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If you are not located in the United States, you'll have -to check the laws of the country where you are located before using this ebook. - - - - -Title: La Biblia en España, Tomo II (de 3) - O viajes, aventuras y prisiones de un inglés en su intento de difundir las Escrituras por la Península - - -Author: George Borrow - - - -Release Date: January 24, 2016 [eBook #51020] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - - -***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA BIBLIA EN ESPAÑA, TOMO II (DE -3)*** - - -E-text prepared by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box, and the Online -Distributed Proofreading Team (http://www.pgdp.net) from page images -generously made available by Internet Archive/Canadian Libraries -(https://archive.org/details/toronto) - - - -Note: Project Gutenberg also has an HTML version of this - file which includes the original illustration. - See 51020-h.htm or 51020-h.zip: - (http://www.gutenberg.org/files/51020/51020-h/51020-h.htm) - or - (http://www.gutenberg.org/files/51020/51020-h.zip) - - - Images of the original pages are available through - Internet Archive/Canadian Libraries. See - https://archive.org/details/labibliaenespa02borr - - - Project Gutenberg has the other two volumes of this work. - Tomo I: see http://www.gutenberg.org/ebooks/51019 - Tomo III: see http://www.gutenberg.org/ebooks/51689 - - -NOTA DE TRANSCRIPCIÓN - - En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_ - y las versalitas como MAYÚSCULAS. - - - - -COLECCIÓN GRANADA - -VIAJES - -BORROW: LA BIBLIA EN ESPAÑA -TRAD. DEL INGLÉS POR M. AZAÑA - - -LA BIBLIA EN ESPAÑA - -POR - -J. BORROW - -TRADUCCIÓN DIRECTA DEL INGLÉS -POR MANUEL AZAÑA - -TOMO II - - - - - - - -[Ilustración] - -COLECCIÓN GRANADA -JIMÉNEZ-FRAUD, Editor.—MADRID - - -ES PROPIEDAD -QUEDA HECHO EL DEPÓSITO QUE MARCA -LA LEY - -Imprenta Clásica Española. Glorieta de Chamberí. Madrid. - - - - -ÍNDICES - - - _Páginas._ - - CAPÍTULO XIX.—Llegada a Madrid.—María Díaz.—Impresión - del Testamento.—Mi proyecto.—El corcel andaluz.—Se - necesita un criado.—Una petición.—Antonio Buchini.—El - general Córdova.—Principios de honor. 13 - - CAP. XX.—Enfermedad.—Visita nocturna.—Una inteligencia - superior.—El cuchicheo.—Salamanca.—Hospitalidad - irlandesa.—Soldados españoles.—Anuncios de las - Escrituras. 30 - - CAP. XXI.—Salida de Salamanca.—Recibimiento en - Pitiega.—El dilema.—Inspiración súbita.—El buen - cura.—Combate de dos cuadrúpedos.—Irlandeses - cristianos.—Las llanuras de España.—Los catalanes.—La - poza fatal.—Valladolid.—Propaganda de las - Escrituras.—Las misiones para Filipinas.—El colegio - inglés.—Una conversación.—La carcelera. 43 - - CAP. XXII.—Dueñas.—Los hijos de - Egipto.—Chalanerías.—El caballo de carga.—La - caída.—Palencia.—Curas carlistas.—El - mirador.—Sinceridad sacerdotal.—León.—Alarma de - Antonio.—Calor y polvo. 69 - - CAP. XXIII.—Astorga.—La posada.—Los - maragatos.—Costumbres de los maragatos.—La estatua. 87 - - CAP. XXIV.—Salida de Astorga.—La venta.—El - atajo.—Salvación difícil.—El vaso de agua.—Sol y - sombra.—Bembibre.—El convento de las Rocas.—Puesta de - sol.—Cacabelos.—Aventura a media noche.—Villafranca. 94 - - CAP. XXV.—Villafranca.—El puerto.—Simplicidad - gallega.—La guardia de la frontera.—La - herradura.—Peculiaridades gallegas.—Una palabra sobre - el idioma.—El correo.—El hostelero y los huéspedes.—Los - andaluces. 113 - - CAP. XXVI.—Lugo.—Los baños.—Una historia de - familia.—Los Migueletes.—Las tres cabezas.—Un - veterinario.—La escuadra inglesa.—Venta de - Testamentos.—La Coruña.—El reconocimiento.—Luigi - Pozzi.—La especulación.—John Moore. 130 - - CAP. XXVII.—Compostela.—Rey Romero.—El buscador de - tesoros.—Proyectos risueños.—El derecho de - asilo.—Riquezas ocultas.—El canónigo.—El localismo.—La - lepra.—Los huesos de Santiago. 151 - - CAP. XXVIII.—Los mareantes de Padrón.—Caldas de los - Reyes.—Pontevedra.—El notario público.—La insania de un - barbero.—Una presentación.—La lengua gallega.—Paseo por - la tarde.—Vigo.—El forastero.—Los judíos del - desierto.—La bahía de Vigo.—Una interrupción brusca.—El - gobernador. 168 - - CAP. XXIX.—Llegada a Padrón.—Un proyecto aventurado.—El - _alquilador_.—Falta de palabra.—Un compañero - singular.—Historia sencilla.—Un camino áspero.—La - deserción.—La jaca.—Un diálogo.—Situación difícil.—La - _Estadea_.—Nos anochece.—La choza.—La almohada del - viajero. 189 - - CAP. XXX.—Mañana de otoño.—El fin del - mundo.—Corcubión.—Duyo.—El cabo.—Una ballena.—La bahía - exterior.—La detención.—El pescador alcalde.—Calros - Rey.—Un incrédulo.—¿Dónde está el pasaporte?—La - playa.—Un liberal influyente.—La criada.—El gran - «Baintham».—Un libro sin par.—Hospitalidad. 211 - - CAP. XXXI.—La Coruña.—Paso de la bahía.—El Ferrol.—El - astillero.—¿Dónde estamos?—El embajador griego.—A la - luz de un farol.—El barranco.—Viveiro.—La - noche.—Ciénagas y tremedales.—Buenas palabras y buena - moneda.—La cincha de cuero.—Ojos de lince.—El bribón - del guía. 236 - - CAP. XXXII.—Martín de Ribadeo.—La yegua facciosa.—Los - asturianos.—Luarca.—Las siete bellotas.—Los - ermitaños.—Narración de un asturiano.—Unos huéspedes - raros.—El criado gigante.—Batuschca. 255 - - CAP. XXXIII.—Oviedo.—Los diez caballeros.—Otra vez el - suizo.—Petición modesta.—Los ladrones.—Benevolencia - episcopal.—La catedral.—Un retrato de Feijóo. 271 - - CAP. XXXIV.—Salida de Oviedo.—Villaviciosa.—El joven - de la posada.—La narración de Antonio.—El general y - su familia.—Noticias deplorables.—Mañana - moriremos.—San Vicente.—Santander.—Una arenga.—El - irlandés Flinter. 285 - - CAP. XXXV.—Salida de Santander.—Alarma nocturna.—La - hoz tenebrosa. 301 - - - - -LA BIBLIA EN ESPAÑA - - - - -CAPÍTULO XIX - - Llegada a Madrid.—María Díaz.—Impresión del Testamento.—Mi - proyecto.—El corcel andaluz.—Se necesita un criado.—Una - petición.—Antonio Buchini.—El general Córdova.—Principios - de honor. - - -Llegué a Madrid[1], y en lugar de acudir a mi antiguo alojamiento de -la calle de la Zarza, tomé otro en la calle de Santiago[2], en las -cercanías de Palacio. El nombre de la hostelera (porque, hablando -propiamente, hostelero no le había) era María Díaz, de quien voy -a decir algo en particular, ya que ahora se me ofrece ocasión de -hacerlo. - - [1] Borrow salió de Sevilla el 9 de Diciembre de 1836, estuvo - once días en Córdoba, de donde partió el 20, llegando a Aranjuez - el 25 y a Madrid el 26. (Knapp.) - - [2] Número 16, piso 3.º (Knapp.) - -Podía contar esta mujer hasta treinta y cinco años; era más bien -agraciada, y todos los rasgos de su fisonomía denotaban una -inteligencia poco común. Tenía los ojos vivos y penetrantes, aunque -a veces los velaba una expresión un tanto melancólica. Todo su -porte respiraba serenidad y reposo notables, debajo de los que -alentaban una robustez de ánimo y una energía para la acción prontas -a manifestarse en cuanto era menester. Aunque española, y, como es -natural, católica, animábanla una tolerancia y generosidad como -ya las quisieran para sí personas colocadas a mucha mayor altura. -Durante mi permanencia en España encontré en esta mujer un amigo -firme e invariable, y a veces un discretísimo consejero. Se adhirió a -todos mis proyectos, no diré con entusiasmo, porque esto era impropio -de su carácter, pero con sinceridad y cordialidad, y los favoreció -en cuanto estuvo de su parte. No se apartó de mí en las horas de -peligro y de persecución, y persistió en mi amistad, a pesar de lo -mucho que mis enemigos trabajaron cerca de ella para inducirla a que -me abandonase o me traicionara. Sus móviles fueron nobilísimos: la -amistad y una percepción exacta de los deberes de la hospitalidad; -ningún otro incentivo ni esperanza egoísta, por remota que fuese, -influyó en la conducta de esta admirable mujer para conmigo. ¡Honor -a María Díaz, la reposada, animosa e inteligente castellana! Sería -yo un ingrato si no hablase aquí bien de ella, pues sobradamente -merecido tiene este elogio en las humildes páginas de LA BIBLIA EN -ESPAÑA. - -María Díaz era natural de Villaseca, aldea de Castilla la Nueva -situada en lo que llaman La Sagra, a unas tres leguas de Toledo. Su -padre fué un arquitecto de cierta nombradía, entendido especialmente -en la construcción de puentes. María Díaz se casó muy joven con -un respetable hidalgo de Villaseca, llamado López, de quien tenía -tres hijos. A la muerte de su padre, ocurrida cinco años antes -de la fecha a que me refiero, María Díaz se trasladó a Madrid, -en parte con el propósito de educar a sus hijos, y en parte con -la esperanza de cobrar una importante suma que el Gobierno quedó -debiendo a su padre por varias obras de utilidad y ornato, ejecutadas -principalmente en las cercanías de Aranjuez. La justicia de su -reclamación fué reconocida sin tardanza; pero, ¡ay!, no consiguió -ni un cuarto, porque el Tesoro real estaba vacío. Sus esperanzas de -felicidad terrena se concentraron entonces en sus hijos. Los dos -más jóvenes eran aún de muy corta edad; pero el mayor, Juan José -López, muchacho de diez y seis años, prometía realizar sobradamente -las más encumbradas esperanzas de su cariñosa madre. Dedicado a las -artes, había hecho ya en ellas tales progresos, que era el discípulo -favorito de su famoso tocayo Vicente López, el mejor pintor de la -moderna España. Tal era María Díaz, quien, conforme a una costumbre -seguida antaño universalmente en España, y muy extendida aún, -conservaba su nombre de soltera, a pesar de estar casada. Esto es lo -que hay que decir de María Díaz y su familia[3]. - - [3] María Díaz murió en 1844. (Knapp.) - -Uno de mis primeros cuidados fué visitar a Mr. Villiers, que me -recibió con su bondad habitual. Le pregunté si, a juicio suyo, podía -aventurarme a imprimir las Escrituras sin dirigir nuevas peticiones -al Gobierno. Su respuesta fué satisfactoria. «Obtuvo usted el -permiso del Gobierno de Istúriz—me dijo—, mucho menos liberal que -el presente; yo soy testigo de la promesa que le hicieron a usted -aquellos ministros, y la considero suficiente. Lo mejor que puede -usted hacer es comenzar y terminar la obra lo más pronto posible, -sin nuevas peticiones; y si alguien pretende interrumpirle, no -tiene usted más que acudir a mí; ya sabe que puede mandarme cuanto -quiera.» Salí de la entrevista muy contento, y en seguida comencé los -preparativos para ejecutar lo que me había llevado a España. - -Es innecesario referir aquí ciertos detalles de poco interés para el -lector; baste decir que tres meses más tarde se publicaba en Madrid -una edición del Nuevo Testamento de cinco mil ejemplares. La obra -se imprimió en el establecimiento de don Andrés Borrego, escritor -de economía política muy conocido, y propietario y director de un -periódico influyente llamado _El Español_. A este señor me recomendó -el propio Istúriz, el día de nuestra entrevista. El malaventurado -ministro tenía a Borrego en grandísima estimación, y pensaba elevarlo -al puesto de ministro de Hacienda; pero al estallar la revolución de -La Granja abortó este proyecto, con los demás de igual índole que -tuviera formados[4]. - - [4] El primer contrato para imprimir el Nuevo Testamento lo hizo - con Mr. Charles Wood, impresor del gobierno español. El contrato - con Borrego es de 17 de Enero de 1837, para reproducir la edición - de Londres (1826) del N. T. de Scio. (Knapp.) - -La versión española del Nuevo Testamento que yo publicaba había sido -hecha muchos años antes por cierto _Padre_ Felipe Scio, confesor -de Fernando VII, y hasta llegó a imprimirse; mas por las notas y -comentarios que la recargaban, era impropia para la circulación -general, a la que, después de todo, no iba destinada. En la nueva -edición se omitieron, como es natural, las notas, y se ofreció al -público la palabra divina escueta. Apareció en un hermoso volumen en -octavo, muestra plausible, en conjunto, de la tipografía española. -Pero la nueva impresión del Nuevo Testamento en Madrid no podía por -sí sola producir fruto alguno, a menos que se tomasen medidas, y -medidas muy enérgicas, para la circulación del libro sagrado. - -Tratándose del Nuevo Testamento, no podía seguirse el sistema -que habitualmente se emplea en España para publicar los libros, -que consiste en confiar la obra a los libreros de la capital y -contentarse con la venta que éstos y sus agentes en las ciudades de -provincias obtienen sin salirse de la común rutina de su negocio; -en general, el resultado de este sistema es que al cabo de año se -venden unas pocas docenas de ejemplares, porque la demanda de obras -literarias de cualquier género es en España miserablemente reducida. - -Los cristianos de Inglaterra habían hecho ya sacrificios -considerables con la esperanza de esparcir ampliamente la palabra -de Dios entre los españoles, y era necesario ahora no escatimar los -esfuerzos para que esa esperanza no quedase frustrada. Antes de que -el libro estuviese listo comencé los preparativos para realizar un -plan en el que ya había pensado varias veces durante mi anterior -visita a España, sin abandonarlo después nunca; plan que fué objeto -de mis meditaciones lo mismo a la altura del cabo Finisterre en plena -borrasca, que en los desfiladeros de Sierra Morena y en las llanuras -de la Mancha, cuando caminaba lentamente seguido a corta distancia -por el _contrabandista_. - -Mi propósito era depositar unos cuantos ejemplares en las librerías -de Madrid, y luego montar a caballo, con el Testamento en la mano, y -emprender la propagación de la palabra de Dios entre los españoles, -no sólo en las ciudades, sino en las aldeas; no sólo entre los -habitantes de las llanuras, sino entre los montañeses y serranos. -Me proponía recorrer Castilla la Vieja y atravesar toda Galicia -y Asturias; establecer depósitos de la Escritura en las ciudades -importantes, y visitar los lugares más apartados y recónditos; en -todos ellos hablar de Cristo, explicar la naturaleza de su libro y -poner el libro mismo en manos de aquellos que me pareciesen capaces -de sacar de él algún provecho. - -Bien sabía yo que en ese viaje me aguardaban muchos peligros, y que -quizás iba a correr la misma suerte que San Esteban; pero ¿merece -el nombre de discípulo de Cristo quien no afronta cualquier peligro -por la causa de Aquel a quien proclama por maestro? «Quien por mi -causa pierda su vida, la encontrará»; son palabras que el mismo Señor -pronunció; palabras llenas de consuelo para mí, como lo estarán, sin -duda, para cuantos emprenden con limpieza de corazón la difusión del -Evangelio en tierras salvajes y bárbaras...[5]. - - [5] Borrow pensó primeramente en dar por terminada su misión - en la Península con la impresión del Nuevo Testamento, dejando - a otros el cuidado de distribuir la obra. Cambió de idea y se - ofreció a desempeñar en persona ese cometido; los directores de - la Sociedad Bíblica aceptaron su propuesta, recibiendo Borrow la - autorización oficial dos días después de terminarse la tirada del - libro. (Knapp.) - -Empecé por comprar otro caballo, aprovechando el precio -extraordinariamente bajo de esos animales en aquellos días. Estaba a -punto de publicarse una disposición requisando cinco mil caballos; -el resultado fué que un inmenso número de ellos salió a la venta, -porque en virtud de la requisa podían embargarse, por conveniencia -del servicio, los de cualquier persona, no siendo un extranjero. -Lo más probable era que, una vez reunido el cupo de la requisa, -el precio de los caballos se triplicara; por tal razón me decidí -a comprar uno antes de hacerme verdadera falta. Compré un caballo -entero andaluz, de pelo negro, de mucha fuerza, capaz de hacer un -viaje de cien leguas en una semana; pero era cerril, salvaje y de -malísimo genio. No obstante, el cargamento de Biblias que al llegar -la ocasión pensaba yo echarle encima de las costillas, me pareció muy -suficiente para amansarlo, sobre todo cuando tuviera que remontar -las ásperas montañas del Norte de la Península. Hubiera deseado -comprar una mula; pero aunque llegué a ofrecer treinta libras por una -bastante ruin, no quisieron dármela; mientras que el precio de ambos -caballos—magníficos animales por su talla y su fuerza—apenas llegaba -a esa suma. - -El estado de las regiones circunvecinas no convidaba a viajar por -ellas. Cabrera estaba a nueve leguas de Madrid con un ejército -de cerca de nueve mil hombres; había derrotado a varios pequeños -destacamentos de tropas de la reina y devastado la Mancha a sangre y -fuego, quemando varias ciudades. A todas horas llegaban bandadas de -fugitivos aterrorizados, que referían nuevos desastres y miserias; lo -único que me sorprendía era que el enemigo no se presentase, y con la -toma de Madrid, que estaba casi a merced suya, no pusiese fin a la -guerra de una vez. Pero la verdad es que los generales carlistas no -deseaban terminar la guerra, porque mientras en el país continuasen -la efusión de sangre y la anarquía, podían ellos saquear y ejercer -esa desenfrenada autoridad tan grata a los hombres de brutales e -indómitas pasiones. Cabrera, sobre todo, era un malvado cobarde, -en cuyo limitado entendimiento no podía albergarse una sola idea -de mediana grandeza, cuyos hechos heroicos se limitaban a degollar -hombres indefensos y a violar y destripar infelices mujeres; sin -embargo, he visto que a un individuo tan vil, ciertos periódicos -franceses (carlistas, naturalmente) le llaman el joven y heroico -general. ¡Infame sea el miserable asesino! El último cabo de escuadra -de Napoleón se hubiera reído de su talento militar, y medio batallón -de granaderos austriacos hubiera bastado para tirarle de cabeza, con -toda su patulea guerrera, al Ebro. - -Hice, pues, los preparativos de mi viaje al Norte. Estaba ya provisto -de caballos muy a propósito para soportar las fatigas del camino -y la carga que me pareciese necesario echarles. Pero una cosa, -indispensable para quien va a emprender una expedición de esa índole, -me faltaba aún: quiero decir un criado que me acompañase. Quizás en -ninguna parte del mundo abundan los criados tanto como en Madrid; al -menos, los individuos dispuestos a ofrecer sus servicios a cambio de -la soldada y la comida, aunque de los servicios efectivos que sean -capaces de prestar se pueda decir muy poco; pero mi criado tenía -que ser de condición poco común, inteligente, activo, capaz, en -casos de apuro, de darme un consejo útil; además, valiente, porque -se requería, en verdad, cierto valor para seguir a un amo resuelto -a explorar la mayor parte de España, y que intentaba viajar sin -protección de arrieros y carreteros, en _cabalgaduras_ propias. -Acaso hubiera estado años enteros buscando un criado de esa índole -sin encontrarlo; pero la suerte me deparó uno cuando cabalmente lo -necesitaba, sin tener que molestarme en hacer pesquisas laboriosas. -Un día hablaba yo de este asunto con el señor Borrego, en cuyo -establecimiento se había impreso el Nuevo Testamento, y le pregunté -si, en su opinión, podría yo encontrar en Madrid un hombre tal como -me hacía falta, añadiendo que para mí era de especial importancia que -el criado supiese, además del español, algún otro idioma en el que -pudiésemos hablar cuando fuese necesario, sin que nos entendieran los -curiosos. - -—Hace media hora—me respondió—ha estado hablando conmigo un hombre -que reúne exactamente todas esas cualidades, y, cosa singular, -ha venido a verme creyendo que yo podría recomendarle a un amo. -Dos veces le he tenido a mi servicio; respondo de que es listo y -valiente; creo que también es digno de confianza, al menos para -un amo que transija con su genio, porque ha de saber usted que es -un individuo singularísimo, muy arbitrario en sus inclinaciones y -antipatías; gusta de satisfacerlas a toda costa, suya o ajena. Quizás -simpatice con usted, y en tal caso le será de mucha utilidad, porque -en todo sabe poner mano, si quiere, y conoce no dos, sino media -docena de idiomas. - -—¿Es español?—pregunté. - -—Se lo enviaré a usted mañana—dijo Borrego—, y, oyéndolo de su boca, -sabrá usted mejor quién es y qué es. - -Al siguiente día, en el preciso momento de sentarme ante la _sopa_, -la patrona me dijo que un hombre deseaba hablarme. - -—Que entre—respondí. - -Y casi en el acto el desconocido entró. Iba decentemente vestido a -la moda francesa, y su aspecto era más bien juvenil, aunque, según -averigüé más adelante, estaba ya muy por encima de los cuarenta. De -estatura algo más que mediana, llamaba la atención su delgadez, sin -la que hubiera podido tenérsele por bien formado. Tenía los brazos -largos y huesudos, y toda su persona daba la impresión de una gran -actividad y de una fuerza no pequeña. Eran lacios sus cabellos, -negros como el azabache, angosta su frente, pequeños y grises sus -ojos, en los que brillaba una expresión sutil y maligna, mezclada -con otra de burla, que le daba un realce singular. Su nariz era -correcta; pero la boca, de inmensa anchura, y la mandíbula inferior, -muy saliente. No había visto yo en toda mi vida una fisonomía tan -extraña, y durante un rato me estuve mirándole en silencio. - -—¿Quién es usted?—pregunté por fin. - -—Un criado en busca de amo—me respondió en correcto francés, pero con -un acento extraño—. Vengo recomendado a usted, mi lor, por _monsieur_ -Borrego. - -YO.—¿De qué país es usted? ¿Es usted francés o español? - -EL HOMBRE.—Dios me libre de ser ninguna de las dos cosas, _mi lor; -j’ai l’honneur d’être de la nation grecque_; mi nombre es Antonio -Buchini, nacido en Pera la _Belle_, cerca de Constantinopla. - -YO.—¿Y cómo ha venido usted a España? - -BUCHINI.—_Mi lor, je vais vous raconter mon histoire du commencement -jusqu’ici._ Mi padre era natural de Syra, en Grecia; siendo muy -joven se trasladó a Pera, y allí sirvió de portero en casa de varios -embajadores que le estimaban mucho por su fidelidad. Entre otros, -sirvió al embajador de su país de usted, precisamente en la época en -que Inglaterra y la Puerta se hacían guerra. _Monsieur_ el embajador -tuvo que huír para salvar la vida, y dejó al cuidado de mi padre -casi todo lo que tenía de algún valor; mi padre lo escondió todo con -mucho riesgo suyo, y cuando se ajustó la paz restituyó a _Monsieur_ -hasta la más insignificante baratija. Menciono estas circunstancias -para demostrarle a usted que mi familia tiene principios de honor -y es digna de toda confianza. Mi padre se casó con una muchacha de -Pera, _et moi je suis l’unique fruit de ce mariage_. De mi madre nada -sé, porque murió a poco de nacer yo. Una familia de judíos ricos se -compadeció de mi orfandad y se ofreció a recogerme; mi padre vino en -ello de buen grado, y con aquella familia estuve varios años, hasta -que fuí un _beau garçon_; se aficionaron mucho a mí, y al cabo se -ofrecieron a adoptarme y a nombrarme heredero de cuanto tenían, a -condición de hacerme judío. _Mais la circoncision n’était guère à -mon goût_, especialmente la de los judíos, porque yo soy griego, y -tengo mi orgullo y principios de honor. Me separé, pues, de aquella -familia, diciendo que si alguna vez consentía en convertirme sería a -la fe de los turcos, porque son muy hombres, son orgullosos y tienen -principios de honor, como yo los tengo. Volví con mi padre, que me -buscó varias colocaciones, ninguna de mi gusto, hasta que entré en -casa de _Monsieur_ Zea. - -YO. Supongo que se refiere usted a Zea Bermúdez, que se encontraría -entonces en Constantinopla. - -BUCHINI. Exactamente, _mi lor_, y a su servicio estuve mientras -permaneció allí. Puso en mí gran confianza, más que nada porque hablo -el español con gran pureza; lo aprendí con los judíos, que, según -he oído decir a _Monsieur_ Zea, lo hablan mejor que los actuales -españoles de nacimiento. - -No voy a seguir paso a paso la historia, un poco larga, del griego; -baste decir que vino de Constantinopla a España con Zea Bermúdez y -a su servicio continuó bastantes años, hasta que fué despedido por -casarse con una doncella guipuzcoana, _fille de chambre_ de _Madame_ -Zea. Desde entonces había servido a infinidad de amos, a veces como -ayuda de cámara; otras, las más, de cocinero. Me confesó, sin -embargo, que casi nunca había durado más de tres días en un mismo -empleo, a causa de las riñas que con toda seguridad suscitaba en -la casa a poco de ser admitido, y para las que no encontraba otra -razón que la de ser griego y tener principios de honor. Entre otras -personas había servido al general Córdova, que era, según me dijo, -muy mal pagador y tenía la costumbre de maltratar a sus criados. -«Pero en mí se encontró con la horma de su zapato—dijo Antonio—, -porque yo andaba prevenido; y un día, cuando desenvainaba la espada -contra mí, saqué una pistola y le apunté a la cara. Se puso más -pálido que un muerto, y desde aquel día me trató con toda clase de -miramientos. Pero todo era fingido: el suceso se le había enconado en -el alma, y estaba resuelto a vengarse. Cuando le dieron el mando del -ejército, puso mucho empeño en que me fuese con él; _mais je lui ris -au nez_, le hice el signo del _cortamanga_, pedí mis soldadas y le -dejé; no pude hacer cosa mejor, porque al criado que llevó consigo le -hizo fusilar acusado de insubordinación.» - -—Temo—dije yo—que tenga usted un natural turbulento y que todas esas -riñas de que me habla nazcan sólo de su mal genio. - -—¿Y qué quiere usted, _Monsieur_? _Moi je suis Grec, je suis fier, -et j’ai des principes d’honneur._ Deseo que se me trate con cierta -consideración, aunque confieso que no tengo muy buen genio, y a -veces me siento tentado de reñir hasta con las ollas y peroles de la -cocina. Bien mirado todo, creo que a usted le convendría tomarme a -su servicio, y yo le prometo a usted contenerme lo posible. Una cosa -me agrada mucho en usted, y es que no está casado. Preferiría servir -por pura amistad a un joven soltero que a un casado, aunque me diese -cincuenta duros al mes. Es seguro que _Madame_ me odiaría, y también -su doncella, sobre todo su doncella, porque yo estoy casado. Veo que -_mi lor_ desea admitirme. - -—Pero acaba usted de decir que está casado—repliqué—. ¿Cómo va usted -a dejar a su mujer? Porque yo estoy en vísperas de salir de Madrid -para recorrer las provincias más apartadas y montañosas de España. - -—Mi mujer recibirá la mitad de mi sueldo durante mi ausencia, _mi -lor_, y, por tanto, no tendrá razón para quejarse si la dejo. ¡Qué -digo, quejarse! Mi mujer está ya muy bien enseñada y no se quejará. -Nunca habla ni se sienta en presencia mía sin pedirme permiso. -¿Acaso no soy yo griego? ¿Acaso no sé cómo debo gobernar mi propia -casa? Admítame, _mi lor_; soy hombre de muchas habilidades, criado -discreto, excelente cocinero, buen caballerizo y ágil jinete; en una -palabra, soy Ρωμαϊκός. ¿Qué más quiere usted? - -Le pregunté sus condiciones, que resultaron exorbitantes, a pesar -de sus _principes d’honneur_. Descubrí, no obstante, que estaba -dispuesto a contentarse con la mitad de lo que pedía. Apenas -cerramos el trato, se apoderó de la sopera (la sopa se había quedado -completamente fría) y, poniéndola en la punta o más bien en la uña -del dedo índice, la hizo dar varias vueltas sobre su cabeza sin -verter ni una gota, con gran asombro mío; se lanzó luego hacia la -puerta, desapareció, y al cabo de un instante reapareció con la -_puchera_, poniéndola, después de otros brinquitos y floreos, encima -de la mesa. Hecho esto, dejó caer los brazos, y, poniendo una mano -sobre otra, se estuvo en posición de descanso, entornados los ojos y -con el mismo aplomo que si llevase ya a mi servicio veinte años. - -De ese modo inauguró Antonio Buchini sus funciones. A muchos sitios -salvajes me acompañó, andando el tiempo; en muchas singulares -aventuras participó; su conducta fué a menudo sorprendente en sumo -grado, pero me sirvió con valor y fidelidad; en todo y por todo, no -espero ver ya un criado como éste. - -_Kosko bakh, Anton[6]._ - - [6] Buena suerte, Antonio. - - - - -CAPÍTULO XX - - Enfermedad.—Visita nocturna.—Una inteligencia superior.—El - cuchicheo.—Salamanca.—Hospitalidad irlandesa.—Soldados - españoles.—Anuncios de las Escrituras. - - -El deseo que tengo de comenzar la narración de mi viaje me induce -a abstenerme de contar a los lectores buen número de cosas que me -sucedieron antes de salir de Madrid para esta expedición. A mediados -de mayo, teniéndolo ya todo dispuesto, me despedí de mis amigos. -Salamanca era el primer punto a que pensaba dirigirme. - -Pocos días antes de mi partida me sentí bastante mal, a causa -del estado del tiempo, muy desapacible por los vientos ásperos -que constantemente soplaban. Me atacó un resfriado muy fuerte, -que terminó con una tos por demás incómoda, rebelde a todos los -remedios que sucesivamente empleé. Hechos ya los preparativos para -marcharme en día determinado, llegué a temer que el estado de mi -salud me obligase a aplazar el viaje algún tiempo. El último día -de mi estancia en Madrid, viendo que apenas podía tenerme en pie, -me decidí a emplear cualquier recurso desesperado, y por consejo -del barbero-cirujano que me visitaba, me sangré, ya muy entrada la -noche de aquel mismo día; el barbero me sacó diez y seis onzas de -sangre, y después de cobrar sus honorarios, se fué, deseándome feliz -viaje; por su reputación me aseguró que al mediodía siguiente estaría -restablecido por completo. - -Pocos minutos después, y cuando sentado a solas meditaba yo en el -viaje que iba a emprender y en el caduco estado de mi salud, oí -llamar con fuerza a la puerta de la casa en cuyo tercer piso me -alojaba. Un minuto después, Mr. S[outhern], de la embajada británica, -entró en el aposento. Cambiadas unas breves palabras, dijo que me -visitaba por encargo de Mr. Villiers para comunicarme la resolución -tomada por el embajador. Temeroso de las graves dificultades con que -tropezaría si intentaba difundir, solo y sin ayuda, el Evangelio -de Dios por una parte considerable de España, había resuelto Mr. -Villiers emplear todo su crédito e influencia en favor de mis planes, -pareciéndole que, llevados a buen término, no podrían por menos de -mejorar notablemente el estado político y moral de España. - -Con tal fin se proponía adquirir una importante cantidad de -ejemplares del Nuevo Testamento y remitírselos sin tardanza a los -diferentes cónsules británicos establecidos en España, con órdenes -precisas y terminantes de emplear todos los medios nacidos de su -situación oficial en favorecer la circulación de tales libros y -en asegurarlos la publicidad. Recibirían, además, el encargo de -proporcionarme, en cuanto llegase yo a sus respectivos distritos, el -auxilio, el estímulo y la protección de que hubiese menester. - -Estas noticias me produjeron, como puede suponerse, grandísimo -contento, pues, aunque de tiempo atrás conocía yo la buena voluntad -con que Mr. Villiers estaba dispuesto a ayudarme en toda ocasión, -y de ello me había dado con frecuencia pruebas suficientes, nunca -pude esperar que llegase tan adelante en su generosidad ni, dada su -importante posición diplomática, que procediese con tanta audacia -y resolución. Esa es la vez primera, creo yo, que un embajador -británico ha hecho de la causa de la Sociedad Bíblica una causa -nacional, o la ha favorecido directa o indirectamente. El caso de -Mr. Villiers es mucho más de notar porque a mi llegada a Madrid no -le hallé bien dispuesto, ni mucho menos, en favor de la Sociedad. -Probablemente, el Espíritu Santo le iluminó en ese punto. Era -de esperar que con su apoyo nuestra institución no tardaría en -poseer numerosos agentes en España que, con muchos más medios y -mejores ocasiones que yo, esparcirían la semilla del Evangelio y -convirtirían el árido y reseco yermo en risueño y verde trigal. - -Dos palabras acerca del caballero que me hizo esa visita nocturna. - -Es lo más probable que él haya olvidado hace ya mucho tiempo al -humilde propagandista de la Biblia en España; pero yo conservo -todavía el recuerdo de las bondades que me dispensó. Dotado de una -inteligencia de primer orden, maestro en el saber de toda Europa, -profundamente versado en las lenguas clásicas, hablaba la mayoría -de los idiomas modernos con notable facilidad, y poseía, además, un -cabal conocimiento del corazón humano; tales cualidades, empleadas en -la carrera diplomática, le daban una superioridad de que muy pocos, -aun entre los mejor dotados, podían jactarse. Durante su permanencia -en España prestó muchos relevantes servicios al Gobierno de su -país, y al Gobierno, creo yo, no le faltarían ni el discernimiento -necesario para verlos, ni gratitud para premiarlos. Tuvo que -contrarrestar, sin embargo, los enconados ataques de la malquerencia -estúpida y baja del partido que, poco después de esta época, usurpó -la dirección de los asuntos públicos en España. Ese partido, cuyos -torpes manejos deshacía constantemente Mr. Southern, le temía y -le odiaba como a su genio malo, y aprovechaba todas las ocasiones -para arrojar sobre él las calumnias más inverosímiles y absurdas. -Entre otras cosas, le acusaban de haber intervenido como agente del -Gobierno británico en los sucesos de La Granja, provocando aquella -revolución con el soborno de los soldados rebeldes y, en especial, -del famoso sargento García. Tal acusación sólo puede provocar, -naturalmente, una sonrisa en cuantos conocen bien el carácter inglés -y la línea general de conducta seguida por el Gobierno británico; -pero en España era universalmente creída, y hasta la publicó impresa -cierto periódico, órgano oficial del necio duque de Frías, uno de -los muchos primeros ministros del partido _moderado_ que rápidamente -se sucedieron en el poder en el último período de la lucha entre -carlistas y _cristinos_. Pero ¿cuándo una imputación calumniosa se -vino jamás al suelo en España por el peso de su propia absurdidad? -¡Infortunado país! ¡Mientras no te ilumine la pura luz del Evangelio -no sabrás que el don más alto de todos es la caridad! - -Al siguiente día se verificó la predicción del barbero: la tos y la -fiebre cedieron mucho, si bien por la pérdida de sangre me encontraba -algo débil. A las doce en punto llegaron los caballos a la puerta de -mi casa de la _calle de Santiago_, y me dispuse a montar; pero mi -caballo negro andaluz, _entero_, como ya dije, no se dejaba acercar; -en cuanto me veía la intención, empezaba a dar vueltas muy de prisa. - -—_C’est un mauvais signe, mon maître_—dijo Antonio, quien, vestido -con un jubón verde, tocado con un gorro de _montero_, y calzadas -las botas y las espuelas, tenía por la brida al caballo comprado al -_contrabandista_, dispuesto a seguirme—. Eso es una mala señal, y en -mi país aplazarían el viaje hasta mañana. - -—¿Hay en su país de usted quien dome los caballos de este -modo?—pregunté, y tomando al caballo por la crin cumplí del modo más -satisfactorio la ceremonia de hablarle quedo al oído. Estúvose quieto -el animal y monté exclamando: - - El mozo gitano gritó a su caballo - al tiempo de ponerle el freno en la boca: - ¡Buen caballo, caballo gitano! - ¡Déjame que te monte ahora![7] - - [7] He aquí la original copla bilingüe que damos traducida en el - texto: - - The _Romany chal_ to his horse did cry, - As he placed the bit in his horse’s jaw. - «_Kosko gry! Romany gry!_ - _Muk man kistur tute knaw!_» - -Salimos de Madrid por la puerta de San Vicente, y nos encaminamos -hacia las elevadas montañas que dividen las dos Castillas. Aquella -noche nos quedamos en Guadarrama, pueblo grande al pie de la sierra, -distante de Madrid siete leguas. Al día siguiente madrugamos, -subimos al puerto y entramos en Castilla la Vieja. - -Cruzadas las montañas, el camino de Salamanca corre casi siempre por -llanuras arenosas y áridas, con pequeños y claros pinares esparcidos -aquí y allá. Ningún suceso digno de mención me ocurrió en el viaje. -Vendimos algunos Testamentos a nuestro paso por los pueblos, -especialmente en Peñaranda. Al mediar el tercer día, descubrimos -desde lo alto de una colina un gran cimborrio que, herido con fuerza -por los rayos del sol, parecía de oro bruñido. Era la cúpula de la -catedral de Salamanca. Nos halagaba la idea de encontrarnos ya al -fin de nuestro viaje, pero nos engañábamos: aún faltaban cuatro -leguas hasta la ciudad, cuyas iglesias y conventos, irguiendo sus -masas gigantescas, se columbran desde inmensa distancia y seducen al -viajero con la impresión de una proximidad completamente ilusoria. -Hasta mucho después de cerrar la noche, no llegamos a la puerta de la -ciudad, cerrada y guardada en previsión de un ataque carlista; no sin -dificultad nos permitieron entrar, y llevando nuestros caballos por -calles desiertas, silenciosas y obscuras, dimos con un individuo que -nos encaminó a una _posada_, la del Toro, grande, sombría e incómoda, -la mejor de la ciudad, según comprobé más adelante. - -Salamanca es una ciudad melancólica; los días de su gloria escolar -se acabaron hace mucho tiempo para no volver; suceso no muy de -lamentar, pues ¿qué provecho ha obtenido jamás el mundo de la -filosofía escolástica? Y sólo a ella debió siempre Salamanca su fama. -Sus aulas están ahora casi en silencio; la hierba crece en los patios -donde en otro tiempo se agolpaban a diario ocho mil estudiantes lo -menos, cifra a que hoy en día no llega la población total de la -ciudad. Pero, con su melancolía y todo, ¡qué interesante, más aún, -qué espléndido lugar es Salamanca! ¡Cuán soberbias sus iglesias, qué -estupendos sus conventos abandonados, y con qué sublime pero adusta -grandeza sus enormes y ruinosos muros, que coronan la escarpada -orilla del Tormes, miran al ameno río y a su venerable puente! - -¡Lástima que de los muchos ríos de España casi ninguno sea navegable! -El Tormes es bello, pero de poca agua, y en lugar de ser manantial de -prosperidades y de riqueza para esta parte de Castilla, sólo sirve -para mover unos cuantos pequeños molinos instalados en las presas de -piedra que de trecho en trecho atraviesan el cauce. - -Mi estancia en Salamanca fué sobre todo placentera por las bondadosas -atenciones y la diligente hospitalidad de los moradores del Colegio -irlandés, para cuyo rector llevaba yo una carta de recomendación -de mi bueno y excelente amigo Mr. O’Shea, el famoso banquero de -Madrid. No olvidaré fácilmente a aquellos irlandeses, sobre todo a -su director, el doctor Gartland, genuino vástago del buen tronco -hibernés, hombre de gran saber, de espíritu elevado y cumplido -caballero. Aunque sabía de sobra quién yo era, tendió una mano -amistosa al errante misionero hereje, exponiéndose con tal conducta -a los agrios reparos de los curas del país, gente de pocos alcances, -que me miraban de reojo cada vez que pasaba junto a los corrillos de -la _Plaza_, donde, vestidos con sus largos manteos y tocados con la -feísima teja, se reunían para murmurar. Pero ¿cuándo se ha visto que -un irlandés deje de cumplir los deberes de la hospitalidad por temor -a las consecuencias de su conducta? Estoy seguro de que ni el Papa -ni los cardenales, con toda su autoridad, bastarían para inducirle -a cerrar su puerta al mismo Lutero, si tan respetable personaje -anduviese ahora por el mundo, necesitado de sustento y asilo. - -¡Honor a Irlanda y a sus «cien mil bienvenidas»! Por mucho tiempo han -sido sus campos los más verdes del mundo, sus hijas las más hermosas, -sus hijos los más elocuentes y valerosos. ¡Que sea siempre así! - -La _posada_ donde me alojé era un buen ejemplar de los antiguos -albergues españoles, igual en casi todo a las del tiempo de Felipe -III o IV. Las habitaciones eran muchas y grandes, pavimentadas de -ladrillo o de piedra, con una alcoba, generalmente, en un extremo -y en ella una miserable cama de borra. Detrás de la casa el corral -y al fondo de éste la cuadra, llena de caballos, jacas, mulas, -_machos_ y burros, porque huéspedes no faltaban, la mayoría de -los cuales, _arrieros_ o vendedores ambulantes que recorrían el -país traficando en lienzos y paños burdos, dormía en el establo -con sus _caballerías_. En el cuarto frontero al mío se alojaba un -oficial herido, recién llegado de San Sebastián en un jaco lleno de -mataduras; era extremeño y se volvía a su pueblo para curarse. Le -acompañaban tres soldados licenciados, inútiles para el servicio a -causa de sus mutilaciones y lisiaduras; eran, según me contaron, -del mismo pueblo que su merced, y por eso les permitía viajar en su -compañía. Los soldados dormían en los camastros de las mulas; de día -haraganeaban por la casa, fumando cigarros de papel. Nunca los vi -comer, pero hacían frecuentes visitas a un rincón fresco y obscuro -donde estaba una _bota_, y poniéndosela como a seis pulgadas de sus -delgados y negruzcos labios, dejaban que el líquido se les entrase -mansamente por el garguero abajo. Dijéronme que no tenían paga, y -como carecían en absoluto de dinero, _su merced_ el oficial les daba -a veces un pedazo de pan, pero también él era pobre y sólo poseía -un puñado de duros. ¡Magníficos huéspedes para una posada!, pensé -yo: sin embargo, España, lo digo en su honor, es uno de los pocos -países de Europa donde nunca se insulta a la pobreza ni se la mira -con desprecio. A ninguna puerta llamará un pobre donde se le despida -con un sofión, aunque sea la puerta de una posada; si no le dan -albergue, despídenle al menos con suaves palabras, encomendándole -a la misericordia de Dios y de su madre. Así es como debe ser. Yo -me río del fanatismo y de los prejuicios de España; aborrezco la -crueldad y ferocidad que han arrojado sobre su historia una mancha -de infamia indeleble; pero he de decir en pro de los españoles que -ningún pueblo del mundo muestra en el trato social un aprecio más -justo de la consideración debida a la dignidad de la naturaleza -humana, ni comprende mejor el proceder que a un hombre le importa -adoptar respecto de sus semejantes. Ya he dicho que este es uno de -los pocos países de Europa donde no se mira con desprecio la pobreza; -añado ahora que es también uno de los pocos donde la riqueza no es -ciegamente idolatrada. En España, los mismos mendigos no se sienten -seres degradados, porque no besan ningún pie, e ignoran lo que es -verse abofeteados o escupidos; en España, el duque y el marqués con -dificultad pueden alimentar una opinión excesivamente presuntuosa de -su propia importancia, porque no encuentran a nadie, quizás con la -excepción de su criado francés, que los adule o los halague. - -Durante mi estancia en Salamanca, tomé algunas disposiciones para -que la palabra de Dios pudiese ser conocida de todos en la famosa -ciudad. El principal librero de la localidad, Blanco, hombre rico y -respetable, consintió en ser mi representante, y, en consecuencia, -deposité en su tienda cierto número de ejemplares del Nuevo -Testamento. Blanco era propietario de una pequeña imprenta, donde se -tiraba el _Boletín Oficial_ de la ciudad. Redacté para el _Boletín_ -un anuncio de la obra, diciendo, entre otras cosas, que el Nuevo -Testamento es la única guía para la salvación; hablaba también de la -Sociedad Bíblica, y de los grandes sacrificios pecuniarios que estaba -haciendo con la mira de proclamar a Cristo crucificado y de dar a -conocer su doctrina. Quizás encuentren algunos ese paso demasiado -atrevido, pero yo no sabía cuál otro podía tomar que llamase -más la atención de la gente, extremo de gran importancia. Mandé -también imprimir cierto número de esos anuncios en forma y tamaño -de carteles, y los mandé pegar en diferentes sitios de la ciudad. -Muchas esperanzas tenía yo de vender por ese medio una cantidad -considerable de ejemplares del Nuevo Testamento; me proponía repetir -el experimento en Valladolid, León, Santiago y demás ciudades -importantes que visitase, repartiendo asimismo los anuncios por los -caminos. De esa manera, los hijos de España llegarían a saber que el -Nuevo Testamento existe, hecho que apenas conocía entonces el cinco -por ciento de los españoles, a pesar de la catolicidad y cristiandad -de que con harta frecuencia se jactan. - - - - -CAPÍTULO XXI - - Salida de Salamanca.—Recibimiento en Pitiega.—El - dilema.—Inspiración súbita.—El buen cura.—Combate - de dos cuadrúpedos.—Irlandeses cristianos.—Las - llanuras de España.—Los catalanes.—La poza - fatal.—Valladolid.—Propaganda de las Escrituras.—Las - misiones para Filipinas.—El colegio inglés.—Una - conversación.—La carcelera. - - -El sábado 10 de junio salí de Salamanca para Valladolid. Como el -pueblo donde pensábamos quedarnos sólo distaba cinco leguas, no -salimos hasta después del medio día. Había en el cielo una neblina -que obscurecía al sol y casi lo ocultaba a nuestra vista. Mi -amigo Mr. Patrick Cantwell, del Colegio irlandés, fué tan amable -que me acompañó parte del camino. Montaba una mula de alquiler, -extremadamente ruin en apariencia, incapaz, a juicio mío, de seguir -el paso de nuestros fogosos caballos; parecía hermana gemela de la -mula de Gil Pérez, en la que su sobrino hizo el famoso viaje de -Oviedo a Peñaflor. Pero estaba yo muy equivocado. El animalito, en -cuanto montó mi amigo, salió andando con aquel rápido paso tantas -veces admirado por mí en las mulas españolas y que no puede igualar -caballo alguno. Los nuestros, a pesar de su magnífica estampa, se -quedaron atrás muy pronto, y a cada momento teníamos que ponerlos al -trote para seguir al singular cuadrúpedo, que muy a menudo engallaba -la cabeza, encogía los labios y nos enseñaba sus amarillos dientes, -como si se riera de nosotros, y acaso se reía. Aconteció que ninguno -conocíamos bien el camino; en realidad, no veíamos cosa alguna que -pudiera con justicia llamarse así. La ruta de Salamanca a Valladolid, -a veces carril, a veces senda, es muy difícil de distinguir; no -tardamos en perdernos, y anduvimos mucho más de lo que, en rigor, -era necesario. Sin embargo, como nos cruzábamos frecuentemente -con hombres y mujeres que pasaban montados en jumentos, nuestro -orgullo no nos impidió tomar los necesarios informes, y a fuerza de -preguntas llegamos al cabo a Pitiega, pueblecito a cuatro leguas -de Salamanca, formado por chozas de tierra, en las que viven unas -cincuenta familias, enclavado en una llanura polvorienta, cubierta de -opulentos trigales. Preguntamos por la casa del _cura_, un anciano a -quien había visto yo el día antes en el Colegio Irlandés, y que al -enterarse de mi próximo viaje a Valladolid, me arrancó la promesa de -no pasar por su pueblo sin visitarle y sin aceptar su hospitalidad. -Una mujer nos encaminó a cierta casita aislada, de aspecto un poco -mejor que las contiguas; tenía un pequeño pórtico, cubierto, si no -recuerdo mal, por una parra. Llamamos fuerte y repetidas veces a la -puerta, sin obtener contestación; callaba la voz del hombre, y ni -siquiera ladraba un perro. Lo que ocurría era que el anciano cura -estaba durmiendo la _siesta_ y lo mismo toda su familia, compuesta -de una sirvienta vieja y de un gato. Movíamos tanto ruido y dábamos -tantas voces, impacientados por el hambre, que el bueno del cura -acabó por despertarse, y saltando de la cama corrió presuroso a -la puerta, lleno de confusión, y al vernos se deshizo en excusas -por estar durmiendo en el punto y hora en que, según dijo, debía -hallarse en la azotea acechando la llegada de su huésped. Me abrazó -cariñosamente y me condujo a su despacho, aposento de regulares -dimensiones, guarnecido de estantes llenos de libros. En uno de los -extremos había una especie de mesa o escritorio, tendido de cuero -negro, y un ancho sillón, donde el cura me obligó a sentarme cuando -me disponía, con ardor de bibliómano, a inspeccionar los estantes; -con extraordinaria vehemencia me dijo que allí no había nada digno de -la atención de un inglés, porque toda su librería estaba compuesta de -libros de rezo y de áridos tratados de teología católica. - -Se ocupó luego en ofrecernos un refrigerio. En un abrir y cerrar -de ojos, con la ayuda del ama, puso sobre la mesa varios platos -con bollos y confituras y unas botellas de vidrio grueso que se me -antojaron muy parecidas a las de Schiedam, y resultaron, en efecto, -suyas. «Aquí tienen—dijo el cura restregándose las manos—. Doy -gracias a Dios por poder ofrecerles algo de su gusto. Estas botellas -son de aguardiente de Holanda añejo»; y manifestando dos anchos -vasos, continuó: «Llénenlos, amigos míos, y beban; beban y apúrenlo -si les place, porque para mí eso está de sobra: rara vez bebo nada -más que agua. Sé que a ustedes los isleños les gusta beber y que no -pueden pasar sin ello; por tanto, si les sirve de provecho, lo que -siento es no tener más.» - -Al observar que nos contentábamos meramente con gustar el aguardiente -nos miró asombrado y nos preguntó por qué no bebíamos. Le dijimos que -muy rara vez bebíamos alcoholes, y yo añadí que, por mi parte, apenas -probaba ni aun el vino, contentándome, como él, con beber agua. -Algo incrédulo se mostró; pero nos dijo que procediéramos con plena -libertad y pidiéramos lo que fuese de nuestro gusto. Le contestamos -que aún no habíamos comido y que nos alegraría poder ingerir algo -substantífico. «Me temo que no haya en casa nada que les venga bien; -con todo, vamos a verlo.» - -En diciendo esto, nos condujo a una corraliza, a espaldas de la casa, -que hubiera podido llamarse huerto o jardín de haberse criado en ella -árboles o flores; pero sólo producía abundante hierba. En un extremo -había un palomar bastante grande, y nos metimos en él, «porque—dijo -el cura—si encontrásemos unos buenos pichones, ya tenían ustedes -excelente comida.» Empero nos llevamos chasco: después de registrar -los nidos, sólo encontramos pichones de muy pocos días, que no se -podían comer. El buen hombre se entristeció mucho y empezó a temer, -según dijo, que tuviésemos que marcharnos sin probar bocado. Dejamos -el palomar y nos llevó a un sitio donde había varias colmenas, en -torno de las que volaba un enjambre de afanosas abejas, llenando el -aire con su zumbido. «Lo que más quiero, después de mis prójimos, -son las abejas—dijo el cura—. Uno de mis placeres es sentarme aquí a -observarlas y a escuchar su música.» - -Pasamos después por varias habitaciones desamuebladas contiguas -al corral, en una de las cuales colgaban varias lonjas de tocino; -deteniéndose debajo de ellas, el cura alzó los ojos y se puso a -mirarlas atentamente. Dijímosle que si no podía ofrecernos cosa -mejor, tomaríamos muy gustosos unos torreznos, sobre todo si se les -añadían unos huevos. «Para decir la verdad—respondió—, no tengo -otra cosa, y si os arregláis con esto, me alegraré mucho; huevos no -faltarán y podéis comer cuantos queráis, fresquísimos, porque las -gallinas ponen todos los días.» - -Una vez preparado todo a nuestro gusto, nos sentamos a comer el -torrezno y los huevos; pero no en el aposento donde primeramente nos -recibió, sino en otro más chico, en el lado opuesto del zaguán. El -buen cura no comió con nosotros por haberlo hecho ya mucho antes; -pero se sentó en la cabecera de la mesa y animó la comida con su -charla. «Ahí mismo donde están ustedes ahora—dijo—se sentaron antaño -Wellington y Crawford, después de derrotar en los Arapiles a los -franceses, rescatándonos de la servidumbre de aquella perversa -nación. Nunca he venerado mi casa tanto como desde que la honraron -con su presencia aquellos héroes, uno de los cuales era un semidiós.» -Rompió luego en un elocuentísimo panegírico de _El Gran Lord_, como -le llamaba, y con mucho gusto lo transcribiría si mi pluma fuese -capaz de traducir al inglés los robustos y sonoros períodos de su -poderoso castellano. Hasta entonces me había parecido el cura un -viejo ignorante y sencillo, casi un simple, tan incapaz de sentir -fuertes emociones como una tortuga dentro de su concha. Pero una -súbita inspiración le iluminó; vibró en sus ojos una ardiente -llamarada y todos los músculos de su rostro temblaron. El bonete -de seda que, conforme al uso del clero católico, llevaba puesto, -movíasele arriba y abajo a compás de su agitación. Pronto advertí -que estaba ante uno de tantos hombres notables como surgen con -frecuencia en el seno de la iglesia romana, que a una simplicidad -infantil reúnen una energía inmensa y un entendimiento poderoso, y -son igualmente aptos para guiar un reducido rebaño de ignorantes -campesinos en una obscura aldea de Italia o de España, o para -convertir millones de paganos en las costas del Japón, de China o del -Paraguay. - -El cura era un hombre delgado y seco, como de sesenta y cinco años, y -vestía un manteo negro de tela burda; lo restante de su pergenio no -era de mejor calidad. La modestia de su atavío no era, ni con mucho, -resultado de la pobreza. El curato era de muy buenos rendimientos, y -ponía anualmente a disposición del titular ochocientos duros por lo -menos, de los que invertía la octava parte en sufragar sobradamente -los gastos de su casa y familia; lo demás lo empleaba por completo -en obras de pura caridad. Daba de comer al caminante hambriento, que -luego seguía su viaje muy alegre con provisiones en las alforjas -y una _peseta_ en el bolsillo; cuando sus feligreses necesitaban -dinero, no tenían más que acudir a su despacho, y de seguro -encontraban inmediato remedio. Era, verdaderamente, el banquero del -pueblo, y ni esperaba ni deseaba que le devolvieran sus préstamos. -Aunque necesitaba hacer viajes frecuentes a Salamanca, no tenía mula, -y se valía de un jumento que le dejaba el molinero del pueblo. «Hace -años tenía yo una mula, pero se la llevó sin mi permiso un viajero -a quien albergué una noche; porque ha de saberse que en esa alcoba -tengo dos camas muy limpias a disposición de los caminantes, y me -alegraría mucho que usted y su amigo las ocuparan y se quedasen -conmigo hasta mañana.» - -Pero ansiaba yo continuar el viaje, y a mi amigo no le apetecía menos -volverse a Salamanca. Al despedirme del hospitalario cura le regalé -un ejemplar del Nuevo Testamento. Recibiólo sin proferir palabra y lo -colocó en un estante de su despacho; observé que le hacía señas al -estudiante irlandés, moviendo la cabeza como si quisiera decir: «Su -amigo de usted no pierde ocasión de propagar su libro»; porque sabía -muy bien quién era yo. No olvidaré tan pronto al presbítero, bueno de -veras, Antonio García de Aguilar, _cura_ de Pitiega. - -Llegamos a Pedroso poco antes de anochecer. Pedroso es una aldehuela -como de treinta casas, cortada por un arroyuelo o _regata_. En -sus orillas, mujeres y mozas lavaban ropa y cantaban; la iglesia, -aislada y solitaria, se alzaba en último término. Preguntamos por -la _posada_ y nos mostraron una casucha que en nada se distinguía de -las demás por su aspecto general. En vano llamamos a la puerta: en -Castilla no es costumbre que los posaderos salgan a recibir a sus -huéspedes. Concluímos por apearnos y entrar en la casa; preguntamos -a una mujer de semblante adusto dónde podíamos poner los caballos. -Nos dijo que no era posible llevarlos a la cuadra de la casa, porque -habían metido en ella unos _malos machos_, pertenecientes a dos -viajeros, que se pondrían seguramente a reñir con nuestros caballos -y habría una _función_ capaz de hundir la casa. Nos señaló un anejo -a la posada, al otro lado de la calle, diciendo que allí podríamos -encerrar nuestras bestias. Reconocimos el lugar, encontrándolo lleno -de basura, habitado por los cerdos, y sin cerradura en la puerta. -Me acordé de la mula del _cura_ y me entraron pocas ganas de dejar -los caballos en tal lugar, a merced de cualquier ladrón de aquellos -contornos. Volví, pues, a la posada y dije resueltamente que había -decidido llevarlos a la cuadra. Dos hombres, sentados en el suelo, -cenaban una inmensa fuente de liebre estofada; eran los vendedores -ambulantes, dueños de los machos. Al dirigirme a la cuadra, uno de -los dos hombres murmuró: «Sí, sí; anda y ya verás lo que pasa». -Apenas entré en el establo sonó un hórrido y discordante grito, -mezcla de rebuzno y quejido, y el más grande de los dos _machos_, -soltándose del pesebre a que estaba atado, con los ojos como brasas y -resoplando con la furia de un vendaval, se arrojó sobre mi caballo; -pero éste, tan cerril como el macho, alzó las patas y, a la manera -de un pugilista inglés, le pagó con tal caricia en la frente que -casi le tira al suelo. Se trabó después un combate, y pensé que iba -a realizarse la predicción de la adusta mujer haciéndose pedazos -la casa. Puse fin a la batalla colgándome del ronzal del macho, -con riesgo de mis extremidades, mientras Antonio, a costa de mucho -trabajo, apartaba el caballo. Entonces el dueño del macho, que se -había quedado en la puerta, se adelantó diciendo: «Si hubiera usted -seguido el consejo que le dieron, no habría pasado esto». Díjele que -era un disparate dejar los caballos en un sitio donde probablemente -los robarían antes del amanecer, y que yo no estaba dispuesto a -correr ese albur; el hombre me respondió: «Es verdad, es verdad; -quizá ha hecho usted bien». Luego ató de nuevo el _macho_ al pesebre, -y reforzó la atadura con un pedazo de tralla, asegurando que ya no -era posible que el animal se soltase. - -Después de cenar vagué por el pueblo. Intenté hablar con dos o tres -labradores, en pie a la puerta de sus casas; pero todos se mostraron -por demás reservados, y con un áspero _buenas noches_, daban media -vuelta y se metían dentro, sin invitarme a entrar. Me encaminé, por -último, al pórtico de la iglesia, y allí permanecí un rato pensativo, -hasta que juzgué conveniente retirarme a descansar, y así lo hice, no -sin fijar antes en el atrio de la iglesia un cartel anunciando que -el Nuevo Testamento se vendía en Salamanca. De vuelta en la posada -encontré a los dos vendedores ambulantes profundamente dormidos en -las _mantas_ de sus machos, tendidas por el suelo. Un hombre a quien -yo no había visto hasta entonces, y que era, al parecer, el amo -de la casa, me dijo: «Me figuro, _caballero_, que usted ha de ser -un comerciante francés, de paso para la feria de Medina.» «No soy -francés ni comerciante—respondí—. Aunque pasaré por Medina, no voy a -la feria.» «Entonces será usted uno de los irlandeses cristianos de -Salamanca, _caballero_—replicó el hombre—. He oído decir que viene -usted de allí.» «¿Por qué los llama usted irlandeses cristianos? -¿Es que hay paganos en su país?» «Los llamamos cristianos—dijo el -posadero—para distinguirlos de los irlandeses ingleses, que son peor -que paganos, porque son judíos y herejes.» Sin responder, me entré en -mi cuarto, y desde él oí, por estar la puerta entornada, el siguiente -breve diálogo entre el posadero y su mujer. - -EL POSADERO.—_Mujer_, me parece que tenemos mala gente en casa. - -SU MUJER.—¿Te refieres a los últimos que han llegado, a ese -_caballero_ y a su criado? Sí; no he visto en mi vida gente peor -encarada. - -EL POSADERO.—No me gusta el criado, y menos todavía el amo. Es un -hombre sin formalidad ni educación; me dice que no es francés, le -hablo de los irlandeses cristianos, y parece que tampoco es de su -casta. Tengo más que barruntos de que es hereje o, por lo menos, -judío. - -SU MUJER.—Acaso sea las dos cosas. _¡María Santísima!_ ¿Qué haremos -para purificar la casa cuando se vayan? - -EL POSADERO.—¡Oh! Lo que es eso irá a la _cuenta_, como es natural. - -Dormí profundamente, y me levanté algo entrada la mañana; después de -desayunarme pagué la cuenta, y bien conocí, por su exorbitancia, que -no habían dejado de poner en ella los gastos de purificación. Los -vendedores ambulantes se habían marchado al rayar el día. Sacamos -luego los caballos y montamos; en la puerta de la posada había un -grupo de gente que no nos quitaba ojo.—¿Qué significa esto?—le -pregunté a Antonio. - -—Se susurra que no somos cristianos—respondió—y han venido para -persignarse al vernos partir. - -En el momento de romper la marcha, en efecto, lo menos doce manos -se pusieron a hacer la señal de la cruz, que ahuyenta al Malo. -Antonio se volvió al instante y se santiguó al modo griego, mucho más -complejo y difícil que el católico. - -—_¡Mirad qué santiguo, qué santiguo de los demonios!_—exclamaron -varias voces, mientras avivábamos el paso por temor a las -consecuencias. - -El día fué por demás caluroso, y con mucha lentitud proseguimos -la marcha a través de las llanuras de Castilla la Vieja. En todo -lo perteneciente a España, la inmensidad y la sublimidad se -asocian. Grandes son sus montañas y no menos grandes sus planicies, -ilimitadas, al parecer; pero no como las uniformes e ininterrumpidas -llanadas de las estepas rusas. El terreno presenta de continuo -escabrosidades y desniveles; aquí un barranco profundo o rambla, -excavado por los torrentes invernales; más allá una eminencia, muchas -veces fragosa e inculta, en cuya cima aparece un pueblecito aislado -y solitario. ¡Cuánta melancolía por doquier; qué escasas las notas -vivas, joviales! Aquí y allá se encuentra a veces algún labriego -solitario trabajando la tierra; tierra sin límites, donde los olmos, -las encinas y los fresnos son desconocidos; tierra sin verdor, sobre -la que sólo el triste y desolado pino destaca su forma piramidal. -¿Y quién viaja por estas comarcas? Principalmente los _arrieros_ y -sus largas recuas de mulas, adornadas con campanillas de monótono -tintineo. Vedlos, con sus rostros atezados, sus trajes pardos, sus -sombrerotes gachos; ved a los _arrieros_, verdaderos señores de las -rutas de España, más respetados en estos caminos polvorientos que los -duques y los _condes_, vedlos: mal encarados, orgullosos, rara vez -sociables, cuyas roncas voces se oyen en ocasiones desde una milla de -distancia, ya excitando a los perezosos animales, ya entreteniendo la -tristeza del camino con rudos y discordantes cantares. - -Muy entrada la tarde llegamos a Medina del Campo, una de las -principales ciudades de España en otro tiempo, y al presente lugar -sin importancia. Inmensas ruinas la rodean por todas partes, -atestiguando la pasada grandeza de la «ciudad de la llanura». La -plaza principal o del mercado es notable; rodéanla sólidos porches, -sobre los que se alzan negruzcos edificios muy antiguos. Medina -estaba llena de gente, porque la feria se celebraba de allí a un -par de días. Algún trabajo nos costó conseguir que nos admitieran -en la _posada_, ocupada principalmente por catalanes llegados de -Valladolid. Esa gente no sólo llevaba consigo sus mercancías, sino -sus mujeres e hijos. Algunos tenían malísima catadura, sobre todo -uno, gordo y de aspecto salvaje, como de cuarenta años de edad, que -se portó de atroz manera: sentado con su mujer, quizás su concubina, -a la puerta de un aposento que daba al patio, no cesaba de expeler -horribles y obscenos juramentos en español y en catalán. La mujer era -de notable hermosura; pero muy recia y al parecer no menos salvaje -que el hombre; su modo de hablar era igualmente horrendo. Ambos -parecían dominados por incomprensible furor. Al cabo, ante cierta -observación hecha por la mujer, el hombre se levantó y sacando de la -faja un gran cuchillo le tiró un golpe a su compañera en el pecho -desnudo; la mujer, empero, interpuso la palma de la mano y recibió -en ella el navajazo. Estúvose un momento el agresor mirando gotear -la sangre en el suelo, mientras la mujer levantaba en alto la mano -herida; luego, arrojando un estruendoso juramento, salió corriendo -del patio a la _plaza_. Me acerqué entonces a la mujer y dije: «¿Por -qué ha sido todo eso? Espero que ese tunante no le habrá herido de -gravedad.» Volvió hacia mí el semblante con expresión infernal y -mirándome despreciativamente exclamó: «_Carals, ¿que es eso?_ ¿No -puede un caballero catalán hablar de sus asuntos particulares con -su señora sin que usted los interrumpa?» Se vendó luego la mano con -un pañuelo y entrándose en el cuarto sacó una mesita, puso en ella -diferentes cosas para disponer la cena, y se sentó en un taburete. -En seguida volvió el catalán y, sin decir palabra, se sentó en el -umbral, como si nada hubiera ocurrido; la singular pareja comenzó a -comer y a beber, sazonando los manjares con juramentos y burlas. - -Pasamos la noche en Medina, y a la mañana siguiente, muy temprano, -reanudamos el viaje, pasando por una comarca muy parecida a la que -recorrimos el día antes; a cosa del mediodía llegamos a una pequeña -_venta_, a media legua del Duero, y en ella descansamos durante las -horas de más calor; montamos después nuevamente y, cruzando el río -por un hermoso puente de piedra, nos encaminamos a Valladolid. Las -márgenes del Duero son muy bellas por aquel sitio y pobladas de -árboles y arbustos en los que trinaban melodiosamente a nuestro paso -algunos pajarillos. Delicioso frescor subía del agua que, a veces, -se embravecía entre las piedras o fluía veloz sobre la blanca arena, -o se estancaba con mansedumbre en las pozas azules, de considerable -hondura. Muy cerca de una de estas hoyas estaba sentada una mujer, -como de treinta años, vestida a lo labrador, con pulcritud; miraba -fijamente al agua, arrojando a ella, de vez en cuando, flores y -ramitas. Me detuve un momento y la hablé; pero sin mirarme ni -contestar, siguió contemplando el agua como si hubiera perdido la -conciencia de cuanto le rodeaba. «¿Quién es esa mujer?», pregunté -a un pastor que encontré momentos más tarde. «Es una loca, _la -pobrecita_—respondió—. Hace un mes se le ahogó un hijo en esa poza, -y desde entonces ha perdido el juicio. La van a llevar a Valladolid, -a la _Casa de los locos_. Todos los años se ahoga bastante gente en -los remolinos del Duero; éste es un río muy malo. _Vaya usted con -la Virgen, caballero._» Después entramos en los mezquinos y ralos -_pinares_ que bordean el camino de Valladolid por aquella dirección. - -Valladolid está situado en medio de un inmenso valle, o más bien -hondonada, abierta, al parecer, por una fortísima convulsión de -la planicie castellana. Las alturas de las inmediaciones no son, -propiamente, una elevación del suelo, sino más bien los bordes de -la hondonada. Son muy escabrosas y pendientes y de aspecto por -demás insólito. Parece que en épocas remotas toda esta comarca -estuvo trabajada por fuerzas volcánicas. Hay en Valladolid numerosos -conventos, ahora abandonados, magnífica muestra, algunos de ellos, -de la arquitectura española. La iglesia principal, bastante antigua, -está sin acabar; propusiéronse los fundadores levantar un edificio -muy vasto; pero sus medios no bastaron para realizar el plan. Es de -granito sin labrar. Valladolid es ciudad fabril, pero en cambio su -comercio está principalmente en manos de los catalanes, establecidos -aquí en número próximo a trescientos. Posee una hermosa _alameda_ por -la que corre el Esgueva. La población dícese que llega a sesenta mil -habitantes. - -Paramos en la _Posada de las Diligencias_, edificio magnífico; -pero a los dos días de llegar nos fuimos de ella muy gustosos, -porque el alojamiento era malísimo, y la gente de la casa por demás -grosera. El dueño, hombre de talla gigantesca, de enormes bigotes -y de marcialidad afectada, debía de creerse un caballero demasiado -principal para fijar la atención en sus huéspedes, de los que, a la -verdad, no andaba muy recargado, porque sólo estábamos Antonio y yo. -Era persona importante entre los guardias nacionales de Valladolid -y se recreaba pavoneándose por la ciudad en un corcel pesadote que -encerraba en una cuadra subterránea. - -Trasladamos nuestros reales al Caballo de Troya, _posada_ antigua, -a cargo de un vascongado que, al menos, no se creía superior a su -oficio. Las cosas andaban muy revueltas en Valladolid por creerse -inminente una visita de los facciosos. Barreadas todas las puertas, -construyeron, además, unos reductos para cubrir los aproches de la -ciudad. Poco después de marcharnos nosotros, llegaron, en efecto, los -carlistas al mando del cabecilla vizcaíno Zariategui. No encontraron -resistencia; los nacionales más decididos se retiraron al reducto -principal y en seguida lo entregaron, sin que en toda esa función se -disparase un tiro. Mi amigo, el héroe de la posada, en cuanto oyó que -se aproximaba el enemigo, montó a caballo y escapó, y no ha vuelto a -saberse de él. A mi regreso a Valladolid, hallé la posada en otras -manos mucho mejores: regíala un francés de Bayona, quien me prodigó -tantas amabilidades como groserías sufrí de su predecesor. - -A los pocos días conocí al librero de la localidad, hombre sencillo, -de corazón bondadoso, que de buen grado se encargó de vender los -Testamentos. Todo género de literatura hallábase en Valladolid en -profundísima decadencia. Mi nuevo amigo sólo podía dedicarse a -vender libros en combinación con otros negocios, porque, según me -aseguró, la librería no le daba para vivir. Sin embargo, durante la -semana que permanecí en la ciudad se vendió un número considerable -de ejemplares, y abrigaba yo buenas esperanzas de que aún pedirían -muchos más. Para llamar la atención sobre mis libros recurrí al -sistema empleado en Salamanca y fijé carteles en las paredes. Antes -de marcharme dispuse que todas las semanas los renovasen; con eso -pensaba yo lograr multiplicados y saludables frutos, porque el -pueblo tendría siempre ocasión de saber que existía, al alcance de -sus medios, un libro que contiene la palabra de vida, y acaso se -sintiera inducido a comprarlo y a consultarlo, incluso acerca de su -salvación... Hay en Valladolid un colegio inglés y otro escocés. -Mis amables amigos los irlandeses de Salamanca me habían dado una -carta de presentación para el rector del último. Estaba el colegio -instalado en un lóbrego edificio, en calle apartada. El rector vestía -como los eclesiásticos españoles, carácter que, a todas luces, -pretendían apropiarse. Había en sus modales cierta fría sequedad, -sin pizca del generoso celo ni de la ardiente hospitalidad que de -tal modo me cautivaron en el cortesísimo rector de los irlandeses de -Salamanca; sin embargo, me trató con mucha urbanidad y se ofreció a -enseñarme las curiosidades locales. Sabía, sin duda alguna, quién -era yo, y acaso por esta razón se mostró más reservado de lo que en -otro caso hubiese sido; no hablamos palabra de asuntos religiosos, -como si de consuno quisiésemos eludirlos. Bajo sus auspicios visité -el colegio de las Misiones Filipinas, situado en las afueras; me -presentaron al rector, septuagenario de hermosa presencia, muy -vigoroso, en hábito de fraile. Expresaba su semblante una benignidad -plácida que me interesó sobremanera; hablaba poco y con sencillez; -parecía haber dicho adiós a todas las pasiones terrenales. Sin -embargo, aún se aferraba a cierta pequeña debilidad. - -YO.—Vive usted en una casa hermosa, padre. Lo menos caben aquí -doscientos estudiantes. - -EL RECTOR.—Más aún, hijo mío; se hizo para albergar más centenares -que simples individuos vivimos en ella ahora. - -YO.—Veo aquí algunos trabajos de defensa improvisados; los muros -están llenos de aspilleras por todas partes. - -EL RECTOR.—Hace unos días vinieron los nacionales de Valladolid -y causaron bastante daño sin utilidad alguna; estuvieron un poco -groseros y me amenazaron con los clubs. ¡Pobres hombres, pobres -hombres! - -YO.—Supongo que también las misiones, a pesar de sus elevados fines, -se resentirán de los trastornos actuales de España. - -EL RECTOR.—Demasiado cierto es eso; ahora el Gobierno no nos favorece -nada; sólo contamos con nuestras propias fuerzas y con la ayuda de -Dios. - -YO.—¿Cuántos misioneros novicios hay en el colegio? - -EL RECTOR.—Ninguno, hijo mío; ninguno. El rebaño se ha dispersado; el -pastor se ha quedado solo. - -YO.—Vuestra reverencia habrá, sin duda alguna, tomado parte activa en -las misiones. - -EL RECTOR.—Cuarenta años he estado en Filipinas, hijo mío; cuarenta -años entre los indios. ¡Ay de mí! ¡Cuánto quiero yo a los indios de -Filipinas! - -YO.—¿Habla vuestra reverencia la lengua de los indios? - -EL RECTOR.—No, hijo mío. A los indios les enseñábamos el castellano; -a mi parecer, no hay idioma mejor. Les enseñábamos el castellano y la -adoración de la Virgen. ¿Qué más necesitaban saber? - -YO.—¿Y qué piensa vuestra reverencia de las Filipinas como país? - -EL RECTOR.—Cuarenta años he estado allá; pero lo conozco poco; el -país no me interesaba gran cosa; mis amores eran los indios. No es -mala tierra aquélla; pero no tiene comparación con Castilla. - -YO.—¿Vuestra reverencia es castellano? - -EL RECTOR.—Soy castellano viejo, hijo mío. - -Desde la Casa de las Misiones Filipinas, me condujo mi amigo al -Colegio inglés, establecimiento muy superior en todos los órdenes al -Colegio Escocés. En este último había muy pocos alumnos, creo que -seis o siete apenas, mientras que en el seminario inglés se educaban -unos treinta o cuarenta, según me dijeron. La casa es hermosa, -con una iglesia pequeña, pero suntuosa, y muy buena biblioteca: -su emplazamiento es alegre y ventilado; completamente aislada en -un barrio de poco tránsito, un elevado muro, genuina muestra del -exclusivismo inglés, la rodea por todas partes y encierra, además, -un deleitoso jardín. Este colegio es, con gran ventaja, el mejor de -los de su clase en toda la Península, y creo que el más floreciente. -En el rápido vistazo dado a su interior no podía enterarme a fondo -de su régimen; pero no dejó de impresionarme el orden, la limpieza, -el método reinantes por doquiera. Sin embargo, no me atrevería yo -a afirmar que el aire de severa disciplina monástica que allí se -advertía respondiese con exactitud a la realidad. En la visita nos -acompañó el vicerrector, por estar ausente el rector. De todas las -curiosidades del colegio la más notable es la galería de pinturas, -donde se guardan los retratos de gran número de antiguos alumnos de -la casa martirizados en Inglaterra, en el ejercicio de su vocación, -durante los agitados tiempos de Eduardo VI y de la feroz Isabel. En -esa casa se educaron muchos de aquellos sacerdotes medio extranjeros, -pálidos, sonrientes, que a hurtadillas recorrían en todas direcciones -la verde Inglaterra; ocultos en misteriosos albergues, en el seno -de los bosques, soplaban sobre el moribundo rescoldo del papismo, -sin otra esperanza y acaso sin otro deseo que el de perecer -descuartizados por las sangrientas manos del verdugo, entre el -griterío de una plebe tan fanática como ellos; sacerdotes como -Bedingfield y Garnet, y tantos otros cuyo nombre se ha incorporado a -las gestas de su país. Muchas historias, maravillosas precisamente -por ser ciertas, podrían, sin duda, extraerse de los archivos del -seminario papista inglés de Valladolid. - -No escaseaban los huéspedes en el Caballo de Troya, donde nos -alojábamos. Entre los llegados durante mi estancia allí, figuraba una -mujer muy fornida y jovial, en extremo bien vestida, con traje de -seda negra y _mantilla_ de mucho precio. Acompañábala un mozalbete -de quince años, muy guapo, pero de expresión maligna y arisca, hijo -suyo. Venían de Toro, lugar distante una jornada de Valladolid, -famoso por su vino. Una noche, estando al _fresco_ en el patio de la -posada, tuvimos el siguiente coloquio: - -LA MUJER.—¡_Vaya, vaya_, qué pueblo tan aburrido es Valladolid! ¡Qué -diferencia de Toro! - -YO.—Yo le hubiera creído, por lo menos, tan divertido como Toro, que -no es ni la tercera parte de grande. - -LA MUJER.—¿Tan divertido como Toro? _¡Vaya, vaya!_ ¿Ha estado usted -alguna vez en la cárcel de Toro, señor caballero? - -YO.—Nunca he tenido ese honor; generalmente, la cárcel es el último -sitio que se me ocurre visitar. - -LA MUJER.—Vea usted lo que es la diferencia de gustos: yo he ido a -ver la cárcel de Valladolid, y me parece tan aburrida como la ciudad. - -YO.—Es claro; si en alguna parte hay tristeza y fastidio, ha de ser -en la cárcel. - -LA MUJER.—Pero no en la de Toro. - -YO.—¿Qué tiene la cárcel de Toro para distinguirse de las demás? - -LA MUJER.—¿Qué tiene? _¡Vaya!_ ¿Pues no soy yo la _carcelera_? ¿Y no -es mi marido el _alcaide_? Y mi hijo, ¿no es hijo de la cárcel? - -YO.—Dispense usted: no conocía esas circunstancias. La diferencia, en -efecto, es grande. - -LA MUJER.—Ya lo creo. Yo también soy hija de la cárcel; mi padre era -_alcaide_ y mi hijo podría aspirar a serlo, si no fuese tonto. - -YO.—¿Tonto? Pues en la cara lo disimula bastante. No sería yo quien -comprara a este muchacho si lo vendieran por tonto. - -LA CARCELERA.—¡Buen negocio haría usted si lo comprase! Más -_picardías_ tiene que cualquier _calabocero_ de Toro. Mi sentido es -que no le tira la cárcel tanto como debiera, sabiendo lo que han sido -sus padres. Tiene demasiado orgullo, demasiados caprichos; al cabo ha -logrado convencerme para que lo traiga a Valladolid, y le he colocado -a prueba en casa de un comerciante de la _Plaza_. Espero que no irá -a parar a la cárcel; si no, ya verá la diferencia que hay entre ser -hijo de la cárcel y estar encarcelado. - -YO.—Habiendo tantas distracciones en Toro, los presos no lo pasarán -mal con usted. - -LA CARCELERA.—Sí; somos muy buenos con ellos; me refiero a los que -son _caballeros_, porque con los que no tienen más que _miseria_, -¿qué podemos hacer? La cárcel de Toro es muy divertida: dejamos -entrar todo el vino que quieren los presos, mientras tienen dinero -para comprarlo y para pagar el derecho de entrada. La de Valladolid -no es ni la mitad de alegre; no hay cárcel como la de Toro. Allí -aprendí yo a tocar la guitarra. Un caballero andaluz me enseñó a -tocar y cantar _a la gitana_. ¡Pobre muchacho! Fué mi primer _novio_. -Juanito, trae la guitarra, que voy a cantarle a este caballero unos -aires andaluces. - -La _carcelera_ tenía hermosa voz y tocaba el instrumento favorito -de los españoles con verdadera maestría. Estuve escuchando sus -habilidades cerca de una hora, hasta que me retiré a mi habitación -a descansar. Creo que continuó tocando y cantando la mayor parte de -la noche, porque la oí todas las veces que me desperté, y aun entre -sueños me sonaban en los oídos las cuerdas de la guitarra. - - - - -CAPÍTULO XXII - - Dueñas.—Los hijos de Egipto.—Chalanerías.—El caballo - de carga.—La caída.—Palencia.—Curas carlistas.—El - mirador.—Sinceridad sacerdotal.—León.—Alarma de - Antonio.—Calor y polvo. - - -Después de estar diez días en Valladolid nos pusimos en marcha para -León. Llegamos al mediodía a Dueñas, ciudad notable por muchos -motivos, distante de Valladolid seis leguas cortas. Hállase situada -en una ladera, sobre la que se alza a pico una montaña de tierra -calcárea coronada por un castillo en ruinas. En torno de Dueñas se ve -multitud de cuevas excavadas en la pendiente y cerradas con fuertes -puertas: son las bodegas donde se guarda el vino que en abundancia -produce la comarca, y que se vende principalmente a los navarros -y montañeses; acuden a buscarlo en carretas de bueyes y se lo -llevan en grandes cantidades. Paramos en una mezquina posada de los -arrabales, con idea de dar descanso a los caballos. Varios soldados -de Caballería allí alojados aparecieron en seguida, y con ojos de -gente experta empezaron a examinar mi caballo _entero_. «Este caballo -tan bueno debiera ser nuestro—dijo el cabo—. ¡Qué pecho tiene! ¿Con -qué derecho viaja usted en ese caballo, _señor_, haciendo falta -tantos para el servicio de la reina? Este caballo pertenece a la -_requisa_.» «Con el derecho que me da el haberlo comprado, y el ser -yo inglés»—repliqué. «¡Oh, su merced es inglés!—respondió el cabo—. -Eso es otra cosa. A los ingleses se les permite en España hacer de lo -suyo lo que quieran, permiso que no tienen los españoles. Caballero, -he visto a sus paisanos de usted en las provincias vascongadas: -_vaya_, ¡qué jinetes y qué caballos! Tampoco se baten mal; pero lo -que mejor hacen es montar. Los he visto subir por los _barrancos_ en -busca de los facciosos, y caer sobre ellos de improviso cuando se -creían más seguros y no dejar ni uno vivo. La verdad: este caballo es -magnífico; voy a mirarle el diente.» - -Miré al cabo; tenía la nariz y los ojos dentro de la boca del -caballo. Los demás de la partida, que podían ser seis o siete, no -estaban menos atareados. El uno le examinaba las manos; el otro, las -patas; éste tiraba de la cola con toda su fuerza, mientras aquél le -apretaba la tráquea para descubrir si el animal tenía allí alguna -tacha. Por fin, al ver al cabo dispuesto a aflojarle la silla para -reconocerle el lomo, exclamé: - -—Quietos, _chabés_[8] de Egipto; os olvidáis de que sois -_hundunares_[9], y que no estáis _paruguing grastes_[10] en el -_chardí_[11]. - - [8] Plural de _chabó_ o _chabé_: mozo, joven, compañero. - - [9] Soldados. - - [10] _Parugar_: trocar, traficar. _Graste_: caballo. - - [11] Feria. - -Al oír estas palabras, el cabo y los soldados volvieron completamente -el rostro hacia mí. Sí; no cabía duda: eran los semblantes y el -mirar fijo y velado de los hijos de Egipto. Lo menos un minuto -estuvimos mirándonos mutuamente, hasta que el cabo, en la más -elocuente lamentación gitana imaginable, me dijo: ¡El _erray_[12] -nos conoce a nosotros, pobres _Caloré_![13] ¿Y dice que es inglés? -_¡Bullati!_[14] No me figuraba encontrar por aquí un _Busnó_[15] que -nos conociera, porque en estas tierras no se ven nunca _gitanos_. Sí; -su merced acierta; somos todos de la sangre de los _Caloré_. Somos de -_Melegrana_[16], y de allí nos sacaron para llevarnos a las guerras. -Su merced ha acertado; al ver este caballo nos hemos creído otra vez -en nuestra casa en el _mercado_ de Granada; el caballo es paisano -nuestro, un _andalou_ verdadero. _Por Dios_, véndanos su merced este -caballo; aunque somos pobres _Caloré_, podemos comprarlo. - - [12] Caballero. - - [13] Plural de _Caloró_: gitano. - - [14] _Bul_; _Bullati_: el ano. - - [15] Un hombre no gitano; un gentil. - - [16] Granada. - -—Os olvidáis de que sois soldados; ¿cómo me ibais a comprar el -caballo? - -—Somos soldados—replicó el cabo—; pero no hemos dejado de ser -_Caloré_. Compramos y vendemos _bestis_; nuestro capitán va a la -parte con nosotros. Hemos estado en las guerras; pero no queremos -pelear; eso se queda para los _Busné_. Hemos vivido juntos y muy -unidos, como buenos _Caloré_; hemos ganado dinero. _No tenga usted -cuidao._ Podemos comprarle el caballo. - -Al decir esto, sacó una bolsa con diez onzas de oro lo menos. - -—Si quisiera venderlo—repuse—, ¿cuánto me daríais por el caballo? - -—Entonces su merced desea vender el caballo. Eso ya es otra cosa. Le -daremos a su merced diez duros por él. No vale para nada. - -—¿Cómo es eso?—exclamé—. Hace un momento me habéis dicho que era un -caballo muy bueno, paisano vuestro. - -—No, _señor_; no hemos dicho que sea _Andalou_, hemos dicho que es -_Extremou_, y de lo peor de su casta. Tiene diez y ocho años, es -corto de resuello y está malo. - -—Pero si yo no quiero vender el caballo; al contrario. Más bien -necesito comprar que vender. - -—¿Su merced no quiere vender el caballo?—dijo el gitano—. Espere su -merced: daremos sesenta duros por el caballo de su merced. - -—Aunque me dierais doscientos sesenta. _¡Meclis, meclis!_[17], no -digas más. Conozco las tretas de los gitanos. No quiero tratos con -vosotros. - - [17] ¡Quita de ahí! ¡Déjame! - -—¿No ha dicho su merced que desea comprar un caballo?—preguntó el -gitano. - -—No necesito comprar ninguno—exclamé—. De necesitar algo, sería una -jaca para el equipaje. Pero se ha hecho tarde; Antonio, paga la -cuenta. - -—Espere su merced; no tenga tanta prisa—dijo el gitano—. Voy a -traerle lo que usted necesita. - -Sin aguardar respuesta corrió a la cuadra, y a poco salió trayendo -por el ramal una jaca ruana, de unos trece palmos de alzada, llena -de mataduras y señales de las cuerdas y ataderos. La estampa, sin -embargo, no era mala, y tenía un brillo extraordinario en los ojos. - -—Aquí tiene su merced—dijo el gitano—la mejor jaca de España. - -—¿Para qué me enseñas ese pobre animal?—pregunté. - -—¿Pobre animal?—repuso el gitano—. Es un caballo mejor que su -_Andalou_ de usted. - -—Puede que no quisieras cambiarlos—dije yo sonriendo. - -—_Señor_, lo que yo digo es que puesto a correr, le saca ventaja a su -_Andalou_ de usted. - -—Está muy flaco—respondí—. Me parece que concluirá muy pronto de -pasar fatigas. - -—Flaco y todo como está, _señor_, ni usted ni cuantos ingleses hay en -España son capaces de dominarlo. - -Miré otra vez al animal, y su estampa me hizo una impresión más -favorable aún que antes. Necesitaba yo una caballería para relevar, -cuando fuese menester, a la de Antonio en el transporte del equipaje, -y aunque el estado de aquella jaca era lastimoso, pensé que con el -buen trato no tardaría en redondearse. - -—¿Puedo montar en él?—pregunté. - -—Es caballo de carga, _señor_, y no está hecho a la silla; sólo -se deja montar por mí, que soy su amo. Cuando se arranca, no para -hasta el mar: se lanza por cuestas y montañas, y las deja atrás en -un momento. Si quiere usted montar este caballo, _señor_, permítame -que antes le ponga la brida, porque con el ronzal no podrá usted -sujetarlo. - -—Eso es una tontería—repliqué—. Pretendes hacerme creer que tiene -mucho genio para pedir más por él. Te digo que está casi muriéndose. - -Tomé el ronzal y monté. Apenas me sintió sobre las costillas, el -animalito, que hasta entonces había estado inmóvil como una piedra, -sin mostrar el menor deseo de cambiar de postura ni dar más señales -de vida que revolver los ojos y enderezar una oreja, arrancó al -galope tendido como un caballo de carreras. Presumía yo que el -caballo iba a cocear o a tirarse al suelo para librarse de la carga; -pero la escapada me cogió completamente desprevenido. No me costó -gran trabajo, sin embargo, sostenerme, porque desde la niñez estaba -yo habituado a montar en pelo; pero frustró todos los esfuerzos que -hice para detenerlo, y casi empecé a creer, como me había dicho el -gitano, que ya no se pararía hasta el mar. No obstante, disponía yo -de un arma poderosa, y fué tirar del ronzal con toda mi fuerza, hasta -que obligué al caballo a volver ligeramente el cuello, que, por lo -rígido, parecía de palo; a pesar de todo, no disminuyó la rapidez -de su carrera ni un momento. A mano izquierda del camino, por donde -volábamos, había una profunda zanja, en el preciso lugar donde el -camino torcía a la derecha, y hacia la zanja se lanzó oblicuamente -el caballo. Con los tirones se rompió el ronzal; el caballo siguió -disparado como una flecha, y yo caí de espaldas al suelo. - -—_Señor_—dijo el gitano, acercándoseme con el semblante más serio del -mundo—, ya le decía yo a usted que no montase sin brida ni freno; es -caballo de carga y sólo está acostumbrado a que le monte yo, que le -doy de comer. (Al decir esto silbó, y el animal, que andaba dando -corcovos por el campo, y acoceando el aire, volvió al instante con -un suave relincho.) Vea su merced qué manso es—continuó el gitano—. -Es un caballo de carga de primera, y puede subir, con todo lo que -usted lleva, las montañas de Galicia. - -—¿Cuánto pides por él?—dije yo. - -—_Señor_, como su merced es inglés y buen _jinete_, y, sobre todo, -conoce los usos de los _Caloré_, y sus mañas y lenguaje también, se -lo venderé a usted muy arreglado. Me dará usted doscientos sesenta -duros por él, ni uno menos. - -—Es mucho dinero—respondí. - -—No, _señor_, nada de eso; es un caballo de carga; fíjese usted que -pertenece al ejército, y no lo vendo para mí. - -Dos horas de caballo nos pusieron en Palencia, ciudad antigua y -bella, admirablemente situada a orillas del Carrión, y famosa por -su comercio de lanas. Nos alojamos en la mejor _posada_ que había, -y seguidamente fuí a visitar a uno de los principales comerciantes -de la ciudad, para quien me había dado una recomendación mi banquero -de Madrid. Dijéronme que el señor estaba durmiendo la _siesta_. -«Entonces—pensé yo—lo mejor será hacer otro tanto», y me volví a -la _posada_. Por la tarde repetí la visita, y vi al comerciante. -Era un hombre bajo y corpulento, de unos treinta años; al pronto -me recibió con cierta sequedad, pero no tardaron sus modales en -dulcificarse, y a lo último no sabía ya cómo darme suficientes -pruebas de su cortesía. Me presentó a un su hermano, recién llegado -de Santander, persona inteligente en grado sumo, y que había vivido -varios años en Inglaterra. Ambos se empeñaron en enseñarme la ciudad, -como lo hicieron, paseándome por ella y por sus cercanías. Admiré -sobre todo la catedral, edificio de estilo gótico primitivo, pero -elegante y ligero. Mientras recorríamos sus naves laterales, los -dulces rayos del sol poniente, al entrar por las ventanas arqueadas, -iluminaban algunos hermosos cuadros de Murillo que adornan el sagrado -edificio[18]. Desde la iglesia lleváronme mis amigos por un camino -pintoresco a un batán de las afueras. Abundaban allí el agua y los -árboles, pareciéndome los alrededores de Palencia uno de los lugares -más agradables que hasta entonces había visto. Cansados de rodar de -una parte a otra, fuimos a un café, donde me obsequiaron con dulces -y chocolate. Tal fué la hospitalidad de mis amigos, sencilla y -agradable, como hay mucha en España. - - [18] Estos «cuadros de Murillo» son imaginarios, observa el - editor U. R. Burke. - -Al siguiente día proseguimos el viaje, triste en su mayor parte, -a través de áridas y desoladas llanuras, con algunos pueblos y -ciudades esparcidos aquí y allá, pueblos silenciosos, melancólicos, -distantes unos de otros dos o tres leguas. Hacia el mediodía -percibimos a lo lejos, entre brumas, una inmensa cadena de montañas, -límite septentrional de Castilla; pero el día se nubló y obscureció, -y las perdimos de vista. Un viento sonoro comenzó a soplar con -violencia en las desoladas llanuras, arrojándonos al rostro nubes -de polvo; los pocos rayos de sol que traspasaban las nubes eran -candentes, inflamados. Iba yo muy cansado del viaje, y cuando a eso -de las cuatro llegamos a X[19], pueblo grande, a mitad de camino -entre Palencia y León, resolví pasar allí la noche. Pocos lugares -habré visto en mi vida tan desolados como aquel pueblo. Las casas, -grandes en su mayoría, tenían muros de barro, como los pajares. En -toda la sinuosa y larga calle por donde entramos, no vimos alma -viviente a quien preguntar por la _venta_ o _posada_; al cabo, en un -extremo de la plaza, al fondo, descubrimos dos bultos negros parados -junto a una puerta, e interrogándolos supimos ser aquella la casa que -buscábamos. Extraño era el aspecto de los dos seres, que parecían -los genios del lugar. El uno, pequeño y delgado, de unos cincuenta -años, tenía las facciones pronunciadas y aviesas. Vestía una holgada -casaca negra de largos faldones, calzón también negro y gruesas -medias de estambre del mismo color. Hubiérale tomado desde luego por -un eclesiástico, a no ser por su sombrero, pequeña castora abollada, -nada clerical ciertamente. Su acompañante era de corta estatura -y mucho más joven. Vestía de análogo modo, salvo que llevaba una -capa azul obscuro. Empuñaban sendos bastones, y, sin alejarse de la -puerta, tan pronto entraban como salían, mirando a veces al camino, -como si aguardasen a alguien. - - [19] Posiblemente Cisneros o Calzada. (Nota del editor Burke.) - -—Créame usted, _mon maître_—me dijo Antonio en francés—, estos dos -individuos son curas carlistas, y están aguardando la llegada del -Pretendiente. _Les imbeciles!_ - -Llevamos los caballos a la cuadra, guiados por la posadera. «¿Quiénes -son esos hombres?»—pregunté. - -—El más viejo es el arcipreste del _pueblo_—respondió la mujer—. El -otro es hermano de mi marido. _¡Pobrecito!_ Era fraile en un convento -de aquí; pero lo cerraron y echaron a los hermanos. - -Volvimos a la puerta. - -—Me parece, caballeros, que ustedes son catalanes—dijo el -cura.—¿Traen ustedes noticias de aquel reino? - -—¿Por qué supone usted que somos catalanes?—pregunté. - -—Porque les he oído hace un momento hablar en esa lengua. - -—No traigo noticias de Cataluña—respondí—. Pero creo que la mayor -parte del principado está en manos de los carlistas. - -—¡Ejem, hermano Pedro! Este caballero dice que la mayor parte de -Cataluña está en poder de los realistas. Por favor, caballero, dígame -si sabe por dónde andará a estas horas Don Carlos con su ejército. - -—Por mis noticias—respondí—es posible que esté ya muy cerca de aquí. - -Eché a andar hacia la salida del pueblo. Al instante se me juntaron -los dos individuos, y Antonio con ellos, poniéndonos los cuatro a -mirar fijamente al camino. - -—¿Ve usted algo?—pregunté por fin a Antonio. - -—_Non, mon maître._ - -—¿Ve usted algo, señor?—pregunté al cura. - -—No veo nada—respondió, alargando el pescuezo. - -—No veo nada—dijo Pedro, el ex fraile—; sólo veo mucho polvo, cada -vez más espeso. - -—Entonces, yo me vuelvo—dije—. Es poco prudente estarse aquí -esperando al Pretendiente. Si los nacionales de la población se -enteran, pueden fusilarnos. - -—¡Ejem!—dijo el cura, siguiéndome—. Aquí no hay nacionales; quisiera -yo saber quién se atrevería a serlo. Cuando los vecinos recibieron -orden de alistarse en la milicia, rehusaron todos sin excepción, -y tuvimos que pagar una multa. Por tanto, amigo, si tiene algo que -comunicarnos hable sin recelo; aquí todos somos de su misma opinión. - -—Yo no tengo opinión alguna—repliqué—, como no sea que me corre prisa -cenar. No estoy por _Rey_ ni por _Roque_. ¿No dice usted que soy -catalán? Pues ya sabe usted que los catalanes no piensan más que en -sus negocios. - -Al anochecer anduve vagando por el pueblo, que me pareció aún más -abandonado y melancólico que antes; acaso fué, no obstante, una -población de importancia en tiempos pasados. En un extremo del pueblo -yacían las ruinas de un vasto y tosco castillo, casi todo de piedra -berroqueña; quise visitarlas, pero hallé la entrada defendida por una -puerta. Desde el castillo me encaminé al convento, triste y desolado -lugar, antigua morada de frailes franciscanos mendicantes. Ya me -volvía a la posada, cuando oí fuerte rumor de voces, y guiándome -por ellas no tardé en salir a una especie de prado, donde sobre un -montículo estaba sentado un cura vestido de hábitos, leyendo en alta -voz un periódico; en torno suyo, de pie o sentados en la hierba, -se congregaban unos cincuenta _vecinos_, vestidos casi todos con -luengas capas; entre ellos descubrí a mis dos amigos, el cura y el -fraile. «Es un buen enjambre de carlistas—dije entre mí—ansiosos -de noticias»; y me encaminé hacia otra parte de la pradera, donde -pastaban los ganados del pueblo. El cura, en cuanto me vió, se apartó -del grupo y vino a mí. «He oído que necesita usted un caballo—me -dijo—. Yo tengo aquí uno pastando, el mejor del reino de León»; y -con la volubilidad de un _chalán_ empezó a ensalzar los méritos del -animal. No tardó en juntársenos el fraile, quien, aprovechando una -oportunidad, me tiró de la manga, y me dijo: - -—Señor, con el cura no se puede tratar; es el pillo más grande de -estos contornos. Si necesita usted un caballo, mi hermano tiene uno -mucho mejor, y se lo dará más barato. - -—No pienso comprarlo hasta que llegue a León—exclamé; y me fuí, -meditando en la amistad y en la sinceridad de los curas. - -Desde X a León, ocho leguas de camino, el país mejoró rápidamente; -cruzamos varios arroyos, y a veces atravesábamos praderas -exuberantes. Volvió a brillar el sol, y acogí su reaparición con -alegría, a pesar del sofocante calor. A dos leguas de León dimos -alcance a un tropel de gente con caballos, mulas y carros que acudían -a la famosa feria que el día de San Juan se celebra en León; en -efecto, se inauguró a los tres días de nuestra llegada. Aunque esa -feria es principalmente de caballos, acuden a ella comerciantes de -muchas partes de España con diferentes géneros de mercadería, y allí -me encontré a muchos catalanes ya vistos en Medina y Valladolid. - -Nada notable hay en León, ciudad vieja y tétrica, salvo la catedral, -que es, en muchos respectos, un duplicado de la de Palencia, elegante -y aérea como ésta, pero sin los espléndidos cuadros que la adornan. -La situación de León en el centro de una comarca floreciente, -abundante en árboles, y regada por muchas corrientes de agua nacidas -en las grandes montañas de las inmediaciones, es muy placentera. -Dista mucho, sin embargo, de ser un lugar saludable, sobre todo en -verano, cuando los calores suscitan las emanaciones nocivas de las -aguas, que engendran muchas enfermedades, especialmente calenturas. -Apenas llevaba tres días en León me atacó una de esas fiebres, -contra la que creí no poder luchar, no obstante mi constitución -robusta, pues en siete días que me duró me quedé casi en los huesos, -y en tan deplorable estado de debilidad que no podía hacer el más -leve movimiento. Pero ya antes había logrado que un librero se -encargara de vender los Testamentos, y publicado los anuncios de -costumbre, aunque sin grandes esperanzas de buen éxito, porque los -leoneses, con raras excepciones, son furibundos carlistas y ciegos e -ignorantes secuaces de la arcaica iglesia papal. La sede episcopal -de León estuvo ocupada en otro tiempo por el primer ministro de Don -Carlos, y parece que su espíritu fanático y feroz llena todavía la -ciudad. En cuanto aparecieron los carteles, el clero se puso en -movimiento. Fueron de casa en casa, fulminando maldiciones y anatemas -y amenazando con todo género de desventuras a quien comprase o -leyese «los libros malditos» que los herejes introducían en el país -con propósito de pervertir las almas cándidas de los habitantes. -Hicieron más: incoaron un proceso ante el tribunal eclesiástico -contra el librero. Por fortuna, ese tribunal no posee ahora mucha -autoridad, y el librero, atrevido y resuelto, sostuvo el reto y llegó -hasta fijar un anuncio en la misma puerta de la catedral. A pesar -del griterío que se levantó contra los libros, se vendieron en León -algunos ejemplares; dos fueron adquiridos por sendos exclaustrados, -y otros tantos por párrocos de las aldeas vecinas. Creo que en total -se vendieron unos quince ejemplares, de suerte que mi visita a lugar -tan atrasado no se perdió del todo, porque la semilla del Evangelio -quedó sembrada, aunque con parquedad. Pero las espesas tinieblas que -envuelven a León son verdaderamente lamentables, y la ignorancia -del pueblo es tan grande que en las tiendas se venden públicamente -y tienen gran aceptación conjuros y encantaciones impresos contra -Satanás y su hueste y contra todo género de maleficios. Tales son -los resultados del papismo, la falacia que más ha contribuído a -envilecer y embrutecer al espíritu humano. - -Apenas pude levantarme del lecho donde la fiebre me tuvo postrado. -Antonio me descubrió sus temores. Díjome que había visto a varios -soldados, con el uniforme de Don Carlos, acechar a la puerta de la -_posada_ e inquirir noticias respecto de mí. Ocurría, en efecto, en -León un hecho singular: más de cincuenta individuos, que por diversos -motivos habían dejado las filas del Pretendiente, paseaban por las -calles vistiendo su librea, plenamente seguros de que nadie los -molestaría gracias a la protección cierta de las autoridades locales. -Supe también por Antonio que el posadero era un notorio _alcahuete_ -o espía de los ladrones de toda la comarca, y que a menos de -emprender el viaje muy pronto y sin avisar, nos robarían seguramente -en el camino. No hice gran caso de tales indicaciones; pero tenía -vivos deseos de marcharme de León, porque, a mi parecer, en tanto -permaneciese allí no podría recobrar la salud ni la fuerza. - -De consiguiente, a las tres de la mañana salimos para Galicia; apenas -habíamos andado media legua, estalló una tormenta violentísima. -Nos hallábamos en un bosque que se dilataba bastante en la misma -dirección que nosotros seguíamos. - -El viento doblaba los árboles casi hasta el suelo o los arrancaba -de cuajo; la luz de los relámpagos que fulguraban en torno nuestro, -barría la tierra y casi nos cegaba. El fogoso caballo andaluz que yo -montaba se espantó y comenzó a botar como un endemoniado. Como estaba -tan débil, me costó grandísimo trabajo agarrarme a la silla y evitar -una caída que podía ser fatal. La tronada acabó en una manga de agua -tremenda que engrosó los arroyos e inundó los campos, haciendo muchos -daños en los sembrados. Después de una caminata de cinco leguas -comenzamos a entrar en la región montañosa de Astorga. El calor se -hizo casi sofocante. Aparecieron enjambres de moscas que, posándose -en los caballos, los enloquecían a picaduras. El camino era duro y -fatigoso. Con gran trabajo llegamos a Astorga, cubiertos de barro y -de polvo, tan sedientos que la lengua se nos pegaba al paladar. - - - - -CAPÍTULO XXIII - - Astorga.—La posada.—Los maragatos.—Costumbres de los - maragatos.—La estatua. - - -Fuimos a una posada de los arrabales, la única, por cierto, que había -en la ciudad. El patio estaba lleno de _arrieros_ y carreteros que -movían gran alboroto; el posadero reñía con dos de sus parroquianos, -y reinaba universal confusión. Al apearme recibí en la cara el -contenido de un vaso de vino; pero como el saludo iba probablemente -destinado a otro, me hice el desentendido. Alcanzóle a Antonio un -estacazo, y, menos paciente que yo, devolvió en el acto el saludo -cruzándole la cara con el látigo a un carretero. Mientras me -esforzaba por separar a los dos antagonistas, mi caballo se escapó, y -rompiendo por entre la revuelta multitud, derribó a varios individuos -y causó no pocos destrozos. Costó mucho tiempo restablecer la paz; -por fin nos condujeron a una habitación de regular decencia. Apenas -nos habíamos instalado, llegó de Madrid la galera para La Coruña -llena de viajeros polvorientos: mujeres, niños, oficiales inválidos -y otra gente así. En seguida nos expulsaron de nuestro cuarto y -arrojaron los equipajes al patio. Como nos quejáramos de tal trato, -nos dijeron que éramos dos vagabundos a quien nadie conocía, que -habíamos llegado sin _arriero_ y puesto en confusión la casa entera. -Por gran favor nos permitieron, al cabo, refugiarnos en un ruinoso -cuartucho pegado a la cuadra, lleno de ratas y de miseria. Había allí -una cama con dosel muy antigua, y hubimos de darnos por contentos con -tan miserable acomodo porque, abrasado de fiebre, yo no podía seguir -adelante. El calor era insoportable. Me senté en la escalera, con la -cabeza entre las manos, anhelando por falta de aire; Antonio acudió a -darme de beber agua con vinagre, y me sentí aliviado. - -Tres días estuvimos en aquel arrabal, y la mayor parte del tiempo -permanecí tendido en la cama. Una o dos veces se me ocurrió ir a -la ciudad; pero no encontré librero ni persona alguna dispuesta a -encargarse de vender mis Testamentos. La gente era brutal, estúpida -y grosera; me volví a la cama cansado y desanimado. Allí me estuve -oyendo, de tiempo en tiempo, los armoniosos sones de la campana del -reloj de la vieja catedral. El posadero ni fué a verme ni preguntó -por mí. Con los cuidados de Antonio recobré las fuerzas rápidamente. -«_Mon maître_—me dijo una tarde—. Veo que está usted mejor; vámonos -mañana de esta ciudad y de esta _posada_, que son a cual peores. -_Allons, mon maître! Il est temps de nous mettre en chemin pour Lugo -et Galice._» - -Antes de contar lo que nos ocurrió en el viaje a Lugo y Galicia, -acaso no esté de más decir unas palabras respecto de Astorga y sus -contornos. Astorga es una ciudad amurallada, de cinco a seis mil -habitantes, con catedral y seminario, vacío actualmente. Está situada -en los confines y puede ser llamada capital de una comarca denominada -país de los _maragatos_, como de tres leguas cuadradas de extensión, -que limita al Noroeste la montaña llamada Teleno, la más elevada de -una cadena nacida cerca de la desembocadura del Miño y que enlaza con -el inmenso macizo divisorio de las Asturias y Guipúzcoa. La región, -rocosa en su mayor parte, con ligeras salpicaduras de tierra de un -color rojo ladrillo, es ingrata y árida, y paga mezquinamente los -afanes del labrador. Los maragatos son quizás la casta más singular -de cuantas pueden encontrarse en la mezclada población de España. -Tienen costumbres y vestidos peculiares, y nunca se casan con -españoles. Su nombre indica su origen, pues significa «moros godos»; -y hoy en día su pergenio, consistente en un chaquetón muy ajustado, -ceñido al talle por una faja ancha, calzones anchos hasta la rodilla, -botas y polainas, difiere muy poco del de los moros de Berbería. -Llevan afeitado el cráneo, y sólo se dejan un ligero cerquillo de -pelo en la parte inferior. Si llevaran turbante o _barrete_ apenas -se los distinguiría de los moros por el vestido; pero usan en lugar -de aquél el _sombrero_ ancho. Es casi indudable que los maragatos -son reliquias de aquellos godos que tomaron partido por los moros -invasores de España, y adoptaron su religión, costumbres y traje, -que, con excepción de la primera, conservan aún en buena parte. Pero -es también evidente que su sangre no se ha mezclado con la de los -salvajes hijos del desierto, porque con dificultad se encontrarían en -las montañas de Noruega tipos y rostros más esencialmente godos que -los maragatos. Son hombres de fuerza atlética; pero toscos, pesados, -de facciones generalmente correctas, pero vacíos de expresión. Hablan -con lentitud y lisura; rara vez, o nunca, se observan en ellos los -arranques de elocuencia y de imaginación tan comunes en los demás -españoles; tienen además una pronunciación áspera y fuerte, y al -oírlos hablar creeríase escuchar a un campesino alemán o inglés -que intentara expresarse en el idioma de la Península. Son de -temperamento flemático, y con dificultad se encolerizan; pero son -peligrosos y extremados cuando una vez se incomodan; persona que -los conocía bien me dijo que prefería afrontar a diez valencianos, -pueblo mal notado por su ferocidad e instintos sanguinarios, que a -un solo maragato irritado, por flojo y embotado que sea en las demás -ocasiones. - -Los hombres apenas se ocupan en las labores del campo, -abandonándoselas a las mujeres, que aran las pedregosas tierras -y recogen sus menguadas cosechas. Muy diferente es la ocupación -de sus maridos e hijos: constituyen un pueblo de _arrieros_, y -considerarían casi como una desgracia emplearse en otros quehaceres. -Por todos los caminos de España, y particularmente al Norte de la -cordillera divisoria de ambas Castillas, pasan los maragatos, en -cuadrillas de cinco o seis, dormitando, o simplemente echados en el -lomo de sus gigantescas y cargadísimas mulas, bajo los rayos del sol -achicharrante. En suma: casi todo el comercio de una mitad de España -está en manos de los maragatos, cuya fidelidad es tal, que cuantos -han utilizado sus servicios no vacilarían en confiarles el transporte -de un tesoro desde el Cantábrico a Madrid, en la seguridad completa -de que no sería culpa suya si no llegaba salvo e intacto a su -destino; arrojados han de ser los ladrones que intenten arrebatar sus -mercancías a los arrieros maragatos, dondequiera temidos; aferrados a -ellas mientras pueden tenerse en pie, las defienden a tiros o con su -propio cuerpo si caen en la pelea. - -Pero aunque son los _arrieros_ más fieles de España, distan mucho -de ser desinteresados; en general, cobran por el transporte de -mercancías el doble, cuando menos, de lo que a otros del mismo oficio -les parecería suficiente recompensa. De esa manera acumulan grandes -sumas de dinero, a pesar de que se tratan mucho mejor de lo que en -general es uso entre los frugales españoles, otro argumento en favor -de su pura descendencia gótica, porque los maragatos, como verdaderos -hombres del Norte, son aficionados a la bebida y se regodean en las -comidas copiosas y empalagosas; así tienen esos corpachones tan -rozagantes. Muchos han dejado al morir fortunas considerables, y no -es raro que leguen una parte de su caudal para erigir o embellecer -casas religiosas. - -En el extremo oriental de la catedral de Astorga, dominando el -altivo muro, hay sobre el tejado una estatua de plomo colosal: es la -estatua de un arriero maragato que legó a la catedral una cantidad -importante[20]. La figura aparece vestida con el traje nacional; pero -desvía el rostro de la tierra de sus padres, y como ondea en la mano -una especie de bandera, parece que está animando a todos los de su -raza para que abandonen aquella región estéril y busquen en otros -climas un campo más rico y vasto para su actividad y su energía. - - [20] El nombre del arriero era Pedro Mato. La estatua es de - madera. (Nota del editor Burke.) - -Hablé de religión con varios maragatos, que es asunto primordial; -pero «su corazón estaba endurecido; sus oídos, sordos, y sus ojos, -cerrados». Con uno, sobre todo, hablé mucho rato, después de -mostrarle el Nuevo Testamento. Me escuchó, o pareció escucharme, con -paciencia, bebiendo de vez en cuando copiosos tragos de un inmenso -jarro de vino blanco que sostenía entre las rodillas. Cuando acabé de -hablar me dijo: «Mañana me voy a Lugo, para donde va usted también, -según tengo entendido. Si quiere usted enviar allá sus baúles, no -tengo inconveniente en encargarme de ello, a tanto (y me dió un -precio exorbitante). De todo lo demás que me ha dicho usted, entiendo -muy poco y no creo ni una palabra; respecto de los libros que me ha -enseñado usted, compraré tres o cuatro. No pienso leerlos, la verdad; -pero, sin duda, los venderé a precio más alto del que usted pide por -ellos.» - -Y basta ya de maragatos. - - - - -CAPÍTULO XXIV - - Salida de Astorga.—La venta.—El atajo.—Salvación - difícil.—El vaso de agua.—Sol y sombra.—Bembibre.—El - convento de las Rocas.—Puesta de sol.—Cacabelos.—Aventura a - media noche.—Villafranca. - - -A las cuatro de una hermosa mañana salimos de Astorga, o más bien de -sus arrabales, donde habíamos vivido; nos encaminamos hacia el Norte -en dirección de Galicia; dejamos a nuestra izquierda la montaña de -Teleno, y fuimos bordeando por el Este el país de los maragatos, por -terreno fragoso, alegrado por algunos vallecitos verdes y arroyuelos. -Varias maragatas, montadas en jumentos, se cruzaron con nosotros; -iban a Astorga a vender verduras. Vi a otras en los campos gobernando -el tosco arado, tirado por bueyes flacos. Pasamos también por un -pueblecito donde no vi alma viviente. Cerca de aquel pueblo entramos -en la carretera directa de Madrid a La Coruña, y después de andar -unas cuatro leguas llegamos a una especie de desfiladero, formado, -a nuestra izquierda, por una enorme y maciza montaña (una de las -que arrancan del macizo de Teleno), y a nuestra derecha por otra de -mucha menos altura. En el comedio de esa hoz, bastante ancha, se -descubría una vista muy hermosa. Delante, como a legua y media de -distancia, alzábase la poderosa cordillera divisoria ya mentada; en -sus vertientes azules, y en sus quebradas y pintorescas cumbres, -se enredaban todavía algunos tenues jirones de la niebla matutina, -que los fuertes rayos del sol deshacían con rapidez. Parecía una -enorme barrera que fuese a interceptarnos el camino, y me recordó -las fábulas relativas a los hijos de Magog, de quienes se dice que -residen en lo más remoto de Tartaria detrás de una gigantesca muralla -de granito, que sólo puede pasarse por una puerta de acero de mil -codos de altura. - -Poco después llegamos a Manzanal, aldea compuesta de tristes -casuchas, con todas las muestras de la pobreza y de la miseria. Era -la hora indicada para comer nosotros y dar pienso a los caballos, y -nos dirigimos a una _venta_ al final del pueblo; si bien encontramos -cebada para los animales, trabajo nos costó hallar algo para -nosotros. Por fortuna, pude adquirir un jarro grande de leche, porque -las vacas abundaban; muchas de ellas pastaban en un pintoresco valle -que acabábamos de atravesar, bien poblado de hierba y de árboles, con -un arroyuelo cortado por pequeñas cascadas. Tendría el jarro hasta -una azumbre de leche, y en pocos minutos lo apuré, pues aunque tenía -perdido el apetito, la fiebre me abrasaba de sed. La venta consistía -en un inmenso establo, con una partición para cocina y un sitio -donde dormía la familia del ventero. El amo, joven y recio, estaba -recostado en un ancho banco de piedra junto a la puerta. Era muy -preguntón; pero como yo no podía saciar su afán de noticias, comenzó -a hablar él, y, cada vez más comunicativo, acabó por referirme la -historia de su vida; en resumen, me contó que había sido correo -en las provincias Vascongadas, y que un año antes fué trasladado -a aquella aldea, donde tenía a su cargo la estafeta. Era liberal -entusiasta, y hablaba pestes de la gente del país, toda carlista, -según decía, y amiga de los frailes. No puse gran atención en sus -palabras, porque me entretuve en observar a un muchacho maragato, de -unos catorce años, que servía en la casa de mozo de cuadra. Pregunté -al amo si aún estábamos en tierra de maragatos, y me respondió que -ya la habíamos dejado más de una legua atrás; el muchacho aquel era -huérfano, y se había puesto a servir para ahorrar unos cuartos y -dedicarse a _arriero_. Hice unas preguntas al muchacho; pero me miró -a la cara, malhumorado, y guardó tenaz silencio o respondió sólo -con monosílabos. Al preguntarle si sabía leer: «Sí—dijo—; como ese -caballo de usted que está ahí queriendo arrancar el pesebre.» - -Dejado Manzanal, continuamos el viaje. No tardamos en llegar al borde -de un profundo valle abierto entre montañas, no las que habíamos -visto frente a nosotros, y que ahora dejábamos a la derecha, sino -las del macizo de Teleno antes de unirse a aquéllas. El valle se -asemejaba un poco a una herradura; el camino seguía las laderas -dando un gran rodeo; pero cabalmente delante de nosotros arrancaba -un sendero que en suave descenso, al parecer, cruzaba el valle para -unirse de nuevo al camino al otro lado, a un cuarto de milla de -distancia; nos metimos por el atajo para evitar el rodeo. - -Poco trecho llevaríamos andado, cuando encontramos a dos gallegos -que iban a segar a Castilla. Uno de ellos exclamó; «Caballero, -vuélvase atrás; dentro de nada llegará usted a unos precipicios -donde se romperán la cabeza los caballos; apenas hemos podido -subirlos nosotros a pie.» El otro gritó: «Caballero, siga adelante; -pero lleve mucho cuidado; si los caballos no tropiezan no correrá -usted gran peligro; mi compañero es tonto.» Los dos montañeses se -pusieron a disputar, sosteniendo cada cual su opinión con juramentos -y maldiciones pero, sin esperar el resultado, proseguí adelante. -Gruesas piedras, pedazos de pizarra, en los que mi caballo tropezaba -sin cesar, empezaron a obstruir el camino. Oí también ruido de agua -en una garganta profunda que no había visto hasta entonces, y me -pareció más que insensato continuar por el atajo. Volví el caballo, -y me dirigía con rapidez al camino, cuando Antonio, mi fiel criado -griego, me indicó una pradera por la cual, a su parecer, podríamos -cortar mucho y salir a la carretera en un punto bastante más bajo -que si desandábamos todo el atajo. Radiante hierba verde, muy corta, -cubría la pradera, cruzada por un arroyuelo. Metí espuelas al caballo -creyendo salir a la carretera en un momento; pero el animal empezó a -resoplar con violencia, a espantarse y a dar otras evidentes señales -de no querer cruzar por aquel sitio, en apariencia tentador. Creí que -el olor de algún lobo, o de otra alimaña cualquiera, era la causa -de su espanto; pero salí pronto de mi error viéndole hundirse hasta -los corvejones en una ciénaga; lanzó un agudo relincho, y mostrando -grandísimo terror, manoteó y se esforzó por zafarse; pero a cada -momento se hundía más. Al cabo pudo alcanzar una veta de roca que -emergía del fango; en ella puso los cuatro remos, y con un esfuerzo -tremendo saltó el arroyo y se libró del suelo traicionero cayendo en -otro de relativa firmeza, donde permaneció jadeante, cubiertos los -ijares de espuma y sudor. Antonio, que había contemplado la escena, -no se atrevió a seguirme, y desandando todo el atajo se reunió poco -después conmigo en la carretera. El suceso trajo a mi memoria la -pradera y el sendero que tentaron a Cristián cuando seguía el angosto -camino del cielo, y que acabaron por llevarle a los dominios del -gigante Desesperado. - -Comenzamos luego a descender al valle por una ancha y excelente -_carretera_ abierta en la escarpada falda de la montaña que teníamos -a la derecha. A la izquierda quedaba la garganta por donde caía -el torrente de que antes hablé. Era la carretera tortuosa, y el -paisaje más pintoresco a cada revuelta. Ensanchábase poco a poco la -garganta; el arroyo que por ella corría, con el alimento de numerosos -manantiales, engrosaba su vena y su fragor; pronto quedó muy debajo -de nosotros, prosiguiendo su arrebatado curso hacia el terreno llano, -por donde fluía a través de una linda y angosta pradera. Selvático -era el aspecto de las montañas del fondo, cubiertas, desde los pies -a la cima, de árboles tan espesos que no se percibía ni un palmo -del suelo, en cuyos senos se albergan lobos, jabalíes y _corzos_. -Estos, según me contó un campesino que pasó guiando un carro de -bueyes, bajan con frecuencia a la pradera, donde los cazan a tiros -para aprovechar la piel, porque la carne, muy dura y desagradable, -nadie la quiere. No obstante lo agreste de la región, la mano del -hombre era visible por doquiera. En las escarpadas vertientes de la -garganta, por donde el arroyo caía, amarilleaban pequeños sembrados -de cebada; abajo, en la pradera, veíase una aldea y una iglesia; -hasta nosotros subían los alegres cantares de los segadores que -guadañaban la lozana y abundosa hierba. Apenas podía creer que -estábamos en España, tan parda, árida y triste en general, y casi me -imaginé hallarme en la antigua y gloriosa tierra de Grecia, cuyos -montes y selvas han sido tan bien descriptos por Teócrito. - -Entramos en un pueblecito situado en el fondo del valle y regado -por las aguas del torrente, ya casi convertido en río. No he -visto situación tan romántica como la de aquel pueblo. Rodeado de -montañas, que casi le dominaban a pico, cobijado por muy densas y -variadas arboledas, alegrábanlo el rumor de las aguas, el canto -de los ruiseñores y las sonoras notas del cuco, encaramado en las -altas ramas; pero la aldea era miserable. Las casas eran de pizarra, -abundantísima en las montañas vecinas, y las techumbres del mismo -material; pero no a la manera limpia y ordenada que se usa en las -casas inglesas, porque las pizarras eran de todos tamaños y parecían -colocadas en revuelta confusión. Muertos de sed y de calor nos -sentamos en un banco de piedra, y rogué a una mujer que me diese un -poco de agua. Respondió que me la traería, a condición de pagarla. -Antonio, al oírla, se incomodó mucho, y mezclando el griego, el turco -y el español, invocó la venganza de la _Panhagia_ sobre aquella mujer -sin corazón. «Si ofreciese dinero a un mahometano por un trago de -agua—decía Antonio—me lo arrojaría a la cara, y usted es católica -y por la puerta de su casa pasa un río.» Le mandé callar, y repetí -mi ruego, después de dar a la mujer dos _cuartos_; tomó entonces un -cántaro y lo llenó en el arroyo. El agua era cenagosa y desagradable; -pero calmó la sed febril que me devoraba. - -Montamos de nuevo y proseguimos la marcha. Durante un trecho -considerable el camino seguía la margen del río; las aguas se -precipitaban a veces en pequeñas cascadas, o alborotaban entre las -piedras, o fluían en sombrío silencio sobre las pozas profundas, bajo -el dosel de los sauces. Las pozas debían de ser abundantes en pesca; -con mucha frecuencia saltaban del agua gruesas truchas y cazaban -las brillantes moscas que pasaban rozando la engañosa superficie. -Eran deliciosos el momento y el lugar. Rodaba el sol por lo alto del -firmamento, despidiendo de su orbe de fuego rayos gloriosísimos, y la -atmósfera vibraba con su resplandor; pero la sombra de los árboles -templaba su fuerza, o la hacían inofensiva la vivificante frescura -que subía del agua o las suaves brisas que a intervalos murmuraban -en las praderas, «aireando la mejilla y levantando el cabello» del -viajero. Las montañas fueron poco a poco aclarándose. Entramos -en una planicie. Sobre las altas hierbas ondulantes extendían -los robustísimos castaños, en plena floración, sus gigantescas y -sombrosas ramas. Echadas en el suelo descansaban unas cuantas parejas -de bueyes, soportando en sus cabezas el grave peso de la pértiga de -las carretas, mientras los boyeros se ocupaban en aderezar la comida -o dormían a la sombra y sobre la hierba una _siesta_ deliciosa. -Me acerqué al grupo más numeroso y pregunté a un individuo si -necesitaban el Testamento de Jesucristo. Miráronse con asombro unos -a otros y me miraron a mí, hasta que un joven, que conservaba entre -las manos una escopeta mientras descansaba, me preguntó qué era eso -y si yo era catalán, «porque tiene usted un hablar muy áspero, y es -alto y rubio como aquella gente». Me senté con ellos, y les dije que -no era catalán, sino que venía por el mar de Occidente, de un sitio -distante muchas leguas de allí, a vender aquel libro a mitad de su -precio de coste, y que la salvación de su alma dependía de conocerlo -bien. Expliqué la naturaleza del Nuevo Testamento y leí la parábola -del sembrador. Mis oyentes miráronse de nuevo con asombro; pero me -dijeron que no podían, siendo pobres, comprar libros. Me levanté, -monté a caballo, y al marcharme les dije: «La paz sea con vosotros.» -Oído esto por el joven de la escopeta, se puso en pie, y exclamando: -«_Cáspita_, ¡qué cosa tan rara!», me arrebató el libro de la mano y -me pagó el precio que le había pedido. - -Acaso no se encuentre, aun buscándolo por todo el mundo, un lugar -cuyas ventajas naturales rivalicen con las de esta llanura o valle -de Bembibre, con su barrera de ingentes montañas, con sus copudos -castaños, y con los robledales y saucedas que visten las márgenes del -río, tributario del Miño. Es verdad que, cuando yo pasé por allí, el -luminar del cielo ardía en todo su esplendor, y las cosas, alumbradas -por sus rayos, aparecían brillantes, prósperas y jocundas. No -aseguro que aquellos lugares me hubieran producido igual admiración -contemplados a otra luz; pero es indiscutible que siendo tantas sus -cualidades no pueden por menos de producir en cualquier tiempo hondo -deleite; a la belleza apacible de un paisaje inglés júntase allí -un no sé qué de grande y de agreste, y tengo para mí que el hombre -nacido en aquellos valles, a no ser muy insaciable y turbulento, no -querrá abandonarlos jamás. En aquellas horas no hubiera ambicionado -yo mejor destino que el de ser pastor o cazador en las praderas o en -las montañas de Bembibre. - -Tres horas más tarde, la situación había variado. En Bembibre, -pueblo de barro y pizarra, poco digno de atención, hicimos alto, -para comer nosotros y dar pienso a los caballos. Continuamos -luego cuesta arriba, porque el camino iba por una de las últimas -estribaciones de aquellas montañas divisorias, ya frecuentemente -mencionadas; pero el cielo se había obscurecido; las nubes rodaban -veloces sobre las montañas, viniendo del mar, y un viento frío se -quejaba tristemente. Dimos alcance a un aldeano, montado en una mula -miserable, y nos dijo: «Tenemos la nube encima; los asturianos la -van a ver muy bien, porque corre hacia su tierra.» Apenas lo había -dicho, un relámpago, tan vivo y deslumbrador como si todo el brillo -del elemento ígneo se hubiese concentrado en él, fulguró en torno, -inflamando la atmósfera y envolviendo montañas, rocas y árboles en un -resplandor indescriptible. La mula del aldeano se cayó al suelo; mi -caballo se encabritó, y dando media vuelta echó a correr como loco -cuesta abajo, y durante un rato no pude refrenarlo. Al relámpago -siguió el estampido de un trueno, no menos terrible, pero lejano, -sordo y profundo; las montañas recogieron su sonido y lo repitieron -llevándolo de cumbre en cumbre, hasta que se perdió en el espacio sin -límites. Otros relámpagos y truenos estallaron, pero más débiles en -comparación; cayeron algunas gotas de lluvia. Lo recio de la nube -parecía estar en otra región. «Donde haya caído esa exhalación—dijo -el aldeano al juntarse de nuevo a nosotros—más de cien familias -estarán llorando a estas horas; aun a seis leguas de distancia -mi mula se ha cegado con el resplandor.» Llevaba por la brida al -animal, que, en efecto, parecía dañado en la vista. «Si los frailes -estuviesen aún en su nido, allá en lo alto—continuó—, diría que esto -es obra suya, porque ellos son los causantes de todas las desgracias -de esta tierra.» - -Alcé los ojos en la dirección indicada por el aldeano, y a media -ladera de la montaña por cuya base íbamos vi un inmenso peñasco, -pavoroso y negruzco, que sobresalía a gran altura sobre el camino, -como si amenazase destruírlo. Parecíase aquello a uno de los -arrecifes de rocas representados en el cuadro del Diluvio, a los -que trepan los aterrorizados fugitivos para escapar a la tenaz -persecución de las embravecidas e incontrastables olas, y desde -los que miran con horror a sus pies, mientras sobre ellos se -levantan nuevas y vertiginosas alturas a las que en vano pugnan por -encaramarse. En el mismo borde de aquel peñasco se alzaba un edificio -consagrado, al parecer, a fines religiosos, porque sobre sus muros y -techumbre se erguía el campanario de una iglesia. «Esa es la casa de -la Virgen de las Rocas—dijo el aldeano—, y hasta hace poco estaba -llena de frailes; pero los han echado, y ahora no viven ahí más que -lechuzas y cuervos.» Repliqué que no debía de ser envidiable la -vida en una mansión tan triste y desamparada, porque en invierno se -correría grave peligro de morir allí de frío. «De ningún modo—me -respondió—. Tenían toda la leña que querían para sus _braseros_ y -chimeneas, y mucho y buen vino para calentarse en las comidas, nada -frugales. Además, tenían otro convento ahí en el valle, al que se -retiraban cuando les parecía bien.» Al preguntarle el motivo de su -aversión a los frailes, me contestó que había sido vasallo suyo, y -que año tras año le privaban de la flor de cuanto poseía. Hablando -de ese modo llegamos a una aldea, debajo precisamente del convento, -y allí me dejó el aldeano, después de señalarme una casa de piedra, -con una imagen sobre la puerta, que perteneció en otro tiempo, según -dijo, a la _canalla_ de allá arriba. - -El sol se acercaba al ocaso; deseoso de llegar a Villafranca, donde -pensaba descansar, y de la que aún me separaban tres leguas y media, -no me detuve en la aldea. El camino empezó a descender en rápida y -tortuosa cuesta, que terminaba en un valle, en cuyo fondo había un -puente angosto y largo; por debajo pasaba un río, que por una ancha -garganta se abría paso entre dos montañas. La cordillera estaba allí -tajada, probablemente por una convulsión de la naturaleza. Contemplé -la hoz y las montañas de ambos lados. A gran altura, por mi derecha, -pero destacándose con mucha claridad, iluminado por los últimos rayos -del sol, aparecía el convento del Despeñadero, y frente por frente, -al otro extremo del valle, alzábase a pico la montaña rival, que, por -interceptar en parte considerable la luz, echaba masas de sombras -sobre la parte alta del paso, envolviéndolo en misteriosa obscuridad. -Del seno de ella se arrojaba con ruido atronador un río, blanco de -espuma, arrastrando en pos de sí piedras y ramas: era el bravío Sil, -engrosado tal vez por las recientes lluvias, que desde su cuna en las -montañas de Asturias se precipitaba hacia el Océano. - -Pasaron algunas horas más. Era ya noche cerrada y nos hallábamos -rodeados de bosques, buscando a tientas el camino, porque la -obscuridad era tal que apenas veía a una vara más allá de la cabeza -del caballo. El animal parecía intranquilo, se paraba muchas -veces, apuntaba las orejas y daba relinchos lastimeros. Frecuentes -relámpagos iluminaban con sus llamaradas el cielo negro y echaban una -momentánea claridad sobre nuestro camino. Ningún ruido interrumpía el -silencio de la noche, salvo el tardo paso de los caballos, y a veces -el croar de las ranas en algún charco. Me acordé de que estaba en -España, tierra predilecta de estas dos furias: asesinato y robo, y -de la facilidad con que dos viajeros fatigados e inermes podían ser -víctimas suyas. - -Al fin salimos de los bosques, y después de andar otro poco el -caballo relinchó alegremente y salió al trote corto. Pronto llegaron -a mis oídos ladridos de perros, y creímos estar cerca de poblado. -En efecto, estábamos en Cacabelos, ciudad a unas cinco millas de -Villafranca. - -Eran cerca de las once, y me pareció mejor esperar al siguiente día -en aquel lugar que seguir sin dilación a Villafranca, exponiéndonos a -los horrores de la obscuridad en un camino solitario y desconocido. -Tomé el partido de quedarme, pero no había contado con la huéspeda: -en la primera _posada_ a que llamé respondieron que no podían -admitirnos, y menos aún a los caballos, porque la cuadra estaba -llena de agua. En la segunda—y en el pueblo no había más que dos—una -tosca voz me respondió desde la ventana casi con las palabras de la -Escritura: «No importunes; la puerta está ya cerrada, y mis hijos y -yo estamos acostados; no puedo levantarme para abrirte.» En realidad, -no tenía yo muchas ganas de entrar, porque la posada tenía pobrísimo -aspecto; pero daba lástima ver a los pobres caballos manotear contra -la puerta, como si implorasen la entrada. - -Ya no teníamos dónde escoger: sólo nos quedaba continuar nuestro -triste viaje a Villafranca, hasta donde había, según nos dijeron, una -legua corta, que resultó ser legua y media. No fué cosa fácil salir -del pueblo, porque nos perdíamos en el laberinto de sus callejuelas. -Un muchacho de unos diez y ocho años consintió, mediante la oferta de -una _peseta_, en guiarnos, y después de muchas vueltas nos puso en un -puente, diciéndonos que le cruzáramos y siguiéramos el camino, que -era el de Villafranca; recibió luego lo ofrecido y se marchó muy de -prisa. - -Seguimos sus indicaciones, no sin alguna sospecha de que pudiera -habernos engañado. La noche era aún más obscura, de suerte que no -se podía distinguir cosa alguna, por muy próxima que estuviese. Los -relámpagos eran más débiles y raros. Oíamos el rumor de los árboles -y a veces ladridos de perros; pero este ruido cesó pronto y quedamos -envueltos en silenciosas tinieblas. Mi caballo, o por cansancio o por -el mal estado del camino, tropezaba mucho; en vista de lo cual me -apeé, y llevándolo por las riendas no tardé en dejar a Antonio muy -atrás. - -Un gran trecho anduve de ese modo, cuando sobrevino un incidente -muy apropiado a la hora y al lugar. Iba yo por entre árboles y -matorrales; de pronto el caballo se detiene, y a poco me tira de -espaldas. No sé cómo fué; pero el miedo, nunca sentido hasta -entonces en la soledad ni en las tinieblas, me invadió súbitamente. -Me disponía a hacer andar al caballo cuando sentí ruido a mi derecha, -y escuché con atención. El ruido parecía el de una o varias personas, -abriéndose camino a través de ramas y maleza. Cesó pronto y oí -pasos en el camino. Era el andar lento y vacilante de gentes que -transportan un objeto pesadísimo, casi superior a sus fuerzas, y me -pareció oír la respiración anhelosa de hombres muy fatigados. Hubo -una breve pausa, durante la que me pareció que descansaban en medio -del camino. Luego se reanudaron los pasos, hasta llegar al otro lado, -y de nuevo oí los crujidos de las ramas; continuó un poco de tiempo y -gradualmente se desvaneció. - -Seguí mi camino, pensando en lo que acababa de suceder y haciendo -conjeturas sobre la causa. Los relámpagos fulguraban de nuevo, y a su -luz pude ver que me acercaba a unas elevadas y obscuras montañas. La -caminata nocturna duraba tanto que perdí la esperanza de llegar a la -ciudad, y entorné los ojos adormilado, aunque continuaba marchando -mecánicamente, sin soltar la rienda del caballo. De pronto una voz me -gritó a corta distancia: «_¿Quién vive?_»; al fin había dado con el -camino de Villafranca. La voz procedía de un centinela del arrabal, -uno de esos singulares migueletes, medio soldados, medio _guerillas_ -que en general emplea el Gobierno de España en limpiar de ladrones -los caminos. Di la respuesta usual: «_España_», y me acerqué al lugar -donde estaba de plantón. Cambiamos unas palabras y me senté en una -piedra a esperar a Antonio, que tardó bastante en llegar. Le pregunté -si se había cruzado con alguien en el camino; pero no había visto -nada. La noche, o más bien la mañana, era aún muy obscura, a pesar de -un débil cuarto de luna que a ratos se dejaba ver entre las nubes. -Bajamos una calle a nuestra izquierda, que el miguelete nos indicó, -para llegar a la puerta de la ciudad. La calle era empinada, no -veíamos puerta ninguna, y no tardamos en ver detenidos nuestros pasos -por una fila de casas y un muro. Llamamos a la puerta de dos o tres -de aquellas casas (en cuyos pisos superiores había luces encendidas), -con el fin de orientarnos, pero no nos oyeron o no nos hicieron caso. -Hórrido maullar de gatos saludaba nuestros oídos desde los tejados -y desde los rincones obscuros, y me acordé de la llegada nocturna -de Don Quijote y su escudero al Toboso y sus inútiles pesquisas por -las desiertas calles en busca del palacio de Dulcinea. Al fin vimos -luz y oímos voces en una casita aislada, al otro lado de una especie -de foso; tirando de los caballos llegamos a la puerta y llamamos; -nos abrió un viejo, que por su traje me pareció un hornero, y no me -equivoqué; en razón de su oficio estaba levantado a tales horas. Le -rogamos que nos indicase el camino para entrar en la ciudad, y echó -delante de nosotros por una angosta callejuela que arrancaba junto a -su casa, diciendo que él mismo iba a llevarnos a la _posada_. - -La calleja conducía directamente a una plaza, al parecer la del -mercado, y ya en ella detúvose nuestro guía ante una casa de -esquina, y llamó. Después de un buen rato se abrió una ventana del -piso alto, y una voz de mujer nos preguntó quiénes éramos. «Dos -viajeros que acaban de llegar y buscan posada»—respondió el viejo. -«No quiero que me molesten a estas horas de la noche—respondió la -mujer—; querrán cenar y no hay nada en casa; que vayan a cualquier -otra parte». Cuando ya iba la mujer a cerrar la ventana, grité que -no necesitábamos cena, sino descanso para nosotros y los caballos, -porque veníamos desde Astorga y estábamos muertos de cansancio. -«¿Quién es el que habla?—exclamó la mujer—. Esa voz seguramente es -la de Gil, el relojero alemán de Pontevedra. Bien venido, compañero; -llega usted a tiempo, porque tengo el reloj desarreglado. Siento -haberle hecho a usted esperar; en seguida abro». - -Cerróse de golpe la ventana, y a poco brilló una luz entre las -rendijas de la puerta; giró una llave en la cerradura, y entramos. - - - - -CAPÍTULO XXV - - Villafranca.—El puerto.—Simplicidad gallega.—La guardia de - la frontera.—La herradura.—Peculiaridades gallegas.—Una - palabra sobre el idioma.—El correo.—El hostelero y los - huéspedes.—Los andaluces. - - -¡Ave María!—dijo la mujer—. ¿Quién está aquí? Este no es Gil, el -relojero.—Que sea Gil o sea Juan—respondí—necesitamos posada, y la -pagaremos.—Nuestro primer cuidado fué estabular los caballos, que -estaban agotados; después tratamos de instalarnos lo mejor posible. -La casa era grande y cómoda. Luego de beber un poco de agua me tendí -en el suelo de una habitación sobre los colchones que trajo la -posadera, y en menos de un minuto me quedé profundamente dormido. - -Me desperté muy entrada la mañana. Salí a la plaza del mercado, -llena de gente. Alzando los ojos vi asomar sobre los tejados de las -casas los picos de unas montañas muy altas y sombrías. La ciudad -está en una profunda hondonada y rodeada de montañas casi por todos -lados.—_¡Quel pays barbare!_—dijo Antonio—, al reunirse conmigo. -Cuanto más lejos vamos, más salvaje parece todo. Empieza a darme -miedo el viaje a Galicia. Me dicen que tenemos que trepar por esas -montañas; se despearán los caballos.—Dejé la plaza del mercado y -subí a la muralla de la ciudad con ánimo de descubrir la puerta por -donde habíamos entrado la noche precedente; pero no tuve mejor éxito -con luz del sol que en la obscuridad. En la dirección de Astorga la -ciudad parecía estar herméticamente cerrada. - -Deseoso de entrar en Galicia, y pareciéndome que los caballos se -habían hasta cierto punto repuesto del cansancio de la jornada -anterior, montamos de nuevo y proseguimos nuestra ruta. Atravesamos -un puente, y al instante nos vimos en un profundo desfiladero, por -cuyo fondo se precipitaba un impetuoso riachuelo, dominado a pico por -la carretera que lleva a Galicia. Estábamos en el renombrado puerto -de Fuencebadón. - -Es imposible describir el puerto ni la región circunvecina, que -contiene algunos de los más extraordinarios paisajes de España; -a todo lo que aspiro es a trazar un débil e imperfecto bosquejo. -El viajero que sube el puerto sigue durante casi una legua el -curso del torrente, cuyas márgenes, escarpadas en algunos sitios, -descienden en otros suavemente hasta el agua, y están pobladas de -hermosos árboles: robles, álamos y castaños. Al principio se ven -numerosas aldehuelas de casas bajas, con techumbre de inmensas -pizarras y aleros que casi tocan al suelo. Las aldeas son menos -frecuentes a medida que el camino es más estrecho y escarpado, -hasta que por último desaparecen poco antes del sitio en que el -camino se aparta del riachuelo para no verlo más, si bien se oye -todavía a sus tributarios mugir en el fondo de las ramblas, o se -los ve caer en delgados chorros por los barrancos abajo. Todo es -allí de insólita y agreste belleza. La eminencia por donde trepa el -camino se yergue a la derecha, mientras en el extremo opuesto de un -profundo barranco se alza una montaña inmensa, a cuya cima apenas -alcanza la vista. Pero lo más singular del puerto son los campos o -praderas suspendidos en las vertientes. Cubiertos estaban, cuando -yo pasé, de exuberante hierba, y en muchos de ellos los segadores -guadañaban, aunque parecía imposible que un hombre pudiera tenerse -en pie en terreno tan escarpado; los senderillos que corren en todas -direcciones parecen hilos tendidos en la falda de la montaña. Un -carro de bueyes va serpenteando en torno de un pico elevadísimo; -una de las ruedas queda por completo al aire sobre la espantosa -pendiente; el vértigo se apodera del cerebro y hay que apartar la -vista con rapidez. Una nube se interpone; cuando volvemos a mirar, -los objetos de nuestra ansiedad han desaparecido. El camino es cada -vez más estrecho y tortuoso. Andadas dos leguas aún queda un tercio -de la cuesta por subir. Todavía no es aquello Galicia; todavía se oye -hablar castellano, muy tosco, a la verdad, en las chozas miserables -levantadas en los apartados rincones por donde pasa el camino. - -Poco antes de llegar a lo alto del puerto una niebla espesa -envolvió las cimas de las montañas. Comenzó a lloviznar. «Estas -son las nieblas que los gallegos llaman _bretima_—dijo Antonio—, y -abundan mucho en esta tierra.» «¿Ha estado usted ya otras veces en -Galicia?»—pregunté. «_Non, mon maître_; pero he servido en muchas -casas donde había criados gallegos, y por eso conozco un poco sus -costumbres y su lengua.» «¿Y tiene usted buena opinión de los -gallegos?» «En manera alguna, _mon maître_; los hombres, en general, -parecen muy rústicos y simples, pero son capaces de engañar al -_filou_ más listo de París; respecto de las mujeres es imposible -vivir en la misma casa que ellas, sobre todo si son _camareras_ -y acompañan a la _señora_; no hacen más que mover disensiones y -disputas en la casa, y contar habladurías de los otros criados. Ya he -perdido en Madrid dos o tres colocaciones excelentes por culpa de las -camareras gallegas. Ya estamos en la raya, _mon maître_; me parece -que este pueblo debe de ser ya de Galicia». - -Entramos en el pueblo, situado en lo alto de la montaña, y como -jinetes y caballos estábamos cansadísimos, buscamos un sitio donde -reparar las fuerzas. Junto a la puerta del pueblo había una casa ante -la que se hallaban una o dos mulas y una jaca; pensé que aquélla -sería la posada, y en efecto lo era. Entramos: varios soldados -estaban tumbados en unos montones del heno que casi llenaba el local, -parecido a un establo. Todos eran de malísimo aspecto y muy sucios. -Hablaban entre sí en un dialecto de extraña sonoridad, que supuse -sería el gallego. En cuanto nos vieron, dos o tres se levantaron de -sus camas y corrieron al encuentro de Antonio, a quien saludaron con -mucho afecto, llamándole _companheiro_. «¿De qué conoce usted a esta -gente?», le pregunté en francés. «_Ces messieurs sont presque tous de -ma connoissance_»—contestó—, _et, entre nous, ce sont de véritables -vauriens_; casi todos son ladrones y asesinos. Aquel tuerto, que es -el cabo, se escapó hace poco de Madrid con más que sospechas de estar -complicado en un envenenamiento; aquí, en su tierra, está bastante -seguro, y, como usted ve, lo emplean en guardar la frontera. Debemos -ser amables con ellos, _mon maître_; hay que darles vino, o se -ofenderán. Los conozco, _mon maître_; los conozco. ¡Hola! Posadero, -traiga una _azumbre_ de vino.» - -Mientras Antonio convidaba a sus amigos llevé los caballos a la -cuadra; había que atravesar la casa, posada o como se la quiera -llamar. La cuadra era un miserable cobertizo, donde los caballos se -hundían hasta el menudillo en cieno y barro. Pedí cebada, pero me -dijeron que en Galicia no se usaba para pienso y era rarísima; en -sustitución me ofrecieron maíz, que los caballos comieron sin reparo; -tampoco se podía encontrar paja, sustituida por heno medio verde. -A fuerza de patalear en el fango de la cuadra, mi caballo perdió -una herradura, y en vano la busqué.—«¿Hay herrador en el pueblo?», -pregunté a un individuo que hacía de mozo de cuadra. - -EL MOZO DE CUADRA.—_Sí, senhor_; pero supongo que traerá usted -consigo herraduras, porque si no, a este caballo tan grande no lo -herrarán en el pueblo. - -YO.—¿Qué quiere usted decir? ¿Es que el herrador no sabe su oficio? -¿No puede poner una herradura? - -EL MOZO DE CUADRA.—_Sí, senhor_, puede poner una herradura si usted -se la proporciona; pero en Galicia no hay herraduras para caballos, -al menos por estos sitios. - -YO.—¿No es costumbre aquí herrar a los caballos? - -EL MOZO DE CUADRA.—_Senhor_, en Galicia no hay caballos; no hay más -que jacas; los que traen caballos a Galicia—sólo un loco puede hacer -tal—tienen que traer también un repuesto de herraduras, porque aquí -no las hay de ese tamaño. - -YO.—¿Qué quiere decir eso de que sólo un loco puede traer caballos a -Galicia? - -EL MOZO DE CUADRA.—_Senhor_, no hay caballo que resista los piensos -y las montañas de Galicia sin enfermar; y si no se muere de una vez, -le costará a usted en veterinarios más de lo que vale. Además, un -caballo no sirve aquí de nada, y en terreno tan quebrado no puede -prestar ni la décima parte del servicio que una yegüecilla puede -hacer. Vea también, _senhor_, que su caballo es entero; de cada -veinte jacas que vea usted por los caminos de Galicia, diez y nueve -son yeguas; los machos se envían a Castilla para venderlos. _Senhor_, -su caballo entrará en celo por esos caminos y atrapará un muermo, que -no tiene cura. _Senhor_, sólo a un loco se le ocurre traer un caballo -a Galicia, pero hay que estar dos veces loco para traer un _entero_, -como usted ha hecho. - -—Extraño país es Galicia—dije yo; y me fuí a consultar con Antonio. - -Resultó que los informes del mozo de cuadra eran literalmente exactos -en lo referente a la herradura; por lo menos, el herrador del -pueblo, a quien llevé mi caballo, confesó que no podía herrarlo por -carecer de herraduras adecuadas a sus cascos. Dijo que probablemente -tendríamos que llevar el caballo a Lugo, donde por haber guarnición -de caballería encontraríamos acaso lo que necesitábamos. Añadió, -empero, que la mayor parte de los soldados de caballería iban -montados en jacas del país, porque la mortalidad entre los caballos -traídos de país llano era espantosa. Lugo estaba a diez leguas; al -parecer no había por el momento otro remedio que tener paciencia, y -tomado algún descanso seguimos el viaje, llevando los caballos por -las riendas. - -Estábamos en la cima de una de las más elevadas montañas de Galicia; -anduvimos una legua por terreno llano y empezamos a bajar. Cuando -íbamos por la planicie, cubierta de tojos y jaras, dimos de súbito -con media docena de individuos armados de carabinas y vestidos con -uniformes andrajosos. Al principio supusimos que eran bandidos; se -trataba tan sólo de una patrulla de soldados destacada del pueblo -que acabábamos de dejar, como escolta de un correo provincial. -Nos rodearon clamando por cigarros, pero no cometieron grosería -mayor. Como no teníamos cigarros, les di una moneda de plata. Dos -de los peor encarados tenían mucho empeño en que los permitiésemos -escoltarnos hasta Nogales, pueblo en que nos proponíamos pernoctar. -«No se lo permita usted de ningún modo, _mon maître_—dijo Antonio—. -Son dos asesinos famosos a quienes conocí en Madrid; en el primer -barranco nos matarían para robarnos.» Decliné cortésmente sus ofertas -y partimos. «Al parecer, conoce usted a todos los salteadores de -Galicia», dije a Antonio cuando bajábamos de la montaña. - -—A esos dos individuos—replicó—los conocí cuando estuve de cocinero -en casa del general O..., que es gallego; eran íntimos amigos del -_repostero_. Todos los gallegos que hay en Madrid, cualquiera que sea -su condición, se conocen; allí, al menos, son todos buenos amigos -y se ayudan mutuamente en cuantas ocasiones se presentan. Si en -una casa hay un criado gallego, seguramente la cocina se llena de -paisanos suyos, y no tarda en advertirlo el cocinero a costa suya, -porque comúnmente se dan maña para devorar cualquier regalillo que -tengan reservado para sí y su familia. - -Poco antes de la mitad de la cuesta llegamos a una aldea. Al ver -una fragua hicimos alto, con la débil esperanza de encontrar una -herradura para mi caballo, que por ir descalzo empezaba a renquear. -Con gran alegría descubrimos que el herrero poseía una herradura de -caballo, que algún tiempo antes se había encontrado en el camino. -Después de machacarla y arreglarla mucho, el Vulcano gallego falló -que serviría muy bien a falta de otra mejor; con lo cual montamos de -nuevo y continuamos despacio el descenso. - -Poco antes de ponerse el sol llegamos a Nogales, aldea situada en un -angosto valle, al pie de la montaña en cuya travesía habíamos gastado -el día entero. Era un lugar en extremo pintoresco. Montes escarpados, -cubiertos de frondosos castañares, lo rodeaban por todos lados. La -aldea misma estaba casi cobijada por los árboles; pegado a ella -corría un murmurante arroyuelo. Encontramos una _posada_ regularmente -espaciosa y cómoda. - -Estaba yo débil y cansado, pero con pocas ganas de dormir. Antonio -aderezó nuestra cena, o más bien la suya, porque yo no tenía apetito. -Sentado a la puerta, me entretuve en contemplar los bosques de las -alturas circunvecinas o el agua del arroyuelo, y en escuchar a la -gente que vagaba por allí, hablando en el dialecto del país. ¡Qué -extraña lengua es el gallego, con su acento quejumbroso y melodioso -a la vez, y con su revoltijo de palabras de varios idiomas, pero -sobre todo del español y del portugués! «¿Entiende usted lo que -dicen?»—pregunté a Antonio, que ya se había reunido conmigo. «No lo -entiendo, _mon maître_—respondió—. He aprendido muchas palabras con -los criados gallegos en las casas donde he servido, pero no puedo -seguir una conversación. He oído decir a los gallegos que no hay -dos aldeas donde se hable de la misma manera, y que muchas veces no -se entienden entre sí. Lo peor del gallego es que todos piensan al -oirlo por primera vez que es facilísimo de aprender, porque a cada -momento perciben vocablos ya oídos antes; pero eso sirve tan sólo de -mayor extravío y embrollo, y para que se entienda mal lo que se oye; -mientras que si ignorasen totalmente esta lengua, aguzarían el oído -para entenderla, como me pasa a mí cuando oigo hablar vascuence, bien -que no conozco más palabra de este idioma que _jaungicoa_.» - -Al cerrar la noche me fuí a la cama, donde estuve cuatro o cinco -horas intranquilo y desvelado, porque aún no estaba limpio de fiebre. -Mucho después de media noche, y cuando iba quedándome dormido, me -espabiló un gran ruido en la calle, y el resplandor de unas luces -que entraban por la celosía de la ventana de mi cuarto. Un momento -después apareció Antonio, a medio vestir. «_Mon maître_—dijo—, acaba -de llegar el correo de Madrid a La Coruña con una gran escolta y -enorme número de viajeros. Me dicen que el camino de aquí a Lugo -está infestado de ladrones y de carlistas que cometen todo género de -atrocidades; debemos aprovecharnos de la ocasión y mañana al mediodía -podemos estar en salvo en Lugo.» Al instante me arrojé de la cama y -me vestí, diciendo a Antonio que fuese a disponer los caballos sin -tardanza. - -Pronto estuvimos montados y en la calle, en medio de una revuelta -muchedumbre de hombres y cuadrúpedos. La luz de dos teas puestas -delante del correo brillaba en las armas de varios soldados, -formados, al parecer, a ambos lados del camino; pero la obscuridad -no me permitía ver los objetos claramente. El correo iba montado en -una yegua peluda; en el arzón y en la grupa llevaba sendos sacos de -cuero, tan grandes que casi tocaban al suelo. Durante un cuarto de -hora todo fué confusión, ir y venir, gritos y batahola; al cabo de -ese tiempo se dió la orden de marcha. Apenas habíamos salido del -pueblo se apagaron las teas y quedamos casi en totales tinieblas; -marchábamos entre árboles, como se dejaba conocer por el rumor de las -hojas en torno nuestro. Mi caballo iba muy intranquilo, relinchaba -medrosamente, y a veces se encabritaba. «Si su caballo de usted -no se tranquiliza, caballero, tendremos que pegarle un tiro—dijo -una voz con acento andaluz—; descompone toda la comitiva.» «Sería -una lástima, sargento—repliqué—, porque es cordobés por los cuatro -costados; no está hecho a los caminos de este país bárbaro.» «¡Oh! -¿Es de Córdoba?—dijo la voz—, _vaya_, no lo sabía; yo también soy -cordobés. _¡Pobrecito!_ Déjeme usted palparlo; sí, en el pelo conozco -que es paisano mío. La verdad, matarle... _¡Vaya!_, me gustaría ver -al gallego del demonio que se atreva a hacerle daño. País bárbaro, -_yo lo creo_: ni aceite, ni olivos, ni pan, ni cebada. De modo que -usted ha estado en Córdoba; _vaya_, hágame el favor de aceptar este -cigarro.» - -De esa manera anduvimos varias horas por montes y valles, casi -siempre a muy lento paso. Los soldados de la escolta cantaban de -tiempo en tiempo canciones patrióticas, respirando amor y adhesión -a la joven reina Isabel y odio al feroz tirano Carlos. Una de las -coplas que oí decía, sobre poco más o menos: - - Duro tiene el corazón - Con Carlos, viejo cruel, - y sólo seis años cuenta, - niña inocente, Isabel. - -Al romper el día, me encontré en medio de una procesión de doscientas -o trescientas personas, algunas a pie, la mayoría montadas en mulas -o yeguas; no vi un solo caballo, fuera del mío y el de Antonio. -Unos pocos soldados iban diseminados a lo largo del camino. El país -era montuoso, pero no tanto ni tan pintoresco como el que habíamos -atravesado el día anterior; casi todo él estaba dividido en pequeños -campos plantados de maíz. Cada dos o tres leguas se relevaba la -escolta en algún pueblo donde había tropas destacadas. La mayor -parte de las veces los pueblos eran un conjunto de miserables -chozas, con techumbre de bálago, empapada de humedad, y cubierta -frecuentemente de vegetación silvestre. Había montones de estiércol -delante de las puertas, y abundaban los charcos y lodazales. Enormes -cerdos pululaban mezclados con chiquillos en cueros. El interior de -las chozas correspondía a su apariencia externa: estaban llenas de -suciedad y miseria. - -Llegamos a Lugo a las dos de la tarde. Durante las dos o tres últimas -leguas, el cansancio nacido de la falta de sueño y de mi pasada -enfermedad me agobiaba tanto que fuí continuamente dormitando en la -silla, sin enterarme apenas de lo que estaba pasando. Nos alojamos -en una vasta _posada_ extramuros de la ciudad, edificada en una -elevación del terreno, desde donde se descubría una extensa vista -hacia el Este. Poco después de llegar empezó a llover a torrentes, y -así continuó sin cesar los dos días sucesivos, cosa que me afligió -poco, pues pasé todo ese tiempo en la cama, y casi puedo decir que -dormitando. En la tarde del tercer día me levanté. - -Había en la casa bastante bullicio, producido por la llegada de una -familia procedente de La Coruña; venía en un gran coche de viaje, -escoltado por cuatro carabineros. La familia era más bien numerosa: -se componía del padre, un hijo y once hijas; la mayor de unos diez y -ocho años. Un individuo de miserable aspecto, de chaqueta y sombrero -de copa alta, les servía de criado. Llegaron muy mojados, tiritando; -todos parecían muy desconsolados, especialmente el padre, hombre de -mediana edad, de buena presencia. - -—¿Podremos alojarnos en esta _fonda_?—preguntó con dulce voz al dueño. - -—Sin duda alguna—replicó el hostelero—; nuestra casa es grande. -¿Cuántas habitaciones necesita su merced para su familia? - -—Con una tendremos bastante—contestó el forastero. - -El huésped, que por ser gotoso iba apoyado en un palo, miró un -momento al viajero y luego a cada individuo de su familia, sin -olvidar al criado, y con un ligero encogimiento de hombros por todo -comentario, les mostró el camino de un aposento donde había dos o -tres camas con colchones de borra, aposento que yo rechacé a mi -llegada por pequeño, obscuro e incómodo; abriéndolo bruscamente, -preguntó si les servía. - -—Es un poco pequeño—repuso el señor;—pero creo que nos servirá. - -—Me alegro mucho—replicó el huésped—. ¿Hay que preparar cena para su -merced y su familia? - -—No, gracias—contestó el forastero—. Mi criado mismo preparará lo -poco que necesitamos. - -Entregada la llave al criado, toda la familia se ocultó en la -habitación, no sin despedir antes a la escolta, gratificando al jefe -de los carabineros con una _peseta_. El hombre estuvo medio minuto -contemplando la propina brillar en la palma de su mano; luego, con un -brusco _¡vamos!_, giró sobre los talones y sin despedirse de nadie se -fué con los hombres a sus órdenes. - -—¿Quiénes serán esos forasteros?—pregunté al huésped cuando estábamos -los dos sentados en un ancho corredor abierto en un lado de la casa y -que ocupaba todo aquel frente. - -—No lo sé—contestó—; pero por su escolta supongo que tienen algún -empleo oficial. No son de por aquí, y estoy casi seguro de que son -andaluces. - -A los pocos minutos se abrió la puerta de la habitación ocupada por -los forasteros y apareció el criado con una vasija en la mano. - -—_Señor patrón_—preguntó—, ¿me hace el favor de decirme dónde puedo -comprar un poco de aceite? - -—En la casa lo hay—replicó el huésped—si es que necesita usted -comprar; pero si, como es probable, supone usted que al vendérselo -queremos ganar un _cuarto_, puede usted ir a comprarlo a la calle. Es -lo que yo me figuraba—continuó el huésped cuando el criado se fué a -su recado—: son andaluces y van a hacer lo que llaman un _gazpacho_ -para cenar. ¡Qué tacañería la de esos andaluces! Vienen a sacarle -el jugo a Galicia, y les molesta que el pobre posadero se gane un -_cuarto_ vendiéndoles el aceite para el _gazpacho_. Una cosa le -aseguro a usted, señor: cuando el criado vuelva y pida pan y ajos -para mezclarlos con el aceite, le diré que no lo hay en casa; si ha -comprado el aceite fuera, lo mismo puede comprar el ajo y el pan; sí -por cierto; y para el caso, el agua también. - - - - -CAPÍTULO XXVI - - Lugo.—Los baños—Una historia de familia.—Los - Migueletes.—Las tres cabezas.—Un veterinario.—La - escuadra inglesa.—Venta de testamentos.—La Coruña.—El - reconocimiento.—Luigi Pozzi.—La especulación.—John Moore. - - -En Lugo encontré un librero rico para quien me habían dado en -Madrid una carta de recomendación. De buen grado se encargó de -la venta de mis libros. El Señor se dignó favorecer los humildes -esfuerzos que por su causa hice en Lugo. Treinta ejemplares del Nuevo -Testamento llevé allí, y en un solo día se vendieron. El obispo de -la ciudad—Lugo es sede episcopal—compró para sí dos ejemplares, y -varios curas y frailes exclaustrados, en lugar de seguir el ejemplo -de sus hermanos de León persiguiendo la obra, hablaron bien de ella y -recomendaron su lectura. Ante la gran demanda que hubo me apesadumbró -que mi repuesto de libros estuviese exhausto; si hubiera podido -reponerlo, se habrían vendido cuatro veces más libros en los pocos -días que permanecí en Lugo. - -Lugo cuenta unos 6.000 habitantes. Está situado en una elevación -del terreno; antiguas murallas lo defienden. Carece de edificios -notables; la misma catedral es de poca importancia. En el centro de -la ciudad se encuentra la plaza del mercado, ligera y alegre, sin -las macizas y pesadas fábricas que los españoles, así en tiempos -pasados como en los modernos, acostumbran levantar en torno de sus -_plazas_. Es cosa singular que Lugo, ciudad de muy escasa importancia -en nuestros días, fuese en otros tiempos capital de España[21]; -tal ocurría en la época de los romanos, que, por ser un pueblo no -muy dado a guiarse por el capricho, tendría, sin duda, razones muy -valiosas para preferir esa localidad. - - [21] Es un error: _Lucus Augusti_ fué sólo capital de la Galicia - septentrional; _Bracara Augusta_ (Braga), de la meridional; - el Miño las dividía. (Nota del editor Burke.) - -Hay muchas reliquias romanas en las cercanías; la más importante son -las ruinas de las antiguas termas medicinales en la ribera Sur del -Miño, que serpentea por el valle al pie de la ciudad. En esos sitios, -el Miño es un río con altas y escarpadas márgenes, muy pobladas de -árboles. - -Una tarde visité los baños en compañía de mi amigo el librero. Fueron -construídos sobre unos manantiales calientes que vierten su caudal -en el río. A pesar de su estado ruinoso se hallaban atestados de -enfermos, que esperaban mejorar con las aguas, famosas todavía -por sus cualidades salutíferas. Extraño espectáculo ofrecían los -pacientes, vestidos con túnicas de franela muy parecidas a mortajas, -sumergidos en el agua caliente, entre los sillares desencajados, -envueltos en nubes de vapor. - -Tres o cuatro días después de mi llegada hallábame sentado en el -corredor que, como ya he dicho, ocupaba un frente entero de la casa. -El cielo estaba despejado, y el sol radiante animaba con su luz todas -las cosas. De pronto se abrió la puerta del aposento ocupado por -los forasteros, y salió toda la familia, con excepción del padre, -quien, supuse yo, debía de estar fuera ocupado en sus asuntos. El -mísero criado cerraba la marcha, y al salir de la habitación cerró -cuidadosamente la puerta y se guardó la llave en el bolsillo. El hijo -y las once hijas iban muy bien vestidos: el muchacho, con pantalón -y chaqueta de corte inglés; las muchachas, de blanco inmaculado. -La familia era, en general, bien parecida, de ojos negros y tez -olivácea; pero la hija mayor era de notable hermosura. Se colocaron -en los bancos del corredor, y el desarrapado doméstico se sentó con -sus amos sin ceremonia alguna. Estuvieron un buen rato callados, -mirando con ojos desconsolados las casas del arrabal y los pardos -muros de la ciudad, hasta que la hija mayor, o _señorita_, como la -llamaban, rompió el silencio con un «_¡Ay, Dios mío!_» - -EL CRIADO.—_¡Ay, Dios mío!_ A bonita tierra hemos venido a parar. - -YO.—No veo por qué les parece a ustedes tan malo un país que por su -naturaleza es el más rico y abundante de toda España. Cierto que la -generalidad de los habitantes están en la miseria; pero la culpa es -suya, no de la tierra. - -EL CRIADO.—Caballero, el país es horrible; no diga usted que no. Las -señoritas, el señorito y yo estamos espantados; hasta su merced lo -está también, y dice que hemos venido a esta tierra a expiar nuestros -pecados. Todos los días llueve, y ésta es casi la primera vez que -vemos el sol desde que llegamos. No cesa de llover, y no puede uno -salir a la calle sin meterse en el _fango_ hasta el tobillo, y luego -no se encuentra una casa. - -YO.—No lo entiendo. Me parece que hay casas de sobra en la población. - -EL CRIADO.—Dispense usted, señor. Ayer alquiló su merced una casa -por tres reales y medio al día; pero cuando la _señorita_ la vió se -echó a llorar, y dijo que aquello no era una casa, sino una perrera; -entonces su merced pagó la renta de un día y rompió el trato. ¡Tres -reales y medio diarios! En nuestro país podríamos tener un palacio -por ese dinero. - -YO.—¿De qué país vienen ustedes? - -EL CRIADO.—Caballero, usted parece un señor muy decente y le voy a -contar nuestra historia. Somos de Andalucía, y su merced era el año -pasado recaudador general de contribuciones en Granada; tenía catorce -mil _reals_ de sueldo, con lo que nos dábamos traza para vivir -bastante bien, sin perder las _funciones_ de toros, y cuando no las -había, las de _novillos_, y alguna que otra vez a la ópera. En una -palabra: vivíamos con holgura y sin privarnos de diversiones; tanto, -que su merced pensaba últimamente comprarle un caballo al señorito, -que tiene catorce años, y ha de aprender a montar ahora o nunca. Pero -el ministerio cambió, caballero, y los nuevos ministros, que no eran -amigos de su merced, le quitaron el empleo. Caballero, desde aquella -bendita tierra de Granada, donde nuestro sueldo era de catorce -mil _reals_, nos han trasladado a Galicia, a esta fatal ciudad de -Lugo, y su merced tiene que contentarse con diez mil, a todas luces -insuficientes para sostener nuestras antiguas comodidades. ¡Adiós las -_funciones_ de toros y de _novillos_, y la ópera! ¡Adiós la esperanza -de tener un caballo para el señorito! Caballero, estoy desesperado. -¡Calle, calle por amor de Dios; yo no puedo hablar más! - -Conocida su historia, ya no me asombró que el recaudador general -desease ahorrar un _cuarto_ en la compra del aceite para su -_gazpacho_ y el de su familia de once hijas, un hijo y un criado. - -Estuvimos en Lugo una semana y continuamos el viaje a La Coruña, -distante unas doce leguas. Nos levantamos antes de rayar el día para -aprovechar la escolta del correo, en cuya compañía hicimos unas -seis leguas. Se hablaba mucho de ladrones y de partidas volantes -de facciosos, razón por la que nuestra escolta era considerable. A -unas cinco o seis leguas de Lugo, la guardia de soldados regulares -fué relevada por un pelotón de cincuenta migueletes. Todos tenían -aspecto de bandidos; pero nunca había visto yo gente de tan bárbara -hermosura. Hallábanse todos en la flor de la edad; eran de elevada -estatura, de miembros hercúleos; usaban recias patillas y caminaban -con aire fanfarrón, como si provocaran el peligro y lo desdeñaran. -Contrastaban sobremanera con los soldados que nos escoltaron hasta -allí, pobres muchachos de diez y seis a diez y ocho años, sin vigor -ni actividad. El traje peculiar de los migueletes, si a algo militar -se parece, es al que usaban antiguamente los marinos ingleses. Llevan -un sombrero característico y, generalmente, polainas; sus armas son -el fusil y la bayoneta. El color de su vestido es de ordinario pardo -obscuro. Guardan muy poca o ninguna disciplina, tanto en las marchas -como en la acción. Son excelentes tropas irregulares, y en servicio -de guerra se les emplea con singular utilidad como escaramuzadores. -Sus funciones propias se asemejan, sin embargo, a las de la policía -y están encargados de limpiar de ladrones los caminos, para lo cual -se hallan en cierto respecto muy bien preparados, porque, en general, -todos son ladrones durante alguna época de su vida. No es fácil decir -por qué los llaman migueletes; lo más probable es que deriven su -nombre del de un antiguo jefe. Tengo pocas noticias acerca de este -cuerpo, y no puedo, por tanto, entrar en detalles; lo siento, porque -sin duda ha de haber muchas cosas notables que decir acerca de él. - -Cansado de la marcha lenta del correo, resolví adelantarme, -arrostrando el peligro; cometí con eso una imprudencia no pequeña, -pues estuve a punto de caer en manos de los ladrones. De súbito dos -individuos se me plantaron delante apuntándome con sus escopetas, -y las hubieran descargado sobre mí, probablemente, si no se llegan -a asustar al oír el ruido del caballo de Antonio, que me seguía a -muy corta distancia. El suceso ocurrió en el puente de Castellanos, -lugar famoso por los robos y muertes que en él se hacían, y muy a -propósito para tales empresas, porque está en el fondo de un profundo -barranco, rodeado de agrestes y desoladas montañas. Un cuarto de -hora antes tan sólo, había pasado yo junto a tres horribles cabezas -clavadas en sendos palos al borde del camino; eran las de un capitán -de ladrones y dos cómplices suyos, apresados y ejecutados dos meses -antes. Su principal guarida eran las inmediaciones del puente; tenían -por costumbre arrojar los cuerpos de sus víctimas a las profundas -y negras aguas que corrían impetuosas por debajo. Aquellas tres -cabezas no se borrarán jamás de mi memoria, particularmente la del -capitán, puesta en un palo más alto que el de las otras dos: sus -largos cabellos ondeaban al viento, y las facciones, ennegrecidas y -torcidas, hacían, bañadas de sol, una mueca burlona. Los individuos -que me echaron el alto eran restos de la cuadrilla. - -Llegamos a Betanzos muy entrada la tarde. La ciudad está en una ría, -a cierta distancia del mar y a unas tres leguas de La Coruña. Altas -montañas la rodean por tres lados. Durante casi todo el día el tiempo -estuvo cubierto y amenazador; al llegar a Betanzos, la densidad -y pesadez de la atmósfera eran insoportables. Por todas partes -los malos olores asaltaban nuestro órgano olfatorio. Las calles -estaban muy sucias, las casas también, y singularmente la _posada_. -Entramos en el establo; estaba sembrado de algas podridas y otros -desperdicios, donde se revolcaban los cerdos. Alrededor zumbaban las -moscas, muy gordas y asquerosas. «¡Esto es una peste!»—exclamé—. Pero -no había otra cuadra, y tuvimos que atar los infelices animales a -tan sucios pesebres. El único pienso que pudimos darles fué maíz. Al -anochecer los llevamos a beber en el riachuelo que pasa por Betanzos. -El _entero_ bebió con ansia; pero al volver a la posada noté que -estaba triste y que llevaba la cabeza caída. Apenas ocupó de nuevo -su plaza, le acometió una tos muy honda y bronca. Recordé lo que me -había dicho el mozo de cuadra en la montaña: «Es un loco el que trae -un caballo a Galicia, y dos veces loco si trae un _entero_.» Durante -la mayor parte del día el caballo anduvo en medio de un tropel de -cien yeguas lo menos, y se excitó mucho. Con la tos, le entró un -temblor violento. Me procuré un cuartillo de aguardiente anisado, y -con ayuda de Antonio le di friegas casi durante una hora, hasta que -el pelo se le cubrió de blanca espuma; pero la tos le iba en aumento, -tenía la mirada fija y los miembros rígidos. - -—¡No hay más remedio que sangrarlo!—dije—. Corre a buscar al -veterinario. - -Llegó el veterinario. - -—Va usted a sangrar el caballo—exclamé—y a sacarle una _azumbre_ de -sangre. - -El albéitar miró al animal y se encaminó a la puerta. - -—¿Adónde va usted?—pregunté. - -—A mi casa—respondió. - -—¡Pero si le necesitamos a usted aquí! - -—Ya lo comprendo—repuso—. Y por eso me voy. - -—Tiene usted que sangrar el caballo o se me morirá. - -—Lo sé—dijo el albéitar—; pero no lo sangro. - -—¿Por qué? - -—No lo sangro más que con una condición. - -—¿Con cuál? - -—¡Con cuál! Que me pagará usted una onza de oro. - -—¡Sube corriendo a buscar el estuche de piel!—dije a Antonio. - -Trajo el estuche, tomé un fleme ancho y, con ayuda de una piedra, lo -introduje en la vena principal de una pata del caballo. Al principio -la sangre no quería salir; al fin, a fuerza de frotes, comenzó a -manar, y acabó por correr en abundancia; así estuvo una media hora. - -—El caballo se va a desmayar, _mon maître_—dijo Antonio. - -—Sostenle firme—respondí—, y dentro de diez minutos cerraré la vena. - -La cerré, en efecto, y mientras lo hacía me puse a mirar al albéitar -a la cara, arqueando las cejas. - -—¡_Carracho_, qué diablo de brujo!—musitó el albéitar al marcharse—. -¡A él si que le sangraría yo si tuviese aquí el cuchillo! - -Por la noche volvimos a sangrar el caballo, y con esta segunda -sangría se salvó. A la mañana siguiente empezó a comer. - -A otro día salimos para La Coruña, llevando los caballos por la -brida. El día era espléndido, y nuestro paseo delicioso. Ibamos -bajo los árboles muy altos y sombrosos, que bordean la ruta desde -Betanzos hasta ya cerca de La Coruña. Nada tan risueño y alegre como -el país circunvecino. Los viñedos abundaban en las inmediaciones de -las aldeas por donde atravesábamos, y millones de plantas de maíz -erguían sus altas cañas y desplegaban sus anchas hojas verdes en los -campos. A las tres horas de camino columbramos la bahía de La Coruña, -en la que, no obstante estar aún a una legua de distancia, vimos -tres o cuatro grandes navíos anclados. «¿Pertenecerán los navíos a -España?»—me pregunté—. En la aldea inmediata nos dijeron que la noche -anterior había llegado una escuadra inglesa, se ignoraba con qué -objeto. - -—Sin embargo—continuó nuestro informador—, parece seguro que traen -algún designio sobre Galicia. Esos extranjeros son la ruina de España. - -Nos alojamos en la que llaman calle Real, en una excelente _fonda_ o -_posada_, regida por un individuo bajo y grueso, de aspecto bastante -risible, genovés por su cuna. Estaba casado con una vascongada, alta, -fea, pero de buen genio, que le había dado un hijo y una hija. Al -parecer la mujer había llevado consigo poco tiempo antes a todas sus -parientes guipuzcoanas, que en número de nueve llenaban en la casa -los oficios de camareras, cocineras y fregatrices; todas eran muy -feas, pero de buen natural y en extremo parlanchinas. Durante el día -entero atronaban la casa con su excelente vascuence y su malísimo -castellano. El genovés, por el contrario, hablaba poco; una razón -poderosa hubiera podido aducir para ello: llevaba treinta años en -España y había olvidado su idioma nativo, sin aprender el español, -que hablaba bastante mal. - -Reinaba en La Coruña gran animación y bullicio con motivo de la -llegada de la escuadra inglesa; pero al día siguiente la flota se -marchó para hacer un breve crucero por el Mediterráneo, y en el acto -volvió todo a su curso normal. - -Tenía yo en La Coruña un repuesto de quinientos Testamentos, con -los que me proponía abastecer las principales ciudades gallegas. -En seguida que llegué se publicaron los anuncios usuales, y el -libro se vendió regularmente—unos siete u ocho ejemplares diarios, -por término medio—. Al leer estos detalles no faltará acaso quien -sienta la tentación de decir: «Esas minucias no valen la pena de -mencionarlas.» Pero los que tal crean, deben pensar que hasta muy -pocos meses antes de la fecha a que me refiero la existencia misma -del Evangelio era casi desconocida en España, y que necesariamente -había de ser empeño difícil inducir a los españoles, gente que lee -muy poco, a comprar una obra como el Nuevo Testamento, de primordial -importancia para la salud del alma, es cierto, pero que ofrece pocas -esperanzas de diversión a los espíritus frívolos y corrompidos. -Esperaba yo presenciar los albores de una época mejor y más -ilustrada, y me regocijaba pensando que en la infeliz y desalumbrada -España se vendía ya el Nuevo Testamento, aunque en corta cantidad, -desde Madrid hasta las más distantes poblaciones gallegas, en un -trayecto de casi cuatrocientas millas. - -La Coruña se alza en una península que tiene por un lado el mar y por -otro la famosa bahía. - -La ciudad se divide en vieja y nueva; esta última fué probablemente -en otros tiempos un mero arrabal. La ciudad vieja, desolada y en -ruinas, está separada de la ciudad nueva por un ancho foso. La ciudad -moderna es mucho más agradable y contiene una calle suntuosa, la -calle Real, residencia de los principales comerciantes. Un rasgo -singular de esta calle es que toda ella está pavimentada con losas de -mármol, por las que circulan caballerías y carros como si fuese un -pavimento ordinario. - -Es un dicho proverbial entre los coruñeses que en su ciudad hay una -calle tan limpia que se puede comer en ella la _puchera_ sin el más -leve reparo. Sin duda el dicho podrá ser cierto después de una de las -lluvias que con tal frecuencia empapan el suelo de Galicia, y dejan -el piso de la calle muy lustroso. La Coruña fué en tiempos pasados -una plaza comercial importante; pero la mayor parte del tráfico se ha -trasladado últimamente a Santander, ciudad situada a mucha distancia -de La Coruña, en dirección del golfo de Vizcaya. - -—¿Va usted a ir a Santiago, Giorgio? Si fuese usted allá, me haría el -favor de llevar un recado a un pobre compatriota mío—dijo una voz en -inglés cerrado, estando yo una mañana a la puerta de mi _posada_, en -la calle Real de La Coruña. - -Miré en torno, y vi un hombre cerca de mí, en pie junto a la puerta -de una tienda contigua a la posada. Representaba sesenta y cinco -años; era pálido su rostro y la nariz notable por su color rojo. -Vestía un amplio sobretodo verde, tenía en la boca una larga pipa de -barro y en la mano una vara. - -—¿Quién es usted y quién es su compatriota?—pregunté—. No le conozco -a usted. - -—Pues yo a usted, sí—replicó el hombre—. Usted me compró el primer -cuchillo que vendí en el mercado de N. - -YO.—¡Ah! Ahora le recuerdo a usted, Luigi Pozzi, y me acuerdo muy -bien, además, de las veces que fuí, siendo un chiquillo, hace ya -veinte años, a la tiendecita de usted y le oía hablar en milanés con -sus compatriotas. - -LUIGI.—Aquellos eran tiempos dichosos para mí. ¡Oh!, si supiera usted -con qué fuerza reaparecieron en mi memoria cuando le vi a usted -detenerse a la puerta de la _posada_. Al instante me metí dentro, -cerré la tienda, me eché en la cama y lloré. - -YO.—No veo motivo para que eche usted tan de menos aquellos tiempos. -Cuando yo le conocí a usted en Inglaterra era usted buhonero; a veces -ponía un tenducho en el mercado de una ciudad rural. Ahora me lo -encuentro en un puerto español, propietario, por lo visto, de una -tienda importante. No veo por qué se queja usted del cambio. - -LUIGI (Arrojando la pipa al suelo).—¡Quejarme del cambio! ¿Sabe usted -una cosa? Inglaterra es el paraíso de los piamonteses y milaneses, -especialmente de los de Como. Jamás nos entregamos al descanso -que no soñemos con ella, ya estemos en nuestro país, ya en tierra -extranjera, como yo ahora. ¡Quejarme del cambio! ¡Y que eso lo diga -un inglés! Prefiero ser miserable vagabundo en Inglaterra que dueño y -señor de todo en diez leguas a la redonda del lago de Como, y otro -tanto dirán todos mis compatriotas que han estado en Inglaterra, -dondequiera que se encuentren. Puedo enseñarle diez cartas de otros -tantos compatriotas residentes en América, donde se han hecho ricos, -y prosperan, y son hombres principales; pues bien: todas las noches, -cuando sus cabezas reposan en la almohada, sus almas _auslandra_[22], -y van arrastradas a Inglaterra y hacia sus verdes campos. Llegan allí -en alas del ensueño, ponen sus cajas en el suelo y van mostrando a -los honrados campesinos, a sus mujeres e hijas, espejillos y otras -chucherías, y como antaño, las venden entre regateos y chuscadas. Al -caer la tarde, vuelven como en los tiempos pasados a las tabernas -a comer las tostadas de pan y el queso y a beber la cerveza de -Suffolk, y a escuchar los ruidosos cantares y alegres chanzas de los -labradores. Pues si echan de menos Inglaterra y sueñan con ella los -que están en América, país próspero, según reconocen ellos mismos, -favorable a los piamonteses y milaneses, cuánto más la echará de -menos quien, como yo, lleva tantos años en España, en esta espantosa -ciudad de La Coruña, sosteniendo un comercio ruinoso, y donde se -pasan los meses sin ver una cara inglesa ni oír una palabra del -bendito idioma inglés. - - [22] Vocablo del dialecto milanés, según Borrow y su anotador - Burke, equivalente a vagar sin rumbo. - -YO.—Con tal predilección por Inglaterra, ¿qué le movió a usted a -dejarla y a venir a España? - -LUIGI.—Se lo diré a usted. Hace unos diez y seis años se apoderó -de cuantos estábamos en Inglaterra un deseo general de ser algo -más de lo que hasta entonces habíamos sido: buhoneros, vagabundos; -deseaban además—el hombre nunca está contento—ver tierras nuevas; la -mayor parte se fué de Inglaterra, y donde antes había diez, apenas -si quedó uno. Casi todos se fueron a América, país muy favorable, -como ya le he dicho a usted, para nosotros los naturales de Como. -Bueno; todos mis amigos y parientes atravesaron el mar; yo también -me empeñé en viajar; pero en vez de irme con los otros al Oeste, -a un país donde todos han prosperado, se me ocurrió venir a esta -tierra de España, donde cuantos extranjeros se establecen mueren -de tristeza, más tarde o más temprano. Se me metió en la cabeza la -idea de que podía hacer fortuna de golpe trayendo un cargamento de -artículos ingleses baratos, como los que vendía yo de ordinario a los -aldeanos de Inglaterra. Fleté medio barco para mis artículos, porque -en Inglaterra había ganado algún dinero con mi humilde tráfico, y -llegué a La Coruña. Aquí empezaron de golpe mis contrariedades; -los desengaños sucedían a los desengaños. Con extremada dificultad -obtuve permiso para desembarcar las mercancías, y eso a costa de -un gran sacrificio en sobornos, propinas y cosas parecidas. Apenas -establecido, vi que el comercio era aquí muy escaso y que mis géneros -se vendían muy lentamente, y a precio de coste o poco más. Pensé -marcharme a otra parte; pero me dijeron que tendría que dejar aquí -mis existencias, a menos de pagar nuevas propinas que me hubiesen -arruinado. De este modo he resistido catorce años, vendiendo apenas -lo bastante para pagar el alquiler de la tienda y mantenerme; y así -continuaré hasta que me muera, o hasta que se me acaben los géneros. -En mal hora me fuí de Inglaterra para venir a España. - -YO.—¿Me ha dicho usted que tiene un compatriota en Santiago? - -LUIGI.—Sí; un pobre hombre, muy honrado, que, como yo, ha tenido la -extraña suerte de venir a parar a Galicia. A veces me las arreglo -para mandarle algunos géneros que vende en Santiago con más ganancia -que yo aquí. Es hombre feliz, porque no ha visto Inglaterra, e ignora -la diferencia entre los dos países. ¡Oh campiñas inglesas, quién -os volviera a ver! ¡Y aquellas cervecerías! ¡Y lo que más vale de -todo, la buena fe de la gente y la seguridad personal! He viajado -por toda Inglaterra, y en ninguna parte me trataron mal, salvo una -vez en el Norte, ciertos papistas a quienes aconsejé que abandonaran -sus pantomimas y asistieran al culto anglicano, como hacía yo, y -como todos mis compatriotas hacían en Inglaterra; porque, sépalo -usted, _signor Giorgio_, todos nosotros, ya fuésemos piamonteses, -ya naturales de Como, veíamos con muy buenos ojos la religión -protestante, cuando no éramos miembros efectivos de ella. - -YO.—¿Qué se propone usted hacer ahora, Luigi? ¿Qué esperanzas tiene? - -LUIGI.—Mis esperanzas están borradas, _Giorgio_; mi único propósito -es morirme en La Coruña, acaso en el hospital, si es que me admiten. -Hace años todavía pensaba en marcharme, aunque fuese dejándolo todo -abandonado, para volver a Inglaterra o irme a América; pero ahora es -demasiado tarde, _Giorgio_; demasiado tarde. Cuando perdí todas mis -esperanzas me di a la bebida, a la que nunca tuve antes afición, y -ahora soy lo que supongo habrá usted adivinado. - -—Para todos hay esperanza en el Evangelio—dije yo—, incluso para -usted. Le enviaré a usted uno. - -En la ciudad vieja, mirando al Este, hay una pequeña batería cuyo -muro bañan las aguas de la bahía. Es un lugar apacible, desde donde -se descubre una extensa vista. La batería ocupa unas ochenta varas en -cuadro; algunos arbolillos crecen por allí, y sirve más que nada de -lugar de esparcimiento de los coruñeses. - -En el centro de la batería está la tumba de Moore, levantada por los -caballerescos franceses, en conmemoración de la muerte de su heroico -antagonista. Es de forma oblonga, rematada por una piedra, y en -cada lado ostenta uno de esos sencillos y sublimes epitafios en que -nuestros rivales son maestros, y que tan fuerte contraste hacen con -las pretenciosas e hinchadas inscripciones que deforman los muros de -la Abadía de Westminster: - - «JOHN MOORE, - Jefe del ejército inglés. Muerto en el campo de batalla. - 1809.» - -La tumba es de mármol; rodéala un muro cuadrangular, alto parapeto -de tosco granito; pegado a cada esquina, emerge del suelo la culata -de un enorme cañón de bronce, destinado a dar solidez al muro. Estas -construcciones exteriores no son obra de los franceses, sino del -gobierno inglés. - -Allí yace el héroe, casi a la vista de la gloriosa colina donde, -revolviéndose contra sus perseguidores como un león acosado, terminó -su carrera. Muchos ganan la inmortalidad sin buscarla, y mueren antes -de que sus primeros rayos doren su nombre; de éstos fué Moore. El -general, al huír de Castilla con sus desalentadas tropas, hostigado -por un enemigo impetuoso y terrible, no soñaba que estaba a punto -de alcanzar lo que muchos hombres, mejores y más grandes aunque no -ciertamente más valientes que él, han deseado en vano. Sus mismos -infortunios, la desastrosa retirada, la sangrienta muerte, y su tumba -en país extranjero, lejos de sus parientes y amigos, aseguraron su -fama inmortal. Apenas hay un español que no conozca de oídas esta -tumba y que no hable de ella con respeto. Afírmase que con el general -hereje fueron sepultados tesoros inmensos, aunque nadie acierta a -decir para qué fin. De creer a los gallegos, los demonios de las -nubes persiguieron a los ingleses en su fuga y los atacaron con -torbellinos y mangas de agua cuando se esforzaban por remontar los -tortuosos y empinados senderos de Fuencebadón; otras leyendas aún más -groseras se cuentan acerca del modo como cayó el valeroso general. -Sí; la inmortalidad ha coronado las sienes de Moore, incluso en -España, tierra del olvido, por donde el Guadalete, el antiguo Leteo, -fluye. - - - - -CAPÍTULO XXVII - - Compostela.—Rey Romero.—El buscador de tesoros.—Proyectos - risueños.—El derecho de asilo.—Riquezas ocultas.—El - canónigo.—El localismo.—La lepra.—Los huesos de Santiago. - - -En los comienzos de agosto me hallé en Santiago de Compostela. Hice -el viaje desde La Coruña en compañía del correo, a quien escoltaba -una fuerte patrulla de soldados, a causa de la perturbación de la -comarca, infestada de bandidos. Desde La Coruña a Santiago no hay más -que diez leguas; pero el viaje duró día y medio. Fué muy agradable: -el terreno era muy variado y bello, alternando los montes y los -valles; en muchos sitios, frondosos árboles de variadas especies -cobijaban bajo su espléndido follaje el camino. Centenares de -viajeros, a pie o a caballo, se aprovecharon de la defensa que la -escolta ofrecía; el temor a los ladrones era grande. Dos o tres veces -se dió la señal de alarma durante el viaje; pero llegamos a Santiago -sin ser atacados. - -Santiago se alza en una planicie amena, rodeada de montañas; la más -notable es una de forma cónica, llamada Pico Sacro, de la que se -cuentan muchas leyendas maravillosas. Santiago es una ciudad vieja -muy bella, de unos veinte mil habitantes. Hubo tiempos en que, con la -sola excepción de Roma, fué Santiago el lugar de peregrinación más -famoso del mundo, porque dicen que su catedral guarda los huesos de -Santiago el Mayor, el hijo del trueno, que, según la leyenda de la -iglesia romana, fué el primero en predicar el Evangelio en España. -Pero su gloria como lugar de peregrinación decae rápidamente. - -La catedral, aunque obra de varias épocas, en la que se mezclan -diversos estilos de arquitectura, es una fábrica majestuosa y -venerable, muy a propósito para suscitar la admiración y el respeto; -es casi imposible, a la verdad, pasear por sus sombrías naves, oír -la solemne música y los nobles cánticos, respirar el incienso de los -grandes incensarios, lanzados a veces hasta la bóveda del techo por -la maquinaria que los mueve, mientras los cirios gigantescos brillan -aquí y allá en la penumbra, en los altares de numerosos santos, ante -los que los fieles, de hinojos, exhalan sus plegarias en demanda de -protección, de piedad y de amor, y dudar de que hollamos una casa -donde el Señor mora con deleite. El Señor, empero, se aparta de ella; -no escucha, no mira, y si lo hace será con enojo. ¿De qué aprovechan -la solemne música, los nobles cánticos, el incienso de suave olor? -¿De qué aprovecha arrodillarse ante aquel altar mayor, todo de -plata, coronado por una estatua con sombrero de plata y armadura, -emblema de un hombre que, si bien apóstol y confesor, fué todo lo -más un servidor inútil? ¿De qué aprovecha esperar la remisión de los -pecados confiando en los méritos de quien no poseía ninguno, o rendir -homenaje a otros que nacieron y se criaron en pecado, y que sólo -por el ejercicio de una ardiente fe, otorgada desde lo alto, podían -esperar librarse de la cólera del Omnipotente? Alzaos de hinojos, -hijos de Compostela, y si os prosternáis sea sólo ante el Altísimo, -ni volváis a dirigir a vuestro patrono, en la víspera de su fiesta, -este himno, por sublime que parezca: - - ¡Oh tú, escudo de la fe que en España profesamos, - azote del enemigo que se atreviera a retarnos, - tú, a quien el hijo de Dios, de los elementos amo, - llamárate hijo del trueno, oh tú, inmortal Santiago! - - Desde ese asilo bendito, glorioso y sacrosanto - dispénsanos tus mercedes y tu favor soberano; - escucha nuestras plegarias, que con fervoroso labio - ofrecémoste rendidos, poderoso Santiago. - - A ti las gracias eleva España en un solo canto, - y aunque de tu nombre cobra honor y gloria preclaros, - más se precia de tener tu cuerpo en el santuario - de Compostela, sepulcro del bendito Santiago. - - Cuando la maldad impía, la liviandad y el escarnio - de la fe, a España sumieron en las tinieblas del caos, - tú tan sólo luz divina fuiste y refulgente faro - que del infierno el escuro alumbraste, Santiago. - - Y cuando a guerra terrible el español esforzado - se lanzó, te apareciste caballero en tu caballo - rompiendo las filas moras que por Mahoma jurando - a tu poder se rindieron, victorioso Santiago. - - Así pues, aquí nos tienes a tus pies arrodillados, - porque intercedas pidiendo perdón de nuestros pecados - a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo, - ¡oh tú, más alto que el sol, bendito apóstol Santiago! - -En Santiago tropecé con un coadyuvante para mis trabajos bíblicos, -bueno y cordial, en la persona del librero de la población, Rey -Romero, hombre de unos sesenta años. Este excelente sujeto, rico -y respetado, tomó el asunto con un entusiasmo inspirado sin duda -desde lo alto, sin perder ocasión de recomendar mi libro a cuantos -entraban en su tienda, espléndido y cómodo establecimiento sito en la -Azabachería. En muchos casos, cuando los aldeanos de las cercanías -entraban a comprar alguno de los necios y populares libros de cuentos -que circulan por España, les convencía para que, en su lugar, se -llevaran a su casa el Testamento, asegurándoles que el libro sagrado -era mucho mejor, más instructivo y hasta mucho más entretenido que -los que iban a buscar. No tardó en cobrarme gran afición, y todas las -tardes me visitaba en mi _posada_ y me acompañaba en mis paseos por -la ciudad y sus alrededores. El hombre sabía muchas cosas, y, aunque -de corazón sencillo, poseía un ingenio muy despierto en extremo -regocijante a veces. - -Una noche, ya tarde, me paseaba solo por la _alameda_ de Santiago -pensando qué dirección tomaría en mi próximo viaje, porque ya llevaba -allí diez días; la luna, esplendorosa, alumbraba todos los objetos -hasta considerable distancia en torno mío. La _alameda_ estaba por -completo solitaria; todo el mundo, menos yo, se había retirado a -descansar. Me senté en un banco y proseguí mis reflexiones, cuando, -de súbito, me interrumpió un ruido como de alguien que anduviese -pesadamente renqueando. Volví los ojos en la dirección del ruido, y -al pronto sólo percibí un bulto informe que avanzaba con lentitud; -cuando estuvo más cerca distinguí la silueta de un hombre, vestido -con burdo traje pardo, con una especie de sombrero andaluz, y que -a modo de bastón empuñaba una rama de árbol pelada. Llegó frente a -mi banco; se detuvo, se quitó el sombrero y me pidió limosna con un -acento insólito y en una jerga extraña, algo semejante al catalán. La -luna iluminó unas guedejas grises y un semblante rojizo y curtido que -al instante reconocí. - -—Benedicto Mol—exclamé—, ¿cómo es posible que me le encuentre a -usted en Compostela? - -—_Och, mein Gott, es ist der Herr!_—replicó Benedicto—. ¡_Och_, qué -buena suerte! ¡La primera persona que veo en Compostela es el _Herr_! - -YO.—Apenas puedo dar crédito a mis ojos. ¿Dice usted que acaba de -llegar a Santiago? - -BENEDICTO.—¡Oh, sí! Llego en este momento; vengo a pie desde Madrid, -que ya es camino. - -YO.—¿Y qué ha podido inducirle a usted a emprender un viaje tan largo? - -BENEDICTO.—Vengo en busca del _Schatz_, del tesoro. Le dije a usted -en Madrid que estaba a punto de venir; ahora me lo encuentro aquí; ya -no tengo duda de que hallaré el _Schatz_. - -YO.—¿Y cómo se las ha arreglado para vivir durante el viaje? - -BENEDICTO.—¡Oh! He sacado unos _cuartos_ pidiendo limosna. Al llegar -a Toro me puse a trabajar de jabonero, hasta que, descubierta mi -incapacidad, me echaron del pueblo. Continué pidiendo limosna hasta -llegar a Orense, que ya es tierra de Galicia. No me gusta nada este -país. - -YO.—¿Por qué? - -BENEDICTO.—¡Por qué! Porque aquí todos mendigan, y como apenas tienen -para ellos, menos tienen para mí, que soy forastero. ¡Oh! ¡Qué -miseria la de Galicia! Cuando por las noches llego a una de esas -pocilgas que ellos llaman _posadas_, y pido por Dios un pedazo de pan -para comer y un poco de paja para dormir, me maldicen y me contestan -que en Galicia no hay pan ni paja, y a buen seguro que desde que -estoy en Galicia no he visto ninguna de las dos cosas; sólo un poco -de lo que llaman aquí _broa_ y unos desperdicios de cañas, usadas -para cama de los caballos; me duelen todos los huesos desde que entré -en Galicia. - -YO.—A pesar de todo, ha venido usted a un país que llama miserable, -en busca de un tesoro. - -BENEDICTO.—¡Oh!, _yaw_, pero el _Schatz_ está enterrado; no está -sobre la tierra; en Galicia no hay dinero en la haz de la tierra. Lo -desenterraré, y luego compraré un coche con seis mulas y me iré a -Lucerna; si al _Herr_ le agrada irse conmigo, será muy bien recibido. - -YO.—Me temo que se haya metido usted en un callejón sin salida. ¿Qué -piensa usted hacer? ¿Tiene usted algún dinero? - -BENEDICTO.—Ni un _cuarto_; pero una vez en Santiago, eso ya no me -importa. Estoy cerca del _Schatz_; además le he visto a usted, que es -buena señal; esto quiere decir que aún está aquí el _Schatz_. Voy a -ir a la mejor _posada_ de la población y viviré como un duque, hasta -que se me presente la ocasión de desenterrar el _Schatz_, con el que -pagaré todos los gastos. - -—No haga usted eso—repliqué yo—. Busque un sitio para dormir y -procúrese algún trabajo. Mientras tanto, tenga esta pequeñez para -remediarse. Creo que el tesoro que ha venido a buscar sólo existe en -su imaginación de usted. - -Le di un duro y me marché. - -Nunca he gozado de paseos más encantadores que en las cercanías -de Santiago. Mi amigo, el bueno y anciano librero, me acompañaba -casi siempre. Vagábamos por las frondosas márgenes de los numerosos -arroyuelos, gozando de los placenteros atardeceres veraniegos de -aquella parte de España. El tema de nuestros coloquios era de -ordinario la religión; pero también hablábamos con frecuencia -de los países extranjeros visitados por mí, y otras veces de -cosas que interesaban personalmente a mi amigo. «Los libreros -españoles—decía—somos todos liberales; no somos amigos del sistema -frailuno, ni podríamos serlo. Los frailes favorecen las tinieblas, -y nosotros vivimos de esparcir la luz. Somos muy amantes de nuestra -profesión, y más o menos, todos hemos padecido por su causa. -Muchos de los nuestros fueron ahorcados en los tiempos de terror, -por vender inofensivas traducciones del francés o del inglés. -Poco después de ser derrocada la Constitución por Angulema y las -bayonetas francesas, tuve que huír de Santiago y refugiarme en la -parte más agreste de Galicia, cerca de Corcubión. A no ser por los -buenos amigos, no lo contaría ahora; con todo, me costó mucho dinero -arreglar el asunto. Mientras estuve escondido, se hicieron cargo de -la librería los funcionarios de la curia eclesiástica, y le decían a -mi mujer que era menester quemarme por haber vendido libros malos. -Pero esos tiempos ya pasaron, gracias a Dios, y espero que no han de -volver.» - -Una vez íbamos paseando por las calles de Santiago, y el librero se -detuvo delante de una iglesia, poniéndose a contemplarla atentamente. -Como no ofrecía a la vista nada notable, le pregunté la causa de su -interés. «En tiempo de los frailes—me dijo—esta iglesia tenía derecho -de asilo, y cualquier criminal que se refugiaba en ella quedaba en -salvo. A todos alcanzaba su protección, aun a los más viles, menos a -los _negros_, como llamaban a los liberales.» - -—¿A los asesinos también?—pregunté. - -—A los asesinos y a otros delincuentes peores. Entre paréntesis: -he oído decir que ustedes los ingleses miran con la más extremada -aversión el homicidio; ¿creen ustedes, en efecto, que es un crimen -enorme? - -—¿Pues no lo hemos de creer?—repliqué.—En todos los demás cabe -reparación; pero si quitamos la vida lo quitamos todo. - -—Los frailes pensaban de otro modo—replicó el anciano—, y -consideraron siempre el homicidio como una _friolera_; pero no así el -delito de casarse sin dispensa dos primos hermanos, para el que, a -creerlos, difícilmente hay remisión en este mundo ni el otro. - -Dos o tres días después de esto estábamos sentados en mi habitación -de la _posada_, conversando, cuando Antonio abrió la puerta y dijo, -sonriente, que abajo estaba un «señor» extranjero que pretendía -hablarme. «Que suba»—respondí; y casi al instante apareció Benedicto -Mol. - -—Aquí tiene usted una persona singularísima—dije al librero—. En -general, ustedes los gallegos se marchan de su tierra para hacer -dinero; éste, por el contrario, viene aquí a buscarlo. - -REY ROMERO.—Y hace muy bien. Galicia es la provincia de España que -más riquezas naturales encierra; pero los habitantes son muy lerdos, -y no saben utilizar los dones que les rodean; en prueba de lo que -puede sacarse de Galicia, vea usted a los catalanes que se han -establecido aquí: todos son ricos. Hay riquezas por todas partes, -sobre la tierra y debajo de ella. - -BENEDICTO.—¡Oh!, _yaw_, en tierra, eso es lo que yo digo. Hay muchos -más tesoros debajo de tierra que encima de ella. - -YO.—¿Ha descubierto usted desde que no nos vemos el sitio donde dice -usted que está escondido el tesoro? - -BENEDICTO.—Sí; ahora lo sé ya todo. Está enterrado en la sacristía de -San Roque. - -YO.—¿Cómo lo ha averiguado usted? - -BENEDICTO.—Verá usted. Al día siguiente de llegar, anduve paseándome -por la población, en busca de la iglesia; pero no encontré ninguna -que correspondiese con las señas que me dió mi camarada antes de -morir en el hospital. Entré en bastantes, examinándolas con cuidado, -pero en vano; no pude dar con el sitio que yo veía con los ojos del -alma. Conté el caso a la gente de mi posada y me aconsejaron que -llamase a una _meiga_. - -YO.—¡Una _meiga_! ¿Qué es eso? - -BENEDICTO.—¡Oh! Una _Haxweib_, una bruja; los gallegos en su jerga, -de la que no entiendo una palabra, la llaman bruja. Consentí, y -enviaron a buscar a la _meiga_. ¡Ah, qué _Weib_ es la _meiga_! No he -visto nunca mujer igual; tan alta como yo, su rostro es tan redondo y -tan rojo como el sol. Me preguntó muchas cosas en gallego, y cuando -le dije todo lo que necesitaba saber sacó una baraja de naipes y fué -poniéndolos en la mesa de un modo particular; me dijo, al fin, que -el tesoro está en la iglesia de San Roque, cosa cierta, seguramente, -pues he ido a la iglesia y corresponde con toda exactitud a las -señas que me dió el compañero muerto en el hospital. ¡Oh!, esa -_meiga_ es una _Hax_ muy poderosa. Es muy conocida en estos contornos -y se sabe que ha hecho muchos daños en el ganado. En pago de su -trabajo le di medio duro, del que usted me regaló. - -YO.—Pues se ha portado usted como un tonto; la bruja le ha engañado -groseramente. Pero aun siendo verdad que el tesoro esté en la iglesia -que usted dice, no es probable que le permitan remover el suelo de la -sacristía para desenterrarlo. - -BENEDICTO.—Ese asunto va ya por muy buen camino. Ayer fuí a -confesarme con un canónigo, que me dió la absolución y su bendición; -no es que a mí me importen mucho esas cosas; pero sí sé que este es -el modo mejor de entrar en materia; me confesé, y luego hablé de mis -viajes, y acabé por contar al canónigo lo del tesoro, y le propuse -que si me ayudaba nos lo repartiríamos entre los dos. ¡Oh!, quisiera -que hubiesen ustedes visto la cara que puso. En el acto aceptó la -propuesta, y me dijo que podía ser un buen negocio; me estrechó la -mano, afirmando que soy un suizo honrado y muy buen católico. - -Después le propuse que me admitiera en su casa y me tuviese con él -hasta que se presentase ocasión de desenterrar juntos el tesoro. Pero -a eso se negó. - -REY ROMERO.—Lo que es eso, lo creo: cuente usted con que ningún -canónigo se comprometerá hasta ese punto sin razones muy fuertes para -ello. Las historias de tesoros ocultos están ya muy gastadas; por -aquí se han oído contar casi desde los tiempos de los moros. - -BENEDICTO.—Me aconsejó ir a ver al capitán general y pedirle permiso -para las excavaciones, prometiéndome, si lo obtenía, ayudarme con -toda su influencia. - -En diciendo esto, el suizo se fué, y no volví a ver e ni oí hablar de -él en todo lo demás del tiempo que estuve en Santiago. - -El librero no se cansaba de enseñarme su ciudad natal, de la que era -entusiasta admirador. La verdad es que en ninguna parte he encontrado -el sentimiento localista, muy extendido por toda España, tan fuerte -como en Santiago. Con tal que su ciudad prospere, a los santiagueses -les importa poco que las demás ciudades gallegas perezcan. Su -antipatía a la ciudad de La Coruña no tenía límites, sentimiento -agravado en no corta medida por la traslación de la capitalidad -provincial desde Santiago a La Coruña. No me toca a mí, que soy -extranjero, decir si el cambio era o no recomendable; pero mi opinión -íntima es por completo adversa a él. Santiago es una de las ciudades -más céntricas de Galicia, con importantes núcleos de población por -todos lados, mientras que La Coruña está en un extremo, a gran -distancia del resto de la región. «Es una lástima que los _vecinos_ -de La Coruña no puedan inventar un medio de llevarse nuestra -catedral, como se han llevado nuestro gobierno—decía un santiagués—. -Así harían mejor papel, porque ahora no tienen una iglesia donde se -pueda decir misa.» «También es gran lástima—decía otro—que no puedan -llevarse nuestro hospital, para no verse obligados a enviarnos sus -enfermos pobres. Siempre me ha parecido que los enfermos de La Coruña -tienen mucho peor cara que los de otras partes; pero ¿qué puede venir -de La Coruña que sea bueno?» - -En compañía del librero visité el hospital; pero no me detuve mucho -tiempo en él, porque la miseria y la suciedad reinantes me arrojaron -rápidamente a la calle. La verdad es que Santiago viene a ser el -inmenso lazareto de Galicia, lo cual explica el prodigioso número de -seres horribles que se ven por las calles, llegados, en su mayoría, -en demanda de asistencia médica, que se les administra—según pude -saber—con escasez e ineficacia. Entre aquellos desgraciados descubría -a veces algún caso de la terrible lepra, e instantaneamente huía de -él con un «Dios te remedie», como un judío de la antigüedad. Galicia -es la única provincia de España donde aún son frecuentes los casos -de lepra; prueba convincente de que esta enfermedad es producida por -la mala alimentación y por el descuido en la limpieza, porque los -gallegos, en lo tocante a las comodidades de la vida y a los hábitos -civilizados, están, por confesión propia, mucho más atrasados que los -demás naturales de España. - -—Además del hospital general—dijo el librero—tenemos una leprosería. -¿Quiere usted verla? En Santiago hay de todo. Nada falta: hasta la -lepra tiene aquí albergue. - -—No me opongo a que vayamos a ver la leprosería; pero ha de ser desde -lejos, porque lo que es entrar, no entro. - -Dicho esto me llevó por el camino de Padrón y Vigo abajo, e -indicándome dos o tres chozas, exclamó: - -—Esa es la leprosería. - -—Muy pobre me parece—respondí—. ¿Qué comodidades pueden encontrar ahí -dentro los enfermos? ¿Quién los cuida? - -—Ahí los dejan entregados a sí mismos—respondió el librero—. -Probablemente se morirán a veces por abandono. En otro tiempo la -leprosería estaba bien dotada, con rentas bastantes para sostenerla; -pero también fueron secuestradas en las revueltas últimas. Ahora, -los leprosos menos repulsivos se sitúan por lo común al borde de la -carretera y mendigan para todos. Vea usted, ahí está uno. - -Era cierto: un leproso, medio desnudo, descubiertas las relucientes -escamas, aparecía sentado al pie de una cerca ruinosa. Arrojamos -unas monedas en el sombrero de aquel ser infortunado, y nos fuimos. - -—Mala enfermedad es ésta—dijo mi amigo—, y yo, que he visto muchos -leprosos, confieso que su proximidad me hace poca gracia. La verdad: -preferiría que no entrasen, como entran algunas veces, en mi tienda -a pedir limosna. Tengo entendido que la lepra es la enfermedad más -contagiosa que hay; pero existe una variedad de virulencia terrible, -la más temida de todas: es la lepra elefantina. A los que mueren de -ella los queman, por disposición de la ley, y se aventan las cenizas, -porque si el cuerpo de esos leprosos se enterrase en el cementerio, -la enfermedad se propagaría en seguida incluso a los demás muertos -allí enterrados. Al menos, eso es lo que se cree por aquí. Ahora -se está siguiendo causa por haber enterrado en el cementerio los -cadáveres de unas víctimas de la lepra elefantina. Funesta es la -lepra en cualquiera de sus formas, pero sobre todo la elefantina. - -—Hablando de cadáveres—dije yo—, ¿cree usted que los huesos de -Santiago están realmente enterrados en Compostela? - -—¿Qué puedo decir yo?—respondió el anciano—. De eso sabe usted -tanto como yo. Debajo del altar mayor hay una piedra muy grande -que, según dicen, cierra la boca de un profundo pozo en cuyo fondo -se cree que están enterrados los huesos de Santiago; por qué los -pusieron en el fondo de un pozo es un misterio insondable para mí. -Uno de los dependientes de la iglesia me ha contado que una noche -estaba de guardia con un compañero dentro de la iglesia, porque unos -ladrones habían asaltado poco antes una de las capillas y cometido un -sacrilegio; el tiempo se les hacía pesado, y para entretenerse, en -el silencio de la noche, tomaron una palanca, removieron la losa y -miraron en la sima abierta: estaba obscura como una tumba; entonces -ataron un peso al extremo de una cuerda larga y lo echaron dentro. -A muy gran profundidad chocó, al parecer, contra un objeto sólido, -haciendo un ruido opaco, como de plomo. Supusieron que podía ser un -ataúd, y quizás lo fuese; pero ¿de quién? Esa es la cuestión. - - - - -CAPÍTULO XXVIII - - Los mareantes de Padrón.—Caldas de los - Reyes.—Pontevedra.—El notario público.—La insania de un - barbero.—Una presentación.—La lengua gallega.—Paseo por - la tarde.—Vigo.—El forastero.—Los judíos del desierto.—La - bahía de Vigo.—Una interrupción brusca.—El gobernador. - - -Después de estar unos quince días en Santiago, montamos de nuevo a -caballo y proseguimos el viaje en dirección de Vigo. Como salimos de -Santiago ya muy entrada la tarde, no pasamos aquel día de Padrón, -distante sólo tres leguas. Padrón es un pequeño puerto situado en una -ría, y lo llaman así por razón de brevedad; pero su nombre verdadero -es _Villa del Padrón_, o ciudad del santo patrono, porque ésta fué, -según la leyenda, la principal residencia del santo en Galicia. Los -romanos llamaron a este lugar Iria Flavia. Es una ciudad pequeña, -pero floreciente, con comercio marítimo de alguna importancia, pues -sus barquichuelos surcan a veces el Golfo de Vizcaya, y hasta llegan -al Támesis y a Londres. - -Hay una curiosa anécdota referente a los mareantes de Padrón que no -estará enteramente fuera de lugar aquí, pues se relaciona con la -circulación de las Escrituras. Hallándome un día en la tienda de mi -amigo el librero de Santiago, entró un sacerdote corpulento, con -aspecto de buen humor. Tomó uno de mis Testamentos y al instante -rompió en una ruidosa carcajada. - -—¿Qué ocurre?—preguntó el librero. - -—La vista de este libro me trae a la memoria un sucedido—repuso el -otro—. Hace unos veinte años, cuando a los ingleses se les metió por -vez primera en la cabeza convertirnos a los españoles a su manera de -pensar, repartieron gran número de libros de esta clase entre los -españoles que iban a Londres; algunos cayeron en manos de ciertos -mareantes de Padrón, y cuando esta buena gente regresó a Galicia se -observó que se habían vuelto muy tercos y amigos de disputar. Apenas -aventuraba alguien delante de ellos una opinión, la contradecían -de plano, sobre todo si se trataba de asuntos religiosos. «Eso es -falso—decían—. San Pablo, en tal capítulo y en tal versículo, afirma -exactamente lo contrario.» «¿Qué sabes tú lo que San Pablo ni otros -santos han escrito?»—les preguntaban los curas—. «Más de lo que -ustedes se figuran—respondían—. Ya no se nos puede tener en tinieblas -y en la ignorancia respecto de esas cosas», y entonces exhibían -sus libros y leían párrafos y más párrafos, haciendo comentarios -que escandalizaban a todos; no les importaba nada el Papa, y hasta -hablaban con irreverencia de las reliquias de Santiago. El caso se -divulgó pronto, y de nuestra sede salieron órdenes para secuestrar -los libros y quemarlos. Así se hizo; los mareantes fueron castigados -o reprendidos, y no he vuelto a oír hablar de ellos. No he podido por -menos de reirme al ver esos libros acordándome de los mareantes de -Padrón y de sus disputas religiosas. - -Al día siguiente llegamos a Pontevedra. Como no se decía que por allí -hubiese ladrones, viajábamos solos y sin escolta. El camino es bello -y pintoresco, aunque algo solitario, sobre todo después que dejamos -atrás la pequeña ciudad de Caldas. En España hay varias poblaciones -de ese nombre. Esta de que hablo se llama, para distinguirla de las -demás, Caldas de los Reyes. No estará de más advertir que el español -_Caldas_ es sinónimo del morisco _Alhama_, palabra muy frecuente en -la topografía de España y Africa. Caldas tiene, al parecer, muy bien -puesto su nombre. Se alza en una confluencia de manantiales, y cuando -pasamos por allí estaba atestada de gente que acudía a curarse con -las aguas. En el curso de mis viajes he observado que siempre hay -vestigios de volcanes en las cercanías de los manantiales de aguas -calientes, ya sea montañas hendidas, o gruesos peñascos que emergen -aislados en la llanura o en la ladera como si los titanes hubiesen -estado jugando a los bolos. Este último rasgo es el que domina en -Caldas; la vertiente Sur de la montaña se halla cubierta de inmensas -piedras de granito, expelidas, en alguna antiquísima erupción, de -las entrañas de la tierra. Desde Caldas a Pontevedra el camino es -montuoso y cansado; tuvimos mucho calor, y las nubes de moscas, una -de las plagas de Galicia, molestaban tanto a nuestros caballos, que -nos obligaron a cortar unas ramas de árbol para protegerles la cabeza -y el cuello contra los atormentadores aguijones de aquellos insectos -sedientos de sangre. - -Para viajar a caballo por Galicia en esa época del año, es muy -recomendable llevar una red fina para defensa del animal, remedio -seguro y cómodo, completamente desconocido en Galicia, por las -muestras, no obstante ser quizá el país del mundo en que más se -necesita. - -Pontevedra, en conjunto, merece el nombre de ciudad monumental, -pues algunos de sus edificios públicos, en especial los conventos, -son tales como no se ven en parte alguna, fuera de España e Italia. -Rodéanla murallas de piedra labrada, y se alza en el fondo de una -ensenada, en la que desemboca el río Lérez. Dícese que fué fundada -por una colonia griega, cuyo jefe era nada menos que Teucer el -Telamonio. En tiempos antiguos fué plaza comercial importante; -cerca del puerto se ven las ruinas de un _farol_, o faro, que -pasa por ser antiquísimo. El puerto, empero, muy distante de la -ciudad, es incómodo y muy poco profundo. La comarca pontevedresa -es de incomparable amenidad, abundante en frutas de todo género, -especialmente en uvas, que en la estación propicia muestran, -pendientes de las _parras_, su deliciosa lozanía. Un antiguo autor -andaluz ha dicho que aquí se producen tantos naranjos y limoneros -como en la campiña cordobesa; pero las naranjas no son buenas y no -pueden competir con las de Andalucía. Los pontevedreses se jactan de -que su suelo produce dos esquilmos al año, y que mientras recogen una -cosecha siembran la otra. Razón tienen para enorgullecerse de una -tierra como la suya, pródigamente dotada. - -La ciudad está en gran decadencia, y a pesar de la suntuosidad de sus -edificios públicos, encontramos allí aún más suciedad y miseria que -las usuales en Galicia. La _posada_ era misérrima, y para acabarlo -de arreglar la posadera tenía un genio regañón inaguantable. Porque -Antonio se quejó de la calidad de algunos de los comestibles que nos -servía, empezó a maldecirle violentamente en la lengua del país, -única que sabía hablar, y le amenazó, si intentaba producir desorden -en la casa, con echarle a la calle a él, a los caballos y a su amo. -Ni el mismo Sócrates se hubiera conducido en tal ocasión con más -prudencia que Antonio, quien se encogió de hombros, murmuró unas -palabras en griego y guardó silencio. - -—¿Dónde vive el notario público?—pregunté—. Es de saber que el -notario público vendía libros, y para él llevaba yo una recomendación -de mi amigo de Santiago. Un muchacho me guió a casa del _señor_ -García, que tal era el nombre del notario. Me encontré con un hombre -de unos cuarenta años, vivo, altivo y locuaz. De muy buen grado se -encargó de vender mis Testamentos, y en un abrir y cerrar de ojos le -vendió dos a un cliente, aldeano por las muestras, que le esperaba en -el despacho. El notario era un patriota entusiasta; pero claro es que -en sentido local, porque no le importaba más país que Pontevedra. - -Los tales vigueses—me dijo—pretenden que su ciudad es mejor que la -nuestra, y que tiene más títulos para ser la capital de esta parte -de Galicia. ¿Ha oído usted jamás un desatino semejante? Le digo a -usted, amigo, que me importaría muy poco que ardiese Vigo con cuantos -mentecatos y bribones encierra. ¿Se le ocurriría a usted jamás -comparar Vigo con Pontevedra? - -—No lo sé—repuse—; nunca he estado en Vigo; pero he oído decir que -su bahía es la mejor del mundo. - -—¿La bahía, buen señor? ¡La bahía! Sí; esos bribones tienen una -bahía, y la bahía es la que nos ha robado todo nuestro comercio. -Pero ¿qué necesidad tiene de una bahía la capital de una provincia? -Lo que necesita son edificios públicos donde puedan reunirse los -diputados provinciales a tratar de sus asuntos; pues bien: lejos de -tener Vigo un edificio público bueno, no hay una casa decente en todo -el pueblo. ¡La bahía! Sí, tienen una bahía; ¿pero tienen agua para -beber? ¿Tienen fuentes? Sí, las tienen; pero el agua es tan salobre, -que haría reventar a un caballo. Espero, querido amigo, que no habrá -hecho usted un viaje tan largo para ponerse de parte de una gavilla -de piratas como los de Vigo. - -—No he venido a ponerme de su parte—contesté—; la verdad es que -no sabía yo que necesitasen mi ayuda en esta disputa. Sólo vengo -a traerles el Nuevo Testamento, del que están al parecer muy -necesitados, si son tan pícaros e infames como usted los pinta. - -—¿Pintarlos, querido amigo? Pero ¿no lo dice el caso por sí solo? -¿No sostienen que su ciudad es más apropiada que la nuestra para ser -capital de la provincia? _¡Qué disparate! ¡Que bribonería!_ - -—¿Hay en Vigo alguna librería?—pregunté. - -—Había una perteneciente a un barbero loco. Afortunadamente para -usted la librería quebró y su dueño ha desaparecido. No hubiera -dejado de jugarle a usted una de estas dos malas partidas: o hacerle -una cortadura en el cuello, so pretexto de afeitarle, o encargarse -de sus libros y no darle nunca cuentas de su venta. ¡Una bahía! -¡Quisiera yo ver qué derecho tiene a una bahía un nido de lechuzas -como Vigo! - -No es posible tratar a nadie con más bondad que el notario público -me trató a mi en cuanto le convencí de que no tenía intención de -ponerme de parte de los de Vigo contra Pontevedra. Eran entonces -las seis de la tarde; sin dilación me llevó a una confitería y me -obsequió con un helado y una jícara de chocolate. Salimos luego a -pasear por la ciudad, y el notario fué mostrándome varios edificios, -especialmente el convento de los jesuítas. «Vea usted esa fachada. -¿Qué le parece?»—decía. - -Al expresarle la admiración sincera que sentía, acabé de conquistar -el corazón del buen notario. «Supongo que en Vigo no habrá nada como -esto»—le dije—. Me miró un instante, guiñó los ojos, ahogó una risita -de triunfo, y prosiguió su camino andando a tremenda velocidad. -El _señor_ García iba vestido enteramente como un notario inglés. -Llevaba sombrero blanco, levita obscura, calzones de lana gris -abotonados en las rodillas, medias blancas y zapatos negros bien -embetunados. Pero nunca he visto a un notario inglés andar tan de -prisa; aquello apenas podía llamarse andar; más parecía una sucesión -de sacudidas eléctricas y de brincos. Viéndome en la imposibilidad de -seguirle, le pregunté falto de alientos: - -—¿Adónde me lleva usted? - -—A casa del hombre de más talento de España—replicó—, a quien voy a -presentarle a usted. No vaya usted a pensar que Pontevedra sólo se -enorgullece de sus edificios públicos y de la hermosura de su suelo: -produce también más espíritus esclarecidos que ninguna otra ciudad de -España. ¿Ha oído usted hablar alguna vez del gran Tamerlán? - -—Sí tal—respondí—. Pero no procedía de Pontevedra ni de sus -alrededores; vino de las estepas de Tartaria, cerca del río Oxo. - -—Ya lo sé—replicó el notario—; pero lo que yo quiero decir es que, -cuando Enrique III tuvo que enviar un embajador a aquel africano, el -único hombre que halló a propósito para el caso fué un caballero de -Pontevedra llamado don...[23] ¡Que los de Vigo rebatan ese hecho si -pueden! - - [23] Alude a D. Pelayo Gómez de Sotomayor, primer enviado de - Enrique III cerca de Tamerlán. - -Entramos en un ancho portal y subimos una suntuosa escalera, al final -de la que el notario llamó a una puerta pequeña. - -—¿A quién me va usted a presentar?—le pregunté. - -—A un abogado que se llama...—replicó García. Es el hombre de más -talento de España, y conoce todas las lenguas y todas las ciencias. - -Nos abrió una mujer de aspecto respetable, con todas las muestras de -ser el ama de gobierno, y luego de decirnos, contestando a nuestras -preguntas, que el abogado estaba en casa, nos llevó a una inmensa -sala, o más bien librería, pues los muros estaban cubiertos de libros -excepto en dos o tres sitios ocupados por algunos buenos cuadros de -escuela española antigua. Los suaves rayos del sol poniente entraban -por una ventana con cristales de colores, y esclarecían el aposento. -Detrás de la mesa estaba sentado el abogado, a quien miré con no -pequeña curiosidad. Tenía la frente alta y llena de arrugas, y las -facciones muy graves, netamente españolas. Vestía una especie de -hopalanda, y frisaba en los sesenta años. Estaba leyendo, sentado -detrás de una ancha mesa, y, al entrar nosotros, medio se incorporó y -nos hizo una ligera reverencia. - -El notario le hizo un saludo reverente, y en voz baja le pidió -permiso para presentarle un amigo, un caballero inglés que viajaba -por Galicia. - -—Tengo mucho gusto en verle—dijo el abogado—; pero espero que hablará -castellano, pues en otro caso apenas podríamos comunicarnos; aunque -leo el francés y el latín, no los hablo. - -—Habla el español casi tan bien como si fuera de Pontevedra—repuso el -notario. - -—Los naturales de Pontevedra—observé yo—me parecen más versados en -gallego que en castellano, pues la mayor parte de las conversaciones -que oigo en la calle son en aquel dialecto. - -—El último caballero que me presentó mi amigo García—dijo el -abogado—era un portugués que hablaba muy poco o nada el español. -Dicen que el gallego y el portugués se parecen mucho; pero -cuando quisimos hablar en las dos lenguas no nos fué posible -entendernos. Yo entendía poco de lo que él decía, y mi gallego era -para él completamente ininteligible. ¿Entiende usted el dialecto -local?—continuó. - -—Muy poco—repliqué—. Debe de ser principalmente por el acento -peculiar y la pronunciación, nueva para mí, de los gallegos, porque -su lengua está compuesta casi del todo de palabras españolas y -portuguesas. - -—De modo que es usted inglés—dijo el abogado—. Sus compatriotas han -hecho mucho daño antiguamente en estas regiones, si hemos de creer a -las historias. - -—Sí—dije yo—; hundieron los galeones y quemaron los mejores barcos de -guerra de ustedes en la bahía de Vigo, y en tiempo de lord Cobham -impusieron a la ciudad de Pontevedra una contribución de cuarenta mil -libras esterlinas. - -—Cualquier potencia extranjera—interrumpió el notario—tiene perfecto -derecho para atacar a Vigo; pero no concibo qué podían alegar sus -compatriotas de usted para arruinar a Pontevedra, ciudad respetable -que nunca les hizo daño. - -—_Señor_ caballero—dijo el abogado—, voy a enseñarle a usted mi -librería. Aquí tiene usted una obra curiosa, una colección de poemas, -escritos casi todos en gallego por el cura de _Fruime_. Es nuestro -poeta nacional y nos enorgullecemos de él. - -Estuvimos más de una hora con el abogado; su conversación, si no -me convenció de que fuese el hombre de más talento de España, era, -en general, de gran interés; el abogado poseía, ciertamente, una -ilustración general bastante extensa, aunque le faltaba muchísimo -para ser el profundo filólogo que el notario me había dicho[24]. - - [24] El abogado se llamaba D. Claudio González y Zúñiga, autor - de la _Descripción Económica de la Provincia de Pontevedra_. - Pontevedra, 1834. (Knapp). - -En la tarde del siguiente día, al disponerme a salir de Pontevedra, -el _señor_ García, en pie junto a mi caballo, me abrazó, y me deslizó -en la mano un folletito. «Este libro—me dijo—contiene una descripción -de Pontevedra. Hable usted bien de Pontevedra dondequiera que vaya.» -Asentí con la cabeza. «Espere—añadió—. He oído hablar, mi querido -amigo, de la Sociedad a que usted pertenece, y trabajaré cuanto pueda -en favor de sus designios. Lo hago con absoluto desinterés; pero si -alguna vez, andando el tiempo, tuviese usted ocasión de hablar en -letras de molde del _señor_ García, notario de Pontevedra—ya usted me -entiende—, deseo que no deje de hacerlo.» - -—Así lo haré—contesté yo. - -El recorrido de Pontevedra a Vigo es sólo de cuatro leguas, y fué un -agradable paseo a caballo que hicimos en una tarde. Al acercarnos -a Vigo, el terreno iba siendo extremadamente montañoso, aunque el -paisaje era de insuperable hermosura. Las vertientes de las montañas -estaban casi todas cubiertas de frondosas arboledas, hasta la misma -cúspide, aunque a veces algún pico de roca desnuda asomaba, alzándose -hasta las nubes. - -Al anochecer, el camino se entenebreció, envolviéndolo las montañas -y bosques circundantes en profundas sombras. Pero era un camino muy -transitado: oíamos el chirriar de muchos carros que iban por él y -continuamente nos cruzábamos con numerosos jinetes y peatones. Las -aldeas eran frecuentes. Las _parras_ crecían con lozana pompa, aún -mayor, si cabe, que en el campo de Pontevedra. Por todas partes -reinaban la actividad y la vida. El zumbido de los insectos, el -alegre ladrar de los perros, los rudos cantares de Galicia, se -mezclaban en deleitosa sinfonía. Tan placentero fué el viaje, que -casi sentí llegar a las puertas de Vigo. - -La ciudad ocupa la parte baja de un elevado cerro, más escarpado y -pendiente a medida que se sube hacia el castillo que lo corona. El -casco de la población es pequeño y compacto, rodeado de murallas -bajas; las calles son angostas, empinadas y tortuosas; en medio de la -ciudad hay una plaza pequeña. - -Hay un _faubourg_ de regular extensión a lo largo del borde de la -bahía. Encontramos una excelente _posada_, regida por un matrimonio -vascongado, cortés e inteligente. Las calles estaban abarrotadas y -todo en la ciudad era ruido y jolgorio. Lucía un desdichado simulacro -de iluminación, puesta por el vecindario para celebrar una victoria -ganada, o que se afirmaba haber ganado, contra las tropas del -Pretendiente. Por todas partes se veían uniformes militares. Para -mayor bullicio, acababa de llegar de Oporto una compañía de cómicos -portugueses, y aquella noche iban a dar su primera representación -en Vigo. «¿Representan la comedia en español?»—pregunté—. «No—me -respondieron—, y por eso tiene todo el mundo tantos deseos de ir; -otra cosa sería si representaran en una lengua que todos entendieran.» - -A la mañana siguiente hallábame sentado, para desayunarme, en -un vasto aposento que miraba a la _Plaza Mayor_ de Vigo. El sol -lucía esplendoroso, y todas las cosas en torno aparecían animadas, -jocundas. En aquel momento entró un desconocido, me hizo una -reverencia profunda y se plantó en la ventana, donde permaneció buen -rato en silencio. Era un hombre como de treinta y cinco años, de muy -notable presencia. Sus facciones eran de absoluta corrección, casi -puedo decir de perfecta belleza. Tenía el pelo negrísimo y lustroso; -los ojos, grandes, negros y melancólicos; pero lo que más me llamó la -atención fué su tez, de tono oliváceo amoratado. Vestía con primorosa -elegancia según la moda francesa. Llevaba al cuello una gruesa cadena -de oro, en los dedos anchos anillos, y engastado en uno de ellos, -un magnífico rubí. «¿Quién será este hombre?—pensé yo—. ¿Español, -portugués? Acaso un criollo.» Le hice una pregunta indiferente -en español, y me contestó en el mismo idioma; pero su acento me -convenció de que no era español ni portugués. - -—Si no me engaño, hablo con un inglés, señor—me dijo en el mejor -inglés que puede hablar un extranjero. - -YO.—Lo ha acertado usted; pero yo, en cambio, no acabo de adivinar -qué país es el suyo. - -EL DESCONOCIDO.—¿Puedo tomar asiento? - -YO.—Singular pregunta. ¿No tiene usted tanto derecho como yo a -sentarse en la sala común de una posada? - -EL DESCONOCIDO.—No estoy seguro de ello. A la gente de aquí, en -general, no le gusta verme tomar asiento a su lado. - -YO.—Quizás por las opiniones políticas de usted, o porque haya usted -tenido la desgracia de cometer algún delito. - -EL DESCONOCIDO.—No tengo opiniones políticas, y no he cometido, que -yo sepa, delito alguno. Aquí me odian por mi país y mi religión. - -YO.—¿Estoy hablando quizás con un protestante, como yo? - -EL DESCONOCIDO.—No soy protestante. Si lo fuese, se andarían con más -tiento para demostrarme su odio, porque entonces tendría un Gobierno -y un cónsul que me defendieran. Soy judío, judío de Berbería, súbdito -de Abderramán. - -YO.—En tal caso, no tiene usted mucho de qué lamentarse si aquí le -miran mal, puesto que en Berbería los judíos son esclavos. - -EL DESCONOCIDO.—En casi todas partes lo son, es cierto; pero no donde -yo he nacido, muy en el interior del país, cerca de los desiertos. -Allí los judíos son libres y temidos, y tan valientes como los mismos -musulmanes; saben domar potros y manejar el fusil. Los judíos de -nuestra tribu no son esclavos, y no queremos que se nos trate como -tales por los cristianos ni por los moros. - -YO.—La historia de usted debe de ser muy curiosa; quisiera conocerla. - -EL DESCONOCIDO.—No pienso contarle mi historia a nadie. He viajado -mucho, dedicado al comercio, y he prosperado. Ahora estoy establecido -en Portugal; pero no me gusta la gente de los países católicos, y -menos que ninguna la de España. Al llegar aquí he sufrido injusticias -vergonzosas en la _aduana_, y, al protestar, se rieron de mí y me -llamaron judío. Por dondequiera que voy, veo escarnecer a los judíos, -excepto en el país de usted; por eso mi corazón se apasiona por los -ingleses. Usted es aquí un forastero. ¿Puedo servirle en algo? No -tiene usted más que mandarme. - -YO.—Se lo agradezco a usted con toda el alma, pero no necesito nada. - -EL DESCONOCIDO.—¿Trae usted letras? Yo le tomo a usted las que traiga. - -YO.—Nada necesito. El favor que puede usted hacerme es aceptar de mí -un libro. - -EL DESCONOCIDO.—Lo aceptaré muy agradecido. Sé cuál es. ¡Qué pueblo -tan singular: el mismo vestido, el mismo semblante, el mismo libro! -Pelham me dió uno en Egipto. ¡Adiós! Jesús fué un hombre virtuoso, -quizás un profeta; pero... ¡adiós! - -Bien pueden los pontevedreses envidiar a los de Vigo su bahía, con -la que, en muchas cualidades, no puede compararse ninguna otra en -el mundo. Altas y escarpadas montañas la defienden por todos lados, -menos por el Oeste, abierto sobre el Atlántico; pero en medio de la -boca surge una isla, imponente muro de roca, que rompe el oleaje e -impide que las mareas del Poniente invadan la bahía con violencia. A -cada lado de la isla hay un paso, bastante ancho para que los barcos -puedan atravesarlo en cualquier tiempo con toda seguridad. La bahía -es oblonga, y se mete mucho tierra adentro; es tan vasta, que mil -navíos de línea pueden maniobrar en ella sin estorbarse. Las aguas -son obscuras, sosegadas y profundas, sin bajíos ni arenas; de suerte -que el barco de guerra más soberbio puede surgir a tiro de piedra de -los muros de la ciudad sin averiarse la quilla. - -Aquella bahía ha presenciado muchos sucesos memorables, ha visto -armamentos poderosos. Allí se reunieron los corpulentos barcos de la -Invencible; desde allí, cargada con la pompa, el poderío y el terror -de la vieja España, la monstruosa escuadra, desplegando sus enormes -velas al viento, zarpó orgullosamente para arrasar la isla luterana. -La mitad de los bosques de Galicia fué arrasada, y todos los -marineros de las mil bahías y rías de las agrias costas cantábricas -fueron enganchados a la fuerza para construir y armar la flota. Allí -fué donde las banderas unidas de Inglaterra y Holanda humillaron -el orgullo de España y Francia: sus navíos de guerra estallaron, -volando sus astillas inflamadas sobre las cumbres de las montañas de -Galicia, y los galeones, en llamas, se hundieron con sus tesoros, -mientras iban a la deriva en dirección de Sampayo. En las costas de -aquella bahía fué donde la guardia inglesa vació por vez primera -las _bodegas_ españolas, mientras las bombas de Cobham hundían las -techumbres del castillo de Castro, y los _vecinos_ de Pontevedra -enterraban sus doblones en las cuevas, y los correos llevaban a -escape a Lugo y Orense la noticia de la invasión de los herejes y del -desastre de Vigo. Todos esos hechos acudían a mi mente, contemplando -la bahía desde un punto muy alto de la montaña, a muy corta distancia -del fuerte. - -—¿Qué está usted haciendo ahí, caballero?—gritaron varias voces—. -¡Quieto, _Carracho_! Si intenta usted correr, le descerrajo un tiro. - -Miré en torno y vi, exactamente encima de mí, tres o cuatro -individuos, soldados por las muestras, vestidos con sucios uniformes, -en un tortuoso sendero que trepaba por la colina. Teníanme encañonado -con sus fusiles. - -—¿Qué estoy haciendo? Ya lo ven ustedes: nada—respondí—, como no sea -mirar la bahía. Y en eso de correr, no hay cuidado: el terreno no es -a propósito. - -—Dése usted preso—dijeron—, y venga usted con nosotros al castillo. - -—Precisamente estaba pensando en ir allá antes de recibir su amable -invitación—contesté—. Deseo ver el fuerte. - -Me encaramé al lugar donde estaban, y en el acto me rodearon; con -esa escolta llegué al castillo, que en su tiempo habría sido muy -importante, pero ahora ruinoso. - -—Sospechamos que es usted un espía—dijo el cabo, que iba delante. - -—¿De veras?—contesté. - -—Sí—repuso el cabo—, y en estos últimos tiempos hemos cogido y -fusilado varios. - -Encaramado en uno de los parapetos del castillo estaba un joven, con -uniforme de oficial subalterno, a quien me presentaron. - -—Hace media hora que estamos vigilándole a usted, mientras hacía -observaciones—me dijo. - -—Pues se han tomado ustedes un trabajo inútil—respondí—. Soy inglés, -y me entretenía en contemplar la bahía. Quisiera que ahora tuviese -usted la amabilidad de enseñarme el fuerte. - -Hablamos un poco más, y el oficial dijo: «Me gusta ser amable con la -gente de su país de usted: queda usted en libertad.» Me incliné, -salí del fuerte y emprendí el descenso de la montaña. Cuando iba a -entrar en la ciudad, el cabo, que me había seguido ocultamente, me -tocó en el hombro. «Venga usted conmigo a ver al gobernador»—dijo—. -«Con mucho gusto»—respondí—. El gobernador estaba afeitándose cuando -llegamos a su presencia, y apareció en mangas de camisa, con la -navaja en la mano. Parecía de muy mal humor, debido quizás a que le -habíamos interrumpido en su tocado. Me hizo dos o tres preguntas, y -al saber que llevaba pasaporte y que era portador de una carta para -el cónsul inglés, me dijo que podía marcharme cuando quisiera. Hice -una reverencia al gobernador de la ciudad, como antes al gobernador -del fuerte, y salí, encaminándome a la posada. - -En Vigo hice muy poca cosa en punto a la distribución de mis libros; -estuve allí unos cuantos días, y me marché, tomando de nuevo el -camino de Santiago. - - - - -CAPÍTULO XXIX - - Llegada a Padrón.—Un proyecto aventurado.—El - _alquilador_.—Falta de palabra.—Un compañero - singular.—Historia sencilla.—Un camino áspero.—La - deserción.—La jaca.—Un diálogo.—Situación difícil.—La - _Estadea_.—Nos anochece.—La choza.—La almohada del viajero. - - -Llegué a Padrón al caer la tarde, de vuelta de Pontevedra y de Vigo. -Tenía el propósito de enviar a mi criado con los caballos a Santiago -y alquilar un guía que me llevase a Finisterre. Difícil me sería -justificar con alguna razón plausible el ardiente deseo que tenía -de visitar ese lugar; pero recordaba que el año anterior me había -librado casi por milagro de naufragar y perecer en los peñascales -que bordean aquel punto extremo del Viejo Mundo, y pensé que llevar -el Evangelio a un lugar tan apartado y agreste sería acaso una -peregrinación acepta a los ojos de mi Hacedor. Verdad es que sólo me -restaba un ejemplar de los que había llevado conmigo en esta última -etapa; pero tal reflexión, lejos de desanimarme en mi proyecto, -produjo el efecto contrario: consideré que el Señor, desde que se -reveló al hombre, se había servido siempre para cumplir las más -grandes obras de medios insuficientes en apariencia, y pensé que el -único ejemplar restante podría por sí solo causar tanto bien como los -otros cuatro mil novecientos noventa y nueve de la edición de Madrid. - -Sabía yo que mis caballos no servían en modo alguno para ir a -Finisterre, porque los caminos y sendas corrían por barrancos -pedregosos, por ásperas y empinadas montañas; resolví, pues, -dejarlos atrás con Antonio, a quien tampoco quería yo exponer a las -penalidades de un viaje como aquél. Sin pérdida de tiempo mandé -buscar un _alquilador_ y le expliqué mis intenciones. Díjome que -tenía a mi disposición una excelente jaca de montaña y que él en -persona me acompañaría; pero al propio tiempo añadió que el viaje -era terrible para hombres y bestias, y esperaba que se lo pagase con -largueza. Consentí en darle cuanto me pidió; pero con la expresa -condición de acompañarme él en persona, como me había ofrecido, -pues no tenía yo gana de internarme en las montañas con el último -bigardo del pueblo que se le antojase buscar, y que sería muy capaz -de jugarme una mala pasada. Replicó con la frase que los españoles -usan invariablemente para desvanecer la desconfianza o la duda: -«_No tenga usted cuidado_, yo mismo iré.» Arregladas así las cosas -satisfactoriamente, a mi parecer, tomé una cena ligera y me retiré a -dormir. - -Había yo encargado al _alquilador_ que me llamase a las tres de la -mañana siguiente; pero no apareció hasta las cinco; supongo que se -dormiría, pues eso fué lo que me ocurrió también a mí. Me levanté -de un brinco; me vestí; puse unas cuantas cosas en la maleta, sin -olvidar el Testamento que pensaba regalar a los habitantes de -Finisterre, y luego salí, encontrando a mi amigo el _alquilador_, -que tenía por las riendas la _jaca_ en que había yo de hacer la -excursión. Era un animalito muy bueno, fuerte y sano al parecer, sin -un solo pelo blanco en todo su cuerpo, negro como las alas del cuervo. - -Detrás permanecía en pie un bípedo de singularísima catadura, en -quien por el momento no puse atención; pero del que he de contar -mucho en lo sucesivo. - -Pregunté al _alquilador_ si estaba todo listo, y obtenida respuesta -afirmativa, me despedí de Antonio, puse en marcha la jaca y con paso -vivo salimos del pueblo, tomando al principio el camino de Santiago. -El tipo aquel de quien he hablado antes venía pegado a nosotros; -pregunté al _alquilador_ quién era y por qué motivo nos seguía, a -lo cual respondió que era un criado suyo y que nos acompañaría un -rato para volverse luego. Continuamos a buen paso, hasta llegar a -menos de un cuarto de milla del convento de la _Esclavitud_, un poco -más allá del cual, según me habían dicho, tendríamos que dejar el -camino real; en tal punto, el _alquilador_ se detuvo bruscamente, y -al instante todos hicimos alto. Pregunté la razón de la parada, y no -obtuve respuesta. El _alquilador_ tenía los ojos clavados en el suelo -y contaba, al parecer, con intenso cuidado las huellas de las vacas, -mulas y caballos estampadas en el polvo de la carretera. Repetí mi -pregunta con voz más fuerte, cuando después de una larga pausa alzó -un poco los ojos, aunque sin mirarme a la cara, y dijo que creía que -yo estaba en la idea de que me iba a acompañar hasta Finisterre, y -que, si era así, lo sentía mucho, por ser cosa imposible de cumplir, -pues ignoraba completamente el camino, y además era incapaz de hacer -un viaje tan largo por tan mal terreno, no siendo ya el hombre que -antaño había sido, y que él estaba comprometido a llevar aquel mismo -día a Pontevedra a un caballero que le aguardaba. - -—Pero—continuó—como me gusta quedar siempre como un _caballero_ -con todo el mundo, he tomado mis medidas para no dejarle a usted -plantado. He hecho un ajuste con este individuo—añadió señalando al -tipo raro—para que le acompañe. Es de toda confianza, y conoce muy -bien el camino de Finisterre, pues ha ido allá muchas veces con esta -misma jaca que usted monta. Además será un buen compañero de viaje, -porque habla francés e inglés muy bien, y ha recorrido todo el mundo. - -El hombre cesó al cabo de hablar; su engaño, desvergüenza y villanía -me produjeron tal efecto, que pasó algún tiempo antes de poder hallar -una respuesta. Le reproché en términos muy duros su falta de palabra -y le dije que se me pasaban muy buenas ganas de volver al instante al -pueblo y denunciarle al _alcalde_ para que le castigase a toda costa. -A esto replicó: - -—Señor caballero, con hacer eso no se encontrará usted más cerca de -Finisterre, adonde tiene tantas ganas de ir. Siga mi consejo: meta -espuela a la jaca; porque, como usted ve, se hace tarde, y hay doce -leguas largas a Corcubión, donde pasará usted la noche; y desde allí -a Finisterre, tampoco es grano de anís. Con este hombre _no tenga -usted cuidado_: es el mejor guía de Galicia, habla inglés y francés, -y le servirá de agradable compañía. - -Ya entonces había yo reflexionado que con volver a Padrón sólo -conseguiría gastar tiempo, y que el intento de hacer castigar al -individuo aquel no me reportaría ventaja alguna; además, como me -parecía un tunante en toda la extensión de la palabra, tan buena era -la compañía de cualquier otra persona como la suya. Manifesté, pues, -mi resolución de seguir adelante, y le dije que se volviera, y le -conjuré por Dios a que se arrepintiese de sus culpas. Vencedor en -este punto, pensó sacar nuevas ventajas; se colocó a una vara delante -de la jaca, y me dijo que el precio que yo me había comprometido a -pagar por el alquiler de la jaca (todo lo que me pidió, dicho sea -de paso) era muy poco, y que antes de continuar había de prometerle -dos duros más, pues sin duda estaba loco o borracho al hacer el -trato conmigo. La cólera me dominó por completo, y sin pararme a -reflexionar metí espuelas a la _jaca_, que le derribó en el polvo y -le pasó por encima. A cien varas de distancia volví la cabeza y le -vi en pie en el mismo sitio, el sombrero caído en el suelo, y sin -dejar de mirarnos se santiguaba con mucha devoción. Su criado, o lo -que fuese, lejos de socorrer a su principal, en cuanto la _jaca_ se -movió echó a correr a su lado, sin proferir palabra ni hacer otro -comentario que golpearse vigorosamente un muslo con la mano derecha. -No tardamos en pasar de Esclavitud, y un instante después volvimos -a la izquierda, metiéndonos por un sendero desigual y pedregoso que -llevaba a unos maizales. Pasamos junto a varias caserías, y llegamos -al fin a una cañada, cuyas laderas estaban cubiertas de robles enanos -y que descendía suavemente hasta un riachuelo obscuro, sombreado por -los árboles, que atravesamos por un tosco puentecillo. Ya entonces -había tenido tiempo de examinar detenidamente de pies a cabeza a -mi singular compañero. Su estatura, estirándose todo lo posible, -quizás hubiera llegado a cinco pies y una pulgada, pero el hombre -tenía cierta tendencia a encorvarse. La naturaleza le había dotado de -inmensa cabeza, poniéndosela a ras de los hombros, porque entre las -piezas que entraron en su composición faltó, por lo visto, un cuello. -A los lados se balanceaban unos brazos largos y musculosos. Era, en -conjunto, de armazón tan fuerte y sólida como la de un atleta. Sus -piernas eran cortas, pero muy ágiles, y su rostro, largo, largo, -hubiera guardado cierta remota semejanza con un rostro humano a no -haber la boca tuerta y los anchos ojos parados usurpado su sitio -natural a la nariz, que era casi invisible. Su vestido se componía de -tres prendas: sombrero portugués, ancho de copa y angosto de alas, -viejo y andrajoso; una especie de camisa y unos calzones de tela -burda. Quise trabar conversación con él, y, recordando lo que el -alquilador me había dicho, le pregunté en inglés si había trabajado -siempre en el oficio de guía. Al oírme volvió los ojos hacia mí con -expresión singular, y clavándomelos en el rostro soltó una risotada, -dió un salto y palmoteó tres veces por encima de su cabeza. Comprendí -que no me había entendido; repetí la pregunta en francés, y me -respondió de nuevo con la risa, el salto y las palmadas. Al cabo, en -mal español, dijo: - -—Mi amo, hable en español, por amor de Dios, y le entenderé a usted, -y mejor aún si habla en gallego; pero no puedo prometerle otra cosa. -Oí lo que le decía el _alquilador_; pero es el mayor _embustero_ de -la tierra, y le engañó a usted en eso, como al prometerle que le -acompañaría. A su servicio estoy por mis pecados; pero en mal hora -dejé el profundo mar y me dediqué a guía. - -Me contó que era de Padrón, marinero de oficio, y que había pasado la -mayor parte de su vida en la escuadra española; sirviendo en ella, -visitó Cuba y otras muchas partes de la América española. - -—Cuando mi amo—continuó—le dijo a usted que yo sería un buen -compañero de viaje, le dijo la verdad, la única verdad que ha salido -de su boca en un mes; mucho antes de llegar a Finisterre se habrá -usted alegrado de que el criado, y no el amo, haya venido con usted; -mi amo es muy torpe y muy pesado, y yo soy como usted ve. - -Dió dos o tres saltos mortales, volvió a reírse a carcajadas y a -palmotear. - -—Seguramente no se figura usted—continuó—que ayer vine de La Coruña -con esa jaca y muy buena carga; llegamos a Padrón a las dos de la -madrugada, y a pesar de eso la jaca y yo estamos dispuestos a hacer -este nuevo viaje. Como dice mi amo, _no tenga usted cuidado_; nadie -ha tenido queja de la jaca ni de mí. - -Hablando de esa suerte recorrimos un buen trecho del camino, por -terreno pintoresco, hasta llegar a una aldea muy linda en la falda de -una montaña. - -—Este pueblo—dijo el guía—se llama Los Angeles, porque su iglesia la -hicieron los ángeles hace ya mucho tiempo; debajo de ella pusieren -una barra de oro traída del cielo y que había servido de viga en la -propia casa de Dios. Va por debajo de tierra desde aquí hasta la -catedral de Compostela. - -Atravesamos el pueblo, que, según me dijo también el guía, tenía -unos baños muy visitados por los santiagueses. Torcimos hacia el -Noroeste, dando la vuelta a una montaña que alzaba majestuosamente -sobre nuestras cabezas su cumbre coronada de peñascos desnudos; a -nuestra derecha, en la otra orilla de un valle espacioso, corría -una elevada cadena de montañas, que iba a enlazarse con las del -Norte de Santiago. En la cima de esa cadena alzábanse unas torres -almenadas, llamadas de Altamira, al decir de mi guía, restos de un -antiguo castillo, ya en ruinas, que fué en otro tiempo la residencia -principal que los condes de ese título tenían en la provincia. -Volviendo después hacia el Oeste, no tardamos en encontrarnos al pie -de un puerto muy empinado y escabroso, que conducía a una región más -alta. La subida nos costó cerca de media hora, y las dificultades -del terreno eran tales, que más de una vez me alegré de haber dejado -nuestros caballos y de montar aquella intrépida jaquita; acostumbrada -a los caminos, trepaba con mucho ánimo, y nos puso al fin sin daño en -lo alto de la subida. - -Allí entramos en una _choza_ gallega para reponer nuestras fuerzas -y las del caballo. El cuadrúpedo comió un poco de maíz, y los dos -bípedos nos regalamos con _broa_ y _aguardiente_, servidos por una -mujer que encontramos en la choza. Salí fuera unos minutos a observar -el aspecto del país, y al volver encontré al guía profundamente -dormido en el banco donde le dejé. Estaba sentado, muy tieso, con -la espalda apoyada en la pared y las piernas colgando a unas tres -pulgadas del suelo, porque eran demasiado cortas para llegar a él. -Cinco minutos lo menos estuve contemplando su reposo, tan profundo -y tranquilo como el de la muerte. Su rostro me recordaba mucho esas -singulares fisonomías de santos y monjes que a veces se encuentran -en las hornacinas de los muros de los conventos en ruinas. No había -ni el más ligero vislumbre de vitalidad en su semblante, que por el -color y la rigidez pudiera parecer de piedra, tan informe y tan tosco -como una de esas cabezas de piedra de Icolmkill que han desafiado -las intemperies de doce siglos. Mirándole estuve hasta que empecé -a sentir cierta alarma, pensando que la vida podía haber huído de -aquella maltrecha y extenuada máquina. Le sacudí con fuerza por un -hombro, y lentamente se despertó, abrió los ojos asombrado y luego -los cerró. Durante unos momentos no supo, con toda evidencia, dónde -estaba. Le di voces preguntándole si pensaba pasarse el día durmiendo -en lugar de llevarme a Finisterre; al oírme se dejó caer sobre las -piernas, arrebató el sombrero que yacía en la mesa, y en el acto -salió por la puerta corriendo y gritando: - -—Sí, sí, ya me acuerdo; sígame, capitán, y le llevaré a Finisterre en -un vuelo. - -Le seguí con la vista y tomó a todo correr la misma dirección que -antes traíamos.—Espera—le grité—; espera. ¿Me vas a dejar aquí con la -jaca? Espera; aún no hemos pagado el gasto. Espera.—Pero no volvió la -cabeza ni un instante, y en menos de un minuto se perdió de vista. -La jaca, atada al pesebre en un rincón de la choza, comenzó a dar -relinchos terroríficos, a manotear y a erizar la cola y la crin de un -modo extraño. Tanto tiraba del ramal, que temí que se estrangulara. - -—¡Mujer!—exclamé—, ¿dónde anda usted y qué significa todo esto? - -Pero la huéspeda había desaparecido también, y aunque recorrí la -_choza_, dando fuertes voces, no obtuve respuesta. - -Continuaban los relinchos de la jaca, y los tirones que daba del -ramal eran cada vez más fuertes. - -—¿Estoy rodeado de locos?—grité, y arrojando sobre la mesa una -_peseta_ desaté el caballo e intenté ponerle el bocado, pero no lo -conseguí. Apenas solté el ramal comenzó la jaca a tirar hacia la -puerta, a despecho de cuantos esfuerzos hice para impedirlo.—Si -te escapas—dije—mi situación va a ser divertida—. Pero todo tiene -remedio: de un brinco monté en la silla, y un instante después el -animalito me llevaba, en rápido galope, por un camino que supuse -sería el de Finisterre. - -La situación, divertida para el lector, era para mí bastante -apurada. Hallábame a lomos de un caballo fogoso, sin medio alguno -de gobernarlo, a todo correr por un camino peligroso y desconocido. -No parecía ni rastro del guía, ni encontré a nadie a quien pedir -noticias. La verdad es que, dado caso de alcanzar a un pasajero o de -cruzarme con él, apenas habría tenido tiempo de dirigirle la palabra: -tan veloz era la carrera del caballo. «¿Estará este animal enseñado -a estas cosas?—pensaba yo—. ¿Me llevará a una cueva de ladrones, que -me corten el cuello? ¿No hace más que seguir, por instinto, a su -amo?» No tardé en desechar ambas suposiciones. La velocidad de la -jaca amenguó; al parecer, había perdido el camino. Miró en torno con -inquietud; al cabo llegó a un arenal, pegó el hocico al suelo, y de -pronto se tumbó, revolcándose de una manera verdaderamente caballuna. -No me hice daño, y al instante aproveché la ocasión para ponerle el -bocado, que antes llevaba colgado del pescuezo. Volví a montar y me -puse a buscar el camino. - -No tardé en encontrarlo, y seguí adelante. El camino iba por un -yermo poblado de brezos y tojos y sembrado de pedruscos. El sol, -ya muy alto, calentaba de firme. Encontré alguna gente, hombres y -mujeres, que me miraba sorprendida, maravillándose probablemente de -que una persona como yo anduviese sin guía por tales sitios. Pregunté -a dos mujeres si habían visto a mi guía; pero no me entendieron o -no quisieron entenderme, y, luego de cambiar entre sí unas pocas -palabras en uno de los cien dialectos de Galicia, siguieron su -camino. Después de atravesar el descampado, llegué de improviso a un -convento al borde de un profundo barranco, por cuyo fondo corría un -rumoroso arroyo. - -El lugar era bello y pintoresco; espesas arboledas poblaban las -vertientes del barranco; del otro lado surgía una montaña alta y -obscura. El convento, muy capaz, parecía abandonado. Pasé junto a él, -y al instante llegué a una aldea, tan desierta, por las muestras, -como el convento, pues no hallé ser viviente, ni siquiera un perro -que me saludara con sus ladridos. Me detuve en una fuente de piedra, -que vertía sus aguas en una pila. Sentada en la pila, con los brazos -caídos y los ojos clavados en la montaña vecina, estaba una figura -humana, que aún se presenta frecuentemente a mi fantasía, sobre todo -cuando duermo y me oprime una pesadilla: era mi fugitivo guía. - -YO.—Buenos días tenga usted, caballero. El tiempo está caluroso, y -ese agua exquisita convida a beberla. Tentado estoy de apearme y -regalarme con un trago. - -EL GUÍA.—Su merced no puede hacer mejor cosa. Hace mucho calor, en -efecto; lo mejor es que beba un poco de agua. También yo acabo de -beber. Pero le aconsejo que no dé agua al caballo: está jadeante y -muy sudado. - -YO.—Ya puede estarlo. He venido galopando lo menos dos leguas en -busca de un individuo que se comprometió a llevarme a Finisterre, -pero que me ha abandonado de la manera más extraña del mundo; tanto, -que he llegado a creer que era un bandido, no un hombre honrado ¿No -le ha visto usted, por casualidad? - -EL GUÍA.—¿Qué señas tiene? - -YO.—Es bajo, grueso, muy parecido a usted, giboso y, con perdón de -usted, muy feo. - -EL GUÍA.—¡Ja, ja! Le conozco. Hemos venido corriendo juntos hasta -la fuente, y aquí me dejó. Caballero, ese hombre no es un ladrón; si -algo es, es un _nuveiro_, un hombre que anda por las nubes, y que, a -veces, un soplo de viento se lo lleva. Si alguna vez vuelve usted a -viajar con ese hombre, no le permita usted beber más de una copa de -anís cada vez; de lo contrario, se subirá a las nubes, le dejará a -usted y andará por ahí corriendo hasta que dé con un arroyo, o pegue -con la cabeza en una fuente; entonces, con un trago, vuelve a ser lo -que era. ¿De manera, señor caballero, que va usted a Finisterre? Pues -vea usted qué rareza: un caballero muy parecido a usted me ajustó -esta mañana para que le llevara allí también; pero se me ha perdido -en el camino. Me parece lo mejor que continuemos juntos hasta que -encuentre usted a su guía y yo a mi amo. - -Podían ser las dos de la tarde cuando llegamos a un puente, largo y -ruinoso, muy antiguo al parecer, llamado, según el guía, puente de -Don Alonso. Atravesaba una ensenada, o más bien ría, porque el mar no -estaba lejos; a nuestra derecha quedaba la pequeña ciudad de Noya. - -—Cuando atravesemos el puente, capitán—dijo el guía—, llegaremos -a país desconocido, porque yo no he pasado nunca de Noya, y de -Finisterre, no sólo no he estado allí nunca, pero ni siquiera he oído -hablar. He preguntado a dos o tres personas, desde que nos pusimos -en camino, y saben tanto como yo. Sin embargo, bien mirado todo, creo -que lo mejor es seguir hasta Corcubión, a unas cinco leguas de aquí, -adonde quizás lleguemos antes de cerrar la noche si damos con el -camino o encontramos quien nos guíe; porque, como ya le he dicho, yo -lo desconozco en absoluto. - -—En buenas manos he caído—respondí—. Creo, en efecto, que lo mejor -es ir a Corcubión, y allí quizás sepamos algo de Finisterre y se -encuentre un guía que nos lleve. - -Entonces, con nuevos brincos y cabriolas, echó a andar con paso -rápido, deteniéndose a veces en una _choza_ con el propósito de -adquirir informes, supongo yo, aunque apenas entendí una palabra de -la jerga en que él y sus interlocutores hablaban. - -A poco llegamos a un terreno por demás agreste y montuoso. Subimos -y bajamos barrancos; vadeamos arroyos, y nos arañamos la cara y las -manos en las zarzas, deteniéndonos a veces a coger moras silvestres, -de que había cosecha abundante. Por camino tan duro avanzábamos muy -despacio. La jaca iba detrás del guía, tan pegada a él, que casi le -tocaba en el hombro con el hocico. El país era cada vez más agreste, -y una vez que dejamos atrás un molino, ya no vimos rastro de vivienda -humana. El molino estaba en el fondo de una hondonada, sombreada por -grandes árboles, y sus ruedas, al girar, hacían un ruido triste y -monótono. - -—¿Llegaremos a Corcubión esta noche?—pregunté al guía cuando, al -salir del valle, nos encontramos en un descampado sin límites, al -parecer. - -EL GUÍA.—No; no podemos, y este descampado no me gusta nada. El -sol va a ponerse en seguida, y entonces, como haya niebla, nos -encontraremos a la _Estadea_. - -YO.—¿Qué es eso de la _Estadea_? - -EL GUÍA.—¡Qué es eso de la _Estadea_! ¿Me pregunta mi amo qué es la -_Estadinha_? No me he encontrado a la _Estadinha_ más que una vez, y -fué en un sitio como éste. Iba yo con unas mujeres, y se levantó una -niebla muy espesa. De pronto empezaron a brillar encima de nosotros, -entre la niebla, muchas luces; había lo menos mil. Se oyó un chillido -tremendo, y las mujeres se cayeron al suelo, gritando: _¡Estadea, -Estadea!_ Yo también me caí y gritaba: _¡Estadinha! ¡Estadinha!_ La -_Estadea_ son las almas de los muertos que andan encima de la niebla -con luces en las manos. Con franqueza, mi amo, si encontramos a las -almas, me escapo y no paro de correr hasta tirarme de cabeza al mar. -Esta noche ya no llegamos a Corcubión; mi única esperanza es que -encontremos por aquí una _choza_ donde podamos defendernos de la -_Estadinha_. - -La noche se nos echó encima antes de atravesar el despoblado; pero -no hubo niebla, con gran contento de mi guía, y un pico de luna -alumbraba parcialmente nuestros pasos. Estábamos, sin embargo, en -una situación muy triste: aquel era el páramo más desolado de la -provincia más agreste de España, ignorábamos el camino y apenas si -sabíamos adónde íbamos, porque el guía me dijo repetidas veces que no -creía en la existencia de un lugar llamado Finisterre, y de existir, -sería alguna montaña solitaria señalada en el mapa. Si me ponía a -reflexionar sobre el carácter de mi guía, no encontraba grandes -motivos de tranquilidad ni de aliento; en el caso más favorable, -era evidentemente un hombre medio tonto, sujeto, por confesión -propia, a ciertos paroxismos que no se diferenciaban esencialmente -de la locura. Su insensata huida de cerca de tres leguas, aquella -misma mañana, sin causa aparente para ello, y últimamente su loco y -supersticioso temor de encontrar a las almas de los muertos en el -despoblado, caso en el que se proponía, según me dijo, abandonarme y -correr en busca del mar, me impresionaron fuertemente. Pensé también -en la posibilidad de que no estuviésemos en el camino de Finisterre -ni en el de Corcubión, y resolví acogerme a la primera choza que -encontrásemos, para no correr el riesgo de rodar a un precipicio y -rompernos la nuca. Pero no se veía cabaña alguna; el despoblado -parecía interminable, y por él anduvimos hasta que se puso la luna, -dejándonos en casi total obscuridad. - -Al cabo llegamos al pie de una cuesta muy escarpada, a la cual subía -un agrio sendero. - -—¿Será este nuestro camino?—pregunté al guía. - -—No nos queda otro, capitán—respondió el hombre—. Subiremos, y cuando -estemos arriba veremos el mar, si es que está cerca. - -Eché pie a tierra, porque subir a caballo por tal sendero en plena -obscuridad hubiese sido locura. Trepamos en hilera: primero, el -guía; detrás, la jaca, con el hocico pegado, como de costumbre, al -hombro de su amo, a quien quería apasionadamente, y yo a retaguardia, -agarrado con la mano izquierda a la cola del caballo. Dimos muchos -traspiés y más de una caída; cierta vez rodamos todos por la falda -del cerro. A los veinte minutos llegamos a la cima; miramos en torno, -pero no vimos el mar; un páramo obscuro, apenas entrevisto, se -extendía al parecer por todos lados. - -—Vamos a tener que acampar aquí hasta mañana—dije yo. - -De pronto mi guía me tomó una mano. - -—Allí hay _lume, senhor_—decía—; allí hay _lume_. - -Miré en la dirección que me indicaba, y después de esforzarme un -rato, me pareció ver a cierta distancia, muy por bajo de nosotros, un -débil resplandor. - -—Eso es _lume_—exclamó el guía—, y procede de la chimenea de una -_choza_. - -A la bajada del cerro vagamos sin rumbo no poco tiempo, hasta que nos -encontramos en medio de seis o siete chozas negras. - -—Llama a la puerta de una cualquiera—dije al guía—y pregunta si -pueden darnos asilo por esta noche. - -Así lo hizo, y al instante apareció un hombre con una tea encendida -en la mano. - -—¿Puede usted guarecer a un _cabalheiro_ contra la noche y la -_estadea_?—preguntó el guía. - -—Sí puedo, gracias a Dios—dijo el hombre. - -Era de figura atlética; no llevaba zapatos ni medias, y, en conjunto, -le encontré muy parecido a los campesinos de los pantanos de Munster. - -—Hagan el favor de entrar, caballeros; podemos acomodarlos a ustedes -y también a la _cabalgadura_. - -La choza donde entramos estaba dividida en tres compartimientos: en -el primero había hierba, en el segundo estaban las vacas, y en el -tercero la familia, compuesta del padre y la madre del hombre que nos -había abierto y de su mujer e hijos. - -—Usted es catalán, señor caballero, y va a buscar a sus paisanos -de Corcubión—dijo el hombre en regular español—. ¡Ah! Ustedes los -catalanes son buena gente y tienen muy buenos establecimientos en las -costas gallegas; la lástima es que se llevan todo el dinero fuera del -país. - -No tengo, en cualquiera circunstancia, el menor inconveniente en -pasar por catalán; en aquel caso más bien me alegré de que una gente -tan salvaje creyera que yo tenía en las vecindades amigos poderosos -y compatriotas que estaban, acaso, aguardándome. Favorecí, pues, su -error y empecé a hablar, con fuerte acento catalán, de la pesca en -Galicia y del impuesto sobre la sal. El guía me miró un momento con -expresión singular, entre seria y burlona; sin embargo, no dijo nada; -se dió un palmetazo en el muslo, como de costumbre, y pegó el brinco -que casi dió en el techo con su risible cabezota. Preguntando, supe -que aún faltaban dos leguas hasta Corcubión, y que el camino, entre -cerros y páramos, era difícil. - -Nuestro huésped nos preguntó si teníamos hambre; le respondimos -que sí, y trajo una docena de huevos y un poco de tocino. Mientras -se aderezaba la cena, mi guía sostuvo con la familia una larga -conversación; pero como hablaban en gallego no pude entenderlos. -Creo que principalmente se referían a brujas y hechicerías, porque -nombraban mucho la _estadea_. Después de la cena pregunté dónde -podría descansar; el huésped me señaló una trampilla en el techo, -diciendo que encima había un desván a propósito para dormir, y en él -encontraría paja limpia. Por pura curiosidad pregunté si no había en -la choza ninguna cama. - -—No—replicó el hombre—; ni las hay hasta Corcubión. Yo nunca me he -acostado en cama, ni nadie de mi familia; dormimos en el suelo o en -la paja con el ganado. - -Como viajero experto me abstuve de lamentarlo; subí por una escalera -al desván, bastante ancho y casi vacío; puse la capa por almohada -y me tendí en las tablas, prefiriéndolas por más de un motivo a la -paja. Durante un buen rato estuve oyendo a la gente aquella hablar -en gallego, y entre los intersticios del piso veía los resplandores -de la lumbre. Las voces se extinguieron poco a poco; el fuego se -fué apagando y dejé de verlo. Me adormecí, desperté, me adormecí de -nuevo, y caí por último en profundo sueño, del que sólo desperté al -segundo canto del gallo. - - - - -CAPÍTULO XXX - - Mañana de otoño.—El fin del mundo.—Corcubión.—Duyo.—El - cabo.—Una ballena.—La bahía exterior.—La detención.—El - pescador alcalde.—Calros Rey.—Un incrédulo.—¿Dónde está el - pasaporte?—La playa.—Un liberal influyente.—La criada.—El - gran «Baintham».—Un libro sin par.—Hospitalidad. - - -Hacía una hermosa mañana de otoño cuando salimos de la _choza_ y -proseguimos el viaje a Corcubión. Gratifiqué al huésped con un par -de _pesetas_, y me pidió por favor que si regresábamos por el mismo -camino, y la noche nos sorprendía, no dejáramos de buscar albergue -bajo su techo. Así se lo prometí, al mismo tiempo que formaba el -propósito de hacer todo lo posible para evitar tal contingencia, -porque dormir en el desván de una choza gallega no es muy apetecible, -aunque no tan malo como pasar la noche en un descampado o en un monte. - -Emprendimos, pues, la marcha a paso vivo por ásperos caminos de -herradura y veredas, rodeados de brezos y jaras. Al cabo de una -hora llegamos a la vista del mar, y, dirigidos por un muchacho que -encontramos en el despoblado guardando unas pocas y míseras ovejas, -torcimos hacia el Noroeste y alcanzamos, por último, la cima de una -montaña, donde nos detuvimos un poco a contemplar el panorama que se -ofrecía ante nosotros. - -No sin razón los latinos dieron a aquellos parajes el nombre de -_Finis terræ_. Nos encontrábamos en un sitio exactamente igual a como -en mi infancia había yo imaginado la conclusión del mundo, más allá -de la que sólo había un mar borrascoso, o el abismo, o el caos. Tenía -ante mis ojos un Océano inmenso, y a mis pies la dilatada e irregular -línea de la costa, alta y escarpada. Con seguridad no hay en todo el -mundo costa más abrupta que la costa gallega, desde la desembocadura -del Miño hasta el Cabo Finisterre. Es una barrera de montañas de -granito muy agrestes, dentelladas casi todas en la cima, y cortadas a -veces por radas y bahías, como las de Vigo y Pontevedra, que penetran -profundamente en tierra. Esas ensenadas y rías son todas de inmensa -hondura, y de capacidad sobrada para abrigar las escuadras de las más -soberbias naciones marítimas del mundo. - -La grandeza severa y agreste de aquellos parajes, subyuga la -imaginación. Esa costa salvaje, lo primero que percibe de España el -viajero procedente del Norte o el que surca el ancho Océano, responde -muy bien, por su apariencia, a la idea que de antemano se tiene de -tan singular país. «Sí—exclama el viajero—; esta es España, sin duda -alguna; la inexorable, la rígida España; esta tierra es un emblema -de los espíritus que en ella han visto la luz. ¿De qué otra tierra -podían salir aquellos seres prodigiosos que aterraron al Viejo Mundo, -y llenaron el Nuevo de sangre y horror? ¡Alba y Felipe, Cortés y -Pizarro, severos y colosales espectros que surgen entre las sombras -de la edad pasada, como esas montañas de granito surgen de la niebla -ante los ojos del navegante! ¡Sí; esta es España, sin duda: la -inexorable, la indomable España; tierra emblemática de sus hijos!» - -En cuanto a mí, al contemplar el ancho mar y la costa tan salvaje, -exclamé: «¡Oh imagen de nuestra sepultura y de los temerosos caminos -que a ella llevan! Esos desiertos y páramos por donde he pasado son -como las ásperas y tristes jornadas de nuestra vida. Alentados por -la esperanza, luchamos con todos los obstáculos, con la montaña, la -ciénaga y el yermo, para llegar ¿a qué? a la tumba y a sus bordes -pavorosos. ¡Oh! ¡Que no me abandone en la hora postrera la esperanza -en el Redentor y en Dios!» - -Descendimos del cerro, y de nuevo perdimos de vista el mar, -metiéndonos por barrancos y cañadas, donde había, de vez en cuando, -manchas de pinos. Continuando el descenso, acabamos por llegar a la -terminación de una larga y angosta ría, donde se alzaba una aldea; -a corta distancia, en la margen occidental de la ría, veíase una -población bastante mayor, que casi tenía derecho al nombre de ciudad. -Esta última era Corcubión; la primera, si no recuerdo mal, se llamaba -Ría de Silla. Nos apresuramos a llegar a Corcubión, y mandé al guía -que preguntase por el camino de Finisterre. Entró en una taberna, -de donde salía mucho bullicio, y a poco volvió diciéndome que el -pueblo de Finisterre distaba una legua y media de allí. Un hombre, en -manifiesto estado de embriaguez, apareció en la puerta, detrás de mi -guía. - -—¿Van ustedes a Finisterre, _cavalheiros_?—exclamó. - -—Sí, amigo mío—respondí—. ¡Allá vamos! - -—Entonces van ustedes a un _fato de borrachos_—replicó—. Tengan -cuidado no les hagan alguna mala partida. - -Seguimos adelante, y, luego de atravesar una península arenosa, a la -espalda de la ciudad, llegamos a la costa de una inmensa bahía, cuya -extremidad Noroeste la formaba el renombrado Cabo de Finisterre, que -se extendía ante nuestra vista mar adentro. - -Por una playa de arena de blancura deslumbradora avanzamos hacia -el Cabo, meta de nuestro viaje. El sol brillaba resplandeciente, -y sus rayos iluminaban todas las cosas. Delante de nosotros, el -mar parecía un espejo, y las olas que rompían en la costa eran -tan débiles que apenas levantaban un murmullo. Avivamos el paso, -siguiendo el profundo contorno de la bahía, dominada por montañas -gigantescas. Singulares recuerdos comenzaron a invadir mi espíritu: -en aquella playa, según la tradición de toda la antigua cristiandad, -Santiago, el Santo patrono de España, predicó el Evangelio a los -idólatras españoles. En aquella playa se alzaba en otro tiempo una -ciudad comercial inmensa, la más orgullosa de España. En la bahía, -hoy desierta, resonaban entonces millares y millares de voces, cuando -las naves y el comercio de todo lo descubierto de la tierra se -concentraban en Duyo. - -—¿Cómo se llama este pueblo?—pregunté a una mujer, al pasar por cinco -o seis casas ruinosas en el recodo de la bahía, antes de entrar en la -península de Finisterre. - -—Esto no es un pueblo—dijo la gallega—. Esto no es un pueblo, señor -caballero; es una ciudad, es Duyo. - -¡Tales son las glorias del mundo! ¡Aquellas chozas eran todo lo que -el rugiente mar y la garra del tiempo habían dejado de Duyo, la gran -ciudad! Y ahora, derechos a Finisterre. - -Al mediodía llegamos al pueblo de ese nombre, compuesto de un -centenar de casas y construído en el lado Sur de la península, -precisamente en el paraje donde el terreno se levanta para formar -la enorme y escarpada cabeza del Cabo. En vano buscamos una posada -o _venta_ donde encerrar el caballo; por un momento creímos haber -encontrado lo que buscábamos, y hasta llegamos a atar el caballo al -pesebre. Pero en cuanto salimos lo desataron, echándolo a la calle. -La poca gente que vimos nos observaba de un modo extraño. No hicimos -gran caso de estos detalles y continuamos calle arriba, hasta que nos -admitieron en casa de un comerciante castellano, a quien su suerte -había llevado a aquel rincón de Galicia, al fin del mundo. Lo primero -que hicimos fué echar un pienso al caballo, que ya daba señales de -estar muy cansado. Pedimos luego para nosotros algo de comer: como -una hora más tarde nos sirvieron un pescado de unas tres libras, -regularmente sabroso, muy fresco, condimentado para nosotros por una -vieja que desempeñaba las funciones de ama de gobierno. Terminada la -comida, salí con mi grotesco guía y me dispuse a subir a la montaña. - -Nos detuvimos a examinar un reducto o batería abandonada que mira a -la bahía, y, mientras estábamos en esto, reparé más de una vez que -también nosotros éramos objeto de curiosidad y acecho; en efecto, -a nuestro paso vislumbré más de una cara que nos atisbaba por -los huecos y hendiduras de las tapias. Comenzamos luego a subir -al Finisterre, trazando en sus vertientes graníticas numerosos y -largos _detours_. El sol estaba en lo más alto de su carrera, y sus -ardentísimos y furiosos rayos caían a plomo y nos asaeteaban. En la -subida se me destrozó el calzado y me corté los pies; el calor me -hacía sudar a chorros. Para mi guía, en cambio, la subida no era, -al parecer, fatigosa ni difícil. No le asustaba el calor del día, -ni una gota de sudor surcaba su curtido semblante, ni le faltaba el -resuello; brincaba de roca en roca con la irritante agilidad de una -cabra montés. Antes de llegar a la mitad de la subida me encontré -rendido por completo. Comencé a rilar y a tambalearme. - -—¡No tenga miedo!—dijo el guía—. Ahí se ve una cerca; échese un poco -a la sombra. - -Me pasó uno de sus largos y robustos brazos por la cintura, y, aunque -comparado conmigo parecía un enano, me sostuvo como a un chico -hasta llegar a una tosca valla que atravesaba la mayor parte de la -montaña y servía, probablemente, de lindero. Difícil fué encontrar -una sombra: descubrimos, por último, una pequeña hendidura, abierta -quizás por algún pastor para dormir en ella la _siesta_. Allí me -tendió el guía con mucho tiento, y, quitándose el enorme sombrero, -comenzó a abanicarme sin descanso. Fuí reviviendo por momentos, y, -después de descansar un rato muy largo, emprendí de nuevo la subida; -por fin llegué a la cumbre con ayuda del guía. - -Nos encontramos a gran altura entre dos bahías, con la vasta soledad -del mar delante de nosotros. De los diez mil barcos que anualmente -surcan aquellas aguas a la vista del Cabo, no se descubría entonces -ni uno solo. Era el mar un desierto azul brillante, del que, a -intervalos, emergía la negra cabeza de un cachalote arrojando dos -delgados chorros de agua. La bahía de Finisterre, la más grande de -las dos, resplandecía hasta su entrada con los bellos tornasoles de -un inmenso banco de _sardinhas_, en cuyos bordes estaba probablemente -el cachalote dándose un festín. Al otro lado del Cabo veíamos a -nuestros pies una bahía más pequeña, bordeada de rocas de formas -extrañas, que dominan la costa; esta bahía se llama en el lenguaje -del país _Praia do mar de fora_, y es lugar temible en días de -borrasca, cuando el oleaje del Atlántico penetra en ella y rompe -contra las rocas sumergidas que allí abundan. Aun en días de calma -resuena en aquella bahía un fragor cavernoso que llena el corazón de -inquietud. - -Descubríase por doquiera un panorama grandioso, sublime. Después de -contemplarlo desde la cima cerca de una hora, descendimos. - -Al llegar a la casa donde teníamos nuestro pasajero albergue, -hallamos ocupado el portal por unos cuantos hombres, echados algunos -en el suelo y bebiendo vino en unas pequeñas vasijas de barro muy -usadas en aquella parte de Galicia. Les saludé cortésmente al pasar -y subí al aposento donde comimos. En un tosco y sucio lecho que allí -había me arrojé rendido de cansancio. Resolví reposar un poco, y -por la noche reunir a la gente del pueblo y leerles unos capítulos -de la Escritura y dirigirles una ligera exhortación cristiana. Me -dormí pronto; pero mi sueño fué muy intranquilo. Veíame rodeado de -dificultades múltiples, entre peñascos y barrancos, luchando en vano -por libertarme. Rostros muy extraños se asomaban entre los árboles -o salían de las cavernas y sacaban una lengua bífida y arrojaban -gritos de cólera. Miré en torno buscando a mi guía, pero no le hallé; -me pareció, sin embargo, oír en lo hondo de un barranco una voz que -hablaba de mí. No sé cuánto hubieran durado estas pesadillas; pero, -de súbito, sentí que me agarraban con violencia por un hombro, y de -un tirón casi me arrastraron fuera de la cama. Desperté con gran -sorpresa, y a la luz del sol poniente vi inclinada sobre mí una -figura extraña y desconocida: era la de un hombre ya de edad, de -gigantesca talla, muy barbudo, con cejas grandes y frondosas, vestido -a lo pescador y con un fusil mohoso en la mano. - -YO.—¿Quién es usted, qué desea? - -EL HOMBRE.—Poco importa quién soy yo. Levántese y venga conmigo; le -necesito. - -YO.—¿Con qué autoridad se atreve usted a venir a molestarme? - -EL HOMBRE.—Con la autoridad de la _justicia_ de Finisterre. Sígame -sin resistencia, Calros, o será peor. - -—¿Calros?—dije yo—. ¿Qué significa esto? - -Me pareció, sin embargo, lo más prudente obedecer, y bajé la escalera -detrás de mi hombre. La tienda y el portal hallábanse atestados de -vecinos de Finisterre: hombres, mujeres y chicos; estos últimos -desnudos casi todos, chorreando agua, como si los hubieran llamado a -toda prisa de sus juegos en la orilla del mar. A través de aquella -multitud, el hombre que he tratado de describir se abrió paso con -ademán autoritario. - -Al llegar a la calle, posó sin violencia una de sus pesadas manos en -mi brazo. - -—¡Es Calros, es Calros!—gritó un centenar de voces—. Acaba de llegar -a Finisterre y la _justicia_ le ha prendido. - -Sin saber lo que todo aquello podía significar, seguí calle abajo -en compañía de mi singular conductor. La multitud que nos seguía -vociferando era cada vez más numerosa. Hasta sacaron los enfermos -a las puertas para que viesen lo que ocurría y echaran un vistazo -al temible Calros. Me admiró, sobre todo, el ardimiento de que dió -muestras un tullido, quien, a despecho de los ruegos de su mujer, se -mezcló con las turbas, y, aunque perdió la muleta, siguió adelante, -brincando con una sola pierna, mientras decía: - -—_¡Carracho! ¡También voy yo!_ - -Por fin llegamos a una casa un poco mayor que las demás; el guía me -introdujo en una sala baja, me colocó en el centro y volvió corriendo -a la puerta con ánimo de impedir el paso a la gente que pugnaba por -entrar con nosotros. No sin trabajo consiguió su propósito; una o dos -veces se vió en el caso de rechazar a culatazos a los intrusos. Me -puse entonces a examinar el aposento. Todo el mobiliario consistía -en unos cuantos toneles; había además en el suelo el mástil de una -lancha y una o dos velas. Sentados en los toneles estaban tres o -cuatro hombres, con toscos trajes de pescadores o de carpinteros -de ribera. El personaje principal era un individuo de unos treinta -y cinco años, de gesto avinagrado, _alcalde_ de Finisterre, según -averigüé después, y dueño de la casa en que nos encontrábamos. En un -rincón descubrí a mi guía; evidentemente estaba preso: dos robustos -pescadores, armado el uno con un fusil y el otro con un bichero, le -guardaban. Un minuto duró mi examen; el _alcalde_, atusándose las -patillas, me interrogó así: - -—¿Quién es usted, dónde está su pasaporte y a qué ha venido a -Finisterre? - -YO.—Soy un inglés, mi pasaporte es éste y he venido a ver Finisterre. - -Mi respuesta los desconcertó, al parecer, por breves momentos. -Miráronse unos a otros, y miraron mi pasaporte. Al cabo, el -_alcalde_, golpeándolo con un dedo, vociferó: - -—Este pasaporte no es español; parece que está escrito en francés. - -YO.—Ya le he dicho a usted que soy extranjero. Por eso traigo, como -es natural, pasaporte extranjero. - -EL ALCALDE.—Entonces quiere usted hacernos creer que no es _Calros -rey_. - -YO.—Nunca he oído hablar de ese rey ni he oído tal nombre. - -EL ALCALDE.—¡Miren qué sujeto! Se atreve a decir que no ha oído -hablar nunca de Calros el pretendiente, que se titula rey. - -YO.—Si ese Calros es el pretendiente don Carlos, todo lo que puedo -contestar es que no creo que hable usted en serio. Lo mismo podía -usted decir que ese pobre hombre, mi guía, a quien por lo visto han -hecho ustedes prisionero, es su sobrino, el _infante_ don Sebastián. - -EL ALCALDE.—¡Ah! Usted mismo se ha vendido; en efecto, por tal le -tenemos. - -YO.—Es verdad que los dos son jorobados; pero ¿en qué me parezco yo -a don Carlos? No tengo tipo español, y al pretendiente le llevo lo -menos la cabeza. - -EL ALCALDE.—Eso no le hace. Ya se sabe que usted lleva varios -chalecos consigo, y con ellos se disfraza, pareciendo más alto o más -bajo, según le acomoda. - -Esta razón era tan concluyente, que no supe contestar. El _alcalde_ -echó una mirada de triunfo en torno suyo, como si hubiese hecho un -gran descubrimiento. - -—Sí; ¡es Calros, es Calros!—decía la turba, agolpada en la puerta. - -—No estaría mal fusilar a estos dos hombres ahora mismo—continuó el -_alcalde_—; porque si no son los dos pretendientes, es seguro que los -dos son facciosos. - -—No estoy yo muy seguro de que sean ni una cosa ni otra—dijo una voz -bronca. - -La _justicia_ de Finisterre volvió los ojos hacia donde había -sonado la voz, y lo mismo hice yo. Nuestras miradas se posaron en -el individuo que guardaba la puerta; había plantado el cañón de la -escopeta en el suelo y apoyaba la barba en la culata. - -—No estoy muy seguro de que sean una cosa ni otra—repitió avanzando—. -He examinado a este hombre—dijo, señalándome—y escuchado su modo de -hablar, y me parece que es inglés; su cara y su voz lo dicen. ¿Quién -conoce a los ingleses mejor que Antonio de la Trava? ¿Quién tiene más -motivos para conocerlos? ¿No ha tripulado sus barcos, no ha comido su -galleta, y no estaba junto a Nelson cuando le mataron de un tiro? - -Al oírle, el _alcalde_ se enfureció. - -—Es tan inglés como tú—exclamó—. Si fuese inglés no habría -venido a escondidas ni por tierra; habría venido embarcado y con -recomendaciones para alguno de nosotros o para los catalanes; habría -venido a comprar o a vender; pero en Finisterre no le conoce nadie -ni conoce a nadie; además, lo primero que ha hecho al llegar aquí -ha sido inspeccionar el fuerte y subir a la montaña a trazar un -campamento, estoy seguro. ¿A qué iba a venir a Finisterre si no es -Calros ni un _bribón_ de _faccioso_? - -Comprendí que había gran parte de justicia en alguna de estas -observaciones, y por vez primera me di cuenta de la gran imprudencia -que había cometido metiéndome por parajes tan incultos y entre gentes -tan bárbaras, sin llevar pretexto alguno que pudiera justificar a sus -ojos mi viaje. Traté de convencer al _alcalde_ de que mi expedición -por aquel país no tenía otro fin que el de conocer las muchas cosas -notables que encierra y recoger noticias acerca del carácter y -condición de los habitantes. Pero estos motivos eran incomprensibles -para él. - -—¿A qué ha subido usted a la montaña? ¡Para ver el paisaje! -_¡Disparate!_ Hace cuarenta años que vivo en Finisterre y no he -subido nunca, ni subiría en un día como el de hoy aunque me diesen -dos onzas de oro. Ha venido usted a medir la altura y a replantear -un campamento. - -Encontré, sin embargo, un amigo resuelto en Antonio, el viejo, quien -insistió, fundándose en su conocimiento de los ingleses, en que muy -bien podía ser cierto cuanto yo decía. - -—Los ingleses—decía—no saben qué hacer con tanto dinero como tienen, -y andan de aquí para allá por todo el mundo, y a lo mejor pagan -carísimo lo que para la demás gente no vale un cuarto. - -Comenzó entonces, a pesar del enojo del _alcalde_, a examinarme de -inglés. Todos sus conocimientos en esta lengua se reducían a dos -palabras: _knife_ y _fork_, las cuales traduje a sus equivalentes -en español; el viejo me declaró inglés al instante, y blandiendo su -escopeta exclamó: - -—Este hombre no es Calros; es inglés, como tiene dicho, y el que -trate de molestarle se las entenderá con Antonio de la Trava, _el -valiente de Finisterre_. - -Nadie trató de impugnar ese fallo, y al fin resolvieron enviarme a -Corcubión para que me interrogara el _alcalde mayor_ del distrito. - -—Pero ¿qué hacemos con este otro individuo?—preguntó el _alcalde_ de -Finisterre—. Este, al menos, no es inglés. Tráele para acá y oigamos -lo que dice en su defensa. Vamos, hombre, ¿quién eres y quién es tu -amo? - -EL GUÍA.—Soy Sebastianillo, un pobre marinero licenciado de Padrón, -y mi amo, a la hora presente, es este caballero que está aquí, el -inglés más valiente y de más dinero del mundo. Tiene en Vigo dos -barcos cargados de riquezas. Ya se lo dije a ustedes antes, cuando me -prendieron en la posada. - -EL ALCALDE.—¿Y tu pasaporte? - -EL GUÍA.—Yo no tengo pasaporte. ¿Quién piensa en traer pasaporte a un -sitio como éste, donde no habrá dos personas que sepan leer? Yo no -tengo pasaporte; el de mi amo sirve también para mí. - -EL ALCALDE.—No tal; y puesto que no tienes pasaporte y confiesas que -te llamas Sebastián, vamos a fusilarte. Antonio de la Trava, tú y los -escopeteros os lleváis de aquí a este Sebastianillo y le fusiláis -delante de la puerta. - -ANTONIO DE LA TRAVA.—Con mucho gusto, _señor alcalde_, puesto que -usted lo manda. No tengo por qué tomarme ningún trabajo en favor de -este individuo. Es seguro que no es inglés; más trazas tiene de brujo -o de _nuveiro_, uno de esos demonios que levantan las tormentas y -hunden las lanchas. Además, dice que es de Padrón, y todos los de ese -pueblo son ladrones y borrachos. Una vez me jugaron una mala partida, -y no me disgustaría fusilar a todo el _pueblo_. - -Intervine yo entonces, y dije que si fusilaban al guía debían -fusilarme a mí también; ponderé la crueldad y barbarie de quitar la -vida a un pobre desdichado que, como se adivinaba al primer golpe de -vista, era medio tonto; añadí que si alguien tenía culpa en aquel -caso era yo, porque el otro no era más que un criado sometido a mis -órdenes. - -—Después de todo—dijo el alcalde—, me parece que lo mejor es enviar -a los dos presos a Corcubión para que el _alcalde mayor_ haga de -vosotros lo que le parezca. Pero tenéis que pagar la escolta; no -vayáis a figuraros que los vecinos de Finisterre no tienen cosa mejor -que hacer que ir de una parte a otra con cada individuo que se le -ocurra venir a esta ciudad. - -—De eso me encargo yo—dijo Antonio—. Soy el _valiente_ de Finisterre -y no me asusto de dos hombres. Además, estoy seguro de que el -capitán, aquí presente, me pagará lo que sea razonable, o dejaría de -ser inglés. Conque no perdamos tiempo, y en marcha para Corcubión, -que se hace tarde. Sin embargo, capitán, lo primero de todo es -registrarle a usted, y luego registraré el equipaje. Supongo que no -llevará usted armas; pero lo mejor es cerciorarse. - -Mucho antes de cerrar la noche, montado de nuevo en la jaca y -acompañado por el guía, emprendí a través de la playa el regreso -a Corcubión. Delante iba Antonio de la Trava, escopeta al hombro, -andando pesadamente. - -YO.—¿No le da a usted miedo, Antonio, ir solo con dos presos, uno de -ellos a caballo? Si quisiéramos, creo que podríamos más que usted. - -ANTONIO DE LA TRAVA.—Soy el _valiente de Finisterre_ y no me asusto -por eso. - -YO.—¿Por qué le llaman a usted el _valiente_ de Finisterre? - -ANTONIO DE LA TRAVA.—En todo el distrito se me conoce por ese nombre. -Cuando los franceses vinieron a Finisterre y destruyeron el fuerte, -tres murieron a mis manos. Yo estaba en lo alto de la montaña, adonde -ha subido usted hoy; desde allí hacía fuego sobre el enemigo, hasta -que tres soldados se lanzaron en mi persecución. ¡Qué locos! A dos de -ellos los eché a rodar entre las peñas con dos tiros de este fusil, y -al tercero le rompí la cabeza de un culatazo. Por esto me llaman el -_valiente_ de Finisterre. - -YO.—¿Y cómo fué usted a parar de marinero en la escuadra inglesa? Me -parece haberle oído decir que presenció usted la muerte de Nelson. - -ANTONIO DE LA TRAVA.—Sus compatriotas de usted me apresaron, capitán; -y como soy marinero desde la niñez, se mostraron muy satisfechos de -mis servicios. Nueve meses pasé con ellos, y estuve en Trafalgar. -Vi morir al almirante inglés. Usted se le parece algo en la cara, y -cuando le oigo a usted hablar me parece oír la voz del almirante. -Tengo cariño a los ingleses, y por eso le he salvado a usted. No -crea usted que me iba yo a cansar andando por estos arenales si -fuese usted un compatriota. Ya estamos en Duyo, capitán. ¿Tomamos un -reparillo? - -Así lo hicimos, o, mejor dicho, Antonio de la Trava se reparó -trasegando vaso tras vaso de vino con una sed, al parecer, -inextinguible. - -—El hombre que nos dijo que los borrachos de Finisterre nos harían -una mala partida era más brujo que yo—murmuró Sebastián, mi guía. - -Por fin, el veterano héroe del Cabo se levantó despacio y dijo que -debíamos darnos prisa para llegar a Corcubión antes de cerrar la -noche. - -—¿Qué clase de persona es el _alcalde_ a quien me lleva usted?—dije. - -—¡Oh! Es muy diferente del de Finisterre. Es un _señorito_ joven -llegado hace poco de Madrid. Ni siquiera es gallego. Es muy liberal, -y a órdenes suyas se debe principalmente que andemos por aquí tan -sobre aviso. Se dice que los carlistas piensan hacer un desembarco en -esta parte de la costa de Galicia. Que vengan siquiera a Finisterre; -allí somos todos liberales sin excepción, y el _valiente_, aunque -ya es viejo, está dispuesto a repetir lo que hizo en tiempo de los -franceses. Pues, como iba diciendo antes, el _alcalde_ a quien vamos -a ver es un joven muy instruído, y si quiere, puede hablar con usted -en inglés mejor aún que yo, eso que fuí amigo de Nelson y peleé a su -lado en Trafalgar. - -La noche cerró antes de llegar a Corcubión. Antonio se detuvo de -nuevo en una taberna y después nos condujo a casa del _alcalde_. -Su andar era ya muy poco seguro; al llegar a la puerta de la casa -tropezó en el umbral y se cayó al suelo. Se puso en pie, lanzando un -juramento, y al instante comenzó a aporrear la puerta con la culata -del fusil. «¿Quién es?»—preguntó al fin en gallego una suave voz de -mujer—. «El _valiente_ de Finisterre»—respondió Antonio—. Se abrió la -puerta y vimos ante nosotros una mujer bastante linda con una luz en -la mano. - -—¿Qué le trae por aquí tan tarde, Antonio?—preguntó. - -—Traigo dos prisioneros, _mi pulida_—respondió. - -—_¡Ave María!_—exclamó—. Supongo que no correremos peligro. - -—De uno respondo—replicó el viejo—; pero el otro es un _nuveiro_ y -ha hundido más barcas que todos sus hermanos de Galicia. Pero no -te asustes, preciosa—añadió al ver santiguarse a la mujer—; cierra -primero la puerta y llévame luego a donde esté el _alcalde_; tengo -mucho que contarle. - -Cerróse la puerta, y Antonio, después de ordenarnos permanecer en -el patio, subió, precedido de la muchacha, una escalera de piedra, -dejándonos en profundas tinieblas. - -Pasó un cuarto de hora; de nuevo vimos el fulgor de la luz en la -escalera, y la muchacha reapareció. Vino hacia mí y aproximándome al -rostro la luz, me miró con atención. Después de un minucioso examen, -se acercó a mi guía y le contempló con mayor detenimiento aún; -volvióse al fin a mí y dijo en el mejor español que pudo: «_Señor_ -caballero, le felicito a usted por tener un criado como éste. Es el -_mozo_ mejor parecido de toda Galicia. _¡Vaya!_ Con sólo que llevara -algo más de ropa y no fuese descalzo como va, ahora mismo le admitía -de _novio_; pero, desgraciadamente, he hecho voto de no casarme nunca -con un pobre, y sí sólo con quien tenga la bolsa bien repleta de -dinero y pueda comprarme buenos trajes. ¿De manera que son ustedes -carlistas? _¡Vaya!_ No crean que por eso voy a quererles mal; pero, -siendo carlistas, ¿por qué han ido ustedes a Finisterre, si allí -son todos _cristinos_ y _negros_? ¿Por qué no han ido ustedes a mi -pueblo? Allí nadie se hubiese metido con ustedes. Los de mi pueblo no -se parecen a esos borrachos de Finisterre. En mi pueblo no molesta -nadie a la gente de bien. _¡Vaya!_ No saben ustedes el odio que le -tengo a ese borracho de Finisterre que les ha traído. ¡Es tan viejo -y tan feo! Si no fuera por la ley que le tengo al _señor alcalde_, -abriría la puerta y le pondría en la calle a usted y a su criado, _el -buen mozo_.» - -En esto, bajó Antonio. «Sígame—dijo—; su merced el _alcalde_ está -dispuesto a recibirle al momento.» Sebastián y yo le seguimos -escaleras arriba, y entramos en un aposento, donde, sentado detrás -de una mesa, vimos a un joven de corta estatura, pero guapo de cara -y vestido a la última moda. Estaba escribiendo una carta, y cuando -terminó se la entregó a un secretario para copiarla. Entonces me miró -un instante fijamente y tuvimos la siguiente conversación: - -EL ALCALDE.—Ya veo que es usted inglés; aquí mi amigo Antonio me ha -dicho que le han detenido a usted en Finisterre. - -YO.—Le han dicho a usted la verdad; a no ser por él, creo que hubiera -perecido a manos de aquellos salvajes pescadores. - -EL ALCALDE.—Los habitantes de Finisterre son buena gente y muy -liberales todos. ¿Me permite usted ver el pasaporte? Sí; está en -regla. Es verdaderamente ridículo que le hayan detenido a usted -tomándole por carlista. - -YO.—No sólo por carlista, sino por don Carlos en persona. - -EL ALCALDE.—¡Oh!, es de lo más ridículo; ¡confundir a un compatriota -del gran Baintham con un bárbaro como ése! - -YO.—Dispense usted, señor: ¿de quien ha dicho usted? - -EL ALCALDE.—Del gran Baintham; el que ha inventado leyes para -el mundo entero. Espero verlas adoptadas dentro de poco en este -desgraciado país. - -YO.—¡Oh! Quiere usted decir Jeremías Bentham. Sí: un hombre muy -notable en su línea. - -EL ALCALDE.—¡En su línea! ¡En todas las líneas! Es el genio más -universal que ha producido el mundo: es un Solón, un Platón y un Lope -de Vega. - -YO.—No he leído sus obras; pero no dudo que sea un Solón, y hasta -un Platón, como usted dice. Lo que no podía figurarme es que se le -clasificara como poeta con Lope de Vega. - -EL ALCALDE.—¡Es asombroso! Por lo que veo, no ha leído usted nada -de él; en cambio, aquí estoy yo, un pobre _alcalde_ de Galicia, que -tiene todos los escritos de Baintham en ese estante y los estudia día -y noche. - -YO.—Conocerá usted el inglés, sin duda alguna. - -EL ALCALDE.—Sí tal; quiero decir, el inglés contenido en las obras -de Baintham. Celebro muchísimo ver a un compatriota suyo por estos -parajes tan bárbaros. Comprendo y aprecio los motivos que le han -traído a usted por aquí; disimule las groserías e insolencias que -haya sufrido. Ahora trataremos de repararlas en lo posible. Está -usted en libertad; pero como es tarde, le buscaré a usted alojamiento -para esta noche. Aquí al lado hay uno muy a propósito. Vamos allá -ahora mismo. Espere: ¿lleva usted un libro en la mano? - -YO.—El Nuevo Testamento. - -EL ALCALDE.—¿Qué libro es ése? - -YO.—Una parte de las Sagradas Escrituras, de la Biblia. - -EL ALCALDE.—¿Para qué lleva usted consigo ese libro? - -YO.—Uno de los motivos principales de mi visita a Finisterre era -llevar este libro a un sitio tan inculto. - -EL ALCALDE.—¡Ja, ja! ¡Qué rareza! Sí; ya caigo. He oído decir que -los ingleses aprecian mucho ese libro estrafalario. Es muy raro que -los contemporáneos del gran Baintham den valor alguno a ese librote -frailesco. - -Era ya muy entrada la noche; mi nuevo amigo me acompañó al -alojamiento que me había destinado, en casa de una anciana -respetable, donde hallé una habitación cómoda y limpia. Por el -camino deslicé en la mano de Antonio una propina, y al llegar a la -casa le regalé con toda solemnidad, y en presencia del _alcalde_, el -Testamento, rogándole que lo llevase a Finisterre y lo conservase -como recuerdo del inglés a quien había protegido con tanta eficacia. - -ANTONIO.—Así lo haré, y cuando los vientos del Noroeste no permitan -salir al mar, leeré en el regalo de su merced. Adiós, mi capitán; -cuando vuelva usted a Finisterre espero que vendrá en un buen barco -inglés, abarrotado de contrabando, y no por tierra en una jaca, ni en -compañía de _nuveiros_ y gente de Padrón. - -Al instante llegó la criada del _alcalde_ con una canasta que puso en -la cocina, y preparó una cena excelente para el amigo de su amo. - -Servida la cena, el _alcalde_ se despidió de mí, no sin preguntarme -en qué podía serme útil. - -—Mañana me vuelvo a Santiago—respondí—. Espero sinceramente que -alguna vez se me presentará ocasión de dar a conocer al mundo la -hospitalidad que he recibido de un hombre tan docto como el _alcalde_ -de Corcubión[25]. - - [25] El alcalde de Corcubión no necesitaba saber inglés para leer - a Bentham, porque desde 1820 a 1837 gran parte de sus escritos - se habían traducido y publicado en España. Las obras completas - fueron publicadas en español por Baltasar Anduaga Espinosa, - Madrid, 1841-1843, 14 vols. en 4.º El calificativo de «Solón - inglés» que Borrow pone en boca del alcalde está tomado de un - artículo del _Monthly Magazine_, que Borrow conocía bien. Su - indiferencia por Bentham nace de la secreta hostilidad que Borrow - profesaba al Dr. Bowring, uno de los agentes principales de la - introducción de las obras de Bentham en la Península. (Knapp.) - - - - -CAPÍTULO XXXI - - La Coruña.—Paso de la bahía.—El Ferrol.—El - astillero.—¿Dónde estamos?—El embajador griego.—A la luz - de un farol.—El barranco.—Viveiro.—La noche.—Ciénagas y - tremedales.—Buenas palabras y buena moneda.—La cincha de - cuero.—Ojos de lince.—El bribón del guía. - - -Desde Corcubión volví a Santiago y La Coruña, y comencé los -preparativos del viaje a Asturias. En Santiago vendí el caballo -andaluz. Los viajes por Galicia le habían quebrantado mucho, y me -pareció incapaz de hacer las largas caminatas por país montañoso que -me aguardaban. La escasez de caballos en La Coruña era tan grande, -que no me fué difícil vender el mío por mucho más dinero del que me -costó. Un comerciante de La Coruña, joven y rico, se enamoró de su -pelo lustroso y de la largura de su crin y de su cola. Por mi parte -tenía más de un motivo para alegrarme de venderlo: estaba resabiado -y sin domar, y no hacía más que buscarme cuestiones en las cuadras -de las _posadas_ donde parábamos a dormir o a comer. Un labrador de -Castilla la Vieja, a cuya jaca trató de mala manera mi caballo, me -decía en cierta ocasión: - -—Señor caballero, si se quiere usted bien o en algo se respeta, -deshágase de ese animal, que puede ser su perdición; créame usted. - -En La Coruña se quedó, donde murió del muermo, según supe más tarde. -¡Paz a su memoria! - -Crucé la bahía para ir de La Coruña a El Ferrol. Antonio, con el -caballo que nos quedaba, fué por tierra, viaje fatigoso y largo, bien -que por mar sólo haya tres leguas. Me mareé mucho en la travesía, -y tuve que ir echado, casi sin sentido, en el fondo de la pequeña -lancha en que me embarqué, abarrotada de gente. El viento era -contrario y la marejada muy fuerte. No pudimos izar la vela; cinco o -seis marinerotes nos llevaron a remo, y en todo el tiempo no cesaron -de cantar canciones gallegas. De pronto, el mar pareció serenarse -y el mareo se me quitó de golpe. Me puse en pie y miré en torno. -Estábamos en uno de los parajes más raros que pueden imaginarse: -era un largo y angosto pasadizo, dominado en ambas márgenes por una -estupenda barrera de rocas negras y amenazadoras. Esa hendidura -natural de la línea de la costa es tan regular y tan recta, que no -parece obra del azar, sino hecha a propósito. Las aguas, sombrías -y quietas, son de inmensa profundidad. El paso tendrá una milla -de largo, y es la entrada de un ancho fondeadero, en cuyo extremo -opuesto se alza la ciudad de El Ferrol. - -Apenas entré en esta ciudad se apoderó de mi alma la tristeza. La -hierba crecía en las calles; por todas partes me daban en cara las -huellas de la miseria. El Ferrol es el gran arsenal marítimo de -España, y participa en la ruina de la en otro tiempo espléndida -marina española. Ya no pululan en él aquellos millares de carpinteros -de ribera que construían las largas fragatas y los tremendos navíos -de tres puentes, destruídos casi todos en Trafalgar. Tan sólo unos -pocos obreros mal pagados y medio hambrientos desperdician allí -las horas, y apenas sirven para reparar tal cual _guardacostas_ -desmantelado por los tiros de alguna goleta inglesa contrabandista -de Gibraltar. La mitad de los habitantes de El Ferrol pide limosna; -y dícese que no es raro encontrar entre ellos oficiales de marina -retirados, muchos de ellos inválidos, a quienes se deja perecer en -la indigencia, ya que, por la penuria de los tiempos, cobran sus -sueldos y pensiones con tres o cuatro años de retraso. Una turba de -pordioseros importunos me siguió hasta la _posada_ y aún intentó -penetrar en mi habitación. - -—¿Quién es usted?—pregunté a una mujer postrada a mis plantas, que -conservaba en el rostro huellas evidentes de un pasado mejor. - -—Soy la viuda—me respondió en muy buen francés—de un valeroso oficial -que fué en otros tiempos almirante de este puerto. - -En ninguna parte se manifiestan la miseria y la decadencia de la -moderna España con tanta fuerza como en El Ferrol. - -Con todo, hay aquí todavía mucho que admirar. A pesar de su -desolación actual, hay en El Ferrol algunas calles buenas y no pocas -casas muy hermosas. La _alameda_ es una plantación de un millar de -olmos próximamente, casi todos magníficos; los pobres ferrolanos, -con el genuino espíritu localista tan dominante en España, se jactan -de que su ciudad posee un paseo público mejor que el de Madrid, y al -compararle con el _Prado_ hablan de éste con no disimulado desprecio. -En un extremo de la _alameda_ se levanta la única iglesia que hay en -El Ferrol; la visité al día siguiente de mi llegada, que fué domingo. -Los fieles, aldeanos casi todos, no cabían en ella, y con la cabeza -descubierta permanecían de hinojos delante de la puerta, ocupando -buen trecho del paseo. - -Paralelo a la _alameda_ corre el muro del arsenal y del astillero. -Varias horas gasté en la visita de esos lugares, provisto del -indispensable permiso escrito del capitán general de El Ferrol; -al visitarlos quedé lleno de admiración. Yo he visto los reales -astilleros de Rusia y de Inglaterra; pero, en cuanto a la grandeza -del plan y a la suntuosidad de la ejecución, no pueden ni por un -momento compararse con estos maravillosos monumentos del extinguido -esplendor naval de España. No me propongo describirlos; baste decir -que el fondeadero oval, rodeado de un muelle de granito, tiene -capacidad bastante para cien navíos de primer orden; pero en lugar -de tal fuerza sólo había allí una fragata de sesenta cañones y dos -bergantines; a tan insignificante número de barcos se halla reducida -actualmente la marina de España. - -Dos o tres días llevaba yo en El Ferrol aguardando a Antonio, y no -acababa de llegar; al fin, según estaba yo al caer de una tarde -avizorando la calle, le vi venir, llevando por el diestro a nuestro -único caballo. Me contó que a unas tres leguas de La Coruña, el -caballo, agobiado por el calor y por las moscas, se había caído al -suelo con una especie de ataque, del que sólo había vuelto a fuerza -de copiosas sangrías, razón por la que tuvo que detenerse un día -más en el camino. El caballo estaba, en efecto, muy débil; tenía -un estertor que al principio me alarmó; pero le administré unas -medicinas, y a los pocos días me pareció bastante restablecido para -continuar el viaje. - -Partimos, por tanto, de El Ferrol, después de alquilar una jaca -para mí y de ajustar un guía que nos llevase a Ribadeo, a veinte -leguas de El Ferrol, en los confines de las Asturias. El día, al -principio, estuvo despejado; pero antes de llegar a Novales, a tres -leguas de camino, se obscureció el cielo y cayó la niebla, acompañada -de llovizna. El país que atravesábamos era muy pintoresco. A eso de -las dos de la tarde divisamos entre la niebla, a nuestra izquierda, -Santa Marta, pequeña ciudad de pescadores, con una hermosa bahía. -Siguiendo a lo largo de la cima de una cadena de montañas entramos en -un castañar que parecía inacabable; la lluvia continuaba, repicando -sin cesar en las anchas hojas verdes. - -—Ya empiezan las lluvias del otoño—dijo el guía—. Mucho se van -ustedes a mojar, mis amos, antes de llegar a Oviedo. - -—¿Ha estado usted alguna vez en Oviedo?—pregunté. - -—No; sólo he llegado hasta Ribadeo, y para eso nada más que una -vez. Hablando con franqueza, no sé cómo nos arreglaremos al llegar -a los descampados que hay aquí cerca; de noche, y con lluvia, será -muy difícil encontrar el camino. Quisiera estar ya de vuelta en El -Ferrol, porque este camino, el peor de Galicia por muchas razones, -no me gusta; pero donde va la jaca de mi amo allí tengo yo que ir -también: tal es la vida para nosotros los guías. - -Me encogí de hombros al recibir esas noticias, poco agradables en -verdad, y di la callada por respuesta. - -Por fin, al cerrar la noche, salimos del bosque, y a poco descendimos -a un profundo valle, al pie de elevadas montañas. - -—¿Dónde estamos ahora?—pregunté al guía, a punto que, en el fondo -del valle, salvábamos por un tosco puente un arroyuelo ruidoso y -espumante, engrosado por las lluvias. - -—En el valle de Coisa Doiro—replicó—; mi opinión es que pasemos aquí -la noche para no aventurarnos en los montes por donde pasa el camino -de Viveiro, porque entrar en ellos y perdernos va a ser todo uno, y -entonces _¡adiós!_, morimos todos. - -—¿Hay algún pueblo por aquí cerca? - -—Sí, señor; el pueblo está enfrente de nosotros, y dentro de un -instante llegaremos a él. - -A poco entramos en una aldea que se alzaba, entre árboles altísimos, -a la entrada del desfiladero. - -Antonio se apeó, entró en dos o tres chozas y volvió en seguida, -diciendo: - -—No podemos quedarnos aquí, _mon maître_, sin que nos coma la -miseria; mejor estaremos entre esos cerros. No hay ni lumbre ni luz -en estas chozas y la lluvia cala los techos. - -El guía, sin embargo, se negó a continuar. - -—Con luz del día me costaría trabajo encontrar el camino—gritó -malhumorado—; peor será de noche, con tormenta y _bretima_. - -Adquirimos un poco de vino y de pan de maíz en una de las chozas, y -mientras comíamos, Antonio dijo: - -—_Mon maître_, lo mejor que en esta situación podemos hacer es -ajustar a cualquiera de este pueblo para que nos lleve por esas -montañas a Viveiro. Aquí no hay camas, y si nos echamos en la paja, -con los vestidos mojados, atraparemos una terciana gallega. El guía -que traemos no sirve para nada; vamos a buscar uno que le sustituya. - -Sin aguardar respuesta, arrojó la corteza de _broa_ que estaba -comiendo y desapareció. Se encaminó, como más adelante supe, a la -choza del _alcalde_, y le pidió, en nombre de la reina, un guía para -el embajador griego, que se había extraviado camino de Asturias. -Volvió a los diez minutos en compañía de la autoridad local, quien, -con gran sorpresa de mi parte, me hizo una profunda reverencia y -permaneció con la cabeza descubierta bajo la lluvia. - -—Su excelencia—exclamó Antonio—necesita un guía para ir a Viveiro. -Las personas de nuestra clase no están obligadas a pagar los -servicios que necesiten; sin embargo, su excelencia es de entrañas -compasivas y dará gustoso tres _pesetas_ a cualquier persona -competente que le acompañe a Viveiro, y todo el pan y el vino que -quiera comer y beber al llegar. - -—Su excelencia será servido—respondió el _alcalde_—. Sin embargo, -como el camino es largo y difícil y en la montaña hay mucha -_bretima_, me parece que, además del pan y del vino, su excelencia -no debe ofrecer menos de cuatro _pesetas_ al guía que le lleve a -Viveiro, y no conozco ninguno mejor que mi yerno, Juanito. - -—Concedido, _señor alcalde_—repliqué yo—. Traiga usted el guía, y la -peseta de aumento saldrá también a relucir en sazón oportuna. - -No tardó en aparecer Juanito con un farol en la mano. Partimos al -instante. Los dos guías empezaron a hablar en gallego. - -—_Mon maître_—dijo Antonio—, este nuevo tunante le está preguntando -al otro qué traemos, a su parecer, en las maletas. - -Luego, sin esperar mi respuesta, gritó:—¡Pistolas, bárbaros; -pistolas!, como vais a saber a costa vuestra si no dejáis esa -jerigonza y habláis en castellano. - -Callaron los gallegos, y al instante el primer guía se quedó atrás, -mientras el otro abría la marcha, farol en mano. - -—Quédate atrás y muy separado—dijo Antonio al primero—. Te advierto, -además, que veo lo mismo detrás que delante. _Mon maître_—continuó -dirigiéndose a mí—, no creo que estos individuos traten de hacernos -daño, sobre todo porque no se conocen; pero bueno será que vayan -separados, porque el lugar y la hora son tentadores para cometer un -robo o una muerte. - -Seguía lloviendo sin cesar; el camino era escabroso y muy pendiente, -y la noche tan obscura, que apenas veíamos la masa confusa de las -montañas circundantes. Una o dos veces nuestro guía pareció perder el -camino: se detenía, hablaba entre dientes, alzaba en alto el farol y -luego seguía adelante despacio e indeciso. De esta manera anduvimos -tres o cuatro horas; al cabo pregunté al guía cuánto faltaba para -Viveiro. - -—No sé a punto fijo dónde estamos—respondió—, aunque creo que no nos -hemos perdido. De todos modos, podemos estar escasamente a menos de -dos leguas cortas de Viveiro. - -—Entonces no llegamos antes de salir el sol—interrumpió Antonio—, -porque una legua corta de Galicia equivale lo menos a dos de -Castilla, y acaso estamos destinados a no llegar nunca si el camino -va por ese precipicio. - -Al tiempo que hablaba comenzó el guía a bajar por un barranco que -parecía llevar a las entrañas de la tierra. - -—¡Alto!—dije yo—. ¿Adónde vas? - -—A Viveiro, _senhor_—replicó el hombre—; éste es el camino de -Viveiro; no hay otro. Ahora ya sé dónde estamos. - -La luz del farol cayó sobre las curtidas facciones del guía al -volverse para contestar, según estaba un poco por bajo de nosotros en -la vertiente del barranco, poblada de gruesos árboles, debajo de cuya -bóveda frondosa descendía un sendero de pavorosa pendiente. Me apeé -de la jaca, y entregando las riendas al otro guía dije: - -—Aquí tienes el caballo de tu amo; llévalo por el despeñadero abajo -si quieres; pero yo me lavo las manos en el asunto. - -El hombre, sin responder palabra, montó de un salto, y diciéndole a -la jaca: _¡Vamos, Perico!_, empezó a bajar. - -—Venga, _senhor_—decía el del farol—; no hay tiempo que perder; la -luz se va a apagar muy pronto, y estamos en lo peor de todo el camino. - -Pensé en la probabilidad de que el guía nos llevase a una cueva de -forajidos, donde nos degollarían; pero, cobrando ánimos, me agarré a -la brida de nuestro caballo y seguí al hombre aquel por el barranco -abajo, entre peñas y zarzas. Duró el descenso unos diez minutos, y -antes de llegar al final se apagó la luz y quedamos en casi total -obscuridad. - -El guía nos animaba diciendo que no había peligro, y al fin llegamos -al fondo del barranco, por donde corría un riachuelo. Le vadeamos -con agua hasta las rodillas. Estando en el agua, alcé los ojos y -vislumbré un pedazo de cielo a través de las ramas de los árboles -que por todas partes cubrían las empinadas vertientes del barranco -y abovedaban el cauce del arroyo. Jamás viajero descarriado se ha -visto en un sitio tan extraño ni de tales lobreguez y horror. Después -de una breve pausa, empezamos a escalar la vertiente opuesta, menos -escarpada que la otra, y en pocos minutos llegamos a la cima. - -Poco después amainó la lluvia, salió la luna, y algunos de sus -débiles rayos perforaron la húmeda gasa de la niebla. El camino era -ya menos pendiente. A las dos horas descendimos al borde de una vasta -ensenada, y la costeamos hasta un sitio donde había muchos botes -y lanchas volcados en la arena. Al instante vimos ante nosotros -los muros de Viveiro, sobre los que derramaba la luna un débil -resplandor. Entramos por una puerta abovedada, alta y, al parecer, -ruinosa, y el guía nos condujo al momento a la _posada_. - -Todo el mundo estaba en Viveiro sepultado en profundo sueño; ni -siquiera un perro nos saludó con sus ladridos. Después de mucho -llamar, nos abrieron en la _posada_, edificio grande y ruinoso. -Apenas estuvimos alojados hombres y caballos, la lluvia comenzó de -nuevo con mayor furia que antes, con gran aparato de relámpagos y -truenos. Antonio y yo, rendidos de cansancio, nos acostamos en unas -malas camas dispuestas en un aposento ruinoso, en el que penetraba -la lluvia por una porción de grietas; los guías se quedaron comiendo -pan y bebiendo vino hasta la mañana. - -Al levantarme, la vista de un día despejado me llenó de contento. -Antonio preparó en seguida un sabroso desayuno de gallina estofada, -que nos vino muy bien después de las diez leguas de viaje del día -anterior por los caminos que he intentado describir. Fuimos luego -a dar una vuelta por la población, que consiste en poco más de -una calle larga, en la falda de un empinado cerro, muy poblado de -bosque y árboles frutales. A eso de las diez proseguimos el viaje, -acompañados por el primer guía; el otro se había vuelto a Coisa Doiro -unas horas antes. - -Aquel día caminamos casi siempre a la vista de la costa cantábrica, -siguiendo su contorno. El país era estéril, cubierto en muchos sitios -de grandes pedruscos; encontramos, sin embargo, algunos pedazos de -tierra cultivada, plantados de viñedo. Vimos muy pocas viviendas -humanas; con todo, el viaje fué placentero, gracias al esplendente -sol, que alegraba con sus rayos los agrestes yermos y brillaba en la -superficie del lejano mar, dormido en apacible calma. - -Al caer la tarde estábamos en las inmediaciones de la costa, con una -cadena de montañas cubiertas de bosque a nuestra derecha. El guía nos -llevó hacia una ensenada de bordes pantanosos, y a poco se detuvo y -declaró que ya no sabía adónde nos llevaba. - -—_Mon maître_—dijo Antonio—, lo mejor es que guiemos nosotros mismos; -como usted ve, de nada sirve fiarse de este individuo, que sólo sabe -meter a la gente en los cenagales. - -Volvimos atrás, y dando la vuelta a la ciénaga en un trecho -considerable, llegamos a un angosto sendero; nos metimos por él, -hasta dar en un bosque muy espeso, donde al instante nos perdimos por -completo. Vagamos entre los árboles mucho tiempo; de pronto oímos -ruido de agua, y un momento después el fragor de un rodezno. Guiados -por el ruido, descubrimos un pequeño molino de piedras construído -sobre un arroyo: allí nos detuvimos y llamamos; pero sin obtener -respuesta. - -—Aquí no hay nadie—dijo Antonio—. Pero este sendero nos llevará, -seguramente, a sitio habitado. - -Echamos por él, y a los diez minutos estábamos a la puerta de una -choza, dentro de la que se veía luz. Antonio se apeó y abrió la -puerta. - -—¿Hay aquí alguien que quiera llevarnos a Ribadeo?—preguntó. - -—_Senhor_—respondió una voz—, de aquí a Ribadeo hay cinco leguas -largas, y hay que cruzar además un río. - -—Entonces hasta el pueblo más próximo—continuó Antonio. - -—Yo soy _vecino_ del pueblo inmediato, que está en el camino de -Ribadeo—dijo otra voz—, y les llevaré a ustedes allá si me dan buenas -palabras y, lo que es mejor, buenas monedas. - -Al decir esto salió de la choza un hombre con un palo grueso en la -mano. Echó a andar resueltamente a paso largo delante de nosotros, y -en menos de media hora nos sacó del bosque. En otra media hora nos -llevó a un grupo de casucas situadas cerca del mar; nos señaló una de -ellas, y, guardándose una peseta que le di, se despidió. - -Los moradores de la casa consintieron de buen grado en albergarnos -aquella noche. La vivienda era mucho más limpia y cómoda que la -generalidad de las miserables chozas de los campesinos gallegos. El -piso bajo consistía en una troje y una cuadra; encima había un desván -muy capaz con algunas camas de borra limpias y cómodas. Vi también -algunos mástiles y velas de botes. La familia se componía de dos -hermanos con sus mujeres e hijos. Uno era pescador; pero el otro, que -era el principal de la familia, me dijo que había residido muchos -años en Madrid sirviendo, y que, reunida una pequeña suma, se volvió -al pueblo natal, donde compró un poco de tierra, de cuyo cultivo -vivía. Toda la familia hablaba usualmente el castellano, y, según me -dijeron, no se habla mucho gallego por aquellas partes. He olvidado -el nombre del pueblo, situado en el estuario del Foz, que baja de -Mondoñedo. Por la mañana cruzamos el estuario en una barcaza con los -caballos, y al mediodía llegamos a Ribadeo. - -—Ya ve su merced—me dijo el guía que traíamos desde El Ferrol—que he -cumplido mi ajuste y que el viaje ha sido muy duro; espero que su -merced nos permitirá a _Perico_ y a mí pasar la noche a su costa en -esta posada, y mañana nos volveremos; ahora estamos muy cansados. - -—Nunca he montado una jaca mejor que _Perico_, ni he tropezado con un -guía peor que usted. No conoce usted el terreno, y no ha hecho más -que buscarnos dificultades. Sin embargo, quédese aquí esta noche, si -está cansado, como dice, y mañana puede volverse al Ferrol, donde le -aconsejo que se dedique a otro oficio. - -Esto se lo dije a la puerta de la _posada_ de Ribadeo. - -—¿Llevo los caballos a la cuadra?—preguntó. - -—Como usted quiera. - -Antonio le miró un momento, según se alejaba con los caballos, y, -moviendo la cabeza, le siguió con cautela. Al cuarto de hora volvió -sonriente, cargado con la montura de nuestro caballo. - -—_Mon maître_—dijo—, durante todo el viaje he ido formando muy mala -opinión del guía; pero ahora acabo de descubrir que si ha pedido -permiso para quedarse aquí ha sido con idea de robarnos algo. Andaba -muy solícito con nuestro caballo en la cuadra, y ahora echo de menos -la cincha de cuero nueva que tanto le llamaba la atención estos días. -Ya la habrá escondido no sé dónde; pero le tenemos seguro, porque aún -no ha cobrado el alquiler de la jaca ni la propina. - -En esto volvió el guía. Los pícaros son siempre suspicaces. El hombre -nos echó una ojeada, y notando acaso en nuestros rostros algo que no -le gustó, dijo de súbito: - -—Déme usted el alquiler del caballo y mi _propina_; _Perico_ y yo nos -vamos al momento. - -—¿Cómo es eso?—respondí—. Yo creía que usted y _Perico_ estaban -cansados y que pasarían aquí la noche; pronto se han repuesto ustedes -del cansancio. - -—Lo he pensado mejor—dijo el hombre—. Mi amo se enfadaría si pierdo -tiempo aquí. Así que págueme y nos iremos. - -—Descuide usted—respondí—. Voy a pagarle, puesto que lo desea. ¿Está -completa la montura? - -—Sí, señor; se la he entregado a su criado. - -—Todo está aquí—dijo Antonio—, menos la cincha de cuero. - -—Yo no la tengo—replicó el guía. - -—Claro está que no—contesté—. Vamos a la cuadra; quizás la -encontremos allí. - -Fuimos a la cuadra, y, aunque buscamos mucho, la cincha no pareció. - -—La lleva rodeada a la cintura, debajo del pantalón, _mon -maître_—dijo Antonio, cuyos ojos de lince lo escudriñaban todo—. Pero -no nos demos por enterados; estas gentes son paisanos suyos y acaso -se pondrían de su parte si intentásemos apoderarnos de él. Ya le digo -que le tenemos en nuestro poder, porque no le hemos pagado. - -El prójimo empezó entonces a hablar en gallego con los circunstantes -(se habían congregado varias personas), diciendo que el _Denho_ -le llevase si sabía algo de la cincha perdida; pero nadie parecía -inclinado a ponerse de su parte, y los oyentes se limitaban a -encogerse de hombros. Volvimos al portal de la posada, clamando el -guía por el precio del alquiler y la _propina_. No le respondí, y -acabó por marcharse, amenazándonos con acudir a la _justicia_; a los -diez minutos volvió corriendo con la cincha en la mano. - -—Acabo de encontrarla en la calle—dijo—. Su criado la habrá perdido. - -Tomé la cincha y me puse a contar muy despacio la cantidad a que -ascendía el alquiler del caballo; después de entregársela delante de -testigos, dije: - -—Durante todo el viaje no nos ha servido usted de nada; sin embargo, -ha disfrutado del mismo trato que nosotros, y ha comido y bebido a -su antojo: tenía intención de darle a usted dos duros de _propina_; -pero en vista de que a pesar de lo bien que le hemos tratado ha -querido usted robarnos, no le doy ni un _cuarto_; conque váyase a sus -negocios. - -Todos los presentes aprobaron esta sentencia, y le dijeron que tenía -su merecido y que era la deshonra de Galicia. Dos o tres mujeres se -santiguaron y le preguntaron si no temía que el _Denho_, a quien -había invocado, se lo llevase. Por último, un hombre de presencia -respetable le dijo: - -—¿No se avergüenza usted de haber querido robar a dos extranjeros -inocentes? - -—¡Extranjeros!—rugió el guía, que echaba espuma de rabia—¡inocentes -extranjeros, _carracho_! Más saben de España y de Galicia que todos -nosotros juntos. ¡Oh! _Denho_, el criado no es un hombre, es un -brujo, un _nuveiro_. ¿Dónde está _Perico_? - -Montó en su jaca y se fué en seguida a otra posada; pero la historia -de su picardía corrió más que él, y no quisieron admitirlo en ninguna -parte; volvió sobre sus pasos, y, al verme asomado a la ventana de -la casa, lanzó un grito salvaje, me amenazó con el puño y salió al -galope de la ciudad, perseguido por los gritos y los insultos de la -gente. - - - - -CAPÍTULO XXXII - - Martín de Ribadeo.—La yegua facciosa.—Los - asturianos.—Luarca.—Las siete bellotas.—Los - ermitaños.—Narración de un asturiano.—Unos huéspedes - raros.—El criado gigante.—Batuschca. - - -¿Qué se le ofrece a usted?—pregunté a un individuo bajo, grueso, -de alegre rostro, vestido con una chaqueta de pana y pantalones de -lienzo ordinario, que se presentó en mi habitación al obscurecer. - -—Soy Martín de Ribadeo—contestó—, de oficio _alquilador_. He oído -que su merced necesita un caballo para ir a Asturias, con un guía, -naturalmente; si es así, le aconsejo que me ajuste a mí y a mi yegua. - -—Ya estoy cansado de guías—repliqué—; tanto, que estaba pensando -comprar una jaca y seguir adelante sin guía ninguno. El último que -hemos tenido era un pillo. - -—Eso me han dicho, y no ha sido poca suerte para ese _bribón_ que -no estuviese yo en Ribadeo cuando ocurrió el suceso a que alude su -merced. Al volver, ya se había ido con _Perico_; que si no, de -seguro le sangro. Es la vergüenza del oficio, uno de los más honrados -y antiguos del mundo. Al mismo _Perico_ debía darle vergüenza de él, -porque _Perico_, aunque sea una jaca, es persona muy cabal y de gran -talento, conocidísima en los caminos. Sólo mi yegua le aventaja. - -—¿Conoce usted bien el camino de Oviedo?—pregunté. - -—No, señor; sólo le conozco hasta Luarca, que es un día de viaje. -No le quiero engañar a usted; por tanto, sólo iré con ustedes hasta -ese pueblo; pero quizás podría servirles para todo el viaje, pues si -no conozco el terreno, tengo lengua en la boca y pies ligeros para -hacer preguntas y correr. De todos modos, no me comprometo más que -hasta Luarca, donde ustedes harán lo que gusten. Deseo acompañarles a -ustedes porque son extranjeros y la conversación de los extranjeros -me gusta: siempre se aprende algo útil o entretenido. Además, deseo -que ustedes se convenzan de que no todos los guías de Galicia son -ladrones, y se convencerán con que me dejen acompañarles hasta Luarca. - -Me chocaron tanto el buen humor y la franqueza de aquel hombre, y, -sobre todo, la originalidad de carácter que descubrían sus palabras, -que de buen grado le ajusté para que nos sirviera de guía hasta -Luarca; cerrado el trato, me dejó, prometiendo venir a buscarme con -la yegua a las ocho de la mañana siguiente. - -Ribadeo es uno de los principales puertos de Galicia, admirablemente -situado para el comercio en una profunda ensenada, donde desemboca el -Eo. Contiene muy buenos edificios y una amplia _plaza_ plantada de -árboles. Había anclados en la rada varios navíos; la población, más -bien numerosa, no mostraba aquella miseria y tristeza que acababa de -ver en los ferrolanos. - -Al día siguiente, Martín de Ribadeo se presentó con la yegua a -la hora convenida. La yegua era flaca y macilenta y tenía poca -más alzada que una jaca; pero era muy limpia de remos, y Martín -aseguraba que no había otra mejor en toda España. «Esta yegua es -facciosa—decía—, creo que alavesa. Los carlistas la trajeron, y como -se quedó coja la desecharon y yo la compré por un duro. Pero ya no -está coja, como verán ustedes muy pronto.» - -Habíamos llegado a la ría que divide Galicia y Asturias. Una barcaza -nos esperaba como a dos varas de la orilla. Martín se acercó al -agua con su yegua, la animó con un grito, y sin vacilación alguna -el animal se lanzó de un brinco a la barca. «Ya les he dicho que es -_facciosa_—dijo Martín—. Sólo un animal faccioso da este salto.» - -Embarcados en la lancha, cruzamos la ría, que tendría por allí una -milla de anchura, y tomamos tierra en Castropol, primera ciudad -de Asturias. Monté entonces en la yegua facciosa y Antonio en mi -caballo. Martín iba delante, bromeando con cuantas personas se -encontraba, y a veces nos alegraba el camino con sus canciones. - -Estábamos ya en Asturias; al mediodía llegamos a Navia, pueblecito -de pescadores situado en una _ría_; en las inmediaciones se alzan, -formando semicírculo, unas ásperas montañas llamadas Sierra de -Burón. En la rada había un barquichuelo, procedente, según averigüé -más tarde, de las provincias Vascongadas, para cargar sidra o -_sagardúa_, la bebida de que tanto gustan los vascos. Cuando íbamos -por la angosta calle del pueblo, tres hombres, zapateros al parecer, -sentados en una tiendecilla, saludaron a Antonio con un _¡Hola!_ -Detúvose a conversar con ellos, y cuando se reunió con nosotros en -la _posada_ le pregunté quienes eran. «_Mon maître_—dijo—, _ce sont -des messieurs de ma connaissance_.» He sido compañero de servicio de -los tres varias veces; y de antemano le digo a usted que en este país -apenas hay un pueblo donde no tenga yo un amigo. Todos los asturianos -van a Madrid en cierta época de su vida en busca de colocación, y -cuando han arañado algún dinero se vuelven a su país. Como yo he -servido en todas las casas grandes de Madrid, conozco a la mayor -parte de ellos. No tengo nada que decir contra los asturianos, salvo -que son tacaños y mezquinos mientras están sirviendo; pero no son -ladrones, ni en su país ni fuera de él, y he oído decir que se puede -atravesar Asturias de punta a punta sin el menor riesgo de que le -roben o le maltraten a uno, cosa que no sucede en Galicia, donde a -cada momento estábamos expuestos a que nos cortaran el cuello. - -Salimos de Navia y seguimos adelante, a través de una comarca -desolada, hasta el puerto de Baralla, en una ingente barrera de -granito, desnuda de toda vegetación, aunque desde lejos aparezca de -un ligero color verde. - -—Este puerto—dijo Martín de Ribadeo—tiene muy mala fama, y no me -gustaría atravesarlo de noche. Aquí no hay ladrones, sino algo peor, -los _duendes_ de dos frailes franciscanos. Cuentan que en tiempos -antiguos, mucho antes de suprimirse los conventos, dos frailes -franciscanos salieron de su convento a mendigar. Recogieron muchas -limosnas, y cuando al cerrar la noche pasaban por aquí, camino de -su convento, disputaron sobre cuál de los dos había recogido más, -empeñado cada uno en que había cumplido con su obligación mejor que -el otro; al cabo, de las palabras vivas pasaron a los insultos, y de -los insultos a los golpes. ¿Qué cree usted que hicieron aquellos -demonios de frailes? Se quitaron las capas, haciéndoles en una punta -sendos nudos con una gruesa piedra dentro, y se machacaron con tal -furia, que ambos quedaron muertos. Yo no sé, mi amo, cuál es peor -plaga, si los frailes, los curas o los gorriones. - - ¡Dios Nuestro Señor nos libre de todos los pajarracos, - frailes, curas y gorriones que por ahí van volando, - que los gorriones no dejan de trigo siquiera un grano, - los frailes se beben la uva que nosotros vendimiamos - y los curas tienen todas las mujeres a su mando. - Dios Nuestro Señor nos libre de todos los pajarracos! - -Dos horas después llegamos a Luarca, cuya situación es singular. Se -halla en una profunda hondonada, de tan rápidas vertientes, que no -se ve el pueblo hasta que está uno encima de él. En el extremo Norte -de la hondonada hay una pequeña bahía, en la que entra el mar por -un boquete angosto. Encontramos una _posada_ grande y cómoda; por -consejo de Martín buscamos un guía y un caballo de refresco; pero nos -dijeron que todos los caballos del pueblo estaban ausentes y que aún -tardarían dos días en volver. «Al entrar en Luarca—dijo Martín—tuve -el presentimiento de que no estábamos destinados a separarnos ahora. -Tiene usted que alquilarnos a mí y a la yegua hasta Gijón; allí -ya encontrará usted medio de trasladarse a Oviedo. Hablando con -franqueza, no siento lo más mínimo que los guías estén fuera, porque -la compañía de usted me agrada, y estoy seguro de que a usted le -agrada la mía. Ahora voy a escribir una carta a mi mujer diciéndole -que no volveré a Ribadeo en unos cuantos días.» Martín salió del -aposento cantando la siguiente copla: - - Un manco escribió una carta; - un ciego la está mirando; - un mudo la está leyendo, - y un sordo la está escuchando. - -A la mañana siguiente, muy temprano, salimos de la hondonada de -Luarca; en una hora de marcha, los caballos nos llevaron a Caneiro, -profundo y romántico valle entre peñascos, sombreado por altos -castaños. Por en medio del valle pasa un río muy rápido, que cruzamos -en bote. - -—En toda Asturias—dijo el botero—no hay otro río como éste para las -truchas. Mire usted esas piedras grandes del fondo; pues cuando llega -su época, si el tiempo es bueno, no se vende tantísima pesca como hay. - -Dejando atrás el valle, entramos en una región de mucha piedra, -montañosa, lúgubre y agreste. El día, nublado, sombrío, lo -entristecía todo en torno nuestro. - -—¿Vamos bien por este camino para Gijón y Oviedo?—preguntó Martín a -una vieja que estaba a la puerta de una casa. - -—¿Para Gijón y Oviedo?—replicó la comadre—. Aun tienen ustedes que -cansarse de andar antes de llegar a Gijón y Oviedo. Por de pronto -tienen ustedes que rajar las _bellotas_; cabalmente están ustedes -debajo. - -—¿Qué quiere decir con eso de rajar las _bellotas_?—pregunté a Martín -de Ribadeo. - -—¿No ha oído nunca su merced hablar de las siete -_bellotas_?—respondió el guía—. A punto fijo no puedo decirle a usted -lo que son, porque no las he visto nunca; pero creo que han de ser -siete montañas que vamos a cruzar, y las llaman de ese modo porque -las encuentran parecidas a las _bellotas_. He oído hablar de ellas -bastante, y me alegro de tener ocasión de verlas, aunque, según -dicen, se les indigestan a los caballos. - -En aquella parte de Asturias alcanzan las montañas considerable -altura. Son casi todas de obscuro granito, cubierto aquí y allá por -una ligera capa de tierra. Se acercan mucho al mar, hacia el cual -declinan en vertientes muy quebradas, donde se abren profundas y -escarpadas gargantas; por cada una corre un arroyo, tributo de las -montañas al piélago salado. El camino va por esos derrumbaderos. A -siete de ellos los llaman en el país _las siete bellotas_. El más -terrible de todos es el del centro, del cual desciende un torrente -impetuoso. En lo más alto, a muchos cientos de varas de elevación, -se alza una escarpada muralla de roca, negra como el hollín; cuando -pasamos, un velo de _bretima_ envolvía la cumbre. Esa garganta se -ramifica por ambos lados en pequeñas cañadas o valles, tan cubiertos -de árboles y tallares, que la mirada no puede penetrar en ellos. - -—Estos sitios serían muy buenos para unas ermitas—dije a Martín de -Ribadeo—. Aquí podían vivir felices, alimentándose de raíces y no -bebiendo más que agua, unos cuantos santos varones, y dedicarse a la -contemplación divina sin que el ruido del mundo viniese a turbarlos. - -—Es verdad—respondió Martín—, y quizás por eso no hay ermitas en los -_barrancos_ de las siete _bellotas_. Nuestros ermitaños tienen poca -afición a las raíces y al agua, y no se oponen a que de vez en cuando -interrumpan sus meditaciones. _¡Vaya!_ Nunca he visto una ermita que -no estuviese cerca de algún pueblo rico, o que no fuese un sitio -frecuentado por todos los vagos de los alrededores. A los ermitaños -no les gusta vivir en estos barrancos, porque los lobos y las zorras -acabarían con sus gallinas. Conocía yo a un ermitaño que al morir -dejó a su sobrina una fortuna de setecientos duros, ahorrada casi -toda cebando pavos. - -En la cima de esta _bellota_ había una _venta_ miserable donde -descansamos, continuando después el viaje. Ya muy avanzada la tarde -salimos del último de aquellos difíciles puertos. El viento comenzó -entonces a soplar, trayendo en sus alas una lluvia menuda. Pasamos -por Soto de Luiña, y prosiguiendo nuestro camino a través de una -región muy agreste, pero pintoresca, nos encontramos al anochecer -al pie de una escarpada montaña, a la que se subía por un camino -de herradura, a través de un bosque de altísimos árboles. Mucho -antes de llegar a la cumbre se hizo de noche; la lluvia arreció. -Ibamos tropezando en la obscuridad y llevábamos de la brida los -caballos, que a veces se arrodillaban por lo resbaladizo del sendero. -Alcanzamos, por fin, la cumbre sin novedad, y con paso vivo llegamos, -media hora más tarde, a la entrada de Muros, pueblo grande, situado -precisamente al pie de la otra vertiente de la montaña. - -Ardía un buen fuego en la _posada_, y su calor, que no tardó en -secarnos los vestidos, nos recompensó, hasta cierto punto, de los -trabajos sufridos al escalar las _bellotas_. ¡Singular paraje aquella -_posada_ de Muros! La casa era grande e irregular, con espaciosa -cocina en el piso bajo. Escaleras arriba había un vasto comedor con -inmensa mesa de roble, rodeada de pesados sillones de cuero muy altos -de respaldo, que lo menos tenían tres siglos. Con este aposento se -comunicaba una galería o voladizo de madera, abierta al aire, que -conducía a un cuarto pequeño, provisto de un lecho antiguo, con dosel -y cortinas, donde yo había de dormir. Era una de esas posadas que -los novelistas gustan de introducir en sus descripciones, sobre todo -cuando los sucesos narrados ocurren en España. El huésped era un -asturiano locuaz. - -El viento rugía sin cesar y llovía a torrentes. Me senté, soñoliento, -al amor de la lumbre, y la conversación del huésped me despabiló. - -—_Señor_—me dijo—, hacía ya tres años que no venían extranjeros a -mi casa. Recuerdo que por esta misma época, y en una noche como la -de hoy, llegaron a la posada dos hombres a caballo. Me chocó que -no trajeran guía. En mi vida he visto dos individuos más raros; -no se me olvidarán jamás. El uno era tan alto como un gigante; -tenía unos bigotes rojizos que le tapaban la boca; la cara era -coloradota y parecía muy torpe y estúpido; debía de serlo, en efecto, -porque cuando le hablé no pareció haberme entendido, y me contestó -farfullando un _¡válgame Dios!_ tan extraño, que me le quedé mirando -con los ojos y la boca abiertos. El otro no era alto ni colorado, -ni tenía pelos en la cara, ni apenas en la cabeza. Era diminuto y -parecía _jorobado_; pero ¡_válgame Dios_, qué ojos los suyos! Tan -penetrantes y malignos eran como los de un gato montés. Hablaba -el español tan bien como yo; pero no era español. Un español no -tiene aquel mirar. Iba vestido de _zamarra_, con muchos bordados y -filigranas, y llevaba sombrero andaluz; no tardé en comprender que el -pequeño era el amo, y el gigante el criado. - -»¡_Válgame Dios_, qué malísimo genio tenía el _jorobado_! Con -todo, era muy gracioso y zumbón, y a veces me decía unas chuscadas -como para morirse de risa. Se puso a cenar en el comedor de arriba -(permítame usted que le diga que durmió en el mismo cuarto en que -su merced va a dormir esta noche), y su criado le servía. Bueno: yo -tenía mucha curiosidad, y me senté también a la mesa sin pedirle -permiso. ¿Por qué había de pedírselo? Yo estaba en mi casa, y un -asturiano es buena compañía para un rey, y es a menudo de mejor -sangre. La cena fué sorprendente. En cuanto el gigante se descuidaba -lo más mínimo en el servicio de su amo, el _jorobado_ se ponía en -pie, se subía a la silla de un brinco, y agarrando al gigante por -el pelo le daba de bofetadas, hasta el punto de hacerme temer que -iba a arrojar las muelas por la boca. Pero el gigante no parecía -dar gran importancia a estos incidentes; supongo que ya estaría -acostumbrado. _¡Válgame Dios!_ Un español no lo hubiera llevado con -tanta paciencia. Pero lo que más me sorprendía era que después de -pegar al criado el amo se sentaba, y al instante comenzaba a hablar y -a reír con él como si no hubiera ocurrido nada, y el gigante reía y -conversaba con su amo como si no le hubiera pegado nunca. - -»Ya supondrá usted, _señor_, que no entendí ni palabra de la -conversación, porque no hablaban en cristiano, sino en la misma -lengua extraña en que el gigante me contestaba cuando le dirigía -la palabra; todavía me está sonando en los oídos. No se parecía a -ninguna otra lengua, ni al vascuence, ni a la lengua en que su merced -habla aquí a mi tocayo el _signor_ Antonio. _¡Válgame Dios!_ A lo que -más se parecía es al ruido que hace una persona al enjuagarse la boca -con agua. Creo recordar todavía una palabra que no se le caía de los -labios al gigante; pero su amo no la empleaba jamás. - -»Pero aún no le he contado a usted lo más raro de esta historia. -Cuando se acabó la cena estaba muy avanzada la noche; la lluvia -golpeaba en las ventanas como en este momento. De pronto el jorobado -sacó el reloj, ¡_Válgame Dios_, qué reloj! Sólo le diré a usted una -cosa, _señor_: que con los brillantes engastados en las tapas se -podía comprar toda Asturias y Muros encima, y relucían tanto que no -hacía falta lámpara en el cuarto. El _jorobado_ miró al reloj y me -dijo: «Me voy a acostar.» Tomé la luz y le llevé por la galería a -su cuarto, seguidos del criado. Bueno, _señor_: levanté la mesa y -me quedé aquí abajo esperando al criado, a quien tenía preparada -una buena cama cerca de la mía. _Señor_, esperé con calma una hora, -pero al cabo se me agotó la paciencia; subí al comedor, entré en la -galería, y al llegar a la puerta de la habitación de aquel viajero -tan raro, ¿qué dirá usted que vi? - -—¿Cómo lo voy a saber?—respondí—. Acaso sus botas de montar. - -—No, _señor_; no vi sus botas de montar. Tumbado en el suelo, con -la cabeza apoyada en la puerta, de suerte que era imposible abrirla -sin despertarle, estaba el gigante profundamente dormido; sus -inmensas piernas ocupaban casi toda la longitud de la galería. Me -santigüé lleno de admiración; y no me faltaban motivos, porque el -viento era tan fuerte como esta noche, la lluvia entraba a chorros -en la galería, y, sin embargo, allí se estaba el hombre dormido -profundamente, sin abrigo, sin un leño siquiera por almohada, tumbado -delante de la puerta de su amo. - -»_Señor_, aquella noche dormí muy poco, porque pensé que había -alojado a dos brujos o a gente que no era humana. Una o dos veces -subí al piso de arriba y me asomé a la galería: el criado continuaba -allí dormido; me persigné y me volví a la cama. - -—Bueno—dije yo—, ¿qué ocurrió al día siguiente? - -—Nada de particular: el _jorobado_ bajó de su cuarto y estuvo -bromeando conmigo en buen español; el criado bajó también, pero de -todo lo que dijo, que no fué mucho, no entendí ni palabra, porque -hablaba en aquella calamidad de lengua. Estuvieron aquí todo el día -hasta después de cenar; entonces el _jorobado_ me dió una onza de -oro, montaron los dos a caballo y se fueron no sé adónde, en plena -noche, de modo tan extraño como habían venido. - -—¿Es eso todo?—pregunté. - -—No, _señor_; no es eso todo: razón tenía yo al suponer que eran -_brujos_; al día siguiente llegó un correo y los buscaron mucho, y a -mí me prendieron por haberlos tenido en mi casa. Esto ocurrió a poco -de empezar la guerra. Se dijo que eran espías y emisarios de no sé -qué nación, y que habían visitado todos los rincones de Asturias para -conferenciar con los descontentos. Lograron escaparse y no volvió -a saberse de ellos; pero los caballos que montaban parecieron, sin -los jinetes, vagando por el monte; eran jacas ordinarias sin ningún -valor. Se cree que los _brujos_ se embarcarían en algún barquichuelo -escondido en una de las _rías_ de la costa. - -YO.—¿Qué palabra era la que oía usted decir continuamente al criado, -y que cree usted poder recordar? - -EL HUÉSPED.—_Señor_, hace ya tres años que la oí, y a veces -puedo recordarla, pero a veces no; en ocasiones me he despertado -repitiéndola. Espere, _señor_; la tengo en la punta de la lengua: era -_Patusca_. - -YO.—Quiere usted decir _Batuschca_; aquellos hombres eran rusos. - - - - -CAPÍTULO XXXIII - - Oviedo.—Los diez caballeros.—Otra vez el suizo.—Petición - modesta.—Los ladrones.—Benevolencia episcopal.—La - catedral.—Un retrato de Feijóo. - - -Tengo que dar ahora un gran salto en mi viaje, nada menos que desde -Muros a Oviedo, contentándome con decir que fuimos desde Muros -a Vélez[26] y desde aquí a Gijón, donde nuestro guía Martín se -despidió, volviéndose con la yegua a Ribadeo. El buen hombre sintió -mucho separarse de nosotros y hasta llegó a manifestar el deseo de -que le tomase a él con su yegua a mi servicio. - - [26] ¿Avilés? - -—Tengo muchas ganas—me dijo—de correr toda España y hasta el mundo -entero, y es seguro que no volveré a ver una ocasión como la que -ahora se me presenta pegándome a los faldones de su merced. - -Al recordarle yo que tenía mujer e hijos, respondió: - -—Es verdad, es verdad; me había olvidado de ellos; dichoso el guía -que no tenga más familia que una yegua y un potro. - -Oviedo está a tres leguas de Gijón. Antonio fué en el caballo, y -yo en una especie de diligencia que hace el servicio diario entre -las dos poblaciones. El camino es bueno, pero montuoso. Llegué sin -novedad a la capital de las Asturias, aunque en época más bien -desfavorable, porque hasta las puertas de la ciudad llegaba el -estruendo de la guerra y se oía «la exhortación de los capitanes y -la gritería del ejército». Por la fecha a que me refiero, Castilla -estaba en manos de los carlistas, que habían tomado y saqueado -Valladolid, como habían hecho poco antes con Segovia. Se esperaba -verlos marchar contra Oviedo de un día para otro; pero no hubieran -dejado de encontrar resistencia, porque contaba la ciudad con -una guarnición considerable que había erigido algunos reductos y -fortificado varios conventos, especialmente el de Santa Clara de la -Vega. Todos los ánimos se hallaban en un estado de ansiedad febril, -muy especialmente por no recibirse noticias de Madrid, que, según los -últimos informes, estaba en poder de las partidas de Cabrera y de -Palillos. - -Sucedió, pues, que una noche me encontraba yo en la antigua ciudad -de Oviedo, en un apartado aposento, grande y mal amueblado, de una -antigua _posada_, que fué en otros tiempos palacio de los condes -de Santa Cruz. Eran más de las diez y llovía a mares. De pronto, -conforme estaba yo escribiendo, me detuve al oír el ruido de -numerosas pisadas en la crujiente escalera que conducía a mi cuarto. -La puerta se abrió de súbito y entraron nueve hombres de elevada -estatura, al mando de un personaje pequeñuelo y chepudo. Todos iban -embozados en amplias capas españolas, pero al instante conocí en su -porte que eran _caballeros_. Colocáronse en fila delante de la mesa -en que yo escribía. De repente, se desembozaron todos a un tiempo y -vi que cada uno llevaba un libro en la mano, libro que yo conocía -muy bien. Después de una pausa que no fuí capaz de romper, porque -estaba atónito de asombro, y casi me imaginaba que tenía delante una -aparición, el chepudo avanzó un poco y con voz suave y argentina -dijo: «_Señor_ caballero, ¿ha sido usted quien ha traído este libro -a las Asturias?» Me figuré que aquellos señores eran las autoridades -civiles de la población que venían a arrestarme, y, poniéndome en -pie, repuse: «Sí, por cierto: yo he sido, y es una gloria para mí -haberlo hecho. El libro es el Nuevo Testamento de Dios; quisiera -poder traer un millón.» - -—Y yo también lo deseo de corazón—dijo el hombrecillo con un -suspiro—. No tema usted nada, señor caballero; estos señores son -amigos míos. Acabamos de comprar estos libros en la tienda donde -usted los ha entregado para su venta, y nos hemos tomado la libertad -de visitarle para darle las gracias por el tesoro que nos ha traído. -Espero que podrá proveernos también del Viejo Testamento. - -Respondí que sentía mucho decirles que por el momento me era -completamente imposible complacerles, porque no tenía ejemplares del -Antiguo Testamento; pero que no perdía la esperanza de procurarme en -breve algunos, trayéndolos de Inglaterra. - -Me hizo después muchas preguntas acerca de mis viajes de propaganda -por España, de sus resultados y de las miras que la Sociedad Bíblica -tenía respecto de este país; esperaba que nuestra sociedad dedicase -atención especial a Asturias, el terreno más favorable, a su parecer, -para nuestros trabajos, de toda la Península. Después de media hora -de conversación, el chepudo me dijo de súbito en inglés: «Buenas -noches, señor», y, embozándose en la capa, se fué como había venido. -Sus compañeros, que hasta entonces no habían pronunciado una palabra, -repitieron todos: «Señor, buenas noches», y, envolviéndose en las -capas, le siguieron. - -Para explicar esta escena extraña, he de decir que por la mañana -había visitado yo al pequeño librero de la ciudad, Longoria, y, -de acuerdo con él, le envié por la tarde un fardo de cuarenta -Testamentos, todo lo que me quedaba, con unos cuantos carteles. -El librero me aseguró que, si bien se encargaba de la venta muy -gustoso, no había esperanzas de buen éxito, porque llevaba ya un mes -sin vender un solo libro de ninguna clase, debido a lo revuelto de -los tiempos y a la pobreza reinante en el país; estas noticias me -desanimaron mucho. Pero la visita nocturna me advirtió que no debe -uno abatirse cuando las cosas presentan un aspecto muy sombrío, -porque entonces es cuando la mano del Señor interviene, por lo -general, con mayor actividad, para que los hombres aprendan a conocer -que cuanto de bueno se realiza no es obra suya, sino de El. - -Dos o tres días después de esta aventura hallábame de nuevo en mi -destartalado y mal amueblado aposento; serían las diez de una mañana -melancólica, y la lluvia otoñal continuaba cayendo. Acababa de -desayunarme y me disponía a escribir mis notas diarias, cuando se -abrió la puerta de golpe y Antonio entró de un brinco. - -—_Mon maître_—dijo, sin aliento—, ¿quién dirá usted que ha venido? - -—El pretendiente, tal vez—dije yo con cierto sobresalto—. Si es así, -estamos presos. - -—¡Bah!, ¡bah!—dijo Antonio—. No es el pretendiente; es uno que vale -veinte veces más: es el suizo de Santiago. - -—¡Benedicto Mol, el suizo!—exclamé—. ¡Qué! ¿Ha encontrado el tesoro? -¿Cómo viene? ¿Cómo está vestido? - -—_Mon maître_—dijo Antonio—, viene a pie, juzgando por los zapatos -que trae, tan rotos, que los dedos le asoman por los agujeros; su -ropa es un andrajo. - -—Debe de haber algún misterio en todo esto—respondí—. ¿Dónde está -ahora? - -—Abajo, _mon maître_—replicó Antonio—. Viene a buscarnos. Pero en -cuanto le vi he subido corriendo a darle a usted la noticia. - -Pocos minutos después Benedicto Mol subía las escaleras. Venía, como -Antonio me dijo, vestido de harapos y casi descalzo; su sombrero -andaluz, tan viejo, chorreaba agua. - -—_Och, lieber Herr_—dijo Benedicto—, ¡qué alegría tan grande verle a -usted! ¡Oh! Sólo con verle a usted la cara estoy casi pagado de todas -las miserias que he sufrido desde que me separé de usted en Santiago. - -YO.—Le veo a usted en Oviedo y apenas puedo dar crédito a mis ojos. -¿Qué motivo le trae a usted a esta población tan fuera de su camino y -desde tan gran distancia? - -BENEDICTO.—_Lieber Herr_, permítame que me siente y le contaré todo -lo que me ha sucedido. Pocos días después de verle a usted por -última vez, el _canónigo_ me aconsejó que pidiese al capitán general -permiso y ayuda para desenterrar el tesoro. Fuí a ver al capitán -general, que al principio me recibió con amabilidad, me hizo muchas -preguntas y me dijo que volviera. Continué visitándole, hasta que se -negó a recibirme, y por más que hice, no pude volverle a ver. El -canónigo entonces fué incomodándose, sobre todo porque me había dado -unas pocas _pesetas_ de las limosnas de la iglesia; y muy a menudo -me llamaba _bribón_ e impostor. Al cabo, una mañana fuí a verle, -le dije que me proponía volver a Madrid para someter el asunto al -Gobierno, y le pedí por favor una certificación en la que constase -que yo había hecho una peregrinación a Santiago; pensaba yo que ese -documento me sería útil en el camino, porque me permitiría pedir -limosna con más autoridad. Apenas oyó mi pretensión, sin decir -palabra ni darme tiempo para defenderme, se arrojó sobre mí como un -tigre y me agarrotó el cuello con las manos, tan bien y tan fuerte, -que pensé morir estrangulado. Pero yo soy suizo, nacido en Lucerna, y -apenas me recobré un poco, no me costó trabajo rechazarle; entonces, -amenazándole con el palo, me retiré. Me siguió hasta la puerta con -horribles maldiciones, y me amenazó, si me atrevía a volver, con -meterme en la cárcel por ladrón y hereje. Fuí entonces a buscarle a -usted, _lieber Herr_; pero me dijeron que se había marchado usted a -La Coruña, y a La Coruña me fuí en su busca. - -YO.—¿Y qué le sucedió en el camino? - -BENEDICTO.—Voy a decírselo. A mitad de camino, entre La Coruña y -Santiago, y según iba yo pensando en el _Schatz_, oí un galope -estrepitoso; miré en torno y vi que dos hombres a caballo venían -derechamente hacia mí a campo traviesa con la rapidez del viento. -_Lieber Gott_—dije yo—, estos son ladrones o facciosos; y lo -eran, en efecto. En un momento me alcanzaron y me dieron el alto; -tiré el palo, me quité el sombrero y los saludé. «Buenos días, -_caballeros_»—dije—. «Buenos días, paisano»—respondieron—, y -estuvimos mirándonos más de un minuto. _Lieber Himmel_, nunca he -visto ladrones tan bien vestidos y armados, ni mejor montados que -aquéllos. Llevaban dos jacas magníficas, tan fogosas que parecían -poder subir hasta las nubes en un vuelo. Estuvimos mirándonos hasta -que uno me preguntó quien era yo, de donde venía y a donde iba. -«Caballeros—respondí—, yo soy suizo y he venido a Santiago a cumplir -una promesa; ahora me vuelvo a mi país.» No dije una palabra del -tesoro, porque temí que me fusilaran si se les ocurría pensar que -llevaba conmigo parte de él. - -—¿Tienes dinero?—me preguntaron. - -—Caballeros—respondí—, ya ven ustedes que viajo a pie y con los -zapatos rotos; si tuviera dinero no iría así. No quiero engañarles, -sin embargo: tengo una _peseta_ y unos _cuartos_. Al decir esto, -saqué lo que tenía y se lo ofrecí. - -—Nosotros somos _caballeros_ de Galicia—dijeron—y no quitamos -_pesetas_, menos aún _cuartos_. ¿De qué partido eres? ¿Estás por la -reina? - -—No, caballeros—respondí—; no estoy por la reina; pero al mismo -tiempo, permítanme ustedes que les diga que tampoco estoy por el rey; -no estoy enterado de ese asunto; soy suizo, y, por tanto, no peleo en -pro ni en contra de nadie mientras no me paguen. - -Esto les hizo reír; me preguntaron luego cosas relativas a Santiago, -a las tropas que había y al capitán general; para no disgustarles -conté todo lo que sabía y más aún. Entonces, uno de ellos, el más -feroz y violento de los dos, me apuntó con el trabuco y dijo: «Si -hubieses sido español, te hubiéramos hecho astillas la cabeza, -tomándote por espía; pero vemos que eres extranjero y creemos lo que -nos has dicho. Toma esta _peseta_ y sigue tu camino; pero cuidado -con decir a nadie nada de nosotros, porque si no, _¡carracho!_...» -Descargó el trabuco por encima de mi cabeza, y tan cerca que durante -un segundo me tuve por muerto. Luego, dando una gran voz, salieron al -galope; sus caballos saltaban por los _barrancos_ como si estuvieran -poseídos de los demonios. - -YO.—¿Qué le ocurrió a usted al llegar a La Coruña? - -BENEDICTO.—Al llegar a La Coruña pregunté por usted, _lieber Herr_, y -me dijeron que precisamente el día anterior se había marchado usted -a Oviedo; al oirlo se me heló el corazón, viéndome en el extremo más -remoto de Galicia sin un amigo que me socorriera. Estuve un día o -dos sin saber qué hacer; al fin resolví dirigirme a la frontera de -Francia, pasando por Oviedo, donde esperaba verle a usted y pedirle -consejo. Mendigué entre los alemanes establecidos en La Coruña -un socorro para el camino, y saqué muy poco, sólo unos _cuartos_, -menos de lo que los facciosos me dieron en el camino de Santiago; -con eso salí para Asturias por el camino de Mondoñedo. _Och_, qué -ciudad, ¡Mondoñedo!, llena de canónigos, de curas, de _pfaffen_, más -carlistas todos que el propio don Carlos. - -»Un día fuí al palacio del obispo y hablé con él, diciéndole que -volvía de una peregrinación a Santiago y le pedí un socorro. Díjome -que no podía remediarme, y en cuanto a lo de ser peregrino de -Santiago se holgó mucho de ello, esperando que fuese de gran provecho -para mi alma. Salí de Mondoñedo y me metí por las montañas, pidiendo -limosna a la puerta de cada _choza_ que encontraba; decía a todos -que era un peregrino procedente de Santiago, y mostraba mi pasaporte -en prueba de que había estado allí. _Lieber Herr_, nadie me dió un -_cuarto_, ni siquiera un pedazo de _broa_; gallegos y asturianos se -reían de Santiago y me dijeron que el nombre del santo no era ya un -talismán en España. Me hubiera muerto de hambre a no ser porque de -vez en cuando arrancaba una o dos mazorcas de algún maizal; también -cogía tal cual racimo de las _parras_ y moras de zarza; de este -modo fuí tirando hasta llegar a las _bellotas_; allí encontré un -cabrito perdido, lo maté y me comí un pedazo, crudo y todo, porque el -hambre era mucha; me sentó muy mal, y estuve dos días postrado en un -_barranco_, medio muerto, incapaz de valerme; fué una gran suerte que -no me devorasen los lobos. Después, a campo traviesa, seguí a Oviedo; -no sé cómo he llegado; parecía un espectro. La noche pasada dormí en -una pocilga vacía, a unas dos leguas de aquí, y antes de abandonarla -me hinqué de rodillas y pedí a Dios que me permitiese encontrarle a -usted, _lieber Herr_, porque usted era mi última esperanza. - -YO.—¿Y qué piensa usted hacer ahora? - -BENEDICTO.—¿Qué quiere usted que le diga, _lieber Herr_? No sé qué -hacer. Me someto en todo a sus consejos. - -YO.—Estaré en Oviedo unos pocos días más; durante ellos, puede usted -alojarse en esta _posada_, y trate de recobrarse de las fatigas de -tan desastrosos viajes; quizás antes de marcharme se me ocurra algún -plan para sacarle a usted de esta situación tan apurada. - -Oviedo tiene unos quince mil habitantes. Está en una situación -pintoresca, entre dos montañas: el Morcín y el Naranco; la primera -es muy alta y escabrosa; durante la mayor parte del año se halla -cubierta de nieve; las vertientes de la otra están cultivadas y -plantadas de viñedo. El ornamento principal de la ciudad es la -catedral; su torre, extremadamente alta, es quizás uno de los más -puros ejemplares de la arquitectura gótica que existen hoy en día. -El interior de la catedral es decente y apropiado; pero muy sencillo -y sin adornos. Sólo vi un cuadro: la Conversión de San Pablo. Una de -las capillas es cementerio, donde descansan los huesos de once reyes -godos. ¡Paz a sus almas! - -En La Coruña me habían dado una carta de recomendación para un -comerciante de Oviedo, el cual me recibió con gran cortesía, y -dedicó, por lo general, un rato todos los días a enseñarme las cosas -notables de Oviedo. Una mañana me dijo: - -—Usted habrá oído, sin duda, hablar de Feijóo, el famoso filósofo -benedictino, cuyos escritos han contribuido mucho a disipar las -supersticiones y los errores populares, tanto tiempo acreditados en -España; está enterrado en uno de los conventos de Oviedo, donde pasó -gran parte de su vida. Venga usted conmigo y le enseñaré su retrato. -Nuestro gran rey Carlos III envió desde Madrid a su pintor para que -lo hiciera. Ahora pertenece a mi amigo el abogado don Ramón Valdés. - -Fuimos a casa de don Ramón Valdés, quien, muy cortésmente, me enseñó -el retrato de Feijóo, de forma circular, como de un pie de diámetro, -rodeado de un pequeño bastidor de cobre, algo así como el borde -de una bacía de barbero. Tenía el semblante ancho y grueso, pero -correcto; arqueadas las cejas, los ojos vivos y penetrantes, la -nariz aguileña. Llevaba en la cabeza un gorro de seda; el cuello de -la túnica apenas llegaba a verse. Era, sin duda, un cuadro bueno, y -me llamó mucho la atención, como uno de los mejores ejemplares del -moderno arte español que había visto hasta entonces. - -Uno o dos días después dije a Benedicto Mol:—Mañana me voy a -Santander. Es hora ya de que resuelva usted lo que ha de hacer: o -volverse a Madrid o dirigirse rápidamente a Francia, y desde allí -continuar hacia su país. - -—_Lieber Herr_—dijo Benedicto—, iré detrás de usted a Santander en -jornadas cortas, porque en un país tan montañoso no puedo andar -mucho; una vez allí, acaso encuentre medio de ir a Francia. En -estos viajes tan horribles me sirve de mucho consuelo pensar que -voy siguiendo las huellas de usted y la esperanza de alcanzarle de -nuevo. Esta esperanza me salvó la vida en las _bellotas_, y sin eso -no hubiera llegado jamás a Oviedo. Saldré de España lo antes posible -y me iré a Lucerna, aunque es fuerte cosa dejar detrás de mí el -_Schatz_ en la tierra de los gallegos. - -Al separarnos le regalé unos pocos duros. - -—Benedicto es un hombre extraño—me dijo Antonio a la mañana -siguiente, cuando, acompañados por un guía, salimos de Oviedo—. Es un -hombre extraño, _mon maître_, el tal Benedicto. Ha llevado una vida -extraña y le espera una muerte extraña también: lo lleva escrito en -el rostro. No creo que se marche de España, y si se marcha será para -volver, porque está embrujado con el tesoro. Anoche envió a buscar -una _sorcière_, y delante de mí la consultó; le dijo que estaba -destinado a encontrar el tesoro, pero que antes tenía que cruzar -agua. Le puso en guardia contra un enemigo, que Benedicto supone -que será el canónigo de Santiago. He oído hablar mucho del ansia -de dinero de los suizos; este hombre es una prueba. Por todos los -tesoros de España no sufriría yo lo que Benedicto ha sufrido en estos -últimos viajes. - - - - -CAPÍTULO XXXIV - - Salida de Oviedo.—Villaviciosa.—El joven de la posada.—La - narración de Antonio.—El general y su familia.—Noticias - deplorables.—Mañana moriremos.—San Vicente.—Santander.—Una - arenga.—El irlandés Flinter. - - -Salimos, pues, de Oviedo e hicimos rumbo a Santander. El guía que -llevábamos, y a quien había yo alquilado la jaca que montaba, nos lo -recomendó mi amigo el comerciante de Oviedo. Resultó ser un individuo -desidioso e indolente; iba, por lo general, doscientas o trescientas -varas rezagado de nosotros, y en lugar de alegrarnos el camino con -cantares y cuentos, como Martín de Ribadeo, apenas abrió los labios, -salvo para decirnos que no fuésemos tan de prisa, o que le iba a -reventar la jaca si le daba tantos espolazos. Además era ladrón, y -aunque se ajustó para hacer el viaje a _seco_, o sea corriendo de -su cuenta sus gastos personales y los del caballo, se las arregló -de modo que, durante todo el viaje, unos y otros pesaron sobre mí. -Cuando se viaja por España, el plan más barato es que en el ajuste -entre la manutención del guía y de su caballo o mula, porque así el -precio del alquiler disminuye lo menos un tercio, y las cuentas en -el camino rara vez suben más por eso; mientras que, en otro caso, -el guía se embolsa la diferencia, y, no obstante, queda libre de -su escote a expensas del viajero, gracias a la connivencia de los -posaderos, unidos a los guías por una especie de espíritu de cuerpo. - -Entrada la tarde llegamos a Villaviciosa, ciudad pequeña y sucia, a -ocho leguas de Oviedo, al borde de una ensenada que comunica con el -golfo de Vizcaya. Suele llamarse a Villaviciosa _la capital de las -avellanas_ por la inmensa cantidad de ese fruto que se cosecha en -su término; la mayor parte se exporta a Inglaterra. Al acercarnos -al pueblo, dábamos alcance a numerosos carros de _avellanas_ que -llevaban la misma dirección que nosotros. Me dijeron que en la rada -había anclados algunos barcos ingleses. Por extraño que parezca, y -a pesar de hallarnos en la _capital de las avellanas_, nos fué muy -difícil procurarnos un puñado de ellas para postre, y más de la mitad -de las que nos dieron estaban hueras. Los de la posada nos dijeron -que como las avellanas eran para la exportación, no se les ocurría -siquiera comerlas ni ofrecérselas a los huéspedes. - -Al día siguiente llegamos muy temprano a Colunga, lindo pueblecito, -situado en una elevación del terreno, entre frondosos castañares. El -pueblo es famoso, al menos en Asturias, por ser cuna de Argüelles, -padre de la Constitución española. - -Al desmontar a la puerta de la _posada_, donde pensábamos reparar las -fuerzas, una persona, asomada a una ventana del piso alto, lanzó una -exclamación y desapareció. Estábamos todavía en la puerta, cuando el -mismo individuo llegó corriendo y se arrojó al cuello de Antonio. -Era un joven bien parecido, de unos veinticinco años, vestido con -elegancia y tocado con una gorra de _montero_. Antonio, después de -mirarle un momento, exclamó: _Ah, monsieur, est ce bien vous?_, y le -dió un afectuoso apretón de manos. El desconocido le hizo señas de -que le siguiera, y en el acto se fueron los dos al aposento de encima. - -Preguntándome lo que podría significar aquello, me senté a almorzar. -Pasó una hora, y Antonio no volvía. Por entre las tablas que formaban -el techo de la cocina, oía yo su voz y la de su amigo, y me parecía -oír a veces sollozos entrecortados y gemidos. Hubo después un largo -silencio. Ya empezaba a impacientarme e iba a llamar a Antonio, -cuando el hombre se presentó; pero no le acompañaba el desconocido. - -—Sepamos, por todas las extravagancias de este mundo—pregunté—¿qué ha -estado usted haciendo por ahí? ¿Quién es ese hombre? - -—_Mon maître_—dijo Antonio—, _c’est un monsieur de ma connaissance_. -Con su permiso, voy a tomar un bocado, y por el camino le contaré a -usted lo que sé de él. - -—_Monsieur_—dijo Antonio cuando cabalgábamos ya fuera de Colunga—, -está usted impaciente por saber la historia de ese caballero a quien -ha visto usted abrazarme en la posada. Sepa usted, _mon maître_, que -estas guerras de carlistas y _cristinos_ han causado muchas miserias -y desventuras en este país; pero no creo que haya en toda España -persona tan plenamente desdichada como ese pobre y joven caballero de -la posada; todas sus desventuras provienen del espíritu de partido y -de facción que en estos últimos tiempos prevalecía tanto. - -»_Mon maître_, como le he dicho a usted repetidas veces, he vivido -en muchas casas y servido a muchos amos; sucedió que hará unos diez -años entré a servir al padre de ese caballero, muy niño entonces. -La familia estaba en muy buena posición; el padre era general del -ejército y bastante rico. Constituían la familia el padre, su señora -y dos hijos; el más joven es el que usted ha visto; el otro le -llevaba unos cuantos años. _¡Par Dieu!_ En aquella casa lo pasé muy -bien; todos los individuos de la familia me trataban con bondad. De -muchas casas me han despedido; pero de aquella, no; cosa notable. -Las tres veces que me salí fué por mi libre voluntad. Me enfadaba -con los otros criados, o con el perro o el gato. La última vez me -fuí por culpa de una codorniz colgada en la ventana de _madame_, -y que me despertaba todas las mañanas con su canto. _Eh bien, mon -maître_, así corrieron las cosas durante los tres años que, con -tales alternativas, estuve al servicio de la familia; al cabo de ese -tiempo, decidieron que el señorito más joven se fuese a viajar, y se -pensó que yo le acompañase como criado. Tenía yo muy buenas ganas -de irme con él; mas, _par malheur_, me encontraba por aquellos días -muy disgustado con _madame_, su madre, por causa de la codorniz, e -insistí en que antes de acompañar al señorito matarían al pájaro y -lo echarían al puchero. _Madame_ se negó a esto de modo terminante; -y hasta el pobre señorito, que siempre se había puesto de mi parte -en tales ocasiones, dijo que eso era una extravagancia; me fuí de la -casa muy amoscado, y no volví más. - -»_Eh bien, mon maître_, el señorito se fué a viajar y estuvo fuera -varios años; desde su partida hasta que le he encontrado en Colunga, -no había vuelto a verle ni oído hablar de él; pero sí tenía noticias -de su familia: de _monsieur_, su padre; de _madame_, su madre, y de -su hermano, oficial de caballería. Poco antes de la guerra civil, o -sea antes de morir Fernando VII, _monsieur_, padre de este joven, -fué nombrado capitán general de La Coruña. Aunque muy buen amo, -_monsieur_ era bastante orgulloso, amigo de la disciplina, de la -obediencia y de todas esas cosas. Además, no era amigo del populacho, -de la _canaille_, y profesaba singular aversión a los nacionales. Por -esto, al morir Fernando, se susurraba en La Coruña que el general -no era liberal, y que era más amigo de Carlos que de Cristina. _Eh -bien_: aconteció que un día se celebraba en la bahía una gran _fête_ -en la que tomaban parte los soldados y los nacionales; yo no sé cómo -sucedió; el caso es que hubo una _émeute_, y los nacionales echaron -mano a _monsieur_, el general, le ataron una cuerda al cuello, le -zambulleron en el agua desde la falúa en que iba, y lo llevaron a -remolque hasta que se ahogó. Entonces fueron a su casa, la saquearon, -y maltrataron de tal modo a _madame_, que por entonces estaba -_enceinte_, que a las pocas horas expiró. - -»Le digo a usted, _mon maître_, aunque le cueste trabajo creerlo, que -al saber la desgracia de _madame_ y del general, lloré por ellos, -y sentí haberme despedido de la casa airadamente, por causa de la -maldita codorniz. - -»_Eh bien, mon maître, nous poursuivrons notre histoire._ El hijo -mayor, oficial de caballería, como le he dicho, y hombre enérgico, -en cuanto supo la muerte de sus padres juró vengarse. ¡Pobre -infeliz! No se le ocurrió más que desertar con dos o tres camaradas -descontentos, y, metiéndose en Galicia, levantaron una pequeña -facción y proclamaron a don Carlos. Por un poco de tiempo hicieron -mucho daño a los liberales, quemando y arrasando sus propiedades, y -dieron muerte a varios nacionales que cayeron en sus manos. Pero esto -duró poco; su facción fué dispersada y el jefe preso y ahorcado, y su -cabeza clavada en un palo. - -»_Nous sommes déjà presque au bout._ Cuando llegamos a la posada, el -joven me llevó a su cuarto, como usted vió, y durante un buen rato -las lágrimas y los sollozos no le dejaron hablar. Su historia se -cuenta en dos palabras: volvió de su viaje, y la primera noticia -que le aguardaba a su regreso era que habían ahogado a su padre, -asesinado a su madre y ahorcado a su hermano, y que, además, todos -los bienes de la familia estaban confiscados. Y no era eso todo: -donde quiera que iba le miraban como faccioso, y los nacionales le -apaleaban. Acudió a sus parientes, y algunos, del bando carlista, -le aconsejaron que se alistara en el ejército de don Carlos, y el -mismo Pretendiente, que fué amigo de su padre, le ofreció un empleo -en su ejército. Pero, _mon maître_, como le dije a usted antes, se -trata de un joven pacífico, manso como un cordero, que aborrece -el derramamiento de sangre. Además, no era de ideas carlistas, -porque durante sus estudios había leído libros escritos en tiempos -antiguos por algunos compatriotas míos, donde no se habla más que de -repúblicas, de libertades y de derechos del hombre, de suerte que se -inclinaba más al sistema liberal que al de don Carlos; declinó, por -tanto, la oferta de don Carlos, y todos sus parientes le abandonaron, -mientras los liberales le acosaban de pueblo en pueblo como a bestia -salvaje. Al fin, vendió unas tierrecillas que le quedaban, y con el -producto se retiró a Colunga, donde nadie le conoce; aquí lleva hace -varios meses una vida muy triste; la lectura de dos o tres libros -y correr de vez en cuando una liebre con su perro son todas sus -distracciones. Me pidió consejo, pero no pude darle ninguno y no hice -más que llorar con él. Al cabo, dijo: «Querido Antonio, para mí no -hay remedio, ya lo veo. Dices que tu amo está abajo; ruégale de mi -parte que se espere hasta mañana; mandaremos llamar a las muchachas -del pueblo, buscaremos un violín y una gaita, y bailaremos para -olvidar nuestros cuidados un momento.» Entonces me dijo unas palabras -en griego viejo; apenas las entendí, pero creo que significan algo -así como: «Bebamos y comamos y alegrémonos, que mañana moriremos.» - -»_Eh bien, mon maître_: le dije que usted es un señor muy serio, -que no se divierte nunca y que estaba de prisa. Lloró otra vez, -y, abrazándome, nos dijimos adiós. Ya sabe usted, _mon maître_, la -historia del joven de la posada.» - -Dormimos en Ribadesella, y al mediar el siguiente día llegamos a -Llanes. El camino corría entre la costa y una inmensa cadena de -montañas que alzaba su barrera formidable a una legua del mar. -El terreno por donde íbamos era regularmente llano y parecía -bien cultivado. Abundaban los viñedos y los árboles, y a cortos -intervalos se alzaban los _cortijos_ de los propietarios, edificios -de piedra, de planta cuadrada, rodeados de un muro exterior. Llanes -es una ciudad antigua, de gran importancia en otros tiempos. En sus -cercanías está el convento de San Cilorio, uno de los edificios -monásticos más grandes de España. Ahora está abandonado, y se alza -solitario y desolado en una de las penínsulas de la costa cantábrica. -Dejado Llanes, entramos a poco en una de las regiones más áridas -y tristes que pueden imaginarse, donde todo era piedra y rocas, -sin árboles ni hierba. La noche nos cogió en aquellos lugares. -Continuamos la marcha, no obstante, hasta llegar a una aldea llamada -Santo Colombo. Allí pasamos la noche en casa de un carabinero, -hombre atlético, a quien encontramos a la puerta, armado de fusil. -Era castellano, con todo el ceremonioso formulismo y la grave -urbanidad que en otro tiempo dieron tanta fama a sus compatriotas. -Regañó a su mujer porque hablaba con la criada delante de nosotros -de asuntos de la casa. «Bárbara—dijo—, esa conversación no puede -interesarles a unos caballeros forasteros; cállate, o vete a otra -parte con la _muchacha_.» No quiso aceptar remuneración alguna por su -hospitalidad. «Soy un _caballero_ como ustedes—dijo—. No acostumbro -a albergar gente en mi casa para ganar dinero. A ustedes les admití -porque se les había hecho de noche y la _posada_ estaba lejos.» - -Madrugamos mucho y seguimos nuestra ruta por un terreno tan triste y -pedregoso como el recorrido el día antes. En cuatro horas llegamos a -San Vicente, pueblo grande y destrozado, habitado principalmente por -miserables pescadores. Conserva, empero, notables reliquias de su -pasada magnificencia; el puente, tendido sobre la profunda y ancha -ría en cuya margen se alza la ciudad, no tiene menos de treinta y dos -arcos, y es de granito gris. Su fábrica es muy antigua; se halla tan -ruinoso en algunos sitios, que ofrece peligro. - -Dejando atrás San Vicente, caminamos unas cuantas leguas por la -costa; a veces atravesábamos alguna angosta ría. El terreno comenzó a -mejorar; en las cercanías de Santillana era ya fértil y ameno. Como -una hora antes de llegar al país de Gil Blas, atravesamos un extenso -bosque, con muchas rocas y precipicios. En un lugar como éste se -hallaba la caverna de Rolando, según se cuenta en la novela. El -bosque tenía mala fama; el guía nos dijo que en él se cometían robos; -pero nada nos sucedió, y llegamos a Santillana a eso de las seis de -la tarde. - -No entramos en la ciudad; hicimos alto en una gran _venta_ o -_posada_, en las afueras, delante de la que se alzaba un fresno -gigante. Apenas hospedados, estalló una espantosa tormenta de agua -y viento, con muchos truenos y relámpagos, que se prolongó sin -interrupción varias horas, y cuyos efectos observé durante el viaje -del siguiente día: todos los ríos que encontramos iban muy crecidos; -al borde del camino yacían descuajados algunos árboles. Santillana -cuenta con cuatro mil habitantes, y dista de Santander, adonde -llegamos al otro día temprano, seis leguas cortas. - -No hay cosa que contraste más con la región desolada y los pueblos -medio en ruinas que acabábamos de atravesar, que el bullicio y la -actividad de Santander, casi la única ciudad de España que no ha -padecido con las guerras civiles, a pesar de hallarse en los confines -de las Provincias Vascongadas, reducto del Pretendiente. Hasta las -postrimerías del siglo pasado, Santander era poco más que una obscura -ciudad de pescadores; pero en estos últimos años ha monopolizado casi -por completo el comercio con las posesiones ultramarinas de España, -especialmente con la Habana. La consecuencia de esto ha sido que, -mientras Santander se enriquecía con rapidez, La Coruña y Cádiz han -ido decayendo al mismo paso. Santander posee un muelle muy hermoso, -sobre el que se alza una línea de soberbios edificios, mucho más -suntuosos que los palacios de la aristocracia en Madrid; son de -estilo francés, y en su mayoría los ocupan comerciantes. La población -de Santander es de unos sesenta mil habitantes. - -El día de mi llegada comí en la _table d’hôte_ de la fonda principal, -regida por un genovés. La concurrencia era muy mezclada: franceses, -alemanes y españoles hablaban en sus idiomas respectivos, y en una -punta de la mesa, sentados frente a frente, dos catalanes, uno de los -cuales pesaría veinte arrobas, gruñían en su áspero dialecto. Mucho -antes de terminar la comida, un individuo sentado junto al catalán -corpulento monopolizó la atención y las conversaciones de todos. -Era un hombre delgado, de mediana estatura, rubicundo y con una -irregularidad en la mirada que, si no era estrabismo, se le parecía -mucho. Llevaba uniforme militar, azul, y por el gusto de perorar se -olvidaba de los manjares que tenía delante. Hablaba en correctísimo -español, pero con un leve acento extranjero. Entretúvose un buen -rato en discurrir acerca de la guerra y de sus particularidades, -criticando con mucha libertad la conducta de los generales, tanto -carlistas como _cristinos_, en la presente lucha, y, por último, -exclamó: - -—Si el Gobierno me diese veinte mil hombres tan sólo, acababa yo la -guerra en seis meses. - -—Dispense usted, señor—dijo un español sentado a la mesa—; la -curiosidad me mueve a pedirle a usted el favor de decirnos su -distinguido nombre. - -—Yo soy Flinter—contestó el militar—, nombre que las mujeres, los -niños y los hombres de España traen de boca en boca. Soy Flinter -el irlandés y acabo de escaparme de las garras de don Carlos en -las Provincias Vascongadas. Al morir Fernando me declaré por -Isabel, estimando que todo buen caballero irlandés al servicio de -España debía hacer otro tanto. Todos ustedes han oído hablar de -mis hazañas; permítanme ustedes decir que aún hubiese hecho mucho -más si la envidia de mi gloria no hubiese trabajado para privarme -de los medios de acción necesarios. Hace dos años me mandaron a -Extremadura a organizar las milicias. Las partidas de Gómez y de -Cabrera entraron en la provincia, sembrando la devastación en torno; -con todo, me encontraron en mi puesto, y si mis subalternos me -hubieran secundado como era debido, los dos cabecillas no habrían -vuelto ante su amo a jactarse de sus triunfos. Estando a la defensiva -en mis atrincheramientos, se destacó de las filas carlistas un -hombre y nos intimó la rendición. «¿Quién eres?»—le pregunté—. «Soy -Cabrera»—respondió—. «Y yo soy Flinter—repliqué desenvainando el -sable—; retírate a tus líneas o mueres inmediatamente.» Amedrentado, -hizo lo que le mandé. Una hora después nos rendimos. Me llevaron -prisionero a las Provincias Vascongadas, y los carlistas se -regocijaron mucho con mi captura, porque el nombre de Flinter era muy -sonado en sus filas. Me arrojaron en una mazmorra repugnante, donde -estuve veinte meses. Hacía mucho frío, yo estaba desnudo, pero no me -desanimé por eso: mi indomable espíritu no podía sentir tal flaqueza. -Al cabo, mi carcelero se compadeció de mis desdichas. Díjome que «le -apesadumbraba ver morir sin gloria a hombre tan valiente». Combinamos -un plan de fuga, adquirimos unos disfraces y nos lanzamos juntos a -la ventura. Pasamos inadvertidos hasta llegar a las líneas carlistas -sobre Bilbao; allí nos dieron el alto. Pero mi presencia de ánimo no -me abandonó. Iba yo disfrazado de carretero catalán, y la frialdad de -mis respuestas engañó a mis interrogadores. Nos dejaron pasar y no -tardamos en vernos en salvo dentro de los muros de Bilbao. Aquella -noche hubo iluminación en la ciudad, porque el león había roto -sus redes, Flinter se había escapado y volvía a reanimar una causa -abatida. Acabo de llegar ahora de Santander, de paso para Madrid, -donde voy a pedir al Gobierno el mando de veinte mil hombres. - -¡Pobre Flinter! Seguramente no se han visto juntos en el mismo -cuerpo un corazón más intrépido ni una boca más fanfarrona. Se fué -a Madrid y, por la influencia del embajador británico, amigo suyo, -obtuvo el mando de una pequeña división, con la que se dió traza -para sorprender y derrotar, en las cercanías de Toledo, un cuerpo -de carlistas al mando de Orejita, tres veces superior en número a -sus tropas. En pago de esa hazaña, el Gobierno, que era entonces -_moderado_ o _juste milieu_, le persiguió con incansable animosidad; -el primer ministro, Ofalia, apoyó con toda su influencia numerosas y -ridículas acusaciones de robos y saqueos aducidas contra el demasiado -victorioso general por los canónigos carlistas de Toledo. Fué -asimismo acusado de negligencia por haber consentido, después de la -batalla de Valdepeñas, ganada también por él con gran intrepidez, que -las fuerzas carlistas se posesionaran de las minas de Almadén; bien -que el Gobierno, empeñado en perderle, hizo cuanto pudo para impedir -que se aprovechara de la victoria, negándole todo género de recursos -y refuerzos. Privado de los frutos de su victoria, cegáronse sus -esperanzas, y una melancolía morbosa se apoderó del irlandés; -resignó el mando, y menos de diez meses después de haberle visto en -Santander, dió a sus cobardes y envidiosos enemigos un triunfo que -los satisfizo, cortándose el cuello con una navaja de afeitar. - -¡Almas ardorosas, nacidas en otros climas, que aspiráis a -distinguiros al servicio de España y a ganar recompensas y honores, -acordaos de la suerte de Colón y de otro no menos valiente y -apasionado: Flinter! - - - - -CAPÍTULO XXXV - - Salida de Santander.—Alarma nocturna.—La hoz tenebrosa. - - -Tenía yo encargado que mandaran desde Madrid a Santander 200 -Testamentos; con no pequeño disgusto hallé que no habían llegado, -y supuse o que los carlistas se habían apoderado de ellos en el -camino, o que mi carta se había extraviado. Pensé pedir a Inglaterra -provisión de ellos; pero abandoné la idea por dos razones: en primer -lugar, hubiera tenido que perder un mes aguardando, ocioso, su -llegada, y la ciudad era muy cara, y en segundo lugar, me encontraba -muy mal de salud y no podía procurarme buena asistencia médica en -Santander. Desde que salí de La Coruña me afligía una disentería -terrible, complicada últimamente con una oftalmía. Resolví, por -tanto, marcharme a Madrid. Pero no era esto empresa fácil. Partidas -del ejército de don Carlos, batidas en Castilla, merodeaban por -la región que yo iba a cruzar, sobre todo por la parte llamada La -Montaña, de modo que las comunicaciones de Santander con el Sur -estaban cortadas. Sin embargo, determiné confiar, como siempre, en -el Todopoderoso y afrontar el peligro. Compré un caballejo, y en -compañía de Antonio me puse en camino. - -Antes de marcharme hablé con los libreros para el caso de que me -fuera posible enviarles un depósito de Testamentos desde Madrid; -arregladas las cosas a gusto mío, me puse en manos de la Providencia. -No me detendré en referir este viaje de 300 millas. Pasamos por en -medio del fuego, aunque parezca raro, sin chamuscarnos un pelo de -la cabeza. Delante, detrás y a cada lado de nosotros se cometían -robos, muertes y todo género de atrocidades; pero ni siquiera nos -ladró un perro, aunque en cierta ocasión se concertó un plan para -cogernos. A unas cuatro leguas de Santander, mientras echábamos -pienso a los caballos en la posada de un pueblo, vi salir corriendo -a un hombre que había estado cuchicheando con el mozo que nos daba -la cebada para las bestias. En el acto le pregunté lo que el hombre -le había dicho; pero obtuve sólo respuestas evasivas. Luego resultó -que hablaron de nosotros. Dos o tres leguas más lejos había otro -pueblo y otra posada, donde tenía pensado detenerme, y de seguro -lo dije así; pero al llegar a ella, como aún quedaba bastante sol, -decidí continuar hasta otra posada que creía encontrar a una legua -de distancia; me equivoqué en esto, porque no encontramos ninguna -hasta Ontaneda, a nueve leguas y media de Santander, donde había -un pequeño destacamento de soldados. A media noche nos despertó el -grito de alarma; el faccioso estaba cerca; acababa de llegar un -emisario del _alcalde_ del pueblo inmediato, donde había tenido yo -intención de pernoctar, diciendo que una partida carlista había -sorprendido el lugar en busca de un espía inglés que suponían alojado -en la posada. Al oír esto, el oficial que mandaba la tropa no se -creyó seguro, y al instante reunió su gente y se retiró a un pueblo -próximo fortificado, guarnecido por un destacamento más poderoso. -Nosotros ensillamos los caballos y continuamos nuestro camino en la -obscuridad. Si los carlistas llegan a cogerme me hubieran fusilado en -el acto, y arrojado mi cuerpo en las peñas para pasto de buitres y -lobos. Pero «no estaba escrito», decía Antonio, que, como muchos de -sus compatriotas, era fatalista. A la noche siguiente nos libramos -también de buena: llegábamos cerca de la entrada de un paso horrible -llamado _El puerto de la puente de las tablas_, que atraviesa una -montaña pavorosa y negra, al otro lado de la cual está la ciudad de -Oña, donde me proponía pasar la noche. Hacía un cuarto de hora que -se había puesto el sol. De pronto un hombre, con el rostro lleno de -sangre, salió precipitadamente de la hoz. - -—Vuélvase atrás, señor—dijo—, en nombre de Dios; en la hoz hay -ladrones, y acaban de robarme la mula y todo lo que tengo; con -trabajo he salido vivo de sus manos. - -No sé por qué no le hice caso, y sin responder seguí adelante; cierto -que estaba yo tan cansado y enfermo que me importaba muy poco lo que -pudiera sucederme. Entramos; a derecha e izquierda se alzaban las -rocas a pico e interceptaban la escasa luz del crepúsculo, de suerte -que en torno nuestro reinaban tinieblas sepulcrales o, más bien, -las tinieblas del valle de la sombra de muerte, y no sabíamos por -dónde íbamos; pero confiábamos en el instinto de los caballos, que -avanzaban con las cabezas pegadas al suelo. No se oía más ruido que -el fragor del agua al despeñarse por la hoz. A cada momento creía -que iba a sentir un puñal en el cuello; pero «no estaba escrito». -Atravesamos la hoz sin hallar ser humano, y a los tres cuartos de -hora de haber entrado en ella nos encontrábamos en la _posada_ de la -ciudad de Oña, atestada de tropas y de paisanos armados en espera de -un ataque del grueso del ejército carlista, que andaba muy cerca. - -Bueno: llegamos a Burgos sin novedad; llegamos a Valladolid sin -novedad; pasamos el Guadarrama sin novedad, y, por último, llegamos -sin novedad a nuestra casa en Madrid. La gente ponderaba nuestra -buena suerte; Antonio decía: «No estaba escrito»; pero yo digo: Loado -sea el Señor por las mercedes que nos otorgó. - - -FIN DEL TOMO SEGUNDO - - - - - * * * * * * - - - - -NOTA DE TRANSCRIPCIÓN - - * Se ha respetado la ortografía original, normalizándola a la - grafía de mayor frecuencia. - - * Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar. - - * Se ha reparado el emparejamiento de los puntos de admiración e - interrogación, y de los paréntesis y comillas. - - - -***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA BIBLIA EN ESPAÑA, TOMO II (DE -3)*** - - -******* This file should be named 51020-0.txt or 51020-0.zip ******* - - -This and all associated files of various formats will be found in: -http://www.gutenberg.org/dirs/5/1/0/2/51020 - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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You may copy it, give it away or re-use it -under the terms of the Project Gutenberg License included with this -eBook or online at <a -href="http://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. If you are not -located in the United States, you'll have to check the laws of the -country where you are located before using this ebook.</p> -<p>Title: La Biblia en España, Tomo II (de 3)</p> -<p> O viajes, aventuras y prisiones de un inglés en su intento de difundir las Escrituras por la Península</p> -<p>Author: George Borrow</p> -<p>Release Date: January 24, 2016 [eBook #51020]</p> -<p>Language: Spanish</p> -<p>Character set encoding: UTF-8</p> -<p>***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA BIBLIA EN ESPAÑA, TOMO II (DE 3)***</p> -<p> </p> -<h4>E-text prepared by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box,<br /> - and the Online Distributed Proofreading Team<br /> - (<a href="http://www.pgdp.net">http://www.pgdp.net</a>)<br /> - from page images generously made available by<br /> - Internet Archive/Canadian Libraries<br /> - (<a href="https://archive.org/details/toronto">https://archive.org/details/toronto</a>)</h4> -<p> </p> -<table border="0" style="background-color: #ccccff;margin: 0 auto;" cellpadding="10"> - <tr> - <td valign="top"> - Note: - </td> - <td> - Images of the original pages are available through - Internet Archive/Canadian Libraries. See - <a href="https://archive.org/details/labibliaenespa02borr"> - https://archive.org/details/labibliaenespa02borr</a><br /> - <br /> - Project Gutenberg has the other two volumes of this work.<br /> - <a href="http://www.gutenberg.org/files/51019/51019-h/51019-h.htm">Tomo I</a>: see http://www.gutenberg.org/files/51019/51019-h/51019-h.htm<br /> - <a href="http://www.gutenberg.org/files/51689/51689-h/51689-h.htm">Tomo III</a>: see http://www.gutenberg.org/files/51689/51689-h/51689-h.htm - - </td> - </tr> -</table> -<p> </p> - -<div class="front"> - <p><a href="#tnote">Nota de transcripción</a></p> - <p><a href="#ToC">Índice</a></p> -</div> - -<hr class="full" /> -<div class="body"> -<p> </p> -<p> </p> -<p> </p> -<div class="screenonly"> - <div class="figcenter"> - <img src="images/cover.jpg" - alt="Cubierta del libro" /> - </div> -</div> - -<div class="aftit"> - <h1 class="faux">LA BIBLIA EN ESPAÑA</h1> - <hr class="chap" /> - <p><span class="pagenum" id="Page_i">[p. i]</span></p> - <p><span class="g1">COLECCIÓN GRANADA</span></p> - <p class="large p4"><span class="g2">VIAJES</span></p> - <p class="p4">BORROW: LA BIBLIA EN ESPAÑA<br /> - TRAD. DEL INGLÉS POR M. AZAÑA</p> - <hr class="chap" /> -</div> - - -<div class="tit"> - <p><span class="pagenum" id="Page_3">[p. 3]</span></p> - <p class="xxl">LA BIBLIA EN ESPAÑA</p> - <p class="large p1"> - <span class="smcap">o viajes, aventuras y prisiones de un</span><br /> - <span class="smcap">inglés en su intento de difundir las</span><br /> - <span class="smcap">Escrituras por la Península</span> - </p> - <p class="small p2">POR</p> - <p class="xl g1 p1"><span class="smcap">J. Borrow</span></p> - - <p class="g1 p2"><span class="smcap">traducción directa del inglés<br /> - por Manuel Azaña</span></p> - - <p class="large g2 p2">TOMO II</p> - - <div class="figcenter"> - <img src="images/logo.jpg" - alt="Logotipo del editor" /> - </div> - - <p class="small g3">COLECCIÓN GRANADA</p> - <hr class="imp" /> - <p class="small g3">JIMÉNEZ-FRAUD, Editor.—MADRID</p> -</div> - - -<div class="aftit"> - <hr class="chap" /> - <p><span class="pagenum" id="Page_4">[p. 4]</span></p> - <p class="xs">ES PROPIEDAD</p> - <p class="xs p1">QUEDA HECHO EL DEPÓSITO QUE MARCA</p> - <p class="xs p1 g3">LA LEY</p> - <p class="small p4">Imprenta Clásica Española. Glorieta de Chamberí. Madrid.</p> - <hr class="chap" /> -</div> - - -<div class="chapter" id="ToC"> - <p><span class="pagenum" id="Page_5">[p. 5]</span></p> - <h2 class="nobreak g2">ÍNDICES</h2> -</div> - -<table summary="índice de contenidos"> - <tr> - <td class="tdl"> </td> - <td class="tdr"><span class="subrayado">Páginas.</span></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Capítulo xix.</span>— Llegada a Madrid.— María - Díaz.— Impresión del Testamento.— Mi proyecto.— El corcel andaluz.— - Se necesita un criado.— Una petición.— Antonio Buchini.— El general - Córdova.— Principios de honor. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_13">13</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. xx.</span>— Enfermedad.— Visita nocturna.— - Una inteligencia superior.— El cuchicheo.— Salamanca.— Hospitalidad - irlandesa.— Soldados españoles.— Anuncios de las Escrituras. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_30">30</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. xxi.</span>— Salida de Salamanca.— - Recibimiento en Pitiega.— El dilema.— Inspiración súbita.— El buen - cura.— Combate de dos cuadrúpedos.— Irlandeses cristianos.— Las - llanuras de España.— Los catalanes.— La poza fatal.— Valladolid.— - Propaganda de las Escrituras.— Las misiones para Filipinas.— El - colegio inglés.— Una conversación.— La carcelera. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_43">43</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. xxii.</span>— Dueñas.— Los hijos de - Egipto.— Chalanerías.— El <span class="pagenum" id="Page_6">[p. - 6]</span>caballo de carga.— La caída.— Palencia.— Curas carlistas.— - El mirador.— Sinceridad sacerdotal.— León.— Alarma de Antonio.— Calor - y polvo. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_69">69</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. xxiii.</span>— Astorga.— La posada.— Los - maragatos.— Costumbres de los maragatos.— La estatua. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_87">87</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. xxiv.</span>— Salida de Astorga.— La venta.— - El atajo.— Salvación difícil.— El vaso de agua.— Sol y sombra.— - Bembibre.— El convento de las Rocas.— Puesta de sol.— Cacabelos.— - Aventura a media noche.— Villafranca. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_94">94</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. xxv.</span>— Villafranca.— El puerto.— - Simplicidad gallega.— La guardia de la frontera.— La herradura.— - Peculiaridades gallegas.— Una palabra sobre el idioma.— El correo.— - El hostelero y los huéspedes.— Los andaluces. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_113">113</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. xxvi.</span>— Lugo.— Los baños.— Una - historia de familia.— Los Migueletes.— Las tres cabezas.— Un - veterinario.— La escuadra inglesa.— Venta de Testamentos.— La - Coruña.— El reconocimiento.— Luigi Pozzi.— La especulación.— John - Moore. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_130">130</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="pagenum" id="Page_7">[p. 7]</span><span - class="smcap">Cap. xxvii.</span>— Compostela.— Rey Romero.— El - buscador de tesoros.— Proyectos risueños.— El derecho de asilo.— - Riquezas ocultas.— El canónigo.— El localismo.— La lepra.— Los huesos - de Santiago. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_151">151</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. xxviii.</span>— Los mareantes de Padrón.— - Caldas de los Reyes.— Pontevedra.— El notario público.— La insania - de un barbero.— Una presentación.— La lengua gallega.— Paseo por la - tarde.— Vigo.— El forastero.— Los judíos del desierto.— La bahía de - Vigo.— Una interrupción brusca.— El gobernador. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_168">168</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. xxix.</span>— Llegada a Padrón.— Un proyecto - aventurado.— El <i>alquilador</i>.— Falta de palabra.— Un compañero - singular.— Historia sencilla.— Un camino áspero.— La deserción.— La - jaca.— Un diálogo.— Situación difícil.— La <i>Estadea</i>.— Nos anochece.— - La choza.— La almohada del viajero. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_189">189</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. xxx.</span>— Mañana de otoño.— El fin - del mundo.— Corcubión.— Duyo.— El cabo.— Una ballena.— La bahía - exterior.— La detención.— El pescador alcalde.— Calros Rey.— Un - incrédulo.— ¿Dónde está el pasaporte?— La <span class="pagenum" - id="Page_8">[p. 8]</span>playa.— Un liberal influyente.— La criada.— - El gran «Baintham».— Un libro sin par.— Hospitalidad. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_211">211</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. xxxi.</span>— La Coruña.— Paso de la - bahía.— El Ferrol.— El astillero.— ¿Dónde estamos?— El embajador - griego.— A la luz de un farol.— El barranco.— Viveiro.— La noche.— - Ciénagas y tremedales.— Buenas palabras y buena moneda.— La cincha de - cuero.— Ojos de lince.— El bribón del guía. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_236">236</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. xxxii.</span>— Martín de Ribadeo.— La - yegua facciosa.— Los asturianos.— Luarca.— Las siete bellotas.— Los - ermitaños.— Narración de un asturiano.— Unos huéspedes raros.— El - criado gigante.— Batuschca. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_255">255</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. xxxiii.</span>— Oviedo.— Los diez - caballeros.— Otra vez el suizo.— Petición modesta.— Los ladrones.— - Benevolencia episcopal.— La catedral.— Un retrato de Feijóo. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_271">271</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. xxxiv.</span>— Salida de Oviedo.— - Villaviciosa.— El joven de la posada.— La narración de Antonio.— - El general y su familia.— Noticias deplorables.— Mañana <span - class="pagenum" id="Page_9">[p. 9]</span>moriremos.— San Vicente.— - Santander.— Una arenga.— El irlandés Flinter. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_285">285</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. xxxv.</span>— Salida de Santander.— - Alarma nocturna.— La hoz tenebrosa. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_301">301</a></td> - </tr> -</table> - - -<div class="aftit"> - <hr class="chap" /> - <p><span class="pagenum" id="Page_11">[p. 11]</span></p> - <p class="centra xxl g1">LA BIBLIA EN ESPAÑA</p> - <hr class="chap" /> -</div> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_13">[Pg 13]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XIX</h2> - <p class="subhang"> - Llegada a Madrid.— María Díaz.— Impresión del Testamento.— Mi - proyecto.— El corcel andaluz.— Se necesita un criado.— Una petición.— - Antonio Buchini.— El general Córdova.— Principios de honor. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">L</span><span class="smcap">legué</span> -a Madrid<a id="FNanchor_1" href="#Footnote_1" -class="fnanchor">[1]</a>, y en lugar de acudir a mi -antiguo alojamiento de la calle de la Zarza, tomé otro en -la calle de Santiago<a id="FNanchor_2" href="#Footnote_2" -class="fnanchor">[2]</a>, en las cercanías de Palacio. El nombre de -la hostelera (porque, hablando propiamente, hostelero no le había) -era María Díaz, de quien voy a decir algo en particular, ya que ahora -se me ofrece ocasión de hacerlo.</p> - -<p>Podía contar esta mujer hasta treinta y cinco años; era más -bien agraciada, y todos los rasgos de su fisonomía denotaban una -inteligencia poco común. Tenía los ojos vivos y penetrantes, aunque -a veces los velaba una expresión un tanto melancólica. Todo su porte -respiraba serenidad y reposo<span class="pagenum" id="Page_14">[p. -14]</span> notables, debajo de los que alentaban una robustez -de ánimo y una energía para la acción prontas a manifestarse en -cuanto era menester. Aunque española, y, como es natural, católica, -animábanla una tolerancia y generosidad como ya las quisieran para -sí personas colocadas a mucha mayor altura. Durante mi permanencia -en España encontré en esta mujer un amigo firme e invariable, y a -veces un discretísimo consejero. Se adhirió a todos mis proyectos, -no diré con entusiasmo, porque esto era impropio de su carácter, -pero con sinceridad y cordialidad, y los favoreció en cuanto estuvo -de su parte. No se apartó de mí en las horas de peligro y de -persecución, y persistió en mi amistad, a pesar de lo mucho que mis -enemigos trabajaron cerca de ella para inducirla a que me abandonase -o me traicionara. Sus móviles fueron nobilísimos: la amistad y una -percepción exacta de los deberes de la hospitalidad; ningún otro -incentivo ni esperanza egoísta, por remota que fuese, influyó en la -conducta de esta admirable mujer para conmigo. ¡Honor a María Díaz, -la reposada, animosa e inteligente castellana! Sería yo un ingrato si -no hablase aquí bien de ella, pues sobradamente merecido tiene este -elogio en las humildes páginas de <span class="smcap">La Biblia en -España</span>.</p> - -<p>María Díaz era natural de Villaseca, aldea de Castilla la -Nueva situada en lo que<span class="pagenum" id="Page_15">[p. -15]</span> llaman La Sagra, a unas tres leguas de Toledo. Su padre -fué un arquitecto de cierta nombradía, entendido especialmente en -la construcción de puentes. María Díaz se casó muy joven con un -respetable hidalgo de Villaseca, llamado López, de quien tenía -tres hijos. A la muerte de su padre, ocurrida cinco años antes -de la fecha a que me refiero, María Díaz se trasladó a Madrid, -en parte con el propósito de educar a sus hijos, y en parte con -la esperanza de cobrar una importante suma que el Gobierno quedó -debiendo a su padre por varias obras de utilidad y ornato, ejecutadas -principalmente en las cercanías de Aranjuez. La justicia de su -reclamación fué reconocida sin tardanza; pero, ¡ay!, no consiguió -ni un cuarto, porque el Tesoro real estaba vacío. Sus esperanzas de -felicidad terrena se concentraron entonces en sus hijos. Los dos -más jóvenes eran aún de muy corta edad; pero el mayor, Juan José -López, muchacho de diez y seis años, prometía realizar sobradamente -las más encumbradas esperanzas de su cariñosa madre. Dedicado a las -artes, había hecho ya en ellas tales progresos, que era el discípulo -favorito de su famoso tocayo Vicente López, el mejor pintor de la -moderna España. Tal era María Díaz, quien, conforme a una costumbre -seguida antaño universalmente en España, y muy extendida aún, -conservaba su nombre de soltera, a pesar de estar casada.<span -class="pagenum" id="Page_16">[p. 16]</span> Esto es lo que hay que -decir de María Díaz y su familia<a id="FNanchor_3" href="#Footnote_3" -class="fnanchor">[3]</a>.</p> - -<p>Uno de mis primeros cuidados fué visitar a Mr. Villiers, que me -recibió con su bondad habitual. Le pregunté si, a juicio suyo, podía -aventurarme a imprimir las Escrituras sin dirigir nuevas peticiones -al Gobierno. Su respuesta fué satisfactoria. «Obtuvo usted el -permiso del Gobierno de Istúriz—me dijo—, mucho menos liberal que -el presente; yo soy testigo de la promesa que le hicieron a usted -aquellos ministros, y la considero suficiente. Lo mejor que puede -usted hacer es comenzar y terminar la obra lo más pronto posible, -sin nuevas peticiones; y si alguien pretende interrumpirle, no -tiene usted más que acudir a mí; ya sabe que puede mandarme cuanto -quiera.» Salí de la entrevista muy contento, y en seguida comencé los -preparativos para ejecutar lo que me había llevado a España.</p> - -<p>Es innecesario referir aquí ciertos detalles de poco interés -para el lector; baste decir que tres meses más tarde se publicaba -en Madrid una edición del Nuevo Testamento de cinco mil ejemplares. -La obra se imprimió en el establecimiento de don Andrés Borrego, -escritor de economía política muy conocido, y propietario y -director de un periódico influyente llamado <i>El Español</i>. A<span -class="pagenum" id="Page_17">[p. 17]</span> este señor me recomendó -el propio Istúriz, el día de nuestra entrevista. El malaventurado -ministro tenía a Borrego en grandísima estimación, y pensaba -elevarlo al puesto de ministro de Hacienda; pero al estallar la -revolución de La Granja abortó este proyecto, con los demás de igual -índole que tuviera formados<a id="FNanchor_4" href="#Footnote_4" -class="fnanchor">[4]</a>.</p> - -<p>La versión española del Nuevo Testamento que yo publicaba había -sido hecha muchos años antes por cierto <i>Padre</i> Felipe Scio, confesor -de Fernando VII, y hasta llegó a imprimirse; mas por las notas y -comentarios que la recargaban, era impropia para la circulación -general, a la que, después de todo, no iba destinada. En la nueva -edición se omitieron, como es natural, las notas, y se ofreció al -público la palabra divina escueta. Apareció en un hermoso volumen en -octavo, muestra plausible, en conjunto, de la tipografía española. -Pero la nueva impresión del Nuevo Testamento en Madrid no podía por -sí sola producir fruto alguno, a menos que se tomasen medidas, y -medidas muy enérgicas, para la circulación del libro sagrado.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_18">[p. 18]</span></p> - -<p>Tratándose del Nuevo Testamento, no podía seguirse el sistema -que habitualmente se emplea en España para publicar los libros, -que consiste en confiar la obra a los libreros de la capital y -contentarse con la venta que éstos y sus agentes en las ciudades de -provincias obtienen sin salirse de la común rutina de su negocio; -en general, el resultado de este sistema es que al cabo de año -se venden unas pocas docenas de ejemplares, porque la demanda de -obras literarias de cualquier género es en España miserablemente -reducida.</p> - -<p>Los cristianos de Inglaterra habían hecho ya sacrificios -considerables con la esperanza de esparcir ampliamente la palabra -de Dios entre los españoles, y era necesario ahora no escatimar los -esfuerzos para que esa esperanza no quedase frustrada. Antes de que -el libro estuviese listo comencé los preparativos para realizar un -plan en el que ya había pensado varias veces durante mi anterior -visita a España, sin abandonarlo después nunca; plan que fué objeto -de mis meditaciones lo mismo a la altura del cabo Finisterre en plena -borrasca, que en los desfiladeros de Sierra Morena y en las llanuras -de la Mancha, cuando caminaba lentamente seguido a corta distancia -por el <i>contrabandista</i>.</p> - -<p>Mi propósito era depositar unos cuantos ejemplares en las -librerías de Madrid, y luego<span class="pagenum" id="Page_19">[p. -19]</span> montar a caballo, con el Testamento en la mano, y -emprender la propagación de la palabra de Dios entre los españoles, -no sólo en las ciudades, sino en las aldeas; no sólo entre los -habitantes de las llanuras, sino entre los montañeses y serranos. -Me proponía recorrer Castilla la Vieja y atravesar toda Galicia -y Asturias; establecer depósitos de la Escritura en las ciudades -importantes, y visitar los lugares más apartados y recónditos; en -todos ellos hablar de Cristo, explicar la naturaleza de su libro y -poner el libro mismo en manos de aquellos que me pareciesen capaces -de sacar de él algún provecho.</p> - -<p>Bien sabía yo que en ese viaje me aguardaban muchos peligros, y -que quizás iba a correr la misma suerte que San Esteban; pero ¿merece -el nombre de discípulo de Cristo quien no afronta cualquier peligro -por la causa de Aquel a quien proclama por maestro? «Quien por mi -causa pierda su vida, la encontrará»; son palabras que el mismo Señor -pronunció; palabras llenas de consuelo para mí, como lo estarán, sin -duda, para cuantos emprenden con limpieza de corazón la difusión -del Evangelio en tierras salvajes y bárbaras...<a id="FNanchor_5" -href="#Footnote_5" class="fnanchor">[5]</a>.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_20">[p. 20]</span></p> - -<p>Empecé por comprar otro caballo, aprovechando el precio -extraordinariamente bajo de esos animales en aquellos días. Estaba a -punto de publicarse una disposición requisando cinco mil caballos; -el resultado fué que un inmenso número de ellos salió a la venta, -porque en virtud de la requisa podían embargarse, por conveniencia -del servicio, los de cualquier persona, no siendo un extranjero. -Lo más probable era que, una vez reunido el cupo de la requisa, -el precio de los caballos se triplicara; por tal razón me decidí -a comprar uno antes de hacerme verdadera falta. Compré un caballo -entero andaluz, de pelo negro, de mucha fuerza, capaz de hacer un -viaje de cien leguas en una semana; pero era cerril, salvaje y de -malísimo genio. No obstante, el cargamento de Biblias que al llegar -la ocasión pensaba yo echarle encima de las costillas, me pareció muy -suficiente para amansarlo, sobre todo cuando tuviera que remontar -las ásperas montañas del Norte de la Península. Hubiera deseado -comprar una mula; pero aunque llegué a ofrecer treinta libras por una -bastante ruin, no quisieron dármela; mientras que el precio de ambos -caballos—magníficos<span class="pagenum" id="Page_21">[p. 21]</span> -animales por su talla y su fuerza—apenas llegaba a esa suma.</p> - -<p>El estado de las regiones circunvecinas no convidaba a viajar -por ellas. Cabrera estaba a nueve leguas de Madrid con un ejército -de cerca de nueve mil hombres; había derrotado a varios pequeños -destacamentos de tropas de la reina y devastado la Mancha a sangre y -fuego, quemando varias ciudades. A todas horas llegaban bandadas de -fugitivos aterrorizados, que referían nuevos desastres y miserias; lo -único que me sorprendía era que el enemigo no se presentase, y con la -toma de Madrid, que estaba casi a merced suya, no pusiese fin a la -guerra de una vez. Pero la verdad es que los generales carlistas no -deseaban terminar la guerra, porque mientras en el país continuasen -la efusión de sangre y la anarquía, podían ellos saquear y ejercer -esa desenfrenada autoridad tan grata a los hombres de brutales e -indómitas pasiones. Cabrera, sobre todo, era un malvado cobarde, -en cuyo limitado entendimiento no podía albergarse una sola idea -de mediana grandeza, cuyos hechos heroicos se limitaban a degollar -hombres indefensos y a violar y destripar infelices mujeres; sin -embargo, he visto que a un individuo tan vil, ciertos periódicos -franceses (carlistas, naturalmente) le llaman el joven y heroico -general. ¡Infame sea el miserable asesino! El último cabo de escuadra -de<span class="pagenum" id="Page_22">[p. 22]</span> Napoleón se -hubiera reído de su talento militar, y medio batallón de granaderos -austriacos hubiera bastado para tirarle de cabeza, con toda su -patulea guerrera, al Ebro.</p> - -<p>Hice, pues, los preparativos de mi viaje al Norte. Estaba ya -provisto de caballos muy a propósito para soportar las fatigas del -camino y la carga que me pareciese necesario echarles. Pero una -cosa, indispensable para quien va a emprender una expedición de esa -índole, me faltaba aún: quiero decir un criado que me acompañase. -Quizás en ninguna parte del mundo abundan los criados tanto como en -Madrid; al menos, los individuos dispuestos a ofrecer sus servicios a -cambio de la soldada y la comida, aunque de los servicios efectivos -que sean capaces de prestar se pueda decir muy poco; pero mi criado -tenía que ser de condición poco común, inteligente, activo, capaz, -en casos de apuro, de darme un consejo útil; además, valiente, -porque se requería, en verdad, cierto valor para seguir a un amo -resuelto a explorar la mayor parte de España, y que intentaba viajar -sin protección de arrieros y carreteros, en <i>cabalgaduras</i> propias. -Acaso hubiera estado años enteros buscando un criado de esa índole -sin encontrarlo; pero la suerte me deparó uno cuando cabalmente lo -necesitaba, sin tener que molestarme en hacer pesquisas laboriosas. -Un día hablaba yo de este asunto con el señor Borrego, en<span -class="pagenum" id="Page_23">[p. 23]</span> cuyo establecimiento -se había impreso el Nuevo Testamento, y le pregunté si, en su -opinión, podría yo encontrar en Madrid un hombre tal como me hacía -falta, añadiendo que para mí era de especial importancia que el -criado supiese, además del español, algún otro idioma en el que -pudiésemos hablar cuando fuese necesario, sin que nos entendieran los -curiosos.</p> - -<p>—Hace media hora—me respondió—ha estado hablando conmigo un hombre -que reúne exactamente todas esas cualidades, y, cosa singular, -ha venido a verme creyendo que yo podría recomendarle a un amo. -Dos veces le he tenido a mi servicio; respondo de que es listo y -valiente; creo que también es digno de confianza, al menos para -un amo que transija con su genio, porque ha de saber usted que es -un individuo singularísimo, muy arbitrario en sus inclinaciones y -antipatías; gusta de satisfacerlas a toda costa, suya o ajena. Quizás -simpatice con usted, y en tal caso le será de mucha utilidad, porque -en todo sabe poner mano, si quiere, y conoce no dos, sino media -docena de idiomas.</p> - -<p>—¿Es español?—pregunté.</p> - -<p>—Se lo enviaré a usted mañana—dijo Borrego—, y, oyéndolo de su -boca, sabrá usted mejor quién es y qué es.</p> - -<p>Al siguiente día, en el preciso momento de sentarme ante la -<i>sopa</i>, la patrona me dijo que un hombre deseaba hablarme.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_24">[p. 24]</span></p> - -<p>—Que entre—respondí.</p> - -<p>Y casi en el acto el desconocido entró. Iba decentemente vestido -a la moda francesa, y su aspecto era más bien juvenil, aunque, según -averigüé más adelante, estaba ya muy por encima de los cuarenta. De -estatura algo más que mediana, llamaba la atención su delgadez, sin -la que hubiera podido tenérsele por bien formado. Tenía los brazos -largos y huesudos, y toda su persona daba la impresión de una gran -actividad y de una fuerza no pequeña. Eran lacios sus cabellos, -negros como el azabache, angosta su frente, pequeños y grises sus -ojos, en los que brillaba una expresión sutil y maligna, mezclada -con otra de burla, que le daba un realce singular. Su nariz era -correcta; pero la boca, de inmensa anchura, y la mandíbula inferior, -muy saliente. No había visto yo en toda mi vida una fisonomía tan -extraña, y durante un rato me estuve mirándole en silencio.</p> - -<p>—¿Quién es usted?—pregunté por fin.</p> - -<p>—Un criado en busca de amo—me respondió en correcto francés, -pero con un acento extraño—. Vengo recomendado a usted, mi lor, por -<i>monsieur</i> Borrego.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿De qué país es usted? ¿Es usted -francés o español?</p> - -<p><span class="smcap">El hombre.</span>—Dios me libre de ser -ninguna de las dos cosas, <i>mi lor; j’ai l’honneur d’être de la -nation grecque</i>; mi nombre es<span class="pagenum" id="Page_25">[p. -25]</span> Antonio Buchini, nacido en Pera la <i>Belle</i>, cerca de -Constantinopla.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Y cómo ha venido usted a -España?</p> - -<p><span class="smcap">Buchini.</span>—<i>Mi lor, je vais vous raconter -mon histoire du commencement jusqu’ici.</i> Mi padre era natural de -Syra, en Grecia; siendo muy joven se trasladó a Pera, y allí sirvió -de portero en casa de varios embajadores que le estimaban mucho -por su fidelidad. Entre otros, sirvió al embajador de su país de -usted, precisamente en la época en que Inglaterra y la Puerta se -hacían guerra. <i>Monsieur</i> el embajador tuvo que huír para salvar la -vida, y dejó al cuidado de mi padre casi todo lo que tenía de algún -valor; mi padre lo escondió todo con mucho riesgo suyo, y cuando se -ajustó la paz restituyó a <i>Monsieur</i> hasta la más insignificante -baratija. Menciono estas circunstancias para demostrarle a usted que -mi familia tiene principios de honor y es digna de toda confianza. -Mi padre se casó con una muchacha de Pera, <i>et moi je suis l’unique -fruit de ce mariage</i>. De mi madre nada sé, porque murió a poco de -nacer yo. Una familia de judíos ricos se compadeció de mi orfandad y -se ofreció a recogerme; mi padre vino en ello de buen grado, y con -aquella familia estuve varios años, hasta que fuí un <i>beau garçon</i>; -se aficionaron mucho a mí, y al cabo se ofrecieron a adoptarme y a -<span class="pagenum" id="Page_26">[p. 26]</span>nombrarme heredero -de cuanto tenían, a condición de hacerme judío. <i>Mais la circoncision -n’était guère à mon goût</i>, especialmente la de los judíos, porque -yo soy griego, y tengo mi orgullo y principios de honor. Me separé, -pues, de aquella familia, diciendo que si alguna vez consentía en -convertirme sería a la fe de los turcos, porque son muy hombres, son -orgullosos y tienen principios de honor, como yo los tengo. Volví -con mi padre, que me buscó varias colocaciones, ninguna de mi gusto, -hasta que entré en casa de <i>Monsieur</i> Zea.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span> Supongo que se refiere usted a Zea -Bermúdez, que se encontraría entonces en Constantinopla.</p> - -<p><span class="smcap">Buchini.</span> Exactamente, <i>mi lor</i>, y a su -servicio estuve mientras permaneció allí. Puso en mí gran confianza, -más que nada porque hablo el español con gran pureza; lo aprendí con -los judíos, que, según he oído decir a <i>Monsieur</i> Zea, lo hablan -mejor que los actuales españoles de nacimiento.</p> - -<p>No voy a seguir paso a paso la historia, un poco larga, del -griego; baste decir que vino de Constantinopla a España con Zea -Bermúdez y a su servicio continuó bastantes años, hasta que fué -despedido por casarse con una doncella guipuzcoana, <i>fille de -chambre</i> de <i>Madame</i> Zea. Desde entonces había servido a infinidad -de amos, a veces como ayuda de cámara; otras, las más, de<span -class="pagenum" id="Page_27">[p. 27]</span> cocinero. Me confesó, sin -embargo, que casi nunca había durado más de tres días en un mismo -empleo, a causa de las riñas que con toda seguridad suscitaba en -la casa a poco de ser admitido, y para las que no encontraba otra -razón que la de ser griego y tener principios de honor. Entre otras -personas había servido al general Córdova, que era, según me dijo, -muy mal pagador y tenía la costumbre de maltratar a sus criados. -«Pero en mí se encontró con la horma de su zapato—dijo Antonio—, -porque yo andaba prevenido; y un día, cuando desenvainaba la espada -contra mí, saqué una pistola y le apunté a la cara. Se puso más -pálido que un muerto, y desde aquel día me trató con toda clase de -miramientos. Pero todo era fingido: el suceso se le había enconado en -el alma, y estaba resuelto a vengarse. Cuando le dieron el mando del -ejército, puso mucho empeño en que me fuese con él; <i>mais je lui ris -au nez</i>, le hice el signo del <i>cortamanga</i>, pedí mis soldadas y le -dejé; no pude hacer cosa mejor, porque al criado que llevó consigo le -hizo fusilar acusado de insubordinación.»</p> - -<p>—Temo—dije yo—que tenga usted un natural turbulento y que todas -esas riñas de que me habla nazcan sólo de su mal genio.</p> - -<p>—¿Y qué quiere usted, <i>Monsieur</i>? <i>Moi je suis Grec, je suis -fier, et j’ai des principes<span class="pagenum" id="Page_28">[p. -28]</span> d’honneur.</i> Deseo que se me trate con cierta -consideración, aunque confieso que no tengo muy buen genio, y a -veces me siento tentado de reñir hasta con las ollas y peroles de la -cocina. Bien mirado todo, creo que a usted le convendría tomarme a -su servicio, y yo le prometo a usted contenerme lo posible. Una cosa -me agrada mucho en usted, y es que no está casado. Preferiría servir -por pura amistad a un joven soltero que a un casado, aunque me diese -cincuenta duros al mes. Es seguro que <i>Madame</i> me odiaría, y también -su doncella, sobre todo su doncella, porque yo estoy casado. Veo que -<i>mi lor</i> desea admitirme.</p> - -<p>—Pero acaba usted de decir que está casado—repliqué—. ¿Cómo va -usted a dejar a su mujer? Porque yo estoy en vísperas de salir de -Madrid para recorrer las provincias más apartadas y montañosas de -España.</p> - -<p>—Mi mujer recibirá la mitad de mi sueldo durante mi ausencia, <i>mi -lor</i>, y, por tanto, no tendrá razón para quejarse si la dejo. ¡Qué -digo, quejarse! Mi mujer está ya muy bien enseñada y no se quejará. -Nunca habla ni se sienta en presencia mía sin pedirme permiso. -¿Acaso no soy yo griego? ¿Acaso no sé cómo debo gobernar mi propia -casa? Admítame, <i>mi lor</i>; soy hombre de muchas habilidades, criado -discreto, excelente cocinero, buen caballerizo y ágil jinete; en una -palabra, soy Ρωμαϊκός. ¿Qué más quiere usted?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_29">[p. 29]</span></p> - -<p>Le pregunté sus condiciones, que resultaron exorbitantes, a -pesar de sus <i>principes d’honneur</i>. Descubrí, no obstante, que -estaba dispuesto a contentarse con la mitad de lo que pedía. Apenas -cerramos el trato, se apoderó de la sopera (la sopa se había quedado -completamente fría) y, poniéndola en la punta o más bien en la uña -del dedo índice, la hizo dar varias vueltas sobre su cabeza sin -verter ni una gota, con gran asombro mío; se lanzó luego hacia la -puerta, desapareció, y al cabo de un instante reapareció con la -<i>puchera</i>, poniéndola, después de otros brinquitos y floreos, encima -de la mesa. Hecho esto, dejó caer los brazos, y, poniendo una mano -sobre otra, se estuvo en posición de descanso, entornados los ojos y -con el mismo aplomo que si llevase ya a mi servicio veinte años.</p> - -<p>De ese modo inauguró Antonio Buchini sus funciones. A muchos -sitios salvajes me acompañó, andando el tiempo; en muchas singulares -aventuras participó; su conducta fué a menudo sorprendente en sumo -grado, pero me sirvió con valor y fidelidad; en todo y por todo, no -espero ver ya un criado como éste.</p> - -<p><i>Kosko bakh, Anton<a id="FNanchor_6" href="#Footnote_6" -class="fnanchor">[6]</a>.</i></p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_30">[Pg 30]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XX</h2> - <p class="subhang"> - Enfermedad.— Visita nocturna.— Una inteligencia superior.— El - cuchicheo.— Salamanca.— Hospitalidad irlandesa.— Soldados españoles.— - Anuncios de las Escrituras. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">E</span><span class="smcap">l deseo</span> -que tengo de comenzar la narración de mi viaje me induce a abstenerme -de contar a los lectores buen número de cosas que me sucedieron -antes de salir de Madrid para esta expedición. A mediados de mayo, -teniéndolo ya todo dispuesto, me despedí de mis amigos. Salamanca era -el primer punto a que pensaba dirigirme.</p> - -<p>Pocos días antes de mi partida me sentí bastante mal, a causa -del estado del tiempo, muy desapacible por los vientos ásperos -que constantemente soplaban. Me atacó un resfriado muy fuerte, -que terminó con una tos por demás incómoda, rebelde a todos los -remedios que sucesivamente empleé. Hechos ya los preparativos para -marcharme en día determinado, llegué a temer que el estado de mi -salud me obligase a aplazar el viaje algún tiempo. El último día de -mi estancia en Madrid, viendo que apenas podía<span class="pagenum" -id="Page_31">[p. 31]</span> tenerme en pie, me decidí a emplear -cualquier recurso desesperado, y por consejo del barbero-cirujano que -me visitaba, me sangré, ya muy entrada la noche de aquel mismo día; -el barbero me sacó diez y seis onzas de sangre, y después de cobrar -sus honorarios, se fué, deseándome feliz viaje; por su reputación -me aseguró que al mediodía siguiente estaría restablecido por -completo.</p> - -<p>Pocos minutos después, y cuando sentado a solas meditaba yo en -el viaje que iba a emprender y en el caduco estado de mi salud, oí -llamar con fuerza a la puerta de la casa en cuyo tercer piso me -alojaba. Un minuto después, Mr. S[outhern], de la embajada británica, -entró en el aposento. Cambiadas unas breves palabras, dijo que me -visitaba por encargo de Mr. Villiers para comunicarme la resolución -tomada por el embajador. Temeroso de las graves dificultades con que -tropezaría si intentaba difundir, solo y sin ayuda, el Evangelio -de Dios por una parte considerable de España, había resuelto Mr. -Villiers emplear todo su crédito e influencia en favor de mis planes, -pareciéndole que, llevados a buen término, no podrían por menos de -mejorar notablemente el estado político y moral de España.</p> - -<p>Con tal fin se proponía adquirir una importante cantidad de -ejemplares del Nuevo Testamento y remitírselos sin tardanza a -los<span class="pagenum" id="Page_32">[p. 32]</span> diferentes -cónsules británicos establecidos en España, con órdenes precisas -y terminantes de emplear todos los medios nacidos de su situación -oficial en favorecer la circulación de tales libros y en asegurarlos -la publicidad. Recibirían, además, el encargo de proporcionarme, -en cuanto llegase yo a sus respectivos distritos, el auxilio, el -estímulo y la protección de que hubiese menester.</p> - -<p>Estas noticias me produjeron, como puede suponerse, grandísimo -contento, pues, aunque de tiempo atrás conocía yo la buena voluntad -con que Mr. Villiers estaba dispuesto a ayudarme en toda ocasión, -y de ello me había dado con frecuencia pruebas suficientes, nunca -pude esperar que llegase tan adelante en su generosidad ni, dada su -importante posición diplomática, que procediese con tanta audacia -y resolución. Esa es la vez primera, creo yo, que un embajador -británico ha hecho de la causa de la Sociedad Bíblica una causa -nacional, o la ha favorecido directa o indirectamente. El caso de -Mr. Villiers es mucho más de notar porque a mi llegada a Madrid no -le hallé bien dispuesto, ni mucho menos, en favor de la Sociedad. -Probablemente, el Espíritu Santo le iluminó en ese punto. Era de -esperar que con su apoyo nuestra institución no tardaría en poseer -numerosos agentes en España que, con muchos más medios y mejores -ocasiones que yo, esparcirían la semilla del Evangelio<span -class="pagenum" id="Page_33">[p. 33]</span> y convirtirían el árido y -reseco yermo en risueño y verde trigal.</p> - -<p>Dos palabras acerca del caballero que me hizo esa visita -nocturna.</p> - -<p>Es lo más probable que él haya olvidado hace ya mucho tiempo -al humilde propagandista de la Biblia en España; pero yo conservo -todavía el recuerdo de las bondades que me dispensó. Dotado de una -inteligencia de primer orden, maestro en el saber de toda Europa, -profundamente versado en las lenguas clásicas, hablaba la mayoría -de los idiomas modernos con notable facilidad, y poseía, además, un -cabal conocimiento del corazón humano; tales cualidades, empleadas en -la carrera diplomática, le daban una superioridad de que muy pocos, -aun entre los mejor dotados, podían jactarse. Durante su permanencia -en España prestó muchos relevantes servicios al Gobierno de su -país, y al Gobierno, creo yo, no le faltarían ni el discernimiento -necesario para verlos, ni gratitud para premiarlos. Tuvo que -contrarrestar, sin embargo, los enconados ataques de la malquerencia -estúpida y baja del partido que, poco después de esta época, usurpó -la dirección de los asuntos públicos en España. Ese partido, cuyos -torpes manejos deshacía constantemente Mr. Southern, le temía y le -odiaba como a su genio malo, y aprovechaba todas las ocasiones para -arrojar sobre él las calumnias más inverosímiles y absurdas.<span -class="pagenum" id="Page_34">[p. 34]</span> Entre otras cosas, le -acusaban de haber intervenido como agente del Gobierno británico -en los sucesos de La Granja, provocando aquella revolución con el -soborno de los soldados rebeldes y, en especial, del famoso sargento -García. Tal acusación sólo puede provocar, naturalmente, una sonrisa -en cuantos conocen bien el carácter inglés y la línea general de -conducta seguida por el Gobierno británico; pero en España era -universalmente creída, y hasta la publicó impresa cierto periódico, -órgano oficial del necio duque de Frías, uno de los muchos primeros -ministros del partido <i>moderado</i> que rápidamente se sucedieron en el -poder en el último período de la lucha entre carlistas y <i>cristinos</i>. -Pero ¿cuándo una imputación calumniosa se vino jamás al suelo en -España por el peso de su propia absurdidad? ¡Infortunado país! -¡Mientras no te ilumine la pura luz del Evangelio no sabrás que el -don más alto de todos es la caridad!</p> - -<p>Al siguiente día se verificó la predicción del barbero: la tos -y la fiebre cedieron mucho, si bien por la pérdida de sangre me -encontraba algo débil. A las doce en punto llegaron los caballos a la -puerta de mi casa de la <i>calle de Santiago</i>, y me dispuse a montar; -pero mi caballo negro andaluz, <i>entero</i>, como ya dije, no se dejaba -acercar; en cuanto me veía la intención, empezaba a dar vueltas muy -de prisa.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_35">[p. 35]</span></p> - -<p>—<i>C’est un mauvais signe, mon maître</i>—dijo Antonio, quien, vestido -con un jubón verde, tocado con un gorro de <i>montero</i>, y calzadas -las botas y las espuelas, tenía por la brida al caballo comprado al -<i>contrabandista</i>, dispuesto a seguirme—. Eso es una mala señal, y en -mi país aplazarían el viaje hasta mañana.</p> - -<p>—¿Hay en su país de usted quien dome los caballos de este -modo?—pregunté, y tomando al caballo por la crin cumplí del modo más -satisfactorio la ceremonia de hablarle quedo al oído. Estúvose quieto -el animal y monté exclamando:</p> - -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2">El mozo gitano gritó a su caballo</span> -<span class="i0">al tiempo de ponerle el freno en la boca:</span> -<span class="i0">¡Buen caballo, caballo gitano!</span> -<span class="i0">¡Déjame que te monte ahora!<a id="FNanchor_7" -href="#Footnote_7" class="fnanchor">[7]</a></span> -</div></div> - -<p>Salimos de Madrid por la puerta de San Vicente, y nos encaminamos -hacia las elevadas montañas que dividen las dos Castillas. Aquella -noche nos quedamos en Guadarrama, pueblo grande al pie de la sierra, -distante de Madrid siete leguas. Al día<span class="pagenum" -id="Page_36">[p. 36]</span> siguiente madrugamos, subimos al puerto y -entramos en Castilla la Vieja.</p> - -<p>Cruzadas las montañas, el camino de Salamanca corre casi siempre -por llanuras arenosas y áridas, con pequeños y claros pinares -esparcidos aquí y allá. Ningún suceso digno de mención me ocurrió -en el viaje. Vendimos algunos Testamentos a nuestro paso por los -pueblos, especialmente en Peñaranda. Al mediar el tercer día, -descubrimos desde lo alto de una colina un gran cimborrio que, -herido con fuerza por los rayos del sol, parecía de oro bruñido. -Era la cúpula de la catedral de Salamanca. Nos halagaba la idea de -encontrarnos ya al fin de nuestro viaje, pero nos engañábamos: aún -faltaban cuatro leguas hasta la ciudad, cuyas iglesias y conventos, -irguiendo sus masas gigantescas, se columbran desde inmensa distancia -y seducen al viajero con la impresión de una proximidad completamente -ilusoria. Hasta mucho después de cerrar la noche, no llegamos a la -puerta de la ciudad, cerrada y guardada en previsión de un ataque -carlista; no sin dificultad nos permitieron entrar, y llevando -nuestros caballos por calles desiertas, silenciosas y obscuras, -dimos con un individuo que nos encaminó a una <i>posada</i>, la del Toro, -grande, sombría e incómoda, la mejor de la ciudad, según comprobé más -adelante.</p> - -<p>Salamanca es una ciudad melancólica; los<span class="pagenum" -id="Page_37">[p. 37]</span> días de su gloria escolar se acabaron -hace mucho tiempo para no volver; suceso no muy de lamentar, pues -¿qué provecho ha obtenido jamás el mundo de la filosofía escolástica? -Y sólo a ella debió siempre Salamanca su fama. Sus aulas están ahora -casi en silencio; la hierba crece en los patios donde en otro tiempo -se agolpaban a diario ocho mil estudiantes lo menos, cifra a que -hoy en día no llega la población total de la ciudad. Pero, con su -melancolía y todo, ¡qué interesante, más aún, qué espléndido lugar es -Salamanca! ¡Cuán soberbias sus iglesias, qué estupendos sus conventos -abandonados, y con qué sublime pero adusta grandeza sus enormes y -ruinosos muros, que coronan la escarpada orilla del Tormes, miran al -ameno río y a su venerable puente!</p> - -<p>¡Lástima que de los muchos ríos de España casi ninguno sea -navegable! El Tormes es bello, pero de poca agua, y en lugar de ser -manantial de prosperidades y de riqueza para esta parte de Castilla, -sólo sirve para mover unos cuantos pequeños molinos instalados en las -presas de piedra que de trecho en trecho atraviesan el cauce.</p> - -<p>Mi estancia en Salamanca fué sobre todo placentera por las -bondadosas atenciones y la diligente hospitalidad de los moradores -del Colegio irlandés, para cuyo rector llevaba yo una carta de -recomendación de mi<span class="pagenum" id="Page_38">[p. 38]</span> -bueno y excelente amigo Mr. O’Shea, el famoso banquero de Madrid. No -olvidaré fácilmente a aquellos irlandeses, sobre todo a su director, -el doctor Gartland, genuino vástago del buen tronco hibernés, hombre -de gran saber, de espíritu elevado y cumplido caballero. Aunque sabía -de sobra quién yo era, tendió una mano amistosa al errante misionero -hereje, exponiéndose con tal conducta a los agrios reparos de los -curas del país, gente de pocos alcances, que me miraban de reojo cada -vez que pasaba junto a los corrillos de la <i>Plaza</i>, donde, vestidos -con sus largos manteos y tocados con la feísima teja, se reunían para -murmurar. Pero ¿cuándo se ha visto que un irlandés deje de cumplir -los deberes de la hospitalidad por temor a las consecuencias de su -conducta? Estoy seguro de que ni el Papa ni los cardenales, con toda -su autoridad, bastarían para inducirle a cerrar su puerta al mismo -Lutero, si tan respetable personaje anduviese ahora por el mundo, -necesitado de sustento y asilo.</p> - -<p>¡Honor a Irlanda y a sus «cien mil bienvenidas»! Por mucho tiempo -han sido sus campos los más verdes del mundo, sus hijas las más -hermosas, sus hijos los más elocuentes y valerosos. ¡Que sea siempre -así!</p> - -<p>La <i>posada</i> donde me alojé era un buen ejemplar de los antiguos -albergues españoles, igual en casi todo a las del tiempo de<span -class="pagenum" id="Page_39">[p. 39]</span> Felipe III o IV. Las -habitaciones eran muchas y grandes, pavimentadas de ladrillo o de -piedra, con una alcoba, generalmente, en un extremo y en ella una -miserable cama de borra. Detrás de la casa el corral y al fondo de -éste la cuadra, llena de caballos, jacas, mulas, <i>machos</i> y burros, -porque huéspedes no faltaban, la mayoría de los cuales, <i>arrieros</i> -o vendedores ambulantes que recorrían el país traficando en lienzos -y paños burdos, dormía en el establo con sus <i>caballerías</i>. En el -cuarto frontero al mío se alojaba un oficial herido, recién llegado -de San Sebastián en un jaco lleno de mataduras; era extremeño y -se volvía a su pueblo para curarse. Le acompañaban tres soldados -licenciados, inútiles para el servicio a causa de sus mutilaciones y -lisiaduras; eran, según me contaron, del mismo pueblo que su merced, -y por eso les permitía viajar en su compañía. Los soldados dormían -en los camastros de las mulas; de día haraganeaban por la casa, -fumando cigarros de papel. Nunca los vi comer, pero hacían frecuentes -visitas a un rincón fresco y obscuro donde estaba una <i>bota</i>, y -poniéndosela como a seis pulgadas de sus delgados y negruzcos labios, -dejaban que el líquido se les entrase mansamente por el garguero -abajo. Dijéronme que no tenían paga, y como carecían en absoluto de -dinero, <i>su merced</i> el oficial les daba a veces un pedazo de pan, -pero también él era pobre y<span class="pagenum" id="Page_40">[p. -40]</span> sólo poseía un puñado de duros. ¡Magníficos huéspedes -para una posada!, pensé yo: sin embargo, España, lo digo en su -honor, es uno de los pocos países de Europa donde nunca se insulta -a la pobreza ni se la mira con desprecio. A ninguna puerta llamará -un pobre donde se le despida con un sofión, aunque sea la puerta de -una posada; si no le dan albergue, despídenle al menos con suaves -palabras, encomendándole a la misericordia de Dios y de su madre. -Así es como debe ser. Yo me río del fanatismo y de los prejuicios de -España; aborrezco la crueldad y ferocidad que han arrojado sobre su -historia una mancha de infamia indeleble; pero he de decir en pro de -los españoles que ningún pueblo del mundo muestra en el trato social -un aprecio más justo de la consideración debida a la dignidad de la -naturaleza humana, ni comprende mejor el proceder que a un hombre -le importa adoptar respecto de sus semejantes. Ya he dicho que este -es uno de los pocos países de Europa donde no se mira con desprecio -la pobreza; añado ahora que es también uno de los pocos donde la -riqueza no es ciegamente idolatrada. En España, los mismos mendigos -no se sienten seres degradados, porque no besan ningún pie, e ignoran -lo que es verse abofeteados o escupidos; en España, el duque y el -marqués con dificultad pueden alimentar una opinión excesivamente -presuntuosa<span class="pagenum" id="Page_41">[p. 41]</span> de -su propia importancia, porque no encuentran a nadie, quizás con la -excepción de su criado francés, que los adule o los halague.</p> - -<p>Durante mi estancia en Salamanca, tomé algunas disposiciones para -que la palabra de Dios pudiese ser conocida de todos en la famosa -ciudad. El principal librero de la localidad, Blanco, hombre rico y -respetable, consintió en ser mi representante, y, en consecuencia, -deposité en su tienda cierto número de ejemplares del Nuevo -Testamento. Blanco era propietario de una pequeña imprenta, donde se -tiraba el <i>Boletín Oficial</i> de la ciudad. Redacté para el <i>Boletín</i> -un anuncio de la obra, diciendo, entre otras cosas, que el Nuevo -Testamento es la única guía para la salvación; hablaba también de la -Sociedad Bíblica, y de los grandes sacrificios pecuniarios que estaba -haciendo con la mira de proclamar a Cristo crucificado y de dar a -conocer su doctrina. Quizás encuentren algunos ese paso demasiado -atrevido, pero yo no sabía cuál otro podía tomar que llamase -más la atención de la gente, extremo de gran importancia. Mandé -también imprimir cierto número de esos anuncios en forma y tamaño -de carteles, y los mandé pegar en diferentes sitios de la ciudad. -Muchas esperanzas tenía yo de vender por ese medio una cantidad -considerable de ejemplares del Nuevo Testamento; me proponía repetir -el<span class="pagenum" id="Page_42">[p. 42]</span> experimento -en Valladolid, León, Santiago y demás ciudades importantes que -visitase, repartiendo asimismo los anuncios por los caminos. De esa -manera, los hijos de España llegarían a saber que el Nuevo Testamento -existe, hecho que apenas conocía entonces el cinco por ciento de los -españoles, a pesar de la catolicidad y cristiandad de que con harta -frecuencia se jactan.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_43">[Pg 43]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XXI</h2> - <p class="subhang"> - Salida de Salamanca.— Recibimiento en Pitiega.— El dilema.— - Inspiración súbita.— El buen cura.— Combate de dos cuadrúpedos.— - Irlandeses cristianos.— Las llanuras de España.— Los catalanes.— La - poza fatal.— Valladolid.— Propaganda de las Escrituras.— Las misiones - para Filipinas.— El colegio inglés.— Una conversación.— La carcelera. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">E</span><span class="smcap">l sábado</span> -10 de junio salí de Salamanca para Valladolid. Como el pueblo donde -pensábamos quedarnos sólo distaba cinco leguas, no salimos hasta -después del medio día. Había en el cielo una neblina que obscurecía -al sol y casi lo ocultaba a nuestra vista. Mi amigo Mr. Patrick -Cantwell, del Colegio irlandés, fué tan amable que me acompañó parte -del camino. Montaba una mula de alquiler, extremadamente ruin en -apariencia, incapaz, a juicio mío, de seguir el paso de nuestros -fogosos caballos; parecía hermana gemela de la mula de Gil Pérez, en -la que su sobrino hizo el famoso viaje de Oviedo a Peñaflor. Pero -estaba yo muy equivocado. El animalito, en cuanto montó mi amigo, -salió andando con aquel rápido<span class="pagenum" id="Page_44">[p. -44]</span> paso tantas veces admirado por mí en las mulas españolas -y que no puede igualar caballo alguno. Los nuestros, a pesar de su -magnífica estampa, se quedaron atrás muy pronto, y a cada momento -teníamos que ponerlos al trote para seguir al singular cuadrúpedo, -que muy a menudo engallaba la cabeza, encogía los labios y nos -enseñaba sus amarillos dientes, como si se riera de nosotros, y -acaso se reía. Aconteció que ninguno conocíamos bien el camino; en -realidad, no veíamos cosa alguna que pudiera con justicia llamarse -así. La ruta de Salamanca a Valladolid, a veces carril, a veces -senda, es muy difícil de distinguir; no tardamos en perdernos, y -anduvimos mucho más de lo que, en rigor, era necesario. Sin embargo, -como nos cruzábamos frecuentemente con hombres y mujeres que pasaban -montados en jumentos, nuestro orgullo no nos impidió tomar los -necesarios informes, y a fuerza de preguntas llegamos al cabo a -Pitiega, pueblecito a cuatro leguas de Salamanca, formado por chozas -de tierra, en las que viven unas cincuenta familias, enclavado en -una llanura polvorienta, cubierta de opulentos trigales. Preguntamos -por la casa del <i>cura</i>, un anciano a quien había visto yo el día -antes en el Colegio Irlandés, y que al enterarse de mi próximo -viaje a Valladolid, me arrancó la promesa de no pasar por su pueblo -sin visitarle y sin aceptar su hospitalidad.<span class="pagenum" -id="Page_45">[p. 45]</span> Una mujer nos encaminó a cierta casita -aislada, de aspecto un poco mejor que las contiguas; tenía un pequeño -pórtico, cubierto, si no recuerdo mal, por una parra. Llamamos fuerte -y repetidas veces a la puerta, sin obtener contestación; callaba la -voz del hombre, y ni siquiera ladraba un perro. Lo que ocurría era -que el anciano cura estaba durmiendo la <i>siesta</i> y lo mismo toda su -familia, compuesta de una sirvienta vieja y de un gato. Movíamos -tanto ruido y dábamos tantas voces, impacientados por el hambre, -que el bueno del cura acabó por despertarse, y saltando de la cama -corrió presuroso a la puerta, lleno de confusión, y al vernos se -deshizo en excusas por estar durmiendo en el punto y hora en que, -según dijo, debía hallarse en la azotea acechando la llegada de su -huésped. Me abrazó cariñosamente y me condujo a su despacho, aposento -de regulares dimensiones, guarnecido de estantes llenos de libros. En -uno de los extremos había una especie de mesa o escritorio, tendido -de cuero negro, y un ancho sillón, donde el cura me obligó a sentarme -cuando me disponía, con ardor de bibliómano, a inspeccionar los -estantes; con extraordinaria vehemencia me dijo que allí no había -nada digno de la atención de un inglés, porque toda su librería -estaba compuesta de libros de rezo y de áridos tratados de teología -católica.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_46">[p. 46]</span></p> - -<p>Se ocupó luego en ofrecernos un refrigerio. En un abrir y cerrar -de ojos, con la ayuda del ama, puso sobre la mesa varios platos -con bollos y confituras y unas botellas de vidrio grueso que se me -antojaron muy parecidas a las de Schiedam, y resultaron, en efecto, -suyas. «Aquí tienen—dijo el cura restregándose las manos—. Doy -gracias a Dios por poder ofrecerles algo de su gusto. Estas botellas -son de aguardiente de Holanda añejo»; y manifestando dos anchos -vasos, continuó: «Llénenlos, amigos míos, y beban; beban y apúrenlo -si les place, porque para mí eso está de sobra: rara vez bebo nada -más que agua. Sé que a ustedes los isleños les gusta beber y que no -pueden pasar sin ello; por tanto, si les sirve de provecho, lo que -siento es no tener más.»</p> - -<p>Al observar que nos contentábamos meramente con gustar el -aguardiente nos miró asombrado y nos preguntó por qué no bebíamos. -Le dijimos que muy rara vez bebíamos alcoholes, y yo añadí que, por -mi parte, apenas probaba ni aun el vino, contentándome, como él, con -beber agua. Algo incrédulo se mostró; pero nos dijo que procediéramos -con plena libertad y pidiéramos lo que fuese de nuestro gusto. Le -contestamos que aún no habíamos comido y que nos alegraría poder -ingerir algo substantífico. «Me temo que no haya en casa nada que les -venga bien; con todo, vamos a verlo.»</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_47">[p. 47]</span></p> - -<p>En diciendo esto, nos condujo a una corraliza, a espaldas de la -casa, que hubiera podido llamarse huerto o jardín de haberse criado -en ella árboles o flores; pero sólo producía abundante hierba. En -un extremo había un palomar bastante grande, y nos metimos en él, -«porque—dijo el cura—si encontrásemos unos buenos pichones, ya tenían -ustedes excelente comida.» Empero nos llevamos chasco: después de -registrar los nidos, sólo encontramos pichones de muy pocos días, -que no se podían comer. El buen hombre se entristeció mucho y empezó -a temer, según dijo, que tuviésemos que marcharnos sin probar -bocado. Dejamos el palomar y nos llevó a un sitio donde había varias -colmenas, en torno de las que volaba un enjambre de afanosas abejas, -llenando el aire con su zumbido. «Lo que más quiero, después de -mis prójimos, son las abejas—dijo el cura—. Uno de mis placeres es -sentarme aquí a observarlas y a escuchar su música.»</p> - -<p>Pasamos después por varias habitaciones desamuebladas contiguas -al corral, en una de las cuales colgaban varias lonjas de tocino; -deteniéndose debajo de ellas, el cura alzó los ojos y se puso a -mirarlas atentamente. Dijímosle que si no podía ofrecernos cosa -mejor, tomaríamos muy gustosos unos torreznos, sobre todo si se -les añadían unos huevos. «Para decir la verdad—respondió—,<span -class="pagenum" id="Page_48">[p. 48]</span> no tengo otra cosa, y si -os arregláis con esto, me alegraré mucho; huevos no faltarán y podéis -comer cuantos queráis, fresquísimos, porque las gallinas ponen todos -los días.»</p> - -<p>Una vez preparado todo a nuestro gusto, nos sentamos a comer el -torrezno y los huevos; pero no en el aposento donde primeramente -nos recibió, sino en otro más chico, en el lado opuesto del -zaguán. El buen cura no comió con nosotros por haberlo hecho ya -mucho antes; pero se sentó en la cabecera de la mesa y animó la -comida con su charla. «Ahí mismo donde están ustedes ahora—dijo—se -sentaron antaño Wellington y Crawford, después de derrotar en los -Arapiles a los franceses, rescatándonos de la servidumbre de aquella -perversa nación. Nunca he venerado mi casa tanto como desde que la -honraron con su presencia aquellos héroes, uno de los cuales era -un semidiós.» Rompió luego en un elocuentísimo panegírico de <i>El -Gran Lord</i>, como le llamaba, y con mucho gusto lo transcribiría si -mi pluma fuese capaz de traducir al inglés los robustos y sonoros -períodos de su poderoso castellano. Hasta entonces me había parecido -el cura un viejo ignorante y sencillo, casi un simple, tan incapaz -de sentir fuertes emociones como una tortuga dentro de su concha. -Pero una súbita inspiración le iluminó; vibró en sus ojos una<span -class="pagenum" id="Page_49">[p. 49]</span> ardiente llamarada y -todos los músculos de su rostro temblaron. El bonete de seda que, -conforme al uso del clero católico, llevaba puesto, movíasele arriba -y abajo a compás de su agitación. Pronto advertí que estaba ante uno -de tantos hombres notables como surgen con frecuencia en el seno de -la iglesia romana, que a una simplicidad infantil reúnen una energía -inmensa y un entendimiento poderoso, y son igualmente aptos para -guiar un reducido rebaño de ignorantes campesinos en una obscura -aldea de Italia o de España, o para convertir millones de paganos en -las costas del Japón, de China o del Paraguay.</p> - -<p>El cura era un hombre delgado y seco, como de sesenta y cinco -años, y vestía un manteo negro de tela burda; lo restante de su -pergenio no era de mejor calidad. La modestia de su atavío no -era, ni con mucho, resultado de la pobreza. El curato era de muy -buenos rendimientos, y ponía anualmente a disposición del titular -ochocientos duros por lo menos, de los que invertía la octava parte -en sufragar sobradamente los gastos de su casa y familia; lo demás -lo empleaba por completo en obras de pura caridad. Daba de comer -al caminante hambriento, que luego seguía su viaje muy alegre con -provisiones en las alforjas y una <i>peseta</i> en el bolsillo; cuando sus -feligreses necesitaban dinero, no tenían más que acudir a su<span -class="pagenum" id="Page_50">[p. 50]</span> despacho, y de seguro -encontraban inmediato remedio. Era, verdaderamente, el banquero del -pueblo, y ni esperaba ni deseaba que le devolvieran sus préstamos. -Aunque necesitaba hacer viajes frecuentes a Salamanca, no tenía mula, -y se valía de un jumento que le dejaba el molinero del pueblo. «Hace -años tenía yo una mula, pero se la llevó sin mi permiso un viajero -a quien albergué una noche; porque ha de saberse que en esa alcoba -tengo dos camas muy limpias a disposición de los caminantes, y me -alegraría mucho que usted y su amigo las ocuparan y se quedasen -conmigo hasta mañana.»</p> - -<p>Pero ansiaba yo continuar el viaje, y a mi amigo no le apetecía -menos volverse a Salamanca. Al despedirme del hospitalario cura le -regalé un ejemplar del Nuevo Testamento. Recibiólo sin proferir -palabra y lo colocó en un estante de su despacho; observé que le -hacía señas al estudiante irlandés, moviendo la cabeza como si -quisiera decir: «Su amigo de usted no pierde ocasión de propagar su -libro»; porque sabía muy bien quién era yo. No olvidaré tan pronto -al presbítero, bueno de veras, Antonio García de Aguilar, <i>cura</i> de -Pitiega.</p> - -<p>Llegamos a Pedroso poco antes de anochecer. Pedroso es una -aldehuela como de treinta casas, cortada por un arroyuelo o <i>regata</i>. -En sus orillas, mujeres y mozas lavaban ropa y cantaban; la iglesia, -aislada y<span class="pagenum" id="Page_51">[p. 51]</span> -solitaria, se alzaba en último término. Preguntamos por la <i>posada</i> -y nos mostraron una casucha que en nada se distinguía de las demás -por su aspecto general. En vano llamamos a la puerta: en Castilla -no es costumbre que los posaderos salgan a recibir a sus huéspedes. -Concluímos por apearnos y entrar en la casa; preguntamos a una -mujer de semblante adusto dónde podíamos poner los caballos. Nos -dijo que no era posible llevarlos a la cuadra de la casa, porque -habían metido en ella unos <i>malos machos</i>, pertenecientes a dos -viajeros, que se pondrían seguramente a reñir con nuestros caballos -y habría una <i>función</i> capaz de hundir la casa. Nos señaló un anejo -a la posada, al otro lado de la calle, diciendo que allí podríamos -encerrar nuestras bestias. Reconocimos el lugar, encontrándolo -lleno de basura, habitado por los cerdos, y sin cerradura en la -puerta. Me acordé de la mula del <i>cura</i> y me entraron pocas ganas -de dejar los caballos en tal lugar, a merced de cualquier ladrón de -aquellos contornos. Volví, pues, a la posada y dije resueltamente -que había decidido llevarlos a la cuadra. Dos hombres, sentados -en el suelo, cenaban una inmensa fuente de liebre estofada; eran -los vendedores ambulantes, dueños de los machos. Al dirigirme a la -cuadra, uno de los dos hombres murmuró: «Sí, sí; anda y ya verás lo -que pasa». Apenas entré en el establo sonó<span class="pagenum" -id="Page_52">[p. 52]</span> un hórrido y discordante grito, mezcla de -rebuzno y quejido, y el más grande de los dos <i>machos</i>, soltándose -del pesebre a que estaba atado, con los ojos como brasas y resoplando -con la furia de un vendaval, se arrojó sobre mi caballo; pero -éste, tan cerril como el macho, alzó las patas y, a la manera de -un pugilista inglés, le pagó con tal caricia en la frente que casi -le tira al suelo. Se trabó después un combate, y pensé que iba a -realizarse la predicción de la adusta mujer haciéndose pedazos la -casa. Puse fin a la batalla colgándome del ronzal del macho, con -riesgo de mis extremidades, mientras Antonio, a costa de mucho -trabajo, apartaba el caballo. Entonces el dueño del macho, que se -había quedado en la puerta, se adelantó diciendo: «Si hubiera usted -seguido el consejo que le dieron, no habría pasado esto». Díjele que -era un disparate dejar los caballos en un sitio donde probablemente -los robarían antes del amanecer, y que yo no estaba dispuesto a -correr ese albur; el hombre me respondió: «Es verdad, es verdad; -quizá ha hecho usted bien». Luego ató de nuevo el <i>macho</i> al pesebre, -y reforzó la atadura con un pedazo de tralla, asegurando que ya no -era posible que el animal se soltase.</p> - -<p>Después de cenar vagué por el pueblo. Intenté hablar con dos o -tres labradores, en pie a la puerta de sus casas; pero todos se -mostraron por demás reservados, y con un<span class="pagenum" -id="Page_53">[p. 53]</span> áspero <i>buenas noches</i>, daban media -vuelta y se metían dentro, sin invitarme a entrar. Me encaminé, por -último, al pórtico de la iglesia, y allí permanecí un rato pensativo, -hasta que juzgué conveniente retirarme a descansar, y así lo hice, no -sin fijar antes en el atrio de la iglesia un cartel anunciando que -el Nuevo Testamento se vendía en Salamanca. De vuelta en la posada -encontré a los dos vendedores ambulantes profundamente dormidos en -las <i>mantas</i> de sus machos, tendidas por el suelo. Un hombre a quien -yo no había visto hasta entonces, y que era, al parecer, el amo -de la casa, me dijo: «Me figuro, <i>caballero</i>, que usted ha de ser -un comerciante francés, de paso para la feria de Medina.» «No soy -francés ni comerciante—respondí—. Aunque pasaré por Medina, no voy a -la feria.» «Entonces será usted uno de los irlandeses cristianos de -Salamanca, <i>caballero</i>—replicó el hombre—. He oído decir que viene -usted de allí.» «¿Por qué los llama usted irlandeses cristianos? -¿Es que hay paganos en su país?» «Los llamamos cristianos—dijo el -posadero—para distinguirlos de los irlandeses ingleses, que son peor -que paganos, porque son judíos y herejes.» Sin responder, me entré en -mi cuarto, y desde él oí, por estar la puerta entornada, el siguiente -breve diálogo entre el posadero y su mujer.</p> - -<p><span class="smcap">El posadero.</span>—<i>Mujer</i>, me parece que -tenemos mala gente en casa.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_54">[p. 54]</span></p> - -<p><span class="smcap">Su mujer.</span>—¿Te refieres a los últimos -que han llegado, a ese <i>caballero</i> y a su criado? Sí; no he visto en -mi vida gente peor encarada.</p> - -<p><span class="smcap">El posadero.</span>—No me gusta el criado, -y menos todavía el amo. Es un hombre sin formalidad ni educación; -me dice que no es francés, le hablo de los irlandeses cristianos, y -parece que tampoco es de su casta. Tengo más que barruntos de que es -hereje o, por lo menos, judío.</p> - -<p><span class="smcap">Su mujer.</span>—Acaso sea las dos cosas. -<i>¡María Santísima!</i> ¿Qué haremos para purificar la casa cuando se -vayan?</p> - -<p><span class="smcap">El posadero.</span>—¡Oh! Lo que es eso irá a -la <i>cuenta</i>, como es natural.</p> - -<p>Dormí profundamente, y me levanté algo entrada la mañana; después -de desayunarme pagué la cuenta, y bien conocí, por su exorbitancia, -que no habían dejado de poner en ella los gastos de purificación. Los -vendedores ambulantes se habían marchado al rayar el día. Sacamos -luego los caballos y montamos; en la puerta de la posada había un -grupo de gente que no nos quitaba ojo.—¿Qué significa esto?—le -pregunté a Antonio.</p> - -<p>—Se susurra que no somos cristianos—respondió—y han venido para -persignarse al vernos partir.</p> - -<p>En el momento de romper la marcha, en efecto, lo menos doce manos -se pusieron a<span class="pagenum" id="Page_55">[p. 55]</span> hacer -la señal de la cruz, que ahuyenta al Malo. Antonio se volvió al -instante y se santiguó al modo griego, mucho más complejo y difícil -que el católico.</p> - -<p>—<i>¡Mirad qué santiguo, qué santiguo de los demonios!</i>—exclamaron -varias voces, mientras avivábamos el paso por temor a las -consecuencias.</p> - -<p>El día fué por demás caluroso, y con mucha lentitud proseguimos -la marcha a través de las llanuras de Castilla la Vieja. En todo -lo perteneciente a España, la inmensidad y la sublimidad se -asocian. Grandes son sus montañas y no menos grandes sus planicies, -ilimitadas, al parecer; pero no como las uniformes e ininterrumpidas -llanadas de las estepas rusas. El terreno presenta de continuo -escabrosidades y desniveles; aquí un barranco profundo o rambla, -excavado por los torrentes invernales; más allá una eminencia, muchas -veces fragosa e inculta, en cuya cima aparece un pueblecito aislado -y solitario. ¡Cuánta melancolía por doquier; qué escasas las notas -vivas, joviales! Aquí y allá se encuentra a veces algún labriego -solitario trabajando la tierra; tierra sin límites, donde los olmos, -las encinas y los fresnos son desconocidos; tierra sin verdor, sobre -la que sólo el triste y desolado pino destaca su forma piramidal. -¿Y quién viaja por estas comarcas? Principalmente los <i>arrieros</i> -y sus largas recuas de mulas, adornadas con<span class="pagenum" -id="Page_56">[p. 56]</span> campanillas de monótono tintineo. Vedlos, -con sus rostros atezados, sus trajes pardos, sus sombrerotes gachos; -ved a los <i>arrieros</i>, verdaderos señores de las rutas de España, -más respetados en estos caminos polvorientos que los duques y los -<i>condes</i>, vedlos: mal encarados, orgullosos, rara vez sociables, -cuyas roncas voces se oyen en ocasiones desde una milla de distancia, -ya excitando a los perezosos animales, ya entreteniendo la tristeza -del camino con rudos y discordantes cantares.</p> - -<p>Muy entrada la tarde llegamos a Medina del Campo, una de las -principales ciudades de España en otro tiempo, y al presente lugar -sin importancia. Inmensas ruinas la rodean por todas partes, -atestiguando la pasada grandeza de la «ciudad de la llanura». La -plaza principal o del mercado es notable; rodéanla sólidos porches, -sobre los que se alzan negruzcos edificios muy antiguos. Medina -estaba llena de gente, porque la feria se celebraba de allí a un -par de días. Algún trabajo nos costó conseguir que nos admitieran -en la <i>posada</i>, ocupada principalmente por catalanes llegados de -Valladolid. Esa gente no sólo llevaba consigo sus mercancías, sino -sus mujeres e hijos. Algunos tenían malísima catadura, sobre todo -uno, gordo y de aspecto salvaje, como de cuarenta años de edad, que -se portó de atroz manera: sentado con su mujer, quizás su<span -class="pagenum" id="Page_57">[p. 57]</span> concubina, a la puerta -de un aposento que daba al patio, no cesaba de expeler horribles y -obscenos juramentos en español y en catalán. La mujer era de notable -hermosura; pero muy recia y al parecer no menos salvaje que el -hombre; su modo de hablar era igualmente horrendo. Ambos parecían -dominados por incomprensible furor. Al cabo, ante cierta observación -hecha por la mujer, el hombre se levantó y sacando de la faja un -gran cuchillo le tiró un golpe a su compañera en el pecho desnudo; -la mujer, empero, interpuso la palma de la mano y recibió en ella el -navajazo. Estúvose un momento el agresor mirando gotear la sangre en -el suelo, mientras la mujer levantaba en alto la mano herida; luego, -arrojando un estruendoso juramento, salió corriendo del patio a la -<i>plaza</i>. Me acerqué entonces a la mujer y dije: «¿Por qué ha sido -todo eso? Espero que ese tunante no le habrá herido de gravedad.» -Volvió hacia mí el semblante con expresión infernal y mirándome -despreciativamente exclamó: «<i>Carals, ¿que es eso?</i> ¿No puede un -caballero catalán hablar de sus asuntos particulares con su señora -sin que usted los interrumpa?» Se vendó luego la mano con un pañuelo -y entrándose en el cuarto sacó una mesita, puso en ella diferentes -cosas para disponer la cena, y se sentó en un taburete. En seguida -volvió el catalán y, sin decir palabra, se sentó en el umbral, como -si<span class="pagenum" id="Page_58">[p. 58]</span> nada hubiera -ocurrido; la singular pareja comenzó a comer y a beber, sazonando los -manjares con juramentos y burlas.</p> - -<p>Pasamos la noche en Medina, y a la mañana siguiente, muy temprano, -reanudamos el viaje, pasando por una comarca muy parecida a la que -recorrimos el día antes; a cosa del mediodía llegamos a una pequeña -<i>venta</i>, a media legua del Duero, y en ella descansamos durante las -horas de más calor; montamos después nuevamente y, cruzando el río -por un hermoso puente de piedra, nos encaminamos a Valladolid. Las -márgenes del Duero son muy bellas por aquel sitio y pobladas de -árboles y arbustos en los que trinaban melodiosamente a nuestro paso -algunos pajarillos. Delicioso frescor subía del agua que, a veces, -se embravecía entre las piedras o fluía veloz sobre la blanca arena, -o se estancaba con mansedumbre en las pozas azules, de considerable -hondura. Muy cerca de una de estas hoyas estaba sentada una mujer, -como de treinta años, vestida a lo labrador, con pulcritud; miraba -fijamente al agua, arrojando a ella, de vez en cuando, flores y -ramitas. Me detuve un momento y la hablé; pero sin mirarme ni -contestar, siguió contemplando el agua como si hubiera perdido la -conciencia de cuanto le rodeaba. «¿Quién es esa mujer?», pregunté -a un pastor que encontré momentos más tarde. «Es una loca, <i>la -pobrecita</i>—respondió—. Hace<span class="pagenum" id="Page_59">[p. -59]</span> un mes se le ahogó un hijo en esa poza, y desde entonces -ha perdido el juicio. La van a llevar a Valladolid, a la <i>Casa de -los locos</i>. Todos los años se ahoga bastante gente en los remolinos -del Duero; éste es un río muy malo. <i>Vaya usted con la Virgen, -caballero.</i>» Después entramos en los mezquinos y ralos <i>pinares</i> que -bordean el camino de Valladolid por aquella dirección.</p> - -<p>Valladolid está situado en medio de un inmenso valle, o más bien -hondonada, abierta, al parecer, por una fortísima convulsión de -la planicie castellana. Las alturas de las inmediaciones no son, -propiamente, una elevación del suelo, sino más bien los bordes de -la hondonada. Son muy escabrosas y pendientes y de aspecto por -demás insólito. Parece que en épocas remotas toda esta comarca -estuvo trabajada por fuerzas volcánicas. Hay en Valladolid numerosos -conventos, ahora abandonados, magnífica muestra, algunos de ellos, -de la arquitectura española. La iglesia principal, bastante antigua, -está sin acabar; propusiéronse los fundadores levantar un edificio -muy vasto; pero sus medios no bastaron para realizar el plan. Es de -granito sin labrar. Valladolid es ciudad fabril, pero en cambio su -comercio está principalmente en manos de los catalanes, establecidos -aquí en número próximo a trescientos. Posee una hermosa <i>alameda</i> -por la que corre el Esgueva. La población<span class="pagenum" -id="Page_60">[p. 60]</span> dícese que llega a sesenta mil -habitantes.</p> - -<p>Paramos en la <i>Posada de las Diligencias</i>, edificio magnífico; -pero a los dos días de llegar nos fuimos de ella muy gustosos, -porque el alojamiento era malísimo, y la gente de la casa por demás -grosera. El dueño, hombre de talla gigantesca, de enormes bigotes -y de marcialidad afectada, debía de creerse un caballero demasiado -principal para fijar la atención en sus huéspedes, de los que, a la -verdad, no andaba muy recargado, porque sólo estábamos Antonio y yo. -Era persona importante entre los guardias nacionales de Valladolid -y se recreaba pavoneándose por la ciudad en un corcel pesadote que -encerraba en una cuadra subterránea.</p> - -<p>Trasladamos nuestros reales al Caballo de Troya, <i>posada</i> antigua, -a cargo de un vascongado que, al menos, no se creía superior a su -oficio. Las cosas andaban muy revueltas en Valladolid por creerse -inminente una visita de los facciosos. Barreadas todas las puertas, -construyeron, además, unos reductos para cubrir los aproches de la -ciudad. Poco después de marcharnos nosotros, llegaron, en efecto, -los carlistas al mando del cabecilla vizcaíno Zariategui. No -encontraron resistencia; los nacionales más decididos se retiraron -al reducto principal y en seguida lo entregaron, sin que en toda -esa función<span class="pagenum" id="Page_61">[p. 61]</span> se -disparase un tiro. Mi amigo, el héroe de la posada, en cuanto oyó que -se aproximaba el enemigo, montó a caballo y escapó, y no ha vuelto a -saberse de él. A mi regreso a Valladolid, hallé la posada en otras -manos mucho mejores: regíala un francés de Bayona, quien me prodigó -tantas amabilidades como groserías sufrí de su predecesor.</p> - -<p>A los pocos días conocí al librero de la localidad, hombre -sencillo, de corazón bondadoso, que de buen grado se encargó de -vender los Testamentos. Todo género de literatura hallábase en -Valladolid en profundísima decadencia. Mi nuevo amigo sólo podía -dedicarse a vender libros en combinación con otros negocios, -porque, según me aseguró, la librería no le daba para vivir. -Sin embargo, durante la semana que permanecí en la ciudad se -vendió un número considerable de ejemplares, y abrigaba yo buenas -esperanzas de que aún pedirían muchos más. Para llamar la atención -sobre mis libros recurrí al sistema empleado en Salamanca y fijé -carteles en las paredes. Antes de marcharme dispuse que todas las -semanas los renovasen; con eso pensaba yo lograr multiplicados y -saludables frutos, porque el pueblo tendría siempre ocasión de -saber que existía, al alcance de sus medios, un libro que contiene -la palabra de vida, y acaso se sintiera inducido a comprarlo y a -consultarlo, incluso acerca de su salvación...<span class="pagenum" -id="Page_62">[p. 62]</span> Hay en Valladolid un colegio inglés y -otro escocés. Mis amables amigos los irlandeses de Salamanca me -habían dado una carta de presentación para el rector del último. -Estaba el colegio instalado en un lóbrego edificio, en calle -apartada. El rector vestía como los eclesiásticos españoles, carácter -que, a todas luces, pretendían apropiarse. Había en sus modales -cierta fría sequedad, sin pizca del generoso celo ni de la ardiente -hospitalidad que de tal modo me cautivaron en el cortesísimo rector -de los irlandeses de Salamanca; sin embargo, me trató con mucha -urbanidad y se ofreció a enseñarme las curiosidades locales. Sabía, -sin duda alguna, quién era yo, y acaso por esta razón se mostró más -reservado de lo que en otro caso hubiese sido; no hablamos palabra -de asuntos religiosos, como si de consuno quisiésemos eludirlos. -Bajo sus auspicios visité el colegio de las Misiones Filipinas, -situado en las afueras; me presentaron al rector, septuagenario de -hermosa presencia, muy vigoroso, en hábito de fraile. Expresaba -su semblante una benignidad plácida que me interesó sobremanera; -hablaba poco y con sencillez; parecía haber dicho adiós a todas las -pasiones terrenales. Sin embargo, aún se aferraba a cierta pequeña -debilidad.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Vive usted en una casa hermosa, -padre. Lo menos caben aquí doscientos estudiantes.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_63">[p. 63]</span></p> - -<p><span class="smcap">El rector.</span>—Más aún, hijo mío; se hizo -para albergar más centenares que simples individuos vivimos en ella -ahora.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Veo aquí algunos trabajos de -defensa improvisados; los muros están llenos de aspilleras por todas -partes.</p> - -<p><span class="smcap">El rector.</span>—Hace unos días vinieron -los nacionales de Valladolid y causaron bastante daño sin utilidad -alguna; estuvieron un poco groseros y me amenazaron con los clubs. -¡Pobres hombres, pobres hombres!</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Supongo que también las misiones, a -pesar de sus elevados fines, se resentirán de los trastornos actuales -de España.</p> - -<p><span class="smcap">El rector.</span>—Demasiado cierto es eso; -ahora el Gobierno no nos favorece nada; sólo contamos con nuestras -propias fuerzas y con la ayuda de Dios.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Cuántos misioneros novicios hay en -el colegio?</p> - -<p><span class="smcap">El rector.</span>—Ninguno, hijo mío; ninguno. -El rebaño se ha dispersado; el pastor se ha quedado solo.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Vuestra reverencia habrá, sin duda -alguna, tomado parte activa en las misiones.</p> - -<p><span class="smcap">El rector.</span>—Cuarenta años he estado -en Filipinas, hijo mío; cuarenta años entre los indios. ¡Ay de mí! -¡Cuánto quiero yo a los indios de Filipinas!</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Habla vuestra reverencia la lengua -de los indios?</p> - -<p><span class="smcap">El rector.</span>—No, hijo mío. A los -indios<span class="pagenum" id="Page_64">[p. 64]</span> les -enseñábamos el castellano; a mi parecer, no hay idioma mejor. Les -enseñábamos el castellano y la adoración de la Virgen. ¿Qué más -necesitaban saber?</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Y qué piensa vuestra reverencia de -las Filipinas como país?</p> - -<p><span class="smcap">El rector.</span>—Cuarenta años he estado -allá; pero lo conozco poco; el país no me interesaba gran cosa; mis -amores eran los indios. No es mala tierra aquélla; pero no tiene -comparación con Castilla.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Vuestra reverencia es -castellano?</p> - -<p><span class="smcap">El rector.</span>—Soy castellano viejo, hijo -mío.</p> - -<p>Desde la Casa de las Misiones Filipinas, me condujo mi amigo al -Colegio inglés, establecimiento muy superior en todos los órdenes al -Colegio Escocés. En este último había muy pocos alumnos, creo que -seis o siete apenas, mientras que en el seminario inglés se educaban -unos treinta o cuarenta, según me dijeron. La casa es hermosa, -con una iglesia pequeña, pero suntuosa, y muy buena biblioteca: -su emplazamiento es alegre y ventilado; completamente aislada en -un barrio de poco tránsito, un elevado muro, genuina muestra del -exclusivismo inglés, la rodea por todas partes y encierra, además, -un deleitoso jardín. Este colegio es, con gran ventaja, el mejor de -los de su clase en toda la Península, y creo que el más floreciente. -En el rápido vistazo dado a su interior<span class="pagenum" -id="Page_65">[p. 65]</span> no podía enterarme a fondo de su régimen; -pero no dejó de impresionarme el orden, la limpieza, el método -reinantes por doquiera. Sin embargo, no me atrevería yo a afirmar -que el aire de severa disciplina monástica que allí se advertía -respondiese con exactitud a la realidad. En la visita nos acompañó el -vicerrector, por estar ausente el rector. De todas las curiosidades -del colegio la más notable es la galería de pinturas, donde se -guardan los retratos de gran número de antiguos alumnos de la casa -martirizados en Inglaterra, en el ejercicio de su vocación, durante -los agitados tiempos de Eduardo VI y de la feroz Isabel. En esa casa -se educaron muchos de aquellos sacerdotes medio extranjeros, pálidos, -sonrientes, que a hurtadillas recorrían en todas direcciones la verde -Inglaterra; ocultos en misteriosos albergues, en el seno de los -bosques, soplaban sobre el moribundo rescoldo del papismo, sin otra -esperanza y acaso sin otro deseo que el de perecer descuartizados por -las sangrientas manos del verdugo, entre el griterío de una plebe -tan fanática como ellos; sacerdotes como Bedingfield y Garnet, y -tantos otros cuyo nombre se ha incorporado a las gestas de su país. -Muchas historias, maravillosas precisamente por ser ciertas, podrían, -sin duda, extraerse de los archivos del seminario papista inglés de -Valladolid.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_66">[p. 66]</span></p> - -<p>No escaseaban los huéspedes en el Caballo de Troya, donde nos -alojábamos. Entre los llegados durante mi estancia allí, figuraba una -mujer muy fornida y jovial, en extremo bien vestida, con traje de -seda negra y <i>mantilla</i> de mucho precio. Acompañábala un mozalbete -de quince años, muy guapo, pero de expresión maligna y arisca, hijo -suyo. Venían de Toro, lugar distante una jornada de Valladolid, -famoso por su vino. Una noche, estando al <i>fresco</i> en el patio de la -posada, tuvimos el siguiente coloquio:</p> - -<p><span class="smcap">La mujer.</span>—¡<i>Vaya, vaya</i>, qué pueblo tan -aburrido es Valladolid! ¡Qué diferencia de Toro!</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Yo le hubiera creído, por lo menos, -tan divertido como Toro, que no es ni la tercera parte de grande.</p> - -<p><span class="smcap">La mujer.</span>—¿Tan divertido como Toro? -<i>¡Vaya, vaya!</i> ¿Ha estado usted alguna vez en la cárcel de Toro, -señor caballero?</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Nunca he tenido ese honor; -generalmente, la cárcel es el último sitio que se me ocurre -visitar.</p> - -<p><span class="smcap">La mujer.</span>—Vea usted lo que es la -diferencia de gustos: yo he ido a ver la cárcel de Valladolid, y me -parece tan aburrida como la ciudad.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Es claro; si en alguna parte hay -tristeza y fastidio, ha de ser en la cárcel.</p> - -<p><span class="smcap">La mujer.</span>—Pero no en la de Toro.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_67">[p. 67]</span></p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Qué tiene la cárcel de Toro para -distinguirse de las demás?</p> - -<p><span class="smcap">La mujer.</span>—¿Qué tiene? <i>¡Vaya!</i> ¿Pues no -soy yo la <i>carcelera</i>? ¿Y no es mi marido el <i>alcaide</i>? Y mi hijo, -¿no es hijo de la cárcel?</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Dispense usted: no conocía esas -circunstancias. La diferencia, en efecto, es grande.</p> - -<p><span class="smcap">La mujer.</span>—Ya lo creo. Yo también soy -hija de la cárcel; mi padre era <i>alcaide</i> y mi hijo podría aspirar a -serlo, si no fuese tonto.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Tonto? Pues en la cara lo disimula -bastante. No sería yo quien comprara a este muchacho si lo vendieran -por tonto.</p> - -<p><span class="smcap">La carcelera.</span>—¡Buen negocio haría usted -si lo comprase! Más <i>picardías</i> tiene que cualquier <i>calabocero</i> de -Toro. Mi sentido es que no le tira la cárcel tanto como debiera, -sabiendo lo que han sido sus padres. Tiene demasiado orgullo, -demasiados caprichos; al cabo ha logrado convencerme para que -lo traiga a Valladolid, y le he colocado a prueba en casa de un -comerciante de la <i>Plaza</i>. Espero que no irá a parar a la cárcel; si -no, ya verá la diferencia que hay entre ser hijo de la cárcel y estar -encarcelado.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Habiendo tantas distracciones en -Toro, los presos no lo pasarán mal con usted.</p> - -<p><span class="smcap">La carcelera.</span>—Sí; somos muy buenos con -ellos; me refiero a los que son <i>caballeros</i>,<span class="pagenum" -id="Page_68">[p. 68]</span> porque con los que no tienen más que -<i>miseria</i>, ¿qué podemos hacer? La cárcel de Toro es muy divertida: -dejamos entrar todo el vino que quieren los presos, mientras tienen -dinero para comprarlo y para pagar el derecho de entrada. La de -Valladolid no es ni la mitad de alegre; no hay cárcel como la de -Toro. Allí aprendí yo a tocar la guitarra. Un caballero andaluz -me enseñó a tocar y cantar <i>a la gitana</i>. ¡Pobre muchacho! Fué mi -primer <i>novio</i>. Juanito, trae la guitarra, que voy a cantarle a este -caballero unos aires andaluces.</p> - -<p>La <i>carcelera</i> tenía hermosa voz y tocaba el instrumento favorito -de los españoles con verdadera maestría. Estuve escuchando sus -habilidades cerca de una hora, hasta que me retiré a mi habitación -a descansar. Creo que continuó tocando y cantando la mayor parte de -la noche, porque la oí todas las veces que me desperté, y aun entre -sueños me sonaban en los oídos las cuerdas de la guitarra.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_69">[Pg 69]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XXII</h2> - <p class="subhang"> - Dueñas.— Los hijos de Egipto.— Chalanerías.— El caballo de carga.— - La caída.— Palencia.— Curas carlistas.— El mirador.— Sinceridad - sacerdotal.— León.— Alarma de Antonio.— Calor y polvo. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">D</span><span class="smcap">espués</span> -de estar diez días en Valladolid nos pusimos en marcha para León. -Llegamos al mediodía a Dueñas, ciudad notable por muchos motivos, -distante de Valladolid seis leguas cortas. Hállase situada en una -ladera, sobre la que se alza a pico una montaña de tierra calcárea -coronada por un castillo en ruinas. En torno de Dueñas se ve multitud -de cuevas excavadas en la pendiente y cerradas con fuertes puertas: -son las bodegas donde se guarda el vino que en abundancia produce la -comarca, y que se vende principalmente a los navarros y montañeses; -acuden a buscarlo en carretas de bueyes y se lo llevan en grandes -cantidades. Paramos en una mezquina posada de los arrabales, con -idea de dar descanso a los caballos. Varios soldados de Caballería -allí alojados aparecieron en seguida, y con ojos de gente experta -empezaron a examinar mi caballo <i>entero</i>. «Este caballo tan bueno -debiera ser nuestro—dijo el cabo—. ¡Qué pecho<span class="pagenum" -id="Page_70">[p. 70]</span> tiene! ¿Con qué derecho viaja usted en -ese caballo, <i>señor</i>, haciendo falta tantos para el servicio de la -reina? Este caballo pertenece a la <i>requisa</i>.» «Con el derecho que me -da el haberlo comprado, y el ser yo inglés»—repliqué. «¡Oh, su merced -es inglés!—respondió el cabo—. Eso es otra cosa. A los ingleses se -les permite en España hacer de lo suyo lo que quieran, permiso que -no tienen los españoles. Caballero, he visto a sus paisanos de usted -en las provincias vascongadas: <i>vaya</i>, ¡qué jinetes y qué caballos! -Tampoco se baten mal; pero lo que mejor hacen es montar. Los he -visto subir por los <i>barrancos</i> en busca de los facciosos, y caer -sobre ellos de improviso cuando se creían más seguros y no dejar ni -uno vivo. La verdad: este caballo es magnífico; voy a mirarle el -diente.»</p> - -<p>Miré al cabo; tenía la nariz y los ojos dentro de la boca del -caballo. Los demás de la partida, que podían ser seis o siete, no -estaban menos atareados. El uno le examinaba las manos; el otro, las -patas; éste tiraba de la cola con toda su fuerza, mientras aquél le -apretaba la tráquea para descubrir si el animal tenía allí alguna -tacha. Por fin, al ver al cabo dispuesto a aflojarle la silla para -reconocerle el lomo, exclamé:</p> - -<p>—Quietos, <i>chabés</i><a id="FNanchor_8" href="#Footnote_8" -class="fnanchor">[8]</a> de Egipto; os olvi<span class="pagenum" -id="Page_71">[p. 71]</span>dáis de que sois <i>hundunares</i><a -id="FNanchor_9" href="#Footnote_9" class="fnanchor">[9]</a>, y que -no estáis <i>paruguing grastes</i><a id="FNanchor_10" href="#Footnote_10" -class="fnanchor">[10]</a> en el <i>chardí</i><a id="FNanchor_11" -href="#Footnote_11" class="fnanchor">[11]</a>.</p> - -<p>Al oír estas palabras, el cabo y los soldados volvieron -completamente el rostro hacia mí. Sí; no cabía duda: eran los -semblantes y el mirar fijo y velado de los hijos de Egipto. -Lo menos un minuto estuvimos mirándonos mutuamente, hasta que -el cabo, en la más elocuente lamentación gitana imaginable, -me dijo: ¡El <i>erray</i><a id="FNanchor_12" href="#Footnote_12" -class="fnanchor">[12]</a> nos conoce a nosotros, pobres <i>Caloré</i>!<a -id="FNanchor_13" href="#Footnote_13" class="fnanchor">[13]</a> -¿Y dice que es inglés? <i>¡Bullati!</i><a id="FNanchor_14" -href="#Footnote_14" class="fnanchor">[14]</a> No me figuraba -encontrar por aquí un <i>Busnó</i><a id="FNanchor_15" href="#Footnote_15" -class="fnanchor">[15]</a> que nos conociera, porque en estas tierras -no se ven nunca <i>gitanos</i>. Sí; su merced acierta; somos todos de -la sangre de los <i>Caloré</i>. Somos de <i>Melegrana</i><a id="FNanchor_16" -href="#Footnote_16" class="fnanchor">[16]</a>, y de allí nos sacaron -para llevarnos a las guerras. Su merced ha acertado; al ver este -caballo nos hemos creído otra vez en nuestra casa en el <i>mercado</i> de -Granada; el caballo es paisano nuestro, un <i>andalou</i> verdadero. <i>Por -Dios</i>, véndanos su merced este caballo; aunque somos pobres <i>Caloré</i>, -podemos comprarlo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_72">[p. 72]</span></p> - -<p>—Os olvidáis de que sois soldados; ¿cómo me ibais a comprar el -caballo?</p> - -<p>—Somos soldados—replicó el cabo—; pero no hemos dejado de ser -<i>Caloré</i>. Compramos y vendemos <i>bestis</i>; nuestro capitán va a la -parte con nosotros. Hemos estado en las guerras; pero no queremos -pelear; eso se queda para los <i>Busné</i>. Hemos vivido juntos y muy -unidos, como buenos <i>Caloré</i>; hemos ganado dinero. <i>No tenga usted -cuidao.</i> Podemos comprarle el caballo.</p> - -<p>Al decir esto, sacó una bolsa con diez onzas de oro lo menos.</p> - -<p>—Si quisiera venderlo—repuse—, ¿cuánto me daríais por el -caballo?</p> - -<p>—Entonces su merced desea vender el caballo. Eso ya es otra cosa. -Le daremos a su merced diez duros por él. No vale para nada.</p> - -<p>—¿Cómo es eso?—exclamé—. Hace un momento me habéis dicho que era -un caballo muy bueno, paisano vuestro.</p> - -<p>—No, <i>señor</i>; no hemos dicho que sea <i>Andalou</i>, hemos dicho que -es <i>Extremou</i>, y de lo peor de su casta. Tiene diez y ocho años, es -corto de resuello y está malo.</p> - -<p>—Pero si yo no quiero vender el caballo; al contrario. Más bien -necesito comprar que vender.</p> - -<p>—¿Su merced no quiere vender el caballo?—dijo el gitano—. Espere -su merced: daremos sesenta duros por el caballo de su merced.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_73">[p. 73]</span></p> - -<p>—Aunque me dierais doscientos sesenta. <i>¡Meclis, meclis!</i><a -id="FNanchor_17" href="#Footnote_17" class="fnanchor">[17]</a>, no -digas más. Conozco las tretas de los gitanos. No quiero tratos con -vosotros.</p> - -<p>—¿No ha dicho su merced que desea comprar un caballo?—preguntó el -gitano.</p> - -<p>—No necesito comprar ninguno—exclamé—. De necesitar algo, sería -una jaca para el equipaje. Pero se ha hecho tarde; Antonio, paga la -cuenta.</p> - -<p>—Espere su merced; no tenga tanta prisa—dijo el gitano—. Voy a -traerle lo que usted necesita.</p> - -<p>Sin aguardar respuesta corrió a la cuadra, y a poco salió trayendo -por el ramal una jaca ruana, de unos trece palmos de alzada, llena -de mataduras y señales de las cuerdas y ataderos. La estampa, sin -embargo, no era mala, y tenía un brillo extraordinario en los -ojos.</p> - -<p>—Aquí tiene su merced—dijo el gitano—la mejor jaca de España.</p> - -<p>—¿Para qué me enseñas ese pobre animal?—pregunté.</p> - -<p>—¿Pobre animal?—repuso el gitano—. Es un caballo mejor que su -<i>Andalou</i> de usted.</p> - -<p>—Puede que no quisieras cambiarlos—dije yo sonriendo.</p> - -<p>—<i>Señor</i>, lo que yo digo es que puesto a correr, le saca ventaja a -su <i>Andalou</i> de usted.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_74">[p. 74]</span></p> - -<p>—Está muy flaco—respondí—. Me parece que concluirá muy pronto de -pasar fatigas.</p> - -<p>—Flaco y todo como está, <i>señor</i>, ni usted ni cuantos ingleses hay -en España son capaces de dominarlo.</p> - -<p>Miré otra vez al animal, y su estampa me hizo una impresión más -favorable aún que antes. Necesitaba yo una caballería para relevar, -cuando fuese menester, a la de Antonio en el transporte del equipaje, -y aunque el estado de aquella jaca era lastimoso, pensé que con el -buen trato no tardaría en redondearse.</p> - -<p>—¿Puedo montar en él?—pregunté.</p> - -<p>—Es caballo de carga, <i>señor</i>, y no está hecho a la silla; sólo -se deja montar por mí, que soy su amo. Cuando se arranca, no para -hasta el mar: se lanza por cuestas y montañas, y las deja atrás en -un momento. Si quiere usted montar este caballo, <i>señor</i>, permítame -que antes le ponga la brida, porque con el ronzal no podrá usted -sujetarlo.</p> - -<p>—Eso es una tontería—repliqué—. Pretendes hacerme creer que -tiene mucho genio para pedir más por él. Te digo que está casi -muriéndose.</p> - -<p>Tomé el ronzal y monté. Apenas me sintió sobre las costillas, -el animalito, que hasta entonces había estado inmóvil como una -piedra, sin mostrar el menor deseo de cambiar de postura ni dar más -señales de vida<span class="pagenum" id="Page_75">[p. 75]</span> -que revolver los ojos y enderezar una oreja, arrancó al galope -tendido como un caballo de carreras. Presumía yo que el caballo -iba a cocear o a tirarse al suelo para librarse de la carga; pero -la escapada me cogió completamente desprevenido. No me costó gran -trabajo, sin embargo, sostenerme, porque desde la niñez estaba yo -habituado a montar en pelo; pero frustró todos los esfuerzos que -hice para detenerlo, y casi empecé a creer, como me había dicho el -gitano, que ya no se pararía hasta el mar. No obstante, disponía yo -de un arma poderosa, y fué tirar del ronzal con toda mi fuerza, hasta -que obligué al caballo a volver ligeramente el cuello, que, por lo -rígido, parecía de palo; a pesar de todo, no disminuyó la rapidez -de su carrera ni un momento. A mano izquierda del camino, por donde -volábamos, había una profunda zanja, en el preciso lugar donde el -camino torcía a la derecha, y hacia la zanja se lanzó oblicuamente -el caballo. Con los tirones se rompió el ronzal; el caballo siguió -disparado como una flecha, y yo caí de espaldas al suelo.</p> - -<p>—<i>Señor</i>—dijo el gitano, acercándoseme con el semblante más serio -del mundo—, ya le decía yo a usted que no montase sin brida ni freno; -es caballo de carga y sólo está acostumbrado a que le monte yo, -que le doy de comer. (Al decir esto silbó, y el animal, que andaba -dando corcovos por el campo,<span class="pagenum" id="Page_76">[p. -76]</span> y acoceando el aire, volvió al instante con un suave -relincho.) Vea su merced qué manso es—continuó el gitano—. Es un -caballo de carga de primera, y puede subir, con todo lo que usted -lleva, las montañas de Galicia.</p> - -<p>—¿Cuánto pides por él?—dije yo.</p> - -<p>—<i>Señor</i>, como su merced es inglés y buen <i>jinete</i>, y, sobre todo, -conoce los usos de los <i>Caloré</i>, y sus mañas y lenguaje también, se -lo venderé a usted muy arreglado. Me dará usted doscientos sesenta -duros por él, ni uno menos.</p> - -<p>—Es mucho dinero—respondí.</p> - -<p>—No, <i>señor</i>, nada de eso; es un caballo de carga; fíjese usted -que pertenece al ejército, y no lo vendo para mí.</p> - -<p>Dos horas de caballo nos pusieron en Palencia, ciudad antigua y -bella, admirablemente situada a orillas del Carrión, y famosa por -su comercio de lanas. Nos alojamos en la mejor <i>posada</i> que había, -y seguidamente fuí a visitar a uno de los principales comerciantes -de la ciudad, para quien me había dado una recomendación mi banquero -de Madrid. Dijéronme que el señor estaba durmiendo la <i>siesta</i>. -«Entonces—pensé yo—lo mejor será hacer otro tanto», y me volví a -la <i>posada</i>. Por la tarde repetí la visita, y vi al comerciante. -Era un hombre bajo y corpulento, de unos treinta años; al pronto me -recibió con cierta sequedad, pero no tardaron<span class="pagenum" -id="Page_77">[p. 77]</span> sus modales en dulcificarse, y a lo -último no sabía ya cómo darme suficientes pruebas de su cortesía. -Me presentó a un su hermano, recién llegado de Santander, persona -inteligente en grado sumo, y que había vivido varios años en -Inglaterra. Ambos se empeñaron en enseñarme la ciudad, como lo -hicieron, paseándome por ella y por sus cercanías. Admiré sobre todo -la catedral, edificio de estilo gótico primitivo, pero elegante y -ligero. Mientras recorríamos sus naves laterales, los dulces rayos -del sol poniente, al entrar por las ventanas arqueadas, iluminaban -algunos hermosos cuadros de Murillo que adornan el sagrado edificio<a -id="FNanchor_18" href="#Footnote_18" class="fnanchor">[18]</a>. Desde -la iglesia lleváronme mis amigos por un camino pintoresco a un batán -de las afueras. Abundaban allí el agua y los árboles, pareciéndome -los alrededores de Palencia uno de los lugares más agradables que -hasta entonces había visto. Cansados de rodar de una parte a otra, -fuimos a un café, donde me obsequiaron con dulces y chocolate. Tal -fué la hospitalidad de mis amigos, sencilla y agradable, como hay -mucha en España.</p> - -<p>Al siguiente día proseguimos el viaje, triste en su mayor parte, -a través de áridas y desoladas llanuras, con algunos pueblos y<span -class="pagenum" id="Page_78">[p. 78]</span> ciudades esparcidos aquí -y allá, pueblos silenciosos, melancólicos, distantes unos de otros -dos o tres leguas. Hacia el mediodía percibimos a lo lejos, entre -brumas, una inmensa cadena de montañas, límite septentrional de -Castilla; pero el día se nubló y obscureció, y las perdimos de vista. -Un viento sonoro comenzó a soplar con violencia en las desoladas -llanuras, arrojándonos al rostro nubes de polvo; los pocos rayos -de sol que traspasaban las nubes eran candentes, inflamados. Iba -yo muy cansado del viaje, y cuando a eso de las cuatro llegamos a -X<a id="FNanchor_19" href="#Footnote_19" class="fnanchor">[19]</a>, -pueblo grande, a mitad de camino entre Palencia y León, resolví pasar -allí la noche. Pocos lugares habré visto en mi vida tan desolados -como aquel pueblo. Las casas, grandes en su mayoría, tenían muros de -barro, como los pajares. En toda la sinuosa y larga calle por donde -entramos, no vimos alma viviente a quien preguntar por la <i>venta</i> o -<i>posada</i>; al cabo, en un extremo de la plaza, al fondo, descubrimos -dos bultos negros parados junto a una puerta, e interrogándolos -supimos ser aquella la casa que buscábamos. Extraño era el aspecto -de los dos seres, que parecían los genios del lugar. El uno, pequeño -y delgado, de unos cincuenta años, tenía las facciones pronunciadas -y<span class="pagenum" id="Page_79">[p. 79]</span> aviesas. Vestía -una holgada casaca negra de largos faldones, calzón también negro y -gruesas medias de estambre del mismo color. Hubiérale tomado desde -luego por un eclesiástico, a no ser por su sombrero, pequeña castora -abollada, nada clerical ciertamente. Su acompañante era de corta -estatura y mucho más joven. Vestía de análogo modo, salvo que llevaba -una capa azul obscuro. Empuñaban sendos bastones, y, sin alejarse -de la puerta, tan pronto entraban como salían, mirando a veces al -camino, como si aguardasen a alguien.</p> - -<p>—Créame usted, <i>mon maître</i>—me dijo Antonio en francés—, estos dos -individuos son curas carlistas, y están aguardando la llegada del -Pretendiente. <i>Les imbeciles!</i></p> - -<p>Llevamos los caballos a la cuadra, guiados por la posadera. -«¿Quiénes son esos hombres?»—pregunté.</p> - -<p>—El más viejo es el arcipreste del <i>pueblo</i>—respondió la mujer—. -El otro es hermano de mi marido. <i>¡Pobrecito!</i> Era fraile en un -convento de aquí; pero lo cerraron y echaron a los hermanos.</p> - -<p>Volvimos a la puerta.</p> - -<p>—Me parece, caballeros, que ustedes son catalanes—dijo el -cura.—¿Traen ustedes noticias de aquel reino?</p> - -<p>—¿Por qué supone usted que somos catalanes?—pregunté.</p> - -<p>—Porque les he oído hace un momento hablar en esa lengua.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_80">[p. 80]</span></p> - -<p>—No traigo noticias de Cataluña—respondí—. Pero creo que la mayor -parte del principado está en manos de los carlistas.</p> - -<p>—¡Ejem, hermano Pedro! Este caballero dice que la mayor parte de -Cataluña está en poder de los realistas. Por favor, caballero, dígame -si sabe por dónde andará a estas horas Don Carlos con su ejército.</p> - -<p>—Por mis noticias—respondí—es posible que esté ya muy cerca de -aquí.</p> - -<p>Eché a andar hacia la salida del pueblo. Al instante se me -juntaron los dos individuos, y Antonio con ellos, poniéndonos los -cuatro a mirar fijamente al camino.</p> - -<p>—¿Ve usted algo?—pregunté por fin a Antonio.</p> - -<p>—<i>Non, mon maître.</i></p> - -<p>—¿Ve usted algo, señor?—pregunté al cura.</p> - -<p>—No veo nada—respondió, alargando el pescuezo.</p> - -<p>—No veo nada—dijo Pedro, el ex fraile—; sólo veo mucho polvo, cada -vez más espeso.</p> - -<p>—Entonces, yo me vuelvo—dije—. Es poco prudente estarse aquí -esperando al Pretendiente. Si los nacionales de la población se -enteran, pueden fusilarnos.</p> - -<p>—¡Ejem!—dijo el cura, siguiéndome—. Aquí no hay nacionales; -quisiera yo saber quién se atrevería a serlo. Cuando los vecinos -recibieron orden de alistarse en la milicia,<span class="pagenum" -id="Page_81">[p. 81]</span> rehusaron todos sin excepción, y tuvimos -que pagar una multa. Por tanto, amigo, si tiene algo que comunicarnos -hable sin recelo; aquí todos somos de su misma opinión.</p> - -<p>—Yo no tengo opinión alguna—repliqué—, como no sea que me corre -prisa cenar. No estoy por <i>Rey</i> ni por <i>Roque</i>. ¿No dice usted que -soy catalán? Pues ya sabe usted que los catalanes no piensan más que -en sus negocios.</p> - -<p>Al anochecer anduve vagando por el pueblo, que me pareció aún -más abandonado y melancólico que antes; acaso fué, no obstante, una -población de importancia en tiempos pasados. En un extremo del pueblo -yacían las ruinas de un vasto y tosco castillo, casi todo de piedra -berroqueña; quise visitarlas, pero hallé la entrada defendida por una -puerta. Desde el castillo me encaminé al convento, triste y desolado -lugar, antigua morada de frailes franciscanos mendicantes. Ya me -volvía a la posada, cuando oí fuerte rumor de voces, y guiándome -por ellas no tardé en salir a una especie de prado, donde sobre un -montículo estaba sentado un cura vestido de hábitos, leyendo en alta -voz un periódico; en torno suyo, de pie o sentados en la hierba, -se congregaban unos cincuenta <i>vecinos</i>, vestidos casi todos con -luengas capas; entre ellos descubrí a mis dos amigos, el cura y el -fraile.<span class="pagenum" id="Page_82">[p. 82]</span> «Es un -buen enjambre de carlistas—dije entre mí—ansiosos de noticias»; y me -encaminé hacia otra parte de la pradera, donde pastaban los ganados -del pueblo. El cura, en cuanto me vió, se apartó del grupo y vino a -mí. «He oído que necesita usted un caballo—me dijo—. Yo tengo aquí -uno pastando, el mejor del reino de León»; y con la volubilidad de -un <i>chalán</i> empezó a ensalzar los méritos del animal. No tardó en -juntársenos el fraile, quien, aprovechando una oportunidad, me tiró -de la manga, y me dijo:</p> - -<p>—Señor, con el cura no se puede tratar; es el pillo más grande de -estos contornos. Si necesita usted un caballo, mi hermano tiene uno -mucho mejor, y se lo dará más barato.</p> - -<p>—No pienso comprarlo hasta que llegue a León—exclamé; y me fuí, -meditando en la amistad y en la sinceridad de los curas.</p> - -<p>Desde X a León, ocho leguas de camino, el país mejoró rápidamente; -cruzamos varios arroyos, y a veces atravesábamos praderas -exuberantes. Volvió a brillar el sol, y acogí su reaparición con -alegría, a pesar del sofocante calor. A dos leguas de León dimos -alcance a un tropel de gente con caballos, mulas y carros que acudían -a la famosa feria que el día de San Juan se celebra en León; en -efecto, se inauguró a los tres días de nuestra llegada. Aunque esa -feria es principalmente de caballos, acuden a<span class="pagenum" -id="Page_83">[p. 83]</span> ella comerciantes de muchas partes de -España con diferentes géneros de mercadería, y allí me encontré a -muchos catalanes ya vistos en Medina y Valladolid.</p> - -<p>Nada notable hay en León, ciudad vieja y tétrica, salvo la -catedral, que es, en muchos respectos, un duplicado de la de -Palencia, elegante y aérea como ésta, pero sin los espléndidos -cuadros que la adornan. La situación de León en el centro de -una comarca floreciente, abundante en árboles, y regada por -muchas corrientes de agua nacidas en las grandes montañas de las -inmediaciones, es muy placentera. Dista mucho, sin embargo, de -ser un lugar saludable, sobre todo en verano, cuando los calores -suscitan las emanaciones nocivas de las aguas, que engendran muchas -enfermedades, especialmente calenturas. Apenas llevaba tres días -en León me atacó una de esas fiebres, contra la que creí no poder -luchar, no obstante mi constitución robusta, pues en siete días que -me duró me quedé casi en los huesos, y en tan deplorable estado de -debilidad que no podía hacer el más leve movimiento. Pero ya antes -había logrado que un librero se encargara de vender los Testamentos, -y publicado los anuncios de costumbre, aunque sin grandes esperanzas -de buen éxito, porque los leoneses, con raras excepciones, son -furibundos carlistas y ciegos e ignorantes secuaces de la arcaica -iglesia papal. La<span class="pagenum" id="Page_84">[p. 84]</span> -sede episcopal de León estuvo ocupada en otro tiempo por el primer -ministro de Don Carlos, y parece que su espíritu fanático y feroz -llena todavía la ciudad. En cuanto aparecieron los carteles, el -clero se puso en movimiento. Fueron de casa en casa, fulminando -maldiciones y anatemas y amenazando con todo género de desventuras -a quien comprase o leyese «los libros malditos» que los herejes -introducían en el país con propósito de pervertir las almas cándidas -de los habitantes. Hicieron más: incoaron un proceso ante el tribunal -eclesiástico contra el librero. Por fortuna, ese tribunal no posee -ahora mucha autoridad, y el librero, atrevido y resuelto, sostuvo -el reto y llegó hasta fijar un anuncio en la misma puerta de la -catedral. A pesar del griterío que se levantó contra los libros, -se vendieron en León algunos ejemplares; dos fueron adquiridos por -sendos exclaustrados, y otros tantos por párrocos de las aldeas -vecinas. Creo que en total se vendieron unos quince ejemplares, de -suerte que mi visita a lugar tan atrasado no se perdió del todo, -porque la semilla del Evangelio quedó sembrada, aunque con parquedad. -Pero las espesas tinieblas que envuelven a León son verdaderamente -lamentables, y la ignorancia del pueblo es tan grande que en las -tiendas se venden públicamente y tienen gran aceptación conjuros -y encantaciones impresos contra Satanás y<span class="pagenum" -id="Page_85">[p. 85]</span> su hueste y contra todo género de -maleficios. Tales son los resultados del papismo, la falacia que más -ha contribuído a envilecer y embrutecer al espíritu humano.</p> - -<p>Apenas pude levantarme del lecho donde la fiebre me tuvo postrado. -Antonio me descubrió sus temores. Díjome que había visto a varios -soldados, con el uniforme de Don Carlos, acechar a la puerta de la -<i>posada</i> e inquirir noticias respecto de mí. Ocurría, en efecto, en -León un hecho singular: más de cincuenta individuos, que por diversos -motivos habían dejado las filas del Pretendiente, paseaban por las -calles vistiendo su librea, plenamente seguros de que nadie los -molestaría gracias a la protección cierta de las autoridades locales. -Supe también por Antonio que el posadero era un notorio <i>alcahuete</i> -o espía de los ladrones de toda la comarca, y que a menos de -emprender el viaje muy pronto y sin avisar, nos robarían seguramente -en el camino. No hice gran caso de tales indicaciones; pero tenía -vivos deseos de marcharme de León, porque, a mi parecer, en tanto -permaneciese allí no podría recobrar la salud ni la fuerza.</p> - -<p>De consiguiente, a las tres de la mañana salimos para Galicia; -apenas habíamos andado media legua, estalló una tormenta -violentísima. Nos hallábamos en un bosque que se dilataba bastante en -la misma dirección que nosotros seguíamos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_86">[p. 86]</span></p> - -<p>El viento doblaba los árboles casi hasta el suelo o los arrancaba -de cuajo; la luz de los relámpagos que fulguraban en torno nuestro, -barría la tierra y casi nos cegaba. El fogoso caballo andaluz que yo -montaba se espantó y comenzó a botar como un endemoniado. Como estaba -tan débil, me costó grandísimo trabajo agarrarme a la silla y evitar -una caída que podía ser fatal. La tronada acabó en una manga de agua -tremenda que engrosó los arroyos e inundó los campos, haciendo muchos -daños en los sembrados. Después de una caminata de cinco leguas -comenzamos a entrar en la región montañosa de Astorga. El calor se -hizo casi sofocante. Aparecieron enjambres de moscas que, posándose -en los caballos, los enloquecían a picaduras. El camino era duro y -fatigoso. Con gran trabajo llegamos a Astorga, cubiertos de barro y -de polvo, tan sedientos que la lengua se nos pegaba al paladar.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_87">[Pg 87]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XXIII</h2> - <p class="subcentra"> - Astorga.— La posada.— Los maragatos.— Costumbres de los maragatos.— - La estatua. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">F</span><span class="smcap">uimos</span> -a una posada de los arrabales, la única, por cierto, que había en -la ciudad. El patio estaba lleno de <i>arrieros</i> y carreteros que -movían gran alboroto; el posadero reñía con dos de sus parroquianos, -y reinaba universal confusión. Al apearme recibí en la cara el -contenido de un vaso de vino; pero como el saludo iba probablemente -destinado a otro, me hice el desentendido. Alcanzóle a Antonio -un estacazo, y, menos paciente que yo, devolvió en el acto el -saludo cruzándole la cara con el látigo a un carretero. Mientras -me esforzaba por separar a los dos antagonistas, mi caballo se -escapó, y rompiendo por entre la revuelta multitud, derribó a varios -individuos y causó no pocos destrozos. Costó mucho tiempo restablecer -la paz; por fin nos condujeron a una habitación de regular decencia. -Apenas nos habíamos instalado, llegó de Madrid la galera para La -Coruña llena de viajeros polvorientos: mujeres, niños, oficiales -inválidos<span class="pagenum" id="Page_88">[p. 88]</span> y otra -gente así. En seguida nos expulsaron de nuestro cuarto y arrojaron -los equipajes al patio. Como nos quejáramos de tal trato, nos dijeron -que éramos dos vagabundos a quien nadie conocía, que habíamos -llegado sin <i>arriero</i> y puesto en confusión la casa entera. Por gran -favor nos permitieron, al cabo, refugiarnos en un ruinoso cuartucho -pegado a la cuadra, lleno de ratas y de miseria. Había allí una cama -con dosel muy antigua, y hubimos de darnos por contentos con tan -miserable acomodo porque, abrasado de fiebre, yo no podía seguir -adelante. El calor era insoportable. Me senté en la escalera, con la -cabeza entre las manos, anhelando por falta de aire; Antonio acudió a -darme de beber agua con vinagre, y me sentí aliviado.</p> - -<p>Tres días estuvimos en aquel arrabal, y la mayor parte del tiempo -permanecí tendido en la cama. Una o dos veces se me ocurrió ir a -la ciudad; pero no encontré librero ni persona alguna dispuesta a -encargarse de vender mis Testamentos. La gente era brutal, estúpida -y grosera; me volví a la cama cansado y desanimado. Allí me estuve -oyendo, de tiempo en tiempo, los armoniosos sones de la campana del -reloj de la vieja catedral. El posadero ni fué a verme ni preguntó -por mí. Con los cuidados de Antonio recobré las fuerzas rápidamente. -«<i>Mon maître</i>—me dijo una tarde—. Veo que está usted<span -class="pagenum" id="Page_89">[p. 89]</span> mejor; vámonos mañana -de esta ciudad y de esta <i>posada</i>, que son a cual peores. <i>Allons, -mon maître! Il est temps de nous mettre en chemin pour Lugo et -Galice.</i>»</p> - -<p>Antes de contar lo que nos ocurrió en el viaje a Lugo y Galicia, -acaso no esté de más decir unas palabras respecto de Astorga y sus -contornos. Astorga es una ciudad amurallada, de cinco a seis mil -habitantes, con catedral y seminario, vacío actualmente. Está situada -en los confines y puede ser llamada capital de una comarca denominada -país de los <i>maragatos</i>, como de tres leguas cuadradas de extensión, -que limita al Noroeste la montaña llamada Teleno, la más elevada de -una cadena nacida cerca de la desembocadura del Miño y que enlaza -con el inmenso macizo divisorio de las Asturias y Guipúzcoa. La -región, rocosa en su mayor parte, con ligeras salpicaduras de tierra -de un color rojo ladrillo, es ingrata y árida, y paga mezquinamente -los afanes del labrador. Los maragatos son quizás la casta más -singular de cuantas pueden encontrarse en la mezclada población de -España. Tienen costumbres y vestidos peculiares, y nunca se casan -con españoles. Su nombre indica su origen, pues significa «moros -godos»; y hoy en día su pergenio, consistente en un chaquetón muy -ajustado, ceñido al talle por una faja ancha, calzones anchos -hasta la rodilla, botas y polainas, difiere muy poco del<span -class="pagenum" id="Page_90">[p. 90]</span> de los moros de Berbería. -Llevan afeitado el cráneo, y sólo se dejan un ligero cerquillo de -pelo en la parte inferior. Si llevaran turbante o <i>barrete</i> apenas -se los distinguiría de los moros por el vestido; pero usan en lugar -de aquél el <i>sombrero</i> ancho. Es casi indudable que los maragatos -son reliquias de aquellos godos que tomaron partido por los moros -invasores de España, y adoptaron su religión, costumbres y traje, -que, con excepción de la primera, conservan aún en buena parte. Pero -es también evidente que su sangre no se ha mezclado con la de los -salvajes hijos del desierto, porque con dificultad se encontrarían en -las montañas de Noruega tipos y rostros más esencialmente godos que -los maragatos. Son hombres de fuerza atlética; pero toscos, pesados, -de facciones generalmente correctas, pero vacíos de expresión. Hablan -con lentitud y lisura; rara vez, o nunca, se observan en ellos los -arranques de elocuencia y de imaginación tan comunes en los demás -españoles; tienen además una pronunciación áspera y fuerte, y al -oírlos hablar creeríase escuchar a un campesino alemán o inglés -que intentara expresarse en el idioma de la Península. Son de -temperamento flemático, y con dificultad se encolerizan; pero son -peligrosos y extremados cuando una vez se incomodan; persona que -los conocía bien me dijo que prefería afrontar a diez valencianos, -pueblo<span class="pagenum" id="Page_91">[p. 91]</span> mal notado -por su ferocidad e instintos sanguinarios, que a un solo maragato -irritado, por flojo y embotado que sea en las demás ocasiones.</p> - -<p>Los hombres apenas se ocupan en las labores del campo, -abandonándoselas a las mujeres, que aran las pedregosas tierras -y recogen sus menguadas cosechas. Muy diferente es la ocupación -de sus maridos e hijos: constituyen un pueblo de <i>arrieros</i>, y -considerarían casi como una desgracia emplearse en otros quehaceres. -Por todos los caminos de España, y particularmente al Norte de la -cordillera divisoria de ambas Castillas, pasan los maragatos, en -cuadrillas de cinco o seis, dormitando, o simplemente echados en el -lomo de sus gigantescas y cargadísimas mulas, bajo los rayos del sol -achicharrante. En suma: casi todo el comercio de una mitad de España -está en manos de los maragatos, cuya fidelidad es tal, que cuantos -han utilizado sus servicios no vacilarían en confiarles el transporte -de un tesoro desde el Cantábrico a Madrid, en la seguridad completa -de que no sería culpa suya si no llegaba salvo e intacto a su -destino; arrojados han de ser los ladrones que intenten arrebatar sus -mercancías a los arrieros maragatos, dondequiera temidos; aferrados a -ellas mientras pueden tenerse en pie, las defienden a tiros o con su -propio cuerpo si caen en la pelea.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_92">[p. 92]</span></p> - -<p>Pero aunque son los <i>arrieros</i> más fieles de España, distan mucho -de ser desinteresados; en general, cobran por el transporte de -mercancías el doble, cuando menos, de lo que a otros del mismo oficio -les parecería suficiente recompensa. De esa manera acumulan grandes -sumas de dinero, a pesar de que se tratan mucho mejor de lo que en -general es uso entre los frugales españoles, otro argumento en favor -de su pura descendencia gótica, porque los maragatos, como verdaderos -hombres del Norte, son aficionados a la bebida y se regodean en las -comidas copiosas y empalagosas; así tienen esos corpachones tan -rozagantes. Muchos han dejado al morir fortunas considerables, y no -es raro que leguen una parte de su caudal para erigir o embellecer -casas religiosas.</p> - -<p>En el extremo oriental de la catedral de Astorga, dominando el -altivo muro, hay sobre el tejado una estatua de plomo colosal: -es la estatua de un arriero maragato que legó a la catedral -una cantidad importante<a id="FNanchor_20" href="#Footnote_20" -class="fnanchor">[20]</a>. La figura aparece vestida con el traje -nacional; pero desvía el rostro de la tierra de sus padres, y como -ondea en la mano una especie de bandera, parece que está animando a -todos los de su raza para que<span class="pagenum" id="Page_93">[p. -93]</span> abandonen aquella región estéril y busquen en otros climas -un campo más rico y vasto para su actividad y su energía.</p> - -<p>Hablé de religión con varios maragatos, que es asunto primordial; -pero «su corazón estaba endurecido; sus oídos, sordos, y sus ojos, -cerrados». Con uno, sobre todo, hablé mucho rato, después de -mostrarle el Nuevo Testamento. Me escuchó, o pareció escucharme, con -paciencia, bebiendo de vez en cuando copiosos tragos de un inmenso -jarro de vino blanco que sostenía entre las rodillas. Cuando acabé de -hablar me dijo: «Mañana me voy a Lugo, para donde va usted también, -según tengo entendido. Si quiere usted enviar allá sus baúles, no -tengo inconveniente en encargarme de ello, a tanto (y me dió un -precio exorbitante). De todo lo demás que me ha dicho usted, entiendo -muy poco y no creo ni una palabra; respecto de los libros que me ha -enseñado usted, compraré tres o cuatro. No pienso leerlos, la verdad; -pero, sin duda, los venderé a precio más alto del que usted pide por -ellos.»</p> - -<p>Y basta ya de maragatos.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_94">[Pg 94]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XXIV</h2> - <p class="subhang"> - Salida de Astorga.— La venta.— El atajo.— Salvación difícil.— El vaso - de agua.— Sol y sombra.— Bembibre.— El convento de las Rocas.— Puesta - de sol.— Cacabelos.— Aventura a media noche.— Villafranca. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">A</span><span class="smcap"> las</span> -cuatro de una hermosa mañana salimos de Astorga, o más bien de sus -arrabales, donde habíamos vivido; nos encaminamos hacia el Norte -en dirección de Galicia; dejamos a nuestra izquierda la montaña de -Teleno, y fuimos bordeando por el Este el país de los maragatos, -por terreno fragoso, alegrado por algunos vallecitos verdes y -arroyuelos. Varias maragatas, montadas en jumentos, se cruzaron -con nosotros; iban a Astorga a vender verduras. Vi a otras en los -campos gobernando el tosco arado, tirado por bueyes flacos. Pasamos -también por un pueblecito donde no vi alma viviente. Cerca de aquel -pueblo entramos en la carretera directa de Madrid a La Coruña, -y después de andar unas cuatro leguas llegamos a una especie de -desfiladero, formado, a nuestra izquierda, por una enorme<span -class="pagenum" id="Page_95">[p. 95]</span> y maciza montaña (una -de las que arrancan del macizo de Teleno), y a nuestra derecha por -otra de mucha menos altura. En el comedio de esa hoz, bastante ancha, -se descubría una vista muy hermosa. Delante, como a legua y media -de distancia, alzábase la poderosa cordillera divisoria ya mentada; -en sus vertientes azules, y en sus quebradas y pintorescas cumbres, -se enredaban todavía algunos tenues jirones de la niebla matutina, -que los fuertes rayos del sol deshacían con rapidez. Parecía una -enorme barrera que fuese a interceptarnos el camino, y me recordó -las fábulas relativas a los hijos de Magog, de quienes se dice que -residen en lo más remoto de Tartaria detrás de una gigantesca muralla -de granito, que sólo puede pasarse por una puerta de acero de mil -codos de altura.</p> - -<p>Poco después llegamos a Manzanal, aldea compuesta de tristes -casuchas, con todas las muestras de la pobreza y de la miseria. -Era la hora indicada para comer nosotros y dar pienso a los -caballos, y nos dirigimos a una <i>venta</i> al final del pueblo; si -bien encontramos cebada para los animales, trabajo nos costó hallar -algo para nosotros. Por fortuna, pude adquirir un jarro grande de -leche, porque las vacas abundaban; muchas de ellas pastaban en un -pintoresco valle que acabábamos de atravesar, bien poblado de hierba -y de árboles, con un arroyuelo cortado por<span class="pagenum" -id="Page_96">[p. 96]</span> pequeñas cascadas. Tendría el jarro hasta -una azumbre de leche, y en pocos minutos lo apuré, pues aunque tenía -perdido el apetito, la fiebre me abrasaba de sed. La venta consistía -en un inmenso establo, con una partición para cocina y un sitio -donde dormía la familia del ventero. El amo, joven y recio, estaba -recostado en un ancho banco de piedra junto a la puerta. Era muy -preguntón; pero como yo no podía saciar su afán de noticias, comenzó -a hablar él, y, cada vez más comunicativo, acabó por referirme la -historia de su vida; en resumen, me contó que había sido correo -en las provincias Vascongadas, y que un año antes fué trasladado -a aquella aldea, donde tenía a su cargo la estafeta. Era liberal -entusiasta, y hablaba pestes de la gente del país, toda carlista, -según decía, y amiga de los frailes. No puse gran atención en sus -palabras, porque me entretuve en observar a un muchacho maragato, de -unos catorce años, que servía en la casa de mozo de cuadra. Pregunté -al amo si aún estábamos en tierra de maragatos, y me respondió que -ya la habíamos dejado más de una legua atrás; el muchacho aquel era -huérfano, y se había puesto a servir para ahorrar unos cuartos y -dedicarse a <i>arriero</i>. Hice unas preguntas al muchacho; pero me miró -a la cara, malhumorado, y guardó tenaz silencio o respondió sólo con -monosílabos. Al preguntarle si sabía leer:<span class="pagenum" -id="Page_97">[p. 97]</span> «Sí—dijo—; como ese caballo de usted que -está ahí queriendo arrancar el pesebre.»</p> - -<p>Dejado Manzanal, continuamos el viaje. No tardamos en llegar -al borde de un profundo valle abierto entre montañas, no las que -habíamos visto frente a nosotros, y que ahora dejábamos a la derecha, -sino las del macizo de Teleno antes de unirse a aquéllas. El valle -se asemejaba un poco a una herradura; el camino seguía las laderas -dando un gran rodeo; pero cabalmente delante de nosotros arrancaba -un sendero que en suave descenso, al parecer, cruzaba el valle para -unirse de nuevo al camino al otro lado, a un cuarto de milla de -distancia; nos metimos por el atajo para evitar el rodeo.</p> - -<p>Poco trecho llevaríamos andado, cuando encontramos a dos gallegos -que iban a segar a Castilla. Uno de ellos exclamó; «Caballero, -vuélvase atrás; dentro de nada llegará usted a unos precipicios -donde se romperán la cabeza los caballos; apenas hemos podido -subirlos nosotros a pie.» El otro gritó: «Caballero, siga adelante; -pero lleve mucho cuidado; si los caballos no tropiezan no correrá -usted gran peligro; mi compañero es tonto.» Los dos montañeses se -pusieron a disputar, sosteniendo cada cual su opinión con juramentos -y maldiciones pero, sin esperar el resultado, proseguí adelante. -Gruesas piedras, pedazos de pizarra, en los que mi caballo tropezaba -sin cesar, empezaron<span class="pagenum" id="Page_98">[p. -98]</span> a obstruir el camino. Oí también ruido de agua en una -garganta profunda que no había visto hasta entonces, y me pareció -más que insensato continuar por el atajo. Volví el caballo, y me -dirigía con rapidez al camino, cuando Antonio, mi fiel criado griego, -me indicó una pradera por la cual, a su parecer, podríamos cortar -mucho y salir a la carretera en un punto bastante más bajo que si -desandábamos todo el atajo. Radiante hierba verde, muy corta, cubría -la pradera, cruzada por un arroyuelo. Metí espuelas al caballo -creyendo salir a la carretera en un momento; pero el animal empezó a -resoplar con violencia, a espantarse y a dar otras evidentes señales -de no querer cruzar por aquel sitio, en apariencia tentador. Creí que -el olor de algún lobo, o de otra alimaña cualquiera, era la causa -de su espanto; pero salí pronto de mi error viéndole hundirse hasta -los corvejones en una ciénaga; lanzó un agudo relincho, y mostrando -grandísimo terror, manoteó y se esforzó por zafarse; pero a cada -momento se hundía más. Al cabo pudo alcanzar una veta de roca que -emergía del fango; en ella puso los cuatro remos, y con un esfuerzo -tremendo saltó el arroyo y se libró del suelo traicionero cayendo en -otro de relativa firmeza, donde permaneció jadeante, cubiertos los -ijares de espuma y sudor. Antonio, que había contemplado la escena, -no se<span class="pagenum" id="Page_99">[p. 99]</span> atrevió a -seguirme, y desandando todo el atajo se reunió poco después conmigo -en la carretera. El suceso trajo a mi memoria la pradera y el sendero -que tentaron a Cristián cuando seguía el angosto camino del cielo, y -que acabaron por llevarle a los dominios del gigante Desesperado.</p> - -<p>Comenzamos luego a descender al valle por una ancha y excelente -<i>carretera</i> abierta en la escarpada falda de la montaña que teníamos -a la derecha. A la izquierda quedaba la garganta por donde caía -el torrente de que antes hablé. Era la carretera tortuosa, y el -paisaje más pintoresco a cada revuelta. Ensanchábase poco a poco la -garganta; el arroyo que por ella corría, con el alimento de numerosos -manantiales, engrosaba su vena y su fragor; pronto quedó muy debajo -de nosotros, prosiguiendo su arrebatado curso hacia el terreno llano, -por donde fluía a través de una linda y angosta pradera. Selvático -era el aspecto de las montañas del fondo, cubiertas, desde los pies -a la cima, de árboles tan espesos que no se percibía ni un palmo -del suelo, en cuyos senos se albergan lobos, jabalíes y <i>corzos</i>. -Estos, según me contó un campesino que pasó guiando un carro de -bueyes, bajan con frecuencia a la pradera, donde los cazan a tiros -para aprovechar la piel, porque la carne, muy dura y desagradable, -nadie la quiere. No obstante lo agreste de la región, la<span -class="pagenum" id="Page_100">[p. 100]</span> mano del hombre era -visible por doquiera. En las escarpadas vertientes de la garganta, -por donde el arroyo caía, amarilleaban pequeños sembrados de cebada; -abajo, en la pradera, veíase una aldea y una iglesia; hasta nosotros -subían los alegres cantares de los segadores que guadañaban la lozana -y abundosa hierba. Apenas podía creer que estábamos en España, tan -parda, árida y triste en general, y casi me imaginé hallarme en la -antigua y gloriosa tierra de Grecia, cuyos montes y selvas han sido -tan bien descriptos por Teócrito.</p> - -<p>Entramos en un pueblecito situado en el fondo del valle y -regado por las aguas del torrente, ya casi convertido en río. No -he visto situación tan romántica como la de aquel pueblo. Rodeado -de montañas, que casi le dominaban a pico, cobijado por muy densas -y variadas arboledas, alegrábanlo el rumor de las aguas, el canto -de los ruiseñores y las sonoras notas del cuco, encaramado en las -altas ramas; pero la aldea era miserable. Las casas eran de pizarra, -abundantísima en las montañas vecinas, y las techumbres del mismo -material; pero no a la manera limpia y ordenada que se usa en las -casas inglesas, porque las pizarras eran de todos tamaños y parecían -colocadas en revuelta confusión. Muertos de sed y de calor nos -sentamos en un banco de piedra, y rogué a una mujer que me diese un -poco de<span class="pagenum" id="Page_101">[p. 101]</span> agua. -Respondió que me la traería, a condición de pagarla. Antonio, al -oírla, se incomodó mucho, y mezclando el griego, el turco y el -español, invocó la venganza de la <i>Panhagia</i> sobre aquella mujer -sin corazón. «Si ofreciese dinero a un mahometano por un trago de -agua—decía Antonio—me lo arrojaría a la cara, y usted es católica -y por la puerta de su casa pasa un río.» Le mandé callar, y repetí -mi ruego, después de dar a la mujer dos <i>cuartos</i>; tomó entonces un -cántaro y lo llenó en el arroyo. El agua era cenagosa y desagradable; -pero calmó la sed febril que me devoraba.</p> - -<p>Montamos de nuevo y proseguimos la marcha. Durante un trecho -considerable el camino seguía la margen del río; las aguas se -precipitaban a veces en pequeñas cascadas, o alborotaban entre las -piedras, o fluían en sombrío silencio sobre las pozas profundas, bajo -el dosel de los sauces. Las pozas debían de ser abundantes en pesca; -con mucha frecuencia saltaban del agua gruesas truchas y cazaban -las brillantes moscas que pasaban rozando la engañosa superficie. -Eran deliciosos el momento y el lugar. Rodaba el sol por lo alto del -firmamento, despidiendo de su orbe de fuego rayos gloriosísimos, -y la atmósfera vibraba con su resplandor; pero la sombra de los -árboles templaba su fuerza, o la hacían inofensiva la vivificante -frescura que subía del agua o las suaves brisas<span class="pagenum" -id="Page_102">[p. 102]</span> que a intervalos murmuraban en -las praderas, «aireando la mejilla y levantando el cabello» del -viajero. Las montañas fueron poco a poco aclarándose. Entramos -en una planicie. Sobre las altas hierbas ondulantes extendían -los robustísimos castaños, en plena floración, sus gigantescas y -sombrosas ramas. Echadas en el suelo descansaban unas cuantas parejas -de bueyes, soportando en sus cabezas el grave peso de la pértiga de -las carretas, mientras los boyeros se ocupaban en aderezar la comida -o dormían a la sombra y sobre la hierba una <i>siesta</i> deliciosa. -Me acerqué al grupo más numeroso y pregunté a un individuo si -necesitaban el Testamento de Jesucristo. Miráronse con asombro unos -a otros y me miraron a mí, hasta que un joven, que conservaba entre -las manos una escopeta mientras descansaba, me preguntó qué era eso -y si yo era catalán, «porque tiene usted un hablar muy áspero, y es -alto y rubio como aquella gente». Me senté con ellos, y les dije que -no era catalán, sino que venía por el mar de Occidente, de un sitio -distante muchas leguas de allí, a vender aquel libro a mitad de su -precio de coste, y que la salvación de su alma dependía de conocerlo -bien. Expliqué la naturaleza del Nuevo Testamento y leí la parábola -del sembrador. Mis oyentes miráronse de nuevo con asombro; pero me -dijeron que no podían, siendo pobres, comprar<span class="pagenum" -id="Page_103">[p. 103]</span> libros. Me levanté, monté a caballo, y -al marcharme les dije: «La paz sea con vosotros.» Oído esto por el -joven de la escopeta, se puso en pie, y exclamando: «<i>Cáspita</i>, ¡qué -cosa tan rara!», me arrebató el libro de la mano y me pagó el precio -que le había pedido.</p> - -<p>Acaso no se encuentre, aun buscándolo por todo el mundo, un lugar -cuyas ventajas naturales rivalicen con las de esta llanura o valle -de Bembibre, con su barrera de ingentes montañas, con sus copudos -castaños, y con los robledales y saucedas que visten las márgenes del -río, tributario del Miño. Es verdad que, cuando yo pasé por allí, el -luminar del cielo ardía en todo su esplendor, y las cosas, alumbradas -por sus rayos, aparecían brillantes, prósperas y jocundas. No -aseguro que aquellos lugares me hubieran producido igual admiración -contemplados a otra luz; pero es indiscutible que siendo tantas sus -cualidades no pueden por menos de producir en cualquier tiempo hondo -deleite; a la belleza apacible de un paisaje inglés júntase allí -un no sé qué de grande y de agreste, y tengo para mí que el hombre -nacido en aquellos valles, a no ser muy insaciable y turbulento, no -querrá abandonarlos jamás. En aquellas horas no hubiera ambicionado -yo mejor destino que el de ser pastor o cazador en las praderas o en -las montañas de Bembibre.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_104">[p. 104]</span></p> - -<p>Tres horas más tarde, la situación había variado. En Bembibre, -pueblo de barro y pizarra, poco digno de atención, hicimos alto, -para comer nosotros y dar pienso a los caballos. Continuamos -luego cuesta arriba, porque el camino iba por una de las últimas -estribaciones de aquellas montañas divisorias, ya frecuentemente -mencionadas; pero el cielo se había obscurecido; las nubes rodaban -veloces sobre las montañas, viniendo del mar, y un viento frío se -quejaba tristemente. Dimos alcance a un aldeano, montado en una mula -miserable, y nos dijo: «Tenemos la nube encima; los asturianos la -van a ver muy bien, porque corre hacia su tierra.» Apenas lo había -dicho, un relámpago, tan vivo y deslumbrador como si todo el brillo -del elemento ígneo se hubiese concentrado en él, fulguró en torno, -inflamando la atmósfera y envolviendo montañas, rocas y árboles en un -resplandor indescriptible. La mula del aldeano se cayó al suelo; mi -caballo se encabritó, y dando media vuelta echó a correr como loco -cuesta abajo, y durante un rato no pude refrenarlo. Al relámpago -siguió el estampido de un trueno, no menos terrible, pero lejano, -sordo y profundo; las montañas recogieron su sonido y lo repitieron -llevándolo de cumbre en cumbre, hasta que se perdió en el espacio -sin límites. Otros relámpagos y truenos estallaron, pero más débiles -en <span class="pagenum" id="Page_105">[p. 105]</span>comparación; -cayeron algunas gotas de lluvia. Lo recio de la nube parecía estar -en otra región. «Donde haya caído esa exhalación—dijo el aldeano al -juntarse de nuevo a nosotros—más de cien familias estarán llorando -a estas horas; aun a seis leguas de distancia mi mula se ha cegado -con el resplandor.» Llevaba por la brida al animal, que, en efecto, -parecía dañado en la vista. «Si los frailes estuviesen aún en su -nido, allá en lo alto—continuó—, diría que esto es obra suya, porque -ellos son los causantes de todas las desgracias de esta tierra.»</p> - -<p>Alcé los ojos en la dirección indicada por el aldeano, y a -media ladera de la montaña por cuya base íbamos vi un inmenso -peñasco, pavoroso y negruzco, que sobresalía a gran altura sobre -el camino, como si amenazase destruírlo. Parecíase aquello a uno -de los arrecifes de rocas representados en el cuadro del Diluvio, -a los que trepan los aterrorizados fugitivos para escapar a la -tenaz persecución de las embravecidas e incontrastables olas, y -desde los que miran con horror a sus pies, mientras sobre ellos se -levantan nuevas y vertiginosas alturas a las que en vano pugnan -por encaramarse. En el mismo borde de aquel peñasco se alzaba un -edificio consagrado, al parecer, a fines religiosos, porque sobre sus -muros y techumbre se erguía el campanario de una iglesia. «Esa es -la casa de la Virgen de las<span class="pagenum" id="Page_106">[p. -106]</span> Rocas—dijo el aldeano—, y hasta hace poco estaba llena de -frailes; pero los han echado, y ahora no viven ahí más que lechuzas -y cuervos.» Repliqué que no debía de ser envidiable la vida en una -mansión tan triste y desamparada, porque en invierno se correría -grave peligro de morir allí de frío. «De ningún modo—me respondió—. -Tenían toda la leña que querían para sus <i>braseros</i> y chimeneas, y -mucho y buen vino para calentarse en las comidas, nada frugales. -Además, tenían otro convento ahí en el valle, al que se retiraban -cuando les parecía bien.» Al preguntarle el motivo de su aversión a -los frailes, me contestó que había sido vasallo suyo, y que año tras -año le privaban de la flor de cuanto poseía. Hablando de ese modo -llegamos a una aldea, debajo precisamente del convento, y allí me -dejó el aldeano, después de señalarme una casa de piedra, con una -imagen sobre la puerta, que perteneció en otro tiempo, según dijo, a -la <i>canalla</i> de allá arriba.</p> - -<p>El sol se acercaba al ocaso; deseoso de llegar a Villafranca, -donde pensaba descansar, y de la que aún me separaban tres leguas -y media, no me detuve en la aldea. El camino empezó a descender en -rápida y tortuosa cuesta, que terminaba en un valle, en cuyo fondo -había un puente angosto y largo; por debajo pasaba un río, que por -una ancha garganta se abría paso entre dos<span class="pagenum" -id="Page_107">[p. 107]</span> montañas. La cordillera estaba allí -tajada, probablemente por una convulsión de la naturaleza. Contemplé -la hoz y las montañas de ambos lados. A gran altura, por mi derecha, -pero destacándose con mucha claridad, iluminado por los últimos rayos -del sol, aparecía el convento del Despeñadero, y frente por frente, -al otro extremo del valle, alzábase a pico la montaña rival, que, por -interceptar en parte considerable la luz, echaba masas de sombras -sobre la parte alta del paso, envolviéndolo en misteriosa obscuridad. -Del seno de ella se arrojaba con ruido atronador un río, blanco de -espuma, arrastrando en pos de sí piedras y ramas: era el bravío Sil, -engrosado tal vez por las recientes lluvias, que desde su cuna en las -montañas de Asturias se precipitaba hacia el Océano.</p> - -<p>Pasaron algunas horas más. Era ya noche cerrada y nos hallábamos -rodeados de bosques, buscando a tientas el camino, porque la -obscuridad era tal que apenas veía a una vara más allá de la cabeza -del caballo. El animal parecía intranquilo, se paraba muchas -veces, apuntaba las orejas y daba relinchos lastimeros. Frecuentes -relámpagos iluminaban con sus llamaradas el cielo negro y echaban una -momentánea claridad sobre nuestro camino. Ningún ruido interrumpía -el silencio de la noche, salvo el tardo paso de los caballos, y a -veces el croar de las ranas en algún charco. Me acordé de que<span -class="pagenum" id="Page_108">[p. 108]</span> estaba en España, -tierra predilecta de estas dos furias: asesinato y robo, y de la -facilidad con que dos viajeros fatigados e inermes podían ser -víctimas suyas.</p> - -<p>Al fin salimos de los bosques, y después de andar otro poco el -caballo relinchó alegremente y salió al trote corto. Pronto llegaron -a mis oídos ladridos de perros, y creímos estar cerca de poblado. -En efecto, estábamos en Cacabelos, ciudad a unas cinco millas de -Villafranca.</p> - -<p>Eran cerca de las once, y me pareció mejor esperar al siguiente -día en aquel lugar que seguir sin dilación a Villafranca, -exponiéndonos a los horrores de la obscuridad en un camino solitario -y desconocido. Tomé el partido de quedarme, pero no había contado -con la huéspeda: en la primera <i>posada</i> a que llamé respondieron que -no podían admitirnos, y menos aún a los caballos, porque la cuadra -estaba llena de agua. En la segunda—y en el pueblo no había más que -dos—una tosca voz me respondió desde la ventana casi con las palabras -de la Escritura: «No importunes; la puerta está ya cerrada, y mis -hijos y yo estamos acostados; no puedo levantarme para abrirte.» -En realidad, no tenía yo muchas ganas de entrar, porque la posada -tenía pobrísimo aspecto; pero daba lástima ver a los pobres caballos -manotear contra la puerta, como si implorasen la entrada.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_109">[p. 109]</span></p> - -<p>Ya no teníamos dónde escoger: sólo nos quedaba continuar nuestro -triste viaje a Villafranca, hasta donde había, según nos dijeron, una -legua corta, que resultó ser legua y media. No fué cosa fácil salir -del pueblo, porque nos perdíamos en el laberinto de sus callejuelas. -Un muchacho de unos diez y ocho años consintió, mediante la oferta de -una <i>peseta</i>, en guiarnos, y después de muchas vueltas nos puso en un -puente, diciéndonos que le cruzáramos y siguiéramos el camino, que -era el de Villafranca; recibió luego lo ofrecido y se marchó muy de -prisa.</p> - -<p>Seguimos sus indicaciones, no sin alguna sospecha de que pudiera -habernos engañado. La noche era aún más obscura, de suerte que no -se podía distinguir cosa alguna, por muy próxima que estuviese. Los -relámpagos eran más débiles y raros. Oíamos el rumor de los árboles -y a veces ladridos de perros; pero este ruido cesó pronto y quedamos -envueltos en silenciosas tinieblas. Mi caballo, o por cansancio o por -el mal estado del camino, tropezaba mucho; en vista de lo cual me -apeé, y llevándolo por las riendas no tardé en dejar a Antonio muy -atrás.</p> - -<p>Un gran trecho anduve de ese modo, cuando sobrevino un incidente -muy apropiado a la hora y al lugar. Iba yo por entre árboles y -matorrales; de pronto el caballo se detiene, y a poco me tira de -espaldas. No sé<span class="pagenum" id="Page_110">[p. 110]</span> -cómo fué; pero el miedo, nunca sentido hasta entonces en la soledad -ni en las tinieblas, me invadió súbitamente. Me disponía a hacer -andar al caballo cuando sentí ruido a mi derecha, y escuché con -atención. El ruido parecía el de una o varias personas, abriéndose -camino a través de ramas y maleza. Cesó pronto y oí pasos en el -camino. Era el andar lento y vacilante de gentes que transportan un -objeto pesadísimo, casi superior a sus fuerzas, y me pareció oír la -respiración anhelosa de hombres muy fatigados. Hubo una breve pausa, -durante la que me pareció que descansaban en medio del camino. Luego -se reanudaron los pasos, hasta llegar al otro lado, y de nuevo oí los -crujidos de las ramas; continuó un poco de tiempo y gradualmente se -desvaneció.</p> - -<p>Seguí mi camino, pensando en lo que acababa de suceder y haciendo -conjeturas sobre la causa. Los relámpagos fulguraban de nuevo, y a su -luz pude ver que me acercaba a unas elevadas y obscuras montañas. La -caminata nocturna duraba tanto que perdí la esperanza de llegar a la -ciudad, y entorné los ojos adormilado, aunque continuaba marchando -mecánicamente, sin soltar la rienda del caballo. De pronto una voz me -gritó a corta distancia: «<i>¿Quién vive?</i>»; al fin había dado con el -camino de Villafranca. La voz procedía de un centinela del arrabal, -uno de esos singulares migueletes, medio<span class="pagenum" -id="Page_111">[p. 111]</span> soldados, medio <i>guerillas</i> que en -general emplea el Gobierno de España en limpiar de ladrones los -caminos. Di la respuesta usual: «<i>España</i>», y me acerqué al lugar -donde estaba de plantón. Cambiamos unas palabras y me senté en una -piedra a esperar a Antonio, que tardó bastante en llegar. Le pregunté -si se había cruzado con alguien en el camino; pero no había visto -nada. La noche, o más bien la mañana, era aún muy obscura, a pesar de -un débil cuarto de luna que a ratos se dejaba ver entre las nubes. -Bajamos una calle a nuestra izquierda, que el miguelete nos indicó, -para llegar a la puerta de la ciudad. La calle era empinada, no -veíamos puerta ninguna, y no tardamos en ver detenidos nuestros pasos -por una fila de casas y un muro. Llamamos a la puerta de dos o tres -de aquellas casas (en cuyos pisos superiores había luces encendidas), -con el fin de orientarnos, pero no nos oyeron o no nos hicieron caso. -Hórrido maullar de gatos saludaba nuestros oídos desde los tejados y -desde los rincones obscuros, y me acordé de la llegada nocturna de -Don Quijote y su escudero al Toboso y sus inútiles pesquisas por las -desiertas calles en busca del palacio de Dulcinea. Al fin vimos luz -y oímos voces en una casita aislada, al otro lado de una especie de -foso; tirando de los caballos llegamos a la puerta y llamamos; nos -abrió un viejo, que por su traje me pareció un<span class="pagenum" -id="Page_112">[p. 112]</span> hornero, y no me equivoqué; en razón de -su oficio estaba levantado a tales horas. Le rogamos que nos indicase -el camino para entrar en la ciudad, y echó delante de nosotros por -una angosta callejuela que arrancaba junto a su casa, diciendo que él -mismo iba a llevarnos a la <i>posada</i>.</p> - -<p>La calleja conducía directamente a una plaza, al parecer la -del mercado, y ya en ella detúvose nuestro guía ante una casa de -esquina, y llamó. Después de un buen rato se abrió una ventana del -piso alto, y una voz de mujer nos preguntó quiénes éramos. «Dos -viajeros que acaban de llegar y buscan posada»—respondió el viejo. -«No quiero que me molesten a estas horas de la noche—respondió la -mujer—; querrán cenar y no hay nada en casa; que vayan a cualquier -otra parte». Cuando ya iba la mujer a cerrar la ventana, grité que -no necesitábamos cena, sino descanso para nosotros y los caballos, -porque veníamos desde Astorga y estábamos muertos de cansancio. -«¿Quién es el que habla?—exclamó la mujer—. Esa voz seguramente es -la de Gil, el relojero alemán de Pontevedra. Bien venido, compañero; -llega usted a tiempo, porque tengo el reloj desarreglado. Siento -haberle hecho a usted esperar; en seguida abro».</p> - -<p>Cerróse de golpe la ventana, y a poco brilló una luz entre -las rendijas de la puerta; giró una llave en la cerradura, y -entramos.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_113">[Pg 113]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XXV</h2> - <p class="subhang"> - Villafranca.— El puerto.— Simplicidad gallega.— La guardia de la - frontera.— La herradura.— Peculiaridades gallegas.— Una palabra sobre - el idioma.— El correo.— El hostelero y los huéspedes.— Los andaluces. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">¡A</span><span class="smcap">ve María!</span>—dijo -la mujer—. ¿Quién está aquí? Este no es Gil, el relojero.—Que sea -Gil o sea Juan—respondí—necesitamos posada, y la pagaremos.—Nuestro -primer cuidado fué estabular los caballos, que estaban agotados; -después tratamos de instalarnos lo mejor posible. La casa era grande -y cómoda. Luego de beber un poco de agua me tendí en el suelo de una -habitación sobre los colchones que trajo la posadera, y en menos de -un minuto me quedé profundamente dormido.</p> - -<p>Me desperté muy entrada la mañana. Salí a la plaza del mercado, -llena de gente. Alzando los ojos vi asomar sobre los tejados de las -casas los picos de unas montañas muy altas y sombrías. La ciudad -está en una profunda hondonada y rodeada de montañas casi por todos -lados.—<i>¡Quel pays barbare!</i><span class="pagenum" id="Page_114">[p. -114]</span>—dijo Antonio—, al reunirse conmigo. Cuanto más lejos -vamos, más salvaje parece todo. Empieza a darme miedo el viaje a -Galicia. Me dicen que tenemos que trepar por esas montañas; se -despearán los caballos.—Dejé la plaza del mercado y subí a la muralla -de la ciudad con ánimo de descubrir la puerta por donde habíamos -entrado la noche precedente; pero no tuve mejor éxito con luz del sol -que en la obscuridad. En la dirección de Astorga la ciudad parecía -estar herméticamente cerrada.</p> - -<p>Deseoso de entrar en Galicia, y pareciéndome que los caballos -se habían hasta cierto punto repuesto del cansancio de la jornada -anterior, montamos de nuevo y proseguimos nuestra ruta. Atravesamos -un puente, y al instante nos vimos en un profundo desfiladero, por -cuyo fondo se precipitaba un impetuoso riachuelo, dominado a pico por -la carretera que lleva a Galicia. Estábamos en el renombrado puerto -de Fuencebadón.</p> - -<p>Es imposible describir el puerto ni la región circunvecina, que -contiene algunos de los más extraordinarios paisajes de España; a -todo lo que aspiro es a trazar un débil e imperfecto bosquejo. El -viajero que sube el puerto sigue durante casi una legua el curso del -torrente, cuyas márgenes, escarpadas en algunos sitios, descienden -en otros suavemente hasta el agua, y están pobladas de<span -class="pagenum" id="Page_115">[p. 115]</span> hermosos árboles: -robles, álamos y castaños. Al principio se ven numerosas aldehuelas -de casas bajas, con techumbre de inmensas pizarras y aleros que casi -tocan al suelo. Las aldeas son menos frecuentes a medida que el -camino es más estrecho y escarpado, hasta que por último desaparecen -poco antes del sitio en que el camino se aparta del riachuelo para -no verlo más, si bien se oye todavía a sus tributarios mugir en el -fondo de las ramblas, o se los ve caer en delgados chorros por los -barrancos abajo. Todo es allí de insólita y agreste belleza. La -eminencia por donde trepa el camino se yergue a la derecha, mientras -en el extremo opuesto de un profundo barranco se alza una montaña -inmensa, a cuya cima apenas alcanza la vista. Pero lo más singular -del puerto son los campos o praderas suspendidos en las vertientes. -Cubiertos estaban, cuando yo pasé, de exuberante hierba, y en -muchos de ellos los segadores guadañaban, aunque parecía imposible -que un hombre pudiera tenerse en pie en terreno tan escarpado; los -senderillos que corren en todas direcciones parecen hilos tendidos en -la falda de la montaña. Un carro de bueyes va serpenteando en torno -de un pico elevadísimo; una de las ruedas queda por completo al aire -sobre la espantosa pendiente; el vértigo se apodera del cerebro y hay -que apartar la vista con rapidez. Una nube se<span class="pagenum" -id="Page_116">[p. 116]</span> interpone; cuando volvemos a mirar, los -objetos de nuestra ansiedad han desaparecido. El camino es cada vez -más estrecho y tortuoso. Andadas dos leguas aún queda un tercio de -la cuesta por subir. Todavía no es aquello Galicia; todavía se oye -hablar castellano, muy tosco, a la verdad, en las chozas miserables -levantadas en los apartados rincones por donde pasa el camino.</p> - -<p>Poco antes de llegar a lo alto del puerto una niebla espesa -envolvió las cimas de las montañas. Comenzó a lloviznar. «Estas -son las nieblas que los gallegos llaman <i>bretima</i>—dijo Antonio—, y -abundan mucho en esta tierra.» «¿Ha estado usted ya otras veces en -Galicia?»—pregunté. «<i>Non, mon maître</i>; pero he servido en muchas -casas donde había criados gallegos, y por eso conozco un poco sus -costumbres y su lengua.» «¿Y tiene usted buena opinión de los -gallegos?» «En manera alguna, <i>mon maître</i>; los hombres, en general, -parecen muy rústicos y simples, pero son capaces de engañar al -<i>filou</i> más listo de París; respecto de las mujeres es imposible -vivir en la misma casa que ellas, sobre todo si son <i>camareras</i> -y acompañan a la <i>señora</i>; no hacen más que mover disensiones y -disputas en la casa, y contar habladurías de los otros criados. Ya -he perdido en Madrid dos o tres colocaciones excelentes por culpa -de las camareras gallegas. Ya estamos en la raya, <i>mon maître</i>; me -parece<span class="pagenum" id="Page_117">[p. 117]</span> que este -pueblo debe de ser ya de Galicia».</p> - -<p>Entramos en el pueblo, situado en lo alto de la montaña, y como -jinetes y caballos estábamos cansadísimos, buscamos un sitio donde -reparar las fuerzas. Junto a la puerta del pueblo había una casa ante -la que se hallaban una o dos mulas y una jaca; pensé que aquélla -sería la posada, y en efecto lo era. Entramos: varios soldados -estaban tumbados en unos montones del heno que casi llenaba el local, -parecido a un establo. Todos eran de malísimo aspecto y muy sucios. -Hablaban entre sí en un dialecto de extraña sonoridad, que supuse -sería el gallego. En cuanto nos vieron, dos o tres se levantaron de -sus camas y corrieron al encuentro de Antonio, a quien saludaron con -mucho afecto, llamándole <i>companheiro</i>. «¿De qué conoce usted a esta -gente?», le pregunté en francés. «<i>Ces messieurs sont presque tous de -ma connoissance</i>»—contestó—, <i>et, entre nous, ce sont de véritables -vauriens</i>; casi todos son ladrones y asesinos. Aquel tuerto, que es -el cabo, se escapó hace poco de Madrid con más que sospechas de estar -complicado en un envenenamiento; aquí, en su tierra, está bastante -seguro, y, como usted ve, lo emplean en guardar la frontera. Debemos -ser amables con ellos, <i>mon maître</i>; hay que darles vino, o se -ofenderán. Los conozco, <i>mon maître</i>; los conozco. ¡Hola! Posadero, -traiga una <i>azumbre</i> de vino.»</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_118">[p. 118]</span></p> - -<p>Mientras Antonio convidaba a sus amigos llevé los caballos a la -cuadra; había que atravesar la casa, posada o como se la quiera -llamar. La cuadra era un miserable cobertizo, donde los caballos se -hundían hasta el menudillo en cieno y barro. Pedí cebada, pero me -dijeron que en Galicia no se usaba para pienso y era rarísima; en -sustitución me ofrecieron maíz, que los caballos comieron sin reparo; -tampoco se podía encontrar paja, sustituida por heno medio verde. -A fuerza de patalear en el fango de la cuadra, mi caballo perdió -una herradura, y en vano la busqué.—«¿Hay herrador en el pueblo?», -pregunté a un individuo que hacía de mozo de cuadra.</p> - -<p><span class="smcap">El mozo de cuadra.</span>—<i>Sí, senhor</i>; pero -supongo que traerá usted consigo herraduras, porque si no, a este -caballo tan grande no lo herrarán en el pueblo.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Qué quiere usted decir? ¿Es que el -herrador no sabe su oficio? ¿No puede poner una herradura?</p> - -<p><span class="smcap">El mozo de cuadra.</span>—<i>Sí, senhor</i>, puede -poner una herradura si usted se la proporciona; pero en Galicia no -hay herraduras para caballos, al menos por estos sitios.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿No es costumbre aquí herrar a los -caballos?</p> - -<p><span class="smcap">El mozo de cuadra.</span>—<i>Senhor</i>, en Galicia -no hay caballos; no hay más que jacas; los que traen caballos -a Galicia—sólo un loco<span class="pagenum" id="Page_119">[p. -119]</span> puede hacer tal—tienen que traer también un repuesto de -herraduras, porque aquí no las hay de ese tamaño.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Qué quiere decir eso de que sólo -un loco puede traer caballos a Galicia?</p> - -<p><span class="smcap">El mozo de cuadra.</span>—<i>Senhor</i>, no -hay caballo que resista los piensos y las montañas de Galicia -sin enfermar; y si no se muere de una vez, le costará a usted en -veterinarios más de lo que vale. Además, un caballo no sirve aquí de -nada, y en terreno tan quebrado no puede prestar ni la décima parte -del servicio que una yegüecilla puede hacer. Vea también, <i>senhor</i>, -que su caballo es entero; de cada veinte jacas que vea usted por los -caminos de Galicia, diez y nueve son yeguas; los machos se envían a -Castilla para venderlos. <i>Senhor</i>, su caballo entrará en celo por -esos caminos y atrapará un muermo, que no tiene cura. <i>Senhor</i>, sólo -a un loco se le ocurre traer un caballo a Galicia, pero hay que estar -dos veces loco para traer un <i>entero</i>, como usted ha hecho.</p> - -<p>—Extraño país es Galicia—dije yo; y me fuí a consultar con -Antonio.</p> - -<p>Resultó que los informes del mozo de cuadra eran literalmente -exactos en lo referente a la herradura; por lo menos, el herrador del -pueblo, a quien llevé mi caballo, confesó que no podía herrarlo por -carecer de herraduras adecuadas a sus cascos. Dijo que probablemente -tendríamos que llevar el<span class="pagenum" id="Page_120">[p. -120]</span> caballo a Lugo, donde por haber guarnición de caballería -encontraríamos acaso lo que necesitábamos. Añadió, empero, que la -mayor parte de los soldados de caballería iban montados en jacas del -país, porque la mortalidad entre los caballos traídos de país llano -era espantosa. Lugo estaba a diez leguas; al parecer no había por el -momento otro remedio que tener paciencia, y tomado algún descanso -seguimos el viaje, llevando los caballos por las riendas.</p> - -<p>Estábamos en la cima de una de las más elevadas montañas de -Galicia; anduvimos una legua por terreno llano y empezamos a bajar. -Cuando íbamos por la planicie, cubierta de tojos y jaras, dimos de -súbito con media docena de individuos armados de carabinas y vestidos -con uniformes andrajosos. Al principio supusimos que eran bandidos; -se trataba tan sólo de una patrulla de soldados destacada del pueblo -que acabábamos de dejar, como escolta de un correo provincial. -Nos rodearon clamando por cigarros, pero no cometieron grosería -mayor. Como no teníamos cigarros, les di una moneda de plata. Dos -de los peor encarados tenían mucho empeño en que los permitiésemos -escoltarnos hasta Nogales, pueblo en que nos proponíamos pernoctar. -«No se lo permita usted de ningún modo, <i>mon maître</i>—dijo Antonio—. -Son dos asesinos famosos a quienes conocí en Madrid; en el<span -class="pagenum" id="Page_121">[p. 121]</span> primer barranco nos -matarían para robarnos.» Decliné cortésmente sus ofertas y partimos. -«Al parecer, conoce usted a todos los salteadores de Galicia», dije a -Antonio cuando bajábamos de la montaña.</p> - -<p>—A esos dos individuos—replicó—los conocí cuando estuve de -cocinero en casa del general O..., que es gallego; eran íntimos -amigos del <i>repostero</i>. Todos los gallegos que hay en Madrid, -cualquiera que sea su condición, se conocen; allí, al menos, son -todos buenos amigos y se ayudan mutuamente en cuantas ocasiones -se presentan. Si en una casa hay un criado gallego, seguramente -la cocina se llena de paisanos suyos, y no tarda en advertirlo el -cocinero a costa suya, porque comúnmente se dan maña para devorar -cualquier regalillo que tengan reservado para sí y su familia.</p> - -<p>Poco antes de la mitad de la cuesta llegamos a una aldea. Al ver -una fragua hicimos alto, con la débil esperanza de encontrar una -herradura para mi caballo, que por ir descalzo empezaba a renquear. -Con gran alegría descubrimos que el herrero poseía una herradura de -caballo, que algún tiempo antes se había encontrado en el camino. -Después de machacarla y arreglarla mucho, el Vulcano gallego falló -que serviría muy bien a falta de otra mejor; con lo cual montamos de -nuevo y continuamos despacio el descenso.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_122">[p. 122]</span></p> - -<p>Poco antes de ponerse el sol llegamos a Nogales, aldea situada -en un angosto valle, al pie de la montaña en cuya travesía habíamos -gastado el día entero. Era un lugar en extremo pintoresco. Montes -escarpados, cubiertos de frondosos castañares, lo rodeaban por todos -lados. La aldea misma estaba casi cobijada por los árboles; pegado -a ella corría un murmurante arroyuelo. Encontramos una <i>posada</i> -regularmente espaciosa y cómoda.</p> - -<p>Estaba yo débil y cansado, pero con pocas ganas de dormir. Antonio -aderezó nuestra cena, o más bien la suya, porque yo no tenía apetito. -Sentado a la puerta, me entretuve en contemplar los bosques de las -alturas circunvecinas o el agua del arroyuelo, y en escuchar a la -gente que vagaba por allí, hablando en el dialecto del país. ¡Qué -extraña lengua es el gallego, con su acento quejumbroso y melodioso -a la vez, y con su revoltijo de palabras de varios idiomas, pero -sobre todo del español y del portugués! «¿Entiende usted lo que -dicen?»—pregunté a Antonio, que ya se había reunido conmigo. «No lo -entiendo, <i>mon maître</i>—respondió—. He aprendido muchas palabras con -los criados gallegos en las casas donde he servido, pero no puedo -seguir una conversación. He oído decir a los gallegos que no hay -dos aldeas donde se hable de la misma manera, y que muchas veces no -se<span class="pagenum" id="Page_123">[p. 123]</span> entienden -entre sí. Lo peor del gallego es que todos piensan al oirlo por -primera vez que es facilísimo de aprender, porque a cada momento -perciben vocablos ya oídos antes; pero eso sirve tan sólo de mayor -extravío y embrollo, y para que se entienda mal lo que se oye; -mientras que si ignorasen totalmente esta lengua, aguzarían el oído -para entenderla, como me pasa a mí cuando oigo hablar vascuence, bien -que no conozco más palabra de este idioma que <i>jaungicoa</i>.»</p> - -<p>Al cerrar la noche me fuí a la cama, donde estuve cuatro o cinco -horas intranquilo y desvelado, porque aún no estaba limpio de fiebre. -Mucho después de media noche, y cuando iba quedándome dormido, me -espabiló un gran ruido en la calle, y el resplandor de unas luces -que entraban por la celosía de la ventana de mi cuarto. Un momento -después apareció Antonio, a medio vestir. «<i>Mon maître</i>—dijo—, acaba -de llegar el correo de Madrid a La Coruña con una gran escolta y -enorme número de viajeros. Me dicen que el camino de aquí a Lugo -está infestado de ladrones y de carlistas que cometen todo género de -atrocidades; debemos aprovecharnos de la ocasión y mañana al mediodía -podemos estar en salvo en Lugo.» Al instante me arrojé de la cama y -me vestí, diciendo a Antonio que fuese a disponer los caballos sin -tardanza.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_124">[p. 124]</span></p> - -<p>Pronto estuvimos montados y en la calle, en medio de una revuelta -muchedumbre de hombres y cuadrúpedos. La luz de dos teas puestas -delante del correo brillaba en las armas de varios soldados, -formados, al parecer, a ambos lados del camino; pero la obscuridad -no me permitía ver los objetos claramente. El correo iba montado en -una yegua peluda; en el arzón y en la grupa llevaba sendos sacos de -cuero, tan grandes que casi tocaban al suelo. Durante un cuarto de -hora todo fué confusión, ir y venir, gritos y batahola; al cabo de -ese tiempo se dió la orden de marcha. Apenas habíamos salido del -pueblo se apagaron las teas y quedamos casi en totales tinieblas; -marchábamos entre árboles, como se dejaba conocer por el rumor de las -hojas en torno nuestro. Mi caballo iba muy intranquilo, relinchaba -medrosamente, y a veces se encabritaba. «Si su caballo de usted -no se tranquiliza, caballero, tendremos que pegarle un tiro—dijo -una voz con acento andaluz—; descompone toda la comitiva.» «Sería -una lástima, sargento—repliqué—, porque es cordobés por los cuatro -costados; no está hecho a los caminos de este país bárbaro.» «¡Oh! -¿Es de Córdoba?—dijo la voz—, <i>vaya</i>, no lo sabía; yo también soy -cordobés. <i>¡Pobrecito!</i> Déjeme usted palparlo; sí, en el pelo conozco -que es paisano mío. La verdad, matarle... <i>¡Vaya!</i>, me gustaría ver -al gallego<span class="pagenum" id="Page_125">[p. 125]</span> del -demonio que se atreva a hacerle daño. País bárbaro, <i>yo lo creo</i>: ni -aceite, ni olivos, ni pan, ni cebada. De modo que usted ha estado en -Córdoba; <i>vaya</i>, hágame el favor de aceptar este cigarro.»</p> - -<p>De esa manera anduvimos varias horas por montes y valles, casi -siempre a muy lento paso. Los soldados de la escolta cantaban de -tiempo en tiempo canciones patrióticas, respirando amor y adhesión -a la joven reina Isabel y odio al feroz tirano Carlos. Una de las -coplas que oí decía, sobre poco más o menos:</p> - -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2">Duro tiene el corazón</span> -<span class="i0">Con Carlos, viejo cruel,</span> -<span class="i0">y sólo seis años cuenta,</span> -<span class="i0">niña inocente, Isabel.</span> -</div></div> - -<p>Al romper el día, me encontré en medio de una procesión de -doscientas o trescientas personas, algunas a pie, la mayoría montadas -en mulas o yeguas; no vi un solo caballo, fuera del mío y el de -Antonio. Unos pocos soldados iban diseminados a lo largo del camino. -El país era montuoso, pero no tanto ni tan pintoresco como el que -habíamos atravesado el día anterior; casi todo él estaba dividido -en pequeños campos plantados de maíz. Cada dos o tres leguas se -relevaba la escolta en algún pueblo donde había tropas destacadas. -La mayor parte de las veces los pueblos eran un conjunto de<span -class="pagenum" id="Page_126">[p. 126]</span> miserables chozas, con -techumbre de bálago, empapada de humedad, y cubierta frecuentemente -de vegetación silvestre. Había montones de estiércol delante de -las puertas, y abundaban los charcos y lodazales. Enormes cerdos -pululaban mezclados con chiquillos en cueros. El interior de las -chozas correspondía a su apariencia externa: estaban llenas de -suciedad y miseria.</p> - -<p>Llegamos a Lugo a las dos de la tarde. Durante las dos o tres -últimas leguas, el cansancio nacido de la falta de sueño y de mi -pasada enfermedad me agobiaba tanto que fuí continuamente dormitando -en la silla, sin enterarme apenas de lo que estaba pasando. Nos -alojamos en una vasta <i>posada</i> extramuros de la ciudad, edificada en -una elevación del terreno, desde donde se descubría una extensa vista -hacia el Este. Poco después de llegar empezó a llover a torrentes, y -así continuó sin cesar los dos días sucesivos, cosa que me afligió -poco, pues pasé todo ese tiempo en la cama, y casi puedo decir que -dormitando. En la tarde del tercer día me levanté.</p> - -<p>Había en la casa bastante bullicio, producido por la llegada de -una familia procedente de La Coruña; venía en un gran coche de viaje, -escoltado por cuatro carabineros. La familia era más bien numerosa: -se componía del padre, un hijo y once hijas; la mayor de unos diez y -ocho años. Un individuo de<span class="pagenum" id="Page_127">[p. -127]</span> miserable aspecto, de chaqueta y sombrero de copa alta, -les servía de criado. Llegaron muy mojados, tiritando; todos parecían -muy desconsolados, especialmente el padre, hombre de mediana edad, de -buena presencia.</p> - -<p>—¿Podremos alojarnos en esta <i>fonda</i>?—preguntó con dulce voz al -dueño.</p> - -<p>—Sin duda alguna—replicó el hostelero—; nuestra casa es grande. -¿Cuántas habitaciones necesita su merced para su familia?</p> - -<p>—Con una tendremos bastante—contestó el forastero.</p> - -<p>El huésped, que por ser gotoso iba apoyado en un palo, miró un -momento al viajero y luego a cada individuo de su familia, sin -olvidar al criado, y con un ligero encogimiento de hombros por todo -comentario, les mostró el camino de un aposento donde había dos o -tres camas con colchones de borra, aposento que yo rechacé a mi -llegada por pequeño, obscuro e incómodo; abriéndolo bruscamente, -preguntó si les servía.</p> - -<p>—Es un poco pequeño—repuso el señor;—pero creo que nos servirá.</p> - -<p>—Me alegro mucho—replicó el huésped—. ¿Hay que preparar cena para -su merced y su familia?</p> - -<p>—No, gracias—contestó el forastero—. Mi criado mismo preparará lo -poco que necesitamos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_128">[p. 128]</span></p> - -<p>Entregada la llave al criado, toda la familia se ocultó en la -habitación, no sin despedir antes a la escolta, gratificando al jefe -de los carabineros con una <i>peseta</i>. El hombre estuvo medio minuto -contemplando la propina brillar en la palma de su mano; luego, con un -brusco <i>¡vamos!</i>, giró sobre los talones y sin despedirse de nadie se -fué con los hombres a sus órdenes.</p> - -<p>—¿Quiénes serán esos forasteros?—pregunté al huésped cuando -estábamos los dos sentados en un ancho corredor abierto en un lado de -la casa y que ocupaba todo aquel frente.</p> - -<p>—No lo sé—contestó—; pero por su escolta supongo que tienen algún -empleo oficial. No son de por aquí, y estoy casi seguro de que son -andaluces.</p> - -<p>A los pocos minutos se abrió la puerta de la habitación ocupada -por los forasteros y apareció el criado con una vasija en la mano.</p> - -<p>—<i>Señor patrón</i>—preguntó—, ¿me hace el favor de decirme dónde -puedo comprar un poco de aceite?</p> - -<p>—En la casa lo hay—replicó el huésped—si es que necesita usted -comprar; pero si, como es probable, supone usted que al vendérselo -queremos ganar un <i>cuarto</i>, puede usted ir a comprarlo a la calle. -Es lo que yo me figuraba—continuó el huésped cuando el criado se -fué a su recado—: son andaluces y van a hacer lo que llaman un -<i>gazpacho</i><span class="pagenum" id="Page_129">[p. 129]</span> -para cenar. ¡Qué tacañería la de esos andaluces! Vienen a sacarle -el jugo a Galicia, y les molesta que el pobre posadero se gane un -<i>cuarto</i> vendiéndoles el aceite para el <i>gazpacho</i>. Una cosa le -aseguro a usted, señor: cuando el criado vuelva y pida pan y ajos -para mezclarlos con el aceite, le diré que no lo hay en casa; si ha -comprado el aceite fuera, lo mismo puede comprar el ajo y el pan; sí -por cierto; y para el caso, el agua también.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_130">[Pg 130]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XXVI</h2> - <p class="subhang"> - Lugo.— Los baños— Una historia de familia.— Los Migueletes.— Las - tres cabezas.— Un veterinario.— La escuadra inglesa.— Venta de - testamentos.— La Coruña.— El reconocimiento.— Luigi Pozzi.— La - especulación.— John Moore. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">E</span><span class="smcap">n Lugo</span> -encontré un librero rico para quien me habían dado en Madrid una -carta de recomendación. De buen grado se encargó de la venta de mis -libros. El Señor se dignó favorecer los humildes esfuerzos que por -su causa hice en Lugo. Treinta ejemplares del Nuevo Testamento llevé -allí, y en un solo día se vendieron. El obispo de la ciudad—Lugo -es sede episcopal—compró para sí dos ejemplares, y varios curas y -frailes exclaustrados, en lugar de seguir el ejemplo de sus hermanos -de León persiguiendo la obra, hablaron bien de ella y recomendaron su -lectura. Ante la gran demanda que hubo me apesadumbró que mi repuesto -de libros estuviese exhausto; si hubiera podido reponerlo, se habrían -vendido cuatro veces más libros en los pocos días que permanecí en -Lugo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_131">[p. 131]</span></p> - -<p>Lugo cuenta unos 6.000 habitantes. Está situado en una elevación -del terreno; antiguas murallas lo defienden. Carece de edificios -notables; la misma catedral es de poca importancia. En el centro de -la ciudad se encuentra la plaza del mercado, ligera y alegre, sin -las macizas y pesadas fábricas que los españoles, así en tiempos -pasados como en los modernos, acostumbran levantar en torno de sus -<i>plazas</i>. Es cosa singular que Lugo, ciudad de muy escasa importancia -en nuestros días, fuese en otros tiempos capital de España<a -id="FNanchor_21" href="#Footnote_21" class="fnanchor">[21]</a>; -tal ocurría en la época de los romanos, que, por ser un pueblo no -muy dado a guiarse por el capricho, tendría, sin duda, razones muy -valiosas para preferir esa localidad.</p> - -<p>Hay muchas reliquias romanas en las cercanías; la más importante -son las ruinas de las antiguas termas medicinales en la ribera Sur -del Miño, que serpentea por el valle al pie de la ciudad. En esos -sitios, el Miño es un río con altas y escarpadas márgenes, muy -pobladas de árboles.</p> - -<p>Una tarde visité los baños en compañía de mi amigo el librero. -Fueron construídos sobre unos manantiales calientes que vierten -su caudal en el río. A pesar de su estado<span class="pagenum" -id="Page_132">[p. 132]</span> ruinoso se hallaban atestados de -enfermos, que esperaban mejorar con las aguas, famosas todavía -por sus cualidades salutíferas. Extraño espectáculo ofrecían los -pacientes, vestidos con túnicas de franela muy parecidas a mortajas, -sumergidos en el agua caliente, entre los sillares desencajados, -envueltos en nubes de vapor.</p> - -<p>Tres o cuatro días después de mi llegada hallábame sentado en -el corredor que, como ya he dicho, ocupaba un frente entero de la -casa. El cielo estaba despejado, y el sol radiante animaba con su -luz todas las cosas. De pronto se abrió la puerta del aposento -ocupado por los forasteros, y salió toda la familia, con excepción -del padre, quien, supuse yo, debía de estar fuera ocupado en sus -asuntos. El mísero criado cerraba la marcha, y al salir de la -habitación cerró cuidadosamente la puerta y se guardó la llave en -el bolsillo. El hijo y las once hijas iban muy bien vestidos: el -muchacho, con pantalón y chaqueta de corte inglés; las muchachas, de -blanco inmaculado. La familia era, en general, bien parecida, de ojos -negros y tez olivácea; pero la hija mayor era de notable hermosura. -Se colocaron en los bancos del corredor, y el desarrapado doméstico -se sentó con sus amos sin ceremonia alguna. Estuvieron un buen rato -callados, mirando con ojos desconsolados las casas del arrabal y los -pardos muros de la ciudad,<span class="pagenum" id="Page_133">[p. -133]</span> hasta que la hija mayor, o <i>señorita</i>, como la llamaban, -rompió el silencio con un «<i>¡Ay, Dios mío!</i>»</p> - -<p><span class="smcap">El criado.</span>—<i>¡Ay, Dios mío!</i> A bonita -tierra hemos venido a parar.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—No veo por qué les parece a ustedes -tan malo un país que por su naturaleza es el más rico y abundante de -toda España. Cierto que la generalidad de los habitantes están en la -miseria; pero la culpa es suya, no de la tierra.</p> - -<p><span class="smcap">El criado.</span>—Caballero, el país es -horrible; no diga usted que no. Las señoritas, el señorito y yo -estamos espantados; hasta su merced lo está también, y dice que -hemos venido a esta tierra a expiar nuestros pecados. Todos los días -llueve, y ésta es casi la primera vez que vemos el sol desde que -llegamos. No cesa de llover, y no puede uno salir a la calle sin -meterse en el <i>fango</i> hasta el tobillo, y luego no se encuentra una -casa.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—No lo entiendo. Me parece que hay -casas de sobra en la población.</p> - -<p><span class="smcap">El criado.</span>—Dispense usted, señor. Ayer -alquiló su merced una casa por tres reales y medio al día; pero -cuando la <i>señorita</i> la vió se echó a llorar, y dijo que aquello no -era una casa, sino una perrera; entonces su merced pagó la renta de -un día y rompió el trato. ¡Tres reales y medio diarios! En nuestro -país podríamos tener un palacio por ese dinero.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_134">[p. 134]</span></p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿De qué país vienen ustedes?</p> - -<p><span class="smcap">El criado.</span>—Caballero, usted parece -un señor muy decente y le voy a contar nuestra historia. Somos de -Andalucía, y su merced era el año pasado recaudador general de -contribuciones en Granada; tenía catorce mil <i>reals</i> de sueldo, con -lo que nos dábamos traza para vivir bastante bien, sin perder las -<i>funciones</i> de toros, y cuando no las había, las de <i>novillos</i>, -y alguna que otra vez a la ópera. En una palabra: vivíamos con -holgura y sin privarnos de diversiones; tanto, que su merced pensaba -últimamente comprarle un caballo al señorito, que tiene catorce años, -y ha de aprender a montar ahora o nunca. Pero el ministerio cambió, -caballero, y los nuevos ministros, que no eran amigos de su merced, -le quitaron el empleo. Caballero, desde aquella bendita tierra de -Granada, donde nuestro sueldo era de catorce mil <i>reals</i>, nos han -trasladado a Galicia, a esta fatal ciudad de Lugo, y su merced tiene -que contentarse con diez mil, a todas luces insuficientes para -sostener nuestras antiguas comodidades. ¡Adiós las <i>funciones</i> de -toros y de <i>novillos</i>, y la ópera! ¡Adiós la esperanza de tener un -caballo para el señorito! Caballero, estoy desesperado. ¡Calle, calle -por amor de Dios; yo no puedo hablar más!</p> - -<p>Conocida su historia, ya no me asombró que el recaudador general -desease ahorrar<span class="pagenum" id="Page_135">[p. 135]</span> -un <i>cuarto</i> en la compra del aceite para su <i>gazpacho</i> y el de su -familia de once hijas, un hijo y un criado.</p> - -<p>Estuvimos en Lugo una semana y continuamos el viaje a La Coruña, -distante unas doce leguas. Nos levantamos antes de rayar el día para -aprovechar la escolta del correo, en cuya compañía hicimos unas -seis leguas. Se hablaba mucho de ladrones y de partidas volantes -de facciosos, razón por la que nuestra escolta era considerable. A -unas cinco o seis leguas de Lugo, la guardia de soldados regulares -fué relevada por un pelotón de cincuenta migueletes. Todos tenían -aspecto de bandidos; pero nunca había visto yo gente de tan bárbara -hermosura. Hallábanse todos en la flor de la edad; eran de elevada -estatura, de miembros hercúleos; usaban recias patillas y caminaban -con aire fanfarrón, como si provocaran el peligro y lo desdeñaran. -Contrastaban sobremanera con los soldados que nos escoltaron hasta -allí, pobres muchachos de diez y seis a diez y ocho años, sin vigor -ni actividad. El traje peculiar de los migueletes, si a algo militar -se parece, es al que usaban antiguamente los marinos ingleses. Llevan -un sombrero característico y, generalmente, polainas; sus armas son -el fusil y la bayoneta. El color de su vestido es de ordinario pardo -obscuro. Guardan muy poca o ninguna disciplina, tanto en las marchas -como en la acción. Son<span class="pagenum" id="Page_136">[p. -136]</span> excelentes tropas irregulares, y en servicio de guerra se -les emplea con singular utilidad como escaramuzadores. Sus funciones -propias se asemejan, sin embargo, a las de la policía y están -encargados de limpiar de ladrones los caminos, para lo cual se hallan -en cierto respecto muy bien preparados, porque, en general, todos son -ladrones durante alguna época de su vida. No es fácil decir por qué -los llaman migueletes; lo más probable es que deriven su nombre del -de un antiguo jefe. Tengo pocas noticias acerca de este cuerpo, y no -puedo, por tanto, entrar en detalles; lo siento, porque sin duda ha -de haber muchas cosas notables que decir acerca de él.</p> - -<p>Cansado de la marcha lenta del correo, resolví adelantarme, -arrostrando el peligro; cometí con eso una imprudencia no pequeña, -pues estuve a punto de caer en manos de los ladrones. De súbito dos -individuos se me plantaron delante apuntándome con sus escopetas, -y las hubieran descargado sobre mí, probablemente, si no se llegan -a asustar al oír el ruido del caballo de Antonio, que me seguía a -muy corta distancia. El suceso ocurrió en el puente de Castellanos, -lugar famoso por los robos y muertes que en él se hacían, y muy a -propósito para tales empresas, porque está en el fondo de un profundo -barranco, rodeado de agrestes y desoladas montañas. Un cuarto<span -class="pagenum" id="Page_137">[p. 137]</span> de hora antes tan sólo, -había pasado yo junto a tres horribles cabezas clavadas en sendos -palos al borde del camino; eran las de un capitán de ladrones y dos -cómplices suyos, apresados y ejecutados dos meses antes. Su principal -guarida eran las inmediaciones del puente; tenían por costumbre -arrojar los cuerpos de sus víctimas a las profundas y negras aguas -que corrían impetuosas por debajo. Aquellas tres cabezas no se -borrarán jamás de mi memoria, particularmente la del capitán, puesta -en un palo más alto que el de las otras dos: sus largos cabellos -ondeaban al viento, y las facciones, ennegrecidas y torcidas, hacían, -bañadas de sol, una mueca burlona. Los individuos que me echaron el -alto eran restos de la cuadrilla.</p> - -<p>Llegamos a Betanzos muy entrada la tarde. La ciudad está en una -ría, a cierta distancia del mar y a unas tres leguas de La Coruña. -Altas montañas la rodean por tres lados. Durante casi todo el día -el tiempo estuvo cubierto y amenazador; al llegar a Betanzos, la -densidad y pesadez de la atmósfera eran insoportables. Por todas -partes los malos olores asaltaban nuestro órgano olfatorio. Las -calles estaban muy sucias, las casas también, y singularmente la -<i>posada</i>. Entramos en el establo; estaba sembrado de algas podridas y -otros desperdicios, donde se revolcaban los cerdos. Alrededor<span -class="pagenum" id="Page_138">[p. 138]</span> zumbaban las moscas, -muy gordas y asquerosas. «¡Esto es una peste!»—exclamé—. Pero no -había otra cuadra, y tuvimos que atar los infelices animales a tan -sucios pesebres. El único pienso que pudimos darles fué maíz. Al -anochecer los llevamos a beber en el riachuelo que pasa por Betanzos. -El <i>entero</i> bebió con ansia; pero al volver a la posada noté que -estaba triste y que llevaba la cabeza caída. Apenas ocupó de nuevo -su plaza, le acometió una tos muy honda y bronca. Recordé lo que me -había dicho el mozo de cuadra en la montaña: «Es un loco el que trae -un caballo a Galicia, y dos veces loco si trae un <i>entero</i>.» Durante -la mayor parte del día el caballo anduvo en medio de un tropel de -cien yeguas lo menos, y se excitó mucho. Con la tos, le entró un -temblor violento. Me procuré un cuartillo de aguardiente anisado, y -con ayuda de Antonio le di friegas casi durante una hora, hasta que -el pelo se le cubrió de blanca espuma; pero la tos le iba en aumento, -tenía la mirada fija y los miembros rígidos.</p> - -<p>—¡No hay más remedio que sangrarlo!—dije—. Corre a buscar al -veterinario.</p> - -<p>Llegó el veterinario.</p> - -<p>—Va usted a sangrar el caballo—exclamé—y a sacarle una <i>azumbre</i> -de sangre.</p> - -<p>El albéitar miró al animal y se encaminó a la puerta.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_139">[p. 139]</span></p> - -<p>—¿Adónde va usted?—pregunté.</p> - -<p>—A mi casa—respondió.</p> - -<p>—¡Pero si le necesitamos a usted aquí!</p> - -<p>—Ya lo comprendo—repuso—. Y por eso me voy.</p> - -<p>—Tiene usted que sangrar el caballo o se me morirá.</p> - -<p>—Lo sé—dijo el albéitar—; pero no lo sangro.</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—No lo sangro más que con una condición.</p> - -<p>—¿Con cuál?</p> - -<p>—¡Con cuál! Que me pagará usted una onza de oro.</p> - -<p>—¡Sube corriendo a buscar el estuche de piel!—dije a Antonio.</p> - -<p>Trajo el estuche, tomé un fleme ancho y, con ayuda de una piedra, -lo introduje en la vena principal de una pata del caballo. Al -principio la sangre no quería salir; al fin, a fuerza de frotes, -comenzó a manar, y acabó por correr en abundancia; así estuvo una -media hora.</p> - -<p>—El caballo se va a desmayar, <i>mon maître</i>—dijo Antonio.</p> - -<p>—Sostenle firme—respondí—, y dentro de diez minutos cerraré la -vena.</p> - -<p>La cerré, en efecto, y mientras lo hacía me puse a mirar al -albéitar a la cara, arqueando las cejas.</p> - -<p>—¡<i>Carracho</i>, qué diablo de brujo!—<span class="pagenum" -id="Page_140">[p. 140]</span>musitó el albéitar al marcharse—. ¡A él -si que le sangraría yo si tuviese aquí el cuchillo!</p> - -<p>Por la noche volvimos a sangrar el caballo, y con esta segunda -sangría se salvó. A la mañana siguiente empezó a comer.</p> - -<p>A otro día salimos para La Coruña, llevando los caballos por la -brida. El día era espléndido, y nuestro paseo delicioso. Ibamos -bajo los árboles muy altos y sombrosos, que bordean la ruta desde -Betanzos hasta ya cerca de La Coruña. Nada tan risueño y alegre como -el país circunvecino. Los viñedos abundaban en las inmediaciones de -las aldeas por donde atravesábamos, y millones de plantas de maíz -erguían sus altas cañas y desplegaban sus anchas hojas verdes en los -campos. A las tres horas de camino columbramos la bahía de La Coruña, -en la que, no obstante estar aún a una legua de distancia, vimos -tres o cuatro grandes navíos anclados. «¿Pertenecerán los navíos a -España?»—me pregunté—. En la aldea inmediata nos dijeron que la noche -anterior había llegado una escuadra inglesa, se ignoraba con qué -objeto.</p> - -<p>—Sin embargo—continuó nuestro informador—, parece seguro que -traen algún designio sobre Galicia. Esos extranjeros son la ruina de -España.</p> - -<p>Nos alojamos en la que llaman calle Real, en una excelente <i>fonda</i> -o <i>posada</i>, regida por un individuo bajo y grueso, de aspecto<span -class="pagenum" id="Page_141">[p. 141]</span> bastante risible, -genovés por su cuna. Estaba casado con una vascongada, alta, fea, -pero de buen genio, que le había dado un hijo y una hija. Al parecer -la mujer había llevado consigo poco tiempo antes a todas sus -parientes guipuzcoanas, que en número de nueve llenaban en la casa -los oficios de camareras, cocineras y fregatrices; todas eran muy -feas, pero de buen natural y en extremo parlanchinas. Durante el día -entero atronaban la casa con su excelente vascuence y su malísimo -castellano. El genovés, por el contrario, hablaba poco; una razón -poderosa hubiera podido aducir para ello: llevaba treinta años en -España y había olvidado su idioma nativo, sin aprender el español, -que hablaba bastante mal.</p> - -<p>Reinaba en La Coruña gran animación y bullicio con motivo de la -llegada de la escuadra inglesa; pero al día siguiente la flota se -marchó para hacer un breve crucero por el Mediterráneo, y en el acto -volvió todo a su curso normal.</p> - -<p>Tenía yo en La Coruña un repuesto de quinientos Testamentos, con -los que me proponía abastecer las principales ciudades gallegas. En -seguida que llegué se publicaron los anuncios usuales, y el libro -se vendió regularmente—unos siete u ocho ejemplares diarios, por -término medio—. Al leer estos detalles no faltará acaso quien sienta -la tentación de decir: «Esas minucias no valen<span class="pagenum" -id="Page_142">[p. 142]</span> la pena de mencionarlas.» Pero los que -tal crean, deben pensar que hasta muy pocos meses antes de la fecha a -que me refiero la existencia misma del Evangelio era casi desconocida -en España, y que necesariamente había de ser empeño difícil inducir -a los españoles, gente que lee muy poco, a comprar una obra como -el Nuevo Testamento, de primordial importancia para la salud del -alma, es cierto, pero que ofrece pocas esperanzas de diversión a los -espíritus frívolos y corrompidos. Esperaba yo presenciar los albores -de una época mejor y más ilustrada, y me regocijaba pensando que en -la infeliz y desalumbrada España se vendía ya el Nuevo Testamento, -aunque en corta cantidad, desde Madrid hasta las más distantes -poblaciones gallegas, en un trayecto de casi cuatrocientas millas.</p> - -<p>La Coruña se alza en una península que tiene por un lado el mar y -por otro la famosa bahía.</p> - -<p>La ciudad se divide en vieja y nueva; esta última fué -probablemente en otros tiempos un mero arrabal. La ciudad vieja, -desolada y en ruinas, está separada de la ciudad nueva por un ancho -foso. La ciudad moderna es mucho más agradable y contiene una calle -suntuosa, la calle Real, residencia de los principales comerciantes. -Un rasgo singular de esta calle es que toda ella está pavimentada con -losas de mármol, por las que<span class="pagenum" id="Page_143">[p. -143]</span> circulan caballerías y carros como si fuese un pavimento -ordinario.</p> - -<p>Es un dicho proverbial entre los coruñeses que en su ciudad hay -una calle tan limpia que se puede comer en ella la <i>puchera</i> sin el -más leve reparo. Sin duda el dicho podrá ser cierto después de una -de las lluvias que con tal frecuencia empapan el suelo de Galicia, -y dejan el piso de la calle muy lustroso. La Coruña fué en tiempos -pasados una plaza comercial importante; pero la mayor parte del -tráfico se ha trasladado últimamente a Santander, ciudad situada a -mucha distancia de La Coruña, en dirección del golfo de Vizcaya.</p> - -<p>—¿Va usted a ir a Santiago, Giorgio? Si fuese usted allá, me haría -el favor de llevar un recado a un pobre compatriota mío—dijo una voz -en inglés cerrado, estando yo una mañana a la puerta de mi <i>posada</i>, -en la calle Real de La Coruña.</p> - -<p>Miré en torno, y vi un hombre cerca de mí, en pie junto a la -puerta de una tienda contigua a la posada. Representaba sesenta y -cinco años; era pálido su rostro y la nariz notable por su color -rojo. Vestía un amplio sobretodo verde, tenía en la boca una larga -pipa de barro y en la mano una vara.</p> - -<p>—¿Quién es usted y quién es su compatriota?—pregunté—. No le -conozco a usted.</p> - -<p>—Pues yo a usted, sí—replicó el hombre—.<span class="pagenum" -id="Page_144">[p. 144]</span> Usted me compró el primer cuchillo que -vendí en el mercado de N.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¡Ah! Ahora le recuerdo a usted, -Luigi Pozzi, y me acuerdo muy bien, además, de las veces que fuí, -siendo un chiquillo, hace ya veinte años, a la tiendecita de usted y -le oía hablar en milanés con sus compatriotas.</p> - -<p><span class="smcap">Luigi.</span>—Aquellos eran tiempos dichosos -para mí. ¡Oh!, si supiera usted con qué fuerza reaparecieron en mi -memoria cuando le vi a usted detenerse a la puerta de la <i>posada</i>. -Al instante me metí dentro, cerré la tienda, me eché en la cama y -lloré.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—No veo motivo para que eche -usted tan de menos aquellos tiempos. Cuando yo le conocí a usted -en Inglaterra era usted buhonero; a veces ponía un tenducho en el -mercado de una ciudad rural. Ahora me lo encuentro en un puerto -español, propietario, por lo visto, de una tienda importante. No veo -por qué se queja usted del cambio.</p> - -<p><span class="smcap">Luigi</span> (Arrojando la pipa al -suelo).—¡Quejarme del cambio! ¿Sabe usted una cosa? Inglaterra es -el paraíso de los piamonteses y milaneses, especialmente de los de -Como. Jamás nos entregamos al descanso que no soñemos con ella, ya -estemos en nuestro país, ya en tierra extranjera, como yo ahora. -¡Quejarme del cambio! ¡Y que eso lo diga un inglés! Prefiero ser -miserable vagabundo en Inglaterra que dueño y señor de todo en<span -class="pagenum" id="Page_145">[p. 145]</span> diez leguas a la -redonda del lago de Como, y otro tanto dirán todos mis compatriotas -que han estado en Inglaterra, dondequiera que se encuentren. Puedo -enseñarle diez cartas de otros tantos compatriotas residentes en -América, donde se han hecho ricos, y prosperan, y son hombres -principales; pues bien: todas las noches, cuando sus cabezas -reposan en la almohada, sus almas <i>auslandra</i><a id="FNanchor_22" -href="#Footnote_22" class="fnanchor">[22]</a>, y van arrastradas -a Inglaterra y hacia sus verdes campos. Llegan allí en alas del -ensueño, ponen sus cajas en el suelo y van mostrando a los honrados -campesinos, a sus mujeres e hijas, espejillos y otras chucherías, -y como antaño, las venden entre regateos y chuscadas. Al caer la -tarde, vuelven como en los tiempos pasados a las tabernas a comer -las tostadas de pan y el queso y a beber la cerveza de Suffolk, y a -escuchar los ruidosos cantares y alegres chanzas de los labradores. -Pues si echan de menos Inglaterra y sueñan con ella los que están -en América, país próspero, según reconocen ellos mismos, favorable -a los piamonteses y milaneses, cuánto más la echará de menos quien, -como yo, lleva tantos años en España, en esta espantosa ciudad de La -Coruña, sosteniendo un comercio ruinoso, y donde se pasan los meses -sin ver una cara<span class="pagenum" id="Page_146">[p. 146]</span> -inglesa ni oír una palabra del bendito idioma inglés.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Con tal predilección por -Inglaterra, ¿qué le movió a usted a dejarla y a venir a España?</p> - -<p><span class="smcap">Luigi.</span>—Se lo diré a usted. Hace unos -diez y seis años se apoderó de cuantos estábamos en Inglaterra un -deseo general de ser algo más de lo que hasta entonces habíamos -sido: buhoneros, vagabundos; deseaban además—el hombre nunca está -contento—ver tierras nuevas; la mayor parte se fué de Inglaterra, y -donde antes había diez, apenas si quedó uno. Casi todos se fueron -a América, país muy favorable, como ya le he dicho a usted, para -nosotros los naturales de Como. Bueno; todos mis amigos y parientes -atravesaron el mar; yo también me empeñé en viajar; pero en vez de -irme con los otros al Oeste, a un país donde todos han prosperado, se -me ocurrió venir a esta tierra de España, donde cuantos extranjeros -se establecen mueren de tristeza, más tarde o más temprano. Se me -metió en la cabeza la idea de que podía hacer fortuna de golpe -trayendo un cargamento de artículos ingleses baratos, como los que -vendía yo de ordinario a los aldeanos de Inglaterra. Fleté medio -barco para mis artículos, porque en Inglaterra había ganado algún -dinero con mi humilde tráfico, y llegué a La Coruña. Aquí empezaron -de golpe mis<span class="pagenum" id="Page_147">[p. 147]</span> -contrariedades; los desengaños sucedían a los desengaños. Con -extremada dificultad obtuve permiso para desembarcar las mercancías, -y eso a costa de un gran sacrificio en sobornos, propinas y cosas -parecidas. Apenas establecido, vi que el comercio era aquí muy escaso -y que mis géneros se vendían muy lentamente, y a precio de coste o -poco más. Pensé marcharme a otra parte; pero me dijeron que tendría -que dejar aquí mis existencias, a menos de pagar nuevas propinas -que me hubiesen arruinado. De este modo he resistido catorce años, -vendiendo apenas lo bastante para pagar el alquiler de la tienda y -mantenerme; y así continuaré hasta que me muera, o hasta que se me -acaben los géneros. En mal hora me fuí de Inglaterra para venir a -España.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Me ha dicho usted que tiene un -compatriota en Santiago?</p> - -<p><span class="smcap">Luigi.</span>—Sí; un pobre hombre, muy -honrado, que, como yo, ha tenido la extraña suerte de venir a parar -a Galicia. A veces me las arreglo para mandarle algunos géneros que -vende en Santiago con más ganancia que yo aquí. Es hombre feliz, -porque no ha visto Inglaterra, e ignora la diferencia entre los dos -países. ¡Oh campiñas inglesas, quién os volviera a ver! ¡Y aquellas -cervecerías! ¡Y lo que más vale de todo, la buena fe de la gente y la -seguridad personal! He viajado por toda Inglaterra, y en ningu<span -class="pagenum" id="Page_148">[p. 148]</span>na parte me trataron -mal, salvo una vez en el Norte, ciertos papistas a quienes aconsejé -que abandonaran sus pantomimas y asistieran al culto anglicano, -como hacía yo, y como todos mis compatriotas hacían en Inglaterra; -porque, sépalo usted, <i>signor Giorgio</i>, todos nosotros, ya fuésemos -piamonteses, ya naturales de Como, veíamos con muy buenos ojos la -religión protestante, cuando no éramos miembros efectivos de ella.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Qué se propone usted hacer ahora, -Luigi? ¿Qué esperanzas tiene?</p> - -<p><span class="smcap">Luigi.</span>—Mis esperanzas están borradas, -<i>Giorgio</i>; mi único propósito es morirme en La Coruña, acaso en -el hospital, si es que me admiten. Hace años todavía pensaba en -marcharme, aunque fuese dejándolo todo abandonado, para volver -a Inglaterra o irme a América; pero ahora es demasiado tarde, -<i>Giorgio</i>; demasiado tarde. Cuando perdí todas mis esperanzas me di -a la bebida, a la que nunca tuve antes afición, y ahora soy lo que -supongo habrá usted adivinado.</p> - -<p>—Para todos hay esperanza en el Evangelio—dije yo—, incluso para -usted. Le enviaré a usted uno.</p> - -<p>En la ciudad vieja, mirando al Este, hay una pequeña batería -cuyo muro bañan las aguas de la bahía. Es un lugar apacible, desde -donde se descubre una extensa vista. La batería ocupa unas ochenta -varas en cuadro; algunos arbolillos crecen por allí, y sirve<span -class="pagenum" id="Page_149">[p. 149]</span> más que nada de lugar -de esparcimiento de los coruñeses.</p> - -<p>En el centro de la batería está la tumba de Moore, levantada por -los caballerescos franceses, en conmemoración de la muerte de su -heroico antagonista. Es de forma oblonga, rematada por una piedra, y -en cada lado ostenta uno de esos sencillos y sublimes epitafios en -que nuestros rivales son maestros, y que tan fuerte contraste hacen -con las pretenciosas e hinchadas inscripciones que deforman los muros -de la Abadía de Westminster:</p> - -<p class="centra"> -«<big>JOHN MOORE</big>,<br /> -Jefe del ejército inglés. Muerto en el campo de batalla.<br /> -<big>1809</big>.»<br /> -</p> - -<p>La tumba es de mármol; rodéala un muro cuadrangular, alto parapeto -de tosco granito; pegado a cada esquina, emerge del suelo la culata -de un enorme cañón de bronce, destinado a dar solidez al muro. Estas -construcciones exteriores no son obra de los franceses, sino del -gobierno inglés.</p> - -<p>Allí yace el héroe, casi a la vista de la gloriosa colina donde, -revolviéndose contra sus perseguidores como un león acosado, terminó -su carrera. Muchos ganan la inmortalidad sin buscarla, y mueren -antes de que sus primeros rayos doren su nombre; de éstos fué -Moore. El general, al huír de Castilla con sus desalentadas tropas, -hostigado<span class="pagenum" id="Page_150">[p. 150]</span> por -un enemigo impetuoso y terrible, no soñaba que estaba a punto de -alcanzar lo que muchos hombres, mejores y más grandes aunque no -ciertamente más valientes que él, han deseado en vano. Sus mismos -infortunios, la desastrosa retirada, la sangrienta muerte, y su tumba -en país extranjero, lejos de sus parientes y amigos, aseguraron su -fama inmortal. Apenas hay un español que no conozca de oídas esta -tumba y que no hable de ella con respeto. Afírmase que con el general -hereje fueron sepultados tesoros inmensos, aunque nadie acierta a -decir para qué fin. De creer a los gallegos, los demonios de las -nubes persiguieron a los ingleses en su fuga y los atacaron con -torbellinos y mangas de agua cuando se esforzaban por remontar los -tortuosos y empinados senderos de Fuencebadón; otras leyendas aún más -groseras se cuentan acerca del modo como cayó el valeroso general. -Sí; la inmortalidad ha coronado las sienes de Moore, incluso en -España, tierra del olvido, por donde el Guadalete, el antiguo Leteo, -fluye.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_151">[Pg 151]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XXVII</h2> - <p class="subhang"> - Compostela.— Rey Romero.— El buscador de tesoros.— Proyectos - risueños.— El derecho de asilo.— Riquezas ocultas.— El canónigo.— El - localismo.— La lepra.— Los huesos de Santiago. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">E</span><span class="smcap">n los</span> -comienzos de agosto me hallé en Santiago de Compostela. Hice el viaje -desde La Coruña en compañía del correo, a quien escoltaba una fuerte -patrulla de soldados, a causa de la perturbación de la comarca, -infestada de bandidos. Desde La Coruña a Santiago no hay más que -diez leguas; pero el viaje duró día y medio. Fué muy agradable: el -terreno era muy variado y bello, alternando los montes y los valles; -en muchos sitios, frondosos árboles de variadas especies cobijaban -bajo su espléndido follaje el camino. Centenares de viajeros, a pie -o a caballo, se aprovecharon de la defensa que la escolta ofrecía; -el temor a los ladrones era grande. Dos o tres veces se dió la -señal de alarma durante el viaje; pero llegamos a Santiago sin ser -atacados.</p> - -<p>Santiago se alza en una planicie amena, rodeada de montañas; -la más notable es una<span class="pagenum" id="Page_152">[p. -152]</span> de forma cónica, llamada Pico Sacro, de la que se cuentan -muchas leyendas maravillosas. Santiago es una ciudad vieja muy bella, -de unos veinte mil habitantes. Hubo tiempos en que, con la sola -excepción de Roma, fué Santiago el lugar de peregrinación más famoso -del mundo, porque dicen que su catedral guarda los huesos de Santiago -el Mayor, el hijo del trueno, que, según la leyenda de la iglesia -romana, fué el primero en predicar el Evangelio en España. Pero su -gloria como lugar de peregrinación decae rápidamente.</p> - -<p>La catedral, aunque obra de varias épocas, en la que se mezclan -diversos estilos de arquitectura, es una fábrica majestuosa y -venerable, muy a propósito para suscitar la admiración y el respeto; -es casi imposible, a la verdad, pasear por sus sombrías naves, oír -la solemne música y los nobles cánticos, respirar el incienso de los -grandes incensarios, lanzados a veces hasta la bóveda del techo por -la maquinaria que los mueve, mientras los cirios gigantescos brillan -aquí y allá en la penumbra, en los altares de numerosos santos, ante -los que los fieles, de hinojos, exhalan sus plegarias en demanda -de protección, de piedad y de amor, y dudar de que hollamos una -casa donde el Señor mora con deleite. El Señor, empero, se aparta -de ella; no escucha, no mira, y si lo hace será con enojo. ¿De qué -aprovechan la<span class="pagenum" id="Page_153">[p. 153]</span> -solemne música, los nobles cánticos, el incienso de suave olor? ¿De -qué aprovecha arrodillarse ante aquel altar mayor, todo de plata, -coronado por una estatua con sombrero de plata y armadura, emblema -de un hombre que, si bien apóstol y confesor, fué todo lo más un -servidor inútil? ¿De qué aprovecha esperar la remisión de los pecados -confiando en los méritos de quien no poseía ninguno, o rendir -homenaje a otros que nacieron y se criaron en pecado, y que sólo -por el ejercicio de una ardiente fe, otorgada desde lo alto, podían -esperar librarse de la cólera del Omnipotente? Alzaos de hinojos, -hijos de Compostela, y si os prosternáis sea sólo ante el Altísimo, -ni volváis a dirigir a vuestro patrono, en la víspera de su fiesta, -este himno, por sublime que parezca:</p> - -<div class="poetry"><div class="stanza"> -<span class="i2">¡Oh tú, escudo de la fe que en España profesamos,</span> -<span class="i0">azote del enemigo que se atreviera a retarnos,</span> -<span class="i0">tú, a quien el hijo de Dios, de los elementos amo,</span> -<span class="i0">llamárate hijo del trueno, oh tú, inmortal Santiago!</span> -</div><div class="stanza"> -<span class="i0">Desde ese asilo bendito, glorioso y sacrosanto</span> -<span class="i0">dispénsanos tus mercedes y tu favor soberano;</span> -<span class="i0">escucha nuestras plegarias, que con fervoroso labio</span> -<span class="i0">ofrecémoste rendidos, poderoso Santiago.</span> -</div><div class="stanza"> -<span class="i0">A ti las gracias eleva España en un solo canto,</span> -<span class="i0">y aunque de tu nombre cobra honor y gloria preclaros,</span> -<span class="i0">más se precia de tener tu cuerpo en el santuario</span> -<span class="i0">de Compostela, sepulcro del bendito Santiago.</span> -</div><div class="stanza"> -<span class="i0">Cuando la maldad impía, la liviandad y el escarnio</span><span -class="pagenum" id="Page_154">[p. 154]</span> -<span class="i0">de la fe, a España sumieron en las tinieblas del caos,</span> -<span class="i0">tú tan sólo luz divina fuiste y refulgente faro</span> -<span class="i0">que del infierno el escuro alumbraste, Santiago.</span> -</div><div class="stanza"> -<span class="i0">Y cuando a guerra terrible el español esforzado</span> -<span class="i0">se lanzó, te apareciste caballero en tu caballo</span> -<span class="i0">rompiendo las filas moras que por Mahoma jurando</span> -<span class="i0">a tu poder se rindieron, victorioso Santiago.</span> -</div><div class="stanza"> -<span class="i0">Así pues, aquí nos tienes a tus pies arrodillados,</span> -<span class="i0">porque intercedas pidiendo perdón de nuestros pecados</span> -<span class="i0">a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo,</span> -<span class="i0">¡oh tú, más alto que el sol, bendito apóstol Santiago!</span> -</div></div> - -<p>En Santiago tropecé con un coadyuvante para mis trabajos bíblicos, -bueno y cordial, en la persona del librero de la población, Rey -Romero, hombre de unos sesenta años. Este excelente sujeto, rico -y respetado, tomó el asunto con un entusiasmo inspirado sin duda -desde lo alto, sin perder ocasión de recomendar mi libro a cuantos -entraban en su tienda, espléndido y cómodo establecimiento sito en la -Azabachería. En muchos casos, cuando los aldeanos de las cercanías -entraban a comprar alguno de los necios y populares libros de cuentos -que circulan por España, les convencía para que, en su lugar, se -llevaran a su casa el Testamento, asegurándoles que el libro sagrado -era mucho mejor, más instructivo y hasta mucho más entretenido que -los que iban a buscar. No tardó en cobrarme gran afición, y todas -las tardes me visitaba en mi<span class="pagenum" id="Page_155">[p. -155]</span> <i>posada</i> y me acompañaba en mis paseos por la ciudad y -sus alrededores. El hombre sabía muchas cosas, y, aunque de corazón -sencillo, poseía un ingenio muy despierto en extremo regocijante a -veces.</p> - -<p>Una noche, ya tarde, me paseaba solo por la <i>alameda</i> de Santiago -pensando qué dirección tomaría en mi próximo viaje, porque ya llevaba -allí diez días; la luna, esplendorosa, alumbraba todos los objetos -hasta considerable distancia en torno mío. La <i>alameda</i> estaba por -completo solitaria; todo el mundo, menos yo, se había retirado a -descansar. Me senté en un banco y proseguí mis reflexiones, cuando, -de súbito, me interrumpió un ruido como de alguien que anduviese -pesadamente renqueando. Volví los ojos en la dirección del ruido, y -al pronto sólo percibí un bulto informe que avanzaba con lentitud; -cuando estuvo más cerca distinguí la silueta de un hombre, vestido -con burdo traje pardo, con una especie de sombrero andaluz, y que -a modo de bastón empuñaba una rama de árbol pelada. Llegó frente a -mi banco; se detuvo, se quitó el sombrero y me pidió limosna con un -acento insólito y en una jerga extraña, algo semejante al catalán. La -luna iluminó unas guedejas grises y un semblante rojizo y curtido que -al instante reconocí.</p> - -<p>—Benedicto Mol—exclamé—, ¿cómo es<span class="pagenum" -id="Page_156">[p. 156]</span> posible que me le encuentre a usted en -Compostela?</p> - -<p>—<i>Och, mein Gott, es ist der Herr!</i>—replicó Benedicto—. ¡<i>Och</i>, -qué buena suerte! ¡La primera persona que veo en Compostela es el -<i>Herr</i>!</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Apenas puedo dar crédito a mis -ojos. ¿Dice usted que acaba de llegar a Santiago?</p> - -<p><span class="smcap">Benedicto.</span>—¡Oh, sí! Llego en este -momento; vengo a pie desde Madrid, que ya es camino.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Y qué ha podido inducirle a usted -a emprender un viaje tan largo?</p> - -<p><span class="smcap">Benedicto.</span>—Vengo en busca del <i>Schatz</i>, -del tesoro. Le dije a usted en Madrid que estaba a punto de venir; -ahora me lo encuentro aquí; ya no tengo duda de que hallaré el -<i>Schatz</i>.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Y cómo se las ha arreglado para -vivir durante el viaje?</p> - -<p><span class="smcap">Benedicto.</span>—¡Oh! He sacado unos -<i>cuartos</i> pidiendo limosna. Al llegar a Toro me puse a trabajar de -jabonero, hasta que, descubierta mi incapacidad, me echaron del -pueblo. Continué pidiendo limosna hasta llegar a Orense, que ya es -tierra de Galicia. No me gusta nada este país.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Por qué?</p> - -<p><span class="smcap">Benedicto.</span>—¡Por qué! Porque aquí todos -mendigan, y como apenas tienen para ellos, menos tienen para mí, que -soy forastero.<span class="pagenum" id="Page_157">[p. 157]</span> -¡Oh! ¡Qué miseria la de Galicia! Cuando por las noches llego a una de -esas pocilgas que ellos llaman <i>posadas</i>, y pido por Dios un pedazo -de pan para comer y un poco de paja para dormir, me maldicen y me -contestan que en Galicia no hay pan ni paja, y a buen seguro que -desde que estoy en Galicia no he visto ninguna de las dos cosas; sólo -un poco de lo que llaman aquí <i>broa</i> y unos desperdicios de cañas, -usadas para cama de los caballos; me duelen todos los huesos desde -que entré en Galicia.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—A pesar de todo, ha venido usted a -un país que llama miserable, en busca de un tesoro.</p> - -<p><span class="smcap">Benedicto.</span>—¡Oh!, <i>yaw</i>, pero el -<i>Schatz</i> está enterrado; no está sobre la tierra; en Galicia no hay -dinero en la haz de la tierra. Lo desenterraré, y luego compraré un -coche con seis mulas y me iré a Lucerna; si al <i>Herr</i> le agrada irse -conmigo, será muy bien recibido.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Me temo que se haya metido usted en -un callejón sin salida. ¿Qué piensa usted hacer? ¿Tiene usted algún -dinero?</p> - -<p><span class="smcap">Benedicto.</span>—Ni un <i>cuarto</i>; pero una -vez en Santiago, eso ya no me importa. Estoy cerca del <i>Schatz</i>; -además le he visto a usted, que es buena señal; esto quiere decir -que aún está aquí el <i>Schatz</i>. Voy a ir a la mejor <i>posada</i> de la -población y viviré como un duque, hasta que se me presente la ocasión -de<span class="pagenum" id="Page_158">[p. 158]</span> desenterrar el -<i>Schatz</i>, con el que pagaré todos los gastos.</p> - -<p>—No haga usted eso—repliqué yo—. Busque un sitio para dormir y -procúrese algún trabajo. Mientras tanto, tenga esta pequeñez para -remediarse. Creo que el tesoro que ha venido a buscar sólo existe en -su imaginación de usted.</p> - -<p>Le di un duro y me marché.</p> - -<p>Nunca he gozado de paseos más encantadores que en las cercanías -de Santiago. Mi amigo, el bueno y anciano librero, me acompañaba -casi siempre. Vagábamos por las frondosas márgenes de los numerosos -arroyuelos, gozando de los placenteros atardeceres veraniegos de -aquella parte de España. El tema de nuestros coloquios era de -ordinario la religión; pero también hablábamos con frecuencia -de los países extranjeros visitados por mí, y otras veces de -cosas que interesaban personalmente a mi amigo. «Los libreros -españoles—decía—somos todos liberales; no somos amigos del sistema -frailuno, ni podríamos serlo. Los frailes favorecen las tinieblas, -y nosotros vivimos de esparcir la luz. Somos muy amantes de nuestra -profesión, y más o menos, todos hemos padecido por su causa. Muchos -de los nuestros fueron ahorcados en los tiempos de terror, por vender -inofensivas traducciones del francés o del inglés. Poco después de -ser derrocada la Constitución<span class="pagenum" id="Page_159">[p. -159]</span> por Angulema y las bayonetas francesas, tuve que huír -de Santiago y refugiarme en la parte más agreste de Galicia, cerca -de Corcubión. A no ser por los buenos amigos, no lo contaría ahora; -con todo, me costó mucho dinero arreglar el asunto. Mientras estuve -escondido, se hicieron cargo de la librería los funcionarios de la -curia eclesiástica, y le decían a mi mujer que era menester quemarme -por haber vendido libros malos. Pero esos tiempos ya pasaron, gracias -a Dios, y espero que no han de volver.»</p> - -<p>Una vez íbamos paseando por las calles de Santiago, y el librero -se detuvo delante de una iglesia, poniéndose a contemplarla -atentamente. Como no ofrecía a la vista nada notable, le pregunté la -causa de su interés. «En tiempo de los frailes—me dijo—esta iglesia -tenía derecho de asilo, y cualquier criminal que se refugiaba en ella -quedaba en salvo. A todos alcanzaba su protección, aun a los más -viles, menos a los <i>negros</i>, como llamaban a los liberales.»</p> - -<p>—¿A los asesinos también?—pregunté.</p> - -<p>—A los asesinos y a otros delincuentes peores. Entre paréntesis: -he oído decir que ustedes los ingleses miran con la más extremada -aversión el homicidio; ¿creen ustedes, en efecto, que es un crimen -enorme?</p> - -<p>—¿Pues no lo hemos de creer?—repliqué.—En todos los demás cabe -reparación;<span class="pagenum" id="Page_160">[p. 160]</span> pero -si quitamos la vida lo quitamos todo.</p> - -<p>—Los frailes pensaban de otro modo—replicó el anciano—, y -consideraron siempre el homicidio como una <i>friolera</i>; pero no así el -delito de casarse sin dispensa dos primos hermanos, para el que, a -creerlos, difícilmente hay remisión en este mundo ni el otro.</p> - -<p>Dos o tres días después de esto estábamos sentados en mi -habitación de la <i>posada</i>, conversando, cuando Antonio abrió la -puerta y dijo, sonriente, que abajo estaba un «señor» extranjero que -pretendía hablarme. «Que suba»—respondí; y casi al instante apareció -Benedicto Mol.</p> - -<p>—Aquí tiene usted una persona singularísima—dije al librero—. En -general, ustedes los gallegos se marchan de su tierra para hacer -dinero; éste, por el contrario, viene aquí a buscarlo.</p> - -<p><span class="smcap">Rey Romero.</span>—Y hace muy bien. Galicia -es la provincia de España que más riquezas naturales encierra; pero -los habitantes son muy lerdos, y no saben utilizar los dones que les -rodean; en prueba de lo que puede sacarse de Galicia, vea usted a los -catalanes que se han establecido aquí: todos son ricos. Hay riquezas -por todas partes, sobre la tierra y debajo de ella.</p> - -<p><span class="smcap">Benedicto.</span>—¡Oh!, <i>yaw</i>, en tierra, eso -es lo que yo digo. Hay muchos más tesoros debajo de tierra que encima -de ella.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_161">[p. 161]</span></p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Ha descubierto usted desde que no -nos vemos el sitio donde dice usted que está escondido el tesoro?</p> - -<p><span class="smcap">Benedicto.</span>—Sí; ahora lo sé ya todo. -Está enterrado en la sacristía de San Roque.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Cómo lo ha averiguado usted?</p> - -<p><span class="smcap">Benedicto.</span>—Verá usted. Al día siguiente -de llegar, anduve paseándome por la población, en busca de la -iglesia; pero no encontré ninguna que correspondiese con las señas -que me dió mi camarada antes de morir en el hospital. Entré en -bastantes, examinándolas con cuidado, pero en vano; no pude dar con -el sitio que yo veía con los ojos del alma. Conté el caso a la gente -de mi posada y me aconsejaron que llamase a una <i>meiga</i>.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¡Una <i>meiga</i>! ¿Qué es eso?</p> - -<p><span class="smcap">Benedicto.</span>—¡Oh! Una <i>Haxweib</i>, una -bruja; los gallegos en su jerga, de la que no entiendo una palabra, -la llaman bruja. Consentí, y enviaron a buscar a la <i>meiga</i>. ¡Ah, -qué <i>Weib</i> es la <i>meiga</i>! No he visto nunca mujer igual; tan alta -como yo, su rostro es tan redondo y tan rojo como el sol. Me preguntó -muchas cosas en gallego, y cuando le dije todo lo que necesitaba -saber sacó una baraja de naipes y fué poniéndolos en la mesa de -un modo particular; me dijo, al fin, que el tesoro está en la -iglesia de San Roque, cosa cierta, seguramente, pues he ido a la -iglesia y corresponde con toda exactitud a<span class="pagenum" -id="Page_162">[p. 162]</span> las señas que me dió el compañero -muerto en el hospital. ¡Oh!, esa <i>meiga</i> es una <i>Hax</i> muy poderosa. -Es muy conocida en estos contornos y se sabe que ha hecho muchos -daños en el ganado. En pago de su trabajo le di medio duro, del que -usted me regaló.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Pues se ha portado usted como un -tonto; la bruja le ha engañado groseramente. Pero aun siendo verdad -que el tesoro esté en la iglesia que usted dice, no es probable que -le permitan remover el suelo de la sacristía para desenterrarlo.</p> - -<p><span class="smcap">Benedicto.</span>—Ese asunto va ya por muy buen camino. Ayer fuí a -confesarme con un canónigo, que me dió la absolución y su bendición; -no es que a mí me importen mucho esas cosas; pero sí sé que este es -el modo mejor de entrar en materia; me confesé, y luego hablé de mis -viajes, y acabé por contar al canónigo lo del tesoro, y le propuse -que si me ayudaba nos lo repartiríamos entre los dos. ¡Oh!, quisiera -que hubiesen ustedes visto la cara que puso. En el acto aceptó la -propuesta, y me dijo que podía ser un buen negocio; me estrechó la -mano, afirmando que soy un suizo honrado y muy buen católico.</p> - -<p>Después le propuse que me admitiera en su casa y me tuviese con él -hasta que se presentase ocasión de desenterrar juntos el tesoro. Pero -a eso se negó.</p> - -<p><span class="smcap">Rey Romero.</span>—Lo que es eso, lo -creo:<span class="pagenum" id="Page_163">[p. 163]</span> cuente -usted con que ningún canónigo se comprometerá hasta ese punto sin -razones muy fuertes para ello. Las historias de tesoros ocultos están -ya muy gastadas; por aquí se han oído contar casi desde los tiempos -de los moros.</p> - -<p><span class="smcap">Benedicto.</span>—Me aconsejó ir a ver -al capitán general y pedirle permiso para las excavaciones, -prometiéndome, si lo obtenía, ayudarme con toda su influencia.</p> - -<p>En diciendo esto, el suizo se fué, y no volví a ver e ni oí hablar -de él en todo lo demás del tiempo que estuve en Santiago.</p> - -<p>El librero no se cansaba de enseñarme su ciudad natal, de la -que era entusiasta admirador. La verdad es que en ninguna parte he -encontrado el sentimiento localista, muy extendido por toda España, -tan fuerte como en Santiago. Con tal que su ciudad prospere, a -los santiagueses les importa poco que las demás ciudades gallegas -perezcan. Su antipatía a la ciudad de La Coruña no tenía límites, -sentimiento agravado en no corta medida por la traslación de la -capitalidad provincial desde Santiago a La Coruña. No me toca a mí, -que soy extranjero, decir si el cambio era o no recomendable; pero -mi opinión íntima es por completo adversa a él. Santiago es una de -las ciudades más céntricas de Galicia, con importantes núcleos de -población por todos lados, mientras que La Coruña está en un extremo, -a gran distancia<span class="pagenum" id="Page_164">[p. 164]</span> -del resto de la región. «Es una lástima que los <i>vecinos</i> de La -Coruña no puedan inventar un medio de llevarse nuestra catedral, como -se han llevado nuestro gobierno—decía un santiagués—. Así harían -mejor papel, porque ahora no tienen una iglesia donde se pueda decir -misa.» «También es gran lástima—decía otro—que no puedan llevarse -nuestro hospital, para no verse obligados a enviarnos sus enfermos -pobres. Siempre me ha parecido que los enfermos de La Coruña tienen -mucho peor cara que los de otras partes; pero ¿qué puede venir de La -Coruña que sea bueno?»</p> - -<p>En compañía del librero visité el hospital; pero no me detuve -mucho tiempo en él, porque la miseria y la suciedad reinantes me -arrojaron rápidamente a la calle. La verdad es que Santiago viene a -ser el inmenso lazareto de Galicia, lo cual explica el prodigioso -número de seres horribles que se ven por las calles, llegados, en su -mayoría, en demanda de asistencia médica, que se les administra—según -pude saber—con escasez e ineficacia. Entre aquellos desgraciados -descubría a veces algún caso de la terrible lepra, e instantaneamente -huía de él con un «Dios te remedie», como un judío de la antigüedad. -Galicia es la única provincia de España donde aún son frecuentes -los casos de lepra; prueba convincente de que esta enfermedad -es producida por la mala alimentación y<span class="pagenum" -id="Page_165">[p. 165]</span> por el descuido en la limpieza, porque -los gallegos, en lo tocante a las comodidades de la vida y a los -hábitos civilizados, están, por confesión propia, mucho más atrasados -que los demás naturales de España.</p> - -<p>—Además del hospital general—dijo el librero—tenemos una -leprosería. ¿Quiere usted verla? En Santiago hay de todo. Nada falta: -hasta la lepra tiene aquí albergue.</p> - -<p>—No me opongo a que vayamos a ver la leprosería; pero ha de ser -desde lejos, porque lo que es entrar, no entro.</p> - -<p>Dicho esto me llevó por el camino de Padrón y Vigo abajo, e -indicándome dos o tres chozas, exclamó:</p> - -<p>—Esa es la leprosería.</p> - -<p>—Muy pobre me parece—respondí—. ¿Qué comodidades pueden encontrar -ahí dentro los enfermos? ¿Quién los cuida?</p> - -<p>—Ahí los dejan entregados a sí mismos—respondió el librero—. -Probablemente se morirán a veces por abandono. En otro tiempo la -leprosería estaba bien dotada, con rentas bastantes para sostenerla; -pero también fueron secuestradas en las revueltas últimas. Ahora, -los leprosos menos repulsivos se sitúan por lo común al borde de la -carretera y mendigan para todos. Vea usted, ahí está uno.</p> - -<p>Era cierto: un leproso, medio desnudo, descubiertas las -relucientes escamas, aparecía sentado al pie de una cerca -ruinosa.<span class="pagenum" id="Page_166">[p. 166]</span> -Arrojamos unas monedas en el sombrero de aquel ser infortunado, y nos -fuimos.</p> - -<p>—Mala enfermedad es ésta—dijo mi amigo—, y yo, que he visto muchos -leprosos, confieso que su proximidad me hace poca gracia. La verdad: -preferiría que no entrasen, como entran algunas veces, en mi tienda -a pedir limosna. Tengo entendido que la lepra es la enfermedad más -contagiosa que hay; pero existe una variedad de virulencia terrible, -la más temida de todas: es la lepra elefantina. A los que mueren de -ella los queman, por disposición de la ley, y se aventan las cenizas, -porque si el cuerpo de esos leprosos se enterrase en el cementerio, -la enfermedad se propagaría en seguida incluso a los demás muertos -allí enterrados. Al menos, eso es lo que se cree por aquí. Ahora -se está siguiendo causa por haber enterrado en el cementerio los -cadáveres de unas víctimas de la lepra elefantina. Funesta es la -lepra en cualquiera de sus formas, pero sobre todo la elefantina.</p> - -<p>—Hablando de cadáveres—dije yo—, ¿cree usted que los huesos de -Santiago están realmente enterrados en Compostela?</p> - -<p>—¿Qué puedo decir yo?—respondió el anciano—. De eso sabe usted -tanto como yo. Debajo del altar mayor hay una piedra muy grande que, -según dicen, cierra la boca de un profundo pozo en cuyo fondo se cree -que están enterrados los huesos de Santiago;<span class="pagenum" -id="Page_167">[p. 167]</span> por qué los pusieron en el fondo de -un pozo es un misterio insondable para mí. Uno de los dependientes -de la iglesia me ha contado que una noche estaba de guardia con un -compañero dentro de la iglesia, porque unos ladrones habían asaltado -poco antes una de las capillas y cometido un sacrilegio; el tiempo se -les hacía pesado, y para entretenerse, en el silencio de la noche, -tomaron una palanca, removieron la losa y miraron en la sima abierta: -estaba obscura como una tumba; entonces ataron un peso al extremo de -una cuerda larga y lo echaron dentro. A muy gran profundidad chocó, -al parecer, contra un objeto sólido, haciendo un ruido opaco, como de -plomo. Supusieron que podía ser un ataúd, y quizás lo fuese; pero ¿de -quién? Esa es la cuestión.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_168">[Pg 168]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XXVIII</h2> - <p class="subhang"> - Los mareantes de Padrón.— Caldas de los Reyes.— Pontevedra.— El - notario público.— La insania de un barbero.— Una presentación.— La - lengua gallega.— Paseo por la tarde.— Vigo.— El forastero.— Los - judíos del desierto.— La bahía de Vigo.— Una interrupción brusca.— El - gobernador. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">D</span><span class="smcap">espués</span> -de estar unos quince días en Santiago, montamos de nuevo a caballo y -proseguimos el viaje en dirección de Vigo. Como salimos de Santiago -ya muy entrada la tarde, no pasamos aquel día de Padrón, distante -sólo tres leguas. Padrón es un pequeño puerto situado en una ría, -y lo llaman así por razón de brevedad; pero su nombre verdadero es -<i>Villa del Padrón</i>, o ciudad del santo patrono, porque ésta fué, -según la leyenda, la principal residencia del santo en Galicia. Los -romanos llamaron a este lugar Iria Flavia. Es una ciudad pequeña, -pero floreciente, con comercio marítimo de alguna importancia, pues -sus barquichuelos surcan a veces el Golfo de Vizcaya, y hasta llegan -al Támesis y a Londres.</p> - -<p>Hay una curiosa anécdota referente a los mareantes de Padrón -que no estará enteramente<span class="pagenum" id="Page_169">[p. -169]</span> fuera de lugar aquí, pues se relaciona con la circulación -de las Escrituras. Hallándome un día en la tienda de mi amigo el -librero de Santiago, entró un sacerdote corpulento, con aspecto de -buen humor. Tomó uno de mis Testamentos y al instante rompió en una -ruidosa carcajada.</p> - -<p>—¿Qué ocurre?—preguntó el librero.</p> - -<p>—La vista de este libro me trae a la memoria un sucedido—repuso -el otro—. Hace unos veinte años, cuando a los ingleses se les metió -por vez primera en la cabeza convertirnos a los españoles a su manera -de pensar, repartieron gran número de libros de esta clase entre los -españoles que iban a Londres; algunos cayeron en manos de ciertos -mareantes de Padrón, y cuando esta buena gente regresó a Galicia se -observó que se habían vuelto muy tercos y amigos de disputar. Apenas -aventuraba alguien delante de ellos una opinión, la contradecían -de plano, sobre todo si se trataba de asuntos religiosos. «Eso -es falso—decían—. San Pablo, en tal capítulo y en tal versículo, -afirma exactamente lo contrario.» «¿Qué sabes tú lo que San Pablo -ni otros santos han escrito?»—les preguntaban los curas—. «Más de -lo que ustedes se figuran—respondían—. Ya no se nos puede tener en -tinieblas y en la ignorancia respecto de esas cosas», y entonces -exhibían sus libros y leían párrafos y más párrafos, haciendo -comentarios<span class="pagenum" id="Page_170">[p. 170]</span> -que escandalizaban a todos; no les importaba nada el Papa, y hasta -hablaban con irreverencia de las reliquias de Santiago. El caso se -divulgó pronto, y de nuestra sede salieron órdenes para secuestrar -los libros y quemarlos. Así se hizo; los mareantes fueron castigados -o reprendidos, y no he vuelto a oír hablar de ellos. No he podido por -menos de reirme al ver esos libros acordándome de los mareantes de -Padrón y de sus disputas religiosas.</p> - -<p>Al día siguiente llegamos a Pontevedra. Como no se decía que -por allí hubiese ladrones, viajábamos solos y sin escolta. El -camino es bello y pintoresco, aunque algo solitario, sobre todo -después que dejamos atrás la pequeña ciudad de Caldas. En España -hay varias poblaciones de ese nombre. Esta de que hablo se llama, -para distinguirla de las demás, Caldas de los Reyes. No estará -de más advertir que el español <i>Caldas</i> es sinónimo del morisco -<i>Alhama</i>, palabra muy frecuente en la topografía de España y Africa. -Caldas tiene, al parecer, muy bien puesto su nombre. Se alza en -una confluencia de manantiales, y cuando pasamos por allí estaba -atestada de gente que acudía a curarse con las aguas. En el curso -de mis viajes he observado que siempre hay vestigios de volcanes -en las cercanías de los manantiales de aguas calientes, ya sea -montañas hendidas, o gruesos peñascos que<span class="pagenum" -id="Page_171">[p. 171]</span> emergen aislados en la llanura o en -la ladera como si los titanes hubiesen estado jugando a los bolos. -Este último rasgo es el que domina en Caldas; la vertiente Sur de la -montaña se halla cubierta de inmensas piedras de granito, expelidas, -en alguna antiquísima erupción, de las entrañas de la tierra. -Desde Caldas a Pontevedra el camino es montuoso y cansado; tuvimos -mucho calor, y las nubes de moscas, una de las plagas de Galicia, -molestaban tanto a nuestros caballos, que nos obligaron a cortar unas -ramas de árbol para protegerles la cabeza y el cuello contra los -atormentadores aguijones de aquellos insectos sedientos de sangre.</p> - -<p>Para viajar a caballo por Galicia en esa época del año, es muy -recomendable llevar una red fina para defensa del animal, remedio -seguro y cómodo, completamente desconocido en Galicia, por las -muestras, no obstante ser quizá el país del mundo en que más se -necesita.</p> - -<p>Pontevedra, en conjunto, merece el nombre de ciudad monumental, -pues algunos de sus edificios públicos, en especial los conventos, -son tales como no se ven en parte alguna, fuera de España e Italia. -Rodéanla murallas de piedra labrada, y se alza en el fondo de -una ensenada, en la que desemboca el río Lérez. Dícese que fué -fundada por una colonia griega, cuyo jefe era<span class="pagenum" -id="Page_172">[p. 172]</span> nada menos que Teucer el Telamonio. En -tiempos antiguos fué plaza comercial importante; cerca del puerto se -ven las ruinas de un <i>farol</i>, o faro, que pasa por ser antiquísimo. -El puerto, empero, muy distante de la ciudad, es incómodo y muy -poco profundo. La comarca pontevedresa es de incomparable amenidad, -abundante en frutas de todo género, especialmente en uvas, que en la -estación propicia muestran, pendientes de las <i>parras</i>, su deliciosa -lozanía. Un antiguo autor andaluz ha dicho que aquí se producen -tantos naranjos y limoneros como en la campiña cordobesa; pero las -naranjas no son buenas y no pueden competir con las de Andalucía. -Los pontevedreses se jactan de que su suelo produce dos esquilmos -al año, y que mientras recogen una cosecha siembran la otra. Razón -tienen para enorgullecerse de una tierra como la suya, pródigamente -dotada.</p> - -<p>La ciudad está en gran decadencia, y a pesar de la suntuosidad -de sus edificios públicos, encontramos allí aún más suciedad y -miseria que las usuales en Galicia. La <i>posada</i> era misérrima, y para -acabarlo de arreglar la posadera tenía un genio regañón inaguantable. -Porque Antonio se quejó de la calidad de algunos de los comestibles -que nos servía, empezó a maldecirle violentamente en la lengua del -país, única que sabía hablar, y le amenazó, si<span class="pagenum" -id="Page_173">[p. 173]</span> intentaba producir desorden en la casa, -con echarle a la calle a él, a los caballos y a su amo. Ni el mismo -Sócrates se hubiera conducido en tal ocasión con más prudencia que -Antonio, quien se encogió de hombros, murmuró unas palabras en griego -y guardó silencio.</p> - -<p>—¿Dónde vive el notario público?—pregunté—. Es de saber que el -notario público vendía libros, y para él llevaba yo una recomendación -de mi amigo de Santiago. Un muchacho me guió a casa del <i>señor</i> -García, que tal era el nombre del notario. Me encontré con un hombre -de unos cuarenta años, vivo, altivo y locuaz. De muy buen grado se -encargó de vender mis Testamentos, y en un abrir y cerrar de ojos le -vendió dos a un cliente, aldeano por las muestras, que le esperaba en -el despacho. El notario era un patriota entusiasta; pero claro es que -en sentido local, porque no le importaba más país que Pontevedra.</p> - -<p>Los tales vigueses—me dijo—pretenden que su ciudad es mejor que la -nuestra, y que tiene más títulos para ser la capital de esta parte -de Galicia. ¿Ha oído usted jamás un desatino semejante? Le digo a -usted, amigo, que me importaría muy poco que ardiese Vigo con cuantos -mentecatos y bribones encierra. ¿Se le ocurriría a usted jamás -comparar Vigo con Pontevedra?</p> - -<p>—No lo sé—repuse—; nunca he estado<span class="pagenum" -id="Page_174">[p. 174]</span> en Vigo; pero he oído decir que su -bahía es la mejor del mundo.</p> - -<p>—¿La bahía, buen señor? ¡La bahía! Sí; esos bribones tienen una -bahía, y la bahía es la que nos ha robado todo nuestro comercio. -Pero ¿qué necesidad tiene de una bahía la capital de una provincia? -Lo que necesita son edificios públicos donde puedan reunirse los -diputados provinciales a tratar de sus asuntos; pues bien: lejos de -tener Vigo un edificio público bueno, no hay una casa decente en todo -el pueblo. ¡La bahía! Sí, tienen una bahía; ¿pero tienen agua para -beber? ¿Tienen fuentes? Sí, las tienen; pero el agua es tan salobre, -que haría reventar a un caballo. Espero, querido amigo, que no habrá -hecho usted un viaje tan largo para ponerse de parte de una gavilla -de piratas como los de Vigo.</p> - -<p>—No he venido a ponerme de su parte—contesté—; la verdad es -que no sabía yo que necesitasen mi ayuda en esta disputa. Sólo -vengo a traerles el Nuevo Testamento, del que están al parecer muy -necesitados, si son tan pícaros e infames como usted los pinta.</p> - -<p>—¿Pintarlos, querido amigo? Pero ¿no lo dice el caso por sí solo? -¿No sostienen que su ciudad es más apropiada que la nuestra para ser -capital de la provincia? <i>¡Qué disparate! ¡Que bribonería!</i></p> - -<p>—¿Hay en Vigo alguna librería?—pregunté.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_175">[p. 175]</span></p> - -<p>—Había una perteneciente a un barbero loco. Afortunadamente para -usted la librería quebró y su dueño ha desaparecido. No hubiera -dejado de jugarle a usted una de estas dos malas partidas: o hacerle -una cortadura en el cuello, so pretexto de afeitarle, o encargarse -de sus libros y no darle nunca cuentas de su venta. ¡Una bahía! -¡Quisiera yo ver qué derecho tiene a una bahía un nido de lechuzas -como Vigo!</p> - -<p>No es posible tratar a nadie con más bondad que el notario público -me trató a mi en cuanto le convencí de que no tenía intención de -ponerme de parte de los de Vigo contra Pontevedra. Eran entonces -las seis de la tarde; sin dilación me llevó a una confitería y me -obsequió con un helado y una jícara de chocolate. Salimos luego a -pasear por la ciudad, y el notario fué mostrándome varios edificios, -especialmente el convento de los jesuítas. «Vea usted esa fachada. -¿Qué le parece?»—decía.</p> - -<p>Al expresarle la admiración sincera que sentía, acabé de -conquistar el corazón del buen notario. «Supongo que en Vigo no -habrá nada como esto»—le dije—. Me miró un instante, guiñó los -ojos, ahogó una risita de triunfo, y prosiguió su camino andando a -tremenda velocidad. El <i>señor</i> García iba vestido enteramente como un -notario inglés. Llevaba sombrero blanco, levita obscura, calzones de -lana gris abotonados en las<span class="pagenum" id="Page_176">[p. -176]</span> rodillas, medias blancas y zapatos negros bien -embetunados. Pero nunca he visto a un notario inglés andar tan de -prisa; aquello apenas podía llamarse andar; más parecía una sucesión -de sacudidas eléctricas y de brincos. Viéndome en la imposibilidad de -seguirle, le pregunté falto de alientos:</p> - -<p>—¿Adónde me lleva usted?</p> - -<p>—A casa del hombre de más talento de España—replicó—, a quien voy -a presentarle a usted. No vaya usted a pensar que Pontevedra sólo se -enorgullece de sus edificios públicos y de la hermosura de su suelo: -produce también más espíritus esclarecidos que ninguna otra ciudad de -España. ¿Ha oído usted hablar alguna vez del gran Tamerlán?</p> - -<p>—Sí tal—respondí—. Pero no procedía de Pontevedra ni de sus -alrededores; vino de las estepas de Tartaria, cerca del río Oxo.</p> - -<p>—Ya lo sé—replicó el notario—; pero lo que yo quiero decir es que, -cuando Enrique III tuvo que enviar un embajador a aquel africano, -el único hombre que halló a propósito para el caso fué un caballero -de Pontevedra llamado don...<a id="FNanchor_23" href="#Footnote_23" -class="fnanchor">[23]</a> ¡Que los de Vigo rebatan ese hecho si -pueden!</p> - -<p>Entramos en un ancho portal y subimos una suntuosa escalera, al -final de la que el notario llamó a una puerta pequeña.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_177">[p. 177]</span></p> - -<p>—¿A quién me va usted a presentar?—le pregunté.</p> - -<p>—A un abogado que se llama...—replicó García. Es el hombre de -más talento de España, y conoce todas las lenguas y todas las -ciencias.</p> - -<p>Nos abrió una mujer de aspecto respetable, con todas las muestras -de ser el ama de gobierno, y luego de decirnos, contestando a -nuestras preguntas, que el abogado estaba en casa, nos llevó a una -inmensa sala, o más bien librería, pues los muros estaban cubiertos -de libros excepto en dos o tres sitios ocupados por algunos buenos -cuadros de escuela española antigua. Los suaves rayos del sol -poniente entraban por una ventana con cristales de colores, y -esclarecían el aposento. Detrás de la mesa estaba sentado el abogado, -a quien miré con no pequeña curiosidad. Tenía la frente alta y llena -de arrugas, y las facciones muy graves, netamente españolas. Vestía -una especie de hopalanda, y frisaba en los sesenta años. Estaba -leyendo, sentado detrás de una ancha mesa, y, al entrar nosotros, -medio se incorporó y nos hizo una ligera reverencia.</p> - -<p>El notario le hizo un saludo reverente, y en voz baja le pidió -permiso para presentarle un amigo, un caballero inglés que viajaba -por Galicia.</p> - -<p>—Tengo mucho gusto en verle—dijo el abogado—; pero espero -que hablará castellano,<span class="pagenum" id="Page_178">[p. -178]</span> pues en otro caso apenas podríamos comunicarnos; aunque -leo el francés y el latín, no los hablo.</p> - -<p>—Habla el español casi tan bien como si fuera de Pontevedra—repuso -el notario.</p> - -<p>—Los naturales de Pontevedra—observé yo—me parecen más versados en -gallego que en castellano, pues la mayor parte de las conversaciones -que oigo en la calle son en aquel dialecto.</p> - -<p>—El último caballero que me presentó mi amigo García—dijo el -abogado—era un portugués que hablaba muy poco o nada el español. -Dicen que el gallego y el portugués se parecen mucho; pero -cuando quisimos hablar en las dos lenguas no nos fué posible -entendernos. Yo entendía poco de lo que él decía, y mi gallego era -para él completamente ininteligible. ¿Entiende usted el dialecto -local?—continuó.</p> - -<p>—Muy poco—repliqué—. Debe de ser principalmente por el acento -peculiar y la pronunciación, nueva para mí, de los gallegos, porque -su lengua está compuesta casi del todo de palabras españolas y -portuguesas.</p> - -<p>—De modo que es usted inglés—dijo el abogado—. Sus compatriotas -han hecho mucho daño antiguamente en estas regiones, si hemos de -creer a las historias.</p> - -<p>—Sí—dije yo—; hundieron los galeones y quemaron los mejores barcos -de guerra de<span class="pagenum" id="Page_179">[p. 179]</span> -ustedes en la bahía de Vigo, y en tiempo de lord Cobham impusieron -a la ciudad de Pontevedra una contribución de cuarenta mil libras -esterlinas.</p> - -<p>—Cualquier potencia extranjera—interrumpió el notario—tiene -perfecto derecho para atacar a Vigo; pero no concibo qué podían -alegar sus compatriotas de usted para arruinar a Pontevedra, ciudad -respetable que nunca les hizo daño.</p> - -<p>—<i>Señor</i> caballero—dijo el abogado—, voy a enseñarle a usted mi -librería. Aquí tiene usted una obra curiosa, una colección de poemas, -escritos casi todos en gallego por el cura de <i>Fruime</i>. Es nuestro -poeta nacional y nos enorgullecemos de él.</p> - -<p>Estuvimos más de una hora con el abogado; su conversación, si no -me convenció de que fuese el hombre de más talento de España, era, -en general, de gran interés; el abogado poseía, ciertamente, una -ilustración general bastante extensa, aunque le faltaba muchísimo -para ser el profundo filólogo que el notario me había dicho<a -id="FNanchor_24" href="#Footnote_24" class="fnanchor">[24]</a>.</p> - -<p>En la tarde del siguiente día, al disponerme a salir de -Pontevedra, el <i>señor</i> García, en pie junto a mi caballo, me -abrazó, y me deslizó en la mano un folletito. «Este libro—me -dijo—contiene una descripción de Pontevedra.<span class="pagenum" -id="Page_180">[p. 180]</span> Hable usted bien de Pontevedra -dondequiera que vaya.» Asentí con la cabeza. «Espere—añadió—. He -oído hablar, mi querido amigo, de la Sociedad a que usted pertenece, -y trabajaré cuanto pueda en favor de sus designios. Lo hago con -absoluto desinterés; pero si alguna vez, andando el tiempo, tuviese -usted ocasión de hablar en letras de molde del <i>señor</i> García, -notario de Pontevedra—ya usted me entiende—, deseo que no deje de -hacerlo.»</p> - -<p>—Así lo haré—contesté yo.</p> - -<p>El recorrido de Pontevedra a Vigo es sólo de cuatro leguas, y fué -un agradable paseo a caballo que hicimos en una tarde. Al acercarnos -a Vigo, el terreno iba siendo extremadamente montañoso, aunque el -paisaje era de insuperable hermosura. Las vertientes de las montañas -estaban casi todas cubiertas de frondosas arboledas, hasta la misma -cúspide, aunque a veces algún pico de roca desnuda asomaba, alzándose -hasta las nubes.</p> - -<p>Al anochecer, el camino se entenebreció, envolviéndolo las -montañas y bosques circundantes en profundas sombras. Pero era un -camino muy transitado: oíamos el chirriar de muchos carros que -iban por él y continuamente nos cruzábamos con numerosos jinetes y -peatones. Las aldeas eran frecuentes. Las <i>parras</i> crecían con lozana -pompa, aún mayor, si cabe, que en el campo<span class="pagenum" -id="Page_181">[p. 181]</span> de Pontevedra. Por todas partes -reinaban la actividad y la vida. El zumbido de los insectos, el -alegre ladrar de los perros, los rudos cantares de Galicia, se -mezclaban en deleitosa sinfonía. Tan placentero fué el viaje, que -casi sentí llegar a las puertas de Vigo.</p> - -<p>La ciudad ocupa la parte baja de un elevado cerro, más escarpado -y pendiente a medida que se sube hacia el castillo que lo corona. -El casco de la población es pequeño y compacto, rodeado de murallas -bajas; las calles son angostas, empinadas y tortuosas; en medio de la -ciudad hay una plaza pequeña.</p> - -<p>Hay un <i>faubourg</i> de regular extensión a lo largo del borde de la -bahía. Encontramos una excelente <i>posada</i>, regida por un matrimonio -vascongado, cortés e inteligente. Las calles estaban abarrotadas y -todo en la ciudad era ruido y jolgorio. Lucía un desdichado simulacro -de iluminación, puesta por el vecindario para celebrar una victoria -ganada, o que se afirmaba haber ganado, contra las tropas del -Pretendiente. Por todas partes se veían uniformes militares. Para -mayor bullicio, acababa de llegar de Oporto una compañía de cómicos -portugueses, y aquella noche iban a dar su primera representación -en Vigo. «¿Representan la comedia en español?»—pregunté—. «No—me -respondieron—, y por eso tiene todo el<span class="pagenum" -id="Page_182">[p. 182]</span> mundo tantos deseos de ir; otra cosa -sería si representaran en una lengua que todos entendieran.»</p> - -<p>A la mañana siguiente hallábame sentado, para desayunarme, en -un vasto aposento que miraba a la <i>Plaza Mayor</i> de Vigo. El sol -lucía esplendoroso, y todas las cosas en torno aparecían animadas, -jocundas. En aquel momento entró un desconocido, me hizo una -reverencia profunda y se plantó en la ventana, donde permaneció buen -rato en silencio. Era un hombre como de treinta y cinco años, de muy -notable presencia. Sus facciones eran de absoluta corrección, casi -puedo decir de perfecta belleza. Tenía el pelo negrísimo y lustroso; -los ojos, grandes, negros y melancólicos; pero lo que más me llamó la -atención fué su tez, de tono oliváceo amoratado. Vestía con primorosa -elegancia según la moda francesa. Llevaba al cuello una gruesa cadena -de oro, en los dedos anchos anillos, y engastado en uno de ellos, -un magnífico rubí. «¿Quién será este hombre?—pensé yo—. ¿Español, -portugués? Acaso un criollo.» Le hice una pregunta indiferente -en español, y me contestó en el mismo idioma; pero su acento me -convenció de que no era español ni portugués.</p> - -<p>—Si no me engaño, hablo con un inglés, señor—me dijo en el mejor -inglés que puede hablar un extranjero.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Lo ha acertado usted; pero yo, -en<span class="pagenum" id="Page_183">[p. 183]</span> cambio, no -acabo de adivinar qué país es el suyo.</p> - -<p><span class="smcap">El desconocido.</span>—¿Puedo tomar -asiento?</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Singular pregunta. ¿No tiene usted -tanto derecho como yo a sentarse en la sala común de una posada?</p> - -<p><span class="smcap">El desconocido.</span>—No estoy seguro de -ello. A la gente de aquí, en general, no le gusta verme tomar asiento -a su lado.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Quizás por las opiniones políticas -de usted, o porque haya usted tenido la desgracia de cometer algún -delito.</p> - -<p><span class="smcap">El desconocido.</span>—No tengo opiniones -políticas, y no he cometido, que yo sepa, delito alguno. Aquí me -odian por mi país y mi religión.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Estoy hablando quizás con un -protestante, como yo?</p> - -<p><span class="smcap">El desconocido.</span>—No soy protestante. Si -lo fuese, se andarían con más tiento para demostrarme su odio, porque -entonces tendría un Gobierno y un cónsul que me defendieran. Soy -judío, judío de Berbería, súbdito de Abderramán.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—En tal caso, no tiene usted mucho -de qué lamentarse si aquí le miran mal, puesto que en Berbería los -judíos son esclavos.</p> - -<p><span class="smcap">El desconocido.</span>—En casi todas partes lo -son, es cierto; pero no donde yo he nacido, muy en el interior del -país, cerca de los desiertos. Allí los judíos son libres y temidos, -y tan valientes como los mismos musulmanes;<span class="pagenum" -id="Page_184">[p. 184]</span> saben domar potros y manejar el fusil. -Los judíos de nuestra tribu no son esclavos, y no queremos que se nos -trate como tales por los cristianos ni por los moros.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—La historia de usted debe de ser -muy curiosa; quisiera conocerla.</p> - -<p><span class="smcap">El desconocido.</span>—No pienso contarle -mi historia a nadie. He viajado mucho, dedicado al comercio, y he -prosperado. Ahora estoy establecido en Portugal; pero no me gusta la -gente de los países católicos, y menos que ninguna la de España. Al -llegar aquí he sufrido injusticias vergonzosas en la <i>aduana</i>, y, -al protestar, se rieron de mí y me llamaron judío. Por dondequiera -que voy, veo escarnecer a los judíos, excepto en el país de usted; -por eso mi corazón se apasiona por los ingleses. Usted es aquí -un forastero. ¿Puedo servirle en algo? No tiene usted más que -mandarme.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Se lo agradezco a usted con toda el -alma, pero no necesito nada.</p> - -<p><span class="smcap">El desconocido.</span>—¿Trae usted letras? Yo -le tomo a usted las que traiga.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Nada necesito. El favor que puede -usted hacerme es aceptar de mí un libro.</p> - -<p><span class="smcap">El desconocido.</span>—Lo aceptaré muy -agradecido. Sé cuál es. ¡Qué pueblo tan singular: el mismo vestido, -el mismo semblante, el mismo libro! Pelham me dió uno en Egipto. -¡Adiós! Jesús fué un hombre virtuoso, quizás un profeta; pero... -¡adiós!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_185">[p. 185]</span></p> - -<p>Bien pueden los pontevedreses envidiar a los de Vigo su bahía, con -la que, en muchas cualidades, no puede compararse ninguna otra en -el mundo. Altas y escarpadas montañas la defienden por todos lados, -menos por el Oeste, abierto sobre el Atlántico; pero en medio de la -boca surge una isla, imponente muro de roca, que rompe el oleaje e -impide que las mareas del Poniente invadan la bahía con violencia. A -cada lado de la isla hay un paso, bastante ancho para que los barcos -puedan atravesarlo en cualquier tiempo con toda seguridad. La bahía -es oblonga, y se mete mucho tierra adentro; es tan vasta, que mil -navíos de línea pueden maniobrar en ella sin estorbarse. Las aguas -son obscuras, sosegadas y profundas, sin bajíos ni arenas; de suerte -que el barco de guerra más soberbio puede surgir a tiro de piedra de -los muros de la ciudad sin averiarse la quilla.</p> - -<p>Aquella bahía ha presenciado muchos sucesos memorables, ha visto -armamentos poderosos. Allí se reunieron los corpulentos barcos de -la Invencible; desde allí, cargada con la pompa, el poderío y el -terror de la vieja España, la monstruosa escuadra, desplegando -sus enormes velas al viento, zarpó orgullosamente para arrasar la -isla luterana. La mitad de los bosques de Galicia fué arrasada, y -todos los marineros de las mil bahías y rías de las agrias costas -cantábricas<span class="pagenum" id="Page_186">[p. 186]</span> -fueron enganchados a la fuerza para construir y armar la flota. Allí -fué donde las banderas unidas de Inglaterra y Holanda humillaron -el orgullo de España y Francia: sus navíos de guerra estallaron, -volando sus astillas inflamadas sobre las cumbres de las montañas de -Galicia, y los galeones, en llamas, se hundieron con sus tesoros, -mientras iban a la deriva en dirección de Sampayo. En las costas de -aquella bahía fué donde la guardia inglesa vació por vez primera -las <i>bodegas</i> españolas, mientras las bombas de Cobham hundían las -techumbres del castillo de Castro, y los <i>vecinos</i> de Pontevedra -enterraban sus doblones en las cuevas, y los correos llevaban a -escape a Lugo y Orense la noticia de la invasión de los herejes y del -desastre de Vigo. Todos esos hechos acudían a mi mente, contemplando -la bahía desde un punto muy alto de la montaña, a muy corta distancia -del fuerte.</p> - -<p>—¿Qué está usted haciendo ahí, caballero?—gritaron varias voces—. -¡Quieto, <i>Carracho</i>! Si intenta usted correr, le descerrajo un -tiro.</p> - -<p>Miré en torno y vi, exactamente encima de mí, tres o cuatro -individuos, soldados por las muestras, vestidos con sucios uniformes, -en un tortuoso sendero que trepaba por la colina. Teníanme encañonado -con sus fusiles.</p> - -<p>—¿Qué estoy haciendo? Ya lo ven ustedes:<span class="pagenum" -id="Page_187">[p. 187]</span> nada—respondí—, como no sea mirar -la bahía. Y en eso de correr, no hay cuidado: el terreno no es a -propósito.</p> - -<p>—Dése usted preso—dijeron—, y venga usted con nosotros al -castillo.</p> - -<p>—Precisamente estaba pensando en ir allá antes de recibir su -amable invitación—contesté—. Deseo ver el fuerte.</p> - -<p>Me encaramé al lugar donde estaban, y en el acto me rodearon; con -esa escolta llegué al castillo, que en su tiempo habría sido muy -importante, pero ahora ruinoso.</p> - -<p>—Sospechamos que es usted un espía—dijo el cabo, que iba -delante.</p> - -<p>—¿De veras?—contesté.</p> - -<p>—Sí—repuso el cabo—, y en estos últimos tiempos hemos cogido y -fusilado varios.</p> - -<p>Encaramado en uno de los parapetos del castillo estaba un joven, -con uniforme de oficial subalterno, a quien me presentaron.</p> - -<p>—Hace media hora que estamos vigilándole a usted, mientras hacía -observaciones—me dijo.</p> - -<p>—Pues se han tomado ustedes un trabajo inútil—respondí—. Soy -inglés, y me entretenía en contemplar la bahía. Quisiera que ahora -tuviese usted la amabilidad de enseñarme el fuerte.</p> - -<p>Hablamos un poco más, y el oficial dijo: «Me gusta ser amable -con la gente de su país de usted: queda usted en libertad.»<span -class="pagenum" id="Page_188">[p. 188]</span> Me incliné, salí del -fuerte y emprendí el descenso de la montaña. Cuando iba a entrar en -la ciudad, el cabo, que me había seguido ocultamente, me tocó en el -hombro. «Venga usted conmigo a ver al gobernador»—dijo—. «Con mucho -gusto»—respondí—. El gobernador estaba afeitándose cuando llegamos -a su presencia, y apareció en mangas de camisa, con la navaja en -la mano. Parecía de muy mal humor, debido quizás a que le habíamos -interrumpido en su tocado. Me hizo dos o tres preguntas, y al saber -que llevaba pasaporte y que era portador de una carta para el cónsul -inglés, me dijo que podía marcharme cuando quisiera. Hice una -reverencia al gobernador de la ciudad, como antes al gobernador del -fuerte, y salí, encaminándome a la posada.</p> - -<p>En Vigo hice muy poca cosa en punto a la distribución de mis -libros; estuve allí unos cuantos días, y me marché, tomando de nuevo -el camino de Santiago.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_189">[Pg 189]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XXIX</h2> - <p class="subhang"> - Llegada a Padrón.— Un proyecto aventurado.— El <i>alquilador</i>.— Falta - de palabra.— Un compañero singular.— Historia sencilla.— Un camino - áspero.— La deserción.— La jaca.— Un diálogo.— Situación difícil.— La - <i>Estadea</i>.— Nos anochece.— La choza.— La almohada del viajero. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">L</span><span class="smcap">legué</span> -a Padrón al caer la tarde, de vuelta de Pontevedra y de Vigo. Tenía -el propósito de enviar a mi criado con los caballos a Santiago y -alquilar un guía que me llevase a Finisterre. Difícil me sería -justificar con alguna razón plausible el ardiente deseo que tenía -de visitar ese lugar; pero recordaba que el año anterior me había -librado casi por milagro de naufragar y perecer en los peñascales -que bordean aquel punto extremo del Viejo Mundo, y pensé que -llevar el Evangelio a un lugar tan apartado y agreste sería acaso -una peregrinación acepta a los ojos de mi Hacedor. Verdad es que -sólo me restaba un ejemplar de los que había llevado conmigo en -esta última etapa; pero tal reflexión, lejos de desanimarme en mi -proyecto, produjo el efecto contrario: consideré que el Señor,<span -class="pagenum" id="Page_190">[p. 190]</span> desde que se reveló al -hombre, se había servido siempre para cumplir las más grandes obras -de medios insuficientes en apariencia, y pensé que el único ejemplar -restante podría por sí solo causar tanto bien como los otros cuatro -mil novecientos noventa y nueve de la edición de Madrid.</p> - -<p>Sabía yo que mis caballos no servían en modo alguno para ir -a Finisterre, porque los caminos y sendas corrían por barrancos -pedregosos, por ásperas y empinadas montañas; resolví, pues, -dejarlos atrás con Antonio, a quien tampoco quería yo exponer a -las penalidades de un viaje como aquél. Sin pérdida de tiempo -mandé buscar un <i>alquilador</i> y le expliqué mis intenciones. Díjome -que tenía a mi disposición una excelente jaca de montaña y que él -en persona me acompañaría; pero al propio tiempo añadió que el -viaje era terrible para hombres y bestias, y esperaba que se lo -pagase con largueza. Consentí en darle cuanto me pidió; pero con -la expresa condición de acompañarme él en persona, como me había -ofrecido, pues no tenía yo gana de internarme en las montañas con -el último bigardo del pueblo que se le antojase buscar, y que sería -muy capaz de jugarme una mala pasada. Replicó con la frase que los -españoles usan invariablemente para desvanecer la desconfianza o la -duda: «<i>No tenga usted cuidado</i>, yo mismo iré.» Arregladas así las -cosas satisfactoriamente,<span class="pagenum" id="Page_191">[p. -191]</span> a mi parecer, tomé una cena ligera y me retiré a -dormir.</p> - -<p>Había yo encargado al <i>alquilador</i> que me llamase a las tres -de la mañana siguiente; pero no apareció hasta las cinco; supongo -que se dormiría, pues eso fué lo que me ocurrió también a mí. Me -levanté de un brinco; me vestí; puse unas cuantas cosas en la maleta, -sin olvidar el Testamento que pensaba regalar a los habitantes de -Finisterre, y luego salí, encontrando a mi amigo el <i>alquilador</i>, -que tenía por las riendas la <i>jaca</i> en que había yo de hacer la -excursión. Era un animalito muy bueno, fuerte y sano al parecer, -sin un solo pelo blanco en todo su cuerpo, negro como las alas del -cuervo.</p> - -<p>Detrás permanecía en pie un bípedo de singularísima catadura, en -quien por el momento no puse atención; pero del que he de contar -mucho en lo sucesivo.</p> - -<p>Pregunté al <i>alquilador</i> si estaba todo listo, y obtenida -respuesta afirmativa, me despedí de Antonio, puse en marcha la jaca -y con paso vivo salimos del pueblo, tomando al principio el camino -de Santiago. El tipo aquel de quien he hablado antes venía pegado -a nosotros; pregunté al <i>alquilador</i> quién era y por qué motivo -nos seguía, a lo cual respondió que era un criado suyo y que nos -acompañaría un rato para volverse luego. Continuamos a buen paso, -hasta llegar a menos de un cuarto de milla del convento<span -class="pagenum" id="Page_192">[p. 192]</span> de la <i>Esclavitud</i>, -un poco más allá del cual, según me habían dicho, tendríamos que -dejar el camino real; en tal punto, el <i>alquilador</i> se detuvo -bruscamente, y al instante todos hicimos alto. Pregunté la razón de -la parada, y no obtuve respuesta. El <i>alquilador</i> tenía los ojos -clavados en el suelo y contaba, al parecer, con intenso cuidado las -huellas de las vacas, mulas y caballos estampadas en el polvo de la -carretera. Repetí mi pregunta con voz más fuerte, cuando después de -una larga pausa alzó un poco los ojos, aunque sin mirarme a la cara, -y dijo que creía que yo estaba en la idea de que me iba a acompañar -hasta Finisterre, y que, si era así, lo sentía mucho, por ser cosa -imposible de cumplir, pues ignoraba completamente el camino, y -además era incapaz de hacer un viaje tan largo por tan mal terreno, -no siendo ya el hombre que antaño había sido, y que él estaba -comprometido a llevar aquel mismo día a Pontevedra a un caballero que -le aguardaba.</p> - -<p>—Pero—continuó—como me gusta quedar siempre como un <i>caballero</i> -con todo el mundo, he tomado mis medidas para no dejarle a usted -plantado. He hecho un ajuste con este individuo—añadió señalando al -tipo raro—para que le acompañe. Es de toda confianza, y conoce muy -bien el camino de Finisterre, pues ha ido allá muchas veces con esta -misma jaca que usted monta. Además<span class="pagenum" id="Page_193">[p. 193]</span> será un buen compañero de viaje, -porque habla francés e inglés muy bien, y ha recorrido todo el mundo.</p> - -<p>El hombre cesó al cabo de hablar; su engaño, desvergüenza y villanía -me produjeron tal efecto, que pasó algún tiempo antes de poder hallar -una respuesta. Le reproché en términos muy duros su falta de palabra -y le dije que se me pasaban muy buenas ganas de volver al instante al -pueblo y denunciarle al <i>alcalde</i> para que le castigase a toda costa. -A esto replicó:</p> - -<p>—Señor caballero, con hacer eso no se encontrará usted más cerca -de Finisterre, adonde tiene tantas ganas de ir. Siga mi consejo: meta -espuela a la jaca; porque, como usted ve, se hace tarde, y hay doce -leguas largas a Corcubión, donde pasará usted la noche; y desde allí -a Finisterre, tampoco es grano de anís. Con este hombre <i>no tenga -usted cuidado</i>: es el mejor guía de Galicia, habla inglés y francés, -y le servirá de agradable compañía.</p> - -<p>Ya entonces había yo reflexionado que con volver a Padrón sólo -conseguiría gastar tiempo, y que el intento de hacer castigar al -individuo aquel no me reportaría ventaja alguna; además, como me -parecía un tunante en toda la extensión de la palabra, tan buena -era la compañía de cualquier otra persona como la suya. Manifesté, -pues, mi resolución de seguir adelante, y le dije que se<span -class="pagenum" id="Page_194">[p. 194]</span> volviera, y le conjuré -por Dios a que se arrepintiese de sus culpas. Vencedor en este -punto, pensó sacar nuevas ventajas; se colocó a una vara delante -de la jaca, y me dijo que el precio que yo me había comprometido a -pagar por el alquiler de la jaca (todo lo que me pidió, dicho sea -de paso) era muy poco, y que antes de continuar había de prometerle -dos duros más, pues sin duda estaba loco o borracho al hacer el -trato conmigo. La cólera me dominó por completo, y sin pararme a -reflexionar metí espuelas a la <i>jaca</i>, que le derribó en el polvo y -le pasó por encima. A cien varas de distancia volví la cabeza y le -vi en pie en el mismo sitio, el sombrero caído en el suelo, y sin -dejar de mirarnos se santiguaba con mucha devoción. Su criado, o lo -que fuese, lejos de socorrer a su principal, en cuanto la <i>jaca</i> se -movió echó a correr a su lado, sin proferir palabra ni hacer otro -comentario que golpearse vigorosamente un muslo con la mano derecha. -No tardamos en pasar de Esclavitud, y un instante después volvimos -a la izquierda, metiéndonos por un sendero desigual y pedregoso que -llevaba a unos maizales. Pasamos junto a varias caserías, y llegamos -al fin a una cañada, cuyas laderas estaban cubiertas de robles enanos -y que descendía suavemente hasta un riachuelo obscuro, sombreado por -los árboles, que atravesamos por un tosco puentecillo. Ya entonces -había<span class="pagenum" id="Page_195">[p. 195]</span> tenido -tiempo de examinar detenidamente de pies a cabeza a mi singular -compañero. Su estatura, estirándose todo lo posible, quizás hubiera -llegado a cinco pies y una pulgada, pero el hombre tenía cierta -tendencia a encorvarse. La naturaleza le había dotado de inmensa -cabeza, poniéndosela a ras de los hombros, porque entre las piezas -que entraron en su composición faltó, por lo visto, un cuello. A -los lados se balanceaban unos brazos largos y musculosos. Era, en -conjunto, de armazón tan fuerte y sólida como la de un atleta. Sus -piernas eran cortas, pero muy ágiles, y su rostro, largo, largo, -hubiera guardado cierta remota semejanza con un rostro humano a no -haber la boca tuerta y los anchos ojos parados usurpado su sitio -natural a la nariz, que era casi invisible. Su vestido se componía de -tres prendas: sombrero portugués, ancho de copa y angosto de alas, -viejo y andrajoso; una especie de camisa y unos calzones de tela -burda. Quise trabar conversación con él, y, recordando lo que el -alquilador me había dicho, le pregunté en inglés si había trabajado -siempre en el oficio de guía. Al oírme volvió los ojos hacia mí -con expresión singular, y clavándomelos en el rostro soltó una -risotada, dió un salto y palmoteó tres veces por encima de su cabeza. -Comprendí que no me había entendido; repetí la pregunta en francés, -y me respondió de nuevo con la risa, el salto<span class="pagenum" -id="Page_196">[p. 196]</span> y las palmadas. Al cabo, en mal -español, dijo:</p> - -<p>—Mi amo, hable en español, por amor de Dios, y le entenderé a -usted, y mejor aún si habla en gallego; pero no puedo prometerle -otra cosa. Oí lo que le decía el <i>alquilador</i>; pero es el mayor -<i>embustero</i> de la tierra, y le engañó a usted en eso, como al -prometerle que le acompañaría. A su servicio estoy por mis pecados; -pero en mal hora dejé el profundo mar y me dediqué a guía.</p> - -<p>Me contó que era de Padrón, marinero de oficio, y que había pasado -la mayor parte de su vida en la escuadra española; sirviendo en ella, -visitó Cuba y otras muchas partes de la América española.</p> - -<p>—Cuando mi amo—continuó—le dijo a usted que yo sería un buen -compañero de viaje, le dijo la verdad, la única verdad que ha salido -de su boca en un mes; mucho antes de llegar a Finisterre se habrá -usted alegrado de que el criado, y no el amo, haya venido con usted; -mi amo es muy torpe y muy pesado, y yo soy como usted ve.</p> - -<p>Dió dos o tres saltos mortales, volvió a reírse a carcajadas y a -palmotear.</p> - -<p>—Seguramente no se figura usted—continuó—que ayer vine de La -Coruña con esa jaca y muy buena carga; llegamos a Padrón a las dos -de la madrugada, y a pesar de eso la jaca y yo estamos dispuestos -a hacer este nuevo viaje. Como dice mi amo, <i>no tenga<span -class="pagenum" id="Page_197">[p. 197]</span> usted cuidado</i>; nadie -ha tenido queja de la jaca ni de mí.</p> - -<p>Hablando de esa suerte recorrimos un buen trecho del camino, por -terreno pintoresco, hasta llegar a una aldea muy linda en la falda de -una montaña.</p> - -<p>—Este pueblo—dijo el guía—se llama Los Angeles, porque su iglesia -la hicieron los ángeles hace ya mucho tiempo; debajo de ella pusieren -una barra de oro traída del cielo y que había servido de viga en la -propia casa de Dios. Va por debajo de tierra desde aquí hasta la -catedral de Compostela.</p> - -<p>Atravesamos el pueblo, que, según me dijo también el guía, tenía -unos baños muy visitados por los santiagueses. Torcimos hacia el -Noroeste, dando la vuelta a una montaña que alzaba majestuosamente -sobre nuestras cabezas su cumbre coronada de peñascos desnudos; a -nuestra derecha, en la otra orilla de un valle espacioso, corría -una elevada cadena de montañas, que iba a enlazarse con las del -Norte de Santiago. En la cima de esa cadena alzábanse unas torres -almenadas, llamadas de Altamira, al decir de mi guía, restos de un -antiguo castillo, ya en ruinas, que fué en otro tiempo la residencia -principal que los condes de ese título tenían en la provincia. -Volviendo después hacia el Oeste, no tardamos en encontrarnos al pie -de un puerto muy empinado y escabroso, que conducía a una región más -alta. La subida<span class="pagenum" id="Page_198">[p. 198]</span> -nos costó cerca de media hora, y las dificultades del terreno eran -tales, que más de una vez me alegré de haber dejado nuestros caballos -y de montar aquella intrépida jaquita; acostumbrada a los caminos, -trepaba con mucho ánimo, y nos puso al fin sin daño en lo alto de la -subida.</p> - -<p>Allí entramos en una <i>choza</i> gallega para reponer nuestras fuerzas -y las del caballo. El cuadrúpedo comió un poco de maíz, y los dos -bípedos nos regalamos con <i>broa</i> y <i>aguardiente</i>, servidos por una -mujer que encontramos en la choza. Salí fuera unos minutos a observar -el aspecto del país, y al volver encontré al guía profundamente -dormido en el banco donde le dejé. Estaba sentado, muy tieso, con -la espalda apoyada en la pared y las piernas colgando a unas tres -pulgadas del suelo, porque eran demasiado cortas para llegar a él. -Cinco minutos lo menos estuve contemplando su reposo, tan profundo -y tranquilo como el de la muerte. Su rostro me recordaba mucho esas -singulares fisonomías de santos y monjes que a veces se encuentran -en las hornacinas de los muros de los conventos en ruinas. No había -ni el más ligero vislumbre de vitalidad en su semblante, que por el -color y la rigidez pudiera parecer de piedra, tan informe y tan tosco -como una de esas cabezas de piedra de Icolmkill que han desafiado las -intemperies de doce siglos. Mirándole estuve<span class="pagenum" -id="Page_199">[p. 199]</span> hasta que empecé a sentir cierta -alarma, pensando que la vida podía haber huído de aquella maltrecha y -extenuada máquina. Le sacudí con fuerza por un hombro, y lentamente -se despertó, abrió los ojos asombrado y luego los cerró. Durante -unos momentos no supo, con toda evidencia, dónde estaba. Le di -voces preguntándole si pensaba pasarse el día durmiendo en lugar -de llevarme a Finisterre; al oírme se dejó caer sobre las piernas, -arrebató el sombrero que yacía en la mesa, y en el acto salió por la -puerta corriendo y gritando:</p> - -<p>—Sí, sí, ya me acuerdo; sígame, capitán, y le llevaré a Finisterre -en un vuelo.</p> - -<p>Le seguí con la vista y tomó a todo correr la misma dirección -que antes traíamos.—Espera—le grité—; espera. ¿Me vas a dejar aquí -con la jaca? Espera; aún no hemos pagado el gasto. Espera.—Pero no -volvió la cabeza ni un instante, y en menos de un minuto se perdió de -vista. La jaca, atada al pesebre en un rincón de la choza, comenzó -a dar relinchos terroríficos, a manotear y a erizar la cola y la -crin de un modo extraño. Tanto tiraba del ramal, que temí que se -estrangulara.</p> - -<p>—¡Mujer!—exclamé—, ¿dónde anda usted y qué significa todo esto?</p> - -<p>Pero la huéspeda había desaparecido también, y aunque recorrí la -<i>choza</i>, dando fuertes voces, no obtuve respuesta.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_200">[p. 200]</span></p> - -<p>Continuaban los relinchos de la jaca, y los tirones que daba del -ramal eran cada vez más fuertes.</p> - -<p>—¿Estoy rodeado de locos?—grité, y arrojando sobre la mesa una -<i>peseta</i> desaté el caballo e intenté ponerle el bocado, pero no lo -conseguí. Apenas solté el ramal comenzó la jaca a tirar hacia la -puerta, a despecho de cuantos esfuerzos hice para impedirlo.—Si -te escapas—dije—mi situación va a ser divertida—. Pero todo tiene -remedio: de un brinco monté en la silla, y un instante después el -animalito me llevaba, en rápido galope, por un camino que supuse -sería el de Finisterre.</p> - -<p>La situación, divertida para el lector, era para mí bastante -apurada. Hallábame a lomos de un caballo fogoso, sin medio alguno -de gobernarlo, a todo correr por un camino peligroso y desconocido. -No parecía ni rastro del guía, ni encontré a nadie a quien pedir -noticias. La verdad es que, dado caso de alcanzar a un pasajero o de -cruzarme con él, apenas habría tenido tiempo de dirigirle la palabra: -tan veloz era la carrera del caballo. «¿Estará este animal enseñado -a estas cosas?—pensaba yo—. ¿Me llevará a una cueva de ladrones, -que me corten el cuello? ¿No hace más que seguir, por instinto, a -su amo?» No tardé en desechar ambas suposiciones. La velocidad de -la jaca amenguó; al parecer, había perdido el camino. Miró en<span -class="pagenum" id="Page_201">[p. 201]</span> torno con inquietud; -al cabo llegó a un arenal, pegó el hocico al suelo, y de pronto se -tumbó, revolcándose de una manera verdaderamente caballuna. No me -hice daño, y al instante aproveché la ocasión para ponerle el bocado, -que antes llevaba colgado del pescuezo. Volví a montar y me puse a -buscar el camino.</p> - -<p>No tardé en encontrarlo, y seguí adelante. El camino iba por un -yermo poblado de brezos y tojos y sembrado de pedruscos. El sol, -ya muy alto, calentaba de firme. Encontré alguna gente, hombres y -mujeres, que me miraba sorprendida, maravillándose probablemente de -que una persona como yo anduviese sin guía por tales sitios. Pregunté -a dos mujeres si habían visto a mi guía; pero no me entendieron o -no quisieron entenderme, y, luego de cambiar entre sí unas pocas -palabras en uno de los cien dialectos de Galicia, siguieron su -camino. Después de atravesar el descampado, llegué de improviso a un -convento al borde de un profundo barranco, por cuyo fondo corría un -rumoroso arroyo.</p> - -<p>El lugar era bello y pintoresco; espesas arboledas poblaban las -vertientes del barranco; del otro lado surgía una montaña alta y -obscura. El convento, muy capaz, parecía abandonado. Pasé junto a él, -y al instante llegué a una aldea, tan desierta, por las muestras, -como el convento, pues no<span class="pagenum" id="Page_202">[p. -202]</span> hallé ser viviente, ni siquiera un perro que me saludara -con sus ladridos. Me detuve en una fuente de piedra, que vertía sus -aguas en una pila. Sentada en la pila, con los brazos caídos y los -ojos clavados en la montaña vecina, estaba una figura humana, que aún -se presenta frecuentemente a mi fantasía, sobre todo cuando duermo y -me oprime una pesadilla: era mi fugitivo guía.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Buenos días tenga usted, caballero. -El tiempo está caluroso, y ese agua exquisita convida a beberla. -Tentado estoy de apearme y regalarme con un trago.</p> - -<p><span class="smcap">El guía.</span>—Su merced no puede hacer mejor -cosa. Hace mucho calor, en efecto; lo mejor es que beba un poco de -agua. También yo acabo de beber. Pero le aconsejo que no dé agua al -caballo: está jadeante y muy sudado.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Ya puede estarlo. He venido -galopando lo menos dos leguas en busca de un individuo que se -comprometió a llevarme a Finisterre, pero que me ha abandonado de -la manera más extraña del mundo; tanto, que he llegado a creer que -era un bandido, no un hombre honrado ¿No le ha visto usted, por -casualidad?</p> - -<p><span class="smcap">El guía.</span>—¿Qué señas tiene?</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Es bajo, grueso, muy parecido a -usted, giboso y, con perdón de usted, muy feo.</p> - -<p><span class="smcap">El guía.</span>—¡Ja, ja! Le conozco. -Hemos<span class="pagenum" id="Page_203">[p. 203]</span> venido -corriendo juntos hasta la fuente, y aquí me dejó. Caballero, ese -hombre no es un ladrón; si algo es, es un <i>nuveiro</i>, un hombre que -anda por las nubes, y que, a veces, un soplo de viento se lo lleva. -Si alguna vez vuelve usted a viajar con ese hombre, no le permita -usted beber más de una copa de anís cada vez; de lo contrario, se -subirá a las nubes, le dejará a usted y andará por ahí corriendo -hasta que dé con un arroyo, o pegue con la cabeza en una fuente; -entonces, con un trago, vuelve a ser lo que era. ¿De manera, señor -caballero, que va usted a Finisterre? Pues vea usted qué rareza: un -caballero muy parecido a usted me ajustó esta mañana para que le -llevara allí también; pero se me ha perdido en el camino. Me parece -lo mejor que continuemos juntos hasta que encuentre usted a su guía y -yo a mi amo.</p> - -<p>Podían ser las dos de la tarde cuando llegamos a un puente, largo -y ruinoso, muy antiguo al parecer, llamado, según el guía, puente de -Don Alonso. Atravesaba una ensenada, o más bien ría, porque el mar no -estaba lejos; a nuestra derecha quedaba la pequeña ciudad de Noya.</p> - -<p>—Cuando atravesemos el puente, capitán—dijo el guía—, llegaremos -a país desconocido, porque yo no he pasado nunca de Noya, y de -Finisterre, no sólo no he estado allí nunca, pero ni siquiera he -oído hablar.<span class="pagenum" id="Page_204">[p. 204]</span> He -preguntado a dos o tres personas, desde que nos pusimos en camino, -y saben tanto como yo. Sin embargo, bien mirado todo, creo que lo -mejor es seguir hasta Corcubión, a unas cinco leguas de aquí, adonde -quizás lleguemos antes de cerrar la noche si damos con el camino -o encontramos quien nos guíe; porque, como ya le he dicho, yo lo -desconozco en absoluto.</p> - -<p>—En buenas manos he caído—respondí—. Creo, en efecto, que lo mejor -es ir a Corcubión, y allí quizás sepamos algo de Finisterre y se -encuentre un guía que nos lleve.</p> - -<p>Entonces, con nuevos brincos y cabriolas, echó a andar con paso -rápido, deteniéndose a veces en una <i>choza</i> con el propósito de -adquirir informes, supongo yo, aunque apenas entendí una palabra de -la jerga en que él y sus interlocutores hablaban.</p> - -<p>A poco llegamos a un terreno por demás agreste y montuoso. Subimos -y bajamos barrancos; vadeamos arroyos, y nos arañamos la cara y las -manos en las zarzas, deteniéndonos a veces a coger moras silvestres, -de que había cosecha abundante. Por camino tan duro avanzábamos muy -despacio. La jaca iba detrás del guía, tan pegada a él, que casi le -tocaba en el hombro con el hocico. El país era cada vez más agreste, -y una vez que dejamos atrás un molino, ya no vimos rastro de vivienda -humana. El<span class="pagenum" id="Page_205">[p. 205]</span> molino -estaba en el fondo de una hondonada, sombreada por grandes árboles, y -sus ruedas, al girar, hacían un ruido triste y monótono.</p> - -<p>—¿Llegaremos a Corcubión esta noche?—pregunté al guía cuando, al -salir del valle, nos encontramos en un descampado sin límites, al -parecer.</p> - -<p><span class="smcap">El guía.</span>—No; no podemos, y este -descampado no me gusta nada. El sol va a ponerse en seguida, y -entonces, como haya niebla, nos encontraremos a la <i>Estadea</i>.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Qué es eso de la <i>Estadea</i>?</p> - -<p><span class="smcap">El guía.</span>—¡Qué es eso de la <i>Estadea</i>! -¿Me pregunta mi amo qué es la <i>Estadinha</i>? No me he encontrado a -la <i>Estadinha</i> más que una vez, y fué en un sitio como éste. Iba -yo con unas mujeres, y se levantó una niebla muy espesa. De pronto -empezaron a brillar encima de nosotros, entre la niebla, muchas -luces; había lo menos mil. Se oyó un chillido tremendo, y las mujeres -se cayeron al suelo, gritando: <i>¡Estadea, Estadea!</i> Yo también me caí -y gritaba: <i>¡Estadinha! ¡Estadinha!</i> La <i>Estadea</i> son las almas de -los muertos que andan encima de la niebla con luces en las manos. Con -franqueza, mi amo, si encontramos a las almas, me escapo y no paro de -correr hasta tirarme de cabeza al mar. Esta noche ya no llegamos a -Corcubión; mi única esperanza es que encontremos por aquí una <i>choza</i> -donde podamos defendernos de la <i>Estadinha</i>.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_206">[p. 206]</span></p> - -<p>La noche se nos echó encima antes de atravesar el despoblado; -pero no hubo niebla, con gran contento de mi guía, y un pico de luna -alumbraba parcialmente nuestros pasos. Estábamos, sin embargo, en -una situación muy triste: aquel era el páramo más desolado de la -provincia más agreste de España, ignorábamos el camino y apenas si -sabíamos adónde íbamos, porque el guía me dijo repetidas veces que no -creía en la existencia de un lugar llamado Finisterre, y de existir, -sería alguna montaña solitaria señalada en el mapa. Si me ponía a -reflexionar sobre el carácter de mi guía, no encontraba grandes -motivos de tranquilidad ni de aliento; en el caso más favorable, -era evidentemente un hombre medio tonto, sujeto, por confesión -propia, a ciertos paroxismos que no se diferenciaban esencialmente -de la locura. Su insensata huida de cerca de tres leguas, aquella -misma mañana, sin causa aparente para ello, y últimamente su loco y -supersticioso temor de encontrar a las almas de los muertos en el -despoblado, caso en el que se proponía, según me dijo, abandonarme y -correr en busca del mar, me impresionaron fuertemente. Pensé también -en la posibilidad de que no estuviésemos en el camino de Finisterre -ni en el de Corcubión, y resolví acogerme a la primera choza que -encontrásemos, para no correr el riesgo de rodar a un precipicio -y rompernos la nuca.<span class="pagenum" id="Page_207">[p. -207]</span> Pero no se veía cabaña alguna; el despoblado parecía -interminable, y por él anduvimos hasta que se puso la luna, -dejándonos en casi total obscuridad.</p> - -<p>Al cabo llegamos al pie de una cuesta muy escarpada, a la cual -subía un agrio sendero.</p> - -<p>—¿Será este nuestro camino?—pregunté al guía.</p> - -<p>—No nos queda otro, capitán—respondió el hombre—. Subiremos, y -cuando estemos arriba veremos el mar, si es que está cerca.</p> - -<p>Eché pie a tierra, porque subir a caballo por tal sendero en plena -obscuridad hubiese sido locura. Trepamos en hilera: primero, el -guía; detrás, la jaca, con el hocico pegado, como de costumbre, al -hombro de su amo, a quien quería apasionadamente, y yo a retaguardia, -agarrado con la mano izquierda a la cola del caballo. Dimos muchos -traspiés y más de una caída; cierta vez rodamos todos por la falda -del cerro. A los veinte minutos llegamos a la cima; miramos en torno, -pero no vimos el mar; un páramo obscuro, apenas entrevisto, se -extendía al parecer por todos lados.</p> - -<p>—Vamos a tener que acampar aquí hasta mañana—dije yo.</p> - -<p>De pronto mi guía me tomó una mano.</p> - -<p>—Allí hay <i>lume, senhor</i>—decía—; allí hay <i>lume</i>.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_208">[p. 208]</span></p> - -<p>Miré en la dirección que me indicaba, y después de esforzarme un -rato, me pareció ver a cierta distancia, muy por bajo de nosotros, un -débil resplandor.</p> - -<p>—Eso es <i>lume</i>—exclamó el guía—, y procede de la chimenea de una -<i>choza</i>.</p> - -<p>A la bajada del cerro vagamos sin rumbo no poco tiempo, hasta que -nos encontramos en medio de seis o siete chozas negras.</p> - -<p>—Llama a la puerta de una cualquiera—dije al guía—y pregunta si -pueden darnos asilo por esta noche.</p> - -<p>Así lo hizo, y al instante apareció un hombre con una tea encendida -en la mano.</p> - -<p>—¿Puede usted guarecer a un <i>cabalheiro</i> contra la noche y la -<i>estadea</i>?—preguntó el guía.</p> - -<p>—Sí puedo, gracias a Dios—dijo el hombre.</p> - -<p>Era de figura atlética; no llevaba zapatos ni medias, y, en -conjunto, le encontré muy parecido a los campesinos de los pantanos -de Munster.</p> - -<p>—Hagan el favor de entrar, caballeros; podemos acomodarlos a -ustedes y también a la <i>cabalgadura</i>.</p> - -<p>La choza donde entramos estaba dividida en tres compartimientos: -en el primero había hierba, en el segundo estaban las vacas, y en el -tercero la familia, compuesta del padre y la madre del hombre que nos -había abierto y de su mujer e hijos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_209">[p. 209]</span></p> - -<p>—Usted es catalán, señor caballero, y va a buscar a sus paisanos -de Corcubión—dijo el hombre en regular español—. ¡Ah! Ustedes los -catalanes son buena gente y tienen muy buenos establecimientos en las -costas gallegas; la lástima es que se llevan todo el dinero fuera del -país.</p> - -<p>No tengo, en cualquiera circunstancia, el menor inconveniente en -pasar por catalán; en aquel caso más bien me alegré de que una gente -tan salvaje creyera que yo tenía en las vecindades amigos poderosos -y compatriotas que estaban, acaso, aguardándome. Favorecí, pues, su -error y empecé a hablar, con fuerte acento catalán, de la pesca en -Galicia y del impuesto sobre la sal. El guía me miró un momento con -expresión singular, entre seria y burlona; sin embargo, no dijo nada; -se dió un palmetazo en el muslo, como de costumbre, y pegó el brinco -que casi dió en el techo con su risible cabezota. Preguntando, supe -que aún faltaban dos leguas hasta Corcubión, y que el camino, entre -cerros y páramos, era difícil.</p> - -<p>Nuestro huésped nos preguntó si teníamos hambre; le respondimos -que sí, y trajo una docena de huevos y un poco de tocino. Mientras -se aderezaba la cena, mi guía sostuvo con la familia una larga -conversación; pero como hablaban en gallego no pude entenderlos. -Creo que principalmente se referían a brujas y hechicerías,<span -class="pagenum" id="Page_210">[p. 210]</span> porque nombraban mucho -la <i>estadea</i>. Después de la cena pregunté dónde podría descansar; -el huésped me señaló una trampilla en el techo, diciendo que encima -había un desván a propósito para dormir, y en él encontraría paja -limpia. Por pura curiosidad pregunté si no había en la choza ninguna -cama.</p> - -<p>—No—replicó el hombre—; ni las hay hasta Corcubión. Yo nunca me he -acostado en cama, ni nadie de mi familia; dormimos en el suelo o en -la paja con el ganado.</p> - -<p>Como viajero experto me abstuve de lamentarlo; subí por una -escalera al desván, bastante ancho y casi vacío; puse la capa por -almohada y me tendí en las tablas, prefiriéndolas por más de un -motivo a la paja. Durante un buen rato estuve oyendo a la gente -aquella hablar en gallego, y entre los intersticios del piso veía los -resplandores de la lumbre. Las voces se extinguieron poco a poco; -el fuego se fué apagando y dejé de verlo. Me adormecí, desperté, me -adormecí de nuevo, y caí por último en profundo sueño, del que sólo -desperté al segundo canto del gallo.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_211">[Pg 211]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XXX</h2> - <p class="subhang"> - Mañana de otoño.— El fin del mundo.— Corcubión.— Duyo.— El cabo.— Una - ballena.— La bahía exterior.— La detención.— El pescador alcalde.— - Calros Rey.— Un incrédulo.— ¿Dónde está el pasaporte?— La playa.— Un - liberal influyente.— La criada.— El gran «Baintham».— Un libro sin - par.— Hospitalidad. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">H</span><span class="smcap">acía</span> -una hermosa mañana de otoño cuando salimos de la <i>choza</i> y -proseguimos el viaje a Corcubión. Gratifiqué al huésped con un par -de <i>pesetas</i>, y me pidió por favor que si regresábamos por el mismo -camino, y la noche nos sorprendía, no dejáramos de buscar albergue -bajo su techo. Así se lo prometí, al mismo tiempo que formaba el -propósito de hacer todo lo posible para evitar tal contingencia, -porque dormir en el desván de una choza gallega no es muy apetecible, -aunque no tan malo como pasar la noche en un descampado o en un -monte.</p> - -<p>Emprendimos, pues, la marcha a paso vivo por ásperos caminos de -herradura y veredas, rodeados de brezos y jaras. Al cabo de una -hora llegamos a la vista del mar, y, dirigidos por un muchacho que -<span class="pagenum" id="Page_212">[p. 212]</span>encontramos en -el despoblado guardando unas pocas y míseras ovejas, torcimos hacia -el Noroeste y alcanzamos, por último, la cima de una montaña, donde -nos detuvimos un poco a contemplar el panorama que se ofrecía ante -nosotros.</p> - -<p>No sin razón los latinos dieron a aquellos parajes el nombre de -<i>Finis terræ</i>. Nos encontrábamos en un sitio exactamente igual a como -en mi infancia había yo imaginado la conclusión del mundo, más allá -de la que sólo había un mar borrascoso, o el abismo, o el caos. Tenía -ante mis ojos un Océano inmenso, y a mis pies la dilatada e irregular -línea de la costa, alta y escarpada. Con seguridad no hay en todo el -mundo costa más abrupta que la costa gallega, desde la desembocadura -del Miño hasta el Cabo Finisterre. Es una barrera de montañas de -granito muy agrestes, dentelladas casi todas en la cima, y cortadas a -veces por radas y bahías, como las de Vigo y Pontevedra, que penetran -profundamente en tierra. Esas ensenadas y rías son todas de inmensa -hondura, y de capacidad sobrada para abrigar las escuadras de las más -soberbias naciones marítimas del mundo.</p> - -<p>La grandeza severa y agreste de aquellos parajes, subyuga la -imaginación. Esa costa salvaje, lo primero que percibe de España el -viajero procedente del Norte o el que surca el ancho Océano, responde -muy bien,<span class="pagenum" id="Page_213">[p. 213]</span> por -su apariencia, a la idea que de antemano se tiene de tan singular -país. «Sí—exclama el viajero—; esta es España, sin duda alguna; -la inexorable, la rígida España; esta tierra es un emblema de los -espíritus que en ella han visto la luz. ¿De qué otra tierra podían -salir aquellos seres prodigiosos que aterraron al Viejo Mundo, y -llenaron el Nuevo de sangre y horror? ¡Alba y Felipe, Cortés y -Pizarro, severos y colosales espectros que surgen entre las sombras -de la edad pasada, como esas montañas de granito surgen de la niebla -ante los ojos del navegante! ¡Sí; esta es España, sin duda: la -inexorable, la indomable España; tierra emblemática de sus hijos!»</p> - -<p>En cuanto a mí, al contemplar el ancho mar y la costa tan salvaje, -exclamé: «¡Oh imagen de nuestra sepultura y de los temerosos caminos -que a ella llevan! Esos desiertos y páramos por donde he pasado son -como las ásperas y tristes jornadas de nuestra vida. Alentados por -la esperanza, luchamos con todos los obstáculos, con la montaña, la -ciénaga y el yermo, para llegar ¿a qué? a la tumba y a sus bordes -pavorosos. ¡Oh! ¡Que no me abandone en la hora postrera la esperanza -en el Redentor y en Dios!»</p> - -<p>Descendimos del cerro, y de nuevo perdimos de vista el mar, -metiéndonos por barrancos y cañadas, donde había, de vez en -cuando, manchas de pinos. Continuando el<span class="pagenum" -id="Page_214">[p. 214]</span> descenso, acabamos por llegar a la -terminación de una larga y angosta ría, donde se alzaba una aldea; -a corta distancia, en la margen occidental de la ría, veíase una -población bastante mayor, que casi tenía derecho al nombre de ciudad. -Esta última era Corcubión; la primera, si no recuerdo mal, se llamaba -Ría de Silla. Nos apresuramos a llegar a Corcubión, y mandé al guía -que preguntase por el camino de Finisterre. Entró en una taberna, -de donde salía mucho bullicio, y a poco volvió diciéndome que el -pueblo de Finisterre distaba una legua y media de allí. Un hombre, en -manifiesto estado de embriaguez, apareció en la puerta, detrás de mi -guía.</p> - -<p>—¿Van ustedes a Finisterre, <i>cavalheiros</i>?—exclamó.</p> - -<p>—Sí, amigo mío—respondí—. ¡Allá vamos!</p> - -<p>—Entonces van ustedes a un <i>fato de borrachos</i>—replicó—. Tengan -cuidado no les hagan alguna mala partida.</p> - -<p>Seguimos adelante, y, luego de atravesar una península arenosa, a -la espalda de la ciudad, llegamos a la costa de una inmensa bahía, -cuya extremidad Noroeste la formaba el renombrado Cabo de Finisterre, -que se extendía ante nuestra vista mar adentro.</p> - -<p>Por una playa de arena de blancura deslumbradora avanzamos -hacia el Cabo, meta de nuestro viaje. El sol brillaba -resplandeciente,<span class="pagenum" id="Page_215">[p. 215]</span> -y sus rayos iluminaban todas las cosas. Delante de nosotros, el -mar parecía un espejo, y las olas que rompían en la costa eran -tan débiles que apenas levantaban un murmullo. Avivamos el paso, -siguiendo el profundo contorno de la bahía, dominada por montañas -gigantescas. Singulares recuerdos comenzaron a invadir mi espíritu: -en aquella playa, según la tradición de toda la antigua cristiandad, -Santiago, el Santo patrono de España, predicó el Evangelio a los -idólatras españoles. En aquella playa se alzaba en otro tiempo una -ciudad comercial inmensa, la más orgullosa de España. En la bahía, -hoy desierta, resonaban entonces millares y millares de voces, cuando -las naves y el comercio de todo lo descubierto de la tierra se -concentraban en Duyo.</p> - -<p>—¿Cómo se llama este pueblo?—pregunté a una mujer, al pasar por -cinco o seis casas ruinosas en el recodo de la bahía, antes de entrar -en la península de Finisterre.</p> - -<p>—Esto no es un pueblo—dijo la gallega—. Esto no es un pueblo, -señor caballero; es una ciudad, es Duyo.</p> - -<p>¡Tales son las glorias del mundo! ¡Aquellas chozas eran todo lo -que el rugiente mar y la garra del tiempo habían dejado de Duyo, la -gran ciudad! Y ahora, derechos a Finisterre.</p> - -<p>Al mediodía llegamos al pueblo de ese nombre, compuesto de un -centenar de casas<span class="pagenum" id="Page_216">[p. 216]</span> -y construído en el lado Sur de la península, precisamente en el -paraje donde el terreno se levanta para formar la enorme y escarpada -cabeza del Cabo. En vano buscamos una posada o <i>venta</i> donde -encerrar el caballo; por un momento creímos haber encontrado lo que -buscábamos, y hasta llegamos a atar el caballo al pesebre. Pero en -cuanto salimos lo desataron, echándolo a la calle. La poca gente que -vimos nos observaba de un modo extraño. No hicimos gran caso de estos -detalles y continuamos calle arriba, hasta que nos admitieron en -casa de un comerciante castellano, a quien su suerte había llevado a -aquel rincón de Galicia, al fin del mundo. Lo primero que hicimos fué -echar un pienso al caballo, que ya daba señales de estar muy cansado. -Pedimos luego para nosotros algo de comer: como una hora más tarde -nos sirvieron un pescado de unas tres libras, regularmente sabroso, -muy fresco, condimentado para nosotros por una vieja que desempeñaba -las funciones de ama de gobierno. Terminada la comida, salí con mi -grotesco guía y me dispuse a subir a la montaña.</p> - -<p>Nos detuvimos a examinar un reducto o batería abandonada que mira -a la bahía, y, mientras estábamos en esto, reparé más de una vez que -también nosotros éramos objeto de curiosidad y acecho; en efecto, -a nuestro paso vislumbré más de una cara<span class="pagenum" -id="Page_217">[p. 217]</span> que nos atisbaba por los huecos y -hendiduras de las tapias. Comenzamos luego a subir al Finisterre, -trazando en sus vertientes graníticas numerosos y largos <i>detours</i>. -El sol estaba en lo más alto de su carrera, y sus ardentísimos y -furiosos rayos caían a plomo y nos asaeteaban. En la subida se me -destrozó el calzado y me corté los pies; el calor me hacía sudar -a chorros. Para mi guía, en cambio, la subida no era, al parecer, -fatigosa ni difícil. No le asustaba el calor del día, ni una gota -de sudor surcaba su curtido semblante, ni le faltaba el resuello; -brincaba de roca en roca con la irritante agilidad de una cabra -montés. Antes de llegar a la mitad de la subida me encontré rendido -por completo. Comencé a rilar y a tambalearme.</p> - -<p>—¡No tenga miedo!—dijo el guía—. Ahí se ve una cerca; échese un -poco a la sombra.</p> - -<p>Me pasó uno de sus largos y robustos brazos por la cintura, y, -aunque comparado conmigo parecía un enano, me sostuvo como a un -chico hasta llegar a una tosca valla que atravesaba la mayor parte -de la montaña y servía, probablemente, de lindero. Difícil fué -encontrar una sombra: descubrimos, por último, una pequeña hendidura, -abierta quizás por algún pastor para dormir en ella la <i>siesta</i>. -Allí me tendió el guía con mucho tiento, y, quitándose el enorme -sombrero, comenzó a abanicarme sin descanso. Fuí reviviendo<span -class="pagenum" id="Page_218">[p. 218]</span> por momentos, y, -después de descansar un rato muy largo, emprendí de nuevo la subida; -por fin llegué a la cumbre con ayuda del guía.</p> - -<p>Nos encontramos a gran altura entre dos bahías, con la vasta -soledad del mar delante de nosotros. De los diez mil barcos que -anualmente surcan aquellas aguas a la vista del Cabo, no se descubría -entonces ni uno solo. Era el mar un desierto azul brillante, del que, -a intervalos, emergía la negra cabeza de un cachalote arrojando dos -delgados chorros de agua. La bahía de Finisterre, la más grande de -las dos, resplandecía hasta su entrada con los bellos tornasoles de -un inmenso banco de <i>sardinhas</i>, en cuyos bordes estaba probablemente -el cachalote dándose un festín. Al otro lado del Cabo veíamos a -nuestros pies una bahía más pequeña, bordeada de rocas de formas -extrañas, que dominan la costa; esta bahía se llama en el lenguaje -del país <i>Praia do mar de fora</i>, y es lugar temible en días de -borrasca, cuando el oleaje del Atlántico penetra en ella y rompe -contra las rocas sumergidas que allí abundan. Aun en días de calma -resuena en aquella bahía un fragor cavernoso que llena el corazón de -inquietud.</p> - -<p>Descubríase por doquiera un panorama grandioso, sublime. Después -de contemplarlo desde la cima cerca de una hora, descendimos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_219">[p. 219]</span></p> - -<p>Al llegar a la casa donde teníamos nuestro pasajero albergue, -hallamos ocupado el portal por unos cuantos hombres, echados algunos -en el suelo y bebiendo vino en unas pequeñas vasijas de barro muy -usadas en aquella parte de Galicia. Les saludé cortésmente al pasar -y subí al aposento donde comimos. En un tosco y sucio lecho que allí -había me arrojé rendido de cansancio. Resolví reposar un poco, y -por la noche reunir a la gente del pueblo y leerles unos capítulos -de la Escritura y dirigirles una ligera exhortación cristiana. Me -dormí pronto; pero mi sueño fué muy intranquilo. Veíame rodeado de -dificultades múltiples, entre peñascos y barrancos, luchando en vano -por libertarme. Rostros muy extraños se asomaban entre los árboles -o salían de las cavernas y sacaban una lengua bífida y arrojaban -gritos de cólera. Miré en torno buscando a mi guía, pero no le hallé; -me pareció, sin embargo, oír en lo hondo de un barranco una voz que -hablaba de mí. No sé cuánto hubieran durado estas pesadillas; pero, -de súbito, sentí que me agarraban con violencia por un hombro, y de -un tirón casi me arrastraron fuera de la cama. Desperté con gran -sorpresa, y a la luz del sol poniente vi inclinada sobre mí una -figura extraña y desconocida: era la de un hombre ya de edad, de -gigantesca talla, muy barbudo, con cejas grandes y frondosas, vestido -a lo<span class="pagenum" id="Page_220">[p. 220]</span> pescador y -con un fusil mohoso en la mano.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Quién es usted, qué desea?</p> - -<p><span class="smcap">El hombre.</span>—Poco importa quién soy yo. -Levántese y venga conmigo; le necesito.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Con qué autoridad se atreve usted -a venir a molestarme?</p> - -<p><span class="smcap">El hombre.</span>—Con la autoridad de la -<i>justicia</i> de Finisterre. Sígame sin resistencia, Calros, o será -peor.</p> - -<p>—¿Calros?—dije yo—. ¿Qué significa esto?</p> - -<p>Me pareció, sin embargo, lo más prudente obedecer, y bajé la -escalera detrás de mi hombre. La tienda y el portal hallábanse -atestados de vecinos de Finisterre: hombres, mujeres y chicos; estos -últimos desnudos casi todos, chorreando agua, como si los hubieran -llamado a toda prisa de sus juegos en la orilla del mar. A través de -aquella multitud, el hombre que he tratado de describir se abrió paso -con ademán autoritario.</p> - -<p>Al llegar a la calle, posó sin violencia una de sus pesadas manos -en mi brazo.</p> - -<p>—¡Es Calros, es Calros!—gritó un centenar de voces—. Acaba de -llegar a Finisterre y la <i>justicia</i> le ha prendido.</p> - -<p>Sin saber lo que todo aquello podía significar, seguí calle -abajo en compañía de mi singular conductor. La multitud que nos -seguía vociferando era cada vez más numerosa. Hasta sacaron los -enfermos a las puertas para que viesen lo que ocurría y echaran un -vistazo al temible Calros. Me admiró, sobre<span class="pagenum" -id="Page_221">[p. 221]</span> todo, el ardimiento de que dió -muestras un tullido, quien, a despecho de los ruegos de su mujer, se -mezcló con las turbas, y, aunque perdió la muleta, siguió adelante, -brincando con una sola pierna, mientras decía:</p> - -<p>—<i>¡Carracho! ¡También voy yo!</i></p> - -<p>Por fin llegamos a una casa un poco mayor que las demás; el guía -me introdujo en una sala baja, me colocó en el centro y volvió -corriendo a la puerta con ánimo de impedir el paso a la gente -que pugnaba por entrar con nosotros. No sin trabajo consiguió su -propósito; una o dos veces se vió en el caso de rechazar a culatazos -a los intrusos. Me puse entonces a examinar el aposento. Todo el -mobiliario consistía en unos cuantos toneles; había además en -el suelo el mástil de una lancha y una o dos velas. Sentados en -los toneles estaban tres o cuatro hombres, con toscos trajes de -pescadores o de carpinteros de ribera. El personaje principal era -un individuo de unos treinta y cinco años, de gesto avinagrado, -<i>alcalde</i> de Finisterre, según averigüé después, y dueño de la -casa en que nos encontrábamos. En un rincón descubrí a mi guía; -evidentemente estaba preso: dos robustos pescadores, armado el uno -con un fusil y el otro con un bichero, le guardaban. Un minuto duró -mi examen; el <i>alcalde</i>, atusándose las patillas, me interrogó -así:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_222">[p. 222]</span></p> - -<p>—¿Quién es usted, dónde está su pasaporte y a qué ha venido a -Finisterre?</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Soy un inglés, mi pasaporte es éste -y he venido a ver Finisterre.</p> - -<p>Mi respuesta los desconcertó, al parecer, por breves momentos. -Miráronse unos a otros, y miraron mi pasaporte. Al cabo, el -<i>alcalde</i>, golpeándolo con un dedo, vociferó:</p> - -<p>—Este pasaporte no es español; parece que está escrito en -francés.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Ya le he dicho a usted que soy -extranjero. Por eso traigo, como es natural, pasaporte extranjero.</p> - -<p><span class="smcap">El alcalde.</span>—Entonces quiere usted -hacernos creer que no es <i>Calros rey</i>.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Nunca he oído hablar de ese rey ni -he oído tal nombre.</p> - -<p><span class="smcap">El alcalde.</span>—¡Miren qué sujeto! Se -atreve a decir que no ha oído hablar nunca de Calros el pretendiente, -que se titula rey.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Si ese Calros es el pretendiente -don Carlos, todo lo que puedo contestar es que no creo que hable -usted en serio. Lo mismo podía usted decir que ese pobre hombre, -mi guía, a quien por lo visto han hecho ustedes prisionero, es su -sobrino, el <i>infante</i> don Sebastián.</p> - -<p><span class="smcap">El alcalde.</span>—¡Ah! Usted mismo se ha -vendido; en efecto, por tal le tenemos.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Es verdad que los dos son -jorobados; pero ¿en qué me parezco yo a don Carlos? No tengo tipo -español, y al<span class="pagenum" id="Page_223">[p. 223]</span> -pretendiente le llevo lo menos la cabeza.</p> - -<p><span class="smcap">El alcalde.</span>—Eso no le hace. Ya se sabe -que usted lleva varios chalecos consigo, y con ellos se disfraza, -pareciendo más alto o más bajo, según le acomoda.</p> - -<p>Esta razón era tan concluyente, que no supe contestar. El -<i>alcalde</i> echó una mirada de triunfo en torno suyo, como si hubiese -hecho un gran descubrimiento.</p> - -<p>—Sí; ¡es Calros, es Calros!—decía la turba, agolpada en la -puerta.</p> - -<p>—No estaría mal fusilar a estos dos hombres ahora mismo—continuó -el <i>alcalde</i>—; porque si no son los dos pretendientes, es seguro que -los dos son facciosos.</p> - -<p>—No estoy yo muy seguro de que sean ni una cosa ni otra—dijo una -voz bronca.</p> - -<p>La <i>justicia</i> de Finisterre volvió los ojos hacia donde había -sonado la voz, y lo mismo hice yo. Nuestras miradas se posaron en -el individuo que guardaba la puerta; había plantado el cañón de la -escopeta en el suelo y apoyaba la barba en la culata.</p> - -<p>—No estoy muy seguro de que sean una cosa ni otra—repitió -avanzando—. He examinado a este hombre—dijo, señalándome—y escuchado -su modo de hablar, y me parece que es inglés; su cara y su voz lo -dicen. ¿Quién conoce a los ingleses mejor que Antonio de la Trava? -¿Quién tiene más motivos para conocerlos? ¿No ha tripulado sus -barcos, no ha comido su galleta, y no estaba<span class="pagenum" -id="Page_224">[p. 224]</span> junto a Nelson cuando le mataron de un -tiro?</p> - -<p>Al oírle, el <i>alcalde</i> se enfureció.</p> - -<p>—Es tan inglés como tú—exclamó—. Si fuese inglés no habría -venido a escondidas ni por tierra; habría venido embarcado y con -recomendaciones para alguno de nosotros o para los catalanes; habría -venido a comprar o a vender; pero en Finisterre no le conoce nadie -ni conoce a nadie; además, lo primero que ha hecho al llegar aquí -ha sido inspeccionar el fuerte y subir a la montaña a trazar un -campamento, estoy seguro. ¿A qué iba a venir a Finisterre si no es -Calros ni un <i>bribón</i> de <i>faccioso</i>?</p> - -<p>Comprendí que había gran parte de justicia en alguna de estas -observaciones, y por vez primera me di cuenta de la gran imprudencia -que había cometido metiéndome por parajes tan incultos y entre gentes -tan bárbaras, sin llevar pretexto alguno que pudiera justificar a sus -ojos mi viaje. Traté de convencer al <i>alcalde</i> de que mi expedición -por aquel país no tenía otro fin que el de conocer las muchas cosas -notables que encierra y recoger noticias acerca del carácter y -condición de los habitantes. Pero estos motivos eran incomprensibles -para él.</p> - -<p>—¿A qué ha subido usted a la montaña? ¡Para ver el paisaje! -<i>¡Disparate!</i> Hace cuarenta años que vivo en Finisterre y no he -subido nunca, ni subiría en un día como el de hoy aunque me diesen -dos onzas de oro. Ha<span class="pagenum" id="Page_225">[p. -225]</span> venido usted a medir la altura y a replantear un -campamento.</p> - -<p>Encontré, sin embargo, un amigo resuelto en Antonio, el viejo, -quien insistió, fundándose en su conocimiento de los ingleses, en que -muy bien podía ser cierto cuanto yo decía.</p> - -<p>—Los ingleses—decía—no saben qué hacer con tanto dinero como -tienen, y andan de aquí para allá por todo el mundo, y a lo mejor -pagan carísimo lo que para la demás gente no vale un cuarto.</p> - -<p>Comenzó entonces, a pesar del enojo del <i>alcalde</i>, a examinarme -de inglés. Todos sus conocimientos en esta lengua se reducían a dos -palabras: <i>knife</i> y <i>fork</i>, las cuales traduje a sus equivalentes -en español; el viejo me declaró inglés al instante, y blandiendo su -escopeta exclamó:</p> - -<p>—Este hombre no es Calros; es inglés, como tiene dicho, y el que -trate de molestarle se las entenderá con Antonio de la Trava, <i>el -valiente de Finisterre</i>.</p> - -<p>Nadie trató de impugnar ese fallo, y al fin resolvieron enviarme a -Corcubión para que me interrogara el <i>alcalde mayor</i> del distrito.</p> - -<p>—Pero ¿qué hacemos con este otro individuo?—preguntó el <i>alcalde</i> -de Finisterre—. Este, al menos, no es inglés. Tráele para acá y -oigamos lo que dice en su defensa. Vamos, hombre, ¿quién eres y quién -es tu amo?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_226">[p. 226]</span></p> - -<p><span class="smcap">El guía.</span>—Soy Sebastianillo, un pobre -marinero licenciado de Padrón, y mi amo, a la hora presente, es este -caballero que está aquí, el inglés más valiente y de más dinero del -mundo. Tiene en Vigo dos barcos cargados de riquezas. Ya se lo dije a -ustedes antes, cuando me prendieron en la posada.</p> - -<p><span class="smcap">El alcalde.</span>—¿Y tu pasaporte?</p> - -<p><span class="smcap">El guía.</span>—Yo no tengo pasaporte. ¿Quién -piensa en traer pasaporte a un sitio como éste, donde no habrá dos -personas que sepan leer? Yo no tengo pasaporte; el de mi amo sirve -también para mí.</p> - -<p><span class="smcap">El alcalde.</span>—No tal; y puesto que -no tienes pasaporte y confiesas que te llamas Sebastián, vamos a -fusilarte. Antonio de la Trava, tú y los escopeteros os lleváis de -aquí a este Sebastianillo y le fusiláis delante de la puerta.</p> - -<p><span class="smcap">Antonio de la Trava.</span>—Con mucho gusto, -<i>señor alcalde</i>, puesto que usted lo manda. No tengo por qué -tomarme ningún trabajo en favor de este individuo. Es seguro que no -es inglés; más trazas tiene de brujo o de <i>nuveiro</i>, uno de esos -demonios que levantan las tormentas y hunden las lanchas. Además, -dice que es de Padrón, y todos los de ese pueblo son ladrones y -borrachos. Una vez me jugaron una mala partida, y no me disgustaría -fusilar a todo el <i>pueblo</i>.</p> - -<p>Intervine yo entonces, y dije que si fusilaban al guía debían -fusilarme a mí también;<span class="pagenum" id="Page_227">[p. -227]</span> ponderé la crueldad y barbarie de quitar la vida a un -pobre desdichado que, como se adivinaba al primer golpe de vista, era -medio tonto; añadí que si alguien tenía culpa en aquel caso era yo, -porque el otro no era más que un criado sometido a mis órdenes.</p> - -<p>—Después de todo—dijo el alcalde—, me parece que lo mejor es -enviar a los dos presos a Corcubión para que el <i>alcalde mayor</i> haga -de vosotros lo que le parezca. Pero tenéis que pagar la escolta; no -vayáis a figuraros que los vecinos de Finisterre no tienen cosa mejor -que hacer que ir de una parte a otra con cada individuo que se le -ocurra venir a esta ciudad.</p> - -<p>—De eso me encargo yo—dijo Antonio—. Soy el <i>valiente</i> de -Finisterre y no me asusto de dos hombres. Además, estoy seguro de que -el capitán, aquí presente, me pagará lo que sea razonable, o dejaría -de ser inglés. Conque no perdamos tiempo, y en marcha para Corcubión, -que se hace tarde. Sin embargo, capitán, lo primero de todo es -registrarle a usted, y luego registraré el equipaje. Supongo que no -llevará usted armas; pero lo mejor es cerciorarse.</p> - -<p>Mucho antes de cerrar la noche, montado de nuevo en la jaca y -acompañado por el guía, emprendí a través de la playa el regreso -a Corcubión. Delante iba Antonio de la Trava, escopeta al hombro, -andando pesadamente.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_228">[p. 228]</span></p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿No le da a usted miedo, Antonio, -ir solo con dos presos, uno de ellos a caballo? Si quisiéramos, creo -que podríamos más que usted.</p> - -<p><span class="smcap">Antonio de la Trava.</span>—Soy el <i>valiente -de Finisterre</i> y no me asusto por eso.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Por qué le llaman a usted el -<i>valiente</i> de Finisterre?</p> - -<p><span class="smcap">Antonio de la Trava.</span>—En todo el -distrito se me conoce por ese nombre. Cuando los franceses vinieron -a Finisterre y destruyeron el fuerte, tres murieron a mis manos. -Yo estaba en lo alto de la montaña, adonde ha subido usted hoy; -desde allí hacía fuego sobre el enemigo, hasta que tres soldados se -lanzaron en mi persecución. ¡Qué locos! A dos de ellos los eché a -rodar entre las peñas con dos tiros de este fusil, y al tercero le -rompí la cabeza de un culatazo. Por esto me llaman el <i>valiente</i> de -Finisterre.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Y cómo fué usted a parar de -marinero en la escuadra inglesa? Me parece haberle oído decir que -presenció usted la muerte de Nelson.</p> - -<p><span class="smcap">Antonio de la Trava.</span>—Sus compatriotas -de usted me apresaron, capitán; y como soy marinero desde la niñez, -se mostraron muy satisfechos de mis servicios. Nueve meses pasé con -ellos, y estuve en Trafalgar. Vi morir al almirante inglés. Usted se -le parece algo en la cara, y cuando le oigo a usted hablar me parece -oír la voz del almirante.<span class="pagenum" id="Page_229">[p. -229]</span> Tengo cariño a los ingleses, y por eso le he salvado -a usted. No crea usted que me iba yo a cansar andando por estos -arenales si fuese usted un compatriota. Ya estamos en Duyo, capitán. -¿Tomamos un reparillo?</p> - -<p>Así lo hicimos, o, mejor dicho, Antonio de la Trava se reparó -trasegando vaso tras vaso de vino con una sed, al parecer, -inextinguible.</p> - -<p>—El hombre que nos dijo que los borrachos de Finisterre nos harían -una mala partida era más brujo que yo—murmuró Sebastián, mi guía.</p> - -<p>Por fin, el veterano héroe del Cabo se levantó despacio y dijo que -debíamos darnos prisa para llegar a Corcubión antes de cerrar la -noche.</p> - -<p>—¿Qué clase de persona es el <i>alcalde</i> a quien me lleva -usted?—dije.</p> - -<p>—¡Oh! Es muy diferente del de Finisterre. Es un <i>señorito</i> joven -llegado hace poco de Madrid. Ni siquiera es gallego. Es muy liberal, -y a órdenes suyas se debe principalmente que andemos por aquí tan -sobre aviso. Se dice que los carlistas piensan hacer un desembarco en -esta parte de la costa de Galicia. Que vengan siquiera a Finisterre; -allí somos todos liberales sin excepción, y el <i>valiente</i>, aunque -ya es viejo, está dispuesto a repetir lo que hizo en tiempo de los -franceses. Pues, como iba diciendo antes, el <i>alcalde</i> a quien vamos -a ver es un joven<span class="pagenum" id="Page_230">[p. 230]</span> -muy instruído, y si quiere, puede hablar con usted en inglés mejor -aún que yo, eso que fuí amigo de Nelson y peleé a su lado en -Trafalgar.</p> - -<p>La noche cerró antes de llegar a Corcubión. Antonio se detuvo de -nuevo en una taberna y después nos condujo a casa del <i>alcalde</i>. -Su andar era ya muy poco seguro; al llegar a la puerta de la casa -tropezó en el umbral y se cayó al suelo. Se puso en pie, lanzando un -juramento, y al instante comenzó a aporrear la puerta con la culata -del fusil. «¿Quién es?»—preguntó al fin en gallego una suave voz de -mujer—. «El <i>valiente</i> de Finisterre»—respondió Antonio—. Se abrió la -puerta y vimos ante nosotros una mujer bastante linda con una luz en -la mano.</p> - -<p>—¿Qué le trae por aquí tan tarde, Antonio?—preguntó.</p> - -<p>—Traigo dos prisioneros, <i>mi pulida</i>—respondió.</p> - -<p>—<i>¡Ave María!</i>—exclamó—. Supongo que no correremos peligro.</p> - -<p>—De uno respondo—replicó el viejo—; pero el otro es un <i>nuveiro</i> -y ha hundido más barcas que todos sus hermanos de Galicia. Pero no -te asustes, preciosa—añadió al ver santiguarse a la mujer—; cierra -primero la puerta y llévame luego a donde esté el <i>alcalde</i>; tengo -mucho que contarle.</p> - -<p>Cerróse la puerta, y Antonio, después de ordenarnos permanecer en -el patio,<span class="pagenum" id="Page_231">[p. 231]</span> subió, -precedido de la muchacha, una escalera de piedra, dejándonos en -profundas tinieblas.</p> - -<p>Pasó un cuarto de hora; de nuevo vimos el fulgor de la luz en la -escalera, y la muchacha reapareció. Vino hacia mí y aproximándome al -rostro la luz, me miró con atención. Después de un minucioso examen, -se acercó a mi guía y le contempló con mayor detenimiento aún; -volvióse al fin a mí y dijo en el mejor español que pudo: «<i>Señor</i> -caballero, le felicito a usted por tener un criado como éste. Es -el <i>mozo</i> mejor parecido de toda Galicia. <i>¡Vaya!</i> Con sólo que -llevara algo más de ropa y no fuese descalzo como va, ahora mismo -le admitía de <i>novio</i>; pero, desgraciadamente, he hecho voto de no -casarme nunca con un pobre, y sí sólo con quien tenga la bolsa bien -repleta de dinero y pueda comprarme buenos trajes. ¿De manera que -son ustedes carlistas? <i>¡Vaya!</i> No crean que por eso voy a quererles -mal; pero, siendo carlistas, ¿por qué han ido ustedes a Finisterre, -si allí son todos <i>cristinos</i> y <i>negros</i>? ¿Por qué no han ido ustedes -a mi pueblo? Allí nadie se hubiese metido con ustedes. Los de mi -pueblo no se parecen a esos borrachos de Finisterre. En mi pueblo no -molesta nadie a la gente de bien. <i>¡Vaya!</i> No saben ustedes el odio -que le tengo a ese borracho de Finisterre que les ha traído. ¡Es -tan viejo y tan feo! Si no fuera por la ley<span class="pagenum" -id="Page_232">[p. 232]</span> que le tengo al <i>señor alcalde</i>, -abriría la puerta y le pondría en la calle a usted y a su criado, <i>el -buen mozo</i>.»</p> - -<p>En esto, bajó Antonio. «Sígame—dijo—; su merced el <i>alcalde</i> -está dispuesto a recibirle al momento.» Sebastián y yo le seguimos -escaleras arriba, y entramos en un aposento, donde, sentado detrás -de una mesa, vimos a un joven de corta estatura, pero guapo de cara -y vestido a la última moda. Estaba escribiendo una carta, y cuando -terminó se la entregó a un secretario para copiarla. Entonces me miró -un instante fijamente y tuvimos la siguiente conversación:</p> - -<p><span class="smcap">El alcalde.</span>—Ya veo que es usted inglés; -aquí mi amigo Antonio me ha dicho que le han detenido a usted en -Finisterre.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Le han dicho a usted la verdad; a -no ser por él, creo que hubiera perecido a manos de aquellos salvajes -pescadores.</p> - -<p><span class="smcap">El alcalde.</span>—Los habitantes de -Finisterre son buena gente y muy liberales todos. ¿Me permite usted -ver el pasaporte? Sí; está en regla. Es verdaderamente ridículo que -le hayan detenido a usted tomándole por carlista.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—No sólo por carlista, sino por don -Carlos en persona.</p> - -<p><span class="smcap">El alcalde.</span>—¡Oh!, es de lo más -ridículo; ¡confundir a un compatriota del gran Baintham con un -bárbaro como ése!</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Dispense usted, señor: ¿de quien ha -dicho usted?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_233">[p. 233]</span></p> - -<p><span class="smcap">El alcalde.</span>—Del gran Baintham; el que -ha inventado leyes para el mundo entero. Espero verlas adoptadas -dentro de poco en este desgraciado país.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¡Oh! Quiere usted decir Jeremías -Bentham. Sí: un hombre muy notable en su línea.</p> - -<p><span class="smcap">El alcalde.</span>—¡En su línea! ¡En todas las -líneas! Es el genio más universal que ha producido el mundo: es un -Solón, un Platón y un Lope de Vega.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—No he leído sus obras; pero no dudo -que sea un Solón, y hasta un Platón, como usted dice. Lo que no podía -figurarme es que se le clasificara como poeta con Lope de Vega.</p> - -<p><span class="smcap">El alcalde.</span>—¡Es asombroso! Por lo que -veo, no ha leído usted nada de él; en cambio, aquí estoy yo, un pobre -<i>alcalde</i> de Galicia, que tiene todos los escritos de Baintham en ese -estante y los estudia día y noche.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Conocerá usted el inglés, sin duda -alguna.</p> - -<p><span class="smcap">El alcalde.</span>—Sí tal; quiero decir, -el inglés contenido en las obras de Baintham. Celebro muchísimo -ver a un compatriota suyo por estos parajes tan bárbaros. -Comprendo y aprecio los motivos que le han traído a usted por -aquí; disimule las groserías e insolencias que haya sufrido. Ahora -trataremos de repararlas en lo posible. Está<span class="pagenum" -id="Page_234">[p. 234]</span> usted en libertad; pero como es tarde, -le buscaré a usted alojamiento para esta noche. Aquí al lado hay uno -muy a propósito. Vamos allá ahora mismo. Espere: ¿lleva usted un -libro en la mano?</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—El Nuevo Testamento.</p> - -<p><span class="smcap">El alcalde.</span>—¿Qué libro es ése?</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Una parte de las Sagradas -Escrituras, de la Biblia.</p> - -<p><span class="smcap">El alcalde.</span>—¿Para qué lleva usted -consigo ese libro?</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Uno de los motivos principales -de mi visita a Finisterre era llevar este libro a un sitio tan -inculto.</p> - -<p><span class="smcap">El alcalde.</span>—¡Ja, ja! ¡Qué rareza! Sí; -ya caigo. He oído decir que los ingleses aprecian mucho ese libro -estrafalario. Es muy raro que los contemporáneos del gran Baintham -den valor alguno a ese librote frailesco.</p> - -<p>Era ya muy entrada la noche; mi nuevo amigo me acompañó al -alojamiento que me había destinado, en casa de una anciana -respetable, donde hallé una habitación cómoda y limpia. Por el -camino deslicé en la mano de Antonio una propina, y al llegar a la -casa le regalé con toda solemnidad, y en presencia del <i>alcalde</i>, el -Testamento, rogándole que lo llevase a Finisterre y lo conservase -como recuerdo del inglés a quien había protegido con tanta -eficacia.</p> - -<p><span class="smcap">Antonio.</span>—Así lo haré, y cuando los -vientos del Noroeste no permitan salir al<span class="pagenum" -id="Page_235">[p. 235]</span> mar, leeré en el regalo de su merced. -Adiós, mi capitán; cuando vuelva usted a Finisterre espero que vendrá -en un buen barco inglés, abarrotado de contrabando, y no por tierra -en una jaca, ni en compañía de <i>nuveiros</i> y gente de Padrón.</p> - -<p>Al instante llegó la criada del <i>alcalde</i> con una canasta que -puso en la cocina, y preparó una cena excelente para el amigo de su -amo.</p> - -<p>Servida la cena, el <i>alcalde</i> se despidió de mí, no sin -preguntarme en qué podía serme útil.</p> - -<p>—Mañana me vuelvo a Santiago—respondí—. Espero sinceramente -que alguna vez se me presentará ocasión de dar a conocer al mundo -la hospitalidad que he recibido de un hombre tan docto como el -<i>alcalde</i> de Corcubión<a id="FNanchor_25" href="#Footnote_25" -class="fnanchor">[25]</a>.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_236">[Pg 236]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XXXI</h2> - <p class="subhang"> - La Coruña.— Paso de la bahía.— El Ferrol.— El astillero.— ¿Dónde - estamos?— El embajador griego.— A la luz de un farol.— El barranco.— - Viveiro.— La noche.— Ciénagas y tremedales.— Buenas palabras y buena - moneda.— La cincha de cuero.— Ojos de lince.— El bribón del guía. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">D</span><span class="smcap">esde</span> -Corcubión volví a Santiago y La Coruña, y comencé los preparativos -del viaje a Asturias. En Santiago vendí el caballo andaluz. Los -viajes por Galicia le habían quebrantado mucho, y me pareció incapaz -de hacer las largas caminatas por país montañoso que me aguardaban. -La escasez de caballos en La Coruña era tan grande, que no me -fué difícil vender el mío por mucho más dinero del que me costó. -Un comerciante de La Coruña, joven y rico, se enamoró de su pelo -lustroso y de la largura de su crin y de su cola. Por mi parte tenía -más de un motivo para alegrarme de venderlo: estaba resabiado y sin -domar, y no hacía más que buscarme cuestiones en las cuadras de las -<i>posadas</i> donde parábamos a dormir o a comer. Un labrador de Castilla -la Vieja,<span class="pagenum" id="Page_237">[p. 237]</span> a cuya -jaca trató de mala manera mi caballo, me decía en cierta ocasión:</p> - -<p>—Señor caballero, si se quiere usted bien o en algo se respeta, -deshágase de ese animal, que puede ser su perdición; créame usted.</p> - -<p>En La Coruña se quedó, donde murió del muermo, según supe más -tarde. ¡Paz a su memoria!</p> - -<p>Crucé la bahía para ir de La Coruña a El Ferrol. Antonio, con el -caballo que nos quedaba, fué por tierra, viaje fatigoso y largo, bien -que por mar sólo haya tres leguas. Me mareé mucho en la travesía, -y tuve que ir echado, casi sin sentido, en el fondo de la pequeña -lancha en que me embarqué, abarrotada de gente. El viento era -contrario y la marejada muy fuerte. No pudimos izar la vela; cinco o -seis marinerotes nos llevaron a remo, y en todo el tiempo no cesaron -de cantar canciones gallegas. De pronto, el mar pareció serenarse -y el mareo se me quitó de golpe. Me puse en pie y miré en torno. -Estábamos en uno de los parajes más raros que pueden imaginarse: -era un largo y angosto pasadizo, dominado en ambas márgenes por una -estupenda barrera de rocas negras y amenazadoras. Esa hendidura -natural de la línea de la costa es tan regular y tan recta, que no -parece obra del azar, sino hecha a propósito. Las aguas, sombrías -y quietas, son de inmensa profundidad. El<span class="pagenum" -id="Page_238">[p. 238]</span> paso tendrá una milla de largo, y es la -entrada de un ancho fondeadero, en cuyo extremo opuesto se alza la -ciudad de El Ferrol.</p> - -<p>Apenas entré en esta ciudad se apoderó de mi alma la tristeza. -La hierba crecía en las calles; por todas partes me daban en cara -las huellas de la miseria. El Ferrol es el gran arsenal marítimo -de España, y participa en la ruina de la en otro tiempo espléndida -marina española. Ya no pululan en él aquellos millares de carpinteros -de ribera que construían las largas fragatas y los tremendos navíos -de tres puentes, destruídos casi todos en Trafalgar. Tan sólo unos -pocos obreros mal pagados y medio hambrientos desperdician allí -las horas, y apenas sirven para reparar tal cual <i>guardacostas</i> -desmantelado por los tiros de alguna goleta inglesa contrabandista -de Gibraltar. La mitad de los habitantes de El Ferrol pide limosna; -y dícese que no es raro encontrar entre ellos oficiales de marina -retirados, muchos de ellos inválidos, a quienes se deja perecer en -la indigencia, ya que, por la penuria de los tiempos, cobran sus -sueldos y pensiones con tres o cuatro años de retraso. Una turba de -pordioseros importunos me siguió hasta la <i>posada</i> y aún intentó -penetrar en mi habitación.</p> - -<p>—¿Quién es usted?—pregunté a una mujer postrada a mis plantas, que -conservaba<span class="pagenum" id="Page_239">[p. 239]</span> en el -rostro huellas evidentes de un pasado mejor.</p> - -<p>—Soy la viuda—me respondió en muy buen francés—de un valeroso -oficial que fué en otros tiempos almirante de este puerto.</p> - -<p>En ninguna parte se manifiestan la miseria y la decadencia de la -moderna España con tanta fuerza como en El Ferrol.</p> - -<p>Con todo, hay aquí todavía mucho que admirar. A pesar de su -desolación actual, hay en El Ferrol algunas calles buenas y no pocas -casas muy hermosas. La <i>alameda</i> es una plantación de un millar de -olmos próximamente, casi todos magníficos; los pobres ferrolanos, -con el genuino espíritu localista tan dominante en España, se jactan -de que su ciudad posee un paseo público mejor que el de Madrid, y al -compararle con el <i>Prado</i> hablan de éste con no disimulado desprecio. -En un extremo de la <i>alameda</i> se levanta la única iglesia que hay en -El Ferrol; la visité al día siguiente de mi llegada, que fué domingo. -Los fieles, aldeanos casi todos, no cabían en ella, y con la cabeza -descubierta permanecían de hinojos delante de la puerta, ocupando -buen trecho del paseo.</p> - -<p>Paralelo a la <i>alameda</i> corre el muro del arsenal y del astillero. -Varias horas gasté en la visita de esos lugares, provisto del -indispensable permiso escrito del capitán general de El Ferrol; al -visitarlos quedé lleno de<span class="pagenum" id="Page_240">[p. -240]</span> admiración. Yo he visto los reales astilleros de Rusia -y de Inglaterra; pero, en cuanto a la grandeza del plan y a la -suntuosidad de la ejecución, no pueden ni por un momento compararse -con estos maravillosos monumentos del extinguido esplendor naval de -España. No me propongo describirlos; baste decir que el fondeadero -oval, rodeado de un muelle de granito, tiene capacidad bastante -para cien navíos de primer orden; pero en lugar de tal fuerza sólo -había allí una fragata de sesenta cañones y dos bergantines; a tan -insignificante número de barcos se halla reducida actualmente la -marina de España.</p> - -<p>Dos o tres días llevaba yo en El Ferrol aguardando a Antonio, y -no acababa de llegar; al fin, según estaba yo al caer de una tarde -avizorando la calle, le vi venir, llevando por el diestro a nuestro -único caballo. Me contó que a unas tres leguas de La Coruña, el -caballo, agobiado por el calor y por las moscas, se había caído al -suelo con una especie de ataque, del que sólo había vuelto a fuerza -de copiosas sangrías, razón por la que tuvo que detenerse un día -más en el camino. El caballo estaba, en efecto, muy débil; tenía -un estertor que al principio me alarmó; pero le administré unas -medicinas, y a los pocos días me pareció bastante restablecido para -continuar el viaje.</p> - -<p>Partimos, por tanto, de El Ferrol,<span class="pagenum" -id="Page_241">[p. 241]</span> después de alquilar una jaca para mí y -de ajustar un guía que nos llevase a Ribadeo, a veinte leguas de El -Ferrol, en los confines de las Asturias. El día, al principio, estuvo -despejado; pero antes de llegar a Novales, a tres leguas de camino, -se obscureció el cielo y cayó la niebla, acompañada de llovizna. El -país que atravesábamos era muy pintoresco. A eso de las dos de la -tarde divisamos entre la niebla, a nuestra izquierda, Santa Marta, -pequeña ciudad de pescadores, con una hermosa bahía. Siguiendo a lo -largo de la cima de una cadena de montañas entramos en un castañar -que parecía inacabable; la lluvia continuaba, repicando sin cesar en -las anchas hojas verdes.</p> - -<p>—Ya empiezan las lluvias del otoño—dijo el guía—. Mucho se van -ustedes a mojar, mis amos, antes de llegar a Oviedo.</p> - -<p>—¿Ha estado usted alguna vez en Oviedo?—pregunté.</p> - -<p>—No; sólo he llegado hasta Ribadeo, y para eso nada más que una -vez. Hablando con franqueza, no sé cómo nos arreglaremos al llegar -a los descampados que hay aquí cerca; de noche, y con lluvia, será -muy difícil encontrar el camino. Quisiera estar ya de vuelta en El -Ferrol, porque este camino, el peor de Galicia por muchas razones, -no me gusta; pero donde va la jaca de mi amo allí tengo yo que ir -también: tal es la vida para nosotros los guías.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_242">[p. 242]</span></p> - -<p>Me encogí de hombros al recibir esas noticias, poco agradables en -verdad, y di la callada por respuesta.</p> - -<p>Por fin, al cerrar la noche, salimos del bosque, y a poco -descendimos a un profundo valle, al pie de elevadas montañas.</p> - -<p>—¿Dónde estamos ahora?—pregunté al guía, a punto que, en el fondo -del valle, salvábamos por un tosco puente un arroyuelo ruidoso y -espumante, engrosado por las lluvias.</p> - -<p>—En el valle de Coisa Doiro—replicó—; mi opinión es que pasemos -aquí la noche para no aventurarnos en los montes por donde pasa el -camino de Viveiro, porque entrar en ellos y perdernos va a ser todo -uno, y entonces <i>¡adiós!</i>, morimos todos.</p> - -<p>—¿Hay algún pueblo por aquí cerca?</p> - -<p>—Sí, señor; el pueblo está enfrente de nosotros, y dentro de un -instante llegaremos a él.</p> - -<p>A poco entramos en una aldea que se alzaba, entre árboles -altísimos, a la entrada del desfiladero.</p> - -<p>Antonio se apeó, entró en dos o tres chozas y volvió en seguida, -diciendo:</p> - -<p>—No podemos quedarnos aquí, <i>mon maître</i>, sin que nos coma la -miseria; mejor estaremos entre esos cerros. No hay ni lumbre ni luz -en estas chozas y la lluvia cala los techos.</p> - -<p>El guía, sin embargo, se negó a continuar.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_243">[p. 243]</span></p> - -<p>—Con luz del día me costaría trabajo encontrar el camino—gritó -malhumorado—; peor será de noche, con tormenta y <i>bretima</i>.</p> - -<p>Adquirimos un poco de vino y de pan de maíz en una de las chozas, -y mientras comíamos, Antonio dijo:</p> - -<p>—<i>Mon maître</i>, lo mejor que en esta situación podemos hacer es -ajustar a cualquiera de este pueblo para que nos lleve por esas -montañas a Viveiro. Aquí no hay camas, y si nos echamos en la -paja, con los vestidos mojados, atraparemos una terciana gallega. -El guía que traemos no sirve para nada; vamos a buscar uno que le -sustituya.</p> - -<p>Sin aguardar respuesta, arrojó la corteza de <i>broa</i> que estaba -comiendo y desapareció. Se encaminó, como más adelante supe, a la -choza del <i>alcalde</i>, y le pidió, en nombre de la reina, un guía para -el embajador griego, que se había extraviado camino de Asturias. -Volvió a los diez minutos en compañía de la autoridad local, quien, -con gran sorpresa de mi parte, me hizo una profunda reverencia y -permaneció con la cabeza descubierta bajo la lluvia.</p> - -<p>—Su excelencia—exclamó Antonio—necesita un guía para ir a -Viveiro. Las personas de nuestra clase no están obligadas a pagar -los servicios que necesiten; sin embargo, su excelencia es de -entrañas compasivas y dará gustoso tres <i>pesetas</i> a cualquier persona -competente que le acompañe a<span class="pagenum" id="Page_244">[p. -244]</span> Viveiro, y todo el pan y el vino que quiera comer y beber -al llegar.</p> - -<p>—Su excelencia será servido—respondió el <i>alcalde</i>—. Sin embargo, -como el camino es largo y difícil y en la montaña hay mucha -<i>bretima</i>, me parece que, además del pan y del vino, su excelencia -no debe ofrecer menos de cuatro <i>pesetas</i> al guía que le lleve a -Viveiro, y no conozco ninguno mejor que mi yerno, Juanito.</p> - -<p>—Concedido, <i>señor alcalde</i>—repliqué yo—. Traiga usted el guía, y -la peseta de aumento saldrá también a relucir en sazón oportuna.</p> - -<p>No tardó en aparecer Juanito con un farol en la mano. Partimos al -instante. Los dos guías empezaron a hablar en gallego.</p> - -<p>—<i>Mon maître</i>—dijo Antonio—, este nuevo tunante le está -preguntando al otro qué traemos, a su parecer, en las maletas.</p> - -<p>Luego, sin esperar mi respuesta, gritó:—¡Pistolas, bárbaros; -pistolas!, como vais a saber a costa vuestra si no dejáis esa -jerigonza y habláis en castellano.</p> - -<p>Callaron los gallegos, y al instante el primer guía se quedó -atrás, mientras el otro abría la marcha, farol en mano.</p> - -<p>—Quédate atrás y muy separado—dijo Antonio al primero—. Te -advierto, además, que veo lo mismo detrás que delante. <i>Mon -maître</i>—continuó dirigiéndose a mí—, no creo que estos individuos -traten de hacernos<span class="pagenum" id="Page_245">[p. -245]</span> daño, sobre todo porque no se conocen; pero bueno será -que vayan separados, porque el lugar y la hora son tentadores para -cometer un robo o una muerte.</p> - -<p>Seguía lloviendo sin cesar; el camino era escabroso y muy -pendiente, y la noche tan obscura, que apenas veíamos la masa confusa -de las montañas circundantes. Una o dos veces nuestro guía pareció -perder el camino: se detenía, hablaba entre dientes, alzaba en alto -el farol y luego seguía adelante despacio e indeciso. De esta manera -anduvimos tres o cuatro horas; al cabo pregunté al guía cuánto -faltaba para Viveiro.</p> - -<p>—No sé a punto fijo dónde estamos—respondió—, aunque creo que no -nos hemos perdido. De todos modos, podemos estar escasamente a menos -de dos leguas cortas de Viveiro.</p> - -<p>—Entonces no llegamos antes de salir el sol—interrumpió Antonio—, -porque una legua corta de Galicia equivale lo menos a dos de -Castilla, y acaso estamos destinados a no llegar nunca si el camino -va por ese precipicio.</p> - -<p>Al tiempo que hablaba comenzó el guía a bajar por un barranco que -parecía llevar a las entrañas de la tierra.</p> - -<p>—¡Alto!—dije yo—. ¿Adónde vas?</p> - -<p>—A Viveiro, <i>senhor</i>—replicó el hombre—; éste es el camino de -Viveiro; no hay otro. Ahora ya sé dónde estamos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_246">[p. 246]</span></p> - -<p>La luz del farol cayó sobre las curtidas facciones del guía al -volverse para contestar, según estaba un poco por bajo de nosotros en -la vertiente del barranco, poblada de gruesos árboles, debajo de cuya -bóveda frondosa descendía un sendero de pavorosa pendiente. Me apeé -de la jaca, y entregando las riendas al otro guía dije:</p> - -<p>—Aquí tienes el caballo de tu amo; llévalo por el despeñadero -abajo si quieres; pero yo me lavo las manos en el asunto.</p> - -<p>El hombre, sin responder palabra, montó de un salto, y diciéndole -a la jaca: <i>¡Vamos, Perico!</i>, empezó a bajar.</p> - -<p>—Venga, <i>senhor</i>—decía el del farol—; no hay tiempo que perder; -la luz se va a apagar muy pronto, y estamos en lo peor de todo el -camino.</p> - -<p>Pensé en la probabilidad de que el guía nos llevase a una cueva de -forajidos, donde nos degollarían; pero, cobrando ánimos, me agarré a -la brida de nuestro caballo y seguí al hombre aquel por el barranco -abajo, entre peñas y zarzas. Duró el descenso unos diez minutos, y -antes de llegar al final se apagó la luz y quedamos en casi total -obscuridad.</p> - -<p>El guía nos animaba diciendo que no había peligro, y al fin -llegamos al fondo del barranco, por donde corría un riachuelo. Le -vadeamos con agua hasta las rodillas. Estando en el agua, alcé -los ojos y vislumbré un pedazo de cielo a través de las ramas de -los<span class="pagenum" id="Page_247">[p. 247]</span> árboles que -por todas partes cubrían las empinadas vertientes del barranco y -abovedaban el cauce del arroyo. Jamás viajero descarriado se ha visto -en un sitio tan extraño ni de tales lobreguez y horror. Después de -una breve pausa, empezamos a escalar la vertiente opuesta, menos -escarpada que la otra, y en pocos minutos llegamos a la cima.</p> - -<p>Poco después amainó la lluvia, salió la luna, y algunos de sus -débiles rayos perforaron la húmeda gasa de la niebla. El camino era -ya menos pendiente. A las dos horas descendimos al borde de una vasta -ensenada, y la costeamos hasta un sitio donde había muchos botes -y lanchas volcados en la arena. Al instante vimos ante nosotros -los muros de Viveiro, sobre los que derramaba la luna un débil -resplandor. Entramos por una puerta abovedada, alta y, al parecer, -ruinosa, y el guía nos condujo al momento a la <i>posada</i>.</p> - -<p>Todo el mundo estaba en Viveiro sepultado en profundo sueño; ni -siquiera un perro nos saludó con sus ladridos. Después de mucho -llamar, nos abrieron en la <i>posada</i>, edificio grande y ruinoso. -Apenas estuvimos alojados hombres y caballos, la lluvia comenzó de -nuevo con mayor furia que antes, con gran aparato de relámpagos -y truenos. Antonio y yo, rendidos de cansancio, nos acostamos en -unas malas camas dispuestas<span class="pagenum" id="Page_248">[p. -248]</span> en un aposento ruinoso, en el que penetraba la lluvia por -una porción de grietas; los guías se quedaron comiendo pan y bebiendo -vino hasta la mañana.</p> - -<p>Al levantarme, la vista de un día despejado me llenó de contento. -Antonio preparó en seguida un sabroso desayuno de gallina estofada, -que nos vino muy bien después de las diez leguas de viaje del día -anterior por los caminos que he intentado describir. Fuimos luego -a dar una vuelta por la población, que consiste en poco más de -una calle larga, en la falda de un empinado cerro, muy poblado de -bosque y árboles frutales. A eso de las diez proseguimos el viaje, -acompañados por el primer guía; el otro se había vuelto a Coisa Doiro -unas horas antes.</p> - -<p>Aquel día caminamos casi siempre a la vista de la costa -cantábrica, siguiendo su contorno. El país era estéril, cubierto -en muchos sitios de grandes pedruscos; encontramos, sin embargo, -algunos pedazos de tierra cultivada, plantados de viñedo. Vimos muy -pocas viviendas humanas; con todo, el viaje fué placentero, gracias -al esplendente sol, que alegraba con sus rayos los agrestes yermos -y brillaba en la superficie del lejano mar, dormido en apacible -calma.</p> - -<p>Al caer la tarde estábamos en las inmediaciones de la costa, con -una cadena de montañas cubiertas de bosque a nuestra derecha. El guía -nos llevó hacia una ensenada<span class="pagenum" id="Page_249">[p. -249]</span> de bordes pantanosos, y a poco se detuvo y declaró que ya -no sabía adónde nos llevaba.</p> - -<p>—<i>Mon maître</i>—dijo Antonio—, lo mejor es que guiemos nosotros -mismos; como usted ve, de nada sirve fiarse de este individuo, que -sólo sabe meter a la gente en los cenagales.</p> - -<p>Volvimos atrás, y dando la vuelta a la ciénaga en un trecho -considerable, llegamos a un angosto sendero; nos metimos por él, -hasta dar en un bosque muy espeso, donde al instante nos perdimos por -completo. Vagamos entre los árboles mucho tiempo; de pronto oímos -ruido de agua, y un momento después el fragor de un rodezno. Guiados -por el ruido, descubrimos un pequeño molino de piedras construído -sobre un arroyo: allí nos detuvimos y llamamos; pero sin obtener -respuesta.</p> - -<p>—Aquí no hay nadie—dijo Antonio—. Pero este sendero nos llevará, -seguramente, a sitio habitado.</p> - -<p>Echamos por él, y a los diez minutos estábamos a la puerta de -una choza, dentro de la que se veía luz. Antonio se apeó y abrió la -puerta.</p> - -<p>—¿Hay aquí alguien que quiera llevarnos a Ribadeo?—preguntó.</p> - -<p>—<i>Senhor</i>—respondió una voz—, de aquí a Ribadeo hay cinco leguas -largas, y hay que cruzar además un río.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_250">[p. 250]</span></p> - -<p>—Entonces hasta el pueblo más próximo—continuó Antonio.</p> - -<p>—Yo soy <i>vecino</i> del pueblo inmediato, que está en el camino de -Ribadeo—dijo otra voz—, y les llevaré a ustedes allá si me dan buenas -palabras y, lo que es mejor, buenas monedas.</p> - -<p>Al decir esto salió de la choza un hombre con un palo grueso en la -mano. Echó a andar resueltamente a paso largo delante de nosotros, y -en menos de media hora nos sacó del bosque. En otra media hora nos -llevó a un grupo de casucas situadas cerca del mar; nos señaló una de -ellas, y, guardándose una peseta que le di, se despidió.</p> - -<p>Los moradores de la casa consintieron de buen grado en albergarnos -aquella noche. La vivienda era mucho más limpia y cómoda que la -generalidad de las miserables chozas de los campesinos gallegos. El -piso bajo consistía en una troje y una cuadra; encima había un desván -muy capaz con algunas camas de borra limpias y cómodas. Vi también -algunos mástiles y velas de botes. La familia se componía de dos -hermanos con sus mujeres e hijos. Uno era pescador; pero el otro, que -era el principal de la familia, me dijo que había residido muchos -años en Madrid sirviendo, y que, reunida una pequeña suma, se volvió -al pueblo natal, donde compró un poco de tierra, de cuyo cultivo -vivía. Toda la familia hablaba usualmente el<span class="pagenum" -id="Page_251">[p. 251]</span> castellano, y, según me dijeron, no se -habla mucho gallego por aquellas partes. He olvidado el nombre del -pueblo, situado en el estuario del Foz, que baja de Mondoñedo. Por -la mañana cruzamos el estuario en una barcaza con los caballos, y al -mediodía llegamos a Ribadeo.</p> - -<p>—Ya ve su merced—me dijo el guía que traíamos desde El Ferrol—que -he cumplido mi ajuste y que el viaje ha sido muy duro; espero que su -merced nos permitirá a <i>Perico</i> y a mí pasar la noche a su costa en -esta posada, y mañana nos volveremos; ahora estamos muy cansados.</p> - -<p>—Nunca he montado una jaca mejor que <i>Perico</i>, ni he tropezado con -un guía peor que usted. No conoce usted el terreno, y no ha hecho más -que buscarnos dificultades. Sin embargo, quédese aquí esta noche, si -está cansado, como dice, y mañana puede volverse al Ferrol, donde le -aconsejo que se dedique a otro oficio.</p> - -<p>Esto se lo dije a la puerta de la <i>posada</i> de Ribadeo.</p> - -<p>—¿Llevo los caballos a la cuadra?—preguntó.</p> - -<p>—Como usted quiera.</p> - -<p>Antonio le miró un momento, según se alejaba con los caballos, y, -moviendo la cabeza, le siguió con cautela. Al cuarto de hora volvió -sonriente, cargado con la montura de nuestro caballo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_252">[p. 252]</span></p> - -<p>—<i>Mon maître</i>—dijo—, durante todo el viaje he ido formando muy -mala opinión del guía; pero ahora acabo de descubrir que si ha pedido -permiso para quedarse aquí ha sido con idea de robarnos algo. Andaba -muy solícito con nuestro caballo en la cuadra, y ahora echo de menos -la cincha de cuero nueva que tanto le llamaba la atención estos días. -Ya la habrá escondido no sé dónde; pero le tenemos seguro, porque aún -no ha cobrado el alquiler de la jaca ni la propina.</p> - -<p>En esto volvió el guía. Los pícaros son siempre suspicaces. El -hombre nos echó una ojeada, y notando acaso en nuestros rostros algo -que no le gustó, dijo de súbito:</p> - -<p>—Déme usted el alquiler del caballo y mi <i>propina</i>; <i>Perico</i> y yo -nos vamos al momento.</p> - -<p>—¿Cómo es eso?—respondí—. Yo creía que usted y <i>Perico</i> estaban -cansados y que pasarían aquí la noche; pronto se han repuesto ustedes -del cansancio.</p> - -<p>—Lo he pensado mejor—dijo el hombre—. Mi amo se enfadaría si -pierdo tiempo aquí. Así que págueme y nos iremos.</p> - -<p>—Descuide usted—respondí—. Voy a pagarle, puesto que lo desea. -¿Está completa la montura?</p> - -<p>—Sí, señor; se la he entregado a su criado.</p> - -<p>—Todo está aquí—dijo Antonio—, menos la cincha de cuero.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_253">[p. 253]</span></p> - -<p>—Yo no la tengo—replicó el guía.</p> - -<p>—Claro está que no—contesté—. Vamos a la cuadra; quizás la -encontremos allí.</p> - -<p>Fuimos a la cuadra, y, aunque buscamos mucho, la cincha no -pareció.</p> - -<p>—La lleva rodeada a la cintura, debajo del pantalón, <i>mon -maître</i>—dijo Antonio, cuyos ojos de lince lo escudriñaban todo—. Pero -no nos demos por enterados; estas gentes son paisanos suyos y acaso -se pondrían de su parte si intentásemos apoderarnos de él. Ya le digo -que le tenemos en nuestro poder, porque no le hemos pagado.</p> - -<p>El prójimo empezó entonces a hablar en gallego con los -circunstantes (se habían congregado varias personas), diciendo que -el <i>Denho</i> le llevase si sabía algo de la cincha perdida; pero nadie -parecía inclinado a ponerse de su parte, y los oyentes se limitaban -a encogerse de hombros. Volvimos al portal de la posada, clamando el -guía por el precio del alquiler y la <i>propina</i>. No le respondí, y -acabó por marcharse, amenazándonos con acudir a la <i>justicia</i>; a los -diez minutos volvió corriendo con la cincha en la mano.</p> - -<p>—Acabo de encontrarla en la calle—dijo—. Su criado la habrá -perdido.</p> - -<p>Tomé la cincha y me puse a contar muy despacio la cantidad a que -ascendía el alquiler del caballo; después de entregársela delante de -testigos, dije:</p> - -<p>—Durante todo el viaje no nos ha servido<span class="pagenum" -id="Page_254">[p. 254]</span> usted de nada; sin embargo, ha -disfrutado del mismo trato que nosotros, y ha comido y bebido a su -antojo: tenía intención de darle a usted dos duros de <i>propina</i>; -pero en vista de que a pesar de lo bien que le hemos tratado ha -querido usted robarnos, no le doy ni un <i>cuarto</i>; conque váyase a sus -negocios.</p> - -<p>Todos los presentes aprobaron esta sentencia, y le dijeron que -tenía su merecido y que era la deshonra de Galicia. Dos o tres -mujeres se santiguaron y le preguntaron si no temía que el <i>Denho</i>, -a quien había invocado, se lo llevase. Por último, un hombre de -presencia respetable le dijo:</p> - -<p>—¿No se avergüenza usted de haber querido robar a dos extranjeros -inocentes?</p> - -<p>—¡Extranjeros!—rugió el guía, que echaba espuma de -rabia—¡inocentes extranjeros, <i>carracho</i>! Más saben de España y de -Galicia que todos nosotros juntos. ¡Oh! <i>Denho</i>, el criado no es un -hombre, es un brujo, un <i>nuveiro</i>. ¿Dónde está <i>Perico</i>?</p> - -<p>Montó en su jaca y se fué en seguida a otra posada; pero la -historia de su picardía corrió más que él, y no quisieron admitirlo -en ninguna parte; volvió sobre sus pasos, y, al verme asomado a la -ventana de la casa, lanzó un grito salvaje, me amenazó con el puño -y salió al galope de la ciudad, perseguido por los gritos y los -insultos de la gente.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_255">[Pg 255]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XXXII</h2> - <p class="subhang"> - Martín de Ribadeo.— La yegua facciosa.— Los asturianos.— Luarca.— Las - siete bellotas.— Los ermitaños.— Narración de un asturiano.— Unos - huéspedes raros.— El criado gigante.— Batuschca. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">¿Q</span><span class="smcap">ué se</span> -le ofrece a usted?—pregunté a un individuo bajo, grueso, de alegre -rostro, vestido con una chaqueta de pana y pantalones de lienzo -ordinario, que se presentó en mi habitación al obscurecer.</p> - -<p>—Soy Martín de Ribadeo—contestó—, de oficio <i>alquilador</i>. He -oído que su merced necesita un caballo para ir a Asturias, con un -guía, naturalmente; si es así, le aconsejo que me ajuste a mí y a mi -yegua.</p> - -<p>—Ya estoy cansado de guías—repliqué—; tanto, que estaba pensando -comprar una jaca y seguir adelante sin guía ninguno. El último que -hemos tenido era un pillo.</p> - -<p>—Eso me han dicho, y no ha sido poca suerte para ese <i>bribón</i> -que no estuviese yo en Ribadeo cuando ocurrió el suceso a que -alude su merced. Al volver, ya se había ido<span class="pagenum" -id="Page_256">[p. 256]</span> con <i>Perico</i>; que si no, de seguro -le sangro. Es la vergüenza del oficio, uno de los más honrados y -antiguos del mundo. Al mismo <i>Perico</i> debía darle vergüenza de él, -porque <i>Perico</i>, aunque sea una jaca, es persona muy cabal y de gran -talento, conocidísima en los caminos. Sólo mi yegua le aventaja.</p> - -<p>—¿Conoce usted bien el camino de Oviedo?—pregunté.</p> - -<p>—No, señor; sólo le conozco hasta Luarca, que es un día de viaje. -No le quiero engañar a usted; por tanto, sólo iré con ustedes hasta -ese pueblo; pero quizás podría servirles para todo el viaje, pues si -no conozco el terreno, tengo lengua en la boca y pies ligeros para -hacer preguntas y correr. De todos modos, no me comprometo más que -hasta Luarca, donde ustedes harán lo que gusten. Deseo acompañarles a -ustedes porque son extranjeros y la conversación de los extranjeros -me gusta: siempre se aprende algo útil o entretenido. Además, deseo -que ustedes se convenzan de que no todos los guías de Galicia son -ladrones, y se convencerán con que me dejen acompañarles hasta -Luarca.</p> - -<p>Me chocaron tanto el buen humor y la franqueza de aquel hombre, y, -sobre todo, la originalidad de carácter que descubrían sus palabras, -que de buen grado le ajusté para que nos sirviera de guía hasta -Luarca; cerrado el trato, me dejó, prometiendo<span class="pagenum" -id="Page_257">[p. 257]</span> venir a buscarme con la yegua a las -ocho de la mañana siguiente.</p> - -<p>Ribadeo es uno de los principales puertos de Galicia, -admirablemente situado para el comercio en una profunda ensenada, -donde desemboca el Eo. Contiene muy buenos edificios y una amplia -<i>plaza</i> plantada de árboles. Había anclados en la rada varios navíos; -la población, más bien numerosa, no mostraba aquella miseria y -tristeza que acababa de ver en los ferrolanos.</p> - -<p>Al día siguiente, Martín de Ribadeo se presentó con la yegua -a la hora convenida. La yegua era flaca y macilenta y tenía poca -más alzada que una jaca; pero era muy limpia de remos, y Martín -aseguraba que no había otra mejor en toda España. «Esta yegua es -facciosa—decía—, creo que alavesa. Los carlistas la trajeron, y como -se quedó coja la desecharon y yo la compré por un duro. Pero ya no -está coja, como verán ustedes muy pronto.»</p> - -<p>Habíamos llegado a la ría que divide Galicia y Asturias. Una -barcaza nos esperaba como a dos varas de la orilla. Martín se acercó -al agua con su yegua, la animó con un grito, y sin vacilación alguna -el animal se lanzó de un brinco a la barca. «Ya les he dicho que es -<i>facciosa</i>—dijo Martín—. Sólo un animal faccioso da este salto.»</p> - -<p>Embarcados en la lancha, cruzamos la<span class="pagenum" -id="Page_258">[p. 258]</span> ría, que tendría por allí una milla de -anchura, y tomamos tierra en Castropol, primera ciudad de Asturias. -Monté entonces en la yegua facciosa y Antonio en mi caballo. Martín -iba delante, bromeando con cuantas personas se encontraba, y a veces -nos alegraba el camino con sus canciones.</p> - -<p>Estábamos ya en Asturias; al mediodía llegamos a Navia, pueblecito -de pescadores situado en una <i>ría</i>; en las inmediaciones se alzan, -formando semicírculo, unas ásperas montañas llamadas Sierra de -Burón. En la rada había un barquichuelo, procedente, según averigüé -más tarde, de las provincias Vascongadas, para cargar sidra o -<i>sagardúa</i>, la bebida de que tanto gustan los vascos. Cuando íbamos -por la angosta calle del pueblo, tres hombres, zapateros al parecer, -sentados en una tiendecilla, saludaron a Antonio con un <i>¡Hola!</i> -Detúvose a conversar con ellos, y cuando se reunió con nosotros en -la <i>posada</i> le pregunté quienes eran. «<i>Mon maître</i>—dijo—, <i>ce sont -des messieurs de ma connaissance</i>.» He sido compañero de servicio de -los tres varias veces; y de antemano le digo a usted que en este país -apenas hay un pueblo donde no tenga yo un amigo. Todos los asturianos -van a Madrid en cierta época de su vida en busca de colocación, -y cuando han arañado algún dinero se vuelven a su país. Como yo -he servido en todas las casas grandes de<span class="pagenum" -id="Page_259">[p. 259]</span> Madrid, conozco a la mayor parte de -ellos. No tengo nada que decir contra los asturianos, salvo que son -tacaños y mezquinos mientras están sirviendo; pero no son ladrones, -ni en su país ni fuera de él, y he oído decir que se puede atravesar -Asturias de punta a punta sin el menor riesgo de que le roben o le -maltraten a uno, cosa que no sucede en Galicia, donde a cada momento -estábamos expuestos a que nos cortaran el cuello.</p> - -<p>Salimos de Navia y seguimos adelante, a través de una comarca -desolada, hasta el puerto de Baralla, en una ingente barrera de -granito, desnuda de toda vegetación, aunque desde lejos aparezca de -un ligero color verde.</p> - -<p>—Este puerto—dijo Martín de Ribadeo—tiene muy mala fama, y no me -gustaría atravesarlo de noche. Aquí no hay ladrones, sino algo peor, -los <i>duendes</i> de dos frailes franciscanos. Cuentan que en tiempos -antiguos, mucho antes de suprimirse los conventos, dos frailes -franciscanos salieron de su convento a mendigar. Recogieron muchas -limosnas, y cuando al cerrar la noche pasaban por aquí, camino de -su convento, disputaron sobre cuál de los dos había recogido más, -empeñado cada uno en que había cumplido con su obligación mejor que -el otro; al cabo, de las palabras vivas pasaron a los insultos, -y de los insultos a los golpes. ¿Qué cree usted que hicieron -aquellos<span class="pagenum" id="Page_260">[p. 260]</span> demonios -de frailes? Se quitaron las capas, haciéndoles en una punta sendos -nudos con una gruesa piedra dentro, y se machacaron con tal furia, -que ambos quedaron muertos. Yo no sé, mi amo, cuál es peor plaga, si -los frailes, los curas o los gorriones.</p> - -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2">¡Dios Nuestro Señor nos libre de todos los pajarracos,</span> -<span class="i0">frailes, curas y gorriones que por ahí van volando,</span> -<span class="i0">que los gorriones no dejan de trigo siquiera un grano,</span> -<span class="i0">los frailes se beben la uva que nosotros vendimiamos</span> -<span class="i0">y los curas tienen todas las mujeres a su mando.</span> -<span class="i0">Dios Nuestro Señor nos libre de todos los pajarracos!</span> -</div></div> - -<p>Dos horas después llegamos a Luarca, cuya situación es singular. -Se halla en una profunda hondonada, de tan rápidas vertientes, que -no se ve el pueblo hasta que está uno encima de él. En el extremo -Norte de la hondonada hay una pequeña bahía, en la que entra el mar -por un boquete angosto. Encontramos una <i>posada</i> grande y cómoda; por -consejo de Martín buscamos un guía y un caballo de refresco; pero nos -dijeron que todos los caballos del pueblo estaban ausentes y que aún -tardarían dos días en volver. «Al entrar en Luarca—dijo Martín—tuve -el presentimiento de que no estábamos destinados a separarnos ahora. -Tiene usted que alquilarnos a mí y a la<span class="pagenum" -id="Page_261">[p. 261]</span> yegua hasta Gijón; allí ya encontrará -usted medio de trasladarse a Oviedo. Hablando con franqueza, no -siento lo más mínimo que los guías estén fuera, porque la compañía -de usted me agrada, y estoy seguro de que a usted le agrada la mía. -Ahora voy a escribir una carta a mi mujer diciéndole que no volveré a -Ribadeo en unos cuantos días.» Martín salió del aposento cantando la -siguiente copla:</p> - -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2">Un manco escribió una carta;</span> -<span class="i0">un ciego la está mirando;</span> -<span class="i0">un mudo la está leyendo,</span> -<span class="i0">y un sordo la está escuchando.</span> -</div></div> - -<p>A la mañana siguiente, muy temprano, salimos de la hondonada de -Luarca; en una hora de marcha, los caballos nos llevaron a Caneiro, -profundo y romántico valle entre peñascos, sombreado por altos -castaños. Por en medio del valle pasa un río muy rápido, que cruzamos -en bote.</p> - -<p>—En toda Asturias—dijo el botero—no hay otro río como éste para -las truchas. Mire usted esas piedras grandes del fondo; pues cuando -llega su época, si el tiempo es bueno, no se vende tantísima pesca -como hay.</p> - -<p>Dejando atrás el valle, entramos en una región de mucha piedra, -montañosa, lúgubre y agreste. El día, nublado, sombrío, lo -entristecía todo en torno nuestro.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_262">[p. 262]</span></p> - -<p>—¿Vamos bien por este camino para Gijón y Oviedo?—preguntó Martín -a una vieja que estaba a la puerta de una casa.</p> - -<p>—¿Para Gijón y Oviedo?—replicó la comadre—. Aun tienen ustedes que -cansarse de andar antes de llegar a Gijón y Oviedo. Por de pronto -tienen ustedes que rajar las <i>bellotas</i>; cabalmente están ustedes -debajo.</p> - -<p>—¿Qué quiere decir con eso de rajar las <i>bellotas</i>?—pregunté a -Martín de Ribadeo.</p> - -<p>—¿No ha oído nunca su merced hablar de las siete -<i>bellotas</i>?—respondió el guía—. A punto fijo no puedo decirle a usted -lo que son, porque no las he visto nunca; pero creo que han de ser -siete montañas que vamos a cruzar, y las llaman de ese modo porque -las encuentran parecidas a las <i>bellotas</i>. He oído hablar de ellas -bastante, y me alegro de tener ocasión de verlas, aunque, según -dicen, se les indigestan a los caballos.</p> - -<p>En aquella parte de Asturias alcanzan las montañas considerable -altura. Son casi todas de obscuro granito, cubierto aquí y allá por -una ligera capa de tierra. Se acercan mucho al mar, hacia el cual -declinan en vertientes muy quebradas, donde se abren profundas y -escarpadas gargantas; por cada una corre un arroyo, tributo de las -montañas al piélago salado. El camino va por esos derrumbaderos. -A siete de ellos los llaman en el país <i>las siete bellotas</i>. El -más terrible de todos es el del centro, del cual desciende<span -class="pagenum" id="Page_263">[p. 263]</span> un torrente impetuoso. -En lo más alto, a muchos cientos de varas de elevación, se alza una -escarpada muralla de roca, negra como el hollín; cuando pasamos, un -velo de <i>bretima</i> envolvía la cumbre. Esa garganta se ramifica por -ambos lados en pequeñas cañadas o valles, tan cubiertos de árboles y -tallares, que la mirada no puede penetrar en ellos.</p> - -<p>—Estos sitios serían muy buenos para unas ermitas—dije a Martín -de Ribadeo—. Aquí podían vivir felices, alimentándose de raíces y -no bebiendo más que agua, unos cuantos santos varones, y dedicarse -a la contemplación divina sin que el ruido del mundo viniese a -turbarlos.</p> - -<p>—Es verdad—respondió Martín—, y quizás por eso no hay ermitas en -los <i>barrancos</i> de las siete <i>bellotas</i>. Nuestros ermitaños tienen -poca afición a las raíces y al agua, y no se oponen a que de vez en -cuando interrumpan sus meditaciones. <i>¡Vaya!</i> Nunca he visto una -ermita que no estuviese cerca de algún pueblo rico, o que no fuese -un sitio frecuentado por todos los vagos de los alrededores. A los -ermitaños no les gusta vivir en estos barrancos, porque los lobos y -las zorras acabarían con sus gallinas. Conocía yo a un ermitaño que -al morir dejó a su sobrina una fortuna de setecientos duros, ahorrada -casi toda cebando pavos.</p> - -<p>En la cima de esta <i>bellota</i> había una <i>venta</i><span -class="pagenum" id="Page_264">[p. 264]</span> miserable donde -descansamos, continuando después el viaje. Ya muy avanzada la tarde -salimos del último de aquellos difíciles puertos. El viento comenzó -entonces a soplar, trayendo en sus alas una lluvia menuda. Pasamos -por Soto de Luiña, y prosiguiendo nuestro camino a través de una -región muy agreste, pero pintoresca, nos encontramos al anochecer -al pie de una escarpada montaña, a la que se subía por un camino -de herradura, a través de un bosque de altísimos árboles. Mucho -antes de llegar a la cumbre se hizo de noche; la lluvia arreció. -Ibamos tropezando en la obscuridad y llevábamos de la brida los -caballos, que a veces se arrodillaban por lo resbaladizo del sendero. -Alcanzamos, por fin, la cumbre sin novedad, y con paso vivo llegamos, -media hora más tarde, a la entrada de Muros, pueblo grande, situado -precisamente al pie de la otra vertiente de la montaña.</p> - -<p>Ardía un buen fuego en la <i>posada</i>, y su calor, que no tardó en -secarnos los vestidos, nos recompensó, hasta cierto punto, de los -trabajos sufridos al escalar las <i>bellotas</i>. ¡Singular paraje aquella -<i>posada</i> de Muros! La casa era grande e irregular, con espaciosa -cocina en el piso bajo. Escaleras arriba había un vasto comedor con -inmensa mesa de roble, rodeada de pesados sillones de cuero muy altos -de respaldo, que lo menos tenían tres siglos. Con este aposento -se<span class="pagenum" id="Page_265">[p. 265]</span> comunicaba -una galería o voladizo de madera, abierta al aire, que conducía a un -cuarto pequeño, provisto de un lecho antiguo, con dosel y cortinas, -donde yo había de dormir. Era una de esas posadas que los novelistas -gustan de introducir en sus descripciones, sobre todo cuando los -sucesos narrados ocurren en España. El huésped era un asturiano -locuaz.</p> - -<p>El viento rugía sin cesar y llovía a torrentes. Me senté, -soñoliento, al amor de la lumbre, y la conversación del huésped me -despabiló.</p> - -<p>—<i>Señor</i>—me dijo—, hacía ya tres años que no venían extranjeros -a mi casa. Recuerdo que por esta misma época, y en una noche como -la de hoy, llegaron a la posada dos hombres a caballo. Me chocó que -no trajeran guía. En mi vida he visto dos individuos más raros; -no se me olvidarán jamás. El uno era tan alto como un gigante; -tenía unos bigotes rojizos que le tapaban la boca; la cara era -coloradota y parecía muy torpe y estúpido; debía de serlo, en efecto, -porque cuando le hablé no pareció haberme entendido, y me contestó -farfullando un <i>¡válgame Dios!</i> tan extraño, que me le quedé mirando -con los ojos y la boca abiertos. El otro no era alto ni colorado, -ni tenía pelos en la cara, ni apenas en la cabeza. Era diminuto y -parecía <i>jorobado</i>; pero ¡<i>válgame Dios</i>, qué ojos los suyos! Tan -<span class="pagenum" id="Page_266">[p. 266]</span>penetrantes y -malignos eran como los de un gato montés. Hablaba el español tan bien -como yo; pero no era español. Un español no tiene aquel mirar. Iba -vestido de <i>zamarra</i>, con muchos bordados y filigranas, y llevaba -sombrero andaluz; no tardé en comprender que el pequeño era el amo, y -el gigante el criado.</p> - -<p>»¡<i>Válgame Dios</i>, qué malísimo genio tenía el <i>jorobado</i>! Con -todo, era muy gracioso y zumbón, y a veces me decía unas chuscadas -como para morirse de risa. Se puso a cenar en el comedor de arriba -(permítame usted que le diga que durmió en el mismo cuarto en que -su merced va a dormir esta noche), y su criado le servía. Bueno: yo -tenía mucha curiosidad, y me senté también a la mesa sin pedirle -permiso. ¿Por qué había de pedírselo? Yo estaba en mi casa, y un -asturiano es buena compañía para un rey, y es a menudo de mejor -sangre. La cena fué sorprendente. En cuanto el gigante se descuidaba -lo más mínimo en el servicio de su amo, el <i>jorobado</i> se ponía en -pie, se subía a la silla de un brinco, y agarrando al gigante por el -pelo le daba de bofetadas, hasta el punto de hacerme temer que iba a -arrojar las muelas por la boca. Pero el gigante no parecía dar gran -importancia a estos incidentes; supongo que ya estaría acostumbrado. -<i>¡Válgame Dios!</i> Un español no lo hubiera llevado con tanta -paciencia. Pero<span class="pagenum" id="Page_267">[p. 267]</span> -lo que más me sorprendía era que después de pegar al criado el amo se -sentaba, y al instante comenzaba a hablar y a reír con él como si no -hubiera ocurrido nada, y el gigante reía y conversaba con su amo como -si no le hubiera pegado nunca.</p> - -<p>»Ya supondrá usted, <i>señor</i>, que no entendí ni palabra de la -conversación, porque no hablaban en cristiano, sino en la misma -lengua extraña en que el gigante me contestaba cuando le dirigía -la palabra; todavía me está sonando en los oídos. No se parecía a -ninguna otra lengua, ni al vascuence, ni a la lengua en que su merced -habla aquí a mi tocayo el <i>signor</i> Antonio. <i>¡Válgame Dios!</i> A lo que -más se parecía es al ruido que hace una persona al enjuagarse la boca -con agua. Creo recordar todavía una palabra que no se le caía de los -labios al gigante; pero su amo no la empleaba jamás.</p> - -<p>»Pero aún no le he contado a usted lo más raro de esta historia. -Cuando se acabó la cena estaba muy avanzada la noche; la lluvia -golpeaba en las ventanas como en este momento. De pronto el jorobado -sacó el reloj, ¡<i>Válgame Dios</i>, qué reloj! Sólo le diré a usted -una cosa, <i>señor</i>: que con los brillantes engastados en las tapas -se podía comprar toda Asturias y Muros encima, y relucían tanto -que no hacía falta lámpara en el cuarto. El <i>jorobado</i> miró al -reloj y me dijo: «Me voy a acostar.» Tomé la luz y le llevé<span -class="pagenum" id="Page_268">[p. 268]</span> por la galería a su -cuarto, seguidos del criado. Bueno, <i>señor</i>: levanté la mesa y me -quedé aquí abajo esperando al criado, a quien tenía preparada una -buena cama cerca de la mía. <i>Señor</i>, esperé con calma una hora, -pero al cabo se me agotó la paciencia; subí al comedor, entré en la -galería, y al llegar a la puerta de la habitación de aquel viajero -tan raro, ¿qué dirá usted que vi?</p> - -<p>—¿Cómo lo voy a saber?—respondí—. Acaso sus botas de montar.</p> - -<p>—No, <i>señor</i>; no vi sus botas de montar. Tumbado en el suelo, -con la cabeza apoyada en la puerta, de suerte que era imposible -abrirla sin despertarle, estaba el gigante profundamente dormido; -sus inmensas piernas ocupaban casi toda la longitud de la galería. -Me santigüé lleno de admiración; y no me faltaban motivos, porque el -viento era tan fuerte como esta noche, la lluvia entraba a chorros -en la galería, y, sin embargo, allí se estaba el hombre dormido -profundamente, sin abrigo, sin un leño siquiera por almohada, tumbado -delante de la puerta de su amo.</p> - -<p>»<i>Señor</i>, aquella noche dormí muy poco, porque pensé que había -alojado a dos brujos o a gente que no era humana. Una o dos veces -subí al piso de arriba y me asomé a la galería: el criado continuaba -allí dormido; me persigné y me volví a la cama.</p> - -<p>—Bueno—dije yo—, ¿qué ocurrió al día siguiente?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_269">[p. 269]</span></p> - -<p>—Nada de particular: el <i>jorobado</i> bajó de su cuarto y estuvo -bromeando conmigo en buen español; el criado bajó también, pero de -todo lo que dijo, que no fué mucho, no entendí ni palabra, porque -hablaba en aquella calamidad de lengua. Estuvieron aquí todo el día -hasta después de cenar; entonces el <i>jorobado</i> me dió una onza de -oro, montaron los dos a caballo y se fueron no sé adónde, en plena -noche, de modo tan extraño como habían venido.</p> - -<p>—¿Es eso todo?—pregunté.</p> - -<p>—No, <i>señor</i>; no es eso todo: razón tenía yo al suponer que eran -<i>brujos</i>; al día siguiente llegó un correo y los buscaron mucho, y a -mí me prendieron por haberlos tenido en mi casa. Esto ocurrió a poco -de empezar la guerra. Se dijo que eran espías y emisarios de no sé -qué nación, y que habían visitado todos los rincones de Asturias para -conferenciar con los descontentos. Lograron escaparse y no volvió -a saberse de ellos; pero los caballos que montaban parecieron, sin -los jinetes, vagando por el monte; eran jacas ordinarias sin ningún -valor. Se cree que los <i>brujos</i> se embarcarían en algún barquichuelo -escondido en una de las <i>rías</i> de la costa.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Qué palabra era la que oía usted -decir continuamente al criado, y que cree usted poder recordar?</p> - -<p><span class="smcap">El Huésped.</span>—<i>Señor</i>, hace ya tres -años<span class="pagenum" id="Page_270">[p. 270]</span> que la oí, -y a veces puedo recordarla, pero a veces no; en ocasiones me he -despertado repitiéndola. Espere, <i>señor</i>; la tengo en la punta de la -lengua: era <i>Patusca</i>.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Quiere usted decir <i>Batuschca</i>; -aquellos hombres eran rusos.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_271">[Pg 271]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XXXIII</h2> - <p class="subhang"> - Oviedo.— Los diez caballeros.— Otra vez el suizo.— Petición modesta.— - Los ladrones.— Benevolencia episcopal.— La catedral.— Un retrato de - Feijóo. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">T</span><span class="smcap">engo</span> -que dar ahora un gran salto en mi viaje, nada menos que desde Muros -a Oviedo, contentándome con decir que fuimos desde Muros a Vélez<a -id="FNanchor_26" href="#Footnote_26" class="fnanchor">[26]</a> -y desde aquí a Gijón, donde nuestro guía Martín se despidió, -volviéndose con la yegua a Ribadeo. El buen hombre sintió mucho -separarse de nosotros y hasta llegó a manifestar el deseo de que le -tomase a él con su yegua a mi servicio.</p> - -<p>—Tengo muchas ganas—me dijo—de correr toda España y hasta el mundo -entero, y es seguro que no volveré a ver una ocasión como la que -ahora se me presenta pegándome a los faldones de su merced.</p> - -<p>Al recordarle yo que tenía mujer e hijos, respondió:</p> - -<p>—Es verdad, es verdad; me había olvidado de ellos; dichoso el guía -que no tenga más familia que una yegua y un potro.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_272">[p. 272]</span></p> - -<p>Oviedo está a tres leguas de Gijón. Antonio fué en el caballo, y -yo en una especie de diligencia que hace el servicio diario entre -las dos poblaciones. El camino es bueno, pero montuoso. Llegué sin -novedad a la capital de las Asturias, aunque en época más bien -desfavorable, porque hasta las puertas de la ciudad llegaba el -estruendo de la guerra y se oía «la exhortación de los capitanes y -la gritería del ejército». Por la fecha a que me refiero, Castilla -estaba en manos de los carlistas, que habían tomado y saqueado -Valladolid, como habían hecho poco antes con Segovia. Se esperaba -verlos marchar contra Oviedo de un día para otro; pero no hubieran -dejado de encontrar resistencia, porque contaba la ciudad con -una guarnición considerable que había erigido algunos reductos y -fortificado varios conventos, especialmente el de Santa Clara de la -Vega. Todos los ánimos se hallaban en un estado de ansiedad febril, -muy especialmente por no recibirse noticias de Madrid, que, según los -últimos informes, estaba en poder de las partidas de Cabrera y de -Palillos.</p> - -<p>Sucedió, pues, que una noche me encontraba yo en la antigua ciudad -de Oviedo, en un apartado aposento, grande y mal amueblado, de una -antigua <i>posada</i>, que fué en otros tiempos palacio de los condes de -Santa Cruz. Eran más de las diez y llovía a<span class="pagenum" -id="Page_273">[p. 273]</span> mares. De pronto, conforme estaba yo -escribiendo, me detuve al oír el ruido de numerosas pisadas en la -crujiente escalera que conducía a mi cuarto. La puerta se abrió de -súbito y entraron nueve hombres de elevada estatura, al mando de un -personaje pequeñuelo y chepudo. Todos iban embozados en amplias capas -españolas, pero al instante conocí en su porte que eran <i>caballeros</i>. -Colocáronse en fila delante de la mesa en que yo escribía. De -repente, se desembozaron todos a un tiempo y vi que cada uno llevaba -un libro en la mano, libro que yo conocía muy bien. Después de una -pausa que no fuí capaz de romper, porque estaba atónito de asombro, y -casi me imaginaba que tenía delante una aparición, el chepudo avanzó -un poco y con voz suave y argentina dijo: «<i>Señor</i> caballero, ¿ha -sido usted quien ha traído este libro a las Asturias?» Me figuré que -aquellos señores eran las autoridades civiles de la población que -venían a arrestarme, y, poniéndome en pie, repuse: «Sí, por cierto: -yo he sido, y es una gloria para mí haberlo hecho. El libro es el -Nuevo Testamento de Dios; quisiera poder traer un millón.»</p> - -<p>—Y yo también lo deseo de corazón—dijo el hombrecillo con un -suspiro—. No tema usted nada, señor caballero; estos señores -son amigos míos. Acabamos de comprar estos libros en la tienda -donde usted los ha entregado para su venta, y nos hemos<span -class="pagenum" id="Page_274">[p. 274]</span> tomado la libertad de -visitarle para darle las gracias por el tesoro que nos ha traído. -Espero que podrá proveernos también del Viejo Testamento.</p> - -<p>Respondí que sentía mucho decirles que por el momento me era -completamente imposible complacerles, porque no tenía ejemplares del -Antiguo Testamento; pero que no perdía la esperanza de procurarme en -breve algunos, trayéndolos de Inglaterra.</p> - -<p>Me hizo después muchas preguntas acerca de mis viajes de -propaganda por España, de sus resultados y de las miras que la -Sociedad Bíblica tenía respecto de este país; esperaba que nuestra -sociedad dedicase atención especial a Asturias, el terreno más -favorable, a su parecer, para nuestros trabajos, de toda la -Península. Después de media hora de conversación, el chepudo me dijo -de súbito en inglés: «Buenas noches, señor», y, embozándose en la -capa, se fué como había venido. Sus compañeros, que hasta entonces -no habían pronunciado una palabra, repitieron todos: «Señor, buenas -noches», y, envolviéndose en las capas, le siguieron.</p> - -<p>Para explicar esta escena extraña, he de decir que por la mañana -había visitado yo al pequeño librero de la ciudad, Longoria, y, -de acuerdo con él, le envié por la tarde un fardo de cuarenta -Testamentos, todo lo que me quedaba, con unos cuantos carteles. El -librero me aseguró que, si bien se encarga<span class="pagenum" -id="Page_275">[p. 275]</span>ba de la venta muy gustoso, no había -esperanzas de buen éxito, porque llevaba ya un mes sin vender un solo -libro de ninguna clase, debido a lo revuelto de los tiempos y a la -pobreza reinante en el país; estas noticias me desanimaron mucho. -Pero la visita nocturna me advirtió que no debe uno abatirse cuando -las cosas presentan un aspecto muy sombrío, porque entonces es cuando -la mano del Señor interviene, por lo general, con mayor actividad, -para que los hombres aprendan a conocer que cuanto de bueno se -realiza no es obra suya, sino de El.</p> - -<p>Dos o tres días después de esta aventura hallábame de nuevo en -mi destartalado y mal amueblado aposento; serían las diez de una -mañana melancólica, y la lluvia otoñal continuaba cayendo. Acababa -de desayunarme y me disponía a escribir mis notas diarias, cuando se -abrió la puerta de golpe y Antonio entró de un brinco.</p> - -<p>—<i>Mon maître</i>—dijo, sin aliento—, ¿quién dirá usted que ha -venido?</p> - -<p>—El pretendiente, tal vez—dije yo con cierto sobresalto—. Si es -así, estamos presos.</p> - -<p>—¡Bah!, ¡bah!—dijo Antonio—. No es el pretendiente; es uno que -vale veinte veces más: es el suizo de Santiago.</p> - -<p>—¡Benedicto Mol, el suizo!—exclamé—. ¡Qué! ¿Ha encontrado el -tesoro? ¿Cómo viene? ¿Cómo está vestido?</p> - -<p>—<i>Mon maître</i>—dijo Antonio—, viene a<span class="pagenum" -id="Page_276">[p. 276]</span> pie, juzgando por los zapatos que trae, -tan rotos, que los dedos le asoman por los agujeros; su ropa es un -andrajo.</p> - -<p>—Debe de haber algún misterio en todo esto—respondí—. ¿Dónde está -ahora?</p> - -<p>—Abajo, <i>mon maître</i>—replicó Antonio—. Viene a buscarnos. Pero en -cuanto le vi he subido corriendo a darle a usted la noticia.</p> - -<p>Pocos minutos después Benedicto Mol subía las escaleras. Venía, -como Antonio me dijo, vestido de harapos y casi descalzo; su sombrero -andaluz, tan viejo, chorreaba agua.</p> - -<p>—<i>Och, lieber Herr</i>—dijo Benedicto—, ¡qué alegría tan grande verle -a usted! ¡Oh! Sólo con verle a usted la cara estoy casi pagado de -todas las miserias que he sufrido desde que me separé de usted en -Santiago.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Le veo a usted en Oviedo y apenas -puedo dar crédito a mis ojos. ¿Qué motivo le trae a usted a esta -población tan fuera de su camino y desde tan gran distancia?</p> - -<p><span class="smcap">Benedicto.</span>—<i>Lieber Herr</i>, permítame -que me siente y le contaré todo lo que me ha sucedido. Pocos días -después de verle a usted por última vez, el <i>canónigo</i> me aconsejó -que pidiese al capitán general permiso y ayuda para desenterrar el -tesoro. Fuí a ver al capitán general, que al principio me recibió con -amabilidad, me hizo muchas preguntas y me dijo que volviera. Continué -visitándole, hasta que se negó a recibirme, y<span class="pagenum" -id="Page_277">[p. 277]</span> por más que hice, no pude volverle a -ver. El canónigo entonces fué incomodándose, sobre todo porque me -había dado unas pocas <i>pesetas</i> de las limosnas de la iglesia; y muy -a menudo me llamaba <i>bribón</i> e impostor. Al cabo, una mañana fuí -a verle, le dije que me proponía volver a Madrid para someter el -asunto al Gobierno, y le pedí por favor una certificación en la que -constase que yo había hecho una peregrinación a Santiago; pensaba yo -que ese documento me sería útil en el camino, porque me permitiría -pedir limosna con más autoridad. Apenas oyó mi pretensión, sin decir -palabra ni darme tiempo para defenderme, se arrojó sobre mí como un -tigre y me agarrotó el cuello con las manos, tan bien y tan fuerte, -que pensé morir estrangulado. Pero yo soy suizo, nacido en Lucerna, y -apenas me recobré un poco, no me costó trabajo rechazarle; entonces, -amenazándole con el palo, me retiré. Me siguió hasta la puerta con -horribles maldiciones, y me amenazó, si me atrevía a volver, con -meterme en la cárcel por ladrón y hereje. Fuí entonces a buscarle a -usted, <i>lieber Herr</i>; pero me dijeron que se había marchado usted a -La Coruña, y a La Coruña me fuí en su busca.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Y qué le sucedió en el camino?</p> - -<p><span class="smcap">Benedicto.</span>—Voy a decírselo. A mitad -de camino, entre La Coruña y Santiago, y según iba yo pensando -en el <i>Schatz</i>, oí un <span class="pagenum" id="Page_278">[p. -278]</span>galope estrepitoso; miré en torno y vi que dos hombres a -caballo venían derechamente hacia mí a campo traviesa con la rapidez -del viento. <i>Lieber Gott</i>—dije yo—, estos son ladrones o facciosos; -y lo eran, en efecto. En un momento me alcanzaron y me dieron el -alto; tiré el palo, me quité el sombrero y los saludé. «Buenos -días, <i>caballeros</i>»—dije—. «Buenos días, paisano»—respondieron—, y -estuvimos mirándonos más de un minuto. <i>Lieber Himmel</i>, nunca he -visto ladrones tan bien vestidos y armados, ni mejor montados que -aquéllos. Llevaban dos jacas magníficas, tan fogosas que parecían -poder subir hasta las nubes en un vuelo. Estuvimos mirándonos hasta -que uno me preguntó quien era yo, de donde venía y a donde iba. -«Caballeros—respondí—, yo soy suizo y he venido a Santiago a cumplir -una promesa; ahora me vuelvo a mi país.» No dije una palabra del -tesoro, porque temí que me fusilaran si se les ocurría pensar que -llevaba conmigo parte de él.</p> - -<p>—¿Tienes dinero?—me preguntaron.</p> - -<p>—Caballeros—respondí—, ya ven ustedes que viajo a pie y con los -zapatos rotos; si tuviera dinero no iría así. No quiero engañarles, -sin embargo: tengo una <i>peseta</i> y unos <i>cuartos</i>. Al decir esto, -saqué lo que tenía y se lo ofrecí.</p> - -<p>—Nosotros somos <i>caballeros</i> de Galicia—dijeron—y no quitamos -<i>pesetas</i>, menos<span class="pagenum" id="Page_279">[p. 279]</span> -aún <i>cuartos</i>. ¿De qué partido eres? ¿Estás por la reina?</p> - -<p>—No, caballeros—respondí—; no estoy por la reina; pero al mismo -tiempo, permítanme ustedes que les diga que tampoco estoy por el rey; -no estoy enterado de ese asunto; soy suizo, y, por tanto, no peleo en -pro ni en contra de nadie mientras no me paguen.</p> - -<p>Esto les hizo reír; me preguntaron luego cosas relativas a -Santiago, a las tropas que había y al capitán general; para no -disgustarles conté todo lo que sabía y más aún. Entonces, uno de -ellos, el más feroz y violento de los dos, me apuntó con el trabuco -y dijo: «Si hubieses sido español, te hubiéramos hecho astillas -la cabeza, tomándote por espía; pero vemos que eres extranjero y -creemos lo que nos has dicho. Toma esta <i>peseta</i> y sigue tu camino; -pero cuidado con decir a nadie nada de nosotros, porque si no, -<i>¡carracho!</i>...» Descargó el trabuco por encima de mi cabeza, y -tan cerca que durante un segundo me tuve por muerto. Luego, dando -una gran voz, salieron al galope; sus caballos saltaban por los -<i>barrancos</i> como si estuvieran poseídos de los demonios.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Qué le ocurrió a usted al llegar a -La Coruña?</p> - -<p><span class="smcap">Benedicto.</span>—Al llegar a La Coruña -pregunté por usted, <i>lieber Herr</i>, y me dijeron que precisamente -el día anterior se había<span class="pagenum" id="Page_280">[p. -280]</span> marchado usted a Oviedo; al oirlo se me heló el corazón, -viéndome en el extremo más remoto de Galicia sin un amigo que me -socorriera. Estuve un día o dos sin saber qué hacer; al fin resolví -dirigirme a la frontera de Francia, pasando por Oviedo, donde -esperaba verle a usted y pedirle consejo. Mendigué entre los alemanes -establecidos en La Coruña un socorro para el camino, y saqué muy -poco, sólo unos <i>cuartos</i>, menos de lo que los facciosos me dieron en -el camino de Santiago; con eso salí para Asturias por el camino de -Mondoñedo. <i>Och</i>, qué ciudad, ¡Mondoñedo!, llena de canónigos, de -curas, de <i>pfaffen</i>, más carlistas todos que el propio don Carlos.</p> - -<p>»Un día fuí al palacio del obispo y hablé con él, diciéndole -que volvía de una peregrinación a Santiago y le pedí un socorro. -Díjome que no podía remediarme, y en cuanto a lo de ser peregrino de -Santiago se holgó mucho de ello, esperando que fuese de gran provecho -para mi alma. Salí de Mondoñedo y me metí por las montañas, pidiendo -limosna a la puerta de cada <i>choza</i> que encontraba; decía a todos -que era un peregrino procedente de Santiago, y mostraba mi pasaporte -en prueba de que había estado allí. <i>Lieber Herr</i>, nadie me dió un -<i>cuarto</i>, ni siquiera un pedazo de <i>broa</i>; gallegos y asturianos -se reían de Santiago y me dijeron que el nombre del santo no era -ya<span class="pagenum" id="Page_281">[p. 281]</span> un talismán en -España. Me hubiera muerto de hambre a no ser porque de vez en cuando -arrancaba una o dos mazorcas de algún maizal; también cogía tal cual -racimo de las <i>parras</i> y moras de zarza; de este modo fuí tirando -hasta llegar a las <i>bellotas</i>; allí encontré un cabrito perdido, lo -maté y me comí un pedazo, crudo y todo, porque el hambre era mucha; -me sentó muy mal, y estuve dos días postrado en un <i>barranco</i>, medio -muerto, incapaz de valerme; fué una gran suerte que no me devorasen -los lobos. Después, a campo traviesa, seguí a Oviedo; no sé cómo he -llegado; parecía un espectro. La noche pasada dormí en una pocilga -vacía, a unas dos leguas de aquí, y antes de abandonarla me hinqué de -rodillas y pedí a Dios que me permitiese encontrarle a usted, <i>lieber -Herr</i>, porque usted era mi última esperanza.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Y qué piensa usted hacer ahora?</p> - -<p><span class="smcap">Benedicto.</span>—¿Qué quiere usted que -le diga, <i>lieber Herr</i>? No sé qué hacer. Me someto en todo a sus -consejos.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Estaré en Oviedo unos pocos días -más; durante ellos, puede usted alojarse en esta <i>posada</i>, y trate -de recobrarse de las fatigas de tan desastrosos viajes; quizás antes -de marcharme se me ocurra algún plan para sacarle a usted de esta -situación tan apurada.</p> - -<p>Oviedo tiene unos quince mil habitantes. Está en una situación -pintoresca, entre dos<span class="pagenum" id="Page_282">[p. -282]</span> montañas: el Morcín y el Naranco; la primera es muy -alta y escabrosa; durante la mayor parte del año se halla cubierta -de nieve; las vertientes de la otra están cultivadas y plantadas de -viñedo. El ornamento principal de la ciudad es la catedral; su torre, -extremadamente alta, es quizás uno de los más puros ejemplares de -la arquitectura gótica que existen hoy en día. El interior de la -catedral es decente y apropiado; pero muy sencillo y sin adornos. -Sólo vi un cuadro: la Conversión de San Pablo. Una de las capillas es -cementerio, donde descansan los huesos de once reyes godos. ¡Paz a -sus almas!</p> - -<p>En La Coruña me habían dado una carta de recomendación para un -comerciante de Oviedo, el cual me recibió con gran cortesía, y -dedicó, por lo general, un rato todos los días a enseñarme las cosas -notables de Oviedo. Una mañana me dijo:</p> - -<p>—Usted habrá oído, sin duda, hablar de Feijóo, el famoso filósofo -benedictino, cuyos escritos han contribuido mucho a disipar las -supersticiones y los errores populares, tanto tiempo acreditados -en España; está enterrado en uno de los conventos de Oviedo, donde -pasó gran parte de su vida. Venga usted conmigo y le enseñaré su -retrato. Nuestro gran rey Carlos III envió desde Madrid a su pintor -para que lo hiciera. Ahora pertenece a mi amigo el abogado don Ramón -Valdés.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_283">[p. 283]</span></p> - -<p>Fuimos a casa de don Ramón Valdés, quien, muy cortésmente, me -enseñó el retrato de Feijóo, de forma circular, como de un pie de -diámetro, rodeado de un pequeño bastidor de cobre, algo así como el -borde de una bacía de barbero. Tenía el semblante ancho y grueso, -pero correcto; arqueadas las cejas, los ojos vivos y penetrantes, la -nariz aguileña. Llevaba en la cabeza un gorro de seda; el cuello de -la túnica apenas llegaba a verse. Era, sin duda, un cuadro bueno, y -me llamó mucho la atención, como uno de los mejores ejemplares del -moderno arte español que había visto hasta entonces.</p> - -<p>Uno o dos días después dije a Benedicto Mol:—Mañana me voy a -Santander. Es hora ya de que resuelva usted lo que ha de hacer: o -volverse a Madrid o dirigirse rápidamente a Francia, y desde allí -continuar hacia su país.</p> - -<p>—<i>Lieber Herr</i>—dijo Benedicto—, iré detrás de usted a Santander -en jornadas cortas, porque en un país tan montañoso no puedo andar -mucho; una vez allí, acaso encuentre medio de ir a Francia. En -estos viajes tan horribles me sirve de mucho consuelo pensar que -voy siguiendo las huellas de usted y la esperanza de alcanzarle de -nuevo. Esta esperanza me salvó la vida en las <i>bellotas</i>, y sin -eso no hubiera llegado jamás a Oviedo. Saldré de España lo antes -posible<span class="pagenum" id="Page_284">[p. 284]</span> y me iré -a Lucerna, aunque es fuerte cosa dejar detrás de mí el <i>Schatz</i> en la -tierra de los gallegos.</p> - -<p>Al separarnos le regalé unos pocos duros.</p> - -<p>—Benedicto es un hombre extraño—me dijo Antonio a la mañana -siguiente, cuando, acompañados por un guía, salimos de Oviedo—. Es un -hombre extraño, <i>mon maître</i>, el tal Benedicto. Ha llevado una vida -extraña y le espera una muerte extraña también: lo lleva escrito en -el rostro. No creo que se marche de España, y si se marcha será para -volver, porque está embrujado con el tesoro. Anoche envió a buscar -una <i>sorcière</i>, y delante de mí la consultó; le dijo que estaba -destinado a encontrar el tesoro, pero que antes tenía que cruzar -agua. Le puso en guardia contra un enemigo, que Benedicto supone -que será el canónigo de Santiago. He oído hablar mucho del ansia -de dinero de los suizos; este hombre es una prueba. Por todos los -tesoros de España no sufriría yo lo que Benedicto ha sufrido en estos -últimos viajes.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_285">[Pg 285]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XXXIV</h2> - <p class="subhang"> - Salida de Oviedo.— Villaviciosa.— El joven de la posada.— La - narración de Antonio.— El general y su familia.— Noticias - deplorables.— Mañana moriremos.— San Vicente.— Santander.— Una - arenga.— El irlandés Flinter. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">S</span><span class="smcap">alimos</span>, -pues, de Oviedo e hicimos rumbo a Santander. El guía que llevábamos, -y a quien había yo alquilado la jaca que montaba, nos lo recomendó mi -amigo el comerciante de Oviedo. Resultó ser un individuo desidioso -e indolente; iba, por lo general, doscientas o trescientas varas -rezagado de nosotros, y en lugar de alegrarnos el camino con -cantares y cuentos, como Martín de Ribadeo, apenas abrió los labios, -salvo para decirnos que no fuésemos tan de prisa, o que le iba a -reventar la jaca si le daba tantos espolazos. Además era ladrón, y -aunque se ajustó para hacer el viaje a <i>seco</i>, o sea corriendo de -su cuenta sus gastos personales y los del caballo, se las arregló -de modo que, durante todo el viaje, unos y otros pesaron sobre mí. -Cuando se viaja por España, el plan más barato es que en el ajuste -entre la manutención del guía y de su caballo<span class="pagenum" -id="Page_286">[p. 286]</span> o mula, porque así el precio del -alquiler disminuye lo menos un tercio, y las cuentas en el camino -rara vez suben más por eso; mientras que, en otro caso, el guía se -embolsa la diferencia, y, no obstante, queda libre de su escote a -expensas del viajero, gracias a la connivencia de los posaderos, -unidos a los guías por una especie de espíritu de cuerpo.</p> - -<p>Entrada la tarde llegamos a Villaviciosa, ciudad pequeña y sucia, -a ocho leguas de Oviedo, al borde de una ensenada que comunica con -el golfo de Vizcaya. Suele llamarse a Villaviciosa <i>la capital de -las avellanas</i> por la inmensa cantidad de ese fruto que se cosecha -en su término; la mayor parte se exporta a Inglaterra. Al acercarnos -al pueblo, dábamos alcance a numerosos carros de <i>avellanas</i> que -llevaban la misma dirección que nosotros. Me dijeron que en la rada -había anclados algunos barcos ingleses. Por extraño que parezca, y -a pesar de hallarnos en la <i>capital de las avellanas</i>, nos fué muy -difícil procurarnos un puñado de ellas para postre, y más de la mitad -de las que nos dieron estaban hueras. Los de la posada nos dijeron -que como las avellanas eran para la exportación, no se les ocurría -siquiera comerlas ni ofrecérselas a los huéspedes.</p> - -<p>Al día siguiente llegamos muy temprano a Colunga, lindo -pueblecito, situado en una elevación del terreno, entre -frondosos<span class="pagenum" id="Page_287">[p. 287]</span> -castañares. El pueblo es famoso, al menos en Asturias, por ser cuna -de Argüelles, padre de la Constitución española.</p> - -<p>Al desmontar a la puerta de la <i>posada</i>, donde pensábamos reparar -las fuerzas, una persona, asomada a una ventana del piso alto, lanzó -una exclamación y desapareció. Estábamos todavía en la puerta, cuando -el mismo individuo llegó corriendo y se arrojó al cuello de Antonio. -Era un joven bien parecido, de unos veinticinco años, vestido con -elegancia y tocado con una gorra de <i>montero</i>. Antonio, después de -mirarle un momento, exclamó: <i>Ah, monsieur, est ce bien vous?</i>, y -le dió un afectuoso apretón de manos. El desconocido le hizo señas -de que le siguiera, y en el acto se fueron los dos al aposento de -encima.</p> - -<p>Preguntándome lo que podría significar aquello, me senté a -almorzar. Pasó una hora, y Antonio no volvía. Por entre las tablas -que formaban el techo de la cocina, oía yo su voz y la de su amigo, -y me parecía oír a veces sollozos entrecortados y gemidos. Hubo -después un largo silencio. Ya empezaba a impacientarme e iba a llamar -a Antonio, cuando el hombre se presentó; pero no le acompañaba el -desconocido.</p> - -<p>—Sepamos, por todas las extravagancias de este mundo—pregunté—¿qué -ha estado usted haciendo por ahí? ¿Quién es ese hombre?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_288">[p. 288]</span></p> - -<p>—<i>Mon maître</i>—dijo Antonio—, <i>c’est un monsieur de ma -connaissance</i>. Con su permiso, voy a tomar un bocado, y por el camino -le contaré a usted lo que sé de él.</p> - -<p>—<i>Monsieur</i>—dijo Antonio cuando cabalgábamos ya fuera de Colunga—, -está usted impaciente por saber la historia de ese caballero a quien -ha visto usted abrazarme en la posada. Sepa usted, <i>mon maître</i>, que -estas guerras de carlistas y <i>cristinos</i> han causado muchas miserias -y desventuras en este país; pero no creo que haya en toda España -persona tan plenamente desdichada como ese pobre y joven caballero de -la posada; todas sus desventuras provienen del espíritu de partido y -de facción que en estos últimos tiempos prevalecía tanto.</p> - -<p>»<i>Mon maître</i>, como le he dicho a usted repetidas veces, he -vivido en muchas casas y servido a muchos amos; sucedió que hará -unos diez años entré a servir al padre de ese caballero, muy niño -entonces. La familia estaba en muy buena posición; el padre era -general del ejército y bastante rico. Constituían la familia el -padre, su señora y dos hijos; el más joven es el que usted ha visto; -el otro le llevaba unos cuantos años. <i>¡Par Dieu!</i> En aquella casa -lo pasé muy bien; todos los individuos de la familia me trataban con -bondad. De muchas casas me han despedido; pero de aquella, no; cosa -notable. Las tres veces que me salí fué por mi<span class="pagenum" -id="Page_289">[p. 289]</span> libre voluntad. Me enfadaba con los -otros criados, o con el perro o el gato. La última vez me fuí por -culpa de una codorniz colgada en la ventana de <i>madame</i>, y que me -despertaba todas las mañanas con su canto. <i>Eh bien, mon maître</i>, -así corrieron las cosas durante los tres años que, con tales -alternativas, estuve al servicio de la familia; al cabo de ese -tiempo, decidieron que el señorito más joven se fuese a viajar, y se -pensó que yo le acompañase como criado. Tenía yo muy buenas ganas -de irme con él; mas, <i>par malheur</i>, me encontraba por aquellos días -muy disgustado con <i>madame</i>, su madre, por causa de la codorniz, e -insistí en que antes de acompañar al señorito matarían al pájaro y -lo echarían al puchero. <i>Madame</i> se negó a esto de modo terminante; -y hasta el pobre señorito, que siempre se había puesto de mi parte -en tales ocasiones, dijo que eso era una extravagancia; me fuí de la -casa muy amoscado, y no volví más.</p> - -<p>»<i>Eh bien, mon maître</i>, el señorito se fué a viajar y estuvo -fuera varios años; desde su partida hasta que le he encontrado en -Colunga, no había vuelto a verle ni oído hablar de él; pero sí tenía -noticias de su familia: de <i>monsieur</i>, su padre; de <i>madame</i>, su -madre, y de su hermano, oficial de caballería. Poco antes de la -guerra civil, o sea antes de morir Fernando VII, <i>monsieur</i>, padre -de este joven, fué nombrado capitán general<span class="pagenum" -id="Page_290">[p. 290]</span> de La Coruña. Aunque muy buen amo, -<i>monsieur</i> era bastante orgulloso, amigo de la disciplina, de la -obediencia y de todas esas cosas. Además, no era amigo del populacho, -de la <i>canaille</i>, y profesaba singular aversión a los nacionales. Por -esto, al morir Fernando, se susurraba en La Coruña que el general -no era liberal, y que era más amigo de Carlos que de Cristina. <i>Eh -bien</i>: aconteció que un día se celebraba en la bahía una gran <i>fête</i> -en la que tomaban parte los soldados y los nacionales; yo no sé cómo -sucedió; el caso es que hubo una <i>émeute</i>, y los nacionales echaron -mano a <i>monsieur</i>, el general, le ataron una cuerda al cuello, le -zambulleron en el agua desde la falúa en que iba, y lo llevaron a -remolque hasta que se ahogó. Entonces fueron a su casa, la saquearon, -y maltrataron de tal modo a <i>madame</i>, que por entonces estaba -<i>enceinte</i>, que a las pocas horas expiró.</p> - -<p>»Le digo a usted, <i>mon maître</i>, aunque le cueste trabajo creerlo, -que al saber la desgracia de <i>madame</i> y del general, lloré por ellos, -y sentí haberme despedido de la casa airadamente, por causa de la -maldita codorniz.</p> - -<p>»<i>Eh bien, mon maître, nous poursuivrons notre histoire.</i> El hijo -mayor, oficial de caballería, como le he dicho, y hombre enérgico, en -cuanto supo la muerte de sus padres juró vengarse. ¡Pobre infeliz! No -se le<span class="pagenum" id="Page_291">[p. 291]</span> ocurrió más -que desertar con dos o tres camaradas descontentos, y, metiéndose en -Galicia, levantaron una pequeña facción y proclamaron a don Carlos. -Por un poco de tiempo hicieron mucho daño a los liberales, quemando -y arrasando sus propiedades, y dieron muerte a varios nacionales que -cayeron en sus manos. Pero esto duró poco; su facción fué dispersada -y el jefe preso y ahorcado, y su cabeza clavada en un palo.</p> - -<p>»<i>Nous sommes déjà presque au bout.</i> Cuando llegamos a la posada, -el joven me llevó a su cuarto, como usted vió, y durante un buen -rato las lágrimas y los sollozos no le dejaron hablar. Su historia -se cuenta en dos palabras: volvió de su viaje, y la primera noticia -que le aguardaba a su regreso era que habían ahogado a su padre, -asesinado a su madre y ahorcado a su hermano, y que, además, todos -los bienes de la familia estaban confiscados. Y no era eso todo: -donde quiera que iba le miraban como faccioso, y los nacionales le -apaleaban. Acudió a sus parientes, y algunos, del bando carlista, -le aconsejaron que se alistara en el ejército de don Carlos, y el -mismo Pretendiente, que fué amigo de su padre, le ofreció un empleo -en su ejército. Pero, <i>mon maître</i>, como le dije a usted antes, se -trata de un joven pacífico, manso como un cordero, que aborrece -el derramamiento de sangre. Además, no era de ideas carlistas, -porque durante<span class="pagenum" id="Page_292">[p. 292]</span> -sus estudios había leído libros escritos en tiempos antiguos por -algunos compatriotas míos, donde no se habla más que de repúblicas, -de libertades y de derechos del hombre, de suerte que se inclinaba -más al sistema liberal que al de don Carlos; declinó, por tanto, la -oferta de don Carlos, y todos sus parientes le abandonaron, mientras -los liberales le acosaban de pueblo en pueblo como a bestia salvaje. -Al fin, vendió unas tierrecillas que le quedaban, y con el producto -se retiró a Colunga, donde nadie le conoce; aquí lleva hace varios -meses una vida muy triste; la lectura de dos o tres libros y correr -de vez en cuando una liebre con su perro son todas sus distracciones. -Me pidió consejo, pero no pude darle ninguno y no hice más que llorar -con él. Al cabo, dijo: «Querido Antonio, para mí no hay remedio, -ya lo veo. Dices que tu amo está abajo; ruégale de mi parte que se -espere hasta mañana; mandaremos llamar a las muchachas del pueblo, -buscaremos un violín y una gaita, y bailaremos para olvidar nuestros -cuidados un momento.» Entonces me dijo unas palabras en griego viejo; -apenas las entendí, pero creo que significan algo así como: «Bebamos -y comamos y alegrémonos, que mañana moriremos.»</p> - -<p>»<i>Eh bien, mon maître</i>: le dije que usted es un señor muy serio, -que no se divierte nunca y que estaba de prisa. Lloró otra<span -class="pagenum" id="Page_293">[p. 293]</span> vez, y, abrazándome, -nos dijimos adiós. Ya sabe usted, <i>mon maître</i>, la historia del joven -de la posada.»</p> - -<p>Dormimos en Ribadesella, y al mediar el siguiente día llegamos -a Llanes. El camino corría entre la costa y una inmensa cadena de -montañas que alzaba su barrera formidable a una legua del mar. -El terreno por donde íbamos era regularmente llano y parecía -bien cultivado. Abundaban los viñedos y los árboles, y a cortos -intervalos se alzaban los <i>cortijos</i> de los propietarios, edificios -de piedra, de planta cuadrada, rodeados de un muro exterior. Llanes -es una ciudad antigua, de gran importancia en otros tiempos. En sus -cercanías está el convento de San Cilorio, uno de los edificios -monásticos más grandes de España. Ahora está abandonado, y se -alza solitario y desolado en una de las penínsulas de la costa -cantábrica. Dejado Llanes, entramos a poco en una de las regiones -más áridas y tristes que pueden imaginarse, donde todo era piedra -y rocas, sin árboles ni hierba. La noche nos cogió en aquellos -lugares. Continuamos la marcha, no obstante, hasta llegar a una -aldea llamada Santo Colombo. Allí pasamos la noche en casa de un -carabinero, hombre atlético, a quien encontramos a la puerta, armado -de fusil. Era castellano, con todo el ceremonioso formulismo y la -grave urbanidad que en otro tiempo dieron tanta<span class="pagenum" -id="Page_294">[p. 294]</span> fama a sus compatriotas. Regañó a su -mujer porque hablaba con la criada delante de nosotros de asuntos -de la casa. «Bárbara—dijo—, esa conversación no puede interesarles -a unos caballeros forasteros; cállate, o vete a otra parte con -la <i>muchacha</i>.» No quiso aceptar remuneración alguna por su -hospitalidad. «Soy un <i>caballero</i> como ustedes—dijo—. No acostumbro -a albergar gente en mi casa para ganar dinero. A ustedes les admití -porque se les había hecho de noche y la <i>posada</i> estaba lejos.»</p> - -<p>Madrugamos mucho y seguimos nuestra ruta por un terreno tan triste -y pedregoso como el recorrido el día antes. En cuatro horas llegamos -a San Vicente, pueblo grande y destrozado, habitado principalmente -por miserables pescadores. Conserva, empero, notables reliquias de su -pasada magnificencia; el puente, tendido sobre la profunda y ancha -ría en cuya margen se alza la ciudad, no tiene menos de treinta y dos -arcos, y es de granito gris. Su fábrica es muy antigua; se halla tan -ruinoso en algunos sitios, que ofrece peligro.</p> - -<p>Dejando atrás San Vicente, caminamos unas cuantas leguas por la -costa; a veces atravesábamos alguna angosta ría. El terreno comenzó -a mejorar; en las cercanías de Santillana era ya fértil y ameno. -Como una hora antes de llegar al país de Gil Blas, atravesamos un -extenso bosque, con muchas<span class="pagenum" id="Page_295">[p. -295]</span> rocas y precipicios. En un lugar como éste se hallaba -la caverna de Rolando, según se cuenta en la novela. El bosque -tenía mala fama; el guía nos dijo que en él se cometían robos; pero -nada nos sucedió, y llegamos a Santillana a eso de las seis de la -tarde.</p> - -<p>No entramos en la ciudad; hicimos alto en una gran <i>venta</i> o -<i>posada</i>, en las afueras, delante de la que se alzaba un fresno -gigante. Apenas hospedados, estalló una espantosa tormenta de agua -y viento, con muchos truenos y relámpagos, que se prolongó sin -interrupción varias horas, y cuyos efectos observé durante el viaje -del siguiente día: todos los ríos que encontramos iban muy crecidos; -al borde del camino yacían descuajados algunos árboles. Santillana -cuenta con cuatro mil habitantes, y dista de Santander, adonde -llegamos al otro día temprano, seis leguas cortas.</p> - -<p>No hay cosa que contraste más con la región desolada y los pueblos -medio en ruinas que acabábamos de atravesar, que el bullicio y la -actividad de Santander, casi la única ciudad de España que no ha -padecido con las guerras civiles, a pesar de hallarse en los confines -de las Provincias Vascongadas, reducto del Pretendiente. Hasta las -postrimerías del siglo pasado, Santander era poco más que una obscura -ciudad de pescadores; pero en estos últimos años ha monopolizado casi -por completo el comercio<span class="pagenum" id="Page_296">[p. -296]</span> con las posesiones ultramarinas de España, especialmente -con la Habana. La consecuencia de esto ha sido que, mientras -Santander se enriquecía con rapidez, La Coruña y Cádiz han ido -decayendo al mismo paso. Santander posee un muelle muy hermoso, sobre -el que se alza una línea de soberbios edificios, mucho más suntuosos -que los palacios de la aristocracia en Madrid; son de estilo francés, -y en su mayoría los ocupan comerciantes. La población de Santander es -de unos sesenta mil habitantes.</p> - -<p>El día de mi llegada comí en la <i>table d’hôte</i> de la fonda -principal, regida por un genovés. La concurrencia era muy -mezclada: franceses, alemanes y españoles hablaban en sus idiomas -respectivos, y en una punta de la mesa, sentados frente a frente, -dos catalanes, uno de los cuales pesaría veinte arrobas, gruñían en -su áspero dialecto. Mucho antes de terminar la comida, un individuo -sentado junto al catalán corpulento monopolizó la atención y las -conversaciones de todos. Era un hombre delgado, de mediana estatura, -rubicundo y con una irregularidad en la mirada que, si no era -estrabismo, se le parecía mucho. Llevaba uniforme militar, azul, -y por el gusto de perorar se olvidaba de los manjares que tenía -delante. Hablaba en correctísimo español, pero con un leve acento -extranjero. Entretúvose un buen rato en discurrir acerca<span -class="pagenum" id="Page_297">[p. 297]</span> de la guerra y de sus -particularidades, criticando con mucha libertad la conducta de los -generales, tanto carlistas como <i>cristinos</i>, en la presente lucha, y, -por último, exclamó:</p> - -<p>—Si el Gobierno me diese veinte mil hombres tan sólo, acababa yo -la guerra en seis meses.</p> - -<p>—Dispense usted, señor—dijo un español sentado a la mesa—; la -curiosidad me mueve a pedirle a usted el favor de decirnos su -distinguido nombre.</p> - -<p>—Yo soy Flinter—contestó el militar—, nombre que las mujeres, los -niños y los hombres de España traen de boca en boca. Soy Flinter el -irlandés y acabo de escaparme de las garras de don Carlos en las -Provincias Vascongadas. Al morir Fernando me declaré por Isabel, -estimando que todo buen caballero irlandés al servicio de España -debía hacer otro tanto. Todos ustedes han oído hablar de mis hazañas; -permítanme ustedes decir que aún hubiese hecho mucho más si la -envidia de mi gloria no hubiese trabajado para privarme de los medios -de acción necesarios. Hace dos años me mandaron a Extremadura a -organizar las milicias. Las partidas de Gómez y de Cabrera entraron -en la provincia, sembrando la devastación en torno; con todo, me -encontraron en mi puesto, y si mis subalternos me hubieran secundado -como era debido,<span class="pagenum" id="Page_298">[p. 298]</span> -los dos cabecillas no habrían vuelto ante su amo a jactarse de -sus triunfos. Estando a la defensiva en mis atrincheramientos, se -destacó de las filas carlistas un hombre y nos intimó la rendición. -«¿Quién eres?»—le pregunté—. «Soy Cabrera»—respondió—. «Y yo soy -Flinter—repliqué desenvainando el sable—; retírate a tus líneas -o mueres inmediatamente.» Amedrentado, hizo lo que le mandé. Una -hora después nos rendimos. Me llevaron prisionero a las Provincias -Vascongadas, y los carlistas se regocijaron mucho con mi captura, -porque el nombre de Flinter era muy sonado en sus filas. Me arrojaron -en una mazmorra repugnante, donde estuve veinte meses. Hacía mucho -frío, yo estaba desnudo, pero no me desanimé por eso: mi indomable -espíritu no podía sentir tal flaqueza. Al cabo, mi carcelero se -compadeció de mis desdichas. Díjome que «le apesadumbraba ver morir -sin gloria a hombre tan valiente». Combinamos un plan de fuga, -adquirimos unos disfraces y nos lanzamos juntos a la ventura. Pasamos -inadvertidos hasta llegar a las líneas carlistas sobre Bilbao; allí -nos dieron el alto. Pero mi presencia de ánimo no me abandonó. Iba -yo disfrazado de carretero catalán, y la frialdad de mis respuestas -engañó a mis interrogadores. Nos dejaron pasar y no tardamos en -vernos en salvo dentro de los muros de Bilbao. Aquella noche hubo -iluminación<span class="pagenum" id="Page_299">[p. 299]</span> en -la ciudad, porque el león había roto sus redes, Flinter se había -escapado y volvía a reanimar una causa abatida. Acabo de llegar ahora -de Santander, de paso para Madrid, donde voy a pedir al Gobierno el -mando de veinte mil hombres.</p> - -<p>¡Pobre Flinter! Seguramente no se han visto juntos en el mismo -cuerpo un corazón más intrépido ni una boca más fanfarrona. Se fué -a Madrid y, por la influencia del embajador británico, amigo suyo, -obtuvo el mando de una pequeña división, con la que se dió traza -para sorprender y derrotar, en las cercanías de Toledo, un cuerpo -de carlistas al mando de Orejita, tres veces superior en número a -sus tropas. En pago de esa hazaña, el Gobierno, que era entonces -<i>moderado</i> o <i>juste milieu</i>, le persiguió con incansable animosidad; -el primer ministro, Ofalia, apoyó con toda su influencia numerosas -y ridículas acusaciones de robos y saqueos aducidas contra el -demasiado victorioso general por los canónigos carlistas de Toledo. -Fué asimismo acusado de negligencia por haber consentido, después de -la batalla de Valdepeñas, ganada también por él con gran intrepidez, -que las fuerzas carlistas se posesionaran de las minas de Almadén; -bien que el Gobierno, empeñado en perderle, hizo cuanto pudo para -impedir que se aprovechara de la victoria, negándole todo género de -recursos y refuerzos. Privado<span class="pagenum" id="Page_300">[p. -300]</span> de los frutos de su victoria, cegáronse sus esperanzas, -y una melancolía morbosa se apoderó del irlandés; resignó el mando, -y menos de diez meses después de haberle visto en Santander, dió a -sus cobardes y envidiosos enemigos un triunfo que los satisfizo, -cortándose el cuello con una navaja de afeitar.</p> - -<p>¡Almas ardorosas, nacidas en otros climas, que aspiráis a -distinguiros al servicio de España y a ganar recompensas y honores, -acordaos de la suerte de Colón y de otro no menos valiente y -apasionado: Flinter!</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_301">[Pg 301]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XXXV</h2> - <p class="subcentra"> - Salida de Santander.— Alarma nocturna.— La hoz tenebrosa. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">T</span><span class="smcap">enía</span> -yo encargado que mandaran desde Madrid a Santander 200 Testamentos; -con no pequeño disgusto hallé que no habían llegado, y supuse o -que los carlistas se habían apoderado de ellos en el camino, o que -mi carta se había extraviado. Pensé pedir a Inglaterra provisión -de ellos; pero abandoné la idea por dos razones: en primer lugar, -hubiera tenido que perder un mes aguardando, ocioso, su llegada, y -la ciudad era muy cara, y en segundo lugar, me encontraba muy mal de -salud y no podía procurarme buena asistencia médica en Santander. -Desde que salí de La Coruña me afligía una disentería terrible, -complicada últimamente con una oftalmía. Resolví, por tanto, -marcharme a Madrid. Pero no era esto empresa fácil. Partidas del -ejército de don Carlos, batidas en Castilla, merodeaban por la región -que yo iba a cruzar, sobre todo por la parte llamada La Montaña, de -modo que las comunicaciones<span class="pagenum" id="Page_302">[p. -302]</span> de Santander con el Sur estaban cortadas. Sin embargo, -determiné confiar, como siempre, en el Todopoderoso y afrontar el -peligro. Compré un caballejo, y en compañía de Antonio me puse en -camino.</p> - -<p>Antes de marcharme hablé con los libreros para el caso de que me -fuera posible enviarles un depósito de Testamentos desde Madrid; -arregladas las cosas a gusto mío, me puse en manos de la Providencia. -No me detendré en referir este viaje de 300 millas. Pasamos por en -medio del fuego, aunque parezca raro, sin chamuscarnos un pelo de -la cabeza. Delante, detrás y a cada lado de nosotros se cometían -robos, muertes y todo género de atrocidades; pero ni siquiera nos -ladró un perro, aunque en cierta ocasión se concertó un plan para -cogernos. A unas cuatro leguas de Santander, mientras echábamos -pienso a los caballos en la posada de un pueblo, vi salir corriendo -a un hombre que había estado cuchicheando con el mozo que nos -daba la cebada para las bestias. En el acto le pregunté lo que el -hombre le había dicho; pero obtuve sólo respuestas evasivas. Luego -resultó que hablaron de nosotros. Dos o tres leguas más lejos -había otro pueblo y otra posada, donde tenía pensado detenerme, -y de seguro lo dije así; pero al llegar a ella, como aún quedaba -bastante sol, decidí continuar hasta otra posada que creía encontrar -a una legua<span class="pagenum" id="Page_303">[p. 303]</span> -de distancia; me equivoqué en esto, porque no encontramos ninguna -hasta Ontaneda, a nueve leguas y media de Santander, donde había -un pequeño destacamento de soldados. A media noche nos despertó el -grito de alarma; el faccioso estaba cerca; acababa de llegar un -emisario del <i>alcalde</i> del pueblo inmediato, donde había tenido yo -intención de pernoctar, diciendo que una partida carlista había -sorprendido el lugar en busca de un espía inglés que suponían alojado -en la posada. Al oír esto, el oficial que mandaba la tropa no se -creyó seguro, y al instante reunió su gente y se retiró a un pueblo -próximo fortificado, guarnecido por un destacamento más poderoso. -Nosotros ensillamos los caballos y continuamos nuestro camino en la -obscuridad. Si los carlistas llegan a cogerme me hubieran fusilado en -el acto, y arrojado mi cuerpo en las peñas para pasto de buitres y -lobos. Pero «no estaba escrito», decía Antonio, que, como muchos de -sus compatriotas, era fatalista. A la noche siguiente nos libramos -también de buena: llegábamos cerca de la entrada de un paso horrible -llamado <i>El puerto de la puente de las tablas</i>, que atraviesa una -montaña pavorosa y negra, al otro lado de la cual está la ciudad -de Oña, donde me proponía pasar la noche. Hacía un cuarto de hora -que se había puesto el sol. De pronto un hombre, con el ros<span -class="pagenum" id="Page_304">[p. 304]</span>tro lleno de sangre, -salió precipitadamente de la hoz.</p> - -<p>—Vuélvase atrás, señor—dijo—, en nombre de Dios; en la hoz hay -ladrones, y acaban de robarme la mula y todo lo que tengo; con -trabajo he salido vivo de sus manos.</p> - -<p>No sé por qué no le hice caso, y sin responder seguí adelante; -cierto que estaba yo tan cansado y enfermo que me importaba muy poco -lo que pudiera sucederme. Entramos; a derecha e izquierda se alzaban -las rocas a pico e interceptaban la escasa luz del crepúsculo, de -suerte que en torno nuestro reinaban tinieblas sepulcrales o, más -bien, las tinieblas del valle de la sombra de muerte, y no sabíamos -por dónde íbamos; pero confiábamos en el instinto de los caballos, -que avanzaban con las cabezas pegadas al suelo. No se oía más ruido -que el fragor del agua al despeñarse por la hoz. A cada momento creía -que iba a sentir un puñal en el cuello; pero «no estaba escrito». -Atravesamos la hoz sin hallar ser humano, y a los tres cuartos de -hora de haber entrado en ella nos encontrábamos en la <i>posada</i> de la -ciudad de Oña, atestada de tropas y de paisanos armados en espera de -un ataque del grueso del ejército carlista, que andaba muy cerca.</p> - -<p>Bueno: llegamos a Burgos sin novedad; llegamos a Valladolid sin -novedad; pasamos el Guadarrama sin novedad, y, por último,<span -class="pagenum" id="Page_305">[p. 305]</span> llegamos sin novedad -a nuestra casa en Madrid. La gente ponderaba nuestra buena suerte; -Antonio decía: «No estaba escrito»; pero yo digo: Loado sea el Señor -por las mercedes que nos otorgó.</p> - - -<p class="fin">FIN DEL TOMO SEGUNDO</p> - - - -<hr class="chap" /> - - -<div class="footnotes"> - -<p class="centra">NOTAS</p> - -<div class="footnote"> <p id="Footnote_1"><span class="label"><a -href="#FNanchor_1">[1]</a></span> Borrow salió de Sevilla el 9 de -Diciembre de 1836, estuvo once días en Córdoba, de donde partió el -20, llegando a Aranjuez el 25 y a Madrid el 26. (Knapp.)</p> </div> - -<div class="footnote"> <p id="Footnote_2"><span class="label"><a -href="#FNanchor_2">[2]</a></span> Número 16, piso 3.º (Knapp.)</p> -</div> - -<div class="footnote"> <p id="Footnote_3"><span class="label"><a -href="#FNanchor_3">[3]</a></span> María Díaz murió en 1844. -(Knapp.)</p> </div> - -<div class="footnote"> <p id="Footnote_4"><span class="label"><a -href="#FNanchor_4">[4]</a></span> El primer contrato para imprimir -el Nuevo Testamento lo hizo con Mr. Charles Wood, impresor del -gobierno español. El contrato con Borrego es de 17 de Enero de 1837, -para reproducir la edición de Londres (1826) del N. T. de Scio. -(Knapp.)</p> </div> - -<div class="footnote"> <p id="Footnote_5"><span class="label"><a -href="#FNanchor_5">[5]</a></span> Borrow pensó primeramente en dar -por terminada su misión en la Península con la impresión del Nuevo -Testamento, dejando a otros el cuidado de distribuir la obra. Cambió -de idea y se ofreció a desempeñar en persona ese cometido; los -directores de la Sociedad Bíblica aceptaron su propuesta, recibiendo -Borrow la autorización oficial dos días después de terminarse la -tirada del libro. (Knapp.)</p> </div> - -<div class="footnote"> <p id="Footnote_6"><span class="label"><a -href="#FNanchor_6">[6]</a></span> Buena suerte, Antonio.</p> </div> - -<div class="footnote"> <p id="Footnote_7"><span class="label"><a -href="#FNanchor_7">[7]</a></span> He aquí la original copla bilingüe -que damos traducida en el texto:</p> - -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2">The <i>Romany chal</i> to his horse did cry,</span> -<span class="i0">As he placed the bit in his horse’s jaw.</span> -<span class="i0">«<i>Kosko gry! Romany gry!</i></span> -<span class="i0"><i>Muk man kistur tute knaw!</i>»</span> -</div></div> -</div> - -<div class="footnote"> <p id="Footnote_8"><span class="label"><a -href="#FNanchor_8">[8]</a></span> Plural de <i>chabó</i> o <i>chabé</i>: mozo, -joven, compañero.</p> </div> - -<div class="footnote"> <p id="Footnote_9"><span class="label"><a -href="#FNanchor_9">[9]</a></span> Soldados.</p> </div> - -<div class="footnote"> <p id="Footnote_10"><span class="label"><a -href="#FNanchor_10">[10]</a></span> <i>Parugar</i>: trocar, traficar. -<i>Graste</i>: caballo.</p> </div> - -<div class="footnote"> <p id="Footnote_11"><span class="label"><a -href="#FNanchor_11">[11]</a></span> Feria.</p> </div> - -<div class="footnote"> <p id="Footnote_12"><span class="label"><a -href="#FNanchor_12">[12]</a></span> Caballero.</p> </div> - -<div class="footnote"> <p id="Footnote_13"><span class="label"><a -href="#FNanchor_13">[13]</a></span> Plural de <i>Caloró</i>: gitano.</p> -</div> - -<div class="footnote"> <p id="Footnote_14"><span class="label"><a -href="#FNanchor_14">[14]</a></span> <i>Bul</i>; <i>Bullati</i>: el ano.</p> -</div> - -<div class="footnote"> <p id="Footnote_15"><span class="label"><a -href="#FNanchor_15">[15]</a></span> Un hombre no gitano; un -gentil.</p> </div> - -<div class="footnote"> <p id="Footnote_16"><span class="label"><a -href="#FNanchor_16">[16]</a></span> Granada.</p> </div> - -<div class="footnote"> <p id="Footnote_17"><span class="label"><a -href="#FNanchor_17">[17]</a></span> ¡Quita de ahí! ¡Déjame!</p> </div> - -<div class="footnote"> <p id="Footnote_18"><span class="label"><a -href="#FNanchor_18">[18]</a></span> Estos «cuadros de Murillo» son -imaginarios, observa el editor U. R. Burke.</p> </div> - -<div class="footnote"> <p id="Footnote_19"><span class="label"><a -href="#FNanchor_19">[19]</a></span> Posiblemente Cisneros o Calzada. -(Nota del editor Burke.)</p> </div> - -<div class="footnote"> <p id="Footnote_20"><span class="label"><a -href="#FNanchor_20">[20]</a></span> El nombre del arriero era Pedro -Mato. La estatua es de madera. (Nota del editor Burke.)</p> </div> - -<div class="footnote"> <p id="Footnote_21"><span class="label"><a -href="#FNanchor_21">[21]</a></span> Es un error: <i>Lucus Augusti</i> fué -sólo capital de la Galicia septentrional; <i>Bracara Augusta</i> (Braga), -de la meridional; el Miño las dividía. (Nota del editor Burke.)</p> -</div> - -<div class="footnote"> <p id="Footnote_22"><span class="label"><a -href="#FNanchor_22">[22]</a></span> Vocablo del dialecto milanés, -según Borrow y su anotador Burke, equivalente a vagar sin rumbo.</p> -</div> - -<div class="footnote"> <p id="Footnote_23"><span class="label"><a -href="#FNanchor_23">[23]</a></span> Alude a D. Pelayo Gómez de -Sotomayor, primer enviado de Enrique III cerca de Tamerlán.</p> </div> - -<div class="footnote"> <p id="Footnote_24"><span class="label"><a -href="#FNanchor_24">[24]</a></span> El abogado se llamaba D. Claudio -González y Zúñiga, autor de la <i>Descripción Económica de la Provincia -de Pontevedra</i>. Pontevedra, 1834. (Knapp).</p> </div> - -<div class="footnote"> <p id="Footnote_25"><span class="label"><a -href="#FNanchor_25">[25]</a></span> El alcalde de Corcubión no -necesitaba saber inglés para leer a Bentham, porque desde 1820 a -1837 gran parte de sus escritos se habían traducido y publicado en -España. Las obras completas fueron publicadas en español por Baltasar -Anduaga Espinosa, Madrid, 1841-1843, 14 vols. en 4.º El calificativo -de «Solón inglés» que Borrow pone en boca del alcalde está tomado -de un artículo del <i>Monthly Magazine</i>, que Borrow conocía bien. Su -indiferencia por Bentham nace de la secreta hostilidad que Borrow -profesaba al Dr. Bowring, uno de los agentes principales de la -introducción de las obras de Bentham en la Península. (Knapp.)</p> -</div> - -<div class="footnote"> <p id="Footnote_26"><span class="label"><a -href="#FNanchor_26">[26]</a></span> ¿Avilés?</p> </div> - -</div> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="transnote" id="tnote"> - <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p> - - <ul> - <li>Se ha respetado la ortografía original, normalizándola a la - grafía de mayor frecuencia.</li> - - <li>Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar.</li> - - <li>Las páginas en blanco han sido eliminadas.</li> - - <li>Se ha reparado el emparejamiento de los puntos de admiración e - interrogación, y de los paréntesis y comillas.</li> - - <li>El transcriptor ha creado la imagen de la cubierta y la sitúa - en el dominio público.</li> - </ul> -</div> -</div> - -<p> </p> -<p> </p> -<hr class="full" /> - -<p>***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA BIBLIA EN ESPAÑA, TOMO II (DE 3)***</p> -<p>******* This file should be named 51020-h.htm or 51020-h.zip *******</p> -<p>This and all associated files of various formats will be found in:<br /> -<a href="http://www.gutenberg.org/dirs/5/1/0/2/51020">http://www.gutenberg.org/5/1/0/2/51020</a></p> -<p> -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed.</p> - -<p>Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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Contact the Foundation as set forth in Section 3 below.</p> - -<p>1.F.</p> - -<p>1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable -effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread -works not protected by U.S. copyright law in creating the Project -Gutenberg-tm collection. Despite these efforts, Project Gutenberg-tm -electronic works, and the medium on which they may be stored, may -contain "Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate -or corrupt data, transcription errors, a copyright or other -intellectual property infringement, a defective or damaged disk or -other medium, a computer virus, or computer codes that damage or -cannot be read by your equipment.</p> - -<p>1.F.2. 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It -exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations -from people in all walks of life.</p> - -<p>Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's -goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg-tm and future -generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see -Sections 3 and 4 and the Foundation information page at -www.gutenberg.org.</p> - -<h3>Section 3. Information about the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation</h3> - -<p>The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by -U.S. federal laws and your state's laws.</p> - -<p>The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the -mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its -volunteers and employees are scattered throughout numerous -locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt -Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to -date contact information can be found at the Foundation's web site and -official page at www.gutenberg.org/contact</p> - -<p>For additional contact information:</p> - -<p> Dr. Gregory B. Newby<br /> - Chief Executive and Director<br /> - gbnewby@pglaf.org</p> - -<h3>Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation</h3> - -<p>Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS.</p> - -<p>The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. Compliance requirements are not uniform and it takes a -considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up -with these requirements. We do not solicit donations in locations -where we have not received written confirmation of compliance. To SEND -DONATIONS or determine the status of compliance for any particular -state visit <a href="http://www.gutenberg.org/donate">www.gutenberg.org/donate</a>.</p> - -<p>While we cannot and do not solicit contributions from states where we -have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition -against accepting unsolicited donations from donors in such states who -approach us with offers to donate.</p> - -<p>International donations are gratefully accepted, but we cannot make -any statements concerning tax treatment of donations received from -outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.</p> - -<p>Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation -methods and addresses. 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Thus, we do not -necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper -edition.</p> - -<p>Most people start at our Web site which has the main PG search -facility: www.gutenberg.org</p> - -<p>This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.</p> - -</body> -</html> - diff --git a/old/51020-h/images/cover.jpg b/old/51020-h/images/cover.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 588132e..0000000 --- a/old/51020-h/images/cover.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/51020-h/images/logo.jpg b/old/51020-h/images/logo.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index cd41a79..0000000 --- a/old/51020-h/images/logo.jpg +++ /dev/null |
