span>— Martín de Ribadeo.— La
- yegua facciosa.— Los asturianos.— Luarca.— Las siete bellotas.— Los
- ermitaños.— Narración de un asturiano.— Unos huéspedes raros.— El
- criado gigante.— Batuschca.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_255">255</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. xxxiii.</span>— Oviedo.— Los diez
- caballeros.— Otra vez el suizo.— Petición modesta.— Los ladrones.—
- Benevolencia episcopal.— La catedral.— Un retrato de Feijóo.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_271">271</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. xxxiv.</span>— Salida de Oviedo.—
- Villaviciosa.— El joven de la posada.— La narración de Antonio.—
- El general y su familia.— Noticias deplorables.— Mañana <span
- class="pagenum" id="Page_9">[p. 9]</span>moriremos.— San Vicente.—
- Santander.— Una arenga.— El irlandés Flinter.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_285">285</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. xxxv.</span>— Salida de Santander.—
- Alarma nocturna.— La hoz tenebrosa.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_301">301</a></td>
- </tr>
-</table>
-
-
-<div class="aftit">
- <hr class="chap" />
- <p><span class="pagenum" id="Page_11">[p. 11]</span></p>
- <p class="centra xxl g1">LA &nbsp;BIBLIA &nbsp;EN &nbsp;ESPAÑA</p>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_13">[Pg 13]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XIX</h2>
- <p class="subhang">
- Llegada a Madrid.— María Díaz.— Impresión del Testamento.— Mi
- proyecto.— El corcel andaluz.— Se necesita un criado.— Una petición.—
- Antonio Buchini.— El general Córdova.— Principios de honor.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">L</span><span class="smcap">legué</span>
-a Madrid<a id="FNanchor_1" href="#Footnote_1"
-class="fnanchor">[1]</a>, y en lugar de acudir a mi
-antiguo alojamiento de la calle de la Zarza, tomé otro en
-la calle de Santiago<a id="FNanchor_2" href="#Footnote_2"
-class="fnanchor">[2]</a>, en las cercanías de Palacio. El nombre de
-la hostelera (porque, hablando propiamente, hostelero no le había)
-era María Díaz, de quien voy a decir algo en particular, ya que ahora
-se me ofrece ocasión de hacerlo.</p>
-
-<p>Podía contar esta mujer hasta treinta y cinco años; era más
-bien agraciada, y todos los rasgos de su fisonomía denotaban una
-inteligencia poco común. Tenía los ojos vivos y penetrantes, aunque
-a veces los velaba una expresión un tanto melancólica. Todo su porte
-respiraba serenidad y reposo<span class="pagenum" id="Page_14">[p.
-14]</span> notables, debajo de los que alentaban una robustez
-de ánimo y una energía para la acción prontas a manifestarse en
-cuanto era menester. Aunque española, y, como es natural, católica,
-animábanla una tolerancia y generosidad como ya las quisieran para
-sí personas colocadas a mucha mayor altura. Durante mi permanencia
-en España encontré en esta mujer un amigo firme e invariable, y a
-veces un discretísimo consejero. Se adhirió a todos mis proyectos,
-no diré con entusiasmo, porque esto era impropio de su carácter,
-pero con sinceridad y cordialidad, y los favoreció en cuanto estuvo
-de su parte. No se apartó de mí en las horas de peligro y de
-persecución, y persistió en mi amistad, a pesar de lo mucho que mis
-enemigos trabajaron cerca de ella para inducirla a que me abandonase
-o me traicionara. Sus móviles fueron nobilísimos: la amistad y una
-percepción exacta de los deberes de la hospitalidad; ningún otro
-incentivo ni esperanza egoísta, por remota que fuese, influyó en la
-conducta de esta admirable mujer para conmigo. ¡Honor a María Díaz,
-la reposada, animosa e inteligente castellana! Sería yo un ingrato si
-no hablase aquí bien de ella, pues sobradamente merecido tiene este
-elogio en las humildes páginas de <span class="smcap">La Biblia en
-España</span>.</p>
-
-<p>María Díaz era natural de Villaseca, aldea de Castilla la
-Nueva situada en lo que<span class="pagenum" id="Page_15">[p.
-15]</span> llaman La Sagra, a unas tres leguas de Toledo. Su padre
-fué un arquitecto de cierta nombradía, entendido especialmente en
-la construcción de puentes. María Díaz se casó muy joven con un
-respetable hidalgo de Villaseca, llamado López, de quien tenía
-tres hijos. A la muerte de su padre, ocurrida cinco años antes
-de la fecha a que me refiero, María Díaz se trasladó a Madrid,
-en parte con el propósito de educar a sus hijos, y en parte con
-la esperanza de cobrar una importante suma que el Gobierno quedó
-debiendo a su padre por varias obras de utilidad y ornato, ejecutadas
-principalmente en las cercanías de Aranjuez. La justicia de su
-reclamación fué reconocida sin tardanza; pero, ¡ay!, no consiguió
-ni un cuarto, porque el Tesoro real estaba vacío. Sus esperanzas de
-felicidad terrena se concentraron entonces en sus hijos. Los dos
-más jóvenes eran aún de muy corta edad; pero el mayor, Juan José
-López, muchacho de diez y seis años, prometía realizar sobradamente
-las más encumbradas esperanzas de su cariñosa madre. Dedicado a las
-artes, había hecho ya en ellas tales progresos, que era el discípulo
-favorito de su famoso tocayo Vicente López, el mejor pintor de la
-moderna España. Tal era María Díaz, quien, conforme a una costumbre
-seguida antaño universalmente en España, y muy extendida aún,
-conservaba su nombre de soltera, a pesar de estar casada.<span
-class="pagenum" id="Page_16">[p. 16]</span> Esto es lo que hay que
-decir de María Díaz y su familia<a id="FNanchor_3" href="#Footnote_3"
-class="fnanchor">[3]</a>.</p>
-
-<p>Uno de mis primeros cuidados fué visitar a Mr. Villiers, que me
-recibió con su bondad habitual. Le pregunté si, a juicio suyo, podía
-aventurarme a imprimir las Escrituras sin dirigir nuevas peticiones
-al Gobierno. Su respuesta fué satisfactoria. «Obtuvo usted el
-permiso del Gobierno de Istúriz—me dijo—, mucho menos liberal que
-el presente; yo soy testigo de la promesa que le hicieron a usted
-aquellos ministros, y la considero suficiente. Lo mejor que puede
-usted hacer es comenzar y terminar la obra lo más pronto posible,
-sin nuevas peticiones; y si alguien pretende interrumpirle, no
-tiene usted más que acudir a mí; ya sabe que puede mandarme cuanto
-quiera.» Salí de la entrevista muy contento, y en seguida comencé los
-preparativos para ejecutar lo que me había llevado a España.</p>
-
-<p>Es innecesario referir aquí ciertos detalles de poco interés
-para el lector; baste decir que tres meses más tarde se publicaba
-en Madrid una edición del Nuevo Testamento de cinco mil ejemplares.
-La obra se imprimió en el establecimiento de don Andrés Borrego,
-escritor de economía política muy conocido, y propietario y
-director de un periódico influyente llamado <i>El Español</i>. A<span
-class="pagenum" id="Page_17">[p. 17]</span> este señor me recomendó
-el propio Istúriz, el día de nuestra entrevista. El malaventurado
-ministro tenía a Borrego en grandísima estimación, y pensaba
-elevarlo al puesto de ministro de Hacienda; pero al estallar la
-revolución de La Granja abortó este proyecto, con los demás de igual
-índole que tuviera formados<a id="FNanchor_4" href="#Footnote_4"
-class="fnanchor">[4]</a>.</p>
-
-<p>La versión española del Nuevo Testamento que yo publicaba había
-sido hecha muchos años antes por cierto <i>Padre</i> Felipe Scio, confesor
-de Fernando VII, y hasta llegó a imprimirse; mas por las notas y
-comentarios que la recargaban, era impropia para la circulación
-general, a la que, después de todo, no iba destinada. En la nueva
-edición se omitieron, como es natural, las notas, y se ofreció al
-público la palabra divina escueta. Apareció en un hermoso volumen en
-octavo, muestra plausible, en conjunto, de la tipografía española.
-Pero la nueva impresión del Nuevo Testamento en Madrid no podía por
-sí sola producir fruto alguno, a menos que se tomasen medidas, y
-medidas muy enérgicas, para la circulación del libro sagrado.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_18">[p. 18]</span></p>
-
-<p>Tratándose del Nuevo Testamento, no podía seguirse el sistema
-que habitualmente se emplea en España para publicar los libros,
-que consiste en confiar la obra a los libreros de la capital y
-contentarse con la venta que éstos y sus agentes en las ciudades de
-provincias obtienen sin salirse de la común rutina de su negocio;
-en general, el resultado de este sistema es que al cabo de año
-se venden unas pocas docenas de ejemplares, porque la demanda de
-obras literarias de cualquier género es en España miserablemente
-reducida.</p>
-
-<p>Los cristianos de Inglaterra habían hecho ya sacrificios
-considerables con la esperanza de esparcir ampliamente la palabra
-de Dios entre los españoles, y era necesario ahora no escatimar los
-esfuerzos para que esa esperanza no quedase frustrada. Antes de que
-el libro estuviese listo comencé los preparativos para realizar un
-plan en el que ya había pensado varias veces durante mi anterior
-visita a España, sin abandonarlo después nunca; plan que fué objeto
-de mis meditaciones lo mismo a la altura del cabo Finisterre en plena
-borrasca, que en los desfiladeros de Sierra Morena y en las llanuras
-de la Mancha, cuando caminaba lentamente seguido a corta distancia
-por el <i>contrabandista</i>.</p>
-
-<p>Mi propósito era depositar unos cuantos ejemplares en las
-librerías de Madrid, y luego<span class="pagenum" id="Page_19">[p.
-19]</span> montar a caballo, con el Testamento en la mano, y
-emprender la propagación de la palabra de Dios entre los españoles,
-no sólo en las ciudades, sino en las aldeas; no sólo entre los
-habitantes de las llanuras, sino entre los montañeses y serranos.
-Me proponía recorrer Castilla la Vieja y atravesar toda Galicia
-y Asturias; establecer depósitos de la Escritura en las ciudades
-importantes, y visitar los lugares más apartados y recónditos; en
-todos ellos hablar de Cristo, explicar la naturaleza de su libro y
-poner el libro mismo en manos de aquellos que me pareciesen capaces
-de sacar de él algún provecho.</p>
-
-<p>Bien sabía yo que en ese viaje me aguardaban muchos peligros, y
-que quizás iba a correr la misma suerte que San Esteban; pero ¿merece
-el nombre de discípulo de Cristo quien no afronta cualquier peligro
-por la causa de Aquel a quien proclama por maestro? «Quien por mi
-causa pierda su vida, la encontrará»; son palabras que el mismo Señor
-pronunció; palabras llenas de consuelo para mí, como lo estarán, sin
-duda, para cuantos emprenden con limpieza de corazón la difusión
-del Evangelio en tierras salvajes y bárbaras...<a id="FNanchor_5"
-href="#Footnote_5" class="fnanchor">[5]</a>.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_20">[p. 20]</span></p>
-
-<p>Empecé por comprar otro caballo, aprovechando el precio
-extraordinariamente bajo de esos animales en aquellos días. Estaba a
-punto de publicarse una disposición requisando cinco mil caballos;
-el resultado fué que un inmenso número de ellos salió a la venta,
-porque en virtud de la requisa podían embargarse, por conveniencia
-del servicio, los de cualquier persona, no siendo un extranjero.
-Lo más probable era que, una vez reunido el cupo de la requisa,
-el precio de los caballos se triplicara; por tal razón me decidí
-a comprar uno antes de hacerme verdadera falta. Compré un caballo
-entero andaluz, de pelo negro, de mucha fuerza, capaz de hacer un
-viaje de cien leguas en una semana; pero era cerril, salvaje y de
-malísimo genio. No obstante, el cargamento de Biblias que al llegar
-la ocasión pensaba yo echarle encima de las costillas, me pareció muy
-suficiente para amansarlo, sobre todo cuando tuviera que remontar
-las ásperas montañas del Norte de la Península. Hubiera deseado
-comprar una mula; pero aunque llegué a ofrecer treinta libras por una
-bastante ruin, no quisieron dármela; mientras que el precio de ambos
-caballos—magníficos<span class="pagenum" id="Page_21">[p. 21]</span>
-animales por su talla y su fuerza—apenas llegaba a esa suma.</p>
-
-<p>El estado de las regiones circunvecinas no convidaba a viajar
-por ellas. Cabrera estaba a nueve leguas de Madrid con un ejército
-de cerca de nueve mil hombres; había derrotado a varios pequeños
-destacamentos de tropas de la reina y devastado la Mancha a sangre y
-fuego, quemando varias ciudades. A todas horas llegaban bandadas de
-fugitivos aterrorizados, que referían nuevos desastres y miserias; lo
-único que me sorprendía era que el enemigo no se presentase, y con la
-toma de Madrid, que estaba casi a merced suya, no pusiese fin a la
-guerra de una vez. Pero la verdad es que los generales carlistas no
-deseaban terminar la guerra, porque mientras en el país continuasen
-la efusión de sangre y la anarquía, podían ellos saquear y ejercer
-esa desenfrenada autoridad tan grata a los hombres de brutales e
-indómitas pasiones. Cabrera, sobre todo, era un malvado cobarde,
-en cuyo limitado entendimiento no podía albergarse una sola idea
-de mediana grandeza, cuyos hechos heroicos se limitaban a degollar
-hombres indefensos y a violar y destripar infelices mujeres; sin
-embargo, he visto que a un individuo tan vil, ciertos periódicos
-franceses (carlistas, naturalmente) le llaman el joven y heroico
-general. ¡Infame sea el miserable asesino! El último cabo de escuadra
-de<span class="pagenum" id="Page_22">[p. 22]</span> Napoleón se
-hubiera reído de su talento militar, y medio batallón de granaderos
-austriacos hubiera bastado para tirarle de cabeza, con toda su
-patulea guerrera, al Ebro.</p>
-
-<p>Hice, pues, los preparativos de mi viaje al Norte. Estaba ya
-provisto de caballos muy a propósito para soportar las fatigas del
-camino y la carga que me pareciese necesario echarles. Pero una
-cosa, indispensable para quien va a emprender una expedición de esa
-índole, me faltaba aún: quiero decir un criado que me acompañase.
-Quizás en ninguna parte del mundo abundan los criados tanto como en
-Madrid; al menos, los individuos dispuestos a ofrecer sus servicios a
-cambio de la soldada y la comida, aunque de los servicios efectivos
-que sean capaces de prestar se pueda decir muy poco; pero mi criado
-tenía que ser de condición poco común, inteligente, activo, capaz,
-en casos de apuro, de darme un consejo útil; además, valiente,
-porque se requería, en verdad, cierto valor para seguir a un amo
-resuelto a explorar la mayor parte de España, y que intentaba viajar
-sin protección de arrieros y carreteros, en <i>cabalgaduras</i> propias.
-Acaso hubiera estado años enteros buscando un criado de esa índole
-sin encontrarlo; pero la suerte me deparó uno cuando cabalmente lo
-necesitaba, sin tener que molestarme en hacer pesquisas laboriosas.
-Un día hablaba yo de este asunto con el señor Borrego, en<span
-class="pagenum" id="Page_23">[p. 23]</span> cuyo establecimiento
-se había impreso el Nuevo Testamento, y le pregunté si, en su
-opinión, podría yo encontrar en Madrid un hombre tal como me hacía
-falta, añadiendo que para mí era de especial importancia que el
-criado supiese, además del español, algún otro idioma en el que
-pudiésemos hablar cuando fuese necesario, sin que nos entendieran los
-curiosos.</p>
-
-<p>—Hace media hora—me respondió—ha estado hablando conmigo un hombre
-que reúne exactamente todas esas cualidades, y, cosa singular,
-ha venido a verme creyendo que yo podría recomendarle a un amo.
-Dos veces le he tenido a mi servicio; respondo de que es listo y
-valiente; creo que también es digno de confianza, al menos para
-un amo que transija con su genio, porque ha de saber usted que es
-un individuo singularísimo, muy arbitrario en sus inclinaciones y
-antipatías; gusta de satisfacerlas a toda costa, suya o ajena. Quizás
-simpatice con usted, y en tal caso le será de mucha utilidad, porque
-en todo sabe poner mano, si quiere, y conoce no dos, sino media
-docena de idiomas.</p>
-
-<p>—¿Es español?—pregunté.</p>
-
-<p>—Se lo enviaré a usted mañana—dijo Borrego—, y, oyéndolo de su
-boca, sabrá usted mejor quién es y qué es.</p>
-
-<p>Al siguiente día, en el preciso momento de sentarme ante la
-<i>sopa</i>, la patrona me dijo que un hombre deseaba hablarme.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_24">[p. 24]</span></p>
-
-<p>—Que entre—respondí.</p>
-
-<p>Y casi en el acto el desconocido entró. Iba decentemente vestido
-a la moda francesa, y su aspecto era más bien juvenil, aunque, según
-averigüé más adelante, estaba ya muy por encima de los cuarenta. De
-estatura algo más que mediana, llamaba la atención su delgadez, sin
-la que hubiera podido tenérsele por bien formado. Tenía los brazos
-largos y huesudos, y toda su persona daba la impresión de una gran
-actividad y de una fuerza no pequeña. Eran lacios sus cabellos,
-negros como el azabache, angosta su frente, pequeños y grises sus
-ojos, en los que brillaba una expresión sutil y maligna, mezclada
-con otra de burla, que le daba un realce singular. Su nariz era
-correcta; pero la boca, de inmensa anchura, y la mandíbula inferior,
-muy saliente. No había visto yo en toda mi vida una fisonomía tan
-extraña, y durante un rato me estuve mirándole en silencio.</p>
-
-<p>—¿Quién es usted?—pregunté por fin.</p>
-
-<p>—Un criado en busca de amo—me respondió en correcto francés,
-pero con un acento extraño—. Vengo recomendado a usted, mi lor, por
-<i>monsieur</i> Borrego.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿De qué país es usted? ¿Es usted
-francés o español?</p>
-
-<p><span class="smcap">El hombre.</span>—Dios me libre de ser
-ninguna de las dos cosas, <i>mi lor; j’ai l’honneur d’être de la
-nation grecque</i>; mi nombre es<span class="pagenum" id="Page_25">[p.
-25]</span> Antonio Buchini, nacido en Pera la <i>Belle</i>, cerca de
-Constantinopla.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Y cómo ha venido usted a
-España?</p>
-
-<p><span class="smcap">Buchini.</span>—<i>Mi lor, je vais vous raconter
-mon histoire du commencement jusqu’ici.</i> Mi padre era natural de
-Syra, en Grecia; siendo muy joven se trasladó a Pera, y allí sirvió
-de portero en casa de varios embajadores que le estimaban mucho
-por su fidelidad. Entre otros, sirvió al embajador de su país de
-usted, precisamente en la época en que Inglaterra y la Puerta se
-hacían guerra. <i>Monsieur</i> el embajador tuvo que huír para salvar la
-vida, y dejó al cuidado de mi padre casi todo lo que tenía de algún
-valor; mi padre lo escondió todo con mucho riesgo suyo, y cuando se
-ajustó la paz restituyó a <i>Monsieur</i> hasta la más insignificante
-baratija. Menciono estas circunstancias para demostrarle a usted que
-mi familia tiene principios de honor y es digna de toda confianza.
-Mi padre se casó con una muchacha de Pera, <i>et moi je suis l’unique
-fruit de ce mariage</i>. De mi madre nada sé, porque murió a poco de
-nacer yo. Una familia de judíos ricos se compadeció de mi orfandad y
-se ofreció a recogerme; mi padre vino en ello de buen grado, y con
-aquella familia estuve varios años, hasta que fuí un <i>beau garçon</i>;
-se aficionaron mucho a mí, y al cabo se ofrecieron a adoptarme y a
-<span class="pagenum" id="Page_26">[p. 26]</span>nombrarme heredero
-de cuanto tenían, a condición de hacerme judío. <i>Mais la circoncision
-n’était guère à mon goût</i>, especialmente la de los judíos, porque
-yo soy griego, y tengo mi orgullo y principios de honor. Me separé,
-pues, de aquella familia, diciendo que si alguna vez consentía en
-convertirme sería a la fe de los turcos, porque son muy hombres, son
-orgullosos y tienen principios de honor, como yo los tengo. Volví
-con mi padre, que me buscó varias colocaciones, ninguna de mi gusto,
-hasta que entré en casa de <i>Monsieur</i> Zea.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span> Supongo que se refiere usted a Zea
-Bermúdez, que se encontraría entonces en Constantinopla.</p>
-
-<p><span class="smcap">Buchini.</span> Exactamente, <i>mi lor</i>, y a su
-servicio estuve mientras permaneció allí. Puso en mí gran confianza,
-más que nada porque hablo el español con gran pureza; lo aprendí con
-los judíos, que, según he oído decir a <i>Monsieur</i> Zea, lo hablan
-mejor que los actuales españoles de nacimiento.</p>
-
-<p>No voy a seguir paso a paso la historia, un poco larga, del
-griego; baste decir que vino de Constantinopla a España con Zea
-Bermúdez y a su servicio continuó bastantes años, hasta que fué
-despedido por casarse con una doncella guipuzcoana, <i>fille de
-chambre</i> de <i>Madame</i> Zea. Desde entonces había servido a infinidad
-de amos, a veces como ayuda de cámara; otras, las más, de<span
-class="pagenum" id="Page_27">[p. 27]</span> cocinero. Me confesó, sin
-embargo, que casi nunca había durado más de tres días en un mismo
-empleo, a causa de las riñas que con toda seguridad suscitaba en
-la casa a poco de ser admitido, y para las que no encontraba otra
-razón que la de ser griego y tener principios de honor. Entre otras
-personas había servido al general Córdova, que era, según me dijo,
-muy mal pagador y tenía la costumbre de maltratar a sus criados.
-«Pero en mí se encontró con la horma de su zapato—dijo Antonio—,
-porque yo andaba prevenido; y un día, cuando desenvainaba la espada
-contra mí, saqué una pistola y le apunté a la cara. Se puso más
-pálido que un muerto, y desde aquel día me trató con toda clase de
-miramientos. Pero todo era fingido: el suceso se le había enconado en
-el alma, y estaba resuelto a vengarse. Cuando le dieron el mando del
-ejército, puso mucho empeño en que me fuese con él; <i>mais je lui ris
-au nez</i>, le hice el signo del <i>cortamanga</i>, pedí mis soldadas y le
-dejé; no pude hacer cosa mejor, porque al criado que llevó consigo le
-hizo fusilar acusado de insubordinación.»</p>
-
-<p>—Temo—dije yo—que tenga usted un natural turbulento y que todas
-esas riñas de que me habla nazcan sólo de su mal genio.</p>
-
-<p>—¿Y qué quiere usted, <i>Monsieur</i>? <i>Moi je suis Grec, je suis
-fier, et j’ai des principes<span class="pagenum" id="Page_28">[p.
-28]</span> d’honneur.</i> Deseo que se me trate con cierta
-consideración, aunque confieso que no tengo muy buen genio, y a
-veces me siento tentado de reñir hasta con las ollas y peroles de la
-cocina. Bien mirado todo, creo que a usted le convendría tomarme a
-su servicio, y yo le prometo a usted contenerme lo posible. Una cosa
-me agrada mucho en usted, y es que no está casado. Preferiría servir
-por pura amistad a un joven soltero que a un casado, aunque me diese
-cincuenta duros al mes. Es seguro que <i>Madame</i> me odiaría, y también
-su doncella, sobre todo su doncella, porque yo estoy casado. Veo que
-<i>mi lor</i> desea admitirme.</p>
-
-<p>—Pero acaba usted de decir que está casado—repliqué—. ¿Cómo va
-usted a dejar a su mujer? Porque yo estoy en vísperas de salir de
-Madrid para recorrer las provincias más apartadas y montañosas de
-España.</p>
-
-<p>—Mi mujer recibirá la mitad de mi sueldo durante mi ausencia, <i>mi
-lor</i>, y, por tanto, no tendrá razón para quejarse si la dejo. ¡Qué
-digo, quejarse! Mi mujer está ya muy bien enseñada y no se quejará.
-Nunca habla ni se sienta en presencia mía sin pedirme permiso.
-¿Acaso no soy yo griego? ¿Acaso no sé cómo debo gobernar mi propia
-casa? Admítame, <i>mi lor</i>; soy hombre de muchas habilidades, criado
-discreto, excelente cocinero, buen caballerizo y ágil jinete; en una
-palabra, soy Ρωμαϊκός. ¿Qué más quiere usted?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_29">[p. 29]</span></p>
-
-<p>Le pregunté sus condiciones, que resultaron exorbitantes, a
-pesar de sus <i>principes d’honneur</i>. Descubrí, no obstante, que
-estaba dispuesto a contentarse con la mitad de lo que pedía. Apenas
-cerramos el trato, se apoderó de la sopera (la sopa se había quedado
-completamente fría) y, poniéndola en la punta o más bien en la uña
-del dedo índice, la hizo dar varias vueltas sobre su cabeza sin
-verter ni una gota, con gran asombro mío; se lanzó luego hacia la
-puerta, desapareció, y al cabo de un instante reapareció con la
-<i>puchera</i>, poniéndola, después de otros brinquitos y floreos, encima
-de la mesa. Hecho esto, dejó caer los brazos, y, poniendo una mano
-sobre otra, se estuvo en posición de descanso, entornados los ojos y
-con el mismo aplomo que si llevase ya a mi servicio veinte años.</p>
-
-<p>De ese modo inauguró Antonio Buchini sus funciones. A muchos
-sitios salvajes me acompañó, andando el tiempo; en muchas singulares
-aventuras participó; su conducta fué a menudo sorprendente en sumo
-grado, pero me sirvió con valor y fidelidad; en todo y por todo, no
-espero ver ya un criado como éste.</p>
-
-<p><i>Kosko bakh, Anton<a id="FNanchor_6" href="#Footnote_6"
-class="fnanchor">[6]</a>.</i></p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_30">[Pg 30]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XX</h2>
- <p class="subhang">
- Enfermedad.— Visita nocturna.— Una inteligencia superior.— El
- cuchicheo.— Salamanca.— Hospitalidad irlandesa.— Soldados españoles.—
- Anuncios de las Escrituras.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">E</span><span class="smcap">l deseo</span>
-que tengo de comenzar la narración de mi viaje me induce a abstenerme
-de contar a los lectores buen número de cosas que me sucedieron
-antes de salir de Madrid para esta expedición. A mediados de mayo,
-teniéndolo ya todo dispuesto, me despedí de mis amigos. Salamanca era
-el primer punto a que pensaba dirigirme.</p>
-
-<p>Pocos días antes de mi partida me sentí bastante mal, a causa
-del estado del tiempo, muy desapacible por los vientos ásperos
-que constantemente soplaban. Me atacó un resfriado muy fuerte,
-que terminó con una tos por demás incómoda, rebelde a todos los
-remedios que sucesivamente empleé. Hechos ya los preparativos para
-marcharme en día determinado, llegué a temer que el estado de mi
-salud me obligase a aplazar el viaje algún tiempo. El último día de
-mi estancia en Madrid, viendo que apenas podía<span class="pagenum"
-id="Page_31">[p. 31]</span> tenerme en pie, me decidí a emplear
-cualquier recurso desesperado, y por consejo del barbero-cirujano que
-me visitaba, me sangré, ya muy entrada la noche de aquel mismo día;
-el barbero me sacó diez y seis onzas de sangre, y después de cobrar
-sus honorarios, se fué, deseándome feliz viaje; por su reputación
-me aseguró que al mediodía siguiente estaría restablecido por
-completo.</p>
-
-<p>Pocos minutos después, y cuando sentado a solas meditaba yo en
-el viaje que iba a emprender y en el caduco estado de mi salud, oí
-llamar con fuerza a la puerta de la casa en cuyo tercer piso me
-alojaba. Un minuto después, Mr. S[outhern], de la embajada británica,
-entró en el aposento. Cambiadas unas breves palabras, dijo que me
-visitaba por encargo de Mr. Villiers para comunicarme la resolución
-tomada por el embajador. Temeroso de las graves dificultades con que
-tropezaría si intentaba difundir, solo y sin ayuda, el Evangelio
-de Dios por una parte considerable de España, había resuelto Mr.
-Villiers emplear todo su crédito e influencia en favor de mis planes,
-pareciéndole que, llevados a buen término, no podrían por menos de
-mejorar notablemente el estado político y moral de España.</p>
-
-<p>Con tal fin se proponía adquirir una importante cantidad de
-ejemplares del Nuevo Testamento y remitírselos sin tardanza a
-los<span class="pagenum" id="Page_32">[p. 32]</span> diferentes
-cónsules británicos establecidos en España, con órdenes precisas
-y terminantes de emplear todos los medios nacidos de su situación
-oficial en favorecer la circulación de tales libros y en asegurarlos
-la publicidad. Recibirían, además, el encargo de proporcionarme,
-en cuanto llegase yo a sus respectivos distritos, el auxilio, el
-estímulo y la protección de que hubiese menester.</p>
-
-<p>Estas noticias me produjeron, como puede suponerse, grandísimo
-contento, pues, aunque de tiempo atrás conocía yo la buena voluntad
-con que Mr. Villiers estaba dispuesto a ayudarme en toda ocasión,
-y de ello me había dado con frecuencia pruebas suficientes, nunca
-pude esperar que llegase tan adelante en su generosidad ni, dada su
-importante posición diplomática, que procediese con tanta audacia
-y resolución. Esa es la vez primera, creo yo, que un embajador
-británico ha hecho de la causa de la Sociedad Bíblica una causa
-nacional, o la ha favorecido directa o indirectamente. El caso de
-Mr. Villiers es mucho más de notar porque a mi llegada a Madrid no
-le hallé bien dispuesto, ni mucho menos, en favor de la Sociedad.
-Probablemente, el Espíritu Santo le iluminó en ese punto. Era de
-esperar que con su apoyo nuestra institución no tardaría en poseer
-numerosos agentes en España que, con muchos más medios y mejores
-ocasiones que yo, esparcirían la semilla del Evangelio<span
-class="pagenum" id="Page_33">[p. 33]</span> y convirtirían el árido y
-reseco yermo en risueño y verde trigal.</p>
-
-<p>Dos palabras acerca del caballero que me hizo esa visita
-nocturna.</p>
-
-<p>Es lo más probable que él haya olvidado hace ya mucho tiempo
-al humilde propagandista de la Biblia en España; pero yo conservo
-todavía el recuerdo de las bondades que me dispensó. Dotado de una
-inteligencia de primer orden, maestro en el saber de toda Europa,
-profundamente versado en las lenguas clásicas, hablaba la mayoría
-de los idiomas modernos con notable facilidad, y poseía, además, un
-cabal conocimiento del corazón humano; tales cualidades, empleadas en
-la carrera diplomática, le daban una superioridad de que muy pocos,
-aun entre los mejor dotados, podían jactarse. Durante su permanencia
-en España prestó muchos relevantes servicios al Gobierno de su
-país, y al Gobierno, creo yo, no le faltarían ni el discernimiento
-necesario para verlos, ni gratitud para premiarlos. Tuvo que
-contrarrestar, sin embargo, los enconados ataques de la malquerencia
-estúpida y baja del partido que, poco después de esta época, usurpó
-la dirección de los asuntos públicos en España. Ese partido, cuyos
-torpes manejos deshacía constantemente Mr. Southern, le temía y le
-odiaba como a su genio malo, y aprovechaba todas las ocasiones para
-arrojar sobre él las calumnias más inverosímiles y absurdas.<span
-class="pagenum" id="Page_34">[p. 34]</span> Entre otras cosas, le
-acusaban de haber intervenido como agente del Gobierno británico
-en los sucesos de La Granja, provocando aquella revolución con el
-soborno de los soldados rebeldes y, en especial, del famoso sargento
-García. Tal acusación sólo puede provocar, naturalmente, una sonrisa
-en cuantos conocen bien el carácter inglés y la línea general de
-conducta seguida por el Gobierno británico; pero en España era
-universalmente creída, y hasta la publicó impresa cierto periódico,
-órgano oficial del necio duque de Frías, uno de los muchos primeros
-ministros del partido <i>moderado</i> que rápidamente se sucedieron en el
-poder en el último período de la lucha entre carlistas y <i>cristinos</i>.
-Pero ¿cuándo una imputación calumniosa se vino jamás al suelo en
-España por el peso de su propia absurdidad? ¡Infortunado país!
-¡Mientras no te ilumine la pura luz del Evangelio no sabrás que el
-don más alto de todos es la caridad!</p>
-
-<p>Al siguiente día se verificó la predicción del barbero: la tos
-y la fiebre cedieron mucho, si bien por la pérdida de sangre me
-encontraba algo débil. A las doce en punto llegaron los caballos a la
-puerta de mi casa de la <i>calle de Santiago</i>, y me dispuse a montar;
-pero mi caballo negro andaluz, <i>entero</i>, como ya dije, no se dejaba
-acercar; en cuanto me veía la intención, empezaba a dar vueltas muy
-de prisa.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_35">[p. 35]</span></p>
-
-<p>—<i>C’est un mauvais signe, mon maître</i>—dijo Antonio, quien, vestido
-con un jubón verde, tocado con un gorro de <i>montero</i>, y calzadas
-las botas y las espuelas, tenía por la brida al caballo comprado al
-<i>contrabandista</i>, dispuesto a seguirme—. Eso es una mala señal, y en
-mi país aplazarían el viaje hasta mañana.</p>
-
-<p>—¿Hay en su país de usted quien dome los caballos de este
-modo?—pregunté, y tomando al caballo por la crin cumplí del modo más
-satisfactorio la ceremonia de hablarle quedo al oído. Estúvose quieto
-el animal y monté exclamando:</p>
-
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2">El mozo gitano gritó a su caballo</span>
-<span class="i0">al tiempo de ponerle el freno en la boca:</span>
-<span class="i0">¡Buen caballo, caballo gitano!</span>
-<span class="i0">¡Déjame que te monte ahora!<a id="FNanchor_7"
-href="#Footnote_7" class="fnanchor">[7]</a></span>
-</div></div>
-
-<p>Salimos de Madrid por la puerta de San Vicente, y nos encaminamos
-hacia las elevadas montañas que dividen las dos Castillas. Aquella
-noche nos quedamos en Guadarrama, pueblo grande al pie de la sierra,
-distante de Madrid siete leguas. Al día<span class="pagenum"
-id="Page_36">[p. 36]</span> siguiente madrugamos, subimos al puerto y
-entramos en Castilla la Vieja.</p>
-
-<p>Cruzadas las montañas, el camino de Salamanca corre casi siempre
-por llanuras arenosas y áridas, con pequeños y claros pinares
-esparcidos aquí y allá. Ningún suceso digno de mención me ocurrió
-en el viaje. Vendimos algunos Testamentos a nuestro paso por los
-pueblos, especialmente en Peñaranda. Al mediar el tercer día,
-descubrimos desde lo alto de una colina un gran cimborrio que,
-herido con fuerza por los rayos del sol, parecía de oro bruñido.
-Era la cúpula de la catedral de Salamanca. Nos halagaba la idea de
-encontrarnos ya al fin de nuestro viaje, pero nos engañábamos: aún
-faltaban cuatro leguas hasta la ciudad, cuyas iglesias y conventos,
-irguiendo sus masas gigantescas, se columbran desde inmensa distancia
-y seducen al viajero con la impresión de una proximidad completamente
-ilusoria. Hasta mucho después de cerrar la noche, no llegamos a la
-puerta de la ciudad, cerrada y guardada en previsión de un ataque
-carlista; no sin dificultad nos permitieron entrar, y llevando
-nuestros caballos por calles desiertas, silenciosas y obscuras,
-dimos con un individuo que nos encaminó a una <i>posada</i>, la del Toro,
-grande, sombría e incómoda, la mejor de la ciudad, según comprobé más
-adelante.</p>
-
-<p>Salamanca es una ciudad melancólica; los<span class="pagenum"
-id="Page_37">[p. 37]</span> días de su gloria escolar se acabaron
-hace mucho tiempo para no volver; suceso no muy de lamentar, pues
-¿qué provecho ha obtenido jamás el mundo de la filosofía escolástica?
-Y sólo a ella debió siempre Salamanca su fama. Sus aulas están ahora
-casi en silencio; la hierba crece en los patios donde en otro tiempo
-se agolpaban a diario ocho mil estudiantes lo menos, cifra a que
-hoy en día no llega la población total de la ciudad. Pero, con su
-melancolía y todo, ¡qué interesante, más aún, qué espléndido lugar es
-Salamanca! ¡Cuán soberbias sus iglesias, qué estupendos sus conventos
-abandonados, y con qué sublime pero adusta grandeza sus enormes y
-ruinosos muros, que coronan la escarpada orilla del Tormes, miran al
-ameno río y a su venerable puente!</p>
-
-<p>¡Lástima que de los muchos ríos de España casi ninguno sea
-navegable! El Tormes es bello, pero de poca agua, y en lugar de ser
-manantial de prosperidades y de riqueza para esta parte de Castilla,
-sólo sirve para mover unos cuantos pequeños molinos instalados en las
-presas de piedra que de trecho en trecho atraviesan el cauce.</p>
-
-<p>Mi estancia en Salamanca fué sobre todo placentera por las
-bondadosas atenciones y la diligente hospitalidad de los moradores
-del Colegio irlandés, para cuyo rector llevaba yo una carta de
-recomendación de mi<span class="pagenum" id="Page_38">[p. 38]</span>
-bueno y excelente amigo Mr. O’Shea, el famoso banquero de Madrid. No
-olvidaré fácilmente a aquellos irlandeses, sobre todo a su director,
-el doctor Gartland, genuino vástago del buen tronco hibernés, hombre
-de gran saber, de espíritu elevado y cumplido caballero. Aunque sabía
-de sobra quién yo era, tendió una mano amistosa al errante misionero
-hereje, exponiéndose con tal conducta a los agrios reparos de los
-curas del país, gente de pocos alcances, que me miraban de reojo cada
-vez que pasaba junto a los corrillos de la <i>Plaza</i>, donde, vestidos
-con sus largos manteos y tocados con la feísima teja, se reunían para
-murmurar. Pero ¿cuándo se ha visto que un irlandés deje de cumplir
-los deberes de la hospitalidad por temor a las consecuencias de su
-conducta? Estoy seguro de que ni el Papa ni los cardenales, con toda
-su autoridad, bastarían para inducirle a cerrar su puerta al mismo
-Lutero, si tan respetable personaje anduviese ahora por el mundo,
-necesitado de sustento y asilo.</p>
-
-<p>¡Honor a Irlanda y a sus «cien mil bienvenidas»! Por mucho tiempo
-han sido sus campos los más verdes del mundo, sus hijas las más
-hermosas, sus hijos los más elocuentes y valerosos. ¡Que sea siempre
-así!</p>
-
-<p>La <i>posada</i> donde me alojé era un buen ejemplar de los antiguos
-albergues españoles, igual en casi todo a las del tiempo de<span
-class="pagenum" id="Page_39">[p. 39]</span> Felipe III o IV. Las
-habitaciones eran muchas y grandes, pavimentadas de ladrillo o de
-piedra, con una alcoba, generalmente, en un extremo y en ella una
-miserable cama de borra. Detrás de la casa el corral y al fondo de
-éste la cuadra, llena de caballos, jacas, mulas, <i>machos</i> y burros,
-porque huéspedes no faltaban, la mayoría de los cuales, <i>arrieros</i>
-o vendedores ambulantes que recorrían el país traficando en lienzos
-y paños burdos, dormía en el establo con sus <i>caballerías</i>. En el
-cuarto frontero al mío se alojaba un oficial herido, recién llegado
-de San Sebastián en un jaco lleno de mataduras; era extremeño y
-se volvía a su pueblo para curarse. Le acompañaban tres soldados
-licenciados, inútiles para el servicio a causa de sus mutilaciones y
-lisiaduras; eran, según me contaron, del mismo pueblo que su merced,
-y por eso les permitía viajar en su compañía. Los soldados dormían
-en los camastros de las mulas; de día haraganeaban por la casa,
-fumando cigarros de papel. Nunca los vi comer, pero hacían frecuentes
-visitas a un rincón fresco y obscuro donde estaba una <i>bota</i>, y
-poniéndosela como a seis pulgadas de sus delgados y negruzcos labios,
-dejaban que el líquido se les entrase mansamente por el garguero
-abajo. Dijéronme que no tenían paga, y como carecían en absoluto de
-dinero, <i>su merced</i> el oficial les daba a veces un pedazo de pan,
-pero también él era pobre y<span class="pagenum" id="Page_40">[p.
-40]</span> sólo poseía un puñado de duros. ¡Magníficos huéspedes
-para una posada!, pensé yo: sin embargo, España, lo digo en su
-honor, es uno de los pocos países de Europa donde nunca se insulta
-a la pobreza ni se la mira con desprecio. A ninguna puerta llamará
-un pobre donde se le despida con un sofión, aunque sea la puerta de
-una posada; si no le dan albergue, despídenle al menos con suaves
-palabras, encomendándole a la misericordia de Dios y de su madre.
-Así es como debe ser. Yo me río del fanatismo y de los prejuicios de
-España; aborrezco la crueldad y ferocidad que han arrojado sobre su
-historia una mancha de infamia indeleble; pero he de decir en pro de
-los españoles que ningún pueblo del mundo muestra en el trato social
-un aprecio más justo de la consideración debida a la dignidad de la
-naturaleza humana, ni comprende mejor el proceder que a un hombre
-le importa adoptar respecto de sus semejantes. Ya he dicho que este
-es uno de los pocos países de Europa donde no se mira con desprecio
-la pobreza; añado ahora que es también uno de los pocos donde la
-riqueza no es ciegamente idolatrada. En España, los mismos mendigos
-no se sienten seres degradados, porque no besan ningún pie, e ignoran
-lo que es verse abofeteados o escupidos; en España, el duque y el
-marqués con dificultad pueden alimentar una opinión excesivamente
-presuntuosa<span class="pagenum" id="Page_41">[p. 41]</span> de
-su propia importancia, porque no encuentran a nadie, quizás con la
-excepción de su criado francés, que los adule o los halague.</p>
-
-<p>Durante mi estancia en Salamanca, tomé algunas disposiciones para
-que la palabra de Dios pudiese ser conocida de todos en la famosa
-ciudad. El principal librero de la localidad, Blanco, hombre rico y
-respetable, consintió en ser mi representante, y, en consecuencia,
-deposité en su tienda cierto número de ejemplares del Nuevo
-Testamento. Blanco era propietario de una pequeña imprenta, donde se
-tiraba el <i>Boletín Oficial</i> de la ciudad. Redacté para el <i>Boletín</i>
-un anuncio de la obra, diciendo, entre otras cosas, que el Nuevo
-Testamento es la única guía para la salvación; hablaba también de la
-Sociedad Bíblica, y de los grandes sacrificios pecuniarios que estaba
-haciendo con la mira de proclamar a Cristo crucificado y de dar a
-conocer su doctrina. Quizás encuentren algunos ese paso demasiado
-atrevido, pero yo no sabía cuál otro podía tomar que llamase
-más la atención de la gente, extremo de gran importancia. Mandé
-también imprimir cierto número de esos anuncios en forma y tamaño
-de carteles, y los mandé pegar en diferentes sitios de la ciudad.
-Muchas esperanzas tenía yo de vender por ese medio una cantidad
-considerable de ejemplares del Nuevo Testamento; me proponía repetir
-el<span class="pagenum" id="Page_42">[p. 42]</span> experimento
-en Valladolid, León, Santiago y demás ciudades importantes que
-visitase, repartiendo asimismo los anuncios por los caminos. De esa
-manera, los hijos de España llegarían a saber que el Nuevo Testamento
-existe, hecho que apenas conocía entonces el cinco por ciento de los
-españoles, a pesar de la catolicidad y cristiandad de que con harta
-frecuencia se jactan.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_43">[Pg 43]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XXI</h2>
- <p class="subhang">
- Salida de Salamanca.— Recibimiento en Pitiega.— El dilema.—
- Inspiración súbita.— El buen cura.— Combate de dos cuadrúpedos.—
- Irlandeses cristianos.— Las llanuras de España.— Los catalanes.— La
- poza fatal.— Valladolid.— Propaganda de las Escrituras.— Las misiones
- para Filipinas.— El colegio inglés.— Una conversación.— La carcelera.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">E</span><span class="smcap">l sábado</span>
-10 de junio salí de Salamanca para Valladolid. Como el pueblo donde
-pensábamos quedarnos sólo distaba cinco leguas, no salimos hasta
-después del medio día. Había en el cielo una neblina que obscurecía
-al sol y casi lo ocultaba a nuestra vista. Mi amigo Mr. Patrick
-Cantwell, del Colegio irlandés, fué tan amable que me acompañó parte
-del camino. Montaba una mula de alquiler, extremadamente ruin en
-apariencia, incapaz, a juicio mío, de seguir el paso de nuestros
-fogosos caballos; parecía hermana gemela de la mula de Gil Pérez, en
-la que su sobrino hizo el famoso viaje de Oviedo a Peñaflor. Pero
-estaba yo muy equivocado. El animalito, en cuanto montó mi amigo,
-salió andando con aquel rápido<span class="pagenum" id="Page_44">[p.
-44]</span> paso tantas veces admirado por mí en las mulas españolas
-y que no puede igualar caballo alguno. Los nuestros, a pesar de su
-magnífica estampa, se quedaron atrás muy pronto, y a cada momento
-teníamos que ponerlos al trote para seguir al singular cuadrúpedo,
-que muy a menudo engallaba la cabeza, encogía los labios y nos
-enseñaba sus amarillos dientes, como si se riera de nosotros, y
-acaso se reía. Aconteció que ninguno conocíamos bien el camino; en
-realidad, no veíamos cosa alguna que pudiera con justicia llamarse
-así. La ruta de Salamanca a Valladolid, a veces carril, a veces
-senda, es muy difícil de distinguir; no tardamos en perdernos, y
-anduvimos mucho más de lo que, en rigor, era necesario. Sin embargo,
-como nos cruzábamos frecuentemente con hombres y mujeres que pasaban
-montados en jumentos, nuestro orgullo no nos impidió tomar los
-necesarios informes, y a fuerza de preguntas llegamos al cabo a
-Pitiega, pueblecito a cuatro leguas de Salamanca, formado por chozas
-de tierra, en las que viven unas cincuenta familias, enclavado en
-una llanura polvorienta, cubierta de opulentos trigales. Preguntamos
-por la casa del <i>cura</i>, un anciano a quien había visto yo el día
-antes en el Colegio Irlandés, y que al enterarse de mi próximo
-viaje a Valladolid, me arrancó la promesa de no pasar por su pueblo
-sin visitarle y sin aceptar su hospitalidad.<span class="pagenum"
-id="Page_45">[p. 45]</span> Una mujer nos encaminó a cierta casita
-aislada, de aspecto un poco mejor que las contiguas; tenía un pequeño
-pórtico, cubierto, si no recuerdo mal, por una parra. Llamamos fuerte
-y repetidas veces a la puerta, sin obtener contestación; callaba la
-voz del hombre, y ni siquiera ladraba un perro. Lo que ocurría era
-que el anciano cura estaba durmiendo la <i>siesta</i> y lo mismo toda su
-familia, compuesta de una sirvienta vieja y de un gato. Movíamos
-tanto ruido y dábamos tantas voces, impacientados por el hambre,
-que el bueno del cura acabó por despertarse, y saltando de la cama
-corrió presuroso a la puerta, lleno de confusión, y al vernos se
-deshizo en excusas por estar durmiendo en el punto y hora en que,
-según dijo, debía hallarse en la azotea acechando la llegada de su
-huésped. Me abrazó cariñosamente y me condujo a su despacho, aposento
-de regulares dimensiones, guarnecido de estantes llenos de libros. En
-uno de los extremos había una especie de mesa o escritorio, tendido
-de cuero negro, y un ancho sillón, donde el cura me obligó a sentarme
-cuando me disponía, con ardor de bibliómano, a inspeccionar los
-estantes; con extraordinaria vehemencia me dijo que allí no había
-nada digno de la atención de un inglés, porque toda su librería
-estaba compuesta de libros de rezo y de áridos tratados de teología
-católica.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_46">[p. 46]</span></p>
-
-<p>Se ocupó luego en ofrecernos un refrigerio. En un abrir y cerrar
-de ojos, con la ayuda del ama, puso sobre la mesa varios platos
-con bollos y confituras y unas botellas de vidrio grueso que se me
-antojaron muy parecidas a las de Schiedam, y resultaron, en efecto,
-suyas. «Aquí tienen—dijo el cura restregándose las manos—. Doy
-gracias a Dios por poder ofrecerles algo de su gusto. Estas botellas
-son de aguardiente de Holanda añejo»; y manifestando dos anchos
-vasos, continuó: «Llénenlos, amigos míos, y beban; beban y apúrenlo
-si les place, porque para mí eso está de sobra: rara vez bebo nada
-más que agua. Sé que a ustedes los isleños les gusta beber y que no
-pueden pasar sin ello; por tanto, si les sirve de provecho, lo que
-siento es no tener más.»</p>
-
-<p>Al observar que nos contentábamos meramente con gustar el
-aguardiente nos miró asombrado y nos preguntó por qué no bebíamos.
-Le dijimos que muy rara vez bebíamos alcoholes, y yo añadí que, por
-mi parte, apenas probaba ni aun el vino, contentándome, como él, con
-beber agua. Algo incrédulo se mostró; pero nos dijo que procediéramos
-con plena libertad y pidiéramos lo que fuese de nuestro gusto. Le
-contestamos que aún no habíamos comido y que nos alegraría poder
-ingerir algo substantífico. «Me temo que no haya en casa nada que les
-venga bien; con todo, vamos a verlo.»</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_47">[p. 47]</span></p>
-
-<p>En diciendo esto, nos condujo a una corraliza, a espaldas de la
-casa, que hubiera podido llamarse huerto o jardín de haberse criado
-en ella árboles o flores; pero sólo producía abundante hierba. En
-un extremo había un palomar bastante grande, y nos metimos en él,
-«porque—dijo el cura—si encontrásemos unos buenos pichones, ya tenían
-ustedes excelente comida.» Empero nos llevamos chasco: después de
-registrar los nidos, sólo encontramos pichones de muy pocos días,
-que no se podían comer. El buen hombre se entristeció mucho y empezó
-a temer, según dijo, que tuviésemos que marcharnos sin probar
-bocado. Dejamos el palomar y nos llevó a un sitio donde había varias
-colmenas, en torno de las que volaba un enjambre de afanosas abejas,
-llenando el aire con su zumbido. «Lo que más quiero, después de
-mis prójimos, son las abejas—dijo el cura—. Uno de mis placeres es
-sentarme aquí a observarlas y a escuchar su música.»</p>
-
-<p>Pasamos después por varias habitaciones desamuebladas contiguas
-al corral, en una de las cuales colgaban varias lonjas de tocino;
-deteniéndose debajo de ellas, el cura alzó los ojos y se puso a
-mirarlas atentamente. Dijímosle que si no podía ofrecernos cosa
-mejor, tomaríamos muy gustosos unos torreznos, sobre todo si se
-les añadían unos huevos. «Para decir la verdad—respondió—,<span
-class="pagenum" id="Page_48">[p. 48]</span> no tengo otra cosa, y si
-os arregláis con esto, me alegraré mucho; huevos no faltarán y podéis
-comer cuantos queráis, fresquísimos, porque las gallinas ponen todos
-los días.»</p>
-
-<p>Una vez preparado todo a nuestro gusto, nos sentamos a comer el
-torrezno y los huevos; pero no en el aposento donde primeramente
-nos recibió, sino en otro más chico, en el lado opuesto del
-zaguán. El buen cura no comió con nosotros por haberlo hecho ya
-mucho antes; pero se sentó en la cabecera de la mesa y animó la
-comida con su charla. «Ahí mismo donde están ustedes ahora—dijo—se
-sentaron antaño Wellington y Crawford, después de derrotar en los
-Arapiles a los franceses, rescatándonos de la servidumbre de aquella
-perversa nación. Nunca he venerado mi casa tanto como desde que la
-honraron con su presencia aquellos héroes, uno de los cuales era
-un semidiós.» Rompió luego en un elocuentísimo panegírico de <i>El
-Gran Lord</i>, como le llamaba, y con mucho gusto lo transcribiría si
-mi pluma fuese capaz de traducir al inglés los robustos y sonoros
-períodos de su poderoso castellano. Hasta entonces me había parecido
-el cura un viejo ignorante y sencillo, casi un simple, tan incapaz
-de sentir fuertes emociones como una tortuga dentro de su concha.
-Pero una súbita inspiración le iluminó; vibró en sus ojos una<span
-class="pagenum" id="Page_49">[p. 49]</span> ardiente llamarada y
-todos los músculos de su rostro temblaron. El bonete de seda que,
-conforme al uso del clero católico, llevaba puesto, movíasele arriba
-y abajo a compás de su agitación. Pronto advertí que estaba ante uno
-de tantos hombres notables como surgen con frecuencia en el seno de
-la iglesia romana, que a una simplicidad infantil reúnen una energía
-inmensa y un entendimiento poderoso, y son igualmente aptos para
-guiar un reducido rebaño de ignorantes campesinos en una obscura
-aldea de Italia o de España, o para convertir millones de paganos en
-las costas del Japón, de China o del Paraguay.</p>
-
-<p>El cura era un hombre delgado y seco, como de sesenta y cinco
-años, y vestía un manteo negro de tela burda; lo restante de su
-pergenio no era de mejor calidad. La modestia de su atavío no
-era, ni con mucho, resultado de la pobreza. El curato era de muy
-buenos rendimientos, y ponía anualmente a disposición del titular
-ochocientos duros por lo menos, de los que invertía la octava parte
-en sufragar sobradamente los gastos de su casa y familia; lo demás
-lo empleaba por completo en obras de pura caridad. Daba de comer
-al caminante hambriento, que luego seguía su viaje muy alegre con
-provisiones en las alforjas y una <i>peseta</i> en el bolsillo; cuando sus
-feligreses necesitaban dinero, no tenían más que acudir a su<span
-class="pagenum" id="Page_50">[p. 50]</span> despacho, y de seguro
-encontraban inmediato remedio. Era, verdaderamente, el banquero del
-pueblo, y ni esperaba ni deseaba que le devolvieran sus préstamos.
-Aunque necesitaba hacer viajes frecuentes a Salamanca, no tenía mula,
-y se valía de un jumento que le dejaba el molinero del pueblo. «Hace
-años tenía yo una mula, pero se la llevó sin mi permiso un viajero
-a quien albergué una noche; porque ha de saberse que en esa alcoba
-tengo dos camas muy limpias a disposición de los caminantes, y me
-alegraría mucho que usted y su amigo las ocuparan y se quedasen
-conmigo hasta mañana.»</p>
-
-<p>Pero ansiaba yo continuar el viaje, y a mi amigo no le apetecía
-menos volverse a Salamanca. Al despedirme del hospitalario cura le
-regalé un ejemplar del Nuevo Testamento. Recibiólo sin proferir
-palabra y lo colocó en un estante de su despacho; observé que le
-hacía señas al estudiante irlandés, moviendo la cabeza como si
-quisiera decir: «Su amigo de usted no pierde ocasión de propagar su
-libro»; porque sabía muy bien quién era yo. No olvidaré tan pronto
-al presbítero, bueno de veras, Antonio García de Aguilar, <i>cura</i> de
-Pitiega.</p>
-
-<p>Llegamos a Pedroso poco antes de anochecer. Pedroso es una
-aldehuela como de treinta casas, cortada por un arroyuelo o <i>regata</i>.
-En sus orillas, mujeres y mozas lavaban ropa y cantaban; la iglesia,
-aislada y<span class="pagenum" id="Page_51">[p. 51]</span>
-solitaria, se alzaba en último término. Preguntamos por la <i>posada</i>
-y nos mostraron una casucha que en nada se distinguía de las demás
-por su aspecto general. En vano llamamos a la puerta: en Castilla
-no es costumbre que los posaderos salgan a recibir a sus huéspedes.
-Concluímos por apearnos y entrar en la casa; preguntamos a una
-mujer de semblante adusto dónde podíamos poner los caballos. Nos
-dijo que no era posible llevarlos a la cuadra de la casa, porque
-habían metido en ella unos <i>malos machos</i>, pertenecientes a dos
-viajeros, que se pondrían seguramente a reñir con nuestros caballos
-y habría una <i>función</i> capaz de hundir la casa. Nos señaló un anejo
-a la posada, al otro lado de la calle, diciendo que allí podríamos
-encerrar nuestras bestias. Reconocimos el lugar, encontrándolo
-lleno de basura, habitado por los cerdos, y sin cerradura en la
-puerta. Me acordé de la mula del <i>cura</i> y me entraron pocas ganas
-de dejar los caballos en tal lugar, a merced de cualquier ladrón de
-aquellos contornos. Volví, pues, a la posada y dije resueltamente
-que había decidido llevarlos a la cuadra. Dos hombres, sentados
-en el suelo, cenaban una inmensa fuente de liebre estofada; eran
-los vendedores ambulantes, dueños de los machos. Al dirigirme a la
-cuadra, uno de los dos hombres murmuró: «Sí, sí; anda y ya verás lo
-que pasa». Apenas entré en el establo sonó<span class="pagenum"
-id="Page_52">[p. 52]</span> un hórrido y discordante grito, mezcla de
-rebuzno y quejido, y el más grande de los dos <i>machos</i>, soltándose
-del pesebre a que estaba atado, con los ojos como brasas y resoplando
-con la furia de un vendaval, se arrojó sobre mi caballo; pero
-éste, tan cerril como el macho, alzó las patas y, a la manera de
-un pugilista inglés, le pagó con tal caricia en la frente que casi
-le tira al suelo. Se trabó después un combate, y pensé que iba a
-realizarse la predicción de la adusta mujer haciéndose pedazos la
-casa. Puse fin a la batalla colgándome del ronzal del macho, con
-riesgo de mis extremidades, mientras Antonio, a costa de mucho
-trabajo, apartaba el caballo. Entonces el dueño del macho, que se
-había quedado en la puerta, se adelantó diciendo: «Si hubiera usted
-seguido el consejo que le dieron, no habría pasado esto». Díjele que
-era un disparate dejar los caballos en un sitio donde probablemente
-los robarían antes del amanecer, y que yo no estaba dispuesto a
-correr ese albur; el hombre me respondió: «Es verdad, es verdad;
-quizá ha hecho usted bien». Luego ató de nuevo el <i>macho</i> al pesebre,
-y reforzó la atadura con un pedazo de tralla, asegurando que ya no
-era posible que el animal se soltase.</p>
-
-<p>Después de cenar vagué por el pueblo. Intenté hablar con dos o
-tres labradores, en pie a la puerta de sus casas; pero todos se
-mostraron por demás reservados, y con un<span class="pagenum"
-id="Page_53">[p. 53]</span> áspero <i>buenas noches</i>, daban media
-vuelta y se metían dentro, sin invitarme a entrar. Me encaminé, por
-último, al pórtico de la iglesia, y allí permanecí un rato pensativo,
-hasta que juzgué conveniente retirarme a descansar, y así lo hice, no
-sin fijar antes en el atrio de la iglesia un cartel anunciando que
-el Nuevo Testamento se vendía en Salamanca. De vuelta en la posada
-encontré a los dos vendedores ambulantes profundamente dormidos en
-las <i>mantas</i> de sus machos, tendidas por el suelo. Un hombre a quien
-yo no había visto hasta entonces, y que era, al parecer, el amo
-de la casa, me dijo: «Me figuro, <i>caballero</i>, que usted ha de ser
-un comerciante francés, de paso para la feria de Medina.» «No soy
-francés ni comerciante—respondí—. Aunque pasaré por Medina, no voy a
-la feria.» «Entonces será usted uno de los irlandeses cristianos de
-Salamanca, <i>caballero</i>—replicó el hombre—. He oído decir que viene
-usted de allí.» «¿Por qué los llama usted irlandeses cristianos?
-¿Es que hay paganos en su país?» «Los llamamos cristianos—dijo el
-posadero—para distinguirlos de los irlandeses ingleses, que son peor
-que paganos, porque son judíos y herejes.» Sin responder, me entré en
-mi cuarto, y desde él oí, por estar la puerta entornada, el siguiente
-breve diálogo entre el posadero y su mujer.</p>
-
-<p><span class="smcap">El posadero.</span>—<i>Mujer</i>, me parece que
-tenemos mala gente en casa.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_54">[p. 54]</span></p>
-
-<p><span class="smcap">Su mujer.</span>—¿Te refieres a los últimos
-que han llegado, a ese <i>caballero</i> y a su criado? Sí; no he visto en
-mi vida gente peor encarada.</p>
-
-<p><span class="smcap">El posadero.</span>—No me gusta el criado,
-y menos todavía el amo. Es un hombre sin formalidad ni educación;
-me dice que no es francés, le hablo de los irlandeses cristianos, y
-parece que tampoco es de su casta. Tengo más que barruntos de que es
-hereje o, por lo menos, judío.</p>
-
-<p><span class="smcap">Su mujer.</span>—Acaso sea las dos cosas.
-<i>¡María Santísima!</i> ¿Qué haremos para purificar la casa cuando se
-vayan?</p>
-
-<p><span class="smcap">El posadero.</span>—¡Oh! Lo que es eso irá a
-la <i>cuenta</i>, como es natural.</p>
-
-<p>Dormí profundamente, y me levanté algo entrada la mañana; después
-de desayunarme pagué la cuenta, y bien conocí, por su exorbitancia,
-que no habían dejado de poner en ella los gastos de purificación. Los
-vendedores ambulantes se habían marchado al rayar el día. Sacamos
-luego los caballos y montamos; en la puerta de la posada había un
-grupo de gente que no nos quitaba ojo.—¿Qué significa esto?—le
-pregunté a Antonio.</p>
-
-<p>—Se susurra que no somos cristianos—respondió—y han venido para
-persignarse al vernos partir.</p>
-
-<p>En el momento de romper la marcha, en efecto, lo menos doce manos
-se pusieron a<span class="pagenum" id="Page_55">[p. 55]</span> hacer
-la señal de la cruz, que ahuyenta al Malo. Antonio se volvió al
-instante y se santiguó al modo griego, mucho más complejo y difícil
-que el católico.</p>
-
-<p>—<i>¡Mirad qué santiguo, qué santiguo de los demonios!</i>—exclamaron
-varias voces, mientras avivábamos el paso por temor a las
-consecuencias.</p>
-
-<p>El día fué por demás caluroso, y con mucha lentitud proseguimos
-la marcha a través de las llanuras de Castilla la Vieja. En todo
-lo perteneciente a España, la inmensidad y la sublimidad se
-asocian. Grandes son sus montañas y no menos grandes sus planicies,
-ilimitadas, al parecer; pero no como las uniformes e ininterrumpidas
-llanadas de las estepas rusas. El terreno presenta de continuo
-escabrosidades y desniveles; aquí un barranco profundo o rambla,
-excavado por los torrentes invernales; más allá una eminencia, muchas
-veces fragosa e inculta, en cuya cima aparece un pueblecito aislado
-y solitario. ¡Cuánta melancolía por doquier; qué escasas las notas
-vivas, joviales! Aquí y allá se encuentra a veces algún labriego
-solitario trabajando la tierra; tierra sin límites, donde los olmos,
-las encinas y los fresnos son desconocidos; tierra sin verdor, sobre
-la que sólo el triste y desolado pino destaca su forma piramidal.
-¿Y quién viaja por estas comarcas? Principalmente los <i>arrieros</i>
-y sus largas recuas de mulas, adornadas con<span class="pagenum"
-id="Page_56">[p. 56]</span> campanillas de monótono tintineo. Vedlos,
-con sus rostros atezados, sus trajes pardos, sus sombrerotes gachos;
-ved a los <i>arrieros</i>, verdaderos señores de las rutas de España,
-más respetados en estos caminos polvorientos que los duques y los
-<i>condes</i>, vedlos: mal encarados, orgullosos, rara vez sociables,
-cuyas roncas voces se oyen en ocasiones desde una milla de distancia,
-ya excitando a los perezosos animales, ya entreteniendo la tristeza
-del camino con rudos y discordantes cantares.</p>
-
-<p>Muy entrada la tarde llegamos a Medina del Campo, una de las
-principales ciudades de España en otro tiempo, y al presente lugar
-sin importancia. Inmensas ruinas la rodean por todas partes,
-atestiguando la pasada grandeza de la «ciudad de la llanura». La
-plaza principal o del mercado es notable; rodéanla sólidos porches,
-sobre los que se alzan negruzcos edificios muy antiguos. Medina
-estaba llena de gente, porque la feria se celebraba de allí a un
-par de días. Algún trabajo nos costó conseguir que nos admitieran
-en la <i>posada</i>, ocupada principalmente por catalanes llegados de
-Valladolid. Esa gente no sólo llevaba consigo sus mercancías, sino
-sus mujeres e hijos. Algunos tenían malísima catadura, sobre todo
-uno, gordo y de aspecto salvaje, como de cuarenta años de edad, que
-se portó de atroz manera: sentado con su mujer, quizás su<span
-class="pagenum" id="Page_57">[p. 57]</span> concubina, a la puerta
-de un aposento que daba al patio, no cesaba de expeler horribles y
-obscenos juramentos en español y en catalán. La mujer era de notable
-hermosura; pero muy recia y al parecer no menos salvaje que el
-hombre; su modo de hablar era igualmente horrendo. Ambos parecían
-dominados por incomprensible furor. Al cabo, ante cierta observación
-hecha por la mujer, el hombre se levantó y sacando de la faja un
-gran cuchillo le tiró un golpe a su compañera en el pecho desnudo;
-la mujer, empero, interpuso la palma de la mano y recibió en ella el
-navajazo. Estúvose un momento el agresor mirando gotear la sangre en
-el suelo, mientras la mujer levantaba en alto la mano herida; luego,
-arrojando un estruendoso juramento, salió corriendo del patio a la
-<i>plaza</i>. Me acerqué entonces a la mujer y dije: «¿Por qué ha sido
-todo eso? Espero que ese tunante no le habrá herido de gravedad.»
-Volvió hacia mí el semblante con expresión infernal y mirándome
-despreciativamente exclamó: «<i>Carals, ¿que es eso?</i> ¿No puede un
-caballero catalán hablar de sus asuntos particulares con su señora
-sin que usted los interrumpa?» Se vendó luego la mano con un pañuelo
-y entrándose en el cuarto sacó una mesita, puso en ella diferentes
-cosas para disponer la cena, y se sentó en un taburete. En seguida
-volvió el catalán y, sin decir palabra, se sentó en el umbral, como
-si<span class="pagenum" id="Page_58">[p. 58]</span> nada hubiera
-ocurrido; la singular pareja comenzó a comer y a beber, sazonando los
-manjares con juramentos y burlas.</p>
-
-<p>Pasamos la noche en Medina, y a la mañana siguiente, muy temprano,
-reanudamos el viaje, pasando por una comarca muy parecida a la que
-recorrimos el día antes; a cosa del mediodía llegamos a una pequeña
-<i>venta</i>, a media legua del Duero, y en ella descansamos durante las
-horas de más calor; montamos después nuevamente y, cruzando el río
-por un hermoso puente de piedra, nos encaminamos a Valladolid. Las
-márgenes del Duero son muy bellas por aquel sitio y pobladas de
-árboles y arbustos en los que trinaban melodiosamente a nuestro paso
-algunos pajarillos. Delicioso frescor subía del agua que, a veces,
-se embravecía entre las piedras o fluía veloz sobre la blanca arena,
-o se estancaba con mansedumbre en las pozas azules, de considerable
-hondura. Muy cerca de una de estas hoyas estaba sentada una mujer,
-como de treinta años, vestida a lo labrador, con pulcritud; miraba
-fijamente al agua, arrojando a ella, de vez en cuando, flores y
-ramitas. Me detuve un momento y la hablé; pero sin mirarme ni
-contestar, siguió contemplando el agua como si hubiera perdido la
-conciencia de cuanto le rodeaba. «¿Quién es esa mujer?», pregunté
-a un pastor que encontré momentos más tarde. «Es una loca, <i>la
-pobrecita</i>—respondió—. Hace<span class="pagenum" id="Page_59">[p.
-59]</span> un mes se le ahogó un hijo en esa poza, y desde entonces
-ha perdido el juicio. La van a llevar a Valladolid, a la <i>Casa de
-los locos</i>. Todos los años se ahoga bastante gente en los remolinos
-del Duero; éste es un río muy malo. <i>Vaya usted con la Virgen,
-caballero.</i>» Después entramos en los mezquinos y ralos <i>pinares</i> que
-bordean el camino de Valladolid por aquella dirección.</p>
-
-<p>Valladolid está situado en medio de un inmenso valle, o más bien
-hondonada, abierta, al parecer, por una fortísima convulsión de
-la planicie castellana. Las alturas de las inmediaciones no son,
-propiamente, una elevación del suelo, sino más bien los bordes de
-la hondonada. Son muy escabrosas y pendientes y de aspecto por
-demás insólito. Parece que en épocas remotas toda esta comarca
-estuvo trabajada por fuerzas volcánicas. Hay en Valladolid numerosos
-conventos, ahora abandonados, magnífica muestra, algunos de ellos,
-de la arquitectura española. La iglesia principal, bastante antigua,
-está sin acabar; propusiéronse los fundadores levantar un edificio
-muy vasto; pero sus medios no bastaron para realizar el plan. Es de
-granito sin labrar. Valladolid es ciudad fabril, pero en cambio su
-comercio está principalmente en manos de los catalanes, establecidos
-aquí en número próximo a trescientos. Posee una hermosa <i>alameda</i>
-por la que corre el Esgueva. La población<span class="pagenum"
-id="Page_60">[p. 60]</span> dícese que llega a sesenta mil
-habitantes.</p>
-
-<p>Paramos en la <i>Posada de las Diligencias</i>, edificio magnífico;
-pero a los dos días de llegar nos fuimos de ella muy gustosos,
-porque el alojamiento era malísimo, y la gente de la casa por demás
-grosera. El dueño, hombre de talla gigantesca, de enormes bigotes
-y de marcialidad afectada, debía de creerse un caballero demasiado
-principal para fijar la atención en sus huéspedes, de los que, a la
-verdad, no andaba muy recargado, porque sólo estábamos Antonio y yo.
-Era persona importante entre los guardias nacionales de Valladolid
-y se recreaba pavoneándose por la ciudad en un corcel pesadote que
-encerraba en una cuadra subterránea.</p>
-
-<p>Trasladamos nuestros reales al Caballo de Troya, <i>posada</i> antigua,
-a cargo de un vascongado que, al menos, no se creía superior a su
-oficio. Las cosas andaban muy revueltas en Valladolid por creerse
-inminente una visita de los facciosos. Barreadas todas las puertas,
-construyeron, además, unos reductos para cubrir los aproches de la
-ciudad. Poco después de marcharnos nosotros, llegaron, en efecto,
-los carlistas al mando del cabecilla vizcaíno Zariategui. No
-encontraron resistencia; los nacionales más decididos se retiraron
-al reducto principal y en seguida lo entregaron, sin que en toda
-esa función<span class="pagenum" id="Page_61">[p. 61]</span> se
-disparase un tiro. Mi amigo, el héroe de la posada, en cuanto oyó que
-se aproximaba el enemigo, montó a caballo y escapó, y no ha vuelto a
-saberse de él. A mi regreso a Valladolid, hallé la posada en otras
-manos mucho mejores: regíala un francés de Bayona, quien me prodigó
-tantas amabilidades como groserías sufrí de su predecesor.</p>
-
-<p>A los pocos días conocí al librero de la localidad, hombre
-sencillo, de corazón bondadoso, que de buen grado se encargó de
-vender los Testamentos. Todo género de literatura hallábase en
-Valladolid en profundísima decadencia. Mi nuevo amigo sólo podía
-dedicarse a vender libros en combinación con otros negocios,
-porque, según me aseguró, la librería no le daba para vivir.
-Sin embargo, durante la semana que permanecí en la ciudad se
-vendió un número considerable de ejemplares, y abrigaba yo buenas
-esperanzas de que aún pedirían muchos más. Para llamar la atención
-sobre mis libros recurrí al sistema empleado en Salamanca y fijé
-carteles en las paredes. Antes de marcharme dispuse que todas las
-semanas los renovasen; con eso pensaba yo lograr multiplicados y
-saludables frutos, porque el pueblo tendría siempre ocasión de
-saber que existía, al alcance de sus medios, un libro que contiene
-la palabra de vida, y acaso se sintiera inducido a comprarlo y a
-consultarlo, incluso acerca de su salvación...<span class="pagenum"
-id="Page_62">[p. 62]</span> Hay en Valladolid un colegio inglés y
-otro escocés. Mis amables amigos los irlandeses de Salamanca me
-habían dado una carta de presentación para el rector del último.
-Estaba el colegio instalado en un lóbrego edificio, en calle
-apartada. El rector vestía como los eclesiásticos españoles, carácter
-que, a todas luces, pretendían apropiarse. Había en sus modales
-cierta fría sequedad, sin pizca del generoso celo ni de la ardiente
-hospitalidad que de tal modo me cautivaron en el cortesísimo rector
-de los irlandeses de Salamanca; sin embargo, me trató con mucha
-urbanidad y se ofreció a enseñarme las curiosidades locales. Sabía,
-sin duda alguna, quién era yo, y acaso por esta razón se mostró más
-reservado de lo que en otro caso hubiese sido; no hablamos palabra
-de asuntos religiosos, como si de consuno quisiésemos eludirlos.
-Bajo sus auspicios visité el colegio de las Misiones Filipinas,
-situado en las afueras; me presentaron al rector, septuagenario de
-hermosa presencia, muy vigoroso, en hábito de fraile. Expresaba
-su semblante una benignidad plácida que me interesó sobremanera;
-hablaba poco y con sencillez; parecía haber dicho adiós a todas las
-pasiones terrenales. Sin embargo, aún se aferraba a cierta pequeña
-debilidad.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Vive usted en una casa hermosa,
-padre. Lo menos caben aquí doscientos estudiantes.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_63">[p. 63]</span></p>
-
-<p><span class="smcap">El rector.</span>—Más aún, hijo mío; se hizo
-para albergar más centenares que simples individuos vivimos en ella
-ahora.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Veo aquí algunos trabajos de
-defensa improvisados; los muros están llenos de aspilleras por todas
-partes.</p>
-
-<p><span class="smcap">El rector.</span>—Hace unos días vinieron
-los nacionales de Valladolid y causaron bastante daño sin utilidad
-alguna; estuvieron un poco groseros y me amenazaron con los clubs.
-¡Pobres hombres, pobres hombres!</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Supongo que también las misiones, a
-pesar de sus elevados fines, se resentirán de los trastornos actuales
-de España.</p>
-
-<p><span class="smcap">El rector.</span>—Demasiado cierto es eso;
-ahora el Gobierno no nos favorece nada; sólo contamos con nuestras
-propias fuerzas y con la ayuda de Dios.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Cuántos misioneros novicios hay en
-el colegio?</p>
-
-<p><span class="smcap">El rector.</span>—Ninguno, hijo mío; ninguno.
-El rebaño se ha dispersado; el pastor se ha quedado solo.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Vuestra reverencia habrá, sin duda
-alguna, tomado parte activa en las misiones.</p>
-
-<p><span class="smcap">El rector.</span>—Cuarenta años he estado
-en Filipinas, hijo mío; cuarenta años entre los indios. ¡Ay de mí!
-¡Cuánto quiero yo a los indios de Filipinas!</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Habla vuestra reverencia la lengua
-de los indios?</p>
-
-<p><span class="smcap">El rector.</span>—No, hijo mío. A los
-indios<span class="pagenum" id="Page_64">[p. 64]</span> les
-enseñábamos el castellano; a mi parecer, no hay idioma mejor. Les
-enseñábamos el castellano y la adoración de la Virgen. ¿Qué más
-necesitaban saber?</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Y qué piensa vuestra reverencia de
-las Filipinas como país?</p>
-
-<p><span class="smcap">El rector.</span>—Cuarenta años he estado
-allá; pero lo conozco poco; el país no me interesaba gran cosa; mis
-amores eran los indios. No es mala tierra aquélla; pero no tiene
-comparación con Castilla.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Vuestra reverencia es
-castellano?</p>
-
-<p><span class="smcap">El rector.</span>—Soy castellano viejo, hijo
-mío.</p>
-
-<p>Desde la Casa de las Misiones Filipinas, me condujo mi amigo al
-Colegio inglés, establecimiento muy superior en todos los órdenes al
-Colegio Escocés. En este último había muy pocos alumnos, creo que
-seis o siete apenas, mientras que en el seminario inglés se educaban
-unos treinta o cuarenta, según me dijeron. La casa es hermosa,
-con una iglesia pequeña, pero suntuosa, y muy buena biblioteca:
-su emplazamiento es alegre y ventilado; completamente aislada en
-un barrio de poco tránsito, un elevado muro, genuina muestra del
-exclusivismo inglés, la rodea por todas partes y encierra, además,
-un deleitoso jardín. Este colegio es, con gran ventaja, el mejor de
-los de su clase en toda la Península, y creo que el más floreciente.
-En el rápido vistazo dado a su interior<span class="pagenum"
-id="Page_65">[p. 65]</span> no podía enterarme a fondo de su régimen;
-pero no dejó de impresionarme el orden, la limpieza, el método
-reinantes por doquiera. Sin embargo, no me atrevería yo a afirmar
-que el aire de severa disciplina monástica que allí se advertía
-respondiese con exactitud a la realidad. En la visita nos acompañó el
-vicerrector, por estar ausente el rector. De todas las curiosidades
-del colegio la más notable es la galería de pinturas, donde se
-guardan los retratos de gran número de antiguos alumnos de la casa
-martirizados en Inglaterra, en el ejercicio de su vocación, durante
-los agitados tiempos de Eduardo VI y de la feroz Isabel. En esa casa
-se educaron muchos de aquellos sacerdotes medio extranjeros, pálidos,
-sonrientes, que a hurtadillas recorrían en todas direcciones la verde
-Inglaterra; ocultos en misteriosos albergues, en el seno de los
-bosques, soplaban sobre el moribundo rescoldo del papismo, sin otra
-esperanza y acaso sin otro deseo que el de perecer descuartizados por
-las sangrientas manos del verdugo, entre el griterío de una plebe
-tan fanática como ellos; sacerdotes como Bedingfield y Garnet, y
-tantos otros cuyo nombre se ha incorporado a las gestas de su país.
-Muchas historias, maravillosas precisamente por ser ciertas, podrían,
-sin duda, extraerse de los archivos del seminario papista inglés de
-Valladolid.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_66">[p. 66]</span></p>
-
-<p>No escaseaban los huéspedes en el Caballo de Troya, donde nos
-alojábamos. Entre los llegados durante mi estancia allí, figuraba una
-mujer muy fornida y jovial, en extremo bien vestida, con traje de
-seda negra y <i>mantilla</i> de mucho precio. Acompañábala un mozalbete
-de quince años, muy guapo, pero de expresión maligna y arisca, hijo
-suyo. Venían de Toro, lugar distante una jornada de Valladolid,
-famoso por su vino. Una noche, estando al <i>fresco</i> en el patio de la
-posada, tuvimos el siguiente coloquio:</p>
-
-<p><span class="smcap">La mujer.</span>—¡<i>Vaya, vaya</i>, qué pueblo tan
-aburrido es Valladolid! ¡Qué diferencia de Toro!</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Yo le hubiera creído, por lo menos,
-tan divertido como Toro, que no es ni la tercera parte de grande.</p>
-
-<p><span class="smcap">La mujer.</span>—¿Tan divertido como Toro?
-<i>¡Vaya, vaya!</i> ¿Ha estado usted alguna vez en la cárcel de Toro,
-señor caballero?</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Nunca he tenido ese honor;
-generalmente, la cárcel es el último sitio que se me ocurre
-visitar.</p>
-
-<p><span class="smcap">La mujer.</span>—Vea usted lo que es la
-diferencia de gustos: yo he ido a ver la cárcel de Valladolid, y me
-parece tan aburrida como la ciudad.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Es claro; si en alguna parte hay
-tristeza y fastidio, ha de ser en la cárcel.</p>
-
-<p><span class="smcap">La mujer.</span>—Pero no en la de Toro.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_67">[p. 67]</span></p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Qué tiene la cárcel de Toro para
-distinguirse de las demás?</p>
-
-<p><span class="smcap">La mujer.</span>—¿Qué tiene? <i>¡Vaya!</i> ¿Pues no
-soy yo la <i>carcelera</i>? ¿Y no es mi marido el <i>alcaide</i>? Y mi hijo,
-¿no es hijo de la cárcel?</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Dispense usted: no conocía esas
-circunstancias. La diferencia, en efecto, es grande.</p>
-
-<p><span class="smcap">La mujer.</span>—Ya lo creo. Yo también soy
-hija de la cárcel; mi padre era <i>alcaide</i> y mi hijo podría aspirar a
-serlo, si no fuese tonto.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Tonto? Pues en la cara lo disimula
-bastante. No sería yo quien comprara a este muchacho si lo vendieran
-por tonto.</p>
-
-<p><span class="smcap">La carcelera.</span>—¡Buen negocio haría usted
-si lo comprase! Más <i>picardías</i> tiene que cualquier <i>calabocero</i> de
-Toro. Mi sentido es que no le tira la cárcel tanto como debiera,
-sabiendo lo que han sido sus padres. Tiene demasiado orgullo,
-demasiados caprichos; al cabo ha logrado convencerme para que
-lo traiga a Valladolid, y le he colocado a prueba en casa de un
-comerciante de la <i>Plaza</i>. Espero que no irá a parar a la cárcel; si
-no, ya verá la diferencia que hay entre ser hijo de la cárcel y estar
-encarcelado.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Habiendo tantas distracciones en
-Toro, los presos no lo pasarán mal con usted.</p>
-
-<p><span class="smcap">La carcelera.</span>—Sí; somos muy buenos con
-ellos; me refiero a los que son <i>caballeros</i>,<span class="pagenum"
-id="Page_68">[p. 68]</span> porque con los que no tienen más que
-<i>miseria</i>, ¿qué podemos hacer? La cárcel de Toro es muy divertida:
-dejamos entrar todo el vino que quieren los presos, mientras tienen
-dinero para comprarlo y para pagar el derecho de entrada. La de
-Valladolid no es ni la mitad de alegre; no hay cárcel como la de
-Toro. Allí aprendí yo a tocar la guitarra. Un caballero andaluz
-me enseñó a tocar y cantar <i>a la gitana</i>. ¡Pobre muchacho! Fué mi
-primer <i>novio</i>. Juanito, trae la guitarra, que voy a cantarle a este
-caballero unos aires andaluces.</p>
-
-<p>La <i>carcelera</i> tenía hermosa voz y tocaba el instrumento favorito
-de los españoles con verdadera maestría. Estuve escuchando sus
-habilidades cerca de una hora, hasta que me retiré a mi habitación
-a descansar. Creo que continuó tocando y cantando la mayor parte de
-la noche, porque la oí todas las veces que me desperté, y aun entre
-sueños me sonaban en los oídos las cuerdas de la guitarra.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_69">[Pg 69]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XXII</h2>
- <p class="subhang">
- Dueñas.— Los hijos de Egipto.— Chalanerías.— El caballo de carga.—
- La caída.— Palencia.— Curas carlistas.— El mirador.— Sinceridad
- sacerdotal.— León.— Alarma de Antonio.— Calor y polvo.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">D</span><span class="smcap">espués</span>
-de estar diez días en Valladolid nos pusimos en marcha para León.
-Llegamos al mediodía a Dueñas, ciudad notable por muchos motivos,
-distante de Valladolid seis leguas cortas. Hállase situada en una
-ladera, sobre la que se alza a pico una montaña de tierra calcárea
-coronada por un castillo en ruinas. En torno de Dueñas se ve multitud
-de cuevas excavadas en la pendiente y cerradas con fuertes puertas:
-son las bodegas donde se guarda el vino que en abundancia produce la
-comarca, y que se vende principalmente a los navarros y montañeses;
-acuden a buscarlo en carretas de bueyes y se lo llevan en grandes
-cantidades. Paramos en una mezquina posada de los arrabales, con
-idea de dar descanso a los caballos. Varios soldados de Caballería
-allí alojados aparecieron en seguida, y con ojos de gente experta
-empezaron a examinar mi caballo <i>entero</i>. «Este caballo tan bueno
-debiera ser nuestro—dijo el cabo—. ¡Qué pecho<span class="pagenum"
-id="Page_70">[p. 70]</span> tiene! ¿Con qué derecho viaja usted en
-ese caballo, <i>señor</i>, haciendo falta tantos para el servicio de la
-reina? Este caballo pertenece a la <i>requisa</i>.» «Con el derecho que me
-da el haberlo comprado, y el ser yo inglés»—repliqué. «¡Oh, su merced
-es inglés!—respondió el cabo—. Eso es otra cosa. A los ingleses se
-les permite en España hacer de lo suyo lo que quieran, permiso que
-no tienen los españoles. Caballero, he visto a sus paisanos de usted
-en las provincias vascongadas: <i>vaya</i>, ¡qué jinetes y qué caballos!
-Tampoco se baten mal; pero lo que mejor hacen es montar. Los he
-visto subir por los <i>barrancos</i> en busca de los facciosos, y caer
-sobre ellos de improviso cuando se creían más seguros y no dejar ni
-uno vivo. La verdad: este caballo es magnífico; voy a mirarle el
-diente.»</p>
-
-<p>Miré al cabo; tenía la nariz y los ojos dentro de la boca del
-caballo. Los demás de la partida, que podían ser seis o siete, no
-estaban menos atareados. El uno le examinaba las manos; el otro, las
-patas; éste tiraba de la cola con toda su fuerza, mientras aquél le
-apretaba la tráquea para descubrir si el animal tenía allí alguna
-tacha. Por fin, al ver al cabo dispuesto a aflojarle la silla para
-reconocerle el lomo, exclamé:</p>
-
-<p>—Quietos, <i>chabés</i><a id="FNanchor_8" href="#Footnote_8"
-class="fnanchor">[8]</a> de Egipto; os olvi<span class="pagenum"
-id="Page_71">[p. 71]</span>dáis de que sois <i>hundunares</i><a
-id="FNanchor_9" href="#Footnote_9" class="fnanchor">[9]</a>, y que
-no estáis <i>paruguing grastes</i><a id="FNanchor_10" href="#Footnote_10"
-class="fnanchor">[10]</a> en el <i>chardí</i><a id="FNanchor_11"
-href="#Footnote_11" class="fnanchor">[11]</a>.</p>
-
-<p>Al oír estas palabras, el cabo y los soldados volvieron
-completamente el rostro hacia mí. Sí; no cabía duda: eran los
-semblantes y el mirar fijo y velado de los hijos de Egipto.
-Lo menos un minuto estuvimos mirándonos mutuamente, hasta que
-el cabo, en la más elocuente lamentación gitana imaginable,
-me dijo: ¡El <i>erray</i><a id="FNanchor_12" href="#Footnote_12"
-class="fnanchor">[12]</a> nos conoce a nosotros, pobres <i>Caloré</i>!<a
-id="FNanchor_13" href="#Footnote_13" class="fnanchor">[13]</a>
-¿Y dice que es inglés? <i>¡Bullati!</i><a id="FNanchor_14"
-href="#Footnote_14" class="fnanchor">[14]</a> No me figuraba
-encontrar por aquí un <i>Busnó</i><a id="FNanchor_15" href="#Footnote_15"
-class="fnanchor">[15]</a> que nos conociera, porque en estas tierras
-no se ven nunca <i>gitanos</i>. Sí; su merced acierta; somos todos de
-la sangre de los <i>Caloré</i>. Somos de <i>Melegrana</i><a id="FNanchor_16"
-href="#Footnote_16" class="fnanchor">[16]</a>, y de allí nos sacaron
-para llevarnos a las guerras. Su merced ha acertado; al ver este
-caballo nos hemos creído otra vez en nuestra casa en el <i>mercado</i> de
-Granada; el caballo es paisano nuestro, un <i>andalou</i> verdadero. <i>Por
-Dios</i>, véndanos su merced este caballo; aunque somos pobres <i>Caloré</i>,
-podemos comprarlo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_72">[p. 72]</span></p>
-
-<p>—Os olvidáis de que sois soldados; ¿cómo me ibais a comprar el
-caballo?</p>
-
-<p>—Somos soldados—replicó el cabo—; pero no hemos dejado de ser
-<i>Caloré</i>. Compramos y vendemos <i>bestis</i>; nuestro capitán va a la
-parte con nosotros. Hemos estado en las guerras; pero no queremos
-pelear; eso se queda para los <i>Busné</i>. Hemos vivido juntos y muy
-unidos, como buenos <i>Caloré</i>; hemos ganado dinero. <i>No tenga usted
-cuidao.</i> Podemos comprarle el caballo.</p>
-
-<p>Al decir esto, sacó una bolsa con diez onzas de oro lo menos.</p>
-
-<p>—Si quisiera venderlo—repuse—, ¿cuánto me daríais por el
-caballo?</p>
-
-<p>—Entonces su merced desea vender el caballo. Eso ya es otra cosa.
-Le daremos a su merced diez duros por él. No vale para nada.</p>
-
-<p>—¿Cómo es eso?—exclamé—. Hace un momento me habéis dicho que era
-un caballo muy bueno, paisano vuestro.</p>
-
-<p>—No, <i>señor</i>; no hemos dicho que sea <i>Andalou</i>, hemos dicho que
-es <i>Extremou</i>, y de lo peor de su casta. Tiene diez y ocho años, es
-corto de resuello y está malo.</p>
-
-<p>—Pero si yo no quiero vender el caballo; al contrario. Más bien
-necesito comprar que vender.</p>
-
-<p>—¿Su merced no quiere vender el caballo?—dijo el gitano—. Espere
-su merced: daremos sesenta duros por el caballo de su merced.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_73">[p. 73]</span></p>
-
-<p>—Aunque me dierais doscientos sesenta. <i>¡Meclis, meclis!</i><a
-id="FNanchor_17" href="#Footnote_17" class="fnanchor">[17]</a>, no
-digas más. Conozco las tretas de los gitanos. No quiero tratos con
-vosotros.</p>
-
-<p>—¿No ha dicho su merced que desea comprar un caballo?—preguntó el
-gitano.</p>
-
-<p>—No necesito comprar ninguno—exclamé—. De necesitar algo, sería
-una jaca para el equipaje. Pero se ha hecho tarde; Antonio, paga la
-cuenta.</p>
-
-<p>—Espere su merced; no tenga tanta prisa—dijo el gitano—. Voy a
-traerle lo que usted necesita.</p>
-
-<p>Sin aguardar respuesta corrió a la cuadra, y a poco salió trayendo
-por el ramal una jaca ruana, de unos trece palmos de alzada, llena
-de mataduras y señales de las cuerdas y ataderos. La estampa, sin
-embargo, no era mala, y tenía un brillo extraordinario en los
-ojos.</p>
-
-<p>—Aquí tiene su merced—dijo el gitano—la mejor jaca de España.</p>
-
-<p>—¿Para qué me enseñas ese pobre animal?—pregunté.</p>
-
-<p>—¿Pobre animal?—repuso el gitano—. Es un caballo mejor que su
-<i>Andalou</i> de usted.</p>
-
-<p>—Puede que no quisieras cambiarlos—dije yo sonriendo.</p>
-
-<p>—<i>Señor</i>, lo que yo digo es que puesto a correr, le saca ventaja a
-su <i>Andalou</i> de usted.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_74">[p. 74]</span></p>
-
-<p>—Está muy flaco—respondí—. Me parece que concluirá muy pronto de
-pasar fatigas.</p>
-
-<p>—Flaco y todo como está, <i>señor</i>, ni usted ni cuantos ingleses hay
-en España son capaces de dominarlo.</p>
-
-<p>Miré otra vez al animal, y su estampa me hizo una impresión más
-favorable aún que antes. Necesitaba yo una caballería para relevar,
-cuando fuese menester, a la de Antonio en el transporte del equipaje,
-y aunque el estado de aquella jaca era lastimoso, pensé que con el
-buen trato no tardaría en redondearse.</p>
-
-<p>—¿Puedo montar en él?—pregunté.</p>
-
-<p>—Es caballo de carga, <i>señor</i>, y no está hecho a la silla; sólo
-se deja montar por mí, que soy su amo. Cuando se arranca, no para
-hasta el mar: se lanza por cuestas y montañas, y las deja atrás en
-un momento. Si quiere usted montar este caballo, <i>señor</i>, permítame
-que antes le ponga la brida, porque con el ronzal no podrá usted
-sujetarlo.</p>
-
-<p>—Eso es una tontería—repliqué—. Pretendes hacerme creer que
-tiene mucho genio para pedir más por él. Te digo que está casi
-muriéndose.</p>
-
-<p>Tomé el ronzal y monté. Apenas me sintió sobre las costillas,
-el animalito, que hasta entonces había estado inmóvil como una
-piedra, sin mostrar el menor deseo de cambiar de postura ni dar más
-señales de vida<span class="pagenum" id="Page_75">[p. 75]</span>
-que revolver los ojos y enderezar una oreja, arrancó al galope
-tendido como un caballo de carreras. Presumía yo que el caballo
-iba a cocear o a tirarse al suelo para librarse de la carga; pero
-la escapada me cogió completamente desprevenido. No me costó gran
-trabajo, sin embargo, sostenerme, porque desde la niñez estaba yo
-habituado a montar en pelo; pero frustró todos los esfuerzos que
-hice para detenerlo, y casi empecé a creer, como me había dicho el
-gitano, que ya no se pararía hasta el mar. No obstante, disponía yo
-de un arma poderosa, y fué tirar del ronzal con toda mi fuerza, hasta
-que obligué al caballo a volver ligeramente el cuello, que, por lo
-rígido, parecía de palo; a pesar de todo, no disminuyó la rapidez
-de su carrera ni un momento. A mano izquierda del camino, por donde
-volábamos, había una profunda zanja, en el preciso lugar donde el
-camino torcía a la derecha, y hacia la zanja se lanzó oblicuamente
-el caballo. Con los tirones se rompió el ronzal; el caballo siguió
-disparado como una flecha, y yo caí de espaldas al suelo.</p>
-
-<p>—<i>Señor</i>—dijo el gitano, acercándoseme con el semblante más serio
-del mundo—, ya le decía yo a usted que no montase sin brida ni freno;
-es caballo de carga y sólo está acostumbrado a que le monte yo,
-que le doy de comer. (Al decir esto silbó, y el animal, que andaba
-dando corcovos por el campo,<span class="pagenum" id="Page_76">[p.
-76]</span> y acoceando el aire, volvió al instante con un suave
-relincho.) Vea su merced qué manso es—continuó el gitano—. Es un
-caballo de carga de primera, y puede subir, con todo lo que usted
-lleva, las montañas de Galicia.</p>
-
-<p>—¿Cuánto pides por él?—dije yo.</p>
-
-<p>—<i>Señor</i>, como su merced es inglés y buen <i>jinete</i>, y, sobre todo,
-conoce los usos de los <i>Caloré</i>, y sus mañas y lenguaje también, se
-lo venderé a usted muy arreglado. Me dará usted doscientos sesenta
-duros por él, ni uno menos.</p>
-
-<p>—Es mucho dinero—respondí.</p>
-
-<p>—No, <i>señor</i>, nada de eso; es un caballo de carga; fíjese usted
-que pertenece al ejército, y no lo vendo para mí.</p>
-
-<p>Dos horas de caballo nos pusieron en Palencia, ciudad antigua y
-bella, admirablemente situada a orillas del Carrión, y famosa por
-su comercio de lanas. Nos alojamos en la mejor <i>posada</i> que había,
-y seguidamente fuí a visitar a uno de los principales comerciantes
-de la ciudad, para quien me había dado una recomendación mi banquero
-de Madrid. Dijéronme que el señor estaba durmiendo la <i>siesta</i>.
-«Entonces—pensé yo—lo mejor será hacer otro tanto», y me volví a
-la <i>posada</i>. Por la tarde repetí la visita, y vi al comerciante.
-Era un hombre bajo y corpulento, de unos treinta años; al pronto me
-recibió con cierta sequedad, pero no tardaron<span class="pagenum"
-id="Page_77">[p. 77]</span> sus modales en dulcificarse, y a lo
-último no sabía ya cómo darme suficientes pruebas de su cortesía.
-Me presentó a un su hermano, recién llegado de Santander, persona
-inteligente en grado sumo, y que había vivido varios años en
-Inglaterra. Ambos se empeñaron en enseñarme la ciudad, como lo
-hicieron, paseándome por ella y por sus cercanías. Admiré sobre todo
-la catedral, edificio de estilo gótico primitivo, pero elegante y
-ligero. Mientras recorríamos sus naves laterales, los dulces rayos
-del sol poniente, al entrar por las ventanas arqueadas, iluminaban
-algunos hermosos cuadros de Murillo que adornan el sagrado edificio<a
-id="FNanchor_18" href="#Footnote_18" class="fnanchor">[18]</a>. Desde
-la iglesia lleváronme mis amigos por un camino pintoresco a un batán
-de las afueras. Abundaban allí el agua y los árboles, pareciéndome
-los alrededores de Palencia uno de los lugares más agradables que
-hasta entonces había visto. Cansados de rodar de una parte a otra,
-fuimos a un café, donde me obsequiaron con dulces y chocolate. Tal
-fué la hospitalidad de mis amigos, sencilla y agradable, como hay
-mucha en España.</p>
-
-<p>Al siguiente día proseguimos el viaje, triste en su mayor parte,
-a través de áridas y desoladas llanuras, con algunos pueblos y<span
-class="pagenum" id="Page_78">[p. 78]</span> ciudades esparcidos aquí
-y allá, pueblos silenciosos, melancólicos, distantes unos de otros
-dos o tres leguas. Hacia el mediodía percibimos a lo lejos, entre
-brumas, una inmensa cadena de montañas, límite septentrional de
-Castilla; pero el día se nubló y obscureció, y las perdimos de vista.
-Un viento sonoro comenzó a soplar con violencia en las desoladas
-llanuras, arrojándonos al rostro nubes de polvo; los pocos rayos
-de sol que traspasaban las nubes eran candentes, inflamados. Iba
-yo muy cansado del viaje, y cuando a eso de las cuatro llegamos a
-X<a id="FNanchor_19" href="#Footnote_19" class="fnanchor">[19]</a>,
-pueblo grande, a mitad de camino entre Palencia y León, resolví pasar
-allí la noche. Pocos lugares habré visto en mi vida tan desolados
-como aquel pueblo. Las casas, grandes en su mayoría, tenían muros de
-barro, como los pajares. En toda la sinuosa y larga calle por donde
-entramos, no vimos alma viviente a quien preguntar por la <i>venta</i> o
-<i>posada</i>; al cabo, en un extremo de la plaza, al fondo, descubrimos
-dos bultos negros parados junto a una puerta, e interrogándolos
-supimos ser aquella la casa que buscábamos. Extraño era el aspecto
-de los dos seres, que parecían los genios del lugar. El uno, pequeño
-y delgado, de unos cincuenta años, tenía las facciones pronunciadas
-y<span class="pagenum" id="Page_79">[p. 79]</span> aviesas. Vestía
-una holgada casaca negra de largos faldones, calzón también negro y
-gruesas medias de estambre del mismo color. Hubiérale tomado desde
-luego por un eclesiástico, a no ser por su sombrero, pequeña castora
-abollada, nada clerical ciertamente. Su acompañante era de corta
-estatura y mucho más joven. Vestía de análogo modo, salvo que llevaba
-una capa azul obscuro. Empuñaban sendos bastones, y, sin alejarse
-de la puerta, tan pronto entraban como salían, mirando a veces al
-camino, como si aguardasen a alguien.</p>
-
-<p>—Créame usted, <i>mon maître</i>—me dijo Antonio en francés—, estos dos
-individuos son curas carlistas, y están aguardando la llegada del
-Pretendiente. <i>Les imbeciles!</i></p>
-
-<p>Llevamos los caballos a la cuadra, guiados por la posadera.
-«¿Quiénes son esos hombres?»—pregunté.</p>
-
-<p>—El más viejo es el arcipreste del <i>pueblo</i>—respondió la mujer—.
-El otro es hermano de mi marido. <i>¡Pobrecito!</i> Era fraile en un
-convento de aquí; pero lo cerraron y echaron a los hermanos.</p>
-
-<p>Volvimos a la puerta.</p>
-
-<p>—Me parece, caballeros, que ustedes son catalanes—dijo el
-cura.—¿Traen ustedes noticias de aquel reino?</p>
-
-<p>—¿Por qué supone usted que somos catalanes?—pregunté.</p>
-
-<p>—Porque les he oído hace un momento hablar en esa lengua.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_80">[p. 80]</span></p>
-
-<p>—No traigo noticias de Cataluña—respondí—. Pero creo que la mayor
-parte del principado está en manos de los carlistas.</p>
-
-<p>—¡Ejem, hermano Pedro! Este caballero dice que la mayor parte de
-Cataluña está en poder de los realistas. Por favor, caballero, dígame
-si sabe por dónde andará a estas horas Don Carlos con su ejército.</p>
-
-<p>—Por mis noticias—respondí—es posible que esté ya muy cerca de
-aquí.</p>
-
-<p>Eché a andar hacia la salida del pueblo. Al instante se me
-juntaron los dos individuos, y Antonio con ellos, poniéndonos los
-cuatro a mirar fijamente al camino.</p>
-
-<p>—¿Ve usted algo?—pregunté por fin a Antonio.</p>
-
-<p>—<i>Non, mon maître.</i></p>
-
-<p>—¿Ve usted algo, señor?—pregunté al cura.</p>
-
-<p>—No veo nada—respondió, alargando el pescuezo.</p>
-
-<p>—No veo nada—dijo Pedro, el ex fraile—; sólo veo mucho polvo, cada
-vez más espeso.</p>
-
-<p>—Entonces, yo me vuelvo—dije—. Es poco prudente estarse aquí
-esperando al Pretendiente. Si los nacionales de la población se
-enteran, pueden fusilarnos.</p>
-
-<p>—¡Ejem!—dijo el cura, siguiéndome—. Aquí no hay nacionales;
-quisiera yo saber quién se atrevería a serlo. Cuando los vecinos
-recibieron orden de alistarse en la milicia,<span class="pagenum"
-id="Page_81">[p. 81]</span> rehusaron todos sin excepción, y tuvimos
-que pagar una multa. Por tanto, amigo, si tiene algo que comunicarnos
-hable sin recelo; aquí todos somos de su misma opinión.</p>
-
-<p>—Yo no tengo opinión alguna—repliqué—, como no sea que me corre
-prisa cenar. No estoy por <i>Rey</i> ni por <i>Roque</i>. ¿No dice usted que
-soy catalán? Pues ya sabe usted que los catalanes no piensan más que
-en sus negocios.</p>
-
-<p>Al anochecer anduve vagando por el pueblo, que me pareció aún
-más abandonado y melancólico que antes; acaso fué, no obstante, una
-población de importancia en tiempos pasados. En un extremo del pueblo
-yacían las ruinas de un vasto y tosco castillo, casi todo de piedra
-berroqueña; quise visitarlas, pero hallé la entrada defendida por una
-puerta. Desde el castillo me encaminé al convento, triste y desolado
-lugar, antigua morada de frailes franciscanos mendicantes. Ya me
-volvía a la posada, cuando oí fuerte rumor de voces, y guiándome
-por ellas no tardé en salir a una especie de prado, donde sobre un
-montículo estaba sentado un cura vestido de hábitos, leyendo en alta
-voz un periódico; en torno suyo, de pie o sentados en la hierba,
-se congregaban unos cincuenta <i>vecinos</i>, vestidos casi todos con
-luengas capas; entre ellos descubrí a mis dos amigos, el cura y el
-fraile.<span class="pagenum" id="Page_82">[p. 82]</span> «Es un
-buen enjambre de carlistas—dije entre mí—ansiosos de noticias»; y me
-encaminé hacia otra parte de la pradera, donde pastaban los ganados
-del pueblo. El cura, en cuanto me vió, se apartó del grupo y vino a
-mí. «He oído que necesita usted un caballo—me dijo—. Yo tengo aquí
-uno pastando, el mejor del reino de León»; y con la volubilidad de
-un <i>chalán</i> empezó a ensalzar los méritos del animal. No tardó en
-juntársenos el fraile, quien, aprovechando una oportunidad, me tiró
-de la manga, y me dijo:</p>
-
-<p>—Señor, con el cura no se puede tratar; es el pillo más grande de
-estos contornos. Si necesita usted un caballo, mi hermano tiene uno
-mucho mejor, y se lo dará más barato.</p>
-
-<p>—No pienso comprarlo hasta que llegue a León—exclamé; y me fuí,
-meditando en la amistad y en la sinceridad de los curas.</p>
-
-<p>Desde X a León, ocho leguas de camino, el país mejoró rápidamente;
-cruzamos varios arroyos, y a veces atravesábamos praderas
-exuberantes. Volvió a brillar el sol, y acogí su reaparición con
-alegría, a pesar del sofocante calor. A dos leguas de León dimos
-alcance a un tropel de gente con caballos, mulas y carros que acudían
-a la famosa feria que el día de San Juan se celebra en León; en
-efecto, se inauguró a los tres días de nuestra llegada. Aunque esa
-feria es principalmente de caballos, acuden a<span class="pagenum"
-id="Page_83">[p. 83]</span> ella comerciantes de muchas partes de
-España con diferentes géneros de mercadería, y allí me encontré a
-muchos catalanes ya vistos en Medina y Valladolid.</p>
-
-<p>Nada notable hay en León, ciudad vieja y tétrica, salvo la
-catedral, que es, en muchos respectos, un duplicado de la de
-Palencia, elegante y aérea como ésta, pero sin los espléndidos
-cuadros que la adornan. La situación de León en el centro de
-una comarca floreciente, abundante en árboles, y regada por
-muchas corrientes de agua nacidas en las grandes montañas de las
-inmediaciones, es muy placentera. Dista mucho, sin embargo, de
-ser un lugar saludable, sobre todo en verano, cuando los calores
-suscitan las emanaciones nocivas de las aguas, que engendran muchas
-enfermedades, especialmente calenturas. Apenas llevaba tres días
-en León me atacó una de esas fiebres, contra la que creí no poder
-luchar, no obstante mi constitución robusta, pues en siete días que
-me duró me quedé casi en los huesos, y en tan deplorable estado de
-debilidad que no podía hacer el más leve movimiento. Pero ya antes
-había logrado que un librero se encargara de vender los Testamentos,
-y publicado los anuncios de costumbre, aunque sin grandes esperanzas
-de buen éxito, porque los leoneses, con raras excepciones, son
-furibundos carlistas y ciegos e ignorantes secuaces de la arcaica
-iglesia papal. La<span class="pagenum" id="Page_84">[p. 84]</span>
-sede episcopal de León estuvo ocupada en otro tiempo por el primer
-ministro de Don Carlos, y parece que su espíritu fanático y feroz
-llena todavía la ciudad. En cuanto aparecieron los carteles, el
-clero se puso en movimiento. Fueron de casa en casa, fulminando
-maldiciones y anatemas y amenazando con todo género de desventuras
-a quien comprase o leyese «los libros malditos» que los herejes
-introducían en el país con propósito de pervertir las almas cándidas
-de los habitantes. Hicieron más: incoaron un proceso ante el tribunal
-eclesiástico contra el librero. Por fortuna, ese tribunal no posee
-ahora mucha autoridad, y el librero, atrevido y resuelto, sostuvo
-el reto y llegó hasta fijar un anuncio en la misma puerta de la
-catedral. A pesar del griterío que se levantó contra los libros,
-se vendieron en León algunos ejemplares; dos fueron adquiridos por
-sendos exclaustrados, y otros tantos por párrocos de las aldeas
-vecinas. Creo que en total se vendieron unos quince ejemplares, de
-suerte que mi visita a lugar tan atrasado no se perdió del todo,
-porque la semilla del Evangelio quedó sembrada, aunque con parquedad.
-Pero las espesas tinieblas que envuelven a León son verdaderamente
-lamentables, y la ignorancia del pueblo es tan grande que en las
-tiendas se venden públicamente y tienen gran aceptación conjuros
-y encantaciones impresos contra Satanás y<span class="pagenum"
-id="Page_85">[p. 85]</span> su hueste y contra todo género de
-maleficios. Tales son los resultados del papismo, la falacia que más
-ha contribuído a envilecer y embrutecer al espíritu humano.</p>
-
-<p>Apenas pude levantarme del lecho donde la fiebre me tuvo postrado.
-Antonio me descubrió sus temores. Díjome que había visto a varios
-soldados, con el uniforme de Don Carlos, acechar a la puerta de la
-<i>posada</i> e inquirir noticias respecto de mí. Ocurría, en efecto, en
-León un hecho singular: más de cincuenta individuos, que por diversos
-motivos habían dejado las filas del Pretendiente, paseaban por las
-calles vistiendo su librea, plenamente seguros de que nadie los
-molestaría gracias a la protección cierta de las autoridades locales.
-Supe también por Antonio que el posadero era un notorio <i>alcahuete</i>
-o espía de los ladrones de toda la comarca, y que a menos de
-emprender el viaje muy pronto y sin avisar, nos robarían seguramente
-en el camino. No hice gran caso de tales indicaciones; pero tenía
-vivos deseos de marcharme de León, porque, a mi parecer, en tanto
-permaneciese allí no podría recobrar la salud ni la fuerza.</p>
-
-<p>De consiguiente, a las tres de la mañana salimos para Galicia;
-apenas habíamos andado media legua, estalló una tormenta
-violentísima. Nos hallábamos en un bosque que se dilataba bastante en
-la misma dirección que nosotros seguíamos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_86">[p. 86]</span></p>
-
-<p>El viento doblaba los árboles casi hasta el suelo o los arrancaba
-de cuajo; la luz de los relámpagos que fulguraban en torno nuestro,
-barría la tierra y casi nos cegaba. El fogoso caballo andaluz que yo
-montaba se espantó y comenzó a botar como un endemoniado. Como estaba
-tan débil, me costó grandísimo trabajo agarrarme a la silla y evitar
-una caída que podía ser fatal. La tronada acabó en una manga de agua
-tremenda que engrosó los arroyos e inundó los campos, haciendo muchos
-daños en los sembrados. Después de una caminata de cinco leguas
-comenzamos a entrar en la región montañosa de Astorga. El calor se
-hizo casi sofocante. Aparecieron enjambres de moscas que, posándose
-en los caballos, los enloquecían a picaduras. El camino era duro y
-fatigoso. Con gran trabajo llegamos a Astorga, cubiertos de barro y
-de polvo, tan sedientos que la lengua se nos pegaba al paladar.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_87">[Pg 87]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XXIII</h2>
- <p class="subcentra">
- Astorga.— La posada.— Los maragatos.— Costumbres de los maragatos.—
- La estatua.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">F</span><span class="smcap">uimos</span>
-a una posada de los arrabales, la única, por cierto, que había en
-la ciudad. El patio estaba lleno de <i>arrieros</i> y carreteros que
-movían gran alboroto; el posadero reñía con dos de sus parroquianos,
-y reinaba universal confusión. Al apearme recibí en la cara el
-contenido de un vaso de vino; pero como el saludo iba probablemente
-destinado a otro, me hice el desentendido. Alcanzóle a Antonio
-un estacazo, y, menos paciente que yo, devolvió en el acto el
-saludo cruzándole la cara con el látigo a un carretero. Mientras
-me esforzaba por separar a los dos antagonistas, mi caballo se
-escapó, y rompiendo por entre la revuelta multitud, derribó a varios
-individuos y causó no pocos destrozos. Costó mucho tiempo restablecer
-la paz; por fin nos condujeron a una habitación de regular decencia.
-Apenas nos habíamos instalado, llegó de Madrid la galera para La
-Coruña llena de viajeros polvorientos: mujeres, niños, oficiales
-inválidos<span class="pagenum" id="Page_88">[p. 88]</span> y otra
-gente así. En seguida nos expulsaron de nuestro cuarto y arrojaron
-los equipajes al patio. Como nos quejáramos de tal trato, nos dijeron
-que éramos dos vagabundos a quien nadie conocía, que habíamos
-llegado sin <i>arriero</i> y puesto en confusión la casa entera. Por gran
-favor nos permitieron, al cabo, refugiarnos en un ruinoso cuartucho
-pegado a la cuadra, lleno de ratas y de miseria. Había allí una cama
-con dosel muy antigua, y hubimos de darnos por contentos con tan
-miserable acomodo porque, abrasado de fiebre, yo no podía seguir
-adelante. El calor era insoportable. Me senté en la escalera, con la
-cabeza entre las manos, anhelando por falta de aire; Antonio acudió a
-darme de beber agua con vinagre, y me sentí aliviado.</p>
-
-<p>Tres días estuvimos en aquel arrabal, y la mayor parte del tiempo
-permanecí tendido en la cama. Una o dos veces se me ocurrió ir a
-la ciudad; pero no encontré librero ni persona alguna dispuesta a
-encargarse de vender mis Testamentos. La gente era brutal, estúpida
-y grosera; me volví a la cama cansado y desanimado. Allí me estuve
-oyendo, de tiempo en tiempo, los armoniosos sones de la campana del
-reloj de la vieja catedral. El posadero ni fué a verme ni preguntó
-por mí. Con los cuidados de Antonio recobré las fuerzas rápidamente.
-«<i>Mon maître</i>—me dijo una tarde—. Veo que está usted<span
-class="pagenum" id="Page_89">[p. 89]</span> mejor; vámonos mañana
-de esta ciudad y de esta <i>posada</i>, que son a cual peores. <i>Allons,
-mon maître! Il est temps de nous mettre en chemin pour Lugo et
-Galice.</i>»</p>
-
-<p>Antes de contar lo que nos ocurrió en el viaje a Lugo y Galicia,
-acaso no esté de más decir unas palabras respecto de Astorga y sus
-contornos. Astorga es una ciudad amurallada, de cinco a seis mil
-habitantes, con catedral y seminario, vacío actualmente. Está situada
-en los confines y puede ser llamada capital de una comarca denominada
-país de los <i>maragatos</i>, como de tres leguas cuadradas de extensión,
-que limita al Noroeste la montaña llamada Teleno, la más elevada de
-una cadena nacida cerca de la desembocadura del Miño y que enlaza
-con el inmenso macizo divisorio de las Asturias y Guipúzcoa. La
-región, rocosa en su mayor parte, con ligeras salpicaduras de tierra
-de un color rojo ladrillo, es ingrata y árida, y paga mezquinamente
-los afanes del labrador. Los maragatos son quizás la casta más
-singular de cuantas pueden encontrarse en la mezclada población de
-España. Tienen costumbres y vestidos peculiares, y nunca se casan
-con españoles. Su nombre indica su origen, pues significa «moros
-godos»; y hoy en día su pergenio, consistente en un chaquetón muy
-ajustado, ceñido al talle por una faja ancha, calzones anchos
-hasta la rodilla, botas y polainas, difiere muy poco del<span
-class="pagenum" id="Page_90">[p. 90]</span> de los moros de Berbería.
-Llevan afeitado el cráneo, y sólo se dejan un ligero cerquillo de
-pelo en la parte inferior. Si llevaran turbante o <i>barrete</i> apenas
-se los distinguiría de los moros por el vestido; pero usan en lugar
-de aquél el <i>sombrero</i> ancho. Es casi indudable que los maragatos
-son reliquias de aquellos godos que tomaron partido por los moros
-invasores de España, y adoptaron su religión, costumbres y traje,
-que, con excepción de la primera, conservan aún en buena parte. Pero
-es también evidente que su sangre no se ha mezclado con la de los
-salvajes hijos del desierto, porque con dificultad se encontrarían en
-las montañas de Noruega tipos y rostros más esencialmente godos que
-los maragatos. Son hombres de fuerza atlética; pero toscos, pesados,
-de facciones generalmente correctas, pero vacíos de expresión. Hablan
-con lentitud y lisura; rara vez, o nunca, se observan en ellos los
-arranques de elocuencia y de imaginación tan comunes en los demás
-españoles; tienen además una pronunciación áspera y fuerte, y al
-oírlos hablar creeríase escuchar a un campesino alemán o inglés
-que intentara expresarse en el idioma de la Península. Son de
-temperamento flemático, y con dificultad se encolerizan; pero son
-peligrosos y extremados cuando una vez se incomodan; persona que
-los conocía bien me dijo que prefería afrontar a diez valencianos,
-pueblo<span class="pagenum" id="Page_91">[p. 91]</span> mal notado
-por su ferocidad e instintos sanguinarios, que a un solo maragato
-irritado, por flojo y embotado que sea en las demás ocasiones.</p>
-
-<p>Los hombres apenas se ocupan en las labores del campo,
-abandonándoselas a las mujeres, que aran las pedregosas tierras
-y recogen sus menguadas cosechas. Muy diferente es la ocupación
-de sus maridos e hijos: constituyen un pueblo de <i>arrieros</i>, y
-considerarían casi como una desgracia emplearse en otros quehaceres.
-Por todos los caminos de España, y particularmente al Norte de la
-cordillera divisoria de ambas Castillas, pasan los maragatos, en
-cuadrillas de cinco o seis, dormitando, o simplemente echados en el
-lomo de sus gigantescas y cargadísimas mulas, bajo los rayos del sol
-achicharrante. En suma: casi todo el comercio de una mitad de España
-está en manos de los maragatos, cuya fidelidad es tal, que cuantos
-han utilizado sus servicios no vacilarían en confiarles el transporte
-de un tesoro desde el Cantábrico a Madrid, en la seguridad completa
-de que no sería culpa suya si no llegaba salvo e intacto a su
-destino; arrojados han de ser los ladrones que intenten arrebatar sus
-mercancías a los arrieros maragatos, dondequiera temidos; aferrados a
-ellas mientras pueden tenerse en pie, las defienden a tiros o con su
-propio cuerpo si caen en la pelea.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_92">[p. 92]</span></p>
-
-<p>Pero aunque son los <i>arrieros</i> más fieles de España, distan mucho
-de ser desinteresados; en general, cobran por el transporte de
-mercancías el doble, cuando menos, de lo que a otros del mismo oficio
-les parecería suficiente recompensa. De esa manera acumulan grandes
-sumas de dinero, a pesar de que se tratan mucho mejor de lo que en
-general es uso entre los frugales españoles, otro argumento en favor
-de su pura descendencia gótica, porque los maragatos, como verdaderos
-hombres del Norte, son aficionados a la bebida y se regodean en las
-comidas copiosas y empalagosas; así tienen esos corpachones tan
-rozagantes. Muchos han dejado al morir fortunas considerables, y no
-es raro que leguen una parte de su caudal para erigir o embellecer
-casas religiosas.</p>
-
-<p>En el extremo oriental de la catedral de Astorga, dominando el
-altivo muro, hay sobre el tejado una estatua de plomo colosal:
-es la estatua de un arriero maragato que legó a la catedral
-una cantidad importante<a id="FNanchor_20" href="#Footnote_20"
-class="fnanchor">[20]</a>. La figura aparece vestida con el traje
-nacional; pero desvía el rostro de la tierra de sus padres, y como
-ondea en la mano una especie de bandera, parece que está animando a
-todos los de su raza para que<span class="pagenum" id="Page_93">[p.
-93]</span> abandonen aquella región estéril y busquen en otros climas
-un campo más rico y vasto para su actividad y su energía.</p>
-
-<p>Hablé de religión con varios maragatos, que es asunto primordial;
-pero «su corazón estaba endurecido; sus oídos, sordos, y sus ojos,
-cerrados». Con uno, sobre todo, hablé mucho rato, después de
-mostrarle el Nuevo Testamento. Me escuchó, o pareció escucharme, con
-paciencia, bebiendo de vez en cuando copiosos tragos de un inmenso
-jarro de vino blanco que sostenía entre las rodillas. Cuando acabé de
-hablar me dijo: «Mañana me voy a Lugo, para donde va usted también,
-según tengo entendido. Si quiere usted enviar allá sus baúles, no
-tengo inconveniente en encargarme de ello, a tanto (y me dió un
-precio exorbitante). De todo lo demás que me ha dicho usted, entiendo
-muy poco y no creo ni una palabra; respecto de los libros que me ha
-enseñado usted, compraré tres o cuatro. No pienso leerlos, la verdad;
-pero, sin duda, los venderé a precio más alto del que usted pide por
-ellos.»</p>
-
-<p>Y basta ya de maragatos.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_94">[Pg 94]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XXIV</h2>
- <p class="subhang">
- Salida de Astorga.— La venta.— El atajo.— Salvación difícil.— El vaso
- de agua.— Sol y sombra.— Bembibre.— El convento de las Rocas.— Puesta
- de sol.— Cacabelos.— Aventura a media noche.— Villafranca.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">A</span><span class="smcap">&nbsp;las</span>
-cuatro de una hermosa mañana salimos de Astorga, o más bien de sus
-arrabales, donde habíamos vivido; nos encaminamos hacia el Norte
-en dirección de Galicia; dejamos a nuestra izquierda la montaña de
-Teleno, y fuimos bordeando por el Este el país de los maragatos,
-por terreno fragoso, alegrado por algunos vallecitos verdes y
-arroyuelos. Varias maragatas, montadas en jumentos, se cruzaron
-con nosotros; iban a Astorga a vender verduras. Vi a otras en los
-campos gobernando el tosco arado, tirado por bueyes flacos. Pasamos
-también por un pueblecito donde no vi alma viviente. Cerca de aquel
-pueblo entramos en la carretera directa de Madrid a La Coruña,
-y después de andar unas cuatro leguas llegamos a una especie de
-desfiladero, formado, a nuestra izquierda, por una enorme<span
-class="pagenum" id="Page_95">[p. 95]</span> y maciza montaña (una
-de las que arrancan del macizo de Teleno), y a nuestra derecha por
-otra de mucha menos altura. En el comedio de esa hoz, bastante ancha,
-se descubría una vista muy hermosa. Delante, como a legua y media
-de distancia, alzábase la poderosa cordillera divisoria ya mentada;
-en sus vertientes azules, y en sus quebradas y pintorescas cumbres,
-se enredaban todavía algunos tenues jirones de la niebla matutina,
-que los fuertes rayos del sol deshacían con rapidez. Parecía una
-enorme barrera que fuese a interceptarnos el camino, y me recordó
-las fábulas relativas a los hijos de Magog, de quienes se dice que
-residen en lo más remoto de Tartaria detrás de una gigantesca muralla
-de granito, que sólo puede pasarse por una puerta de acero de mil
-codos de altura.</p>
-
-<p>Poco después llegamos a Manzanal, aldea compuesta de tristes
-casuchas, con todas las muestras de la pobreza y de la miseria.
-Era la hora indicada para comer nosotros y dar pienso a los
-caballos, y nos dirigimos a una <i>venta</i> al final del pueblo; si
-bien encontramos cebada para los animales, trabajo nos costó hallar
-algo para nosotros. Por fortuna, pude adquirir un jarro grande de
-leche, porque las vacas abundaban; muchas de ellas pastaban en un
-pintoresco valle que acabábamos de atravesar, bien poblado de hierba
-y de árboles, con un arroyuelo cortado por<span class="pagenum"
-id="Page_96">[p. 96]</span> pequeñas cascadas. Tendría el jarro hasta
-una azumbre de leche, y en pocos minutos lo apuré, pues aunque tenía
-perdido el apetito, la fiebre me abrasaba de sed. La venta consistía
-en un inmenso establo, con una partición para cocina y un sitio
-donde dormía la familia del ventero. El amo, joven y recio, estaba
-recostado en un ancho banco de piedra junto a la puerta. Era muy
-preguntón; pero como yo no podía saciar su afán de noticias, comenzó
-a hablar él, y, cada vez más comunicativo, acabó por referirme la
-historia de su vida; en resumen, me contó que había sido correo
-en las provincias Vascongadas, y que un año antes fué trasladado
-a aquella aldea, donde tenía a su cargo la estafeta. Era liberal
-entusiasta, y hablaba pestes de la gente del país, toda carlista,
-según decía, y amiga de los frailes. No puse gran atención en sus
-palabras, porque me entretuve en observar a un muchacho maragato, de
-unos catorce años, que servía en la casa de mozo de cuadra. Pregunté
-al amo si aún estábamos en tierra de maragatos, y me respondió que
-ya la habíamos dejado más de una legua atrás; el muchacho aquel era
-huérfano, y se había puesto a servir para ahorrar unos cuartos y
-dedicarse a <i>arriero</i>. Hice unas preguntas al muchacho; pero me miró
-a la cara, malhumorado, y guardó tenaz silencio o respondió sólo con
-monosílabos. Al preguntarle si sabía leer:<span class="pagenum"
-id="Page_97">[p. 97]</span> «Sí—dijo—; como ese caballo de usted que
-está ahí queriendo arrancar el pesebre.»</p>
-
-<p>Dejado Manzanal, continuamos el viaje. No tardamos en llegar
-al borde de un profundo valle abierto entre montañas, no las que
-habíamos visto frente a nosotros, y que ahora dejábamos a la derecha,
-sino las del macizo de Teleno antes de unirse a aquéllas. El valle
-se asemejaba un poco a una herradura; el camino seguía las laderas
-dando un gran rodeo; pero cabalmente delante de nosotros arrancaba
-un sendero que en suave descenso, al parecer, cruzaba el valle para
-unirse de nuevo al camino al otro lado, a un cuarto de milla de
-distancia; nos metimos por el atajo para evitar el rodeo.</p>
-
-<p>Poco trecho llevaríamos andado, cuando encontramos a dos gallegos
-que iban a segar a Castilla. Uno de ellos exclamó; «Caballero,
-vuélvase atrás; dentro de nada llegará usted a unos precipicios
-donde se romperán la cabeza los caballos; apenas hemos podido
-subirlos nosotros a pie.» El otro gritó: «Caballero, siga adelante;
-pero lleve mucho cuidado; si los caballos no tropiezan no correrá
-usted gran peligro; mi compañero es tonto.» Los dos montañeses se
-pusieron a disputar, sosteniendo cada cual su opinión con juramentos
-y maldiciones pero, sin esperar el resultado, proseguí adelante.
-Gruesas piedras, pedazos de pizarra, en los que mi caballo tropezaba
-sin cesar, empezaron<span class="pagenum" id="Page_98">[p.
-98]</span> a obstruir el camino. Oí también ruido de agua en una
-garganta profunda que no había visto hasta entonces, y me pareció
-más que insensato continuar por el atajo. Volví el caballo, y me
-dirigía con rapidez al camino, cuando Antonio, mi fiel criado griego,
-me indicó una pradera por la cual, a su parecer, podríamos cortar
-mucho y salir a la carretera en un punto bastante más bajo que si
-desandábamos todo el atajo. Radiante hierba verde, muy corta, cubría
-la pradera, cruzada por un arroyuelo. Metí espuelas al caballo
-creyendo salir a la carretera en un momento; pero el animal empezó a
-resoplar con violencia, a espantarse y a dar otras evidentes señales
-de no querer cruzar por aquel sitio, en apariencia tentador. Creí que
-el olor de algún lobo, o de otra alimaña cualquiera, era la causa
-de su espanto; pero salí pronto de mi error viéndole hundirse hasta
-los corvejones en una ciénaga; lanzó un agudo relincho, y mostrando
-grandísimo terror, manoteó y se esforzó por zafarse; pero a cada
-momento se hundía más. Al cabo pudo alcanzar una veta de roca que
-emergía del fango; en ella puso los cuatro remos, y con un esfuerzo
-tremendo saltó el arroyo y se libró del suelo traicionero cayendo en
-otro de relativa firmeza, donde permaneció jadeante, cubiertos los
-ijares de espuma y sudor. Antonio, que había contemplado la escena,
-no se<span class="pagenum" id="Page_99">[p. 99]</span> atrevió a
-seguirme, y desandando todo el atajo se reunió poco después conmigo
-en la carretera. El suceso trajo a mi memoria la pradera y el sendero
-que tentaron a Cristián cuando seguía el angosto camino del cielo, y
-que acabaron por llevarle a los dominios del gigante Desesperado.</p>
-
-<p>Comenzamos luego a descender al valle por una ancha y excelente
-<i>carretera</i> abierta en la escarpada falda de la montaña que teníamos
-a la derecha. A la izquierda quedaba la garganta por donde caía
-el torrente de que antes hablé. Era la carretera tortuosa, y el
-paisaje más pintoresco a cada revuelta. Ensanchábase poco a poco la
-garganta; el arroyo que por ella corría, con el alimento de numerosos
-manantiales, engrosaba su vena y su fragor; pronto quedó muy debajo
-de nosotros, prosiguiendo su arrebatado curso hacia el terreno llano,
-por donde fluía a través de una linda y angosta pradera. Selvático
-era el aspecto de las montañas del fondo, cubiertas, desde los pies
-a la cima, de árboles tan espesos que no se percibía ni un palmo
-del suelo, en cuyos senos se albergan lobos, jabalíes y <i>corzos</i>.
-Estos, según me contó un campesino que pasó guiando un carro de
-bueyes, bajan con frecuencia a la pradera, donde los cazan a tiros
-para aprovechar la piel, porque la carne, muy dura y desagradable,
-nadie la quiere. No obstante lo agreste de la región, la<span
-class="pagenum" id="Page_100">[p. 100]</span> mano del hombre era
-visible por doquiera. En las escarpadas vertientes de la garganta,
-por donde el arroyo caía, amarilleaban pequeños sembrados de cebada;
-abajo, en la pradera, veíase una aldea y una iglesia; hasta nosotros
-subían los alegres cantares de los segadores que guadañaban la lozana
-y abundosa hierba. Apenas podía creer que estábamos en España, tan
-parda, árida y triste en general, y casi me imaginé hallarme en la
-antigua y gloriosa tierra de Grecia, cuyos montes y selvas han sido
-tan bien descriptos por Teócrito.</p>
-
-<p>Entramos en un pueblecito situado en el fondo del valle y
-regado por las aguas del torrente, ya casi convertido en río. No
-he visto situación tan romántica como la de aquel pueblo. Rodeado
-de montañas, que casi le dominaban a pico, cobijado por muy densas
-y variadas arboledas, alegrábanlo el rumor de las aguas, el canto
-de los ruiseñores y las sonoras notas del cuco, encaramado en las
-altas ramas; pero la aldea era miserable. Las casas eran de pizarra,
-abundantísima en las montañas vecinas, y las techumbres del mismo
-material; pero no a la manera limpia y ordenada que se usa en las
-casas inglesas, porque las pizarras eran de todos tamaños y parecían
-colocadas en revuelta confusión. Muertos de sed y de calor nos
-sentamos en un banco de piedra, y rogué a una mujer que me diese un
-poco de<span class="pagenum" id="Page_101">[p. 101]</span> agua.
-Respondió que me la traería, a condición de pagarla. Antonio, al
-oírla, se incomodó mucho, y mezclando el griego, el turco y el
-español, invocó la venganza de la <i>Panhagia</i> sobre aquella mujer
-sin corazón. «Si ofreciese dinero a un mahometano por un trago de
-agua—decía Antonio—me lo arrojaría a la cara, y usted es católica
-y por la puerta de su casa pasa un río.» Le mandé callar, y repetí
-mi ruego, después de dar a la mujer dos <i>cuartos</i>; tomó entonces un
-cántaro y lo llenó en el arroyo. El agua era cenagosa y desagradable;
-pero calmó la sed febril que me devoraba.</p>
-
-<p>Montamos de nuevo y proseguimos la marcha. Durante un trecho
-considerable el camino seguía la margen del río; las aguas se
-precipitaban a veces en pequeñas cascadas, o alborotaban entre las
-piedras, o fluían en sombrío silencio sobre las pozas profundas, bajo
-el dosel de los sauces. Las pozas debían de ser abundantes en pesca;
-con mucha frecuencia saltaban del agua gruesas truchas y cazaban
-las brillantes moscas que pasaban rozando la engañosa superficie.
-Eran deliciosos el momento y el lugar. Rodaba el sol por lo alto del
-firmamento, despidiendo de su orbe de fuego rayos gloriosísimos,
-y la atmósfera vibraba con su resplandor; pero la sombra de los
-árboles templaba su fuerza, o la hacían inofensiva la vivificante
-frescura que subía del agua o las suaves brisas<span class="pagenum"
-id="Page_102">[p. 102]</span> que a intervalos murmuraban en
-las praderas, «aireando la mejilla y levantando el cabello» del
-viajero. Las montañas fueron poco a poco aclarándose. Entramos
-en una planicie. Sobre las altas hierbas ondulantes extendían
-los robustísimos castaños, en plena floración, sus gigantescas y
-sombrosas ramas. Echadas en el suelo descansaban unas cuantas parejas
-de bueyes, soportando en sus cabezas el grave peso de la pértiga de
-las carretas, mientras los boyeros se ocupaban en aderezar la comida
-o dormían a la sombra y sobre la hierba una <i>siesta</i> deliciosa.
-Me acerqué al grupo más numeroso y pregunté a un individuo si
-necesitaban el Testamento de Jesucristo. Miráronse con asombro unos
-a otros y me miraron a mí, hasta que un joven, que conservaba entre
-las manos una escopeta mientras descansaba, me preguntó qué era eso
-y si yo era catalán, «porque tiene usted un hablar muy áspero, y es
-alto y rubio como aquella gente». Me senté con ellos, y les dije que
-no era catalán, sino que venía por el mar de Occidente, de un sitio
-distante muchas leguas de allí, a vender aquel libro a mitad de su
-precio de coste, y que la salvación de su alma dependía de conocerlo
-bien. Expliqué la naturaleza del Nuevo Testamento y leí la parábola
-del sembrador. Mis oyentes miráronse de nuevo con asombro; pero me
-dijeron que no podían, siendo pobres, comprar<span class="pagenum"
-id="Page_103">[p. 103]</span> libros. Me levanté, monté a caballo, y
-al marcharme les dije: «La paz sea con vosotros.» Oído esto por el
-joven de la escopeta, se puso en pie, y exclamando: «<i>Cáspita</i>, ¡qué
-cosa tan rara!», me arrebató el libro de la mano y me pagó el precio
-que le había pedido.</p>
-
-<p>Acaso no se encuentre, aun buscándolo por todo el mundo, un lugar
-cuyas ventajas naturales rivalicen con las de esta llanura o valle
-de Bembibre, con su barrera de ingentes montañas, con sus copudos
-castaños, y con los robledales y saucedas que visten las márgenes del
-río, tributario del Miño. Es verdad que, cuando yo pasé por allí, el
-luminar del cielo ardía en todo su esplendor, y las cosas, alumbradas
-por sus rayos, aparecían brillantes, prósperas y jocundas. No
-aseguro que aquellos lugares me hubieran producido igual admiración
-contemplados a otra luz; pero es indiscutible que siendo tantas sus
-cualidades no pueden por menos de producir en cualquier tiempo hondo
-deleite; a la belleza apacible de un paisaje inglés júntase allí
-un no sé qué de grande y de agreste, y tengo para mí que el hombre
-nacido en aquellos valles, a no ser muy insaciable y turbulento, no
-querrá abandonarlos jamás. En aquellas horas no hubiera ambicionado
-yo mejor destino que el de ser pastor o cazador en las praderas o en
-las montañas de Bembibre.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_104">[p. 104]</span></p>
-
-<p>Tres horas más tarde, la situación había variado. En Bembibre,
-pueblo de barro y pizarra, poco digno de atención, hicimos alto,
-para comer nosotros y dar pienso a los caballos. Continuamos
-luego cuesta arriba, porque el camino iba por una de las últimas
-estribaciones de aquellas montañas divisorias, ya frecuentemente
-mencionadas; pero el cielo se había obscurecido; las nubes rodaban
-veloces sobre las montañas, viniendo del mar, y un viento frío se
-quejaba tristemente. Dimos alcance a un aldeano, montado en una mula
-miserable, y nos dijo: «Tenemos la nube encima; los asturianos la
-van a ver muy bien, porque corre hacia su tierra.» Apenas lo había
-dicho, un relámpago, tan vivo y deslumbrador como si todo el brillo
-del elemento ígneo se hubiese concentrado en él, fulguró en torno,
-inflamando la atmósfera y envolviendo montañas, rocas y árboles en un
-resplandor indescriptible. La mula del aldeano se cayó al suelo; mi
-caballo se encabritó, y dando media vuelta echó a correr como loco
-cuesta abajo, y durante un rato no pude refrenarlo. Al relámpago
-siguió el estampido de un trueno, no menos terrible, pero lejano,
-sordo y profundo; las montañas recogieron su sonido y lo repitieron
-llevándolo de cumbre en cumbre, hasta que se perdió en el espacio
-sin límites. Otros relámpagos y truenos estallaron, pero más débiles
-en <span class="pagenum" id="Page_105">[p. 105]</span>comparación;
-cayeron algunas gotas de lluvia. Lo recio de la nube parecía estar
-en otra región. «Donde haya caído esa exhalación—dijo el aldeano al
-juntarse de nuevo a nosotros—más de cien familias estarán llorando
-a estas horas; aun a seis leguas de distancia mi mula se ha cegado
-con el resplandor.» Llevaba por la brida al animal, que, en efecto,
-parecía dañado en la vista. «Si los frailes estuviesen aún en su
-nido, allá en lo alto—continuó—, diría que esto es obra suya, porque
-ellos son los causantes de todas las desgracias de esta tierra.»</p>
-
-<p>Alcé los ojos en la dirección indicada por el aldeano, y a
-media ladera de la montaña por cuya base íbamos vi un inmenso
-peñasco, pavoroso y negruzco, que sobresalía a gran altura sobre
-el camino, como si amenazase destruírlo. Parecíase aquello a uno
-de los arrecifes de rocas representados en el cuadro del Diluvio,
-a los que trepan los aterrorizados fugitivos para escapar a la
-tenaz persecución de las embravecidas e incontrastables olas, y
-desde los que miran con horror a sus pies, mientras sobre ellos se
-levantan nuevas y vertiginosas alturas a las que en vano pugnan
-por encaramarse. En el mismo borde de aquel peñasco se alzaba un
-edificio consagrado, al parecer, a fines religiosos, porque sobre sus
-muros y techumbre se erguía el campanario de una iglesia. «Esa es
-la casa de la Virgen de las<span class="pagenum" id="Page_106">[p.
-106]</span> Rocas—dijo el aldeano—, y hasta hace poco estaba llena de
-frailes; pero los han echado, y ahora no viven ahí más que lechuzas
-y cuervos.» Repliqué que no debía de ser envidiable la vida en una
-mansión tan triste y desamparada, porque en invierno se correría
-grave peligro de morir allí de frío. «De ningún modo—me respondió—.
-Tenían toda la leña que querían para sus <i>braseros</i> y chimeneas, y
-mucho y buen vino para calentarse en las comidas, nada frugales.
-Además, tenían otro convento ahí en el valle, al que se retiraban
-cuando les parecía bien.» Al preguntarle el motivo de su aversión a
-los frailes, me contestó que había sido vasallo suyo, y que año tras
-año le privaban de la flor de cuanto poseía. Hablando de ese modo
-llegamos a una aldea, debajo precisamente del convento, y allí me
-dejó el aldeano, después de señalarme una casa de piedra, con una
-imagen sobre la puerta, que perteneció en otro tiempo, según dijo, a
-la <i>canalla</i> de allá arriba.</p>
-
-<p>El sol se acercaba al ocaso; deseoso de llegar a Villafranca,
-donde pensaba descansar, y de la que aún me separaban tres leguas
-y media, no me detuve en la aldea. El camino empezó a descender en
-rápida y tortuosa cuesta, que terminaba en un valle, en cuyo fondo
-había un puente angosto y largo; por debajo pasaba un río, que por
-una ancha garganta se abría paso entre dos<span class="pagenum"
-id="Page_107">[p. 107]</span> montañas. La cordillera estaba allí
-tajada, probablemente por una convulsión de la naturaleza. Contemplé
-la hoz y las montañas de ambos lados. A gran altura, por mi derecha,
-pero destacándose con mucha claridad, iluminado por los últimos rayos
-del sol, aparecía el convento del Despeñadero, y frente por frente,
-al otro extremo del valle, alzábase a pico la montaña rival, que, por
-interceptar en parte considerable la luz, echaba masas de sombras
-sobre la parte alta del paso, envolviéndolo en misteriosa obscuridad.
-Del seno de ella se arrojaba con ruido atronador un río, blanco de
-espuma, arrastrando en pos de sí piedras y ramas: era el bravío Sil,
-engrosado tal vez por las recientes lluvias, que desde su cuna en las
-montañas de Asturias se precipitaba hacia el Océano.</p>
-
-<p>Pasaron algunas horas más. Era ya noche cerrada y nos hallábamos
-rodeados de bosques, buscando a tientas el camino, porque la
-obscuridad era tal que apenas veía a una vara más allá de la cabeza
-del caballo. El animal parecía intranquilo, se paraba muchas
-veces, apuntaba las orejas y daba relinchos lastimeros. Frecuentes
-relámpagos iluminaban con sus llamaradas el cielo negro y echaban una
-momentánea claridad sobre nuestro camino. Ningún ruido interrumpía
-el silencio de la noche, salvo el tardo paso de los caballos, y a
-veces el croar de las ranas en algún charco. Me acordé de que<span
-class="pagenum" id="Page_108">[p. 108]</span> estaba en España,
-tierra predilecta de estas dos furias: asesinato y robo, y de la
-facilidad con que dos viajeros fatigados e inermes podían ser
-víctimas suyas.</p>
-
-<p>Al fin salimos de los bosques, y después de andar otro poco el
-caballo relinchó alegremente y salió al trote corto. Pronto llegaron
-a mis oídos ladridos de perros, y creímos estar cerca de poblado.
-En efecto, estábamos en Cacabelos, ciudad a unas cinco millas de
-Villafranca.</p>
-
-<p>Eran cerca de las once, y me pareció mejor esperar al siguiente
-día en aquel lugar que seguir sin dilación a Villafranca,
-exponiéndonos a los horrores de la obscuridad en un camino solitario
-y desconocido. Tomé el partido de quedarme, pero no había contado
-con la huéspeda: en la primera <i>posada</i> a que llamé respondieron que
-no podían admitirnos, y menos aún a los caballos, porque la cuadra
-estaba llena de agua. En la segunda—y en el pueblo no había más que
-dos—una tosca voz me respondió desde la ventana casi con las palabras
-de la Escritura: «No importunes; la puerta está ya cerrada, y mis
-hijos y yo estamos acostados; no puedo levantarme para abrirte.»
-En realidad, no tenía yo muchas ganas de entrar, porque la posada
-tenía pobrísimo aspecto; pero daba lástima ver a los pobres caballos
-manotear contra la puerta, como si implorasen la entrada.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_109">[p. 109]</span></p>
-
-<p>Ya no teníamos dónde escoger: sólo nos quedaba continuar nuestro
-triste viaje a Villafranca, hasta donde había, según nos dijeron, una
-legua corta, que resultó ser legua y media. No fué cosa fácil salir
-del pueblo, porque nos perdíamos en el laberinto de sus callejuelas.
-Un muchacho de unos diez y ocho años consintió, mediante la oferta de
-una <i>peseta</i>, en guiarnos, y después de muchas vueltas nos puso en un
-puente, diciéndonos que le cruzáramos y siguiéramos el camino, que
-era el de Villafranca; recibió luego lo ofrecido y se marchó muy de
-prisa.</p>
-
-<p>Seguimos sus indicaciones, no sin alguna sospecha de que pudiera
-habernos engañado. La noche era aún más obscura, de suerte que no
-se podía distinguir cosa alguna, por muy próxima que estuviese. Los
-relámpagos eran más débiles y raros. Oíamos el rumor de los árboles
-y a veces ladridos de perros; pero este ruido cesó pronto y quedamos
-envueltos en silenciosas tinieblas. Mi caballo, o por cansancio o por
-el mal estado del camino, tropezaba mucho; en vista de lo cual me
-apeé, y llevándolo por las riendas no tardé en dejar a Antonio muy
-atrás.</p>
-
-<p>Un gran trecho anduve de ese modo, cuando sobrevino un incidente
-muy apropiado a la hora y al lugar. Iba yo por entre árboles y
-matorrales; de pronto el caballo se detiene, y a poco me tira de
-espaldas. No sé<span class="pagenum" id="Page_110">[p. 110]</span>
-cómo fué; pero el miedo, nunca sentido hasta entonces en la soledad
-ni en las tinieblas, me invadió súbitamente. Me disponía a hacer
-andar al caballo cuando sentí ruido a mi derecha, y escuché con
-atención. El ruido parecía el de una o varias personas, abriéndose
-camino a través de ramas y maleza. Cesó pronto y oí pasos en el
-camino. Era el andar lento y vacilante de gentes que transportan un
-objeto pesadísimo, casi superior a sus fuerzas, y me pareció oír la
-respiración anhelosa de hombres muy fatigados. Hubo una breve pausa,
-durante la que me pareció que descansaban en medio del camino. Luego
-se reanudaron los pasos, hasta llegar al otro lado, y de nuevo oí los
-crujidos de las ramas; continuó un poco de tiempo y gradualmente se
-desvaneció.</p>
-
-<p>Seguí mi camino, pensando en lo que acababa de suceder y haciendo
-conjeturas sobre la causa. Los relámpagos fulguraban de nuevo, y a su
-luz pude ver que me acercaba a unas elevadas y obscuras montañas. La
-caminata nocturna duraba tanto que perdí la esperanza de llegar a la
-ciudad, y entorné los ojos adormilado, aunque continuaba marchando
-mecánicamente, sin soltar la rienda del caballo. De pronto una voz me
-gritó a corta distancia: «<i>¿Quién vive?</i>»; al fin había dado con el
-camino de Villafranca. La voz procedía de un centinela del arrabal,
-uno de esos singulares migueletes, medio<span class="pagenum"
-id="Page_111">[p. 111]</span> soldados, medio <i>guerillas</i> que en
-general emplea el Gobierno de España en limpiar de ladrones los
-caminos. Di la respuesta usual: «<i>España</i>», y me acerqué al lugar
-donde estaba de plantón. Cambiamos unas palabras y me senté en una
-piedra a esperar a Antonio, que tardó bastante en llegar. Le pregunté
-si se había cruzado con alguien en el camino; pero no había visto
-nada. La noche, o más bien la mañana, era aún muy obscura, a pesar de
-un débil cuarto de luna que a ratos se dejaba ver entre las nubes.
-Bajamos una calle a nuestra izquierda, que el miguelete nos indicó,
-para llegar a la puerta de la ciudad. La calle era empinada, no
-veíamos puerta ninguna, y no tardamos en ver detenidos nuestros pasos
-por una fila de casas y un muro. Llamamos a la puerta de dos o tres
-de aquellas casas (en cuyos pisos superiores había luces encendidas),
-con el fin de orientarnos, pero no nos oyeron o no nos hicieron caso.
-Hórrido maullar de gatos saludaba nuestros oídos desde los tejados y
-desde los rincones obscuros, y me acordé de la llegada nocturna de
-Don Quijote y su escudero al Toboso y sus inútiles pesquisas por las
-desiertas calles en busca del palacio de Dulcinea. Al fin vimos luz
-y oímos voces en una casita aislada, al otro lado de una especie de
-foso; tirando de los caballos llegamos a la puerta y llamamos; nos
-abrió un viejo, que por su traje me pareció un<span class="pagenum"
-id="Page_112">[p. 112]</span> hornero, y no me equivoqué; en razón de
-su oficio estaba levantado a tales horas. Le rogamos que nos indicase
-el camino para entrar en la ciudad, y echó delante de nosotros por
-una angosta callejuela que arrancaba junto a su casa, diciendo que él
-mismo iba a llevarnos a la <i>posada</i>.</p>
-
-<p>La calleja conducía directamente a una plaza, al parecer la
-del mercado, y ya en ella detúvose nuestro guía ante una casa de
-esquina, y llamó. Después de un buen rato se abrió una ventana del
-piso alto, y una voz de mujer nos preguntó quiénes éramos. «Dos
-viajeros que acaban de llegar y buscan posada»—respondió el viejo.
-«No quiero que me molesten a estas horas de la noche—respondió la
-mujer—; querrán cenar y no hay nada en casa; que vayan a cualquier
-otra parte». Cuando ya iba la mujer a cerrar la ventana, grité que
-no necesitábamos cena, sino descanso para nosotros y los caballos,
-porque veníamos desde Astorga y estábamos muertos de cansancio.
-«¿Quién es el que habla?—exclamó la mujer—. Esa voz seguramente es
-la de Gil, el relojero alemán de Pontevedra. Bien venido, compañero;
-llega usted a tiempo, porque tengo el reloj desarreglado. Siento
-haberle hecho a usted esperar; en seguida abro».</p>
-
-<p>Cerróse de golpe la ventana, y a poco brilló una luz entre
-las rendijas de la puerta; giró una llave en la cerradura, y
-entramos.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_113">[Pg 113]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XXV</h2>
- <p class="subhang">
- Villafranca.— El puerto.— Simplicidad gallega.— La guardia de la
- frontera.— La herradura.— Peculiaridades gallegas.— Una palabra sobre
- el idioma.— El correo.— El hostelero y los huéspedes.— Los andaluces.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">¡A</span><span class="smcap">ve María!</span>—dijo
-la mujer—. ¿Quién está aquí? Este no es Gil, el relojero.—Que sea
-Gil o sea Juan—respondí—necesitamos posada, y la pagaremos.—Nuestro
-primer cuidado fué estabular los caballos, que estaban agotados;
-después tratamos de instalarnos lo mejor posible. La casa era grande
-y cómoda. Luego de beber un poco de agua me tendí en el suelo de una
-habitación sobre los colchones que trajo la posadera, y en menos de
-un minuto me quedé profundamente dormido.</p>
-
-<p>Me desperté muy entrada la mañana. Salí a la plaza del mercado,
-llena de gente. Alzando los ojos vi asomar sobre los tejados de las
-casas los picos de unas montañas muy altas y sombrías. La ciudad
-está en una profunda hondonada y rodeada de montañas casi por todos
-lados.—<i>¡Quel pays barbare!</i><span class="pagenum" id="Page_114">[p.
-114]</span>—dijo Antonio—, al reunirse conmigo. Cuanto más lejos
-vamos, más salvaje parece todo. Empieza a darme miedo el viaje a
-Galicia. Me dicen que tenemos que trepar por esas montañas; se
-despearán los caballos.—Dejé la plaza del mercado y subí a la muralla
-de la ciudad con ánimo de descubrir la puerta por donde habíamos
-entrado la noche precedente; pero no tuve mejor éxito con luz del sol
-que en la obscuridad. En la dirección de Astorga la ciudad parecía
-estar herméticamente cerrada.</p>
-
-<p>Deseoso de entrar en Galicia, y pareciéndome que los caballos
-se habían hasta cierto punto repuesto del cansancio de la jornada
-anterior, montamos de nuevo y proseguimos nuestra ruta. Atravesamos
-un puente, y al instante nos vimos en un profundo desfiladero, por
-cuyo fondo se precipitaba un impetuoso riachuelo, dominado a pico por
-la carretera que lleva a Galicia. Estábamos en el renombrado puerto
-de Fuencebadón.</p>
-
-<p>Es imposible describir el puerto ni la región circunvecina, que
-contiene algunos de los más extraordinarios paisajes de España; a
-todo lo que aspiro es a trazar un débil e imperfecto bosquejo. El
-viajero que sube el puerto sigue durante casi una legua el curso del
-torrente, cuyas márgenes, escarpadas en algunos sitios, descienden
-en otros suavemente hasta el agua, y están pobladas de<span
-class="pagenum" id="Page_115">[p. 115]</span> hermosos árboles:
-robles, álamos y castaños. Al principio se ven numerosas aldehuelas
-de casas bajas, con techumbre de inmensas pizarras y aleros que casi
-tocan al suelo. Las aldeas son menos frecuentes a medida que el
-camino es más estrecho y escarpado, hasta que por último desaparecen
-poco antes del sitio en que el camino se aparta del riachuelo para
-no verlo más, si bien se oye todavía a sus tributarios mugir en el
-fondo de las ramblas, o se los ve caer en delgados chorros por los
-barrancos abajo. Todo es allí de insólita y agreste belleza. La
-eminencia por donde trepa el camino se yergue a la derecha, mientras
-en el extremo opuesto de un profundo barranco se alza una montaña
-inmensa, a cuya cima apenas alcanza la vista. Pero lo más singular
-del puerto son los campos o praderas suspendidos en las vertientes.
-Cubiertos estaban, cuando yo pasé, de exuberante hierba, y en
-muchos de ellos los segadores guadañaban, aunque parecía imposible
-que un hombre pudiera tenerse en pie en terreno tan escarpado; los
-senderillos que corren en todas direcciones parecen hilos tendidos en
-la falda de la montaña. Un carro de bueyes va serpenteando en torno
-de un pico elevadísimo; una de las ruedas queda por completo al aire
-sobre la espantosa pendiente; el vértigo se apodera del cerebro y hay
-que apartar la vista con rapidez. Una nube se<span class="pagenum"
-id="Page_116">[p. 116]</span> interpone; cuando volvemos a mirar, los
-objetos de nuestra ansiedad han desaparecido. El camino es cada vez
-más estrecho y tortuoso. Andadas dos leguas aún queda un tercio de
-la cuesta por subir. Todavía no es aquello Galicia; todavía se oye
-hablar castellano, muy tosco, a la verdad, en las chozas miserables
-levantadas en los apartados rincones por donde pasa el camino.</p>
-
-<p>Poco antes de llegar a lo alto del puerto una niebla espesa
-envolvió las cimas de las montañas. Comenzó a lloviznar. «Estas
-son las nieblas que los gallegos llaman <i>bretima</i>—dijo Antonio—, y
-abundan mucho en esta tierra.» «¿Ha estado usted ya otras veces en
-Galicia?»—pregunté. «<i>Non, mon maître</i>; pero he servido en muchas
-casas donde había criados gallegos, y por eso conozco un poco sus
-costumbres y su lengua.» «¿Y tiene usted buena opinión de los
-gallegos?» «En manera alguna, <i>mon maître</i>; los hombres, en general,
-parecen muy rústicos y simples, pero son capaces de engañar al
-<i>filou</i> más listo de París; respecto de las mujeres es imposible
-vivir en la misma casa que ellas, sobre todo si son <i>camareras</i>
-y acompañan a la <i>señora</i>; no hacen más que mover disensiones y
-disputas en la casa, y contar habladurías de los otros criados. Ya
-he perdido en Madrid dos o tres colocaciones excelentes por culpa
-de las camareras gallegas. Ya estamos en la raya, <i>mon maître</i>; me
-parece<span class="pagenum" id="Page_117">[p. 117]</span> que este
-pueblo debe de ser ya de Galicia».</p>
-
-<p>Entramos en el pueblo, situado en lo alto de la montaña, y como
-jinetes y caballos estábamos cansadísimos, buscamos un sitio donde
-reparar las fuerzas. Junto a la puerta del pueblo había una casa ante
-la que se hallaban una o dos mulas y una jaca; pensé que aquélla
-sería la posada, y en efecto lo era. Entramos: varios soldados
-estaban tumbados en unos montones del heno que casi llenaba el local,
-parecido a un establo. Todos eran de malísimo aspecto y muy sucios.
-Hablaban entre sí en un dialecto de extraña sonoridad, que supuse
-sería el gallego. En cuanto nos vieron, dos o tres se levantaron de
-sus camas y corrieron al encuentro de Antonio, a quien saludaron con
-mucho afecto, llamándole <i>companheiro</i>. «¿De qué conoce usted a esta
-gente?», le pregunté en francés. «<i>Ces messieurs sont presque tous de
-ma connoissance</i>»—contestó—, <i>et, entre nous, ce sont de véritables
-vauriens</i>; casi todos son ladrones y asesinos. Aquel tuerto, que es
-el cabo, se escapó hace poco de Madrid con más que sospechas de estar
-complicado en un envenenamiento; aquí, en su tierra, está bastante
-seguro, y, como usted ve, lo emplean en guardar la frontera. Debemos
-ser amables con ellos, <i>mon maître</i>; hay que darles vino, o se
-ofenderán. Los conozco, <i>mon maître</i>; los conozco. ¡Hola! Posadero,
-traiga una <i>azumbre</i> de vino.»</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_118">[p. 118]</span></p>
-
-<p>Mientras Antonio convidaba a sus amigos llevé los caballos a la
-cuadra; había que atravesar la casa, posada o como se la quiera
-llamar. La cuadra era un miserable cobertizo, donde los caballos se
-hundían hasta el menudillo en cieno y barro. Pedí cebada, pero me
-dijeron que en Galicia no se usaba para pienso y era rarísima; en
-sustitución me ofrecieron maíz, que los caballos comieron sin reparo;
-tampoco se podía encontrar paja, sustituida por heno medio verde.
-A fuerza de patalear en el fango de la cuadra, mi caballo perdió
-una herradura, y en vano la busqué.—«¿Hay herrador en el pueblo?»,
-pregunté a un individuo que hacía de mozo de cuadra.</p>
-
-<p><span class="smcap">El mozo de cuadra.</span>—<i>Sí, senhor</i>; pero
-supongo que traerá usted consigo herraduras, porque si no, a este
-caballo tan grande no lo herrarán en el pueblo.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Qué quiere usted decir? ¿Es que el
-herrador no sabe su oficio? ¿No puede poner una herradura?</p>
-
-<p><span class="smcap">El mozo de cuadra.</span>—<i>Sí, senhor</i>, puede
-poner una herradura si usted se la proporciona; pero en Galicia no
-hay herraduras para caballos, al menos por estos sitios.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿No es costumbre aquí herrar a los
-caballos?</p>
-
-<p><span class="smcap">El mozo de cuadra.</span>—<i>Senhor</i>, en Galicia
-no hay caballos; no hay más que jacas; los que traen caballos
-a Galicia—sólo un loco<span class="pagenum" id="Page_119">[p.
-119]</span> puede hacer tal—tienen que traer también un repuesto de
-herraduras, porque aquí no las hay de ese tamaño.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Qué quiere decir eso de que sólo
-un loco puede traer caballos a Galicia?</p>
-
-<p><span class="smcap">El mozo de cuadra.</span>—<i>Senhor</i>, no
-hay caballo que resista los piensos y las montañas de Galicia
-sin enfermar; y si no se muere de una vez, le costará a usted en
-veterinarios más de lo que vale. Además, un caballo no sirve aquí de
-nada, y en terreno tan quebrado no puede prestar ni la décima parte
-del servicio que una yegüecilla puede hacer. Vea también, <i>senhor</i>,
-que su caballo es entero; de cada veinte jacas que vea usted por los
-caminos de Galicia, diez y nueve son yeguas; los machos se envían a
-Castilla para venderlos. <i>Senhor</i>, su caballo entrará en celo por
-esos caminos y atrapará un muermo, que no tiene cura. <i>Senhor</i>, sólo
-a un loco se le ocurre traer un caballo a Galicia, pero hay que estar
-dos veces loco para traer un <i>entero</i>, como usted ha hecho.</p>
-
-<p>—Extraño país es Galicia—dije yo; y me fuí a consultar con
-Antonio.</p>
-
-<p>Resultó que los informes del mozo de cuadra eran literalmente
-exactos en lo referente a la herradura; por lo menos, el herrador del
-pueblo, a quien llevé mi caballo, confesó que no podía herrarlo por
-carecer de herraduras adecuadas a sus cascos. Dijo que probablemente
-tendríamos que llevar el<span class="pagenum" id="Page_120">[p.
-120]</span> caballo a Lugo, donde por haber guarnición de caballería
-encontraríamos acaso lo que necesitábamos. Añadió, empero, que la
-mayor parte de los soldados de caballería iban montados en jacas del
-país, porque la mortalidad entre los caballos traídos de país llano
-era espantosa. Lugo estaba a diez leguas; al parecer no había por el
-momento otro remedio que tener paciencia, y tomado algún descanso
-seguimos el viaje, llevando los caballos por las riendas.</p>
-
-<p>Estábamos en la cima de una de las más elevadas montañas de
-Galicia; anduvimos una legua por terreno llano y empezamos a bajar.
-Cuando íbamos por la planicie, cubierta de tojos y jaras, dimos de
-súbito con media docena de individuos armados de carabinas y vestidos
-con uniformes andrajosos. Al principio supusimos que eran bandidos;
-se trataba tan sólo de una patrulla de soldados destacada del pueblo
-que acabábamos de dejar, como escolta de un correo provincial.
-Nos rodearon clamando por cigarros, pero no cometieron grosería
-mayor. Como no teníamos cigarros, les di una moneda de plata. Dos
-de los peor encarados tenían mucho empeño en que los permitiésemos
-escoltarnos hasta Nogales, pueblo en que nos proponíamos pernoctar.
-«No se lo permita usted de ningún modo, <i>mon maître</i>—dijo Antonio—.
-Son dos asesinos famosos a quienes conocí en Madrid; en el<span
-class="pagenum" id="Page_121">[p. 121]</span> primer barranco nos
-matarían para robarnos.» Decliné cortésmente sus ofertas y partimos.
-«Al parecer, conoce usted a todos los salteadores de Galicia», dije a
-Antonio cuando bajábamos de la montaña.</p>
-
-<p>—A esos dos individuos—replicó—los conocí cuando estuve de
-cocinero en casa del general O..., que es gallego; eran íntimos
-amigos del <i>repostero</i>. Todos los gallegos que hay en Madrid,
-cualquiera que sea su condición, se conocen; allí, al menos, son
-todos buenos amigos y se ayudan mutuamente en cuantas ocasiones
-se presentan. Si en una casa hay un criado gallego, seguramente
-la cocina se llena de paisanos suyos, y no tarda en advertirlo el
-cocinero a costa suya, porque comúnmente se dan maña para devorar
-cualquier regalillo que tengan reservado para sí y su familia.</p>
-
-<p>Poco antes de la mitad de la cuesta llegamos a una aldea. Al ver
-una fragua hicimos alto, con la débil esperanza de encontrar una
-herradura para mi caballo, que por ir descalzo empezaba a renquear.
-Con gran alegría descubrimos que el herrero poseía una herradura de
-caballo, que algún tiempo antes se había encontrado en el camino.
-Después de machacarla y arreglarla mucho, el Vulcano gallego falló
-que serviría muy bien a falta de otra mejor; con lo cual montamos de
-nuevo y continuamos despacio el descenso.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_122">[p. 122]</span></p>
-
-<p>Poco antes de ponerse el sol llegamos a Nogales, aldea situada
-en un angosto valle, al pie de la montaña en cuya travesía habíamos
-gastado el día entero. Era un lugar en extremo pintoresco. Montes
-escarpados, cubiertos de frondosos castañares, lo rodeaban por todos
-lados. La aldea misma estaba casi cobijada por los árboles; pegado
-a ella corría un murmurante arroyuelo. Encontramos una <i>posada</i>
-regularmente espaciosa y cómoda.</p>
-
-<p>Estaba yo débil y cansado, pero con pocas ganas de dormir. Antonio
-aderezó nuestra cena, o más bien la suya, porque yo no tenía apetito.
-Sentado a la puerta, me entretuve en contemplar los bosques de las
-alturas circunvecinas o el agua del arroyuelo, y en escuchar a la
-gente que vagaba por allí, hablando en el dialecto del país. ¡Qué
-extraña lengua es el gallego, con su acento quejumbroso y melodioso
-a la vez, y con su revoltijo de palabras de varios idiomas, pero
-sobre todo del español y del portugués! «¿Entiende usted lo que
-dicen?»—pregunté a Antonio, que ya se había reunido conmigo. «No lo
-entiendo, <i>mon maître</i>—respondió—. He aprendido muchas palabras con
-los criados gallegos en las casas donde he servido, pero no puedo
-seguir una conversación. He oído decir a los gallegos que no hay
-dos aldeas donde se hable de la misma manera, y que muchas veces no
-se<span class="pagenum" id="Page_123">[p. 123]</span> entienden
-entre sí. Lo peor del gallego es que todos piensan al oirlo por
-primera vez que es facilísimo de aprender, porque a cada momento
-perciben vocablos ya oídos antes; pero eso sirve tan sólo de mayor
-extravío y embrollo, y para que se entienda mal lo que se oye;
-mientras que si ignorasen totalmente esta lengua, aguzarían el oído
-para entenderla, como me pasa a mí cuando oigo hablar vascuence, bien
-que no conozco más palabra de este idioma que <i>jaungicoa</i>.»</p>
-
-<p>Al cerrar la noche me fuí a la cama, donde estuve cuatro o cinco
-horas intranquilo y desvelado, porque aún no estaba limpio de fiebre.
-Mucho después de media noche, y cuando iba quedándome dormido, me
-espabiló un gran ruido en la calle, y el resplandor de unas luces
-que entraban por la celosía de la ventana de mi cuarto. Un momento
-después apareció Antonio, a medio vestir. «<i>Mon maître</i>—dijo—, acaba
-de llegar el correo de Madrid a La Coruña con una gran escolta y
-enorme número de viajeros. Me dicen que el camino de aquí a Lugo
-está infestado de ladrones y de carlistas que cometen todo género de
-atrocidades; debemos aprovecharnos de la ocasión y mañana al mediodía
-podemos estar en salvo en Lugo.» Al instante me arrojé de la cama y
-me vestí, diciendo a Antonio que fuese a disponer los caballos sin
-tardanza.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_124">[p. 124]</span></p>
-
-<p>Pronto estuvimos montados y en la calle, en medio de una revuelta
-muchedumbre de hombres y cuadrúpedos. La luz de dos teas puestas
-delante del correo brillaba en las armas de varios soldados,
-formados, al parecer, a ambos lados del camino; pero la obscuridad
-no me permitía ver los objetos claramente. El correo iba montado en
-una yegua peluda; en el arzón y en la grupa llevaba sendos sacos de
-cuero, tan grandes que casi tocaban al suelo. Durante un cuarto de
-hora todo fué confusión, ir y venir, gritos y batahola; al cabo de
-ese tiempo se dió la orden de marcha. Apenas habíamos salido del
-pueblo se apagaron las teas y quedamos casi en totales tinieblas;
-marchábamos entre árboles, como se dejaba conocer por el rumor de las
-hojas en torno nuestro. Mi caballo iba muy intranquilo, relinchaba
-medrosamente, y a veces se encabritaba. «Si su caballo de usted
-no se tranquiliza, caballero, tendremos que pegarle un tiro—dijo
-una voz con acento andaluz—; descompone toda la comitiva.» «Sería
-una lástima, sargento—repliqué—, porque es cordobés por los cuatro
-costados; no está hecho a los caminos de este país bárbaro.» «¡Oh!
-¿Es de Córdoba?—dijo la voz—, <i>vaya</i>, no lo sabía; yo también soy
-cordobés. <i>¡Pobrecito!</i> Déjeme usted palparlo; sí, en el pelo conozco
-que es paisano mío. La verdad, matarle... <i>¡Vaya!</i>, me gustaría ver
-al gallego<span class="pagenum" id="Page_125">[p. 125]</span> del
-demonio que se atreva a hacerle daño. País bárbaro, <i>yo lo creo</i>: ni
-aceite, ni olivos, ni pan, ni cebada. De modo que usted ha estado en
-Córdoba; <i>vaya</i>, hágame el favor de aceptar este cigarro.»</p>
-
-<p>De esa manera anduvimos varias horas por montes y valles, casi
-siempre a muy lento paso. Los soldados de la escolta cantaban de
-tiempo en tiempo canciones patrióticas, respirando amor y adhesión
-a la joven reina Isabel y odio al feroz tirano Carlos. Una de las
-coplas que oí decía, sobre poco más o menos:</p>
-
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2">Duro tiene el corazón</span>
-<span class="i0">Con Carlos, viejo cruel,</span>
-<span class="i0">y sólo seis años cuenta,</span>
-<span class="i0">niña inocente, Isabel.</span>
-</div></div>
-
-<p>Al romper el día, me encontré en medio de una procesión de
-doscientas o trescientas personas, algunas a pie, la mayoría montadas
-en mulas o yeguas; no vi un solo caballo, fuera del mío y el de
-Antonio. Unos pocos soldados iban diseminados a lo largo del camino.
-El país era montuoso, pero no tanto ni tan pintoresco como el que
-habíamos atravesado el día anterior; casi todo él estaba dividido
-en pequeños campos plantados de maíz. Cada dos o tres leguas se
-relevaba la escolta en algún pueblo donde había tropas destacadas.
-La mayor parte de las veces los pueblos eran un conjunto de<span
-class="pagenum" id="Page_126">[p. 126]</span> miserables chozas, con
-techumbre de bálago, empapada de humedad, y cubierta frecuentemente
-de vegetación silvestre. Había montones de estiércol delante de
-las puertas, y abundaban los charcos y lodazales. Enormes cerdos
-pululaban mezclados con chiquillos en cueros. El interior de las
-chozas correspondía a su apariencia externa: estaban llenas de
-suciedad y miseria.</p>
-
-<p>Llegamos a Lugo a las dos de la tarde. Durante las dos o tres
-últimas leguas, el cansancio nacido de la falta de sueño y de mi
-pasada enfermedad me agobiaba tanto que fuí continuamente dormitando
-en la silla, sin enterarme apenas de lo que estaba pasando. Nos
-alojamos en una vasta <i>posada</i> extramuros de la ciudad, edificada en
-una elevación del terreno, desde donde se descubría una extensa vista
-hacia el Este. Poco después de llegar empezó a llover a torrentes, y
-así continuó sin cesar los dos días sucesivos, cosa que me afligió
-poco, pues pasé todo ese tiempo en la cama, y casi puedo decir que
-dormitando. En la tarde del tercer día me levanté.</p>
-
-<p>Había en la casa bastante bullicio, producido por la llegada de
-una familia procedente de La Coruña; venía en un gran coche de viaje,
-escoltado por cuatro carabineros. La familia era más bien numerosa:
-se componía del padre, un hijo y once hijas; la mayor de unos diez y
-ocho años. Un individuo de<span class="pagenum" id="Page_127">[p.
-127]</span> miserable aspecto, de chaqueta y sombrero de copa alta,
-les servía de criado. Llegaron muy mojados, tiritando; todos parecían
-muy desconsolados, especialmente el padre, hombre de mediana edad, de
-buena presencia.</p>
-
-<p>—¿Podremos alojarnos en esta <i>fonda</i>?—preguntó con dulce voz al
-dueño.</p>
-
-<p>—Sin duda alguna—replicó el hostelero—; nuestra casa es grande.
-¿Cuántas habitaciones necesita su merced para su familia?</p>
-
-<p>—Con una tendremos bastante—contestó el forastero.</p>
-
-<p>El huésped, que por ser gotoso iba apoyado en un palo, miró un
-momento al viajero y luego a cada individuo de su familia, sin
-olvidar al criado, y con un ligero encogimiento de hombros por todo
-comentario, les mostró el camino de un aposento donde había dos o
-tres camas con colchones de borra, aposento que yo rechacé a mi
-llegada por pequeño, obscuro e incómodo; abriéndolo bruscamente,
-preguntó si les servía.</p>
-
-<p>—Es un poco pequeño—repuso el señor;—pero creo que nos servirá.</p>
-
-<p>—Me alegro mucho—replicó el huésped—. ¿Hay que preparar cena para
-su merced y su familia?</p>
-
-<p>—No, gracias—contestó el forastero—. Mi criado mismo preparará lo
-poco que necesitamos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_128">[p. 128]</span></p>
-
-<p>Entregada la llave al criado, toda la familia se ocultó en la
-habitación, no sin despedir antes a la escolta, gratificando al jefe
-de los carabineros con una <i>peseta</i>. El hombre estuvo medio minuto
-contemplando la propina brillar en la palma de su mano; luego, con un
-brusco <i>¡vamos!</i>, giró sobre los talones y sin despedirse de nadie se
-fué con los hombres a sus órdenes.</p>
-
-<p>—¿Quiénes serán esos forasteros?—pregunté al huésped cuando
-estábamos los dos sentados en un ancho corredor abierto en un lado de
-la casa y que ocupaba todo aquel frente.</p>
-
-<p>—No lo sé—contestó—; pero por su escolta supongo que tienen algún
-empleo oficial. No son de por aquí, y estoy casi seguro de que son
-andaluces.</p>
-
-<p>A los pocos minutos se abrió la puerta de la habitación ocupada
-por los forasteros y apareció el criado con una vasija en la mano.</p>
-
-<p>—<i>Señor patrón</i>—preguntó—, ¿me hace el favor de decirme dónde
-puedo comprar un poco de aceite?</p>
-
-<p>—En la casa lo hay—replicó el huésped—si es que necesita usted
-comprar; pero si, como es probable, supone usted que al vendérselo
-queremos ganar un <i>cuarto</i>, puede usted ir a comprarlo a la calle.
-Es lo que yo me figuraba—continuó el huésped cuando el criado se
-fué a su recado—: son andaluces y van a hacer lo que llaman un
-<i>gazpacho</i><span class="pagenum" id="Page_129">[p. 129]</span>
-para cenar. ¡Qué tacañería la de esos andaluces! Vienen a sacarle
-el jugo a Galicia, y les molesta que el pobre posadero se gane un
-<i>cuarto</i> vendiéndoles el aceite para el <i>gazpacho</i>. Una cosa le
-aseguro a usted, señor: cuando el criado vuelva y pida pan y ajos
-para mezclarlos con el aceite, le diré que no lo hay en casa; si ha
-comprado el aceite fuera, lo mismo puede comprar el ajo y el pan; sí
-por cierto; y para el caso, el agua también.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_130">[Pg 130]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XXVI</h2>
- <p class="subhang">
- Lugo.— Los baños— Una historia de familia.— Los Migueletes.— Las
- tres cabezas.— Un veterinario.— La escuadra inglesa.— Venta de
- testamentos.— La Coruña.— El reconocimiento.— Luigi Pozzi.— La
- especulación.— John Moore.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">E</span><span class="smcap">n Lugo</span>
-encontré un librero rico para quien me habían dado en Madrid una
-carta de recomendación. De buen grado se encargó de la venta de mis
-libros. El Señor se dignó favorecer los humildes esfuerzos que por
-su causa hice en Lugo. Treinta ejemplares del Nuevo Testamento llevé
-allí, y en un solo día se vendieron. El obispo de la ciudad—Lugo
-es sede episcopal—compró para sí dos ejemplares, y varios curas y
-frailes exclaustrados, en lugar de seguir el ejemplo de sus hermanos
-de León persiguiendo la obra, hablaron bien de ella y recomendaron su
-lectura. Ante la gran demanda que hubo me apesadumbró que mi repuesto
-de libros estuviese exhausto; si hubiera podido reponerlo, se habrían
-vendido cuatro veces más libros en los pocos días que permanecí en
-Lugo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_131">[p. 131]</span></p>
-
-<p>Lugo cuenta unos 6.000 habitantes. Está situado en una elevación
-del terreno; antiguas murallas lo defienden. Carece de edificios
-notables; la misma catedral es de poca importancia. En el centro de
-la ciudad se encuentra la plaza del mercado, ligera y alegre, sin
-las macizas y pesadas fábricas que los españoles, así en tiempos
-pasados como en los modernos, acostumbran levantar en torno de sus
-<i>plazas</i>. Es cosa singular que Lugo, ciudad de muy escasa importancia
-en nuestros días, fuese en otros tiempos capital de España<a
-id="FNanchor_21" href="#Footnote_21" class="fnanchor">[21]</a>;
-tal ocurría en la época de los romanos, que, por ser un pueblo no
-muy dado a guiarse por el capricho, tendría, sin duda, razones muy
-valiosas para preferir esa localidad.</p>
-
-<p>Hay muchas reliquias romanas en las cercanías; la más importante
-son las ruinas de las antiguas termas medicinales en la ribera Sur
-del Miño, que serpentea por el valle al pie de la ciudad. En esos
-sitios, el Miño es un río con altas y escarpadas márgenes, muy
-pobladas de árboles.</p>
-
-<p>Una tarde visité los baños en compañía de mi amigo el librero.
-Fueron construídos sobre unos manantiales calientes que vierten
-su caudal en el río. A pesar de su estado<span class="pagenum"
-id="Page_132">[p. 132]</span> ruinoso se hallaban atestados de
-enfermos, que esperaban mejorar con las aguas, famosas todavía
-por sus cualidades salutíferas. Extraño espectáculo ofrecían los
-pacientes, vestidos con túnicas de franela muy parecidas a mortajas,
-sumergidos en el agua caliente, entre los sillares desencajados,
-envueltos en nubes de vapor.</p>
-
-<p>Tres o cuatro días después de mi llegada hallábame sentado en
-el corredor que, como ya he dicho, ocupaba un frente entero de la
-casa. El cielo estaba despejado, y el sol radiante animaba con su
-luz todas las cosas. De pronto se abrió la puerta del aposento
-ocupado por los forasteros, y salió toda la familia, con excepción
-del padre, quien, supuse yo, debía de estar fuera ocupado en sus
-asuntos. El mísero criado cerraba la marcha, y al salir de la
-habitación cerró cuidadosamente la puerta y se guardó la llave en
-el bolsillo. El hijo y las once hijas iban muy bien vestidos: el
-muchacho, con pantalón y chaqueta de corte inglés; las muchachas, de
-blanco inmaculado. La familia era, en general, bien parecida, de ojos
-negros y tez olivácea; pero la hija mayor era de notable hermosura.
-Se colocaron en los bancos del corredor, y el desarrapado doméstico
-se sentó con sus amos sin ceremonia alguna. Estuvieron un buen rato
-callados, mirando con ojos desconsolados las casas del arrabal y los
-pardos muros de la ciudad,<span class="pagenum" id="Page_133">[p.
-133]</span> hasta que la hija mayor, o <i>señorita</i>, como la llamaban,
-rompió el silencio con un «<i>¡Ay, Dios mío!</i>»</p>
-
-<p><span class="smcap">El criado.</span>—<i>¡Ay, Dios mío!</i> A bonita
-tierra hemos venido a parar.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—No veo por qué les parece a ustedes
-tan malo un país que por su naturaleza es el más rico y abundante de
-toda España. Cierto que la generalidad de los habitantes están en la
-miseria; pero la culpa es suya, no de la tierra.</p>
-
-<p><span class="smcap">El criado.</span>—Caballero, el país es
-horrible; no diga usted que no. Las señoritas, el señorito y yo
-estamos espantados; hasta su merced lo está también, y dice que
-hemos venido a esta tierra a expiar nuestros pecados. Todos los días
-llueve, y ésta es casi la primera vez que vemos el sol desde que
-llegamos. No cesa de llover, y no puede uno salir a la calle sin
-meterse en el <i>fango</i> hasta el tobillo, y luego no se encuentra una
-casa.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—No lo entiendo. Me parece que hay
-casas de sobra en la población.</p>
-
-<p><span class="smcap">El criado.</span>—Dispense usted, señor. Ayer
-alquiló su merced una casa por tres reales y medio al día; pero
-cuando la <i>señorita</i> la vió se echó a llorar, y dijo que aquello no
-era una casa, sino una perrera; entonces su merced pagó la renta de
-un día y rompió el trato. ¡Tres reales y medio diarios! En nuestro
-país podríamos tener un palacio por ese dinero.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_134">[p. 134]</span></p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿De qué país vienen ustedes?</p>
-
-<p><span class="smcap">El criado.</span>—Caballero, usted parece
-un señor muy decente y le voy a contar nuestra historia. Somos de
-Andalucía, y su merced era el año pasado recaudador general de
-contribuciones en Granada; tenía catorce mil <i>reals</i> de sueldo, con
-lo que nos dábamos traza para vivir bastante bien, sin perder las
-<i>funciones</i> de toros, y cuando no las había, las de <i>novillos</i>,
-y alguna que otra vez a la ópera. En una palabra: vivíamos con
-holgura y sin privarnos de diversiones; tanto, que su merced pensaba
-últimamente comprarle un caballo al señorito, que tiene catorce años,
-y ha de aprender a montar ahora o nunca. Pero el ministerio cambió,
-caballero, y los nuevos ministros, que no eran amigos de su merced,
-le quitaron el empleo. Caballero, desde aquella bendita tierra de
-Granada, donde nuestro sueldo era de catorce mil <i>reals</i>, nos han
-trasladado a Galicia, a esta fatal ciudad de Lugo, y su merced tiene
-que contentarse con diez mil, a todas luces insuficientes para
-sostener nuestras antiguas comodidades. ¡Adiós las <i>funciones</i> de
-toros y de <i>novillos</i>, y la ópera! ¡Adiós la esperanza de tener un
-caballo para el señorito! Caballero, estoy desesperado. ¡Calle, calle
-por amor de Dios; yo no puedo hablar más!</p>
-
-<p>Conocida su historia, ya no me asombró que el recaudador general
-desease ahorrar<span class="pagenum" id="Page_135">[p. 135]</span>
-un <i>cuarto</i> en la compra del aceite para su <i>gazpacho</i> y el de su
-familia de once hijas, un hijo y un criado.</p>
-
-<p>Estuvimos en Lugo una semana y continuamos el viaje a La Coruña,
-distante unas doce leguas. Nos levantamos antes de rayar el día para
-aprovechar la escolta del correo, en cuya compañía hicimos unas
-seis leguas. Se hablaba mucho de ladrones y de partidas volantes
-de facciosos, razón por la que nuestra escolta era considerable. A
-unas cinco o seis leguas de Lugo, la guardia de soldados regulares
-fué relevada por un pelotón de cincuenta migueletes. Todos tenían
-aspecto de bandidos; pero nunca había visto yo gente de tan bárbara
-hermosura. Hallábanse todos en la flor de la edad; eran de elevada
-estatura, de miembros hercúleos; usaban recias patillas y caminaban
-con aire fanfarrón, como si provocaran el peligro y lo desdeñaran.
-Contrastaban sobremanera con los soldados que nos escoltaron hasta
-allí, pobres muchachos de diez y seis a diez y ocho años, sin vigor
-ni actividad. El traje peculiar de los migueletes, si a algo militar
-se parece, es al que usaban antiguamente los marinos ingleses. Llevan
-un sombrero característico y, generalmente, polainas; sus armas son
-el fusil y la bayoneta. El color de su vestido es de ordinario pardo
-obscuro. Guardan muy poca o ninguna disciplina, tanto en las marchas
-como en la acción. Son<span class="pagenum" id="Page_136">[p.
-136]</span> excelentes tropas irregulares, y en servicio de guerra se
-les emplea con singular utilidad como escaramuzadores. Sus funciones
-propias se asemejan, sin embargo, a las de la policía y están
-encargados de limpiar de ladrones los caminos, para lo cual se hallan
-en cierto respecto muy bien preparados, porque, en general, todos son
-ladrones durante alguna época de su vida. No es fácil decir por qué
-los llaman migueletes; lo más probable es que deriven su nombre del
-de un antiguo jefe. Tengo pocas noticias acerca de este cuerpo, y no
-puedo, por tanto, entrar en detalles; lo siento, porque sin duda ha
-de haber muchas cosas notables que decir acerca de él.</p>
-
-<p>Cansado de la marcha lenta del correo, resolví adelantarme,
-arrostrando el peligro; cometí con eso una imprudencia no pequeña,
-pues estuve a punto de caer en manos de los ladrones. De súbito dos
-individuos se me plantaron delante apuntándome con sus escopetas,
-y las hubieran descargado sobre mí, probablemente, si no se llegan
-a asustar al oír el ruido del caballo de Antonio, que me seguía a
-muy corta distancia. El suceso ocurrió en el puente de Castellanos,
-lugar famoso por los robos y muertes que en él se hacían, y muy a
-propósito para tales empresas, porque está en el fondo de un profundo
-barranco, rodeado de agrestes y desoladas montañas. Un cuarto<span
-class="pagenum" id="Page_137">[p. 137]</span> de hora antes tan sólo,
-había pasado yo junto a tres horribles cabezas clavadas en sendos
-palos al borde del camino; eran las de un capitán de ladrones y dos
-cómplices suyos, apresados y ejecutados dos meses antes. Su principal
-guarida eran las inmediaciones del puente; tenían por costumbre
-arrojar los cuerpos de sus víctimas a las profundas y negras aguas
-que corrían impetuosas por debajo. Aquellas tres cabezas no se
-borrarán jamás de mi memoria, particularmente la del capitán, puesta
-en un palo más alto que el de las otras dos: sus largos cabellos
-ondeaban al viento, y las facciones, ennegrecidas y torcidas, hacían,
-bañadas de sol, una mueca burlona. Los individuos que me echaron el
-alto eran restos de la cuadrilla.</p>
-
-<p>Llegamos a Betanzos muy entrada la tarde. La ciudad está en una
-ría, a cierta distancia del mar y a unas tres leguas de La Coruña.
-Altas montañas la rodean por tres lados. Durante casi todo el día
-el tiempo estuvo cubierto y amenazador; al llegar a Betanzos, la
-densidad y pesadez de la atmósfera eran insoportables. Por todas
-partes los malos olores asaltaban nuestro órgano olfatorio. Las
-calles estaban muy sucias, las casas también, y singularmente la
-<i>posada</i>. Entramos en el establo; estaba sembrado de algas podridas y
-otros desperdicios, donde se revolcaban los cerdos. Alrededor<span
-class="pagenum" id="Page_138">[p. 138]</span> zumbaban las moscas,
-muy gordas y asquerosas. «¡Esto es una peste!»—exclamé—. Pero no
-había otra cuadra, y tuvimos que atar los infelices animales a tan
-sucios pesebres. El único pienso que pudimos darles fué maíz. Al
-anochecer los llevamos a beber en el riachuelo que pasa por Betanzos.
-El <i>entero</i> bebió con ansia; pero al volver a la posada noté que
-estaba triste y que llevaba la cabeza caída. Apenas ocupó de nuevo
-su plaza, le acometió una tos muy honda y bronca. Recordé lo que me
-había dicho el mozo de cuadra en la montaña: «Es un loco el que trae
-un caballo a Galicia, y dos veces loco si trae un <i>entero</i>.» Durante
-la mayor parte del día el caballo anduvo en medio de un tropel de
-cien yeguas lo menos, y se excitó mucho. Con la tos, le entró un
-temblor violento. Me procuré un cuartillo de aguardiente anisado, y
-con ayuda de Antonio le di friegas casi durante una hora, hasta que
-el pelo se le cubrió de blanca espuma; pero la tos le iba en aumento,
-tenía la mirada fija y los miembros rígidos.</p>
-
-<p>—¡No hay más remedio que sangrarlo!—dije—. Corre a buscar al
-veterinario.</p>
-
-<p>Llegó el veterinario.</p>
-
-<p>—Va usted a sangrar el caballo—exclamé—y a sacarle una <i>azumbre</i>
-de sangre.</p>
-
-<p>El albéitar miró al animal y se encaminó a la puerta.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_139">[p. 139]</span></p>
-
-<p>—¿Adónde va usted?—pregunté.</p>
-
-<p>—A mi casa—respondió.</p>
-
-<p>—¡Pero si le necesitamos a usted aquí!</p>
-
-<p>—Ya lo comprendo—repuso—. Y por eso me voy.</p>
-
-<p>—Tiene usted que sangrar el caballo o se me morirá.</p>
-
-<p>—Lo sé—dijo el albéitar—; pero no lo sangro.</p>
-
-<p>—¿Por qué?</p>
-
-<p>—No lo sangro más que con una condición.</p>
-
-<p>—¿Con cuál?</p>
-
-<p>—¡Con cuál! Que me pagará usted una onza de oro.</p>
-
-<p>—¡Sube corriendo a buscar el estuche de piel!—dije a Antonio.</p>
-
-<p>Trajo el estuche, tomé un fleme ancho y, con ayuda de una piedra,
-lo introduje en la vena principal de una pata del caballo. Al
-principio la sangre no quería salir; al fin, a fuerza de frotes,
-comenzó a manar, y acabó por correr en abundancia; así estuvo una
-media hora.</p>
-
-<p>—El caballo se va a desmayar, <i>mon maître</i>—dijo Antonio.</p>
-
-<p>—Sostenle firme—respondí—, y dentro de diez minutos cerraré la
-vena.</p>
-
-<p>La cerré, en efecto, y mientras lo hacía me puse a mirar al
-albéitar a la cara, arqueando las cejas.</p>
-
-<p>—¡<i>Carracho</i>, qué diablo de brujo!—<span class="pagenum"
-id="Page_140">[p. 140]</span>musitó el albéitar al marcharse—. ¡A él
-si que le sangraría yo si tuviese aquí el cuchillo!</p>
-
-<p>Por la noche volvimos a sangrar el caballo, y con esta segunda
-sangría se salvó. A la mañana siguiente empezó a comer.</p>
-
-<p>A otro día salimos para La Coruña, llevando los caballos por la
-brida. El día era espléndido, y nuestro paseo delicioso. Ibamos
-bajo los árboles muy altos y sombrosos, que bordean la ruta desde
-Betanzos hasta ya cerca de La Coruña. Nada tan risueño y alegre como
-el país circunvecino. Los viñedos abundaban en las inmediaciones de
-las aldeas por donde atravesábamos, y millones de plantas de maíz
-erguían sus altas cañas y desplegaban sus anchas hojas verdes en los
-campos. A las tres horas de camino columbramos la bahía de La Coruña,
-en la que, no obstante estar aún a una legua de distancia, vimos
-tres o cuatro grandes navíos anclados. «¿Pertenecerán los navíos a
-España?»—me pregunté—. En la aldea inmediata nos dijeron que la noche
-anterior había llegado una escuadra inglesa, se ignoraba con qué
-objeto.</p>
-
-<p>—Sin embargo—continuó nuestro informador—, parece seguro que
-traen algún designio sobre Galicia. Esos extranjeros son la ruina de
-España.</p>
-
-<p>Nos alojamos en la que llaman calle Real, en una excelente <i>fonda</i>
-o <i>posada</i>, regida por un individuo bajo y grueso, de aspecto<span
-class="pagenum" id="Page_141">[p. 141]</span> bastante risible,
-genovés por su cuna. Estaba casado con una vascongada, alta, fea,
-pero de buen genio, que le había dado un hijo y una hija. Al parecer
-la mujer había llevado consigo poco tiempo antes a todas sus
-parientes guipuzcoanas, que en número de nueve llenaban en la casa
-los oficios de camareras, cocineras y fregatrices; todas eran muy
-feas, pero de buen natural y en extremo parlanchinas. Durante el día
-entero atronaban la casa con su excelente vascuence y su malísimo
-castellano. El genovés, por el contrario, hablaba poco; una razón
-poderosa hubiera podido aducir para ello: llevaba treinta años en
-España y había olvidado su idioma nativo, sin aprender el español,
-que hablaba bastante mal.</p>
-
-<p>Reinaba en La Coruña gran animación y bullicio con motivo de la
-llegada de la escuadra inglesa; pero al día siguiente la flota se
-marchó para hacer un breve crucero por el Mediterráneo, y en el acto
-volvió todo a su curso normal.</p>
-
-<p>Tenía yo en La Coruña un repuesto de quinientos Testamentos, con
-los que me proponía abastecer las principales ciudades gallegas. En
-seguida que llegué se publicaron los anuncios usuales, y el libro
-se vendió regularmente—unos siete u ocho ejemplares diarios, por
-término medio—. Al leer estos detalles no faltará acaso quien sienta
-la tentación de decir: «Esas minucias no valen<span class="pagenum"
-id="Page_142">[p. 142]</span> la pena de mencionarlas.» Pero los que
-tal crean, deben pensar que hasta muy pocos meses antes de la fecha a
-que me refiero la existencia misma del Evangelio era casi desconocida
-en España, y que necesariamente había de ser empeño difícil inducir
-a los españoles, gente que lee muy poco, a comprar una obra como
-el Nuevo Testamento, de primordial importancia para la salud del
-alma, es cierto, pero que ofrece pocas esperanzas de diversión a los
-espíritus frívolos y corrompidos. Esperaba yo presenciar los albores
-de una época mejor y más ilustrada, y me regocijaba pensando que en
-la infeliz y desalumbrada España se vendía ya el Nuevo Testamento,
-aunque en corta cantidad, desde Madrid hasta las más distantes
-poblaciones gallegas, en un trayecto de casi cuatrocientas millas.</p>
-
-<p>La Coruña se alza en una península que tiene por un lado el mar y
-por otro la famosa bahía.</p>
-
-<p>La ciudad se divide en vieja y nueva; esta última fué
-probablemente en otros tiempos un mero arrabal. La ciudad vieja,
-desolada y en ruinas, está separada de la ciudad nueva por un ancho
-foso. La ciudad moderna es mucho más agradable y contiene una calle
-suntuosa, la calle Real, residencia de los principales comerciantes.
-Un rasgo singular de esta calle es que toda ella está pavimentada con
-losas de mármol, por las que<span class="pagenum" id="Page_143">[p.
-143]</span> circulan caballerías y carros como si fuese un pavimento
-ordinario.</p>
-
-<p>Es un dicho proverbial entre los coruñeses que en su ciudad hay
-una calle tan limpia que se puede comer en ella la <i>puchera</i> sin el
-más leve reparo. Sin duda el dicho podrá ser cierto después de una
-de las lluvias que con tal frecuencia empapan el suelo de Galicia,
-y dejan el piso de la calle muy lustroso. La Coruña fué en tiempos
-pasados una plaza comercial importante; pero la mayor parte del
-tráfico se ha trasladado últimamente a Santander, ciudad situada a
-mucha distancia de La Coruña, en dirección del golfo de Vizcaya.</p>
-
-<p>—¿Va usted a ir a Santiago, Giorgio? Si fuese usted allá, me haría
-el favor de llevar un recado a un pobre compatriota mío—dijo una voz
-en inglés cerrado, estando yo una mañana a la puerta de mi <i>posada</i>,
-en la calle Real de La Coruña.</p>
-
-<p>Miré en torno, y vi un hombre cerca de mí, en pie junto a la
-puerta de una tienda contigua a la posada. Representaba sesenta y
-cinco años; era pálido su rostro y la nariz notable por su color
-rojo. Vestía un amplio sobretodo verde, tenía en la boca una larga
-pipa de barro y en la mano una vara.</p>
-
-<p>—¿Quién es usted y quién es su compatriota?—pregunté—. No le
-conozco a usted.</p>
-
-<p>—Pues yo a usted, sí—replicó el hombre—.<span class="pagenum"
-id="Page_144">[p. 144]</span> Usted me compró el primer cuchillo que
-vendí en el mercado de N.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¡Ah! Ahora le recuerdo a usted,
-Luigi Pozzi, y me acuerdo muy bien, además, de las veces que fuí,
-siendo un chiquillo, hace ya veinte años, a la tiendecita de usted y
-le oía hablar en milanés con sus compatriotas.</p>
-
-<p><span class="smcap">Luigi.</span>—Aquellos eran tiempos dichosos
-para mí. ¡Oh!, si supiera usted con qué fuerza reaparecieron en mi
-memoria cuando le vi a usted detenerse a la puerta de la <i>posada</i>.
-Al instante me metí dentro, cerré la tienda, me eché en la cama y
-lloré.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—No veo motivo para que eche
-usted tan de menos aquellos tiempos. Cuando yo le conocí a usted
-en Inglaterra era usted buhonero; a veces ponía un tenducho en el
-mercado de una ciudad rural. Ahora me lo encuentro en un puerto
-español, propietario, por lo visto, de una tienda importante. No veo
-por qué se queja usted del cambio.</p>
-
-<p><span class="smcap">Luigi</span> (Arrojando la pipa al
-suelo).—¡Quejarme del cambio! ¿Sabe usted una cosa? Inglaterra es
-el paraíso de los piamonteses y milaneses, especialmente de los de
-Como. Jamás nos entregamos al descanso que no soñemos con ella, ya
-estemos en nuestro país, ya en tierra extranjera, como yo ahora.
-¡Quejarme del cambio! ¡Y que eso lo diga un inglés! Prefiero ser
-miserable vagabundo en Inglaterra que dueño y señor de todo en<span
-class="pagenum" id="Page_145">[p. 145]</span> diez leguas a la
-redonda del lago de Como, y otro tanto dirán todos mis compatriotas
-que han estado en Inglaterra, dondequiera que se encuentren. Puedo
-enseñarle diez cartas de otros tantos compatriotas residentes en
-América, donde se han hecho ricos, y prosperan, y son hombres
-principales; pues bien: todas las noches, cuando sus cabezas
-reposan en la almohada, sus almas <i>auslandra</i><a id="FNanchor_22"
-href="#Footnote_22" class="fnanchor">[22]</a>, y van arrastradas
-a Inglaterra y hacia sus verdes campos. Llegan allí en alas del
-ensueño, ponen sus cajas en el suelo y van mostrando a los honrados
-campesinos, a sus mujeres e hijas, espejillos y otras chucherías,
-y como antaño, las venden entre regateos y chuscadas. Al caer la
-tarde, vuelven como en los tiempos pasados a las tabernas a comer
-las tostadas de pan y el queso y a beber la cerveza de Suffolk, y a
-escuchar los ruidosos cantares y alegres chanzas de los labradores.
-Pues si echan de menos Inglaterra y sueñan con ella los que están
-en América, país próspero, según reconocen ellos mismos, favorable
-a los piamonteses y milaneses, cuánto más la echará de menos quien,
-como yo, lleva tantos años en España, en esta espantosa ciudad de La
-Coruña, sosteniendo un comercio ruinoso, y donde se pasan los meses
-sin ver una cara<span class="pagenum" id="Page_146">[p. 146]</span>
-inglesa ni oír una palabra del bendito idioma inglés.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Con tal predilección por
-Inglaterra, ¿qué le movió a usted a dejarla y a venir a España?</p>
-
-<p><span class="smcap">Luigi.</span>—Se lo diré a usted. Hace unos
-diez y seis años se apoderó de cuantos estábamos en Inglaterra un
-deseo general de ser algo más de lo que hasta entonces habíamos
-sido: buhoneros, vagabundos; deseaban además—el hombre nunca está
-contento—ver tierras nuevas; la mayor parte se fué de Inglaterra, y
-donde antes había diez, apenas si quedó uno. Casi todos se fueron
-a América, país muy favorable, como ya le he dicho a usted, para
-nosotros los naturales de Como. Bueno; todos mis amigos y parientes
-atravesaron el mar; yo también me empeñé en viajar; pero en vez de
-irme con los otros al Oeste, a un país donde todos han prosperado, se
-me ocurrió venir a esta tierra de España, donde cuantos extranjeros
-se establecen mueren de tristeza, más tarde o más temprano. Se me
-metió en la cabeza la idea de que podía hacer fortuna de golpe
-trayendo un cargamento de artículos ingleses baratos, como los que
-vendía yo de ordinario a los aldeanos de Inglaterra. Fleté medio
-barco para mis artículos, porque en Inglaterra había ganado algún
-dinero con mi humilde tráfico, y llegué a La Coruña. Aquí empezaron
-de golpe mis<span class="pagenum" id="Page_147">[p. 147]</span>
-contrariedades; los desengaños sucedían a los desengaños. Con
-extremada dificultad obtuve permiso para desembarcar las mercancías,
-y eso a costa de un gran sacrificio en sobornos, propinas y cosas
-parecidas. Apenas establecido, vi que el comercio era aquí muy escaso
-y que mis géneros se vendían muy lentamente, y a precio de coste o
-poco más. Pensé marcharme a otra parte; pero me dijeron que tendría
-que dejar aquí mis existencias, a menos de pagar nuevas propinas
-que me hubiesen arruinado. De este modo he resistido catorce años,
-vendiendo apenas lo bastante para pagar el alquiler de la tienda y
-mantenerme; y así continuaré hasta que me muera, o hasta que se me
-acaben los géneros. En mal hora me fuí de Inglaterra para venir a
-España.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Me ha dicho usted que tiene un
-compatriota en Santiago?</p>
-
-<p><span class="smcap">Luigi.</span>—Sí; un pobre hombre, muy
-honrado, que, como yo, ha tenido la extraña suerte de venir a parar
-a Galicia. A veces me las arreglo para mandarle algunos géneros que
-vende en Santiago con más ganancia que yo aquí. Es hombre feliz,
-porque no ha visto Inglaterra, e ignora la diferencia entre los dos
-países. ¡Oh campiñas inglesas, quién os volviera a ver! ¡Y aquellas
-cervecerías! ¡Y lo que más vale de todo, la buena fe de la gente y la
-seguridad personal! He viajado por toda Inglaterra, y en ningu<span
-class="pagenum" id="Page_148">[p. 148]</span>na parte me trataron
-mal, salvo una vez en el Norte, ciertos papistas a quienes aconsejé
-que abandonaran sus pantomimas y asistieran al culto anglicano,
-como hacía yo, y como todos mis compatriotas hacían en Inglaterra;
-porque, sépalo usted, <i>signor Giorgio</i>, todos nosotros, ya fuésemos
-piamonteses, ya naturales de Como, veíamos con muy buenos ojos la
-religión protestante, cuando no éramos miembros efectivos de ella.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Qué se propone usted hacer ahora,
-Luigi? ¿Qué esperanzas tiene?</p>
-
-<p><span class="smcap">Luigi.</span>—Mis esperanzas están borradas,
-<i>Giorgio</i>; mi único propósito es morirme en La Coruña, acaso en
-el hospital, si es que me admiten. Hace años todavía pensaba en
-marcharme, aunque fuese dejándolo todo abandonado, para volver
-a Inglaterra o irme a América; pero ahora es demasiado tarde,
-<i>Giorgio</i>; demasiado tarde. Cuando perdí todas mis esperanzas me di
-a la bebida, a la que nunca tuve antes afición, y ahora soy lo que
-supongo habrá usted adivinado.</p>
-
-<p>—Para todos hay esperanza en el Evangelio—dije yo—, incluso para
-usted. Le enviaré a usted uno.</p>
-
-<p>En la ciudad vieja, mirando al Este, hay una pequeña batería
-cuyo muro bañan las aguas de la bahía. Es un lugar apacible, desde
-donde se descubre una extensa vista. La batería ocupa unas ochenta
-varas en cuadro; algunos arbolillos crecen por allí, y sirve<span
-class="pagenum" id="Page_149">[p. 149]</span> más que nada de lugar
-de esparcimiento de los coruñeses.</p>
-
-<p>En el centro de la batería está la tumba de Moore, levantada por
-los caballerescos franceses, en conmemoración de la muerte de su
-heroico antagonista. Es de forma oblonga, rematada por una piedra, y
-en cada lado ostenta uno de esos sencillos y sublimes epitafios en
-que nuestros rivales son maestros, y que tan fuerte contraste hacen
-con las pretenciosas e hinchadas inscripciones que deforman los muros
-de la Abadía de Westminster:</p>
-
-<p class="centra">
-«<big>JOHN MOORE</big>,<br />
-Jefe del ejército inglés. Muerto en el campo de batalla.<br />
-<big>1809</big>.»<br />
-</p>
-
-<p>La tumba es de mármol; rodéala un muro cuadrangular, alto parapeto
-de tosco granito; pegado a cada esquina, emerge del suelo la culata
-de un enorme cañón de bronce, destinado a dar solidez al muro. Estas
-construcciones exteriores no son obra de los franceses, sino del
-gobierno inglés.</p>
-
-<p>Allí yace el héroe, casi a la vista de la gloriosa colina donde,
-revolviéndose contra sus perseguidores como un león acosado, terminó
-su carrera. Muchos ganan la inmortalidad sin buscarla, y mueren
-antes de que sus primeros rayos doren su nombre; de éstos fué
-Moore. El general, al huír de Castilla con sus desalentadas tropas,
-hostigado<span class="pagenum" id="Page_150">[p. 150]</span> por
-un enemigo impetuoso y terrible, no soñaba que estaba a punto de
-alcanzar lo que muchos hombres, mejores y más grandes aunque no
-ciertamente más valientes que él, han deseado en vano. Sus mismos
-infortunios, la desastrosa retirada, la sangrienta muerte, y su tumba
-en país extranjero, lejos de sus parientes y amigos, aseguraron su
-fama inmortal. Apenas hay un español que no conozca de oídas esta
-tumba y que no hable de ella con respeto. Afírmase que con el general
-hereje fueron sepultados tesoros inmensos, aunque nadie acierta a
-decir para qué fin. De creer a los gallegos, los demonios de las
-nubes persiguieron a los ingleses en su fuga y los atacaron con
-torbellinos y mangas de agua cuando se esforzaban por remontar los
-tortuosos y empinados senderos de Fuencebadón; otras leyendas aún más
-groseras se cuentan acerca del modo como cayó el valeroso general.
-Sí; la inmortalidad ha coronado las sienes de Moore, incluso en
-España, tierra del olvido, por donde el Guadalete, el antiguo Leteo,
-fluye.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_151">[Pg 151]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XXVII</h2>
- <p class="subhang">
- Compostela.— Rey Romero.— El buscador de tesoros.— Proyectos
- risueños.— El derecho de asilo.— Riquezas ocultas.— El canónigo.— El
- localismo.— La lepra.— Los huesos de Santiago.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">E</span><span class="smcap">n los</span>
-comienzos de agosto me hallé en Santiago de Compostela. Hice el viaje
-desde La Coruña en compañía del correo, a quien escoltaba una fuerte
-patrulla de soldados, a causa de la perturbación de la comarca,
-infestada de bandidos. Desde La Coruña a Santiago no hay más que
-diez leguas; pero el viaje duró día y medio. Fué muy agradable: el
-terreno era muy variado y bello, alternando los montes y los valles;
-en muchos sitios, frondosos árboles de variadas especies cobijaban
-bajo su espléndido follaje el camino. Centenares de viajeros, a pie
-o a caballo, se aprovecharon de la defensa que la escolta ofrecía;
-el temor a los ladrones era grande. Dos o tres veces se dió la
-señal de alarma durante el viaje; pero llegamos a Santiago sin ser
-atacados.</p>
-
-<p>Santiago se alza en una planicie amena, rodeada de montañas;
-la más notable es una<span class="pagenum" id="Page_152">[p.
-152]</span> de forma cónica, llamada Pico Sacro, de la que se cuentan
-muchas leyendas maravillosas. Santiago es una ciudad vieja muy bella,
-de unos veinte mil habitantes. Hubo tiempos en que, con la sola
-excepción de Roma, fué Santiago el lugar de peregrinación más famoso
-del mundo, porque dicen que su catedral guarda los huesos de Santiago
-el Mayor, el hijo del trueno, que, según la leyenda de la iglesia
-romana, fué el primero en predicar el Evangelio en España. Pero su
-gloria como lugar de peregrinación decae rápidamente.</p>
-
-<p>La catedral, aunque obra de varias épocas, en la que se mezclan
-diversos estilos de arquitectura, es una fábrica majestuosa y
-venerable, muy a propósito para suscitar la admiración y el respeto;
-es casi imposible, a la verdad, pasear por sus sombrías naves, oír
-la solemne música y los nobles cánticos, respirar el incienso de los
-grandes incensarios, lanzados a veces hasta la bóveda del techo por
-la maquinaria que los mueve, mientras los cirios gigantescos brillan
-aquí y allá en la penumbra, en los altares de numerosos santos, ante
-los que los fieles, de hinojos, exhalan sus plegarias en demanda
-de protección, de piedad y de amor, y dudar de que hollamos una
-casa donde el Señor mora con deleite. El Señor, empero, se aparta
-de ella; no escucha, no mira, y si lo hace será con enojo. ¿De qué
-aprovechan la<span class="pagenum" id="Page_153">[p. 153]</span>
-solemne música, los nobles cánticos, el incienso de suave olor? ¿De
-qué aprovecha arrodillarse ante aquel altar mayor, todo de plata,
-coronado por una estatua con sombrero de plata y armadura, emblema
-de un hombre que, si bien apóstol y confesor, fué todo lo más un
-servidor inútil? ¿De qué aprovecha esperar la remisión de los pecados
-confiando en los méritos de quien no poseía ninguno, o rendir
-homenaje a otros que nacieron y se criaron en pecado, y que sólo
-por el ejercicio de una ardiente fe, otorgada desde lo alto, podían
-esperar librarse de la cólera del Omnipotente? Alzaos de hinojos,
-hijos de Compostela, y si os prosternáis sea sólo ante el Altísimo,
-ni volváis a dirigir a vuestro patrono, en la víspera de su fiesta,
-este himno, por sublime que parezca:</p>
-
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-<span class="i2">¡Oh tú, escudo de la fe que en España profesamos,</span>
-<span class="i0">azote del enemigo que se atreviera a retarnos,</span>
-<span class="i0">tú, a quien el hijo de Dios, de los elementos amo,</span>
-<span class="i0">llamárate hijo del trueno, oh tú, inmortal Santiago!</span>
-</div><div class="stanza">
-<span class="i0">Desde ese asilo bendito, glorioso y sacrosanto</span>
-<span class="i0">dispénsanos tus mercedes y tu favor soberano;</span>
-<span class="i0">escucha nuestras plegarias, que con fervoroso labio</span>
-<span class="i0">ofrecémoste rendidos, poderoso Santiago.</span>
-</div><div class="stanza">
-<span class="i0">A ti las gracias eleva España en un solo canto,</span>
-<span class="i0">y aunque de tu nombre cobra honor y gloria preclaros,</span>
-<span class="i0">más se precia de tener tu cuerpo en el santuario</span>
-<span class="i0">de Compostela, sepulcro del bendito Santiago.</span>
-</div><div class="stanza">
-<span class="i0">Cuando la maldad impía, la liviandad y el escarnio</span><span
-class="pagenum" id="Page_154">[p. 154]</span>
-<span class="i0">de la fe, a España sumieron en las tinieblas del caos,</span>
-<span class="i0">tú tan sólo luz divina fuiste y refulgente faro</span>
-<span class="i0">que del infierno el escuro alumbraste, Santiago.</span>
-</div><div class="stanza">
-<span class="i0">Y cuando a guerra terrible el español esforzado</span>
-<span class="i0">se lanzó, te apareciste caballero en tu caballo</span>
-<span class="i0">rompiendo las filas moras que por Mahoma jurando</span>
-<span class="i0">a tu poder se rindieron, victorioso Santiago.</span>
-</div><div class="stanza">
-<span class="i0">Así pues, aquí nos tienes a tus pies arrodillados,</span>
-<span class="i0">porque intercedas pidiendo perdón de nuestros pecados</span>
-<span class="i0">a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo,</span>
-<span class="i0">¡oh tú, más alto que el sol, bendito apóstol Santiago!</span>
-</div></div>
-
-<p>En Santiago tropecé con un coadyuvante para mis trabajos bíblicos,
-bueno y cordial, en la persona del librero de la población, Rey
-Romero, hombre de unos sesenta años. Este excelente sujeto, rico
-y respetado, tomó el asunto con un entusiasmo inspirado sin duda
-desde lo alto, sin perder ocasión de recomendar mi libro a cuantos
-entraban en su tienda, espléndido y cómodo establecimiento sito en la
-Azabachería. En muchos casos, cuando los aldeanos de las cercanías
-entraban a comprar alguno de los necios y populares libros de cuentos
-que circulan por España, les convencía para que, en su lugar, se
-llevaran a su casa el Testamento, asegurándoles que el libro sagrado
-era mucho mejor, más instructivo y hasta mucho más entretenido que
-los que iban a buscar. No tardó en cobrarme gran afición, y todas
-las tardes me visitaba en mi<span class="pagenum" id="Page_155">[p.
-155]</span> <i>posada</i> y me acompañaba en mis paseos por la ciudad y
-sus alrededores. El hombre sabía muchas cosas, y, aunque de corazón
-sencillo, poseía un ingenio muy despierto en extremo regocijante a
-veces.</p>
-
-<p>Una noche, ya tarde, me paseaba solo por la <i>alameda</i> de Santiago
-pensando qué dirección tomaría en mi próximo viaje, porque ya llevaba
-allí diez días; la luna, esplendorosa, alumbraba todos los objetos
-hasta considerable distancia en torno mío. La <i>alameda</i> estaba por
-completo solitaria; todo el mundo, menos yo, se había retirado a
-descansar. Me senté en un banco y proseguí mis reflexiones, cuando,
-de súbito, me interrumpió un ruido como de alguien que anduviese
-pesadamente renqueando. Volví los ojos en la dirección del ruido, y
-al pronto sólo percibí un bulto informe que avanzaba con lentitud;
-cuando estuvo más cerca distinguí la silueta de un hombre, vestido
-con burdo traje pardo, con una especie de sombrero andaluz, y que
-a modo de bastón empuñaba una rama de árbol pelada. Llegó frente a
-mi banco; se detuvo, se quitó el sombrero y me pidió limosna con un
-acento insólito y en una jerga extraña, algo semejante al catalán. La
-luna iluminó unas guedejas grises y un semblante rojizo y curtido que
-al instante reconocí.</p>
-
-<p>—Benedicto Mol—exclamé—, ¿cómo es<span class="pagenum"
-id="Page_156">[p. 156]</span> posible que me le encuentre a usted en
-Compostela?</p>
-
-<p>—<i>Och, mein Gott, es ist der Herr!</i>—replicó Benedicto—. ¡<i>Och</i>,
-qué buena suerte! ¡La primera persona que veo en Compostela es el
-<i>Herr</i>!</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Apenas puedo dar crédito a mis
-ojos. ¿Dice usted que acaba de llegar a Santiago?</p>
-
-<p><span class="smcap">Benedicto.</span>—¡Oh, sí! Llego en este
-momento; vengo a pie desde Madrid, que ya es camino.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Y qué ha podido inducirle a usted
-a emprender un viaje tan largo?</p>
-
-<p><span class="smcap">Benedicto.</span>—Vengo en busca del <i>Schatz</i>,
-del tesoro. Le dije a usted en Madrid que estaba a punto de venir;
-ahora me lo encuentro aquí; ya no tengo duda de que hallaré el
-<i>Schatz</i>.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Y cómo se las ha arreglado para
-vivir durante el viaje?</p>
-
-<p><span class="smcap">Benedicto.</span>—¡Oh! He sacado unos
-<i>cuartos</i> pidiendo limosna. Al llegar a Toro me puse a trabajar de
-jabonero, hasta que, descubierta mi incapacidad, me echaron del
-pueblo. Continué pidiendo limosna hasta llegar a Orense, que ya es
-tierra de Galicia. No me gusta nada este país.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Por qué?</p>
-
-<p><span class="smcap">Benedicto.</span>—¡Por qué! Porque aquí todos
-mendigan, y como apenas tienen para ellos, menos tienen para mí, que
-soy forastero.<span class="pagenum" id="Page_157">[p. 157]</span>
-¡Oh! ¡Qué miseria la de Galicia! Cuando por las noches llego a una de
-esas pocilgas que ellos llaman <i>posadas</i>, y pido por Dios un pedazo
-de pan para comer y un poco de paja para dormir, me maldicen y me
-contestan que en Galicia no hay pan ni paja, y a buen seguro que
-desde que estoy en Galicia no he visto ninguna de las dos cosas; sólo
-un poco de lo que llaman aquí <i>broa</i> y unos desperdicios de cañas,
-usadas para cama de los caballos; me duelen todos los huesos desde
-que entré en Galicia.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—A pesar de todo, ha venido usted a
-un país que llama miserable, en busca de un tesoro.</p>
-
-<p><span class="smcap">Benedicto.</span>—¡Oh!, <i>yaw</i>, pero el
-<i>Schatz</i> está enterrado; no está sobre la tierra; en Galicia no hay
-dinero en la haz de la tierra. Lo desenterraré, y luego compraré un
-coche con seis mulas y me iré a Lucerna; si al <i>Herr</i> le agrada irse
-conmigo, será muy bien recibido.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Me temo que se haya metido usted en
-un callejón sin salida. ¿Qué piensa usted hacer? ¿Tiene usted algún
-dinero?</p>
-
-<p><span class="smcap">Benedicto.</span>—Ni un <i>cuarto</i>; pero una
-vez en Santiago, eso ya no me importa. Estoy cerca del <i>Schatz</i>;
-además le he visto a usted, que es buena señal; esto quiere decir
-que aún está aquí el <i>Schatz</i>. Voy a ir a la mejor <i>posada</i> de la
-población y viviré como un duque, hasta que se me presente la ocasión
-de<span class="pagenum" id="Page_158">[p. 158]</span> desenterrar el
-<i>Schatz</i>, con el que pagaré todos los gastos.</p>
-
-<p>—No haga usted eso—repliqué yo—. Busque un sitio para dormir y
-procúrese algún trabajo. Mientras tanto, tenga esta pequeñez para
-remediarse. Creo que el tesoro que ha venido a buscar sólo existe en
-su imaginación de usted.</p>
-
-<p>Le di un duro y me marché.</p>
-
-<p>Nunca he gozado de paseos más encantadores que en las cercanías
-de Santiago. Mi amigo, el bueno y anciano librero, me acompañaba
-casi siempre. Vagábamos por las frondosas márgenes de los numerosos
-arroyuelos, gozando de los placenteros atardeceres veraniegos de
-aquella parte de España. El tema de nuestros coloquios era de
-ordinario la religión; pero también hablábamos con frecuencia
-de los países extranjeros visitados por mí, y otras veces de
-cosas que interesaban personalmente a mi amigo. «Los libreros
-españoles—decía—somos todos liberales; no somos amigos del sistema
-frailuno, ni podríamos serlo. Los frailes favorecen las tinieblas,
-y nosotros vivimos de esparcir la luz. Somos muy amantes de nuestra
-profesión, y más o menos, todos hemos padecido por su causa. Muchos
-de los nuestros fueron ahorcados en los tiempos de terror, por vender
-inofensivas traducciones del francés o del inglés. Poco después de
-ser derrocada la Constitución<span class="pagenum" id="Page_159">[p.
-159]</span> por Angulema y las bayonetas francesas, tuve que huír
-de Santiago y refugiarme en la parte más agreste de Galicia, cerca
-de Corcubión. A no ser por los buenos amigos, no lo contaría ahora;
-con todo, me costó mucho dinero arreglar el asunto. Mientras estuve
-escondido, se hicieron cargo de la librería los funcionarios de la
-curia eclesiástica, y le decían a mi mujer que era menester quemarme
-por haber vendido libros malos. Pero esos tiempos ya pasaron, gracias
-a Dios, y espero que no han de volver.»</p>
-
-<p>Una vez íbamos paseando por las calles de Santiago, y el librero
-se detuvo delante de una iglesia, poniéndose a contemplarla
-atentamente. Como no ofrecía a la vista nada notable, le pregunté la
-causa de su interés. «En tiempo de los frailes—me dijo—esta iglesia
-tenía derecho de asilo, y cualquier criminal que se refugiaba en ella
-quedaba en salvo. A todos alcanzaba su protección, aun a los más
-viles, menos a los <i>negros</i>, como llamaban a los liberales.»</p>
-
-<p>—¿A los asesinos también?—pregunté.</p>
-
-<p>—A los asesinos y a otros delincuentes peores. Entre paréntesis:
-he oído decir que ustedes los ingleses miran con la más extremada
-aversión el homicidio; ¿creen ustedes, en efecto, que es un crimen
-enorme?</p>
-
-<p>—¿Pues no lo hemos de creer?—repliqué.—En todos los demás cabe
-reparación;<span class="pagenum" id="Page_160">[p. 160]</span> pero
-si quitamos la vida lo quitamos todo.</p>
-
-<p>—Los frailes pensaban de otro modo—replicó el anciano—, y
-consideraron siempre el homicidio como una <i>friolera</i>; pero no así el
-delito de casarse sin dispensa dos primos hermanos, para el que, a
-creerlos, difícilmente hay remisión en este mundo ni el otro.</p>
-
-<p>Dos o tres días después de esto estábamos sentados en mi
-habitación de la <i>posada</i>, conversando, cuando Antonio abrió la
-puerta y dijo, sonriente, que abajo estaba un «señor» extranjero que
-pretendía hablarme. «Que suba»—respondí; y casi al instante apareció
-Benedicto Mol.</p>
-
-<p>—Aquí tiene usted una persona singularísima—dije al librero—. En
-general, ustedes los gallegos se marchan de su tierra para hacer
-dinero; éste, por el contrario, viene aquí a buscarlo.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rey Romero.</span>—Y hace muy bien. Galicia
-es la provincia de España que más riquezas naturales encierra; pero
-los habitantes son muy lerdos, y no saben utilizar los dones que les
-rodean; en prueba de lo que puede sacarse de Galicia, vea usted a los
-catalanes que se han establecido aquí: todos son ricos. Hay riquezas
-por todas partes, sobre la tierra y debajo de ella.</p>
-
-<p><span class="smcap">Benedicto.</span>—¡Oh!, <i>yaw</i>, en tierra, eso
-es lo que yo digo. Hay muchos más tesoros debajo de tierra que encima
-de ella.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_161">[p. 161]</span></p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Ha descubierto usted desde que no
-nos vemos el sitio donde dice usted que está escondido el tesoro?</p>
-
-<p><span class="smcap">Benedicto.</span>—Sí; ahora lo sé ya todo.
-Está enterrado en la sacristía de San Roque.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Cómo lo ha averiguado usted?</p>
-
-<p><span class="smcap">Benedicto.</span>—Verá usted. Al día siguiente
-de llegar, anduve paseándome por la población, en busca de la
-iglesia; pero no encontré ninguna que correspondiese con las señas
-que me dió mi camarada antes de morir en el hospital. Entré en
-bastantes, examinándolas con cuidado, pero en vano; no pude dar con
-el sitio que yo veía con los ojos del alma. Conté el caso a la gente
-de mi posada y me aconsejaron que llamase a una <i>meiga</i>.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¡Una <i>meiga</i>! ¿Qué es eso?</p>
-
-<p><span class="smcap">Benedicto.</span>—¡Oh! Una <i>Haxweib</i>, una
-bruja; los gallegos en su jerga, de la que no entiendo una palabra,
-la llaman bruja. Consentí, y enviaron a buscar a la <i>meiga</i>. ¡Ah,
-qué <i>Weib</i> es la <i>meiga</i>! No he visto nunca mujer igual; tan alta
-como yo, su rostro es tan redondo y tan rojo como el sol. Me preguntó
-muchas cosas en gallego, y cuando le dije todo lo que necesitaba
-saber sacó una baraja de naipes y fué poniéndolos en la mesa de
-un modo particular; me dijo, al fin, que el tesoro está en la
-iglesia de San Roque, cosa cierta, seguramente, pues he ido a la
-iglesia y corresponde con toda exactitud a<span class="pagenum"
-id="Page_162">[p. 162]</span> las señas que me dió el compañero
-muerto en el hospital. ¡Oh!, esa <i>meiga</i> es una <i>Hax</i> muy poderosa.
-Es muy conocida en estos contornos y se sabe que ha hecho muchos
-daños en el ganado. En pago de su trabajo le di medio duro, del que
-usted me regaló.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Pues se ha portado usted como un
-tonto; la bruja le ha engañado groseramente. Pero aun siendo verdad
-que el tesoro esté en la iglesia que usted dice, no es probable que
-le permitan remover el suelo de la sacristía para desenterrarlo.</p>
-
-<p><span class="smcap">Benedicto.</span>—Ese asunto va ya por muy buen camino. Ayer fuí a
-confesarme con un canónigo, que me dió la absolución y su bendición;
-no es que a mí me importen mucho esas cosas; pero sí sé que este es
-el modo mejor de entrar en materia; me confesé, y luego hablé de mis
-viajes, y acabé por contar al canónigo lo del tesoro, y le propuse
-que si me ayudaba nos lo repartiríamos entre los dos. ¡Oh!, quisiera
-que hubiesen ustedes visto la cara que puso. En el acto aceptó la
-propuesta, y me dijo que podía ser un buen negocio; me estrechó la
-mano, afirmando que soy un suizo honrado y muy buen católico.</p>
-
-<p>Después le propuse que me admitiera en su casa y me tuviese con él
-hasta que se presentase ocasión de desenterrar juntos el tesoro. Pero
-a eso se negó.</p>
-
-<p><span class="smcap">Rey Romero.</span>—Lo que es eso, lo
-creo:<span class="pagenum" id="Page_163">[p. 163]</span> cuente
-usted con que ningún canónigo se comprometerá hasta ese punto sin
-razones muy fuertes para ello. Las historias de tesoros ocultos están
-ya muy gastadas; por aquí se han oído contar casi desde los tiempos
-de los moros.</p>
-
-<p><span class="smcap">Benedicto.</span>—Me aconsejó ir a ver
-al capitán general y pedirle permiso para las excavaciones,
-prometiéndome, si lo obtenía, ayudarme con toda su influencia.</p>
-
-<p>En diciendo esto, el suizo se fué, y no volví a ver e ni oí hablar
-de él en todo lo demás del tiempo que estuve en Santiago.</p>
-
-<p>El librero no se cansaba de enseñarme su ciudad natal, de la
-que era entusiasta admirador. La verdad es que en ninguna parte he
-encontrado el sentimiento localista, muy extendido por toda España,
-tan fuerte como en Santiago. Con tal que su ciudad prospere, a
-los santiagueses les importa poco que las demás ciudades gallegas
-perezcan. Su antipatía a la ciudad de La Coruña no tenía límites,
-sentimiento agravado en no corta medida por la traslación de la
-capitalidad provincial desde Santiago a La Coruña. No me toca a mí,
-que soy extranjero, decir si el cambio era o no recomendable; pero
-mi opinión íntima es por completo adversa a él. Santiago es una de
-las ciudades más céntricas de Galicia, con importantes núcleos de
-población por todos lados, mientras que La Coruña está en un extremo,
-a gran distancia<span class="pagenum" id="Page_164">[p. 164]</span>
-del resto de la región. «Es una lástima que los <i>vecinos</i> de La
-Coruña no puedan inventar un medio de llevarse nuestra catedral, como
-se han llevado nuestro gobierno—decía un santiagués—. Así harían
-mejor papel, porque ahora no tienen una iglesia donde se pueda decir
-misa.» «También es gran lástima—decía otro—que no puedan llevarse
-nuestro hospital, para no verse obligados a enviarnos sus enfermos
-pobres. Siempre me ha parecido que los enfermos de La Coruña tienen
-mucho peor cara que los de otras partes; pero ¿qué puede venir de La
-Coruña que sea bueno?»</p>
-
-<p>En compañía del librero visité el hospital; pero no me detuve
-mucho tiempo en él, porque la miseria y la suciedad reinantes me
-arrojaron rápidamente a la calle. La verdad es que Santiago viene a
-ser el inmenso lazareto de Galicia, lo cual explica el prodigioso
-número de seres horribles que se ven por las calles, llegados, en su
-mayoría, en demanda de asistencia médica, que se les administra—según
-pude saber—con escasez e ineficacia. Entre aquellos desgraciados
-descubría a veces algún caso de la terrible lepra, e instantaneamente
-huía de él con un «Dios te remedie», como un judío de la antigüedad.
-Galicia es la única provincia de España donde aún son frecuentes
-los casos de lepra; prueba convincente de que esta enfermedad
-es producida por la mala alimentación y<span class="pagenum"
-id="Page_165">[p. 165]</span> por el descuido en la limpieza, porque
-los gallegos, en lo tocante a las comodidades de la vida y a los
-hábitos civilizados, están, por confesión propia, mucho más atrasados
-que los demás naturales de España.</p>
-
-<p>—Además del hospital general—dijo el librero—tenemos una
-leprosería. ¿Quiere usted verla? En Santiago hay de todo. Nada falta:
-hasta la lepra tiene aquí albergue.</p>
-
-<p>—No me opongo a que vayamos a ver la leprosería; pero ha de ser
-desde lejos, porque lo que es entrar, no entro.</p>
-
-<p>Dicho esto me llevó por el camino de Padrón y Vigo abajo, e
-indicándome dos o tres chozas, exclamó:</p>
-
-<p>—Esa es la leprosería.</p>
-
-<p>—Muy pobre me parece—respondí—. ¿Qué comodidades pueden encontrar
-ahí dentro los enfermos? ¿Quién los cuida?</p>
-
-<p>—Ahí los dejan entregados a sí mismos—respondió el librero—.
-Probablemente se morirán a veces por abandono. En otro tiempo la
-leprosería estaba bien dotada, con rentas bastantes para sostenerla;
-pero también fueron secuestradas en las revueltas últimas. Ahora,
-los leprosos menos repulsivos se sitúan por lo común al borde de la
-carretera y mendigan para todos. Vea usted, ahí está uno.</p>
-
-<p>Era cierto: un leproso, medio desnudo, descubiertas las
-relucientes escamas, aparecía sentado al pie de una cerca
-ruinosa.<span class="pagenum" id="Page_166">[p. 166]</span>
-Arrojamos unas monedas en el sombrero de aquel ser infortunado, y nos
-fuimos.</p>
-
-<p>—Mala enfermedad es ésta—dijo mi amigo—, y yo, que he visto muchos
-leprosos, confieso que su proximidad me hace poca gracia. La verdad:
-preferiría que no entrasen, como entran algunas veces, en mi tienda
-a pedir limosna. Tengo entendido que la lepra es la enfermedad más
-contagiosa que hay; pero existe una variedad de virulencia terrible,
-la más temida de todas: es la lepra elefantina. A los que mueren de
-ella los queman, por disposición de la ley, y se aventan las cenizas,
-porque si el cuerpo de esos leprosos se enterrase en el cementerio,
-la enfermedad se propagaría en seguida incluso a los demás muertos
-allí enterrados. Al menos, eso es lo que se cree por aquí. Ahora
-se está siguiendo causa por haber enterrado en el cementerio los
-cadáveres de unas víctimas de la lepra elefantina. Funesta es la
-lepra en cualquiera de sus formas, pero sobre todo la elefantina.</p>
-
-<p>—Hablando de cadáveres—dije yo—, ¿cree usted que los huesos de
-Santiago están realmente enterrados en Compostela?</p>
-
-<p>—¿Qué puedo decir yo?—respondió el anciano—. De eso sabe usted
-tanto como yo. Debajo del altar mayor hay una piedra muy grande que,
-según dicen, cierra la boca de un profundo pozo en cuyo fondo se cree
-que están enterrados los huesos de Santiago;<span class="pagenum"
-id="Page_167">[p. 167]</span> por qué los pusieron en el fondo de
-un pozo es un misterio insondable para mí. Uno de los dependientes
-de la iglesia me ha contado que una noche estaba de guardia con un
-compañero dentro de la iglesia, porque unos ladrones habían asaltado
-poco antes una de las capillas y cometido un sacrilegio; el tiempo se
-les hacía pesado, y para entretenerse, en el silencio de la noche,
-tomaron una palanca, removieron la losa y miraron en la sima abierta:
-estaba obscura como una tumba; entonces ataron un peso al extremo de
-una cuerda larga y lo echaron dentro. A muy gran profundidad chocó,
-al parecer, contra un objeto sólido, haciendo un ruido opaco, como de
-plomo. Supusieron que podía ser un ataúd, y quizás lo fuese; pero ¿de
-quién? Esa es la cuestión.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_168">[Pg 168]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XXVIII</h2>
- <p class="subhang">
- Los mareantes de Padrón.— Caldas de los Reyes.— Pontevedra.— El
- notario público.— La insania de un barbero.— Una presentación.— La
- lengua gallega.— Paseo por la tarde.— Vigo.— El forastero.— Los
- judíos del desierto.— La bahía de Vigo.— Una interrupción brusca.— El
- gobernador.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">D</span><span class="smcap">espués</span>
-de estar unos quince días en Santiago, montamos de nuevo a caballo y
-proseguimos el viaje en dirección de Vigo. Como salimos de Santiago
-ya muy entrada la tarde, no pasamos aquel día de Padrón, distante
-sólo tres leguas. Padrón es un pequeño puerto situado en una ría,
-y lo llaman así por razón de brevedad; pero su nombre verdadero es
-<i>Villa del Padrón</i>, o ciudad del santo patrono, porque ésta fué,
-según la leyenda, la principal residencia del santo en Galicia. Los
-romanos llamaron a este lugar Iria Flavia. Es una ciudad pequeña,
-pero floreciente, con comercio marítimo de alguna importancia, pues
-sus barquichuelos surcan a veces el Golfo de Vizcaya, y hasta llegan
-al Támesis y a Londres.</p>
-
-<p>Hay una curiosa anécdota referente a los mareantes de Padrón
-que no estará enteramente<span class="pagenum" id="Page_169">[p.
-169]</span> fuera de lugar aquí, pues se relaciona con la circulación
-de las Escrituras. Hallándome un día en la tienda de mi amigo el
-librero de Santiago, entró un sacerdote corpulento, con aspecto de
-buen humor. Tomó uno de mis Testamentos y al instante rompió en una
-ruidosa carcajada.</p>
-
-<p>—¿Qué ocurre?—preguntó el librero.</p>
-
-<p>—La vista de este libro me trae a la memoria un sucedido—repuso
-el otro—. Hace unos veinte años, cuando a los ingleses se les metió
-por vez primera en la cabeza convertirnos a los españoles a su manera
-de pensar, repartieron gran número de libros de esta clase entre los
-españoles que iban a Londres; algunos cayeron en manos de ciertos
-mareantes de Padrón, y cuando esta buena gente regresó a Galicia se
-observó que se habían vuelto muy tercos y amigos de disputar. Apenas
-aventuraba alguien delante de ellos una opinión, la contradecían
-de plano, sobre todo si se trataba de asuntos religiosos. «Eso
-es falso—decían—. San Pablo, en tal capítulo y en tal versículo,
-afirma exactamente lo contrario.» «¿Qué sabes tú lo que San Pablo
-ni otros santos han escrito?»—les preguntaban los curas—. «Más de
-lo que ustedes se figuran—respondían—. Ya no se nos puede tener en
-tinieblas y en la ignorancia respecto de esas cosas», y entonces
-exhibían sus libros y leían párrafos y más párrafos, haciendo
-comentarios<span class="pagenum" id="Page_170">[p. 170]</span>
-que escandalizaban a todos; no les importaba nada el Papa, y hasta
-hablaban con irreverencia de las reliquias de Santiago. El caso se
-divulgó pronto, y de nuestra sede salieron órdenes para secuestrar
-los libros y quemarlos. Así se hizo; los mareantes fueron castigados
-o reprendidos, y no he vuelto a oír hablar de ellos. No he podido por
-menos de reirme al ver esos libros acordándome de los mareantes de
-Padrón y de sus disputas religiosas.</p>
-
-<p>Al día siguiente llegamos a Pontevedra. Como no se decía que
-por allí hubiese ladrones, viajábamos solos y sin escolta. El
-camino es bello y pintoresco, aunque algo solitario, sobre todo
-después que dejamos atrás la pequeña ciudad de Caldas. En España
-hay varias poblaciones de ese nombre. Esta de que hablo se llama,
-para distinguirla de las demás, Caldas de los Reyes. No estará
-de más advertir que el español <i>Caldas</i> es sinónimo del morisco
-<i>Alhama</i>, palabra muy frecuente en la topografía de España y Africa.
-Caldas tiene, al parecer, muy bien puesto su nombre. Se alza en
-una confluencia de manantiales, y cuando pasamos por allí estaba
-atestada de gente que acudía a curarse con las aguas. En el curso
-de mis viajes he observado que siempre hay vestigios de volcanes
-en las cercanías de los manantiales de aguas calientes, ya sea
-montañas hendidas, o gruesos peñascos que<span class="pagenum"
-id="Page_171">[p. 171]</span> emergen aislados en la llanura o en
-la ladera como si los titanes hubiesen estado jugando a los bolos.
-Este último rasgo es el que domina en Caldas; la vertiente Sur de la
-montaña se halla cubierta de inmensas piedras de granito, expelidas,
-en alguna antiquísima erupción, de las entrañas de la tierra.
-Desde Caldas a Pontevedra el camino es montuoso y cansado; tuvimos
-mucho calor, y las nubes de moscas, una de las plagas de Galicia,
-molestaban tanto a nuestros caballos, que nos obligaron a cortar unas
-ramas de árbol para protegerles la cabeza y el cuello contra los
-atormentadores aguijones de aquellos insectos sedientos de sangre.</p>
-
-<p>Para viajar a caballo por Galicia en esa época del año, es muy
-recomendable llevar una red fina para defensa del animal, remedio
-seguro y cómodo, completamente desconocido en Galicia, por las
-muestras, no obstante ser quizá el país del mundo en que más se
-necesita.</p>
-
-<p>Pontevedra, en conjunto, merece el nombre de ciudad monumental,
-pues algunos de sus edificios públicos, en especial los conventos,
-son tales como no se ven en parte alguna, fuera de España e Italia.
-Rodéanla murallas de piedra labrada, y se alza en el fondo de
-una ensenada, en la que desemboca el río Lérez. Dícese que fué
-fundada por una colonia griega, cuyo jefe era<span class="pagenum"
-id="Page_172">[p. 172]</span> nada menos que Teucer el Telamonio. En
-tiempos antiguos fué plaza comercial importante; cerca del puerto se
-ven las ruinas de un <i>farol</i>, o faro, que pasa por ser antiquísimo.
-El puerto, empero, muy distante de la ciudad, es incómodo y muy
-poco profundo. La comarca pontevedresa es de incomparable amenidad,
-abundante en frutas de todo género, especialmente en uvas, que en la
-estación propicia muestran, pendientes de las <i>parras</i>, su deliciosa
-lozanía. Un antiguo autor andaluz ha dicho que aquí se producen
-tantos naranjos y limoneros como en la campiña cordobesa; pero las
-naranjas no son buenas y no pueden competir con las de Andalucía.
-Los pontevedreses se jactan de que su suelo produce dos esquilmos
-al año, y que mientras recogen una cosecha siembran la otra. Razón
-tienen para enorgullecerse de una tierra como la suya, pródigamente
-dotada.</p>
-
-<p>La ciudad está en gran decadencia, y a pesar de la suntuosidad
-de sus edificios públicos, encontramos allí aún más suciedad y
-miseria que las usuales en Galicia. La <i>posada</i> era misérrima, y para
-acabarlo de arreglar la posadera tenía un genio regañón inaguantable.
-Porque Antonio se quejó de la calidad de algunos de los comestibles
-que nos servía, empezó a maldecirle violentamente en la lengua del
-país, única que sabía hablar, y le amenazó, si<span class="pagenum"
-id="Page_173">[p. 173]</span> intentaba producir desorden en la casa,
-con echarle a la calle a él, a los caballos y a su amo. Ni el mismo
-Sócrates se hubiera conducido en tal ocasión con más prudencia que
-Antonio, quien se encogió de hombros, murmuró unas palabras en griego
-y guardó silencio.</p>
-
-<p>—¿Dónde vive el notario público?—pregunté—. Es de saber que el
-notario público vendía libros, y para él llevaba yo una recomendación
-de mi amigo de Santiago. Un muchacho me guió a casa del <i>señor</i>
-García, que tal era el nombre del notario. Me encontré con un hombre
-de unos cuarenta años, vivo, altivo y locuaz. De muy buen grado se
-encargó de vender mis Testamentos, y en un abrir y cerrar de ojos le
-vendió dos a un cliente, aldeano por las muestras, que le esperaba en
-el despacho. El notario era un patriota entusiasta; pero claro es que
-en sentido local, porque no le importaba más país que Pontevedra.</p>
-
-<p>Los tales vigueses—me dijo—pretenden que su ciudad es mejor que la
-nuestra, y que tiene más títulos para ser la capital de esta parte
-de Galicia. ¿Ha oído usted jamás un desatino semejante? Le digo a
-usted, amigo, que me importaría muy poco que ardiese Vigo con cuantos
-mentecatos y bribones encierra. ¿Se le ocurriría a usted jamás
-comparar Vigo con Pontevedra?</p>
-
-<p>—No lo sé—repuse—; nunca he estado<span class="pagenum"
-id="Page_174">[p. 174]</span> en Vigo; pero he oído decir que su
-bahía es la mejor del mundo.</p>
-
-<p>—¿La bahía, buen señor? ¡La bahía! Sí; esos bribones tienen una
-bahía, y la bahía es la que nos ha robado todo nuestro comercio.
-Pero ¿qué necesidad tiene de una bahía la capital de una provincia?
-Lo que necesita son edificios públicos donde puedan reunirse los
-diputados provinciales a tratar de sus asuntos; pues bien: lejos de
-tener Vigo un edificio público bueno, no hay una casa decente en todo
-el pueblo. ¡La bahía! Sí, tienen una bahía; ¿pero tienen agua para
-beber? ¿Tienen fuentes? Sí, las tienen; pero el agua es tan salobre,
-que haría reventar a un caballo. Espero, querido amigo, que no habrá
-hecho usted un viaje tan largo para ponerse de parte de una gavilla
-de piratas como los de Vigo.</p>
-
-<p>—No he venido a ponerme de su parte—contesté—; la verdad es
-que no sabía yo que necesitasen mi ayuda en esta disputa. Sólo
-vengo a traerles el Nuevo Testamento, del que están al parecer muy
-necesitados, si son tan pícaros e infames como usted los pinta.</p>
-
-<p>—¿Pintarlos, querido amigo? Pero ¿no lo dice el caso por sí solo?
-¿No sostienen que su ciudad es más apropiada que la nuestra para ser
-capital de la provincia? <i>¡Qué disparate! ¡Que bribonería!</i></p>
-
-<p>—¿Hay en Vigo alguna librería?—pregunté.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_175">[p. 175]</span></p>
-
-<p>—Había una perteneciente a un barbero loco. Afortunadamente para
-usted la librería quebró y su dueño ha desaparecido. No hubiera
-dejado de jugarle a usted una de estas dos malas partidas: o hacerle
-una cortadura en el cuello, so pretexto de afeitarle, o encargarse
-de sus libros y no darle nunca cuentas de su venta. ¡Una bahía!
-¡Quisiera yo ver qué derecho tiene a una bahía un nido de lechuzas
-como Vigo!</p>
-
-<p>No es posible tratar a nadie con más bondad que el notario público
-me trató a mi en cuanto le convencí de que no tenía intención de
-ponerme de parte de los de Vigo contra Pontevedra. Eran entonces
-las seis de la tarde; sin dilación me llevó a una confitería y me
-obsequió con un helado y una jícara de chocolate. Salimos luego a
-pasear por la ciudad, y el notario fué mostrándome varios edificios,
-especialmente el convento de los jesuítas. «Vea usted esa fachada.
-¿Qué le parece?»—decía.</p>
-
-<p>Al expresarle la admiración sincera que sentía, acabé de
-conquistar el corazón del buen notario. «Supongo que en Vigo no
-habrá nada como esto»—le dije—. Me miró un instante, guiñó los
-ojos, ahogó una risita de triunfo, y prosiguió su camino andando a
-tremenda velocidad. El <i>señor</i> García iba vestido enteramente como un
-notario inglés. Llevaba sombrero blanco, levita obscura, calzones de
-lana gris abotonados en las<span class="pagenum" id="Page_176">[p.
-176]</span> rodillas, medias blancas y zapatos negros bien
-embetunados. Pero nunca he visto a un notario inglés andar tan de
-prisa; aquello apenas podía llamarse andar; más parecía una sucesión
-de sacudidas eléctricas y de brincos. Viéndome en la imposibilidad de
-seguirle, le pregunté falto de alientos:</p>
-
-<p>—¿Adónde me lleva usted?</p>
-
-<p>—A casa del hombre de más talento de España—replicó—, a quien voy
-a presentarle a usted. No vaya usted a pensar que Pontevedra sólo se
-enorgullece de sus edificios públicos y de la hermosura de su suelo:
-produce también más espíritus esclarecidos que ninguna otra ciudad de
-España. ¿Ha oído usted hablar alguna vez del gran Tamerlán?</p>
-
-<p>—Sí tal—respondí—. Pero no procedía de Pontevedra ni de sus
-alrededores; vino de las estepas de Tartaria, cerca del río Oxo.</p>
-
-<p>—Ya lo sé—replicó el notario—; pero lo que yo quiero decir es que,
-cuando Enrique III tuvo que enviar un embajador a aquel africano,
-el único hombre que halló a propósito para el caso fué un caballero
-de Pontevedra llamado don...<a id="FNanchor_23" href="#Footnote_23"
-class="fnanchor">[23]</a> ¡Que los de Vigo rebatan ese hecho si
-pueden!</p>
-
-<p>Entramos en un ancho portal y subimos una suntuosa escalera, al
-final de la que el notario llamó a una puerta pequeña.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_177">[p. 177]</span></p>
-
-<p>—¿A quién me va usted a presentar?—le pregunté.</p>
-
-<p>—A un abogado que se llama...—replicó García. Es el hombre de
-más talento de España, y conoce todas las lenguas y todas las
-ciencias.</p>
-
-<p>Nos abrió una mujer de aspecto respetable, con todas las muestras
-de ser el ama de gobierno, y luego de decirnos, contestando a
-nuestras preguntas, que el abogado estaba en casa, nos llevó a una
-inmensa sala, o más bien librería, pues los muros estaban cubiertos
-de libros excepto en dos o tres sitios ocupados por algunos buenos
-cuadros de escuela española antigua. Los suaves rayos del sol
-poniente entraban por una ventana con cristales de colores, y
-esclarecían el aposento. Detrás de la mesa estaba sentado el abogado,
-a quien miré con no pequeña curiosidad. Tenía la frente alta y llena
-de arrugas, y las facciones muy graves, netamente españolas. Vestía
-una especie de hopalanda, y frisaba en los sesenta años. Estaba
-leyendo, sentado detrás de una ancha mesa, y, al entrar nosotros,
-medio se incorporó y nos hizo una ligera reverencia.</p>
-
-<p>El notario le hizo un saludo reverente, y en voz baja le pidió
-permiso para presentarle un amigo, un caballero inglés que viajaba
-por Galicia.</p>
-
-<p>—Tengo mucho gusto en verle—dijo el abogado—; pero espero
-que hablará castellano,<span class="pagenum" id="Page_178">[p.
-178]</span> pues en otro caso apenas podríamos comunicarnos; aunque
-leo el francés y el latín, no los hablo.</p>
-
-<p>—Habla el español casi tan bien como si fuera de Pontevedra—repuso
-el notario.</p>
-
-<p>—Los naturales de Pontevedra—observé yo—me parecen más versados en
-gallego que en castellano, pues la mayor parte de las conversaciones
-que oigo en la calle son en aquel dialecto.</p>
-
-<p>—El último caballero que me presentó mi amigo García—dijo el
-abogado—era un portugués que hablaba muy poco o nada el español.
-Dicen que el gallego y el portugués se parecen mucho; pero
-cuando quisimos hablar en las dos lenguas no nos fué posible
-entendernos. Yo entendía poco de lo que él decía, y mi gallego era
-para él completamente ininteligible. ¿Entiende usted el dialecto
-local?—continuó.</p>
-
-<p>—Muy poco—repliqué—. Debe de ser principalmente por el acento
-peculiar y la pronunciación, nueva para mí, de los gallegos, porque
-su lengua está compuesta casi del todo de palabras españolas y
-portuguesas.</p>
-
-<p>—De modo que es usted inglés—dijo el abogado—. Sus compatriotas
-han hecho mucho daño antiguamente en estas regiones, si hemos de
-creer a las historias.</p>
-
-<p>—Sí—dije yo—; hundieron los galeones y quemaron los mejores barcos
-de guerra de<span class="pagenum" id="Page_179">[p. 179]</span>
-ustedes en la bahía de Vigo, y en tiempo de lord Cobham impusieron
-a la ciudad de Pontevedra una contribución de cuarenta mil libras
-esterlinas.</p>
-
-<p>—Cualquier potencia extranjera—interrumpió el notario—tiene
-perfecto derecho para atacar a Vigo; pero no concibo qué podían
-alegar sus compatriotas de usted para arruinar a Pontevedra, ciudad
-respetable que nunca les hizo daño.</p>
-
-<p>—<i>Señor</i> caballero—dijo el abogado—, voy a enseñarle a usted mi
-librería. Aquí tiene usted una obra curiosa, una colección de poemas,
-escritos casi todos en gallego por el cura de <i>Fruime</i>. Es nuestro
-poeta nacional y nos enorgullecemos de él.</p>
-
-<p>Estuvimos más de una hora con el abogado; su conversación, si no
-me convenció de que fuese el hombre de más talento de España, era,
-en general, de gran interés; el abogado poseía, ciertamente, una
-ilustración general bastante extensa, aunque le faltaba muchísimo
-para ser el profundo filólogo que el notario me había dicho<a
-id="FNanchor_24" href="#Footnote_24" class="fnanchor">[24]</a>.</p>
-
-<p>En la tarde del siguiente día, al disponerme a salir de
-Pontevedra, el <i>señor</i> García, en pie junto a mi caballo, me
-abrazó, y me deslizó en la mano un folletito. «Este libro—me
-dijo—contiene una descripción de Pontevedra.<span class="pagenum"
-id="Page_180">[p. 180]</span> Hable usted bien de Pontevedra
-dondequiera que vaya.» Asentí con la cabeza. «Espere—añadió—. He
-oído hablar, mi querido amigo, de la Sociedad a que usted pertenece,
-y trabajaré cuanto pueda en favor de sus designios. Lo hago con
-absoluto desinterés; pero si alguna vez, andando el tiempo, tuviese
-usted ocasión de hablar en letras de molde del <i>señor</i> García,
-notario de Pontevedra—ya usted me entiende—, deseo que no deje de
-hacerlo.»</p>
-
-<p>—Así lo haré—contesté yo.</p>
-
-<p>El recorrido de Pontevedra a Vigo es sólo de cuatro leguas, y fué
-un agradable paseo a caballo que hicimos en una tarde. Al acercarnos
-a Vigo, el terreno iba siendo extremadamente montañoso, aunque el
-paisaje era de insuperable hermosura. Las vertientes de las montañas
-estaban casi todas cubiertas de frondosas arboledas, hasta la misma
-cúspide, aunque a veces algún pico de roca desnuda asomaba, alzándose
-hasta las nubes.</p>
-
-<p>Al anochecer, el camino se entenebreció, envolviéndolo las
-montañas y bosques circundantes en profundas sombras. Pero era un
-camino muy transitado: oíamos el chirriar de muchos carros que
-iban por él y continuamente nos cruzábamos con numerosos jinetes y
-peatones. Las aldeas eran frecuentes. Las <i>parras</i> crecían con lozana
-pompa, aún mayor, si cabe, que en el campo<span class="pagenum"
-id="Page_181">[p. 181]</span> de Pontevedra. Por todas partes
-reinaban la actividad y la vida. El zumbido de los insectos, el
-alegre ladrar de los perros, los rudos cantares de Galicia, se
-mezclaban en deleitosa sinfonía. Tan placentero fué el viaje, que
-casi sentí llegar a las puertas de Vigo.</p>
-
-<p>La ciudad ocupa la parte baja de un elevado cerro, más escarpado
-y pendiente a medida que se sube hacia el castillo que lo corona.
-El casco de la población es pequeño y compacto, rodeado de murallas
-bajas; las calles son angostas, empinadas y tortuosas; en medio de la
-ciudad hay una plaza pequeña.</p>
-
-<p>Hay un <i>faubourg</i> de regular extensión a lo largo del borde de la
-bahía. Encontramos una excelente <i>posada</i>, regida por un matrimonio
-vascongado, cortés e inteligente. Las calles estaban abarrotadas y
-todo en la ciudad era ruido y jolgorio. Lucía un desdichado simulacro
-de iluminación, puesta por el vecindario para celebrar una victoria
-ganada, o que se afirmaba haber ganado, contra las tropas del
-Pretendiente. Por todas partes se veían uniformes militares. Para
-mayor bullicio, acababa de llegar de Oporto una compañía de cómicos
-portugueses, y aquella noche iban a dar su primera representación
-en Vigo. «¿Representan la comedia en español?»—pregunté—. «No—me
-respondieron—, y por eso tiene todo el<span class="pagenum"
-id="Page_182">[p. 182]</span> mundo tantos deseos de ir; otra cosa
-sería si representaran en una lengua que todos entendieran.»</p>
-
-<p>A la mañana siguiente hallábame sentado, para desayunarme, en
-un vasto aposento que miraba a la <i>Plaza Mayor</i> de Vigo. El sol
-lucía esplendoroso, y todas las cosas en torno aparecían animadas,
-jocundas. En aquel momento entró un desconocido, me hizo una
-reverencia profunda y se plantó en la ventana, donde permaneció buen
-rato en silencio. Era un hombre como de treinta y cinco años, de muy
-notable presencia. Sus facciones eran de absoluta corrección, casi
-puedo decir de perfecta belleza. Tenía el pelo negrísimo y lustroso;
-los ojos, grandes, negros y melancólicos; pero lo que más me llamó la
-atención fué su tez, de tono oliváceo amoratado. Vestía con primorosa
-elegancia según la moda francesa. Llevaba al cuello una gruesa cadena
-de oro, en los dedos anchos anillos, y engastado en uno de ellos,
-un magnífico rubí. «¿Quién será este hombre?—pensé yo—. ¿Español,
-portugués? Acaso un criollo.» Le hice una pregunta indiferente
-en español, y me contestó en el mismo idioma; pero su acento me
-convenció de que no era español ni portugués.</p>
-
-<p>—Si no me engaño, hablo con un inglés, señor—me dijo en el mejor
-inglés que puede hablar un extranjero.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Lo ha acertado usted; pero yo,
-en<span class="pagenum" id="Page_183">[p. 183]</span> cambio, no
-acabo de adivinar qué país es el suyo.</p>
-
-<p><span class="smcap">El desconocido.</span>—¿Puedo tomar
-asiento?</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Singular pregunta. ¿No tiene usted
-tanto derecho como yo a sentarse en la sala común de una posada?</p>
-
-<p><span class="smcap">El desconocido.</span>—No estoy seguro de
-ello. A la gente de aquí, en general, no le gusta verme tomar asiento
-a su lado.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Quizás por las opiniones políticas
-de usted, o porque haya usted tenido la desgracia de cometer algún
-delito.</p>
-
-<p><span class="smcap">El desconocido.</span>—No tengo opiniones
-políticas, y no he cometido, que yo sepa, delito alguno. Aquí me
-odian por mi país y mi religión.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Estoy hablando quizás con un
-protestante, como yo?</p>
-
-<p><span class="smcap">El desconocido.</span>—No soy protestante. Si
-lo fuese, se andarían con más tiento para demostrarme su odio, porque
-entonces tendría un Gobierno y un cónsul que me defendieran. Soy
-judío, judío de Berbería, súbdito de Abderramán.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—En tal caso, no tiene usted mucho
-de qué lamentarse si aquí le miran mal, puesto que en Berbería los
-judíos son esclavos.</p>
-
-<p><span class="smcap">El desconocido.</span>—En casi todas partes lo
-son, es cierto; pero no donde yo he nacido, muy en el interior del
-país, cerca de los desiertos. Allí los judíos son libres y temidos,
-y tan valientes como los mismos musulmanes;<span class="pagenum"
-id="Page_184">[p. 184]</span> saben domar potros y manejar el fusil.
-Los judíos de nuestra tribu no son esclavos, y no queremos que se nos
-trate como tales por los cristianos ni por los moros.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—La historia de usted debe de ser
-muy curiosa; quisiera conocerla.</p>
-
-<p><span class="smcap">El desconocido.</span>—No pienso contarle
-mi historia a nadie. He viajado mucho, dedicado al comercio, y he
-prosperado. Ahora estoy establecido en Portugal; pero no me gusta la
-gente de los países católicos, y menos que ninguna la de España. Al
-llegar aquí he sufrido injusticias vergonzosas en la <i>aduana</i>, y,
-al protestar, se rieron de mí y me llamaron judío. Por dondequiera
-que voy, veo escarnecer a los judíos, excepto en el país de usted;
-por eso mi corazón se apasiona por los ingleses. Usted es aquí
-un forastero. ¿Puedo servirle en algo? No tiene usted más que
-mandarme.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Se lo agradezco a usted con toda el
-alma, pero no necesito nada.</p>
-
-<p><span class="smcap">El desconocido.</span>—¿Trae usted letras? Yo
-le tomo a usted las que traiga.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Nada necesito. El favor que puede
-usted hacerme es aceptar de mí un libro.</p>
-
-<p><span class="smcap">El desconocido.</span>—Lo aceptaré muy
-agradecido. Sé cuál es. ¡Qué pueblo tan singular: el mismo vestido,
-el mismo semblante, el mismo libro! Pelham me dió uno en Egipto.
-¡Adiós! Jesús fué un hombre virtuoso, quizás un profeta; pero...
-¡adiós!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_185">[p. 185]</span></p>
-
-<p>Bien pueden los pontevedreses envidiar a los de Vigo su bahía, con
-la que, en muchas cualidades, no puede compararse ninguna otra en
-el mundo. Altas y escarpadas montañas la defienden por todos lados,
-menos por el Oeste, abierto sobre el Atlántico; pero en medio de la
-boca surge una isla, imponente muro de roca, que rompe el oleaje e
-impide que las mareas del Poniente invadan la bahía con violencia. A
-cada lado de la isla hay un paso, bastante ancho para que los barcos
-puedan atravesarlo en cualquier tiempo con toda seguridad. La bahía
-es oblonga, y se mete mucho tierra adentro; es tan vasta, que mil
-navíos de línea pueden maniobrar en ella sin estorbarse. Las aguas
-son obscuras, sosegadas y profundas, sin bajíos ni arenas; de suerte
-que el barco de guerra más soberbio puede surgir a tiro de piedra de
-los muros de la ciudad sin averiarse la quilla.</p>
-
-<p>Aquella bahía ha presenciado muchos sucesos memorables, ha visto
-armamentos poderosos. Allí se reunieron los corpulentos barcos de
-la Invencible; desde allí, cargada con la pompa, el poderío y el
-terror de la vieja España, la monstruosa escuadra, desplegando
-sus enormes velas al viento, zarpó orgullosamente para arrasar la
-isla luterana. La mitad de los bosques de Galicia fué arrasada, y
-todos los marineros de las mil bahías y rías de las agrias costas
-cantábricas<span class="pagenum" id="Page_186">[p. 186]</span>
-fueron enganchados a la fuerza para construir y armar la flota. Allí
-fué donde las banderas unidas de Inglaterra y Holanda humillaron
-el orgullo de España y Francia: sus navíos de guerra estallaron,
-volando sus astillas inflamadas sobre las cumbres de las montañas de
-Galicia, y los galeones, en llamas, se hundieron con sus tesoros,
-mientras iban a la deriva en dirección de Sampayo. En las costas de
-aquella bahía fué donde la guardia inglesa vació por vez primera
-las <i>bodegas</i> españolas, mientras las bombas de Cobham hundían las
-techumbres del castillo de Castro, y los <i>vecinos</i> de Pontevedra
-enterraban sus doblones en las cuevas, y los correos llevaban a
-escape a Lugo y Orense la noticia de la invasión de los herejes y del
-desastre de Vigo. Todos esos hechos acudían a mi mente, contemplando
-la bahía desde un punto muy alto de la montaña, a muy corta distancia
-del fuerte.</p>
-
-<p>—¿Qué está usted haciendo ahí, caballero?—gritaron varias voces—.
-¡Quieto, <i>Carracho</i>! Si intenta usted correr, le descerrajo un
-tiro.</p>
-
-<p>Miré en torno y vi, exactamente encima de mí, tres o cuatro
-individuos, soldados por las muestras, vestidos con sucios uniformes,
-en un tortuoso sendero que trepaba por la colina. Teníanme encañonado
-con sus fusiles.</p>
-
-<p>—¿Qué estoy haciendo? Ya lo ven ustedes:<span class="pagenum"
-id="Page_187">[p. 187]</span> nada—respondí—, como no sea mirar
-la bahía. Y en eso de correr, no hay cuidado: el terreno no es a
-propósito.</p>
-
-<p>—Dése usted preso—dijeron—, y venga usted con nosotros al
-castillo.</p>
-
-<p>—Precisamente estaba pensando en ir allá antes de recibir su
-amable invitación—contesté—. Deseo ver el fuerte.</p>
-
-<p>Me encaramé al lugar donde estaban, y en el acto me rodearon; con
-esa escolta llegué al castillo, que en su tiempo habría sido muy
-importante, pero ahora ruinoso.</p>
-
-<p>—Sospechamos que es usted un espía—dijo el cabo, que iba
-delante.</p>
-
-<p>—¿De veras?—contesté.</p>
-
-<p>—Sí—repuso el cabo—, y en estos últimos tiempos hemos cogido y
-fusilado varios.</p>
-
-<p>Encaramado en uno de los parapetos del castillo estaba un joven,
-con uniforme de oficial subalterno, a quien me presentaron.</p>
-
-<p>—Hace media hora que estamos vigilándole a usted, mientras hacía
-observaciones—me dijo.</p>
-
-<p>—Pues se han tomado ustedes un trabajo inútil—respondí—. Soy
-inglés, y me entretenía en contemplar la bahía. Quisiera que ahora
-tuviese usted la amabilidad de enseñarme el fuerte.</p>
-
-<p>Hablamos un poco más, y el oficial dijo: «Me gusta ser amable
-con la gente de su país de usted: queda usted en libertad.»<span
-class="pagenum" id="Page_188">[p. 188]</span> Me incliné, salí del
-fuerte y emprendí el descenso de la montaña. Cuando iba a entrar en
-la ciudad, el cabo, que me había seguido ocultamente, me tocó en el
-hombro. «Venga usted conmigo a ver al gobernador»—dijo—. «Con mucho
-gusto»—respondí—. El gobernador estaba afeitándose cuando llegamos
-a su presencia, y apareció en mangas de camisa, con la navaja en
-la mano. Parecía de muy mal humor, debido quizás a que le habíamos
-interrumpido en su tocado. Me hizo dos o tres preguntas, y al saber
-que llevaba pasaporte y que era portador de una carta para el cónsul
-inglés, me dijo que podía marcharme cuando quisiera. Hice una
-reverencia al gobernador de la ciudad, como antes al gobernador del
-fuerte, y salí, encaminándome a la posada.</p>
-
-<p>En Vigo hice muy poca cosa en punto a la distribución de mis
-libros; estuve allí unos cuantos días, y me marché, tomando de nuevo
-el camino de Santiago.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_189">[Pg 189]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XXIX</h2>
- <p class="subhang">
- Llegada a Padrón.— Un proyecto aventurado.— El <i>alquilador</i>.— Falta
- de palabra.— Un compañero singular.— Historia sencilla.— Un camino
- áspero.— La deserción.— La jaca.— Un diálogo.— Situación difícil.— La
- <i>Estadea</i>.— Nos anochece.— La choza.— La almohada del viajero.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">L</span><span class="smcap">legué</span>
-a Padrón al caer la tarde, de vuelta de Pontevedra y de Vigo. Tenía
-el propósito de enviar a mi criado con los caballos a Santiago y
-alquilar un guía que me llevase a Finisterre. Difícil me sería
-justificar con alguna razón plausible el ardiente deseo que tenía
-de visitar ese lugar; pero recordaba que el año anterior me había
-librado casi por milagro de naufragar y perecer en los peñascales
-que bordean aquel punto extremo del Viejo Mundo, y pensé que
-llevar el Evangelio a un lugar tan apartado y agreste sería acaso
-una peregrinación acepta a los ojos de mi Hacedor. Verdad es que
-sólo me restaba un ejemplar de los que había llevado conmigo en
-esta última etapa; pero tal reflexión, lejos de desanimarme en mi
-proyecto, produjo el efecto contrario: consideré que el Señor,<span
-class="pagenum" id="Page_190">[p. 190]</span> desde que se reveló al
-hombre, se había servido siempre para cumplir las más grandes obras
-de medios insuficientes en apariencia, y pensé que el único ejemplar
-restante podría por sí solo causar tanto bien como los otros cuatro
-mil novecientos noventa y nueve de la edición de Madrid.</p>
-
-<p>Sabía yo que mis caballos no servían en modo alguno para ir
-a Finisterre, porque los caminos y sendas corrían por barrancos
-pedregosos, por ásperas y empinadas montañas; resolví, pues,
-dejarlos atrás con Antonio, a quien tampoco quería yo exponer a
-las penalidades de un viaje como aquél. Sin pérdida de tiempo
-mandé buscar un <i>alquilador</i> y le expliqué mis intenciones. Díjome
-que tenía a mi disposición una excelente jaca de montaña y que él
-en persona me acompañaría; pero al propio tiempo añadió que el
-viaje era terrible para hombres y bestias, y esperaba que se lo
-pagase con largueza. Consentí en darle cuanto me pidió; pero con
-la expresa condición de acompañarme él en persona, como me había
-ofrecido, pues no tenía yo gana de internarme en las montañas con
-el último bigardo del pueblo que se le antojase buscar, y que sería
-muy capaz de jugarme una mala pasada. Replicó con la frase que los
-españoles usan invariablemente para desvanecer la desconfianza o la
-duda: «<i>No tenga usted cuidado</i>, yo mismo iré.» Arregladas así las
-cosas satisfactoriamente,<span class="pagenum" id="Page_191">[p.
-191]</span> a mi parecer, tomé una cena ligera y me retiré a
-dormir.</p>
-
-<p>Había yo encargado al <i>alquilador</i> que me llamase a las tres
-de la mañana siguiente; pero no apareció hasta las cinco; supongo
-que se dormiría, pues eso fué lo que me ocurrió también a mí. Me
-levanté de un brinco; me vestí; puse unas cuantas cosas en la maleta,
-sin olvidar el Testamento que pensaba regalar a los habitantes de
-Finisterre, y luego salí, encontrando a mi amigo el <i>alquilador</i>,
-que tenía por las riendas la <i>jaca</i> en que había yo de hacer la
-excursión. Era un animalito muy bueno, fuerte y sano al parecer,
-sin un solo pelo blanco en todo su cuerpo, negro como las alas del
-cuervo.</p>
-
-<p>Detrás permanecía en pie un bípedo de singularísima catadura, en
-quien por el momento no puse atención; pero del que he de contar
-mucho en lo sucesivo.</p>
-
-<p>Pregunté al <i>alquilador</i> si estaba todo listo, y obtenida
-respuesta afirmativa, me despedí de Antonio, puse en marcha la jaca
-y con paso vivo salimos del pueblo, tomando al principio el camino
-de Santiago. El tipo aquel de quien he hablado antes venía pegado
-a nosotros; pregunté al <i>alquilador</i> quién era y por qué motivo
-nos seguía, a lo cual respondió que era un criado suyo y que nos
-acompañaría un rato para volverse luego. Continuamos a buen paso,
-hasta llegar a menos de un cuarto de milla del convento<span
-class="pagenum" id="Page_192">[p. 192]</span> de la <i>Esclavitud</i>,
-un poco más allá del cual, según me habían dicho, tendríamos que
-dejar el camino real; en tal punto, el <i>alquilador</i> se detuvo
-bruscamente, y al instante todos hicimos alto. Pregunté la razón de
-la parada, y no obtuve respuesta. El <i>alquilador</i> tenía los ojos
-clavados en el suelo y contaba, al parecer, con intenso cuidado las
-huellas de las vacas, mulas y caballos estampadas en el polvo de la
-carretera. Repetí mi pregunta con voz más fuerte, cuando después de
-una larga pausa alzó un poco los ojos, aunque sin mirarme a la cara,
-y dijo que creía que yo estaba en la idea de que me iba a acompañar
-hasta Finisterre, y que, si era así, lo sentía mucho, por ser cosa
-imposible de cumplir, pues ignoraba completamente el camino, y
-además era incapaz de hacer un viaje tan largo por tan mal terreno,
-no siendo ya el hombre que antaño había sido, y que él estaba
-comprometido a llevar aquel mismo día a Pontevedra a un caballero que
-le aguardaba.</p>
-
-<p>—Pero—continuó—como me gusta quedar siempre como un <i>caballero</i>
-con todo el mundo, he tomado mis medidas para no dejarle a usted
-plantado. He hecho un ajuste con este individuo—añadió señalando al
-tipo raro—para que le acompañe. Es de toda confianza, y conoce muy
-bien el camino de Finisterre, pues ha ido allá muchas veces con esta
-misma jaca que usted monta. Además<span class="pagenum" id="Page_193">[p. 193]</span> será un buen compañero de viaje,
-porque habla francés e inglés muy bien, y ha recorrido todo el mundo.</p>
-
-<p>El hombre cesó al cabo de hablar; su engaño, desvergüenza y villanía
-me produjeron tal efecto, que pasó algún tiempo antes de poder hallar
-una respuesta. Le reproché en términos muy duros su falta de palabra
-y le dije que se me pasaban muy buenas ganas de volver al instante al
-pueblo y denunciarle al <i>alcalde</i> para que le castigase a toda costa.
-A esto replicó:</p>
-
-<p>—Señor caballero, con hacer eso no se encontrará usted más cerca
-de Finisterre, adonde tiene tantas ganas de ir. Siga mi consejo: meta
-espuela a la jaca; porque, como usted ve, se hace tarde, y hay doce
-leguas largas a Corcubión, donde pasará usted la noche; y desde allí
-a Finisterre, tampoco es grano de anís. Con este hombre <i>no tenga
-usted cuidado</i>: es el mejor guía de Galicia, habla inglés y francés,
-y le servirá de agradable compañía.</p>
-
-<p>Ya entonces había yo reflexionado que con volver a Padrón sólo
-conseguiría gastar tiempo, y que el intento de hacer castigar al
-individuo aquel no me reportaría ventaja alguna; además, como me
-parecía un tunante en toda la extensión de la palabra, tan buena
-era la compañía de cualquier otra persona como la suya. Manifesté,
-pues, mi resolución de seguir adelante, y le dije que se<span
-class="pagenum" id="Page_194">[p. 194]</span> volviera, y le conjuré
-por Dios a que se arrepintiese de sus culpas. Vencedor en este
-punto, pensó sacar nuevas ventajas; se colocó a una vara delante
-de la jaca, y me dijo que el precio que yo me había comprometido a
-pagar por el alquiler de la jaca (todo lo que me pidió, dicho sea
-de paso) era muy poco, y que antes de continuar había de prometerle
-dos duros más, pues sin duda estaba loco o borracho al hacer el
-trato conmigo. La cólera me dominó por completo, y sin pararme a
-reflexionar metí espuelas a la <i>jaca</i>, que le derribó en el polvo y
-le pasó por encima. A cien varas de distancia volví la cabeza y le
-vi en pie en el mismo sitio, el sombrero caído en el suelo, y sin
-dejar de mirarnos se santiguaba con mucha devoción. Su criado, o lo
-que fuese, lejos de socorrer a su principal, en cuanto la <i>jaca</i> se
-movió echó a correr a su lado, sin proferir palabra ni hacer otro
-comentario que golpearse vigorosamente un muslo con la mano derecha.
-No tardamos en pasar de Esclavitud, y un instante después volvimos
-a la izquierda, metiéndonos por un sendero desigual y pedregoso que
-llevaba a unos maizales. Pasamos junto a varias caserías, y llegamos
-al fin a una cañada, cuyas laderas estaban cubiertas de robles enanos
-y que descendía suavemente hasta un riachuelo obscuro, sombreado por
-los árboles, que atravesamos por un tosco puentecillo. Ya entonces
-había<span class="pagenum" id="Page_195">[p. 195]</span> tenido
-tiempo de examinar detenidamente de pies a cabeza a mi singular
-compañero. Su estatura, estirándose todo lo posible, quizás hubiera
-llegado a cinco pies y una pulgada, pero el hombre tenía cierta
-tendencia a encorvarse. La naturaleza le había dotado de inmensa
-cabeza, poniéndosela a ras de los hombros, porque entre las piezas
-que entraron en su composición faltó, por lo visto, un cuello. A
-los lados se balanceaban unos brazos largos y musculosos. Era, en
-conjunto, de armazón tan fuerte y sólida como la de un atleta. Sus
-piernas eran cortas, pero muy ágiles, y su rostro, largo, largo,
-hubiera guardado cierta remota semejanza con un rostro humano a no
-haber la boca tuerta y los anchos ojos parados usurpado su sitio
-natural a la nariz, que era casi invisible. Su vestido se componía de
-tres prendas: sombrero portugués, ancho de copa y angosto de alas,
-viejo y andrajoso; una especie de camisa y unos calzones de tela
-burda. Quise trabar conversación con él, y, recordando lo que el
-alquilador me había dicho, le pregunté en inglés si había trabajado
-siempre en el oficio de guía. Al oírme volvió los ojos hacia mí
-con expresión singular, y clavándomelos en el rostro soltó una
-risotada, dió un salto y palmoteó tres veces por encima de su cabeza.
-Comprendí que no me había entendido; repetí la pregunta en francés,
-y me respondió de nuevo con la risa, el salto<span class="pagenum"
-id="Page_196">[p. 196]</span> y las palmadas. Al cabo, en mal
-español, dijo:</p>
-
-<p>—Mi amo, hable en español, por amor de Dios, y le entenderé a
-usted, y mejor aún si habla en gallego; pero no puedo prometerle
-otra cosa. Oí lo que le decía el <i>alquilador</i>; pero es el mayor
-<i>embustero</i> de la tierra, y le engañó a usted en eso, como al
-prometerle que le acompañaría. A su servicio estoy por mis pecados;
-pero en mal hora dejé el profundo mar y me dediqué a guía.</p>
-
-<p>Me contó que era de Padrón, marinero de oficio, y que había pasado
-la mayor parte de su vida en la escuadra española; sirviendo en ella,
-visitó Cuba y otras muchas partes de la América española.</p>
-
-<p>—Cuando mi amo—continuó—le dijo a usted que yo sería un buen
-compañero de viaje, le dijo la verdad, la única verdad que ha salido
-de su boca en un mes; mucho antes de llegar a Finisterre se habrá
-usted alegrado de que el criado, y no el amo, haya venido con usted;
-mi amo es muy torpe y muy pesado, y yo soy como usted ve.</p>
-
-<p>Dió dos o tres saltos mortales, volvió a reírse a carcajadas y a
-palmotear.</p>
-
-<p>—Seguramente no se figura usted—continuó—que ayer vine de La
-Coruña con esa jaca y muy buena carga; llegamos a Padrón a las dos
-de la madrugada, y a pesar de eso la jaca y yo estamos dispuestos
-a hacer este nuevo viaje. Como dice mi amo, <i>no tenga<span
-class="pagenum" id="Page_197">[p. 197]</span> usted cuidado</i>; nadie
-ha tenido queja de la jaca ni de mí.</p>
-
-<p>Hablando de esa suerte recorrimos un buen trecho del camino, por
-terreno pintoresco, hasta llegar a una aldea muy linda en la falda de
-una montaña.</p>
-
-<p>—Este pueblo—dijo el guía—se llama Los Angeles, porque su iglesia
-la hicieron los ángeles hace ya mucho tiempo; debajo de ella pusieren
-una barra de oro traída del cielo y que había servido de viga en la
-propia casa de Dios. Va por debajo de tierra desde aquí hasta la
-catedral de Compostela.</p>
-
-<p>Atravesamos el pueblo, que, según me dijo también el guía, tenía
-unos baños muy visitados por los santiagueses. Torcimos hacia el
-Noroeste, dando la vuelta a una montaña que alzaba majestuosamente
-sobre nuestras cabezas su cumbre coronada de peñascos desnudos; a
-nuestra derecha, en la otra orilla de un valle espacioso, corría
-una elevada cadena de montañas, que iba a enlazarse con las del
-Norte de Santiago. En la cima de esa cadena alzábanse unas torres
-almenadas, llamadas de Altamira, al decir de mi guía, restos de un
-antiguo castillo, ya en ruinas, que fué en otro tiempo la residencia
-principal que los condes de ese título tenían en la provincia.
-Volviendo después hacia el Oeste, no tardamos en encontrarnos al pie
-de un puerto muy empinado y escabroso, que conducía a una región más
-alta. La subida<span class="pagenum" id="Page_198">[p. 198]</span>
-nos costó cerca de media hora, y las dificultades del terreno eran
-tales, que más de una vez me alegré de haber dejado nuestros caballos
-y de montar aquella intrépida jaquita; acostumbrada a los caminos,
-trepaba con mucho ánimo, y nos puso al fin sin daño en lo alto de la
-subida.</p>
-
-<p>Allí entramos en una <i>choza</i> gallega para reponer nuestras fuerzas
-y las del caballo. El cuadrúpedo comió un poco de maíz, y los dos
-bípedos nos regalamos con <i>broa</i> y <i>aguardiente</i>, servidos por una
-mujer que encontramos en la choza. Salí fuera unos minutos a observar
-el aspecto del país, y al volver encontré al guía profundamente
-dormido en el banco donde le dejé. Estaba sentado, muy tieso, con
-la espalda apoyada en la pared y las piernas colgando a unas tres
-pulgadas del suelo, porque eran demasiado cortas para llegar a él.
-Cinco minutos lo menos estuve contemplando su reposo, tan profundo
-y tranquilo como el de la muerte. Su rostro me recordaba mucho esas
-singulares fisonomías de santos y monjes que a veces se encuentran
-en las hornacinas de los muros de los conventos en ruinas. No había
-ni el más ligero vislumbre de vitalidad en su semblante, que por el
-color y la rigidez pudiera parecer de piedra, tan informe y tan tosco
-como una de esas cabezas de piedra de Icolmkill que han desafiado las
-intemperies de doce siglos. Mirándole estuve<span class="pagenum"
-id="Page_199">[p. 199]</span> hasta que empecé a sentir cierta
-alarma, pensando que la vida podía haber huído de aquella maltrecha y
-extenuada máquina. Le sacudí con fuerza por un hombro, y lentamente
-se despertó, abrió los ojos asombrado y luego los cerró. Durante
-unos momentos no supo, con toda evidencia, dónde estaba. Le di
-voces preguntándole si pensaba pasarse el día durmiendo en lugar
-de llevarme a Finisterre; al oírme se dejó caer sobre las piernas,
-arrebató el sombrero que yacía en la mesa, y en el acto salió por la
-puerta corriendo y gritando:</p>
-
-<p>—Sí, sí, ya me acuerdo; sígame, capitán, y le llevaré a Finisterre
-en un vuelo.</p>
-
-<p>Le seguí con la vista y tomó a todo correr la misma dirección
-que antes traíamos.—Espera—le grité—; espera. ¿Me vas a dejar aquí
-con la jaca? Espera; aún no hemos pagado el gasto. Espera.—Pero no
-volvió la cabeza ni un instante, y en menos de un minuto se perdió de
-vista. La jaca, atada al pesebre en un rincón de la choza, comenzó
-a dar relinchos terroríficos, a manotear y a erizar la cola y la
-crin de un modo extraño. Tanto tiraba del ramal, que temí que se
-estrangulara.</p>
-
-<p>—¡Mujer!—exclamé—, ¿dónde anda usted y qué significa todo esto?</p>
-
-<p>Pero la huéspeda había desaparecido también, y aunque recorrí la
-<i>choza</i>, dando fuertes voces, no obtuve respuesta.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_200">[p. 200]</span></p>
-
-<p>Continuaban los relinchos de la jaca, y los tirones que daba del
-ramal eran cada vez más fuertes.</p>
-
-<p>—¿Estoy rodeado de locos?—grité, y arrojando sobre la mesa una
-<i>peseta</i> desaté el caballo e intenté ponerle el bocado, pero no lo
-conseguí. Apenas solté el ramal comenzó la jaca a tirar hacia la
-puerta, a despecho de cuantos esfuerzos hice para impedirlo.—Si
-te escapas—dije—mi situación va a ser divertida—. Pero todo tiene
-remedio: de un brinco monté en la silla, y un instante después el
-animalito me llevaba, en rápido galope, por un camino que supuse
-sería el de Finisterre.</p>
-
-<p>La situación, divertida para el lector, era para mí bastante
-apurada. Hallábame a lomos de un caballo fogoso, sin medio alguno
-de gobernarlo, a todo correr por un camino peligroso y desconocido.
-No parecía ni rastro del guía, ni encontré a nadie a quien pedir
-noticias. La verdad es que, dado caso de alcanzar a un pasajero o de
-cruzarme con él, apenas habría tenido tiempo de dirigirle la palabra:
-tan veloz era la carrera del caballo. «¿Estará este animal enseñado
-a estas cosas?—pensaba yo—. ¿Me llevará a una cueva de ladrones,
-que me corten el cuello? ¿No hace más que seguir, por instinto, a
-su amo?» No tardé en desechar ambas suposiciones. La velocidad de
-la jaca amenguó; al parecer, había perdido el camino. Miró en<span
-class="pagenum" id="Page_201">[p. 201]</span> torno con inquietud;
-al cabo llegó a un arenal, pegó el hocico al suelo, y de pronto se
-tumbó, revolcándose de una manera verdaderamente caballuna. No me
-hice daño, y al instante aproveché la ocasión para ponerle el bocado,
-que antes llevaba colgado del pescuezo. Volví a montar y me puse a
-buscar el camino.</p>
-
-<p>No tardé en encontrarlo, y seguí adelante. El camino iba por un
-yermo poblado de brezos y tojos y sembrado de pedruscos. El sol,
-ya muy alto, calentaba de firme. Encontré alguna gente, hombres y
-mujeres, que me miraba sorprendida, maravillándose probablemente de
-que una persona como yo anduviese sin guía por tales sitios. Pregunté
-a dos mujeres si habían visto a mi guía; pero no me entendieron o
-no quisieron entenderme, y, luego de cambiar entre sí unas pocas
-palabras en uno de los cien dialectos de Galicia, siguieron su
-camino. Después de atravesar el descampado, llegué de improviso a un
-convento al borde de un profundo barranco, por cuyo fondo corría un
-rumoroso arroyo.</p>
-
-<p>El lugar era bello y pintoresco; espesas arboledas poblaban las
-vertientes del barranco; del otro lado surgía una montaña alta y
-obscura. El convento, muy capaz, parecía abandonado. Pasé junto a él,
-y al instante llegué a una aldea, tan desierta, por las muestras,
-como el convento, pues no<span class="pagenum" id="Page_202">[p.
-202]</span> hallé ser viviente, ni siquiera un perro que me saludara
-con sus ladridos. Me detuve en una fuente de piedra, que vertía sus
-aguas en una pila. Sentada en la pila, con los brazos caídos y los
-ojos clavados en la montaña vecina, estaba una figura humana, que aún
-se presenta frecuentemente a mi fantasía, sobre todo cuando duermo y
-me oprime una pesadilla: era mi fugitivo guía.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Buenos días tenga usted, caballero.
-El tiempo está caluroso, y ese agua exquisita convida a beberla.
-Tentado estoy de apearme y regalarme con un trago.</p>
-
-<p><span class="smcap">El guía.</span>—Su merced no puede hacer mejor
-cosa. Hace mucho calor, en efecto; lo mejor es que beba un poco de
-agua. También yo acabo de beber. Pero le aconsejo que no dé agua al
-caballo: está jadeante y muy sudado.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Ya puede estarlo. He venido
-galopando lo menos dos leguas en busca de un individuo que se
-comprometió a llevarme a Finisterre, pero que me ha abandonado de
-la manera más extraña del mundo; tanto, que he llegado a creer que
-era un bandido, no un hombre honrado ¿No le ha visto usted, por
-casualidad?</p>
-
-<p><span class="smcap">El guía.</span>—¿Qué señas tiene?</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Es bajo, grueso, muy parecido a
-usted, giboso y, con perdón de usted, muy feo.</p>
-
-<p><span class="smcap">El guía.</span>—¡Ja, ja! Le conozco.
-Hemos<span class="pagenum" id="Page_203">[p. 203]</span> venido
-corriendo juntos hasta la fuente, y aquí me dejó. Caballero, ese
-hombre no es un ladrón; si algo es, es un <i>nuveiro</i>, un hombre que
-anda por las nubes, y que, a veces, un soplo de viento se lo lleva.
-Si alguna vez vuelve usted a viajar con ese hombre, no le permita
-usted beber más de una copa de anís cada vez; de lo contrario, se
-subirá a las nubes, le dejará a usted y andará por ahí corriendo
-hasta que dé con un arroyo, o pegue con la cabeza en una fuente;
-entonces, con un trago, vuelve a ser lo que era. ¿De manera, señor
-caballero, que va usted a Finisterre? Pues vea usted qué rareza: un
-caballero muy parecido a usted me ajustó esta mañana para que le
-llevara allí también; pero se me ha perdido en el camino. Me parece
-lo mejor que continuemos juntos hasta que encuentre usted a su guía y
-yo a mi amo.</p>
-
-<p>Podían ser las dos de la tarde cuando llegamos a un puente, largo
-y ruinoso, muy antiguo al parecer, llamado, según el guía, puente de
-Don Alonso. Atravesaba una ensenada, o más bien ría, porque el mar no
-estaba lejos; a nuestra derecha quedaba la pequeña ciudad de Noya.</p>
-
-<p>—Cuando atravesemos el puente, capitán—dijo el guía—, llegaremos
-a país desconocido, porque yo no he pasado nunca de Noya, y de
-Finisterre, no sólo no he estado allí nunca, pero ni siquiera he
-oído hablar.<span class="pagenum" id="Page_204">[p. 204]</span> He
-preguntado a dos o tres personas, desde que nos pusimos en camino,
-y saben tanto como yo. Sin embargo, bien mirado todo, creo que lo
-mejor es seguir hasta Corcubión, a unas cinco leguas de aquí, adonde
-quizás lleguemos antes de cerrar la noche si damos con el camino
-o encontramos quien nos guíe; porque, como ya le he dicho, yo lo
-desconozco en absoluto.</p>
-
-<p>—En buenas manos he caído—respondí—. Creo, en efecto, que lo mejor
-es ir a Corcubión, y allí quizás sepamos algo de Finisterre y se
-encuentre un guía que nos lleve.</p>
-
-<p>Entonces, con nuevos brincos y cabriolas, echó a andar con paso
-rápido, deteniéndose a veces en una <i>choza</i> con el propósito de
-adquirir informes, supongo yo, aunque apenas entendí una palabra de
-la jerga en que él y sus interlocutores hablaban.</p>
-
-<p>A poco llegamos a un terreno por demás agreste y montuoso. Subimos
-y bajamos barrancos; vadeamos arroyos, y nos arañamos la cara y las
-manos en las zarzas, deteniéndonos a veces a coger moras silvestres,
-de que había cosecha abundante. Por camino tan duro avanzábamos muy
-despacio. La jaca iba detrás del guía, tan pegada a él, que casi le
-tocaba en el hombro con el hocico. El país era cada vez más agreste,
-y una vez que dejamos atrás un molino, ya no vimos rastro de vivienda
-humana. El<span class="pagenum" id="Page_205">[p. 205]</span> molino
-estaba en el fondo de una hondonada, sombreada por grandes árboles, y
-sus ruedas, al girar, hacían un ruido triste y monótono.</p>
-
-<p>—¿Llegaremos a Corcubión esta noche?—pregunté al guía cuando, al
-salir del valle, nos encontramos en un descampado sin límites, al
-parecer.</p>
-
-<p><span class="smcap">El guía.</span>—No; no podemos, y este
-descampado no me gusta nada. El sol va a ponerse en seguida, y
-entonces, como haya niebla, nos encontraremos a la <i>Estadea</i>.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Qué es eso de la <i>Estadea</i>?</p>
-
-<p><span class="smcap">El guía.</span>—¡Qué es eso de la <i>Estadea</i>!
-¿Me pregunta mi amo qué es la <i>Estadinha</i>? No me he encontrado a
-la <i>Estadinha</i> más que una vez, y fué en un sitio como éste. Iba
-yo con unas mujeres, y se levantó una niebla muy espesa. De pronto
-empezaron a brillar encima de nosotros, entre la niebla, muchas
-luces; había lo menos mil. Se oyó un chillido tremendo, y las mujeres
-se cayeron al suelo, gritando: <i>¡Estadea, Estadea!</i> Yo también me caí
-y gritaba: <i>¡Estadinha! ¡Estadinha!</i> La <i>Estadea</i> son las almas de
-los muertos que andan encima de la niebla con luces en las manos. Con
-franqueza, mi amo, si encontramos a las almas, me escapo y no paro de
-correr hasta tirarme de cabeza al mar. Esta noche ya no llegamos a
-Corcubión; mi única esperanza es que encontremos por aquí una <i>choza</i>
-donde podamos defendernos de la <i>Estadinha</i>.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_206">[p. 206]</span></p>
-
-<p>La noche se nos echó encima antes de atravesar el despoblado;
-pero no hubo niebla, con gran contento de mi guía, y un pico de luna
-alumbraba parcialmente nuestros pasos. Estábamos, sin embargo, en
-una situación muy triste: aquel era el páramo más desolado de la
-provincia más agreste de España, ignorábamos el camino y apenas si
-sabíamos adónde íbamos, porque el guía me dijo repetidas veces que no
-creía en la existencia de un lugar llamado Finisterre, y de existir,
-sería alguna montaña solitaria señalada en el mapa. Si me ponía a
-reflexionar sobre el carácter de mi guía, no encontraba grandes
-motivos de tranquilidad ni de aliento; en el caso más favorable,
-era evidentemente un hombre medio tonto, sujeto, por confesión
-propia, a ciertos paroxismos que no se diferenciaban esencialmente
-de la locura. Su insensata huida de cerca de tres leguas, aquella
-misma mañana, sin causa aparente para ello, y últimamente su loco y
-supersticioso temor de encontrar a las almas de los muertos en el
-despoblado, caso en el que se proponía, según me dijo, abandonarme y
-correr en busca del mar, me impresionaron fuertemente. Pensé también
-en la posibilidad de que no estuviésemos en el camino de Finisterre
-ni en el de Corcubión, y resolví acogerme a la primera choza que
-encontrásemos, para no correr el riesgo de rodar a un precipicio
-y rompernos la nuca.<span class="pagenum" id="Page_207">[p.
-207]</span> Pero no se veía cabaña alguna; el despoblado parecía
-interminable, y por él anduvimos hasta que se puso la luna,
-dejándonos en casi total obscuridad.</p>
-
-<p>Al cabo llegamos al pie de una cuesta muy escarpada, a la cual
-subía un agrio sendero.</p>
-
-<p>—¿Será este nuestro camino?—pregunté al guía.</p>
-
-<p>—No nos queda otro, capitán—respondió el hombre—. Subiremos, y
-cuando estemos arriba veremos el mar, si es que está cerca.</p>
-
-<p>Eché pie a tierra, porque subir a caballo por tal sendero en plena
-obscuridad hubiese sido locura. Trepamos en hilera: primero, el
-guía; detrás, la jaca, con el hocico pegado, como de costumbre, al
-hombro de su amo, a quien quería apasionadamente, y yo a retaguardia,
-agarrado con la mano izquierda a la cola del caballo. Dimos muchos
-traspiés y más de una caída; cierta vez rodamos todos por la falda
-del cerro. A los veinte minutos llegamos a la cima; miramos en torno,
-pero no vimos el mar; un páramo obscuro, apenas entrevisto, se
-extendía al parecer por todos lados.</p>
-
-<p>—Vamos a tener que acampar aquí hasta mañana—dije yo.</p>
-
-<p>De pronto mi guía me tomó una mano.</p>
-
-<p>—Allí hay <i>lume, senhor</i>—decía—; allí hay <i>lume</i>.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_208">[p. 208]</span></p>
-
-<p>Miré en la dirección que me indicaba, y después de esforzarme un
-rato, me pareció ver a cierta distancia, muy por bajo de nosotros, un
-débil resplandor.</p>
-
-<p>—Eso es <i>lume</i>—exclamó el guía—, y procede de la chimenea de una
-<i>choza</i>.</p>
-
-<p>A la bajada del cerro vagamos sin rumbo no poco tiempo, hasta que
-nos encontramos en medio de seis o siete chozas negras.</p>
-
-<p>—Llama a la puerta de una cualquiera—dije al guía—y pregunta si
-pueden darnos asilo por esta noche.</p>
-
-<p>Así lo hizo, y al instante apareció un hombre con una tea encendida
-en la mano.</p>
-
-<p>—¿Puede usted guarecer a un <i>cabalheiro</i> contra la noche y la
-<i>estadea</i>?—preguntó el guía.</p>
-
-<p>—Sí puedo, gracias a Dios—dijo el hombre.</p>
-
-<p>Era de figura atlética; no llevaba zapatos ni medias, y, en
-conjunto, le encontré muy parecido a los campesinos de los pantanos
-de Munster.</p>
-
-<p>—Hagan el favor de entrar, caballeros; podemos acomodarlos a
-ustedes y también a la <i>cabalgadura</i>.</p>
-
-<p>La choza donde entramos estaba dividida en tres compartimientos:
-en el primero había hierba, en el segundo estaban las vacas, y en el
-tercero la familia, compuesta del padre y la madre del hombre que nos
-había abierto y de su mujer e hijos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_209">[p. 209]</span></p>
-
-<p>—Usted es catalán, señor caballero, y va a buscar a sus paisanos
-de Corcubión—dijo el hombre en regular español—. ¡Ah! Ustedes los
-catalanes son buena gente y tienen muy buenos establecimientos en las
-costas gallegas; la lástima es que se llevan todo el dinero fuera del
-país.</p>
-
-<p>No tengo, en cualquiera circunstancia, el menor inconveniente en
-pasar por catalán; en aquel caso más bien me alegré de que una gente
-tan salvaje creyera que yo tenía en las vecindades amigos poderosos
-y compatriotas que estaban, acaso, aguardándome. Favorecí, pues, su
-error y empecé a hablar, con fuerte acento catalán, de la pesca en
-Galicia y del impuesto sobre la sal. El guía me miró un momento con
-expresión singular, entre seria y burlona; sin embargo, no dijo nada;
-se dió un palmetazo en el muslo, como de costumbre, y pegó el brinco
-que casi dió en el techo con su risible cabezota. Preguntando, supe
-que aún faltaban dos leguas hasta Corcubión, y que el camino, entre
-cerros y páramos, era difícil.</p>
-
-<p>Nuestro huésped nos preguntó si teníamos hambre; le respondimos
-que sí, y trajo una docena de huevos y un poco de tocino. Mientras
-se aderezaba la cena, mi guía sostuvo con la familia una larga
-conversación; pero como hablaban en gallego no pude entenderlos.
-Creo que principalmente se referían a brujas y hechicerías,<span
-class="pagenum" id="Page_210">[p. 210]</span> porque nombraban mucho
-la <i>estadea</i>. Después de la cena pregunté dónde podría descansar;
-el huésped me señaló una trampilla en el techo, diciendo que encima
-había un desván a propósito para dormir, y en él encontraría paja
-limpia. Por pura curiosidad pregunté si no había en la choza ninguna
-cama.</p>
-
-<p>—No—replicó el hombre—; ni las hay hasta Corcubión. Yo nunca me he
-acostado en cama, ni nadie de mi familia; dormimos en el suelo o en
-la paja con el ganado.</p>
-
-<p>Como viajero experto me abstuve de lamentarlo; subí por una
-escalera al desván, bastante ancho y casi vacío; puse la capa por
-almohada y me tendí en las tablas, prefiriéndolas por más de un
-motivo a la paja. Durante un buen rato estuve oyendo a la gente
-aquella hablar en gallego, y entre los intersticios del piso veía los
-resplandores de la lumbre. Las voces se extinguieron poco a poco;
-el fuego se fué apagando y dejé de verlo. Me adormecí, desperté, me
-adormecí de nuevo, y caí por último en profundo sueño, del que sólo
-desperté al segundo canto del gallo.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_211">[Pg 211]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XXX</h2>
- <p class="subhang">
- Mañana de otoño.— El fin del mundo.— Corcubión.— Duyo.— El cabo.— Una
- ballena.— La bahía exterior.— La detención.— El pescador alcalde.—
- Calros Rey.— Un incrédulo.— ¿Dónde está el pasaporte?— La playa.— Un
- liberal influyente.— La criada.— El gran «Baintham».— Un libro sin
- par.— Hospitalidad.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">H</span><span class="smcap">acía</span>
-una hermosa mañana de otoño cuando salimos de la <i>choza</i> y
-proseguimos el viaje a Corcubión. Gratifiqué al huésped con un par
-de <i>pesetas</i>, y me pidió por favor que si regresábamos por el mismo
-camino, y la noche nos sorprendía, no dejáramos de buscar albergue
-bajo su techo. Así se lo prometí, al mismo tiempo que formaba el
-propósito de hacer todo lo posible para evitar tal contingencia,
-porque dormir en el desván de una choza gallega no es muy apetecible,
-aunque no tan malo como pasar la noche en un descampado o en un
-monte.</p>
-
-<p>Emprendimos, pues, la marcha a paso vivo por ásperos caminos de
-herradura y veredas, rodeados de brezos y jaras. Al cabo de una
-hora llegamos a la vista del mar, y, dirigidos por un muchacho que
-<span class="pagenum" id="Page_212">[p. 212]</span>encontramos en
-el despoblado guardando unas pocas y míseras ovejas, torcimos hacia
-el Noroeste y alcanzamos, por último, la cima de una montaña, donde
-nos detuvimos un poco a contemplar el panorama que se ofrecía ante
-nosotros.</p>
-
-<p>No sin razón los latinos dieron a aquellos parajes el nombre de
-<i>Finis terræ</i>. Nos encontrábamos en un sitio exactamente igual a como
-en mi infancia había yo imaginado la conclusión del mundo, más allá
-de la que sólo había un mar borrascoso, o el abismo, o el caos. Tenía
-ante mis ojos un Océano inmenso, y a mis pies la dilatada e irregular
-línea de la costa, alta y escarpada. Con seguridad no hay en todo el
-mundo costa más abrupta que la costa gallega, desde la desembocadura
-del Miño hasta el Cabo Finisterre. Es una barrera de montañas de
-granito muy agrestes, dentelladas casi todas en la cima, y cortadas a
-veces por radas y bahías, como las de Vigo y Pontevedra, que penetran
-profundamente en tierra. Esas ensenadas y rías son todas de inmensa
-hondura, y de capacidad sobrada para abrigar las escuadras de las más
-soberbias naciones marítimas del mundo.</p>
-
-<p>La grandeza severa y agreste de aquellos parajes, subyuga la
-imaginación. Esa costa salvaje, lo primero que percibe de España el
-viajero procedente del Norte o el que surca el ancho Océano, responde
-muy bien,<span class="pagenum" id="Page_213">[p. 213]</span> por
-su apariencia, a la idea que de antemano se tiene de tan singular
-país. «Sí—exclama el viajero—; esta es España, sin duda alguna;
-la inexorable, la rígida España; esta tierra es un emblema de los
-espíritus que en ella han visto la luz. ¿De qué otra tierra podían
-salir aquellos seres prodigiosos que aterraron al Viejo Mundo, y
-llenaron el Nuevo de sangre y horror? ¡Alba y Felipe, Cortés y
-Pizarro, severos y colosales espectros que surgen entre las sombras
-de la edad pasada, como esas montañas de granito surgen de la niebla
-ante los ojos del navegante! ¡Sí; esta es España, sin duda: la
-inexorable, la indomable España; tierra emblemática de sus hijos!»</p>
-
-<p>En cuanto a mí, al contemplar el ancho mar y la costa tan salvaje,
-exclamé: «¡Oh imagen de nuestra sepultura y de los temerosos caminos
-que a ella llevan! Esos desiertos y páramos por donde he pasado son
-como las ásperas y tristes jornadas de nuestra vida. Alentados por
-la esperanza, luchamos con todos los obstáculos, con la montaña, la
-ciénaga y el yermo, para llegar ¿a qué? a la tumba y a sus bordes
-pavorosos. ¡Oh! ¡Que no me abandone en la hora postrera la esperanza
-en el Redentor y en Dios!»</p>
-
-<p>Descendimos del cerro, y de nuevo perdimos de vista el mar,
-metiéndonos por barrancos y cañadas, donde había, de vez en
-cuando, manchas de pinos. Continuando el<span class="pagenum"
-id="Page_214">[p. 214]</span> descenso, acabamos por llegar a la
-terminación de una larga y angosta ría, donde se alzaba una aldea;
-a corta distancia, en la margen occidental de la ría, veíase una
-población bastante mayor, que casi tenía derecho al nombre de ciudad.
-Esta última era Corcubión; la primera, si no recuerdo mal, se llamaba
-Ría de Silla. Nos apresuramos a llegar a Corcubión, y mandé al guía
-que preguntase por el camino de Finisterre. Entró en una taberna,
-de donde salía mucho bullicio, y a poco volvió diciéndome que el
-pueblo de Finisterre distaba una legua y media de allí. Un hombre, en
-manifiesto estado de embriaguez, apareció en la puerta, detrás de mi
-guía.</p>
-
-<p>—¿Van ustedes a Finisterre, <i>cavalheiros</i>?—exclamó.</p>
-
-<p>—Sí, amigo mío—respondí—. ¡Allá vamos!</p>
-
-<p>—Entonces van ustedes a un <i>fato de borrachos</i>—replicó—. Tengan
-cuidado no les hagan alguna mala partida.</p>
-
-<p>Seguimos adelante, y, luego de atravesar una península arenosa, a
-la espalda de la ciudad, llegamos a la costa de una inmensa bahía,
-cuya extremidad Noroeste la formaba el renombrado Cabo de Finisterre,
-que se extendía ante nuestra vista mar adentro.</p>
-
-<p>Por una playa de arena de blancura deslumbradora avanzamos
-hacia el Cabo, meta de nuestro viaje. El sol brillaba
-resplandeciente,<span class="pagenum" id="Page_215">[p. 215]</span>
-y sus rayos iluminaban todas las cosas. Delante de nosotros, el
-mar parecía un espejo, y las olas que rompían en la costa eran
-tan débiles que apenas levantaban un murmullo. Avivamos el paso,
-siguiendo el profundo contorno de la bahía, dominada por montañas
-gigantescas. Singulares recuerdos comenzaron a invadir mi espíritu:
-en aquella playa, según la tradición de toda la antigua cristiandad,
-Santiago, el Santo patrono de España, predicó el Evangelio a los
-idólatras españoles. En aquella playa se alzaba en otro tiempo una
-ciudad comercial inmensa, la más orgullosa de España. En la bahía,
-hoy desierta, resonaban entonces millares y millares de voces, cuando
-las naves y el comercio de todo lo descubierto de la tierra se
-concentraban en Duyo.</p>
-
-<p>—¿Cómo se llama este pueblo?—pregunté a una mujer, al pasar por
-cinco o seis casas ruinosas en el recodo de la bahía, antes de entrar
-en la península de Finisterre.</p>
-
-<p>—Esto no es un pueblo—dijo la gallega—. Esto no es un pueblo,
-señor caballero; es una ciudad, es Duyo.</p>
-
-<p>¡Tales son las glorias del mundo! ¡Aquellas chozas eran todo lo
-que el rugiente mar y la garra del tiempo habían dejado de Duyo, la
-gran ciudad! Y ahora, derechos a Finisterre.</p>
-
-<p>Al mediodía llegamos al pueblo de ese nombre, compuesto de un
-centenar de casas<span class="pagenum" id="Page_216">[p. 216]</span>
-y construído en el lado Sur de la península, precisamente en el
-paraje donde el terreno se levanta para formar la enorme y escarpada
-cabeza del Cabo. En vano buscamos una posada o <i>venta</i> donde
-encerrar el caballo; por un momento creímos haber encontrado lo que
-buscábamos, y hasta llegamos a atar el caballo al pesebre. Pero en
-cuanto salimos lo desataron, echándolo a la calle. La poca gente que
-vimos nos observaba de un modo extraño. No hicimos gran caso de estos
-detalles y continuamos calle arriba, hasta que nos admitieron en
-casa de un comerciante castellano, a quien su suerte había llevado a
-aquel rincón de Galicia, al fin del mundo. Lo primero que hicimos fué
-echar un pienso al caballo, que ya daba señales de estar muy cansado.
-Pedimos luego para nosotros algo de comer: como una hora más tarde
-nos sirvieron un pescado de unas tres libras, regularmente sabroso,
-muy fresco, condimentado para nosotros por una vieja que desempeñaba
-las funciones de ama de gobierno. Terminada la comida, salí con mi
-grotesco guía y me dispuse a subir a la montaña.</p>
-
-<p>Nos detuvimos a examinar un reducto o batería abandonada que mira
-a la bahía, y, mientras estábamos en esto, reparé más de una vez que
-también nosotros éramos objeto de curiosidad y acecho; en efecto,
-a nuestro paso vislumbré más de una cara<span class="pagenum"
-id="Page_217">[p. 217]</span> que nos atisbaba por los huecos y
-hendiduras de las tapias. Comenzamos luego a subir al Finisterre,
-trazando en sus vertientes graníticas numerosos y largos <i>detours</i>.
-El sol estaba en lo más alto de su carrera, y sus ardentísimos y
-furiosos rayos caían a plomo y nos asaeteaban. En la subida se me
-destrozó el calzado y me corté los pies; el calor me hacía sudar
-a chorros. Para mi guía, en cambio, la subida no era, al parecer,
-fatigosa ni difícil. No le asustaba el calor del día, ni una gota
-de sudor surcaba su curtido semblante, ni le faltaba el resuello;
-brincaba de roca en roca con la irritante agilidad de una cabra
-montés. Antes de llegar a la mitad de la subida me encontré rendido
-por completo. Comencé a rilar y a tambalearme.</p>
-
-<p>—¡No tenga miedo!—dijo el guía—. Ahí se ve una cerca; échese un
-poco a la sombra.</p>
-
-<p>Me pasó uno de sus largos y robustos brazos por la cintura, y,
-aunque comparado conmigo parecía un enano, me sostuvo como a un
-chico hasta llegar a una tosca valla que atravesaba la mayor parte
-de la montaña y servía, probablemente, de lindero. Difícil fué
-encontrar una sombra: descubrimos, por último, una pequeña hendidura,
-abierta quizás por algún pastor para dormir en ella la <i>siesta</i>.
-Allí me tendió el guía con mucho tiento, y, quitándose el enorme
-sombrero, comenzó a abanicarme sin descanso. Fuí reviviendo<span
-class="pagenum" id="Page_218">[p. 218]</span> por momentos, y,
-después de descansar un rato muy largo, emprendí de nuevo la subida;
-por fin llegué a la cumbre con ayuda del guía.</p>
-
-<p>Nos encontramos a gran altura entre dos bahías, con la vasta
-soledad del mar delante de nosotros. De los diez mil barcos que
-anualmente surcan aquellas aguas a la vista del Cabo, no se descubría
-entonces ni uno solo. Era el mar un desierto azul brillante, del que,
-a intervalos, emergía la negra cabeza de un cachalote arrojando dos
-delgados chorros de agua. La bahía de Finisterre, la más grande de
-las dos, resplandecía hasta su entrada con los bellos tornasoles de
-un inmenso banco de <i>sardinhas</i>, en cuyos bordes estaba probablemente
-el cachalote dándose un festín. Al otro lado del Cabo veíamos a
-nuestros pies una bahía más pequeña, bordeada de rocas de formas
-extrañas, que dominan la costa; esta bahía se llama en el lenguaje
-del país <i>Praia do mar de fora</i>, y es lugar temible en días de
-borrasca, cuando el oleaje del Atlántico penetra en ella y rompe
-contra las rocas sumergidas que allí abundan. Aun en días de calma
-resuena en aquella bahía un fragor cavernoso que llena el corazón de
-inquietud.</p>
-
-<p>Descubríase por doquiera un panorama grandioso, sublime. Después
-de contemplarlo desde la cima cerca de una hora, descendimos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_219">[p. 219]</span></p>
-
-<p>Al llegar a la casa donde teníamos nuestro pasajero albergue,
-hallamos ocupado el portal por unos cuantos hombres, echados algunos
-en el suelo y bebiendo vino en unas pequeñas vasijas de barro muy
-usadas en aquella parte de Galicia. Les saludé cortésmente al pasar
-y subí al aposento donde comimos. En un tosco y sucio lecho que allí
-había me arrojé rendido de cansancio. Resolví reposar un poco, y
-por la noche reunir a la gente del pueblo y leerles unos capítulos
-de la Escritura y dirigirles una ligera exhortación cristiana. Me
-dormí pronto; pero mi sueño fué muy intranquilo. Veíame rodeado de
-dificultades múltiples, entre peñascos y barrancos, luchando en vano
-por libertarme. Rostros muy extraños se asomaban entre los árboles
-o salían de las cavernas y sacaban una lengua bífida y arrojaban
-gritos de cólera. Miré en torno buscando a mi guía, pero no le hallé;
-me pareció, sin embargo, oír en lo hondo de un barranco una voz que
-hablaba de mí. No sé cuánto hubieran durado estas pesadillas; pero,
-de súbito, sentí que me agarraban con violencia por un hombro, y de
-un tirón casi me arrastraron fuera de la cama. Desperté con gran
-sorpresa, y a la luz del sol poniente vi inclinada sobre mí una
-figura extraña y desconocida: era la de un hombre ya de edad, de
-gigantesca talla, muy barbudo, con cejas grandes y frondosas, vestido
-a lo<span class="pagenum" id="Page_220">[p. 220]</span> pescador y
-con un fusil mohoso en la mano.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Quién es usted, qué desea?</p>
-
-<p><span class="smcap">El hombre.</span>—Poco importa quién soy yo.
-Levántese y venga conmigo; le necesito.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Con qué autoridad se atreve usted
-a venir a molestarme?</p>
-
-<p><span class="smcap">El hombre.</span>—Con la autoridad de la
-<i>justicia</i> de Finisterre. Sígame sin resistencia, Calros, o será
-peor.</p>
-
-<p>—¿Calros?—dije yo—. ¿Qué significa esto?</p>
-
-<p>Me pareció, sin embargo, lo más prudente obedecer, y bajé la
-escalera detrás de mi hombre. La tienda y el portal hallábanse
-atestados de vecinos de Finisterre: hombres, mujeres y chicos; estos
-últimos desnudos casi todos, chorreando agua, como si los hubieran
-llamado a toda prisa de sus juegos en la orilla del mar. A través de
-aquella multitud, el hombre que he tratado de describir se abrió paso
-con ademán autoritario.</p>
-
-<p>Al llegar a la calle, posó sin violencia una de sus pesadas manos
-en mi brazo.</p>
-
-<p>—¡Es Calros, es Calros!—gritó un centenar de voces—. Acaba de
-llegar a Finisterre y la <i>justicia</i> le ha prendido.</p>
-
-<p>Sin saber lo que todo aquello podía significar, seguí calle
-abajo en compañía de mi singular conductor. La multitud que nos
-seguía vociferando era cada vez más numerosa. Hasta sacaron los
-enfermos a las puertas para que viesen lo que ocurría y echaran un
-vistazo al temible Calros. Me admiró, sobre<span class="pagenum"
-id="Page_221">[p. 221]</span> todo, el ardimiento de que dió
-muestras un tullido, quien, a despecho de los ruegos de su mujer, se
-mezcló con las turbas, y, aunque perdió la muleta, siguió adelante,
-brincando con una sola pierna, mientras decía:</p>
-
-<p>—<i>¡Carracho! ¡También voy yo!</i></p>
-
-<p>Por fin llegamos a una casa un poco mayor que las demás; el guía
-me introdujo en una sala baja, me colocó en el centro y volvió
-corriendo a la puerta con ánimo de impedir el paso a la gente
-que pugnaba por entrar con nosotros. No sin trabajo consiguió su
-propósito; una o dos veces se vió en el caso de rechazar a culatazos
-a los intrusos. Me puse entonces a examinar el aposento. Todo el
-mobiliario consistía en unos cuantos toneles; había además en
-el suelo el mástil de una lancha y una o dos velas. Sentados en
-los toneles estaban tres o cuatro hombres, con toscos trajes de
-pescadores o de carpinteros de ribera. El personaje principal era
-un individuo de unos treinta y cinco años, de gesto avinagrado,
-<i>alcalde</i> de Finisterre, según averigüé después, y dueño de la
-casa en que nos encontrábamos. En un rincón descubrí a mi guía;
-evidentemente estaba preso: dos robustos pescadores, armado el uno
-con un fusil y el otro con un bichero, le guardaban. Un minuto duró
-mi examen; el <i>alcalde</i>, atusándose las patillas, me interrogó
-así:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_222">[p. 222]</span></p>
-
-<p>—¿Quién es usted, dónde está su pasaporte y a qué ha venido a
-Finisterre?</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Soy un inglés, mi pasaporte es éste
-y he venido a ver Finisterre.</p>
-
-<p>Mi respuesta los desconcertó, al parecer, por breves momentos.
-Miráronse unos a otros, y miraron mi pasaporte. Al cabo, el
-<i>alcalde</i>, golpeándolo con un dedo, vociferó:</p>
-
-<p>—Este pasaporte no es español; parece que está escrito en
-francés.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Ya le he dicho a usted que soy
-extranjero. Por eso traigo, como es natural, pasaporte extranjero.</p>
-
-<p><span class="smcap">El alcalde.</span>—Entonces quiere usted
-hacernos creer que no es <i>Calros rey</i>.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Nunca he oído hablar de ese rey ni
-he oído tal nombre.</p>
-
-<p><span class="smcap">El alcalde.</span>—¡Miren qué sujeto! Se
-atreve a decir que no ha oído hablar nunca de Calros el pretendiente,
-que se titula rey.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Si ese Calros es el pretendiente
-don Carlos, todo lo que puedo contestar es que no creo que hable
-usted en serio. Lo mismo podía usted decir que ese pobre hombre,
-mi guía, a quien por lo visto han hecho ustedes prisionero, es su
-sobrino, el <i>infante</i> don Sebastián.</p>
-
-<p><span class="smcap">El alcalde.</span>—¡Ah! Usted mismo se ha
-vendido; en efecto, por tal le tenemos.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Es verdad que los dos son
-jorobados; pero ¿en qué me parezco yo a don Carlos? No tengo tipo
-español, y al<span class="pagenum" id="Page_223">[p. 223]</span>
-pretendiente le llevo lo menos la cabeza.</p>
-
-<p><span class="smcap">El alcalde.</span>—Eso no le hace. Ya se sabe
-que usted lleva varios chalecos consigo, y con ellos se disfraza,
-pareciendo más alto o más bajo, según le acomoda.</p>
-
-<p>Esta razón era tan concluyente, que no supe contestar. El
-<i>alcalde</i> echó una mirada de triunfo en torno suyo, como si hubiese
-hecho un gran descubrimiento.</p>
-
-<p>—Sí; ¡es Calros, es Calros!—decía la turba, agolpada en la
-puerta.</p>
-
-<p>—No estaría mal fusilar a estos dos hombres ahora mismo—continuó
-el <i>alcalde</i>—; porque si no son los dos pretendientes, es seguro que
-los dos son facciosos.</p>
-
-<p>—No estoy yo muy seguro de que sean ni una cosa ni otra—dijo una
-voz bronca.</p>
-
-<p>La <i>justicia</i> de Finisterre volvió los ojos hacia donde había
-sonado la voz, y lo mismo hice yo. Nuestras miradas se posaron en
-el individuo que guardaba la puerta; había plantado el cañón de la
-escopeta en el suelo y apoyaba la barba en la culata.</p>
-
-<p>—No estoy muy seguro de que sean una cosa ni otra—repitió
-avanzando—. He examinado a este hombre—dijo, señalándome—y escuchado
-su modo de hablar, y me parece que es inglés; su cara y su voz lo
-dicen. ¿Quién conoce a los ingleses mejor que Antonio de la Trava?
-¿Quién tiene más motivos para conocerlos? ¿No ha tripulado sus
-barcos, no ha comido su galleta, y no estaba<span class="pagenum"
-id="Page_224">[p. 224]</span> junto a Nelson cuando le mataron de un
-tiro?</p>
-
-<p>Al oírle, el <i>alcalde</i> se enfureció.</p>
-
-<p>—Es tan inglés como tú—exclamó—. Si fuese inglés no habría
-venido a escondidas ni por tierra; habría venido embarcado y con
-recomendaciones para alguno de nosotros o para los catalanes; habría
-venido a comprar o a vender; pero en Finisterre no le conoce nadie
-ni conoce a nadie; además, lo primero que ha hecho al llegar aquí
-ha sido inspeccionar el fuerte y subir a la montaña a trazar un
-campamento, estoy seguro. ¿A qué iba a venir a Finisterre si no es
-Calros ni un <i>bribón</i> de <i>faccioso</i>?</p>
-
-<p>Comprendí que había gran parte de justicia en alguna de estas
-observaciones, y por vez primera me di cuenta de la gran imprudencia
-que había cometido metiéndome por parajes tan incultos y entre gentes
-tan bárbaras, sin llevar pretexto alguno que pudiera justificar a sus
-ojos mi viaje. Traté de convencer al <i>alcalde</i> de que mi expedición
-por aquel país no tenía otro fin que el de conocer las muchas cosas
-notables que encierra y recoger noticias acerca del carácter y
-condición de los habitantes. Pero estos motivos eran incomprensibles
-para él.</p>
-
-<p>—¿A qué ha subido usted a la montaña? ¡Para ver el paisaje!
-<i>¡Disparate!</i> Hace cuarenta años que vivo en Finisterre y no he
-subido nunca, ni subiría en un día como el de hoy aunque me diesen
-dos onzas de oro. Ha<span class="pagenum" id="Page_225">[p.
-225]</span> venido usted a medir la altura y a replantear un
-campamento.</p>
-
-<p>Encontré, sin embargo, un amigo resuelto en Antonio, el viejo,
-quien insistió, fundándose en su conocimiento de los ingleses, en que
-muy bien podía ser cierto cuanto yo decía.</p>
-
-<p>—Los ingleses—decía—no saben qué hacer con tanto dinero como
-tienen, y andan de aquí para allá por todo el mundo, y a lo mejor
-pagan carísimo lo que para la demás gente no vale un cuarto.</p>
-
-<p>Comenzó entonces, a pesar del enojo del <i>alcalde</i>, a examinarme
-de inglés. Todos sus conocimientos en esta lengua se reducían a dos
-palabras: <i>knife</i> y <i>fork</i>, las cuales traduje a sus equivalentes
-en español; el viejo me declaró inglés al instante, y blandiendo su
-escopeta exclamó:</p>
-
-<p>—Este hombre no es Calros; es inglés, como tiene dicho, y el que
-trate de molestarle se las entenderá con Antonio de la Trava, <i>el
-valiente de Finisterre</i>.</p>
-
-<p>Nadie trató de impugnar ese fallo, y al fin resolvieron enviarme a
-Corcubión para que me interrogara el <i>alcalde mayor</i> del distrito.</p>
-
-<p>—Pero ¿qué hacemos con este otro individuo?—preguntó el <i>alcalde</i>
-de Finisterre—. Este, al menos, no es inglés. Tráele para acá y
-oigamos lo que dice en su defensa. Vamos, hombre, ¿quién eres y quién
-es tu amo?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_226">[p. 226]</span></p>
-
-<p><span class="smcap">El guía.</span>—Soy Sebastianillo, un pobre
-marinero licenciado de Padrón, y mi amo, a la hora presente, es este
-caballero que está aquí, el inglés más valiente y de más dinero del
-mundo. Tiene en Vigo dos barcos cargados de riquezas. Ya se lo dije a
-ustedes antes, cuando me prendieron en la posada.</p>
-
-<p><span class="smcap">El alcalde.</span>—¿Y tu pasaporte?</p>
-
-<p><span class="smcap">El guía.</span>—Yo no tengo pasaporte. ¿Quién
-piensa en traer pasaporte a un sitio como éste, donde no habrá dos
-personas que sepan leer? Yo no tengo pasaporte; el de mi amo sirve
-también para mí.</p>
-
-<p><span class="smcap">El alcalde.</span>—No tal; y puesto que
-no tienes pasaporte y confiesas que te llamas Sebastián, vamos a
-fusilarte. Antonio de la Trava, tú y los escopeteros os lleváis de
-aquí a este Sebastianillo y le fusiláis delante de la puerta.</p>
-
-<p><span class="smcap">Antonio de la Trava.</span>—Con mucho gusto,
-<i>señor alcalde</i>, puesto que usted lo manda. No tengo por qué
-tomarme ningún trabajo en favor de este individuo. Es seguro que no
-es inglés; más trazas tiene de brujo o de <i>nuveiro</i>, uno de esos
-demonios que levantan las tormentas y hunden las lanchas. Además,
-dice que es de Padrón, y todos los de ese pueblo son ladrones y
-borrachos. Una vez me jugaron una mala partida, y no me disgustaría
-fusilar a todo el <i>pueblo</i>.</p>
-
-<p>Intervine yo entonces, y dije que si fusilaban al guía debían
-fusilarme a mí también;<span class="pagenum" id="Page_227">[p.
-227]</span> ponderé la crueldad y barbarie de quitar la vida a un
-pobre desdichado que, como se adivinaba al primer golpe de vista, era
-medio tonto; añadí que si alguien tenía culpa en aquel caso era yo,
-porque el otro no era más que un criado sometido a mis órdenes.</p>
-
-<p>—Después de todo—dijo el alcalde—, me parece que lo mejor es
-enviar a los dos presos a Corcubión para que el <i>alcalde mayor</i> haga
-de vosotros lo que le parezca. Pero tenéis que pagar la escolta; no
-vayáis a figuraros que los vecinos de Finisterre no tienen cosa mejor
-que hacer que ir de una parte a otra con cada individuo que se le
-ocurra venir a esta ciudad.</p>
-
-<p>—De eso me encargo yo—dijo Antonio—. Soy el <i>valiente</i> de
-Finisterre y no me asusto de dos hombres. Además, estoy seguro de que
-el capitán, aquí presente, me pagará lo que sea razonable, o dejaría
-de ser inglés. Conque no perdamos tiempo, y en marcha para Corcubión,
-que se hace tarde. Sin embargo, capitán, lo primero de todo es
-registrarle a usted, y luego registraré el equipaje. Supongo que no
-llevará usted armas; pero lo mejor es cerciorarse.</p>
-
-<p>Mucho antes de cerrar la noche, montado de nuevo en la jaca y
-acompañado por el guía, emprendí a través de la playa el regreso
-a Corcubión. Delante iba Antonio de la Trava, escopeta al hombro,
-andando pesadamente.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_228">[p. 228]</span></p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿No le da a usted miedo, Antonio,
-ir solo con dos presos, uno de ellos a caballo? Si quisiéramos, creo
-que podríamos más que usted.</p>
-
-<p><span class="smcap">Antonio de la Trava.</span>—Soy el <i>valiente
-de Finisterre</i> y no me asusto por eso.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Por qué le llaman a usted el
-<i>valiente</i> de Finisterre?</p>
-
-<p><span class="smcap">Antonio de la Trava.</span>—En todo el
-distrito se me conoce por ese nombre. Cuando los franceses vinieron
-a Finisterre y destruyeron el fuerte, tres murieron a mis manos.
-Yo estaba en lo alto de la montaña, adonde ha subido usted hoy;
-desde allí hacía fuego sobre el enemigo, hasta que tres soldados se
-lanzaron en mi persecución. ¡Qué locos! A dos de ellos los eché a
-rodar entre las peñas con dos tiros de este fusil, y al tercero le
-rompí la cabeza de un culatazo. Por esto me llaman el <i>valiente</i> de
-Finisterre.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Y cómo fué usted a parar de
-marinero en la escuadra inglesa? Me parece haberle oído decir que
-presenció usted la muerte de Nelson.</p>
-
-<p><span class="smcap">Antonio de la Trava.</span>—Sus compatriotas
-de usted me apresaron, capitán; y como soy marinero desde la niñez,
-se mostraron muy satisfechos de mis servicios. Nueve meses pasé con
-ellos, y estuve en Trafalgar. Vi morir al almirante inglés. Usted se
-le parece algo en la cara, y cuando le oigo a usted hablar me parece
-oír la voz del almirante.<span class="pagenum" id="Page_229">[p.
-229]</span> Tengo cariño a los ingleses, y por eso le he salvado
-a usted. No crea usted que me iba yo a cansar andando por estos
-arenales si fuese usted un compatriota. Ya estamos en Duyo, capitán.
-¿Tomamos un reparillo?</p>
-
-<p>Así lo hicimos, o, mejor dicho, Antonio de la Trava se reparó
-trasegando vaso tras vaso de vino con una sed, al parecer,
-inextinguible.</p>
-
-<p>—El hombre que nos dijo que los borrachos de Finisterre nos harían
-una mala partida era más brujo que yo—murmuró Sebastián, mi guía.</p>
-
-<p>Por fin, el veterano héroe del Cabo se levantó despacio y dijo que
-debíamos darnos prisa para llegar a Corcubión antes de cerrar la
-noche.</p>
-
-<p>—¿Qué clase de persona es el <i>alcalde</i> a quien me lleva
-usted?—dije.</p>
-
-<p>—¡Oh! Es muy diferente del de Finisterre. Es un <i>señorito</i> joven
-llegado hace poco de Madrid. Ni siquiera es gallego. Es muy liberal,
-y a órdenes suyas se debe principalmente que andemos por aquí tan
-sobre aviso. Se dice que los carlistas piensan hacer un desembarco en
-esta parte de la costa de Galicia. Que vengan siquiera a Finisterre;
-allí somos todos liberales sin excepción, y el <i>valiente</i>, aunque
-ya es viejo, está dispuesto a repetir lo que hizo en tiempo de los
-franceses. Pues, como iba diciendo antes, el <i>alcalde</i> a quien vamos
-a ver es un joven<span class="pagenum" id="Page_230">[p. 230]</span>
-muy instruído, y si quiere, puede hablar con usted en inglés mejor
-aún que yo, eso que fuí amigo de Nelson y peleé a su lado en
-Trafalgar.</p>
-
-<p>La noche cerró antes de llegar a Corcubión. Antonio se detuvo de
-nuevo en una taberna y después nos condujo a casa del <i>alcalde</i>.
-Su andar era ya muy poco seguro; al llegar a la puerta de la casa
-tropezó en el umbral y se cayó al suelo. Se puso en pie, lanzando un
-juramento, y al instante comenzó a aporrear la puerta con la culata
-del fusil. «¿Quién es?»—preguntó al fin en gallego una suave voz de
-mujer—. «El <i>valiente</i> de Finisterre»—respondió Antonio—. Se abrió la
-puerta y vimos ante nosotros una mujer bastante linda con una luz en
-la mano.</p>
-
-<p>—¿Qué le trae por aquí tan tarde, Antonio?—preguntó.</p>
-
-<p>—Traigo dos prisioneros, <i>mi pulida</i>—respondió.</p>
-
-<p>—<i>¡Ave María!</i>—exclamó—. Supongo que no correremos peligro.</p>
-
-<p>—De uno respondo—replicó el viejo—; pero el otro es un <i>nuveiro</i>
-y ha hundido más barcas que todos sus hermanos de Galicia. Pero no
-te asustes, preciosa—añadió al ver santiguarse a la mujer—; cierra
-primero la puerta y llévame luego a donde esté el <i>alcalde</i>; tengo
-mucho que contarle.</p>
-
-<p>Cerróse la puerta, y Antonio, después de ordenarnos permanecer en
-el patio,<span class="pagenum" id="Page_231">[p. 231]</span> subió,
-precedido de la muchacha, una escalera de piedra, dejándonos en
-profundas tinieblas.</p>
-
-<p>Pasó un cuarto de hora; de nuevo vimos el fulgor de la luz en la
-escalera, y la muchacha reapareció. Vino hacia mí y aproximándome al
-rostro la luz, me miró con atención. Después de un minucioso examen,
-se acercó a mi guía y le contempló con mayor detenimiento aún;
-volvióse al fin a mí y dijo en el mejor español que pudo: «<i>Señor</i>
-caballero, le felicito a usted por tener un criado como éste. Es
-el <i>mozo</i> mejor parecido de toda Galicia. <i>¡Vaya!</i> Con sólo que
-llevara algo más de ropa y no fuese descalzo como va, ahora mismo
-le admitía de <i>novio</i>; pero, desgraciadamente, he hecho voto de no
-casarme nunca con un pobre, y sí sólo con quien tenga la bolsa bien
-repleta de dinero y pueda comprarme buenos trajes. ¿De manera que
-son ustedes carlistas? <i>¡Vaya!</i> No crean que por eso voy a quererles
-mal; pero, siendo carlistas, ¿por qué han ido ustedes a Finisterre,
-si allí son todos <i>cristinos</i> y <i>negros</i>? ¿Por qué no han ido ustedes
-a mi pueblo? Allí nadie se hubiese metido con ustedes. Los de mi
-pueblo no se parecen a esos borrachos de Finisterre. En mi pueblo no
-molesta nadie a la gente de bien. <i>¡Vaya!</i> No saben ustedes el odio
-que le tengo a ese borracho de Finisterre que les ha traído. ¡Es
-tan viejo y tan feo! Si no fuera por la ley<span class="pagenum"
-id="Page_232">[p. 232]</span> que le tengo al <i>señor alcalde</i>,
-abriría la puerta y le pondría en la calle a usted y a su criado, <i>el
-buen mozo</i>.»</p>
-
-<p>En esto, bajó Antonio. «Sígame—dijo—; su merced el <i>alcalde</i>
-está dispuesto a recibirle al momento.» Sebastián y yo le seguimos
-escaleras arriba, y entramos en un aposento, donde, sentado detrás
-de una mesa, vimos a un joven de corta estatura, pero guapo de cara
-y vestido a la última moda. Estaba escribiendo una carta, y cuando
-terminó se la entregó a un secretario para copiarla. Entonces me miró
-un instante fijamente y tuvimos la siguiente conversación:</p>
-
-<p><span class="smcap">El alcalde.</span>—Ya veo que es usted inglés;
-aquí mi amigo Antonio me ha dicho que le han detenido a usted en
-Finisterre.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Le han dicho a usted la verdad; a
-no ser por él, creo que hubiera perecido a manos de aquellos salvajes
-pescadores.</p>
-
-<p><span class="smcap">El alcalde.</span>—Los habitantes de
-Finisterre son buena gente y muy liberales todos. ¿Me permite usted
-ver el pasaporte? Sí; está en regla. Es verdaderamente ridículo que
-le hayan detenido a usted tomándole por carlista.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—No sólo por carlista, sino por don
-Carlos en persona.</p>
-
-<p><span class="smcap">El alcalde.</span>—¡Oh!, es de lo más
-ridículo; ¡confundir a un compatriota del gran Baintham con un
-bárbaro como ése!</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Dispense usted, señor: ¿de quien ha
-dicho usted?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_233">[p. 233]</span></p>
-
-<p><span class="smcap">El alcalde.</span>—Del gran Baintham; el que
-ha inventado leyes para el mundo entero. Espero verlas adoptadas
-dentro de poco en este desgraciado país.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¡Oh! Quiere usted decir Jeremías
-Bentham. Sí: un hombre muy notable en su línea.</p>
-
-<p><span class="smcap">El alcalde.</span>—¡En su línea! ¡En todas las
-líneas! Es el genio más universal que ha producido el mundo: es un
-Solón, un Platón y un Lope de Vega.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—No he leído sus obras; pero no dudo
-que sea un Solón, y hasta un Platón, como usted dice. Lo que no podía
-figurarme es que se le clasificara como poeta con Lope de Vega.</p>
-
-<p><span class="smcap">El alcalde.</span>—¡Es asombroso! Por lo que
-veo, no ha leído usted nada de él; en cambio, aquí estoy yo, un pobre
-<i>alcalde</i> de Galicia, que tiene todos los escritos de Baintham en ese
-estante y los estudia día y noche.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Conocerá usted el inglés, sin duda
-alguna.</p>
-
-<p><span class="smcap">El alcalde.</span>—Sí tal; quiero decir,
-el inglés contenido en las obras de Baintham. Celebro muchísimo
-ver a un compatriota suyo por estos parajes tan bárbaros.
-Comprendo y aprecio los motivos que le han traído a usted por
-aquí; disimule las groserías e insolencias que haya sufrido. Ahora
-trataremos de repararlas en lo posible. Está<span class="pagenum"
-id="Page_234">[p. 234]</span> usted en libertad; pero como es tarde,
-le buscaré a usted alojamiento para esta noche. Aquí al lado hay uno
-muy a propósito. Vamos allá ahora mismo. Espere: ¿lleva usted un
-libro en la mano?</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—El Nuevo Testamento.</p>
-
-<p><span class="smcap">El alcalde.</span>—¿Qué libro es ése?</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Una parte de las Sagradas
-Escrituras, de la Biblia.</p>
-
-<p><span class="smcap">El alcalde.</span>—¿Para qué lleva usted
-consigo ese libro?</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Uno de los motivos principales
-de mi visita a Finisterre era llevar este libro a un sitio tan
-inculto.</p>
-
-<p><span class="smcap">El alcalde.</span>—¡Ja, ja! ¡Qué rareza! Sí;
-ya caigo. He oído decir que los ingleses aprecian mucho ese libro
-estrafalario. Es muy raro que los contemporáneos del gran Baintham
-den valor alguno a ese librote frailesco.</p>
-
-<p>Era ya muy entrada la noche; mi nuevo amigo me acompañó al
-alojamiento que me había destinado, en casa de una anciana
-respetable, donde hallé una habitación cómoda y limpia. Por el
-camino deslicé en la mano de Antonio una propina, y al llegar a la
-casa le regalé con toda solemnidad, y en presencia del <i>alcalde</i>, el
-Testamento, rogándole que lo llevase a Finisterre y lo conservase
-como recuerdo del inglés a quien había protegido con tanta
-eficacia.</p>
-
-<p><span class="smcap">Antonio.</span>—Así lo haré, y cuando los
-vientos del Noroeste no permitan salir al<span class="pagenum"
-id="Page_235">[p. 235]</span> mar, leeré en el regalo de su merced.
-Adiós, mi capitán; cuando vuelva usted a Finisterre espero que vendrá
-en un buen barco inglés, abarrotado de contrabando, y no por tierra
-en una jaca, ni en compañía de <i>nuveiros</i> y gente de Padrón.</p>
-
-<p>Al instante llegó la criada del <i>alcalde</i> con una canasta que
-puso en la cocina, y preparó una cena excelente para el amigo de su
-amo.</p>
-
-<p>Servida la cena, el <i>alcalde</i> se despidió de mí, no sin
-preguntarme en qué podía serme útil.</p>
-
-<p>—Mañana me vuelvo a Santiago—respondí—. Espero sinceramente
-que alguna vez se me presentará ocasión de dar a conocer al mundo
-la hospitalidad que he recibido de un hombre tan docto como el
-<i>alcalde</i> de Corcubión<a id="FNanchor_25" href="#Footnote_25"
-class="fnanchor">[25]</a>.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_236">[Pg 236]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XXXI</h2>
- <p class="subhang">
- La Coruña.— Paso de la bahía.— El Ferrol.— El astillero.— ¿Dónde
- estamos?— El embajador griego.— A la luz de un farol.— El barranco.—
- Viveiro.— La noche.— Ciénagas y tremedales.— Buenas palabras y buena
- moneda.— La cincha de cuero.— Ojos de lince.— El bribón del guía.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">D</span><span class="smcap">esde</span>
-Corcubión volví a Santiago y La Coruña, y comencé los preparativos
-del viaje a Asturias. En Santiago vendí el caballo andaluz. Los
-viajes por Galicia le habían quebrantado mucho, y me pareció incapaz
-de hacer las largas caminatas por país montañoso que me aguardaban.
-La escasez de caballos en La Coruña era tan grande, que no me
-fué difícil vender el mío por mucho más dinero del que me costó.
-Un comerciante de La Coruña, joven y rico, se enamoró de su pelo
-lustroso y de la largura de su crin y de su cola. Por mi parte tenía
-más de un motivo para alegrarme de venderlo: estaba resabiado y sin
-domar, y no hacía más que buscarme cuestiones en las cuadras de las
-<i>posadas</i> donde parábamos a dormir o a comer. Un labrador de Castilla
-la Vieja,<span class="pagenum" id="Page_237">[p. 237]</span> a cuya
-jaca trató de mala manera mi caballo, me decía en cierta ocasión:</p>
-
-<p>—Señor caballero, si se quiere usted bien o en algo se respeta,
-deshágase de ese animal, que puede ser su perdición; créame usted.</p>
-
-<p>En La Coruña se quedó, donde murió del muermo, según supe más
-tarde. ¡Paz a su memoria!</p>
-
-<p>Crucé la bahía para ir de La Coruña a El Ferrol. Antonio, con el
-caballo que nos quedaba, fué por tierra, viaje fatigoso y largo, bien
-que por mar sólo haya tres leguas. Me mareé mucho en la travesía,
-y tuve que ir echado, casi sin sentido, en el fondo de la pequeña
-lancha en que me embarqué, abarrotada de gente. El viento era
-contrario y la marejada muy fuerte. No pudimos izar la vela; cinco o
-seis marinerotes nos llevaron a remo, y en todo el tiempo no cesaron
-de cantar canciones gallegas. De pronto, el mar pareció serenarse
-y el mareo se me quitó de golpe. Me puse en pie y miré en torno.
-Estábamos en uno de los parajes más raros que pueden imaginarse:
-era un largo y angosto pasadizo, dominado en ambas márgenes por una
-estupenda barrera de rocas negras y amenazadoras. Esa hendidura
-natural de la línea de la costa es tan regular y tan recta, que no
-parece obra del azar, sino hecha a propósito. Las aguas, sombrías
-y quietas, son de inmensa profundidad. El<span class="pagenum"
-id="Page_238">[p. 238]</span> paso tendrá una milla de largo, y es la
-entrada de un ancho fondeadero, en cuyo extremo opuesto se alza la
-ciudad de El Ferrol.</p>
-
-<p>Apenas entré en esta ciudad se apoderó de mi alma la tristeza.
-La hierba crecía en las calles; por todas partes me daban en cara
-las huellas de la miseria. El Ferrol es el gran arsenal marítimo
-de España, y participa en la ruina de la en otro tiempo espléndida
-marina española. Ya no pululan en él aquellos millares de carpinteros
-de ribera que construían las largas fragatas y los tremendos navíos
-de tres puentes, destruídos casi todos en Trafalgar. Tan sólo unos
-pocos obreros mal pagados y medio hambrientos desperdician allí
-las horas, y apenas sirven para reparar tal cual <i>guardacostas</i>
-desmantelado por los tiros de alguna goleta inglesa contrabandista
-de Gibraltar. La mitad de los habitantes de El Ferrol pide limosna;
-y dícese que no es raro encontrar entre ellos oficiales de marina
-retirados, muchos de ellos inválidos, a quienes se deja perecer en
-la indigencia, ya que, por la penuria de los tiempos, cobran sus
-sueldos y pensiones con tres o cuatro años de retraso. Una turba de
-pordioseros importunos me siguió hasta la <i>posada</i> y aún intentó
-penetrar en mi habitación.</p>
-
-<p>—¿Quién es usted?—pregunté a una mujer postrada a mis plantas, que
-conservaba<span class="pagenum" id="Page_239">[p. 239]</span> en el
-rostro huellas evidentes de un pasado mejor.</p>
-
-<p>—Soy la viuda—me respondió en muy buen francés—de un valeroso
-oficial que fué en otros tiempos almirante de este puerto.</p>
-
-<p>En ninguna parte se manifiestan la miseria y la decadencia de la
-moderna España con tanta fuerza como en El Ferrol.</p>
-
-<p>Con todo, hay aquí todavía mucho que admirar. A pesar de su
-desolación actual, hay en El Ferrol algunas calles buenas y no pocas
-casas muy hermosas. La <i>alameda</i> es una plantación de un millar de
-olmos próximamente, casi todos magníficos; los pobres ferrolanos,
-con el genuino espíritu localista tan dominante en España, se jactan
-de que su ciudad posee un paseo público mejor que el de Madrid, y al
-compararle con el <i>Prado</i> hablan de éste con no disimulado desprecio.
-En un extremo de la <i>alameda</i> se levanta la única iglesia que hay en
-El Ferrol; la visité al día siguiente de mi llegada, que fué domingo.
-Los fieles, aldeanos casi todos, no cabían en ella, y con la cabeza
-descubierta permanecían de hinojos delante de la puerta, ocupando
-buen trecho del paseo.</p>
-
-<p>Paralelo a la <i>alameda</i> corre el muro del arsenal y del astillero.
-Varias horas gasté en la visita de esos lugares, provisto del
-indispensable permiso escrito del capitán general de El Ferrol; al
-visitarlos quedé lleno de<span class="pagenum" id="Page_240">[p.
-240]</span> admiración. Yo he visto los reales astilleros de Rusia
-y de Inglaterra; pero, en cuanto a la grandeza del plan y a la
-suntuosidad de la ejecución, no pueden ni por un momento compararse
-con estos maravillosos monumentos del extinguido esplendor naval de
-España. No me propongo describirlos; baste decir que el fondeadero
-oval, rodeado de un muelle de granito, tiene capacidad bastante
-para cien navíos de primer orden; pero en lugar de tal fuerza sólo
-había allí una fragata de sesenta cañones y dos bergantines; a tan
-insignificante número de barcos se halla reducida actualmente la
-marina de España.</p>
-
-<p>Dos o tres días llevaba yo en El Ferrol aguardando a Antonio, y
-no acababa de llegar; al fin, según estaba yo al caer de una tarde
-avizorando la calle, le vi venir, llevando por el diestro a nuestro
-único caballo. Me contó que a unas tres leguas de La Coruña, el
-caballo, agobiado por el calor y por las moscas, se había caído al
-suelo con una especie de ataque, del que sólo había vuelto a fuerza
-de copiosas sangrías, razón por la que tuvo que detenerse un día
-más en el camino. El caballo estaba, en efecto, muy débil; tenía
-un estertor que al principio me alarmó; pero le administré unas
-medicinas, y a los pocos días me pareció bastante restablecido para
-continuar el viaje.</p>
-
-<p>Partimos, por tanto, de El Ferrol,<span class="pagenum"
-id="Page_241">[p. 241]</span> después de alquilar una jaca para mí y
-de ajustar un guía que nos llevase a Ribadeo, a veinte leguas de El
-Ferrol, en los confines de las Asturias. El día, al principio, estuvo
-despejado; pero antes de llegar a Novales, a tres leguas de camino,
-se obscureció el cielo y cayó la niebla, acompañada de llovizna. El
-país que atravesábamos era muy pintoresco. A eso de las dos de la
-tarde divisamos entre la niebla, a nuestra izquierda, Santa Marta,
-pequeña ciudad de pescadores, con una hermosa bahía. Siguiendo a lo
-largo de la cima de una cadena de montañas entramos en un castañar
-que parecía inacabable; la lluvia continuaba, repicando sin cesar en
-las anchas hojas verdes.</p>
-
-<p>—Ya empiezan las lluvias del otoño—dijo el guía—. Mucho se van
-ustedes a mojar, mis amos, antes de llegar a Oviedo.</p>
-
-<p>—¿Ha estado usted alguna vez en Oviedo?—pregunté.</p>
-
-<p>—No; sólo he llegado hasta Ribadeo, y para eso nada más que una
-vez. Hablando con franqueza, no sé cómo nos arreglaremos al llegar
-a los descampados que hay aquí cerca; de noche, y con lluvia, será
-muy difícil encontrar el camino. Quisiera estar ya de vuelta en El
-Ferrol, porque este camino, el peor de Galicia por muchas razones,
-no me gusta; pero donde va la jaca de mi amo allí tengo yo que ir
-también: tal es la vida para nosotros los guías.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_242">[p. 242]</span></p>
-
-<p>Me encogí de hombros al recibir esas noticias, poco agradables en
-verdad, y di la callada por respuesta.</p>
-
-<p>Por fin, al cerrar la noche, salimos del bosque, y a poco
-descendimos a un profundo valle, al pie de elevadas montañas.</p>
-
-<p>—¿Dónde estamos ahora?—pregunté al guía, a punto que, en el fondo
-del valle, salvábamos por un tosco puente un arroyuelo ruidoso y
-espumante, engrosado por las lluvias.</p>
-
-<p>—En el valle de Coisa Doiro—replicó—; mi opinión es que pasemos
-aquí la noche para no aventurarnos en los montes por donde pasa el
-camino de Viveiro, porque entrar en ellos y perdernos va a ser todo
-uno, y entonces <i>¡adiós!</i>, morimos todos.</p>
-
-<p>—¿Hay algún pueblo por aquí cerca?</p>
-
-<p>—Sí, señor; el pueblo está enfrente de nosotros, y dentro de un
-instante llegaremos a él.</p>
-
-<p>A poco entramos en una aldea que se alzaba, entre árboles
-altísimos, a la entrada del desfiladero.</p>
-
-<p>Antonio se apeó, entró en dos o tres chozas y volvió en seguida,
-diciendo:</p>
-
-<p>—No podemos quedarnos aquí, <i>mon maître</i>, sin que nos coma la
-miseria; mejor estaremos entre esos cerros. No hay ni lumbre ni luz
-en estas chozas y la lluvia cala los techos.</p>
-
-<p>El guía, sin embargo, se negó a continuar.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_243">[p. 243]</span></p>
-
-<p>—Con luz del día me costaría trabajo encontrar el camino—gritó
-malhumorado—; peor será de noche, con tormenta y <i>bretima</i>.</p>
-
-<p>Adquirimos un poco de vino y de pan de maíz en una de las chozas,
-y mientras comíamos, Antonio dijo:</p>
-
-<p>—<i>Mon maître</i>, lo mejor que en esta situación podemos hacer es
-ajustar a cualquiera de este pueblo para que nos lleve por esas
-montañas a Viveiro. Aquí no hay camas, y si nos echamos en la
-paja, con los vestidos mojados, atraparemos una terciana gallega.
-El guía que traemos no sirve para nada; vamos a buscar uno que le
-sustituya.</p>
-
-<p>Sin aguardar respuesta, arrojó la corteza de <i>broa</i> que estaba
-comiendo y desapareció. Se encaminó, como más adelante supe, a la
-choza del <i>alcalde</i>, y le pidió, en nombre de la reina, un guía para
-el embajador griego, que se había extraviado camino de Asturias.
-Volvió a los diez minutos en compañía de la autoridad local, quien,
-con gran sorpresa de mi parte, me hizo una profunda reverencia y
-permaneció con la cabeza descubierta bajo la lluvia.</p>
-
-<p>—Su excelencia—exclamó Antonio—necesita un guía para ir a
-Viveiro. Las personas de nuestra clase no están obligadas a pagar
-los servicios que necesiten; sin embargo, su excelencia es de
-entrañas compasivas y dará gustoso tres <i>pesetas</i> a cualquier persona
-competente que le acompañe a<span class="pagenum" id="Page_244">[p.
-244]</span> Viveiro, y todo el pan y el vino que quiera comer y beber
-al llegar.</p>
-
-<p>—Su excelencia será servido—respondió el <i>alcalde</i>—. Sin embargo,
-como el camino es largo y difícil y en la montaña hay mucha
-<i>bretima</i>, me parece que, además del pan y del vino, su excelencia
-no debe ofrecer menos de cuatro <i>pesetas</i> al guía que le lleve a
-Viveiro, y no conozco ninguno mejor que mi yerno, Juanito.</p>
-
-<p>—Concedido, <i>señor alcalde</i>—repliqué yo—. Traiga usted el guía, y
-la peseta de aumento saldrá también a relucir en sazón oportuna.</p>
-
-<p>No tardó en aparecer Juanito con un farol en la mano. Partimos al
-instante. Los dos guías empezaron a hablar en gallego.</p>
-
-<p>—<i>Mon maître</i>—dijo Antonio—, este nuevo tunante le está
-preguntando al otro qué traemos, a su parecer, en las maletas.</p>
-
-<p>Luego, sin esperar mi respuesta, gritó:—¡Pistolas, bárbaros;
-pistolas!, como vais a saber a costa vuestra si no dejáis esa
-jerigonza y habláis en castellano.</p>
-
-<p>Callaron los gallegos, y al instante el primer guía se quedó
-atrás, mientras el otro abría la marcha, farol en mano.</p>
-
-<p>—Quédate atrás y muy separado—dijo Antonio al primero—. Te
-advierto, además, que veo lo mismo detrás que delante. <i>Mon
-maître</i>—continuó dirigiéndose a mí—, no creo que estos individuos
-traten de hacernos<span class="pagenum" id="Page_245">[p.
-245]</span> daño, sobre todo porque no se conocen; pero bueno será
-que vayan separados, porque el lugar y la hora son tentadores para
-cometer un robo o una muerte.</p>
-
-<p>Seguía lloviendo sin cesar; el camino era escabroso y muy
-pendiente, y la noche tan obscura, que apenas veíamos la masa confusa
-de las montañas circundantes. Una o dos veces nuestro guía pareció
-perder el camino: se detenía, hablaba entre dientes, alzaba en alto
-el farol y luego seguía adelante despacio e indeciso. De esta manera
-anduvimos tres o cuatro horas; al cabo pregunté al guía cuánto
-faltaba para Viveiro.</p>
-
-<p>—No sé a punto fijo dónde estamos—respondió—, aunque creo que no
-nos hemos perdido. De todos modos, podemos estar escasamente a menos
-de dos leguas cortas de Viveiro.</p>
-
-<p>—Entonces no llegamos antes de salir el sol—interrumpió Antonio—,
-porque una legua corta de Galicia equivale lo menos a dos de
-Castilla, y acaso estamos destinados a no llegar nunca si el camino
-va por ese precipicio.</p>
-
-<p>Al tiempo que hablaba comenzó el guía a bajar por un barranco que
-parecía llevar a las entrañas de la tierra.</p>
-
-<p>—¡Alto!—dije yo—. ¿Adónde vas?</p>
-
-<p>—A Viveiro, <i>senhor</i>—replicó el hombre—; éste es el camino de
-Viveiro; no hay otro. Ahora ya sé dónde estamos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_246">[p. 246]</span></p>
-
-<p>La luz del farol cayó sobre las curtidas facciones del guía al
-volverse para contestar, según estaba un poco por bajo de nosotros en
-la vertiente del barranco, poblada de gruesos árboles, debajo de cuya
-bóveda frondosa descendía un sendero de pavorosa pendiente. Me apeé
-de la jaca, y entregando las riendas al otro guía dije:</p>
-
-<p>—Aquí tienes el caballo de tu amo; llévalo por el despeñadero
-abajo si quieres; pero yo me lavo las manos en el asunto.</p>
-
-<p>El hombre, sin responder palabra, montó de un salto, y diciéndole
-a la jaca: <i>¡Vamos, Perico!</i>, empezó a bajar.</p>
-
-<p>—Venga, <i>senhor</i>—decía el del farol—; no hay tiempo que perder;
-la luz se va a apagar muy pronto, y estamos en lo peor de todo el
-camino.</p>
-
-<p>Pensé en la probabilidad de que el guía nos llevase a una cueva de
-forajidos, donde nos degollarían; pero, cobrando ánimos, me agarré a
-la brida de nuestro caballo y seguí al hombre aquel por el barranco
-abajo, entre peñas y zarzas. Duró el descenso unos diez minutos, y
-antes de llegar al final se apagó la luz y quedamos en casi total
-obscuridad.</p>
-
-<p>El guía nos animaba diciendo que no había peligro, y al fin
-llegamos al fondo del barranco, por donde corría un riachuelo. Le
-vadeamos con agua hasta las rodillas. Estando en el agua, alcé
-los ojos y vislumbré un pedazo de cielo a través de las ramas de
-los<span class="pagenum" id="Page_247">[p. 247]</span> árboles que
-por todas partes cubrían las empinadas vertientes del barranco y
-abovedaban el cauce del arroyo. Jamás viajero descarriado se ha visto
-en un sitio tan extraño ni de tales lobreguez y horror. Después de
-una breve pausa, empezamos a escalar la vertiente opuesta, menos
-escarpada que la otra, y en pocos minutos llegamos a la cima.</p>
-
-<p>Poco después amainó la lluvia, salió la luna, y algunos de sus
-débiles rayos perforaron la húmeda gasa de la niebla. El camino era
-ya menos pendiente. A las dos horas descendimos al borde de una vasta
-ensenada, y la costeamos hasta un sitio donde había muchos botes
-y lanchas volcados en la arena. Al instante vimos ante nosotros
-los muros de Viveiro, sobre los que derramaba la luna un débil
-resplandor. Entramos por una puerta abovedada, alta y, al parecer,
-ruinosa, y el guía nos condujo al momento a la <i>posada</i>.</p>
-
-<p>Todo el mundo estaba en Viveiro sepultado en profundo sueño; ni
-siquiera un perro nos saludó con sus ladridos. Después de mucho
-llamar, nos abrieron en la <i>posada</i>, edificio grande y ruinoso.
-Apenas estuvimos alojados hombres y caballos, la lluvia comenzó de
-nuevo con mayor furia que antes, con gran aparato de relámpagos
-y truenos. Antonio y yo, rendidos de cansancio, nos acostamos en
-unas malas camas dispuestas<span class="pagenum" id="Page_248">[p.
-248]</span> en un aposento ruinoso, en el que penetraba la lluvia por
-una porción de grietas; los guías se quedaron comiendo pan y bebiendo
-vino hasta la mañana.</p>
-
-<p>Al levantarme, la vista de un día despejado me llenó de contento.
-Antonio preparó en seguida un sabroso desayuno de gallina estofada,
-que nos vino muy bien después de las diez leguas de viaje del día
-anterior por los caminos que he intentado describir. Fuimos luego
-a dar una vuelta por la población, que consiste en poco más de
-una calle larga, en la falda de un empinado cerro, muy poblado de
-bosque y árboles frutales. A eso de las diez proseguimos el viaje,
-acompañados por el primer guía; el otro se había vuelto a Coisa Doiro
-unas horas antes.</p>
-
-<p>Aquel día caminamos casi siempre a la vista de la costa
-cantábrica, siguiendo su contorno. El país era estéril, cubierto
-en muchos sitios de grandes pedruscos; encontramos, sin embargo,
-algunos pedazos de tierra cultivada, plantados de viñedo. Vimos muy
-pocas viviendas humanas; con todo, el viaje fué placentero, gracias
-al esplendente sol, que alegraba con sus rayos los agrestes yermos
-y brillaba en la superficie del lejano mar, dormido en apacible
-calma.</p>
-
-<p>Al caer la tarde estábamos en las inmediaciones de la costa, con
-una cadena de montañas cubiertas de bosque a nuestra derecha. El guía
-nos llevó hacia una ensenada<span class="pagenum" id="Page_249">[p.
-249]</span> de bordes pantanosos, y a poco se detuvo y declaró que ya
-no sabía adónde nos llevaba.</p>
-
-<p>—<i>Mon maître</i>—dijo Antonio—, lo mejor es que guiemos nosotros
-mismos; como usted ve, de nada sirve fiarse de este individuo, que
-sólo sabe meter a la gente en los cenagales.</p>
-
-<p>Volvimos atrás, y dando la vuelta a la ciénaga en un trecho
-considerable, llegamos a un angosto sendero; nos metimos por él,
-hasta dar en un bosque muy espeso, donde al instante nos perdimos por
-completo. Vagamos entre los árboles mucho tiempo; de pronto oímos
-ruido de agua, y un momento después el fragor de un rodezno. Guiados
-por el ruido, descubrimos un pequeño molino de piedras construído
-sobre un arroyo: allí nos detuvimos y llamamos; pero sin obtener
-respuesta.</p>
-
-<p>—Aquí no hay nadie—dijo Antonio—. Pero este sendero nos llevará,
-seguramente, a sitio habitado.</p>
-
-<p>Echamos por él, y a los diez minutos estábamos a la puerta de
-una choza, dentro de la que se veía luz. Antonio se apeó y abrió la
-puerta.</p>
-
-<p>—¿Hay aquí alguien que quiera llevarnos a Ribadeo?—preguntó.</p>
-
-<p>—<i>Senhor</i>—respondió una voz—, de aquí a Ribadeo hay cinco leguas
-largas, y hay que cruzar además un río.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_250">[p. 250]</span></p>
-
-<p>—Entonces hasta el pueblo más próximo—continuó Antonio.</p>
-
-<p>—Yo soy <i>vecino</i> del pueblo inmediato, que está en el camino de
-Ribadeo—dijo otra voz—, y les llevaré a ustedes allá si me dan buenas
-palabras y, lo que es mejor, buenas monedas.</p>
-
-<p>Al decir esto salió de la choza un hombre con un palo grueso en la
-mano. Echó a andar resueltamente a paso largo delante de nosotros, y
-en menos de media hora nos sacó del bosque. En otra media hora nos
-llevó a un grupo de casucas situadas cerca del mar; nos señaló una de
-ellas, y, guardándose una peseta que le di, se despidió.</p>
-
-<p>Los moradores de la casa consintieron de buen grado en albergarnos
-aquella noche. La vivienda era mucho más limpia y cómoda que la
-generalidad de las miserables chozas de los campesinos gallegos. El
-piso bajo consistía en una troje y una cuadra; encima había un desván
-muy capaz con algunas camas de borra limpias y cómodas. Vi también
-algunos mástiles y velas de botes. La familia se componía de dos
-hermanos con sus mujeres e hijos. Uno era pescador; pero el otro, que
-era el principal de la familia, me dijo que había residido muchos
-años en Madrid sirviendo, y que, reunida una pequeña suma, se volvió
-al pueblo natal, donde compró un poco de tierra, de cuyo cultivo
-vivía. Toda la familia hablaba usualmente el<span class="pagenum"
-id="Page_251">[p. 251]</span> castellano, y, según me dijeron, no se
-habla mucho gallego por aquellas partes. He olvidado el nombre del
-pueblo, situado en el estuario del Foz, que baja de Mondoñedo. Por
-la mañana cruzamos el estuario en una barcaza con los caballos, y al
-mediodía llegamos a Ribadeo.</p>
-
-<p>—Ya ve su merced—me dijo el guía que traíamos desde El Ferrol—que
-he cumplido mi ajuste y que el viaje ha sido muy duro; espero que su
-merced nos permitirá a <i>Perico</i> y a mí pasar la noche a su costa en
-esta posada, y mañana nos volveremos; ahora estamos muy cansados.</p>
-
-<p>—Nunca he montado una jaca mejor que <i>Perico</i>, ni he tropezado con
-un guía peor que usted. No conoce usted el terreno, y no ha hecho más
-que buscarnos dificultades. Sin embargo, quédese aquí esta noche, si
-está cansado, como dice, y mañana puede volverse al Ferrol, donde le
-aconsejo que se dedique a otro oficio.</p>
-
-<p>Esto se lo dije a la puerta de la <i>posada</i> de Ribadeo.</p>
-
-<p>—¿Llevo los caballos a la cuadra?—preguntó.</p>
-
-<p>—Como usted quiera.</p>
-
-<p>Antonio le miró un momento, según se alejaba con los caballos, y,
-moviendo la cabeza, le siguió con cautela. Al cuarto de hora volvió
-sonriente, cargado con la montura de nuestro caballo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_252">[p. 252]</span></p>
-
-<p>—<i>Mon maître</i>—dijo—, durante todo el viaje he ido formando muy
-mala opinión del guía; pero ahora acabo de descubrir que si ha pedido
-permiso para quedarse aquí ha sido con idea de robarnos algo. Andaba
-muy solícito con nuestro caballo en la cuadra, y ahora echo de menos
-la cincha de cuero nueva que tanto le llamaba la atención estos días.
-Ya la habrá escondido no sé dónde; pero le tenemos seguro, porque aún
-no ha cobrado el alquiler de la jaca ni la propina.</p>
-
-<p>En esto volvió el guía. Los pícaros son siempre suspicaces. El
-hombre nos echó una ojeada, y notando acaso en nuestros rostros algo
-que no le gustó, dijo de súbito:</p>
-
-<p>—Déme usted el alquiler del caballo y mi <i>propina</i>; <i>Perico</i> y yo
-nos vamos al momento.</p>
-
-<p>—¿Cómo es eso?—respondí—. Yo creía que usted y <i>Perico</i> estaban
-cansados y que pasarían aquí la noche; pronto se han repuesto ustedes
-del cansancio.</p>
-
-<p>—Lo he pensado mejor—dijo el hombre—. Mi amo se enfadaría si
-pierdo tiempo aquí. Así que págueme y nos iremos.</p>
-
-<p>—Descuide usted—respondí—. Voy a pagarle, puesto que lo desea.
-¿Está completa la montura?</p>
-
-<p>—Sí, señor; se la he entregado a su criado.</p>
-
-<p>—Todo está aquí—dijo Antonio—, menos la cincha de cuero.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_253">[p. 253]</span></p>
-
-<p>—Yo no la tengo—replicó el guía.</p>
-
-<p>—Claro está que no—contesté—. Vamos a la cuadra; quizás la
-encontremos allí.</p>
-
-<p>Fuimos a la cuadra, y, aunque buscamos mucho, la cincha no
-pareció.</p>
-
-<p>—La lleva rodeada a la cintura, debajo del pantalón, <i>mon
-maître</i>—dijo Antonio, cuyos ojos de lince lo escudriñaban todo—. Pero
-no nos demos por enterados; estas gentes son paisanos suyos y acaso
-se pondrían de su parte si intentásemos apoderarnos de él. Ya le digo
-que le tenemos en nuestro poder, porque no le hemos pagado.</p>
-
-<p>El prójimo empezó entonces a hablar en gallego con los
-circunstantes (se habían congregado varias personas), diciendo que
-el <i>Denho</i> le llevase si sabía algo de la cincha perdida; pero nadie
-parecía inclinado a ponerse de su parte, y los oyentes se limitaban
-a encogerse de hombros. Volvimos al portal de la posada, clamando el
-guía por el precio del alquiler y la <i>propina</i>. No le respondí, y
-acabó por marcharse, amenazándonos con acudir a la <i>justicia</i>; a los
-diez minutos volvió corriendo con la cincha en la mano.</p>
-
-<p>—Acabo de encontrarla en la calle—dijo—. Su criado la habrá
-perdido.</p>
-
-<p>Tomé la cincha y me puse a contar muy despacio la cantidad a que
-ascendía el alquiler del caballo; después de entregársela delante de
-testigos, dije:</p>
-
-<p>—Durante todo el viaje no nos ha servido<span class="pagenum"
-id="Page_254">[p. 254]</span> usted de nada; sin embargo, ha
-disfrutado del mismo trato que nosotros, y ha comido y bebido a su
-antojo: tenía intención de darle a usted dos duros de <i>propina</i>;
-pero en vista de que a pesar de lo bien que le hemos tratado ha
-querido usted robarnos, no le doy ni un <i>cuarto</i>; conque váyase a sus
-negocios.</p>
-
-<p>Todos los presentes aprobaron esta sentencia, y le dijeron que
-tenía su merecido y que era la deshonra de Galicia. Dos o tres
-mujeres se santiguaron y le preguntaron si no temía que el <i>Denho</i>,
-a quien había invocado, se lo llevase. Por último, un hombre de
-presencia respetable le dijo:</p>
-
-<p>—¿No se avergüenza usted de haber querido robar a dos extranjeros
-inocentes?</p>
-
-<p>—¡Extranjeros!—rugió el guía, que echaba espuma de
-rabia—¡inocentes extranjeros, <i>carracho</i>! Más saben de España y de
-Galicia que todos nosotros juntos. ¡Oh! <i>Denho</i>, el criado no es un
-hombre, es un brujo, un <i>nuveiro</i>. ¿Dónde está <i>Perico</i>?</p>
-
-<p>Montó en su jaca y se fué en seguida a otra posada; pero la
-historia de su picardía corrió más que él, y no quisieron admitirlo
-en ninguna parte; volvió sobre sus pasos, y, al verme asomado a la
-ventana de la casa, lanzó un grito salvaje, me amenazó con el puño
-y salió al galope de la ciudad, perseguido por los gritos y los
-insultos de la gente.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_255">[Pg 255]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XXXII</h2>
- <p class="subhang">
- Martín de Ribadeo.— La yegua facciosa.— Los asturianos.— Luarca.— Las
- siete bellotas.— Los ermitaños.— Narración de un asturiano.— Unos
- huéspedes raros.— El criado gigante.— Batuschca.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">¿Q</span><span class="smcap">ué se</span>
-le ofrece a usted?—pregunté a un individuo bajo, grueso, de alegre
-rostro, vestido con una chaqueta de pana y pantalones de lienzo
-ordinario, que se presentó en mi habitación al obscurecer.</p>
-
-<p>—Soy Martín de Ribadeo—contestó—, de oficio <i>alquilador</i>. He
-oído que su merced necesita un caballo para ir a Asturias, con un
-guía, naturalmente; si es así, le aconsejo que me ajuste a mí y a mi
-yegua.</p>
-
-<p>—Ya estoy cansado de guías—repliqué—; tanto, que estaba pensando
-comprar una jaca y seguir adelante sin guía ninguno. El último que
-hemos tenido era un pillo.</p>
-
-<p>—Eso me han dicho, y no ha sido poca suerte para ese <i>bribón</i>
-que no estuviese yo en Ribadeo cuando ocurrió el suceso a que
-alude su merced. Al volver, ya se había ido<span class="pagenum"
-id="Page_256">[p. 256]</span> con <i>Perico</i>; que si no, de seguro
-le sangro. Es la vergüenza del oficio, uno de los más honrados y
-antiguos del mundo. Al mismo <i>Perico</i> debía darle vergüenza de él,
-porque <i>Perico</i>, aunque sea una jaca, es persona muy cabal y de gran
-talento, conocidísima en los caminos. Sólo mi yegua le aventaja.</p>
-
-<p>—¿Conoce usted bien el camino de Oviedo?—pregunté.</p>
-
-<p>—No, señor; sólo le conozco hasta Luarca, que es un día de viaje.
-No le quiero engañar a usted; por tanto, sólo iré con ustedes hasta
-ese pueblo; pero quizás podría servirles para todo el viaje, pues si
-no conozco el terreno, tengo lengua en la boca y pies ligeros para
-hacer preguntas y correr. De todos modos, no me comprometo más que
-hasta Luarca, donde ustedes harán lo que gusten. Deseo acompañarles a
-ustedes porque son extranjeros y la conversación de los extranjeros
-me gusta: siempre se aprende algo útil o entretenido. Además, deseo
-que ustedes se convenzan de que no todos los guías de Galicia son
-ladrones, y se convencerán con que me dejen acompañarles hasta
-Luarca.</p>
-
-<p>Me chocaron tanto el buen humor y la franqueza de aquel hombre, y,
-sobre todo, la originalidad de carácter que descubrían sus palabras,
-que de buen grado le ajusté para que nos sirviera de guía hasta
-Luarca; cerrado el trato, me dejó, prometiendo<span class="pagenum"
-id="Page_257">[p. 257]</span> venir a buscarme con la yegua a las
-ocho de la mañana siguiente.</p>
-
-<p>Ribadeo es uno de los principales puertos de Galicia,
-admirablemente situado para el comercio en una profunda ensenada,
-donde desemboca el Eo. Contiene muy buenos edificios y una amplia
-<i>plaza</i> plantada de árboles. Había anclados en la rada varios navíos;
-la población, más bien numerosa, no mostraba aquella miseria y
-tristeza que acababa de ver en los ferrolanos.</p>
-
-<p>Al día siguiente, Martín de Ribadeo se presentó con la yegua
-a la hora convenida. La yegua era flaca y macilenta y tenía poca
-más alzada que una jaca; pero era muy limpia de remos, y Martín
-aseguraba que no había otra mejor en toda España. «Esta yegua es
-facciosa—decía—, creo que alavesa. Los carlistas la trajeron, y como
-se quedó coja la desecharon y yo la compré por un duro. Pero ya no
-está coja, como verán ustedes muy pronto.»</p>
-
-<p>Habíamos llegado a la ría que divide Galicia y Asturias. Una
-barcaza nos esperaba como a dos varas de la orilla. Martín se acercó
-al agua con su yegua, la animó con un grito, y sin vacilación alguna
-el animal se lanzó de un brinco a la barca. «Ya les he dicho que es
-<i>facciosa</i>—dijo Martín—. Sólo un animal faccioso da este salto.»</p>
-
-<p>Embarcados en la lancha, cruzamos la<span class="pagenum"
-id="Page_258">[p. 258]</span> ría, que tendría por allí una milla de
-anchura, y tomamos tierra en Castropol, primera ciudad de Asturias.
-Monté entonces en la yegua facciosa y Antonio en mi caballo. Martín
-iba delante, bromeando con cuantas personas se encontraba, y a veces
-nos alegraba el camino con sus canciones.</p>
-
-<p>Estábamos ya en Asturias; al mediodía llegamos a Navia, pueblecito
-de pescadores situado en una <i>ría</i>; en las inmediaciones se alzan,
-formando semicírculo, unas ásperas montañas llamadas Sierra de
-Burón. En la rada había un barquichuelo, procedente, según averigüé
-más tarde, de las provincias Vascongadas, para cargar sidra o
-<i>sagardúa</i>, la bebida de que tanto gustan los vascos. Cuando íbamos
-por la angosta calle del pueblo, tres hombres, zapateros al parecer,
-sentados en una tiendecilla, saludaron a Antonio con un <i>¡Hola!</i>
-Detúvose a conversar con ellos, y cuando se reunió con nosotros en
-la <i>posada</i> le pregunté quienes eran. «<i>Mon maître</i>—dijo—, <i>ce sont
-des messieurs de ma connaissance</i>.» He sido compañero de servicio de
-los tres varias veces; y de antemano le digo a usted que en este país
-apenas hay un pueblo donde no tenga yo un amigo. Todos los asturianos
-van a Madrid en cierta época de su vida en busca de colocación,
-y cuando han arañado algún dinero se vuelven a su país. Como yo
-he servido en todas las casas grandes de<span class="pagenum"
-id="Page_259">[p. 259]</span> Madrid, conozco a la mayor parte de
-ellos. No tengo nada que decir contra los asturianos, salvo que son
-tacaños y mezquinos mientras están sirviendo; pero no son ladrones,
-ni en su país ni fuera de él, y he oído decir que se puede atravesar
-Asturias de punta a punta sin el menor riesgo de que le roben o le
-maltraten a uno, cosa que no sucede en Galicia, donde a cada momento
-estábamos expuestos a que nos cortaran el cuello.</p>
-
-<p>Salimos de Navia y seguimos adelante, a través de una comarca
-desolada, hasta el puerto de Baralla, en una ingente barrera de
-granito, desnuda de toda vegetación, aunque desde lejos aparezca de
-un ligero color verde.</p>
-
-<p>—Este puerto—dijo Martín de Ribadeo—tiene muy mala fama, y no me
-gustaría atravesarlo de noche. Aquí no hay ladrones, sino algo peor,
-los <i>duendes</i> de dos frailes franciscanos. Cuentan que en tiempos
-antiguos, mucho antes de suprimirse los conventos, dos frailes
-franciscanos salieron de su convento a mendigar. Recogieron muchas
-limosnas, y cuando al cerrar la noche pasaban por aquí, camino de
-su convento, disputaron sobre cuál de los dos había recogido más,
-empeñado cada uno en que había cumplido con su obligación mejor que
-el otro; al cabo, de las palabras vivas pasaron a los insultos,
-y de los insultos a los golpes. ¿Qué cree usted que hicieron
-aquellos<span class="pagenum" id="Page_260">[p. 260]</span> demonios
-de frailes? Se quitaron las capas, haciéndoles en una punta sendos
-nudos con una gruesa piedra dentro, y se machacaron con tal furia,
-que ambos quedaron muertos. Yo no sé, mi amo, cuál es peor plaga, si
-los frailes, los curas o los gorriones.</p>
-
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2">¡Dios Nuestro Señor nos libre de todos los pajarracos,</span>
-<span class="i0">frailes, curas y gorriones que por ahí van volando,</span>
-<span class="i0">que los gorriones no dejan de trigo siquiera un grano,</span>
-<span class="i0">los frailes se beben la uva que nosotros vendimiamos</span>
-<span class="i0">y los curas tienen todas las mujeres a su mando.</span>
-<span class="i0">Dios Nuestro Señor nos libre de todos los pajarracos!</span>
-</div></div>
-
-<p>Dos horas después llegamos a Luarca, cuya situación es singular.
-Se halla en una profunda hondonada, de tan rápidas vertientes, que
-no se ve el pueblo hasta que está uno encima de él. En el extremo
-Norte de la hondonada hay una pequeña bahía, en la que entra el mar
-por un boquete angosto. Encontramos una <i>posada</i> grande y cómoda; por
-consejo de Martín buscamos un guía y un caballo de refresco; pero nos
-dijeron que todos los caballos del pueblo estaban ausentes y que aún
-tardarían dos días en volver. «Al entrar en Luarca—dijo Martín—tuve
-el presentimiento de que no estábamos destinados a separarnos ahora.
-Tiene usted que alquilarnos a mí y a la<span class="pagenum"
-id="Page_261">[p. 261]</span> yegua hasta Gijón; allí ya encontrará
-usted medio de trasladarse a Oviedo. Hablando con franqueza, no
-siento lo más mínimo que los guías estén fuera, porque la compañía
-de usted me agrada, y estoy seguro de que a usted le agrada la mía.
-Ahora voy a escribir una carta a mi mujer diciéndole que no volveré a
-Ribadeo en unos cuantos días.» Martín salió del aposento cantando la
-siguiente copla:</p>
-
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2">Un manco escribió una carta;</span>
-<span class="i0">un ciego la está mirando;</span>
-<span class="i0">un mudo la está leyendo,</span>
-<span class="i0">y un sordo la está escuchando.</span>
-</div></div>
-
-<p>A la mañana siguiente, muy temprano, salimos de la hondonada de
-Luarca; en una hora de marcha, los caballos nos llevaron a Caneiro,
-profundo y romántico valle entre peñascos, sombreado por altos
-castaños. Por en medio del valle pasa un río muy rápido, que cruzamos
-en bote.</p>
-
-<p>—En toda Asturias—dijo el botero—no hay otro río como éste para
-las truchas. Mire usted esas piedras grandes del fondo; pues cuando
-llega su época, si el tiempo es bueno, no se vende tantísima pesca
-como hay.</p>
-
-<p>Dejando atrás el valle, entramos en una región de mucha piedra,
-montañosa, lúgubre y agreste. El día, nublado, sombrío, lo
-entristecía todo en torno nuestro.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_262">[p. 262]</span></p>
-
-<p>—¿Vamos bien por este camino para Gijón y Oviedo?—preguntó Martín
-a una vieja que estaba a la puerta de una casa.</p>
-
-<p>—¿Para Gijón y Oviedo?—replicó la comadre—. Aun tienen ustedes que
-cansarse de andar antes de llegar a Gijón y Oviedo. Por de pronto
-tienen ustedes que rajar las <i>bellotas</i>; cabalmente están ustedes
-debajo.</p>
-
-<p>—¿Qué quiere decir con eso de rajar las <i>bellotas</i>?—pregunté a
-Martín de Ribadeo.</p>
-
-<p>—¿No ha oído nunca su merced hablar de las siete
-<i>bellotas</i>?—respondió el guía—. A punto fijo no puedo decirle a usted
-lo que son, porque no las he visto nunca; pero creo que han de ser
-siete montañas que vamos a cruzar, y las llaman de ese modo porque
-las encuentran parecidas a las <i>bellotas</i>. He oído hablar de ellas
-bastante, y me alegro de tener ocasión de verlas, aunque, según
-dicen, se les indigestan a los caballos.</p>
-
-<p>En aquella parte de Asturias alcanzan las montañas considerable
-altura. Son casi todas de obscuro granito, cubierto aquí y allá por
-una ligera capa de tierra. Se acercan mucho al mar, hacia el cual
-declinan en vertientes muy quebradas, donde se abren profundas y
-escarpadas gargantas; por cada una corre un arroyo, tributo de las
-montañas al piélago salado. El camino va por esos derrumbaderos.
-A siete de ellos los llaman en el país <i>las siete bellotas</i>. El
-más terrible de todos es el del centro, del cual desciende<span
-class="pagenum" id="Page_263">[p. 263]</span> un torrente impetuoso.
-En lo más alto, a muchos cientos de varas de elevación, se alza una
-escarpada muralla de roca, negra como el hollín; cuando pasamos, un
-velo de <i>bretima</i> envolvía la cumbre. Esa garganta se ramifica por
-ambos lados en pequeñas cañadas o valles, tan cubiertos de árboles y
-tallares, que la mirada no puede penetrar en ellos.</p>
-
-<p>—Estos sitios serían muy buenos para unas ermitas—dije a Martín
-de Ribadeo—. Aquí podían vivir felices, alimentándose de raíces y
-no bebiendo más que agua, unos cuantos santos varones, y dedicarse
-a la contemplación divina sin que el ruido del mundo viniese a
-turbarlos.</p>
-
-<p>—Es verdad—respondió Martín—, y quizás por eso no hay ermitas en
-los <i>barrancos</i> de las siete <i>bellotas</i>. Nuestros ermitaños tienen
-poca afición a las raíces y al agua, y no se oponen a que de vez en
-cuando interrumpan sus meditaciones. <i>¡Vaya!</i> Nunca he visto una
-ermita que no estuviese cerca de algún pueblo rico, o que no fuese
-un sitio frecuentado por todos los vagos de los alrededores. A los
-ermitaños no les gusta vivir en estos barrancos, porque los lobos y
-las zorras acabarían con sus gallinas. Conocía yo a un ermitaño que
-al morir dejó a su sobrina una fortuna de setecientos duros, ahorrada
-casi toda cebando pavos.</p>
-
-<p>En la cima de esta <i>bellota</i> había una <i>venta</i><span
-class="pagenum" id="Page_264">[p. 264]</span> miserable donde
-descansamos, continuando después el viaje. Ya muy avanzada la tarde
-salimos del último de aquellos difíciles puertos. El viento comenzó
-entonces a soplar, trayendo en sus alas una lluvia menuda. Pasamos
-por Soto de Luiña, y prosiguiendo nuestro camino a través de una
-región muy agreste, pero pintoresca, nos encontramos al anochecer
-al pie de una escarpada montaña, a la que se subía por un camino
-de herradura, a través de un bosque de altísimos árboles. Mucho
-antes de llegar a la cumbre se hizo de noche; la lluvia arreció.
-Ibamos tropezando en la obscuridad y llevábamos de la brida los
-caballos, que a veces se arrodillaban por lo resbaladizo del sendero.
-Alcanzamos, por fin, la cumbre sin novedad, y con paso vivo llegamos,
-media hora más tarde, a la entrada de Muros, pueblo grande, situado
-precisamente al pie de la otra vertiente de la montaña.</p>
-
-<p>Ardía un buen fuego en la <i>posada</i>, y su calor, que no tardó en
-secarnos los vestidos, nos recompensó, hasta cierto punto, de los
-trabajos sufridos al escalar las <i>bellotas</i>. ¡Singular paraje aquella
-<i>posada</i> de Muros! La casa era grande e irregular, con espaciosa
-cocina en el piso bajo. Escaleras arriba había un vasto comedor con
-inmensa mesa de roble, rodeada de pesados sillones de cuero muy altos
-de respaldo, que lo menos tenían tres siglos. Con este aposento
-se<span class="pagenum" id="Page_265">[p. 265]</span> comunicaba
-una galería o voladizo de madera, abierta al aire, que conducía a un
-cuarto pequeño, provisto de un lecho antiguo, con dosel y cortinas,
-donde yo había de dormir. Era una de esas posadas que los novelistas
-gustan de introducir en sus descripciones, sobre todo cuando los
-sucesos narrados ocurren en España. El huésped era un asturiano
-locuaz.</p>
-
-<p>El viento rugía sin cesar y llovía a torrentes. Me senté,
-soñoliento, al amor de la lumbre, y la conversación del huésped me
-despabiló.</p>
-
-<p>—<i>Señor</i>—me dijo—, hacía ya tres años que no venían extranjeros
-a mi casa. Recuerdo que por esta misma época, y en una noche como
-la de hoy, llegaron a la posada dos hombres a caballo. Me chocó que
-no trajeran guía. En mi vida he visto dos individuos más raros;
-no se me olvidarán jamás. El uno era tan alto como un gigante;
-tenía unos bigotes rojizos que le tapaban la boca; la cara era
-coloradota y parecía muy torpe y estúpido; debía de serlo, en efecto,
-porque cuando le hablé no pareció haberme entendido, y me contestó
-farfullando un <i>¡válgame Dios!</i> tan extraño, que me le quedé mirando
-con los ojos y la boca abiertos. El otro no era alto ni colorado,
-ni tenía pelos en la cara, ni apenas en la cabeza. Era diminuto y
-parecía <i>jorobado</i>; pero ¡<i>válgame Dios</i>, qué ojos los suyos! Tan
-<span class="pagenum" id="Page_266">[p. 266]</span>penetrantes y
-malignos eran como los de un gato montés. Hablaba el español tan bien
-como yo; pero no era español. Un español no tiene aquel mirar. Iba
-vestido de <i>zamarra</i>, con muchos bordados y filigranas, y llevaba
-sombrero andaluz; no tardé en comprender que el pequeño era el amo, y
-el gigante el criado.</p>
-
-<p>»¡<i>Válgame Dios</i>, qué malísimo genio tenía el <i>jorobado</i>! Con
-todo, era muy gracioso y zumbón, y a veces me decía unas chuscadas
-como para morirse de risa. Se puso a cenar en el comedor de arriba
-(permítame usted que le diga que durmió en el mismo cuarto en que
-su merced va a dormir esta noche), y su criado le servía. Bueno: yo
-tenía mucha curiosidad, y me senté también a la mesa sin pedirle
-permiso. ¿Por qué había de pedírselo? Yo estaba en mi casa, y un
-asturiano es buena compañía para un rey, y es a menudo de mejor
-sangre. La cena fué sorprendente. En cuanto el gigante se descuidaba
-lo más mínimo en el servicio de su amo, el <i>jorobado</i> se ponía en
-pie, se subía a la silla de un brinco, y agarrando al gigante por el
-pelo le daba de bofetadas, hasta el punto de hacerme temer que iba a
-arrojar las muelas por la boca. Pero el gigante no parecía dar gran
-importancia a estos incidentes; supongo que ya estaría acostumbrado.
-<i>¡Válgame Dios!</i> Un español no lo hubiera llevado con tanta
-paciencia. Pero<span class="pagenum" id="Page_267">[p. 267]</span>
-lo que más me sorprendía era que después de pegar al criado el amo se
-sentaba, y al instante comenzaba a hablar y a reír con él como si no
-hubiera ocurrido nada, y el gigante reía y conversaba con su amo como
-si no le hubiera pegado nunca.</p>
-
-<p>»Ya supondrá usted, <i>señor</i>, que no entendí ni palabra de la
-conversación, porque no hablaban en cristiano, sino en la misma
-lengua extraña en que el gigante me contestaba cuando le dirigía
-la palabra; todavía me está sonando en los oídos. No se parecía a
-ninguna otra lengua, ni al vascuence, ni a la lengua en que su merced
-habla aquí a mi tocayo el <i>signor</i> Antonio. <i>¡Válgame Dios!</i> A lo que
-más se parecía es al ruido que hace una persona al enjuagarse la boca
-con agua. Creo recordar todavía una palabra que no se le caía de los
-labios al gigante; pero su amo no la empleaba jamás.</p>
-
-<p>»Pero aún no le he contado a usted lo más raro de esta historia.
-Cuando se acabó la cena estaba muy avanzada la noche; la lluvia
-golpeaba en las ventanas como en este momento. De pronto el jorobado
-sacó el reloj, ¡<i>Válgame Dios</i>, qué reloj! Sólo le diré a usted
-una cosa, <i>señor</i>: que con los brillantes engastados en las tapas
-se podía comprar toda Asturias y Muros encima, y relucían tanto
-que no hacía falta lámpara en el cuarto. El <i>jorobado</i> miró al
-reloj y me dijo: «Me voy a acostar.» Tomé la luz y le llevé<span
-class="pagenum" id="Page_268">[p. 268]</span> por la galería a su
-cuarto, seguidos del criado. Bueno, <i>señor</i>: levanté la mesa y me
-quedé aquí abajo esperando al criado, a quien tenía preparada una
-buena cama cerca de la mía. <i>Señor</i>, esperé con calma una hora,
-pero al cabo se me agotó la paciencia; subí al comedor, entré en la
-galería, y al llegar a la puerta de la habitación de aquel viajero
-tan raro, ¿qué dirá usted que vi?</p>
-
-<p>—¿Cómo lo voy a saber?—respondí—. Acaso sus botas de montar.</p>
-
-<p>—No, <i>señor</i>; no vi sus botas de montar. Tumbado en el suelo,
-con la cabeza apoyada en la puerta, de suerte que era imposible
-abrirla sin despertarle, estaba el gigante profundamente dormido;
-sus inmensas piernas ocupaban casi toda la longitud de la galería.
-Me santigüé lleno de admiración; y no me faltaban motivos, porque el
-viento era tan fuerte como esta noche, la lluvia entraba a chorros
-en la galería, y, sin embargo, allí se estaba el hombre dormido
-profundamente, sin abrigo, sin un leño siquiera por almohada, tumbado
-delante de la puerta de su amo.</p>
-
-<p>»<i>Señor</i>, aquella noche dormí muy poco, porque pensé que había
-alojado a dos brujos o a gente que no era humana. Una o dos veces
-subí al piso de arriba y me asomé a la galería: el criado continuaba
-allí dormido; me persigné y me volví a la cama.</p>
-
-<p>—Bueno—dije yo—, ¿qué ocurrió al día siguiente?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_269">[p. 269]</span></p>
-
-<p>—Nada de particular: el <i>jorobado</i> bajó de su cuarto y estuvo
-bromeando conmigo en buen español; el criado bajó también, pero de
-todo lo que dijo, que no fué mucho, no entendí ni palabra, porque
-hablaba en aquella calamidad de lengua. Estuvieron aquí todo el día
-hasta después de cenar; entonces el <i>jorobado</i> me dió una onza de
-oro, montaron los dos a caballo y se fueron no sé adónde, en plena
-noche, de modo tan extraño como habían venido.</p>
-
-<p>—¿Es eso todo?—pregunté.</p>
-
-<p>—No, <i>señor</i>; no es eso todo: razón tenía yo al suponer que eran
-<i>brujos</i>; al día siguiente llegó un correo y los buscaron mucho, y a
-mí me prendieron por haberlos tenido en mi casa. Esto ocurrió a poco
-de empezar la guerra. Se dijo que eran espías y emisarios de no sé
-qué nación, y que habían visitado todos los rincones de Asturias para
-conferenciar con los descontentos. Lograron escaparse y no volvió
-a saberse de ellos; pero los caballos que montaban parecieron, sin
-los jinetes, vagando por el monte; eran jacas ordinarias sin ningún
-valor. Se cree que los <i>brujos</i> se embarcarían en algún barquichuelo
-escondido en una de las <i>rías</i> de la costa.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Qué palabra era la que oía usted
-decir continuamente al criado, y que cree usted poder recordar?</p>
-
-<p><span class="smcap">El Huésped.</span>—<i>Señor</i>, hace ya tres
-años<span class="pagenum" id="Page_270">[p. 270]</span> que la oí,
-y a veces puedo recordarla, pero a veces no; en ocasiones me he
-despertado repitiéndola. Espere, <i>señor</i>; la tengo en la punta de la
-lengua: era <i>Patusca</i>.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Quiere usted decir <i>Batuschca</i>;
-aquellos hombres eran rusos.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_271">[Pg 271]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XXXIII</h2>
- <p class="subhang">
- Oviedo.— Los diez caballeros.— Otra vez el suizo.— Petición modesta.—
- Los ladrones.— Benevolencia episcopal.— La catedral.— Un retrato de
- Feijóo.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">T</span><span class="smcap">engo</span>
-que dar ahora un gran salto en mi viaje, nada menos que desde Muros
-a Oviedo, contentándome con decir que fuimos desde Muros a Vélez<a
-id="FNanchor_26" href="#Footnote_26" class="fnanchor">[26]</a>
-y desde aquí a Gijón, donde nuestro guía Martín se despidió,
-volviéndose con la yegua a Ribadeo. El buen hombre sintió mucho
-separarse de nosotros y hasta llegó a manifestar el deseo de que le
-tomase a él con su yegua a mi servicio.</p>
-
-<p>—Tengo muchas ganas—me dijo—de correr toda España y hasta el mundo
-entero, y es seguro que no volveré a ver una ocasión como la que
-ahora se me presenta pegándome a los faldones de su merced.</p>
-
-<p>Al recordarle yo que tenía mujer e hijos, respondió:</p>
-
-<p>—Es verdad, es verdad; me había olvidado de ellos; dichoso el guía
-que no tenga más familia que una yegua y un potro.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_272">[p. 272]</span></p>
-
-<p>Oviedo está a tres leguas de Gijón. Antonio fué en el caballo, y
-yo en una especie de diligencia que hace el servicio diario entre
-las dos poblaciones. El camino es bueno, pero montuoso. Llegué sin
-novedad a la capital de las Asturias, aunque en época más bien
-desfavorable, porque hasta las puertas de la ciudad llegaba el
-estruendo de la guerra y se oía «la exhortación de los capitanes y
-la gritería del ejército». Por la fecha a que me refiero, Castilla
-estaba en manos de los carlistas, que habían tomado y saqueado
-Valladolid, como habían hecho poco antes con Segovia. Se esperaba
-verlos marchar contra Oviedo de un día para otro; pero no hubieran
-dejado de encontrar resistencia, porque contaba la ciudad con
-una guarnición considerable que había erigido algunos reductos y
-fortificado varios conventos, especialmente el de Santa Clara de la
-Vega. Todos los ánimos se hallaban en un estado de ansiedad febril,
-muy especialmente por no recibirse noticias de Madrid, que, según los
-últimos informes, estaba en poder de las partidas de Cabrera y de
-Palillos.</p>
-
-<p>Sucedió, pues, que una noche me encontraba yo en la antigua ciudad
-de Oviedo, en un apartado aposento, grande y mal amueblado, de una
-antigua <i>posada</i>, que fué en otros tiempos palacio de los condes de
-Santa Cruz. Eran más de las diez y llovía a<span class="pagenum"
-id="Page_273">[p. 273]</span> mares. De pronto, conforme estaba yo
-escribiendo, me detuve al oír el ruido de numerosas pisadas en la
-crujiente escalera que conducía a mi cuarto. La puerta se abrió de
-súbito y entraron nueve hombres de elevada estatura, al mando de un
-personaje pequeñuelo y chepudo. Todos iban embozados en amplias capas
-españolas, pero al instante conocí en su porte que eran <i>caballeros</i>.
-Colocáronse en fila delante de la mesa en que yo escribía. De
-repente, se desembozaron todos a un tiempo y vi que cada uno llevaba
-un libro en la mano, libro que yo conocía muy bien. Después de una
-pausa que no fuí capaz de romper, porque estaba atónito de asombro, y
-casi me imaginaba que tenía delante una aparición, el chepudo avanzó
-un poco y con voz suave y argentina dijo: «<i>Señor</i> caballero, ¿ha
-sido usted quien ha traído este libro a las Asturias?» Me figuré que
-aquellos señores eran las autoridades civiles de la población que
-venían a arrestarme, y, poniéndome en pie, repuse: «Sí, por cierto:
-yo he sido, y es una gloria para mí haberlo hecho. El libro es el
-Nuevo Testamento de Dios; quisiera poder traer un millón.»</p>
-
-<p>—Y yo también lo deseo de corazón—dijo el hombrecillo con un
-suspiro—. No tema usted nada, señor caballero; estos señores
-son amigos míos. Acabamos de comprar estos libros en la tienda
-donde usted los ha entregado para su venta, y nos hemos<span
-class="pagenum" id="Page_274">[p. 274]</span> tomado la libertad de
-visitarle para darle las gracias por el tesoro que nos ha traído.
-Espero que podrá proveernos también del Viejo Testamento.</p>
-
-<p>Respondí que sentía mucho decirles que por el momento me era
-completamente imposible complacerles, porque no tenía ejemplares del
-Antiguo Testamento; pero que no perdía la esperanza de procurarme en
-breve algunos, trayéndolos de Inglaterra.</p>
-
-<p>Me hizo después muchas preguntas acerca de mis viajes de
-propaganda por España, de sus resultados y de las miras que la
-Sociedad Bíblica tenía respecto de este país; esperaba que nuestra
-sociedad dedicase atención especial a Asturias, el terreno más
-favorable, a su parecer, para nuestros trabajos, de toda la
-Península. Después de media hora de conversación, el chepudo me dijo
-de súbito en inglés: «Buenas noches, señor», y, embozándose en la
-capa, se fué como había venido. Sus compañeros, que hasta entonces
-no habían pronunciado una palabra, repitieron todos: «Señor, buenas
-noches», y, envolviéndose en las capas, le siguieron.</p>
-
-<p>Para explicar esta escena extraña, he de decir que por la mañana
-había visitado yo al pequeño librero de la ciudad, Longoria, y,
-de acuerdo con él, le envié por la tarde un fardo de cuarenta
-Testamentos, todo lo que me quedaba, con unos cuantos carteles. El
-librero me aseguró que, si bien se encarga<span class="pagenum"
-id="Page_275">[p. 275]</span>ba de la venta muy gustoso, no había
-esperanzas de buen éxito, porque llevaba ya un mes sin vender un solo
-libro de ninguna clase, debido a lo revuelto de los tiempos y a la
-pobreza reinante en el país; estas noticias me desanimaron mucho.
-Pero la visita nocturna me advirtió que no debe uno abatirse cuando
-las cosas presentan un aspecto muy sombrío, porque entonces es cuando
-la mano del Señor interviene, por lo general, con mayor actividad,
-para que los hombres aprendan a conocer que cuanto de bueno se
-realiza no es obra suya, sino de El.</p>
-
-<p>Dos o tres días después de esta aventura hallábame de nuevo en
-mi destartalado y mal amueblado aposento; serían las diez de una
-mañana melancólica, y la lluvia otoñal continuaba cayendo. Acababa
-de desayunarme y me disponía a escribir mis notas diarias, cuando se
-abrió la puerta de golpe y Antonio entró de un brinco.</p>
-
-<p>—<i>Mon maître</i>—dijo, sin aliento—, ¿quién dirá usted que ha
-venido?</p>
-
-<p>—El pretendiente, tal vez—dije yo con cierto sobresalto—. Si es
-así, estamos presos.</p>
-
-<p>—¡Bah!, ¡bah!—dijo Antonio—. No es el pretendiente; es uno que
-vale veinte veces más: es el suizo de Santiago.</p>
-
-<p>—¡Benedicto Mol, el suizo!—exclamé—. ¡Qué! ¿Ha encontrado el
-tesoro? ¿Cómo viene? ¿Cómo está vestido?</p>
-
-<p>—<i>Mon maître</i>—dijo Antonio—, viene a<span class="pagenum"
-id="Page_276">[p. 276]</span> pie, juzgando por los zapatos que trae,
-tan rotos, que los dedos le asoman por los agujeros; su ropa es un
-andrajo.</p>
-
-<p>—Debe de haber algún misterio en todo esto—respondí—. ¿Dónde está
-ahora?</p>
-
-<p>—Abajo, <i>mon maître</i>—replicó Antonio—. Viene a buscarnos. Pero en
-cuanto le vi he subido corriendo a darle a usted la noticia.</p>
-
-<p>Pocos minutos después Benedicto Mol subía las escaleras. Venía,
-como Antonio me dijo, vestido de harapos y casi descalzo; su sombrero
-andaluz, tan viejo, chorreaba agua.</p>
-
-<p>—<i>Och, lieber Herr</i>—dijo Benedicto—, ¡qué alegría tan grande verle
-a usted! ¡Oh! Sólo con verle a usted la cara estoy casi pagado de
-todas las miserias que he sufrido desde que me separé de usted en
-Santiago.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Le veo a usted en Oviedo y apenas
-puedo dar crédito a mis ojos. ¿Qué motivo le trae a usted a esta
-población tan fuera de su camino y desde tan gran distancia?</p>
-
-<p><span class="smcap">Benedicto.</span>—<i>Lieber Herr</i>, permítame
-que me siente y le contaré todo lo que me ha sucedido. Pocos días
-después de verle a usted por última vez, el <i>canónigo</i> me aconsejó
-que pidiese al capitán general permiso y ayuda para desenterrar el
-tesoro. Fuí a ver al capitán general, que al principio me recibió con
-amabilidad, me hizo muchas preguntas y me dijo que volviera. Continué
-visitándole, hasta que se negó a recibirme, y<span class="pagenum"
-id="Page_277">[p. 277]</span> por más que hice, no pude volverle a
-ver. El canónigo entonces fué incomodándose, sobre todo porque me
-había dado unas pocas <i>pesetas</i> de las limosnas de la iglesia; y muy
-a menudo me llamaba <i>bribón</i> e impostor. Al cabo, una mañana fuí
-a verle, le dije que me proponía volver a Madrid para someter el
-asunto al Gobierno, y le pedí por favor una certificación en la que
-constase que yo había hecho una peregrinación a Santiago; pensaba yo
-que ese documento me sería útil en el camino, porque me permitiría
-pedir limosna con más autoridad. Apenas oyó mi pretensión, sin decir
-palabra ni darme tiempo para defenderme, se arrojó sobre mí como un
-tigre y me agarrotó el cuello con las manos, tan bien y tan fuerte,
-que pensé morir estrangulado. Pero yo soy suizo, nacido en Lucerna, y
-apenas me recobré un poco, no me costó trabajo rechazarle; entonces,
-amenazándole con el palo, me retiré. Me siguió hasta la puerta con
-horribles maldiciones, y me amenazó, si me atrevía a volver, con
-meterme en la cárcel por ladrón y hereje. Fuí entonces a buscarle a
-usted, <i>lieber Herr</i>; pero me dijeron que se había marchado usted a
-La Coruña, y a La Coruña me fuí en su busca.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Y qué le sucedió en el camino?</p>
-
-<p><span class="smcap">Benedicto.</span>—Voy a decírselo. A mitad
-de camino, entre La Coruña y Santiago, y según iba yo pensando
-en el <i>Schatz</i>, oí un <span class="pagenum" id="Page_278">[p.
-278]</span>galope estrepitoso; miré en torno y vi que dos hombres a
-caballo venían derechamente hacia mí a campo traviesa con la rapidez
-del viento. <i>Lieber Gott</i>—dije yo—, estos son ladrones o facciosos;
-y lo eran, en efecto. En un momento me alcanzaron y me dieron el
-alto; tiré el palo, me quité el sombrero y los saludé. «Buenos
-días, <i>caballeros</i>»—dije—. «Buenos días, paisano»—respondieron—, y
-estuvimos mirándonos más de un minuto. <i>Lieber Himmel</i>, nunca he
-visto ladrones tan bien vestidos y armados, ni mejor montados que
-aquéllos. Llevaban dos jacas magníficas, tan fogosas que parecían
-poder subir hasta las nubes en un vuelo. Estuvimos mirándonos hasta
-que uno me preguntó quien era yo, de donde venía y a donde iba.
-«Caballeros—respondí—, yo soy suizo y he venido a Santiago a cumplir
-una promesa; ahora me vuelvo a mi país.» No dije una palabra del
-tesoro, porque temí que me fusilaran si se les ocurría pensar que
-llevaba conmigo parte de él.</p>
-
-<p>—¿Tienes dinero?—me preguntaron.</p>
-
-<p>—Caballeros—respondí—, ya ven ustedes que viajo a pie y con los
-zapatos rotos; si tuviera dinero no iría así. No quiero engañarles,
-sin embargo: tengo una <i>peseta</i> y unos <i>cuartos</i>. Al decir esto,
-saqué lo que tenía y se lo ofrecí.</p>
-
-<p>—Nosotros somos <i>caballeros</i> de Galicia—dijeron—y no quitamos
-<i>pesetas</i>, menos<span class="pagenum" id="Page_279">[p. 279]</span>
-aún <i>cuartos</i>. ¿De qué partido eres? ¿Estás por la reina?</p>
-
-<p>—No, caballeros—respondí—; no estoy por la reina; pero al mismo
-tiempo, permítanme ustedes que les diga que tampoco estoy por el rey;
-no estoy enterado de ese asunto; soy suizo, y, por tanto, no peleo en
-pro ni en contra de nadie mientras no me paguen.</p>
-
-<p>Esto les hizo reír; me preguntaron luego cosas relativas a
-Santiago, a las tropas que había y al capitán general; para no
-disgustarles conté todo lo que sabía y más aún. Entonces, uno de
-ellos, el más feroz y violento de los dos, me apuntó con el trabuco
-y dijo: «Si hubieses sido español, te hubiéramos hecho astillas
-la cabeza, tomándote por espía; pero vemos que eres extranjero y
-creemos lo que nos has dicho. Toma esta <i>peseta</i> y sigue tu camino;
-pero cuidado con decir a nadie nada de nosotros, porque si no,
-<i>¡carracho!</i>...» Descargó el trabuco por encima de mi cabeza, y
-tan cerca que durante un segundo me tuve por muerto. Luego, dando
-una gran voz, salieron al galope; sus caballos saltaban por los
-<i>barrancos</i> como si estuvieran poseídos de los demonios.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Qué le ocurrió a usted al llegar a
-La Coruña?</p>
-
-<p><span class="smcap">Benedicto.</span>—Al llegar a La Coruña
-pregunté por usted, <i>lieber Herr</i>, y me dijeron que precisamente
-el día anterior se había<span class="pagenum" id="Page_280">[p.
-280]</span> marchado usted a Oviedo; al oirlo se me heló el corazón,
-viéndome en el extremo más remoto de Galicia sin un amigo que me
-socorriera. Estuve un día o dos sin saber qué hacer; al fin resolví
-dirigirme a la frontera de Francia, pasando por Oviedo, donde
-esperaba verle a usted y pedirle consejo. Mendigué entre los alemanes
-establecidos en La Coruña un socorro para el camino, y saqué muy
-poco, sólo unos <i>cuartos</i>, menos de lo que los facciosos me dieron en
-el camino de Santiago; con eso salí para Asturias por el camino de
-Mondoñedo. <i>Och</i>, qué ciudad, ¡Mondoñedo!, llena de canónigos, de
-curas, de <i>pfaffen</i>, más carlistas todos que el propio don Carlos.</p>
-
-<p>»Un día fuí al palacio del obispo y hablé con él, diciéndole
-que volvía de una peregrinación a Santiago y le pedí un socorro.
-Díjome que no podía remediarme, y en cuanto a lo de ser peregrino de
-Santiago se holgó mucho de ello, esperando que fuese de gran provecho
-para mi alma. Salí de Mondoñedo y me metí por las montañas, pidiendo
-limosna a la puerta de cada <i>choza</i> que encontraba; decía a todos
-que era un peregrino procedente de Santiago, y mostraba mi pasaporte
-en prueba de que había estado allí. <i>Lieber Herr</i>, nadie me dió un
-<i>cuarto</i>, ni siquiera un pedazo de <i>broa</i>; gallegos y asturianos
-se reían de Santiago y me dijeron que el nombre del santo no era
-ya<span class="pagenum" id="Page_281">[p. 281]</span> un talismán en
-España. Me hubiera muerto de hambre a no ser porque de vez en cuando
-arrancaba una o dos mazorcas de algún maizal; también cogía tal cual
-racimo de las <i>parras</i> y moras de zarza; de este modo fuí tirando
-hasta llegar a las <i>bellotas</i>; allí encontré un cabrito perdido, lo
-maté y me comí un pedazo, crudo y todo, porque el hambre era mucha;
-me sentó muy mal, y estuve dos días postrado en un <i>barranco</i>, medio
-muerto, incapaz de valerme; fué una gran suerte que no me devorasen
-los lobos. Después, a campo traviesa, seguí a Oviedo; no sé cómo he
-llegado; parecía un espectro. La noche pasada dormí en una pocilga
-vacía, a unas dos leguas de aquí, y antes de abandonarla me hinqué de
-rodillas y pedí a Dios que me permitiese encontrarle a usted, <i>lieber
-Herr</i>, porque usted era mi última esperanza.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Y qué piensa usted hacer ahora?</p>
-
-<p><span class="smcap">Benedicto.</span>—¿Qué quiere usted que
-le diga, <i>lieber Herr</i>? No sé qué hacer. Me someto en todo a sus
-consejos.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Estaré en Oviedo unos pocos días
-más; durante ellos, puede usted alojarse en esta <i>posada</i>, y trate
-de recobrarse de las fatigas de tan desastrosos viajes; quizás antes
-de marcharme se me ocurra algún plan para sacarle a usted de esta
-situación tan apurada.</p>
-
-<p>Oviedo tiene unos quince mil habitantes. Está en una situación
-pintoresca, entre dos<span class="pagenum" id="Page_282">[p.
-282]</span> montañas: el Morcín y el Naranco; la primera es muy
-alta y escabrosa; durante la mayor parte del año se halla cubierta
-de nieve; las vertientes de la otra están cultivadas y plantadas de
-viñedo. El ornamento principal de la ciudad es la catedral; su torre,
-extremadamente alta, es quizás uno de los más puros ejemplares de
-la arquitectura gótica que existen hoy en día. El interior de la
-catedral es decente y apropiado; pero muy sencillo y sin adornos.
-Sólo vi un cuadro: la Conversión de San Pablo. Una de las capillas es
-cementerio, donde descansan los huesos de once reyes godos. ¡Paz a
-sus almas!</p>
-
-<p>En La Coruña me habían dado una carta de recomendación para un
-comerciante de Oviedo, el cual me recibió con gran cortesía, y
-dedicó, por lo general, un rato todos los días a enseñarme las cosas
-notables de Oviedo. Una mañana me dijo:</p>
-
-<p>—Usted habrá oído, sin duda, hablar de Feijóo, el famoso filósofo
-benedictino, cuyos escritos han contribuido mucho a disipar las
-supersticiones y los errores populares, tanto tiempo acreditados
-en España; está enterrado en uno de los conventos de Oviedo, donde
-pasó gran parte de su vida. Venga usted conmigo y le enseñaré su
-retrato. Nuestro gran rey Carlos III envió desde Madrid a su pintor
-para que lo hiciera. Ahora pertenece a mi amigo el abogado don Ramón
-Valdés.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_283">[p. 283]</span></p>
-
-<p>Fuimos a casa de don Ramón Valdés, quien, muy cortésmente, me
-enseñó el retrato de Feijóo, de forma circular, como de un pie de
-diámetro, rodeado de un pequeño bastidor de cobre, algo así como el
-borde de una bacía de barbero. Tenía el semblante ancho y grueso,
-pero correcto; arqueadas las cejas, los ojos vivos y penetrantes, la
-nariz aguileña. Llevaba en la cabeza un gorro de seda; el cuello de
-la túnica apenas llegaba a verse. Era, sin duda, un cuadro bueno, y
-me llamó mucho la atención, como uno de los mejores ejemplares del
-moderno arte español que había visto hasta entonces.</p>
-
-<p>Uno o dos días después dije a Benedicto Mol:—Mañana me voy a
-Santander. Es hora ya de que resuelva usted lo que ha de hacer: o
-volverse a Madrid o dirigirse rápidamente a Francia, y desde allí
-continuar hacia su país.</p>
-
-<p>—<i>Lieber Herr</i>—dijo Benedicto—, iré detrás de usted a Santander
-en jornadas cortas, porque en un país tan montañoso no puedo andar
-mucho; una vez allí, acaso encuentre medio de ir a Francia. En
-estos viajes tan horribles me sirve de mucho consuelo pensar que
-voy siguiendo las huellas de usted y la esperanza de alcanzarle de
-nuevo. Esta esperanza me salvó la vida en las <i>bellotas</i>, y sin
-eso no hubiera llegado jamás a Oviedo. Saldré de España lo antes
-posible<span class="pagenum" id="Page_284">[p. 284]</span> y me iré
-a Lucerna, aunque es fuerte cosa dejar detrás de mí el <i>Schatz</i> en la
-tierra de los gallegos.</p>
-
-<p>Al separarnos le regalé unos pocos duros.</p>
-
-<p>—Benedicto es un hombre extraño—me dijo Antonio a la mañana
-siguiente, cuando, acompañados por un guía, salimos de Oviedo—. Es un
-hombre extraño, <i>mon maître</i>, el tal Benedicto. Ha llevado una vida
-extraña y le espera una muerte extraña también: lo lleva escrito en
-el rostro. No creo que se marche de España, y si se marcha será para
-volver, porque está embrujado con el tesoro. Anoche envió a buscar
-una <i>sorcière</i>, y delante de mí la consultó; le dijo que estaba
-destinado a encontrar el tesoro, pero que antes tenía que cruzar
-agua. Le puso en guardia contra un enemigo, que Benedicto supone
-que será el canónigo de Santiago. He oído hablar mucho del ansia
-de dinero de los suizos; este hombre es una prueba. Por todos los
-tesoros de España no sufriría yo lo que Benedicto ha sufrido en estos
-últimos viajes.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_285">[Pg 285]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XXXIV</h2>
- <p class="subhang">
- Salida de Oviedo.— Villaviciosa.— El joven de la posada.— La
- narración de Antonio.— El general y su familia.— Noticias
- deplorables.— Mañana moriremos.— San Vicente.— Santander.— Una
- arenga.— El irlandés Flinter.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">S</span><span class="smcap">alimos</span>,
-pues, de Oviedo e hicimos rumbo a Santander. El guía que llevábamos,
-y a quien había yo alquilado la jaca que montaba, nos lo recomendó mi
-amigo el comerciante de Oviedo. Resultó ser un individuo desidioso
-e indolente; iba, por lo general, doscientas o trescientas varas
-rezagado de nosotros, y en lugar de alegrarnos el camino con
-cantares y cuentos, como Martín de Ribadeo, apenas abrió los labios,
-salvo para decirnos que no fuésemos tan de prisa, o que le iba a
-reventar la jaca si le daba tantos espolazos. Además era ladrón, y
-aunque se ajustó para hacer el viaje a <i>seco</i>, o sea corriendo de
-su cuenta sus gastos personales y los del caballo, se las arregló
-de modo que, durante todo el viaje, unos y otros pesaron sobre mí.
-Cuando se viaja por España, el plan más barato es que en el ajuste
-entre la manutención del guía y de su caballo<span class="pagenum"
-id="Page_286">[p. 286]</span> o mula, porque así el precio del
-alquiler disminuye lo menos un tercio, y las cuentas en el camino
-rara vez suben más por eso; mientras que, en otro caso, el guía se
-embolsa la diferencia, y, no obstante, queda libre de su escote a
-expensas del viajero, gracias a la connivencia de los posaderos,
-unidos a los guías por una especie de espíritu de cuerpo.</p>
-
-<p>Entrada la tarde llegamos a Villaviciosa, ciudad pequeña y sucia,
-a ocho leguas de Oviedo, al borde de una ensenada que comunica con
-el golfo de Vizcaya. Suele llamarse a Villaviciosa <i>la capital de
-las avellanas</i> por la inmensa cantidad de ese fruto que se cosecha
-en su término; la mayor parte se exporta a Inglaterra. Al acercarnos
-al pueblo, dábamos alcance a numerosos carros de <i>avellanas</i> que
-llevaban la misma dirección que nosotros. Me dijeron que en la rada
-había anclados algunos barcos ingleses. Por extraño que parezca, y
-a pesar de hallarnos en la <i>capital de las avellanas</i>, nos fué muy
-difícil procurarnos un puñado de ellas para postre, y más de la mitad
-de las que nos dieron estaban hueras. Los de la posada nos dijeron
-que como las avellanas eran para la exportación, no se les ocurría
-siquiera comerlas ni ofrecérselas a los huéspedes.</p>
-
-<p>Al día siguiente llegamos muy temprano a Colunga, lindo
-pueblecito, situado en una elevación del terreno, entre
-frondosos<span class="pagenum" id="Page_287">[p. 287]</span>
-castañares. El pueblo es famoso, al menos en Asturias, por ser cuna
-de Argüelles, padre de la Constitución española.</p>
-
-<p>Al desmontar a la puerta de la <i>posada</i>, donde pensábamos reparar
-las fuerzas, una persona, asomada a una ventana del piso alto, lanzó
-una exclamación y desapareció. Estábamos todavía en la puerta, cuando
-el mismo individuo llegó corriendo y se arrojó al cuello de Antonio.
-Era un joven bien parecido, de unos veinticinco años, vestido con
-elegancia y tocado con una gorra de <i>montero</i>. Antonio, después de
-mirarle un momento, exclamó: <i>Ah, monsieur, est ce bien vous?</i>, y
-le dió un afectuoso apretón de manos. El desconocido le hizo señas
-de que le siguiera, y en el acto se fueron los dos al aposento de
-encima.</p>
-
-<p>Preguntándome lo que podría significar aquello, me senté a
-almorzar. Pasó una hora, y Antonio no volvía. Por entre las tablas
-que formaban el techo de la cocina, oía yo su voz y la de su amigo,
-y me parecía oír a veces sollozos entrecortados y gemidos. Hubo
-después un largo silencio. Ya empezaba a impacientarme e iba a llamar
-a Antonio, cuando el hombre se presentó; pero no le acompañaba el
-desconocido.</p>
-
-<p>—Sepamos, por todas las extravagancias de este mundo—pregunté—¿qué
-ha estado usted haciendo por ahí? ¿Quién es ese hombre?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_288">[p. 288]</span></p>
-
-<p>—<i>Mon maître</i>—dijo Antonio—, <i>c’est un monsieur de ma
-connaissance</i>. Con su permiso, voy a tomar un bocado, y por el camino
-le contaré a usted lo que sé de él.</p>
-
-<p>—<i>Monsieur</i>—dijo Antonio cuando cabalgábamos ya fuera de Colunga—,
-está usted impaciente por saber la historia de ese caballero a quien
-ha visto usted abrazarme en la posada. Sepa usted, <i>mon maître</i>, que
-estas guerras de carlistas y <i>cristinos</i> han causado muchas miserias
-y desventuras en este país; pero no creo que haya en toda España
-persona tan plenamente desdichada como ese pobre y joven caballero de
-la posada; todas sus desventuras provienen del espíritu de partido y
-de facción que en estos últimos tiempos prevalecía tanto.</p>
-
-<p>»<i>Mon maître</i>, como le he dicho a usted repetidas veces, he
-vivido en muchas casas y servido a muchos amos; sucedió que hará
-unos diez años entré a servir al padre de ese caballero, muy niño
-entonces. La familia estaba en muy buena posición; el padre era
-general del ejército y bastante rico. Constituían la familia el
-padre, su señora y dos hijos; el más joven es el que usted ha visto;
-el otro le llevaba unos cuantos años. <i>¡Par Dieu!</i> En aquella casa
-lo pasé muy bien; todos los individuos de la familia me trataban con
-bondad. De muchas casas me han despedido; pero de aquella, no; cosa
-notable. Las tres veces que me salí fué por mi<span class="pagenum"
-id="Page_289">[p. 289]</span> libre voluntad. Me enfadaba con los
-otros criados, o con el perro o el gato. La última vez me fuí por
-culpa de una codorniz colgada en la ventana de <i>madame</i>, y que me
-despertaba todas las mañanas con su canto. <i>Eh bien, mon maître</i>,
-así corrieron las cosas durante los tres años que, con tales
-alternativas, estuve al servicio de la familia; al cabo de ese
-tiempo, decidieron que el señorito más joven se fuese a viajar, y se
-pensó que yo le acompañase como criado. Tenía yo muy buenas ganas
-de irme con él; mas, <i>par malheur</i>, me encontraba por aquellos días
-muy disgustado con <i>madame</i>, su madre, por causa de la codorniz, e
-insistí en que antes de acompañar al señorito matarían al pájaro y
-lo echarían al puchero. <i>Madame</i> se negó a esto de modo terminante;
-y hasta el pobre señorito, que siempre se había puesto de mi parte
-en tales ocasiones, dijo que eso era una extravagancia; me fuí de la
-casa muy amoscado, y no volví más.</p>
-
-<p>»<i>Eh bien, mon maître</i>, el señorito se fué a viajar y estuvo
-fuera varios años; desde su partida hasta que le he encontrado en
-Colunga, no había vuelto a verle ni oído hablar de él; pero sí tenía
-noticias de su familia: de <i>monsieur</i>, su padre; de <i>madame</i>, su
-madre, y de su hermano, oficial de caballería. Poco antes de la
-guerra civil, o sea antes de morir Fernando VII, <i>monsieur</i>, padre
-de este joven, fué nombrado capitán general<span class="pagenum"
-id="Page_290">[p. 290]</span> de La Coruña. Aunque muy buen amo,
-<i>monsieur</i> era bastante orgulloso, amigo de la disciplina, de la
-obediencia y de todas esas cosas. Además, no era amigo del populacho,
-de la <i>canaille</i>, y profesaba singular aversión a los nacionales. Por
-esto, al morir Fernando, se susurraba en La Coruña que el general
-no era liberal, y que era más amigo de Carlos que de Cristina. <i>Eh
-bien</i>: aconteció que un día se celebraba en la bahía una gran <i>fête</i>
-en la que tomaban parte los soldados y los nacionales; yo no sé cómo
-sucedió; el caso es que hubo una <i>émeute</i>, y los nacionales echaron
-mano a <i>monsieur</i>, el general, le ataron una cuerda al cuello, le
-zambulleron en el agua desde la falúa en que iba, y lo llevaron a
-remolque hasta que se ahogó. Entonces fueron a su casa, la saquearon,
-y maltrataron de tal modo a <i>madame</i>, que por entonces estaba
-<i>enceinte</i>, que a las pocas horas expiró.</p>
-
-<p>»Le digo a usted, <i>mon maître</i>, aunque le cueste trabajo creerlo,
-que al saber la desgracia de <i>madame</i> y del general, lloré por ellos,
-y sentí haberme despedido de la casa airadamente, por causa de la
-maldita codorniz.</p>
-
-<p>»<i>Eh bien, mon maître, nous poursuivrons notre histoire.</i> El hijo
-mayor, oficial de caballería, como le he dicho, y hombre enérgico, en
-cuanto supo la muerte de sus padres juró vengarse. ¡Pobre infeliz! No
-se le<span class="pagenum" id="Page_291">[p. 291]</span> ocurrió más
-que desertar con dos o tres camaradas descontentos, y, metiéndose en
-Galicia, levantaron una pequeña facción y proclamaron a don Carlos.
-Por un poco de tiempo hicieron mucho daño a los liberales, quemando
-y arrasando sus propiedades, y dieron muerte a varios nacionales que
-cayeron en sus manos. Pero esto duró poco; su facción fué dispersada
-y el jefe preso y ahorcado, y su cabeza clavada en un palo.</p>
-
-<p>»<i>Nous sommes déjà presque au bout.</i> Cuando llegamos a la posada,
-el joven me llevó a su cuarto, como usted vió, y durante un buen
-rato las lágrimas y los sollozos no le dejaron hablar. Su historia
-se cuenta en dos palabras: volvió de su viaje, y la primera noticia
-que le aguardaba a su regreso era que habían ahogado a su padre,
-asesinado a su madre y ahorcado a su hermano, y que, además, todos
-los bienes de la familia estaban confiscados. Y no era eso todo:
-donde quiera que iba le miraban como faccioso, y los nacionales le
-apaleaban. Acudió a sus parientes, y algunos, del bando carlista,
-le aconsejaron que se alistara en el ejército de don Carlos, y el
-mismo Pretendiente, que fué amigo de su padre, le ofreció un empleo
-en su ejército. Pero, <i>mon maître</i>, como le dije a usted antes, se
-trata de un joven pacífico, manso como un cordero, que aborrece
-el derramamiento de sangre. Además, no era de ideas carlistas,
-porque durante<span class="pagenum" id="Page_292">[p. 292]</span>
-sus estudios había leído libros escritos en tiempos antiguos por
-algunos compatriotas míos, donde no se habla más que de repúblicas,
-de libertades y de derechos del hombre, de suerte que se inclinaba
-más al sistema liberal que al de don Carlos; declinó, por tanto, la
-oferta de don Carlos, y todos sus parientes le abandonaron, mientras
-los liberales le acosaban de pueblo en pueblo como a bestia salvaje.
-Al fin, vendió unas tierrecillas que le quedaban, y con el producto
-se retiró a Colunga, donde nadie le conoce; aquí lleva hace varios
-meses una vida muy triste; la lectura de dos o tres libros y correr
-de vez en cuando una liebre con su perro son todas sus distracciones.
-Me pidió consejo, pero no pude darle ninguno y no hice más que llorar
-con él. Al cabo, dijo: «Querido Antonio, para mí no hay remedio,
-ya lo veo. Dices que tu amo está abajo; ruégale de mi parte que se
-espere hasta mañana; mandaremos llamar a las muchachas del pueblo,
-buscaremos un violín y una gaita, y bailaremos para olvidar nuestros
-cuidados un momento.» Entonces me dijo unas palabras en griego viejo;
-apenas las entendí, pero creo que significan algo así como: «Bebamos
-y comamos y alegrémonos, que mañana moriremos.»</p>
-
-<p>»<i>Eh bien, mon maître</i>: le dije que usted es un señor muy serio,
-que no se divierte nunca y que estaba de prisa. Lloró otra<span
-class="pagenum" id="Page_293">[p. 293]</span> vez, y, abrazándome,
-nos dijimos adiós. Ya sabe usted, <i>mon maître</i>, la historia del joven
-de la posada.»</p>
-
-<p>Dormimos en Ribadesella, y al mediar el siguiente día llegamos
-a Llanes. El camino corría entre la costa y una inmensa cadena de
-montañas que alzaba su barrera formidable a una legua del mar.
-El terreno por donde íbamos era regularmente llano y parecía
-bien cultivado. Abundaban los viñedos y los árboles, y a cortos
-intervalos se alzaban los <i>cortijos</i> de los propietarios, edificios
-de piedra, de planta cuadrada, rodeados de un muro exterior. Llanes
-es una ciudad antigua, de gran importancia en otros tiempos. En sus
-cercanías está el convento de San Cilorio, uno de los edificios
-monásticos más grandes de España. Ahora está abandonado, y se
-alza solitario y desolado en una de las penínsulas de la costa
-cantábrica. Dejado Llanes, entramos a poco en una de las regiones
-más áridas y tristes que pueden imaginarse, donde todo era piedra
-y rocas, sin árboles ni hierba. La noche nos cogió en aquellos
-lugares. Continuamos la marcha, no obstante, hasta llegar a una
-aldea llamada Santo Colombo. Allí pasamos la noche en casa de un
-carabinero, hombre atlético, a quien encontramos a la puerta, armado
-de fusil. Era castellano, con todo el ceremonioso formulismo y la
-grave urbanidad que en otro tiempo dieron tanta<span class="pagenum"
-id="Page_294">[p. 294]</span> fama a sus compatriotas. Regañó a su
-mujer porque hablaba con la criada delante de nosotros de asuntos
-de la casa. «Bárbara—dijo—, esa conversación no puede interesarles
-a unos caballeros forasteros; cállate, o vete a otra parte con
-la <i>muchacha</i>.» No quiso aceptar remuneración alguna por su
-hospitalidad. «Soy un <i>caballero</i> como ustedes—dijo—. No acostumbro
-a albergar gente en mi casa para ganar dinero. A ustedes les admití
-porque se les había hecho de noche y la <i>posada</i> estaba lejos.»</p>
-
-<p>Madrugamos mucho y seguimos nuestra ruta por un terreno tan triste
-y pedregoso como el recorrido el día antes. En cuatro horas llegamos
-a San Vicente, pueblo grande y destrozado, habitado principalmente
-por miserables pescadores. Conserva, empero, notables reliquias de su
-pasada magnificencia; el puente, tendido sobre la profunda y ancha
-ría en cuya margen se alza la ciudad, no tiene menos de treinta y dos
-arcos, y es de granito gris. Su fábrica es muy antigua; se halla tan
-ruinoso en algunos sitios, que ofrece peligro.</p>
-
-<p>Dejando atrás San Vicente, caminamos unas cuantas leguas por la
-costa; a veces atravesábamos alguna angosta ría. El terreno comenzó
-a mejorar; en las cercanías de Santillana era ya fértil y ameno.
-Como una hora antes de llegar al país de Gil Blas, atravesamos un
-extenso bosque, con muchas<span class="pagenum" id="Page_295">[p.
-295]</span> rocas y precipicios. En un lugar como éste se hallaba
-la caverna de Rolando, según se cuenta en la novela. El bosque
-tenía mala fama; el guía nos dijo que en él se cometían robos; pero
-nada nos sucedió, y llegamos a Santillana a eso de las seis de la
-tarde.</p>
-
-<p>No entramos en la ciudad; hicimos alto en una gran <i>venta</i> o
-<i>posada</i>, en las afueras, delante de la que se alzaba un fresno
-gigante. Apenas hospedados, estalló una espantosa tormenta de agua
-y viento, con muchos truenos y relámpagos, que se prolongó sin
-interrupción varias horas, y cuyos efectos observé durante el viaje
-del siguiente día: todos los ríos que encontramos iban muy crecidos;
-al borde del camino yacían descuajados algunos árboles. Santillana
-cuenta con cuatro mil habitantes, y dista de Santander, adonde
-llegamos al otro día temprano, seis leguas cortas.</p>
-
-<p>No hay cosa que contraste más con la región desolada y los pueblos
-medio en ruinas que acabábamos de atravesar, que el bullicio y la
-actividad de Santander, casi la única ciudad de España que no ha
-padecido con las guerras civiles, a pesar de hallarse en los confines
-de las Provincias Vascongadas, reducto del Pretendiente. Hasta las
-postrimerías del siglo pasado, Santander era poco más que una obscura
-ciudad de pescadores; pero en estos últimos años ha monopolizado casi
-por completo el comercio<span class="pagenum" id="Page_296">[p.
-296]</span> con las posesiones ultramarinas de España, especialmente
-con la Habana. La consecuencia de esto ha sido que, mientras
-Santander se enriquecía con rapidez, La Coruña y Cádiz han ido
-decayendo al mismo paso. Santander posee un muelle muy hermoso, sobre
-el que se alza una línea de soberbios edificios, mucho más suntuosos
-que los palacios de la aristocracia en Madrid; son de estilo francés,
-y en su mayoría los ocupan comerciantes. La población de Santander es
-de unos sesenta mil habitantes.</p>
-
-<p>El día de mi llegada comí en la <i>table d’hôte</i> de la fonda
-principal, regida por un genovés. La concurrencia era muy
-mezclada: franceses, alemanes y españoles hablaban en sus idiomas
-respectivos, y en una punta de la mesa, sentados frente a frente,
-dos catalanes, uno de los cuales pesaría veinte arrobas, gruñían en
-su áspero dialecto. Mucho antes de terminar la comida, un individuo
-sentado junto al catalán corpulento monopolizó la atención y las
-conversaciones de todos. Era un hombre delgado, de mediana estatura,
-rubicundo y con una irregularidad en la mirada que, si no era
-estrabismo, se le parecía mucho. Llevaba uniforme militar, azul,
-y por el gusto de perorar se olvidaba de los manjares que tenía
-delante. Hablaba en correctísimo español, pero con un leve acento
-extranjero. Entretúvose un buen rato en discurrir acerca<span
-class="pagenum" id="Page_297">[p. 297]</span> de la guerra y de sus
-particularidades, criticando con mucha libertad la conducta de los
-generales, tanto carlistas como <i>cristinos</i>, en la presente lucha, y,
-por último, exclamó:</p>
-
-<p>—Si el Gobierno me diese veinte mil hombres tan sólo, acababa yo
-la guerra en seis meses.</p>
-
-<p>—Dispense usted, señor—dijo un español sentado a la mesa—; la
-curiosidad me mueve a pedirle a usted el favor de decirnos su
-distinguido nombre.</p>
-
-<p>—Yo soy Flinter—contestó el militar—, nombre que las mujeres, los
-niños y los hombres de España traen de boca en boca. Soy Flinter el
-irlandés y acabo de escaparme de las garras de don Carlos en las
-Provincias Vascongadas. Al morir Fernando me declaré por Isabel,
-estimando que todo buen caballero irlandés al servicio de España
-debía hacer otro tanto. Todos ustedes han oído hablar de mis hazañas;
-permítanme ustedes decir que aún hubiese hecho mucho más si la
-envidia de mi gloria no hubiese trabajado para privarme de los medios
-de acción necesarios. Hace dos años me mandaron a Extremadura a
-organizar las milicias. Las partidas de Gómez y de Cabrera entraron
-en la provincia, sembrando la devastación en torno; con todo, me
-encontraron en mi puesto, y si mis subalternos me hubieran secundado
-como era debido,<span class="pagenum" id="Page_298">[p. 298]</span>
-los dos cabecillas no habrían vuelto ante su amo a jactarse de
-sus triunfos. Estando a la defensiva en mis atrincheramientos, se
-destacó de las filas carlistas un hombre y nos intimó la rendición.
-«¿Quién eres?»—le pregunté—. «Soy Cabrera»—respondió—. «Y yo soy
-Flinter—repliqué desenvainando el sable—; retírate a tus líneas
-o mueres inmediatamente.» Amedrentado, hizo lo que le mandé. Una
-hora después nos rendimos. Me llevaron prisionero a las Provincias
-Vascongadas, y los carlistas se regocijaron mucho con mi captura,
-porque el nombre de Flinter era muy sonado en sus filas. Me arrojaron
-en una mazmorra repugnante, donde estuve veinte meses. Hacía mucho
-frío, yo estaba desnudo, pero no me desanimé por eso: mi indomable
-espíritu no podía sentir tal flaqueza. Al cabo, mi carcelero se
-compadeció de mis desdichas. Díjome que «le apesadumbraba ver morir
-sin gloria a hombre tan valiente». Combinamos un plan de fuga,
-adquirimos unos disfraces y nos lanzamos juntos a la ventura. Pasamos
-inadvertidos hasta llegar a las líneas carlistas sobre Bilbao; allí
-nos dieron el alto. Pero mi presencia de ánimo no me abandonó. Iba
-yo disfrazado de carretero catalán, y la frialdad de mis respuestas
-engañó a mis interrogadores. Nos dejaron pasar y no tardamos en
-vernos en salvo dentro de los muros de Bilbao. Aquella noche hubo
-iluminación<span class="pagenum" id="Page_299">[p. 299]</span> en
-la ciudad, porque el león había roto sus redes, Flinter se había
-escapado y volvía a reanimar una causa abatida. Acabo de llegar ahora
-de Santander, de paso para Madrid, donde voy a pedir al Gobierno el
-mando de veinte mil hombres.</p>
-
-<p>¡Pobre Flinter! Seguramente no se han visto juntos en el mismo
-cuerpo un corazón más intrépido ni una boca más fanfarrona. Se fué
-a Madrid y, por la influencia del embajador británico, amigo suyo,
-obtuvo el mando de una pequeña división, con la que se dió traza
-para sorprender y derrotar, en las cercanías de Toledo, un cuerpo
-de carlistas al mando de Orejita, tres veces superior en número a
-sus tropas. En pago de esa hazaña, el Gobierno, que era entonces
-<i>moderado</i> o <i>juste milieu</i>, le persiguió con incansable animosidad;
-el primer ministro, Ofalia, apoyó con toda su influencia numerosas
-y ridículas acusaciones de robos y saqueos aducidas contra el
-demasiado victorioso general por los canónigos carlistas de Toledo.
-Fué asimismo acusado de negligencia por haber consentido, después de
-la batalla de Valdepeñas, ganada también por él con gran intrepidez,
-que las fuerzas carlistas se posesionaran de las minas de Almadén;
-bien que el Gobierno, empeñado en perderle, hizo cuanto pudo para
-impedir que se aprovechara de la victoria, negándole todo género de
-recursos y refuerzos. Privado<span class="pagenum" id="Page_300">[p.
-300]</span> de los frutos de su victoria, cegáronse sus esperanzas,
-y una melancolía morbosa se apoderó del irlandés; resignó el mando,
-y menos de diez meses después de haberle visto en Santander, dió a
-sus cobardes y envidiosos enemigos un triunfo que los satisfizo,
-cortándose el cuello con una navaja de afeitar.</p>
-
-<p>¡Almas ardorosas, nacidas en otros climas, que aspiráis a
-distinguiros al servicio de España y a ganar recompensas y honores,
-acordaos de la suerte de Colón y de otro no menos valiente y
-apasionado: Flinter!</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_301">[Pg 301]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XXXV</h2>
- <p class="subcentra">
- Salida de Santander.— Alarma nocturna.— La hoz tenebrosa.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">T</span><span class="smcap">enía</span>
-yo encargado que mandaran desde Madrid a Santander 200 Testamentos;
-con no pequeño disgusto hallé que no habían llegado, y supuse o
-que los carlistas se habían apoderado de ellos en el camino, o que
-mi carta se había extraviado. Pensé pedir a Inglaterra provisión
-de ellos; pero abandoné la idea por dos razones: en primer lugar,
-hubiera tenido que perder un mes aguardando, ocioso, su llegada, y
-la ciudad era muy cara, y en segundo lugar, me encontraba muy mal de
-salud y no podía procurarme buena asistencia médica en Santander.
-Desde que salí de La Coruña me afligía una disentería terrible,
-complicada últimamente con una oftalmía. Resolví, por tanto,
-marcharme a Madrid. Pero no era esto empresa fácil. Partidas del
-ejército de don Carlos, batidas en Castilla, merodeaban por la región
-que yo iba a cruzar, sobre todo por la parte llamada La Montaña, de
-modo que las comunicaciones<span class="pagenum" id="Page_302">[p.
-302]</span> de Santander con el Sur estaban cortadas. Sin embargo,
-determiné confiar, como siempre, en el Todopoderoso y afrontar el
-peligro. Compré un caballejo, y en compañía de Antonio me puse en
-camino.</p>
-
-<p>Antes de marcharme hablé con los libreros para el caso de que me
-fuera posible enviarles un depósito de Testamentos desde Madrid;
-arregladas las cosas a gusto mío, me puse en manos de la Providencia.
-No me detendré en referir este viaje de 300 millas. Pasamos por en
-medio del fuego, aunque parezca raro, sin chamuscarnos un pelo de
-la cabeza. Delante, detrás y a cada lado de nosotros se cometían
-robos, muertes y todo género de atrocidades; pero ni siquiera nos
-ladró un perro, aunque en cierta ocasión se concertó un plan para
-cogernos. A unas cuatro leguas de Santander, mientras echábamos
-pienso a los caballos en la posada de un pueblo, vi salir corriendo
-a un hombre que había estado cuchicheando con el mozo que nos
-daba la cebada para las bestias. En el acto le pregunté lo que el
-hombre le había dicho; pero obtuve sólo respuestas evasivas. Luego
-resultó que hablaron de nosotros. Dos o tres leguas más lejos
-había otro pueblo y otra posada, donde tenía pensado detenerme,
-y de seguro lo dije así; pero al llegar a ella, como aún quedaba
-bastante sol, decidí continuar hasta otra posada que creía encontrar
-a una legua<span class="pagenum" id="Page_303">[p. 303]</span>
-de distancia; me equivoqué en esto, porque no encontramos ninguna
-hasta Ontaneda, a nueve leguas y media de Santander, donde había
-un pequeño destacamento de soldados. A media noche nos despertó el
-grito de alarma; el faccioso estaba cerca; acababa de llegar un
-emisario del <i>alcalde</i> del pueblo inmediato, donde había tenido yo
-intención de pernoctar, diciendo que una partida carlista había
-sorprendido el lugar en busca de un espía inglés que suponían alojado
-en la posada. Al oír esto, el oficial que mandaba la tropa no se
-creyó seguro, y al instante reunió su gente y se retiró a un pueblo
-próximo fortificado, guarnecido por un destacamento más poderoso.
-Nosotros ensillamos los caballos y continuamos nuestro camino en la
-obscuridad. Si los carlistas llegan a cogerme me hubieran fusilado en
-el acto, y arrojado mi cuerpo en las peñas para pasto de buitres y
-lobos. Pero «no estaba escrito», decía Antonio, que, como muchos de
-sus compatriotas, era fatalista. A la noche siguiente nos libramos
-también de buena: llegábamos cerca de la entrada de un paso horrible
-llamado <i>El puerto de la puente de las tablas</i>, que atraviesa una
-montaña pavorosa y negra, al otro lado de la cual está la ciudad
-de Oña, donde me proponía pasar la noche. Hacía un cuarto de hora
-que se había puesto el sol. De pronto un hombre, con el ros<span
-class="pagenum" id="Page_304">[p. 304]</span>tro lleno de sangre,
-salió precipitadamente de la hoz.</p>
-
-<p>—Vuélvase atrás, señor—dijo—, en nombre de Dios; en la hoz hay
-ladrones, y acaban de robarme la mula y todo lo que tengo; con
-trabajo he salido vivo de sus manos.</p>
-
-<p>No sé por qué no le hice caso, y sin responder seguí adelante;
-cierto que estaba yo tan cansado y enfermo que me importaba muy poco
-lo que pudiera sucederme. Entramos; a derecha e izquierda se alzaban
-las rocas a pico e interceptaban la escasa luz del crepúsculo, de
-suerte que en torno nuestro reinaban tinieblas sepulcrales o, más
-bien, las tinieblas del valle de la sombra de muerte, y no sabíamos
-por dónde íbamos; pero confiábamos en el instinto de los caballos,
-que avanzaban con las cabezas pegadas al suelo. No se oía más ruido
-que el fragor del agua al despeñarse por la hoz. A cada momento creía
-que iba a sentir un puñal en el cuello; pero «no estaba escrito».
-Atravesamos la hoz sin hallar ser humano, y a los tres cuartos de
-hora de haber entrado en ella nos encontrábamos en la <i>posada</i> de la
-ciudad de Oña, atestada de tropas y de paisanos armados en espera de
-un ataque del grueso del ejército carlista, que andaba muy cerca.</p>
-
-<p>Bueno: llegamos a Burgos sin novedad; llegamos a Valladolid sin
-novedad; pasamos el Guadarrama sin novedad, y, por último,<span
-class="pagenum" id="Page_305">[p. 305]</span> llegamos sin novedad
-a nuestra casa en Madrid. La gente ponderaba nuestra buena suerte;
-Antonio decía: «No estaba escrito»; pero yo digo: Loado sea el Señor
-por las mercedes que nos otorgó.</p>
-
-
-<p class="fin">FIN DEL TOMO SEGUNDO</p>
-
-
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="footnotes">
-
-<p class="centra">NOTAS</p>
-
-<div class="footnote"> <p id="Footnote_1"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_1">[1]</a></span> Borrow salió de Sevilla el 9 de
-Diciembre de 1836, estuvo once días en Córdoba, de donde partió el
-20, llegando a Aranjuez el 25 y a Madrid el 26. (Knapp.)</p> </div>
-
-<div class="footnote"> <p id="Footnote_2"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_2">[2]</a></span> Número 16, piso 3.º (Knapp.)</p>
-</div>
-
-<div class="footnote"> <p id="Footnote_3"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_3">[3]</a></span> María Díaz murió en 1844.
-(Knapp.)</p> </div>
-
-<div class="footnote"> <p id="Footnote_4"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_4">[4]</a></span> El primer contrato para imprimir
-el Nuevo Testamento lo hizo con Mr. Charles Wood, impresor del
-gobierno español. El contrato con Borrego es de 17 de Enero de 1837,
-para reproducir la edición de Londres (1826) del N. T. de Scio.
-(Knapp.)</p> </div>
-
-<div class="footnote"> <p id="Footnote_5"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_5">[5]</a></span> Borrow pensó primeramente en dar
-por terminada su misión en la Península con la impresión del Nuevo
-Testamento, dejando a otros el cuidado de distribuir la obra. Cambió
-de idea y se ofreció a desempeñar en persona ese cometido; los
-directores de la Sociedad Bíblica aceptaron su propuesta, recibiendo
-Borrow la autorización oficial dos días después de terminarse la
-tirada del libro. (Knapp.)</p> </div>
-
-<div class="footnote"> <p id="Footnote_6"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_6">[6]</a></span> Buena suerte, Antonio.</p> </div>
-
-<div class="footnote"> <p id="Footnote_7"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_7">[7]</a></span> He aquí la original copla bilingüe
-que damos traducida en el texto:</p>
-
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2">The <i>Romany chal</i> to his horse did cry,</span>
-<span class="i0">As he placed the bit in his horse’s jaw.</span>
-<span class="i0">«<i>Kosko gry! Romany gry!</i></span>
-<span class="i0"><i>Muk man kistur tute knaw!</i>»</span>
-</div></div>
-</div>
-
-<div class="footnote"> <p id="Footnote_8"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_8">[8]</a></span> Plural de <i>chabó</i> o <i>chabé</i>: mozo,
-joven, compañero.</p> </div>
-
-<div class="footnote"> <p id="Footnote_9"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_9">[9]</a></span> Soldados.</p> </div>
-
-<div class="footnote"> <p id="Footnote_10"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_10">[10]</a></span> <i>Parugar</i>: trocar, traficar.
-<i>Graste</i>: caballo.</p> </div>
-
-<div class="footnote"> <p id="Footnote_11"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_11">[11]</a></span> Feria.</p> </div>
-
-<div class="footnote"> <p id="Footnote_12"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_12">[12]</a></span> Caballero.</p> </div>
-
-<div class="footnote"> <p id="Footnote_13"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_13">[13]</a></span> Plural de <i>Caloró</i>: gitano.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote"> <p id="Footnote_14"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_14">[14]</a></span> <i>Bul</i>; <i>Bullati</i>: el ano.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote"> <p id="Footnote_15"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_15">[15]</a></span> Un hombre no gitano; un
-gentil.</p> </div>
-
-<div class="footnote"> <p id="Footnote_16"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_16">[16]</a></span> Granada.</p> </div>
-
-<div class="footnote"> <p id="Footnote_17"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_17">[17]</a></span> ¡Quita de ahí! ¡Déjame!</p> </div>
-
-<div class="footnote"> <p id="Footnote_18"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_18">[18]</a></span> Estos «cuadros de Murillo» son
-imaginarios, observa el editor U. R. Burke.</p> </div>
-
-<div class="footnote"> <p id="Footnote_19"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_19">[19]</a></span> Posiblemente Cisneros o Calzada.
-(Nota del editor Burke.)</p> </div>
-
-<div class="footnote"> <p id="Footnote_20"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_20">[20]</a></span> El nombre del arriero era Pedro
-Mato. La estatua es de madera. (Nota del editor Burke.)</p> </div>
-
-<div class="footnote"> <p id="Footnote_21"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_21">[21]</a></span> Es un error: <i>Lucus Augusti</i> fué
-sólo capital de la Galicia septentrional; <i>Bracara Augusta</i> (Braga),
-de la meridional; el Miño las dividía. (Nota del editor Burke.)</p>
-</div>
-
-<div class="footnote"> <p id="Footnote_22"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_22">[22]</a></span> Vocablo del dialecto milanés,
-según Borrow y su anotador Burke, equivalente a vagar sin rumbo.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote"> <p id="Footnote_23"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_23">[23]</a></span> Alude a D. Pelayo Gómez de
-Sotomayor, primer enviado de Enrique III cerca de Tamerlán.</p> </div>
-
-<div class="footnote"> <p id="Footnote_24"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_24">[24]</a></span> El abogado se llamaba D. Claudio
-González y Zúñiga, autor de la <i>Descripción Económica de la Provincia
-de Pontevedra</i>. Pontevedra, 1834. (Knapp).</p> </div>
-
-<div class="footnote"> <p id="Footnote_25"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_25">[25]</a></span> El alcalde de Corcubión no
-necesitaba saber inglés para leer a Bentham, porque desde 1820 a
-1837 gran parte de sus escritos se habían traducido y publicado en
-España. Las obras completas fueron publicadas en español por Baltasar
-Anduaga Espinosa, Madrid, 1841-1843, 14 vols. en 4.º El calificativo
-de «Solón inglés» que Borrow pone en boca del alcalde está tomado
-de un artículo del <i>Monthly Magazine</i>, que Borrow conocía bien. Su
-indiferencia por Bentham nace de la secreta hostilidad que Borrow
-profesaba al Dr. Bowring, uno de los agentes principales de la
-introducción de las obras de Bentham en la Península. (Knapp.)</p>
-</div>
-
-<div class="footnote"> <p id="Footnote_26"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_26">[26]</a></span> ¿Avilés?</p> </div>
-
-</div>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="transnote" id="tnote">
- <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p>
-
- <ul>
- <li>Se ha respetado la ortografía original, normalizándola a la
- grafía de mayor frecuencia.</li>
-
- <li>Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar.</li>
-
- <li>Las páginas en blanco han sido eliminadas.</li>
-
- <li>Se ha reparado el emparejamiento de los puntos de admiración e
- interrogación, y de los paréntesis y comillas.</li>
-
- <li>El transcriptor ha creado la imagen de la cubierta y la sitúa
- en el dominio público.</li>
- </ul>
-</div>
-</div>
-
-<p>&nbsp;</p>
-<p>&nbsp;</p>
-<hr class="full" />
-
-<p>***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA BIBLIA EN ESPAÑA, TOMO II (DE 3)***</p>
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-</p>
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-
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-additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any
-Defect you cause. </p>
-
-<h3>Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm</h3>
-
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-computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
-exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
-from people in all walks of life.</p>
-
-<p>Volunteers and financial support to provide volunteers with the
-assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
-goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
-remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
-and permanent future for Project Gutenberg-tm and future
-generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
-Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
-www.gutenberg.org.</p>
-
-<h3>Section 3. Information about the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation</h3>
-
-<p>The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
-U.S. federal laws and your state's laws.</p>
-
-<p>The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
-mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
-volunteers and employees are scattered throughout numerous
-locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
-Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
-date contact information can be found at the Foundation's web site and
-official page at www.gutenberg.org/contact</p>
-
-<p>For additional contact information:</p>
-
-<p> Dr. Gregory B. Newby<br />
- Chief Executive and Director<br />
- gbnewby@pglaf.org</p>
-
-<h3>Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation</h3>
-
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-spread public support and donations to carry out its mission of
-increasing the number of public domain and licensed works that can be
-freely distributed in machine readable form accessible by the widest
-array of equipment including outdated equipment. Many small donations
-($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
-status with the IRS.</p>
-
-<p>The Foundation is committed to complying with the laws regulating
-charities and charitable donations in all 50 states of the United
-States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
-considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
-with these requirements. We do not solicit donations in locations
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-DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
-state visit <a href="http://www.gutenberg.org/donate">www.gutenberg.org/donate</a>.</p>
-
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-against accepting unsolicited donations from donors in such states who
-approach us with offers to donate.</p>
-
-<p>International donations are gratefully accepted, but we cannot make
-any statements concerning tax treatment of donations received from
-outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.</p>
-
-<p>Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
-methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
-ways including checks, online payments and credit card donations. To
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-
-<h3>Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.</h3>
-
-<p>Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
-Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
-freely shared with anyone. For forty years, he produced and
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--- a/old/51020-h/images/cover.jpg
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Binary files differ
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