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If you are not located in the United States, you'll have -to check the laws of the country where you are located before using this ebook. - - - - -Title: La Biblia en España, Tomo I (de 3) - O viajes, aventuras y prisiones de un inglés en su intento de difundir las Escrituras por la Península - - -Author: George Borrow - - - -Release Date: January 24, 2016 [eBook #51019] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - - -***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA BIBLIA EN ESPAÑA, TOMO I (DE -3)*** - - -E-text prepared by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box, and the Online -Distributed Proofreading Team (http://www.pgdp.net) from page images -generously made available by Internet Archive/Canadian Libraries -(https://archive.org/details/toronto) - - - -Note: Project Gutenberg also has an HTML version of this - file which includes the original illustration. - See 51019-h.htm or 51019-h.zip: - (http://www.gutenberg.org/files/51019/51019-h/51019-h.htm) - or - (http://www.gutenberg.org/files/51019/51019-h.zip) - - - Images of the original pages are available through - Internet Archive/Canadian Libraries. See - https://archive.org/details/labibliaenespa01borr - - - Project Gutenberg has the other two volumes of this work. - Tomo II: see http://www.gutenberg.org/ebooks/51020 - Tomo III: see http://www.gutenberg.org/ebooks/51689 - - -NOTA DE TRANSCRIPCIÓN - - En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_ - y las versalitas como MAYÚSCULAS. - - Se ha completado el índice con menciones, entre corchetes, - al material introductorio que no se refleja en él. - - - - - -COLECCIÓN GRANADA - -VIAJES - -BORROW: LA BIBLIA EN ESPAÑA -TRAD. DEL INGLÉS POR M. AZAÑA - - -LA BIBLIA EN ESPAÑA - -POR - -BORROW - -TRADUCCIÓN DIRECTA DEL INGLÉS -POR MANUEL AZAÑA - -TOMO I - - - - - - - -[Ilustración] - -COLECCIÓN GRANADA -JIMÉNEZ-FRAUD, Editor.—MADRID - - -ES PROPIEDAD -QUEDA HECHO EL DEPÓSITO QUE MARCA -LA LEY - -Imprenta Clásica Española. Glorieta de Chamberí. Madrid. - - - - -NOTA PRELIMINAR - - -Tomás Borrow, de familia de labradores establecida desde muy antiguo -cerca de Liskeard, en Cornwall, se fugó de su casa, siendo todavía -mozo, por esquivar las consecuencias de una fechoría juvenil, y sentó -plaza de soldado en 1783. Diez años más tarde, cuando era sargento, -se casó con Ana Preferment, hija de un agricultor de East Dereham, -Norfolk, de abolengo francés probablemente. En 1798, Tomás Borrow -obtuvo el grado de capitán, del que no pasó en su carrera militar. -En 1800 le nació un hijo, Juan Tomás, que fué pintor y soldado, y -acabó por emigrar a Méjico en busca de fortuna, muriendo en aquellas -tierras en 1834. El 5 de julio de 1803 nació en East Dereham el hijo -segundo del matrimonio Borrow, Jorge Enrique, el cual, treinta y -tres años más tarde, había de ser popular en Madrid con el nombre -de _Don Jorgito el inglés_. La infancia de Jorge transcurrió en -diferentes poblaciones de Inglaterra y de Escocia, merced a los -cambios de guarnición del regimiento en que servía su padre. Viajó -primeramente por las provincias de Sussex y Kent, y en 1808 y 1810 -estuvo otra vez en su pueblo natal. Jorge era «un niño triste, que -gustaba de permanecer horas enteras en un rincón solitario, con la -cabeza caída sobre el pecho, dominado por un abatimiento peculiar; a -veces sentía una impresión de miedo muy extraña, hasta de horror, -sin causa real». Sus padres le dejaban vagar libremente por los -campos. En 1810 conoció a Ambrosio Smith, el gitano a quien después -representó en sus escritos con el nombre de Jasper Petulengro, y se -juraron fraternidad. El desarrollo mental de Jorge fué algo tardío. -Comenzó los estudios de humanidades en Dereham, y los continuó -en Edimburgo, después en Norwich, y el año 1815 en la «Academia -Protestante» de Clonmel (Irlanda), adonde el regimiento de su padre -fué destinado. La vida escolar le curó de sus hábitos insociables y -de su reserva. A Jorge le gustaban los estudios, pero no la sujeción -de la escuela. Sentía inclinación natural por los idiomas, y los -aprendía con desusada facilidad; su memoria era descomunal. Amaba la -vida al aire libre y los deportes. Las aventuras, propias o ajenas, -reales o soñadas, encandilaban su imaginación. En Irlanda, además de -aprender la lengua del país, se había hecho gran jinete. Terminadas -las guerras napoleónicas, y licenciado el regimiento, los Borrow se -establecieron en Norwich. Jorge leía griego en la _Grammar School_, y -de un emigrado francés tomaba lecciones de este idioma, de italiano y -de español; cultivaba, además, la caza y el pugilismo. Los gastos y -las costumbres de Jorge le hicieron antipático a su padre; no se le -parecía en nada, teníale por un verdadero gitano, y, desentendiéndose -de él en lo posible, le dejaba hacer cuanto quería. En 1818, Jorge -se encontró de nuevo con Ambrosio Smith, o Jasper Petulengro, y, -yéndose con él a un campamento de gitanos, los acompañó por ferias y -mercados, se inició en sus costumbres y aprendió su idioma. - -Llegado el momento de adoptar una profesión que le diese para vivir, -Jorge, dudoso entre la Iglesia y el Foro, se decidió por el último; -así se lo aconsejó un amigo, en situación semejante a la suya, -diciéndole que la abogacía «era la mejor carrera para quienes (como -ellos) no pensaban ejercer ninguna». El padre de Jorge le costeó el -aprendizaje, colocándole en 1819 de pasante en casa de unos curiales -de Norwich. Pero Jorge debía de tener mediana afición a los pleitos. -Aprendió galés, danés, hebreo, árabe, armenio, y en el despacho de -sus maestros trabajaba en traducir de esas lenguas al inglés; su -amigo William Taylor le enseñó el alemán. Así vivió el pobre cinco -años, amarrado a un oficio tan opuesto a su vocación. Quizás la -lectura de libros de viajes y aventuras le fué entonces más gustosa -y necesaria que nunca, como desquite de la aridez de su empleo. A -Jorge Borrow le gustaban mucho _Gil Blas_, el _Peregrino_ de Bunyan, -Sterne, el _Childe Harold_, y, sobre todos, De Foe. «¡Oh genio de De -Foe, yo te saludo!—exclama en su autobiografía—. ¡Cuánto no te debe -el mío pobrísimo!» - -En 1824, el capitán Tomás Borrow murió, dejando por heredera de sus -escasas rentas a su mujer. Jorge, que llegaba entonces a la mayor -edad, se marchó a Londres a buscarse la vida en cuanto terminó -su contrato de pasantía. Llevaba por todo capital un legajo de -traducciones; pero sus esperanzas eran muchas. Su primera estancia -en Londres fué poco placentera. Luchaba con la escasez, con la falta -de salud, con la inseguridad del trabajo, y padeció además la crisis -característica de la juventud al encararse indefensa con la vida, y -las amarguras de la vocación que busca a tientas su camino. Jorge -se interrogaba acerca del valor de la existencia y de la verdad: -«¿Qué es la verdad? ¿Qué es lo bueno y lo malo? ¿Para qué he nacido? -¿Todo perecerá y será olvidado, todo es vanidad?» Y no encontraba -respuesta satisfactoria. El futuro misionero era entonces ateo -empedernido; su amigo Taylor, además de enseñarle el alemán, le -inculcó la irreligión. La tristeza y el descorazonamiento de Jorge -fueron tales, que sus amigos temieron verle poner fin a sus días. -Por aquella época publicó Borrow algunas traducciones de poesías -extranjeras (varios romances españoles[1]); escribió, por encargo de -un editor, una colección de «causas célebres»[2], y tradujo para una -revista fragmentos de leyendas danesas[3]. Pero en 1825, el periódico -en que escribía desapareció; riñó, además, con el editor que le daba -trabajo, y se quedó en la calle con sus manuscritos y un puñado de -dinero. Supónese que el anuncio de un librero le indujo a escribir, -para zafarse de sus apuros del momento, una _Vida y aventuras de José -Sell_, obra publicada, al parecer, con otros cuentos y narraciones en -una colección que hoy no se sabe cuál fué. Vendida la obra, Borrow se -marchó de Londres, abandonando la literatura, y viajó a pie en busca -de salud corporal y de paz para su ánimo. Cuatro meses duró su vida -errante. Volvió a encontrar a Jasper Petulengro, y se fué con él a -vivir en hermandad con los gitanos, trabajando en hacer herraduras, -y preso en las redes honestas de una linda moza de la tribu. Después -compró un caballo, y recorrió Inglaterra en busca de aventuras. -Cuando estos viajes concluyeron, Jorge Borrow tenía veintidós años. -Era alto, flaco, zanquilargo, de rostro oval y tez olivácea; tenía -la nariz encorvada, pero no demasiado larga; la boca bien dibujada, -y ojos pardos, muy expresivos. Una canicie precoz le dejó la cabeza -completamente blanca. Las cejas, prominentes y espesas, ponían en su -rostro un violento trazo oscuro. - - [1] «Bernard’s Address to his army», a ballad from the Spanish; - «The singing Mariner», a ballad from the Spanish; «The french - Princess», a ballad from the Spanish. En «Monthly Magazine», - volumen 57. (1824). - - [2] «Celebrated Trials, and Remarkable Cases of Criminal - Jurisprudence, from the earliest records to the year 1825». Seis - volúmenes. Knight and Lacey. London, 1825. - - [3] «Danish Traditions and Superstitions». En «Monthly Magazine», - vols. 58, 59, 60. - -Jorge Borrow, al escribir, andando el tiempo, sus narraciones -autobiográficas, se empeñó en rodear de misterio ciertos años de -su vida (1826-1832), y con alusiones más o menos veladas (algunas -encontrará el lector en _La Biblia en España_,) quiso dar a entender -que se había visto envuelto en misteriosas aventuras y dado cima -a dilatados viajes por países como la India, China y Tartaria. -Ignórase, en efecto, lo que Borrow hizo en esos años; pero, en -sentir de sus biógrafos más autorizados, es excesivo tanto misterio. -Probablemente, Borrow vivió todo ese tiempo sin ocupación fija; viajó -un poco, y escribió por gusto y por encargo. En 1826 se publicó una -colección de sus traducciones del danés[4] con otras composiciones -suyas. Dos años más tarde apareció una traducción de las _Memorias de -Vidocq_[5], atribuída a Borrow; insertó en algunas revistas trabajos -de menos importancia. Viajó por la Europa occidental, y parece que -estuvo en Madrid, pero este viaje no pudo entrar en el marco de _La -Biblia en España_. - - [4] «Romantic Ballads», Translated from the Danish and - Miscellaneous pieces, by George Borrow. Norwich, S. Wilkin. 1826. - - [5] «Memoirs of Vidocq», principal agent of the French police - until 1827. Writen by himself. Translated from the French. 4 - vols. London, Whittaker, Treacher and Arnot. 1828-29. - -Un gran cambio sobrevino en la vida de Jorge Borrow durante el año -1833, que decidió de su destino. Conocía Jorge Borrow a una familia -residente en Oulton Hall, cerca de Lowestoft (Suffolk), de la que -formaba parte Mrs. Mary Clarke, de treinta y seis años, viuda -de un marino. Un reverendo pastor, relacionado con esa familia, -indujo a Jorge Borrow a solicitar de la Sociedad Bíblica Británica -y Extranjera un empleo donde pudiera utilizar su conocimiento de -los idiomas. Jorge se fué a pie a Londres, y en veintidós horas -recorrió una distancia de ciento veinte millas. En su frugal pobreza, -Jorge sólo gastó en el viaje cinco peniques y medio, en un litro -de cerveza, medio de leche, un pedazo de pan y dos manzanas. Los -señores de la Sociedad Bíblica, después de examinarle de lenguas -orientales durante una semana, le preguntaron si estaba dispuesto -a aprender en seis meses la lengua manchú. Aceptó Jorge, y con -un buen viático se volvió a Norwich, ya en diligencia; estudió -con ahinco y a los seis meses triunfaba en las pruebas a que sus -futuros jefes le sometieron. Por aquellos mismos días, Jorge Borrow -se retractó de su ateísmo; ya fuese por influjo de Mrs. Clarke, o -porque las ideas que le inculcó su amigo Taylor arraigaron poco en -su espíritu y se marchitaron al acercarse la treintena, lo cierto es -que Borrow profesó un protestantismo tan fanático como el ateísmo -que abandonaba. No tardó en asimilarse el «tono misionero» ni en -adoptar la jerga propia de sus patronos. Cuando aún se hallaba en -curso su nombramiento, uno de secretarios de la Sociedad Bíblica -censuraba así el estilo de una carta de Borrow: «Perdóneme usted si, -como sacerdote, y mayor que usted en años, aunque no en talento, -me atrevo, con la mejor intención, a hacerle una advertencia que -podrá no ser inútil.» Acota una frase que ha llamado la atención de -algunos de «los excelentes miembros de nuestro Comité»: aquella en -que «habla usted de la perspectiva de ser _útil a la Divinidad, al -hombre y a usted mismo_. Sin duda, quiso usted decir la _perspectiva -de glorificar a Dios_; pero el giro de sus palabras nos hizo pensar -en ciertos pasajes de la Escritura, tales como Job, XXI, 2, etc.» -La respuesta de Borrow debió de ser tal, que el mismo reverendo -le escribía: «El espíritu de su última carta es verdaderamente -cristiano, en armonía con aquella regla sentada por el mismo Cristo, -y de la que Él dió, en cierto sentido, tan prodigioso ejemplo, que -dice: El que se humille será ensalzado.» Finalmente, la Sociedad -Bíblica aceptó los servicios de Borrow y le envió a Rusia, para -donde salió sin dilación, a mediados de año, a colaborar en la -transcripción y colación del manuscrito de la Biblia traducida al -manchú, y en la impresión del Nuevo Testamento en la misma lengua. - -Jorge Borrow estuvo en Rusia hasta septiembre de 1835. Sirvió con -celo y buen éxito a la Sociedad Bíblica; visitó Moscú y Nowgorod, -y proyectó un viaje a China, a través del Asia, para distribuir el -Evangelio por el Oriente. El Gobierno ruso le negó los pasaportes. -Ese proyecto de viaje fué, en opinión de uno de sus biógrafos, -el único motivo que tuvo Borrow para creer, y hacérselo creer a -sus lectores, que había estado en el Oriente remoto[6]. Durante -su estancia en Rusia tradujo al ruso unas homilías de la iglesia -anglicana, y publicó en San Petersburgo dos colecciones de poesías -traducidas por él al inglés: _Targum_[7] y el _Talismán_[8]. - - [6] «¿No le ha chocado a usted nunca—le escribía en una ocasión - su amigo el danés Hasfeldt—cuánto se parece usted al buen - hidalgo Don Quijote de la Mancha? A mi juicio, podría usted - pasar fácilmente por hijo suyo.» W. Knapp: _Life, writings and - correspondence of George Borrow_. London, Murray, 1899. Vol. I, - pág. 190. - - [7] «Targum, or Metrical translations from thirty languages and - dialects», by George Borrow. St. Petersburg, Schulz and Beneze, - 1835. - - [8] «The Talisman», from the Russian of Alexander Pushkin, with - other pieces. St. Petersburg, Schulz and Beneze, 1835. - -En octubre de 1835 volvió Jorge Borrow a Inglaterra, y, apenas -llevaba un mes en su país, la Sociedad Bíblica decidió utilizar de -nuevo sus servicios, enviándole a Lisboa y Oporto con encargo de -acelerar la propagación de la Biblia en Portugal. Ni la Sociedad -Bíblica ni Jorge Borrow preveían entonces que sus campañas en la -Península iban a tener la importancia que después adquirieron. Para -la Sociedad, el envío de Borrow a Portugal era un empleo interino, -en espera de que se decidiese su viaje a China. Borrow ignoraba si -tendría o no en Portugal libertad suficiente para lanzarse a una -propaganda intensa, ni si el ánimo de la gente se hallaría bien -dispuesto para recibirla. Jorge Borrow se embarcó en Londres el 6 de -noviembre de 1835, y llegó a Lisboa el 13 del mismo mes[9]; visitó -los alrededores de la capital, hizo una excursión por el Alemtejo, -y de estos viajes y de sus conversaciones con el representante de -la Sociedad Bíblica en Lisboa nació la determinación de aplazar -sus trabajos en Portugal. Borrow resolvió pasar a España. Salió de -Lisboa para Badajoz el 1.º de enero de 1836, cruzó la frontera el día -6, detúvose en Badajoz diez días, y por Mérida, Oropesa y Talavera -llegó a Madrid. Por el camino fué madurando su plan de campaña: -le pareció necesario, ante todo, hacer en España una tirada de la -Biblia en castellano, porque sólo podían circular las impresas en el -reino. Pero lo difícil no era eso; lo difícil era obtener permiso -para imprimirla _sin notas_. Desde la invención de la imprenta, -hasta 1820, no se había impreso en España ninguna traducción de la -Biblia descargada de comentarios y notas, y que fuese, por tanto, -de tamaño manual y de precio reducido, accesible a todos. En 1790 -apareció la traducción de Scio, en diez volúmenes en folio, y en -1823, la de Amat, en nueve volúmenes en cuarto. Al amparo de la fugaz -libertad política, instaurada por la Revolución de 1820, se imprimió -en Barcelona (1820) el Nuevo Testamento, traducción de Scio, pero -sin notas; desde entonces, hasta la llegada de Borrow a España, -nada más se había hecho. La propaganda de las Sociedades bíblicas -no consiste, esencialmente, en predicar una confesión determinada, -sino en difundir la lectura de la Biblia, poniendo al alcance del -mayor número el texto genuino de la Escritura. Como, en opinión de -los cristianos reformados, los dogmas y prácticas de la Iglesia -romana contradicen la letra y el espíritu del libro sagrado, basta -la lectura de su texto auténtico, y la restauración del sentido -propio en su inteligencia e interpretación, para minar las bases de -la dominación papista. Así, Borrow, abundando en las intenciones de -sus directores, y con autorización expresa de ellos, gestionó desde -luego el permiso que necesitaba para imprimir el Evangelio sin notas, -y, vencidas no pocas dificultades, se dispuso a reimprimir en Madrid -la traducción del Nuevo Testamento, de Scio, editada sin notas por -la Sociedad Bíblica en Londres, 1826. Borrow y la Sociedad Bíblica -desconocían las versiones castellanas de la Biblia, hechas por los -antiguos reformistas españoles, libros rarísimos entonces. - - [9] Fechas establecidas por Mr. Knapp, separándose de las que - Borrow da en _La Biblia en España_. - -Borrow se fué de Madrid a los pocos días de la revolución de La -Granja, estuvo en Granada y Málaga (viaje no referido en _La -Biblia en España_), se embarcó en Gibraltar, llegó a Londres el 3 -de octubre, instó en la Sociedad Bíblica la inmediata apertura de -la campaña de propaganda en España, y, aceptados sus planes, se -reembarcó el 4 de noviembre, llegando a Cádiz el 22 del mismo mes. -Por Sevilla y Córdoba se dirigió Borrow a Madrid, adonde llegó el 26 -de diciembre. No perdió el tiempo. En 14 de enero de 1837 firmaba -con Andrés Borrego el contrato para la impresión del Evangelio, y -en 1.º de mayo siguiente se publicó el libro[10]. Borrow obtuvo -de la Sociedad Bíblica autorización para repartir en persona la -obra por pueblos, y, dejando en Madrid encargado de sus asuntos a -don Luis de Usoz y Río, emprendió, acompañado de su famoso criado -griego, el larguísimo viaje por Castilla la Vieja, Galicia, Asturias -y Santander, que duró desde mayo a noviembre de 1837. De regreso -en Madrid, imprimió dos nuevas traducciones parciales del Nuevo -Testamento: una traducción del Evangelio de San Lucas al caló[11], -hecha por él, y otra del mismo Evangelio al vascuence, por un señor -Oteiza[12]. - - [10] El Nuevo Testamento, traducido al español de la Vulgata - Latina, por el Rmo. P. Phelipe Scio de S. Miguel, de las Escuelas - Pías, obispo electo de Segovia. Madrid. Imprenta a cargo de don - Joaquín de la Barrera, 1837. En 8.º, 534 págs. - - [11] Embeo e Majaró Lucas. Brotoboro rodado andré la chipé - griega, acána chibado andré o Romanó, o chipé es Zincales de Sesé. - - El Evangelio según S. Lucas, traducido al Romaní, o dialecto de - los gitanos de España. [Madrid], 1837. En 16.º, 177 págs. - - _Segunda edición_: Criscote e Majaró Lucas, chibado andré o - Romanó, o chipé es Zincales de Sesé. - - El Evangelio según S. Lucas, traducido al romaní, o dialecto de - los gitanos de España. Lundra, 1872. En 16.º, 177 págs. - - [12] Evangelioa San Lucasen Guissan. El Evangelio según S. - Lucas, traducido al vascuence. Madrid. Imprenta de la Compañía - Tipográfica, 1838. En 16.º, 176 págs. - -La publicación del Evangelio en _caló_, la apertura de un _Despacho -de la Sociedad Bíblica_ en la calle del Príncipe, los métodos -empleados por Borrow para llamar la atención del público hacia -su obra y ciertas imprudencias de otros agentes de la Sociedad -en España, provocaron la intervención de las autoridades y -desencadenaron una borrasca, en la que naufragó la propaganda -evangélica y, a la larga, puso fin a los trabajos de Borrow en -España; de ella nació también un primer disentimiento entre la -Sociedad y su agente, disentimiento que terminó en ruptura. En enero -del 38, el jefe político de Madrid secuestró los libros existentes -en la tienda abierta por Borrow; en mayo, fué preso _Don Jorge_ por -desacato a un agente de la autoridad y por vender libros impresos -fuera del reino, introducidos en España con infracción de las leyes -vigentes. Borrow cuenta en _La Biblia en España_ la historia del -secuestro y de su prisión; pero omite ciertos hechos que influyeron -grandemente en aquellas resoluciones del Gobierno, hechos que Borrow -no conoció hasta después de salir de la cárcel. Había por entonces -en España otro agente de la Sociedad Bíblica, llamado Graydon, que -operaba principalmente en las provincias de Levante. Graydon, que -imprimió en Barcelona una edición del Nuevo Testamento y otra de -la Biblia (A. y N. T.), sin notas, en 1837, no se limitaba, como -Borrow, a propagar el libro, sino que repartía folletos, prospectos -y opúsculos atacando al Gobierno moderado, al clero español y a sus -doctrinas. Esta conducta produjo algunos escándalos en Valencia, -Murcia y Málaga; y como Graydon se proclamaba, no sólo agente de -la Sociedad Bíblica, sino íntimo colaborador y asociado de Borrow, -dió pretexto para que el Gobierno, movido por los curas, desfogara -su inquina tratando a don Jorge con extremado rigor. La prisión -de Borrow y las reclamaciones del ministro británico produjeron, -como puede suponerse, una reunión precipitada del Consejo de -ministros, un ofrecimiento de dimisión por parte del jefe político, -e interpelaciones en las Cortes censurando al Gobierno... por su -lenidad. Excarcelado Borrow, supo por el ministro británico la parte -que la conducta de Graydon había tenido en sus persecuciones, y se le -ocurrió escribir sendas cartas al _Correo Nacional_ y a la Sociedad -Bíblica desautorizando y condenando el proceder de su colega. En -la carta al _Correo Nacional_, publicada el 27 de mayo, se titula -«único agente autorizado en España de la S. B.». En la carta a sus -directores de Londres, luego de referir las entrevistas del ministro -británico con Ofalia, dice respecto de Graydon: «Hasta el momento -presente, ese hombre ha sido el ángel malo de la causa de la Biblia -en España, y también el mío, y ha empleado tales procedimientos y -escogido de tal modo las ocasiones, que casi siempre ha conseguido -derribar los planes hacederos trazados por mis amigos y por mí para -la propagación del Evangelio de una manera permanente y segura.» -La respuesta de la Sociedad fué un cruel desengaño para Borrow: -reconocíase en ella que Graydon era tan legítimo representante de la -Sociedad Bíblica como él; no se accedía a desautorizar y condenar -su proceder, y, además se le advertía a Borrow que, en adelante, se -abstuviese de publicar cartas como la del _Correo Nacional_. Por su -parte, el Gobierno español, tras algunos artículos oficiosos en que -se le excitaba a proceder «con mano dura» contra los escarnecedores -de la religión, prohibió de Real orden (25 de mayo) la circulación y -venta del Nuevo Testamento editado por Borrow. - -En relaciones poco cordiales con sus jefes y frente a la hostilidad -resuelta de los gobernantes españoles, Borrow no podía ya realizar -en la Península una obra duradera ni fructífera. Aquel verano del -38 anduvo don Jorge por La Sagra y por tierras de Segovia. El 24 -de agosto llegó a sus manos la orden de sus jefes llamándole a -Inglaterra, y, allá se fué, a través de Francia, y en tres o cuatro -meses que permaneció en su país zanjó sus diferencias con los -directores y logró que le enviaran a España por tercera y última vez. -El 31 de diciembre de 1838 desembarcó en Cádiz, y, salvo los tres -primeros meses, que pasó en Madrid dedicado a la propaganda, casi -todo el año 39 estuvo en Sevilla, en relativa inacción. Allí fueron a -buscarle Mrs. Clarke y su hija, a quienes instaló en su propia casa -de la _Plazuela de la Pila Seca_; hizo, solo, un viaje a Tánger, -donde le alcanzó la orden del Comité de la Sociedad Bíblica dando -por terminada su misión en España, y en Tánger se acaba bruscamente -la narración de sus aventuras. De retorno en Sevilla, anunció su -matrimonio con Mrs. Clarke (la _Señá Biuda_ con _Don Jorgito el -Brujo_), y comenzó los preparativos para volver a Inglaterra. -Una disputa con un alcalde de barrio de Sevilla le costó ir a la -cárcel, donde le tuvieron treinta horas; todavía estuvo en Madrid -gestionando las reparaciones debidas por ese agravio, y en abril de -1840 se embarcó para Inglaterra con Mrs. Clarke y su hija y su corcel -árabe. Apenas tomó tierra, se casó, y fué a instalarse a _Oulton -Cottage_ (Lowestoft), propiedad de su esposa, donde vivió muchos años -entregado a las pacíficas tareas literarias. - -Lo primero que publicó fué su obra sobre gitanos[13], en la que -había trabajado mucho durante su permanencia en España. Contiene -una descripción preliminar de los gitanos de diversos países y un -estudio de la historia y costumbres de los de España, compuesto -de observaciones personales y extractos de libros referentes a -ellos. Siguen una colección de poesías populares en caló, recogidas -verbalmente por Borrow, y un vocabulario. En _The Zincali_ se aprecia -«una fuerte personalidad y una observación extraordinaria»[14]; pero -cualquiera puede advertir el desorden con que está compuesto el -libro. Es importante para conocer las costumbres de los gitanos, y -completa además algunas aventuras que en _La Biblia en España_ sólo -están indicadas. - - [13] The Zincali; or An Account of the Gypsies of Spain. With - an original collection of their Songs and Poetry, and a copious - Dictionary of their Language. By George Borrow... In two volumes. - London, John Murray, 1841. - - [14] E. Thomas: George Borrow, the man and his books. I. V. - London, Chapman and Hall, 1912. - -La publicación de _The Zincali_ puso a Borrow en relación con -Ricardo Ford, docto en cosas hispánicas, que preparaba por entonces -su _Manual_ de España[15]. Ford aconsejó a Borrow que publicase sus -aventuras personales y se dejara de extractar libracos españoles. -Al saber que tenía entre manos una _Biblia en España_, insistió en -sus advertencias: nada de vagas descripciones, nada de erudición -libresca; hechos, muchos hechos, observados directamente; arrojo -para no caer en las vulgaridades; no preocuparse del bien decir; -evitar las gazmoñerías y la declamación. Borrow se aprovechó de esos -consejos. En su retiro de Oulton ordenó y completó los materiales de -que disponía: diarios de viaje, cartas a la Sociedad Bíblica, y en -diciembre de 1842 se publicaba la obra[16] que velozmente le llevó a -la celebridad. - - [15] _Hand-Book for Travellers in Spain and Readers at Home._ - London, Murray, 1845. 2 vols. 8.º «Las ediciones posteriores - están abreviadas o adaptadas a los itinerarios del ferrocarril. - El verdadero «Ford» no ha vuelto a parecer.» (Knapp.) - -Su triunfo fué inmenso. En el primer año se agotaron seis ediciones -de a mil ejemplares en tres volúmenes, y una edición de diez mil -ejemplares en dos tomos. Dos veces reimpresa en Norteamérica aquel -mismo año 43, fué traducida al alemán, al francés y al ruso; -en 1911 iban publicadas de _La Biblia en España_ más de veinte -ediciones inglesas. Borrow saboreó la popularidad; sus escritos -posteriores contribuyeron poco a sostenerla. Sus aventuras en España -despertaron en el público un deseo muy vivo de conocer otros hechos -de la vida del «héroe». Ricardo Ford le aconsejó que escribiese su -autobiografía. Don Jorge, sin levantar mano, compuso el _Lavengro_, -historia de su niñez y juventud, continuándola años después[17], -hasta la fecha en que comienza aquel misterioso período de su vida, -de que ya se hizo mención. La obra defraudó las esperanzas del -público; los críticos, con gran indignación del autor, pronunciaron -sobre ella un fallo adverso; se aguardaba una narración rigurosamente -veraz, y aparecía un revoltijo de sucesos reales e imaginarios -más que suficiente para desorientar al lector. Borrow se consoló -difícilmente de lo que algunos llamaron su «fracaso». La vanidad -herida, no iba a contribuir a suavizarle el humor, cada día más -áspero y agrio. Llevaba con impaciencia la vida sedentaria de -escritor. Sentía, además, inquietudes religiosas; los antiguos -«terrores» le atormentaban. Borrow quería viajar y solicitó empleos -fuera de su patria; misiones literarias en Asia, el consulado de -Hong-Kong: pero sin resultado. Hizo un viaje por el Oriente de -Europa, y recogió nuevos datos acerca de la vida y lenguaje de sus -amigos los gitanos en Hungría, Valaquia y Macedonia. Anduvo también -por su país; visitó Gales, Escocia y otros lugares, y recogió parte -del fruto de estas jornadas en un libro[18] que fué la última obra -importante que publicó. Desde 1860 residía en Londres, donde vivió -catorce años sin producir nada desde la aparición de Wild Wales, -sumido en tanta oscuridad, en tal silencio, que algunos le creían -muerto. Estimulado por el deseo de conservar su antigua primacía en -los estudios gitanos, que otros cultivaban ya con diferente método, -se lanzó a publicar, en 1874, un vocabulario[19] del dialecto de los -gitanos ingleses, obra que, al aparecer, era ya anticuada. En suma: -Borrow se sobrevivió; tan sólo la muerte—observa Mr. Knapp—podía -devolverle la notoriedad perdida. La muerte tardaba en llegar. Borrow -se marchó de Londres en 1874, y se refugió en su casa de Oulton; -estaba viudo desde 1869. El arriscado Don Jorge de otros tiempos era -un anciano de mal humor, que vivía triste y solo en una casa de campo -mal cuidada, y se paseaba por el jardín enmarañado cantando poemas de -su cosecha. Su extraño continente, su soledad y «sus conversaciones -con los gitanos, a quienes permitía acampar en la finca, crearon -en torno suyo una especie de leyenda. Los muchachos, en viéndole -pasar, le gritaban: ¡Gitano!, o ¡brujo!» Muy cerca ya del fin, su -hijastra fué con su marido a vivir en su compañía. En la mañana del -26 de julio de 1881, el matrimonio se fué a Lowestoft a sus asuntos, -dejando a Borrow completamente solo; mucho les rogó que no se fueran, -porque se sentía morir; pero le dijeron que ya otras veces había -expresado igual temor sin fundamento alguno. Cuando volvieron, a las -pocas horas, se lo encontraron muerto. - - [16] The Bible in Spain; or the Journeys, Adventures, and - Imprisonments of an Englishman, in an attempt to circulate the - Scriptures in the Peninsula. By George Borrow, author of «The - Gypsies of Spain». In three volumes. London, John Murray, 1843. - - [17] Lavengro; the Scholar—the Gypsy—the Priest. By George - Borrow... In three volumes. London, John Murray, 1851. - - The Romany Rye; a sequel to «Lavengro». By George Borrow... In - two volumes. London, John Murray, 1857. - - [18] Wild Wales: its people, Language, and Scenery. By George - Borrow... In three volumes. London, John Murray, 1862. - - [19] Romano Lavo-Lil: Word-Book of the Romany, or English Gypsy - Language... By George Borrow. London, John Murray, 1874. - -Aunque _The Bible in Spain_ no fuese, en términos absolutos, el -mejor libro de Borrow, sería en todo caso, con enorme diferencia -respecto de sus otros escritos, el que más títulos tendría a la -atención de nuestro público. El mérito intrínseco del libro, y la -singular reputación de España, le hicieron popular en Inglaterra -y Norteamérica y conocido en varias naciones de Europa, motivos -también valederos para su divulgación en nuestro país, con más el -de ser los españoles, no lectores distantes, sino parte interesada, -actores en las escenas y su tierra marco de aquella narración. No es -muy honroso para nuestra curiosidad que hayan transcurrido cerca de -ochenta años desde que vió la luz, sin ponerlo hasta hoy, traducido, -al alcance de todos. El libro fué compuesto, en su mayor parte, -en los lugares mismos que describe. Borrow redactaba un diario de -viaje, y remitía, además, a la Sociedad Bíblica cartas de relación -de sus aventuras y trabajos. La Sociedad prestó a Borrow esas cartas -luego de cerciorarse de que, al aprovecharlas, no cometería ninguna -indiscreción. «¡No he revelado los secretos de la Sociedad!», -decía después Borrow; en efecto, no mienta su desacuerdo con los -directores, y tributa a Graydon, el «ángel malo» de la causa bíblica, -ardientes elogios. Las cartas de Borrow a la Sociedad Bíblica[20] -son tan extensas como la mitad de _The Bible in Spain_; pero sólo -aprovechó la tercera parte de ellas en la composición del libro; lo -demás salió de sus diarios, fundiéndose todo al calor de su espíritu -cuando recordaba y revivía a distancia las impresiones indelebles -recibidas. Tres son los temas de la obra: la difusión del Evangelio, -_Don Jorge el inglés_ y España. Los tres se enlazan en un conjunto -armónico; la propaganda evangélica es el propósito deliberado de que -remotamente trae origen el libro, y constituye su armazón interior; -todas las idas y venidas de Don Jorge, todos sus pensamientos, van -encauzados a la divulgación de la palabra divina; los hombres y las -tierras de España, materia de su explicencia, constituyen, no sólo -una decoración de fondo, asombrosa por el relieve y color, sino el -ambiente en que se mueve y respira un personaje extraordinario, -algo distinto de Borrow, pero que es Borrow mismo despojado de toda -vulgaridad y flaqueza, elevado a la categoría de un semidiós. De -esos temas, el evangélico es el que nos importa menos. España, país -de misiones, España, país de idólatras, era un punto de vista nuevo, -dentro de nuestro solar, en 1835, e irritante para quienes, dueños -de la religión verdadera, habíanla exportado durante siglos. No será -hoy menos irritante para buen número de personas el antipapismo de -Borrow; pero es improbable que los españoles descontentos, los no -conformistas, rompan a gritar: _¡Al campo, al campo, Don Jorge, a -propagar el Evangelio de Inglaterra!_ En el fondo, la preocupación de -Borrow es de la misma índole que la de los «idólatras», sus enemigos. -La regeneración de España por la lectura del Evangelio sería un -programa que acaso hiciera hoy sonreír. El mayor número seguiría -la opinión de Mendizábal, que a la insistencia con que Borrow -solicitaba el permiso para imprimir el Testamento, salvación única -de España, respondía: «¡Si me trajese usted cañones, si me trajese -usted pólvora, si me trajese usted dinero para acabar con los -carlistas!» Pero _Don Juan y Medio_, y los liberales que hicieron la -desamortización eclesiástica, no se atrevían a permitir que circulase -el Evangelio _sin notas_. Aunque movido por un fanatismo antipático, -en favor de Borrow hablan su osadía personal, la consideración de -que luchaba contra un poder omnímodo, irresponsable, y la de que, -formalmente, pugnaba por un mínimo de hospitalidad y de libertad, -sin las que los hombres en sociedad son como fieras; y eso está -siempre bien, hágase como se haga. El libro de Borrow es un precioso -documento para la historia de la tolerancia, no en las leyes, sino en -el espíritu de los españoles. - - [20] «Letters of George Borrow to the Bible Society», edited by - T. H. Darlow, 1911. - -_The Bible in Spain_ es un libro autobiográfico. «El principal -estudio de Borrow fué él mismo, y en todos sus mejores libros, -él es el asunto principal y el objeto principal»[21]. No emplea -en esta obra las confidencias, no se confiesa con el lector; su -procedimiento consiste en dejar hablar a los que le tratan, para -pintar el efecto que su persona y sus hechos causan en el ánimo -del prójimo; asomándonos a ese espejo, vemos la imagen de un _Don -Jorge_ muy aventajado: subyugaba y domaba a los animales fieros; los -gitanos le adoraban; era la admiración de los _manolos_; temíanle los -pícaros; confundía al posadero ruin y a los alcaldillos despóticos; -encendía en sus servidores devoción sin límites; era afable y llano -con los humildes; trataba a los potentados de igual a igual y hacía -bajar los ojos al soberbio; nunca se apartaba de la razón, ni perdía -la serenidad; un prestigio misterioso le envuelve; en suma: el -héroe y el justo se funden en su persona; es un apóstol que propaga -la palabra de Dios, pero sin el delirio de la Cruz, sin romper el -decoro; es un caballero andante que se compadece de la miseria, y -a cada momento cree uno verle emprender la ruta de Don Quijote, -pero sin burlas, sin yangüeses, en una España que creyese en él y -le tomase en serio. Apóstol y caballero están bajo el amparo del -pabellón británico. - - [21] Ed. Thomas, cap. II. - -Borrow se colocó, o colocó a su héroe, en un escenario sin segundo, -de tal fuerza que, para nuestro gusto, el aventurero se borra, se -disuelve en el paisaje, o queda a la zaga de la muchedumbre española -que suscita. Es difícil encontrar otro caso en que un escritor haya -triunfado con más brillantez de la hostil realidad presente. Borrow -lucha a brazo partido con la realidad española, la asedia, poco -a poco la domina, y con la lentitud peculiar de su procedimiento -acaba por poner en pie una España rebosante de vida. No se atuvo a -una realidad de «guía oficial». Lo que le importaba era el carácter -de los hombres, y no de todos, sino los de la clase popular, donde -los rasgos nacionales se conservan más puros. Labradores, arrieros, -posaderos, gitanos, curas de aldea, monterillas, mendigos, pastores, -pasan ante nosotros, y al verlos gesticular y oírlos hablar, creemos -encontrarnos con antiguos conocidos. Unos son pícaros, otros santos; -unos son listos, otros muy zotes; casi todos groseros, muchos con -sentimientos nobles, pero unidos en general por un aire de familia -inconfundible; y la verdad es que, con todas sus picardías o su -zafiedad, no puede uno dejar de quererlos. Tuvo además Borrow una -espléndida visión del campo, y lo sintió e interpretó de un modo -enteramente moderno. Así, don Jorge descubrió y pintó, en realidad, -lo que quedaba de España. Arrancados los árboles, agostado el césped, -arrastrada en mucha parte la tierra vegetal, asomaba la armazón de -roca, con toda su fealdad y su inconmovible firmeza. - -El lector apreciará seguramente en _La Biblia en España_, a pesar de -la traducción descolorida, el novelesco interés de algunos pasajes -que parecen arrancados de un libro picaresco, el movimiento de -ciertos cuadros, propios de un «episodio nacional», el sabor de -otras escenas de costumbres, los bosquejos de tipos y caracteres, -con tantos otros méritos que es innecesario señalar; pero lo mismo -ante ellos, que ante los defectos del libro, y frente a la repulsión -que ciertos juicios—expresos o sobrentendidos—del autor puedan -suscitar en el ánimo de un español, conviene estar prevenido para no -incurrir en las descarriadas apreciaciones que acerca de este libro -se han proferido en nuestro país. _La Biblia en España_ es un libro -de viajes, cierto; pero hay que entenderse acerca de su calidad. -No es un informe a la Sociedad bíblica respecto de los progresos -del Evangelio en España, ni un «cuadro del estado político, social, -etcétera», de la nación, ni un itinerario para recién casados, ni una -reseña de las catedrales y otros monumentos pergeñada para uso de los -_snobs_ de ambos mundos; _La Biblia en España_ es una obra de arte, -una creación, y con arreglo a eso hay que juzgar de su exactitud, -del _parecido_ del retrato y de las «invenciones» del autor. Los -paisajes, los lugares, las figuras, están notados con puntualidad; es -excelente en la inteligencia de las costumbres, y no hay en el libro -caricatura ni falsificación de sentimientos. Episodios compuestos, -no vistos por Borrow; personajes inventados aglutinando rasgos -dispersos, sin duda los ha de haber; pero eso, ¿es ilícito? Pudiera -compararse la creación de Borrow a una estatua de mayor tamaño que -el natural. La verdad artística del conjunto y su efecto conmovedor -son innegables. El libro no es sólo verdadero; es, en ciertos puntos, -revelador. - -La traducción que hoy ofrecemos al público está hecha siguiendo -el texto de la edición de U. R. Burke (1896); hemos aprovechado -parte del glosario que la acompaña, poniendo al pie de la página -correspondiente las equivalencias del caló y del castellano; las -notas de Burke no las reproducimos todas, porque algunas son -innecesarias para el lector español, y otras contienen errores de -bulto. De la biografía de Borrow, por Míster Knapp, hemos sacado -algunas notas que aclaran el texto, o placen, simplemente, a la -curiosidad del lector. - - M. A. - - - - -ÍNDICES - - - _Páginas._ - - [Nota preliminar] v - - [Índices] 27 - - [Mapa] 34 - - [Prólogo] 35 - - CAPÍTULO PRIMERO.—¡Hombre al agua!—El Tajo.—Las lenguas - extranjeras.—La gesticulación.—Calles de Lisboa.—El - acueducto.—La Biblia tolerada en Portugal.—Cintra.—Don - Sebastián.—Juan de Castro.—Conversación con un - cura.—Colhares.—Mafra.—El palacio.—El maestro de - escuela.—Los portugueses.—Su ignorancia de las - Escrituras.—Los curas rurales.—El Alemtejo. 49 - - CAP. II.—Boteros del Tajo.—Peligros de la corriente.—Aldea - Gallega.—La hostería.—Ladrones.—Sabocha.—Aventura de un - arriero.—_Estalagem de ladrões._—Don Gerónimo.—Vendas - Novas.—Un Sitio Real.—Los cerdos del Alemtejo.—Monte - Moro.—Un cabrero singular.—Los hijos de los - campos.—Infieles y saduceos. 68 - - CAP. III.—Un comerciante de Evora.—Contrabandistas - españoles.—El león y el unicornio.—La fuente.—Confianza - en el Todopoderoso.—Reparto de folletos.—La librería en - Evora.—Un manuscrito.—La Biblia como guía.—La infame - María.—El hombre de Palmella.—El conjuro.—El régimen - frailuno.—Domingo.—Volney.—Un auto de fe.—Hombres de - España.—Lectura de un folleto.—Nuevos viajeros.—La mata de - romero. 87 - - CAP. IV.—Dilaciones molestas.—El cochero borracho.—Una mula - muerta.—Lamentación.—Aventura en un descampado.—El miedo a - la oscuridad.—Un fidalgo portugués.—La escolta.—Regreso a - Lisboa. 105 - - CAP. V.—El colegio.—El rector.—La piedra de - toque.—Prejuicios nacionales.—Deportes juveniles.—Los - judíos de Lisboa.—Creencias corrompidas.—Crimen y - superstición. 119 - - CAP. VI.—El frío en Portugal.—Me libro de una - extorsión.—Sensación de soledad.—El perro.—El convento.—Un - paisaje encantador.—El castillo morisco.—Plegaria por un - enfermo. 134 - - CAP. VII.—La piedra druídica.—Un joven español.—Soldados - rufianes.—Los males de la guerra.—Estremoz.—La disputa.—La - atalaya en ruinas.—Vislumbre de España.—Ayer y hoy. 147 - - CAP. VIII.—Elvas.—Longevidad extraordinaria.—La nación - inglesa.—Ingratitud portuguesa.—Las fortificaciones.—Un - mendigo español.—Badajoz.—La aduana. 161 - - CAP. IX.—Badajoz.—Antonio el gitano.—Una proposición - de Antonio.—Es aceptada.—El desayuno gitano.—Salida - de Badajoz.—El borrico del gitano.—Mérida.—La muralla - en ruinas.—La comadre.—El país del moro.—Los hombres - negros.—La vida en el desierto.—La cena. 173 - - CAP. X.—La nieta de la gitana.—Proyecto matrimonial.—El - alguacil.—El ataque.—Trote largo.—Llegada a - Trujillo.—Noche de lluvia.—La selva.—El vivac.—¡Levántate - y anda!—Jaraicejo.— El Nacional.—El caballero - Balmerson.—Entre jarales.—Una conversación seria.—¿Qué es - la verdad?—Noticia inesperada. 196 - - CAP. XI.—El puerto de Mirabete.—Lobos y pastores.—La - sutileza de las hembras.—Muerto por los lobos.—Se aclara - el misterio.—Las montañas.—La hora tenebrosa.—Un viajero - nocturno.—Abarbanel.—Los tesoros ocultos.—El poder del - oro.—El arzobispo.—Llegada a Madrid. 224 - - CAP. XII.—Mi alojamiento en Madrid.—La patrona.—El - embajador británico.—Mendizábal.—Baltasar.—Deberes de - un Nacional.—Sangre moza.—La ejecución.—La población de - Madrid.—Las clases altas.—Las clases bajas.—Las corridas de - toros.—El gitano. 244 - - CAP. XIII.—Intrigas de la Corte.—Quesada - y Galiano.—Disolución de las Cortes.—El - secretario.—Testarudez aragonesa.—El Concilio de Trento.—El - asturiano.—Los tres bandidos.—Benedicto Mol.—El hombre de - Lucerna.—El Tesoro. 263 - - CAP. XIV.—Estado de España.—Istúriz.—Revolución de - La Granja.—La revuelta.—Síntomas alarmantes.—Los - corresponsales de periódicos.—Arrojo de Quesada.—La escena - final.—Fuga de los moderados.—El café. 281 - - CAP. XV.—El vapor.—El cabo de Finisterre.—La - tormenta.—Llegada a Cádiz.—El Nuevo - Testamento.—Sevilla.—Itálica.—El anfiteatro.—Los presos.—El - encuentro.—El barón Taylor.—La calle y el desierto. 297 - - CAP. XVI.—Salida para Córdoba.—Carmona.—Las colonias - alemanas.—El idioma.—Un caballo haragán.—El recibimiento - nocturno.—El posadero carlista.—Buen consejo.—Gómez.—El - genovés viejo.—Las dos opiniones. 315 - - CAP. XVII.—Córdoba.—Los moros de Berbería.—Los ingleses.—Un - cura viejo.—El breviario romano.—El palomar.—El Santo - Oficio.—Judaísmo.—Los palomares profanados.—Propuesta del - posadero. 331 - - CAP. XVIII.—Salida de Córdoba.—El contrabandista.—Treta - judaica.—Llegada a Madrid. 347 - - - - -LA BIBLIA EN ESPAÑA - - - - -[Ilustración: VIAJES DE BORROW POR LA PENÍNSULA] - - - - -PRÓLOGO - - -Muy rara vez se lee el prólogo de un libro, y, en realidad, la mayor -parte de los que han visto la luz en estos últimos años, no tienen -prólogo alguno. Me ha parecido, sin embargo, conveniente escribir -este prefacio, y sobre él llamo humildemente la atención del benévolo -lector, porque su lectura contribuirá no poco a la cabal inteligencia -y apreciación de estos volúmenes. - -La obra que ahora ofrezco al público, titulada LA BIBLIA EN ESPAÑA, -consiste en una narración de lo que me sucedió durante mi residencia -en aquel país, adonde me envió la Sociedad Bíblica, como agente suyo, -para imprimir y propagar las Escrituras. No obstante, comprende -también algunos viajes y aventuras en Portugal, y concluye dejándome -en «el país de los _Corahai_»,[22] región a la que me pareció -oportuno retirarme por una temporada, después de haber sufrido en -España considerables ataques. - - [22] En gitano: moros del norte de África. Los vocablos no - ingleses empleados por Borrow en THE BIBLE IN SPAIN se estampan - en esta traducción con letra cursiva. - -Es muy probable que si yo hubiese visitado España por mera curiosidad -o con el propósito de pasar uno o dos años agradablemente, jamás -hubiese intentado dar cuenta detallada de mis actos ni de lo que -vi y oí. Yo no soy un turista ni un escritor de libros de viajes; -pero la comisión que llevé allá era un poco extraña y me condujo -necesariamente a situaciones y posiciones insólitas, me envolvió -en dificultades y perplejidades, y me puso en contacto con gente -de condición y categoría muy diversas; de suerte que, en conjunto, -me lisonjeo pensando que el relato de mi peregrinación no carecerá -enteramente de interés para el público, sobre todo, dada la novedad -del asunto; pues aunque se han publicado varios libros acerca de -España, éste es el único, creo yo, que trata de una obra de misiones -en aquel país. - -Es verdad que en el libro se encontrarán bastantes cosas muy poco -relacionadas con la religión o con la propaganda religiosa; pero -no tengo por qué excusarme de haberlas traído aquí a colación. -Desde el principio hasta el fin fuí, digámoslo así, a la deriva -por España, tierra de antiguo renombre, tierra de maravillas y de -misterios, en condiciones tales para conocer sus extraños secretos -y peculiaridades como quizás a ningún otro individuo le hayan sido -nunca dadas, y ciertamente a ningún extranjero; y si en muchos casos -presento escenas y caracteres tal vez sin precedente en una obra de -esta índole, sólo haré observar que durante mi estancia en España -me vi tan inevitablemente mezclado con ellos, que hubiera sido -difícil referir con fidelidad mis andanzas sin dar de tales cosas una -referencia tan puntual como la que aquí he puesto. - -Es digno de nota que, llamado repentina e inesperadamente a -«acometer la aventura de España», no me hallaba yo por completo -falto de preparación para tal empresa. España ocupó siempre un lugar -considerable en mis ensueños infantiles, y las cosas españolas me -interesaban por modo especial, sin presentir que, andando el tiempo, -me vería llamado a participar, si bien modestamente, en el drama -descomunal de su vida; aquel interés me indujo, en edad temprana, -a aprender su noble idioma y a conocer su literatura (apenas digna -del idioma), su historia y tradiciones; de modo que al entrar por -vez primera en España me sentí más en mi casa que lo que sin esas -circunstancias me hubiese sentido. - -En España pasé cinco años, que, si no los más accidentados, fueron, -no vacilo en decirlo, los más felices de mi existencia. Y ahora que -la ilusión se ha desvanecido ¡ay! para no volver jamás, siento por -España una admiración ardiente: es el país más espléndido del mundo, -probablemente el más fértil y con toda seguridad el de clima más -hermoso. Si sus hijos son o no dignos de tal madre, es una cuestión -distinta que no pretendo resolver; me contento con observar que, -entre muchas cosas lamentables y reprensibles, he encontrado también -muchas nobles y admirables; muchas virtudes heroicas, austeras, -y muchos crímenes de horrible salvajismo; pero muy poco vicio de -vulgar bajeza, al menos entre la gran masa de la nación española, -a la que concierne mi misión; porque bueno será notar aquí que -no tengo la pretensión de conocer íntimamente a la aristocracia -española, de la que me mantuve tan apartado como me lo permitieron -las circunstancias; _en revanche_ he tenido el honor de vivir -familiarmente con los campesinos, pastores y arrieros de España, cuyo -pan y _bacallao_ he comido, que siempre me trataron con bondad y -cortesía, y a quienes con frecuencia he debido amparo y protección. - -«La generosa conducta de Francisco González, y los altos hechos de -Ruy Díaz el Cid se cantan todavía entre las asperezas de Sierra -Morena»[23]. - - [23] - - «Om Frands Gonzales, of Rodrik Cid, - End siunges i Sierra Murene!» - - _Krönike Riim._ Por Severin Grundtvig. Copenhague, 1829. - -El argumento más fuerte que, a mi parecer, puede aducirse como prueba -del vigor y de los recursos naturales de España, y de la buena ley -del carácter de sus habitantes, es el hecho de que, hoy en día, el -país no se halle extenuado ni agotado, y que sus hijos sean aún, -hasta cierto punto, un gran pueblo de muy levantados ánimos. Sí; a -pesar del desgobierno de los Austrias, brutales y sensuales, de la -estupidez de los Borbones, y, sobre todo, de la tiranía espiritual de -la corte de Roma, España todavía se mantiene independiente, combate -en causa propia, y los españoles no son aún esclavos fanáticos ni -mendigos rastreros. Esto es decir mucho, muchísimo; porque España ha -sufrido lo que Nápoles no ha tenido nunca que sufrir, y, sin embargo, -su suerte ha sido muy diferente de la de Nápoles. Aún hay valor en -Asturias; generosidad en Aragón; honradez en Castilla la Vieja, y las -labradoras de la Mancha pueden aún poner un tenedor de plata y una -nívea servilleta junto al plato de su huésped. Sí; a despecho de los -Austrias, de los Borbones y de Roma, todavía media un abismo entre -España y Nápoles. - -Aunque suene a cosa rara, España no es un país fanático. Algo sé -acerca de ella, y afirmo que ni es fanática ni lo ha sido nunca: -España no cambia jamás. Cierto que durante casi dos siglos España -fué _La Verduga_ de la malvada Roma, el instrumento escogido para -llevar a efecto los atroces planes de esa potencia; pero el resorte -que impelía a España a su obra sanguinaria no era el fanatismo; otro -sentimiento, predominante en ella, la excitaba: su orgullo fatal. Con -halagos a su orgullo fué inducida España a despilfarrar su preciosa -sangre y sus tesoros en las guerras de los Países Bajos, a equipar -la armada Invencible y a otras muchas acciones insensatas. El amor a -Roma tenía muy poca influencia en su política; pero halagada por el -título de _Gonfalonera del Vicario de Cristo_, y ansiosa de probar -que era digna de él, cerró los ojos y corrió a su propia destrucción -al grito de: «¡Cierra, España!» - -Cuando sus armas fueron impotentes en el exterior, España se recogió -dentro de sí misma. Dejó de ser instrumento de la venganza y de la -crueldad de Roma, pero no la dieron de lado. Aunque ya no servía para -blandir la espada con buen éxito contra los luteranos, podía ser útil -para algo. Aún tenía oro y plata, y aún era la tierra del olivo y de -la vid. Dejó de ser el verdugo y se convirtió en el banquero de Roma; -y los pobres españoles, que siempre estiman como un privilegio pagar -cuentas ajenas, miraron durante mucho tiempo como una gran ventura -que les permitieran saciar la rapaz avidez de Roma, que durante el -siglo pasado sacó, probablemente, de España más dinero que de todo el -resto de la cristiandad. - -Pero la guerra prendió en el país. Napoleón y sus fieros francos -invadieron España; siguiéronse saqueos y estragos, cuyos efectos -se sentirán, probablemente, durante muchas generaciones. España no -pudo ya seguir pagando a Pedro sus cuartos con la holgura de antaño, -y desde entonces, Roma, que no respeta a ninguna nación más que -en cuanto puede hacer de ella el ministro de su crueldad o de su -avaricia, la miró con desprecio. El español tenía aún voluntad de -pagar, dentro de lo que sus medios le permitían; pero muy pronto -le dieron a entender que era un ser degradado, un bárbaro; más: un -mendigo. Ahora bien: a un español podéis sacarle hasta el último -_cuarto_ con tal que le otorguéis el título de caballero y de hombre -rico, pues la levadura antigua es tan fuerte en él como en los -tiempos de Felipe el Hermoso; pero guardaos de insinuar que le tenéis -por pobre o que su sangre es inferior a la vuestra. Al conocer, pues, -la baja estimación en que había caído, el rústico viejo replicó: «Si -soy un bestia, un bárbaro y, además, un pordiosero, lo siento mucho; -pero como eso no tiene remedio, voy a gastarme estas cuatro fanegas -de cebada, que había reservado para aliviar la miseria del Santo -Padre, en una corrida de toros y en otras diversiones convenientes -para la reina, mi mujer, y para los príncipes, mis hijos. ¿Yo un -mendigo? _¡Carajo!_ El agua de mi pueblo es mejor que el vino de -Roma.» - -Veo que en la última carta pastoral dirigida a los españoles, el -obispo de Roma se queja amargamente del trato que ha recibido en -España por parte de algunos hombres inicuos. «Mis catedrales se -arruinan—dice—, insultan a mis sacerdotes y cercenan las rentas de -mis obispos.» Se consuela, sin embargo, con la idea de que todo esto -es obra de la malicia de unos pocos, y que la generalidad de la -nación le ama, sobre todo los campesinos, los inocentes campesinos, -que vierten lágrimas al pensar en los sufrimientos de su Papa y de -su religión. ¡Desengáñese, _Batuschca_[24], desengáñese! España -estaba dispuesta a luchar por vuestra causa, en tanto que al obrar -así acrecentase su gloria; pero no le agrada perder batallas y más -batallas en servicio vuestro. No se opone a llevar su dinero a -vuestras arcas, en forma de limosnas, esperando, sin embargo, verlas -aceptadas con la gratitud y la humildad propias de quien recibe una -caridad. Pero al encontrar que no sois humilde ni agradecido, y, -sobre todo, al sospechar que tenéis a Austria en mayor estimación, -incluso como banquero, España se encoge de hombros y profiere unas -palabras algo parecidas a las que ya he puesto en boca de uno de sus -hijos: «Estas cuatro fanegas de cebada», etc. - - [24] Palabra rusa equivalente a _padrecito_. - -Es, en verdad, sorprendente lo poco que a la gran masa de la nación -española le interesó la última guerra[25], la cual, empero, ha sido -llamada por quien debía estar mejor enterado, guerra de religión y -de principios. Se admitía, generalmente, que Vizcaya era el reducto -del carlismo, y que los vizcaínos sentían fanático apego a su -religión, a la que creían en peligro. La verdad es que los vascos -se cuidaban muy poco de Carlos y de Roma, y tomaron las armas tan -sólo por defender ciertos derechos y privilegios que tenían. Por el -encanijado hermano de Fernando mostraron siempre soberano desprecio, -que su carácter, mezcla de imbecilidad, cobardía y crueldad, merecía -de sobra. Usaron su nombre como un _cri de guerre_ solamente. Casi -lo mismo puede decirse de sus partidarios españoles, al menos de los -que se lanzaron al campo por su causa. Había, sin embargo, una gran -diferencia de carácter entre éstos y los vascos, soldados valerosos -y hombres honrados. Los ejércitos españoles de don Carlos se -componían enteramente de ladrones y asesinos, casi todos valencianos -y manchegos, que, mandados por dos forajidos, Cabrera y Palillos, -se aprovecharon de la situación perturbada del país para robar y -asesinar a la parte honrada de la población. Respecto de la reina -regente Cristina, cuanto menos se hable, mejor; tomó en sus manos -las riendas del gobierno a la muerte de su marido, y con ellas el -mando del ejército. La parte respetable de la nación española, y -por modo especial los honrados y estrujados labradores, aborrecían -y execraban a las dos facciones. Muchas veces, al caer la noche, -compartiendo la frugal comida de un labriego de cualquiera de las -dos Castillas, oíamos el lejano tiroteo de los soldados _cristinos_ -o de los bandidos carlistas; con lo que comenzaba mi hombre a echar -maldiciones a los dos pretendientes, sin olvidar al Santo Padre y -a la diosa de Roma, _María Santísima_. Luego, con la energía de -tigre característica del español cuando se excita, levantándose -precipitadamente exclamaba: «¡_Vamos, don Jorge_, al campo, al campo! -Me voy con usted y aprenderé la ley de los ingleses. Al campo, pues, -desde mañana, a difundir el evangelio de Inglaterra.» - - [25] La primera guerra carlista. - -Entre los campesinos españoles fué donde encontré mis defensores más -acérrimos; y aún supone el Santo Padre que los labradores de España -son amigos suyos y le quieren. ¡Desengáñese, _Batuschca_, desengáñese! - -Pero volvamos al presente libro: está consagrado, como digo, a -referir mis sucesos en España mientras anduve por allá empeñado en -difundir las Escrituras. Respecto de mis modestos trabajos, he de -hacer notar aquí que lo realizado fué muy poca cosa; no tengo la -pretensión de haber conseguido brillantes triunfos; cierto que fuí -enviado a España, más que nada, a explorar el país y a comprobar -hasta qué punto el espíritu del pueblo estaba preparado para recibir -las verdades del cristianismo; obtuve, sin embargo, mediante el apoyo -de buenos amigos, un permiso del Gobierno español para imprimir en -Madrid una edición del libro sagrado, que subsiguientemente repartí -por la capital y las provincias. - -Durante mi estancia en España, otras personas prestaron muy buenos -servicios a la causa del evangelio, y en una obra de esta índole -sería injusto pasar en silencio sus esfuerzos. Villano es el corazón -que rehusa al mérito su recompensa, y por insignificante que sea el -valor de un elogio que brota de una pluma como la mía, no puedo por -menos de mencionar, con respeto y estimación, unos pocos nombres -relacionados con la propaganda evangélica. Un caballero irlandés, -llamado Graydon, se empleó, con celo e infatigable diligencia, -en difundir la luz de la Escritura en la provincia de Cataluña y -a lo largo de las costas meridionales de España; mientras, dos -misioneros de Gibraltar, los señores Rule y Lyon, predicaron la -verdad evangélica durante un año entero en una iglesia de Cádiz. Tan -buen éxito alcanzaron los esfuerzos de estos dos últimos, animosos -discípulos del inmortal Wesley, que, con razón sobrada podemos -suponerlo así, de no haber sido reducidos al silencio y desterrados -del país por la fracción pseudo-liberal de los _Moderados_, no sólo -Cádiz, pero la mayor parte de Andalucía habría entonces confesado las -puras doctrinas del Evangelio y desechado para siempre los últimos -restos de la superstición Papista. - -Por hallarse más inmediatamente relacionado con la Sociedad Bíblica -y conmigo, considero felicísima la oportunidad que se me presenta -de hablar de Luis de Usoz y Río, vástago de una antigua y honorable -familia de Castilla la Vieja, que me ayudó en la edición española -del Nuevo Testamento, en Madrid. Durante mi permanencia en España -recibí toda clase de pruebas de amistad de este caballero, que, en -mis ausencias por las provincias, y en mis numerosos y largos viajes, -me sustituía de buen grado en Madrid y se empleaba cuanto podía en -adelantar las miras de la Sociedad Bíblica, sin otro móvil que la -esperanza de contribuir acaso con su esfuerzo a la paz, felicidad y -civilización de su tierra natal. - -Para concluir, permítaseme declarar que conozco muy bien los defectos -y errores del presente libro. Para componerlo me he valido de ciertos -diarios que fuí escribiendo durante mi estancia en España y de -numerosas cartas escritas a mis amigos de Inglaterra, que han tenido -después la bondad de restituírmelas; sin embargo, la mayor parte de -él, consistente en descripciones de lugares y escenas, en bosquejos -de caracteres, etcétera, se la debo a mi memoria. En varios casos he -omitido los nombres de los lugares, o por haberlos olvidado, o por -no estar seguro de su ortografía. La obra, tal como hoy está, fué -escrita en una aldea solitaria de una apartada región de Inglaterra, -donde no tenía libros de consulta, ni amigos cuya opinión o consejo -pudiera en ocasiones serme provechoso, y con todas las incomodidades -resultantes del quebranto de mi salud. Pero he recibido en ocasión -reciente tales muestras de la lenidad y generosidad extremadas del -público británico y americano para conmigo, que sin temor me someto -nuevamente a su consideración, y confío en que, si en los presentes -volúmenes hay poco que admirar, me darán al menos reputación de -hombre bien intencionado y que no se emplea en escribir ruindades. - - -26 de noviembre de 1842. - - - - -CAPÍTULO PRIMERO - - ¡Hombre al agua!—El Tajo.—Las lenguas extranjeras.—La - gesticulación.—Calles de Lisboa.—El acueducto.—La Biblia tolerada - en Portugal.—Cintra.—Don Sebastián.—Juan de Castro.—Conversación - con un cura.—Colhares.—Mafra.—El palacio.—El maestro de - escuela.—Los portugueses.—Su ignorancia de las Escrituras.—Los - curas rurales.—El Alemtejo. - - -En la mañana del 10 de noviembre de 1835, encontrábame a la altura -de la costa de Galicia, cuyas elevadas montañas, doradas por el sol -naciente, ofrecían una vista espléndida. Iba con destino a Lisboa; -doblamos el cabo Finisterre, y, metiéndonos mar adentro, perdimos -rápidamente de vista la tierra. En la mañana del día 11, estando -el mar muy alborotado, ocurrió un suceso notable. Hallábame en el -castillo de proa departiendo con dos marineros; uno de ellos, que -acababa de levantarse de la hamaca, dijo: «He tenido esta noche un -sueño extraño y muy poco agradable, porque—continuó señalando al -mástil—he soñado que me caía al mar desde la cruceta.» Así se lo -oyeron decir varios tripulantes que estaban junto a mí. Un momento -después, el capitán del barco, advirtiendo que la borrasca iba en -aumento, mandó tomar la gavia, y en el acto, aquel marinero y otros -varios treparon a la arboladura. Estaban en la maniobra cuando una -racha de viento hizo girar la antena, dando tal golpe a uno de los -marineros, que cayó desde la cruceta al mar, cubierto de hirvientes -espumas. El marinero emergió en seguida; vi su cabeza asomar en -la cresta de una ola muy grande, y en el acto reconocí en aquel -desdichado al que poco antes nos había referido su sueño. Nunca -olvidaré la mirada de agonía que nos lanzó, mientras el barco, -velozmente, le dejaba atrás. Dada la voz de alarma, hubo una gran -confusión, y lo menos pasaron dos minutos antes de que el barco se -parase; en ese tiempo el marinero se quedó muy lejos a popa; sin -embargo, yo no le perdí de vista y observé que luchaba valientemente -con las olas. Por fin, se arrió un bote; mas por desgracia no se -halló a mano el timón, y sólo se pudo disponer de dos remos, con los -que los tripulantes no avanzaban gran cosa en un mar tan alborotado. -No obstante, remaron de firme, y habían llegado ya a diez brazas -del náufrago, que continuaba luchando por su vida, cuando le perdí -de vista; a su regreso dijeron los marineros que le habían visto -debajo del agua, a intervalos, hundiéndose cada vez más, con los -brazos abiertos, y el cuerpo, al parecer, rígido, pero que se habían -encontrado en la imposibilidad de salvarlo. Inmediatamente después, -el mar se calmó mucho, como si ya estuviera satisfecho con la presa -que acababa de hacer. El pobre muchacho que pereció de tan singular -manera era un apuesto joven de veintisiete años, hijo único de una -viuda; era el mejor marinero de a bordo, y cuantos le conocieron le -querían. Este suceso ocurrió el 11 de noviembre de 1835; el barco era -un vapor llamado _London Merchant_. ¡Verdaderamente admirables son -los caminos de la Providencia! - -Aquella misma noche entramos en el Tajo y echamos el ancla delante de -la antigua torre de Belem; a la madrugada siguiente levamos anclas, y -remontando el río como cosa de una legua, anclamos de nuevo a corta -distancia del _Caesodré_[26], o muelle principal de Lisboa. Allí -estuvimos algunas horas junto al enorme casco negro de la _Rainha -Nao_, navío de guerra que en otros tiempos cautivaba de tal modo -los ojos de Nelson, que de muy buena gana lo hubiera adquirido para -su país natal. Mucho después fué navío almirante de la escuadra -miguelista, y el intrépido Napier lo capturó unos tres años antes de -la fecha a que me refiero. - - [26] _Caes do Sodré_, ahora _Praça dos Romulares_. (Nota de U. R. - Burke.) - -La _Rainha Nao_ dícese que dió a Napier más quehacer que todos los -demás barcos enemigos juntos, y alguien afirmó que si éstos se -hubieran defendido con la mitad del coraje que la vieja y belicosa -«reina» desplegó, el resultado de la batalla que decidió la suerte de -Portugal hubiese sido por completo diferente. - -Encontré por demás molesta la operación de desembarcar en Lisboa. Los -empleados de la aduana eran extremadamente descorteses, y examinaron -cada pieza de mi reducido equipaje con irritante minuciosidad. - -Mi primera impresión al tomar tierra en la Península estaba muy lejos -de ser favorable; apenas hacía una hora que hollaba su suelo, y ya -deseaba de corazón volverme a Rusia, país de donde había salido un -mes antes, dejando en él amigos muy queridos y muy vivos afectos. - -Después de soportar en la aduana muchos abusos y exacciones, procedí -a buscar alojamiento, y, al fin, encontré uno, pero sucio y caro. Al -siguiente día tomé un criado portugués. Mi costumbre invariable al -llegar a un país consiste en valerme de los servicios de un indígena, -con la mira principal de perfeccionarme en la lengua, y como ya -conozco casi todos los idiomas y dialectos importantes de oriente y -occidente, me pongo con prontitud en condiciones de hacerme entender -perfectamente por los naturales. En unos quince días logré hablar en -portugués con mucha facilidad. - -Los que desean hacerse entender de un extranjero hablándole en -su propio idioma tienen que hablar a gritos y vociferar abriendo -mucho la boca. ¿Es de extrañar, pues, que los ingleses sean, en -general, los peores lingüistas del mundo, ya que siguen un sistema -diametralmente opuesto? Por ejemplo, cuando intentan hablar en -español—la lengua más sonora que existe—apenas abren los labios, y, -con las manos metidas en bolsillos, farfullan perezosamente, en lugar -de aplicarse al indispensable menester de la gesticulación. Con razón -los pobres españoles exclaman: estos ingleses tienen un hablar tan -cerrado que ni el mismo Satanás los entiende. - -Lisboa es una gran ciudad ruinosa, que aún muestra por doquiera las -huellas del terremoto, terrible visita que le hizo Dios hace unos -ochenta años. La ciudad se alza sobre siete colinas; la más elevada -de todas la ocupa el castillo de San Jorge, punto el más eminente que -la mirada descubre al contemplar a Lisboa desde el Tajo. Las partes -más animadas y bulliciosas de la ciudad hállanse en la hondonada -que cae al Norte de esa colina. Allí se encuentra la _Plaza_ de -la Inquisición[27], la principal de Lisboa, desde la que corren -paralelas hacia el río tres o cuatro calles, entre las que se cuentan -la del Oro y la de la Plata, así llamadas porque en ellas viven los -orífices y los plateros, muy hábiles en su oficio; estas calles -son, en conjunto, muy suntuosas. Las casas son grandes y altas como -castillos. Inmensas columnas protejen a intervalos la calzada; pero -lo que hacen más bien es estorbar. Estas calles son completamente -llanas y están bien pavimentadas, en lo cual se diferencian de todas -las demás de Lisboa. La calle más singular es, sin embargo, la del -_Alecrim_, o del Romero, que desemboca en el _Caesodré_. Es muy -pendiente, y a ambos lados se alzan los palacios de la más rancia -nobleza de Portugal, edificios pesados y adustos, pero grandes y -pintorescos, con jardines colgantes aquí y allá, que se asoman a la -calle desde gran altura. - - [27] Es el _Terreiro do Paço_. - -Con toda su ruina y desolación, Lisboa es, sin disputa, la ciudad más -notable de la Península, y acaso del Sur de Europa. No me propongo -entrar aquí en minuciosos detalles acerca de ella; me limitaré a -notar que es tan digna de la atención de un artista como la misma -Roma. Verdad es que, si abundan aquí las iglesias, no hay ninguna -catedral gigantesca como la de San Pedro, para atraer las miradas -llenándolas de admiración, pero me atrevo a decir que no hay en la -antigua ni en la moderna Roma una obra del trabajo y del arte humanos -que pueda, cualquiera que sea su destino, rivalizar con las obras -hidráulicas para el abastecimiento de Lisboa. Aludo al estupendo -acueducto cuyos arcos principales cruzan el valle al Noreste de -Lisboa y vierte un arroyuelo de agua fría y deliciosa en una cisterna -de piedra dentro del hermoso edificio llamado Madre de las aguas, -desde donde se abastece toda Lisboa de linfa cristalina, aunque el -manantial está a siete leguas de allí. Los viajeros, después de -consagrar una mañana entera a visitar los _Arcos_ y la _Mai das -agoas_, pueden dirigirse a la iglesia y al cementerio británicos; -este último es un _Père-la-Chaise_ en miniatura, donde, si se trata -de viajeros ingleses, bien podrá perdonárseles que estampen un -beso, como hice yo, en la fría tumba del autor de _Amelia_[28], el -genio más singular que nuestra isla ha producido, y cuyas obras, -por pura moda, han sido durante mucho tiempo denigradas en público -y leídas en secreto. En el mismo cementerio descansan los restos -mortales de Doddridge, otro autor inglés, de diferente cuño, pero -justamente admirado y estimado. Al desembarcar no tenía yo intención -de detenerme mucho en Lisboa, ni ciertamente en Portugal; mi destino -era España, hacia donde me proponía encaminar mis pasos muy en -breve, porque la intención de la Sociedad Bíblica era comenzar sus -trabajos en este país, con objeto de difundir la palabra de Dios, ya -que España había sido hasta entonces una región donde la admisión de -la Biblia estaba vedada. No ocurría lo mismo en Portugal, donde se -permitía desde la revolución la entrada y circulación de la Biblia. -Poco se había realizado, no obstante, en este país; por tanto, ya -que me hallaba en él, determiné hacer algo, a ser posible, por la -difusión de aquélla, no sin cerciorarme ante todo personalmente de -hasta qué punto la gente estaba preparada para recibirla, y de si -el estado de la educación en general le permitiría sacar de ella -bastante provecho. Tenía yo a mi disposición un buen repuesto de -Biblias y Testamentos; pero ¿querría o podría leerlas el pueblo? -El amigo de la Sociedad a quien yo iba recomendado, estaba ausente -de Lisboa al tiempo de mi llegada; lo sentí, porque podía haberme -suministrado algunas indicaciones útiles. Con el fin, empero, de no -gastar tiempo, me decidí a no esperar su regreso, y al punto empecé -a recoger cuantas noticias pude acerca de los extremos a que he -aludido. Comencé mis investigaciones a cierta distancia de Lisboa, -por saber de sobra que me formaría una idea muy errónea de los -portugueses en general si juzgaba de su carácter y opiniones por lo -que veía y oía en una ciudad tan sujeta a la influencia extranjera. - - [28] H. Fielding. - -Mi primera excursión fué a Cintra. Si hay en el mundo algún lugar -al que con razón pueda llamársele país encantado, es seguramente -Cintra. Tivoli, sitio pintoresco y bello, se borra con rapidez de la -memoria de cuantos ven el Paraíso portugués. No debe suponerse ni -por un momento que al hablar de Cintra se alude sólo a la pequeña -ciudad de este nombre; por Cintra debe entenderse la región entera: -ciudad, palacio, _quintas_, bosques, rocas, ruinas moriscas, que -bruscamente surgen ante los ojos al bordear la ladera de una montaña -de aspecto triste, agreste y estéril. Nada tan hosco y repelente como -la vista que por el lado suroccidental, hacia Lisboa, presenta el -muro de piedra que parece ocultar a Cintra de ojos del mundo; pero -el otro lado es como una decoración de mágica hermosura, donde la -elegancia artificial y la agreste grandeza, las cúpulas, las torres, -los árboles gigantescos, las flores y las cascadas se mezclan de modo -que no tiene semejante bajo el sol. ¡Oh! Admirables y sorprendentes -cosas hay en Cintra, a las que van unidos recuerdos maravillosos. -Aquellas ruinas sobre el picacho, que cubren en parte la escarpada -pendiente, fueron en otro tiempo la principal fortaleza de los moros -lusitanos, y adonde, mucho después de su expulsión, se permitía que -acudiesen, en determinada luna de cada año, los salvajes santones -del Magreb a orar en la tumba de un famoso _Sidi_ sepultado en -esas rocas. Aquel palacio gris presenció la reunión de las últimas -Cortes celebradas por el rey-niño Sebastián antes de partir para su -romántica expedición contra los moros, que tan bien supieron vengar -en Alcazarquivir el agravio hecho a su fe y a su país. En aquella -pequeña y sombría _quinta_, escondida entre los altos _alcornoques_, -vivió antaño Juan de Castro, virrey de Goa, viejo singular que empeñó -los cabellos de la barba de su difunto hijo para levantar dinero con -que rehacer los muros ruinosos de una fortaleza amenazada por los -salvajes indios. Ante el portal de la quinta hay unos fragmentos -de estelas que tienen profundamente grabados versos en sánscrito, -sacados de los vedas, tan oscuros como si estuviesen en caracteres -rúnicos; son piedras traídas por Castro desde Goa, brillantísimo -escenario de su gloria, antes de que Portugal cayera en su profunda -decadencia. Cañada abajo, en una abrupta elevación de las rocas, se -hallan las ruinas de la casa de un millonario inglés que aquí daba -pasto a caprichos de su ánimo antojadizo, tan desordenado, rico y -vario en matices como el paisaje circundante. Sí; admirables cosas -se ven en Cintra, y admirables son los recuerdos unidos a ellas. - -La ciudad de Cintra tiene unos ochocientos habitantes. La mañana -siguiente a mi llegada, cuando me disponía a subir a la montaña para -visitar las ruinas moriscas, observé que venía hacia mí una persona -que, por su traje, me pareció un eclesiástico; era, en efecto, uno -de los tres curas del lugar. Al instante le abordé, y no tuve motivo -para arrepentirme de ello; le encontré afable y comunicativo. - -Después de alabar la hermosura del paisaje, le hice algunas preguntas -acerca del grado de instrucción de sus feligreses. Respondió que -sentía decir que se hallaban en la mayor ignorancia; en el pueblo -bajo había muy pocos que supieran leer o escribir, y respecto a -escuelas, sólo existía una en el lugar, donde cuatro o cinco chicos -aprendían el alfabeto, pero aún esa estaba ahora cerrada. Díjome, -no obstante, que había una escuela en Colhares, como a una legua de -allí. Entre otras cosas, me declaró cuánto le sorprendía ver a los -ingleses, el pueblo más instruído e inteligente de la tierra, visitar -un sitio como Cintra, donde no hay literatura, ciencia ni cosa alguna -útil (_coisa que presta_). Sospecho que las últimas palabras del -digno cura encubrían una sátira; fuí, sin embargo, bastante jesuíta -para aparentar que las recibía como un fino cumplido, y, quitándome -el sombrero, me despedí haciéndole infinidad de reverencias. - -El mismo día visité Colhares, romántica aldea, en las inmediaciones -de la montaña de Cintra, por el lado del noroeste. A unos campesinos -que estaban en la fragua les pregunté por la escuela, y uno de ellos -se ofreció en el acto a servirme de guía. Subí por unas escaleras -a un pequeño aposento, donde encontré al maestro con una docena de -alumnos formados en hilera; me recibió con urbanidad y me hizo sentar -en la única banqueta que había en la habitación. Hablamos un poco, -y me enseñó los libros que usaba para la instrucción de los chicos; -eran unos silabarios muy semejantes a los usados en las escuelas -rurales de Inglaterra. Al preguntarle si era costumbre poner las -Escrituras en manos de los chicos, me respondió que mucho antes de -adquirir capacidad suficiente para entenderlas, los padres retiraban -de la escuela a sus hijos para que los ayudasen en las labores -del campo; en general, los padres no tenían el menor deseo de que -sus hijos aprendieran cosa alguna, por considerar tiempo perdido -el empleado en aprender. Dijo que, si bien las escuelas estaban -nominalmente sostenidas por el Gobierno, era raro que los maestros -cobrasen sus sueldos; por eso, muchos habían últimamente renunciado -sus empleos. Me declaró que poseía un ejemplar del Nuevo Testamento; -quise verlo, y resultó ser tan sólo un ejemplar de las Epístolas, -traducción de Pereira, con muchas notas. Le pregunté si consideraba -peligroso leer las Escrituras sin notas; replicó que, ciertamente, no -había peligro alguno, pero que la gente no instruída poco provecho -podía sacar de la Escritura sin el socorro de las notas, porque en -su mayor parte la encontraría ininteligible. En diciendo esto nos -estrechamos la mano, y, al partir, le dije que no había pasaje de la -Biblia tan difícil de entender como las mismas notas puestas para -aclararla, y que nunca hubiese sido escrita si no bastara a iluminar -por sí sola el entendimiento de toda clase de personas. - -Uno o días después hice una excursión a Mafra, distante de Cintra -unas tres leguas. La mayor parte del camino corre por escarpados -cerros, a veces peligrosos para las cabalgaduras; no obstante, llegué -a mi destino sin novedad. - -Mafra es un pueblo grande en las inmediaciones de un edificio -inmenso, construído para convento y palacio, algo semejante al -Escorial por su estructura; en él se halla la mejor biblioteca de -Portugal, con libros de todas las ciencias y en todos los idiomas, -muy apropiada a la magnitud y esplendidez del edificio donde se -encierra. Ya no había, empero, frailes para cuidarlo, como en otros -tiempos; expulsados de allí, algunos mendigaban su sustento, otros -habían ido a servir bajo las banderas de don Carlos, en España, y me -dijeron que muchos vivían del merodeo como bandidos. Abandonada a dos -o tres guardas, la mansión ofrece un aspecto solitario y desolado -que, en verdad, oprime el ánimo. Cuando estaba viendo los claustros, -se me acercó un muchacho muy apuesto y de rostro inteligente, y me -preguntó (supongo que con la esperanza de ganarse una propina) si -le permitiría enseñarme la iglesia del pueblo, muy digna de verse, -según dijo; rehusé, pero añadí que si me guiaba a la escuela se lo -agradecería mucho. Me miró con asombro y aseguró que en la escuela no -había nada notable, pues sólo contaba media docena de alumnos, entre -los cuales estaba él. Al decirle yo, sin embargo, que no siendo a -aquélla, no me llevaría a ninguna otra parte, se decidió de mala gana -a acompañarme. Por el camino me contó que el maestro era uno de los -frailes recientemente expulsados del convento, hombre muy instruído, -que hablaba francés y griego. Pasamos junto a una cruz de piedra, y -el muchacho se inclinó y se persignó con mucha devoción. Menciono el -detalle porque fué el primer caso de esa índole que observé en los -portugueses desde el día de mi llegada. Cuando estuvimos cerca de -la casa donde vivía el maestro, el muchacho me la indicó, y fué a -esconderse detrás de una tapia, donde esperó a que yo volviera. - -Al cruzar el umbral, me hallé frente a un hombre bajo y recio, entre -los sesenta y los setenta años de edad, vestido con un jubón azul -y unos calzones grises, sin camisa ni chaleco. Me miró con dureza -y me preguntó en francés en qué podía servirme. Me disculpé por -intrusarme de aquel modo, y le dije que, enterado de que desempeñaba -las funciones de maestro, iba a ofrecerle mis respetos y a pedirle -permiso para preguntarle algunas cosas referentes a la escuela. -Respondió que quien me hubiese dicho que él era maestro de escuela, -mentía, porque era fraile del convento, y nada más. - -—Entonces, ¿no es verdad—dije yo—que todos los conventos han sido -cerrados y expulsados los frailes? - -—Sí, sí—dijo suspirando—; es verdad, demasiado verdad. - -Guardó silencio un minuto, y al cabo, su buen natural se sobrepuso -a la cólera; extrajo una caja de rapé y me ofreció un polvo. Rama -de olivo de los portugueses, quien desee estar a bien con ellos no -debe negarse a meter el índice y el pulgar en la caja de rapé cuando -se la ofrezcan. Tomé, pues, una buena pulgarada, aunque aborrezco -el rapé, y pronto estuvimos en la mejor armonía posible. El fraile -estaba ansioso de noticias, especialmente de Lisboa y de España. -Le conté que los oficiales de la guarnición de Lisboa, el día antes -de salir yo de la capital, se habían presentado en masa a la reina -e insistido cerca de ella para que exonerase al ministerio, si no -quería que depusiesen las espadas; al oirlo, el fraile frotábase -las manos, asegurándome que las cosas no permanecerían tranquilas -en Lisboa. Cuando le dije, empero, que, en mi opinión, la causa de -don Carlos declinaba (hacía poco de la muerte de Zumalacárregui), -se enfurruñó, exclamando que eso era imposible, porque Dios, en su -justicia, no lo toleraría. Me condolí del pobre hombre, expulsado -del insigne convento inmediato, su antiguo hogar, y que, vista su -desguarnecida vivienda actual, trocaba en la senectud la abundancia y -las comodidades por la escasez y la miseria. Dos o tres veces intenté -hacerle hablar de la escuela, pero esquivó el tema, o dijo en pocas -palabras que no sabía nada acerca de eso. En cuanto le dejé, salió -de su escondite el muchacho y se reunió conmigo; se había escondido -temeroso de que su maestro supiera quién me había llevado allí, pues -no quería que los extraños descubrieran que era maestro de escuela. - -Pregunté al muchacho si él o sus padres conocían la Escritura y -si la leían alguna vez; no pareció haberme entendido. Debo hacer -notar que era un muchacho de unos quince años, muy despierto, con -algunos conocimientos de latín; sin embargo, no conocía la Escritura -ni de nombre, y no tengo duda, por mis observaciones ulteriores, -que cuando menos los dos tercios de sus compatriotas, no están en -asunto de tal importancia mejor instruídos que él. En las puertas -de las posadas lugareñas, en los hogares rústicos, en los campos -donde trabajan, en las fuentes de piedra al borde de los caminos, -donde abrevan sus ganados, he interrogado a la clase más humilde -de los hijos de Portugal acerca de la Escritura, de la Biblia, del -Viejo y del Nuevo Testamento, y ni una sola vez han sabido a qué me -refería ni me han dado una respuesta racional, aunque en todas las -demás cosas sus contestaciones fuesen bastante sensatas. Nada, en -verdad, me sorprendió tanto como el desembarazo y soltura con que los -campesinos portugueses sostienen una conversación, y la pureza del -lenguaje en que expresan sus pensamientos, aunque muy pocos saben -leer o escribir; mientras que los campesinos ingleses, cuya educación -es, en general, muy superior, son en su conversación de una grosería -y torpeza rayanas en la brutalidad, y cometen absurdas faltas -gramaticales, aunque la lengua inglesa es, en conjunto, de estructura -más sencilla que el portugués. - -Al regresar a Lisboa, encontré a nuestro amigo, que me recibió con -mucha bondad. Los diez días siguientes fueron extraordinariamente -lluviosos, impidiéndome hacer excursiones por el país; durante ese -tiempo vi con frecuencia a nuestro amigo, y examinamos con mucho -detenimiento los mejores medios de difundir los Evangelios. En su -opinión, no podíamos, por el momento, hacer cosa mejor que entregar -parte de nuestras existencias de libros a los libreros de Lisboa, y -emplear al mismo tiempo algunos repartidores que voceasen los libros -por las calles concediéndoles cierta ganancia por cada ejemplar -vendido. Aceptado este plan, fué puesto en práctica sin tardanza, y -con éxito no del todo malo. Pensé enviar algunos repartidores a los -pueblos inmediatos, pero nuestro amigo se opuso a ello. Consideraba -peligroso el intento, porque los curas rurales, dueños aún de -gran ascendiente en sus respectivas parroquias, y, en su mayoría, -resueltamente contrarios a la difusión del Evangelio, podían muy bien -ser causa de que maltrataran o asesinaran a nuestros emisarios. - -Resolví, sin embargo, antes de marcharme de Portugal, establecer -depósitos de Biblias en una o dos ciudades principales de provincias. -Deseaba yo visitar el Alemtejo, nombre que significa «más allá del -Tajo», región muy atrasada según mis noticias. Esta provincia no es -bella ni pintoresca, a diferencia de casi todas las demás partes de -Portugal; hay en ella muy pocas colinas y montañas. En su mayor -parte se compone de páramos cortados por alcores, por sombrías -cañadas y pinares enanos; la comarca está infestada de bandidos. La -principal ciudad es Evora, de las más antiguas de Portugal, sede, -en otro tiempo, de una rama de la Inquisición, todavía más cruel y -mortífera que la terrible de Lisboa. Evora está a unas sesenta millas -de Lisboa, y a Evora me resolví a ir, con veinte Testamentos y dos -Biblias. Ahora se verá lo que allí me sucedió. - - - - -CAPÍTULO II - - Boteros del Tajo.—Peligros de la corriente.—Aldea Gallega.—La - hostería.—Ladrones.—Sabocha.—Aventura de un arriero.—_Estalagem - de ladrões._—Don Gerónimo.—Vendas Novas.—Un Sitio Real.—Los - cerdos del Alemtejo.—Monte Moro.—Un cabrero singular.—Los hijos - de los campos.—Infieles y saduceos. - - -En la tarde del 6 de diciembre salí para Evora en compañía de mi -criado. El paso del río se hace en unas lanchas o faluchos, como -les llaman, que prestan servicio regular. Me habían dicho que la -corriente sería favorable a eso de las cuatro, pero al llegar a -la orilla del Tajo, frente a Aldea Gallega, punto entre el cual y -Lisboa circulan las lanchas, me encontré con que la corriente no les -permitiría salir antes de las ocho de la noche. Si esperaba hasta esa -hora, desembarcaría probablemente en Aldea Gallega hacia la media -noche, y no tenía yo muchas ganas de hacer mi _entrée_ en el Alemtejo -a tales horas; por tanto, como vi varados allí algunos pequeños -botes, que podían salir en cualquier momento, resolví alquilar uno -para la travesía, aunque el costo era mucho mayor. Pronto cerré trato -con un muchacho de mirar selvático que se ofreció a tomarme a bordo -de uno de aquellos botes, del que era copropietario, según dijo. No -sabía yo lo peligroso que es cruzar el Tajo por su parte más ancha, -precisamente desde enfrente de Aldea Gallega, en cualquier tiempo, -pero sobre todo a la caída de la tarde en invierno; que a saberlo no -me hubiera aventurado a tanto. El muchacho, y un camarada suyo de -aspecto miserable, cuyo único vestido, a pesar de la estación, era -un jubón y unos calzones andrajosos, remaron hasta llegar a media -milla de la costa; entonces izaron una vela muy grande, y el muchacho -que parecía ser el jefe y dirigirlo todo, empuñó el timón y se puso -a gobernar el bote. La tarde comenzaba a oscurecer; el sol estaba -ya cerca de la raya del horizonte; hacía mucho frío, y las olas del -noble Tajo comenzaron a coronarse de espumas. Dije al botero que era -casi imposible que el bote llevase tanta vela sin zozobrar, y al -oírme, se echó a reír, y comenzó una charla de lo más incoherente. -Su pronunciación era la más rápida y áspera que hasta entonces había -observado en ningún ser humano; mezclábanse en ella alaridos de hiena -con ladridos de perro, pero eso no era, en modo alguno, indicio de -su condición natural, alegre y desenvuelta y sin asomos de mala -intención, según vi muy pronto. Cuando, para demostrarle el poco -caso que le hacía, me puse a cantar _Eu que sou contrabandista_, se -echó a reír con toda su alma, y dándome palmadas en el hombro, me -dijo que haría todo lo posible por no ahogarnos. Al otro pobrecillo -no parecía repugnarle gran cosa irse a fondo; sentado en la proa del -bote, semejaba la estatua del hambre, y cuando las olas, rompiendo -por el lado del mar, le mojaban los escasos vestidos, sonreía. De -allí a poco me convencí de que había llegado nuestra última hora; el -viento era cada vez más fuerte, las olas más hirvientes, el bote se -ponía con frecuencia de través, y el agua nos entraba a torrentes -por sotavento. A pesar de todo, aquel mozo salvaje, sin soltar el -timón, reía y parlaba, y a veces, berreaba un trozo de _Quando el rey -chegou_, canción miguelista, que no se podía cantar en Lisboa sin ir -a la cárcel. - -La corriente estaba en contra nuestra, pero el viento nos era -favorable; emprendimos una carrera vertiginosa, y vi que nuestra -única probabilidad de salvación estaba en doblar rápidamente el -saliente de la margen del Tajo, donde comienza la ensenada o bahía -en que se halla Aldea Gallega, porque entonces ya no tendríamos que -luchar con las olas del río, encrespadas por el viento contrario. -La voluntad del Todopoderoso nos permitió ganar prontamente aquel -refugio, no sin que antes el bote se llenase casi por completo de -agua, y nos caláramos hasta los huesos. A eso de las siete de la -tarde atracamos en Aldea Gallega, tiritando de frío, y en un estado -lamentable. - -Esas dos palabras españolas: Aldea Gallega, son el nombre de un -pueblo que podrá tener unos cuatro mil habitantes. Era noche cerrada -cuando desembarcamos. A poco, comenzaron a volar cohetes aquí y -allá, iluminando el espacio en todas direcciones. Cuando íbamos -por la calle sucia y desempedrada que conduce al _largo_ o plaza, -un estruendo horrible de tambores y gritos nos atronó los oídos. -Pregunté la causa de tanto bullicio, y me dijeron que era la víspera -de la concepción de la Virgen. - -Como no era costumbre de los posaderos proveer al sustento de sus -huéspedes, vagué por las calles en busca de provisiones; al cabo, -viendo a unos soldados que comían y bebían en una especie de taberna, -entré y pedí al dueño que me proporcionase algo de cena, y sin -tardanza me satisfizo, no del todo mal, aunque cobrándolo a buen -precio. - -Me acosté temprano, porque las mulas que había contratado para -llevarnos a Evora, vendrían a buscarnos a las cinco de la mañana -siguiente. Mi criado dormía en la misma habitación, única disponible -en la posada. No pude pegar los ojos en toda la noche. Teníamos -debajo una cuadra, en la cual dormían varios _almocreves_ o -carreteros con sus mulas. Detrás de nosotros, en el corral, había una -pocilga. ¿Cómo dormir? Los cerdos gruñían, resoplaban las mulas, y -los _almocreves_ roncaban de un modo horrible. Oí dar las horas en -el reloj del pueblo hasta media noche, y desde media noche hasta las -cuatro, hora en que me levanté y comencé a vestirme, enviando a mi -criado a dar prisa al hombre de las mulas, porque estaba harto de la -posada y deseaba marcharme cuanto antes. Un viejo huesudo y fuerte, -acompañado de un muchacho descalzo, llegó con las bestias, que eran -bastante regulares. El viejo, dueño de las mulas, y tío del muchacho, -venía dispuesto a acompañarnos hasta Evora. - -Cuando salimos, la luna brillaba esplendorosa, y el frío de la mañana -era penetrante. Tomamos un camino hondo y arenoso, al salir del -cual pasamos ante un vasto edificio, de extraño aspecto, situado en -una desamparada colina arenosa, a nuestra izquierda. Cinco o seis -hombres a caballo, que marchaban a buen paso, nos dieron rápidamente -alcance. Todos llevaban largas escopetas colgadas del arzón, y la -boca de los cañones asomaba como a dos pies por debajo de la panza de -los caballos. Pregunté al viejo la razón de aquel aparato guerrero. -Respondióme que los caminos estaban muy malos (quería decir que -abundaban los ladrones) y que aquellos hombres iban armados así para -su defensa; muy poco después torcieron a la izquierda, en dirección -de Palmella. - -Entramos en una planicie arenosa, salpicada de pinos enanos; el -camino era poco más que un sendero, y conforme avanzamos, los árboles -fueron espesándose hasta formar un bosque, que se extendía unas dos -leguas, con espacios claros, donde pastaban rebaños de cabras y -ovejas; las cencerrillas que llevaban colgadas del cuello sonaban con -un tintineo apagado y monótono. El sol estaba empezando a salir, pero -la mañana era triste y nublada, y esto, unido al desolado aspecto -de la comarca, causaba en mi ánimo una impresión desagradable. Eché -pie a tierra y anduve un poco, trabando conversación con el viejo. -Al parecer, no sabía hablar más que de «los ladrones» y de las -atrocidades que tenían por costumbre cometer en los mismos sitios -por donde íbamos pasando. Las historias que contaba eran, en verdad, -horribles, y por no oírlas, monté de nuevo y me adelanté un buen -trecho. - -Al cabo de hora y media salimos del bosque a un terreno quebrado, -yermo y bravío, cubierto de _mato_, o matorrales. Las mulas -detuviéronse a beber en un charco de poca hondura; y al mirar a la -derecha, vi las ruinas de una pared. Aquello era, según me dijo el -guía, lo que quedaba de _Vendas Velhas_, o Ventas Viejas, antigua -guarida de Sabocha, ladrón famoso. Parece que el tal Sabocha tuvo a -sus órdenes, unos diez y seis años antes, una partida de cuarenta -bandoleros, que infestaban aquellos despoblados y vivían del robo. -Durante mucho tiempo, el ventero Sabocha ejerció su atroz oficio sin -infundir sospechas, y muchos infelices viajeros fueron asesinados en -el silencio de la noche dentro de la venta solitaria regentada por él -en aquel bosque; nunca he visto, en verdad, situación más a propósito -para robar y matar. La cuadrilla tenía la costumbre de abrevar -sus caballos en aquel charco, y quizás allí se lavaban las manos -manchadas con la sangre de sus víctimas. El segundo de la cuadrilla -era hermano de Sabocha, tipo fortísimo y feroz, famoso sobre todo -por su destreza en tirar el cuchillo, con el que solía atravesar a -sus enemigos. Al fin se descubrió la connivencia de Sabocha y de -los bandidos, y el ventero huyó con la mayor parte de sus socios, -cruzando el Tajo para refugiarse en las provincias del Norte; en un -encuentro fortuito con la fuerza pública, en el camino de Coimbra, -Sabocha y toda su cuadrilla perdieron la vida. Su casa fué arrasada -por orden del Gobierno. - -Los ladrones frecuentan todavía esas ruinas, y en ellas comen y -beben, en acecho de una presa, porque el sitio domina un buen trozo -del camino. El viejo me aseguró que, unos dos meses antes, al volver -a Aldea Gallega con sus mulas de acompañar a unos viajeros, le -había derribado, desnudado y robado un individuo que, a su parecer, -salió de aquel nido de asesinos. Díjome que el agresor era joven y -de fuerza extraordinaria, con inmensos bigotes y patillas, armado -con una _espingarda_ o mosquete. Unos diez días más tarde vió al -ladrón en Vendas Novas, en donde nosotros íbamos a pasar la noche. -El individuo, al reconocer a su víctima, le llevó aparte, y con -horrendas imprecaciones le intimó que no volvería a ver más su casa -si intentaba delatarle; el viejo se estuvo en paz, porque tenía muy -poco que ganar y sí mucho que perder haciendo que prendieran al -ladrón, ya que no hubieran tardado en soltarlo por falta de pruebas, -y entonces era inevitable su venganza si no se adelantaban sus -compañeros a tomarla. - -Me apeé y fuí hasta las ruinas, donde vi los restos de una hoguera y -una botella rota. Los hijos del robo habían pasado por allí muy poco -antes. Dejé un ejemplar del _Nuevo Testamento_ y algunos folletos, y -partimos apresuradamente. - -El sol había disipado las nieblas y empezaba a calentar mucho. -Llevaríamos próximamente otra hora de camino, cuando sonó un -relincho a nuestra espalda, y el guía nos dijo que venía un grupo de -hombres a caballo; como nuestras mulas andaban a buen paso, tardaron -lo menos veinte minutos en alcanzarnos. El jinete que rompía la -marcha era un caballero vestido con elegante traje de camino; un -poco detrás seguían un oficial, dos soldados y un mozo de librea. -Oí al caballero que parecía principal, preguntar a mi criado, al -emparejarse con él, quién era yo, y si francés o inglés. Le dijo -que un caballero inglés, de viaje. Preguntó entonces si entendía el -portugués, y el criado respondió qué sí, pero que, a su parecer, -hablaba yo mejor el italiano y el francés. El caballero espoleó el -caballo y me abordó, pero no en portugués, francés ni italiano, -sino en el inglés más puro que he oído hablar a un extranjero; no -había en su pronunciación ni el más leve acento extranjero, y, a no -haber conocido en su rostro que mi interlocutor no era inglés (como -todos saben, hay en el semblante de un inglés una particularidad -indescriptible que le delata), hubiera creído que se trataba de un -compatriota. Continuamos juntos departiendo hasta llegar a Pegões. - -Pegões se compone de dos o tres casas y de una posada; hay, además, -una especie de barraca donde se alberga media docena de soldados. No -hay en todo Portugal un sitio de peor fama que éste, y la posada -lleva el apodo de _Estalagem de Ladrões_ o sea, hostería de ladrones; -porque los bandidos que campan por los despoblados que se extienden -a varias leguas a la redonda, tienen la costumbre de venir a esta -posada a gastar el dinero y demás productos de su criminal oficio; -allí cantan y bailan, comen conejo guisado y aceitunas, y beben el -vino espeso y fuerte del Alemtejo. Una enorme fogata, alimentada por -el tronco de un alcornoque, ardía en un fogón bajo, a la izquierda -de la entrada de la espaciosa cocina. Arrimadas al fuego cocían -varias ollas, cuyo apetitoso olor me recordó que aún no me había -desayunado, a pesar de ser cerca de la una y de haber hecho a caballo -cinco leguas. Varios hombres, de aspecto siniestro, que si no eran -bandidos, fácilmente podían ser tomados por tales, estaban sentados -en unos leños al amor de la lumbre. Híceles algunas preguntas -indiferentes, a las que contestaron con desembarazo y cortesía, y uno -de ellos, que dijo saber de letra, aceptó un folleto que le ofrecí. - -Mi nuevo amigo, después de encargar la comida, o más bien almuerzo, -me invitó con gran amabilidad a participar en él, y, al mismo tiempo, -me presentó a su acompañante el oficial, hermano suyo, que también -hablaba inglés, pero con menos perfección. Mi amigo resultó ser -don Jerónimo José de Azveto, secretario del Gobierno en Evora; su -hermano pertenecía a un regimiento de húsares que tenía el cuartel -general en aquella ciudad, pero con patrullas destacadas a lo -largo del camino, por ejemplo, en el lugar donde nos encontrábamos -detenidos. - -En Pegões, el principal artículo de comer parece que son los conejos, -muy abundantes en los páramos de las cercanías. Comimos uno frito, -con una pringue deliciosa, y luego otro asado, que nos sirvieron -entero en una fuente; la posadera, después de lavarse las manos, lo -partió, y luego vertió sobre los pedazos una salsa sabrosa. Comí con -mucho gusto de ambos platos, sobre todo del último, quizás por la -curiosa y para mí nueva manera de aderezarlo. Con unos higos de los -Algarves, excelentes, y unas manzanas, concluyó nuestra comida; pero -el cuartito reservado en que comimos era de suelo cenagoso, y su -frialdad me penetró de modo que ni de los manjares ni de la agradable -compañía pude sacar todo el placer que en otro caso hubiera tenido. - -Don Jerónimo se había educado en Inglaterra, país en que transcurrió -su infancia, lo cual explicaba en mucha parte su dominio de la lengua -inglesa, que únicamente se puede aprender bien residiendo en el país -durante aquella etapa de la vida. Había, además, huído a Inglaterra -poco después de la usurpación del Trono de Portugal por don Miguel, -y desde allí fué al Brasil, donde se consagró al servicio de don -Pedro, y le acompañó en la expedición que terminó por la caída -del usurpador y el establecimiento del Gobierno constitucional en -Portugal. Nuestra conversación versó sobre literatura y política, -y mi conocimiento de las obras de los escritores más famosos de -Portugal fué acogido con sorpresa y contento; nada tan halagüeño -para un portugués como observar que un extranjero se interesa por su -literatura nacional, de la que, en muchos respectos, se enorgullece -con justicia. - -A eso de las dos cabalgamos de nuevo y proseguimos juntos nuestro -camino a través de un país exactamente igual al que habíamos -atravesado antes, áspero y quebrado, con grupos de pinos aquí y allá. -La tarde era muy despejada, y los brillantes rayos del sol realzaban -la desolación del paisaje. Habríamos avanzado dos leguas, cuando -percibimos en lontananza un gran edificio, de majestuosa apariencia, -que era, según me dijeron, un palacio real situado al otro extremo de -Vendas Novas, pueblo donde íbamos a pernoctar; aún nos faltaba más de -una legua para llegar a él, pero a través de la clara y transparente -atmósfera de Portugal, parecía mucho más próximo. - -Antes de llegar a Vendas Novas pasamos junto a una cruz de piedra, en -cuyo pedestal había cierta inscripción conmemorativa de un asesinato -horrible cometido en aquel lugar en la persona de un lisboeta; la -cruz parecía ya antigua y estaba cubierta de musgo; la inscripción -era, en su mayor parte, ilegible, al menos para mí, que no podía -gastar mucho tiempo en descifrarla. Llegados a Vendas Novas y -encargada la cena, mi nuevo amigo y yo fuimos dando un paseo a ver el -palacio. Fué edificado por el difunto rey de Portugal, y su aspecto -exterior es poco notable. El edificio, largo y con dos alas, consta -de dos pisos tan sólo, aunque parece mucho más alto por estar situado -en una elevación del terreno; tiene quince ventanas en el piso alto -y doce en el bajo, con una puerta mezquina, algo así como la puerta -de un granero, a la que se llega por un solo peldaño. El interior -corresponde al exterior, y no hay en él nada interesante para el -curioso, excepto las cocinas, magníficas en verdad, y tan grandes, -que puede condimentarse en ellas al mismo tiempo comida suficiente -para todos los habitantes del Alemtejo. - -Pasé la noche con toda comodidad en una cama limpia, lejos de todos -aquellos ruidos tan frecuentes en las posadas portuguesas, y a -las seis de la mañana del siguiente día continuamos el viaje, que -esperábamos terminar antes de ponerse el sol, porque Evora sólo dista -diez leguas de Vendas Novas. Si la mañana anterior había sido fría, -ésta lo era mucho más, tanto que, poco antes de salir el sol, no pude -resistir más a caballo, y, echando pie a tierra, corrí y anduve hasta -llegar a unas casuchas en el límite de los desolados páramos. En una -de aquellas casas se encontraron los emisarios de don Pedro y los de -don Miguel, y allí se concertó la renuncia de este último a la corona -en favor de doña María de la Gloria; Evora fué el postrer reducto -del usurpador, y las parameras del Alemtejo el último teatro de las -luchas que tanto tiempo agitaron al infortunado Portugal. Contemplé, -pues, con mucho interés aquellas miserables chozas, y no dejé de -esparcir por los contornos algunos de los preciosos folletitos que, -con una corta cantidad de _Testamentos_, llevaba en mi saco de noche. - -El paisaje comenzó desde allí a mejorar; dejamos atrás los agrestes -matorrales y atravesamos colinas y valles cubiertos de alcornoques y -de _azinheiras_, las cuales producen bellotas dulces o _bolotas_, tan -agradables como las castañas, y principal alimento en invierno de los -numerosos cerdos que cría el Alemtejo. Los cerdos son muy hermosos: -de patas cortas, corpulentos, de color negro o rojo oscuro; de la -excelencia de su carne puedo dar testimonio, porque muchas veces -la he saboreado con deleite en mis viajes por esta provincia; el -_lombo_, o lomo, asado en el rescoldo, es delicioso, especialmente -comiéndolo con aceitunas. - -Nos hallábamos a la vista de Monto Moro, que, como su nombre indica, -fué en otro tiempo una fortaleza de los moros. Es una colina alta y -escarpada, en cuyas cúspide y vertiente yacen muros y torreones en -ruinas. Por el lado de Poniente, en un profundo barranco o valle, -corre un delgado arroyo, cruzado por un puente de piedra; más -abajo hay un vado, que atravesamos para subir a la ciudad, la cual -comienza casi al pie de la montaña, por el Norte, y va faldeando -hacia el Noreste. La ciudad es sumamente pintoresca, con muchas casas -antiquísimas, construídas a la manera morisca. Tenía grandes deseos -de examinar los restos de la fortaleza mora en la parte alta del -monte; pero el tiempo urgía, y la brevedad de nuestra estada en el -lugar no me consintió satisfacer ese gusto. - -Monte Moro es cabeza de una cadena de colinas que cruza esta parte -del Alemtejo, y que aquí se bifurca hacia el Este y el Sureste; en la -primera dirección está el camino directo a Elvas, Badajoz y Madrid; -en la segunda, el camino a Evora. La tercera montaña de la cadena -que bordea el camino de Elvas es muy hermosa. Se llama Monte Almo; -hállase cubierta de alcornoques hasta la cima, y un arroyo rumoroso -corre al pie. Bajo los rayos gloriosos del sol, brillaban las verdes -praderas, donde pacían rebaños de cabras, haciendo sonar alegremente -sus campanillas. El _tout ensemble_ semejaba un lugar encantado. Para -que nada faltase en el cuadro, encontré debajo de una _azinheira_ -a un hombre, un cabrero, cuyo aspecto me hizo recordar al pastor -salvaje mencionado en cierta balada danesa. - -«Sobre sus hombros tenía un jabalí—en su seno dormía un oso negro, -etc.» - -El cabrero tenía en un hombro un animal, que, según me dijo, era -una _lontra_, o nutria, acabada de cazar en el arroyo inmediato; -una cuerda, atada por un extremo al brazo del cazador, la rodeaba -el cuello. A su izquierda había un saco, por cuya boca asomaban las -cabezas de dos o tres animales bastante extraños; a su derecha se -agazapaba un lobezno gruñón que estaba domesticando. Todo su aspecto -era de lo más salvaje y fiero. Tras unas pocas palabras, como las que -generalmente suelen cambiar los que se encuentran en un camino, le -pregunté si sabía leer, y no me contestó. Traté entonces de averiguar -si tenía alguna idea de Dios o de Jesucristo, y mirándome fijamente -al rostro por un momento, se volvió luego hacia el sol, ya próximo -al ocaso, hízole una reverencia, y de nuevo clavó en mí su mirada. -Creo que entendí bien esta muda respuesta, la cual significaba, -probablemente, que Dios era el autor de aquella gloriosa luz que -alumbra y alegra toda la creación. Satisfecho con esta creencia, le -dejé, y me apresuré a dar alcance a mis compañeros, que me habían -tomado considerable delantera. - -Siempre he encontrado en el ánimo de campesinos más determinada -inclinación a la religión y a la piedad que en los habitantes de -las ciudades y villas; la razón es obvia: aquéllos están menos -familiarizados con las obras de los hombres que con las de Dios; sus -ocupaciones, además, son sencillas, no requieren tanta habilidad -o destreza como las que atraen la atención del otro grupo de sus -semejantes, y son, por tanto, menos favorables para engendrar la -presunción y la suficiencia propia, tan radicalmente distintas de -la humildad de espíritu, fundamento verdadero de la piedad. Los -que se burlan de la religión y la escarnecen, no salen de entre -sencillos hijos de la naturaleza; son más bien la excrecencia de -un refinamiento recargado, y aunque su influjo pernicioso llega -ciertamente a los campos, y corrompe en ellos a muchos hombres, la -fuente y el origen del mal está en los grandes centros, donde la -población se apiña y donde la naturaleza es casi desconocida. No soy -de los que van a buscar la perfección humana en la población rural de -ningún país; la perfección no existe en hijos del pecado, dondequiera -que residan; pero mientras el corazón no se corrompe, hay esperanza -para el alma, porque hasta Simón Mago se convirtió. Pero una vez que -la incredulidad endurece el corazón, y la prudencia según la carne -refuerza la incredulidad, hace falta para ablandarlo que la gracia -de Dios se manifieste con exuberancia desusada, porque en el libro -sagrado leemos que el fariseo y el mago llegaron a ser receptáculos -de gracia; pero en ninguna parte se menciona la conversión del burlón -Saduceo; ¿y qué otra cosa es un incrédulo moderno más que un Saduceo -de última hora? - -La noche cerró antes que llegásemos a Evora, y después de despedirme -de mis amigos, que amablemente me ofrecieron su casa, me dirigí con -mi criado al _Largo de San Francisco_, donde, según dijo el arriero, -estaba la mejor hostería de la ciudad. Entramos a caballo en la -cocina, a continuación de la cual estaba la cuadra, como es uso en -Portugal. Gobernaban la casa una vieja que parecía gitana, y su -hija, muchacha de unos diez y ocho años, hermosa y fresca como una -flor. La casa era grande. En el piso alto había un vasto aposento, -a modo de granero, que ocupaba casi toda la longitud del edificio; -en el extremo había una divisoria para formar una alcoba de regular -comodidad, pero muy fría; el piso era de baldosa, como el de la -espaciosa sala contigua, donde los arrieros solían dormir en las -mantas y enjalmas de sus malas. Después de cenar me acosté, y luego -de ofrecer mis devociones a Aquel que me había protegido en un viaje -tan peligroso, me dormí profundamente hasta el otro día[29]. - - [29] El Monte Moro de que habla Borrow en este capítulo y - describe después en el VI es Montemôr, o Montemayor. (Knapp). - - - - -CAPÍTULO III - - Un comerciante de Evora.—Contrabandistas españoles.—El león y el - unicornio.—La fuente.—Confianza en el Todopoderoso.—Reparto de - folletos.—La librería en Evora.—Un manuscrito. La Biblia como - guía.—La infame María.—El hombre de Palmella.—El conjuro.—El - régimen frailuno.—Domingo.—Volney.—Un auto de fe.—Hombres de - España.—Lectura de un folleto.—Nuevos viajeros.—La mata de romero. - - -Evora es una pequeña ciudad murada, pero sin un sistema defensivo, y -no resistiría un sitio de veinticuatro horas. Tiene cinco puertas; -delante de la del Suroeste se halla el paseo principal, donde -también se celebra una feria el día de San Juan. Las casas son, en -general, muy antiguas, y muchas están vacías. Cuenta unos cinco mil -habitantes; pero con sobrada capacidad para doble número de gente. -Los dos edificios principales son la Seo, o catedral, y el convento -de San Francisco, en la misma plaza en que, frente a él, se hallaba -mi _posada_. A mano derecha, entrando por la puerta del Suroeste, -hay un cuartel de caballería. Por el Sureste, a unas seis leguas de -distancia, descúbrese una cadena de montañas azules; la más alta, -llamada _Serra Dorso_, pintoresca, bella, alberga en sus escondrijos -muchos lobos y jabalíes. Como a legua y media más allá de esa -montaña, está Estremoz. - -El día siguiente a mi llegada lo empleé principalmente en visitar -la ciudad y sus cercanías, y al vagar de un lado para otro, trabé -conversación con diversas personas. Algunas eran de la clase media, -comerciantes o artesanos, y todos constitucionalistas, o se llamaban -tales; pero tenían muy pocas cosas que decir, salvo unos cuantos -lugares comunes acerca de la vida de frailes, de su hipocresía y -holgazanería. Quise obtener noticias respecto del estado de la -instrucción en la localidad, y de sus respuestas deduje que el nivel -debía de estar muy bajo, porque, al parecer, no había escuelas -ni librerías. Si les hablaba de religión, mostraban grandísima -indiferencia por el asunto, y, haciéndome una cortés inclinación de -cabeza, se marchaban lo antes posible. - -Fuí a ver a un comerciante para quien llevaba yo una carta de -presentación, y se la entregué en su tienda, donde le encontré detrás -del mostrador. En el curso de nuestra conversación averigüé que le -habían perseguido mucho durante el antiguo régimen, al que profesaba -aversión sincera. Díjele que la ignorancia del pueblo en materia de -religión había sido el sostén del antiguo régimen, y que el mejor -modo de impedir su retorno sería llevar la luz a todos los espíritus. -Añadí que había llevado a Evora un pequeño repuesto de Biblias y -Testamentos, y deseaba entregárselos a un comerciante respetable -para su venta, y que si él deseaba contribuir a extirpar las raíces -de la superstición y de la tiranía, no podía hacer cosa mejor que -encargarse de tales libros. Se declaró dispuesto a ello, y me fuí, -determinado a entregarle la mitad de los que tenía. Volví a mi posada -y me senté en un leño, debajo de la inmensa campana de la chimenea de -la sala común; dos hombres de rostro huraño estaban arrodillados en -el suelo. Tenían ante sí un buen montón de objetos de hierro viejo, -latón y cobre, que iban clasificando, y colocábanlos después en -sacos. Eran contrabandistas españoles de ínfima categoría, y ganaban -miserablemente su vida llevando de matute tales desechos desde -Portugal a España. No hablaban ni una palabra, y cuando me dirigí a -ellos en su lengua natal, me contestaron con una especie de gruñido. -Estaban tan sucios y mohosos como el hierro en que traficaban; en la -cuadra del piso bajo tenían cuatro miserables borriquillos. - -La posadera y su hija me trataban con amabilidad extremada, y por -adularme me hicieron algunas preguntas respecto de Inglaterra. Un -hombre con traje algo parecido al de los marineros ingleses, sentado -frente a mí debajo de la campana, dijo: «Yo aborrezco a los ingleses -porque no están bautizados y son gente sin ley.» Se refería a la -ley de Dios. Me eché a reír y le dije que, según la ley inglesa, -a nadie sin bautizar podía dársele sepultura en tierra sagrada; a -lo cual repuso: «Entonces sois más rigurosos que nosotros.» Luego, -añadió: «¿Qué significan el león y el unicornio que vi el otro día -en un escudo a la puerta del cónsul inglés en Setubal?» Respondí que -eran las armas de Inglaterra. «Sí; pero ¿qué representan?» Dije que -no lo sabía. «Entonces—replicó—, no conoce usted los secretos de su -propio país.» A lo cual: «Supóngase—le contesté—, que le dijese a -usted que representan el león de Bethlehem y la bestia cornuda de -abismos ardientes, luchando por el predominio en Inglaterra, ¿qué -diría?» «Diría—repuso—, que me daba usted una respuesta perfecta.» -Aquel hombre y yo llegamos a ser grandes amigos. Venía de Palmella, -no lejos de Setubal; llevaba unos cuantos caballos y mulas, y era -tratante en cebada y trigo. De nuevo volví a pasearme y a vagar por -los alrededores de la ciudad. - -Como a media milla de las murallas, por el lado Sur, hay una fuente -de piedra, donde los arrieros y demás gentes que acuden a la ciudad, -acostumbran a dar agua a sus bestias. Allí me estaba sentado unas -dos horas, hablando con todo el que hacía alto en la fuente. Hago -notar que durante mi estancia en Evora repetí a diario esta visita, -deteniéndome en ella el mismo tiempo; gracias a este plan, creo -que hablé, por lo menos, con unos doscientos portugueses acerca de -asuntos tocantes a su salvación eterna. Descubrí que muy pocos de -aquellos a quienes hablé habían recibido educación literaria, ninguno -había leído la Biblia, no más de media docena tenían una ligerísima -noticia de lo que son los libros santos. Casi todos eran fanáticos -papistas y miguelistas de corazón. Por tanto, cuando me decían que -eran cristianos, negábales yo la posibilidad de que lo fueran, pues -ignoraban a Cristo y sus mandamientos, y ponían la esperanza de su -salvación en reglas externas y prácticas supersticiosas inventadas -por Satanás para mantenerlos en tinieblas y que al cabo cayesen -en el abismo que les tenía preparado. Díjeles muchas veces que el -Papa, a quien reverenciaban, era un insigne impostor y el principal -ministro de Satanás en la tierra, y que los frailes y monjes, cuya -ausencia lamentaban, a quienes estaban acostumbrados a confesar sus -pecados, eran agentes subalternos suyos. Cuando me pedían pruebas, -aducía invariablemente la ignorancia de mis oyentes respecto de las -Escrituras, y decía que si sus guías espirituales hubiesen realmente -sido ministros del Señor, no hubieran dejado a sus rebaños ignorar su -palabra. - -Desde entonces acá, me ha sorprendido muchas veces el no recibir -insultos ni malos tratos de la gente cuya superstición atacaba -yo de ese modo; en verdad, nada malo me sucedió, y me inclino a -creer que la extremada audacia que yo desplegaba, confiado en la -protección del Todopoderoso, puede haber sido la causa de ello. Lo -mejor frente al peligro es mirarlo cara a cara, y así generalmente se -desvanece como las nieblas de la mañana a la luz del sol; mientras -que, desanimándose, el peligro se hace de fijo mayor. Abrigo la viva -esperanza de que mis palabras llegaron muy adentro en el corazón -de algunos de mis oyentes, porque vi a muchos de ellos marcharse -abstraídos y pensativos. En ocasiones repartía entre estas gentes -algunos folletos, pues aunque fuesen incapaces de sacar de ellos -personalmente gran provecho, pensé que servirían de instrumento para -que en lo futuro cayeran en otras manos y alguien los utilizara para -su salvación. ¡Cuánto libro abandonado a las olas aborda a remotas -playas, y allí sirve de bendición y consuelo a millones de gentes que -ignoran su procedencia! - -Al siguiente día, viernes, fuí a visitar en su casa a mi amigo don -Jerónimo Azveto. No le encontré, pero me dijeron que le buscase en -la Seo, o palacio episcopal, en uno de cuyos aposentos le hallé, -en efecto, escribiendo con otro señor, a quien me presentó; era el -gobernador de Evora, que me recibió con toda bondad y cortesía. -Después de hablar un rato salimos juntos a visitar un edificio -antiguo, del que se decía que en tiempos pasados fué templo de Diana. -Parte de él era evidentemente de construcción romana; no había lugar -a error ante las bellas y elegantes columnas que sostenían la cúpula, -bajo la que probablemente se cumplían sacrificios a la divinidad más -poética y atrayente de los gentiles; pero los antiguos intercolumnios -habían sido macizados en tiempos modernos, y el resto del edificio -parecía ser de fines de la Edad Media. Estaba situado en un extremo -de la antigua casa de la Inquisición, y fué residencia del obispo -antes de construirse la Seo actual. - -Dentro de la Seo, donde vive ahora el gobernador, hay una magnífica -biblioteca, que ocupa una inmensa pieza abovedada, como la nave de -una catedral; en un aposento contiguo hay una colección de cuadros de -autores portugueses, principalmente retratos, entre los que se halla -el de don Sebastián. Quiero creer que el pintor no le hizo justicia, -porque le representó en figura de un tosco mancebo como de diez y -ocho años, abotagado y bobo, con ojos saltones, y una golilla en -torno del cuello corto y apoplético. - -Me enseñaron varios misales con bellas miniaturas, y otros -manuscritos, uno de cuales atrajo sobre todo mi atención, por motivos -que se adivinan con sólo decir que su título era: - -«_Forma sive ordinatio Capelle ilustrissimi et xianissimi principis -Henrici Sexti Regis Anglie et Francie am dm̄ Hibernie descripta -serenissiō principi Alfonso Regi Portugalie illustri per humilen -servitoren sm̄ Willm. Sav. Decanū capelle supradicte._» - -¡Me pareció oír la voz de mi amada tierra natal en los tiempos -pasados! La biblioteca y la colección de cuadros las formó uno de los -últimos obispos, varón muy ilustrado y piadoso. - -Por la noche cené con don Jerónimo y su hermano; éste nos dejó en -seguida para cumplir sus deberes de militar. Mi amigo y yo hablamos -con detenimiento de cosas importantes. Empezó lamentándose de la -ignorancia en que estaban sumidos sus conterráneos, y me dijo que -tanto él como su amigo el gobernador se proponían establecer un -colegio en aquellos contornos, habiéndose dirigido al Gobierno en -demanda de autorización para utilizar un convento vacío, llamado el -_Espinheiro_, o el espino, distante una legua de allí, y esperaban -ver aceptada su propuesta. Ya le había yo dicho a don Jerónimo mi -calidad y mis propósitos; y al manifestarle ahora mi contento por -los planes que abrigaba, le rogué con las más vivas instancias que -usase de su valimiento para que la educación dada a los muchachos -tuviera por base el conocimiento de las Escrituras, y añadí que la -mitad de las Biblias y Testamentos llevados por mí a Evora la ponía -gustoso a su disposición. Al instante me tendió la mano, y aceptó mi -oferta con gran placer, prometiéndose hacer cuanto pudiera en pro de -mis intenciones, también suyas en muchos respectos. Entonces añadí -que yo no había ido a Portugal con la idea de propagar los dogmas de -una secta particular, sino con la esperanza de difundir la Biblia, -manantial de cuanto es útil y conducente al bien de la sociedad; -que no me importaba lo que la gente profesara, con tal que tuviese -por guía la Biblia, porque allí donde se leen las Escrituras, ni la -superchería clerical ni la tiranía duran mucho; aduje como ejemplo -mi propio país, cuya libertad y prosperidad se deben a la Biblia, y -donde cabalmente el último perseguidor del libro, la sanguinaria e -infame María Tudor, fué también el último tirano que se sentó en el -trono. Me separé de mi amigo ya muy entrada la noche, y a la mañana -siguiente le envié los libros, en la firme y confiada esperanza de -que una aurora radiante y gloriosa iba a disipar las lúgubres sombras -de la noche que durante tanto tiempo habían envuelto al Alemtejo. - -Al siguiente día de este interesante suceso, sábado, hablé de nuevo -con el hombre de Palmella. Le pregunté si nunca en sus viajes le -habían atacado los ladrones; me respondió que no, pues, en general, -viajaba acompañado. «Sin embargo—añadió—cuando viajo solo tampoco -tengo miedo, porque voy bien protegido.» Supuse que llevaría buenas -armas, y así se lo dije. «No más arma que esta»—repuso, mostrándome -uno de esos enormes cuchillos de manufactura inglesa, de que suelen -estar provistos los campesinos portugueses. Esos cuchillos se emplean -para muchos usos, y me parecen un arma bastante más eficaz que el -puñal. «Pero no es este cuchillo—continuó el hombre—lo que me da más -confianza.» «¿Pues qué es?» «Esto—contestó, y extrajo del seno un -escapulario que llevaba colgado del cuello con un cordón de seda—. -Aquí llevo una _oraçam_, o plegaria, escrita por una persona de -virtud, y mientras no se aparte de mí no me ocurrirá nada.» Como la -curiosidad es el principal rasgo de mi carácter, dije al momento al -hombre aquel, con gran calor, que si me dejaba leer la oración me -proporcionaría un placer vivísimo. «Bueno—contestó—; somos amigos, -y voy a hacer por usted lo que haría por muy pocos.» Me pidió el -cortaplumas, y sin descoser el envoltorio sacó un pedazo de papel, -bastante grande, cuidadosamente ajustado a él. Corrí a mi aposento -para examinarlo. Estaba escrito con garrapatos casi ilegibles, y tan -manchado de sudor, que me costó mucho trabajo descifrar su contenido; -al cabo conseguí hacer la siguiente transcripción literal del -conjuro, escrito en mal portugués, pero que me impresionó en aquella -ocasión, por tratarse de la composición más extraordinaria que había -visto: - -EL CONJURO.—«Justo juez y divino Hijo de la Virgen María, que naciste -en Belén, Nazareno, y fuiste crucificado entre la muchedumbre de los -judíos, te suplico, Señor, por tu sexto día, que mi cuerpo no sea -preso por la justicia ni reciba de sus manos la muerte, la paz sea -con nosotros, la paz de Cristo, venga a mí la paz, la paz sea con -nosotros, dijo Dios a sus discípulos. Si la maldita justicia recela -de mí, o pone en mí sus ojos, para apoderarse de mí o robarme, que -sus ojos no puedan verme, que su boca no pueda hablarme, que sus -oídos no puedan oírme, que sus manos no puedan agarrarme, que sus -pies no puedan seguirme; de suerte que, armado con las armas de San -Jorge, cubierto con el manto de Abraham y embarcado en el arca de -Noé, no puedan verme, ni oírme, ni verter la sangre de mi cuerpo. -Te conjuro, además, Señor, por aquellas tres benditas cruces, -por aquellos tres benditos cálices, por aquellos tres benditos -sacerdotes, por aquellas tres hostias consagradas, que me des aquella -dulce compañía que diste a la Virgen María desde las puertas de Belén -a los portales de Jerusalem, para que pueda yo ir y venir alegre y -gustoso con Jesucristo, el Hijo de la Virgen María, madre, y, sin -embargo, siempre virgen.» - -La posadera y su hija llevaban pendientes del cuello otros -escapularios con amuletos semejantes, para librarse, según decían, -de todo maleficio. La creencia en la brujería está muy extendida -entre los campesinos del Alemtejo, y creo que entre todos los de -Portugal. Esta es una de las reliquias del régimen frailuno, que en -todos los países donde ha existido parece haberse propuesto embotar -el entendimiento del pueblo para extraviarlo con más facilidad. Todos -esos amuletos estaban confeccionados por frailes, que se los vendían -a sus entontecidos penitentes. - -Los monjes de las iglesias griega y siria trafican también con estas -cosas, aun sabiendo que son nocivas, y anteponen ese comercio a la -difusión del saludable bálsamo del Evangelio, porque de aquél sacan -muy buenas ganancias y mantienen así el engaño que les permite vivir -regaladamente. - -La mañana del domingo fué muy hermosa, y la explanada que hay delante -del convento de San Francisco se llenó de gente que iba a misa o -volvía de oírla. Cumplidas mis devociones matinales me desayuné, y -bajé a la cocina; una muchacha llamada Gerónima estaba sentada al -amor de la lumbre. Le pregunté si había oído misa, y me respondió -que ni la había oído ni pensaba oírla. Inquirí el motivo y replicó -que desde la expulsión de los frailes de sus iglesias y conventos, -había dejado de oír misa y de confesarse, porque los curas no tenían -en tal ministerio poder espiritual, y, por tanto, se abstenía de ir -a molestarlos. Dijo que los frailes eran unos santos varones, muy -caritativos, que a diario daban de comer en el convento de enfrente a -cuarenta pobres con las sobras de la comida del día anterior, y ahora -a esa gente se la dejaba morirse de hambre. Contesté que como vivían -de la enjundia de la tierra, bien podían permitirse los frailes -arrojar unos pocos huesos a sus pobres, haciéndolo así por política, -con la esperanza de ganar amigos para los casos de apuro. La muchacha -me dijo después que, como domingo, tal vez desearía yo entretenerme -viendo algún libro, y sin esperar respuesta me trajo unos cuantos. -Eran en su mayoría narraciones populares de vidas y milagros de -santos, pero entre ellos había una traducción del libro de Volney, -_Las ruinas_. Pregunté cómo había adquirido tal obra. Díjome que un -joven, ardiente constitucionalista, se la había dado unos meses -antes, con muchas instancias para que la leyese, ponderándosela como -uno de los mejores libros del mundo. Repuse que el autor, enviado -de Satán, enemigo de Jesucristo y del alma humana, había escrito la -obra con el único propósito de mofarse de la religión y de inculcar -la doctrina de que no hay vida futura ni premio para el virtuoso ni -castigo para el malo. La muchacha, sin responder palabra, se fué a -otro aposento, del que volvió con el delantal lleno de astillas y -otra leña menuda, volcándola en la lumbre, que levantó viva llama. -Entonces, tomando de mis manos el libro, lo echó en la hoguera, se -sentó, sacó del bolsillo un rosario y estuvo rezando hasta que el -volumen quedó consumido. Fué esto un auto de fe en el mejor sentido -de la palabra. - -El lunes y el martes hice mis acostumbradas visitas a la fuente, y -también recorrí los alrededores, montado en una mula, para repartir -folletos. Dejé caer una buena porción de ellos en los paseos -preferidos por la gente de Evora, porque era dudoso que los aceptaran -si yo se los ofrecía en propia mano, mientras que si los veían -tirados por el suelo, pensaba yo que la curiosidad acaso los indujera -a cogerlos y leerlos. - -En la tarde del martes fuí a despedirme de mi amigo Azveto, pues -mi intención era salir de Evora el jueves siguiente y regresar a -Lisboa; con esta mira alquilé una calesa, cuyo dueño me dijo que -había servido como soldado en la _grand’armée_ de Napoleón y asistido -a la campaña de Rusia. Tenía toda la estampa de un borracho. Su -rostro era carbuncoso, y su aliento apestaba a aguardiente. Muchos -deseos tenía de hablar conmigo en francés, enorgulleciéndose de -poseer ese idioma; pero yo rehusé, y le dije que me hablase en la -lengua del país o no cruzaría la palabra con él. - -El miércoles empeoró el tiempo y, a ratos, llovió. Al bajar a la -cocina me encontré con que mi amigo el de Palmella se había marchado; -pero habían llegado varios _contrabandistas_ de España. Casi todos -eran muy apuestos, y, a diferencia de los dos que vi la semana -anterior, locuaces y expansivos; sólo hablaban su lengua natal -y parecían sentir gran desprecio por el portugués. La magnífica -entonación del español resonaba muy ventajosamente junto al dialecto -chillón de Portugal. Pronto trabé con ellos un grave coloquio, y -descubrí con alegría que todos sabían leer. Ofrecí al más viejo, -hombre de unos cincuenta años de edad, un folleto en español, y -después de examinarlo un rato con mucha atención, se alzó de su -asiento y, poniéndose en medio del cuarto, comenzó a leer en alta -voz, despacio y con gran énfasis. Sus compañeros le rodearon, y -de vez en cuando manifestaban su conformidad con lo que oían. En -ocasiones, el lector acudía a mí en demanda de explicación de algún -pasaje que no entendía bien, por referirse a determinados textos de -la Escritura, ya que ninguno de la cuadrilla había visto nunca el -Antiguo ni el Nuevo Testamento. Continuó leyendo más de una hora, -hasta acabar el folleto; al concluir, todos clamaron por otros -parecidos, y se los di con mucho gusto. - -Casi todos aquellos hombres hablaban del clericalismo y del régimen -frailuno con odio profundo, hasta preferir la muerte a someterse -de nuevo al yugo que había oprimido sus cuellos. Híceles muchas -preguntas acerca de la opinión de sus parientes y amigos sobre ese -punto, y me aseguraron que en la parte de la frontera española -frecuentada por ellos, todos eran de la misma opinión, importándoles -tan poco el Papa y sus frailes como don Carlos, porque éste era un -_chicotito_ y un tirano, y los otros, ladrones y salteadores. Díjeles -que no debían confundir la religión con la superstición clerical, ni -olvidar por odio a ésta que hay un Dios y un Cristo en quien hemos de -buscar nuestra salvación, y cuya palabra estaban obligados a meditar -en todo momento; expresáronse, al oírme, como muy devotos creyentes -en Cristo y en la Virgen. - -Estos hombres eran, en muchos respectos, más ilustrados que los -campesinos del contorno, pero en otros se hallaban en iguales -tinieblas; creían en brujerías y en el poder de hechizos y ensalmos. -La noche fué muy borrascosa. A eso de las nueve oímos un galope que -se acercaba, y a poco llamaron a la puerta; abrieron, y se precipitó -en la cocina, todo azorado, un hombre montado en un jumento; llevaba -una raída chaqueta de piel de carnero de las llamadas en español -_zamarras_, con calzones de lo mismo; desde las rodillas para abajo -tenía las piernas desnudas. Alrededor del _sombrero_ llevaba atada -una gran cantidad de la hierba llamada en inglés _rosemary_, _romero_ -en español, y en portugués rústico _alecrim_, palabra de origen -escandinavo (_ellegren_), que significa planta mágica, llevada -probablemente al Sur por los vándalos. El recién llegado parecía -loco de terror, y contó que las brujas le habían venido persiguiendo -y revoloteando en torno de su cabeza desde hacia dos leguas. Aquel -hombre traía de la frontera de España harina y otros artículos; -dijo que su mujer venía tras él y estaba a punto de llegar. Llegó, -en efecto, un cuarto de hora después, chorreando agua y montada -también en un borrico. Pregunté a mis amigos los _contrabandistas_ -qué significaba el romero, y me dijeron que era bueno contra las -brujas y las desventuras del camino. No me entretuve en combatir -esta superstición, porque la calesa iría a buscarme a las cinco de la -mañana y deseaba yo aprovechar el poco tiempo que podía consagrar el -sueño. - - - - -CAPÍTULO IV - - Dilaciones molestas.—El cochero borracho.—Una mula - muerta.—Lamentación.—Aventura en un descampado.—El miedo a la - oscuridad.—Un fidalgo portugués.—La escolta.—Regreso a Lisboa. - - -Me levanté a las cuatro, y después de tomar un refrigerio, bajé a -la cocina, donde vi al hombre que me había llamado la atención la -víspera y a su mujer, durmiendo al amor de la lumbre aún encendida. -Se despertaron en seguida y comenzaron a preparar su desayuno, -consistente en _sardinhas_ saladas, asadas en el rescoldo. Al mismo -tiempo, la mujer cantaba trozos de una bella canción, muy conocida en -España, que comienza así: - - En Belén tocan a fuego; - Del portal salen las llamas, - Porque dicen que ha nacido - El Redentor de las almas. - -Al saber que me marchaba, la mujer me dijo: «Voy a darle a usted -un poco de romero del de mi marido, para que le ampare contra los -peligros y le libre de cualquier mal suceso.» Tuve la debilidad de -permitir que me pusiera unas ramitas en el sombrero; estando en esto -llegó el calesero con las mulas, dije adiós a mi servicial posadera, -y subí al carruaje con mi criado. - -Entonces puse atención en las mulas que nos llevaban; nunca había -visto otras tan buenas como aquéllas; la de más alzada tendría poco -menos de diez y seis palmos. El calesero las quería, según nos dijo -en detestable francés, más que a su propia mujer y a sus hijos. -Doblamos la esquina del convento y seguimos calle abajo hacia la -puerta del Suroeste. El cochero hizo alto delante del portal de -una casona, y se apeó diciendo que por ser aún muy temprano, no se -atrevía a continuar, pues si los ladrones residentes en la ciudad -estaban sobre aviso, nos robarían, probablemente, y a él le matarían, -pero que los moradores de aquella casa iban a salir para Lisboa un -cuarto de hora más tarde, y esperándolos podíamos aprovechar su -escolta de soldados y ponernos al abrigo de todo peligro. Respondí -que yo no tenía miedo, y le mandé seguir, pero se negó, y, dejándonos -en la calle, fuése. Una hora llevábamos esperando, cuando llegaron -dos carruajes a la puerta de la casa; pero como la familia no -estaba, al parecer dispuesta todavía, el cochero se apeó también y -se fué. Pasó otra media hora; al fin salió la familia. Colocados -los equipajes, preguntaron por el cochero, que no parecía por parte -alguna. Le buscaron, pero en vano más de otra hora pasó antes de -encontrar un sustituto. La escolta tampoco había comparecido, y fué -preciso enviar por dos veces un criado al cuartel en busca de los -soldados. Al fin, todo se arregló, y la familia se puso en marcha. - -En todo ese tiempo no habíamos vuelto a ver a nuestro cochero, -y ya estaba yo harto convencido de que nos había abandonado -definitivamente, cuando, pasados unos minutos más, le vi venir -tambaleándose calle arriba, borracho, y empeñado en cantar la -Marsellesa. Sin decirle nada, me puse a observarlo. Estuvo un rato -mirando fijamente a las mulas y mascullando disparates inconexos en -francés. Al cabo, dijo: «No estoy tan borracho que no pueda guiar»; -y tomando a las mulas por el ramal, echó a andar hacia la puerta. En -cuanto salimos de la ciudad intentó repetidas veces, sin conseguirlo, -montar en la mula más pequeña, que iba ensillada; al fin se salió -con la suya, y en el acto emprendimos, camino abajo, una carrera -desenfrenada. Llegamos a un sitio donde arrancaba un carril angosto -y pedregoso; echando por él, nos ahorrábamos el rodeo que, en otro -caso. habríamos de dar en torno de los muros de la ciudad antes de -salir al camino de Lisboa, que cae al Noreste. El cochero dijo: «Voy -a tomar el carril, y en un minuto alcanzaremos a esa familia»; y en -él entramos, efectivamente. Apenas tenía anchura bastante para dar -paso al carruaje, y era, además, muy escarpado y quebrado; avanzamos -subiendo y bajando, con mucho crujir de ruedas y unas sacudidas tan -violentas, que corríamos peligro de vernos lanzados como por una -honda. Comprendí que de continuar en el coche, se haría pedazos -con nuestro peso, y dirigiéndome al cochero en portugués, le mandé -parar; pero el hombre fustigó y espoleó a las mulas con más brío. -Entonces, mi criado me suplicó por el amor de Dios que le hablase en -francés, pues si algo podía apaciguarle, era eso. Seguí el consejo, -y le rogué que nos permitiese apearnos y andar hasta la salida del -sitio peligroso. El resultado confirmó las previsiones de Antonio. -El cochero paró instantáneamente y dijo: «Señor, usted es el amo; -no tiene usted más que mandar y yo obedeceré.» Nos apeamos y fuimos -andando hasta la carretera, donde volvimos a montar. - -Apenas ocupamos nuestros asientos, el cochero lanzó las mulas a -galope tendido, con idea de alcanzar a la familia, que nos llevaba -como un cuarto de milla de ventaja. La capa se le escurrió de los -hombros, y al querer ponérsela de nuevo, soltó el ramal con que -guiaba a la mula más alta; la cuerda se le enredó en las patas al -pobre animal, que cayó pesadamente de cabeza al suelo; después de -patalear un poco, la mula quedó tendida cuan larga era, atravesada en -el camino, con las varas del carruaje sobre las costillas. Yo salí -despedido contra el lodo, y el borracho del cochero cayó sobre el -cuerpo de la mula muerta. - -El suceso me enfureció, y comencé a gritar: «¡Borracho! ¡Renegado! -Que hasta te avergüenzas de hablar la lengua de tu país; ahora que -has destruído el sostén de tu vida, ya puedes morirte de hambre.» -«_Paciencia_», me contestó, y empezó a dar patadas a la mula en la -cabeza, para hacerla levantar; de un empellón le aparté de allí, -y tomando la navaja que se le había caído del bolsillo, corté los -tiros del carruaje, pero la vida había volado, y el velo de la muerte -empañaba ya los ojos de la mula. - -El individuo aquel, en el atolondramiento de la borrachera, pareció -al pronto dispuesto a despreciar tal pérdida, diciendo: «Se ha -matado la mula; esa era la voluntad de Dios. ¿Qué le voy a hacer? -_Paciencia._» Al mismo tiempo envié a Antonio a la ciudad para -que alquilase otras mulas, y después de descargar mis maletas del -carruaje, esperé al borde del camino su regreso. - -Los vapores del alcohol comenzaron a disiparse en el cerebro del -cochero; entonces, cruzando las manos, exclamó: «Virgen bendita, ¿qué -va a ser de mí? ¿Cómo voy a ganarme la vida? ¿Dónde podré hacerme -con otra mula? Mi mula, mi mejor mula, se ha matado; se ha caído al -suelo y se ha muerto de repente. He visto muchos animales en los -países donde he vivido, pero una mula como ésta, no la he visto -nunca; ¡y se ha matado! ¡Mi mula se ha matado! Se ha caído y se ha -muerto de repente.» En este tono continuó durante mucho rato, y sus -lamentaciones tenían siempre el mismo estribillo: «Mi mula se ha -matado; se ha caído y se ha muerto de repente.» Al cabo, quitó la -collera a la mula muerta y se la puso a la otra, metiéndola con algún -trabajo en varas. - -Un muchacho de unos trece años, muy guapo, llegó de la ciudad -corriendo como una liebre; se detuvo ante la mula muerta, y rompió -a llorar. Era hijo del cochero, y sabía por Antonio lo sucedido. -Aquello era demasiado para el pobre hombre; acudió a su hijo, -diciéndole: «No llores. Nos hemos quedado sin pan; pero Dios -lo ha querido. ¡La mula se ha matado!» Se dejó caer después al -suelo, lanzando lastimeras quejas: «Yo hubiera sobrellevado esta -pérdida—decía—pero el ver llorar a mi hijo, me vuelve loco.» Le -socorrí con algún dinero, y le dije algunas palabras de consuelo. Le -aseguré que si dejaba la bebida, era indudable que Dios se apiadaría -de él y le remediaría. Por fin se tranquilizó un poco, y después -de colocar las maletas en el coche, volvimos a la ciudad, donde -aguardaban nuestra llegada a la posada dos excelentes mulas de paso. -No vi a la española, y por eso no pude decirle de cuán poco me había -servido el romero en aquel caso. - -Algunos borrachos he conocido en Portugal, pero, sin excepción, -eran individuos que, después de viajar fuera de su tierra, como -aquel cochero, regresaban llenos de desprecio hacia su patria y -manchados con los peores vicios de los países donde habían vivido. -A mis compatriotas que por acaso lean estas líneas, les recomiendo -vivamente que si su destino los lleva a España o Portugal, no tomen a -su servicio ni traten individuos de las clases bajas que hablen otra -lengua que la suya materna, porque muy probablemente serán bandidos -desalmados o borrachos. Invariablemente, estas gentes dicen de su -país natal todo el mal posible; y yo tengo la opinión, fundada en la -experiencia, de que un individuo capaz de tal bajeza, no vacilará -en cometer cualquier villanía, porque después del amor a Dios, el -amor a la patria es el mejor preservativo contra el crimen. Quien se -enorgullece de su patria, tiene especial cuidado en no hacer cosa -que pueda deshonrarla. - -Tomamos el camino de Lisboa, y llegamos a Monte Moro a eso de -las dos. Comimos allí lo que permitían los recursos del lugar, -y proseguimos el viaje hasta llegar a un cuarto de legua de las -chozas enclavadas en la linde del despoblado que habíamos cruzado -a la ida. Allí nos alcanzó un jinete; era un hombre robusto, de -mediana estatura, y montaba un buen caballo español. Llevaba puesto -un _sombrero_ de alas anchas y caídas, jubón de paño azul, con -botonadura de tachones de plata y broches del mismo metal, calzón -de cuero amarillo y botas fuertes; de la silla llevaba colgado un -trabuco. Me preguntó si pensábamos pernoctar en Vendas Novas, y al -contestarle que sí, manifestó deseos de seguir en nuestra compañía. -Miró luego al sol, que ya se hundía rápidamente en el horizonte, -y nos rogó que avivásemos para aprovechar la luz todo lo posible, -porque el páramo era lugar temeroso en la oscuridad. Se puso a la -cabeza de todos, y salimos al trote largo; el mozo o arriero que nos -acompañaba venía detrás corriendo, sin dar la menor señal de fatiga. - -Entramos en el páramo, y apenas habíamos avanzado una milla, la -noche cerró por completo. Ibamos por un sendero bordeado de altas -malezas, cuando el jinete me rogó que pasase yo delante, y él me -seguiría, porque era incapaz de afrontar la oscuridad. Le pregunté -el motivo de su temor, y me respondió que en otro tiempo no le -causaban miedo alguno las tinieblas, pero que desde hacía unos años -temíalas mucho, sobre todo en lugares inhabitados. Accedí a sus -deseos, pero como desconocía el camino y apenas me veía los dedos -de la mano, nos perdíamos a cada paso; impacientábase el hombre, -y acabó por colocarse de nuevo a nuestra cabeza. Anduvimos así un -buen trecho y otra vez se detuvo el miedoso, diciendo que no podía -resistir el influjo de las tinieblas; temblábanle las patas al -caballo, contagiado, al parecer, del terror de su amo. Le aconsejé -que invocara el nombre de Jesús Nuestro Señor, capaz de transformar -la noche en día; al oírme, lanzó un terrible alarido, y enarbolando -el trabuco, lo disparó al aire. El caballo arrancó a todo correr, -y mi mula, una de las más ligeras de su casta, se espantó y salió -disparada, pisándole los cascos al caballo. Antonio y el mozo se -quedaron muy atrás. Corríamos como un torbellino, iluminándose el -sendero con las chispas arrancadas a las piedras por las herraduras -de los animales. Yo no sabía adónde íbamos; pero las cabalgaduras -conocían el camino, y en poco tiempo nos pusieron en Vendas Novas, -donde nuestros compañeros nos alcanzaron. - -Me pareció que el hombre aquel era un cobarde; opinión injusta, -porque durante el día era valiente como un león, y nada temía. -Unos cinco años antes le habían atacado dos ladrones en el páramo, -y a entrambos dominó, los ató, y los entregó a la justicia. Pero -de noche, el rumor de una hoja le aterrorizaba. He conocido casos -análogos en personas de extraordinaria valentía. En cuanto a mí, -confieso que no soy hombre de un valor inusitado, pero los peligros -de la noche no me intimidan más que los que pueden sobrevenir en -pleno día. El individuo de que he hablado era un labrador de Evora, -persona de muy buena posición. - -Encontré la posada de Vendas Novas llena de gente, y con alguna -dificultad obtuvimos alojamiento y cena. Ocupaba la posada la familia -de cierto _fidalgo_ de Estremoz, el cual iba a Lisboa custodiando una -gran suma de dinero, según nos dijeron; probablemente, las rentas -de sus estados. Llevaba una guardia de veinticuatro servidores, -armados con sendos rifles; eran sus pastores, porqueros, vaqueros y -cazadores, mandados por el hijo y el sobrino del _fidalgo_, ambos -jóvenes, vestido el último de uniforme. A pesar de tan numerosa -guardia, al _fidalgo_ le apuraba mucho, al parecer, el temor de que -le robasen en el descampado, entre Vendas Novas y Pegões, porque -solicitó del oficial que mandaba la tropa destacada en este punto, -una escolta de cuatro soldados. Había en el séquito del hidalgo -varias mujeres, hijas ilegítimas suyas, según averigüé; el hombre -era de costumbres depravadas y acérrimo partidario de Don Miguel. A -poco de llegar, y cuando mi compañero de viaje y yo estábamos en la -cocina, sentados a la lumbre, se nos acercó el hidalgo; podía tener -unos sesenta años, y era de aventajada estatura, pero muy encorvado. -Su rostro era bastante desagradable; tenía la nariz larga y ganchuda; -los ojos, pequeños, penetrantes y vivos, y lo que menos me gustó en -él fué su perpetua sonrisa burlona, signo seguro, a mi entender, de -un corazón perverso y desleal. Me dirigió la palabra en español, -idioma que el hidalgo hablaba con facilidad por residir no lejos de -la frontera; pero, contra mi costumbre, me mantuve reservado y en -silencio. - -A la mañana siguiente me levanté a las siete, y hallé que la -familia de Estremoz se había puesto en camino unas horas antes. -Me desayuné con mi compañero de la noche pasada, y emprendimos la -última jornada de aquel viaje. Como había salido el sol, sus miedos -se desvanecieron; era capaz de habérselas con todos los ladrones -del Alemtejo. Llevaríamos andada una legua, cuando al mozo que nos -acompañaba le pareció ver unas cabezas entre los matorrales. En el -acto, nuestro jinete empuñó el trabuco, y obligando al caballo a dar -dos o tres brincos, apuntó hacia el sitio indicado por el mozo; pero -las cabezas no volvieron a aparecer, y todo fué, probablemente, una -falsa alarma. - -Reanudamos la marcha, y la conversación giró, como era de esperar, -en torno de los ladrones. Mi compañero, que parecía conocer palmo a -palmo el terreno por donde íbamos, tenía algo que contar acerca de -cada vericueto, o de cada grupo de pinos que encontrábamos. Llegamos -a una pequeña eminencia, en cuya cima crecían tres majestuosos pinos; -como media legua más lejos había otra elevación semejante. Estas dos -alturas dominaban una parte del camino de Pegões a Vendas Novas, en -forma que desde ellas se columbraba a cuantos iban y venían entre -estos dos puntos. Al decir de mi amigo, aquellas colinas eran puestos -predilectos de los ladrones. Cómo dos años antes, una cuadrilla -de seis bandidos a caballo estuvo allí tres días, y desvalijó a -cuantos venían por ambos lados. Los caballos, con la silla y el freno -puestos, estaban atados al tronco de los árboles, y dos centinelas, -encaramados en las ramas más altas, daban el alerta al acercarse -los viajeros. Cuando los veían a distancia conveniente, montaban de -un salto en los caballos, y a galope tendido caían sobre su presa, -gritando: _¡Réndete, pícaro! ¡Réndete, pícaro!_ Nosotros pasamos -sin tropiezo, y a eso de un cuarto de legua antes de Pegões, dimos -alcance a la familia del _fidalgo_. - -Si hubiesen llevado las riquezas de la India a través de los -desiertos de Arabia, no habrían tomado mayores precauciones. El -sobrino, sable en mano, cabalgaba a la cabeza, con pistolas en -el arzón y el consabido trabuco español pendiente de la silla. -Marchaban tras él seis hombres en hilera, fusil al hombro, con sendas -hachas pendientes de la faja, destinadas probablemente a tajar a -los bandoleros hasta la cintura, en cuanto se aventurasen a luchar -cuerpo a cuerpo. Seguían seis vehículos, dos de ellos calesas, en las -que iban el _fidalgo_ y sus hijas; los otros eran carros de toldo, -y parecían cargados con el menaje casero. Cada vehículo llevaba a -los lados un campesino armado, y el hijo del _fidalgo_, mancebo de -diez y seis años, mandaba la retaguardia, de una fuerza igual a -la vanguardia conducida por su primo. Los soldados, de caballería -ligera, por fortuna, y muy bien montados, galopaban en todas -direcciones alrededor del convoy, con objeto de descubrir al enemigo -en su escondite, caso de estar emboscado en las cercanías. - -No pude por menos de pensar, cuando di alcance a esta comitiva, en -la imprudencia de tanto aparato bélico; pues si bien se proponía -amedrentar a los ladrones, podía igualmente servir para atraerlos, -advirtiéndoles del paso de inmensas riquezas por aquellos lugares. -No sé cómo se habrían portado los soldados y los campesinos en caso -de ataque, pero me inclino a creer que si tres hombres como Ricardo -Turpin les hubiesen acometido súbitamente, saliendo al galope de -entre los matorrales que cubren aquellas colinas, ni el número ni la -resistencia de los defensores bastaran a impedir que los asaltantes -se llevasen el contenido de las cajas que tintineaban en la grupa de -los caballos. - -Desde aquel momento, nada digno de mención nos sucedió hasta Aldea -Gallega, donde pasamos la noche; a las tres de la mañana siguiente, -tomamos la barca para Lisboa, y llegamos aquí a las ocho. Así terminó -mi primera excursión por el Alemtejo. - - - - -CAPÍTULO V - - El colegio.—El rector.—La piedra de toque.—Prejuicios - nacionales.—Deportes juveniles.—Los judíos de Lisboa.—Creencias - corrompidas.—Crimen y superstición. - - -Una tarde me dijo Antonio: «Me parece, _Senhor_, que a su merced le -gustaría ver el colegio de los... ingleses»[30]. «Lléveme allá, sin -falta»—le contesté yo—. Condújome por varias calles, y nos detuvimos -ante un edificio situado en uno de los puntos más altos de Lisboa. -Llamamos, y un a modo de portero vino en seguida a preguntar lo que -queríamos. Antonio se lo explicó. Vaciló un instante y nos mandó -entrar, llevándonos a un lóbrego vestíbulo de piedra, donde nos -dejó después de invitarnos a tomar asiento. De allí a poco salió -un personaje venerable, como de setenta años de edad, vestido con -una ropa flotante a manera de sobrepelliz, y tocado con la gorra -colegial. A pesar de sus años, había en las facciones de aquel -hombre un tenue matiz rojizo, característico del inglés. Se acercó -a nosotros lentamente y en nuestro idioma me preguntó en qué podía -servirme. Díjele que, como viajero inglés, tendría un placer muy vivo -en visitar el colegio, si era costumbre enseñárselo a los extraños. -No opuso inconveniente alguno a mis deseos, pero me declaró que -no llegaba en muy buena ocasión, por ser la hora de la comida. Me -excusé, y al querer retirarme, el anciano me rogó que aguardara unos -minutos, hasta que, terminada la comida, los directores del colegio -pudieran tener el gusto de acompañarme. - - [30] La palabra suprimida parece ser «católicos». Borrow gustaba - de éste, al parecer, insignificante misterio. (Nota del editor U. - R. Burke.) - -Nos sentamos en el poyo de piedra, y después de examinarme -atentamente un poco de tiempo, el anciano clavó los ojos en Antonio. -«¿Qué es lo que veo?—dijo al fin—. Tengo la seguridad de que esa -cara no me es desconocida.» «Así es, reverendo padre»—contestó -Antonio levantándose y haciendo una profunda reverencia—. «Yo servía -en casa de la condesa de..., en Cintra, cuando vuestra reverencia -era su director espiritual.» «Cierto, cierto—dijo el anciano varón, -suspirando—. Ahora le recuerdo a usted perfectamente. ¡Ah! Las -cosas han cambiado mucho desde entonces, Antonio; nuevo gobierno, -nuevo sistema, y podría decir nueva religión.» Entonces, mirándome -de nuevo, me preguntó adónde era mi viaje. «Voy a España—le dije—, -y de paso me he detenido en Lisboa.» «¡España, España!—exclamó el -viejo—. Ciertamente, ha escogido usted una ocasión singular para ir -a España, habiendo como hay allí ahora guerras enconadas, alborotos -y efusión de sangre.» «Me parece que la causa de don Carlos está ya -vencida—contesté—; ha perdido el único general capaz de llevar sus -huestes a Madrid. Zumalacárregui, que era su Cid, ha muerto.» «No se -forje usted ilusiones. Con perdón de usted, joven, creo que el Señor -no permitirá que triunfe tan fácilmente el poder de las tinieblas. La -causa de don Carlos no está vencida. Su triunfo no depende de la vida -de un frágil gusano como el que acaba usted de nombrar». Departimos -así un breve rato y luego se levantó, diciendo que ya debía de haber -concluído la comida. - -Aún no hacía cinco minutos que nos había dejado solos, cuando -entraron en el vestíbulo tres individuos que se me acercaron -pausadamente.—Estos son los directores del colegio, dije entre mí; y -lo eran, en efecto. El primero de aquellos varones, a quien los otros -dos trataban con notable deferencia, era delgado y seco, de estatura -más que regular, muy pálido de tez, las facciones demacradas, pero -bellas, y de ojos oscuros y chispeantes; podía tener unos cincuenta -años. Sus dos compañeros estaban en plena juventud. El uno, más -bien bajo, tenía en su sombrío semblante aquella expresión dolorida -tan frecuente en los [católicos] ingleses; el otro era un mocetón -coloradote, con cara de buena persona. Los tres llevaban el birrete -peculiar del colegio y sotanas de seda. El de más edad se acercó -a mí, y tomándome la mano me dirigió, con voz clara y de timbre -argentino, las siguientes razones: - -—Bien venido seáis, señor, a nuestra pobre casa. Siempre nos alegra -mucho recibir en ella a los compatriotas que vienen de nuestro amado -país natal. En verdad, este contento se aminora mucho al considerar -que aquí nada hay digno de la atención del viajero; nada notable hay -en esta casa, salvo, quizás, su organización: yo iré explicándosela a -usted en el curso de nuestra visita. Pero ante todo, permítanos usted -que nos presentemos nosotros mismos; yo soy el rector de este humilde -asilo inglés; este señor es nuestro profesor de humanidades, y éste -(señalando al mocetón), es nuestro profesor de lenguas sabias, hebreo -y siriaco. - -YO.—Saludo a todos ustedes humildemente, y les ruego me excusen si -me permito preguntar quién era aquel venerable señor que se ha tomado -la molestia de acompañarme hasta que ustedes han tenido comodidad -para venir. - -EL RECTOR.—¡Oh! Es nuestro limosnero, nuestro capellán; persona -digna de la mayor admiración. Vino a este país antes de nacer ninguno -de nosotros, y aquí ha estado siempre desde entonces. Ahora, subamos, -si gustáis, a visitar nuestra pobre casa. Pero, querido señor, ¿por -qué permanece usted descubierto en este vestíbulo, tan frío y tan -húmedo? - -YO.—La explicación es muy fácil; se trata de una costumbre ya muy -arraigada. Acabo de llegar de Rusia, donde he estado algunos años. -Los rusos se quitan el sombrero indefectiblemente cuando entran bajo -techado, ya sea en una choza, en una tienda o en un palacio. No -hacerlo así, parecería grosería o barbarie; la razón es que en cada -aposento de las casas rusas hay un cuadrito de la Virgen colgado -en un rincón, muy cerca del techo, y en prueba de respeto, los que -entran se quitan el sombrero. - -Los tres señores cambiaron rápidas ojeadas de inteligencia. Había -tropezado en su Shibbolet, y descubrían en mí un Ephraimita, no un -hijo de Galaad[31]. Sin duda, hasta aquel momento me habían tenido -por uno de los suyos, miembro, y acaso sacerdote, de su antigua, -grandiosa e imponente religión. Era muy natural su error, lo -confieso. ¿Qué motivos podía tener un protestante para entrometerse -en aquel retiro? ¿Qué interés podía moverle a conocer la organización -de la casa? Sin embargo, lejos de disminuir sus atenciones para -conmigo después de tal descubrimiento, aquellos señores aumentaron -visiblemente su cortesía, si bien un observador escrupuloso hubiera -quizás percibido una leve sombra en la cordialidad de sus maneras. - - [31] Galaad, nieto de Manasés, padre de los galaaditas. Los - israelitas de la tribu de Ephraim se amotinaron contra galaaditas - y fueron vencidos. El modo de pronunciar la palabra Shibbolet - (espiga) servía a los galaaditas para descubrir a los fugitivos - de Ephraim que trataban de ocultar su origen; y una vez - descubiertos, los degollaban. V. Libro de los jueces, XII, 1 a 6. - (_N. del T._) - -EL RECTOR.—¿Debajo del techo en cada aposento? Creo que es eso -lo que ha dicho usted. Es, en verdad, muy agradable e interesante: -un cuadro de la «santa» Virgen en cada aposento. La noticia es tan -inesperada como agradable. Desde este momento tendré de los rusos una -opinión mucho más elevada que hasta aquí. Es un ejemplo muy digno -de imitación. Quisiera sinceramente que también nosotros tuviéramos -la costumbre de poner una «imagen» de la «santa» Virgen en cada -rincón de nuestras casas, cerca del techo. ¿Qué decís a esto, señor -profesor de humanidades, qué decís de la noticia que con tanta -amabilidad nos ha dado este excelente caballero? - -EL PROFESOR DE HUMANIDADES.—Digo que es placentera y de grandísimo -consuelo; pero declaro que no me coge enteramente desprevenido. La -adoración de la Santa Virgen se extiende cada día más por países -donde estaba olvidada o era hasta aquí desconocida. El doctor W..., -cuando pasó por Lisboa, me dió algunos detalles interesantísimos -respecto de los trabajos de la propaganda en la India. Hasta -Inglaterra, nuestra amada patria... - -Mis corteses amigos me enseñaron toda su «pobre casa». Cierto, -no parecía ser muy rica; espaciosa, sí, pero casi en ruinas. La -biblioteca era pequeña y no poseía nada notable. Desde las azoteas -se descubría un vasto y hermoso panorama del Tajo y de la mayor -parte de Lisboa. Pero yo no había ido buscando a tal lugar obras de -arte, ni libros raros, ni hermosas vistas; visité aquella singular y -antigua mansión para conversar con sus habitantes, porque mi estudio -favorito, y podría decir único, es el hombre. Aquellos señores -resultaron bastante parecidos a como yo me los figuraba, pues no era -la primera vez que visitaba un establecimiento [católico] inglés -en tierra extraña. Llenos de amabilidad y cortesía recibieron al -compatriota hereje y aunque el adelanto de su propia religión era -para ellos un objeto de primordial importancia, no tardé en observar -que, con una inconsecuencia bastante divertida, conservaban en grado -portentoso algunos prejuicios nacionales casi extinguidos ya en la -madre patria, y movidos por ellos llegaban a censurar y desdorar a -sus mismos correligionarios. Hablé de los [católicos] ingleses, de -su elevada respetabilidad, y de la lealtad que uniformemente han -guardado a sus soberanos, aunque de religión diferente y no obstante -haber sufrido no pocas persecuciones e injusticias. - -EL RECTOR.—Me regocija mucho oírle a usted hablar así, carísimo -señor; veo que conoce usted bien al venerable gremio de mis -correligionarios ingleses; cierto: nunca faltaron a la lealtad, y -aunque les achacaron conjuraciones y complots, de sobra se sabe ya -que todo eso eran calumnias inventadas por enemigos de su religión. -Durante las guerras civiles los [católicos] ingleses vertieron -de buen grado su sangre y prodigaron sus riquezas por la causa -del mártir infeliz, aunque éste no los favoreció nunca y los miró -siempre con desconfianza. Actualmente, los [católicos] ingleses -son los súbditos más fieles de nuestro gracioso soberano. Mucho me -contentaría poder decir otro tanto de nuestros hermanos irlandeses; -pero su conducta ha sido detestable. Realmente, ¿podía esperarse -otra cosa? Los verdaderos [católicos] se avergüenzan de ellos. -Hay entre los irlandeses algunas personas que son el oprobio de la -iglesia que pretenden servir. ¿De dónde sacan que nuestros cánones -aprueben su proceder, ni sus inconsideradas expresiones respecto de -quien es su soberano por derecho divino y no puede errar? Y, sobre -todo, ¿en qué autoridad se apoyan para inflamar las pasiones de una -turba vil contra la nación destinada naturalmente a gobernarla? - -YO.—Creo que hay un colegio irlandés en Lisboa. - -EL RECTOR.—Así es; pero vive lánguidamente; tiene muy pocos -alumnos, o ninguno. - -Miré desde una ventana, a gran altura, y vi que en un patio, debajo -de nosotros, estaban jugando veinte o treinta apuestos muchachos. -«Eso me parece muy bien», exclamé; «estos muchachos no dejarán de -ser buenos sacerdotes porque dediquen un rato a los deportes. La -educación puritana, demasiado rígida y seria, no me gusta; a mi -parecer fomenta el vicio y la hipocresía.» - -Fuimos después al aposento del rector, donde había colgado, encima de -un crucifijo, un pequeño retrato. - -YO.—Este fué un grande hombre, prodigioso y sin tacha. En mi -opinión, la compañía que fundó, tan censurada por muchos, ha -producido infinitamente más beneficios que daños. - -EL RECTOR.—¿Qué es lo que oigo? ¿Usted, inglés y protestante, habla -con admiración de Ignacio de Loyola? - -YO.—Nada diré respecto de la doctrina de los jesuítas, porque, -como acaba usted de decir, soy protestante; pero estoy dispuesto a -sostener que no hay en el mundo gente a quien, en general, pueda -encomendársele con más confianza la educación de la juventud. Su -sistema moral y su disciplina, son verdaderamente admirables. Sus -discípulos, cuando llegan a la edad viril, rara vez son viciosos ni -licenciosos, y, en general, son hombres instruídos y de ciencia, -poseedores de todas las prendas de una educación esmerada. Me parece -execrable la conducta de los liberales de Madrid, que asesinaron el -año pasado a los indefensos padres, por cuyas solicitud y sabiduría -se han desarrollado dos de los más brillantes talentos de la España -actual: Toreno y Martínez de la Rosa, gala de la causa liberal y de -la literatura moderna de su país... - -En la parte baja de las calles del oro y de la plata, de Lisboa, -puede verse a diario cierta caterva de hombres de extraña catadura, -que no parecen portugueses ni europeos. Congréganse en pequeños -grupos junto a las columnas de la calle a eso del mediodía. Su -vestidura consiste, generalmente, en una túnica azul sujeta a la -cintura por un ceñidor rojo, anchos calzones o pantalones de lienzo, -y un bonete colorado con una borlita de seda azul en lo alto. Al -pasar entre los grupos se les oye hablar en español o en portugués -corrompidos, y, a veces, en una lengua áspera y gutural, en la que -cuantos han viajado por Oriente reconocen el arábigo o alguno de sus -dialectos. Aquellas gentes son los judíos de Lisboa. Un día me metí -en uno de los grupos y pronuncié un _beraka_ o bendición. En diversas -partes del mundo he vivido en contacto con la raza hebrea, y conozco -bien sus maneras y fraseología. Tenía yo muy vivos deseos de conocer -la situación de los judíos portugueses, y aproveché la oportunidad -que se me ofreció. «—Este hombre es un rabí poderoso—dijo una voz en -arábigo—; nos importa tratarle con bondad». Diéronme la bienvenida, -y, favoreciendo su error, en pocos días me enteré de cuanto a sus -personas y a su tráfico en Lisboa concernía. - -Los judíos de Europa están al presente divididos en dos clases (o -sinagogas, como las llaman algunos): la portuguesa y la alemana. La -más famosa de las dos es la portuguesa. A los judíos de esta clase -se les considera generalmente más civilizados que los otros, mejor -educados y más profundamente versados en la lengua de la Escritura y -en las tradiciones de sus mayores. - -En Londres hay un hermoso edificio llamado la sinagoga de los judíos -portugueses, donde los ritos de la religión hebraica se cumplen con -todo el esplendor y magnificencia posibles. Conociendo estas cosas, -era natural que, al llegar a Portugal, esperase uno encontrarse en el -cuartel general de aquel judaísmo, al que por costumbre se asociaban -en mi ánimo muchas cosas respetables e imponentes. Experimenté, -pues, sorpresa considerable al oír a los seres a quien he tratado -de describir más arriba dar esta cuenta de sí mismos: «Nosotros no -somos de Portugal, venimos de Berbería; algunos, de Argel; y otros, -de Levante; pero los más, de Berbería, allá lejos»; y señalaban al -Suroeste. - -—¿Y dónde están los judíos de Portugal—pregunté—, hijos auténticos de -este país? - -—No conocemos a nadie fuera de nosotros—respondieron los -berberiscos—; pero hemos oído decir que aquí hay otros judíos; si -así es, no quieren tratarse con nosotros, y hacen bien, porque somos -malísima gente, ¡oh _Tsadik_!, todos ladrones, sin excepción. Cada -año viene de Swirah un barco cargado de ladrones: es el que nos trae -a nosotros a Portugal. - -—¿Y vuestras esposas y familias?—dije yo—; ¿dónde están? - -—En Swirah, en Salee, o en otros lugares de donde venimos; nunca -traemos a nuestras mujeres ni a nuestras familias. Muchos de -nosotros se han escapado de allí con lo puesto por salvar la vida, -huyendo de los castigos merecidos por nuestros delitos. Algunos -viven en pecado con las hijas del Nazareno, porque somos una casta -depravada, ¡oh _Tsadik_!, y no guardamos los preceptos de la ley. - -—¿Tenéis sinagogas y doctores? - -—Sí, ¡oh varón justo!; pero poco puede decirse de unas y otros. -Nuestros _chenourain_ son lugares infectos, y nuestros doctores están -como nosotros presos en el _galoot_ del pecado. Uno de ellos tiene en -su casa una hija del Nazareno: es de Swirah, y de tal país no puede -venir nada bueno. - -—¿Y escucháis la palabra de vuestros doctores, aunque son tan -depravados como decís? - -—¿Cómo podríamos vivir si no lo hiciéramos así? Nuestros doctores -son malísima gente, y viven del fraude como nosotros; con todo, son -nuestros superiores y hay que temerlos y obedecerlos. Los ángeles -están a su mandar; disponen de sortilegios, de palabras mágicas y del -_Shem Hamphorash_[32]. Si no diéramos oídos a sus palabras, podrían -sumir nuestras almas en la consternación, reducirlas a niebla, a -fango, como tú podrías también, ¡oh varón justo! - - [32] El nombre que no puede pronunciarse; es decir, Jehovah o - _Yahweh_. (Nota de Burke.) - -Tales fueron las cosas extraordinarias que de sí mismos me contaron -aquellos judíos, y no tuve motivos para ponerlas en duda, pues por -diferentes caminos fuí luego comprobándolas. ¡Qué buena pareja hacen -el delito y la superstición! Aquellos miserables que quebrantaban sin -escrúpulo los mandamientos eternos de su Hacedor, no se atreverían -a comer de los animales de uña indivisa[33] ni del pez sin escamas. -Desdeñan las amenazas de los santos profetas contra los hijos del -pecado, y tiemblan al oír una palabra cabalística pronunciada por -alguno que quizás los aventaja en infamia; como si, según se ha hecho -notar acertadamente, Dios fuese a delegar el ejercicio de su poder en -los fautores de la iniquidad. - - [33] «Todo animal que tiene la uña hendida en dos partes y rumia - le podéis comer. Mas no debéis comer de los que rumian y no - tienen la uña hendida... a éstos los tendréis por inmundos». - Deuteronomio, XIV, 6 y 7 (_N. del T._). - -Es absolutamente cierto que en otro tiempo los judíos de Portugal -gozaron merecida fama de riqueza, saber y finas maneras; pero la -Inquisición hizo en ellos pavoroso estrago. Los que se libraron del -_auto da fe_ sin convertirse a la idolatría papista, se refugiaron -en países extranjeros, sobre todo en Inglaterra, donde aún se los -conoce con su nombre de origen. Actualmente, si bien todas las -religiones están toleradas en Portugal, no se ve por parte alguna -a los auténticos judíos portugueses, y en su lugar se encuentra por -las calles de Lisboa a la ralea berberisca, gente proscrita, que no -oculta su propia degradación. - - - - -CAPÍTULO VI - - El frío en Portugal.—Me libro de una extorsión.—Sensación de - soledad.—El perro.—El convento.—Un paisaje encantador.—El - castillo morisco.—Plegaria por un enfermo. - - -Unos quince días después de mi regreso de Evora y terminados los -indispensables preparativos, emprendí el viaje a Badajoz, donde -pensaba tomar la diligencia para Madrid. Badajoz está a unas cien -millas de Lisboa y es la principal ciudad fronteriza de España por -la parte del Alemtejo. Para llegar a ella, tenía que rehacer hasta -Monte Moro el camino ya recorrido en mi excursión a Evora; por tanto, -poca diversión podía prometerme de la novedad de los sitios. Además -de eso, iba a hacer el viaje muy solo, sin otra compañía que la del -arriero, porque no pensaba retener a mi criado más que hasta Aldea -Gallega, para donde salí a las cuatro de la tarde. Escarmentado por -la primera travesía, no me embarqué ahora en un bote, sino en uno -de los faluchos que hacen el servicio regular de pasajeros, y así -llegue a Aldea Gallega, después de seis horas de viaje; el barco iba -muy cargado, no había viento, y los marineros no pudieron soltar -los pesados remos ni un instante. La travesía fué el reverso de la -primera—completamente segura, pero tan lenta y fatigosa, que cien -veces deseé verme de nuevo bajo la conducta de aquel marinerillo -bárbaro, galopando sobre las olas hirvientes impelidas por el -huracán. Desde las ocho hasta las diez el frío fué verdaderamente -terrible, y aunque iba yo empaquetado en un excelente _shoob_ de -pieles, de mucho abrigo, con el que había desafiado los hielos del -invierno ruso, tiritaba todo mi cuerpo, y al pisar de nuevo el -Alemtejo, me alegré aun más que la vez primera, cuando desembarqué -luego de escapar de una horrorosa tempestad. - -Me alojé por aquella noche en una casa en que me había presentado, -a nuestro regreso de Evora, aquel amigo mío que se asustaba de la -oscuridad; en ella se encontraba mejor acomodo que en la posada de la -Plaza, si bien me hacían pagar por todo precios inhumanos. Mi primer -cuidado fué buscar mulas que nos llevasen con el equipaje a Elvas, -desde donde sólo hay tres leguas cortas hasta Badajoz. Los dueños -de la casa dijéronme que podían poner a mi disposición dos mulas -excelentes; pero cuando pregunté el precio tuvieron la desvergüenza -de pedirme cuatro _moidores_. Les ofrecí tres, que era ya demasiado, -pero no los aceptaron; sabían que yo era inglés, y, por tanto, la -oportunidad de ponerme a contribución les pareció excelente; porque -no podían figurarse que una persona tan rica como un inglés «debe» -ser, se determinara a salir a la calle en noche tan fría, sólo por -buscar un ajuste más razonable. Se equivocaron de medio a medio, y -díjeles que, antes de fomentar su picardía, me daría el gusto de -volverme a Lisboa; al oírme, rebajaron el precio a tres _moidores_ y -medio; pero yo, sin responder palabra, salí con Antonio y me dirigí a -la casa del viejo que nos había llevado la otra vez a Evora. Llamamos -muchas veces, porque el hombre estaba acostado; al fin se levantó y -nos abrió; pero, al oír nuestra petición, dijo que sus mulas habían -ido de nuevo a Evora con el muchacho, para traer unas mercancías. Nos -recomendó, sin embargo, a un vecino suyo, alquilador de mulas, y con -él ajustó Antonio dos buenas caballerías por dos _moidores_ y medio. -Digo que las ajustó Antonio, porque yo me estuve aparte y sin hablar, -mientras el dueño, a medio vestir, con una luz en la mano y tiritando -de frío, nos llevó a ver sus bestias, y el hombre no se enteró de que -eran para un extranjero hasta después de cerrar el trato y de recibir -una cantidad en señal. Me volví a mi alojamiento muy satisfecho, y -después de cenar un poco me fuí a acostar, sin hacer gran caso de los -posaderos, que me apuñalaban con la mirada de sus ojillos judaicos. - -A las cinco de la mañana siguiente llegaron las mulas a la puerta de -la casa. Con ellas venía un muchacho de diez y nueve o veinte años. -Era bajo, pero sumamente recio, y poseía la cabeza más grande que -he visto nunca sobre los hombros de un mortal; cuello, no lo tenía; -al menos no pude descubrir nada digno de ese nombre. Era su rostro -de fealdad repulsiva y en cuanto le dirigí la palabra, descubrí que -era idiota. Tal iba a ser mi compañero en un viaje de cien millas y -de cuatro días, a través de una de las regiones más agrestes y peor -afamadas del reino. Me despedí de mi criado casi con lágrimas en los -ojos, porque siempre me había servido con suma fidelidad y mostrado -un celo y un deseo de contentarme que me llenaban de satisfacción. - -Partimos, yendo el imbécil del guía sentado en la mula de carga, -encima del equipaje, con las piernas cruzadas. Acababa de ponerse -la luna. La mañana era profundamente oscura y el frío, como -siempre, penetrante. No tardamos en llegar al lúgubre bosque, ya -atravesado por mí otra vez, y por él caminamos algún tiempo, lenta y -tristemente. No se oía más ruido que el de las mulas. Ni un soplo -de aire movía las ramas desnudas. En los matorrales no se rebullía -animal alguno, ni volaban sobre nosotros pájaros, ni siquiera las -lechuzas. Todo parecía desolado y muerto. En mis numerosos y lejanos -viajes, nunca he tenido sensación de soledad ni deseo de conversar -y de cambiar ideas tan vivos y fuertes como en aquel momento. Era -inútil hablar al arriero idiota; conocía muy bien el camino, pero a -cualquier pregunta que se le hacía no daba otra respuesta que una -risa imbécil. Al verme en tal estado, hice lo que muchas personas -hacen cuando se ven privadas de todo consuelo humano: volví mi -corazón a Dios y comencé a comunicar con Él por la oración, con lo -que mi alma se vió pronto confortada y tranquila. - -Hicimos nuestro camino sin novedad, ni tropezamos con ladrones, ni -vimos ser viviente hasta llegar a Pegões; desde este punto hasta -Vendas Novas, tuvimos la misma suerte. Los dueños de la posada de -este lugar me conocían bien, por haber pasado dos noches bajo su -techo; y al verme aparecer de nuevo me dieron la bienvenida con mucha -amabilidad. El nombre de este posadero es, o era, José Díaz Azido, -y a diferencia de la generalidad de sus compañeros de profesión en -Portugal, es un hombre honrado; los extranjeros, al alojarse en esta -posada, pueden estar seguros de que no los saquearán ni robarán sin -piedad a la hora de pagar la cuenta, ni les cobrarán un solo _re_ más -que a un portugués en iguales circunstancias. En este pueblo pagué -exactamente la mitad de lo que me pidieron en Arroyolos, donde pasé -la noche siguiente con muchas menos comodidades de todo orden. - -A las doce del siguiente día llegamos a Monte Moro, y como no tenía -gran prisa, decidí visitar las ruinas yacentes en la cima y la -falda de la soberbia montaña erguida sobre la ciudad. Después de -pedir algo de comer en la posada donde paramos, subí cerro arriba -hasta llegar a un ancho muro o parapeto que, a cierta altura, ciñe -la montaña entera. Por un tosco puente de piedra crucé un pequeño -foso o trinchera; pasé al pie de una gruesa torre, y atravesando el -arco de una puerta me encontré en la parte cercada de la montaña. A -mano izquierda había una iglesia, bien conservada y destinada aún al -culto; pero no pude verla, porque la puerta estaba cerrada con llave -y no vi por allí a nadie que pudiera abrirla. - -Pronto comprendí que mi curiosidad me había llevado a un lugar -verdaderamente extraordinario, muy superior al escaso talento -descriptivo de que estoy dotado. Anduve dando traspiés sobre las -ruinas, y en un momento determinado me di cuenta de que caminaba -sobre bóvedas, deteniéndome de pronto ante un ancho agujero en el -que hubiera caído si llego a dar un paso más en mi distraída marcha. -Seguí un buen trecho a lo largo del muro por el lado oriental, cuando -de pronto oí un tremendo ladrido y apareció un perrazo como los que -guardan los rebaños en aquellas campiñas; dando saltos se me acercó, -dispuesto a atacarme «con los ojos hechos brasas y enseñando los -colmillos». Si hubiese huído o hubiese empleado un modo de defensa -distinto del que, sin falta alguna, acostumbro a usar en tales -circunstancias, el perro me hubiera mordido probablemente; lo que -hice fué inclinarme hasta casi pegar la barba con las rodillas, -mirando al perro fijamente en los ojos, y ocurrió, como dice John -Leyden en la más hermosa balada que la «Tierra del Brezo» ha -producido, «que el perro salió huyendo, como herido por un conjuro -mágico». - -Es un hecho conocido de mucha gente, y comprobado con frecuencia, -según creo, que ningún perro o animal mayor y fiero, de cualquier -especie que sea, con excepción del toro, que cierra los ojos y -embiste a ciegas, se atreve a atacar a un hombre que le haga cara con -firme y sereno continente. Digo un animal mayor y fiero, porque es -más fácil repeler a un sabueso o a un oso de Finlandia de la manera -dicha, que a un perro sin raza o a un perdiguero, contra el que un -palo o una piedra son mucho mejor defensa. Nada de esto asombrará a -quien considere que una serena mirada de reproche le basta a la razón -para mitigar los excesos de los hombres fuertes y valerosos, mientras -que ese medio sólo sirve para aumentar la insolencia de los débiles -y de los necios, fáciles de amansar, en cambio, como palomas si se -les infligen castigos que, aplicados a los primeros, exacerbarían -su cólera, haciéndola más terrible, y, como pólvora arrojada en una -hoguera, les induciría, en loca desesperación, a sembrar el estrago -en torno suyo. - -A los ladridos del perro, surgió de una especie de paseo un viejo, su -amo, a mi parecer, a quien hice varias preguntas acerca del lugar. El -hombre, bastante cortés, me contó que había servido como soldado en -el ejército inglés, al mando del «gran lord», durante la guerra de la -península. Me dijo que había un convento de monjas un poco más lejos, -y como se mostrara dispuesto a llevarme a él, echamos a andar hacia -la parte Sureste de la muralla, donde se aparecía un vasto edificio -ruinoso. - -Entramos en cierto lóbrego aposento de piedra, en uno de cuyos -rincones había una especie de ventana cerrada por una tabla -giratoria, por donde se entregaban y recibían los objetos en el -convento. El viejo tocó la campana, y, sin decir palabra, se retiró, -dejándome algo perplejo; pero, un instante después oí, sin poder -ver a quien me hablaba, una suave voz femenina preguntándome mi -condición y el motivo de mi visita. Dime a conocer como un inglés -que, de paso en Monte Moro, camino de España, había subido al cerro -a visitar las ruinas. La voz me respondió: «Supongo que será usted -militar, e irá a pelear contra el rey, como todos sus compatriotas.» -«No—dije yo—; no soy hombre de guerra, soy un cristiano; no voy a -verter sangre, sino a procurar la difusión del evangelio de Cristo en -un país que le desconoce»; a esto me respondió una risita ahogada. -Pregunté después si había en el convento ejemplares de las Sagradas -Escrituras; aquella voz amigable no supo darme noticias sobre -el particular, y casi no me atrevo a creer que mi interlocutora -entendiese la pregunta. Me contó que el oficio de abadesa era anual; -cada año tenían superiora nueva. Al preguntar si a las monjas no se -les hacía muy pesado el tiempo, me declaró que, cuando no tenían -cosa mejor en qué ocuparse, se entretenían haciendo quesadillas para -el consumo de aquellos contornos. Di las gracias a la voz por sus -noticias, y me fuí. Según iba andando pegado al muro del convento -hacia el Suroeste, sonaron sobre mi cabeza nuevas y más fuertes risas -ahogadas; alcé la vista y descubrí en tres o cuatro ventanas los -rostros melancólicos y los flotantes cabellos negros de las monjas, -ansiosas de ver al forastero. Me besé la mano repetidas veces, y -proseguí la marcha; a poco llegué al extremo Suroeste de aquella -montaña tan fértil en curiosidades. Allí encontré los restos de un -gran edificio, construído, al parecer, en forma de cruz. En su parte -oriental subsiste una torre entera; el lado Oeste, todo en ruinas, -cae al borde de la colina, mirando al valle por cuyo fondo corre el -arroyo ya mencionado en otra ocasión. - -El día era muy caluroso, a pesar del frío de las noches anteriores; -el radiante sol de Portugal alumbraba un paisaje de arrebatadora -hermosura. Bosquecillos de alcornoques cubrían el lado opuesto del -valle y las pendientes lejanas, formando deliciosas perspectivas, -donde pacían los rebaños; las aguas del arroyo se estrellaban en los -pedruscos del cauce y hacían un suave murmullo que llegaba hasta mi -oído, bañándome el alma en delicias. Sentado en las ruinas del muro -permanecí extático, vertiendo lágrimas de felicidad; porque de todos -los placeres que por la bondad de Dios gozan sus hijos, ninguno tan -caro a ciertos corazones como la música de los bosques y de los -arroyos y la contemplación de las bellezas de su gloriosa creación. -Transcurrió una hora, y aún permanecía yo sentado en la muralla; -las escenas de mi vida pasada flotaban ante mis ojos en fantástica -e impalpable formación, y por entre ellas asomaban aquí y allá los -árboles, las colinas y demás objetos del panorama que realmente tenía -frente a mí. El sol me quemaba el rostro, pero yo no hacía caso de -ello; hubiera permanecido allí hasta la noche, creo yo, sumido en -una de esas ensoñaciones, buenas tan sólo para debilitar el ánimo, -lo confieso, y para malgastar muchos minutos que podrían emplearse -mejor, si el disparo de la escopeta de un cazador, despertando los -ecos de los bosques, de las montañas y de las ruinas, no me hubiese -hecho ponerme en pie y recordar que aún me faltaban tres leguas para -llegar a la hostería donde me proponía pasar la noche. - -Guié mis pasos hacia la posada, siguiendo a lo largo de una especie -de parapeto. Poco antes de llegar a la puerta de entrada, observé -a mano derecha una cripta vaciada en la vertiente del monte; tres -columnas sostenían la techumbre, pero había cedido un poco hacia -el fondo, de suerte que la luz penetraba en el interior por una -hendidura abierta en lo alto. Aquello podía haber sido edificado para -servir de capilla o de cementerio, me inclino a creer que de esto -último; pero, seguramente, no era obra de moros. En mis correrías -por aquellos lugares, nada vi que me recordase a tan singularísimo -pueblo. En el cerro donde yacen estas ruinas hubo, sin duda alguna, -un poderoso castillo de los moros, quienes al invadir la península -ocuparon casi todos los lugares altos y naturalmente fuertes, -poniéndolos en estado de defensa; pero es probable que perdieran muy -pronto el cerro visitado ahora por mí, y que los muros y edificios -cuyos despojos lo cubren, fuesen labrados por los cristianos después -de reconquistar la posición del poder de los terribles enemigos de -su fe. Monte Moro presenta cierta lejana semejanza con Cintra, que -puede traer a la mente del viajero el recuerdo de este último lugar; -sin embargo, hay en Cintra una nota agreste y ruda que no existe en -Monte Moro. Allí los peñascos gigantescos se apilan en forma tal, que -parecen amenazar con la destrucción inminente de cuanto los rodea; -las ruinas aún adheridas a los peñascos, más parecen nidos de águilas -que restos de habitaciones humanas, incluso de moros; mientras que -las ruinas de Monte Moro están asentadas, comparativamente, con -más holgura en el ancho lomo de un cerro, grande y levantado, pero -sin peñascos ni precipicios, al que puede subirse por todos lados -sin gran dificultad. Viva satisfacción me produjo la visita a ese -monte; muchas cosas he de ver en mis viajes para olvidar la voz en el -convento medio derruído, las murallas entre cuyos escombros divagué, -y el parapeto donde estuve sentado una hora, sumido en mi arrobador -ensueño, bajo los rayos brillantes del sol. - -Volví a la posada, y restauré mis fuerzas con té y unas quesadillas -muy dulces y agradables, obra de las monjas del convento. Al observar -el semblante triste y preocupado de la gente de la casa, pregunté el -motivo a la huéspeda, sentada casi sin movimiento en el suelo junto a -la lumbre; díjome que su marido estaba en peligro de muerte a causa -de una enfermedad, que, por los síntomas, debía de ser una especie -de cólera; el médico no abrigaba esperanzas de salvación. La animé a -confiar en el poder de Dios, capaz de restaurar al enfermo en pocas -horas, trayéndole desde el borde de la tumba a la plena salud, y así -debía ella pedírselo fervorosamente al Todopoderoso. Añadí que, si no -sabía hacer la oración propia del caso, yo estaba dispuesto a orar -por ella, con tal que se uniese en espíritu a mi súplica. Entonces -ofrecí una breve plegaria en portugués, pidiendo al Señor que, si así -convenía, librara a aquella familia de la grave aflicción que pesaba -sobre ella. La mujer escuchó muy atenta, con las manos devotamente -juntas, hasta el fin de la oración, y después me miró con asombro, -al parecer, pero sin pronunciar palabra por donde yo pudiera colegir -si lo dicho por mí le había o no desagradado. Me despedí luego de la -familia, y, montando en la mula, salí para Arroyolos[34]. - - [34] Es Arrayolos. (Knapp). - - - - -CAPÍTULO VII - - La piedra druídica.—Un joven español.—Soldados rufianes.—Los - males de la guerra.—Estremoz.—La disputa.—La atalaya en - ruinas.—Vislumbre de España.—Ayer y hoy. - - -Legua y media llevaríamos andada, cuando una tromba de aire se -desencadenó por el Norte, levantando inmensas nubes de polvo; -felizmente, el huracán no nos daba de cara, pues en otro caso nos -hubiera sido difícil seguir adelante, por su extremada violencia. -Habíamos dejado el camino para utilizar un pequeño atajo practicable -para las caballerías, pero que, como otros muchos, no podía -recorrerse en carruaje. - -Cruzábamos unos arenales cubiertos de maleza y de pedruscos que -formaban una espesa capa sobre el suelo. Estas son las piedras de -que están formadas las _sierras_ de España y Portugal; singulares -montañas que se alzan en horrenda desnudez, como huesos de un -esqueleto gigante descarnado. Muchos de aquellos pedruscos emergían -del suelo; muchos yacían sueltos en la superficie, removidos acaso -de sus lechos por las aguas del diluvio. Mientras nos fatigábamos -caminando por tan agrestes lugares, descubrí, un poco hacia mi -izquierda, un amontonamiento de piedras de aspecto singular y hacia -ellas guié mi mula. Era un altar druida, el más bello y completo de -cuantos yo había visto hasta entonces. Era circular; constituíanlo -unas piedras sumamente anchas y recias en la base, que se iban -adelgazando hacia el remate, trabajado por la mano del artista en -forma parecida al festón o borde de una concha. Encima estaba puesta -otra piedra lisa muy ancha, inclinada hacia el Sur, donde se abría -una puerta. En el interior, capaz para tres o cuatro hombres, crecía -un espino pequeño. - -Contemplé con veneración y temor respetuoso aquel altar donde los -primeros pobladores de Europa ofrecieron su culto al Dios ignoto. -Los templos que los romanos, poderosos y diestros, levantaron en -una edad comparativamente moderna, yacen hechos polvo no lejos de -allí. Las iglesias de los godos arrianos, herederos de su poder, -no se encuentran por parte alguna, como si se las hubiera tragado -la tierra. ¿Y qué ha sido y dónde están las mezquitas del moro, -conquistador de los godos? Sus ruinas mohosas se disipan poco a poco -sobre las rocas. No así la piedra druídica: allí se está, batida por -los vientos, tan firme y tan acabada de hacer como el día en que, -hace acaso treinta siglos, fué erigida por medios hoy desconocidos. -Sacudida por los terremotos, la piedra del remate no se ha caído; -oleadas de lluvia la han inundado sin conseguir barrerla de su -asiento; el candente sol reverbera en su superficie sin agrietarla -ni desmenuzarla; y el tiempo, antiquísimo, implacable, ha desgastado -contra ella su férreo diente, con tan escaso efecto como pueden -observar cuantos la visiten. Allí permanece la piedra; quien desee -estudiar la literatura, la ciencia y la historia de los antiguos -celtas y cimbrios, puede colegir, contemplando esa piedra y meditando -ante ella, todo lo que de tales hombres se sabe. Los romanos dejaron -tras de sí sus escritos inmortales, su historia, su poesía; los -godos, su liturgia, sus tradiciones y el germen de instituciones muy -nobles; los moros, su caballerosidad, sus descubrimientos en medicina -y las bases del comercio moderno. ¿Qué memoria queda de las razas -druídicas? ¡Hela aquí, en ese rimero de piedra eterna! - -Llegamos a Arroyolos a cosa de las siete de la noche. Me instalé -en un espacioso aposento de dos camas, y cuando me disponía a -sentarme para cenar, vino la huéspeda a preguntarme si no tendría -inconveniente en que un joven español pasase la noche en mi cuarto. -Díjome que el joven acababa de llegar con unos arrieros, y no había -en la casa otro sitio donde aposentarlo. Accedí, y a la media hora -apareció el español, después de cenar con sus compañeros. Era un -mancebo de diez y siete años, que por su buena presencia denotaba ser -persona de distinción. Me saludó en su lengua natal, y al ver que -le entendía, comenzó a hablar con volubilidad asombrosa. En cinco -minutos me refirió que, movido del deseo de ver mundo, se había -desgarrado de su familia, gente opulenta de Madrid, con ánimo de no -volver hasta haber recorrido varios países. Le contesté que si decía -verdad había cometido una acción mala e insensata: mala, por el dolor -con que amargaba a las personas a quienes debía honrar y amar, e -insensata, pues se exponía a inconcebibles miserias y trabajos que -muy pronto le harían maldecir la resolución tomada; hícele ver que -en país extranjero le recibirían bien mientras tuviera dineros para -gastar, y en cuanto se le acabasen, le tratarían como a un vagabundo, -y acaso le dejarían morirse de hambre. Repuso que, como llevaba -consigo una cantidad considerable, cien duros nada menos, tenía -dinero para mucho tiempo, y cuando se le acabara, podría quizás ganar -más. «Con esos cien duros—le dije—apenas podrá usted vivir tres meses -en este país, si no le roban a usted antes; y creer que va usted a -ganar dinero honradamente es tan razonable como si pensara usted -ir a buscarlo en la cima de las montañas.» El muchacho no tenía aún -bastante experiencia para seguir mis consejos. A poco, cambiamos de -conversación. A las cinco de la mañana siguiente se me acercó a la -cama para despedirse porque los arrieros hacían ya preparativos de -marcha. Díjele la fórmula usual en España: «_Vaya usted con Dios_», y -no le volví a ver más. - -A las nueve, después de pagar un precio exorbitante por muy escasas -comodidades, salí de Arroyolos, ciudad o lugar grande, situado en una -elevación del terreno y visible desde muy lejos. Puede envanecerse de -las ruinas de un vasto castillo antiguo, obra de moros, al parecer, -colocado en una colina, a la izquierda del camino, según se va a -Estremoz. - -A una milla de Arroyolos di alcance a una fila de carros con -bastimentos y municiones para España, escoltados por un destacamento -de soldados portugueses. Seis o siete soldados iban de avanzada, muy -separados del convoy: eran unos tunantes de malísima catadura, en -cuyos rostros lívidos, horrendos, estaban escritos el homicidio y -todos los demás crímenes prohibidos por la ley de Dios. Al pasar a su -lado, uno de ellos comenzó a maldecir a los extranjeros, y con voz -áspera y gruñona, dijo: «Ahí va ese francés a caballo (iba en mula) -con un hombre (el idiota) para cuidarle todo por ser rico, mientras -un pobre soldado como yo, tiene que andar a pie. De buena gana le -mataría de un tiro. ¿En qué vale más él que yo? Pero es extranjero; -el diablo protege a los extranjeros, y odia a los portugueses.» -Continuó el soldado vomitando injurias, y ya le había sacado yo lo -menos cuarenta varas de delantera, cuando me eché a reír, sin pensar -que lo más prudente era permanecer tranquilo; un momento después, en -efecto, ¡paf!, ¡paf!, dos balas bien dirigidas me silbaron en los -oídos. Hallábame justamente al borde de un pequeño arroyo, sobre el -que había un puente a muy considerable distancia por mi izquierda; -metí espuelas a la mula, lanzándola a través del cauce, seguido muy -de cerca por el aterrorizado guía, y una vez en la otra orilla galopé -por la planicie arenosa hasta ponerme en salvo. - -Aquellos individuos, con aspecto de bandidos, por sus acciones -mejoraban su facha. Encontrárselos en un lugar solitario, no será -nunca para el viajero motivo de alabar su buena fortuna. Los -carreteros eran españoles, de las cercanías de Badajoz, enviados a -Portugal para transportar los bastimentos. Uno de ellos, a quien -volví a encontrar en Badajoz, me contó que toda la escolta era de -la misma calaña; a él y a sus compañeros los habían robado muchas -cosas, amenazándolos de muerte si los denunciaban. Espanta imaginar -lo que sería un ejército compuesto de tales seres, enviado a un -país extranjero para conquistarlo o defenderlo; no obstante, cuando -escribo estas páginas, España aguarda el socorro armado de Portugal. -Quiera Dios misericordioso que las tropas enviadas en su apoyo -sean de diferente cuño: aun así, temo, vista la relajación de la -disciplina en el ejército portugués, comparado con el inglés o el -francés, que a los habitantes pacíficos de las provincias asoladas -por la guerra les parezca que los lobos se han juntado para cazar a -perros y echarlos del redil. No quisiera morirme sin ver el día en -que no se tolere la soldadesca en ningún país civilizado, o, cuando -menos, cristiano. - -Prosiguiendo mi camino hacia Estremoz, pasé junto a Monte Moro -Novo, colina alta y polvorienta, coronada por un edificio antiguo, -morisco probablemente. El país era desolado y desierto, por más que -de vez en cuando se descubría algún valle poblado de alcornoques y -_azinheiras_. Después del mediodía, el viento, muy encalmado durante -la noche y la mañana anteriores, volvió a soplar con tal fuerza que -casi me aturdía, aunque nos daba de espaldas. - -A las cuatro de la tarde, al remontar una cuesta, descubrí con -profunda alegría la ciudad de Estremoz, asentada en una colina, a -menos de una legua de distancia. Desde donde yo estaba, se dominaba -un panorama de singular belleza. El sol se ponía entre rojas y -tormentosas nubes, y sus rayos reverberaban en los pardos muros de -la encumbrada ciudad adonde íbamos. Hacia el Suroeste, no muy lejos, -alzábase Serra Dorso, la montaña más hermosa del Alemtejo, ya vista -por mí desde Evora. - -El idiota de mi guía volvió su rostro imbécil hacia la sierra, y -sintiéndose súbitamente inspirado, abrió la boca por vez primera -durante el día, casi podría decir desde que salimos de Aldea Gallega, -y comenzó a explicarme las extrañas cazas que podían hacerse en -aquellos montes. También me describió con gran minuciosidad un -perro maravilloso que había por allí, adiestrado en la caza de -lobos y jabalíes, y cuyo dueño se había negado a venderlo en veinte -_moidores_. - -Al cabo, llegamos a Estremoz; nos alojamos en la posada principal, -que mira a una explanada o plaza del mercado, centro de la ciudad, -y tan ancha, que a mi parecer podrían evolucionar en ella diez mil -soldados con toda holgura. - -El terrible frío no me consintió permanecer en la habitación a que -me llevaron, y entré en una especie de cocina abierta a un lado del -pasadizo abovedado que, en los bajos de la casa, llevaba al corral y -a las cuadras. Una impetuosa ráfaga caliente se precipitaba a través -del pasadizo, como el agua por el caz de un molino. Un enorme tronco -de alcornoque ardía en el fogón, debajo de la espaciosa campana, y en -torno de la lumbre se acurrucaba una ruidosa turba de campesinos y -labradores de las inmediaciones y tres o cuatro matuteros españoles. -Me costó trabajo conseguir puesto; los españoles y los portugueses -rara vez hacen sitio a un extraño, y como no se les pida o se los -empuje, prefieren quedársele a uno mirando con expresión que parece -significar: «sé muy bien lo que usted necesita, pero prefiero -permanecer donde estoy.» - -Entonces observé por vez primera cierto cambio en el modo de hablar, -menos sibilante y más gutural; para dirigirse unos a otros empleaban -los interlocutores el término español de cortesía _usted_, en -lugar del hinchado _vossem se_ portugués. Esto es un resultado de -la comunicación constante con los naturales de España, que nunca -consienten en hablar portugués, ni aun en Portugal, y persisten en -emplear su magnífico idioma materno, que acaso andando el tiempo -acabarán por adoptar todos los portugueses. Esto facilitaría mucho la -unión de ambos países, separados hasta hoy por la natural terquedad -humana. - -Poco tiempo llevaba yo sentado a la lumbre, cuando un individuo, -montado en un caballo fino y nervioso, se precipitó por el pasadizo -desde la cuadra a la cocina, y empezó a lucir sus habilidades de -caballista, obligando al animal a encabritarse y a girar velozmente -sobre las patas, con manifiesto peligro de cuantos se hallaban en el -aposento. Salió después a la explanada, donde se entretuvo galopando, -y al cabo de media hora volvió, dejó el caballo en la cuadra y vino a -sentarse junto a mí, hablándome en una jerigonza ininteligible, que a -él se le antojaba francés. - -Estaba el hombre medio borracho, y pronto lo estuvo tres cuartos, -a fuerza de trasegar vaso tras vaso de _aguardiente_. Viendo mi -mutismo, se dirigió en mal español a uno de los _contrabandistas_; -éste, o no le entendió o no quiso entenderle, pero al fin, perdiendo -la paciencia, le llamó borracho y le mandó callarse. Exasperado -por tal desprecio, asió el beodo el vaso en que bebía, arrojándolo -a la cabeza del español, quien brincó como un tigre, desenvainó -un cuchillo y tiró de abajo a arriba un tajo a las mejillas de su -agresor; indudablemente, le hubiese cortado la cara, de no haber -detenido yo a tiempo el brazo del matutero, reduciendo así el daño a -un arañazo en la mandíbula inferior, del que brotó un poco de sangre. - -Los compañeros del español se metieron por medio, y con gran trabajo -se lo llevaron a un pequeño aposento en lo más apartado de la -casa, donde ellos dormían y guardaban además los arreos de sus -mulas. El borracho comenzó entonces a cantar o más bien a berrear -la Marsellesa; después de molestarnos más de una hora, se le pudo -persuadir que montase a caballo y se fuera, acompañado por un vecino -suyo. Era el tal un tratante en cerdos de aquellos contornos, pero -había sido antaño soldado en el ejército de Napoleón, donde, como -el cochero borracho de Evora, supongo que adquiriría sus hábitos de -embriaguez y su francés rudimentario. - -Desde Estremoz a Elvas hay seis leguas. A las nueve de la mañana -siguiente emprendí la marcha. El camino corría al principio por -terreno cerrado, pero no tardamos en salir a unas llanuras yermas y -desabrigadas, en las que el viento, que no dejaba de perseguirnos, -gemía tristemente. No encontramos alma viviente en el camino. El -paisaje era en extremo desolado. En el cielo, gris oscuro, no se -vislumbraba ni un rayo de sol. A gran distancia delante de nosotros, -sobre una elevación del terreno, se alzaba una torre, único objeto -que rompía la uniformidad del desierto. Dos horas después de haberla -columbrado, llegamos al pie de la altura donde estaba la torre; allí -mana una fuente y vierte sus aguas transparentes y puras en un pilón -de piedra. Hicimos alto para dar de beber a las mulas. - -Eché pie a tierra, y separándome del guía, emprendí la subida hacia -la torre. La cuesta era muy suave, mas no dejé de pasar algún -trabajo, por estar el piso cubierto de piedras afiladas, que, -pasándome el calzado, me hirieron dos o tres veces en los pies; -además, la distancia resultó ser mucho mayor de lo que yo supuse. Al -fin llegué a las ruinas, pues no otra cosa había allí. Me encontré -con una de esas torres vigías, llamadas en portugués _atalaias_; -era cuadrada, rodeábala un muro, derruído en grandes trechos. La -torre, cuya parte inferior estaba toda macizada, no tenía puerta; -pero en una de sus caras había unas hendiduras entre las piedras -para apoyar los pies, y trepando por tan tosca escalera llegué a un -aposento pequeño, de unos cinco pies en cuadro, con el techo hundido. -Dominábase desde allí una extensa vista en todas direcciones; aquel -era evidentemente el alojamiento de los encargados de vigilar la -frontera y de dar la alarma—encendiendo hogueras, acaso—al aparecer -los enemigos. Un puñado de hombres resueltos podía defenderse en tan -pequeña fortaleza contra asaltantes numerosos, expuestos en la subida -a los tiros de la torre. - -Ya iba a marcharme cuando, detrás de una parte del muro no recorrida -por mí, sonó un grito extraño; acudí presuroso y me encontré con -una miserable criatura, harapienta, sentada en una piedra. Era un -loco, como de treinta años de edad, creo que sordo-mudo. Clavado en -su asiento, desvariaba y gesticulaba, retorciendo su ruda fisonomía -en espantables contorsiones. Solo aquello faltaba para completar -la escena. Unos bandidos hubieran estado fuera de lugar en tan -melancólica desolación. Pero el loco, sentado en la piedra detrás -de las ruinas batidas por el viento, contemplando los marchitos -chaparrales, sobre los que gravitaba un cielo hosco y pesado, -componía un cuadro de tristeza y miseria como no lo habrá concebido -poeta o pintor alguno en sus delirios más sombríos. No es este el -primer caso en que me ha tocado comprobar que la realidad sobrepuja a -veces a la fantasía. - -Monté de nuevo en la mula y caminamos hasta que, al llegar a lo alto -de otra colina, exclamó el guía súbitamente: «¡Allí está Elvas!» -Miré en la dirección que me indicaba, y vi una ciudad encaramada -en un alto cerro. Separado de éste por un profundo valle, hacia la -izquierda, había otro cerro mucho más alto, donde está la famosa -fortaleza de Elvas, reputada por la más poderosa de Portugal. Entre -ambos cerros, pero muy al fondo, y lejos, en dirección de España, -columbré las vertientes sombrías y la cima nebulosa de una soberbia -montaña, que, según más adelante supe, era Alburquerque, una de las -mayores de Extremadura. - -El camino entraba allí en paraje cultivado; por entre setos vivos -llegamos a un sitio donde el terreno descendía suavemente. A la -derecha arrancaba el acueducto que provee de agua a la ciudad; tenía -allí escasamente dos pies de altura, pero según íbamos descendiendo, -las proporciones de la fábrica crecían, hasta ser colosales. Cerca -del fondo del valle, el acueducto torcía a la izquierda, salvando -el camino con uno de sus arcos: al pasar por debajo, alcé los ojos -para mirarlo. El agua corría a cien pies de altura sobre mi cabeza; -la inmensidad de la obra realizada para transportarla me llenó de -admiración. Con todo, cierto detalle rebaja mucho las pretensiones de -grandeza y magnificencia de este acueducto: el agua no corre, como -en el de Lisboa, sobre un solo orden de arcos gigantescos, posados -en el valle como piernas de titanes, sino sobre tres órdenes de -arcos superpuestos. El gasto y el trabajo necesarios para levantar -tan insigne máquina, debieron de ser enormes; y cuando se piensa en -la relativa facilidad con que la industria moderna obtendría igual -resultado, no puede uno por menos de alegrarse de vivir en tiempos en -que es innecesario esquilmar la riqueza de una provincia para proveer -a una ciudad, construída en un cerro, de un indispensable elemento de -vida. - - - - -CAPÍTULO VIII - - Elvas.—Longevidad extraordinaria.—La nación inglesa.—Ingratitud - portuguesa.—Las fortificaciones.—Un mendigo español.—Badajoz.—La - aduana. - - -A mi llegada a la puerta de Elvas un oficial salió de una especie de -cuerpo de guardia, y después de hacerme varias preguntas, me envió, -acompañado de un soldado, a la oficina de policía, donde mi pasaporte -había de ser _visé_, porque en la frontera son muy exigentes en ese -particular. Arreglado el asunto, me instalé en una hostería próxima -a aquella puerta; me la había recomendado el posadero de Vendas -Novas, y su dueño se llamaba José Rosado. Era la mejor de Elvas, -pero muy inferior en comodidades a cualquier figón inglés. Acosado -por el frío, me refugié gustoso en una cocina interior, alumbrada -tan sólo, una vez cerrada la puerta, por el resplandor del fuego -que ardía débilmente en el fogón. Una mujer de edad, sentada en una -silla junto a la lumbre, pasaba las cuentas de su rosario; discerní -en su rostro, en cuanto la escasa luz del aposento me lo permitía, -una expresión singular, extraordinaria. Hícele algunas preguntas sin -importancia, y me contestó; pero parecía ligeramente sorda. Comenzaba -a encanecer, y le dije que, si bien la creía de más edad que yo, no -tenía seguramente el pelo tan blanco como el mío. - -—¿Qué edad tiene usted, caballero?—preguntó, dándome el título -usualmente empleado en España para denotar un grado de respeto -extraordinario—. Respondí que iba a cumplir treinta años. -«Entonces—dijo—tenía usted razón al suponer que soy más vieja; tengo -más años que su madre de usted y que la madre de su madre; hace más -de cien años era yo una chicuela, y jugaba con otras de mi edad por -esos campos.» «En tal caso—respondí—se acordará usted, sin duda, del -terremoto.» «Sí—contestó—; si de algo me acuerdo, es de eso; cuando -ocurrió, estaba yo en la iglesia de Elvas oyendo misa, y el cura se -cayó al suelo, y dejó también caer la Hostia de las manos. Aún me -acuerdo de cómo temblaba el suelo; todos nos mareamos; las casas se -tambaleaban como si estuviesen borrachas. Ochenta años han pasado -sobre mí desde el temblor de tierra, y entonces ya tenía yo más edad -que usted tiene ahora.» - -Miré con asombro a tan extraordinaria mujer, y apenas podía -dar crédito a sus palabras. Sin embargo, me aseguraron que, -positivamente, tenía más de ciento diez años, y pasaba por ser la -persona más vieja de Portugal. Conservaba todas sus facultades tan -despejadas como la generalidad de la gente al rayar en la mitad de -aquellos años. Era pariente de los dueños de la hostería. - -Conforme avanzaba la noche, fueron entrando varias personas para -calentarse a la lumbre y gozar de la conversación; la casa era una -especie de mentidero, donde llevaba la voz cantante el huésped, -hombre de cierta sagacidad y experiencia, antiguo soldado del -ejército británico. Entre otros, vino el oficial que mandaba en -la puerta de la ciudad. Después de cambiar algunas palabras, este -caballero, joven de unos veinticinco años, bien parecido, rompió -en declamaciones violentas contra la nación inglesa y su gobierno, -quienes, si en todo tiempo habían demostrado su egoísmo y su -falacia, seguían ahora, respecto de España, una conducta sobremanera -ignominiosa, pues estando en su mano acabar de golpe la guerra civil, -enviando un poderoso ejército de socorro, preferían mandar un puñado -de tropas, con objeto de prolongar la lucha y aprovecharse de sus -ventajas. Después de cumplimentarle irónicamente por su cortesía y -urbanidad, pregunté al oficial si entre las acciones egoístas de la -nación y del gobierno ingleses, se contaba la de haber derrochado -centenares de millones de libras esterlinas y vertido un océano de -preciosa sangre para sostener la campaña de la península contra -Napoleón. «Seguramente—dije—el fuerte de Elvas, y más aún el vecino -castillo de Badajoz, dicen mucho respecto del egoísmo inglés, y -cada vez que los mire se confirmará usted en la opinión que acaba -de exponer. En cuanto a la guerra actual, le diré a usted que la -gratitud de España a Inglaterra, después de la expulsión de los -franceses gracias a nuestros ejércitos—gratitud demostrada en los -estorbos puestos al comercio inglés y en las misas de acción de -gracias ofrecidas al abandonar las costas españolas los herejes -británicos—, no puede inducir a Inglaterra a arruinarse por el -propósito de expulsar a don Carlos de sus montañas. Por deferencia al -superior entendimiento de usted—continué, dirigiéndome al oficial—, -quisiera creer que la prolongación indefinida de la guerra reporta -grandes provechos a mi país; pero me haría usted un favor insigne -explicándome el proceso químico en virtud del que la sangre vertida -en las montañas españolas va a parar al tesoro inglés convertida en -monedas de oro.» - -Como tardara en contestarme, tomé de sobre la mesa un plato con -fruta, y pregunté: «¿Cómo se llaman estas frutas?» «Granadas y -_bolotas_»—respondió—. «Muy bien; un rústico inglés que no haya -salido nunca de su país, no hubiese podido darme esa respuesta, a -pesar de hallarse tan familiarizado con las granadas y las _bolotas_ -como vuestra señoría con la línea de conducta que le incumbe tomar a -Inglaterra en su política interior y exterior.» - -Esta réplica mía era impropia de un cristiano, lo confieso, y me -demostró cuántas reliquias de mi antiguo carácter quedaban en el -fondo de mi alma; con todo, séame permitido decir que, probablemente, -ninguna otra provocación me hubiera inducido a responder con tanta -cólera; pero no pude dominarme al oír tratar con injusticia a mi -gloriosa tierra. Y ¿por quién? ¡Por un portugués! Por un hijo del -país libertado de horrible esclavitud dos veces gracias al esfuerzo -inglés. A no ser por Wellington y sus héroes, Portugal sería francés -a estas fechas; a no ser por Napier y sus marinos, don Miguel -reinaría en Lisboa. Volviendo al oficial, diré que todos se le -rieron, y un momento después se fué. - -Al día siguiente entré en relación con un comerciante respetable, -llamado Almeida, hombre de talento, aunque algo brusco de modales. -Manifestó profunda aversión al sistema papista que durante tanto -tiempo había mantenido en mortales tinieblas a su infortunado país; y -apenas supo que yo era portador de cierta cantidad de Testamentos, -con intención de dejarlos allí para su venta, expresó vivos deseos de -hacerse cargo de los libros, y se ofreció a trabajar cuanto pudiese -para colocarlos entre sus numerosos parroquianos. Al enseñarle un -ejemplar, le dije: «En la portada va el nombre de usted.» Porque, en -efecto, la edición portuguesa de la Sagrada Escritura que la Sociedad -Bíblica repartía la hizo un protestante llamado Almeida, y se publicó -por vez primera en 1712; el comerciante sonrió, y me dijo que le -honraba mucho tener alguna relación, aunque sólo fuese por el nombre, -con el traductor. Echó a broma la propuesta de remunerarle por su -trabajo, asegurándome que el solo hecho de poder colaborar en una -obra tan santa y útil como la difusión de la Escritura, era para él -suficiente recompensa. - -Terminado este asunto, di un vistazo a los alrededores de Elvas, y -subí paseando, cerro arriba, hasta el fuerte, al Norte de la ciudad. -La parte baja del cerro está poblada de _azinheiras_, que le dan -amenidad; por unas piedras varadas en el cauce crucé el arroyuelo -que corre al pie. Al llegar a la entrada del fuerte, un centinela me -cortó el paso; pero tuvo la amabilidad de decirme que, con dar mi -nombre al oficial comandante, me permitirían visitar el interior. -Envié, pues, mi tarjeta al oficial con un soldado que vagaba por -allí, y, sentándome en una piedra, aguardé; volvió a poco; me -preguntó si yo era inglés, y al oír mi respuesta afirmativa, dijo: -«En tal caso, señor, no puede usted entrar; no es costumbre enseñar -el fuerte a los extranjeros.» Respondí que lo mismo me daba visitarlo -o no; y después de contemplar a Badajoz en la lejanía, desde el lado -oriental del cerro, desanduve el camino recorrido a la subida. - -Tales son los provechos que se obtienen con proteger a una nación -y con derrochar la sangre y el dinero en su defensa. Los ingleses -nunca han estado en guerra con Portugal; se han batido por mar y -por tierra, siempre con buen éxito, en favor de su independencia; -se han obligado, por un tratado de comercio, a beber sus vinos, tan -ordinarios y adulterados, que en ninguna otra parte los quieren, y, -sin embargo, son los más impopulares de cuantos extranjeros visitan -este país. Los franceses han asolado Portugal y vertido la sangre de -sus hijos como si fuese agua; no compran sus productos; desprecian -sus vinos; pero no hay aquí mala disposición para los franceses. -La razón de esto no es ningún misterio; lo propio, no ya de los -portugueses, sino de la corrupción del hombre, es aborrecer a los -bienhechores que con sus beneficios lastiman del modo más generoso su -miserable vanidad. - -En ningún país son tan populares los ingleses como en Francia; y -es que, si bien los franceses han sido con frecuencia tratados -rudamente por los ingleses y ocupada su capital por un ejército -inglés, nunca han estado sometidos a la supuesta ignominia de recibir -de ellos asistencia y socorro. - -Las fortificaciones de Elvas son un modelo en su género; a primera -vista pudiera creerse que la ciudad, si estuviera bien guarnecida, -sería capaz de retar a cualquier enemigo; pero tiene un punto flaco: -un cerro la domina por Occidente, a media milla de distancia, desde -donde un general experto no dejaría de cañonearla, probablemente -con buen éxito. Es la última ciudad de Portugal por aquella parte, -y apenas si la separan dos leguas de la frontera española. Fué -construída, evidentemente, para rivalizar con Badajoz, al que mira -desde su altura a través de la planicie arenosa por donde van las -lentas aguas del Guadiana. Pero aunque Elvas es una ciudad fuerte, -apenas tiene valor como defensa de la frontera, abierta por todas -partes, de tal modo, que un ejército invasor dispuesto a esquivar -esta plaza, no tendría la menor necesidad de aproximarse ni a doce -leguas de sus muros. Son tan extensas sus fortificaciones que no -harían falta menos de diez mil hombres para guarnecerla, fuerza que, -en caso de invasión, estaría mejor empleada en afrontar al enemigo en -campo raso. Durante su ocupación de Portugal, los franceses pusieron -en la plaza una corta guarnición, que se retiró al castillo al -acercarse los ingleses, y capituló poco después. - -Como ya no me detenía cosa alguna en Elvas, dispúseme a cruzar la -frontera de España. El guía idiota tomó el camino de vuelta a Aldea -Gallega, y el 5 de enero, montado en una triste mula, sin riendas ni -estribos, guiándola con el ramal, y seguido por un muchacho que había -de acompañarme montado en otra, bajé presuroso desde Elvas al llano, -con ansia de llegar a la romántica, a la caballeresca y vieja España. -Era innecesario, y así lo comprendí en seguida, azuzar a mi mula, -pues con todas sus mataduras, reparada de la vista y coja, andaba -ligera como el viento. - -En poco más de media hora llegamos a un arroyo, cuyas aguas corrían -impetuosas entre márgenes escarpadas. Un hombre, al borde del arroyo, -me indicó el vado en el agrio dialecto de Portugal; y cuando aún -estaba yo chapoteando en el agua, una voz me saludó desde la otra -orilla en el espléndido idioma de España, de esta manera: _¡Oh -señor caballero, que me dé usted una limosna por amor de Dios, -una limosnita para que yo me compre un traguillo de vino tinto!_ -Un momento después pisé suelo español, porque el arroyo, llamado -Acaia, sirve allí de límite a los dos reinos; arrojé al mendigo una -monedilla de plata, y gritando _¡Santiago y cierra España!_, seguí -mi camino más de prisa todavía, prestando poca atención, como -dice Gil Blas, al torrente de bendiciones derramado por el mendigo -a mis espaldas; con todo, nunca se vió limosna otorgada con menos -discernimiento, porque, según más adelante averigüé, aquel tipo era -un borracho perdido que se instalaba todas las mañanas junto al vado -para sacar a los viajeros unos cuartos y gastárselos por las noches -en las tabernas de Badajoz. Pagaba con bendiciones a quien le daba -limosna, y con maldiciones a quien se la negaba; e igual facundia y -habilidad tenía en el empleo de las unas que de las otras. - -Badajoz estaba ya a la vista, a poco más de media legua de distancia. -Pronto torcimos a la izquierda para tomar el puente de arcos que -atraviesa el Guadiana, río muy famoso en romances y cantares, -pero nada ameno en realidad, poco profundo y muy lento, aunque de -razonable anchura; sus orillas blanqueaban con las ropas puestas a -secar al sol, que lucía resplandeciente. Desde gran distancia oí -cantar a las lavanderas, y el tema de sus cánticos parecía ser las -alabanzas del río en que estaban descrismándose, porque al acercarme -oí distintamente: _Guadiana, Guadiana_, repetido a coro por muchas -mujeres, las unas mozas, las otras de edad, de mejillas tostadas, -cuyas voces fuertes y claras, multiplicaba el eco por todas partes. -Pensé que había cierta semejanza entre mi tarea y la suya; yo estaba -en vías de curtir mi tez septentrional exponiéndome al candente sol -de España, movido por la modesta esperanza de ser útil en la obra de -borrar del alma de los españoles, a quienes conocía apenas, alguna -de las impuras manchas dejadas en ella por el papismo, así como las -lavanderas se quemaban el rostro en la orilla del río para blanquear -las ropas de gentes que desconocían. A mi mente acudieron con mucha -fuerza las palabras de un poeta oriental: «Día tras día, y noche tras -noche, me fatigaré en socorro de mis hermanos sin fortuna, como las -lavanderas curten su faz al sol por limpiar unas ropas que no son -suyas.» - -Cruzado el puente, llegamos a la puerta Norte de Badajoz, y de -una especie de garita salió a nosotros un individuo tocado con un -sombrero andaluz de copa puntiaguda, y embozado en una de esas -inmensas capas, muy conocidas de cuantos han viajado por España, -que sólo un español sabe llevar en forma que sienten bien. Sin -pronunciar palabra asió del ramal de la mula, y entrándose por la -puerta de la ciudad, nos llevó por una calle muy sucia, llena de -gente embozada también en largas capas. Preguntéle qué se proponía, -y no se dignó contestar; pero el muchacho, mi acompañante, dijo que -era un guarda-puertas y nos llevaba a la aduana, o _alfandega_, -para el registro del equipaje. Llegados a la aduana, el guarda, -sin romper su adusto silencio, comenzó a echar las maletas desde la -mula de carga al suelo y a desatarlas. Ya iba a reprenderle como su -brutalidad merecía; pero antes de que pudiera abrir la boca, apareció -en la puerta un personaje, alto y de edad madura, en quien no tardé -en reconocer al jefe de la aduana. Después de mirarme un momento, -me preguntó en mi idioma si yo era inglés. Al oír mi respuesta -afirmativa, preguntó al guarda cómo se había atrevido a cometer la -insolencia de poner las manos en el equipaje sin orden superior, y -severamente le mandó atar de nuevo las maletas y cargarlas en la -mula, como lo hizo, en efecto, sin pronunciar palabra. Preguntóme -después lo que contenían las maletas: ropas de vestir—contesté yo—, -y pidiéndome perdón por la insolencia de su subordinado, me dijo que -era libre de ir adonde tuviera por conveniente. Le di las gracias por -su extremada cortesía, y guiando el muchacho, fuí directamente a la -fonda de las Tres Naciones, que me habían recomendado en Elvas[35]. - - [35] La fonda estaba en la calle de la Moraleja, núm. 30. - (Knapp). - - - - -CAPÍTULO IX - - Badajoz.—Antonio el gitano.—Una proposición de Antonio.—Es - aceptada.—El desayuno gitano.—Salida de Badajoz.—El borrico del - gitano.—Mérida.—La muralla en ruinas.—La comadre.—El país del - moro.—Los hombres negros.—La vida en el desierto.—La cena. - - -Hallábame ya en Badajoz, en España, país que durante los cuatro -años siguientes iba a ser teatro de mis trabajos; pero no nos -anticipemos a los acontecimientos. Los alrededores de Badajoz no me -predispusieron gran cosa en favor del país a que acababa de llegar. -Aquellas planicies parduscas, apenas producen otra cosa que el -arbusto llamado en español _carrasco_; sin embargo, unas montañas -azuladas se yerguen en la lejanía y animan un poco la entonación -monótona del paisaje. - -En Badajoz, capital de Extremadura, fué donde, por vez primera, -tropecé con los singularísimos _Zincali_, o _gitanos_ españoles. -Allí fué donde encontré al indómito Paco, hombre que tenía un brazo -seco y manejaba las _cachas_[36] con la mano izquierda; a su astuta -mujer, Antonia, diestra en _hokkano baró_[37], o engaño maestro, a su -suegro, el feroz gitano Antonio López, y a otros muchos individuos -del _Errate_, o sangre gitana, poco menos notables que éstos. Aquí -fué donde, por vez primera, prediqué el Evangelio al pueblo gitano, y -comenzé la traducción del Nuevo Testamento al idioma de los gitanos -españoles, traducción que, en parte, se imprimió más tarde en Madrid. - - [36] Tijeras. - - [37] _Hok_, fraude. _Hokkano_ (en la lengua de gitanos ingleses): - mentira; _baró_, grande. - -Permanecí tres semanas en Badajoz, y me dispuse a salir para Madrid; -un anochecido estaba yo en mi aposento arreglando mi escaso equipaje, -cuando entró Antonio el gitano, vestido con su _zamarra_ y tocado con -el puntiagudo sombrero andaluz. - -ANTONIO.—Buenas noches, hermano; me han dicho que _callicaste_[38] -te propones salir para _Madrilati_[39]. - - [38] Ayer, mañana. - - [39] Madrid. - -YO.—Así es; no puedo estar aquí más tiempo. - -ANTONIO.—El camino hasta _Madrilati_ es largo; el país está en -guerra, y en el campo abundan los _chories_[40]. ¿No te amedrenta el -viaje? - - [40] _Chor_, ladrón. - -YO.—Yo no tengo miedo; ningún hombre puede eludir su destino; -lo que haya de ser de mi cuerpo y de mi alma, escrito está en un -_gabicote_[41] desde mil años antes de la creación del mundo. - - [41] Libro. - -ANTONIO.—Yo, personalmente, tampoco tengo miedo, hermano; la noche -oscura es para mí igual que el día claro, y el _carrascal_ silvestre -lo mismo que la plaza del mercado o que el _chardi_[42]; llevo en el -pecho el _bar lachí_[43], la piedra preciosa a que se pega la aguja. - - [42] Feria. - - [43] Lit: piedra buena (talismán). _Lachó_: bueno. - -YO.—Supongo que te refieres al imán. ¿Crees que una piedra inerte -puede preservarte de los peligros que amenacen tu vida? - -ANTONIO.—Hermano, cuento ya cincuenta años de edad, y aquí me -tienes vivo y sano. ¿Cómo podría ser eso si el _bar lachí_ no tuviera -poder alguno? He sido soldado y _contrabandista_, y he matado y -robado también a los _Busné_[44]. Las balas del _Gabiné_[45] y del -_jara canallis_[46] me han zumbado en los oídos sin tocarme por -llevar conmigo el _bar lachí_. Veinte veces he hecho cosas que, -según la ley _busné_ debían haberme llevado al _filimicha_[47]; sin -embargo, nunca me ha estrujado el cuello el frío _garrote_. Hermano, -confío en el _bar lachí_, como los _Caloré_[48] de otro tiempo: -aunque me viera en el golfo de _Bombardó_[49] sin una tabla a qué -agarrarme, no tendría miedo; porque llevando tan preciosa piedra, -ella me sacaría sano y salvo a la costa. El _bar lachí_ es poderoso, -hermano. - - [44] _Busnó_ (pl. _busné_): el que no es gitano. - - [45] Francés. - - [46] Guardas o empleados del resguardo. - - [47] La horca. - - [48] _Caló_, _Caloró_ (pl. _Calés_, _Caloré_): el que es del - _kalo rat_, o sangre negra; un gitano. - - [49] León. - -YO.—No vamos a discutir por eso, y menos ahora, en el momento de -marcharme de Badajoz; despidámonos rápidamente, y ya no volveremos a -vernos más. - -ANTONIO.—Hermano, ¿sabes a lo que vengo? - -YO.—Lo ignoro, como no sea a desearme feliz viaje; no soy bastante -gitano para adivinar los pensamientos de la gente. - -ANTONIO.—Toda la noche pasada he estado despierto, pensando en -los asuntos de Egipto; cuando me levanté esta mañana, tomé el _bar -lachí_, y raspándolo con un cuchillo saqué un poco de polvo, y me lo -bebí con _aguardiente_, según tengo costumbre de hacer después de -tomar una resolución. Luego me dije: estoy haciendo falta en la raya -de _Castumba_[50] para cierto negocio. El _Caloró_[51] forastero -va a marcharse a _Madrilati_; el camino es largo, y pudiera caer en -malas manos, quizás en las de gente de su propia sangre, porque he -de decirte, hermano, que los _Calés_ abandonan ya las ciudades y -aldeas y se echan al campo en cuadrillas para saquear a los _Busné_; -no hay ley ninguna en estas tierras, y ahora o nunca es la ocasión -de que los _Caloré_ vuelvan a ser lo que fueron en tiempos pasados. -De manera que me dije: el _Caloró_ forastero puede caer en manos de -los de su misma sangre y ser maltratado por ellos, que sería una -vergüenza. De consiguiente, iré con él por el _Chim del Manró_[52] -hasta la raya de _Castumba_, y desde la raya de _Castumba_ dejaré -que el _Caloró_ de Londres siga su camino a _Madrilati_, porque hay -menos peligro en _Castumba_ que en _Chim del Manró_, y después podré -ocuparme de los asuntos de Egipto que allí me reclaman. - - [50] Castilla. - - [51] Gitano. - - [52] _Chim_: reino, comarca; _Manró_: pan, trigo. _Chim del - Manró_: tierra del trigo: Extremadura. - -YO.—Ese plan promete mucho, amigo mío. ¿En qué forma piensas que -hagamos el viaje? - -ANTONIO.—Te lo diré, hermano. Tengo en la cuadra un _gras_[53], el -mismo que compré en Olivenza, como te dije en otra ocasión; es bueno -y ligero, y me costó, a mí que soy gitano, cincuenta _chulé_[54]; tú -puedes ir en el _gras_; yo montaré en el _macho_. - - [53] _Grà_, _gras_, _graste_, _gry_: caballo. - - [54] _Chulí_ (pl. _Chulé_): un duro. - -YO.—Antes de responder desearía que me dijeses qué asuntos son esos -que te obligan a ir a _Castumba_; tu yerno Paco me tiene dicho que -los gitanos no acostumbran ya a viajar. - -ANTONIO.—Es un asunto de Egipto, hermano, y no puedo decirte más. -Acaso se trata de un caballo o de un borrico, acaso de una mula o de -un _macho_; lo que sea, no se refiere a ti; por tanto, te aconsejo -que no preguntes nada. _Dosta_[55]. Volviendo a lo de antes: eres -libre de rechazar mi ofrecimiento; hay un _drungruje_[56] de aquí -a _Madrilati_, y puedes viajar en el _birdoche_[57] o con los -_dromalis_[58]; pero te advierto, como hermano, que hay _chories_ en -el _drun_, y algunos de ellos son del _Errate_. - - [55] Basta. - - [56] _Drun_, _drom_: camino. _Drungruje_ o _drunji_: camino real. - - [57] Galera. - - [58] Arrieros. - -La verdad es que pocas personas en mi situación hubiesen aceptado -la propuesta del singular gitano. Sin embargo, el plan no dejaba -de tener atractivos para mí. Dada mi afición a las aventuras, no -podía satisfacerla de mejor ni más fácil modo que poniéndome en -manos de tal guía. Otros en mi caso hubiesen recelado una traición, -pero yo estaba tranquilo sobre ese punto, y no creía que el -gitano abrigase la más ligera mala intención en contra mía; le vi -plenamente convencido de que yo era uno de los del _Errate_, y los -rasgos más fuertes de su carácter eran el amor a su raza y el odio a -los _Busné_. Deseaba yo, además, aprovechar todas las ocasiones de -conocer a fondo las costumbres de los gitanos españoles, y allí se me -presentaba una excelente, apenas llegado a España. Total: que resolví -acompañar al gitano. «Iremos juntos—le dije—. Mi equipaje lo mandaré -a Madrid por el _birdoche_.» «Muy bien hecho, hermano—contestó—, y -así el _gras_ andará más ligero. La verdad es que para nada necesitas -llevar equipaje. ¡Cómo se reirían los _Busné_ si se encontraran en el -camino a dos _Calés_ viajando con equipaje!» - -Durante mi estancia en Badajoz, tuve poco trato con los españoles; -lo más del tiempo se lo consagré a los gitanos, raza ya conocida -y tratada por mí en diversas partes del mundo, y con quienes me -encontraba más a mis anchas que con los silenciosos y reservados -hombres de España; medio siglo puede estar un extranjero entre -españoles sin que le dirijan media docena de palabras, a no ser -que partan de él los primeros pasos para intimar, y aun así, puede -verse rechazado con un encogimiento de hombros y un _no entiendo_, -porque entre los muchos prejuicios profundamente arraigados en este -pueblo se cuenta la singular idea de que ningún extranjero es capaz -de aprender su lengua, idea a que siguen aferrados aunque le oigan -hablar en ella corrientemente; todo lo más que en tal caso conceden, -es esto: _Habla cuatro palabras, y nada más_. - -Una mañana temprano, antes de salir el sol, me encontré frente a la -casa de Antonio, pequeña y mísera construcción, situada en una calle -sucia. La mañana era profundamente oscura; la calle estaba, sin -embargo, parcialmente iluminada por un montón de paja ardiendo, en -torno del que dos o tres hombres parecían muy ocupados en sostener un -objeto sobre la llama. Un instante después se abrió la puerta de la -casa del gitano, y apareció Antonio. Echó una mirada en dirección de -la hoguera, y exclamó: «El puerco ha dado muerte a su hermano. Que -todo _Busnó_ corra la misma suerte. Entremos, hermano, y comeremos el -corazón del puerco.» No entendí bien estas palabras, pero siguiendo -al gitano, llegamos a un aposento bajo, donde había un _brasero_ -encendido, a su lado una tosca mesa cubierta con grosero mantel, -y sobre ella un pan y un puchero que despedía agradable olor. «En -esta _puchera_—dijo Antonio—, está el corazón del _balichó_[59]; -comamos.» Nos sentamos a la mesa y comimos, Antonio vorazmente. -Cuando terminó, se puso en pie y me dijo: «¿Has traído el _li_?»[60]. -«Aquí está—contesté, enseñándole mi pasaporte—. «Bueno; puedes -necesitarlo—repuso—. Yo no lo necesito; mi pasaporte es el _bar -lachí_. Ahora un vaso de _repañí_[61], y al camino.» - - [59] Cerdo. - - [60] _Li_ o _Lil_: papel, carta, libro. - - [61] Aguardiente. - -Salimos del cuarto; Antonio cerró la puerta con llave, que escondió -luego debajo de una baldosa, en un rincón del pasillo. «Espérame -en la calle, hermano, mientras voy a la cuadra a buscar las -_caballerías_.» Le obedecí. El sol no había salido aún; el frío era -cortante; pero la luz grisácea del alba me permitía ya distinguir -los objetos con suficiente claridad. No tardé en oír las pisadas -de los animales, y un momento después apareció Antonio llevando el -caballo por la brida; el _macho_ iba detrás. Miré al caballo y no -pude contener un movimiento de asombro. Hasta donde me fué posible -examinarlo, me pareció el bicho más raro que había visto en mi vida. -Era de espectral blancura, muy corto de cuerpo, pero con unas patas -de desmesurada longitud, y altísimo de _cruz_. «Estás mirando el -_grasti_—dijo Antonio—. Tiene diez y ocho años, pero es el mejor de -_Chim del Manró_, ni más ni menos; hace mucho tiempo que le tenía -echado el ojo, y le compré para emplearlo en los negocios de Egipto. -Monta, hermano, monta, y dejemos los _foros_[62]; ya van a abrir la -puerta de la ciudad.» - - [62] _Foro_: pueblo, ciudad. - -Cerró la de su casa, y se guardó la llave en la _faja_. Menos de un -cuarto de hora después, habíamos dejado Badajoz a nuestra espalda. -«No me parece muy bueno este caballo—dije a Antonio, cuando íbamos ya -por el campo—. Apenas si puedo hacerle andar.» - -«Es el caballo más ligero que hay en _Chim del Manró_, hermano—dijo -Antonio—. Lo mismo al galope que al trote largo ninguno le aventaja; -pero tiene diez y ocho años y las coyunturas entumecidas, sobre todo -por la mañana; pero deja que entre en calor y que el _genio del -viejo_ reviva, y no podrás contenerlo con el freno ni con la brida. -Ese caballo lo compré para los asuntos de Egipto, hermano.» - -A eso del mediodía llegamos a una aldea, en las inmediaciones de un -cerro pedregoso. «Aquí no hay casa _Caló_—dijo Antonio—; tenemos -que ir a la posada de los _Busné_, donde comeremos todos, hombres y -bestias.» Entramos en la cocina, nos sentamos a la mesa y pedimos pan -y vino. Había en la cocina dos individuos de mala catadura, fumando -unos cigarros; y como se me ocurriera decir no sé qué cosa a Antonio -en _caló_, uno de aquellos tipos, notable por sus inmensos bigotes, -exclamó: «¿Qué es lo que oigo? ¿Te atreves a hablar en _caló_ delante -de mí, que soy _chalan_ y nacional? Malditos gitanos, ¿cómo os -atrevéis a entrar en esta _posada_ y a hablar en esa lengua delante -de mí? ¿No está prohibida por la ley, como os está prohibido entrar -en el _mercado_? Amigo, como vuelva yo a oír de tu boca una palabra -en _caló_ te muelo los huesos a palos, y de un puntapié vas volando -al tejado.» - -«Haría usted muy bien—dijo su compañero—, porque la insolencia de -estos gitanos es ya inaguantable. Estando en Mérida o Badajoz, -voy al mercado, y allí me veo en un rincón a los malditos gitanos -charlando en una lengua ininteligible. «Señor gitano—le digo a uno de -ellos—, ¿cuánto quiere usted por ese burro?» «Diez duros, _Caballero -nacional_, me responde. Es el mejor burro de toda España.» «Quisiera -verlo andar»—replico yo—. «Ahora mismo»—contesta—, y salta sobre el -burro y le hace salir andando, no sin haberle murmurado antes al -oído no sé qué cosas en _caló_; el burro tenía un paso magnífico, -como yo no había visto otro. «Creo que me conviene»—digo al fin, y -después de examinarlo un rato, saco el dinero y le pago—. «Me voy -a mi casa»—dice el gitano, y desaparece rápidamente—. «Y yo a mi -pueblo»—contesto yo—, y montado en el burro, le digo: _Vámonos_, -pero el burro se está quieto. En vano le arreo con una varita. -«¿Qué significa esto?»—exclamo—; y me pongo a darle espolazos. Pero -el maldito, apenas siente la picadura, al primer corcovo me tira -por las orejas en medio del fango. Me pongo en pie y veo al burro -contemplándome atentamente, y a la _canaille_ gitana mirándome de -través con sus ojos velados. «¿Dónde está el tunante que me ha -vendido esta alhaja?»—grito—. «Se ha ido a Granada»—dice uno—. «Se -ha ido a ver a su familia de Morería»—añade otro—. «Le acabo de ver -corriendo por el campo en dirección de... perseguido muy de cerca -por el diablo»—exclama un tercero—. En suma, me han robado. Quiero -deshacerme del burro, pero no hay quien lo compre; es un burro -_caló_, y todos le huyen. Al cabo, los gitanos me ofrecen treinta -_reals_ por él; y después de regatear mucho, me doy por contento -vendiéndoselo en dos duros. Todo ello es una pura estafa; el burro -vuelve a su dueño y la cuadrilla se reparte la ganancia; es una -infamia que se evitaría, a mi parecer, con sólo prohibir hablar el -_caló_; porque, ¿qué otra cosa sino las palabras en _caló_ dichas -a su oído, pudo inducir al jumento a portarse de tan inconcebible -manera?» - -Ambos parecían completamente convencidos de la exactitud de esta -conclusión, y continuaron fumando hasta consumir los cigarros; -entonces se levantaron, se atusaron las patillas, nos miraron con -fiero desden, y arrojando al suelo las puntas de los cigarros, -salieron de la habitación a paso largo. - -—Esta gente no me parece muy amiga de los gitanos ni del lenguaje -_caló_—dije a Antonio cuando los dos matones se fueron. - -—Malos muermos les cojan los hocicos—dijo Antonio—. Ya se ve que -algunos de los nuestros los han _jonjabadoed_[63]. Sin embargo, -has hecho mal, hermano, en hablarme en _caló_ en esta _posada_; es -lenguaje prohibido, porque, como ya te he dicho, el rey ha destruído -la ley de los _Calés_[64]. Vámonos de aquí, hermano, antes que esos -_juntunes_[65] nos echen encima a la _justicia_. - - [63] Engañado. Terminación inglesa añadida a la terminación - española de la palabra romani _jonjabar_, engañar. _Jojana_: - engaño. - - [64] _El crallis ha nicobado la liri de los Calés._ - - [65] _Juntuno_: espía. - -Al atardecer llegábamos cerca de un pueblo grande. - -—Esta es Mérida—dijo Antonio—, que, según cuentan los _busné_, fué -antaño una gran ciudad de los _corahai_[66]; pasaremos aquí la -noche, y quizás dos o tres días, porque tengo que arreglar algunos -asuntos de Egipto. Ahora, hermano, échate a un lado del camino con -el caballo, y espera junto a esa tapia hasta mi vuelta. Tengo que -adelantarme para ver cómo están las cosas. - - [66] Los moros. - -Me apeé del caballo y me senté en una piedra, junto a la pared en -ruinas indicada por Antonio. El sol declinaba y el viento era muy -sutil; me arropé bien en una capa de gitano, andrajosa y vieja, que -Antonio me dió, y como sentía algún cansancio, caí en un sopor que -duró casi una hora. - -—¿Es su merced el _Caloró_ de Londres?—dijo muy cerca de mí una voz -desconocida. - -Me desperté sobresaltado; vi un rostro de mujer casi debajo del ala -de mi sombrero. A pesar de la poca luz, observé que sus facciones -eran horriblemente feas, casi negras; pertenecían a una gitana vieja, -lo menos de setenta años, que se apoyaba en un palo. - -—¿Es su merced el _Caloró_ de Londres?—repitió. - -—Yo soy el que usted busca. ¿Y Antonio? - -—_Curelando, curelando; baribustres curelós terela_[67]—dijo la -vieja—. Venga conmigo. _Caloró_ de mi _garlochín_[68], venga conmigo -a mi _ker_[69]; en seguida llegamos. - - [67] Negociando, negociando; tiene muchos negocios que hacer. - - [68] Corazón. - - [69] O _Quer_: Casa. - -Eché por el camino, detrás de la gitana, hasta llegar a la ciudad, -ruinosa y medio desierta; remontamos una calle, torcimos luego por -una callejuela angosta y lóbrega, y, a poco, mi guía abrió la puerta -de una casa bastante capaz y muy estropeada. - -—Entra—me dijo. - -—¿Y el _gras_?—pregunté. - -—Hazle entrar también, _chabó_[70] mío; en la cuadra, aunque pequeña, -hay sitio para el _gras_. - - [70] _Chabó_, _chabé_, _chaboró_: mozo, joven, individuo. - -Atravesamos un vasto patio, y nos detuvimos ante una puerta muy ancha. - -—Entra, hijo de Egipto—dijo la bruja—; entra; esa es la cuadra. - -—Esto está más negro que la pez—dije yo—, y es muy a propósito para -lo que yo me sé; trae una luz, o no entro. - -—Dame el _solabarri_[71]—respondió la vieja—, y yo encerraré el -caballo, _chabó_ de Epipto, y le ataré al pesebre. - - [71] Brida. - -Entró con él en la cuadra, y la oí trajinar en la oscuridad; no tardé -en oír rebullirse también al caballo. - -—_Grasti terelamos_[72]—dijo la gitana, al reaparecer con la brida en -la mano—. El caballo se ha soltado él solo; a pesar del viaje no se -ha resentido. Ahora, _Caloró_ mío, vamos a mi casita. - - [72] _Terelar_: atar. - -Entramos en la casa, en un aposento muy capaz y tenebroso, donde -no había otra luz que el débil resplandor de un brasero, puesto al -fondo, junto al que se acurrucaban dos bultos oscuros. - -—Estas son _callees_[73]—dijo la gitana vieja—. Una es mi hija; la -otra es su _chabí_[74]. Siéntate, _Caloró_ de Londres, y que te -oigamos el metal de la voz. - - [73] _Callee_, _callí_, fem. de _caló_. - - [74] Muchacha; fem. de _chabó_. - -Miré en busca de una silla, pero no la había; cerca de mí, empero, -descubrí en el suelo el remate de una columna rota; rodándolo, lo -acerqué al _brasero_, y me senté. - -—Esta casa es muy hermosa, madre de los gitanos—dije yo, por -satisfacer su deseo de oírme hablar—. Es muy hermosa, pero algo fría -y húmeda; por lo grande puede servir de sobra para alojar a los -_hundunares_.[75] - - [75] Soldados. - -—Hay muchas casas de sobra en estos _foros_, muchas casas de sobra -en Mérida, _Caloró_ de Londres, algunas tal como las dejaron los -_corahanós_[76]. ¡Ah! Qué gran pueblo son los _corahanós_. Muchas -veces me entran ganas de volver otra vez a su _chim_. - - [76] _Corahano_: moro; fem. _corahani_. - -—¡Cómo! Madre—dije yo—, ¿has estado en tierra de moros? - -—Dos veces, _Caloró_ mío, dos veces he estado en la tierra de los -_Corahai_. La primera vez, hace más de cincuenta años; entonces -estaba yo con los _sesé_[77], porque mi marido era soldado del -_Crallis_ de España, y Orán pertenecía en aquellos tiempos a España. - - [77] Pl. de _sesó_: español. - -—Entonces no estuviste con los verdaderos moros, sino con los -españoles que ocupaban una parte de su país. - -—Estuve con los verdaderos moros, mi _Caloró_ de Londres. ¿Quién -conoce a los moros mejor que yo? Hace unos cuarenta años estaba yo -con mi _ro_[78], en Ceuta, porque era soldado del rey, cuando un día -me dijo: «Estoy cansado de vivir aquí, que no hay pan, y agua menos -aún; he decidido escaparme y volverme _corahanó_; esta noche mataré -al sargento y huiré al campo moro.» - - [78] _Ro_, _rom_: marido; un gitano casado. _Roma_, los maridos, - nombre genérico del pueblo gitano, o Romani. - -—Hazlo—respondí—, _chabó_ mío, y en cuanto pueda te seguiré y me haré -_corahani_. - -Aquel a misma noche mató a su sargento, que cinco años antes le había -llamado _Caló_, y le había maldecido; echó a correr, saltó por la -muralla, y sin que le tocaran los tiros que le tiraron, se puso en -salvo en la tierra de los _corahai_. Yo me quedé en el _presidio_ -de Ceuta, de cantinera, vendiendo vino y _repañi_ a los soldados. -Dos años pasaron sin tener noticias de mi _ro_. Un día entró en mi -_cachimani_[79] un desconocido; iba vestido como un _corahanó_, -pero más parecía un _callardó_[80]; y, sin embargo, tampoco era un -_callardó_, a pesar de ser casi negro; según estaba mirándole, pensé -que se parecía un poco a los del _Errate_, y me dijo: «_Zincali_[81]; -_chachipé_»[82]; luego, en una lengua tan rara que apenas le pude -entender, me dijo al oído. «Tu marido está esperándote; ven conmigo, -hermanita, y te llevaré con él.» «¿Dónde está?»—pregunté—. Y -señalando hacia el Poniente, dijo: «Está por allá, muy lejos; ven -conmigo; tu _ro_ te espera.» Tuve un poco de miedo, pero me acordé -de mi marido, y ya deseé verme en la tierra de los _corahai_; tomé, -pues, el poco _parné_[83] que tenía, eché la llave al _cachimani_ y -me fuí con el desconocido. En la puerta nos dió el alto el centinela; -pero le convidé a _repañi_, y nos dejó pasar; en un instante llegamos -a la tierra de los _corahai_. A una legua de la ciudad, al pie de un -cerro, encontramos a cuatro personas, hombres y mujeres, tan negros -como mi desconocido guía, y se unieron a nosotros, saludándome, y -llamándome hermanita. Eso fué lo único que entendí de toda su habla, -que era muy cerrada. Quitáronme las ropas que llevaba y me dieron -otras, con las que me vestí como una _corahani_; y luego emprendimos -la marcha, que duró muchos días, por desiertos y aldeas; más de -una vez me pareció encontrarme entre los del _Errate_, porque sus -costumbres eran las mismas; los hombres querían _hokkawar_ con mulos -y burros; las mujeres decían _bají_[84]. Al cabo llegamos a una -ciudad grande, y el hombre negro que me había ido a buscar, dijo; -«Entra ahí, hermanita, y encontrarás a tu _ro_.» Me llegué a la -puerta, y vi estar dentro un _corahanó_ armado; le miré a la cara, -y reconocí a mi marido. - - [79] Taberna. - - [80] Mulato. - - [81] Gitanos. - - [82] La verdad. - - [83] _Parnó_: blanco; _parné_: moneda de plata. En general: - dinero. - - [84] Fortuna. _Penar bají_: decir la buena ventura. - -Era aquella una ciudad muy extraña, llena de gentes que habían sido -antes _candoré_[85], pero renegadas y convertidas en _corahai_. Había -allí _sesé_ y _laloré_[86], y hombres de otras naciones, y entre -ellos algunos del _Errate_ de mi mismo país; todos eran soldados -del _Crallis_ de los _corahai_, y le servían en sus guerras. Mucho -tiempo estuve con mi _ro_ en aquella ciudad, yendo a veces con él a -las guerras; muchas veces le pregunté acerca de los hombres negros -que me habían llevado hasta allí, y me dijo que había tenido algunos -tratos con ellos, y los creía del _Errate_. En fin, hermano, para no -alargar, a mi marido le mataron en la guerra, delante de una ciudad -sitiada por el rey de los _corahai_, yo quedé _piulí_[87], y volví a -la ciudad de los renegados, como la llamaban, y me gané la vida como -pude. Un día, estando yo sentada, llorando, se me plantó delante el -mismo hombre negro a quien no había vuelto a ver desde el día que me -llevó a juntarme con mi _ro_, y me dijo: «Ven conmigo, hermanita, ven -conmigo; el _ro_ está muy cerca.» Fuí con él, y fuera de la ciudad, -en el desierto, estaban los mismos hombres y mujeres negros que la -otra vez había visto. «¿Dónde está mi _ro_?»—pregunté.—«Aquí está, -hermanita—dijo el hombre negro—, aquí está; desde hoy yo soy el _ro_, -y tú la _romí_[88]. Ven, y vámonos de aquí, que no faltan quehaceres.» - - [85] Pl. de _Candory_: cristiano. - - [86] Portugueses. - - [87] Viuda. - - [88] Gitana casada. - -Me marché con él, y fué mi _ro_, y vivimos por los desiertos y -_hokkawared_ y _choried_, y dije _bají_; yo pensaba: «Esto me gusta; -seguramente estoy entre los del _Errate_, en un país mejor que el -mío.» Muchas veces les pregunté si eran del _Errate_, y se reían, -diciéndome que muy bien podía ser porque no eran _corahai_; pero -nunca me dieron más clara cuenta de sí. - -Bueno; esto duró unos cuantos años, y tuve del hombre negro tres -_chai_[89]; dos, murieron; pero la más joven, vive; es la _Callí_ -que estás viendo al lado del _brasero_. Así vivíamos errantes, y -_choried_, y decíamos _bají_. Ocurrió que una vez, en tiempo de -invierno, nuestra pandilla intentó atravesar un río muy ancho y muy -profundo, como muchos otros que hay en _Chim del Corahai_, y el bote -volcó con la rapidez de la corriente, y todos se ahogaron menos yo y -mi _chabí_, a quien llevaba en el seno. Ya no me quedaba ningún amigo -entre los _corahai_; fuí errante por los _despoblados_, implorando -y llorando hasta quedarme casi _lilí_[90]. De este modo llegué a la -costa; allí hice amistad con el capitán de un barco, y volví a esta -tierra de España. Ahora que estoy aquí, deseo muchas veces volver a -vivir con los _corahai_.» - - [89] Pl. irreg. de _chabó_. - - [90] Fem. de _liló_: tonto, loco. - -Al llegar aquí, rompió a reír a carcajadas, y así estuvo un rato -largo; cuando se cansó, les llegó el turno de reír a su hija y a su -nieta; y tanto rieron, que las tuve a todas por locas. - -Horas y horas fueron pasando, y aún estábamos acurrucados junto al -_brasero_, del que todo calor había volado mucho tiempo hacía; el -leve fulgor que iluminaba el aposento también desapareció; sólo -quedaba en el brasero un rescoldo moribundo. La habitación estaba en -las más densas tinieblas; las tres mujeres permanecían inmóviles y en -silencio; sentí un escalofrío, y empecé a encontrarme a disgusto. - -—¿Vendrá aquí Antonio esta noche?—pregunté al fin. - -—_No tenga usted cuidao_, mi _Caloró_ de Londres—dijo la gitana vieja -con tono desabrido—. _Pepindorio_[91] ha estado aquí alguna vez. - - [91] Antonio. - -Ya iba a levantarme, con intención de huir de la casa, cuando sentí -posarse una mano en mi hombro, y oí la voz de Antonio, que decía: - -—No te asustes, hermano; soy yo. Pronto traerán luz, y cenaremos. - -La cena fué bastante frugal: pan, queso y aceitunas; Antonio, empero, -sacó una bota de excelente vino. Despachamos los manjares a la luz de -una lámpara de barro puesta en el suelo. - -—Ahora—dijo Antonio a la más joven de las tres mujeres—tráeme el -_pajandi_[92], que voy a cantar una _gachapla_[93]. - - [92] Guitarra. - - [93] Copla. - -La muchacha trajo la guitarra, y el gitano, después de templarla con -cierto trabajo, rascó vigorosamente las cuerdas y se puso a cantar: - - —Gitano, ¿por qué vas preso? - —Señor, por cosa ninguna: - Porque he cogío un ramá - Y etrás se bino una mula. - - Caminito de Antequera - Preso llevan a un gitano, - Porque se encontró una capa - Antes de perderla el amo. - -El canto y la música duraron mucho tiempo. Las dos mujeres jóvenes no -se cansaban de bailar, mientras la vieja hacía a veces restallar sus -dedos o medía el compás golpeando en el suelo con el palo. Al fin, -Antonio, soltó bruscamente la guitarra, y dijo: - -—Veo que el _Caloró_ de Londres está cansado; basta, basta; mañana -continuaremos. Ahora vámonos al _charipé_[94]. - - [94] Cama. - -—Con muchísimo gusto—dije yo—. ¿Dónde vamos a dormir? - -—En la cuadra, en el pesebre. Aunque en la cuadra haga frío, -estaremos bastante abrigados en el _bufa_[95].[*] - - [95] Pesebre. - - [*] Borrow se detuvo en Mérida por la boda gitana descrita en - _The Zincali_. (Knapp). - - - - -CAPÍTULO X - - La nieta de la gitana.—Proyecto matrimonial.—El alguacil.—El - ataque.—Trote largo.—Llegada a Trujillo.—Noche de lluvia.—La - selva.—El vivac.—¡Levántate y anda!—Jaraicejo.—El Nacional.—El - caballero Balmerson.—Entre jarales.—Una conversación seria.—¿Qué - es la verdad?—Noticia inesperada. - - -Tres días estuvimos en casa de las gitanas. Todas las mañanas, -muy temprano, Antonio se marchaba, montado en el macho, y volvía -ya muy entrada la noche. La casa era grande y estaba ruinosa; la -única parte habitable, además de la cuadra, era aquella especie -de zaguán donde cenamos, y en el que dormían las gitanas, en unos -felpudos y colchonetas puestos en un rincón. Una mañana, cuando -Antonio ensillaba el macho y se disponía a partir, supuse yo, por los -negocios de Egipto, le dije: - -—Esta casa es muy extraña, y no lo es menos la gente que vive en -ella. La gitana abuela tiene todo el aspecto de una _sowanee_[96]. - - [96] Hechicera. - -—¿Cómo el aspecto?—exclamó Antonio—. ¿Pues acaso no lo es? Más cosas -ocultas y más palabras misteriosas sabe que todo el _Errate_ de -aquí y de Cataluña. Ha vivido en tierra de moros, y sabe hacer más -_draos_[97], venenos y filtros que ninguna persona viviente. Una vez -hizo una especie de pasta, y me convenció de que la probara; poco -después sentí como si el alma se me separase del cuerpo, y estuve una -noche entera vagando por montes y selvas horribles, entre monstruos y -_duendes_. En la tierra de los _corahai_ aprendió muchas cosas que ya -quisiera yo saber. - - [97] Venenos. - -—¿Hace mucho tiempo que la conoces? Estás en esta casa como en la -tuya. - -—¿Que si la conozco? Mi hermano se casó con la hija, la _Callí_ -negra, de quien tuvo esa _chabí_ hace diez y seis años, poco antes de -ser ahorcado por los _busné_. - -Por la tarde, hallándome sentado en el zaguán con la gitana vieja, -mientras las dos _Callees_ andaban por la ciudad y sus cercanías -diciendo la buenaventura, su principal ocupación, me dijo la vieja: - -—¿Estás casado, mi _caloró_ de Londres? ¿Eres un _ro_? - -YO.—¿Por qué me lo preguntas, _o Dai de los Calés_?[98]. - - [98] ¡Oh madre de los gitanos! - -LA GITANA VIEJA.—Porque ya es tiempo de que la _chabí_ pierda su -_lacha_[99] y tenga un _ro_. Lo mejor que puedes hacer es tomarla por -_romí_, mi _caloró_ de Londres. - - [99] Doncellez. - -YO.—Soy extranjero en estas tierras, oh madre de los gitanos, y -apenas puedo ganar para mí, menos aún para una _romí_. - -LA GITANA.—No necesita que nadie la mantenga, mi _caloró_ de -Londres; siempre que quiera puede ganar para ella y su _ro_. -Sabe _hokkawar_, decir _bají_, y pocos la igualan en robar _a -pastesas_[100]. Una vez en _Madrilati_, adonde, según me han dicho, -vas tú, ganaría mucho dinero; debes llevarla allá, porque en estos -_foros_ está _nahí_[101], no se puede ganar nada; pero en los -_foros baró_[102] sería otra cosa: iría vestida de _lachipe_[103] -y _sonacai_[104], y tú tendrías un buen _gra_ negro para montar; -después de ganar mucho dinero podríais volver aquí y vivir como -_Crallis_ y todo el _Errate_ de _Chim del Manró_ doblaría ante -vosotros la cabeza. ¿Qué dices, mi _caloró_ de Londres, qué dices de -este plan? - - [100] Con las manos. - - [101] Perdida. - - [102] Grande. - - [103] Seda. - - [104] Oro. - -YO.—Me parece muy acertado, madre; al menos, no faltarán gentes que -lo encuentren tal; pero yo soy de otro _chim_, ya lo sabes, y no me -siento inclinado a pasar toda mi vida en este país. - -LA GITANA.—Entonces vuelve a tu tierra, _Caloró_ mío, la _chabí_ -puede cruzar el _pañí_[105]. ¿No puede hacer negocio en Londres -con los otros _Caloré_? ¿Y por qué no os vais a la tierra de los -_Corahai_? En tal caso, yo os acompañaría; yo y mi hija, la madre de -la _chabí_. - - [105] Agua. - -YO.—¿Y qué íbamos a hacer en la tierra de los _Corahai_? Creo que -es un país pobre y salvaje. - -LA GITANA.—¡El _Caloró_ de Londres me pregunta lo que íbamos a -hacer en la tierra de los _Corahai_! _¡Aromali!_[106]. Empiezo a -creer que estoy hablando con un _lilipendi_[107]. ¿Es que no hay allí -caballos para _chore_? Sí, los hay, y mejores que los de esta tierra, -y asnos y mulas. En la tierra de los _Corahai_ puedes _hokkawar_ -y _chore_ tanto como aquí o en tu tierra, o no eres _Caloró_. ¿No -podéis uniros a la gente negra que vive en los despoblados? Sí que -podéis, y muy contentos que se pondrían teniendo con ellos unos -_Errate_ de España y de Londres. Tengo setenta años, pero no quiero -morirme en este _Chim_, sino allá lejos, donde duermen mis dos -_roms_. Llévate a la _chabí_ a _Madrilati_ a ganar el _parné_, y -cuando lo hayáis ganado, vuelve aquí y daremos un banquete a todos -los _Busné_ de Mérida y les echaré _drao_ en la comida y reventarán -como perros... En cuanto hayan comido, los dejaremos, para ir a la -tierra del Moro, mi _Caloró_ de Londres. - - [106] Verdaderamente. - - [107] Simple. - -Durante todo el tiempo que estuve en Mérida, no me moví de casa de -las gitanas, ateniéndome al parecer de Antonio, que me aconsejó esa -conducta como la más conveniente. El tiempo se me hacía un poco -pesado, pues mi única diversión era conversar con las mujeres, y -con Antonio cuando volvía por la noche. En estas _tertulias_, la -abuela era la oradora principal, y me llenaba de asombro narrándome -maravillosas historias de la tierra del moro, fugas de presidio, -robos y una o dos aventuras de envenenamiento, en las que se había -visto complicada, según me dijo, en su primera juventud. - -Había, a veces, en sus ademanes y modales algo muy singular; en -más de una ocasión observé que, en lo más animado de su charla, se -callaba de pronto, quedábase mirando fijamente al espacio, y extendía -las manos como si quisiera rechazar a un ser invisible; girábanle -horriblemente los ojos en las órbitas, y una vez cayó de espaldas, -con fuertes convulsiones, sin que su hija y su nieta hicieran gran -caso de ello, limitándose a decir que estaba _lilí_ y que pronto -volvería en su acuerdo. - -Al anochecer del tercer día, cuando las tres mujeres y yo estábamos -sentados en torno del _brasero_ conversando según costumbre, entró -en la habitación un tipo de miserable aspecto, envuelto en una capa -mugrienta. Fué derecho al sitio donde estábamos, sacó un cigarro de -papel, lo encendió en las ascuas, y, después de tirarle un par de -chupadas, me miró, y dijo: - -—_Carracho_, ¿quién es este nuevo compañero? - -En el acto comprendí que el recién llegado no era gitano; las mujeres -no dijeron nada, pero oí a la abuela rezongar como un gato viejo -cuando le incomodan. El individuo repitió: - -—_Carracho_, ¿cómo ha venido aquí este compañero? - -—_No le penela chi, min chaboró_—me dijo en voz baja la _Callee_ -negra—; _sin un balichó de los chineles_[108]. Y, volviéndose al -preguntante, continuó en voz alta: Es uno de los nuestros que viene -con matute de Portugal y a ver a sus hermanos de aquí. - - [108] No le digas nada, mozo mío; es un perro alguacil. - -—Entonces me dará algo de tabaco—respondió el individuo—. Supongo que -habrá traído. - -—No tiene tabaco—dijo la _Callee_ negra—. No ha traído más que hierro -viejo. El único tabaco que hay en casa es este cigarro; tómalo, te -lo fumas, y te vas. - -Al decir esto, se sacó un cigarro del zapato y se lo ofreció al -_alguazil_. - -—No me voy—dijo éste guardándose el cigarro—. Tenéis que darme algo -mejor. Hace ya tres meses que no me dais nada. El último regalo fué -un pañuelo inservible; por tanto, o me dais algo que sea bueno, o -vais todos a la _cárcel_. - -—¡El _Busnó_ quiere prendernos!—dijo la _Callee_ negra—. ¡Ja, ja, ja! - -—¡El _Chinel_ quiere prendernos!—dijo con fisga la más joven—. ¡Je, -je, je! - -—¡El _Bengui_[109] quiere llevarnos al _estaripel_![110]—refunfuñó la -abuela—. ¡Jo, jo, jo! - - [109] _Beng_; _Bengui_: el diablo. - - [110] Cárcel. - -Las tres mujeres se levantaron y dieron muy despacio una vuelta en -torno del alguacil, mirándole fijamente a la cara; el hombre pareció -muy asustado, y pensó en la fuga. De pronto, las dos más jóvenes le -agarraron por las manos, y mientras él forcejeaba para soltarse, la -vieja le decía: - -—Necesitas tabaco, _hijo_, y vienes a casa de los gitanos para -asustar a las _Callees_ y al _Caloró_ forastero, que no tienen más -_plako_[111]; la verdad, _hijo_, no podemos darte tabaco, y lo siento -mucho; pero, en cambio, tenemos polvo abundante _a tu servicio_. - - [111] Tabaco. - -Al decir esto, se metió la mano en un bolsillo, y, sacando un puñado -de una especie de polvo de tabaco, se lo arrojó a los ojos al -alguacil; pateaba éste y bramaba, pero las dos _Callees_ le sujetaban -fuertemente. Al fin, consiguió soltarse, y trató de desenvainar -un cuchillo que llevaba en la faja; pero las hembras jóvenes se -arrojaron sobre él como furias, mientras la vieja le sacudía con el -palo en la cara; pronto cedió de buen grado el campo, y se retiró -abandonando el sombrero y la capa, que la _chabí_ recogió y tiró a la -calle detrás de él. - -—Este es un mal asunto—dije yo—. El tipo ese irá, naturalmente, -a buscar a demás de la _justicia_, y vendrán para meternos en el -_estaripel_. - -—_¡Ca!_—dijo la Callee negra mordiéndose la uña del dedo pulgar—. -Tiene más motivos para temernos que nosotras a él. Podemos mandarle a -la _filimicha_, y, sobre todo, tenemos aquí amigos, muchos, muchos. - -—Sí—murmuró la vieja—. Las hijas del _bají_ tienen amigos, mi -_Caloró_ de Londres, entre los _Busné, baributre, baribú_[112]. - - [112] Mucho; abundante. - -Ninguna otra cosa digna de mención me ocurrió en la casa de los -gitanos. Al día siguiente, Antonio y yo cabalgamos de nuevo. Lo -menos recorrimos trece leguas antes de llegar a la _venta_, -donde dormimos. Al otro día madrugamos mucho, porque, según dijo -Antonio, teníamos que hacer una jornada muy larga. «¿Adónde vamos -hoy?—pregunté—.» «A Trujillo.» - -Cuando el sol salió, tristemente, entre nubes que amenazaban lluvia, -nos hallábamos en las inmediaciones de una cadena de montañas -que corría a nuestra izquierda, llamada, según me dijo Antonio, -_Sierra de San Selvan_. El camino atravesaba vastas llanuras, donde -crecían arbustos raquíticos. De vez en cuando veíamos alguna triste -aldea, con su iglesia antigua y destrozada. Casi todo el día estuvo -lloviznando; el polvo de los caminos se hizo barro, y nuestra marcha -fué más penosa. Al atardecer salimos a un yermo sembrado de enormes -peñas y pedruscos. El sitio era muy agreste. A cierta distancia se -elevaba ante nosotros una colina de forma cónica, muy escabrosa, que -parecía ser ni más ni menos que un gigantesco rimero de piedras de -igual clase que las esparcidas por el yermo. La lluvia cesó, pero un -viento muy fuerte se alzó gemebundo a nuestra espalda. Mucho trabajo -me había costado durante todo el viaje marchar al mismo compás que la -mula de Antonio; mi caballo era de paso lento, y no descubrí ni el -menor vestigio del genio que, según el gitano, dormitaba en él. Al -llegar a un sitio bastante despejado, dije: - -—Voy a probar si este caballo tiene alguna de las cualidades que me -has dicho. - -—Está bien—contestó Antonio—; y, arreando a la mula, rápidamente me -dejó atrás. - -Tiré del freno al caballo, por buscarle el genio, y el animal se -detuvo, se puso de manos, y se negó a seguir adelante. «Suéltale -las riendas y tócale con el látigo»—me gritó Antonio—. Así lo hice, -y en el acto el caballo salió al trote, que paulatinamente fué -aumentando en rapidez hasta convertirse en un frenético trote largo; -sus remos recobraron toda su agilidad, y meneaba las manos de un modo -maravilloso. La mula de Antonio, de genio y ligera, trató de seguirle -por un momento; pero, en un abrir y cerrar de ojos, se quedó muy -atrás. Aquel tremendo trote duraba ya una milla, cuando el caballo, -entrando cada vez más en calor, salió de pronto al galope. ¡Viva! -Corríamos más impetuosos y ciegos que una liebre; iba el caballo, -literalmente, _ventre à terre_, y me costó mucho trabajo guiarle -entre los pedruscos, contra los que nos hubiéramos hecho pedazos los -dos si llega a dar un tropezón en su furiosa carrera. - -Así me llevó hasta el pie del cerro, donde aguardé a que el gitano -me alcanzara. Dejamos a nuestra derecha el cerro, que parecía -inaccesible, y pasamos por una aldehuela mísera. Se puso el sol; la -noche nos envolvió en tinieblas, pero nosotros continuamos la marcha -casi tres horas más, hasta que oímos ladrar perros y percibimos dos o -tres luces a lo lejos. - -—Este es Trujillo—dijo Antonio, que llevaba largo rato sin hablar. - -—Me alegro mucho—contesté—. Estoy muy cansado y dormiré bien en -Trujillo. - -—Eso será si podemos—dijo el gitano, avivando el paso de la mula. - -No tardamos en entrar en la ciudad, muy triste y oscura. Sin saber -adonde íbamos, seguí los pasos del gitano, que me guió por calles y -plazas lóbregas, donde maullaban los gatos. «Esta es la casa»—dijo al -fin, apeándose ante una humilde choza—. Llamó, y no le contestaron; -volvió a llamar, y tampoco hubo respuesta; sacudió la puerta, y -trató de abrirla, pero estaba cerrada con llave y bien atrancada. -«_¡Caramba!_—exclamó—. No están; ya me lo temía yo. ¿Qué vamos a -hacer ahora?» - -—En eso no hay gran dificultad. Si tus amigos no están, vámonos a la -_posada_. - -—No sabes lo que dices—replicó el gitano—. Yo no me atrevo a ir a la -_mesuna_[113] ni a entrar en más casa de Trujillo que ésta. Bueno, -no hay remedio, seguiremos el viaje, y, entre nosotros, cuanto antes -mejor; a mi _planoró_[114] le ahorcaron en Trujillo». - - [113] Posada. - - [114] _Plan, Planoró, Plal_: Hermano, camarada. - -Echó _yesca_, encendió un cigarro, montó en la mula, y anduvimos por -calles y callejuelas tan tristes como las que ya habíamos atravesado, -no tardando en vernos de nuevo fuera de poblado. - -No me hizo mucha gracia la resolución del gitano, lo confieso; -tenía yo muy poca gana de marcharme de Trujillo y aventurarme por -sitios desconocidos, de noche, con lluvia y niebla, porque el viento -se había echado y el agua caía otra vez con fuerza. Estaba, sobre -todo, cansadísimo, y lo que más me apetecía era tumbarme en un -abrigado pesebre y entregarme al sueño arrullado por el agradable -rumor de caballos y mulas comiéndose el pienso. Pero, como viajero -experimentado, me guardé muy bien de disputar con mi guía en tales -circunstancias, y una vez que me había puesto en sus manos, le seguí -sin replicar, pegado a la grupa de su cabalgadura, alumbrados tan -sólo por el fulgor del cigarro del gitano; cuando Antonio escupió la -colilla en un lodazal, quedamos en profundas tinieblas. - -Mucho tiempo caminamos de ese modo: el gitano, en silencio; yo, -callado; y la lluvia, cada vez más densa. Algunas veces me parecía -oír gritos lúgubres, algo así como el silbido de la lechuza. «Hace -una noche poco a propósito para andar por el campo»—dije por fin a -Antonio—. «Así es, hermano—me contestó—. Pero prefiero andar por -estos sitios en noches como ésta a verme en el _estaripel_ de -Trujillo». - -Otra legua por lo menos llevaríamos andada cuando me pareció que -debíamos de estar cerca de un bosque[115], porque de vez en cuando -distinguía grandes troncos de árboles. Súbitamente, Antonio detuvo -la mula. «Hermano—me dijo—, mira hacia la izquierda y dime si ves -una luz; tus ojos ven más que los míos.» Hice como me ordenaba, y, -al pronto, nada vi; pero, adelantándome un poco, percibí claramente -a cierta distancia entre los árboles un fuerte resplandor. «Lo que -veo no puede ser una luz—dije—, sino la llama de una hoguera.» «Es lo -más probable»—respondió Antonio—. «Por aquí no hay _queres_[116]; se -trata, sin duda, de una hoguera encendida por _durotunes_[117]. Vamos -a buscarlos, porque, como dices tú, es lastimoso andar de noche con -lluvia y lodo.» - - [115] Estaba en _Las Gamas_, cerca de Carrascal. (Knapp). - - [116] Pueblos. - - [117] Pastores. - -Nos apeamos, entrándonos por el bosque, guiando con cuidado a las -caballerías por entre los árboles y matorrales. A los cinco minutos -llegamos a una plazoleta, en la que, en el lado opuesto al de nuestra -llegada, ardía una hoguera, y en pie, o sentadas junto a ella, -estaban dos o tres personas; nos habían oído acercarnos, y una de -ellas gritó: «_¿Quien vive?_» «Yo conozco esa voz»—dijo Antonio—; y, -dejándome allí con el caballo, avanzó rápidamente hacia la hoguera. -Al instante oí un _¡hola!_ y una risotada, y, poco después, la voz de -Antonio llamándome. Me acerqué a la hoguera, y encontré a dos mozos -muy atezados y una mujer, como de cuarenta años, aún más negruzca, -sentada en las mantas y enjalmas de las mulas. Vi también un caballo -y dos burros atados a los árboles. Aquello era, en efecto, un vivac -gitano... «Adelante, hermano, y déjate ver—me dijo Antonio—. Estás -entre amigos. Estos son del _Errate_, los que yo buscaba en Trujillo, -y en cuya casa hubiéramos dormido.» - -—¿Y por qué razón se han marchado de Trujillo y se han venido al -monte a pasar una noche como esta? - -—Por los asuntos de Egipto, hermano; no lo dudes—replicó Antonio—. -Y esos asuntos no nos importan; ¡_calla_ [la] _boca_! Ha sido una -suerte que los encontremos aquí, porque en otro caso no hubiéramos -tenido cena nosotros ni pienso los caballos. - -—Mi _ro_ está preso en un pueblo que hay ahí—dijo la mujer, señalando -con la mano en una dirección determinada—. Está preso por _choring_ -una _mailla_[118]. Hemos venido a ver qué podemos hacer por él; ¿y -dónde íbamos a alojarnos mejor que en el monte, que no se paga nada? -Me figuro que no será la primera vez que el _Caloré_ ha dormido al -pie de un árbol. - - [118] _Mailla_, burra. - -Uno de los muchachos trajo cebada para las caballerías en un talego, -que colgamos sucesivamente de la cabeza del caballo y de la mula; en -él metieron el hocico los pobres animales, y los dejamos regalarse -hasta que nos pareció que habían saciado el hambre. Arrimado a la -lumbre borbotaba un _puchero_, medio lleno de tocino, _garbanzos_ y -otras sustancias; vaciáronlo en una escudilla de madera, y Antonio -y yo cenamos. Los otros gitanos se negaron a acompañarnos, dándonos -a entender que habían comido antes que llegásemos; pero hicieron -cumplido honor a la bota de Antonio, que tuvo la precaución de -llenarla antes de salir de Mérida. - -Estaba yo a tales horas completamente rendido de cansancio y de -sueño. Antonio me arrojó una inmensa manta de caballo que llevaba, -con otras varias, debajo del albardón de la mula; me arropé bien, y -me eché en el suelo, con la cabeza apoyada en un lío de ropa, y los -pies todo lo cerca que pude ponerlos de la lumbre. - -Antonio y los otros gitanos se quedaron sentados y hablando alrededor -de la hoguera. Escuché un poco; pero no los entendía bien, y lo que -entendía no me importaba. La llovizna continuaba; pero no hice gran -caso de ello, y no tardé en dormirme. - -Estaba saliendo el sol cuando me desperté. Me costó bastante trabajo -ponerme en pie; tenía los miembros entumecidos, y la cabeza cubierta -de escarcha; durante la noche había cesado de llover, y la helada -era bastante fuerte. Miré en torno, y no vi a Antonio ni a los otros -gitanos. Las caballerías de estos últimos habían desaparecido, y -también el caballo que montaba yo; pero la mula de Antonio permanecía -aún atada al árbol. Esta circunstancia disipó ciertos temores que -empezaban a surgir en mi ánimo. «Se habrán ido a los asuntos de -Egipto—me dije—, y no tardarán en volver.» Recogí como pude los -rescoldos de la hoguera, y, amontonando un poco de leña, pronto se -alzó viva llama, a la que arrimé el _puchero_ con los restos de -la cena de la noche pasada. Mucho tiempo estuve esperando a que -volviesen mis compañeros; pero como no asomaban por parte alguna, -me senté y me puse a comer. No había terminado, cuando oí el ruido -de un caballo que se acercaba rápidamente, y, un momento después, -apareció Antonio entre los árboles dando muestras de agitación. -Se tiró del caballo, y al instante se puso a desatar la mula. -«¡Monta, hermano, monta!»—dijo mostrándome el caballo—. «Iba con la -_Callee_ y los _chabés_ al pueblo donde su _ro_ está preso; pero el -_chinobaró_[119] los ha cogido, con las caballerías, y me hubiera -echado mano a mí también; pero metí espuelas al _grasti_, le solté -las riendas y escapé. Monta, hermano, monta, o en un abrir y cerrar -de ojos tendremos aquí a toda la _canaille_ rústica.» - - [119] Una autoridad. - -Hice como me ordenaba; en seguida salimos al camino del día anterior, -y corrimos por él a toda prisa; el caballo sacó su trote más veloz, y -la mula, con las orejas tiesas, galopaba intrépidamente a su lado. - -—¿Qué pueblo es aquel que hay allí?—pregunté señalando a un cerro, -cuando llevábamos una hora de camino, y al disponernos a entrar en un -valle profundo. - -—Es Jaraicejo—dijo Antonio—. Un sitio que ha sido siempre malo para -la gente _Caló_. - -—Pues, si es malo, supongo que no pasaremos por él. - -—No tenemos más remedio que pasar, por varias razones: primera, -porque el camino atraviesa Jaraicejo; y segunda, porque necesitamos -comprar provisiones para nosotros y las bestias; al otro lado de -Jaraicejo hay un _despoblado_ donde no encontraríamos nada. - -Cruzamos el valle, subimos el cerro, y, cuando estábamos cerca del -pueblo, el gitano dijo: - -—Hermano, lo mejor es pasar por el pueblo separados. Yo iré delante; -sígueme poco a poco, y, una vez en Jaraicejo, compras pan y cebada; -tú no tienes nada que temer. En el _despoblado_ te espero. - -Sin aguardar mi respuesta arrancó presuroso, y no tardé en perderle -de vista. Seguí mi camino muy despacio, y entré en el pueblo, asaz -viejo y ruinoso; apenas tenía más que una calle, y al avanzar por -ella, vino a mí corriendo un hombre con una sucia gorra de cuartel en -la cabeza y un fusil en la mano. - -—¿Quién es usted?—me dijo en tono algo desapacible—. ¿De dónde viene -usted? - -—Vengo de Badajoz y Trujillo—respondí—. ¿Por qué me lo pregunta usted? - -—Soy de la guardia nacional—contestó el hombre—, y estoy encargado de -vigilar a los forasteros; me han dicho que un gitano acaba de pasar a -caballo por el pueblo; su suerte ha sido que en aquel momento había -entrado yo en mi casa. ¿Viene usted con él? - -—¿Tengo yo aspecto de viajar en compañía de gitanos? - -El nacional me miró de pies a cabeza, y luego me clavó los ojos en -el rostro, con una expresión que parecía querer decir: «Sí, señor; -bastante.» Realmente, mi atavío no era muy a propósito para disponer -a la gente en mi favor. Llevaba un sombrero andaluz muy viejo, que, -por su estado, parecía como si le hubiesen pisoteado; una capa -mugrienta, que acaso había servido a doce generaciones, me cubría el -cuerpo; lo demás de mi atuendo no era de mejor calidad, y todo lo que -de él parecía estaba manchado de barro, y de barro llevaba también -salpicado el rostro, sombreado además por una barba de ocho días. - -—¿Tiene usted pasaporte?—me preguntó al fin el nacional. - -Recordé haber leído que el mejor modo de conquistar la voluntad de -un español es tratarle con ceremoniosa cortesía. Eché, pues, pie a -tierra, y, quitándome el sombrero, hice una profunda reverencia al -soldado constitucional, diciéndole: - -—_Señor nacional_, ha de saber usted que yo soy un caballero inglés -que viaja por su gusto. Tengo pasaporte, y, en cuanto usted lo -examine, verá que se halla perfectamente en regla; está expedido -por el gran Lord Palmerston, ministro de Inglaterra, de quien -naturalmente habrá usted oído hablar; al pie del pasaporte está -su firma manuscrita; véala y regocíjese, porque acaso no vuelva a -presentársele a usted otra ocasión de verla. Como yo tengo ilimitada -confianza en el honor de todos los caballeros, dejaré el pasaporte en -manos de usted mientras voy a comer a la posada. Cuando le haya usted -revisado, será usted seguramente tan amable que vaya a devolvérmelo. -Caballero, beso a usted la mano. - -Le hice una nueva reverencia, que él me pagó con otra más profunda -todavía, y, mientras miraba tan pronto al pasaporte como a mi -persona, me fuí a la _posada_, guiado por un mendigo que hallé al -paso. - -Di un pienso al caballo y me proveí de pan y de cebada, como el -gitano me aconsejó; compré también tres hermosas perdices a un -cazador que estaba bebiendo vino en la _posada_. Quedó muy contento -con el precio que le pagué, y me invitó a tomar una _copita_; acepté, -y hablando estábamos, sentados a la mesa, cuando llegó el nacional -con mi pasaporte en la mano, sentándose a nuestro lado. - -NACIONAL.—_¡Caballero!_ Le devuelvo a usted el pasaporte; está -completamente en regla. Me alegro mucho de haberle conocido, y espero -que me dará usted ciertas noticias acerca de la guerra. - -YO.—Tendré mucho gusto en dar a un caballero tan cortés y tan -honrado como usted todas las noticias que sepa. - -NACIONAL.—¿Qué hace Inglaterra? ¿Va, al fin, a prestar ayuda a mi -país? Si ella quisiera, podía acabar la guerra en tres meses. - -YO.—No se preocupe, _señor nacional_. La guerra se acabará, sin -duda ninguna. ¿Ha oído usted hablar de la legión inglesa que milord -Palmerston ha enviado a España? Pues deje usted el asunto en sus -manos, y no tardará en ver los resultados. - -NACIONAL.—Me parece a mí que ese _Caballero_ Balmerson debe de ser -un hombre muy cabal. - -YO.—Eso no tiene duda. - -NACIONAL.—He oído decir que es un gran general. - -YO.—Tampoco eso tiene duda. En algunas cosas ni Napoleón ni El -Serrador pueden medirse con él. _Es mucho hombre._ - -NACIONAL.—Me agrada oírlo. ¿Vendrá a mandar la legión en persona? - -YO.—Creo que no; pero ha enviado para mandarla a un amigo suyo que -pasa por ser casi tan versado en cosas militares como él. - -NACIONAL.—Mucho me complace oírlo. Veo que la guerra acabará -pronto. _Caballero_, le agradezco su cortesía y las noticias que me -ha dado. Le deseo un viaje feliz. Confieso que me sorprende ver a un -caballero de su país de usted viajar solo y de esa manera por estas -regiones. Los caminos están muy poco seguros, y han ocurrido, no hace -mucho, varios accidentes y más de dos muertes en las cercanías. El -_despoblado_ tiene malísima fama; vaya usted prevenido, _Caballero_. -Siento que el gitano ese haya podido pasar; si se le encuentra usted, -al menor gesto sospechoso péguele un tiro o atraviésele sin vacilar; -es un ladrón muy conocido, _contrabandista_ y asesino; más muertes -ha hecho que dedos tiene en las manos. _Caballero_, si usted me lo -permite, le proporcionaremos una escolta hasta la bajada del puerto. -¿No quiere usted? Entonces, ¡adiós! Un momento: antes de marcharme, -deseo ver de nuevo la firma del _Caballero_ Balmerson. - -Otra vez le mostré la firma, que estuvo contemplando con profunda -reverencia, y hasta le hizo un rápido saludo con la gorra. Después, -nos dimos un abrazo y nos separamos. - -Monté a caballo y guié hacia el despoblado, marchando, al principio, -muy despacio. Pero, en cuanto me vi en el campo, puse el caballo al -trote largo, y, durante cierto tiempo, anduve con tremendo compás, -esperando alcanzar al gitano de un momento a otro; sin embargo, no -le veía por ninguna parte, ni me encontré a un solo ser humano. El -camino, angosto y arenoso, serpenteaba entre las espesas retamas y -chaparros que cubrían el _despoblado_, tan altos, a veces, como un -hombre. Al fondo, en la dirección que yo llevaba, había un cerro alto -y desnudo. El despoblado tenía lo menos tres leguas; lo atravesé casi -todo, acercándome ya al pie del cerro, y, cuando empezaba a sentirme -muy intranquilo, pensando que acaso me había dejado atrás al gitano, -metido entre los chaparros, oí súbitamente un _¡Hola!_ muy conocido, -y vi aparecer en medio de unas matas de retama una cabeza ruda y -atezada, y unos ojos que me miraban con fijeza. - -—Mucho has tardado, hermano—me dijo—. Casi he creído que me habías -engañado. - -Me rogó que me apease, y llevó el caballo detrás de un espesar, donde -estaba la mula atada a una estaquilla. Entregué a Antonio el pan y la -cebada, y le referí lo sucedido con el nacional. - -—Quisiera tenerle aquí—exclamó el gitano al oír los epítetos que el -otro le había prodigado—para que mi _chulí_[120] y su _carló_[121] se -conociesen mejor. - - [120] Cuchillo. - - [121] Corazón. - -—¿Y qué haces aquí, en este desierto, entre estas matas? - -—Estoy esperando un emisario que ha de venir de muy lejos, y hasta -que pase no puedo seguir adelante ni retroceder. Estoy aquí por los -asuntos de Egipto, hermano. - -Como esta era la expresión que invariablemente empleaba para esquivar -mis preguntas, guardé silencio. Dimos pienso a los animales, y luego -hicimos nosotros una frugal colación de pan y vino. - -—¿Por qué no guisamos esas perdices?—pregunté—. Aquí hay de sobra con -qué encender lumbre. - -—El humo podría descubrirnos, hermano—dijo Antonio—. Me interesa -estar _escondido_ aquí hasta que llegue el emisario. - -Era ya muy entrada la tarde. El gitano, echado detrás de un matorral, -se levantaba a veces para mirar afanosamente a la colina que teníamos -delante; al cabo, lanzando una exclamación de contrariedad y de -impaciencia, se dejó caer al suelo, y en él estuvo tendido mucho -rato, absorto, al parecer, en sus reflexiones; por último, levantó la -cabeza y me miró a la cara. - -ANTONIO.—Hermano, no puedo adivinar asuntos que te traen a esta -tierra. - -YO.—Quizás los mismos que te traen a este despoblado; asuntos de -Egipto. - -ANTONIO.—No tal, hermano. Es verdad que hablas la lengua de Egipto; -pero ni tus maneras ni tus palabras son las de un _Caló_ ni de un -_Busné_. - -YO.—¿No me oíste hablar en los _foros_ acerca de Dios y -_Tebleque_?[122] He venido a tierras de España para explicar la -palabra divina a los _Calés_ y a los gentiles. - - [122] El Salvador, Jesús. - -ANTONIO.—¿Y quién te envía con esa misión? - -YO.—No me entenderías aunque te lo dijese. Has de saber, sin -embargo, que muchas gentes de países extranjeros lamentan las -tinieblas en que yace España, y las crueldades, robos y muertes que -la afean. - -ANTONIO.—Esas gentes, ¿son _Caloré_ o _Busné_? - -YO.—¿Qué más da? Los _Caloré_ y los _Busné_ son hijos del mismo -Dios. - -ANTONIO.—Mientes, hermano; ni vienen del mismo padre ni son del -mismo _Errate_. Hablas de robos, crueldades y muertes; pero es que -hay demasiados _Busné_, hermano; si no hubiera _Busné_, no habría ni -robos ni muertes. Los _Caloré_ no se roban ni se matan unos a otros; -los _Busné_, sí; ni son crueles con los animales, porque su ley se lo -prohibe. Un día, siendo yo chico, pegué a una _burra_; pero mi padre -me sujetó la mano, y, reprendiéndome, dijo: «¡No hagas daño a ese -animal, porque dentro de él está el alma de tu propia hermana!» - -YO.—¿Es posible que creas en una doctrina tan bárbara, Antonio? - -ANTONIO.—A veces, sí; a veces, no. Algunos hay que no creen en -nada, ni siquiera en que viven. Hace mucho tiempo, conocí yo a -un _Caloré_ viejo, muy viejo, tenía más de cien años, y una vez -le oí decir que todo lo que creemos ver es mentira; que no hay -mundo, ni hombres, ni mujeres, ni caballos, ni mulas, ni olivos. -Pero ¿adónde vamos a parar por este camino? Te he preguntado por -qué vienes a este país, y me dices que por la gloria de Dios y -_Tebleque_. _¡Disparate!_ Eso se lo cuentas a los _Busné_. No hay -duda que tendrás muy buenas razones para venir aquí, porque, en -otro caso, no habrías venido. Algunos dicen que eres un espía de -los _Londoné_[123]. Tal vez; pero no me importa. Levántate, y dime, -hermano, si ves a alguien bajar del puerto. - - [123] Ingleses. - -—Veo una cosa a lo lejos—repliqué—como una mancha en la vertiente del -cerro. - -El gitano se puso en pie, y ambos miramos con atención, pero la -distancia no nos permitió al principio ver claramente si aquel objeto -se movía o no. Un cuarto de hora después se disiparon nuestras dudas, -porque el objeto que observábamos había llegado al pie del cerro y -columbramos una persona montada en un animal, cuya especie aún no -pudimos reconocer. - -—Es una mujer—dije yo al cabo—montada en un asno rucio. - -—Entonces es mi emisario—dijo Antonio—; no puede ser otro. - -La mujer y el burro llegaron al llano, y por un rato desaparecieron -a nuestra vista entre las leñas y malezas del monte. No tardaron en -aparecer a una distancia como de cien varas. El burro era un hermoso -animal, de pelo gris plateado, que venía retozando, moviendo el rabo, -y con paso tan ligero que parecía no tocar el suelo con las patas. -En cuanto nos vió, se paró en seco, dió media vuelta, e intentó -marcharse por donde había venido; pero al sentirse dominado, se puso -de manos, y hubiera concluído por tirar al suelo a la mujer, si ella -misma no se apea con ligereza. La mujer traía el cuerpo enteramente -envuelto en los amplios vuelos de una capa de hombre. Corrí a -prestarle ayuda, cuando, al volver hacia mí su rostro, reconocí en el -acto las finas y correctas facciones de Antonia, hija de mi guía, a -quien yo había visto en Badajoz. Sin dirigirme la palabra, se acercó -a su padre y le dijo en voz baja algo que no pude percibir. Antonio -se echó atrás, con un estremecimiento, y vociferó: «¡Todos!» «Sí», -respondió ella en voz más alta, repitiendo probablemente las palabras -que antes no pude cazar: «A todos los han cogido.» - -El gitano se quedó consternado, al parecer; y como yo no tenía -ninguna gana de asistir a una conversación que, probablemente, iba -a versar sobre los asuntos de Egipto, me aparté de allí, metiéndome -entre los matorrales. Estuve solo un buen rato; a veces llegaban -hasta mí exclamaciones y juramentos. A la media hora volví; los -gitanos se habían salido del camino, y estaban sentados en el suelo, -detrás de las mismas retamas que ocultaban a las caballerías. Torvo -el semblante, el gitano empuñaba un cuchillo desnudo, y de vez en -cuando clavábalo en la tierra, exclamando: ¡Todos! ¡Todos! - -—Hermano—dijo al fin—no puedo ir ya más lejos contigo; el asunto que -me llevaba a _Castumba_ está ya arreglado. Desde ahora viajarás solo -y entregado a tu _bají_. - -—Confío en _Undevel_[124]—contesté—que escribió mi destino mucho -tiempo ha. Pero, ¿cómo voy a arreglarme sin caballo? Porque, sin -duda, tu necesitarás el tuyo. - - [124] Dios. - -El gitano pareció reflexionar. - -—Es verdad, necesito el caballo, hermano—me dijo—y también el -_macho_, pero como no vas a ir en _pindré_[125], le compras a Antonia -la _burra_ que yo le di cuando la envié a esta expedición. - - [125] _Pinró_, _Pindró_ (pl. _Pindré_): pie. - -—Me parece que la _burra_ está sin domar y resabiada. - -—Así es, hermano, y por eso la compré; las caballerías resabiadas y -mal domadas suelen tener muy buenos pies. Tu eres _Caló_, hermano, y -podrás montarla. Así que, le das a mi hija Antonia un _baria_[126] de -oro por la _burra_, y si te parece conveniente, véndela en Talavera -o en Madrid, porque las _bestias_ extremeñas son muy apreciadas en -_Castumba_. - - [126] Onza. - -Menos de una hora después, iba yo por la otra vertiente del puerto, -montado en la _burra_ cerril. - - - - -CAPÍTULO XI - - El puerto de Mirabete.—Lobos y pastores.—La sutileza de las - hembras.—Muerto por los lobos.—Se aclara el misterio.—Las - montañas.—La hora tenebrosa.—Un viajero nocturno.—Abarbanel.—Los - tesoros ocultos.—El poder del oro.—El arzobispo.—Llegada a Madrid. - - -Bajaba yo del puerto de Mirabete pensando a ratos en el propósito -que me había llevado a España, y admirando otros uno de los más -hermosos panoramas del mundo. Ante mí se extendían inmensas planicies -limitadas en la lejanía por montañas gigantescas, y a mis pies -serpenteaba entre márgenes escarpadas la vena angosta y profunda -del Tajo. El sol poniente doraba el paisaje. El día, aunque frío y -ventoso, era despejado, brillante. En una hora llegué al río por -junto a los restos de un magnífico puente volado en la guerra de la -Independencia, y no reconstruído. - -Crucé el Tajo en una barca; el paso fué un poco difícil por la -rapidez de la corriente, engrosada con las últimas lluvias. - -—¿Estoy ya en Castilla la Nueva?—pregunté al barquero al llegar a la -otra orilla. - -—La _raya_ está a unas cuantas leguas de aquí—contestó—. Usted parece -extranjero. ¿De dónde viene usted? - -—De Inglaterra. - -Y sin aguardar otra respuesta, monté en la _burra_ y seguí mi camino. -La _burra_ meneó los remos con presteza, y poco después de cerrar la -noche llegué a una aldea distante unas dos leguas de la orilla del -río. - -Me alojé en una _venta_. Ardía en la cocina una buena fogata, en la -que se quemaba un tronco de olivo casi entero. Allí me senté, y me -entretuve en examinar la diversa catadura de los presentes. Había un -cazador con su _escopeta_; un par de pastores, con enormes perros, de -los famosos de Extremadura; un soldado licenciado que volvía de la -guerra, y un mendigo, que después de pedir una limosna por las siete -llagas de _María Santísima_, se sentó con nosotros y se instaló muy -a sus anchas. La ventera era una mujer activa y servicial, que se -ocupó en aderezarme la cena, consistente en las perdices compradas -en Jaraicejo, que el gitano, al despedirse de mí, me aconsejó que me -llevara. Mientras las guisaban estuve al amor de la lumbre oyendo la -conversación de aquella gente. - -—Más quisiera ser lobo—dijo uno de los pastores—u otra cosa -cualquiera, que pastor. Bonita vida la nuestra, siempre en el -_campo_, entre _carrascales_, pasando frío y hambre por una _peseta_ -diaria. Un lobo se da mejor vida y es más temido que un mísero pastor. - -—Pero muchas veces—dije yo—lo pasa muy mal, y cuando los pastores y -perros caen sobre él, paga con la cabeza todas sus hazañas. - -—Eso ocurre muy pocas veces, señor viajero—dijo el pastor—. El lobo -acecha las ocasiones, y es muy raro que se meta en un mal paso. Y lo -que es atacarle, crea usted que es muy poco agradable. Tiene garras y -dientes, y al hombre o al perro que los prueban una vez, les quedan -muy pocas ganas de ponerse nuevamente a su alcance. Estos perros míos -se atreverían, uno a uno, con un oso, aunque es un animal mucho más -fuerte, y en cambio los he visto yo huír del lobo, a pesar de que los -azuzábamos. - -—El lobo es muy peligroso, y, además, muy astuto. Sabe más que -nadie y conoce el punto vulnerable de cada animal. Vea usted, -pongo por caso, cómo ataca a los terneros: saltándoles al cuello y -desgarrándoles las venas con uñas y dientes. Pero ¿ataca así a un -caballo? Me figuro que no. - -—En efecto—dijo el otro pastor—sabe muy bien lo que hace, y a -los caballos se les sube de un brinco en las ancas y desjarreta -en seguida. ¡Qué miedo siente un caballo al pasar cerca de la -madriguera del lobo! Mi amo iba el otro día al _despoblado_ por lo -alto del puerto, en el trotón andaluz, que le ha costado quinientos -duros; de pronto, el caballo se paró y se puso a sudar y a temblar -como una mujer a pique de desmayarse. Mi amo no podía adivinar el -motivo, hasta que oyó unos gruñidos entre las matas; disparó la -escopeta y espantó a los lobos, que salieron huyendo; pero me ha -dicho que al caballo aún no se le ha pasado el susto. - -—Sin embargo, las yeguas saben, cuando llega el caso, chasquear al -lobo—replicó su compañero—. Las yeguas, como todas las hembras, son -muy astutas y maliciosas. Si están, pongo por caso, pastando en el -_campo_ con sus crías, y se da la señal de que viene el lobo, se -asustan y corren un poco, pero al momento se reunen y se forman en -corro, poniendo dentro a los potros. Llega el lobo, esperando darse -un banquete de carne de caballo, pero se lleva chasco; las yeguas son -tan listas como él. Todas le hacen cara, esconden la grupa, y cuando -el lobo se pone a dar vueltas trotando y aullando alrededor del -corro, se alzan de manos dispuestas a aplastarlo contra el suelo, en -cuanto intente hacerles, a ellas o a su _cría_, el menor daño. - -—Peor que el lobo—dijo el soldado—es la loba; porque como ha dicho -muy bien el _señor pastor_, las hembras tienen más malicia que -los machos. Es cosa sorprendente ver a una de esas diablas dirigir -una manada de machos. Van tras ella, repitiendo todo lo que hace; -parecen embrujados y no tienen más remedio que imitarla. Una vez -viajaba yo con un compañero por las montañas de Galicia, cuando de -pronto oímos un aullido. «Son los lobos—dijo mi compañero—. Echémonos -fuera del camino.» Así lo hicimos, y remontamos un poco la falda -del cerro, hasta llegar a una explanada plantada de vides, como -se usa en Galicia. A poco apareció una loba muy grande, de pelo -gris, _deshonesta_, guiando a dentelladas y gruñidos una manada de -demonios que la seguían muy pegados a ella, con el rabo enhiesto -y los ojos como brasas. ¿Qué creerán ustedes que hizo el maldito -animal? En lugar de seguir por el camino, echó hacia donde nosotros -estábamos, y como ya no había remedio, nos estuvimos quietos y en -silencio. Yo estaba el primero, y la loba me pasó tan cerca, que me -rozó con el pelo las piernas; no me hizo caso, sin embargo, y siguió -adelante, sin mirar a derecha ni izquierda, y todos los demás lobos -pasaron trotando junto a mí, sin hacerme el menor daño y sin mirarme -siquiera. No puedo decir lo mismo de mi pobre compañero, que estaba -un poco más lejos, y, a mi parecer, no tan en la dirección de los -lobos como yo. Después de pasar muy cerca de él, bruscamente la loba -dió media vuelta y le mordió. Nunca olvidaré lo que ocurrió luego; -en un instante doce lobos se arrojaron sobre él y le despedazaron, -aullando de un modo horrible. En un santiamén le devoraron, y sólo -quedó de él la calavera y unos cuantos huesos; después, los lobos se -fueron como habían venido. Tengo motivo para agradecer a mi señora la -loba, que hiciese menos caso de mí que de mi compañero. - -Oyendo esta y otras conversaciones por el estilo, me adormilé al -amor de la lumbre, y así estuve gran rato, hasta que me despertó una -voz que decía muy alto: «Los han cogido a todos». Eran las mismas -palabras que tanta confusión produjeron a Antonio el gitano cuando -se las oyó a su hija en el despoblado. Miré en torno mío, y vi que -seguían allí los mismos individuos a cuya conversación asistí antes -de amodorrarme; pero ahora el orador era el mendigo, y hablaba con -mucho calor. - -—Dispense usted, _caballero_—dije yo—, pero no he oído lo que ha -dicho usted al principio. ¿Quiénes son esos que han cogido? - -—Una cuadrilla de malditos _gitanos_, _caballero_—replicó el mendigo, -devolviéndome el título que yo cortésmente le había dado—. Más de -quince días han tenido infestada la raya de Castilla, y han robado y -matado a muchos señores viajeros como usted. Parece que la _canaille_ -gitana trata de aprovechar los disturbios de estos tiempos, y se ha -constituído en facción. Dicen que a esa cuadrilla iban a juntársele -muchos de sus hermanos de raza, y lo creo, porque todos los gitanos -son ladrones; pero, gracias a Dios, han acabado con ellos antes de -que llegaran a ser demasiado temibles. Yo mismo los he visto llevar a -la cárcel de... ¡Gracias a Dios! _Todos están presos._ - -—Está aclarado el misterio—me dije, y me puse a despachar la cena, ya -servida. - -La jornada siguiente me llevó a una ciudad de cierta importancia, -la primera entrando en Castilla la Nueva por aquella parte, cuyo -nombre he olvidado[127]. Pasé la noche, como de costumbre, en la -misma cuadra que mi _caballería_, echado cerca de ella en el pesebre. -Como viajaba en borrico, juzgué necesario contentarme con un lecho -proporcionado a mis medios de locomoción, para no suscitar en la -gente con quien trababa, la sospecha, viéndome demasiado exigente o -delicado, de que yo fuese hombre más principal de lo que mi atavío -y equipaje permitían suponer. Me levanté antes del alba y continué -mi camino, esperando llegar con luz del sol a Talavera, de la que -me separaban, según me dijeron, diez leguas. El camino seguía una -planicie ininterrumpida, plantada casi toda de olivares. A pocas -leguas de distancia por la izquierda, se alzaban las grandes montañas -que ya he mencionado. Corrían hacia el Este, formando una cordillera -al parecer interminable, paralela al camino; las cumbres y vertientes -estaban cubiertas de nieve deslumbradora, barrida por el viento que -llegaba hasta mí, a través de la vasta y melancólica planicie, en -ráfagas cruelmente frías. - - [127] Oropesa, sin duda alguna, anota Burke. La Calzada de - Oropesa, según Knapp. - -—¿Qué montañas son esas?—pregunté a un barbero-sangrador, que, -montado en una _burra_ del mismo pelo que la mía, emparejó conmigo -a eso del mediodía, y me acompañó durante unas cuantas leguas—. «Se -llaman de diverso modo, _caballero_—respondió el barbero—, según los -nombres de los lugares inmediatos. Aquellas de allá lejos son la -serranía de Plasencia; las que hay frente a Madrid son las montañas -de Guadarrama, por un río de este nombre que en ellas nace. La -cordillera es muy grande, _caballero_, y separa los dos reinos; del -lado de allá está Castilla la Vieja. Son magníficas estas montañas, -y aunque nos mandan muchísimo frío, a mí me agrada contemplarlas, -cosa que no es de extrañar, pues he nacido en ellas, aunque ahora, -por mis pecados, vivo en un pueblo del llano. No hay en toda -España cordillera como ésta, _caballero_; tiene sus secretos, sus -misterios. Muchas cosas singulares se cuentan de esas montañas y -de lo que ocultan en sus profundos escondrijos, porque ha de saber -usted que la cordillera es muy ancha, y se puede andar por ella -días y días sin llegar a _término_. Muchos se han perdido en ella -y no ha vuelto a saberse nada de su paradero. Entre otras rarezas, -cuentan que en ciertos sitios hay profundas lagunas habitadas por -monstruos, tales como serpientes corpulentas, más largas que un -pino, y caballos de agua que a veces salen de allí y cometen mil -estropicios. Es cosa averiguada que, allá lejos, hacia el Oeste, en -el corazón de la montaña, hay un valle maravilloso, tan estrecho, -que en él sólo se le ve la cara al sol en pleno mediodía. Este -valle permaneció desconocido durante miles de años; nadie soñaba su -existencia. Pero, al cabo, hace mucho tiempo, unos cazadores entraron -en él casualmente, y, ¿sabe usted lo que encontraron, _caballero_? -Encontraron una pequeña nación o tribu de gente desconocida, que -hablaba una lengua ignorada y que acaso vivía allí desde la creación -del mundo sin tratarse con las otras criaturas humanas, y sin -saber de la existencia de otros seres cerca de ellos. _Caballero_, -¿no ha oído usted hablar nunca del valle de las Batuecas? Se han -escrito muchos libros acerca de este valle y de sus habitantes. A -mí me enorgullecen esas montañas, _caballero_; si yo fuera hombre -independiente, sin mujer y sin hijos, compraría una _burra_ como la -de usted—excelente, por lo que veo, y mucho mejor que la mía—y me -iría a recorrer esas montañas hasta descubrir todos sus misterios y -haber visto las maravillas que contienen.» - -No cesé en todo el día de avivar el paso de la burra, y sólo me -detuve una vez para echarle un pienso; pero, aunque el animalito -se portó muy bien, llegó la noche y aún faltaban dos leguas hasta -Talavera. Al ponerse el sol arreció el frío; me arropé lo mejor -posible con la capa vieja del gitano, que aun traía conmigo; pero -resultó escasa defensa contra la inclemente noche. El camino, siempre -por terreno llano, estaba medio borrado, y en la oscuridad era a -veces difícil encontrarlo, sobre todo por los muchos atajos y veredas -que lo cruzaban. Seguí adelante, empero, como pude, y cuando dudaba -de la dirección que debía tomar, me abandonaba al instinto de mi -cabalgadura. Salió al fin la luna, y a su débil luz distinguí de -pronto un bulto que se movía a muy corta distancia delante de mí. -Aligeré el paso de la _burra_, y no tardé en ponerme a su lado. El -bulto continuó sin alterar su marcha un momento ni mirar. La silueta -era de hombre, el más alto y corpulento que hasta entonces había yo -encontrado en España, vestido también de un modo desusado en el -país. Llevaba un sombrero bajo de copa y ancho de alas, muy semejante -al de los carreteros ingleses; envolvíase el cuerpo en una especie -de túnica larga y suelta, de cutí ordinario, abierta por delante, -lo que permitía ver, en ocasiones, el resto de su traje, compuesto -de un jubón y unos calzones de pana. Como he dicho, el ala de su -sombrero era ancha; pero, aun siéndolo, no bastaba para cubrir un -inmenso matorral de pelo negro como el carbón, espeso y rizado, que -se desbordaba por todos lados. Colgadas del hombro izquierdo llevaba -unas alforjas, y en la mano derecha una pértiga. - -Había algo extraño en todo su continente; pero lo más chocante era -la tranquilidad con que seguía andando sin ocuparse de mí, aunque, -naturalmente, se daba cuenta de mi proximidad; miraba con fijeza al -camino delante de sí, salvo cuando alzaba su ancha faz y clavaba sus -grandes ojos en la luna, que ya brillaba con fuerza en el cielo. - -—Está fría la noche—díjele al fin—. ¿Es este el camino de Talavera? - -—Este es el camino de Talavera, y la noche está fría. - -—Yo voy a Talavera—añadí—; supongo que usted también. - -—Allí voy yo; usted también va, _bueno_. - -La entonación con que pronunció estas palabras era, en su línea, -tan extraña y singular, como el aspecto del hombre que las decía; no -era exactamente la de una voz española, y, sin embargo, había algo -en ellas que a duras penas podía ser extranjero; la pronunciación -era también correcta, y el lenguaje, aunque insólito, sin faltas. Me -chocó, sobre todo, la manera como había dicho la palabra _bueno_; -algo parecido había oído yo en otra ocasión, pero no podía recordar -cuándo ni dónde. Hubo una pausa. El desconocido andaba con paso -arrogante y con perfecta indiferencia; al parecer estaba dispuesto a -no buscar ni esquivar la conversación. - -—¿No le da a usted miedo viajar por estos caminos, de noche?—le -pregunté—. Dicen que están llenos de ladrones. - -—¿Y no le debía dar a usted más miedo viajar por estos caminos, -de noche? ¿A usted, que desconoce el país? ¿A usted que es un -extranjero, un inglés? - -—¿Cómo sabe usted que soy inglés?—pregunté lleno de sorpresa. - -—No es cosa difícil; se lo he conocido en el acento. - -—Ya que habla usted de eso—dije yo—, ¿y si su acento me descubriese -también quién es usted? - -—No puede ser—replicó mi compañero—; usted no sabe nada de mí, ni -puede saberlo. - -—No lo diga usted con tanta seguridad, amigo mío; yo estoy enterado -de muchas más cosas de las que usted se figura. - -—_¿Por ejemplo?_—dijo el desconocido. - -—Por ejemplo—repliqué—; usted habla dos idiomas. - -El hombre anduvo un poco en actitud reflexiva, y luego dijo en voz -baja: _Bueno_. - -—Usted tiene dos nombres—continué—: uno, para el interior de su casa, -y otro, para la calle. Ambos son buenos; pero el del hogar es el que -usted más quiere de los dos. - -Anduvo otros cuantos pasos en la misma actitud que antes; de pronto, -se volvió, y tomando nuevamente las riendas de la _burra_, la detuvo. -Entonces contemplé de lleno su rostro y toda su persona; aún se me -aparecen a veces en sueños sus formas hercúleas y sus facciones -desmesuradas. Le vi plantado ante mí, bañado por la luz de la luna, -mirándome a la cara con sus profundos y tranquilos ojos. Al cabo me -dijo: «¿Es usted uno de los nuestros?» - - * * * * * - -Era ya muy entrada la noche cuando llegamos a Talavera. Fuimos a una -casona lóbrega, la _posada_ principal de la ciudad, según me dijo -mi compañero. Entramos en la cocina, en uno de cuyos extremos ardía -una buena lumbre. «Pepita—dijo mi compañero a una linda muchacha -que salió a nuestro encuentro sonriendo—, un _brasero_ y un cuarto -reservado. Este caballero es un amigo mío y cenaremos juntos.» Pronto -estuvo dispuesta la habitación, en la que había dos alcobas con -sendas camas. Después de una cena que, por encargo de mi compañero, -fué excelentísima, nos sentamos junto al brasero y comenzamos a -hablar. - -YO.—Claro está que usted ha hablado con otros ingleses, porque en -otro caso no me hubiera reconocido por el tono de la voz. - -ABARBANEL[128].—Cuando estalló la guerra de la Independencia, -siendo yo un muchacho, vino al lugar en que yo vivía con mi familia -un oficial inglés, encargado de instruir a reclutas; se alojó en -casa de mi padre y me cobró gran afecto. Al marcharse me fuí con -él, con permiso de mi padre, y le acompañé por ambas Castillas como -camarada y criado a la vez. Juntos estuvimos casi un año, y cuando, -súbitamente, le mandaron volver a su país, quiso llevarme consigo; -pero mi padre no lo consintió en modo alguno. Veinticinco años han -pasado sin ver ningún inglés; a pesar de ello, le he conocido a usted -en plena oscuridad. - - [128] Este es un nombre puesto a capricho por Borrow a su - interlocutor. (Nota de Burke.) - -YO.—¿Y qué género de vida hace usted, y cuáles son sus medios de -subsistencia? - -ABARBANEL.—Vivo sin dificultad alguna, como creo que vivieron mis -antepasados, y como vivió, con toda certeza, mi padre, cuya misma -ruta he seguido. A su muerte, tomé posesión de la _herencia_; era yo -hijo único, los bienes, muchos; hubiera podido vivir sin trabajar; -pero a fin de no llamar la atención, seguí el oficio de mi padre, -que era _longanicero_. A veces he tratado también en lana; pero sin -gran empeño por falta de estímulo. Con todo, he tenido buena suerte; -en ocasiones, una suerte extraordinaria, y he ganado más que muchos -otros entregados por completo al comercio y que se matan a trabajar. - -YO.—¿Tiene usted hijos? ¿Está usted casado? - -ABARBANEL.—Soy casado, pero sin hijos. Tengo mujer y una _amiga_, -o, más bien, dos mujeres, porque con ambas estoy casado; pero a una -le llamo _amiga_ por guardar las apariencias; quiero vivir tranquilo, -y no tengo gana de ofender los prejuicios de la gente que me rodea. - -YO.—Dice usted que es rico. ¿En qué consisten sus riquezas? - -ABARBANEL.—En oro, plata y piedras preciosas, pues he heredado -todo lo que mis abuelos atesoraron. La mayor parte está escondido -debajo de tierra; la verdad es que ni siquiera he visto la décima -parte de ello. Tengo monedas de oro y plata anteriores al tiempo -de Fernando el Maldito y Jezabel; también tengo sumas importantes -dadas a préstamo. Vivimos muy apartados, sin embargo, y nos hacemos -pasar por pobres, incluso por miserables; pero en ciertas ocasiones, -en nuestras fiestas, una vez cerradas y atrancadas las puertas, -y después de soltar los perros fieros en el corral, comemos en -vajillas como ya las quisiera para sí la Reina de España, y hacemos -las abluciones en salvillas de plata modeladas y repujadas antes -del descubrimiento de América, aunque vayamos siempre groseramente -vestidos y nuestras comidas sean de ordinario muy modestas. - -YO.—Además de usted y de sus mujeres, ¿hay en su casa alguna otra -persona de su gremio? - -ABARBANEL.—Mis dos criados son también de los nuestros; uno es -joven, y pronto se marchará a casarse lejos de aquí; el otro es -viejo, y viene por este mismo camino detrás de mí con un carro y una -mula. - -YO.—¿Y adónde se dirige usted ahora? - -ABARBANEL.—A Toledo, donde a veces trafico como _longanicero_. Me -gusta viajar, aunque sin alejarme mucho de mi casa. Desde que me -separé del inglés no he vuelto a salir de Castilla la Nueva. Me gusta -ir a Toledo y pensar allí en los tiempos que fueron; acabaría por -establecerme en esa ciudad, si no hubiera en ella tantos malditos que -me miran con malos ojos. - -YO.—¿Le conocen a usted por lo que realmente es? ¿Le molestan las -autoridades? - -ABARBANEL.—La gente sospecha, naturalmente, lo que yo soy, pero -como en casi todo me acomodo a sus costumbres, no se mezclan en mis -asuntos. Es verdad que algunas veces, cuando entro en la iglesia -a oír misa, me miran por encima del hombro, como diciendo: «¿A -qué vienes aquí?» Algunas veces se santiguan al pasar a mi lado; -pero como se limitan a eso, no me preocupo gran cosa de ellos. Con -las autoridades estoy en muy buenas relaciones. Muchos de los que -desempeñan puestos elevados tienen dinero mío prestado, de modo -que hasta cierto punto los tengo en mi poder; y la gente menuda, -_alguaciles_ y _corchetes_, está siempre dispuesta a favorecerme, en -consideración a unos cuantos duros que reparto de vez en cuando entre -ellos; de modo que, en conjunto, las cosas no pueden ir mejor. Cierto -que antiguamente no ocurría así; sin embargo, yo no sé por qué sería, -pero aunque otras familias lo pasaron muy mal, la nuestra disfrutó -siempre de relativa tranquilidad. La verdad es que mi familia ha -sabido conducirse siempre por modo maravilloso. Puedo decir que hay -en ella una sagacidad parecida a la de la serpiente. Siempre hemos -tenido amigos; con respecto a los enemigos, es la verdad que nunca -nos han hecho daño impunemente, porque es regla de mi casa no olvidar -las injurias y no escatimar esfuerzos ni gastos para arruinar y -destruir al que nos perjudica. - -YO.—¿Se meten con usted los curas? - -ABARBANEL.—Los curas me dejan en paz, sobre todo en nuestro mismo -pueblo. Poco después de la muerte de mi padre, uno muy exaltado trató -de jugarme una mala pasada; pero yo me las arreglé para pagarle en la -misma moneda, y logré que le encarcelaran acusado de blasfemia, y en -la cárcel estuvo mucho tiempo, hasta que se volvió loco y murió. - -YO.—¿Tienen ustedes en España alguna persona que haga cabeza, -investida de la suprema autoridad? - -ABARBANEL.—Tanto como eso, no. Hay, sin embargo, ciertas familias -virtuosas que gozan de mucha consideración: la mía es una de ellas—la -principal, puedo decir—. Especialmente, mi abuelo era un varón justo; -y oí contar a mi padre que una noche un arzobispo fué secretamente a -nuestra casa, sólo para tener el gusto de besar la mano a mi abuelo. - -YO.—¿Cómo es posible eso? ¿Qué veneración puede sentir un arzobispo -por uno como usted o como su abuelo? - -ABARBANEL.—Más de lo que usted se figura. El arzobispo era de -los nuestros, o por lo menos lo había sido su padre, y él no podía -olvidar lo que aprendió a reverenciar en la infancia. Dijo que había -intentado inútilmente olvidarlo; que el _ruals_ se cernía siempre -sobre él, y que desde la niñez los terrores conturbaban su ánimo, -hasta llegar al punto de no poder sufrirse a sí mismo. Por esto fué -a ver a mi abuelo, con quien permaneció toda una noche, y luego se -volvió a su diócesis, donde murió poco después, en gran opinión de -santo. - -YO.—Me sorprende lo que usted dice. ¿Tiene usted algún motivo para -suponer que entre el clero católico hay muchos de los vuestros? - -ABARBANEL.—No lo supongo, lo sé. Hay muchos como yo en el clero, -y no de rango inferior tan sólo. Algunos de los más sabios y -famosos clérigos de España han sido de los nuestros, o al menos de -nuestra sangre, y muchos de ellos, hoy en día, piensan como yo. -Hay una fiesta especial en el año, en la cual, cuatro dignatarios -eclesiásticos vienen sin falta a visitarme; y cuando, tomadas las -necesarias precauciones, se cumplen las ceremonias preparatorias, se -sientan en el suelo y blasfeman. - -YO.—¿Son ustedes muchos en las ciudades importantes? - -ABARBANEL.—De ningún modo; rara vez vivimos en las ciudades -grandes; sólo vamos a ellas para nuestros negocios, y preferimos -vivir en los pueblos. Cierto que no somos mucha gente; en pocas -provincias de España contaremos más de veinte familias. Ninguno de -los nuestros es pobre. Los que sirven, lo hacen por conveniencia -más que por necesidad, porque sirviendo unos en casa de otros, se -adiestran en tráficos diferentes. No es raro tampoco que el tiempo -que se sirve sea el del noviazgo, y los criados se casan a veces con -las hijas de sus amos. - -Continuamos hablando casi toda la noche; a la mañana siguiente me -dispuse a partir, pero mi compañero me aconsejó que me quedase allí -todo el día. «Y si quiere usted hacerme caso—añadió—, no debe usted -ir más lejos de ese modo. Esta noche pasará por aquí la diligencia de -Extremadura a Madrid. Váyase en ella; es el modo más rápido y seguro -de viajar. Yo le compraré a usted la burra. Mi criado, que ya ha -venido, la ha visto y me dice que puede sernos útil. Pasaremos el día -juntos, como hermanos, y luego nos iremos cada uno por nuestro lado.» -Así lo hicimos. Cuando llegó la diligencia me metí en ella, y en la -mañana del segundo día llegué a Madrid. - - - - -CAPÍTULO XII - - Mi alojamiento en Madrid.—La patrona.—El embajador - británico.—Mendizábal.—Baltasar.—Deberes de un Nacional.—Sangre - moza.—La ejecución.—La población de Madrid.—Las clases altas.—Las - clases bajas.—Las corridas de toros.—El gitano. - - -Llegué a Madrid en los comienzos de febrero de 1837. Estuve breves -días en una _posada_, y me mudé a la habitación que alquilé en -el núm. 3 de la calle de la Zarza[129], calle oscura y sucia, no -obstante hallarse pegada a la Puerta del Sol, punto céntrico de -Madrid, donde desembocan cuatro o cinco de las vías principales, y -sitio de reunión, en todas las épocas del año, de los vagos de la -capital, pobres o ricos. - - [129] Iba desde la de Preciados a la del Arenal; desde la calle - de la Zarza salía a la Puerta del Sol el callejón del Cofre, o de - Cofreros. Desaparecieron al ensanchar la Puerta del Sol. - -La casa en que me alojé, era bastante singular. Ocupaba yo la parte -delantera del primer piso; mis habitaciones consistían en una sala -inmensa con un cuarto pequeño al lado, para dormir. La sala, a pesar -de su tamaño, tenía muy pocos muebles: unas cuantas sillas, una -mesa y un sofá componían todo su ornamento. Era muy fría y aireada, -gracias a las corrientes que se colaban por tres grandes ventanas -y por diversas puertas. La señora de la casa, acompañada por sus -dos hijas, me condujo a mi aposento. «¿Ha visto usted nunca—me -preguntó—un cuarto tan hermoso como éste? ¿Verdad que es digno de un -príncipe? El invierno pasado vivió aquí el gran general Espartero.» - -La patrona era una mujer de desmesurada gordura, natural de -Valladolid, en Castilla la Vieja. «¿Tiene usted alguna otra familia -además de estas hijas?»—le pregunté—. «Dos hijos. Uno es oficial del -ejército, y padre de este niño»—me contestó señalando a un muchacho -de unos doce años, con cara de travieso pero listo, que brincaba por -el aposento; «el otro es el nacional más famoso de Madrid. Es sastre -de oficio y se llama Baltasar. Tiene gran influencia con los otros -nacionales por el liberalismo de sus opiniones, y a una palabra suya -toman las armas y acuden furiosos a la Puerta del Sol. Al presente, -guarda cama; hace una vida muy desarreglada, y es muy amigo de -toreros y de gentes peores aún.» - -Como el principal motivo de mi visita a la capital de España era el -deseo de obtener permiso del Gobierno para imprimir en castellano el -Nuevo Testamento y difundirlo por el país, comencé, sin pérdida de -tiempo, a dar los pasos que me parecieron necesarios. - -Era yo completamente desconocido en Madrid, y no llevaba cartas de -presentación para ninguna persona influyente que pudiera valerme en -mi empresa, de suerte que, si bien abrigaba esperanzas de buen éxito, -confiando en la protección del Omnipotente, esas esperanzas sufrían -pasajeros desmayos y las oscurecían con frecuencia las nubes del -desaliento. - -Por entonces era primer ministro en España Mendizábal, y se le tenía -por hombre de poder casi ilimitado, en cuyas manos estaban los -destinos del país. Consideré, pues, que si lograba por cualquier -medio poner de mi parte a hombre tan poderoso, no tendría que temer -molestia alguna por otro lado, y resolví acudir a él. - -Antes de dar ese paso, me pareció prudente avistarme con Mister -Villiers, embajador de Inglaterra en Madrid, y, con la libertad aneja -a mi condición de súbdito británico, pedirle consejo en el asunto. -Me recibió con mucha bondad, y tuvimos una conversación agradable -acerca de varios temas antes de abordar el que a mí me preocupaba -hondamente. Díjome que si yo deseaba una entrevista con Mendizábal, -él se ofrecía a procurármela, pero al mismo tiempo me advirtió con -franqueza que no esperaba de ella ningún resultado bueno, porque le -constaba la violenta predisposición de Mendizábal contra la Sociedad -Bíblica Británica y Extranjera, y era lo más probable que en lugar -de favorecerlo, contrariase cualquier intento de la Sociedad para -introducir el Evangelio en España. Resolví, a pesar de todo, hacer -la prueba, y antes de separarme del embajador obtuve una carta de -presentación para Mendizábal. - -Una mañana, temprano, acudí a Palacio, en una de cuyas alas estaba -el despacho del primer ministro. El frío era cruel; el Guadarrama, -sobre el que hay una hermosa vista desde la explanada del Palacio, -estaba cubierto de nieve. Casi tres horas estuve tiritando de frío -en una antecámara, con varias personas más que, como yo, aguardaban -audiencia del poderoso. Al cabo se presentó el secretario particular, -y después de hacer diversas preguntas a los otros, se dirigió -a mí, interrogándome acerca de mi calidad y mis pretensiones. -Díjele que yo era un inglés, portador de una carta del ministro -británico. «Si usted no se opone, yo se la entregaré personalmente -a su excelencia»—me dijo—. En oyendo esto, le alargué la carta y -desapareció. Entraron antes que yo varias personas, pero me llegó el -turno, al fin, y me introdujeron en el despacho de Mendizábal. - -El ministro estaba detrás de una mesa cubierta de papeles, -examinándolos con intensa atención. No se enteró de mi presencia, y -tuve tiempo suficiente para contemplarlo. Era un hombre corpulento, -atlético, un poco más alto que yo, que mido descalzo seis pies y -dos pulgadas; de tez sonrosada, facciones finas y correctas, nariz -aguileña y dientes de espléndida blancura; aunque apenas frisaba en -los cincuenta años, tenía el pelo muy canoso. Vestía una lujosa bata -de mañana, con una cadena de oro alrededor del cuello, y calzaba -chinelas de tafilete. - -Su secretario, hombre de buena presencia y de expresión inteligente, -que, según supe después, se había conquistado un nombre en la -literatura española y en la inglesa, permanecía en pie junto a la -mesa, con papeles en las manos. - -Después de hacerme esperar en pie un cuarto de hora, Mendizábal -alzó súbitamente sus ojos penetrantes y clavó en mí una mirada -escrutadora, poco común. «He visto un mirar muy parecido a ese entre -los Beni-Israel—dije entre mí... - -Nuestra entrevista duró casi una hora; la conversación fué de -singular interés. Mendizábal, como ya me habían advertido, era, en -efecto, ardiente enemigo de la Sociedad Bíblica, de la que hablaba -con odio y desprecio; estaba también muy lejos de ser un amigo de la -religión cristiana, con quien me fuese fácil contar. Sin desanimarme -por eso, le insté mucho en favor del asunto que allí me llevaba, y -tuve tanta fortuna, que ofreció permitirme imprimir las Escrituras -si, como esperaba, de allí a unos meses el país estaba más tranquilo. - -Cuando ya me marchaba, me dijo: «No es esta la primera petición de -ese género que me hacen. Desde que estoy en el gobierno, no se harta -de importunarme con esas cosas una bandada de ingleses, desparramados -hace poco por España, que se llaman a sí mismos cristianos -evangélicos. Todavía la semana pasada, un individuo jorobado se abrió -paso hasta mi despacho, donde yo trataba asuntos importantes, y me -dijo que Cristo estaba para llegar de un momento a otro... y ahora -viene usted y casi me convence, para indisponerme aun más con el -clero, como si todavía no me odiase bastante. ¿Qué singular desvarío -les impulsa a ustedes a ir por mares y tierras con la Biblia en la -mano? Lo que aquí necesitamos, mi buen señor, no son Biblias, sino -cañones y pólvora para acabar con los facciosos, y, sobre todo, -dinero para pagar a las tropas. Siempre que venga usted con esas tres -cosas, se le recibirá con los brazos abiertos; si no, habrá usted -de permitirnos prescindir de sus visitas, por mucho honor que nos -dispense con ellas. - -YO.—Los disturbios de este infortunado país no acabarán hasta que -el Evangelio circule libremente. - -MENDIZÁBAL.—Esperaba la respuesta, porque he vivido trece -años en Inglaterra y conozco algo la fraseología de sus buenos -correligionarios. Ahora, déjeme, se lo ruego; como ve usted, estoy -muy ocupado. Vuelva cuando quiera, pero no antes de tres meses.» - -Una mañana, mientras me desayunaba con los pies encima del _brasero_, -entró la patrona en mi aposento y me dijo: «_Don Jorge_, aquí está mi -hijo Baltasarito, el nacional. Ya se levanta de la cama, y al saber -que teníamos un inglés en casa, me ha pedido que le presente, porque -tiene mucha afición a los ingleses por sus ideas liberales. Aquí le -tiene usted, ¿qué le parece?» - -Me guardé de decir a su madre mi opinión. A mi parecer, hacía muy -bien en llamarle Baltasarito, porque jamás el antiguo y sonoro -nombre de Baltasar se habría dado a sujeto tan exiguo. Podría tener -hasta cinco pies y una pulgada de altura, y era más bien corpulento -para su talla; el rostro amarillento y enfermizo, pero con cierta -expresión de fanfarronería; los ojos pardos, muy oscuros, eran vivos -y brillantes. Iba vestido, o más bien desvestido, malamente, con una -gorra de cuartel y un capote de reglamento, viejo y muy holgado, que -hacía las veces de bata. - -—Celebro mucho conocerle, _señor nacional_—le dije en cuanto su -madre se retiró, y así que Baltasar se hubo sentado y encendido, -claro está, un cigarro de papel en el _brasero_—. Me alegro mucho -de haberle conocido, sobre todo porque, según me ha dicho su señora -madre, tiene usted gran influencia con los nacionales. Yo, como -extranjero, puedo tener necesidad de un amigo; la fortuna me favorece -al proporcionarme uno que es miembro de tan poderoso cuerpo. - -BALTASAR.—Sí, tengo bastante mano con los otros nacionales; en -Madrid no hay ninguno más conocido que Baltasar, ni más temido por -los carlistas. ¿Dice usted que puede hacerle falta un amigo? Pues -ya sabe que dispone de mí para cuanto se le ofrezca. Tanto yo, como -los demás nacionales, nos enorgulleceremos sirviéndole a usted de -_padrinos_, si tiene entre manos algún lance de honor. Pero, ¿por qué -no se hace usted de los nuestros? Le recibiríamos a usted con mucho -gusto en el cuerpo. - -YO.—¿Son muy duras las obligaciones de un nacional? - -BALTASAR.—Nada de eso. Estamos de servicio una vez cada quince -días, y luego suele haber alguna revista de poca duración. Las -obligaciones son ligeras y privilegios grandes. Por ejemplo: yo -he visto a tres compañeros míos pasearse un domingo por el Prado, -armados de estacas, y apalear a cuantos les parecían sospechosos. -Más aún; tenemos la costumbre de rondar de noche por las calles, y -cuando tropezamos con alguien que nos desagrada, caemos sobre él, y -a cuchilladas o bayonetazos, le dejamos, por lo común, en el suelo -revolcándose en su sangre. Sólo a un nacional se le permitiría hacer -tales cosas. - -YO.—Supongo que todos los nacionales serán de opinión liberal. - -BALTASAR.—¡Así debiera ser! Pero hay algunos, _don Jorge_, que -no nos parecen muy de fiar. Son pocos, sin embargo, y a casi todos -los conocemos. La vida que llevan es poco envidiable, porque cuando -están de guardia, nos burlamos de ellos, y con frecuencia los damos -de palos. La ley obliga a todos los hombres de cierta edad a servir -en el ejército o a alistarse en la guardia nacional; por eso hay en -nuestras filas algunos de esos _godos_. - -YO.—¿Hay muchos carlistas en Madrid? - -BALTASAR.—Entre la gente joven, no; la mayor parte de los carlistas -madrileños capaces de llevar las armas, se fueron hace tiempo a la -facción. Los que quedan son casi todos viejos o curas, buenos tan -sólo para reunirse en algún café apartado y proyectar fantásticos -complots. ¡Que hablen, _don Jorge_, que hablen! Los destinos de -España no dependen de los deseos de _ojalateros_ y _pasteleros_, sino -de las manos de los nacionales, intrépidos y firmes, como yo y mis -amigos, _don Jorge_. - -YO.—Por su señora madre he sabido, con pena, que hace usted una -vida muy desordenada. - -BALTASAR.—¡Cómo! ¿Se lo ha dicho a usted, _don Jorge_? ¡Qué quiere -usted, _don Jorge_! Soy joven, y la sangre joven hierve en las -venas. Los nacionales me llaman el alegre Baltasar, y mi popularidad -se funda en la jovialidad de mi carácter y en mis ideas liberales. -Cuando estoy de guardia, llevo siempre la guitarra, ¡y si viera usted -qué _función_ se arma! Mandamos por vino, y los nacionales se pasan -la noche bebiendo y bailando, mientras Baltasarito toca la guitarra y -canta canciones de _Germania_. - - Una romí sin pachí - le penó a su chindomar; etc. - -Esto es _gitano_, _don Jorge_. Me lo han enseñado los _toreros_ de -Andalucía; todos hablan _gitano_, y muchos lo son de raza. Montes, -Sevilla, Poquito Pan son amigo míos. No hay _función_ de toros, _don -Jorge_, en que no esté Baltasar con su _amiga_. En el invierno no se -dan corridas de toros, _don Jorge_, que si no, le llevaría a usted a -una; por suerte, mañana hay una ejecución; una _función de la horca_, -e iremos a verla, _don Jorge_. - -Fuimos a ver la ejecución, que no se me olvidará en mucho tiempo. Los -reos eran dos jóvenes, dos hermanos, culpables de haber escalado de -noche la casa de un anciano y asesinádole cruelmente para robarle. -En España estrangulan a los reos de muerte contra un poste de madera -en lugar de colgarlos, como en Inglaterra, o de guillotinarlos, como -en Francia. Para ello, los sientan en una especie de banco, con un -palo detrás, al que se fija un collar de hierro, provisto de un -tornillo; con el collar se le abarca el cuello al reo, y a una señal -dada, se aprieta con el tornillo hasta que el paciente expira. Mucho -tiempo llevábamos ya esperando entre la multitud, cuando apareció el -primer reo, montado en un asno, sin silla ni estribos, de modo que -las piernas casi le arrastraban por el suelo. Vestía una túnica de -color amarillo azufre, con un gorro encarnado, alto y puntiagudo, -en la rapada cabeza. Sostenía entre las manos un pergamino, en el -que había escrito algo, supongo que la confesión de su delito. -Dos curas llevaban al borrico por el ramal; otros dos caminaban a -cada lado, cantando letanías, en las que percibí palabras de paz y -tranquilidad celestiales; el delincuente se había reconciliado con -la iglesia, confesado sus culpas y recibido la absolución, con -promesa de ser admitido en el cielo. Sin mostrar el más leve temor, -el reo se apeó, y subió sin ayuda al cadalso, donde le sentaron en -el banquillo y le echaron al cuello el corbatín fatal. Uno de los -curas comenzó entonces a decir el Credo en voz alta, y el reo repetía -las palabras. De pronto, el ejecutor, colocado detrás de él, dió -vueltas al tornillo, de prodigiosa fuerza, y casi instantáneamente -aquel desdichado murió. A tiempo que el tornillo giraba, el cura -comenzó a gritar, _pax et misericordia et tranquillitas_, y gritando -continuó, en voz cada vez más recia, hasta hacer retemblar los altos -muros de Madrid. Luego se inclinó, puso la boca junto al oído del -reo, y de nuevo clamó, como si quisiera perseguir a su alma en su -marcha hacia la eternidad y consolarla en el camino. El efecto era -tremendo. Yo mismo me excité tanto, que involuntariamente exclamé: -_¡Misericordia!_ Y lo mismo hicieron otros muchos. Nadie pensaba allí -en Dios ni en Cristo; todos los pensamientos se concentraban en el -cura, que en tal momento parecía el más importante de todos los seres -vivos, con poder suficiente para abrir y cerrar las puertas del cielo -o del infierno, según lo tuviese a bien; pasmoso ejemplo del sistema -papista imperante, cuyo principal designio fué siempre mantener el -ánimo del pueblo todo lo apartado de Dios que podía, y en concentrar -en el clero sus esperanzas y temores. La ejecución del segundo reo, -fué enteramente igual; subió al patíbulo a los pocos minutos de haber -expirado su hermano. - -He visitado casi todas las capitales importantes del mundo; pero, en -conjunto, ninguna me ha interesado tanto como la villa de Madrid, -donde a la sazón me hallaba. No hablo de sus calles ni edificios, de -sus plazas ni de sus fuentes, aunque algo de esto hay en Madrid digno -de nota; Petersburgo tiene calles más hermosas; París y Edimburgo, -edificios más suntuosos; Londres, plazas más bellas, y Shiraz -puede alabarse de poseer fuentes más lujosas, aunque no aguas más -frescas. ¡Pero la población!... Cercados por un muro de tierra que -apenas mide legua y media a la redonda, se agolpan doscientos mil -seres humanos, que forman, con toda seguridad, la masa viviente más -extraordinaria del mundo entero; y no se olvide nunca que esta masa -es estrictamente española. La población de Constantinopla es harto -singular, pero han contribuído a formarla veinte naciones—griegos, -armenios, persas, polacos, judíos; estos últimos de origen español, -dicho sea de paso, y que aún hablan entre sí el castellano antiguo. -Pero la población de Madrid, en su totalidad, sin otra excepción -que un puñado de extranjeros, principalmente sastres, guanteros y -_perruquiers_ franceses, es española neta, aunque buena parte de -ella no haya nacido en la capital. Aquí no hay colonias de alemanes, -como en San Petersburgo; ni factorías inglesas, como en Lisboa; ni -multitudes de yanquis insolentes callejeando, como en la Habana, con -un aire que parece decir: «Este país será nuestro en cuanto queramos -apoderarnos de él»; sino una población inculta, sorprendente, formada -por muy varios elementos, pero española, y que lo seguirá siendo -mientras la ciudad exista. ¡Salud, _aguadores_ de Asturias, que, -con vuestro grosero vestido de muletón y vuestras monteras de piel, -os sentáis por centenares al lado de las fuentes, sobre las cubas -vacías, o tambaleándoos bajo su peso, una vez llenas, subís hasta -los últimos pisos de las casas más altas! ¡Salud, _caleseros_ de -Valencia, que, recostados perezosamente en vuestros carruajes, picáis -tabaco para liar un cigarro de papel, en espera de parroquianos! -¡Salud, mendigos de la Mancha, hombres y mujeres que, embozados en -burdas mantas, imploráis la caridad indistintamente a las puertas -de los palacios o de las cárceles! ¡Salud, criados montañeses, -_mayordomos_ y secretarios de Vizcaya y Guipúzcoa, _toreros_ de -Andalucía, _reposteros_ de Galicia, tenderos de Cataluña! ¡Salud, -castellanos, extremeños y aragoneses, de cualquier oficio que seáis! -Y, en fin, vosotros, los veinte mil _manolos_ de Madrid, hijos -genuinos de la capital, hez de la villa, que con vuestras terribles -navajas causasteis tal estrago en las huestes de Murat el día Dos -de Mayo, ¡salud! Y a las clases más elevadas—a los caballeros, a -las _señoras_—, ¿las pasaré en silencio? En verdad tengo poco que -decir de ellos. Apenas los traté, y lo que vi de sus costumbres no -era muy a propósito para sublimarlos en mi imaginación. Yo no soy -de los que, vayan donde vayan, siguen la inveterada práctica de -vilipendiar a las clases altas y de exaltar a su costa al populacho. -En muchas capitales, la parte más notable e interesante de la -población es precisamente la aristocracia. Tal ocurre en Viena, -y más especialmente en Londres. ¿Quién puede rivalizar con el -aristócrata inglés en prestancia, fuerza y valentía? ¿Quién monta -mejores caballos? ¿Quién goza de posición más sólida? ¿Quién más -amable que su esposa, su hermana o su hija? Pero tratándose de la -aristocracia española, así de las _señoras_ como de los caballeros, -cuanto menos se diga en cada uno de los puntos aludidos, será mejor. -Sin embargo, sé muy poco acerca de ellos, lo confieso; quizás tengan -sus admiradores, a los que cedo la tarea de escribir su panegírico. -Le Sage los describió tales como eran hace casi dos siglos; sus -rasgos son poco seductores, y no creo que hayan mejorado desde que -el inmortal francés los retrató. Hablaré, pues, con más gusto de -las clases bajas, no sólo de Madrid, pero de toda España. Un español -de la clase baja, sea _manolo_, labriego o arriero, me parece -mucho más interesante que un aristócrata. Es un ser poco común, un -hombre extraordinario. Le faltan, es cierto, la amabilidad y la -generosidad del _mujik_ ruso, capaz de dar su único _rouble_ antes -que el forastero pase necesidad; tampoco tiene su tranquilo valor, -que le hace invulnerable al miedo y le impulsa, al mando de su zar, -a arrostrar cantando una muerte cierta. En el carácter español hay -menos abnegación y más dureza; le anima, en cambio, un sentimiento -de altiva independencia que roba la admiración. Es ignorante, por -supuesto; pero, cosa singular, invariablemente he encontrado en las -clases más bajas y peor educadas, mayor generosidad de sentimientos -que en las altas. Mucho tiempo ha sido moda hablar del fanatismo de -los españoles y de su mezquino recelo de los extranjeros. Esto es -verdad hasta cierto punto; pero es verdad, principalmente, respecto -de las clases altas. Si el valor o el talento de los extranjeros -nunca han alcanzado en España el premio merecido, la gran masa de los -españoles no tiene la culpa de ello. He oído calumniar a Wellington -en el mismo soberbio teatro de sus triunfos; pero nunca por los -soldados viejos de Aragón y de Asturias, que le ayudaron a vencer -a los franceses en Salamanca y en los Pirineos. He oído criticar el -modo de montar de un _jockey_ inglés; pero el crítico era el necio -heredero de los Medinaceli, no un _picador_ de la plaza de Madrid. - -A propósito de picadores: un día, poco después de mi llegada a -Madrid, estuve un par de horas callejeando, en viaje de exploración, -por un barrio famoso a causa de los robos y muertes que en él -se cometían, y, al sentirme cansado, entré en un tabernucho a -refrigerarme. Había muchos parroquianos, todos con cara de bandidos; -a mi saludo contestaron quitándose los _sombreros_ con mucha -ceremonia y abriéndome calle hasta el mostrador. Vacié un vaso de -_val de peñas_, y ya iba a pagar y a marcharme, cuando un individuo -de horrible catadura, vestido con un coleto de ante fuerte, zajones -y botas de montar que le pasaban de las rodillas, y tocado con -un sombrero claro, cuyas alas tenían lo menos vara y media de -circunferencia, se abrió paso entre la gente, y, encarándose conmigo, -dijo con voz de trueno: - -—_¡Otra copita! ¡Vamos, inglesito, otra copita!_ - -—Gracias, mi buen señor; es usted muy amable. Parece que me conoce -usted; pero yo no tengo el honor de conocerle. - -—¿No me conoce?—replicó el tal—. ¡Soy Sevilla, el _torero_! Yo -le conozco a usted mucho; usted es el amigo de Baltasarito, el -nacional, que es amigo mío y muy buena persona. - -Volviéndose entonces a la compañía, dijo con voz sonora, arrastrando -la última sílaba de cada palabra, según costumbre de la _gente -rufianesca_ en toda España: - -—Caballeros valientes: Este caballero es amigo de un amigo mío. -_Es mucho hombre._ No hay en España quien le iguale. Aunque es -_inglesito_, habla _gitano_ cerrado. - -—No lo creemos—replicaron varias voces graves—. No es posible. - -—¿Decís que no es posible? Pues yo os digo que sí. Ven acá, Balseiro; -tú, que te has pasado la vida en presidio y te estás alabando siempre -de hablar el _gitano_ cerrado, aunque no sabes palabra, ven acá y -habla con su merced en _gitano_ cerrado. - -Un hombre pequeño, enclenque, pero vivaracho, se adelantó. Iba en -mangas de camisa y llevaba una montera; era guapo, pero con cara de -demonio. - -Habló unas pocas palabras en la corrompida jerga gitana de las -cárceles, preguntándome si había estado alguna vez en el calabozo, y -si sabía lo que era una _gitana_[130]. - - [130] Doce onzas de pan, o libra corta, ración de la - cárcel. (Nota de Borrow.) - -—Vamos, _inglesito_—gritó Sevilla con voz tonante—, respóndele al -_monró_[131] en _gitano_ cerrado. - - [131] Amigo. - -Contesté al ladrón, porque lo era en efecto, y de los que han dejado -nombre duradero en la historia de la picardía madrileña; le contesté -con alguna extensión en el dialecto de los gitanos extremeños. - -—Creo que es _gitano_ cerrado—musitó Balseiro—, o si no, será inglés, -porque no entiendo ni una palabra. - -—¿No te decía yo—exclamó el picador—que no sabes ni palabra del -gitano cerrado? Pero el _inglesito_ sí lo sabe, y yo entiendo todo -lo que dice; _vaya_, no hay nadie como él para el _gitano_ cerrado. -Además, es muy buen _jinete_; después de mí, no hay quien le iguale; -sólo él sabe montar con las acciones de los estribos muy cortas. -_Inglesito_, si necesitas dinero, dispón de mi bolsillo; todo cuanto -tengo está a tu servicio, y no creas que es poco: acabo de ganar -cuatro mil _chulés_ a la lotería. Animo, inglés, otra copa; yo lo -pago todo; yo, Sevilla. - -Y se golpeaba una y otra vez el pecho con la mano, mientras repetía: -«¡Yo, Sevilla! ¡Yo...!» - - - - -CAPÍTULO XIII - - Intrigas de la Corte.—Quesada y Galiano.—Disolución de las - Cortes.—El secretario.—Testarudez aragonesa.—El Concilio de - Trento.—El asturiano.—Los tres bandidos.—Benedicto Mol.—El hombre - de Lucerna.—El Tesoro. - - -Mendizábal me había dicho que volviera a verle pasados tres meses, -dándome esperanzas de no oponerse personalmente a la publicación del -Nuevo Testamento; pero antes de que transcurrieran los tres meses -cayó en desgracia, y dejó de ser primer ministro. - -Para derribarlo se urdió una intriga, dirigida por Istúriz y Alcalá -Galiano, gaditanos como Mendizábal, de quien hasta entonces se -llamaron amigos. Ambos habían sido liberales egregios, y miembros -importantes de aquellas Cortes que, huyendo de la invasión de -Angulema, se llevaron a Fernando desde Madrid a Cádiz, y le tuvieron -preso hasta que esta ciudad inexpugnable tuvo por conveniente -rendirse; los dos personajes se refugiaron en Inglaterra, donde -pasaron considerable número de años. - -Por el tiempo a que me refiero, hallábanse Istúriz y Galiano -sumamente pobres, sin que del apoyo a Mendizábal pudiesen esperar -mejoras inmediatas; y considerándose, además, tan buenos y capaces -como él para gobernar a España en las circunstancias dadas, -resolvieron separarse del partido de su amigo, a quien habían apoyado -hasta allí, y levantar bandera propia. - -En consecuencia, formaron en las Cortes una oposición contra -Mendizábal; los miembros de esa oposición tomaron el nombre de -_moderados_ para distinguirse de Mendizábal y sus secuaces, -ultraliberales. Los _moderados_ contaban con el apoyo de la reina -regente Cristina, deseosa de un poder algo mayor que el que los -liberales parecían dispuestos a concederle, y, además, enemiga -personal del ministro. Veíanse también apoyados por Córdova, que -entonces mandaba el ejército y estaba descontento de Mendizábal, -porque el ministro no servía con suficiente presteza las demandas -pecuniarias del general, aunque se decía que la mayor parte del -dinero enviado para pagar a las tropas no se empleaba en eso, sino -en fondos públicos franceses, a nombre y para uso y provecho del -nombrado Córdova. - -Pero no voy a escribir una historia de sucesos políticos que -presencié entonces; baste decir que Mendizábal, viéndose contrariado -en todos sus proyectos por la Gobernadora, que no aceptaba ninguna -de las medidas propuestas por el ministro, y por el general, que -permanecía inactivo y se negaba a atacar al enemigo, ya repuesto -del contratiempo que le causó la muerte de Zumalacárregui y en -considerable auge sus armas, dimitió, abandonando por el momento el -campo a sus adversarios, aunque contaba en las Cortes con inmensa -mayoría, y aunque la opinión del país, al menos en su parte liberal, -le era favorable. - -Se constituyó un gabinete presidido por Istúriz, en el que Galiano -fué ministro de Marina, y un cierto duque de Rivas ministro de -lo Interior. Estos eran los jefes del gobierno _moderado_; pero, -impopulares en Madrid, y temerosos de los nacionales, buscaron el -concurso de un hombre llamado Quesada, aborrecedor de la milicia -nacional y que a nada temía; hombre asaz estúpido, pero gran -guerrero, que en cierta época de su vida mandó una legión llamada -Ejército de la Fe, cuyas hazañas en ambas vertientes del Pirineo son -harto conocidas para que necesite recordarlas. Quesada fué nombrado -capitán general de Madrid. - -El más inteligente de los nuevos ministros era, con mucho, Galiano, -a quien me presentaron poco después de mi llegada a Madrid. Hombre -de muchas letras, conocía a fondo las de su país. Orador ante -todo, de palabra fácil, elegante e impetuoso, era para el partido -_moderado_, dentro de las Cortes, lo que Quesada fuera de ellas; es -decir, el hombre de combate. Difícil sería decir por qué le hicieron -ministro de Marina, ya que España no tiene ninguna; acaso lo fué por -su dominio del inglés, idioma que hablaba y escribía tan bien como -el suyo propio, habiéndose ganado la vida durante su estancia en -Inglaterra, principalmente, escribiendo artículos para los periódicos -y revistas; ocupación muy honrosa, pero que pocos de los extranjeros -desterrados en Inglaterra son capaces de desempeñar. - -Galiano era hombre muy pequeño e irritable, enemigo encarnizado de -cuantos se atravesaban en el camino de su prosperidad. Odiaba a -Mendizábal con rencor no disimulado, y siempre hablaba de él con -infinito desprecio. «Temo que me cueste bastante trabajo arrancar a -Mendizábal el permiso de imprimir el Nuevo Testamento»—le dije un -día—. «Mendizábal es un asno—replicó Galiano—. Calígula hizo cónsul -a su caballo, y creo que esto es lo que ha inducido a lord... a -enviarnos a ese _burro_ de la Bolsa de Londres para que sea nuestro -ministro.» - -Sería mucha ingratitud de mi parte no confesar aquí cuánto debo a -Galiano, que me ayudó con todo su poder en el asunto que me llevaba a -España. Poco después de formarse el ministerio moderado fuí a verle, -y le dije que «entonces o nunca era la ocasión de hacer un esfuerzo -en favor mío.» «Lo haré—me respondió con tono áspero, porque siempre -habla con aspereza, lo mismo a los amigos que a los enemigos—; -pero tenga usted paciencia unos cuantos días; estamos ahora muy -ocupados. Nos han derrotado en las Cortes, y esta tarde intentaremos -disolverlas. Dicen que esos canallas se negarán a marcharse; pero -Quesada estará a la puerta para arrojarlos a la calle si oponen -alguna resistencia. Vaya usted por allí, y acaso vea una _función_.» - -Después de un debate de una hora, fueron disueltas las Cortes sin -necesidad de recurrir a la ayuda del temible Quesada. Galiano, sin -nuevas dilaciones, me dió una carta para su colega el duque de -Rivas, a cuyo departamento incumbía, según me dijo, conceder o negar -el permiso para imprimir el libro. El duque era un hombre joven y -apuesto, de unos treinta años, andaluz por su cuna, como sus dos -colegas ya nombrados. Había publicado varias obras—tragedias, según -creo—, y gozaba de cierta reputación literaria. Me recibió con suma -afabilidad, y enterado de mi pretensión, respondió, haciéndome una -cortesía seductora y con un gesto genuinamente andaluz: «Vea a mi -secretario; vea a mi secretario; _él hará por usted el gusto_.» - -Fuí a ver al secretario, un aragonés llamado Oliban, que no era -guapo, ni de elegantes maneras, ni afable. «¿Desea usted un -permiso para imprimir el Nuevo Testamento?» «Sí, señor.» «¿Y le -ha hablado usted de esto a su excelencia?» «En efecto.» «Supongo -que intenta usted imprimirlo sin notas»,—continuó Oliban—. «Sí.» -«Entonces, su excelencia no puede darle a usted el permiso—dijo el -secretario aragonés—; el Concilio de Trento ordenó que en ningún -país cristiano pueda imprimirse parte alguna de la Escritura sin -las notas de la iglesia.» «¿Cuántos años hace de eso?»—pregunté yo. -«No sé cuántos años hace—repuso Oliban—; pero tal es el decreto del -Concilio.» «¿Es que en España rigen ahora los decretos del Concilio -de Trento?»—inquirí—. «Rigen en algunos puntos, y este es uno de -ellos—respondió el aragonés—; pero, dígame, ¿quién es usted? ¿Le -conoce el embajador de su país?» «¡Oh!, sí, y tiene mucho interés por -este asunto.» «¿De veras?—dijo Oliban—; entonces, el caso varía. Si -puede usted demostrarme que su excelencia se interesa por el asunto, -yo no pondré dificultades.» - -El ministro británico hizo cuanto yo podía desear, y mucho más de -lo que me atrevía a esperar. Tuvo una entrevista con el duque de -Rivas, y hablaron detenidamente de mi asunto; el duque fué todo -sonrisas y cortesía. Escribió, además, una carta particular al -duque y me la dió, encargándome que yo mismo se la entregase la -primera vez que fuese a verle; y para remate de todo, me escribió -y dirigió otra carta en la que me dispensaba el honor de decirme -que me tenía en gran aprecio, y que su mayor placer sería que yo -obtuviese el permiso tan buscado. Fuí a ver al duque, y le entregué -la carta; estuvo diez veces más bondadoso y afable aún que antes; -leyó la carta, sonrió con la mayor dulzura, y luego, como poseído -de súbito entusiasmo, extendió los brazos de un modo casi teatral, -exclamando: «_Al secretario; él hará por usted el gusto._» De nuevo -me precipité al secretario, que me recibió con frialdad glacial. Le -referí las palabras de su jefe, y le entregué la carta que me había -escrito el ministro británico. El secretario la leyó con atención, y -me dijo que, evidentemente, su excelencia se «había» tomado interés -en el asunto. Me preguntó después mi nombre, y, tomando una hoja de -papel, se sentó como si fuese a escribir el permiso. Yo estaba en mis -glorias. De pronto, el secretario se detuvo, alzó la cabeza, pareció -reflexionar un momento, y poniéndose la pluma detrás de la oreja, -dijo: «Entre los decretos del Concilio de Trento, se cuenta uno...» - -—¡Oh Dios mío!—exclamé. - -—Es un hombre singular ese Oliban—dije un día a Galiano—; no puede -usted imaginarse lo me está haciendo pasar; no se cansa de hablarme -del Concilio de Trento. - -—En el Trento quisiera yo verle metido hasta la cintura por decir -tales tonterías. Sin embargo, procuraremos no desagradar a Oliban; -es de los nuestros y nos ha prestado buenos servicios; es, además, -hombre inteligente; pero, como buen aragonés, si se le mete una idea -en la cabeza, cuesta mucho trabajo arrancársela. No obstante, iremos -a verle; es antiguo amigo mío, y no dudo que le haremos entrar en -razón. - -Al día siguiente fuí a buscar a Galiano al Ministerio de Marina -o Almirantazgo (¿cómo se debe decir?), y desde allí fuimos al -Ministerio de lo interior, instalado en un edificio magnífico, -antigua _casa_ de la Inquisición. Nos avistamos con Oliban. Galiano -se lo llevó al hueco de una ventana, y hablaron detenidamente, pero -en voz muy baja, y como la habitación era inmensa, no pude oír -palabra. Al cabo, Galiano se me acercó y dijo: «Hay alguna dificultad -para resolver el asunto de usted; pero ya sabe Oliban que es usted -amigo mío, y dice que eso le basta; quédese aquí con él, y hará -cuanto sea necesario en favor de usted. Es asunto arreglado. ¡Adiós!» -En diciendo esto, se marchó, dejándome con Oliban. El secretario -comenzó acto seguido a escribir no sé qué cosa, y, al terminar, sacó -una caja de cigarros, encendió uno, después de ofrecerme otro que -rehusé, porque no fumo, y apoyando los pies en la mesa me dirigió en -francés el siguiente discurso: - -—Me alegro mucho de ver a usted en esta capital, y aún de verle -trabajar en ese asunto. Considero un oprobio para España que no -circule ninguna edición del Evangelio, al menos en condiciones -tales que puedan adquirirla los más ricos y más pobres; una edición -descargada de notas de invención humana, que aumentan el volumen del -libro hasta hacerlo inmanejable. Para mí es indudable que una edición -como la que usted intenta imprimir, ejercería una influencia muy -beneficiosa en el espíritu del pueblo, que, entre nosotros, no conoce -la religión a fondo ni en su pureza. ¿Cómo va a conocerla, visto que -le han mantenido siempre cuidadosamente apartado del Evangelio, como -si la civilización pudiera existir donde la luz evangélica se apaga? -La regeneración moral de España depende de la libre circulación de -la Escritura, tarea en que sólo Inglaterra, su afortunada patria de -usted, puede empeñarse, por el nivel elevado de su civilización y la -prosperidad sin rival de que al presente goza. La razón me obliga, en -efecto, a reconocer todo esto, pero... - -—«Ahora es ella»—pensé yo. - -—«Pero...» Y una vez más comenzó a hablarme del fastidioso Concilio -de Trento; me pareció, pues, que lo de escribir en un papel, la -oferta del cigarro, y la enojosa y larga arenga no eran sino—¿cómo lo -llamaré?—mera Φλυαρία. - -Andaba ya por entonces muy entrada la primavera; las vertientes, -aunque no las cumbres, del Guadarrama estaban desde tiempo atrás -limpias de nieve; los árboles del Prado lucían ya su verde pompa, y -toda la _campiña_ de los alrededores de Madrid mostrábase alegre y -risueña. Aún no habían llegado calores estivales, y el tiempo era, en -verdad, delicioso. - -Hacia el Oeste, al pie de la colina en que se alza Madrid, un -canal corre durante unas cuantas leguas paralelo al Manzanares, -del que le separan fértiles y amenas praderas. Las márgenes del -Canal, empezado por Carlos III y no concluído hasta el día, están -plantadas de hermosos árboles y constituyen el paseo más ameno -de las inmediaciones de la capital. Allí iba yo a perder horas y -horas, mirando los bancos de peces dorados y plateados que emergían -al sol en la superficie de las aguas verdosas, o escuchando, no -el trinar de los pájaros—porque no es España la tierra de esos -cantores alados—, sino la charla de un _naranjero_, que, además de -naranjas, vendía agua junto a una casilla de registro abandonada, -frontera precisamente al puente de tablas que cruzaba el canal; allí -había instalado su tenducho el naranjero por parecerle la posición -favorable para su comercio. Era asturiano, como de cincuenta años, -y de unos cinco pies de alto. Yo le compraba muchas naranjas, y no -tardó en sentir gran amistad por mí ni en contarme su historia; -ninguna cosa notable había en ella; el suceso más importante era -una aventura que le ocurrió en la sierra de Granada, donde cayó en -poder de unos gitanos que le dejaron en cueros y luego le despidieron -dándole de palos. «He corrido toda España—me dijo—, y en conclusión -opino que sólo hay dos sitios donde se puede vivir: Málaga y Madrid. -En Málaga va todo muy barato, y hay tal abundancia de pescado, que -muchas veces lo he visto amontonado en la orilla del mar; en Madrid, -como está la corte, corre el dinero, y nunca me acuesto sin cenar. -Lo único que me importa es vender naranjas, y mi único deseo es que, -cuando muera, me entierren allí.» Al decir esto, señalaba al otro -lado del Manzanares, donde, en el declive de una suave colina, como a -una legua de distancia, brillaban al sol los blancos muros del _Campo -Santo_. - -El asturiano era un individuo muy zumbón, y aunque apenas sabía leer -ni escribir, nada ignorante de las cosas del mundo; tenía muchas y -exactas noticias de infinito número de personas, y poca gente pasaba -junto a su puesto de quien él no conociese los nombres, el carácter y -la historia. «Esos dos son gente muy principal—decía señalando a un -caballero y una dama magníficamente ataviados, que se apearon de un -coche, y pasaron cogidos del brazo por el puente de madera, seguidos -de dos sirvientes—; son el _Infante_ Francisco Paulo y su mujer la -_Napolitana_, hermana de nuestra Cristina. Él es una buena persona; -pero su mujer, _vaya_, es la de peor genio de Madrid; sabe decir -_carrajo_ tan bien y con tan excelente entonación como el carretero -de la Mancha de peor temple. No la salude usted, _amigo_; no tiene -educación ni guarda la etiqueta; una vez la saludé y no me hizo caso -alguno, como si yo no fuese asturiano y noble, de mejor sangre que -ella... ¡Buenos días, _señor don Francisco_! _¿Qué tal?_ Hace un -tiempo hermoso. _Vaya su merced con Dios..._ Esos tres individuos -que han bebido agua son tres bandidos, tres verdaderos hijos del -presidio. Los trato con amabilidad y me pagan o no, según les parece; -no se puede uno poner a malas con ellos. He tenido ya algún disgusto -por causa suya: figúrese usted que hará cosa de un año robaron a un -señor un poco más abajo del segundo puente; y, dicho sea de paso, -le aconsejo a usted, hermano, que no vaya por allí, como creo que -va muy a menudo; es un sitio peligroso. Pues, como digo, robaron -y maltrataron a un señor; pero un hermano suyo, _escribano_, se -puso pronto sobre la pista, y los prendió a todos. Necesitaba que -alguien los identificara, y quiso la casualidad que el día del robo -estuviesen en mi puesto bebiendo agua, como acaban de hacer ahora. -En cuanto el _escribano_ lo supo me llamó a la cárcel para carearme -con ellos. Demasiado bien los conocí, pero como he aprendido en -mis viajes a cerrar los ojos o a abrirlos según convenga, dije al -_escribano_ que no me era posible afirmar que hubiese visto a tales -hombres anteriormente. El escribano, furioso, me amenazó con el -calabozo; pero yo le dije que hiciera su gusto, que no me importaba. -_Vaya_, no era cosa de exponerme a la venganza de los tres presos y a -la de sus amigos; vivo demasiado cerca de la Plaza de la Cebada para -eso... ¡Buenos días, señoritos! Naranjas de Murcia, como ustedes ven: -la verdadera sangre del dragón... ¡Agua fresca! Estos dos jóvenes -son los hijos de Gabiria, intendente de la reina, el hombre más rico -de Madrid; son guapos chicos y me compran mucha fruta. Su padre los -quiere más que a todas sus riquezas, según dicen. Aquella vieja que -está tirada debajo de un árbol es la _tía Lucila_; ha hecho varias -muertes, y como me debe dinero, espero que algún día la veré ahorcar. -Este hombre fué de la guardia walona; «_señor don_ Benito Mol, ¿cómo -está usted?» - -El personaje últimamente nombrado, absorvió en el acto mi atención. -Era un anciano corpulento, de más que mediana estatura, con el -cabello blanco y las facciones algo encendidas; tenía los ojos -grandes y azules, y siempre había en ellos, cuando los clavaba en -alguien, una expresión de ansiedad, como si esperase recibir noticias -importantes. Iba modestamente vestido, con chaqueta y pantalón de -paño vasto, de tinte rojizo. Tocábase con un _sombrero_ inmenso pero -tan maltratado, que el borde de las alas tenía tantos dentellones -como una sierra. Contestó al saludo del naranjero, hízome una -cortesía, y luego exhibió dos pastillas de jabón de olor que trató -de vendernos; hablaba una jerga áspera y destemplada que quería -ser español, pero que se parecía más al valenciano o al catalán. -Preguntéle quién era, y pasó entre los dos el siguiente coloquio: - -—Soy suizo, de Lucerna; me llamó Benedicto Mol, y fuí soldado en la -guardia walona; ahora soy jabonero, para servirle. - -—Habla usted bastante mal el español—dije yo—. ¿Cuánto tiempo lleva -usted aquí? - -—Cuarenta y cinco años—repuso Benedicto—; pero cuando licenciaron la -guardia me fuí a Menorca, donde olvidé el español sin aprender el -catalán. - -—¿Le gustaba a usted servir al rey de España? - -—No tanto, que no me hubiera alegrado dejarlo hace cuarenta años; nos -pagaban mal y nos trataban peor. Pero, si no me equivoco, usted es -alemán; le hablaré a usted en mi lengua natal... Hubiera abandonado -el servicio de España, como abandoné el del Papa, a quien serví antes -de venir a este país, siendo muy joven; pero me casé con una mujer -de Menorca, de quien tuve dos hijos; esto fué lo que me retuvo tanto -tiempo por allá; antes de salir de Menorca mi mujer murió, y mis -hijos se fueron cada uno por su lado y no sé qué ha sido de ellos. Mi -intención es volver pronto a Lucerna y vivir allí a lo duque. - -—Por lo visto, ha reunido usted un buen capital en España—dije yo, -mirando a su sombrero y a lo demás de su atavío. - -—Ni un _cuart_, ni un _cuart_; estas pastillas de jabón son todo lo -que poseo. - -—Quizás sea usted de buena familia y piense vivir de sus rentas. - -—Ni un _heller_, ni un _heller_. Mi padre era el verdugo de Lucerna; -cuando se murió, embargaron su cadáver para pagar sus deudas. - -—Entonces—dije yo—se propone usted, sin duda, dedicarse a la -fabricación de jabones en Lucerna. Hará usted muy bien, amigo mío, no -conozco ocupación más honrosa y útil. - -—No tengo la menor intención de dedicarme a eso en Lucerna—replicó -Benedicto—. Y como veo que es usted alemán, _lieber Herr_, y me -agrada su aspecto y su modo de expresarse, le diré a usted en -confianza que apenas si conozco el oficio, y ya me han despedido de -varias fábricas por mi impericia; las dos pastillas de jabón que -llevo en el bolsillo no las he fabricado yo. _In kurzem_, tan mal -enterado estoy del oficio de jabonero, como del de sastre, albeitar o -zapatero que también he desempeñado. - -—Pues no comprendo por qué espera usted vivir hecho un _Herzog_ en su -país, como no crea usted que los habitantes de Lucerna le mantendrán -con esplendor a expensas del tesoro público, en consideración a -servicios prestados al Papa y al Rey de España. - -—_Lieber Herr_—dijo Benedicto—los habitantes de Lucerna no gustan -de mantener a sus expensas a los soldados del Papa ni a los del rey -de España. Muchos de la antigua guardia que han vuelto allá, piden -limosna por las calles. Pero yo iré en un coche tirado por seis -mulas, con un tesoro, un gran _Schatz_, que hay en la iglesia de -Santiago de Compostela. - -—Supongo que no se propondrá usted robar la iglesia—dije yo—, pero -si lo hace, creo que sufrirá usted un desengaño. Mendizábal y los -liberales le han ganado a usted por la mano. Según me dicen, ya -no quedan en las catedrales españolas más tesoros que unos pocos -ornamentos mezquinos y unos cuantos utensilios de plata. - -—Mi buen _Herr_ alemán—dijo Benedicto—, no se trata del _Schatz_ de -la iglesia, sino de otro, cuya existencia sólo yo conozco. Pronto -hará treinta años que, entre otros soldados enviados por enfermos a -Madrid, vino uno de mis compañeros de la guardia walona, que había -ido con los franceses a Portugal; estaba muy enfermo y no tardó en -morir. Pero antes de exhalar el último suspiro me mandó llamar, y -en su lecho de muerte me dijo que él, con otros dos soldados, ya -muertos, había enterrado en cierta iglesia de Compostela un gran -botín traído de Portugal. Consistía en _moidores_ de oro y en un -paquete de diamantes del Brasil, muy gruesos, encerrado todo ello en -una olla de cobre. Le escuché con avidez, y puedo decir que desde -aquel momento no he dejado de pensar, ni de día ni de noche, en el -_Schatz_. Es muy fácil de encontrar, pues el moribundo me hizo una -descripción tan minuciosa del escondite, que, una vez en Compostela, -sin dificultad alguna pondría la mano en él; muchas veces he estado -ya a punto de emprender el viaje, pero siempre ha venido algo -imprevisto a estorbármelo. Cuando mi mujer murió, salí de Menorca -decidido a ir a Santiago, pero al llegar a Madrid, caí en manos de -una vascongada que me persuadió a que viviese con ella, y así lo he -hecho durante varios años. Es una _Hax_[132] muy grande, y dice que -si la abandono, me echará un sortilegio del que no me libraré nunca. -_Dem Got sey Dank_, ahora está en el hospital, para morirse de un -día a otro. Tal es mi historia, _lieber Herr_. - - [132] Bruja. En alemán, _Hexe_. (Nota de Borrow.) - -He referido con todo cuidado la anterior conversación, porque en el -curso de este relato haré frecuente mención del suizo; sus aventuras -subsiguientes fueron de lo más extraordinario, y la última de todas -causó gran sensación en España. - - - - -CAPÍTULO XIV - - Estado de España.—Istúriz.—Revolución de La Granja.—La - revuelta.—Síntomas alarmantes.—Los corresponsales de - periódicos.—Arrojo de Quesada.—La escena final.—Fuga de los - moderados.—El café. - - -Entretanto, las cosas no iban bien para los _moderados_; impopulares -en Madrid, lo eran aún más en las otras ciudades importantes de -España; en la mayor parte de ellas se constituyeron _juntas_ -administrativas locales que se declararon independientes de la reina -y de sus ministros y rehusaron pagar las contribuciones, no tardando -en verse el Gobierno muy apurado de dinero. No se pagaba al ejército -y la guerra languidecía, quiero decir por parte de los _cristinos_; -porque los carlistas la proseguían con mucho vigor; sus _guerrillas_, -en partidas, recorrían el país en todas direcciones, mientras una -fuerza importante, al mando del famoso Gómez, daba la vuelta a -España entera. Para remate de todo, se esperaba una insurrección -en Madrid de un día para otro, y, por precaución, fueron desarmados -los nacionales, medida que aumentó enormemente su odio al Gobierno -_moderado_, y, sobre todo, a Quesada, a quien se atribuyó esa -iniciativa. - -Con respecto a mis asuntos, no desperdiciaba yo ocasión de adelantar -mis pretensiones; pero el secretario aragonés seguía machacando en -el Concilio de Trento, y consiguió frustrar todos mis esfuerzos. Por -las muestras, había contagiado a su jefe sus ideas personales sobre -el asunto, porque el duque, al verme en sus audiencias, no me hacía -más caso que dedicarme una mirada desdeñosa; y en cierta ocasión, -como me adelantase hacia él para hablarle, se escapó por la puerta -más próxima. No le volví a ver desde entonces; me disgustó su modo -de tratarme, y me abstuve de hacer nuevas visitas a la _Casa de la -Inquisición_. El pobre Galiano continuaba dándome pruebas de su -inquebrantable amistad; pero me confesó francamente que no había -ya esperanza de conseguir nada en las altas esferas. «El duque—me -dijo—opina que no puede accederse a su petición; el otro día suscité -el asunto en Consejo, y sacó a relucir los decretos de Trento, y -habló de usted como de un individuo enfadoso e importuno; le respondí -yo con cierta acritud y hubo entre nosotros su poquito de _función_, -de lo que se rió mucho Istúriz. Y entre paréntesis—continuó—, -¿qué necesidad tiene usted de un permiso en regla que, al parecer, -nadie puede otorgar? Lo mejor que puede usted hacer, dadas las -circunstancias, es imprimir la obra, en la inteligencia de que nadie -le molestará a usted cuando intente repartirla. Le aconsejo a usted -encarecidamente que hable con Istúriz acerca del asunto. Yo le -prepararé, y respondo de que le recibirá cortésmente.» - -Pocos días después, en efecto, tuve una entrevista con Istúriz en -su despacho de Palacio; para ser breve, sólo diré que le hallé muy -bien dispuesto en favor de mis planes. «He vivido mucho tiempo en -Inglaterra—dijo—; la Biblia es allí libre, y no veo razón para que -no lo sea en España. No quiero aventurarme a decir que Inglaterra -debe su prosperidad al conocimiento que, más o menos, todos sus -hijos tienen de la Sagrada Escritura; pero estoy cierto de una cosa, -y es que la Biblia no ha causado daño en aquel país, ni creo que -pueda producirlo en España. No deje usted, pues, de imprimirla, y -difúndala por España todo lo posible.» Me retiré muy satisfecho de la -entrevista; si no un permiso escrito de imprimir el libro sagrado, -había obtenido algo que, en cualesquiera circunstancias, consideraba -yo casi equivalente: el tácito convenio de que mis empeños bíblicos -serían tolerados en España; abrigaba la firme esperanza de que, -cualquiera que fuese la suerte del Ministerio, ningún otro, y menos -uno liberal, se atrevería a ponerme obstáculos, sobre todo porque el -embajador inglés era amigo mío y conocía todos los pasos dados por mí -en el asunto. - -Dos o tres cosas relacionadas con mi entrevista con Istúriz me -impresionaron como muy dignas de nota. Primero, la extremada -facilidad con que obtuve audiencia del primer ministro de España. -El portero me hizo pasar de buenas a primeras, sin necesidad de -anunciarme y sin hacerme esperar. Segundo, la soledad reinante en -aquel lugar, tan distinta del bullicio, ruido y actividad observados -por mí mientras aguardaba a ser recibido por Mendizábal. Ya no había -allí afanosos pretendientes en espera de una entrevista con el grande -hombre; si se exceptúa a Istúriz y al empleado, a nadie vi. Pero lo -que me produjo impresión más profunda fué la actitud del ministro, -quien, cuando yo entré, estaba sentado en un sofá con los brazos -cruzados y los ojos clavados en el suelo. Era extremada la depresión -del tono de su voz, melancólico el aire de sus morenas facciones, y, -en general, tenía todo el aspecto de una persona que, para librarse -de las miserias de esta vida, medita el acto de suma desesperanza: el -suicidio. - -Pocos días bastaron para demostrar que, en efecto, a Istúriz le -sobraban motivos para entristecerse: menos de una semana después -estalló la llamada revolución de La Granja. La Granja es un sitio -real enclavado en pinares de la vertiente Norte del Guadarrama, a -unas doce leguas de Madrid. La reina gobernadora Cristina se había -ido a La Granja, por apartarse del descontento de la capital y -gozar del aire campestre y de las delicias de aquel famoso retiro, -monumento del gusto y de la magnificencia del primer Borbón que ocupó -el trono de España. Pero no la dejaron tranquila mucho tiempo; sus -mismos guardias estaban descontentos, inclinándose a los principios -de la Constitución de 1823 (sic), y no a los del gobierno monárquico -absoluto, que los _moderados_ intentaban resucitar en España. Una -madrugada, un grupo de soldados de la guardia, capitaneados por -cierto sargento García, entraron en las habitaciones de la reina y le -pidieron que suscribiese aquella Constitución y jurase solemnemente -mantenerla. Cristina, mujer de mucho temple, rehusó complacerlos y -los mandó marcharse. Siguió una escena violenta y tumultuosa; pero -como la reina se mantenía firme, lleváronla los soldados a uno de -los patios del palacio, donde estaba Muñoz, su amante, atado y con -los ojos vendados. «Jura la Constitución, bribona», vociferaba el -_atezado_ sargento. «Jamás», exclamó la animosa hija de los Borbones -de Nápoles. «Entonces morirá tu _cortejo_», replicó el sargento. -«Adelante, muchachos; preparad las armas, y metedle cuatro balas en -la cabeza a ese individuo.» Sin tardanza pusieron a Muñoz junto al -muro, le obligaron a arrodillarse, alzaron los soldados los fusiles, -y un momento después hubieran enviado al infeliz a la eternidad, -si la reina, olvidándose de todo, menos de los sentimientos de su -corazón de mujer, no se hubiera adelantado dando un chillido y -gritando: «¡Alto, alto! Firmaré...» - -Al día siguiente de este suceso entraba yo en la Puerta del Sol -a eso del mediodía. Siempre hay allí a tales horas gran gentío, -pacífico e inmóvil de ordinario, compuesto de desocupados que fuman -tranquilamente, o escuchan o comentan las noticias—casi siempre -insípidas—de la capital; pero el día de que hablo la multitud no -estaba tranquila. La gente vociferaba y gesticulaba, y muchos -corrían gritando: _¡Viva la Constitución!_; grito que se hubiera -pagado con la vida algunos días antes, porque la ciudad había estado -unas cuantas semanas sometida a los rigores de la ley marcial. A -veces oíanse estas palabras: «_¡La Granja! ¡La Granja!_», seguidas -siempre del grito de: «_¡Viva la Constitución!_» Frente a la _Casa -de Postas_ estaban formados en línea hasta doce dragones a caballo, -algunos de los cuales arrojaban continuamente sus gorras al aire, -sumándose a las aclamaciones generales, animados por el ejemplo de -su comandante, oficial joven y guapo, que blandía la espada y gritaba -con júbilo: «¡Viva la reina constitucional! ¡Viva la Constitución!» - -La multitud engrosaba por momentos; varios nacionales, de uniforme, -pero sin armas, porque, como ya he dicho, se las habían quitado, -aparecieron. De pronto, descubrí entre los grupos a Baltasar, vestido -como la primera vez que le vi: con un gran capote de regimiento, -ya viejo, y la gorra de cuartel. «¿Qué ha sido del Gobierno -_moderado_?—le pregunté—. ¿Han destituído y reemplazado ya a los -ministros?» «Aún no, _don Jorge_—dijo el soldadito y sastre—, aun no; -esos pícaros se sostienen todavía apoyados en Quesada, que es un toro -bravo, y en un poco de infantería que les sigue fiel. Pero no hay -que temer, _don Jorge_; la reina es nuestra, gracias al valor de mi -amigo García; y si el toro bravo se presenta aquí, ¡oh!, _don Jorge_, -verá usted entonces lo que es bueno; vengo prevenido...» Al decir -esto entreabrió el capote y me dejó ver un retaco que llevaba oculto, -pendiente de una correa; y, haciendo un guiño con los ojos, y con la -cabeza un movimiento significativo, se perdió entre la multitud. - -Un instante después vi avanzar un pequeño pelotón de soldados por la -_calle Mayor_, o calle principal que corre desde la Puerta del Sol en -dirección a Palacio; podían ser unos veinte hombres, y a su cabeza -marchaba un oficial con la espada desnuda. Debían de haberlos reunido -con gran precipitación, porque muchos de ellos llevaban traje de -faena y gorra de cuartel. Conforme avanzaban, marchando lentamente, -ni el oficial ni los soldados hacían el menor caso de los gritos de -la multitud, que, agolpándose en torno suyo, no cesaba de vociferar: -«¡Viva la Constitución!»; todo lo más respondían con alguna ojeada -hostil; y marcharon, fruncidas las cejas y apretados los dientes, -hasta llegar frente al pelotón de caballería, donde hicieron alto y -formaron las filas. - -—Estos hombres no traen buenas intenciones—dije a mi amigo D..., -del _Morning Chronicle_, que acababa de reunirse conmigo—. Y tenga -usted por seguro que si se lo mandan, empezarán a hacer fuego sin -mirar dónde dan. Pero ¿en qué están pensando esos dragones, que -evidentemente son del bando contrario, a juzgar por sus gritos? ¿Por -qué, estando detrás de los infantes, no les dan una carga y los -desbaratan? En seguida la gente les quitaría los fusiles. Yo no soy -liberal, pero ya que usted lo es, ¿cómo no se acerca al inexperto -joven que manda los caballos, y le da usted a tiempo un buen consejo? - -D... volvió hacia mí su ancho semblante, coloradote y placentero -como de buen inglés, y dirigiéndome una mirada maliciosa, que -parecía significar... (lo que el amable lector crea más del caso), -me agarró del brazo y dijo: «Salgamos de esta barahunda, y a ver si -se encuentra una ventana donde instalarnos, y desde donde yo pueda -describir lo que suceda en la plaza, porque creo como usted que va -a pasar algo grave.» En el último piso de una casa bastante grande, -frente por frente a la de Correos, había papeles en señal de que se -alquilaban habitaciones; subimos al instante, y contratamos con la -inquilina del _étage_ el uso de la habitación de la calle por aquel -día; atrancamos la puerta, y el reporter requirió cuaderno y lápiz, -dispuesto a tomar notas de los sucesos que ya se cernían sobre la -plaza. - -¡Qué hombres tan extraordinarios son por lo general los -corresponsales de los periódicos ingleses! De seguro que si hay -alguna clase de hombres que merezca llamarse cosmopolita, es -ésta, formada por gente que ejerce su profesión en cualquier país -indistintamente, y se acomoda a voluntad a los usos de todas las -clases sociales; a cuya fluidez de estilo como escritores sólo supera -su facilidad de palabra en la conversación, y a su conocimiento -de las letras clásicas, su experiencia del mundo, adquirida por -una temprana iniciación en el bullicioso teatro de la vida. La -actividad, energía y valor que a veces han de desplegar en sus tareas -informativas, son en verdad notables. En París, durante los tres -días[133], los vi mezclados con la _canaille_ y los _gamins_ detrás -de las barricadas, mientras la metralla llovía por todas partes y -los desesperados coraceros estrellaban sus fogosos caballos contra -unos parapetos tan débiles en apariencia. Allí permanecían, tomando -notas en un cuaderno con tanta tranquilidad como si estuvieran -haciendo información en un mitin de Covent Garden o de Finsbury -Square. En España, varios de ellos acompañan a las _guerrillas_ de -los _cristinos_ o de los carlistas en algunas de sus expediciones más -arriesgadas, exponiéndose al peligro de las balas enemigas, a las -inclemencias del invierno y a los rigores del sol estival. - - [133] Los de la Revolución de julio de 1830. - -Apenas llevábamos cinco minutos en la ventana, cuando oímos de pronto -el ruido de los cascos de unos caballos que bajaban corriendo por la -_calle de Carretas_. La casa en que estábamos se hallaba, como ya he -dicho, enfrente de la de Correos, por cuya izquierda, mirando desde -el Norte, desemboca aquella vía en la _Puerta del Sol_; a medida -que el ruido se acercaba, apagábase el griterío de la multitud, -como si un temor pánico se apoderase de ella; una o dos veces, sin -embargo, percibí estas palabras «¡Quesada! ¡Quesada!» Los soldados -de Infantería permanecieron en calma e inmóviles, pero los de -caballería, y el joven oficial que mandaba, mostraron confusión y -miedo a la vez, cambiando unos con otros palabras precipitadas. - -De pronto, la gente que estaba hacia la desembocadura de la _calle de -Carretas_, retrocedió en desorden, dejando un vasto espacio libre, -en el que al instante se precipitó Quesada a galope tendido, espada -en mano y con uniforme de general, montado en un _pura sangre_ -inglés, bayo claro, con tal ímpetu, que recordaba a un toro manchego -lanzándose al redondel al ver de súbito abierta la puerta del toril. - -Seguíanle muy de cerca dos oficiales a caballo, y, a corta distancia, -otros tantos dragones. Casi en menos tiempo que se emplea en -contarlo, unos cuantos alborotadores rodaron por el suelo a los -pies de los caballos de Quesada y de sus dos amigos, porque los -dragones hicieron alto en cuanto entraron en la _Puerta del Sol_. -Era un hermoso espectáculo ver a tres hombres, a fuerza de valor -y de maestría en la equitación, sembrar el terror en otros tantos -miles, cuando menos. Vi a Quesada meterse a caballo por entre la -densa multitud y luego desembarazarse de ella por modo magistral; el -populacho estaba completamente atemorizado, y retrocedía, retirándose -por la _calle del Comercio_ y la _calle de Alcalá_. Le vi también -lanzarse de golpe contra dos nacionales que intentaban escaparse, -separarlos de la multitud, envolverlos, y empujarlos en otra -dirección, golpeándolos despreciativamente con el sable de plano. -El general gritaba ¡Viva la reina absoluta! cuando, precisamente -debajo de mí, en medio de unos grupos que aún no habían cedido el -campo, acaso porque no tenían por dónde escapar, vi brillar por un -instante el cañón de un trabuco, sonó luego una detonación aguda, y -una bala estuvo a punto de enviar a Quesada al otro mundo: tan cerca -le pasó que le rozó el sombrero. Percibí fugazmente, hacia el sitio -de donde partió el tiro, una gorra de cuartel muy conocida, luego la -gente echó a correr, y el tirador, quienquiera que fuese, desapareció -favorecido por la confusión que se movió. - -Quesada mostró inmenso desprecio ante el peligro que acababa de -correr. Echó en torno suyo una mirada fiera y rápida, y dejando a los -dos nacionales, que se fueron cabizbajos, como perros azotados por su -amo, se dirigió al joven oficial que mandaba la caballería y que tan -activo se había mostrado dando gritos en favor de la Constitución; -díjole unas pocas palabras con gesto amenazador, y el oficial -evidentemente se sometió, pues, obedeciendo tal vez sus órdenes, -resignó el mando del pelotón y se fué muy abatido; hecho esto, -Quesada se apeó, y estuvo paseandose arriba y abajo delante de la -_Casa de Postas_, con un aire que parecía retar a toda la humanidad. - -Aquél fué el día glorioso de la vida de Quesada, y también su día -postrero. Digo ésto, porque nunca se había producido en forma -tan brillante, y porque ya no debía ver el ocaso de otro sol. No -se recuerda acción de conquistador o de héroe alguno que pueda -compararse con esta escena final de la vida de Quesada. ¿Quién, -por sólo su impetuosidad y su desesperado valor ha detenido una -revolución en plena marcha? Quesada lo hizo; contuvo la revolución en -Madrid un día entero, y restituyó las turbas hostiles y alborotadas -de una gran ciudad al orden y a la quietud perfectos. Su irrupción -en la _Puerta del Sol_ fué de un arrojo tan tremendo y oportuno que -no tiene par. Tanta admiración me produjo el valor del «toro bravo», -que durante su acometida grité muchas veces: «_¡Viva Quesada!_», y -le deseé buena fortuna. Esto no quiere decir que yo pertenezca a -ningún partido o sistema político. ¡No! ¡No! He vivido tanto tiempo -con _Romany Chals_[134] y _Petulengres_[135] que no puedo tener -más política que la política de los gitanos, y bien sabido es que -al llegar las elecciones, los hijos de Roma se declaran por los -dos bandos opuestos, mientras el resultado es dudoso, augurando el -triunfo a los dos; y cuando la pelea concluye y la batalla está -ganada, se alistan sin falta en las filas del vencedor. Pero, lo -repito, mi interés por Quesada nació al contemplar la firmeza de su -corazón y su maestría de jinete. La tranquilidad quedó restablecida -en Madrid para el resto del día; el pelotón de infantes vivaqueó en -la _Puerta del Sol_. No se oyeron más gritos de viva la Constitución; -la revuelta parecía efectivamente dominada en la capital. Es lo más -probable que si los jefes del partido _moderado_ llegan a tener -confianza en sí mismos por cuarenta y ocho horas más, su causa -hubiera triunfado y los soldados revolucionarios de La Granja se -hubieran dado por contentos devolviendo a la reina su libertad y -aceptando una avenencia, porque se sabía que varios regimientos -leales se acercaban a Madrid. - - [134] _Romano Chal_, gitano. - - [135] Palabra compuesta del griego moderno πέταλον y del - sánscrito _kara_; significa literalmente «_Señor_ de la - herradura», o sea el _hacedor_ de ellas; es una de las - denominaciones secretas de «Los forjadores», tribu de los gitanos - ingleses. (Nota de Borrow). Petulengro y Petalengro (en gitano - inglés) forjador de herraduras. (Glosario de Burke). - -Pero los _moderados_ no tuvieron confianza; aquella misma noche sus -corazones desfallecieron y huyeron en varias direcciones: Istúriz -y Galiano, a Francia; el duque de Rivas, a Gibraltar. El pánico de -los colegas contagió al mismo Quesada, que huyó vestido de paisano. -Pero no tuvo tanta suerte como los otros: reconocido en una aldea, a -tres leguas de Madrid, fué preso por unos amigos de la Constitución. -En el acto se envió a la capital noticia de la captura, y una -copiosa turba de nacionales, los unos a pie, los otros a caballo, -algunos en carruajes, se puso en marcha al instante. «Vienen los -nacionales»—dijo un _paisano_ a Quesada. «Entonces—respondió—estoy -perdido»; y luego se preparó para la muerte. - -Hay en la calle de Alcalá, de Madrid, un café famoso[136] capaz para -varios cientos de personas. En la tarde de aquel mismo día estaba yo -sentado en el café consumiendo una taza del oscuro brebaje, cuando -sonaron en la calle ruidos y clamores estruendosos; causábanlos -los nacionales, que volvían de su expedición. A los pocos minutos -entró en el café un grupo de ellos; iban de dos en dos, cogidos del -brazo, y pisaban recio a compás. Dieron la vuelta al espacioso local, -cantando a coro con fuertes voces la siguiente bárbara copla: - - ¿Qué es lo que abaja - por aquel cerro? - Ta ra ra ra ra. - Son los huesos de Quesada, - que los trae un perro. - Ta ra ra ra ra. - - [136] Era el Café Nuevo (Knapp). - -Pidieron después un gran cuenco de café, y, colocándolo sobre -una mesa, los nacionales se sentaron en torno. Hubo un momento -de silencio, interrumpido por una voz tonante: «_¡El pañuelo!_» -Sacaron un pañuelo azul, en el que llevaban algo envuelto; lo -desataron, y aparecieron una mano ensangrentada y tres o cuatro dedos -seccionados, con los que revolvían el contenido del cuenco. «¡Tazas, -tazas!»—gritaron los nacionales... - -—¡Eh! _Don Jorge_—gritó Baltasarito, viniendo hacia mí con una taza -de café—, hágame usted el obsequio de beber por este suceso glorioso. -Hoy es un día afortunado para España y para los valientes nacionales -de Madrid. He visto más de una _función_ de toros, pero ninguna me ha -causado tanto placer como ésta. Ayer el toro hizo de las suyas, pero -hoy los _toreros_ han podido más, como usted ve, _don Jorge_. Hágame -el favor de beber; ahora voy a ir en una carrera a mi casa a buscar -mi _pajandi_ para divertir a compañeros tocando y cantar una copla. -¿Qué copla? ¿Una copla en _gitano_? - - Una noche sinava en tucue[137]. - - [137] Una noche, estando contigo. - -¿Mueve usted la cabeza, _don Jorge_? ¡Ja, ja, ja! Soy joven, y la -juventud es la edad de las diversiones. Bueno, bueno; en obsequio a -usted, que es inglés y _monró_[138], no cantaré eso, sino una canción -liberal patriótica: el himno de Riego. _¡Hasta después, don Jorge!_ - - [138] Amigo. - - - - -CAPÍTULO XV - - El vapor.—El cabo de Finisterre.—La tormenta.—Llegada a Cádiz.—El - Nuevo Testamento.—Sevilla.—Itálica.—El anfiteatro.—Los presos.—El - encuentro.—El barón Taylor.—La calle y el desierto. - - -En los primeros días de noviembre[139] surqué de nuevo el mar con -rumbo a España. Había vuelto a Inglaterra poco después de los sucesos -referidos en el capítulo anterior, con objeto de consultar a mis -amigos y trazar el plan de mi campaña bíblica en España. Resolvimos -imprimir en Madrid el Nuevo Testamento lo antes posible, y se convino -que yo me encargaría de la tarea un tanto ardua de distribuirlo. -Breve fué mi estancia en Inglaterra; el tiempo era precioso y ansiaba -yo encontrarme de nuevo en el campo de acción. Me embarqué en el -Támesis, a bordo del vapor _M..._ La travesía hasta Falmouth fué muy -desagradable. El barco iba atestado de pasajeros, pobres tísicos en -su mayoría o gente valetudinaria que huía de las frías celliscas -invernales de Inglaterra a las costas soleadas de Portugal y Madeira. -Nunca me ha cabido en suerte viajar en un barco más incómodo, -sobre todo de vapor. Los camarotes eran muy pequeños y faltos de -ventilación; el mío era de los peores, porque los demás estaban -tomados desde antes de llegar yo a bordo; para evitar la asfixia -que me amenazaba en cuanto entraba en él, hice el viaje echado en -el suelo de una de las cámaras. Estuvimos en Falmouth veinticuatro -horas, haciendo carbón y reparando la máquina, que tenía desperfectos -importantes. - - [139] 1836. - -El lunes 7 zarpamos con rumbo al golfo de Vizcaya. Había mar gruesa, -el viento era fuerte y contrario; sin embargo, en la mañana del -cuarto día teníamos a la vista las rocas de la costa Norte del cabo -de Finisterre. Debo hacer notar aquí que este viaje era el primero -que el capitán hacía a bordo de nuestro barco y que conocía muy poco -o nada la costa a que nos dirigíamos. Le buscaron a última hora, -apresuradamente, porque su predecesor renunció el mando, fundándose -en que el barco no podía aguantar la mar y en las frecuentes averías -de la máquina. Si yo hubiera sabido todo esto al ver que el barco se -acercaba cada vez más a la costa, hasta colocarse a unos cientos de -varas de distancia de ella, mi alarma hubiese sido mucho mayor de -lo que fué. No dejé, con todo, de sentir profunda sorpresa, pues -como las dos veces que había cruzado por allí en barco de vapor, -había visto el cuidado con que los capitanes se mantenían lejos de -la costa, no pude adivinar la razón de aproximarnos tanto a una zona -peligrosísima. El viento soplaba con fuerza hacia la costa, si puede -llamarse así a los abruptos y escarpados precipicios en que rompía -la marejada con fragor de trueno, alzando nubes de espuma y de agua -pulverizada a la altura de una catedral. Fuimos costeando lentamente, -y doblamos varios elevados promontorios, apilados algunos por la mano -de la naturaleza en formas muy fantásticas. Al anochecer, teníamos -cerca por la proa el cabo de Finisterre, escarpada y sombría montaña -de granito, cuya ceñuda cima pueden ver desde muy lejos cuantos -atraviesan el Océano. La corriente en aquellos parajes era terrible, -y aunque las máquinas trabajaban con toda su fuerza avanzábamos poco -o nada. - -A eso de las ocho de la noche, el viento se convirtió en huracán, el -trueno retumbó pavorosamente, y la única luz que alumbraba nuestro -camino era la de las rojas culebrinas expelidas a intervalos de su -seno por las nubes gruesas y negras que rodaban a poca altura sobre -nuestras cabezas. Hacíamos los mayores esfuerzos para doblar el cabo, -que a la luz de los relámpagos surgía a sotavento, iluminado por las -frecuentes exhalaciones que vibraban en torno de su cima, cuando, de -súbito, la máquina se rompió con un gran crujido, y las palas de que -pendía nuestra existencia dejaron de funcionar. - -No intentaré pintar la escena de horror y confusión que se produjo; -puede ser imaginada, pero no descrita. El capitán—justo es -reconocerlo—desplegó la mayor frialdad e intrepidez; tanto él como -la tripulación hicieron todo lo imaginable por arreglar la máquina, -y cuando vieron la inutilidad de sus esfuerzos izaron las velas y -realizaron todas las maniobras posibles para salvar el barco de una -destrucción inminente. Pero nada aprovechaba; por desgracia, teníamos -la costa a sotavento, y hacia ella nos impelía la rugiente tempestad. -Me hallaba yo en tales instantes cerca del timón y pregunté al -timonel si había alguna esperanza de salvar el barco, o al menos -nuestras vidas. «La situación es apurada, señor—me respondió—. Con -esta mar los botes zozobrarán en un minuto; antes de una hora el -barco chocará contra el Finisterre, donde el buque de guerra más -fuerte del mundo se haría pedazos instantáneamente. Ninguno de -nosotros verá el día de mañana.» De igual modo, el capitán informó -a los demás pasajeros del peligro que corríamos y les dijo que se -preparasen; ordenó luego cerrar las escotillas y que no se permitiese -a nadie permanecer sobre cubierta; yo seguí en mi puesto, no -obstante, casi ahogado por el agua de las inmensas olas que rompían -contra el barco por barlovento y lo anegaban. Las pipas de agua -potable se soltaron de sus amarras, y una de ellas me tiró al suelo -y aplastó un pie al desdichado timonel, cuyo puesto ocupó en el acto -el capitán. Estábamos ya cerca de las rocas, cuando los elementos -entraron en hórrida convulsión. Los relámpagos nos envolvían con sus -resplandores; los truenos retumbaban con el fragor de un millón de -cañones; el Océano parecía vomitar sus heces más profundas, cuando, -en medio de tal desquiciamiento, el vendaval saltó súbitamente de -cuadrante y nos apartó de la horrible costa aún más de prisa que nos -había empujado hacia ella. - -Los marineros más viejos de a bordo reconocieron que nunca se habían -librado de la muerte por modo tan providencial. Desde el fondo de mi -corazón dije: «Padre nuestro, santificado sea tu nombre.» - -Al día siguiente estuvimos a punto de naufragar, porque con la -gran marejada nuestro barco, no destinado para navegar a la vela, -trabajaba mucho y hacía agua. Las bombas funcionaron sin cesar. -También tuvimos fuego a bordo, pero se logró sofocarlo. Por la -tarde, la máquina de vapor quedó parcialmente arreglada, y el día 13 -llegamos a Lisboa, donde en pocos días se terminaron las reparaciones -necesarias. - -En Lisboa encontré a mi excelente amigo W.[140] bueno y sano. -Durante mi ausencia había trabajado lo posible para fomentar la -venta del libro sagrado en portugués; su celo y aplicación eran, en -verdad, admirables. Por desgracia, las perturbaciones sufridas por -el país en los seis últimos meses habían estorbado sus esfuerzos. -Los ánimos de las gentes estaban tan preocupados con la política, -que no les quedaba apenas tiempo para pensar en su salvación. La -historia política de Portugal presenta en estos últimos tiempos un -sorprendente paralelo con la del país vecino. En ambos, la corte -y el partido democrático han luchado por la supremacía; en ambos -ha triunfado el último, y dos personas de viso han caído víctimas -del furor popular: Freire, en Portugal, y Quesada, en España. Las -noticias de este país, que recibí en Lisboa, eran pésimas. Las -hordas de Gómez devastaban Andalucía, que yo estaba a punto de -visitar de paso para Madrid; los carlistas habían saqueado a Córdoba, -y ocupádola tres días, abandonándola después. Me dijeron que si -persistía en entrar en España por donde me había propuesto, caería -probablemente en manos de los facciosos en Sevilla. No me arredré, a -pesar de todo, con plena confianza en que el Señor me abriría camino -hasta Madrid. - - [140] Era un comerciante, John Wilby, representante de la - Sociedad Bíblica (Knapp). - -Reparadas las averías del barco, subimos de nuevo a bordo, y en -dos días llegamos sin novedad a Cádiz. Reinaba en la ciudad gran -confusión. Decíase que por los alrededores campaban numerosas -partidas carlistas. Era de temer un ataque y acababa de proclamarse -en la ciudad el estado de sitio. Me alojé en el hotel Francés, en la -_calle de la Niveria_,[141] y me dieron para dormir una especie de -desván o _guardilla_, pues la casa, famosa por su excelente _table -d’hôte_, estaba llena de huéspedes. Me vestí y salí a dar una vuelta -por la ciudad. Entré en varios cafés; el ruido de las conversaciones -era en todos ensordecedor. En uno de ellos, seis oradores nada menos -hablaban al mismo tiempo; el tema era la situación del país y las -probabilidades de una intervención franco-inglesa. De pronto, el -orador a quien yo escuchaba, me pidió mi opinión por ser extranjero -y, al parecer, recién llegado. Contesté que no podía aventurarme a -adivinar los planes de aquellos Gobiernos en tales circunstancias; -pero que, en mi opinión, no sería malo que los españoles se -esforzasen algo más por su parte y llamasen menos a Júpiter en su -ayuda. Como no tenía ganas de hablar de política me fuí en seguida -del café, en busca de los barrios donde vive principalmente la clase -baja. - - [141] Se alojó en la Posada Francesa, en la calle de San - Francisco y de la Neveria, hoy Hotel de París (Knapp). - -Entré en conversación con varios individuos; pero a todos los -encontré muy ignorantes; ninguno sabía leer ni escribir, y sus -ideas religiosas no eran nada satisfactorias; los más profesaban un -indiferentismo completo. Fuí después a una librería, e hice algunas -preguntas acerca de la demanda de libros de literatura; dijéronme -que era muy escasa. Mostré un ejemplar de una edición londinense -del Nuevo Testamento en español, y pregunté al librero si, en su -opinión, un libro de tal especie tendría venta en Cádiz; respondió -que el papel y la impresión eran magníficos; pero que era un libro -nada buscado y muy poco conocido. No proseguí mis averiguaciones -en otras librerías, pensando que, probablemente, ningún librero me -daría buenos informes de una publicación en que no estaba interesado. -Además, yo sólo tenía dos o tres ejemplares del Nuevo Testamento, y -no hubiera podido servir ningún pedido, aunque me lo hubiesen hecho. - -El día 24, muy temprano, me embarqué para Sevilla en el vaporcito -español _Betis_. La mañana era húmeda, y la densa niebla que envolvía -el paisaje me impidió observar aquellos contornos. A las seis leguas -de recorrido llegamos a la punta Noreste de la bahía de Cádiz y -pasamos junto a Sanlúcar, ciudad antigua, próxima a la desembocadura -del Guadalquivir. De pronto la niebla se deshizo, y el sol de -España fulguró radiante, animándolo todo, y en especial a mí, que -yacía sobre cubierta en lánguido y melancólico estupor. Entramos -en «El gran río», que tal es la traducción de _Wady al Kebir_, -nombre dado por los moros al antiguo Betis. Anclamos durante unos -minutos en Bonanza, pueblecito situado en la terminación del primer -brazo del río; tomamos varios pasajeros y continuamos el viaje. El -Guadalquivir no ofrece nada de gran interés a los ojos del viajero: -las márgenes son bajas, sin árboles; el país adyacente, raso; sólo a -gran distancia se columbra la cadena azul de unas _sierras_ altas. -El agua es turbia y fangosa, muy parecida por el color a la de un -cenagal. La anchura media del cauce es de 150 a 200 varas. Pero es -imposible viajar por este río sin recordar que por él navegaron -romanos, vándalos y árabes, y que ha presenciado sucesos de universal -resonancia, cantados en poesías inmortales. Fuí repitiendo versos -latinos y fragmentos de romances viejos españoles hasta que llegamos -a Sevilla, a eso de las nueve de una hermosa noche de luna. - -Sevilla encierra noventa mil habitantes, y está situada en la -orilla oriental del Guadalquivir, a unas diez y ocho leguas de -la desembocadura; la cercan elevadas murallas moriscas bien -conservadas, y tan sólidamente construídas, que probablemente -desafiarán aún por muchos siglos las injurias del tiempo. Los -edificios más notables son la catedral y el Alcázar, o palacio de los -reyes moros. La torre de la catedral, llamada La Giralda, pertenece a -la época de los moros, y formó parte de la gran mezquita de Sevilla; -se calcula su altura en unos ciento quince metros, y se sube hasta -el remate, no por escalera, sino por una rampa abovedada a manera -de plano inclinado. La rampa es muy poco empinada, de suerte que -puede subirse por ella a caballo, proeza cumplida, según dicen, por -Fernando VII. Desde lo alto de la torre se descubre una vista muy -extensa, y en días claros se columbra la Sierra de Ronda, aunque -dista más de veinte leguas. La catedral, insigne monumento gótico, -pasa por ser el más hermoso de su género en España. En las capillas -dedicadas a diferentes santos están algunos de los cuadros más -espléndidos que el arte español ha producido; la catedral de Sevilla -es ahora más rica en pinturas de primer orden que nunca lo fué, -porque han llevado a ella muchos lienzos de los conventos suprimidos, -especialmente de Capuchinos y San Francisco. - -Todo el que visite Sevilla debe dedicar especial atención al Alcázar, -espléndido ejemplar de la arquitectura mora. Contiene muchos salones -magníficos, especialmente el llamado de Embajadores, superior en -todos aspectos al del mismo nombre de la Alhambra de Granada. Este -palacio fué la residencia favorita de Pedro el Cruel, quien lo -restauró con cuidado sin alterar su carácter ni disposición moriscos. -Probablemente permanece en un estado poco distinto del que tenía a la -muerte de aquel rey. - -En la orilla derecha del río se halla Triana, importante arrabal que -se comunica con Sevilla por un puente de barcas, porque a causa de -las violentas inundaciones a que está sujeto el río no hay puente -permanente sobre el Guadalquivir. En el arrabal vive la hez de la -población, y abundan los gitanos. Como a legua y media hacia el -Noroeste se encuentra el pueblo de Santiponce; a los pies y en la -ladera de una colina que hay más arriba, se ven las ruinas de la -antigua Itálica, cuna de Silio Itálico y de Trajano, de quien el -barrio de Triana deriva su nombre. - -Una hermosa mañana me encaminé allá, y después de subir a la colina -dirigí mis pasos hacia el Norte. No tardé en llegar a los que en -otro tiempo fueron los baños, y andando un poco más al anfiteatro, -enclavado entre las suaves laderas de una especie de hondonada. El -anfiteatro es, con mucho, la reliquia más importante de Itálica; es -de forma oval, y tiene sendas puertas de entrada al Este y al Oeste. - -Vense por todas partes restos de la gradería de piedra gastada por el -tiempo, desde la que millares de seres humanos contemplaban antaño la -arena donde los gladiadores clamaban y los leones y leopardos rugían; -todo alrededor, debajo de la gradería, hay una excavación abovedada -desde la que, por diversas puertas, los hombres y las fieras se -lanzaban al combate. Muchas horas pasé en sitio tan singular, -abriéndome paso a través de las hierbas y arbustos silvestres para -llegar a las cavernas, albergue ahora de víboras y otros reptiles, -cuyos silbidos oí. - -Satisfecha mi curiosidad, dejé las ruinas, y volviendo por otro -camino llegué a un sitio donde yacía un caballo muerto medio -devorado; sobre él se posaba un buitre enorme de ojos brillantes, -que, al acercarme, alzó pausadamente el vuelo y fué a posarse en la -puerta oriental del anfiteatro, donde lanzó un grito ronco, como de -cólera, por haberle interrumpido el festín de carroña. - -Gómez no había atacado aún a Sevilla; cuando yo llegué decíase -que andaba por los alrededores de Ronda. La ciudad estaba sobre -las armas; tapiáronse varias puertas, se abrieron trincheras, se -levantaron reductos; pero estoy convencido de que la ciudad no -hubiera resistido seis horas un ataque vigoroso. Gómez había mostrado -ser un hombre de lo más extraordinario; con su pequeño ejército de -aragoneses y vascos dió, en los últimos cuatro meses, la vuelta a -España. Muchas veces se vió rodeado por fuerzas triples en número -que las suyas y en lugares donde se tenía por imposible que pudiese -escapar; pero siempre había chasqueado a sus enemigos, de los que -parecía reírse. La Prensa de Sevilla publicaba continuamente noticias -absurdas de victorias ganadas contra Gómez; entre otras cosas se -dijo que su ejército había sido exterminado, muerto el mismo Gómez, -y que mil doscientos prisioneros estaban en camino de Sevilla. Yo -vi a los prisioneros: en lugar de mil doscientos desesperados, vi -pasar una veintena de miserables, aspeados, harapientos, muchos de -ellos mozalbetes de catorce a diez y seis años. Eran, evidentemente, -merodeadores que, no pudiendo seguir al ejército, se habían dejado -coger desperdigados por montes y llanos. Luego se supo que no se -había dado batalla alguna contra Gómez, y que su muerte era una -fantasía. El gran defecto de Gómez era no saber aprovecharse de las -circunstancias; después de derrotar a López pudo haber marchado sobre -Madrid y proclamar allí a don Carlos; después del saqueo de Córdoba -pudo haberse apoderado de Sevilla. - -Había en Sevilla varias librerías, en dos de las cuales encontré -ejemplares del Nuevo Testamento en español, traídos de Gibraltar dos -años antes, habiéndose vendido en ese lapso de tiempo seis ejemplares -en una de las librerías, y cuatro en la otra. En mis paseos por -la ciudad y sus cercanías me acompañaba generalmente un genovés -de edad provecta que desempeñaba en la Posada del Turco, donde yo -vivía, algo así como las funciones de _valet de place_. Al saber que -yo me proponía imprimir en Madrid el Nuevo Testamento, díjome que -en Andalucía podría colocarse buen número de ejemplares. «Conozco -el comercio de libros—continuó—. En otros tiempos tuve en Sevilla -una pequeña librería. En un viaje que hice a Gibraltar adquirí -varios ejemplares de la Escritura, y aunque parte de ellos me los -confiscaron los empleados de la Aduana, pude vender los otros a buen -precio y me quedó una ganancia considerable.» - -Volvía yo de cierta excursión por el campo, una gloriosa y radiante -mañana del invierno andaluz, y me dirigía a la posada, cuando al -pasar junto al portal de una casona lóbrega, cerca de la puerta de -Jerez, dos individuos, vestidos con _zamarras_, salieron de la casa a -la calle; ya iban a cruzarse conmigo, pero uno de ellos, mirándome a -la cara, retrocedió vivamente, y en un francés purísimo y armonioso -exclamó: «¿Qué es lo que veo? Si mis ojos no me engañan es él; sí, el -mismo a quien vi por vez primera en Bayona, y mucho tiempo después -bajo los muros de ladrillo de Novogorod; luego junto al Bósforo, y -más tarde en... en... Mi querido y respetable amigo: ¿dónde tuve yo -la fortuna de ver últimamente su inolvidable y singular fisonomía?» - -YO.—Fué en el Sur de Irlanda, si no me engaño. Allí le presenté a -usted al brujo que domaba potros con sólo murmurarles unas palabras -al oído. Pero ¿qué le trae a usted por Andalucía? Aquí es donde menos -podía yo esperar encontrarle a usted. - -EL BARÓN TAYLOR.—Y ¿por qué razón, mi respetable amigo? ¿No es -España la tierra del arte? Y dentro de España, ¿no es Andalucía -la región donde el arte ha producido sus monumentos más bellos -e inspirados? Ya me conoce usted lo bastante para saber que mi -pasión son las artes, y que no concibo placer más elevado que el de -contemplar con arrobamiento un hermoso cuadro. Venga usted conmigo, -puesto que usted tiene también un alma noble y sensible capaz de -apreciar lo bello; venga usted conmigo y le enseñaré un cuadro de -Murillo que... Pero antes permítame usted que le presente a un -compatriota suyo. Querido señor W.—dijo volviéndose a su compañero, -un caballero inglés que, como toda su familia, me colmó más adelante -de infinitas atenciones y obsequios en mis diversos viajes a -Sevilla—: permítame usted que le presente a mi amigo más querido -y respetado, hombre que conoce las costumbres de los gitanos mejor -que el _Chef des Bohémiens à Triana_, consumado caballista, y que, -lo digo en honor suyo, maneja el martillo y las tenazas, y hierra un -caballo como el mejor herrero de la Alpujarra.[142] - - [142] El amigo del barón Taylor era John Wetherell, hijo de un - famoso curtidor de pieles de igual nombre. En 1874 el gobierno - español indujo a John Wetherell a establecer en Sevilla una - manufactura de curtidos finos, concediéndole para su instalación - el convento de Jesuítas y una extensión de terreno; le aseguró - además ciertos privilegios y contratas para el ejército. - Wetherell llevó a Sevilla máquinas y obreros ingleses; pero la - empresa se hundió porque el gobierno no pagó las contratas y - retiró la protección ofrecida. Wetherell murió arruinado. (Knapp). - -En el curso de mis viajes he adquirido muchas amistades y relaciones; -pero ninguna tan interesante como la del barón Taylor; por nadie -siento yo consideración ni estima más altas. A sus relevantes prendas -personales y a sus cultivados talentos, reúne un corazón de tan -rara bondad que continuamente le induce a buscar las ocasiones de -hacer bien a sus semejantes y de contribuir a su felicidad; acaso no -existe quien conozca mejor que él la vida y el mundo en sus múltiples -aspectos. Sus hábitos y modales son de la más exquisita elegancia -y fina cortesía; pero su condición es tan flexible que se acomoda -de buen grado a todo género de compañía, por lo que es acogido -dondequiera con predilección. Hay un misterio en su vida que aumenta -en no pequeño grado la impresión que sus méritos personales producen -en todas partes. - -Nadie puede decir, con positivo fundamento, quién es el barón -Taylor; se susurra que es un retoño de sangre real; y ¿quién -puede, en efecto, contemplar por un momento su graciosa figura, -su rostro inteligente y de líneas tan características, sus ojos -grandes y expresivos, sin convencerse de que no es un hombre vulgar -ni de vulgar linaje? Aunque por su talento y elocuencia hubiera -podido alcanzar rápidamente una elevada posición en el Estado, se -ha contentado hasta ahora, quizás sabiamente, con una relativa -oscuridad, dedicándose por modo principal al estudio de las artes -y de la literatura, de las que es liberal protector. Con todo, la -ilustre casa a que, según se dice, pertenece, le ha mandado con -misiones importantes y delicadas a diferentes países, y en todas ha -visto sus esfuerzos coronados por el buen éxito más completo. Cuando -yo le encontré en Sevilla estaba coleccionando obras maestras de -pintura española para adornar los salones de las Tullerías. - -El barón Taylor ha visitado la mayor parte del globo, y es cosa -notable que siempre estamos encontrándonos en los lugares más -imprevistos y en circunstancias singulares. Dondequiera que me -encuentra, sea en la calle o en el desierto, sea en un salón -brillante o entre las _haimas_ de los beduínos, sea en Novogorod o en -Stambul, exclama, alzando los brazos: «_¡O ciel!_ ¡Otra vez tengo la -fortuna de ver a mi querido y respetabilísimo amigo Borrow!» - - - - -CAPÍTULO XVI - - Salida para Córdoba.—Carmona.—Las colonias alemanas.—El - idioma.—Un caballo haragán.—El recibimiento nocturno.—El posadero - carlista.—Buen consejo.—Gómez.—El genovés viejo.—Las dos - opiniones. - - -Después de estar unos quince días en Sevilla salí para Córdoba. Hacía -ya algún tiempo que no circulaba la diligencia, debido al turbulento -estado de la provincia. No tuve, pues, más remedio que hacer el viaje -a caballo. Tomé dos en alquiler y ajusté al genovés viejo, de quien -ya he hablado, para que me acompañase hasta Córdoba y se volviera -después con las cabalgaduras. Aunque estábamos en pleno invierno, el -tiempo era despejado, los días soleados y radiantes, si bien por las -noches se dejaba sentir el frío. Pasamos por Alcalá, ciudad pequeña, -famosa por las ruinas de un inmenso castillo moro, que desde lo alto -de una colina rocosa domina un río pintoresco. La primera noche -dormimos en Carmona, otra ciudad mora, a siete leguas de Sevilla. -Muy de mañana montamos de nuevo y partimos. Acaso no haya en toda -España un monumento de los antiguos moros tan hermoso como el lado -oriental de esta ciudad de Carmona, sita en la cima de un alto cerro, -mirando a una extensa _vega_, inculta leguas y leguas, donde sólo se -crían jaras y _carrasco_. Por aquella parte se levantan unas sombrías -murallas, muy altas, con torres cuadradas a muy cortos intervalos, -y de tan sólida estructura que parecen desafiar las injurias del -tiempo y de los hombres. En la época de los moros esta ciudad era -considerada como la llave de Sevilla, y no se sometió a las armas -cristianas sin sufrir un largo y desesperado asedio; la toma de -Sevilla siguió poco después. La _vega_, en que a la sazón entrábamos, -forma parte del gran _despoblado_ de Andalucía, antaño risueño -jardín, transformado en lo que ahora es desde que por la expulsión -de moros de España fué sangrada esta tierra de la mayor parte de su -población. Desde aquí hasta Sierra Morena, que separa la Mancha y -Andalucía, las ciudades y pueblos son escasos, muy apartados unos -de otros, y aun algunos de ellos datan sólo de mediados del pasado -siglo, cuando un ministro español intentó poblar este desierto con -hijos de un país extranjero. - -A eso de mediodía llegamos a un sitio llamado Moncloa, donde hay una -_venta_ y un edificio de aspecto desolado con cierta apariencia de -_château_; una palmera solitaria yergue su cabeza por encima del muro -exterior. Entramos en la _venta_, atamos los caballos al pesebre, y -después de mandar que los echaran un pienso fuimos a sentarnos a la -lumbre. El ventero y su mujer vinieron también a sentarse a nuestro -lado. «Esta gente es muy mala—me dijo el viejo genovés en italiano—; -como la casa, nido de ladrones; algunas muertes se han cometido en -ella, si es verdad todo lo que se cuenta». Miré con atención a los -venteros: eran jóvenes; el marido representaba veinticinco años; era -un patán de corta estatura, muy recio, sin duda alguna de prodigiosa -fuerza; tenía correctas facciones, pero de expresión sombría, y en -sus ojos brillaba un fuego maligno. Su mujer se le asemejaba un poco, -pero su semblante era más abierto y parecía de mejor humor; lo que -más me chocó en la ventera fué el color de su pelo, castaño claro, y -su tez, blanca y sonrosada, tan diferentes del pelo negro y atezado -rostro que en general distinguen a los naturales de la provincia. -«¿Es usted andaluza?—pregunté a la ventera—. Casi estoy por decir que -me parece usted alemana». - -LA VENTERA.—No se equivocaría mucho su merced. Es verdad que soy -española, pues en España he nacido; pero también es verdad que soy -de sangre alemana, puesto que mis abuelos vinieron de Alemania, así -como la de este caballero, mi señor y marido. - -YO.—¿Y cómo fué venir sus abuelos de usted a este país? - -LA VENTERA.—¿No ha oído nunca su merced hablar de las colonias -alemanas? Hay bastantes por estas partes. En tiempos antiguos el -país estaba casi desierto, y era muy peligroso viajar por él, debido -a muchos ladrones. Hará cien años, un señor muy poderoso envió -mensajeros a Alemania para decir a la gente de allá que estas tierras -tan buenas estaban sin cultivo por falta de brazos, y prometiendo a -cada labrador que quisiera venir a labrarlas una casa y una yunta -de bueyes, con lo necesario para vivir un año. De resultas de esta -invitación muchas familias pobres de Alemania vinieron a establecerse -en ciertos pueblos y ciudades prevenidos para el caso, que aún llevan -el nombre de Colonias Alemanas. - -YO.—¿Cuantas habrá? - -LA VENTERA.—Varias. Unas por este lado de Córdoba y otras al otro. -La más próxima es Luisiana, que está de aquí dos leguas; de allá -venimos mi marido y yo. La siguiente es Carlota, a unas diez leguas -de distancia; esas son las dos únicas que yo he visto; pero hay otras -más lejos, y algunas, según he oído decir, están en el riñón de la -sierra. - -YO.—¿Hablan todavía los colonos el idioma de sus antepasados? - -LA VENTERA.—Sólo hablamos español, o más bien andaluz. Verdad que -algunos, muy viejos, saben unas pocas palabras de alemán aprendidas -de sus padres, nacidos en aquella tierra; pero la última persona de -la colonia capaz de entender una conversación en alemán fué la tía -de mi madre, porque vino aquí de muy joven. Siendo yo una chica, -recuerdo haberla oído hablar con un viajero, compatriota suyo, en -una lengua que me dijeron era el alemán; se entendían, pero la vieja -confesaba que se le habían olvidado muchas palabras; ya hace años que -se ha muerto. - -YO.—¿De qué religión son los colonos? - -LA VENTERA.—Son cristianos, como los españoles, como antes lo -fueron sus padres. Por cierto he oído decir que venían de unas partes -de Alemania donde la religión se practica mucho más que en la misma -España. - -YO.—Los alemanes son el pueblo más honrado de la tierra, y como -ustedes son sus legítimos descendientes claro está que los robos -serán aquí desconocidos. - -La ventera me echó una rápida mirada, miró después a su marido y -sonrió; el ventero, que hasta entonces había estado fumando sin -proferir palabra, aunque con semblante singularmente adusto y -descontento, arrojó la punta del cigarro a la lumbre, se puso en pie -y, murmurando: _¡Disparate! ¡conversación!_, se marchó. - -«Ha ido usted a poner el dedo en la llaga, _signore_—dijo el genovés -cuando ya habíamos dejado atrás Moncloa—. Si fueran gente honrada no -podrían tener esa _venta_. Yo no sé cómo serían los colonos cuando -llegaron aquí; pero lo que es ahora, sus costumbres no son ni pizca -mejores que las de andaluces, y acaso sean algo peores, si es que hay -entre ellos alguna diferencia». - -A los tres días de salir de Sevilla, ya cerca de anochecer, llegamos -a la _Cuesta del Espinal_, a unas dos leguas de Córboba, desde donde -pudimos columbrar los muros de la ciudad, bañados por los últimos -rayos del sol poniente. Como aquellos contornos estaban, según -me dijo el guía, infestados de bandidos, hicimos lo posible por -llegar a la población antes de cerrar la noche. No lo conseguimos, -empero, y antes de recorrer la mitad de la distancia nos envolvieron -densas tinieblas. La ruindad de los caballos nos había retrasado -considerablemente durante el viaje; sobre todo, el caballo de mi -guía era insensible al látigo y a la espuela; además, el genovés no -era jinete, y acabó por confesar que hacía treinta años no montaba -a caballo. Los caballos conocen en seguida las facultades de quien -los monta, y el del genovés resolvió aprovecharse de la timidez y -debilidad del pobre viejo. Pero casi todo tiene remedio en este -mundo. Cansado de andar a paso de tortuga, até las riendas del -caballo remolón a la grupa del mío, y sin escatimar espolazos ni -palos le obligué a salir al trote o cosa así, y el otro no tuvo más -remedio que aligerar los remos. Por dos veces intentó arrojarse -al suelo, con gran espanto de su anciano jinete, que me suplicaba -una y otra vez que hiciese alto y le permitiera apearse; pero yo, -sin hacerle caso, continué dando espolazos y palos con infatigable -energía y tan buen éxito que en menos de media hora vimos unas luces -muy cerca de nosotros, y al instante llegamos a un río, cruzamos un -puente, encontrándonos a la puerta de Córdoba sin habernos roto la -nuca ni haberse perniquebrado los caballos. - -Atravesamos toda la ciudad para llegar a la _posada_; las calles -estaban oscuras y casi desiertas. La _posada_ era un vasto edificio, -de cuyas ventanas, bien defendidas con _rejas_, no se escapaba el -menor rayo de luz; el silencio de la muerte parecía envolver no sólo -la casa, sino la calle entera. Largo rato golpeamos la puerta sin -obtener contestación; entonces comenzamos a llamar a voces. Al cabo -alguien nos preguntó desde dentro lo que queríamos. «Abra usted la -puerta y lo verá», respondí. «No haré tal—replicó el de dentro—hasta -no saber quiénes son ustedes». «Somos viajeros de Sevilla». «¿Son -ustedes viajeros? ¿Por qué no lo han dicho antes? No estoy aquí de -portero para dejar a los viajeros en la calle, _¡Jesús, María!_ Ni -hay tantos en la casa que no podamos admitir alguno más. Entre, -caballero, y sean bienvenidos usted y su compañía.» - -Abrió la puerta, dándonos entrada a un espacioso patio; en seguida -afianzó nuevamente la puerta con cerrojos y trancas. «¿Por qué -toma usted tantas precauciones?—le pregunté—. ¿Teme usted que -los carlistas le hagan una visita?» «Los carlistas no nos dan -miedo—respondió el portero—. Ya han estado aquí y no nos han hecho -daño alguno. A quien tememos es a ciertos pícaros de esta ciudad, que -están reñidos con el amo, y le asesinarían con toda su familia si se -les presentase ocasión.» - -Iba yo a preguntar la razón de esta enemiga, cuando un hombre -corpulento bajó corriendo, con una luz en la mano, la escalera de -piedra que conducía al interior de la casa. Dos o tres mujeres -también con luces, le seguían. Detúvose en el último escalón, y -exclamó: «¿Quién ha venido?» Luego adelantó la lámpara hasta que la -luz me dió de lleno en el rostro. - -«_¡Hola!_—exclamó—. ¿Es usted? ¡Quién iba a pensar—dijo volviéndose -a la mujer que estaba a su lado, tan recia como él, de atezado -rostro, y próximamente de su misma edad, rayana, al parecer, en -los cincuenta—que en el preciso momento de suspirar por un huésped -se detendría a nuestras puertas un inglés! porque a un inglés le -reconozco yo a una milla de distancia, hasta en la oscuridad. -Juanito—gritó al portero—: esta noche no abras la puerta a nadie más, -sea quien sea. Si los nacionales vienen a alborotar, diles que está -aquí el hijo de Belington dispuesto a caer sobre ellos espada en -mano si no se retiran, y si llegan más viajeros, cosa que no es de -esperar, porque desde hace más de un mes no ha venido ninguno, les -dices que no hay cuartos porque los ocupa todos un caballero inglés y -su acompañamiento.» - -Descubrí sin tardanza que mi amigo el _posadero_ era un insigne -carlista. No había yo concluído de cenar—mientras él y toda su -familia, alrededor de la mesita a que me senté, observaban mis -movimientos, sobre todo la manera de usar el cuchillo y el tenedor -y de llevarme los manjares a la boca—cuando se puso a hablarme de -política. «Yo no soy de un partido determinado, _don Jorge_—dijo, -pues me había preguntado mi nombre con el fin de darme el tratamiento -debido—; yo no soy de un partido determinado, y no estoy por el rey -Carlos ni por la _chica_ Isabel; sin embargo, llevo en este maldito -pueblo _cristino_ una vida de perro, y hace mucho tiempo que me -habría marchado si no fuese porque he nacido aquí y porque no sé -adónde ir. Desde que empezaron estos desórdenes, me da miedo salir a -la calle, porque en cuanto la _canaille_ de Córdoba me ve doblar una -esquina, empiezan a gritar: «¡A ése, al carlista!», y corren detrás -de mí vociferando y me amenazan con piedras y palos; de manera que, -si no me pongo en salvo metiéndome en casa, empresa difícil con mis -diez y pico arrobas, puedo perder la vida en la calle, y esto, lo -reconocerá usted _don Jorge_, no es ni agradable ni decente. Ese mozo -que ve usted ahí—continuó, señalando a un joven moreno que estaba -detrás de mi silla, empleado en servirme—es mi cuarto hijo; está -casado, y no vive con nosotros, sino cien varas más abajo en esta -calle. Le hemos llamado de prisa y corriendo para servir a su merced, -como es su obligación; pues bien: ha estado a punto de perecer en el -camino. Antes de marcharse tendrá que escudriñar la calle para ver si -hay moros en la costa, y entonces irse volando a su casa. ¡Carlistas! -¿De dónde sacan que mi familia y yo somos carlistas? Cierto que mi -hijo mayor era fraile, y cuando la supresión de los conventos se -refugió en las filas realistas, y en ellas ha estado peleando más de -tres años. ¿Podía yo evitarlo? Tampoco tengo yo la culpa de que mi -segundo hijo se alistara con Gómez y los realistas cuando entraron en -Córdoba. ¡Dios le proteja! Pero yo no le mandé alistarse. Tan lejos -estoy de ser carlista, que gracias a mí ese mozo que está presente no -se marchó con su hermano, aunque tenía muy buenas ganas de hacerlo, -porque es valiente y buen cristiano. Quédate en casa—le dije—, -porque ¿cómo me voy a arreglar si os vais todos? ¿Quién va a servir a -los huéspedes, si Dios quiere enviarnos alguno? Quédate por lo menos -hasta que tu hermano, mi hijo tercero, vuelva; porque ha de saberse, -y para vergüenza mía lo digo, _don Jorge_, que yo tengo un hijo -sargento en el ejército _cristino_, muy en contra de la inclinación -personal del pobre muchacho, que no gusta de la vida militar; años -llevo solicitando su licencia, y he llegado a aconsejarle que se haga -una mutilación para que le libren en seguida. Así que le dije a éste: -quédate en casa, hijo mío, hasta que tu hermano venga a ocupar tu -puesto y no se nos coma el pan un extraño, que además podría venderme -y hacerme traición; de modo que, como usted ve, _don Jorge_, mi hijo -se quedó en casa a petición mía, y aún me llaman carlista.» - -—¿Cómo se portaron Gómez y sus partidas cuando estuvieron en Córdoba? -Porque usted habrá visto, claro es, todo lo sucedido. - -—¡Admirablemente bien! Lo que yo quisiera es que aún estuviesen -aquí. Como ya le he dicho a usted, _don Jorge_, yo no soy de ningún -partido; pero confieso que nunca en mi vida he sentido placer mayor -que cuando se nos entraron por las puertas. ¡Entonces había que ver -a esos perros de nacionales correr por las calles para ponerse en -salvo! ¡Había que verlo, _don Jorge_! Los que me encontraban a la -vuelta de una esquina se olvidaban de gritar: _¡Hola, carlista!_, y -de sus amenazas de apalearme. Algunos saltaron las murallas y huyeron -no se sabe adónde; otros se refugiaron en la casa de la Inquisición, -que tenían fortificada, y se encerraron en ella. Ha de saber usted, -_don Jorge_, que todos los jefes carlistas: Gómez, Cabrera y el -Serrador, se alojaron en esta casa; y ocurrió que, estando yo de -conversación con Gómez en este mismo cuarto donde estamos ahora, -entró Cabrera hecho una furia; Cabrera es menudo de cuerpo, pero -tan vivo y valiente como un gato montés. «Esa _canaille_—dijo al -entrar—de la _casa_ de la Inquisición no quiere rendirse; si me -da usted la orden, general, escalo la casa con mi gente y paso a -cuchillo a los que están dentro.» Pero Gómez dijo: «No; debemos -ahorrar sangre siempre que sea posible. Que les disparen unos cuantos -tiros de fusil, y eso bastará.» Así fué, en efecto, _don Jorge_, -porque a las pocas descargas su corazón desfalleció y se rindieron -a discreción; después de desarmarlos, se les permitió volver a sus -casas. Pero en cuanto se fueron los carlistas, todos esos individuos -volvieron a ser tan valientes como antes, y de nuevo, en cuanto me -ven doblar una esquina, me gritan: _¡Hola, carlista!_ Para guardarse -de ellos, mi hijo, ahora que ya ha terminado de servir a su merced, -tendrá que ir desde aquí a su casa volando como una perdiz, no sea -que se los encuentre en la calle y le cosan a puñaladas.» - -—Usted que ha visto a Gómez, dígame: ¿qué clase de hombre es? - -—Es de estatura regular, grave y sombrío. El más notable de todos por -su aspecto es el Serrador, especie de gigante, tan alto, que cuando -entraba por la puerta del portal siempre daba con la cabeza en el -dintel. El que menos me gusta es Palillos, bandido feroz y tétrico, -a quien conocí de postillón. En otro tiempo venía muchas veces a mi -casa; ahora es capitán de los ladrones de la Mancha, pues aunque se -intitula realista, es un bandolero, ni más ni menos. Es una deshonra -para la causa que se permita a tales hombres mezclarse con la gente -honrada. Yo le odio, _don Jorge_; debido a él, vienen a mi casa tan -pocos parroquianos. Los viajeros temen ahora atravesar la Mancha, no -sea que caigan en su poder. ¡Así le ahorquen, _don Jorge_, sean los -_cristinos_ o los realistas; lo mismo me da! - -—Cuando llegué conoció usted al momento que era inglés. ¿Es que -vienen a Córdoba muchos compatriotas míos? - -—_¡Toma!_—respondió el posadero—, son mis mejores parroquianos; -he tenido en casa ingleses de todas categorías, desde el hijo de -Belington hasta un _médico_ joven que curó a esta _chica_, hija mía, -del dolor de oídos. ¿Cómo no he de reconocer a un inglés? Con Gómez -vinieron dos que servían como voluntarios. _¡Vaya, qué gente!_ ¡Qué -magníficos caballos montaban, y cómo desparramaban el oro! Venía con -ellos un portugués muy noble, pero pobrísimo, un miguelista; según -me dijeron, los dos ingleses le sostenían por devoción a la causa -realista. El portugués estaba siempre cantando: - - El rey chegou, el rey chegou, - E en Belem desembarcou. - -Fueron unos días magníficos, _don Jorge_. Y entre paréntesis, se me -ha olvidado preguntar de qué partido es su merced. - -A la siguiente mañana, cuando estaba vistiéndome, el viejo genovés -entró en mi cuarto:—_Signore_—me dijo—, vengo a decirle adiós. Ahora -mismo me vuelvo a Sevilla con los caballos. - -—¿Por qué tanta prisa?—respondí—. Mejor sería que se quedase usted -aquí hasta mañana; usted y los caballos necesitan reposo. Descanse -usted hoy, y yo pagaré el gasto. - -—Gracias, _signore_; pero me voy inmediatamente; no puedo quedarme en -esta casa. - -—¿Qué le ocurre a la casa?—pregunté. - -—De la casa nada tengo que decir—replicó el genovés—; de quien me -quejo es de sus dueños. Hace cosa de una hora bajé a desayunarme, y -me encontré en la cocina al posadero y a toda su familia. Bueno: me -senté y pedí un chocolate, que me trajeron; pero, antes de tomármelo, -el posadero empezó a hablar de política. Al principio me dijo que no -estaba con ninguno de los dos bandos; pero es tan furibundo carlista -como el mismo Carlos V, porque, en cuanto se enteró de que yo soy del -bando contrario, me echó unas miradas de bestia salvaje. Ha de saber -usted, _signore_, que, en tiempos de la anterior Constitución, tuve -yo un café en Sevilla, al que concurrían los liberales más notorios, -y fué causa de mi ruina, pues como admirador de sus opiniones, abrí -a mis parroquianos el crédito que se les antojó, lo mismo en café -que en licores, y, de esta suerte, al tiempo de ser derrocada la -Constitución y restaurado el despotismo ya les había fiado cuanto -tenía. Es posible que muchos de ellos me hubiesen pagado, porque -no creo que abrigasen malas intenciones contra mí; pero llegó la -persecución, los liberales se dieron a la fuga, y, cosa bastante -natural, pensaron en su propia seguridad más que en pagarme los -cafés y los licores; a pesar de eso, soy partidario de sus ideas, -y nunca vacilo en proclamarlo así. En cuanto el posadero, como ya -he dicho a su merced, se enteró de mis opiniones, me miró como una -fiera y «Salga usted de mi casa—exclamó—; no quiero espías en ella»; -añadiendo algunas expresiones irrespetuosas para la joven reina -Isabel y para Cristina, a quien considero compatriota mía, a pesar -de ser napolitana. Perdí la calma al oírle y le devolví el cumplido -diciendo que Carlos es un pillo y la princesa de Beira otra que tal. -Me dispuse a ingerir el chocolate; pero, antes de llevármelo a los -labios, la posadera, más furibunda carlista aún que su marido, si -cabe, se abalanzó a mí, me arrebató la jícara y, tirándola por el -aire, que casi dió con ella en el techo, exclamó: «¡Fuera de aquí, -perro _negro_! ¡En mi casa no vuelves a catar cosa ninguna! ¡Colgado -como un cerdo te vea yo!» Comprenderá su merced que no puedo estar -aquí más tiempo. Se me olvidaba decir que el bribón del posadero -asegura que usted le ha confesado ser de su misma opinión, pues en -otro caso no le hubiera hospedado a usted. - -—Mire, buen hombre—respondí—: yo soy, invariablemente, de la misma -opinión política de la gente a cuya mesa me siento o bajo cuyo techo -duermo, o, por lo menos, jamás digo cosa alguna que pueda inducirles -a sospechar lo contrario. Gracias a este sistema me he librado más de -una vez de reposar en almohadas sangrientas o de que me sazonasen el -vino con sublimado. - - - - -CAPÍTULO XVII - - Córdoba.—Los moros de Berbería.—Los ingleses.—Un cura viejo.—El - breviario romano.—El palomar.—El Santo Oficio.—Judaísmo.—Los - palomares profanados.—Propuesta del posadero. - - -Poco hay que decir de Córdoba, ciudad pobre, sucia y triste, llena -de angostas callejuelas, sin plazas ni edificios públicos dignos -de atención, salvo y excepto su Catedral, dondequiera famosa; su -emplazamiento es, sin embargo, bello y pintoresco. Corre por un -lado el Guadalquivir, que, si bien poco profundo en estos lugares y -lleno de bancos de arena, no deja de ser un río deleitoso; por el -otro se alzan las escarpadas vertientes de Sierra Morena, plantadas -de olivares hasta la cima. La ciudad está rodeada de altas murallas -moriscas, que pueden tener hasta tres cuartos de legua de desarrollo; -a diferencia de Sevilla y de la mayoría de las ciudades de España, -carece de arrabales. - -La Catedral, único edificio notable de Córdoba, como ya he dicho, -es acaso el templo más extraordinario del mundo. Fué en su origen, -como todos saben, una mezquita, erigida en los días más brillantes -de la dominación árabe en España. Era de planta cuadrangular y de -techo bajo, sostenido por infinidad de redondas columnas de mármol, -pequeñas y finas, muchas de las cuales subsisten aún, y ofrecen al -primer golpe de vista la apariencia de un bosque de mármol; la mayor -parte de ellas, sin embargo, fueron quitadas cuando los cristianos, -después de expulsar a los muslimes, quisieron transformar la mezquita -en catedral, como, en efecto, la transformaron parcialmente, -levantando una cúpula y despejando en el interior un cierto espacio -para hacer el coro. Tal como hoy está el templo, parece pertenecer -en parte a Mahoma, y en parte al Nazareno; y aunque la mezcla de la -pesada arquitectura gótica con el aéreo y delicado estilo de los -árabes produce un efecto algo raro, todavía el edificio es magnífico -y grandioso, y muy adecuado para suscitar el respeto y la veneración -en el ánimo del visitante. - -Los moros de Berbería parecen cuidarse muy poco de las hazañas -de sus antepasados: sólo piensan en las cosas del día presente, -y únicamente hasta donde esas cosas les conciernen de un modo -personal. El entusiasmo desinteresado y la admiración por cuanto -es grande y bueno, señales verdaderas e inconfundibles de un alma -noble, son sentimientos que en absoluto desconocen. Asombra la -indiferencia con que cruzan ante los restos de la antigua grandeza -mora en España. Ni se exaltan ante las pruebas de lo que en otro -tiempo fueron los moros, ni la conciencia de su situación actual -les entristece. Vienen a Andalucía a vender perfumes, babuchas, -dátiles y sedas de Fez y Marruecos; eso es lo que más les interesa, -aun cuando la mayor parte de estos hombres estén lejos de ser unos -ignorantes y hayan oído y leído lo que ocurría en España en los -antiguos tiempos. Una vez hablaba yo en Madrid con un moro bastante -amigo mío acerca de su visita a la Alhambra de Granada. «¿No lloró -usted—le pregunté—, al pasar por aquellos patios, al acordarse de -los Abencerrajes?» «No—respondió—. ¿Por qué había de llorar?» «¿Y -por qué fué usted a ver la Alhambra?»—pregunté. «Fuí a verla porque -estando en Granada para asuntos míos un compatriota de usted me rogó -que le acompañase a la Alhambra y le tradujese unas inscripciones. -Es seguro que espontáneamente no se me hubiese ocurrido ir, porque -la subida es penosa.» El hombre que me hablaba así compone versos -y no es en modo alguno un poeta despreciable. Otra vez, estando yo -en la catedral de Córdoba, entraron tres moros y la atravesaron -pausadamente, dirigiéndose a la puerta situada en el lado frontero. -Todo su interés por aquel lugar se tradujo en dos o tres ojeadas -ligeras a las columnas, diciendo uno de ellos: «_Huáje del Mselmeen, -huáje del Mselmeen_» (Cosas de los moros, cosas de los moros); y la -única muestra de respeto que dieron por el templo donde en su tiempo -se prosternaba Abderrahman el Grande fué que, al llegar a la puerta, -se volvieron de cara y salieron andando hacia atrás; sin embargo, -aquellos hombres eran _hajis_ y _talibs_, hombres asimismo de grandes -riquezas, que habían leído y viajado, que habían estado en la Meca y -en la gran ciudad de la Nigricia[143]. - - [143] Alude, probablemente, a Khartum, capital del Sudán. (Nota - de Burke.) - -Me detuve en Córdoba mucho más de lo primeramente calculado, porque -no cesaba de recibir noticias acerca de la inseguridad del camino de -Madrid. En poco tiempo escudriñé todos los rincones y escondrijos de -aquella antigua ciudad y adquirí algunas amistades entre la gente -del pueblo, que es mi modo de proceder habitual cuando llego a una -población desconocida. Varias veces subí a Sierra Morena, acompañado -por el hijo del posadero, aquel buen mozo de quien ya he hablado. -Los posaderos, convencidos de que yo participaba de sus opiniones, -me trataban con extremada cortesía; cierto que, en cambio, hube -de prestar oídos a vastos planes carlistas, verdaderas traiciones -contra los poderes constituídos en España; pero todo lo llevé con -paciencia. - -—_Don Jorgito_—díjome un día el posadero—, yo quiero mucho a los -ingleses; son mis mejores parroquianos. Es una lástima que no haya -más unión entre España e Inglaterra y que no vengan más ingleses -a visitarnos. ¿No se podría hacer un casorio? El rey entraría en -seguida en Madrid. ¿Por qué no se hacen las _bodas_ del hijo de don -Carlos con la heredera de Inglaterra? - -—De esa manera—respondí—vendrían seguramente muchos ingleses a -España, y no sería la primera vez que el hijo de un Carlos se casa -con una princesa de Inglaterra. - -El huésped meditó un momento, y luego exclamó: - -—_Carracho, Don Jorgito_, si se hiciera ese matrimonio, el rey y yo -tendríamos motivo para tirar el sombrero al aire. - -La casa o _posada_ en que yo vivía era sumamente espaciosa, con -infinidad de habitaciones grandes y chicas, pero desamuebladas en -su mayoría. Mi cuarto estaba al final de un corredor inmensamente -largo, como el que por modo admirable se describe en la leyenda -maravillosa de Udolfo[144]. Durante uno o dos días creí que era yo el -único huésped en la casa. Pero una mañana vi sentado en el corredor, -junto a una ventana, a un anciano de singular aspecto, que leía con -atención en un pequeño y abultado volumen. Sus vestidos eran de -grosera tela azul, y llevaba un amplio sobretodo encima de un chaleco -adornado con varias filas de botoncitos de nácar; tenía calados los -espejuelos. Aunque le veía sentado, me di cuenta de que su estatura -rayaba en lo gigantesco. - - [144] _The mystery of Udolpho_, por Mrs. Radcliffe - (1764-1823). (Nota de Burke.) - -—¿Quién es ese hombre?—pregunté al posadero, al encontrarle poco -después—. ¿Es otro huésped de la casa? - -—No puedo decir que sea precisamente un huésped, _Don Jorge de -mi alma_—replicó—; pues, aunque pára en mi casa, no me da nada a -ganar. Ha de saber usted, _Don Jorge_, que éste es uno de dos curas -que había en un pueblo bastante grande[145] no lejos de aquí. Al -entrar en el pueblo las tropas de Gómez, su reverencia salió a su -encuentro revestido, con un libro en la mano, y, a petición de los -soldados, proclamó a Carlos Quinto en la plaza del mercado. El otro -cura era un liberal violento, un _negro_ rematado, y los realistas -le echaron mano, disponiéndose a ahorcarlo. Intervino su reverencia -y obtuvo gracia para su colega, a condición de que gritase _¡Viva -Carlos Quinto!_, y así lo hizo para salvar la vida. Bueno; pues en -cuanto los realistas se fueron, el cura negro montó en una mula, -vino a Córdoba y delató a su reverencia, a pesar de deberle la vida. -Prendieron a su reverencia, trajéronle a Córdoba, y seguramente le -habrían metido en la cárcel común por carlista si yo no hubiera -salido fiador suyo, poniendo que no se marcharía de aquí y se -presentaría cuando le llamaran a responder de los cargos aportados -contra él; y en mi casa está, aunque no pueda llamarle mi huésped, -pues no gano nada con él: toda su comida, que se reduce a unos pocos -huevos, un poco de leche y pan, se la traen a diario del pueblo. -En cuanto a su dinero, no sé de qué color es, aunque, según dicen, -tiene _buenas pesetas_. Con todo, es un santo; siempre está leyendo y -rezando, y es, además, del partido de los buenos. Por eso le tengo en -mi casa, y saldría fiador suyo aunque fuese veinte veces más avaro de -lo que parece. - - [145] Puente. (Nota de Burke.) - -Al siguiente día, al pasar otra vez por el corredor, vi al viejo -sentado en el mismo sitio, y le saludé. Me devolvió el saludo con -mucha cortesía y cerró el libro, colocándolo en sus rodillas, como -si quisiera trabar conversación. Después de cambiar breves palabras, -tomé el libro para examinarlo. - -—No podrá usted sacar mucho provecho de este libro, _Don Jorge_—dijo -el viejo—. No puede usted entenderlo, porque no está escrito en -inglés. - -—Ni en español—repliqué—. Pero, respecto a poder entenderlo o no, -¿qué dificultad puede haber en una cosa tan sencilla? Este es el -breviario romano escrito en latín. - -—¿Pero entienden los ingleses el latín?—exclamó—. _¡Vaya!_ ¿Quién -hubiera pensado que los luteranos pudiesen entender la lengua de la -Iglesia? _¡Vaya!_ Cuanto más vive uno, más aprende. - -—¿Cuántos años tiene vuestra reverencia?—pregunté. - -—Ochenta, _Don Jorge_; ochenta años largos. - -Esta fué la primera conversación que tuvimos su reverencia y yo. -No tardó en sentir notable inclinación por mí, y me hacía el favor -de acompañarme no pocos ratos. A diferencia de nuestro amigo el -posadero, el cura no gustaba de hablar de política, cosa que no -dejó de sorprenderme, conociendo yo, como conocía, la resuelta y -peligrosa parte que había tomado en la última irrupción carlista en -las cercanías. En cambio, le gustaba mucho platicar acerca de asuntos -eclesiásticos y de los escritos de los Padres. - -—He formado en mi casa una pequeña librería, _Don Jorge_, con todos -los escritos de los Padres que me ha sido dable encontrar; su lectura -me sirve de entretenimiento y de consuelo. Cuando pasen estos tristes -días, _Don Jorge_, espero que, si continúa usted por estas partes, -irá a visitarme, y le enseñaré mi modesta colección de los Padres, -y también un palomar, donde crío muchas palomas, que me producen no -pequeño solaz y algún provecho. - -—Supongo que al hablarme de su palomar—repuse—, alude usted a su -parroquia, y que por la cría de las palomas representa usted el -cuidado que toma por las almas de sus feligreses, inculcándoles -el temor de Dios y la obediencia a la ley revelada, ocupación -que, naturalmente, le produce a usted muchos solaces y consuelos -espirituales. - -—Hablaba sin metáfora, _Don Jorge_—replicó mi interlocutor—. Al decir -que crío muchas palomas, no pretendo significar sino que yo proveo de -pichones el mercado de Córdoba, y a veces el de Sevilla; mis aves son -muy apreciadas, y creo que no hay en todo el reino otras más gordas -ni mejor cebadas. Si fuera usted a mi pueblo, _Don Jorge_, tendría -que hacer alto en una _venta_ donde las probaría seguramente, porque -en mi jurisdicción no consiento más palomares que el mío. Respecto de -las almas de mis feligreses, creo que cumplo con mi deber en cuanto -está de mi parte. Las cosas espirituales me deleitan sobremanera, y -por esta razón me incorporé a la _Santa Casa_ de Córdoba, en la que -he servido durante muchos años. - -—¿Vuestra reverencia ha sido inquisidor?—exclamé un poco asombrado. - -—Desde los trece años hasta que se suprimió el Santo Oficio en estos -desventurados reinos. - -—Me sorprende y me alegra el saberlo—repuse yo—. Nada tan placentero -para mí como hablar con un sacerdote que perteneció antaño a la Santa -Casa de Córdoba. - -El viejo, mirándome fijamente, contestó: - -—Ya le comprendo a usted, _Don Jorge_. He adivinado hace rato que -usted es de los nuestros. Es usted un santo varón y muy instruído; -aunque crea conveniente hacerse pasar por inglés y luterano, he -penetrado su verdadera condición. Ningún luterano se tomaría por las -cosas de la Iglesia el interés que usted demuestra; y a lo de ser -inglés, digo que ninguno de esa nación puede hablar el castellano, -y menos el latín. Creo que usted es de los nuestros: un sacerdote -misionero; y me confirmo en esta idea, sobre todo, porque le veo a -usted en frecuente conversación con los _gitanos_; parece que hace -usted propaganda entre ellos. Pero viva usted prevenido, _Don Jorge_; -desconfíe de la fe de Egipto; son malos penitentes y me gustan poco. -No le aconsejaría yo a usted que se fiara de ellos. - -—No lo intento siquiera—repliqué—; sobre todo en lo tocante al -dinero. Pero, volviendo a cosas más importantes, dígame: ¿de qué -delitos conocía la Santa Casa de Córdoba? - -—Supongo que sabrá usted cuáles eran los asuntos propios de la -función del Santo Oficio; por tanto, no necesito decirle que los -delitos en que entendíamos eran los de brujería, judaísmo y ciertos -descarríos carnales. - -—¿Qué opinión tiene usted de la brujería? ¿Existe en realidad ese -delito? - -—_¡Qué sé yo!_—dijo el viejo encogiéndose de hombros—. La Iglesia -tiene, o al menos tenía, el poder de castigar por algo, fuese real o -irreal, _Don Jorge_; y como era necesario castigar para demostrar que -tenía el poder de hacerlo, ¿qué importaba si el castigo se imponía -por brujería o por otro delito? - -—¿Ocurrieron en su tiempo de usted muchos casos de brujería? - -—Uno o dos, _Don Jorge_; eran poco frecuentes. El último caso que -recuerdo ocurrió en un convento de Sevilla. Cierta monja tenía la -costumbre de salir volando por la ventana al jardín y de revolotear -en él sobre los naranjos. Se tomó declaración a varios testigos, y en -el proceso, instruído con toda formalidad, quedaron, a mi entender, -bastante bien probados los hechos. Pero de lo que sí estoy cierto es -de que la monja fué castigada. - -—¿Les daba a ustedes mucho que hacer el judaísmo en estas partes? - -—¡Oh! Lo que más trabajo daba a la Santa Casa era, en efecto, el -judaísmo; sus brotes y ramificaciones son numerosos, no sólo por -aquí, sino en toda España; lo más singular es que hasta en el clero -descubríamos continuamente casos de judaísmo de ambas especies que, -por obligación, teníamos que castigar. - -—¿Hay más de una especie de judaísmo?—pregunté. - -—Siempre he dividido el judaísmo en dos clases: negro y blanco; -por judaísmo negro entiendo la observancia de la ley de Moisés con -preferencia a los preceptos de la Iglesia; en el judaísmo blanco -entra todo género de herejía, como luteranismo, francmasonería y -otros por el estilo. - -—Comprendo fácilmente—dije yo—que muchos sacerdotes acepten los -principios de la Reforma, y que no pocos se hayan dejado extraviar -por las engañosas luces de la filosofía moderna; pero es casi -inconcebible que dentro del clero haya judíos que sigan en secreto -los ritos y prácticas de la ley antigua, aunque ya antes de ahora me -han asegurado que el hecho es cierto. - -—Crea usted, _Don Jorge_, que en el clero hay abundancia de judaísmo, -lo mismo del negro que del blanco. Recuerdo que una vez estábamos -registrando la casa de un eclesiástico acusado de judaísmo negro, -y, después de buscar mucho, encontramos debajo del piso una caja -de madera, y en ella un pequeño relicario de plata, donde había -guardados tres libros forrados de negra piel de cerdo; los abrimos, -y resultaron libros devotos judíos, escritos en caracteres hebreos, -antiquísimos; al ser interrogado, no negó su culpa el reo; antes -bien, se vanaglorió de ella, diciendo que no había más que un Dios, y -atacando el culto a María Santísima como una idolatría grosera. - -—Y aquí entre nosotros, ¿qué opina usted de esa adoración a María -Santísima? - -—¿Qué opino yo? _¡Qué sé yo!_—dijo el viejo, encogiéndose de hombros -aún más que la vez primera—. Pero le diré a usted que, bien mirado, -me parece justa y natural. ¿Por qué no? Cualquiera que vaya a visitar -mi iglesia, y la contemple tal como en ella está, _tan bonita, tan -guapita_, tan bien vestida y gentil, con aquellos colores, blanco -y carmín, tan lindos, no necesitará preguntar por qué se adora a -María Santísima. Y, sobre todo, _Don Jorgito mío_, eso es cosa de la -Iglesia y forma parte importante de su sistema. - -—¿Y tuvo usted que entender en muchos casos de delitos carnales? - -—Entre los seglares, no muchos; sobre los clérigos ejercíamos una -rigurosa vigilancia. Pero, en general, éramos tolerantes en estas -materias, conociendo las muchas flaquezas de la naturaleza humana. -Rara vez castigábamos, salvo en los casos en que la gloria de -la Iglesia y la lealtad a María Santísima hacían absolutamente -inexcusable el castigo. - -—¿Cuáles eran esos casos?—pregunté. - -—Aludo a la profanación de los palomares, _don Jorge_, y a la -introducción en ellos de carne de contrabando para fines que no eran -ni apropiados ni decentes. - -—Vuestra reverencia me perdonará; pero no acabo de entender. - -—Me refiero, _don Jorge_, a ciertos actos de perversión practicados -por algunos clérigos en apartados y lejanos _palomares_, en olivares -y huertos; actos condenados, si no recuerdo mal, por San Pablo en su -primera carta al Papa Sixto. Ahora me habrá usted entendido, _don -Jorge_, porque es usted hombre versado en cosas de iglesia. - -—Creo que le he entendido a usted—repliqué. - -Después de permanecer unos cuantos días más en Córdoba, resolví -continuar mi viaje a Madrid, aunque seguían diciéndome que los -caminos estaban muy inseguros. Me pareció inútil quedarme allí más -tiempo en espera de que se restableciera la normalidad, cosa que -podía no ocurrir nunca. Consulté, pues, con el posadero respecto del -mejor modo de hacer el viaje. «_Don Jorgito_—respondió—, creo que -puedo darle a usted un buen consejo. Usted tiene ganas de marcharse, -según me dice, y yo no acostumbro a retener a mis huéspedes más -tiempo del que buenamente quieren estar en mi casa; proceder de otro -modo sería impropio de un posadero cristiano; eso se queda para los -moros, los _cristinos_ y los _negros_. Para facilitarle a usted el -viaje, _don Jorge_, tengo un plan en la cabeza, y ya, antes de que -me preguntase, había resuelto proponérselo a usted. Mi cuñado tiene -dos caballos, y cuando se le ofrece los da en alquiler; usted puede -alquilarlos, _don Jorge_, y mi cuñado en persona le acompañará para -servirle y darle conversación, por lo que le pagará usted cuarenta -duros. Pero, y esto es lo importante, como en el camino hay muchos -ladrones y _malos sujetos_, tales como Palillos y su gente, hará -usted una obligación, _don Jorge_, comprometiéndose, si los roban y -desvalijan a ustedes, y si los ladrones se quedan con los caballos de -mi cuñado, a hacerle bueno, en cuanto lleguen a Madrid, todo lo que -por seguirle a usted haya perdido. Este es mi plan, _don Jorge_, y no -dudo que su merced lo apruebe, porque está trazado para favorecerle, -y no con miras de lucro para mí ni los míos. En mi cuñado tendrá -usted un gran compañero de viaje; es un hombre muy formal, pertenece -al partido de los buenos, y ha viajado también mucho; porque, entre -nosotros, _don Jorge_, es un poco _contrabandista_, y con frecuencia -trae de contrabando diamantes y piedras preciosas de Portugal a -España, para colocarlas en Córdoba o en Madrid. Conoce todos -los _atajos_, _don Jorge_, y le respetan mucho en las _ventas_ y -_posadas_ del camino. Ahora venga esa mano para cerrar el trato, y en -seguida iré a buscar a mi cuñado para decirle que se disponga a salir -con su merced pasado mañana.» - - - - -CAPÍTULO XVIII - - Salida de Córdoba.—El contrabandista.—Treta judaica.—Llegada a - Madrid. - - -Salí de Córdoba una radiante mañana en compañía del _contrabandista_, -que iba montado en un hermoso caballo de media alzada, una _jaca_, -de la renombrada casta cordobesa; era el animal de color bayo claro, -lucero, de remos fuertes, pero elegantes, y con una larga cola negra -que le arrastraba por el suelo. El otro caballo, destinado a llevarme -a Madrid, era de muy diferente estampa, que no predisponía en favor -suyo. Por muchos rasgos se parecía sumamente a un cerdo, sobre todo -por la curvatura del lomo, por la cortedad del cuello y por la manera -de llevar siempre la cabeza junto al suelo; su perpetuo husmear y su -rabo eran también enteramente los de un cerdo. Su piel más parecía -cubierta de ásperas cerdas que de pelo; y en cuanto al tamaño, muchos -cerdos de Westfalia he visto tan altos como él. No me agradaba mucho -la idea de exhibirme a lomos de tan singularísimo cuadrúpedo, y -me puse a mirar fijamente al excelente animal en que mi guía había -tenido por conveniente instalarse. El hombre interpretó mis miradas, -y me dió a entender que por llevar el equipaje le correspondía el -mejor caballo, alegación que me pareció harto bien fundada para -oponerle reparo alguno. - -Resultó que el _contrabandista_ no era, ni con mucho, un compañero de -camino tan agradable como las manifestaciones del posadero de Córdoba -me habían hecho suponer. Durante el día, cabalgaba taciturno y en -silencio, y apenas respondía a mis preguntas más que con monosílabos; -por las noches, empero, después de comer bien y beber en proporción -a mis expensas, consentía en mostrarse a veces más sociable y -comunicativo. «Me he quitado del contrabando—me dijo en una de estas -ocasiones—a causa de una estafa que me hicieron en Lisboa: un judío, -a quien conocía yo desde mucho tiempo atrás, me encajó por bueno un -brillante falso. Lo hizo con una habilidad extraordinaria, porque no -soy yo tan novato que no sepa conocer las piedras buenas; al parecer, -el judío tenía dos, y las cambió con mucha destreza, guardándose la -buena, comprada por mí, y substituyéndola con otra, muy bien imitada, -pero que no valía cuatro duros. Descubrí la estafa cuando había -cruzado ya la frontera, y aunque volví allá a escape, no pude dar -con el bandido; uno de sus rabinos me dijo que el tal había muerto -y que acababan de enterrarle; pero bien conocí que mentía, porque al -decírmelo le retozaba la risa en los ojos. Desde entonces renuncié al -contrabando.» - -No intentaré describir minuciosamente los varios incidentes de este -viaje. Dejando a nuestra derecha las montañas de Jaén, pasamos por -Andújar y Bailén, y al tercer día llegamos a La Carolina, pequeña -pero linda ciudad en las faldas de Sierra Morena, habitada por los -descendientes de los colonos alemanes. A dos leguas de este lugar -entramos en el desfiladero de Despeñaperros, que aun en tiempos -normales tiene muy mala fama por los robos que continuamente se -perpetran en sus escondrijos, y que en la época de que voy hablando -era, según decían, un hormiguero de bandidos. Creíamos, pues, que -nos robarían, o que quizás nos dejarían desnudos en el monte o nos -maltratarían de cualquier otro modo; pero la Providencia intervino -en favor nuestro. Al parecer, el día antes de nuestra llegada los -bandidos habían cometido una espantosa muerte y robado hasta cuarenta -mil _reales_, botín que probablemente los satisfacía por algún -tiempo; lo cierto es que nadie nos molestó. A nadie vimos en el -desfiladero, aunque a ratos llegaban hasta nosotros voces y silbidos. -Entramos en la Mancha, donde temía yo caer en manos de Palillos y -Orejita. La Providencia me protegió de nuevo. El tiempo había sido -hasta entonces delicioso; súbitamente, el Señor sopló un viento -helado, tan riguroso que era casi irresistible. Ningún ser humano, -salvo nosotros, se aventuraba a salir. Atravesamos llanuras cubiertas -de nieve, y pasamos por ciudades y pueblos que parecían desiertos. -Los ladrones se estuvieron encerrados en sus cuevas y chozas; pero -el frío a poco nos mata. Llegamos a Aranjuez el día de Navidad, ya -tarde, y fuí a casa de un inglés, donde ingerí casi un cuartillo de -aguardiente: no me hizo más efecto que si fuese agua tibia. - -Al siguiente día llegamos a Madrid, y tuve la fortuna de encontrarlo -todo tranquilo y en orden. El _contrabandista_ estuvo conmigo dos -días más, al cabo de los cuales se volvió a Córdoba montado en el -grotesco animal que me había traído a mí todo el viaje; la _jaca_ se -la compré yo, porque en el camino aprecié sus facultades, y pensé que -podría utilizarla en mis excursiones futuras. El _contrabandista_ -quedó tan contento del precio que le pagué por el caballo, y del -trato que en general había recibido de mí mientras me acompañó, que -de muy buena gana se hubiera quedado a servirme como criado, y así -me lo pidió, asegurándome que si yo consentía en ello, dejaría a su -mujer y a sus hijos, y me seguiría por el mundo entero. No quise -acceder a su petición, aunque necesitaba un criado; le hice, pues, -volver a Córdoba, donde, según supe más tarde, murió repentinamente a -la semana de haber llegado. - -Su muerte ocurrió de singular manera: un día tomó el hombre la bolsa -de su dinero, y después de contarlo le dijo a su mujer: «Con el -viaje del inglés y la venta de la _jaca_ he hecho noventa y cinco -duros; a poca suerte que tenga, puedo doblarlos arriesgándolos en el -contrabando. Mañana me voy a Lisboa a comprar diamantes. Vamos a ver -si hay que herrar el caballo.» Se levantó, encaminándose a la puerta -con intención de ir a la cuadra; pero antes de trasponer el dintel, -cayó muerto al suelo. Así son las cosas de este mundo. Bien dice el -sabio: «Nadie está seguro del mañana.» - - -FIN DEL TOMO PRIMERO - - - - - * * * * * * - - - - -NOTA DE TRANSCRIPCIÓN - - * Se ha respetado la ortografía original, normalizándola a la - grafía de mayor frecuencia. - - * Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar. - - * En los diálogos cuyas entradas están precedidas del nombre del - interlocutor, se ha sustituído la presentación tipográfica por - la utilizada en los dos restantes tomos de esta obra. - - * Se ha reparado el emparejamiento de los puntos de admiración e - interrogación, y de los paréntesis y comillas. - - - -***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA BIBLIA EN ESPAÑA, TOMO I (DE -3)*** - - -******* This file should be named 51019-0.txt or 51019-0.zip ******* - - -This and all associated files of various formats will be found in: -http://www.gutenberg.org/dirs/5/1/0/1/51019 - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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You may copy it, give it away or re-use it -under the terms of the Project Gutenberg License included with this -eBook or online at <a -href="http://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. If you are not -located in the United States, you'll have to check the laws of the -country where you are located before using this ebook.</p> -<p>Title: La Biblia en España, Tomo I (de 3)</p> -<p> O viajes, aventuras y prisiones de un inglés en su intento de difundir las Escrituras por la Península</p> -<p>Author: George Borrow</p> -<p>Release Date: January 24, 2016 [eBook #51019]</p> -<p>Language: Spanish</p> -<p>Character set encoding: UTF-8</p> -<p>***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA BIBLIA EN ESPAÑA, TOMO I (DE 3)***</p> -<p> </p> -<h4>E-text prepared by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box,<br /> - and the Online Distributed Proofreading Team<br /> - (<a href="http://www.pgdp.net">http://www.pgdp.net</a>)<br /> - from page images generously made available by<br /> - Internet Archive/Canadian Libraries<br /> - (<a href="https://archive.org/details/toronto">https://archive.org/details/toronto</a>)</h4> -<p> </p> -<table border="0" style="background-color: #ccccff;margin: 0 auto;" cellpadding="10"> - <tr> - <td valign="top"> - Note: - </td> - <td> - Images of the original pages are available through - Internet Archive/Canadian Libraries. See - <a href="https://archive.org/details/labibliaenespa01borr"> - https://archive.org/details/labibliaenespa01borr</a><br /> - <br /> - Project Gutenberg has the other two volumes of this work.<br /> - <a href="http://www.gutenberg.org/files/51020/51020-h/51020-h.htm">Tomo II</a>: see http://www.gutenberg.org/files/51020/51020-h/51020-h.htm<br /> - <a href="http://www.gutenberg.org/files/51689/51689-h/51689-h.htm">Tomo III</a>: see http://www.gutenberg.org/files/51689/51689-h/51689-h.htm - - </td> - </tr> -</table> -<p> </p> -<div class="front"> - <p><a href="#tnote">Nota de transcripción</a></p> - <p><a href="#ToC">Índice</a></p> -</div> - -<hr class="full" /> -<div class="body"> -<p> </p> -<p> </p> -<p> </p> -<div class="screenonly"> - <div class="figcenter"> - <img src="images/cover.jpg" - alt="Cubierta del libro" /> - </div> -</div> - -<div class="aftit"> - <h1 class="faux">LA BIBLIA EN ESPAÑA</h1> - <hr class="chap" /> - <p><span class="pagenum" id="Page_i">[p. i]</span></p> - <p><span class="g1">COLECCIÓN GRANADA</span></p> - <p class="large p4"><span class="g2">VIAJES</span></p> - <p class="p4">BORROW: LA BIBLIA EN ESPAÑA<br /> - TRAD. DEL INGLÉS POR M. AZAÑA</p> - <hr class="chap" /> -</div> - - -<div class="tit"> - <p><span class="pagenum" id="Page_iii">[p. iii]</span></p> - <p class="xxl">LA BIBLIA EN ESPAÑA</p> - <p class="small">POR</p> - <p class="xl g1"><span class="smcap">Borrow</span></p> - - <p class="g1 p2"><span class="smcap">traducción directa del inglés<br /> - por Manuel Azaña</span></p> - - <p class="large g2 p2">TOMO I</p> - - <div class="figcenter"> - <img src="images/logo.jpg" - alt="Logotipo del editor" /> - </div> - - <p class="small g3">COLECCIÓN GRANADA</p> - <hr class="imp" /> - <p class="small g3">JIMÉNEZ-FRAUD, Editor.—MADRID</p> -</div> - - -<div class="aftit"> - <hr class="chap" /> - <p><span class="pagenum" id="Page_iv">[p. iv]</span></p> - <p class="xs">ES PROPIEDAD</p> - <p class="xs p1">QUEDA HECHO EL DEPÓSITO QUE MARCA</p> - <p class="xs p1 g3">LA LEY</p> - <p class="small p4">Imprenta Clásica Española. Glorieta de Chamberí. Madrid.</p> - <hr class="chap" /> -</div> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_v">[p. v]</span></p> - <h2 class="nobreak g2">NOTA PRELIMINAR</h2> -</div> - -<p>Tomás Borrow, de familia de labradores establecida desde muy -antiguo cerca de Liskeard, en Cornwall, se fugó de su casa, siendo -todavía mozo, por esquivar las consecuencias de una fechoría juvenil, -y sentó plaza de soldado en 1783. Diez años más tarde, cuando era -sargento, se casó con Ana Preferment, hija de un agricultor de East -Dereham, Norfolk, de abolengo francés probablemente. En 1798, Tomás -Borrow obtuvo el grado de capitán, del que no pasó en su carrera -militar. En 1800 le nació un hijo, Juan Tomás, que fué pintor y -soldado, y acabó por emigrar a Méjico en busca de fortuna, muriendo -en aquellas tierras en 1834. El 5 de julio de 1803 nació en East -Dereham el hijo segundo del matrimonio Borrow, Jorge Enrique, el -cual, treinta y tres años más tarde, había de ser popular en Madrid -con el nombre de <i>Don Jorgito el inglés</i>. La infancia de Jorge -transcurrió en diferentes poblaciones de Inglaterra y de Escocia, -merced a los cambios de guarnición del regimiento en que servía su -padre. Viajó primeramente por las provincias de Sussex y Kent, y -en 1808 y 1810 estuvo otra vez en su pueblo natal. Jorge era «un -niño triste, que gustaba de permanecer horas enteras en un rincón -solitario, con la cabeza caída sobre el pecho, dominado por un -abatimiento peculiar; a veces sentía una impre<span class="pagenum" -id="Page_vi">[p. vi]</span>sión de miedo muy extraña, hasta de -horror, sin causa real». Sus padres le dejaban vagar libremente -por los campos. En 1810 conoció a Ambrosio Smith, el gitano a -quien después representó en sus escritos con el nombre de Jasper -Petulengro, y se juraron fraternidad. El desarrollo mental de Jorge -fué algo tardío. Comenzó los estudios de humanidades en Dereham, y -los continuó en Edimburgo, después en Norwich, y el año 1815 en la -«Academia Protestante» de Clonmel (Irlanda), adonde el regimiento -de su padre fué destinado. La vida escolar le curó de sus hábitos -insociables y de su reserva. A Jorge le gustaban los estudios, -pero no la sujeción de la escuela. Sentía inclinación natural por -los idiomas, y los aprendía con desusada facilidad; su memoria -era descomunal. Amaba la vida al aire libre y los deportes. Las -aventuras, propias o ajenas, reales o soñadas, encandilaban su -imaginación. En Irlanda, además de aprender la lengua del país, se -había hecho gran jinete. Terminadas las guerras napoleónicas, y -licenciado el regimiento, los Borrow se establecieron en Norwich. -Jorge leía griego en la <i>Grammar School</i>, y de un emigrado francés -tomaba lecciones de este idioma, de italiano y de español; cultivaba, -además, la caza y el pugilismo. Los gastos y las costumbres de Jorge -le hicieron antipático a su padre; no se le parecía en nada, teníale -por un verdadero gitano, y, desentendiéndose de él en lo posible, -le dejaba hacer cuanto quería. En 1818, Jorge se encontró de nuevo -con Ambrosio Smith, o Jasper Petulengro, y, yéndose con él a un -campamento de gitanos, los acompañó por ferias y mercados, se inició -en sus costumbres y aprendió su idioma.</p> - -<p>Llegado el momento de adoptar una profesión que le diese para -vivir, Jorge, dudoso entre la Iglesia y el Foro, se decidió por el -último; así se lo aconsejó un amigo, en situación semejante a la -suya, diciéndole que la abogacía «era la mejor<span class="pagenum" -id="Page_vii">[p. vii]</span> carrera para quienes (como ellos) -no pensaban ejercer ninguna». El padre de Jorge le costeó el -aprendizaje, colocándole en 1819 de pasante en casa de unos curiales -de Norwich. Pero Jorge debía de tener mediana afición a los pleitos. -Aprendió galés, danés, hebreo, árabe, armenio, y en el despacho de -sus maestros trabajaba en traducir de esas lenguas al inglés; su -amigo William Taylor le enseñó el alemán. Así vivió el pobre cinco -años, amarrado a un oficio tan opuesto a su vocación. Quizás la -lectura de libros de viajes y aventuras le fué entonces más gustosa -y necesaria que nunca, como desquite de la aridez de su empleo. A -Jorge Borrow le gustaban mucho <i>Gil Blas</i>, el <i>Peregrino</i> de Bunyan, -Sterne, el <i>Childe Harold</i>, y, sobre todos, De Foe. «¡Oh genio de De -Foe, yo te saludo!—exclama en su autobiografía—. ¡Cuánto no te debe -el mío pobrísimo!»</p> - -<p>En 1824, el capitán Tomás Borrow murió, dejando por heredera de -sus escasas rentas a su mujer. Jorge, que llegaba entonces a la -mayor edad, se marchó a Londres a buscarse la vida en cuanto terminó -su contrato de pasantía. Llevaba por todo capital un legajo de -traducciones; pero sus esperanzas eran muchas. Su primera estancia -en Londres fué poco placentera. Luchaba con la escasez, con la falta -de salud, con la inseguridad del trabajo, y padeció además la crisis -característica de la juventud al encararse indefensa con la vida, y -las amarguras de la vocación que busca a tientas su camino. Jorge -se interrogaba acerca del valor de la existencia y de la verdad: -«¿Qué es la verdad? ¿Qué es lo bueno y lo malo? ¿Para qué he nacido? -¿Todo perecerá y será olvidado, todo es vanidad?» Y no encontraba -respuesta satisfactoria. El futuro misionero era entonces ateo -empedernido; su amigo Taylor, además de enseñarle el alemán, le -inculcó la irreligión. La tristeza y el descorazonamiento de Jorge -fueron tales, que sus amigos temieron verle poner fin a sus días. -Por<span class="pagenum" id="Page_viii">[p. viii]</span> aquella -época publicó Borrow algunas traducciones de poesías extranjeras -(varios romances españoles<a id="FNanchor_1" href="#Footnote_1" -class="fnanchor">[1]</a>); escribió, por encargo de un editor, una -colección de «causas célebres»<a id="FNanchor_2" href="#Footnote_2" -class="fnanchor">[2]</a>, y tradujo para una revista fragmentos -de leyendas danesas<a id="FNanchor_3" href="#Footnote_3" -class="fnanchor">[3]</a>. Pero en 1825, el periódico en que escribía -desapareció; riñó, además, con el editor que le daba trabajo, y se -quedó en la calle con sus manuscritos y un puñado de dinero. Supónese -que el anuncio de un librero le indujo a escribir, para zafarse -de sus apuros del momento, una <i>Vida y aventuras de José Sell</i>, -obra publicada, al parecer, con otros cuentos y narraciones en una -colección que hoy no se sabe cuál fué. Vendida la obra, Borrow se -marchó de Londres, abandonando la literatura, y viajó a pie en busca -de salud corporal y de paz para su ánimo. Cuatro meses duró su vida -errante. Volvió a encontrar a Jasper Petulengro, y se fué con él a -vivir en hermandad con los gitanos, trabajando en hacer herraduras, -y preso en las redes honestas de una linda moza de la tribu. Después -compró un caballo, y recorrió Inglaterra en busca de aventuras. -Cuando estos viajes concluyeron, Jorge Borrow tenía veintidós años. -Era alto, flaco, zanquilargo, de rostro oval y tez olivácea; tenía -la nariz encorvada, pero no demasiado larga; la boca bien dibujada, -y ojos pardos, muy expresivos. Una canicie precoz le dejó la cabeza -completamente blanca. Las cejas, prominentes y espesas, ponían en su -rostro un violento trazo oscuro.</p> - -<p>Jorge Borrow, al escribir, andando el tiempo,<span class="pagenum" -id="Page_ix">[p. ix]</span> sus narraciones autobiográficas, se -empeñó en rodear de misterio ciertos años de su vida (1826-1832), -y con alusiones más o menos veladas (algunas encontrará el lector -en <i>La Biblia en España</i>,) quiso dar a entender que se había visto -envuelto en misteriosas aventuras y dado cima a dilatados viajes -por países como la India, China y Tartaria. Ignórase, en efecto, -lo que Borrow hizo en esos años; pero, en sentir de sus biógrafos -más autorizados, es excesivo tanto misterio. Probablemente, Borrow -vivió todo ese tiempo sin ocupación fija; viajó un poco, y escribió -por gusto y por encargo. En 1826 se publicó una colección de -sus traducciones del danés<a id="FNanchor_4" href="#Footnote_4" -class="fnanchor">[4]</a> con otras composiciones suyas. Dos años -más tarde apareció una traducción de las <i>Memorias de Vidocq</i><a -id="FNanchor_5" href="#Footnote_5" class="fnanchor">[5]</a>, -atribuída a Borrow; insertó en algunas revistas trabajos de menos -importancia. Viajó por la Europa occidental, y parece que estuvo en -Madrid, pero este viaje no pudo entrar en el marco de <i>La Biblia en -España</i>.</p> - -<p>Un gran cambio sobrevino en la vida de Jorge Borrow durante el -año 1833, que decidió de su destino. Conocía Jorge Borrow a una -familia residente en Oulton Hall, cerca de Lowestoft (Suffolk), de -la que formaba parte Mrs. Mary Clarke, de treinta y seis años, viuda -de un marino. Un reverendo pastor, relacionado con esa familia, -indujo a Jorge Borrow a solicitar de la Sociedad Bíblica Británica -y Extranjera un empleo donde pudiera utilizar su conocimiento de -los idiomas. Jorge se fué a pie a Londres, y en veintidós horas -recorrió una distancia de ciento veinte millas. En su frugal pobreza, -Jorge sólo gastó en el viaje cinco peniques y medio, en un litro de -cerveza, medio de<span class="pagenum" id="Page_x">[p. x]</span> -leche, un pedazo de pan y dos manzanas. Los señores de la Sociedad -Bíblica, después de examinarle de lenguas orientales durante una -semana, le preguntaron si estaba dispuesto a aprender en seis meses -la lengua manchú. Aceptó Jorge, y con un buen viático se volvió a -Norwich, ya en diligencia; estudió con ahinco y a los seis meses -triunfaba en las pruebas a que sus futuros jefes le sometieron. Por -aquellos mismos días, Jorge Borrow se retractó de su ateísmo; ya -fuese por influjo de Mrs. Clarke, o porque las ideas que le inculcó -su amigo Taylor arraigaron poco en su espíritu y se marchitaron -al acercarse la treintena, lo cierto es que Borrow profesó un -protestantismo tan fanático como el ateísmo que abandonaba. No tardó -en asimilarse el «tono misionero» ni en adoptar la jerga propia de -sus patronos. Cuando aún se hallaba en curso su nombramiento, uno -de secretarios de la Sociedad Bíblica censuraba así el estilo de -una carta de Borrow: «Perdóneme usted si, como sacerdote, y mayor -que usted en años, aunque no en talento, me atrevo, con la mejor -intención, a hacerle una advertencia que podrá no ser inútil.» Acota -una frase que ha llamado la atención de algunos de «los excelentes -miembros de nuestro Comité»: aquella en que «habla usted de la -perspectiva de ser <i>útil a la Divinidad, al hombre y a usted mismo</i>. -Sin duda, quiso usted decir la <i>perspectiva de glorificar a Dios</i>; -pero el giro de sus palabras nos hizo pensar en ciertos pasajes de -la Escritura, tales como Job, XXI, 2, etc.» La respuesta de Borrow -debió de ser tal, que el mismo reverendo le escribía: «El espíritu de -su última carta es verdaderamente cristiano, en armonía con aquella -regla sentada por el mismo Cristo, y de la que Él dió, en cierto -sentido, tan prodigioso ejemplo, que dice: El que se humille será -ensalzado.» Finalmente, la Sociedad Bíblica aceptó los servicios de -Borrow y le envió a Rusia, para donde salió sin dilación, a mediados -de año, a colaborar<span class="pagenum" id="Page_xi">[p. xi]</span> -en la transcripción y colación del manuscrito de la Biblia traducida -al manchú, y en la impresión del Nuevo Testamento en la misma -lengua.</p> - -<p>Jorge Borrow estuvo en Rusia hasta septiembre de 1835. Sirvió con -celo y buen éxito a la Sociedad Bíblica; visitó Moscú y Nowgorod, -y proyectó un viaje a China, a través del Asia, para distribuir el -Evangelio por el Oriente. El Gobierno ruso le negó los pasaportes. -Ese proyecto de viaje fué, en opinión de uno de sus biógrafos, el -único motivo que tuvo Borrow para creer, y hacérselo creer a sus -lectores, que había estado en el Oriente remoto<a id="FNanchor_6" -href="#Footnote_6" class="fnanchor">[6]</a>. Durante su estancia -en Rusia tradujo al ruso unas homilías de la iglesia anglicana, y -publicó en San Petersburgo dos colecciones de poesías traducidas -por él al inglés: <i>Targum</i><a id="FNanchor_7" href="#Footnote_7" -class="fnanchor">[7]</a> y el <i>Talismán</i><a id="FNanchor_8" -href="#Footnote_8" class="fnanchor">[8]</a>.</p> - -<p>En octubre de 1835 volvió Jorge Borrow a Inglaterra, y, apenas -llevaba un mes en su país, la Sociedad Bíblica decidió utilizar de -nuevo sus servicios, enviándole a Lisboa y Oporto con encargo de -acelerar la propagación de la Biblia en Portugal. Ni la Sociedad -Bíblica ni Jorge Borrow preveían entonces que sus campañas en la -Península iban a tener la importancia que después adquirieron. Para -la Sociedad, el envío de Borrow a Portugal era un empleo interino, -en espera de que se decidiese su viaje a China. Borrow ignoraba -si tendría o no en Portugal libertad suficiente para lanzarse -a una propaganda intensa, ni si el ánimo<span class="pagenum" -id="Page_xii">[p. xii]</span> de la gente se hallaría bien dispuesto -para recibirla. Jorge Borrow se embarcó en Londres el 6 de noviembre -de 1835, y llegó a Lisboa el 13 del mismo mes<a id="FNanchor_9" -href="#Footnote_9" class="fnanchor">[9]</a>; visitó los alrededores -de la capital, hizo una excursión por el Alemtejo, y de estos viajes -y de sus conversaciones con el representante de la Sociedad Bíblica -en Lisboa nació la determinación de aplazar sus trabajos en Portugal. -Borrow resolvió pasar a España. Salió de Lisboa para Badajoz el 1.º -de enero de 1836, cruzó la frontera el día 6, detúvose en Badajoz -diez días, y por Mérida, Oropesa y Talavera llegó a Madrid. Por el -camino fué madurando su plan de campaña: le pareció necesario, ante -todo, hacer en España una tirada de la Biblia en castellano, porque -sólo podían circular las impresas en el reino. Pero lo difícil no -era eso; lo difícil era obtener permiso para imprimirla <i>sin notas</i>. -Desde la invención de la imprenta, hasta 1820, no se había impreso en -España ninguna traducción de la Biblia descargada de comentarios y -notas, y que fuese, por tanto, de tamaño manual y de precio reducido, -accesible a todos. En 1790 apareció la traducción de Scio, en diez -volúmenes en folio, y en 1823, la de Amat, en nueve volúmenes en -cuarto. Al amparo de la fugaz libertad política, instaurada por -la Revolución de 1820, se imprimió en Barcelona (1820) el Nuevo -Testamento, traducción de Scio, pero sin notas; desde entonces, -hasta la llegada de Borrow a España, nada más se había hecho. La -propaganda de las Sociedades bíblicas no consiste, esencialmente, en -predicar una confesión determinada, sino en difundir la lectura de la -Biblia, poniendo al alcance del mayor número el texto genuino de la -Escritura. Como, en opinión de los cristianos reformados, los dogmas -y prácticas de la Iglesia romana contradicen la letra y el espíritu -del libro<span class="pagenum" id="Page_xiii">[p. xiii]</span> -sagrado, basta la lectura de su texto auténtico, y la restauración -del sentido propio en su inteligencia e interpretación, para minar -las bases de la dominación papista. Así, Borrow, abundando en las -intenciones de sus directores, y con autorización expresa de ellos, -gestionó desde luego el permiso que necesitaba para imprimir el -Evangelio sin notas, y, vencidas no pocas dificultades, se dispuso -a reimprimir en Madrid la traducción del Nuevo Testamento, de Scio, -editada sin notas por la Sociedad Bíblica en Londres, 1826. Borrow -y la Sociedad Bíblica desconocían las versiones castellanas de -la Biblia, hechas por los antiguos reformistas españoles, libros -rarísimos entonces.</p> - -<p>Borrow se fué de Madrid a los pocos días de la revolución de -La Granja, estuvo en Granada y Málaga (viaje no referido en <i>La -Biblia en España</i>), se embarcó en Gibraltar, llegó a Londres -el 3 de octubre, instó en la Sociedad Bíblica la inmediata -apertura de la campaña de propaganda en España, y, aceptados -sus planes, se reembarcó el 4 de noviembre, llegando a Cádiz -el 22 del mismo mes. Por Sevilla y Córdoba se dirigió Borrow a -Madrid, adonde llegó el 26 de diciembre. No perdió el tiempo. -En 14 de enero de 1837 firmaba con Andrés Borrego el contrato -para la impresión del Evangelio, y en 1.º de mayo siguiente se -publicó el libro<a id="FNanchor_10" href="#Footnote_10" -class="fnanchor">[10]</a>. Borrow obtuvo de la Sociedad Bíblica -autorización para repartir en persona la obra por pueblos, y, -dejando en Madrid encargado de sus asuntos a don Luis de Usoz y Río, -emprendió, acompañado de su famoso criado griego, el larguísimo viaje -por Castilla la Vieja, Galicia, Asturias y Santander, que duró desde -mayo a noviembre de 1837. De regreso en Madrid, imprimió dos<span -class="pagenum" id="Page_xiv">[p. xiv]</span> nuevas traducciones -parciales del Nuevo Testamento: una traducción del Evangelio de -San Lucas al caló<a id="FNanchor_11" href="#Footnote_11" -class="fnanchor">[11]</a>, hecha por él, y otra del mismo Evangelio -al vascuence, por un señor Oteiza<a id="FNanchor_12" -href="#Footnote_12" class="fnanchor">[12]</a>.</p> - -<p>La publicación del Evangelio en <i>caló</i>, la apertura de un -<i>Despacho de la Sociedad Bíblica</i> en la calle del Príncipe, los -métodos empleados por Borrow para llamar la atención del público -hacia su obra y ciertas imprudencias de otros agentes de la -Sociedad en España, provocaron la intervención de las autoridades -y desencadenaron una borrasca, en la que naufragó la propaganda -evangélica y, a la larga, puso fin a los trabajos de Borrow en -España; de ella nació también un primer disentimiento entre la -Sociedad y su agente, disentimiento que terminó en ruptura. En enero -del 38, el jefe político de Madrid secuestró los libros existentes -en la tienda abierta por Borrow; en mayo, fué preso <i>Don Jorge</i> por -desacato a un agente de la autoridad y por vender libros impresos -fuera del reino, introducidos en España con infracción de las leyes -vigentes. Borrow cuenta en <i>La Biblia en España</i> la historia del -secuestro y de su prisión; pero omite ciertos hechos que influyeron -grandemente en aquellas resoluciones del Gobierno, hechos que Borrow -no conoció hasta después de salir de la cárcel. Había por entonces -en España otro agente de la Sociedad Bíblica, llamado Graydon, que -operaba principalmente en las<span class="pagenum" id="Page_xv">[p. -xv]</span> provincias de Levante. Graydon, que imprimió en Barcelona -una edición del Nuevo Testamento y otra de la Biblia (A. y N. T.), -sin notas, en 1837, no se limitaba, como Borrow, a propagar el libro, -sino que repartía folletos, prospectos y opúsculos atacando al -Gobierno moderado, al clero español y a sus doctrinas. Esta conducta -produjo algunos escándalos en Valencia, Murcia y Málaga; y como -Graydon se proclamaba, no sólo agente de la Sociedad Bíblica, sino -íntimo colaborador y asociado de Borrow, dió pretexto para que el -Gobierno, movido por los curas, desfogara su inquina tratando a don -Jorge con extremado rigor. La prisión de Borrow y las reclamaciones -del ministro británico produjeron, como puede suponerse, una reunión -precipitada del Consejo de ministros, un ofrecimiento de dimisión por -parte del jefe político, e interpelaciones en las Cortes censurando -al Gobierno... por su lenidad. Excarcelado Borrow, supo por el -ministro británico la parte que la conducta de Graydon había tenido -en sus persecuciones, y se le ocurrió escribir sendas cartas al -<i>Correo Nacional</i> y a la Sociedad Bíblica desautorizando y condenando -el proceder de su colega. En la carta al <i>Correo Nacional</i>, publicada -el 27 de mayo, se titula «único agente autorizado en España de la -S. B.». En la carta a sus directores de Londres, luego de referir -las entrevistas del ministro británico con Ofalia, dice respecto de -Graydon: «Hasta el momento presente, ese hombre ha sido el ángel -malo de la causa de la Biblia en España, y también el mío, y ha -empleado tales procedimientos y escogido de tal modo las ocasiones, -que casi siempre ha conseguido derribar los planes hacederos trazados -por mis amigos y por mí para la propagación del Evangelio de una -manera permanente y segura.» La respuesta de la Sociedad fué un -cruel desengaño para Borrow: reconocíase en ella que Graydon era tan -legítimo representante de la Sociedad Bíblica como él; no se accedía -a<span class="pagenum" id="Page_xvi">[p. xvi]</span> desautorizar -y condenar su proceder, y, además se le advertía a Borrow que, en -adelante, se abstuviese de publicar cartas como la del <i>Correo -Nacional</i>. Por su parte, el Gobierno español, tras algunos artículos -oficiosos en que se le excitaba a proceder «con mano dura» contra los -escarnecedores de la religión, prohibió de Real orden (25 de mayo) la -circulación y venta del Nuevo Testamento editado por Borrow.</p> - -<p>En relaciones poco cordiales con sus jefes y frente a la -hostilidad resuelta de los gobernantes españoles, Borrow no podía -ya realizar en la Península una obra duradera ni fructífera. Aquel -verano del 38 anduvo don Jorge por La Sagra y por tierras de Segovia. -El 24 de agosto llegó a sus manos la orden de sus jefes llamándole -a Inglaterra, y, allá se fué, a través de Francia, y en tres o -cuatro meses que permaneció en su país zanjó sus diferencias con los -directores y logró que le enviaran a España por tercera y última vez. -El 31 de diciembre de 1838 desembarcó en Cádiz, y, salvo los tres -primeros meses, que pasó en Madrid dedicado a la propaganda, casi -todo el año 39 estuvo en Sevilla, en relativa inacción. Allí fueron a -buscarle Mrs. Clarke y su hija, a quienes instaló en su propia casa -de la <i>Plazuela de la Pila Seca</i>; hizo, solo, un viaje a Tánger, -donde le alcanzó la orden del Comité de la Sociedad Bíblica dando -por terminada su misión en España, y en Tánger se acaba bruscamente -la narración de sus aventuras. De retorno en Sevilla, anunció su -matrimonio con Mrs. Clarke (la <i>Señá Biuda</i> con <i>Don Jorgito el -Brujo</i>), y comenzó los preparativos para volver a Inglaterra. Una -disputa con un alcalde de barrio de Sevilla le costó ir a la cárcel, -donde le tuvieron treinta horas; todavía estuvo en Madrid gestionando -las reparaciones debidas por ese agravio, y en abril de 1840 se -embarcó para Inglaterra con Mrs. Clarke y su hija y su corcel árabe. -Apenas tomó tierra, se casó, y fué a instalarse a <i>Oulton<span -class="pagenum" id="Page_xvii">[p. xvii]</span> Cottage</i> (Lowestoft), -propiedad de su esposa, donde vivió muchos años entregado a las -pacíficas tareas literarias.</p> - -<p>Lo primero que publicó fué su obra sobre gitanos<a -id="FNanchor_13" href="#Footnote_13" class="fnanchor">[13]</a>, en la -que había trabajado mucho durante su permanencia en España. Contiene -una descripción preliminar de los gitanos de diversos países y un -estudio de la historia y costumbres de los de España, compuesto -de observaciones personales y extractos de libros referentes a -ellos. Siguen una colección de poesías populares en caló, recogidas -verbalmente por Borrow, y un vocabulario. En <i>The Zincali</i> se -aprecia «una fuerte personalidad y una observación extraordinaria»<a -id="FNanchor_14" href="#Footnote_14" class="fnanchor">[14]</a>; pero -cualquiera puede advertir el desorden con que está compuesto el -libro. Es importante para conocer las costumbres de los gitanos, y -completa además algunas aventuras que en <i>La Biblia en España</i> sólo -están indicadas.</p> - -<p>La publicación de <i>The Zincali</i> puso a Borrow en relación con -Ricardo Ford, docto en cosas hispánicas, que preparaba por entonces -su <i>Manual</i> de España<a id="FNanchor_15" href="#Footnote_15" -class="fnanchor">[15]</a>. Ford aconsejó a Borrow que publicase sus -aventuras personales y se dejara de extractar libracos españoles. -Al saber que tenía entre manos una <i>Biblia en España</i>, insistió en -sus advertencias: nada de vagas descripciones, nada de erudición -libresca; hechos, muchos hechos, observados directamente; arrojo -para no caer en las vulgaridades; no preocuparse del bien decir; -evitar las gazmoñerías y la declamación. Borrow se aprovechó<span -class="pagenum" id="Page_xviii">[p. xviii]</span> de esos consejos. -En su retiro de Oulton ordenó y completó los materiales de que -disponía: diarios de viaje, cartas a la Sociedad Bíblica, y en -diciembre de 1842 se publicaba la obra<a id="FNanchor_16" -href="#Footnote_16" class="fnanchor">[16]</a> que velozmente le llevó -a la celebridad.</p> - -<p>Su triunfo fué inmenso. En el primer año se agotaron seis -ediciones de a mil ejemplares en tres volúmenes, y una edición de -diez mil ejemplares en dos tomos. Dos veces reimpresa en Norteamérica -aquel mismo año 43, fué traducida al alemán, al francés y al ruso; -en 1911 iban publicadas de <i>La Biblia en España</i> más de veinte -ediciones inglesas. Borrow saboreó la popularidad; sus escritos -posteriores contribuyeron poco a sostenerla. Sus aventuras en -España despertaron en el público un deseo muy vivo de conocer -otros hechos de la vida del «héroe». Ricardo Ford le aconsejó que -escribiese su autobiografía. Don Jorge, sin levantar mano, compuso -el <i>Lavengro</i>, historia de su niñez y juventud, continuándola -años después<a id="FNanchor_17" href="#Footnote_17" -class="fnanchor">[17]</a>, hasta la fecha en que comienza aquel -misterioso período de su vida, de que ya se hizo mención. La -obra defraudó las esperanzas del público; los críticos, con gran -indignación del autor, pronunciaron sobre ella un fallo adverso; se -aguardaba una narración rigurosamente veraz, y aparecía un revoltijo -de sucesos reales e imaginarios más que suficiente para desorientar -al lector. Borrow se consoló difícilmente de lo que algunos llamaron -su «fracaso». La vanidad herida, no iba a contribuir a suavizarle -el humor, cada día más áspero y agrio.<span class="pagenum" -id="Page_xix">[p. xix]</span> Llevaba con impaciencia la vida -sedentaria de escritor. Sentía, además, inquietudes religiosas; los -antiguos «terrores» le atormentaban. Borrow quería viajar y solicitó -empleos fuera de su patria; misiones literarias en Asia, el consulado -de Hong-Kong: pero sin resultado. Hizo un viaje por el Oriente de -Europa, y recogió nuevos datos acerca de la vida y lenguaje de sus -amigos los gitanos en Hungría, Valaquia y Macedonia. Anduvo también -por su país; visitó Gales, Escocia y otros lugares, y recogió parte -del fruto de estas jornadas en un libro<a id="FNanchor_18" -href="#Footnote_18" class="fnanchor">[18]</a> que fué la última -obra importante que publicó. Desde 1860 residía en Londres, donde -vivió catorce años sin producir nada desde la aparición de Wild -Wales, sumido en tanta oscuridad, en tal silencio, que algunos le -creían muerto. Estimulado por el deseo de conservar su antigua -primacía en los estudios gitanos, que otros cultivaban ya con -diferente método, se lanzó a publicar, en 1874, un vocabulario<a -id="FNanchor_19" href="#Footnote_19" class="fnanchor">[19]</a> -del dialecto de los gitanos ingleses, obra que, al aparecer, era ya -anticuada. En suma: Borrow se sobrevivió; tan sólo la muerte—observa -Mr. Knapp—podía devolverle la notoriedad perdida. La muerte tardaba -en llegar. Borrow se marchó de Londres en 1874, y se refugió en su -casa de Oulton; estaba viudo desde 1869. El arriscado Don Jorge de -otros tiempos era un anciano de mal humor, que vivía triste y solo en -una casa de campo mal cuidada, y se paseaba por el jardín enmarañado -cantando poemas de su cosecha. Su extraño continente, su soledad -y «sus conversaciones con los gitanos, a quienes permitía acampar -en la finca, crearon en torno suyo una especie de leyenda. Los -muchachos, en viéndole pasar, le gritaban: ¡Gitano!, o ¡brujo!»<span -class="pagenum" id="Page_xx">[p. xx]</span> Muy cerca ya del fin, su -hijastra fué con su marido a vivir en su compañía. En la mañana del -26 de julio de 1881, el matrimonio se fué a Lowestoft a sus asuntos, -dejando a Borrow completamente solo; mucho les rogó que no se fueran, -porque se sentía morir; pero le dijeron que ya otras veces había -expresado igual temor sin fundamento alguno. Cuando volvieron, a las -pocas horas, se lo encontraron muerto.</p> - -<p>Aunque <i>The Bible in Spain</i> no fuese, en términos absolutos, el -mejor libro de Borrow, sería en todo caso, con enorme diferencia -respecto de sus otros escritos, el que más títulos tendría a la -atención de nuestro público. El mérito intrínseco del libro, y la -singular reputación de España, le hicieron popular en Inglaterra -y Norteamérica y conocido en varias naciones de Europa, motivos -también valederos para su divulgación en nuestro país, con más el -de ser los españoles, no lectores distantes, sino parte interesada, -actores en las escenas y su tierra marco de aquella narración. No es -muy honroso para nuestra curiosidad que hayan transcurrido cerca de -ochenta años desde que vió la luz, sin ponerlo hasta hoy, traducido, -al alcance de todos. El libro fué compuesto, en su mayor parte, -en los lugares mismos que describe. Borrow redactaba un diario de -viaje, y remitía, además, a la Sociedad Bíblica cartas de relación -de sus aventuras y trabajos. La Sociedad prestó a Borrow esas cartas -luego de cerciorarse de que, al aprovecharlas, no cometería ninguna -indiscreción. «¡No he revelado los secretos de la Sociedad!», -decía después Borrow; en efecto, no mienta su desacuerdo con los -directores, y tributa a Graydon, el «ángel malo» de la causa bíblica, -ardientes elogios. Las cartas de Borrow a la Sociedad Bíblica<a -id="FNanchor_20" href="#Footnote_20" class="fnanchor">[20]</a> -son tan extensas como la mitad de<span class="pagenum" -id="Page_xxi">[p. xxi]</span> <i>The Bible in Spain</i>; pero sólo -aprovechó la tercera parte de ellas en la composición del libro; lo -demás salió de sus diarios, fundiéndose todo al calor de su espíritu -cuando recordaba y revivía a distancia las impresiones indelebles -recibidas. Tres son los temas de la obra: la difusión del Evangelio, -<i>Don Jorge el inglés</i> y España. Los tres se enlazan en un conjunto -armónico; la propaganda evangélica es el propósito deliberado de que -remotamente trae origen el libro, y constituye su armazón interior; -todas las idas y venidas de Don Jorge, todos sus pensamientos, van -encauzados a la divulgación de la palabra divina; los hombres y las -tierras de España, materia de su explicencia, constituyen, no sólo -una decoración de fondo, asombrosa por el relieve y color, sino el -ambiente en que se mueve y respira un personaje extraordinario, -algo distinto de Borrow, pero que es Borrow mismo despojado de toda -vulgaridad y flaqueza, elevado a la categoría de un semidiós. De -esos temas, el evangélico es el que nos importa menos. España, país -de misiones, España, país de idólatras, era un punto de vista nuevo, -dentro de nuestro solar, en 1835, e irritante para quienes, dueños -de la religión verdadera, habíanla exportado durante siglos. No será -hoy menos irritante para buen número de personas el antipapismo de -Borrow; pero es improbable que los españoles descontentos, los no -conformistas, rompan a gritar: <i>¡Al campo, al campo, Don Jorge, a -propagar el Evangelio de Inglaterra!</i> En el fondo, la preocupación de -Borrow es de la misma índole que la de los «idólatras», sus enemigos. -La regeneración de España por la lectura del Evangelio sería un -programa que acaso hiciera hoy sonreír. El mayor número seguiría -la opinión de Mendizábal, que a la insistencia con que Borrow -solicitaba el permiso para imprimir el Testamento, salvación única -de España, respondía: «¡Si me trajese usted cañones, si me trajese -usted pólvora, si me trajese<span class="pagenum" id="Page_xxii">[p. -xxii]</span> usted dinero para acabar con los carlistas!» Pero <i>Don -Juan y Medio</i>, y los liberales que hicieron la desamortización -eclesiástica, no se atrevían a permitir que circulase el Evangelio -<i>sin notas</i>. Aunque movido por un fanatismo antipático, en favor de -Borrow hablan su osadía personal, la consideración de que luchaba -contra un poder omnímodo, irresponsable, y la de que, formalmente, -pugnaba por un mínimo de hospitalidad y de libertad, sin las que los -hombres en sociedad son como fieras; y eso está siempre bien, hágase -como se haga. El libro de Borrow es un precioso documento para la -historia de la tolerancia, no en las leyes, sino en el espíritu de -los españoles.</p> - -<p><i>The Bible in Spain</i> es un libro autobiográfico. «El principal -estudio de Borrow fué él mismo, y en todos sus mejores libros, él es -el asunto principal y el objeto principal»<a id="FNanchor_21" -href="#Footnote_21" class="fnanchor">[21]</a>. No emplea en esta obra -las confidencias, no se confiesa con el lector; su procedimiento -consiste en dejar hablar a los que le tratan, para pintar el -efecto que su persona y sus hechos causan en el ánimo del prójimo; -asomándonos a ese espejo, vemos la imagen de un <i>Don Jorge</i> muy -aventajado: subyugaba y domaba a los animales fieros; los gitanos le -adoraban; era la admiración de los <i>manolos</i>; temíanle los pícaros; -confundía al posadero ruin y a los alcaldillos despóticos; encendía -en sus servidores devoción sin límites; era afable y llano con los -humildes; trataba a los potentados de igual a igual y hacía bajar -los ojos al soberbio; nunca se apartaba de la razón, ni perdía la -serenidad; un prestigio misterioso le envuelve; en suma: el héroe -y el justo se funden en su persona; es un apóstol que propaga la -palabra de Dios, pero sin el delirio de la Cruz, sin romper el -decoro; es un caballero andante que se compadece de la miseria, -y a cada momento cree uno verle emprender la ruta de Don<span -class="pagenum" id="Page_xxiii">[p. xxiii]</span> Quijote, pero sin -burlas, sin yangüeses, en una España que creyese en él y le tomase -en serio. Apóstol y caballero están bajo el amparo del pabellón -británico.</p> - -<p>Borrow se colocó, o colocó a su héroe, en un escenario sin -segundo, de tal fuerza que, para nuestro gusto, el aventurero se -borra, se disuelve en el paisaje, o queda a la zaga de la muchedumbre -española que suscita. Es difícil encontrar otro caso en que un -escritor haya triunfado con más brillantez de la hostil realidad -presente. Borrow lucha a brazo partido con la realidad española, -la asedia, poco a poco la domina, y con la lentitud peculiar de su -procedimiento acaba por poner en pie una España rebosante de vida. No -se atuvo a una realidad de «guía oficial». Lo que le importaba era el -carácter de los hombres, y no de todos, sino los de la clase popular, -donde los rasgos nacionales se conservan más puros. Labradores, -arrieros, posaderos, gitanos, curas de aldea, monterillas, mendigos, -pastores, pasan ante nosotros, y al verlos gesticular y oírlos -hablar, creemos encontrarnos con antiguos conocidos. Unos son -pícaros, otros santos; unos son listos, otros muy zotes; casi todos -groseros, muchos con sentimientos nobles, pero unidos en general por -un aire de familia inconfundible; y la verdad es que, con todas sus -picardías o su zafiedad, no puede uno dejar de quererlos. Tuvo además -Borrow una espléndida visión del campo, y lo sintió e interpretó de -un modo enteramente moderno. Así, don Jorge descubrió y pintó, en -realidad, lo que quedaba de España. Arrancados los árboles, agostado -el césped, arrastrada en mucha parte la tierra vegetal, asomaba la -armazón de roca, con toda su fealdad y su inconmovible firmeza.</p> - -<p>El lector apreciará seguramente en <i>La Biblia en España</i>, a -pesar de la traducción descolorida, el novelesco interés de algunos -pasajes que parecen arrancados de un libro picaresco, el<span -class="pagenum" id="Page_xxiv">[p. xxiv]</span> movimiento de ciertos -cuadros, propios de un «episodio nacional», el sabor de otras escenas -de costumbres, los bosquejos de tipos y caracteres, con tantos otros -méritos que es innecesario señalar; pero lo mismo ante ellos, que -ante los defectos del libro, y frente a la repulsión que ciertos -juicios—expresos o sobrentendidos—del autor puedan suscitar en el -ánimo de un español, conviene estar prevenido para no incurrir en las -descarriadas apreciaciones que acerca de este libro se han proferido -en nuestro país. <i>La Biblia en España</i> es un libro de viajes, cierto; -pero hay que entenderse acerca de su calidad. No es un informe a la -Sociedad bíblica respecto de los progresos del Evangelio en España, -ni un «cuadro del estado político, social, etcétera», de la nación, -ni un itinerario para recién casados, ni una reseña de las catedrales -y otros monumentos pergeñada para uso de los <i>snobs</i> de ambos -mundos; <i>La Biblia en España</i> es una obra de arte, una creación, y -con arreglo a eso hay que juzgar de su exactitud, del <i>parecido</i> -del retrato y de las «invenciones» del autor. Los paisajes, los -lugares, las figuras, están notados con puntualidad; es excelente en -la inteligencia de las costumbres, y no hay en el libro caricatura -ni falsificación de sentimientos. Episodios compuestos, no vistos -por Borrow; personajes inventados aglutinando rasgos dispersos, sin -duda los ha de haber; pero eso, ¿es ilícito? Pudiera compararse la -creación de Borrow a una estatua de mayor tamaño que el natural. La -verdad artística del conjunto y su efecto conmovedor son innegables. -El libro no es sólo verdadero; es, en ciertos puntos, revelador.</p> - -<p>La traducción que hoy ofrecemos al público está hecha siguiendo -el texto de la edición de U. R. Burke (1896); hemos aprovechado -parte del glosario que la acompaña, poniendo al pie de la página -correspondiente las equivalencias del caló y del castellano; las -notas de Burke no las<span class="pagenum" id="Page_xxv">[p. -xxv]</span> reproducimos todas, porque algunas son innecesarias -para el lector español, y otras contienen errores de bulto. De la -biografía de Borrow, por Míster Knapp, hemos sacado algunas notas -que aclaran el texto, o placen, simplemente, a la curiosidad del -lector.</p> - -<p class="firma">M. A.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter" id="ToC"> - <p><span class="pagenum" id="Page_27">[Pg 27]</span></p> - <h2 class="nobreak g2">ÍNDICES</h2> -</div> - -<table summary="índice de contenidos"> - <tr> - <td class="tdl"> </td> - <td class="tdr"><span class="subrayado">Páginas.</span></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl">[Nota preliminar]</td> - <td class="tdr"><a href="#Page_v">v</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl">[Índices]</td> - <td class="tdr"><a href="#Page_27">27</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl">[Mapa]</td> - <td class="tdr"><a href="#Page_34">34</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl">[Prólogo]</td> - <td class="tdr"><a href="#Page_35">35</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Capítulo primero.</span>— ¡Hombre al agua!— - El Tajo.— Las lenguas extranjeras.— La gesticulación.— Calles de - Lisboa.— El acueducto.— La Biblia tolerada en Portugal.— Cintra.— Don - Sebastián.— Juan de Castro.— Conversación con un cura.— Colhares.— - Mafra.— El palacio.— El maestro de escuela.— Los portugueses.— Su - ignorancia de las Escrituras.— Los curas rurales.— El Alemtejo. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_49">49</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. ii.</span>— Boteros del Tajo.— Peligros de - la corriente.— Aldea Gallega.— La hostería.— Ladrones.— Sabocha.— - Aventura de un arriero.— <i>Estalagem de ladrões.</i>— Don Gerónimo.— - Vendas Novas.— Un Sitio Real.— Los cerdos del Alemtejo.— Monte Moro.— - Un cabrero singular.— Los hijos de los campos.— Infieles y saduceos. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_68">68</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. iii.</span>— Un comerciante de Evora.— - Contrabandistas españoles.— El león y el<span class="pagenum" - id="Page_28">[p. 28]</span> unicornio.— La fuente.— Confianza en - el Todopoderoso.— Reparto de folletos.— La librería en Evora.— Un - manuscrito.— La Biblia como guía.— La infame María.— El hombre de - Palmella.— El conjuro.— El régimen frailuno.— Domingo.— Volney.— - Un auto de fe.— Hombres de España.— Lectura de un folleto.— Nuevos - viajeros.— La mata de romero. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_87">87</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. iv.</span>— Dilaciones molestas.— El - cochero borracho.— Una mula muerta.— Lamentación.— Aventura en un - descampado.— El miedo a la oscuridad.— Un fidalgo portugués.— La - escolta.— Regreso a Lisboa. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_105">105</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. v.</span>— El colegio.— El rector.— La - piedra de toque.— Prejuicios nacionales.— Deportes juveniles.— Los - judíos de Lisboa.— Creencias corrompidas.— Crimen y superstición. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_119">119</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. vi.</span>— El frío en Portugal.— Me libro - de una extorsión.— Sensación de soledad.— El perro.— El convento.— Un - paisaje encantador.— El castillo morisco.— Plegaria por un enfermo. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_134">134</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. vii.</span>— La piedra druídica.— Un joven - español.— Soldados rufianes.— Los males de la guerra.— Estremoz.— La - disputa.— La atalaya en ruinas.— Vislumbre de España.— Ayer y hoy. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_147">147</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="pagenum" id="Page_29">[p. 29]</span><span - class="smcap">Cap. viii.</span>— Elvas.— Longevidad extraordinaria.— - La nación inglesa.— Ingratitud portuguesa.— Las fortificaciones.— Un - mendigo español.— Badajoz.— La aduana. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_161">161</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. ix.</span>— Badajoz.— Antonio el gitano.— - Una proposición de Antonio.— Es aceptada.— El desayuno gitano.— - Salida de Badajoz.— El borrico del gitano.— Mérida.— La muralla en - ruinas.— La comadre.— El país del moro.— Los hombres negros.— La vida - en el desierto.— La cena. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_173">173</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. x.</span>— La nieta de la gitana.— - Proyecto matrimonial.— El alguacil.— El ataque.— Trote largo.— - Llegada a Trujillo.— Noche de lluvia.— La selva.— El vivac.— - ¡Levántate y anda!— Jaraicejo.— El Nacional.— El caballero - Balmerson.— Entre jarales.— Una conversación seria.— ¿Qué es la - verdad?— Noticia inesperada. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_196">196</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. xi.</span>— El puerto de Mirabete.— Lobos - y pastores.— La sutileza de las hembras.— Muerto por los lobos.— Se - aclara el misterio.— Las montañas.— La hora tenebrosa.— Un viajero - nocturno.— Abarbanel.— Los tesoros ocultos.— El poder del oro.— El - arzobispo.— Llegada a Madrid. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_224">224</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. xii.</span>— Mi alojamiento en Madrid.— - <span class="pagenum" id="Page_30">[p. 30]</span>La patrona.— - El embajador británico.— Mendizábal.— Baltasar.— Deberes de un - Nacional.— Sangre moza.— La ejecución.— La población de Madrid.— Las - clases altas.— Las clases bajas.— Las corridas de toros.— El gitano. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_244">244</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. xiii.</span>— Intrigas de la Corte.— Quesada - y Galiano.— Disolución de las Cortes.— El secretario.— Testarudez - aragonesa.— El Concilio de Trento.— El asturiano.— Los tres - bandidos.— Benedicto Mol.— El hombre de Lucerna.— El Tesoro. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_263">263</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. xiv.</span>— Estado de España.— Istúriz.— - Revolución de La Granja.— La revuelta.— Síntomas alarmantes.— Los - corresponsales de periódicos.— Arrojo de Quesada.— La escena final.— - Fuga de los moderados.— El café. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_281">281</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. xv.</span>— El vapor.— El cabo de - Finisterre.— La tormenta.— Llegada a Cádiz.— El Nuevo Testamento.— - Sevilla.— Itálica.— El anfiteatro.— Los presos.— El encuentro.— El - barón Taylor.— La calle y el desierto. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_297">297</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. xvi.</span>— Salida para Córdoba.— Carmona.— - Las colonias alemanas.— El idioma.— Un caballo haragán.— El - recibimiento nocturno.— El posadero carlista.— Buen consejo.— Gómez.— - El genovés viejo.— Las dos opiniones. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_315">315</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="pagenum" id="Page_31">[p. 31]</span><span - class="smcap">Cap. xvii.</span>— Córdoba.—Los moros de Berbería.— - Los ingleses.— Un cura viejo.— El breviario romano.— El palomar.— El - Santo Oficio.— Judaísmo.— Los palomares profanados.— Propuesta del - posadero. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_331">331</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"> - <span class="smcap">Cap. xviii.</span>— Salida de Córdoba.— El - contrabandista.— Treta judaica.— Llegada a Madrid. - </td> - <td class="tdr"><a href="#Page_347">347</a></td> - </tr> -</table> - - -<div class="aftit"> - <hr class="chap" /> - <p><span class="pagenum" id="Page_33">[p. 33]</span></p> - <p class="centra xxl g1">LA BIBLIA EN ESPAÑA</p> - <hr class="chap" /> -</div> - - -<div class="aftit" id="Mapa"> - <p><span class="pagenum" id="Page_34">[p. 34]</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/mapa_pq.jpg" - alt="Ilustración mostrando un mapa de los viajes de Borrow por la península" /> - <p class="caption"> - <span class="x_link"> - <a href="images/mapa_gr.jpg"> - <img src="images/xpnd.jpg" alt="Aumentar" title="Aumentar" /> - </a> - <br /> - </span> - <span class="small smcap">Viajes de Borrow por la Península</span> - </p> - </div> -</div> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_35">[Pg 35]</span></p> - <h2 class="nobreak">PRÓLOGO</h2> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">M</span><span class="smcap">uy</span> -rara vez se lee el prólogo de un libro, y, en realidad, la -mayor parte de los que han visto la luz en estos últimos años, no -tienen prólogo alguno. Me ha parecido, sin embargo, conveniente -escribir este prefacio, y sobre él llamo humildemente la atención del -benévolo lector, porque su lectura contribuirá no poco a la cabal -inteligencia y apreciación de estos volúmenes.</p> - -<p>La obra que ahora ofrezco al público, titulada <span -class="smcap">La Biblia en España</span>, consiste en una narración -de lo que me sucedió durante mi residencia en aquel país, adonde -me envió la Sociedad Bíblica, como agente suyo, para imprimir y -propagar las Escrituras. No obstante, comprende también algunos -viajes y aventuras en Portugal, y concluye dejándome en «el país de -los <i>Corahai</i>»,<a id="FNanchor_22" -href="#Footnote_22" class="fnanchor">[22]</a> región a la<span -class="pagenum"><a id="Page_36">[p. 36]</a></span> que -me pareció oportuno retirarme por una temporada, después de haber -sufrido en España considerables ataques.</p> - -<p>Es muy probable que si yo hubiese visitado España por mera -curiosidad o con el propósito de pasar uno o dos años agradablemente, -jamás hubiese intentado dar cuenta detallada de mis actos ni de lo -que vi y oí. Yo no soy un turista ni un escritor de libros de viajes; -pero la comisión que llevé allá era un poco extraña y me condujo -necesariamente a situaciones y posiciones insólitas, me envolvió -en dificultades y perplejidades, y me puso en contacto con gente -de condición y categoría muy diversas; de suerte que, en conjunto, -me lisonjeo pensando que el relato de mi peregrinación no carecerá -enteramente de interés para el público, sobre todo, dada la novedad -del asunto; pues aunque se han publicado varios libros acerca de -España, éste es el único, creo yo, que trata de una obra de misiones -en aquel país.</p> - -<p>Es verdad que en el libro se encontrarán bastantes cosas muy poco -relacionadas con la religión o con la propaganda religiosa; pero no -tengo por qué excusarme de haberlas traído aquí a colación. Desde el -principio hasta el fin fuí, digámoslo así, a la deriva por España, -tierra de antiguo renombre, tierra de maravillas y de misterios, en -condiciones tales para conocer sus extraños <span class="pagenum"><a -id="Page_37">[p. 37]</a></span>secretos y peculiaridades como quizás -a ningún otro individuo le hayan sido nunca dadas, y ciertamente a -ningún extranjero; y si en muchos casos presento escenas y caracteres -tal vez sin precedente en una obra de esta índole, sólo haré observar -que durante mi estancia en España me vi tan inevitablemente mezclado -con ellos, que hubiera sido difícil referir con fidelidad mis -andanzas sin dar de tales cosas una referencia tan puntual como la -que aquí he puesto.</p> - -<p>Es digno de nota que, llamado repentina e inesperadamente a -«acometer la aventura de España», no me hallaba yo por completo -falto de preparación para tal empresa. España ocupó siempre un lugar -considerable en mis ensueños infantiles, y las cosas españolas me -interesaban por modo especial, sin presentir que, andando el tiempo, -me vería llamado a participar, si bien modestamente, en el drama -descomunal de su vida; aquel interés me indujo, en edad temprana, -a aprender su noble idioma y a conocer su literatura (apenas digna -del idioma), su historia y tradiciones; de modo que al entrar por -vez primera en España me sentí más en mi casa que lo que sin esas -circunstancias me hubiese sentido.</p> - -<p>En España pasé cinco años, que, si no los más accidentados, -fueron, no vacilo en decirlo, los más felices de mi existencia. Y -ahora que la ilusión se ha desvanecido ¡ay!<span class="pagenum" -id="Page_38">[p. 38]</span> para no volver jamás, siento por -España una admiración ardiente: es el país más espléndido del -mundo, probablemente el más fértil y con toda seguridad el de -clima más hermoso. Si sus hijos son o no dignos de tal madre, es -una cuestión distinta que no pretendo resolver; me contento con -observar que, entre muchas cosas lamentables y reprensibles, he -encontrado también muchas nobles y admirables; muchas virtudes -heroicas, austeras, y muchos crímenes de horrible salvajismo; pero -muy poco vicio de vulgar bajeza, al menos entre la gran masa de la -nación española, a la que concierne mi misión; porque bueno será -notar aquí que no tengo la pretensión de conocer íntimamente a la -aristocracia española, de la que me mantuve tan apartado como me lo -permitieron las circunstancias; <i>en revanche</i> he tenido el honor -de vivir familiarmente con los campesinos, pastores y arrieros de -España, cuyo pan y <i>bacallao</i> he comido, que siempre me trataron con -bondad y cortesía, y a quienes con frecuencia he debido amparo y -protección.</p> - -<p>«La generosa conducta de Francisco González, y los altos -hechos de Ruy Díaz el Cid se cantan todavía entre las asperezas -de Sierra Morena»<a id="FNanchor_23" href="#Footnote_23" -class="fnanchor">[23]</a>.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_39">[p. 39]</span></p> - -<p>El argumento más fuerte que, a mi parecer, puede aducirse como -prueba del vigor y de los recursos naturales de España, y de la buena -ley del carácter de sus habitantes, es el hecho de que, hoy en día, -el país no se halle extenuado ni agotado, y que sus hijos sean aún, -hasta cierto punto, un gran pueblo de muy levantados ánimos. Sí; a -pesar del desgobierno de los Austrias, brutales y sensuales, de la -estupidez de los Borbones, y, sobre todo, de la tiranía espiritual de -la corte de Roma, España todavía se mantiene independiente, combate -en causa propia, y los españoles no son aún esclavos fanáticos ni -mendigos rastreros. Esto es decir mucho, muchísimo; porque España ha -sufrido lo que Nápoles no ha tenido nunca que sufrir, y, sin embargo, -su suerte ha sido muy diferente de la de Nápoles. Aún hay valor en -Asturias; generosidad en Aragón; honradez en Castilla la Vieja, y las -labradoras de la Mancha pueden aún poner un tenedor de plata y una -nívea servilleta junto al plato de su huésped. Sí; a despecho de los -Austrias, de los Borbones y de Roma, todavía media un abismo entre -España y Nápoles.</p> - -<p>Aunque suene a cosa rara, España no es un país fanático. Algo sé -acerca de ella, y afirmo que ni es fanática ni lo ha sido nunca: -España no cambia jamás. Cierto que durante casi dos siglos España -fué <i>La Verduga</i> de la malvada Roma, el instrumento escogido <span -class="pagenum" id="Page_40">[p. 40]</span>para llevar a efecto -los atroces planes de esa potencia; pero el resorte que impelía a -España a su obra sanguinaria no era el fanatismo; otro sentimiento, -predominante en ella, la excitaba: su orgullo fatal. Con halagos a -su orgullo fué inducida España a despilfarrar su preciosa sangre y -sus tesoros en las guerras de los Países Bajos, a equipar la armada -Invencible y a otras muchas acciones insensatas. El amor a Roma tenía -muy poca influencia en su política; pero halagada por el título de -<i>Gonfalonera del Vicario de Cristo</i>, y ansiosa de probar que era -digna de él, cerró los ojos y corrió a su propia destrucción al grito -de: «¡Cierra, España!»</p> - -<p>Cuando sus armas fueron impotentes en el exterior, España se -recogió dentro de sí misma. Dejó de ser instrumento de la venganza -y de la crueldad de Roma, pero no la dieron de lado. Aunque ya no -servía para blandir la espada con buen éxito contra los luteranos, -podía ser útil para algo. Aún tenía oro y plata, y aún era la tierra -del olivo y de la vid. Dejó de ser el verdugo y se convirtió en el -banquero de Roma; y los pobres españoles, que siempre estiman como un -privilegio pagar cuentas ajenas, miraron durante mucho tiempo como -una gran ventura que les permitieran saciar la rapaz avidez de Roma, -que durante el siglo pasado sacó, probablemente, de España más dinero -que de todo el resto de la cristiandad.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_41">[p. 41]</span></p> - -<p>Pero la guerra prendió en el país. Napoleón y sus fieros francos -invadieron España; siguiéronse saqueos y estragos, cuyos efectos -se sentirán, probablemente, durante muchas generaciones. España no -pudo ya seguir pagando a Pedro sus cuartos con la holgura de antaño, -y desde entonces, Roma, que no respeta a ninguna nación más que -en cuanto puede hacer de ella el ministro de su crueldad o de su -avaricia, la miró con desprecio. El español tenía aún voluntad de -pagar, dentro de lo que sus medios le permitían; pero muy pronto -le dieron a entender que era un ser degradado, un bárbaro; más: un -mendigo. Ahora bien: a un español podéis sacarle hasta el último -<i>cuarto</i> con tal que le otorguéis el título de caballero y de hombre -rico, pues la levadura antigua es tan fuerte en él como en los -tiempos de Felipe el Hermoso; pero guardaos de insinuar que le tenéis -por pobre o que su sangre es inferior a la vuestra. Al conocer, pues, -la baja estimación en que había caído, el rústico viejo replicó: -«Si soy un bestia, un bárbaro y, además, un pordiosero, lo siento -mucho; pero como eso no tiene remedio, voy a gastarme estas cuatro -fanegas de cebada, que había reservado para aliviar la miseria -del Santo Padre, en una corrida de toros y en otras diversiones -convenientes para la reina, mi mujer, y para los príncipes, mis -hijos. ¿Yo un mendigo? <i>¡Carajo!</i> El agua de mi<span class="pagenum" -id="Page_42">[p. 42]</span> pueblo es mejor que el vino de Roma.»</p> - -<p>Veo que en la última carta pastoral dirigida a los españoles, -el obispo de Roma se queja amargamente del trato que ha recibido -en España por parte de algunos hombres inicuos. «Mis catedrales se -arruinan—dice—, insultan a mis sacerdotes y cercenan las rentas de -mis obispos.» Se consuela, sin embargo, con la idea de que todo esto -es obra de la malicia de unos pocos, y que la generalidad de la -nación le ama, sobre todo los campesinos, los inocentes campesinos, -que vierten lágrimas al pensar en los sufrimientos de su Papa -y de su religión. ¡Desengáñese, <i>Batuschca</i><a id="FNanchor_24" -href="#Footnote_24" class="fnanchor">[24]</a>, desengáñese! España -estaba dispuesta a luchar por vuestra causa, en tanto que al obrar -así acrecentase su gloria; pero no le agrada perder batallas y más -batallas en servicio vuestro. No se opone a llevar su dinero a -vuestras arcas, en forma de limosnas, esperando, sin embargo, verlas -aceptadas con la gratitud y la humildad propias de quien recibe una -caridad. Pero al encontrar que no sois humilde ni agradecido, y, -sobre todo, al sospechar que tenéis a Austria en mayor estimación, -incluso como banquero, España se encoge de hombros y profiere unas -palabras algo parecidas a las que ya he puesto en boca de uno de sus -hijos: «Estas cuatro fanegas de cebada», etc.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_43">[p. 43]</span></p> - -<p>Es, en verdad, sorprendente lo poco que a la gran masa de la -nación española le interesó la última guerra<a id="FNanchor_25" -href="#Footnote_25" class="fnanchor">[25]</a>, la cual, empero, -ha sido llamada por quien debía estar mejor enterado, guerra de -religión y de principios. Se admitía, generalmente, que Vizcaya era -el reducto del carlismo, y que los vizcaínos sentían fanático apego -a su religión, a la que creían en peligro. La verdad es que los -vascos se cuidaban muy poco de Carlos y de Roma, y tomaron las armas -tan sólo por defender ciertos derechos y privilegios que tenían. -Por el encanijado hermano de Fernando mostraron siempre soberano -desprecio, que su carácter, mezcla de imbecilidad, cobardía y -crueldad, merecía de sobra. Usaron su nombre como un <i>cri de guerre</i> -solamente. Casi lo mismo puede decirse de sus partidarios españoles, -al menos de los que se lanzaron al campo por su causa. Había, sin -embargo, una gran diferencia de carácter entre éstos y los vascos, -soldados valerosos y hombres honrados. Los ejércitos españoles de don -Carlos se componían enteramente de ladrones y asesinos, casi todos -valencianos y manchegos, que, mandados por dos forajidos, Cabrera -y Palillos, se aprovecharon de la situación perturbada del país -para robar y asesinar a la parte honrada de la población. Respecto -de la reina<span class="pagenum" id="Page_44">[p. 44]</span> -regente Cristina, cuanto menos se hable, mejor; tomó en sus manos -las riendas del gobierno a la muerte de su marido, y con ellas el -mando del ejército. La parte respetable de la nación española, y -por modo especial los honrados y estrujados labradores, aborrecían -y execraban a las dos facciones. Muchas veces, al caer la noche, -compartiendo la frugal comida de un labriego de cualquiera de las -dos Castillas, oíamos el lejano tiroteo de los soldados <i>cristinos</i> -o de los bandidos carlistas; con lo que comenzaba mi hombre a echar -maldiciones a los dos pretendientes, sin olvidar al Santo Padre y -a la diosa de Roma, <i>María Santísima</i>. Luego, con la energía de -tigre característica del español cuando se excita, levantándose -precipitadamente exclamaba: «¡<i>Vamos, don Jorge</i>, al campo, al campo! -Me voy con usted y aprenderé la ley de los ingleses. Al campo, pues, -desde mañana, a difundir el evangelio de Inglaterra.»</p> - -<p>Entre los campesinos españoles fué donde encontré mis defensores -más acérrimos; y aún supone el Santo Padre que los labradores de -España son amigos suyos y le quieren. ¡Desengáñese, <i>Batuschca</i>, -desengáñese!</p> - -<p>Pero volvamos al presente libro: está consagrado, como digo, a -referir mis sucesos en España mientras anduve por allá empeñado -en difundir las Escrituras. Respecto de mis<span class="pagenum" -id="Page_45">[p. 45]</span> modestos trabajos, he de hacer notar aquí -que lo realizado fué muy poca cosa; no tengo la pretensión de haber -conseguido brillantes triunfos; cierto que fuí enviado a España, -más que nada, a explorar el país y a comprobar hasta qué punto el -espíritu del pueblo estaba preparado para recibir las verdades del -cristianismo; obtuve, sin embargo, mediante el apoyo de buenos -amigos, un permiso del Gobierno español para imprimir en Madrid una -edición del libro sagrado, que subsiguientemente repartí por la -capital y las provincias.</p> - -<p>Durante mi estancia en España, otras personas prestaron muy buenos -servicios a la causa del evangelio, y en una obra de esta índole -sería injusto pasar en silencio sus esfuerzos. Villano es el corazón -que rehusa al mérito su recompensa, y por insignificante que sea el -valor de un elogio que brota de una pluma como la mía, no puedo por -menos de mencionar, con respeto y estimación, unos pocos nombres -relacionados con la propaganda evangélica. Un caballero irlandés, -llamado Graydon, se empleó, con celo e infatigable diligencia, en -difundir la luz de la Escritura en la provincia de Cataluña y a lo -largo de las costas meridionales de España; mientras, dos misioneros -de Gibraltar, los señores Rule y Lyon, predicaron la verdad -evangélica durante un año entero en una iglesia de Cádiz.<span -class="pagenum" id="Page_46">[p. 46]</span> Tan buen éxito alcanzaron -los esfuerzos de estos dos últimos, animosos discípulos del inmortal -Wesley, que, con razón sobrada podemos suponerlo así, de no haber -sido reducidos al silencio y desterrados del país por la fracción -pseudo-liberal de los <i>Moderados</i>, no sólo Cádiz, pero la mayor -parte de Andalucía habría entonces confesado las puras doctrinas -del Evangelio y desechado para siempre los últimos restos de la -superstición Papista.</p> - -<p>Por hallarse más inmediatamente relacionado con la Sociedad -Bíblica y conmigo, considero felicísima la oportunidad que se me -presenta de hablar de Luis de Usoz y Río, vástago de una antigua y -honorable familia de Castilla la Vieja, que me ayudó en la edición -española del Nuevo Testamento, en Madrid. Durante mi permanencia en -España recibí toda clase de pruebas de amistad de este caballero, -que, en mis ausencias por las provincias, y en mis numerosos y -largos viajes, me sustituía de buen grado en Madrid y se empleaba -cuanto podía en adelantar las miras de la Sociedad Bíblica, sin otro -móvil que la esperanza de contribuir acaso con su esfuerzo a la paz, -felicidad y civilización de su tierra natal.</p> - -<p>Para concluir, permítaseme declarar que conozco muy bien los -defectos y errores del presente libro. Para componerlo me he valido -de ciertos diarios que fuí escribiendo<span class="pagenum" -id="Page_47">[p. 47]</span> durante mi estancia en España y de -numerosas cartas escritas a mis amigos de Inglaterra, que han tenido -después la bondad de restituírmelas; sin embargo, la mayor parte de -él, consistente en descripciones de lugares y escenas, en bosquejos -de caracteres, etcétera, se la debo a mi memoria. En varios casos he -omitido los nombres de los lugares, o por haberlos olvidado, o por -no estar seguro de su ortografía. La obra, tal como hoy está, fué -escrita en una aldea solitaria de una apartada región de Inglaterra, -donde no tenía libros de consulta, ni amigos cuya opinión o consejo -pudiera en ocasiones serme provechoso, y con todas las incomodidades -resultantes del quebranto de mi salud. Pero he recibido en ocasión -reciente tales muestras de la lenidad y generosidad extremadas del -público británico y americano para conmigo, que sin temor me someto -nuevamente a su consideración, y confío en que, si en los presentes -volúmenes hay poco que admirar, me darán al menos reputación de -hombre bien intencionado y que no se emplea en escribir ruindades.</p> - -<p class="ti0 p3">26 de noviembre de 1842.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_49">[Pg 49]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO PRIMERO</h2> - <p class="subhang"> - ¡Hombre al agua!— El Tajo.— Las lenguas extranjeras.— La - gesticulación.— Calles de Lisboa.— El acueducto.— La Biblia tolerada - en Portugal.— Cintra.— Don Sebastián.— Juan de Castro.— Conversación - con un cura.— Colhares.— Mafra.— El palacio.— El maestro de escuela.— - Los portugueses.— Su ignorancia de las Escrituras.— Los curas - rurales.— El Alemtejo. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">E</span><span class="smcap">n -la</span> mañana del 10 de noviembre de 1835, encontrábame a la -altura de la costa de Galicia, cuyas elevadas montañas, doradas por -el sol naciente, ofrecían una vista espléndida. Iba con destino a -Lisboa; doblamos el cabo Finisterre, y, metiéndonos mar adentro, -perdimos rápidamente de vista la tierra. En la mañana del día 11, -estando el mar muy alborotado, ocurrió un suceso notable. Hallábame -en el castillo de proa departiendo con dos marineros; uno de ellos, -que acababa de levantarse de la hamaca, dijo: «He tenido esta noche -un sueño extraño y muy poco agradable, porque—continuó señalando al -mástil—he soñado<span class="pagenum" id="Page_50">[p. 50]</span> -que me caía al mar desde la cruceta.» Así se lo oyeron decir varios -tripulantes que estaban junto a mí. Un momento después, el capitán -del barco, advirtiendo que la borrasca iba en aumento, mandó tomar -la gavia, y en el acto, aquel marinero y otros varios treparon a la -arboladura. Estaban en la maniobra cuando una racha de viento hizo -girar la antena, dando tal golpe a uno de los marineros, que cayó -desde la cruceta al mar, cubierto de hirvientes espumas. El marinero -emergió en seguida; vi su cabeza asomar en la cresta de una ola muy -grande, y en el acto reconocí en aquel desdichado al que poco antes -nos había referido su sueño. Nunca olvidaré la mirada de agonía que -nos lanzó, mientras el barco, velozmente, le dejaba atrás. Dada -la voz de alarma, hubo una gran confusión, y lo menos pasaron dos -minutos antes de que el barco se parase; en ese tiempo el marinero -se quedó muy lejos a popa; sin embargo, yo no le perdí de vista y -observé que luchaba valientemente con las olas. Por fin, se arrió -un bote; mas por desgracia no se halló a mano el timón, y sólo se -pudo disponer de dos remos, con los que los tripulantes no avanzaban -gran cosa en un mar tan alborotado. No obstante, remaron de firme, -y habían llegado ya a diez brazas del náufrago, que continuaba -luchando por su vida, cuando le perdí de vista; a su regreso dijeron -los<span class="pagenum" id="Page_51">[p. 51]</span> marineros que -le habían visto debajo del agua, a intervalos, hundiéndose cada -vez más, con los brazos abiertos, y el cuerpo, al parecer, rígido, -pero que se habían encontrado en la imposibilidad de salvarlo. -Inmediatamente después, el mar se calmó mucho, como si ya estuviera -satisfecho con la presa que acababa de hacer. El pobre muchacho que -pereció de tan singular manera era un apuesto joven de veintisiete -años, hijo único de una viuda; era el mejor marinero de a bordo, -y cuantos le conocieron le querían. Este suceso ocurrió el 11 de -noviembre de 1835; el barco era un vapor llamado <i>London Merchant</i>. -¡Verdaderamente admirables son los caminos de la Providencia!</p> - -<p>Aquella misma noche entramos en el Tajo y echamos el ancla -delante de la antigua torre de Belem; a la madrugada siguiente -levamos anclas, y remontando el río como cosa de una legua, anclamos -de nuevo a corta distancia del <i>Caesodré</i><a id="FNanchor_26" -href="#Footnote_26" class="fnanchor">[26]</a>, o muelle principal -de Lisboa. Allí estuvimos algunas horas junto al enorme casco negro -de la <i>Rainha Nao</i>, navío de guerra que en otros tiempos cautivaba -de tal modo los ojos de Nelson, que de muy buena gana lo hubiera -adquirido para su país natal. Mucho después fué navío almirante de -la escuadra miguelista, y el<span class="pagenum" id="Page_52">[p. -52]</span> intrépido Napier lo capturó unos tres años antes de la -fecha a que me refiero.</p> - -<p>La <i>Rainha Nao</i> dícese que dió a Napier más quehacer que todos -los demás barcos enemigos juntos, y alguien afirmó que si éstos se -hubieran defendido con la mitad del coraje que la vieja y belicosa -«reina» desplegó, el resultado de la batalla que decidió la suerte de -Portugal hubiese sido por completo diferente.</p> - -<p>Encontré por demás molesta la operación de desembarcar en -Lisboa. Los empleados de la aduana eran extremadamente descorteses, -y examinaron cada pieza de mi reducido equipaje con irritante -minuciosidad.</p> - -<p>Mi primera impresión al tomar tierra en la Península estaba muy -lejos de ser favorable; apenas hacía una hora que hollaba su suelo, y -ya deseaba de corazón volverme a Rusia, país de donde había salido un -mes antes, dejando en él amigos muy queridos y muy vivos afectos.</p> - -<p>Después de soportar en la aduana muchos abusos y exacciones, -procedí a buscar alojamiento, y, al fin, encontré uno, pero sucio -y caro. Al siguiente día tomé un criado portugués. Mi costumbre -invariable al llegar a un país consiste en valerme de los servicios -de un indígena, con la mira principal de perfeccionarme en la -lengua, y como ya conozco casi todos los idiomas y dialectos <span -class="pagenum" id="Page_53">[p. 53]</span>importantes de oriente y -occidente, me pongo con prontitud en condiciones de hacerme entender -perfectamente por los naturales. En unos quince días logré hablar en -portugués con mucha facilidad.</p> - -<p>Los que desean hacerse entender de un extranjero hablándole en -su propio idioma tienen que hablar a gritos y vociferar abriendo -mucho la boca. ¿Es de extrañar, pues, que los ingleses sean, en -general, los peores lingüistas del mundo, ya que siguen un sistema -diametralmente opuesto? Por ejemplo, cuando intentan hablar en -español—la lengua más sonora que existe—apenas abren los labios, y, -con las manos metidas en bolsillos, farfullan perezosamente, en lugar -de aplicarse al indispensable menester de la gesticulación. Con razón -los pobres españoles exclaman: estos ingleses tienen un hablar tan -cerrado que ni el mismo Satanás los entiende.</p> - -<p>Lisboa es una gran ciudad ruinosa, que aún muestra por doquiera -las huellas del terremoto, terrible visita que le hizo Dios hace -unos ochenta años. La ciudad se alza sobre siete colinas; la -más elevada de todas la ocupa el castillo de San Jorge, punto -el más eminente que la mirada descubre al contemplar a Lisboa -desde el Tajo. Las partes más animadas y bulliciosas de la ciudad -hállanse en la hondonada que cae al Norte de esa colina. Allí se -encuentra la<span class="pagenum" id="Page_54">[p. 54]</span> -<i>Plaza</i> de la Inquisición<a id="FNanchor_27" href="#Footnote_27" -class="fnanchor">[27]</a>, la principal de Lisboa, desde la que -corren paralelas hacia el río tres o cuatro calles, entre las que -se cuentan la del Oro y la de la Plata, así llamadas porque en -ellas viven los orífices y los plateros, muy hábiles en su oficio; -estas calles son, en conjunto, muy suntuosas. Las casas son grandes -y altas como castillos. Inmensas columnas protejen a intervalos -la calzada; pero lo que hacen más bien es estorbar. Estas calles -son completamente llanas y están bien pavimentadas, en lo cual se -diferencian de todas las demás de Lisboa. La calle más singular es, -sin embargo, la del <i>Alecrim</i>, o del Romero, que desemboca en el -<i>Caesodré</i>. Es muy pendiente, y a ambos lados se alzan los palacios -de la más rancia nobleza de Portugal, edificios pesados y adustos, -pero grandes y pintorescos, con jardines colgantes aquí y allá, que -se asoman a la calle desde gran altura.</p> - -<p>Con toda su ruina y desolación, Lisboa es, sin disputa, la -ciudad más notable de la Península, y acaso del Sur de Europa. No -me propongo entrar aquí en minuciosos detalles acerca de ella; me -limitaré a notar que es tan digna de la atención de un artista -como la misma Roma. Verdad es que, si abundan aquí las iglesias, -no hay ninguna catedral gigantesca como la de San Pedro,<span -class="pagenum" id="Page_55">[p. 55]</span> para atraer las miradas -llenándolas de admiración, pero me atrevo a decir que no hay en la -antigua ni en la moderna Roma una obra del trabajo y del arte humanos -que pueda, cualquiera que sea su destino, rivalizar con las obras -hidráulicas para el abastecimiento de Lisboa. Aludo al estupendo -acueducto cuyos arcos principales cruzan el valle al Noreste de -Lisboa y vierte un arroyuelo de agua fría y deliciosa en una cisterna -de piedra dentro del hermoso edificio llamado Madre de las aguas, -desde donde se abastece toda Lisboa de linfa cristalina, aunque el -manantial está a siete leguas de allí. Los viajeros, después de -consagrar una mañana entera a visitar los <i>Arcos</i> y la <i>Mai das -agoas</i>, pueden dirigirse a la iglesia y al cementerio británicos; -este último es un <i>Père-la-Chaise</i> en miniatura, donde, si se -trata de viajeros ingleses, bien podrá perdonárseles que estampen -un beso, como hice yo, en la fría tumba del autor de <i>Amelia</i><a -id="FNanchor_28" href="#Footnote_28" class="fnanchor">[28]</a>, el -genio más singular que nuestra isla ha producido, y cuyas obras, -por pura moda, han sido durante mucho tiempo denigradas en público -y leídas en secreto. En el mismo cementerio descansan los restos -mortales de Doddridge, otro autor inglés, de diferente cuño, pero -justamente admirado y estimado. Al desembarcar no tenía yo intención -de<span class="pagenum" id="Page_56">[p. 56]</span> detenerme -mucho en Lisboa, ni ciertamente en Portugal; mi destino era España, -hacia donde me proponía encaminar mis pasos muy en breve, porque la -intención de la Sociedad Bíblica era comenzar sus trabajos en este -país, con objeto de difundir la palabra de Dios, ya que España había -sido hasta entonces una región donde la admisión de la Biblia estaba -vedada. No ocurría lo mismo en Portugal, donde se permitía desde -la revolución la entrada y circulación de la Biblia. Poco se había -realizado, no obstante, en este país; por tanto, ya que me hallaba en -él, determiné hacer algo, a ser posible, por la difusión de aquélla, -no sin cerciorarme ante todo personalmente de hasta qué punto la -gente estaba preparada para recibirla, y de si el estado de la -educación en general le permitiría sacar de ella bastante provecho. -Tenía yo a mi disposición un buen repuesto de Biblias y Testamentos; -pero ¿querría o podría leerlas el pueblo? El amigo de la Sociedad -a quien yo iba recomendado, estaba ausente de Lisboa al tiempo de -mi llegada; lo sentí, porque podía haberme suministrado algunas -indicaciones útiles. Con el fin, empero, de no gastar tiempo, me -decidí a no esperar su regreso, y al punto empecé a recoger cuantas -noticias pude acerca de los extremos a que he aludido. Comencé mis -investigaciones a cierta distancia de Lisboa, por saber de sobra que -me formaría una<span class="pagenum" id="Page_57">[p. 57]</span> -idea muy errónea de los portugueses en general si juzgaba de su -carácter y opiniones por lo que veía y oía en una ciudad tan sujeta a -la influencia extranjera.</p> - -<p>Mi primera excursión fué a Cintra. Si hay en el mundo algún lugar -al que con razón pueda llamársele país encantado, es seguramente -Cintra. Tivoli, sitio pintoresco y bello, se borra con rapidez de la -memoria de cuantos ven el Paraíso portugués. No debe suponerse ni -por un momento que al hablar de Cintra se alude sólo a la pequeña -ciudad de este nombre; por Cintra debe entenderse la región entera: -ciudad, palacio, <i>quintas</i>, bosques, rocas, ruinas moriscas, que -bruscamente surgen ante los ojos al bordear la ladera de una montaña -de aspecto triste, agreste y estéril. Nada tan hosco y repelente -como la vista que por el lado suroccidental, hacia Lisboa, presenta -el muro de piedra que parece ocultar a Cintra de ojos del mundo; -pero el otro lado es como una decoración de mágica hermosura, -donde la elegancia artificial y la agreste grandeza, las cúpulas, -las torres, los árboles gigantescos, las flores y las cascadas se -mezclan de modo que no tiene semejante bajo el sol. ¡Oh! Admirables -y sorprendentes cosas hay en Cintra, a las que van unidos recuerdos -maravillosos. Aquellas ruinas sobre el picacho, que cubren en -parte la escarpada pendiente, fueron en otro tiempo la<span -class="pagenum" id="Page_58">[p. 58]</span> principal fortaleza de -los moros lusitanos, y adonde, mucho después de su expulsión, se -permitía que acudiesen, en determinada luna de cada año, los salvajes -santones del Magreb a orar en la tumba de un famoso <i>Sidi</i> sepultado -en esas rocas. Aquel palacio gris presenció la reunión de las últimas -Cortes celebradas por el rey-niño Sebastián antes de partir para su -romántica expedición contra los moros, que tan bien supieron vengar -en Alcazarquivir el agravio hecho a su fe y a su país. En aquella -pequeña y sombría <i>quinta</i>, escondida entre los altos <i>alcornoques</i>, -vivió antaño Juan de Castro, virrey de Goa, viejo singular que empeñó -los cabellos de la barba de su difunto hijo para levantar dinero con -que rehacer los muros ruinosos de una fortaleza amenazada por los -salvajes indios. Ante el portal de la quinta hay unos fragmentos -de estelas que tienen profundamente grabados versos en sánscrito, -sacados de los vedas, tan oscuros como si estuviesen en caracteres -rúnicos; son piedras traídas por Castro desde Goa, brillantísimo -escenario de su gloria, antes de que Portugal cayera en su profunda -decadencia. Cañada abajo, en una abrupta elevación de las rocas, se -hallan las ruinas de la casa de un millonario inglés que aquí daba -pasto a caprichos de su ánimo antojadizo, tan desordenado, rico y -vario en matices como el paisaje circundante. Sí; admirables cosas -se<span class="pagenum" id="Page_59">[p. 59]</span> ven en Cintra, y -admirables son los recuerdos unidos a ellas.</p> - -<p>La ciudad de Cintra tiene unos ochocientos habitantes. La mañana -siguiente a mi llegada, cuando me disponía a subir a la montaña para -visitar las ruinas moriscas, observé que venía hacia mí una persona -que, por su traje, me pareció un eclesiástico; era, en efecto, uno -de los tres curas del lugar. Al instante le abordé, y no tuve motivo -para arrepentirme de ello; le encontré afable y comunicativo.</p> - -<p>Después de alabar la hermosura del paisaje, le hice algunas -preguntas acerca del grado de instrucción de sus feligreses. -Respondió que sentía decir que se hallaban en la mayor ignorancia; -en el pueblo bajo había muy pocos que supieran leer o escribir, y -respecto a escuelas, sólo existía una en el lugar, donde cuatro -o cinco chicos aprendían el alfabeto, pero aún esa estaba ahora -cerrada. Díjome, no obstante, que había una escuela en Colhares, -como a una legua de allí. Entre otras cosas, me declaró cuánto le -sorprendía ver a los ingleses, el pueblo más instruído e inteligente -de la tierra, visitar un sitio como Cintra, donde no hay literatura, -ciencia ni cosa alguna útil (<i>coisa que presta</i>). Sospecho que las -últimas palabras del digno cura encubrían una sátira; fuí, sin -embargo, bastante jesuíta para aparentar que las recibía como un -fino<span class="pagenum" id="Page_60">[p. 60]</span> cumplido, -y, quitándome el sombrero, me despedí haciéndole infinidad de -reverencias.</p> - -<p>El mismo día visité Colhares, romántica aldea, en las -inmediaciones de la montaña de Cintra, por el lado del noroeste. A -unos campesinos que estaban en la fragua les pregunté por la escuela, -y uno de ellos se ofreció en el acto a servirme de guía. Subí por -unas escaleras a un pequeño aposento, donde encontré al maestro con -una docena de alumnos formados en hilera; me recibió con urbanidad -y me hizo sentar en la única banqueta que había en la habitación. -Hablamos un poco, y me enseñó los libros que usaba para la -instrucción de los chicos; eran unos silabarios muy semejantes a los -usados en las escuelas rurales de Inglaterra. Al preguntarle si era -costumbre poner las Escrituras en manos de los chicos, me respondió -que mucho antes de adquirir capacidad suficiente para entenderlas, -los padres retiraban de la escuela a sus hijos para que los ayudasen -en las labores del campo; en general, los padres no tenían el menor -deseo de que sus hijos aprendieran cosa alguna, por considerar tiempo -perdido el empleado en aprender. Dijo que, si bien las escuelas -estaban nominalmente sostenidas por el Gobierno, era raro que los -maestros cobrasen sus sueldos; por eso, muchos habían últimamente -renunciado sus empleos. Me declaró que poseía un ejemplar del Nuevo -Testamento;<span class="pagenum" id="Page_61">[p. 61]</span> -quise verlo, y resultó ser tan sólo un ejemplar de las Epístolas, -traducción de Pereira, con muchas notas. Le pregunté si consideraba -peligroso leer las Escrituras sin notas; replicó que, ciertamente, no -había peligro alguno, pero que la gente no instruída poco provecho -podía sacar de la Escritura sin el socorro de las notas, porque en -su mayor parte la encontraría ininteligible. En diciendo esto nos -estrechamos la mano, y, al partir, le dije que no había pasaje de la -Biblia tan difícil de entender como las mismas notas puestas para -aclararla, y que nunca hubiese sido escrita si no bastara a iluminar -por sí sola el entendimiento de toda clase de personas.</p> - -<p>Uno o días después hice una excursión a Mafra, distante de Cintra -unas tres leguas. La mayor parte del camino corre por escarpados -cerros, a veces peligrosos para las cabalgaduras; no obstante, llegué -a mi destino sin novedad.</p> - -<p>Mafra es un pueblo grande en las inmediaciones de un edificio -inmenso, construído para convento y palacio, algo semejante al -Escorial por su estructura; en él se halla la mejor biblioteca de -Portugal, con libros de todas las ciencias y en todos los idiomas, -muy apropiada a la magnitud y esplendidez del edificio donde se -encierra. Ya no había, empero, frailes para cuidarlo, como en otros -tiempos; expulsados de allí,<span class="pagenum" id="Page_62">[p. -62]</span> algunos mendigaban su sustento, otros habían ido a -servir bajo las banderas de don Carlos, en España, y me dijeron que -muchos vivían del merodeo como bandidos. Abandonada a dos o tres -guardas, la mansión ofrece un aspecto solitario y desolado que, en -verdad, oprime el ánimo. Cuando estaba viendo los claustros, se -me acercó un muchacho muy apuesto y de rostro inteligente, y me -preguntó (supongo que con la esperanza de ganarse una propina) si -le permitiría enseñarme la iglesia del pueblo, muy digna de verse, -según dijo; rehusé, pero añadí que si me guiaba a la escuela se lo -agradecería mucho. Me miró con asombro y aseguró que en la escuela no -había nada notable, pues sólo contaba media docena de alumnos, entre -los cuales estaba él. Al decirle yo, sin embargo, que no siendo a -aquélla, no me llevaría a ninguna otra parte, se decidió de mala gana -a acompañarme. Por el camino me contó que el maestro era uno de los -frailes recientemente expulsados del convento, hombre muy instruído, -que hablaba francés y griego. Pasamos junto a una cruz de piedra, y -el muchacho se inclinó y se persignó con mucha devoción. Menciono el -detalle porque fué el primer caso de esa índole que observé en los -portugueses desde el día de mi llegada. Cuando estuvimos cerca de -la casa donde vivía el maestro, el muchacho me la indicó, y fué a -esconderse detrás<span class="pagenum" id="Page_63">[p. 63]</span> -de una tapia, donde esperó a que yo volviera.</p> - -<p>Al cruzar el umbral, me hallé frente a un hombre bajo y recio, -entre los sesenta y los setenta años de edad, vestido con un jubón -azul y unos calzones grises, sin camisa ni chaleco. Me miró con -dureza y me preguntó en francés en qué podía servirme. Me disculpé -por intrusarme de aquel modo, y le dije que, enterado de que -desempeñaba las funciones de maestro, iba a ofrecerle mis respetos -y a pedirle permiso para preguntarle algunas cosas referentes a la -escuela. Respondió que quien me hubiese dicho que él era maestro de -escuela, mentía, porque era fraile del convento, y nada más.</p> - -<p>—Entonces, ¿no es verdad—dije yo—que todos los conventos han sido -cerrados y expulsados los frailes?</p> - -<p>—Sí, sí—dijo suspirando—; es verdad, demasiado verdad.</p> - -<p>Guardó silencio un minuto, y al cabo, su buen natural se sobrepuso -a la cólera; extrajo una caja de rapé y me ofreció un polvo. Rama de -olivo de los portugueses, quien desee estar a bien con ellos no debe -negarse a meter el índice y el pulgar en la caja de rapé cuando se la -ofrezcan. Tomé, pues, una buena pulgarada, aunque aborrezco el rapé, -y pronto estuvimos en la mejor armonía posible. El fraile estaba -ansioso de noticias, especialmente de Lisboa y<span class="pagenum" -id="Page_64">[p. 64]</span> de España. Le conté que los oficiales de -la guarnición de Lisboa, el día antes de salir yo de la capital, se -habían presentado en masa a la reina e insistido cerca de ella para -que exonerase al ministerio, si no quería que depusiesen las espadas; -al oirlo, el fraile frotábase las manos, asegurándome que las cosas -no permanecerían tranquilas en Lisboa. Cuando le dije, empero, que, -en mi opinión, la causa de don Carlos declinaba (hacía poco de la -muerte de Zumalacárregui), se enfurruñó, exclamando que eso era -imposible, porque Dios, en su justicia, no lo toleraría. Me condolí -del pobre hombre, expulsado del insigne convento inmediato, su -antiguo hogar, y que, vista su desguarnecida vivienda actual, trocaba -en la senectud la abundancia y las comodidades por la escasez y la -miseria. Dos o tres veces intenté hacerle hablar de la escuela, pero -esquivó el tema, o dijo en pocas palabras que no sabía nada acerca de -eso. En cuanto le dejé, salió de su escondite el muchacho y se reunió -conmigo; se había escondido temeroso de que su maestro supiera quién -me había llevado allí, pues no quería que los extraños descubrieran -que era maestro de escuela.</p> - -<p>Pregunté al muchacho si él o sus padres conocían la Escritura y -si la leían alguna vez; no pareció haberme entendido. Debo hacer -notar que era un muchacho de unos quince años, muy despierto, -con algunos<span class="pagenum" id="Page_65">[p. 65]</span> -conocimientos de latín; sin embargo, no conocía la Escritura ni de -nombre, y no tengo duda, por mis observaciones ulteriores, que cuando -menos los dos tercios de sus compatriotas, no están en asunto de tal -importancia mejor instruídos que él. En las puertas de las posadas -lugareñas, en los hogares rústicos, en los campos donde trabajan, -en las fuentes de piedra al borde de los caminos, donde abrevan -sus ganados, he interrogado a la clase más humilde de los hijos -de Portugal acerca de la Escritura, de la Biblia, del Viejo y del -Nuevo Testamento, y ni una sola vez han sabido a qué me refería ni -me han dado una respuesta racional, aunque en todas las demás cosas -sus contestaciones fuesen bastante sensatas. Nada, en verdad, me -sorprendió tanto como el desembarazo y soltura con que los campesinos -portugueses sostienen una conversación, y la pureza del lenguaje -en que expresan sus pensamientos, aunque muy pocos saben leer o -escribir; mientras que los campesinos ingleses, cuya educación es, -en general, muy superior, son en su conversación de una grosería -y torpeza rayanas en la brutalidad, y cometen absurdas faltas -gramaticales, aunque la lengua inglesa es, en conjunto, de estructura -más sencilla que el portugués.</p> - -<p>Al regresar a Lisboa, encontré a nuestro amigo, que me -recibió con mucha bondad. Los diez días siguientes fueron -extraordinariamente<span class="pagenum" id="Page_66">[p. 66]</span> -lluviosos, impidiéndome hacer excursiones -por el país; durante ese tiempo vi con frecuencia a nuestro amigo, -y examinamos con mucho detenimiento los mejores medios de difundir -los Evangelios. En su opinión, no podíamos, por el momento, hacer -cosa mejor que entregar parte de nuestras existencias de libros a los -libreros de Lisboa, y emplear al mismo tiempo algunos repartidores -que voceasen los libros por las calles concediéndoles cierta ganancia -por cada ejemplar vendido. Aceptado este plan, fué puesto en práctica -sin tardanza, y con éxito no del todo malo. Pensé enviar algunos -repartidores a los pueblos inmediatos, pero nuestro amigo se opuso -a ello. Consideraba peligroso el intento, porque los curas rurales, -dueños aún de gran ascendiente en sus respectivas parroquias, y, en -su mayoría, resueltamente contrarios a la difusión del Evangelio, -podían muy bien ser causa de que maltrataran o asesinaran a nuestros -emisarios.</p> - -<p>Resolví, sin embargo, antes de marcharme de Portugal, establecer -depósitos de Biblias en una o dos ciudades principales de provincias. -Deseaba yo visitar el Alemtejo, nombre que significa «más allá del -Tajo», región muy atrasada según mis noticias. Esta provincia no es -bella ni pintoresca, a diferencia de casi todas las demás partes -de Portugal; hay en ella muy pocas colinas y<span class="pagenum" -id="Page_67">[p. 67]</span> montañas. En su mayor parte se compone de -páramos cortados por alcores, por sombrías cañadas y pinares enanos; -la comarca está infestada de bandidos. La principal ciudad es Evora, -de las más antiguas de Portugal, sede, en otro tiempo, de una rama -de la Inquisición, todavía más cruel y mortífera que la terrible de -Lisboa. Evora está a unas sesenta millas de Lisboa, y a Evora me -resolví a ir, con veinte Testamentos y dos Biblias. Ahora se verá lo -que allí me sucedió.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_68">[Pg 68]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO II</h2> - <p class="subhang"> - Boteros del Tajo.— Peligros de la corriente.— Aldea Gallega.— La - hostería.— Ladrones.— Sabocha.— Aventura de un arriero.— <i>Estalagem - de ladrões.</i>— Don Gerónimo.— Vendas Novas.— Un Sitio Real.— Los - cerdos del Alemtejo.— Monte Moro.— Un cabrero singular.— Los hijos de - los campos.— Infieles y saduceos. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">E</span><span class="smcap">n -la</span> tarde del 6 de diciembre salí para Evora en compañía de -mi criado. El paso del río se hace en unas lanchas o faluchos, como -les llaman, que prestan servicio regular. Me habían dicho que la -corriente sería favorable a eso de las cuatro, pero al llegar a -la orilla del Tajo, frente a Aldea Gallega, punto entre el cual y -Lisboa circulan las lanchas, me encontré con que la corriente no -les permitiría salir antes de las ocho de la noche. Si esperaba -hasta esa hora, desembarcaría probablemente en Aldea Gallega hacia -la media noche, y no tenía yo muchas ganas de hacer mi <i>entrée</i> -en el Alemtejo a tales horas; por tanto, como vi varados allí -algunos pequeños botes, que podían salir en<span class="pagenum" -id="Page_69">[p. 69]</span> cualquier momento, resolví alquilar uno -para la travesía, aunque el costo era mucho mayor. Pronto cerré trato -con un muchacho de mirar selvático que se ofreció a tomarme a bordo -de uno de aquellos botes, del que era copropietario, según dijo. No -sabía yo lo peligroso que es cruzar el Tajo por su parte más ancha, -precisamente desde enfrente de Aldea Gallega, en cualquier tiempo, -pero sobre todo a la caída de la tarde en invierno; que a saberlo no -me hubiera aventurado a tanto. El muchacho, y un camarada suyo de -aspecto miserable, cuyo único vestido, a pesar de la estación, era -un jubón y unos calzones andrajosos, remaron hasta llegar a media -milla de la costa; entonces izaron una vela muy grande, y el muchacho -que parecía ser el jefe y dirigirlo todo, empuñó el timón y se puso -a gobernar el bote. La tarde comenzaba a oscurecer; el sol estaba -ya cerca de la raya del horizonte; hacía mucho frío, y las olas del -noble Tajo comenzaron a coronarse de espumas. Dije al botero que era -casi imposible que el bote llevase tanta vela sin zozobrar, y al -oírme, se echó a reír, y comenzó una charla de lo más incoherente. -Su pronunciación era la más rápida y áspera que hasta entonces había -observado en ningún ser humano; mezclábanse en ella alaridos de hiena -con ladridos de perro, pero eso no era, en modo alguno, indicio de su -condición natural, alegre y<span class="pagenum" id="Page_70">[p. -70]</span> desenvuelta y sin asomos de mala intención, según vi muy -pronto. Cuando, para demostrarle el poco caso que le hacía, me puse a -cantar <i>Eu que sou contrabandista</i>, se echó a reír con toda su alma, -y dándome palmadas en el hombro, me dijo que haría todo lo posible -por no ahogarnos. Al otro pobrecillo no parecía repugnarle gran cosa -irse a fondo; sentado en la proa del bote, semejaba la estatua del -hambre, y cuando las olas, rompiendo por el lado del mar, le mojaban -los escasos vestidos, sonreía. De allí a poco me convencí de que -había llegado nuestra última hora; el viento era cada vez más fuerte, -las olas más hirvientes, el bote se ponía con frecuencia de través, -y el agua nos entraba a torrentes por sotavento. A pesar de todo, -aquel mozo salvaje, sin soltar el timón, reía y parlaba, y a veces, -berreaba un trozo de <i>Quando el rey chegou</i>, canción miguelista, que -no se podía cantar en Lisboa sin ir a la cárcel.</p> - -<p>La corriente estaba en contra nuestra, pero el viento nos era -favorable; emprendimos una carrera vertiginosa, y vi que nuestra -única probabilidad de salvación estaba en doblar rápidamente el -saliente de la margen del Tajo, donde comienza la ensenada o bahía -en que se halla Aldea Gallega, porque entonces ya no tendríamos que -luchar con las olas del río, encrespadas por el viento contrario. -La voluntad del Todopoderoso<span class="pagenum" id="Page_71">[p. -71]</span> nos permitió ganar prontamente aquel refugio, no sin que -antes el bote se llenase casi por completo de agua, y nos caláramos -hasta los huesos. A eso de las siete de la tarde atracamos en Aldea -Gallega, tiritando de frío, y en un estado lamentable.</p> - -<p>Esas dos palabras españolas: Aldea Gallega, son el nombre de un -pueblo que podrá tener unos cuatro mil habitantes. Era noche cerrada -cuando desembarcamos. A poco, comenzaron a volar cohetes aquí y -allá, iluminando el espacio en todas direcciones. Cuando íbamos -por la calle sucia y desempedrada que conduce al <i>largo</i> o plaza, -un estruendo horrible de tambores y gritos nos atronó los oídos. -Pregunté la causa de tanto bullicio, y me dijeron que era la víspera -de la concepción de la Virgen.</p> - -<p>Como no era costumbre de los posaderos proveer al sustento de -sus huéspedes, vagué por las calles en busca de provisiones; al -cabo, viendo a unos soldados que comían y bebían en una especie de -taberna, entré y pedí al dueño que me proporcionase algo de cena, y -sin tardanza me satisfizo, no del todo mal, aunque cobrándolo a buen -precio.</p> - -<p>Me acosté temprano, porque las mulas que había contratado para -llevarnos a Evora, vendrían a buscarnos a las cinco de la mañana -siguiente. Mi criado dormía en la misma habitación, única disponible -en la posada. No pude pegar los ojos en toda<span class="pagenum" -id="Page_72">[p. 72]</span> la noche. Teníamos debajo una cuadra, -en la cual dormían varios <i>almocreves</i> o carreteros con sus mulas. -Detrás de nosotros, en el corral, había una pocilga. ¿Cómo dormir? -Los cerdos gruñían, resoplaban las mulas, y los <i>almocreves</i> roncaban -de un modo horrible. Oí dar las horas en el reloj del pueblo hasta -media noche, y desde media noche hasta las cuatro, hora en que me -levanté y comencé a vestirme, enviando a mi criado a dar prisa al -hombre de las mulas, porque estaba harto de la posada y deseaba -marcharme cuanto antes. Un viejo huesudo y fuerte, acompañado de -un muchacho descalzo, llegó con las bestias, que eran bastante -regulares. El viejo, dueño de las mulas, y tío del muchacho, venía -dispuesto a acompañarnos hasta Evora.</p> - -<p>Cuando salimos, la luna brillaba esplendorosa, y el frío de la -mañana era penetrante. Tomamos un camino hondo y arenoso, al salir -del cual pasamos ante un vasto edificio, de extraño aspecto, situado -en una desamparada colina arenosa, a nuestra izquierda. Cinco o -seis hombres a caballo, que marchaban a buen paso, nos dieron -rápidamente alcance. Todos llevaban largas escopetas colgadas del -arzón, y la boca de los cañones asomaba como a dos pies por debajo -de la panza de los caballos. Pregunté al viejo la razón de aquel -aparato guerrero. Respondióme que los caminos estaban muy<span -class="pagenum" id="Page_73">[p. 73]</span> malos (quería decir que -abundaban los ladrones) y que aquellos hombres iban armados así para -su defensa; muy poco después torcieron a la izquierda, en dirección -de Palmella.</p> - -<p>Entramos en una planicie arenosa, salpicada de pinos enanos; el -camino era poco más que un sendero, y conforme avanzamos, los árboles -fueron espesándose hasta formar un bosque, que se extendía unas dos -leguas, con espacios claros, donde pastaban rebaños de cabras y -ovejas; las cencerrillas que llevaban colgadas del cuello sonaban con -un tintineo apagado y monótono. El sol estaba empezando a salir, pero -la mañana era triste y nublada, y esto, unido al desolado aspecto -de la comarca, causaba en mi ánimo una impresión desagradable. Eché -pie a tierra y anduve un poco, trabando conversación con el viejo. -Al parecer, no sabía hablar más que de «los ladrones» y de las -atrocidades que tenían por costumbre cometer en los mismos sitios -por donde íbamos pasando. Las historias que contaba eran, en verdad, -horribles, y por no oírlas, monté de nuevo y me adelanté un buen -trecho.</p> - -<p>Al cabo de hora y media salimos del bosque a un terreno quebrado, -yermo y bravío, cubierto de <i>mato</i>, o matorrales. Las mulas -detuviéronse a beber en un charco de poca hondura; y al mirar a la -derecha, vi las<span class="pagenum" id="Page_74">[p. 74]</span> -ruinas de una pared. Aquello era, según me dijo el guía, lo que -quedaba de <i>Vendas Velhas</i>, o Ventas Viejas, antigua guarida de -Sabocha, ladrón famoso. Parece que el tal Sabocha tuvo a sus órdenes, -unos diez y seis años antes, una partida de cuarenta bandoleros, que -infestaban aquellos despoblados y vivían del robo. Durante mucho -tiempo, el ventero Sabocha ejerció su atroz oficio sin infundir -sospechas, y muchos infelices viajeros fueron asesinados en el -silencio de la noche dentro de la venta solitaria regentada por él en -aquel bosque; nunca he visto, en verdad, situación más a propósito -para robar y matar. La cuadrilla tenía la costumbre de abrevar -sus caballos en aquel charco, y quizás allí se lavaban las manos -manchadas con la sangre de sus víctimas. El segundo de la cuadrilla -era hermano de Sabocha, tipo fortísimo y feroz, famoso sobre todo -por su destreza en tirar el cuchillo, con el que solía atravesar a -sus enemigos. Al fin se descubrió la connivencia de Sabocha y de -los bandidos, y el ventero huyó con la mayor parte de sus socios, -cruzando el Tajo para refugiarse en las provincias del Norte; en un -encuentro fortuito con la fuerza pública, en el camino de Coimbra, -Sabocha y toda su cuadrilla perdieron la vida. Su casa fué arrasada -por orden del Gobierno.</p> - -<p>Los ladrones frecuentan todavía esas<span class="pagenum" -id="Page_75">[p. 75]</span> ruinas, y en ellas comen y beben, en -acecho de una presa, porque el sitio domina un buen trozo del -camino. El viejo me aseguró que, unos dos meses antes, al volver -a Aldea Gallega con sus mulas de acompañar a unos viajeros, le -había derribado, desnudado y robado un individuo que, a su parecer, -salió de aquel nido de asesinos. Díjome que el agresor era joven y -de fuerza extraordinaria, con inmensos bigotes y patillas, armado -con una <i>espingarda</i> o mosquete. Unos diez días más tarde vió al -ladrón en Vendas Novas, en donde nosotros íbamos a pasar la noche. -El individuo, al reconocer a su víctima, le llevó aparte, y con -horrendas imprecaciones le intimó que no volvería a ver más su casa -si intentaba delatarle; el viejo se estuvo en paz, porque tenía muy -poco que ganar y sí mucho que perder haciendo que prendieran al -ladrón, ya que no hubieran tardado en soltarlo por falta de pruebas, -y entonces era inevitable su venganza si no se adelantaban sus -compañeros a tomarla.</p> - -<p>Me apeé y fuí hasta las ruinas, donde vi los restos de una hoguera -y una botella rota. Los hijos del robo habían pasado por allí muy -poco antes. Dejé un ejemplar del <i>Nuevo Testamento</i> y algunos -folletos, y partimos apresuradamente.</p> - -<p>El sol había disipado las nieblas y empezaba a calentar mucho. -Llevaríamos<span class="pagenum" id="Page_76">[p. 76]</span> -próximamente otra hora de camino, cuando sonó un relincho a nuestra -espalda, y el guía nos dijo que venía un grupo de hombres a caballo; -como nuestras mulas andaban a buen paso, tardaron lo menos veinte -minutos en alcanzarnos. El jinete que rompía la marcha era un -caballero vestido con elegante traje de camino; un poco detrás -seguían un oficial, dos soldados y un mozo de librea. Oí al caballero -que parecía principal, preguntar a mi criado, al emparejarse con -él, quién era yo, y si francés o inglés. Le dijo que un caballero -inglés, de viaje. Preguntó entonces si entendía el portugués, y el -criado respondió qué sí, pero que, a su parecer, hablaba yo mejor el -italiano y el francés. El caballero espoleó el caballo y me abordó, -pero no en portugués, francés ni italiano, sino en el inglés más puro -que he oído hablar a un extranjero; no había en su pronunciación -ni el más leve acento extranjero, y, a no haber conocido en su -rostro que mi interlocutor no era inglés (como todos saben, hay en -el semblante de un inglés una particularidad indescriptible que le -delata), hubiera creído que se trataba de un compatriota. Continuamos -juntos departiendo hasta llegar a Pegões.</p> - -<p>Pegões se compone de dos o tres casas y de una posada; hay, -además, una especie de barraca donde se alberga media docena de -soldados. No hay en todo Portugal un sitio<span class="pagenum" -id="Page_77">[p. 77]</span> de peor fama que éste, y la posada lleva -el apodo de <i>Estalagem de Ladrões</i> o sea, hostería de ladrones; -porque los bandidos que campan por los despoblados que se extienden -a varias leguas a la redonda, tienen la costumbre de venir a esta -posada a gastar el dinero y demás productos de su criminal oficio; -allí cantan y bailan, comen conejo guisado y aceitunas, y beben el -vino espeso y fuerte del Alemtejo. Una enorme fogata, alimentada por -el tronco de un alcornoque, ardía en un fogón bajo, a la izquierda -de la entrada de la espaciosa cocina. Arrimadas al fuego cocían -varias ollas, cuyo apetitoso olor me recordó que aún no me había -desayunado, a pesar de ser cerca de la una y de haber hecho a caballo -cinco leguas. Varios hombres, de aspecto siniestro, que si no eran -bandidos, fácilmente podían ser tomados por tales, estaban sentados -en unos leños al amor de la lumbre. Híceles algunas preguntas -indiferentes, a las que contestaron con desembarazo y cortesía, y -uno de ellos, que dijo saber de letra, aceptó un folleto que le -ofrecí.</p> - -<p>Mi nuevo amigo, después de encargar la comida, o más bien -almuerzo, me invitó con gran amabilidad a participar en él, y, al -mismo tiempo, me presentó a su acompañante el oficial, hermano -suyo, que también hablaba inglés, pero con menos perfección. Mi -amigo resultó ser don Jerónimo José de<span class="pagenum" -id="Page_78">[p. 78]</span> Azveto, secretario del Gobierno en -Evora; su hermano pertenecía a un regimiento de húsares que tenía el -cuartel general en aquella ciudad, pero con patrullas destacadas a lo -largo del camino, por ejemplo, en el lugar donde nos encontrábamos -detenidos.</p> - -<p>En Pegões, el principal artículo de comer parece que son los -conejos, muy abundantes en los páramos de las cercanías. Comimos -uno frito, con una pringue deliciosa, y luego otro asado, que nos -sirvieron entero en una fuente; la posadera, después de lavarse las -manos, lo partió, y luego vertió sobre los pedazos una salsa sabrosa. -Comí con mucho gusto de ambos platos, sobre todo del último, quizás -por la curiosa y para mí nueva manera de aderezarlo. Con unos higos -de los Algarves, excelentes, y unas manzanas, concluyó nuestra -comida; pero el cuartito reservado en que comimos era de suelo -cenagoso, y su frialdad me penetró de modo que ni de los manjares ni -de la agradable compañía pude sacar todo el placer que en otro caso -hubiera tenido.</p> - -<p>Don Jerónimo se había educado en Inglaterra, país en que -transcurrió su infancia, lo cual explicaba en mucha parte su -dominio de la lengua inglesa, que únicamente se puede aprender bien -residiendo en el país durante aquella etapa de la vida. Había, -además, huído a Inglaterra poco después de la usurpación del Trono de -Portugal por don<span class="pagenum" id="Page_79">[p. 79]</span> -Miguel, y desde allí fué al Brasil, donde se consagró al servicio de -don Pedro, y le acompañó en la expedición que terminó por la caída -del usurpador y el establecimiento del Gobierno constitucional en -Portugal. Nuestra conversación versó sobre literatura y política, -y mi conocimiento de las obras de los escritores más famosos de -Portugal fué acogido con sorpresa y contento; nada tan halagüeño -para un portugués como observar que un extranjero se interesa por su -literatura nacional, de la que, en muchos respectos, se enorgullece -con justicia.</p> - -<p>A eso de las dos cabalgamos de nuevo y proseguimos juntos nuestro -camino a través de un país exactamente igual al que habíamos -atravesado antes, áspero y quebrado, con grupos de pinos aquí y allá. -La tarde era muy despejada, y los brillantes rayos del sol realzaban -la desolación del paisaje. Habríamos avanzado dos leguas, cuando -percibimos en lontananza un gran edificio, de majestuosa apariencia, -que era, según me dijeron, un palacio real situado al otro extremo de -Vendas Novas, pueblo donde íbamos a pernoctar; aún nos faltaba más de -una legua para llegar a él, pero a través de la clara y transparente -atmósfera de Portugal, parecía mucho más próximo.</p> - -<p>Antes de llegar a Vendas Novas pasamos junto a una cruz de piedra, -en cuyo pedestal había cierta inscripción conmemorativa<span -class="pagenum" id="Page_80">[p. 80]</span> de un asesinato horrible -cometido en aquel lugar en la persona de un lisboeta; la cruz -parecía ya antigua y estaba cubierta de musgo; la inscripción era, -en su mayor parte, ilegible, al menos para mí, que no podía gastar -mucho tiempo en descifrarla. Llegados a Vendas Novas y encargada la -cena, mi nuevo amigo y yo fuimos dando un paseo a ver el palacio. -Fué edificado por el difunto rey de Portugal, y su aspecto exterior -es poco notable. El edificio, largo y con dos alas, consta de dos -pisos tan sólo, aunque parece mucho más alto por estar situado en -una elevación del terreno; tiene quince ventanas en el piso alto y -doce en el bajo, con una puerta mezquina, algo así como la puerta -de un granero, a la que se llega por un solo peldaño. El interior -corresponde al exterior, y no hay en él nada interesante para el -curioso, excepto las cocinas, magníficas en verdad, y tan grandes, -que puede condimentarse en ellas al mismo tiempo comida suficiente -para todos los habitantes del Alemtejo.</p> - -<p>Pasé la noche con toda comodidad en una cama limpia, lejos de -todos aquellos ruidos tan frecuentes en las posadas portuguesas, -y a las seis de la mañana del siguiente día continuamos el viaje, -que esperábamos terminar antes de ponerse el sol, porque Evora sólo -dista diez leguas de Vendas Novas. Si la mañana anterior había sido -fría,<span class="pagenum" id="Page_81">[p. 81]</span> ésta lo era -mucho más, tanto que, poco antes de salir el sol, no pude resistir -más a caballo, y, echando pie a tierra, corrí y anduve hasta llegar -a unas casuchas en el límite de los desolados páramos. En una de -aquellas casas se encontraron los emisarios de don Pedro y los de don -Miguel, y allí se concertó la renuncia de este último a la corona -en favor de doña María de la Gloria; Evora fué el postrer reducto -del usurpador, y las parameras del Alemtejo el último teatro de las -luchas que tanto tiempo agitaron al infortunado Portugal. Contemplé, -pues, con mucho interés aquellas miserables chozas, y no dejé de -esparcir por los contornos algunos de los preciosos folletitos que, -con una corta cantidad de <i>Testamentos</i>, llevaba en mi saco de -noche.</p> - -<p>El paisaje comenzó desde allí a mejorar; dejamos atrás los -agrestes matorrales y atravesamos colinas y valles cubiertos de -alcornoques y de <i>azinheiras</i>, las cuales producen bellotas dulces -o <i>bolotas</i>, tan agradables como las castañas, y principal alimento -en invierno de los numerosos cerdos que cría el Alemtejo. Los cerdos -son muy hermosos: de patas cortas, corpulentos, de color negro o -rojo oscuro; de la excelencia de su carne puedo dar testimonio, -porque muchas veces la he saboreado con deleite en mis viajes por -esta provincia; el <i>lombo</i>, o lomo, asado en el rescoldo, es<span -class="pagenum" id="Page_82">[p. 82]</span> delicioso, especialmente -comiéndolo con aceitunas.</p> - -<p>Nos hallábamos a la vista de Monto Moro, que, como su nombre -indica, fué en otro tiempo una fortaleza de los moros. Es una -colina alta y escarpada, en cuyas cúspide y vertiente yacen muros y -torreones en ruinas. Por el lado de Poniente, en un profundo barranco -o valle, corre un delgado arroyo, cruzado por un puente de piedra; -más abajo hay un vado, que atravesamos para subir a la ciudad, la -cual comienza casi al pie de la montaña, por el Norte, y va faldeando -hacia el Noreste. La ciudad es sumamente pintoresca, con muchas casas -antiquísimas, construídas a la manera morisca. Tenía grandes deseos -de examinar los restos de la fortaleza mora en la parte alta del -monte; pero el tiempo urgía, y la brevedad de nuestra estada en el -lugar no me consintió satisfacer ese gusto.</p> - -<p>Monte Moro es cabeza de una cadena de colinas que cruza esta parte -del Alemtejo, y que aquí se bifurca hacia el Este y el Sureste; en la -primera dirección está el camino directo a Elvas, Badajoz y Madrid; -en la segunda, el camino a Evora. La tercera montaña de la cadena -que bordea el camino de Elvas es muy hermosa. Se llama Monte Almo; -hállase cubierta de alcornoques hasta la cima, y un arroyo rumoroso -corre al pie. Bajo los rayos gloriosos del sol, brillaban las<span -class="pagenum" id="Page_83">[p. 83]</span> verdes praderas, donde -pacían rebaños de cabras, haciendo sonar alegremente sus campanillas. -El <i>tout ensemble</i> semejaba un lugar encantado. Para que nada faltase -en el cuadro, encontré debajo de una <i>azinheira</i> a un hombre, un -cabrero, cuyo aspecto me hizo recordar al pastor salvaje mencionado -en cierta balada danesa.</p> - -<p>«Sobre sus hombros tenía un jabalí—en su seno dormía un oso negro, -etc.»</p> - -<p>El cabrero tenía en un hombro un animal, que, según me dijo, era -una <i>lontra</i>, o nutria, acabada de cazar en el arroyo inmediato; -una cuerda, atada por un extremo al brazo del cazador, la rodeaba -el cuello. A su izquierda había un saco, por cuya boca asomaban las -cabezas de dos o tres animales bastante extraños; a su derecha se -agazapaba un lobezno gruñón que estaba domesticando. Todo su aspecto -era de lo más salvaje y fiero. Tras unas pocas palabras, como las que -generalmente suelen cambiar los que se encuentran en un camino, le -pregunté si sabía leer, y no me contestó. Traté entonces de averiguar -si tenía alguna idea de Dios o de Jesucristo, y mirándome fijamente -al rostro por un momento, se volvió luego hacia el sol, ya próximo -al ocaso, hízole una reverencia, y de nuevo clavó en mí su mirada. -Creo que entendí bien esta muda respuesta, la cual significaba, -probablemente, que Dios era el autor de<span class="pagenum" -id="Page_84">[p. 84]</span> aquella gloriosa luz que alumbra y -alegra toda la creación. Satisfecho con esta creencia, le dejé, y -me apresuré a dar alcance a mis compañeros, que me habían tomado -considerable delantera.</p> - -<p>Siempre he encontrado en el ánimo de campesinos más determinada -inclinación a la religión y a la piedad que en los habitantes de -las ciudades y villas; la razón es obvia: aquéllos están menos -familiarizados con las obras de los hombres que con las de Dios; sus -ocupaciones, además, son sencillas, no requieren tanta habilidad -o destreza como las que atraen la atención del otro grupo de sus -semejantes, y son, por tanto, menos favorables para engendrar la -presunción y la suficiencia propia, tan radicalmente distintas de -la humildad de espíritu, fundamento verdadero de la piedad. Los -que se burlan de la religión y la escarnecen, no salen de entre -sencillos hijos de la naturaleza; son más bien la excrecencia de -un refinamiento recargado, y aunque su influjo pernicioso llega -ciertamente a los campos, y corrompe en ellos a muchos hombres, la -fuente y el origen del mal está en los grandes centros, donde la -población se apiña y donde la naturaleza es casi desconocida. No -soy de los que van a buscar la perfección humana en la población -rural de ningún país; la perfección no existe en hijos del pecado, -dondequiera que residan; pero mientras el<span class="pagenum" -id="Page_85">[p. 85]</span> corazón no se corrompe, hay esperanza -para el alma, porque hasta Simón Mago se convirtió. Pero una vez que -la incredulidad endurece el corazón, y la prudencia según la carne -refuerza la incredulidad, hace falta para ablandarlo que la gracia -de Dios se manifieste con exuberancia desusada, porque en el libro -sagrado leemos que el fariseo y el mago llegaron a ser receptáculos -de gracia; pero en ninguna parte se menciona la conversión del burlón -Saduceo; ¿y qué otra cosa es un incrédulo moderno más que un Saduceo -de última hora?</p> - -<p>La noche cerró antes que llegásemos a Evora, y después de -despedirme de mis amigos, que amablemente me ofrecieron su casa, me -dirigí con mi criado al <i>Largo de San Francisco</i>, donde, según dijo -el arriero, estaba la mejor hostería de la ciudad. Entramos a caballo -en la cocina, a continuación de la cual estaba la cuadra, como es uso -en Portugal. Gobernaban la casa una vieja que parecía gitana, y su -hija, muchacha de unos diez y ocho años, hermosa y fresca como una -flor. La casa era grande. En el piso alto había un vasto aposento, -a modo de granero, que ocupaba casi toda la longitud del edificio; -en el extremo había una divisoria para formar una alcoba de regular -comodidad, pero muy fría; el piso era de baldosa, como el de la -espaciosa sala contigua, donde los arrieros solían dormir en las -mantas y<span class="pagenum" id="Page_86">[p. 86]</span> enjalmas -de sus malas. Después de cenar me acosté, y luego de ofrecer mis -devociones a Aquel que me había protegido en un viaje tan peligroso, -me dormí profundamente hasta el otro día<a id="FNanchor_29" -href="#Footnote_29" class="fnanchor">[29]</a>.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_87">[Pg 87]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO III</h2> - <p class="subhang"> - Un comerciante de Evora.— Contrabandistas españoles.— El león y el - unicornio.— La fuente.— Confianza en el Todopoderoso.— Reparto de - folletos.— La librería en Evora.— Un manuscrito. La Biblia como - guía.— La infame María.— El hombre de Palmella.— El conjuro.— El - régimen frailuno.— Domingo.— Volney.— Un auto de fe.— Hombres de - España.— Lectura de un folleto.— Nuevos viajeros.— La mata de romero. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">E</span><span class="smcap">vora</span> -es una pequeña ciudad murada, pero sin un sistema defensivo, y no -resistiría un sitio de veinticuatro horas. Tiene cinco puertas; -delante de la del Suroeste se halla el paseo principal, donde -también se celebra una feria el día de San Juan. Las casas son, en -general, muy antiguas, y muchas están vacías. Cuenta unos cinco -mil habitantes; pero con sobrada capacidad para doble número de -gente. Los dos edificios principales son la Seo, o catedral, y el -convento de San Francisco, en la misma plaza en que, frente a él, -se hallaba mi <i>posada</i>. A mano derecha, entrando por la puerta del -Suroeste,<span class="pagenum" id="Page_88">[p. 88]</span> hay -un cuartel de caballería. Por el Sureste, a unas seis leguas de -distancia, descúbrese una cadena de montañas azules; la más alta, -llamada <i>Serra Dorso</i>, pintoresca, bella, alberga en sus escondrijos -muchos lobos y jabalíes. Como a legua y media más allá de esa -montaña, está Estremoz.</p> - -<p>El día siguiente a mi llegada lo empleé principalmente en visitar -la ciudad y sus cercanías, y al vagar de un lado para otro, trabé -conversación con diversas personas. Algunas eran de la clase media, -comerciantes o artesanos, y todos constitucionalistas, o se llamaban -tales; pero tenían muy pocas cosas que decir, salvo unos cuantos -lugares comunes acerca de la vida de frailes, de su hipocresía y -holgazanería. Quise obtener noticias respecto del estado de la -instrucción en la localidad, y de sus respuestas deduje que el nivel -debía de estar muy bajo, porque, al parecer, no había escuelas -ni librerías. Si les hablaba de religión, mostraban grandísima -indiferencia por el asunto, y, haciéndome una cortés inclinación de -cabeza, se marchaban lo antes posible.</p> - -<p>Fuí a ver a un comerciante para quien llevaba yo una carta de -presentación, y se la entregué en su tienda, donde le encontré -detrás del mostrador. En el curso de nuestra conversación averigüé -que le habían perseguido mucho durante el antiguo régimen,<span -class="pagenum" id="Page_89">[p. 89]</span> al que profesaba aversión -sincera. Díjele que la ignorancia del pueblo en materia de religión -había sido el sostén del antiguo régimen, y que el mejor modo de -impedir su retorno sería llevar la luz a todos los espíritus. -Añadí que había llevado a Evora un pequeño repuesto de Biblias y -Testamentos, y deseaba entregárselos a un comerciante respetable -para su venta, y que si él deseaba contribuir a extirpar las raíces -de la superstición y de la tiranía, no podía hacer cosa mejor que -encargarse de tales libros. Se declaró dispuesto a ello, y me fuí, -determinado a entregarle la mitad de los que tenía. Volví a mi posada -y me senté en un leño, debajo de la inmensa campana de la chimenea de -la sala común; dos hombres de rostro huraño estaban arrodillados en -el suelo. Tenían ante sí un buen montón de objetos de hierro viejo, -latón y cobre, que iban clasificando, y colocábanlos después en -sacos. Eran contrabandistas españoles de ínfima categoría, y ganaban -miserablemente su vida llevando de matute tales desechos desde -Portugal a España. No hablaban ni una palabra, y cuando me dirigí a -ellos en su lengua natal, me contestaron con una especie de gruñido. -Estaban tan sucios y mohosos como el hierro en que traficaban; en la -cuadra del piso bajo tenían cuatro miserables borriquillos.</p> - -<p>La posadera y su hija me trataban con<span class="pagenum" -id="Page_90">[p. 90]</span> amabilidad extremada, y por adularme me -hicieron algunas preguntas respecto de Inglaterra. Un hombre con -traje algo parecido al de los marineros ingleses, sentado frente a -mí debajo de la campana, dijo: «Yo aborrezco a los ingleses porque -no están bautizados y son gente sin ley.» Se refería a la ley de -Dios. Me eché a reír y le dije que, según la ley inglesa, a nadie -sin bautizar podía dársele sepultura en tierra sagrada; a lo cual -repuso: «Entonces sois más rigurosos que nosotros.» Luego, añadió: -«¿Qué significan el león y el unicornio que vi el otro día en un -escudo a la puerta del cónsul inglés en Setubal?» Respondí que eran -las armas de Inglaterra. «Sí; pero ¿qué representan?» Dije que no -lo sabía. «Entonces—replicó—, no conoce usted los secretos de su -propio país.» A lo cual: «Supóngase—le contesté—, que le dijese a -usted que representan el león de Bethlehem y la bestia cornuda de -abismos ardientes, luchando por el predominio en Inglaterra, ¿qué -diría?» «Diría—repuso—, que me daba usted una respuesta perfecta.» -Aquel hombre y yo llegamos a ser grandes amigos. Venía de Palmella, -no lejos de Setubal; llevaba unos cuantos caballos y mulas, y era -tratante en cebada y trigo. De nuevo volví a pasearme y a vagar por -los alrededores de la ciudad.</p> - -<p>Como a media milla de las murallas, por el lado Sur, hay una -fuente de piedra,<span class="pagenum" id="Page_91">[p. 91]</span> -donde los arrieros y demás gentes que acuden a la ciudad, acostumbran -a dar agua a sus bestias. Allí me estaba sentado unas dos horas, -hablando con todo el que hacía alto en la fuente. Hago notar -que durante mi estancia en Evora repetí a diario esta visita, -deteniéndome en ella el mismo tiempo; gracias a este plan, creo -que hablé, por lo menos, con unos doscientos portugueses acerca de -asuntos tocantes a su salvación eterna. Descubrí que muy pocos de -aquellos a quienes hablé habían recibido educación literaria, ninguno -había leído la Biblia, no más de media docena tenían una ligerísima -noticia de lo que son los libros santos. Casi todos eran fanáticos -papistas y miguelistas de corazón. Por tanto, cuando me decían que -eran cristianos, negábales yo la posibilidad de que lo fueran, pues -ignoraban a Cristo y sus mandamientos, y ponían la esperanza de su -salvación en reglas externas y prácticas supersticiosas inventadas -por Satanás para mantenerlos en tinieblas y que al cabo cayesen en el -abismo que les tenía preparado. Díjeles muchas veces que el Papa, a -quien reverenciaban, era un insigne impostor y el principal ministro -de Satanás en la tierra, y que los frailes y monjes, cuya ausencia -lamentaban, a quienes estaban acostumbrados a confesar sus pecados, -eran agentes subalternos suyos. Cuando me pedían pruebas, aducía -invariablemente la<span class="pagenum" id="Page_92">[p. 92]</span> -ignorancia de mis oyentes respecto de las Escrituras, y decía que si -sus guías espirituales hubiesen realmente sido ministros del Señor, -no hubieran dejado a sus rebaños ignorar su palabra.</p> - -<p>Desde entonces acá, me ha sorprendido muchas veces el no recibir -insultos ni malos tratos de la gente cuya superstición atacaba -yo de ese modo; en verdad, nada malo me sucedió, y me inclino a -creer que la extremada audacia que yo desplegaba, confiado en la -protección del Todopoderoso, puede haber sido la causa de ello. Lo -mejor frente al peligro es mirarlo cara a cara, y así generalmente se -desvanece como las nieblas de la mañana a la luz del sol; mientras -que, desanimándose, el peligro se hace de fijo mayor. Abrigo la viva -esperanza de que mis palabras llegaron muy adentro en el corazón -de algunos de mis oyentes, porque vi a muchos de ellos marcharse -abstraídos y pensativos. En ocasiones repartía entre estas gentes -algunos folletos, pues aunque fuesen incapaces de sacar de ellos -personalmente gran provecho, pensé que servirían de instrumento para -que en lo futuro cayeran en otras manos y alguien los utilizara para -su salvación. ¡Cuánto libro abandonado a las olas aborda a remotas -playas, y allí sirve de bendición y consuelo a millones de gentes que -ignoran su procedencia!</p> - -<p>Al siguiente día, viernes, fuí a visitar en<span class="pagenum" -id="Page_93">[p. 93]</span> su casa a mi amigo don Jerónimo Azveto. -No le encontré, pero me dijeron que le buscase en la Seo, o palacio -episcopal, en uno de cuyos aposentos le hallé, en efecto, escribiendo -con otro señor, a quien me presentó; era el gobernador de Evora, que -me recibió con toda bondad y cortesía. Después de hablar un rato -salimos juntos a visitar un edificio antiguo, del que se decía que en -tiempos pasados fué templo de Diana. Parte de él era evidentemente -de construcción romana; no había lugar a error ante las bellas y -elegantes columnas que sostenían la cúpula, bajo la que probablemente -se cumplían sacrificios a la divinidad más poética y atrayente de -los gentiles; pero los antiguos intercolumnios habían sido macizados -en tiempos modernos, y el resto del edificio parecía ser de fines de -la Edad Media. Estaba situado en un extremo de la antigua casa de la -Inquisición, y fué residencia del obispo antes de construirse la Seo -actual.</p> - -<p>Dentro de la Seo, donde vive ahora el gobernador, hay una -magnífica biblioteca, que ocupa una inmensa pieza abovedada, como la -nave de una catedral; en un aposento contiguo hay una colección de -cuadros de autores portugueses, principalmente retratos, entre los -que se halla el de don Sebastián. Quiero creer que el pintor no le -hizo justicia, porque le representó en figura de un tosco mancebo -como de diez y ocho años,<span class="pagenum" id="Page_94">[p. -94]</span> abotagado y bobo, con ojos saltones, y una golilla en -torno del cuello corto y apoplético.</p> - -<p>Me enseñaron varios misales con bellas miniaturas, y otros -manuscritos, uno de cuales atrajo sobre todo mi atención, por motivos -que se adivinan con sólo decir que su título era:</p> - -<blockquote class="lhplus"> -<p>«<i>Forma sive ordinatio Capelle ilustrissimi et xianissimi -principis Henrici Sexti Regis Anglie et Francie am <span -class="macron">dm</span> Hibernie descripta serenissi<span -class="macron">o</span> principi Alfonso Regi Portugalie illustri -per humilen servitoren <span class="macron">sm</span> Willm. Sav. -Decan<span class="macron">u</span> capelle supradicte.</i>»</p> -</blockquote> - - -<p>¡Me pareció oír la voz de mi amada tierra natal en los tiempos -pasados! La biblioteca y la colección de cuadros las formó uno de los -últimos obispos, varón muy ilustrado y piadoso.</p> - -<p>Por la noche cené con don Jerónimo y su hermano; éste nos dejó en -seguida para cumplir sus deberes de militar. Mi amigo y yo hablamos -con detenimiento de cosas importantes. Empezó lamentándose de la -ignorancia en que estaban sumidos sus conterráneos, y me dijo que -tanto él como su amigo el gobernador se proponían establecer un -colegio en aquellos contornos, habiéndose dirigido al Gobierno en -demanda de autorización para utilizar un convento vacío, llamado el -<i>Espinheiro</i>, o el espino, distante una legua de allí, y esperaban -ver aceptada su propuesta. Ya le había yo dicho a don<span -class="pagenum" id="Page_95">[p. 95]</span> Jerónimo mi calidad y -mis propósitos; y al manifestarle ahora mi contento por los planes -que abrigaba, le rogué con las más vivas instancias que usase de su -valimiento para que la educación dada a los muchachos tuviera por -base el conocimiento de las Escrituras, y añadí que la mitad de las -Biblias y Testamentos llevados por mí a Evora la ponía gustoso a -su disposición. Al instante me tendió la mano, y aceptó mi oferta -con gran placer, prometiéndose hacer cuanto pudiera en pro de mis -intenciones, también suyas en muchos respectos. Entonces añadí que -yo no había ido a Portugal con la idea de propagar los dogmas de -una secta particular, sino con la esperanza de difundir la Biblia, -manantial de cuanto es útil y conducente al bien de la sociedad; -que no me importaba lo que la gente profesara, con tal que tuviese -por guía la Biblia, porque allí donde se leen las Escrituras, ni la -superchería clerical ni la tiranía duran mucho; aduje como ejemplo -mi propio país, cuya libertad y prosperidad se deben a la Biblia, y -donde cabalmente el último perseguidor del libro, la sanguinaria e -infame María Tudor, fué también el último tirano que se sentó en el -trono. Me separé de mi amigo ya muy entrada la noche, y a la mañana -siguiente le envié los libros, en la firme y confiada esperanza de -que una aurora radiante y gloriosa iba a disipar las lúgubres sombras -de la<span class="pagenum" id="Page_96">[p. 96]</span> noche que -durante tanto tiempo habían envuelto al Alemtejo.</p> - -<p>Al siguiente día de este interesante suceso, sábado, hablé de -nuevo con el hombre de Palmella. Le pregunté si nunca en sus viajes -le habían atacado los ladrones; me respondió que no, pues, en -general, viajaba acompañado. «Sin embargo—añadió—cuando viajo solo -tampoco tengo miedo, porque voy bien protegido.» Supuse que llevaría -buenas armas, y así se lo dije. «No más arma que esta»—repuso, -mostrándome uno de esos enormes cuchillos de manufactura inglesa, de -que suelen estar provistos los campesinos portugueses. Esos cuchillos -se emplean para muchos usos, y me parecen un arma bastante más eficaz -que el puñal. «Pero no es este cuchillo—continuó el hombre—lo que -me da más confianza.» «¿Pues qué es?» «Esto—contestó, y extrajo del -seno un escapulario que llevaba colgado del cuello con un cordón de -seda—. Aquí llevo una <i>oraçam</i>, o plegaria, escrita por una persona -de virtud, y mientras no se aparte de mí no me ocurrirá nada.» Como -la curiosidad es el principal rasgo de mi carácter, dije al momento -al hombre aquel, con gran calor, que si me dejaba leer la oración me -proporcionaría un placer vivísimo. «Bueno—contestó—; somos amigos, -y voy a hacer por usted lo que haría por muy pocos.» Me pidió el -cortaplumas, y sin<span class="pagenum" id="Page_97">[p. 97]</span> -descoser el envoltorio sacó un pedazo de papel, bastante grande, -cuidadosamente ajustado a él. Corrí a mi aposento para examinarlo. -Estaba escrito con garrapatos casi ilegibles, y tan manchado de -sudor, que me costó mucho trabajo descifrar su contenido; al cabo -conseguí hacer la siguiente transcripción literal del conjuro, -escrito en mal portugués, pero que me impresionó en aquella ocasión, -por tratarse de la composición más extraordinaria que había visto:</p> - -<blockquote> -<p><span class="smcap">El conjuro.</span>—«Justo juez y divino -Hijo de la Virgen María, que naciste en Belén, Nazareno, y fuiste -crucificado entre la muchedumbre de los judíos, te suplico, Señor, -por tu sexto día, que mi cuerpo no sea preso por la justicia ni -reciba de sus manos la muerte, la paz sea con nosotros, la paz de -Cristo, venga a mí la paz, la paz sea con nosotros, dijo Dios a sus -discípulos. Si la maldita justicia recela de mí, o pone en mí sus -ojos, para apoderarse de mí o robarme, que sus ojos no puedan verme, -que su boca no pueda hablarme, que sus oídos no puedan oírme, que -sus manos no puedan agarrarme, que sus pies no puedan seguirme; de -suerte que, armado con las armas de San Jorge, cubierto con el manto -de Abraham y embarcado en el arca de Noé, no puedan verme, ni oírme, -ni verter la sangre de mi cuerpo. Te conjuro, además, Señor, por -aquellas tres benditas cruces, por aquellos<span class="pagenum" -id="Page_98">[p. 98]</span> tres benditos cálices, por aquellos tres -benditos sacerdotes, por aquellas tres hostias consagradas, que me -des aquella dulce compañía que diste a la Virgen María desde las -puertas de Belén a los portales de Jerusalem, para que pueda yo ir y -venir alegre y gustoso con Jesucristo, el Hijo de la Virgen María, -madre, y, sin embargo, siempre virgen.»</p> -</blockquote> - -<p>La posadera y su hija llevaban pendientes del cuello otros -escapularios con amuletos semejantes, para librarse, según decían, -de todo maleficio. La creencia en la brujería está muy extendida -entre los campesinos del Alemtejo, y creo que entre todos los de -Portugal. Esta es una de las reliquias del régimen frailuno, que en -todos los países donde ha existido parece haberse propuesto embotar -el entendimiento del pueblo para extraviarlo con más facilidad. Todos -esos amuletos estaban confeccionados por frailes, que se los vendían -a sus entontecidos penitentes.</p> - -<p>Los monjes de las iglesias griega y siria trafican también con -estas cosas, aun sabiendo que son nocivas, y anteponen ese comercio -a la difusión del saludable bálsamo del Evangelio, porque de aquél -sacan muy buenas ganancias y mantienen así el engaño que les permite -vivir regaladamente.</p> - -<p>La mañana del domingo fué muy hermosa, y la explanada que hay -delante del<span class="pagenum" id="Page_99">[p. 99]</span> -convento de San Francisco se llenó de gente que iba a misa o volvía -de oírla. Cumplidas mis devociones matinales me desayuné, y bajé -a la cocina; una muchacha llamada Gerónima estaba sentada al amor -de la lumbre. Le pregunté si había oído misa, y me respondió que -ni la había oído ni pensaba oírla. Inquirí el motivo y replicó que -desde la expulsión de los frailes de sus iglesias y conventos, había -dejado de oír misa y de confesarse, porque los curas no tenían en -tal ministerio poder espiritual, y, por tanto, se abstenía de ir -a molestarlos. Dijo que los frailes eran unos santos varones, muy -caritativos, que a diario daban de comer en el convento de enfrente a -cuarenta pobres con las sobras de la comida del día anterior, y ahora -a esa gente se la dejaba morirse de hambre. Contesté que como vivían -de la enjundia de la tierra, bien podían permitirse los frailes -arrojar unos pocos huesos a sus pobres, haciéndolo así por política, -con la esperanza de ganar amigos para los casos de apuro. La muchacha -me dijo después que, como domingo, tal vez desearía yo entretenerme -viendo algún libro, y sin esperar respuesta me trajo unos cuantos. -Eran en su mayoría narraciones populares de vidas y milagros de -santos, pero entre ellos había una traducción del libro de Volney, -<i>Las ruinas</i>. Pregunté cómo había adquirido tal obra. Díjome que -un joven, ardiente constitucionalista, se<span class="pagenum" -id="Page_100">[p. 100]</span> la había dado unos meses antes, con -muchas instancias para que la leyese, ponderándosela como uno de los -mejores libros del mundo. Repuse que el autor, enviado de Satán, -enemigo de Jesucristo y del alma humana, había escrito la obra -con el único propósito de mofarse de la religión y de inculcar la -doctrina de que no hay vida futura ni premio para el virtuoso ni -castigo para el malo. La muchacha, sin responder palabra, se fué a -otro aposento, del que volvió con el delantal lleno de astillas y -otra leña menuda, volcándola en la lumbre, que levantó viva llama. -Entonces, tomando de mis manos el libro, lo echó en la hoguera, se -sentó, sacó del bolsillo un rosario y estuvo rezando hasta que el -volumen quedó consumido. Fué esto un auto de fe en el mejor sentido -de la palabra.</p> - -<p>El lunes y el martes hice mis acostumbradas visitas a la fuente, y -también recorrí los alrededores, montado en una mula, para repartir -folletos. Dejé caer una buena porción de ellos en los paseos -preferidos por la gente de Evora, porque era dudoso que los aceptaran -si yo se los ofrecía en propia mano, mientras que si los veían -tirados por el suelo, pensaba yo que la curiosidad acaso los indujera -a cogerlos y leerlos.</p> - -<p>En la tarde del martes fuí a despedirme de mi amigo Azveto, pues -mi intención era salir de Evora el jueves siguiente y regresar<span -class="pagenum" id="Page_101">[p. 101]</span> a Lisboa; con esta mira -alquilé una calesa, cuyo dueño me dijo que había servido como soldado -en la <i>grand’armée</i> de Napoleón y asistido a la campaña de Rusia. -Tenía toda la estampa de un borracho. Su rostro era carbuncoso, y su -aliento apestaba a aguardiente. Muchos deseos tenía de hablar conmigo -en francés, enorgulleciéndose de poseer ese idioma; pero yo rehusé, y -le dije que me hablase en la lengua del país o no cruzaría la palabra -con él.</p> - -<p>El miércoles empeoró el tiempo y, a ratos, llovió. Al bajar a -la cocina me encontré con que mi amigo el de Palmella se había -marchado; pero habían llegado varios <i>contrabandistas</i> de España. -Casi todos eran muy apuestos, y, a diferencia de los dos que vi la -semana anterior, locuaces y expansivos; sólo hablaban su lengua natal -y parecían sentir gran desprecio por el portugués. La magnífica -entonación del español resonaba muy ventajosamente junto al dialecto -chillón de Portugal. Pronto trabé con ellos un grave coloquio, y -descubrí con alegría que todos sabían leer. Ofrecí al más viejo, -hombre de unos cincuenta años de edad, un folleto en español, y -después de examinarlo un rato con mucha atención, se alzó de su -asiento y, poniéndose en medio del cuarto, comenzó a leer en alta -voz, despacio y con gran énfasis. Sus compañeros le rodearon, y de -vez en cuando manifestaban su<span class="pagenum" id="Page_102">[p. -102]</span> conformidad con lo que oían. En ocasiones, el lector -acudía a mí en demanda de explicación de algún pasaje que no entendía -bien, por referirse a determinados textos de la Escritura, ya que -ninguno de la cuadrilla había visto nunca el Antiguo ni el Nuevo -Testamento. Continuó leyendo más de una hora, hasta acabar el -folleto; al concluir, todos clamaron por otros parecidos, y se los di -con mucho gusto.</p> - -<p>Casi todos aquellos hombres hablaban del clericalismo y del -régimen frailuno con odio profundo, hasta preferir la muerte a -someterse de nuevo al yugo que había oprimido sus cuellos. Híceles -muchas preguntas acerca de la opinión de sus parientes y amigos sobre -ese punto, y me aseguraron que en la parte de la frontera española -frecuentada por ellos, todos eran de la misma opinión, importándoles -tan poco el Papa y sus frailes como don Carlos, porque éste era un -<i>chicotito</i> y un tirano, y los otros, ladrones y salteadores. Díjeles -que no debían confundir la religión con la superstición clerical, ni -olvidar por odio a ésta que hay un Dios y un Cristo en quien hemos de -buscar nuestra salvación, y cuya palabra estaban obligados a meditar -en todo momento; expresáronse, al oírme, como muy devotos creyentes -en Cristo y en la Virgen.</p> - -<p>Estos hombres eran, en muchos respectos,<span class="pagenum" -id="Page_103">[p. 103]</span> más ilustrados que los campesinos del -contorno, pero en otros se hallaban en iguales tinieblas; creían en -brujerías y en el poder de hechizos y ensalmos. La noche fué muy -borrascosa. A eso de las nueve oímos un galope que se acercaba, y a -poco llamaron a la puerta; abrieron, y se precipitó en la cocina, -todo azorado, un hombre montado en un jumento; llevaba una raída -chaqueta de piel de carnero de las llamadas en español <i>zamarras</i>, -con calzones de lo mismo; desde las rodillas para abajo tenía -las piernas desnudas. Alrededor del <i>sombrero</i> llevaba atada una -gran cantidad de la hierba llamada en inglés <i>rosemary</i>, <i>romero</i> -en español, y en portugués rústico <i>alecrim</i>, palabra de origen -escandinavo (<i>ellegren</i>), que significa planta mágica, llevada -probablemente al Sur por los vándalos. El recién llegado parecía -loco de terror, y contó que las brujas le habían venido persiguiendo -y revoloteando en torno de su cabeza desde hacia dos leguas. Aquel -hombre traía de la frontera de España harina y otros artículos; dijo -que su mujer venía tras él y estaba a punto de llegar. Llegó, en -efecto, un cuarto de hora después, chorreando agua y montada también -en un borrico. Pregunté a mis amigos los <i>contrabandistas</i> qué -significaba el romero, y me dijeron que era bueno contra las brujas -y las desventuras del camino. No me entretuve en combatir<span -class="pagenum" id="Page_104">[p. 104]</span> esta superstición, -porque la calesa iría a buscarme a las cinco de la mañana y deseaba -yo aprovechar el poco tiempo que podía consagrar el sueño.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_105">[Pg 105]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO IV</h2> - <p class="subhang"> - Dilaciones molestas.— El cochero borracho.— Una mula muerta.— - Lamentación.— Aventura en un descampado.— El miedo a la oscuridad.— - Un fidalgo portugués.— La escolta.— Regreso a Lisboa. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">M</span><span class="smcap">e levanté</span> -a las cuatro, y después de tomar un refrigerio, bajé a la cocina, -donde vi al hombre que me había llamado la atención la víspera y a su -mujer, durmiendo al amor de la lumbre aún encendida. Se despertaron -en seguida y comenzaron a preparar su desayuno, consistente en -<i>sardinhas</i> saladas, asadas en el rescoldo. Al mismo tiempo, la mujer -cantaba trozos de una bella canción, muy conocida en España, que -comienza así:</p> - -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2">En Belén tocan a fuego;</span> -<span class="i0">Del portal salen las llamas,</span> -<span class="i0">Porque dicen que ha nacido</span> -<span class="i0">El Redentor de las almas.</span> -</div></div> - -<p><span class="pagenum" id="Page_106">[p. 106]</span></p> - -<p>Al saber que me marchaba, la mujer me dijo: «Voy a darle a usted -un poco de romero del de mi marido, para que le ampare contra los -peligros y le libre de cualquier mal suceso.» Tuve la debilidad de -permitir que me pusiera unas ramitas en el sombrero; estando en esto -llegó el calesero con las mulas, dije adiós a mi servicial posadera, -y subí al carruaje con mi criado.</p> - -<p>Entonces puse atención en las mulas que nos llevaban; nunca había -visto otras tan buenas como aquéllas; la de más alzada tendría poco -menos de diez y seis palmos. El calesero las quería, según nos dijo -en detestable francés, más que a su propia mujer y a sus hijos. -Doblamos la esquina del convento y seguimos calle abajo hacia la -puerta del Suroeste. El cochero hizo alto delante del portal de -una casona, y se apeó diciendo que por ser aún muy temprano, no se -atrevía a continuar, pues si los ladrones residentes en la ciudad -estaban sobre aviso, nos robarían, probablemente, y a él le matarían, -pero que los moradores de aquella casa iban a salir para Lisboa -un cuarto de hora más tarde, y esperándolos podíamos aprovechar -su escolta de soldados y ponernos al abrigo de todo peligro. -Respondí que yo no tenía miedo, y le mandé seguir, pero se negó, y, -dejándonos en la calle, fuése. Una hora llevábamos esperando, cuando -llegaron dos carruajes a la puerta de la casa;<span class="pagenum" -id="Page_107">[p. 107]</span> pero como la familia no estaba, al -parecer dispuesta todavía, el cochero se apeó también y se fué. Pasó -otra media hora; al fin salió la familia. Colocados los equipajes, -preguntaron por el cochero, que no parecía por parte alguna. Le -buscaron, pero en vano más de otra hora pasó antes de encontrar un -sustituto. La escolta tampoco había comparecido, y fué preciso enviar -por dos veces un criado al cuartel en busca de los soldados. Al fin, -todo se arregló, y la familia se puso en marcha.</p> - -<p>En todo ese tiempo no habíamos vuelto a ver a nuestro cochero, -y ya estaba yo harto convencido de que nos había abandonado -definitivamente, cuando, pasados unos minutos más, le vi venir -tambaleándose calle arriba, borracho, y empeñado en cantar la -Marsellesa. Sin decirle nada, me puse a observarlo. Estuvo un rato -mirando fijamente a las mulas y mascullando disparates inconexos -en francés. Al cabo, dijo: «No estoy tan borracho que no pueda -guiar»; y tomando a las mulas por el ramal, echó a andar hacia la -puerta. En cuanto salimos de la ciudad intentó repetidas veces, sin -conseguirlo, montar en la mula más pequeña, que iba ensillada; al fin -se salió con la suya, y en el acto emprendimos, camino abajo, una -carrera desenfrenada. Llegamos a un sitio donde arrancaba un carril -angosto y pedregoso; echando por él, nos<span class="pagenum" -id="Page_108">[p. 108]</span> ahorrábamos el rodeo que, en otro caso. -habríamos de dar en torno de los muros de la ciudad antes de salir -al camino de Lisboa, que cae al Noreste. El cochero dijo: «Voy a -tomar el carril, y en un minuto alcanzaremos a esa familia»; y en -él entramos, efectivamente. Apenas tenía anchura bastante para dar -paso al carruaje, y era, además, muy escarpado y quebrado; avanzamos -subiendo y bajando, con mucho crujir de ruedas y unas sacudidas tan -violentas, que corríamos peligro de vernos lanzados como por una -honda. Comprendí que de continuar en el coche, se haría pedazos -con nuestro peso, y dirigiéndome al cochero en portugués, le mandé -parar; pero el hombre fustigó y espoleó a las mulas con más brío. -Entonces, mi criado me suplicó por el amor de Dios que le hablase en -francés, pues si algo podía apaciguarle, era eso. Seguí el consejo, -y le rogué que nos permitiese apearnos y andar hasta la salida del -sitio peligroso. El resultado confirmó las previsiones de Antonio. -El cochero paró instantáneamente y dijo: «Señor, usted es el amo; -no tiene usted más que mandar y yo obedeceré.» Nos apeamos y fuimos -andando hasta la carretera, donde volvimos a montar.</p> - -<p>Apenas ocupamos nuestros asientos, el cochero lanzó las mulas -a galope tendido, con idea de alcanzar a la familia, que nos -llevaba como un cuarto de milla de ventaja.<span class="pagenum" -id="Page_109">[p. 109]</span> La capa se le escurrió de los hombros, -y al querer ponérsela de nuevo, soltó el ramal con que guiaba a la -mula más alta; la cuerda se le enredó en las patas al pobre animal, -que cayó pesadamente de cabeza al suelo; después de patalear un poco, -la mula quedó tendida cuan larga era, atravesada en el camino, con -las varas del carruaje sobre las costillas. Yo salí despedido contra -el lodo, y el borracho del cochero cayó sobre el cuerpo de la mula -muerta.</p> - -<p>El suceso me enfureció, y comencé a gritar: «¡Borracho! ¡Renegado! -Que hasta te avergüenzas de hablar la lengua de tu país; ahora que -has destruído el sostén de tu vida, ya puedes morirte de hambre.» -«<i>Paciencia</i>», me contestó, y empezó a dar patadas a la mula en la -cabeza, para hacerla levantar; de un empellón le aparté de allí, -y tomando la navaja que se le había caído del bolsillo, corté los -tiros del carruaje, pero la vida había volado, y el velo de la muerte -empañaba ya los ojos de la mula.</p> - -<p>El individuo aquel, en el atolondramiento de la borrachera, -pareció al pronto dispuesto a despreciar tal pérdida, diciendo: -«Se ha matado la mula; esa era la voluntad de Dios. ¿Qué le voy a -hacer? <i>Paciencia.</i>» Al mismo tiempo envié a Antonio a la ciudad para -que alquilase otras mulas, y después de descargar mis maletas del -carruaje, esperé al borde del camino su regreso.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_110">[p. 110]</span></p> - -<p>Los vapores del alcohol comenzaron a disiparse en el cerebro del -cochero; entonces, cruzando las manos, exclamó: «Virgen bendita, ¿qué -va a ser de mí? ¿Cómo voy a ganarme la vida? ¿Dónde podré hacerme -con otra mula? Mi mula, mi mejor mula, se ha matado; se ha caído al -suelo y se ha muerto de repente. He visto muchos animales en los -países donde he vivido, pero una mula como ésta, no la he visto -nunca; ¡y se ha matado! ¡Mi mula se ha matado! Se ha caído y se ha -muerto de repente.» En este tono continuó durante mucho rato, y sus -lamentaciones tenían siempre el mismo estribillo: «Mi mula se ha -matado; se ha caído y se ha muerto de repente.» Al cabo, quitó la -collera a la mula muerta y se la puso a la otra, metiéndola con algún -trabajo en varas.</p> - -<p>Un muchacho de unos trece años, muy guapo, llegó de la ciudad -corriendo como una liebre; se detuvo ante la mula muerta, y rompió -a llorar. Era hijo del cochero, y sabía por Antonio lo sucedido. -Aquello era demasiado para el pobre hombre; acudió a su hijo, -diciéndole: «No llores. Nos hemos quedado sin pan; pero Dios -lo ha querido. ¡La mula se ha matado!» Se dejó caer después al -suelo, lanzando lastimeras quejas: «Yo hubiera sobrellevado esta -pérdida—decía—pero el ver llorar a mi hijo, me vuelve loco.» Le -socorrí con algún dinero,<span class="pagenum" id="Page_111">[p. -111]</span> y le dije algunas palabras de consuelo. Le aseguré que -si dejaba la bebida, era indudable que Dios se apiadaría de él y le -remediaría. Por fin se tranquilizó un poco, y después de colocar -las maletas en el coche, volvimos a la ciudad, donde aguardaban -nuestra llegada a la posada dos excelentes mulas de paso. No vi a la -española, y por eso no pude decirle de cuán poco me había servido el -romero en aquel caso.</p> - -<p>Algunos borrachos he conocido en Portugal, pero, sin excepción, -eran individuos que, después de viajar fuera de su tierra, como -aquel cochero, regresaban llenos de desprecio hacia su patria y -manchados con los peores vicios de los países donde habían vivido. -A mis compatriotas que por acaso lean estas líneas, les recomiendo -vivamente que si su destino los lleva a España o Portugal, no tomen a -su servicio ni traten individuos de las clases bajas que hablen otra -lengua que la suya materna, porque muy probablemente serán bandidos -desalmados o borrachos. Invariablemente, estas gentes dicen de su -país natal todo el mal posible; y yo tengo la opinión, fundada en la -experiencia, de que un individuo capaz de tal bajeza, no vacilará -en cometer cualquier villanía, porque después del amor a Dios, el -amor a la patria es el mejor preservativo contra el crimen. Quien se -enorgullece de<span class="pagenum" id="Page_112">[p. 112]</span> -su patria, tiene especial cuidado en no hacer cosa que pueda -deshonrarla.</p> - -<p>Tomamos el camino de Lisboa, y llegamos a Monte Moro a eso de -las dos. Comimos allí lo que permitían los recursos del lugar, -y proseguimos el viaje hasta llegar a un cuarto de legua de las -chozas enclavadas en la linde del despoblado que habíamos cruzado -a la ida. Allí nos alcanzó un jinete; era un hombre robusto, de -mediana estatura, y montaba un buen caballo español. Llevaba puesto -un <i>sombrero</i> de alas anchas y caídas, jubón de paño azul, con -botonadura de tachones de plata y broches del mismo metal, calzón -de cuero amarillo y botas fuertes; de la silla llevaba colgado un -trabuco. Me preguntó si pensábamos pernoctar en Vendas Novas, y al -contestarle que sí, manifestó deseos de seguir en nuestra compañía. -Miró luego al sol, que ya se hundía rápidamente en el horizonte, -y nos rogó que avivásemos para aprovechar la luz todo lo posible, -porque el páramo era lugar temeroso en la oscuridad. Se puso a la -cabeza de todos, y salimos al trote largo; el mozo o arriero que -nos acompañaba venía detrás corriendo, sin dar la menor señal de -fatiga.</p> - -<p>Entramos en el páramo, y apenas habíamos avanzado una milla, la -noche cerró por completo. Ibamos por un sendero bordeado de altas -malezas, cuando el jinete me rogó que pasase yo delante, y él me -seguiría,<span class="pagenum"><a id="Page_113">[p. -113]</a></span> porque era incapaz de afrontar la oscuridad. Le -pregunté el motivo de su temor, y me respondió que en otro tiempo no -le causaban miedo alguno las tinieblas, pero que desde hacía unos -años temíalas mucho, sobre todo en lugares inhabitados. Accedí a sus -deseos, pero como desconocía el camino y apenas me veía los dedos -de la mano, nos perdíamos a cada paso; impacientábase el hombre, -y acabó por colocarse de nuevo a nuestra cabeza. Anduvimos así un -buen trecho y otra vez se detuvo el miedoso, diciendo que no podía -resistir el influjo de las tinieblas; temblábanle las patas al -caballo, contagiado, al parecer, del terror de su amo. Le aconsejé -que invocara el nombre de Jesús Nuestro Señor, capaz de transformar -la noche en día; al oírme, lanzó un terrible alarido, y enarbolando -el trabuco, lo disparó al aire. El caballo arrancó a todo correr, -y mi mula, una de las más ligeras de su casta, se espantó y salió -disparada, pisándole los cascos al caballo. Antonio y el mozo se -quedaron muy atrás. Corríamos como un torbellino, iluminándose el -sendero con las chispas arrancadas a las piedras por las herraduras -de los animales. Yo no sabía adónde íbamos; pero las cabalgaduras -conocían el camino, y en poco tiempo nos pusieron en Vendas Novas, -donde nuestros compañeros nos alcanzaron.</p> - -<p>Me pareció que el hombre aquel era un<span class="pagenum" -id="Page_114">[p. 114]</span> cobarde; opinión injusta, porque -durante el día era valiente como un león, y nada temía. Unos cinco -años antes le habían atacado dos ladrones en el páramo, y a entrambos -dominó, los ató, y los entregó a la justicia. Pero de noche, el -rumor de una hoja le aterrorizaba. He conocido casos análogos en -personas de extraordinaria valentía. En cuanto a mí, confieso que -no soy hombre de un valor inusitado, pero los peligros de la noche -no me intimidan más que los que pueden sobrevenir en pleno día. El -individuo de que he hablado era un labrador de Evora, persona de muy -buena posición.</p> - -<p>Encontré la posada de Vendas Novas llena de gente, y con alguna -dificultad obtuvimos alojamiento y cena. Ocupaba la posada la familia -de cierto <i>fidalgo</i> de Estremoz, el cual iba a Lisboa custodiando una -gran suma de dinero, según nos dijeron; probablemente, las rentas -de sus estados. Llevaba una guardia de veinticuatro servidores, -armados con sendos rifles; eran sus pastores, porqueros, vaqueros y -cazadores, mandados por el hijo y el sobrino del <i>fidalgo</i>, ambos -jóvenes, vestido el último de uniforme. A pesar de tan numerosa -guardia, al <i>fidalgo</i> le apuraba mucho, al parecer, el temor de -que le robasen en el descampado, entre Vendas Novas y Pegões, -porque solicitó del oficial que mandaba la tropa destacada en este -punto, una escolta de cuatro soldados. Había<span class="pagenum" -id="Page_115">[p. 115]</span> en el séquito del hidalgo varias -mujeres, hijas ilegítimas suyas, según averigüé; el hombre era de -costumbres depravadas y acérrimo partidario de Don Miguel. A poco de -llegar, y cuando mi compañero de viaje y yo estábamos en la cocina, -sentados a la lumbre, se nos acercó el hidalgo; podía tener unos -sesenta años, y era de aventajada estatura, pero muy encorvado. Su -rostro era bastante desagradable; tenía la nariz larga y ganchuda; -los ojos, pequeños, penetrantes y vivos, y lo que menos me gustó en -él fué su perpetua sonrisa burlona, signo seguro, a mi entender, de -un corazón perverso y desleal. Me dirigió la palabra en español, -idioma que el hidalgo hablaba con facilidad por residir no lejos de -la frontera; pero, contra mi costumbre, me mantuve reservado y en -silencio.</p> - -<p>A la mañana siguiente me levanté a las siete, y hallé que la -familia de Estremoz se había puesto en camino unas horas antes. -Me desayuné con mi compañero de la noche pasada, y emprendimos la -última jornada de aquel viaje. Como había salido el sol, sus miedos -se desvanecieron; era capaz de habérselas con todos los ladrones -del Alemtejo. Llevaríamos andada una legua, cuando al mozo que nos -acompañaba le pareció ver unas cabezas entre los matorrales. En el -acto, nuestro jinete empuñó el trabuco, y obligando al caballo a dar -dos o tres<span class="pagenum" id="Page_116">[p. 116]</span> -brincos, apuntó hacia el sitio indicado por el mozo; pero las cabezas -no volvieron a aparecer, y todo fué, probablemente, una falsa -alarma.</p> - -<p>Reanudamos la marcha, y la conversación giró, como era de esperar, -en torno de los ladrones. Mi compañero, que parecía conocer palmo a -palmo el terreno por donde íbamos, tenía algo que contar acerca de -cada vericueto, o de cada grupo de pinos que encontrábamos. Llegamos -a una pequeña eminencia, en cuya cima crecían tres majestuosos -pinos; como media legua más lejos había otra elevación semejante. -Estas dos alturas dominaban una parte del camino de Pegões a Vendas -Novas, en forma que desde ellas se columbraba a cuantos iban y venían -entre estos dos puntos. Al decir de mi amigo, aquellas colinas -eran puestos predilectos de los ladrones. Cómo dos años antes, -una cuadrilla de seis bandidos a caballo estuvo allí tres días, y -desvalijó a cuantos venían por ambos lados. Los caballos, con la -silla y el freno puestos, estaban atados al tronco de los árboles, y -dos centinelas, encaramados en las ramas más altas, daban el alerta -al acercarse los viajeros. Cuando los veían a distancia conveniente, -montaban de un salto en los caballos, y a galope tendido caían sobre -su presa, gritando: <i>¡Réndete, pícaro! ¡Réndete, pícaro!</i> Nosotros -pasamos sin tropiezo, y a eso de un cuarto de legua antes de<span -class="pagenum" id="Page_117">[p. 117]</span> Pegões, dimos alcance a -la familia del <i>fidalgo</i>.</p> - -<p>Si hubiesen llevado las riquezas de la India a través de los -desiertos de Arabia, no habrían tomado mayores precauciones. El -sobrino, sable en mano, cabalgaba a la cabeza, con pistolas en -el arzón y el consabido trabuco español pendiente de la silla. -Marchaban tras él seis hombres en hilera, fusil al hombro, con sendas -hachas pendientes de la faja, destinadas probablemente a tajar a -los bandoleros hasta la cintura, en cuanto se aventurasen a luchar -cuerpo a cuerpo. Seguían seis vehículos, dos de ellos calesas, en las -que iban el <i>fidalgo</i> y sus hijas; los otros eran carros de toldo, -y parecían cargados con el menaje casero. Cada vehículo llevaba a -los lados un campesino armado, y el hijo del <i>fidalgo</i>, mancebo de -diez y seis años, mandaba la retaguardia, de una fuerza igual a -la vanguardia conducida por su primo. Los soldados, de caballería -ligera, por fortuna, y muy bien montados, galopaban en todas -direcciones alrededor del convoy, con objeto de descubrir al enemigo -en su escondite, caso de estar emboscado en las cercanías.</p> - -<p>No pude por menos de pensar, cuando di alcance a esta comitiva, -en la imprudencia de tanto aparato bélico; pues si bien se -proponía amedrentar a los ladrones, podía igualmente servir para -atraerlos, advirtiéndoles del paso de inmensas riquezas por<span -class="pagenum" id="Page_118">[p. 118]</span> aquellos lugares. No -sé cómo se habrían portado los soldados y los campesinos en caso de -ataque, pero me inclino a creer que si tres hombres como Ricardo -Turpin les hubiesen acometido súbitamente, saliendo al galope de -entre los matorrales que cubren aquellas colinas, ni el número ni la -resistencia de los defensores bastaran a impedir que los asaltantes -se llevasen el contenido de las cajas que tintineaban en la grupa de -los caballos.</p> - -<p>Desde aquel momento, nada digno de mención nos sucedió hasta Aldea -Gallega, donde pasamos la noche; a las tres de la mañana siguiente, -tomamos la barca para Lisboa, y llegamos aquí a las ocho. Así terminó -mi primera excursión por el Alemtejo.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_119">[Pg 119]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO V</h2> - <p class="subhang"> - El colegio.— El rector.— La piedra de toque.— Prejuicios nacionales.— - Deportes juveniles.— Los judíos de Lisboa.— Creencias corrompidas.— - Crimen y superstición. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">U</span><span class="smcap">na</span> -tarde me dijo Antonio: «Me parece, <i>Senhor</i>, que a su merced le -gustaría ver el colegio de los... ingleses»<a id="FNanchor_30" -href="#Footnote_30" class="fnanchor">[30]</a>. «Lléveme allá, sin -falta»—le contesté yo—. Condújome por varias calles, y nos detuvimos -ante un edificio situado en uno de los puntos más altos de Lisboa. -Llamamos, y un a modo de portero vino en seguida a preguntar lo que -queríamos. Antonio se lo explicó. Vaciló un instante y nos mandó -entrar, llevándonos a un lóbrego vestíbulo de piedra, donde nos -dejó después de invitarnos a tomar asiento. De allí a poco salió un -personaje venerable, como de setenta años de<span class="pagenum" -id="Page_120">[p. 120]</span> edad, vestido con una ropa flotante -a manera de sobrepelliz, y tocado con la gorra colegial. A pesar -de sus años, había en las facciones de aquel hombre un tenue matiz -rojizo, característico del inglés. Se acercó a nosotros lentamente y -en nuestro idioma me preguntó en qué podía servirme. Díjele que, como -viajero inglés, tendría un placer muy vivo en visitar el colegio, -si era costumbre enseñárselo a los extraños. No opuso inconveniente -alguno a mis deseos, pero me declaró que no llegaba en muy buena -ocasión, por ser la hora de la comida. Me excusé, y al querer -retirarme, el anciano me rogó que aguardara unos minutos, hasta que, -terminada la comida, los directores del colegio pudieran tener el -gusto de acompañarme.</p> - -<p>Nos sentamos en el poyo de piedra, y después de examinarme -atentamente un poco de tiempo, el anciano clavó los ojos en Antonio. -«¿Qué es lo que veo?—dijo al fin—. Tengo la seguridad de que esa -cara no me es desconocida.» «Así es, reverendo padre»—contestó -Antonio levantándose y haciendo una profunda reverencia—. «Yo servía -en casa de la condesa de..., en Cintra, cuando vuestra reverencia -era su director espiritual.» «Cierto, cierto—dijo el anciano varón, -suspirando—. Ahora le recuerdo a usted perfectamente. ¡Ah! Las cosas -han cambiado mucho desde entonces, Antonio;<span class="pagenum" -id="Page_121">[p. 121]</span> nuevo gobierno, nuevo sistema, -y podría decir nueva religión.» Entonces, mirándome de nuevo, me -preguntó adónde era mi viaje. «Voy a España—le dije—, y de paso -me he detenido en Lisboa.» «¡España, España!—exclamó el viejo—. -Ciertamente, ha escogido usted una ocasión singular para ir a -España, habiendo como hay allí ahora guerras enconadas, alborotos y -efusión de sangre.» «Me parece que la causa de don Carlos está ya -vencida—contesté—; ha perdido el único general capaz de llevar sus -huestes a Madrid. Zumalacárregui, que era su Cid, ha muerto.» «No se -forje usted ilusiones. Con perdón de usted, joven, creo que el Señor -no permitirá que triunfe tan fácilmente el poder de las tinieblas. La -causa de don Carlos no está vencida. Su triunfo no depende de la vida -de un frágil gusano como el que acaba usted de nombrar». Departimos -así un breve rato y luego se levantó, diciendo que ya debía de haber -concluído la comida.</p> - -<p>Aún no hacía cinco minutos que nos había dejado solos, cuando -entraron en el vestíbulo tres individuos que se me acercaron -pausadamente.—Estos son los directores del colegio, dije entre mí; -y lo eran, en efecto. El primero de aquellos varones, a quien los -otros dos trataban con notable deferencia, era delgado y seco, de -estatura más que regular, muy pálido de tez, las facciones <span -class="pagenum" id="Page_122">[p. 122]</span>demacradas, pero -bellas, y de ojos oscuros y chispeantes; podía tener unos cincuenta -años. Sus dos compañeros estaban en plena juventud. El uno, más -bien bajo, tenía en su sombrío semblante aquella expresión dolorida -tan frecuente en los [católicos] ingleses; el otro era un mocetón -coloradote, con cara de buena persona. Los tres llevaban el birrete -peculiar del colegio y sotanas de seda. El de más edad se acercó -a mí, y tomándome la mano me dirigió, con voz clara y de timbre -argentino, las siguientes razones:</p> - -<p>—Bien venido seáis, señor, a nuestra pobre casa. Siempre nos -alegra mucho recibir en ella a los compatriotas que vienen de -nuestro amado país natal. En verdad, este contento se aminora mucho -al considerar que aquí nada hay digno de la atención del viajero; -nada notable hay en esta casa, salvo, quizás, su organización: yo -iré explicándosela a usted en el curso de nuestra visita. Pero ante -todo, permítanos usted que nos presentemos nosotros mismos; yo soy el -rector de este humilde asilo inglés; este señor es nuestro profesor -de humanidades, y éste (señalando al mocetón), es nuestro profesor de -lenguas sabias, hebreo y siriaco.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Saludo a todos ustedes -humildemente, y les ruego me excusen si me permito preguntar quién -era aquel venerable señor que se ha tomado la molestia de<span -class="pagenum" id="Page_123">[p. 123]</span> acompañarme hasta que -ustedes han tenido comodidad para venir.</p> - -<p><span class="smcap">El rector.</span>—¡Oh! Es nuestro limosnero, -nuestro capellán; persona digna de la mayor admiración. Vino a este -país antes de nacer ninguno de nosotros, y aquí ha estado siempre -desde entonces. Ahora, subamos, si gustáis, a visitar nuestra pobre -casa. Pero, querido señor, ¿por qué permanece usted descubierto en -este vestíbulo, tan frío y tan húmedo?</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—La explicación es muy fácil; se -trata de una costumbre ya muy arraigada. Acabo de llegar de Rusia, -donde he estado algunos años. Los rusos se quitan el sombrero -indefectiblemente cuando entran bajo techado, ya sea en una choza, -en una tienda o en un palacio. No hacerlo así, parecería grosería o -barbarie; la razón es que en cada aposento de las casas rusas hay un -cuadrito de la Virgen colgado en un rincón, muy cerca del techo, y en -prueba de respeto, los que entran se quitan el sombrero.</p> - -<p>Los tres señores cambiaron rápidas ojeadas de inteligencia. -Había tropezado en su Shibbolet, y descubrían en mí un Ephraimita, -no un hijo de Galaad<a id="FNanchor_31" href="#Footnote_31" -class="fnanchor">[31]</a>. Sin duda,<span class="pagenum" -id="Page_124">[p. 124]</span> hasta aquel momento me habían tenido -por uno de los suyos, miembro, y acaso sacerdote, de su antigua, -grandiosa e imponente religión. Era muy natural su error, lo -confieso. ¿Qué motivos podía tener un protestante para entrometerse -en aquel retiro? ¿Qué interés podía moverle a conocer la organización -de la casa? Sin embargo, lejos de disminuir sus atenciones para -conmigo después de tal descubrimiento, aquellos señores aumentaron -visiblemente su cortesía, si bien un observador escrupuloso hubiera -quizás percibido una leve sombra en la cordialidad de sus maneras.</p> - -<p><span class="smcap">El rector.</span>—¿Debajo del techo en cada -aposento? Creo que es eso lo que ha dicho usted. Es, en verdad, muy -agradable e interesante: un cuadro de la «santa» Virgen en cada -aposento. La noticia es tan inesperada como agradable. Desde este -momento tendré de los rusos una opinión mucho más elevada que hasta -aquí. Es un ejemplo muy digno de imitación. Quisiera sinceramente que -también nosotros tuviéramos la costumbre de poner una «imagen» de la -«santa» Virgen en cada rincón de nuestras casas, cerca del techo. -¿Qué decís a esto, señor<span class="pagenum" id="Page_125">[p. -125]</span> profesor de humanidades, qué decís de la noticia que con -tanta amabilidad nos ha dado este excelente caballero?</p> - -<p><span class="smcap">El profesor de humanidades.</span>—Digo que -es placentera y de grandísimo consuelo; pero declaro que no me coge -enteramente desprevenido. La adoración de la Santa Virgen se extiende -cada día más por países donde estaba olvidada o era hasta aquí -desconocida. El doctor W..., cuando pasó por Lisboa, me dió algunos -detalles interesantísimos respecto de los trabajos de la propaganda -en la India. Hasta Inglaterra, nuestra amada patria...</p> - -<p>Mis corteses amigos me enseñaron toda su «pobre casa». Cierto, -no parecía ser muy rica; espaciosa, sí, pero casi en ruinas. La -biblioteca era pequeña y no poseía nada notable. Desde las azoteas -se descubría un vasto y hermoso panorama del Tajo y de la mayor -parte de Lisboa. Pero yo no había ido buscando a tal lugar obras de -arte, ni libros raros, ni hermosas vistas; visité aquella singular -y antigua mansión para conversar con sus habitantes, porque mi -estudio favorito, y podría decir único, es el hombre. Aquellos -señores resultaron bastante parecidos a como yo me los figuraba, pues -no era la primera vez que visitaba un establecimiento [católico] -inglés en tierra extraña. Llenos de amabilidad y cortesía recibieron -al compatriota hereje y aunque el adelanto<span class="pagenum" -id="Page_126">[p. 126]</span> de su propia religión era para ellos un -objeto de primordial importancia, no tardé en observar que, con una -inconsecuencia bastante divertida, conservaban en grado portentoso -algunos prejuicios nacionales casi extinguidos ya en la madre patria, -y movidos por ellos llegaban a censurar y desdorar a sus mismos -correligionarios. Hablé de los [católicos] ingleses, de su elevada -respetabilidad, y de la lealtad que uniformemente han guardado a sus -soberanos, aunque de religión diferente y no obstante haber sufrido -no pocas persecuciones e injusticias.</p> - -<p><span class="smcap">El Rector.</span>—Me regocija mucho oírle -a usted hablar así, carísimo señor; veo que conoce usted bien al -venerable gremio de mis correligionarios ingleses; cierto: nunca -faltaron a la lealtad, y aunque les achacaron conjuraciones y -complots, de sobra se sabe ya que todo eso eran calumnias inventadas -por enemigos de su religión. Durante las guerras civiles los -[católicos] ingleses vertieron de buen grado su sangre y prodigaron -sus riquezas por la causa del mártir infeliz, aunque éste no los -favoreció nunca y los miró siempre con desconfianza. Actualmente, los -[católicos] ingleses son los súbditos más fieles de nuestro gracioso -soberano. Mucho me contentaría poder decir otro tanto de nuestros -hermanos irlandeses; pero su conducta ha sido detestable. Realmente, -¿podía<span class="pagenum" id="Page_127">[p. 127]</span> esperarse -otra cosa? Los verdaderos [católicos] se avergüenzan de ellos. Hay -entre los irlandeses algunas personas que son el oprobio de la -iglesia que pretenden servir. ¿De dónde sacan que nuestros cánones -aprueben su proceder, ni sus inconsideradas expresiones respecto de -quien es su soberano por derecho divino y no puede errar? Y, sobre -todo, ¿en qué autoridad se apoyan para inflamar las pasiones de una -turba vil contra la nación destinada naturalmente a gobernarla?</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Creo que hay un colegio irlandés en -Lisboa.</p> - -<p><span class="smcap">El Rector.</span>—Así es; pero vive -lánguidamente; tiene muy pocos alumnos, o ninguno.</p> - -<p>Miré desde una ventana, a gran altura, y vi que en un patio, -debajo de nosotros, estaban jugando veinte o treinta apuestos -muchachos. «Eso me parece muy bien», exclamé; «estos muchachos no -dejarán de ser buenos sacerdotes porque dediquen un rato a los -deportes. La educación puritana, demasiado rígida y seria, no me -gusta; a mi parecer fomenta el vicio y la hipocresía.»</p> - -<p>Fuimos después al aposento del rector, donde había colgado, encima -de un crucifijo, un pequeño retrato.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Este fué un grande hombre, -prodigioso y sin tacha. En mi opinión, la compañía que fundó, tan -censurada por muchos, ha producido infinitamente más beneficios que -daños.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_128">[p. 128]</span></p> - -<p><span class="smcap">El Rector.</span>—¿Qué es lo que oigo? ¿Usted, -inglés y protestante, habla con admiración de Ignacio de Loyola?</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Nada diré respecto de la doctrina -de los jesuítas, porque, como acaba usted de decir, soy protestante; -pero estoy dispuesto a sostener que no hay en el mundo gente a quien, -en general, pueda encomendársele con más confianza la educación de -la juventud. Su sistema moral y su disciplina, son verdaderamente -admirables. Sus discípulos, cuando llegan a la edad viril, rara vez -son viciosos ni licenciosos, y, en general, son hombres instruídos -y de ciencia, poseedores de todas las prendas de una educación -esmerada. Me parece execrable la conducta de los liberales de Madrid, -que asesinaron el año pasado a los indefensos padres, por cuyas -solicitud y sabiduría se han desarrollado dos de los más brillantes -talentos de la España actual: Toreno y Martínez de la Rosa, gala de -la causa liberal y de la literatura moderna de su país...</p> - -<p>En la parte baja de las calles del oro y de la plata, de Lisboa, -puede verse a diario cierta caterva de hombres de extraña catadura, -que no parecen portugueses ni europeos. Congréganse en pequeños -grupos junto a las columnas de la calle a eso del mediodía. Su -vestidura consiste, generalmente, en una túnica azul sujeta a -la cintura por un ceñidor rojo, anchos calzones o pantalones de -lienzo,<span class="pagenum" id="Page_129">[p. 129]</span> y un -bonete colorado con una borlita de seda azul en lo alto. Al pasar -entre los grupos se les oye hablar en español o en portugués -corrompidos, y, a veces, en una lengua áspera y gutural, en la que -cuantos han viajado por Oriente reconocen el arábigo o alguno de sus -dialectos. Aquellas gentes son los judíos de Lisboa. Un día me metí -en uno de los grupos y pronuncié un <i>beraka</i> o bendición. En diversas -partes del mundo he vivido en contacto con la raza hebrea, y conozco -bien sus maneras y fraseología. Tenía yo muy vivos deseos de conocer -la situación de los judíos portugueses, y aproveché la oportunidad -que se me ofreció. «—Este hombre es un rabí poderoso—dijo una voz en -arábigo—; nos importa tratarle con bondad». Diéronme la bienvenida, -y, favoreciendo su error, en pocos días me enteré de cuanto a sus -personas y a su tráfico en Lisboa concernía.</p> - -<p>Los judíos de Europa están al presente divididos en dos clases (o -sinagogas, como las llaman algunos): la portuguesa y la alemana. La -más famosa de las dos es la portuguesa. A los judíos de esta clase -se les considera generalmente más civilizados que los otros, mejor -educados y más profundamente versados en la lengua de la Escritura y -en las tradiciones de sus mayores.</p> - -<p>En Londres hay un hermoso edificio llamado la sinagoga de -los judíos portugueses,<span class="pagenum" id="Page_130">[p. -130]</span> donde los ritos de la religión hebraica se cumplen con -todo el esplendor y magnificencia posibles. Conociendo estas cosas, -era natural que, al llegar a Portugal, esperase uno encontrarse en el -cuartel general de aquel judaísmo, al que por costumbre se asociaban -en mi ánimo muchas cosas respetables e imponentes. Experimenté, -pues, sorpresa considerable al oír a los seres a quien he tratado -de describir más arriba dar esta cuenta de sí mismos: «Nosotros no -somos de Portugal, venimos de Berbería; algunos, de Argel; y otros, -de Levante; pero los más, de Berbería, allá lejos»; y señalaban al -Suroeste.</p> - -<p>—¿Y dónde están los judíos de Portugal—pregunté—, hijos auténticos -de este país?</p> - -<p>—No conocemos a nadie fuera de nosotros—respondieron los -berberiscos—; pero hemos oído decir que aquí hay otros judíos; si -así es, no quieren tratarse con nosotros, y hacen bien, porque somos -malísima gente, ¡oh <i>Tsadik</i>!, todos ladrones, sin excepción. Cada -año viene de Swirah un barco cargado de ladrones: es el que nos trae -a nosotros a Portugal.</p> - -<p>—¿Y vuestras esposas y familias?—dije yo—; ¿dónde están?</p> - -<p>—En Swirah, en Salee, o en otros lugares de donde venimos; -nunca traemos a nuestras mujeres ni a nuestras familias.<span -class="pagenum" id="Page_131">[p. 131]</span> Muchos de nosotros se -han escapado de allí con lo puesto por salvar la vida, huyendo de -los castigos merecidos por nuestros delitos. Algunos viven en pecado -con las hijas del Nazareno, porque somos una casta depravada, ¡oh -<i>Tsadik</i>!, y no guardamos los preceptos de la ley.</p> - -<p>—¿Tenéis sinagogas y doctores?</p> - -<p>—Sí, ¡oh varón justo!; pero poco puede decirse de unas y otros. -Nuestros <i>chenourain</i> son lugares infectos, y nuestros doctores están -como nosotros presos en el <i>galoot</i> del pecado. Uno de ellos tiene en -su casa una hija del Nazareno: es de Swirah, y de tal país no puede -venir nada bueno.</p> - -<p>—¿Y escucháis la palabra de vuestros doctores, aunque son tan -depravados como decís?</p> - -<p>—¿Cómo podríamos vivir si no lo hiciéramos así? Nuestros doctores -son malísima gente, y viven del fraude como nosotros; con todo, son -nuestros superiores y hay que temerlos y obedecerlos. Los ángeles -están a su mandar; disponen de sortilegios, de palabras mágicas -y del <i>Shem Hamphorash</i><a id="FNanchor_32" href="#Footnote_32" -class="fnanchor">[32]</a>. Si no diéramos oídos a sus palabras, -podrían sumir nuestras almas en la consternación, reducirlas a -niebla, a fango, como tú podrías también, ¡oh varón justo!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_132">[p. 132]</span></p> - -<p>Tales fueron las cosas extraordinarias que de sí mismos me -contaron aquellos judíos, y no tuve motivos para ponerlas en duda, -pues por diferentes caminos fuí luego comprobándolas. ¡Qué buena -pareja hacen el delito y la superstición! Aquellos miserables -que quebrantaban sin escrúpulo los mandamientos eternos de su -Hacedor, no se atreverían a comer de los animales de uña indivisa<a -id="FNanchor_33" href="#Footnote_33" class="fnanchor">[33]</a> ni del -pez sin escamas. Desdeñan las amenazas de los santos profetas contra -los hijos del pecado, y tiemblan al oír una palabra cabalística -pronunciada por alguno que quizás los aventaja en infamia; como -si, según se ha hecho notar acertadamente, Dios fuese a delegar el -ejercicio de su poder en los fautores de la iniquidad.</p> - -<p>Es absolutamente cierto que en otro tiempo los judíos de Portugal -gozaron merecida fama de riqueza, saber y finas maneras; pero la -Inquisición hizo en ellos pavoroso estrago. Los que se libraron del -<i>auto da fe</i> sin convertirse a la idolatría papista, se refugiaron -en países extranjeros, sobre todo en Inglaterra, donde aún se los -conoce con su nombre de origen. Actualmente, si bien todas las -religiones están toleradas en<span class="pagenum" id="Page_133">[p. -133]</span> Portugal, no se ve por parte alguna a los auténticos -judíos portugueses, y en su lugar se encuentra por las calles de -Lisboa a la ralea berberisca, gente proscrita, que no oculta su -propia degradación.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_134">[Pg 134]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO VI</h2> - <p class="subhang"> - El frío en Portugal.— Me libro de una extorsión.— Sensación de - soledad.— El perro.— El convento.— Un paisaje encantador.— El - castillo morisco.— Plegaria por un enfermo. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">U</span><span class="smcap">nos</span> -quince días después de mi regreso de Evora y terminados los -indispensables preparativos, emprendí el viaje a Badajoz, donde -pensaba tomar la diligencia para Madrid. Badajoz está a unas cien -millas de Lisboa y es la principal ciudad fronteriza de España por -la parte del Alemtejo. Para llegar a ella, tenía que rehacer hasta -Monte Moro el camino ya recorrido en mi excursión a Evora; por tanto, -poca diversión podía prometerme de la novedad de los sitios. Además -de eso, iba a hacer el viaje muy solo, sin otra compañía que la del -arriero, porque no pensaba retener a mi criado más que hasta Aldea -Gallega, para donde salí a las cuatro de la tarde. Escarmentado por -la primera travesía, no me embarqué ahora en un bote, sino en uno de -los faluchos que<span class="pagenum" id="Page_135">[p. 135]</span> -hacen el servicio regular de pasajeros, y así llegue a Aldea Gallega, -después de seis horas de viaje; el barco iba muy cargado, no había -viento, y los marineros no pudieron soltar los pesados remos ni un -instante. La travesía fué el reverso de la primera—completamente -segura, pero tan lenta y fatigosa, que cien veces deseé verme de -nuevo bajo la conducta de aquel marinerillo bárbaro, galopando -sobre las olas hirvientes impelidas por el huracán. Desde las ocho -hasta las diez el frío fué verdaderamente terrible, y aunque iba yo -empaquetado en un excelente <i>shoob</i> de pieles, de mucho abrigo, con -el que había desafiado los hielos del invierno ruso, tiritaba todo -mi cuerpo, y al pisar de nuevo el Alemtejo, me alegré aun más que la -vez primera, cuando desembarqué luego de escapar de una horrorosa -tempestad.</p> - -<p>Me alojé por aquella noche en una casa en que me había presentado, -a nuestro regreso de Evora, aquel amigo mío que se asustaba de la -oscuridad; en ella se encontraba mejor acomodo que en la posada de -la Plaza, si bien me hacían pagar por todo precios inhumanos. Mi -primer cuidado fué buscar mulas que nos llevasen con el equipaje a -Elvas, desde donde sólo hay tres leguas cortas hasta Badajoz. Los -dueños de la casa dijéronme que podían poner a mi disposición dos -mulas excelentes; pero cuando<span class="pagenum" id="Page_136">[p. -136]</span> pregunté el precio tuvieron la desvergüenza de pedirme -cuatro <i>moidores</i>. Les ofrecí tres, que era ya demasiado, pero no los -aceptaron; sabían que yo era inglés, y, por tanto, la oportunidad -de ponerme a contribución les pareció excelente; porque no podían -figurarse que una persona tan rica como un inglés «debe» ser, se -determinara a salir a la calle en noche tan fría, sólo por buscar -un ajuste más razonable. Se equivocaron de medio a medio, y díjeles -que, antes de fomentar su picardía, me daría el gusto de volverme -a Lisboa; al oírme, rebajaron el precio a tres <i>moidores</i> y medio; -pero yo, sin responder palabra, salí con Antonio y me dirigí a la -casa del viejo que nos había llevado la otra vez a Evora. Llamamos -muchas veces, porque el hombre estaba acostado; al fin se levantó y -nos abrió; pero, al oír nuestra petición, dijo que sus mulas habían -ido de nuevo a Evora con el muchacho, para traer unas mercancías. -Nos recomendó, sin embargo, a un vecino suyo, alquilador de mulas, -y con él ajustó Antonio dos buenas caballerías por dos <i>moidores</i> -y medio. Digo que las ajustó Antonio, porque yo me estuve aparte -y sin hablar, mientras el dueño, a medio vestir, con una luz en -la mano y tiritando de frío, nos llevó a ver sus bestias, y el -hombre no se enteró de que eran para un extranjero hasta después de -cerrar el trato y de recibir una cantidad en señal. Me volví<span -class="pagenum" id="Page_137">[p. 137]</span> a mi alojamiento muy -satisfecho, y después de cenar un poco me fuí a acostar, sin hacer -gran caso de los posaderos, que me apuñalaban con la mirada de sus -ojillos judaicos.</p> - -<p>A las cinco de la mañana siguiente llegaron las mulas a la puerta -de la casa. Con ellas venía un muchacho de diez y nueve o veinte -años. Era bajo, pero sumamente recio, y poseía la cabeza más grande -que he visto nunca sobre los hombros de un mortal; cuello, no lo -tenía; al menos no pude descubrir nada digno de ese nombre. Era -su rostro de fealdad repulsiva y en cuanto le dirigí la palabra, -descubrí que era idiota. Tal iba a ser mi compañero en un viaje -de cien millas y de cuatro días, a través de una de las regiones -más agrestes y peor afamadas del reino. Me despedí de mi criado -casi con lágrimas en los ojos, porque siempre me había servido con -suma fidelidad y mostrado un celo y un deseo de contentarme que me -llenaban de satisfacción.</p> - -<p>Partimos, yendo el imbécil del guía sentado en la mula de -carga, encima del equipaje, con las piernas cruzadas. Acababa de -ponerse la luna. La mañana era profundamente oscura y el frío, como -siempre, penetrante. No tardamos en llegar al lúgubre bosque, ya -atravesado por mí otra vez, y por él caminamos algún tiempo, lenta y -tristemente. No se oía más ruido que el de las<span class="pagenum" -id="Page_138">[p. 138]</span> mulas. Ni un soplo de aire movía las -ramas desnudas. En los matorrales no se rebullía animal alguno, -ni volaban sobre nosotros pájaros, ni siquiera las lechuzas. Todo -parecía desolado y muerto. En mis numerosos y lejanos viajes, nunca -he tenido sensación de soledad ni deseo de conversar y de cambiar -ideas tan vivos y fuertes como en aquel momento. Era inútil hablar al -arriero idiota; conocía muy bien el camino, pero a cualquier pregunta -que se le hacía no daba otra respuesta que una risa imbécil. Al -verme en tal estado, hice lo que muchas personas hacen cuando se ven -privadas de todo consuelo humano: volví mi corazón a Dios y comencé -a comunicar con Él por la oración, con lo que mi alma se vió pronto -confortada y tranquila.</p> - -<p>Hicimos nuestro camino sin novedad, ni tropezamos con ladrones, -ni vimos ser viviente hasta llegar a Pegões; desde este punto hasta -Vendas Novas, tuvimos la misma suerte. Los dueños de la posada de -este lugar me conocían bien, por haber pasado dos noches bajo su -techo; y al verme aparecer de nuevo me dieron la bienvenida con mucha -amabilidad. El nombre de este posadero es, o era, José Díaz Azido, -y a diferencia de la generalidad de sus compañeros de profesión en -Portugal, es un hombre honrado; los extranjeros, al alojarse en -esta posada, pueden estar seguros de que no los saquearán<span -class="pagenum" id="Page_139">[p. 139]</span> ni robarán sin piedad a -la hora de pagar la cuenta, ni les cobrarán un solo <i>re</i> más que a un -portugués en iguales circunstancias. En este pueblo pagué exactamente -la mitad de lo que me pidieron en Arroyolos, donde pasé la noche -siguiente con muchas menos comodidades de todo orden.</p> - -<p>A las doce del siguiente día llegamos a Monte Moro, y como no -tenía gran prisa, decidí visitar las ruinas yacentes en la cima y -la falda de la soberbia montaña erguida sobre la ciudad. Después de -pedir algo de comer en la posada donde paramos, subí cerro arriba -hasta llegar a un ancho muro o parapeto que, a cierta altura, ciñe -la montaña entera. Por un tosco puente de piedra crucé un pequeño -foso o trinchera; pasé al pie de una gruesa torre, y atravesando el -arco de una puerta me encontré en la parte cercada de la montaña. A -mano izquierda había una iglesia, bien conservada y destinada aún al -culto; pero no pude verla, porque la puerta estaba cerrada con llave -y no vi por allí a nadie que pudiera abrirla.</p> - -<p>Pronto comprendí que mi curiosidad me había llevado a un lugar -verdaderamente extraordinario, muy superior al escaso talento -descriptivo de que estoy dotado. Anduve dando traspiés sobre las -ruinas, y en un momento determinado me di cuenta de que caminaba -sobre bóvedas, deteniéndome de pronto ante un ancho agujero en el -que<span class="pagenum" id="Page_140">[p. 140]</span> hubiera caído -si llego a dar un paso más en mi distraída marcha. Seguí un buen -trecho a lo largo del muro por el lado oriental, cuando de pronto oí -un tremendo ladrido y apareció un perrazo como los que guardan los -rebaños en aquellas campiñas; dando saltos se me acercó, dispuesto a -atacarme «con los ojos hechos brasas y enseñando los colmillos». Si -hubiese huído o hubiese empleado un modo de defensa distinto del que, -sin falta alguna, acostumbro a usar en tales circunstancias, el perro -me hubiera mordido probablemente; lo que hice fué inclinarme hasta -casi pegar la barba con las rodillas, mirando al perro fijamente en -los ojos, y ocurrió, como dice John Leyden en la más hermosa balada -que la «Tierra del Brezo» ha producido, «que el perro salió huyendo, -como herido por un conjuro mágico».</p> - -<p>Es un hecho conocido de mucha gente, y comprobado con frecuencia, -según creo, que ningún perro o animal mayor y fiero, de cualquier -especie que sea, con excepción del toro, que cierra los ojos y -embiste a ciegas, se atreve a atacar a un hombre que le haga cara -con firme y sereno continente. Digo un animal mayor y fiero, porque -es más fácil repeler a un sabueso o a un oso de Finlandia de la -manera dicha, que a un perro sin raza o a un perdiguero, contra -el que un palo o una piedra son mucho mejor<span class="pagenum" -id="Page_141">[p. 141]</span> defensa. Nada de esto asombrará a quien -considere que una serena mirada de reproche le basta a la razón para -mitigar los excesos de los hombres fuertes y valerosos, mientras -que ese medio sólo sirve para aumentar la insolencia de los débiles -y de los necios, fáciles de amansar, en cambio, como palomas si se -les infligen castigos que, aplicados a los primeros, exacerbarían -su cólera, haciéndola más terrible, y, como pólvora arrojada en una -hoguera, les induciría, en loca desesperación, a sembrar el estrago -en torno suyo.</p> - -<p>A los ladridos del perro, surgió de una especie de paseo un viejo, -su amo, a mi parecer, a quien hice varias preguntas acerca del lugar. -El hombre, bastante cortés, me contó que había servido como soldado -en el ejército inglés, al mando del «gran lord», durante la guerra -de la península. Me dijo que había un convento de monjas un poco más -lejos, y como se mostrara dispuesto a llevarme a él, echamos a andar -hacia la parte Sureste de la muralla, donde se aparecía un vasto -edificio ruinoso.</p> - -<p>Entramos en cierto lóbrego aposento de piedra, en uno de cuyos -rincones había una especie de ventana cerrada por una tabla -giratoria, por donde se entregaban y recibían los objetos en el -convento. El viejo tocó la campana, y, sin decir palabra, se retiró, -dejándome algo perplejo; pero, un instante después oí, sin poder -ver a quien me hablaba,<span class="pagenum" id="Page_142">[p. -142]</span> una suave voz femenina preguntándome mi condición y el -motivo de mi visita. Dime a conocer como un inglés que, de paso en -Monte Moro, camino de España, había subido al cerro a visitar las -ruinas. La voz me respondió: «Supongo que será usted militar, e irá -a pelear contra el rey, como todos sus compatriotas.» «No—dije yo—; -no soy hombre de guerra, soy un cristiano; no voy a verter sangre, -sino a procurar la difusión del evangelio de Cristo en un país que le -desconoce»; a esto me respondió una risita ahogada. Pregunté después -si había en el convento ejemplares de las Sagradas Escrituras; -aquella voz amigable no supo darme noticias sobre el particular, -y casi no me atrevo a creer que mi interlocutora entendiese la -pregunta. Me contó que el oficio de abadesa era anual; cada año -tenían superiora nueva. Al preguntar si a las monjas no se les hacía -muy pesado el tiempo, me declaró que, cuando no tenían cosa mejor en -qué ocuparse, se entretenían haciendo quesadillas para el consumo de -aquellos contornos. Di las gracias a la voz por sus noticias, y me -fuí. Según iba andando pegado al muro del convento hacia el Suroeste, -sonaron sobre mi cabeza nuevas y más fuertes risas ahogadas; alcé la -vista y descubrí en tres o cuatro ventanas los rostros melancólicos -y los flotantes cabellos negros de las monjas, ansiosas de ver -al forastero. Me besé la<span class="pagenum" id="Page_143">[p. -143]</span> mano repetidas veces, y proseguí la marcha; a poco llegué -al extremo Suroeste de aquella montaña tan fértil en curiosidades. -Allí encontré los restos de un gran edificio, construído, al parecer, -en forma de cruz. En su parte oriental subsiste una torre entera; -el lado Oeste, todo en ruinas, cae al borde de la colina, mirando -al valle por cuyo fondo corre el arroyo ya mencionado en otra -ocasión.</p> - -<p>El día era muy caluroso, a pesar del frío de las noches -anteriores; el radiante sol de Portugal alumbraba un paisaje de -arrebatadora hermosura. Bosquecillos de alcornoques cubrían el lado -opuesto del valle y las pendientes lejanas, formando deliciosas -perspectivas, donde pacían los rebaños; las aguas del arroyo se -estrellaban en los pedruscos del cauce y hacían un suave murmullo que -llegaba hasta mi oído, bañándome el alma en delicias. Sentado en las -ruinas del muro permanecí extático, vertiendo lágrimas de felicidad; -porque de todos los placeres que por la bondad de Dios gozan sus -hijos, ninguno tan caro a ciertos corazones como la música de los -bosques y de los arroyos y la contemplación de las bellezas de su -gloriosa creación. Transcurrió una hora, y aún permanecía yo sentado -en la muralla; las escenas de mi vida pasada flotaban ante mis ojos -en fantástica e impalpable formación, y por entre ellas <span -class="pagenum" id="Page_144">[p. 144]</span>asomaban aquí y allá -los árboles, las colinas y demás objetos del panorama que realmente -tenía frente a mí. El sol me quemaba el rostro, pero yo no hacía caso -de ello; hubiera permanecido allí hasta la noche, creo yo, sumido en -una de esas ensoñaciones, buenas tan sólo para debilitar el ánimo, -lo confieso, y para malgastar muchos minutos que podrían emplearse -mejor, si el disparo de la escopeta de un cazador, despertando los -ecos de los bosques, de las montañas y de las ruinas, no me hubiese -hecho ponerme en pie y recordar que aún me faltaban tres leguas para -llegar a la hostería donde me proponía pasar la noche.</p> - -<p>Guié mis pasos hacia la posada, siguiendo a lo largo de una -especie de parapeto. Poco antes de llegar a la puerta de entrada, -observé a mano derecha una cripta vaciada en la vertiente del monte; -tres columnas sostenían la techumbre, pero había cedido un poco hacia -el fondo, de suerte que la luz penetraba en el interior por una -hendidura abierta en lo alto. Aquello podía haber sido edificado para -servir de capilla o de cementerio, me inclino a creer que de esto -último; pero, seguramente, no era obra de moros. En mis correrías -por aquellos lugares, nada vi que me recordase a tan singularísimo -pueblo. En el cerro donde yacen estas ruinas hubo, sin duda alguna, -un poderoso castillo de los moros, quienes al invadir la<span -class="pagenum"><a id="Page_145">[p. 145]</a></span> península -ocuparon casi todos los lugares altos y naturalmente fuertes, -poniéndolos en estado de defensa; pero es probable que perdieran muy -pronto el cerro visitado ahora por mí, y que los muros y edificios -cuyos despojos lo cubren, fuesen labrados por los cristianos después -de reconquistar la posición del poder de los terribles enemigos de -su fe. Monte Moro presenta cierta lejana semejanza con Cintra, que -puede traer a la mente del viajero el recuerdo de este último lugar; -sin embargo, hay en Cintra una nota agreste y ruda que no existe en -Monte Moro. Allí los peñascos gigantescos se apilan en forma tal, que -parecen amenazar con la destrucción inminente de cuanto los rodea; -las ruinas aún adheridas a los peñascos, más parecen nidos de águilas -que restos de habitaciones humanas, incluso de moros; mientras que -las ruinas de Monte Moro están asentadas, comparativamente, con -más holgura en el ancho lomo de un cerro, grande y levantado, pero -sin peñascos ni precipicios, al que puede subirse por todos lados -sin gran dificultad. Viva satisfacción me produjo la visita a ese -monte; muchas cosas he de ver en mis viajes para olvidar la voz en el -convento medio derruído, las murallas entre cuyos escombros divagué, -y el parapeto donde estuve sentado una hora, sumido en mi arrobador -ensueño, bajo los rayos brillantes del sol.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_146">[p. 146]</span></p> - -<p>Volví a la posada, y restauré mis fuerzas con té y unas -quesadillas muy dulces y agradables, obra de las monjas del convento. -Al observar el semblante triste y preocupado de la gente de la casa, -pregunté el motivo a la huéspeda, sentada casi sin movimiento en el -suelo junto a la lumbre; díjome que su marido estaba en peligro de -muerte a causa de una enfermedad, que, por los síntomas, debía de ser -una especie de cólera; el médico no abrigaba esperanzas de salvación. -La animé a confiar en el poder de Dios, capaz de restaurar al enfermo -en pocas horas, trayéndole desde el borde de la tumba a la plena -salud, y así debía ella pedírselo fervorosamente al Todopoderoso. -Añadí que, si no sabía hacer la oración propia del caso, yo estaba -dispuesto a orar por ella, con tal que se uniese en espíritu a mi -súplica. Entonces ofrecí una breve plegaria en portugués, pidiendo -al Señor que, si así convenía, librara a aquella familia de la -grave aflicción que pesaba sobre ella. La mujer escuchó muy atenta, -con las manos devotamente juntas, hasta el fin de la oración, -y después me miró con asombro, al parecer, pero sin pronunciar -palabra por donde yo pudiera colegir si lo dicho por mí le había o -no desagradado. Me despedí luego de la familia, y, montando en la -mula, salí para Arroyolos<a id="FNanchor_34" href="#Footnote_34" -class="fnanchor">[34]</a>.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_147">[Pg 147]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO VII</h2> - <p class="subhang"> - La piedra druídica.— Un joven español.— Soldados rufianes.— Los - males de la guerra.— Estremoz.— La disputa.— La atalaya en ruinas.— - Vislumbre de España.— Ayer y hoy. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">L</span><span class="smcap">egua</span> -y media llevaríamos andada, cuando una tromba de aire se desencadenó -por el Norte, levantando inmensas nubes de polvo; felizmente, el -huracán no nos daba de cara, pues en otro caso nos hubiera sido -difícil seguir adelante, por su extremada violencia. Habíamos dejado -el camino para utilizar un pequeño atajo practicable para las -caballerías, pero que, como otros muchos, no podía recorrerse en -carruaje.</p> - -<p>Cruzábamos unos arenales cubiertos de maleza y de pedruscos que -formaban una espesa capa sobre el suelo. Estas son las piedras de -que están formadas las <i>sierras</i> de España y Portugal; singulares -montañas que se alzan en horrenda desnudez, como huesos de un -esqueleto gigante descarnado. Muchos de aquellos pedruscos emergían -del<span class="pagenum" id="Page_148">[p. 148]</span> suelo; -muchos yacían sueltos en la superficie, removidos acaso de sus -lechos por las aguas del diluvio. Mientras nos fatigábamos caminando -por tan agrestes lugares, descubrí, un poco hacia mi izquierda, un -amontonamiento de piedras de aspecto singular y hacia ellas guié mi -mula. Era un altar druida, el más bello y completo de cuantos yo -había visto hasta entonces. Era circular; constituíanlo unas piedras -sumamente anchas y recias en la base, que se iban adelgazando hacia -el remate, trabajado por la mano del artista en forma parecida al -festón o borde de una concha. Encima estaba puesta otra piedra lisa -muy ancha, inclinada hacia el Sur, donde se abría una puerta. En -el interior, capaz para tres o cuatro hombres, crecía un espino -pequeño.</p> - -<p>Contemplé con veneración y temor respetuoso aquel altar donde los -primeros pobladores de Europa ofrecieron su culto al Dios ignoto. -Los templos que los romanos, poderosos y diestros, levantaron en -una edad comparativamente moderna, yacen hechos polvo no lejos de -allí. Las iglesias de los godos arrianos, herederos de su poder, -no se encuentran por parte alguna, como si se las hubiera tragado -la tierra. ¿Y qué ha sido y dónde están las mezquitas del moro, -conquistador de los godos? Sus ruinas mohosas se disipan poco a poco -sobre las rocas. No así la piedra druídica: allí se está,<span -class="pagenum" id="Page_149">[p. 149]</span> batida por los vientos, -tan firme y tan acabada de hacer como el día en que, hace acaso -treinta siglos, fué erigida por medios hoy desconocidos. Sacudida -por los terremotos, la piedra del remate no se ha caído; oleadas -de lluvia la han inundado sin conseguir barrerla de su asiento; -el candente sol reverbera en su superficie sin agrietarla ni -desmenuzarla; y el tiempo, antiquísimo, implacable, ha desgastado -contra ella su férreo diente, con tan escaso efecto como pueden -observar cuantos la visiten. Allí permanece la piedra; quien desee -estudiar la literatura, la ciencia y la historia de los antiguos -celtas y cimbrios, puede colegir, contemplando esa piedra y meditando -ante ella, todo lo que de tales hombres se sabe. Los romanos dejaron -tras de sí sus escritos inmortales, su historia, su poesía; los -godos, su liturgia, sus tradiciones y el germen de instituciones muy -nobles; los moros, su caballerosidad, sus descubrimientos en medicina -y las bases del comercio moderno. ¿Qué memoria queda de las razas -druídicas? ¡Hela aquí, en ese rimero de piedra eterna!</p> - -<p>Llegamos a Arroyolos a cosa de las siete de la noche. Me instalé -en un espacioso aposento de dos camas, y cuando me disponía a -sentarme para cenar, vino la huéspeda a preguntarme si no tendría -inconveniente en que un joven español pasase la noche en mi -cuarto. Díjome que el joven acababa de<span class="pagenum" -id="Page_150">[p. 150]</span> llegar con unos arrieros, y no había -en la casa otro sitio donde aposentarlo. Accedí, y a la media hora -apareció el español, después de cenar con sus compañeros. Era un -mancebo de diez y siete años, que por su buena presencia denotaba ser -persona de distinción. Me saludó en su lengua natal, y al ver que -le entendía, comenzó a hablar con volubilidad asombrosa. En cinco -minutos me refirió que, movido del deseo de ver mundo, se había -desgarrado de su familia, gente opulenta de Madrid, con ánimo de no -volver hasta haber recorrido varios países. Le contesté que si decía -verdad había cometido una acción mala e insensata: mala, por el dolor -con que amargaba a las personas a quienes debía honrar y amar, e -insensata, pues se exponía a inconcebibles miserias y trabajos que -muy pronto le harían maldecir la resolución tomada; hícele ver que -en país extranjero le recibirían bien mientras tuviera dineros para -gastar, y en cuanto se le acabasen, le tratarían como a un vagabundo, -y acaso le dejarían morirse de hambre. Repuso que, como llevaba -consigo una cantidad considerable, cien duros nada menos, tenía -dinero para mucho tiempo, y cuando se le acabara, podría quizás ganar -más. «Con esos cien duros—le dije—apenas podrá usted vivir tres meses -en este país, si no le roban a usted antes; y creer que va usted a -ganar dinero honradamente es tan razonable como<span class="pagenum" -id="Page_151">[p. 151]</span> si pensara usted ir a buscarlo en la -cima de las montañas.» El muchacho no tenía aún bastante experiencia -para seguir mis consejos. A poco, cambiamos de conversación. A las -cinco de la mañana siguiente se me acercó a la cama para despedirse -porque los arrieros hacían ya preparativos de marcha. Díjele la -fórmula usual en España: «<i>Vaya usted con Dios</i>», y no le volví a ver -más.</p> - -<p>A las nueve, después de pagar un precio exorbitante por muy -escasas comodidades, salí de Arroyolos, ciudad o lugar grande, -situado en una elevación del terreno y visible desde muy lejos. Puede -envanecerse de las ruinas de un vasto castillo antiguo, obra de -moros, al parecer, colocado en una colina, a la izquierda del camino, -según se va a Estremoz.</p> - -<p>A una milla de Arroyolos di alcance a una fila de carros con -bastimentos y municiones para España, escoltados por un destacamento -de soldados portugueses. Seis o siete soldados iban de avanzada, muy -separados del convoy: eran unos tunantes de malísima catadura, en -cuyos rostros lívidos, horrendos, estaban escritos el homicidio y -todos los demás crímenes prohibidos por la ley de Dios. Al pasar a su -lado, uno de ellos comenzó a maldecir a los extranjeros, y con voz -áspera y gruñona, dijo: «Ahí va ese francés a caballo (iba en mula) -con un hombre<span class="pagenum" id="Page_152">[p. 152]</span> -(el idiota) para cuidarle todo por ser rico, mientras un pobre -soldado como yo, tiene que andar a pie. De buena gana le mataría de -un tiro. ¿En qué vale más él que yo? Pero es extranjero; el diablo -protege a los extranjeros, y odia a los portugueses.» Continuó el -soldado vomitando injurias, y ya le había sacado yo lo menos cuarenta -varas de delantera, cuando me eché a reír, sin pensar que lo más -prudente era permanecer tranquilo; un momento después, en efecto, -¡paf!, ¡paf!, dos balas bien dirigidas me silbaron en los oídos. -Hallábame justamente al borde de un pequeño arroyo, sobre el que -había un puente a muy considerable distancia por mi izquierda; metí -espuelas a la mula, lanzándola a través del cauce, seguido muy de -cerca por el aterrorizado guía, y una vez en la otra orilla galopé -por la planicie arenosa hasta ponerme en salvo.</p> - -<p>Aquellos individuos, con aspecto de bandidos, por sus acciones -mejoraban su facha. Encontrárselos en un lugar solitario, no será -nunca para el viajero motivo de alabar su buena fortuna. Los -carreteros eran españoles, de las cercanías de Badajoz, enviados a -Portugal para transportar los bastimentos. Uno de ellos, a quien -volví a encontrar en Badajoz, me contó que toda la escolta era -de la misma calaña; a él y a sus compañeros los habían robado -muchas cosas,<span class="pagenum" id="Page_153">[p. 153]</span> -amenazándolos de muerte si los denunciaban. Espanta imaginar lo -que sería un ejército compuesto de tales seres, enviado a un país -extranjero para conquistarlo o defenderlo; no obstante, cuando -escribo estas páginas, España aguarda el socorro armado de Portugal. -Quiera Dios misericordioso que las tropas enviadas en su apoyo -sean de diferente cuño: aun así, temo, vista la relajación de la -disciplina en el ejército portugués, comparado con el inglés o el -francés, que a los habitantes pacíficos de las provincias asoladas -por la guerra les parezca que los lobos se han juntado para cazar a -perros y echarlos del redil. No quisiera morirme sin ver el día en -que no se tolere la soldadesca en ningún país civilizado, o, cuando -menos, cristiano.</p> - -<p>Prosiguiendo mi camino hacia Estremoz, pasé junto a Monte Moro -Novo, colina alta y polvorienta, coronada por un edificio antiguo, -morisco probablemente. El país era desolado y desierto, por más que -de vez en cuando se descubría algún valle poblado de alcornoques y -<i>azinheiras</i>. Después del mediodía, el viento, muy encalmado durante -la noche y la mañana anteriores, volvió a soplar con tal fuerza que -casi me aturdía, aunque nos daba de espaldas.</p> - -<p>A las cuatro de la tarde, al remontar una cuesta, descubrí con -profunda alegría la ciudad de Estremoz, asentada en una colina,<span -class="pagenum" id="Page_154">[p. 154]</span> a menos de una legua de -distancia. Desde donde yo estaba, se dominaba un panorama de singular -belleza. El sol se ponía entre rojas y tormentosas nubes, y sus rayos -reverberaban en los pardos muros de la encumbrada ciudad adonde -íbamos. Hacia el Suroeste, no muy lejos, alzábase Serra Dorso, la -montaña más hermosa del Alemtejo, ya vista por mí desde Evora.</p> - -<p>El idiota de mi guía volvió su rostro imbécil hacia la sierra, -y sintiéndose súbitamente inspirado, abrió la boca por vez primera -durante el día, casi podría decir desde que salimos de Aldea Gallega, -y comenzó a explicarme las extrañas cazas que podían hacerse en -aquellos montes. También me describió con gran minuciosidad un -perro maravilloso que había por allí, adiestrado en la caza de -lobos y jabalíes, y cuyo dueño se había negado a venderlo en veinte -<i>moidores</i>.</p> - -<p>Al cabo, llegamos a Estremoz; nos alojamos en la posada principal, -que mira a una explanada o plaza del mercado, centro de la ciudad, -y tan ancha, que a mi parecer podrían evolucionar en ella diez mil -soldados con toda holgura.</p> - -<p>El terrible frío no me consintió permanecer en la habitación a -que me llevaron, y entré en una especie de cocina abierta a un lado -del pasadizo abovedado que, en los bajos de la casa, llevaba al -corral y a las<span class="pagenum" id="Page_155">[p. 155]</span> -cuadras. Una impetuosa ráfaga caliente se precipitaba a través del -pasadizo, como el agua por el caz de un molino. Un enorme tronco de -alcornoque ardía en el fogón, debajo de la espaciosa campana, y en -torno de la lumbre se acurrucaba una ruidosa turba de campesinos y -labradores de las inmediaciones y tres o cuatro matuteros españoles. -Me costó trabajo conseguir puesto; los españoles y los portugueses -rara vez hacen sitio a un extraño, y como no se les pida o se los -empuje, prefieren quedársele a uno mirando con expresión que parece -significar: «sé muy bien lo que usted necesita, pero prefiero -permanecer donde estoy.»</p> - -<p>Entonces observé por vez primera cierto cambio en el modo de -hablar, menos sibilante y más gutural; para dirigirse unos a otros -empleaban los interlocutores el término español de cortesía <i>usted</i>, -en lugar del hinchado <i>vossem se</i> portugués. Esto es un resultado -de la comunicación constante con los naturales de España, que nunca -consienten en hablar portugués, ni aun en Portugal, y persisten en -emplear su magnífico idioma materno, que acaso andando el tiempo -acabarán por adoptar todos los portugueses. Esto facilitaría mucho la -unión de ambos países, separados hasta hoy por la natural terquedad -humana.</p> - -<p>Poco tiempo llevaba yo sentado a la lumbre, cuando un individuo, -montado en un<span class="pagenum" id="Page_156">[p. 156]</span> -caballo fino y nervioso, se precipitó por el pasadizo desde la -cuadra a la cocina, y empezó a lucir sus habilidades de caballista, -obligando al animal a encabritarse y a girar velozmente sobre las -patas, con manifiesto peligro de cuantos se hallaban en el aposento. -Salió después a la explanada, donde se entretuvo galopando, y al cabo -de media hora volvió, dejó el caballo en la cuadra y vino a sentarse -junto a mí, hablándome en una jerigonza ininteligible, que a él se le -antojaba francés.</p> - -<p>Estaba el hombre medio borracho, y pronto lo estuvo tres cuartos, -a fuerza de trasegar vaso tras vaso de <i>aguardiente</i>. Viendo mi -mutismo, se dirigió en mal español a uno de los <i>contrabandistas</i>; -éste, o no le entendió o no quiso entenderle, pero al fin, perdiendo -la paciencia, le llamó borracho y le mandó callarse. Exasperado -por tal desprecio, asió el beodo el vaso en que bebía, arrojándolo -a la cabeza del español, quien brincó como un tigre, desenvainó -un cuchillo y tiró de abajo a arriba un tajo a las mejillas de su -agresor; indudablemente, le hubiese cortado la cara, de no haber -detenido yo a tiempo el brazo del matutero, reduciendo así el daño -a un arañazo en la mandíbula inferior, del que brotó un poco de -sangre.</p> - -<p>Los compañeros del español se metieron por medio, y con gran -trabajo se lo llevaron a un pequeño aposento en lo más apartado<span -class="pagenum" id="Page_157">[p. 157]</span> de la casa, donde ellos -dormían y guardaban además los arreos de sus mulas. El borracho -comenzó entonces a cantar o más bien a berrear la Marsellesa; después -de molestarnos más de una hora, se le pudo persuadir que montase a -caballo y se fuera, acompañado por un vecino suyo. Era el tal un -tratante en cerdos de aquellos contornos, pero había sido antaño -soldado en el ejército de Napoleón, donde, como el cochero borracho -de Evora, supongo que adquiriría sus hábitos de embriaguez y su -francés rudimentario.</p> - -<p>Desde Estremoz a Elvas hay seis leguas. A las nueve de la mañana -siguiente emprendí la marcha. El camino corría al principio por -terreno cerrado, pero no tardamos en salir a unas llanuras yermas y -desabrigadas, en las que el viento, que no dejaba de perseguirnos, -gemía tristemente. No encontramos alma viviente en el camino. El -paisaje era en extremo desolado. En el cielo, gris oscuro, no se -vislumbraba ni un rayo de sol. A gran distancia delante de nosotros, -sobre una elevación del terreno, se alzaba una torre, único objeto -que rompía la uniformidad del desierto. Dos horas después de haberla -columbrado, llegamos al pie de la altura donde estaba la torre; allí -mana una fuente y vierte sus aguas transparentes y puras en un pilón -de piedra. Hicimos alto para dar de beber a las mulas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_158">[p. 158]</span></p> - -<p>Eché pie a tierra, y separándome del guía, emprendí la subida -hacia la torre. La cuesta era muy suave, mas no dejé de pasar algún -trabajo, por estar el piso cubierto de piedras afiladas, que, -pasándome el calzado, me hirieron dos o tres veces en los pies; -además, la distancia resultó ser mucho mayor de lo que yo supuse. Al -fin llegué a las ruinas, pues no otra cosa había allí. Me encontré -con una de esas torres vigías, llamadas en portugués <i>atalaias</i>; -era cuadrada, rodeábala un muro, derruído en grandes trechos. La -torre, cuya parte inferior estaba toda macizada, no tenía puerta; -pero en una de sus caras había unas hendiduras entre las piedras -para apoyar los pies, y trepando por tan tosca escalera llegué a un -aposento pequeño, de unos cinco pies en cuadro, con el techo hundido. -Dominábase desde allí una extensa vista en todas direcciones; aquel -era evidentemente el alojamiento de los encargados de vigilar la -frontera y de dar la alarma—encendiendo hogueras, acaso—al aparecer -los enemigos. Un puñado de hombres resueltos podía defenderse en tan -pequeña fortaleza contra asaltantes numerosos, expuestos en la subida -a los tiros de la torre.</p> - -<p>Ya iba a marcharme cuando, detrás de una parte del muro no -recorrida por mí, sonó un grito extraño; acudí presuroso y me -encontré con una miserable criatura, harapienta, sentada en una -piedra. Era un loco,<span class="pagenum" id="Page_159">[p. -159]</span> como de treinta años de edad, creo que sordo-mudo. -Clavado en su asiento, desvariaba y gesticulaba, retorciendo su ruda -fisonomía en espantables contorsiones. Solo aquello faltaba para -completar la escena. Unos bandidos hubieran estado fuera de lugar en -tan melancólica desolación. Pero el loco, sentado en la piedra detrás -de las ruinas batidas por el viento, contemplando los marchitos -chaparrales, sobre los que gravitaba un cielo hosco y pesado, -componía un cuadro de tristeza y miseria como no lo habrá concebido -poeta o pintor alguno en sus delirios más sombríos. No es este el -primer caso en que me ha tocado comprobar que la realidad sobrepuja a -veces a la fantasía.</p> - -<p>Monté de nuevo en la mula y caminamos hasta que, al llegar a lo -alto de otra colina, exclamó el guía súbitamente: «¡Allí está Elvas!» -Miré en la dirección que me indicaba, y vi una ciudad encaramada -en un alto cerro. Separado de éste por un profundo valle, hacia la -izquierda, había otro cerro mucho más alto, donde está la famosa -fortaleza de Elvas, reputada por la más poderosa de Portugal. Entre -ambos cerros, pero muy al fondo, y lejos, en dirección de España, -columbré las vertientes sombrías y la cima nebulosa de una soberbia -montaña, que, según más adelante supe, era Alburquerque, una de las -mayores de Extremadura.</p> - -<p>El camino entraba allí en paraje cultivado;<span class="pagenum" -id="Page_160">[p. 160]</span> por entre setos vivos llegamos a un -sitio donde el terreno descendía suavemente. A la derecha arrancaba -el acueducto que provee de agua a la ciudad; tenía allí escasamente -dos pies de altura, pero según íbamos descendiendo, las proporciones -de la fábrica crecían, hasta ser colosales. Cerca del fondo del -valle, el acueducto torcía a la izquierda, salvando el camino con -uno de sus arcos: al pasar por debajo, alcé los ojos para mirarlo. -El agua corría a cien pies de altura sobre mi cabeza; la inmensidad -de la obra realizada para transportarla me llenó de admiración. Con -todo, cierto detalle rebaja mucho las pretensiones de grandeza y -magnificencia de este acueducto: el agua no corre, como en el de -Lisboa, sobre un solo orden de arcos gigantescos, posados en el -valle como piernas de titanes, sino sobre tres órdenes de arcos -superpuestos. El gasto y el trabajo necesarios para levantar tan -insigne máquina, debieron de ser enormes; y cuando se piensa en la -relativa facilidad con que la industria moderna obtendría igual -resultado, no puede uno por menos de alegrarse de vivir en tiempos en -que es innecesario esquilmar la riqueza de una provincia para proveer -a una ciudad, construída en un cerro, de un indispensable elemento de -vida.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_161">[Pg 161]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO VIII</h2> - <p class="subhang"> - Elvas.— Longevidad extraordinaria.— La nación inglesa.— Ingratitud - portuguesa.— Las fortificaciones.— Un mendigo español.— Badajoz.— La - aduana. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">A</span><span class="smcap"> mi</span> -llegada a la puerta de Elvas un oficial salió de una especie de -cuerpo de guardia, y después de hacerme varias preguntas, me envió, -acompañado de un soldado, a la oficina de policía, donde mi pasaporte -había de ser <i>visé</i>, porque en la frontera son muy exigentes en ese -particular. Arreglado el asunto, me instalé en una hostería próxima -a aquella puerta; me la había recomendado el posadero de Vendas -Novas, y su dueño se llamaba José Rosado. Era la mejor de Elvas, -pero muy inferior en comodidades a cualquier figón inglés. Acosado -por el frío, me refugié gustoso en una cocina interior, alumbrada -tan sólo, una vez cerrada la puerta, por el resplandor del fuego que -ardía débilmente en el fogón. Una mujer de edad, sentada en una silla -junto a la lumbre, pasaba<span class="pagenum" id="Page_162">[p. -162]</span> las cuentas de su rosario; discerní en su rostro, en -cuanto la escasa luz del aposento me lo permitía, una expresión -singular, extraordinaria. Hícele algunas preguntas sin importancia, y -me contestó; pero parecía ligeramente sorda. Comenzaba a encanecer, -y le dije que, si bien la creía de más edad que yo, no tenía -seguramente el pelo tan blanco como el mío.</p> - -<p>—¿Qué edad tiene usted, caballero?—preguntó, dándome el -título usualmente empleado en España para denotar un grado de -respeto extraordinario—. Respondí que iba a cumplir treinta años. -«Entonces—dijo—tenía usted razón al suponer que soy más vieja; tengo -más años que su madre de usted y que la madre de su madre; hace más -de cien años era yo una chicuela, y jugaba con otras de mi edad por -esos campos.» «En tal caso—respondí—se acordará usted, sin duda, del -terremoto.» «Sí—contestó—; si de algo me acuerdo, es de eso; cuando -ocurrió, estaba yo en la iglesia de Elvas oyendo misa, y el cura se -cayó al suelo, y dejó también caer la Hostia de las manos. Aún me -acuerdo de cómo temblaba el suelo; todos nos mareamos; las casas se -tambaleaban como si estuviesen borrachas. Ochenta años han pasado -sobre mí desde el temblor de tierra, y entonces ya tenía yo más edad -que usted tiene ahora.»</p> - -<p>Miré con asombro a tan extraordinaria<span class="pagenum" -id="Page_163">[p. 163]</span> mujer, y apenas podía dar crédito a sus -palabras. Sin embargo, me aseguraron que, positivamente, tenía más de -ciento diez años, y pasaba por ser la persona más vieja de Portugal. -Conservaba todas sus facultades tan despejadas como la generalidad de -la gente al rayar en la mitad de aquellos años. Era pariente de los -dueños de la hostería.</p> - -<p>Conforme avanzaba la noche, fueron entrando varias personas -para calentarse a la lumbre y gozar de la conversación; la casa -era una especie de mentidero, donde llevaba la voz cantante el -huésped, hombre de cierta sagacidad y experiencia, antiguo soldado -del ejército británico. Entre otros, vino el oficial que mandaba en -la puerta de la ciudad. Después de cambiar algunas palabras, este -caballero, joven de unos veinticinco años, bien parecido, rompió -en declamaciones violentas contra la nación inglesa y su gobierno, -quienes, si en todo tiempo habían demostrado su egoísmo y su -falacia, seguían ahora, respecto de España, una conducta sobremanera -ignominiosa, pues estando en su mano acabar de golpe la guerra civil, -enviando un poderoso ejército de socorro, preferían mandar un puñado -de tropas, con objeto de prolongar la lucha y aprovecharse de sus -ventajas. Después de cumplimentarle irónicamente por su cortesía y -urbanidad, pregunté al oficial si entre las acciones egoístas de -la nación y del gobierno<span class="pagenum" id="Page_164">[p. -164]</span> ingleses, se contaba la de haber derrochado centenares -de millones de libras esterlinas y vertido un océano de preciosa -sangre para sostener la campaña de la península contra Napoleón. -«Seguramente—dije—el fuerte de Elvas, y más aún el vecino castillo -de Badajoz, dicen mucho respecto del egoísmo inglés, y cada vez que -los mire se confirmará usted en la opinión que acaba de exponer. En -cuanto a la guerra actual, le diré a usted que la gratitud de España -a Inglaterra, después de la expulsión de los franceses gracias a -nuestros ejércitos—gratitud demostrada en los estorbos puestos al -comercio inglés y en las misas de acción de gracias ofrecidas al -abandonar las costas españolas los herejes británicos—, no puede -inducir a Inglaterra a arruinarse por el propósito de expulsar a don -Carlos de sus montañas. Por deferencia al superior entendimiento -de usted—continué, dirigiéndome al oficial—, quisiera creer que la -prolongación indefinida de la guerra reporta grandes provechos a mi -país; pero me haría usted un favor insigne explicándome el proceso -químico en virtud del que la sangre vertida en las montañas españolas -va a parar al tesoro inglés convertida en monedas de oro.»</p> - -<p>Como tardara en contestarme, tomé de sobre la mesa un plato -con fruta, y pregunté: «¿Cómo se llaman estas frutas?» «Granadas -y <i>bolotas</i>»—respondió—. «Muy bien; un<span class="pagenum" -id="Page_165">[p. 165]</span> rústico inglés que no haya salido -nunca de su país, no hubiese podido darme esa respuesta, a pesar de -hallarse tan familiarizado con las granadas y las <i>bolotas</i> como -vuestra señoría con la línea de conducta que le incumbe tomar a -Inglaterra en su política interior y exterior.»</p> - -<p>Esta réplica mía era impropia de un cristiano, lo confieso, y me -demostró cuántas reliquias de mi antiguo carácter quedaban en el -fondo de mi alma; con todo, séame permitido decir que, probablemente, -ninguna otra provocación me hubiera inducido a responder con tanta -cólera; pero no pude dominarme al oír tratar con injusticia a mi -gloriosa tierra. Y ¿por quién? ¡Por un portugués! Por un hijo del -país libertado de horrible esclavitud dos veces gracias al esfuerzo -inglés. A no ser por Wellington y sus héroes, Portugal sería francés -a estas fechas; a no ser por Napier y sus marinos, don Miguel -reinaría en Lisboa. Volviendo al oficial, diré que todos se le -rieron, y un momento después se fué.</p> - -<p>Al día siguiente entré en relación con un comerciante respetable, -llamado Almeida, hombre de talento, aunque algo brusco de modales. -Manifestó profunda aversión al sistema papista que durante tanto -tiempo había mantenido en mortales tinieblas a su infortunado -país; y apenas supo que yo era portador de cierta cantidad de -Testamentos,<span class="pagenum" id="Page_166">[p. 166]</span> con -intención de dejarlos allí para su venta, expresó vivos deseos de -hacerse cargo de los libros, y se ofreció a trabajar cuanto pudiese -para colocarlos entre sus numerosos parroquianos. Al enseñarle un -ejemplar, le dije: «En la portada va el nombre de usted.» Porque, en -efecto, la edición portuguesa de la Sagrada Escritura que la Sociedad -Bíblica repartía la hizo un protestante llamado Almeida, y se publicó -por vez primera en 1712; el comerciante sonrió, y me dijo que le -honraba mucho tener alguna relación, aunque sólo fuese por el nombre, -con el traductor. Echó a broma la propuesta de remunerarle por su -trabajo, asegurándome que el solo hecho de poder colaborar en una -obra tan santa y útil como la difusión de la Escritura, era para él -suficiente recompensa.</p> - -<p>Terminado este asunto, di un vistazo a los alrededores de Elvas, y -subí paseando, cerro arriba, hasta el fuerte, al Norte de la ciudad. -La parte baja del cerro está poblada de <i>azinheiras</i>, que le dan -amenidad; por unas piedras varadas en el cauce crucé el arroyuelo -que corre al pie. Al llegar a la entrada del fuerte, un centinela me -cortó el paso; pero tuvo la amabilidad de decirme que, con dar mi -nombre al oficial comandante, me permitirían visitar el interior. -Envié, pues, mi tarjeta al oficial con un soldado que vagaba por -allí, y, sentándome en una piedra, aguardé; volvió a poco; me -preguntó<span class="pagenum" id="Page_167">[p. 167]</span> si yo -era inglés, y al oír mi respuesta afirmativa, dijo: «En tal caso, -señor, no puede usted entrar; no es costumbre enseñar el fuerte a los -extranjeros.» Respondí que lo mismo me daba visitarlo o no; y después -de contemplar a Badajoz en la lejanía, desde el lado oriental del -cerro, desanduve el camino recorrido a la subida.</p> - -<p>Tales son los provechos que se obtienen con proteger a una nación -y con derrochar la sangre y el dinero en su defensa. Los ingleses -nunca han estado en guerra con Portugal; se han batido por mar y -por tierra, siempre con buen éxito, en favor de su independencia; -se han obligado, por un tratado de comercio, a beber sus vinos, tan -ordinarios y adulterados, que en ninguna otra parte los quieren, y, -sin embargo, son los más impopulares de cuantos extranjeros visitan -este país. Los franceses han asolado Portugal y vertido la sangre de -sus hijos como si fuese agua; no compran sus productos; desprecian -sus vinos; pero no hay aquí mala disposición para los franceses. -La razón de esto no es ningún misterio; lo propio, no ya de los -portugueses, sino de la corrupción del hombre, es aborrecer a los -bienhechores que con sus beneficios lastiman del modo más generoso su -miserable vanidad.</p> - -<p>En ningún país son tan populares los ingleses como en Francia; y -es que, si bien<span class="pagenum" id="Page_168">[p. 168]</span> -los franceses han sido con frecuencia tratados rudamente por los -ingleses y ocupada su capital por un ejército inglés, nunca han -estado sometidos a la supuesta ignominia de recibir de ellos -asistencia y socorro.</p> - -<p>Las fortificaciones de Elvas son un modelo en su género; a primera -vista pudiera creerse que la ciudad, si estuviera bien guarnecida, -sería capaz de retar a cualquier enemigo; pero tiene un punto flaco: -un cerro la domina por Occidente, a media milla de distancia, desde -donde un general experto no dejaría de cañonearla, probablemente -con buen éxito. Es la última ciudad de Portugal por aquella parte, -y apenas si la separan dos leguas de la frontera española. Fué -construída, evidentemente, para rivalizar con Badajoz, al que mira -desde su altura a través de la planicie arenosa por donde van las -lentas aguas del Guadiana. Pero aunque Elvas es una ciudad fuerte, -apenas tiene valor como defensa de la frontera, abierta por todas -partes, de tal modo, que un ejército invasor dispuesto a esquivar -esta plaza, no tendría la menor necesidad de aproximarse ni a doce -leguas de sus muros. Son tan extensas sus fortificaciones que no -harían falta menos de diez mil hombres para guarnecerla, fuerza que, -en caso de invasión, estaría mejor empleada en afrontar al enemigo en -campo raso. Durante su ocupación de Portugal, los franceses pusieron -en la plaza una corta<span class="pagenum" id="Page_169">[p. -169]</span> guarnición, que se retiró al castillo al acercarse los -ingleses, y capituló poco después.</p> - -<p>Como ya no me detenía cosa alguna en Elvas, dispúseme a cruzar la -frontera de España. El guía idiota tomó el camino de vuelta a Aldea -Gallega, y el 5 de enero, montado en una triste mula, sin riendas ni -estribos, guiándola con el ramal, y seguido por un muchacho que había -de acompañarme montado en otra, bajé presuroso desde Elvas al llano, -con ansia de llegar a la romántica, a la caballeresca y vieja España. -Era innecesario, y así lo comprendí en seguida, azuzar a mi mula, -pues con todas sus mataduras, reparada de la vista y coja, andaba -ligera como el viento.</p> - -<p>En poco más de media hora llegamos a un arroyo, cuyas aguas -corrían impetuosas entre márgenes escarpadas. Un hombre, al borde -del arroyo, me indicó el vado en el agrio dialecto de Portugal; y -cuando aún estaba yo chapoteando en el agua, una voz me saludó desde -la otra orilla en el espléndido idioma de España, de esta manera: -<i>¡Oh señor caballero, que me dé usted una limosna por amor de Dios, -una limosnita para que yo me compre un traguillo de vino tinto!</i> -Un momento después pisé suelo español, porque el arroyo, llamado -Acaia, sirve allí de límite a los dos reinos; arrojé al mendigo una -monedilla de plata, y gritando <i>¡Santiago y cierra España!</i>, seguí -mi camino más de prisa<span class="pagenum" id="Page_170">[p. -170]</span> todavía, prestando poca atención, como dice Gil Blas, al -torrente de bendiciones derramado por el mendigo a mis espaldas; con -todo, nunca se vió limosna otorgada con menos discernimiento, porque, -según más adelante averigüé, aquel tipo era un borracho perdido -que se instalaba todas las mañanas junto al vado para sacar a los -viajeros unos cuartos y gastárselos por las noches en las tabernas -de Badajoz. Pagaba con bendiciones a quien le daba limosna, y con -maldiciones a quien se la negaba; e igual facundia y habilidad tenía -en el empleo de las unas que de las otras.</p> - -<p>Badajoz estaba ya a la vista, a poco más de media legua de -distancia. Pronto torcimos a la izquierda para tomar el puente -de arcos que atraviesa el Guadiana, río muy famoso en romances y -cantares, pero nada ameno en realidad, poco profundo y muy lento, -aunque de razonable anchura; sus orillas blanqueaban con las ropas -puestas a secar al sol, que lucía resplandeciente. Desde gran -distancia oí cantar a las lavanderas, y el tema de sus cánticos -parecía ser las alabanzas del río en que estaban descrismándose, -porque al acercarme oí distintamente: <i>Guadiana, Guadiana</i>, repetido -a coro por muchas mujeres, las unas mozas, las otras de edad, de -mejillas tostadas, cuyas voces fuertes y claras, multiplicaba -el eco por todas partes. Pensé que había cierta semejanza<span -class="pagenum" id="Page_171">[p. 171]</span> entre mi tarea y la -suya; yo estaba en vías de curtir mi tez septentrional exponiéndome -al candente sol de España, movido por la modesta esperanza de ser -útil en la obra de borrar del alma de los españoles, a quienes -conocía apenas, alguna de las impuras manchas dejadas en ella por el -papismo, así como las lavanderas se quemaban el rostro en la orilla -del río para blanquear las ropas de gentes que desconocían. A mi -mente acudieron con mucha fuerza las palabras de un poeta oriental: -«Día tras día, y noche tras noche, me fatigaré en socorro de mis -hermanos sin fortuna, como las lavanderas curten su faz al sol por -limpiar unas ropas que no son suyas.»</p> - -<p>Cruzado el puente, llegamos a la puerta Norte de Badajoz, y de -una especie de garita salió a nosotros un individuo tocado con un -sombrero andaluz de copa puntiaguda, y embozado en una de esas -inmensas capas, muy conocidas de cuantos han viajado por España, -que sólo un español sabe llevar en forma que sienten bien. Sin -pronunciar palabra asió del ramal de la mula, y entrándose por la -puerta de la ciudad, nos llevó por una calle muy sucia, llena de -gente embozada también en largas capas. Pregntéle qué se proponía, -y no se dignó contestar; pero el muchacho, mi acompañante, dijo que -era un guarda-puertas y nos llevaba a la aduana, o <i>alfandega</i>, para -el registro del equipaje.<span class="pagenum" id="Page_172">[p. -172]</span> Llegados a la aduana, el guarda, sin romper su adusto -silencio, comenzó a echar las maletas desde la mula de carga al suelo -y a desatarlas. Ya iba a reprenderle como su brutalidad merecía; -pero antes de que pudiera abrir la boca, apareció en la puerta un -personaje, alto y de edad madura, en quien no tardé en reconocer al -jefe de la aduana. Después de mirarme un momento, me preguntó en mi -idioma si yo era inglés. Al oír mi respuesta afirmativa, preguntó -al guarda cómo se había atrevido a cometer la insolencia de poner -las manos en el equipaje sin orden superior, y severamente le mandó -atar de nuevo las maletas y cargarlas en la mula, como lo hizo, en -efecto, sin pronunciar palabra. Preguntóme después lo que contenían -las maletas: ropas de vestir—contesté yo—, y pidiéndome perdón -por la insolencia de su subordinado, me dijo que era libre de ir -adonde tuviera por conveniente. Le di las gracias por su extremada -cortesía, y guiando el muchacho, fuí directamente a la fonda de las -Tres Naciones, que me habían recomendado en Elvas<a id="FNanchor_35" -href="#Footnote_35" class="fnanchor">[35]</a>.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_173">[Pg 173]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO IX</h2> - <p class="subhang"> - Badajoz.— Antonio el gitano.— Una proposición de Antonio.— Es - aceptada.— El desayuno gitano.— Salida de Badajoz.— El borrico del - gitano.— Mérida.— La muralla en ruinas.— La comadre.— El país del - moro.— Los hombres negros.— La vida en el desierto.— La cena. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">H</span><span class="smcap">allábame</span> -ya en Badajoz, en España, país que durante los cuatro años siguientes -iba a ser teatro de mis trabajos; pero no nos anticipemos a los -acontecimientos. Los alrededores de Badajoz no me predispusieron gran -cosa en favor del país a que acababa de llegar. Aquellas planicies -parduscas, apenas producen otra cosa que el arbusto llamado en -español <i>carrasco</i>; sin embargo, unas montañas azuladas se yerguen en -la lejanía y animan un poco la entonación monótona del paisaje.</p> - -<p>En Badajoz, capital de Extremadura, fué donde, por vez primera, -tropecé con los singularísimos <i>Zincali</i>, o <i>gitanos</i> españoles. -Allí fué donde encontré al indómito Paco,<span class="pagenum" -id="Page_174">[p. 174]</span> hombre que tenía un brazo seco y -manejaba las <i>cachas</i><a id="FNanchor_36" href="#Footnote_36" -class="fnanchor">[36]</a> con la mano izquierda; a su astuta -mujer, Antonia, diestra en <i>hokkano baró</i><a id="FNanchor_37" -href="#Footnote_37" class="fnanchor">[37]</a>, o engaño maestro, a su -suegro, el feroz gitano Antonio López, y a otros muchos individuos -del <i>Errate</i>, o sangre gitana, poco menos notables que éstos. Aquí -fué donde, por vez primera, prediqué el Evangelio al pueblo gitano, y -comenzé la traducción del Nuevo Testamento al idioma de los gitanos -españoles, traducción que, en parte, se imprimió más tarde en -Madrid.</p> - -<p>Permanecí tres semanas en Badajoz, y me dispuse a salir para -Madrid; un anochecido estaba yo en mi aposento arreglando mi escaso -equipaje, cuando entró Antonio el gitano, vestido con su <i>zamarra</i> y -tocado con el puntiagudo sombrero andaluz.</p> - -<p><span class="smcap">Antonio.</span>—Buenas noches, hermano; me -han dicho que <i>callicaste</i><a id="FNanchor_38" href="#Footnote_38" -class="fnanchor">[38]</a> te propones salir para <i>Madrilati</i><a -id="FNanchor_39" href="#Footnote_39" class="fnanchor">[39]</a>.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Así es; no puedo estar aquí más -tiempo.</p> - -<p><span class="smcap">Antonio.</span>—El camino hasta <i>Madrilati</i> es -largo; el país está en guerra, y en el campo abundan los <i>chories</i><a -id="FNanchor_40" href="#Footnote_40" class="fnanchor">[40]</a>. ¿No -te amedrenta el viaje?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_175">[p. 175]</span></p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Yo no tengo miedo; ningún -hombre puede eludir su destino; lo que haya de ser de mi cuerpo -y de mi alma, escrito está en un <i>gabicote</i><a id="FNanchor_41" -href="#Footnote_41" class="fnanchor">[41]</a> desde mil años antes de -la creación del mundo.</p> - -<p><span class="smcap">Antonio.</span>—Yo, personalmente, tampoco -tengo miedo, hermano; la noche oscura es para mí igual que el -día claro, y el <i>carrascal</i> silvestre lo mismo que la plaza del -mercado o que el <i>chardi</i><a id="FNanchor_42" href="#Footnote_42" -class="fnanchor">[42]</a>; llevo en el pecho el <i>bar lachí</i><a -id="FNanchor_43" href="#Footnote_43" class="fnanchor">[43]</a>, la -piedra preciosa a que se pega la aguja.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Supongo que te refieres al imán. -¿Crees que una piedra inerte puede preservarte de los peligros que -amenacen tu vida?</p> - -<p><span class="smcap">Antonio.</span>—Hermano, cuento ya cincuenta -años de edad, y aquí me tienes vivo y sano. ¿Cómo podría ser eso -si el <i>bar lachí</i> no tuviera poder alguno? He sido soldado y -<i>contrabandista</i>, y he matado y robado también a los <i>Busné</i><a -id="FNanchor_44" href="#Footnote_44" class="fnanchor">[44]</a>. -Las balas del <i>Gabiné</i><a id="FNanchor_45" href="#Footnote_45" -class="fnanchor">[45]</a> y del <i>jara canallis</i><a id="FNanchor_46" -href="#Footnote_46" class="fnanchor">[46]</a> me han zumbado en los -oídos sin tocarme por llevar conmigo el <i>bar lachí</i>. Veinte veces he -hecho cosas que, según la<span class="pagenum" id="Page_176">[p. -176]</span> ley <i>busné</i> debían haberme llevado al <i>filimicha</i><a -id="FNanchor_47" href="#Footnote_47" class="fnanchor">[47]</a>; sin -embargo, nunca me ha estrujado el cuello el frío <i>garrote</i>. Hermano, -confío en el <i>bar lachí</i>, como los <i>Caloré</i><a id="FNanchor_48" -href="#Footnote_48" class="fnanchor">[48]</a> de otro tiempo: -aunque me viera en el golfo de <i>Bombardó</i><a id="FNanchor_49" -href="#Footnote_49" class="fnanchor">[49]</a> sin una tabla a qué -agarrarme, no tendría miedo; porque llevando tan preciosa piedra, -ella me sacaría sano y salvo a la costa. El <i>bar lachí</i> es poderoso, -hermano.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—No vamos a discutir por eso, y -menos ahora, en el momento de marcharme de Badajoz; despidámonos -rápidamente, y ya no volveremos a vernos más.</p> - -<p><span class="smcap">Antonio.</span>—Hermano, ¿sabes a lo que -vengo?</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Lo ignoro, como no sea a desearme -feliz viaje; no soy bastante gitano para adivinar los pensamientos de -la gente.</p> - -<p><span class="smcap">Antonio.</span>—Toda la noche pasada he -estado despierto, pensando en los asuntos de Egipto; cuando me -levanté esta mañana, tomé el <i>bar lachí</i>, y raspándolo con un -cuchillo saqué un poco de polvo, y me lo bebí con <i>aguardiente</i>, -según tengo costumbre de hacer después de tomar una resolución. -Luego me dije: estoy haciendo falta en la raya de <i>Castumba</i><a -id="FNanchor_50" href="#Footnote_50" class="fnanchor">[50]</a> para -cierto negocio. El <i>Caloró</i><a id="FNanchor_51" href="#Footnote_51" -class="fnanchor">[51]</a><span class="pagenum" id="Page_177">[p. -177]</span>forastero va a marcharse a <i>Madrilati</i>; el camino es -largo, y pudiera caer en malas manos, quizás en las de gente de -su propia sangre, porque he de decirte, hermano, que los <i>Calés</i> -abandonan ya las ciudades y aldeas y se echan al campo en cuadrillas -para saquear a los <i>Busné</i>; no hay ley ninguna en estas tierras, y -ahora o nunca es la ocasión de que los <i>Caloré</i> vuelvan a ser lo -que fueron en tiempos pasados. De manera que me dije: el <i>Caloró</i> -forastero puede caer en manos de los de su misma sangre y ser -maltratado por ellos, que sería una vergüenza. De consiguiente, iré -con él por el <i>Chim del Manró</i><a id="FNanchor_52" href="#Footnote_52" -class="fnanchor">[52]</a> hasta la raya de <i>Castumba</i>, y desde la -raya de <i>Castumba</i> dejaré que el <i>Caloró</i> de Londres siga su camino a -<i>Madrilati</i>, porque hay menos peligro en <i>Castumba</i> que en <i>Chim del -Manró</i>, y después podré ocuparme de los asuntos de Egipto que allí me -reclaman.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Ese plan promete mucho, amigo mío. -¿En qué forma piensas que hagamos el viaje?</p> - -<p><span class="smcap">Antonio.</span>—Te lo diré, hermano. Tengo -en la cuadra un <i>gras</i><a id="FNanchor_53" href="#Footnote_53" -class="fnanchor">[53]</a>, el mismo que compré en Olivenza, -como te dije en otra ocasión; es bueno y ligero, y me costó, a -mí que<span class="pagenum" id="Page_178">[p. 178]</span> soy -gitano, cincuenta <i>chulé</i><a id="FNanchor_54" href="#Footnote_54" -class="fnanchor">[54]</a>; tú puedes ir en el <i>gras</i>; yo montaré en -el <i>macho</i>.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Antes de responder desearía que -me dijeses qué asuntos son esos que te obligan a ir a <i>Castumba</i>; -tu yerno Paco me tiene dicho que los gitanos no acostumbran ya a -viajar.</p> - -<p><span class="smcap">Antonio.</span>—Es un asunto de Egipto, -hermano, y no puedo decirte más. Acaso se trata de un caballo o de -un borrico, acaso de una mula o de un <i>macho</i>; lo que sea, no se -refiere a ti; por tanto, te aconsejo que no preguntes nada. <i>Dosta</i><a -id="FNanchor_55" href="#Footnote_55" class="fnanchor">[55]</a>. -Volviendo a lo de antes: eres libre de rechazar mi ofrecimiento; -hay un <i>drungruje</i><a id="FNanchor_56" href="#Footnote_56" -class="fnanchor">[56]</a> de aquí a <i>Madrilati</i>, y puedes -viajar en el <i>birdoche</i><a id="FNanchor_57" href="#Footnote_57" -class="fnanchor">[57]</a> o con los <i>dromalis</i><a id="FNanchor_58" -href="#Footnote_58" class="fnanchor">[58]</a>; pero te advierto, como -hermano, que hay <i>chories</i> en el <i>drun</i>, y algunos de ellos son del -<i>Errate</i>.</p> - -<p>La verdad es que pocas personas en mi situación hubiesen aceptado -la propuesta del singular gitano. Sin embargo, el plan no dejaba -de tener atractivos para mí. Dada mi afición a las aventuras, no -podía satisfacerla de mejor ni más fácil modo que poniéndome en -manos de tal guía. Otros en mi caso hubiesen recelado una traición, -pero yo<span class="pagenum" id="Page_179">[p. 179]</span> estaba -tranquilo sobre ese punto, y no creía que el gitano abrigase la más -ligera mala intención en contra mía; le vi plenamente convencido de -que yo era uno de los del <i>Errate</i>, y los rasgos más fuertes de su -carácter eran el amor a su raza y el odio a los <i>Busné</i>. Deseaba -yo, además, aprovechar todas las ocasiones de conocer a fondo las -costumbres de los gitanos españoles, y allí se me presentaba una -excelente, apenas llegado a España. Total: que resolví acompañar al -gitano. «Iremos juntos—le dije—. Mi equipaje lo mandaré a Madrid -por el <i>birdoche</i>.» «Muy bien hecho, hermano—contestó—, y así el -<i>gras</i> andará más ligero. La verdad es que para nada necesitas llevar -equipaje. ¡Cómo se reirían los <i>Busné</i> si se encontraran en el camino -a dos <i>Calés</i> viajando con equipaje!»</p> - -<p>Durante mi estancia en Badajoz, tuve poco trato con los españoles; -lo más del tiempo se lo consagré a los gitanos, raza ya conocida -y tratada por mí en diversas partes del mundo, y con quienes me -encontraba más a mis anchas que con los silenciosos y reservados -hombres de España; medio siglo puede estar un extranjero entre -españoles sin que le dirijan media docena de palabras, a no ser que -partan de él los primeros pasos para intimar, y aun así, puede verse -rechazado con un encogimiento de hombros y un <i>no entiendo</i>, porque -entre los muchos<span class="pagenum" id="Page_180">[p. 180]</span> -prejuicios profundamente arraigados en este pueblo se cuenta la -singular idea de que ningún extranjero es capaz de aprender su -lengua, idea a que siguen aferrados aunque le oigan hablar en ella -corrientemente; todo lo más que en tal caso conceden, es esto: <i>Habla -cuatro palabras, y nada más</i>.</p> - -<p>Una mañana temprano, antes de salir el sol, me encontré frente a -la casa de Antonio, pequeña y mísera construcción, situada en una -calle sucia. La mañana era profundamente oscura; la calle estaba, sin -embargo, parcialmente iluminada por un montón de paja ardiendo, en -torno del que dos o tres hombres parecían muy ocupados en sostener -un objeto sobre la llama. Un instante después se abrió la puerta -de la casa del gitano, y apareció Antonio. Echó una mirada en -dirección de la hoguera, y exclamó: «El puerco ha dado muerte a su -hermano. Que todo <i>Busnó</i> corra la misma suerte. Entremos, hermano, -y comeremos el corazón del puerco.» No entendí bien estas palabras, -pero siguiendo al gitano, llegamos a un aposento bajo, donde había un -<i>brasero</i> encendido, a su lado una tosca mesa cubierta con grosero -mantel, y sobre ella un pan y un puchero que despedía agradable olor. -«En esta <i>puchera</i>—dijo Antonio—, está el corazón del <i>balichó</i><a -id="FNanchor_59" href="#Footnote_59" class="fnanchor">[59]</a>; -comamos.» Nos sentamos<span class="pagenum" id="Page_181">[p. -181]</span> a la mesa y comimos, Antonio vorazmente. Cuando terminó, -se puso en pie y me dijo: «¿Has traído el <i>li</i>?»<a id="FNanchor_60" -href="#Footnote_60" class="fnanchor">[60]</a>. «Aquí está—contesté, -enseñándole mi pasaporte—. «Bueno; puedes necesitarlo—repuso—. -Yo no lo necesito; mi pasaporte es el <i>bar lachí</i>. Ahora -un vaso de <i>repañí</i><a id="FNanchor_61" href="#Footnote_61" -class="fnanchor">[61]</a>, y al camino.»</p> - -<p>Salimos del cuarto; Antonio cerró la puerta con llave, que -escondió luego debajo de una baldosa, en un rincón del pasillo. -«Espérame en la calle, hermano, mientras voy a la cuadra a buscar las -<i>caballerías</i>.» Le obedecí. El sol no había salido aún; el frío era -cortante; pero la luz grisácea del alba me permitía ya distinguir -los objetos con suficiente claridad. No tardé en oír las pisadas -de los animales, y un momento después apareció Antonio llevando el -caballo por la brida; el <i>macho</i> iba detrás. Miré al caballo y no -pude contener un movimiento de asombro. Hasta donde me fué posible -examinarlo, me pareció el bicho más raro que había visto en mi vida. -Era de espectral blancura, muy corto de cuerpo, pero con unas patas -de desmesurada longitud, y altísimo de <i>cruz</i>. «Estás mirando el -<i>grasti</i>—dijo Antonio—. Tiene diez y ocho años, pero es el mejor de -<i>Chim del Manró</i>, ni más ni menos; hace mucho tiempo que le tenía -echado el<span class="pagenum" id="Page_182">[p. 182]</span> ojo, y -le compré para emplearlo en los negocios de Egipto. Monta, hermano, -monta, y dejemos los <i>foros</i><a id="FNanchor_62" href="#Footnote_62" -class="fnanchor">[62]</a>; ya van a abrir la puerta de la ciudad.»</p> - -<p>Cerró la de su casa, y se guardó la llave en la <i>faja</i>. Menos de -un cuarto de hora después, habíamos dejado Badajoz a nuestra espalda. -«No me parece muy bueno este caballo—dije a Antonio, cuando íbamos ya -por el campo—. Apenas si puedo hacerle andar.»</p> - -<p>«Es el caballo más ligero que hay en <i>Chim del Manró</i>, -hermano—dijo Antonio—. Lo mismo al galope que al trote largo -ninguno le aventaja; pero tiene diez y ocho años y las coyunturas -entumecidas, sobre todo por la mañana; pero deja que entre en calor y -que el <i>genio del viejo</i> reviva, y no podrás contenerlo con el freno -ni con la brida. Ese caballo lo compré para los asuntos de Egipto, -hermano.»</p> - -<p>A eso del mediodía llegamos a una aldea, en las inmediaciones de -un cerro pedregoso. «Aquí no hay casa <i>Caló</i>—dijo Antonio—; tenemos -que ir a la posada de los <i>Busné</i>, donde comeremos todos, hombres y -bestias.» Entramos en la cocina, nos sentamos a la mesa y pedimos pan -y vino. Había en la cocina dos individuos de mala catadura, fumando -unos cigarros; y como se me<span class="pagenum" id="Page_183">[p. -183]</span> ocurriera decir no sé qué cosa a Antonio en <i>caló</i>, uno -de aquellos tipos, notable por sus inmensos bigotes, exclamó: «¿Qué -es lo que oigo? ¿Te atreves a hablar en <i>caló</i> delante de mí, que soy -<i>chalan</i> y nacional? Malditos gitanos, ¿cómo os atrevéis a entrar -en esta <i>posada</i> y a hablar en esa lengua delante de mí? ¿No está -prohibida por la ley, como os está prohibido entrar en el <i>mercado</i>? -Amigo, como vuelva yo a oír de tu boca una palabra en <i>caló</i> te muelo -los huesos a palos, y de un puntapié vas volando al tejado.»</p> - -<p>«Haría usted muy bien—dijo su compañero—, porque la insolencia -de estos gitanos es ya inaguantable. Estando en Mérida o Badajoz, -voy al mercado, y allí me veo en un rincón a los malditos gitanos -charlando en una lengua ininteligible. «Señor gitano—le digo a -uno de ellos—, ¿cuánto quiere usted por ese burro?» «Diez duros, -<i>Caballero nacional</i>, me responde. Es el mejor burro de toda España.» -«Quisiera verlo andar»—replico yo—. «Ahora mismo»—contesta—, y salta -sobre el burro y le hace salir andando, no sin haberle murmurado -antes al oído no sé qué cosas en <i>caló</i>; el burro tenía un paso -magnífico, como yo no había visto otro. «Creo que me conviene»—digo -al fin, y después de examinarlo un rato, saco el dinero y le pago—. -«Me voy a mi casa»—dice el gitano, y desaparece rápidamente—. «Y -yo a mi pueblo»—contesto<span class="pagenum" id="Page_184">[p. -184]</span> yo—, y montado en el burro, le digo: <i>Vámonos</i>, pero -el burro se está quieto. En vano le arreo con una varita. «¿Qué -significa esto?»—exclamo—; y me pongo a darle espolazos. Pero el -maldito, apenas siente la picadura, al primer corcovo me tira por -las orejas en medio del fango. Me pongo en pie y veo al burro -contemplándome atentamente, y a la <i>canaille</i> gitana mirándome de -través con sus ojos velados. «¿Dónde está el tunante que me ha -vendido esta alhaja?»—grito—. «Se ha ido a Granada»—dice uno—. «Se -ha ido a ver a su familia de Morería»—añade otro—. «Le acabo de ver -corriendo por el campo en dirección de... perseguido muy de cerca -por el diablo»—exclama un tercero—. En suma, me han robado. Quiero -deshacerme del burro, pero no hay quien lo compre; es un burro -<i>caló</i>, y todos le huyen. Al cabo, los gitanos me ofrecen treinta -<i>reals</i> por él; y después de regatear mucho, me doy por contento -vendiéndoselo en dos duros. Todo ello es una pura estafa; el burro -vuelve a su dueño y la cuadrilla se reparte la ganancia; es una -infamia que se evitaría, a mi parecer, con sólo prohibir hablar el -<i>caló</i>; porque, ¿qué otra cosa sino las palabras en <i>caló</i> dichas -a su oído, pudo inducir al jumento a portarse de tan inconcebible -manera?»</p> - -<p>Ambos parecían completamente convencidos de la exactitud de esta -conclusión, y<span class="pagenum" id="Page_185">[p. 185]</span> -continuaron fumando hasta consumir los cigarros; entonces se -levantaron, se atusaron las patillas, nos miraron con fiero desden, -y arrojando al suelo las puntas de los cigarros, salieron de la -habitación a paso largo.</p> - -<p>—Esta gente no me parece muy amiga de los gitanos ni del lenguaje -<i>caló</i>—dije a Antonio cuando los dos matones se fueron.</p> - -<p>—Malos muermos les cojan los hocicos—dijo Antonio—. Ya se ve que -algunos de los nuestros los han <i>jonjabadoed</i><a id="FNanchor_63" -href="#Footnote_63" class="fnanchor">[63]</a>. Sin embargo, has -hecho mal, hermano, en hablarme en <i>caló</i> en esta <i>posada</i>; es -lenguaje prohibido, porque, como ya te he dicho, el rey ha destruído -la ley de los <i>Calés</i><a id="FNanchor_64" href="#Footnote_64" -class="fnanchor">[64]</a>. Vámonos de aquí, hermano, antes -que esos <i>juntunes</i><a id="FNanchor_65" href="#Footnote_65" -class="fnanchor">[65]</a> nos echen encima a la <i>justicia</i>.</p> - -<p>Al atardecer llegábamos cerca de un pueblo grande.</p> - -<p>—Esta es Mérida—dijo Antonio—, que, según cuentan los <i>busné</i>, -fué antaño una gran ciudad de los <i>corahai</i><a id="FNanchor_66" -href="#Footnote_66" class="fnanchor">[66]</a>; pasaremos aquí -la noche, y quizás dos o tres días, porque tengo que arreglar -algunos asuntos de Egipto. Ahora, hermano, échate a un lado<span -class="pagenum" id="Page_186">[p. 186]</span> del camino con el -caballo, y espera junto a esa tapia hasta mi vuelta. Tengo que -adelantarme para ver cómo están las cosas.</p> - -<p>Me apeé del caballo y me senté en una piedra, junto a la pared en -ruinas indicada por Antonio. El sol declinaba y el viento era muy -sutil; me arropé bien en una capa de gitano, andrajosa y vieja, que -Antonio me dió, y como sentía algún cansancio, caí en un sopor que -duró casi una hora.</p> - -<p>—¿Es su merced el <i>Caloró</i> de Londres?—dijo muy cerca de mí una -voz desconocida.</p> - -<p>Me desperté sobresaltado; vi un rostro de mujer casi debajo del -ala de mi sombrero. A pesar de la poca luz, observé que sus facciones -eran horriblemente feas, casi negras; pertenecían a una gitana vieja, -lo menos de setenta años, que se apoyaba en un palo.</p> - -<p>—¿Es su merced el <i>Caloró</i> de Londres?—repitió.</p> - -<p>—Yo soy el que usted busca. ¿Y Antonio?</p> - -<p>—<i>Curelando, curelando; baribustres curelós terela</i><a -id="FNanchor_67" href="#Footnote_67" class="fnanchor">[67]</a>—dijo -la vieja—. Venga conmigo. <i>Caloró</i> de mi <i>garlochín</i><a -id="FNanchor_68" href="#Footnote_68" class="fnanchor">[68]</a>, -venga conmigo a mi <i>ker</i><a id="FNanchor_69" href="#Footnote_69" -class="fnanchor">[69]</a>; en seguida llegamos.</p> - -<p>Eché por el camino, detrás de la gitana,<span class="pagenum" -id="Page_187">[p. 187]</span> hasta llegar a la ciudad, ruinosa -y medio desierta; remontamos una calle, torcimos luego por una -callejuela angosta y lóbrega, y, a poco, mi guía abrió la puerta de -una casa bastante capaz y muy estropeada.</p> - -<p>—Entra—me dijo.</p> - -<p>—¿Y el <i>gras</i>?—pregunté.</p> - -<p>—Hazle entrar también, <i>chabó</i><a id="FNanchor_70" -href="#Footnote_70" class="fnanchor">[70]</a> mío; en la cuadra, -aunque pequeña, hay sitio para el <i>gras</i>.</p> - -<p>Atravesamos un vasto patio, y nos detuvimos ante una puerta muy -ancha.</p> - -<p>—Entra, hijo de Egipto—dijo la bruja—; entra; esa es la cuadra.</p> - -<p>—Esto está más negro que la pez—dije yo—, y es muy a propósito -para lo que yo me sé; trae una luz, o no entro.</p> - -<p>—Dame el <i>solabarri</i><a id="FNanchor_71" href="#Footnote_71" -class="fnanchor">[71]</a>—respondió la vieja—, y yo encerraré el -caballo, <i>chabó</i> de Epipto, y le ataré al pesebre.</p> - -<p>Entró con él en la cuadra, y la oí trajinar en la oscuridad; no -tardé en oír rebullirse también al caballo.</p> - -<p>—<i>Grasti terelamos</i><a id="FNanchor_72" href="#Footnote_72" -class="fnanchor">[72]</a>—dijo la gitana, al reaparecer con la brida -en la mano—. El caballo se ha soltado él solo; a pesar del viaje -no se ha resentido. Ahora, <i>Caloró</i> mío, vamos a mi casita.</p> - -<p><span class="pagenum"><a id="Page_188">[p. 188]</a></span></p> - -<p>Entramos en la casa, en un aposento muy capaz y tenebroso, donde -no había otra luz que el débil resplandor de un brasero, puesto al -fondo, junto al que se acurrucaban dos bultos oscuros.</p> - -<p>—Estas son <i>callees</i><a id="FNanchor_73" href="#Footnote_73" -class="fnanchor">[73]</a>—dijo la gitana vieja—. Una es mi hija; -la otra es su <i>chabí</i><a id="FNanchor_74" href="#Footnote_74" -class="fnanchor">[74]</a>. Siéntate, <i>Caloró</i> de Londres, y que te -oigamos el metal de la voz.</p> - -<p>Miré en busca de una silla, pero no la había; cerca de mí, empero, -descubrí en el suelo el remate de una columna rota; rodándolo, lo -acerqué al <i>brasero</i>, y me senté.</p> - -<p>—Esta casa es muy hermosa, madre de los gitanos—dije yo, por -satisfacer su deseo de oírme hablar—. Es muy hermosa, pero algo -fría y húmeda; por lo grande puede servir de sobra para alojar -a los <i>hundunares</i>.<a id="FNanchor_75" href="#Footnote_75" -class="fnanchor">[75]</a></p> - -<p>—Hay muchas casas de sobra en estos <i>foros</i>, muchas casas -de sobra en Mérida, <i>Caloró</i> de Londres, algunas tal como las -dejaron los <i>corahanós</i><a id="FNanchor_76" href="#Footnote_76" -class="fnanchor">[76]</a>. ¡Ah! Qué gran pueblo son los <i>corahanós</i>. -Muchas veces me entran ganas de volver otra vez a su <i>chim</i>.</p> - -<p>—¡Cómo! Madre—dije yo—, ¿has estado en tierra de moros?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_189">[p. 189]</span></p> - -<p>—Dos veces, <i>Caloró</i> mío, dos veces he estado en la tierra de -los <i>Corahai</i>. La primera vez, hace más de cincuenta años; entonces -estaba yo con los <i>sesé</i><a id="FNanchor_77" href="#Footnote_77" -class="fnanchor">[77]</a>, porque mi marido era soldado del <i>Crallis</i> -de España, y Orán pertenecía en aquellos tiempos a España.</p> - -<p>—Entonces no estuviste con los verdaderos moros, sino con los -españoles que ocupaban una parte de su país.</p> - -<p>—Estuve con los verdaderos moros, mi <i>Caloró</i> de Londres. -¿Quién conoce a los moros mejor que yo? Hace unos cuarenta años -estaba yo con mi <i>ro</i><a id="FNanchor_78" href="#Footnote_78" -class="fnanchor">[78]</a>, en Ceuta, porque era soldado del rey, -cuando un día me dijo: «Estoy cansado de vivir aquí, que no hay pan, -y agua menos aún; he decidido escaparme y volverme <i>corahanó</i>; esta -noche mataré al sargento y huiré al campo moro.»</p> - -<p>—Hazlo—respondí—, <i>chabó</i> mío, y en cuanto pueda te seguiré y me -haré <i>corahani</i>.</p> - -<p>Aquel a misma noche mató a su sargento, que cinco años antes le -había llamado <i>Caló</i>, y le había maldecido; echó a correr, saltó -por la muralla, y sin que le tocaran los tiros que le tiraron, se -puso en salvo en la tierra de los <i>corahai</i>. Yo me quedé en el<span -class="pagenum" id="Page_190">[p. 190]</span> <i>presidio</i> de Ceuta, de -cantinera, vendiendo vino y <i>repañi</i> a los soldados. Dos años pasaron -sin tener noticias de mi <i>ro</i>. Un día entró en mi <i>cachimani</i><a -id="FNanchor_79" href="#Footnote_79" class="fnanchor">[79]</a> -un desconocido; iba vestido como un <i>corahanó</i>, pero más -parecía un <i>callardó</i><a id="FNanchor_80" href="#Footnote_80" -class="fnanchor">[80]</a>; y, sin embargo, tampoco era un <i>callardó</i>, -a pesar de ser casi negro; según estaba mirándole, pensé que -se parecía un poco a los del <i>Errate</i>, y me dijo: «<i>Zincali</i><a -id="FNanchor_81" href="#Footnote_81" class="fnanchor">[81]</a>; -<i>chachipé</i>»<a id="FNanchor_82" href="#Footnote_82" -class="fnanchor">[82]</a>; luego, en una lengua tan rara que apenas -le pude entender, me dijo al oído. «Tu marido está esperándote; ven -conmigo, hermanita, y te llevaré con él.» «¿Dónde está?»—pregunté—. -Y señalando hacia el Poniente, dijo: «Está por allá, muy lejos; -ven conmigo; tu <i>ro</i> te espera.» Tuve un poco de miedo, pero me -acordé de mi marido, y ya deseé verme en la tierra de los <i>corahai</i>; -tomé, pues, el poco <i>parné</i><a id="FNanchor_83" href="#Footnote_83" -class="fnanchor">[83]</a> que tenía, eché la llave al <i>cachimani</i> y -me fuí con el desconocido. En la puerta nos dió el alto el centinela; -pero le convidé a <i>repañi</i>, y nos dejó pasar; en un instante llegamos -a la tierra de los <i>corahai</i>. A una legua de la ciudad, al pie de un -cerro, encontramos a cuatro personas, hombres y mujeres, tan<span -class="pagenum" id="Page_191">[p. 191]</span> negros como mi -desconocido guía, y se unieron a nosotros, saludándome, y llamándome -hermanita. Eso fué lo único que entendí de toda su habla, que era -muy cerrada. Quitáronme las ropas que llevaba y me dieron otras, -con las que me vestí como una <i>corahani</i>; y luego emprendimos la -marcha, que duró muchos días, por desiertos y aldeas; más de una vez -me pareció encontrarme entre los del <i>Errate</i>, porque sus costumbres -eran las mismas; los hombres querían <i>hokkawar</i> con mulos y burros; -las mujeres decían <i>bají</i><a id="FNanchor_84" href="#Footnote_84" -class="fnanchor">[84]</a>. Al cabo llegamos a una ciudad grande, y el -hombre negro que me había ido a buscar, dijo; «Entra ahí, hermanita, -y encontrarás a tu <i>ro</i>.» Me llegué a la puerta, y vi estar dentro un -<i>corahanó</i> armado; le miré a la cara, y reconocí a mi marido.</p> - -<p>Era aquella una ciudad muy extraña, llena de gentes que habían -sido antes <i>candoré</i><a id="FNanchor_85" href="#Footnote_85" -class="fnanchor">[85]</a>, pero renegadas y convertidas en <i>corahai</i>. -Había allí <i>sesé</i> y <i>laloré</i><a id="FNanchor_86" href="#Footnote_86" -class="fnanchor">[86]</a>, y hombres de otras naciones, y entre -ellos algunos del <i>Errate</i> de mi mismo país; todos eran soldados -del <i>Crallis</i> de los <i>corahai</i>, y le servían en sus guerras. Mucho -tiempo estuve con mi <i>ro</i> en aquella ciudad, yendo a veces con<span -class="pagenum" id="Page_192">[p. 192]</span> él a las guerras; -muchas veces le pregunté acerca de los hombres negros que me habían -llevado hasta allí, y me dijo que había tenido algunos tratos con -ellos, y los creía del <i>Errate</i>. En fin, hermano, para no alargar, -a mi marido le mataron en la guerra, delante de una ciudad sitiada -por el rey de los <i>corahai</i>, yo quedé <i>piulí</i><a id="FNanchor_87" -href="#Footnote_87" class="fnanchor">[87]</a>, y volví a la ciudad -de los renegados, como la llamaban, y me gané la vida como pude. Un -día, estando yo sentada, llorando, se me plantó delante el mismo -hombre negro a quien no había vuelto a ver desde el día que me -llevó a juntarme con mi <i>ro</i>, y me dijo: «Ven conmigo, hermanita, -ven conmigo; el <i>ro</i> está muy cerca.» Fuí con él, y fuera de la -ciudad, en el desierto, estaban los mismos hombres y mujeres negros -que la otra vez había visto. «¿Dónde está mi <i>ro</i>?»—pregunté.—«Aquí -está, hermanita—dijo el hombre negro—, aquí está; desde hoy yo soy -el <i>ro</i>, y tú la <i>romí</i><a id="FNanchor_88" href="#Footnote_88" -class="fnanchor">[88]</a>. Ven, y vámonos de aquí, que no faltan -quehaceres.»</p> - -<p>Me marché con él, y fué mi <i>ro</i>, y vivimos por los desiertos y -<i>hokkawared</i> y <i>choried</i>, y dije <i>bají</i>; yo pensaba: «Esto me gusta; -seguramente estoy entre los del <i>Errate</i>, en un país mejor que el -mío.» Muchas veces les pregunté si eran del <i>Errate</i>, y se reían, -di<span class="pagenum" id="Page_193">[p. 193]</span>ciéndome que -muy bien podía ser porque no eran <i>corahai</i>; pero nunca me dieron más -clara cuenta de sí.</p> - -<p>Bueno; esto duró unos cuantos años, y tuve del hombre -negro tres <i>chai</i><a id="FNanchor_89" href="#Footnote_89" -class="fnanchor">[89]</a>; dos, murieron; pero la más joven, vive; -es la <i>Callí</i> que estás viendo al lado del <i>brasero</i>. Así vivíamos -errantes, y <i>choried</i>, y decíamos <i>bají</i>. Ocurrió que una vez, -en tiempo de invierno, nuestra pandilla intentó atravesar un río -muy ancho y muy profundo, como muchos otros que hay en <i>Chim del -Corahai</i>, y el bote volcó con la rapidez de la corriente, y todos -se ahogaron menos yo y mi <i>chabí</i>, a quien llevaba en el seno. Ya -no me quedaba ningún amigo entre los <i>corahai</i>; fuí errante por los -<i>despoblados</i>, implorando y llorando hasta quedarme casi <i>lilí</i><a -id="FNanchor_90" href="#Footnote_90" class="fnanchor">[90]</a>. De -este modo llegué a la costa; allí hice amistad con el capitán de un -barco, y volví a esta tierra de España. Ahora que estoy aquí, deseo -muchas veces volver a vivir con los <i>corahai</i>.»</p> - -<p>Al llegar aquí, rompió a reír a carcajadas, y así estuvo un rato -largo; cuando se cansó, les llegó el turno de reír a su hija y a su -nieta; y tanto rieron, que las tuve a todas por locas.</p> - -<p>Horas y horas fueron pasando, y aún estábamos acurrucados junto al -<i>brasero</i>, del<span class="pagenum" id="Page_194">[p. 194]</span> -que todo calor había volado mucho tiempo hacía; el leve fulgor -que iluminaba el aposento también desapareció; sólo quedaba en el -brasero un rescoldo moribundo. La habitación estaba en las más densas -tinieblas; las tres mujeres permanecían inmóviles y en silencio; -sentí un escalofrío, y empecé a encontrarme a disgusto.</p> - -<p>—¿Vendrá aquí Antonio esta noche?—pregunté al fin.</p> - -<p>—<i>No tenga usted cuidao</i>, mi <i>Caloró</i> de Londres—dijo la -gitana vieja con tono desabrido—. <i>Pepindorio</i><a id="FNanchor_91" -href="#Footnote_91" class="fnanchor">[91]</a> ha estado aquí alguna -vez.</p> - -<p>Ya iba a levantarme, con intención de huir de la casa, cuando -sentí posarse una mano en mi hombro, y oí la voz de Antonio, que -decía:</p> - -<p>—No te asustes, hermano; soy yo. Pronto traerán luz, y -cenaremos.</p> - -<p>La cena fué bastante frugal: pan, queso y aceitunas; Antonio, -empero, sacó una bota de excelente vino. Despachamos los manjares a -la luz de una lámpara de barro puesta en el suelo.</p> - -<p>—Ahora—dijo Antonio a la más joven de las tres mujeres—tráeme -el <i>pajandi</i><a id="FNanchor_92" href="#Footnote_92" -class="fnanchor">[92]</a>, que voy a cantar una <i>gachapla</i><a -id="FNanchor_93" href="#Footnote_93" class="fnanchor">[93]</a>.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_195">[p. 195]</span></p> - -<p>La muchacha trajo la guitarra, y el gitano, después de templarla -con cierto trabajo, rascó vigorosamente las cuerdas y se puso a -cantar:</p> - -<div class="poetry"> -<div class="stanza"> -<span class="i2">—Gitano, ¿por qué vas preso?</span> -<span class="i0">—Señor, por cosa ninguna:</span> -<span class="i0">Porque he cogío un ramá</span> -<span class="i0">Y etrás se bino una mula.</span> -</div> -<div class="stanza"> -<span class="i2">Caminito de Antequera</span> -<span class="i0">Preso llevan a un gitano,</span> -<span class="i0">Porque se encontró una capa</span> -<span class="i0">Antes de perderla el amo.</span> -</div> -</div> - -<p>El canto y la música duraron mucho tiempo. Las dos mujeres jóvenes -no se cansaban de bailar, mientras la vieja hacía a veces restallar -sus dedos o medía el compás golpeando en el suelo con el palo. Al -fin, Antonio, soltó bruscamente la guitarra, y dijo:</p> - -<p>—Veo que el <i>Caloró</i> de Londres está cansado; basta, basta; -mañana continuaremos. Ahora vámonos al <i>charipé</i><a id="FNanchor_94" -href="#Footnote_94" class="fnanchor">[94]</a>.</p> - -<p>—Con muchísimo gusto—dije yo—. ¿Dónde vamos a dormir?</p> - -<p>—En la cuadra, en el pesebre. Aunque en la cuadra haga frío, -estaremos bastante abrigados en el <i>bufa</i><a id="FNanchor_95" -href="#Footnote_95" class="fnanchor">[95]</a>.<a id="FNanchor_A" -href="#Footnote_A" class="fnanchor">[*]</a></p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_196">[Pg 196]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO X</h2> - <p class="subhang"> - La nieta de la gitana.— Proyecto matrimonial.— El alguacil.— El - ataque.— Trote largo.— Llegada a Trujillo.— Noche de lluvia.— La - selva.— El vivac.— ¡Levántate y anda!— Jaraicejo.— El Nacional.— El - caballero Balmerson.— Entre jarales.— Una conversación seria.— ¿Qué - es la verdad?— Noticia inesperada. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">T</span><span class="smcap">res</span> -días estuvimos en casa de las gitanas. Todas las mañanas, muy -temprano, Antonio se marchaba, montado en el macho, y volvía ya muy -entrada la noche. La casa era grande y estaba ruinosa; la única -parte habitable, además de la cuadra, era aquella especie de zaguán -donde cenamos, y en el que dormían las gitanas, en unos felpudos -y colchonetas puestos en un rincón. Una mañana, cuando Antonio -ensillaba el macho y se disponía a partir, supuse yo, por los -negocios de Egipto, le dije:</p> - -<p>—Esta casa es muy extraña, y no lo es menos la gente que vive -en ella. La gitana abuela tiene todo el aspecto de una <i>sowanee</i><a -id="FNanchor_96" href="#Footnote_96" class="fnanchor">[96]</a>.</p> -<p><span class="pagenum" id="Page_197">[p. 197]</span></p> <p>—¿Cómo -el aspecto?—exclamó Antonio—. ¿Pues acaso no lo es? Más cosas ocultas -y más palabras misteriosas sabe que todo el <i>Errate</i> de aquí y de -Cataluña. Ha vivido en tierra de moros, y sabe hacer más <i>draos</i><a -id="FNanchor_97" href="#Footnote_97" class="fnanchor">[97]</a>, -venenos y filtros que ninguna persona viviente. Una vez hizo una -especie de pasta, y me convenció de que la probara; poco después -sentí como si el alma se me separase del cuerpo, y estuve una noche -entera vagando por montes y selvas horribles, entre monstruos y -<i>duendes</i>. En la tierra de los <i>corahai</i> aprendió muchas cosas que ya -quisiera yo saber.</p> - -<p>—¿Hace mucho tiempo que la conoces? Estás en esta casa como en la -tuya.</p> - -<p>—¿Que si la conozco? Mi hermano se casó con la hija, la <i>Callí</i> -negra, de quien tuvo esa <i>chabí</i> hace diez y seis años, poco antes de -ser ahorcado por los <i>busné</i>.</p> - -<p>Por la tarde, hallándome sentado en el zaguán con la gitana vieja, -mientras las dos <i>Callees</i> andaban por la ciudad y sus cercanías -diciendo la buenaventura, su principal ocupación, me dijo la -vieja:</p> - -<p>—¿Estás casado, mi <i>caloró</i> de Londres? ¿Eres un <i>ro</i>?</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Por qué me lo preguntas, -<i>o Dai de los Calés</i>?<a id="FNanchor_98" href="#Footnote_98" -class="fnanchor">[98]</a>.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_198">[p. 198]</span></p> - -<p><span class="smcap">La gitana vieja.</span>—Porque ya es -tiempo de que la <i>chabí</i> pierda su <i>lacha</i><a id="FNanchor_99" -href="#Footnote_99" class="fnanchor">[99]</a> y tenga un <i>ro</i>. -Lo mejor que puedes hacer es tomarla por <i>romí</i>, mi <i>caloró</i> de -Londres.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Soy extranjero en estas tierras, oh -madre de los gitanos, y apenas puedo ganar para mí, menos aún para -una <i>romí</i>.</p> - -<p><span class="smcap">La gitana.</span>—No necesita que nadie -la mantenga, mi <i>caloró</i> de Londres; siempre que quiera puede -ganar para ella y su <i>ro</i>. Sabe <i>hokkawar</i>, decir <i>bají</i>, y -pocos la igualan en robar <i>a pastesas</i><a id="FNanchor_100" -href="#Footnote_100" class="fnanchor">[100]</a>. Una vez en -<i>Madrilati</i>, adonde, según me han dicho, vas tú, ganaría mucho -dinero; debes llevarla allá, porque en estos <i>foros</i> está <i>nahí</i><a -id="FNanchor_101" href="#Footnote_101" class="fnanchor">[101]</a>, -no se puede ganar nada; pero en los <i>foros baró</i><a id="FNanchor_102" -href="#Footnote_102" class="fnanchor">[102]</a> sería otra cosa: -iría vestida de <i>lachipe</i><a id="FNanchor_103" href="#Footnote_103" -class="fnanchor">[103]</a> y <i>sonacai</i><a id="FNanchor_104" -href="#Footnote_104" class="fnanchor">[104]</a>, y tú tendrías un -buen <i>gra</i> negro para montar; después de ganar mucho dinero podríais -volver aquí y vivir como <i>Crallis</i> y todo el <i>Errate</i> de <i>Chim del -Manró</i> doblaría ante vosotros la cabeza. ¿Qué dices, mi <i>caloró</i> de -Londres, qué dices de este plan?</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Me parece muy acertado, madre; -al menos, no faltarán gentes que lo encuentren tal; pero yo soy de -otro <i>chim</i>, ya lo sabes,<span class="pagenum" id="Page_199">[p. -199]</span> y no me siento inclinado a pasar toda mi vida en este -país.</p> - -<p><span class="smcap">La gitana.</span>—Entonces vuelve a tu tierra, -<i>Caloró</i> mío, la <i>chabí</i> puede cruzar el <i>pañí</i><a id="FNanchor_105" -href="#Footnote_105" class="fnanchor">[105]</a>. ¿No puede hacer -negocio en Londres con los otros <i>Caloré</i>? ¿Y por qué no os vais a -la tierra de los <i>Corahai</i>? En tal caso, yo os acompañaría; yo y mi -hija, la madre de la <i>chabí</i>.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Y qué íbamos a hacer en la tierra -de los <i>Corahai</i>? Creo que es un país pobre y salvaje.</p> - -<p><span class="smcap">La gitana.</span>—¡El <i>Caloró</i> de -Londres me pregunta lo que íbamos a hacer en la tierra de los -<i>Corahai</i>! <i>¡Aromali!</i><a id="FNanchor_106" href="#Footnote_106" -class="fnanchor">[106]</a>. Empiezo a creer que estoy hablando -con un <i>lilipendi</i><a id="FNanchor_107" href="#Footnote_107" -class="fnanchor">[107]</a>. ¿Es que no hay allí caballos para -<i>chore</i>? Sí, los hay, y mejores que los de esta tierra, y asnos y -mulas. En la tierra de los <i>Corahai</i> puedes <i>hokkawar</i> y <i>chore</i> -tanto como aquí o en tu tierra, o no eres <i>Caloró</i>. ¿No podéis -uniros a la gente negra que vive en los despoblados? Sí que podéis, -y muy contentos que se pondrían teniendo con ellos unos <i>Errate</i> de -España y de Londres. Tengo setenta años, pero no quiero morirme en -este <i>Chim</i>, sino allá lejos, donde duermen mis dos <i>roms</i>. Llévate -a la <i>chabí</i> a <i>Madrilati</i> a ganar el <i>parné</i>, y cuando lo hayáis -ganado,<span class="pagenum" id="Page_200">[p. 200]</span> vuelve -aquí y daremos un banquete a todos los <i>Busné</i> de Mérida y les echaré -<i>drao</i> en la comida y reventarán como perros... En cuanto hayan -comido, los dejaremos, para ir a la tierra del Moro, mi <i>Caloró</i> de -Londres.</p> - -<p>Durante todo el tiempo que estuve en Mérida, no me moví de casa -de las gitanas, ateniéndome al parecer de Antonio, que me aconsejó -esa conducta como la más conveniente. El tiempo se me hacía un poco -pesado, pues mi única diversión era conversar con las mujeres, y -con Antonio cuando volvía por la noche. En estas <i>tertulias</i>, la -abuela era la oradora principal, y me llenaba de asombro narrándome -maravillosas historias de la tierra del moro, fugas de presidio, -robos y una o dos aventuras de envenenamiento, en las que se había -visto complicada, según me dijo, en su primera juventud.</p> - -<p>Había, a veces, en sus ademanes y modales algo muy singular; en -más de una ocasión observé que, en lo más animado de su charla, se -callaba de pronto, quedábase mirando fijamente al espacio, y extendía -las manos como si quisiera rechazar a un ser invisible; girábanle -horriblemente los ojos en las órbitas, y una vez cayó de espaldas, -con fuertes convulsiones, sin que su hija y su nieta hicieran gran -caso de ello, limitándose a decir que estaba <i>lilí</i> y que pronto -volvería en su acuerdo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_201">[p. 201]</span></p> - -<p>Al anochecer del tercer día, cuando las tres mujeres y yo -estábamos sentados en torno del <i>brasero</i> conversando según -costumbre, entró en la habitación un tipo de miserable aspecto, -envuelto en una capa mugrienta. Fué derecho al sitio donde estábamos, -sacó un cigarro de papel, lo encendió en las ascuas, y, después de -tirarle un par de chupadas, me miró, y dijo:</p> - -<p>—<i>Carracho</i>, ¿quién es este nuevo compañero?</p> - -<p>En el acto comprendí que el recién llegado no era gitano; las -mujeres no dijeron nada, pero oí a la abuela rezongar como un gato -viejo cuando le incomodan. El individuo repitió:</p> - -<p>—<i>Carracho</i>, ¿cómo ha venido aquí este compañero?</p> - -<p>—<i>No le penela chi, min chaboró</i>—me dijo en voz baja la <i>Callee</i> -negra—; <i>sin un balichó de los chineles</i><a id="FNanchor_108" -href="#Footnote_108" class="fnanchor">[108]</a>. Y, volviéndose al -preguntante, continuó en voz alta: Es uno de los nuestros que viene -con matute de Portugal y a ver a sus hermanos de aquí.</p> - -<p>—Entonces me dará algo de tabaco—respondió el individuo—. Supongo -que habrá traído.</p> - -<p>—No tiene tabaco—dijo la <i>Callee</i> negra—. No ha traído más que -hierro viejo. El<span class="pagenum" id="Page_202">[p. 202]</span> -único tabaco que hay en casa es este cigarro; tómalo, te lo fumas, y -te vas.</p> - -<p>Al decir esto, se sacó un cigarro del zapato y se lo ofreció al -<i>alguazil</i>.</p> - -<p>—No me voy—dijo éste guardándose el cigarro—. Tenéis que darme -algo mejor. Hace ya tres meses que no me dais nada. El último regalo -fué un pañuelo inservible; por tanto, o me dais algo que sea bueno, o -vais todos a la <i>cárcel</i>.</p> - -<p>—¡El <i>Busnó</i> quiere prendernos!—dijo la <i>Callee</i> negra—. ¡Ja, ja, -ja!</p> - -<p>—¡El <i>Chinel</i> quiere prendernos!—dijo con fisga la más joven—. -¡Je, je, je!</p> - -<p>—¡El <i>Bengui</i><a id="FNanchor_109" href="#Footnote_109" -class="fnanchor">[109]</a> quiere llevarnos al -<i>estaripel</i>!<a id="FNanchor_110" href="#Footnote_110" -class="fnanchor">[110]</a>—refunfuñó la abuela—. ¡Jo, jo, jo!</p> - -<p>Las tres mujeres se levantaron y dieron muy despacio una vuelta en -torno del alguacil, mirándole fijamente a la cara; el hombre pareció -muy asustado, y pensó en la fuga. De pronto, las dos más jóvenes le -agarraron por las manos, y mientras él forcejeaba para soltarse, la -vieja le decía:</p> - -<p>—Necesitas tabaco, <i>hijo</i>, y vienes a casa de los gitanos -para asustar a las <i>Callees</i> y al <i>Caloró</i> forastero, que no -tienen más <i>plako</i><a id="FNanchor_111" href="#Footnote_111" -class="fnanchor">[111]</a>; la verdad, <i>hijo</i>, no podemos darte -tabaco, y lo siento mucho; pero, en<span class="pagenum" -id="Page_203">[p. 203]</span> cambio, tenemos polvo abundante <i>a tu -servicio</i>.</p> - -<p>Al decir esto, se metió la mano en un bolsillo, y, sacando un -puñado de una especie de polvo de tabaco, se lo arrojó a los ojos al -alguacil; pateaba éste y bramaba, pero las dos <i>Callees</i> le sujetaban -fuertemente. Al fin, consiguió soltarse, y trató de desenvainar -un cuchillo que llevaba en la faja; pero las hembras jóvenes se -arrojaron sobre él como furias, mientras la vieja le sacudía con el -palo en la cara; pronto cedió de buen grado el campo, y se retiró -abandonando el sombrero y la capa, que la <i>chabí</i> recogió y tiró a la -calle detrás de él.</p> - -<p>—Este es un mal asunto—dije yo—. El tipo ese irá, naturalmente, -a buscar a demás de la <i>justicia</i>, y vendrán para meternos en el -<i>estaripel</i>.</p> - -<p>—<i>¡Ca!</i>—dijo la Callee negra mordiéndose la uña del dedo pulgar—. -Tiene más motivos para temernos que nosotras a él. Podemos mandarle -a la <i>filimicha</i>, y, sobre todo, tenemos aquí amigos, muchos, -muchos.</p> - -<p>—Sí—murmuró la vieja—. Las hijas del <i>bají</i> tienen amigos, -mi <i>Caloró</i> de Londres, entre los <i>Busné, baributre, baribú</i><a -id="FNanchor_112" href="#Footnote_112" class="fnanchor">[112]</a>.</p> - -<p>Ninguna otra cosa digna de mención me ocurrió en la casa de los -gitanos. Al día siguiente, Antonio y yo cabalgamos de nuevo. Lo menos -recorrimos trece leguas antes<span class="pagenum" id="Page_204">[p. -204]</span> de llegar a la <i>venta</i>, donde dormimos. Al otro día -madrugamos mucho, porque, según dijo Antonio, teníamos que hacer una -jornada muy larga. «¿Adónde vamos hoy?—pregunté—.» «A Trujillo.»</p> - -<p>Cuando el sol salió, tristemente, entre nubes que amenazaban -lluvia, nos hallábamos en las inmediaciones de una cadena de montañas -que corría a nuestra izquierda, llamada, según me dijo Antonio, -<i>Sierra de San Selvan</i>. El camino atravesaba vastas llanuras, donde -crecían arbustos raquíticos. De vez en cuando veíamos alguna triste -aldea, con su iglesia antigua y destrozada. Casi todo el día estuvo -lloviznando; el polvo de los caminos se hizo barro, y nuestra marcha -fué más penosa. Al atardecer salimos a un yermo sembrado de enormes -peñas y pedruscos. El sitio era muy agreste. A cierta distancia se -elevaba ante nosotros una colina de forma cónica, muy escabrosa, que -parecía ser ni más ni menos que un gigantesco rimero de piedras de -igual clase que las esparcidas por el yermo. La lluvia cesó, pero un -viento muy fuerte se alzó gemebundo a nuestra espalda. Mucho trabajo -me había costado durante todo el viaje marchar al mismo compás que la -mula de Antonio; mi caballo era de paso lento, y no descubrí ni el -menor vestigio del genio que, según el gitano, dormitaba en él. Al -llegar a un sitio bastante despejado, dije:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_205">[p. 205]</span></p> - -<p>—Voy a probar si este caballo tiene alguna de las cualidades que -me has dicho.</p> - -<p>—Está bien—contestó Antonio—; y, arreando a la mula, rápidamente -me dejó atrás.</p> - -<p>Tiré del freno al caballo, por buscarle el genio, y el animal se -detuvo, se puso de manos, y se negó a seguir adelante. «Suéltale -las riendas y tócale con el látigo»—me gritó Antonio—. Así lo hice, -y en el acto el caballo salió al trote, que paulatinamente fué -aumentando en rapidez hasta convertirse en un frenético trote largo; -sus remos recobraron toda su agilidad, y meneaba las manos de un modo -maravilloso. La mula de Antonio, de genio y ligera, trató de seguirle -por un momento; pero, en un abrir y cerrar de ojos, se quedó muy -atrás. Aquel tremendo trote duraba ya una milla, cuando el caballo, -entrando cada vez más en calor, salió de pronto al galope. ¡Viva! -Corríamos más impetuosos y ciegos que una liebre; iba el caballo, -literalmente, <i>ventre à terre</i>, y me costó mucho trabajo guiarle -entre los pedruscos, contra los que nos hubiéramos hecho pedazos los -dos si llega a dar un tropezón en su furiosa carrera.</p> - -<p>Así me llevó hasta el pie del cerro, donde aguardé a que el -gitano me alcanzara. Dejamos a nuestra derecha el cerro, que parecía -inaccesible, y pasamos por una aldehuela mísera. Se puso el sol; la -noche nos envolvió en tinieblas, pero nosotros continuamos<span -class="pagenum" id="Page_206">[p. 206]</span> la marcha casi tres -horas más, hasta que oímos ladrar perros y percibimos dos o tres -luces a lo lejos.</p> - -<p>—Este es Trujillo—dijo Antonio, que llevaba largo rato sin -hablar.</p> - -<p>—Me alegro mucho—contesté—. Estoy muy cansado y dormiré bien en -Trujillo.</p> - -<p>—Eso será si podemos—dijo el gitano, avivando el paso de la -mula.</p> - -<p>No tardamos en entrar en la ciudad, muy triste y oscura. Sin saber -adonde íbamos, seguí los pasos del gitano, que me guió por calles y -plazas lóbregas, donde maullaban los gatos. «Esta es la casa»—dijo al -fin, apeándose ante una humilde choza—. Llamó, y no le contestaron; -volvió a llamar, y tampoco hubo respuesta; sacudió la puerta, y -trató de abrirla, pero estaba cerrada con llave y bien atrancada. -«<i>¡Caramba!</i>—exclamó—. No están; ya me lo temía yo. ¿Qué vamos a -hacer ahora?»</p> - -<p>—En eso no hay gran dificultad. Si tus amigos no están, vámonos a -la <i>posada</i>.</p> - -<p>—No sabes lo que dices—replicó el gitano—. Yo no me atrevo -a ir a la <i>mesuna</i><a id="FNanchor_113" href="#Footnote_113" -class="fnanchor">[113]</a> ni a entrar en más casa de Trujillo -que ésta. Bueno, no hay remedio, seguiremos el viaje, y, entre -nosotros, cuanto antes mejor; a mi <i>planoró</i><a id="FNanchor_114" -href="#Footnote_114" class="fnanchor">[114]</a> le ahorcaron en -Trujillo».</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_207">[p. 207]</span></p> - -<p>Echó <i>yesca</i>, encendió un cigarro, montó en la mula, y anduvimos -por calles y callejuelas tan tristes como las que ya habíamos -atravesado, no tardando en vernos de nuevo fuera de poblado.</p> - -<p>No me hizo mucha gracia la resolución del gitano, lo confieso; -tenía yo muy poca gana de marcharme de Trujillo y aventurarme por -sitios desconocidos, de noche, con lluvia y niebla, porque el viento -se había echado y el agua caía otra vez con fuerza. Estaba, sobre -todo, cansadísimo, y lo que más me apetecía era tumbarme en un -abrigado pesebre y entregarme al sueño arrullado por el agradable -rumor de caballos y mulas comiéndose el pienso. Pero, como viajero -experimentado, me guardé muy bien de disputar con mi guía en tales -circunstancias, y una vez que me había puesto en sus manos, le seguí -sin replicar, pegado a la grupa de su cabalgadura, alumbrados tan -sólo por el fulgor del cigarro del gitano; cuando Antonio escupió la -colilla en un lodazal, quedamos en profundas tinieblas.</p> - -<p>Mucho tiempo caminamos de ese modo: el gitano, en silencio; yo, -callado; y la lluvia, cada vez más densa. Algunas veces me parecía -oír gritos lúgubres, algo así como el silbido de la lechuza. «Hace -una noche poco a propósito para andar por el campo»—dije por fin -a Antonio—. «Así es, hermano—me contestó—. Pero prefiero andar -por<span class="pagenum" id="Page_208">[p. 208]</span> estos sitios -en noches como ésta a verme en el <i>estaripel</i> de Trujillo».</p> - -<p>Otra legua por lo menos llevaríamos andada cuando me pareció -que debíamos de estar cerca de un bosque<a id="FNanchor_115" -href="#Footnote_115" class="fnanchor">[115]</a>, porque de vez -en cuando distinguía grandes troncos de árboles. Súbitamente, -Antonio detuvo la mula. «Hermano—me dijo—, mira hacia la izquierda -y dime si ves una luz; tus ojos ven más que los míos.» Hice como -me ordenaba, y, al pronto, nada vi; pero, adelantándome un poco, -percibí claramente a cierta distancia entre los árboles un fuerte -resplandor. «Lo que veo no puede ser una luz—dije—, sino la llama -de una hoguera.» «Es lo más probable»—respondió Antonio—. «Por -aquí no hay <i>queres</i><a id="FNanchor_116" href="#Footnote_116" -class="fnanchor">[116]</a>; se trata, sin duda, de una hoguera -encendida por <i>durotunes</i><a id="FNanchor_117" href="#Footnote_117" -class="fnanchor">[117]</a>. Vamos a buscarlos, porque, como dices tú, -es lastimoso andar de noche con lluvia y lodo.»</p> - -<p>Nos apeamos, entrándonos por el bosque, guiando con cuidado a -las caballerías por entre los árboles y matorrales. A los cinco -minutos llegamos a una plazoleta, en la que, en el lado opuesto al -de nuestra llegada, ardía una hoguera, y en pie, o sentadas junto -a ella, estaban dos o tres personas; nos<span class="pagenum" -id="Page_209">[p. 209]</span> habían oído acercarnos, y una de ellas -gritó: «<i>¿Quien vive?</i>» «Yo conozco esa voz»—dijo Antonio—; y, -dejándome allí con el caballo, avanzó rápidamente hacia la hoguera. -Al instante oí un <i>¡hola!</i> y una risotada, y, poco después, la voz de -Antonio llamándome. Me acerqué a la hoguera, y encontré a dos mozos -muy atezados y una mujer, como de cuarenta años, aún más negruzca, -sentada en las mantas y enjalmas de las mulas. Vi también un caballo -y dos burros atados a los árboles. Aquello era, en efecto, un vivac -gitano... «Adelante, hermano, y déjate ver—me dijo Antonio—. Estás -entre amigos. Estos son del <i>Errate</i>, los que yo buscaba en Trujillo, -y en cuya casa hubiéramos dormido.»</p> - -<p>—¿Y por qué razón se han marchado de Trujillo y se han venido al -monte a pasar una noche como esta?</p> - -<p>—Por los asuntos de Egipto, hermano; no lo dudes—replicó Antonio—. -Y esos asuntos no nos importan; ¡<i>calla</i> [la] <i>boca</i>! Ha sido una -suerte que los encontremos aquí, porque en otro caso no hubiéramos -tenido cena nosotros ni pienso los caballos.</p> - -<p>—Mi <i>ro</i> está preso en un pueblo que hay ahí—dijo la mujer, -señalando con la mano en una dirección determinada—. Está preso por -<i>choring</i> una <i>mailla</i><a id="FNanchor_118" href="#Footnote_118" -class="fnanchor">[118]</a>. Hemos venido a ver qué podemos hacer por -él; ¿y dónde<span class="pagenum" id="Page_210">[p. 210]</span> -íbamos a alojarnos mejor que en el monte, que no se paga nada? Me -figuro que no será la primera vez que el <i>Caloré</i> ha dormido al pie -de un árbol.</p> - -<p>Uno de los muchachos trajo cebada para las caballerías en un -talego, que colgamos sucesivamente de la cabeza del caballo y -de la mula; en él metieron el hocico los pobres animales, y los -dejamos regalarse hasta que nos pareció que habían saciado el -hambre. Arrimado a la lumbre borbotaba un <i>puchero</i>, medio lleno de -tocino, <i>garbanzos</i> y otras sustancias; vaciáronlo en una escudilla -de madera, y Antonio y yo cenamos. Los otros gitanos se negaron -a acompañarnos, dándonos a entender que habían comido antes que -llegásemos; pero hicieron cumplido honor a la bota de Antonio, que -tuvo la precaución de llenarla antes de salir de Mérida.</p> - -<p>Estaba yo a tales horas completamente rendido de cansancio y de -sueño. Antonio me arrojó una inmensa manta de caballo que llevaba, -con otras varias, debajo del albardón de la mula; me arropé bien, y -me eché en el suelo, con la cabeza apoyada en un lío de ropa, y los -pies todo lo cerca que pude ponerlos de la lumbre.</p> - -<p>Antonio y los otros gitanos se quedaron sentados y hablando -alrededor de la hoguera. Escuché un poco; pero no los entendía -bien, y lo que entendía no me importaba.<span class="pagenum" -id="Page_211">[p. 211]</span> La llovizna continuaba; pero no hice -gran caso de ello, y no tardé en dormirme.</p> - -<p>Estaba saliendo el sol cuando me desperté. Me costó bastante -trabajo ponerme en pie; tenía los miembros entumecidos, y la cabeza -cubierta de escarcha; durante la noche había cesado de llover, y -la helada era bastante fuerte. Miré en torno, y no vi a Antonio -ni a los otros gitanos. Las caballerías de estos últimos habían -desaparecido, y también el caballo que montaba yo; pero la mula de -Antonio permanecía aún atada al árbol. Esta circunstancia disipó -ciertos temores que empezaban a surgir en mi ánimo. «Se habrán ido -a los asuntos de Egipto—me dije—, y no tardarán en volver.» Recogí -como pude los rescoldos de la hoguera, y, amontonando un poco de -leña, pronto se alzó viva llama, a la que arrimé el <i>puchero</i> con los -restos de la cena de la noche pasada. Mucho tiempo estuve esperando a -que volviesen mis compañeros; pero como no asomaban por parte alguna, -me senté y me puse a comer. No había terminado, cuando oí el ruido -de un caballo que se acercaba rápidamente, y, un momento después, -apareció Antonio entre los árboles dando muestras de agitación. -Se tiró del caballo, y al instante se puso a desatar la mula. -«¡Monta, hermano, monta!»—dijo mostrándome el caballo—. «Iba con la -<i>Callee</i> y los <i>chabés</i> al pueblo donde su <i>ro</i> está preso;<span -class="pagenum" id="Page_212">[p. 212]</span> pero el <i>chinobaró</i><a -id="FNanchor_119" href="#Footnote_119" class="fnanchor">[119]</a> -los ha cogido, con las caballerías, y me hubiera echado mano a -mí también; pero metí espuelas al <i>grasti</i>, le solté las riendas -y escapé. Monta, hermano, monta, o en un abrir y cerrar de ojos -tendremos aquí a toda la <i>canaille</i> rústica.»</p> - -<p>Hice como me ordenaba; en seguida salimos al camino del día -anterior, y corrimos por él a toda prisa; el caballo sacó su trote -más veloz, y la mula, con las orejas tiesas, galopaba intrépidamente -a su lado.</p> - -<p>—¿Qué pueblo es aquel que hay allí?—pregunté señalando a un cerro, -cuando llevábamos una hora de camino, y al disponernos a entrar en un -valle profundo.</p> - -<p>—Es Jaraicejo—dijo Antonio—. Un sitio que ha sido siempre malo -para la gente <i>Caló</i>.</p> - -<p>—Pues, si es malo, supongo que no pasaremos por él.</p> - -<p>—No tenemos más remedio que pasar, por varias razones: primera, -porque el camino atraviesa Jaraicejo; y segunda, porque necesitamos -comprar provisiones para nosotros y las bestias; al otro lado de -Jaraicejo hay un <i>despoblado</i> donde no encontraríamos nada.</p> - -<p>Cruzamos el valle, subimos el cerro, y, cuando estábamos cerca del -pueblo, el gitano dijo:</p> - -<p>—Hermano, lo mejor es pasar por el<span class="pagenum" -id="Page_213">[p. 213]</span> pueblo separados. Yo iré delante; -sígueme poco a poco, y, una vez en Jaraicejo, compras pan y cebada; -tú no tienes nada que temer. En el <i>despoblado</i> te espero.</p> - -<p>Sin aguardar mi respuesta arrancó presuroso, y no tardé en -perderle de vista. Seguí mi camino muy despacio, y entré en el -pueblo, asaz viejo y ruinoso; apenas tenía más que una calle, y al -avanzar por ella, vino a mí corriendo un hombre con una sucia gorra -de cuartel en la cabeza y un fusil en la mano.</p> - -<p>—¿Quién es usted?—me dijo en tono algo desapacible—. ¿De dónde -viene usted?</p> - -<p>—Vengo de Badajoz y Trujillo—respondí—. ¿Por qué me lo pregunta -usted?</p> - -<p>—Soy de la guardia nacional—contestó el hombre—, y estoy encargado -de vigilar a los forasteros; me han dicho que un gitano acaba de -pasar a caballo por el pueblo; su suerte ha sido que en aquel momento -había entrado yo en mi casa. ¿Viene usted con él?</p> - -<p>—¿Tengo yo aspecto de viajar en compañía de gitanos?</p> - -<p>El nacional me miró de pies a cabeza, y luego me clavó los ojos -en el rostro, con una expresión que parecía querer decir: «Sí, -señor; bastante.» Realmente, mi atavío no era muy a propósito para -disponer a la gente en mi favor. Llevaba un sombrero andaluz muy -viejo, que, por su estado, parecía como si le hubiesen pisoteado; una -capa mugrienta,<span class="pagenum" id="Page_214">[p. 214]</span> -que acaso había servido a doce generaciones, me cubría el cuerpo; -lo demás de mi atuendo no era de mejor calidad, y todo lo que de -él parecía estaba manchado de barro, y de barro llevaba también -salpicado el rostro, sombreado además por una barba de ocho días.</p> - -<p>—¿Tiene usted pasaporte?—me preguntó al fin el nacional.</p> - -<p>Recordé haber leído que el mejor modo de conquistar la voluntad -de un español es tratarle con ceremoniosa cortesía. Eché, pues, pie -a tierra, y, quitándome el sombrero, hice una profunda reverencia al -soldado constitucional, diciéndole:</p> - -<p>—<i>Señor nacional</i>, ha de saber usted que yo soy un caballero -inglés que viaja por su gusto. Tengo pasaporte, y, en cuanto usted -lo examine, verá que se halla perfectamente en regla; está expedido -por el gran Lord Palmerston, ministro de Inglaterra, de quien -naturalmente habrá usted oído hablar; al pie del pasaporte está -su firma manuscrita; véala y regocíjese, porque acaso no vuelva a -presentársele a usted otra ocasión de verla. Como yo tengo ilimitada -confianza en el honor de todos los caballeros, dejaré el pasaporte en -manos de usted mientras voy a comer a la posada. Cuando le haya usted -revisado, será usted seguramente tan amable que vaya a devolvérmelo. -Caballero, beso a usted la mano.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_215">[p. 215]</span></p> - -<p>Le hice una nueva reverencia, que él me pagó con otra más profunda -todavía, y, mientras miraba tan pronto al pasaporte como a mi -persona, me fuí a la <i>posada</i>, guiado por un mendigo que hallé al -paso.</p> - -<p>Di un pienso al caballo y me proveí de pan y de cebada, como -el gitano me aconsejó; compré también tres hermosas perdices a un -cazador que estaba bebiendo vino en la <i>posada</i>. Quedó muy contento -con el precio que le pagué, y me invitó a tomar una <i>copita</i>; acepté, -y hablando estábamos, sentados a la mesa, cuando llegó el nacional -con mi pasaporte en la mano, sentándose a nuestro lado.</p> - -<p><span class="smcap">Nacional.</span>—<i>¡Caballero!</i> Le devuelvo a -usted el pasaporte; está completamente en regla. Me alegro mucho de -haberle conocido, y espero que me dará usted ciertas noticias acerca -de la guerra.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Tendré mucho gusto en dar a un -caballero tan cortés y tan honrado como usted todas las noticias que -sepa.</p> - -<p><span class="smcap">Nacional.</span>—¿Qué hace Inglaterra? ¿Va, -al fin, a prestar ayuda a mi país? Si ella quisiera, podía acabar la -guerra en tres meses.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—No se preocupe, <i>señor nacional</i>. -La guerra se acabará, sin duda ninguna. ¿Ha oído usted hablar de la -legión inglesa que milord Palmerston ha enviado a España? Pues deje -usted el asunto en sus manos, y no tardará en ver los resultados.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_216">[p. 216]</span></p> - -<p><span class="smcap">Nacional.</span>—Me parece a mí que ese -<i>Caballero</i> Balmerson debe de ser un hombre muy cabal.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Eso no tiene duda.</p> - -<p><span class="smcap">Nacional.</span>—He oído decir que es un gran -general.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Tampoco eso tiene duda. En algunas -cosas ni Napoleón ni El Serrador pueden medirse con él. <i>Es mucho -hombre.</i></p> - -<p><span class="smcap">Nacional.</span>—Me agrada oírlo. ¿Vendrá a -mandar la legión en persona?</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Creo que no; pero ha enviado para -mandarla a un amigo suyo que pasa por ser casi tan versado en cosas -militares como él.</p> - -<p><span class="smcap">Nacional.</span>—Mucho me complace oírlo. Veo -que la guerra acabará pronto. <i>Caballero</i>, le agradezco su cortesía -y las noticias que me ha dado. Le deseo un viaje feliz. Confieso -que me sorprende ver a un caballero de su país de usted viajar solo -y de esa manera por estas regiones. Los caminos están muy poco -seguros, y han ocurrido, no hace mucho, varios accidentes y más de -dos muertes en las cercanías. El <i>despoblado</i> tiene malísima fama; -vaya usted prevenido, <i>Caballero</i>. Siento que el gitano ese haya -podido pasar; si se le encuentra usted, al menor gesto sospechoso -péguele un tiro o atraviésele sin vacilar; es un ladrón muy conocido, -<i>contrabandista</i> y asesino; más muertes ha hecho que dedos tiene en -las manos. <i>Caballero</i>, si usted me lo permite, le proporcio<span -class="pagenum" id="Page_217">[p. 217]</span>naremos una escolta -hasta la bajada del puerto. ¿No quiere usted? Entonces, ¡adiós! -Un momento: antes de marcharme, deseo ver de nuevo la firma del -<i>Caballero</i> Balmerson.</p> - -<p>Otra vez le mostré la firma, que estuvo contemplando con profunda -reverencia, y hasta le hizo un rápido saludo con la gorra. Después, -nos dimos un abrazo y nos separamos.</p> - -<p>Monté a caballo y guié hacia el despoblado, marchando, al -principio, muy despacio. Pero, en cuanto me vi en el campo, puse el -caballo al trote largo, y, durante cierto tiempo, anduve con tremendo -compás, esperando alcanzar al gitano de un momento a otro; sin -embargo, no le veía por ninguna parte, ni me encontré a un solo ser -humano. El camino, angosto y arenoso, serpenteaba entre las espesas -retamas y chaparros que cubrían el <i>despoblado</i>, tan altos, a veces, -como un hombre. Al fondo, en la dirección que yo llevaba, había un -cerro alto y desnudo. El despoblado tenía lo menos tres leguas; -lo atravesé casi todo, acercándome ya al pie del cerro, y, cuando -empezaba a sentirme muy intranquilo, pensando que acaso me había -dejado atrás al gitano, metido entre los chaparros, oí súbitamente un -<i>¡Hola!</i> muy conocido, y vi aparecer en medio de unas matas de retama -una cabeza ruda y atezada, y unos ojos que me miraban con fijeza.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_218">[p. 218]</span></p> - -<p>—Mucho has tardado, hermano—me dijo—. Casi he creído que me habías -engañado.</p> - -<p>Me rogó que me apease, y llevó el caballo detrás de un espesar, -donde estaba la mula atada a una estaquilla. Entregué a Antonio el -pan y la cebada, y le referí lo sucedido con el nacional.</p> - -<p>—Quisiera tenerle aquí—exclamó el gitano al oír los epítetos que -el otro le había prodigado—para que mi <i>chulí</i><a id="FNanchor_120" -href="#Footnote_120" class="fnanchor">[120]</a> y su <i>carló</i><a -id="FNanchor_121" href="#Footnote_121" class="fnanchor">[121]</a> se -conociesen mejor.</p> - -<p>—¿Y qué haces aquí, en este desierto, entre estas matas?</p> - -<p>—Estoy esperando un emisario que ha de venir de muy lejos, y hasta -que pase no puedo seguir adelante ni retroceder. Estoy aquí por los -asuntos de Egipto, hermano.</p> - -<p>Como esta era la expresión que invariablemente empleaba para -esquivar mis preguntas, guardé silencio. Dimos pienso a los animales, -y luego hicimos nosotros una frugal colación de pan y vino.</p> - -<p>—¿Por qué no guisamos esas perdices?—pregunté—. Aquí hay de sobra -con qué encender lumbre.</p> - -<p>—El humo podría descubrirnos, hermano—dijo Antonio—. Me interesa -estar<span class="pagenum" id="Page_219">[p. 219]</span> <i>escondido</i> -aquí hasta que llegue el emisario.</p> - -<p>Era ya muy entrada la tarde. El gitano, echado detrás de un -matorral, se levantaba a veces para mirar afanosamente a la -colina que teníamos delante; al cabo, lanzando una exclamación de -contrariedad y de impaciencia, se dejó caer al suelo, y en él estuvo -tendido mucho rato, absorto, al parecer, en sus reflexiones; por -último, levantó la cabeza y me miró a la cara.</p> - -<p><span class="smcap">Antonio.</span>—Hermano, no puedo adivinar -asuntos que te traen a esta tierra.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Quizás los mismos que te traen a -este despoblado; asuntos de Egipto.</p> - -<p><span class="smcap">Antonio.</span>—No tal, hermano. Es verdad que -hablas la lengua de Egipto; pero ni tus maneras ni tus palabras son -las de un <i>Caló</i> ni de un <i>Busné</i>.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿No me oíste hablar en los <i>foros</i> -acerca de Dios y <i>Tebleque</i>?<a id="FNanchor_122" href="#Footnote_122" -class="fnanchor">[122]</a> He venido a tierras de España para -explicar la palabra divina a los <i>Calés</i> y a los gentiles.</p> - -<p><span class="smcap">Antonio.</span>—¿Y quién te envía con esa -misión?</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—No me entenderías aunque te lo -dijese. Has de saber, sin embargo, que muchas gentes de países -extranjeros lamentan las tinieblas en que yace España, y las -crueldades, robos y muertes que la afean.</p> - -<p><span class="smcap">Antonio.</span>—Esas gentes, ¿son <i>Caloré</i> o -<i>Busné</i>?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_220">[p. 220]</span></p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Qué más da? Los <i>Caloré</i> y los -<i>Busné</i> son hijos del mismo Dios.</p> - -<p><span class="smcap">Antonio.</span>—Mientes, hermano; ni vienen -del mismo padre ni son del mismo <i>Errate</i>. Hablas de robos, -crueldades y muertes; pero es que hay demasiados <i>Busné</i>, hermano; si -no hubiera <i>Busné</i>, no habría ni robos ni muertes. Los <i>Caloré</i> no -se roban ni se matan unos a otros; los <i>Busné</i>, sí; ni son crueles -con los animales, porque su ley se lo prohibe. Un día, siendo yo -chico, pegué a una <i>burra</i>; pero mi padre me sujetó la mano, y, -reprendiéndome, dijo: «¡No hagas daño a ese animal, porque dentro de -él está el alma de tu propia hermana!»</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Es posible que creas en una -doctrina tan bárbara, Antonio?</p> - -<p><span class="smcap">Antonio.</span>—A veces, sí; a veces, no. -Algunos hay que no creen en nada, ni siquiera en que viven. Hace -mucho tiempo, conocí yo a un <i>Caloré</i> viejo, muy viejo, tenía más -de cien años, y una vez le oí decir que todo lo que creemos ver es -mentira; que no hay mundo, ni hombres, ni mujeres, ni caballos, -ni mulas, ni olivos. Pero ¿adónde vamos a parar por este camino? -Te he preguntado por qué vienes a este país, y me dices que por -la gloria de Dios y <i>Tebleque</i>. <i>¡Disparate!</i> Eso se lo cuentas -a los <i>Busné</i>. No hay duda que tendrás muy buenas razones para -venir aquí, porque, en otro caso, no habrías venido. Algunos dicen -que eres un espía de<span class="pagenum" id="Page_221">[p. -221]</span> los <i>Londoné</i><a id="FNanchor_123" href="#Footnote_123" -class="fnanchor">[123]</a>. Tal vez; pero no me importa. Levántate, y -dime, hermano, si ves a alguien bajar del puerto.</p> - -<p>—Veo una cosa a lo lejos—repliqué—como una mancha en la vertiente -del cerro.</p> - -<p>El gitano se puso en pie, y ambos miramos con atención, pero la -distancia no nos permitió al principio ver claramente si aquel objeto -se movía o no. Un cuarto de hora después se disiparon nuestras dudas, -porque el objeto que observábamos había llegado al pie del cerro y -columbramos una persona montada en un animal, cuya especie aún no -pudimos reconocer.</p> - -<p>—Es una mujer—dije yo al cabo—montada en un asno rucio.</p> - -<p>—Entonces es mi emisario—dijo Antonio—; no puede ser otro.</p> - -<p>La mujer y el burro llegaron al llano, y por un rato -desaparecieron a nuestra vista entre las leñas y malezas del -monte. No tardaron en aparecer a una distancia como de cien varas. -El burro era un hermoso animal, de pelo gris plateado, que venía -retozando, moviendo el rabo, y con paso tan ligero que parecía no -tocar el suelo con las patas. En cuanto nos vió, se paró en seco, -dió media vuelta, e intentó marcharse por donde había venido; -pero al sentirse dominado, se puso de manos, y hubiera concluído -por<span class="pagenum" id="Page_222">[p. 222]</span> tirar al -suelo a la mujer, si ella misma no se apea con ligereza. La mujer -traía el cuerpo enteramente envuelto en los amplios vuelos de una -capa de hombre. Corrí a prestarle ayuda, cuando, al volver hacia mí -su rostro, reconocí en el acto las finas y correctas facciones de -Antonia, hija de mi guía, a quien yo había visto en Badajoz. Sin -dirigirme la palabra, se acercó a su padre y le dijo en voz baja algo -que no pude percibir. Antonio se echó atrás, con un estremecimiento, -y vociferó: «¡Todos!» «Sí», respondió ella en voz más alta, -repitiendo probablemente las palabras que antes no pude cazar: «A -todos los han cogido.»</p> - -<p>El gitano se quedó consternado, al parecer; y como yo no tenía -ninguna gana de asistir a una conversación que, probablemente, iba -a versar sobre los asuntos de Egipto, me aparté de allí, metiéndome -entre los matorrales. Estuve solo un buen rato; a veces llegaban -hasta mí exclamaciones y juramentos. A la media hora volví; los -gitanos se habían salido del camino, y estaban sentados en el suelo, -detrás de las mismas retamas que ocultaban a las caballerías. Torvo -el semblante, el gitano empuñaba un cuchillo desnudo, y de vez en -cuando clavábalo en la tierra, exclamando: ¡Todos! ¡Todos!</p> - -<p>—Hermano—dijo al fin—no puedo ir ya más lejos contigo; el asunto -que me<span class="pagenum" id="Page_223">[p. 223]</span> llevaba a -<i>Castumba</i> está ya arreglado. Desde ahora viajarás solo y entregado a -tu <i>bají</i>.</p> - -<p>—Confío en <i>Undevel</i><a id="FNanchor_124" href="#Footnote_124" -class="fnanchor">[124]</a>—contesté—que escribió mi destino mucho -tiempo ha. Pero, ¿cómo voy a arreglarme sin caballo? Porque, sin -duda, tu necesitarás el tuyo.</p> - -<p>El gitano pareció reflexionar.</p> - -<p>—Es verdad, necesito el caballo, hermano—me dijo—y también el -<i>macho</i>, pero como no vas a ir en <i>pindré</i><a id="FNanchor_125" -href="#Footnote_125" class="fnanchor">[125]</a>, le compras a Antonia -la <i>burra</i> que yo le di cuando la envié a esta expedición.</p> - -<p>—Me parece que la <i>burra</i> está sin domar y resabiada.</p> - -<p>—Así es, hermano, y por eso la compré; las caballerías resabiadas -y mal domadas suelen tener muy buenos pies. Tu eres <i>Caló</i>, hermano, -y podrás montarla. Así que, le das a mi hija Antonia un <i>baria</i><a -id="FNanchor_126" href="#Footnote_126" class="fnanchor">[126]</a> de -oro por la <i>burra</i>, y si te parece conveniente, véndela en Talavera -o en Madrid, porque las <i>bestias</i> extremeñas son muy apreciadas en -<i>Castumba</i>.</p> - -<p>Menos de una hora después, iba yo por la otra vertiente del -puerto, montado en la <i>burra</i> cerril.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_224">[Pg 224]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XI</h2> - <p class="subhang"> - El puerto de Mirabete.— Lobos y pastores.— La sutileza de las - hembras.— Muerto por los lobos.— Se aclara el misterio.— Las - montañas.— La hora tenebrosa.— Un viajero nocturno.— Abarbanel.— Los - tesoros ocultos.— El poder del oro.— El arzobispo.— Llegada a Madrid. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">B</span><span class="smcap">ajaba</span> -yo del puerto de Mirabete pensando a ratos en el propósito que me -había llevado a España, y admirando otros uno de los más hermosos -panoramas del mundo. Ante mí se extendían inmensas planicies -limitadas en la lejanía por montañas gigantescas, y a mis pies -serpenteaba entre márgenes escarpadas la vena angosta y profunda -del Tajo. El sol poniente doraba el paisaje. El día, aunque frío y -ventoso, era despejado, brillante. En una hora llegué al río por -junto a los restos de un magnífico puente volado en la guerra de la -Independencia, y no reconstruído.</p> - -<p>Crucé el Tajo en una barca; el paso fué un poco difícil por la -rapidez de la corriente, engrosada con las últimas lluvias.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_225">[p. 225]</span></p> - -<p>—¿Estoy ya en Castilla la Nueva?—pregunté al barquero al llegar a -la otra orilla.</p> - -<p>—La <i>raya</i> está a unas cuantas leguas de aquí—contestó—. Usted -parece extranjero. ¿De dónde viene usted?</p> - -<p>—De Inglaterra.</p> - -<p>Y sin aguardar otra respuesta, monté en la <i>burra</i> y seguí mi -camino. La <i>burra</i> meneó los remos con presteza, y poco después de -cerrar la noche llegué a una aldea distante unas dos leguas de la -orilla del río.</p> - -<p>Me alojé en una <i>venta</i>. Ardía en la cocina una buena fogata, en -la que se quemaba un tronco de olivo casi entero. Allí me senté, y me -entretuve en examinar la diversa catadura de los presentes. Había un -cazador con su <i>escopeta</i>; un par de pastores, con enormes perros, de -los famosos de Extremadura; un soldado licenciado que volvía de la -guerra, y un mendigo, que después de pedir una limosna por las siete -llagas de <i>María Santísima</i>, se sentó con nosotros y se instaló muy -a sus anchas. La ventera era una mujer activa y servicial, que se -ocupó en aderezarme la cena, consistente en las perdices compradas -en Jaraicejo, que el gitano, al despedirse de mí, me aconsejó que me -llevara. Mientras las guisaban estuve al amor de la lumbre oyendo la -conversación de aquella gente.</p> - -<p>—Más quisiera ser lobo—dijo uno de los pastores—u otra cosa -cualquiera, que<span class="pagenum" id="Page_226">[p. 226]</span> -pastor. Bonita vida la nuestra, siempre en el <i>campo</i>, entre -<i>carrascales</i>, pasando frío y hambre por una <i>peseta</i> diaria. Un lobo -se da mejor vida y es más temido que un mísero pastor.</p> - -<p>—Pero muchas veces—dije yo—lo pasa muy mal, y cuando los pastores -y perros caen sobre él, paga con la cabeza todas sus hazañas.</p> - -<p>—Eso ocurre muy pocas veces, señor viajero—dijo el pastor—. El -lobo acecha las ocasiones, y es muy raro que se meta en un mal paso. -Y lo que es atacarle, crea usted que es muy poco agradable. Tiene -garras y dientes, y al hombre o al perro que los prueban una vez, -les quedan muy pocas ganas de ponerse nuevamente a su alcance. Estos -perros míos se atreverían, uno a uno, con un oso, aunque es un animal -mucho más fuerte, y en cambio los he visto yo huír del lobo, a pesar -de que los azuzábamos.</p> - -<p>—El lobo es muy peligroso, y, además, muy astuto. Sabe más que -nadie y conoce el punto vulnerable de cada animal. Vea usted, -pongo por caso, cómo ataca a los terneros: saltándoles al cuello y -desgarrándoles las venas con uñas y dientes. Pero ¿ataca así a un -caballo? Me figuro que no.</p> - -<p>—En efecto—dijo el otro pastor—sabe muy bien lo que hace, y a -los caballos se les sube de un brinco en las ancas y desjarreta en -seguida. ¡Qué miedo siente<span class="pagenum" id="Page_227">[p. -227]</span> un caballo al pasar cerca de la madriguera del lobo! Mi -amo iba el otro día al <i>despoblado</i> por lo alto del puerto, en el -trotón andaluz, que le ha costado quinientos duros; de pronto, el -caballo se paró y se puso a sudar y a temblar como una mujer a pique -de desmayarse. Mi amo no podía adivinar el motivo, hasta que oyó unos -gruñidos entre las matas; disparó la escopeta y espantó a los lobos, -que salieron huyendo; pero me ha dicho que al caballo aún no se le ha -pasado el susto.</p> - -<p>—Sin embargo, las yeguas saben, cuando llega el caso, chasquear -al lobo—replicó su compañero—. Las yeguas, como todas las hembras, -son muy astutas y maliciosas. Si están, pongo por caso, pastando en -el <i>campo</i> con sus crías, y se da la señal de que viene el lobo, se -asustan y corren un poco, pero al momento se reunen y se forman en -corro, poniendo dentro a los potros. Llega el lobo, esperando darse -un banquete de carne de caballo, pero se lleva chasco; las yeguas son -tan listas como él. Todas le hacen cara, esconden la grupa, y cuando -el lobo se pone a dar vueltas trotando y aullando alrededor del -corro, se alzan de manos dispuestas a aplastarlo contra el suelo, en -cuanto intente hacerles, a ellas o a su <i>cría</i>, el menor daño.</p> - -<p>—Peor que el lobo—dijo el soldado—es la loba; porque como ha -dicho muy bien<span class="pagenum" id="Page_228">[p. 228]</span> -el <i>señor pastor</i>, las hembras tienen más malicia que los machos. -Es cosa sorprendente ver a una de esas diablas dirigir una manada -de machos. Van tras ella, repitiendo todo lo que hace; parecen -embrujados y no tienen más remedio que imitarla. Una vez viajaba -yo con un compañero por las montañas de Galicia, cuando de pronto -oímos un aullido. «Son los lobos—dijo mi compañero—. Echémonos -fuera del camino.» Así lo hicimos, y remontamos un poco la falda -del cerro, hasta llegar a una explanada plantada de vides, como -se usa en Galicia. A poco apareció una loba muy grande, de pelo -gris, <i>deshonesta</i>, guiando a dentelladas y gruñidos una manada de -demonios que la seguían muy pegados a ella, con el rabo enhiesto -y los ojos como brasas. ¿Qué creerán ustedes que hizo el maldito -animal? En lugar de seguir por el camino, echó hacia donde nosotros -estábamos, y como ya no había remedio, nos estuvimos quietos y en -silencio. Yo estaba el primero, y la loba me pasó tan cerca, que -me rozó con el pelo las piernas; no me hizo caso, sin embargo, y -siguió adelante, sin mirar a derecha ni izquierda, y todos los demás -lobos pasaron trotando junto a mí, sin hacerme el menor daño y sin -mirarme siquiera. No puedo decir lo mismo de mi pobre compañero, que -estaba un poco más lejos, y, a mi parecer, no tan en la dirección -de los<span class="pagenum" id="Page_229">[p. 229]</span> lobos -como yo. Después de pasar muy cerca de él, bruscamente la loba dió -media vuelta y le mordió. Nunca olvidaré lo que ocurrió luego; en un -instante doce lobos se arrojaron sobre él y le despedazaron, aullando -de un modo horrible. En un santiamén le devoraron, y sólo quedó de él -la calavera y unos cuantos huesos; después, los lobos se fueron como -habían venido. Tengo motivo para agradecer a mi señora la loba, que -hiciese menos caso de mí que de mi compañero.</p> - -<p>Oyendo esta y otras conversaciones por el estilo, me adormilé al -amor de la lumbre, y así estuve gran rato, hasta que me despertó una -voz que decía muy alto: «Los han cogido a todos». Eran las mismas -palabras que tanta confusión produjeron a Antonio el gitano cuando -se las oyó a su hija en el despoblado. Miré en torno mío, y vi que -seguían allí los mismos individuos a cuya conversación asistí antes -de amodorrarme; pero ahora el orador era el mendigo, y hablaba con -mucho calor.</p> - -<p>—Dispense usted, <i>caballero</i>—dije yo—, pero no he oído lo que ha -dicho usted al principio. ¿Quiénes son esos que han cogido?</p> - -<p>—Una cuadrilla de malditos <i>gitanos</i>, <i>caballero</i>—replicó el -mendigo, devolviéndome el título que yo cortésmente le había dado—. -Más de quince días han tenido<span class="pagenum" id="Page_230">[p. -230]</span> infestada la raya de Castilla, y han robado y matado -a muchos señores viajeros como usted. Parece que la <i>canaille</i> -gitana trata de aprovechar los disturbios de estos tiempos, y se ha -constituído en facción. Dicen que a esa cuadrilla iban a juntársele -muchos de sus hermanos de raza, y lo creo, porque todos los gitanos -son ladrones; pero, gracias a Dios, han acabado con ellos antes de -que llegaran a ser demasiado temibles. Yo mismo los he visto llevar a -la cárcel de... ¡Gracias a Dios! <i>Todos están presos.</i></p> - -<p>—Está aclarado el misterio—me dije, y me puse a despachar la cena, -ya servida.</p> - -<p>La jornada siguiente me llevó a una ciudad de cierta importancia, -la primera entrando en Castilla la Nueva por aquella parte, cuyo -nombre he olvidado<a id="FNanchor_127" href="#Footnote_127" -class="fnanchor">[127]</a>. Pasé la noche, como de costumbre, en la -misma cuadra que mi <i>caballería</i>, echado cerca de ella en el pesebre. -Como viajaba en borrico, juzgué necesario contentarme con un lecho -proporcionado a mis medios de locomoción, para no suscitar en la -gente con quien trababa, la sospecha, viéndome demasiado exigente o -delicado, de que yo fuese hombre más principal de lo que mi atavío y -equipaje permitían suponer. Me levanté antes del alba y continué mi -camino, esperando<span class="pagenum" id="Page_231">[p. 231]</span> -llegar con luz del sol a Talavera, de la que me separaban, según me -dijeron, diez leguas. El camino seguía una planicie ininterrumpida, -plantada casi toda de olivares. A pocas leguas de distancia por la -izquierda, se alzaban las grandes montañas que ya he mencionado. -Corrían hacia el Este, formando una cordillera al parecer -interminable, paralela al camino; las cumbres y vertientes estaban -cubiertas de nieve deslumbradora, barrida por el viento que llegaba -hasta mí, a través de la vasta y melancólica planicie, en ráfagas -cruelmente frías.</p> - -<p>—¿Qué montañas son esas?—pregunté a un barbero-sangrador, que, -montado en una <i>burra</i> del mismo pelo que la mía, emparejó conmigo -a eso del mediodía, y me acompañó durante unas cuantas leguas—. «Se -llaman de diverso modo, <i>caballero</i>—respondió el barbero—, según los -nombres de los lugares inmediatos. Aquellas de allá lejos son la -serranía de Plasencia; las que hay frente a Madrid son las montañas -de Guadarrama, por un río de este nombre que en ellas nace. La -cordillera es muy grande, <i>caballero</i>, y separa los dos reinos; del -lado de allá está Castilla la Vieja. Son magníficas estas montañas, -y aunque nos mandan muchísimo frío, a mí me agrada contemplarlas, -cosa que no es de extrañar, pues he nacido en ellas, aunque ahora, -por mis pecados, vivo en un pueblo del llano. No hay en toda España -cordillera<span class="pagenum" id="Page_232">[p. 232]</span> como -ésta, <i>caballero</i>; tiene sus secretos, sus misterios. Muchas cosas -singulares se cuentan de esas montañas y de lo que ocultan en sus -profundos escondrijos, porque ha de saber usted que la cordillera -es muy ancha, y se puede andar por ella días y días sin llegar a -<i>término</i>. Muchos se han perdido en ella y no ha vuelto a saberse -nada de su paradero. Entre otras rarezas, cuentan que en ciertos -sitios hay profundas lagunas habitadas por monstruos, tales como -serpientes corpulentas, más largas que un pino, y caballos de -agua que a veces salen de allí y cometen mil estropicios. Es cosa -averiguada que, allá lejos, hacia el Oeste, en el corazón de la -montaña, hay un valle maravilloso, tan estrecho, que en él sólo -se le ve la cara al sol en pleno mediodía. Este valle permaneció -desconocido durante miles de años; nadie soñaba su existencia. -Pero, al cabo, hace mucho tiempo, unos cazadores entraron en él -casualmente, y, ¿sabe usted lo que encontraron, <i>caballero</i>? -Encontraron una pequeña nación o tribu de gente desconocida, que -hablaba una lengua ignorada y que acaso vivía allí desde la creación -del mundo sin tratarse con las otras criaturas humanas, y sin saber -de la existencia de otros seres cerca de ellos. <i>Caballero</i>, ¿no ha -oído usted hablar nunca del valle de las Batuecas? Se han escrito -muchos libros acerca de este valle y de sus habitantes. A mí me -enorgullecen<span class="pagenum" id="Page_233">[p. 233]</span> esas -montañas, <i>caballero</i>; si yo fuera hombre independiente, sin mujer y -sin hijos, compraría una <i>burra</i> como la de usted—excelente, por lo -que veo, y mucho mejor que la mía—y me iría a recorrer esas montañas -hasta descubrir todos sus misterios y haber visto las maravillas que -contienen.»</p> - -<p>No cesé en todo el día de avivar el paso de la burra, y sólo me -detuve una vez para echarle un pienso; pero, aunque el animalito -se portó muy bien, llegó la noche y aún faltaban dos leguas hasta -Talavera. Al ponerse el sol arreció el frío; me arropé lo mejor -posible con la capa vieja del gitano, que aun traía conmigo; pero -resultó escasa defensa contra la inclemente noche. El camino, -siempre por terreno llano, estaba medio borrado, y en la oscuridad -era a veces difícil encontrarlo, sobre todo por los muchos atajos y -veredas que lo cruzaban. Seguí adelante, empero, como pude, y cuando -dudaba de la dirección que debía tomar, me abandonaba al instinto -de mi cabalgadura. Salió al fin la luna, y a su débil luz distinguí -de pronto un bulto que se movía a muy corta distancia delante de -mí. Aligeré el paso de la <i>burra</i>, y no tardé en ponerme a su lado. -El bulto continuó sin alterar su marcha un momento ni mirar. La -silueta era de hombre, el más alto y corpulento que hasta entonces -había yo encontrado en España, vestido también de un modo<span -class="pagenum" id="Page_234">[p. 234]</span> desusado en el país. -Llevaba un sombrero bajo de copa y ancho de alas, muy semejante al -de los carreteros ingleses; envolvíase el cuerpo en una especie de -túnica larga y suelta, de cutí ordinario, abierta por delante, lo -que permitía ver, en ocasiones, el resto de su traje, compuesto -de un jubón y unos calzones de pana. Como he dicho, el ala de su -sombrero era ancha; pero, aun siéndolo, no bastaba para cubrir un -inmenso matorral de pelo negro como el carbón, espeso y rizado, que -se desbordaba por todos lados. Colgadas del hombro izquierdo llevaba -unas alforjas, y en la mano derecha una pértiga.</p> - -<p>Había algo extraño en todo su continente; pero lo más chocante era -la tranquilidad con que seguía andando sin ocuparse de mí, aunque, -naturalmente, se daba cuenta de mi proximidad; miraba con fijeza al -camino delante de sí, salvo cuando alzaba su ancha faz y clavaba sus -grandes ojos en la luna, que ya brillaba con fuerza en el cielo.</p> - -<p>—Está fría la noche—díjele al fin—. ¿Es este el camino de -Talavera?</p> - -<p>—Este es el camino de Talavera, y la noche está fría.</p> - -<p>—Yo voy a Talavera—añadí—; supongo que usted también.</p> - -<p>—Allí voy yo; usted también va, <i>bueno</i>.</p> - -<p>La entonación con que pronunció estas<span class="pagenum" -id="Page_235">[p. 235]</span> palabras era, en su línea, tan extraña -y singular, como el aspecto del hombre que las decía; no era -exactamente la de una voz española, y, sin embargo, había algo en -ellas que a duras penas podía ser extranjero; la pronunciación era -también correcta, y el lenguaje, aunque insólito, sin faltas. Me -chocó, sobre todo, la manera como había dicho la palabra <i>bueno</i>; -algo parecido había oído yo en otra ocasión, pero no podía recordar -cuándo ni dónde. Hubo una pausa. El desconocido andaba con paso -arrogante y con perfecta indiferencia; al parecer estaba dispuesto a -no buscar ni esquivar la conversación.</p> - -<p>—¿No le da a usted miedo viajar por estos caminos, de noche?—le -pregunté—. Dicen que están llenos de ladrones.</p> - -<p>—¿Y no le debía dar a usted más miedo viajar por estos caminos, -de noche? ¿A usted, que desconoce el país? ¿A usted que es un -extranjero, un inglés?</p> - -<p>—¿Cómo sabe usted que soy inglés?—pregunté lleno de sorpresa.</p> - -<p>—No es cosa difícil; se lo he conocido en el acento.</p> - -<p>—Ya que habla usted de eso—dije yo—, ¿y si su acento me -descubriese también quién es usted?</p> - -<p>—No puede ser—replicó mi compañero—; usted no sabe nada de mí, ni -puede saberlo.</p> - -<p>—No lo diga usted con tanta seguridad,<span class="pagenum" -id="Page_236">[p. 236]</span> amigo mío; yo estoy enterado de muchas -más cosas de las que usted se figura.</p> - -<p>—<i>¿Por ejemplo?</i>—dijo el desconocido.</p> - -<p>—Por ejemplo—repliqué—; usted habla dos idiomas.</p> - -<p>El hombre anduvo un poco en actitud reflexiva, y luego dijo en voz -baja: <i>Bueno</i>.</p> - -<p>—Usted tiene dos nombres—continué—: uno, para el interior de su -casa, y otro, para la calle. Ambos son buenos; pero el del hogar es -el que usted más quiere de los dos.</p> - -<p>Anduvo otros cuantos pasos en la misma actitud que antes; de -pronto, se volvió, y tomando nuevamente las riendas de la <i>burra</i>, la -detuvo. Entonces contemplé de lleno su rostro y toda su persona; aún -se me aparecen a veces en sueños sus formas hercúleas y sus facciones -desmesuradas. Le vi plantado ante mí, bañado por la luz de la luna, -mirándome a la cara con sus profundos y tranquilos ojos. Al cabo me -dijo: «¿Es usted uno de los nuestros?»</p> - -<p class="tb"> -* -* -* -* -*</p> - -<p>Era ya muy entrada la noche cuando llegamos a Talavera. Fuimos -a una casona lóbrega, la <i>posada</i> principal de la ciudad, según me -dijo mi compañero. Entramos en la cocina, en uno de cuyos extremos -ardía una buena lumbre. «Pepita—dijo mi compañero a una linda -muchacha que salió a nuestro encuentro sonriendo—, un <i>brasero</i> -y un cuarto<span class="pagenum" id="Page_237">[p. 237]</span> -reservado. Este caballero es un amigo mío y cenaremos juntos.» Pronto -estuvo dispuesta la habitación, en la que había dos alcobas con -sendas camas. Después de una cena que, por encargo de mi compañero, -fué excelentísima, nos sentamos junto al brasero y comenzamos a -hablar.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Claro está que usted ha hablado con -otros ingleses, porque en otro caso no me hubiera reconocido por el -tono de la voz.</p> - -<p><span class="smcap">Abarbanel</span><a id="FNanchor_128" -href="#Footnote_128" class="fnanchor">[128]</a>.—Cuando estalló la -guerra de la Independencia, siendo yo un muchacho, vino al lugar en -que yo vivía con mi familia un oficial inglés, encargado de instruir -a reclutas; se alojó en casa de mi padre y me cobró gran afecto. Al -marcharse me fuí con él, con permiso de mi padre, y le acompañé por -ambas Castillas como camarada y criado a la vez. Juntos estuvimos -casi un año, y cuando, súbitamente, le mandaron volver a su país, -quiso llevarme consigo; pero mi padre no lo consintió en modo alguno. -Veinticinco años han pasado sin ver ningún inglés; a pesar de ello, -le he conocido a usted en plena oscuridad.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Y qué género de vida hace usted, y -cuáles son sus medios de subsistencia?</p> - -<p><span class="smcap">Abarbanel.</span>—Vivo sin dificultad alguna, -como creo que vivieron mis antepasados, y<span class="pagenum" -id="Page_238">[p. 238]</span> como vivió, con toda certeza, mi -padre, cuya misma ruta he seguido. A su muerte, tomé posesión de la -<i>herencia</i>; era yo hijo único, los bienes, muchos; hubiera podido -vivir sin trabajar; pero a fin de no llamar la atención, seguí el -oficio de mi padre, que era <i>longanicero</i>. A veces he tratado también -en lana; pero sin gran empeño por falta de estímulo. Con todo, he -tenido buena suerte; en ocasiones, una suerte extraordinaria, y he -ganado más que muchos otros entregados por completo al comercio y que -se matan a trabajar.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Tiene usted hijos? ¿Está usted -casado?</p> - -<p><span class="smcap">Abarbanel.</span>—Soy casado, pero sin hijos. -Tengo mujer y una <i>amiga</i>, o, más bien, dos mujeres, porque con -ambas estoy casado; pero a una le llamo <i>amiga</i> por guardar las -apariencias; quiero vivir tranquilo, y no tengo gana de ofender los -prejuicios de la gente que me rodea.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Dice usted que es rico. ¿En qué -consisten sus riquezas?</p> - -<p><span class="smcap">Abarbanel.</span>—En oro, plata y piedras -preciosas, pues he heredado todo lo que mis abuelos atesoraron. La -mayor parte está escondido debajo de tierra; la verdad es que ni -siquiera he visto la décima parte de ello. Tengo monedas de oro -y plata anteriores al tiempo de Fernando el Maldito y Jezabel; -también tengo sumas importantes dadas a<span class="pagenum" -id="Page_239">[p. 239]</span> préstamo. Vivimos muy apartados, sin -embargo, y nos hacemos pasar por pobres, incluso por miserables; -pero en ciertas ocasiones, en nuestras fiestas, una vez cerradas y -atrancadas las puertas, y después de soltar los perros fieros en el -corral, comemos en vajillas como ya las quisiera para sí la Reina de -España, y hacemos las abluciones en salvillas de plata modeladas y -repujadas antes del descubrimiento de América, aunque vayamos siempre -groseramente vestidos y nuestras comidas sean de ordinario muy -modestas.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Además de usted y de sus mujeres, -¿hay en su casa alguna otra persona de su gremio?</p> - -<p><span class="smcap">Abarbanel.</span>—Mis dos criados son también -de los nuestros; uno es joven, y pronto se marchará a casarse lejos -de aquí; el otro es viejo, y viene por este mismo camino detrás de mí -con un carro y una mula.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Y adónde se dirige usted ahora?</p> - -<p><span class="smcap">Abarbanel.</span>—A Toledo, donde a veces -trafico como <i>longanicero</i>. Me gusta viajar, aunque sin alejarme -mucho de mi casa. Desde que me separé del inglés no he vuelto a salir -de Castilla la Nueva. Me gusta ir a Toledo y pensar allí en los -tiempos que fueron; acabaría por establecerme en esa ciudad, si no -hubiera en ella tantos malditos que me miran con malos ojos.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Le conocen a usted por lo que -real<span class="pagenum" id="Page_240">[p. 240]</span>mente es? ¿Le -molestan las autoridades?</p> - -<p><span class="smcap">Abarbanel.</span>—La gente sospecha, -naturalmente, lo que yo soy, pero como en casi todo me acomodo a -sus costumbres, no se mezclan en mis asuntos. Es verdad que algunas -veces, cuando entro en la iglesia a oír misa, me miran por encima -del hombro, como diciendo: «¿A qué vienes aquí?» Algunas veces -se santiguan al pasar a mi lado; pero como se limitan a eso, no -me preocupo gran cosa de ellos. Con las autoridades estoy en muy -buenas relaciones. Muchos de los que desempeñan puestos elevados -tienen dinero mío prestado, de modo que hasta cierto punto los tengo -en mi poder; y la gente menuda, <i>alguaciles</i> y <i>corchetes</i>, está -siempre dispuesta a favorecerme, en consideración a unos cuantos -duros que reparto de vez en cuando entre ellos; de modo que, en -conjunto, las cosas no pueden ir mejor. Cierto que antiguamente -no ocurría así; sin embargo, yo no sé por qué sería, pero aunque -otras familias lo pasaron muy mal, la nuestra disfrutó siempre -de relativa tranquilidad. La verdad es que mi familia ha sabido -conducirse siempre por modo maravilloso. Puedo decir que hay en -ella una sagacidad parecida a la de la serpiente. Siempre hemos -tenido amigos; con respecto a los enemigos, es la verdad que nunca -nos han hecho daño impunemente, porque es regla de mi casa no -olvidar las injurias y no escatimar esfuerzos<span class="pagenum" -id="Page_241">[p. 241]</span> ni gastos para arruinar y destruir al -que nos perjudica.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Se meten con usted los curas?</p> - -<p><span class="smcap">Abarbanel.</span>—Los curas me dejan en paz, -sobre todo en nuestro mismo pueblo. Poco después de la muerte de -mi padre, uno muy exaltado trató de jugarme una mala pasada; pero -yo me las arreglé para pagarle en la misma moneda, y logré que le -encarcelaran acusado de blasfemia, y en la cárcel estuvo mucho -tiempo, hasta que se volvió loco y murió.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Tienen ustedes en España alguna -persona que haga cabeza, investida de la suprema autoridad?</p> - -<p><span class="smcap">Abarbanel.</span>—Tanto como eso, no. Hay, sin -embargo, ciertas familias virtuosas que gozan de mucha consideración: -la mía es una de ellas—la principal, puedo decir—. Especialmente, mi -abuelo era un varón justo; y oí contar a mi padre que una noche un -arzobispo fué secretamente a nuestra casa, sólo para tener el gusto -de besar la mano a mi abuelo.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Cómo es posible eso? ¿Qué -veneración puede sentir un arzobispo por uno como usted o como su -abuelo?</p> - -<p><span class="smcap">Abarbanel.</span>—Más de lo que usted se -figura. El arzobispo era de los nuestros, o por lo menos lo había -sido su padre, y él no podía olvidar lo que aprendió a reverenciar -en la infancia. Dijo que había intentado<span class="pagenum" -id="Page_242">[p. 242]</span> inútilmente olvidarlo; que el <i>ruals</i> -se cernía siempre sobre él, y que desde la niñez los terrores -conturbaban su ánimo, hasta llegar al punto de no poder sufrirse a sí -mismo. Por esto fué a ver a mi abuelo, con quien permaneció toda una -noche, y luego se volvió a su diócesis, donde murió poco después, en -gran opinión de santo.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Me sorprende lo que usted dice. -¿Tiene usted algún motivo para suponer que entre el clero católico -hay muchos de los vuestros?</p> - -<p><span class="smcap">Abarbanel.</span>—No lo supongo, lo sé. -Hay muchos como yo en el clero, y no de rango inferior tan sólo. -Algunos de los más sabios y famosos clérigos de España han sido de -los nuestros, o al menos de nuestra sangre, y muchos de ellos, hoy -en día, piensan como yo. Hay una fiesta especial en el año, en la -cual, cuatro dignatarios eclesiásticos vienen sin falta a visitarme; -y cuando, tomadas las necesarias precauciones, se cumplen las -ceremonias preparatorias, se sientan en el suelo y blasfeman.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Son ustedes muchos en las ciudades -importantes?</p> - -<p><span class="smcap">Abarbanel.</span>—De ningún modo; rara vez -vivimos en las ciudades grandes; sólo vamos a ellas para nuestros -negocios, y preferimos vivir en los pueblos. Cierto que no somos -mucha gente; en pocas provincias de España contaremos más de veinte -familias.<span class="pagenum" id="Page_243">[p. 243]</span> Ninguno -de los nuestros es pobre. Los que sirven, lo hacen por conveniencia -más que por necesidad, porque sirviendo unos en casa de otros, se -adiestran en tráficos diferentes. No es raro tampoco que el tiempo -que se sirve sea el del noviazgo, y los criados se casan a veces con -las hijas de sus amos.</p> - -<p>Continuamos hablando casi toda la noche; a la mañana siguiente me -dispuse a partir, pero mi compañero me aconsejó que me quedase allí -todo el día. «Y si quiere usted hacerme caso—añadió—, no debe usted -ir más lejos de ese modo. Esta noche pasará por aquí la diligencia de -Extremadura a Madrid. Váyase en ella; es el modo más rápido y seguro -de viajar. Yo le compraré a usted la burra. Mi criado, que ya ha -venido, la ha visto y me dice que puede sernos útil. Pasaremos el día -juntos, como hermanos, y luego nos iremos cada uno por nuestro lado.» -Así lo hicimos. Cuando llegó la diligencia me metí en ella, y en la -mañana del segundo día llegué a Madrid.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_244">[Pg 244]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XII</h2> - <p class="subhang"> - Mi alojamiento en Madrid.— La patrona.— El embajador británico.— - Mendizábal.— Baltasar.— Deberes de un Nacional.— Sangre moza.— La - ejecución.— La población de Madrid.— Las clases altas.— Las clases - bajas.— Las corridas de toros.— El gitano. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">L</span><span class="smcap">legué</span> -a Madrid en los comienzos de febrero de 1837. Estuve breves días -en una <i>posada</i>, y me mudé a la habitación que alquilé en el núm. -3 de la calle de la Zarza<a id="FNanchor_129" href="#Footnote_129" -class="fnanchor">[129]</a>, calle oscura y sucia, no obstante -hallarse pegada a la Puerta del Sol, punto céntrico de Madrid, -donde desembocan cuatro o cinco de las vías principales, y sitio de -reunión, en todas las épocas del año, de los vagos de la capital, -pobres o ricos.</p> - -<p>La casa en que me alojé, era bastante singular. Ocupaba yo -la parte delantera del<span class="pagenum" id="Page_245">[p. -245]</span> primer piso; mis habitaciones consistían en una sala -inmensa con un cuarto pequeño al lado, para dormir. La sala, a -pesar de su tamaño, tenía muy pocos muebles: unas cuantas sillas, -una mesa y un sofá componían todo su ornamento. Era muy fría y -aireada, gracias a las corrientes que se colaban por tres grandes -ventanas y por diversas puertas. La señora de la casa, acompañada -por sus dos hijas, me condujo a mi aposento. «¿Ha visto usted -nunca—me preguntó—un cuarto tan hermoso como éste? ¿Verdad que es -digno de un príncipe? El invierno pasado vivió aquí el gran general -Espartero.»</p> - -<p>La patrona era una mujer de desmesurada gordura, natural de -Valladolid, en Castilla la Vieja. «¿Tiene usted alguna otra familia -además de estas hijas?»—le pregunté—. «Dos hijos. Uno es oficial del -ejército, y padre de este niño»—me contestó señalando a un muchacho -de unos doce años, con cara de travieso pero listo, que brincaba por -el aposento; «el otro es el nacional más famoso de Madrid. Es sastre -de oficio y se llama Baltasar. Tiene gran influencia con los otros -nacionales por el liberalismo de sus opiniones, y a una palabra suya -toman las armas y acuden furiosos a la Puerta del Sol. Al presente, -guarda cama; hace una vida muy desarreglada, y es muy amigo de -toreros y de gentes peores aún.»</p> - -<p>Como el principal motivo de mi visita a<span class="pagenum" -id="Page_246">[p. 246]</span> la capital de España era el deseo de -obtener permiso del Gobierno para imprimir en castellano el Nuevo -Testamento y difundirlo por el país, comencé, sin pérdida de tiempo, -a dar los pasos que me parecieron necesarios.</p> - -<p>Era yo completamente desconocido en Madrid, y no llevaba cartas de -presentación para ninguna persona influyente que pudiera valerme en -mi empresa, de suerte que, si bien abrigaba esperanzas de buen éxito, -confiando en la protección del Omnipotente, esas esperanzas sufrían -pasajeros desmayos y las oscurecían con frecuencia las nubes del -desaliento.</p> - -<p>Por entonces era primer ministro en España Mendizábal, y se le -tenía por hombre de poder casi ilimitado, en cuyas manos estaban los -destinos del país. Consideré, pues, que si lograba por cualquier -medio poner de mi parte a hombre tan poderoso, no tendría que temer -molestia alguna por otro lado, y resolví acudir a él.</p> - -<p>Antes de dar ese paso, me pareció prudente avistarme con Mister -Villiers, embajador de Inglaterra en Madrid, y, con la libertad -aneja a mi condición de súbdito británico, pedirle consejo en el -asunto. Me recibió con mucha bondad, y tuvimos una conversación -agradable acerca de varios temas antes de abordar el que a mí me -preocupaba hondamente. Díjome que si yo<span class="pagenum" -id="Page_247">[p. 247]</span> deseaba una entrevista con Mendizábal, -él se ofrecía a procurármela, pero al mismo tiempo me advirtió con -franqueza que no esperaba de ella ningún resultado bueno, porque le -constaba la violenta predisposición de Mendizábal contra la Sociedad -Bíblica Británica y Extranjera, y era lo más probable que en lugar -de favorecerlo, contrariase cualquier intento de la Sociedad para -introducir el Evangelio en España. Resolví, a pesar de todo, hacer -la prueba, y antes de separarme del embajador obtuve una carta de -presentación para Mendizábal.</p> - -<p>Una mañana, temprano, acudí a Palacio, en una de cuyas alas estaba -el despacho del primer ministro. El frío era cruel; el Guadarrama, -sobre el que hay una hermosa vista desde la explanada del Palacio, -estaba cubierto de nieve. Casi tres horas estuve tiritando de frío -en una antecámara, con varias personas más que, como yo, aguardaban -audiencia del poderoso. Al cabo se presentó el secretario particular, -y después de hacer diversas preguntas a los otros, se dirigió -a mí, interrogándome acerca de mi calidad y mis pretensiones. -Díjele que yo era un inglés, portador de una carta del ministro -británico. «Si usted no se opone, yo se la entregaré personalmente -a su excelencia»—me dijo—. En oyendo esto, le alargué la carta y -desapareció. Entraron antes que yo varias personas, pero<span -class="pagenum" id="Page_248">[p. 248]</span> me llegó el turno, al -fin, y me introdujeron en el despacho de Mendizábal.</p> - -<p>El ministro estaba detrás de una mesa cubierta de papeles, -examinándolos con intensa atención. No se enteró de mi presencia, y -tuve tiempo suficiente para contemplarlo. Era un hombre corpulento, -atlético, un poco más alto que yo, que mido descalzo seis pies y -dos pulgadas; de tez sonrosada, facciones finas y correctas, nariz -aguileña y dientes de espléndida blancura; aunque apenas frisaba en -los cincuenta años, tenía el pelo muy canoso. Vestía una lujosa bata -de mañana, con una cadena de oro alrededor del cuello, y calzaba -chinelas de tafilete.</p> - -<p>Su secretario, hombre de buena presencia y de expresión -inteligente, que, según supe después, se había conquistado un nombre -en la literatura española y en la inglesa, permanecía en pie junto a -la mesa, con papeles en las manos.</p> - -<p>Después de hacerme esperar en pie un cuarto de hora, Mendizábal -alzó súbitamente sus ojos penetrantes y clavó en mí una mirada -escrutadora, poco común. «He visto un mirar muy parecido a ese entre -los Beni-Israel—dije entre mí...</p> - -<p>Nuestra entrevista duró casi una hora; la conversación fué de -singular interés. Mendizábal, como ya me habían advertido, era, -en efecto, ardiente enemigo de la Sociedad<span class="pagenum" -id="Page_249">[p. 249]</span> Bíblica, de la que hablaba con odio y -desprecio; estaba también muy lejos de ser un amigo de la religión -cristiana, con quien me fuese fácil contar. Sin desanimarme por eso, -le insté mucho en favor del asunto que allí me llevaba, y tuve tanta -fortuna, que ofreció permitirme imprimir las Escrituras si, como -esperaba, de allí a unos meses el país estaba más tranquilo.</p> - -<p>Cuando ya me marchaba, me dijo: «No es esta la primera petición de -ese género que me hacen. Desde que estoy en el gobierno, no se harta -de importunarme con esas cosas una bandada de ingleses, desparramados -hace poco por España, que se llaman a sí mismos cristianos -evangélicos. Todavía la semana pasada, un individuo jorobado se abrió -paso hasta mi despacho, donde yo trataba asuntos importantes, y me -dijo que Cristo estaba para llegar de un momento a otro... y ahora -viene usted y casi me convence, para indisponerme aun más con el -clero, como si todavía no me odiase bastante. ¿Qué singular desvarío -les impulsa a ustedes a ir por mares y tierras con la Biblia en la -mano? Lo que aquí necesitamos, mi buen señor, no son Biblias, sino -cañones y pólvora para acabar con los facciosos, y, sobre todo, -dinero para pagar a las tropas. Siempre que venga usted con esas tres -cosas, se le recibirá con los brazos abiertos; si no, habrá usted -de permitirnos<span class="pagenum" id="Page_250">[p. 250]</span> -prescindir de sus visitas, por mucho honor que nos dispense con -ellas.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Los disturbios de este infortunado -país no acabarán hasta que el Evangelio circule libremente.</p> - -<p><span class="smcap">Mendizábal.</span>—Esperaba la respuesta, -porque he vivido trece años en Inglaterra y conozco algo la -fraseología de sus buenos correligionarios. Ahora, déjeme, se lo -ruego; como ve usted, estoy muy ocupado. Vuelva cuando quiera, pero -no antes de tres meses.»</p> - -<p>Una mañana, mientras me desayunaba con los pies encima del -<i>brasero</i>, entró la patrona en mi aposento y me dijo: «<i>Don Jorge</i>, -aquí está mi hijo Baltasarito, el nacional. Ya se levanta de la -cama, y al saber que teníamos un inglés en casa, me ha pedido que le -presente, porque tiene mucha afición a los ingleses por sus ideas -liberales. Aquí le tiene usted, ¿qué le parece?»</p> - -<p>Me guardé de decir a su madre mi opinión. A mi parecer, hacía -muy bien en llamarle Baltasarito, porque jamás el antiguo y sonoro -nombre de Baltasar se habría dado a sujeto tan exiguo. Podría tener -hasta cinco pies y una pulgada de altura, y era más bien corpulento -para su talla; el rostro amarillento y enfermizo, pero con cierta -expresión de fanfarronería; los ojos pardos, muy oscuros, eran vivos -y brillantes. Iba vestido, o más bien desvestido, malamente,<span -class="pagenum" id="Page_251">[p. 251]</span> con una gorra de -cuartel y un capote de reglamento, viejo y muy holgado, que hacía las -veces de bata.</p> - -<p>—Celebro mucho conocerle, <i>señor nacional</i>—le dije en cuanto su -madre se retiró, y así que Baltasar se hubo sentado y encendido, -claro está, un cigarro de papel en el <i>brasero</i>—. Me alegro mucho -de haberle conocido, sobre todo porque, según me ha dicho su señora -madre, tiene usted gran influencia con los nacionales. Yo, como -extranjero, puedo tener necesidad de un amigo; la fortuna me favorece -al proporcionarme uno que es miembro de tan poderoso cuerpo.</p> - -<p><span class="smcap">Baltasar.</span>—Sí, tengo bastante mano con -los otros nacionales; en Madrid no hay ninguno más conocido que -Baltasar, ni más temido por los carlistas. ¿Dice usted que puede -hacerle falta un amigo? Pues ya sabe que dispone de mí para cuanto se -le ofrezca. Tanto yo, como los demás nacionales, nos enorgulleceremos -sirviéndole a usted de <i>padrinos</i>, si tiene entre manos algún lance -de honor. Pero, ¿por qué no se hace usted de los nuestros? Le -recibiríamos a usted con mucho gusto en el cuerpo.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Son muy duras las obligaciones de -un nacional?</p> - -<p><span class="smcap">Baltasar.</span>—Nada de eso. Estamos de -servicio una vez cada quince días, y luego suele haber alguna revista -de poca dura<span class="pagenum" id="Page_252">[p. 252]</span>ción. -Las obligaciones son ligeras y privilegios grandes. Por ejemplo: yo -he visto a tres compañeros míos pasearse un domingo por el Prado, -armados de estacas, y apalear a cuantos les parecían sospechosos. -Más aún; tenemos la costumbre de rondar de noche por las calles, y -cuando tropezamos con alguien que nos desagrada, caemos sobre él, y -a cuchilladas o bayonetazos, le dejamos, por lo común, en el suelo -revolcándose en su sangre. Sólo a un nacional se le permitiría hacer -tales cosas.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Supongo que todos los nacionales -serán de opinión liberal.</p> - -<p><span class="smcap">Baltasar.</span>—¡Así debiera ser! Pero hay -algunos, <i>don Jorge</i>, que no nos parecen muy de fiar. Son pocos, sin -embargo, y a casi todos los conocemos. La vida que llevan es poco -envidiable, porque cuando están de guardia, nos burlamos de ellos, y -con frecuencia los damos de palos. La ley obliga a todos los hombres -de cierta edad a servir en el ejército o a alistarse en la guardia -nacional; por eso hay en nuestras filas algunos de esos <i>godos</i>.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Hay muchos carlistas en Madrid?</p> - -<p><span class="smcap">Baltasar.</span>—Entre la gente joven, no; -la mayor parte de los carlistas madrileños capaces de llevar las -armas, se fueron hace tiempo a la facción. Los que quedan son casi -todos viejos o curas, buenos tan sólo para reunirse en algún café -apartado y<span class="pagenum" id="Page_253">[p. 253]</span> -proyectar fantásticos complots. ¡Que hablen, <i>don Jorge</i>, que hablen! -Los destinos de España no dependen de los deseos de <i>ojalateros</i> -y <i>pasteleros</i>, sino de las manos de los nacionales, intrépidos y -firmes, como yo y mis amigos, <i>don Jorge</i>.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Por su señora madre he sabido, con -pena, que hace usted una vida muy desordenada.</p> - -<p><span class="smcap">Baltasar.</span>—¡Cómo! ¿Se lo ha dicho a -usted, <i>don Jorge</i>? ¡Qué quiere usted, <i>don Jorge</i>! Soy joven, y la -sangre joven hierve en las venas. Los nacionales me llaman el alegre -Baltasar, y mi popularidad se funda en la jovialidad de mi carácter -y en mis ideas liberales. Cuando estoy de guardia, llevo siempre la -guitarra, ¡y si viera usted qué <i>función</i> se arma! Mandamos por vino, -y los nacionales se pasan la noche bebiendo y bailando, mientras -Baltasarito toca la guitarra y canta canciones de <i>Germania</i>.</p> - -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2">Una romí sin pachí<br /></span> -<span class="i0">le penó a su chindomar; etc.<br /></span> -</div></div> - -<p class="ti0">Esto es <i>gitano</i>, <i>don Jorge</i>. Me lo han enseñado los -<i>toreros</i> de Andalucía; todos hablan <i>gitano</i>, y muchos lo son de -raza. Montes, Sevilla, Poquito Pan son amigo míos. No hay <i>función</i> -de toros, <i>don Jorge</i>, en que no esté Baltasar con su <i>amiga</i>. -En el invierno no se dan corridas de toros, <i>don Jorge</i>,<span -class="pagenum" id="Page_254">[p. 254]</span> que si no, le llevaría -a usted a una; por suerte, mañana hay una ejecución; una <i>función de -la horca</i>, e iremos a verla, <i>don Jorge</i>.</p> - -<p>Fuimos a ver la ejecución, que no se me olvidará en mucho tiempo. -Los reos eran dos jóvenes, dos hermanos, culpables de haber escalado -de noche la casa de un anciano y asesinádole cruelmente para robarle. -En España estrangulan a los reos de muerte contra un poste de madera -en lugar de colgarlos, como en Inglaterra, o de guillotinarlos, como -en Francia. Para ello, los sientan en una especie de banco, con un -palo detrás, al que se fija un collar de hierro, provisto de un -tornillo; con el collar se le abarca el cuello al reo, y a una señal -dada, se aprieta con el tornillo hasta que el paciente expira. Mucho -tiempo llevábamos ya esperando entre la multitud, cuando apareció el -primer reo, montado en un asno, sin silla ni estribos, de modo que -las piernas casi le arrastraban por el suelo. Vestía una túnica de -color amarillo azufre, con un gorro encarnado, alto y puntiagudo, en -la rapada cabeza. Sostenía entre las manos un pergamino, en el que -había escrito algo, supongo que la confesión de su delito. Dos curas -llevaban al borrico por el ramal; otros dos caminaban a cada lado, -cantando letanías, en las que percibí palabras de paz y tranquilidad -celestiales; el delincuente se había reconciliado con la iglesia, -confesado sus culpas y<span class="pagenum" id="Page_255">[p. -255]</span> recibido la absolución, con promesa de ser admitido en -el cielo. Sin mostrar el más leve temor, el reo se apeó, y subió sin -ayuda al cadalso, donde le sentaron en el banquillo y le echaron al -cuello el corbatín fatal. Uno de los curas comenzó entonces a decir -el Credo en voz alta, y el reo repetía las palabras. De pronto, -el ejecutor, colocado detrás de él, dió vueltas al tornillo, de -prodigiosa fuerza, y casi instantáneamente aquel desdichado murió. -A tiempo que el tornillo giraba, el cura comenzó a gritar, <i>pax et -misericordia et tranquillitas</i>, y gritando continuó, en voz cada -vez más recia, hasta hacer retemblar los altos muros de Madrid. -Luego se inclinó, puso la boca junto al oído del reo, y de nuevo -clamó, como si quisiera perseguir a su alma en su marcha hacia la -eternidad y consolarla en el camino. El efecto era tremendo. Yo mismo -me excité tanto, que involuntariamente exclamé: <i>¡Misericordia!</i> Y -lo mismo hicieron otros muchos. Nadie pensaba allí en Dios ni en -Cristo; todos los pensamientos se concentraban en el cura, que en -tal momento parecía el más importante de todos los seres vivos, -con poder suficiente para abrir y cerrar las puertas del cielo o -del infierno, según lo tuviese a bien; pasmoso ejemplo del sistema -papista imperante, cuyo principal designio fué siempre mantener el -ánimo del pueblo todo lo apartado de Dios que<span class="pagenum" -id="Page_256">[p. 256]</span> podía, y en concentrar en el clero sus -esperanzas y temores. La ejecución del segundo reo, fué enteramente -igual; subió al patíbulo a los pocos minutos de haber expirado su -hermano.</p> - -<p>He visitado casi todas las capitales importantes del mundo; pero, -en conjunto, ninguna me ha interesado tanto como la villa de Madrid, -donde a la sazón me hallaba. No hablo de sus calles ni edificios, de -sus plazas ni de sus fuentes, aunque algo de esto hay en Madrid digno -de nota; Petersburgo tiene calles más hermosas; París y Edimburgo, -edificios más suntuosos; Londres, plazas más bellas, y Shiraz -puede alabarse de poseer fuentes más lujosas, aunque no aguas más -frescas. ¡Pero la población!... Cercados por un muro de tierra que -apenas mide legua y media a la redonda, se agolpan doscientos mil -seres humanos, que forman, con toda seguridad, la masa viviente más -extraordinaria del mundo entero; y no se olvide nunca que esta masa -es estrictamente española. La población de Constantinopla es harto -singular, pero han contribuído a formarla veinte naciones—griegos, -armenios, persas, polacos, judíos; estos últimos de origen español, -dicho sea de paso, y que aún hablan entre sí el castellano antiguo. -Pero la población de Madrid, en su totalidad, sin otra excepción -que un puñado de extranjeros, principalmente sastres, guante<span -class="pagenum" id="Page_257">[p. 257]</span>ros y <i>perruquiers</i> -franceses, es española neta, aunque buena parte de ella no haya -nacido en la capital. Aquí no hay colonias de alemanes, como en San -Petersburgo; ni factorías inglesas, como en Lisboa; ni multitudes de -yanquis insolentes callejeando, como en la Habana, con un aire que -parece decir: «Este país será nuestro en cuanto queramos apoderarnos -de él»; sino una población inculta, sorprendente, formada por muy -varios elementos, pero española, y que lo seguirá siendo mientras -la ciudad exista. ¡Salud, <i>aguadores</i> de Asturias, que, con vuestro -grosero vestido de muletón y vuestras monteras de piel, os sentáis -por centenares al lado de las fuentes, sobre las cubas vacías, o -tambaleándoos bajo su peso, una vez llenas, subís hasta los últimos -pisos de las casas más altas! ¡Salud, <i>caleseros</i> de Valencia, -que, recostados perezosamente en vuestros carruajes, picáis tabaco -para liar un cigarro de papel, en espera de parroquianos! ¡Salud, -mendigos de la Mancha, hombres y mujeres que, embozados en burdas -mantas, imploráis la caridad indistintamente a las puertas de los -palacios o de las cárceles! ¡Salud, criados montañeses, <i>mayordomos</i> -y secretarios de Vizcaya y Guipúzcoa, <i>toreros</i> de Andalucía, -<i>reposteros</i> de Galicia, tenderos de Cataluña! ¡Salud, castellanos, -extremeños y aragoneses, de cualquier oficio que seáis! Y, en -fin, vosotros, los veinte<span class="pagenum" id="Page_258">[p. -258]</span> mil <i>manolos</i> de Madrid, hijos genuinos de la capital, -hez de la villa, que con vuestras terribles navajas causasteis tal -estrago en las huestes de Murat el día Dos de Mayo, ¡salud! Y a las -clases más elevadas—a los caballeros, a las <i>señoras</i>—, ¿las pasaré -en silencio? En verdad tengo poco que decir de ellos. Apenas los -traté, y lo que vi de sus costumbres no era muy a propósito para -sublimarlos en mi imaginación. Yo no soy de los que, vayan donde -vayan, siguen la inveterada práctica de vilipendiar a las clases -altas y de exaltar a su costa al populacho. En muchas capitales, la -parte más notable e interesante de la población es precisamente la -aristocracia. Tal ocurre en Viena, y más especialmente en Londres. -¿Quién puede rivalizar con el aristócrata inglés en prestancia, -fuerza y valentía? ¿Quién monta mejores caballos? ¿Quién goza de -posición más sólida? ¿Quién más amable que su esposa, su hermana o -su hija? Pero tratándose de la aristocracia española, así de las -<i>señoras</i> como de los caballeros, cuanto menos se diga en cada uno -de los puntos aludidos, será mejor. Sin embargo, sé muy poco acerca -de ellos, lo confieso; quizás tengan sus admiradores, a los que cedo -la tarea de escribir su panegírico. Le Sage los describió tales como -eran hace casi dos siglos; sus rasgos son poco seductores, y no -creo que hayan mejorado desde que el inmortal francés los re<span -class="pagenum" id="Page_259">[p. 259]</span>trató. Hablaré, pues, -con más gusto de las clases bajas, no sólo de Madrid, pero de -toda España. Un español de la clase baja, sea <i>manolo</i>, labriego -o arriero, me parece mucho más interesante que un aristócrata. -Es un ser poco común, un hombre extraordinario. Le faltan, es -cierto, la amabilidad y la generosidad del <i>mujik</i> ruso, capaz -de dar su único <i>rouble</i> antes que el forastero pase necesidad; -tampoco tiene su tranquilo valor, que le hace invulnerable al -miedo y le impulsa, al mando de su zar, a arrostrar cantando una -muerte cierta. En el carácter español hay menos abnegación y más -dureza; le anima, en cambio, un sentimiento de altiva independencia -que roba la admiración. Es ignorante, por supuesto; pero, cosa -singular, invariablemente he encontrado en las clases más bajas y -peor educadas, mayor generosidad de sentimientos que en las altas. -Mucho tiempo ha sido moda hablar del fanatismo de los españoles y de -su mezquino recelo de los extranjeros. Esto es verdad hasta cierto -punto; pero es verdad, principalmente, respecto de las clases altas. -Si el valor o el talento de los extranjeros nunca han alcanzado -en España el premio merecido, la gran masa de los españoles no -tiene la culpa de ello. He oído calumniar a Wellington en el mismo -soberbio teatro de sus triunfos; pero nunca por los soldados viejos -de Aragón y de Asturias, que le ayudaron<span class="pagenum" -id="Page_260">[p. 260]</span> a vencer a los franceses en Salamanca -y en los Pirineos. He oído criticar el modo de montar de un <i>jockey</i> -inglés; pero el crítico era el necio heredero de los Medinaceli, no -un <i>picador</i> de la plaza de Madrid.</p> - -<p>A propósito de picadores: un día, poco después de mi llegada a -Madrid, estuve un par de horas callejeando, en viaje de exploración, -por un barrio famoso a causa de los robos y muertes que en él -se cometían, y, al sentirme cansado, entré en un tabernucho a -refrigerarme. Había muchos parroquianos, todos con cara de bandidos; -a mi saludo contestaron quitándose los <i>sombreros</i> con mucha -ceremonia y abriéndome calle hasta el mostrador. Vacié un vaso de -<i>val de peñas</i>, y ya iba a pagar y a marcharme, cuando un individuo -de horrible catadura, vestido con un coleto de ante fuerte, zajones -y botas de montar que le pasaban de las rodillas, y tocado con -un sombrero claro, cuyas alas tenían lo menos vara y media de -circunferencia, se abrió paso entre la gente, y, encarándose conmigo, -dijo con voz de trueno:</p> - -<p>—<i>¡Otra copita! ¡Vamos, inglesito, otra copita!</i></p> - -<p>—Gracias, mi buen señor; es usted muy amable. Parece que me conoce -usted; pero yo no tengo el honor de conocerle.</p> - -<p>—¿No me conoce?—replicó el tal—. ¡Soy Sevilla, el <i>torero</i>! Yo le -conozco a usted mucho; usted es el amigo de Baltasarito, el<span -class="pagenum" id="Page_261">[p. 261]</span> nacional, que es amigo -mío y muy buena persona.</p> - -<p>Volviéndose entonces a la compañía, dijo con voz sonora, -arrastrando la última sílaba de cada palabra, según costumbre de la -<i>gente rufianesca</i> en toda España:</p> - -<p>—Caballeros valientes: Este caballero es amigo de un amigo mío. -<i>Es mucho hombre.</i> No hay en España quien le iguale. Aunque es -<i>inglesito</i>, habla <i>gitano</i> cerrado.</p> - -<p>—No lo creemos—replicaron varias voces graves—. No es posible.</p> - -<p>—¿Decís que no es posible? Pues yo os digo que sí. Ven acá, -Balseiro; tú, que te has pasado la vida en presidio y te estás -alabando siempre de hablar el <i>gitano</i> cerrado, aunque no sabes -palabra, ven acá y habla con su merced en <i>gitano</i> cerrado.</p> - -<p>Un hombre pequeño, enclenque, pero vivaracho, se adelantó. Iba en -mangas de camisa y llevaba una montera; era guapo, pero con cara de -demonio.</p> - -<p>Habló unas pocas palabras en la corrompida jerga gitana de -las cárceles, preguntándome si había estado alguna vez en el -calabozo, y si sabía lo que era una <i>gitana</i><a id="FNanchor_130" -href="#Footnote_130" class="fnanchor">[130]</a>.</p> - -<p>—Vamos, <i>inglesito</i>—gritó Sevilla con voz tonante—, -respóndele al <i>monró</i><a id="FNanchor_131" href="#Footnote_131" -class="fnanchor">[131]</a> en <i>gitano</i> cerrado.</p> <p><span -class="pagenum" id="Page_262">[p. 262]</span></p> <p>Contesté al -ladrón, porque lo era en efecto, y de los que han dejado nombre -duradero en la historia de la picardía madrileña; le contesté con -alguna extensión en el dialecto de los gitanos extremeños.</p> - -<p>—Creo que es <i>gitano</i> cerrado—musitó Balseiro—, o si no, será -inglés, porque no entiendo ni una palabra.</p> - -<p>—¿No te decía yo—exclamó el picador—que no sabes ni palabra del -gitano cerrado? Pero el <i>inglesito</i> sí lo sabe, y yo entiendo todo -lo que dice; <i>vaya</i>, no hay nadie como él para el <i>gitano</i> cerrado. -Además, es muy buen <i>jinete</i>; después de mí, no hay quien le iguale; -sólo él sabe montar con las acciones de los estribos muy cortas. -<i>Inglesito</i>, si necesitas dinero, dispón de mi bolsillo; todo cuanto -tengo está a tu servicio, y no creas que es poco: acabo de ganar -cuatro mil <i>chulés</i> a la lotería. Animo, inglés, otra copa; yo lo -pago todo; yo, Sevilla.</p> - -<p>Y se golpeaba una y otra vez el pecho con la mano, mientras -repetía: «¡Yo, Sevilla! ¡Yo...!»</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_263">[Pg 263]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XIII</h2> - <p class="subhang"> - Intrigas de la Corte.— Quesada y Galiano.— Disolución de las Cortes.— - El secretario.— Testarudez aragonesa.— El Concilio de Trento.— - El asturiano.— Los tres bandidos.— Benedicto Mol.— El hombre de - Lucerna.— El Tesoro. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">M</span><span class="smcap">endizábal</span> -me había dicho que volviera a verle pasados tres meses, dándome -esperanzas de no oponerse personalmente a la publicación del Nuevo -Testamento; pero antes de que transcurrieran los tres meses cayó en -desgracia, y dejó de ser primer ministro.</p> - -<p>Para derribarlo se urdió una intriga, dirigida por Istúriz -y Alcalá Galiano, gaditanos como Mendizábal, de quien hasta -entonces se llamaron amigos. Ambos habían sido liberales egregios, -y miembros importantes de aquellas Cortes que, huyendo de la -invasión de Angulema, se llevaron a Fernando desde Madrid a Cádiz, -y le tuvieron preso hasta que esta ciudad inexpugnable tuvo por -conveniente rendirse; los dos personajes se<span class="pagenum" -id="Page_264">[p. 264]</span> refugiaron en Inglaterra, donde pasaron -considerable número de años.</p> - -<p>Por el tiempo a que me refiero, hallábanse Istúriz y Galiano -sumamente pobres, sin que del apoyo a Mendizábal pudiesen esperar -mejoras inmediatas; y considerándose, además, tan buenos y capaces -como él para gobernar a España en las circunstancias dadas, -resolvieron separarse del partido de su amigo, a quien habían apoyado -hasta allí, y levantar bandera propia.</p> - -<p>En consecuencia, formaron en las Cortes una oposición contra -Mendizábal; los miembros de esa oposición tomaron el nombre de -<i>moderados</i> para distinguirse de Mendizábal y sus secuaces, -ultraliberales. Los <i>moderados</i> contaban con el apoyo de la reina -regente Cristina, deseosa de un poder algo mayor que el que los -liberales parecían dispuestos a concederle, y, además, enemiga -personal del ministro. Veíanse también apoyados por Córdova, que -entonces mandaba el ejército y estaba descontento de Mendizábal, -porque el ministro no servía con suficiente presteza las demandas -pecuniarias del general, aunque se decía que la mayor parte del -dinero enviado para pagar a las tropas no se empleaba en eso, sino -en fondos públicos franceses, a nombre y para uso y provecho del -nombrado Córdova.</p> - -<p>Pero no voy a escribir una historia de sucesos políticos que -presencié entonces;<span class="pagenum" id="Page_265">[p. -265]</span> baste decir que Mendizábal, viéndose contrariado en -todos sus proyectos por la Gobernadora, que no aceptaba ninguna -de las medidas propuestas por el ministro, y por el general, que -permanecía inactivo y se negaba a atacar al enemigo, ya repuesto -del contratiempo que le causó la muerte de Zumalacárregui y en -considerable auge sus armas, dimitió, abandonando por el momento el -campo a sus adversarios, aunque contaba en las Cortes con inmensa -mayoría, y aunque la opinión del país, al menos en su parte liberal, -le era favorable.</p> - -<p>Se constituyó un gabinete presidido por Istúriz, en el que -Galiano fué ministro de Marina, y un cierto duque de Rivas ministro -de lo Interior. Estos eran los jefes del gobierno <i>moderado</i>; pero, -impopulares en Madrid, y temerosos de los nacionales, buscaron el -concurso de un hombre llamado Quesada, aborrecedor de la milicia -nacional y que a nada temía; hombre asaz estúpido, pero gran -guerrero, que en cierta época de su vida mandó una legión llamada -Ejército de la Fe, cuyas hazañas en ambas vertientes del Pirineo son -harto conocidas para que necesite recordarlas. Quesada fué nombrado -capitán general de Madrid.</p> - -<p>El más inteligente de los nuevos ministros era, con mucho, -Galiano, a quien me presentaron poco después de mi llegada a Madrid. -Hombre de muchas letras, conocía a fondo<span class="pagenum" -id="Page_266">[p. 266]</span> las de su país. Orador ante todo, de -palabra fácil, elegante e impetuoso, era para el partido <i>moderado</i>, -dentro de las Cortes, lo que Quesada fuera de ellas; es decir, el -hombre de combate. Difícil sería decir por qué le hicieron ministro -de Marina, ya que España no tiene ninguna; acaso lo fué por su -dominio del inglés, idioma que hablaba y escribía tan bien como -el suyo propio, habiéndose ganado la vida durante su estancia en -Inglaterra, principalmente, escribiendo artículos para los periódicos -y revistas; ocupación muy honrosa, pero que pocos de los extranjeros -desterrados en Inglaterra son capaces de desempeñar.</p> - -<p>Galiano era hombre muy pequeño e irritable, enemigo encarnizado -de cuantos se atravesaban en el camino de su prosperidad. Odiaba a -Mendizábal con rencor no disimulado, y siempre hablaba de él con -infinito desprecio. «Temo que me cueste bastante trabajo arrancar a -Mendizábal el permiso de imprimir el Nuevo Testamento»—le dije un -día—. «Mendizábal es un asno—replicó Galiano—. Calígula hizo cónsul -a su caballo, y creo que esto es lo que ha inducido a lord... a -enviarnos a ese <i>burro</i> de la Bolsa de Londres para que sea nuestro -ministro.»</p> - -<p>Sería mucha ingratitud de mi parte no confesar aquí cuánto debo a -Galiano, que me ayudó con todo su poder en el asunto que me llevaba -a España. Poco después de<span class="pagenum" id="Page_267">[p. -267]</span> formarse el ministerio moderado fuí a verle, y le dije -que «entonces o nunca era la ocasión de hacer un esfuerzo en favor -mío.» «Lo haré—me respondió con tono áspero, porque siempre habla con -aspereza, lo mismo a los amigos que a los enemigos—; pero tenga usted -paciencia unos cuantos días; estamos ahora muy ocupados. Nos han -derrotado en las Cortes, y esta tarde intentaremos disolverlas. Dicen -que esos canallas se negarán a marcharse; pero Quesada estará a la -puerta para arrojarlos a la calle si oponen alguna resistencia. Vaya -usted por allí, y acaso vea una <i>función</i>.»</p> - -<p>Después de un debate de una hora, fueron disueltas las Cortes -sin necesidad de recurrir a la ayuda del temible Quesada. Galiano, -sin nuevas dilaciones, me dió una carta para su colega el duque de -Rivas, a cuyo departamento incumbía, según me dijo, conceder o negar -el permiso para imprimir el libro. El duque era un hombre joven y -apuesto, de unos treinta años, andaluz por su cuna, como sus dos -colegas ya nombrados. Había publicado varias obras—tragedias, según -creo—, y gozaba de cierta reputación literaria. Me recibió con suma -afabilidad, y enterado de mi pretensión, respondió, haciéndome una -cortesía seductora y con un gesto genuinamente andaluz: «Vea a mi -secretario; vea a mi secretario; <i>él hará por usted el gusto</i>.»</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_268">[p. 268]</span></p> - -<p>Fuí a ver al secretario, un aragonés llamado Oliban, que no -era guapo, ni de elegantes maneras, ni afable. «¿Desea usted un -permiso para imprimir el Nuevo Testamento?» «Sí, señor.» «¿Y le -ha hablado usted de esto a su excelencia?» «En efecto.» «Supongo -que intenta usted imprimirlo sin notas»,—continuó Oliban—. «Sí.» -«Entonces, su excelencia no puede darle a usted el permiso—dijo el -secretario aragonés—; el Concilio de Trento ordenó que en ningún -país cristiano pueda imprimirse parte alguna de la Escritura sin -las notas de la iglesia.» «¿Cuántos años hace de eso?»—pregunté yo. -«No sé cuántos años hace—repuso Oliban—; pero tal es el decreto del -Concilio.» «¿Es que en España rigen ahora los decretos del Concilio -de Trento?»—inquirí—. «Rigen en algunos puntos, y este es uno de -ellos—respondió el aragonés—; pero, dígame, ¿quién es usted? ¿Le -conoce el embajador de su país?» «¡Oh!, sí, y tiene mucho interés por -este asunto.» «¿De veras?—dijo Oliban—; entonces, el caso varía. Si -puede usted demostrarme que su excelencia se interesa por el asunto, -yo no pondré dificultades.»</p> - -<p>El ministro británico hizo cuanto yo podía desear, y mucho -más de lo que me atrevía a esperar. Tuvo una entrevista con el -duque de Rivas, y hablaron detenidamente de mi asunto; el duque -fué todo sonrisas y cor<span class="pagenum" id="Page_269">[p. -269]</span>tesía. Escribió, además, una carta particular al duque -y me la dió, encargándome que yo mismo se la entregase la primera -vez que fuese a verle; y para remate de todo, me escribió y dirigió -otra carta en la que me dispensaba el honor de decirme que me tenía -en gran aprecio, y que su mayor placer sería que yo obtuviese el -permiso tan buscado. Fuí a ver al duque, y le entregué la carta; -estuvo diez veces más bondadoso y afable aún que antes; leyó la -carta, sonrió con la mayor dulzura, y luego, como poseído de súbito -entusiasmo, extendió los brazos de un modo casi teatral, exclamando: -«<i>Al secretario; él hará por usted el gusto.</i>» De nuevo me precipité -al secretario, que me recibió con frialdad glacial. Le referí las -palabras de su jefe, y le entregué la carta que me había escrito -el ministro británico. El secretario la leyó con atención, y me -dijo que, evidentemente, su excelencia se «había» tomado interés en -el asunto. Me preguntó después mi nombre, y, tomando una hoja de -papel, se sentó como si fuese a escribir el permiso. Yo estaba en -mis glorias. De pronto, el secretario se detuvo, alzó la cabeza, -pareció reflexionar un momento, y poniéndose la pluma detrás de la -oreja, dijo: «Entre los decretos del Concilio de Trento, se cuenta -uno...»</p> - -<p>—¡Oh Dios mío!—exclamé.</p> - -<p>—Es un hombre singular ese Oliban—dije<span class="pagenum" -id="Page_270">[p. 270]</span> un día a Galiano—; no puede usted -imaginarse lo me está haciendo pasar; no se cansa de hablarme del -Concilio de Trento.</p> - -<p>—En el Trento quisiera yo verle metido hasta la cintura por decir -tales tonterías. Sin embargo, procuraremos no desagradar a Oliban; -es de los nuestros y nos ha prestado buenos servicios; es, además, -hombre inteligente; pero, como buen aragonés, si se le mete una idea -en la cabeza, cuesta mucho trabajo arrancársela. No obstante, iremos -a verle; es antiguo amigo mío, y no dudo que le haremos entrar en -razón.</p> - -<p>Al día siguiente fuí a buscar a Galiano al Ministerio de Marina -o Almirantazgo (¿cómo se debe decir?), y desde allí fuimos al -Ministerio de lo interior, instalado en un edificio magnífico, -antigua <i>casa</i> de la Inquisición. Nos avistamos con Oliban. Galiano -se lo llevó al hueco de una ventana, y hablaron detenidamente, pero -en voz muy baja, y como la habitación era inmensa, no pude oír -palabra. Al cabo, Galiano se me acercó y dijo: «Hay alguna dificultad -para resolver el asunto de usted; pero ya sabe Oliban que es usted -amigo mío, y dice que eso le basta; quédese aquí con él, y hará -cuanto sea necesario en favor de usted. Es asunto arreglado. ¡Adiós!» -En diciendo esto, se marchó, dejándome con Oliban. El secretario -comenzó acto seguido a escribir no sé qué cosa, y, al terminar, sacó -una caja de<span class="pagenum" id="Page_271">[p. 271]</span> -cigarros, encendió uno, después de ofrecerme otro que rehusé, porque -no fumo, y apoyando los pies en la mesa me dirigió en francés el -siguiente discurso:</p> - -<p>—Me alegro mucho de ver a usted en esta capital, y aún de verle -trabajar en ese asunto. Considero un oprobio para España que no -circule ninguna edición del Evangelio, al menos en condiciones -tales que puedan adquirirla los más ricos y más pobres; una edición -descargada de notas de invención humana, que aumentan el volumen del -libro hasta hacerlo inmanejable. Para mí es indudable que una edición -como la que usted intenta imprimir, ejercería una influencia muy -beneficiosa en el espíritu del pueblo, que, entre nosotros, no conoce -la religión a fondo ni en su pureza. ¿Cómo va a conocerla, visto que -le han mantenido siempre cuidadosamente apartado del Evangelio, como -si la civilización pudiera existir donde la luz evangélica se apaga? -La regeneración moral de España depende de la libre circulación de -la Escritura, tarea en que sólo Inglaterra, su afortunada patria de -usted, puede empeñarse, por el nivel elevado de su civilización y la -prosperidad sin rival de que al presente goza. La razón me obliga, en -efecto, a reconocer todo esto, pero...</p> - -<p>—«Ahora es ella»—pensé yo.</p> - -<p>—«Pero...» Y una vez más comenzó a<span class="pagenum" -id="Page_272">[p. 272]</span> hablarme del fastidioso Concilio de -Trento; me pareció, pues, que lo de escribir en un papel, la oferta -del cigarro, y la enojosa y larga arenga no eran sino—¿cómo lo -llamaré?—mera Φλυαρία.</p> - -<p>Andaba ya por entonces muy entrada la primavera; las vertientes, -aunque no las cumbres, del Guadarrama estaban desde tiempo atrás -limpias de nieve; los árboles del Prado lucían ya su verde pompa, y -toda la <i>campiña</i> de los alrededores de Madrid mostrábase alegre y -risueña. Aún no habían llegado calores estivales, y el tiempo era, en -verdad, delicioso.</p> - -<p>Hacia el Oeste, al pie de la colina en que se alza Madrid, un -canal corre durante unas cuantas leguas paralelo al Manzanares, -del que le separan fértiles y amenas praderas. Las márgenes del -Canal, empezado por Carlos III y no concluído hasta el día, están -plantadas de hermosos árboles y constituyen el paseo más ameno -de las inmediaciones de la capital. Allí iba yo a perder horas y -horas, mirando los bancos de peces dorados y plateados que emergían -al sol en la superficie de las aguas verdosas, o escuchando, no el -trinar de los pájaros—porque no es España la tierra de esos cantores -alados—, sino la charla de un <i>naranjero</i>, que, además de naranjas, -vendía agua junto a una casilla de registro abandonada, frontera -precisamente al puente de tablas que cruzaba<span class="pagenum" -id="Page_273">[p. 273]</span> el canal; allí había instalado su -tenducho el naranjero por parecerle la posición favorable para su -comercio. Era asturiano, como de cincuenta años, y de unos cinco pies -de alto. Yo le compraba muchas naranjas, y no tardó en sentir gran -amistad por mí ni en contarme su historia; ninguna cosa notable había -en ella; el suceso más importante era una aventura que le ocurrió -en la sierra de Granada, donde cayó en poder de unos gitanos que -le dejaron en cueros y luego le despidieron dándole de palos. «He -corrido toda España—me dijo—, y en conclusión opino que sólo hay dos -sitios donde se puede vivir: Málaga y Madrid. En Málaga va todo muy -barato, y hay tal abundancia de pescado, que muchas veces lo he visto -amontonado en la orilla del mar; en Madrid, como está la corte, corre -el dinero, y nunca me acuesto sin cenar. Lo único que me importa es -vender naranjas, y mi único deseo es que, cuando muera, me entierren -allí.» Al decir esto, señalaba al otro lado del Manzanares, donde, -en el declive de una suave colina, como a una legua de distancia, -brillaban al sol los blancos muros del <i>Campo Santo</i>.</p> - -<p>El asturiano era un individuo muy zumbón, y aunque apenas sabía -leer ni escribir, nada ignorante de las cosas del mundo; tenía muchas -y exactas noticias de infinito número de personas, y poca gente -pasaba<span class="pagenum" id="Page_274">[p. 274]</span> junto a -su puesto de quien él no conociese los nombres, el carácter y la -historia. «Esos dos son gente muy principal—decía señalando a un -caballero y una dama magníficamente ataviados, que se apearon de un -coche, y pasaron cogidos del brazo por el puente de madera, seguidos -de dos sirvientes—; son el <i>Infante</i> Francisco Paulo y su mujer la -<i>Napolitana</i>, hermana de nuestra Cristina. Él es una buena persona; -pero su mujer, <i>vaya</i>, es la de peor genio de Madrid; sabe decir -<i>carrajo</i> tan bien y con tan excelente entonación como el carretero -de la Mancha de peor temple. No la salude usted, <i>amigo</i>; no tiene -educación ni guarda la etiqueta; una vez la saludé y no me hizo caso -alguno, como si yo no fuese asturiano y noble, de mejor sangre que -ella... ¡Buenos días, <i>señor don Francisco</i>! <i>¿Qué tal?</i> Hace un -tiempo hermoso. <i>Vaya su merced con Dios...</i> Esos tres individuos -que han bebido agua son tres bandidos, tres verdaderos hijos del -presidio. Los trato con amabilidad y me pagan o no, según les parece; -no se puede uno poner a malas con ellos. He tenido ya algún disgusto -por causa suya: figúrese usted que hará cosa de un año robaron a un -señor un poco más abajo del segundo puente; y, dicho sea de paso, le -aconsejo a usted, hermano, que no vaya por allí, como creo que va muy -a menudo; es un sitio peligroso. Pues, como digo, robaron y<span -class="pagenum" id="Page_275">[p. 275]</span> maltrataron a un señor; -pero un hermano suyo, <i>escribano</i>, se puso pronto sobre la pista, y -los prendió a todos. Necesitaba que alguien los identificara, y quiso -la casualidad que el día del robo estuviesen en mi puesto bebiendo -agua, como acaban de hacer ahora. En cuanto el <i>escribano</i> lo supo me -llamó a la cárcel para carearme con ellos. Demasiado bien los conocí, -pero como he aprendido en mis viajes a cerrar los ojos o a abrirlos -según convenga, dije al <i>escribano</i> que no me era posible afirmar que -hubiese visto a tales hombres anteriormente. El escribano, furioso, -me amenazó con el calabozo; pero yo le dije que hiciera su gusto, -que no me importaba. <i>Vaya</i>, no era cosa de exponerme a la venganza -de los tres presos y a la de sus amigos; vivo demasiado cerca de la -Plaza de la Cebada para eso... ¡Buenos días, señoritos! Naranjas de -Murcia, como ustedes ven: la verdadera sangre del dragón... ¡Agua -fresca! Estos dos jóvenes son los hijos de Gabiria, intendente de la -reina, el hombre más rico de Madrid; son guapos chicos y me compran -mucha fruta. Su padre los quiere más que a todas sus riquezas, según -dicen. Aquella vieja que está tirada debajo de un árbol es la <i>tía -Lucila</i>; ha hecho varias muertes, y como me debe dinero, espero que -algún día la veré ahorcar. Este hombre fué de la guardia walona; -«<i>señor don</i> Benito Mol, ¿cómo está usted?»</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_276">[p. 276]</span></p> - -<p>El personaje últimamente nombrado, absorvió en el acto mi -atención. Era un anciano corpulento, de más que mediana estatura, -con el cabello blanco y las facciones algo encendidas; tenía los -ojos grandes y azules, y siempre había en ellos, cuando los clavaba -en alguien, una expresión de ansiedad, como si esperase recibir -noticias importantes. Iba modestamente vestido, con chaqueta y -pantalón de paño vasto, de tinte rojizo. Tocábase con un <i>sombrero</i> -inmenso pero tan maltratado, que el borde de las alas tenía tantos -dentellones como una sierra. Contestó al saludo del naranjero, hízome -una cortesía, y luego exhibió dos pastillas de jabón de olor que -trató de vendernos; hablaba una jerga áspera y destemplada que quería -ser español, pero que se parecía más al valenciano o al catalán. -Preguntéle quién era, y pasó entre los dos el siguiente coloquio:</p> - -<p>—Soy suizo, de Lucerna; me llamó Benedicto Mol, y fuí soldado en -la guardia walona; ahora soy jabonero, para servirle.</p> - -<p>—Habla usted bastante mal el español—dije yo—. ¿Cuánto tiempo -lleva usted aquí?</p> - -<p>—Cuarenta y cinco años—repuso Benedicto—; pero cuando licenciaron -la guardia me fuí a Menorca, donde olvidé el español sin aprender el -catalán.</p> - -<p>—¿Le gustaba a usted servir al rey de España?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_277">[p. 277]</span></p> - -<p>—No tanto, que no me hubiera alegrado dejarlo hace cuarenta -años; nos pagaban mal y nos trataban peor. Pero, si no me equivoco, -usted es alemán; le hablaré a usted en mi lengua natal... Hubiera -abandonado el servicio de España, como abandoné el del Papa, a quien -serví antes de venir a este país, siendo muy joven; pero me casé -con una mujer de Menorca, de quien tuve dos hijos; esto fué lo que -me retuvo tanto tiempo por allá; antes de salir de Menorca mi mujer -murió, y mis hijos se fueron cada uno por su lado y no sé qué ha sido -de ellos. Mi intención es volver pronto a Lucerna y vivir allí a lo -duque.</p> - -<p>—Por lo visto, ha reunido usted un buen capital en España—dije yo, -mirando a su sombrero y a lo demás de su atavío.</p> - -<p>—Ni un <i>cuart</i>, ni un <i>cuart</i>; estas pastillas de jabón son todo -lo que poseo.</p> - -<p>—Quizás sea usted de buena familia y piense vivir de sus -rentas.</p> - -<p>—Ni un <i>heller</i>, ni un <i>heller</i>. Mi padre era el verdugo de -Lucerna; cuando se murió, embargaron su cadáver para pagar sus -deudas.</p> - -<p>—Entonces—dije yo—se propone usted, sin duda, dedicarse a la -fabricación de jabones en Lucerna. Hará usted muy bien, amigo mío, no -conozco ocupación más honrosa y útil.</p> - -<p>—No tengo la menor intención de dedicarme a eso en Lucerna—replicó -Benedicto—.<span class="pagenum" id="Page_278">[p. 278]</span> Y -como veo que es usted alemán, <i>lieber Herr</i>, y me agrada su aspecto -y su modo de expresarse, le diré a usted en confianza que apenas si -conozco el oficio, y ya me han despedido de varias fábricas por mi -impericia; las dos pastillas de jabón que llevo en el bolsillo no -las he fabricado yo. <i>In kurzem</i>, tan mal enterado estoy del oficio -de jabonero, como del de sastre, albeitar o zapatero que también he -desempeñado.</p> - -<p>—Pues no comprendo por qué espera usted vivir hecho un <i>Herzog</i> -en su país, como no crea usted que los habitantes de Lucerna -le mantendrán con esplendor a expensas del tesoro público, en -consideración a servicios prestados al Papa y al Rey de España.</p> - -<p>—<i>Lieber Herr</i>—dijo Benedicto—los habitantes de Lucerna no gustan -de mantener a sus expensas a los soldados del Papa ni a los del rey -de España. Muchos de la antigua guardia que han vuelto allá, piden -limosna por las calles. Pero yo iré en un coche tirado por seis -mulas, con un tesoro, un gran <i>Schatz</i>, que hay en la iglesia de -Santiago de Compostela.</p> - -<p>—Supongo que no se propondrá usted robar la iglesia—dije yo—, pero -si lo hace, creo que sufrirá usted un desengaño. Mendizábal y los -liberales le han ganado a usted por la mano. Según me dicen, ya no -quedan en las catedrales españolas más tesoros<span class="pagenum" -id="Page_279">[p. 279]</span> que unos pocos ornamentos mezquinos y -unos cuantos utensilios de plata.</p> - -<p>—Mi buen <i>Herr</i> alemán—dijo Benedicto—, no se trata del <i>Schatz</i> -de la iglesia, sino de otro, cuya existencia sólo yo conozco. Pronto -hará treinta años que, entre otros soldados enviados por enfermos a -Madrid, vino uno de mis compañeros de la guardia walona, que había -ido con los franceses a Portugal; estaba muy enfermo y no tardó en -morir. Pero antes de exhalar el último suspiro me mandó llamar, y -en su lecho de muerte me dijo que él, con otros dos soldados, ya -muertos, había enterrado en cierta iglesia de Compostela un gran -botín traído de Portugal. Consistía en <i>moidores</i> de oro y en un -paquete de diamantes del Brasil, muy gruesos, encerrado todo ello en -una olla de cobre. Le escuché con avidez, y puedo decir que desde -aquel momento no he dejado de pensar, ni de día ni de noche, en el -<i>Schatz</i>. Es muy fácil de encontrar, pues el moribundo me hizo una -descripción tan minuciosa del escondite, que, una vez en Compostela, -sin dificultad alguna pondría la mano en él; muchas veces he estado -ya a punto de emprender el viaje, pero siempre ha venido algo -imprevisto a estorbármelo. Cuando mi mujer murió, salí de Menorca -decidido a ir a Santiago, pero al llegar a Madrid, caí en manos de -una vascongada que me persuadió a que viviese con ella, y así lo he -hecho du<span class="pagenum" id="Page_280">[p. 280]</span>rante -varios años. Es una <i>Hax</i><a id="FNanchor_132" href="#Footnote_132" -class="fnanchor">[132]</a> muy grande, y dice que si la abandono, -me echará un sortilegio del que no me libraré nunca. <i>Dem Got sey -Dank</i>, ahora está en el hospital, para morirse de un día a otro. Tal -es mi historia, <i>lieber Herr</i>.</p> - -<p>He referido con todo cuidado la anterior conversación, porque -en el curso de este relato haré frecuente mención del suizo; sus -aventuras subsiguientes fueron de lo más extraordinario, y la última -de todas causó gran sensación en España.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_281">[Pg 281]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XIV</h2> - <p class="subhang"> - Estado de España.— Istúriz.— Revolución de La Granja.— La revuelta.— - Síntomas alarmantes.— Los corresponsales de periódicos.— Arrojo de - Quesada.— La escena final.— Fuga de los moderados.— El café. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">E</span><span -class="smcap">ntretanto</span>, las cosas no iban bien para los -<i>moderados</i>; impopulares en Madrid, lo eran aún más en las otras -ciudades importantes de España; en la mayor parte de ellas se -constituyeron <i>juntas</i> administrativas locales que se declararon -independientes de la reina y de sus ministros y rehusaron pagar -las contribuciones, no tardando en verse el Gobierno muy apurado -de dinero. No se pagaba al ejército y la guerra languidecía, -quiero decir por parte de los <i>cristinos</i>; porque los carlistas la -proseguían con mucho vigor; sus <i>guerrillas</i>, en partidas, recorrían -el país en todas direcciones, mientras una fuerza importante, -al mando del famoso Gómez, daba la vuelta a España entera. Para -remate de todo, se esperaba una insurrección<span class="pagenum" -id="Page_282">[p. 282]</span> en Madrid de un día para otro, y, por -precaución, fueron desarmados los nacionales, medida que aumentó -enormemente su odio al Gobierno <i>moderado</i>, y, sobre todo, a Quesada, -a quien se atribuyó esa iniciativa.</p> - -<p>Con respecto a mis asuntos, no desperdiciaba yo ocasión de -adelantar mis pretensiones; pero el secretario aragonés seguía -machacando en el Concilio de Trento, y consiguió frustrar todos -mis esfuerzos. Por las muestras, había contagiado a su jefe sus -ideas personales sobre el asunto, porque el duque, al verme en sus -audiencias, no me hacía más caso que dedicarme una mirada desdeñosa; -y en cierta ocasión, como me adelantase hacia él para hablarle, se -escapó por la puerta más próxima. No le volví a ver desde entonces; -me disgustó su modo de tratarme, y me abstuve de hacer nuevas visitas -a la <i>Casa de la Inquisición</i>. El pobre Galiano continuaba dándome -pruebas de su inquebrantable amistad; pero me confesó francamente que -no había ya esperanza de conseguir nada en las altas esferas. «El -duque—me dijo—opina que no puede accederse a su petición; el otro -día suscité el asunto en Consejo, y sacó a relucir los decretos de -Trento, y habló de usted como de un individuo enfadoso e importuno; -le respondí yo con cierta acritud y hubo entre nosotros su poquito -de <i>función</i>, de lo que <span class="pagenum" id="Page_283">[p. -283]</span>se rió mucho Istúriz. Y entre paréntesis—continuó—, -¿qué necesidad tiene usted de un permiso en regla que, al parecer, -nadie puede otorgar? Lo mejor que puede usted hacer, dadas las -circunstancias, es imprimir la obra, en la inteligencia de que nadie -le molestará a usted cuando intente repartirla. Le aconsejo a usted -encarecidamente que hable con Istúriz acerca del asunto. Yo le -prepararé, y respondo de que le recibirá cortésmente.»</p> - -<p>Pocos días después, en efecto, tuve una entrevista con Istúriz en -su despacho de Palacio; para ser breve, sólo diré que le hallé muy -bien dispuesto en favor de mis planes. «He vivido mucho tiempo en -Inglaterra—dijo—; la Biblia es allí libre, y no veo razón para que -no lo sea en España. No quiero aventurarme a decir que Inglaterra -debe su prosperidad al conocimiento que, más o menos, todos sus -hijos tienen de la Sagrada Escritura; pero estoy cierto de una cosa, -y es que la Biblia no ha causado daño en aquel país, ni creo que -pueda producirlo en España. No deje usted, pues, de imprimirla, y -difúndala por España todo lo posible.» Me retiré muy satisfecho de la -entrevista; si no un permiso escrito de imprimir el libro sagrado, -había obtenido algo que, en cualesquiera circunstancias, consideraba -yo casi equivalente: el tácito convenio de que mis empeños bíblicos -serían tolerados en España; abrigaba la firme esperanza de que, -<span class="pagenum" id="Page_284">[p. 284]</span>cualquiera que -fuese la suerte del Ministerio, ningún otro, y menos uno liberal, se -atrevería a ponerme obstáculos, sobre todo porque el embajador inglés -era amigo mío y conocía todos los pasos dados por mí en el asunto.</p> - -<p>Dos o tres cosas relacionadas con mi entrevista con Istúriz -me impresionaron como muy dignas de nota. Primero, la extremada -facilidad con que obtuve audiencia del primer ministro de España. -El portero me hizo pasar de buenas a primeras, sin necesidad de -anunciarme y sin hacerme esperar. Segundo, la soledad reinante en -aquel lugar, tan distinta del bullicio, ruido y actividad observados -por mí mientras aguardaba a ser recibido por Mendizábal. Ya no había -allí afanosos pretendientes en espera de una entrevista con el grande -hombre; si se exceptúa a Istúriz y al empleado, a nadie vi. Pero lo -que me produjo impresión más profunda fué la actitud del ministro, -quien, cuando yo entré, estaba sentado en un sofá con los brazos -cruzados y los ojos clavados en el suelo. Era extremada la depresión -del tono de su voz, melancólico el aire de sus morenas facciones, y, -en general, tenía todo el aspecto de una persona que, para librarse -de las miserias de esta vida, medita el acto de suma desesperanza: el -suicidio.</p> - -<p>Pocos días bastaron para demostrar que, en efecto, a Istúriz -le sobraban motivos para<span class="pagenum" id="Page_285">[p. -285]</span> entristecerse: menos de una semana después estalló -la llamada revolución de La Granja. La Granja es un sitio real -enclavado en pinares de la vertiente Norte del Guadarrama, a unas -doce leguas de Madrid. La reina gobernadora Cristina se había ido a -La Granja, por apartarse del descontento de la capital y gozar del -aire campestre y de las delicias de aquel famoso retiro, monumento -del gusto y de la magnificencia del primer Borbón que ocupó el trono -de España. Pero no la dejaron tranquila mucho tiempo; sus mismos -guardias estaban descontentos, inclinándose a los principios de -la Constitución de 1823 (sic), y no a los del gobierno monárquico -absoluto, que los <i>moderados</i> intentaban resucitar en España. Una -madrugada, un grupo de soldados de la guardia, capitaneados por -cierto sargento García, entraron en las habitaciones de la reina y le -pidieron que suscribiese aquella Constitución y jurase solemnemente -mantenerla. Cristina, mujer de mucho temple, rehusó complacerlos -y los mandó marcharse. Siguió una escena violenta y tumultuosa; -pero como la reina se mantenía firme, lleváronla los soldados a uno -de los patios del palacio, donde estaba Muñoz, su amante, atado y -con los ojos vendados. «Jura la Constitución, bribona», vociferaba -el <i>atezado</i> sargento. «Jamás», exclamó la animosa hija de los -Borbones de Nápoles. «Entonces morirá tu <i>cortejo</i>», replicó<span -class="pagenum" id="Page_286">[p. 286]</span> el sargento. «Adelante, -muchachos; preparad las armas, y metedle cuatro balas en la cabeza -a ese individuo.» Sin tardanza pusieron a Muñoz junto al muro, le -obligaron a arrodillarse, alzaron los soldados los fusiles, y un -momento después hubieran enviado al infeliz a la eternidad, si la -reina, olvidándose de todo, menos de los sentimientos de su corazón -de mujer, no se hubiera adelantado dando un chillido y gritando: -«¡Alto, alto! Firmaré...»</p> - -<p>Al día siguiente de este suceso entraba yo en la Puerta del Sol -a eso del mediodía. Siempre hay allí a tales horas gran gentío, -pacífico e inmóvil de ordinario, compuesto de desocupados que fuman -tranquilamente, o escuchan o comentan las noticias—casi siempre -insípidas—de la capital; pero el día de que hablo la multitud no -estaba tranquila. La gente vociferaba y gesticulaba, y muchos corrían -gritando: <i>¡Viva la Constitución!</i>; grito que se hubiera pagado -con la vida algunos días antes, porque la ciudad había estado unas -cuantas semanas sometida a los rigores de la ley marcial. A veces -oíanse estas palabras: «<i>¡La Granja! ¡La Granja!</i>», seguidas siempre -del grito de: «<i>¡Viva la Constitución!</i>» Frente a la <i>Casa de Postas</i> -estaban formados en línea hasta doce dragones a caballo, algunos de -los cuales arrojaban continuamente sus gorras al aire, sumándose a -las aclamaciones generales,<span class="pagenum" id="Page_287">[p. -287]</span> animados por el ejemplo de su comandante, oficial joven -y guapo, que blandía la espada y gritaba con júbilo: «¡Viva la reina -constitucional! ¡Viva la Constitución!»</p> - -<p>La multitud engrosaba por momentos; varios nacionales, de -uniforme, pero sin armas, porque, como ya he dicho, se las habían -quitado, aparecieron. De pronto, descubrí entre los grupos a -Baltasar, vestido como la primera vez que le vi: con un gran capote -de regimiento, ya viejo, y la gorra de cuartel. «¿Qué ha sido del -Gobierno <i>moderado</i>?—le pregunté—. ¿Han destituído y reemplazado ya -a los ministros?» «Aún no, <i>don Jorge</i>—dijo el soldadito y sastre—, -aun no; esos pícaros se sostienen todavía apoyados en Quesada, que es -un toro bravo, y en un poco de infantería que les sigue fiel. Pero -no hay que temer, <i>don Jorge</i>; la reina es nuestra, gracias al valor -de mi amigo García; y si el toro bravo se presenta aquí, ¡oh!, <i>don -Jorge</i>, verá usted entonces lo que es bueno; vengo prevenido...» Al -decir esto entreabrió el capote y me dejó ver un retaco que llevaba -oculto, pendiente de una correa; y, haciendo un guiño con los ojos, -y con la cabeza un movimiento significativo, se perdió entre la -multitud.</p> - -<p>Un instante después vi avanzar un pequeño pelotón de soldados -por la <i>calle Mayor</i>, o calle principal que corre desde la Puerta -del Sol en dirección a Palacio; podían ser<span class="pagenum" -id="Page_288">[p. 288]</span> unos veinte hombres, y a su cabeza -marchaba un oficial con la espada desnuda. Debían de haberlos reunido -con gran precipitación, porque muchos de ellos llevaban traje de -faena y gorra de cuartel. Conforme avanzaban, marchando lentamente, -ni el oficial ni los soldados hacían el menor caso de los gritos de -la multitud, que, agolpándose en torno suyo, no cesaba de vociferar: -«¡Viva la Constitución!»; todo lo más respondían con alguna ojeada -hostil; y marcharon, fruncidas las cejas y apretados los dientes, -hasta llegar frente al pelotón de caballería, donde hicieron alto y -formaron las filas.</p> - -<p>—Estos hombres no traen buenas intenciones—dije a mi amigo D..., -del <i>Morning Chronicle</i>, que acababa de reunirse conmigo—. Y tenga -usted por seguro que si se lo mandan, empezarán a hacer fuego sin -mirar dónde dan. Pero ¿en qué están pensando esos dragones, que -evidentemente son del bando contrario, a juzgar por sus gritos? ¿Por -qué, estando detrás de los infantes, no les dan una carga y los -desbaratan? En seguida la gente les quitaría los fusiles. Yo no soy -liberal, pero ya que usted lo es, ¿cómo no se acerca al inexperto -joven que manda los caballos, y le da usted a tiempo un buen -consejo?</p> - -<p>D... volvió hacia mí su ancho semblante, coloradote y placentero -como de buen inglés, y dirigiéndome una mirada maliciosa,<span -class="pagenum" id="Page_289">[p. 289]</span> que parecía -significar... (lo que el amable lector crea más del caso), me -agarró del brazo y dijo: «Salgamos de esta barahunda, y a ver si -se encuentra una ventana donde instalarnos, y desde donde yo pueda -describir lo que suceda en la plaza, porque creo como usted que va -a pasar algo grave.» En el último piso de una casa bastante grande, -frente por frente a la de Correos, había papeles en señal de que se -alquilaban habitaciones; subimos al instante, y contratamos con la -inquilina del <i>étage</i> el uso de la habitación de la calle por aquel -día; atrancamos la puerta, y el reporter requirió cuaderno y lápiz, -dispuesto a tomar notas de los sucesos que ya se cernían sobre la -plaza.</p> - -<p>¡Qué hombres tan extraordinarios son por lo general los -corresponsales de los periódicos ingleses! De seguro que si hay -alguna clase de hombres que merezca llamarse cosmopolita, es -ésta, formada por gente que ejerce su profesión en cualquier país -indistintamente, y se acomoda a voluntad a los usos de todas las -clases sociales; a cuya fluidez de estilo como escritores sólo supera -su facilidad de palabra en la conversación, y a su conocimiento -de las letras clásicas, su experiencia del mundo, adquirida por -una temprana iniciación en el bullicioso teatro de la vida. La -actividad, energía y valor que a veces han de desplegar en sus -tareas informativas, son en verdad notables.<span class="pagenum" -id="Page_290">[p. 290]</span> En París, durante los tres días<a -id="FNanchor_133" href="#Footnote_133" class="fnanchor">[133]</a>, -los vi mezclados con la <i>canaille</i> y los <i>gamins</i> detrás de las -barricadas, mientras la metralla llovía por todas partes y los -desesperados coraceros estrellaban sus fogosos caballos contra unos -parapetos tan débiles en apariencia. Allí permanecían, tomando notas -en un cuaderno con tanta tranquilidad como si estuvieran haciendo -información en un mitin de Covent Garden o de Finsbury Square. -En España, varios de ellos acompañan a las <i>guerrillas</i> de los -<i>cristinos</i> o de los carlistas en algunas de sus expediciones más -arriesgadas, exponiéndose al peligro de las balas enemigas, a las -inclemencias del invierno y a los rigores del sol estival.</p> - -<p>Apenas llevábamos cinco minutos en la ventana, cuando oímos de -pronto el ruido de los cascos de unos caballos que bajaban corriendo -por la <i>calle de Carretas</i>. La casa en que estábamos se hallaba, -como ya he dicho, enfrente de la de Correos, por cuya izquierda, -mirando desde el Norte, desemboca aquella vía en la <i>Puerta del -Sol</i>; a medida que el ruido se acercaba, apagábase el griterío de la -multitud, como si un temor pánico se apoderase de ella; una o dos -veces, sin embargo, percibí estas palabras «¡Quesada! ¡Quesada!» Los -soldados de Infantería permanecieron en calma e inmóviles, pero<span -class="pagenum" id="Page_291">[p. 291]</span> los de caballería, y -el joven oficial que mandaba, mostraron confusión y miedo a la vez, -cambiando unos con otros palabras precipitadas.</p> - -<p>De pronto, la gente que estaba hacia la desembocadura de la <i>calle -de Carretas</i>, retrocedió en desorden, dejando un vasto espacio libre, -en el que al instante se precipitó Quesada a galope tendido, espada -en mano y con uniforme de general, montado en un <i>pura sangre</i> -inglés, bayo claro, con tal ímpetu, que recordaba a un toro manchego -lanzándose al redondel al ver de súbito abierta la puerta del -toril.</p> - -<p>Seguíanle muy de cerca dos oficiales a caballo, y, a corta -distancia, otros tantos dragones. Casi en menos tiempo que se emplea -en contarlo, unos cuantos alborotadores rodaron por el suelo a los -pies de los caballos de Quesada y de sus dos amigos, porque los -dragones hicieron alto en cuanto entraron en la <i>Puerta del Sol</i>. -Era un hermoso espectáculo ver a tres hombres, a fuerza de valor -y de maestría en la equitación, sembrar el terror en otros tantos -miles, cuando menos. Vi a Quesada meterse a caballo por entre la -densa multitud y luego desembarazarse de ella por modo magistral; -el populacho estaba completamente atemorizado, y retrocedía, -retirándose por la <i>calle del Comercio</i> y la <i>calle de Alcalá</i>. Le vi -también lanzarse de golpe contra dos naciona<span class="pagenum" -id="Page_292">[p. 292]</span>les que intentaban escaparse, separarlos -de la multitud, envolverlos, y empujarlos en otra dirección, -golpeándolos despreciativamente con el sable de plano. El general -gritaba ¡Viva la reina absoluta! cuando, precisamente debajo de mí, -en medio de unos grupos que aún no habían cedido el campo, acaso -porque no tenían por dónde escapar, vi brillar por un instante el -cañón de un trabuco, sonó luego una detonación aguda, y una bala -estuvo a punto de enviar a Quesada al otro mundo: tan cerca le pasó -que le rozó el sombrero. Percibí fugazmente, hacia el sitio de donde -partió el tiro, una gorra de cuartel muy conocida, luego la gente -echó a correr, y el tirador, quienquiera que fuese, desapareció -favorecido por la confusión que se movió.</p> - -<p>Quesada mostró inmenso desprecio ante el peligro que acababa de -correr. Echó en torno suyo una mirada fiera y rápida, y dejando a los -dos nacionales, que se fueron cabizbajos, como perros azotados por su -amo, se dirigió al joven oficial que mandaba la caballería y que tan -activo se había mostrado dando gritos en favor de la Constitución; -díjole unas pocas palabras con gesto amenazador, y el oficial -evidentemente se sometió, pues, obedeciendo tal vez sus órdenes, -resignó el mando del pelotón y se fué muy abatido; hecho esto, -Quesada se apeó, y estuvo paseandose arriba y abajo delante<span -class="pagenum" id="Page_293">[p. 293]</span> de la <i>Casa de Postas</i>, -con un aire que parecía retar a toda la humanidad.</p> - -<p>Aquél fué el día glorioso de la vida de Quesada, y también su -día postrero. Digo ésto, porque nunca se había producido en forma -tan brillante, y porque ya no debía ver el ocaso de otro sol. No -se recuerda acción de conquistador o de héroe alguno que pueda -compararse con esta escena final de la vida de Quesada. ¿Quién, -por sólo su impetuosidad y su desesperado valor ha detenido una -revolución en plena marcha? Quesada lo hizo; contuvo la revolución en -Madrid un día entero, y restituyó las turbas hostiles y alborotadas -de una gran ciudad al orden y a la quietud perfectos. Su irrupción -en la <i>Puerta del Sol</i> fué de un arrojo tan tremendo y oportuno que -no tiene par. Tanta admiración me produjo el valor del «toro bravo», -que durante su acometida grité muchas veces: «<i>¡Viva Quesada!</i>», -y le deseé buena fortuna. Esto no quiere decir que yo pertenezca -a ningún partido o sistema político. ¡No! ¡No! He vivido tanto -tiempo con <i>Romany Chals</i><a id="FNanchor_134" href="#Footnote_134" -class="fnanchor">[134]</a> y <i>Petulengres</i><a id="FNanchor_135" -href="#Footnote_135" class="fnanchor">[135]</a> que no puedo<span -class="pagenum" id="Page_294">[p. 294]</span> tener más política -que la política de los gitanos, y bien sabido es que al llegar -las elecciones, los hijos de Roma se declaran por los dos bandos -opuestos, mientras el resultado es dudoso, augurando el triunfo a los -dos; y cuando la pelea concluye y la batalla está ganada, se alistan -sin falta en las filas del vencedor. Pero, lo repito, mi interés por -Quesada nació al contemplar la firmeza de su corazón y su maestría de -jinete. La tranquilidad quedó restablecida en Madrid para el resto -del día; el pelotón de infantes vivaqueó en la <i>Puerta del Sol</i>. No -se oyeron más gritos de viva la Constitución; la revuelta parecía -efectivamente dominada en la capital. Es lo más probable que si los -jefes del partido <i>moderado</i> llegan a tener confianza en sí mismos -por cuarenta y ocho horas más, su causa hubiera triunfado y los -soldados revolucionarios de La Granja se hubieran dado por contentos -devolviendo a la reina su libertad y aceptando una avenencia, porque -se sabía que varios regimientos leales se acercaban a Madrid.</p> - -<p>Pero los <i>moderados</i> no tuvieron confianza; aquella misma noche -sus corazones desfallecieron y huyeron en varias direcciones: -Istúriz y Galiano, a Francia; el duque de Rivas, a Gibraltar. El -pánico de los colegas contagió al mismo Quesada, que huyó vestido -de paisano. Pero no tuvo tanta suerte como los otros: reconocido en -una aldea, a<span class="pagenum" id="Page_295">[p. 295]</span> -tres leguas de Madrid, fué preso por unos amigos de la Constitución. -En el acto se envió a la capital noticia de la captura, y una -copiosa turba de nacionales, los unos a pie, los otros a caballo, -algunos en carruajes, se puso en marcha al instante. «Vienen los -nacionales»—dijo un <i>paisano</i> a Quesada. «Entonces—respondió—estoy -perdido»; y luego se preparó para la muerte.</p> - -<p>Hay en la calle de Alcalá, de Madrid, un café famoso<a -id="FNanchor_136" href="#Footnote_136" class="fnanchor">[136]</a> -capaz para varios cientos de personas. En la tarde de aquel mismo -día estaba yo sentado en el café consumiendo una taza del oscuro -brebaje, cuando sonaron en la calle ruidos y clamores estruendosos; -causábanlos los nacionales, que volvían de su expedición. A los -pocos minutos entró en el café un grupo de ellos; iban de dos en -dos, cogidos del brazo, y pisaban recio a compás. Dieron la vuelta -al espacioso local, cantando a coro con fuertes voces la siguiente -bárbara copla:</p> - -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2">¿Qué es lo que abaja<br /></span> -<span class="i0">por aquel cerro?<br /></span> -<span class="i0">Ta ra ra ra ra.<br /></span> -<span class="i2">Son los huesos de Quesada,<br /></span> -<span class="i0">que los trae un perro.<br /></span> -<span class="i0">Ta ra ra ra ra.<br /></span> -</div></div> - -<p>Pidieron después un gran cuenco de café, y, colocándolo sobre una -mesa, los nacionales se sentaron en torno. Hubo un momento<span -class="pagenum" id="Page_296">[p. 296]</span> de silencio, -interrumpido por una voz tonante: «<i>¡El pañuelo!</i>» Sacaron un pañuelo -azul, en el que llevaban algo envuelto; lo desataron, y aparecieron -una mano ensangrentada y tres o cuatro dedos seccionados, con los -que revolvían el contenido del cuenco. «¡Tazas, tazas!»—gritaron los -nacionales...</p> - -<p>—¡Eh! <i>Don Jorge</i>—gritó Baltasarito, viniendo hacia mí con una -taza de café—, hágame usted el obsequio de beber por este suceso -glorioso. Hoy es un día afortunado para España y para los valientes -nacionales de Madrid. He visto más de una <i>función</i> de toros, pero -ninguna me ha causado tanto placer como ésta. Ayer el toro hizo de -las suyas, pero hoy los <i>toreros</i> han podido más, como usted ve, <i>don -Jorge</i>. Hágame el favor de beber; ahora voy a ir en una carrera a -mi casa a buscar mi <i>pajandi</i> para divertir a compañeros tocando y -cantar una copla. ¿Qué copla? ¿Una copla en <i>gitano</i>?</p> - -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i0">Una noche sinava en tucue<a id="FNanchor_137" href="#Footnote_137" class="fnanchor">[137]</a>.</span> -</div></div> - -<p>¿Mueve usted la cabeza, <i>don Jorge</i>? ¡Ja, ja, ja! Soy joven, -y la juventud es la edad de las diversiones. Bueno, bueno; en -obsequio a usted, que es inglés y <i>monró</i><a id="FNanchor_138" -href="#Footnote_138" class="fnanchor">[138]</a>, no cantaré eso, sino -una canción liberal patriótica: el himno de Riego. <i>¡Hasta después, -don Jorge!</i></p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_297">[Pg 297]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XV</h2> - <p class="subhang"> - El vapor.— El cabo de Finisterre.— La tormenta.— Llegada a Cádiz.— El - Nuevo Testamento.— Sevilla.— Itálica.— El anfiteatro.— Los presos.— - El encuentro.— El barón Taylor.— La calle y el desierto. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">E</span><span class="smcap">n -los</span> primeros días de noviembre<a id="FNanchor_139" -href="#Footnote_139" class="fnanchor">[139]</a> surqué de nuevo -el mar con rumbo a España. Había vuelto a Inglaterra poco después -de los sucesos referidos en el capítulo anterior, con objeto de -consultar a mis amigos y trazar el plan de mi campaña bíblica en -España. Resolvimos imprimir en Madrid el Nuevo Testamento lo antes -posible, y se convino que yo me encargaría de la tarea un tanto -ardua de distribuirlo. Breve fué mi estancia en Inglaterra; el -tiempo era precioso y ansiaba yo encontrarme de nuevo en el campo -de acción. Me embarqué en el Támesis, a bordo del vapor <i>M...</i> La -travesía hasta Falmouth fué muy desagradable. El barco iba atestado -de pasajeros, pobres tísicos en su mayoría o gente valetudinaria -que<span class="pagenum" id="Page_298">[p. 298]</span> huía de las -frías celliscas invernales de Inglaterra a las costas soleadas de -Portugal y Madeira. Nunca me ha cabido en suerte viajar en un barco -más incómodo, sobre todo de vapor. Los camarotes eran muy pequeños -y faltos de ventilación; el mío era de los peores, porque los demás -estaban tomados desde antes de llegar yo a bordo; para evitar la -asfixia que me amenazaba en cuanto entraba en él, hice el viaje -echado en el suelo de una de las cámaras. Estuvimos en Falmouth -veinticuatro horas, haciendo carbón y reparando la máquina, que tenía -desperfectos importantes.</p> - -<p>El lunes 7 zarpamos con rumbo al golfo de Vizcaya. Había mar -gruesa, el viento era fuerte y contrario; sin embargo, en la mañana -del cuarto día teníamos a la vista las rocas de la costa Norte -del cabo de Finisterre. Debo hacer notar aquí que este viaje era -el primero que el capitán hacía a bordo de nuestro barco y que -conocía muy poco o nada la costa a que nos dirigíamos. Le buscaron -a última hora, apresuradamente, porque su predecesor renunció el -mando, fundándose en que el barco no podía aguantar la mar y en las -frecuentes averías de la máquina. Si yo hubiera sabido todo esto al -ver que el barco se acercaba cada vez más a la costa, hasta colocarse -a unos cientos de varas de distancia de ella, mi alarma hubiese -sido mucho mayor de lo que fué. No dejé,<span class="pagenum" -id="Page_299">[p. 299]</span> con todo, de sentir profunda sorpresa, -pues como las dos veces que había cruzado por allí en barco de vapor, -había visto el cuidado con que los capitanes se mantenían lejos de -la costa, no pude adivinar la razón de aproximarnos tanto a una zona -peligrosísima. El viento soplaba con fuerza hacia la costa, si puede -llamarse así a los abruptos y escarpados precipicios en que rompía -la marejada con fragor de trueno, alzando nubes de espuma y de agua -pulverizada a la altura de una catedral. Fuimos costeando lentamente, -y doblamos varios elevados promontorios, apilados algunos por la mano -de la naturaleza en formas muy fantásticas. Al anochecer, teníamos -cerca por la proa el cabo de Finisterre, escarpada y sombría montaña -de granito, cuya ceñuda cima pueden ver desde muy lejos cuantos -atraviesan el Océano. La corriente en aquellos parajes era terrible, -y aunque las máquinas trabajaban con toda su fuerza avanzábamos poco -o nada.</p> - -<p>A eso de las ocho de la noche, el viento se convirtió en huracán, -el trueno retumbó pavorosamente, y la única luz que alumbraba nuestro -camino era la de las rojas culebrinas expelidas a intervalos de su -seno por las nubes gruesas y negras que rodaban a poca altura sobre -nuestras cabezas. Hacíamos los mayores esfuerzos para doblar el cabo, -que a la luz de los relámpagos surgía a sotavento, iluminado por -las frecuentes<span class="pagenum" id="Page_300">[p. 300]</span> -exhalaciones que vibraban en torno de su cima, cuando, de súbito, -la máquina se rompió con un gran crujido, y las palas de que pendía -nuestra existencia dejaron de funcionar.</p> - -<p>No intentaré pintar la escena de horror y confusión que se -produjo; puede ser imaginada, pero no descrita. El capitán—justo -es reconocerlo—desplegó la mayor frialdad e intrepidez; tanto él -como la tripulación hicieron todo lo imaginable por arreglar la -máquina, y cuando vieron la inutilidad de sus esfuerzos izaron -las velas y realizaron todas las maniobras posibles para salvar -el barco de una destrucción inminente. Pero nada aprovechaba; por -desgracia, teníamos la costa a sotavento, y hacia ella nos impelía -la rugiente tempestad. Me hallaba yo en tales instantes cerca del -timón y pregunté al timonel si había alguna esperanza de salvar el -barco, o al menos nuestras vidas. «La situación es apurada, señor—me -respondió—. Con esta mar los botes zozobrarán en un minuto; antes -de una hora el barco chocará contra el Finisterre, donde el buque -de guerra más fuerte del mundo se haría pedazos instantáneamente. -Ninguno de nosotros verá el día de mañana.» De igual modo, el -capitán informó a los demás pasajeros del peligro que corríamos y -les dijo que se preparasen; ordenó luego cerrar las escotillas y -que no se permitiese a nadie permanecer sobre cubierta; yo seguí en -mi puesto, no<span class="pagenum" id="Page_301">[p. 301]</span> -obstante, casi ahogado por el agua de las inmensas olas que rompían -contra el barco por barlovento y lo anegaban. Las pipas de agua -potable se soltaron de sus amarras, y una de ellas me tiró al suelo -y aplastó un pie al desdichado timonel, cuyo puesto ocupó en el acto -el capitán. Estábamos ya cerca de las rocas, cuando los elementos -entraron en hórrida convulsión. Los relámpagos nos envolvían con sus -resplandores; los truenos retumbaban con el fragor de un millón de -cañones; el Océano parecía vomitar sus heces más profundas, cuando, -en medio de tal desquiciamiento, el vendaval saltó súbitamente de -cuadrante y nos apartó de la horrible costa aún más de prisa que nos -había empujado hacia ella.</p> - -<p>Los marineros más viejos de a bordo reconocieron que nunca se -habían librado de la muerte por modo tan providencial. Desde el fondo -de mi corazón dije: «Padre nuestro, santificado sea tu nombre.»</p> - -<p>Al día siguiente estuvimos a punto de naufragar, porque con la -gran marejada nuestro barco, no destinado para navegar a la vela, -trabajaba mucho y hacía agua. Las bombas funcionaron sin cesar. -También tuvimos fuego a bordo, pero se logró sofocarlo. Por la -tarde, la máquina de vapor quedó parcialmente arreglada, y el día 13 -llegamos a Lisboa, donde en pocos días se terminaron las reparaciones -necesarias.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_302">[p. 302]</span></p> - -<p>En Lisboa encontré a mi excelente amigo W.<a id="FNanchor_140" -href="#Footnote_140" class="fnanchor">[140]</a> bueno y sano. -Durante mi ausencia había trabajado lo posible para fomentar la -venta del libro sagrado en portugués; su celo y aplicación eran, en -verdad, admirables. Por desgracia, las perturbaciones sufridas por -el país en los seis últimos meses habían estorbado sus esfuerzos. -Los ánimos de las gentes estaban tan preocupados con la política, -que no les quedaba apenas tiempo para pensar en su salvación. La -historia política de Portugal presenta en estos últimos tiempos un -sorprendente paralelo con la del país vecino. En ambos, la corte -y el partido democrático han luchado por la supremacía; en ambos -ha triunfado el último, y dos personas de viso han caído víctimas -del furor popular: Freire, en Portugal, y Quesada, en España. -Las noticias de este país, que recibí en Lisboa, eran pésimas. -Las hordas de Gómez devastaban Andalucía, que yo estaba a punto -de visitar de paso para Madrid; los carlistas habían saqueado a -Córdoba, y ocupádola tres días, abandonándola después. Me dijeron -que si persistía en entrar en España por donde me había propuesto, -caería probablemente en manos de los facciosos en Sevilla. No me -arredré, a pesar de todo, con plena confianza<span class="pagenum" -id="Page_303">[p. 303]</span> en que el Señor me abriría camino hasta -Madrid.</p> - -<p>Reparadas las averías del barco, subimos de nuevo a bordo, y -en dos días llegamos sin novedad a Cádiz. Reinaba en la ciudad -gran confusión. Decíase que por los alrededores campaban numerosas -partidas carlistas. Era de temer un ataque y acababa de proclamarse -en la ciudad el estado de sitio. Me alojé en el hotel Francés, en -la <i>calle de la Niveria</i>,<a id="FNanchor_141" href="#Footnote_141" -class="fnanchor">[141]</a> y me dieron para dormir una especie de -desván o <i>guardilla</i>, pues la casa, famosa por su excelente <i>table -d’hôte</i>, estaba llena de huéspedes. Me vestí y salí a dar una vuelta -por la ciudad. Entré en varios cafés; el ruido de las conversaciones -era en todos ensordecedor. En uno de ellos, seis oradores nada menos -hablaban al mismo tiempo; el tema era la situación del país y las -probabilidades de una intervención franco-inglesa. De pronto, el -orador a quien yo escuchaba, me pidió mi opinión por ser extranjero -y, al parecer, recién llegado. Contesté que no podía aventurarme a -adivinar los planes de aquellos Gobiernos en tales circunstancias; -pero que, en mi opinión, no sería malo que los españoles se -esforzasen algo más por su parte y llamasen menos a Júpiter en su -ayuda. Como no tenía ganas<span class="pagenum" id="Page_304">[p. -304]</span> de hablar de política me fuí en seguida del café, en -busca de los barrios donde vive principalmente la clase baja.</p> - -<p>Entré en conversación con varios individuos; pero a todos los -encontré muy ignorantes; ninguno sabía leer ni escribir, y sus -ideas religiosas no eran nada satisfactorias; los más profesaban un -indiferentismo completo. Fuí después a una librería, e hice algunas -preguntas acerca de la demanda de libros de literatura; dijéronme -que era muy escasa. Mostré un ejemplar de una edición londinense -del Nuevo Testamento en español, y pregunté al librero si, en su -opinión, un libro de tal especie tendría venta en Cádiz; respondió -que el papel y la impresión eran magníficos; pero que era un libro -nada buscado y muy poco conocido. No proseguí mis averiguaciones -en otras librerías, pensando que, probablemente, ningún librero me -daría buenos informes de una publicación en que no estaba interesado. -Además, yo sólo tenía dos o tres ejemplares del Nuevo Testamento, -y no hubiera podido servir ningún pedido, aunque me lo hubiesen -hecho.</p> - -<p>El día 24, muy temprano, me embarqué para Sevilla en el vaporcito -español <i>Betis</i>. La mañana era húmeda, y la densa niebla que -envolvía el paisaje me impidió observar aquellos contornos. A las -seis leguas de recorrido llegamos a la punta Noreste de la<span -class="pagenum" id="Page_305">[p. 305]</span> bahía de Cádiz y -pasamos junto a Sanlúcar, ciudad antigua, próxima a la desembocadura -del Guadalquivir. De pronto la niebla se deshizo, y el sol de -España fulguró radiante, animándolo todo, y en especial a mí, que -yacía sobre cubierta en lánguido y melancólico estupor. Entramos -en «El gran río», que tal es la traducción de <i>Wady al Kebir</i>, -nombre dado por los moros al antiguo Betis. Anclamos durante unos -minutos en Bonanza, pueblecito situado en la terminación del primer -brazo del río; tomamos varios pasajeros y continuamos el viaje. El -Guadalquivir no ofrece nada de gran interés a los ojos del viajero: -las márgenes son bajas, sin árboles; el país adyacente, raso; sólo a -gran distancia se columbra la cadena azul de unas <i>sierras</i> altas. -El agua es turbia y fangosa, muy parecida por el color a la de un -cenagal. La anchura media del cauce es de 150 a 200 varas. Pero es -imposible viajar por este río sin recordar que por él navegaron -romanos, vándalos y árabes, y que ha presenciado sucesos de universal -resonancia, cantados en poesías inmortales. Fuí repitiendo versos -latinos y fragmentos de romances viejos españoles hasta que llegamos -a Sevilla, a eso de las nueve de una hermosa noche de luna.</p> - -<p>Sevilla encierra noventa mil habitantes, y está situada en la -orilla oriental del Guadalquivir, a unas diez y ocho leguas de la -<span class="pagenum" id="Page_306">[p. 306]</span>desembocadura; la -cercan elevadas murallas moriscas bien conservadas, y tan sólidamente -construídas, que probablemente desafiarán aún por muchos siglos las -injurias del tiempo. Los edificios más notables son la catedral y -el Alcázar, o palacio de los reyes moros. La torre de la catedral, -llamada La Giralda, pertenece a la época de los moros, y formó parte -de la gran mezquita de Sevilla; se calcula su altura en unos ciento -quince metros, y se sube hasta el remate, no por escalera, sino por -una rampa abovedada a manera de plano inclinado. La rampa es muy poco -empinada, de suerte que puede subirse por ella a caballo, proeza -cumplida, según dicen, por Fernando VII. Desde lo alto de la torre -se descubre una vista muy extensa, y en días claros se columbra la -Sierra de Ronda, aunque dista más de veinte leguas. La catedral, -insigne monumento gótico, pasa por ser el más hermoso de su género en -España. En las capillas dedicadas a diferentes santos están algunos -de los cuadros más espléndidos que el arte español ha producido; la -catedral de Sevilla es ahora más rica en pinturas de primer orden -que nunca lo fué, porque han llevado a ella muchos lienzos de los -conventos suprimidos, especialmente de Capuchinos y San Francisco.</p> - -<p>Todo el que visite Sevilla debe dedicar especial atención -al Alcázar, espléndido<span class="pagenum" id="Page_307">[p. -307]</span> ejemplar de la arquitectura mora. Contiene muchos salones -magníficos, especialmente el llamado de Embajadores, superior en -todos aspectos al del mismo nombre de la Alhambra de Granada. Este -palacio fué la residencia favorita de Pedro el Cruel, quien lo -restauró con cuidado sin alterar su carácter ni disposición moriscos. -Probablemente permanece en un estado poco distinto del que tenía a la -muerte de aquel rey.</p> - -<p>En la orilla derecha del río se halla Triana, importante arrabal -que se comunica con Sevilla por un puente de barcas, porque a causa -de las violentas inundaciones a que está sujeto el río no hay puente -permanente sobre el Guadalquivir. En el arrabal vive la hez de la -población, y abundan los gitanos. Como a legua y media hacia el -Noroeste se encuentra el pueblo de Santiponce; a los pies y en la -ladera de una colina que hay más arriba, se ven las ruinas de la -antigua Itálica, cuna de Silio Itálico y de Trajano, de quien el -barrio de Triana deriva su nombre.</p> - -<p>Una hermosa mañana me encaminé allá, y después de subir a la -colina dirigí mis pasos hacia el Norte. No tardé en llegar a los que -en otro tiempo fueron los baños, y andando un poco más al anfiteatro, -enclavado entre las suaves laderas de una especie de hondonada. El -anfiteatro es, con mucho, la reliquia más importante de Itálica; es -de forma<span class="pagenum" id="Page_308">[p. 308]</span> oval, y -tiene sendas puertas de entrada al Este y al Oeste.</p> - -<p>Vense por todas partes restos de la gradería de piedra gastada -por el tiempo, desde la que millares de seres humanos contemplaban -antaño la arena donde los gladiadores clamaban y los leones y -leopardos rugían; todo alrededor, debajo de la gradería, hay una -excavación abovedada desde la que, por diversas puertas, los hombres -y las fieras se lanzaban al combate. Muchas horas pasé en sitio -tan singular, abriéndome paso a través de las hierbas y arbustos -silvestres para llegar a las cavernas, albergue ahora de víboras y -otros reptiles, cuyos silbidos oí.</p> - -<p>Satisfecha mi curiosidad, dejé las ruinas, y volviendo por -otro camino llegué a un sitio donde yacía un caballo muerto medio -devorado; sobre él se posaba un buitre enorme de ojos brillantes, -que, al acercarme, alzó pausadamente el vuelo y fué a posarse en la -puerta oriental del anfiteatro, donde lanzó un grito ronco, como de -cólera, por haberle interrumpido el festín de carroña.</p> - -<p>Gómez no había atacado aún a Sevilla; cuando yo llegué decíase -que andaba por los alrededores de Ronda. La ciudad estaba sobre -las armas; tapiáronse varias puertas, se abrieron trincheras, se -levantaron reductos; pero estoy convencido de que la ciudad no -hubiera resistido seis horas un ataque vigoroso. Gómez había mostrado -ser un hombre<span class="pagenum" id="Page_309">[p. 309]</span> de -lo más extraordinario; con su pequeño ejército de aragoneses y vascos -dió, en los últimos cuatro meses, la vuelta a España. Muchas veces se -vió rodeado por fuerzas triples en número que las suyas y en lugares -donde se tenía por imposible que pudiese escapar; pero siempre había -chasqueado a sus enemigos, de los que parecía reírse. La Prensa -de Sevilla publicaba continuamente noticias absurdas de victorias -ganadas contra Gómez; entre otras cosas se dijo que su ejército -había sido exterminado, muerto el mismo Gómez, y que mil doscientos -prisioneros estaban en camino de Sevilla. Yo vi a los prisioneros: -en lugar de mil doscientos desesperados, vi pasar una veintena de -miserables, aspeados, harapientos, muchos de ellos mozalbetes de -catorce a diez y seis años. Eran, evidentemente, merodeadores que, no -pudiendo seguir al ejército, se habían dejado coger desperdigados por -montes y llanos. Luego se supo que no se había dado batalla alguna -contra Gómez, y que su muerte era una fantasía. El gran defecto de -Gómez era no saber aprovecharse de las circunstancias; después de -derrotar a López pudo haber marchado sobre Madrid y proclamar allí a -don Carlos; después del saqueo de Córdoba pudo haberse apoderado de -Sevilla.</p> - -<p>Había en Sevilla varias librerías, en dos de las cuales encontré -ejemplares del Nuevo<span class="pagenum" id="Page_310">[p. -310]</span> Testamento en español, traídos de Gibraltar dos años -antes, habiéndose vendido en ese lapso de tiempo seis ejemplares -en una de las librerías, y cuatro en la otra. En mis paseos por -la ciudad y sus cercanías me acompañaba generalmente un genovés -de edad provecta que desempeñaba en la Posada del Turco, donde yo -vivía, algo así como las funciones de <i>valet de place</i>. Al saber que -yo me proponía imprimir en Madrid el Nuevo Testamento, díjome que -en Andalucía podría colocarse buen número de ejemplares. «Conozco -el comercio de libros—continuó—. En otros tiempos tuve en Sevilla -una pequeña librería. En un viaje que hice a Gibraltar adquirí -varios ejemplares de la Escritura, y aunque parte de ellos me los -confiscaron los empleados de la Aduana, pude vender los otros a buen -precio y me quedó una ganancia considerable.»</p> - -<p>Volvía yo de cierta excursión por el campo, una gloriosa y -radiante mañana del invierno andaluz, y me dirigía a la posada, -cuando al pasar junto al portal de una casona lóbrega, cerca de -la puerta de Jerez, dos individuos, vestidos con <i>zamarras</i>, -salieron de la casa a la calle; ya iban a cruzarse conmigo, pero -uno de ellos, mirándome a la cara, retrocedió vivamente, y en un -francés purísimo y armonioso exclamó: «¿Qué es lo que veo? Si mis -ojos no me engañan es él; sí, el mismo a quien vi por vez<span -class="pagenum" id="Page_311">[p. 311]</span> primera en Bayona, y -mucho tiempo después bajo los muros de ladrillo de Novogorod; luego -junto al Bósforo, y más tarde en... en... Mi querido y respetable -amigo: ¿dónde tuve yo la fortuna de ver últimamente su inolvidable y -singular fisonomía?»</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Fué en el Sur de Irlanda, si no -me engaño. Allí le presenté a usted al brujo que domaba potros con -sólo murmurarles unas palabras al oído. Pero ¿qué le trae a usted -por Andalucía? Aquí es donde menos podía yo esperar encontrarle a -usted.</p> - -<p><span class="smcap">El barón Taylor.</span>—Y ¿por qué razón, -mi respetable amigo? ¿No es España la tierra del arte? Y dentro de -España, ¿no es Andalucía la región donde el arte ha producido sus -monumentos más bellos e inspirados? Ya me conoce usted lo bastante -para saber que mi pasión son las artes, y que no concibo placer más -elevado que el de contemplar con arrobamiento un hermoso cuadro. -Venga usted conmigo, puesto que usted tiene también un alma noble -y sensible capaz de apreciar lo bello; venga usted conmigo y le -enseñaré un cuadro de Murillo que... Pero antes permítame usted que -le presente a un compatriota suyo. Querido señor W.—dijo volviéndose -a su compañero, un caballero inglés que, como toda su familia, -me colmó más adelante de infinitas atenciones y obsequios en mis -diversos viajes a Sevilla—: permítame usted que le presente a mi -amigo<span class="pagenum" id="Page_312">[p. 312]</span> más querido -y respetado, hombre que conoce las costumbres de los gitanos mejor -que el <i>Chef des Bohémiens à Triana</i>, consumado caballista, y que, -lo digo en honor suyo, maneja el martillo y las tenazas, y hierra un -caballo como el mejor herrero de la Alpujarra.<a id="FNanchor_142" -href="#Footnote_142" class="fnanchor">[142]</a></p> - -<p>En el curso de mis viajes he adquirido muchas amistades y -relaciones; pero ninguna tan interesante como la del barón Taylor; -por nadie siento yo consideración ni estima más altas. A sus -relevantes prendas personales y a sus cultivados talentos, reúne -un corazón de tan rara bondad que continuamente le induce a buscar -las ocasiones de hacer bien a sus semejantes y de contribuir a su -felicidad; acaso no existe quien conozca mejor que él la vida y el -mundo en sus múltiples aspectos. Sus hábitos y modales son de la -más exquisita elegancia y fina cortesía; pero su condición es tan -flexible que<span class="pagenum" id="Page_313">[p. 313]</span> -se acomoda de buen grado a todo género de compañía, por lo que es -acogido dondequiera con predilección. Hay un misterio en su vida que -aumenta en no pequeño grado la impresión que sus méritos personales -producen en todas partes.</p> - -<p>Nadie puede decir, con positivo fundamento, quién es el barón -Taylor; se susurra que es un retoño de sangre real; y ¿quién -puede, en efecto, contemplar por un momento su graciosa figura, -su rostro inteligente y de líneas tan características, sus ojos -grandes y expresivos, sin convencerse de que no es un hombre vulgar -ni de vulgar linaje? Aunque por su talento y elocuencia hubiera -podido alcanzar rápidamente una elevada posición en el Estado, se -ha contentado hasta ahora, quizás sabiamente, con una relativa -oscuridad, dedicándose por modo principal al estudio de las artes -y de la literatura, de las que es liberal protector. Con todo, la -ilustre casa a que, según se dice, pertenece, le ha mandado con -misiones importantes y delicadas a diferentes países, y en todas ha -visto sus esfuerzos coronados por el buen éxito más completo. Cuando -yo le encontré en Sevilla estaba coleccionando obras maestras de -pintura española para adornar los salones de las Tullerías.</p> - -<p>El barón Taylor ha visitado la mayor parte del globo, y es cosa -notable que siempre estamos encontrándonos en los lugares más<span -class="pagenum" id="Page_314">[p. 314]</span> imprevistos y en -circunstancias singulares. Dondequiera que me encuentra, sea en -la calle o en el desierto, sea en un salón brillante o entre las -<i>haimas</i> de los beduínos, sea en Novogorod o en Stambul, exclama, -alzando los brazos: «<i>¡O ciel!</i> ¡Otra vez tengo la fortuna de ver a -mi querido y respetabilísimo amigo Borrow!»</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_315">[Pg 315]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XVI</h2> - <p class="subhang"> - Salida para Córdoba.— Carmona.— Las colonias alemanas.— El idioma.— - Un caballo haragán.— El recibimiento nocturno.— El posadero - carlista.— Buen consejo.— Gómez.— El genovés viejo.— Las dos - opiniones. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">D</span><span class="smcap">espués</span> -de estar unos quince días en Sevilla salí para Córdoba. Hacía ya -algún tiempo que no circulaba la diligencia, debido al turbulento -estado de la provincia. No tuve, pues, más remedio que hacer el -viaje a caballo. Tomé dos en alquiler y ajusté al genovés viejo, -de quien ya he hablado, para que me acompañase hasta Córdoba y se -volviera después con las cabalgaduras. Aunque estábamos en pleno -invierno, el tiempo era despejado, los días soleados y radiantes, si -bien por las noches se dejaba sentir el frío. Pasamos por Alcalá, -ciudad pequeña, famosa por las ruinas de un inmenso castillo moro, -que desde lo alto de una colina rocosa domina un río pintoresco. La -primera noche dormimos en Carmona, otra ciudad mora, a siete leguas -de Sevilla. Muy de mañana<span class="pagenum" id="Page_316">[p. -316]</span> montamos de nuevo y partimos. Acaso no haya en toda -España un monumento de los antiguos moros tan hermoso como el lado -oriental de esta ciudad de Carmona, sita en la cima de un alto cerro, -mirando a una extensa <i>vega</i>, inculta leguas y leguas, donde sólo se -crían jaras y <i>carrasco</i>. Por aquella parte se levantan unas sombrías -murallas, muy altas, con torres cuadradas a muy cortos intervalos, -y de tan sólida estructura que parecen desafiar las injurias del -tiempo y de los hombres. En la época de los moros esta ciudad era -considerada como la llave de Sevilla, y no se sometió a las armas -cristianas sin sufrir un largo y desesperado asedio; la toma de -Sevilla siguió poco después. La <i>vega</i>, en que a la sazón entrábamos, -forma parte del gran <i>despoblado</i> de Andalucía, antaño risueño -jardín, transformado en lo que ahora es desde que por la expulsión -de moros de España fué sangrada esta tierra de la mayor parte de su -población. Desde aquí hasta Sierra Morena, que separa la Mancha y -Andalucía, las ciudades y pueblos son escasos, muy apartados unos -de otros, y aun algunos de ellos datan sólo de mediados del pasado -siglo, cuando un ministro español intentó poblar este desierto con -hijos de un país extranjero.</p> - -<p>A eso de mediodía llegamos a un sitio llamado Moncloa, donde -hay una <i>venta</i> y un edificio de aspecto desolado con cierta<span -class="pagenum" id="Page_317">[p. 317]</span> apariencia de -<i>château</i>; una palmera solitaria yergue su cabeza por encima del muro -exterior. Entramos en la <i>venta</i>, atamos los caballos al pesebre, y -después de mandar que los echaran un pienso fuimos a sentarnos a la -lumbre. El ventero y su mujer vinieron también a sentarse a nuestro -lado. «Esta gente es muy mala—me dijo el viejo genovés en italiano—; -como la casa, nido de ladrones; algunas muertes se han cometido en -ella, si es verdad todo lo que se cuenta». Miré con atención a los -venteros: eran jóvenes; el marido representaba veinticinco años; era -un patán de corta estatura, muy recio, sin duda alguna de prodigiosa -fuerza; tenía correctas facciones, pero de expresión sombría, y en -sus ojos brillaba un fuego maligno. Su mujer se le asemejaba un poco, -pero su semblante era más abierto y parecía de mejor humor; lo que -más me chocó en la ventera fué el color de su pelo, castaño claro, y -su tez, blanca y sonrosada, tan diferentes del pelo negro y atezado -rostro que en general distinguen a los naturales de la provincia. -«¿Es usted andaluza?—pregunté a la ventera—. Casi estoy por decir que -me parece usted alemana».</p> - -<p><span class="smcap">La ventera.</span>—No se equivocaría mucho su -merced. Es verdad que soy española, pues en España he nacido; pero -también es verdad que soy de sangre alemana, puesto que mis abuelos -vinieron de Alemania, así<span class="pagenum" id="Page_318">[p. -318]</span> como la de este caballero, mi señor y marido.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Y cómo fué venir sus abuelos de -usted a este país?</p> - -<p><span class="smcap">La ventera.</span>—¿No ha oído nunca su merced -hablar de las colonias alemanas? Hay bastantes por estas partes. En -tiempos antiguos el país estaba casi desierto, y era muy peligroso -viajar por él, debido a muchos ladrones. Hará cien años, un señor -muy poderoso envió mensajeros a Alemania para decir a la gente de -allá que estas tierras tan buenas estaban sin cultivo por falta de -brazos, y prometiendo a cada labrador que quisiera venir a labrarlas -una casa y una yunta de bueyes, con lo necesario para vivir un año. -De resultas de esta invitación muchas familias pobres de Alemania -vinieron a establecerse en ciertos pueblos y ciudades prevenidos para -el caso, que aún llevan el nombre de Colonias Alemanas.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Cuantas habrá?</p> - -<p><span class="smcap">La ventera.</span>—Varias. Unas por este lado -de Córdoba y otras al otro. La más próxima es Luisiana, que está de -aquí dos leguas; de allá venimos mi marido y yo. La siguiente es -Carlota, a unas diez leguas de distancia; esas son las dos únicas -que yo he visto; pero hay otras más lejos, y algunas, según he oído -decir, están en el riñón de la sierra.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Hablan todavía los colonos el -idioma de sus antepasados?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_319">[p. 319]</span></p> - -<p><span class="smcap">La ventera.</span>—Sólo hablamos español, o -más bien andaluz. Verdad que algunos, muy viejos, saben unas pocas -palabras de alemán aprendidas de sus padres, nacidos en aquella -tierra; pero la última persona de la colonia capaz de entender una -conversación en alemán fué la tía de mi madre, porque vino aquí -de muy joven. Siendo yo una chica, recuerdo haberla oído hablar -con un viajero, compatriota suyo, en una lengua que me dijeron era -el alemán; se entendían, pero la vieja confesaba que se le habían -olvidado muchas palabras; ya hace años que se ha muerto.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿De qué religión son los -colonos?</p> - -<p><span class="smcap">La ventera.</span>—Son cristianos, como los -españoles, como antes lo fueron sus padres. Por cierto he oído decir -que venían de unas partes de Alemania donde la religión se practica -mucho más que en la misma España.</p> - -<p><span class="smcap">Yo.</span>—Los alemanes son el pueblo más -honrado de la tierra, y como ustedes son sus legítimos descendientes -claro está que los robos serán aquí desconocidos.</p> - -<p>La ventera me echó una rápida mirada, miró después a su marido -y sonrió; el ventero, que hasta entonces había estado fumando sin -proferir palabra, aunque con semblante singularmente adusto y -descontento, arrojó la punta del cigarro a la lumbre, se puso en pie -y, murmurando: <i>¡Disparate! ¡conversación!</i>, se marchó.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_320">[p. 320]</span></p> - -<p>«Ha ido usted a poner el dedo en la llaga, <i>signore</i>—dijo el -genovés cuando ya habíamos dejado atrás Moncloa—. Si fueran gente -honrada no podrían tener esa <i>venta</i>. Yo no sé cómo serían los -colonos cuando llegaron aquí; pero lo que es ahora, sus costumbres no -son ni pizca mejores que las de andaluces, y acaso sean algo peores, -si es que hay entre ellos alguna diferencia».</p> - -<p>A los tres días de salir de Sevilla, ya cerca de anochecer, -llegamos a la <i>Cuesta del Espinal</i>, a unas dos leguas de Córboba, -desde donde pudimos columbrar los muros de la ciudad, bañados por -los últimos rayos del sol poniente. Como aquellos contornos estaban, -según me dijo el guía, infestados de bandidos, hicimos lo posible por -llegar a la población antes de cerrar la noche. No lo conseguimos, -empero, y antes de recorrer la mitad de la distancia nos envolvieron -densas tinieblas. La ruindad de los caballos nos había retrasado -considerablemente durante el viaje; sobre todo, el caballo de mi -guía era insensible al látigo y a la espuela; además, el genovés no -era jinete, y acabó por confesar que hacía treinta años no montaba -a caballo. Los caballos conocen en seguida las facultades de quien -los monta, y el del genovés resolvió aprovecharse de la timidez y -debilidad del pobre viejo. Pero casi todo tiene remedio en este -mundo. Cansado de andar a paso de tortuga, até las riendas<span -class="pagenum" id="Page_321">[p. 321]</span> del caballo remolón a -la grupa del mío, y sin escatimar espolazos ni palos le obligué a -salir al trote o cosa así, y el otro no tuvo más remedio que aligerar -los remos. Por dos veces intentó arrojarse al suelo, con gran espanto -de su anciano jinete, que me suplicaba una y otra vez que hiciese -alto y le permitiera apearse; pero yo, sin hacerle caso, continué -dando espolazos y palos con infatigable energía y tan buen éxito que -en menos de media hora vimos unas luces muy cerca de nosotros, y al -instante llegamos a un río, cruzamos un puente, encontrándonos a la -puerta de Córdoba sin habernos roto la nuca ni haberse perniquebrado -los caballos.</p> - -<p>Atravesamos toda la ciudad para llegar a la <i>posada</i>; las calles -estaban oscuras y casi desiertas. La <i>posada</i> era un vasto edificio, -de cuyas ventanas, bien defendidas con <i>rejas</i>, no se escapaba el -menor rayo de luz; el silencio de la muerte parecía envolver no sólo -la casa, sino la calle entera. Largo rato golpeamos la puerta sin -obtener contestación; entonces comenzamos a llamar a voces. Al cabo -alguien nos preguntó desde dentro lo que queríamos. «Abra usted la -puerta y lo verá», respondí. «No haré tal—replicó el de dentro—hasta -no saber quiénes son ustedes». «Somos viajeros de Sevilla». «¿Son -ustedes viajeros? ¿Por qué no lo han dicho antes? No estoy aquí de -portero para dejar a los viajeros en la calle, <i>¡Jesús, María!</i> -Ni<span class="pagenum" id="Page_322">[p. 322]</span> hay tantos en -la casa que no podamos admitir alguno más. Entre, caballero, y sean -bienvenidos usted y su compañía.»</p> - -<p>Abrió la puerta, dándonos entrada a un espacioso patio; en -seguida afianzó nuevamente la puerta con cerrojos y trancas. «¿Por -qué toma usted tantas precauciones?—le pregunté—. ¿Teme usted que -los carlistas le hagan una visita?» «Los carlistas no nos dan -miedo—respondió el portero—. Ya han estado aquí y no nos han hecho -daño alguno. A quien tememos es a ciertos pícaros de esta ciudad, que -están reñidos con el amo, y le asesinarían con toda su familia si se -les presentase ocasión.»</p> - -<p>Iba yo a preguntar la razón de esta enemiga, cuando un hombre -corpulento bajó corriendo, con una luz en la mano, la escalera de -piedra que conducía al interior de la casa. Dos o tres mujeres -también con luces, le seguían. Detúvose en el último escalón, y -exclamó: «¿Quién ha venido?» Luego adelantó la lámpara hasta que la -luz me dió de lleno en el rostro.</p> - -<p>«<i>¡Hola!</i>—exclamó—. ¿Es usted? ¡Quién iba a pensar—dijo -volviéndose a la mujer que estaba a su lado, tan recia como él, de -atezado rostro, y próximamente de su misma edad, rayana, al parecer, -en los cincuenta—que en el preciso momento de suspirar por un huésped -se detendría a nuestras puertas un inglés! porque a un inglés -le<span class="pagenum" id="Page_323">[p. 323]</span> reconozco -yo a una milla de distancia, hasta en la oscuridad. Juanito—gritó -al portero—: esta noche no abras la puerta a nadie más, sea quien -sea. Si los nacionales vienen a alborotar, diles que está aquí el -hijo de Belington dispuesto a caer sobre ellos espada en mano si no -se retiran, y si llegan más viajeros, cosa que no es de esperar, -porque desde hace más de un mes no ha venido ninguno, les dices -que no hay cuartos porque los ocupa todos un caballero inglés y su -acompañamiento.»</p> - -<p>Descubrí sin tardanza que mi amigo el <i>posadero</i> era un insigne -carlista. No había yo concluído de cenar—mientras él y toda su -familia, alrededor de la mesita a que me senté, observaban mis -movimientos, sobre todo la manera de usar el cuchillo y el tenedor -y de llevarme los manjares a la boca—cuando se puso a hablarme de -política. «Yo no soy de un partido determinado, <i>don Jorge</i>—dijo, -pues me había preguntado mi nombre con el fin de darme el tratamiento -debido—; yo no soy de un partido determinado, y no estoy por el -rey Carlos ni por la <i>chica</i> Isabel; sin embargo, llevo en este -maldito pueblo <i>cristino</i> una vida de perro, y hace mucho tiempo -que me habría marchado si no fuese porque he nacido aquí y porque -no sé adónde ir. Desde que empezaron estos desórdenes, me da miedo -salir a la calle, porque en cuanto la <i>canaille</i> de Córdoba me ve -doblar<span class="pagenum" id="Page_324">[p. 324]</span> una -esquina, empiezan a gritar: «¡A ése, al carlista!», y corren detrás -de mí vociferando y me amenazan con piedras y palos; de manera que, -si no me pongo en salvo metiéndome en casa, empresa difícil con mis -diez y pico arrobas, puedo perder la vida en la calle, y esto, lo -reconocerá usted <i>don Jorge</i>, no es ni agradable ni decente. Ese mozo -que ve usted ahí—continuó, señalando a un joven moreno que estaba -detrás de mi silla, empleado en servirme—es mi cuarto hijo; está -casado, y no vive con nosotros, sino cien varas más abajo en esta -calle. Le hemos llamado de prisa y corriendo para servir a su merced, -como es su obligación; pues bien: ha estado a punto de perecer en el -camino. Antes de marcharse tendrá que escudriñar la calle para ver si -hay moros en la costa, y entonces irse volando a su casa. ¡Carlistas! -¿De dónde sacan que mi familia y yo somos carlistas? Cierto que mi -hijo mayor era fraile, y cuando la supresión de los conventos se -refugió en las filas realistas, y en ellas ha estado peleando más de -tres años. ¿Podía yo evitarlo? Tampoco tengo yo la culpa de que mi -segundo hijo se alistara con Gómez y los realistas cuando entraron en -Córdoba. ¡Dios le proteja! Pero yo no le mandé alistarse. Tan lejos -estoy de ser carlista, que gracias a mí ese mozo que está presente no -se marchó con su hermano, aunque tenía muy buenas ganas de hacerlo, -porque es valiente y buen<span class="pagenum" id="Page_325">[p. -325]</span> cristiano. Quédate en casa—le dije—, porque ¿cómo me voy -a arreglar si os vais todos? ¿Quién va a servir a los huéspedes, -si Dios quiere enviarnos alguno? Quédate por lo menos hasta que -tu hermano, mi hijo tercero, vuelva; porque ha de saberse, y para -vergüenza mía lo digo, <i>don Jorge</i>, que yo tengo un hijo sargento -en el ejército <i>cristino</i>, muy en contra de la inclinación personal -del pobre muchacho, que no gusta de la vida militar; años llevo -solicitando su licencia, y he llegado a aconsejarle que se haga una -mutilación para que le libren en seguida. Así que le dije a éste: -quédate en casa, hijo mío, hasta que tu hermano venga a ocupar tu -puesto y no se nos coma el pan un extraño, que además podría venderme -y hacerme traición; de modo que, como usted ve, <i>don Jorge</i>, mi hijo -se quedó en casa a petición mía, y aún me llaman carlista.»</p> - -<p>—¿Cómo se portaron Gómez y sus partidas cuando estuvieron en -Córdoba? Porque usted habrá visto, claro es, todo lo sucedido.</p> - -<p>—¡Admirablemente bien! Lo que yo quisiera es que aún estuviesen -aquí. Como ya le he dicho a usted, <i>don Jorge</i>, yo no soy de ningún -partido; pero confieso que nunca en mi vida he sentido placer -mayor que cuando se nos entraron por las puertas. ¡Entonces había -que ver a esos perros de nacionales correr por las calles para -ponerse en salvo! ¡Había que verlo, <i>don Jorge</i>! Los que me<span -class="pagenum" id="Page_326">[p. 326]</span> encontraban a la vuelta -de una esquina se olvidaban de gritar: <i>¡Hola, carlista!</i>, y de sus -amenazas de apalearme. Algunos saltaron las murallas y huyeron no se -sabe adónde; otros se refugiaron en la casa de la Inquisición, que -tenían fortificada, y se encerraron en ella. Ha de saber usted, <i>don -Jorge</i>, que todos los jefes carlistas: Gómez, Cabrera y el Serrador, -se alojaron en esta casa; y ocurrió que, estando yo de conversación -con Gómez en este mismo cuarto donde estamos ahora, entró Cabrera -hecho una furia; Cabrera es menudo de cuerpo, pero tan vivo y -valiente como un gato montés. «Esa <i>canaille</i>—dijo al entrar—de la -<i>casa</i> de la Inquisición no quiere rendirse; si me da usted la orden, -general, escalo la casa con mi gente y paso a cuchillo a los que -están dentro.» Pero Gómez dijo: «No; debemos ahorrar sangre siempre -que sea posible. Que les disparen unos cuantos tiros de fusil, y -eso bastará.» Así fué, en efecto, <i>don Jorge</i>, porque a las pocas -descargas su corazón desfalleció y se rindieron a discreción; después -de desarmarlos, se les permitió volver a sus casas. Pero en cuanto -se fueron los carlistas, todos esos individuos volvieron a ser -tan valientes como antes, y de nuevo, en cuanto me ven doblar una -esquina, me gritan: <i>¡Hola, carlista!</i> Para guardarse de ellos, mi -hijo, ahora que ya ha terminado de servir a su merced, tendrá que ir -desde aquí a<span class="pagenum" id="Page_327">[p. 327]</span> su -casa volando como una perdiz, no sea que se los encuentre en la calle -y le cosan a puñaladas.»</p> - -<p>—Usted que ha visto a Gómez, dígame: ¿qué clase de hombre es?</p> - -<p>—Es de estatura regular, grave y sombrío. El más notable de todos -por su aspecto es el Serrador, especie de gigante, tan alto, que -cuando entraba por la puerta del portal siempre daba con la cabeza -en el dintel. El que menos me gusta es Palillos, bandido feroz y -tétrico, a quien conocí de postillón. En otro tiempo venía muchas -veces a mi casa; ahora es capitán de los ladrones de la Mancha, pues -aunque se intitula realista, es un bandolero, ni más ni menos. Es una -deshonra para la causa que se permita a tales hombres mezclarse con -la gente honrada. Yo le odio, <i>don Jorge</i>; debido a él, vienen a mi -casa tan pocos parroquianos. Los viajeros temen ahora atravesar la -Mancha, no sea que caigan en su poder. ¡Así le ahorquen, <i>don Jorge</i>, -sean los <i>cristinos</i> o los realistas; lo mismo me da!</p> - -<p>—Cuando llegué conoció usted al momento que era inglés. ¿Es que -vienen a Córdoba muchos compatriotas míos?</p> - -<p>—<i>¡Toma!</i>—respondió el posadero—, son mis mejores parroquianos; -he tenido en casa ingleses de todas categorías, desde el hijo de -Belington hasta un <i>médico</i> joven que curó a esta <i>chica</i>, hija -mía, del dolor de oídos.<span class="pagenum" id="Page_328">[p. -328]</span> ¿Cómo no he de reconocer a un inglés? Con Gómez vinieron -dos que servían como voluntarios. <i>¡Vaya, qué gente!</i> ¡Qué magníficos -caballos montaban, y cómo desparramaban el oro! Venía con ellos un -portugués muy noble, pero pobrísimo, un miguelista; según me dijeron, -los dos ingleses le sostenían por devoción a la causa realista. El -portugués estaba siempre cantando:</p> - -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i0">El rey chegou, el rey chegou,<br /></span> -<span class="i0">E en Belem desembarcou.<br /></span> -</div></div> - -<p>Fueron unos días magníficos, <i>don Jorge</i>. Y entre paréntesis, se -me ha olvidado preguntar de qué partido es su merced.</p> - -<p>A la siguiente mañana, cuando estaba vistiéndome, el viejo genovés -entró en mi cuarto:—<i>Signore</i>—me dijo—, vengo a decirle adiós. Ahora -mismo me vuelvo a Sevilla con los caballos.</p> - -<p>—¿Por qué tanta prisa?—respondí—. Mejor sería que se quedase usted -aquí hasta mañana; usted y los caballos necesitan reposo. Descanse -usted hoy, y yo pagaré el gasto.</p> - -<p>—Gracias, <i>signore</i>; pero me voy inmediatamente; no puedo quedarme -en esta casa.</p> - -<p>—¿Qué le ocurre a la casa?—pregunté.</p> - -<p>—De la casa nada tengo que decir—replicó el genovés—; de quien me -quejo es de sus dueños. Hace cosa de una hora bajé a desayunarme, y -me encontré en la cocina al<span class="pagenum" id="Page_329">[p. -329]</span> posadero y a toda su familia. Bueno: me senté y pedí un -chocolate, que me trajeron; pero, antes de tomármelo, el posadero -empezó a hablar de política. Al principio me dijo que no estaba con -ninguno de los dos bandos; pero es tan furibundo carlista como el -mismo Carlos V, porque, en cuanto se enteró de que yo soy del bando -contrario, me echó unas miradas de bestia salvaje. Ha de saber usted, -<i>signore</i>, que, en tiempos de la anterior Constitución, tuve yo un -café en Sevilla, al que concurrían los liberales más notorios, y -fué causa de mi ruina, pues como admirador de sus opiniones, abrí -a mis parroquianos el crédito que se les antojó, lo mismo en café -que en licores, y, de esta suerte, al tiempo de ser derrocada la -Constitución y restaurado el despotismo ya les había fiado cuanto -tenía. Es posible que muchos de ellos me hubiesen pagado, porque -no creo que abrigasen malas intenciones contra mí; pero llegó la -persecución, los liberales se dieron a la fuga, y, cosa bastante -natural, pensaron en su propia seguridad más que en pagarme los -cafés y los licores; a pesar de eso, soy partidario de sus ideas, -y nunca vacilo en proclamarlo así. En cuanto el posadero, como ya -he dicho a su merced, se enteró de mis opiniones, me miró como -una fiera y «Salga usted de mi casa—exclamó—; no quiero espías -en ella»; añadiendo algunas expresiones irrespetuosas<span -class="pagenum" id="Page_330">[p. 330]</span> para la joven reina -Isabel y para Cristina, a quien considero compatriota mía, a pesar -de ser napolitana. Perdí la calma al oírle y le devolví el cumplido -diciendo que Carlos es un pillo y la princesa de Beira otra que tal. -Me dispuse a ingerir el chocolate; pero, antes de llevármelo a los -labios, la posadera, más furibunda carlista aún que su marido, si -cabe, se abalanzó a mí, me arrebató la jícara y, tirándola por el -aire, que casi dió con ella en el techo, exclamó: «¡Fuera de aquí, -perro <i>negro</i>! ¡En mi casa no vuelves a catar cosa ninguna! ¡Colgado -como un cerdo te vea yo!» Comprenderá su merced que no puedo estar -aquí más tiempo. Se me olvidaba decir que el bribón del posadero -asegura que usted le ha confesado ser de su misma opinión, pues en -otro caso no le hubiera hospedado a usted.</p> - -<p>—Mire, buen hombre—respondí—: yo soy, invariablemente, de la misma -opinión política de la gente a cuya mesa me siento o bajo cuyo techo -duermo, o, por lo menos, jamás digo cosa alguna que pueda inducirles -a sospechar lo contrario. Gracias a este sistema me he librado más de -una vez de reposar en almohadas sangrientas o de que me sazonasen el -vino con sublimado.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_331">[Pg 331]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XVII</h2> - <p class="subhang"> - Córdoba.— Los moros de Berbería.— Los ingleses.— Un cura viejo.— El - breviario romano.— El palomar.— El Santo Oficio.— Judaísmo.— Los - palomares profanados.— Propuesta del posadero. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">P</span><span class="smcap">oco</span> -hay que decir de Córdoba, ciudad pobre, sucia y triste, llena de -angostas callejuelas, sin plazas ni edificios públicos dignos de -atención, salvo y excepto su Catedral, dondequiera famosa; su -emplazamiento es, sin embargo, bello y pintoresco. Corre por un -lado el Guadalquivir, que, si bien poco profundo en estos lugares y -lleno de bancos de arena, no deja de ser un río deleitoso; por el -otro se alzan las escarpadas vertientes de Sierra Morena, plantadas -de olivares hasta la cima. La ciudad está rodeada de altas murallas -moriscas, que pueden tener hasta tres cuartos de legua de desarrollo; -a diferencia de Sevilla y de la mayoría de las ciudades de España, -carece de arrabales.</p> - -<p>La Catedral, único edificio notable de Córdoba, como ya he -dicho, es acaso el templo más extraordinario del mundo. Fué<span -class="pagenum" id="Page_332">[p. 332]</span> en su origen, como -todos saben, una mezquita, erigida en los días más brillantes de -la dominación árabe en España. Era de planta cuadrangular y de -techo bajo, sostenido por infinidad de redondas columnas de mármol, -pequeñas y finas, muchas de las cuales subsisten aún, y ofrecen al -primer golpe de vista la apariencia de un bosque de mármol; la mayor -parte de ellas, sin embargo, fueron quitadas cuando los cristianos, -después de expulsar a los muslimes, quisieron transformar la mezquita -en catedral, como, en efecto, la transformaron parcialmente, -levantando una cúpula y despejando en el interior un cierto espacio -para hacer el coro. Tal como hoy está el templo, parece pertenecer -en parte a Mahoma, y en parte al Nazareno; y aunque la mezcla de la -pesada arquitectura gótica con el aéreo y delicado estilo de los -árabes produce un efecto algo raro, todavía el edificio es magnífico -y grandioso, y muy adecuado para suscitar el respeto y la veneración -en el ánimo del visitante.</p> - -<p>Los moros de Berbería parecen cuidarse muy poco de las hazañas -de sus antepasados: sólo piensan en las cosas del día presente, -y únicamente hasta donde esas cosas les conciernen de un modo -personal. El entusiasmo desinteresado y la admiración por cuanto -es grande y bueno, señales verdaderas e inconfundibles de un alma -noble, son<span class="pagenum" id="Page_333">[p. 333]</span> -sentimientos que en absoluto desconocen. Asombra la indiferencia con -que cruzan ante los restos de la antigua grandeza mora en España. -Ni se exaltan ante las pruebas de lo que en otro tiempo fueron los -moros, ni la conciencia de su situación actual les entristece. -Vienen a Andalucía a vender perfumes, babuchas, dátiles y sedas de -Fez y Marruecos; eso es lo que más les interesa, aun cuando la mayor -parte de estos hombres estén lejos de ser unos ignorantes y hayan -oído y leído lo que ocurría en España en los antiguos tiempos. Una -vez hablaba yo en Madrid con un moro bastante amigo mío acerca de -su visita a la Alhambra de Granada. «¿No lloró usted—le pregunté—, -al pasar por aquellos patios, al acordarse de los Abencerrajes?» -«No—respondió—. ¿Por qué había de llorar?» «¿Y por qué fué usted a -ver la Alhambra?»—pregunté. «Fuí a verla porque estando en Granada -para asuntos míos un compatriota de usted me rogó que le acompañase -a la Alhambra y le tradujese unas inscripciones. Es seguro que -espontáneamente no se me hubiese ocurrido ir, porque la subida es -penosa.» El hombre que me hablaba así compone versos y no es en modo -alguno un poeta despreciable. Otra vez, estando yo en la catedral -de Córdoba, entraron tres moros y la atravesaron pausadamente, -dirigiéndose a la puerta situada en el lado frontero. Todo su interés -por aquel<span class="pagenum" id="Page_334">[p. 334]</span> lugar -se tradujo en dos o tres ojeadas ligeras a las columnas, diciendo -uno de ellos: «<i>Huáje del Mselmeen, huáje del Mselmeen</i>» (Cosas de -los moros, cosas de los moros); y la única muestra de respeto que -dieron por el templo donde en su tiempo se prosternaba Abderrahman -el Grande fué que, al llegar a la puerta, se volvieron de cara y -salieron andando hacia atrás; sin embargo, aquellos hombres eran -<i>hajis</i> y <i>talibs</i>, hombres asimismo de grandes riquezas, que -habían leído y viajado, que habían estado en la Meca y en la gran -ciudad de la Nigricia<a id="FNanchor_143" href="#Footnote_143" -class="fnanchor">[143]</a>.</p> - -<p>Me detuve en Córdoba mucho más de lo primeramente calculado, -porque no cesaba de recibir noticias acerca de la inseguridad del -camino de Madrid. En poco tiempo escudriñé todos los rincones y -escondrijos de aquella antigua ciudad y adquirí algunas amistades -entre la gente del pueblo, que es mi modo de proceder habitual -cuando llego a una población desconocida. Varias veces subí a Sierra -Morena, acompañado por el hijo del posadero, aquel buen mozo de quien -ya he hablado. Los posaderos, convencidos de que yo participaba de -sus opiniones, me trataban con extremada cortesía; cierto que, en -cambio, hube de prestar oídos a vastos planes carlistas, verdaderas -traiciones contra<span class="pagenum" id="Page_335">[p. 335]</span> -los poderes constituídos en España; pero todo lo llevé con -paciencia.</p> - -<p>—<i>Don Jorgito</i>—díjome un día el posadero—, yo quiero mucho a los -ingleses; son mis mejores parroquianos. Es una lástima que no haya -más unión entre España e Inglaterra y que no vengan más ingleses -a visitarnos. ¿No se podría hacer un casorio? El rey entraría en -seguida en Madrid. ¿Por qué no se hacen las <i>bodas</i> del hijo de don -Carlos con la heredera de Inglaterra?</p> - -<p>—De esa manera—respondí—vendrían seguramente muchos ingleses a -España, y no sería la primera vez que el hijo de un Carlos se casa -con una princesa de Inglaterra.</p> - -<p>El huésped meditó un momento, y luego exclamó:</p> - -<p>—<i>Carracho, Don Jorgito</i>, si se hiciera ese matrimonio, el rey y -yo tendríamos motivo para tirar el sombrero al aire.</p> - -<p>La casa o <i>posada</i> en que yo vivía era sumamente espaciosa, con -infinidad de habitaciones grandes y chicas, pero desamuebladas en -su mayoría. Mi cuarto estaba al final de un corredor inmensamente -largo, como el que por modo admirable se describe en la leyenda -maravillosa de Udolfo<a id="FNanchor_144" href="#Footnote_144" -class="fnanchor">[144]</a>. Durante uno o dos días creí que era yo -el único huésped en la casa. Pero una mañana<span class="pagenum" -id="Page_336">[p. 336]</span> vi sentado en el corredor, junto a una -ventana, a un anciano de singular aspecto, que leía con atención en -un pequeño y abultado volumen. Sus vestidos eran de grosera tela -azul, y llevaba un amplio sobretodo encima de un chaleco adornado con -varias filas de botoncitos de nácar; tenía calados los espejuelos. -Aunque le veía sentado, me di cuenta de que su estatura rayaba en lo -gigantesco.</p> - -<p>—¿Quién es ese hombre?—pregunté al posadero, al encontrarle poco -después—. ¿Es otro huésped de la casa?</p> - -<p>—No puedo decir que sea precisamente un huésped, <i>Don Jorge de -mi alma</i>—replicó—; pues, aunque pára en mi casa, no me da nada -a ganar. Ha de saber usted, <i>Don Jorge</i>, que éste es uno de dos -curas que había en un pueblo bastante grande<a id="FNanchor_145" -href="#Footnote_145" class="fnanchor">[145]</a> no lejos de aquí. Al -entrar en el pueblo las tropas de Gómez, su reverencia salió a su -encuentro revestido, con un libro en la mano, y, a petición de los -soldados, proclamó a Carlos Quinto en la plaza del mercado. El otro -cura era un liberal violento, un <i>negro</i> rematado, y los realistas -le echaron mano, disponiéndose a ahorcarlo. Intervino su reverencia -y obtuvo gracia para su colega, a condición de que gritase <i>¡Viva -Carlos Quinto!</i>, y así lo hizo para salvar la vida. Bueno;<span -class="pagenum" id="Page_337">[p. 337]</span> pues en cuanto los -realistas se fueron, el cura negro montó en una mula, vino a Córdoba -y delató a su reverencia, a pesar de deberle la vida. Prendieron a -su reverencia, trajéronle a Córdoba, y seguramente le habrían metido -en la cárcel común por carlista si yo no hubiera salido fiador suyo, -poniendo que no se marcharía de aquí y se presentaría cuando le -llamaran a responder de los cargos aportados contra él; y en mi casa -está, aunque no pueda llamarle mi huésped, pues no gano nada con él: -toda su comida, que se reduce a unos pocos huevos, un poco de leche -y pan, se la traen a diario del pueblo. En cuanto a su dinero, no sé -de qué color es, aunque, según dicen, tiene <i>buenas pesetas</i>. Con -todo, es un santo; siempre está leyendo y rezando, y es, además, del -partido de los buenos. Por eso le tengo en mi casa, y saldría fiador -suyo aunque fuese veinte veces más avaro de lo que parece.</p> - -<p>Al siguiente día, al pasar otra vez por el corredor, vi al viejo -sentado en el mismo sitio, y le saludé. Me devolvió el saludo con -mucha cortesía y cerró el libro, colocándolo en sus rodillas, como -si quisiera trabar conversación. Después de cambiar breves palabras, -tomé el libro para examinarlo.</p> - -<p>—No podrá usted sacar mucho provecho de este libro, <i>Don -Jorge</i>—dijo el viejo—. No puede usted entenderlo, porque no está -escrito en inglés.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_338">[p. 338]</span></p> - -<p>—Ni en español—repliqué—. Pero, respecto a poder entenderlo o no, -¿qué dificultad puede haber en una cosa tan sencilla? Este es el -breviario romano escrito en latín.</p> - -<p>—¿Pero entienden los ingleses el latín?—exclamó—. <i>¡Vaya!</i> ¿Quién -hubiera pensado que los luteranos pudiesen entender la lengua de la -Iglesia? <i>¡Vaya!</i> Cuanto más vive uno, más aprende.</p> - -<p>—¿Cuántos años tiene vuestra reverencia?—pregunté.</p> - -<p>—Ochenta, <i>Don Jorge</i>; ochenta años largos.</p> - -<p>Esta fué la primera conversación que tuvimos su reverencia y -yo. No tardó en sentir notable inclinación por mí, y me hacía el -favor de acompañarme no pocos ratos. A diferencia de nuestro amigo -el posadero, el cura no gustaba de hablar de política, cosa que no -dejó de sorprenderme, conociendo yo, como conocía, la resuelta y -peligrosa parte que había tomado en la última irrupción carlista en -las cercanías. En cambio, le gustaba mucho platicar acerca de asuntos -eclesiásticos y de los escritos de los Padres.</p> - -<p>—He formado en mi casa una pequeña librería, <i>Don Jorge</i>, con -todos los escritos de los Padres que me ha sido dable encontrar; su -lectura me sirve de entretenimiento y de consuelo. Cuando pasen estos -tristes días, <i>Don Jorge</i>, espero que, si continúa usted por estas -partes, irá a visitarme, y le<span class="pagenum" id="Page_339">[p. -339]</span> enseñaré mi modesta colección de los Padres, y también un -palomar, donde crío muchas palomas, que me producen no pequeño solaz -y algún provecho.</p> - -<p>—Supongo que al hablarme de su palomar—repuse—, alude usted a -su parroquia, y que por la cría de las palomas representa usted el -cuidado que toma por las almas de sus feligreses, inculcándoles -el temor de Dios y la obediencia a la ley revelada, ocupación -que, naturalmente, le produce a usted muchos solaces y consuelos -espirituales.</p> - -<p>—Hablaba sin metáfora, <i>Don Jorge</i>—replicó mi interlocutor—. Al -decir que crío muchas palomas, no pretendo significar sino que yo -proveo de pichones el mercado de Córdoba, y a veces el de Sevilla; -mis aves son muy apreciadas, y creo que no hay en todo el reino -otras más gordas ni mejor cebadas. Si fuera usted a mi pueblo, <i>Don -Jorge</i>, tendría que hacer alto en una <i>venta</i> donde las probaría -seguramente, porque en mi jurisdicción no consiento más palomares -que el mío. Respecto de las almas de mis feligreses, creo que cumplo -con mi deber en cuanto está de mi parte. Las cosas espirituales me -deleitan sobremanera, y por esta razón me incorporé a la <i>Santa Casa</i> -de Córdoba, en la que he servido durante muchos años.</p> - -<p>—¿Vuestra reverencia ha sido inquisidor?—exclamé un poco -asombrado.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_340">[p. 340]</span></p> - -<p>—Desde los trece años hasta que se suprimió el Santo Oficio en -estos desventurados reinos.</p> - -<p>—Me sorprende y me alegra el saberlo—repuse yo—. Nada tan -placentero para mí como hablar con un sacerdote que perteneció antaño -a la Santa Casa de Córdoba.</p> - -<p>El viejo, mirándome fijamente, contestó:</p> - -<p>—Ya le comprendo a usted, <i>Don Jorge</i>. He adivinado hace rato que -usted es de los nuestros. Es usted un santo varón y muy instruído; -aunque crea conveniente hacerse pasar por inglés y luterano, he -penetrado su verdadera condición. Ningún luterano se tomaría por las -cosas de la Iglesia el interés que usted demuestra; y a lo de ser -inglés, digo que ninguno de esa nación puede hablar el castellano, -y menos el latín. Creo que usted es de los nuestros: un sacerdote -misionero; y me confirmo en esta idea, sobre todo, porque le veo a -usted en frecuente conversación con los <i>gitanos</i>; parece que hace -usted propaganda entre ellos. Pero viva usted prevenido, <i>Don Jorge</i>; -desconfíe de la fe de Egipto; son malos penitentes y me gustan poco. -No le aconsejaría yo a usted que se fiara de ellos.</p> - -<p>—No lo intento siquiera—repliqué—; sobre todo en lo tocante al -dinero. Pero, volviendo a cosas más importantes, dígame: ¿de qué -delitos conocía la Santa Casa de Córdoba?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_341">[p. 341]</span></p> - -<p>—Supongo que sabrá usted cuáles eran los asuntos propios de la -función del Santo Oficio; por tanto, no necesito decirle que los -delitos en que entendíamos eran los de brujería, judaísmo y ciertos -descarríos carnales.</p> - -<p>—¿Qué opinión tiene usted de la brujería? ¿Existe en realidad ese -delito?</p> - -<p>—<i>¡Qué sé yo!</i>—dijo el viejo encogiéndose de hombros—. La Iglesia -tiene, o al menos tenía, el poder de castigar por algo, fuese real o -irreal, <i>Don Jorge</i>; y como era necesario castigar para demostrar que -tenía el poder de hacerlo, ¿qué importaba si el castigo se imponía -por brujería o por otro delito?</p> - -<p>—¿Ocurrieron en su tiempo de usted muchos casos de brujería?</p> - -<p>—Uno o dos, <i>Don Jorge</i>; eran poco frecuentes. El último caso que -recuerdo ocurrió en un convento de Sevilla. Cierta monja tenía la -costumbre de salir volando por la ventana al jardín y de revolotear -en él sobre los naranjos. Se tomó declaración a varios testigos, y en -el proceso, instruído con toda formalidad, quedaron, a mi entender, -bastante bien probados los hechos. Pero de lo que sí estoy cierto es -de que la monja fué castigada.</p> - -<p>—¿Les daba a ustedes mucho que hacer el judaísmo en estas -partes?</p> - -<p>—¡Oh! Lo que más trabajo daba a la Santa Casa era, en efecto, el -judaísmo; sus<span class="pagenum" id="Page_342">[p. 342]</span> -brotes y ramificaciones son numerosos, no sólo por aquí, sino en -toda España; lo más singular es que hasta en el clero descubríamos -continuamente casos de judaísmo de ambas especies que, por -obligación, teníamos que castigar.</p> - -<p>—¿Hay más de una especie de judaísmo?—pregunté.</p> - -<p>—Siempre he dividido el judaísmo en dos clases: negro y blanco; -por judaísmo negro entiendo la observancia de la ley de Moisés con -preferencia a los preceptos de la Iglesia; en el judaísmo blanco -entra todo género de herejía, como luteranismo, francmasonería y -otros por el estilo.</p> - -<p>—Comprendo fácilmente—dije yo—que muchos sacerdotes acepten los -principios de la Reforma, y que no pocos se hayan dejado extraviar -por las engañosas luces de la filosofía moderna; pero es casi -inconcebible que dentro del clero haya judíos que sigan en secreto -los ritos y prácticas de la ley antigua, aunque ya antes de ahora me -han asegurado que el hecho es cierto.</p> - -<p>—Crea usted, <i>Don Jorge</i>, que en el clero hay abundancia de -judaísmo, lo mismo del negro que del blanco. Recuerdo que una -vez estábamos registrando la casa de un eclesiástico acusado de -judaísmo negro, y, después de buscar mucho, encontramos debajo del -piso una caja de madera, y en ella un pequeño relicario de plata, -donde había<span class="pagenum" id="Page_343">[p. 343]</span> -guardados tres libros forrados de negra piel de cerdo; los abrimos, -y resultaron libros devotos judíos, escritos en caracteres hebreos, -antiquísimos; al ser interrogado, no negó su culpa el reo; antes -bien, se vanaglorió de ella, diciendo que no había más que un Dios, y -atacando el culto a María Santísima como una idolatría grosera.</p> - -<p>—Y aquí entre nosotros, ¿qué opina usted de esa adoración a María -Santísima?</p> - -<p>—¿Qué opino yo? <i>¡Qué sé yo!</i>—dijo el viejo, encogiéndose de -hombros aún más que la vez primera—. Pero le diré a usted que, bien -mirado, me parece justa y natural. ¿Por qué no? Cualquiera que -vaya a visitar mi iglesia, y la contemple tal como en ella está, -<i>tan bonita, tan guapita</i>, tan bien vestida y gentil, con aquellos -colores, blanco y carmín, tan lindos, no necesitará preguntar por qué -se adora a María Santísima. Y, sobre todo, <i>Don Jorgito mío</i>, eso es -cosa de la Iglesia y forma parte importante de su sistema.</p> - -<p>—¿Y tuvo usted que entender en muchos casos de delitos -carnales?</p> - -<p>—Entre los seglares, no muchos; sobre los clérigos ejercíamos una -rigurosa vigilancia. Pero, en general, éramos tolerantes en estas -materias, conociendo las muchas flaquezas de la naturaleza humana. -Rara vez castigábamos, salvo en los casos en que la gloria de la -Iglesia y la lealtad a María<span class="pagenum" id="Page_344">[p. -344]</span> Santísima hacían absolutamente inexcusable el castigo.</p> - -<p>—¿Cuáles eran esos casos?—pregunté.</p> - -<p>—Aludo a la profanación de los palomares, <i>don Jorge</i>, y a la -introducción en ellos de carne de contrabando para fines que no eran -ni apropiados ni decentes.</p> - -<p>—Vuestra reverencia me perdonará; pero no acabo de entender.</p> - -<p>—Me refiero, <i>don Jorge</i>, a ciertos actos de perversión -practicados por algunos clérigos en apartados y lejanos <i>palomares</i>, -en olivares y huertos; actos condenados, si no recuerdo mal, por -San Pablo en su primera carta al Papa Sixto. Ahora me habrá usted -entendido, <i>don Jorge</i>, porque es usted hombre versado en cosas de -iglesia.</p> - -<p>—Creo que le he entendido a usted—repliqué.</p> - -<p>Después de permanecer unos cuantos días más en Córdoba, resolví -continuar mi viaje a Madrid, aunque seguían diciéndome que los -caminos estaban muy inseguros. Me pareció inútil quedarme allí más -tiempo en espera de que se restableciera la normalidad, cosa que -podía no ocurrir nunca. Consulté, pues, con el posadero respecto del -mejor modo de hacer el viaje. «<i>Don Jorgito</i>—respondió—, creo que -puedo darle a usted un buen consejo. Usted tiene ganas de marcharse, -según me dice, y yo no acostumbro a retener a mis huéspedes más -tiempo<span class="pagenum" id="Page_345">[p. 345]</span> del que -buenamente quieren estar en mi casa; proceder de otro modo sería -impropio de un posadero cristiano; eso se queda para los moros, los -<i>cristinos</i> y los <i>negros</i>. Para facilitarle a usted el viaje, <i>don -Jorge</i>, tengo un plan en la cabeza, y ya, antes de que me preguntase, -había resuelto proponérselo a usted. Mi cuñado tiene dos caballos, y -cuando se le ofrece los da en alquiler; usted puede alquilarlos, <i>don -Jorge</i>, y mi cuñado en persona le acompañará para servirle y darle -conversación, por lo que le pagará usted cuarenta duros. Pero, y esto -es lo importante, como en el camino hay muchos ladrones y <i>malos -sujetos</i>, tales como Palillos y su gente, hará usted una obligación, -<i>don Jorge</i>, comprometiéndose, si los roban y desvalijan a ustedes, -y si los ladrones se quedan con los caballos de mi cuñado, a hacerle -bueno, en cuanto lleguen a Madrid, todo lo que por seguirle a usted -haya perdido. Este es mi plan, <i>don Jorge</i>, y no dudo que su merced -lo apruebe, porque está trazado para favorecerle, y no con miras -de lucro para mí ni los míos. En mi cuñado tendrá usted un gran -compañero de viaje; es un hombre muy formal, pertenece al partido -de los buenos, y ha viajado también mucho; porque, entre nosotros, -<i>don Jorge</i>, es un poco <i>contrabandista</i>, y con frecuencia trae de -contrabando diamantes y piedras preciosas de Portugal a España, -para colocarlas en Cór<span class="pagenum" id="Page_346">[p. -346]</span>doba o en Madrid. Conoce todos los <i>atajos</i>, <i>don Jorge</i>, -y le respetan mucho en las <i>ventas</i> y <i>posadas</i> del camino. Ahora -venga esa mano para cerrar el trato, y en seguida iré a buscar a mi -cuñado para decirle que se disponga a salir con su merced pasado -mañana.»</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter"> - <p><span class="pagenum" id="Page_347">[Pg 347]</span></p> - <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XVIII</h2> - <p class="subcentra"> - Salida de Córdoba.— El contrabandista.— Treta judaica.— Llegada a - Madrid. - </p> -</div> - -<p class="ti0"><span class="drop-cap">S</span><span class="smcap">alí</span> -de Córdoba una radiante mañana en compañía del <i>contrabandista</i>, que -iba montado en un hermoso caballo de media alzada, una <i>jaca</i>, de -la renombrada casta cordobesa; era el animal de color bayo claro, -lucero, de remos fuertes, pero elegantes, y con una larga cola negra -que le arrastraba por el suelo. El otro caballo, destinado a llevarme -a Madrid, era de muy diferente estampa, que no predisponía en favor -suyo. Por muchos rasgos se parecía sumamente a un cerdo, sobre todo -por la curvatura del lomo, por la cortedad del cuello y por la manera -de llevar siempre la cabeza junto al suelo; su perpetuo husmear y su -rabo eran también enteramente los de un cerdo. Su piel más parecía -cubierta de ásperas cerdas que de pelo; y en cuanto al tamaño, muchos -cerdos de Westfalia he visto tan altos como él. No me agradaba -mucho la idea de exhibirme a lomos de tan singularísimo cuadrúpedo, -y<span class="pagenum" id="Page_348">[p. 348]</span> me puse a -mirar fijamente al excelente animal en que mi guía había tenido por -conveniente instalarse. El hombre interpretó mis miradas, y me dió a -entender que por llevar el equipaje le correspondía el mejor caballo, -alegación que me pareció harto bien fundada para oponerle reparo -alguno.</p> - -<p>Resultó que el <i>contrabandista</i> no era, ni con mucho, un compañero -de camino tan agradable como las manifestaciones del posadero de -Córdoba me habían hecho suponer. Durante el día, cabalgaba taciturno -y en silencio, y apenas respondía a mis preguntas más que con -monosílabos; por las noches, empero, después de comer bien y beber -en proporción a mis expensas, consentía en mostrarse a veces más -sociable y comunicativo. «Me he quitado del contrabando—me dijo -en una de estas ocasiones—a causa de una estafa que me hicieron -en Lisboa: un judío, a quien conocía yo desde mucho tiempo atrás, -me encajó por bueno un brillante falso. Lo hizo con una habilidad -extraordinaria, porque no soy yo tan novato que no sepa conocer -las piedras buenas; al parecer, el judío tenía dos, y las cambió -con mucha destreza, guardándose la buena, comprada por mí, y -substituyéndola con otra, muy bien imitada, pero que no valía cuatro -duros. Descubrí la estafa cuando había cruzado ya la frontera, -y aunque volví allá a escape, no pude dar con el bandido;<span -class="pagenum" id="Page_349">[p. 349]</span> uno de sus rabinos me -dijo que el tal había muerto y que acababan de enterrarle; pero bien -conocí que mentía, porque al decírmelo le retozaba la risa en los -ojos. Desde entonces renuncié al contrabando.»</p> - -<p>No intentaré describir minuciosamente los varios incidentes de -este viaje. Dejando a nuestra derecha las montañas de Jaén, pasamos -por Andújar y Bailén, y al tercer día llegamos a La Carolina, pequeña -pero linda ciudad en las faldas de Sierra Morena, habitada por los -descendientes de los colonos alemanes. A dos leguas de este lugar -entramos en el desfiladero de Despeñaperros, que aun en tiempos -normales tiene muy mala fama por los robos que continuamente se -perpetran en sus escondrijos, y que en la época de que voy hablando -era, según decían, un hormiguero de bandidos. Creíamos, pues, que -nos robarían, o que quizás nos dejarían desnudos en el monte o nos -maltratarían de cualquier otro modo; pero la Providencia intervino -en favor nuestro. Al parecer, el día antes de nuestra llegada los -bandidos habían cometido una espantosa muerte y robado hasta cuarenta -mil <i>reales</i>, botín que probablemente los satisfacía por algún -tiempo; lo cierto es que nadie nos molestó. A nadie vimos en el -desfiladero, aunque a ratos llegaban hasta nosotros voces y silbidos. -Entramos en la Mancha, donde temía yo caer en manos de Palillos y -Orejita. La<span class="pagenum" id="Page_350">[p. 350]</span> -Providencia me protegió de nuevo. El tiempo había sido hasta entonces -delicioso; súbitamente, el Señor sopló un viento helado, tan riguroso -que era casi irresistible. Ningún ser humano, salvo nosotros, se -aventuraba a salir. Atravesamos llanuras cubiertas de nieve, y -pasamos por ciudades y pueblos que parecían desiertos. Los ladrones -se estuvieron encerrados en sus cuevas y chozas; pero el frío a poco -nos mata. Llegamos a Aranjuez el día de Navidad, ya tarde, y fuí a -casa de un inglés, donde ingerí casi un cuartillo de aguardiente: no -me hizo más efecto que si fuese agua tibia.</p> - -<p>Al siguiente día llegamos a Madrid, y tuve la fortuna de -encontrarlo todo tranquilo y en orden. El <i>contrabandista</i> estuvo -conmigo dos días más, al cabo de los cuales se volvió a Córdoba -montado en el grotesco animal que me había traído a mí todo el -viaje; la <i>jaca</i> se la compré yo, porque en el camino aprecié sus -facultades, y pensé que podría utilizarla en mis excursiones futuras. -El <i>contrabandista</i> quedó tan contento del precio que le pagué por -el caballo, y del trato que en general había recibido de mí mientras -me acompañó, que de muy buena gana se hubiera quedado a servirme -como criado, y así me lo pidió, asegurándome que si yo consentía en -ello, dejaría a su mujer y a sus hijos, y me seguiría por el mundo -entero. No quise acceder a su petición, aunque<span class="pagenum" -id="Page_351">[p. 351]</span> necesitaba un criado; le hice, pues, -volver a Córdoba, donde, según supe más tarde, murió repentinamente a -la semana de haber llegado.</p> - -<p>Su muerte ocurrió de singular manera: un día tomó el hombre la -bolsa de su dinero, y después de contarlo le dijo a su mujer: «Con -el viaje del inglés y la venta de la <i>jaca</i> he hecho noventa y cinco -duros; a poca suerte que tenga, puedo doblarlos arriesgándolos en el -contrabando. Mañana me voy a Lisboa a comprar diamantes. Vamos a ver -si hay que herrar el caballo.» Se levantó, encaminándose a la puerta -con intención de ir a la cuadra; pero antes de trasponer el dintel, -cayó muerto al suelo. Así son las cosas de este mundo. Bien dice el -sabio: «Nadie está seguro del mañana.»</p> - - -<p class="fin"><small>FIN DEL TOMO PRIMERO</small></p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="footnotes"> - -<p class="centra">NOTAS</p> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_1"><span class="label"><a href="#FNanchor_1">[1]</a></span> «Bernard’s -Address to his army», a ballad from the Spanish; «The singing -Mariner», a ballad from the Spanish; «The french Princess», a ballad -from the Spanish. En «Monthly Magazine», volumen 57. (1824).</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_2"><span class="label"><a href="#FNanchor_2">[2]</a></span> «Celebrated -Trials, and Remarkable Cases of Criminal Jurisprudence, from the -earliest records to the year 1825». Seis volúmenes. Knight and Lacey. -London, 1825.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_3"><span class="label"><a href="#FNanchor_3">[3]</a></span> «Danish -Traditions and Superstitions». En «Monthly Magazine», vols. 58, 59, -60.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_4"><span class="label"><a href="#FNanchor_4">[4]</a></span> «Romantic -Ballads», Translated from the Danish and Miscellaneous pieces, by -George Borrow. Norwich, S. Wilkin. 1826.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_5"><span class="label"><a href="#FNanchor_5">[5]</a></span> «Memoirs of -Vidocq», principal agent of the French police until 1827. Writen -by himself. Translated from the French. 4 vols. London, Whittaker, -Treacher and Arnot. 1828-29.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_6"><span class="label"><a href="#FNanchor_6">[6]</a></span> «¿No le ha -chocado a usted nunca—le escribía en una ocasión su amigo el danés -Hasfeldt—cuánto se parece usted al buen hidalgo Don Quijote de la -Mancha? A mi juicio, podría usted pasar fácilmente por hijo suyo.» W. -Knapp: <i>Life, writings and correspondence of George Borrow</i>. London, -Murray, 1899. Vol. I, pág. 190.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_7"><a href="#FNanchor_7"><span class="label">[7]</span></a> «Targum, or -Metrical translations from thirty languages and dialects», by George -Borrow. St. Petersburg, Schulz and Beneze, 1835.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_8"><span class="label"><a href="#FNanchor_8">[8]</a></span> «The -Talisman», from the Russian of Alexander Pushkin, with other pieces. -St. Petersburg, Schulz and Beneze, 1835.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_9"><span class="label"><a href="#FNanchor_9">[9]</a></span> Fechas -establecidas por Mr. Knapp, separándose de las que Borrow da en <i>La -Biblia en España</i>.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_10"><span class="label"><a href="#FNanchor_10">[10]</a></span> El Nuevo -Testamento, traducido al español de la Vulgata Latina, por el Rmo. -P. Phelipe Scio de S. Miguel, de las Escuelas Pías, obispo electo de -Segovia. Madrid. Imprenta a cargo de don Joaquín de la Barrera, 1837. -En 8.º, 534 págs.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_11"><span class="label"><a -href="#FNanchor_11">[11]</a></span> Embeo e Majaró Lucas. Brotoboro -rodado andré la chipé griega, acána chibado andré o Romanó, o chipé -es Zincales de Sesé.</p> - -<p class="ti1">El Evangelio según S. Lucas, traducido al Romaní, -o dialecto de los gitanos de España. [Madrid], 1837. En 16.º, 177 -págs.</p> - -<p class="ti1"><i>Segunda edición</i>: Criscote e Majaró Lucas, chibado -andré o Romanó, o chipé es Zincales de Sesé.</p> - -<p class="ti1">El Evangelio según S. Lucas, traducido al romaní, -o dialecto de los gitanos de España. Lundra, 1872. En 16.º, 177 -págs.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_12"><span class="label"><a href="#FNanchor_12">[12]</a></span> Evangelioa -San Lucasen Guissan. El Evangelio según S. Lucas, traducido al -vascuence. Madrid. Imprenta de la Compañía Tipográfica, 1838. En -16.º, 176 págs.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_13"><span class="label"><a href="#FNanchor_13">[13]</a></span> The -Zincali; or An Account of the Gypsies of Spain. With an original -collection of their Songs and Poetry, and a copious Dictionary of -their Language. By George Borrow... In two volumes. London, John -Murray, 1841.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_14"><span class="label"><a href="#FNanchor_14">[14]</a></span> E. -Thomas: George Borrow, the man and his books. <span class="smcap">I. -V.</span> London, Chapman and Hall, 1912.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_15"><span class="label"><a href="#FNanchor_15">[15]</a></span> <i>Hand-Book -for Travellers in Spain and Readers at Home.</i> London, Murray, 1845. 2 -vols. 8.º «Las ediciones posteriores están abreviadas o adaptadas a -los itinerarios del ferrocarril. El verdadero «Ford» no ha vuelto a -parecer.» (Knapp.)</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_16"><span class="label"><a href="#FNanchor_16">[16]</a></span> The -Bible in Spain; or the Journeys, Adventures, and Imprisonments of -an Englishman, in an attempt to circulate the Scriptures in the -Peninsula. By George Borrow, author of «The Gypsies of Spain». In -three volumes. London, John Murray, 1843.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_17"><span class="label"><a -href="#FNanchor_17">[17]</a></span> Lavengro; the Scholar—the -Gypsy—the Priest. By George Borrow... In three volumes. London, John -Murray, 1851.</p> - -<p class="ti1">The Romany Rye; a sequel to «Lavengro». By George -Borrow... In two volumes. London, John Murray, 1857.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_18"><span class="label"><a href="#FNanchor_18">[18]</a></span> Wild -Wales: its people, Language, and Scenery. By George Borrow... In -three volumes. London, John Murray, 1862.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_19"><span class="label"><a href="#FNanchor_19">[19]</a></span> Romano -Lavo-Lil: Word-Book of the Romany, or English Gypsy Language... By -George Borrow. London, John Murray, 1874.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_20"><span class="label"><a href="#FNanchor_20">[20]</a></span> «Letters -of George Borrow to the Bible Society», edited by T. H. Darlow, -1911.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_21"><span class="label"><a href="#FNanchor_21">[21]</a></span> Ed. -Thomas, cap. II.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_22"><span class="label"><a href="#FNanchor_22">[22]</a></span> En gitano: -moros del norte de África. Los vocablos no ingleses empleados por -Borrow en <span class="smcap">The Bible in Spain</span> se estampan -en esta traducción con letra cursiva.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_23"><span class="label"><a href="#FNanchor_23">[23]</a></span></p> -<div class="poem p-1"><div class="stanza"> -<span class="i2">«Om Frands Gonzales, of Rodrik Cid,</span> -<span class="i0">End siunges i Sierra Murene!»</span> -</div></div> -<p class="ti1"><i>Krönike Riim.</i> Por Severin Grundtvig. Copenhague, 1829.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_24"><span class="label"><a href="#FNanchor_24">[24]</a></span> Palabra -rusa equivalente a <i>padrecito</i>.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_25"><span class="label"><a href="#FNanchor_25">[25]</a></span> La primera -guerra carlista.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_26"><span class="label"><a href="#FNanchor_26">[26]</a></span> <i>Caes do -Sodré</i>, ahora <i>Praça dos Romulares</i>. (Nota de U. R. Burke.)</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_27"><span class="label"><a href="#FNanchor_27">[27]</a></span> Es el -<i>Terreiro do Paço</i>.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_28"><span class="label"><a href="#FNanchor_28">[28]</a></span> H. -Fielding.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_29"><span class="label"><a href="#FNanchor_29">[29]</a></span> El Monte -Moro de que habla Borrow en este capítulo y describe después en el VI -es Montemôr, o Montemayor. (Knapp).</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_30"><span class="label"><a href="#FNanchor_30">[30]</a></span> La palabra -suprimida parece ser «católicos». Borrow gustaba de éste, al parecer, -insignificante misterio. (Nota del editor U. R. Burke.)</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_31"><span class="label"><a href="#FNanchor_31">[31]</a></span> Galaad, -nieto de Manasés, padre de los galaaditas. Los israelitas de la tribu -de Ephraim se amotinaron contra galaaditas y fueron vencidos. El modo -de pronunciar la palabra Shibbolet (espiga) servía a los galaaditas -para descubrir a los fugitivos de Ephraim que trataban de ocultar -su origen; y una vez descubiertos, los degollaban. V. Libro de los -jueces, XII, 1 a 6. (<i>N. del T.</i>)</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_32"><span class="label"><a href="#FNanchor_32">[32]</a></span> El nombre -que no puede pronunciarse; es decir, Jehovah o <i>Yahweh</i>. (Nota de -Burke.)</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_33"><span class="label"><a href="#FNanchor_33">[33]</a></span> «Todo -animal que tiene la uña hendida en dos partes y rumia le podéis -comer. Mas no debéis comer de los que rumian y no tienen la uña -hendida... a éstos los tendréis por inmundos». Deuteronomio, XIV, 6 y -7 (<i>N. del T.</i>).</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_34"><span class="label"><a href="#FNanchor_34">[34]</a></span> Es -Arrayolos. (Knapp).</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_35"><span class="label"><a href="#FNanchor_35">[35]</a></span> La fonda -estaba en la calle de la Moraleja, núm. 30. (Knapp).</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_36"><span class="label"><a href="#FNanchor_36">[36]</a></span> -Tijeras.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_37"><span class="label"><a href="#FNanchor_37">[37]</a></span> <i>Hok</i>, -fraude. <i>Hokkano</i> (en la lengua de gitanos ingleses): mentira; -<i>baró</i>, grande.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_38"><span class="label"><a href="#FNanchor_38">[38]</a></span> Ayer, -mañana.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_39"><span class="label"><a href="#FNanchor_39">[39]</a></span> -Madrid.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_40"><span class="label"><a href="#FNanchor_40">[40]</a></span> <i>Chor</i>, -ladrón.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_41"><span class="label"><a href="#FNanchor_41">[41]</a></span> -Libro.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_42"><span class="label"><a href="#FNanchor_42">[42]</a></span> -Feria.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_43"><span class="label"><a href="#FNanchor_43">[43]</a></span> Lit: -piedra buena (talismán). <i>Lachó</i>: bueno.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_44"><span class="label"><a href="#FNanchor_44">[44]</a></span> <i>Busnó</i> -(pl. <i>busné</i>): el que no es gitano.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_45"><span class="label"><a href="#FNanchor_45">[45]</a></span> -Francés.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_46"><span class="label"><a href="#FNanchor_46">[46]</a></span> Guardas o -empleados del resguardo.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_47"><span class="label"><a href="#FNanchor_47">[47]</a></span> La -horca.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_48"><span class="label"><a href="#FNanchor_48">[48]</a></span> <i>Caló</i>, -<i>Caloró</i> (pl. <i>Calés</i>, <i>Caloré</i>): el que es del <i>kalo rat</i>, o sangre -negra; un gitano.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_49"><span class="label"><a href="#FNanchor_49">[49]</a></span> -León.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_50"><span class="label"><a href="#FNanchor_50">[50]</a></span> -Castilla.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_51"><span class="label"><a href="#FNanchor_51">[51]</a></span> -Gitano.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_52"><span class="label"><a href="#FNanchor_52">[52]</a></span> <i>Chim</i>: -reino, comarca; <i>Manró</i>: pan, trigo. <i>Chim del Manró</i>: tierra del -trigo: Extremadura.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_53"><span class="label"><a href="#FNanchor_53">[53]</a></span> <i>Grà</i>, -<i>gras</i>, <i>graste</i>, <i>gry</i>: caballo.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_54"><span class="label"><a href="#FNanchor_54">[54]</a></span> <i>Chulí</i> -(pl. <i>Chulé</i>): un duro.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_55"><span class="label"><a href="#FNanchor_55">[55]</a></span> -Basta.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_56"><span class="label"><a href="#FNanchor_56">[56]</a></span> <i>Drun</i>, -<i>drom</i>: camino. <i>Drungruje</i> o <i>drunji</i>: camino real.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_57"><span class="label"><a href="#FNanchor_57">[57]</a></span> -Galera.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_58"><span class="label"><a href="#FNanchor_58">[58]</a></span> -Arrieros.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_59"><span class="label"><a href="#FNanchor_59">[59]</a></span> -Cerdo.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_60"><span class="label"><a href="#FNanchor_60">[60]</a></span> <i>Li</i> o -<i>Lil</i>: papel, carta, libro.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_61"><span class="label"><a href="#FNanchor_61">[61]</a></span> -Aguardiente.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_62"><span class="label"><a href="#FNanchor_62">[62]</a></span> <i>Foro</i>: -pueblo, ciudad.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_63"><span class="label"><a href="#FNanchor_63">[63]</a></span> Engañado. -Terminación inglesa añadida a la terminación española de la palabra -romani <i>jonjabar</i>, engañar. <i>Jojana</i>: engaño.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_64"><span class="label"><a href="#FNanchor_64">[64]</a></span> <i>El -crallis ha nicobado la liri de los Calés.</i></p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_65"><span class="label"><a href="#FNanchor_65">[65]</a></span> <i>Juntuno</i>: -espía.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_66"><span class="label"><a href="#FNanchor_66">[66]</a></span> Los -moros.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_67"><span class="label"><a href="#FNanchor_67">[67]</a></span> -Negociando, negociando; tiene muchos negocios que hacer.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_68"><span class="label"><a href="#FNanchor_68">[68]</a></span> -Corazón.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_69"><span class="label"><a href="#FNanchor_69">[69]</a></span> O <i>Quer</i>: -Casa.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_70"><span class="label"><a href="#FNanchor_70">[70]</a></span> <i>Chabó</i>, -<i>chabé</i>, <i>chaboró</i>: mozo, joven, individuo.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_71"><span class="label"><a href="#FNanchor_71">[71]</a></span> -Brida.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_72"><span class="label"><a href="#FNanchor_72">[72]</a></span> <i>Terelar</i>: -atar.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_73"><span class="label"><a href="#FNanchor_73">[73]</a></span> <i>Callee</i>, -<i>callí</i>, fem. de <i>caló</i>.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_74"><span class="label"><a href="#FNanchor_74">[74]</a></span> Muchacha; -fem. de <i>chabó</i>.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_75"><span class="label"><a href="#FNanchor_75">[75]</a></span> -Soldados.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_76"><span class="label"><a href="#FNanchor_76">[76]</a></span> -<i>Corahano</i>: moro; fem. <i>corahani</i>.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_77"><span class="label"><a href="#FNanchor_77">[77]</a></span> Pl. de -<i>sesó</i>: español.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_78"><span class="label"><a href="#FNanchor_78">[78]</a></span> <i>Ro</i>, -<i>rom</i>: marido; un gitano casado. <i>Roma</i>, los maridos, nombre genérico -del pueblo gitano, o Romani.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_79"><span class="label"><a href="#FNanchor_79">[79]</a></span> -Taberna.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_80"><span class="label"><a href="#FNanchor_80">[80]</a></span> -Mulato.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_81"><span class="label"><a href="#FNanchor_81">[81]</a></span> -Gitanos.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_82"><span class="label"><a href="#FNanchor_82">[82]</a></span> La -verdad.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_83"><span class="label"><a href="#FNanchor_83">[83]</a></span> <i>Parnó</i>: -blanco; <i>parné</i>: moneda de plata. En general: dinero.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_84"><span class="label"><a href="#FNanchor_84">[84]</a></span> Fortuna. -<i>Penar bají</i>: decir la buena ventura.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_85"><span class="label"><a href="#FNanchor_85">[85]</a></span> Pl. de -<i>Candory</i>: cristiano.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_86"><span class="label"><a href="#FNanchor_86">[86]</a></span> -Portugueses.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_87"><span class="label"><a href="#FNanchor_87">[87]</a></span> -Viuda.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_88"><span class="label"><a href="#FNanchor_88">[88]</a></span> Gitana -casada.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_89"><span class="label"><a href="#FNanchor_89">[89]</a></span> Pl. irreg. -de <i>chabó</i>.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_90"><span class="label"><a href="#FNanchor_90">[90]</a></span> Fem. de -<i>liló</i>: tonto, loco.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_91"><span class="label"><a href="#FNanchor_91">[91]</a></span> -Antonio.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_92"><span class="label"><a href="#FNanchor_92">[92]</a></span> -Guitarra.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_93"><span class="label"><a href="#FNanchor_93">[93]</a></span> -Copla.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_94"><span class="label"><a href="#FNanchor_94">[94]</a></span> -Cama.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_95"><span class="label"><a href="#FNanchor_95">[95]</a></span> -Pesebre.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_96"><span class="label"><a href="#FNanchor_96">[96]</a></span> -Hechicera.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_A"><a href="#FNanchor_A"><span class="label">[*]</span></a> Borrow -se detuvo en Mérida por la boda gitana descrita en <i>The Zincali</i>. -(Knapp).</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_97"><span class="label"><a href="#FNanchor_97">[97]</a></span> -Venenos.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_98"><span class="label"><a href="#FNanchor_98">[98]</a></span> ¡Oh madre -de los gitanos!</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_99"><span class="label"><a href="#FNanchor_99">[99]</a></span> -Doncellez.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_100"><span class="label"><a href="#FNanchor_100">[100]</a></span> Con las -manos.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_101"><span class="label"><a href="#FNanchor_101">[101]</a></span> -Perdida.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_102"><span class="label"><a href="#FNanchor_102">[102]</a></span> -Grande.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_103"><span class="label"><a href="#FNanchor_103">[103]</a></span> -Seda.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_104"><span class="label"><a href="#FNanchor_104">[104]</a></span> -Oro.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_105"><span class="label"><a href="#FNanchor_105">[105]</a></span> -Agua.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_106"><span class="label"><a href="#FNanchor_106">[106]</a></span> -Verdaderamente.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_107"><span class="label"><a href="#FNanchor_107">[107]</a></span> -Simple.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_108"><span class="label"><a href="#FNanchor_108">[108]</a></span> No le -digas nada, mozo mío; es un perro alguacil.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_109"><span class="label"><a href="#FNanchor_109">[109]</a></span> <i>Beng</i>; -<i>Bengui</i>: el diablo.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_110"><span class="label"><a href="#FNanchor_110">[110]</a></span> -Cárcel.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_111"><span class="label"><a href="#FNanchor_111">[111]</a></span> -Tabaco.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_112"><span class="label"><a href="#FNanchor_112">[112]</a></span> Mucho; -abundante.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_113"><span class="label"><a href="#FNanchor_113">[113]</a></span> -Posada.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_114"><span class="label"><a href="#FNanchor_114">[114]</a></span> <i>Plan, -Planoró, Plal</i>: Hermano, camarada.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_115"><span class="label"><a href="#FNanchor_115">[115]</a></span> Estaba -en <i>Las Gamas</i>, cerca de Carrascal. (Knapp).</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_116"><span class="label"><a href="#FNanchor_116">[116]</a></span> -Pueblos.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_117"><span class="label"><a href="#FNanchor_117">[117]</a></span> -Pastores.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_118"><span class="label"><a href="#FNanchor_118">[118]</a></span> -<i>Mailla</i>, burra.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_119"><span class="label"><a href="#FNanchor_119">[119]</a></span> Una -autoridad.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_120"><span class="label"><a href="#FNanchor_120">[120]</a></span> -Cuchillo.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_121"><span class="label"><a href="#FNanchor_121">[121]</a></span> -Corazón.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_122"><span class="label"><a href="#FNanchor_122">[122]</a></span> El -Salvador, Jesús.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_123"><span class="label"><a href="#FNanchor_123">[123]</a></span> -Ingleses.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_124"><span class="label"><a href="#FNanchor_124">[124]</a></span> -Dios.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_125"><span class="label"><a href="#FNanchor_125">[125]</a></span> -<i>Pinró</i>, <i>Pindró</i> (pl. <i>Pindré</i>): pie.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_126"><span class="label"><a href="#FNanchor_126">[126]</a></span> -Onza.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_127"><span class="label"><a href="#FNanchor_127">[127]</a></span> -Oropesa, sin duda alguna, anota Burke. La Calzada de Oropesa, según -Knapp.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_128"><span class="label"><a href="#FNanchor_128">[128]</a></span> Este es -un nombre puesto a capricho por Borrow a su interlocutor. (Nota de -Burke.)</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_129"><span class="label"><a href="#FNanchor_129">[129]</a></span> Iba -desde la de Preciados a la del Arenal; desde la calle de la Zarza -salía a la Puerta del Sol el callejón del Cofre, o de Cofreros. -Desaparecieron al ensanchar la Puerta del Sol.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_130"><span class="label"><a href="#FNanchor_130">[130]</a></span> -Doce onzas de pan, o libra corta, ración de la cárcel. (Nota de -Borrow.)</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_131"><span class="label"><a href="#FNanchor_131">[131]</a></span> -Amigo.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_132"><span class="label"><a href="#FNanchor_132">[132]</a></span> Bruja. -En alemán, <i>Hexe</i>. (Nota de Borrow.)</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_133"><span class="label"><a href="#FNanchor_133">[133]</a></span> Los de -la Revolución de julio de 1830.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_134"><span class="label"><a href="#FNanchor_134">[134]</a></span> <i>Romano -Chal</i>, gitano.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_135"><span class="label"><a href="#FNanchor_135">[135]</a></span> -Palabra compuesta del griego moderno πέταλον y del sánscrito <i>kara</i>; -significa literalmente «<i>Señor</i> de la herradura», o sea el <i>hacedor</i> -de ellas; es una de las denominaciones secretas de «Los forjadores», -tribu de los gitanos ingleses. (Nota de Borrow). Petulengro y -Petalengro (en gitano inglés) forjador de herraduras. (Glosario de -Burke).</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_136"><span class="label"><a href="#FNanchor_136">[136]</a></span> Era el -Café Nuevo (Knapp).</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_137"><span class="label"><a href="#FNanchor_137">[137]</a></span> Una -noche, estando contigo.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_138"><span class="label"><a href="#FNanchor_138">[138]</a></span> -Amigo.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_139"><span class="label"><a href="#FNanchor_139">[139]</a></span> -1836.</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_140"><span class="label"><a href="#FNanchor_140">[140]</a></span> Era -un comerciante, John Wilby, representante de la Sociedad Bíblica -(Knapp).</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_141"><span class="label"><a href="#FNanchor_141">[141]</a></span> Se -alojó en la Posada Francesa, en la calle de San Francisco y de la -Neveria, hoy Hotel de París (Knapp).</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_142"><span class="label"><a href="#FNanchor_142">[142]</a></span> El -amigo del barón Taylor era John Wetherell, hijo de un famoso curtidor -de pieles de igual nombre. En 1874 el gobierno español indujo a -John Wetherell a establecer en Sevilla una manufactura de curtidos -finos, concediéndole para su instalación el convento de Jesuítas y -una extensión de terreno; le aseguró además ciertos privilegios y -contratas para el ejército. Wetherell llevó a Sevilla máquinas y -obreros ingleses; pero la empresa se hundió porque el gobierno no -pagó las contratas y retiró la protección ofrecida. Wetherell murió -arruinado. (Knapp).</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_143"><span class="label"><a href="#FNanchor_143">[143]</a></span> -Alude, probablemente, a Khartum, capital del Sudán. (Nota de -Burke.)</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_144"><span class="label"><a href="#FNanchor_144">[144]</a></span> <i>The -mystery of Udolpho</i>, por Mrs. Radcliffe (1764-1823). (Nota de -Burke.)</p> -</div> - -<div class="footnote"> -<p id="Footnote_145"><span class="label"><a href="#FNanchor_145">[145]</a></span> -Puente. (Nota de Burke.)</p> -</div> - -</div> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="transnote" id="tnote"> - <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p> - <ul> - <li>Se ha respetado la ortografía original, normalizándola a la - grafía de mayor frecuencia.</li> - - <li>Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar.</li> - - <li>Las páginas en blanco han sido eliminadas.</li> - - <li>En los diálogos cuyas entradas están precedidas del nombre del - interlocutor, se ha sustituído la presentación tipográfica por - la utilizada en los dos restantes tomos de esta obra.</li> - - <li>Se ha reparado el emparejamiento de los puntos de admiración e - interrogación, y de los paréntesis y comillas.</li> - - <li>Las letras capitulares al comienzo de los capítulos se han - generalizado a todos ellos.</li> - - <li>Se ha completado el <a href="#ToC">índice</a> con menciones, entre - corchetes, al material introductorio que no se refleja en él.</li> - - <li>El transcriptor ha creado la imagen de la cubierta y la sitúa - en el dominio público.</li> - </ul> -</div> -</div> - -<p> </p> -<p> </p> -<hr class="full" /> -<p>***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA BIBLIA EN ESPAÑA, TOMO I (DE 3)***</p> -<p>******* This file should be named 51019-h.htm or 51019-h.zip *******</p> -<p>This and all associated files of various formats will be found in:<br /> -<a href="http://www.gutenberg.org/dirs/5/1/0/1/51019">http://www.gutenberg.org/5/1/0/1/51019</a></p> -<p> -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed.</p> - -<p>Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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Contact the Foundation as set forth in Section 3 below.</p> - -<p>1.F.</p> - -<p>1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable -effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread -works not protected by U.S. copyright law in creating the Project -Gutenberg-tm collection. Despite these efforts, Project Gutenberg-tm -electronic works, and the medium on which they may be stored, may -contain "Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate -or corrupt data, transcription errors, a copyright or other -intellectual property infringement, a defective or damaged disk or -other medium, a computer virus, or computer codes that damage or -cannot be read by your equipment.</p> - -<p>1.F.2. 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INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the -trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone -providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in -accordance with this agreement, and any volunteers associated with the -production, promotion and distribution of Project Gutenberg-tm -electronic works, harmless from all liability, costs and expenses, -including legal fees, that arise directly or indirectly from any of -the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this -or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or -additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any -Defect you cause. </p> - -<h3>Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm</h3> - -<p>Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of -electronic works in formats readable by the widest variety of -computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It -exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations -from people in all walks of life.</p> - -<p>Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's -goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg-tm and future -generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see -Sections 3 and 4 and the Foundation information page at -www.gutenberg.org.</p> - -<h3>Section 3. Information about the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation</h3> - -<p>The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by -U.S. federal laws and your state's laws.</p> - -<p>The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the -mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its -volunteers and employees are scattered throughout numerous -locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt -Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to -date contact information can be found at the Foundation's web site and -official page at www.gutenberg.org/contact</p> - -<p>For additional contact information:</p> - -<p> Dr. Gregory B. Newby<br /> - Chief Executive and Director<br /> - gbnewby@pglaf.org</p> - -<h3>Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation</h3> - -<p>Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS.</p> - -<p>The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. Compliance requirements are not uniform and it takes a -considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up -with these requirements. We do not solicit donations in locations -where we have not received written confirmation of compliance. To SEND -DONATIONS or determine the status of compliance for any particular -state visit <a href="http://www.gutenberg.org/donate">www.gutenberg.org/donate</a>.</p> - -<p>While we cannot and do not solicit contributions from states where we -have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition -against accepting unsolicited donations from donors in such states who -approach us with offers to donate.</p> - -<p>International donations are gratefully accepted, but we cannot make -any statements concerning tax treatment of donations received from -outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.</p> - -<p>Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation -methods and addresses. 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Thus, we do not -necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper -edition.</p> - -<p>Most people start at our Web site which has the main PG search -facility: www.gutenberg.org</p> - -<p>This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.</p> - -</body> -</html> - diff --git a/old/51019-h/images/cover.jpg b/old/51019-h/images/cover.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 4cae509..0000000 --- a/old/51019-h/images/cover.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/51019-h/images/logo.jpg b/old/51019-h/images/logo.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index cd41a79..0000000 --- a/old/51019-h/images/logo.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/51019-h/images/mapa_gr.jpg b/old/51019-h/images/mapa_gr.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 276c534..0000000 --- a/old/51019-h/images/mapa_gr.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/51019-h/images/mapa_pq.jpg b/old/51019-h/images/mapa_pq.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index e43f28f..0000000 --- a/old/51019-h/images/mapa_pq.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/51019-h/images/xpnd.jpg b/old/51019-h/images/xpnd.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 5a9bcf3..0000000 --- a/old/51019-h/images/xpnd.jpg +++ /dev/null |
