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-The Project Gutenberg eBook, La Biblia en España, Tomo I (de 3), by
-George Borrow, Translated by Manuel Azaña
-
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
-other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
-the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you'll have
-to check the laws of the country where you are located before using this ebook.
-
-
-
-
-Title: La Biblia en España, Tomo I (de 3)
- O viajes, aventuras y prisiones de un inglés en su intento de difundir las Escrituras por la Península
-
-
-Author: George Borrow
-
-
-
-Release Date: January 24, 2016 [eBook #51019]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-
-***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA BIBLIA EN ESPAÑA, TOMO I (DE
-3)***
-
-
-E-text prepared by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box, and the Online
-Distributed Proofreading Team (http://www.pgdp.net) from page images
-generously made available by Internet Archive/Canadian Libraries
-(https://archive.org/details/toronto)
-
-
-
-Note: Project Gutenberg also has an HTML version of this
- file which includes the original illustration.
- See 51019-h.htm or 51019-h.zip:
- (http://www.gutenberg.org/files/51019/51019-h/51019-h.htm)
- or
- (http://www.gutenberg.org/files/51019/51019-h.zip)
-
-
- Images of the original pages are available through
- Internet Archive/Canadian Libraries. See
- https://archive.org/details/labibliaenespa01borr
-
-
- Project Gutenberg has the other two volumes of this work.
- Tomo II: see http://www.gutenberg.org/ebooks/51020
- Tomo III: see http://www.gutenberg.org/ebooks/51689
-
-
-NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
-
- En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_
- y las versalitas como MAYÚSCULAS.
-
- Se ha completado el índice con menciones, entre corchetes,
- al material introductorio que no se refleja en él.
-
-
-
-
-
-COLECCIÓN GRANADA
-
-VIAJES
-
-BORROW: LA BIBLIA EN ESPAÑA
-TRAD. DEL INGLÉS POR M. AZAÑA
-
-
-LA BIBLIA EN ESPAÑA
-
-POR
-
-BORROW
-
-TRADUCCIÓN DIRECTA DEL INGLÉS
-POR MANUEL AZAÑA
-
-TOMO I
-
-
-
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-COLECCIÓN GRANADA
-JIMÉNEZ-FRAUD, Editor.—MADRID
-
-
-ES PROPIEDAD
-QUEDA HECHO EL DEPÓSITO QUE MARCA
-LA LEY
-
-Imprenta Clásica Española. Glorieta de Chamberí. Madrid.
-
-
-
-
-NOTA PRELIMINAR
-
-
-Tomás Borrow, de familia de labradores establecida desde muy antiguo
-cerca de Liskeard, en Cornwall, se fugó de su casa, siendo todavía
-mozo, por esquivar las consecuencias de una fechoría juvenil, y sentó
-plaza de soldado en 1783. Diez años más tarde, cuando era sargento,
-se casó con Ana Preferment, hija de un agricultor de East Dereham,
-Norfolk, de abolengo francés probablemente. En 1798, Tomás Borrow
-obtuvo el grado de capitán, del que no pasó en su carrera militar.
-En 1800 le nació un hijo, Juan Tomás, que fué pintor y soldado, y
-acabó por emigrar a Méjico en busca de fortuna, muriendo en aquellas
-tierras en 1834. El 5 de julio de 1803 nació en East Dereham el hijo
-segundo del matrimonio Borrow, Jorge Enrique, el cual, treinta y
-tres años más tarde, había de ser popular en Madrid con el nombre
-de _Don Jorgito el inglés_. La infancia de Jorge transcurrió en
-diferentes poblaciones de Inglaterra y de Escocia, merced a los
-cambios de guarnición del regimiento en que servía su padre. Viajó
-primeramente por las provincias de Sussex y Kent, y en 1808 y 1810
-estuvo otra vez en su pueblo natal. Jorge era «un niño triste, que
-gustaba de permanecer horas enteras en un rincón solitario, con la
-cabeza caída sobre el pecho, dominado por un abatimiento peculiar; a
-veces sentía una impresión de miedo muy extraña, hasta de horror,
-sin causa real». Sus padres le dejaban vagar libremente por los
-campos. En 1810 conoció a Ambrosio Smith, el gitano a quien después
-representó en sus escritos con el nombre de Jasper Petulengro, y se
-juraron fraternidad. El desarrollo mental de Jorge fué algo tardío.
-Comenzó los estudios de humanidades en Dereham, y los continuó
-en Edimburgo, después en Norwich, y el año 1815 en la «Academia
-Protestante» de Clonmel (Irlanda), adonde el regimiento de su padre
-fué destinado. La vida escolar le curó de sus hábitos insociables y
-de su reserva. A Jorge le gustaban los estudios, pero no la sujeción
-de la escuela. Sentía inclinación natural por los idiomas, y los
-aprendía con desusada facilidad; su memoria era descomunal. Amaba la
-vida al aire libre y los deportes. Las aventuras, propias o ajenas,
-reales o soñadas, encandilaban su imaginación. En Irlanda, además de
-aprender la lengua del país, se había hecho gran jinete. Terminadas
-las guerras napoleónicas, y licenciado el regimiento, los Borrow se
-establecieron en Norwich. Jorge leía griego en la _Grammar School_, y
-de un emigrado francés tomaba lecciones de este idioma, de italiano y
-de español; cultivaba, además, la caza y el pugilismo. Los gastos y
-las costumbres de Jorge le hicieron antipático a su padre; no se le
-parecía en nada, teníale por un verdadero gitano, y, desentendiéndose
-de él en lo posible, le dejaba hacer cuanto quería. En 1818, Jorge
-se encontró de nuevo con Ambrosio Smith, o Jasper Petulengro, y,
-yéndose con él a un campamento de gitanos, los acompañó por ferias y
-mercados, se inició en sus costumbres y aprendió su idioma.
-
-Llegado el momento de adoptar una profesión que le diese para vivir,
-Jorge, dudoso entre la Iglesia y el Foro, se decidió por el último;
-así se lo aconsejó un amigo, en situación semejante a la suya,
-diciéndole que la abogacía «era la mejor carrera para quienes (como
-ellos) no pensaban ejercer ninguna». El padre de Jorge le costeó el
-aprendizaje, colocándole en 1819 de pasante en casa de unos curiales
-de Norwich. Pero Jorge debía de tener mediana afición a los pleitos.
-Aprendió galés, danés, hebreo, árabe, armenio, y en el despacho de
-sus maestros trabajaba en traducir de esas lenguas al inglés; su
-amigo William Taylor le enseñó el alemán. Así vivió el pobre cinco
-años, amarrado a un oficio tan opuesto a su vocación. Quizás la
-lectura de libros de viajes y aventuras le fué entonces más gustosa
-y necesaria que nunca, como desquite de la aridez de su empleo. A
-Jorge Borrow le gustaban mucho _Gil Blas_, el _Peregrino_ de Bunyan,
-Sterne, el _Childe Harold_, y, sobre todos, De Foe. «¡Oh genio de De
-Foe, yo te saludo!—exclama en su autobiografía—. ¡Cuánto no te debe
-el mío pobrísimo!»
-
-En 1824, el capitán Tomás Borrow murió, dejando por heredera de sus
-escasas rentas a su mujer. Jorge, que llegaba entonces a la mayor
-edad, se marchó a Londres a buscarse la vida en cuanto terminó
-su contrato de pasantía. Llevaba por todo capital un legajo de
-traducciones; pero sus esperanzas eran muchas. Su primera estancia
-en Londres fué poco placentera. Luchaba con la escasez, con la falta
-de salud, con la inseguridad del trabajo, y padeció además la crisis
-característica de la juventud al encararse indefensa con la vida, y
-las amarguras de la vocación que busca a tientas su camino. Jorge
-se interrogaba acerca del valor de la existencia y de la verdad:
-«¿Qué es la verdad? ¿Qué es lo bueno y lo malo? ¿Para qué he nacido?
-¿Todo perecerá y será olvidado, todo es vanidad?» Y no encontraba
-respuesta satisfactoria. El futuro misionero era entonces ateo
-empedernido; su amigo Taylor, además de enseñarle el alemán, le
-inculcó la irreligión. La tristeza y el descorazonamiento de Jorge
-fueron tales, que sus amigos temieron verle poner fin a sus días.
-Por aquella época publicó Borrow algunas traducciones de poesías
-extranjeras (varios romances españoles[1]); escribió, por encargo de
-un editor, una colección de «causas célebres»[2], y tradujo para una
-revista fragmentos de leyendas danesas[3]. Pero en 1825, el periódico
-en que escribía desapareció; riñó, además, con el editor que le daba
-trabajo, y se quedó en la calle con sus manuscritos y un puñado de
-dinero. Supónese que el anuncio de un librero le indujo a escribir,
-para zafarse de sus apuros del momento, una _Vida y aventuras de José
-Sell_, obra publicada, al parecer, con otros cuentos y narraciones en
-una colección que hoy no se sabe cuál fué. Vendida la obra, Borrow se
-marchó de Londres, abandonando la literatura, y viajó a pie en busca
-de salud corporal y de paz para su ánimo. Cuatro meses duró su vida
-errante. Volvió a encontrar a Jasper Petulengro, y se fué con él a
-vivir en hermandad con los gitanos, trabajando en hacer herraduras,
-y preso en las redes honestas de una linda moza de la tribu. Después
-compró un caballo, y recorrió Inglaterra en busca de aventuras.
-Cuando estos viajes concluyeron, Jorge Borrow tenía veintidós años.
-Era alto, flaco, zanquilargo, de rostro oval y tez olivácea; tenía
-la nariz encorvada, pero no demasiado larga; la boca bien dibujada,
-y ojos pardos, muy expresivos. Una canicie precoz le dejó la cabeza
-completamente blanca. Las cejas, prominentes y espesas, ponían en su
-rostro un violento trazo oscuro.
-
- [1] «Bernard’s Address to his army», a ballad from the Spanish;
- «The singing Mariner», a ballad from the Spanish; «The french
- Princess», a ballad from the Spanish. En «Monthly Magazine»,
- volumen 57. (1824).
-
- [2] «Celebrated Trials, and Remarkable Cases of Criminal
- Jurisprudence, from the earliest records to the year 1825». Seis
- volúmenes. Knight and Lacey. London, 1825.
-
- [3] «Danish Traditions and Superstitions». En «Monthly Magazine»,
- vols. 58, 59, 60.
-
-Jorge Borrow, al escribir, andando el tiempo, sus narraciones
-autobiográficas, se empeñó en rodear de misterio ciertos años de
-su vida (1826-1832), y con alusiones más o menos veladas (algunas
-encontrará el lector en _La Biblia en España_,) quiso dar a entender
-que se había visto envuelto en misteriosas aventuras y dado cima
-a dilatados viajes por países como la India, China y Tartaria.
-Ignórase, en efecto, lo que Borrow hizo en esos años; pero, en
-sentir de sus biógrafos más autorizados, es excesivo tanto misterio.
-Probablemente, Borrow vivió todo ese tiempo sin ocupación fija; viajó
-un poco, y escribió por gusto y por encargo. En 1826 se publicó una
-colección de sus traducciones del danés[4] con otras composiciones
-suyas. Dos años más tarde apareció una traducción de las _Memorias de
-Vidocq_[5], atribuída a Borrow; insertó en algunas revistas trabajos
-de menos importancia. Viajó por la Europa occidental, y parece que
-estuvo en Madrid, pero este viaje no pudo entrar en el marco de _La
-Biblia en España_.
-
- [4] «Romantic Ballads», Translated from the Danish and
- Miscellaneous pieces, by George Borrow. Norwich, S. Wilkin. 1826.
-
- [5] «Memoirs of Vidocq», principal agent of the French police
- until 1827. Writen by himself. Translated from the French. 4
- vols. London, Whittaker, Treacher and Arnot. 1828-29.
-
-Un gran cambio sobrevino en la vida de Jorge Borrow durante el año
-1833, que decidió de su destino. Conocía Jorge Borrow a una familia
-residente en Oulton Hall, cerca de Lowestoft (Suffolk), de la que
-formaba parte Mrs. Mary Clarke, de treinta y seis años, viuda
-de un marino. Un reverendo pastor, relacionado con esa familia,
-indujo a Jorge Borrow a solicitar de la Sociedad Bíblica Británica
-y Extranjera un empleo donde pudiera utilizar su conocimiento de
-los idiomas. Jorge se fué a pie a Londres, y en veintidós horas
-recorrió una distancia de ciento veinte millas. En su frugal pobreza,
-Jorge sólo gastó en el viaje cinco peniques y medio, en un litro
-de cerveza, medio de leche, un pedazo de pan y dos manzanas. Los
-señores de la Sociedad Bíblica, después de examinarle de lenguas
-orientales durante una semana, le preguntaron si estaba dispuesto
-a aprender en seis meses la lengua manchú. Aceptó Jorge, y con
-un buen viático se volvió a Norwich, ya en diligencia; estudió
-con ahinco y a los seis meses triunfaba en las pruebas a que sus
-futuros jefes le sometieron. Por aquellos mismos días, Jorge Borrow
-se retractó de su ateísmo; ya fuese por influjo de Mrs. Clarke, o
-porque las ideas que le inculcó su amigo Taylor arraigaron poco en
-su espíritu y se marchitaron al acercarse la treintena, lo cierto es
-que Borrow profesó un protestantismo tan fanático como el ateísmo
-que abandonaba. No tardó en asimilarse el «tono misionero» ni en
-adoptar la jerga propia de sus patronos. Cuando aún se hallaba en
-curso su nombramiento, uno de secretarios de la Sociedad Bíblica
-censuraba así el estilo de una carta de Borrow: «Perdóneme usted si,
-como sacerdote, y mayor que usted en años, aunque no en talento,
-me atrevo, con la mejor intención, a hacerle una advertencia que
-podrá no ser inútil.» Acota una frase que ha llamado la atención de
-algunos de «los excelentes miembros de nuestro Comité»: aquella en
-que «habla usted de la perspectiva de ser _útil a la Divinidad, al
-hombre y a usted mismo_. Sin duda, quiso usted decir la _perspectiva
-de glorificar a Dios_; pero el giro de sus palabras nos hizo pensar
-en ciertos pasajes de la Escritura, tales como Job, XXI, 2, etc.»
-La respuesta de Borrow debió de ser tal, que el mismo reverendo
-le escribía: «El espíritu de su última carta es verdaderamente
-cristiano, en armonía con aquella regla sentada por el mismo Cristo,
-y de la que Él dió, en cierto sentido, tan prodigioso ejemplo, que
-dice: El que se humille será ensalzado.» Finalmente, la Sociedad
-Bíblica aceptó los servicios de Borrow y le envió a Rusia, para
-donde salió sin dilación, a mediados de año, a colaborar en la
-transcripción y colación del manuscrito de la Biblia traducida al
-manchú, y en la impresión del Nuevo Testamento en la misma lengua.
-
-Jorge Borrow estuvo en Rusia hasta septiembre de 1835. Sirvió con
-celo y buen éxito a la Sociedad Bíblica; visitó Moscú y Nowgorod,
-y proyectó un viaje a China, a través del Asia, para distribuir el
-Evangelio por el Oriente. El Gobierno ruso le negó los pasaportes.
-Ese proyecto de viaje fué, en opinión de uno de sus biógrafos,
-el único motivo que tuvo Borrow para creer, y hacérselo creer a
-sus lectores, que había estado en el Oriente remoto[6]. Durante
-su estancia en Rusia tradujo al ruso unas homilías de la iglesia
-anglicana, y publicó en San Petersburgo dos colecciones de poesías
-traducidas por él al inglés: _Targum_[7] y el _Talismán_[8].
-
- [6] «¿No le ha chocado a usted nunca—le escribía en una ocasión
- su amigo el danés Hasfeldt—cuánto se parece usted al buen
- hidalgo Don Quijote de la Mancha? A mi juicio, podría usted
- pasar fácilmente por hijo suyo.» W. Knapp: _Life, writings and
- correspondence of George Borrow_. London, Murray, 1899. Vol. I,
- pág. 190.
-
- [7] «Targum, or Metrical translations from thirty languages and
- dialects», by George Borrow. St. Petersburg, Schulz and Beneze,
- 1835.
-
- [8] «The Talisman», from the Russian of Alexander Pushkin, with
- other pieces. St. Petersburg, Schulz and Beneze, 1835.
-
-En octubre de 1835 volvió Jorge Borrow a Inglaterra, y, apenas
-llevaba un mes en su país, la Sociedad Bíblica decidió utilizar de
-nuevo sus servicios, enviándole a Lisboa y Oporto con encargo de
-acelerar la propagación de la Biblia en Portugal. Ni la Sociedad
-Bíblica ni Jorge Borrow preveían entonces que sus campañas en la
-Península iban a tener la importancia que después adquirieron. Para
-la Sociedad, el envío de Borrow a Portugal era un empleo interino,
-en espera de que se decidiese su viaje a China. Borrow ignoraba si
-tendría o no en Portugal libertad suficiente para lanzarse a una
-propaganda intensa, ni si el ánimo de la gente se hallaría bien
-dispuesto para recibirla. Jorge Borrow se embarcó en Londres el 6 de
-noviembre de 1835, y llegó a Lisboa el 13 del mismo mes[9]; visitó
-los alrededores de la capital, hizo una excursión por el Alemtejo,
-y de estos viajes y de sus conversaciones con el representante de
-la Sociedad Bíblica en Lisboa nació la determinación de aplazar
-sus trabajos en Portugal. Borrow resolvió pasar a España. Salió de
-Lisboa para Badajoz el 1.º de enero de 1836, cruzó la frontera el día
-6, detúvose en Badajoz diez días, y por Mérida, Oropesa y Talavera
-llegó a Madrid. Por el camino fué madurando su plan de campaña:
-le pareció necesario, ante todo, hacer en España una tirada de la
-Biblia en castellano, porque sólo podían circular las impresas en el
-reino. Pero lo difícil no era eso; lo difícil era obtener permiso
-para imprimirla _sin notas_. Desde la invención de la imprenta,
-hasta 1820, no se había impreso en España ninguna traducción de la
-Biblia descargada de comentarios y notas, y que fuese, por tanto,
-de tamaño manual y de precio reducido, accesible a todos. En 1790
-apareció la traducción de Scio, en diez volúmenes en folio, y en
-1823, la de Amat, en nueve volúmenes en cuarto. Al amparo de la fugaz
-libertad política, instaurada por la Revolución de 1820, se imprimió
-en Barcelona (1820) el Nuevo Testamento, traducción de Scio, pero
-sin notas; desde entonces, hasta la llegada de Borrow a España,
-nada más se había hecho. La propaganda de las Sociedades bíblicas
-no consiste, esencialmente, en predicar una confesión determinada,
-sino en difundir la lectura de la Biblia, poniendo al alcance del
-mayor número el texto genuino de la Escritura. Como, en opinión de
-los cristianos reformados, los dogmas y prácticas de la Iglesia
-romana contradicen la letra y el espíritu del libro sagrado, basta
-la lectura de su texto auténtico, y la restauración del sentido
-propio en su inteligencia e interpretación, para minar las bases de
-la dominación papista. Así, Borrow, abundando en las intenciones de
-sus directores, y con autorización expresa de ellos, gestionó desde
-luego el permiso que necesitaba para imprimir el Evangelio sin notas,
-y, vencidas no pocas dificultades, se dispuso a reimprimir en Madrid
-la traducción del Nuevo Testamento, de Scio, editada sin notas por
-la Sociedad Bíblica en Londres, 1826. Borrow y la Sociedad Bíblica
-desconocían las versiones castellanas de la Biblia, hechas por los
-antiguos reformistas españoles, libros rarísimos entonces.
-
- [9] Fechas establecidas por Mr. Knapp, separándose de las que
- Borrow da en _La Biblia en España_.
-
-Borrow se fué de Madrid a los pocos días de la revolución de La
-Granja, estuvo en Granada y Málaga (viaje no referido en _La
-Biblia en España_), se embarcó en Gibraltar, llegó a Londres el 3
-de octubre, instó en la Sociedad Bíblica la inmediata apertura de
-la campaña de propaganda en España, y, aceptados sus planes, se
-reembarcó el 4 de noviembre, llegando a Cádiz el 22 del mismo mes.
-Por Sevilla y Córdoba se dirigió Borrow a Madrid, adonde llegó el 26
-de diciembre. No perdió el tiempo. En 14 de enero de 1837 firmaba
-con Andrés Borrego el contrato para la impresión del Evangelio, y
-en 1.º de mayo siguiente se publicó el libro[10]. Borrow obtuvo
-de la Sociedad Bíblica autorización para repartir en persona la
-obra por pueblos, y, dejando en Madrid encargado de sus asuntos a
-don Luis de Usoz y Río, emprendió, acompañado de su famoso criado
-griego, el larguísimo viaje por Castilla la Vieja, Galicia, Asturias
-y Santander, que duró desde mayo a noviembre de 1837. De regreso
-en Madrid, imprimió dos nuevas traducciones parciales del Nuevo
-Testamento: una traducción del Evangelio de San Lucas al caló[11],
-hecha por él, y otra del mismo Evangelio al vascuence, por un señor
-Oteiza[12].
-
- [10] El Nuevo Testamento, traducido al español de la Vulgata
- Latina, por el Rmo. P. Phelipe Scio de S. Miguel, de las Escuelas
- Pías, obispo electo de Segovia. Madrid. Imprenta a cargo de don
- Joaquín de la Barrera, 1837. En 8.º, 534 págs.
-
- [11] Embeo e Majaró Lucas. Brotoboro rodado andré la chipé
- griega, acána chibado andré o Romanó, o chipé es Zincales de Sesé.
-
- El Evangelio según S. Lucas, traducido al Romaní, o dialecto de
- los gitanos de España. [Madrid], 1837. En 16.º, 177 págs.
-
- _Segunda edición_: Criscote e Majaró Lucas, chibado andré o
- Romanó, o chipé es Zincales de Sesé.
-
- El Evangelio según S. Lucas, traducido al romaní, o dialecto de
- los gitanos de España. Lundra, 1872. En 16.º, 177 págs.
-
- [12] Evangelioa San Lucasen Guissan. El Evangelio según S.
- Lucas, traducido al vascuence. Madrid. Imprenta de la Compañía
- Tipográfica, 1838. En 16.º, 176 págs.
-
-La publicación del Evangelio en _caló_, la apertura de un _Despacho
-de la Sociedad Bíblica_ en la calle del Príncipe, los métodos
-empleados por Borrow para llamar la atención del público hacia
-su obra y ciertas imprudencias de otros agentes de la Sociedad
-en España, provocaron la intervención de las autoridades y
-desencadenaron una borrasca, en la que naufragó la propaganda
-evangélica y, a la larga, puso fin a los trabajos de Borrow en
-España; de ella nació también un primer disentimiento entre la
-Sociedad y su agente, disentimiento que terminó en ruptura. En enero
-del 38, el jefe político de Madrid secuestró los libros existentes
-en la tienda abierta por Borrow; en mayo, fué preso _Don Jorge_ por
-desacato a un agente de la autoridad y por vender libros impresos
-fuera del reino, introducidos en España con infracción de las leyes
-vigentes. Borrow cuenta en _La Biblia en España_ la historia del
-secuestro y de su prisión; pero omite ciertos hechos que influyeron
-grandemente en aquellas resoluciones del Gobierno, hechos que Borrow
-no conoció hasta después de salir de la cárcel. Había por entonces
-en España otro agente de la Sociedad Bíblica, llamado Graydon, que
-operaba principalmente en las provincias de Levante. Graydon, que
-imprimió en Barcelona una edición del Nuevo Testamento y otra de
-la Biblia (A. y N. T.), sin notas, en 1837, no se limitaba, como
-Borrow, a propagar el libro, sino que repartía folletos, prospectos
-y opúsculos atacando al Gobierno moderado, al clero español y a sus
-doctrinas. Esta conducta produjo algunos escándalos en Valencia,
-Murcia y Málaga; y como Graydon se proclamaba, no sólo agente de
-la Sociedad Bíblica, sino íntimo colaborador y asociado de Borrow,
-dió pretexto para que el Gobierno, movido por los curas, desfogara
-su inquina tratando a don Jorge con extremado rigor. La prisión
-de Borrow y las reclamaciones del ministro británico produjeron,
-como puede suponerse, una reunión precipitada del Consejo de
-ministros, un ofrecimiento de dimisión por parte del jefe político,
-e interpelaciones en las Cortes censurando al Gobierno... por su
-lenidad. Excarcelado Borrow, supo por el ministro británico la parte
-que la conducta de Graydon había tenido en sus persecuciones, y se le
-ocurrió escribir sendas cartas al _Correo Nacional_ y a la Sociedad
-Bíblica desautorizando y condenando el proceder de su colega. En
-la carta al _Correo Nacional_, publicada el 27 de mayo, se titula
-«único agente autorizado en España de la S. B.». En la carta a sus
-directores de Londres, luego de referir las entrevistas del ministro
-británico con Ofalia, dice respecto de Graydon: «Hasta el momento
-presente, ese hombre ha sido el ángel malo de la causa de la Biblia
-en España, y también el mío, y ha empleado tales procedimientos y
-escogido de tal modo las ocasiones, que casi siempre ha conseguido
-derribar los planes hacederos trazados por mis amigos y por mí para
-la propagación del Evangelio de una manera permanente y segura.»
-La respuesta de la Sociedad fué un cruel desengaño para Borrow:
-reconocíase en ella que Graydon era tan legítimo representante de la
-Sociedad Bíblica como él; no se accedía a desautorizar y condenar
-su proceder, y, además se le advertía a Borrow que, en adelante, se
-abstuviese de publicar cartas como la del _Correo Nacional_. Por su
-parte, el Gobierno español, tras algunos artículos oficiosos en que
-se le excitaba a proceder «con mano dura» contra los escarnecedores
-de la religión, prohibió de Real orden (25 de mayo) la circulación y
-venta del Nuevo Testamento editado por Borrow.
-
-En relaciones poco cordiales con sus jefes y frente a la hostilidad
-resuelta de los gobernantes españoles, Borrow no podía ya realizar
-en la Península una obra duradera ni fructífera. Aquel verano del
-38 anduvo don Jorge por La Sagra y por tierras de Segovia. El 24
-de agosto llegó a sus manos la orden de sus jefes llamándole a
-Inglaterra, y, allá se fué, a través de Francia, y en tres o cuatro
-meses que permaneció en su país zanjó sus diferencias con los
-directores y logró que le enviaran a España por tercera y última vez.
-El 31 de diciembre de 1838 desembarcó en Cádiz, y, salvo los tres
-primeros meses, que pasó en Madrid dedicado a la propaganda, casi
-todo el año 39 estuvo en Sevilla, en relativa inacción. Allí fueron a
-buscarle Mrs. Clarke y su hija, a quienes instaló en su propia casa
-de la _Plazuela de la Pila Seca_; hizo, solo, un viaje a Tánger,
-donde le alcanzó la orden del Comité de la Sociedad Bíblica dando
-por terminada su misión en España, y en Tánger se acaba bruscamente
-la narración de sus aventuras. De retorno en Sevilla, anunció su
-matrimonio con Mrs. Clarke (la _Señá Biuda_ con _Don Jorgito el
-Brujo_), y comenzó los preparativos para volver a Inglaterra.
-Una disputa con un alcalde de barrio de Sevilla le costó ir a la
-cárcel, donde le tuvieron treinta horas; todavía estuvo en Madrid
-gestionando las reparaciones debidas por ese agravio, y en abril de
-1840 se embarcó para Inglaterra con Mrs. Clarke y su hija y su corcel
-árabe. Apenas tomó tierra, se casó, y fué a instalarse a _Oulton
-Cottage_ (Lowestoft), propiedad de su esposa, donde vivió muchos años
-entregado a las pacíficas tareas literarias.
-
-Lo primero que publicó fué su obra sobre gitanos[13], en la que
-había trabajado mucho durante su permanencia en España. Contiene
-una descripción preliminar de los gitanos de diversos países y un
-estudio de la historia y costumbres de los de España, compuesto
-de observaciones personales y extractos de libros referentes a
-ellos. Siguen una colección de poesías populares en caló, recogidas
-verbalmente por Borrow, y un vocabulario. En _The Zincali_ se aprecia
-«una fuerte personalidad y una observación extraordinaria»[14]; pero
-cualquiera puede advertir el desorden con que está compuesto el
-libro. Es importante para conocer las costumbres de los gitanos, y
-completa además algunas aventuras que en _La Biblia en España_ sólo
-están indicadas.
-
- [13] The Zincali; or An Account of the Gypsies of Spain. With
- an original collection of their Songs and Poetry, and a copious
- Dictionary of their Language. By George Borrow... In two volumes.
- London, John Murray, 1841.
-
- [14] E. Thomas: George Borrow, the man and his books. I. V.
- London, Chapman and Hall, 1912.
-
-La publicación de _The Zincali_ puso a Borrow en relación con
-Ricardo Ford, docto en cosas hispánicas, que preparaba por entonces
-su _Manual_ de España[15]. Ford aconsejó a Borrow que publicase sus
-aventuras personales y se dejara de extractar libracos españoles.
-Al saber que tenía entre manos una _Biblia en España_, insistió en
-sus advertencias: nada de vagas descripciones, nada de erudición
-libresca; hechos, muchos hechos, observados directamente; arrojo
-para no caer en las vulgaridades; no preocuparse del bien decir;
-evitar las gazmoñerías y la declamación. Borrow se aprovechó de esos
-consejos. En su retiro de Oulton ordenó y completó los materiales de
-que disponía: diarios de viaje, cartas a la Sociedad Bíblica, y en
-diciembre de 1842 se publicaba la obra[16] que velozmente le llevó a
-la celebridad.
-
- [15] _Hand-Book for Travellers in Spain and Readers at Home._
- London, Murray, 1845. 2 vols. 8.º «Las ediciones posteriores
- están abreviadas o adaptadas a los itinerarios del ferrocarril.
- El verdadero «Ford» no ha vuelto a parecer.» (Knapp.)
-
-Su triunfo fué inmenso. En el primer año se agotaron seis ediciones
-de a mil ejemplares en tres volúmenes, y una edición de diez mil
-ejemplares en dos tomos. Dos veces reimpresa en Norteamérica aquel
-mismo año 43, fué traducida al alemán, al francés y al ruso;
-en 1911 iban publicadas de _La Biblia en España_ más de veinte
-ediciones inglesas. Borrow saboreó la popularidad; sus escritos
-posteriores contribuyeron poco a sostenerla. Sus aventuras en España
-despertaron en el público un deseo muy vivo de conocer otros hechos
-de la vida del «héroe». Ricardo Ford le aconsejó que escribiese su
-autobiografía. Don Jorge, sin levantar mano, compuso el _Lavengro_,
-historia de su niñez y juventud, continuándola años después[17],
-hasta la fecha en que comienza aquel misterioso período de su vida,
-de que ya se hizo mención. La obra defraudó las esperanzas del
-público; los críticos, con gran indignación del autor, pronunciaron
-sobre ella un fallo adverso; se aguardaba una narración rigurosamente
-veraz, y aparecía un revoltijo de sucesos reales e imaginarios
-más que suficiente para desorientar al lector. Borrow se consoló
-difícilmente de lo que algunos llamaron su «fracaso». La vanidad
-herida, no iba a contribuir a suavizarle el humor, cada día más
-áspero y agrio. Llevaba con impaciencia la vida sedentaria de
-escritor. Sentía, además, inquietudes religiosas; los antiguos
-«terrores» le atormentaban. Borrow quería viajar y solicitó empleos
-fuera de su patria; misiones literarias en Asia, el consulado de
-Hong-Kong: pero sin resultado. Hizo un viaje por el Oriente de
-Europa, y recogió nuevos datos acerca de la vida y lenguaje de sus
-amigos los gitanos en Hungría, Valaquia y Macedonia. Anduvo también
-por su país; visitó Gales, Escocia y otros lugares, y recogió parte
-del fruto de estas jornadas en un libro[18] que fué la última obra
-importante que publicó. Desde 1860 residía en Londres, donde vivió
-catorce años sin producir nada desde la aparición de Wild Wales,
-sumido en tanta oscuridad, en tal silencio, que algunos le creían
-muerto. Estimulado por el deseo de conservar su antigua primacía en
-los estudios gitanos, que otros cultivaban ya con diferente método,
-se lanzó a publicar, en 1874, un vocabulario[19] del dialecto de los
-gitanos ingleses, obra que, al aparecer, era ya anticuada. En suma:
-Borrow se sobrevivió; tan sólo la muerte—observa Mr. Knapp—podía
-devolverle la notoriedad perdida. La muerte tardaba en llegar. Borrow
-se marchó de Londres en 1874, y se refugió en su casa de Oulton;
-estaba viudo desde 1869. El arriscado Don Jorge de otros tiempos era
-un anciano de mal humor, que vivía triste y solo en una casa de campo
-mal cuidada, y se paseaba por el jardín enmarañado cantando poemas de
-su cosecha. Su extraño continente, su soledad y «sus conversaciones
-con los gitanos, a quienes permitía acampar en la finca, crearon
-en torno suyo una especie de leyenda. Los muchachos, en viéndole
-pasar, le gritaban: ¡Gitano!, o ¡brujo!» Muy cerca ya del fin, su
-hijastra fué con su marido a vivir en su compañía. En la mañana del
-26 de julio de 1881, el matrimonio se fué a Lowestoft a sus asuntos,
-dejando a Borrow completamente solo; mucho les rogó que no se fueran,
-porque se sentía morir; pero le dijeron que ya otras veces había
-expresado igual temor sin fundamento alguno. Cuando volvieron, a las
-pocas horas, se lo encontraron muerto.
-
- [16] The Bible in Spain; or the Journeys, Adventures, and
- Imprisonments of an Englishman, in an attempt to circulate the
- Scriptures in the Peninsula. By George Borrow, author of «The
- Gypsies of Spain». In three volumes. London, John Murray, 1843.
-
- [17] Lavengro; the Scholar—the Gypsy—the Priest. By George
- Borrow... In three volumes. London, John Murray, 1851.
-
- The Romany Rye; a sequel to «Lavengro». By George Borrow... In
- two volumes. London, John Murray, 1857.
-
- [18] Wild Wales: its people, Language, and Scenery. By George
- Borrow... In three volumes. London, John Murray, 1862.
-
- [19] Romano Lavo-Lil: Word-Book of the Romany, or English Gypsy
- Language... By George Borrow. London, John Murray, 1874.
-
-Aunque _The Bible in Spain_ no fuese, en términos absolutos, el
-mejor libro de Borrow, sería en todo caso, con enorme diferencia
-respecto de sus otros escritos, el que más títulos tendría a la
-atención de nuestro público. El mérito intrínseco del libro, y la
-singular reputación de España, le hicieron popular en Inglaterra
-y Norteamérica y conocido en varias naciones de Europa, motivos
-también valederos para su divulgación en nuestro país, con más el
-de ser los españoles, no lectores distantes, sino parte interesada,
-actores en las escenas y su tierra marco de aquella narración. No es
-muy honroso para nuestra curiosidad que hayan transcurrido cerca de
-ochenta años desde que vió la luz, sin ponerlo hasta hoy, traducido,
-al alcance de todos. El libro fué compuesto, en su mayor parte,
-en los lugares mismos que describe. Borrow redactaba un diario de
-viaje, y remitía, además, a la Sociedad Bíblica cartas de relación
-de sus aventuras y trabajos. La Sociedad prestó a Borrow esas cartas
-luego de cerciorarse de que, al aprovecharlas, no cometería ninguna
-indiscreción. «¡No he revelado los secretos de la Sociedad!»,
-decía después Borrow; en efecto, no mienta su desacuerdo con los
-directores, y tributa a Graydon, el «ángel malo» de la causa bíblica,
-ardientes elogios. Las cartas de Borrow a la Sociedad Bíblica[20]
-son tan extensas como la mitad de _The Bible in Spain_; pero sólo
-aprovechó la tercera parte de ellas en la composición del libro; lo
-demás salió de sus diarios, fundiéndose todo al calor de su espíritu
-cuando recordaba y revivía a distancia las impresiones indelebles
-recibidas. Tres son los temas de la obra: la difusión del Evangelio,
-_Don Jorge el inglés_ y España. Los tres se enlazan en un conjunto
-armónico; la propaganda evangélica es el propósito deliberado de que
-remotamente trae origen el libro, y constituye su armazón interior;
-todas las idas y venidas de Don Jorge, todos sus pensamientos, van
-encauzados a la divulgación de la palabra divina; los hombres y las
-tierras de España, materia de su explicencia, constituyen, no sólo
-una decoración de fondo, asombrosa por el relieve y color, sino el
-ambiente en que se mueve y respira un personaje extraordinario,
-algo distinto de Borrow, pero que es Borrow mismo despojado de toda
-vulgaridad y flaqueza, elevado a la categoría de un semidiós. De
-esos temas, el evangélico es el que nos importa menos. España, país
-de misiones, España, país de idólatras, era un punto de vista nuevo,
-dentro de nuestro solar, en 1835, e irritante para quienes, dueños
-de la religión verdadera, habíanla exportado durante siglos. No será
-hoy menos irritante para buen número de personas el antipapismo de
-Borrow; pero es improbable que los españoles descontentos, los no
-conformistas, rompan a gritar: _¡Al campo, al campo, Don Jorge, a
-propagar el Evangelio de Inglaterra!_ En el fondo, la preocupación de
-Borrow es de la misma índole que la de los «idólatras», sus enemigos.
-La regeneración de España por la lectura del Evangelio sería un
-programa que acaso hiciera hoy sonreír. El mayor número seguiría
-la opinión de Mendizábal, que a la insistencia con que Borrow
-solicitaba el permiso para imprimir el Testamento, salvación única
-de España, respondía: «¡Si me trajese usted cañones, si me trajese
-usted pólvora, si me trajese usted dinero para acabar con los
-carlistas!» Pero _Don Juan y Medio_, y los liberales que hicieron la
-desamortización eclesiástica, no se atrevían a permitir que circulase
-el Evangelio _sin notas_. Aunque movido por un fanatismo antipático,
-en favor de Borrow hablan su osadía personal, la consideración de
-que luchaba contra un poder omnímodo, irresponsable, y la de que,
-formalmente, pugnaba por un mínimo de hospitalidad y de libertad,
-sin las que los hombres en sociedad son como fieras; y eso está
-siempre bien, hágase como se haga. El libro de Borrow es un precioso
-documento para la historia de la tolerancia, no en las leyes, sino en
-el espíritu de los españoles.
-
- [20] «Letters of George Borrow to the Bible Society», edited by
- T. H. Darlow, 1911.
-
-_The Bible in Spain_ es un libro autobiográfico. «El principal
-estudio de Borrow fué él mismo, y en todos sus mejores libros,
-él es el asunto principal y el objeto principal»[21]. No emplea
-en esta obra las confidencias, no se confiesa con el lector; su
-procedimiento consiste en dejar hablar a los que le tratan, para
-pintar el efecto que su persona y sus hechos causan en el ánimo
-del prójimo; asomándonos a ese espejo, vemos la imagen de un _Don
-Jorge_ muy aventajado: subyugaba y domaba a los animales fieros; los
-gitanos le adoraban; era la admiración de los _manolos_; temíanle los
-pícaros; confundía al posadero ruin y a los alcaldillos despóticos;
-encendía en sus servidores devoción sin límites; era afable y llano
-con los humildes; trataba a los potentados de igual a igual y hacía
-bajar los ojos al soberbio; nunca se apartaba de la razón, ni perdía
-la serenidad; un prestigio misterioso le envuelve; en suma: el
-héroe y el justo se funden en su persona; es un apóstol que propaga
-la palabra de Dios, pero sin el delirio de la Cruz, sin romper el
-decoro; es un caballero andante que se compadece de la miseria, y
-a cada momento cree uno verle emprender la ruta de Don Quijote,
-pero sin burlas, sin yangüeses, en una España que creyese en él y
-le tomase en serio. Apóstol y caballero están bajo el amparo del
-pabellón británico.
-
- [21] Ed. Thomas, cap. II.
-
-Borrow se colocó, o colocó a su héroe, en un escenario sin segundo,
-de tal fuerza que, para nuestro gusto, el aventurero se borra, se
-disuelve en el paisaje, o queda a la zaga de la muchedumbre española
-que suscita. Es difícil encontrar otro caso en que un escritor haya
-triunfado con más brillantez de la hostil realidad presente. Borrow
-lucha a brazo partido con la realidad española, la asedia, poco
-a poco la domina, y con la lentitud peculiar de su procedimiento
-acaba por poner en pie una España rebosante de vida. No se atuvo a
-una realidad de «guía oficial». Lo que le importaba era el carácter
-de los hombres, y no de todos, sino los de la clase popular, donde
-los rasgos nacionales se conservan más puros. Labradores, arrieros,
-posaderos, gitanos, curas de aldea, monterillas, mendigos, pastores,
-pasan ante nosotros, y al verlos gesticular y oírlos hablar, creemos
-encontrarnos con antiguos conocidos. Unos son pícaros, otros santos;
-unos son listos, otros muy zotes; casi todos groseros, muchos con
-sentimientos nobles, pero unidos en general por un aire de familia
-inconfundible; y la verdad es que, con todas sus picardías o su
-zafiedad, no puede uno dejar de quererlos. Tuvo además Borrow una
-espléndida visión del campo, y lo sintió e interpretó de un modo
-enteramente moderno. Así, don Jorge descubrió y pintó, en realidad,
-lo que quedaba de España. Arrancados los árboles, agostado el césped,
-arrastrada en mucha parte la tierra vegetal, asomaba la armazón de
-roca, con toda su fealdad y su inconmovible firmeza.
-
-El lector apreciará seguramente en _La Biblia en España_, a pesar de
-la traducción descolorida, el novelesco interés de algunos pasajes
-que parecen arrancados de un libro picaresco, el movimiento de
-ciertos cuadros, propios de un «episodio nacional», el sabor de
-otras escenas de costumbres, los bosquejos de tipos y caracteres,
-con tantos otros méritos que es innecesario señalar; pero lo mismo
-ante ellos, que ante los defectos del libro, y frente a la repulsión
-que ciertos juicios—expresos o sobrentendidos—del autor puedan
-suscitar en el ánimo de un español, conviene estar prevenido para no
-incurrir en las descarriadas apreciaciones que acerca de este libro
-se han proferido en nuestro país. _La Biblia en España_ es un libro
-de viajes, cierto; pero hay que entenderse acerca de su calidad.
-No es un informe a la Sociedad bíblica respecto de los progresos
-del Evangelio en España, ni un «cuadro del estado político, social,
-etcétera», de la nación, ni un itinerario para recién casados, ni una
-reseña de las catedrales y otros monumentos pergeñada para uso de los
-_snobs_ de ambos mundos; _La Biblia en España_ es una obra de arte,
-una creación, y con arreglo a eso hay que juzgar de su exactitud,
-del _parecido_ del retrato y de las «invenciones» del autor. Los
-paisajes, los lugares, las figuras, están notados con puntualidad; es
-excelente en la inteligencia de las costumbres, y no hay en el libro
-caricatura ni falsificación de sentimientos. Episodios compuestos,
-no vistos por Borrow; personajes inventados aglutinando rasgos
-dispersos, sin duda los ha de haber; pero eso, ¿es ilícito? Pudiera
-compararse la creación de Borrow a una estatua de mayor tamaño que
-el natural. La verdad artística del conjunto y su efecto conmovedor
-son innegables. El libro no es sólo verdadero; es, en ciertos puntos,
-revelador.
-
-La traducción que hoy ofrecemos al público está hecha siguiendo
-el texto de la edición de U. R. Burke (1896); hemos aprovechado
-parte del glosario que la acompaña, poniendo al pie de la página
-correspondiente las equivalencias del caló y del castellano; las
-notas de Burke no las reproducimos todas, porque algunas son
-innecesarias para el lector español, y otras contienen errores de
-bulto. De la biografía de Borrow, por Míster Knapp, hemos sacado
-algunas notas que aclaran el texto, o placen, simplemente, a la
-curiosidad del lector.
-
- M. A.
-
-
-
-
-ÍNDICES
-
-
- _Páginas._
-
- [Nota preliminar] v
-
- [Índices] 27
-
- [Mapa] 34
-
- [Prólogo] 35
-
- CAPÍTULO PRIMERO.—¡Hombre al agua!—El Tajo.—Las lenguas
- extranjeras.—La gesticulación.—Calles de Lisboa.—El
- acueducto.—La Biblia tolerada en Portugal.—Cintra.—Don
- Sebastián.—Juan de Castro.—Conversación con un
- cura.—Colhares.—Mafra.—El palacio.—El maestro de
- escuela.—Los portugueses.—Su ignorancia de las
- Escrituras.—Los curas rurales.—El Alemtejo. 49
-
- CAP. II.—Boteros del Tajo.—Peligros de la corriente.—Aldea
- Gallega.—La hostería.—Ladrones.—Sabocha.—Aventura de un
- arriero.—_Estalagem de ladrões._—Don Gerónimo.—Vendas
- Novas.—Un Sitio Real.—Los cerdos del Alemtejo.—Monte
- Moro.—Un cabrero singular.—Los hijos de los
- campos.—Infieles y saduceos. 68
-
- CAP. III.—Un comerciante de Evora.—Contrabandistas
- españoles.—El león y el unicornio.—La fuente.—Confianza
- en el Todopoderoso.—Reparto de folletos.—La librería en
- Evora.—Un manuscrito.—La Biblia como guía.—La infame
- María.—El hombre de Palmella.—El conjuro.—El régimen
- frailuno.—Domingo.—Volney.—Un auto de fe.—Hombres de
- España.—Lectura de un folleto.—Nuevos viajeros.—La mata de
- romero. 87
-
- CAP. IV.—Dilaciones molestas.—El cochero borracho.—Una mula
- muerta.—Lamentación.—Aventura en un descampado.—El miedo a
- la oscuridad.—Un fidalgo portugués.—La escolta.—Regreso a
- Lisboa. 105
-
- CAP. V.—El colegio.—El rector.—La piedra de
- toque.—Prejuicios nacionales.—Deportes juveniles.—Los
- judíos de Lisboa.—Creencias corrompidas.—Crimen y
- superstición. 119
-
- CAP. VI.—El frío en Portugal.—Me libro de una
- extorsión.—Sensación de soledad.—El perro.—El convento.—Un
- paisaje encantador.—El castillo morisco.—Plegaria por un
- enfermo. 134
-
- CAP. VII.—La piedra druídica.—Un joven español.—Soldados
- rufianes.—Los males de la guerra.—Estremoz.—La disputa.—La
- atalaya en ruinas.—Vislumbre de España.—Ayer y hoy. 147
-
- CAP. VIII.—Elvas.—Longevidad extraordinaria.—La nación
- inglesa.—Ingratitud portuguesa.—Las fortificaciones.—Un
- mendigo español.—Badajoz.—La aduana. 161
-
- CAP. IX.—Badajoz.—Antonio el gitano.—Una proposición
- de Antonio.—Es aceptada.—El desayuno gitano.—Salida
- de Badajoz.—El borrico del gitano.—Mérida.—La muralla
- en ruinas.—La comadre.—El país del moro.—Los hombres
- negros.—La vida en el desierto.—La cena. 173
-
- CAP. X.—La nieta de la gitana.—Proyecto matrimonial.—El
- alguacil.—El ataque.—Trote largo.—Llegada a
- Trujillo.—Noche de lluvia.—La selva.—El vivac.—¡Levántate
- y anda!—Jaraicejo.— El Nacional.—El caballero
- Balmerson.—Entre jarales.—Una conversación seria.—¿Qué es
- la verdad?—Noticia inesperada. 196
-
- CAP. XI.—El puerto de Mirabete.—Lobos y pastores.—La
- sutileza de las hembras.—Muerto por los lobos.—Se aclara
- el misterio.—Las montañas.—La hora tenebrosa.—Un viajero
- nocturno.—Abarbanel.—Los tesoros ocultos.—El poder del
- oro.—El arzobispo.—Llegada a Madrid. 224
-
- CAP. XII.—Mi alojamiento en Madrid.—La patrona.—El
- embajador británico.—Mendizábal.—Baltasar.—Deberes de
- un Nacional.—Sangre moza.—La ejecución.—La población de
- Madrid.—Las clases altas.—Las clases bajas.—Las corridas de
- toros.—El gitano. 244
-
- CAP. XIII.—Intrigas de la Corte.—Quesada
- y Galiano.—Disolución de las Cortes.—El
- secretario.—Testarudez aragonesa.—El Concilio de Trento.—El
- asturiano.—Los tres bandidos.—Benedicto Mol.—El hombre de
- Lucerna.—El Tesoro. 263
-
- CAP. XIV.—Estado de España.—Istúriz.—Revolución de
- La Granja.—La revuelta.—Síntomas alarmantes.—Los
- corresponsales de periódicos.—Arrojo de Quesada.—La escena
- final.—Fuga de los moderados.—El café. 281
-
- CAP. XV.—El vapor.—El cabo de Finisterre.—La
- tormenta.—Llegada a Cádiz.—El Nuevo
- Testamento.—Sevilla.—Itálica.—El anfiteatro.—Los presos.—El
- encuentro.—El barón Taylor.—La calle y el desierto. 297
-
- CAP. XVI.—Salida para Córdoba.—Carmona.—Las colonias
- alemanas.—El idioma.—Un caballo haragán.—El recibimiento
- nocturno.—El posadero carlista.—Buen consejo.—Gómez.—El
- genovés viejo.—Las dos opiniones. 315
-
- CAP. XVII.—Córdoba.—Los moros de Berbería.—Los ingleses.—Un
- cura viejo.—El breviario romano.—El palomar.—El Santo
- Oficio.—Judaísmo.—Los palomares profanados.—Propuesta del
- posadero. 331
-
- CAP. XVIII.—Salida de Córdoba.—El contrabandista.—Treta
- judaica.—Llegada a Madrid. 347
-
-
-
-
-LA BIBLIA EN ESPAÑA
-
-
-
-
-[Ilustración: VIAJES DE BORROW POR LA PENÍNSULA]
-
-
-
-
-PRÓLOGO
-
-
-Muy rara vez se lee el prólogo de un libro, y, en realidad, la mayor
-parte de los que han visto la luz en estos últimos años, no tienen
-prólogo alguno. Me ha parecido, sin embargo, conveniente escribir
-este prefacio, y sobre él llamo humildemente la atención del benévolo
-lector, porque su lectura contribuirá no poco a la cabal inteligencia
-y apreciación de estos volúmenes.
-
-La obra que ahora ofrezco al público, titulada LA BIBLIA EN ESPAÑA,
-consiste en una narración de lo que me sucedió durante mi residencia
-en aquel país, adonde me envió la Sociedad Bíblica, como agente suyo,
-para imprimir y propagar las Escrituras. No obstante, comprende
-también algunos viajes y aventuras en Portugal, y concluye dejándome
-en «el país de los _Corahai_»,[22] región a la que me pareció
-oportuno retirarme por una temporada, después de haber sufrido en
-España considerables ataques.
-
- [22] En gitano: moros del norte de África. Los vocablos no
- ingleses empleados por Borrow en THE BIBLE IN SPAIN se estampan
- en esta traducción con letra cursiva.
-
-Es muy probable que si yo hubiese visitado España por mera curiosidad
-o con el propósito de pasar uno o dos años agradablemente, jamás
-hubiese intentado dar cuenta detallada de mis actos ni de lo que
-vi y oí. Yo no soy un turista ni un escritor de libros de viajes;
-pero la comisión que llevé allá era un poco extraña y me condujo
-necesariamente a situaciones y posiciones insólitas, me envolvió
-en dificultades y perplejidades, y me puso en contacto con gente
-de condición y categoría muy diversas; de suerte que, en conjunto,
-me lisonjeo pensando que el relato de mi peregrinación no carecerá
-enteramente de interés para el público, sobre todo, dada la novedad
-del asunto; pues aunque se han publicado varios libros acerca de
-España, éste es el único, creo yo, que trata de una obra de misiones
-en aquel país.
-
-Es verdad que en el libro se encontrarán bastantes cosas muy poco
-relacionadas con la religión o con la propaganda religiosa; pero
-no tengo por qué excusarme de haberlas traído aquí a colación.
-Desde el principio hasta el fin fuí, digámoslo así, a la deriva
-por España, tierra de antiguo renombre, tierra de maravillas y de
-misterios, en condiciones tales para conocer sus extraños secretos
-y peculiaridades como quizás a ningún otro individuo le hayan sido
-nunca dadas, y ciertamente a ningún extranjero; y si en muchos casos
-presento escenas y caracteres tal vez sin precedente en una obra de
-esta índole, sólo haré observar que durante mi estancia en España
-me vi tan inevitablemente mezclado con ellos, que hubiera sido
-difícil referir con fidelidad mis andanzas sin dar de tales cosas una
-referencia tan puntual como la que aquí he puesto.
-
-Es digno de nota que, llamado repentina e inesperadamente a
-«acometer la aventura de España», no me hallaba yo por completo
-falto de preparación para tal empresa. España ocupó siempre un lugar
-considerable en mis ensueños infantiles, y las cosas españolas me
-interesaban por modo especial, sin presentir que, andando el tiempo,
-me vería llamado a participar, si bien modestamente, en el drama
-descomunal de su vida; aquel interés me indujo, en edad temprana,
-a aprender su noble idioma y a conocer su literatura (apenas digna
-del idioma), su historia y tradiciones; de modo que al entrar por
-vez primera en España me sentí más en mi casa que lo que sin esas
-circunstancias me hubiese sentido.
-
-En España pasé cinco años, que, si no los más accidentados, fueron,
-no vacilo en decirlo, los más felices de mi existencia. Y ahora que
-la ilusión se ha desvanecido ¡ay! para no volver jamás, siento por
-España una admiración ardiente: es el país más espléndido del mundo,
-probablemente el más fértil y con toda seguridad el de clima más
-hermoso. Si sus hijos son o no dignos de tal madre, es una cuestión
-distinta que no pretendo resolver; me contento con observar que,
-entre muchas cosas lamentables y reprensibles, he encontrado también
-muchas nobles y admirables; muchas virtudes heroicas, austeras,
-y muchos crímenes de horrible salvajismo; pero muy poco vicio de
-vulgar bajeza, al menos entre la gran masa de la nación española,
-a la que concierne mi misión; porque bueno será notar aquí que
-no tengo la pretensión de conocer íntimamente a la aristocracia
-española, de la que me mantuve tan apartado como me lo permitieron
-las circunstancias; _en revanche_ he tenido el honor de vivir
-familiarmente con los campesinos, pastores y arrieros de España, cuyo
-pan y _bacallao_ he comido, que siempre me trataron con bondad y
-cortesía, y a quienes con frecuencia he debido amparo y protección.
-
-«La generosa conducta de Francisco González, y los altos hechos de
-Ruy Díaz el Cid se cantan todavía entre las asperezas de Sierra
-Morena»[23].
-
- [23]
-
- «Om Frands Gonzales, of Rodrik Cid,
- End siunges i Sierra Murene!»
-
- _Krönike Riim._ Por Severin Grundtvig. Copenhague, 1829.
-
-El argumento más fuerte que, a mi parecer, puede aducirse como prueba
-del vigor y de los recursos naturales de España, y de la buena ley
-del carácter de sus habitantes, es el hecho de que, hoy en día, el
-país no se halle extenuado ni agotado, y que sus hijos sean aún,
-hasta cierto punto, un gran pueblo de muy levantados ánimos. Sí; a
-pesar del desgobierno de los Austrias, brutales y sensuales, de la
-estupidez de los Borbones, y, sobre todo, de la tiranía espiritual de
-la corte de Roma, España todavía se mantiene independiente, combate
-en causa propia, y los españoles no son aún esclavos fanáticos ni
-mendigos rastreros. Esto es decir mucho, muchísimo; porque España ha
-sufrido lo que Nápoles no ha tenido nunca que sufrir, y, sin embargo,
-su suerte ha sido muy diferente de la de Nápoles. Aún hay valor en
-Asturias; generosidad en Aragón; honradez en Castilla la Vieja, y las
-labradoras de la Mancha pueden aún poner un tenedor de plata y una
-nívea servilleta junto al plato de su huésped. Sí; a despecho de los
-Austrias, de los Borbones y de Roma, todavía media un abismo entre
-España y Nápoles.
-
-Aunque suene a cosa rara, España no es un país fanático. Algo sé
-acerca de ella, y afirmo que ni es fanática ni lo ha sido nunca:
-España no cambia jamás. Cierto que durante casi dos siglos España
-fué _La Verduga_ de la malvada Roma, el instrumento escogido para
-llevar a efecto los atroces planes de esa potencia; pero el resorte
-que impelía a España a su obra sanguinaria no era el fanatismo; otro
-sentimiento, predominante en ella, la excitaba: su orgullo fatal. Con
-halagos a su orgullo fué inducida España a despilfarrar su preciosa
-sangre y sus tesoros en las guerras de los Países Bajos, a equipar
-la armada Invencible y a otras muchas acciones insensatas. El amor a
-Roma tenía muy poca influencia en su política; pero halagada por el
-título de _Gonfalonera del Vicario de Cristo_, y ansiosa de probar
-que era digna de él, cerró los ojos y corrió a su propia destrucción
-al grito de: «¡Cierra, España!»
-
-Cuando sus armas fueron impotentes en el exterior, España se recogió
-dentro de sí misma. Dejó de ser instrumento de la venganza y de la
-crueldad de Roma, pero no la dieron de lado. Aunque ya no servía para
-blandir la espada con buen éxito contra los luteranos, podía ser útil
-para algo. Aún tenía oro y plata, y aún era la tierra del olivo y de
-la vid. Dejó de ser el verdugo y se convirtió en el banquero de Roma;
-y los pobres españoles, que siempre estiman como un privilegio pagar
-cuentas ajenas, miraron durante mucho tiempo como una gran ventura
-que les permitieran saciar la rapaz avidez de Roma, que durante el
-siglo pasado sacó, probablemente, de España más dinero que de todo el
-resto de la cristiandad.
-
-Pero la guerra prendió en el país. Napoleón y sus fieros francos
-invadieron España; siguiéronse saqueos y estragos, cuyos efectos
-se sentirán, probablemente, durante muchas generaciones. España no
-pudo ya seguir pagando a Pedro sus cuartos con la holgura de antaño,
-y desde entonces, Roma, que no respeta a ninguna nación más que
-en cuanto puede hacer de ella el ministro de su crueldad o de su
-avaricia, la miró con desprecio. El español tenía aún voluntad de
-pagar, dentro de lo que sus medios le permitían; pero muy pronto
-le dieron a entender que era un ser degradado, un bárbaro; más: un
-mendigo. Ahora bien: a un español podéis sacarle hasta el último
-_cuarto_ con tal que le otorguéis el título de caballero y de hombre
-rico, pues la levadura antigua es tan fuerte en él como en los
-tiempos de Felipe el Hermoso; pero guardaos de insinuar que le tenéis
-por pobre o que su sangre es inferior a la vuestra. Al conocer, pues,
-la baja estimación en que había caído, el rústico viejo replicó: «Si
-soy un bestia, un bárbaro y, además, un pordiosero, lo siento mucho;
-pero como eso no tiene remedio, voy a gastarme estas cuatro fanegas
-de cebada, que había reservado para aliviar la miseria del Santo
-Padre, en una corrida de toros y en otras diversiones convenientes
-para la reina, mi mujer, y para los príncipes, mis hijos. ¿Yo un
-mendigo? _¡Carajo!_ El agua de mi pueblo es mejor que el vino de
-Roma.»
-
-Veo que en la última carta pastoral dirigida a los españoles, el
-obispo de Roma se queja amargamente del trato que ha recibido en
-España por parte de algunos hombres inicuos. «Mis catedrales se
-arruinan—dice—, insultan a mis sacerdotes y cercenan las rentas de
-mis obispos.» Se consuela, sin embargo, con la idea de que todo esto
-es obra de la malicia de unos pocos, y que la generalidad de la
-nación le ama, sobre todo los campesinos, los inocentes campesinos,
-que vierten lágrimas al pensar en los sufrimientos de su Papa y de
-su religión. ¡Desengáñese, _Batuschca_[24], desengáñese! España
-estaba dispuesta a luchar por vuestra causa, en tanto que al obrar
-así acrecentase su gloria; pero no le agrada perder batallas y más
-batallas en servicio vuestro. No se opone a llevar su dinero a
-vuestras arcas, en forma de limosnas, esperando, sin embargo, verlas
-aceptadas con la gratitud y la humildad propias de quien recibe una
-caridad. Pero al encontrar que no sois humilde ni agradecido, y,
-sobre todo, al sospechar que tenéis a Austria en mayor estimación,
-incluso como banquero, España se encoge de hombros y profiere unas
-palabras algo parecidas a las que ya he puesto en boca de uno de sus
-hijos: «Estas cuatro fanegas de cebada», etc.
-
- [24] Palabra rusa equivalente a _padrecito_.
-
-Es, en verdad, sorprendente lo poco que a la gran masa de la nación
-española le interesó la última guerra[25], la cual, empero, ha sido
-llamada por quien debía estar mejor enterado, guerra de religión y
-de principios. Se admitía, generalmente, que Vizcaya era el reducto
-del carlismo, y que los vizcaínos sentían fanático apego a su
-religión, a la que creían en peligro. La verdad es que los vascos
-se cuidaban muy poco de Carlos y de Roma, y tomaron las armas tan
-sólo por defender ciertos derechos y privilegios que tenían. Por el
-encanijado hermano de Fernando mostraron siempre soberano desprecio,
-que su carácter, mezcla de imbecilidad, cobardía y crueldad, merecía
-de sobra. Usaron su nombre como un _cri de guerre_ solamente. Casi
-lo mismo puede decirse de sus partidarios españoles, al menos de los
-que se lanzaron al campo por su causa. Había, sin embargo, una gran
-diferencia de carácter entre éstos y los vascos, soldados valerosos
-y hombres honrados. Los ejércitos españoles de don Carlos se
-componían enteramente de ladrones y asesinos, casi todos valencianos
-y manchegos, que, mandados por dos forajidos, Cabrera y Palillos,
-se aprovecharon de la situación perturbada del país para robar y
-asesinar a la parte honrada de la población. Respecto de la reina
-regente Cristina, cuanto menos se hable, mejor; tomó en sus manos
-las riendas del gobierno a la muerte de su marido, y con ellas el
-mando del ejército. La parte respetable de la nación española, y
-por modo especial los honrados y estrujados labradores, aborrecían
-y execraban a las dos facciones. Muchas veces, al caer la noche,
-compartiendo la frugal comida de un labriego de cualquiera de las
-dos Castillas, oíamos el lejano tiroteo de los soldados _cristinos_
-o de los bandidos carlistas; con lo que comenzaba mi hombre a echar
-maldiciones a los dos pretendientes, sin olvidar al Santo Padre y
-a la diosa de Roma, _María Santísima_. Luego, con la energía de
-tigre característica del español cuando se excita, levantándose
-precipitadamente exclamaba: «¡_Vamos, don Jorge_, al campo, al campo!
-Me voy con usted y aprenderé la ley de los ingleses. Al campo, pues,
-desde mañana, a difundir el evangelio de Inglaterra.»
-
- [25] La primera guerra carlista.
-
-Entre los campesinos españoles fué donde encontré mis defensores más
-acérrimos; y aún supone el Santo Padre que los labradores de España
-son amigos suyos y le quieren. ¡Desengáñese, _Batuschca_, desengáñese!
-
-Pero volvamos al presente libro: está consagrado, como digo, a
-referir mis sucesos en España mientras anduve por allá empeñado en
-difundir las Escrituras. Respecto de mis modestos trabajos, he de
-hacer notar aquí que lo realizado fué muy poca cosa; no tengo la
-pretensión de haber conseguido brillantes triunfos; cierto que fuí
-enviado a España, más que nada, a explorar el país y a comprobar
-hasta qué punto el espíritu del pueblo estaba preparado para recibir
-las verdades del cristianismo; obtuve, sin embargo, mediante el apoyo
-de buenos amigos, un permiso del Gobierno español para imprimir en
-Madrid una edición del libro sagrado, que subsiguientemente repartí
-por la capital y las provincias.
-
-Durante mi estancia en España, otras personas prestaron muy buenos
-servicios a la causa del evangelio, y en una obra de esta índole
-sería injusto pasar en silencio sus esfuerzos. Villano es el corazón
-que rehusa al mérito su recompensa, y por insignificante que sea el
-valor de un elogio que brota de una pluma como la mía, no puedo por
-menos de mencionar, con respeto y estimación, unos pocos nombres
-relacionados con la propaganda evangélica. Un caballero irlandés,
-llamado Graydon, se empleó, con celo e infatigable diligencia,
-en difundir la luz de la Escritura en la provincia de Cataluña y
-a lo largo de las costas meridionales de España; mientras, dos
-misioneros de Gibraltar, los señores Rule y Lyon, predicaron la
-verdad evangélica durante un año entero en una iglesia de Cádiz. Tan
-buen éxito alcanzaron los esfuerzos de estos dos últimos, animosos
-discípulos del inmortal Wesley, que, con razón sobrada podemos
-suponerlo así, de no haber sido reducidos al silencio y desterrados
-del país por la fracción pseudo-liberal de los _Moderados_, no sólo
-Cádiz, pero la mayor parte de Andalucía habría entonces confesado las
-puras doctrinas del Evangelio y desechado para siempre los últimos
-restos de la superstición Papista.
-
-Por hallarse más inmediatamente relacionado con la Sociedad Bíblica
-y conmigo, considero felicísima la oportunidad que se me presenta
-de hablar de Luis de Usoz y Río, vástago de una antigua y honorable
-familia de Castilla la Vieja, que me ayudó en la edición española
-del Nuevo Testamento, en Madrid. Durante mi permanencia en España
-recibí toda clase de pruebas de amistad de este caballero, que, en
-mis ausencias por las provincias, y en mis numerosos y largos viajes,
-me sustituía de buen grado en Madrid y se empleaba cuanto podía en
-adelantar las miras de la Sociedad Bíblica, sin otro móvil que la
-esperanza de contribuir acaso con su esfuerzo a la paz, felicidad y
-civilización de su tierra natal.
-
-Para concluir, permítaseme declarar que conozco muy bien los defectos
-y errores del presente libro. Para componerlo me he valido de ciertos
-diarios que fuí escribiendo durante mi estancia en España y de
-numerosas cartas escritas a mis amigos de Inglaterra, que han tenido
-después la bondad de restituírmelas; sin embargo, la mayor parte de
-él, consistente en descripciones de lugares y escenas, en bosquejos
-de caracteres, etcétera, se la debo a mi memoria. En varios casos he
-omitido los nombres de los lugares, o por haberlos olvidado, o por
-no estar seguro de su ortografía. La obra, tal como hoy está, fué
-escrita en una aldea solitaria de una apartada región de Inglaterra,
-donde no tenía libros de consulta, ni amigos cuya opinión o consejo
-pudiera en ocasiones serme provechoso, y con todas las incomodidades
-resultantes del quebranto de mi salud. Pero he recibido en ocasión
-reciente tales muestras de la lenidad y generosidad extremadas del
-público británico y americano para conmigo, que sin temor me someto
-nuevamente a su consideración, y confío en que, si en los presentes
-volúmenes hay poco que admirar, me darán al menos reputación de
-hombre bien intencionado y que no se emplea en escribir ruindades.
-
-
-26 de noviembre de 1842.
-
-
-
-
-CAPÍTULO PRIMERO
-
- ¡Hombre al agua!—El Tajo.—Las lenguas extranjeras.—La
- gesticulación.—Calles de Lisboa.—El acueducto.—La Biblia tolerada
- en Portugal.—Cintra.—Don Sebastián.—Juan de Castro.—Conversación
- con un cura.—Colhares.—Mafra.—El palacio.—El maestro de
- escuela.—Los portugueses.—Su ignorancia de las Escrituras.—Los
- curas rurales.—El Alemtejo.
-
-
-En la mañana del 10 de noviembre de 1835, encontrábame a la altura
-de la costa de Galicia, cuyas elevadas montañas, doradas por el sol
-naciente, ofrecían una vista espléndida. Iba con destino a Lisboa;
-doblamos el cabo Finisterre, y, metiéndonos mar adentro, perdimos
-rápidamente de vista la tierra. En la mañana del día 11, estando
-el mar muy alborotado, ocurrió un suceso notable. Hallábame en el
-castillo de proa departiendo con dos marineros; uno de ellos, que
-acababa de levantarse de la hamaca, dijo: «He tenido esta noche un
-sueño extraño y muy poco agradable, porque—continuó señalando al
-mástil—he soñado que me caía al mar desde la cruceta.» Así se lo
-oyeron decir varios tripulantes que estaban junto a mí. Un momento
-después, el capitán del barco, advirtiendo que la borrasca iba en
-aumento, mandó tomar la gavia, y en el acto, aquel marinero y otros
-varios treparon a la arboladura. Estaban en la maniobra cuando una
-racha de viento hizo girar la antena, dando tal golpe a uno de los
-marineros, que cayó desde la cruceta al mar, cubierto de hirvientes
-espumas. El marinero emergió en seguida; vi su cabeza asomar en
-la cresta de una ola muy grande, y en el acto reconocí en aquel
-desdichado al que poco antes nos había referido su sueño. Nunca
-olvidaré la mirada de agonía que nos lanzó, mientras el barco,
-velozmente, le dejaba atrás. Dada la voz de alarma, hubo una gran
-confusión, y lo menos pasaron dos minutos antes de que el barco se
-parase; en ese tiempo el marinero se quedó muy lejos a popa; sin
-embargo, yo no le perdí de vista y observé que luchaba valientemente
-con las olas. Por fin, se arrió un bote; mas por desgracia no se
-halló a mano el timón, y sólo se pudo disponer de dos remos, con los
-que los tripulantes no avanzaban gran cosa en un mar tan alborotado.
-No obstante, remaron de firme, y habían llegado ya a diez brazas
-del náufrago, que continuaba luchando por su vida, cuando le perdí
-de vista; a su regreso dijeron los marineros que le habían visto
-debajo del agua, a intervalos, hundiéndose cada vez más, con los
-brazos abiertos, y el cuerpo, al parecer, rígido, pero que se habían
-encontrado en la imposibilidad de salvarlo. Inmediatamente después,
-el mar se calmó mucho, como si ya estuviera satisfecho con la presa
-que acababa de hacer. El pobre muchacho que pereció de tan singular
-manera era un apuesto joven de veintisiete años, hijo único de una
-viuda; era el mejor marinero de a bordo, y cuantos le conocieron le
-querían. Este suceso ocurrió el 11 de noviembre de 1835; el barco era
-un vapor llamado _London Merchant_. ¡Verdaderamente admirables son
-los caminos de la Providencia!
-
-Aquella misma noche entramos en el Tajo y echamos el ancla delante de
-la antigua torre de Belem; a la madrugada siguiente levamos anclas, y
-remontando el río como cosa de una legua, anclamos de nuevo a corta
-distancia del _Caesodré_[26], o muelle principal de Lisboa. Allí
-estuvimos algunas horas junto al enorme casco negro de la _Rainha
-Nao_, navío de guerra que en otros tiempos cautivaba de tal modo
-los ojos de Nelson, que de muy buena gana lo hubiera adquirido para
-su país natal. Mucho después fué navío almirante de la escuadra
-miguelista, y el intrépido Napier lo capturó unos tres años antes de
-la fecha a que me refiero.
-
- [26] _Caes do Sodré_, ahora _Praça dos Romulares_. (Nota de U. R.
- Burke.)
-
-La _Rainha Nao_ dícese que dió a Napier más quehacer que todos los
-demás barcos enemigos juntos, y alguien afirmó que si éstos se
-hubieran defendido con la mitad del coraje que la vieja y belicosa
-«reina» desplegó, el resultado de la batalla que decidió la suerte de
-Portugal hubiese sido por completo diferente.
-
-Encontré por demás molesta la operación de desembarcar en Lisboa. Los
-empleados de la aduana eran extremadamente descorteses, y examinaron
-cada pieza de mi reducido equipaje con irritante minuciosidad.
-
-Mi primera impresión al tomar tierra en la Península estaba muy lejos
-de ser favorable; apenas hacía una hora que hollaba su suelo, y ya
-deseaba de corazón volverme a Rusia, país de donde había salido un
-mes antes, dejando en él amigos muy queridos y muy vivos afectos.
-
-Después de soportar en la aduana muchos abusos y exacciones, procedí
-a buscar alojamiento, y, al fin, encontré uno, pero sucio y caro. Al
-siguiente día tomé un criado portugués. Mi costumbre invariable al
-llegar a un país consiste en valerme de los servicios de un indígena,
-con la mira principal de perfeccionarme en la lengua, y como ya
-conozco casi todos los idiomas y dialectos importantes de oriente y
-occidente, me pongo con prontitud en condiciones de hacerme entender
-perfectamente por los naturales. En unos quince días logré hablar en
-portugués con mucha facilidad.
-
-Los que desean hacerse entender de un extranjero hablándole en
-su propio idioma tienen que hablar a gritos y vociferar abriendo
-mucho la boca. ¿Es de extrañar, pues, que los ingleses sean, en
-general, los peores lingüistas del mundo, ya que siguen un sistema
-diametralmente opuesto? Por ejemplo, cuando intentan hablar en
-español—la lengua más sonora que existe—apenas abren los labios, y,
-con las manos metidas en bolsillos, farfullan perezosamente, en lugar
-de aplicarse al indispensable menester de la gesticulación. Con razón
-los pobres españoles exclaman: estos ingleses tienen un hablar tan
-cerrado que ni el mismo Satanás los entiende.
-
-Lisboa es una gran ciudad ruinosa, que aún muestra por doquiera las
-huellas del terremoto, terrible visita que le hizo Dios hace unos
-ochenta años. La ciudad se alza sobre siete colinas; la más elevada
-de todas la ocupa el castillo de San Jorge, punto el más eminente que
-la mirada descubre al contemplar a Lisboa desde el Tajo. Las partes
-más animadas y bulliciosas de la ciudad hállanse en la hondonada
-que cae al Norte de esa colina. Allí se encuentra la _Plaza_ de
-la Inquisición[27], la principal de Lisboa, desde la que corren
-paralelas hacia el río tres o cuatro calles, entre las que se cuentan
-la del Oro y la de la Plata, así llamadas porque en ellas viven los
-orífices y los plateros, muy hábiles en su oficio; estas calles
-son, en conjunto, muy suntuosas. Las casas son grandes y altas como
-castillos. Inmensas columnas protejen a intervalos la calzada; pero
-lo que hacen más bien es estorbar. Estas calles son completamente
-llanas y están bien pavimentadas, en lo cual se diferencian de todas
-las demás de Lisboa. La calle más singular es, sin embargo, la del
-_Alecrim_, o del Romero, que desemboca en el _Caesodré_. Es muy
-pendiente, y a ambos lados se alzan los palacios de la más rancia
-nobleza de Portugal, edificios pesados y adustos, pero grandes y
-pintorescos, con jardines colgantes aquí y allá, que se asoman a la
-calle desde gran altura.
-
- [27] Es el _Terreiro do Paço_.
-
-Con toda su ruina y desolación, Lisboa es, sin disputa, la ciudad más
-notable de la Península, y acaso del Sur de Europa. No me propongo
-entrar aquí en minuciosos detalles acerca de ella; me limitaré a
-notar que es tan digna de la atención de un artista como la misma
-Roma. Verdad es que, si abundan aquí las iglesias, no hay ninguna
-catedral gigantesca como la de San Pedro, para atraer las miradas
-llenándolas de admiración, pero me atrevo a decir que no hay en la
-antigua ni en la moderna Roma una obra del trabajo y del arte humanos
-que pueda, cualquiera que sea su destino, rivalizar con las obras
-hidráulicas para el abastecimiento de Lisboa. Aludo al estupendo
-acueducto cuyos arcos principales cruzan el valle al Noreste de
-Lisboa y vierte un arroyuelo de agua fría y deliciosa en una cisterna
-de piedra dentro del hermoso edificio llamado Madre de las aguas,
-desde donde se abastece toda Lisboa de linfa cristalina, aunque el
-manantial está a siete leguas de allí. Los viajeros, después de
-consagrar una mañana entera a visitar los _Arcos_ y la _Mai das
-agoas_, pueden dirigirse a la iglesia y al cementerio británicos;
-este último es un _Père-la-Chaise_ en miniatura, donde, si se trata
-de viajeros ingleses, bien podrá perdonárseles que estampen un
-beso, como hice yo, en la fría tumba del autor de _Amelia_[28], el
-genio más singular que nuestra isla ha producido, y cuyas obras,
-por pura moda, han sido durante mucho tiempo denigradas en público
-y leídas en secreto. En el mismo cementerio descansan los restos
-mortales de Doddridge, otro autor inglés, de diferente cuño, pero
-justamente admirado y estimado. Al desembarcar no tenía yo intención
-de detenerme mucho en Lisboa, ni ciertamente en Portugal; mi destino
-era España, hacia donde me proponía encaminar mis pasos muy en
-breve, porque la intención de la Sociedad Bíblica era comenzar sus
-trabajos en este país, con objeto de difundir la palabra de Dios, ya
-que España había sido hasta entonces una región donde la admisión de
-la Biblia estaba vedada. No ocurría lo mismo en Portugal, donde se
-permitía desde la revolución la entrada y circulación de la Biblia.
-Poco se había realizado, no obstante, en este país; por tanto, ya
-que me hallaba en él, determiné hacer algo, a ser posible, por la
-difusión de aquélla, no sin cerciorarme ante todo personalmente de
-hasta qué punto la gente estaba preparada para recibirla, y de si
-el estado de la educación en general le permitiría sacar de ella
-bastante provecho. Tenía yo a mi disposición un buen repuesto de
-Biblias y Testamentos; pero ¿querría o podría leerlas el pueblo?
-El amigo de la Sociedad a quien yo iba recomendado, estaba ausente
-de Lisboa al tiempo de mi llegada; lo sentí, porque podía haberme
-suministrado algunas indicaciones útiles. Con el fin, empero, de no
-gastar tiempo, me decidí a no esperar su regreso, y al punto empecé
-a recoger cuantas noticias pude acerca de los extremos a que he
-aludido. Comencé mis investigaciones a cierta distancia de Lisboa,
-por saber de sobra que me formaría una idea muy errónea de los
-portugueses en general si juzgaba de su carácter y opiniones por lo
-que veía y oía en una ciudad tan sujeta a la influencia extranjera.
-
- [28] H. Fielding.
-
-Mi primera excursión fué a Cintra. Si hay en el mundo algún lugar
-al que con razón pueda llamársele país encantado, es seguramente
-Cintra. Tivoli, sitio pintoresco y bello, se borra con rapidez de la
-memoria de cuantos ven el Paraíso portugués. No debe suponerse ni
-por un momento que al hablar de Cintra se alude sólo a la pequeña
-ciudad de este nombre; por Cintra debe entenderse la región entera:
-ciudad, palacio, _quintas_, bosques, rocas, ruinas moriscas, que
-bruscamente surgen ante los ojos al bordear la ladera de una montaña
-de aspecto triste, agreste y estéril. Nada tan hosco y repelente como
-la vista que por el lado suroccidental, hacia Lisboa, presenta el
-muro de piedra que parece ocultar a Cintra de ojos del mundo; pero
-el otro lado es como una decoración de mágica hermosura, donde la
-elegancia artificial y la agreste grandeza, las cúpulas, las torres,
-los árboles gigantescos, las flores y las cascadas se mezclan de modo
-que no tiene semejante bajo el sol. ¡Oh! Admirables y sorprendentes
-cosas hay en Cintra, a las que van unidos recuerdos maravillosos.
-Aquellas ruinas sobre el picacho, que cubren en parte la escarpada
-pendiente, fueron en otro tiempo la principal fortaleza de los moros
-lusitanos, y adonde, mucho después de su expulsión, se permitía que
-acudiesen, en determinada luna de cada año, los salvajes santones
-del Magreb a orar en la tumba de un famoso _Sidi_ sepultado en
-esas rocas. Aquel palacio gris presenció la reunión de las últimas
-Cortes celebradas por el rey-niño Sebastián antes de partir para su
-romántica expedición contra los moros, que tan bien supieron vengar
-en Alcazarquivir el agravio hecho a su fe y a su país. En aquella
-pequeña y sombría _quinta_, escondida entre los altos _alcornoques_,
-vivió antaño Juan de Castro, virrey de Goa, viejo singular que empeñó
-los cabellos de la barba de su difunto hijo para levantar dinero con
-que rehacer los muros ruinosos de una fortaleza amenazada por los
-salvajes indios. Ante el portal de la quinta hay unos fragmentos
-de estelas que tienen profundamente grabados versos en sánscrito,
-sacados de los vedas, tan oscuros como si estuviesen en caracteres
-rúnicos; son piedras traídas por Castro desde Goa, brillantísimo
-escenario de su gloria, antes de que Portugal cayera en su profunda
-decadencia. Cañada abajo, en una abrupta elevación de las rocas, se
-hallan las ruinas de la casa de un millonario inglés que aquí daba
-pasto a caprichos de su ánimo antojadizo, tan desordenado, rico y
-vario en matices como el paisaje circundante. Sí; admirables cosas
-se ven en Cintra, y admirables son los recuerdos unidos a ellas.
-
-La ciudad de Cintra tiene unos ochocientos habitantes. La mañana
-siguiente a mi llegada, cuando me disponía a subir a la montaña para
-visitar las ruinas moriscas, observé que venía hacia mí una persona
-que, por su traje, me pareció un eclesiástico; era, en efecto, uno
-de los tres curas del lugar. Al instante le abordé, y no tuve motivo
-para arrepentirme de ello; le encontré afable y comunicativo.
-
-Después de alabar la hermosura del paisaje, le hice algunas preguntas
-acerca del grado de instrucción de sus feligreses. Respondió que
-sentía decir que se hallaban en la mayor ignorancia; en el pueblo
-bajo había muy pocos que supieran leer o escribir, y respecto a
-escuelas, sólo existía una en el lugar, donde cuatro o cinco chicos
-aprendían el alfabeto, pero aún esa estaba ahora cerrada. Díjome,
-no obstante, que había una escuela en Colhares, como a una legua de
-allí. Entre otras cosas, me declaró cuánto le sorprendía ver a los
-ingleses, el pueblo más instruído e inteligente de la tierra, visitar
-un sitio como Cintra, donde no hay literatura, ciencia ni cosa alguna
-útil (_coisa que presta_). Sospecho que las últimas palabras del
-digno cura encubrían una sátira; fuí, sin embargo, bastante jesuíta
-para aparentar que las recibía como un fino cumplido, y, quitándome
-el sombrero, me despedí haciéndole infinidad de reverencias.
-
-El mismo día visité Colhares, romántica aldea, en las inmediaciones
-de la montaña de Cintra, por el lado del noroeste. A unos campesinos
-que estaban en la fragua les pregunté por la escuela, y uno de ellos
-se ofreció en el acto a servirme de guía. Subí por unas escaleras
-a un pequeño aposento, donde encontré al maestro con una docena de
-alumnos formados en hilera; me recibió con urbanidad y me hizo sentar
-en la única banqueta que había en la habitación. Hablamos un poco,
-y me enseñó los libros que usaba para la instrucción de los chicos;
-eran unos silabarios muy semejantes a los usados en las escuelas
-rurales de Inglaterra. Al preguntarle si era costumbre poner las
-Escrituras en manos de los chicos, me respondió que mucho antes de
-adquirir capacidad suficiente para entenderlas, los padres retiraban
-de la escuela a sus hijos para que los ayudasen en las labores
-del campo; en general, los padres no tenían el menor deseo de que
-sus hijos aprendieran cosa alguna, por considerar tiempo perdido
-el empleado en aprender. Dijo que, si bien las escuelas estaban
-nominalmente sostenidas por el Gobierno, era raro que los maestros
-cobrasen sus sueldos; por eso, muchos habían últimamente renunciado
-sus empleos. Me declaró que poseía un ejemplar del Nuevo Testamento;
-quise verlo, y resultó ser tan sólo un ejemplar de las Epístolas,
-traducción de Pereira, con muchas notas. Le pregunté si consideraba
-peligroso leer las Escrituras sin notas; replicó que, ciertamente, no
-había peligro alguno, pero que la gente no instruída poco provecho
-podía sacar de la Escritura sin el socorro de las notas, porque en
-su mayor parte la encontraría ininteligible. En diciendo esto nos
-estrechamos la mano, y, al partir, le dije que no había pasaje de la
-Biblia tan difícil de entender como las mismas notas puestas para
-aclararla, y que nunca hubiese sido escrita si no bastara a iluminar
-por sí sola el entendimiento de toda clase de personas.
-
-Uno o días después hice una excursión a Mafra, distante de Cintra
-unas tres leguas. La mayor parte del camino corre por escarpados
-cerros, a veces peligrosos para las cabalgaduras; no obstante, llegué
-a mi destino sin novedad.
-
-Mafra es un pueblo grande en las inmediaciones de un edificio
-inmenso, construído para convento y palacio, algo semejante al
-Escorial por su estructura; en él se halla la mejor biblioteca de
-Portugal, con libros de todas las ciencias y en todos los idiomas,
-muy apropiada a la magnitud y esplendidez del edificio donde se
-encierra. Ya no había, empero, frailes para cuidarlo, como en otros
-tiempos; expulsados de allí, algunos mendigaban su sustento, otros
-habían ido a servir bajo las banderas de don Carlos, en España, y me
-dijeron que muchos vivían del merodeo como bandidos. Abandonada a dos
-o tres guardas, la mansión ofrece un aspecto solitario y desolado
-que, en verdad, oprime el ánimo. Cuando estaba viendo los claustros,
-se me acercó un muchacho muy apuesto y de rostro inteligente, y me
-preguntó (supongo que con la esperanza de ganarse una propina) si
-le permitiría enseñarme la iglesia del pueblo, muy digna de verse,
-según dijo; rehusé, pero añadí que si me guiaba a la escuela se lo
-agradecería mucho. Me miró con asombro y aseguró que en la escuela no
-había nada notable, pues sólo contaba media docena de alumnos, entre
-los cuales estaba él. Al decirle yo, sin embargo, que no siendo a
-aquélla, no me llevaría a ninguna otra parte, se decidió de mala gana
-a acompañarme. Por el camino me contó que el maestro era uno de los
-frailes recientemente expulsados del convento, hombre muy instruído,
-que hablaba francés y griego. Pasamos junto a una cruz de piedra, y
-el muchacho se inclinó y se persignó con mucha devoción. Menciono el
-detalle porque fué el primer caso de esa índole que observé en los
-portugueses desde el día de mi llegada. Cuando estuvimos cerca de
-la casa donde vivía el maestro, el muchacho me la indicó, y fué a
-esconderse detrás de una tapia, donde esperó a que yo volviera.
-
-Al cruzar el umbral, me hallé frente a un hombre bajo y recio, entre
-los sesenta y los setenta años de edad, vestido con un jubón azul
-y unos calzones grises, sin camisa ni chaleco. Me miró con dureza
-y me preguntó en francés en qué podía servirme. Me disculpé por
-intrusarme de aquel modo, y le dije que, enterado de que desempeñaba
-las funciones de maestro, iba a ofrecerle mis respetos y a pedirle
-permiso para preguntarle algunas cosas referentes a la escuela.
-Respondió que quien me hubiese dicho que él era maestro de escuela,
-mentía, porque era fraile del convento, y nada más.
-
-—Entonces, ¿no es verdad—dije yo—que todos los conventos han sido
-cerrados y expulsados los frailes?
-
-—Sí, sí—dijo suspirando—; es verdad, demasiado verdad.
-
-Guardó silencio un minuto, y al cabo, su buen natural se sobrepuso
-a la cólera; extrajo una caja de rapé y me ofreció un polvo. Rama
-de olivo de los portugueses, quien desee estar a bien con ellos no
-debe negarse a meter el índice y el pulgar en la caja de rapé cuando
-se la ofrezcan. Tomé, pues, una buena pulgarada, aunque aborrezco
-el rapé, y pronto estuvimos en la mejor armonía posible. El fraile
-estaba ansioso de noticias, especialmente de Lisboa y de España.
-Le conté que los oficiales de la guarnición de Lisboa, el día antes
-de salir yo de la capital, se habían presentado en masa a la reina
-e insistido cerca de ella para que exonerase al ministerio, si no
-quería que depusiesen las espadas; al oirlo, el fraile frotábase
-las manos, asegurándome que las cosas no permanecerían tranquilas
-en Lisboa. Cuando le dije, empero, que, en mi opinión, la causa de
-don Carlos declinaba (hacía poco de la muerte de Zumalacárregui),
-se enfurruñó, exclamando que eso era imposible, porque Dios, en su
-justicia, no lo toleraría. Me condolí del pobre hombre, expulsado
-del insigne convento inmediato, su antiguo hogar, y que, vista su
-desguarnecida vivienda actual, trocaba en la senectud la abundancia y
-las comodidades por la escasez y la miseria. Dos o tres veces intenté
-hacerle hablar de la escuela, pero esquivó el tema, o dijo en pocas
-palabras que no sabía nada acerca de eso. En cuanto le dejé, salió
-de su escondite el muchacho y se reunió conmigo; se había escondido
-temeroso de que su maestro supiera quién me había llevado allí, pues
-no quería que los extraños descubrieran que era maestro de escuela.
-
-Pregunté al muchacho si él o sus padres conocían la Escritura y
-si la leían alguna vez; no pareció haberme entendido. Debo hacer
-notar que era un muchacho de unos quince años, muy despierto, con
-algunos conocimientos de latín; sin embargo, no conocía la Escritura
-ni de nombre, y no tengo duda, por mis observaciones ulteriores,
-que cuando menos los dos tercios de sus compatriotas, no están en
-asunto de tal importancia mejor instruídos que él. En las puertas
-de las posadas lugareñas, en los hogares rústicos, en los campos
-donde trabajan, en las fuentes de piedra al borde de los caminos,
-donde abrevan sus ganados, he interrogado a la clase más humilde
-de los hijos de Portugal acerca de la Escritura, de la Biblia, del
-Viejo y del Nuevo Testamento, y ni una sola vez han sabido a qué me
-refería ni me han dado una respuesta racional, aunque en todas las
-demás cosas sus contestaciones fuesen bastante sensatas. Nada, en
-verdad, me sorprendió tanto como el desembarazo y soltura con que los
-campesinos portugueses sostienen una conversación, y la pureza del
-lenguaje en que expresan sus pensamientos, aunque muy pocos saben
-leer o escribir; mientras que los campesinos ingleses, cuya educación
-es, en general, muy superior, son en su conversación de una grosería
-y torpeza rayanas en la brutalidad, y cometen absurdas faltas
-gramaticales, aunque la lengua inglesa es, en conjunto, de estructura
-más sencilla que el portugués.
-
-Al regresar a Lisboa, encontré a nuestro amigo, que me recibió con
-mucha bondad. Los diez días siguientes fueron extraordinariamente
-lluviosos, impidiéndome hacer excursiones por el país; durante ese
-tiempo vi con frecuencia a nuestro amigo, y examinamos con mucho
-detenimiento los mejores medios de difundir los Evangelios. En su
-opinión, no podíamos, por el momento, hacer cosa mejor que entregar
-parte de nuestras existencias de libros a los libreros de Lisboa, y
-emplear al mismo tiempo algunos repartidores que voceasen los libros
-por las calles concediéndoles cierta ganancia por cada ejemplar
-vendido. Aceptado este plan, fué puesto en práctica sin tardanza, y
-con éxito no del todo malo. Pensé enviar algunos repartidores a los
-pueblos inmediatos, pero nuestro amigo se opuso a ello. Consideraba
-peligroso el intento, porque los curas rurales, dueños aún de
-gran ascendiente en sus respectivas parroquias, y, en su mayoría,
-resueltamente contrarios a la difusión del Evangelio, podían muy bien
-ser causa de que maltrataran o asesinaran a nuestros emisarios.
-
-Resolví, sin embargo, antes de marcharme de Portugal, establecer
-depósitos de Biblias en una o dos ciudades principales de provincias.
-Deseaba yo visitar el Alemtejo, nombre que significa «más allá del
-Tajo», región muy atrasada según mis noticias. Esta provincia no es
-bella ni pintoresca, a diferencia de casi todas las demás partes de
-Portugal; hay en ella muy pocas colinas y montañas. En su mayor
-parte se compone de páramos cortados por alcores, por sombrías
-cañadas y pinares enanos; la comarca está infestada de bandidos. La
-principal ciudad es Evora, de las más antiguas de Portugal, sede,
-en otro tiempo, de una rama de la Inquisición, todavía más cruel y
-mortífera que la terrible de Lisboa. Evora está a unas sesenta millas
-de Lisboa, y a Evora me resolví a ir, con veinte Testamentos y dos
-Biblias. Ahora se verá lo que allí me sucedió.
-
-
-
-
-CAPÍTULO II
-
- Boteros del Tajo.—Peligros de la corriente.—Aldea Gallega.—La
- hostería.—Ladrones.—Sabocha.—Aventura de un arriero.—_Estalagem
- de ladrões._—Don Gerónimo.—Vendas Novas.—Un Sitio Real.—Los
- cerdos del Alemtejo.—Monte Moro.—Un cabrero singular.—Los hijos
- de los campos.—Infieles y saduceos.
-
-
-En la tarde del 6 de diciembre salí para Evora en compañía de mi
-criado. El paso del río se hace en unas lanchas o faluchos, como
-les llaman, que prestan servicio regular. Me habían dicho que la
-corriente sería favorable a eso de las cuatro, pero al llegar a
-la orilla del Tajo, frente a Aldea Gallega, punto entre el cual y
-Lisboa circulan las lanchas, me encontré con que la corriente no les
-permitiría salir antes de las ocho de la noche. Si esperaba hasta esa
-hora, desembarcaría probablemente en Aldea Gallega hacia la media
-noche, y no tenía yo muchas ganas de hacer mi _entrée_ en el Alemtejo
-a tales horas; por tanto, como vi varados allí algunos pequeños
-botes, que podían salir en cualquier momento, resolví alquilar uno
-para la travesía, aunque el costo era mucho mayor. Pronto cerré trato
-con un muchacho de mirar selvático que se ofreció a tomarme a bordo
-de uno de aquellos botes, del que era copropietario, según dijo. No
-sabía yo lo peligroso que es cruzar el Tajo por su parte más ancha,
-precisamente desde enfrente de Aldea Gallega, en cualquier tiempo,
-pero sobre todo a la caída de la tarde en invierno; que a saberlo no
-me hubiera aventurado a tanto. El muchacho, y un camarada suyo de
-aspecto miserable, cuyo único vestido, a pesar de la estación, era
-un jubón y unos calzones andrajosos, remaron hasta llegar a media
-milla de la costa; entonces izaron una vela muy grande, y el muchacho
-que parecía ser el jefe y dirigirlo todo, empuñó el timón y se puso
-a gobernar el bote. La tarde comenzaba a oscurecer; el sol estaba
-ya cerca de la raya del horizonte; hacía mucho frío, y las olas del
-noble Tajo comenzaron a coronarse de espumas. Dije al botero que era
-casi imposible que el bote llevase tanta vela sin zozobrar, y al
-oírme, se echó a reír, y comenzó una charla de lo más incoherente.
-Su pronunciación era la más rápida y áspera que hasta entonces había
-observado en ningún ser humano; mezclábanse en ella alaridos de hiena
-con ladridos de perro, pero eso no era, en modo alguno, indicio de
-su condición natural, alegre y desenvuelta y sin asomos de mala
-intención, según vi muy pronto. Cuando, para demostrarle el poco
-caso que le hacía, me puse a cantar _Eu que sou contrabandista_, se
-echó a reír con toda su alma, y dándome palmadas en el hombro, me
-dijo que haría todo lo posible por no ahogarnos. Al otro pobrecillo
-no parecía repugnarle gran cosa irse a fondo; sentado en la proa del
-bote, semejaba la estatua del hambre, y cuando las olas, rompiendo
-por el lado del mar, le mojaban los escasos vestidos, sonreía. De
-allí a poco me convencí de que había llegado nuestra última hora; el
-viento era cada vez más fuerte, las olas más hirvientes, el bote se
-ponía con frecuencia de través, y el agua nos entraba a torrentes
-por sotavento. A pesar de todo, aquel mozo salvaje, sin soltar el
-timón, reía y parlaba, y a veces, berreaba un trozo de _Quando el rey
-chegou_, canción miguelista, que no se podía cantar en Lisboa sin ir
-a la cárcel.
-
-La corriente estaba en contra nuestra, pero el viento nos era
-favorable; emprendimos una carrera vertiginosa, y vi que nuestra
-única probabilidad de salvación estaba en doblar rápidamente el
-saliente de la margen del Tajo, donde comienza la ensenada o bahía
-en que se halla Aldea Gallega, porque entonces ya no tendríamos que
-luchar con las olas del río, encrespadas por el viento contrario.
-La voluntad del Todopoderoso nos permitió ganar prontamente aquel
-refugio, no sin que antes el bote se llenase casi por completo de
-agua, y nos caláramos hasta los huesos. A eso de las siete de la
-tarde atracamos en Aldea Gallega, tiritando de frío, y en un estado
-lamentable.
-
-Esas dos palabras españolas: Aldea Gallega, son el nombre de un
-pueblo que podrá tener unos cuatro mil habitantes. Era noche cerrada
-cuando desembarcamos. A poco, comenzaron a volar cohetes aquí y
-allá, iluminando el espacio en todas direcciones. Cuando íbamos
-por la calle sucia y desempedrada que conduce al _largo_ o plaza,
-un estruendo horrible de tambores y gritos nos atronó los oídos.
-Pregunté la causa de tanto bullicio, y me dijeron que era la víspera
-de la concepción de la Virgen.
-
-Como no era costumbre de los posaderos proveer al sustento de sus
-huéspedes, vagué por las calles en busca de provisiones; al cabo,
-viendo a unos soldados que comían y bebían en una especie de taberna,
-entré y pedí al dueño que me proporcionase algo de cena, y sin
-tardanza me satisfizo, no del todo mal, aunque cobrándolo a buen
-precio.
-
-Me acosté temprano, porque las mulas que había contratado para
-llevarnos a Evora, vendrían a buscarnos a las cinco de la mañana
-siguiente. Mi criado dormía en la misma habitación, única disponible
-en la posada. No pude pegar los ojos en toda la noche. Teníamos
-debajo una cuadra, en la cual dormían varios _almocreves_ o
-carreteros con sus mulas. Detrás de nosotros, en el corral, había una
-pocilga. ¿Cómo dormir? Los cerdos gruñían, resoplaban las mulas, y
-los _almocreves_ roncaban de un modo horrible. Oí dar las horas en
-el reloj del pueblo hasta media noche, y desde media noche hasta las
-cuatro, hora en que me levanté y comencé a vestirme, enviando a mi
-criado a dar prisa al hombre de las mulas, porque estaba harto de la
-posada y deseaba marcharme cuanto antes. Un viejo huesudo y fuerte,
-acompañado de un muchacho descalzo, llegó con las bestias, que eran
-bastante regulares. El viejo, dueño de las mulas, y tío del muchacho,
-venía dispuesto a acompañarnos hasta Evora.
-
-Cuando salimos, la luna brillaba esplendorosa, y el frío de la mañana
-era penetrante. Tomamos un camino hondo y arenoso, al salir del
-cual pasamos ante un vasto edificio, de extraño aspecto, situado en
-una desamparada colina arenosa, a nuestra izquierda. Cinco o seis
-hombres a caballo, que marchaban a buen paso, nos dieron rápidamente
-alcance. Todos llevaban largas escopetas colgadas del arzón, y la
-boca de los cañones asomaba como a dos pies por debajo de la panza de
-los caballos. Pregunté al viejo la razón de aquel aparato guerrero.
-Respondióme que los caminos estaban muy malos (quería decir que
-abundaban los ladrones) y que aquellos hombres iban armados así para
-su defensa; muy poco después torcieron a la izquierda, en dirección
-de Palmella.
-
-Entramos en una planicie arenosa, salpicada de pinos enanos; el
-camino era poco más que un sendero, y conforme avanzamos, los árboles
-fueron espesándose hasta formar un bosque, que se extendía unas dos
-leguas, con espacios claros, donde pastaban rebaños de cabras y
-ovejas; las cencerrillas que llevaban colgadas del cuello sonaban con
-un tintineo apagado y monótono. El sol estaba empezando a salir, pero
-la mañana era triste y nublada, y esto, unido al desolado aspecto
-de la comarca, causaba en mi ánimo una impresión desagradable. Eché
-pie a tierra y anduve un poco, trabando conversación con el viejo.
-Al parecer, no sabía hablar más que de «los ladrones» y de las
-atrocidades que tenían por costumbre cometer en los mismos sitios
-por donde íbamos pasando. Las historias que contaba eran, en verdad,
-horribles, y por no oírlas, monté de nuevo y me adelanté un buen
-trecho.
-
-Al cabo de hora y media salimos del bosque a un terreno quebrado,
-yermo y bravío, cubierto de _mato_, o matorrales. Las mulas
-detuviéronse a beber en un charco de poca hondura; y al mirar a la
-derecha, vi las ruinas de una pared. Aquello era, según me dijo el
-guía, lo que quedaba de _Vendas Velhas_, o Ventas Viejas, antigua
-guarida de Sabocha, ladrón famoso. Parece que el tal Sabocha tuvo a
-sus órdenes, unos diez y seis años antes, una partida de cuarenta
-bandoleros, que infestaban aquellos despoblados y vivían del robo.
-Durante mucho tiempo, el ventero Sabocha ejerció su atroz oficio sin
-infundir sospechas, y muchos infelices viajeros fueron asesinados en
-el silencio de la noche dentro de la venta solitaria regentada por él
-en aquel bosque; nunca he visto, en verdad, situación más a propósito
-para robar y matar. La cuadrilla tenía la costumbre de abrevar
-sus caballos en aquel charco, y quizás allí se lavaban las manos
-manchadas con la sangre de sus víctimas. El segundo de la cuadrilla
-era hermano de Sabocha, tipo fortísimo y feroz, famoso sobre todo
-por su destreza en tirar el cuchillo, con el que solía atravesar a
-sus enemigos. Al fin se descubrió la connivencia de Sabocha y de
-los bandidos, y el ventero huyó con la mayor parte de sus socios,
-cruzando el Tajo para refugiarse en las provincias del Norte; en un
-encuentro fortuito con la fuerza pública, en el camino de Coimbra,
-Sabocha y toda su cuadrilla perdieron la vida. Su casa fué arrasada
-por orden del Gobierno.
-
-Los ladrones frecuentan todavía esas ruinas, y en ellas comen y
-beben, en acecho de una presa, porque el sitio domina un buen trozo
-del camino. El viejo me aseguró que, unos dos meses antes, al volver
-a Aldea Gallega con sus mulas de acompañar a unos viajeros, le
-había derribado, desnudado y robado un individuo que, a su parecer,
-salió de aquel nido de asesinos. Díjome que el agresor era joven y
-de fuerza extraordinaria, con inmensos bigotes y patillas, armado
-con una _espingarda_ o mosquete. Unos diez días más tarde vió al
-ladrón en Vendas Novas, en donde nosotros íbamos a pasar la noche.
-El individuo, al reconocer a su víctima, le llevó aparte, y con
-horrendas imprecaciones le intimó que no volvería a ver más su casa
-si intentaba delatarle; el viejo se estuvo en paz, porque tenía muy
-poco que ganar y sí mucho que perder haciendo que prendieran al
-ladrón, ya que no hubieran tardado en soltarlo por falta de pruebas,
-y entonces era inevitable su venganza si no se adelantaban sus
-compañeros a tomarla.
-
-Me apeé y fuí hasta las ruinas, donde vi los restos de una hoguera y
-una botella rota. Los hijos del robo habían pasado por allí muy poco
-antes. Dejé un ejemplar del _Nuevo Testamento_ y algunos folletos, y
-partimos apresuradamente.
-
-El sol había disipado las nieblas y empezaba a calentar mucho.
-Llevaríamos próximamente otra hora de camino, cuando sonó un
-relincho a nuestra espalda, y el guía nos dijo que venía un grupo de
-hombres a caballo; como nuestras mulas andaban a buen paso, tardaron
-lo menos veinte minutos en alcanzarnos. El jinete que rompía la
-marcha era un caballero vestido con elegante traje de camino; un
-poco detrás seguían un oficial, dos soldados y un mozo de librea.
-Oí al caballero que parecía principal, preguntar a mi criado, al
-emparejarse con él, quién era yo, y si francés o inglés. Le dijo
-que un caballero inglés, de viaje. Preguntó entonces si entendía el
-portugués, y el criado respondió qué sí, pero que, a su parecer,
-hablaba yo mejor el italiano y el francés. El caballero espoleó el
-caballo y me abordó, pero no en portugués, francés ni italiano,
-sino en el inglés más puro que he oído hablar a un extranjero; no
-había en su pronunciación ni el más leve acento extranjero, y, a no
-haber conocido en su rostro que mi interlocutor no era inglés (como
-todos saben, hay en el semblante de un inglés una particularidad
-indescriptible que le delata), hubiera creído que se trataba de un
-compatriota. Continuamos juntos departiendo hasta llegar a Pegões.
-
-Pegões se compone de dos o tres casas y de una posada; hay, además,
-una especie de barraca donde se alberga media docena de soldados. No
-hay en todo Portugal un sitio de peor fama que éste, y la posada
-lleva el apodo de _Estalagem de Ladrões_ o sea, hostería de ladrones;
-porque los bandidos que campan por los despoblados que se extienden
-a varias leguas a la redonda, tienen la costumbre de venir a esta
-posada a gastar el dinero y demás productos de su criminal oficio;
-allí cantan y bailan, comen conejo guisado y aceitunas, y beben el
-vino espeso y fuerte del Alemtejo. Una enorme fogata, alimentada por
-el tronco de un alcornoque, ardía en un fogón bajo, a la izquierda
-de la entrada de la espaciosa cocina. Arrimadas al fuego cocían
-varias ollas, cuyo apetitoso olor me recordó que aún no me había
-desayunado, a pesar de ser cerca de la una y de haber hecho a caballo
-cinco leguas. Varios hombres, de aspecto siniestro, que si no eran
-bandidos, fácilmente podían ser tomados por tales, estaban sentados
-en unos leños al amor de la lumbre. Híceles algunas preguntas
-indiferentes, a las que contestaron con desembarazo y cortesía, y uno
-de ellos, que dijo saber de letra, aceptó un folleto que le ofrecí.
-
-Mi nuevo amigo, después de encargar la comida, o más bien almuerzo,
-me invitó con gran amabilidad a participar en él, y, al mismo tiempo,
-me presentó a su acompañante el oficial, hermano suyo, que también
-hablaba inglés, pero con menos perfección. Mi amigo resultó ser
-don Jerónimo José de Azveto, secretario del Gobierno en Evora; su
-hermano pertenecía a un regimiento de húsares que tenía el cuartel
-general en aquella ciudad, pero con patrullas destacadas a lo
-largo del camino, por ejemplo, en el lugar donde nos encontrábamos
-detenidos.
-
-En Pegões, el principal artículo de comer parece que son los conejos,
-muy abundantes en los páramos de las cercanías. Comimos uno frito,
-con una pringue deliciosa, y luego otro asado, que nos sirvieron
-entero en una fuente; la posadera, después de lavarse las manos, lo
-partió, y luego vertió sobre los pedazos una salsa sabrosa. Comí con
-mucho gusto de ambos platos, sobre todo del último, quizás por la
-curiosa y para mí nueva manera de aderezarlo. Con unos higos de los
-Algarves, excelentes, y unas manzanas, concluyó nuestra comida; pero
-el cuartito reservado en que comimos era de suelo cenagoso, y su
-frialdad me penetró de modo que ni de los manjares ni de la agradable
-compañía pude sacar todo el placer que en otro caso hubiera tenido.
-
-Don Jerónimo se había educado en Inglaterra, país en que transcurrió
-su infancia, lo cual explicaba en mucha parte su dominio de la lengua
-inglesa, que únicamente se puede aprender bien residiendo en el país
-durante aquella etapa de la vida. Había, además, huído a Inglaterra
-poco después de la usurpación del Trono de Portugal por don Miguel,
-y desde allí fué al Brasil, donde se consagró al servicio de don
-Pedro, y le acompañó en la expedición que terminó por la caída
-del usurpador y el establecimiento del Gobierno constitucional en
-Portugal. Nuestra conversación versó sobre literatura y política,
-y mi conocimiento de las obras de los escritores más famosos de
-Portugal fué acogido con sorpresa y contento; nada tan halagüeño
-para un portugués como observar que un extranjero se interesa por su
-literatura nacional, de la que, en muchos respectos, se enorgullece
-con justicia.
-
-A eso de las dos cabalgamos de nuevo y proseguimos juntos nuestro
-camino a través de un país exactamente igual al que habíamos
-atravesado antes, áspero y quebrado, con grupos de pinos aquí y allá.
-La tarde era muy despejada, y los brillantes rayos del sol realzaban
-la desolación del paisaje. Habríamos avanzado dos leguas, cuando
-percibimos en lontananza un gran edificio, de majestuosa apariencia,
-que era, según me dijeron, un palacio real situado al otro extremo de
-Vendas Novas, pueblo donde íbamos a pernoctar; aún nos faltaba más de
-una legua para llegar a él, pero a través de la clara y transparente
-atmósfera de Portugal, parecía mucho más próximo.
-
-Antes de llegar a Vendas Novas pasamos junto a una cruz de piedra, en
-cuyo pedestal había cierta inscripción conmemorativa de un asesinato
-horrible cometido en aquel lugar en la persona de un lisboeta; la
-cruz parecía ya antigua y estaba cubierta de musgo; la inscripción
-era, en su mayor parte, ilegible, al menos para mí, que no podía
-gastar mucho tiempo en descifrarla. Llegados a Vendas Novas y
-encargada la cena, mi nuevo amigo y yo fuimos dando un paseo a ver el
-palacio. Fué edificado por el difunto rey de Portugal, y su aspecto
-exterior es poco notable. El edificio, largo y con dos alas, consta
-de dos pisos tan sólo, aunque parece mucho más alto por estar situado
-en una elevación del terreno; tiene quince ventanas en el piso alto
-y doce en el bajo, con una puerta mezquina, algo así como la puerta
-de un granero, a la que se llega por un solo peldaño. El interior
-corresponde al exterior, y no hay en él nada interesante para el
-curioso, excepto las cocinas, magníficas en verdad, y tan grandes,
-que puede condimentarse en ellas al mismo tiempo comida suficiente
-para todos los habitantes del Alemtejo.
-
-Pasé la noche con toda comodidad en una cama limpia, lejos de todos
-aquellos ruidos tan frecuentes en las posadas portuguesas, y a
-las seis de la mañana del siguiente día continuamos el viaje, que
-esperábamos terminar antes de ponerse el sol, porque Evora sólo dista
-diez leguas de Vendas Novas. Si la mañana anterior había sido fría,
-ésta lo era mucho más, tanto que, poco antes de salir el sol, no pude
-resistir más a caballo, y, echando pie a tierra, corrí y anduve hasta
-llegar a unas casuchas en el límite de los desolados páramos. En una
-de aquellas casas se encontraron los emisarios de don Pedro y los de
-don Miguel, y allí se concertó la renuncia de este último a la corona
-en favor de doña María de la Gloria; Evora fué el postrer reducto
-del usurpador, y las parameras del Alemtejo el último teatro de las
-luchas que tanto tiempo agitaron al infortunado Portugal. Contemplé,
-pues, con mucho interés aquellas miserables chozas, y no dejé de
-esparcir por los contornos algunos de los preciosos folletitos que,
-con una corta cantidad de _Testamentos_, llevaba en mi saco de noche.
-
-El paisaje comenzó desde allí a mejorar; dejamos atrás los agrestes
-matorrales y atravesamos colinas y valles cubiertos de alcornoques y
-de _azinheiras_, las cuales producen bellotas dulces o _bolotas_, tan
-agradables como las castañas, y principal alimento en invierno de los
-numerosos cerdos que cría el Alemtejo. Los cerdos son muy hermosos:
-de patas cortas, corpulentos, de color negro o rojo oscuro; de la
-excelencia de su carne puedo dar testimonio, porque muchas veces
-la he saboreado con deleite en mis viajes por esta provincia; el
-_lombo_, o lomo, asado en el rescoldo, es delicioso, especialmente
-comiéndolo con aceitunas.
-
-Nos hallábamos a la vista de Monto Moro, que, como su nombre indica,
-fué en otro tiempo una fortaleza de los moros. Es una colina alta y
-escarpada, en cuyas cúspide y vertiente yacen muros y torreones en
-ruinas. Por el lado de Poniente, en un profundo barranco o valle,
-corre un delgado arroyo, cruzado por un puente de piedra; más
-abajo hay un vado, que atravesamos para subir a la ciudad, la cual
-comienza casi al pie de la montaña, por el Norte, y va faldeando
-hacia el Noreste. La ciudad es sumamente pintoresca, con muchas casas
-antiquísimas, construídas a la manera morisca. Tenía grandes deseos
-de examinar los restos de la fortaleza mora en la parte alta del
-monte; pero el tiempo urgía, y la brevedad de nuestra estada en el
-lugar no me consintió satisfacer ese gusto.
-
-Monte Moro es cabeza de una cadena de colinas que cruza esta parte
-del Alemtejo, y que aquí se bifurca hacia el Este y el Sureste; en la
-primera dirección está el camino directo a Elvas, Badajoz y Madrid;
-en la segunda, el camino a Evora. La tercera montaña de la cadena
-que bordea el camino de Elvas es muy hermosa. Se llama Monte Almo;
-hállase cubierta de alcornoques hasta la cima, y un arroyo rumoroso
-corre al pie. Bajo los rayos gloriosos del sol, brillaban las verdes
-praderas, donde pacían rebaños de cabras, haciendo sonar alegremente
-sus campanillas. El _tout ensemble_ semejaba un lugar encantado. Para
-que nada faltase en el cuadro, encontré debajo de una _azinheira_
-a un hombre, un cabrero, cuyo aspecto me hizo recordar al pastor
-salvaje mencionado en cierta balada danesa.
-
-«Sobre sus hombros tenía un jabalí—en su seno dormía un oso negro,
-etc.»
-
-El cabrero tenía en un hombro un animal, que, según me dijo, era
-una _lontra_, o nutria, acabada de cazar en el arroyo inmediato;
-una cuerda, atada por un extremo al brazo del cazador, la rodeaba
-el cuello. A su izquierda había un saco, por cuya boca asomaban las
-cabezas de dos o tres animales bastante extraños; a su derecha se
-agazapaba un lobezno gruñón que estaba domesticando. Todo su aspecto
-era de lo más salvaje y fiero. Tras unas pocas palabras, como las que
-generalmente suelen cambiar los que se encuentran en un camino, le
-pregunté si sabía leer, y no me contestó. Traté entonces de averiguar
-si tenía alguna idea de Dios o de Jesucristo, y mirándome fijamente
-al rostro por un momento, se volvió luego hacia el sol, ya próximo
-al ocaso, hízole una reverencia, y de nuevo clavó en mí su mirada.
-Creo que entendí bien esta muda respuesta, la cual significaba,
-probablemente, que Dios era el autor de aquella gloriosa luz que
-alumbra y alegra toda la creación. Satisfecho con esta creencia, le
-dejé, y me apresuré a dar alcance a mis compañeros, que me habían
-tomado considerable delantera.
-
-Siempre he encontrado en el ánimo de campesinos más determinada
-inclinación a la religión y a la piedad que en los habitantes de
-las ciudades y villas; la razón es obvia: aquéllos están menos
-familiarizados con las obras de los hombres que con las de Dios; sus
-ocupaciones, además, son sencillas, no requieren tanta habilidad
-o destreza como las que atraen la atención del otro grupo de sus
-semejantes, y son, por tanto, menos favorables para engendrar la
-presunción y la suficiencia propia, tan radicalmente distintas de
-la humildad de espíritu, fundamento verdadero de la piedad. Los
-que se burlan de la religión y la escarnecen, no salen de entre
-sencillos hijos de la naturaleza; son más bien la excrecencia de
-un refinamiento recargado, y aunque su influjo pernicioso llega
-ciertamente a los campos, y corrompe en ellos a muchos hombres, la
-fuente y el origen del mal está en los grandes centros, donde la
-población se apiña y donde la naturaleza es casi desconocida. No soy
-de los que van a buscar la perfección humana en la población rural de
-ningún país; la perfección no existe en hijos del pecado, dondequiera
-que residan; pero mientras el corazón no se corrompe, hay esperanza
-para el alma, porque hasta Simón Mago se convirtió. Pero una vez que
-la incredulidad endurece el corazón, y la prudencia según la carne
-refuerza la incredulidad, hace falta para ablandarlo que la gracia
-de Dios se manifieste con exuberancia desusada, porque en el libro
-sagrado leemos que el fariseo y el mago llegaron a ser receptáculos
-de gracia; pero en ninguna parte se menciona la conversión del burlón
-Saduceo; ¿y qué otra cosa es un incrédulo moderno más que un Saduceo
-de última hora?
-
-La noche cerró antes que llegásemos a Evora, y después de despedirme
-de mis amigos, que amablemente me ofrecieron su casa, me dirigí con
-mi criado al _Largo de San Francisco_, donde, según dijo el arriero,
-estaba la mejor hostería de la ciudad. Entramos a caballo en la
-cocina, a continuación de la cual estaba la cuadra, como es uso en
-Portugal. Gobernaban la casa una vieja que parecía gitana, y su
-hija, muchacha de unos diez y ocho años, hermosa y fresca como una
-flor. La casa era grande. En el piso alto había un vasto aposento,
-a modo de granero, que ocupaba casi toda la longitud del edificio;
-en el extremo había una divisoria para formar una alcoba de regular
-comodidad, pero muy fría; el piso era de baldosa, como el de la
-espaciosa sala contigua, donde los arrieros solían dormir en las
-mantas y enjalmas de sus malas. Después de cenar me acosté, y luego
-de ofrecer mis devociones a Aquel que me había protegido en un viaje
-tan peligroso, me dormí profundamente hasta el otro día[29].
-
- [29] El Monte Moro de que habla Borrow en este capítulo y
- describe después en el VI es Montemôr, o Montemayor. (Knapp).
-
-
-
-
-CAPÍTULO III
-
- Un comerciante de Evora.—Contrabandistas españoles.—El león y el
- unicornio.—La fuente.—Confianza en el Todopoderoso.—Reparto de
- folletos.—La librería en Evora.—Un manuscrito. La Biblia como
- guía.—La infame María.—El hombre de Palmella.—El conjuro.—El
- régimen frailuno.—Domingo.—Volney.—Un auto de fe.—Hombres de
- España.—Lectura de un folleto.—Nuevos viajeros.—La mata de romero.
-
-
-Evora es una pequeña ciudad murada, pero sin un sistema defensivo, y
-no resistiría un sitio de veinticuatro horas. Tiene cinco puertas;
-delante de la del Suroeste se halla el paseo principal, donde
-también se celebra una feria el día de San Juan. Las casas son, en
-general, muy antiguas, y muchas están vacías. Cuenta unos cinco mil
-habitantes; pero con sobrada capacidad para doble número de gente.
-Los dos edificios principales son la Seo, o catedral, y el convento
-de San Francisco, en la misma plaza en que, frente a él, se hallaba
-mi _posada_. A mano derecha, entrando por la puerta del Suroeste,
-hay un cuartel de caballería. Por el Sureste, a unas seis leguas de
-distancia, descúbrese una cadena de montañas azules; la más alta,
-llamada _Serra Dorso_, pintoresca, bella, alberga en sus escondrijos
-muchos lobos y jabalíes. Como a legua y media más allá de esa
-montaña, está Estremoz.
-
-El día siguiente a mi llegada lo empleé principalmente en visitar
-la ciudad y sus cercanías, y al vagar de un lado para otro, trabé
-conversación con diversas personas. Algunas eran de la clase media,
-comerciantes o artesanos, y todos constitucionalistas, o se llamaban
-tales; pero tenían muy pocas cosas que decir, salvo unos cuantos
-lugares comunes acerca de la vida de frailes, de su hipocresía y
-holgazanería. Quise obtener noticias respecto del estado de la
-instrucción en la localidad, y de sus respuestas deduje que el nivel
-debía de estar muy bajo, porque, al parecer, no había escuelas
-ni librerías. Si les hablaba de religión, mostraban grandísima
-indiferencia por el asunto, y, haciéndome una cortés inclinación de
-cabeza, se marchaban lo antes posible.
-
-Fuí a ver a un comerciante para quien llevaba yo una carta de
-presentación, y se la entregué en su tienda, donde le encontré detrás
-del mostrador. En el curso de nuestra conversación averigüé que le
-habían perseguido mucho durante el antiguo régimen, al que profesaba
-aversión sincera. Díjele que la ignorancia del pueblo en materia de
-religión había sido el sostén del antiguo régimen, y que el mejor
-modo de impedir su retorno sería llevar la luz a todos los espíritus.
-Añadí que había llevado a Evora un pequeño repuesto de Biblias y
-Testamentos, y deseaba entregárselos a un comerciante respetable
-para su venta, y que si él deseaba contribuir a extirpar las raíces
-de la superstición y de la tiranía, no podía hacer cosa mejor que
-encargarse de tales libros. Se declaró dispuesto a ello, y me fuí,
-determinado a entregarle la mitad de los que tenía. Volví a mi posada
-y me senté en un leño, debajo de la inmensa campana de la chimenea de
-la sala común; dos hombres de rostro huraño estaban arrodillados en
-el suelo. Tenían ante sí un buen montón de objetos de hierro viejo,
-latón y cobre, que iban clasificando, y colocábanlos después en
-sacos. Eran contrabandistas españoles de ínfima categoría, y ganaban
-miserablemente su vida llevando de matute tales desechos desde
-Portugal a España. No hablaban ni una palabra, y cuando me dirigí a
-ellos en su lengua natal, me contestaron con una especie de gruñido.
-Estaban tan sucios y mohosos como el hierro en que traficaban; en la
-cuadra del piso bajo tenían cuatro miserables borriquillos.
-
-La posadera y su hija me trataban con amabilidad extremada, y por
-adularme me hicieron algunas preguntas respecto de Inglaterra. Un
-hombre con traje algo parecido al de los marineros ingleses, sentado
-frente a mí debajo de la campana, dijo: «Yo aborrezco a los ingleses
-porque no están bautizados y son gente sin ley.» Se refería a la
-ley de Dios. Me eché a reír y le dije que, según la ley inglesa,
-a nadie sin bautizar podía dársele sepultura en tierra sagrada; a
-lo cual repuso: «Entonces sois más rigurosos que nosotros.» Luego,
-añadió: «¿Qué significan el león y el unicornio que vi el otro día
-en un escudo a la puerta del cónsul inglés en Setubal?» Respondí que
-eran las armas de Inglaterra. «Sí; pero ¿qué representan?» Dije que
-no lo sabía. «Entonces—replicó—, no conoce usted los secretos de su
-propio país.» A lo cual: «Supóngase—le contesté—, que le dijese a
-usted que representan el león de Bethlehem y la bestia cornuda de
-abismos ardientes, luchando por el predominio en Inglaterra, ¿qué
-diría?» «Diría—repuso—, que me daba usted una respuesta perfecta.»
-Aquel hombre y yo llegamos a ser grandes amigos. Venía de Palmella,
-no lejos de Setubal; llevaba unos cuantos caballos y mulas, y era
-tratante en cebada y trigo. De nuevo volví a pasearme y a vagar por
-los alrededores de la ciudad.
-
-Como a media milla de las murallas, por el lado Sur, hay una fuente
-de piedra, donde los arrieros y demás gentes que acuden a la ciudad,
-acostumbran a dar agua a sus bestias. Allí me estaba sentado unas
-dos horas, hablando con todo el que hacía alto en la fuente. Hago
-notar que durante mi estancia en Evora repetí a diario esta visita,
-deteniéndome en ella el mismo tiempo; gracias a este plan, creo
-que hablé, por lo menos, con unos doscientos portugueses acerca de
-asuntos tocantes a su salvación eterna. Descubrí que muy pocos de
-aquellos a quienes hablé habían recibido educación literaria, ninguno
-había leído la Biblia, no más de media docena tenían una ligerísima
-noticia de lo que son los libros santos. Casi todos eran fanáticos
-papistas y miguelistas de corazón. Por tanto, cuando me decían que
-eran cristianos, negábales yo la posibilidad de que lo fueran, pues
-ignoraban a Cristo y sus mandamientos, y ponían la esperanza de su
-salvación en reglas externas y prácticas supersticiosas inventadas
-por Satanás para mantenerlos en tinieblas y que al cabo cayesen
-en el abismo que les tenía preparado. Díjeles muchas veces que el
-Papa, a quien reverenciaban, era un insigne impostor y el principal
-ministro de Satanás en la tierra, y que los frailes y monjes, cuya
-ausencia lamentaban, a quienes estaban acostumbrados a confesar sus
-pecados, eran agentes subalternos suyos. Cuando me pedían pruebas,
-aducía invariablemente la ignorancia de mis oyentes respecto de las
-Escrituras, y decía que si sus guías espirituales hubiesen realmente
-sido ministros del Señor, no hubieran dejado a sus rebaños ignorar su
-palabra.
-
-Desde entonces acá, me ha sorprendido muchas veces el no recibir
-insultos ni malos tratos de la gente cuya superstición atacaba
-yo de ese modo; en verdad, nada malo me sucedió, y me inclino a
-creer que la extremada audacia que yo desplegaba, confiado en la
-protección del Todopoderoso, puede haber sido la causa de ello. Lo
-mejor frente al peligro es mirarlo cara a cara, y así generalmente se
-desvanece como las nieblas de la mañana a la luz del sol; mientras
-que, desanimándose, el peligro se hace de fijo mayor. Abrigo la viva
-esperanza de que mis palabras llegaron muy adentro en el corazón
-de algunos de mis oyentes, porque vi a muchos de ellos marcharse
-abstraídos y pensativos. En ocasiones repartía entre estas gentes
-algunos folletos, pues aunque fuesen incapaces de sacar de ellos
-personalmente gran provecho, pensé que servirían de instrumento para
-que en lo futuro cayeran en otras manos y alguien los utilizara para
-su salvación. ¡Cuánto libro abandonado a las olas aborda a remotas
-playas, y allí sirve de bendición y consuelo a millones de gentes que
-ignoran su procedencia!
-
-Al siguiente día, viernes, fuí a visitar en su casa a mi amigo don
-Jerónimo Azveto. No le encontré, pero me dijeron que le buscase en
-la Seo, o palacio episcopal, en uno de cuyos aposentos le hallé,
-en efecto, escribiendo con otro señor, a quien me presentó; era el
-gobernador de Evora, que me recibió con toda bondad y cortesía.
-Después de hablar un rato salimos juntos a visitar un edificio
-antiguo, del que se decía que en tiempos pasados fué templo de Diana.
-Parte de él era evidentemente de construcción romana; no había lugar
-a error ante las bellas y elegantes columnas que sostenían la cúpula,
-bajo la que probablemente se cumplían sacrificios a la divinidad más
-poética y atrayente de los gentiles; pero los antiguos intercolumnios
-habían sido macizados en tiempos modernos, y el resto del edificio
-parecía ser de fines de la Edad Media. Estaba situado en un extremo
-de la antigua casa de la Inquisición, y fué residencia del obispo
-antes de construirse la Seo actual.
-
-Dentro de la Seo, donde vive ahora el gobernador, hay una magnífica
-biblioteca, que ocupa una inmensa pieza abovedada, como la nave de
-una catedral; en un aposento contiguo hay una colección de cuadros de
-autores portugueses, principalmente retratos, entre los que se halla
-el de don Sebastián. Quiero creer que el pintor no le hizo justicia,
-porque le representó en figura de un tosco mancebo como de diez y
-ocho años, abotagado y bobo, con ojos saltones, y una golilla en
-torno del cuello corto y apoplético.
-
-Me enseñaron varios misales con bellas miniaturas, y otros
-manuscritos, uno de cuales atrajo sobre todo mi atención, por motivos
-que se adivinan con sólo decir que su título era:
-
-«_Forma sive ordinatio Capelle ilustrissimi et xianissimi principis
-Henrici Sexti Regis Anglie et Francie am dm̄ Hibernie descripta
-serenissiō principi Alfonso Regi Portugalie illustri per humilen
-servitoren sm̄ Willm. Sav. Decanū capelle supradicte._»
-
-¡Me pareció oír la voz de mi amada tierra natal en los tiempos
-pasados! La biblioteca y la colección de cuadros las formó uno de los
-últimos obispos, varón muy ilustrado y piadoso.
-
-Por la noche cené con don Jerónimo y su hermano; éste nos dejó en
-seguida para cumplir sus deberes de militar. Mi amigo y yo hablamos
-con detenimiento de cosas importantes. Empezó lamentándose de la
-ignorancia en que estaban sumidos sus conterráneos, y me dijo que
-tanto él como su amigo el gobernador se proponían establecer un
-colegio en aquellos contornos, habiéndose dirigido al Gobierno en
-demanda de autorización para utilizar un convento vacío, llamado el
-_Espinheiro_, o el espino, distante una legua de allí, y esperaban
-ver aceptada su propuesta. Ya le había yo dicho a don Jerónimo mi
-calidad y mis propósitos; y al manifestarle ahora mi contento por
-los planes que abrigaba, le rogué con las más vivas instancias que
-usase de su valimiento para que la educación dada a los muchachos
-tuviera por base el conocimiento de las Escrituras, y añadí que la
-mitad de las Biblias y Testamentos llevados por mí a Evora la ponía
-gustoso a su disposición. Al instante me tendió la mano, y aceptó mi
-oferta con gran placer, prometiéndose hacer cuanto pudiera en pro de
-mis intenciones, también suyas en muchos respectos. Entonces añadí
-que yo no había ido a Portugal con la idea de propagar los dogmas de
-una secta particular, sino con la esperanza de difundir la Biblia,
-manantial de cuanto es útil y conducente al bien de la sociedad;
-que no me importaba lo que la gente profesara, con tal que tuviese
-por guía la Biblia, porque allí donde se leen las Escrituras, ni la
-superchería clerical ni la tiranía duran mucho; aduje como ejemplo
-mi propio país, cuya libertad y prosperidad se deben a la Biblia, y
-donde cabalmente el último perseguidor del libro, la sanguinaria e
-infame María Tudor, fué también el último tirano que se sentó en el
-trono. Me separé de mi amigo ya muy entrada la noche, y a la mañana
-siguiente le envié los libros, en la firme y confiada esperanza de
-que una aurora radiante y gloriosa iba a disipar las lúgubres sombras
-de la noche que durante tanto tiempo habían envuelto al Alemtejo.
-
-Al siguiente día de este interesante suceso, sábado, hablé de nuevo
-con el hombre de Palmella. Le pregunté si nunca en sus viajes le
-habían atacado los ladrones; me respondió que no, pues, en general,
-viajaba acompañado. «Sin embargo—añadió—cuando viajo solo tampoco
-tengo miedo, porque voy bien protegido.» Supuse que llevaría buenas
-armas, y así se lo dije. «No más arma que esta»—repuso, mostrándome
-uno de esos enormes cuchillos de manufactura inglesa, de que suelen
-estar provistos los campesinos portugueses. Esos cuchillos se emplean
-para muchos usos, y me parecen un arma bastante más eficaz que el
-puñal. «Pero no es este cuchillo—continuó el hombre—lo que me da más
-confianza.» «¿Pues qué es?» «Esto—contestó, y extrajo del seno un
-escapulario que llevaba colgado del cuello con un cordón de seda—.
-Aquí llevo una _oraçam_, o plegaria, escrita por una persona de
-virtud, y mientras no se aparte de mí no me ocurrirá nada.» Como la
-curiosidad es el principal rasgo de mi carácter, dije al momento al
-hombre aquel, con gran calor, que si me dejaba leer la oración me
-proporcionaría un placer vivísimo. «Bueno—contestó—; somos amigos,
-y voy a hacer por usted lo que haría por muy pocos.» Me pidió el
-cortaplumas, y sin descoser el envoltorio sacó un pedazo de papel,
-bastante grande, cuidadosamente ajustado a él. Corrí a mi aposento
-para examinarlo. Estaba escrito con garrapatos casi ilegibles, y tan
-manchado de sudor, que me costó mucho trabajo descifrar su contenido;
-al cabo conseguí hacer la siguiente transcripción literal del
-conjuro, escrito en mal portugués, pero que me impresionó en aquella
-ocasión, por tratarse de la composición más extraordinaria que había
-visto:
-
-EL CONJURO.—«Justo juez y divino Hijo de la Virgen María, que naciste
-en Belén, Nazareno, y fuiste crucificado entre la muchedumbre de los
-judíos, te suplico, Señor, por tu sexto día, que mi cuerpo no sea
-preso por la justicia ni reciba de sus manos la muerte, la paz sea
-con nosotros, la paz de Cristo, venga a mí la paz, la paz sea con
-nosotros, dijo Dios a sus discípulos. Si la maldita justicia recela
-de mí, o pone en mí sus ojos, para apoderarse de mí o robarme, que
-sus ojos no puedan verme, que su boca no pueda hablarme, que sus
-oídos no puedan oírme, que sus manos no puedan agarrarme, que sus
-pies no puedan seguirme; de suerte que, armado con las armas de San
-Jorge, cubierto con el manto de Abraham y embarcado en el arca de
-Noé, no puedan verme, ni oírme, ni verter la sangre de mi cuerpo.
-Te conjuro, además, Señor, por aquellas tres benditas cruces,
-por aquellos tres benditos cálices, por aquellos tres benditos
-sacerdotes, por aquellas tres hostias consagradas, que me des aquella
-dulce compañía que diste a la Virgen María desde las puertas de Belén
-a los portales de Jerusalem, para que pueda yo ir y venir alegre y
-gustoso con Jesucristo, el Hijo de la Virgen María, madre, y, sin
-embargo, siempre virgen.»
-
-La posadera y su hija llevaban pendientes del cuello otros
-escapularios con amuletos semejantes, para librarse, según decían,
-de todo maleficio. La creencia en la brujería está muy extendida
-entre los campesinos del Alemtejo, y creo que entre todos los de
-Portugal. Esta es una de las reliquias del régimen frailuno, que en
-todos los países donde ha existido parece haberse propuesto embotar
-el entendimiento del pueblo para extraviarlo con más facilidad. Todos
-esos amuletos estaban confeccionados por frailes, que se los vendían
-a sus entontecidos penitentes.
-
-Los monjes de las iglesias griega y siria trafican también con estas
-cosas, aun sabiendo que son nocivas, y anteponen ese comercio a la
-difusión del saludable bálsamo del Evangelio, porque de aquél sacan
-muy buenas ganancias y mantienen así el engaño que les permite vivir
-regaladamente.
-
-La mañana del domingo fué muy hermosa, y la explanada que hay delante
-del convento de San Francisco se llenó de gente que iba a misa o
-volvía de oírla. Cumplidas mis devociones matinales me desayuné, y
-bajé a la cocina; una muchacha llamada Gerónima estaba sentada al
-amor de la lumbre. Le pregunté si había oído misa, y me respondió
-que ni la había oído ni pensaba oírla. Inquirí el motivo y replicó
-que desde la expulsión de los frailes de sus iglesias y conventos,
-había dejado de oír misa y de confesarse, porque los curas no tenían
-en tal ministerio poder espiritual, y, por tanto, se abstenía de ir
-a molestarlos. Dijo que los frailes eran unos santos varones, muy
-caritativos, que a diario daban de comer en el convento de enfrente a
-cuarenta pobres con las sobras de la comida del día anterior, y ahora
-a esa gente se la dejaba morirse de hambre. Contesté que como vivían
-de la enjundia de la tierra, bien podían permitirse los frailes
-arrojar unos pocos huesos a sus pobres, haciéndolo así por política,
-con la esperanza de ganar amigos para los casos de apuro. La muchacha
-me dijo después que, como domingo, tal vez desearía yo entretenerme
-viendo algún libro, y sin esperar respuesta me trajo unos cuantos.
-Eran en su mayoría narraciones populares de vidas y milagros de
-santos, pero entre ellos había una traducción del libro de Volney,
-_Las ruinas_. Pregunté cómo había adquirido tal obra. Díjome que un
-joven, ardiente constitucionalista, se la había dado unos meses
-antes, con muchas instancias para que la leyese, ponderándosela como
-uno de los mejores libros del mundo. Repuse que el autor, enviado
-de Satán, enemigo de Jesucristo y del alma humana, había escrito la
-obra con el único propósito de mofarse de la religión y de inculcar
-la doctrina de que no hay vida futura ni premio para el virtuoso ni
-castigo para el malo. La muchacha, sin responder palabra, se fué a
-otro aposento, del que volvió con el delantal lleno de astillas y
-otra leña menuda, volcándola en la lumbre, que levantó viva llama.
-Entonces, tomando de mis manos el libro, lo echó en la hoguera, se
-sentó, sacó del bolsillo un rosario y estuvo rezando hasta que el
-volumen quedó consumido. Fué esto un auto de fe en el mejor sentido
-de la palabra.
-
-El lunes y el martes hice mis acostumbradas visitas a la fuente, y
-también recorrí los alrededores, montado en una mula, para repartir
-folletos. Dejé caer una buena porción de ellos en los paseos
-preferidos por la gente de Evora, porque era dudoso que los aceptaran
-si yo se los ofrecía en propia mano, mientras que si los veían
-tirados por el suelo, pensaba yo que la curiosidad acaso los indujera
-a cogerlos y leerlos.
-
-En la tarde del martes fuí a despedirme de mi amigo Azveto, pues
-mi intención era salir de Evora el jueves siguiente y regresar a
-Lisboa; con esta mira alquilé una calesa, cuyo dueño me dijo que
-había servido como soldado en la _grand’armée_ de Napoleón y asistido
-a la campaña de Rusia. Tenía toda la estampa de un borracho. Su
-rostro era carbuncoso, y su aliento apestaba a aguardiente. Muchos
-deseos tenía de hablar conmigo en francés, enorgulleciéndose de
-poseer ese idioma; pero yo rehusé, y le dije que me hablase en la
-lengua del país o no cruzaría la palabra con él.
-
-El miércoles empeoró el tiempo y, a ratos, llovió. Al bajar a la
-cocina me encontré con que mi amigo el de Palmella se había marchado;
-pero habían llegado varios _contrabandistas_ de España. Casi todos
-eran muy apuestos, y, a diferencia de los dos que vi la semana
-anterior, locuaces y expansivos; sólo hablaban su lengua natal
-y parecían sentir gran desprecio por el portugués. La magnífica
-entonación del español resonaba muy ventajosamente junto al dialecto
-chillón de Portugal. Pronto trabé con ellos un grave coloquio, y
-descubrí con alegría que todos sabían leer. Ofrecí al más viejo,
-hombre de unos cincuenta años de edad, un folleto en español, y
-después de examinarlo un rato con mucha atención, se alzó de su
-asiento y, poniéndose en medio del cuarto, comenzó a leer en alta
-voz, despacio y con gran énfasis. Sus compañeros le rodearon, y
-de vez en cuando manifestaban su conformidad con lo que oían. En
-ocasiones, el lector acudía a mí en demanda de explicación de algún
-pasaje que no entendía bien, por referirse a determinados textos de
-la Escritura, ya que ninguno de la cuadrilla había visto nunca el
-Antiguo ni el Nuevo Testamento. Continuó leyendo más de una hora,
-hasta acabar el folleto; al concluir, todos clamaron por otros
-parecidos, y se los di con mucho gusto.
-
-Casi todos aquellos hombres hablaban del clericalismo y del régimen
-frailuno con odio profundo, hasta preferir la muerte a someterse
-de nuevo al yugo que había oprimido sus cuellos. Híceles muchas
-preguntas acerca de la opinión de sus parientes y amigos sobre ese
-punto, y me aseguraron que en la parte de la frontera española
-frecuentada por ellos, todos eran de la misma opinión, importándoles
-tan poco el Papa y sus frailes como don Carlos, porque éste era un
-_chicotito_ y un tirano, y los otros, ladrones y salteadores. Díjeles
-que no debían confundir la religión con la superstición clerical, ni
-olvidar por odio a ésta que hay un Dios y un Cristo en quien hemos de
-buscar nuestra salvación, y cuya palabra estaban obligados a meditar
-en todo momento; expresáronse, al oírme, como muy devotos creyentes
-en Cristo y en la Virgen.
-
-Estos hombres eran, en muchos respectos, más ilustrados que los
-campesinos del contorno, pero en otros se hallaban en iguales
-tinieblas; creían en brujerías y en el poder de hechizos y ensalmos.
-La noche fué muy borrascosa. A eso de las nueve oímos un galope que
-se acercaba, y a poco llamaron a la puerta; abrieron, y se precipitó
-en la cocina, todo azorado, un hombre montado en un jumento; llevaba
-una raída chaqueta de piel de carnero de las llamadas en español
-_zamarras_, con calzones de lo mismo; desde las rodillas para abajo
-tenía las piernas desnudas. Alrededor del _sombrero_ llevaba atada
-una gran cantidad de la hierba llamada en inglés _rosemary_, _romero_
-en español, y en portugués rústico _alecrim_, palabra de origen
-escandinavo (_ellegren_), que significa planta mágica, llevada
-probablemente al Sur por los vándalos. El recién llegado parecía
-loco de terror, y contó que las brujas le habían venido persiguiendo
-y revoloteando en torno de su cabeza desde hacia dos leguas. Aquel
-hombre traía de la frontera de España harina y otros artículos;
-dijo que su mujer venía tras él y estaba a punto de llegar. Llegó,
-en efecto, un cuarto de hora después, chorreando agua y montada
-también en un borrico. Pregunté a mis amigos los _contrabandistas_
-qué significaba el romero, y me dijeron que era bueno contra las
-brujas y las desventuras del camino. No me entretuve en combatir
-esta superstición, porque la calesa iría a buscarme a las cinco de la
-mañana y deseaba yo aprovechar el poco tiempo que podía consagrar el
-sueño.
-
-
-
-
-CAPÍTULO IV
-
- Dilaciones molestas.—El cochero borracho.—Una mula
- muerta.—Lamentación.—Aventura en un descampado.—El miedo a la
- oscuridad.—Un fidalgo portugués.—La escolta.—Regreso a Lisboa.
-
-
-Me levanté a las cuatro, y después de tomar un refrigerio, bajé a
-la cocina, donde vi al hombre que me había llamado la atención la
-víspera y a su mujer, durmiendo al amor de la lumbre aún encendida.
-Se despertaron en seguida y comenzaron a preparar su desayuno,
-consistente en _sardinhas_ saladas, asadas en el rescoldo. Al mismo
-tiempo, la mujer cantaba trozos de una bella canción, muy conocida en
-España, que comienza así:
-
- En Belén tocan a fuego;
- Del portal salen las llamas,
- Porque dicen que ha nacido
- El Redentor de las almas.
-
-Al saber que me marchaba, la mujer me dijo: «Voy a darle a usted
-un poco de romero del de mi marido, para que le ampare contra los
-peligros y le libre de cualquier mal suceso.» Tuve la debilidad de
-permitir que me pusiera unas ramitas en el sombrero; estando en esto
-llegó el calesero con las mulas, dije adiós a mi servicial posadera,
-y subí al carruaje con mi criado.
-
-Entonces puse atención en las mulas que nos llevaban; nunca había
-visto otras tan buenas como aquéllas; la de más alzada tendría poco
-menos de diez y seis palmos. El calesero las quería, según nos dijo
-en detestable francés, más que a su propia mujer y a sus hijos.
-Doblamos la esquina del convento y seguimos calle abajo hacia la
-puerta del Suroeste. El cochero hizo alto delante del portal de
-una casona, y se apeó diciendo que por ser aún muy temprano, no se
-atrevía a continuar, pues si los ladrones residentes en la ciudad
-estaban sobre aviso, nos robarían, probablemente, y a él le matarían,
-pero que los moradores de aquella casa iban a salir para Lisboa un
-cuarto de hora más tarde, y esperándolos podíamos aprovechar su
-escolta de soldados y ponernos al abrigo de todo peligro. Respondí
-que yo no tenía miedo, y le mandé seguir, pero se negó, y, dejándonos
-en la calle, fuése. Una hora llevábamos esperando, cuando llegaron
-dos carruajes a la puerta de la casa; pero como la familia no
-estaba, al parecer dispuesta todavía, el cochero se apeó también y
-se fué. Pasó otra media hora; al fin salió la familia. Colocados
-los equipajes, preguntaron por el cochero, que no parecía por parte
-alguna. Le buscaron, pero en vano más de otra hora pasó antes de
-encontrar un sustituto. La escolta tampoco había comparecido, y fué
-preciso enviar por dos veces un criado al cuartel en busca de los
-soldados. Al fin, todo se arregló, y la familia se puso en marcha.
-
-En todo ese tiempo no habíamos vuelto a ver a nuestro cochero,
-y ya estaba yo harto convencido de que nos había abandonado
-definitivamente, cuando, pasados unos minutos más, le vi venir
-tambaleándose calle arriba, borracho, y empeñado en cantar la
-Marsellesa. Sin decirle nada, me puse a observarlo. Estuvo un rato
-mirando fijamente a las mulas y mascullando disparates inconexos en
-francés. Al cabo, dijo: «No estoy tan borracho que no pueda guiar»;
-y tomando a las mulas por el ramal, echó a andar hacia la puerta. En
-cuanto salimos de la ciudad intentó repetidas veces, sin conseguirlo,
-montar en la mula más pequeña, que iba ensillada; al fin se salió
-con la suya, y en el acto emprendimos, camino abajo, una carrera
-desenfrenada. Llegamos a un sitio donde arrancaba un carril angosto
-y pedregoso; echando por él, nos ahorrábamos el rodeo que, en otro
-caso. habríamos de dar en torno de los muros de la ciudad antes de
-salir al camino de Lisboa, que cae al Noreste. El cochero dijo: «Voy
-a tomar el carril, y en un minuto alcanzaremos a esa familia»; y en
-él entramos, efectivamente. Apenas tenía anchura bastante para dar
-paso al carruaje, y era, además, muy escarpado y quebrado; avanzamos
-subiendo y bajando, con mucho crujir de ruedas y unas sacudidas tan
-violentas, que corríamos peligro de vernos lanzados como por una
-honda. Comprendí que de continuar en el coche, se haría pedazos
-con nuestro peso, y dirigiéndome al cochero en portugués, le mandé
-parar; pero el hombre fustigó y espoleó a las mulas con más brío.
-Entonces, mi criado me suplicó por el amor de Dios que le hablase en
-francés, pues si algo podía apaciguarle, era eso. Seguí el consejo,
-y le rogué que nos permitiese apearnos y andar hasta la salida del
-sitio peligroso. El resultado confirmó las previsiones de Antonio.
-El cochero paró instantáneamente y dijo: «Señor, usted es el amo;
-no tiene usted más que mandar y yo obedeceré.» Nos apeamos y fuimos
-andando hasta la carretera, donde volvimos a montar.
-
-Apenas ocupamos nuestros asientos, el cochero lanzó las mulas a
-galope tendido, con idea de alcanzar a la familia, que nos llevaba
-como un cuarto de milla de ventaja. La capa se le escurrió de los
-hombros, y al querer ponérsela de nuevo, soltó el ramal con que
-guiaba a la mula más alta; la cuerda se le enredó en las patas al
-pobre animal, que cayó pesadamente de cabeza al suelo; después de
-patalear un poco, la mula quedó tendida cuan larga era, atravesada en
-el camino, con las varas del carruaje sobre las costillas. Yo salí
-despedido contra el lodo, y el borracho del cochero cayó sobre el
-cuerpo de la mula muerta.
-
-El suceso me enfureció, y comencé a gritar: «¡Borracho! ¡Renegado!
-Que hasta te avergüenzas de hablar la lengua de tu país; ahora que
-has destruído el sostén de tu vida, ya puedes morirte de hambre.»
-«_Paciencia_», me contestó, y empezó a dar patadas a la mula en la
-cabeza, para hacerla levantar; de un empellón le aparté de allí,
-y tomando la navaja que se le había caído del bolsillo, corté los
-tiros del carruaje, pero la vida había volado, y el velo de la muerte
-empañaba ya los ojos de la mula.
-
-El individuo aquel, en el atolondramiento de la borrachera, pareció
-al pronto dispuesto a despreciar tal pérdida, diciendo: «Se ha
-matado la mula; esa era la voluntad de Dios. ¿Qué le voy a hacer?
-_Paciencia._» Al mismo tiempo envié a Antonio a la ciudad para
-que alquilase otras mulas, y después de descargar mis maletas del
-carruaje, esperé al borde del camino su regreso.
-
-Los vapores del alcohol comenzaron a disiparse en el cerebro del
-cochero; entonces, cruzando las manos, exclamó: «Virgen bendita, ¿qué
-va a ser de mí? ¿Cómo voy a ganarme la vida? ¿Dónde podré hacerme
-con otra mula? Mi mula, mi mejor mula, se ha matado; se ha caído al
-suelo y se ha muerto de repente. He visto muchos animales en los
-países donde he vivido, pero una mula como ésta, no la he visto
-nunca; ¡y se ha matado! ¡Mi mula se ha matado! Se ha caído y se ha
-muerto de repente.» En este tono continuó durante mucho rato, y sus
-lamentaciones tenían siempre el mismo estribillo: «Mi mula se ha
-matado; se ha caído y se ha muerto de repente.» Al cabo, quitó la
-collera a la mula muerta y se la puso a la otra, metiéndola con algún
-trabajo en varas.
-
-Un muchacho de unos trece años, muy guapo, llegó de la ciudad
-corriendo como una liebre; se detuvo ante la mula muerta, y rompió
-a llorar. Era hijo del cochero, y sabía por Antonio lo sucedido.
-Aquello era demasiado para el pobre hombre; acudió a su hijo,
-diciéndole: «No llores. Nos hemos quedado sin pan; pero Dios
-lo ha querido. ¡La mula se ha matado!» Se dejó caer después al
-suelo, lanzando lastimeras quejas: «Yo hubiera sobrellevado esta
-pérdida—decía—pero el ver llorar a mi hijo, me vuelve loco.» Le
-socorrí con algún dinero, y le dije algunas palabras de consuelo. Le
-aseguré que si dejaba la bebida, era indudable que Dios se apiadaría
-de él y le remediaría. Por fin se tranquilizó un poco, y después
-de colocar las maletas en el coche, volvimos a la ciudad, donde
-aguardaban nuestra llegada a la posada dos excelentes mulas de paso.
-No vi a la española, y por eso no pude decirle de cuán poco me había
-servido el romero en aquel caso.
-
-Algunos borrachos he conocido en Portugal, pero, sin excepción,
-eran individuos que, después de viajar fuera de su tierra, como
-aquel cochero, regresaban llenos de desprecio hacia su patria y
-manchados con los peores vicios de los países donde habían vivido.
-A mis compatriotas que por acaso lean estas líneas, les recomiendo
-vivamente que si su destino los lleva a España o Portugal, no tomen a
-su servicio ni traten individuos de las clases bajas que hablen otra
-lengua que la suya materna, porque muy probablemente serán bandidos
-desalmados o borrachos. Invariablemente, estas gentes dicen de su
-país natal todo el mal posible; y yo tengo la opinión, fundada en la
-experiencia, de que un individuo capaz de tal bajeza, no vacilará
-en cometer cualquier villanía, porque después del amor a Dios, el
-amor a la patria es el mejor preservativo contra el crimen. Quien se
-enorgullece de su patria, tiene especial cuidado en no hacer cosa
-que pueda deshonrarla.
-
-Tomamos el camino de Lisboa, y llegamos a Monte Moro a eso de
-las dos. Comimos allí lo que permitían los recursos del lugar,
-y proseguimos el viaje hasta llegar a un cuarto de legua de las
-chozas enclavadas en la linde del despoblado que habíamos cruzado
-a la ida. Allí nos alcanzó un jinete; era un hombre robusto, de
-mediana estatura, y montaba un buen caballo español. Llevaba puesto
-un _sombrero_ de alas anchas y caídas, jubón de paño azul, con
-botonadura de tachones de plata y broches del mismo metal, calzón
-de cuero amarillo y botas fuertes; de la silla llevaba colgado un
-trabuco. Me preguntó si pensábamos pernoctar en Vendas Novas, y al
-contestarle que sí, manifestó deseos de seguir en nuestra compañía.
-Miró luego al sol, que ya se hundía rápidamente en el horizonte,
-y nos rogó que avivásemos para aprovechar la luz todo lo posible,
-porque el páramo era lugar temeroso en la oscuridad. Se puso a la
-cabeza de todos, y salimos al trote largo; el mozo o arriero que nos
-acompañaba venía detrás corriendo, sin dar la menor señal de fatiga.
-
-Entramos en el páramo, y apenas habíamos avanzado una milla, la
-noche cerró por completo. Ibamos por un sendero bordeado de altas
-malezas, cuando el jinete me rogó que pasase yo delante, y él me
-seguiría, porque era incapaz de afrontar la oscuridad. Le pregunté
-el motivo de su temor, y me respondió que en otro tiempo no le
-causaban miedo alguno las tinieblas, pero que desde hacía unos años
-temíalas mucho, sobre todo en lugares inhabitados. Accedí a sus
-deseos, pero como desconocía el camino y apenas me veía los dedos
-de la mano, nos perdíamos a cada paso; impacientábase el hombre,
-y acabó por colocarse de nuevo a nuestra cabeza. Anduvimos así un
-buen trecho y otra vez se detuvo el miedoso, diciendo que no podía
-resistir el influjo de las tinieblas; temblábanle las patas al
-caballo, contagiado, al parecer, del terror de su amo. Le aconsejé
-que invocara el nombre de Jesús Nuestro Señor, capaz de transformar
-la noche en día; al oírme, lanzó un terrible alarido, y enarbolando
-el trabuco, lo disparó al aire. El caballo arrancó a todo correr,
-y mi mula, una de las más ligeras de su casta, se espantó y salió
-disparada, pisándole los cascos al caballo. Antonio y el mozo se
-quedaron muy atrás. Corríamos como un torbellino, iluminándose el
-sendero con las chispas arrancadas a las piedras por las herraduras
-de los animales. Yo no sabía adónde íbamos; pero las cabalgaduras
-conocían el camino, y en poco tiempo nos pusieron en Vendas Novas,
-donde nuestros compañeros nos alcanzaron.
-
-Me pareció que el hombre aquel era un cobarde; opinión injusta,
-porque durante el día era valiente como un león, y nada temía.
-Unos cinco años antes le habían atacado dos ladrones en el páramo,
-y a entrambos dominó, los ató, y los entregó a la justicia. Pero
-de noche, el rumor de una hoja le aterrorizaba. He conocido casos
-análogos en personas de extraordinaria valentía. En cuanto a mí,
-confieso que no soy hombre de un valor inusitado, pero los peligros
-de la noche no me intimidan más que los que pueden sobrevenir en
-pleno día. El individuo de que he hablado era un labrador de Evora,
-persona de muy buena posición.
-
-Encontré la posada de Vendas Novas llena de gente, y con alguna
-dificultad obtuvimos alojamiento y cena. Ocupaba la posada la familia
-de cierto _fidalgo_ de Estremoz, el cual iba a Lisboa custodiando una
-gran suma de dinero, según nos dijeron; probablemente, las rentas
-de sus estados. Llevaba una guardia de veinticuatro servidores,
-armados con sendos rifles; eran sus pastores, porqueros, vaqueros y
-cazadores, mandados por el hijo y el sobrino del _fidalgo_, ambos
-jóvenes, vestido el último de uniforme. A pesar de tan numerosa
-guardia, al _fidalgo_ le apuraba mucho, al parecer, el temor de que
-le robasen en el descampado, entre Vendas Novas y Pegões, porque
-solicitó del oficial que mandaba la tropa destacada en este punto,
-una escolta de cuatro soldados. Había en el séquito del hidalgo
-varias mujeres, hijas ilegítimas suyas, según averigüé; el hombre
-era de costumbres depravadas y acérrimo partidario de Don Miguel. A
-poco de llegar, y cuando mi compañero de viaje y yo estábamos en la
-cocina, sentados a la lumbre, se nos acercó el hidalgo; podía tener
-unos sesenta años, y era de aventajada estatura, pero muy encorvado.
-Su rostro era bastante desagradable; tenía la nariz larga y ganchuda;
-los ojos, pequeños, penetrantes y vivos, y lo que menos me gustó en
-él fué su perpetua sonrisa burlona, signo seguro, a mi entender, de
-un corazón perverso y desleal. Me dirigió la palabra en español,
-idioma que el hidalgo hablaba con facilidad por residir no lejos de
-la frontera; pero, contra mi costumbre, me mantuve reservado y en
-silencio.
-
-A la mañana siguiente me levanté a las siete, y hallé que la
-familia de Estremoz se había puesto en camino unas horas antes.
-Me desayuné con mi compañero de la noche pasada, y emprendimos la
-última jornada de aquel viaje. Como había salido el sol, sus miedos
-se desvanecieron; era capaz de habérselas con todos los ladrones
-del Alemtejo. Llevaríamos andada una legua, cuando al mozo que nos
-acompañaba le pareció ver unas cabezas entre los matorrales. En el
-acto, nuestro jinete empuñó el trabuco, y obligando al caballo a dar
-dos o tres brincos, apuntó hacia el sitio indicado por el mozo; pero
-las cabezas no volvieron a aparecer, y todo fué, probablemente, una
-falsa alarma.
-
-Reanudamos la marcha, y la conversación giró, como era de esperar,
-en torno de los ladrones. Mi compañero, que parecía conocer palmo a
-palmo el terreno por donde íbamos, tenía algo que contar acerca de
-cada vericueto, o de cada grupo de pinos que encontrábamos. Llegamos
-a una pequeña eminencia, en cuya cima crecían tres majestuosos pinos;
-como media legua más lejos había otra elevación semejante. Estas dos
-alturas dominaban una parte del camino de Pegões a Vendas Novas, en
-forma que desde ellas se columbraba a cuantos iban y venían entre
-estos dos puntos. Al decir de mi amigo, aquellas colinas eran puestos
-predilectos de los ladrones. Cómo dos años antes, una cuadrilla
-de seis bandidos a caballo estuvo allí tres días, y desvalijó a
-cuantos venían por ambos lados. Los caballos, con la silla y el freno
-puestos, estaban atados al tronco de los árboles, y dos centinelas,
-encaramados en las ramas más altas, daban el alerta al acercarse
-los viajeros. Cuando los veían a distancia conveniente, montaban de
-un salto en los caballos, y a galope tendido caían sobre su presa,
-gritando: _¡Réndete, pícaro! ¡Réndete, pícaro!_ Nosotros pasamos
-sin tropiezo, y a eso de un cuarto de legua antes de Pegões, dimos
-alcance a la familia del _fidalgo_.
-
-Si hubiesen llevado las riquezas de la India a través de los
-desiertos de Arabia, no habrían tomado mayores precauciones. El
-sobrino, sable en mano, cabalgaba a la cabeza, con pistolas en
-el arzón y el consabido trabuco español pendiente de la silla.
-Marchaban tras él seis hombres en hilera, fusil al hombro, con sendas
-hachas pendientes de la faja, destinadas probablemente a tajar a
-los bandoleros hasta la cintura, en cuanto se aventurasen a luchar
-cuerpo a cuerpo. Seguían seis vehículos, dos de ellos calesas, en las
-que iban el _fidalgo_ y sus hijas; los otros eran carros de toldo,
-y parecían cargados con el menaje casero. Cada vehículo llevaba a
-los lados un campesino armado, y el hijo del _fidalgo_, mancebo de
-diez y seis años, mandaba la retaguardia, de una fuerza igual a
-la vanguardia conducida por su primo. Los soldados, de caballería
-ligera, por fortuna, y muy bien montados, galopaban en todas
-direcciones alrededor del convoy, con objeto de descubrir al enemigo
-en su escondite, caso de estar emboscado en las cercanías.
-
-No pude por menos de pensar, cuando di alcance a esta comitiva, en
-la imprudencia de tanto aparato bélico; pues si bien se proponía
-amedrentar a los ladrones, podía igualmente servir para atraerlos,
-advirtiéndoles del paso de inmensas riquezas por aquellos lugares.
-No sé cómo se habrían portado los soldados y los campesinos en caso
-de ataque, pero me inclino a creer que si tres hombres como Ricardo
-Turpin les hubiesen acometido súbitamente, saliendo al galope de
-entre los matorrales que cubren aquellas colinas, ni el número ni la
-resistencia de los defensores bastaran a impedir que los asaltantes
-se llevasen el contenido de las cajas que tintineaban en la grupa de
-los caballos.
-
-Desde aquel momento, nada digno de mención nos sucedió hasta Aldea
-Gallega, donde pasamos la noche; a las tres de la mañana siguiente,
-tomamos la barca para Lisboa, y llegamos aquí a las ocho. Así terminó
-mi primera excursión por el Alemtejo.
-
-
-
-
-CAPÍTULO V
-
- El colegio.—El rector.—La piedra de toque.—Prejuicios
- nacionales.—Deportes juveniles.—Los judíos de Lisboa.—Creencias
- corrompidas.—Crimen y superstición.
-
-
-Una tarde me dijo Antonio: «Me parece, _Senhor_, que a su merced le
-gustaría ver el colegio de los... ingleses»[30]. «Lléveme allá, sin
-falta»—le contesté yo—. Condújome por varias calles, y nos detuvimos
-ante un edificio situado en uno de los puntos más altos de Lisboa.
-Llamamos, y un a modo de portero vino en seguida a preguntar lo que
-queríamos. Antonio se lo explicó. Vaciló un instante y nos mandó
-entrar, llevándonos a un lóbrego vestíbulo de piedra, donde nos
-dejó después de invitarnos a tomar asiento. De allí a poco salió
-un personaje venerable, como de setenta años de edad, vestido con
-una ropa flotante a manera de sobrepelliz, y tocado con la gorra
-colegial. A pesar de sus años, había en las facciones de aquel
-hombre un tenue matiz rojizo, característico del inglés. Se acercó
-a nosotros lentamente y en nuestro idioma me preguntó en qué podía
-servirme. Díjele que, como viajero inglés, tendría un placer muy vivo
-en visitar el colegio, si era costumbre enseñárselo a los extraños.
-No opuso inconveniente alguno a mis deseos, pero me declaró que
-no llegaba en muy buena ocasión, por ser la hora de la comida. Me
-excusé, y al querer retirarme, el anciano me rogó que aguardara unos
-minutos, hasta que, terminada la comida, los directores del colegio
-pudieran tener el gusto de acompañarme.
-
- [30] La palabra suprimida parece ser «católicos». Borrow gustaba
- de éste, al parecer, insignificante misterio. (Nota del editor U.
- R. Burke.)
-
-Nos sentamos en el poyo de piedra, y después de examinarme
-atentamente un poco de tiempo, el anciano clavó los ojos en Antonio.
-«¿Qué es lo que veo?—dijo al fin—. Tengo la seguridad de que esa
-cara no me es desconocida.» «Así es, reverendo padre»—contestó
-Antonio levantándose y haciendo una profunda reverencia—. «Yo servía
-en casa de la condesa de..., en Cintra, cuando vuestra reverencia
-era su director espiritual.» «Cierto, cierto—dijo el anciano varón,
-suspirando—. Ahora le recuerdo a usted perfectamente. ¡Ah! Las
-cosas han cambiado mucho desde entonces, Antonio; nuevo gobierno,
-nuevo sistema, y podría decir nueva religión.» Entonces, mirándome
-de nuevo, me preguntó adónde era mi viaje. «Voy a España—le dije—,
-y de paso me he detenido en Lisboa.» «¡España, España!—exclamó el
-viejo—. Ciertamente, ha escogido usted una ocasión singular para ir
-a España, habiendo como hay allí ahora guerras enconadas, alborotos
-y efusión de sangre.» «Me parece que la causa de don Carlos está ya
-vencida—contesté—; ha perdido el único general capaz de llevar sus
-huestes a Madrid. Zumalacárregui, que era su Cid, ha muerto.» «No se
-forje usted ilusiones. Con perdón de usted, joven, creo que el Señor
-no permitirá que triunfe tan fácilmente el poder de las tinieblas. La
-causa de don Carlos no está vencida. Su triunfo no depende de la vida
-de un frágil gusano como el que acaba usted de nombrar». Departimos
-así un breve rato y luego se levantó, diciendo que ya debía de haber
-concluído la comida.
-
-Aún no hacía cinco minutos que nos había dejado solos, cuando
-entraron en el vestíbulo tres individuos que se me acercaron
-pausadamente.—Estos son los directores del colegio, dije entre mí; y
-lo eran, en efecto. El primero de aquellos varones, a quien los otros
-dos trataban con notable deferencia, era delgado y seco, de estatura
-más que regular, muy pálido de tez, las facciones demacradas, pero
-bellas, y de ojos oscuros y chispeantes; podía tener unos cincuenta
-años. Sus dos compañeros estaban en plena juventud. El uno, más
-bien bajo, tenía en su sombrío semblante aquella expresión dolorida
-tan frecuente en los [católicos] ingleses; el otro era un mocetón
-coloradote, con cara de buena persona. Los tres llevaban el birrete
-peculiar del colegio y sotanas de seda. El de más edad se acercó
-a mí, y tomándome la mano me dirigió, con voz clara y de timbre
-argentino, las siguientes razones:
-
-—Bien venido seáis, señor, a nuestra pobre casa. Siempre nos alegra
-mucho recibir en ella a los compatriotas que vienen de nuestro amado
-país natal. En verdad, este contento se aminora mucho al considerar
-que aquí nada hay digno de la atención del viajero; nada notable hay
-en esta casa, salvo, quizás, su organización: yo iré explicándosela a
-usted en el curso de nuestra visita. Pero ante todo, permítanos usted
-que nos presentemos nosotros mismos; yo soy el rector de este humilde
-asilo inglés; este señor es nuestro profesor de humanidades, y éste
-(señalando al mocetón), es nuestro profesor de lenguas sabias, hebreo
-y siriaco.
-
-YO.—Saludo a todos ustedes humildemente, y les ruego me excusen si
-me permito preguntar quién era aquel venerable señor que se ha tomado
-la molestia de acompañarme hasta que ustedes han tenido comodidad
-para venir.
-
-EL RECTOR.—¡Oh! Es nuestro limosnero, nuestro capellán; persona
-digna de la mayor admiración. Vino a este país antes de nacer ninguno
-de nosotros, y aquí ha estado siempre desde entonces. Ahora, subamos,
-si gustáis, a visitar nuestra pobre casa. Pero, querido señor, ¿por
-qué permanece usted descubierto en este vestíbulo, tan frío y tan
-húmedo?
-
-YO.—La explicación es muy fácil; se trata de una costumbre ya muy
-arraigada. Acabo de llegar de Rusia, donde he estado algunos años.
-Los rusos se quitan el sombrero indefectiblemente cuando entran bajo
-techado, ya sea en una choza, en una tienda o en un palacio. No
-hacerlo así, parecería grosería o barbarie; la razón es que en cada
-aposento de las casas rusas hay un cuadrito de la Virgen colgado
-en un rincón, muy cerca del techo, y en prueba de respeto, los que
-entran se quitan el sombrero.
-
-Los tres señores cambiaron rápidas ojeadas de inteligencia. Había
-tropezado en su Shibbolet, y descubrían en mí un Ephraimita, no un
-hijo de Galaad[31]. Sin duda, hasta aquel momento me habían tenido
-por uno de los suyos, miembro, y acaso sacerdote, de su antigua,
-grandiosa e imponente religión. Era muy natural su error, lo
-confieso. ¿Qué motivos podía tener un protestante para entrometerse
-en aquel retiro? ¿Qué interés podía moverle a conocer la organización
-de la casa? Sin embargo, lejos de disminuir sus atenciones para
-conmigo después de tal descubrimiento, aquellos señores aumentaron
-visiblemente su cortesía, si bien un observador escrupuloso hubiera
-quizás percibido una leve sombra en la cordialidad de sus maneras.
-
- [31] Galaad, nieto de Manasés, padre de los galaaditas. Los
- israelitas de la tribu de Ephraim se amotinaron contra galaaditas
- y fueron vencidos. El modo de pronunciar la palabra Shibbolet
- (espiga) servía a los galaaditas para descubrir a los fugitivos
- de Ephraim que trataban de ocultar su origen; y una vez
- descubiertos, los degollaban. V. Libro de los jueces, XII, 1 a 6.
- (_N. del T._)
-
-EL RECTOR.—¿Debajo del techo en cada aposento? Creo que es eso
-lo que ha dicho usted. Es, en verdad, muy agradable e interesante:
-un cuadro de la «santa» Virgen en cada aposento. La noticia es tan
-inesperada como agradable. Desde este momento tendré de los rusos una
-opinión mucho más elevada que hasta aquí. Es un ejemplo muy digno
-de imitación. Quisiera sinceramente que también nosotros tuviéramos
-la costumbre de poner una «imagen» de la «santa» Virgen en cada
-rincón de nuestras casas, cerca del techo. ¿Qué decís a esto, señor
-profesor de humanidades, qué decís de la noticia que con tanta
-amabilidad nos ha dado este excelente caballero?
-
-EL PROFESOR DE HUMANIDADES.—Digo que es placentera y de grandísimo
-consuelo; pero declaro que no me coge enteramente desprevenido. La
-adoración de la Santa Virgen se extiende cada día más por países
-donde estaba olvidada o era hasta aquí desconocida. El doctor W...,
-cuando pasó por Lisboa, me dió algunos detalles interesantísimos
-respecto de los trabajos de la propaganda en la India. Hasta
-Inglaterra, nuestra amada patria...
-
-Mis corteses amigos me enseñaron toda su «pobre casa». Cierto,
-no parecía ser muy rica; espaciosa, sí, pero casi en ruinas. La
-biblioteca era pequeña y no poseía nada notable. Desde las azoteas
-se descubría un vasto y hermoso panorama del Tajo y de la mayor
-parte de Lisboa. Pero yo no había ido buscando a tal lugar obras de
-arte, ni libros raros, ni hermosas vistas; visité aquella singular y
-antigua mansión para conversar con sus habitantes, porque mi estudio
-favorito, y podría decir único, es el hombre. Aquellos señores
-resultaron bastante parecidos a como yo me los figuraba, pues no era
-la primera vez que visitaba un establecimiento [católico] inglés
-en tierra extraña. Llenos de amabilidad y cortesía recibieron al
-compatriota hereje y aunque el adelanto de su propia religión era
-para ellos un objeto de primordial importancia, no tardé en observar
-que, con una inconsecuencia bastante divertida, conservaban en grado
-portentoso algunos prejuicios nacionales casi extinguidos ya en la
-madre patria, y movidos por ellos llegaban a censurar y desdorar a
-sus mismos correligionarios. Hablé de los [católicos] ingleses, de
-su elevada respetabilidad, y de la lealtad que uniformemente han
-guardado a sus soberanos, aunque de religión diferente y no obstante
-haber sufrido no pocas persecuciones e injusticias.
-
-EL RECTOR.—Me regocija mucho oírle a usted hablar así, carísimo
-señor; veo que conoce usted bien al venerable gremio de mis
-correligionarios ingleses; cierto: nunca faltaron a la lealtad, y
-aunque les achacaron conjuraciones y complots, de sobra se sabe ya
-que todo eso eran calumnias inventadas por enemigos de su religión.
-Durante las guerras civiles los [católicos] ingleses vertieron
-de buen grado su sangre y prodigaron sus riquezas por la causa
-del mártir infeliz, aunque éste no los favoreció nunca y los miró
-siempre con desconfianza. Actualmente, los [católicos] ingleses
-son los súbditos más fieles de nuestro gracioso soberano. Mucho me
-contentaría poder decir otro tanto de nuestros hermanos irlandeses;
-pero su conducta ha sido detestable. Realmente, ¿podía esperarse
-otra cosa? Los verdaderos [católicos] se avergüenzan de ellos.
-Hay entre los irlandeses algunas personas que son el oprobio de la
-iglesia que pretenden servir. ¿De dónde sacan que nuestros cánones
-aprueben su proceder, ni sus inconsideradas expresiones respecto de
-quien es su soberano por derecho divino y no puede errar? Y, sobre
-todo, ¿en qué autoridad se apoyan para inflamar las pasiones de una
-turba vil contra la nación destinada naturalmente a gobernarla?
-
-YO.—Creo que hay un colegio irlandés en Lisboa.
-
-EL RECTOR.—Así es; pero vive lánguidamente; tiene muy pocos
-alumnos, o ninguno.
-
-Miré desde una ventana, a gran altura, y vi que en un patio, debajo
-de nosotros, estaban jugando veinte o treinta apuestos muchachos.
-«Eso me parece muy bien», exclamé; «estos muchachos no dejarán de
-ser buenos sacerdotes porque dediquen un rato a los deportes. La
-educación puritana, demasiado rígida y seria, no me gusta; a mi
-parecer fomenta el vicio y la hipocresía.»
-
-Fuimos después al aposento del rector, donde había colgado, encima de
-un crucifijo, un pequeño retrato.
-
-YO.—Este fué un grande hombre, prodigioso y sin tacha. En mi
-opinión, la compañía que fundó, tan censurada por muchos, ha
-producido infinitamente más beneficios que daños.
-
-EL RECTOR.—¿Qué es lo que oigo? ¿Usted, inglés y protestante, habla
-con admiración de Ignacio de Loyola?
-
-YO.—Nada diré respecto de la doctrina de los jesuítas, porque,
-como acaba usted de decir, soy protestante; pero estoy dispuesto a
-sostener que no hay en el mundo gente a quien, en general, pueda
-encomendársele con más confianza la educación de la juventud. Su
-sistema moral y su disciplina, son verdaderamente admirables. Sus
-discípulos, cuando llegan a la edad viril, rara vez son viciosos ni
-licenciosos, y, en general, son hombres instruídos y de ciencia,
-poseedores de todas las prendas de una educación esmerada. Me parece
-execrable la conducta de los liberales de Madrid, que asesinaron el
-año pasado a los indefensos padres, por cuyas solicitud y sabiduría
-se han desarrollado dos de los más brillantes talentos de la España
-actual: Toreno y Martínez de la Rosa, gala de la causa liberal y de
-la literatura moderna de su país...
-
-En la parte baja de las calles del oro y de la plata, de Lisboa,
-puede verse a diario cierta caterva de hombres de extraña catadura,
-que no parecen portugueses ni europeos. Congréganse en pequeños
-grupos junto a las columnas de la calle a eso del mediodía. Su
-vestidura consiste, generalmente, en una túnica azul sujeta a la
-cintura por un ceñidor rojo, anchos calzones o pantalones de lienzo,
-y un bonete colorado con una borlita de seda azul en lo alto. Al
-pasar entre los grupos se les oye hablar en español o en portugués
-corrompidos, y, a veces, en una lengua áspera y gutural, en la que
-cuantos han viajado por Oriente reconocen el arábigo o alguno de sus
-dialectos. Aquellas gentes son los judíos de Lisboa. Un día me metí
-en uno de los grupos y pronuncié un _beraka_ o bendición. En diversas
-partes del mundo he vivido en contacto con la raza hebrea, y conozco
-bien sus maneras y fraseología. Tenía yo muy vivos deseos de conocer
-la situación de los judíos portugueses, y aproveché la oportunidad
-que se me ofreció. «—Este hombre es un rabí poderoso—dijo una voz en
-arábigo—; nos importa tratarle con bondad». Diéronme la bienvenida,
-y, favoreciendo su error, en pocos días me enteré de cuanto a sus
-personas y a su tráfico en Lisboa concernía.
-
-Los judíos de Europa están al presente divididos en dos clases (o
-sinagogas, como las llaman algunos): la portuguesa y la alemana. La
-más famosa de las dos es la portuguesa. A los judíos de esta clase
-se les considera generalmente más civilizados que los otros, mejor
-educados y más profundamente versados en la lengua de la Escritura y
-en las tradiciones de sus mayores.
-
-En Londres hay un hermoso edificio llamado la sinagoga de los judíos
-portugueses, donde los ritos de la religión hebraica se cumplen con
-todo el esplendor y magnificencia posibles. Conociendo estas cosas,
-era natural que, al llegar a Portugal, esperase uno encontrarse en el
-cuartel general de aquel judaísmo, al que por costumbre se asociaban
-en mi ánimo muchas cosas respetables e imponentes. Experimenté,
-pues, sorpresa considerable al oír a los seres a quien he tratado
-de describir más arriba dar esta cuenta de sí mismos: «Nosotros no
-somos de Portugal, venimos de Berbería; algunos, de Argel; y otros,
-de Levante; pero los más, de Berbería, allá lejos»; y señalaban al
-Suroeste.
-
-—¿Y dónde están los judíos de Portugal—pregunté—, hijos auténticos de
-este país?
-
-—No conocemos a nadie fuera de nosotros—respondieron los
-berberiscos—; pero hemos oído decir que aquí hay otros judíos; si
-así es, no quieren tratarse con nosotros, y hacen bien, porque somos
-malísima gente, ¡oh _Tsadik_!, todos ladrones, sin excepción. Cada
-año viene de Swirah un barco cargado de ladrones: es el que nos trae
-a nosotros a Portugal.
-
-—¿Y vuestras esposas y familias?—dije yo—; ¿dónde están?
-
-—En Swirah, en Salee, o en otros lugares de donde venimos; nunca
-traemos a nuestras mujeres ni a nuestras familias. Muchos de
-nosotros se han escapado de allí con lo puesto por salvar la vida,
-huyendo de los castigos merecidos por nuestros delitos. Algunos
-viven en pecado con las hijas del Nazareno, porque somos una casta
-depravada, ¡oh _Tsadik_!, y no guardamos los preceptos de la ley.
-
-—¿Tenéis sinagogas y doctores?
-
-—Sí, ¡oh varón justo!; pero poco puede decirse de unas y otros.
-Nuestros _chenourain_ son lugares infectos, y nuestros doctores están
-como nosotros presos en el _galoot_ del pecado. Uno de ellos tiene en
-su casa una hija del Nazareno: es de Swirah, y de tal país no puede
-venir nada bueno.
-
-—¿Y escucháis la palabra de vuestros doctores, aunque son tan
-depravados como decís?
-
-—¿Cómo podríamos vivir si no lo hiciéramos así? Nuestros doctores
-son malísima gente, y viven del fraude como nosotros; con todo, son
-nuestros superiores y hay que temerlos y obedecerlos. Los ángeles
-están a su mandar; disponen de sortilegios, de palabras mágicas y del
-_Shem Hamphorash_[32]. Si no diéramos oídos a sus palabras, podrían
-sumir nuestras almas en la consternación, reducirlas a niebla, a
-fango, como tú podrías también, ¡oh varón justo!
-
- [32] El nombre que no puede pronunciarse; es decir, Jehovah o
- _Yahweh_. (Nota de Burke.)
-
-Tales fueron las cosas extraordinarias que de sí mismos me contaron
-aquellos judíos, y no tuve motivos para ponerlas en duda, pues por
-diferentes caminos fuí luego comprobándolas. ¡Qué buena pareja hacen
-el delito y la superstición! Aquellos miserables que quebrantaban sin
-escrúpulo los mandamientos eternos de su Hacedor, no se atreverían
-a comer de los animales de uña indivisa[33] ni del pez sin escamas.
-Desdeñan las amenazas de los santos profetas contra los hijos del
-pecado, y tiemblan al oír una palabra cabalística pronunciada por
-alguno que quizás los aventaja en infamia; como si, según se ha hecho
-notar acertadamente, Dios fuese a delegar el ejercicio de su poder en
-los fautores de la iniquidad.
-
- [33] «Todo animal que tiene la uña hendida en dos partes y rumia
- le podéis comer. Mas no debéis comer de los que rumian y no
- tienen la uña hendida... a éstos los tendréis por inmundos».
- Deuteronomio, XIV, 6 y 7 (_N. del T._).
-
-Es absolutamente cierto que en otro tiempo los judíos de Portugal
-gozaron merecida fama de riqueza, saber y finas maneras; pero la
-Inquisición hizo en ellos pavoroso estrago. Los que se libraron del
-_auto da fe_ sin convertirse a la idolatría papista, se refugiaron
-en países extranjeros, sobre todo en Inglaterra, donde aún se los
-conoce con su nombre de origen. Actualmente, si bien todas las
-religiones están toleradas en Portugal, no se ve por parte alguna
-a los auténticos judíos portugueses, y en su lugar se encuentra por
-las calles de Lisboa a la ralea berberisca, gente proscrita, que no
-oculta su propia degradación.
-
-
-
-
-CAPÍTULO VI
-
- El frío en Portugal.—Me libro de una extorsión.—Sensación de
- soledad.—El perro.—El convento.—Un paisaje encantador.—El
- castillo morisco.—Plegaria por un enfermo.
-
-
-Unos quince días después de mi regreso de Evora y terminados los
-indispensables preparativos, emprendí el viaje a Badajoz, donde
-pensaba tomar la diligencia para Madrid. Badajoz está a unas cien
-millas de Lisboa y es la principal ciudad fronteriza de España por
-la parte del Alemtejo. Para llegar a ella, tenía que rehacer hasta
-Monte Moro el camino ya recorrido en mi excursión a Evora; por tanto,
-poca diversión podía prometerme de la novedad de los sitios. Además
-de eso, iba a hacer el viaje muy solo, sin otra compañía que la del
-arriero, porque no pensaba retener a mi criado más que hasta Aldea
-Gallega, para donde salí a las cuatro de la tarde. Escarmentado por
-la primera travesía, no me embarqué ahora en un bote, sino en uno
-de los faluchos que hacen el servicio regular de pasajeros, y así
-llegue a Aldea Gallega, después de seis horas de viaje; el barco iba
-muy cargado, no había viento, y los marineros no pudieron soltar
-los pesados remos ni un instante. La travesía fué el reverso de la
-primera—completamente segura, pero tan lenta y fatigosa, que cien
-veces deseé verme de nuevo bajo la conducta de aquel marinerillo
-bárbaro, galopando sobre las olas hirvientes impelidas por el
-huracán. Desde las ocho hasta las diez el frío fué verdaderamente
-terrible, y aunque iba yo empaquetado en un excelente _shoob_ de
-pieles, de mucho abrigo, con el que había desafiado los hielos del
-invierno ruso, tiritaba todo mi cuerpo, y al pisar de nuevo el
-Alemtejo, me alegré aun más que la vez primera, cuando desembarqué
-luego de escapar de una horrorosa tempestad.
-
-Me alojé por aquella noche en una casa en que me había presentado,
-a nuestro regreso de Evora, aquel amigo mío que se asustaba de la
-oscuridad; en ella se encontraba mejor acomodo que en la posada de la
-Plaza, si bien me hacían pagar por todo precios inhumanos. Mi primer
-cuidado fué buscar mulas que nos llevasen con el equipaje a Elvas,
-desde donde sólo hay tres leguas cortas hasta Badajoz. Los dueños
-de la casa dijéronme que podían poner a mi disposición dos mulas
-excelentes; pero cuando pregunté el precio tuvieron la desvergüenza
-de pedirme cuatro _moidores_. Les ofrecí tres, que era ya demasiado,
-pero no los aceptaron; sabían que yo era inglés, y, por tanto, la
-oportunidad de ponerme a contribución les pareció excelente; porque
-no podían figurarse que una persona tan rica como un inglés «debe»
-ser, se determinara a salir a la calle en noche tan fría, sólo por
-buscar un ajuste más razonable. Se equivocaron de medio a medio, y
-díjeles que, antes de fomentar su picardía, me daría el gusto de
-volverme a Lisboa; al oírme, rebajaron el precio a tres _moidores_ y
-medio; pero yo, sin responder palabra, salí con Antonio y me dirigí a
-la casa del viejo que nos había llevado la otra vez a Evora. Llamamos
-muchas veces, porque el hombre estaba acostado; al fin se levantó y
-nos abrió; pero, al oír nuestra petición, dijo que sus mulas habían
-ido de nuevo a Evora con el muchacho, para traer unas mercancías. Nos
-recomendó, sin embargo, a un vecino suyo, alquilador de mulas, y con
-él ajustó Antonio dos buenas caballerías por dos _moidores_ y medio.
-Digo que las ajustó Antonio, porque yo me estuve aparte y sin hablar,
-mientras el dueño, a medio vestir, con una luz en la mano y tiritando
-de frío, nos llevó a ver sus bestias, y el hombre no se enteró de que
-eran para un extranjero hasta después de cerrar el trato y de recibir
-una cantidad en señal. Me volví a mi alojamiento muy satisfecho, y
-después de cenar un poco me fuí a acostar, sin hacer gran caso de los
-posaderos, que me apuñalaban con la mirada de sus ojillos judaicos.
-
-A las cinco de la mañana siguiente llegaron las mulas a la puerta de
-la casa. Con ellas venía un muchacho de diez y nueve o veinte años.
-Era bajo, pero sumamente recio, y poseía la cabeza más grande que
-he visto nunca sobre los hombros de un mortal; cuello, no lo tenía;
-al menos no pude descubrir nada digno de ese nombre. Era su rostro
-de fealdad repulsiva y en cuanto le dirigí la palabra, descubrí que
-era idiota. Tal iba a ser mi compañero en un viaje de cien millas y
-de cuatro días, a través de una de las regiones más agrestes y peor
-afamadas del reino. Me despedí de mi criado casi con lágrimas en los
-ojos, porque siempre me había servido con suma fidelidad y mostrado
-un celo y un deseo de contentarme que me llenaban de satisfacción.
-
-Partimos, yendo el imbécil del guía sentado en la mula de carga,
-encima del equipaje, con las piernas cruzadas. Acababa de ponerse
-la luna. La mañana era profundamente oscura y el frío, como
-siempre, penetrante. No tardamos en llegar al lúgubre bosque, ya
-atravesado por mí otra vez, y por él caminamos algún tiempo, lenta y
-tristemente. No se oía más ruido que el de las mulas. Ni un soplo
-de aire movía las ramas desnudas. En los matorrales no se rebullía
-animal alguno, ni volaban sobre nosotros pájaros, ni siquiera las
-lechuzas. Todo parecía desolado y muerto. En mis numerosos y lejanos
-viajes, nunca he tenido sensación de soledad ni deseo de conversar
-y de cambiar ideas tan vivos y fuertes como en aquel momento. Era
-inútil hablar al arriero idiota; conocía muy bien el camino, pero a
-cualquier pregunta que se le hacía no daba otra respuesta que una
-risa imbécil. Al verme en tal estado, hice lo que muchas personas
-hacen cuando se ven privadas de todo consuelo humano: volví mi
-corazón a Dios y comencé a comunicar con Él por la oración, con lo
-que mi alma se vió pronto confortada y tranquila.
-
-Hicimos nuestro camino sin novedad, ni tropezamos con ladrones, ni
-vimos ser viviente hasta llegar a Pegões; desde este punto hasta
-Vendas Novas, tuvimos la misma suerte. Los dueños de la posada de
-este lugar me conocían bien, por haber pasado dos noches bajo su
-techo; y al verme aparecer de nuevo me dieron la bienvenida con mucha
-amabilidad. El nombre de este posadero es, o era, José Díaz Azido,
-y a diferencia de la generalidad de sus compañeros de profesión en
-Portugal, es un hombre honrado; los extranjeros, al alojarse en esta
-posada, pueden estar seguros de que no los saquearán ni robarán sin
-piedad a la hora de pagar la cuenta, ni les cobrarán un solo _re_ más
-que a un portugués en iguales circunstancias. En este pueblo pagué
-exactamente la mitad de lo que me pidieron en Arroyolos, donde pasé
-la noche siguiente con muchas menos comodidades de todo orden.
-
-A las doce del siguiente día llegamos a Monte Moro, y como no tenía
-gran prisa, decidí visitar las ruinas yacentes en la cima y la
-falda de la soberbia montaña erguida sobre la ciudad. Después de
-pedir algo de comer en la posada donde paramos, subí cerro arriba
-hasta llegar a un ancho muro o parapeto que, a cierta altura, ciñe
-la montaña entera. Por un tosco puente de piedra crucé un pequeño
-foso o trinchera; pasé al pie de una gruesa torre, y atravesando el
-arco de una puerta me encontré en la parte cercada de la montaña. A
-mano izquierda había una iglesia, bien conservada y destinada aún al
-culto; pero no pude verla, porque la puerta estaba cerrada con llave
-y no vi por allí a nadie que pudiera abrirla.
-
-Pronto comprendí que mi curiosidad me había llevado a un lugar
-verdaderamente extraordinario, muy superior al escaso talento
-descriptivo de que estoy dotado. Anduve dando traspiés sobre las
-ruinas, y en un momento determinado me di cuenta de que caminaba
-sobre bóvedas, deteniéndome de pronto ante un ancho agujero en el
-que hubiera caído si llego a dar un paso más en mi distraída marcha.
-Seguí un buen trecho a lo largo del muro por el lado oriental, cuando
-de pronto oí un tremendo ladrido y apareció un perrazo como los que
-guardan los rebaños en aquellas campiñas; dando saltos se me acercó,
-dispuesto a atacarme «con los ojos hechos brasas y enseñando los
-colmillos». Si hubiese huído o hubiese empleado un modo de defensa
-distinto del que, sin falta alguna, acostumbro a usar en tales
-circunstancias, el perro me hubiera mordido probablemente; lo que
-hice fué inclinarme hasta casi pegar la barba con las rodillas,
-mirando al perro fijamente en los ojos, y ocurrió, como dice John
-Leyden en la más hermosa balada que la «Tierra del Brezo» ha
-producido, «que el perro salió huyendo, como herido por un conjuro
-mágico».
-
-Es un hecho conocido de mucha gente, y comprobado con frecuencia,
-según creo, que ningún perro o animal mayor y fiero, de cualquier
-especie que sea, con excepción del toro, que cierra los ojos y
-embiste a ciegas, se atreve a atacar a un hombre que le haga cara con
-firme y sereno continente. Digo un animal mayor y fiero, porque es
-más fácil repeler a un sabueso o a un oso de Finlandia de la manera
-dicha, que a un perro sin raza o a un perdiguero, contra el que un
-palo o una piedra son mucho mejor defensa. Nada de esto asombrará a
-quien considere que una serena mirada de reproche le basta a la razón
-para mitigar los excesos de los hombres fuertes y valerosos, mientras
-que ese medio sólo sirve para aumentar la insolencia de los débiles
-y de los necios, fáciles de amansar, en cambio, como palomas si se
-les infligen castigos que, aplicados a los primeros, exacerbarían
-su cólera, haciéndola más terrible, y, como pólvora arrojada en una
-hoguera, les induciría, en loca desesperación, a sembrar el estrago
-en torno suyo.
-
-A los ladridos del perro, surgió de una especie de paseo un viejo, su
-amo, a mi parecer, a quien hice varias preguntas acerca del lugar. El
-hombre, bastante cortés, me contó que había servido como soldado en
-el ejército inglés, al mando del «gran lord», durante la guerra de la
-península. Me dijo que había un convento de monjas un poco más lejos,
-y como se mostrara dispuesto a llevarme a él, echamos a andar hacia
-la parte Sureste de la muralla, donde se aparecía un vasto edificio
-ruinoso.
-
-Entramos en cierto lóbrego aposento de piedra, en uno de cuyos
-rincones había una especie de ventana cerrada por una tabla
-giratoria, por donde se entregaban y recibían los objetos en el
-convento. El viejo tocó la campana, y, sin decir palabra, se retiró,
-dejándome algo perplejo; pero, un instante después oí, sin poder
-ver a quien me hablaba, una suave voz femenina preguntándome mi
-condición y el motivo de mi visita. Dime a conocer como un inglés
-que, de paso en Monte Moro, camino de España, había subido al cerro
-a visitar las ruinas. La voz me respondió: «Supongo que será usted
-militar, e irá a pelear contra el rey, como todos sus compatriotas.»
-«No—dije yo—; no soy hombre de guerra, soy un cristiano; no voy a
-verter sangre, sino a procurar la difusión del evangelio de Cristo en
-un país que le desconoce»; a esto me respondió una risita ahogada.
-Pregunté después si había en el convento ejemplares de las Sagradas
-Escrituras; aquella voz amigable no supo darme noticias sobre
-el particular, y casi no me atrevo a creer que mi interlocutora
-entendiese la pregunta. Me contó que el oficio de abadesa era anual;
-cada año tenían superiora nueva. Al preguntar si a las monjas no se
-les hacía muy pesado el tiempo, me declaró que, cuando no tenían
-cosa mejor en qué ocuparse, se entretenían haciendo quesadillas para
-el consumo de aquellos contornos. Di las gracias a la voz por sus
-noticias, y me fuí. Según iba andando pegado al muro del convento
-hacia el Suroeste, sonaron sobre mi cabeza nuevas y más fuertes risas
-ahogadas; alcé la vista y descubrí en tres o cuatro ventanas los
-rostros melancólicos y los flotantes cabellos negros de las monjas,
-ansiosas de ver al forastero. Me besé la mano repetidas veces, y
-proseguí la marcha; a poco llegué al extremo Suroeste de aquella
-montaña tan fértil en curiosidades. Allí encontré los restos de un
-gran edificio, construído, al parecer, en forma de cruz. En su parte
-oriental subsiste una torre entera; el lado Oeste, todo en ruinas,
-cae al borde de la colina, mirando al valle por cuyo fondo corre el
-arroyo ya mencionado en otra ocasión.
-
-El día era muy caluroso, a pesar del frío de las noches anteriores;
-el radiante sol de Portugal alumbraba un paisaje de arrebatadora
-hermosura. Bosquecillos de alcornoques cubrían el lado opuesto del
-valle y las pendientes lejanas, formando deliciosas perspectivas,
-donde pacían los rebaños; las aguas del arroyo se estrellaban en los
-pedruscos del cauce y hacían un suave murmullo que llegaba hasta mi
-oído, bañándome el alma en delicias. Sentado en las ruinas del muro
-permanecí extático, vertiendo lágrimas de felicidad; porque de todos
-los placeres que por la bondad de Dios gozan sus hijos, ninguno tan
-caro a ciertos corazones como la música de los bosques y de los
-arroyos y la contemplación de las bellezas de su gloriosa creación.
-Transcurrió una hora, y aún permanecía yo sentado en la muralla;
-las escenas de mi vida pasada flotaban ante mis ojos en fantástica
-e impalpable formación, y por entre ellas asomaban aquí y allá los
-árboles, las colinas y demás objetos del panorama que realmente tenía
-frente a mí. El sol me quemaba el rostro, pero yo no hacía caso de
-ello; hubiera permanecido allí hasta la noche, creo yo, sumido en
-una de esas ensoñaciones, buenas tan sólo para debilitar el ánimo,
-lo confieso, y para malgastar muchos minutos que podrían emplearse
-mejor, si el disparo de la escopeta de un cazador, despertando los
-ecos de los bosques, de las montañas y de las ruinas, no me hubiese
-hecho ponerme en pie y recordar que aún me faltaban tres leguas para
-llegar a la hostería donde me proponía pasar la noche.
-
-Guié mis pasos hacia la posada, siguiendo a lo largo de una especie
-de parapeto. Poco antes de llegar a la puerta de entrada, observé
-a mano derecha una cripta vaciada en la vertiente del monte; tres
-columnas sostenían la techumbre, pero había cedido un poco hacia
-el fondo, de suerte que la luz penetraba en el interior por una
-hendidura abierta en lo alto. Aquello podía haber sido edificado para
-servir de capilla o de cementerio, me inclino a creer que de esto
-último; pero, seguramente, no era obra de moros. En mis correrías
-por aquellos lugares, nada vi que me recordase a tan singularísimo
-pueblo. En el cerro donde yacen estas ruinas hubo, sin duda alguna,
-un poderoso castillo de los moros, quienes al invadir la península
-ocuparon casi todos los lugares altos y naturalmente fuertes,
-poniéndolos en estado de defensa; pero es probable que perdieran muy
-pronto el cerro visitado ahora por mí, y que los muros y edificios
-cuyos despojos lo cubren, fuesen labrados por los cristianos después
-de reconquistar la posición del poder de los terribles enemigos de
-su fe. Monte Moro presenta cierta lejana semejanza con Cintra, que
-puede traer a la mente del viajero el recuerdo de este último lugar;
-sin embargo, hay en Cintra una nota agreste y ruda que no existe en
-Monte Moro. Allí los peñascos gigantescos se apilan en forma tal, que
-parecen amenazar con la destrucción inminente de cuanto los rodea;
-las ruinas aún adheridas a los peñascos, más parecen nidos de águilas
-que restos de habitaciones humanas, incluso de moros; mientras que
-las ruinas de Monte Moro están asentadas, comparativamente, con
-más holgura en el ancho lomo de un cerro, grande y levantado, pero
-sin peñascos ni precipicios, al que puede subirse por todos lados
-sin gran dificultad. Viva satisfacción me produjo la visita a ese
-monte; muchas cosas he de ver en mis viajes para olvidar la voz en el
-convento medio derruído, las murallas entre cuyos escombros divagué,
-y el parapeto donde estuve sentado una hora, sumido en mi arrobador
-ensueño, bajo los rayos brillantes del sol.
-
-Volví a la posada, y restauré mis fuerzas con té y unas quesadillas
-muy dulces y agradables, obra de las monjas del convento. Al observar
-el semblante triste y preocupado de la gente de la casa, pregunté el
-motivo a la huéspeda, sentada casi sin movimiento en el suelo junto a
-la lumbre; díjome que su marido estaba en peligro de muerte a causa
-de una enfermedad, que, por los síntomas, debía de ser una especie
-de cólera; el médico no abrigaba esperanzas de salvación. La animé a
-confiar en el poder de Dios, capaz de restaurar al enfermo en pocas
-horas, trayéndole desde el borde de la tumba a la plena salud, y así
-debía ella pedírselo fervorosamente al Todopoderoso. Añadí que, si no
-sabía hacer la oración propia del caso, yo estaba dispuesto a orar
-por ella, con tal que se uniese en espíritu a mi súplica. Entonces
-ofrecí una breve plegaria en portugués, pidiendo al Señor que, si así
-convenía, librara a aquella familia de la grave aflicción que pesaba
-sobre ella. La mujer escuchó muy atenta, con las manos devotamente
-juntas, hasta el fin de la oración, y después me miró con asombro,
-al parecer, pero sin pronunciar palabra por donde yo pudiera colegir
-si lo dicho por mí le había o no desagradado. Me despedí luego de la
-familia, y, montando en la mula, salí para Arroyolos[34].
-
- [34] Es Arrayolos. (Knapp).
-
-
-
-
-CAPÍTULO VII
-
- La piedra druídica.—Un joven español.—Soldados rufianes.—Los
- males de la guerra.—Estremoz.—La disputa.—La atalaya en
- ruinas.—Vislumbre de España.—Ayer y hoy.
-
-
-Legua y media llevaríamos andada, cuando una tromba de aire se
-desencadenó por el Norte, levantando inmensas nubes de polvo;
-felizmente, el huracán no nos daba de cara, pues en otro caso nos
-hubiera sido difícil seguir adelante, por su extremada violencia.
-Habíamos dejado el camino para utilizar un pequeño atajo practicable
-para las caballerías, pero que, como otros muchos, no podía
-recorrerse en carruaje.
-
-Cruzábamos unos arenales cubiertos de maleza y de pedruscos que
-formaban una espesa capa sobre el suelo. Estas son las piedras de
-que están formadas las _sierras_ de España y Portugal; singulares
-montañas que se alzan en horrenda desnudez, como huesos de un
-esqueleto gigante descarnado. Muchos de aquellos pedruscos emergían
-del suelo; muchos yacían sueltos en la superficie, removidos acaso
-de sus lechos por las aguas del diluvio. Mientras nos fatigábamos
-caminando por tan agrestes lugares, descubrí, un poco hacia mi
-izquierda, un amontonamiento de piedras de aspecto singular y hacia
-ellas guié mi mula. Era un altar druida, el más bello y completo de
-cuantos yo había visto hasta entonces. Era circular; constituíanlo
-unas piedras sumamente anchas y recias en la base, que se iban
-adelgazando hacia el remate, trabajado por la mano del artista en
-forma parecida al festón o borde de una concha. Encima estaba puesta
-otra piedra lisa muy ancha, inclinada hacia el Sur, donde se abría
-una puerta. En el interior, capaz para tres o cuatro hombres, crecía
-un espino pequeño.
-
-Contemplé con veneración y temor respetuoso aquel altar donde los
-primeros pobladores de Europa ofrecieron su culto al Dios ignoto.
-Los templos que los romanos, poderosos y diestros, levantaron en
-una edad comparativamente moderna, yacen hechos polvo no lejos de
-allí. Las iglesias de los godos arrianos, herederos de su poder,
-no se encuentran por parte alguna, como si se las hubiera tragado
-la tierra. ¿Y qué ha sido y dónde están las mezquitas del moro,
-conquistador de los godos? Sus ruinas mohosas se disipan poco a poco
-sobre las rocas. No así la piedra druídica: allí se está, batida por
-los vientos, tan firme y tan acabada de hacer como el día en que,
-hace acaso treinta siglos, fué erigida por medios hoy desconocidos.
-Sacudida por los terremotos, la piedra del remate no se ha caído;
-oleadas de lluvia la han inundado sin conseguir barrerla de su
-asiento; el candente sol reverbera en su superficie sin agrietarla
-ni desmenuzarla; y el tiempo, antiquísimo, implacable, ha desgastado
-contra ella su férreo diente, con tan escaso efecto como pueden
-observar cuantos la visiten. Allí permanece la piedra; quien desee
-estudiar la literatura, la ciencia y la historia de los antiguos
-celtas y cimbrios, puede colegir, contemplando esa piedra y meditando
-ante ella, todo lo que de tales hombres se sabe. Los romanos dejaron
-tras de sí sus escritos inmortales, su historia, su poesía; los
-godos, su liturgia, sus tradiciones y el germen de instituciones muy
-nobles; los moros, su caballerosidad, sus descubrimientos en medicina
-y las bases del comercio moderno. ¿Qué memoria queda de las razas
-druídicas? ¡Hela aquí, en ese rimero de piedra eterna!
-
-Llegamos a Arroyolos a cosa de las siete de la noche. Me instalé
-en un espacioso aposento de dos camas, y cuando me disponía a
-sentarme para cenar, vino la huéspeda a preguntarme si no tendría
-inconveniente en que un joven español pasase la noche en mi cuarto.
-Díjome que el joven acababa de llegar con unos arrieros, y no había
-en la casa otro sitio donde aposentarlo. Accedí, y a la media hora
-apareció el español, después de cenar con sus compañeros. Era un
-mancebo de diez y siete años, que por su buena presencia denotaba ser
-persona de distinción. Me saludó en su lengua natal, y al ver que
-le entendía, comenzó a hablar con volubilidad asombrosa. En cinco
-minutos me refirió que, movido del deseo de ver mundo, se había
-desgarrado de su familia, gente opulenta de Madrid, con ánimo de no
-volver hasta haber recorrido varios países. Le contesté que si decía
-verdad había cometido una acción mala e insensata: mala, por el dolor
-con que amargaba a las personas a quienes debía honrar y amar, e
-insensata, pues se exponía a inconcebibles miserias y trabajos que
-muy pronto le harían maldecir la resolución tomada; hícele ver que
-en país extranjero le recibirían bien mientras tuviera dineros para
-gastar, y en cuanto se le acabasen, le tratarían como a un vagabundo,
-y acaso le dejarían morirse de hambre. Repuso que, como llevaba
-consigo una cantidad considerable, cien duros nada menos, tenía
-dinero para mucho tiempo, y cuando se le acabara, podría quizás ganar
-más. «Con esos cien duros—le dije—apenas podrá usted vivir tres meses
-en este país, si no le roban a usted antes; y creer que va usted a
-ganar dinero honradamente es tan razonable como si pensara usted
-ir a buscarlo en la cima de las montañas.» El muchacho no tenía aún
-bastante experiencia para seguir mis consejos. A poco, cambiamos de
-conversación. A las cinco de la mañana siguiente se me acercó a la
-cama para despedirse porque los arrieros hacían ya preparativos de
-marcha. Díjele la fórmula usual en España: «_Vaya usted con Dios_», y
-no le volví a ver más.
-
-A las nueve, después de pagar un precio exorbitante por muy escasas
-comodidades, salí de Arroyolos, ciudad o lugar grande, situado en una
-elevación del terreno y visible desde muy lejos. Puede envanecerse de
-las ruinas de un vasto castillo antiguo, obra de moros, al parecer,
-colocado en una colina, a la izquierda del camino, según se va a
-Estremoz.
-
-A una milla de Arroyolos di alcance a una fila de carros con
-bastimentos y municiones para España, escoltados por un destacamento
-de soldados portugueses. Seis o siete soldados iban de avanzada, muy
-separados del convoy: eran unos tunantes de malísima catadura, en
-cuyos rostros lívidos, horrendos, estaban escritos el homicidio y
-todos los demás crímenes prohibidos por la ley de Dios. Al pasar a su
-lado, uno de ellos comenzó a maldecir a los extranjeros, y con voz
-áspera y gruñona, dijo: «Ahí va ese francés a caballo (iba en mula)
-con un hombre (el idiota) para cuidarle todo por ser rico, mientras
-un pobre soldado como yo, tiene que andar a pie. De buena gana le
-mataría de un tiro. ¿En qué vale más él que yo? Pero es extranjero;
-el diablo protege a los extranjeros, y odia a los portugueses.»
-Continuó el soldado vomitando injurias, y ya le había sacado yo lo
-menos cuarenta varas de delantera, cuando me eché a reír, sin pensar
-que lo más prudente era permanecer tranquilo; un momento después, en
-efecto, ¡paf!, ¡paf!, dos balas bien dirigidas me silbaron en los
-oídos. Hallábame justamente al borde de un pequeño arroyo, sobre el
-que había un puente a muy considerable distancia por mi izquierda;
-metí espuelas a la mula, lanzándola a través del cauce, seguido muy
-de cerca por el aterrorizado guía, y una vez en la otra orilla galopé
-por la planicie arenosa hasta ponerme en salvo.
-
-Aquellos individuos, con aspecto de bandidos, por sus acciones
-mejoraban su facha. Encontrárselos en un lugar solitario, no será
-nunca para el viajero motivo de alabar su buena fortuna. Los
-carreteros eran españoles, de las cercanías de Badajoz, enviados a
-Portugal para transportar los bastimentos. Uno de ellos, a quien
-volví a encontrar en Badajoz, me contó que toda la escolta era de
-la misma calaña; a él y a sus compañeros los habían robado muchas
-cosas, amenazándolos de muerte si los denunciaban. Espanta imaginar
-lo que sería un ejército compuesto de tales seres, enviado a un
-país extranjero para conquistarlo o defenderlo; no obstante, cuando
-escribo estas páginas, España aguarda el socorro armado de Portugal.
-Quiera Dios misericordioso que las tropas enviadas en su apoyo
-sean de diferente cuño: aun así, temo, vista la relajación de la
-disciplina en el ejército portugués, comparado con el inglés o el
-francés, que a los habitantes pacíficos de las provincias asoladas
-por la guerra les parezca que los lobos se han juntado para cazar a
-perros y echarlos del redil. No quisiera morirme sin ver el día en
-que no se tolere la soldadesca en ningún país civilizado, o, cuando
-menos, cristiano.
-
-Prosiguiendo mi camino hacia Estremoz, pasé junto a Monte Moro
-Novo, colina alta y polvorienta, coronada por un edificio antiguo,
-morisco probablemente. El país era desolado y desierto, por más que
-de vez en cuando se descubría algún valle poblado de alcornoques y
-_azinheiras_. Después del mediodía, el viento, muy encalmado durante
-la noche y la mañana anteriores, volvió a soplar con tal fuerza que
-casi me aturdía, aunque nos daba de espaldas.
-
-A las cuatro de la tarde, al remontar una cuesta, descubrí con
-profunda alegría la ciudad de Estremoz, asentada en una colina, a
-menos de una legua de distancia. Desde donde yo estaba, se dominaba
-un panorama de singular belleza. El sol se ponía entre rojas y
-tormentosas nubes, y sus rayos reverberaban en los pardos muros de
-la encumbrada ciudad adonde íbamos. Hacia el Suroeste, no muy lejos,
-alzábase Serra Dorso, la montaña más hermosa del Alemtejo, ya vista
-por mí desde Evora.
-
-El idiota de mi guía volvió su rostro imbécil hacia la sierra, y
-sintiéndose súbitamente inspirado, abrió la boca por vez primera
-durante el día, casi podría decir desde que salimos de Aldea Gallega,
-y comenzó a explicarme las extrañas cazas que podían hacerse en
-aquellos montes. También me describió con gran minuciosidad un
-perro maravilloso que había por allí, adiestrado en la caza de
-lobos y jabalíes, y cuyo dueño se había negado a venderlo en veinte
-_moidores_.
-
-Al cabo, llegamos a Estremoz; nos alojamos en la posada principal,
-que mira a una explanada o plaza del mercado, centro de la ciudad,
-y tan ancha, que a mi parecer podrían evolucionar en ella diez mil
-soldados con toda holgura.
-
-El terrible frío no me consintió permanecer en la habitación a que
-me llevaron, y entré en una especie de cocina abierta a un lado del
-pasadizo abovedado que, en los bajos de la casa, llevaba al corral y
-a las cuadras. Una impetuosa ráfaga caliente se precipitaba a través
-del pasadizo, como el agua por el caz de un molino. Un enorme tronco
-de alcornoque ardía en el fogón, debajo de la espaciosa campana, y en
-torno de la lumbre se acurrucaba una ruidosa turba de campesinos y
-labradores de las inmediaciones y tres o cuatro matuteros españoles.
-Me costó trabajo conseguir puesto; los españoles y los portugueses
-rara vez hacen sitio a un extraño, y como no se les pida o se los
-empuje, prefieren quedársele a uno mirando con expresión que parece
-significar: «sé muy bien lo que usted necesita, pero prefiero
-permanecer donde estoy.»
-
-Entonces observé por vez primera cierto cambio en el modo de hablar,
-menos sibilante y más gutural; para dirigirse unos a otros empleaban
-los interlocutores el término español de cortesía _usted_, en
-lugar del hinchado _vossem se_ portugués. Esto es un resultado de
-la comunicación constante con los naturales de España, que nunca
-consienten en hablar portugués, ni aun en Portugal, y persisten en
-emplear su magnífico idioma materno, que acaso andando el tiempo
-acabarán por adoptar todos los portugueses. Esto facilitaría mucho la
-unión de ambos países, separados hasta hoy por la natural terquedad
-humana.
-
-Poco tiempo llevaba yo sentado a la lumbre, cuando un individuo,
-montado en un caballo fino y nervioso, se precipitó por el pasadizo
-desde la cuadra a la cocina, y empezó a lucir sus habilidades de
-caballista, obligando al animal a encabritarse y a girar velozmente
-sobre las patas, con manifiesto peligro de cuantos se hallaban en el
-aposento. Salió después a la explanada, donde se entretuvo galopando,
-y al cabo de media hora volvió, dejó el caballo en la cuadra y vino a
-sentarse junto a mí, hablándome en una jerigonza ininteligible, que a
-él se le antojaba francés.
-
-Estaba el hombre medio borracho, y pronto lo estuvo tres cuartos,
-a fuerza de trasegar vaso tras vaso de _aguardiente_. Viendo mi
-mutismo, se dirigió en mal español a uno de los _contrabandistas_;
-éste, o no le entendió o no quiso entenderle, pero al fin, perdiendo
-la paciencia, le llamó borracho y le mandó callarse. Exasperado
-por tal desprecio, asió el beodo el vaso en que bebía, arrojándolo
-a la cabeza del español, quien brincó como un tigre, desenvainó
-un cuchillo y tiró de abajo a arriba un tajo a las mejillas de su
-agresor; indudablemente, le hubiese cortado la cara, de no haber
-detenido yo a tiempo el brazo del matutero, reduciendo así el daño a
-un arañazo en la mandíbula inferior, del que brotó un poco de sangre.
-
-Los compañeros del español se metieron por medio, y con gran trabajo
-se lo llevaron a un pequeño aposento en lo más apartado de la
-casa, donde ellos dormían y guardaban además los arreos de sus
-mulas. El borracho comenzó entonces a cantar o más bien a berrear
-la Marsellesa; después de molestarnos más de una hora, se le pudo
-persuadir que montase a caballo y se fuera, acompañado por un vecino
-suyo. Era el tal un tratante en cerdos de aquellos contornos, pero
-había sido antaño soldado en el ejército de Napoleón, donde, como
-el cochero borracho de Evora, supongo que adquiriría sus hábitos de
-embriaguez y su francés rudimentario.
-
-Desde Estremoz a Elvas hay seis leguas. A las nueve de la mañana
-siguiente emprendí la marcha. El camino corría al principio por
-terreno cerrado, pero no tardamos en salir a unas llanuras yermas y
-desabrigadas, en las que el viento, que no dejaba de perseguirnos,
-gemía tristemente. No encontramos alma viviente en el camino. El
-paisaje era en extremo desolado. En el cielo, gris oscuro, no se
-vislumbraba ni un rayo de sol. A gran distancia delante de nosotros,
-sobre una elevación del terreno, se alzaba una torre, único objeto
-que rompía la uniformidad del desierto. Dos horas después de haberla
-columbrado, llegamos al pie de la altura donde estaba la torre; allí
-mana una fuente y vierte sus aguas transparentes y puras en un pilón
-de piedra. Hicimos alto para dar de beber a las mulas.
-
-Eché pie a tierra, y separándome del guía, emprendí la subida hacia
-la torre. La cuesta era muy suave, mas no dejé de pasar algún
-trabajo, por estar el piso cubierto de piedras afiladas, que,
-pasándome el calzado, me hirieron dos o tres veces en los pies;
-además, la distancia resultó ser mucho mayor de lo que yo supuse. Al
-fin llegué a las ruinas, pues no otra cosa había allí. Me encontré
-con una de esas torres vigías, llamadas en portugués _atalaias_;
-era cuadrada, rodeábala un muro, derruído en grandes trechos. La
-torre, cuya parte inferior estaba toda macizada, no tenía puerta;
-pero en una de sus caras había unas hendiduras entre las piedras
-para apoyar los pies, y trepando por tan tosca escalera llegué a un
-aposento pequeño, de unos cinco pies en cuadro, con el techo hundido.
-Dominábase desde allí una extensa vista en todas direcciones; aquel
-era evidentemente el alojamiento de los encargados de vigilar la
-frontera y de dar la alarma—encendiendo hogueras, acaso—al aparecer
-los enemigos. Un puñado de hombres resueltos podía defenderse en tan
-pequeña fortaleza contra asaltantes numerosos, expuestos en la subida
-a los tiros de la torre.
-
-Ya iba a marcharme cuando, detrás de una parte del muro no recorrida
-por mí, sonó un grito extraño; acudí presuroso y me encontré con
-una miserable criatura, harapienta, sentada en una piedra. Era un
-loco, como de treinta años de edad, creo que sordo-mudo. Clavado en
-su asiento, desvariaba y gesticulaba, retorciendo su ruda fisonomía
-en espantables contorsiones. Solo aquello faltaba para completar
-la escena. Unos bandidos hubieran estado fuera de lugar en tan
-melancólica desolación. Pero el loco, sentado en la piedra detrás
-de las ruinas batidas por el viento, contemplando los marchitos
-chaparrales, sobre los que gravitaba un cielo hosco y pesado,
-componía un cuadro de tristeza y miseria como no lo habrá concebido
-poeta o pintor alguno en sus delirios más sombríos. No es este el
-primer caso en que me ha tocado comprobar que la realidad sobrepuja a
-veces a la fantasía.
-
-Monté de nuevo en la mula y caminamos hasta que, al llegar a lo alto
-de otra colina, exclamó el guía súbitamente: «¡Allí está Elvas!»
-Miré en la dirección que me indicaba, y vi una ciudad encaramada
-en un alto cerro. Separado de éste por un profundo valle, hacia la
-izquierda, había otro cerro mucho más alto, donde está la famosa
-fortaleza de Elvas, reputada por la más poderosa de Portugal. Entre
-ambos cerros, pero muy al fondo, y lejos, en dirección de España,
-columbré las vertientes sombrías y la cima nebulosa de una soberbia
-montaña, que, según más adelante supe, era Alburquerque, una de las
-mayores de Extremadura.
-
-El camino entraba allí en paraje cultivado; por entre setos vivos
-llegamos a un sitio donde el terreno descendía suavemente. A la
-derecha arrancaba el acueducto que provee de agua a la ciudad; tenía
-allí escasamente dos pies de altura, pero según íbamos descendiendo,
-las proporciones de la fábrica crecían, hasta ser colosales. Cerca
-del fondo del valle, el acueducto torcía a la izquierda, salvando
-el camino con uno de sus arcos: al pasar por debajo, alcé los ojos
-para mirarlo. El agua corría a cien pies de altura sobre mi cabeza;
-la inmensidad de la obra realizada para transportarla me llenó de
-admiración. Con todo, cierto detalle rebaja mucho las pretensiones de
-grandeza y magnificencia de este acueducto: el agua no corre, como
-en el de Lisboa, sobre un solo orden de arcos gigantescos, posados
-en el valle como piernas de titanes, sino sobre tres órdenes de
-arcos superpuestos. El gasto y el trabajo necesarios para levantar
-tan insigne máquina, debieron de ser enormes; y cuando se piensa en
-la relativa facilidad con que la industria moderna obtendría igual
-resultado, no puede uno por menos de alegrarse de vivir en tiempos en
-que es innecesario esquilmar la riqueza de una provincia para proveer
-a una ciudad, construída en un cerro, de un indispensable elemento de
-vida.
-
-
-
-
-CAPÍTULO VIII
-
- Elvas.—Longevidad extraordinaria.—La nación inglesa.—Ingratitud
- portuguesa.—Las fortificaciones.—Un mendigo español.—Badajoz.—La
- aduana.
-
-
-A mi llegada a la puerta de Elvas un oficial salió de una especie de
-cuerpo de guardia, y después de hacerme varias preguntas, me envió,
-acompañado de un soldado, a la oficina de policía, donde mi pasaporte
-había de ser _visé_, porque en la frontera son muy exigentes en ese
-particular. Arreglado el asunto, me instalé en una hostería próxima
-a aquella puerta; me la había recomendado el posadero de Vendas
-Novas, y su dueño se llamaba José Rosado. Era la mejor de Elvas,
-pero muy inferior en comodidades a cualquier figón inglés. Acosado
-por el frío, me refugié gustoso en una cocina interior, alumbrada
-tan sólo, una vez cerrada la puerta, por el resplandor del fuego
-que ardía débilmente en el fogón. Una mujer de edad, sentada en una
-silla junto a la lumbre, pasaba las cuentas de su rosario; discerní
-en su rostro, en cuanto la escasa luz del aposento me lo permitía,
-una expresión singular, extraordinaria. Hícele algunas preguntas sin
-importancia, y me contestó; pero parecía ligeramente sorda. Comenzaba
-a encanecer, y le dije que, si bien la creía de más edad que yo, no
-tenía seguramente el pelo tan blanco como el mío.
-
-—¿Qué edad tiene usted, caballero?—preguntó, dándome el título
-usualmente empleado en España para denotar un grado de respeto
-extraordinario—. Respondí que iba a cumplir treinta años.
-«Entonces—dijo—tenía usted razón al suponer que soy más vieja; tengo
-más años que su madre de usted y que la madre de su madre; hace más
-de cien años era yo una chicuela, y jugaba con otras de mi edad por
-esos campos.» «En tal caso—respondí—se acordará usted, sin duda, del
-terremoto.» «Sí—contestó—; si de algo me acuerdo, es de eso; cuando
-ocurrió, estaba yo en la iglesia de Elvas oyendo misa, y el cura se
-cayó al suelo, y dejó también caer la Hostia de las manos. Aún me
-acuerdo de cómo temblaba el suelo; todos nos mareamos; las casas se
-tambaleaban como si estuviesen borrachas. Ochenta años han pasado
-sobre mí desde el temblor de tierra, y entonces ya tenía yo más edad
-que usted tiene ahora.»
-
-Miré con asombro a tan extraordinaria mujer, y apenas podía
-dar crédito a sus palabras. Sin embargo, me aseguraron que,
-positivamente, tenía más de ciento diez años, y pasaba por ser la
-persona más vieja de Portugal. Conservaba todas sus facultades tan
-despejadas como la generalidad de la gente al rayar en la mitad de
-aquellos años. Era pariente de los dueños de la hostería.
-
-Conforme avanzaba la noche, fueron entrando varias personas para
-calentarse a la lumbre y gozar de la conversación; la casa era una
-especie de mentidero, donde llevaba la voz cantante el huésped,
-hombre de cierta sagacidad y experiencia, antiguo soldado del
-ejército británico. Entre otros, vino el oficial que mandaba en
-la puerta de la ciudad. Después de cambiar algunas palabras, este
-caballero, joven de unos veinticinco años, bien parecido, rompió
-en declamaciones violentas contra la nación inglesa y su gobierno,
-quienes, si en todo tiempo habían demostrado su egoísmo y su
-falacia, seguían ahora, respecto de España, una conducta sobremanera
-ignominiosa, pues estando en su mano acabar de golpe la guerra civil,
-enviando un poderoso ejército de socorro, preferían mandar un puñado
-de tropas, con objeto de prolongar la lucha y aprovecharse de sus
-ventajas. Después de cumplimentarle irónicamente por su cortesía y
-urbanidad, pregunté al oficial si entre las acciones egoístas de la
-nación y del gobierno ingleses, se contaba la de haber derrochado
-centenares de millones de libras esterlinas y vertido un océano de
-preciosa sangre para sostener la campaña de la península contra
-Napoleón. «Seguramente—dije—el fuerte de Elvas, y más aún el vecino
-castillo de Badajoz, dicen mucho respecto del egoísmo inglés, y
-cada vez que los mire se confirmará usted en la opinión que acaba
-de exponer. En cuanto a la guerra actual, le diré a usted que la
-gratitud de España a Inglaterra, después de la expulsión de los
-franceses gracias a nuestros ejércitos—gratitud demostrada en los
-estorbos puestos al comercio inglés y en las misas de acción de
-gracias ofrecidas al abandonar las costas españolas los herejes
-británicos—, no puede inducir a Inglaterra a arruinarse por el
-propósito de expulsar a don Carlos de sus montañas. Por deferencia al
-superior entendimiento de usted—continué, dirigiéndome al oficial—,
-quisiera creer que la prolongación indefinida de la guerra reporta
-grandes provechos a mi país; pero me haría usted un favor insigne
-explicándome el proceso químico en virtud del que la sangre vertida
-en las montañas españolas va a parar al tesoro inglés convertida en
-monedas de oro.»
-
-Como tardara en contestarme, tomé de sobre la mesa un plato con
-fruta, y pregunté: «¿Cómo se llaman estas frutas?» «Granadas y
-_bolotas_»—respondió—. «Muy bien; un rústico inglés que no haya
-salido nunca de su país, no hubiese podido darme esa respuesta, a
-pesar de hallarse tan familiarizado con las granadas y las _bolotas_
-como vuestra señoría con la línea de conducta que le incumbe tomar a
-Inglaterra en su política interior y exterior.»
-
-Esta réplica mía era impropia de un cristiano, lo confieso, y me
-demostró cuántas reliquias de mi antiguo carácter quedaban en el
-fondo de mi alma; con todo, séame permitido decir que, probablemente,
-ninguna otra provocación me hubiera inducido a responder con tanta
-cólera; pero no pude dominarme al oír tratar con injusticia a mi
-gloriosa tierra. Y ¿por quién? ¡Por un portugués! Por un hijo del
-país libertado de horrible esclavitud dos veces gracias al esfuerzo
-inglés. A no ser por Wellington y sus héroes, Portugal sería francés
-a estas fechas; a no ser por Napier y sus marinos, don Miguel
-reinaría en Lisboa. Volviendo al oficial, diré que todos se le
-rieron, y un momento después se fué.
-
-Al día siguiente entré en relación con un comerciante respetable,
-llamado Almeida, hombre de talento, aunque algo brusco de modales.
-Manifestó profunda aversión al sistema papista que durante tanto
-tiempo había mantenido en mortales tinieblas a su infortunado país; y
-apenas supo que yo era portador de cierta cantidad de Testamentos,
-con intención de dejarlos allí para su venta, expresó vivos deseos de
-hacerse cargo de los libros, y se ofreció a trabajar cuanto pudiese
-para colocarlos entre sus numerosos parroquianos. Al enseñarle un
-ejemplar, le dije: «En la portada va el nombre de usted.» Porque, en
-efecto, la edición portuguesa de la Sagrada Escritura que la Sociedad
-Bíblica repartía la hizo un protestante llamado Almeida, y se publicó
-por vez primera en 1712; el comerciante sonrió, y me dijo que le
-honraba mucho tener alguna relación, aunque sólo fuese por el nombre,
-con el traductor. Echó a broma la propuesta de remunerarle por su
-trabajo, asegurándome que el solo hecho de poder colaborar en una
-obra tan santa y útil como la difusión de la Escritura, era para él
-suficiente recompensa.
-
-Terminado este asunto, di un vistazo a los alrededores de Elvas, y
-subí paseando, cerro arriba, hasta el fuerte, al Norte de la ciudad.
-La parte baja del cerro está poblada de _azinheiras_, que le dan
-amenidad; por unas piedras varadas en el cauce crucé el arroyuelo
-que corre al pie. Al llegar a la entrada del fuerte, un centinela me
-cortó el paso; pero tuvo la amabilidad de decirme que, con dar mi
-nombre al oficial comandante, me permitirían visitar el interior.
-Envié, pues, mi tarjeta al oficial con un soldado que vagaba por
-allí, y, sentándome en una piedra, aguardé; volvió a poco; me
-preguntó si yo era inglés, y al oír mi respuesta afirmativa, dijo:
-«En tal caso, señor, no puede usted entrar; no es costumbre enseñar
-el fuerte a los extranjeros.» Respondí que lo mismo me daba visitarlo
-o no; y después de contemplar a Badajoz en la lejanía, desde el lado
-oriental del cerro, desanduve el camino recorrido a la subida.
-
-Tales son los provechos que se obtienen con proteger a una nación
-y con derrochar la sangre y el dinero en su defensa. Los ingleses
-nunca han estado en guerra con Portugal; se han batido por mar y
-por tierra, siempre con buen éxito, en favor de su independencia;
-se han obligado, por un tratado de comercio, a beber sus vinos, tan
-ordinarios y adulterados, que en ninguna otra parte los quieren, y,
-sin embargo, son los más impopulares de cuantos extranjeros visitan
-este país. Los franceses han asolado Portugal y vertido la sangre de
-sus hijos como si fuese agua; no compran sus productos; desprecian
-sus vinos; pero no hay aquí mala disposición para los franceses.
-La razón de esto no es ningún misterio; lo propio, no ya de los
-portugueses, sino de la corrupción del hombre, es aborrecer a los
-bienhechores que con sus beneficios lastiman del modo más generoso su
-miserable vanidad.
-
-En ningún país son tan populares los ingleses como en Francia; y
-es que, si bien los franceses han sido con frecuencia tratados
-rudamente por los ingleses y ocupada su capital por un ejército
-inglés, nunca han estado sometidos a la supuesta ignominia de recibir
-de ellos asistencia y socorro.
-
-Las fortificaciones de Elvas son un modelo en su género; a primera
-vista pudiera creerse que la ciudad, si estuviera bien guarnecida,
-sería capaz de retar a cualquier enemigo; pero tiene un punto flaco:
-un cerro la domina por Occidente, a media milla de distancia, desde
-donde un general experto no dejaría de cañonearla, probablemente
-con buen éxito. Es la última ciudad de Portugal por aquella parte,
-y apenas si la separan dos leguas de la frontera española. Fué
-construída, evidentemente, para rivalizar con Badajoz, al que mira
-desde su altura a través de la planicie arenosa por donde van las
-lentas aguas del Guadiana. Pero aunque Elvas es una ciudad fuerte,
-apenas tiene valor como defensa de la frontera, abierta por todas
-partes, de tal modo, que un ejército invasor dispuesto a esquivar
-esta plaza, no tendría la menor necesidad de aproximarse ni a doce
-leguas de sus muros. Son tan extensas sus fortificaciones que no
-harían falta menos de diez mil hombres para guarnecerla, fuerza que,
-en caso de invasión, estaría mejor empleada en afrontar al enemigo en
-campo raso. Durante su ocupación de Portugal, los franceses pusieron
-en la plaza una corta guarnición, que se retiró al castillo al
-acercarse los ingleses, y capituló poco después.
-
-Como ya no me detenía cosa alguna en Elvas, dispúseme a cruzar la
-frontera de España. El guía idiota tomó el camino de vuelta a Aldea
-Gallega, y el 5 de enero, montado en una triste mula, sin riendas ni
-estribos, guiándola con el ramal, y seguido por un muchacho que había
-de acompañarme montado en otra, bajé presuroso desde Elvas al llano,
-con ansia de llegar a la romántica, a la caballeresca y vieja España.
-Era innecesario, y así lo comprendí en seguida, azuzar a mi mula,
-pues con todas sus mataduras, reparada de la vista y coja, andaba
-ligera como el viento.
-
-En poco más de media hora llegamos a un arroyo, cuyas aguas corrían
-impetuosas entre márgenes escarpadas. Un hombre, al borde del arroyo,
-me indicó el vado en el agrio dialecto de Portugal; y cuando aún
-estaba yo chapoteando en el agua, una voz me saludó desde la otra
-orilla en el espléndido idioma de España, de esta manera: _¡Oh
-señor caballero, que me dé usted una limosna por amor de Dios,
-una limosnita para que yo me compre un traguillo de vino tinto!_
-Un momento después pisé suelo español, porque el arroyo, llamado
-Acaia, sirve allí de límite a los dos reinos; arrojé al mendigo una
-monedilla de plata, y gritando _¡Santiago y cierra España!_, seguí
-mi camino más de prisa todavía, prestando poca atención, como
-dice Gil Blas, al torrente de bendiciones derramado por el mendigo
-a mis espaldas; con todo, nunca se vió limosna otorgada con menos
-discernimiento, porque, según más adelante averigüé, aquel tipo era
-un borracho perdido que se instalaba todas las mañanas junto al vado
-para sacar a los viajeros unos cuartos y gastárselos por las noches
-en las tabernas de Badajoz. Pagaba con bendiciones a quien le daba
-limosna, y con maldiciones a quien se la negaba; e igual facundia y
-habilidad tenía en el empleo de las unas que de las otras.
-
-Badajoz estaba ya a la vista, a poco más de media legua de distancia.
-Pronto torcimos a la izquierda para tomar el puente de arcos que
-atraviesa el Guadiana, río muy famoso en romances y cantares,
-pero nada ameno en realidad, poco profundo y muy lento, aunque de
-razonable anchura; sus orillas blanqueaban con las ropas puestas a
-secar al sol, que lucía resplandeciente. Desde gran distancia oí
-cantar a las lavanderas, y el tema de sus cánticos parecía ser las
-alabanzas del río en que estaban descrismándose, porque al acercarme
-oí distintamente: _Guadiana, Guadiana_, repetido a coro por muchas
-mujeres, las unas mozas, las otras de edad, de mejillas tostadas,
-cuyas voces fuertes y claras, multiplicaba el eco por todas partes.
-Pensé que había cierta semejanza entre mi tarea y la suya; yo estaba
-en vías de curtir mi tez septentrional exponiéndome al candente sol
-de España, movido por la modesta esperanza de ser útil en la obra de
-borrar del alma de los españoles, a quienes conocía apenas, alguna
-de las impuras manchas dejadas en ella por el papismo, así como las
-lavanderas se quemaban el rostro en la orilla del río para blanquear
-las ropas de gentes que desconocían. A mi mente acudieron con mucha
-fuerza las palabras de un poeta oriental: «Día tras día, y noche tras
-noche, me fatigaré en socorro de mis hermanos sin fortuna, como las
-lavanderas curten su faz al sol por limpiar unas ropas que no son
-suyas.»
-
-Cruzado el puente, llegamos a la puerta Norte de Badajoz, y de
-una especie de garita salió a nosotros un individuo tocado con un
-sombrero andaluz de copa puntiaguda, y embozado en una de esas
-inmensas capas, muy conocidas de cuantos han viajado por España,
-que sólo un español sabe llevar en forma que sienten bien. Sin
-pronunciar palabra asió del ramal de la mula, y entrándose por la
-puerta de la ciudad, nos llevó por una calle muy sucia, llena de
-gente embozada también en largas capas. Preguntéle qué se proponía,
-y no se dignó contestar; pero el muchacho, mi acompañante, dijo que
-era un guarda-puertas y nos llevaba a la aduana, o _alfandega_,
-para el registro del equipaje. Llegados a la aduana, el guarda,
-sin romper su adusto silencio, comenzó a echar las maletas desde la
-mula de carga al suelo y a desatarlas. Ya iba a reprenderle como su
-brutalidad merecía; pero antes de que pudiera abrir la boca, apareció
-en la puerta un personaje, alto y de edad madura, en quien no tardé
-en reconocer al jefe de la aduana. Después de mirarme un momento,
-me preguntó en mi idioma si yo era inglés. Al oír mi respuesta
-afirmativa, preguntó al guarda cómo se había atrevido a cometer la
-insolencia de poner las manos en el equipaje sin orden superior, y
-severamente le mandó atar de nuevo las maletas y cargarlas en la
-mula, como lo hizo, en efecto, sin pronunciar palabra. Preguntóme
-después lo que contenían las maletas: ropas de vestir—contesté yo—,
-y pidiéndome perdón por la insolencia de su subordinado, me dijo que
-era libre de ir adonde tuviera por conveniente. Le di las gracias por
-su extremada cortesía, y guiando el muchacho, fuí directamente a la
-fonda de las Tres Naciones, que me habían recomendado en Elvas[35].
-
- [35] La fonda estaba en la calle de la Moraleja, núm. 30.
- (Knapp).
-
-
-
-
-CAPÍTULO IX
-
- Badajoz.—Antonio el gitano.—Una proposición de Antonio.—Es
- aceptada.—El desayuno gitano.—Salida de Badajoz.—El borrico del
- gitano.—Mérida.—La muralla en ruinas.—La comadre.—El país del
- moro.—Los hombres negros.—La vida en el desierto.—La cena.
-
-
-Hallábame ya en Badajoz, en España, país que durante los cuatro
-años siguientes iba a ser teatro de mis trabajos; pero no nos
-anticipemos a los acontecimientos. Los alrededores de Badajoz no me
-predispusieron gran cosa en favor del país a que acababa de llegar.
-Aquellas planicies parduscas, apenas producen otra cosa que el
-arbusto llamado en español _carrasco_; sin embargo, unas montañas
-azuladas se yerguen en la lejanía y animan un poco la entonación
-monótona del paisaje.
-
-En Badajoz, capital de Extremadura, fué donde, por vez primera,
-tropecé con los singularísimos _Zincali_, o _gitanos_ españoles.
-Allí fué donde encontré al indómito Paco, hombre que tenía un brazo
-seco y manejaba las _cachas_[36] con la mano izquierda; a su astuta
-mujer, Antonia, diestra en _hokkano baró_[37], o engaño maestro, a su
-suegro, el feroz gitano Antonio López, y a otros muchos individuos
-del _Errate_, o sangre gitana, poco menos notables que éstos. Aquí
-fué donde, por vez primera, prediqué el Evangelio al pueblo gitano, y
-comenzé la traducción del Nuevo Testamento al idioma de los gitanos
-españoles, traducción que, en parte, se imprimió más tarde en Madrid.
-
- [36] Tijeras.
-
- [37] _Hok_, fraude. _Hokkano_ (en la lengua de gitanos ingleses):
- mentira; _baró_, grande.
-
-Permanecí tres semanas en Badajoz, y me dispuse a salir para Madrid;
-un anochecido estaba yo en mi aposento arreglando mi escaso equipaje,
-cuando entró Antonio el gitano, vestido con su _zamarra_ y tocado con
-el puntiagudo sombrero andaluz.
-
-ANTONIO.—Buenas noches, hermano; me han dicho que _callicaste_[38]
-te propones salir para _Madrilati_[39].
-
- [38] Ayer, mañana.
-
- [39] Madrid.
-
-YO.—Así es; no puedo estar aquí más tiempo.
-
-ANTONIO.—El camino hasta _Madrilati_ es largo; el país está en
-guerra, y en el campo abundan los _chories_[40]. ¿No te amedrenta el
-viaje?
-
- [40] _Chor_, ladrón.
-
-YO.—Yo no tengo miedo; ningún hombre puede eludir su destino;
-lo que haya de ser de mi cuerpo y de mi alma, escrito está en un
-_gabicote_[41] desde mil años antes de la creación del mundo.
-
- [41] Libro.
-
-ANTONIO.—Yo, personalmente, tampoco tengo miedo, hermano; la noche
-oscura es para mí igual que el día claro, y el _carrascal_ silvestre
-lo mismo que la plaza del mercado o que el _chardi_[42]; llevo en el
-pecho el _bar lachí_[43], la piedra preciosa a que se pega la aguja.
-
- [42] Feria.
-
- [43] Lit: piedra buena (talismán). _Lachó_: bueno.
-
-YO.—Supongo que te refieres al imán. ¿Crees que una piedra inerte
-puede preservarte de los peligros que amenacen tu vida?
-
-ANTONIO.—Hermano, cuento ya cincuenta años de edad, y aquí me
-tienes vivo y sano. ¿Cómo podría ser eso si el _bar lachí_ no tuviera
-poder alguno? He sido soldado y _contrabandista_, y he matado y
-robado también a los _Busné_[44]. Las balas del _Gabiné_[45] y del
-_jara canallis_[46] me han zumbado en los oídos sin tocarme por
-llevar conmigo el _bar lachí_. Veinte veces he hecho cosas que,
-según la ley _busné_ debían haberme llevado al _filimicha_[47]; sin
-embargo, nunca me ha estrujado el cuello el frío _garrote_. Hermano,
-confío en el _bar lachí_, como los _Caloré_[48] de otro tiempo:
-aunque me viera en el golfo de _Bombardó_[49] sin una tabla a qué
-agarrarme, no tendría miedo; porque llevando tan preciosa piedra,
-ella me sacaría sano y salvo a la costa. El _bar lachí_ es poderoso,
-hermano.
-
- [44] _Busnó_ (pl. _busné_): el que no es gitano.
-
- [45] Francés.
-
- [46] Guardas o empleados del resguardo.
-
- [47] La horca.
-
- [48] _Caló_, _Caloró_ (pl. _Calés_, _Caloré_): el que es del
- _kalo rat_, o sangre negra; un gitano.
-
- [49] León.
-
-YO.—No vamos a discutir por eso, y menos ahora, en el momento de
-marcharme de Badajoz; despidámonos rápidamente, y ya no volveremos a
-vernos más.
-
-ANTONIO.—Hermano, ¿sabes a lo que vengo?
-
-YO.—Lo ignoro, como no sea a desearme feliz viaje; no soy bastante
-gitano para adivinar los pensamientos de la gente.
-
-ANTONIO.—Toda la noche pasada he estado despierto, pensando en
-los asuntos de Egipto; cuando me levanté esta mañana, tomé el _bar
-lachí_, y raspándolo con un cuchillo saqué un poco de polvo, y me lo
-bebí con _aguardiente_, según tengo costumbre de hacer después de
-tomar una resolución. Luego me dije: estoy haciendo falta en la raya
-de _Castumba_[50] para cierto negocio. El _Caloró_[51] forastero
-va a marcharse a _Madrilati_; el camino es largo, y pudiera caer en
-malas manos, quizás en las de gente de su propia sangre, porque he
-de decirte, hermano, que los _Calés_ abandonan ya las ciudades y
-aldeas y se echan al campo en cuadrillas para saquear a los _Busné_;
-no hay ley ninguna en estas tierras, y ahora o nunca es la ocasión
-de que los _Caloré_ vuelvan a ser lo que fueron en tiempos pasados.
-De manera que me dije: el _Caloró_ forastero puede caer en manos de
-los de su misma sangre y ser maltratado por ellos, que sería una
-vergüenza. De consiguiente, iré con él por el _Chim del Manró_[52]
-hasta la raya de _Castumba_, y desde la raya de _Castumba_ dejaré
-que el _Caloró_ de Londres siga su camino a _Madrilati_, porque hay
-menos peligro en _Castumba_ que en _Chim del Manró_, y después podré
-ocuparme de los asuntos de Egipto que allí me reclaman.
-
- [50] Castilla.
-
- [51] Gitano.
-
- [52] _Chim_: reino, comarca; _Manró_: pan, trigo. _Chim del
- Manró_: tierra del trigo: Extremadura.
-
-YO.—Ese plan promete mucho, amigo mío. ¿En qué forma piensas que
-hagamos el viaje?
-
-ANTONIO.—Te lo diré, hermano. Tengo en la cuadra un _gras_[53], el
-mismo que compré en Olivenza, como te dije en otra ocasión; es bueno
-y ligero, y me costó, a mí que soy gitano, cincuenta _chulé_[54]; tú
-puedes ir en el _gras_; yo montaré en el _macho_.
-
- [53] _Grà_, _gras_, _graste_, _gry_: caballo.
-
- [54] _Chulí_ (pl. _Chulé_): un duro.
-
-YO.—Antes de responder desearía que me dijeses qué asuntos son esos
-que te obligan a ir a _Castumba_; tu yerno Paco me tiene dicho que
-los gitanos no acostumbran ya a viajar.
-
-ANTONIO.—Es un asunto de Egipto, hermano, y no puedo decirte más.
-Acaso se trata de un caballo o de un borrico, acaso de una mula o de
-un _macho_; lo que sea, no se refiere a ti; por tanto, te aconsejo
-que no preguntes nada. _Dosta_[55]. Volviendo a lo de antes: eres
-libre de rechazar mi ofrecimiento; hay un _drungruje_[56] de aquí
-a _Madrilati_, y puedes viajar en el _birdoche_[57] o con los
-_dromalis_[58]; pero te advierto, como hermano, que hay _chories_ en
-el _drun_, y algunos de ellos son del _Errate_.
-
- [55] Basta.
-
- [56] _Drun_, _drom_: camino. _Drungruje_ o _drunji_: camino real.
-
- [57] Galera.
-
- [58] Arrieros.
-
-La verdad es que pocas personas en mi situación hubiesen aceptado
-la propuesta del singular gitano. Sin embargo, el plan no dejaba
-de tener atractivos para mí. Dada mi afición a las aventuras, no
-podía satisfacerla de mejor ni más fácil modo que poniéndome en
-manos de tal guía. Otros en mi caso hubiesen recelado una traición,
-pero yo estaba tranquilo sobre ese punto, y no creía que el
-gitano abrigase la más ligera mala intención en contra mía; le vi
-plenamente convencido de que yo era uno de los del _Errate_, y los
-rasgos más fuertes de su carácter eran el amor a su raza y el odio a
-los _Busné_. Deseaba yo, además, aprovechar todas las ocasiones de
-conocer a fondo las costumbres de los gitanos españoles, y allí se me
-presentaba una excelente, apenas llegado a España. Total: que resolví
-acompañar al gitano. «Iremos juntos—le dije—. Mi equipaje lo mandaré
-a Madrid por el _birdoche_.» «Muy bien hecho, hermano—contestó—, y
-así el _gras_ andará más ligero. La verdad es que para nada necesitas
-llevar equipaje. ¡Cómo se reirían los _Busné_ si se encontraran en el
-camino a dos _Calés_ viajando con equipaje!»
-
-Durante mi estancia en Badajoz, tuve poco trato con los españoles;
-lo más del tiempo se lo consagré a los gitanos, raza ya conocida
-y tratada por mí en diversas partes del mundo, y con quienes me
-encontraba más a mis anchas que con los silenciosos y reservados
-hombres de España; medio siglo puede estar un extranjero entre
-españoles sin que le dirijan media docena de palabras, a no ser
-que partan de él los primeros pasos para intimar, y aun así, puede
-verse rechazado con un encogimiento de hombros y un _no entiendo_,
-porque entre los muchos prejuicios profundamente arraigados en este
-pueblo se cuenta la singular idea de que ningún extranjero es capaz
-de aprender su lengua, idea a que siguen aferrados aunque le oigan
-hablar en ella corrientemente; todo lo más que en tal caso conceden,
-es esto: _Habla cuatro palabras, y nada más_.
-
-Una mañana temprano, antes de salir el sol, me encontré frente a la
-casa de Antonio, pequeña y mísera construcción, situada en una calle
-sucia. La mañana era profundamente oscura; la calle estaba, sin
-embargo, parcialmente iluminada por un montón de paja ardiendo, en
-torno del que dos o tres hombres parecían muy ocupados en sostener un
-objeto sobre la llama. Un instante después se abrió la puerta de la
-casa del gitano, y apareció Antonio. Echó una mirada en dirección de
-la hoguera, y exclamó: «El puerco ha dado muerte a su hermano. Que
-todo _Busnó_ corra la misma suerte. Entremos, hermano, y comeremos el
-corazón del puerco.» No entendí bien estas palabras, pero siguiendo
-al gitano, llegamos a un aposento bajo, donde había un _brasero_
-encendido, a su lado una tosca mesa cubierta con grosero mantel,
-y sobre ella un pan y un puchero que despedía agradable olor. «En
-esta _puchera_—dijo Antonio—, está el corazón del _balichó_[59];
-comamos.» Nos sentamos a la mesa y comimos, Antonio vorazmente.
-Cuando terminó, se puso en pie y me dijo: «¿Has traído el _li_?»[60].
-«Aquí está—contesté, enseñándole mi pasaporte—. «Bueno; puedes
-necesitarlo—repuso—. Yo no lo necesito; mi pasaporte es el _bar
-lachí_. Ahora un vaso de _repañí_[61], y al camino.»
-
- [59] Cerdo.
-
- [60] _Li_ o _Lil_: papel, carta, libro.
-
- [61] Aguardiente.
-
-Salimos del cuarto; Antonio cerró la puerta con llave, que escondió
-luego debajo de una baldosa, en un rincón del pasillo. «Espérame
-en la calle, hermano, mientras voy a la cuadra a buscar las
-_caballerías_.» Le obedecí. El sol no había salido aún; el frío era
-cortante; pero la luz grisácea del alba me permitía ya distinguir
-los objetos con suficiente claridad. No tardé en oír las pisadas
-de los animales, y un momento después apareció Antonio llevando el
-caballo por la brida; el _macho_ iba detrás. Miré al caballo y no
-pude contener un movimiento de asombro. Hasta donde me fué posible
-examinarlo, me pareció el bicho más raro que había visto en mi vida.
-Era de espectral blancura, muy corto de cuerpo, pero con unas patas
-de desmesurada longitud, y altísimo de _cruz_. «Estás mirando el
-_grasti_—dijo Antonio—. Tiene diez y ocho años, pero es el mejor de
-_Chim del Manró_, ni más ni menos; hace mucho tiempo que le tenía
-echado el ojo, y le compré para emplearlo en los negocios de Egipto.
-Monta, hermano, monta, y dejemos los _foros_[62]; ya van a abrir la
-puerta de la ciudad.»
-
- [62] _Foro_: pueblo, ciudad.
-
-Cerró la de su casa, y se guardó la llave en la _faja_. Menos de un
-cuarto de hora después, habíamos dejado Badajoz a nuestra espalda.
-«No me parece muy bueno este caballo—dije a Antonio, cuando íbamos ya
-por el campo—. Apenas si puedo hacerle andar.»
-
-«Es el caballo más ligero que hay en _Chim del Manró_, hermano—dijo
-Antonio—. Lo mismo al galope que al trote largo ninguno le aventaja;
-pero tiene diez y ocho años y las coyunturas entumecidas, sobre todo
-por la mañana; pero deja que entre en calor y que el _genio del
-viejo_ reviva, y no podrás contenerlo con el freno ni con la brida.
-Ese caballo lo compré para los asuntos de Egipto, hermano.»
-
-A eso del mediodía llegamos a una aldea, en las inmediaciones de un
-cerro pedregoso. «Aquí no hay casa _Caló_—dijo Antonio—; tenemos
-que ir a la posada de los _Busné_, donde comeremos todos, hombres y
-bestias.» Entramos en la cocina, nos sentamos a la mesa y pedimos pan
-y vino. Había en la cocina dos individuos de mala catadura, fumando
-unos cigarros; y como se me ocurriera decir no sé qué cosa a Antonio
-en _caló_, uno de aquellos tipos, notable por sus inmensos bigotes,
-exclamó: «¿Qué es lo que oigo? ¿Te atreves a hablar en _caló_ delante
-de mí, que soy _chalan_ y nacional? Malditos gitanos, ¿cómo os
-atrevéis a entrar en esta _posada_ y a hablar en esa lengua delante
-de mí? ¿No está prohibida por la ley, como os está prohibido entrar
-en el _mercado_? Amigo, como vuelva yo a oír de tu boca una palabra
-en _caló_ te muelo los huesos a palos, y de un puntapié vas volando
-al tejado.»
-
-«Haría usted muy bien—dijo su compañero—, porque la insolencia de
-estos gitanos es ya inaguantable. Estando en Mérida o Badajoz,
-voy al mercado, y allí me veo en un rincón a los malditos gitanos
-charlando en una lengua ininteligible. «Señor gitano—le digo a uno de
-ellos—, ¿cuánto quiere usted por ese burro?» «Diez duros, _Caballero
-nacional_, me responde. Es el mejor burro de toda España.» «Quisiera
-verlo andar»—replico yo—. «Ahora mismo»—contesta—, y salta sobre el
-burro y le hace salir andando, no sin haberle murmurado antes al
-oído no sé qué cosas en _caló_; el burro tenía un paso magnífico,
-como yo no había visto otro. «Creo que me conviene»—digo al fin, y
-después de examinarlo un rato, saco el dinero y le pago—. «Me voy
-a mi casa»—dice el gitano, y desaparece rápidamente—. «Y yo a mi
-pueblo»—contesto yo—, y montado en el burro, le digo: _Vámonos_,
-pero el burro se está quieto. En vano le arreo con una varita.
-«¿Qué significa esto?»—exclamo—; y me pongo a darle espolazos. Pero
-el maldito, apenas siente la picadura, al primer corcovo me tira
-por las orejas en medio del fango. Me pongo en pie y veo al burro
-contemplándome atentamente, y a la _canaille_ gitana mirándome de
-través con sus ojos velados. «¿Dónde está el tunante que me ha
-vendido esta alhaja?»—grito—. «Se ha ido a Granada»—dice uno—. «Se
-ha ido a ver a su familia de Morería»—añade otro—. «Le acabo de ver
-corriendo por el campo en dirección de... perseguido muy de cerca
-por el diablo»—exclama un tercero—. En suma, me han robado. Quiero
-deshacerme del burro, pero no hay quien lo compre; es un burro
-_caló_, y todos le huyen. Al cabo, los gitanos me ofrecen treinta
-_reals_ por él; y después de regatear mucho, me doy por contento
-vendiéndoselo en dos duros. Todo ello es una pura estafa; el burro
-vuelve a su dueño y la cuadrilla se reparte la ganancia; es una
-infamia que se evitaría, a mi parecer, con sólo prohibir hablar el
-_caló_; porque, ¿qué otra cosa sino las palabras en _caló_ dichas
-a su oído, pudo inducir al jumento a portarse de tan inconcebible
-manera?»
-
-Ambos parecían completamente convencidos de la exactitud de esta
-conclusión, y continuaron fumando hasta consumir los cigarros;
-entonces se levantaron, se atusaron las patillas, nos miraron con
-fiero desden, y arrojando al suelo las puntas de los cigarros,
-salieron de la habitación a paso largo.
-
-—Esta gente no me parece muy amiga de los gitanos ni del lenguaje
-_caló_—dije a Antonio cuando los dos matones se fueron.
-
-—Malos muermos les cojan los hocicos—dijo Antonio—. Ya se ve que
-algunos de los nuestros los han _jonjabadoed_[63]. Sin embargo,
-has hecho mal, hermano, en hablarme en _caló_ en esta _posada_; es
-lenguaje prohibido, porque, como ya te he dicho, el rey ha destruído
-la ley de los _Calés_[64]. Vámonos de aquí, hermano, antes que esos
-_juntunes_[65] nos echen encima a la _justicia_.
-
- [63] Engañado. Terminación inglesa añadida a la terminación
- española de la palabra romani _jonjabar_, engañar. _Jojana_:
- engaño.
-
- [64] _El crallis ha nicobado la liri de los Calés._
-
- [65] _Juntuno_: espía.
-
-Al atardecer llegábamos cerca de un pueblo grande.
-
-—Esta es Mérida—dijo Antonio—, que, según cuentan los _busné_, fué
-antaño una gran ciudad de los _corahai_[66]; pasaremos aquí la
-noche, y quizás dos o tres días, porque tengo que arreglar algunos
-asuntos de Egipto. Ahora, hermano, échate a un lado del camino con
-el caballo, y espera junto a esa tapia hasta mi vuelta. Tengo que
-adelantarme para ver cómo están las cosas.
-
- [66] Los moros.
-
-Me apeé del caballo y me senté en una piedra, junto a la pared en
-ruinas indicada por Antonio. El sol declinaba y el viento era muy
-sutil; me arropé bien en una capa de gitano, andrajosa y vieja, que
-Antonio me dió, y como sentía algún cansancio, caí en un sopor que
-duró casi una hora.
-
-—¿Es su merced el _Caloró_ de Londres?—dijo muy cerca de mí una voz
-desconocida.
-
-Me desperté sobresaltado; vi un rostro de mujer casi debajo del ala
-de mi sombrero. A pesar de la poca luz, observé que sus facciones
-eran horriblemente feas, casi negras; pertenecían a una gitana vieja,
-lo menos de setenta años, que se apoyaba en un palo.
-
-—¿Es su merced el _Caloró_ de Londres?—repitió.
-
-—Yo soy el que usted busca. ¿Y Antonio?
-
-—_Curelando, curelando; baribustres curelós terela_[67]—dijo la
-vieja—. Venga conmigo. _Caloró_ de mi _garlochín_[68], venga conmigo
-a mi _ker_[69]; en seguida llegamos.
-
- [67] Negociando, negociando; tiene muchos negocios que hacer.
-
- [68] Corazón.
-
- [69] O _Quer_: Casa.
-
-Eché por el camino, detrás de la gitana, hasta llegar a la ciudad,
-ruinosa y medio desierta; remontamos una calle, torcimos luego por
-una callejuela angosta y lóbrega, y, a poco, mi guía abrió la puerta
-de una casa bastante capaz y muy estropeada.
-
-—Entra—me dijo.
-
-—¿Y el _gras_?—pregunté.
-
-—Hazle entrar también, _chabó_[70] mío; en la cuadra, aunque pequeña,
-hay sitio para el _gras_.
-
- [70] _Chabó_, _chabé_, _chaboró_: mozo, joven, individuo.
-
-Atravesamos un vasto patio, y nos detuvimos ante una puerta muy ancha.
-
-—Entra, hijo de Egipto—dijo la bruja—; entra; esa es la cuadra.
-
-—Esto está más negro que la pez—dije yo—, y es muy a propósito para
-lo que yo me sé; trae una luz, o no entro.
-
-—Dame el _solabarri_[71]—respondió la vieja—, y yo encerraré el
-caballo, _chabó_ de Epipto, y le ataré al pesebre.
-
- [71] Brida.
-
-Entró con él en la cuadra, y la oí trajinar en la oscuridad; no tardé
-en oír rebullirse también al caballo.
-
-—_Grasti terelamos_[72]—dijo la gitana, al reaparecer con la brida en
-la mano—. El caballo se ha soltado él solo; a pesar del viaje no se
-ha resentido. Ahora, _Caloró_ mío, vamos a mi casita.
-
- [72] _Terelar_: atar.
-
-Entramos en la casa, en un aposento muy capaz y tenebroso, donde
-no había otra luz que el débil resplandor de un brasero, puesto al
-fondo, junto al que se acurrucaban dos bultos oscuros.
-
-—Estas son _callees_[73]—dijo la gitana vieja—. Una es mi hija; la
-otra es su _chabí_[74]. Siéntate, _Caloró_ de Londres, y que te
-oigamos el metal de la voz.
-
- [73] _Callee_, _callí_, fem. de _caló_.
-
- [74] Muchacha; fem. de _chabó_.
-
-Miré en busca de una silla, pero no la había; cerca de mí, empero,
-descubrí en el suelo el remate de una columna rota; rodándolo, lo
-acerqué al _brasero_, y me senté.
-
-—Esta casa es muy hermosa, madre de los gitanos—dije yo, por
-satisfacer su deseo de oírme hablar—. Es muy hermosa, pero algo fría
-y húmeda; por lo grande puede servir de sobra para alojar a los
-_hundunares_.[75]
-
- [75] Soldados.
-
-—Hay muchas casas de sobra en estos _foros_, muchas casas de sobra
-en Mérida, _Caloró_ de Londres, algunas tal como las dejaron los
-_corahanós_[76]. ¡Ah! Qué gran pueblo son los _corahanós_. Muchas
-veces me entran ganas de volver otra vez a su _chim_.
-
- [76] _Corahano_: moro; fem. _corahani_.
-
-—¡Cómo! Madre—dije yo—, ¿has estado en tierra de moros?
-
-—Dos veces, _Caloró_ mío, dos veces he estado en la tierra de los
-_Corahai_. La primera vez, hace más de cincuenta años; entonces
-estaba yo con los _sesé_[77], porque mi marido era soldado del
-_Crallis_ de España, y Orán pertenecía en aquellos tiempos a España.
-
- [77] Pl. de _sesó_: español.
-
-—Entonces no estuviste con los verdaderos moros, sino con los
-españoles que ocupaban una parte de su país.
-
-—Estuve con los verdaderos moros, mi _Caloró_ de Londres. ¿Quién
-conoce a los moros mejor que yo? Hace unos cuarenta años estaba yo
-con mi _ro_[78], en Ceuta, porque era soldado del rey, cuando un día
-me dijo: «Estoy cansado de vivir aquí, que no hay pan, y agua menos
-aún; he decidido escaparme y volverme _corahanó_; esta noche mataré
-al sargento y huiré al campo moro.»
-
- [78] _Ro_, _rom_: marido; un gitano casado. _Roma_, los maridos,
- nombre genérico del pueblo gitano, o Romani.
-
-—Hazlo—respondí—, _chabó_ mío, y en cuanto pueda te seguiré y me haré
-_corahani_.
-
-Aquel a misma noche mató a su sargento, que cinco años antes le había
-llamado _Caló_, y le había maldecido; echó a correr, saltó por la
-muralla, y sin que le tocaran los tiros que le tiraron, se puso en
-salvo en la tierra de los _corahai_. Yo me quedé en el _presidio_
-de Ceuta, de cantinera, vendiendo vino y _repañi_ a los soldados.
-Dos años pasaron sin tener noticias de mi _ro_. Un día entró en mi
-_cachimani_[79] un desconocido; iba vestido como un _corahanó_,
-pero más parecía un _callardó_[80]; y, sin embargo, tampoco era un
-_callardó_, a pesar de ser casi negro; según estaba mirándole, pensé
-que se parecía un poco a los del _Errate_, y me dijo: «_Zincali_[81];
-_chachipé_»[82]; luego, en una lengua tan rara que apenas le pude
-entender, me dijo al oído. «Tu marido está esperándote; ven conmigo,
-hermanita, y te llevaré con él.» «¿Dónde está?»—pregunté—. Y
-señalando hacia el Poniente, dijo: «Está por allá, muy lejos; ven
-conmigo; tu _ro_ te espera.» Tuve un poco de miedo, pero me acordé
-de mi marido, y ya deseé verme en la tierra de los _corahai_; tomé,
-pues, el poco _parné_[83] que tenía, eché la llave al _cachimani_ y
-me fuí con el desconocido. En la puerta nos dió el alto el centinela;
-pero le convidé a _repañi_, y nos dejó pasar; en un instante llegamos
-a la tierra de los _corahai_. A una legua de la ciudad, al pie de un
-cerro, encontramos a cuatro personas, hombres y mujeres, tan negros
-como mi desconocido guía, y se unieron a nosotros, saludándome, y
-llamándome hermanita. Eso fué lo único que entendí de toda su habla,
-que era muy cerrada. Quitáronme las ropas que llevaba y me dieron
-otras, con las que me vestí como una _corahani_; y luego emprendimos
-la marcha, que duró muchos días, por desiertos y aldeas; más de
-una vez me pareció encontrarme entre los del _Errate_, porque sus
-costumbres eran las mismas; los hombres querían _hokkawar_ con mulos
-y burros; las mujeres decían _bají_[84]. Al cabo llegamos a una
-ciudad grande, y el hombre negro que me había ido a buscar, dijo;
-«Entra ahí, hermanita, y encontrarás a tu _ro_.» Me llegué a la
-puerta, y vi estar dentro un _corahanó_ armado; le miré a la cara,
-y reconocí a mi marido.
-
- [79] Taberna.
-
- [80] Mulato.
-
- [81] Gitanos.
-
- [82] La verdad.
-
- [83] _Parnó_: blanco; _parné_: moneda de plata. En general:
- dinero.
-
- [84] Fortuna. _Penar bají_: decir la buena ventura.
-
-Era aquella una ciudad muy extraña, llena de gentes que habían sido
-antes _candoré_[85], pero renegadas y convertidas en _corahai_. Había
-allí _sesé_ y _laloré_[86], y hombres de otras naciones, y entre
-ellos algunos del _Errate_ de mi mismo país; todos eran soldados
-del _Crallis_ de los _corahai_, y le servían en sus guerras. Mucho
-tiempo estuve con mi _ro_ en aquella ciudad, yendo a veces con él a
-las guerras; muchas veces le pregunté acerca de los hombres negros
-que me habían llevado hasta allí, y me dijo que había tenido algunos
-tratos con ellos, y los creía del _Errate_. En fin, hermano, para no
-alargar, a mi marido le mataron en la guerra, delante de una ciudad
-sitiada por el rey de los _corahai_, yo quedé _piulí_[87], y volví a
-la ciudad de los renegados, como la llamaban, y me gané la vida como
-pude. Un día, estando yo sentada, llorando, se me plantó delante el
-mismo hombre negro a quien no había vuelto a ver desde el día que me
-llevó a juntarme con mi _ro_, y me dijo: «Ven conmigo, hermanita, ven
-conmigo; el _ro_ está muy cerca.» Fuí con él, y fuera de la ciudad,
-en el desierto, estaban los mismos hombres y mujeres negros que la
-otra vez había visto. «¿Dónde está mi _ro_?»—pregunté.—«Aquí está,
-hermanita—dijo el hombre negro—, aquí está; desde hoy yo soy el _ro_,
-y tú la _romí_[88]. Ven, y vámonos de aquí, que no faltan quehaceres.»
-
- [85] Pl. de _Candory_: cristiano.
-
- [86] Portugueses.
-
- [87] Viuda.
-
- [88] Gitana casada.
-
-Me marché con él, y fué mi _ro_, y vivimos por los desiertos y
-_hokkawared_ y _choried_, y dije _bají_; yo pensaba: «Esto me gusta;
-seguramente estoy entre los del _Errate_, en un país mejor que el
-mío.» Muchas veces les pregunté si eran del _Errate_, y se reían,
-diciéndome que muy bien podía ser porque no eran _corahai_; pero
-nunca me dieron más clara cuenta de sí.
-
-Bueno; esto duró unos cuantos años, y tuve del hombre negro tres
-_chai_[89]; dos, murieron; pero la más joven, vive; es la _Callí_
-que estás viendo al lado del _brasero_. Así vivíamos errantes, y
-_choried_, y decíamos _bají_. Ocurrió que una vez, en tiempo de
-invierno, nuestra pandilla intentó atravesar un río muy ancho y muy
-profundo, como muchos otros que hay en _Chim del Corahai_, y el bote
-volcó con la rapidez de la corriente, y todos se ahogaron menos yo y
-mi _chabí_, a quien llevaba en el seno. Ya no me quedaba ningún amigo
-entre los _corahai_; fuí errante por los _despoblados_, implorando
-y llorando hasta quedarme casi _lilí_[90]. De este modo llegué a la
-costa; allí hice amistad con el capitán de un barco, y volví a esta
-tierra de España. Ahora que estoy aquí, deseo muchas veces volver a
-vivir con los _corahai_.»
-
- [89] Pl. irreg. de _chabó_.
-
- [90] Fem. de _liló_: tonto, loco.
-
-Al llegar aquí, rompió a reír a carcajadas, y así estuvo un rato
-largo; cuando se cansó, les llegó el turno de reír a su hija y a su
-nieta; y tanto rieron, que las tuve a todas por locas.
-
-Horas y horas fueron pasando, y aún estábamos acurrucados junto al
-_brasero_, del que todo calor había volado mucho tiempo hacía; el
-leve fulgor que iluminaba el aposento también desapareció; sólo
-quedaba en el brasero un rescoldo moribundo. La habitación estaba en
-las más densas tinieblas; las tres mujeres permanecían inmóviles y en
-silencio; sentí un escalofrío, y empecé a encontrarme a disgusto.
-
-—¿Vendrá aquí Antonio esta noche?—pregunté al fin.
-
-—_No tenga usted cuidao_, mi _Caloró_ de Londres—dijo la gitana vieja
-con tono desabrido—. _Pepindorio_[91] ha estado aquí alguna vez.
-
- [91] Antonio.
-
-Ya iba a levantarme, con intención de huir de la casa, cuando sentí
-posarse una mano en mi hombro, y oí la voz de Antonio, que decía:
-
-—No te asustes, hermano; soy yo. Pronto traerán luz, y cenaremos.
-
-La cena fué bastante frugal: pan, queso y aceitunas; Antonio, empero,
-sacó una bota de excelente vino. Despachamos los manjares a la luz de
-una lámpara de barro puesta en el suelo.
-
-—Ahora—dijo Antonio a la más joven de las tres mujeres—tráeme el
-_pajandi_[92], que voy a cantar una _gachapla_[93].
-
- [92] Guitarra.
-
- [93] Copla.
-
-La muchacha trajo la guitarra, y el gitano, después de templarla con
-cierto trabajo, rascó vigorosamente las cuerdas y se puso a cantar:
-
- —Gitano, ¿por qué vas preso?
- —Señor, por cosa ninguna:
- Porque he cogío un ramá
- Y etrás se bino una mula.
-
- Caminito de Antequera
- Preso llevan a un gitano,
- Porque se encontró una capa
- Antes de perderla el amo.
-
-El canto y la música duraron mucho tiempo. Las dos mujeres jóvenes no
-se cansaban de bailar, mientras la vieja hacía a veces restallar sus
-dedos o medía el compás golpeando en el suelo con el palo. Al fin,
-Antonio, soltó bruscamente la guitarra, y dijo:
-
-—Veo que el _Caloró_ de Londres está cansado; basta, basta; mañana
-continuaremos. Ahora vámonos al _charipé_[94].
-
- [94] Cama.
-
-—Con muchísimo gusto—dije yo—. ¿Dónde vamos a dormir?
-
-—En la cuadra, en el pesebre. Aunque en la cuadra haga frío,
-estaremos bastante abrigados en el _bufa_[95].[*]
-
- [95] Pesebre.
-
- [*] Borrow se detuvo en Mérida por la boda gitana descrita en
- _The Zincali_. (Knapp).
-
-
-
-
-CAPÍTULO X
-
- La nieta de la gitana.—Proyecto matrimonial.—El alguacil.—El
- ataque.—Trote largo.—Llegada a Trujillo.—Noche de lluvia.—La
- selva.—El vivac.—¡Levántate y anda!—Jaraicejo.—El Nacional.—El
- caballero Balmerson.—Entre jarales.—Una conversación seria.—¿Qué
- es la verdad?—Noticia inesperada.
-
-
-Tres días estuvimos en casa de las gitanas. Todas las mañanas,
-muy temprano, Antonio se marchaba, montado en el macho, y volvía
-ya muy entrada la noche. La casa era grande y estaba ruinosa; la
-única parte habitable, además de la cuadra, era aquella especie
-de zaguán donde cenamos, y en el que dormían las gitanas, en unos
-felpudos y colchonetas puestos en un rincón. Una mañana, cuando
-Antonio ensillaba el macho y se disponía a partir, supuse yo, por los
-negocios de Egipto, le dije:
-
-—Esta casa es muy extraña, y no lo es menos la gente que vive en
-ella. La gitana abuela tiene todo el aspecto de una _sowanee_[96].
-
- [96] Hechicera.
-
-—¿Cómo el aspecto?—exclamó Antonio—. ¿Pues acaso no lo es? Más cosas
-ocultas y más palabras misteriosas sabe que todo el _Errate_ de
-aquí y de Cataluña. Ha vivido en tierra de moros, y sabe hacer más
-_draos_[97], venenos y filtros que ninguna persona viviente. Una vez
-hizo una especie de pasta, y me convenció de que la probara; poco
-después sentí como si el alma se me separase del cuerpo, y estuve una
-noche entera vagando por montes y selvas horribles, entre monstruos y
-_duendes_. En la tierra de los _corahai_ aprendió muchas cosas que ya
-quisiera yo saber.
-
- [97] Venenos.
-
-—¿Hace mucho tiempo que la conoces? Estás en esta casa como en la
-tuya.
-
-—¿Que si la conozco? Mi hermano se casó con la hija, la _Callí_
-negra, de quien tuvo esa _chabí_ hace diez y seis años, poco antes de
-ser ahorcado por los _busné_.
-
-Por la tarde, hallándome sentado en el zaguán con la gitana vieja,
-mientras las dos _Callees_ andaban por la ciudad y sus cercanías
-diciendo la buenaventura, su principal ocupación, me dijo la vieja:
-
-—¿Estás casado, mi _caloró_ de Londres? ¿Eres un _ro_?
-
-YO.—¿Por qué me lo preguntas, _o Dai de los Calés_?[98].
-
- [98] ¡Oh madre de los gitanos!
-
-LA GITANA VIEJA.—Porque ya es tiempo de que la _chabí_ pierda su
-_lacha_[99] y tenga un _ro_. Lo mejor que puedes hacer es tomarla por
-_romí_, mi _caloró_ de Londres.
-
- [99] Doncellez.
-
-YO.—Soy extranjero en estas tierras, oh madre de los gitanos, y
-apenas puedo ganar para mí, menos aún para una _romí_.
-
-LA GITANA.—No necesita que nadie la mantenga, mi _caloró_ de
-Londres; siempre que quiera puede ganar para ella y su _ro_.
-Sabe _hokkawar_, decir _bají_, y pocos la igualan en robar _a
-pastesas_[100]. Una vez en _Madrilati_, adonde, según me han dicho,
-vas tú, ganaría mucho dinero; debes llevarla allá, porque en estos
-_foros_ está _nahí_[101], no se puede ganar nada; pero en los
-_foros baró_[102] sería otra cosa: iría vestida de _lachipe_[103]
-y _sonacai_[104], y tú tendrías un buen _gra_ negro para montar;
-después de ganar mucho dinero podríais volver aquí y vivir como
-_Crallis_ y todo el _Errate_ de _Chim del Manró_ doblaría ante
-vosotros la cabeza. ¿Qué dices, mi _caloró_ de Londres, qué dices de
-este plan?
-
- [100] Con las manos.
-
- [101] Perdida.
-
- [102] Grande.
-
- [103] Seda.
-
- [104] Oro.
-
-YO.—Me parece muy acertado, madre; al menos, no faltarán gentes que
-lo encuentren tal; pero yo soy de otro _chim_, ya lo sabes, y no me
-siento inclinado a pasar toda mi vida en este país.
-
-LA GITANA.—Entonces vuelve a tu tierra, _Caloró_ mío, la _chabí_
-puede cruzar el _pañí_[105]. ¿No puede hacer negocio en Londres
-con los otros _Caloré_? ¿Y por qué no os vais a la tierra de los
-_Corahai_? En tal caso, yo os acompañaría; yo y mi hija, la madre de
-la _chabí_.
-
- [105] Agua.
-
-YO.—¿Y qué íbamos a hacer en la tierra de los _Corahai_? Creo que
-es un país pobre y salvaje.
-
-LA GITANA.—¡El _Caloró_ de Londres me pregunta lo que íbamos a
-hacer en la tierra de los _Corahai_! _¡Aromali!_[106]. Empiezo a
-creer que estoy hablando con un _lilipendi_[107]. ¿Es que no hay allí
-caballos para _chore_? Sí, los hay, y mejores que los de esta tierra,
-y asnos y mulas. En la tierra de los _Corahai_ puedes _hokkawar_
-y _chore_ tanto como aquí o en tu tierra, o no eres _Caloró_. ¿No
-podéis uniros a la gente negra que vive en los despoblados? Sí que
-podéis, y muy contentos que se pondrían teniendo con ellos unos
-_Errate_ de España y de Londres. Tengo setenta años, pero no quiero
-morirme en este _Chim_, sino allá lejos, donde duermen mis dos
-_roms_. Llévate a la _chabí_ a _Madrilati_ a ganar el _parné_, y
-cuando lo hayáis ganado, vuelve aquí y daremos un banquete a todos
-los _Busné_ de Mérida y les echaré _drao_ en la comida y reventarán
-como perros... En cuanto hayan comido, los dejaremos, para ir a la
-tierra del Moro, mi _Caloró_ de Londres.
-
- [106] Verdaderamente.
-
- [107] Simple.
-
-Durante todo el tiempo que estuve en Mérida, no me moví de casa de
-las gitanas, ateniéndome al parecer de Antonio, que me aconsejó esa
-conducta como la más conveniente. El tiempo se me hacía un poco
-pesado, pues mi única diversión era conversar con las mujeres, y
-con Antonio cuando volvía por la noche. En estas _tertulias_, la
-abuela era la oradora principal, y me llenaba de asombro narrándome
-maravillosas historias de la tierra del moro, fugas de presidio,
-robos y una o dos aventuras de envenenamiento, en las que se había
-visto complicada, según me dijo, en su primera juventud.
-
-Había, a veces, en sus ademanes y modales algo muy singular; en
-más de una ocasión observé que, en lo más animado de su charla, se
-callaba de pronto, quedábase mirando fijamente al espacio, y extendía
-las manos como si quisiera rechazar a un ser invisible; girábanle
-horriblemente los ojos en las órbitas, y una vez cayó de espaldas,
-con fuertes convulsiones, sin que su hija y su nieta hicieran gran
-caso de ello, limitándose a decir que estaba _lilí_ y que pronto
-volvería en su acuerdo.
-
-Al anochecer del tercer día, cuando las tres mujeres y yo estábamos
-sentados en torno del _brasero_ conversando según costumbre, entró
-en la habitación un tipo de miserable aspecto, envuelto en una capa
-mugrienta. Fué derecho al sitio donde estábamos, sacó un cigarro de
-papel, lo encendió en las ascuas, y, después de tirarle un par de
-chupadas, me miró, y dijo:
-
-—_Carracho_, ¿quién es este nuevo compañero?
-
-En el acto comprendí que el recién llegado no era gitano; las mujeres
-no dijeron nada, pero oí a la abuela rezongar como un gato viejo
-cuando le incomodan. El individuo repitió:
-
-—_Carracho_, ¿cómo ha venido aquí este compañero?
-
-—_No le penela chi, min chaboró_—me dijo en voz baja la _Callee_
-negra—; _sin un balichó de los chineles_[108]. Y, volviéndose al
-preguntante, continuó en voz alta: Es uno de los nuestros que viene
-con matute de Portugal y a ver a sus hermanos de aquí.
-
- [108] No le digas nada, mozo mío; es un perro alguacil.
-
-—Entonces me dará algo de tabaco—respondió el individuo—. Supongo que
-habrá traído.
-
-—No tiene tabaco—dijo la _Callee_ negra—. No ha traído más que hierro
-viejo. El único tabaco que hay en casa es este cigarro; tómalo, te
-lo fumas, y te vas.
-
-Al decir esto, se sacó un cigarro del zapato y se lo ofreció al
-_alguazil_.
-
-—No me voy—dijo éste guardándose el cigarro—. Tenéis que darme algo
-mejor. Hace ya tres meses que no me dais nada. El último regalo fué
-un pañuelo inservible; por tanto, o me dais algo que sea bueno, o
-vais todos a la _cárcel_.
-
-—¡El _Busnó_ quiere prendernos!—dijo la _Callee_ negra—. ¡Ja, ja, ja!
-
-—¡El _Chinel_ quiere prendernos!—dijo con fisga la más joven—. ¡Je,
-je, je!
-
-—¡El _Bengui_[109] quiere llevarnos al _estaripel_![110]—refunfuñó la
-abuela—. ¡Jo, jo, jo!
-
- [109] _Beng_; _Bengui_: el diablo.
-
- [110] Cárcel.
-
-Las tres mujeres se levantaron y dieron muy despacio una vuelta en
-torno del alguacil, mirándole fijamente a la cara; el hombre pareció
-muy asustado, y pensó en la fuga. De pronto, las dos más jóvenes le
-agarraron por las manos, y mientras él forcejeaba para soltarse, la
-vieja le decía:
-
-—Necesitas tabaco, _hijo_, y vienes a casa de los gitanos para
-asustar a las _Callees_ y al _Caloró_ forastero, que no tienen más
-_plako_[111]; la verdad, _hijo_, no podemos darte tabaco, y lo siento
-mucho; pero, en cambio, tenemos polvo abundante _a tu servicio_.
-
- [111] Tabaco.
-
-Al decir esto, se metió la mano en un bolsillo, y, sacando un puñado
-de una especie de polvo de tabaco, se lo arrojó a los ojos al
-alguacil; pateaba éste y bramaba, pero las dos _Callees_ le sujetaban
-fuertemente. Al fin, consiguió soltarse, y trató de desenvainar
-un cuchillo que llevaba en la faja; pero las hembras jóvenes se
-arrojaron sobre él como furias, mientras la vieja le sacudía con el
-palo en la cara; pronto cedió de buen grado el campo, y se retiró
-abandonando el sombrero y la capa, que la _chabí_ recogió y tiró a la
-calle detrás de él.
-
-—Este es un mal asunto—dije yo—. El tipo ese irá, naturalmente,
-a buscar a demás de la _justicia_, y vendrán para meternos en el
-_estaripel_.
-
-—_¡Ca!_—dijo la Callee negra mordiéndose la uña del dedo pulgar—.
-Tiene más motivos para temernos que nosotras a él. Podemos mandarle a
-la _filimicha_, y, sobre todo, tenemos aquí amigos, muchos, muchos.
-
-—Sí—murmuró la vieja—. Las hijas del _bají_ tienen amigos, mi
-_Caloró_ de Londres, entre los _Busné, baributre, baribú_[112].
-
- [112] Mucho; abundante.
-
-Ninguna otra cosa digna de mención me ocurrió en la casa de los
-gitanos. Al día siguiente, Antonio y yo cabalgamos de nuevo. Lo
-menos recorrimos trece leguas antes de llegar a la _venta_,
-donde dormimos. Al otro día madrugamos mucho, porque, según dijo
-Antonio, teníamos que hacer una jornada muy larga. «¿Adónde vamos
-hoy?—pregunté—.» «A Trujillo.»
-
-Cuando el sol salió, tristemente, entre nubes que amenazaban lluvia,
-nos hallábamos en las inmediaciones de una cadena de montañas
-que corría a nuestra izquierda, llamada, según me dijo Antonio,
-_Sierra de San Selvan_. El camino atravesaba vastas llanuras, donde
-crecían arbustos raquíticos. De vez en cuando veíamos alguna triste
-aldea, con su iglesia antigua y destrozada. Casi todo el día estuvo
-lloviznando; el polvo de los caminos se hizo barro, y nuestra marcha
-fué más penosa. Al atardecer salimos a un yermo sembrado de enormes
-peñas y pedruscos. El sitio era muy agreste. A cierta distancia se
-elevaba ante nosotros una colina de forma cónica, muy escabrosa, que
-parecía ser ni más ni menos que un gigantesco rimero de piedras de
-igual clase que las esparcidas por el yermo. La lluvia cesó, pero un
-viento muy fuerte se alzó gemebundo a nuestra espalda. Mucho trabajo
-me había costado durante todo el viaje marchar al mismo compás que la
-mula de Antonio; mi caballo era de paso lento, y no descubrí ni el
-menor vestigio del genio que, según el gitano, dormitaba en él. Al
-llegar a un sitio bastante despejado, dije:
-
-—Voy a probar si este caballo tiene alguna de las cualidades que me
-has dicho.
-
-—Está bien—contestó Antonio—; y, arreando a la mula, rápidamente me
-dejó atrás.
-
-Tiré del freno al caballo, por buscarle el genio, y el animal se
-detuvo, se puso de manos, y se negó a seguir adelante. «Suéltale
-las riendas y tócale con el látigo»—me gritó Antonio—. Así lo hice,
-y en el acto el caballo salió al trote, que paulatinamente fué
-aumentando en rapidez hasta convertirse en un frenético trote largo;
-sus remos recobraron toda su agilidad, y meneaba las manos de un modo
-maravilloso. La mula de Antonio, de genio y ligera, trató de seguirle
-por un momento; pero, en un abrir y cerrar de ojos, se quedó muy
-atrás. Aquel tremendo trote duraba ya una milla, cuando el caballo,
-entrando cada vez más en calor, salió de pronto al galope. ¡Viva!
-Corríamos más impetuosos y ciegos que una liebre; iba el caballo,
-literalmente, _ventre à terre_, y me costó mucho trabajo guiarle
-entre los pedruscos, contra los que nos hubiéramos hecho pedazos los
-dos si llega a dar un tropezón en su furiosa carrera.
-
-Así me llevó hasta el pie del cerro, donde aguardé a que el gitano
-me alcanzara. Dejamos a nuestra derecha el cerro, que parecía
-inaccesible, y pasamos por una aldehuela mísera. Se puso el sol; la
-noche nos envolvió en tinieblas, pero nosotros continuamos la marcha
-casi tres horas más, hasta que oímos ladrar perros y percibimos dos o
-tres luces a lo lejos.
-
-—Este es Trujillo—dijo Antonio, que llevaba largo rato sin hablar.
-
-—Me alegro mucho—contesté—. Estoy muy cansado y dormiré bien en
-Trujillo.
-
-—Eso será si podemos—dijo el gitano, avivando el paso de la mula.
-
-No tardamos en entrar en la ciudad, muy triste y oscura. Sin saber
-adonde íbamos, seguí los pasos del gitano, que me guió por calles y
-plazas lóbregas, donde maullaban los gatos. «Esta es la casa»—dijo al
-fin, apeándose ante una humilde choza—. Llamó, y no le contestaron;
-volvió a llamar, y tampoco hubo respuesta; sacudió la puerta, y
-trató de abrirla, pero estaba cerrada con llave y bien atrancada.
-«_¡Caramba!_—exclamó—. No están; ya me lo temía yo. ¿Qué vamos a
-hacer ahora?»
-
-—En eso no hay gran dificultad. Si tus amigos no están, vámonos a la
-_posada_.
-
-—No sabes lo que dices—replicó el gitano—. Yo no me atrevo a ir a la
-_mesuna_[113] ni a entrar en más casa de Trujillo que ésta. Bueno,
-no hay remedio, seguiremos el viaje, y, entre nosotros, cuanto antes
-mejor; a mi _planoró_[114] le ahorcaron en Trujillo».
-
- [113] Posada.
-
- [114] _Plan, Planoró, Plal_: Hermano, camarada.
-
-Echó _yesca_, encendió un cigarro, montó en la mula, y anduvimos por
-calles y callejuelas tan tristes como las que ya habíamos atravesado,
-no tardando en vernos de nuevo fuera de poblado.
-
-No me hizo mucha gracia la resolución del gitano, lo confieso;
-tenía yo muy poca gana de marcharme de Trujillo y aventurarme por
-sitios desconocidos, de noche, con lluvia y niebla, porque el viento
-se había echado y el agua caía otra vez con fuerza. Estaba, sobre
-todo, cansadísimo, y lo que más me apetecía era tumbarme en un
-abrigado pesebre y entregarme al sueño arrullado por el agradable
-rumor de caballos y mulas comiéndose el pienso. Pero, como viajero
-experimentado, me guardé muy bien de disputar con mi guía en tales
-circunstancias, y una vez que me había puesto en sus manos, le seguí
-sin replicar, pegado a la grupa de su cabalgadura, alumbrados tan
-sólo por el fulgor del cigarro del gitano; cuando Antonio escupió la
-colilla en un lodazal, quedamos en profundas tinieblas.
-
-Mucho tiempo caminamos de ese modo: el gitano, en silencio; yo,
-callado; y la lluvia, cada vez más densa. Algunas veces me parecía
-oír gritos lúgubres, algo así como el silbido de la lechuza. «Hace
-una noche poco a propósito para andar por el campo»—dije por fin a
-Antonio—. «Así es, hermano—me contestó—. Pero prefiero andar por
-estos sitios en noches como ésta a verme en el _estaripel_ de
-Trujillo».
-
-Otra legua por lo menos llevaríamos andada cuando me pareció que
-debíamos de estar cerca de un bosque[115], porque de vez en cuando
-distinguía grandes troncos de árboles. Súbitamente, Antonio detuvo
-la mula. «Hermano—me dijo—, mira hacia la izquierda y dime si ves
-una luz; tus ojos ven más que los míos.» Hice como me ordenaba, y,
-al pronto, nada vi; pero, adelantándome un poco, percibí claramente
-a cierta distancia entre los árboles un fuerte resplandor. «Lo que
-veo no puede ser una luz—dije—, sino la llama de una hoguera.» «Es lo
-más probable»—respondió Antonio—. «Por aquí no hay _queres_[116]; se
-trata, sin duda, de una hoguera encendida por _durotunes_[117]. Vamos
-a buscarlos, porque, como dices tú, es lastimoso andar de noche con
-lluvia y lodo.»
-
- [115] Estaba en _Las Gamas_, cerca de Carrascal. (Knapp).
-
- [116] Pueblos.
-
- [117] Pastores.
-
-Nos apeamos, entrándonos por el bosque, guiando con cuidado a las
-caballerías por entre los árboles y matorrales. A los cinco minutos
-llegamos a una plazoleta, en la que, en el lado opuesto al de nuestra
-llegada, ardía una hoguera, y en pie, o sentadas junto a ella,
-estaban dos o tres personas; nos habían oído acercarnos, y una de
-ellas gritó: «_¿Quien vive?_» «Yo conozco esa voz»—dijo Antonio—; y,
-dejándome allí con el caballo, avanzó rápidamente hacia la hoguera.
-Al instante oí un _¡hola!_ y una risotada, y, poco después, la voz de
-Antonio llamándome. Me acerqué a la hoguera, y encontré a dos mozos
-muy atezados y una mujer, como de cuarenta años, aún más negruzca,
-sentada en las mantas y enjalmas de las mulas. Vi también un caballo
-y dos burros atados a los árboles. Aquello era, en efecto, un vivac
-gitano... «Adelante, hermano, y déjate ver—me dijo Antonio—. Estás
-entre amigos. Estos son del _Errate_, los que yo buscaba en Trujillo,
-y en cuya casa hubiéramos dormido.»
-
-—¿Y por qué razón se han marchado de Trujillo y se han venido al
-monte a pasar una noche como esta?
-
-—Por los asuntos de Egipto, hermano; no lo dudes—replicó Antonio—.
-Y esos asuntos no nos importan; ¡_calla_ [la] _boca_! Ha sido una
-suerte que los encontremos aquí, porque en otro caso no hubiéramos
-tenido cena nosotros ni pienso los caballos.
-
-—Mi _ro_ está preso en un pueblo que hay ahí—dijo la mujer, señalando
-con la mano en una dirección determinada—. Está preso por _choring_
-una _mailla_[118]. Hemos venido a ver qué podemos hacer por él; ¿y
-dónde íbamos a alojarnos mejor que en el monte, que no se paga nada?
-Me figuro que no será la primera vez que el _Caloré_ ha dormido al
-pie de un árbol.
-
- [118] _Mailla_, burra.
-
-Uno de los muchachos trajo cebada para las caballerías en un talego,
-que colgamos sucesivamente de la cabeza del caballo y de la mula; en
-él metieron el hocico los pobres animales, y los dejamos regalarse
-hasta que nos pareció que habían saciado el hambre. Arrimado a la
-lumbre borbotaba un _puchero_, medio lleno de tocino, _garbanzos_ y
-otras sustancias; vaciáronlo en una escudilla de madera, y Antonio
-y yo cenamos. Los otros gitanos se negaron a acompañarnos, dándonos
-a entender que habían comido antes que llegásemos; pero hicieron
-cumplido honor a la bota de Antonio, que tuvo la precaución de
-llenarla antes de salir de Mérida.
-
-Estaba yo a tales horas completamente rendido de cansancio y de
-sueño. Antonio me arrojó una inmensa manta de caballo que llevaba,
-con otras varias, debajo del albardón de la mula; me arropé bien, y
-me eché en el suelo, con la cabeza apoyada en un lío de ropa, y los
-pies todo lo cerca que pude ponerlos de la lumbre.
-
-Antonio y los otros gitanos se quedaron sentados y hablando alrededor
-de la hoguera. Escuché un poco; pero no los entendía bien, y lo que
-entendía no me importaba. La llovizna continuaba; pero no hice gran
-caso de ello, y no tardé en dormirme.
-
-Estaba saliendo el sol cuando me desperté. Me costó bastante trabajo
-ponerme en pie; tenía los miembros entumecidos, y la cabeza cubierta
-de escarcha; durante la noche había cesado de llover, y la helada
-era bastante fuerte. Miré en torno, y no vi a Antonio ni a los otros
-gitanos. Las caballerías de estos últimos habían desaparecido, y
-también el caballo que montaba yo; pero la mula de Antonio permanecía
-aún atada al árbol. Esta circunstancia disipó ciertos temores que
-empezaban a surgir en mi ánimo. «Se habrán ido a los asuntos de
-Egipto—me dije—, y no tardarán en volver.» Recogí como pude los
-rescoldos de la hoguera, y, amontonando un poco de leña, pronto se
-alzó viva llama, a la que arrimé el _puchero_ con los restos de
-la cena de la noche pasada. Mucho tiempo estuve esperando a que
-volviesen mis compañeros; pero como no asomaban por parte alguna,
-me senté y me puse a comer. No había terminado, cuando oí el ruido
-de un caballo que se acercaba rápidamente, y, un momento después,
-apareció Antonio entre los árboles dando muestras de agitación.
-Se tiró del caballo, y al instante se puso a desatar la mula.
-«¡Monta, hermano, monta!»—dijo mostrándome el caballo—. «Iba con la
-_Callee_ y los _chabés_ al pueblo donde su _ro_ está preso; pero el
-_chinobaró_[119] los ha cogido, con las caballerías, y me hubiera
-echado mano a mí también; pero metí espuelas al _grasti_, le solté
-las riendas y escapé. Monta, hermano, monta, o en un abrir y cerrar
-de ojos tendremos aquí a toda la _canaille_ rústica.»
-
- [119] Una autoridad.
-
-Hice como me ordenaba; en seguida salimos al camino del día anterior,
-y corrimos por él a toda prisa; el caballo sacó su trote más veloz, y
-la mula, con las orejas tiesas, galopaba intrépidamente a su lado.
-
-—¿Qué pueblo es aquel que hay allí?—pregunté señalando a un cerro,
-cuando llevábamos una hora de camino, y al disponernos a entrar en un
-valle profundo.
-
-—Es Jaraicejo—dijo Antonio—. Un sitio que ha sido siempre malo para
-la gente _Caló_.
-
-—Pues, si es malo, supongo que no pasaremos por él.
-
-—No tenemos más remedio que pasar, por varias razones: primera,
-porque el camino atraviesa Jaraicejo; y segunda, porque necesitamos
-comprar provisiones para nosotros y las bestias; al otro lado de
-Jaraicejo hay un _despoblado_ donde no encontraríamos nada.
-
-Cruzamos el valle, subimos el cerro, y, cuando estábamos cerca del
-pueblo, el gitano dijo:
-
-—Hermano, lo mejor es pasar por el pueblo separados. Yo iré delante;
-sígueme poco a poco, y, una vez en Jaraicejo, compras pan y cebada;
-tú no tienes nada que temer. En el _despoblado_ te espero.
-
-Sin aguardar mi respuesta arrancó presuroso, y no tardé en perderle
-de vista. Seguí mi camino muy despacio, y entré en el pueblo, asaz
-viejo y ruinoso; apenas tenía más que una calle, y al avanzar por
-ella, vino a mí corriendo un hombre con una sucia gorra de cuartel en
-la cabeza y un fusil en la mano.
-
-—¿Quién es usted?—me dijo en tono algo desapacible—. ¿De dónde viene
-usted?
-
-—Vengo de Badajoz y Trujillo—respondí—. ¿Por qué me lo pregunta usted?
-
-—Soy de la guardia nacional—contestó el hombre—, y estoy encargado de
-vigilar a los forasteros; me han dicho que un gitano acaba de pasar a
-caballo por el pueblo; su suerte ha sido que en aquel momento había
-entrado yo en mi casa. ¿Viene usted con él?
-
-—¿Tengo yo aspecto de viajar en compañía de gitanos?
-
-El nacional me miró de pies a cabeza, y luego me clavó los ojos en
-el rostro, con una expresión que parecía querer decir: «Sí, señor;
-bastante.» Realmente, mi atavío no era muy a propósito para disponer
-a la gente en mi favor. Llevaba un sombrero andaluz muy viejo, que,
-por su estado, parecía como si le hubiesen pisoteado; una capa
-mugrienta, que acaso había servido a doce generaciones, me cubría el
-cuerpo; lo demás de mi atuendo no era de mejor calidad, y todo lo que
-de él parecía estaba manchado de barro, y de barro llevaba también
-salpicado el rostro, sombreado además por una barba de ocho días.
-
-—¿Tiene usted pasaporte?—me preguntó al fin el nacional.
-
-Recordé haber leído que el mejor modo de conquistar la voluntad de
-un español es tratarle con ceremoniosa cortesía. Eché, pues, pie a
-tierra, y, quitándome el sombrero, hice una profunda reverencia al
-soldado constitucional, diciéndole:
-
-—_Señor nacional_, ha de saber usted que yo soy un caballero inglés
-que viaja por su gusto. Tengo pasaporte, y, en cuanto usted lo
-examine, verá que se halla perfectamente en regla; está expedido
-por el gran Lord Palmerston, ministro de Inglaterra, de quien
-naturalmente habrá usted oído hablar; al pie del pasaporte está
-su firma manuscrita; véala y regocíjese, porque acaso no vuelva a
-presentársele a usted otra ocasión de verla. Como yo tengo ilimitada
-confianza en el honor de todos los caballeros, dejaré el pasaporte en
-manos de usted mientras voy a comer a la posada. Cuando le haya usted
-revisado, será usted seguramente tan amable que vaya a devolvérmelo.
-Caballero, beso a usted la mano.
-
-Le hice una nueva reverencia, que él me pagó con otra más profunda
-todavía, y, mientras miraba tan pronto al pasaporte como a mi
-persona, me fuí a la _posada_, guiado por un mendigo que hallé al
-paso.
-
-Di un pienso al caballo y me proveí de pan y de cebada, como el
-gitano me aconsejó; compré también tres hermosas perdices a un
-cazador que estaba bebiendo vino en la _posada_. Quedó muy contento
-con el precio que le pagué, y me invitó a tomar una _copita_; acepté,
-y hablando estábamos, sentados a la mesa, cuando llegó el nacional
-con mi pasaporte en la mano, sentándose a nuestro lado.
-
-NACIONAL.—_¡Caballero!_ Le devuelvo a usted el pasaporte; está
-completamente en regla. Me alegro mucho de haberle conocido, y espero
-que me dará usted ciertas noticias acerca de la guerra.
-
-YO.—Tendré mucho gusto en dar a un caballero tan cortés y tan
-honrado como usted todas las noticias que sepa.
-
-NACIONAL.—¿Qué hace Inglaterra? ¿Va, al fin, a prestar ayuda a mi
-país? Si ella quisiera, podía acabar la guerra en tres meses.
-
-YO.—No se preocupe, _señor nacional_. La guerra se acabará, sin
-duda ninguna. ¿Ha oído usted hablar de la legión inglesa que milord
-Palmerston ha enviado a España? Pues deje usted el asunto en sus
-manos, y no tardará en ver los resultados.
-
-NACIONAL.—Me parece a mí que ese _Caballero_ Balmerson debe de ser
-un hombre muy cabal.
-
-YO.—Eso no tiene duda.
-
-NACIONAL.—He oído decir que es un gran general.
-
-YO.—Tampoco eso tiene duda. En algunas cosas ni Napoleón ni El
-Serrador pueden medirse con él. _Es mucho hombre._
-
-NACIONAL.—Me agrada oírlo. ¿Vendrá a mandar la legión en persona?
-
-YO.—Creo que no; pero ha enviado para mandarla a un amigo suyo que
-pasa por ser casi tan versado en cosas militares como él.
-
-NACIONAL.—Mucho me complace oírlo. Veo que la guerra acabará
-pronto. _Caballero_, le agradezco su cortesía y las noticias que me
-ha dado. Le deseo un viaje feliz. Confieso que me sorprende ver a un
-caballero de su país de usted viajar solo y de esa manera por estas
-regiones. Los caminos están muy poco seguros, y han ocurrido, no hace
-mucho, varios accidentes y más de dos muertes en las cercanías. El
-_despoblado_ tiene malísima fama; vaya usted prevenido, _Caballero_.
-Siento que el gitano ese haya podido pasar; si se le encuentra usted,
-al menor gesto sospechoso péguele un tiro o atraviésele sin vacilar;
-es un ladrón muy conocido, _contrabandista_ y asesino; más muertes
-ha hecho que dedos tiene en las manos. _Caballero_, si usted me lo
-permite, le proporcionaremos una escolta hasta la bajada del puerto.
-¿No quiere usted? Entonces, ¡adiós! Un momento: antes de marcharme,
-deseo ver de nuevo la firma del _Caballero_ Balmerson.
-
-Otra vez le mostré la firma, que estuvo contemplando con profunda
-reverencia, y hasta le hizo un rápido saludo con la gorra. Después,
-nos dimos un abrazo y nos separamos.
-
-Monté a caballo y guié hacia el despoblado, marchando, al principio,
-muy despacio. Pero, en cuanto me vi en el campo, puse el caballo al
-trote largo, y, durante cierto tiempo, anduve con tremendo compás,
-esperando alcanzar al gitano de un momento a otro; sin embargo, no
-le veía por ninguna parte, ni me encontré a un solo ser humano. El
-camino, angosto y arenoso, serpenteaba entre las espesas retamas y
-chaparros que cubrían el _despoblado_, tan altos, a veces, como un
-hombre. Al fondo, en la dirección que yo llevaba, había un cerro alto
-y desnudo. El despoblado tenía lo menos tres leguas; lo atravesé casi
-todo, acercándome ya al pie del cerro, y, cuando empezaba a sentirme
-muy intranquilo, pensando que acaso me había dejado atrás al gitano,
-metido entre los chaparros, oí súbitamente un _¡Hola!_ muy conocido,
-y vi aparecer en medio de unas matas de retama una cabeza ruda y
-atezada, y unos ojos que me miraban con fijeza.
-
-—Mucho has tardado, hermano—me dijo—. Casi he creído que me habías
-engañado.
-
-Me rogó que me apease, y llevó el caballo detrás de un espesar, donde
-estaba la mula atada a una estaquilla. Entregué a Antonio el pan y la
-cebada, y le referí lo sucedido con el nacional.
-
-—Quisiera tenerle aquí—exclamó el gitano al oír los epítetos que el
-otro le había prodigado—para que mi _chulí_[120] y su _carló_[121] se
-conociesen mejor.
-
- [120] Cuchillo.
-
- [121] Corazón.
-
-—¿Y qué haces aquí, en este desierto, entre estas matas?
-
-—Estoy esperando un emisario que ha de venir de muy lejos, y hasta
-que pase no puedo seguir adelante ni retroceder. Estoy aquí por los
-asuntos de Egipto, hermano.
-
-Como esta era la expresión que invariablemente empleaba para esquivar
-mis preguntas, guardé silencio. Dimos pienso a los animales, y luego
-hicimos nosotros una frugal colación de pan y vino.
-
-—¿Por qué no guisamos esas perdices?—pregunté—. Aquí hay de sobra con
-qué encender lumbre.
-
-—El humo podría descubrirnos, hermano—dijo Antonio—. Me interesa
-estar _escondido_ aquí hasta que llegue el emisario.
-
-Era ya muy entrada la tarde. El gitano, echado detrás de un matorral,
-se levantaba a veces para mirar afanosamente a la colina que teníamos
-delante; al cabo, lanzando una exclamación de contrariedad y de
-impaciencia, se dejó caer al suelo, y en él estuvo tendido mucho
-rato, absorto, al parecer, en sus reflexiones; por último, levantó la
-cabeza y me miró a la cara.
-
-ANTONIO.—Hermano, no puedo adivinar asuntos que te traen a esta
-tierra.
-
-YO.—Quizás los mismos que te traen a este despoblado; asuntos de
-Egipto.
-
-ANTONIO.—No tal, hermano. Es verdad que hablas la lengua de Egipto;
-pero ni tus maneras ni tus palabras son las de un _Caló_ ni de un
-_Busné_.
-
-YO.—¿No me oíste hablar en los _foros_ acerca de Dios y
-_Tebleque_?[122] He venido a tierras de España para explicar la
-palabra divina a los _Calés_ y a los gentiles.
-
- [122] El Salvador, Jesús.
-
-ANTONIO.—¿Y quién te envía con esa misión?
-
-YO.—No me entenderías aunque te lo dijese. Has de saber, sin
-embargo, que muchas gentes de países extranjeros lamentan las
-tinieblas en que yace España, y las crueldades, robos y muertes que
-la afean.
-
-ANTONIO.—Esas gentes, ¿son _Caloré_ o _Busné_?
-
-YO.—¿Qué más da? Los _Caloré_ y los _Busné_ son hijos del mismo
-Dios.
-
-ANTONIO.—Mientes, hermano; ni vienen del mismo padre ni son del
-mismo _Errate_. Hablas de robos, crueldades y muertes; pero es que
-hay demasiados _Busné_, hermano; si no hubiera _Busné_, no habría ni
-robos ni muertes. Los _Caloré_ no se roban ni se matan unos a otros;
-los _Busné_, sí; ni son crueles con los animales, porque su ley se lo
-prohibe. Un día, siendo yo chico, pegué a una _burra_; pero mi padre
-me sujetó la mano, y, reprendiéndome, dijo: «¡No hagas daño a ese
-animal, porque dentro de él está el alma de tu propia hermana!»
-
-YO.—¿Es posible que creas en una doctrina tan bárbara, Antonio?
-
-ANTONIO.—A veces, sí; a veces, no. Algunos hay que no creen en
-nada, ni siquiera en que viven. Hace mucho tiempo, conocí yo a
-un _Caloré_ viejo, muy viejo, tenía más de cien años, y una vez
-le oí decir que todo lo que creemos ver es mentira; que no hay
-mundo, ni hombres, ni mujeres, ni caballos, ni mulas, ni olivos.
-Pero ¿adónde vamos a parar por este camino? Te he preguntado por
-qué vienes a este país, y me dices que por la gloria de Dios y
-_Tebleque_. _¡Disparate!_ Eso se lo cuentas a los _Busné_. No hay
-duda que tendrás muy buenas razones para venir aquí, porque, en
-otro caso, no habrías venido. Algunos dicen que eres un espía de
-los _Londoné_[123]. Tal vez; pero no me importa. Levántate, y dime,
-hermano, si ves a alguien bajar del puerto.
-
- [123] Ingleses.
-
-—Veo una cosa a lo lejos—repliqué—como una mancha en la vertiente del
-cerro.
-
-El gitano se puso en pie, y ambos miramos con atención, pero la
-distancia no nos permitió al principio ver claramente si aquel objeto
-se movía o no. Un cuarto de hora después se disiparon nuestras dudas,
-porque el objeto que observábamos había llegado al pie del cerro y
-columbramos una persona montada en un animal, cuya especie aún no
-pudimos reconocer.
-
-—Es una mujer—dije yo al cabo—montada en un asno rucio.
-
-—Entonces es mi emisario—dijo Antonio—; no puede ser otro.
-
-La mujer y el burro llegaron al llano, y por un rato desaparecieron
-a nuestra vista entre las leñas y malezas del monte. No tardaron en
-aparecer a una distancia como de cien varas. El burro era un hermoso
-animal, de pelo gris plateado, que venía retozando, moviendo el rabo,
-y con paso tan ligero que parecía no tocar el suelo con las patas.
-En cuanto nos vió, se paró en seco, dió media vuelta, e intentó
-marcharse por donde había venido; pero al sentirse dominado, se puso
-de manos, y hubiera concluído por tirar al suelo a la mujer, si ella
-misma no se apea con ligereza. La mujer traía el cuerpo enteramente
-envuelto en los amplios vuelos de una capa de hombre. Corrí a
-prestarle ayuda, cuando, al volver hacia mí su rostro, reconocí en el
-acto las finas y correctas facciones de Antonia, hija de mi guía, a
-quien yo había visto en Badajoz. Sin dirigirme la palabra, se acercó
-a su padre y le dijo en voz baja algo que no pude percibir. Antonio
-se echó atrás, con un estremecimiento, y vociferó: «¡Todos!» «Sí»,
-respondió ella en voz más alta, repitiendo probablemente las palabras
-que antes no pude cazar: «A todos los han cogido.»
-
-El gitano se quedó consternado, al parecer; y como yo no tenía
-ninguna gana de asistir a una conversación que, probablemente, iba
-a versar sobre los asuntos de Egipto, me aparté de allí, metiéndome
-entre los matorrales. Estuve solo un buen rato; a veces llegaban
-hasta mí exclamaciones y juramentos. A la media hora volví; los
-gitanos se habían salido del camino, y estaban sentados en el suelo,
-detrás de las mismas retamas que ocultaban a las caballerías. Torvo
-el semblante, el gitano empuñaba un cuchillo desnudo, y de vez en
-cuando clavábalo en la tierra, exclamando: ¡Todos! ¡Todos!
-
-—Hermano—dijo al fin—no puedo ir ya más lejos contigo; el asunto que
-me llevaba a _Castumba_ está ya arreglado. Desde ahora viajarás solo
-y entregado a tu _bají_.
-
-—Confío en _Undevel_[124]—contesté—que escribió mi destino mucho
-tiempo ha. Pero, ¿cómo voy a arreglarme sin caballo? Porque, sin
-duda, tu necesitarás el tuyo.
-
- [124] Dios.
-
-El gitano pareció reflexionar.
-
-—Es verdad, necesito el caballo, hermano—me dijo—y también el
-_macho_, pero como no vas a ir en _pindré_[125], le compras a Antonia
-la _burra_ que yo le di cuando la envié a esta expedición.
-
- [125] _Pinró_, _Pindró_ (pl. _Pindré_): pie.
-
-—Me parece que la _burra_ está sin domar y resabiada.
-
-—Así es, hermano, y por eso la compré; las caballerías resabiadas y
-mal domadas suelen tener muy buenos pies. Tu eres _Caló_, hermano, y
-podrás montarla. Así que, le das a mi hija Antonia un _baria_[126] de
-oro por la _burra_, y si te parece conveniente, véndela en Talavera
-o en Madrid, porque las _bestias_ extremeñas son muy apreciadas en
-_Castumba_.
-
- [126] Onza.
-
-Menos de una hora después, iba yo por la otra vertiente del puerto,
-montado en la _burra_ cerril.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XI
-
- El puerto de Mirabete.—Lobos y pastores.—La sutileza de las
- hembras.—Muerto por los lobos.—Se aclara el misterio.—Las
- montañas.—La hora tenebrosa.—Un viajero nocturno.—Abarbanel.—Los
- tesoros ocultos.—El poder del oro.—El arzobispo.—Llegada a Madrid.
-
-
-Bajaba yo del puerto de Mirabete pensando a ratos en el propósito
-que me había llevado a España, y admirando otros uno de los más
-hermosos panoramas del mundo. Ante mí se extendían inmensas planicies
-limitadas en la lejanía por montañas gigantescas, y a mis pies
-serpenteaba entre márgenes escarpadas la vena angosta y profunda
-del Tajo. El sol poniente doraba el paisaje. El día, aunque frío y
-ventoso, era despejado, brillante. En una hora llegué al río por
-junto a los restos de un magnífico puente volado en la guerra de la
-Independencia, y no reconstruído.
-
-Crucé el Tajo en una barca; el paso fué un poco difícil por la
-rapidez de la corriente, engrosada con las últimas lluvias.
-
-—¿Estoy ya en Castilla la Nueva?—pregunté al barquero al llegar a la
-otra orilla.
-
-—La _raya_ está a unas cuantas leguas de aquí—contestó—. Usted parece
-extranjero. ¿De dónde viene usted?
-
-—De Inglaterra.
-
-Y sin aguardar otra respuesta, monté en la _burra_ y seguí mi camino.
-La _burra_ meneó los remos con presteza, y poco después de cerrar la
-noche llegué a una aldea distante unas dos leguas de la orilla del
-río.
-
-Me alojé en una _venta_. Ardía en la cocina una buena fogata, en la
-que se quemaba un tronco de olivo casi entero. Allí me senté, y me
-entretuve en examinar la diversa catadura de los presentes. Había un
-cazador con su _escopeta_; un par de pastores, con enormes perros, de
-los famosos de Extremadura; un soldado licenciado que volvía de la
-guerra, y un mendigo, que después de pedir una limosna por las siete
-llagas de _María Santísima_, se sentó con nosotros y se instaló muy
-a sus anchas. La ventera era una mujer activa y servicial, que se
-ocupó en aderezarme la cena, consistente en las perdices compradas
-en Jaraicejo, que el gitano, al despedirse de mí, me aconsejó que me
-llevara. Mientras las guisaban estuve al amor de la lumbre oyendo la
-conversación de aquella gente.
-
-—Más quisiera ser lobo—dijo uno de los pastores—u otra cosa
-cualquiera, que pastor. Bonita vida la nuestra, siempre en el
-_campo_, entre _carrascales_, pasando frío y hambre por una _peseta_
-diaria. Un lobo se da mejor vida y es más temido que un mísero pastor.
-
-—Pero muchas veces—dije yo—lo pasa muy mal, y cuando los pastores y
-perros caen sobre él, paga con la cabeza todas sus hazañas.
-
-—Eso ocurre muy pocas veces, señor viajero—dijo el pastor—. El lobo
-acecha las ocasiones, y es muy raro que se meta en un mal paso. Y lo
-que es atacarle, crea usted que es muy poco agradable. Tiene garras y
-dientes, y al hombre o al perro que los prueban una vez, les quedan
-muy pocas ganas de ponerse nuevamente a su alcance. Estos perros míos
-se atreverían, uno a uno, con un oso, aunque es un animal mucho más
-fuerte, y en cambio los he visto yo huír del lobo, a pesar de que los
-azuzábamos.
-
-—El lobo es muy peligroso, y, además, muy astuto. Sabe más que
-nadie y conoce el punto vulnerable de cada animal. Vea usted,
-pongo por caso, cómo ataca a los terneros: saltándoles al cuello y
-desgarrándoles las venas con uñas y dientes. Pero ¿ataca así a un
-caballo? Me figuro que no.
-
-—En efecto—dijo el otro pastor—sabe muy bien lo que hace, y a
-los caballos se les sube de un brinco en las ancas y desjarreta
-en seguida. ¡Qué miedo siente un caballo al pasar cerca de la
-madriguera del lobo! Mi amo iba el otro día al _despoblado_ por lo
-alto del puerto, en el trotón andaluz, que le ha costado quinientos
-duros; de pronto, el caballo se paró y se puso a sudar y a temblar
-como una mujer a pique de desmayarse. Mi amo no podía adivinar el
-motivo, hasta que oyó unos gruñidos entre las matas; disparó la
-escopeta y espantó a los lobos, que salieron huyendo; pero me ha
-dicho que al caballo aún no se le ha pasado el susto.
-
-—Sin embargo, las yeguas saben, cuando llega el caso, chasquear al
-lobo—replicó su compañero—. Las yeguas, como todas las hembras, son
-muy astutas y maliciosas. Si están, pongo por caso, pastando en el
-_campo_ con sus crías, y se da la señal de que viene el lobo, se
-asustan y corren un poco, pero al momento se reunen y se forman en
-corro, poniendo dentro a los potros. Llega el lobo, esperando darse
-un banquete de carne de caballo, pero se lleva chasco; las yeguas son
-tan listas como él. Todas le hacen cara, esconden la grupa, y cuando
-el lobo se pone a dar vueltas trotando y aullando alrededor del
-corro, se alzan de manos dispuestas a aplastarlo contra el suelo, en
-cuanto intente hacerles, a ellas o a su _cría_, el menor daño.
-
-—Peor que el lobo—dijo el soldado—es la loba; porque como ha dicho
-muy bien el _señor pastor_, las hembras tienen más malicia que
-los machos. Es cosa sorprendente ver a una de esas diablas dirigir
-una manada de machos. Van tras ella, repitiendo todo lo que hace;
-parecen embrujados y no tienen más remedio que imitarla. Una vez
-viajaba yo con un compañero por las montañas de Galicia, cuando de
-pronto oímos un aullido. «Son los lobos—dijo mi compañero—. Echémonos
-fuera del camino.» Así lo hicimos, y remontamos un poco la falda
-del cerro, hasta llegar a una explanada plantada de vides, como
-se usa en Galicia. A poco apareció una loba muy grande, de pelo
-gris, _deshonesta_, guiando a dentelladas y gruñidos una manada de
-demonios que la seguían muy pegados a ella, con el rabo enhiesto
-y los ojos como brasas. ¿Qué creerán ustedes que hizo el maldito
-animal? En lugar de seguir por el camino, echó hacia donde nosotros
-estábamos, y como ya no había remedio, nos estuvimos quietos y en
-silencio. Yo estaba el primero, y la loba me pasó tan cerca, que me
-rozó con el pelo las piernas; no me hizo caso, sin embargo, y siguió
-adelante, sin mirar a derecha ni izquierda, y todos los demás lobos
-pasaron trotando junto a mí, sin hacerme el menor daño y sin mirarme
-siquiera. No puedo decir lo mismo de mi pobre compañero, que estaba
-un poco más lejos, y, a mi parecer, no tan en la dirección de los
-lobos como yo. Después de pasar muy cerca de él, bruscamente la loba
-dió media vuelta y le mordió. Nunca olvidaré lo que ocurrió luego;
-en un instante doce lobos se arrojaron sobre él y le despedazaron,
-aullando de un modo horrible. En un santiamén le devoraron, y sólo
-quedó de él la calavera y unos cuantos huesos; después, los lobos se
-fueron como habían venido. Tengo motivo para agradecer a mi señora la
-loba, que hiciese menos caso de mí que de mi compañero.
-
-Oyendo esta y otras conversaciones por el estilo, me adormilé al
-amor de la lumbre, y así estuve gran rato, hasta que me despertó una
-voz que decía muy alto: «Los han cogido a todos». Eran las mismas
-palabras que tanta confusión produjeron a Antonio el gitano cuando
-se las oyó a su hija en el despoblado. Miré en torno mío, y vi que
-seguían allí los mismos individuos a cuya conversación asistí antes
-de amodorrarme; pero ahora el orador era el mendigo, y hablaba con
-mucho calor.
-
-—Dispense usted, _caballero_—dije yo—, pero no he oído lo que ha
-dicho usted al principio. ¿Quiénes son esos que han cogido?
-
-—Una cuadrilla de malditos _gitanos_, _caballero_—replicó el mendigo,
-devolviéndome el título que yo cortésmente le había dado—. Más de
-quince días han tenido infestada la raya de Castilla, y han robado y
-matado a muchos señores viajeros como usted. Parece que la _canaille_
-gitana trata de aprovechar los disturbios de estos tiempos, y se ha
-constituído en facción. Dicen que a esa cuadrilla iban a juntársele
-muchos de sus hermanos de raza, y lo creo, porque todos los gitanos
-son ladrones; pero, gracias a Dios, han acabado con ellos antes de
-que llegaran a ser demasiado temibles. Yo mismo los he visto llevar a
-la cárcel de... ¡Gracias a Dios! _Todos están presos._
-
-—Está aclarado el misterio—me dije, y me puse a despachar la cena, ya
-servida.
-
-La jornada siguiente me llevó a una ciudad de cierta importancia,
-la primera entrando en Castilla la Nueva por aquella parte, cuyo
-nombre he olvidado[127]. Pasé la noche, como de costumbre, en la
-misma cuadra que mi _caballería_, echado cerca de ella en el pesebre.
-Como viajaba en borrico, juzgué necesario contentarme con un lecho
-proporcionado a mis medios de locomoción, para no suscitar en la
-gente con quien trababa, la sospecha, viéndome demasiado exigente o
-delicado, de que yo fuese hombre más principal de lo que mi atavío
-y equipaje permitían suponer. Me levanté antes del alba y continué
-mi camino, esperando llegar con luz del sol a Talavera, de la que
-me separaban, según me dijeron, diez leguas. El camino seguía una
-planicie ininterrumpida, plantada casi toda de olivares. A pocas
-leguas de distancia por la izquierda, se alzaban las grandes montañas
-que ya he mencionado. Corrían hacia el Este, formando una cordillera
-al parecer interminable, paralela al camino; las cumbres y vertientes
-estaban cubiertas de nieve deslumbradora, barrida por el viento que
-llegaba hasta mí, a través de la vasta y melancólica planicie, en
-ráfagas cruelmente frías.
-
- [127] Oropesa, sin duda alguna, anota Burke. La Calzada de
- Oropesa, según Knapp.
-
-—¿Qué montañas son esas?—pregunté a un barbero-sangrador, que,
-montado en una _burra_ del mismo pelo que la mía, emparejó conmigo
-a eso del mediodía, y me acompañó durante unas cuantas leguas—. «Se
-llaman de diverso modo, _caballero_—respondió el barbero—, según los
-nombres de los lugares inmediatos. Aquellas de allá lejos son la
-serranía de Plasencia; las que hay frente a Madrid son las montañas
-de Guadarrama, por un río de este nombre que en ellas nace. La
-cordillera es muy grande, _caballero_, y separa los dos reinos; del
-lado de allá está Castilla la Vieja. Son magníficas estas montañas,
-y aunque nos mandan muchísimo frío, a mí me agrada contemplarlas,
-cosa que no es de extrañar, pues he nacido en ellas, aunque ahora,
-por mis pecados, vivo en un pueblo del llano. No hay en toda
-España cordillera como ésta, _caballero_; tiene sus secretos, sus
-misterios. Muchas cosas singulares se cuentan de esas montañas y
-de lo que ocultan en sus profundos escondrijos, porque ha de saber
-usted que la cordillera es muy ancha, y se puede andar por ella
-días y días sin llegar a _término_. Muchos se han perdido en ella
-y no ha vuelto a saberse nada de su paradero. Entre otras rarezas,
-cuentan que en ciertos sitios hay profundas lagunas habitadas por
-monstruos, tales como serpientes corpulentas, más largas que un
-pino, y caballos de agua que a veces salen de allí y cometen mil
-estropicios. Es cosa averiguada que, allá lejos, hacia el Oeste, en
-el corazón de la montaña, hay un valle maravilloso, tan estrecho,
-que en él sólo se le ve la cara al sol en pleno mediodía. Este
-valle permaneció desconocido durante miles de años; nadie soñaba su
-existencia. Pero, al cabo, hace mucho tiempo, unos cazadores entraron
-en él casualmente, y, ¿sabe usted lo que encontraron, _caballero_?
-Encontraron una pequeña nación o tribu de gente desconocida, que
-hablaba una lengua ignorada y que acaso vivía allí desde la creación
-del mundo sin tratarse con las otras criaturas humanas, y sin
-saber de la existencia de otros seres cerca de ellos. _Caballero_,
-¿no ha oído usted hablar nunca del valle de las Batuecas? Se han
-escrito muchos libros acerca de este valle y de sus habitantes. A
-mí me enorgullecen esas montañas, _caballero_; si yo fuera hombre
-independiente, sin mujer y sin hijos, compraría una _burra_ como la
-de usted—excelente, por lo que veo, y mucho mejor que la mía—y me
-iría a recorrer esas montañas hasta descubrir todos sus misterios y
-haber visto las maravillas que contienen.»
-
-No cesé en todo el día de avivar el paso de la burra, y sólo me
-detuve una vez para echarle un pienso; pero, aunque el animalito
-se portó muy bien, llegó la noche y aún faltaban dos leguas hasta
-Talavera. Al ponerse el sol arreció el frío; me arropé lo mejor
-posible con la capa vieja del gitano, que aun traía conmigo; pero
-resultó escasa defensa contra la inclemente noche. El camino, siempre
-por terreno llano, estaba medio borrado, y en la oscuridad era a
-veces difícil encontrarlo, sobre todo por los muchos atajos y veredas
-que lo cruzaban. Seguí adelante, empero, como pude, y cuando dudaba
-de la dirección que debía tomar, me abandonaba al instinto de mi
-cabalgadura. Salió al fin la luna, y a su débil luz distinguí de
-pronto un bulto que se movía a muy corta distancia delante de mí.
-Aligeré el paso de la _burra_, y no tardé en ponerme a su lado. El
-bulto continuó sin alterar su marcha un momento ni mirar. La silueta
-era de hombre, el más alto y corpulento que hasta entonces había yo
-encontrado en España, vestido también de un modo desusado en el
-país. Llevaba un sombrero bajo de copa y ancho de alas, muy semejante
-al de los carreteros ingleses; envolvíase el cuerpo en una especie
-de túnica larga y suelta, de cutí ordinario, abierta por delante,
-lo que permitía ver, en ocasiones, el resto de su traje, compuesto
-de un jubón y unos calzones de pana. Como he dicho, el ala de su
-sombrero era ancha; pero, aun siéndolo, no bastaba para cubrir un
-inmenso matorral de pelo negro como el carbón, espeso y rizado, que
-se desbordaba por todos lados. Colgadas del hombro izquierdo llevaba
-unas alforjas, y en la mano derecha una pértiga.
-
-Había algo extraño en todo su continente; pero lo más chocante era
-la tranquilidad con que seguía andando sin ocuparse de mí, aunque,
-naturalmente, se daba cuenta de mi proximidad; miraba con fijeza al
-camino delante de sí, salvo cuando alzaba su ancha faz y clavaba sus
-grandes ojos en la luna, que ya brillaba con fuerza en el cielo.
-
-—Está fría la noche—díjele al fin—. ¿Es este el camino de Talavera?
-
-—Este es el camino de Talavera, y la noche está fría.
-
-—Yo voy a Talavera—añadí—; supongo que usted también.
-
-—Allí voy yo; usted también va, _bueno_.
-
-La entonación con que pronunció estas palabras era, en su línea,
-tan extraña y singular, como el aspecto del hombre que las decía; no
-era exactamente la de una voz española, y, sin embargo, había algo
-en ellas que a duras penas podía ser extranjero; la pronunciación
-era también correcta, y el lenguaje, aunque insólito, sin faltas. Me
-chocó, sobre todo, la manera como había dicho la palabra _bueno_;
-algo parecido había oído yo en otra ocasión, pero no podía recordar
-cuándo ni dónde. Hubo una pausa. El desconocido andaba con paso
-arrogante y con perfecta indiferencia; al parecer estaba dispuesto a
-no buscar ni esquivar la conversación.
-
-—¿No le da a usted miedo viajar por estos caminos, de noche?—le
-pregunté—. Dicen que están llenos de ladrones.
-
-—¿Y no le debía dar a usted más miedo viajar por estos caminos,
-de noche? ¿A usted, que desconoce el país? ¿A usted que es un
-extranjero, un inglés?
-
-—¿Cómo sabe usted que soy inglés?—pregunté lleno de sorpresa.
-
-—No es cosa difícil; se lo he conocido en el acento.
-
-—Ya que habla usted de eso—dije yo—, ¿y si su acento me descubriese
-también quién es usted?
-
-—No puede ser—replicó mi compañero—; usted no sabe nada de mí, ni
-puede saberlo.
-
-—No lo diga usted con tanta seguridad, amigo mío; yo estoy enterado
-de muchas más cosas de las que usted se figura.
-
-—_¿Por ejemplo?_—dijo el desconocido.
-
-—Por ejemplo—repliqué—; usted habla dos idiomas.
-
-El hombre anduvo un poco en actitud reflexiva, y luego dijo en voz
-baja: _Bueno_.
-
-—Usted tiene dos nombres—continué—: uno, para el interior de su casa,
-y otro, para la calle. Ambos son buenos; pero el del hogar es el que
-usted más quiere de los dos.
-
-Anduvo otros cuantos pasos en la misma actitud que antes; de pronto,
-se volvió, y tomando nuevamente las riendas de la _burra_, la detuvo.
-Entonces contemplé de lleno su rostro y toda su persona; aún se me
-aparecen a veces en sueños sus formas hercúleas y sus facciones
-desmesuradas. Le vi plantado ante mí, bañado por la luz de la luna,
-mirándome a la cara con sus profundos y tranquilos ojos. Al cabo me
-dijo: «¿Es usted uno de los nuestros?»
-
- * * * * *
-
-Era ya muy entrada la noche cuando llegamos a Talavera. Fuimos a una
-casona lóbrega, la _posada_ principal de la ciudad, según me dijo
-mi compañero. Entramos en la cocina, en uno de cuyos extremos ardía
-una buena lumbre. «Pepita—dijo mi compañero a una linda muchacha
-que salió a nuestro encuentro sonriendo—, un _brasero_ y un cuarto
-reservado. Este caballero es un amigo mío y cenaremos juntos.» Pronto
-estuvo dispuesta la habitación, en la que había dos alcobas con
-sendas camas. Después de una cena que, por encargo de mi compañero,
-fué excelentísima, nos sentamos junto al brasero y comenzamos a
-hablar.
-
-YO.—Claro está que usted ha hablado con otros ingleses, porque en
-otro caso no me hubiera reconocido por el tono de la voz.
-
-ABARBANEL[128].—Cuando estalló la guerra de la Independencia,
-siendo yo un muchacho, vino al lugar en que yo vivía con mi familia
-un oficial inglés, encargado de instruir a reclutas; se alojó en
-casa de mi padre y me cobró gran afecto. Al marcharse me fuí con
-él, con permiso de mi padre, y le acompañé por ambas Castillas como
-camarada y criado a la vez. Juntos estuvimos casi un año, y cuando,
-súbitamente, le mandaron volver a su país, quiso llevarme consigo;
-pero mi padre no lo consintió en modo alguno. Veinticinco años han
-pasado sin ver ningún inglés; a pesar de ello, le he conocido a usted
-en plena oscuridad.
-
- [128] Este es un nombre puesto a capricho por Borrow a su
- interlocutor. (Nota de Burke.)
-
-YO.—¿Y qué género de vida hace usted, y cuáles son sus medios de
-subsistencia?
-
-ABARBANEL.—Vivo sin dificultad alguna, como creo que vivieron mis
-antepasados, y como vivió, con toda certeza, mi padre, cuya misma
-ruta he seguido. A su muerte, tomé posesión de la _herencia_; era yo
-hijo único, los bienes, muchos; hubiera podido vivir sin trabajar;
-pero a fin de no llamar la atención, seguí el oficio de mi padre,
-que era _longanicero_. A veces he tratado también en lana; pero sin
-gran empeño por falta de estímulo. Con todo, he tenido buena suerte;
-en ocasiones, una suerte extraordinaria, y he ganado más que muchos
-otros entregados por completo al comercio y que se matan a trabajar.
-
-YO.—¿Tiene usted hijos? ¿Está usted casado?
-
-ABARBANEL.—Soy casado, pero sin hijos. Tengo mujer y una _amiga_,
-o, más bien, dos mujeres, porque con ambas estoy casado; pero a una
-le llamo _amiga_ por guardar las apariencias; quiero vivir tranquilo,
-y no tengo gana de ofender los prejuicios de la gente que me rodea.
-
-YO.—Dice usted que es rico. ¿En qué consisten sus riquezas?
-
-ABARBANEL.—En oro, plata y piedras preciosas, pues he heredado
-todo lo que mis abuelos atesoraron. La mayor parte está escondido
-debajo de tierra; la verdad es que ni siquiera he visto la décima
-parte de ello. Tengo monedas de oro y plata anteriores al tiempo
-de Fernando el Maldito y Jezabel; también tengo sumas importantes
-dadas a préstamo. Vivimos muy apartados, sin embargo, y nos hacemos
-pasar por pobres, incluso por miserables; pero en ciertas ocasiones,
-en nuestras fiestas, una vez cerradas y atrancadas las puertas,
-y después de soltar los perros fieros en el corral, comemos en
-vajillas como ya las quisiera para sí la Reina de España, y hacemos
-las abluciones en salvillas de plata modeladas y repujadas antes
-del descubrimiento de América, aunque vayamos siempre groseramente
-vestidos y nuestras comidas sean de ordinario muy modestas.
-
-YO.—Además de usted y de sus mujeres, ¿hay en su casa alguna otra
-persona de su gremio?
-
-ABARBANEL.—Mis dos criados son también de los nuestros; uno es
-joven, y pronto se marchará a casarse lejos de aquí; el otro es
-viejo, y viene por este mismo camino detrás de mí con un carro y una
-mula.
-
-YO.—¿Y adónde se dirige usted ahora?
-
-ABARBANEL.—A Toledo, donde a veces trafico como _longanicero_. Me
-gusta viajar, aunque sin alejarme mucho de mi casa. Desde que me
-separé del inglés no he vuelto a salir de Castilla la Nueva. Me gusta
-ir a Toledo y pensar allí en los tiempos que fueron; acabaría por
-establecerme en esa ciudad, si no hubiera en ella tantos malditos que
-me miran con malos ojos.
-
-YO.—¿Le conocen a usted por lo que realmente es? ¿Le molestan las
-autoridades?
-
-ABARBANEL.—La gente sospecha, naturalmente, lo que yo soy, pero
-como en casi todo me acomodo a sus costumbres, no se mezclan en mis
-asuntos. Es verdad que algunas veces, cuando entro en la iglesia
-a oír misa, me miran por encima del hombro, como diciendo: «¿A
-qué vienes aquí?» Algunas veces se santiguan al pasar a mi lado;
-pero como se limitan a eso, no me preocupo gran cosa de ellos. Con
-las autoridades estoy en muy buenas relaciones. Muchos de los que
-desempeñan puestos elevados tienen dinero mío prestado, de modo
-que hasta cierto punto los tengo en mi poder; y la gente menuda,
-_alguaciles_ y _corchetes_, está siempre dispuesta a favorecerme, en
-consideración a unos cuantos duros que reparto de vez en cuando entre
-ellos; de modo que, en conjunto, las cosas no pueden ir mejor. Cierto
-que antiguamente no ocurría así; sin embargo, yo no sé por qué sería,
-pero aunque otras familias lo pasaron muy mal, la nuestra disfrutó
-siempre de relativa tranquilidad. La verdad es que mi familia ha
-sabido conducirse siempre por modo maravilloso. Puedo decir que hay
-en ella una sagacidad parecida a la de la serpiente. Siempre hemos
-tenido amigos; con respecto a los enemigos, es la verdad que nunca
-nos han hecho daño impunemente, porque es regla de mi casa no olvidar
-las injurias y no escatimar esfuerzos ni gastos para arruinar y
-destruir al que nos perjudica.
-
-YO.—¿Se meten con usted los curas?
-
-ABARBANEL.—Los curas me dejan en paz, sobre todo en nuestro mismo
-pueblo. Poco después de la muerte de mi padre, uno muy exaltado trató
-de jugarme una mala pasada; pero yo me las arreglé para pagarle en la
-misma moneda, y logré que le encarcelaran acusado de blasfemia, y en
-la cárcel estuvo mucho tiempo, hasta que se volvió loco y murió.
-
-YO.—¿Tienen ustedes en España alguna persona que haga cabeza,
-investida de la suprema autoridad?
-
-ABARBANEL.—Tanto como eso, no. Hay, sin embargo, ciertas familias
-virtuosas que gozan de mucha consideración: la mía es una de ellas—la
-principal, puedo decir—. Especialmente, mi abuelo era un varón justo;
-y oí contar a mi padre que una noche un arzobispo fué secretamente a
-nuestra casa, sólo para tener el gusto de besar la mano a mi abuelo.
-
-YO.—¿Cómo es posible eso? ¿Qué veneración puede sentir un arzobispo
-por uno como usted o como su abuelo?
-
-ABARBANEL.—Más de lo que usted se figura. El arzobispo era de
-los nuestros, o por lo menos lo había sido su padre, y él no podía
-olvidar lo que aprendió a reverenciar en la infancia. Dijo que había
-intentado inútilmente olvidarlo; que el _ruals_ se cernía siempre
-sobre él, y que desde la niñez los terrores conturbaban su ánimo,
-hasta llegar al punto de no poder sufrirse a sí mismo. Por esto fué
-a ver a mi abuelo, con quien permaneció toda una noche, y luego se
-volvió a su diócesis, donde murió poco después, en gran opinión de
-santo.
-
-YO.—Me sorprende lo que usted dice. ¿Tiene usted algún motivo para
-suponer que entre el clero católico hay muchos de los vuestros?
-
-ABARBANEL.—No lo supongo, lo sé. Hay muchos como yo en el clero,
-y no de rango inferior tan sólo. Algunos de los más sabios y
-famosos clérigos de España han sido de los nuestros, o al menos de
-nuestra sangre, y muchos de ellos, hoy en día, piensan como yo.
-Hay una fiesta especial en el año, en la cual, cuatro dignatarios
-eclesiásticos vienen sin falta a visitarme; y cuando, tomadas las
-necesarias precauciones, se cumplen las ceremonias preparatorias, se
-sientan en el suelo y blasfeman.
-
-YO.—¿Son ustedes muchos en las ciudades importantes?
-
-ABARBANEL.—De ningún modo; rara vez vivimos en las ciudades
-grandes; sólo vamos a ellas para nuestros negocios, y preferimos
-vivir en los pueblos. Cierto que no somos mucha gente; en pocas
-provincias de España contaremos más de veinte familias. Ninguno de
-los nuestros es pobre. Los que sirven, lo hacen por conveniencia
-más que por necesidad, porque sirviendo unos en casa de otros, se
-adiestran en tráficos diferentes. No es raro tampoco que el tiempo
-que se sirve sea el del noviazgo, y los criados se casan a veces con
-las hijas de sus amos.
-
-Continuamos hablando casi toda la noche; a la mañana siguiente me
-dispuse a partir, pero mi compañero me aconsejó que me quedase allí
-todo el día. «Y si quiere usted hacerme caso—añadió—, no debe usted
-ir más lejos de ese modo. Esta noche pasará por aquí la diligencia de
-Extremadura a Madrid. Váyase en ella; es el modo más rápido y seguro
-de viajar. Yo le compraré a usted la burra. Mi criado, que ya ha
-venido, la ha visto y me dice que puede sernos útil. Pasaremos el día
-juntos, como hermanos, y luego nos iremos cada uno por nuestro lado.»
-Así lo hicimos. Cuando llegó la diligencia me metí en ella, y en la
-mañana del segundo día llegué a Madrid.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XII
-
- Mi alojamiento en Madrid.—La patrona.—El embajador
- británico.—Mendizábal.—Baltasar.—Deberes de un Nacional.—Sangre
- moza.—La ejecución.—La población de Madrid.—Las clases altas.—Las
- clases bajas.—Las corridas de toros.—El gitano.
-
-
-Llegué a Madrid en los comienzos de febrero de 1837. Estuve breves
-días en una _posada_, y me mudé a la habitación que alquilé en
-el núm. 3 de la calle de la Zarza[129], calle oscura y sucia, no
-obstante hallarse pegada a la Puerta del Sol, punto céntrico de
-Madrid, donde desembocan cuatro o cinco de las vías principales, y
-sitio de reunión, en todas las épocas del año, de los vagos de la
-capital, pobres o ricos.
-
- [129] Iba desde la de Preciados a la del Arenal; desde la calle
- de la Zarza salía a la Puerta del Sol el callejón del Cofre, o de
- Cofreros. Desaparecieron al ensanchar la Puerta del Sol.
-
-La casa en que me alojé, era bastante singular. Ocupaba yo la parte
-delantera del primer piso; mis habitaciones consistían en una sala
-inmensa con un cuarto pequeño al lado, para dormir. La sala, a pesar
-de su tamaño, tenía muy pocos muebles: unas cuantas sillas, una
-mesa y un sofá componían todo su ornamento. Era muy fría y aireada,
-gracias a las corrientes que se colaban por tres grandes ventanas
-y por diversas puertas. La señora de la casa, acompañada por sus
-dos hijas, me condujo a mi aposento. «¿Ha visto usted nunca—me
-preguntó—un cuarto tan hermoso como éste? ¿Verdad que es digno de un
-príncipe? El invierno pasado vivió aquí el gran general Espartero.»
-
-La patrona era una mujer de desmesurada gordura, natural de
-Valladolid, en Castilla la Vieja. «¿Tiene usted alguna otra familia
-además de estas hijas?»—le pregunté—. «Dos hijos. Uno es oficial del
-ejército, y padre de este niño»—me contestó señalando a un muchacho
-de unos doce años, con cara de travieso pero listo, que brincaba por
-el aposento; «el otro es el nacional más famoso de Madrid. Es sastre
-de oficio y se llama Baltasar. Tiene gran influencia con los otros
-nacionales por el liberalismo de sus opiniones, y a una palabra suya
-toman las armas y acuden furiosos a la Puerta del Sol. Al presente,
-guarda cama; hace una vida muy desarreglada, y es muy amigo de
-toreros y de gentes peores aún.»
-
-Como el principal motivo de mi visita a la capital de España era el
-deseo de obtener permiso del Gobierno para imprimir en castellano el
-Nuevo Testamento y difundirlo por el país, comencé, sin pérdida de
-tiempo, a dar los pasos que me parecieron necesarios.
-
-Era yo completamente desconocido en Madrid, y no llevaba cartas de
-presentación para ninguna persona influyente que pudiera valerme en
-mi empresa, de suerte que, si bien abrigaba esperanzas de buen éxito,
-confiando en la protección del Omnipotente, esas esperanzas sufrían
-pasajeros desmayos y las oscurecían con frecuencia las nubes del
-desaliento.
-
-Por entonces era primer ministro en España Mendizábal, y se le tenía
-por hombre de poder casi ilimitado, en cuyas manos estaban los
-destinos del país. Consideré, pues, que si lograba por cualquier
-medio poner de mi parte a hombre tan poderoso, no tendría que temer
-molestia alguna por otro lado, y resolví acudir a él.
-
-Antes de dar ese paso, me pareció prudente avistarme con Mister
-Villiers, embajador de Inglaterra en Madrid, y, con la libertad aneja
-a mi condición de súbdito británico, pedirle consejo en el asunto.
-Me recibió con mucha bondad, y tuvimos una conversación agradable
-acerca de varios temas antes de abordar el que a mí me preocupaba
-hondamente. Díjome que si yo deseaba una entrevista con Mendizábal,
-él se ofrecía a procurármela, pero al mismo tiempo me advirtió con
-franqueza que no esperaba de ella ningún resultado bueno, porque le
-constaba la violenta predisposición de Mendizábal contra la Sociedad
-Bíblica Británica y Extranjera, y era lo más probable que en lugar
-de favorecerlo, contrariase cualquier intento de la Sociedad para
-introducir el Evangelio en España. Resolví, a pesar de todo, hacer
-la prueba, y antes de separarme del embajador obtuve una carta de
-presentación para Mendizábal.
-
-Una mañana, temprano, acudí a Palacio, en una de cuyas alas estaba
-el despacho del primer ministro. El frío era cruel; el Guadarrama,
-sobre el que hay una hermosa vista desde la explanada del Palacio,
-estaba cubierto de nieve. Casi tres horas estuve tiritando de frío
-en una antecámara, con varias personas más que, como yo, aguardaban
-audiencia del poderoso. Al cabo se presentó el secretario particular,
-y después de hacer diversas preguntas a los otros, se dirigió
-a mí, interrogándome acerca de mi calidad y mis pretensiones.
-Díjele que yo era un inglés, portador de una carta del ministro
-británico. «Si usted no se opone, yo se la entregaré personalmente
-a su excelencia»—me dijo—. En oyendo esto, le alargué la carta y
-desapareció. Entraron antes que yo varias personas, pero me llegó el
-turno, al fin, y me introdujeron en el despacho de Mendizábal.
-
-El ministro estaba detrás de una mesa cubierta de papeles,
-examinándolos con intensa atención. No se enteró de mi presencia, y
-tuve tiempo suficiente para contemplarlo. Era un hombre corpulento,
-atlético, un poco más alto que yo, que mido descalzo seis pies y
-dos pulgadas; de tez sonrosada, facciones finas y correctas, nariz
-aguileña y dientes de espléndida blancura; aunque apenas frisaba en
-los cincuenta años, tenía el pelo muy canoso. Vestía una lujosa bata
-de mañana, con una cadena de oro alrededor del cuello, y calzaba
-chinelas de tafilete.
-
-Su secretario, hombre de buena presencia y de expresión inteligente,
-que, según supe después, se había conquistado un nombre en la
-literatura española y en la inglesa, permanecía en pie junto a la
-mesa, con papeles en las manos.
-
-Después de hacerme esperar en pie un cuarto de hora, Mendizábal
-alzó súbitamente sus ojos penetrantes y clavó en mí una mirada
-escrutadora, poco común. «He visto un mirar muy parecido a ese entre
-los Beni-Israel—dije entre mí...
-
-Nuestra entrevista duró casi una hora; la conversación fué de
-singular interés. Mendizábal, como ya me habían advertido, era, en
-efecto, ardiente enemigo de la Sociedad Bíblica, de la que hablaba
-con odio y desprecio; estaba también muy lejos de ser un amigo de la
-religión cristiana, con quien me fuese fácil contar. Sin desanimarme
-por eso, le insté mucho en favor del asunto que allí me llevaba, y
-tuve tanta fortuna, que ofreció permitirme imprimir las Escrituras
-si, como esperaba, de allí a unos meses el país estaba más tranquilo.
-
-Cuando ya me marchaba, me dijo: «No es esta la primera petición de
-ese género que me hacen. Desde que estoy en el gobierno, no se harta
-de importunarme con esas cosas una bandada de ingleses, desparramados
-hace poco por España, que se llaman a sí mismos cristianos
-evangélicos. Todavía la semana pasada, un individuo jorobado se abrió
-paso hasta mi despacho, donde yo trataba asuntos importantes, y me
-dijo que Cristo estaba para llegar de un momento a otro... y ahora
-viene usted y casi me convence, para indisponerme aun más con el
-clero, como si todavía no me odiase bastante. ¿Qué singular desvarío
-les impulsa a ustedes a ir por mares y tierras con la Biblia en la
-mano? Lo que aquí necesitamos, mi buen señor, no son Biblias, sino
-cañones y pólvora para acabar con los facciosos, y, sobre todo,
-dinero para pagar a las tropas. Siempre que venga usted con esas tres
-cosas, se le recibirá con los brazos abiertos; si no, habrá usted
-de permitirnos prescindir de sus visitas, por mucho honor que nos
-dispense con ellas.
-
-YO.—Los disturbios de este infortunado país no acabarán hasta que
-el Evangelio circule libremente.
-
-MENDIZÁBAL.—Esperaba la respuesta, porque he vivido trece
-años en Inglaterra y conozco algo la fraseología de sus buenos
-correligionarios. Ahora, déjeme, se lo ruego; como ve usted, estoy
-muy ocupado. Vuelva cuando quiera, pero no antes de tres meses.»
-
-Una mañana, mientras me desayunaba con los pies encima del _brasero_,
-entró la patrona en mi aposento y me dijo: «_Don Jorge_, aquí está mi
-hijo Baltasarito, el nacional. Ya se levanta de la cama, y al saber
-que teníamos un inglés en casa, me ha pedido que le presente, porque
-tiene mucha afición a los ingleses por sus ideas liberales. Aquí le
-tiene usted, ¿qué le parece?»
-
-Me guardé de decir a su madre mi opinión. A mi parecer, hacía muy
-bien en llamarle Baltasarito, porque jamás el antiguo y sonoro
-nombre de Baltasar se habría dado a sujeto tan exiguo. Podría tener
-hasta cinco pies y una pulgada de altura, y era más bien corpulento
-para su talla; el rostro amarillento y enfermizo, pero con cierta
-expresión de fanfarronería; los ojos pardos, muy oscuros, eran vivos
-y brillantes. Iba vestido, o más bien desvestido, malamente, con una
-gorra de cuartel y un capote de reglamento, viejo y muy holgado, que
-hacía las veces de bata.
-
-—Celebro mucho conocerle, _señor nacional_—le dije en cuanto su
-madre se retiró, y así que Baltasar se hubo sentado y encendido,
-claro está, un cigarro de papel en el _brasero_—. Me alegro mucho
-de haberle conocido, sobre todo porque, según me ha dicho su señora
-madre, tiene usted gran influencia con los nacionales. Yo, como
-extranjero, puedo tener necesidad de un amigo; la fortuna me favorece
-al proporcionarme uno que es miembro de tan poderoso cuerpo.
-
-BALTASAR.—Sí, tengo bastante mano con los otros nacionales; en
-Madrid no hay ninguno más conocido que Baltasar, ni más temido por
-los carlistas. ¿Dice usted que puede hacerle falta un amigo? Pues
-ya sabe que dispone de mí para cuanto se le ofrezca. Tanto yo, como
-los demás nacionales, nos enorgulleceremos sirviéndole a usted de
-_padrinos_, si tiene entre manos algún lance de honor. Pero, ¿por qué
-no se hace usted de los nuestros? Le recibiríamos a usted con mucho
-gusto en el cuerpo.
-
-YO.—¿Son muy duras las obligaciones de un nacional?
-
-BALTASAR.—Nada de eso. Estamos de servicio una vez cada quince
-días, y luego suele haber alguna revista de poca duración. Las
-obligaciones son ligeras y privilegios grandes. Por ejemplo: yo
-he visto a tres compañeros míos pasearse un domingo por el Prado,
-armados de estacas, y apalear a cuantos les parecían sospechosos.
-Más aún; tenemos la costumbre de rondar de noche por las calles, y
-cuando tropezamos con alguien que nos desagrada, caemos sobre él, y
-a cuchilladas o bayonetazos, le dejamos, por lo común, en el suelo
-revolcándose en su sangre. Sólo a un nacional se le permitiría hacer
-tales cosas.
-
-YO.—Supongo que todos los nacionales serán de opinión liberal.
-
-BALTASAR.—¡Así debiera ser! Pero hay algunos, _don Jorge_, que
-no nos parecen muy de fiar. Son pocos, sin embargo, y a casi todos
-los conocemos. La vida que llevan es poco envidiable, porque cuando
-están de guardia, nos burlamos de ellos, y con frecuencia los damos
-de palos. La ley obliga a todos los hombres de cierta edad a servir
-en el ejército o a alistarse en la guardia nacional; por eso hay en
-nuestras filas algunos de esos _godos_.
-
-YO.—¿Hay muchos carlistas en Madrid?
-
-BALTASAR.—Entre la gente joven, no; la mayor parte de los carlistas
-madrileños capaces de llevar las armas, se fueron hace tiempo a la
-facción. Los que quedan son casi todos viejos o curas, buenos tan
-sólo para reunirse en algún café apartado y proyectar fantásticos
-complots. ¡Que hablen, _don Jorge_, que hablen! Los destinos de
-España no dependen de los deseos de _ojalateros_ y _pasteleros_, sino
-de las manos de los nacionales, intrépidos y firmes, como yo y mis
-amigos, _don Jorge_.
-
-YO.—Por su señora madre he sabido, con pena, que hace usted una
-vida muy desordenada.
-
-BALTASAR.—¡Cómo! ¿Se lo ha dicho a usted, _don Jorge_? ¡Qué quiere
-usted, _don Jorge_! Soy joven, y la sangre joven hierve en las
-venas. Los nacionales me llaman el alegre Baltasar, y mi popularidad
-se funda en la jovialidad de mi carácter y en mis ideas liberales.
-Cuando estoy de guardia, llevo siempre la guitarra, ¡y si viera usted
-qué _función_ se arma! Mandamos por vino, y los nacionales se pasan
-la noche bebiendo y bailando, mientras Baltasarito toca la guitarra y
-canta canciones de _Germania_.
-
- Una romí sin pachí
- le penó a su chindomar; etc.
-
-Esto es _gitano_, _don Jorge_. Me lo han enseñado los _toreros_ de
-Andalucía; todos hablan _gitano_, y muchos lo son de raza. Montes,
-Sevilla, Poquito Pan son amigo míos. No hay _función_ de toros, _don
-Jorge_, en que no esté Baltasar con su _amiga_. En el invierno no se
-dan corridas de toros, _don Jorge_, que si no, le llevaría a usted a
-una; por suerte, mañana hay una ejecución; una _función de la horca_,
-e iremos a verla, _don Jorge_.
-
-Fuimos a ver la ejecución, que no se me olvidará en mucho tiempo. Los
-reos eran dos jóvenes, dos hermanos, culpables de haber escalado de
-noche la casa de un anciano y asesinádole cruelmente para robarle.
-En España estrangulan a los reos de muerte contra un poste de madera
-en lugar de colgarlos, como en Inglaterra, o de guillotinarlos, como
-en Francia. Para ello, los sientan en una especie de banco, con un
-palo detrás, al que se fija un collar de hierro, provisto de un
-tornillo; con el collar se le abarca el cuello al reo, y a una señal
-dada, se aprieta con el tornillo hasta que el paciente expira. Mucho
-tiempo llevábamos ya esperando entre la multitud, cuando apareció el
-primer reo, montado en un asno, sin silla ni estribos, de modo que
-las piernas casi le arrastraban por el suelo. Vestía una túnica de
-color amarillo azufre, con un gorro encarnado, alto y puntiagudo,
-en la rapada cabeza. Sostenía entre las manos un pergamino, en el
-que había escrito algo, supongo que la confesión de su delito.
-Dos curas llevaban al borrico por el ramal; otros dos caminaban a
-cada lado, cantando letanías, en las que percibí palabras de paz y
-tranquilidad celestiales; el delincuente se había reconciliado con
-la iglesia, confesado sus culpas y recibido la absolución, con
-promesa de ser admitido en el cielo. Sin mostrar el más leve temor,
-el reo se apeó, y subió sin ayuda al cadalso, donde le sentaron en
-el banquillo y le echaron al cuello el corbatín fatal. Uno de los
-curas comenzó entonces a decir el Credo en voz alta, y el reo repetía
-las palabras. De pronto, el ejecutor, colocado detrás de él, dió
-vueltas al tornillo, de prodigiosa fuerza, y casi instantáneamente
-aquel desdichado murió. A tiempo que el tornillo giraba, el cura
-comenzó a gritar, _pax et misericordia et tranquillitas_, y gritando
-continuó, en voz cada vez más recia, hasta hacer retemblar los altos
-muros de Madrid. Luego se inclinó, puso la boca junto al oído del
-reo, y de nuevo clamó, como si quisiera perseguir a su alma en su
-marcha hacia la eternidad y consolarla en el camino. El efecto era
-tremendo. Yo mismo me excité tanto, que involuntariamente exclamé:
-_¡Misericordia!_ Y lo mismo hicieron otros muchos. Nadie pensaba allí
-en Dios ni en Cristo; todos los pensamientos se concentraban en el
-cura, que en tal momento parecía el más importante de todos los seres
-vivos, con poder suficiente para abrir y cerrar las puertas del cielo
-o del infierno, según lo tuviese a bien; pasmoso ejemplo del sistema
-papista imperante, cuyo principal designio fué siempre mantener el
-ánimo del pueblo todo lo apartado de Dios que podía, y en concentrar
-en el clero sus esperanzas y temores. La ejecución del segundo reo,
-fué enteramente igual; subió al patíbulo a los pocos minutos de haber
-expirado su hermano.
-
-He visitado casi todas las capitales importantes del mundo; pero, en
-conjunto, ninguna me ha interesado tanto como la villa de Madrid,
-donde a la sazón me hallaba. No hablo de sus calles ni edificios, de
-sus plazas ni de sus fuentes, aunque algo de esto hay en Madrid digno
-de nota; Petersburgo tiene calles más hermosas; París y Edimburgo,
-edificios más suntuosos; Londres, plazas más bellas, y Shiraz
-puede alabarse de poseer fuentes más lujosas, aunque no aguas más
-frescas. ¡Pero la población!... Cercados por un muro de tierra que
-apenas mide legua y media a la redonda, se agolpan doscientos mil
-seres humanos, que forman, con toda seguridad, la masa viviente más
-extraordinaria del mundo entero; y no se olvide nunca que esta masa
-es estrictamente española. La población de Constantinopla es harto
-singular, pero han contribuído a formarla veinte naciones—griegos,
-armenios, persas, polacos, judíos; estos últimos de origen español,
-dicho sea de paso, y que aún hablan entre sí el castellano antiguo.
-Pero la población de Madrid, en su totalidad, sin otra excepción
-que un puñado de extranjeros, principalmente sastres, guanteros y
-_perruquiers_ franceses, es española neta, aunque buena parte de
-ella no haya nacido en la capital. Aquí no hay colonias de alemanes,
-como en San Petersburgo; ni factorías inglesas, como en Lisboa; ni
-multitudes de yanquis insolentes callejeando, como en la Habana, con
-un aire que parece decir: «Este país será nuestro en cuanto queramos
-apoderarnos de él»; sino una población inculta, sorprendente, formada
-por muy varios elementos, pero española, y que lo seguirá siendo
-mientras la ciudad exista. ¡Salud, _aguadores_ de Asturias, que,
-con vuestro grosero vestido de muletón y vuestras monteras de piel,
-os sentáis por centenares al lado de las fuentes, sobre las cubas
-vacías, o tambaleándoos bajo su peso, una vez llenas, subís hasta
-los últimos pisos de las casas más altas! ¡Salud, _caleseros_ de
-Valencia, que, recostados perezosamente en vuestros carruajes, picáis
-tabaco para liar un cigarro de papel, en espera de parroquianos!
-¡Salud, mendigos de la Mancha, hombres y mujeres que, embozados en
-burdas mantas, imploráis la caridad indistintamente a las puertas
-de los palacios o de las cárceles! ¡Salud, criados montañeses,
-_mayordomos_ y secretarios de Vizcaya y Guipúzcoa, _toreros_ de
-Andalucía, _reposteros_ de Galicia, tenderos de Cataluña! ¡Salud,
-castellanos, extremeños y aragoneses, de cualquier oficio que seáis!
-Y, en fin, vosotros, los veinte mil _manolos_ de Madrid, hijos
-genuinos de la capital, hez de la villa, que con vuestras terribles
-navajas causasteis tal estrago en las huestes de Murat el día Dos
-de Mayo, ¡salud! Y a las clases más elevadas—a los caballeros, a
-las _señoras_—, ¿las pasaré en silencio? En verdad tengo poco que
-decir de ellos. Apenas los traté, y lo que vi de sus costumbres no
-era muy a propósito para sublimarlos en mi imaginación. Yo no soy
-de los que, vayan donde vayan, siguen la inveterada práctica de
-vilipendiar a las clases altas y de exaltar a su costa al populacho.
-En muchas capitales, la parte más notable e interesante de la
-población es precisamente la aristocracia. Tal ocurre en Viena,
-y más especialmente en Londres. ¿Quién puede rivalizar con el
-aristócrata inglés en prestancia, fuerza y valentía? ¿Quién monta
-mejores caballos? ¿Quién goza de posición más sólida? ¿Quién más
-amable que su esposa, su hermana o su hija? Pero tratándose de la
-aristocracia española, así de las _señoras_ como de los caballeros,
-cuanto menos se diga en cada uno de los puntos aludidos, será mejor.
-Sin embargo, sé muy poco acerca de ellos, lo confieso; quizás tengan
-sus admiradores, a los que cedo la tarea de escribir su panegírico.
-Le Sage los describió tales como eran hace casi dos siglos; sus
-rasgos son poco seductores, y no creo que hayan mejorado desde que
-el inmortal francés los retrató. Hablaré, pues, con más gusto de
-las clases bajas, no sólo de Madrid, pero de toda España. Un español
-de la clase baja, sea _manolo_, labriego o arriero, me parece
-mucho más interesante que un aristócrata. Es un ser poco común, un
-hombre extraordinario. Le faltan, es cierto, la amabilidad y la
-generosidad del _mujik_ ruso, capaz de dar su único _rouble_ antes
-que el forastero pase necesidad; tampoco tiene su tranquilo valor,
-que le hace invulnerable al miedo y le impulsa, al mando de su zar,
-a arrostrar cantando una muerte cierta. En el carácter español hay
-menos abnegación y más dureza; le anima, en cambio, un sentimiento
-de altiva independencia que roba la admiración. Es ignorante, por
-supuesto; pero, cosa singular, invariablemente he encontrado en las
-clases más bajas y peor educadas, mayor generosidad de sentimientos
-que en las altas. Mucho tiempo ha sido moda hablar del fanatismo de
-los españoles y de su mezquino recelo de los extranjeros. Esto es
-verdad hasta cierto punto; pero es verdad, principalmente, respecto
-de las clases altas. Si el valor o el talento de los extranjeros
-nunca han alcanzado en España el premio merecido, la gran masa de los
-españoles no tiene la culpa de ello. He oído calumniar a Wellington
-en el mismo soberbio teatro de sus triunfos; pero nunca por los
-soldados viejos de Aragón y de Asturias, que le ayudaron a vencer
-a los franceses en Salamanca y en los Pirineos. He oído criticar el
-modo de montar de un _jockey_ inglés; pero el crítico era el necio
-heredero de los Medinaceli, no un _picador_ de la plaza de Madrid.
-
-A propósito de picadores: un día, poco después de mi llegada a
-Madrid, estuve un par de horas callejeando, en viaje de exploración,
-por un barrio famoso a causa de los robos y muertes que en él
-se cometían, y, al sentirme cansado, entré en un tabernucho a
-refrigerarme. Había muchos parroquianos, todos con cara de bandidos;
-a mi saludo contestaron quitándose los _sombreros_ con mucha
-ceremonia y abriéndome calle hasta el mostrador. Vacié un vaso de
-_val de peñas_, y ya iba a pagar y a marcharme, cuando un individuo
-de horrible catadura, vestido con un coleto de ante fuerte, zajones
-y botas de montar que le pasaban de las rodillas, y tocado con
-un sombrero claro, cuyas alas tenían lo menos vara y media de
-circunferencia, se abrió paso entre la gente, y, encarándose conmigo,
-dijo con voz de trueno:
-
-—_¡Otra copita! ¡Vamos, inglesito, otra copita!_
-
-—Gracias, mi buen señor; es usted muy amable. Parece que me conoce
-usted; pero yo no tengo el honor de conocerle.
-
-—¿No me conoce?—replicó el tal—. ¡Soy Sevilla, el _torero_! Yo
-le conozco a usted mucho; usted es el amigo de Baltasarito, el
-nacional, que es amigo mío y muy buena persona.
-
-Volviéndose entonces a la compañía, dijo con voz sonora, arrastrando
-la última sílaba de cada palabra, según costumbre de la _gente
-rufianesca_ en toda España:
-
-—Caballeros valientes: Este caballero es amigo de un amigo mío.
-_Es mucho hombre._ No hay en España quien le iguale. Aunque es
-_inglesito_, habla _gitano_ cerrado.
-
-—No lo creemos—replicaron varias voces graves—. No es posible.
-
-—¿Decís que no es posible? Pues yo os digo que sí. Ven acá, Balseiro;
-tú, que te has pasado la vida en presidio y te estás alabando siempre
-de hablar el _gitano_ cerrado, aunque no sabes palabra, ven acá y
-habla con su merced en _gitano_ cerrado.
-
-Un hombre pequeño, enclenque, pero vivaracho, se adelantó. Iba en
-mangas de camisa y llevaba una montera; era guapo, pero con cara de
-demonio.
-
-Habló unas pocas palabras en la corrompida jerga gitana de las
-cárceles, preguntándome si había estado alguna vez en el calabozo, y
-si sabía lo que era una _gitana_[130].
-
- [130] Doce onzas de pan, o libra corta, ración de la
- cárcel. (Nota de Borrow.)
-
-—Vamos, _inglesito_—gritó Sevilla con voz tonante—, respóndele al
-_monró_[131] en _gitano_ cerrado.
-
- [131] Amigo.
-
-Contesté al ladrón, porque lo era en efecto, y de los que han dejado
-nombre duradero en la historia de la picardía madrileña; le contesté
-con alguna extensión en el dialecto de los gitanos extremeños.
-
-—Creo que es _gitano_ cerrado—musitó Balseiro—, o si no, será inglés,
-porque no entiendo ni una palabra.
-
-—¿No te decía yo—exclamó el picador—que no sabes ni palabra del
-gitano cerrado? Pero el _inglesito_ sí lo sabe, y yo entiendo todo
-lo que dice; _vaya_, no hay nadie como él para el _gitano_ cerrado.
-Además, es muy buen _jinete_; después de mí, no hay quien le iguale;
-sólo él sabe montar con las acciones de los estribos muy cortas.
-_Inglesito_, si necesitas dinero, dispón de mi bolsillo; todo cuanto
-tengo está a tu servicio, y no creas que es poco: acabo de ganar
-cuatro mil _chulés_ a la lotería. Animo, inglés, otra copa; yo lo
-pago todo; yo, Sevilla.
-
-Y se golpeaba una y otra vez el pecho con la mano, mientras repetía:
-«¡Yo, Sevilla! ¡Yo...!»
-
-
-
-
-CAPÍTULO XIII
-
- Intrigas de la Corte.—Quesada y Galiano.—Disolución de las
- Cortes.—El secretario.—Testarudez aragonesa.—El Concilio de
- Trento.—El asturiano.—Los tres bandidos.—Benedicto Mol.—El hombre
- de Lucerna.—El Tesoro.
-
-
-Mendizábal me había dicho que volviera a verle pasados tres meses,
-dándome esperanzas de no oponerse personalmente a la publicación del
-Nuevo Testamento; pero antes de que transcurrieran los tres meses
-cayó en desgracia, y dejó de ser primer ministro.
-
-Para derribarlo se urdió una intriga, dirigida por Istúriz y Alcalá
-Galiano, gaditanos como Mendizábal, de quien hasta entonces se
-llamaron amigos. Ambos habían sido liberales egregios, y miembros
-importantes de aquellas Cortes que, huyendo de la invasión de
-Angulema, se llevaron a Fernando desde Madrid a Cádiz, y le tuvieron
-preso hasta que esta ciudad inexpugnable tuvo por conveniente
-rendirse; los dos personajes se refugiaron en Inglaterra, donde
-pasaron considerable número de años.
-
-Por el tiempo a que me refiero, hallábanse Istúriz y Galiano
-sumamente pobres, sin que del apoyo a Mendizábal pudiesen esperar
-mejoras inmediatas; y considerándose, además, tan buenos y capaces
-como él para gobernar a España en las circunstancias dadas,
-resolvieron separarse del partido de su amigo, a quien habían apoyado
-hasta allí, y levantar bandera propia.
-
-En consecuencia, formaron en las Cortes una oposición contra
-Mendizábal; los miembros de esa oposición tomaron el nombre de
-_moderados_ para distinguirse de Mendizábal y sus secuaces,
-ultraliberales. Los _moderados_ contaban con el apoyo de la reina
-regente Cristina, deseosa de un poder algo mayor que el que los
-liberales parecían dispuestos a concederle, y, además, enemiga
-personal del ministro. Veíanse también apoyados por Córdova, que
-entonces mandaba el ejército y estaba descontento de Mendizábal,
-porque el ministro no servía con suficiente presteza las demandas
-pecuniarias del general, aunque se decía que la mayor parte del
-dinero enviado para pagar a las tropas no se empleaba en eso, sino
-en fondos públicos franceses, a nombre y para uso y provecho del
-nombrado Córdova.
-
-Pero no voy a escribir una historia de sucesos políticos que
-presencié entonces; baste decir que Mendizábal, viéndose contrariado
-en todos sus proyectos por la Gobernadora, que no aceptaba ninguna
-de las medidas propuestas por el ministro, y por el general, que
-permanecía inactivo y se negaba a atacar al enemigo, ya repuesto
-del contratiempo que le causó la muerte de Zumalacárregui y en
-considerable auge sus armas, dimitió, abandonando por el momento el
-campo a sus adversarios, aunque contaba en las Cortes con inmensa
-mayoría, y aunque la opinión del país, al menos en su parte liberal,
-le era favorable.
-
-Se constituyó un gabinete presidido por Istúriz, en el que Galiano
-fué ministro de Marina, y un cierto duque de Rivas ministro de
-lo Interior. Estos eran los jefes del gobierno _moderado_; pero,
-impopulares en Madrid, y temerosos de los nacionales, buscaron el
-concurso de un hombre llamado Quesada, aborrecedor de la milicia
-nacional y que a nada temía; hombre asaz estúpido, pero gran
-guerrero, que en cierta época de su vida mandó una legión llamada
-Ejército de la Fe, cuyas hazañas en ambas vertientes del Pirineo son
-harto conocidas para que necesite recordarlas. Quesada fué nombrado
-capitán general de Madrid.
-
-El más inteligente de los nuevos ministros era, con mucho, Galiano,
-a quien me presentaron poco después de mi llegada a Madrid. Hombre
-de muchas letras, conocía a fondo las de su país. Orador ante
-todo, de palabra fácil, elegante e impetuoso, era para el partido
-_moderado_, dentro de las Cortes, lo que Quesada fuera de ellas; es
-decir, el hombre de combate. Difícil sería decir por qué le hicieron
-ministro de Marina, ya que España no tiene ninguna; acaso lo fué por
-su dominio del inglés, idioma que hablaba y escribía tan bien como
-el suyo propio, habiéndose ganado la vida durante su estancia en
-Inglaterra, principalmente, escribiendo artículos para los periódicos
-y revistas; ocupación muy honrosa, pero que pocos de los extranjeros
-desterrados en Inglaterra son capaces de desempeñar.
-
-Galiano era hombre muy pequeño e irritable, enemigo encarnizado de
-cuantos se atravesaban en el camino de su prosperidad. Odiaba a
-Mendizábal con rencor no disimulado, y siempre hablaba de él con
-infinito desprecio. «Temo que me cueste bastante trabajo arrancar a
-Mendizábal el permiso de imprimir el Nuevo Testamento»—le dije un
-día—. «Mendizábal es un asno—replicó Galiano—. Calígula hizo cónsul
-a su caballo, y creo que esto es lo que ha inducido a lord... a
-enviarnos a ese _burro_ de la Bolsa de Londres para que sea nuestro
-ministro.»
-
-Sería mucha ingratitud de mi parte no confesar aquí cuánto debo a
-Galiano, que me ayudó con todo su poder en el asunto que me llevaba a
-España. Poco después de formarse el ministerio moderado fuí a verle,
-y le dije que «entonces o nunca era la ocasión de hacer un esfuerzo
-en favor mío.» «Lo haré—me respondió con tono áspero, porque siempre
-habla con aspereza, lo mismo a los amigos que a los enemigos—;
-pero tenga usted paciencia unos cuantos días; estamos ahora muy
-ocupados. Nos han derrotado en las Cortes, y esta tarde intentaremos
-disolverlas. Dicen que esos canallas se negarán a marcharse; pero
-Quesada estará a la puerta para arrojarlos a la calle si oponen
-alguna resistencia. Vaya usted por allí, y acaso vea una _función_.»
-
-Después de un debate de una hora, fueron disueltas las Cortes sin
-necesidad de recurrir a la ayuda del temible Quesada. Galiano, sin
-nuevas dilaciones, me dió una carta para su colega el duque de
-Rivas, a cuyo departamento incumbía, según me dijo, conceder o negar
-el permiso para imprimir el libro. El duque era un hombre joven y
-apuesto, de unos treinta años, andaluz por su cuna, como sus dos
-colegas ya nombrados. Había publicado varias obras—tragedias, según
-creo—, y gozaba de cierta reputación literaria. Me recibió con suma
-afabilidad, y enterado de mi pretensión, respondió, haciéndome una
-cortesía seductora y con un gesto genuinamente andaluz: «Vea a mi
-secretario; vea a mi secretario; _él hará por usted el gusto_.»
-
-Fuí a ver al secretario, un aragonés llamado Oliban, que no era
-guapo, ni de elegantes maneras, ni afable. «¿Desea usted un
-permiso para imprimir el Nuevo Testamento?» «Sí, señor.» «¿Y le
-ha hablado usted de esto a su excelencia?» «En efecto.» «Supongo
-que intenta usted imprimirlo sin notas»,—continuó Oliban—. «Sí.»
-«Entonces, su excelencia no puede darle a usted el permiso—dijo el
-secretario aragonés—; el Concilio de Trento ordenó que en ningún
-país cristiano pueda imprimirse parte alguna de la Escritura sin
-las notas de la iglesia.» «¿Cuántos años hace de eso?»—pregunté yo.
-«No sé cuántos años hace—repuso Oliban—; pero tal es el decreto del
-Concilio.» «¿Es que en España rigen ahora los decretos del Concilio
-de Trento?»—inquirí—. «Rigen en algunos puntos, y este es uno de
-ellos—respondió el aragonés—; pero, dígame, ¿quién es usted? ¿Le
-conoce el embajador de su país?» «¡Oh!, sí, y tiene mucho interés por
-este asunto.» «¿De veras?—dijo Oliban—; entonces, el caso varía. Si
-puede usted demostrarme que su excelencia se interesa por el asunto,
-yo no pondré dificultades.»
-
-El ministro británico hizo cuanto yo podía desear, y mucho más de
-lo que me atrevía a esperar. Tuvo una entrevista con el duque de
-Rivas, y hablaron detenidamente de mi asunto; el duque fué todo
-sonrisas y cortesía. Escribió, además, una carta particular al
-duque y me la dió, encargándome que yo mismo se la entregase la
-primera vez que fuese a verle; y para remate de todo, me escribió
-y dirigió otra carta en la que me dispensaba el honor de decirme
-que me tenía en gran aprecio, y que su mayor placer sería que yo
-obtuviese el permiso tan buscado. Fuí a ver al duque, y le entregué
-la carta; estuvo diez veces más bondadoso y afable aún que antes;
-leyó la carta, sonrió con la mayor dulzura, y luego, como poseído
-de súbito entusiasmo, extendió los brazos de un modo casi teatral,
-exclamando: «_Al secretario; él hará por usted el gusto._» De nuevo
-me precipité al secretario, que me recibió con frialdad glacial. Le
-referí las palabras de su jefe, y le entregué la carta que me había
-escrito el ministro británico. El secretario la leyó con atención, y
-me dijo que, evidentemente, su excelencia se «había» tomado interés
-en el asunto. Me preguntó después mi nombre, y, tomando una hoja de
-papel, se sentó como si fuese a escribir el permiso. Yo estaba en mis
-glorias. De pronto, el secretario se detuvo, alzó la cabeza, pareció
-reflexionar un momento, y poniéndose la pluma detrás de la oreja,
-dijo: «Entre los decretos del Concilio de Trento, se cuenta uno...»
-
-—¡Oh Dios mío!—exclamé.
-
-—Es un hombre singular ese Oliban—dije un día a Galiano—; no puede
-usted imaginarse lo me está haciendo pasar; no se cansa de hablarme
-del Concilio de Trento.
-
-—En el Trento quisiera yo verle metido hasta la cintura por decir
-tales tonterías. Sin embargo, procuraremos no desagradar a Oliban;
-es de los nuestros y nos ha prestado buenos servicios; es, además,
-hombre inteligente; pero, como buen aragonés, si se le mete una idea
-en la cabeza, cuesta mucho trabajo arrancársela. No obstante, iremos
-a verle; es antiguo amigo mío, y no dudo que le haremos entrar en
-razón.
-
-Al día siguiente fuí a buscar a Galiano al Ministerio de Marina
-o Almirantazgo (¿cómo se debe decir?), y desde allí fuimos al
-Ministerio de lo interior, instalado en un edificio magnífico,
-antigua _casa_ de la Inquisición. Nos avistamos con Oliban. Galiano
-se lo llevó al hueco de una ventana, y hablaron detenidamente, pero
-en voz muy baja, y como la habitación era inmensa, no pude oír
-palabra. Al cabo, Galiano se me acercó y dijo: «Hay alguna dificultad
-para resolver el asunto de usted; pero ya sabe Oliban que es usted
-amigo mío, y dice que eso le basta; quédese aquí con él, y hará
-cuanto sea necesario en favor de usted. Es asunto arreglado. ¡Adiós!»
-En diciendo esto, se marchó, dejándome con Oliban. El secretario
-comenzó acto seguido a escribir no sé qué cosa, y, al terminar, sacó
-una caja de cigarros, encendió uno, después de ofrecerme otro que
-rehusé, porque no fumo, y apoyando los pies en la mesa me dirigió en
-francés el siguiente discurso:
-
-—Me alegro mucho de ver a usted en esta capital, y aún de verle
-trabajar en ese asunto. Considero un oprobio para España que no
-circule ninguna edición del Evangelio, al menos en condiciones
-tales que puedan adquirirla los más ricos y más pobres; una edición
-descargada de notas de invención humana, que aumentan el volumen del
-libro hasta hacerlo inmanejable. Para mí es indudable que una edición
-como la que usted intenta imprimir, ejercería una influencia muy
-beneficiosa en el espíritu del pueblo, que, entre nosotros, no conoce
-la religión a fondo ni en su pureza. ¿Cómo va a conocerla, visto que
-le han mantenido siempre cuidadosamente apartado del Evangelio, como
-si la civilización pudiera existir donde la luz evangélica se apaga?
-La regeneración moral de España depende de la libre circulación de
-la Escritura, tarea en que sólo Inglaterra, su afortunada patria de
-usted, puede empeñarse, por el nivel elevado de su civilización y la
-prosperidad sin rival de que al presente goza. La razón me obliga, en
-efecto, a reconocer todo esto, pero...
-
-—«Ahora es ella»—pensé yo.
-
-—«Pero...» Y una vez más comenzó a hablarme del fastidioso Concilio
-de Trento; me pareció, pues, que lo de escribir en un papel, la
-oferta del cigarro, y la enojosa y larga arenga no eran sino—¿cómo lo
-llamaré?—mera Φλυαρία.
-
-Andaba ya por entonces muy entrada la primavera; las vertientes,
-aunque no las cumbres, del Guadarrama estaban desde tiempo atrás
-limpias de nieve; los árboles del Prado lucían ya su verde pompa, y
-toda la _campiña_ de los alrededores de Madrid mostrábase alegre y
-risueña. Aún no habían llegado calores estivales, y el tiempo era, en
-verdad, delicioso.
-
-Hacia el Oeste, al pie de la colina en que se alza Madrid, un
-canal corre durante unas cuantas leguas paralelo al Manzanares,
-del que le separan fértiles y amenas praderas. Las márgenes del
-Canal, empezado por Carlos III y no concluído hasta el día, están
-plantadas de hermosos árboles y constituyen el paseo más ameno
-de las inmediaciones de la capital. Allí iba yo a perder horas y
-horas, mirando los bancos de peces dorados y plateados que emergían
-al sol en la superficie de las aguas verdosas, o escuchando, no
-el trinar de los pájaros—porque no es España la tierra de esos
-cantores alados—, sino la charla de un _naranjero_, que, además de
-naranjas, vendía agua junto a una casilla de registro abandonada,
-frontera precisamente al puente de tablas que cruzaba el canal; allí
-había instalado su tenducho el naranjero por parecerle la posición
-favorable para su comercio. Era asturiano, como de cincuenta años,
-y de unos cinco pies de alto. Yo le compraba muchas naranjas, y no
-tardó en sentir gran amistad por mí ni en contarme su historia;
-ninguna cosa notable había en ella; el suceso más importante era
-una aventura que le ocurrió en la sierra de Granada, donde cayó en
-poder de unos gitanos que le dejaron en cueros y luego le despidieron
-dándole de palos. «He corrido toda España—me dijo—, y en conclusión
-opino que sólo hay dos sitios donde se puede vivir: Málaga y Madrid.
-En Málaga va todo muy barato, y hay tal abundancia de pescado, que
-muchas veces lo he visto amontonado en la orilla del mar; en Madrid,
-como está la corte, corre el dinero, y nunca me acuesto sin cenar.
-Lo único que me importa es vender naranjas, y mi único deseo es que,
-cuando muera, me entierren allí.» Al decir esto, señalaba al otro
-lado del Manzanares, donde, en el declive de una suave colina, como a
-una legua de distancia, brillaban al sol los blancos muros del _Campo
-Santo_.
-
-El asturiano era un individuo muy zumbón, y aunque apenas sabía leer
-ni escribir, nada ignorante de las cosas del mundo; tenía muchas y
-exactas noticias de infinito número de personas, y poca gente pasaba
-junto a su puesto de quien él no conociese los nombres, el carácter y
-la historia. «Esos dos son gente muy principal—decía señalando a un
-caballero y una dama magníficamente ataviados, que se apearon de un
-coche, y pasaron cogidos del brazo por el puente de madera, seguidos
-de dos sirvientes—; son el _Infante_ Francisco Paulo y su mujer la
-_Napolitana_, hermana de nuestra Cristina. Él es una buena persona;
-pero su mujer, _vaya_, es la de peor genio de Madrid; sabe decir
-_carrajo_ tan bien y con tan excelente entonación como el carretero
-de la Mancha de peor temple. No la salude usted, _amigo_; no tiene
-educación ni guarda la etiqueta; una vez la saludé y no me hizo caso
-alguno, como si yo no fuese asturiano y noble, de mejor sangre que
-ella... ¡Buenos días, _señor don Francisco_! _¿Qué tal?_ Hace un
-tiempo hermoso. _Vaya su merced con Dios..._ Esos tres individuos
-que han bebido agua son tres bandidos, tres verdaderos hijos del
-presidio. Los trato con amabilidad y me pagan o no, según les parece;
-no se puede uno poner a malas con ellos. He tenido ya algún disgusto
-por causa suya: figúrese usted que hará cosa de un año robaron a un
-señor un poco más abajo del segundo puente; y, dicho sea de paso,
-le aconsejo a usted, hermano, que no vaya por allí, como creo que
-va muy a menudo; es un sitio peligroso. Pues, como digo, robaron
-y maltrataron a un señor; pero un hermano suyo, _escribano_, se
-puso pronto sobre la pista, y los prendió a todos. Necesitaba que
-alguien los identificara, y quiso la casualidad que el día del robo
-estuviesen en mi puesto bebiendo agua, como acaban de hacer ahora.
-En cuanto el _escribano_ lo supo me llamó a la cárcel para carearme
-con ellos. Demasiado bien los conocí, pero como he aprendido en
-mis viajes a cerrar los ojos o a abrirlos según convenga, dije al
-_escribano_ que no me era posible afirmar que hubiese visto a tales
-hombres anteriormente. El escribano, furioso, me amenazó con el
-calabozo; pero yo le dije que hiciera su gusto, que no me importaba.
-_Vaya_, no era cosa de exponerme a la venganza de los tres presos y a
-la de sus amigos; vivo demasiado cerca de la Plaza de la Cebada para
-eso... ¡Buenos días, señoritos! Naranjas de Murcia, como ustedes ven:
-la verdadera sangre del dragón... ¡Agua fresca! Estos dos jóvenes
-son los hijos de Gabiria, intendente de la reina, el hombre más rico
-de Madrid; son guapos chicos y me compran mucha fruta. Su padre los
-quiere más que a todas sus riquezas, según dicen. Aquella vieja que
-está tirada debajo de un árbol es la _tía Lucila_; ha hecho varias
-muertes, y como me debe dinero, espero que algún día la veré ahorcar.
-Este hombre fué de la guardia walona; «_señor don_ Benito Mol, ¿cómo
-está usted?»
-
-El personaje últimamente nombrado, absorvió en el acto mi atención.
-Era un anciano corpulento, de más que mediana estatura, con el
-cabello blanco y las facciones algo encendidas; tenía los ojos
-grandes y azules, y siempre había en ellos, cuando los clavaba en
-alguien, una expresión de ansiedad, como si esperase recibir noticias
-importantes. Iba modestamente vestido, con chaqueta y pantalón de
-paño vasto, de tinte rojizo. Tocábase con un _sombrero_ inmenso pero
-tan maltratado, que el borde de las alas tenía tantos dentellones
-como una sierra. Contestó al saludo del naranjero, hízome una
-cortesía, y luego exhibió dos pastillas de jabón de olor que trató
-de vendernos; hablaba una jerga áspera y destemplada que quería
-ser español, pero que se parecía más al valenciano o al catalán.
-Preguntéle quién era, y pasó entre los dos el siguiente coloquio:
-
-—Soy suizo, de Lucerna; me llamó Benedicto Mol, y fuí soldado en la
-guardia walona; ahora soy jabonero, para servirle.
-
-—Habla usted bastante mal el español—dije yo—. ¿Cuánto tiempo lleva
-usted aquí?
-
-—Cuarenta y cinco años—repuso Benedicto—; pero cuando licenciaron la
-guardia me fuí a Menorca, donde olvidé el español sin aprender el
-catalán.
-
-—¿Le gustaba a usted servir al rey de España?
-
-—No tanto, que no me hubiera alegrado dejarlo hace cuarenta años; nos
-pagaban mal y nos trataban peor. Pero, si no me equivoco, usted es
-alemán; le hablaré a usted en mi lengua natal... Hubiera abandonado
-el servicio de España, como abandoné el del Papa, a quien serví antes
-de venir a este país, siendo muy joven; pero me casé con una mujer
-de Menorca, de quien tuve dos hijos; esto fué lo que me retuvo tanto
-tiempo por allá; antes de salir de Menorca mi mujer murió, y mis
-hijos se fueron cada uno por su lado y no sé qué ha sido de ellos. Mi
-intención es volver pronto a Lucerna y vivir allí a lo duque.
-
-—Por lo visto, ha reunido usted un buen capital en España—dije yo,
-mirando a su sombrero y a lo demás de su atavío.
-
-—Ni un _cuart_, ni un _cuart_; estas pastillas de jabón son todo lo
-que poseo.
-
-—Quizás sea usted de buena familia y piense vivir de sus rentas.
-
-—Ni un _heller_, ni un _heller_. Mi padre era el verdugo de Lucerna;
-cuando se murió, embargaron su cadáver para pagar sus deudas.
-
-—Entonces—dije yo—se propone usted, sin duda, dedicarse a la
-fabricación de jabones en Lucerna. Hará usted muy bien, amigo mío, no
-conozco ocupación más honrosa y útil.
-
-—No tengo la menor intención de dedicarme a eso en Lucerna—replicó
-Benedicto—. Y como veo que es usted alemán, _lieber Herr_, y me
-agrada su aspecto y su modo de expresarse, le diré a usted en
-confianza que apenas si conozco el oficio, y ya me han despedido de
-varias fábricas por mi impericia; las dos pastillas de jabón que
-llevo en el bolsillo no las he fabricado yo. _In kurzem_, tan mal
-enterado estoy del oficio de jabonero, como del de sastre, albeitar o
-zapatero que también he desempeñado.
-
-—Pues no comprendo por qué espera usted vivir hecho un _Herzog_ en su
-país, como no crea usted que los habitantes de Lucerna le mantendrán
-con esplendor a expensas del tesoro público, en consideración a
-servicios prestados al Papa y al Rey de España.
-
-—_Lieber Herr_—dijo Benedicto—los habitantes de Lucerna no gustan
-de mantener a sus expensas a los soldados del Papa ni a los del rey
-de España. Muchos de la antigua guardia que han vuelto allá, piden
-limosna por las calles. Pero yo iré en un coche tirado por seis
-mulas, con un tesoro, un gran _Schatz_, que hay en la iglesia de
-Santiago de Compostela.
-
-—Supongo que no se propondrá usted robar la iglesia—dije yo—, pero
-si lo hace, creo que sufrirá usted un desengaño. Mendizábal y los
-liberales le han ganado a usted por la mano. Según me dicen, ya
-no quedan en las catedrales españolas más tesoros que unos pocos
-ornamentos mezquinos y unos cuantos utensilios de plata.
-
-—Mi buen _Herr_ alemán—dijo Benedicto—, no se trata del _Schatz_ de
-la iglesia, sino de otro, cuya existencia sólo yo conozco. Pronto
-hará treinta años que, entre otros soldados enviados por enfermos a
-Madrid, vino uno de mis compañeros de la guardia walona, que había
-ido con los franceses a Portugal; estaba muy enfermo y no tardó en
-morir. Pero antes de exhalar el último suspiro me mandó llamar, y
-en su lecho de muerte me dijo que él, con otros dos soldados, ya
-muertos, había enterrado en cierta iglesia de Compostela un gran
-botín traído de Portugal. Consistía en _moidores_ de oro y en un
-paquete de diamantes del Brasil, muy gruesos, encerrado todo ello en
-una olla de cobre. Le escuché con avidez, y puedo decir que desde
-aquel momento no he dejado de pensar, ni de día ni de noche, en el
-_Schatz_. Es muy fácil de encontrar, pues el moribundo me hizo una
-descripción tan minuciosa del escondite, que, una vez en Compostela,
-sin dificultad alguna pondría la mano en él; muchas veces he estado
-ya a punto de emprender el viaje, pero siempre ha venido algo
-imprevisto a estorbármelo. Cuando mi mujer murió, salí de Menorca
-decidido a ir a Santiago, pero al llegar a Madrid, caí en manos de
-una vascongada que me persuadió a que viviese con ella, y así lo he
-hecho durante varios años. Es una _Hax_[132] muy grande, y dice que
-si la abandono, me echará un sortilegio del que no me libraré nunca.
-_Dem Got sey Dank_, ahora está en el hospital, para morirse de un
-día a otro. Tal es mi historia, _lieber Herr_.
-
- [132] Bruja. En alemán, _Hexe_. (Nota de Borrow.)
-
-He referido con todo cuidado la anterior conversación, porque en el
-curso de este relato haré frecuente mención del suizo; sus aventuras
-subsiguientes fueron de lo más extraordinario, y la última de todas
-causó gran sensación en España.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XIV
-
- Estado de España.—Istúriz.—Revolución de La Granja.—La
- revuelta.—Síntomas alarmantes.—Los corresponsales de
- periódicos.—Arrojo de Quesada.—La escena final.—Fuga de los
- moderados.—El café.
-
-
-Entretanto, las cosas no iban bien para los _moderados_; impopulares
-en Madrid, lo eran aún más en las otras ciudades importantes de
-España; en la mayor parte de ellas se constituyeron _juntas_
-administrativas locales que se declararon independientes de la reina
-y de sus ministros y rehusaron pagar las contribuciones, no tardando
-en verse el Gobierno muy apurado de dinero. No se pagaba al ejército
-y la guerra languidecía, quiero decir por parte de los _cristinos_;
-porque los carlistas la proseguían con mucho vigor; sus _guerrillas_,
-en partidas, recorrían el país en todas direcciones, mientras una
-fuerza importante, al mando del famoso Gómez, daba la vuelta a
-España entera. Para remate de todo, se esperaba una insurrección
-en Madrid de un día para otro, y, por precaución, fueron desarmados
-los nacionales, medida que aumentó enormemente su odio al Gobierno
-_moderado_, y, sobre todo, a Quesada, a quien se atribuyó esa
-iniciativa.
-
-Con respecto a mis asuntos, no desperdiciaba yo ocasión de adelantar
-mis pretensiones; pero el secretario aragonés seguía machacando en
-el Concilio de Trento, y consiguió frustrar todos mis esfuerzos. Por
-las muestras, había contagiado a su jefe sus ideas personales sobre
-el asunto, porque el duque, al verme en sus audiencias, no me hacía
-más caso que dedicarme una mirada desdeñosa; y en cierta ocasión,
-como me adelantase hacia él para hablarle, se escapó por la puerta
-más próxima. No le volví a ver desde entonces; me disgustó su modo
-de tratarme, y me abstuve de hacer nuevas visitas a la _Casa de la
-Inquisición_. El pobre Galiano continuaba dándome pruebas de su
-inquebrantable amistad; pero me confesó francamente que no había
-ya esperanza de conseguir nada en las altas esferas. «El duque—me
-dijo—opina que no puede accederse a su petición; el otro día suscité
-el asunto en Consejo, y sacó a relucir los decretos de Trento, y
-habló de usted como de un individuo enfadoso e importuno; le respondí
-yo con cierta acritud y hubo entre nosotros su poquito de _función_,
-de lo que se rió mucho Istúriz. Y entre paréntesis—continuó—,
-¿qué necesidad tiene usted de un permiso en regla que, al parecer,
-nadie puede otorgar? Lo mejor que puede usted hacer, dadas las
-circunstancias, es imprimir la obra, en la inteligencia de que nadie
-le molestará a usted cuando intente repartirla. Le aconsejo a usted
-encarecidamente que hable con Istúriz acerca del asunto. Yo le
-prepararé, y respondo de que le recibirá cortésmente.»
-
-Pocos días después, en efecto, tuve una entrevista con Istúriz en
-su despacho de Palacio; para ser breve, sólo diré que le hallé muy
-bien dispuesto en favor de mis planes. «He vivido mucho tiempo en
-Inglaterra—dijo—; la Biblia es allí libre, y no veo razón para que
-no lo sea en España. No quiero aventurarme a decir que Inglaterra
-debe su prosperidad al conocimiento que, más o menos, todos sus
-hijos tienen de la Sagrada Escritura; pero estoy cierto de una cosa,
-y es que la Biblia no ha causado daño en aquel país, ni creo que
-pueda producirlo en España. No deje usted, pues, de imprimirla, y
-difúndala por España todo lo posible.» Me retiré muy satisfecho de la
-entrevista; si no un permiso escrito de imprimir el libro sagrado,
-había obtenido algo que, en cualesquiera circunstancias, consideraba
-yo casi equivalente: el tácito convenio de que mis empeños bíblicos
-serían tolerados en España; abrigaba la firme esperanza de que,
-cualquiera que fuese la suerte del Ministerio, ningún otro, y menos
-uno liberal, se atrevería a ponerme obstáculos, sobre todo porque el
-embajador inglés era amigo mío y conocía todos los pasos dados por mí
-en el asunto.
-
-Dos o tres cosas relacionadas con mi entrevista con Istúriz me
-impresionaron como muy dignas de nota. Primero, la extremada
-facilidad con que obtuve audiencia del primer ministro de España.
-El portero me hizo pasar de buenas a primeras, sin necesidad de
-anunciarme y sin hacerme esperar. Segundo, la soledad reinante en
-aquel lugar, tan distinta del bullicio, ruido y actividad observados
-por mí mientras aguardaba a ser recibido por Mendizábal. Ya no había
-allí afanosos pretendientes en espera de una entrevista con el grande
-hombre; si se exceptúa a Istúriz y al empleado, a nadie vi. Pero lo
-que me produjo impresión más profunda fué la actitud del ministro,
-quien, cuando yo entré, estaba sentado en un sofá con los brazos
-cruzados y los ojos clavados en el suelo. Era extremada la depresión
-del tono de su voz, melancólico el aire de sus morenas facciones, y,
-en general, tenía todo el aspecto de una persona que, para librarse
-de las miserias de esta vida, medita el acto de suma desesperanza: el
-suicidio.
-
-Pocos días bastaron para demostrar que, en efecto, a Istúriz le
-sobraban motivos para entristecerse: menos de una semana después
-estalló la llamada revolución de La Granja. La Granja es un sitio
-real enclavado en pinares de la vertiente Norte del Guadarrama, a
-unas doce leguas de Madrid. La reina gobernadora Cristina se había
-ido a La Granja, por apartarse del descontento de la capital y
-gozar del aire campestre y de las delicias de aquel famoso retiro,
-monumento del gusto y de la magnificencia del primer Borbón que ocupó
-el trono de España. Pero no la dejaron tranquila mucho tiempo; sus
-mismos guardias estaban descontentos, inclinándose a los principios
-de la Constitución de 1823 (sic), y no a los del gobierno monárquico
-absoluto, que los _moderados_ intentaban resucitar en España. Una
-madrugada, un grupo de soldados de la guardia, capitaneados por
-cierto sargento García, entraron en las habitaciones de la reina y le
-pidieron que suscribiese aquella Constitución y jurase solemnemente
-mantenerla. Cristina, mujer de mucho temple, rehusó complacerlos y
-los mandó marcharse. Siguió una escena violenta y tumultuosa; pero
-como la reina se mantenía firme, lleváronla los soldados a uno de
-los patios del palacio, donde estaba Muñoz, su amante, atado y con
-los ojos vendados. «Jura la Constitución, bribona», vociferaba el
-_atezado_ sargento. «Jamás», exclamó la animosa hija de los Borbones
-de Nápoles. «Entonces morirá tu _cortejo_», replicó el sargento.
-«Adelante, muchachos; preparad las armas, y metedle cuatro balas en
-la cabeza a ese individuo.» Sin tardanza pusieron a Muñoz junto al
-muro, le obligaron a arrodillarse, alzaron los soldados los fusiles,
-y un momento después hubieran enviado al infeliz a la eternidad,
-si la reina, olvidándose de todo, menos de los sentimientos de su
-corazón de mujer, no se hubiera adelantado dando un chillido y
-gritando: «¡Alto, alto! Firmaré...»
-
-Al día siguiente de este suceso entraba yo en la Puerta del Sol
-a eso del mediodía. Siempre hay allí a tales horas gran gentío,
-pacífico e inmóvil de ordinario, compuesto de desocupados que fuman
-tranquilamente, o escuchan o comentan las noticias—casi siempre
-insípidas—de la capital; pero el día de que hablo la multitud no
-estaba tranquila. La gente vociferaba y gesticulaba, y muchos
-corrían gritando: _¡Viva la Constitución!_; grito que se hubiera
-pagado con la vida algunos días antes, porque la ciudad había estado
-unas cuantas semanas sometida a los rigores de la ley marcial. A
-veces oíanse estas palabras: «_¡La Granja! ¡La Granja!_», seguidas
-siempre del grito de: «_¡Viva la Constitución!_» Frente a la _Casa
-de Postas_ estaban formados en línea hasta doce dragones a caballo,
-algunos de los cuales arrojaban continuamente sus gorras al aire,
-sumándose a las aclamaciones generales, animados por el ejemplo de
-su comandante, oficial joven y guapo, que blandía la espada y gritaba
-con júbilo: «¡Viva la reina constitucional! ¡Viva la Constitución!»
-
-La multitud engrosaba por momentos; varios nacionales, de uniforme,
-pero sin armas, porque, como ya he dicho, se las habían quitado,
-aparecieron. De pronto, descubrí entre los grupos a Baltasar, vestido
-como la primera vez que le vi: con un gran capote de regimiento,
-ya viejo, y la gorra de cuartel. «¿Qué ha sido del Gobierno
-_moderado_?—le pregunté—. ¿Han destituído y reemplazado ya a los
-ministros?» «Aún no, _don Jorge_—dijo el soldadito y sastre—, aun no;
-esos pícaros se sostienen todavía apoyados en Quesada, que es un toro
-bravo, y en un poco de infantería que les sigue fiel. Pero no hay
-que temer, _don Jorge_; la reina es nuestra, gracias al valor de mi
-amigo García; y si el toro bravo se presenta aquí, ¡oh!, _don Jorge_,
-verá usted entonces lo que es bueno; vengo prevenido...» Al decir
-esto entreabrió el capote y me dejó ver un retaco que llevaba oculto,
-pendiente de una correa; y, haciendo un guiño con los ojos, y con la
-cabeza un movimiento significativo, se perdió entre la multitud.
-
-Un instante después vi avanzar un pequeño pelotón de soldados por la
-_calle Mayor_, o calle principal que corre desde la Puerta del Sol en
-dirección a Palacio; podían ser unos veinte hombres, y a su cabeza
-marchaba un oficial con la espada desnuda. Debían de haberlos reunido
-con gran precipitación, porque muchos de ellos llevaban traje de
-faena y gorra de cuartel. Conforme avanzaban, marchando lentamente,
-ni el oficial ni los soldados hacían el menor caso de los gritos de
-la multitud, que, agolpándose en torno suyo, no cesaba de vociferar:
-«¡Viva la Constitución!»; todo lo más respondían con alguna ojeada
-hostil; y marcharon, fruncidas las cejas y apretados los dientes,
-hasta llegar frente al pelotón de caballería, donde hicieron alto y
-formaron las filas.
-
-—Estos hombres no traen buenas intenciones—dije a mi amigo D...,
-del _Morning Chronicle_, que acababa de reunirse conmigo—. Y tenga
-usted por seguro que si se lo mandan, empezarán a hacer fuego sin
-mirar dónde dan. Pero ¿en qué están pensando esos dragones, que
-evidentemente son del bando contrario, a juzgar por sus gritos? ¿Por
-qué, estando detrás de los infantes, no les dan una carga y los
-desbaratan? En seguida la gente les quitaría los fusiles. Yo no soy
-liberal, pero ya que usted lo es, ¿cómo no se acerca al inexperto
-joven que manda los caballos, y le da usted a tiempo un buen consejo?
-
-D... volvió hacia mí su ancho semblante, coloradote y placentero
-como de buen inglés, y dirigiéndome una mirada maliciosa, que
-parecía significar... (lo que el amable lector crea más del caso),
-me agarró del brazo y dijo: «Salgamos de esta barahunda, y a ver si
-se encuentra una ventana donde instalarnos, y desde donde yo pueda
-describir lo que suceda en la plaza, porque creo como usted que va
-a pasar algo grave.» En el último piso de una casa bastante grande,
-frente por frente a la de Correos, había papeles en señal de que se
-alquilaban habitaciones; subimos al instante, y contratamos con la
-inquilina del _étage_ el uso de la habitación de la calle por aquel
-día; atrancamos la puerta, y el reporter requirió cuaderno y lápiz,
-dispuesto a tomar notas de los sucesos que ya se cernían sobre la
-plaza.
-
-¡Qué hombres tan extraordinarios son por lo general los
-corresponsales de los periódicos ingleses! De seguro que si hay
-alguna clase de hombres que merezca llamarse cosmopolita, es
-ésta, formada por gente que ejerce su profesión en cualquier país
-indistintamente, y se acomoda a voluntad a los usos de todas las
-clases sociales; a cuya fluidez de estilo como escritores sólo supera
-su facilidad de palabra en la conversación, y a su conocimiento
-de las letras clásicas, su experiencia del mundo, adquirida por
-una temprana iniciación en el bullicioso teatro de la vida. La
-actividad, energía y valor que a veces han de desplegar en sus tareas
-informativas, son en verdad notables. En París, durante los tres
-días[133], los vi mezclados con la _canaille_ y los _gamins_ detrás
-de las barricadas, mientras la metralla llovía por todas partes y
-los desesperados coraceros estrellaban sus fogosos caballos contra
-unos parapetos tan débiles en apariencia. Allí permanecían, tomando
-notas en un cuaderno con tanta tranquilidad como si estuvieran
-haciendo información en un mitin de Covent Garden o de Finsbury
-Square. En España, varios de ellos acompañan a las _guerrillas_ de
-los _cristinos_ o de los carlistas en algunas de sus expediciones más
-arriesgadas, exponiéndose al peligro de las balas enemigas, a las
-inclemencias del invierno y a los rigores del sol estival.
-
- [133] Los de la Revolución de julio de 1830.
-
-Apenas llevábamos cinco minutos en la ventana, cuando oímos de pronto
-el ruido de los cascos de unos caballos que bajaban corriendo por la
-_calle de Carretas_. La casa en que estábamos se hallaba, como ya he
-dicho, enfrente de la de Correos, por cuya izquierda, mirando desde
-el Norte, desemboca aquella vía en la _Puerta del Sol_; a medida
-que el ruido se acercaba, apagábase el griterío de la multitud,
-como si un temor pánico se apoderase de ella; una o dos veces, sin
-embargo, percibí estas palabras «¡Quesada! ¡Quesada!» Los soldados
-de Infantería permanecieron en calma e inmóviles, pero los de
-caballería, y el joven oficial que mandaba, mostraron confusión y
-miedo a la vez, cambiando unos con otros palabras precipitadas.
-
-De pronto, la gente que estaba hacia la desembocadura de la _calle de
-Carretas_, retrocedió en desorden, dejando un vasto espacio libre,
-en el que al instante se precipitó Quesada a galope tendido, espada
-en mano y con uniforme de general, montado en un _pura sangre_
-inglés, bayo claro, con tal ímpetu, que recordaba a un toro manchego
-lanzándose al redondel al ver de súbito abierta la puerta del toril.
-
-Seguíanle muy de cerca dos oficiales a caballo, y, a corta distancia,
-otros tantos dragones. Casi en menos tiempo que se emplea en
-contarlo, unos cuantos alborotadores rodaron por el suelo a los
-pies de los caballos de Quesada y de sus dos amigos, porque los
-dragones hicieron alto en cuanto entraron en la _Puerta del Sol_.
-Era un hermoso espectáculo ver a tres hombres, a fuerza de valor
-y de maestría en la equitación, sembrar el terror en otros tantos
-miles, cuando menos. Vi a Quesada meterse a caballo por entre la
-densa multitud y luego desembarazarse de ella por modo magistral; el
-populacho estaba completamente atemorizado, y retrocedía, retirándose
-por la _calle del Comercio_ y la _calle de Alcalá_. Le vi también
-lanzarse de golpe contra dos nacionales que intentaban escaparse,
-separarlos de la multitud, envolverlos, y empujarlos en otra
-dirección, golpeándolos despreciativamente con el sable de plano.
-El general gritaba ¡Viva la reina absoluta! cuando, precisamente
-debajo de mí, en medio de unos grupos que aún no habían cedido el
-campo, acaso porque no tenían por dónde escapar, vi brillar por un
-instante el cañón de un trabuco, sonó luego una detonación aguda, y
-una bala estuvo a punto de enviar a Quesada al otro mundo: tan cerca
-le pasó que le rozó el sombrero. Percibí fugazmente, hacia el sitio
-de donde partió el tiro, una gorra de cuartel muy conocida, luego la
-gente echó a correr, y el tirador, quienquiera que fuese, desapareció
-favorecido por la confusión que se movió.
-
-Quesada mostró inmenso desprecio ante el peligro que acababa de
-correr. Echó en torno suyo una mirada fiera y rápida, y dejando a los
-dos nacionales, que se fueron cabizbajos, como perros azotados por su
-amo, se dirigió al joven oficial que mandaba la caballería y que tan
-activo se había mostrado dando gritos en favor de la Constitución;
-díjole unas pocas palabras con gesto amenazador, y el oficial
-evidentemente se sometió, pues, obedeciendo tal vez sus órdenes,
-resignó el mando del pelotón y se fué muy abatido; hecho esto,
-Quesada se apeó, y estuvo paseandose arriba y abajo delante de la
-_Casa de Postas_, con un aire que parecía retar a toda la humanidad.
-
-Aquél fué el día glorioso de la vida de Quesada, y también su día
-postrero. Digo ésto, porque nunca se había producido en forma
-tan brillante, y porque ya no debía ver el ocaso de otro sol. No
-se recuerda acción de conquistador o de héroe alguno que pueda
-compararse con esta escena final de la vida de Quesada. ¿Quién,
-por sólo su impetuosidad y su desesperado valor ha detenido una
-revolución en plena marcha? Quesada lo hizo; contuvo la revolución en
-Madrid un día entero, y restituyó las turbas hostiles y alborotadas
-de una gran ciudad al orden y a la quietud perfectos. Su irrupción
-en la _Puerta del Sol_ fué de un arrojo tan tremendo y oportuno que
-no tiene par. Tanta admiración me produjo el valor del «toro bravo»,
-que durante su acometida grité muchas veces: «_¡Viva Quesada!_», y
-le deseé buena fortuna. Esto no quiere decir que yo pertenezca a
-ningún partido o sistema político. ¡No! ¡No! He vivido tanto tiempo
-con _Romany Chals_[134] y _Petulengres_[135] que no puedo tener
-más política que la política de los gitanos, y bien sabido es que
-al llegar las elecciones, los hijos de Roma se declaran por los
-dos bandos opuestos, mientras el resultado es dudoso, augurando el
-triunfo a los dos; y cuando la pelea concluye y la batalla está
-ganada, se alistan sin falta en las filas del vencedor. Pero, lo
-repito, mi interés por Quesada nació al contemplar la firmeza de su
-corazón y su maestría de jinete. La tranquilidad quedó restablecida
-en Madrid para el resto del día; el pelotón de infantes vivaqueó en
-la _Puerta del Sol_. No se oyeron más gritos de viva la Constitución;
-la revuelta parecía efectivamente dominada en la capital. Es lo más
-probable que si los jefes del partido _moderado_ llegan a tener
-confianza en sí mismos por cuarenta y ocho horas más, su causa
-hubiera triunfado y los soldados revolucionarios de La Granja se
-hubieran dado por contentos devolviendo a la reina su libertad y
-aceptando una avenencia, porque se sabía que varios regimientos
-leales se acercaban a Madrid.
-
- [134] _Romano Chal_, gitano.
-
- [135] Palabra compuesta del griego moderno πέταλον y del
- sánscrito _kara_; significa literalmente «_Señor_ de la
- herradura», o sea el _hacedor_ de ellas; es una de las
- denominaciones secretas de «Los forjadores», tribu de los gitanos
- ingleses. (Nota de Borrow). Petulengro y Petalengro (en gitano
- inglés) forjador de herraduras. (Glosario de Burke).
-
-Pero los _moderados_ no tuvieron confianza; aquella misma noche sus
-corazones desfallecieron y huyeron en varias direcciones: Istúriz
-y Galiano, a Francia; el duque de Rivas, a Gibraltar. El pánico de
-los colegas contagió al mismo Quesada, que huyó vestido de paisano.
-Pero no tuvo tanta suerte como los otros: reconocido en una aldea, a
-tres leguas de Madrid, fué preso por unos amigos de la Constitución.
-En el acto se envió a la capital noticia de la captura, y una
-copiosa turba de nacionales, los unos a pie, los otros a caballo,
-algunos en carruajes, se puso en marcha al instante. «Vienen los
-nacionales»—dijo un _paisano_ a Quesada. «Entonces—respondió—estoy
-perdido»; y luego se preparó para la muerte.
-
-Hay en la calle de Alcalá, de Madrid, un café famoso[136] capaz para
-varios cientos de personas. En la tarde de aquel mismo día estaba yo
-sentado en el café consumiendo una taza del oscuro brebaje, cuando
-sonaron en la calle ruidos y clamores estruendosos; causábanlos
-los nacionales, que volvían de su expedición. A los pocos minutos
-entró en el café un grupo de ellos; iban de dos en dos, cogidos del
-brazo, y pisaban recio a compás. Dieron la vuelta al espacioso local,
-cantando a coro con fuertes voces la siguiente bárbara copla:
-
- ¿Qué es lo que abaja
- por aquel cerro?
- Ta ra ra ra ra.
- Son los huesos de Quesada,
- que los trae un perro.
- Ta ra ra ra ra.
-
- [136] Era el Café Nuevo (Knapp).
-
-Pidieron después un gran cuenco de café, y, colocándolo sobre
-una mesa, los nacionales se sentaron en torno. Hubo un momento
-de silencio, interrumpido por una voz tonante: «_¡El pañuelo!_»
-Sacaron un pañuelo azul, en el que llevaban algo envuelto; lo
-desataron, y aparecieron una mano ensangrentada y tres o cuatro dedos
-seccionados, con los que revolvían el contenido del cuenco. «¡Tazas,
-tazas!»—gritaron los nacionales...
-
-—¡Eh! _Don Jorge_—gritó Baltasarito, viniendo hacia mí con una taza
-de café—, hágame usted el obsequio de beber por este suceso glorioso.
-Hoy es un día afortunado para España y para los valientes nacionales
-de Madrid. He visto más de una _función_ de toros, pero ninguna me ha
-causado tanto placer como ésta. Ayer el toro hizo de las suyas, pero
-hoy los _toreros_ han podido más, como usted ve, _don Jorge_. Hágame
-el favor de beber; ahora voy a ir en una carrera a mi casa a buscar
-mi _pajandi_ para divertir a compañeros tocando y cantar una copla.
-¿Qué copla? ¿Una copla en _gitano_?
-
- Una noche sinava en tucue[137].
-
- [137] Una noche, estando contigo.
-
-¿Mueve usted la cabeza, _don Jorge_? ¡Ja, ja, ja! Soy joven, y la
-juventud es la edad de las diversiones. Bueno, bueno; en obsequio a
-usted, que es inglés y _monró_[138], no cantaré eso, sino una canción
-liberal patriótica: el himno de Riego. _¡Hasta después, don Jorge!_
-
- [138] Amigo.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XV
-
- El vapor.—El cabo de Finisterre.—La tormenta.—Llegada a Cádiz.—El
- Nuevo Testamento.—Sevilla.—Itálica.—El anfiteatro.—Los presos.—El
- encuentro.—El barón Taylor.—La calle y el desierto.
-
-
-En los primeros días de noviembre[139] surqué de nuevo el mar con
-rumbo a España. Había vuelto a Inglaterra poco después de los sucesos
-referidos en el capítulo anterior, con objeto de consultar a mis
-amigos y trazar el plan de mi campaña bíblica en España. Resolvimos
-imprimir en Madrid el Nuevo Testamento lo antes posible, y se convino
-que yo me encargaría de la tarea un tanto ardua de distribuirlo.
-Breve fué mi estancia en Inglaterra; el tiempo era precioso y ansiaba
-yo encontrarme de nuevo en el campo de acción. Me embarqué en el
-Támesis, a bordo del vapor _M..._ La travesía hasta Falmouth fué muy
-desagradable. El barco iba atestado de pasajeros, pobres tísicos en
-su mayoría o gente valetudinaria que huía de las frías celliscas
-invernales de Inglaterra a las costas soleadas de Portugal y Madeira.
-Nunca me ha cabido en suerte viajar en un barco más incómodo,
-sobre todo de vapor. Los camarotes eran muy pequeños y faltos de
-ventilación; el mío era de los peores, porque los demás estaban
-tomados desde antes de llegar yo a bordo; para evitar la asfixia
-que me amenazaba en cuanto entraba en él, hice el viaje echado en
-el suelo de una de las cámaras. Estuvimos en Falmouth veinticuatro
-horas, haciendo carbón y reparando la máquina, que tenía desperfectos
-importantes.
-
- [139] 1836.
-
-El lunes 7 zarpamos con rumbo al golfo de Vizcaya. Había mar gruesa,
-el viento era fuerte y contrario; sin embargo, en la mañana del
-cuarto día teníamos a la vista las rocas de la costa Norte del cabo
-de Finisterre. Debo hacer notar aquí que este viaje era el primero
-que el capitán hacía a bordo de nuestro barco y que conocía muy poco
-o nada la costa a que nos dirigíamos. Le buscaron a última hora,
-apresuradamente, porque su predecesor renunció el mando, fundándose
-en que el barco no podía aguantar la mar y en las frecuentes averías
-de la máquina. Si yo hubiera sabido todo esto al ver que el barco se
-acercaba cada vez más a la costa, hasta colocarse a unos cientos de
-varas de distancia de ella, mi alarma hubiese sido mucho mayor de
-lo que fué. No dejé, con todo, de sentir profunda sorpresa, pues
-como las dos veces que había cruzado por allí en barco de vapor,
-había visto el cuidado con que los capitanes se mantenían lejos de
-la costa, no pude adivinar la razón de aproximarnos tanto a una zona
-peligrosísima. El viento soplaba con fuerza hacia la costa, si puede
-llamarse así a los abruptos y escarpados precipicios en que rompía
-la marejada con fragor de trueno, alzando nubes de espuma y de agua
-pulverizada a la altura de una catedral. Fuimos costeando lentamente,
-y doblamos varios elevados promontorios, apilados algunos por la mano
-de la naturaleza en formas muy fantásticas. Al anochecer, teníamos
-cerca por la proa el cabo de Finisterre, escarpada y sombría montaña
-de granito, cuya ceñuda cima pueden ver desde muy lejos cuantos
-atraviesan el Océano. La corriente en aquellos parajes era terrible,
-y aunque las máquinas trabajaban con toda su fuerza avanzábamos poco
-o nada.
-
-A eso de las ocho de la noche, el viento se convirtió en huracán, el
-trueno retumbó pavorosamente, y la única luz que alumbraba nuestro
-camino era la de las rojas culebrinas expelidas a intervalos de su
-seno por las nubes gruesas y negras que rodaban a poca altura sobre
-nuestras cabezas. Hacíamos los mayores esfuerzos para doblar el cabo,
-que a la luz de los relámpagos surgía a sotavento, iluminado por las
-frecuentes exhalaciones que vibraban en torno de su cima, cuando, de
-súbito, la máquina se rompió con un gran crujido, y las palas de que
-pendía nuestra existencia dejaron de funcionar.
-
-No intentaré pintar la escena de horror y confusión que se produjo;
-puede ser imaginada, pero no descrita. El capitán—justo es
-reconocerlo—desplegó la mayor frialdad e intrepidez; tanto él como
-la tripulación hicieron todo lo imaginable por arreglar la máquina,
-y cuando vieron la inutilidad de sus esfuerzos izaron las velas y
-realizaron todas las maniobras posibles para salvar el barco de una
-destrucción inminente. Pero nada aprovechaba; por desgracia, teníamos
-la costa a sotavento, y hacia ella nos impelía la rugiente tempestad.
-Me hallaba yo en tales instantes cerca del timón y pregunté al
-timonel si había alguna esperanza de salvar el barco, o al menos
-nuestras vidas. «La situación es apurada, señor—me respondió—. Con
-esta mar los botes zozobrarán en un minuto; antes de una hora el
-barco chocará contra el Finisterre, donde el buque de guerra más
-fuerte del mundo se haría pedazos instantáneamente. Ninguno de
-nosotros verá el día de mañana.» De igual modo, el capitán informó
-a los demás pasajeros del peligro que corríamos y les dijo que se
-preparasen; ordenó luego cerrar las escotillas y que no se permitiese
-a nadie permanecer sobre cubierta; yo seguí en mi puesto, no
-obstante, casi ahogado por el agua de las inmensas olas que rompían
-contra el barco por barlovento y lo anegaban. Las pipas de agua
-potable se soltaron de sus amarras, y una de ellas me tiró al suelo
-y aplastó un pie al desdichado timonel, cuyo puesto ocupó en el acto
-el capitán. Estábamos ya cerca de las rocas, cuando los elementos
-entraron en hórrida convulsión. Los relámpagos nos envolvían con sus
-resplandores; los truenos retumbaban con el fragor de un millón de
-cañones; el Océano parecía vomitar sus heces más profundas, cuando,
-en medio de tal desquiciamiento, el vendaval saltó súbitamente de
-cuadrante y nos apartó de la horrible costa aún más de prisa que nos
-había empujado hacia ella.
-
-Los marineros más viejos de a bordo reconocieron que nunca se habían
-librado de la muerte por modo tan providencial. Desde el fondo de mi
-corazón dije: «Padre nuestro, santificado sea tu nombre.»
-
-Al día siguiente estuvimos a punto de naufragar, porque con la
-gran marejada nuestro barco, no destinado para navegar a la vela,
-trabajaba mucho y hacía agua. Las bombas funcionaron sin cesar.
-También tuvimos fuego a bordo, pero se logró sofocarlo. Por la
-tarde, la máquina de vapor quedó parcialmente arreglada, y el día 13
-llegamos a Lisboa, donde en pocos días se terminaron las reparaciones
-necesarias.
-
-En Lisboa encontré a mi excelente amigo W.[140] bueno y sano.
-Durante mi ausencia había trabajado lo posible para fomentar la
-venta del libro sagrado en portugués; su celo y aplicación eran, en
-verdad, admirables. Por desgracia, las perturbaciones sufridas por
-el país en los seis últimos meses habían estorbado sus esfuerzos.
-Los ánimos de las gentes estaban tan preocupados con la política,
-que no les quedaba apenas tiempo para pensar en su salvación. La
-historia política de Portugal presenta en estos últimos tiempos un
-sorprendente paralelo con la del país vecino. En ambos, la corte
-y el partido democrático han luchado por la supremacía; en ambos
-ha triunfado el último, y dos personas de viso han caído víctimas
-del furor popular: Freire, en Portugal, y Quesada, en España. Las
-noticias de este país, que recibí en Lisboa, eran pésimas. Las
-hordas de Gómez devastaban Andalucía, que yo estaba a punto de
-visitar de paso para Madrid; los carlistas habían saqueado a Córdoba,
-y ocupádola tres días, abandonándola después. Me dijeron que si
-persistía en entrar en España por donde me había propuesto, caería
-probablemente en manos de los facciosos en Sevilla. No me arredré, a
-pesar de todo, con plena confianza en que el Señor me abriría camino
-hasta Madrid.
-
- [140] Era un comerciante, John Wilby, representante de la
- Sociedad Bíblica (Knapp).
-
-Reparadas las averías del barco, subimos de nuevo a bordo, y en
-dos días llegamos sin novedad a Cádiz. Reinaba en la ciudad gran
-confusión. Decíase que por los alrededores campaban numerosas
-partidas carlistas. Era de temer un ataque y acababa de proclamarse
-en la ciudad el estado de sitio. Me alojé en el hotel Francés, en la
-_calle de la Niveria_,[141] y me dieron para dormir una especie de
-desván o _guardilla_, pues la casa, famosa por su excelente _table
-d’hôte_, estaba llena de huéspedes. Me vestí y salí a dar una vuelta
-por la ciudad. Entré en varios cafés; el ruido de las conversaciones
-era en todos ensordecedor. En uno de ellos, seis oradores nada menos
-hablaban al mismo tiempo; el tema era la situación del país y las
-probabilidades de una intervención franco-inglesa. De pronto, el
-orador a quien yo escuchaba, me pidió mi opinión por ser extranjero
-y, al parecer, recién llegado. Contesté que no podía aventurarme a
-adivinar los planes de aquellos Gobiernos en tales circunstancias;
-pero que, en mi opinión, no sería malo que los españoles se
-esforzasen algo más por su parte y llamasen menos a Júpiter en su
-ayuda. Como no tenía ganas de hablar de política me fuí en seguida
-del café, en busca de los barrios donde vive principalmente la clase
-baja.
-
- [141] Se alojó en la Posada Francesa, en la calle de San
- Francisco y de la Neveria, hoy Hotel de París (Knapp).
-
-Entré en conversación con varios individuos; pero a todos los
-encontré muy ignorantes; ninguno sabía leer ni escribir, y sus
-ideas religiosas no eran nada satisfactorias; los más profesaban un
-indiferentismo completo. Fuí después a una librería, e hice algunas
-preguntas acerca de la demanda de libros de literatura; dijéronme
-que era muy escasa. Mostré un ejemplar de una edición londinense
-del Nuevo Testamento en español, y pregunté al librero si, en su
-opinión, un libro de tal especie tendría venta en Cádiz; respondió
-que el papel y la impresión eran magníficos; pero que era un libro
-nada buscado y muy poco conocido. No proseguí mis averiguaciones
-en otras librerías, pensando que, probablemente, ningún librero me
-daría buenos informes de una publicación en que no estaba interesado.
-Además, yo sólo tenía dos o tres ejemplares del Nuevo Testamento, y
-no hubiera podido servir ningún pedido, aunque me lo hubiesen hecho.
-
-El día 24, muy temprano, me embarqué para Sevilla en el vaporcito
-español _Betis_. La mañana era húmeda, y la densa niebla que envolvía
-el paisaje me impidió observar aquellos contornos. A las seis leguas
-de recorrido llegamos a la punta Noreste de la bahía de Cádiz y
-pasamos junto a Sanlúcar, ciudad antigua, próxima a la desembocadura
-del Guadalquivir. De pronto la niebla se deshizo, y el sol de
-España fulguró radiante, animándolo todo, y en especial a mí, que
-yacía sobre cubierta en lánguido y melancólico estupor. Entramos
-en «El gran río», que tal es la traducción de _Wady al Kebir_,
-nombre dado por los moros al antiguo Betis. Anclamos durante unos
-minutos en Bonanza, pueblecito situado en la terminación del primer
-brazo del río; tomamos varios pasajeros y continuamos el viaje. El
-Guadalquivir no ofrece nada de gran interés a los ojos del viajero:
-las márgenes son bajas, sin árboles; el país adyacente, raso; sólo a
-gran distancia se columbra la cadena azul de unas _sierras_ altas.
-El agua es turbia y fangosa, muy parecida por el color a la de un
-cenagal. La anchura media del cauce es de 150 a 200 varas. Pero es
-imposible viajar por este río sin recordar que por él navegaron
-romanos, vándalos y árabes, y que ha presenciado sucesos de universal
-resonancia, cantados en poesías inmortales. Fuí repitiendo versos
-latinos y fragmentos de romances viejos españoles hasta que llegamos
-a Sevilla, a eso de las nueve de una hermosa noche de luna.
-
-Sevilla encierra noventa mil habitantes, y está situada en la
-orilla oriental del Guadalquivir, a unas diez y ocho leguas de
-la desembocadura; la cercan elevadas murallas moriscas bien
-conservadas, y tan sólidamente construídas, que probablemente
-desafiarán aún por muchos siglos las injurias del tiempo. Los
-edificios más notables son la catedral y el Alcázar, o palacio de los
-reyes moros. La torre de la catedral, llamada La Giralda, pertenece a
-la época de los moros, y formó parte de la gran mezquita de Sevilla;
-se calcula su altura en unos ciento quince metros, y se sube hasta
-el remate, no por escalera, sino por una rampa abovedada a manera
-de plano inclinado. La rampa es muy poco empinada, de suerte que
-puede subirse por ella a caballo, proeza cumplida, según dicen, por
-Fernando VII. Desde lo alto de la torre se descubre una vista muy
-extensa, y en días claros se columbra la Sierra de Ronda, aunque
-dista más de veinte leguas. La catedral, insigne monumento gótico,
-pasa por ser el más hermoso de su género en España. En las capillas
-dedicadas a diferentes santos están algunos de los cuadros más
-espléndidos que el arte español ha producido; la catedral de Sevilla
-es ahora más rica en pinturas de primer orden que nunca lo fué,
-porque han llevado a ella muchos lienzos de los conventos suprimidos,
-especialmente de Capuchinos y San Francisco.
-
-Todo el que visite Sevilla debe dedicar especial atención al Alcázar,
-espléndido ejemplar de la arquitectura mora. Contiene muchos salones
-magníficos, especialmente el llamado de Embajadores, superior en
-todos aspectos al del mismo nombre de la Alhambra de Granada. Este
-palacio fué la residencia favorita de Pedro el Cruel, quien lo
-restauró con cuidado sin alterar su carácter ni disposición moriscos.
-Probablemente permanece en un estado poco distinto del que tenía a la
-muerte de aquel rey.
-
-En la orilla derecha del río se halla Triana, importante arrabal que
-se comunica con Sevilla por un puente de barcas, porque a causa de
-las violentas inundaciones a que está sujeto el río no hay puente
-permanente sobre el Guadalquivir. En el arrabal vive la hez de la
-población, y abundan los gitanos. Como a legua y media hacia el
-Noroeste se encuentra el pueblo de Santiponce; a los pies y en la
-ladera de una colina que hay más arriba, se ven las ruinas de la
-antigua Itálica, cuna de Silio Itálico y de Trajano, de quien el
-barrio de Triana deriva su nombre.
-
-Una hermosa mañana me encaminé allá, y después de subir a la colina
-dirigí mis pasos hacia el Norte. No tardé en llegar a los que en
-otro tiempo fueron los baños, y andando un poco más al anfiteatro,
-enclavado entre las suaves laderas de una especie de hondonada. El
-anfiteatro es, con mucho, la reliquia más importante de Itálica; es
-de forma oval, y tiene sendas puertas de entrada al Este y al Oeste.
-
-Vense por todas partes restos de la gradería de piedra gastada por el
-tiempo, desde la que millares de seres humanos contemplaban antaño la
-arena donde los gladiadores clamaban y los leones y leopardos rugían;
-todo alrededor, debajo de la gradería, hay una excavación abovedada
-desde la que, por diversas puertas, los hombres y las fieras se
-lanzaban al combate. Muchas horas pasé en sitio tan singular,
-abriéndome paso a través de las hierbas y arbustos silvestres para
-llegar a las cavernas, albergue ahora de víboras y otros reptiles,
-cuyos silbidos oí.
-
-Satisfecha mi curiosidad, dejé las ruinas, y volviendo por otro
-camino llegué a un sitio donde yacía un caballo muerto medio
-devorado; sobre él se posaba un buitre enorme de ojos brillantes,
-que, al acercarme, alzó pausadamente el vuelo y fué a posarse en la
-puerta oriental del anfiteatro, donde lanzó un grito ronco, como de
-cólera, por haberle interrumpido el festín de carroña.
-
-Gómez no había atacado aún a Sevilla; cuando yo llegué decíase
-que andaba por los alrededores de Ronda. La ciudad estaba sobre
-las armas; tapiáronse varias puertas, se abrieron trincheras, se
-levantaron reductos; pero estoy convencido de que la ciudad no
-hubiera resistido seis horas un ataque vigoroso. Gómez había mostrado
-ser un hombre de lo más extraordinario; con su pequeño ejército de
-aragoneses y vascos dió, en los últimos cuatro meses, la vuelta a
-España. Muchas veces se vió rodeado por fuerzas triples en número
-que las suyas y en lugares donde se tenía por imposible que pudiese
-escapar; pero siempre había chasqueado a sus enemigos, de los que
-parecía reírse. La Prensa de Sevilla publicaba continuamente noticias
-absurdas de victorias ganadas contra Gómez; entre otras cosas se
-dijo que su ejército había sido exterminado, muerto el mismo Gómez,
-y que mil doscientos prisioneros estaban en camino de Sevilla. Yo
-vi a los prisioneros: en lugar de mil doscientos desesperados, vi
-pasar una veintena de miserables, aspeados, harapientos, muchos de
-ellos mozalbetes de catorce a diez y seis años. Eran, evidentemente,
-merodeadores que, no pudiendo seguir al ejército, se habían dejado
-coger desperdigados por montes y llanos. Luego se supo que no se
-había dado batalla alguna contra Gómez, y que su muerte era una
-fantasía. El gran defecto de Gómez era no saber aprovecharse de las
-circunstancias; después de derrotar a López pudo haber marchado sobre
-Madrid y proclamar allí a don Carlos; después del saqueo de Córdoba
-pudo haberse apoderado de Sevilla.
-
-Había en Sevilla varias librerías, en dos de las cuales encontré
-ejemplares del Nuevo Testamento en español, traídos de Gibraltar dos
-años antes, habiéndose vendido en ese lapso de tiempo seis ejemplares
-en una de las librerías, y cuatro en la otra. En mis paseos por
-la ciudad y sus cercanías me acompañaba generalmente un genovés
-de edad provecta que desempeñaba en la Posada del Turco, donde yo
-vivía, algo así como las funciones de _valet de place_. Al saber que
-yo me proponía imprimir en Madrid el Nuevo Testamento, díjome que
-en Andalucía podría colocarse buen número de ejemplares. «Conozco
-el comercio de libros—continuó—. En otros tiempos tuve en Sevilla
-una pequeña librería. En un viaje que hice a Gibraltar adquirí
-varios ejemplares de la Escritura, y aunque parte de ellos me los
-confiscaron los empleados de la Aduana, pude vender los otros a buen
-precio y me quedó una ganancia considerable.»
-
-Volvía yo de cierta excursión por el campo, una gloriosa y radiante
-mañana del invierno andaluz, y me dirigía a la posada, cuando al
-pasar junto al portal de una casona lóbrega, cerca de la puerta de
-Jerez, dos individuos, vestidos con _zamarras_, salieron de la casa a
-la calle; ya iban a cruzarse conmigo, pero uno de ellos, mirándome a
-la cara, retrocedió vivamente, y en un francés purísimo y armonioso
-exclamó: «¿Qué es lo que veo? Si mis ojos no me engañan es él; sí, el
-mismo a quien vi por vez primera en Bayona, y mucho tiempo después
-bajo los muros de ladrillo de Novogorod; luego junto al Bósforo, y
-más tarde en... en... Mi querido y respetable amigo: ¿dónde tuve yo
-la fortuna de ver últimamente su inolvidable y singular fisonomía?»
-
-YO.—Fué en el Sur de Irlanda, si no me engaño. Allí le presenté a
-usted al brujo que domaba potros con sólo murmurarles unas palabras
-al oído. Pero ¿qué le trae a usted por Andalucía? Aquí es donde menos
-podía yo esperar encontrarle a usted.
-
-EL BARÓN TAYLOR.—Y ¿por qué razón, mi respetable amigo? ¿No es
-España la tierra del arte? Y dentro de España, ¿no es Andalucía
-la región donde el arte ha producido sus monumentos más bellos
-e inspirados? Ya me conoce usted lo bastante para saber que mi
-pasión son las artes, y que no concibo placer más elevado que el de
-contemplar con arrobamiento un hermoso cuadro. Venga usted conmigo,
-puesto que usted tiene también un alma noble y sensible capaz de
-apreciar lo bello; venga usted conmigo y le enseñaré un cuadro de
-Murillo que... Pero antes permítame usted que le presente a un
-compatriota suyo. Querido señor W.—dijo volviéndose a su compañero,
-un caballero inglés que, como toda su familia, me colmó más adelante
-de infinitas atenciones y obsequios en mis diversos viajes a
-Sevilla—: permítame usted que le presente a mi amigo más querido
-y respetado, hombre que conoce las costumbres de los gitanos mejor
-que el _Chef des Bohémiens à Triana_, consumado caballista, y que,
-lo digo en honor suyo, maneja el martillo y las tenazas, y hierra un
-caballo como el mejor herrero de la Alpujarra.[142]
-
- [142] El amigo del barón Taylor era John Wetherell, hijo de un
- famoso curtidor de pieles de igual nombre. En 1874 el gobierno
- español indujo a John Wetherell a establecer en Sevilla una
- manufactura de curtidos finos, concediéndole para su instalación
- el convento de Jesuítas y una extensión de terreno; le aseguró
- además ciertos privilegios y contratas para el ejército.
- Wetherell llevó a Sevilla máquinas y obreros ingleses; pero la
- empresa se hundió porque el gobierno no pagó las contratas y
- retiró la protección ofrecida. Wetherell murió arruinado. (Knapp).
-
-En el curso de mis viajes he adquirido muchas amistades y relaciones;
-pero ninguna tan interesante como la del barón Taylor; por nadie
-siento yo consideración ni estima más altas. A sus relevantes prendas
-personales y a sus cultivados talentos, reúne un corazón de tan
-rara bondad que continuamente le induce a buscar las ocasiones de
-hacer bien a sus semejantes y de contribuir a su felicidad; acaso no
-existe quien conozca mejor que él la vida y el mundo en sus múltiples
-aspectos. Sus hábitos y modales son de la más exquisita elegancia
-y fina cortesía; pero su condición es tan flexible que se acomoda
-de buen grado a todo género de compañía, por lo que es acogido
-dondequiera con predilección. Hay un misterio en su vida que aumenta
-en no pequeño grado la impresión que sus méritos personales producen
-en todas partes.
-
-Nadie puede decir, con positivo fundamento, quién es el barón
-Taylor; se susurra que es un retoño de sangre real; y ¿quién
-puede, en efecto, contemplar por un momento su graciosa figura,
-su rostro inteligente y de líneas tan características, sus ojos
-grandes y expresivos, sin convencerse de que no es un hombre vulgar
-ni de vulgar linaje? Aunque por su talento y elocuencia hubiera
-podido alcanzar rápidamente una elevada posición en el Estado, se
-ha contentado hasta ahora, quizás sabiamente, con una relativa
-oscuridad, dedicándose por modo principal al estudio de las artes
-y de la literatura, de las que es liberal protector. Con todo, la
-ilustre casa a que, según se dice, pertenece, le ha mandado con
-misiones importantes y delicadas a diferentes países, y en todas ha
-visto sus esfuerzos coronados por el buen éxito más completo. Cuando
-yo le encontré en Sevilla estaba coleccionando obras maestras de
-pintura española para adornar los salones de las Tullerías.
-
-El barón Taylor ha visitado la mayor parte del globo, y es cosa
-notable que siempre estamos encontrándonos en los lugares más
-imprevistos y en circunstancias singulares. Dondequiera que me
-encuentra, sea en la calle o en el desierto, sea en un salón
-brillante o entre las _haimas_ de los beduínos, sea en Novogorod o en
-Stambul, exclama, alzando los brazos: «_¡O ciel!_ ¡Otra vez tengo la
-fortuna de ver a mi querido y respetabilísimo amigo Borrow!»
-
-
-
-
-CAPÍTULO XVI
-
- Salida para Córdoba.—Carmona.—Las colonias alemanas.—El
- idioma.—Un caballo haragán.—El recibimiento nocturno.—El posadero
- carlista.—Buen consejo.—Gómez.—El genovés viejo.—Las dos
- opiniones.
-
-
-Después de estar unos quince días en Sevilla salí para Córdoba. Hacía
-ya algún tiempo que no circulaba la diligencia, debido al turbulento
-estado de la provincia. No tuve, pues, más remedio que hacer el viaje
-a caballo. Tomé dos en alquiler y ajusté al genovés viejo, de quien
-ya he hablado, para que me acompañase hasta Córdoba y se volviera
-después con las cabalgaduras. Aunque estábamos en pleno invierno, el
-tiempo era despejado, los días soleados y radiantes, si bien por las
-noches se dejaba sentir el frío. Pasamos por Alcalá, ciudad pequeña,
-famosa por las ruinas de un inmenso castillo moro, que desde lo alto
-de una colina rocosa domina un río pintoresco. La primera noche
-dormimos en Carmona, otra ciudad mora, a siete leguas de Sevilla.
-Muy de mañana montamos de nuevo y partimos. Acaso no haya en toda
-España un monumento de los antiguos moros tan hermoso como el lado
-oriental de esta ciudad de Carmona, sita en la cima de un alto cerro,
-mirando a una extensa _vega_, inculta leguas y leguas, donde sólo se
-crían jaras y _carrasco_. Por aquella parte se levantan unas sombrías
-murallas, muy altas, con torres cuadradas a muy cortos intervalos,
-y de tan sólida estructura que parecen desafiar las injurias del
-tiempo y de los hombres. En la época de los moros esta ciudad era
-considerada como la llave de Sevilla, y no se sometió a las armas
-cristianas sin sufrir un largo y desesperado asedio; la toma de
-Sevilla siguió poco después. La _vega_, en que a la sazón entrábamos,
-forma parte del gran _despoblado_ de Andalucía, antaño risueño
-jardín, transformado en lo que ahora es desde que por la expulsión
-de moros de España fué sangrada esta tierra de la mayor parte de su
-población. Desde aquí hasta Sierra Morena, que separa la Mancha y
-Andalucía, las ciudades y pueblos son escasos, muy apartados unos
-de otros, y aun algunos de ellos datan sólo de mediados del pasado
-siglo, cuando un ministro español intentó poblar este desierto con
-hijos de un país extranjero.
-
-A eso de mediodía llegamos a un sitio llamado Moncloa, donde hay una
-_venta_ y un edificio de aspecto desolado con cierta apariencia de
-_château_; una palmera solitaria yergue su cabeza por encima del muro
-exterior. Entramos en la _venta_, atamos los caballos al pesebre, y
-después de mandar que los echaran un pienso fuimos a sentarnos a la
-lumbre. El ventero y su mujer vinieron también a sentarse a nuestro
-lado. «Esta gente es muy mala—me dijo el viejo genovés en italiano—;
-como la casa, nido de ladrones; algunas muertes se han cometido en
-ella, si es verdad todo lo que se cuenta». Miré con atención a los
-venteros: eran jóvenes; el marido representaba veinticinco años; era
-un patán de corta estatura, muy recio, sin duda alguna de prodigiosa
-fuerza; tenía correctas facciones, pero de expresión sombría, y en
-sus ojos brillaba un fuego maligno. Su mujer se le asemejaba un poco,
-pero su semblante era más abierto y parecía de mejor humor; lo que
-más me chocó en la ventera fué el color de su pelo, castaño claro, y
-su tez, blanca y sonrosada, tan diferentes del pelo negro y atezado
-rostro que en general distinguen a los naturales de la provincia.
-«¿Es usted andaluza?—pregunté a la ventera—. Casi estoy por decir que
-me parece usted alemana».
-
-LA VENTERA.—No se equivocaría mucho su merced. Es verdad que soy
-española, pues en España he nacido; pero también es verdad que soy
-de sangre alemana, puesto que mis abuelos vinieron de Alemania, así
-como la de este caballero, mi señor y marido.
-
-YO.—¿Y cómo fué venir sus abuelos de usted a este país?
-
-LA VENTERA.—¿No ha oído nunca su merced hablar de las colonias
-alemanas? Hay bastantes por estas partes. En tiempos antiguos el
-país estaba casi desierto, y era muy peligroso viajar por él, debido
-a muchos ladrones. Hará cien años, un señor muy poderoso envió
-mensajeros a Alemania para decir a la gente de allá que estas tierras
-tan buenas estaban sin cultivo por falta de brazos, y prometiendo a
-cada labrador que quisiera venir a labrarlas una casa y una yunta
-de bueyes, con lo necesario para vivir un año. De resultas de esta
-invitación muchas familias pobres de Alemania vinieron a establecerse
-en ciertos pueblos y ciudades prevenidos para el caso, que aún llevan
-el nombre de Colonias Alemanas.
-
-YO.—¿Cuantas habrá?
-
-LA VENTERA.—Varias. Unas por este lado de Córdoba y otras al otro.
-La más próxima es Luisiana, que está de aquí dos leguas; de allá
-venimos mi marido y yo. La siguiente es Carlota, a unas diez leguas
-de distancia; esas son las dos únicas que yo he visto; pero hay otras
-más lejos, y algunas, según he oído decir, están en el riñón de la
-sierra.
-
-YO.—¿Hablan todavía los colonos el idioma de sus antepasados?
-
-LA VENTERA.—Sólo hablamos español, o más bien andaluz. Verdad que
-algunos, muy viejos, saben unas pocas palabras de alemán aprendidas
-de sus padres, nacidos en aquella tierra; pero la última persona de
-la colonia capaz de entender una conversación en alemán fué la tía
-de mi madre, porque vino aquí de muy joven. Siendo yo una chica,
-recuerdo haberla oído hablar con un viajero, compatriota suyo, en
-una lengua que me dijeron era el alemán; se entendían, pero la vieja
-confesaba que se le habían olvidado muchas palabras; ya hace años que
-se ha muerto.
-
-YO.—¿De qué religión son los colonos?
-
-LA VENTERA.—Son cristianos, como los españoles, como antes lo
-fueron sus padres. Por cierto he oído decir que venían de unas partes
-de Alemania donde la religión se practica mucho más que en la misma
-España.
-
-YO.—Los alemanes son el pueblo más honrado de la tierra, y como
-ustedes son sus legítimos descendientes claro está que los robos
-serán aquí desconocidos.
-
-La ventera me echó una rápida mirada, miró después a su marido y
-sonrió; el ventero, que hasta entonces había estado fumando sin
-proferir palabra, aunque con semblante singularmente adusto y
-descontento, arrojó la punta del cigarro a la lumbre, se puso en pie
-y, murmurando: _¡Disparate! ¡conversación!_, se marchó.
-
-«Ha ido usted a poner el dedo en la llaga, _signore_—dijo el genovés
-cuando ya habíamos dejado atrás Moncloa—. Si fueran gente honrada no
-podrían tener esa _venta_. Yo no sé cómo serían los colonos cuando
-llegaron aquí; pero lo que es ahora, sus costumbres no son ni pizca
-mejores que las de andaluces, y acaso sean algo peores, si es que hay
-entre ellos alguna diferencia».
-
-A los tres días de salir de Sevilla, ya cerca de anochecer, llegamos
-a la _Cuesta del Espinal_, a unas dos leguas de Córboba, desde donde
-pudimos columbrar los muros de la ciudad, bañados por los últimos
-rayos del sol poniente. Como aquellos contornos estaban, según
-me dijo el guía, infestados de bandidos, hicimos lo posible por
-llegar a la población antes de cerrar la noche. No lo conseguimos,
-empero, y antes de recorrer la mitad de la distancia nos envolvieron
-densas tinieblas. La ruindad de los caballos nos había retrasado
-considerablemente durante el viaje; sobre todo, el caballo de mi
-guía era insensible al látigo y a la espuela; además, el genovés no
-era jinete, y acabó por confesar que hacía treinta años no montaba
-a caballo. Los caballos conocen en seguida las facultades de quien
-los monta, y el del genovés resolvió aprovecharse de la timidez y
-debilidad del pobre viejo. Pero casi todo tiene remedio en este
-mundo. Cansado de andar a paso de tortuga, até las riendas del
-caballo remolón a la grupa del mío, y sin escatimar espolazos ni
-palos le obligué a salir al trote o cosa así, y el otro no tuvo más
-remedio que aligerar los remos. Por dos veces intentó arrojarse
-al suelo, con gran espanto de su anciano jinete, que me suplicaba
-una y otra vez que hiciese alto y le permitiera apearse; pero yo,
-sin hacerle caso, continué dando espolazos y palos con infatigable
-energía y tan buen éxito que en menos de media hora vimos unas luces
-muy cerca de nosotros, y al instante llegamos a un río, cruzamos un
-puente, encontrándonos a la puerta de Córdoba sin habernos roto la
-nuca ni haberse perniquebrado los caballos.
-
-Atravesamos toda la ciudad para llegar a la _posada_; las calles
-estaban oscuras y casi desiertas. La _posada_ era un vasto edificio,
-de cuyas ventanas, bien defendidas con _rejas_, no se escapaba el
-menor rayo de luz; el silencio de la muerte parecía envolver no sólo
-la casa, sino la calle entera. Largo rato golpeamos la puerta sin
-obtener contestación; entonces comenzamos a llamar a voces. Al cabo
-alguien nos preguntó desde dentro lo que queríamos. «Abra usted la
-puerta y lo verá», respondí. «No haré tal—replicó el de dentro—hasta
-no saber quiénes son ustedes». «Somos viajeros de Sevilla». «¿Son
-ustedes viajeros? ¿Por qué no lo han dicho antes? No estoy aquí de
-portero para dejar a los viajeros en la calle, _¡Jesús, María!_ Ni
-hay tantos en la casa que no podamos admitir alguno más. Entre,
-caballero, y sean bienvenidos usted y su compañía.»
-
-Abrió la puerta, dándonos entrada a un espacioso patio; en seguida
-afianzó nuevamente la puerta con cerrojos y trancas. «¿Por qué
-toma usted tantas precauciones?—le pregunté—. ¿Teme usted que
-los carlistas le hagan una visita?» «Los carlistas no nos dan
-miedo—respondió el portero—. Ya han estado aquí y no nos han hecho
-daño alguno. A quien tememos es a ciertos pícaros de esta ciudad, que
-están reñidos con el amo, y le asesinarían con toda su familia si se
-les presentase ocasión.»
-
-Iba yo a preguntar la razón de esta enemiga, cuando un hombre
-corpulento bajó corriendo, con una luz en la mano, la escalera de
-piedra que conducía al interior de la casa. Dos o tres mujeres
-también con luces, le seguían. Detúvose en el último escalón, y
-exclamó: «¿Quién ha venido?» Luego adelantó la lámpara hasta que la
-luz me dió de lleno en el rostro.
-
-«_¡Hola!_—exclamó—. ¿Es usted? ¡Quién iba a pensar—dijo volviéndose
-a la mujer que estaba a su lado, tan recia como él, de atezado
-rostro, y próximamente de su misma edad, rayana, al parecer, en
-los cincuenta—que en el preciso momento de suspirar por un huésped
-se detendría a nuestras puertas un inglés! porque a un inglés le
-reconozco yo a una milla de distancia, hasta en la oscuridad.
-Juanito—gritó al portero—: esta noche no abras la puerta a nadie más,
-sea quien sea. Si los nacionales vienen a alborotar, diles que está
-aquí el hijo de Belington dispuesto a caer sobre ellos espada en
-mano si no se retiran, y si llegan más viajeros, cosa que no es de
-esperar, porque desde hace más de un mes no ha venido ninguno, les
-dices que no hay cuartos porque los ocupa todos un caballero inglés y
-su acompañamiento.»
-
-Descubrí sin tardanza que mi amigo el _posadero_ era un insigne
-carlista. No había yo concluído de cenar—mientras él y toda su
-familia, alrededor de la mesita a que me senté, observaban mis
-movimientos, sobre todo la manera de usar el cuchillo y el tenedor
-y de llevarme los manjares a la boca—cuando se puso a hablarme de
-política. «Yo no soy de un partido determinado, _don Jorge_—dijo,
-pues me había preguntado mi nombre con el fin de darme el tratamiento
-debido—; yo no soy de un partido determinado, y no estoy por el rey
-Carlos ni por la _chica_ Isabel; sin embargo, llevo en este maldito
-pueblo _cristino_ una vida de perro, y hace mucho tiempo que me
-habría marchado si no fuese porque he nacido aquí y porque no sé
-adónde ir. Desde que empezaron estos desórdenes, me da miedo salir a
-la calle, porque en cuanto la _canaille_ de Córdoba me ve doblar una
-esquina, empiezan a gritar: «¡A ése, al carlista!», y corren detrás
-de mí vociferando y me amenazan con piedras y palos; de manera que,
-si no me pongo en salvo metiéndome en casa, empresa difícil con mis
-diez y pico arrobas, puedo perder la vida en la calle, y esto, lo
-reconocerá usted _don Jorge_, no es ni agradable ni decente. Ese mozo
-que ve usted ahí—continuó, señalando a un joven moreno que estaba
-detrás de mi silla, empleado en servirme—es mi cuarto hijo; está
-casado, y no vive con nosotros, sino cien varas más abajo en esta
-calle. Le hemos llamado de prisa y corriendo para servir a su merced,
-como es su obligación; pues bien: ha estado a punto de perecer en el
-camino. Antes de marcharse tendrá que escudriñar la calle para ver si
-hay moros en la costa, y entonces irse volando a su casa. ¡Carlistas!
-¿De dónde sacan que mi familia y yo somos carlistas? Cierto que mi
-hijo mayor era fraile, y cuando la supresión de los conventos se
-refugió en las filas realistas, y en ellas ha estado peleando más de
-tres años. ¿Podía yo evitarlo? Tampoco tengo yo la culpa de que mi
-segundo hijo se alistara con Gómez y los realistas cuando entraron en
-Córdoba. ¡Dios le proteja! Pero yo no le mandé alistarse. Tan lejos
-estoy de ser carlista, que gracias a mí ese mozo que está presente no
-se marchó con su hermano, aunque tenía muy buenas ganas de hacerlo,
-porque es valiente y buen cristiano. Quédate en casa—le dije—,
-porque ¿cómo me voy a arreglar si os vais todos? ¿Quién va a servir a
-los huéspedes, si Dios quiere enviarnos alguno? Quédate por lo menos
-hasta que tu hermano, mi hijo tercero, vuelva; porque ha de saberse,
-y para vergüenza mía lo digo, _don Jorge_, que yo tengo un hijo
-sargento en el ejército _cristino_, muy en contra de la inclinación
-personal del pobre muchacho, que no gusta de la vida militar; años
-llevo solicitando su licencia, y he llegado a aconsejarle que se haga
-una mutilación para que le libren en seguida. Así que le dije a éste:
-quédate en casa, hijo mío, hasta que tu hermano venga a ocupar tu
-puesto y no se nos coma el pan un extraño, que además podría venderme
-y hacerme traición; de modo que, como usted ve, _don Jorge_, mi hijo
-se quedó en casa a petición mía, y aún me llaman carlista.»
-
-—¿Cómo se portaron Gómez y sus partidas cuando estuvieron en Córdoba?
-Porque usted habrá visto, claro es, todo lo sucedido.
-
-—¡Admirablemente bien! Lo que yo quisiera es que aún estuviesen
-aquí. Como ya le he dicho a usted, _don Jorge_, yo no soy de ningún
-partido; pero confieso que nunca en mi vida he sentido placer mayor
-que cuando se nos entraron por las puertas. ¡Entonces había que ver
-a esos perros de nacionales correr por las calles para ponerse en
-salvo! ¡Había que verlo, _don Jorge_! Los que me encontraban a la
-vuelta de una esquina se olvidaban de gritar: _¡Hola, carlista!_, y
-de sus amenazas de apalearme. Algunos saltaron las murallas y huyeron
-no se sabe adónde; otros se refugiaron en la casa de la Inquisición,
-que tenían fortificada, y se encerraron en ella. Ha de saber usted,
-_don Jorge_, que todos los jefes carlistas: Gómez, Cabrera y el
-Serrador, se alojaron en esta casa; y ocurrió que, estando yo de
-conversación con Gómez en este mismo cuarto donde estamos ahora,
-entró Cabrera hecho una furia; Cabrera es menudo de cuerpo, pero
-tan vivo y valiente como un gato montés. «Esa _canaille_—dijo al
-entrar—de la _casa_ de la Inquisición no quiere rendirse; si me
-da usted la orden, general, escalo la casa con mi gente y paso a
-cuchillo a los que están dentro.» Pero Gómez dijo: «No; debemos
-ahorrar sangre siempre que sea posible. Que les disparen unos cuantos
-tiros de fusil, y eso bastará.» Así fué, en efecto, _don Jorge_,
-porque a las pocas descargas su corazón desfalleció y se rindieron
-a discreción; después de desarmarlos, se les permitió volver a sus
-casas. Pero en cuanto se fueron los carlistas, todos esos individuos
-volvieron a ser tan valientes como antes, y de nuevo, en cuanto me
-ven doblar una esquina, me gritan: _¡Hola, carlista!_ Para guardarse
-de ellos, mi hijo, ahora que ya ha terminado de servir a su merced,
-tendrá que ir desde aquí a su casa volando como una perdiz, no sea
-que se los encuentre en la calle y le cosan a puñaladas.»
-
-—Usted que ha visto a Gómez, dígame: ¿qué clase de hombre es?
-
-—Es de estatura regular, grave y sombrío. El más notable de todos por
-su aspecto es el Serrador, especie de gigante, tan alto, que cuando
-entraba por la puerta del portal siempre daba con la cabeza en el
-dintel. El que menos me gusta es Palillos, bandido feroz y tétrico,
-a quien conocí de postillón. En otro tiempo venía muchas veces a mi
-casa; ahora es capitán de los ladrones de la Mancha, pues aunque se
-intitula realista, es un bandolero, ni más ni menos. Es una deshonra
-para la causa que se permita a tales hombres mezclarse con la gente
-honrada. Yo le odio, _don Jorge_; debido a él, vienen a mi casa tan
-pocos parroquianos. Los viajeros temen ahora atravesar la Mancha, no
-sea que caigan en su poder. ¡Así le ahorquen, _don Jorge_, sean los
-_cristinos_ o los realistas; lo mismo me da!
-
-—Cuando llegué conoció usted al momento que era inglés. ¿Es que
-vienen a Córdoba muchos compatriotas míos?
-
-—_¡Toma!_—respondió el posadero—, son mis mejores parroquianos;
-he tenido en casa ingleses de todas categorías, desde el hijo de
-Belington hasta un _médico_ joven que curó a esta _chica_, hija mía,
-del dolor de oídos. ¿Cómo no he de reconocer a un inglés? Con Gómez
-vinieron dos que servían como voluntarios. _¡Vaya, qué gente!_ ¡Qué
-magníficos caballos montaban, y cómo desparramaban el oro! Venía con
-ellos un portugués muy noble, pero pobrísimo, un miguelista; según
-me dijeron, los dos ingleses le sostenían por devoción a la causa
-realista. El portugués estaba siempre cantando:
-
- El rey chegou, el rey chegou,
- E en Belem desembarcou.
-
-Fueron unos días magníficos, _don Jorge_. Y entre paréntesis, se me
-ha olvidado preguntar de qué partido es su merced.
-
-A la siguiente mañana, cuando estaba vistiéndome, el viejo genovés
-entró en mi cuarto:—_Signore_—me dijo—, vengo a decirle adiós. Ahora
-mismo me vuelvo a Sevilla con los caballos.
-
-—¿Por qué tanta prisa?—respondí—. Mejor sería que se quedase usted
-aquí hasta mañana; usted y los caballos necesitan reposo. Descanse
-usted hoy, y yo pagaré el gasto.
-
-—Gracias, _signore_; pero me voy inmediatamente; no puedo quedarme en
-esta casa.
-
-—¿Qué le ocurre a la casa?—pregunté.
-
-—De la casa nada tengo que decir—replicó el genovés—; de quien me
-quejo es de sus dueños. Hace cosa de una hora bajé a desayunarme, y
-me encontré en la cocina al posadero y a toda su familia. Bueno: me
-senté y pedí un chocolate, que me trajeron; pero, antes de tomármelo,
-el posadero empezó a hablar de política. Al principio me dijo que no
-estaba con ninguno de los dos bandos; pero es tan furibundo carlista
-como el mismo Carlos V, porque, en cuanto se enteró de que yo soy del
-bando contrario, me echó unas miradas de bestia salvaje. Ha de saber
-usted, _signore_, que, en tiempos de la anterior Constitución, tuve
-yo un café en Sevilla, al que concurrían los liberales más notorios,
-y fué causa de mi ruina, pues como admirador de sus opiniones, abrí
-a mis parroquianos el crédito que se les antojó, lo mismo en café
-que en licores, y, de esta suerte, al tiempo de ser derrocada la
-Constitución y restaurado el despotismo ya les había fiado cuanto
-tenía. Es posible que muchos de ellos me hubiesen pagado, porque
-no creo que abrigasen malas intenciones contra mí; pero llegó la
-persecución, los liberales se dieron a la fuga, y, cosa bastante
-natural, pensaron en su propia seguridad más que en pagarme los
-cafés y los licores; a pesar de eso, soy partidario de sus ideas,
-y nunca vacilo en proclamarlo así. En cuanto el posadero, como ya
-he dicho a su merced, se enteró de mis opiniones, me miró como una
-fiera y «Salga usted de mi casa—exclamó—; no quiero espías en ella»;
-añadiendo algunas expresiones irrespetuosas para la joven reina
-Isabel y para Cristina, a quien considero compatriota mía, a pesar
-de ser napolitana. Perdí la calma al oírle y le devolví el cumplido
-diciendo que Carlos es un pillo y la princesa de Beira otra que tal.
-Me dispuse a ingerir el chocolate; pero, antes de llevármelo a los
-labios, la posadera, más furibunda carlista aún que su marido, si
-cabe, se abalanzó a mí, me arrebató la jícara y, tirándola por el
-aire, que casi dió con ella en el techo, exclamó: «¡Fuera de aquí,
-perro _negro_! ¡En mi casa no vuelves a catar cosa ninguna! ¡Colgado
-como un cerdo te vea yo!» Comprenderá su merced que no puedo estar
-aquí más tiempo. Se me olvidaba decir que el bribón del posadero
-asegura que usted le ha confesado ser de su misma opinión, pues en
-otro caso no le hubiera hospedado a usted.
-
-—Mire, buen hombre—respondí—: yo soy, invariablemente, de la misma
-opinión política de la gente a cuya mesa me siento o bajo cuyo techo
-duermo, o, por lo menos, jamás digo cosa alguna que pueda inducirles
-a sospechar lo contrario. Gracias a este sistema me he librado más de
-una vez de reposar en almohadas sangrientas o de que me sazonasen el
-vino con sublimado.
-
-
-
-
-CAPÍTULO XVII
-
- Córdoba.—Los moros de Berbería.—Los ingleses.—Un cura viejo.—El
- breviario romano.—El palomar.—El Santo Oficio.—Judaísmo.—Los
- palomares profanados.—Propuesta del posadero.
-
-
-Poco hay que decir de Córdoba, ciudad pobre, sucia y triste, llena
-de angostas callejuelas, sin plazas ni edificios públicos dignos
-de atención, salvo y excepto su Catedral, dondequiera famosa; su
-emplazamiento es, sin embargo, bello y pintoresco. Corre por un
-lado el Guadalquivir, que, si bien poco profundo en estos lugares y
-lleno de bancos de arena, no deja de ser un río deleitoso; por el
-otro se alzan las escarpadas vertientes de Sierra Morena, plantadas
-de olivares hasta la cima. La ciudad está rodeada de altas murallas
-moriscas, que pueden tener hasta tres cuartos de legua de desarrollo;
-a diferencia de Sevilla y de la mayoría de las ciudades de España,
-carece de arrabales.
-
-La Catedral, único edificio notable de Córdoba, como ya he dicho,
-es acaso el templo más extraordinario del mundo. Fué en su origen,
-como todos saben, una mezquita, erigida en los días más brillantes
-de la dominación árabe en España. Era de planta cuadrangular y de
-techo bajo, sostenido por infinidad de redondas columnas de mármol,
-pequeñas y finas, muchas de las cuales subsisten aún, y ofrecen al
-primer golpe de vista la apariencia de un bosque de mármol; la mayor
-parte de ellas, sin embargo, fueron quitadas cuando los cristianos,
-después de expulsar a los muslimes, quisieron transformar la mezquita
-en catedral, como, en efecto, la transformaron parcialmente,
-levantando una cúpula y despejando en el interior un cierto espacio
-para hacer el coro. Tal como hoy está el templo, parece pertenecer
-en parte a Mahoma, y en parte al Nazareno; y aunque la mezcla de la
-pesada arquitectura gótica con el aéreo y delicado estilo de los
-árabes produce un efecto algo raro, todavía el edificio es magnífico
-y grandioso, y muy adecuado para suscitar el respeto y la veneración
-en el ánimo del visitante.
-
-Los moros de Berbería parecen cuidarse muy poco de las hazañas
-de sus antepasados: sólo piensan en las cosas del día presente,
-y únicamente hasta donde esas cosas les conciernen de un modo
-personal. El entusiasmo desinteresado y la admiración por cuanto
-es grande y bueno, señales verdaderas e inconfundibles de un alma
-noble, son sentimientos que en absoluto desconocen. Asombra la
-indiferencia con que cruzan ante los restos de la antigua grandeza
-mora en España. Ni se exaltan ante las pruebas de lo que en otro
-tiempo fueron los moros, ni la conciencia de su situación actual
-les entristece. Vienen a Andalucía a vender perfumes, babuchas,
-dátiles y sedas de Fez y Marruecos; eso es lo que más les interesa,
-aun cuando la mayor parte de estos hombres estén lejos de ser unos
-ignorantes y hayan oído y leído lo que ocurría en España en los
-antiguos tiempos. Una vez hablaba yo en Madrid con un moro bastante
-amigo mío acerca de su visita a la Alhambra de Granada. «¿No lloró
-usted—le pregunté—, al pasar por aquellos patios, al acordarse de
-los Abencerrajes?» «No—respondió—. ¿Por qué había de llorar?» «¿Y
-por qué fué usted a ver la Alhambra?»—pregunté. «Fuí a verla porque
-estando en Granada para asuntos míos un compatriota de usted me rogó
-que le acompañase a la Alhambra y le tradujese unas inscripciones.
-Es seguro que espontáneamente no se me hubiese ocurrido ir, porque
-la subida es penosa.» El hombre que me hablaba así compone versos
-y no es en modo alguno un poeta despreciable. Otra vez, estando yo
-en la catedral de Córdoba, entraron tres moros y la atravesaron
-pausadamente, dirigiéndose a la puerta situada en el lado frontero.
-Todo su interés por aquel lugar se tradujo en dos o tres ojeadas
-ligeras a las columnas, diciendo uno de ellos: «_Huáje del Mselmeen,
-huáje del Mselmeen_» (Cosas de los moros, cosas de los moros); y la
-única muestra de respeto que dieron por el templo donde en su tiempo
-se prosternaba Abderrahman el Grande fué que, al llegar a la puerta,
-se volvieron de cara y salieron andando hacia atrás; sin embargo,
-aquellos hombres eran _hajis_ y _talibs_, hombres asimismo de grandes
-riquezas, que habían leído y viajado, que habían estado en la Meca y
-en la gran ciudad de la Nigricia[143].
-
- [143] Alude, probablemente, a Khartum, capital del Sudán. (Nota
- de Burke.)
-
-Me detuve en Córdoba mucho más de lo primeramente calculado, porque
-no cesaba de recibir noticias acerca de la inseguridad del camino de
-Madrid. En poco tiempo escudriñé todos los rincones y escondrijos de
-aquella antigua ciudad y adquirí algunas amistades entre la gente
-del pueblo, que es mi modo de proceder habitual cuando llego a una
-población desconocida. Varias veces subí a Sierra Morena, acompañado
-por el hijo del posadero, aquel buen mozo de quien ya he hablado.
-Los posaderos, convencidos de que yo participaba de sus opiniones,
-me trataban con extremada cortesía; cierto que, en cambio, hube
-de prestar oídos a vastos planes carlistas, verdaderas traiciones
-contra los poderes constituídos en España; pero todo lo llevé con
-paciencia.
-
-—_Don Jorgito_—díjome un día el posadero—, yo quiero mucho a los
-ingleses; son mis mejores parroquianos. Es una lástima que no haya
-más unión entre España e Inglaterra y que no vengan más ingleses
-a visitarnos. ¿No se podría hacer un casorio? El rey entraría en
-seguida en Madrid. ¿Por qué no se hacen las _bodas_ del hijo de don
-Carlos con la heredera de Inglaterra?
-
-—De esa manera—respondí—vendrían seguramente muchos ingleses a
-España, y no sería la primera vez que el hijo de un Carlos se casa
-con una princesa de Inglaterra.
-
-El huésped meditó un momento, y luego exclamó:
-
-—_Carracho, Don Jorgito_, si se hiciera ese matrimonio, el rey y yo
-tendríamos motivo para tirar el sombrero al aire.
-
-La casa o _posada_ en que yo vivía era sumamente espaciosa, con
-infinidad de habitaciones grandes y chicas, pero desamuebladas en
-su mayoría. Mi cuarto estaba al final de un corredor inmensamente
-largo, como el que por modo admirable se describe en la leyenda
-maravillosa de Udolfo[144]. Durante uno o dos días creí que era yo el
-único huésped en la casa. Pero una mañana vi sentado en el corredor,
-junto a una ventana, a un anciano de singular aspecto, que leía con
-atención en un pequeño y abultado volumen. Sus vestidos eran de
-grosera tela azul, y llevaba un amplio sobretodo encima de un chaleco
-adornado con varias filas de botoncitos de nácar; tenía calados los
-espejuelos. Aunque le veía sentado, me di cuenta de que su estatura
-rayaba en lo gigantesco.
-
- [144] _The mystery of Udolpho_, por Mrs. Radcliffe
- (1764-1823). (Nota de Burke.)
-
-—¿Quién es ese hombre?—pregunté al posadero, al encontrarle poco
-después—. ¿Es otro huésped de la casa?
-
-—No puedo decir que sea precisamente un huésped, _Don Jorge de
-mi alma_—replicó—; pues, aunque pára en mi casa, no me da nada a
-ganar. Ha de saber usted, _Don Jorge_, que éste es uno de dos curas
-que había en un pueblo bastante grande[145] no lejos de aquí. Al
-entrar en el pueblo las tropas de Gómez, su reverencia salió a su
-encuentro revestido, con un libro en la mano, y, a petición de los
-soldados, proclamó a Carlos Quinto en la plaza del mercado. El otro
-cura era un liberal violento, un _negro_ rematado, y los realistas
-le echaron mano, disponiéndose a ahorcarlo. Intervino su reverencia
-y obtuvo gracia para su colega, a condición de que gritase _¡Viva
-Carlos Quinto!_, y así lo hizo para salvar la vida. Bueno; pues en
-cuanto los realistas se fueron, el cura negro montó en una mula,
-vino a Córdoba y delató a su reverencia, a pesar de deberle la vida.
-Prendieron a su reverencia, trajéronle a Córdoba, y seguramente le
-habrían metido en la cárcel común por carlista si yo no hubiera
-salido fiador suyo, poniendo que no se marcharía de aquí y se
-presentaría cuando le llamaran a responder de los cargos aportados
-contra él; y en mi casa está, aunque no pueda llamarle mi huésped,
-pues no gano nada con él: toda su comida, que se reduce a unos pocos
-huevos, un poco de leche y pan, se la traen a diario del pueblo.
-En cuanto a su dinero, no sé de qué color es, aunque, según dicen,
-tiene _buenas pesetas_. Con todo, es un santo; siempre está leyendo y
-rezando, y es, además, del partido de los buenos. Por eso le tengo en
-mi casa, y saldría fiador suyo aunque fuese veinte veces más avaro de
-lo que parece.
-
- [145] Puente. (Nota de Burke.)
-
-Al siguiente día, al pasar otra vez por el corredor, vi al viejo
-sentado en el mismo sitio, y le saludé. Me devolvió el saludo con
-mucha cortesía y cerró el libro, colocándolo en sus rodillas, como
-si quisiera trabar conversación. Después de cambiar breves palabras,
-tomé el libro para examinarlo.
-
-—No podrá usted sacar mucho provecho de este libro, _Don Jorge_—dijo
-el viejo—. No puede usted entenderlo, porque no está escrito en
-inglés.
-
-—Ni en español—repliqué—. Pero, respecto a poder entenderlo o no,
-¿qué dificultad puede haber en una cosa tan sencilla? Este es el
-breviario romano escrito en latín.
-
-—¿Pero entienden los ingleses el latín?—exclamó—. _¡Vaya!_ ¿Quién
-hubiera pensado que los luteranos pudiesen entender la lengua de la
-Iglesia? _¡Vaya!_ Cuanto más vive uno, más aprende.
-
-—¿Cuántos años tiene vuestra reverencia?—pregunté.
-
-—Ochenta, _Don Jorge_; ochenta años largos.
-
-Esta fué la primera conversación que tuvimos su reverencia y yo.
-No tardó en sentir notable inclinación por mí, y me hacía el favor
-de acompañarme no pocos ratos. A diferencia de nuestro amigo el
-posadero, el cura no gustaba de hablar de política, cosa que no
-dejó de sorprenderme, conociendo yo, como conocía, la resuelta y
-peligrosa parte que había tomado en la última irrupción carlista en
-las cercanías. En cambio, le gustaba mucho platicar acerca de asuntos
-eclesiásticos y de los escritos de los Padres.
-
-—He formado en mi casa una pequeña librería, _Don Jorge_, con todos
-los escritos de los Padres que me ha sido dable encontrar; su lectura
-me sirve de entretenimiento y de consuelo. Cuando pasen estos tristes
-días, _Don Jorge_, espero que, si continúa usted por estas partes,
-irá a visitarme, y le enseñaré mi modesta colección de los Padres,
-y también un palomar, donde crío muchas palomas, que me producen no
-pequeño solaz y algún provecho.
-
-—Supongo que al hablarme de su palomar—repuse—, alude usted a su
-parroquia, y que por la cría de las palomas representa usted el
-cuidado que toma por las almas de sus feligreses, inculcándoles
-el temor de Dios y la obediencia a la ley revelada, ocupación
-que, naturalmente, le produce a usted muchos solaces y consuelos
-espirituales.
-
-—Hablaba sin metáfora, _Don Jorge_—replicó mi interlocutor—. Al decir
-que crío muchas palomas, no pretendo significar sino que yo proveo de
-pichones el mercado de Córdoba, y a veces el de Sevilla; mis aves son
-muy apreciadas, y creo que no hay en todo el reino otras más gordas
-ni mejor cebadas. Si fuera usted a mi pueblo, _Don Jorge_, tendría
-que hacer alto en una _venta_ donde las probaría seguramente, porque
-en mi jurisdicción no consiento más palomares que el mío. Respecto de
-las almas de mis feligreses, creo que cumplo con mi deber en cuanto
-está de mi parte. Las cosas espirituales me deleitan sobremanera, y
-por esta razón me incorporé a la _Santa Casa_ de Córdoba, en la que
-he servido durante muchos años.
-
-—¿Vuestra reverencia ha sido inquisidor?—exclamé un poco asombrado.
-
-—Desde los trece años hasta que se suprimió el Santo Oficio en estos
-desventurados reinos.
-
-—Me sorprende y me alegra el saberlo—repuse yo—. Nada tan placentero
-para mí como hablar con un sacerdote que perteneció antaño a la Santa
-Casa de Córdoba.
-
-El viejo, mirándome fijamente, contestó:
-
-—Ya le comprendo a usted, _Don Jorge_. He adivinado hace rato que
-usted es de los nuestros. Es usted un santo varón y muy instruído;
-aunque crea conveniente hacerse pasar por inglés y luterano, he
-penetrado su verdadera condición. Ningún luterano se tomaría por las
-cosas de la Iglesia el interés que usted demuestra; y a lo de ser
-inglés, digo que ninguno de esa nación puede hablar el castellano,
-y menos el latín. Creo que usted es de los nuestros: un sacerdote
-misionero; y me confirmo en esta idea, sobre todo, porque le veo a
-usted en frecuente conversación con los _gitanos_; parece que hace
-usted propaganda entre ellos. Pero viva usted prevenido, _Don Jorge_;
-desconfíe de la fe de Egipto; son malos penitentes y me gustan poco.
-No le aconsejaría yo a usted que se fiara de ellos.
-
-—No lo intento siquiera—repliqué—; sobre todo en lo tocante al
-dinero. Pero, volviendo a cosas más importantes, dígame: ¿de qué
-delitos conocía la Santa Casa de Córdoba?
-
-—Supongo que sabrá usted cuáles eran los asuntos propios de la
-función del Santo Oficio; por tanto, no necesito decirle que los
-delitos en que entendíamos eran los de brujería, judaísmo y ciertos
-descarríos carnales.
-
-—¿Qué opinión tiene usted de la brujería? ¿Existe en realidad ese
-delito?
-
-—_¡Qué sé yo!_—dijo el viejo encogiéndose de hombros—. La Iglesia
-tiene, o al menos tenía, el poder de castigar por algo, fuese real o
-irreal, _Don Jorge_; y como era necesario castigar para demostrar que
-tenía el poder de hacerlo, ¿qué importaba si el castigo se imponía
-por brujería o por otro delito?
-
-—¿Ocurrieron en su tiempo de usted muchos casos de brujería?
-
-—Uno o dos, _Don Jorge_; eran poco frecuentes. El último caso que
-recuerdo ocurrió en un convento de Sevilla. Cierta monja tenía la
-costumbre de salir volando por la ventana al jardín y de revolotear
-en él sobre los naranjos. Se tomó declaración a varios testigos, y en
-el proceso, instruído con toda formalidad, quedaron, a mi entender,
-bastante bien probados los hechos. Pero de lo que sí estoy cierto es
-de que la monja fué castigada.
-
-—¿Les daba a ustedes mucho que hacer el judaísmo en estas partes?
-
-—¡Oh! Lo que más trabajo daba a la Santa Casa era, en efecto, el
-judaísmo; sus brotes y ramificaciones son numerosos, no sólo por
-aquí, sino en toda España; lo más singular es que hasta en el clero
-descubríamos continuamente casos de judaísmo de ambas especies que,
-por obligación, teníamos que castigar.
-
-—¿Hay más de una especie de judaísmo?—pregunté.
-
-—Siempre he dividido el judaísmo en dos clases: negro y blanco;
-por judaísmo negro entiendo la observancia de la ley de Moisés con
-preferencia a los preceptos de la Iglesia; en el judaísmo blanco
-entra todo género de herejía, como luteranismo, francmasonería y
-otros por el estilo.
-
-—Comprendo fácilmente—dije yo—que muchos sacerdotes acepten los
-principios de la Reforma, y que no pocos se hayan dejado extraviar
-por las engañosas luces de la filosofía moderna; pero es casi
-inconcebible que dentro del clero haya judíos que sigan en secreto
-los ritos y prácticas de la ley antigua, aunque ya antes de ahora me
-han asegurado que el hecho es cierto.
-
-—Crea usted, _Don Jorge_, que en el clero hay abundancia de judaísmo,
-lo mismo del negro que del blanco. Recuerdo que una vez estábamos
-registrando la casa de un eclesiástico acusado de judaísmo negro,
-y, después de buscar mucho, encontramos debajo del piso una caja
-de madera, y en ella un pequeño relicario de plata, donde había
-guardados tres libros forrados de negra piel de cerdo; los abrimos,
-y resultaron libros devotos judíos, escritos en caracteres hebreos,
-antiquísimos; al ser interrogado, no negó su culpa el reo; antes
-bien, se vanaglorió de ella, diciendo que no había más que un Dios, y
-atacando el culto a María Santísima como una idolatría grosera.
-
-—Y aquí entre nosotros, ¿qué opina usted de esa adoración a María
-Santísima?
-
-—¿Qué opino yo? _¡Qué sé yo!_—dijo el viejo, encogiéndose de hombros
-aún más que la vez primera—. Pero le diré a usted que, bien mirado,
-me parece justa y natural. ¿Por qué no? Cualquiera que vaya a visitar
-mi iglesia, y la contemple tal como en ella está, _tan bonita, tan
-guapita_, tan bien vestida y gentil, con aquellos colores, blanco
-y carmín, tan lindos, no necesitará preguntar por qué se adora a
-María Santísima. Y, sobre todo, _Don Jorgito mío_, eso es cosa de la
-Iglesia y forma parte importante de su sistema.
-
-—¿Y tuvo usted que entender en muchos casos de delitos carnales?
-
-—Entre los seglares, no muchos; sobre los clérigos ejercíamos una
-rigurosa vigilancia. Pero, en general, éramos tolerantes en estas
-materias, conociendo las muchas flaquezas de la naturaleza humana.
-Rara vez castigábamos, salvo en los casos en que la gloria de
-la Iglesia y la lealtad a María Santísima hacían absolutamente
-inexcusable el castigo.
-
-—¿Cuáles eran esos casos?—pregunté.
-
-—Aludo a la profanación de los palomares, _don Jorge_, y a la
-introducción en ellos de carne de contrabando para fines que no eran
-ni apropiados ni decentes.
-
-—Vuestra reverencia me perdonará; pero no acabo de entender.
-
-—Me refiero, _don Jorge_, a ciertos actos de perversión practicados
-por algunos clérigos en apartados y lejanos _palomares_, en olivares
-y huertos; actos condenados, si no recuerdo mal, por San Pablo en su
-primera carta al Papa Sixto. Ahora me habrá usted entendido, _don
-Jorge_, porque es usted hombre versado en cosas de iglesia.
-
-—Creo que le he entendido a usted—repliqué.
-
-Después de permanecer unos cuantos días más en Córdoba, resolví
-continuar mi viaje a Madrid, aunque seguían diciéndome que los
-caminos estaban muy inseguros. Me pareció inútil quedarme allí más
-tiempo en espera de que se restableciera la normalidad, cosa que
-podía no ocurrir nunca. Consulté, pues, con el posadero respecto del
-mejor modo de hacer el viaje. «_Don Jorgito_—respondió—, creo que
-puedo darle a usted un buen consejo. Usted tiene ganas de marcharse,
-según me dice, y yo no acostumbro a retener a mis huéspedes más
-tiempo del que buenamente quieren estar en mi casa; proceder de otro
-modo sería impropio de un posadero cristiano; eso se queda para los
-moros, los _cristinos_ y los _negros_. Para facilitarle a usted el
-viaje, _don Jorge_, tengo un plan en la cabeza, y ya, antes de que
-me preguntase, había resuelto proponérselo a usted. Mi cuñado tiene
-dos caballos, y cuando se le ofrece los da en alquiler; usted puede
-alquilarlos, _don Jorge_, y mi cuñado en persona le acompañará para
-servirle y darle conversación, por lo que le pagará usted cuarenta
-duros. Pero, y esto es lo importante, como en el camino hay muchos
-ladrones y _malos sujetos_, tales como Palillos y su gente, hará
-usted una obligación, _don Jorge_, comprometiéndose, si los roban y
-desvalijan a ustedes, y si los ladrones se quedan con los caballos de
-mi cuñado, a hacerle bueno, en cuanto lleguen a Madrid, todo lo que
-por seguirle a usted haya perdido. Este es mi plan, _don Jorge_, y no
-dudo que su merced lo apruebe, porque está trazado para favorecerle,
-y no con miras de lucro para mí ni los míos. En mi cuñado tendrá
-usted un gran compañero de viaje; es un hombre muy formal, pertenece
-al partido de los buenos, y ha viajado también mucho; porque, entre
-nosotros, _don Jorge_, es un poco _contrabandista_, y con frecuencia
-trae de contrabando diamantes y piedras preciosas de Portugal a
-España, para colocarlas en Córdoba o en Madrid. Conoce todos
-los _atajos_, _don Jorge_, y le respetan mucho en las _ventas_ y
-_posadas_ del camino. Ahora venga esa mano para cerrar el trato, y en
-seguida iré a buscar a mi cuñado para decirle que se disponga a salir
-con su merced pasado mañana.»
-
-
-
-
-CAPÍTULO XVIII
-
- Salida de Córdoba.—El contrabandista.—Treta judaica.—Llegada a
- Madrid.
-
-
-Salí de Córdoba una radiante mañana en compañía del _contrabandista_,
-que iba montado en un hermoso caballo de media alzada, una _jaca_,
-de la renombrada casta cordobesa; era el animal de color bayo claro,
-lucero, de remos fuertes, pero elegantes, y con una larga cola negra
-que le arrastraba por el suelo. El otro caballo, destinado a llevarme
-a Madrid, era de muy diferente estampa, que no predisponía en favor
-suyo. Por muchos rasgos se parecía sumamente a un cerdo, sobre todo
-por la curvatura del lomo, por la cortedad del cuello y por la manera
-de llevar siempre la cabeza junto al suelo; su perpetuo husmear y su
-rabo eran también enteramente los de un cerdo. Su piel más parecía
-cubierta de ásperas cerdas que de pelo; y en cuanto al tamaño, muchos
-cerdos de Westfalia he visto tan altos como él. No me agradaba mucho
-la idea de exhibirme a lomos de tan singularísimo cuadrúpedo, y
-me puse a mirar fijamente al excelente animal en que mi guía había
-tenido por conveniente instalarse. El hombre interpretó mis miradas,
-y me dió a entender que por llevar el equipaje le correspondía el
-mejor caballo, alegación que me pareció harto bien fundada para
-oponerle reparo alguno.
-
-Resultó que el _contrabandista_ no era, ni con mucho, un compañero de
-camino tan agradable como las manifestaciones del posadero de Córdoba
-me habían hecho suponer. Durante el día, cabalgaba taciturno y en
-silencio, y apenas respondía a mis preguntas más que con monosílabos;
-por las noches, empero, después de comer bien y beber en proporción
-a mis expensas, consentía en mostrarse a veces más sociable y
-comunicativo. «Me he quitado del contrabando—me dijo en una de estas
-ocasiones—a causa de una estafa que me hicieron en Lisboa: un judío,
-a quien conocía yo desde mucho tiempo atrás, me encajó por bueno un
-brillante falso. Lo hizo con una habilidad extraordinaria, porque no
-soy yo tan novato que no sepa conocer las piedras buenas; al parecer,
-el judío tenía dos, y las cambió con mucha destreza, guardándose la
-buena, comprada por mí, y substituyéndola con otra, muy bien imitada,
-pero que no valía cuatro duros. Descubrí la estafa cuando había
-cruzado ya la frontera, y aunque volví allá a escape, no pude dar
-con el bandido; uno de sus rabinos me dijo que el tal había muerto
-y que acababan de enterrarle; pero bien conocí que mentía, porque al
-decírmelo le retozaba la risa en los ojos. Desde entonces renuncié al
-contrabando.»
-
-No intentaré describir minuciosamente los varios incidentes de este
-viaje. Dejando a nuestra derecha las montañas de Jaén, pasamos por
-Andújar y Bailén, y al tercer día llegamos a La Carolina, pequeña
-pero linda ciudad en las faldas de Sierra Morena, habitada por los
-descendientes de los colonos alemanes. A dos leguas de este lugar
-entramos en el desfiladero de Despeñaperros, que aun en tiempos
-normales tiene muy mala fama por los robos que continuamente se
-perpetran en sus escondrijos, y que en la época de que voy hablando
-era, según decían, un hormiguero de bandidos. Creíamos, pues, que
-nos robarían, o que quizás nos dejarían desnudos en el monte o nos
-maltratarían de cualquier otro modo; pero la Providencia intervino
-en favor nuestro. Al parecer, el día antes de nuestra llegada los
-bandidos habían cometido una espantosa muerte y robado hasta cuarenta
-mil _reales_, botín que probablemente los satisfacía por algún
-tiempo; lo cierto es que nadie nos molestó. A nadie vimos en el
-desfiladero, aunque a ratos llegaban hasta nosotros voces y silbidos.
-Entramos en la Mancha, donde temía yo caer en manos de Palillos y
-Orejita. La Providencia me protegió de nuevo. El tiempo había sido
-hasta entonces delicioso; súbitamente, el Señor sopló un viento
-helado, tan riguroso que era casi irresistible. Ningún ser humano,
-salvo nosotros, se aventuraba a salir. Atravesamos llanuras cubiertas
-de nieve, y pasamos por ciudades y pueblos que parecían desiertos.
-Los ladrones se estuvieron encerrados en sus cuevas y chozas; pero
-el frío a poco nos mata. Llegamos a Aranjuez el día de Navidad, ya
-tarde, y fuí a casa de un inglés, donde ingerí casi un cuartillo de
-aguardiente: no me hizo más efecto que si fuese agua tibia.
-
-Al siguiente día llegamos a Madrid, y tuve la fortuna de encontrarlo
-todo tranquilo y en orden. El _contrabandista_ estuvo conmigo dos
-días más, al cabo de los cuales se volvió a Córdoba montado en el
-grotesco animal que me había traído a mí todo el viaje; la _jaca_ se
-la compré yo, porque en el camino aprecié sus facultades, y pensé que
-podría utilizarla en mis excursiones futuras. El _contrabandista_
-quedó tan contento del precio que le pagué por el caballo, y del
-trato que en general había recibido de mí mientras me acompañó, que
-de muy buena gana se hubiera quedado a servirme como criado, y así
-me lo pidió, asegurándome que si yo consentía en ello, dejaría a su
-mujer y a sus hijos, y me seguiría por el mundo entero. No quise
-acceder a su petición, aunque necesitaba un criado; le hice, pues,
-volver a Córdoba, donde, según supe más tarde, murió repentinamente a
-la semana de haber llegado.
-
-Su muerte ocurrió de singular manera: un día tomó el hombre la bolsa
-de su dinero, y después de contarlo le dijo a su mujer: «Con el
-viaje del inglés y la venta de la _jaca_ he hecho noventa y cinco
-duros; a poca suerte que tenga, puedo doblarlos arriesgándolos en el
-contrabando. Mañana me voy a Lisboa a comprar diamantes. Vamos a ver
-si hay que herrar el caballo.» Se levantó, encaminándose a la puerta
-con intención de ir a la cuadra; pero antes de trasponer el dintel,
-cayó muerto al suelo. Así son las cosas de este mundo. Bien dice el
-sabio: «Nadie está seguro del mañana.»
-
-
-FIN DEL TOMO PRIMERO
-
-
-
-
- * * * * * *
-
-
-
-
-NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
-
- * Se ha respetado la ortografía original, normalizándola a la
- grafía de mayor frecuencia.
-
- * Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar.
-
- * En los diálogos cuyas entradas están precedidas del nombre del
- interlocutor, se ha sustituído la presentación tipográfica por
- la utilizada en los dos restantes tomos de esta obra.
-
- * Se ha reparado el emparejamiento de los puntos de admiración e
- interrogación, y de los paréntesis y comillas.
-
-
-
-***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA BIBLIA EN ESPAÑA, TOMO I (DE
-3)***
-
-
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-<title>The Project Gutenberg eBook of La Biblia en España, Tomo I (de 3), by George Borrow</title>
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-<body>
-<h1 class="pg">The Project Gutenberg eBook, La Biblia en España, Tomo I (de 3), by
-George Borrow, Translated by Manuel Azaña</h1>
-<p>This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States
-and most other parts of the world at no cost and with almost no
-restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it
-under the terms of the Project Gutenberg License included with this
-eBook or online at <a
-href="http://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. If you are not
-located in the United States, you'll have to check the laws of the
-country where you are located before using this ebook.</p>
-<p>Title: La Biblia en España, Tomo I (de 3)</p>
-<p> O viajes, aventuras y prisiones de un inglés en su intento de difundir las Escrituras por la Península</p>
-<p>Author: George Borrow</p>
-<p>Release Date: January 24, 2016 [eBook #51019]</p>
-<p>Language: Spanish</p>
-<p>Character set encoding: UTF-8</p>
-<p>***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA BIBLIA EN ESPAÑA, TOMO I (DE 3)***</p>
-<p>&nbsp;</p>
-<h4>E-text prepared by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box,<br />
- and the Online Distributed Proofreading Team<br />
- (<a href="http://www.pgdp.net">http://www.pgdp.net</a>)<br />
- from page images generously made available by<br />
- Internet Archive/Canadian Libraries<br />
- (<a href="https://archive.org/details/toronto">https://archive.org/details/toronto</a>)</h4>
-<p>&nbsp;</p>
-<table border="0" style="background-color: #ccccff;margin: 0 auto;" cellpadding="10">
- <tr>
- <td valign="top">
- Note:
- </td>
- <td>
- Images of the original pages are available through
- Internet Archive/Canadian Libraries. See
- <a href="https://archive.org/details/labibliaenespa01borr">
- https://archive.org/details/labibliaenespa01borr</a><br />
- <br />
- Project Gutenberg has the other two volumes of this work.<br />
- <a href="http://www.gutenberg.org/files/51020/51020-h/51020-h.htm">Tomo II</a>: see http://www.gutenberg.org/files/51020/51020-h/51020-h.htm<br />
- <a href="http://www.gutenberg.org/files/51689/51689-h/51689-h.htm">Tomo III</a>: see http://www.gutenberg.org/files/51689/51689-h/51689-h.htm
-
- </td>
- </tr>
-</table>
-<p>&nbsp;</p>
-<div class="front">
- <p><a href="#tnote">Nota de transcripción</a></p>
- <p><a href="#ToC">Índice</a></p>
-</div>
-
-<hr class="full" />
-<div class="body">
-<p>&nbsp;</p>
-<p>&nbsp;</p>
-<p>&nbsp;</p>
-<div class="screenonly">
- <div class="figcenter">
- <img src="images/cover.jpg"
- alt="Cubierta del libro" />
- </div>
-</div>
-
-<div class="aftit">
- <h1 class="faux">LA BIBLIA EN ESPAÑA</h1>
- <hr class="chap" />
- <p><span class="pagenum" id="Page_i">[p. i]</span></p>
- <p><span class="g1">COLECCIÓN GRANADA</span></p>
- <p class="large p4"><span class="g2">VIAJES</span></p>
- <p class="p4">BORROW: LA BIBLIA EN ESPAÑA<br />
- TRAD. DEL INGLÉS POR M. AZAÑA</p>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
-
-<div class="tit">
- <p><span class="pagenum" id="Page_iii">[p. iii]</span></p>
- <p class="xxl">LA &nbsp; BIBLIA &nbsp; EN &nbsp; ESPAÑA</p>
- <p class="small">POR</p>
- <p class="xl g1"><span class="smcap">Borrow</span></p>
-
- <p class="g1 p2"><span class="smcap">traducción directa del inglés<br />
- por Manuel Azaña</span></p>
-
- <p class="large g2 p2">TOMO I</p>
-
- <div class="figcenter">
- <img src="images/logo.jpg"
- alt="Logotipo del editor" />
- </div>
-
- <p class="small g3">COLECCIÓN GRANADA</p>
- <hr class="imp" />
- <p class="small g3">JIMÉNEZ-FRAUD, Editor.—MADRID</p>
-</div>
-
-
-<div class="aftit">
- <hr class="chap" />
- <p><span class="pagenum" id="Page_iv">[p. iv]</span></p>
- <p class="xs">ES PROPIEDAD</p>
- <p class="xs p1">QUEDA HECHO EL DEPÓSITO QUE MARCA</p>
- <p class="xs p1 g3">LA LEY</p>
- <p class="small p4">Imprenta Clásica Española. Glorieta de Chamberí. Madrid.</p>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_v">[p. v]</span></p>
- <h2 class="nobreak g2">NOTA PRELIMINAR</h2>
-</div>
-
-<p>Tomás Borrow, de familia de labradores establecida desde muy
-antiguo cerca de Liskeard, en Cornwall, se fugó de su casa, siendo
-todavía mozo, por esquivar las consecuencias de una fechoría juvenil,
-y sentó plaza de soldado en 1783. Diez años más tarde, cuando era
-sargento, se casó con Ana Preferment, hija de un agricultor de East
-Dereham, Norfolk, de abolengo francés probablemente. En 1798, Tomás
-Borrow obtuvo el grado de capitán, del que no pasó en su carrera
-militar. En 1800 le nació un hijo, Juan Tomás, que fué pintor y
-soldado, y acabó por emigrar a Méjico en busca de fortuna, muriendo
-en aquellas tierras en 1834. El 5 de julio de 1803 nació en East
-Dereham el hijo segundo del matrimonio Borrow, Jorge Enrique, el
-cual, treinta y tres años más tarde, había de ser popular en Madrid
-con el nombre de <i>Don Jorgito el inglés</i>. La infancia de Jorge
-transcurrió en diferentes poblaciones de Inglaterra y de Escocia,
-merced a los cambios de guarnición del regimiento en que servía su
-padre. Viajó primeramente por las provincias de Sussex y Kent, y
-en 1808 y 1810 estuvo otra vez en su pueblo natal. Jorge era «un
-niño triste, que gustaba de permanecer horas enteras en un rincón
-solitario, con la cabeza caída sobre el pecho, dominado por un
-abatimiento peculiar; a veces sentía una impre<span class="pagenum"
-id="Page_vi">[p. vi]</span>sión de miedo muy extraña, hasta de
-horror, sin causa real». Sus padres le dejaban vagar libremente
-por los campos. En 1810 conoció a Ambrosio Smith, el gitano a
-quien después representó en sus escritos con el nombre de Jasper
-Petulengro, y se juraron fraternidad. El desarrollo mental de Jorge
-fué algo tardío. Comenzó los estudios de humanidades en Dereham, y
-los continuó en Edimburgo, después en Norwich, y el año 1815 en la
-«Academia Protestante» de Clonmel (Irlanda), adonde el regimiento
-de su padre fué destinado. La vida escolar le curó de sus hábitos
-insociables y de su reserva. A Jorge le gustaban los estudios,
-pero no la sujeción de la escuela. Sentía inclinación natural por
-los idiomas, y los aprendía con desusada facilidad; su memoria
-era descomunal. Amaba la vida al aire libre y los deportes. Las
-aventuras, propias o ajenas, reales o soñadas, encandilaban su
-imaginación. En Irlanda, además de aprender la lengua del país, se
-había hecho gran jinete. Terminadas las guerras napoleónicas, y
-licenciado el regimiento, los Borrow se establecieron en Norwich.
-Jorge leía griego en la <i>Grammar School</i>, y de un emigrado francés
-tomaba lecciones de este idioma, de italiano y de español; cultivaba,
-además, la caza y el pugilismo. Los gastos y las costumbres de Jorge
-le hicieron antipático a su padre; no se le parecía en nada, teníale
-por un verdadero gitano, y, desentendiéndose de él en lo posible,
-le dejaba hacer cuanto quería. En 1818, Jorge se encontró de nuevo
-con Ambrosio Smith, o Jasper Petulengro, y, yéndose con él a un
-campamento de gitanos, los acompañó por ferias y mercados, se inició
-en sus costumbres y aprendió su idioma.</p>
-
-<p>Llegado el momento de adoptar una profesión que le diese para
-vivir, Jorge, dudoso entre la Iglesia y el Foro, se decidió por el
-último; así se lo aconsejó un amigo, en situación semejante a la
-suya, diciéndole que la abogacía «era la mejor<span class="pagenum"
-id="Page_vii">[p. vii]</span> carrera para quienes (como ellos)
-no pensaban ejercer ninguna». El padre de Jorge le costeó el
-aprendizaje, colocándole en 1819 de pasante en casa de unos curiales
-de Norwich. Pero Jorge debía de tener mediana afición a los pleitos.
-Aprendió galés, danés, hebreo, árabe, armenio, y en el despacho de
-sus maestros trabajaba en traducir de esas lenguas al inglés; su
-amigo William Taylor le enseñó el alemán. Así vivió el pobre cinco
-años, amarrado a un oficio tan opuesto a su vocación. Quizás la
-lectura de libros de viajes y aventuras le fué entonces más gustosa
-y necesaria que nunca, como desquite de la aridez de su empleo. A
-Jorge Borrow le gustaban mucho <i>Gil Blas</i>, el <i>Peregrino</i> de Bunyan,
-Sterne, el <i>Childe Harold</i>, y, sobre todos, De Foe. «¡Oh genio de De
-Foe, yo te saludo!—exclama en su autobiografía—. ¡Cuánto no te debe
-el mío pobrísimo!»</p>
-
-<p>En 1824, el capitán Tomás Borrow murió, dejando por heredera de
-sus escasas rentas a su mujer. Jorge, que llegaba entonces a la
-mayor edad, se marchó a Londres a buscarse la vida en cuanto terminó
-su contrato de pasantía. Llevaba por todo capital un legajo de
-traducciones; pero sus esperanzas eran muchas. Su primera estancia
-en Londres fué poco placentera. Luchaba con la escasez, con la falta
-de salud, con la inseguridad del trabajo, y padeció además la crisis
-característica de la juventud al encararse indefensa con la vida, y
-las amarguras de la vocación que busca a tientas su camino. Jorge
-se interrogaba acerca del valor de la existencia y de la verdad:
-«¿Qué es la verdad? ¿Qué es lo bueno y lo malo? ¿Para qué he nacido?
-¿Todo perecerá y será olvidado, todo es vanidad?» Y no encontraba
-respuesta satisfactoria. El futuro misionero era entonces ateo
-empedernido; su amigo Taylor, además de enseñarle el alemán, le
-inculcó la irreligión. La tristeza y el descorazonamiento de Jorge
-fueron tales, que sus amigos temieron verle poner fin a sus días.
-Por<span class="pagenum" id="Page_viii">[p. viii]</span> aquella
-época publicó Borrow algunas traducciones de poesías extranjeras
-(varios romances españoles<a id="FNanchor_1" href="#Footnote_1"
-class="fnanchor">[1]</a>); escribió, por encargo de un editor, una
-colección de «causas célebres»<a id="FNanchor_2" href="#Footnote_2"
-class="fnanchor">[2]</a>, y tradujo para una revista fragmentos
-de leyendas danesas<a id="FNanchor_3" href="#Footnote_3"
-class="fnanchor">[3]</a>. Pero en 1825, el periódico en que escribía
-desapareció; riñó, además, con el editor que le daba trabajo, y se
-quedó en la calle con sus manuscritos y un puñado de dinero. Supónese
-que el anuncio de un librero le indujo a escribir, para zafarse
-de sus apuros del momento, una <i>Vida y aventuras de José Sell</i>,
-obra publicada, al parecer, con otros cuentos y narraciones en una
-colección que hoy no se sabe cuál fué. Vendida la obra, Borrow se
-marchó de Londres, abandonando la literatura, y viajó a pie en busca
-de salud corporal y de paz para su ánimo. Cuatro meses duró su vida
-errante. Volvió a encontrar a Jasper Petulengro, y se fué con él a
-vivir en hermandad con los gitanos, trabajando en hacer herraduras,
-y preso en las redes honestas de una linda moza de la tribu. Después
-compró un caballo, y recorrió Inglaterra en busca de aventuras.
-Cuando estos viajes concluyeron, Jorge Borrow tenía veintidós años.
-Era alto, flaco, zanquilargo, de rostro oval y tez olivácea; tenía
-la nariz encorvada, pero no demasiado larga; la boca bien dibujada,
-y ojos pardos, muy expresivos. Una canicie precoz le dejó la cabeza
-completamente blanca. Las cejas, prominentes y espesas, ponían en su
-rostro un violento trazo oscuro.</p>
-
-<p>Jorge Borrow, al escribir, andando el tiempo,<span class="pagenum"
-id="Page_ix">[p. ix]</span> sus narraciones autobiográficas, se
-empeñó en rodear de misterio ciertos años de su vida (1826-1832),
-y con alusiones más o menos veladas (algunas encontrará el lector
-en <i>La Biblia en España</i>,) quiso dar a entender que se había visto
-envuelto en misteriosas aventuras y dado cima a dilatados viajes
-por países como la India, China y Tartaria. Ignórase, en efecto,
-lo que Borrow hizo en esos años; pero, en sentir de sus biógrafos
-más autorizados, es excesivo tanto misterio. Probablemente, Borrow
-vivió todo ese tiempo sin ocupación fija; viajó un poco, y escribió
-por gusto y por encargo. En 1826 se publicó una colección de
-sus traducciones del danés<a id="FNanchor_4" href="#Footnote_4"
-class="fnanchor">[4]</a> con otras composiciones suyas. Dos años
-más tarde apareció una traducción de las <i>Memorias de Vidocq</i><a
-id="FNanchor_5" href="#Footnote_5" class="fnanchor">[5]</a>,
-atribuída a Borrow; insertó en algunas revistas trabajos de menos
-importancia. Viajó por la Europa occidental, y parece que estuvo en
-Madrid, pero este viaje no pudo entrar en el marco de <i>La Biblia en
-España</i>.</p>
-
-<p>Un gran cambio sobrevino en la vida de Jorge Borrow durante el
-año 1833, que decidió de su destino. Conocía Jorge Borrow a una
-familia residente en Oulton Hall, cerca de Lowestoft (Suffolk), de
-la que formaba parte Mrs. Mary Clarke, de treinta y seis años, viuda
-de un marino. Un reverendo pastor, relacionado con esa familia,
-indujo a Jorge Borrow a solicitar de la Sociedad Bíblica Británica
-y Extranjera un empleo donde pudiera utilizar su conocimiento de
-los idiomas. Jorge se fué a pie a Londres, y en veintidós horas
-recorrió una distancia de ciento veinte millas. En su frugal pobreza,
-Jorge sólo gastó en el viaje cinco peniques y medio, en un litro de
-cerveza, medio de<span class="pagenum" id="Page_x">[p. x]</span>
-leche, un pedazo de pan y dos manzanas. Los señores de la Sociedad
-Bíblica, después de examinarle de lenguas orientales durante una
-semana, le preguntaron si estaba dispuesto a aprender en seis meses
-la lengua manchú. Aceptó Jorge, y con un buen viático se volvió a
-Norwich, ya en diligencia; estudió con ahinco y a los seis meses
-triunfaba en las pruebas a que sus futuros jefes le sometieron. Por
-aquellos mismos días, Jorge Borrow se retractó de su ateísmo; ya
-fuese por influjo de Mrs. Clarke, o porque las ideas que le inculcó
-su amigo Taylor arraigaron poco en su espíritu y se marchitaron
-al acercarse la treintena, lo cierto es que Borrow profesó un
-protestantismo tan fanático como el ateísmo que abandonaba. No tardó
-en asimilarse el «tono misionero» ni en adoptar la jerga propia de
-sus patronos. Cuando aún se hallaba en curso su nombramiento, uno
-de secretarios de la Sociedad Bíblica censuraba así el estilo de
-una carta de Borrow: «Perdóneme usted si, como sacerdote, y mayor
-que usted en años, aunque no en talento, me atrevo, con la mejor
-intención, a hacerle una advertencia que podrá no ser inútil.» Acota
-una frase que ha llamado la atención de algunos de «los excelentes
-miembros de nuestro Comité»: aquella en que «habla usted de la
-perspectiva de ser <i>útil a la Divinidad, al hombre y a usted mismo</i>.
-Sin duda, quiso usted decir la <i>perspectiva de glorificar a Dios</i>;
-pero el giro de sus palabras nos hizo pensar en ciertos pasajes de
-la Escritura, tales como Job, XXI, 2, etc.» La respuesta de Borrow
-debió de ser tal, que el mismo reverendo le escribía: «El espíritu de
-su última carta es verdaderamente cristiano, en armonía con aquella
-regla sentada por el mismo Cristo, y de la que Él dió, en cierto
-sentido, tan prodigioso ejemplo, que dice: El que se humille será
-ensalzado.» Finalmente, la Sociedad Bíblica aceptó los servicios de
-Borrow y le envió a Rusia, para donde salió sin dilación, a mediados
-de año, a colaborar<span class="pagenum" id="Page_xi">[p. xi]</span>
-en la transcripción y colación del manuscrito de la Biblia traducida
-al manchú, y en la impresión del Nuevo Testamento en la misma
-lengua.</p>
-
-<p>Jorge Borrow estuvo en Rusia hasta septiembre de 1835. Sirvió con
-celo y buen éxito a la Sociedad Bíblica; visitó Moscú y Nowgorod,
-y proyectó un viaje a China, a través del Asia, para distribuir el
-Evangelio por el Oriente. El Gobierno ruso le negó los pasaportes.
-Ese proyecto de viaje fué, en opinión de uno de sus biógrafos, el
-único motivo que tuvo Borrow para creer, y hacérselo creer a sus
-lectores, que había estado en el Oriente remoto<a id="FNanchor_6"
-href="#Footnote_6" class="fnanchor">[6]</a>. Durante su estancia
-en Rusia tradujo al ruso unas homilías de la iglesia anglicana, y
-publicó en San Petersburgo dos colecciones de poesías traducidas
-por él al inglés: <i>Targum</i><a id="FNanchor_7" href="#Footnote_7"
-class="fnanchor">[7]</a> y el <i>Talismán</i><a id="FNanchor_8"
-href="#Footnote_8" class="fnanchor">[8]</a>.</p>
-
-<p>En octubre de 1835 volvió Jorge Borrow a Inglaterra, y, apenas
-llevaba un mes en su país, la Sociedad Bíblica decidió utilizar de
-nuevo sus servicios, enviándole a Lisboa y Oporto con encargo de
-acelerar la propagación de la Biblia en Portugal. Ni la Sociedad
-Bíblica ni Jorge Borrow preveían entonces que sus campañas en la
-Península iban a tener la importancia que después adquirieron. Para
-la Sociedad, el envío de Borrow a Portugal era un empleo interino,
-en espera de que se decidiese su viaje a China. Borrow ignoraba
-si tendría o no en Portugal libertad suficiente para lanzarse
-a una propaganda intensa, ni si el ánimo<span class="pagenum"
-id="Page_xii">[p. xii]</span> de la gente se hallaría bien dispuesto
-para recibirla. Jorge Borrow se embarcó en Londres el 6 de noviembre
-de 1835, y llegó a Lisboa el 13 del mismo mes<a id="FNanchor_9"
-href="#Footnote_9" class="fnanchor">[9]</a>; visitó los alrededores
-de la capital, hizo una excursión por el Alemtejo, y de estos viajes
-y de sus conversaciones con el representante de la Sociedad Bíblica
-en Lisboa nació la determinación de aplazar sus trabajos en Portugal.
-Borrow resolvió pasar a España. Salió de Lisboa para Badajoz el 1.º
-de enero de 1836, cruzó la frontera el día 6, detúvose en Badajoz
-diez días, y por Mérida, Oropesa y Talavera llegó a Madrid. Por el
-camino fué madurando su plan de campaña: le pareció necesario, ante
-todo, hacer en España una tirada de la Biblia en castellano, porque
-sólo podían circular las impresas en el reino. Pero lo difícil no
-era eso; lo difícil era obtener permiso para imprimirla <i>sin notas</i>.
-Desde la invención de la imprenta, hasta 1820, no se había impreso en
-España ninguna traducción de la Biblia descargada de comentarios y
-notas, y que fuese, por tanto, de tamaño manual y de precio reducido,
-accesible a todos. En 1790 apareció la traducción de Scio, en diez
-volúmenes en folio, y en 1823, la de Amat, en nueve volúmenes en
-cuarto. Al amparo de la fugaz libertad política, instaurada por
-la Revolución de 1820, se imprimió en Barcelona (1820) el Nuevo
-Testamento, traducción de Scio, pero sin notas; desde entonces,
-hasta la llegada de Borrow a España, nada más se había hecho. La
-propaganda de las Sociedades bíblicas no consiste, esencialmente, en
-predicar una confesión determinada, sino en difundir la lectura de la
-Biblia, poniendo al alcance del mayor número el texto genuino de la
-Escritura. Como, en opinión de los cristianos reformados, los dogmas
-y prácticas de la Iglesia romana contradicen la letra y el espíritu
-del libro<span class="pagenum" id="Page_xiii">[p. xiii]</span>
-sagrado, basta la lectura de su texto auténtico, y la restauración
-del sentido propio en su inteligencia e interpretación, para minar
-las bases de la dominación papista. Así, Borrow, abundando en las
-intenciones de sus directores, y con autorización expresa de ellos,
-gestionó desde luego el permiso que necesitaba para imprimir el
-Evangelio sin notas, y, vencidas no pocas dificultades, se dispuso
-a reimprimir en Madrid la traducción del Nuevo Testamento, de Scio,
-editada sin notas por la Sociedad Bíblica en Londres, 1826. Borrow
-y la Sociedad Bíblica desconocían las versiones castellanas de
-la Biblia, hechas por los antiguos reformistas españoles, libros
-rarísimos entonces.</p>
-
-<p>Borrow se fué de Madrid a los pocos días de la revolución de
-La Granja, estuvo en Granada y Málaga (viaje no referido en <i>La
-Biblia en España</i>), se embarcó en Gibraltar, llegó a Londres
-el 3 de octubre, instó en la Sociedad Bíblica la inmediata
-apertura de la campaña de propaganda en España, y, aceptados
-sus planes, se reembarcó el 4 de noviembre, llegando a Cádiz
-el 22 del mismo mes. Por Sevilla y Córdoba se dirigió Borrow a
-Madrid, adonde llegó el 26 de diciembre. No perdió el tiempo.
-En 14 de enero de 1837 firmaba con Andrés Borrego el contrato
-para la impresión del Evangelio, y en 1.º de mayo siguiente se
-publicó el libro<a id="FNanchor_10" href="#Footnote_10"
-class="fnanchor">[10]</a>. Borrow obtuvo de la Sociedad Bíblica
-autorización para repartir en persona la obra por pueblos, y,
-dejando en Madrid encargado de sus asuntos a don Luis de Usoz y Río,
-emprendió, acompañado de su famoso criado griego, el larguísimo viaje
-por Castilla la Vieja, Galicia, Asturias y Santander, que duró desde
-mayo a noviembre de 1837. De regreso en Madrid, imprimió dos<span
-class="pagenum" id="Page_xiv">[p. xiv]</span> nuevas traducciones
-parciales del Nuevo Testamento: una traducción del Evangelio de
-San Lucas al caló<a id="FNanchor_11" href="#Footnote_11"
-class="fnanchor">[11]</a>, hecha por él, y otra del mismo Evangelio
-al vascuence, por un señor Oteiza<a id="FNanchor_12"
-href="#Footnote_12" class="fnanchor">[12]</a>.</p>
-
-<p>La publicación del Evangelio en <i>caló</i>, la apertura de un
-<i>Despacho de la Sociedad Bíblica</i> en la calle del Príncipe, los
-métodos empleados por Borrow para llamar la atención del público
-hacia su obra y ciertas imprudencias de otros agentes de la
-Sociedad en España, provocaron la intervención de las autoridades
-y desencadenaron una borrasca, en la que naufragó la propaganda
-evangélica y, a la larga, puso fin a los trabajos de Borrow en
-España; de ella nació también un primer disentimiento entre la
-Sociedad y su agente, disentimiento que terminó en ruptura. En enero
-del 38, el jefe político de Madrid secuestró los libros existentes
-en la tienda abierta por Borrow; en mayo, fué preso <i>Don Jorge</i> por
-desacato a un agente de la autoridad y por vender libros impresos
-fuera del reino, introducidos en España con infracción de las leyes
-vigentes. Borrow cuenta en <i>La Biblia en España</i> la historia del
-secuestro y de su prisión; pero omite ciertos hechos que influyeron
-grandemente en aquellas resoluciones del Gobierno, hechos que Borrow
-no conoció hasta después de salir de la cárcel. Había por entonces
-en España otro agente de la Sociedad Bíblica, llamado Graydon, que
-operaba principalmente en las<span class="pagenum" id="Page_xv">[p.
-xv]</span> provincias de Levante. Graydon, que imprimió en Barcelona
-una edición del Nuevo Testamento y otra de la Biblia (A. y N. T.),
-sin notas, en 1837, no se limitaba, como Borrow, a propagar el libro,
-sino que repartía folletos, prospectos y opúsculos atacando al
-Gobierno moderado, al clero español y a sus doctrinas. Esta conducta
-produjo algunos escándalos en Valencia, Murcia y Málaga; y como
-Graydon se proclamaba, no sólo agente de la Sociedad Bíblica, sino
-íntimo colaborador y asociado de Borrow, dió pretexto para que el
-Gobierno, movido por los curas, desfogara su inquina tratando a don
-Jorge con extremado rigor. La prisión de Borrow y las reclamaciones
-del ministro británico produjeron, como puede suponerse, una reunión
-precipitada del Consejo de ministros, un ofrecimiento de dimisión por
-parte del jefe político, e interpelaciones en las Cortes censurando
-al Gobierno... por su lenidad. Excarcelado Borrow, supo por el
-ministro británico la parte que la conducta de Graydon había tenido
-en sus persecuciones, y se le ocurrió escribir sendas cartas al
-<i>Correo Nacional</i> y a la Sociedad Bíblica desautorizando y condenando
-el proceder de su colega. En la carta al <i>Correo Nacional</i>, publicada
-el 27 de mayo, se titula «único agente autorizado en España de la
-S. B.». En la carta a sus directores de Londres, luego de referir
-las entrevistas del ministro británico con Ofalia, dice respecto de
-Graydon: «Hasta el momento presente, ese hombre ha sido el ángel
-malo de la causa de la Biblia en España, y también el mío, y ha
-empleado tales procedimientos y escogido de tal modo las ocasiones,
-que casi siempre ha conseguido derribar los planes hacederos trazados
-por mis amigos y por mí para la propagación del Evangelio de una
-manera permanente y segura.» La respuesta de la Sociedad fué un
-cruel desengaño para Borrow: reconocíase en ella que Graydon era tan
-legítimo representante de la Sociedad Bíblica como él; no se accedía
-a<span class="pagenum" id="Page_xvi">[p. xvi]</span> desautorizar
-y condenar su proceder, y, además se le advertía a Borrow que, en
-adelante, se abstuviese de publicar cartas como la del <i>Correo
-Nacional</i>. Por su parte, el Gobierno español, tras algunos artículos
-oficiosos en que se le excitaba a proceder «con mano dura» contra los
-escarnecedores de la religión, prohibió de Real orden (25 de mayo) la
-circulación y venta del Nuevo Testamento editado por Borrow.</p>
-
-<p>En relaciones poco cordiales con sus jefes y frente a la
-hostilidad resuelta de los gobernantes españoles, Borrow no podía
-ya realizar en la Península una obra duradera ni fructífera. Aquel
-verano del 38 anduvo don Jorge por La Sagra y por tierras de Segovia.
-El 24 de agosto llegó a sus manos la orden de sus jefes llamándole
-a Inglaterra, y, allá se fué, a través de Francia, y en tres o
-cuatro meses que permaneció en su país zanjó sus diferencias con los
-directores y logró que le enviaran a España por tercera y última vez.
-El 31 de diciembre de 1838 desembarcó en Cádiz, y, salvo los tres
-primeros meses, que pasó en Madrid dedicado a la propaganda, casi
-todo el año 39 estuvo en Sevilla, en relativa inacción. Allí fueron a
-buscarle Mrs. Clarke y su hija, a quienes instaló en su propia casa
-de la <i>Plazuela de la Pila Seca</i>; hizo, solo, un viaje a Tánger,
-donde le alcanzó la orden del Comité de la Sociedad Bíblica dando
-por terminada su misión en España, y en Tánger se acaba bruscamente
-la narración de sus aventuras. De retorno en Sevilla, anunció su
-matrimonio con Mrs. Clarke (la <i>Señá Biuda</i> con <i>Don Jorgito el
-Brujo</i>), y comenzó los preparativos para volver a Inglaterra. Una
-disputa con un alcalde de barrio de Sevilla le costó ir a la cárcel,
-donde le tuvieron treinta horas; todavía estuvo en Madrid gestionando
-las reparaciones debidas por ese agravio, y en abril de 1840 se
-embarcó para Inglaterra con Mrs. Clarke y su hija y su corcel árabe.
-Apenas tomó tierra, se casó, y fué a instalarse a <i>Oulton<span
-class="pagenum" id="Page_xvii">[p. xvii]</span> Cottage</i> (Lowestoft),
-propiedad de su esposa, donde vivió muchos años entregado a las
-pacíficas tareas literarias.</p>
-
-<p>Lo primero que publicó fué su obra sobre gitanos<a
-id="FNanchor_13" href="#Footnote_13" class="fnanchor">[13]</a>, en la
-que había trabajado mucho durante su permanencia en España. Contiene
-una descripción preliminar de los gitanos de diversos países y un
-estudio de la historia y costumbres de los de España, compuesto
-de observaciones personales y extractos de libros referentes a
-ellos. Siguen una colección de poesías populares en caló, recogidas
-verbalmente por Borrow, y un vocabulario. En <i>The Zincali</i> se
-aprecia «una fuerte personalidad y una observación extraordinaria»<a
-id="FNanchor_14" href="#Footnote_14" class="fnanchor">[14]</a>; pero
-cualquiera puede advertir el desorden con que está compuesto el
-libro. Es importante para conocer las costumbres de los gitanos, y
-completa además algunas aventuras que en <i>La Biblia en España</i> sólo
-están indicadas.</p>
-
-<p>La publicación de <i>The Zincali</i> puso a Borrow en relación con
-Ricardo Ford, docto en cosas hispánicas, que preparaba por entonces
-su <i>Manual</i> de España<a id="FNanchor_15" href="#Footnote_15"
-class="fnanchor">[15]</a>. Ford aconsejó a Borrow que publicase sus
-aventuras personales y se dejara de extractar libracos españoles.
-Al saber que tenía entre manos una <i>Biblia en España</i>, insistió en
-sus advertencias: nada de vagas descripciones, nada de erudición
-libresca; hechos, muchos hechos, observados directamente; arrojo
-para no caer en las vulgaridades; no preocuparse del bien decir;
-evitar las gazmoñerías y la declamación. Borrow se aprovechó<span
-class="pagenum" id="Page_xviii">[p. xviii]</span> de esos consejos.
-En su retiro de Oulton ordenó y completó los materiales de que
-disponía: diarios de viaje, cartas a la Sociedad Bíblica, y en
-diciembre de 1842 se publicaba la obra<a id="FNanchor_16"
-href="#Footnote_16" class="fnanchor">[16]</a> que velozmente le llevó
-a la celebridad.</p>
-
-<p>Su triunfo fué inmenso. En el primer año se agotaron seis
-ediciones de a mil ejemplares en tres volúmenes, y una edición de
-diez mil ejemplares en dos tomos. Dos veces reimpresa en Norteamérica
-aquel mismo año 43, fué traducida al alemán, al francés y al ruso;
-en 1911 iban publicadas de <i>La Biblia en España</i> más de veinte
-ediciones inglesas. Borrow saboreó la popularidad; sus escritos
-posteriores contribuyeron poco a sostenerla. Sus aventuras en
-España despertaron en el público un deseo muy vivo de conocer
-otros hechos de la vida del «héroe». Ricardo Ford le aconsejó que
-escribiese su autobiografía. Don Jorge, sin levantar mano, compuso
-el <i>Lavengro</i>, historia de su niñez y juventud, continuándola
-años después<a id="FNanchor_17" href="#Footnote_17"
-class="fnanchor">[17]</a>, hasta la fecha en que comienza aquel
-misterioso período de su vida, de que ya se hizo mención. La
-obra defraudó las esperanzas del público; los críticos, con gran
-indignación del autor, pronunciaron sobre ella un fallo adverso; se
-aguardaba una narración rigurosamente veraz, y aparecía un revoltijo
-de sucesos reales e imaginarios más que suficiente para desorientar
-al lector. Borrow se consoló difícilmente de lo que algunos llamaron
-su «fracaso». La vanidad herida, no iba a contribuir a suavizarle
-el humor, cada día más áspero y agrio.<span class="pagenum"
-id="Page_xix">[p. xix]</span> Llevaba con impaciencia la vida
-sedentaria de escritor. Sentía, además, inquietudes religiosas; los
-antiguos «terrores» le atormentaban. Borrow quería viajar y solicitó
-empleos fuera de su patria; misiones literarias en Asia, el consulado
-de Hong-Kong: pero sin resultado. Hizo un viaje por el Oriente de
-Europa, y recogió nuevos datos acerca de la vida y lenguaje de sus
-amigos los gitanos en Hungría, Valaquia y Macedonia. Anduvo también
-por su país; visitó Gales, Escocia y otros lugares, y recogió parte
-del fruto de estas jornadas en un libro<a id="FNanchor_18"
-href="#Footnote_18" class="fnanchor">[18]</a> que fué la última
-obra importante que publicó. Desde 1860 residía en Londres, donde
-vivió catorce años sin producir nada desde la aparición de Wild
-Wales, sumido en tanta oscuridad, en tal silencio, que algunos le
-creían muerto. Estimulado por el deseo de conservar su antigua
-primacía en los estudios gitanos, que otros cultivaban ya con
-diferente método, se lanzó a publicar, en 1874, un vocabulario<a
-id="FNanchor_19" href="#Footnote_19" class="fnanchor">[19]</a>
-del dialecto de los gitanos ingleses, obra que, al aparecer, era ya
-anticuada. En suma: Borrow se sobrevivió; tan sólo la muerte—observa
-Mr. Knapp—podía devolverle la notoriedad perdida. La muerte tardaba
-en llegar. Borrow se marchó de Londres en 1874, y se refugió en su
-casa de Oulton; estaba viudo desde 1869. El arriscado Don Jorge de
-otros tiempos era un anciano de mal humor, que vivía triste y solo en
-una casa de campo mal cuidada, y se paseaba por el jardín enmarañado
-cantando poemas de su cosecha. Su extraño continente, su soledad
-y «sus conversaciones con los gitanos, a quienes permitía acampar
-en la finca, crearon en torno suyo una especie de leyenda. Los
-muchachos, en viéndole pasar, le gritaban: ¡Gitano!, o ¡brujo!»<span
-class="pagenum" id="Page_xx">[p. xx]</span> Muy cerca ya del fin, su
-hijastra fué con su marido a vivir en su compañía. En la mañana del
-26 de julio de 1881, el matrimonio se fué a Lowestoft a sus asuntos,
-dejando a Borrow completamente solo; mucho les rogó que no se fueran,
-porque se sentía morir; pero le dijeron que ya otras veces había
-expresado igual temor sin fundamento alguno. Cuando volvieron, a las
-pocas horas, se lo encontraron muerto.</p>
-
-<p>Aunque <i>The Bible in Spain</i> no fuese, en términos absolutos, el
-mejor libro de Borrow, sería en todo caso, con enorme diferencia
-respecto de sus otros escritos, el que más títulos tendría a la
-atención de nuestro público. El mérito intrínseco del libro, y la
-singular reputación de España, le hicieron popular en Inglaterra
-y Norteamérica y conocido en varias naciones de Europa, motivos
-también valederos para su divulgación en nuestro país, con más el
-de ser los españoles, no lectores distantes, sino parte interesada,
-actores en las escenas y su tierra marco de aquella narración. No es
-muy honroso para nuestra curiosidad que hayan transcurrido cerca de
-ochenta años desde que vió la luz, sin ponerlo hasta hoy, traducido,
-al alcance de todos. El libro fué compuesto, en su mayor parte,
-en los lugares mismos que describe. Borrow redactaba un diario de
-viaje, y remitía, además, a la Sociedad Bíblica cartas de relación
-de sus aventuras y trabajos. La Sociedad prestó a Borrow esas cartas
-luego de cerciorarse de que, al aprovecharlas, no cometería ninguna
-indiscreción. «¡No he revelado los secretos de la Sociedad!»,
-decía después Borrow; en efecto, no mienta su desacuerdo con los
-directores, y tributa a Graydon, el «ángel malo» de la causa bíblica,
-ardientes elogios. Las cartas de Borrow a la Sociedad Bíblica<a
-id="FNanchor_20" href="#Footnote_20" class="fnanchor">[20]</a>
-son tan extensas como la mitad de<span class="pagenum"
-id="Page_xxi">[p. xxi]</span> <i>The Bible in Spain</i>; pero sólo
-aprovechó la tercera parte de ellas en la composición del libro; lo
-demás salió de sus diarios, fundiéndose todo al calor de su espíritu
-cuando recordaba y revivía a distancia las impresiones indelebles
-recibidas. Tres son los temas de la obra: la difusión del Evangelio,
-<i>Don Jorge el inglés</i> y España. Los tres se enlazan en un conjunto
-armónico; la propaganda evangélica es el propósito deliberado de que
-remotamente trae origen el libro, y constituye su armazón interior;
-todas las idas y venidas de Don Jorge, todos sus pensamientos, van
-encauzados a la divulgación de la palabra divina; los hombres y las
-tierras de España, materia de su explicencia, constituyen, no sólo
-una decoración de fondo, asombrosa por el relieve y color, sino el
-ambiente en que se mueve y respira un personaje extraordinario,
-algo distinto de Borrow, pero que es Borrow mismo despojado de toda
-vulgaridad y flaqueza, elevado a la categoría de un semidiós. De
-esos temas, el evangélico es el que nos importa menos. España, país
-de misiones, España, país de idólatras, era un punto de vista nuevo,
-dentro de nuestro solar, en 1835, e irritante para quienes, dueños
-de la religión verdadera, habíanla exportado durante siglos. No será
-hoy menos irritante para buen número de personas el antipapismo de
-Borrow; pero es improbable que los españoles descontentos, los no
-conformistas, rompan a gritar: <i>¡Al campo, al campo, Don Jorge, a
-propagar el Evangelio de Inglaterra!</i> En el fondo, la preocupación de
-Borrow es de la misma índole que la de los «idólatras», sus enemigos.
-La regeneración de España por la lectura del Evangelio sería un
-programa que acaso hiciera hoy sonreír. El mayor número seguiría
-la opinión de Mendizábal, que a la insistencia con que Borrow
-solicitaba el permiso para imprimir el Testamento, salvación única
-de España, respondía: «¡Si me trajese usted cañones, si me trajese
-usted pólvora, si me trajese<span class="pagenum" id="Page_xxii">[p.
-xxii]</span> usted dinero para acabar con los carlistas!» Pero <i>Don
-Juan y Medio</i>, y los liberales que hicieron la desamortización
-eclesiástica, no se atrevían a permitir que circulase el Evangelio
-<i>sin notas</i>. Aunque movido por un fanatismo antipático, en favor de
-Borrow hablan su osadía personal, la consideración de que luchaba
-contra un poder omnímodo, irresponsable, y la de que, formalmente,
-pugnaba por un mínimo de hospitalidad y de libertad, sin las que los
-hombres en sociedad son como fieras; y eso está siempre bien, hágase
-como se haga. El libro de Borrow es un precioso documento para la
-historia de la tolerancia, no en las leyes, sino en el espíritu de
-los españoles.</p>
-
-<p><i>The Bible in Spain</i> es un libro autobiográfico. «El principal
-estudio de Borrow fué él mismo, y en todos sus mejores libros, él es
-el asunto principal y el objeto principal»<a id="FNanchor_21"
-href="#Footnote_21" class="fnanchor">[21]</a>. No emplea en esta obra
-las confidencias, no se confiesa con el lector; su procedimiento
-consiste en dejar hablar a los que le tratan, para pintar el
-efecto que su persona y sus hechos causan en el ánimo del prójimo;
-asomándonos a ese espejo, vemos la imagen de un <i>Don Jorge</i> muy
-aventajado: subyugaba y domaba a los animales fieros; los gitanos le
-adoraban; era la admiración de los <i>manolos</i>; temíanle los pícaros;
-confundía al posadero ruin y a los alcaldillos despóticos; encendía
-en sus servidores devoción sin límites; era afable y llano con los
-humildes; trataba a los potentados de igual a igual y hacía bajar
-los ojos al soberbio; nunca se apartaba de la razón, ni perdía la
-serenidad; un prestigio misterioso le envuelve; en suma: el héroe
-y el justo se funden en su persona; es un apóstol que propaga la
-palabra de Dios, pero sin el delirio de la Cruz, sin romper el
-decoro; es un caballero andante que se compadece de la miseria,
-y a cada momento cree uno verle emprender la ruta de Don<span
-class="pagenum" id="Page_xxiii">[p. xxiii]</span> Quijote, pero sin
-burlas, sin yangüeses, en una España que creyese en él y le tomase
-en serio. Apóstol y caballero están bajo el amparo del pabellón
-británico.</p>
-
-<p>Borrow se colocó, o colocó a su héroe, en un escenario sin
-segundo, de tal fuerza que, para nuestro gusto, el aventurero se
-borra, se disuelve en el paisaje, o queda a la zaga de la muchedumbre
-española que suscita. Es difícil encontrar otro caso en que un
-escritor haya triunfado con más brillantez de la hostil realidad
-presente. Borrow lucha a brazo partido con la realidad española,
-la asedia, poco a poco la domina, y con la lentitud peculiar de su
-procedimiento acaba por poner en pie una España rebosante de vida. No
-se atuvo a una realidad de «guía oficial». Lo que le importaba era el
-carácter de los hombres, y no de todos, sino los de la clase popular,
-donde los rasgos nacionales se conservan más puros. Labradores,
-arrieros, posaderos, gitanos, curas de aldea, monterillas, mendigos,
-pastores, pasan ante nosotros, y al verlos gesticular y oírlos
-hablar, creemos encontrarnos con antiguos conocidos. Unos son
-pícaros, otros santos; unos son listos, otros muy zotes; casi todos
-groseros, muchos con sentimientos nobles, pero unidos en general por
-un aire de familia inconfundible; y la verdad es que, con todas sus
-picardías o su zafiedad, no puede uno dejar de quererlos. Tuvo además
-Borrow una espléndida visión del campo, y lo sintió e interpretó de
-un modo enteramente moderno. Así, don Jorge descubrió y pintó, en
-realidad, lo que quedaba de España. Arrancados los árboles, agostado
-el césped, arrastrada en mucha parte la tierra vegetal, asomaba la
-armazón de roca, con toda su fealdad y su inconmovible firmeza.</p>
-
-<p>El lector apreciará seguramente en <i>La Biblia en España</i>, a
-pesar de la traducción descolorida, el novelesco interés de algunos
-pasajes que parecen arrancados de un libro picaresco, el<span
-class="pagenum" id="Page_xxiv">[p. xxiv]</span> movimiento de ciertos
-cuadros, propios de un «episodio nacional», el sabor de otras escenas
-de costumbres, los bosquejos de tipos y caracteres, con tantos otros
-méritos que es innecesario señalar; pero lo mismo ante ellos, que
-ante los defectos del libro, y frente a la repulsión que ciertos
-juicios—expresos o sobrentendidos—del autor puedan suscitar en el
-ánimo de un español, conviene estar prevenido para no incurrir en las
-descarriadas apreciaciones que acerca de este libro se han proferido
-en nuestro país. <i>La Biblia en España</i> es un libro de viajes, cierto;
-pero hay que entenderse acerca de su calidad. No es un informe a la
-Sociedad bíblica respecto de los progresos del Evangelio en España,
-ni un «cuadro del estado político, social, etcétera», de la nación,
-ni un itinerario para recién casados, ni una reseña de las catedrales
-y otros monumentos pergeñada para uso de los <i>snobs</i> de ambos
-mundos; <i>La Biblia en España</i> es una obra de arte, una creación, y
-con arreglo a eso hay que juzgar de su exactitud, del <i>parecido</i>
-del retrato y de las «invenciones» del autor. Los paisajes, los
-lugares, las figuras, están notados con puntualidad; es excelente en
-la inteligencia de las costumbres, y no hay en el libro caricatura
-ni falsificación de sentimientos. Episodios compuestos, no vistos
-por Borrow; personajes inventados aglutinando rasgos dispersos, sin
-duda los ha de haber; pero eso, ¿es ilícito? Pudiera compararse la
-creación de Borrow a una estatua de mayor tamaño que el natural. La
-verdad artística del conjunto y su efecto conmovedor son innegables.
-El libro no es sólo verdadero; es, en ciertos puntos, revelador.</p>
-
-<p>La traducción que hoy ofrecemos al público está hecha siguiendo
-el texto de la edición de U. R. Burke (1896); hemos aprovechado
-parte del glosario que la acompaña, poniendo al pie de la página
-correspondiente las equivalencias del caló y del castellano; las
-notas de Burke no las<span class="pagenum" id="Page_xxv">[p.
-xxv]</span> reproducimos todas, porque algunas son innecesarias
-para el lector español, y otras contienen errores de bulto. De la
-biografía de Borrow, por Míster Knapp, hemos sacado algunas notas
-que aclaran el texto, o placen, simplemente, a la curiosidad del
-lector.</p>
-
-<p class="firma">M. A.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter" id="ToC">
- <p><span class="pagenum" id="Page_27">[Pg 27]</span></p>
- <h2 class="nobreak g2">ÍNDICES</h2>
-</div>
-
-<table summary="índice de contenidos">
- <tr>
- <td class="tdl">&nbsp;</td>
- <td class="tdr"><span class="subrayado">Páginas.</span></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">[Nota preliminar]</td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_v">v</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">[Índices]</td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_27">27</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">[Mapa]</td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_34">34</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">[Prólogo]</td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_35">35</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Capítulo primero.</span>— ¡Hombre al agua!—
- El Tajo.— Las lenguas extranjeras.— La gesticulación.— Calles de
- Lisboa.— El acueducto.— La Biblia tolerada en Portugal.— Cintra.— Don
- Sebastián.— Juan de Castro.— Conversación con un cura.— Colhares.—
- Mafra.— El palacio.— El maestro de escuela.— Los portugueses.— Su
- ignorancia de las Escrituras.— Los curas rurales.— El Alemtejo.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_49">49</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. ii.</span>— Boteros del Tajo.— Peligros de
- la corriente.— Aldea Gallega.— La hostería.— Ladrones.— Sabocha.—
- Aventura de un arriero.— <i>Estalagem de ladrões.</i>— Don Gerónimo.—
- Vendas Novas.— Un Sitio Real.— Los cerdos del Alemtejo.— Monte Moro.—
- Un cabrero singular.— Los hijos de los campos.— Infieles y saduceos.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_68">68</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. iii.</span>— Un comerciante de Evora.—
- Contrabandistas españoles.— El león y el<span class="pagenum"
- id="Page_28">[p. 28]</span> unicornio.— La fuente.— Confianza en
- el Todopoderoso.— Reparto de folletos.— La librería en Evora.— Un
- manuscrito.— La Biblia como guía.— La infame María.— El hombre de
- Palmella.— El conjuro.— El régimen frailuno.— Domingo.— Volney.—
- Un auto de fe.— Hombres de España.— Lectura de un folleto.— Nuevos
- viajeros.— La mata de romero.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_87">87</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. iv.</span>— Dilaciones molestas.— El
- cochero borracho.— Una mula muerta.— Lamentación.— Aventura en un
- descampado.— El miedo a la oscuridad.— Un fidalgo portugués.— La
- escolta.— Regreso a Lisboa.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_105">105</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. v.</span>— El colegio.— El rector.— La
- piedra de toque.— Prejuicios nacionales.— Deportes juveniles.— Los
- judíos de Lisboa.— Creencias corrompidas.— Crimen y superstición.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_119">119</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. vi.</span>— El frío en Portugal.— Me libro
- de una extorsión.— Sensación de soledad.— El perro.— El convento.— Un
- paisaje encantador.— El castillo morisco.— Plegaria por un enfermo.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_134">134</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. vii.</span>— La piedra druídica.— Un joven
- español.— Soldados rufianes.— Los males de la guerra.— Estremoz.— La
- disputa.— La atalaya en ruinas.— Vislumbre de España.— Ayer y hoy.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_147">147</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="pagenum" id="Page_29">[p. 29]</span><span
- class="smcap">Cap. viii.</span>— Elvas.— Longevidad extraordinaria.—
- La nación inglesa.— Ingratitud portuguesa.— Las fortificaciones.— Un
- mendigo español.— Badajoz.— La aduana.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_161">161</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. ix.</span>— Badajoz.— Antonio el gitano.—
- Una proposición de Antonio.— Es aceptada.— El desayuno gitano.—
- Salida de Badajoz.— El borrico del gitano.— Mérida.— La muralla en
- ruinas.— La comadre.— El país del moro.— Los hombres negros.— La vida
- en el desierto.— La cena.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_173">173</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. x.</span>— La nieta de la gitana.—
- Proyecto matrimonial.— El alguacil.— El ataque.— Trote largo.—
- Llegada a Trujillo.— Noche de lluvia.— La selva.— El vivac.—
- ¡Levántate y anda!— Jaraicejo.— El Nacional.— El caballero
- Balmerson.— Entre jarales.— Una conversación seria.— ¿Qué es la
- verdad?— Noticia inesperada.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_196">196</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. xi.</span>— El puerto de Mirabete.— Lobos
- y pastores.— La sutileza de las hembras.— Muerto por los lobos.— Se
- aclara el misterio.— Las montañas.— La hora tenebrosa.— Un viajero
- nocturno.— Abarbanel.— Los tesoros ocultos.— El poder del oro.— El
- arzobispo.— Llegada a Madrid.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_224">224</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. xii.</span>— Mi alojamiento en Madrid.—
- <span class="pagenum" id="Page_30">[p. 30]</span>La patrona.—
- El embajador británico.— Mendizábal.— Baltasar.— Deberes de un
- Nacional.— Sangre moza.— La ejecución.— La población de Madrid.— Las
- clases altas.— Las clases bajas.— Las corridas de toros.— El gitano.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_244">244</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. xiii.</span>— Intrigas de la Corte.— Quesada
- y Galiano.— Disolución de las Cortes.— El secretario.— Testarudez
- aragonesa.— El Concilio de Trento.— El asturiano.— Los tres
- bandidos.— Benedicto Mol.— El hombre de Lucerna.— El Tesoro.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_263">263</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. xiv.</span>— Estado de España.— Istúriz.—
- Revolución de La Granja.— La revuelta.— Síntomas alarmantes.— Los
- corresponsales de periódicos.— Arrojo de Quesada.— La escena final.—
- Fuga de los moderados.— El café.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_281">281</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. xv.</span>— El vapor.— El cabo de
- Finisterre.— La tormenta.— Llegada a Cádiz.— El Nuevo Testamento.—
- Sevilla.— Itálica.— El anfiteatro.— Los presos.— El encuentro.— El
- barón Taylor.— La calle y el desierto.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_297">297</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. xvi.</span>— Salida para Córdoba.— Carmona.—
- Las colonias alemanas.— El idioma.— Un caballo haragán.— El
- recibimiento nocturno.— El posadero carlista.— Buen consejo.— Gómez.—
- El genovés viejo.— Las dos opiniones.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_315">315</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="pagenum" id="Page_31">[p. 31]</span><span
- class="smcap">Cap. xvii.</span>— Córdoba.—Los moros de Berbería.—
- Los ingleses.— Un cura viejo.— El breviario romano.— El palomar.— El
- Santo Oficio.— Judaísmo.— Los palomares profanados.— Propuesta del
- posadero.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_331">331</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl">
- <span class="smcap">Cap. xviii.</span>— Salida de Córdoba.— El
- contrabandista.— Treta judaica.— Llegada a Madrid.
- </td>
- <td class="tdr"><a href="#Page_347">347</a></td>
- </tr>
-</table>
-
-
-<div class="aftit">
- <hr class="chap" />
- <p><span class="pagenum" id="Page_33">[p. 33]</span></p>
- <p class="centra xxl g1">LA &nbsp;BIBLIA &nbsp;EN &nbsp;ESPAÑA</p>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
-
-<div class="aftit" id="Mapa">
- <p><span class="pagenum" id="Page_34">[p. 34]</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/mapa_pq.jpg"
- alt="Ilustración mostrando un mapa de los viajes de Borrow por la península" />
- <p class="caption">
- <span class="x_link">
- <a href="images/mapa_gr.jpg">
- <img src="images/xpnd.jpg" alt="Aumentar" title="Aumentar" />
- </a>
- <br />
- </span>
- <span class="small smcap">Viajes de Borrow por la Península</span>
- </p>
- </div>
-</div>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_35">[Pg 35]</span></p>
- <h2 class="nobreak">PRÓLOGO</h2>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">M</span><span class="smcap">uy</span>
-rara vez se lee el prólogo de un libro, y, en realidad, la
-mayor parte de los que han visto la luz en estos últimos años, no
-tienen prólogo alguno. Me ha parecido, sin embargo, conveniente
-escribir este prefacio, y sobre él llamo humildemente la atención del
-benévolo lector, porque su lectura contribuirá no poco a la cabal
-inteligencia y apreciación de estos volúmenes.</p>
-
-<p>La obra que ahora ofrezco al público, titulada <span
-class="smcap">La Biblia en España</span>, consiste en una narración
-de lo que me sucedió durante mi residencia en aquel país, adonde
-me envió la Sociedad Bíblica, como agente suyo, para imprimir y
-propagar las Escrituras. No obstante, comprende también algunos
-viajes y aventuras en Portugal, y concluye dejándome en «el país de
-los <i>Corahai</i>»,<a id="FNanchor_22"
-href="#Footnote_22" class="fnanchor">[22]</a> región a la<span
-class="pagenum"><a id="Page_36">[p. 36]</a></span> que
-me pareció oportuno retirarme por una temporada, después de haber
-sufrido en España considerables ataques.</p>
-
-<p>Es muy probable que si yo hubiese visitado España por mera
-curiosidad o con el propósito de pasar uno o dos años agradablemente,
-jamás hubiese intentado dar cuenta detallada de mis actos ni de lo
-que vi y oí. Yo no soy un turista ni un escritor de libros de viajes;
-pero la comisión que llevé allá era un poco extraña y me condujo
-necesariamente a situaciones y posiciones insólitas, me envolvió
-en dificultades y perplejidades, y me puso en contacto con gente
-de condición y categoría muy diversas; de suerte que, en conjunto,
-me lisonjeo pensando que el relato de mi peregrinación no carecerá
-enteramente de interés para el público, sobre todo, dada la novedad
-del asunto; pues aunque se han publicado varios libros acerca de
-España, éste es el único, creo yo, que trata de una obra de misiones
-en aquel país.</p>
-
-<p>Es verdad que en el libro se encontrarán bastantes cosas muy poco
-relacionadas con la religión o con la propaganda religiosa; pero no
-tengo por qué excusarme de haberlas traído aquí a colación. Desde el
-principio hasta el fin fuí, digámoslo así, a la deriva por España,
-tierra de antiguo renombre, tierra de maravillas y de misterios, en
-condiciones tales para conocer sus extraños <span class="pagenum"><a
-id="Page_37">[p. 37]</a></span>secretos y peculiaridades como quizás
-a ningún otro individuo le hayan sido nunca dadas, y ciertamente a
-ningún extranjero; y si en muchos casos presento escenas y caracteres
-tal vez sin precedente en una obra de esta índole, sólo haré observar
-que durante mi estancia en España me vi tan inevitablemente mezclado
-con ellos, que hubiera sido difícil referir con fidelidad mis
-andanzas sin dar de tales cosas una referencia tan puntual como la
-que aquí he puesto.</p>
-
-<p>Es digno de nota que, llamado repentina e inesperadamente a
-«acometer la aventura de España», no me hallaba yo por completo
-falto de preparación para tal empresa. España ocupó siempre un lugar
-considerable en mis ensueños infantiles, y las cosas españolas me
-interesaban por modo especial, sin presentir que, andando el tiempo,
-me vería llamado a participar, si bien modestamente, en el drama
-descomunal de su vida; aquel interés me indujo, en edad temprana,
-a aprender su noble idioma y a conocer su literatura (apenas digna
-del idioma), su historia y tradiciones; de modo que al entrar por
-vez primera en España me sentí más en mi casa que lo que sin esas
-circunstancias me hubiese sentido.</p>
-
-<p>En España pasé cinco años, que, si no los más accidentados,
-fueron, no vacilo en decirlo, los más felices de mi existencia. Y
-ahora que la ilusión se ha desvanecido ¡ay!<span class="pagenum"
-id="Page_38">[p. 38]</span> para no volver jamás, siento por
-España una admiración ardiente: es el país más espléndido del
-mundo, probablemente el más fértil y con toda seguridad el de
-clima más hermoso. Si sus hijos son o no dignos de tal madre, es
-una cuestión distinta que no pretendo resolver; me contento con
-observar que, entre muchas cosas lamentables y reprensibles, he
-encontrado también muchas nobles y admirables; muchas virtudes
-heroicas, austeras, y muchos crímenes de horrible salvajismo; pero
-muy poco vicio de vulgar bajeza, al menos entre la gran masa de la
-nación española, a la que concierne mi misión; porque bueno será
-notar aquí que no tengo la pretensión de conocer íntimamente a la
-aristocracia española, de la que me mantuve tan apartado como me lo
-permitieron las circunstancias; <i>en revanche</i> he tenido el honor
-de vivir familiarmente con los campesinos, pastores y arrieros de
-España, cuyo pan y <i>bacallao</i> he comido, que siempre me trataron con
-bondad y cortesía, y a quienes con frecuencia he debido amparo y
-protección.</p>
-
-<p>«La generosa conducta de Francisco González, y los altos
-hechos de Ruy Díaz el Cid se cantan todavía entre las asperezas
-de Sierra Morena»<a id="FNanchor_23" href="#Footnote_23"
-class="fnanchor">[23]</a>.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_39">[p. 39]</span></p>
-
-<p>El argumento más fuerte que, a mi parecer, puede aducirse como
-prueba del vigor y de los recursos naturales de España, y de la buena
-ley del carácter de sus habitantes, es el hecho de que, hoy en día,
-el país no se halle extenuado ni agotado, y que sus hijos sean aún,
-hasta cierto punto, un gran pueblo de muy levantados ánimos. Sí; a
-pesar del desgobierno de los Austrias, brutales y sensuales, de la
-estupidez de los Borbones, y, sobre todo, de la tiranía espiritual de
-la corte de Roma, España todavía se mantiene independiente, combate
-en causa propia, y los españoles no son aún esclavos fanáticos ni
-mendigos rastreros. Esto es decir mucho, muchísimo; porque España ha
-sufrido lo que Nápoles no ha tenido nunca que sufrir, y, sin embargo,
-su suerte ha sido muy diferente de la de Nápoles. Aún hay valor en
-Asturias; generosidad en Aragón; honradez en Castilla la Vieja, y las
-labradoras de la Mancha pueden aún poner un tenedor de plata y una
-nívea servilleta junto al plato de su huésped. Sí; a despecho de los
-Austrias, de los Borbones y de Roma, todavía media un abismo entre
-España y Nápoles.</p>
-
-<p>Aunque suene a cosa rara, España no es un país fanático. Algo sé
-acerca de ella, y afirmo que ni es fanática ni lo ha sido nunca:
-España no cambia jamás. Cierto que durante casi dos siglos España
-fué <i>La Verduga</i> de la malvada Roma, el instrumento escogido <span
-class="pagenum" id="Page_40">[p. 40]</span>para llevar a efecto
-los atroces planes de esa potencia; pero el resorte que impelía a
-España a su obra sanguinaria no era el fanatismo; otro sentimiento,
-predominante en ella, la excitaba: su orgullo fatal. Con halagos a
-su orgullo fué inducida España a despilfarrar su preciosa sangre y
-sus tesoros en las guerras de los Países Bajos, a equipar la armada
-Invencible y a otras muchas acciones insensatas. El amor a Roma tenía
-muy poca influencia en su política; pero halagada por el título de
-<i>Gonfalonera del Vicario de Cristo</i>, y ansiosa de probar que era
-digna de él, cerró los ojos y corrió a su propia destrucción al grito
-de: «¡Cierra, España!»</p>
-
-<p>Cuando sus armas fueron impotentes en el exterior, España se
-recogió dentro de sí misma. Dejó de ser instrumento de la venganza
-y de la crueldad de Roma, pero no la dieron de lado. Aunque ya no
-servía para blandir la espada con buen éxito contra los luteranos,
-podía ser útil para algo. Aún tenía oro y plata, y aún era la tierra
-del olivo y de la vid. Dejó de ser el verdugo y se convirtió en el
-banquero de Roma; y los pobres españoles, que siempre estiman como un
-privilegio pagar cuentas ajenas, miraron durante mucho tiempo como
-una gran ventura que les permitieran saciar la rapaz avidez de Roma,
-que durante el siglo pasado sacó, probablemente, de España más dinero
-que de todo el resto de la cristiandad.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_41">[p. 41]</span></p>
-
-<p>Pero la guerra prendió en el país. Napoleón y sus fieros francos
-invadieron España; siguiéronse saqueos y estragos, cuyos efectos
-se sentirán, probablemente, durante muchas generaciones. España no
-pudo ya seguir pagando a Pedro sus cuartos con la holgura de antaño,
-y desde entonces, Roma, que no respeta a ninguna nación más que
-en cuanto puede hacer de ella el ministro de su crueldad o de su
-avaricia, la miró con desprecio. El español tenía aún voluntad de
-pagar, dentro de lo que sus medios le permitían; pero muy pronto
-le dieron a entender que era un ser degradado, un bárbaro; más: un
-mendigo. Ahora bien: a un español podéis sacarle hasta el último
-<i>cuarto</i> con tal que le otorguéis el título de caballero y de hombre
-rico, pues la levadura antigua es tan fuerte en él como en los
-tiempos de Felipe el Hermoso; pero guardaos de insinuar que le tenéis
-por pobre o que su sangre es inferior a la vuestra. Al conocer, pues,
-la baja estimación en que había caído, el rústico viejo replicó:
-«Si soy un bestia, un bárbaro y, además, un pordiosero, lo siento
-mucho; pero como eso no tiene remedio, voy a gastarme estas cuatro
-fanegas de cebada, que había reservado para aliviar la miseria
-del Santo Padre, en una corrida de toros y en otras diversiones
-convenientes para la reina, mi mujer, y para los príncipes, mis
-hijos. ¿Yo un mendigo? <i>¡Carajo!</i> El agua de mi<span class="pagenum"
-id="Page_42">[p. 42]</span> pueblo es mejor que el vino de Roma.»</p>
-
-<p>Veo que en la última carta pastoral dirigida a los españoles,
-el obispo de Roma se queja amargamente del trato que ha recibido
-en España por parte de algunos hombres inicuos. «Mis catedrales se
-arruinan—dice—, insultan a mis sacerdotes y cercenan las rentas de
-mis obispos.» Se consuela, sin embargo, con la idea de que todo esto
-es obra de la malicia de unos pocos, y que la generalidad de la
-nación le ama, sobre todo los campesinos, los inocentes campesinos,
-que vierten lágrimas al pensar en los sufrimientos de su Papa
-y de su religión. ¡Desengáñese, <i>Batuschca</i><a id="FNanchor_24"
-href="#Footnote_24" class="fnanchor">[24]</a>, desengáñese! España
-estaba dispuesta a luchar por vuestra causa, en tanto que al obrar
-así acrecentase su gloria; pero no le agrada perder batallas y más
-batallas en servicio vuestro. No se opone a llevar su dinero a
-vuestras arcas, en forma de limosnas, esperando, sin embargo, verlas
-aceptadas con la gratitud y la humildad propias de quien recibe una
-caridad. Pero al encontrar que no sois humilde ni agradecido, y,
-sobre todo, al sospechar que tenéis a Austria en mayor estimación,
-incluso como banquero, España se encoge de hombros y profiere unas
-palabras algo parecidas a las que ya he puesto en boca de uno de sus
-hijos: «Estas cuatro fanegas de cebada», etc.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_43">[p. 43]</span></p>
-
-<p>Es, en verdad, sorprendente lo poco que a la gran masa de la
-nación española le interesó la última guerra<a id="FNanchor_25"
-href="#Footnote_25" class="fnanchor">[25]</a>, la cual, empero,
-ha sido llamada por quien debía estar mejor enterado, guerra de
-religión y de principios. Se admitía, generalmente, que Vizcaya era
-el reducto del carlismo, y que los vizcaínos sentían fanático apego
-a su religión, a la que creían en peligro. La verdad es que los
-vascos se cuidaban muy poco de Carlos y de Roma, y tomaron las armas
-tan sólo por defender ciertos derechos y privilegios que tenían.
-Por el encanijado hermano de Fernando mostraron siempre soberano
-desprecio, que su carácter, mezcla de imbecilidad, cobardía y
-crueldad, merecía de sobra. Usaron su nombre como un <i>cri de guerre</i>
-solamente. Casi lo mismo puede decirse de sus partidarios españoles,
-al menos de los que se lanzaron al campo por su causa. Había, sin
-embargo, una gran diferencia de carácter entre éstos y los vascos,
-soldados valerosos y hombres honrados. Los ejércitos españoles de don
-Carlos se componían enteramente de ladrones y asesinos, casi todos
-valencianos y manchegos, que, mandados por dos forajidos, Cabrera
-y Palillos, se aprovecharon de la situación perturbada del país
-para robar y asesinar a la parte honrada de la población. Respecto
-de la reina<span class="pagenum" id="Page_44">[p. 44]</span>
-regente Cristina, cuanto menos se hable, mejor; tomó en sus manos
-las riendas del gobierno a la muerte de su marido, y con ellas el
-mando del ejército. La parte respetable de la nación española, y
-por modo especial los honrados y estrujados labradores, aborrecían
-y execraban a las dos facciones. Muchas veces, al caer la noche,
-compartiendo la frugal comida de un labriego de cualquiera de las
-dos Castillas, oíamos el lejano tiroteo de los soldados <i>cristinos</i>
-o de los bandidos carlistas; con lo que comenzaba mi hombre a echar
-maldiciones a los dos pretendientes, sin olvidar al Santo Padre y
-a la diosa de Roma, <i>María Santísima</i>. Luego, con la energía de
-tigre característica del español cuando se excita, levantándose
-precipitadamente exclamaba: «¡<i>Vamos, don Jorge</i>, al campo, al campo!
-Me voy con usted y aprenderé la ley de los ingleses. Al campo, pues,
-desde mañana, a difundir el evangelio de Inglaterra.»</p>
-
-<p>Entre los campesinos españoles fué donde encontré mis defensores
-más acérrimos; y aún supone el Santo Padre que los labradores de
-España son amigos suyos y le quieren. ¡Desengáñese, <i>Batuschca</i>,
-desengáñese!</p>
-
-<p>Pero volvamos al presente libro: está consagrado, como digo, a
-referir mis sucesos en España mientras anduve por allá empeñado
-en difundir las Escrituras. Respecto de mis<span class="pagenum"
-id="Page_45">[p. 45]</span> modestos trabajos, he de hacer notar aquí
-que lo realizado fué muy poca cosa; no tengo la pretensión de haber
-conseguido brillantes triunfos; cierto que fuí enviado a España,
-más que nada, a explorar el país y a comprobar hasta qué punto el
-espíritu del pueblo estaba preparado para recibir las verdades del
-cristianismo; obtuve, sin embargo, mediante el apoyo de buenos
-amigos, un permiso del Gobierno español para imprimir en Madrid una
-edición del libro sagrado, que subsiguientemente repartí por la
-capital y las provincias.</p>
-
-<p>Durante mi estancia en España, otras personas prestaron muy buenos
-servicios a la causa del evangelio, y en una obra de esta índole
-sería injusto pasar en silencio sus esfuerzos. Villano es el corazón
-que rehusa al mérito su recompensa, y por insignificante que sea el
-valor de un elogio que brota de una pluma como la mía, no puedo por
-menos de mencionar, con respeto y estimación, unos pocos nombres
-relacionados con la propaganda evangélica. Un caballero irlandés,
-llamado Graydon, se empleó, con celo e infatigable diligencia, en
-difundir la luz de la Escritura en la provincia de Cataluña y a lo
-largo de las costas meridionales de España; mientras, dos misioneros
-de Gibraltar, los señores Rule y Lyon, predicaron la verdad
-evangélica durante un año entero en una iglesia de Cádiz.<span
-class="pagenum" id="Page_46">[p. 46]</span> Tan buen éxito alcanzaron
-los esfuerzos de estos dos últimos, animosos discípulos del inmortal
-Wesley, que, con razón sobrada podemos suponerlo así, de no haber
-sido reducidos al silencio y desterrados del país por la fracción
-pseudo-liberal de los <i>Moderados</i>, no sólo Cádiz, pero la mayor
-parte de Andalucía habría entonces confesado las puras doctrinas
-del Evangelio y desechado para siempre los últimos restos de la
-superstición Papista.</p>
-
-<p>Por hallarse más inmediatamente relacionado con la Sociedad
-Bíblica y conmigo, considero felicísima la oportunidad que se me
-presenta de hablar de Luis de Usoz y Río, vástago de una antigua y
-honorable familia de Castilla la Vieja, que me ayudó en la edición
-española del Nuevo Testamento, en Madrid. Durante mi permanencia en
-España recibí toda clase de pruebas de amistad de este caballero,
-que, en mis ausencias por las provincias, y en mis numerosos y
-largos viajes, me sustituía de buen grado en Madrid y se empleaba
-cuanto podía en adelantar las miras de la Sociedad Bíblica, sin otro
-móvil que la esperanza de contribuir acaso con su esfuerzo a la paz,
-felicidad y civilización de su tierra natal.</p>
-
-<p>Para concluir, permítaseme declarar que conozco muy bien los
-defectos y errores del presente libro. Para componerlo me he valido
-de ciertos diarios que fuí escribiendo<span class="pagenum"
-id="Page_47">[p. 47]</span> durante mi estancia en España y de
-numerosas cartas escritas a mis amigos de Inglaterra, que han tenido
-después la bondad de restituírmelas; sin embargo, la mayor parte de
-él, consistente en descripciones de lugares y escenas, en bosquejos
-de caracteres, etcétera, se la debo a mi memoria. En varios casos he
-omitido los nombres de los lugares, o por haberlos olvidado, o por
-no estar seguro de su ortografía. La obra, tal como hoy está, fué
-escrita en una aldea solitaria de una apartada región de Inglaterra,
-donde no tenía libros de consulta, ni amigos cuya opinión o consejo
-pudiera en ocasiones serme provechoso, y con todas las incomodidades
-resultantes del quebranto de mi salud. Pero he recibido en ocasión
-reciente tales muestras de la lenidad y generosidad extremadas del
-público británico y americano para conmigo, que sin temor me someto
-nuevamente a su consideración, y confío en que, si en los presentes
-volúmenes hay poco que admirar, me darán al menos reputación de
-hombre bien intencionado y que no se emplea en escribir ruindades.</p>
-
-<p class="ti0 p3">26 de noviembre de 1842.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_49">[Pg 49]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO PRIMERO</h2>
- <p class="subhang">
- ¡Hombre al agua!— El Tajo.— Las lenguas extranjeras.— La
- gesticulación.— Calles de Lisboa.— El acueducto.— La Biblia tolerada
- en Portugal.— Cintra.— Don Sebastián.— Juan de Castro.— Conversación
- con un cura.— Colhares.— Mafra.— El palacio.— El maestro de escuela.—
- Los portugueses.— Su ignorancia de las Escrituras.— Los curas
- rurales.— El Alemtejo.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">E</span><span class="smcap">n
-la</span> mañana del 10 de noviembre de 1835, encontrábame a la
-altura de la costa de Galicia, cuyas elevadas montañas, doradas por
-el sol naciente, ofrecían una vista espléndida. Iba con destino a
-Lisboa; doblamos el cabo Finisterre, y, metiéndonos mar adentro,
-perdimos rápidamente de vista la tierra. En la mañana del día 11,
-estando el mar muy alborotado, ocurrió un suceso notable. Hallábame
-en el castillo de proa departiendo con dos marineros; uno de ellos,
-que acababa de levantarse de la hamaca, dijo: «He tenido esta noche
-un sueño extraño y muy poco agradable, porque—continuó señalando al
-mástil—he soñado<span class="pagenum" id="Page_50">[p. 50]</span>
-que me caía al mar desde la cruceta.» Así se lo oyeron decir varios
-tripulantes que estaban junto a mí. Un momento después, el capitán
-del barco, advirtiendo que la borrasca iba en aumento, mandó tomar
-la gavia, y en el acto, aquel marinero y otros varios treparon a la
-arboladura. Estaban en la maniobra cuando una racha de viento hizo
-girar la antena, dando tal golpe a uno de los marineros, que cayó
-desde la cruceta al mar, cubierto de hirvientes espumas. El marinero
-emergió en seguida; vi su cabeza asomar en la cresta de una ola muy
-grande, y en el acto reconocí en aquel desdichado al que poco antes
-nos había referido su sueño. Nunca olvidaré la mirada de agonía que
-nos lanzó, mientras el barco, velozmente, le dejaba atrás. Dada
-la voz de alarma, hubo una gran confusión, y lo menos pasaron dos
-minutos antes de que el barco se parase; en ese tiempo el marinero
-se quedó muy lejos a popa; sin embargo, yo no le perdí de vista y
-observé que luchaba valientemente con las olas. Por fin, se arrió
-un bote; mas por desgracia no se halló a mano el timón, y sólo se
-pudo disponer de dos remos, con los que los tripulantes no avanzaban
-gran cosa en un mar tan alborotado. No obstante, remaron de firme,
-y habían llegado ya a diez brazas del náufrago, que continuaba
-luchando por su vida, cuando le perdí de vista; a su regreso dijeron
-los<span class="pagenum" id="Page_51">[p. 51]</span> marineros que
-le habían visto debajo del agua, a intervalos, hundiéndose cada
-vez más, con los brazos abiertos, y el cuerpo, al parecer, rígido,
-pero que se habían encontrado en la imposibilidad de salvarlo.
-Inmediatamente después, el mar se calmó mucho, como si ya estuviera
-satisfecho con la presa que acababa de hacer. El pobre muchacho que
-pereció de tan singular manera era un apuesto joven de veintisiete
-años, hijo único de una viuda; era el mejor marinero de a bordo,
-y cuantos le conocieron le querían. Este suceso ocurrió el 11 de
-noviembre de 1835; el barco era un vapor llamado <i>London Merchant</i>.
-¡Verdaderamente admirables son los caminos de la Providencia!</p>
-
-<p>Aquella misma noche entramos en el Tajo y echamos el ancla
-delante de la antigua torre de Belem; a la madrugada siguiente
-levamos anclas, y remontando el río como cosa de una legua, anclamos
-de nuevo a corta distancia del <i>Caesodré</i><a id="FNanchor_26"
-href="#Footnote_26" class="fnanchor">[26]</a>, o muelle principal
-de Lisboa. Allí estuvimos algunas horas junto al enorme casco negro
-de la <i>Rainha Nao</i>, navío de guerra que en otros tiempos cautivaba
-de tal modo los ojos de Nelson, que de muy buena gana lo hubiera
-adquirido para su país natal. Mucho después fué navío almirante de
-la escuadra miguelista, y el<span class="pagenum" id="Page_52">[p.
-52]</span> intrépido Napier lo capturó unos tres años antes de la
-fecha a que me refiero.</p>
-
-<p>La <i>Rainha Nao</i> dícese que dió a Napier más quehacer que todos
-los demás barcos enemigos juntos, y alguien afirmó que si éstos se
-hubieran defendido con la mitad del coraje que la vieja y belicosa
-«reina» desplegó, el resultado de la batalla que decidió la suerte de
-Portugal hubiese sido por completo diferente.</p>
-
-<p>Encontré por demás molesta la operación de desembarcar en
-Lisboa. Los empleados de la aduana eran extremadamente descorteses,
-y examinaron cada pieza de mi reducido equipaje con irritante
-minuciosidad.</p>
-
-<p>Mi primera impresión al tomar tierra en la Península estaba muy
-lejos de ser favorable; apenas hacía una hora que hollaba su suelo, y
-ya deseaba de corazón volverme a Rusia, país de donde había salido un
-mes antes, dejando en él amigos muy queridos y muy vivos afectos.</p>
-
-<p>Después de soportar en la aduana muchos abusos y exacciones,
-procedí a buscar alojamiento, y, al fin, encontré uno, pero sucio
-y caro. Al siguiente día tomé un criado portugués. Mi costumbre
-invariable al llegar a un país consiste en valerme de los servicios
-de un indígena, con la mira principal de perfeccionarme en la
-lengua, y como ya conozco casi todos los idiomas y dialectos <span
-class="pagenum" id="Page_53">[p. 53]</span>importantes de oriente y
-occidente, me pongo con prontitud en condiciones de hacerme entender
-perfectamente por los naturales. En unos quince días logré hablar en
-portugués con mucha facilidad.</p>
-
-<p>Los que desean hacerse entender de un extranjero hablándole en
-su propio idioma tienen que hablar a gritos y vociferar abriendo
-mucho la boca. ¿Es de extrañar, pues, que los ingleses sean, en
-general, los peores lingüistas del mundo, ya que siguen un sistema
-diametralmente opuesto? Por ejemplo, cuando intentan hablar en
-español—la lengua más sonora que existe—apenas abren los labios, y,
-con las manos metidas en bolsillos, farfullan perezosamente, en lugar
-de aplicarse al indispensable menester de la gesticulación. Con razón
-los pobres españoles exclaman: estos ingleses tienen un hablar tan
-cerrado que ni el mismo Satanás los entiende.</p>
-
-<p>Lisboa es una gran ciudad ruinosa, que aún muestra por doquiera
-las huellas del terremoto, terrible visita que le hizo Dios hace
-unos ochenta años. La ciudad se alza sobre siete colinas; la
-más elevada de todas la ocupa el castillo de San Jorge, punto
-el más eminente que la mirada descubre al contemplar a Lisboa
-desde el Tajo. Las partes más animadas y bulliciosas de la ciudad
-hállanse en la hondonada que cae al Norte de esa colina. Allí se
-encuentra la<span class="pagenum" id="Page_54">[p. 54]</span>
-<i>Plaza</i> de la Inquisición<a id="FNanchor_27" href="#Footnote_27"
-class="fnanchor">[27]</a>, la principal de Lisboa, desde la que
-corren paralelas hacia el río tres o cuatro calles, entre las que
-se cuentan la del Oro y la de la Plata, así llamadas porque en
-ellas viven los orífices y los plateros, muy hábiles en su oficio;
-estas calles son, en conjunto, muy suntuosas. Las casas son grandes
-y altas como castillos. Inmensas columnas protejen a intervalos
-la calzada; pero lo que hacen más bien es estorbar. Estas calles
-son completamente llanas y están bien pavimentadas, en lo cual se
-diferencian de todas las demás de Lisboa. La calle más singular es,
-sin embargo, la del <i>Alecrim</i>, o del Romero, que desemboca en el
-<i>Caesodré</i>. Es muy pendiente, y a ambos lados se alzan los palacios
-de la más rancia nobleza de Portugal, edificios pesados y adustos,
-pero grandes y pintorescos, con jardines colgantes aquí y allá, que
-se asoman a la calle desde gran altura.</p>
-
-<p>Con toda su ruina y desolación, Lisboa es, sin disputa, la
-ciudad más notable de la Península, y acaso del Sur de Europa. No
-me propongo entrar aquí en minuciosos detalles acerca de ella; me
-limitaré a notar que es tan digna de la atención de un artista
-como la misma Roma. Verdad es que, si abundan aquí las iglesias,
-no hay ninguna catedral gigantesca como la de San Pedro,<span
-class="pagenum" id="Page_55">[p. 55]</span> para atraer las miradas
-llenándolas de admiración, pero me atrevo a decir que no hay en la
-antigua ni en la moderna Roma una obra del trabajo y del arte humanos
-que pueda, cualquiera que sea su destino, rivalizar con las obras
-hidráulicas para el abastecimiento de Lisboa. Aludo al estupendo
-acueducto cuyos arcos principales cruzan el valle al Noreste de
-Lisboa y vierte un arroyuelo de agua fría y deliciosa en una cisterna
-de piedra dentro del hermoso edificio llamado Madre de las aguas,
-desde donde se abastece toda Lisboa de linfa cristalina, aunque el
-manantial está a siete leguas de allí. Los viajeros, después de
-consagrar una mañana entera a visitar los <i>Arcos</i> y la <i>Mai das
-agoas</i>, pueden dirigirse a la iglesia y al cementerio británicos;
-este último es un <i>Père-la-Chaise</i> en miniatura, donde, si se
-trata de viajeros ingleses, bien podrá perdonárseles que estampen
-un beso, como hice yo, en la fría tumba del autor de <i>Amelia</i><a
-id="FNanchor_28" href="#Footnote_28" class="fnanchor">[28]</a>, el
-genio más singular que nuestra isla ha producido, y cuyas obras,
-por pura moda, han sido durante mucho tiempo denigradas en público
-y leídas en secreto. En el mismo cementerio descansan los restos
-mortales de Doddridge, otro autor inglés, de diferente cuño, pero
-justamente admirado y estimado. Al desembarcar no tenía yo intención
-de<span class="pagenum" id="Page_56">[p. 56]</span> detenerme
-mucho en Lisboa, ni ciertamente en Portugal; mi destino era España,
-hacia donde me proponía encaminar mis pasos muy en breve, porque la
-intención de la Sociedad Bíblica era comenzar sus trabajos en este
-país, con objeto de difundir la palabra de Dios, ya que España había
-sido hasta entonces una región donde la admisión de la Biblia estaba
-vedada. No ocurría lo mismo en Portugal, donde se permitía desde
-la revolución la entrada y circulación de la Biblia. Poco se había
-realizado, no obstante, en este país; por tanto, ya que me hallaba en
-él, determiné hacer algo, a ser posible, por la difusión de aquélla,
-no sin cerciorarme ante todo personalmente de hasta qué punto la
-gente estaba preparada para recibirla, y de si el estado de la
-educación en general le permitiría sacar de ella bastante provecho.
-Tenía yo a mi disposición un buen repuesto de Biblias y Testamentos;
-pero ¿querría o podría leerlas el pueblo? El amigo de la Sociedad
-a quien yo iba recomendado, estaba ausente de Lisboa al tiempo de
-mi llegada; lo sentí, porque podía haberme suministrado algunas
-indicaciones útiles. Con el fin, empero, de no gastar tiempo, me
-decidí a no esperar su regreso, y al punto empecé a recoger cuantas
-noticias pude acerca de los extremos a que he aludido. Comencé mis
-investigaciones a cierta distancia de Lisboa, por saber de sobra que
-me formaría una<span class="pagenum" id="Page_57">[p. 57]</span>
-idea muy errónea de los portugueses en general si juzgaba de su
-carácter y opiniones por lo que veía y oía en una ciudad tan sujeta a
-la influencia extranjera.</p>
-
-<p>Mi primera excursión fué a Cintra. Si hay en el mundo algún lugar
-al que con razón pueda llamársele país encantado, es seguramente
-Cintra. Tivoli, sitio pintoresco y bello, se borra con rapidez de la
-memoria de cuantos ven el Paraíso portugués. No debe suponerse ni
-por un momento que al hablar de Cintra se alude sólo a la pequeña
-ciudad de este nombre; por Cintra debe entenderse la región entera:
-ciudad, palacio, <i>quintas</i>, bosques, rocas, ruinas moriscas, que
-bruscamente surgen ante los ojos al bordear la ladera de una montaña
-de aspecto triste, agreste y estéril. Nada tan hosco y repelente
-como la vista que por el lado suroccidental, hacia Lisboa, presenta
-el muro de piedra que parece ocultar a Cintra de ojos del mundo;
-pero el otro lado es como una decoración de mágica hermosura,
-donde la elegancia artificial y la agreste grandeza, las cúpulas,
-las torres, los árboles gigantescos, las flores y las cascadas se
-mezclan de modo que no tiene semejante bajo el sol. ¡Oh! Admirables
-y sorprendentes cosas hay en Cintra, a las que van unidos recuerdos
-maravillosos. Aquellas ruinas sobre el picacho, que cubren en
-parte la escarpada pendiente, fueron en otro tiempo la<span
-class="pagenum" id="Page_58">[p. 58]</span> principal fortaleza de
-los moros lusitanos, y adonde, mucho después de su expulsión, se
-permitía que acudiesen, en determinada luna de cada año, los salvajes
-santones del Magreb a orar en la tumba de un famoso <i>Sidi</i> sepultado
-en esas rocas. Aquel palacio gris presenció la reunión de las últimas
-Cortes celebradas por el rey-niño Sebastián antes de partir para su
-romántica expedición contra los moros, que tan bien supieron vengar
-en Alcazarquivir el agravio hecho a su fe y a su país. En aquella
-pequeña y sombría <i>quinta</i>, escondida entre los altos <i>alcornoques</i>,
-vivió antaño Juan de Castro, virrey de Goa, viejo singular que empeñó
-los cabellos de la barba de su difunto hijo para levantar dinero con
-que rehacer los muros ruinosos de una fortaleza amenazada por los
-salvajes indios. Ante el portal de la quinta hay unos fragmentos
-de estelas que tienen profundamente grabados versos en sánscrito,
-sacados de los vedas, tan oscuros como si estuviesen en caracteres
-rúnicos; son piedras traídas por Castro desde Goa, brillantísimo
-escenario de su gloria, antes de que Portugal cayera en su profunda
-decadencia. Cañada abajo, en una abrupta elevación de las rocas, se
-hallan las ruinas de la casa de un millonario inglés que aquí daba
-pasto a caprichos de su ánimo antojadizo, tan desordenado, rico y
-vario en matices como el paisaje circundante. Sí; admirables cosas
-se<span class="pagenum" id="Page_59">[p. 59]</span> ven en Cintra, y
-admirables son los recuerdos unidos a ellas.</p>
-
-<p>La ciudad de Cintra tiene unos ochocientos habitantes. La mañana
-siguiente a mi llegada, cuando me disponía a subir a la montaña para
-visitar las ruinas moriscas, observé que venía hacia mí una persona
-que, por su traje, me pareció un eclesiástico; era, en efecto, uno
-de los tres curas del lugar. Al instante le abordé, y no tuve motivo
-para arrepentirme de ello; le encontré afable y comunicativo.</p>
-
-<p>Después de alabar la hermosura del paisaje, le hice algunas
-preguntas acerca del grado de instrucción de sus feligreses.
-Respondió que sentía decir que se hallaban en la mayor ignorancia;
-en el pueblo bajo había muy pocos que supieran leer o escribir, y
-respecto a escuelas, sólo existía una en el lugar, donde cuatro
-o cinco chicos aprendían el alfabeto, pero aún esa estaba ahora
-cerrada. Díjome, no obstante, que había una escuela en Colhares,
-como a una legua de allí. Entre otras cosas, me declaró cuánto le
-sorprendía ver a los ingleses, el pueblo más instruído e inteligente
-de la tierra, visitar un sitio como Cintra, donde no hay literatura,
-ciencia ni cosa alguna útil (<i>coisa que presta</i>). Sospecho que las
-últimas palabras del digno cura encubrían una sátira; fuí, sin
-embargo, bastante jesuíta para aparentar que las recibía como un
-fino<span class="pagenum" id="Page_60">[p. 60]</span> cumplido,
-y, quitándome el sombrero, me despedí haciéndole infinidad de
-reverencias.</p>
-
-<p>El mismo día visité Colhares, romántica aldea, en las
-inmediaciones de la montaña de Cintra, por el lado del noroeste. A
-unos campesinos que estaban en la fragua les pregunté por la escuela,
-y uno de ellos se ofreció en el acto a servirme de guía. Subí por
-unas escaleras a un pequeño aposento, donde encontré al maestro con
-una docena de alumnos formados en hilera; me recibió con urbanidad
-y me hizo sentar en la única banqueta que había en la habitación.
-Hablamos un poco, y me enseñó los libros que usaba para la
-instrucción de los chicos; eran unos silabarios muy semejantes a los
-usados en las escuelas rurales de Inglaterra. Al preguntarle si era
-costumbre poner las Escrituras en manos de los chicos, me respondió
-que mucho antes de adquirir capacidad suficiente para entenderlas,
-los padres retiraban de la escuela a sus hijos para que los ayudasen
-en las labores del campo; en general, los padres no tenían el menor
-deseo de que sus hijos aprendieran cosa alguna, por considerar tiempo
-perdido el empleado en aprender. Dijo que, si bien las escuelas
-estaban nominalmente sostenidas por el Gobierno, era raro que los
-maestros cobrasen sus sueldos; por eso, muchos habían últimamente
-renunciado sus empleos. Me declaró que poseía un ejemplar del Nuevo
-Testamento;<span class="pagenum" id="Page_61">[p. 61]</span>
-quise verlo, y resultó ser tan sólo un ejemplar de las Epístolas,
-traducción de Pereira, con muchas notas. Le pregunté si consideraba
-peligroso leer las Escrituras sin notas; replicó que, ciertamente, no
-había peligro alguno, pero que la gente no instruída poco provecho
-podía sacar de la Escritura sin el socorro de las notas, porque en
-su mayor parte la encontraría ininteligible. En diciendo esto nos
-estrechamos la mano, y, al partir, le dije que no había pasaje de la
-Biblia tan difícil de entender como las mismas notas puestas para
-aclararla, y que nunca hubiese sido escrita si no bastara a iluminar
-por sí sola el entendimiento de toda clase de personas.</p>
-
-<p>Uno o días después hice una excursión a Mafra, distante de Cintra
-unas tres leguas. La mayor parte del camino corre por escarpados
-cerros, a veces peligrosos para las cabalgaduras; no obstante, llegué
-a mi destino sin novedad.</p>
-
-<p>Mafra es un pueblo grande en las inmediaciones de un edificio
-inmenso, construído para convento y palacio, algo semejante al
-Escorial por su estructura; en él se halla la mejor biblioteca de
-Portugal, con libros de todas las ciencias y en todos los idiomas,
-muy apropiada a la magnitud y esplendidez del edificio donde se
-encierra. Ya no había, empero, frailes para cuidarlo, como en otros
-tiempos; expulsados de allí,<span class="pagenum" id="Page_62">[p.
-62]</span> algunos mendigaban su sustento, otros habían ido a
-servir bajo las banderas de don Carlos, en España, y me dijeron que
-muchos vivían del merodeo como bandidos. Abandonada a dos o tres
-guardas, la mansión ofrece un aspecto solitario y desolado que, en
-verdad, oprime el ánimo. Cuando estaba viendo los claustros, se
-me acercó un muchacho muy apuesto y de rostro inteligente, y me
-preguntó (supongo que con la esperanza de ganarse una propina) si
-le permitiría enseñarme la iglesia del pueblo, muy digna de verse,
-según dijo; rehusé, pero añadí que si me guiaba a la escuela se lo
-agradecería mucho. Me miró con asombro y aseguró que en la escuela no
-había nada notable, pues sólo contaba media docena de alumnos, entre
-los cuales estaba él. Al decirle yo, sin embargo, que no siendo a
-aquélla, no me llevaría a ninguna otra parte, se decidió de mala gana
-a acompañarme. Por el camino me contó que el maestro era uno de los
-frailes recientemente expulsados del convento, hombre muy instruído,
-que hablaba francés y griego. Pasamos junto a una cruz de piedra, y
-el muchacho se inclinó y se persignó con mucha devoción. Menciono el
-detalle porque fué el primer caso de esa índole que observé en los
-portugueses desde el día de mi llegada. Cuando estuvimos cerca de
-la casa donde vivía el maestro, el muchacho me la indicó, y fué a
-esconderse detrás<span class="pagenum" id="Page_63">[p. 63]</span>
-de una tapia, donde esperó a que yo volviera.</p>
-
-<p>Al cruzar el umbral, me hallé frente a un hombre bajo y recio,
-entre los sesenta y los setenta años de edad, vestido con un jubón
-azul y unos calzones grises, sin camisa ni chaleco. Me miró con
-dureza y me preguntó en francés en qué podía servirme. Me disculpé
-por intrusarme de aquel modo, y le dije que, enterado de que
-desempeñaba las funciones de maestro, iba a ofrecerle mis respetos
-y a pedirle permiso para preguntarle algunas cosas referentes a la
-escuela. Respondió que quien me hubiese dicho que él era maestro de
-escuela, mentía, porque era fraile del convento, y nada más.</p>
-
-<p>—Entonces, ¿no es verdad—dije yo—que todos los conventos han sido
-cerrados y expulsados los frailes?</p>
-
-<p>—Sí, sí—dijo suspirando—; es verdad, demasiado verdad.</p>
-
-<p>Guardó silencio un minuto, y al cabo, su buen natural se sobrepuso
-a la cólera; extrajo una caja de rapé y me ofreció un polvo. Rama de
-olivo de los portugueses, quien desee estar a bien con ellos no debe
-negarse a meter el índice y el pulgar en la caja de rapé cuando se la
-ofrezcan. Tomé, pues, una buena pulgarada, aunque aborrezco el rapé,
-y pronto estuvimos en la mejor armonía posible. El fraile estaba
-ansioso de noticias, especialmente de Lisboa y<span class="pagenum"
-id="Page_64">[p. 64]</span> de España. Le conté que los oficiales de
-la guarnición de Lisboa, el día antes de salir yo de la capital, se
-habían presentado en masa a la reina e insistido cerca de ella para
-que exonerase al ministerio, si no quería que depusiesen las espadas;
-al oirlo, el fraile frotábase las manos, asegurándome que las cosas
-no permanecerían tranquilas en Lisboa. Cuando le dije, empero, que,
-en mi opinión, la causa de don Carlos declinaba (hacía poco de la
-muerte de Zumalacárregui), se enfurruñó, exclamando que eso era
-imposible, porque Dios, en su justicia, no lo toleraría. Me condolí
-del pobre hombre, expulsado del insigne convento inmediato, su
-antiguo hogar, y que, vista su desguarnecida vivienda actual, trocaba
-en la senectud la abundancia y las comodidades por la escasez y la
-miseria. Dos o tres veces intenté hacerle hablar de la escuela, pero
-esquivó el tema, o dijo en pocas palabras que no sabía nada acerca de
-eso. En cuanto le dejé, salió de su escondite el muchacho y se reunió
-conmigo; se había escondido temeroso de que su maestro supiera quién
-me había llevado allí, pues no quería que los extraños descubrieran
-que era maestro de escuela.</p>
-
-<p>Pregunté al muchacho si él o sus padres conocían la Escritura y
-si la leían alguna vez; no pareció haberme entendido. Debo hacer
-notar que era un muchacho de unos quince años, muy despierto,
-con algunos<span class="pagenum" id="Page_65">[p. 65]</span>
-conocimientos de latín; sin embargo, no conocía la Escritura ni de
-nombre, y no tengo duda, por mis observaciones ulteriores, que cuando
-menos los dos tercios de sus compatriotas, no están en asunto de tal
-importancia mejor instruídos que él. En las puertas de las posadas
-lugareñas, en los hogares rústicos, en los campos donde trabajan,
-en las fuentes de piedra al borde de los caminos, donde abrevan
-sus ganados, he interrogado a la clase más humilde de los hijos
-de Portugal acerca de la Escritura, de la Biblia, del Viejo y del
-Nuevo Testamento, y ni una sola vez han sabido a qué me refería ni
-me han dado una respuesta racional, aunque en todas las demás cosas
-sus contestaciones fuesen bastante sensatas. Nada, en verdad, me
-sorprendió tanto como el desembarazo y soltura con que los campesinos
-portugueses sostienen una conversación, y la pureza del lenguaje
-en que expresan sus pensamientos, aunque muy pocos saben leer o
-escribir; mientras que los campesinos ingleses, cuya educación es,
-en general, muy superior, son en su conversación de una grosería
-y torpeza rayanas en la brutalidad, y cometen absurdas faltas
-gramaticales, aunque la lengua inglesa es, en conjunto, de estructura
-más sencilla que el portugués.</p>
-
-<p>Al regresar a Lisboa, encontré a nuestro amigo, que me
-recibió con mucha bondad. Los diez días siguientes fueron
-extraordinariamente<span class="pagenum" id="Page_66">[p. 66]</span>
-lluviosos, impidiéndome hacer excursiones
-por el país; durante ese tiempo vi con frecuencia a nuestro amigo,
-y examinamos con mucho detenimiento los mejores medios de difundir
-los Evangelios. En su opinión, no podíamos, por el momento, hacer
-cosa mejor que entregar parte de nuestras existencias de libros a los
-libreros de Lisboa, y emplear al mismo tiempo algunos repartidores
-que voceasen los libros por las calles concediéndoles cierta ganancia
-por cada ejemplar vendido. Aceptado este plan, fué puesto en práctica
-sin tardanza, y con éxito no del todo malo. Pensé enviar algunos
-repartidores a los pueblos inmediatos, pero nuestro amigo se opuso
-a ello. Consideraba peligroso el intento, porque los curas rurales,
-dueños aún de gran ascendiente en sus respectivas parroquias, y, en
-su mayoría, resueltamente contrarios a la difusión del Evangelio,
-podían muy bien ser causa de que maltrataran o asesinaran a nuestros
-emisarios.</p>
-
-<p>Resolví, sin embargo, antes de marcharme de Portugal, establecer
-depósitos de Biblias en una o dos ciudades principales de provincias.
-Deseaba yo visitar el Alemtejo, nombre que significa «más allá del
-Tajo», región muy atrasada según mis noticias. Esta provincia no es
-bella ni pintoresca, a diferencia de casi todas las demás partes
-de Portugal; hay en ella muy pocas colinas y<span class="pagenum"
-id="Page_67">[p. 67]</span> montañas. En su mayor parte se compone de
-páramos cortados por alcores, por sombrías cañadas y pinares enanos;
-la comarca está infestada de bandidos. La principal ciudad es Evora,
-de las más antiguas de Portugal, sede, en otro tiempo, de una rama
-de la Inquisición, todavía más cruel y mortífera que la terrible de
-Lisboa. Evora está a unas sesenta millas de Lisboa, y a Evora me
-resolví a ir, con veinte Testamentos y dos Biblias. Ahora se verá lo
-que allí me sucedió.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_68">[Pg 68]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO II</h2>
- <p class="subhang">
- Boteros del Tajo.— Peligros de la corriente.— Aldea Gallega.— La
- hostería.— Ladrones.— Sabocha.— Aventura de un arriero.— <i>Estalagem
- de ladrões.</i>— Don Gerónimo.— Vendas Novas.— Un Sitio Real.— Los
- cerdos del Alemtejo.— Monte Moro.— Un cabrero singular.— Los hijos de
- los campos.— Infieles y saduceos.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">E</span><span class="smcap">n
-la</span> tarde del 6 de diciembre salí para Evora en compañía de
-mi criado. El paso del río se hace en unas lanchas o faluchos, como
-les llaman, que prestan servicio regular. Me habían dicho que la
-corriente sería favorable a eso de las cuatro, pero al llegar a
-la orilla del Tajo, frente a Aldea Gallega, punto entre el cual y
-Lisboa circulan las lanchas, me encontré con que la corriente no
-les permitiría salir antes de las ocho de la noche. Si esperaba
-hasta esa hora, desembarcaría probablemente en Aldea Gallega hacia
-la media noche, y no tenía yo muchas ganas de hacer mi <i>entrée</i>
-en el Alemtejo a tales horas; por tanto, como vi varados allí
-algunos pequeños botes, que podían salir en<span class="pagenum"
-id="Page_69">[p. 69]</span> cualquier momento, resolví alquilar uno
-para la travesía, aunque el costo era mucho mayor. Pronto cerré trato
-con un muchacho de mirar selvático que se ofreció a tomarme a bordo
-de uno de aquellos botes, del que era copropietario, según dijo. No
-sabía yo lo peligroso que es cruzar el Tajo por su parte más ancha,
-precisamente desde enfrente de Aldea Gallega, en cualquier tiempo,
-pero sobre todo a la caída de la tarde en invierno; que a saberlo no
-me hubiera aventurado a tanto. El muchacho, y un camarada suyo de
-aspecto miserable, cuyo único vestido, a pesar de la estación, era
-un jubón y unos calzones andrajosos, remaron hasta llegar a media
-milla de la costa; entonces izaron una vela muy grande, y el muchacho
-que parecía ser el jefe y dirigirlo todo, empuñó el timón y se puso
-a gobernar el bote. La tarde comenzaba a oscurecer; el sol estaba
-ya cerca de la raya del horizonte; hacía mucho frío, y las olas del
-noble Tajo comenzaron a coronarse de espumas. Dije al botero que era
-casi imposible que el bote llevase tanta vela sin zozobrar, y al
-oírme, se echó a reír, y comenzó una charla de lo más incoherente.
-Su pronunciación era la más rápida y áspera que hasta entonces había
-observado en ningún ser humano; mezclábanse en ella alaridos de hiena
-con ladridos de perro, pero eso no era, en modo alguno, indicio de su
-condición natural, alegre y<span class="pagenum" id="Page_70">[p.
-70]</span> desenvuelta y sin asomos de mala intención, según vi muy
-pronto. Cuando, para demostrarle el poco caso que le hacía, me puse a
-cantar <i>Eu que sou contrabandista</i>, se echó a reír con toda su alma,
-y dándome palmadas en el hombro, me dijo que haría todo lo posible
-por no ahogarnos. Al otro pobrecillo no parecía repugnarle gran cosa
-irse a fondo; sentado en la proa del bote, semejaba la estatua del
-hambre, y cuando las olas, rompiendo por el lado del mar, le mojaban
-los escasos vestidos, sonreía. De allí a poco me convencí de que
-había llegado nuestra última hora; el viento era cada vez más fuerte,
-las olas más hirvientes, el bote se ponía con frecuencia de través,
-y el agua nos entraba a torrentes por sotavento. A pesar de todo,
-aquel mozo salvaje, sin soltar el timón, reía y parlaba, y a veces,
-berreaba un trozo de <i>Quando el rey chegou</i>, canción miguelista, que
-no se podía cantar en Lisboa sin ir a la cárcel.</p>
-
-<p>La corriente estaba en contra nuestra, pero el viento nos era
-favorable; emprendimos una carrera vertiginosa, y vi que nuestra
-única probabilidad de salvación estaba en doblar rápidamente el
-saliente de la margen del Tajo, donde comienza la ensenada o bahía
-en que se halla Aldea Gallega, porque entonces ya no tendríamos que
-luchar con las olas del río, encrespadas por el viento contrario.
-La voluntad del Todopoderoso<span class="pagenum" id="Page_71">[p.
-71]</span> nos permitió ganar prontamente aquel refugio, no sin que
-antes el bote se llenase casi por completo de agua, y nos caláramos
-hasta los huesos. A eso de las siete de la tarde atracamos en Aldea
-Gallega, tiritando de frío, y en un estado lamentable.</p>
-
-<p>Esas dos palabras españolas: Aldea Gallega, son el nombre de un
-pueblo que podrá tener unos cuatro mil habitantes. Era noche cerrada
-cuando desembarcamos. A poco, comenzaron a volar cohetes aquí y
-allá, iluminando el espacio en todas direcciones. Cuando íbamos
-por la calle sucia y desempedrada que conduce al <i>largo</i> o plaza,
-un estruendo horrible de tambores y gritos nos atronó los oídos.
-Pregunté la causa de tanto bullicio, y me dijeron que era la víspera
-de la concepción de la Virgen.</p>
-
-<p>Como no era costumbre de los posaderos proveer al sustento de
-sus huéspedes, vagué por las calles en busca de provisiones; al
-cabo, viendo a unos soldados que comían y bebían en una especie de
-taberna, entré y pedí al dueño que me proporcionase algo de cena, y
-sin tardanza me satisfizo, no del todo mal, aunque cobrándolo a buen
-precio.</p>
-
-<p>Me acosté temprano, porque las mulas que había contratado para
-llevarnos a Evora, vendrían a buscarnos a las cinco de la mañana
-siguiente. Mi criado dormía en la misma habitación, única disponible
-en la posada. No pude pegar los ojos en toda<span class="pagenum"
-id="Page_72">[p. 72]</span> la noche. Teníamos debajo una cuadra,
-en la cual dormían varios <i>almocreves</i> o carreteros con sus mulas.
-Detrás de nosotros, en el corral, había una pocilga. ¿Cómo dormir?
-Los cerdos gruñían, resoplaban las mulas, y los <i>almocreves</i> roncaban
-de un modo horrible. Oí dar las horas en el reloj del pueblo hasta
-media noche, y desde media noche hasta las cuatro, hora en que me
-levanté y comencé a vestirme, enviando a mi criado a dar prisa al
-hombre de las mulas, porque estaba harto de la posada y deseaba
-marcharme cuanto antes. Un viejo huesudo y fuerte, acompañado de
-un muchacho descalzo, llegó con las bestias, que eran bastante
-regulares. El viejo, dueño de las mulas, y tío del muchacho, venía
-dispuesto a acompañarnos hasta Evora.</p>
-
-<p>Cuando salimos, la luna brillaba esplendorosa, y el frío de la
-mañana era penetrante. Tomamos un camino hondo y arenoso, al salir
-del cual pasamos ante un vasto edificio, de extraño aspecto, situado
-en una desamparada colina arenosa, a nuestra izquierda. Cinco o
-seis hombres a caballo, que marchaban a buen paso, nos dieron
-rápidamente alcance. Todos llevaban largas escopetas colgadas del
-arzón, y la boca de los cañones asomaba como a dos pies por debajo
-de la panza de los caballos. Pregunté al viejo la razón de aquel
-aparato guerrero. Respondióme que los caminos estaban muy<span
-class="pagenum" id="Page_73">[p. 73]</span> malos (quería decir que
-abundaban los ladrones) y que aquellos hombres iban armados así para
-su defensa; muy poco después torcieron a la izquierda, en dirección
-de Palmella.</p>
-
-<p>Entramos en una planicie arenosa, salpicada de pinos enanos; el
-camino era poco más que un sendero, y conforme avanzamos, los árboles
-fueron espesándose hasta formar un bosque, que se extendía unas dos
-leguas, con espacios claros, donde pastaban rebaños de cabras y
-ovejas; las cencerrillas que llevaban colgadas del cuello sonaban con
-un tintineo apagado y monótono. El sol estaba empezando a salir, pero
-la mañana era triste y nublada, y esto, unido al desolado aspecto
-de la comarca, causaba en mi ánimo una impresión desagradable. Eché
-pie a tierra y anduve un poco, trabando conversación con el viejo.
-Al parecer, no sabía hablar más que de «los ladrones» y de las
-atrocidades que tenían por costumbre cometer en los mismos sitios
-por donde íbamos pasando. Las historias que contaba eran, en verdad,
-horribles, y por no oírlas, monté de nuevo y me adelanté un buen
-trecho.</p>
-
-<p>Al cabo de hora y media salimos del bosque a un terreno quebrado,
-yermo y bravío, cubierto de <i>mato</i>, o matorrales. Las mulas
-detuviéronse a beber en un charco de poca hondura; y al mirar a la
-derecha, vi las<span class="pagenum" id="Page_74">[p. 74]</span>
-ruinas de una pared. Aquello era, según me dijo el guía, lo que
-quedaba de <i>Vendas Velhas</i>, o Ventas Viejas, antigua guarida de
-Sabocha, ladrón famoso. Parece que el tal Sabocha tuvo a sus órdenes,
-unos diez y seis años antes, una partida de cuarenta bandoleros, que
-infestaban aquellos despoblados y vivían del robo. Durante mucho
-tiempo, el ventero Sabocha ejerció su atroz oficio sin infundir
-sospechas, y muchos infelices viajeros fueron asesinados en el
-silencio de la noche dentro de la venta solitaria regentada por él en
-aquel bosque; nunca he visto, en verdad, situación más a propósito
-para robar y matar. La cuadrilla tenía la costumbre de abrevar
-sus caballos en aquel charco, y quizás allí se lavaban las manos
-manchadas con la sangre de sus víctimas. El segundo de la cuadrilla
-era hermano de Sabocha, tipo fortísimo y feroz, famoso sobre todo
-por su destreza en tirar el cuchillo, con el que solía atravesar a
-sus enemigos. Al fin se descubrió la connivencia de Sabocha y de
-los bandidos, y el ventero huyó con la mayor parte de sus socios,
-cruzando el Tajo para refugiarse en las provincias del Norte; en un
-encuentro fortuito con la fuerza pública, en el camino de Coimbra,
-Sabocha y toda su cuadrilla perdieron la vida. Su casa fué arrasada
-por orden del Gobierno.</p>
-
-<p>Los ladrones frecuentan todavía esas<span class="pagenum"
-id="Page_75">[p. 75]</span> ruinas, y en ellas comen y beben, en
-acecho de una presa, porque el sitio domina un buen trozo del
-camino. El viejo me aseguró que, unos dos meses antes, al volver
-a Aldea Gallega con sus mulas de acompañar a unos viajeros, le
-había derribado, desnudado y robado un individuo que, a su parecer,
-salió de aquel nido de asesinos. Díjome que el agresor era joven y
-de fuerza extraordinaria, con inmensos bigotes y patillas, armado
-con una <i>espingarda</i> o mosquete. Unos diez días más tarde vió al
-ladrón en Vendas Novas, en donde nosotros íbamos a pasar la noche.
-El individuo, al reconocer a su víctima, le llevó aparte, y con
-horrendas imprecaciones le intimó que no volvería a ver más su casa
-si intentaba delatarle; el viejo se estuvo en paz, porque tenía muy
-poco que ganar y sí mucho que perder haciendo que prendieran al
-ladrón, ya que no hubieran tardado en soltarlo por falta de pruebas,
-y entonces era inevitable su venganza si no se adelantaban sus
-compañeros a tomarla.</p>
-
-<p>Me apeé y fuí hasta las ruinas, donde vi los restos de una hoguera
-y una botella rota. Los hijos del robo habían pasado por allí muy
-poco antes. Dejé un ejemplar del <i>Nuevo Testamento</i> y algunos
-folletos, y partimos apresuradamente.</p>
-
-<p>El sol había disipado las nieblas y empezaba a calentar mucho.
-Llevaríamos<span class="pagenum" id="Page_76">[p. 76]</span>
-próximamente otra hora de camino, cuando sonó un relincho a nuestra
-espalda, y el guía nos dijo que venía un grupo de hombres a caballo;
-como nuestras mulas andaban a buen paso, tardaron lo menos veinte
-minutos en alcanzarnos. El jinete que rompía la marcha era un
-caballero vestido con elegante traje de camino; un poco detrás
-seguían un oficial, dos soldados y un mozo de librea. Oí al caballero
-que parecía principal, preguntar a mi criado, al emparejarse con
-él, quién era yo, y si francés o inglés. Le dijo que un caballero
-inglés, de viaje. Preguntó entonces si entendía el portugués, y el
-criado respondió qué sí, pero que, a su parecer, hablaba yo mejor el
-italiano y el francés. El caballero espoleó el caballo y me abordó,
-pero no en portugués, francés ni italiano, sino en el inglés más puro
-que he oído hablar a un extranjero; no había en su pronunciación
-ni el más leve acento extranjero, y, a no haber conocido en su
-rostro que mi interlocutor no era inglés (como todos saben, hay en
-el semblante de un inglés una particularidad indescriptible que le
-delata), hubiera creído que se trataba de un compatriota. Continuamos
-juntos departiendo hasta llegar a Pegões.</p>
-
-<p>Pegões se compone de dos o tres casas y de una posada; hay,
-además, una especie de barraca donde se alberga media docena de
-soldados. No hay en todo Portugal un sitio<span class="pagenum"
-id="Page_77">[p. 77]</span> de peor fama que éste, y la posada lleva
-el apodo de <i>Estalagem de Ladrões</i> o sea, hostería de ladrones;
-porque los bandidos que campan por los despoblados que se extienden
-a varias leguas a la redonda, tienen la costumbre de venir a esta
-posada a gastar el dinero y demás productos de su criminal oficio;
-allí cantan y bailan, comen conejo guisado y aceitunas, y beben el
-vino espeso y fuerte del Alemtejo. Una enorme fogata, alimentada por
-el tronco de un alcornoque, ardía en un fogón bajo, a la izquierda
-de la entrada de la espaciosa cocina. Arrimadas al fuego cocían
-varias ollas, cuyo apetitoso olor me recordó que aún no me había
-desayunado, a pesar de ser cerca de la una y de haber hecho a caballo
-cinco leguas. Varios hombres, de aspecto siniestro, que si no eran
-bandidos, fácilmente podían ser tomados por tales, estaban sentados
-en unos leños al amor de la lumbre. Híceles algunas preguntas
-indiferentes, a las que contestaron con desembarazo y cortesía, y
-uno de ellos, que dijo saber de letra, aceptó un folleto que le
-ofrecí.</p>
-
-<p>Mi nuevo amigo, después de encargar la comida, o más bien
-almuerzo, me invitó con gran amabilidad a participar en él, y, al
-mismo tiempo, me presentó a su acompañante el oficial, hermano
-suyo, que también hablaba inglés, pero con menos perfección. Mi
-amigo resultó ser don Jerónimo José de<span class="pagenum"
-id="Page_78">[p. 78]</span> Azveto, secretario del Gobierno en
-Evora; su hermano pertenecía a un regimiento de húsares que tenía el
-cuartel general en aquella ciudad, pero con patrullas destacadas a lo
-largo del camino, por ejemplo, en el lugar donde nos encontrábamos
-detenidos.</p>
-
-<p>En Pegões, el principal artículo de comer parece que son los
-conejos, muy abundantes en los páramos de las cercanías. Comimos
-uno frito, con una pringue deliciosa, y luego otro asado, que nos
-sirvieron entero en una fuente; la posadera, después de lavarse las
-manos, lo partió, y luego vertió sobre los pedazos una salsa sabrosa.
-Comí con mucho gusto de ambos platos, sobre todo del último, quizás
-por la curiosa y para mí nueva manera de aderezarlo. Con unos higos
-de los Algarves, excelentes, y unas manzanas, concluyó nuestra
-comida; pero el cuartito reservado en que comimos era de suelo
-cenagoso, y su frialdad me penetró de modo que ni de los manjares ni
-de la agradable compañía pude sacar todo el placer que en otro caso
-hubiera tenido.</p>
-
-<p>Don Jerónimo se había educado en Inglaterra, país en que
-transcurrió su infancia, lo cual explicaba en mucha parte su
-dominio de la lengua inglesa, que únicamente se puede aprender bien
-residiendo en el país durante aquella etapa de la vida. Había,
-además, huído a Inglaterra poco después de la usurpación del Trono de
-Portugal por don<span class="pagenum" id="Page_79">[p. 79]</span>
-Miguel, y desde allí fué al Brasil, donde se consagró al servicio de
-don Pedro, y le acompañó en la expedición que terminó por la caída
-del usurpador y el establecimiento del Gobierno constitucional en
-Portugal. Nuestra conversación versó sobre literatura y política,
-y mi conocimiento de las obras de los escritores más famosos de
-Portugal fué acogido con sorpresa y contento; nada tan halagüeño
-para un portugués como observar que un extranjero se interesa por su
-literatura nacional, de la que, en muchos respectos, se enorgullece
-con justicia.</p>
-
-<p>A eso de las dos cabalgamos de nuevo y proseguimos juntos nuestro
-camino a través de un país exactamente igual al que habíamos
-atravesado antes, áspero y quebrado, con grupos de pinos aquí y allá.
-La tarde era muy despejada, y los brillantes rayos del sol realzaban
-la desolación del paisaje. Habríamos avanzado dos leguas, cuando
-percibimos en lontananza un gran edificio, de majestuosa apariencia,
-que era, según me dijeron, un palacio real situado al otro extremo de
-Vendas Novas, pueblo donde íbamos a pernoctar; aún nos faltaba más de
-una legua para llegar a él, pero a través de la clara y transparente
-atmósfera de Portugal, parecía mucho más próximo.</p>
-
-<p>Antes de llegar a Vendas Novas pasamos junto a una cruz de piedra,
-en cuyo pedestal había cierta inscripción conmemorativa<span
-class="pagenum" id="Page_80">[p. 80]</span> de un asesinato horrible
-cometido en aquel lugar en la persona de un lisboeta; la cruz
-parecía ya antigua y estaba cubierta de musgo; la inscripción era,
-en su mayor parte, ilegible, al menos para mí, que no podía gastar
-mucho tiempo en descifrarla. Llegados a Vendas Novas y encargada la
-cena, mi nuevo amigo y yo fuimos dando un paseo a ver el palacio.
-Fué edificado por el difunto rey de Portugal, y su aspecto exterior
-es poco notable. El edificio, largo y con dos alas, consta de dos
-pisos tan sólo, aunque parece mucho más alto por estar situado en
-una elevación del terreno; tiene quince ventanas en el piso alto y
-doce en el bajo, con una puerta mezquina, algo así como la puerta
-de un granero, a la que se llega por un solo peldaño. El interior
-corresponde al exterior, y no hay en él nada interesante para el
-curioso, excepto las cocinas, magníficas en verdad, y tan grandes,
-que puede condimentarse en ellas al mismo tiempo comida suficiente
-para todos los habitantes del Alemtejo.</p>
-
-<p>Pasé la noche con toda comodidad en una cama limpia, lejos de
-todos aquellos ruidos tan frecuentes en las posadas portuguesas,
-y a las seis de la mañana del siguiente día continuamos el viaje,
-que esperábamos terminar antes de ponerse el sol, porque Evora sólo
-dista diez leguas de Vendas Novas. Si la mañana anterior había sido
-fría,<span class="pagenum" id="Page_81">[p. 81]</span> ésta lo era
-mucho más, tanto que, poco antes de salir el sol, no pude resistir
-más a caballo, y, echando pie a tierra, corrí y anduve hasta llegar
-a unas casuchas en el límite de los desolados páramos. En una de
-aquellas casas se encontraron los emisarios de don Pedro y los de don
-Miguel, y allí se concertó la renuncia de este último a la corona
-en favor de doña María de la Gloria; Evora fué el postrer reducto
-del usurpador, y las parameras del Alemtejo el último teatro de las
-luchas que tanto tiempo agitaron al infortunado Portugal. Contemplé,
-pues, con mucho interés aquellas miserables chozas, y no dejé de
-esparcir por los contornos algunos de los preciosos folletitos que,
-con una corta cantidad de <i>Testamentos</i>, llevaba en mi saco de
-noche.</p>
-
-<p>El paisaje comenzó desde allí a mejorar; dejamos atrás los
-agrestes matorrales y atravesamos colinas y valles cubiertos de
-alcornoques y de <i>azinheiras</i>, las cuales producen bellotas dulces
-o <i>bolotas</i>, tan agradables como las castañas, y principal alimento
-en invierno de los numerosos cerdos que cría el Alemtejo. Los cerdos
-son muy hermosos: de patas cortas, corpulentos, de color negro o
-rojo oscuro; de la excelencia de su carne puedo dar testimonio,
-porque muchas veces la he saboreado con deleite en mis viajes por
-esta provincia; el <i>lombo</i>, o lomo, asado en el rescoldo, es<span
-class="pagenum" id="Page_82">[p. 82]</span> delicioso, especialmente
-comiéndolo con aceitunas.</p>
-
-<p>Nos hallábamos a la vista de Monto Moro, que, como su nombre
-indica, fué en otro tiempo una fortaleza de los moros. Es una
-colina alta y escarpada, en cuyas cúspide y vertiente yacen muros y
-torreones en ruinas. Por el lado de Poniente, en un profundo barranco
-o valle, corre un delgado arroyo, cruzado por un puente de piedra;
-más abajo hay un vado, que atravesamos para subir a la ciudad, la
-cual comienza casi al pie de la montaña, por el Norte, y va faldeando
-hacia el Noreste. La ciudad es sumamente pintoresca, con muchas casas
-antiquísimas, construídas a la manera morisca. Tenía grandes deseos
-de examinar los restos de la fortaleza mora en la parte alta del
-monte; pero el tiempo urgía, y la brevedad de nuestra estada en el
-lugar no me consintió satisfacer ese gusto.</p>
-
-<p>Monte Moro es cabeza de una cadena de colinas que cruza esta parte
-del Alemtejo, y que aquí se bifurca hacia el Este y el Sureste; en la
-primera dirección está el camino directo a Elvas, Badajoz y Madrid;
-en la segunda, el camino a Evora. La tercera montaña de la cadena
-que bordea el camino de Elvas es muy hermosa. Se llama Monte Almo;
-hállase cubierta de alcornoques hasta la cima, y un arroyo rumoroso
-corre al pie. Bajo los rayos gloriosos del sol, brillaban las<span
-class="pagenum" id="Page_83">[p. 83]</span> verdes praderas, donde
-pacían rebaños de cabras, haciendo sonar alegremente sus campanillas.
-El <i>tout ensemble</i> semejaba un lugar encantado. Para que nada faltase
-en el cuadro, encontré debajo de una <i>azinheira</i> a un hombre, un
-cabrero, cuyo aspecto me hizo recordar al pastor salvaje mencionado
-en cierta balada danesa.</p>
-
-<p>«Sobre sus hombros tenía un jabalí—en su seno dormía un oso negro,
-etc.»</p>
-
-<p>El cabrero tenía en un hombro un animal, que, según me dijo, era
-una <i>lontra</i>, o nutria, acabada de cazar en el arroyo inmediato;
-una cuerda, atada por un extremo al brazo del cazador, la rodeaba
-el cuello. A su izquierda había un saco, por cuya boca asomaban las
-cabezas de dos o tres animales bastante extraños; a su derecha se
-agazapaba un lobezno gruñón que estaba domesticando. Todo su aspecto
-era de lo más salvaje y fiero. Tras unas pocas palabras, como las que
-generalmente suelen cambiar los que se encuentran en un camino, le
-pregunté si sabía leer, y no me contestó. Traté entonces de averiguar
-si tenía alguna idea de Dios o de Jesucristo, y mirándome fijamente
-al rostro por un momento, se volvió luego hacia el sol, ya próximo
-al ocaso, hízole una reverencia, y de nuevo clavó en mí su mirada.
-Creo que entendí bien esta muda respuesta, la cual significaba,
-probablemente, que Dios era el autor de<span class="pagenum"
-id="Page_84">[p. 84]</span> aquella gloriosa luz que alumbra y
-alegra toda la creación. Satisfecho con esta creencia, le dejé, y
-me apresuré a dar alcance a mis compañeros, que me habían tomado
-considerable delantera.</p>
-
-<p>Siempre he encontrado en el ánimo de campesinos más determinada
-inclinación a la religión y a la piedad que en los habitantes de
-las ciudades y villas; la razón es obvia: aquéllos están menos
-familiarizados con las obras de los hombres que con las de Dios; sus
-ocupaciones, además, son sencillas, no requieren tanta habilidad
-o destreza como las que atraen la atención del otro grupo de sus
-semejantes, y son, por tanto, menos favorables para engendrar la
-presunción y la suficiencia propia, tan radicalmente distintas de
-la humildad de espíritu, fundamento verdadero de la piedad. Los
-que se burlan de la religión y la escarnecen, no salen de entre
-sencillos hijos de la naturaleza; son más bien la excrecencia de
-un refinamiento recargado, y aunque su influjo pernicioso llega
-ciertamente a los campos, y corrompe en ellos a muchos hombres, la
-fuente y el origen del mal está en los grandes centros, donde la
-población se apiña y donde la naturaleza es casi desconocida. No
-soy de los que van a buscar la perfección humana en la población
-rural de ningún país; la perfección no existe en hijos del pecado,
-dondequiera que residan; pero mientras el<span class="pagenum"
-id="Page_85">[p. 85]</span> corazón no se corrompe, hay esperanza
-para el alma, porque hasta Simón Mago se convirtió. Pero una vez que
-la incredulidad endurece el corazón, y la prudencia según la carne
-refuerza la incredulidad, hace falta para ablandarlo que la gracia
-de Dios se manifieste con exuberancia desusada, porque en el libro
-sagrado leemos que el fariseo y el mago llegaron a ser receptáculos
-de gracia; pero en ninguna parte se menciona la conversión del burlón
-Saduceo; ¿y qué otra cosa es un incrédulo moderno más que un Saduceo
-de última hora?</p>
-
-<p>La noche cerró antes que llegásemos a Evora, y después de
-despedirme de mis amigos, que amablemente me ofrecieron su casa, me
-dirigí con mi criado al <i>Largo de San Francisco</i>, donde, según dijo
-el arriero, estaba la mejor hostería de la ciudad. Entramos a caballo
-en la cocina, a continuación de la cual estaba la cuadra, como es uso
-en Portugal. Gobernaban la casa una vieja que parecía gitana, y su
-hija, muchacha de unos diez y ocho años, hermosa y fresca como una
-flor. La casa era grande. En el piso alto había un vasto aposento,
-a modo de granero, que ocupaba casi toda la longitud del edificio;
-en el extremo había una divisoria para formar una alcoba de regular
-comodidad, pero muy fría; el piso era de baldosa, como el de la
-espaciosa sala contigua, donde los arrieros solían dormir en las
-mantas y<span class="pagenum" id="Page_86">[p. 86]</span> enjalmas
-de sus malas. Después de cenar me acosté, y luego de ofrecer mis
-devociones a Aquel que me había protegido en un viaje tan peligroso,
-me dormí profundamente hasta el otro día<a id="FNanchor_29"
-href="#Footnote_29" class="fnanchor">[29]</a>.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_87">[Pg 87]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO III</h2>
- <p class="subhang">
- Un comerciante de Evora.— Contrabandistas españoles.— El león y el
- unicornio.— La fuente.— Confianza en el Todopoderoso.— Reparto de
- folletos.— La librería en Evora.— Un manuscrito. La Biblia como
- guía.— La infame María.— El hombre de Palmella.— El conjuro.— El
- régimen frailuno.— Domingo.— Volney.— Un auto de fe.— Hombres de
- España.— Lectura de un folleto.— Nuevos viajeros.— La mata de romero.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">E</span><span class="smcap">vora</span>
-es una pequeña ciudad murada, pero sin un sistema defensivo, y no
-resistiría un sitio de veinticuatro horas. Tiene cinco puertas;
-delante de la del Suroeste se halla el paseo principal, donde
-también se celebra una feria el día de San Juan. Las casas son, en
-general, muy antiguas, y muchas están vacías. Cuenta unos cinco
-mil habitantes; pero con sobrada capacidad para doble número de
-gente. Los dos edificios principales son la Seo, o catedral, y el
-convento de San Francisco, en la misma plaza en que, frente a él,
-se hallaba mi <i>posada</i>. A mano derecha, entrando por la puerta del
-Suroeste,<span class="pagenum" id="Page_88">[p. 88]</span> hay
-un cuartel de caballería. Por el Sureste, a unas seis leguas de
-distancia, descúbrese una cadena de montañas azules; la más alta,
-llamada <i>Serra Dorso</i>, pintoresca, bella, alberga en sus escondrijos
-muchos lobos y jabalíes. Como a legua y media más allá de esa
-montaña, está Estremoz.</p>
-
-<p>El día siguiente a mi llegada lo empleé principalmente en visitar
-la ciudad y sus cercanías, y al vagar de un lado para otro, trabé
-conversación con diversas personas. Algunas eran de la clase media,
-comerciantes o artesanos, y todos constitucionalistas, o se llamaban
-tales; pero tenían muy pocas cosas que decir, salvo unos cuantos
-lugares comunes acerca de la vida de frailes, de su hipocresía y
-holgazanería. Quise obtener noticias respecto del estado de la
-instrucción en la localidad, y de sus respuestas deduje que el nivel
-debía de estar muy bajo, porque, al parecer, no había escuelas
-ni librerías. Si les hablaba de religión, mostraban grandísima
-indiferencia por el asunto, y, haciéndome una cortés inclinación de
-cabeza, se marchaban lo antes posible.</p>
-
-<p>Fuí a ver a un comerciante para quien llevaba yo una carta de
-presentación, y se la entregué en su tienda, donde le encontré
-detrás del mostrador. En el curso de nuestra conversación averigüé
-que le habían perseguido mucho durante el antiguo régimen,<span
-class="pagenum" id="Page_89">[p. 89]</span> al que profesaba aversión
-sincera. Díjele que la ignorancia del pueblo en materia de religión
-había sido el sostén del antiguo régimen, y que el mejor modo de
-impedir su retorno sería llevar la luz a todos los espíritus.
-Añadí que había llevado a Evora un pequeño repuesto de Biblias y
-Testamentos, y deseaba entregárselos a un comerciante respetable
-para su venta, y que si él deseaba contribuir a extirpar las raíces
-de la superstición y de la tiranía, no podía hacer cosa mejor que
-encargarse de tales libros. Se declaró dispuesto a ello, y me fuí,
-determinado a entregarle la mitad de los que tenía. Volví a mi posada
-y me senté en un leño, debajo de la inmensa campana de la chimenea de
-la sala común; dos hombres de rostro huraño estaban arrodillados en
-el suelo. Tenían ante sí un buen montón de objetos de hierro viejo,
-latón y cobre, que iban clasificando, y colocábanlos después en
-sacos. Eran contrabandistas españoles de ínfima categoría, y ganaban
-miserablemente su vida llevando de matute tales desechos desde
-Portugal a España. No hablaban ni una palabra, y cuando me dirigí a
-ellos en su lengua natal, me contestaron con una especie de gruñido.
-Estaban tan sucios y mohosos como el hierro en que traficaban; en la
-cuadra del piso bajo tenían cuatro miserables borriquillos.</p>
-
-<p>La posadera y su hija me trataban con<span class="pagenum"
-id="Page_90">[p. 90]</span> amabilidad extremada, y por adularme me
-hicieron algunas preguntas respecto de Inglaterra. Un hombre con
-traje algo parecido al de los marineros ingleses, sentado frente a
-mí debajo de la campana, dijo: «Yo aborrezco a los ingleses porque
-no están bautizados y son gente sin ley.» Se refería a la ley de
-Dios. Me eché a reír y le dije que, según la ley inglesa, a nadie
-sin bautizar podía dársele sepultura en tierra sagrada; a lo cual
-repuso: «Entonces sois más rigurosos que nosotros.» Luego, añadió:
-«¿Qué significan el león y el unicornio que vi el otro día en un
-escudo a la puerta del cónsul inglés en Setubal?» Respondí que eran
-las armas de Inglaterra. «Sí; pero ¿qué representan?» Dije que no
-lo sabía. «Entonces—replicó—, no conoce usted los secretos de su
-propio país.» A lo cual: «Supóngase—le contesté—, que le dijese a
-usted que representan el león de Bethlehem y la bestia cornuda de
-abismos ardientes, luchando por el predominio en Inglaterra, ¿qué
-diría?» «Diría—repuso—, que me daba usted una respuesta perfecta.»
-Aquel hombre y yo llegamos a ser grandes amigos. Venía de Palmella,
-no lejos de Setubal; llevaba unos cuantos caballos y mulas, y era
-tratante en cebada y trigo. De nuevo volví a pasearme y a vagar por
-los alrededores de la ciudad.</p>
-
-<p>Como a media milla de las murallas, por el lado Sur, hay una
-fuente de piedra,<span class="pagenum" id="Page_91">[p. 91]</span>
-donde los arrieros y demás gentes que acuden a la ciudad, acostumbran
-a dar agua a sus bestias. Allí me estaba sentado unas dos horas,
-hablando con todo el que hacía alto en la fuente. Hago notar
-que durante mi estancia en Evora repetí a diario esta visita,
-deteniéndome en ella el mismo tiempo; gracias a este plan, creo
-que hablé, por lo menos, con unos doscientos portugueses acerca de
-asuntos tocantes a su salvación eterna. Descubrí que muy pocos de
-aquellos a quienes hablé habían recibido educación literaria, ninguno
-había leído la Biblia, no más de media docena tenían una ligerísima
-noticia de lo que son los libros santos. Casi todos eran fanáticos
-papistas y miguelistas de corazón. Por tanto, cuando me decían que
-eran cristianos, negábales yo la posibilidad de que lo fueran, pues
-ignoraban a Cristo y sus mandamientos, y ponían la esperanza de su
-salvación en reglas externas y prácticas supersticiosas inventadas
-por Satanás para mantenerlos en tinieblas y que al cabo cayesen en el
-abismo que les tenía preparado. Díjeles muchas veces que el Papa, a
-quien reverenciaban, era un insigne impostor y el principal ministro
-de Satanás en la tierra, y que los frailes y monjes, cuya ausencia
-lamentaban, a quienes estaban acostumbrados a confesar sus pecados,
-eran agentes subalternos suyos. Cuando me pedían pruebas, aducía
-invariablemente la<span class="pagenum" id="Page_92">[p. 92]</span>
-ignorancia de mis oyentes respecto de las Escrituras, y decía que si
-sus guías espirituales hubiesen realmente sido ministros del Señor,
-no hubieran dejado a sus rebaños ignorar su palabra.</p>
-
-<p>Desde entonces acá, me ha sorprendido muchas veces el no recibir
-insultos ni malos tratos de la gente cuya superstición atacaba
-yo de ese modo; en verdad, nada malo me sucedió, y me inclino a
-creer que la extremada audacia que yo desplegaba, confiado en la
-protección del Todopoderoso, puede haber sido la causa de ello. Lo
-mejor frente al peligro es mirarlo cara a cara, y así generalmente se
-desvanece como las nieblas de la mañana a la luz del sol; mientras
-que, desanimándose, el peligro se hace de fijo mayor. Abrigo la viva
-esperanza de que mis palabras llegaron muy adentro en el corazón
-de algunos de mis oyentes, porque vi a muchos de ellos marcharse
-abstraídos y pensativos. En ocasiones repartía entre estas gentes
-algunos folletos, pues aunque fuesen incapaces de sacar de ellos
-personalmente gran provecho, pensé que servirían de instrumento para
-que en lo futuro cayeran en otras manos y alguien los utilizara para
-su salvación. ¡Cuánto libro abandonado a las olas aborda a remotas
-playas, y allí sirve de bendición y consuelo a millones de gentes que
-ignoran su procedencia!</p>
-
-<p>Al siguiente día, viernes, fuí a visitar en<span class="pagenum"
-id="Page_93">[p. 93]</span> su casa a mi amigo don Jerónimo Azveto.
-No le encontré, pero me dijeron que le buscase en la Seo, o palacio
-episcopal, en uno de cuyos aposentos le hallé, en efecto, escribiendo
-con otro señor, a quien me presentó; era el gobernador de Evora, que
-me recibió con toda bondad y cortesía. Después de hablar un rato
-salimos juntos a visitar un edificio antiguo, del que se decía que en
-tiempos pasados fué templo de Diana. Parte de él era evidentemente
-de construcción romana; no había lugar a error ante las bellas y
-elegantes columnas que sostenían la cúpula, bajo la que probablemente
-se cumplían sacrificios a la divinidad más poética y atrayente de
-los gentiles; pero los antiguos intercolumnios habían sido macizados
-en tiempos modernos, y el resto del edificio parecía ser de fines de
-la Edad Media. Estaba situado en un extremo de la antigua casa de la
-Inquisición, y fué residencia del obispo antes de construirse la Seo
-actual.</p>
-
-<p>Dentro de la Seo, donde vive ahora el gobernador, hay una
-magnífica biblioteca, que ocupa una inmensa pieza abovedada, como la
-nave de una catedral; en un aposento contiguo hay una colección de
-cuadros de autores portugueses, principalmente retratos, entre los
-que se halla el de don Sebastián. Quiero creer que el pintor no le
-hizo justicia, porque le representó en figura de un tosco mancebo
-como de diez y ocho años,<span class="pagenum" id="Page_94">[p.
-94]</span> abotagado y bobo, con ojos saltones, y una golilla en
-torno del cuello corto y apoplético.</p>
-
-<p>Me enseñaron varios misales con bellas miniaturas, y otros
-manuscritos, uno de cuales atrajo sobre todo mi atención, por motivos
-que se adivinan con sólo decir que su título era:</p>
-
-<blockquote class="lhplus">
-<p>«<i>Forma sive ordinatio Capelle ilustrissimi et xianissimi
-principis Henrici Sexti Regis Anglie et Francie am <span
-class="macron">dm</span> Hibernie descripta serenissi<span
-class="macron">o</span> principi Alfonso Regi Portugalie illustri
-per humilen servitoren <span class="macron">sm</span> Willm. Sav.
-Decan<span class="macron">u</span> capelle supradicte.</i>»</p>
-</blockquote>
-
-
-<p>¡Me pareció oír la voz de mi amada tierra natal en los tiempos
-pasados! La biblioteca y la colección de cuadros las formó uno de los
-últimos obispos, varón muy ilustrado y piadoso.</p>
-
-<p>Por la noche cené con don Jerónimo y su hermano; éste nos dejó en
-seguida para cumplir sus deberes de militar. Mi amigo y yo hablamos
-con detenimiento de cosas importantes. Empezó lamentándose de la
-ignorancia en que estaban sumidos sus conterráneos, y me dijo que
-tanto él como su amigo el gobernador se proponían establecer un
-colegio en aquellos contornos, habiéndose dirigido al Gobierno en
-demanda de autorización para utilizar un convento vacío, llamado el
-<i>Espinheiro</i>, o el espino, distante una legua de allí, y esperaban
-ver aceptada su propuesta. Ya le había yo dicho a don<span
-class="pagenum" id="Page_95">[p. 95]</span> Jerónimo mi calidad y
-mis propósitos; y al manifestarle ahora mi contento por los planes
-que abrigaba, le rogué con las más vivas instancias que usase de su
-valimiento para que la educación dada a los muchachos tuviera por
-base el conocimiento de las Escrituras, y añadí que la mitad de las
-Biblias y Testamentos llevados por mí a Evora la ponía gustoso a
-su disposición. Al instante me tendió la mano, y aceptó mi oferta
-con gran placer, prometiéndose hacer cuanto pudiera en pro de mis
-intenciones, también suyas en muchos respectos. Entonces añadí que
-yo no había ido a Portugal con la idea de propagar los dogmas de
-una secta particular, sino con la esperanza de difundir la Biblia,
-manantial de cuanto es útil y conducente al bien de la sociedad;
-que no me importaba lo que la gente profesara, con tal que tuviese
-por guía la Biblia, porque allí donde se leen las Escrituras, ni la
-superchería clerical ni la tiranía duran mucho; aduje como ejemplo
-mi propio país, cuya libertad y prosperidad se deben a la Biblia, y
-donde cabalmente el último perseguidor del libro, la sanguinaria e
-infame María Tudor, fué también el último tirano que se sentó en el
-trono. Me separé de mi amigo ya muy entrada la noche, y a la mañana
-siguiente le envié los libros, en la firme y confiada esperanza de
-que una aurora radiante y gloriosa iba a disipar las lúgubres sombras
-de la<span class="pagenum" id="Page_96">[p. 96]</span> noche que
-durante tanto tiempo habían envuelto al Alemtejo.</p>
-
-<p>Al siguiente día de este interesante suceso, sábado, hablé de
-nuevo con el hombre de Palmella. Le pregunté si nunca en sus viajes
-le habían atacado los ladrones; me respondió que no, pues, en
-general, viajaba acompañado. «Sin embargo—añadió—cuando viajo solo
-tampoco tengo miedo, porque voy bien protegido.» Supuse que llevaría
-buenas armas, y así se lo dije. «No más arma que esta»—repuso,
-mostrándome uno de esos enormes cuchillos de manufactura inglesa, de
-que suelen estar provistos los campesinos portugueses. Esos cuchillos
-se emplean para muchos usos, y me parecen un arma bastante más eficaz
-que el puñal. «Pero no es este cuchillo—continuó el hombre—lo que
-me da más confianza.» «¿Pues qué es?» «Esto—contestó, y extrajo del
-seno un escapulario que llevaba colgado del cuello con un cordón de
-seda—. Aquí llevo una <i>oraçam</i>, o plegaria, escrita por una persona
-de virtud, y mientras no se aparte de mí no me ocurrirá nada.» Como
-la curiosidad es el principal rasgo de mi carácter, dije al momento
-al hombre aquel, con gran calor, que si me dejaba leer la oración me
-proporcionaría un placer vivísimo. «Bueno—contestó—; somos amigos,
-y voy a hacer por usted lo que haría por muy pocos.» Me pidió el
-cortaplumas, y sin<span class="pagenum" id="Page_97">[p. 97]</span>
-descoser el envoltorio sacó un pedazo de papel, bastante grande,
-cuidadosamente ajustado a él. Corrí a mi aposento para examinarlo.
-Estaba escrito con garrapatos casi ilegibles, y tan manchado de
-sudor, que me costó mucho trabajo descifrar su contenido; al cabo
-conseguí hacer la siguiente transcripción literal del conjuro,
-escrito en mal portugués, pero que me impresionó en aquella ocasión,
-por tratarse de la composición más extraordinaria que había visto:</p>
-
-<blockquote>
-<p><span class="smcap">El conjuro.</span>—«Justo juez y divino
-Hijo de la Virgen María, que naciste en Belén, Nazareno, y fuiste
-crucificado entre la muchedumbre de los judíos, te suplico, Señor,
-por tu sexto día, que mi cuerpo no sea preso por la justicia ni
-reciba de sus manos la muerte, la paz sea con nosotros, la paz de
-Cristo, venga a mí la paz, la paz sea con nosotros, dijo Dios a sus
-discípulos. Si la maldita justicia recela de mí, o pone en mí sus
-ojos, para apoderarse de mí o robarme, que sus ojos no puedan verme,
-que su boca no pueda hablarme, que sus oídos no puedan oírme, que
-sus manos no puedan agarrarme, que sus pies no puedan seguirme; de
-suerte que, armado con las armas de San Jorge, cubierto con el manto
-de Abraham y embarcado en el arca de Noé, no puedan verme, ni oírme,
-ni verter la sangre de mi cuerpo. Te conjuro, además, Señor, por
-aquellas tres benditas cruces, por aquellos<span class="pagenum"
-id="Page_98">[p. 98]</span> tres benditos cálices, por aquellos tres
-benditos sacerdotes, por aquellas tres hostias consagradas, que me
-des aquella dulce compañía que diste a la Virgen María desde las
-puertas de Belén a los portales de Jerusalem, para que pueda yo ir y
-venir alegre y gustoso con Jesucristo, el Hijo de la Virgen María,
-madre, y, sin embargo, siempre virgen.»</p>
-</blockquote>
-
-<p>La posadera y su hija llevaban pendientes del cuello otros
-escapularios con amuletos semejantes, para librarse, según decían,
-de todo maleficio. La creencia en la brujería está muy extendida
-entre los campesinos del Alemtejo, y creo que entre todos los de
-Portugal. Esta es una de las reliquias del régimen frailuno, que en
-todos los países donde ha existido parece haberse propuesto embotar
-el entendimiento del pueblo para extraviarlo con más facilidad. Todos
-esos amuletos estaban confeccionados por frailes, que se los vendían
-a sus entontecidos penitentes.</p>
-
-<p>Los monjes de las iglesias griega y siria trafican también con
-estas cosas, aun sabiendo que son nocivas, y anteponen ese comercio
-a la difusión del saludable bálsamo del Evangelio, porque de aquél
-sacan muy buenas ganancias y mantienen así el engaño que les permite
-vivir regaladamente.</p>
-
-<p>La mañana del domingo fué muy hermosa, y la explanada que hay
-delante del<span class="pagenum" id="Page_99">[p. 99]</span>
-convento de San Francisco se llenó de gente que iba a misa o volvía
-de oírla. Cumplidas mis devociones matinales me desayuné, y bajé
-a la cocina; una muchacha llamada Gerónima estaba sentada al amor
-de la lumbre. Le pregunté si había oído misa, y me respondió que
-ni la había oído ni pensaba oírla. Inquirí el motivo y replicó que
-desde la expulsión de los frailes de sus iglesias y conventos, había
-dejado de oír misa y de confesarse, porque los curas no tenían en
-tal ministerio poder espiritual, y, por tanto, se abstenía de ir
-a molestarlos. Dijo que los frailes eran unos santos varones, muy
-caritativos, que a diario daban de comer en el convento de enfrente a
-cuarenta pobres con las sobras de la comida del día anterior, y ahora
-a esa gente se la dejaba morirse de hambre. Contesté que como vivían
-de la enjundia de la tierra, bien podían permitirse los frailes
-arrojar unos pocos huesos a sus pobres, haciéndolo así por política,
-con la esperanza de ganar amigos para los casos de apuro. La muchacha
-me dijo después que, como domingo, tal vez desearía yo entretenerme
-viendo algún libro, y sin esperar respuesta me trajo unos cuantos.
-Eran en su mayoría narraciones populares de vidas y milagros de
-santos, pero entre ellos había una traducción del libro de Volney,
-<i>Las ruinas</i>. Pregunté cómo había adquirido tal obra. Díjome que
-un joven, ardiente constitucionalista, se<span class="pagenum"
-id="Page_100">[p. 100]</span> la había dado unos meses antes, con
-muchas instancias para que la leyese, ponderándosela como uno de los
-mejores libros del mundo. Repuse que el autor, enviado de Satán,
-enemigo de Jesucristo y del alma humana, había escrito la obra
-con el único propósito de mofarse de la religión y de inculcar la
-doctrina de que no hay vida futura ni premio para el virtuoso ni
-castigo para el malo. La muchacha, sin responder palabra, se fué a
-otro aposento, del que volvió con el delantal lleno de astillas y
-otra leña menuda, volcándola en la lumbre, que levantó viva llama.
-Entonces, tomando de mis manos el libro, lo echó en la hoguera, se
-sentó, sacó del bolsillo un rosario y estuvo rezando hasta que el
-volumen quedó consumido. Fué esto un auto de fe en el mejor sentido
-de la palabra.</p>
-
-<p>El lunes y el martes hice mis acostumbradas visitas a la fuente, y
-también recorrí los alrededores, montado en una mula, para repartir
-folletos. Dejé caer una buena porción de ellos en los paseos
-preferidos por la gente de Evora, porque era dudoso que los aceptaran
-si yo se los ofrecía en propia mano, mientras que si los veían
-tirados por el suelo, pensaba yo que la curiosidad acaso los indujera
-a cogerlos y leerlos.</p>
-
-<p>En la tarde del martes fuí a despedirme de mi amigo Azveto, pues
-mi intención era salir de Evora el jueves siguiente y regresar<span
-class="pagenum" id="Page_101">[p. 101]</span> a Lisboa; con esta mira
-alquilé una calesa, cuyo dueño me dijo que había servido como soldado
-en la <i>grand’armée</i> de Napoleón y asistido a la campaña de Rusia.
-Tenía toda la estampa de un borracho. Su rostro era carbuncoso, y su
-aliento apestaba a aguardiente. Muchos deseos tenía de hablar conmigo
-en francés, enorgulleciéndose de poseer ese idioma; pero yo rehusé, y
-le dije que me hablase en la lengua del país o no cruzaría la palabra
-con él.</p>
-
-<p>El miércoles empeoró el tiempo y, a ratos, llovió. Al bajar a
-la cocina me encontré con que mi amigo el de Palmella se había
-marchado; pero habían llegado varios <i>contrabandistas</i> de España.
-Casi todos eran muy apuestos, y, a diferencia de los dos que vi la
-semana anterior, locuaces y expansivos; sólo hablaban su lengua natal
-y parecían sentir gran desprecio por el portugués. La magnífica
-entonación del español resonaba muy ventajosamente junto al dialecto
-chillón de Portugal. Pronto trabé con ellos un grave coloquio, y
-descubrí con alegría que todos sabían leer. Ofrecí al más viejo,
-hombre de unos cincuenta años de edad, un folleto en español, y
-después de examinarlo un rato con mucha atención, se alzó de su
-asiento y, poniéndose en medio del cuarto, comenzó a leer en alta
-voz, despacio y con gran énfasis. Sus compañeros le rodearon, y de
-vez en cuando manifestaban su<span class="pagenum" id="Page_102">[p.
-102]</span> conformidad con lo que oían. En ocasiones, el lector
-acudía a mí en demanda de explicación de algún pasaje que no entendía
-bien, por referirse a determinados textos de la Escritura, ya que
-ninguno de la cuadrilla había visto nunca el Antiguo ni el Nuevo
-Testamento. Continuó leyendo más de una hora, hasta acabar el
-folleto; al concluir, todos clamaron por otros parecidos, y se los di
-con mucho gusto.</p>
-
-<p>Casi todos aquellos hombres hablaban del clericalismo y del
-régimen frailuno con odio profundo, hasta preferir la muerte a
-someterse de nuevo al yugo que había oprimido sus cuellos. Híceles
-muchas preguntas acerca de la opinión de sus parientes y amigos sobre
-ese punto, y me aseguraron que en la parte de la frontera española
-frecuentada por ellos, todos eran de la misma opinión, importándoles
-tan poco el Papa y sus frailes como don Carlos, porque éste era un
-<i>chicotito</i> y un tirano, y los otros, ladrones y salteadores. Díjeles
-que no debían confundir la religión con la superstición clerical, ni
-olvidar por odio a ésta que hay un Dios y un Cristo en quien hemos de
-buscar nuestra salvación, y cuya palabra estaban obligados a meditar
-en todo momento; expresáronse, al oírme, como muy devotos creyentes
-en Cristo y en la Virgen.</p>
-
-<p>Estos hombres eran, en muchos respectos,<span class="pagenum"
-id="Page_103">[p. 103]</span> más ilustrados que los campesinos del
-contorno, pero en otros se hallaban en iguales tinieblas; creían en
-brujerías y en el poder de hechizos y ensalmos. La noche fué muy
-borrascosa. A eso de las nueve oímos un galope que se acercaba, y a
-poco llamaron a la puerta; abrieron, y se precipitó en la cocina,
-todo azorado, un hombre montado en un jumento; llevaba una raída
-chaqueta de piel de carnero de las llamadas en español <i>zamarras</i>,
-con calzones de lo mismo; desde las rodillas para abajo tenía
-las piernas desnudas. Alrededor del <i>sombrero</i> llevaba atada una
-gran cantidad de la hierba llamada en inglés <i>rosemary</i>, <i>romero</i>
-en español, y en portugués rústico <i>alecrim</i>, palabra de origen
-escandinavo (<i>ellegren</i>), que significa planta mágica, llevada
-probablemente al Sur por los vándalos. El recién llegado parecía
-loco de terror, y contó que las brujas le habían venido persiguiendo
-y revoloteando en torno de su cabeza desde hacia dos leguas. Aquel
-hombre traía de la frontera de España harina y otros artículos; dijo
-que su mujer venía tras él y estaba a punto de llegar. Llegó, en
-efecto, un cuarto de hora después, chorreando agua y montada también
-en un borrico. Pregunté a mis amigos los <i>contrabandistas</i> qué
-significaba el romero, y me dijeron que era bueno contra las brujas
-y las desventuras del camino. No me entretuve en combatir<span
-class="pagenum" id="Page_104">[p. 104]</span> esta superstición,
-porque la calesa iría a buscarme a las cinco de la mañana y deseaba
-yo aprovechar el poco tiempo que podía consagrar el sueño.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_105">[Pg 105]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO IV</h2>
- <p class="subhang">
- Dilaciones molestas.— El cochero borracho.— Una mula muerta.—
- Lamentación.— Aventura en un descampado.— El miedo a la oscuridad.—
- Un fidalgo portugués.— La escolta.— Regreso a Lisboa.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">M</span><span class="smcap">e levanté</span>
-a las cuatro, y después de tomar un refrigerio, bajé a la cocina,
-donde vi al hombre que me había llamado la atención la víspera y a su
-mujer, durmiendo al amor de la lumbre aún encendida. Se despertaron
-en seguida y comenzaron a preparar su desayuno, consistente en
-<i>sardinhas</i> saladas, asadas en el rescoldo. Al mismo tiempo, la mujer
-cantaba trozos de una bella canción, muy conocida en España, que
-comienza así:</p>
-
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2">En Belén tocan a fuego;</span>
-<span class="i0">Del portal salen las llamas,</span>
-<span class="i0">Porque dicen que ha nacido</span>
-<span class="i0">El Redentor de las almas.</span>
-</div></div>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_106">[p. 106]</span></p>
-
-<p>Al saber que me marchaba, la mujer me dijo: «Voy a darle a usted
-un poco de romero del de mi marido, para que le ampare contra los
-peligros y le libre de cualquier mal suceso.» Tuve la debilidad de
-permitir que me pusiera unas ramitas en el sombrero; estando en esto
-llegó el calesero con las mulas, dije adiós a mi servicial posadera,
-y subí al carruaje con mi criado.</p>
-
-<p>Entonces puse atención en las mulas que nos llevaban; nunca había
-visto otras tan buenas como aquéllas; la de más alzada tendría poco
-menos de diez y seis palmos. El calesero las quería, según nos dijo
-en detestable francés, más que a su propia mujer y a sus hijos.
-Doblamos la esquina del convento y seguimos calle abajo hacia la
-puerta del Suroeste. El cochero hizo alto delante del portal de
-una casona, y se apeó diciendo que por ser aún muy temprano, no se
-atrevía a continuar, pues si los ladrones residentes en la ciudad
-estaban sobre aviso, nos robarían, probablemente, y a él le matarían,
-pero que los moradores de aquella casa iban a salir para Lisboa
-un cuarto de hora más tarde, y esperándolos podíamos aprovechar
-su escolta de soldados y ponernos al abrigo de todo peligro.
-Respondí que yo no tenía miedo, y le mandé seguir, pero se negó, y,
-dejándonos en la calle, fuése. Una hora llevábamos esperando, cuando
-llegaron dos carruajes a la puerta de la casa;<span class="pagenum"
-id="Page_107">[p. 107]</span> pero como la familia no estaba, al
-parecer dispuesta todavía, el cochero se apeó también y se fué. Pasó
-otra media hora; al fin salió la familia. Colocados los equipajes,
-preguntaron por el cochero, que no parecía por parte alguna. Le
-buscaron, pero en vano más de otra hora pasó antes de encontrar un
-sustituto. La escolta tampoco había comparecido, y fué preciso enviar
-por dos veces un criado al cuartel en busca de los soldados. Al fin,
-todo se arregló, y la familia se puso en marcha.</p>
-
-<p>En todo ese tiempo no habíamos vuelto a ver a nuestro cochero,
-y ya estaba yo harto convencido de que nos había abandonado
-definitivamente, cuando, pasados unos minutos más, le vi venir
-tambaleándose calle arriba, borracho, y empeñado en cantar la
-Marsellesa. Sin decirle nada, me puse a observarlo. Estuvo un rato
-mirando fijamente a las mulas y mascullando disparates inconexos
-en francés. Al cabo, dijo: «No estoy tan borracho que no pueda
-guiar»; y tomando a las mulas por el ramal, echó a andar hacia la
-puerta. En cuanto salimos de la ciudad intentó repetidas veces, sin
-conseguirlo, montar en la mula más pequeña, que iba ensillada; al fin
-se salió con la suya, y en el acto emprendimos, camino abajo, una
-carrera desenfrenada. Llegamos a un sitio donde arrancaba un carril
-angosto y pedregoso; echando por él, nos<span class="pagenum"
-id="Page_108">[p. 108]</span> ahorrábamos el rodeo que, en otro caso.
-habríamos de dar en torno de los muros de la ciudad antes de salir
-al camino de Lisboa, que cae al Noreste. El cochero dijo: «Voy a
-tomar el carril, y en un minuto alcanzaremos a esa familia»; y en
-él entramos, efectivamente. Apenas tenía anchura bastante para dar
-paso al carruaje, y era, además, muy escarpado y quebrado; avanzamos
-subiendo y bajando, con mucho crujir de ruedas y unas sacudidas tan
-violentas, que corríamos peligro de vernos lanzados como por una
-honda. Comprendí que de continuar en el coche, se haría pedazos
-con nuestro peso, y dirigiéndome al cochero en portugués, le mandé
-parar; pero el hombre fustigó y espoleó a las mulas con más brío.
-Entonces, mi criado me suplicó por el amor de Dios que le hablase en
-francés, pues si algo podía apaciguarle, era eso. Seguí el consejo,
-y le rogué que nos permitiese apearnos y andar hasta la salida del
-sitio peligroso. El resultado confirmó las previsiones de Antonio.
-El cochero paró instantáneamente y dijo: «Señor, usted es el amo;
-no tiene usted más que mandar y yo obedeceré.» Nos apeamos y fuimos
-andando hasta la carretera, donde volvimos a montar.</p>
-
-<p>Apenas ocupamos nuestros asientos, el cochero lanzó las mulas
-a galope tendido, con idea de alcanzar a la familia, que nos
-llevaba como un cuarto de milla de ventaja.<span class="pagenum"
-id="Page_109">[p. 109]</span> La capa se le escurrió de los hombros,
-y al querer ponérsela de nuevo, soltó el ramal con que guiaba a la
-mula más alta; la cuerda se le enredó en las patas al pobre animal,
-que cayó pesadamente de cabeza al suelo; después de patalear un poco,
-la mula quedó tendida cuan larga era, atravesada en el camino, con
-las varas del carruaje sobre las costillas. Yo salí despedido contra
-el lodo, y el borracho del cochero cayó sobre el cuerpo de la mula
-muerta.</p>
-
-<p>El suceso me enfureció, y comencé a gritar: «¡Borracho! ¡Renegado!
-Que hasta te avergüenzas de hablar la lengua de tu país; ahora que
-has destruído el sostén de tu vida, ya puedes morirte de hambre.»
-«<i>Paciencia</i>», me contestó, y empezó a dar patadas a la mula en la
-cabeza, para hacerla levantar; de un empellón le aparté de allí,
-y tomando la navaja que se le había caído del bolsillo, corté los
-tiros del carruaje, pero la vida había volado, y el velo de la muerte
-empañaba ya los ojos de la mula.</p>
-
-<p>El individuo aquel, en el atolondramiento de la borrachera,
-pareció al pronto dispuesto a despreciar tal pérdida, diciendo:
-«Se ha matado la mula; esa era la voluntad de Dios. ¿Qué le voy a
-hacer? <i>Paciencia.</i>» Al mismo tiempo envié a Antonio a la ciudad para
-que alquilase otras mulas, y después de descargar mis maletas del
-carruaje, esperé al borde del camino su regreso.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_110">[p. 110]</span></p>
-
-<p>Los vapores del alcohol comenzaron a disiparse en el cerebro del
-cochero; entonces, cruzando las manos, exclamó: «Virgen bendita, ¿qué
-va a ser de mí? ¿Cómo voy a ganarme la vida? ¿Dónde podré hacerme
-con otra mula? Mi mula, mi mejor mula, se ha matado; se ha caído al
-suelo y se ha muerto de repente. He visto muchos animales en los
-países donde he vivido, pero una mula como ésta, no la he visto
-nunca; ¡y se ha matado! ¡Mi mula se ha matado! Se ha caído y se ha
-muerto de repente.» En este tono continuó durante mucho rato, y sus
-lamentaciones tenían siempre el mismo estribillo: «Mi mula se ha
-matado; se ha caído y se ha muerto de repente.» Al cabo, quitó la
-collera a la mula muerta y se la puso a la otra, metiéndola con algún
-trabajo en varas.</p>
-
-<p>Un muchacho de unos trece años, muy guapo, llegó de la ciudad
-corriendo como una liebre; se detuvo ante la mula muerta, y rompió
-a llorar. Era hijo del cochero, y sabía por Antonio lo sucedido.
-Aquello era demasiado para el pobre hombre; acudió a su hijo,
-diciéndole: «No llores. Nos hemos quedado sin pan; pero Dios
-lo ha querido. ¡La mula se ha matado!» Se dejó caer después al
-suelo, lanzando lastimeras quejas: «Yo hubiera sobrellevado esta
-pérdida—decía—pero el ver llorar a mi hijo, me vuelve loco.» Le
-socorrí con algún dinero,<span class="pagenum" id="Page_111">[p.
-111]</span> y le dije algunas palabras de consuelo. Le aseguré que
-si dejaba la bebida, era indudable que Dios se apiadaría de él y le
-remediaría. Por fin se tranquilizó un poco, y después de colocar
-las maletas en el coche, volvimos a la ciudad, donde aguardaban
-nuestra llegada a la posada dos excelentes mulas de paso. No vi a la
-española, y por eso no pude decirle de cuán poco me había servido el
-romero en aquel caso.</p>
-
-<p>Algunos borrachos he conocido en Portugal, pero, sin excepción,
-eran individuos que, después de viajar fuera de su tierra, como
-aquel cochero, regresaban llenos de desprecio hacia su patria y
-manchados con los peores vicios de los países donde habían vivido.
-A mis compatriotas que por acaso lean estas líneas, les recomiendo
-vivamente que si su destino los lleva a España o Portugal, no tomen a
-su servicio ni traten individuos de las clases bajas que hablen otra
-lengua que la suya materna, porque muy probablemente serán bandidos
-desalmados o borrachos. Invariablemente, estas gentes dicen de su
-país natal todo el mal posible; y yo tengo la opinión, fundada en la
-experiencia, de que un individuo capaz de tal bajeza, no vacilará
-en cometer cualquier villanía, porque después del amor a Dios, el
-amor a la patria es el mejor preservativo contra el crimen. Quien se
-enorgullece de<span class="pagenum" id="Page_112">[p. 112]</span>
-su patria, tiene especial cuidado en no hacer cosa que pueda
-deshonrarla.</p>
-
-<p>Tomamos el camino de Lisboa, y llegamos a Monte Moro a eso de
-las dos. Comimos allí lo que permitían los recursos del lugar,
-y proseguimos el viaje hasta llegar a un cuarto de legua de las
-chozas enclavadas en la linde del despoblado que habíamos cruzado
-a la ida. Allí nos alcanzó un jinete; era un hombre robusto, de
-mediana estatura, y montaba un buen caballo español. Llevaba puesto
-un <i>sombrero</i> de alas anchas y caídas, jubón de paño azul, con
-botonadura de tachones de plata y broches del mismo metal, calzón
-de cuero amarillo y botas fuertes; de la silla llevaba colgado un
-trabuco. Me preguntó si pensábamos pernoctar en Vendas Novas, y al
-contestarle que sí, manifestó deseos de seguir en nuestra compañía.
-Miró luego al sol, que ya se hundía rápidamente en el horizonte,
-y nos rogó que avivásemos para aprovechar la luz todo lo posible,
-porque el páramo era lugar temeroso en la oscuridad. Se puso a la
-cabeza de todos, y salimos al trote largo; el mozo o arriero que
-nos acompañaba venía detrás corriendo, sin dar la menor señal de
-fatiga.</p>
-
-<p>Entramos en el páramo, y apenas habíamos avanzado una milla, la
-noche cerró por completo. Ibamos por un sendero bordeado de altas
-malezas, cuando el jinete me rogó que pasase yo delante, y él me
-seguiría,<span class="pagenum"><a id="Page_113">[p.
-113]</a></span> porque era incapaz de afrontar la oscuridad. Le
-pregunté el motivo de su temor, y me respondió que en otro tiempo no
-le causaban miedo alguno las tinieblas, pero que desde hacía unos
-años temíalas mucho, sobre todo en lugares inhabitados. Accedí a sus
-deseos, pero como desconocía el camino y apenas me veía los dedos
-de la mano, nos perdíamos a cada paso; impacientábase el hombre,
-y acabó por colocarse de nuevo a nuestra cabeza. Anduvimos así un
-buen trecho y otra vez se detuvo el miedoso, diciendo que no podía
-resistir el influjo de las tinieblas; temblábanle las patas al
-caballo, contagiado, al parecer, del terror de su amo. Le aconsejé
-que invocara el nombre de Jesús Nuestro Señor, capaz de transformar
-la noche en día; al oírme, lanzó un terrible alarido, y enarbolando
-el trabuco, lo disparó al aire. El caballo arrancó a todo correr,
-y mi mula, una de las más ligeras de su casta, se espantó y salió
-disparada, pisándole los cascos al caballo. Antonio y el mozo se
-quedaron muy atrás. Corríamos como un torbellino, iluminándose el
-sendero con las chispas arrancadas a las piedras por las herraduras
-de los animales. Yo no sabía adónde íbamos; pero las cabalgaduras
-conocían el camino, y en poco tiempo nos pusieron en Vendas Novas,
-donde nuestros compañeros nos alcanzaron.</p>
-
-<p>Me pareció que el hombre aquel era un<span class="pagenum"
-id="Page_114">[p. 114]</span> cobarde; opinión injusta, porque
-durante el día era valiente como un león, y nada temía. Unos cinco
-años antes le habían atacado dos ladrones en el páramo, y a entrambos
-dominó, los ató, y los entregó a la justicia. Pero de noche, el
-rumor de una hoja le aterrorizaba. He conocido casos análogos en
-personas de extraordinaria valentía. En cuanto a mí, confieso que
-no soy hombre de un valor inusitado, pero los peligros de la noche
-no me intimidan más que los que pueden sobrevenir en pleno día. El
-individuo de que he hablado era un labrador de Evora, persona de muy
-buena posición.</p>
-
-<p>Encontré la posada de Vendas Novas llena de gente, y con alguna
-dificultad obtuvimos alojamiento y cena. Ocupaba la posada la familia
-de cierto <i>fidalgo</i> de Estremoz, el cual iba a Lisboa custodiando una
-gran suma de dinero, según nos dijeron; probablemente, las rentas
-de sus estados. Llevaba una guardia de veinticuatro servidores,
-armados con sendos rifles; eran sus pastores, porqueros, vaqueros y
-cazadores, mandados por el hijo y el sobrino del <i>fidalgo</i>, ambos
-jóvenes, vestido el último de uniforme. A pesar de tan numerosa
-guardia, al <i>fidalgo</i> le apuraba mucho, al parecer, el temor de
-que le robasen en el descampado, entre Vendas Novas y Pegões,
-porque solicitó del oficial que mandaba la tropa destacada en este
-punto, una escolta de cuatro soldados. Había<span class="pagenum"
-id="Page_115">[p. 115]</span> en el séquito del hidalgo varias
-mujeres, hijas ilegítimas suyas, según averigüé; el hombre era de
-costumbres depravadas y acérrimo partidario de Don Miguel. A poco de
-llegar, y cuando mi compañero de viaje y yo estábamos en la cocina,
-sentados a la lumbre, se nos acercó el hidalgo; podía tener unos
-sesenta años, y era de aventajada estatura, pero muy encorvado. Su
-rostro era bastante desagradable; tenía la nariz larga y ganchuda;
-los ojos, pequeños, penetrantes y vivos, y lo que menos me gustó en
-él fué su perpetua sonrisa burlona, signo seguro, a mi entender, de
-un corazón perverso y desleal. Me dirigió la palabra en español,
-idioma que el hidalgo hablaba con facilidad por residir no lejos de
-la frontera; pero, contra mi costumbre, me mantuve reservado y en
-silencio.</p>
-
-<p>A la mañana siguiente me levanté a las siete, y hallé que la
-familia de Estremoz se había puesto en camino unas horas antes.
-Me desayuné con mi compañero de la noche pasada, y emprendimos la
-última jornada de aquel viaje. Como había salido el sol, sus miedos
-se desvanecieron; era capaz de habérselas con todos los ladrones
-del Alemtejo. Llevaríamos andada una legua, cuando al mozo que nos
-acompañaba le pareció ver unas cabezas entre los matorrales. En el
-acto, nuestro jinete empuñó el trabuco, y obligando al caballo a dar
-dos o tres<span class="pagenum" id="Page_116">[p. 116]</span>
-brincos, apuntó hacia el sitio indicado por el mozo; pero las cabezas
-no volvieron a aparecer, y todo fué, probablemente, una falsa
-alarma.</p>
-
-<p>Reanudamos la marcha, y la conversación giró, como era de esperar,
-en torno de los ladrones. Mi compañero, que parecía conocer palmo a
-palmo el terreno por donde íbamos, tenía algo que contar acerca de
-cada vericueto, o de cada grupo de pinos que encontrábamos. Llegamos
-a una pequeña eminencia, en cuya cima crecían tres majestuosos
-pinos; como media legua más lejos había otra elevación semejante.
-Estas dos alturas dominaban una parte del camino de Pegões a Vendas
-Novas, en forma que desde ellas se columbraba a cuantos iban y venían
-entre estos dos puntos. Al decir de mi amigo, aquellas colinas
-eran puestos predilectos de los ladrones. Cómo dos años antes,
-una cuadrilla de seis bandidos a caballo estuvo allí tres días, y
-desvalijó a cuantos venían por ambos lados. Los caballos, con la
-silla y el freno puestos, estaban atados al tronco de los árboles, y
-dos centinelas, encaramados en las ramas más altas, daban el alerta
-al acercarse los viajeros. Cuando los veían a distancia conveniente,
-montaban de un salto en los caballos, y a galope tendido caían sobre
-su presa, gritando: <i>¡Réndete, pícaro! ¡Réndete, pícaro!</i> Nosotros
-pasamos sin tropiezo, y a eso de un cuarto de legua antes de<span
-class="pagenum" id="Page_117">[p. 117]</span> Pegões, dimos alcance a
-la familia del <i>fidalgo</i>.</p>
-
-<p>Si hubiesen llevado las riquezas de la India a través de los
-desiertos de Arabia, no habrían tomado mayores precauciones. El
-sobrino, sable en mano, cabalgaba a la cabeza, con pistolas en
-el arzón y el consabido trabuco español pendiente de la silla.
-Marchaban tras él seis hombres en hilera, fusil al hombro, con sendas
-hachas pendientes de la faja, destinadas probablemente a tajar a
-los bandoleros hasta la cintura, en cuanto se aventurasen a luchar
-cuerpo a cuerpo. Seguían seis vehículos, dos de ellos calesas, en las
-que iban el <i>fidalgo</i> y sus hijas; los otros eran carros de toldo,
-y parecían cargados con el menaje casero. Cada vehículo llevaba a
-los lados un campesino armado, y el hijo del <i>fidalgo</i>, mancebo de
-diez y seis años, mandaba la retaguardia, de una fuerza igual a
-la vanguardia conducida por su primo. Los soldados, de caballería
-ligera, por fortuna, y muy bien montados, galopaban en todas
-direcciones alrededor del convoy, con objeto de descubrir al enemigo
-en su escondite, caso de estar emboscado en las cercanías.</p>
-
-<p>No pude por menos de pensar, cuando di alcance a esta comitiva,
-en la imprudencia de tanto aparato bélico; pues si bien se
-proponía amedrentar a los ladrones, podía igualmente servir para
-atraerlos, advirtiéndoles del paso de inmensas riquezas por<span
-class="pagenum" id="Page_118">[p. 118]</span> aquellos lugares. No
-sé cómo se habrían portado los soldados y los campesinos en caso de
-ataque, pero me inclino a creer que si tres hombres como Ricardo
-Turpin les hubiesen acometido súbitamente, saliendo al galope de
-entre los matorrales que cubren aquellas colinas, ni el número ni la
-resistencia de los defensores bastaran a impedir que los asaltantes
-se llevasen el contenido de las cajas que tintineaban en la grupa de
-los caballos.</p>
-
-<p>Desde aquel momento, nada digno de mención nos sucedió hasta Aldea
-Gallega, donde pasamos la noche; a las tres de la mañana siguiente,
-tomamos la barca para Lisboa, y llegamos aquí a las ocho. Así terminó
-mi primera excursión por el Alemtejo.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_119">[Pg 119]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO V</h2>
- <p class="subhang">
- El colegio.— El rector.— La piedra de toque.— Prejuicios nacionales.—
- Deportes juveniles.— Los judíos de Lisboa.— Creencias corrompidas.—
- Crimen y superstición.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">U</span><span class="smcap">na</span>
-tarde me dijo Antonio: «Me parece, <i>Senhor</i>, que a su merced le
-gustaría ver el colegio de los... ingleses»<a id="FNanchor_30"
-href="#Footnote_30" class="fnanchor">[30]</a>. «Lléveme allá, sin
-falta»—le contesté yo—. Condújome por varias calles, y nos detuvimos
-ante un edificio situado en uno de los puntos más altos de Lisboa.
-Llamamos, y un a modo de portero vino en seguida a preguntar lo que
-queríamos. Antonio se lo explicó. Vaciló un instante y nos mandó
-entrar, llevándonos a un lóbrego vestíbulo de piedra, donde nos
-dejó después de invitarnos a tomar asiento. De allí a poco salió un
-personaje venerable, como de setenta años de<span class="pagenum"
-id="Page_120">[p. 120]</span> edad, vestido con una ropa flotante
-a manera de sobrepelliz, y tocado con la gorra colegial. A pesar
-de sus años, había en las facciones de aquel hombre un tenue matiz
-rojizo, característico del inglés. Se acercó a nosotros lentamente y
-en nuestro idioma me preguntó en qué podía servirme. Díjele que, como
-viajero inglés, tendría un placer muy vivo en visitar el colegio,
-si era costumbre enseñárselo a los extraños. No opuso inconveniente
-alguno a mis deseos, pero me declaró que no llegaba en muy buena
-ocasión, por ser la hora de la comida. Me excusé, y al querer
-retirarme, el anciano me rogó que aguardara unos minutos, hasta que,
-terminada la comida, los directores del colegio pudieran tener el
-gusto de acompañarme.</p>
-
-<p>Nos sentamos en el poyo de piedra, y después de examinarme
-atentamente un poco de tiempo, el anciano clavó los ojos en Antonio.
-«¿Qué es lo que veo?—dijo al fin—. Tengo la seguridad de que esa
-cara no me es desconocida.» «Así es, reverendo padre»—contestó
-Antonio levantándose y haciendo una profunda reverencia—. «Yo servía
-en casa de la condesa de..., en Cintra, cuando vuestra reverencia
-era su director espiritual.» «Cierto, cierto—dijo el anciano varón,
-suspirando—. Ahora le recuerdo a usted perfectamente. ¡Ah! Las cosas
-han cambiado mucho desde entonces, Antonio;<span class="pagenum"
-id="Page_121">[p. 121]</span> nuevo gobierno, nuevo sistema,
-y podría decir nueva religión.» Entonces, mirándome de nuevo, me
-preguntó adónde era mi viaje. «Voy a España—le dije—, y de paso
-me he detenido en Lisboa.» «¡España, España!—exclamó el viejo—.
-Ciertamente, ha escogido usted una ocasión singular para ir a
-España, habiendo como hay allí ahora guerras enconadas, alborotos y
-efusión de sangre.» «Me parece que la causa de don Carlos está ya
-vencida—contesté—; ha perdido el único general capaz de llevar sus
-huestes a Madrid. Zumalacárregui, que era su Cid, ha muerto.» «No se
-forje usted ilusiones. Con perdón de usted, joven, creo que el Señor
-no permitirá que triunfe tan fácilmente el poder de las tinieblas. La
-causa de don Carlos no está vencida. Su triunfo no depende de la vida
-de un frágil gusano como el que acaba usted de nombrar». Departimos
-así un breve rato y luego se levantó, diciendo que ya debía de haber
-concluído la comida.</p>
-
-<p>Aún no hacía cinco minutos que nos había dejado solos, cuando
-entraron en el vestíbulo tres individuos que se me acercaron
-pausadamente.—Estos son los directores del colegio, dije entre mí;
-y lo eran, en efecto. El primero de aquellos varones, a quien los
-otros dos trataban con notable deferencia, era delgado y seco, de
-estatura más que regular, muy pálido de tez, las facciones <span
-class="pagenum" id="Page_122">[p. 122]</span>demacradas, pero
-bellas, y de ojos oscuros y chispeantes; podía tener unos cincuenta
-años. Sus dos compañeros estaban en plena juventud. El uno, más
-bien bajo, tenía en su sombrío semblante aquella expresión dolorida
-tan frecuente en los [católicos] ingleses; el otro era un mocetón
-coloradote, con cara de buena persona. Los tres llevaban el birrete
-peculiar del colegio y sotanas de seda. El de más edad se acercó
-a mí, y tomándome la mano me dirigió, con voz clara y de timbre
-argentino, las siguientes razones:</p>
-
-<p>—Bien venido seáis, señor, a nuestra pobre casa. Siempre nos
-alegra mucho recibir en ella a los compatriotas que vienen de
-nuestro amado país natal. En verdad, este contento se aminora mucho
-al considerar que aquí nada hay digno de la atención del viajero;
-nada notable hay en esta casa, salvo, quizás, su organización: yo
-iré explicándosela a usted en el curso de nuestra visita. Pero ante
-todo, permítanos usted que nos presentemos nosotros mismos; yo soy el
-rector de este humilde asilo inglés; este señor es nuestro profesor
-de humanidades, y éste (señalando al mocetón), es nuestro profesor de
-lenguas sabias, hebreo y siriaco.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Saludo a todos ustedes
-humildemente, y les ruego me excusen si me permito preguntar quién
-era aquel venerable señor que se ha tomado la molestia de<span
-class="pagenum" id="Page_123">[p. 123]</span> acompañarme hasta que
-ustedes han tenido comodidad para venir.</p>
-
-<p><span class="smcap">El rector.</span>—¡Oh! Es nuestro limosnero,
-nuestro capellán; persona digna de la mayor admiración. Vino a este
-país antes de nacer ninguno de nosotros, y aquí ha estado siempre
-desde entonces. Ahora, subamos, si gustáis, a visitar nuestra pobre
-casa. Pero, querido señor, ¿por qué permanece usted descubierto en
-este vestíbulo, tan frío y tan húmedo?</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—La explicación es muy fácil; se
-trata de una costumbre ya muy arraigada. Acabo de llegar de Rusia,
-donde he estado algunos años. Los rusos se quitan el sombrero
-indefectiblemente cuando entran bajo techado, ya sea en una choza,
-en una tienda o en un palacio. No hacerlo así, parecería grosería o
-barbarie; la razón es que en cada aposento de las casas rusas hay un
-cuadrito de la Virgen colgado en un rincón, muy cerca del techo, y en
-prueba de respeto, los que entran se quitan el sombrero.</p>
-
-<p>Los tres señores cambiaron rápidas ojeadas de inteligencia.
-Había tropezado en su Shibbolet, y descubrían en mí un Ephraimita,
-no un hijo de Galaad<a id="FNanchor_31" href="#Footnote_31"
-class="fnanchor">[31]</a>. Sin duda,<span class="pagenum"
-id="Page_124">[p. 124]</span> hasta aquel momento me habían tenido
-por uno de los suyos, miembro, y acaso sacerdote, de su antigua,
-grandiosa e imponente religión. Era muy natural su error, lo
-confieso. ¿Qué motivos podía tener un protestante para entrometerse
-en aquel retiro? ¿Qué interés podía moverle a conocer la organización
-de la casa? Sin embargo, lejos de disminuir sus atenciones para
-conmigo después de tal descubrimiento, aquellos señores aumentaron
-visiblemente su cortesía, si bien un observador escrupuloso hubiera
-quizás percibido una leve sombra en la cordialidad de sus maneras.</p>
-
-<p><span class="smcap">El rector.</span>—¿Debajo del techo en cada
-aposento? Creo que es eso lo que ha dicho usted. Es, en verdad, muy
-agradable e interesante: un cuadro de la «santa» Virgen en cada
-aposento. La noticia es tan inesperada como agradable. Desde este
-momento tendré de los rusos una opinión mucho más elevada que hasta
-aquí. Es un ejemplo muy digno de imitación. Quisiera sinceramente que
-también nosotros tuviéramos la costumbre de poner una «imagen» de la
-«santa» Virgen en cada rincón de nuestras casas, cerca del techo.
-¿Qué decís a esto, señor<span class="pagenum" id="Page_125">[p.
-125]</span> profesor de humanidades, qué decís de la noticia que con
-tanta amabilidad nos ha dado este excelente caballero?</p>
-
-<p><span class="smcap">El profesor de humanidades.</span>—Digo que
-es placentera y de grandísimo consuelo; pero declaro que no me coge
-enteramente desprevenido. La adoración de la Santa Virgen se extiende
-cada día más por países donde estaba olvidada o era hasta aquí
-desconocida. El doctor W..., cuando pasó por Lisboa, me dió algunos
-detalles interesantísimos respecto de los trabajos de la propaganda
-en la India. Hasta Inglaterra, nuestra amada patria...</p>
-
-<p>Mis corteses amigos me enseñaron toda su «pobre casa». Cierto,
-no parecía ser muy rica; espaciosa, sí, pero casi en ruinas. La
-biblioteca era pequeña y no poseía nada notable. Desde las azoteas
-se descubría un vasto y hermoso panorama del Tajo y de la mayor
-parte de Lisboa. Pero yo no había ido buscando a tal lugar obras de
-arte, ni libros raros, ni hermosas vistas; visité aquella singular
-y antigua mansión para conversar con sus habitantes, porque mi
-estudio favorito, y podría decir único, es el hombre. Aquellos
-señores resultaron bastante parecidos a como yo me los figuraba, pues
-no era la primera vez que visitaba un establecimiento [católico]
-inglés en tierra extraña. Llenos de amabilidad y cortesía recibieron
-al compatriota hereje y aunque el adelanto<span class="pagenum"
-id="Page_126">[p. 126]</span> de su propia religión era para ellos un
-objeto de primordial importancia, no tardé en observar que, con una
-inconsecuencia bastante divertida, conservaban en grado portentoso
-algunos prejuicios nacionales casi extinguidos ya en la madre patria,
-y movidos por ellos llegaban a censurar y desdorar a sus mismos
-correligionarios. Hablé de los [católicos] ingleses, de su elevada
-respetabilidad, y de la lealtad que uniformemente han guardado a sus
-soberanos, aunque de religión diferente y no obstante haber sufrido
-no pocas persecuciones e injusticias.</p>
-
-<p><span class="smcap">El Rector.</span>—Me regocija mucho oírle
-a usted hablar así, carísimo señor; veo que conoce usted bien al
-venerable gremio de mis correligionarios ingleses; cierto: nunca
-faltaron a la lealtad, y aunque les achacaron conjuraciones y
-complots, de sobra se sabe ya que todo eso eran calumnias inventadas
-por enemigos de su religión. Durante las guerras civiles los
-[católicos] ingleses vertieron de buen grado su sangre y prodigaron
-sus riquezas por la causa del mártir infeliz, aunque éste no los
-favoreció nunca y los miró siempre con desconfianza. Actualmente, los
-[católicos] ingleses son los súbditos más fieles de nuestro gracioso
-soberano. Mucho me contentaría poder decir otro tanto de nuestros
-hermanos irlandeses; pero su conducta ha sido detestable. Realmente,
-¿podía<span class="pagenum" id="Page_127">[p. 127]</span> esperarse
-otra cosa? Los verdaderos [católicos] se avergüenzan de ellos. Hay
-entre los irlandeses algunas personas que son el oprobio de la
-iglesia que pretenden servir. ¿De dónde sacan que nuestros cánones
-aprueben su proceder, ni sus inconsideradas expresiones respecto de
-quien es su soberano por derecho divino y no puede errar? Y, sobre
-todo, ¿en qué autoridad se apoyan para inflamar las pasiones de una
-turba vil contra la nación destinada naturalmente a gobernarla?</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Creo que hay un colegio irlandés en
-Lisboa.</p>
-
-<p><span class="smcap">El Rector.</span>—Así es; pero vive
-lánguidamente; tiene muy pocos alumnos, o ninguno.</p>
-
-<p>Miré desde una ventana, a gran altura, y vi que en un patio,
-debajo de nosotros, estaban jugando veinte o treinta apuestos
-muchachos. «Eso me parece muy bien», exclamé; «estos muchachos no
-dejarán de ser buenos sacerdotes porque dediquen un rato a los
-deportes. La educación puritana, demasiado rígida y seria, no me
-gusta; a mi parecer fomenta el vicio y la hipocresía.»</p>
-
-<p>Fuimos después al aposento del rector, donde había colgado, encima
-de un crucifijo, un pequeño retrato.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Este fué un grande hombre,
-prodigioso y sin tacha. En mi opinión, la compañía que fundó, tan
-censurada por muchos, ha producido infinitamente más beneficios que
-daños.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_128">[p. 128]</span></p>
-
-<p><span class="smcap">El Rector.</span>—¿Qué es lo que oigo? ¿Usted,
-inglés y protestante, habla con admiración de Ignacio de Loyola?</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Nada diré respecto de la doctrina
-de los jesuítas, porque, como acaba usted de decir, soy protestante;
-pero estoy dispuesto a sostener que no hay en el mundo gente a quien,
-en general, pueda encomendársele con más confianza la educación de
-la juventud. Su sistema moral y su disciplina, son verdaderamente
-admirables. Sus discípulos, cuando llegan a la edad viril, rara vez
-son viciosos ni licenciosos, y, en general, son hombres instruídos
-y de ciencia, poseedores de todas las prendas de una educación
-esmerada. Me parece execrable la conducta de los liberales de Madrid,
-que asesinaron el año pasado a los indefensos padres, por cuyas
-solicitud y sabiduría se han desarrollado dos de los más brillantes
-talentos de la España actual: Toreno y Martínez de la Rosa, gala de
-la causa liberal y de la literatura moderna de su país...</p>
-
-<p>En la parte baja de las calles del oro y de la plata, de Lisboa,
-puede verse a diario cierta caterva de hombres de extraña catadura,
-que no parecen portugueses ni europeos. Congréganse en pequeños
-grupos junto a las columnas de la calle a eso del mediodía. Su
-vestidura consiste, generalmente, en una túnica azul sujeta a
-la cintura por un ceñidor rojo, anchos calzones o pantalones de
-lienzo,<span class="pagenum" id="Page_129">[p. 129]</span> y un
-bonete colorado con una borlita de seda azul en lo alto. Al pasar
-entre los grupos se les oye hablar en español o en portugués
-corrompidos, y, a veces, en una lengua áspera y gutural, en la que
-cuantos han viajado por Oriente reconocen el arábigo o alguno de sus
-dialectos. Aquellas gentes son los judíos de Lisboa. Un día me metí
-en uno de los grupos y pronuncié un <i>beraka</i> o bendición. En diversas
-partes del mundo he vivido en contacto con la raza hebrea, y conozco
-bien sus maneras y fraseología. Tenía yo muy vivos deseos de conocer
-la situación de los judíos portugueses, y aproveché la oportunidad
-que se me ofreció. «—Este hombre es un rabí poderoso—dijo una voz en
-arábigo—; nos importa tratarle con bondad». Diéronme la bienvenida,
-y, favoreciendo su error, en pocos días me enteré de cuanto a sus
-personas y a su tráfico en Lisboa concernía.</p>
-
-<p>Los judíos de Europa están al presente divididos en dos clases (o
-sinagogas, como las llaman algunos): la portuguesa y la alemana. La
-más famosa de las dos es la portuguesa. A los judíos de esta clase
-se les considera generalmente más civilizados que los otros, mejor
-educados y más profundamente versados en la lengua de la Escritura y
-en las tradiciones de sus mayores.</p>
-
-<p>En Londres hay un hermoso edificio llamado la sinagoga de
-los judíos portugueses,<span class="pagenum" id="Page_130">[p.
-130]</span> donde los ritos de la religión hebraica se cumplen con
-todo el esplendor y magnificencia posibles. Conociendo estas cosas,
-era natural que, al llegar a Portugal, esperase uno encontrarse en el
-cuartel general de aquel judaísmo, al que por costumbre se asociaban
-en mi ánimo muchas cosas respetables e imponentes. Experimenté,
-pues, sorpresa considerable al oír a los seres a quien he tratado
-de describir más arriba dar esta cuenta de sí mismos: «Nosotros no
-somos de Portugal, venimos de Berbería; algunos, de Argel; y otros,
-de Levante; pero los más, de Berbería, allá lejos»; y señalaban al
-Suroeste.</p>
-
-<p>—¿Y dónde están los judíos de Portugal—pregunté—, hijos auténticos
-de este país?</p>
-
-<p>—No conocemos a nadie fuera de nosotros—respondieron los
-berberiscos—; pero hemos oído decir que aquí hay otros judíos; si
-así es, no quieren tratarse con nosotros, y hacen bien, porque somos
-malísima gente, ¡oh <i>Tsadik</i>!, todos ladrones, sin excepción. Cada
-año viene de Swirah un barco cargado de ladrones: es el que nos trae
-a nosotros a Portugal.</p>
-
-<p>—¿Y vuestras esposas y familias?—dije yo—; ¿dónde están?</p>
-
-<p>—En Swirah, en Salee, o en otros lugares de donde venimos;
-nunca traemos a nuestras mujeres ni a nuestras familias.<span
-class="pagenum" id="Page_131">[p. 131]</span> Muchos de nosotros se
-han escapado de allí con lo puesto por salvar la vida, huyendo de
-los castigos merecidos por nuestros delitos. Algunos viven en pecado
-con las hijas del Nazareno, porque somos una casta depravada, ¡oh
-<i>Tsadik</i>!, y no guardamos los preceptos de la ley.</p>
-
-<p>—¿Tenéis sinagogas y doctores?</p>
-
-<p>—Sí, ¡oh varón justo!; pero poco puede decirse de unas y otros.
-Nuestros <i>chenourain</i> son lugares infectos, y nuestros doctores están
-como nosotros presos en el <i>galoot</i> del pecado. Uno de ellos tiene en
-su casa una hija del Nazareno: es de Swirah, y de tal país no puede
-venir nada bueno.</p>
-
-<p>—¿Y escucháis la palabra de vuestros doctores, aunque son tan
-depravados como decís?</p>
-
-<p>—¿Cómo podríamos vivir si no lo hiciéramos así? Nuestros doctores
-son malísima gente, y viven del fraude como nosotros; con todo, son
-nuestros superiores y hay que temerlos y obedecerlos. Los ángeles
-están a su mandar; disponen de sortilegios, de palabras mágicas
-y del <i>Shem Hamphorash</i><a id="FNanchor_32" href="#Footnote_32"
-class="fnanchor">[32]</a>. Si no diéramos oídos a sus palabras,
-podrían sumir nuestras almas en la consternación, reducirlas a
-niebla, a fango, como tú podrías también, ¡oh varón justo!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_132">[p. 132]</span></p>
-
-<p>Tales fueron las cosas extraordinarias que de sí mismos me
-contaron aquellos judíos, y no tuve motivos para ponerlas en duda,
-pues por diferentes caminos fuí luego comprobándolas. ¡Qué buena
-pareja hacen el delito y la superstición! Aquellos miserables
-que quebrantaban sin escrúpulo los mandamientos eternos de su
-Hacedor, no se atreverían a comer de los animales de uña indivisa<a
-id="FNanchor_33" href="#Footnote_33" class="fnanchor">[33]</a> ni del
-pez sin escamas. Desdeñan las amenazas de los santos profetas contra
-los hijos del pecado, y tiemblan al oír una palabra cabalística
-pronunciada por alguno que quizás los aventaja en infamia; como
-si, según se ha hecho notar acertadamente, Dios fuese a delegar el
-ejercicio de su poder en los fautores de la iniquidad.</p>
-
-<p>Es absolutamente cierto que en otro tiempo los judíos de Portugal
-gozaron merecida fama de riqueza, saber y finas maneras; pero la
-Inquisición hizo en ellos pavoroso estrago. Los que se libraron del
-<i>auto da fe</i> sin convertirse a la idolatría papista, se refugiaron
-en países extranjeros, sobre todo en Inglaterra, donde aún se los
-conoce con su nombre de origen. Actualmente, si bien todas las
-religiones están toleradas en<span class="pagenum" id="Page_133">[p.
-133]</span> Portugal, no se ve por parte alguna a los auténticos
-judíos portugueses, y en su lugar se encuentra por las calles de
-Lisboa a la ralea berberisca, gente proscrita, que no oculta su
-propia degradación.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_134">[Pg 134]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO VI</h2>
- <p class="subhang">
- El frío en Portugal.— Me libro de una extorsión.— Sensación de
- soledad.— El perro.— El convento.— Un paisaje encantador.— El
- castillo morisco.— Plegaria por un enfermo.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">U</span><span class="smcap">nos</span>
-quince días después de mi regreso de Evora y terminados los
-indispensables preparativos, emprendí el viaje a Badajoz, donde
-pensaba tomar la diligencia para Madrid. Badajoz está a unas cien
-millas de Lisboa y es la principal ciudad fronteriza de España por
-la parte del Alemtejo. Para llegar a ella, tenía que rehacer hasta
-Monte Moro el camino ya recorrido en mi excursión a Evora; por tanto,
-poca diversión podía prometerme de la novedad de los sitios. Además
-de eso, iba a hacer el viaje muy solo, sin otra compañía que la del
-arriero, porque no pensaba retener a mi criado más que hasta Aldea
-Gallega, para donde salí a las cuatro de la tarde. Escarmentado por
-la primera travesía, no me embarqué ahora en un bote, sino en uno de
-los faluchos que<span class="pagenum" id="Page_135">[p. 135]</span>
-hacen el servicio regular de pasajeros, y así llegue a Aldea Gallega,
-después de seis horas de viaje; el barco iba muy cargado, no había
-viento, y los marineros no pudieron soltar los pesados remos ni un
-instante. La travesía fué el reverso de la primera—completamente
-segura, pero tan lenta y fatigosa, que cien veces deseé verme de
-nuevo bajo la conducta de aquel marinerillo bárbaro, galopando
-sobre las olas hirvientes impelidas por el huracán. Desde las ocho
-hasta las diez el frío fué verdaderamente terrible, y aunque iba yo
-empaquetado en un excelente <i>shoob</i> de pieles, de mucho abrigo, con
-el que había desafiado los hielos del invierno ruso, tiritaba todo
-mi cuerpo, y al pisar de nuevo el Alemtejo, me alegré aun más que la
-vez primera, cuando desembarqué luego de escapar de una horrorosa
-tempestad.</p>
-
-<p>Me alojé por aquella noche en una casa en que me había presentado,
-a nuestro regreso de Evora, aquel amigo mío que se asustaba de la
-oscuridad; en ella se encontraba mejor acomodo que en la posada de
-la Plaza, si bien me hacían pagar por todo precios inhumanos. Mi
-primer cuidado fué buscar mulas que nos llevasen con el equipaje a
-Elvas, desde donde sólo hay tres leguas cortas hasta Badajoz. Los
-dueños de la casa dijéronme que podían poner a mi disposición dos
-mulas excelentes; pero cuando<span class="pagenum" id="Page_136">[p.
-136]</span> pregunté el precio tuvieron la desvergüenza de pedirme
-cuatro <i>moidores</i>. Les ofrecí tres, que era ya demasiado, pero no los
-aceptaron; sabían que yo era inglés, y, por tanto, la oportunidad
-de ponerme a contribución les pareció excelente; porque no podían
-figurarse que una persona tan rica como un inglés «debe» ser, se
-determinara a salir a la calle en noche tan fría, sólo por buscar
-un ajuste más razonable. Se equivocaron de medio a medio, y díjeles
-que, antes de fomentar su picardía, me daría el gusto de volverme
-a Lisboa; al oírme, rebajaron el precio a tres <i>moidores</i> y medio;
-pero yo, sin responder palabra, salí con Antonio y me dirigí a la
-casa del viejo que nos había llevado la otra vez a Evora. Llamamos
-muchas veces, porque el hombre estaba acostado; al fin se levantó y
-nos abrió; pero, al oír nuestra petición, dijo que sus mulas habían
-ido de nuevo a Evora con el muchacho, para traer unas mercancías.
-Nos recomendó, sin embargo, a un vecino suyo, alquilador de mulas,
-y con él ajustó Antonio dos buenas caballerías por dos <i>moidores</i>
-y medio. Digo que las ajustó Antonio, porque yo me estuve aparte
-y sin hablar, mientras el dueño, a medio vestir, con una luz en
-la mano y tiritando de frío, nos llevó a ver sus bestias, y el
-hombre no se enteró de que eran para un extranjero hasta después de
-cerrar el trato y de recibir una cantidad en señal. Me volví<span
-class="pagenum" id="Page_137">[p. 137]</span> a mi alojamiento muy
-satisfecho, y después de cenar un poco me fuí a acostar, sin hacer
-gran caso de los posaderos, que me apuñalaban con la mirada de sus
-ojillos judaicos.</p>
-
-<p>A las cinco de la mañana siguiente llegaron las mulas a la puerta
-de la casa. Con ellas venía un muchacho de diez y nueve o veinte
-años. Era bajo, pero sumamente recio, y poseía la cabeza más grande
-que he visto nunca sobre los hombros de un mortal; cuello, no lo
-tenía; al menos no pude descubrir nada digno de ese nombre. Era
-su rostro de fealdad repulsiva y en cuanto le dirigí la palabra,
-descubrí que era idiota. Tal iba a ser mi compañero en un viaje
-de cien millas y de cuatro días, a través de una de las regiones
-más agrestes y peor afamadas del reino. Me despedí de mi criado
-casi con lágrimas en los ojos, porque siempre me había servido con
-suma fidelidad y mostrado un celo y un deseo de contentarme que me
-llenaban de satisfacción.</p>
-
-<p>Partimos, yendo el imbécil del guía sentado en la mula de
-carga, encima del equipaje, con las piernas cruzadas. Acababa de
-ponerse la luna. La mañana era profundamente oscura y el frío, como
-siempre, penetrante. No tardamos en llegar al lúgubre bosque, ya
-atravesado por mí otra vez, y por él caminamos algún tiempo, lenta y
-tristemente. No se oía más ruido que el de las<span class="pagenum"
-id="Page_138">[p. 138]</span> mulas. Ni un soplo de aire movía las
-ramas desnudas. En los matorrales no se rebullía animal alguno,
-ni volaban sobre nosotros pájaros, ni siquiera las lechuzas. Todo
-parecía desolado y muerto. En mis numerosos y lejanos viajes, nunca
-he tenido sensación de soledad ni deseo de conversar y de cambiar
-ideas tan vivos y fuertes como en aquel momento. Era inútil hablar al
-arriero idiota; conocía muy bien el camino, pero a cualquier pregunta
-que se le hacía no daba otra respuesta que una risa imbécil. Al
-verme en tal estado, hice lo que muchas personas hacen cuando se ven
-privadas de todo consuelo humano: volví mi corazón a Dios y comencé
-a comunicar con Él por la oración, con lo que mi alma se vió pronto
-confortada y tranquila.</p>
-
-<p>Hicimos nuestro camino sin novedad, ni tropezamos con ladrones,
-ni vimos ser viviente hasta llegar a Pegões; desde este punto hasta
-Vendas Novas, tuvimos la misma suerte. Los dueños de la posada de
-este lugar me conocían bien, por haber pasado dos noches bajo su
-techo; y al verme aparecer de nuevo me dieron la bienvenida con mucha
-amabilidad. El nombre de este posadero es, o era, José Díaz Azido,
-y a diferencia de la generalidad de sus compañeros de profesión en
-Portugal, es un hombre honrado; los extranjeros, al alojarse en
-esta posada, pueden estar seguros de que no los saquearán<span
-class="pagenum" id="Page_139">[p. 139]</span> ni robarán sin piedad a
-la hora de pagar la cuenta, ni les cobrarán un solo <i>re</i> más que a un
-portugués en iguales circunstancias. En este pueblo pagué exactamente
-la mitad de lo que me pidieron en Arroyolos, donde pasé la noche
-siguiente con muchas menos comodidades de todo orden.</p>
-
-<p>A las doce del siguiente día llegamos a Monte Moro, y como no
-tenía gran prisa, decidí visitar las ruinas yacentes en la cima y
-la falda de la soberbia montaña erguida sobre la ciudad. Después de
-pedir algo de comer en la posada donde paramos, subí cerro arriba
-hasta llegar a un ancho muro o parapeto que, a cierta altura, ciñe
-la montaña entera. Por un tosco puente de piedra crucé un pequeño
-foso o trinchera; pasé al pie de una gruesa torre, y atravesando el
-arco de una puerta me encontré en la parte cercada de la montaña. A
-mano izquierda había una iglesia, bien conservada y destinada aún al
-culto; pero no pude verla, porque la puerta estaba cerrada con llave
-y no vi por allí a nadie que pudiera abrirla.</p>
-
-<p>Pronto comprendí que mi curiosidad me había llevado a un lugar
-verdaderamente extraordinario, muy superior al escaso talento
-descriptivo de que estoy dotado. Anduve dando traspiés sobre las
-ruinas, y en un momento determinado me di cuenta de que caminaba
-sobre bóvedas, deteniéndome de pronto ante un ancho agujero en el
-que<span class="pagenum" id="Page_140">[p. 140]</span> hubiera caído
-si llego a dar un paso más en mi distraída marcha. Seguí un buen
-trecho a lo largo del muro por el lado oriental, cuando de pronto oí
-un tremendo ladrido y apareció un perrazo como los que guardan los
-rebaños en aquellas campiñas; dando saltos se me acercó, dispuesto a
-atacarme «con los ojos hechos brasas y enseñando los colmillos». Si
-hubiese huído o hubiese empleado un modo de defensa distinto del que,
-sin falta alguna, acostumbro a usar en tales circunstancias, el perro
-me hubiera mordido probablemente; lo que hice fué inclinarme hasta
-casi pegar la barba con las rodillas, mirando al perro fijamente en
-los ojos, y ocurrió, como dice John Leyden en la más hermosa balada
-que la «Tierra del Brezo» ha producido, «que el perro salió huyendo,
-como herido por un conjuro mágico».</p>
-
-<p>Es un hecho conocido de mucha gente, y comprobado con frecuencia,
-según creo, que ningún perro o animal mayor y fiero, de cualquier
-especie que sea, con excepción del toro, que cierra los ojos y
-embiste a ciegas, se atreve a atacar a un hombre que le haga cara
-con firme y sereno continente. Digo un animal mayor y fiero, porque
-es más fácil repeler a un sabueso o a un oso de Finlandia de la
-manera dicha, que a un perro sin raza o a un perdiguero, contra
-el que un palo o una piedra son mucho mejor<span class="pagenum"
-id="Page_141">[p. 141]</span> defensa. Nada de esto asombrará a quien
-considere que una serena mirada de reproche le basta a la razón para
-mitigar los excesos de los hombres fuertes y valerosos, mientras
-que ese medio sólo sirve para aumentar la insolencia de los débiles
-y de los necios, fáciles de amansar, en cambio, como palomas si se
-les infligen castigos que, aplicados a los primeros, exacerbarían
-su cólera, haciéndola más terrible, y, como pólvora arrojada en una
-hoguera, les induciría, en loca desesperación, a sembrar el estrago
-en torno suyo.</p>
-
-<p>A los ladridos del perro, surgió de una especie de paseo un viejo,
-su amo, a mi parecer, a quien hice varias preguntas acerca del lugar.
-El hombre, bastante cortés, me contó que había servido como soldado
-en el ejército inglés, al mando del «gran lord», durante la guerra
-de la península. Me dijo que había un convento de monjas un poco más
-lejos, y como se mostrara dispuesto a llevarme a él, echamos a andar
-hacia la parte Sureste de la muralla, donde se aparecía un vasto
-edificio ruinoso.</p>
-
-<p>Entramos en cierto lóbrego aposento de piedra, en uno de cuyos
-rincones había una especie de ventana cerrada por una tabla
-giratoria, por donde se entregaban y recibían los objetos en el
-convento. El viejo tocó la campana, y, sin decir palabra, se retiró,
-dejándome algo perplejo; pero, un instante después oí, sin poder
-ver a quien me hablaba,<span class="pagenum" id="Page_142">[p.
-142]</span> una suave voz femenina preguntándome mi condición y el
-motivo de mi visita. Dime a conocer como un inglés que, de paso en
-Monte Moro, camino de España, había subido al cerro a visitar las
-ruinas. La voz me respondió: «Supongo que será usted militar, e irá
-a pelear contra el rey, como todos sus compatriotas.» «No—dije yo—;
-no soy hombre de guerra, soy un cristiano; no voy a verter sangre,
-sino a procurar la difusión del evangelio de Cristo en un país que le
-desconoce»; a esto me respondió una risita ahogada. Pregunté después
-si había en el convento ejemplares de las Sagradas Escrituras;
-aquella voz amigable no supo darme noticias sobre el particular,
-y casi no me atrevo a creer que mi interlocutora entendiese la
-pregunta. Me contó que el oficio de abadesa era anual; cada año
-tenían superiora nueva. Al preguntar si a las monjas no se les hacía
-muy pesado el tiempo, me declaró que, cuando no tenían cosa mejor en
-qué ocuparse, se entretenían haciendo quesadillas para el consumo de
-aquellos contornos. Di las gracias a la voz por sus noticias, y me
-fuí. Según iba andando pegado al muro del convento hacia el Suroeste,
-sonaron sobre mi cabeza nuevas y más fuertes risas ahogadas; alcé la
-vista y descubrí en tres o cuatro ventanas los rostros melancólicos
-y los flotantes cabellos negros de las monjas, ansiosas de ver
-al forastero. Me besé la<span class="pagenum" id="Page_143">[p.
-143]</span> mano repetidas veces, y proseguí la marcha; a poco llegué
-al extremo Suroeste de aquella montaña tan fértil en curiosidades.
-Allí encontré los restos de un gran edificio, construído, al parecer,
-en forma de cruz. En su parte oriental subsiste una torre entera;
-el lado Oeste, todo en ruinas, cae al borde de la colina, mirando
-al valle por cuyo fondo corre el arroyo ya mencionado en otra
-ocasión.</p>
-
-<p>El día era muy caluroso, a pesar del frío de las noches
-anteriores; el radiante sol de Portugal alumbraba un paisaje de
-arrebatadora hermosura. Bosquecillos de alcornoques cubrían el lado
-opuesto del valle y las pendientes lejanas, formando deliciosas
-perspectivas, donde pacían los rebaños; las aguas del arroyo se
-estrellaban en los pedruscos del cauce y hacían un suave murmullo que
-llegaba hasta mi oído, bañándome el alma en delicias. Sentado en las
-ruinas del muro permanecí extático, vertiendo lágrimas de felicidad;
-porque de todos los placeres que por la bondad de Dios gozan sus
-hijos, ninguno tan caro a ciertos corazones como la música de los
-bosques y de los arroyos y la contemplación de las bellezas de su
-gloriosa creación. Transcurrió una hora, y aún permanecía yo sentado
-en la muralla; las escenas de mi vida pasada flotaban ante mis ojos
-en fantástica e impalpable formación, y por entre ellas <span
-class="pagenum" id="Page_144">[p. 144]</span>asomaban aquí y allá
-los árboles, las colinas y demás objetos del panorama que realmente
-tenía frente a mí. El sol me quemaba el rostro, pero yo no hacía caso
-de ello; hubiera permanecido allí hasta la noche, creo yo, sumido en
-una de esas ensoñaciones, buenas tan sólo para debilitar el ánimo,
-lo confieso, y para malgastar muchos minutos que podrían emplearse
-mejor, si el disparo de la escopeta de un cazador, despertando los
-ecos de los bosques, de las montañas y de las ruinas, no me hubiese
-hecho ponerme en pie y recordar que aún me faltaban tres leguas para
-llegar a la hostería donde me proponía pasar la noche.</p>
-
-<p>Guié mis pasos hacia la posada, siguiendo a lo largo de una
-especie de parapeto. Poco antes de llegar a la puerta de entrada,
-observé a mano derecha una cripta vaciada en la vertiente del monte;
-tres columnas sostenían la techumbre, pero había cedido un poco hacia
-el fondo, de suerte que la luz penetraba en el interior por una
-hendidura abierta en lo alto. Aquello podía haber sido edificado para
-servir de capilla o de cementerio, me inclino a creer que de esto
-último; pero, seguramente, no era obra de moros. En mis correrías
-por aquellos lugares, nada vi que me recordase a tan singularísimo
-pueblo. En el cerro donde yacen estas ruinas hubo, sin duda alguna,
-un poderoso castillo de los moros, quienes al invadir la<span
-class="pagenum"><a id="Page_145">[p. 145]</a></span> península
-ocuparon casi todos los lugares altos y naturalmente fuertes,
-poniéndolos en estado de defensa; pero es probable que perdieran muy
-pronto el cerro visitado ahora por mí, y que los muros y edificios
-cuyos despojos lo cubren, fuesen labrados por los cristianos después
-de reconquistar la posición del poder de los terribles enemigos de
-su fe. Monte Moro presenta cierta lejana semejanza con Cintra, que
-puede traer a la mente del viajero el recuerdo de este último lugar;
-sin embargo, hay en Cintra una nota agreste y ruda que no existe en
-Monte Moro. Allí los peñascos gigantescos se apilan en forma tal, que
-parecen amenazar con la destrucción inminente de cuanto los rodea;
-las ruinas aún adheridas a los peñascos, más parecen nidos de águilas
-que restos de habitaciones humanas, incluso de moros; mientras que
-las ruinas de Monte Moro están asentadas, comparativamente, con
-más holgura en el ancho lomo de un cerro, grande y levantado, pero
-sin peñascos ni precipicios, al que puede subirse por todos lados
-sin gran dificultad. Viva satisfacción me produjo la visita a ese
-monte; muchas cosas he de ver en mis viajes para olvidar la voz en el
-convento medio derruído, las murallas entre cuyos escombros divagué,
-y el parapeto donde estuve sentado una hora, sumido en mi arrobador
-ensueño, bajo los rayos brillantes del sol.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_146">[p. 146]</span></p>
-
-<p>Volví a la posada, y restauré mis fuerzas con té y unas
-quesadillas muy dulces y agradables, obra de las monjas del convento.
-Al observar el semblante triste y preocupado de la gente de la casa,
-pregunté el motivo a la huéspeda, sentada casi sin movimiento en el
-suelo junto a la lumbre; díjome que su marido estaba en peligro de
-muerte a causa de una enfermedad, que, por los síntomas, debía de ser
-una especie de cólera; el médico no abrigaba esperanzas de salvación.
-La animé a confiar en el poder de Dios, capaz de restaurar al enfermo
-en pocas horas, trayéndole desde el borde de la tumba a la plena
-salud, y así debía ella pedírselo fervorosamente al Todopoderoso.
-Añadí que, si no sabía hacer la oración propia del caso, yo estaba
-dispuesto a orar por ella, con tal que se uniese en espíritu a mi
-súplica. Entonces ofrecí una breve plegaria en portugués, pidiendo
-al Señor que, si así convenía, librara a aquella familia de la
-grave aflicción que pesaba sobre ella. La mujer escuchó muy atenta,
-con las manos devotamente juntas, hasta el fin de la oración,
-y después me miró con asombro, al parecer, pero sin pronunciar
-palabra por donde yo pudiera colegir si lo dicho por mí le había o
-no desagradado. Me despedí luego de la familia, y, montando en la
-mula, salí para Arroyolos<a id="FNanchor_34" href="#Footnote_34"
-class="fnanchor">[34]</a>.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_147">[Pg 147]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO VII</h2>
- <p class="subhang">
- La piedra druídica.— Un joven español.— Soldados rufianes.— Los
- males de la guerra.— Estremoz.— La disputa.— La atalaya en ruinas.—
- Vislumbre de España.— Ayer y hoy.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">L</span><span class="smcap">egua</span>
-y media llevaríamos andada, cuando una tromba de aire se desencadenó
-por el Norte, levantando inmensas nubes de polvo; felizmente, el
-huracán no nos daba de cara, pues en otro caso nos hubiera sido
-difícil seguir adelante, por su extremada violencia. Habíamos dejado
-el camino para utilizar un pequeño atajo practicable para las
-caballerías, pero que, como otros muchos, no podía recorrerse en
-carruaje.</p>
-
-<p>Cruzábamos unos arenales cubiertos de maleza y de pedruscos que
-formaban una espesa capa sobre el suelo. Estas son las piedras de
-que están formadas las <i>sierras</i> de España y Portugal; singulares
-montañas que se alzan en horrenda desnudez, como huesos de un
-esqueleto gigante descarnado. Muchos de aquellos pedruscos emergían
-del<span class="pagenum" id="Page_148">[p. 148]</span> suelo;
-muchos yacían sueltos en la superficie, removidos acaso de sus
-lechos por las aguas del diluvio. Mientras nos fatigábamos caminando
-por tan agrestes lugares, descubrí, un poco hacia mi izquierda, un
-amontonamiento de piedras de aspecto singular y hacia ellas guié mi
-mula. Era un altar druida, el más bello y completo de cuantos yo
-había visto hasta entonces. Era circular; constituíanlo unas piedras
-sumamente anchas y recias en la base, que se iban adelgazando hacia
-el remate, trabajado por la mano del artista en forma parecida al
-festón o borde de una concha. Encima estaba puesta otra piedra lisa
-muy ancha, inclinada hacia el Sur, donde se abría una puerta. En
-el interior, capaz para tres o cuatro hombres, crecía un espino
-pequeño.</p>
-
-<p>Contemplé con veneración y temor respetuoso aquel altar donde los
-primeros pobladores de Europa ofrecieron su culto al Dios ignoto.
-Los templos que los romanos, poderosos y diestros, levantaron en
-una edad comparativamente moderna, yacen hechos polvo no lejos de
-allí. Las iglesias de los godos arrianos, herederos de su poder,
-no se encuentran por parte alguna, como si se las hubiera tragado
-la tierra. ¿Y qué ha sido y dónde están las mezquitas del moro,
-conquistador de los godos? Sus ruinas mohosas se disipan poco a poco
-sobre las rocas. No así la piedra druídica: allí se está,<span
-class="pagenum" id="Page_149">[p. 149]</span> batida por los vientos,
-tan firme y tan acabada de hacer como el día en que, hace acaso
-treinta siglos, fué erigida por medios hoy desconocidos. Sacudida
-por los terremotos, la piedra del remate no se ha caído; oleadas
-de lluvia la han inundado sin conseguir barrerla de su asiento;
-el candente sol reverbera en su superficie sin agrietarla ni
-desmenuzarla; y el tiempo, antiquísimo, implacable, ha desgastado
-contra ella su férreo diente, con tan escaso efecto como pueden
-observar cuantos la visiten. Allí permanece la piedra; quien desee
-estudiar la literatura, la ciencia y la historia de los antiguos
-celtas y cimbrios, puede colegir, contemplando esa piedra y meditando
-ante ella, todo lo que de tales hombres se sabe. Los romanos dejaron
-tras de sí sus escritos inmortales, su historia, su poesía; los
-godos, su liturgia, sus tradiciones y el germen de instituciones muy
-nobles; los moros, su caballerosidad, sus descubrimientos en medicina
-y las bases del comercio moderno. ¿Qué memoria queda de las razas
-druídicas? ¡Hela aquí, en ese rimero de piedra eterna!</p>
-
-<p>Llegamos a Arroyolos a cosa de las siete de la noche. Me instalé
-en un espacioso aposento de dos camas, y cuando me disponía a
-sentarme para cenar, vino la huéspeda a preguntarme si no tendría
-inconveniente en que un joven español pasase la noche en mi
-cuarto. Díjome que el joven acababa de<span class="pagenum"
-id="Page_150">[p. 150]</span> llegar con unos arrieros, y no había
-en la casa otro sitio donde aposentarlo. Accedí, y a la media hora
-apareció el español, después de cenar con sus compañeros. Era un
-mancebo de diez y siete años, que por su buena presencia denotaba ser
-persona de distinción. Me saludó en su lengua natal, y al ver que
-le entendía, comenzó a hablar con volubilidad asombrosa. En cinco
-minutos me refirió que, movido del deseo de ver mundo, se había
-desgarrado de su familia, gente opulenta de Madrid, con ánimo de no
-volver hasta haber recorrido varios países. Le contesté que si decía
-verdad había cometido una acción mala e insensata: mala, por el dolor
-con que amargaba a las personas a quienes debía honrar y amar, e
-insensata, pues se exponía a inconcebibles miserias y trabajos que
-muy pronto le harían maldecir la resolución tomada; hícele ver que
-en país extranjero le recibirían bien mientras tuviera dineros para
-gastar, y en cuanto se le acabasen, le tratarían como a un vagabundo,
-y acaso le dejarían morirse de hambre. Repuso que, como llevaba
-consigo una cantidad considerable, cien duros nada menos, tenía
-dinero para mucho tiempo, y cuando se le acabara, podría quizás ganar
-más. «Con esos cien duros—le dije—apenas podrá usted vivir tres meses
-en este país, si no le roban a usted antes; y creer que va usted a
-ganar dinero honradamente es tan razonable como<span class="pagenum"
-id="Page_151">[p. 151]</span> si pensara usted ir a buscarlo en la
-cima de las montañas.» El muchacho no tenía aún bastante experiencia
-para seguir mis consejos. A poco, cambiamos de conversación. A las
-cinco de la mañana siguiente se me acercó a la cama para despedirse
-porque los arrieros hacían ya preparativos de marcha. Díjele la
-fórmula usual en España: «<i>Vaya usted con Dios</i>», y no le volví a ver
-más.</p>
-
-<p>A las nueve, después de pagar un precio exorbitante por muy
-escasas comodidades, salí de Arroyolos, ciudad o lugar grande,
-situado en una elevación del terreno y visible desde muy lejos. Puede
-envanecerse de las ruinas de un vasto castillo antiguo, obra de
-moros, al parecer, colocado en una colina, a la izquierda del camino,
-según se va a Estremoz.</p>
-
-<p>A una milla de Arroyolos di alcance a una fila de carros con
-bastimentos y municiones para España, escoltados por un destacamento
-de soldados portugueses. Seis o siete soldados iban de avanzada, muy
-separados del convoy: eran unos tunantes de malísima catadura, en
-cuyos rostros lívidos, horrendos, estaban escritos el homicidio y
-todos los demás crímenes prohibidos por la ley de Dios. Al pasar a su
-lado, uno de ellos comenzó a maldecir a los extranjeros, y con voz
-áspera y gruñona, dijo: «Ahí va ese francés a caballo (iba en mula)
-con un hombre<span class="pagenum" id="Page_152">[p. 152]</span>
-(el idiota) para cuidarle todo por ser rico, mientras un pobre
-soldado como yo, tiene que andar a pie. De buena gana le mataría de
-un tiro. ¿En qué vale más él que yo? Pero es extranjero; el diablo
-protege a los extranjeros, y odia a los portugueses.» Continuó el
-soldado vomitando injurias, y ya le había sacado yo lo menos cuarenta
-varas de delantera, cuando me eché a reír, sin pensar que lo más
-prudente era permanecer tranquilo; un momento después, en efecto,
-¡paf!, ¡paf!, dos balas bien dirigidas me silbaron en los oídos.
-Hallábame justamente al borde de un pequeño arroyo, sobre el que
-había un puente a muy considerable distancia por mi izquierda; metí
-espuelas a la mula, lanzándola a través del cauce, seguido muy de
-cerca por el aterrorizado guía, y una vez en la otra orilla galopé
-por la planicie arenosa hasta ponerme en salvo.</p>
-
-<p>Aquellos individuos, con aspecto de bandidos, por sus acciones
-mejoraban su facha. Encontrárselos en un lugar solitario, no será
-nunca para el viajero motivo de alabar su buena fortuna. Los
-carreteros eran españoles, de las cercanías de Badajoz, enviados a
-Portugal para transportar los bastimentos. Uno de ellos, a quien
-volví a encontrar en Badajoz, me contó que toda la escolta era
-de la misma calaña; a él y a sus compañeros los habían robado
-muchas cosas,<span class="pagenum" id="Page_153">[p. 153]</span>
-amenazándolos de muerte si los denunciaban. Espanta imaginar lo
-que sería un ejército compuesto de tales seres, enviado a un país
-extranjero para conquistarlo o defenderlo; no obstante, cuando
-escribo estas páginas, España aguarda el socorro armado de Portugal.
-Quiera Dios misericordioso que las tropas enviadas en su apoyo
-sean de diferente cuño: aun así, temo, vista la relajación de la
-disciplina en el ejército portugués, comparado con el inglés o el
-francés, que a los habitantes pacíficos de las provincias asoladas
-por la guerra les parezca que los lobos se han juntado para cazar a
-perros y echarlos del redil. No quisiera morirme sin ver el día en
-que no se tolere la soldadesca en ningún país civilizado, o, cuando
-menos, cristiano.</p>
-
-<p>Prosiguiendo mi camino hacia Estremoz, pasé junto a Monte Moro
-Novo, colina alta y polvorienta, coronada por un edificio antiguo,
-morisco probablemente. El país era desolado y desierto, por más que
-de vez en cuando se descubría algún valle poblado de alcornoques y
-<i>azinheiras</i>. Después del mediodía, el viento, muy encalmado durante
-la noche y la mañana anteriores, volvió a soplar con tal fuerza que
-casi me aturdía, aunque nos daba de espaldas.</p>
-
-<p>A las cuatro de la tarde, al remontar una cuesta, descubrí con
-profunda alegría la ciudad de Estremoz, asentada en una colina,<span
-class="pagenum" id="Page_154">[p. 154]</span> a menos de una legua de
-distancia. Desde donde yo estaba, se dominaba un panorama de singular
-belleza. El sol se ponía entre rojas y tormentosas nubes, y sus rayos
-reverberaban en los pardos muros de la encumbrada ciudad adonde
-íbamos. Hacia el Suroeste, no muy lejos, alzábase Serra Dorso, la
-montaña más hermosa del Alemtejo, ya vista por mí desde Evora.</p>
-
-<p>El idiota de mi guía volvió su rostro imbécil hacia la sierra,
-y sintiéndose súbitamente inspirado, abrió la boca por vez primera
-durante el día, casi podría decir desde que salimos de Aldea Gallega,
-y comenzó a explicarme las extrañas cazas que podían hacerse en
-aquellos montes. También me describió con gran minuciosidad un
-perro maravilloso que había por allí, adiestrado en la caza de
-lobos y jabalíes, y cuyo dueño se había negado a venderlo en veinte
-<i>moidores</i>.</p>
-
-<p>Al cabo, llegamos a Estremoz; nos alojamos en la posada principal,
-que mira a una explanada o plaza del mercado, centro de la ciudad,
-y tan ancha, que a mi parecer podrían evolucionar en ella diez mil
-soldados con toda holgura.</p>
-
-<p>El terrible frío no me consintió permanecer en la habitación a
-que me llevaron, y entré en una especie de cocina abierta a un lado
-del pasadizo abovedado que, en los bajos de la casa, llevaba al
-corral y a las<span class="pagenum" id="Page_155">[p. 155]</span>
-cuadras. Una impetuosa ráfaga caliente se precipitaba a través del
-pasadizo, como el agua por el caz de un molino. Un enorme tronco de
-alcornoque ardía en el fogón, debajo de la espaciosa campana, y en
-torno de la lumbre se acurrucaba una ruidosa turba de campesinos y
-labradores de las inmediaciones y tres o cuatro matuteros españoles.
-Me costó trabajo conseguir puesto; los españoles y los portugueses
-rara vez hacen sitio a un extraño, y como no se les pida o se los
-empuje, prefieren quedársele a uno mirando con expresión que parece
-significar: «sé muy bien lo que usted necesita, pero prefiero
-permanecer donde estoy.»</p>
-
-<p>Entonces observé por vez primera cierto cambio en el modo de
-hablar, menos sibilante y más gutural; para dirigirse unos a otros
-empleaban los interlocutores el término español de cortesía <i>usted</i>,
-en lugar del hinchado <i>vossem se</i> portugués. Esto es un resultado
-de la comunicación constante con los naturales de España, que nunca
-consienten en hablar portugués, ni aun en Portugal, y persisten en
-emplear su magnífico idioma materno, que acaso andando el tiempo
-acabarán por adoptar todos los portugueses. Esto facilitaría mucho la
-unión de ambos países, separados hasta hoy por la natural terquedad
-humana.</p>
-
-<p>Poco tiempo llevaba yo sentado a la lumbre, cuando un individuo,
-montado en un<span class="pagenum" id="Page_156">[p. 156]</span>
-caballo fino y nervioso, se precipitó por el pasadizo desde la
-cuadra a la cocina, y empezó a lucir sus habilidades de caballista,
-obligando al animal a encabritarse y a girar velozmente sobre las
-patas, con manifiesto peligro de cuantos se hallaban en el aposento.
-Salió después a la explanada, donde se entretuvo galopando, y al cabo
-de media hora volvió, dejó el caballo en la cuadra y vino a sentarse
-junto a mí, hablándome en una jerigonza ininteligible, que a él se le
-antojaba francés.</p>
-
-<p>Estaba el hombre medio borracho, y pronto lo estuvo tres cuartos,
-a fuerza de trasegar vaso tras vaso de <i>aguardiente</i>. Viendo mi
-mutismo, se dirigió en mal español a uno de los <i>contrabandistas</i>;
-éste, o no le entendió o no quiso entenderle, pero al fin, perdiendo
-la paciencia, le llamó borracho y le mandó callarse. Exasperado
-por tal desprecio, asió el beodo el vaso en que bebía, arrojándolo
-a la cabeza del español, quien brincó como un tigre, desenvainó
-un cuchillo y tiró de abajo a arriba un tajo a las mejillas de su
-agresor; indudablemente, le hubiese cortado la cara, de no haber
-detenido yo a tiempo el brazo del matutero, reduciendo así el daño
-a un arañazo en la mandíbula inferior, del que brotó un poco de
-sangre.</p>
-
-<p>Los compañeros del español se metieron por medio, y con gran
-trabajo se lo llevaron a un pequeño aposento en lo más apartado<span
-class="pagenum" id="Page_157">[p. 157]</span> de la casa, donde ellos
-dormían y guardaban además los arreos de sus mulas. El borracho
-comenzó entonces a cantar o más bien a berrear la Marsellesa; después
-de molestarnos más de una hora, se le pudo persuadir que montase a
-caballo y se fuera, acompañado por un vecino suyo. Era el tal un
-tratante en cerdos de aquellos contornos, pero había sido antaño
-soldado en el ejército de Napoleón, donde, como el cochero borracho
-de Evora, supongo que adquiriría sus hábitos de embriaguez y su
-francés rudimentario.</p>
-
-<p>Desde Estremoz a Elvas hay seis leguas. A las nueve de la mañana
-siguiente emprendí la marcha. El camino corría al principio por
-terreno cerrado, pero no tardamos en salir a unas llanuras yermas y
-desabrigadas, en las que el viento, que no dejaba de perseguirnos,
-gemía tristemente. No encontramos alma viviente en el camino. El
-paisaje era en extremo desolado. En el cielo, gris oscuro, no se
-vislumbraba ni un rayo de sol. A gran distancia delante de nosotros,
-sobre una elevación del terreno, se alzaba una torre, único objeto
-que rompía la uniformidad del desierto. Dos horas después de haberla
-columbrado, llegamos al pie de la altura donde estaba la torre; allí
-mana una fuente y vierte sus aguas transparentes y puras en un pilón
-de piedra. Hicimos alto para dar de beber a las mulas.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_158">[p. 158]</span></p>
-
-<p>Eché pie a tierra, y separándome del guía, emprendí la subida
-hacia la torre. La cuesta era muy suave, mas no dejé de pasar algún
-trabajo, por estar el piso cubierto de piedras afiladas, que,
-pasándome el calzado, me hirieron dos o tres veces en los pies;
-además, la distancia resultó ser mucho mayor de lo que yo supuse. Al
-fin llegué a las ruinas, pues no otra cosa había allí. Me encontré
-con una de esas torres vigías, llamadas en portugués <i>atalaias</i>;
-era cuadrada, rodeábala un muro, derruído en grandes trechos. La
-torre, cuya parte inferior estaba toda macizada, no tenía puerta;
-pero en una de sus caras había unas hendiduras entre las piedras
-para apoyar los pies, y trepando por tan tosca escalera llegué a un
-aposento pequeño, de unos cinco pies en cuadro, con el techo hundido.
-Dominábase desde allí una extensa vista en todas direcciones; aquel
-era evidentemente el alojamiento de los encargados de vigilar la
-frontera y de dar la alarma—encendiendo hogueras, acaso—al aparecer
-los enemigos. Un puñado de hombres resueltos podía defenderse en tan
-pequeña fortaleza contra asaltantes numerosos, expuestos en la subida
-a los tiros de la torre.</p>
-
-<p>Ya iba a marcharme cuando, detrás de una parte del muro no
-recorrida por mí, sonó un grito extraño; acudí presuroso y me
-encontré con una miserable criatura, harapienta, sentada en una
-piedra. Era un loco,<span class="pagenum" id="Page_159">[p.
-159]</span> como de treinta años de edad, creo que sordo-mudo.
-Clavado en su asiento, desvariaba y gesticulaba, retorciendo su ruda
-fisonomía en espantables contorsiones. Solo aquello faltaba para
-completar la escena. Unos bandidos hubieran estado fuera de lugar en
-tan melancólica desolación. Pero el loco, sentado en la piedra detrás
-de las ruinas batidas por el viento, contemplando los marchitos
-chaparrales, sobre los que gravitaba un cielo hosco y pesado,
-componía un cuadro de tristeza y miseria como no lo habrá concebido
-poeta o pintor alguno en sus delirios más sombríos. No es este el
-primer caso en que me ha tocado comprobar que la realidad sobrepuja a
-veces a la fantasía.</p>
-
-<p>Monté de nuevo en la mula y caminamos hasta que, al llegar a lo
-alto de otra colina, exclamó el guía súbitamente: «¡Allí está Elvas!»
-Miré en la dirección que me indicaba, y vi una ciudad encaramada
-en un alto cerro. Separado de éste por un profundo valle, hacia la
-izquierda, había otro cerro mucho más alto, donde está la famosa
-fortaleza de Elvas, reputada por la más poderosa de Portugal. Entre
-ambos cerros, pero muy al fondo, y lejos, en dirección de España,
-columbré las vertientes sombrías y la cima nebulosa de una soberbia
-montaña, que, según más adelante supe, era Alburquerque, una de las
-mayores de Extremadura.</p>
-
-<p>El camino entraba allí en paraje cultivado;<span class="pagenum"
-id="Page_160">[p. 160]</span> por entre setos vivos llegamos a un
-sitio donde el terreno descendía suavemente. A la derecha arrancaba
-el acueducto que provee de agua a la ciudad; tenía allí escasamente
-dos pies de altura, pero según íbamos descendiendo, las proporciones
-de la fábrica crecían, hasta ser colosales. Cerca del fondo del
-valle, el acueducto torcía a la izquierda, salvando el camino con
-uno de sus arcos: al pasar por debajo, alcé los ojos para mirarlo.
-El agua corría a cien pies de altura sobre mi cabeza; la inmensidad
-de la obra realizada para transportarla me llenó de admiración. Con
-todo, cierto detalle rebaja mucho las pretensiones de grandeza y
-magnificencia de este acueducto: el agua no corre, como en el de
-Lisboa, sobre un solo orden de arcos gigantescos, posados en el
-valle como piernas de titanes, sino sobre tres órdenes de arcos
-superpuestos. El gasto y el trabajo necesarios para levantar tan
-insigne máquina, debieron de ser enormes; y cuando se piensa en la
-relativa facilidad con que la industria moderna obtendría igual
-resultado, no puede uno por menos de alegrarse de vivir en tiempos en
-que es innecesario esquilmar la riqueza de una provincia para proveer
-a una ciudad, construída en un cerro, de un indispensable elemento de
-vida.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_161">[Pg 161]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO VIII</h2>
- <p class="subhang">
- Elvas.— Longevidad extraordinaria.— La nación inglesa.— Ingratitud
- portuguesa.— Las fortificaciones.— Un mendigo español.— Badajoz.— La
- aduana.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">A</span><span class="smcap">&nbsp;mi</span>
-llegada a la puerta de Elvas un oficial salió de una especie de
-cuerpo de guardia, y después de hacerme varias preguntas, me envió,
-acompañado de un soldado, a la oficina de policía, donde mi pasaporte
-había de ser <i>visé</i>, porque en la frontera son muy exigentes en ese
-particular. Arreglado el asunto, me instalé en una hostería próxima
-a aquella puerta; me la había recomendado el posadero de Vendas
-Novas, y su dueño se llamaba José Rosado. Era la mejor de Elvas,
-pero muy inferior en comodidades a cualquier figón inglés. Acosado
-por el frío, me refugié gustoso en una cocina interior, alumbrada
-tan sólo, una vez cerrada la puerta, por el resplandor del fuego que
-ardía débilmente en el fogón. Una mujer de edad, sentada en una silla
-junto a la lumbre, pasaba<span class="pagenum" id="Page_162">[p.
-162]</span> las cuentas de su rosario; discerní en su rostro, en
-cuanto la escasa luz del aposento me lo permitía, una expresión
-singular, extraordinaria. Hícele algunas preguntas sin importancia, y
-me contestó; pero parecía ligeramente sorda. Comenzaba a encanecer,
-y le dije que, si bien la creía de más edad que yo, no tenía
-seguramente el pelo tan blanco como el mío.</p>
-
-<p>—¿Qué edad tiene usted, caballero?—preguntó, dándome el
-título usualmente empleado en España para denotar un grado de
-respeto extraordinario—. Respondí que iba a cumplir treinta años.
-«Entonces—dijo—tenía usted razón al suponer que soy más vieja; tengo
-más años que su madre de usted y que la madre de su madre; hace más
-de cien años era yo una chicuela, y jugaba con otras de mi edad por
-esos campos.» «En tal caso—respondí—se acordará usted, sin duda, del
-terremoto.» «Sí—contestó—; si de algo me acuerdo, es de eso; cuando
-ocurrió, estaba yo en la iglesia de Elvas oyendo misa, y el cura se
-cayó al suelo, y dejó también caer la Hostia de las manos. Aún me
-acuerdo de cómo temblaba el suelo; todos nos mareamos; las casas se
-tambaleaban como si estuviesen borrachas. Ochenta años han pasado
-sobre mí desde el temblor de tierra, y entonces ya tenía yo más edad
-que usted tiene ahora.»</p>
-
-<p>Miré con asombro a tan extraordinaria<span class="pagenum"
-id="Page_163">[p. 163]</span> mujer, y apenas podía dar crédito a sus
-palabras. Sin embargo, me aseguraron que, positivamente, tenía más de
-ciento diez años, y pasaba por ser la persona más vieja de Portugal.
-Conservaba todas sus facultades tan despejadas como la generalidad de
-la gente al rayar en la mitad de aquellos años. Era pariente de los
-dueños de la hostería.</p>
-
-<p>Conforme avanzaba la noche, fueron entrando varias personas
-para calentarse a la lumbre y gozar de la conversación; la casa
-era una especie de mentidero, donde llevaba la voz cantante el
-huésped, hombre de cierta sagacidad y experiencia, antiguo soldado
-del ejército británico. Entre otros, vino el oficial que mandaba en
-la puerta de la ciudad. Después de cambiar algunas palabras, este
-caballero, joven de unos veinticinco años, bien parecido, rompió
-en declamaciones violentas contra la nación inglesa y su gobierno,
-quienes, si en todo tiempo habían demostrado su egoísmo y su
-falacia, seguían ahora, respecto de España, una conducta sobremanera
-ignominiosa, pues estando en su mano acabar de golpe la guerra civil,
-enviando un poderoso ejército de socorro, preferían mandar un puñado
-de tropas, con objeto de prolongar la lucha y aprovecharse de sus
-ventajas. Después de cumplimentarle irónicamente por su cortesía y
-urbanidad, pregunté al oficial si entre las acciones egoístas de
-la nación y del gobierno<span class="pagenum" id="Page_164">[p.
-164]</span> ingleses, se contaba la de haber derrochado centenares
-de millones de libras esterlinas y vertido un océano de preciosa
-sangre para sostener la campaña de la península contra Napoleón.
-«Seguramente—dije—el fuerte de Elvas, y más aún el vecino castillo
-de Badajoz, dicen mucho respecto del egoísmo inglés, y cada vez que
-los mire se confirmará usted en la opinión que acaba de exponer. En
-cuanto a la guerra actual, le diré a usted que la gratitud de España
-a Inglaterra, después de la expulsión de los franceses gracias a
-nuestros ejércitos—gratitud demostrada en los estorbos puestos al
-comercio inglés y en las misas de acción de gracias ofrecidas al
-abandonar las costas españolas los herejes británicos—, no puede
-inducir a Inglaterra a arruinarse por el propósito de expulsar a don
-Carlos de sus montañas. Por deferencia al superior entendimiento
-de usted—continué, dirigiéndome al oficial—, quisiera creer que la
-prolongación indefinida de la guerra reporta grandes provechos a mi
-país; pero me haría usted un favor insigne explicándome el proceso
-químico en virtud del que la sangre vertida en las montañas españolas
-va a parar al tesoro inglés convertida en monedas de oro.»</p>
-
-<p>Como tardara en contestarme, tomé de sobre la mesa un plato
-con fruta, y pregunté: «¿Cómo se llaman estas frutas?» «Granadas
-y <i>bolotas</i>»—respondió—. «Muy bien; un<span class="pagenum"
-id="Page_165">[p. 165]</span> rústico inglés que no haya salido
-nunca de su país, no hubiese podido darme esa respuesta, a pesar de
-hallarse tan familiarizado con las granadas y las <i>bolotas</i> como
-vuestra señoría con la línea de conducta que le incumbe tomar a
-Inglaterra en su política interior y exterior.»</p>
-
-<p>Esta réplica mía era impropia de un cristiano, lo confieso, y me
-demostró cuántas reliquias de mi antiguo carácter quedaban en el
-fondo de mi alma; con todo, séame permitido decir que, probablemente,
-ninguna otra provocación me hubiera inducido a responder con tanta
-cólera; pero no pude dominarme al oír tratar con injusticia a mi
-gloriosa tierra. Y ¿por quién? ¡Por un portugués! Por un hijo del
-país libertado de horrible esclavitud dos veces gracias al esfuerzo
-inglés. A no ser por Wellington y sus héroes, Portugal sería francés
-a estas fechas; a no ser por Napier y sus marinos, don Miguel
-reinaría en Lisboa. Volviendo al oficial, diré que todos se le
-rieron, y un momento después se fué.</p>
-
-<p>Al día siguiente entré en relación con un comerciante respetable,
-llamado Almeida, hombre de talento, aunque algo brusco de modales.
-Manifestó profunda aversión al sistema papista que durante tanto
-tiempo había mantenido en mortales tinieblas a su infortunado
-país; y apenas supo que yo era portador de cierta cantidad de
-Testamentos,<span class="pagenum" id="Page_166">[p. 166]</span> con
-intención de dejarlos allí para su venta, expresó vivos deseos de
-hacerse cargo de los libros, y se ofreció a trabajar cuanto pudiese
-para colocarlos entre sus numerosos parroquianos. Al enseñarle un
-ejemplar, le dije: «En la portada va el nombre de usted.» Porque, en
-efecto, la edición portuguesa de la Sagrada Escritura que la Sociedad
-Bíblica repartía la hizo un protestante llamado Almeida, y se publicó
-por vez primera en 1712; el comerciante sonrió, y me dijo que le
-honraba mucho tener alguna relación, aunque sólo fuese por el nombre,
-con el traductor. Echó a broma la propuesta de remunerarle por su
-trabajo, asegurándome que el solo hecho de poder colaborar en una
-obra tan santa y útil como la difusión de la Escritura, era para él
-suficiente recompensa.</p>
-
-<p>Terminado este asunto, di un vistazo a los alrededores de Elvas, y
-subí paseando, cerro arriba, hasta el fuerte, al Norte de la ciudad.
-La parte baja del cerro está poblada de <i>azinheiras</i>, que le dan
-amenidad; por unas piedras varadas en el cauce crucé el arroyuelo
-que corre al pie. Al llegar a la entrada del fuerte, un centinela me
-cortó el paso; pero tuvo la amabilidad de decirme que, con dar mi
-nombre al oficial comandante, me permitirían visitar el interior.
-Envié, pues, mi tarjeta al oficial con un soldado que vagaba por
-allí, y, sentándome en una piedra, aguardé; volvió a poco; me
-preguntó<span class="pagenum" id="Page_167">[p. 167]</span> si yo
-era inglés, y al oír mi respuesta afirmativa, dijo: «En tal caso,
-señor, no puede usted entrar; no es costumbre enseñar el fuerte a los
-extranjeros.» Respondí que lo mismo me daba visitarlo o no; y después
-de contemplar a Badajoz en la lejanía, desde el lado oriental del
-cerro, desanduve el camino recorrido a la subida.</p>
-
-<p>Tales son los provechos que se obtienen con proteger a una nación
-y con derrochar la sangre y el dinero en su defensa. Los ingleses
-nunca han estado en guerra con Portugal; se han batido por mar y
-por tierra, siempre con buen éxito, en favor de su independencia;
-se han obligado, por un tratado de comercio, a beber sus vinos, tan
-ordinarios y adulterados, que en ninguna otra parte los quieren, y,
-sin embargo, son los más impopulares de cuantos extranjeros visitan
-este país. Los franceses han asolado Portugal y vertido la sangre de
-sus hijos como si fuese agua; no compran sus productos; desprecian
-sus vinos; pero no hay aquí mala disposición para los franceses.
-La razón de esto no es ningún misterio; lo propio, no ya de los
-portugueses, sino de la corrupción del hombre, es aborrecer a los
-bienhechores que con sus beneficios lastiman del modo más generoso su
-miserable vanidad.</p>
-
-<p>En ningún país son tan populares los ingleses como en Francia; y
-es que, si bien<span class="pagenum" id="Page_168">[p. 168]</span>
-los franceses han sido con frecuencia tratados rudamente por los
-ingleses y ocupada su capital por un ejército inglés, nunca han
-estado sometidos a la supuesta ignominia de recibir de ellos
-asistencia y socorro.</p>
-
-<p>Las fortificaciones de Elvas son un modelo en su género; a primera
-vista pudiera creerse que la ciudad, si estuviera bien guarnecida,
-sería capaz de retar a cualquier enemigo; pero tiene un punto flaco:
-un cerro la domina por Occidente, a media milla de distancia, desde
-donde un general experto no dejaría de cañonearla, probablemente
-con buen éxito. Es la última ciudad de Portugal por aquella parte,
-y apenas si la separan dos leguas de la frontera española. Fué
-construída, evidentemente, para rivalizar con Badajoz, al que mira
-desde su altura a través de la planicie arenosa por donde van las
-lentas aguas del Guadiana. Pero aunque Elvas es una ciudad fuerte,
-apenas tiene valor como defensa de la frontera, abierta por todas
-partes, de tal modo, que un ejército invasor dispuesto a esquivar
-esta plaza, no tendría la menor necesidad de aproximarse ni a doce
-leguas de sus muros. Son tan extensas sus fortificaciones que no
-harían falta menos de diez mil hombres para guarnecerla, fuerza que,
-en caso de invasión, estaría mejor empleada en afrontar al enemigo en
-campo raso. Durante su ocupación de Portugal, los franceses pusieron
-en la plaza una corta<span class="pagenum" id="Page_169">[p.
-169]</span> guarnición, que se retiró al castillo al acercarse los
-ingleses, y capituló poco después.</p>
-
-<p>Como ya no me detenía cosa alguna en Elvas, dispúseme a cruzar la
-frontera de España. El guía idiota tomó el camino de vuelta a Aldea
-Gallega, y el 5 de enero, montado en una triste mula, sin riendas ni
-estribos, guiándola con el ramal, y seguido por un muchacho que había
-de acompañarme montado en otra, bajé presuroso desde Elvas al llano,
-con ansia de llegar a la romántica, a la caballeresca y vieja España.
-Era innecesario, y así lo comprendí en seguida, azuzar a mi mula,
-pues con todas sus mataduras, reparada de la vista y coja, andaba
-ligera como el viento.</p>
-
-<p>En poco más de media hora llegamos a un arroyo, cuyas aguas
-corrían impetuosas entre márgenes escarpadas. Un hombre, al borde
-del arroyo, me indicó el vado en el agrio dialecto de Portugal; y
-cuando aún estaba yo chapoteando en el agua, una voz me saludó desde
-la otra orilla en el espléndido idioma de España, de esta manera:
-<i>¡Oh señor caballero, que me dé usted una limosna por amor de Dios,
-una limosnita para que yo me compre un traguillo de vino tinto!</i>
-Un momento después pisé suelo español, porque el arroyo, llamado
-Acaia, sirve allí de límite a los dos reinos; arrojé al mendigo una
-monedilla de plata, y gritando <i>¡Santiago y cierra España!</i>, seguí
-mi camino más de prisa<span class="pagenum" id="Page_170">[p.
-170]</span> todavía, prestando poca atención, como dice Gil Blas, al
-torrente de bendiciones derramado por el mendigo a mis espaldas; con
-todo, nunca se vió limosna otorgada con menos discernimiento, porque,
-según más adelante averigüé, aquel tipo era un borracho perdido
-que se instalaba todas las mañanas junto al vado para sacar a los
-viajeros unos cuartos y gastárselos por las noches en las tabernas
-de Badajoz. Pagaba con bendiciones a quien le daba limosna, y con
-maldiciones a quien se la negaba; e igual facundia y habilidad tenía
-en el empleo de las unas que de las otras.</p>
-
-<p>Badajoz estaba ya a la vista, a poco más de media legua de
-distancia. Pronto torcimos a la izquierda para tomar el puente
-de arcos que atraviesa el Guadiana, río muy famoso en romances y
-cantares, pero nada ameno en realidad, poco profundo y muy lento,
-aunque de razonable anchura; sus orillas blanqueaban con las ropas
-puestas a secar al sol, que lucía resplandeciente. Desde gran
-distancia oí cantar a las lavanderas, y el tema de sus cánticos
-parecía ser las alabanzas del río en que estaban descrismándose,
-porque al acercarme oí distintamente: <i>Guadiana, Guadiana</i>, repetido
-a coro por muchas mujeres, las unas mozas, las otras de edad, de
-mejillas tostadas, cuyas voces fuertes y claras, multiplicaba
-el eco por todas partes. Pensé que había cierta semejanza<span
-class="pagenum" id="Page_171">[p. 171]</span> entre mi tarea y la
-suya; yo estaba en vías de curtir mi tez septentrional exponiéndome
-al candente sol de España, movido por la modesta esperanza de ser
-útil en la obra de borrar del alma de los españoles, a quienes
-conocía apenas, alguna de las impuras manchas dejadas en ella por el
-papismo, así como las lavanderas se quemaban el rostro en la orilla
-del río para blanquear las ropas de gentes que desconocían. A mi
-mente acudieron con mucha fuerza las palabras de un poeta oriental:
-«Día tras día, y noche tras noche, me fatigaré en socorro de mis
-hermanos sin fortuna, como las lavanderas curten su faz al sol por
-limpiar unas ropas que no son suyas.»</p>
-
-<p>Cruzado el puente, llegamos a la puerta Norte de Badajoz, y de
-una especie de garita salió a nosotros un individuo tocado con un
-sombrero andaluz de copa puntiaguda, y embozado en una de esas
-inmensas capas, muy conocidas de cuantos han viajado por España,
-que sólo un español sabe llevar en forma que sienten bien. Sin
-pronunciar palabra asió del ramal de la mula, y entrándose por la
-puerta de la ciudad, nos llevó por una calle muy sucia, llena de
-gente embozada también en largas capas. Pregntéle qué se proponía,
-y no se dignó contestar; pero el muchacho, mi acompañante, dijo que
-era un guarda-puertas y nos llevaba a la aduana, o <i>alfandega</i>, para
-el registro del equipaje.<span class="pagenum" id="Page_172">[p.
-172]</span> Llegados a la aduana, el guarda, sin romper su adusto
-silencio, comenzó a echar las maletas desde la mula de carga al suelo
-y a desatarlas. Ya iba a reprenderle como su brutalidad merecía;
-pero antes de que pudiera abrir la boca, apareció en la puerta un
-personaje, alto y de edad madura, en quien no tardé en reconocer al
-jefe de la aduana. Después de mirarme un momento, me preguntó en mi
-idioma si yo era inglés. Al oír mi respuesta afirmativa, preguntó
-al guarda cómo se había atrevido a cometer la insolencia de poner
-las manos en el equipaje sin orden superior, y severamente le mandó
-atar de nuevo las maletas y cargarlas en la mula, como lo hizo, en
-efecto, sin pronunciar palabra. Preguntóme después lo que contenían
-las maletas: ropas de vestir—contesté yo—, y pidiéndome perdón
-por la insolencia de su subordinado, me dijo que era libre de ir
-adonde tuviera por conveniente. Le di las gracias por su extremada
-cortesía, y guiando el muchacho, fuí directamente a la fonda de las
-Tres Naciones, que me habían recomendado en Elvas<a id="FNanchor_35"
-href="#Footnote_35" class="fnanchor">[35]</a>.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_173">[Pg 173]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO IX</h2>
- <p class="subhang">
- Badajoz.— Antonio el gitano.— Una proposición de Antonio.— Es
- aceptada.— El desayuno gitano.— Salida de Badajoz.— El borrico del
- gitano.— Mérida.— La muralla en ruinas.— La comadre.— El país del
- moro.— Los hombres negros.— La vida en el desierto.— La cena.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">H</span><span class="smcap">allábame</span>
-ya en Badajoz, en España, país que durante los cuatro años siguientes
-iba a ser teatro de mis trabajos; pero no nos anticipemos a los
-acontecimientos. Los alrededores de Badajoz no me predispusieron gran
-cosa en favor del país a que acababa de llegar. Aquellas planicies
-parduscas, apenas producen otra cosa que el arbusto llamado en
-español <i>carrasco</i>; sin embargo, unas montañas azuladas se yerguen en
-la lejanía y animan un poco la entonación monótona del paisaje.</p>
-
-<p>En Badajoz, capital de Extremadura, fué donde, por vez primera,
-tropecé con los singularísimos <i>Zincali</i>, o <i>gitanos</i> españoles.
-Allí fué donde encontré al indómito Paco,<span class="pagenum"
-id="Page_174">[p. 174]</span> hombre que tenía un brazo seco y
-manejaba las <i>cachas</i><a id="FNanchor_36" href="#Footnote_36"
-class="fnanchor">[36]</a> con la mano izquierda; a su astuta
-mujer, Antonia, diestra en <i>hokkano baró</i><a id="FNanchor_37"
-href="#Footnote_37" class="fnanchor">[37]</a>, o engaño maestro, a su
-suegro, el feroz gitano Antonio López, y a otros muchos individuos
-del <i>Errate</i>, o sangre gitana, poco menos notables que éstos. Aquí
-fué donde, por vez primera, prediqué el Evangelio al pueblo gitano, y
-comenzé la traducción del Nuevo Testamento al idioma de los gitanos
-españoles, traducción que, en parte, se imprimió más tarde en
-Madrid.</p>
-
-<p>Permanecí tres semanas en Badajoz, y me dispuse a salir para
-Madrid; un anochecido estaba yo en mi aposento arreglando mi escaso
-equipaje, cuando entró Antonio el gitano, vestido con su <i>zamarra</i> y
-tocado con el puntiagudo sombrero andaluz.</p>
-
-<p><span class="smcap">Antonio.</span>—Buenas noches, hermano; me
-han dicho que <i>callicaste</i><a id="FNanchor_38" href="#Footnote_38"
-class="fnanchor">[38]</a> te propones salir para <i>Madrilati</i><a
-id="FNanchor_39" href="#Footnote_39" class="fnanchor">[39]</a>.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Así es; no puedo estar aquí más
-tiempo.</p>
-
-<p><span class="smcap">Antonio.</span>—El camino hasta <i>Madrilati</i> es
-largo; el país está en guerra, y en el campo abundan los <i>chories</i><a
-id="FNanchor_40" href="#Footnote_40" class="fnanchor">[40]</a>. ¿No
-te amedrenta el viaje?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_175">[p. 175]</span></p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Yo no tengo miedo; ningún
-hombre puede eludir su destino; lo que haya de ser de mi cuerpo
-y de mi alma, escrito está en un <i>gabicote</i><a id="FNanchor_41"
-href="#Footnote_41" class="fnanchor">[41]</a> desde mil años antes de
-la creación del mundo.</p>
-
-<p><span class="smcap">Antonio.</span>—Yo, personalmente, tampoco
-tengo miedo, hermano; la noche oscura es para mí igual que el
-día claro, y el <i>carrascal</i> silvestre lo mismo que la plaza del
-mercado o que el <i>chardi</i><a id="FNanchor_42" href="#Footnote_42"
-class="fnanchor">[42]</a>; llevo en el pecho el <i>bar lachí</i><a
-id="FNanchor_43" href="#Footnote_43" class="fnanchor">[43]</a>, la
-piedra preciosa a que se pega la aguja.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Supongo que te refieres al imán.
-¿Crees que una piedra inerte puede preservarte de los peligros que
-amenacen tu vida?</p>
-
-<p><span class="smcap">Antonio.</span>—Hermano, cuento ya cincuenta
-años de edad, y aquí me tienes vivo y sano. ¿Cómo podría ser eso
-si el <i>bar lachí</i> no tuviera poder alguno? He sido soldado y
-<i>contrabandista</i>, y he matado y robado también a los <i>Busné</i><a
-id="FNanchor_44" href="#Footnote_44" class="fnanchor">[44]</a>.
-Las balas del <i>Gabiné</i><a id="FNanchor_45" href="#Footnote_45"
-class="fnanchor">[45]</a> y del <i>jara canallis</i><a id="FNanchor_46"
-href="#Footnote_46" class="fnanchor">[46]</a> me han zumbado en los
-oídos sin tocarme por llevar conmigo el <i>bar lachí</i>. Veinte veces he
-hecho cosas que, según la<span class="pagenum" id="Page_176">[p.
-176]</span> ley <i>busné</i> debían haberme llevado al <i>filimicha</i><a
-id="FNanchor_47" href="#Footnote_47" class="fnanchor">[47]</a>; sin
-embargo, nunca me ha estrujado el cuello el frío <i>garrote</i>. Hermano,
-confío en el <i>bar lachí</i>, como los <i>Caloré</i><a id="FNanchor_48"
-href="#Footnote_48" class="fnanchor">[48]</a> de otro tiempo:
-aunque me viera en el golfo de <i>Bombardó</i><a id="FNanchor_49"
-href="#Footnote_49" class="fnanchor">[49]</a> sin una tabla a qué
-agarrarme, no tendría miedo; porque llevando tan preciosa piedra,
-ella me sacaría sano y salvo a la costa. El <i>bar lachí</i> es poderoso,
-hermano.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—No vamos a discutir por eso, y
-menos ahora, en el momento de marcharme de Badajoz; despidámonos
-rápidamente, y ya no volveremos a vernos más.</p>
-
-<p><span class="smcap">Antonio.</span>—Hermano, ¿sabes a lo que
-vengo?</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Lo ignoro, como no sea a desearme
-feliz viaje; no soy bastante gitano para adivinar los pensamientos de
-la gente.</p>
-
-<p><span class="smcap">Antonio.</span>—Toda la noche pasada he
-estado despierto, pensando en los asuntos de Egipto; cuando me
-levanté esta mañana, tomé el <i>bar lachí</i>, y raspándolo con un
-cuchillo saqué un poco de polvo, y me lo bebí con <i>aguardiente</i>,
-según tengo costumbre de hacer después de tomar una resolución.
-Luego me dije: estoy haciendo falta en la raya de <i>Castumba</i><a
-id="FNanchor_50" href="#Footnote_50" class="fnanchor">[50]</a> para
-cierto negocio. El <i>Caloró</i><a id="FNanchor_51" href="#Footnote_51"
-class="fnanchor">[51]</a><span class="pagenum" id="Page_177">[p.
-177]</span>forastero va a marcharse a <i>Madrilati</i>; el camino es
-largo, y pudiera caer en malas manos, quizás en las de gente de
-su propia sangre, porque he de decirte, hermano, que los <i>Calés</i>
-abandonan ya las ciudades y aldeas y se echan al campo en cuadrillas
-para saquear a los <i>Busné</i>; no hay ley ninguna en estas tierras, y
-ahora o nunca es la ocasión de que los <i>Caloré</i> vuelvan a ser lo
-que fueron en tiempos pasados. De manera que me dije: el <i>Caloró</i>
-forastero puede caer en manos de los de su misma sangre y ser
-maltratado por ellos, que sería una vergüenza. De consiguiente, iré
-con él por el <i>Chim del Manró</i><a id="FNanchor_52" href="#Footnote_52"
-class="fnanchor">[52]</a> hasta la raya de <i>Castumba</i>, y desde la
-raya de <i>Castumba</i> dejaré que el <i>Caloró</i> de Londres siga su camino a
-<i>Madrilati</i>, porque hay menos peligro en <i>Castumba</i> que en <i>Chim del
-Manró</i>, y después podré ocuparme de los asuntos de Egipto que allí me
-reclaman.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Ese plan promete mucho, amigo mío.
-¿En qué forma piensas que hagamos el viaje?</p>
-
-<p><span class="smcap">Antonio.</span>—Te lo diré, hermano. Tengo
-en la cuadra un <i>gras</i><a id="FNanchor_53" href="#Footnote_53"
-class="fnanchor">[53]</a>, el mismo que compré en Olivenza,
-como te dije en otra ocasión; es bueno y ligero, y me costó, a
-mí que<span class="pagenum" id="Page_178">[p. 178]</span> soy
-gitano, cincuenta <i>chulé</i><a id="FNanchor_54" href="#Footnote_54"
-class="fnanchor">[54]</a>; tú puedes ir en el <i>gras</i>; yo montaré en
-el <i>macho</i>.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Antes de responder desearía que
-me dijeses qué asuntos son esos que te obligan a ir a <i>Castumba</i>;
-tu yerno Paco me tiene dicho que los gitanos no acostumbran ya a
-viajar.</p>
-
-<p><span class="smcap">Antonio.</span>—Es un asunto de Egipto,
-hermano, y no puedo decirte más. Acaso se trata de un caballo o de
-un borrico, acaso de una mula o de un <i>macho</i>; lo que sea, no se
-refiere a ti; por tanto, te aconsejo que no preguntes nada. <i>Dosta</i><a
-id="FNanchor_55" href="#Footnote_55" class="fnanchor">[55]</a>.
-Volviendo a lo de antes: eres libre de rechazar mi ofrecimiento;
-hay un <i>drungruje</i><a id="FNanchor_56" href="#Footnote_56"
-class="fnanchor">[56]</a> de aquí a <i>Madrilati</i>, y puedes
-viajar en el <i>birdoche</i><a id="FNanchor_57" href="#Footnote_57"
-class="fnanchor">[57]</a> o con los <i>dromalis</i><a id="FNanchor_58"
-href="#Footnote_58" class="fnanchor">[58]</a>; pero te advierto, como
-hermano, que hay <i>chories</i> en el <i>drun</i>, y algunos de ellos son del
-<i>Errate</i>.</p>
-
-<p>La verdad es que pocas personas en mi situación hubiesen aceptado
-la propuesta del singular gitano. Sin embargo, el plan no dejaba
-de tener atractivos para mí. Dada mi afición a las aventuras, no
-podía satisfacerla de mejor ni más fácil modo que poniéndome en
-manos de tal guía. Otros en mi caso hubiesen recelado una traición,
-pero yo<span class="pagenum" id="Page_179">[p. 179]</span> estaba
-tranquilo sobre ese punto, y no creía que el gitano abrigase la más
-ligera mala intención en contra mía; le vi plenamente convencido de
-que yo era uno de los del <i>Errate</i>, y los rasgos más fuertes de su
-carácter eran el amor a su raza y el odio a los <i>Busné</i>. Deseaba
-yo, además, aprovechar todas las ocasiones de conocer a fondo las
-costumbres de los gitanos españoles, y allí se me presentaba una
-excelente, apenas llegado a España. Total: que resolví acompañar al
-gitano. «Iremos juntos—le dije—. Mi equipaje lo mandaré a Madrid
-por el <i>birdoche</i>.» «Muy bien hecho, hermano—contestó—, y así el
-<i>gras</i> andará más ligero. La verdad es que para nada necesitas llevar
-equipaje. ¡Cómo se reirían los <i>Busné</i> si se encontraran en el camino
-a dos <i>Calés</i> viajando con equipaje!»</p>
-
-<p>Durante mi estancia en Badajoz, tuve poco trato con los españoles;
-lo más del tiempo se lo consagré a los gitanos, raza ya conocida
-y tratada por mí en diversas partes del mundo, y con quienes me
-encontraba más a mis anchas que con los silenciosos y reservados
-hombres de España; medio siglo puede estar un extranjero entre
-españoles sin que le dirijan media docena de palabras, a no ser que
-partan de él los primeros pasos para intimar, y aun así, puede verse
-rechazado con un encogimiento de hombros y un <i>no entiendo</i>, porque
-entre los muchos<span class="pagenum" id="Page_180">[p. 180]</span>
-prejuicios profundamente arraigados en este pueblo se cuenta la
-singular idea de que ningún extranjero es capaz de aprender su
-lengua, idea a que siguen aferrados aunque le oigan hablar en ella
-corrientemente; todo lo más que en tal caso conceden, es esto: <i>Habla
-cuatro palabras, y nada más</i>.</p>
-
-<p>Una mañana temprano, antes de salir el sol, me encontré frente a
-la casa de Antonio, pequeña y mísera construcción, situada en una
-calle sucia. La mañana era profundamente oscura; la calle estaba, sin
-embargo, parcialmente iluminada por un montón de paja ardiendo, en
-torno del que dos o tres hombres parecían muy ocupados en sostener
-un objeto sobre la llama. Un instante después se abrió la puerta
-de la casa del gitano, y apareció Antonio. Echó una mirada en
-dirección de la hoguera, y exclamó: «El puerco ha dado muerte a su
-hermano. Que todo <i>Busnó</i> corra la misma suerte. Entremos, hermano,
-y comeremos el corazón del puerco.» No entendí bien estas palabras,
-pero siguiendo al gitano, llegamos a un aposento bajo, donde había un
-<i>brasero</i> encendido, a su lado una tosca mesa cubierta con grosero
-mantel, y sobre ella un pan y un puchero que despedía agradable olor.
-«En esta <i>puchera</i>—dijo Antonio—, está el corazón del <i>balichó</i><a
-id="FNanchor_59" href="#Footnote_59" class="fnanchor">[59]</a>;
-comamos.» Nos sentamos<span class="pagenum" id="Page_181">[p.
-181]</span> a la mesa y comimos, Antonio vorazmente. Cuando terminó,
-se puso en pie y me dijo: «¿Has traído el <i>li</i>?»<a id="FNanchor_60"
-href="#Footnote_60" class="fnanchor">[60]</a>. «Aquí está—contesté,
-enseñándole mi pasaporte—. «Bueno; puedes necesitarlo—repuso—.
-Yo no lo necesito; mi pasaporte es el <i>bar lachí</i>. Ahora
-un vaso de <i>repañí</i><a id="FNanchor_61" href="#Footnote_61"
-class="fnanchor">[61]</a>, y al camino.»</p>
-
-<p>Salimos del cuarto; Antonio cerró la puerta con llave, que
-escondió luego debajo de una baldosa, en un rincón del pasillo.
-«Espérame en la calle, hermano, mientras voy a la cuadra a buscar las
-<i>caballerías</i>.» Le obedecí. El sol no había salido aún; el frío era
-cortante; pero la luz grisácea del alba me permitía ya distinguir
-los objetos con suficiente claridad. No tardé en oír las pisadas
-de los animales, y un momento después apareció Antonio llevando el
-caballo por la brida; el <i>macho</i> iba detrás. Miré al caballo y no
-pude contener un movimiento de asombro. Hasta donde me fué posible
-examinarlo, me pareció el bicho más raro que había visto en mi vida.
-Era de espectral blancura, muy corto de cuerpo, pero con unas patas
-de desmesurada longitud, y altísimo de <i>cruz</i>. «Estás mirando el
-<i>grasti</i>—dijo Antonio—. Tiene diez y ocho años, pero es el mejor de
-<i>Chim del Manró</i>, ni más ni menos; hace mucho tiempo que le tenía
-echado el<span class="pagenum" id="Page_182">[p. 182]</span> ojo, y
-le compré para emplearlo en los negocios de Egipto. Monta, hermano,
-monta, y dejemos los <i>foros</i><a id="FNanchor_62" href="#Footnote_62"
-class="fnanchor">[62]</a>; ya van a abrir la puerta de la ciudad.»</p>
-
-<p>Cerró la de su casa, y se guardó la llave en la <i>faja</i>. Menos de
-un cuarto de hora después, habíamos dejado Badajoz a nuestra espalda.
-«No me parece muy bueno este caballo—dije a Antonio, cuando íbamos ya
-por el campo—. Apenas si puedo hacerle andar.»</p>
-
-<p>«Es el caballo más ligero que hay en <i>Chim del Manró</i>,
-hermano—dijo Antonio—. Lo mismo al galope que al trote largo
-ninguno le aventaja; pero tiene diez y ocho años y las coyunturas
-entumecidas, sobre todo por la mañana; pero deja que entre en calor y
-que el <i>genio del viejo</i> reviva, y no podrás contenerlo con el freno
-ni con la brida. Ese caballo lo compré para los asuntos de Egipto,
-hermano.»</p>
-
-<p>A eso del mediodía llegamos a una aldea, en las inmediaciones de
-un cerro pedregoso. «Aquí no hay casa <i>Caló</i>—dijo Antonio—; tenemos
-que ir a la posada de los <i>Busné</i>, donde comeremos todos, hombres y
-bestias.» Entramos en la cocina, nos sentamos a la mesa y pedimos pan
-y vino. Había en la cocina dos individuos de mala catadura, fumando
-unos cigarros; y como se me<span class="pagenum" id="Page_183">[p.
-183]</span> ocurriera decir no sé qué cosa a Antonio en <i>caló</i>, uno
-de aquellos tipos, notable por sus inmensos bigotes, exclamó: «¿Qué
-es lo que oigo? ¿Te atreves a hablar en <i>caló</i> delante de mí, que soy
-<i>chalan</i> y nacional? Malditos gitanos, ¿cómo os atrevéis a entrar
-en esta <i>posada</i> y a hablar en esa lengua delante de mí? ¿No está
-prohibida por la ley, como os está prohibido entrar en el <i>mercado</i>?
-Amigo, como vuelva yo a oír de tu boca una palabra en <i>caló</i> te muelo
-los huesos a palos, y de un puntapié vas volando al tejado.»</p>
-
-<p>«Haría usted muy bien—dijo su compañero—, porque la insolencia
-de estos gitanos es ya inaguantable. Estando en Mérida o Badajoz,
-voy al mercado, y allí me veo en un rincón a los malditos gitanos
-charlando en una lengua ininteligible. «Señor gitano—le digo a
-uno de ellos—, ¿cuánto quiere usted por ese burro?» «Diez duros,
-<i>Caballero nacional</i>, me responde. Es el mejor burro de toda España.»
-«Quisiera verlo andar»—replico yo—. «Ahora mismo»—contesta—, y salta
-sobre el burro y le hace salir andando, no sin haberle murmurado
-antes al oído no sé qué cosas en <i>caló</i>; el burro tenía un paso
-magnífico, como yo no había visto otro. «Creo que me conviene»—digo
-al fin, y después de examinarlo un rato, saco el dinero y le pago—.
-«Me voy a mi casa»—dice el gitano, y desaparece rápidamente—. «Y
-yo a mi pueblo»—contesto<span class="pagenum" id="Page_184">[p.
-184]</span> yo—, y montado en el burro, le digo: <i>Vámonos</i>, pero
-el burro se está quieto. En vano le arreo con una varita. «¿Qué
-significa esto?»—exclamo—; y me pongo a darle espolazos. Pero el
-maldito, apenas siente la picadura, al primer corcovo me tira por
-las orejas en medio del fango. Me pongo en pie y veo al burro
-contemplándome atentamente, y a la <i>canaille</i> gitana mirándome de
-través con sus ojos velados. «¿Dónde está el tunante que me ha
-vendido esta alhaja?»—grito—. «Se ha ido a Granada»—dice uno—. «Se
-ha ido a ver a su familia de Morería»—añade otro—. «Le acabo de ver
-corriendo por el campo en dirección de... perseguido muy de cerca
-por el diablo»—exclama un tercero—. En suma, me han robado. Quiero
-deshacerme del burro, pero no hay quien lo compre; es un burro
-<i>caló</i>, y todos le huyen. Al cabo, los gitanos me ofrecen treinta
-<i>reals</i> por él; y después de regatear mucho, me doy por contento
-vendiéndoselo en dos duros. Todo ello es una pura estafa; el burro
-vuelve a su dueño y la cuadrilla se reparte la ganancia; es una
-infamia que se evitaría, a mi parecer, con sólo prohibir hablar el
-<i>caló</i>; porque, ¿qué otra cosa sino las palabras en <i>caló</i> dichas
-a su oído, pudo inducir al jumento a portarse de tan inconcebible
-manera?»</p>
-
-<p>Ambos parecían completamente convencidos de la exactitud de esta
-conclusión, y<span class="pagenum" id="Page_185">[p. 185]</span>
-continuaron fumando hasta consumir los cigarros; entonces se
-levantaron, se atusaron las patillas, nos miraron con fiero desden,
-y arrojando al suelo las puntas de los cigarros, salieron de la
-habitación a paso largo.</p>
-
-<p>—Esta gente no me parece muy amiga de los gitanos ni del lenguaje
-<i>caló</i>—dije a Antonio cuando los dos matones se fueron.</p>
-
-<p>—Malos muermos les cojan los hocicos—dijo Antonio—. Ya se ve que
-algunos de los nuestros los han <i>jonjabadoed</i><a id="FNanchor_63"
-href="#Footnote_63" class="fnanchor">[63]</a>. Sin embargo, has
-hecho mal, hermano, en hablarme en <i>caló</i> en esta <i>posada</i>; es
-lenguaje prohibido, porque, como ya te he dicho, el rey ha destruído
-la ley de los <i>Calés</i><a id="FNanchor_64" href="#Footnote_64"
-class="fnanchor">[64]</a>. Vámonos de aquí, hermano, antes
-que esos <i>juntunes</i><a id="FNanchor_65" href="#Footnote_65"
-class="fnanchor">[65]</a> nos echen encima a la <i>justicia</i>.</p>
-
-<p>Al atardecer llegábamos cerca de un pueblo grande.</p>
-
-<p>—Esta es Mérida—dijo Antonio—, que, según cuentan los <i>busné</i>,
-fué antaño una gran ciudad de los <i>corahai</i><a id="FNanchor_66"
-href="#Footnote_66" class="fnanchor">[66]</a>; pasaremos aquí
-la noche, y quizás dos o tres días, porque tengo que arreglar
-algunos asuntos de Egipto. Ahora, hermano, échate a un lado<span
-class="pagenum" id="Page_186">[p. 186]</span> del camino con el
-caballo, y espera junto a esa tapia hasta mi vuelta. Tengo que
-adelantarme para ver cómo están las cosas.</p>
-
-<p>Me apeé del caballo y me senté en una piedra, junto a la pared en
-ruinas indicada por Antonio. El sol declinaba y el viento era muy
-sutil; me arropé bien en una capa de gitano, andrajosa y vieja, que
-Antonio me dió, y como sentía algún cansancio, caí en un sopor que
-duró casi una hora.</p>
-
-<p>—¿Es su merced el <i>Caloró</i> de Londres?—dijo muy cerca de mí una
-voz desconocida.</p>
-
-<p>Me desperté sobresaltado; vi un rostro de mujer casi debajo del
-ala de mi sombrero. A pesar de la poca luz, observé que sus facciones
-eran horriblemente feas, casi negras; pertenecían a una gitana vieja,
-lo menos de setenta años, que se apoyaba en un palo.</p>
-
-<p>—¿Es su merced el <i>Caloró</i> de Londres?—repitió.</p>
-
-<p>—Yo soy el que usted busca. ¿Y Antonio?</p>
-
-<p>—<i>Curelando, curelando; baribustres curelós terela</i><a
-id="FNanchor_67" href="#Footnote_67" class="fnanchor">[67]</a>—dijo
-la vieja—. Venga conmigo. <i>Caloró</i> de mi <i>garlochín</i><a
-id="FNanchor_68" href="#Footnote_68" class="fnanchor">[68]</a>,
-venga conmigo a mi <i>ker</i><a id="FNanchor_69" href="#Footnote_69"
-class="fnanchor">[69]</a>; en seguida llegamos.</p>
-
-<p>Eché por el camino, detrás de la gitana,<span class="pagenum"
-id="Page_187">[p. 187]</span> hasta llegar a la ciudad, ruinosa
-y medio desierta; remontamos una calle, torcimos luego por una
-callejuela angosta y lóbrega, y, a poco, mi guía abrió la puerta de
-una casa bastante capaz y muy estropeada.</p>
-
-<p>—Entra—me dijo.</p>
-
-<p>—¿Y el <i>gras</i>?—pregunté.</p>
-
-<p>—Hazle entrar también, <i>chabó</i><a id="FNanchor_70"
-href="#Footnote_70" class="fnanchor">[70]</a> mío; en la cuadra,
-aunque pequeña, hay sitio para el <i>gras</i>.</p>
-
-<p>Atravesamos un vasto patio, y nos detuvimos ante una puerta muy
-ancha.</p>
-
-<p>—Entra, hijo de Egipto—dijo la bruja—; entra; esa es la cuadra.</p>
-
-<p>—Esto está más negro que la pez—dije yo—, y es muy a propósito
-para lo que yo me sé; trae una luz, o no entro.</p>
-
-<p>—Dame el <i>solabarri</i><a id="FNanchor_71" href="#Footnote_71"
-class="fnanchor">[71]</a>—respondió la vieja—, y yo encerraré el
-caballo, <i>chabó</i> de Epipto, y le ataré al pesebre.</p>
-
-<p>Entró con él en la cuadra, y la oí trajinar en la oscuridad; no
-tardé en oír rebullirse también al caballo.</p>
-
-<p>—<i>Grasti terelamos</i><a id="FNanchor_72" href="#Footnote_72"
-class="fnanchor">[72]</a>—dijo la gitana, al reaparecer con la brida
-en la mano—. El caballo se ha soltado él solo; a pesar del viaje
-no se ha resentido. Ahora, <i>Caloró</i> mío, vamos a mi casita.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_188">[p. 188]</a></span></p>
-
-<p>Entramos en la casa, en un aposento muy capaz y tenebroso, donde
-no había otra luz que el débil resplandor de un brasero, puesto al
-fondo, junto al que se acurrucaban dos bultos oscuros.</p>
-
-<p>—Estas son <i>callees</i><a id="FNanchor_73" href="#Footnote_73"
-class="fnanchor">[73]</a>—dijo la gitana vieja—. Una es mi hija;
-la otra es su <i>chabí</i><a id="FNanchor_74" href="#Footnote_74"
-class="fnanchor">[74]</a>. Siéntate, <i>Caloró</i> de Londres, y que te
-oigamos el metal de la voz.</p>
-
-<p>Miré en busca de una silla, pero no la había; cerca de mí, empero,
-descubrí en el suelo el remate de una columna rota; rodándolo, lo
-acerqué al <i>brasero</i>, y me senté.</p>
-
-<p>—Esta casa es muy hermosa, madre de los gitanos—dije yo, por
-satisfacer su deseo de oírme hablar—. Es muy hermosa, pero algo
-fría y húmeda; por lo grande puede servir de sobra para alojar
-a los <i>hundunares</i>.<a id="FNanchor_75" href="#Footnote_75"
-class="fnanchor">[75]</a></p>
-
-<p>—Hay muchas casas de sobra en estos <i>foros</i>, muchas casas
-de sobra en Mérida, <i>Caloró</i> de Londres, algunas tal como las
-dejaron los <i>corahanós</i><a id="FNanchor_76" href="#Footnote_76"
-class="fnanchor">[76]</a>. ¡Ah! Qué gran pueblo son los <i>corahanós</i>.
-Muchas veces me entran ganas de volver otra vez a su <i>chim</i>.</p>
-
-<p>—¡Cómo! Madre—dije yo—, ¿has estado en tierra de moros?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_189">[p. 189]</span></p>
-
-<p>—Dos veces, <i>Caloró</i> mío, dos veces he estado en la tierra de
-los <i>Corahai</i>. La primera vez, hace más de cincuenta años; entonces
-estaba yo con los <i>sesé</i><a id="FNanchor_77" href="#Footnote_77"
-class="fnanchor">[77]</a>, porque mi marido era soldado del <i>Crallis</i>
-de España, y Orán pertenecía en aquellos tiempos a España.</p>
-
-<p>—Entonces no estuviste con los verdaderos moros, sino con los
-españoles que ocupaban una parte de su país.</p>
-
-<p>—Estuve con los verdaderos moros, mi <i>Caloró</i> de Londres.
-¿Quién conoce a los moros mejor que yo? Hace unos cuarenta años
-estaba yo con mi <i>ro</i><a id="FNanchor_78" href="#Footnote_78"
-class="fnanchor">[78]</a>, en Ceuta, porque era soldado del rey,
-cuando un día me dijo: «Estoy cansado de vivir aquí, que no hay pan,
-y agua menos aún; he decidido escaparme y volverme <i>corahanó</i>; esta
-noche mataré al sargento y huiré al campo moro.»</p>
-
-<p>—Hazlo—respondí—, <i>chabó</i> mío, y en cuanto pueda te seguiré y me
-haré <i>corahani</i>.</p>
-
-<p>Aquel a misma noche mató a su sargento, que cinco años antes le
-había llamado <i>Caló</i>, y le había maldecido; echó a correr, saltó
-por la muralla, y sin que le tocaran los tiros que le tiraron, se
-puso en salvo en la tierra de los <i>corahai</i>. Yo me quedé en el<span
-class="pagenum" id="Page_190">[p. 190]</span> <i>presidio</i> de Ceuta, de
-cantinera, vendiendo vino y <i>repañi</i> a los soldados. Dos años pasaron
-sin tener noticias de mi <i>ro</i>. Un día entró en mi <i>cachimani</i><a
-id="FNanchor_79" href="#Footnote_79" class="fnanchor">[79]</a>
-un desconocido; iba vestido como un <i>corahanó</i>, pero más
-parecía un <i>callardó</i><a id="FNanchor_80" href="#Footnote_80"
-class="fnanchor">[80]</a>; y, sin embargo, tampoco era un <i>callardó</i>,
-a pesar de ser casi negro; según estaba mirándole, pensé que
-se parecía un poco a los del <i>Errate</i>, y me dijo: «<i>Zincali</i><a
-id="FNanchor_81" href="#Footnote_81" class="fnanchor">[81]</a>;
-<i>chachipé</i>»<a id="FNanchor_82" href="#Footnote_82"
-class="fnanchor">[82]</a>; luego, en una lengua tan rara que apenas
-le pude entender, me dijo al oído. «Tu marido está esperándote; ven
-conmigo, hermanita, y te llevaré con él.» «¿Dónde está?»—pregunté—.
-Y señalando hacia el Poniente, dijo: «Está por allá, muy lejos;
-ven conmigo; tu <i>ro</i> te espera.» Tuve un poco de miedo, pero me
-acordé de mi marido, y ya deseé verme en la tierra de los <i>corahai</i>;
-tomé, pues, el poco <i>parné</i><a id="FNanchor_83" href="#Footnote_83"
-class="fnanchor">[83]</a> que tenía, eché la llave al <i>cachimani</i> y
-me fuí con el desconocido. En la puerta nos dió el alto el centinela;
-pero le convidé a <i>repañi</i>, y nos dejó pasar; en un instante llegamos
-a la tierra de los <i>corahai</i>. A una legua de la ciudad, al pie de un
-cerro, encontramos a cuatro personas, hombres y mujeres, tan<span
-class="pagenum" id="Page_191">[p. 191]</span> negros como mi
-desconocido guía, y se unieron a nosotros, saludándome, y llamándome
-hermanita. Eso fué lo único que entendí de toda su habla, que era
-muy cerrada. Quitáronme las ropas que llevaba y me dieron otras,
-con las que me vestí como una <i>corahani</i>; y luego emprendimos la
-marcha, que duró muchos días, por desiertos y aldeas; más de una vez
-me pareció encontrarme entre los del <i>Errate</i>, porque sus costumbres
-eran las mismas; los hombres querían <i>hokkawar</i> con mulos y burros;
-las mujeres decían <i>bají</i><a id="FNanchor_84" href="#Footnote_84"
-class="fnanchor">[84]</a>. Al cabo llegamos a una ciudad grande, y el
-hombre negro que me había ido a buscar, dijo; «Entra ahí, hermanita,
-y encontrarás a tu <i>ro</i>.» Me llegué a la puerta, y vi estar dentro un
-<i>corahanó</i> armado; le miré a la cara, y reconocí a mi marido.</p>
-
-<p>Era aquella una ciudad muy extraña, llena de gentes que habían
-sido antes <i>candoré</i><a id="FNanchor_85" href="#Footnote_85"
-class="fnanchor">[85]</a>, pero renegadas y convertidas en <i>corahai</i>.
-Había allí <i>sesé</i> y <i>laloré</i><a id="FNanchor_86" href="#Footnote_86"
-class="fnanchor">[86]</a>, y hombres de otras naciones, y entre
-ellos algunos del <i>Errate</i> de mi mismo país; todos eran soldados
-del <i>Crallis</i> de los <i>corahai</i>, y le servían en sus guerras. Mucho
-tiempo estuve con mi <i>ro</i> en aquella ciudad, yendo a veces con<span
-class="pagenum" id="Page_192">[p. 192]</span> él a las guerras;
-muchas veces le pregunté acerca de los hombres negros que me habían
-llevado hasta allí, y me dijo que había tenido algunos tratos con
-ellos, y los creía del <i>Errate</i>. En fin, hermano, para no alargar,
-a mi marido le mataron en la guerra, delante de una ciudad sitiada
-por el rey de los <i>corahai</i>, yo quedé <i>piulí</i><a id="FNanchor_87"
-href="#Footnote_87" class="fnanchor">[87]</a>, y volví a la ciudad
-de los renegados, como la llamaban, y me gané la vida como pude. Un
-día, estando yo sentada, llorando, se me plantó delante el mismo
-hombre negro a quien no había vuelto a ver desde el día que me
-llevó a juntarme con mi <i>ro</i>, y me dijo: «Ven conmigo, hermanita,
-ven conmigo; el <i>ro</i> está muy cerca.» Fuí con él, y fuera de la
-ciudad, en el desierto, estaban los mismos hombres y mujeres negros
-que la otra vez había visto. «¿Dónde está mi <i>ro</i>?»—pregunté.—«Aquí
-está, hermanita—dijo el hombre negro—, aquí está; desde hoy yo soy
-el <i>ro</i>, y tú la <i>romí</i><a id="FNanchor_88" href="#Footnote_88"
-class="fnanchor">[88]</a>. Ven, y vámonos de aquí, que no faltan
-quehaceres.»</p>
-
-<p>Me marché con él, y fué mi <i>ro</i>, y vivimos por los desiertos y
-<i>hokkawared</i> y <i>choried</i>, y dije <i>bají</i>; yo pensaba: «Esto me gusta;
-seguramente estoy entre los del <i>Errate</i>, en un país mejor que el
-mío.» Muchas veces les pregunté si eran del <i>Errate</i>, y se reían,
-di<span class="pagenum" id="Page_193">[p. 193]</span>ciéndome que
-muy bien podía ser porque no eran <i>corahai</i>; pero nunca me dieron más
-clara cuenta de sí.</p>
-
-<p>Bueno; esto duró unos cuantos años, y tuve del hombre
-negro tres <i>chai</i><a id="FNanchor_89" href="#Footnote_89"
-class="fnanchor">[89]</a>; dos, murieron; pero la más joven, vive;
-es la <i>Callí</i> que estás viendo al lado del <i>brasero</i>. Así vivíamos
-errantes, y <i>choried</i>, y decíamos <i>bají</i>. Ocurrió que una vez,
-en tiempo de invierno, nuestra pandilla intentó atravesar un río
-muy ancho y muy profundo, como muchos otros que hay en <i>Chim del
-Corahai</i>, y el bote volcó con la rapidez de la corriente, y todos
-se ahogaron menos yo y mi <i>chabí</i>, a quien llevaba en el seno. Ya
-no me quedaba ningún amigo entre los <i>corahai</i>; fuí errante por los
-<i>despoblados</i>, implorando y llorando hasta quedarme casi <i>lilí</i><a
-id="FNanchor_90" href="#Footnote_90" class="fnanchor">[90]</a>. De
-este modo llegué a la costa; allí hice amistad con el capitán de un
-barco, y volví a esta tierra de España. Ahora que estoy aquí, deseo
-muchas veces volver a vivir con los <i>corahai</i>.»</p>
-
-<p>Al llegar aquí, rompió a reír a carcajadas, y así estuvo un rato
-largo; cuando se cansó, les llegó el turno de reír a su hija y a su
-nieta; y tanto rieron, que las tuve a todas por locas.</p>
-
-<p>Horas y horas fueron pasando, y aún estábamos acurrucados junto al
-<i>brasero</i>, del<span class="pagenum" id="Page_194">[p. 194]</span>
-que todo calor había volado mucho tiempo hacía; el leve fulgor
-que iluminaba el aposento también desapareció; sólo quedaba en el
-brasero un rescoldo moribundo. La habitación estaba en las más densas
-tinieblas; las tres mujeres permanecían inmóviles y en silencio;
-sentí un escalofrío, y empecé a encontrarme a disgusto.</p>
-
-<p>—¿Vendrá aquí Antonio esta noche?—pregunté al fin.</p>
-
-<p>—<i>No tenga usted cuidao</i>, mi <i>Caloró</i> de Londres—dijo la
-gitana vieja con tono desabrido—. <i>Pepindorio</i><a id="FNanchor_91"
-href="#Footnote_91" class="fnanchor">[91]</a> ha estado aquí alguna
-vez.</p>
-
-<p>Ya iba a levantarme, con intención de huir de la casa, cuando
-sentí posarse una mano en mi hombro, y oí la voz de Antonio, que
-decía:</p>
-
-<p>—No te asustes, hermano; soy yo. Pronto traerán luz, y
-cenaremos.</p>
-
-<p>La cena fué bastante frugal: pan, queso y aceitunas; Antonio,
-empero, sacó una bota de excelente vino. Despachamos los manjares a
-la luz de una lámpara de barro puesta en el suelo.</p>
-
-<p>—Ahora—dijo Antonio a la más joven de las tres mujeres—tráeme
-el <i>pajandi</i><a id="FNanchor_92" href="#Footnote_92"
-class="fnanchor">[92]</a>, que voy a cantar una <i>gachapla</i><a
-id="FNanchor_93" href="#Footnote_93" class="fnanchor">[93]</a>.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_195">[p. 195]</span></p>
-
-<p>La muchacha trajo la guitarra, y el gitano, después de templarla
-con cierto trabajo, rascó vigorosamente las cuerdas y se puso a
-cantar:</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="stanza">
-<span class="i2">—Gitano, ¿por qué vas preso?</span>
-<span class="i0">—Señor, por cosa ninguna:</span>
-<span class="i0">Porque he cogío un ramá</span>
-<span class="i0">Y etrás se bino una mula.</span>
-</div>
-<div class="stanza">
-<span class="i2">Caminito de Antequera</span>
-<span class="i0">Preso llevan a un gitano,</span>
-<span class="i0">Porque se encontró una capa</span>
-<span class="i0">Antes de perderla el amo.</span>
-</div>
-</div>
-
-<p>El canto y la música duraron mucho tiempo. Las dos mujeres jóvenes
-no se cansaban de bailar, mientras la vieja hacía a veces restallar
-sus dedos o medía el compás golpeando en el suelo con el palo. Al
-fin, Antonio, soltó bruscamente la guitarra, y dijo:</p>
-
-<p>—Veo que el <i>Caloró</i> de Londres está cansado; basta, basta;
-mañana continuaremos. Ahora vámonos al <i>charipé</i><a id="FNanchor_94"
-href="#Footnote_94" class="fnanchor">[94]</a>.</p>
-
-<p>—Con muchísimo gusto—dije yo—. ¿Dónde vamos a dormir?</p>
-
-<p>—En la cuadra, en el pesebre. Aunque en la cuadra haga frío,
-estaremos bastante abrigados en el <i>bufa</i><a id="FNanchor_95"
-href="#Footnote_95" class="fnanchor">[95]</a>.<a id="FNanchor_A"
-href="#Footnote_A" class="fnanchor">[*]</a></p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_196">[Pg 196]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO X</h2>
- <p class="subhang">
- La nieta de la gitana.— Proyecto matrimonial.— El alguacil.— El
- ataque.— Trote largo.— Llegada a Trujillo.— Noche de lluvia.— La
- selva.— El vivac.— ¡Levántate y anda!— Jaraicejo.— El Nacional.— El
- caballero Balmerson.— Entre jarales.— Una conversación seria.— ¿Qué
- es la verdad?— Noticia inesperada.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">T</span><span class="smcap">res</span>
-días estuvimos en casa de las gitanas. Todas las mañanas, muy
-temprano, Antonio se marchaba, montado en el macho, y volvía ya muy
-entrada la noche. La casa era grande y estaba ruinosa; la única
-parte habitable, además de la cuadra, era aquella especie de zaguán
-donde cenamos, y en el que dormían las gitanas, en unos felpudos
-y colchonetas puestos en un rincón. Una mañana, cuando Antonio
-ensillaba el macho y se disponía a partir, supuse yo, por los
-negocios de Egipto, le dije:</p>
-
-<p>—Esta casa es muy extraña, y no lo es menos la gente que vive
-en ella. La gitana abuela tiene todo el aspecto de una <i>sowanee</i><a
-id="FNanchor_96" href="#Footnote_96" class="fnanchor">[96]</a>.</p>
-<p><span class="pagenum" id="Page_197">[p. 197]</span></p> <p>—¿Cómo
-el aspecto?—exclamó Antonio—. ¿Pues acaso no lo es? Más cosas ocultas
-y más palabras misteriosas sabe que todo el <i>Errate</i> de aquí y de
-Cataluña. Ha vivido en tierra de moros, y sabe hacer más <i>draos</i><a
-id="FNanchor_97" href="#Footnote_97" class="fnanchor">[97]</a>,
-venenos y filtros que ninguna persona viviente. Una vez hizo una
-especie de pasta, y me convenció de que la probara; poco después
-sentí como si el alma se me separase del cuerpo, y estuve una noche
-entera vagando por montes y selvas horribles, entre monstruos y
-<i>duendes</i>. En la tierra de los <i>corahai</i> aprendió muchas cosas que ya
-quisiera yo saber.</p>
-
-<p>—¿Hace mucho tiempo que la conoces? Estás en esta casa como en la
-tuya.</p>
-
-<p>—¿Que si la conozco? Mi hermano se casó con la hija, la <i>Callí</i>
-negra, de quien tuvo esa <i>chabí</i> hace diez y seis años, poco antes de
-ser ahorcado por los <i>busné</i>.</p>
-
-<p>Por la tarde, hallándome sentado en el zaguán con la gitana vieja,
-mientras las dos <i>Callees</i> andaban por la ciudad y sus cercanías
-diciendo la buenaventura, su principal ocupación, me dijo la
-vieja:</p>
-
-<p>—¿Estás casado, mi <i>caloró</i> de Londres? ¿Eres un <i>ro</i>?</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Por qué me lo preguntas,
-<i>o Dai de los Calés</i>?<a id="FNanchor_98" href="#Footnote_98"
-class="fnanchor">[98]</a>.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_198">[p. 198]</span></p>
-
-<p><span class="smcap">La gitana vieja.</span>—Porque ya es
-tiempo de que la <i>chabí</i> pierda su <i>lacha</i><a id="FNanchor_99"
-href="#Footnote_99" class="fnanchor">[99]</a> y tenga un <i>ro</i>.
-Lo mejor que puedes hacer es tomarla por <i>romí</i>, mi <i>caloró</i> de
-Londres.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Soy extranjero en estas tierras, oh
-madre de los gitanos, y apenas puedo ganar para mí, menos aún para
-una <i>romí</i>.</p>
-
-<p><span class="smcap">La gitana.</span>—No necesita que nadie
-la mantenga, mi <i>caloró</i> de Londres; siempre que quiera puede
-ganar para ella y su <i>ro</i>. Sabe <i>hokkawar</i>, decir <i>bají</i>, y
-pocos la igualan en robar <i>a pastesas</i><a id="FNanchor_100"
-href="#Footnote_100" class="fnanchor">[100]</a>. Una vez en
-<i>Madrilati</i>, adonde, según me han dicho, vas tú, ganaría mucho
-dinero; debes llevarla allá, porque en estos <i>foros</i> está <i>nahí</i><a
-id="FNanchor_101" href="#Footnote_101" class="fnanchor">[101]</a>,
-no se puede ganar nada; pero en los <i>foros baró</i><a id="FNanchor_102"
-href="#Footnote_102" class="fnanchor">[102]</a> sería otra cosa:
-iría vestida de <i>lachipe</i><a id="FNanchor_103" href="#Footnote_103"
-class="fnanchor">[103]</a> y <i>sonacai</i><a id="FNanchor_104"
-href="#Footnote_104" class="fnanchor">[104]</a>, y tú tendrías un
-buen <i>gra</i> negro para montar; después de ganar mucho dinero podríais
-volver aquí y vivir como <i>Crallis</i> y todo el <i>Errate</i> de <i>Chim del
-Manró</i> doblaría ante vosotros la cabeza. ¿Qué dices, mi <i>caloró</i> de
-Londres, qué dices de este plan?</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Me parece muy acertado, madre;
-al menos, no faltarán gentes que lo encuentren tal; pero yo soy de
-otro <i>chim</i>, ya lo sabes,<span class="pagenum" id="Page_199">[p.
-199]</span> y no me siento inclinado a pasar toda mi vida en este
-país.</p>
-
-<p><span class="smcap">La gitana.</span>—Entonces vuelve a tu tierra,
-<i>Caloró</i> mío, la <i>chabí</i> puede cruzar el <i>pañí</i><a id="FNanchor_105"
-href="#Footnote_105" class="fnanchor">[105]</a>. ¿No puede hacer
-negocio en Londres con los otros <i>Caloré</i>? ¿Y por qué no os vais a
-la tierra de los <i>Corahai</i>? En tal caso, yo os acompañaría; yo y mi
-hija, la madre de la <i>chabí</i>.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Y qué íbamos a hacer en la tierra
-de los <i>Corahai</i>? Creo que es un país pobre y salvaje.</p>
-
-<p><span class="smcap">La gitana.</span>—¡El <i>Caloró</i> de
-Londres me pregunta lo que íbamos a hacer en la tierra de los
-<i>Corahai</i>! <i>¡Aromali!</i><a id="FNanchor_106" href="#Footnote_106"
-class="fnanchor">[106]</a>. Empiezo a creer que estoy hablando
-con un <i>lilipendi</i><a id="FNanchor_107" href="#Footnote_107"
-class="fnanchor">[107]</a>. ¿Es que no hay allí caballos para
-<i>chore</i>? Sí, los hay, y mejores que los de esta tierra, y asnos y
-mulas. En la tierra de los <i>Corahai</i> puedes <i>hokkawar</i> y <i>chore</i>
-tanto como aquí o en tu tierra, o no eres <i>Caloró</i>. ¿No podéis
-uniros a la gente negra que vive en los despoblados? Sí que podéis,
-y muy contentos que se pondrían teniendo con ellos unos <i>Errate</i> de
-España y de Londres. Tengo setenta años, pero no quiero morirme en
-este <i>Chim</i>, sino allá lejos, donde duermen mis dos <i>roms</i>. Llévate
-a la <i>chabí</i> a <i>Madrilati</i> a ganar el <i>parné</i>, y cuando lo hayáis
-ganado,<span class="pagenum" id="Page_200">[p. 200]</span> vuelve
-aquí y daremos un banquete a todos los <i>Busné</i> de Mérida y les echaré
-<i>drao</i> en la comida y reventarán como perros... En cuanto hayan
-comido, los dejaremos, para ir a la tierra del Moro, mi <i>Caloró</i> de
-Londres.</p>
-
-<p>Durante todo el tiempo que estuve en Mérida, no me moví de casa
-de las gitanas, ateniéndome al parecer de Antonio, que me aconsejó
-esa conducta como la más conveniente. El tiempo se me hacía un poco
-pesado, pues mi única diversión era conversar con las mujeres, y
-con Antonio cuando volvía por la noche. En estas <i>tertulias</i>, la
-abuela era la oradora principal, y me llenaba de asombro narrándome
-maravillosas historias de la tierra del moro, fugas de presidio,
-robos y una o dos aventuras de envenenamiento, en las que se había
-visto complicada, según me dijo, en su primera juventud.</p>
-
-<p>Había, a veces, en sus ademanes y modales algo muy singular; en
-más de una ocasión observé que, en lo más animado de su charla, se
-callaba de pronto, quedábase mirando fijamente al espacio, y extendía
-las manos como si quisiera rechazar a un ser invisible; girábanle
-horriblemente los ojos en las órbitas, y una vez cayó de espaldas,
-con fuertes convulsiones, sin que su hija y su nieta hicieran gran
-caso de ello, limitándose a decir que estaba <i>lilí</i> y que pronto
-volvería en su acuerdo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_201">[p. 201]</span></p>
-
-<p>Al anochecer del tercer día, cuando las tres mujeres y yo
-estábamos sentados en torno del <i>brasero</i> conversando según
-costumbre, entró en la habitación un tipo de miserable aspecto,
-envuelto en una capa mugrienta. Fué derecho al sitio donde estábamos,
-sacó un cigarro de papel, lo encendió en las ascuas, y, después de
-tirarle un par de chupadas, me miró, y dijo:</p>
-
-<p>—<i>Carracho</i>, ¿quién es este nuevo compañero?</p>
-
-<p>En el acto comprendí que el recién llegado no era gitano; las
-mujeres no dijeron nada, pero oí a la abuela rezongar como un gato
-viejo cuando le incomodan. El individuo repitió:</p>
-
-<p>—<i>Carracho</i>, ¿cómo ha venido aquí este compañero?</p>
-
-<p>—<i>No le penela chi, min chaboró</i>—me dijo en voz baja la <i>Callee</i>
-negra—; <i>sin un balichó de los chineles</i><a id="FNanchor_108"
-href="#Footnote_108" class="fnanchor">[108]</a>. Y, volviéndose al
-preguntante, continuó en voz alta: Es uno de los nuestros que viene
-con matute de Portugal y a ver a sus hermanos de aquí.</p>
-
-<p>—Entonces me dará algo de tabaco—respondió el individuo—. Supongo
-que habrá traído.</p>
-
-<p>—No tiene tabaco—dijo la <i>Callee</i> negra—. No ha traído más que
-hierro viejo. El<span class="pagenum" id="Page_202">[p. 202]</span>
-único tabaco que hay en casa es este cigarro; tómalo, te lo fumas, y
-te vas.</p>
-
-<p>Al decir esto, se sacó un cigarro del zapato y se lo ofreció al
-<i>alguazil</i>.</p>
-
-<p>—No me voy—dijo éste guardándose el cigarro—. Tenéis que darme
-algo mejor. Hace ya tres meses que no me dais nada. El último regalo
-fué un pañuelo inservible; por tanto, o me dais algo que sea bueno, o
-vais todos a la <i>cárcel</i>.</p>
-
-<p>—¡El <i>Busnó</i> quiere prendernos!—dijo la <i>Callee</i> negra—. ¡Ja, ja,
-ja!</p>
-
-<p>—¡El <i>Chinel</i> quiere prendernos!—dijo con fisga la más joven—.
-¡Je, je, je!</p>
-
-<p>—¡El <i>Bengui</i><a id="FNanchor_109" href="#Footnote_109"
-class="fnanchor">[109]</a> quiere llevarnos al
-<i>estaripel</i>!<a id="FNanchor_110" href="#Footnote_110"
-class="fnanchor">[110]</a>—refunfuñó la abuela—. ¡Jo, jo, jo!</p>
-
-<p>Las tres mujeres se levantaron y dieron muy despacio una vuelta en
-torno del alguacil, mirándole fijamente a la cara; el hombre pareció
-muy asustado, y pensó en la fuga. De pronto, las dos más jóvenes le
-agarraron por las manos, y mientras él forcejeaba para soltarse, la
-vieja le decía:</p>
-
-<p>—Necesitas tabaco, <i>hijo</i>, y vienes a casa de los gitanos
-para asustar a las <i>Callees</i> y al <i>Caloró</i> forastero, que no
-tienen más <i>plako</i><a id="FNanchor_111" href="#Footnote_111"
-class="fnanchor">[111]</a>; la verdad, <i>hijo</i>, no podemos darte
-tabaco, y lo siento mucho; pero, en<span class="pagenum"
-id="Page_203">[p. 203]</span> cambio, tenemos polvo abundante <i>a tu
-servicio</i>.</p>
-
-<p>Al decir esto, se metió la mano en un bolsillo, y, sacando un
-puñado de una especie de polvo de tabaco, se lo arrojó a los ojos al
-alguacil; pateaba éste y bramaba, pero las dos <i>Callees</i> le sujetaban
-fuertemente. Al fin, consiguió soltarse, y trató de desenvainar
-un cuchillo que llevaba en la faja; pero las hembras jóvenes se
-arrojaron sobre él como furias, mientras la vieja le sacudía con el
-palo en la cara; pronto cedió de buen grado el campo, y se retiró
-abandonando el sombrero y la capa, que la <i>chabí</i> recogió y tiró a la
-calle detrás de él.</p>
-
-<p>—Este es un mal asunto—dije yo—. El tipo ese irá, naturalmente,
-a buscar a demás de la <i>justicia</i>, y vendrán para meternos en el
-<i>estaripel</i>.</p>
-
-<p>—<i>¡Ca!</i>—dijo la Callee negra mordiéndose la uña del dedo pulgar—.
-Tiene más motivos para temernos que nosotras a él. Podemos mandarle
-a la <i>filimicha</i>, y, sobre todo, tenemos aquí amigos, muchos,
-muchos.</p>
-
-<p>—Sí—murmuró la vieja—. Las hijas del <i>bají</i> tienen amigos,
-mi <i>Caloró</i> de Londres, entre los <i>Busné, baributre, baribú</i><a
-id="FNanchor_112" href="#Footnote_112" class="fnanchor">[112]</a>.</p>
-
-<p>Ninguna otra cosa digna de mención me ocurrió en la casa de los
-gitanos. Al día siguiente, Antonio y yo cabalgamos de nuevo. Lo menos
-recorrimos trece leguas antes<span class="pagenum" id="Page_204">[p.
-204]</span> de llegar a la <i>venta</i>, donde dormimos. Al otro día
-madrugamos mucho, porque, según dijo Antonio, teníamos que hacer una
-jornada muy larga. «¿Adónde vamos hoy?—pregunté—.» «A Trujillo.»</p>
-
-<p>Cuando el sol salió, tristemente, entre nubes que amenazaban
-lluvia, nos hallábamos en las inmediaciones de una cadena de montañas
-que corría a nuestra izquierda, llamada, según me dijo Antonio,
-<i>Sierra de San Selvan</i>. El camino atravesaba vastas llanuras, donde
-crecían arbustos raquíticos. De vez en cuando veíamos alguna triste
-aldea, con su iglesia antigua y destrozada. Casi todo el día estuvo
-lloviznando; el polvo de los caminos se hizo barro, y nuestra marcha
-fué más penosa. Al atardecer salimos a un yermo sembrado de enormes
-peñas y pedruscos. El sitio era muy agreste. A cierta distancia se
-elevaba ante nosotros una colina de forma cónica, muy escabrosa, que
-parecía ser ni más ni menos que un gigantesco rimero de piedras de
-igual clase que las esparcidas por el yermo. La lluvia cesó, pero un
-viento muy fuerte se alzó gemebundo a nuestra espalda. Mucho trabajo
-me había costado durante todo el viaje marchar al mismo compás que la
-mula de Antonio; mi caballo era de paso lento, y no descubrí ni el
-menor vestigio del genio que, según el gitano, dormitaba en él. Al
-llegar a un sitio bastante despejado, dije:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_205">[p. 205]</span></p>
-
-<p>—Voy a probar si este caballo tiene alguna de las cualidades que
-me has dicho.</p>
-
-<p>—Está bien—contestó Antonio—; y, arreando a la mula, rápidamente
-me dejó atrás.</p>
-
-<p>Tiré del freno al caballo, por buscarle el genio, y el animal se
-detuvo, se puso de manos, y se negó a seguir adelante. «Suéltale
-las riendas y tócale con el látigo»—me gritó Antonio—. Así lo hice,
-y en el acto el caballo salió al trote, que paulatinamente fué
-aumentando en rapidez hasta convertirse en un frenético trote largo;
-sus remos recobraron toda su agilidad, y meneaba las manos de un modo
-maravilloso. La mula de Antonio, de genio y ligera, trató de seguirle
-por un momento; pero, en un abrir y cerrar de ojos, se quedó muy
-atrás. Aquel tremendo trote duraba ya una milla, cuando el caballo,
-entrando cada vez más en calor, salió de pronto al galope. ¡Viva!
-Corríamos más impetuosos y ciegos que una liebre; iba el caballo,
-literalmente, <i>ventre à terre</i>, y me costó mucho trabajo guiarle
-entre los pedruscos, contra los que nos hubiéramos hecho pedazos los
-dos si llega a dar un tropezón en su furiosa carrera.</p>
-
-<p>Así me llevó hasta el pie del cerro, donde aguardé a que el
-gitano me alcanzara. Dejamos a nuestra derecha el cerro, que parecía
-inaccesible, y pasamos por una aldehuela mísera. Se puso el sol; la
-noche nos envolvió en tinieblas, pero nosotros continuamos<span
-class="pagenum" id="Page_206">[p. 206]</span> la marcha casi tres
-horas más, hasta que oímos ladrar perros y percibimos dos o tres
-luces a lo lejos.</p>
-
-<p>—Este es Trujillo—dijo Antonio, que llevaba largo rato sin
-hablar.</p>
-
-<p>—Me alegro mucho—contesté—. Estoy muy cansado y dormiré bien en
-Trujillo.</p>
-
-<p>—Eso será si podemos—dijo el gitano, avivando el paso de la
-mula.</p>
-
-<p>No tardamos en entrar en la ciudad, muy triste y oscura. Sin saber
-adonde íbamos, seguí los pasos del gitano, que me guió por calles y
-plazas lóbregas, donde maullaban los gatos. «Esta es la casa»—dijo al
-fin, apeándose ante una humilde choza—. Llamó, y no le contestaron;
-volvió a llamar, y tampoco hubo respuesta; sacudió la puerta, y
-trató de abrirla, pero estaba cerrada con llave y bien atrancada.
-«<i>¡Caramba!</i>—exclamó—. No están; ya me lo temía yo. ¿Qué vamos a
-hacer ahora?»</p>
-
-<p>—En eso no hay gran dificultad. Si tus amigos no están, vámonos a
-la <i>posada</i>.</p>
-
-<p>—No sabes lo que dices—replicó el gitano—. Yo no me atrevo
-a ir a la <i>mesuna</i><a id="FNanchor_113" href="#Footnote_113"
-class="fnanchor">[113]</a> ni a entrar en más casa de Trujillo
-que ésta. Bueno, no hay remedio, seguiremos el viaje, y, entre
-nosotros, cuanto antes mejor; a mi <i>planoró</i><a id="FNanchor_114"
-href="#Footnote_114" class="fnanchor">[114]</a> le ahorcaron en
-Trujillo».</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_207">[p. 207]</span></p>
-
-<p>Echó <i>yesca</i>, encendió un cigarro, montó en la mula, y anduvimos
-por calles y callejuelas tan tristes como las que ya habíamos
-atravesado, no tardando en vernos de nuevo fuera de poblado.</p>
-
-<p>No me hizo mucha gracia la resolución del gitano, lo confieso;
-tenía yo muy poca gana de marcharme de Trujillo y aventurarme por
-sitios desconocidos, de noche, con lluvia y niebla, porque el viento
-se había echado y el agua caía otra vez con fuerza. Estaba, sobre
-todo, cansadísimo, y lo que más me apetecía era tumbarme en un
-abrigado pesebre y entregarme al sueño arrullado por el agradable
-rumor de caballos y mulas comiéndose el pienso. Pero, como viajero
-experimentado, me guardé muy bien de disputar con mi guía en tales
-circunstancias, y una vez que me había puesto en sus manos, le seguí
-sin replicar, pegado a la grupa de su cabalgadura, alumbrados tan
-sólo por el fulgor del cigarro del gitano; cuando Antonio escupió la
-colilla en un lodazal, quedamos en profundas tinieblas.</p>
-
-<p>Mucho tiempo caminamos de ese modo: el gitano, en silencio; yo,
-callado; y la lluvia, cada vez más densa. Algunas veces me parecía
-oír gritos lúgubres, algo así como el silbido de la lechuza. «Hace
-una noche poco a propósito para andar por el campo»—dije por fin
-a Antonio—. «Así es, hermano—me contestó—. Pero prefiero andar
-por<span class="pagenum" id="Page_208">[p. 208]</span> estos sitios
-en noches como ésta a verme en el <i>estaripel</i> de Trujillo».</p>
-
-<p>Otra legua por lo menos llevaríamos andada cuando me pareció
-que debíamos de estar cerca de un bosque<a id="FNanchor_115"
-href="#Footnote_115" class="fnanchor">[115]</a>, porque de vez
-en cuando distinguía grandes troncos de árboles. Súbitamente,
-Antonio detuvo la mula. «Hermano—me dijo—, mira hacia la izquierda
-y dime si ves una luz; tus ojos ven más que los míos.» Hice como
-me ordenaba, y, al pronto, nada vi; pero, adelantándome un poco,
-percibí claramente a cierta distancia entre los árboles un fuerte
-resplandor. «Lo que veo no puede ser una luz—dije—, sino la llama
-de una hoguera.» «Es lo más probable»—respondió Antonio—. «Por
-aquí no hay <i>queres</i><a id="FNanchor_116" href="#Footnote_116"
-class="fnanchor">[116]</a>; se trata, sin duda, de una hoguera
-encendida por <i>durotunes</i><a id="FNanchor_117" href="#Footnote_117"
-class="fnanchor">[117]</a>. Vamos a buscarlos, porque, como dices tú,
-es lastimoso andar de noche con lluvia y lodo.»</p>
-
-<p>Nos apeamos, entrándonos por el bosque, guiando con cuidado a
-las caballerías por entre los árboles y matorrales. A los cinco
-minutos llegamos a una plazoleta, en la que, en el lado opuesto al
-de nuestra llegada, ardía una hoguera, y en pie, o sentadas junto
-a ella, estaban dos o tres personas; nos<span class="pagenum"
-id="Page_209">[p. 209]</span> habían oído acercarnos, y una de ellas
-gritó: «<i>¿Quien vive?</i>» «Yo conozco esa voz»—dijo Antonio—; y,
-dejándome allí con el caballo, avanzó rápidamente hacia la hoguera.
-Al instante oí un <i>¡hola!</i> y una risotada, y, poco después, la voz de
-Antonio llamándome. Me acerqué a la hoguera, y encontré a dos mozos
-muy atezados y una mujer, como de cuarenta años, aún más negruzca,
-sentada en las mantas y enjalmas de las mulas. Vi también un caballo
-y dos burros atados a los árboles. Aquello era, en efecto, un vivac
-gitano... «Adelante, hermano, y déjate ver—me dijo Antonio—. Estás
-entre amigos. Estos son del <i>Errate</i>, los que yo buscaba en Trujillo,
-y en cuya casa hubiéramos dormido.»</p>
-
-<p>—¿Y por qué razón se han marchado de Trujillo y se han venido al
-monte a pasar una noche como esta?</p>
-
-<p>—Por los asuntos de Egipto, hermano; no lo dudes—replicó Antonio—.
-Y esos asuntos no nos importan; ¡<i>calla</i> [la] <i>boca</i>! Ha sido una
-suerte que los encontremos aquí, porque en otro caso no hubiéramos
-tenido cena nosotros ni pienso los caballos.</p>
-
-<p>—Mi <i>ro</i> está preso en un pueblo que hay ahí—dijo la mujer,
-señalando con la mano en una dirección determinada—. Está preso por
-<i>choring</i> una <i>mailla</i><a id="FNanchor_118" href="#Footnote_118"
-class="fnanchor">[118]</a>. Hemos venido a ver qué podemos hacer por
-él; ¿y dónde<span class="pagenum" id="Page_210">[p. 210]</span>
-íbamos a alojarnos mejor que en el monte, que no se paga nada? Me
-figuro que no será la primera vez que el <i>Caloré</i> ha dormido al pie
-de un árbol.</p>
-
-<p>Uno de los muchachos trajo cebada para las caballerías en un
-talego, que colgamos sucesivamente de la cabeza del caballo y
-de la mula; en él metieron el hocico los pobres animales, y los
-dejamos regalarse hasta que nos pareció que habían saciado el
-hambre. Arrimado a la lumbre borbotaba un <i>puchero</i>, medio lleno de
-tocino, <i>garbanzos</i> y otras sustancias; vaciáronlo en una escudilla
-de madera, y Antonio y yo cenamos. Los otros gitanos se negaron
-a acompañarnos, dándonos a entender que habían comido antes que
-llegásemos; pero hicieron cumplido honor a la bota de Antonio, que
-tuvo la precaución de llenarla antes de salir de Mérida.</p>
-
-<p>Estaba yo a tales horas completamente rendido de cansancio y de
-sueño. Antonio me arrojó una inmensa manta de caballo que llevaba,
-con otras varias, debajo del albardón de la mula; me arropé bien, y
-me eché en el suelo, con la cabeza apoyada en un lío de ropa, y los
-pies todo lo cerca que pude ponerlos de la lumbre.</p>
-
-<p>Antonio y los otros gitanos se quedaron sentados y hablando
-alrededor de la hoguera. Escuché un poco; pero no los entendía
-bien, y lo que entendía no me importaba.<span class="pagenum"
-id="Page_211">[p. 211]</span> La llovizna continuaba; pero no hice
-gran caso de ello, y no tardé en dormirme.</p>
-
-<p>Estaba saliendo el sol cuando me desperté. Me costó bastante
-trabajo ponerme en pie; tenía los miembros entumecidos, y la cabeza
-cubierta de escarcha; durante la noche había cesado de llover, y
-la helada era bastante fuerte. Miré en torno, y no vi a Antonio
-ni a los otros gitanos. Las caballerías de estos últimos habían
-desaparecido, y también el caballo que montaba yo; pero la mula de
-Antonio permanecía aún atada al árbol. Esta circunstancia disipó
-ciertos temores que empezaban a surgir en mi ánimo. «Se habrán ido
-a los asuntos de Egipto—me dije—, y no tardarán en volver.» Recogí
-como pude los rescoldos de la hoguera, y, amontonando un poco de
-leña, pronto se alzó viva llama, a la que arrimé el <i>puchero</i> con los
-restos de la cena de la noche pasada. Mucho tiempo estuve esperando a
-que volviesen mis compañeros; pero como no asomaban por parte alguna,
-me senté y me puse a comer. No había terminado, cuando oí el ruido
-de un caballo que se acercaba rápidamente, y, un momento después,
-apareció Antonio entre los árboles dando muestras de agitación.
-Se tiró del caballo, y al instante se puso a desatar la mula.
-«¡Monta, hermano, monta!»—dijo mostrándome el caballo—. «Iba con la
-<i>Callee</i> y los <i>chabés</i> al pueblo donde su <i>ro</i> está preso;<span
-class="pagenum" id="Page_212">[p. 212]</span> pero el <i>chinobaró</i><a
-id="FNanchor_119" href="#Footnote_119" class="fnanchor">[119]</a>
-los ha cogido, con las caballerías, y me hubiera echado mano a
-mí también; pero metí espuelas al <i>grasti</i>, le solté las riendas
-y escapé. Monta, hermano, monta, o en un abrir y cerrar de ojos
-tendremos aquí a toda la <i>canaille</i> rústica.»</p>
-
-<p>Hice como me ordenaba; en seguida salimos al camino del día
-anterior, y corrimos por él a toda prisa; el caballo sacó su trote
-más veloz, y la mula, con las orejas tiesas, galopaba intrépidamente
-a su lado.</p>
-
-<p>—¿Qué pueblo es aquel que hay allí?—pregunté señalando a un cerro,
-cuando llevábamos una hora de camino, y al disponernos a entrar en un
-valle profundo.</p>
-
-<p>—Es Jaraicejo—dijo Antonio—. Un sitio que ha sido siempre malo
-para la gente <i>Caló</i>.</p>
-
-<p>—Pues, si es malo, supongo que no pasaremos por él.</p>
-
-<p>—No tenemos más remedio que pasar, por varias razones: primera,
-porque el camino atraviesa Jaraicejo; y segunda, porque necesitamos
-comprar provisiones para nosotros y las bestias; al otro lado de
-Jaraicejo hay un <i>despoblado</i> donde no encontraríamos nada.</p>
-
-<p>Cruzamos el valle, subimos el cerro, y, cuando estábamos cerca del
-pueblo, el gitano dijo:</p>
-
-<p>—Hermano, lo mejor es pasar por el<span class="pagenum"
-id="Page_213">[p. 213]</span> pueblo separados. Yo iré delante;
-sígueme poco a poco, y, una vez en Jaraicejo, compras pan y cebada;
-tú no tienes nada que temer. En el <i>despoblado</i> te espero.</p>
-
-<p>Sin aguardar mi respuesta arrancó presuroso, y no tardé en
-perderle de vista. Seguí mi camino muy despacio, y entré en el
-pueblo, asaz viejo y ruinoso; apenas tenía más que una calle, y al
-avanzar por ella, vino a mí corriendo un hombre con una sucia gorra
-de cuartel en la cabeza y un fusil en la mano.</p>
-
-<p>—¿Quién es usted?—me dijo en tono algo desapacible—. ¿De dónde
-viene usted?</p>
-
-<p>—Vengo de Badajoz y Trujillo—respondí—. ¿Por qué me lo pregunta
-usted?</p>
-
-<p>—Soy de la guardia nacional—contestó el hombre—, y estoy encargado
-de vigilar a los forasteros; me han dicho que un gitano acaba de
-pasar a caballo por el pueblo; su suerte ha sido que en aquel momento
-había entrado yo en mi casa. ¿Viene usted con él?</p>
-
-<p>—¿Tengo yo aspecto de viajar en compañía de gitanos?</p>
-
-<p>El nacional me miró de pies a cabeza, y luego me clavó los ojos
-en el rostro, con una expresión que parecía querer decir: «Sí,
-señor; bastante.» Realmente, mi atavío no era muy a propósito para
-disponer a la gente en mi favor. Llevaba un sombrero andaluz muy
-viejo, que, por su estado, parecía como si le hubiesen pisoteado; una
-capa mugrienta,<span class="pagenum" id="Page_214">[p. 214]</span>
-que acaso había servido a doce generaciones, me cubría el cuerpo;
-lo demás de mi atuendo no era de mejor calidad, y todo lo que de
-él parecía estaba manchado de barro, y de barro llevaba también
-salpicado el rostro, sombreado además por una barba de ocho días.</p>
-
-<p>—¿Tiene usted pasaporte?—me preguntó al fin el nacional.</p>
-
-<p>Recordé haber leído que el mejor modo de conquistar la voluntad
-de un español es tratarle con ceremoniosa cortesía. Eché, pues, pie
-a tierra, y, quitándome el sombrero, hice una profunda reverencia al
-soldado constitucional, diciéndole:</p>
-
-<p>—<i>Señor nacional</i>, ha de saber usted que yo soy un caballero
-inglés que viaja por su gusto. Tengo pasaporte, y, en cuanto usted
-lo examine, verá que se halla perfectamente en regla; está expedido
-por el gran Lord Palmerston, ministro de Inglaterra, de quien
-naturalmente habrá usted oído hablar; al pie del pasaporte está
-su firma manuscrita; véala y regocíjese, porque acaso no vuelva a
-presentársele a usted otra ocasión de verla. Como yo tengo ilimitada
-confianza en el honor de todos los caballeros, dejaré el pasaporte en
-manos de usted mientras voy a comer a la posada. Cuando le haya usted
-revisado, será usted seguramente tan amable que vaya a devolvérmelo.
-Caballero, beso a usted la mano.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_215">[p. 215]</span></p>
-
-<p>Le hice una nueva reverencia, que él me pagó con otra más profunda
-todavía, y, mientras miraba tan pronto al pasaporte como a mi
-persona, me fuí a la <i>posada</i>, guiado por un mendigo que hallé al
-paso.</p>
-
-<p>Di un pienso al caballo y me proveí de pan y de cebada, como
-el gitano me aconsejó; compré también tres hermosas perdices a un
-cazador que estaba bebiendo vino en la <i>posada</i>. Quedó muy contento
-con el precio que le pagué, y me invitó a tomar una <i>copita</i>; acepté,
-y hablando estábamos, sentados a la mesa, cuando llegó el nacional
-con mi pasaporte en la mano, sentándose a nuestro lado.</p>
-
-<p><span class="smcap">Nacional.</span>—<i>¡Caballero!</i> Le devuelvo a
-usted el pasaporte; está completamente en regla. Me alegro mucho de
-haberle conocido, y espero que me dará usted ciertas noticias acerca
-de la guerra.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Tendré mucho gusto en dar a un
-caballero tan cortés y tan honrado como usted todas las noticias que
-sepa.</p>
-
-<p><span class="smcap">Nacional.</span>—¿Qué hace Inglaterra? ¿Va,
-al fin, a prestar ayuda a mi país? Si ella quisiera, podía acabar la
-guerra en tres meses.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—No se preocupe, <i>señor nacional</i>.
-La guerra se acabará, sin duda ninguna. ¿Ha oído usted hablar de la
-legión inglesa que milord Palmerston ha enviado a España? Pues deje
-usted el asunto en sus manos, y no tardará en ver los resultados.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_216">[p. 216]</span></p>
-
-<p><span class="smcap">Nacional.</span>—Me parece a mí que ese
-<i>Caballero</i> Balmerson debe de ser un hombre muy cabal.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Eso no tiene duda.</p>
-
-<p><span class="smcap">Nacional.</span>—He oído decir que es un gran
-general.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Tampoco eso tiene duda. En algunas
-cosas ni Napoleón ni El Serrador pueden medirse con él. <i>Es mucho
-hombre.</i></p>
-
-<p><span class="smcap">Nacional.</span>—Me agrada oírlo. ¿Vendrá a
-mandar la legión en persona?</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Creo que no; pero ha enviado para
-mandarla a un amigo suyo que pasa por ser casi tan versado en cosas
-militares como él.</p>
-
-<p><span class="smcap">Nacional.</span>—Mucho me complace oírlo. Veo
-que la guerra acabará pronto. <i>Caballero</i>, le agradezco su cortesía
-y las noticias que me ha dado. Le deseo un viaje feliz. Confieso
-que me sorprende ver a un caballero de su país de usted viajar solo
-y de esa manera por estas regiones. Los caminos están muy poco
-seguros, y han ocurrido, no hace mucho, varios accidentes y más de
-dos muertes en las cercanías. El <i>despoblado</i> tiene malísima fama;
-vaya usted prevenido, <i>Caballero</i>. Siento que el gitano ese haya
-podido pasar; si se le encuentra usted, al menor gesto sospechoso
-péguele un tiro o atraviésele sin vacilar; es un ladrón muy conocido,
-<i>contrabandista</i> y asesino; más muertes ha hecho que dedos tiene en
-las manos. <i>Caballero</i>, si usted me lo permite, le proporcio<span
-class="pagenum" id="Page_217">[p. 217]</span>naremos una escolta
-hasta la bajada del puerto. ¿No quiere usted? Entonces, ¡adiós!
-Un momento: antes de marcharme, deseo ver de nuevo la firma del
-<i>Caballero</i> Balmerson.</p>
-
-<p>Otra vez le mostré la firma, que estuvo contemplando con profunda
-reverencia, y hasta le hizo un rápido saludo con la gorra. Después,
-nos dimos un abrazo y nos separamos.</p>
-
-<p>Monté a caballo y guié hacia el despoblado, marchando, al
-principio, muy despacio. Pero, en cuanto me vi en el campo, puse el
-caballo al trote largo, y, durante cierto tiempo, anduve con tremendo
-compás, esperando alcanzar al gitano de un momento a otro; sin
-embargo, no le veía por ninguna parte, ni me encontré a un solo ser
-humano. El camino, angosto y arenoso, serpenteaba entre las espesas
-retamas y chaparros que cubrían el <i>despoblado</i>, tan altos, a veces,
-como un hombre. Al fondo, en la dirección que yo llevaba, había un
-cerro alto y desnudo. El despoblado tenía lo menos tres leguas;
-lo atravesé casi todo, acercándome ya al pie del cerro, y, cuando
-empezaba a sentirme muy intranquilo, pensando que acaso me había
-dejado atrás al gitano, metido entre los chaparros, oí súbitamente un
-<i>¡Hola!</i> muy conocido, y vi aparecer en medio de unas matas de retama
-una cabeza ruda y atezada, y unos ojos que me miraban con fijeza.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_218">[p. 218]</span></p>
-
-<p>—Mucho has tardado, hermano—me dijo—. Casi he creído que me habías
-engañado.</p>
-
-<p>Me rogó que me apease, y llevó el caballo detrás de un espesar,
-donde estaba la mula atada a una estaquilla. Entregué a Antonio el
-pan y la cebada, y le referí lo sucedido con el nacional.</p>
-
-<p>—Quisiera tenerle aquí—exclamó el gitano al oír los epítetos que
-el otro le había prodigado—para que mi <i>chulí</i><a id="FNanchor_120"
-href="#Footnote_120" class="fnanchor">[120]</a> y su <i>carló</i><a
-id="FNanchor_121" href="#Footnote_121" class="fnanchor">[121]</a> se
-conociesen mejor.</p>
-
-<p>—¿Y qué haces aquí, en este desierto, entre estas matas?</p>
-
-<p>—Estoy esperando un emisario que ha de venir de muy lejos, y hasta
-que pase no puedo seguir adelante ni retroceder. Estoy aquí por los
-asuntos de Egipto, hermano.</p>
-
-<p>Como esta era la expresión que invariablemente empleaba para
-esquivar mis preguntas, guardé silencio. Dimos pienso a los animales,
-y luego hicimos nosotros una frugal colación de pan y vino.</p>
-
-<p>—¿Por qué no guisamos esas perdices?—pregunté—. Aquí hay de sobra
-con qué encender lumbre.</p>
-
-<p>—El humo podría descubrirnos, hermano—dijo Antonio—. Me interesa
-estar<span class="pagenum" id="Page_219">[p. 219]</span> <i>escondido</i>
-aquí hasta que llegue el emisario.</p>
-
-<p>Era ya muy entrada la tarde. El gitano, echado detrás de un
-matorral, se levantaba a veces para mirar afanosamente a la
-colina que teníamos delante; al cabo, lanzando una exclamación de
-contrariedad y de impaciencia, se dejó caer al suelo, y en él estuvo
-tendido mucho rato, absorto, al parecer, en sus reflexiones; por
-último, levantó la cabeza y me miró a la cara.</p>
-
-<p><span class="smcap">Antonio.</span>—Hermano, no puedo adivinar
-asuntos que te traen a esta tierra.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Quizás los mismos que te traen a
-este despoblado; asuntos de Egipto.</p>
-
-<p><span class="smcap">Antonio.</span>—No tal, hermano. Es verdad que
-hablas la lengua de Egipto; pero ni tus maneras ni tus palabras son
-las de un <i>Caló</i> ni de un <i>Busné</i>.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿No me oíste hablar en los <i>foros</i>
-acerca de Dios y <i>Tebleque</i>?<a id="FNanchor_122" href="#Footnote_122"
-class="fnanchor">[122]</a> He venido a tierras de España para
-explicar la palabra divina a los <i>Calés</i> y a los gentiles.</p>
-
-<p><span class="smcap">Antonio.</span>—¿Y quién te envía con esa
-misión?</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—No me entenderías aunque te lo
-dijese. Has de saber, sin embargo, que muchas gentes de países
-extranjeros lamentan las tinieblas en que yace España, y las
-crueldades, robos y muertes que la afean.</p>
-
-<p><span class="smcap">Antonio.</span>—Esas gentes, ¿son <i>Caloré</i> o
-<i>Busné</i>?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_220">[p. 220]</span></p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Qué más da? Los <i>Caloré</i> y los
-<i>Busné</i> son hijos del mismo Dios.</p>
-
-<p><span class="smcap">Antonio.</span>—Mientes, hermano; ni vienen
-del mismo padre ni son del mismo <i>Errate</i>. Hablas de robos,
-crueldades y muertes; pero es que hay demasiados <i>Busné</i>, hermano; si
-no hubiera <i>Busné</i>, no habría ni robos ni muertes. Los <i>Caloré</i> no
-se roban ni se matan unos a otros; los <i>Busné</i>, sí; ni son crueles
-con los animales, porque su ley se lo prohibe. Un día, siendo yo
-chico, pegué a una <i>burra</i>; pero mi padre me sujetó la mano, y,
-reprendiéndome, dijo: «¡No hagas daño a ese animal, porque dentro de
-él está el alma de tu propia hermana!»</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Es posible que creas en una
-doctrina tan bárbara, Antonio?</p>
-
-<p><span class="smcap">Antonio.</span>—A veces, sí; a veces, no.
-Algunos hay que no creen en nada, ni siquiera en que viven. Hace
-mucho tiempo, conocí yo a un <i>Caloré</i> viejo, muy viejo, tenía más
-de cien años, y una vez le oí decir que todo lo que creemos ver es
-mentira; que no hay mundo, ni hombres, ni mujeres, ni caballos,
-ni mulas, ni olivos. Pero ¿adónde vamos a parar por este camino?
-Te he preguntado por qué vienes a este país, y me dices que por
-la gloria de Dios y <i>Tebleque</i>. <i>¡Disparate!</i> Eso se lo cuentas
-a los <i>Busné</i>. No hay duda que tendrás muy buenas razones para
-venir aquí, porque, en otro caso, no habrías venido. Algunos dicen
-que eres un espía de<span class="pagenum" id="Page_221">[p.
-221]</span> los <i>Londoné</i><a id="FNanchor_123" href="#Footnote_123"
-class="fnanchor">[123]</a>. Tal vez; pero no me importa. Levántate, y
-dime, hermano, si ves a alguien bajar del puerto.</p>
-
-<p>—Veo una cosa a lo lejos—repliqué—como una mancha en la vertiente
-del cerro.</p>
-
-<p>El gitano se puso en pie, y ambos miramos con atención, pero la
-distancia no nos permitió al principio ver claramente si aquel objeto
-se movía o no. Un cuarto de hora después se disiparon nuestras dudas,
-porque el objeto que observábamos había llegado al pie del cerro y
-columbramos una persona montada en un animal, cuya especie aún no
-pudimos reconocer.</p>
-
-<p>—Es una mujer—dije yo al cabo—montada en un asno rucio.</p>
-
-<p>—Entonces es mi emisario—dijo Antonio—; no puede ser otro.</p>
-
-<p>La mujer y el burro llegaron al llano, y por un rato
-desaparecieron a nuestra vista entre las leñas y malezas del
-monte. No tardaron en aparecer a una distancia como de cien varas.
-El burro era un hermoso animal, de pelo gris plateado, que venía
-retozando, moviendo el rabo, y con paso tan ligero que parecía no
-tocar el suelo con las patas. En cuanto nos vió, se paró en seco,
-dió media vuelta, e intentó marcharse por donde había venido;
-pero al sentirse dominado, se puso de manos, y hubiera concluído
-por<span class="pagenum" id="Page_222">[p. 222]</span> tirar al
-suelo a la mujer, si ella misma no se apea con ligereza. La mujer
-traía el cuerpo enteramente envuelto en los amplios vuelos de una
-capa de hombre. Corrí a prestarle ayuda, cuando, al volver hacia mí
-su rostro, reconocí en el acto las finas y correctas facciones de
-Antonia, hija de mi guía, a quien yo había visto en Badajoz. Sin
-dirigirme la palabra, se acercó a su padre y le dijo en voz baja algo
-que no pude percibir. Antonio se echó atrás, con un estremecimiento,
-y vociferó: «¡Todos!» «Sí», respondió ella en voz más alta,
-repitiendo probablemente las palabras que antes no pude cazar: «A
-todos los han cogido.»</p>
-
-<p>El gitano se quedó consternado, al parecer; y como yo no tenía
-ninguna gana de asistir a una conversación que, probablemente, iba
-a versar sobre los asuntos de Egipto, me aparté de allí, metiéndome
-entre los matorrales. Estuve solo un buen rato; a veces llegaban
-hasta mí exclamaciones y juramentos. A la media hora volví; los
-gitanos se habían salido del camino, y estaban sentados en el suelo,
-detrás de las mismas retamas que ocultaban a las caballerías. Torvo
-el semblante, el gitano empuñaba un cuchillo desnudo, y de vez en
-cuando clavábalo en la tierra, exclamando: ¡Todos! ¡Todos!</p>
-
-<p>—Hermano—dijo al fin—no puedo ir ya más lejos contigo; el asunto
-que me<span class="pagenum" id="Page_223">[p. 223]</span> llevaba a
-<i>Castumba</i> está ya arreglado. Desde ahora viajarás solo y entregado a
-tu <i>bají</i>.</p>
-
-<p>—Confío en <i>Undevel</i><a id="FNanchor_124" href="#Footnote_124"
-class="fnanchor">[124]</a>—contesté—que escribió mi destino mucho
-tiempo ha. Pero, ¿cómo voy a arreglarme sin caballo? Porque, sin
-duda, tu necesitarás el tuyo.</p>
-
-<p>El gitano pareció reflexionar.</p>
-
-<p>—Es verdad, necesito el caballo, hermano—me dijo—y también el
-<i>macho</i>, pero como no vas a ir en <i>pindré</i><a id="FNanchor_125"
-href="#Footnote_125" class="fnanchor">[125]</a>, le compras a Antonia
-la <i>burra</i> que yo le di cuando la envié a esta expedición.</p>
-
-<p>—Me parece que la <i>burra</i> está sin domar y resabiada.</p>
-
-<p>—Así es, hermano, y por eso la compré; las caballerías resabiadas
-y mal domadas suelen tener muy buenos pies. Tu eres <i>Caló</i>, hermano,
-y podrás montarla. Así que, le das a mi hija Antonia un <i>baria</i><a
-id="FNanchor_126" href="#Footnote_126" class="fnanchor">[126]</a> de
-oro por la <i>burra</i>, y si te parece conveniente, véndela en Talavera
-o en Madrid, porque las <i>bestias</i> extremeñas son muy apreciadas en
-<i>Castumba</i>.</p>
-
-<p>Menos de una hora después, iba yo por la otra vertiente del
-puerto, montado en la <i>burra</i> cerril.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_224">[Pg 224]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XI</h2>
- <p class="subhang">
- El puerto de Mirabete.— Lobos y pastores.— La sutileza de las
- hembras.— Muerto por los lobos.— Se aclara el misterio.— Las
- montañas.— La hora tenebrosa.— Un viajero nocturno.— Abarbanel.— Los
- tesoros ocultos.— El poder del oro.— El arzobispo.— Llegada a Madrid.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">B</span><span class="smcap">ajaba</span>
-yo del puerto de Mirabete pensando a ratos en el propósito que me
-había llevado a España, y admirando otros uno de los más hermosos
-panoramas del mundo. Ante mí se extendían inmensas planicies
-limitadas en la lejanía por montañas gigantescas, y a mis pies
-serpenteaba entre márgenes escarpadas la vena angosta y profunda
-del Tajo. El sol poniente doraba el paisaje. El día, aunque frío y
-ventoso, era despejado, brillante. En una hora llegué al río por
-junto a los restos de un magnífico puente volado en la guerra de la
-Independencia, y no reconstruído.</p>
-
-<p>Crucé el Tajo en una barca; el paso fué un poco difícil por la
-rapidez de la corriente, engrosada con las últimas lluvias.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_225">[p. 225]</span></p>
-
-<p>—¿Estoy ya en Castilla la Nueva?—pregunté al barquero al llegar a
-la otra orilla.</p>
-
-<p>—La <i>raya</i> está a unas cuantas leguas de aquí—contestó—. Usted
-parece extranjero. ¿De dónde viene usted?</p>
-
-<p>—De Inglaterra.</p>
-
-<p>Y sin aguardar otra respuesta, monté en la <i>burra</i> y seguí mi
-camino. La <i>burra</i> meneó los remos con presteza, y poco después de
-cerrar la noche llegué a una aldea distante unas dos leguas de la
-orilla del río.</p>
-
-<p>Me alojé en una <i>venta</i>. Ardía en la cocina una buena fogata, en
-la que se quemaba un tronco de olivo casi entero. Allí me senté, y me
-entretuve en examinar la diversa catadura de los presentes. Había un
-cazador con su <i>escopeta</i>; un par de pastores, con enormes perros, de
-los famosos de Extremadura; un soldado licenciado que volvía de la
-guerra, y un mendigo, que después de pedir una limosna por las siete
-llagas de <i>María Santísima</i>, se sentó con nosotros y se instaló muy
-a sus anchas. La ventera era una mujer activa y servicial, que se
-ocupó en aderezarme la cena, consistente en las perdices compradas
-en Jaraicejo, que el gitano, al despedirse de mí, me aconsejó que me
-llevara. Mientras las guisaban estuve al amor de la lumbre oyendo la
-conversación de aquella gente.</p>
-
-<p>—Más quisiera ser lobo—dijo uno de los pastores—u otra cosa
-cualquiera, que<span class="pagenum" id="Page_226">[p. 226]</span>
-pastor. Bonita vida la nuestra, siempre en el <i>campo</i>, entre
-<i>carrascales</i>, pasando frío y hambre por una <i>peseta</i> diaria. Un lobo
-se da mejor vida y es más temido que un mísero pastor.</p>
-
-<p>—Pero muchas veces—dije yo—lo pasa muy mal, y cuando los pastores
-y perros caen sobre él, paga con la cabeza todas sus hazañas.</p>
-
-<p>—Eso ocurre muy pocas veces, señor viajero—dijo el pastor—. El
-lobo acecha las ocasiones, y es muy raro que se meta en un mal paso.
-Y lo que es atacarle, crea usted que es muy poco agradable. Tiene
-garras y dientes, y al hombre o al perro que los prueban una vez,
-les quedan muy pocas ganas de ponerse nuevamente a su alcance. Estos
-perros míos se atreverían, uno a uno, con un oso, aunque es un animal
-mucho más fuerte, y en cambio los he visto yo huír del lobo, a pesar
-de que los azuzábamos.</p>
-
-<p>—El lobo es muy peligroso, y, además, muy astuto. Sabe más que
-nadie y conoce el punto vulnerable de cada animal. Vea usted,
-pongo por caso, cómo ataca a los terneros: saltándoles al cuello y
-desgarrándoles las venas con uñas y dientes. Pero ¿ataca así a un
-caballo? Me figuro que no.</p>
-
-<p>—En efecto—dijo el otro pastor—sabe muy bien lo que hace, y a
-los caballos se les sube de un brinco en las ancas y desjarreta en
-seguida. ¡Qué miedo siente<span class="pagenum" id="Page_227">[p.
-227]</span> un caballo al pasar cerca de la madriguera del lobo! Mi
-amo iba el otro día al <i>despoblado</i> por lo alto del puerto, en el
-trotón andaluz, que le ha costado quinientos duros; de pronto, el
-caballo se paró y se puso a sudar y a temblar como una mujer a pique
-de desmayarse. Mi amo no podía adivinar el motivo, hasta que oyó unos
-gruñidos entre las matas; disparó la escopeta y espantó a los lobos,
-que salieron huyendo; pero me ha dicho que al caballo aún no se le ha
-pasado el susto.</p>
-
-<p>—Sin embargo, las yeguas saben, cuando llega el caso, chasquear
-al lobo—replicó su compañero—. Las yeguas, como todas las hembras,
-son muy astutas y maliciosas. Si están, pongo por caso, pastando en
-el <i>campo</i> con sus crías, y se da la señal de que viene el lobo, se
-asustan y corren un poco, pero al momento se reunen y se forman en
-corro, poniendo dentro a los potros. Llega el lobo, esperando darse
-un banquete de carne de caballo, pero se lleva chasco; las yeguas son
-tan listas como él. Todas le hacen cara, esconden la grupa, y cuando
-el lobo se pone a dar vueltas trotando y aullando alrededor del
-corro, se alzan de manos dispuestas a aplastarlo contra el suelo, en
-cuanto intente hacerles, a ellas o a su <i>cría</i>, el menor daño.</p>
-
-<p>—Peor que el lobo—dijo el soldado—es la loba; porque como ha
-dicho muy bien<span class="pagenum" id="Page_228">[p. 228]</span>
-el <i>señor pastor</i>, las hembras tienen más malicia que los machos.
-Es cosa sorprendente ver a una de esas diablas dirigir una manada
-de machos. Van tras ella, repitiendo todo lo que hace; parecen
-embrujados y no tienen más remedio que imitarla. Una vez viajaba
-yo con un compañero por las montañas de Galicia, cuando de pronto
-oímos un aullido. «Son los lobos—dijo mi compañero—. Echémonos
-fuera del camino.» Así lo hicimos, y remontamos un poco la falda
-del cerro, hasta llegar a una explanada plantada de vides, como
-se usa en Galicia. A poco apareció una loba muy grande, de pelo
-gris, <i>deshonesta</i>, guiando a dentelladas y gruñidos una manada de
-demonios que la seguían muy pegados a ella, con el rabo enhiesto
-y los ojos como brasas. ¿Qué creerán ustedes que hizo el maldito
-animal? En lugar de seguir por el camino, echó hacia donde nosotros
-estábamos, y como ya no había remedio, nos estuvimos quietos y en
-silencio. Yo estaba el primero, y la loba me pasó tan cerca, que
-me rozó con el pelo las piernas; no me hizo caso, sin embargo, y
-siguió adelante, sin mirar a derecha ni izquierda, y todos los demás
-lobos pasaron trotando junto a mí, sin hacerme el menor daño y sin
-mirarme siquiera. No puedo decir lo mismo de mi pobre compañero, que
-estaba un poco más lejos, y, a mi parecer, no tan en la dirección
-de los<span class="pagenum" id="Page_229">[p. 229]</span> lobos
-como yo. Después de pasar muy cerca de él, bruscamente la loba dió
-media vuelta y le mordió. Nunca olvidaré lo que ocurrió luego; en un
-instante doce lobos se arrojaron sobre él y le despedazaron, aullando
-de un modo horrible. En un santiamén le devoraron, y sólo quedó de él
-la calavera y unos cuantos huesos; después, los lobos se fueron como
-habían venido. Tengo motivo para agradecer a mi señora la loba, que
-hiciese menos caso de mí que de mi compañero.</p>
-
-<p>Oyendo esta y otras conversaciones por el estilo, me adormilé al
-amor de la lumbre, y así estuve gran rato, hasta que me despertó una
-voz que decía muy alto: «Los han cogido a todos». Eran las mismas
-palabras que tanta confusión produjeron a Antonio el gitano cuando
-se las oyó a su hija en el despoblado. Miré en torno mío, y vi que
-seguían allí los mismos individuos a cuya conversación asistí antes
-de amodorrarme; pero ahora el orador era el mendigo, y hablaba con
-mucho calor.</p>
-
-<p>—Dispense usted, <i>caballero</i>—dije yo—, pero no he oído lo que ha
-dicho usted al principio. ¿Quiénes son esos que han cogido?</p>
-
-<p>—Una cuadrilla de malditos <i>gitanos</i>, <i>caballero</i>—replicó el
-mendigo, devolviéndome el título que yo cortésmente le había dado—.
-Más de quince días han tenido<span class="pagenum" id="Page_230">[p.
-230]</span> infestada la raya de Castilla, y han robado y matado
-a muchos señores viajeros como usted. Parece que la <i>canaille</i>
-gitana trata de aprovechar los disturbios de estos tiempos, y se ha
-constituído en facción. Dicen que a esa cuadrilla iban a juntársele
-muchos de sus hermanos de raza, y lo creo, porque todos los gitanos
-son ladrones; pero, gracias a Dios, han acabado con ellos antes de
-que llegaran a ser demasiado temibles. Yo mismo los he visto llevar a
-la cárcel de... ¡Gracias a Dios! <i>Todos están presos.</i></p>
-
-<p>—Está aclarado el misterio—me dije, y me puse a despachar la cena,
-ya servida.</p>
-
-<p>La jornada siguiente me llevó a una ciudad de cierta importancia,
-la primera entrando en Castilla la Nueva por aquella parte, cuyo
-nombre he olvidado<a id="FNanchor_127" href="#Footnote_127"
-class="fnanchor">[127]</a>. Pasé la noche, como de costumbre, en la
-misma cuadra que mi <i>caballería</i>, echado cerca de ella en el pesebre.
-Como viajaba en borrico, juzgué necesario contentarme con un lecho
-proporcionado a mis medios de locomoción, para no suscitar en la
-gente con quien trababa, la sospecha, viéndome demasiado exigente o
-delicado, de que yo fuese hombre más principal de lo que mi atavío y
-equipaje permitían suponer. Me levanté antes del alba y continué mi
-camino, esperando<span class="pagenum" id="Page_231">[p. 231]</span>
-llegar con luz del sol a Talavera, de la que me separaban, según me
-dijeron, diez leguas. El camino seguía una planicie ininterrumpida,
-plantada casi toda de olivares. A pocas leguas de distancia por la
-izquierda, se alzaban las grandes montañas que ya he mencionado.
-Corrían hacia el Este, formando una cordillera al parecer
-interminable, paralela al camino; las cumbres y vertientes estaban
-cubiertas de nieve deslumbradora, barrida por el viento que llegaba
-hasta mí, a través de la vasta y melancólica planicie, en ráfagas
-cruelmente frías.</p>
-
-<p>—¿Qué montañas son esas?—pregunté a un barbero-sangrador, que,
-montado en una <i>burra</i> del mismo pelo que la mía, emparejó conmigo
-a eso del mediodía, y me acompañó durante unas cuantas leguas—. «Se
-llaman de diverso modo, <i>caballero</i>—respondió el barbero—, según los
-nombres de los lugares inmediatos. Aquellas de allá lejos son la
-serranía de Plasencia; las que hay frente a Madrid son las montañas
-de Guadarrama, por un río de este nombre que en ellas nace. La
-cordillera es muy grande, <i>caballero</i>, y separa los dos reinos; del
-lado de allá está Castilla la Vieja. Son magníficas estas montañas,
-y aunque nos mandan muchísimo frío, a mí me agrada contemplarlas,
-cosa que no es de extrañar, pues he nacido en ellas, aunque ahora,
-por mis pecados, vivo en un pueblo del llano. No hay en toda España
-cordillera<span class="pagenum" id="Page_232">[p. 232]</span> como
-ésta, <i>caballero</i>; tiene sus secretos, sus misterios. Muchas cosas
-singulares se cuentan de esas montañas y de lo que ocultan en sus
-profundos escondrijos, porque ha de saber usted que la cordillera
-es muy ancha, y se puede andar por ella días y días sin llegar a
-<i>término</i>. Muchos se han perdido en ella y no ha vuelto a saberse
-nada de su paradero. Entre otras rarezas, cuentan que en ciertos
-sitios hay profundas lagunas habitadas por monstruos, tales como
-serpientes corpulentas, más largas que un pino, y caballos de
-agua que a veces salen de allí y cometen mil estropicios. Es cosa
-averiguada que, allá lejos, hacia el Oeste, en el corazón de la
-montaña, hay un valle maravilloso, tan estrecho, que en él sólo
-se le ve la cara al sol en pleno mediodía. Este valle permaneció
-desconocido durante miles de años; nadie soñaba su existencia.
-Pero, al cabo, hace mucho tiempo, unos cazadores entraron en él
-casualmente, y, ¿sabe usted lo que encontraron, <i>caballero</i>?
-Encontraron una pequeña nación o tribu de gente desconocida, que
-hablaba una lengua ignorada y que acaso vivía allí desde la creación
-del mundo sin tratarse con las otras criaturas humanas, y sin saber
-de la existencia de otros seres cerca de ellos. <i>Caballero</i>, ¿no ha
-oído usted hablar nunca del valle de las Batuecas? Se han escrito
-muchos libros acerca de este valle y de sus habitantes. A mí me
-enorgullecen<span class="pagenum" id="Page_233">[p. 233]</span> esas
-montañas, <i>caballero</i>; si yo fuera hombre independiente, sin mujer y
-sin hijos, compraría una <i>burra</i> como la de usted—excelente, por lo
-que veo, y mucho mejor que la mía—y me iría a recorrer esas montañas
-hasta descubrir todos sus misterios y haber visto las maravillas que
-contienen.»</p>
-
-<p>No cesé en todo el día de avivar el paso de la burra, y sólo me
-detuve una vez para echarle un pienso; pero, aunque el animalito
-se portó muy bien, llegó la noche y aún faltaban dos leguas hasta
-Talavera. Al ponerse el sol arreció el frío; me arropé lo mejor
-posible con la capa vieja del gitano, que aun traía conmigo; pero
-resultó escasa defensa contra la inclemente noche. El camino,
-siempre por terreno llano, estaba medio borrado, y en la oscuridad
-era a veces difícil encontrarlo, sobre todo por los muchos atajos y
-veredas que lo cruzaban. Seguí adelante, empero, como pude, y cuando
-dudaba de la dirección que debía tomar, me abandonaba al instinto
-de mi cabalgadura. Salió al fin la luna, y a su débil luz distinguí
-de pronto un bulto que se movía a muy corta distancia delante de
-mí. Aligeré el paso de la <i>burra</i>, y no tardé en ponerme a su lado.
-El bulto continuó sin alterar su marcha un momento ni mirar. La
-silueta era de hombre, el más alto y corpulento que hasta entonces
-había yo encontrado en España, vestido también de un modo<span
-class="pagenum" id="Page_234">[p. 234]</span> desusado en el país.
-Llevaba un sombrero bajo de copa y ancho de alas, muy semejante al
-de los carreteros ingleses; envolvíase el cuerpo en una especie de
-túnica larga y suelta, de cutí ordinario, abierta por delante, lo
-que permitía ver, en ocasiones, el resto de su traje, compuesto
-de un jubón y unos calzones de pana. Como he dicho, el ala de su
-sombrero era ancha; pero, aun siéndolo, no bastaba para cubrir un
-inmenso matorral de pelo negro como el carbón, espeso y rizado, que
-se desbordaba por todos lados. Colgadas del hombro izquierdo llevaba
-unas alforjas, y en la mano derecha una pértiga.</p>
-
-<p>Había algo extraño en todo su continente; pero lo más chocante era
-la tranquilidad con que seguía andando sin ocuparse de mí, aunque,
-naturalmente, se daba cuenta de mi proximidad; miraba con fijeza al
-camino delante de sí, salvo cuando alzaba su ancha faz y clavaba sus
-grandes ojos en la luna, que ya brillaba con fuerza en el cielo.</p>
-
-<p>—Está fría la noche—díjele al fin—. ¿Es este el camino de
-Talavera?</p>
-
-<p>—Este es el camino de Talavera, y la noche está fría.</p>
-
-<p>—Yo voy a Talavera—añadí—; supongo que usted también.</p>
-
-<p>—Allí voy yo; usted también va, <i>bueno</i>.</p>
-
-<p>La entonación con que pronunció estas<span class="pagenum"
-id="Page_235">[p. 235]</span> palabras era, en su línea, tan extraña
-y singular, como el aspecto del hombre que las decía; no era
-exactamente la de una voz española, y, sin embargo, había algo en
-ellas que a duras penas podía ser extranjero; la pronunciación era
-también correcta, y el lenguaje, aunque insólito, sin faltas. Me
-chocó, sobre todo, la manera como había dicho la palabra <i>bueno</i>;
-algo parecido había oído yo en otra ocasión, pero no podía recordar
-cuándo ni dónde. Hubo una pausa. El desconocido andaba con paso
-arrogante y con perfecta indiferencia; al parecer estaba dispuesto a
-no buscar ni esquivar la conversación.</p>
-
-<p>—¿No le da a usted miedo viajar por estos caminos, de noche?—le
-pregunté—. Dicen que están llenos de ladrones.</p>
-
-<p>—¿Y no le debía dar a usted más miedo viajar por estos caminos,
-de noche? ¿A usted, que desconoce el país? ¿A usted que es un
-extranjero, un inglés?</p>
-
-<p>—¿Cómo sabe usted que soy inglés?—pregunté lleno de sorpresa.</p>
-
-<p>—No es cosa difícil; se lo he conocido en el acento.</p>
-
-<p>—Ya que habla usted de eso—dije yo—, ¿y si su acento me
-descubriese también quién es usted?</p>
-
-<p>—No puede ser—replicó mi compañero—; usted no sabe nada de mí, ni
-puede saberlo.</p>
-
-<p>—No lo diga usted con tanta seguridad,<span class="pagenum"
-id="Page_236">[p. 236]</span> amigo mío; yo estoy enterado de muchas
-más cosas de las que usted se figura.</p>
-
-<p>—<i>¿Por ejemplo?</i>—dijo el desconocido.</p>
-
-<p>—Por ejemplo—repliqué—; usted habla dos idiomas.</p>
-
-<p>El hombre anduvo un poco en actitud reflexiva, y luego dijo en voz
-baja: <i>Bueno</i>.</p>
-
-<p>—Usted tiene dos nombres—continué—: uno, para el interior de su
-casa, y otro, para la calle. Ambos son buenos; pero el del hogar es
-el que usted más quiere de los dos.</p>
-
-<p>Anduvo otros cuantos pasos en la misma actitud que antes; de
-pronto, se volvió, y tomando nuevamente las riendas de la <i>burra</i>, la
-detuvo. Entonces contemplé de lleno su rostro y toda su persona; aún
-se me aparecen a veces en sueños sus formas hercúleas y sus facciones
-desmesuradas. Le vi plantado ante mí, bañado por la luz de la luna,
-mirándome a la cara con sus profundos y tranquilos ojos. Al cabo me
-dijo: «¿Es usted uno de los nuestros?»</p>
-
-<p class="tb">
-*&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;
-*&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;
-*&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;
-*&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;
-*</p>
-
-<p>Era ya muy entrada la noche cuando llegamos a Talavera. Fuimos
-a una casona lóbrega, la <i>posada</i> principal de la ciudad, según me
-dijo mi compañero. Entramos en la cocina, en uno de cuyos extremos
-ardía una buena lumbre. «Pepita—dijo mi compañero a una linda
-muchacha que salió a nuestro encuentro sonriendo—, un <i>brasero</i>
-y un cuarto<span class="pagenum" id="Page_237">[p. 237]</span>
-reservado. Este caballero es un amigo mío y cenaremos juntos.» Pronto
-estuvo dispuesta la habitación, en la que había dos alcobas con
-sendas camas. Después de una cena que, por encargo de mi compañero,
-fué excelentísima, nos sentamos junto al brasero y comenzamos a
-hablar.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Claro está que usted ha hablado con
-otros ingleses, porque en otro caso no me hubiera reconocido por el
-tono de la voz.</p>
-
-<p><span class="smcap">Abarbanel</span><a id="FNanchor_128"
-href="#Footnote_128" class="fnanchor">[128]</a>.—Cuando estalló la
-guerra de la Independencia, siendo yo un muchacho, vino al lugar en
-que yo vivía con mi familia un oficial inglés, encargado de instruir
-a reclutas; se alojó en casa de mi padre y me cobró gran afecto. Al
-marcharse me fuí con él, con permiso de mi padre, y le acompañé por
-ambas Castillas como camarada y criado a la vez. Juntos estuvimos
-casi un año, y cuando, súbitamente, le mandaron volver a su país,
-quiso llevarme consigo; pero mi padre no lo consintió en modo alguno.
-Veinticinco años han pasado sin ver ningún inglés; a pesar de ello,
-le he conocido a usted en plena oscuridad.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Y qué género de vida hace usted, y
-cuáles son sus medios de subsistencia?</p>
-
-<p><span class="smcap">Abarbanel.</span>—Vivo sin dificultad alguna,
-como creo que vivieron mis antepasados, y<span class="pagenum"
-id="Page_238">[p. 238]</span> como vivió, con toda certeza, mi
-padre, cuya misma ruta he seguido. A su muerte, tomé posesión de la
-<i>herencia</i>; era yo hijo único, los bienes, muchos; hubiera podido
-vivir sin trabajar; pero a fin de no llamar la atención, seguí el
-oficio de mi padre, que era <i>longanicero</i>. A veces he tratado también
-en lana; pero sin gran empeño por falta de estímulo. Con todo, he
-tenido buena suerte; en ocasiones, una suerte extraordinaria, y he
-ganado más que muchos otros entregados por completo al comercio y que
-se matan a trabajar.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Tiene usted hijos? ¿Está usted
-casado?</p>
-
-<p><span class="smcap">Abarbanel.</span>—Soy casado, pero sin hijos.
-Tengo mujer y una <i>amiga</i>, o, más bien, dos mujeres, porque con
-ambas estoy casado; pero a una le llamo <i>amiga</i> por guardar las
-apariencias; quiero vivir tranquilo, y no tengo gana de ofender los
-prejuicios de la gente que me rodea.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Dice usted que es rico. ¿En qué
-consisten sus riquezas?</p>
-
-<p><span class="smcap">Abarbanel.</span>—En oro, plata y piedras
-preciosas, pues he heredado todo lo que mis abuelos atesoraron. La
-mayor parte está escondido debajo de tierra; la verdad es que ni
-siquiera he visto la décima parte de ello. Tengo monedas de oro
-y plata anteriores al tiempo de Fernando el Maldito y Jezabel;
-también tengo sumas importantes dadas a<span class="pagenum"
-id="Page_239">[p. 239]</span> préstamo. Vivimos muy apartados, sin
-embargo, y nos hacemos pasar por pobres, incluso por miserables;
-pero en ciertas ocasiones, en nuestras fiestas, una vez cerradas y
-atrancadas las puertas, y después de soltar los perros fieros en el
-corral, comemos en vajillas como ya las quisiera para sí la Reina de
-España, y hacemos las abluciones en salvillas de plata modeladas y
-repujadas antes del descubrimiento de América, aunque vayamos siempre
-groseramente vestidos y nuestras comidas sean de ordinario muy
-modestas.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Además de usted y de sus mujeres,
-¿hay en su casa alguna otra persona de su gremio?</p>
-
-<p><span class="smcap">Abarbanel.</span>—Mis dos criados son también
-de los nuestros; uno es joven, y pronto se marchará a casarse lejos
-de aquí; el otro es viejo, y viene por este mismo camino detrás de mí
-con un carro y una mula.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Y adónde se dirige usted ahora?</p>
-
-<p><span class="smcap">Abarbanel.</span>—A Toledo, donde a veces
-trafico como <i>longanicero</i>. Me gusta viajar, aunque sin alejarme
-mucho de mi casa. Desde que me separé del inglés no he vuelto a salir
-de Castilla la Nueva. Me gusta ir a Toledo y pensar allí en los
-tiempos que fueron; acabaría por establecerme en esa ciudad, si no
-hubiera en ella tantos malditos que me miran con malos ojos.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Le conocen a usted por lo que
-real<span class="pagenum" id="Page_240">[p. 240]</span>mente es? ¿Le
-molestan las autoridades?</p>
-
-<p><span class="smcap">Abarbanel.</span>—La gente sospecha,
-naturalmente, lo que yo soy, pero como en casi todo me acomodo a
-sus costumbres, no se mezclan en mis asuntos. Es verdad que algunas
-veces, cuando entro en la iglesia a oír misa, me miran por encima
-del hombro, como diciendo: «¿A qué vienes aquí?» Algunas veces
-se santiguan al pasar a mi lado; pero como se limitan a eso, no
-me preocupo gran cosa de ellos. Con las autoridades estoy en muy
-buenas relaciones. Muchos de los que desempeñan puestos elevados
-tienen dinero mío prestado, de modo que hasta cierto punto los tengo
-en mi poder; y la gente menuda, <i>alguaciles</i> y <i>corchetes</i>, está
-siempre dispuesta a favorecerme, en consideración a unos cuantos
-duros que reparto de vez en cuando entre ellos; de modo que, en
-conjunto, las cosas no pueden ir mejor. Cierto que antiguamente
-no ocurría así; sin embargo, yo no sé por qué sería, pero aunque
-otras familias lo pasaron muy mal, la nuestra disfrutó siempre
-de relativa tranquilidad. La verdad es que mi familia ha sabido
-conducirse siempre por modo maravilloso. Puedo decir que hay en
-ella una sagacidad parecida a la de la serpiente. Siempre hemos
-tenido amigos; con respecto a los enemigos, es la verdad que nunca
-nos han hecho daño impunemente, porque es regla de mi casa no
-olvidar las injurias y no escatimar esfuerzos<span class="pagenum"
-id="Page_241">[p. 241]</span> ni gastos para arruinar y destruir al
-que nos perjudica.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Se meten con usted los curas?</p>
-
-<p><span class="smcap">Abarbanel.</span>—Los curas me dejan en paz,
-sobre todo en nuestro mismo pueblo. Poco después de la muerte de
-mi padre, uno muy exaltado trató de jugarme una mala pasada; pero
-yo me las arreglé para pagarle en la misma moneda, y logré que le
-encarcelaran acusado de blasfemia, y en la cárcel estuvo mucho
-tiempo, hasta que se volvió loco y murió.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Tienen ustedes en España alguna
-persona que haga cabeza, investida de la suprema autoridad?</p>
-
-<p><span class="smcap">Abarbanel.</span>—Tanto como eso, no. Hay, sin
-embargo, ciertas familias virtuosas que gozan de mucha consideración:
-la mía es una de ellas—la principal, puedo decir—. Especialmente, mi
-abuelo era un varón justo; y oí contar a mi padre que una noche un
-arzobispo fué secretamente a nuestra casa, sólo para tener el gusto
-de besar la mano a mi abuelo.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Cómo es posible eso? ¿Qué
-veneración puede sentir un arzobispo por uno como usted o como su
-abuelo?</p>
-
-<p><span class="smcap">Abarbanel.</span>—Más de lo que usted se
-figura. El arzobispo era de los nuestros, o por lo menos lo había
-sido su padre, y él no podía olvidar lo que aprendió a reverenciar
-en la infancia. Dijo que había intentado<span class="pagenum"
-id="Page_242">[p. 242]</span> inútilmente olvidarlo; que el <i>ruals</i>
-se cernía siempre sobre él, y que desde la niñez los terrores
-conturbaban su ánimo, hasta llegar al punto de no poder sufrirse a sí
-mismo. Por esto fué a ver a mi abuelo, con quien permaneció toda una
-noche, y luego se volvió a su diócesis, donde murió poco después, en
-gran opinión de santo.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Me sorprende lo que usted dice.
-¿Tiene usted algún motivo para suponer que entre el clero católico
-hay muchos de los vuestros?</p>
-
-<p><span class="smcap">Abarbanel.</span>—No lo supongo, lo sé.
-Hay muchos como yo en el clero, y no de rango inferior tan sólo.
-Algunos de los más sabios y famosos clérigos de España han sido de
-los nuestros, o al menos de nuestra sangre, y muchos de ellos, hoy
-en día, piensan como yo. Hay una fiesta especial en el año, en la
-cual, cuatro dignatarios eclesiásticos vienen sin falta a visitarme;
-y cuando, tomadas las necesarias precauciones, se cumplen las
-ceremonias preparatorias, se sientan en el suelo y blasfeman.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Son ustedes muchos en las ciudades
-importantes?</p>
-
-<p><span class="smcap">Abarbanel.</span>—De ningún modo; rara vez
-vivimos en las ciudades grandes; sólo vamos a ellas para nuestros
-negocios, y preferimos vivir en los pueblos. Cierto que no somos
-mucha gente; en pocas provincias de España contaremos más de veinte
-familias.<span class="pagenum" id="Page_243">[p. 243]</span> Ninguno
-de los nuestros es pobre. Los que sirven, lo hacen por conveniencia
-más que por necesidad, porque sirviendo unos en casa de otros, se
-adiestran en tráficos diferentes. No es raro tampoco que el tiempo
-que se sirve sea el del noviazgo, y los criados se casan a veces con
-las hijas de sus amos.</p>
-
-<p>Continuamos hablando casi toda la noche; a la mañana siguiente me
-dispuse a partir, pero mi compañero me aconsejó que me quedase allí
-todo el día. «Y si quiere usted hacerme caso—añadió—, no debe usted
-ir más lejos de ese modo. Esta noche pasará por aquí la diligencia de
-Extremadura a Madrid. Váyase en ella; es el modo más rápido y seguro
-de viajar. Yo le compraré a usted la burra. Mi criado, que ya ha
-venido, la ha visto y me dice que puede sernos útil. Pasaremos el día
-juntos, como hermanos, y luego nos iremos cada uno por nuestro lado.»
-Así lo hicimos. Cuando llegó la diligencia me metí en ella, y en la
-mañana del segundo día llegué a Madrid.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_244">[Pg 244]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XII</h2>
- <p class="subhang">
- Mi alojamiento en Madrid.— La patrona.— El embajador británico.—
- Mendizábal.— Baltasar.— Deberes de un Nacional.— Sangre moza.— La
- ejecución.— La población de Madrid.— Las clases altas.— Las clases
- bajas.— Las corridas de toros.— El gitano.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">L</span><span class="smcap">legué</span>
-a Madrid en los comienzos de febrero de 1837. Estuve breves días
-en una <i>posada</i>, y me mudé a la habitación que alquilé en el núm.
-3 de la calle de la Zarza<a id="FNanchor_129" href="#Footnote_129"
-class="fnanchor">[129]</a>, calle oscura y sucia, no obstante
-hallarse pegada a la Puerta del Sol, punto céntrico de Madrid,
-donde desembocan cuatro o cinco de las vías principales, y sitio de
-reunión, en todas las épocas del año, de los vagos de la capital,
-pobres o ricos.</p>
-
-<p>La casa en que me alojé, era bastante singular. Ocupaba yo
-la parte delantera del<span class="pagenum" id="Page_245">[p.
-245]</span> primer piso; mis habitaciones consistían en una sala
-inmensa con un cuarto pequeño al lado, para dormir. La sala, a
-pesar de su tamaño, tenía muy pocos muebles: unas cuantas sillas,
-una mesa y un sofá componían todo su ornamento. Era muy fría y
-aireada, gracias a las corrientes que se colaban por tres grandes
-ventanas y por diversas puertas. La señora de la casa, acompañada
-por sus dos hijas, me condujo a mi aposento. «¿Ha visto usted
-nunca—me preguntó—un cuarto tan hermoso como éste? ¿Verdad que es
-digno de un príncipe? El invierno pasado vivió aquí el gran general
-Espartero.»</p>
-
-<p>La patrona era una mujer de desmesurada gordura, natural de
-Valladolid, en Castilla la Vieja. «¿Tiene usted alguna otra familia
-además de estas hijas?»—le pregunté—. «Dos hijos. Uno es oficial del
-ejército, y padre de este niño»—me contestó señalando a un muchacho
-de unos doce años, con cara de travieso pero listo, que brincaba por
-el aposento; «el otro es el nacional más famoso de Madrid. Es sastre
-de oficio y se llama Baltasar. Tiene gran influencia con los otros
-nacionales por el liberalismo de sus opiniones, y a una palabra suya
-toman las armas y acuden furiosos a la Puerta del Sol. Al presente,
-guarda cama; hace una vida muy desarreglada, y es muy amigo de
-toreros y de gentes peores aún.»</p>
-
-<p>Como el principal motivo de mi visita a<span class="pagenum"
-id="Page_246">[p. 246]</span> la capital de España era el deseo de
-obtener permiso del Gobierno para imprimir en castellano el Nuevo
-Testamento y difundirlo por el país, comencé, sin pérdida de tiempo,
-a dar los pasos que me parecieron necesarios.</p>
-
-<p>Era yo completamente desconocido en Madrid, y no llevaba cartas de
-presentación para ninguna persona influyente que pudiera valerme en
-mi empresa, de suerte que, si bien abrigaba esperanzas de buen éxito,
-confiando en la protección del Omnipotente, esas esperanzas sufrían
-pasajeros desmayos y las oscurecían con frecuencia las nubes del
-desaliento.</p>
-
-<p>Por entonces era primer ministro en España Mendizábal, y se le
-tenía por hombre de poder casi ilimitado, en cuyas manos estaban los
-destinos del país. Consideré, pues, que si lograba por cualquier
-medio poner de mi parte a hombre tan poderoso, no tendría que temer
-molestia alguna por otro lado, y resolví acudir a él.</p>
-
-<p>Antes de dar ese paso, me pareció prudente avistarme con Mister
-Villiers, embajador de Inglaterra en Madrid, y, con la libertad
-aneja a mi condición de súbdito británico, pedirle consejo en el
-asunto. Me recibió con mucha bondad, y tuvimos una conversación
-agradable acerca de varios temas antes de abordar el que a mí me
-preocupaba hondamente. Díjome que si yo<span class="pagenum"
-id="Page_247">[p. 247]</span> deseaba una entrevista con Mendizábal,
-él se ofrecía a procurármela, pero al mismo tiempo me advirtió con
-franqueza que no esperaba de ella ningún resultado bueno, porque le
-constaba la violenta predisposición de Mendizábal contra la Sociedad
-Bíblica Británica y Extranjera, y era lo más probable que en lugar
-de favorecerlo, contrariase cualquier intento de la Sociedad para
-introducir el Evangelio en España. Resolví, a pesar de todo, hacer
-la prueba, y antes de separarme del embajador obtuve una carta de
-presentación para Mendizábal.</p>
-
-<p>Una mañana, temprano, acudí a Palacio, en una de cuyas alas estaba
-el despacho del primer ministro. El frío era cruel; el Guadarrama,
-sobre el que hay una hermosa vista desde la explanada del Palacio,
-estaba cubierto de nieve. Casi tres horas estuve tiritando de frío
-en una antecámara, con varias personas más que, como yo, aguardaban
-audiencia del poderoso. Al cabo se presentó el secretario particular,
-y después de hacer diversas preguntas a los otros, se dirigió
-a mí, interrogándome acerca de mi calidad y mis pretensiones.
-Díjele que yo era un inglés, portador de una carta del ministro
-británico. «Si usted no se opone, yo se la entregaré personalmente
-a su excelencia»—me dijo—. En oyendo esto, le alargué la carta y
-desapareció. Entraron antes que yo varias personas, pero<span
-class="pagenum" id="Page_248">[p. 248]</span> me llegó el turno, al
-fin, y me introdujeron en el despacho de Mendizábal.</p>
-
-<p>El ministro estaba detrás de una mesa cubierta de papeles,
-examinándolos con intensa atención. No se enteró de mi presencia, y
-tuve tiempo suficiente para contemplarlo. Era un hombre corpulento,
-atlético, un poco más alto que yo, que mido descalzo seis pies y
-dos pulgadas; de tez sonrosada, facciones finas y correctas, nariz
-aguileña y dientes de espléndida blancura; aunque apenas frisaba en
-los cincuenta años, tenía el pelo muy canoso. Vestía una lujosa bata
-de mañana, con una cadena de oro alrededor del cuello, y calzaba
-chinelas de tafilete.</p>
-
-<p>Su secretario, hombre de buena presencia y de expresión
-inteligente, que, según supe después, se había conquistado un nombre
-en la literatura española y en la inglesa, permanecía en pie junto a
-la mesa, con papeles en las manos.</p>
-
-<p>Después de hacerme esperar en pie un cuarto de hora, Mendizábal
-alzó súbitamente sus ojos penetrantes y clavó en mí una mirada
-escrutadora, poco común. «He visto un mirar muy parecido a ese entre
-los Beni-Israel—dije entre mí...</p>
-
-<p>Nuestra entrevista duró casi una hora; la conversación fué de
-singular interés. Mendizábal, como ya me habían advertido, era,
-en efecto, ardiente enemigo de la Sociedad<span class="pagenum"
-id="Page_249">[p. 249]</span> Bíblica, de la que hablaba con odio y
-desprecio; estaba también muy lejos de ser un amigo de la religión
-cristiana, con quien me fuese fácil contar. Sin desanimarme por eso,
-le insté mucho en favor del asunto que allí me llevaba, y tuve tanta
-fortuna, que ofreció permitirme imprimir las Escrituras si, como
-esperaba, de allí a unos meses el país estaba más tranquilo.</p>
-
-<p>Cuando ya me marchaba, me dijo: «No es esta la primera petición de
-ese género que me hacen. Desde que estoy en el gobierno, no se harta
-de importunarme con esas cosas una bandada de ingleses, desparramados
-hace poco por España, que se llaman a sí mismos cristianos
-evangélicos. Todavía la semana pasada, un individuo jorobado se abrió
-paso hasta mi despacho, donde yo trataba asuntos importantes, y me
-dijo que Cristo estaba para llegar de un momento a otro... y ahora
-viene usted y casi me convence, para indisponerme aun más con el
-clero, como si todavía no me odiase bastante. ¿Qué singular desvarío
-les impulsa a ustedes a ir por mares y tierras con la Biblia en la
-mano? Lo que aquí necesitamos, mi buen señor, no son Biblias, sino
-cañones y pólvora para acabar con los facciosos, y, sobre todo,
-dinero para pagar a las tropas. Siempre que venga usted con esas tres
-cosas, se le recibirá con los brazos abiertos; si no, habrá usted
-de permitirnos<span class="pagenum" id="Page_250">[p. 250]</span>
-prescindir de sus visitas, por mucho honor que nos dispense con
-ellas.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Los disturbios de este infortunado
-país no acabarán hasta que el Evangelio circule libremente.</p>
-
-<p><span class="smcap">Mendizábal.</span>—Esperaba la respuesta,
-porque he vivido trece años en Inglaterra y conozco algo la
-fraseología de sus buenos correligionarios. Ahora, déjeme, se lo
-ruego; como ve usted, estoy muy ocupado. Vuelva cuando quiera, pero
-no antes de tres meses.»</p>
-
-<p>Una mañana, mientras me desayunaba con los pies encima del
-<i>brasero</i>, entró la patrona en mi aposento y me dijo: «<i>Don Jorge</i>,
-aquí está mi hijo Baltasarito, el nacional. Ya se levanta de la
-cama, y al saber que teníamos un inglés en casa, me ha pedido que le
-presente, porque tiene mucha afición a los ingleses por sus ideas
-liberales. Aquí le tiene usted, ¿qué le parece?»</p>
-
-<p>Me guardé de decir a su madre mi opinión. A mi parecer, hacía
-muy bien en llamarle Baltasarito, porque jamás el antiguo y sonoro
-nombre de Baltasar se habría dado a sujeto tan exiguo. Podría tener
-hasta cinco pies y una pulgada de altura, y era más bien corpulento
-para su talla; el rostro amarillento y enfermizo, pero con cierta
-expresión de fanfarronería; los ojos pardos, muy oscuros, eran vivos
-y brillantes. Iba vestido, o más bien desvestido, malamente,<span
-class="pagenum" id="Page_251">[p. 251]</span> con una gorra de
-cuartel y un capote de reglamento, viejo y muy holgado, que hacía las
-veces de bata.</p>
-
-<p>—Celebro mucho conocerle, <i>señor nacional</i>—le dije en cuanto su
-madre se retiró, y así que Baltasar se hubo sentado y encendido,
-claro está, un cigarro de papel en el <i>brasero</i>—. Me alegro mucho
-de haberle conocido, sobre todo porque, según me ha dicho su señora
-madre, tiene usted gran influencia con los nacionales. Yo, como
-extranjero, puedo tener necesidad de un amigo; la fortuna me favorece
-al proporcionarme uno que es miembro de tan poderoso cuerpo.</p>
-
-<p><span class="smcap">Baltasar.</span>—Sí, tengo bastante mano con
-los otros nacionales; en Madrid no hay ninguno más conocido que
-Baltasar, ni más temido por los carlistas. ¿Dice usted que puede
-hacerle falta un amigo? Pues ya sabe que dispone de mí para cuanto se
-le ofrezca. Tanto yo, como los demás nacionales, nos enorgulleceremos
-sirviéndole a usted de <i>padrinos</i>, si tiene entre manos algún lance
-de honor. Pero, ¿por qué no se hace usted de los nuestros? Le
-recibiríamos a usted con mucho gusto en el cuerpo.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Son muy duras las obligaciones de
-un nacional?</p>
-
-<p><span class="smcap">Baltasar.</span>—Nada de eso. Estamos de
-servicio una vez cada quince días, y luego suele haber alguna revista
-de poca dura<span class="pagenum" id="Page_252">[p. 252]</span>ción.
-Las obligaciones son ligeras y privilegios grandes. Por ejemplo: yo
-he visto a tres compañeros míos pasearse un domingo por el Prado,
-armados de estacas, y apalear a cuantos les parecían sospechosos.
-Más aún; tenemos la costumbre de rondar de noche por las calles, y
-cuando tropezamos con alguien que nos desagrada, caemos sobre él, y
-a cuchilladas o bayonetazos, le dejamos, por lo común, en el suelo
-revolcándose en su sangre. Sólo a un nacional se le permitiría hacer
-tales cosas.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Supongo que todos los nacionales
-serán de opinión liberal.</p>
-
-<p><span class="smcap">Baltasar.</span>—¡Así debiera ser! Pero hay
-algunos, <i>don Jorge</i>, que no nos parecen muy de fiar. Son pocos, sin
-embargo, y a casi todos los conocemos. La vida que llevan es poco
-envidiable, porque cuando están de guardia, nos burlamos de ellos, y
-con frecuencia los damos de palos. La ley obliga a todos los hombres
-de cierta edad a servir en el ejército o a alistarse en la guardia
-nacional; por eso hay en nuestras filas algunos de esos <i>godos</i>.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Hay muchos carlistas en Madrid?</p>
-
-<p><span class="smcap">Baltasar.</span>—Entre la gente joven, no;
-la mayor parte de los carlistas madrileños capaces de llevar las
-armas, se fueron hace tiempo a la facción. Los que quedan son casi
-todos viejos o curas, buenos tan sólo para reunirse en algún café
-apartado y<span class="pagenum" id="Page_253">[p. 253]</span>
-proyectar fantásticos complots. ¡Que hablen, <i>don Jorge</i>, que hablen!
-Los destinos de España no dependen de los deseos de <i>ojalateros</i>
-y <i>pasteleros</i>, sino de las manos de los nacionales, intrépidos y
-firmes, como yo y mis amigos, <i>don Jorge</i>.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Por su señora madre he sabido, con
-pena, que hace usted una vida muy desordenada.</p>
-
-<p><span class="smcap">Baltasar.</span>—¡Cómo! ¿Se lo ha dicho a
-usted, <i>don Jorge</i>? ¡Qué quiere usted, <i>don Jorge</i>! Soy joven, y la
-sangre joven hierve en las venas. Los nacionales me llaman el alegre
-Baltasar, y mi popularidad se funda en la jovialidad de mi carácter
-y en mis ideas liberales. Cuando estoy de guardia, llevo siempre la
-guitarra, ¡y si viera usted qué <i>función</i> se arma! Mandamos por vino,
-y los nacionales se pasan la noche bebiendo y bailando, mientras
-Baltasarito toca la guitarra y canta canciones de <i>Germania</i>.</p>
-
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2">Una romí sin pachí<br /></span>
-<span class="i0">le penó a su chindomar; etc.<br /></span>
-</div></div>
-
-<p class="ti0">Esto es <i>gitano</i>, <i>don Jorge</i>. Me lo han enseñado los
-<i>toreros</i> de Andalucía; todos hablan <i>gitano</i>, y muchos lo son de
-raza. Montes, Sevilla, Poquito Pan son amigo míos. No hay <i>función</i>
-de toros, <i>don Jorge</i>, en que no esté Baltasar con su <i>amiga</i>.
-En el invierno no se dan corridas de toros, <i>don Jorge</i>,<span
-class="pagenum" id="Page_254">[p. 254]</span> que si no, le llevaría
-a usted a una; por suerte, mañana hay una ejecución; una <i>función de
-la horca</i>, e iremos a verla, <i>don Jorge</i>.</p>
-
-<p>Fuimos a ver la ejecución, que no se me olvidará en mucho tiempo.
-Los reos eran dos jóvenes, dos hermanos, culpables de haber escalado
-de noche la casa de un anciano y asesinádole cruelmente para robarle.
-En España estrangulan a los reos de muerte contra un poste de madera
-en lugar de colgarlos, como en Inglaterra, o de guillotinarlos, como
-en Francia. Para ello, los sientan en una especie de banco, con un
-palo detrás, al que se fija un collar de hierro, provisto de un
-tornillo; con el collar se le abarca el cuello al reo, y a una señal
-dada, se aprieta con el tornillo hasta que el paciente expira. Mucho
-tiempo llevábamos ya esperando entre la multitud, cuando apareció el
-primer reo, montado en un asno, sin silla ni estribos, de modo que
-las piernas casi le arrastraban por el suelo. Vestía una túnica de
-color amarillo azufre, con un gorro encarnado, alto y puntiagudo, en
-la rapada cabeza. Sostenía entre las manos un pergamino, en el que
-había escrito algo, supongo que la confesión de su delito. Dos curas
-llevaban al borrico por el ramal; otros dos caminaban a cada lado,
-cantando letanías, en las que percibí palabras de paz y tranquilidad
-celestiales; el delincuente se había reconciliado con la iglesia,
-confesado sus culpas y<span class="pagenum" id="Page_255">[p.
-255]</span> recibido la absolución, con promesa de ser admitido en
-el cielo. Sin mostrar el más leve temor, el reo se apeó, y subió sin
-ayuda al cadalso, donde le sentaron en el banquillo y le echaron al
-cuello el corbatín fatal. Uno de los curas comenzó entonces a decir
-el Credo en voz alta, y el reo repetía las palabras. De pronto,
-el ejecutor, colocado detrás de él, dió vueltas al tornillo, de
-prodigiosa fuerza, y casi instantáneamente aquel desdichado murió.
-A tiempo que el tornillo giraba, el cura comenzó a gritar, <i>pax et
-misericordia et tranquillitas</i>, y gritando continuó, en voz cada
-vez más recia, hasta hacer retemblar los altos muros de Madrid.
-Luego se inclinó, puso la boca junto al oído del reo, y de nuevo
-clamó, como si quisiera perseguir a su alma en su marcha hacia la
-eternidad y consolarla en el camino. El efecto era tremendo. Yo mismo
-me excité tanto, que involuntariamente exclamé: <i>¡Misericordia!</i> Y
-lo mismo hicieron otros muchos. Nadie pensaba allí en Dios ni en
-Cristo; todos los pensamientos se concentraban en el cura, que en
-tal momento parecía el más importante de todos los seres vivos,
-con poder suficiente para abrir y cerrar las puertas del cielo o
-del infierno, según lo tuviese a bien; pasmoso ejemplo del sistema
-papista imperante, cuyo principal designio fué siempre mantener el
-ánimo del pueblo todo lo apartado de Dios que<span class="pagenum"
-id="Page_256">[p. 256]</span> podía, y en concentrar en el clero sus
-esperanzas y temores. La ejecución del segundo reo, fué enteramente
-igual; subió al patíbulo a los pocos minutos de haber expirado su
-hermano.</p>
-
-<p>He visitado casi todas las capitales importantes del mundo; pero,
-en conjunto, ninguna me ha interesado tanto como la villa de Madrid,
-donde a la sazón me hallaba. No hablo de sus calles ni edificios, de
-sus plazas ni de sus fuentes, aunque algo de esto hay en Madrid digno
-de nota; Petersburgo tiene calles más hermosas; París y Edimburgo,
-edificios más suntuosos; Londres, plazas más bellas, y Shiraz
-puede alabarse de poseer fuentes más lujosas, aunque no aguas más
-frescas. ¡Pero la población!... Cercados por un muro de tierra que
-apenas mide legua y media a la redonda, se agolpan doscientos mil
-seres humanos, que forman, con toda seguridad, la masa viviente más
-extraordinaria del mundo entero; y no se olvide nunca que esta masa
-es estrictamente española. La población de Constantinopla es harto
-singular, pero han contribuído a formarla veinte naciones—griegos,
-armenios, persas, polacos, judíos; estos últimos de origen español,
-dicho sea de paso, y que aún hablan entre sí el castellano antiguo.
-Pero la población de Madrid, en su totalidad, sin otra excepción
-que un puñado de extranjeros, principalmente sastres, guante<span
-class="pagenum" id="Page_257">[p. 257]</span>ros y <i>perruquiers</i>
-franceses, es española neta, aunque buena parte de ella no haya
-nacido en la capital. Aquí no hay colonias de alemanes, como en San
-Petersburgo; ni factorías inglesas, como en Lisboa; ni multitudes de
-yanquis insolentes callejeando, como en la Habana, con un aire que
-parece decir: «Este país será nuestro en cuanto queramos apoderarnos
-de él»; sino una población inculta, sorprendente, formada por muy
-varios elementos, pero española, y que lo seguirá siendo mientras
-la ciudad exista. ¡Salud, <i>aguadores</i> de Asturias, que, con vuestro
-grosero vestido de muletón y vuestras monteras de piel, os sentáis
-por centenares al lado de las fuentes, sobre las cubas vacías, o
-tambaleándoos bajo su peso, una vez llenas, subís hasta los últimos
-pisos de las casas más altas! ¡Salud, <i>caleseros</i> de Valencia,
-que, recostados perezosamente en vuestros carruajes, picáis tabaco
-para liar un cigarro de papel, en espera de parroquianos! ¡Salud,
-mendigos de la Mancha, hombres y mujeres que, embozados en burdas
-mantas, imploráis la caridad indistintamente a las puertas de los
-palacios o de las cárceles! ¡Salud, criados montañeses, <i>mayordomos</i>
-y secretarios de Vizcaya y Guipúzcoa, <i>toreros</i> de Andalucía,
-<i>reposteros</i> de Galicia, tenderos de Cataluña! ¡Salud, castellanos,
-extremeños y aragoneses, de cualquier oficio que seáis! Y, en
-fin, vosotros, los veinte<span class="pagenum" id="Page_258">[p.
-258]</span> mil <i>manolos</i> de Madrid, hijos genuinos de la capital,
-hez de la villa, que con vuestras terribles navajas causasteis tal
-estrago en las huestes de Murat el día Dos de Mayo, ¡salud! Y a las
-clases más elevadas—a los caballeros, a las <i>señoras</i>—, ¿las pasaré
-en silencio? En verdad tengo poco que decir de ellos. Apenas los
-traté, y lo que vi de sus costumbres no era muy a propósito para
-sublimarlos en mi imaginación. Yo no soy de los que, vayan donde
-vayan, siguen la inveterada práctica de vilipendiar a las clases
-altas y de exaltar a su costa al populacho. En muchas capitales, la
-parte más notable e interesante de la población es precisamente la
-aristocracia. Tal ocurre en Viena, y más especialmente en Londres.
-¿Quién puede rivalizar con el aristócrata inglés en prestancia,
-fuerza y valentía? ¿Quién monta mejores caballos? ¿Quién goza de
-posición más sólida? ¿Quién más amable que su esposa, su hermana o
-su hija? Pero tratándose de la aristocracia española, así de las
-<i>señoras</i> como de los caballeros, cuanto menos se diga en cada uno
-de los puntos aludidos, será mejor. Sin embargo, sé muy poco acerca
-de ellos, lo confieso; quizás tengan sus admiradores, a los que cedo
-la tarea de escribir su panegírico. Le Sage los describió tales como
-eran hace casi dos siglos; sus rasgos son poco seductores, y no
-creo que hayan mejorado desde que el inmortal francés los re<span
-class="pagenum" id="Page_259">[p. 259]</span>trató. Hablaré, pues,
-con más gusto de las clases bajas, no sólo de Madrid, pero de
-toda España. Un español de la clase baja, sea <i>manolo</i>, labriego
-o arriero, me parece mucho más interesante que un aristócrata.
-Es un ser poco común, un hombre extraordinario. Le faltan, es
-cierto, la amabilidad y la generosidad del <i>mujik</i> ruso, capaz
-de dar su único <i>rouble</i> antes que el forastero pase necesidad;
-tampoco tiene su tranquilo valor, que le hace invulnerable al
-miedo y le impulsa, al mando de su zar, a arrostrar cantando una
-muerte cierta. En el carácter español hay menos abnegación y más
-dureza; le anima, en cambio, un sentimiento de altiva independencia
-que roba la admiración. Es ignorante, por supuesto; pero, cosa
-singular, invariablemente he encontrado en las clases más bajas y
-peor educadas, mayor generosidad de sentimientos que en las altas.
-Mucho tiempo ha sido moda hablar del fanatismo de los españoles y de
-su mezquino recelo de los extranjeros. Esto es verdad hasta cierto
-punto; pero es verdad, principalmente, respecto de las clases altas.
-Si el valor o el talento de los extranjeros nunca han alcanzado
-en España el premio merecido, la gran masa de los españoles no
-tiene la culpa de ello. He oído calumniar a Wellington en el mismo
-soberbio teatro de sus triunfos; pero nunca por los soldados viejos
-de Aragón y de Asturias, que le ayudaron<span class="pagenum"
-id="Page_260">[p. 260]</span> a vencer a los franceses en Salamanca
-y en los Pirineos. He oído criticar el modo de montar de un <i>jockey</i>
-inglés; pero el crítico era el necio heredero de los Medinaceli, no
-un <i>picador</i> de la plaza de Madrid.</p>
-
-<p>A propósito de picadores: un día, poco después de mi llegada a
-Madrid, estuve un par de horas callejeando, en viaje de exploración,
-por un barrio famoso a causa de los robos y muertes que en él
-se cometían, y, al sentirme cansado, entré en un tabernucho a
-refrigerarme. Había muchos parroquianos, todos con cara de bandidos;
-a mi saludo contestaron quitándose los <i>sombreros</i> con mucha
-ceremonia y abriéndome calle hasta el mostrador. Vacié un vaso de
-<i>val de peñas</i>, y ya iba a pagar y a marcharme, cuando un individuo
-de horrible catadura, vestido con un coleto de ante fuerte, zajones
-y botas de montar que le pasaban de las rodillas, y tocado con
-un sombrero claro, cuyas alas tenían lo menos vara y media de
-circunferencia, se abrió paso entre la gente, y, encarándose conmigo,
-dijo con voz de trueno:</p>
-
-<p>—<i>¡Otra copita! ¡Vamos, inglesito, otra copita!</i></p>
-
-<p>—Gracias, mi buen señor; es usted muy amable. Parece que me conoce
-usted; pero yo no tengo el honor de conocerle.</p>
-
-<p>—¿No me conoce?—replicó el tal—. ¡Soy Sevilla, el <i>torero</i>! Yo le
-conozco a usted mucho; usted es el amigo de Baltasarito, el<span
-class="pagenum" id="Page_261">[p. 261]</span> nacional, que es amigo
-mío y muy buena persona.</p>
-
-<p>Volviéndose entonces a la compañía, dijo con voz sonora,
-arrastrando la última sílaba de cada palabra, según costumbre de la
-<i>gente rufianesca</i> en toda España:</p>
-
-<p>—Caballeros valientes: Este caballero es amigo de un amigo mío.
-<i>Es mucho hombre.</i> No hay en España quien le iguale. Aunque es
-<i>inglesito</i>, habla <i>gitano</i> cerrado.</p>
-
-<p>—No lo creemos—replicaron varias voces graves—. No es posible.</p>
-
-<p>—¿Decís que no es posible? Pues yo os digo que sí. Ven acá,
-Balseiro; tú, que te has pasado la vida en presidio y te estás
-alabando siempre de hablar el <i>gitano</i> cerrado, aunque no sabes
-palabra, ven acá y habla con su merced en <i>gitano</i> cerrado.</p>
-
-<p>Un hombre pequeño, enclenque, pero vivaracho, se adelantó. Iba en
-mangas de camisa y llevaba una montera; era guapo, pero con cara de
-demonio.</p>
-
-<p>Habló unas pocas palabras en la corrompida jerga gitana de
-las cárceles, preguntándome si había estado alguna vez en el
-calabozo, y si sabía lo que era una <i>gitana</i><a id="FNanchor_130"
-href="#Footnote_130" class="fnanchor">[130]</a>.</p>
-
-<p>—Vamos, <i>inglesito</i>—gritó Sevilla con voz tonante—,
-respóndele al <i>monró</i><a id="FNanchor_131" href="#Footnote_131"
-class="fnanchor">[131]</a> en <i>gitano</i> cerrado.</p> <p><span
-class="pagenum" id="Page_262">[p. 262]</span></p> <p>Contesté al
-ladrón, porque lo era en efecto, y de los que han dejado nombre
-duradero en la historia de la picardía madrileña; le contesté con
-alguna extensión en el dialecto de los gitanos extremeños.</p>
-
-<p>—Creo que es <i>gitano</i> cerrado—musitó Balseiro—, o si no, será
-inglés, porque no entiendo ni una palabra.</p>
-
-<p>—¿No te decía yo—exclamó el picador—que no sabes ni palabra del
-gitano cerrado? Pero el <i>inglesito</i> sí lo sabe, y yo entiendo todo
-lo que dice; <i>vaya</i>, no hay nadie como él para el <i>gitano</i> cerrado.
-Además, es muy buen <i>jinete</i>; después de mí, no hay quien le iguale;
-sólo él sabe montar con las acciones de los estribos muy cortas.
-<i>Inglesito</i>, si necesitas dinero, dispón de mi bolsillo; todo cuanto
-tengo está a tu servicio, y no creas que es poco: acabo de ganar
-cuatro mil <i>chulés</i> a la lotería. Animo, inglés, otra copa; yo lo
-pago todo; yo, Sevilla.</p>
-
-<p>Y se golpeaba una y otra vez el pecho con la mano, mientras
-repetía: «¡Yo, Sevilla! ¡Yo...!»</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_263">[Pg 263]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XIII</h2>
- <p class="subhang">
- Intrigas de la Corte.— Quesada y Galiano.— Disolución de las Cortes.—
- El secretario.— Testarudez aragonesa.— El Concilio de Trento.—
- El asturiano.— Los tres bandidos.— Benedicto Mol.— El hombre de
- Lucerna.— El Tesoro.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">M</span><span class="smcap">endizábal</span>
-me había dicho que volviera a verle pasados tres meses, dándome
-esperanzas de no oponerse personalmente a la publicación del Nuevo
-Testamento; pero antes de que transcurrieran los tres meses cayó en
-desgracia, y dejó de ser primer ministro.</p>
-
-<p>Para derribarlo se urdió una intriga, dirigida por Istúriz
-y Alcalá Galiano, gaditanos como Mendizábal, de quien hasta
-entonces se llamaron amigos. Ambos habían sido liberales egregios,
-y miembros importantes de aquellas Cortes que, huyendo de la
-invasión de Angulema, se llevaron a Fernando desde Madrid a Cádiz,
-y le tuvieron preso hasta que esta ciudad inexpugnable tuvo por
-conveniente rendirse; los dos personajes se<span class="pagenum"
-id="Page_264">[p. 264]</span> refugiaron en Inglaterra, donde pasaron
-considerable número de años.</p>
-
-<p>Por el tiempo a que me refiero, hallábanse Istúriz y Galiano
-sumamente pobres, sin que del apoyo a Mendizábal pudiesen esperar
-mejoras inmediatas; y considerándose, además, tan buenos y capaces
-como él para gobernar a España en las circunstancias dadas,
-resolvieron separarse del partido de su amigo, a quien habían apoyado
-hasta allí, y levantar bandera propia.</p>
-
-<p>En consecuencia, formaron en las Cortes una oposición contra
-Mendizábal; los miembros de esa oposición tomaron el nombre de
-<i>moderados</i> para distinguirse de Mendizábal y sus secuaces,
-ultraliberales. Los <i>moderados</i> contaban con el apoyo de la reina
-regente Cristina, deseosa de un poder algo mayor que el que los
-liberales parecían dispuestos a concederle, y, además, enemiga
-personal del ministro. Veíanse también apoyados por Córdova, que
-entonces mandaba el ejército y estaba descontento de Mendizábal,
-porque el ministro no servía con suficiente presteza las demandas
-pecuniarias del general, aunque se decía que la mayor parte del
-dinero enviado para pagar a las tropas no se empleaba en eso, sino
-en fondos públicos franceses, a nombre y para uso y provecho del
-nombrado Córdova.</p>
-
-<p>Pero no voy a escribir una historia de sucesos políticos que
-presencié entonces;<span class="pagenum" id="Page_265">[p.
-265]</span> baste decir que Mendizábal, viéndose contrariado en
-todos sus proyectos por la Gobernadora, que no aceptaba ninguna
-de las medidas propuestas por el ministro, y por el general, que
-permanecía inactivo y se negaba a atacar al enemigo, ya repuesto
-del contratiempo que le causó la muerte de Zumalacárregui y en
-considerable auge sus armas, dimitió, abandonando por el momento el
-campo a sus adversarios, aunque contaba en las Cortes con inmensa
-mayoría, y aunque la opinión del país, al menos en su parte liberal,
-le era favorable.</p>
-
-<p>Se constituyó un gabinete presidido por Istúriz, en el que
-Galiano fué ministro de Marina, y un cierto duque de Rivas ministro
-de lo Interior. Estos eran los jefes del gobierno <i>moderado</i>; pero,
-impopulares en Madrid, y temerosos de los nacionales, buscaron el
-concurso de un hombre llamado Quesada, aborrecedor de la milicia
-nacional y que a nada temía; hombre asaz estúpido, pero gran
-guerrero, que en cierta época de su vida mandó una legión llamada
-Ejército de la Fe, cuyas hazañas en ambas vertientes del Pirineo son
-harto conocidas para que necesite recordarlas. Quesada fué nombrado
-capitán general de Madrid.</p>
-
-<p>El más inteligente de los nuevos ministros era, con mucho,
-Galiano, a quien me presentaron poco después de mi llegada a Madrid.
-Hombre de muchas letras, conocía a fondo<span class="pagenum"
-id="Page_266">[p. 266]</span> las de su país. Orador ante todo, de
-palabra fácil, elegante e impetuoso, era para el partido <i>moderado</i>,
-dentro de las Cortes, lo que Quesada fuera de ellas; es decir, el
-hombre de combate. Difícil sería decir por qué le hicieron ministro
-de Marina, ya que España no tiene ninguna; acaso lo fué por su
-dominio del inglés, idioma que hablaba y escribía tan bien como
-el suyo propio, habiéndose ganado la vida durante su estancia en
-Inglaterra, principalmente, escribiendo artículos para los periódicos
-y revistas; ocupación muy honrosa, pero que pocos de los extranjeros
-desterrados en Inglaterra son capaces de desempeñar.</p>
-
-<p>Galiano era hombre muy pequeño e irritable, enemigo encarnizado
-de cuantos se atravesaban en el camino de su prosperidad. Odiaba a
-Mendizábal con rencor no disimulado, y siempre hablaba de él con
-infinito desprecio. «Temo que me cueste bastante trabajo arrancar a
-Mendizábal el permiso de imprimir el Nuevo Testamento»—le dije un
-día—. «Mendizábal es un asno—replicó Galiano—. Calígula hizo cónsul
-a su caballo, y creo que esto es lo que ha inducido a lord... a
-enviarnos a ese <i>burro</i> de la Bolsa de Londres para que sea nuestro
-ministro.»</p>
-
-<p>Sería mucha ingratitud de mi parte no confesar aquí cuánto debo a
-Galiano, que me ayudó con todo su poder en el asunto que me llevaba
-a España. Poco después de<span class="pagenum" id="Page_267">[p.
-267]</span> formarse el ministerio moderado fuí a verle, y le dije
-que «entonces o nunca era la ocasión de hacer un esfuerzo en favor
-mío.» «Lo haré—me respondió con tono áspero, porque siempre habla con
-aspereza, lo mismo a los amigos que a los enemigos—; pero tenga usted
-paciencia unos cuantos días; estamos ahora muy ocupados. Nos han
-derrotado en las Cortes, y esta tarde intentaremos disolverlas. Dicen
-que esos canallas se negarán a marcharse; pero Quesada estará a la
-puerta para arrojarlos a la calle si oponen alguna resistencia. Vaya
-usted por allí, y acaso vea una <i>función</i>.»</p>
-
-<p>Después de un debate de una hora, fueron disueltas las Cortes
-sin necesidad de recurrir a la ayuda del temible Quesada. Galiano,
-sin nuevas dilaciones, me dió una carta para su colega el duque de
-Rivas, a cuyo departamento incumbía, según me dijo, conceder o negar
-el permiso para imprimir el libro. El duque era un hombre joven y
-apuesto, de unos treinta años, andaluz por su cuna, como sus dos
-colegas ya nombrados. Había publicado varias obras—tragedias, según
-creo—, y gozaba de cierta reputación literaria. Me recibió con suma
-afabilidad, y enterado de mi pretensión, respondió, haciéndome una
-cortesía seductora y con un gesto genuinamente andaluz: «Vea a mi
-secretario; vea a mi secretario; <i>él hará por usted el gusto</i>.»</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_268">[p. 268]</span></p>
-
-<p>Fuí a ver al secretario, un aragonés llamado Oliban, que no
-era guapo, ni de elegantes maneras, ni afable. «¿Desea usted un
-permiso para imprimir el Nuevo Testamento?» «Sí, señor.» «¿Y le
-ha hablado usted de esto a su excelencia?» «En efecto.» «Supongo
-que intenta usted imprimirlo sin notas»,—continuó Oliban—. «Sí.»
-«Entonces, su excelencia no puede darle a usted el permiso—dijo el
-secretario aragonés—; el Concilio de Trento ordenó que en ningún
-país cristiano pueda imprimirse parte alguna de la Escritura sin
-las notas de la iglesia.» «¿Cuántos años hace de eso?»—pregunté yo.
-«No sé cuántos años hace—repuso Oliban—; pero tal es el decreto del
-Concilio.» «¿Es que en España rigen ahora los decretos del Concilio
-de Trento?»—inquirí—. «Rigen en algunos puntos, y este es uno de
-ellos—respondió el aragonés—; pero, dígame, ¿quién es usted? ¿Le
-conoce el embajador de su país?» «¡Oh!, sí, y tiene mucho interés por
-este asunto.» «¿De veras?—dijo Oliban—; entonces, el caso varía. Si
-puede usted demostrarme que su excelencia se interesa por el asunto,
-yo no pondré dificultades.»</p>
-
-<p>El ministro británico hizo cuanto yo podía desear, y mucho
-más de lo que me atrevía a esperar. Tuvo una entrevista con el
-duque de Rivas, y hablaron detenidamente de mi asunto; el duque
-fué todo sonrisas y cor<span class="pagenum" id="Page_269">[p.
-269]</span>tesía. Escribió, además, una carta particular al duque
-y me la dió, encargándome que yo mismo se la entregase la primera
-vez que fuese a verle; y para remate de todo, me escribió y dirigió
-otra carta en la que me dispensaba el honor de decirme que me tenía
-en gran aprecio, y que su mayor placer sería que yo obtuviese el
-permiso tan buscado. Fuí a ver al duque, y le entregué la carta;
-estuvo diez veces más bondadoso y afable aún que antes; leyó la
-carta, sonrió con la mayor dulzura, y luego, como poseído de súbito
-entusiasmo, extendió los brazos de un modo casi teatral, exclamando:
-«<i>Al secretario; él hará por usted el gusto.</i>» De nuevo me precipité
-al secretario, que me recibió con frialdad glacial. Le referí las
-palabras de su jefe, y le entregué la carta que me había escrito
-el ministro británico. El secretario la leyó con atención, y me
-dijo que, evidentemente, su excelencia se «había» tomado interés en
-el asunto. Me preguntó después mi nombre, y, tomando una hoja de
-papel, se sentó como si fuese a escribir el permiso. Yo estaba en
-mis glorias. De pronto, el secretario se detuvo, alzó la cabeza,
-pareció reflexionar un momento, y poniéndose la pluma detrás de la
-oreja, dijo: «Entre los decretos del Concilio de Trento, se cuenta
-uno...»</p>
-
-<p>—¡Oh Dios mío!—exclamé.</p>
-
-<p>—Es un hombre singular ese Oliban—dije<span class="pagenum"
-id="Page_270">[p. 270]</span> un día a Galiano—; no puede usted
-imaginarse lo me está haciendo pasar; no se cansa de hablarme del
-Concilio de Trento.</p>
-
-<p>—En el Trento quisiera yo verle metido hasta la cintura por decir
-tales tonterías. Sin embargo, procuraremos no desagradar a Oliban;
-es de los nuestros y nos ha prestado buenos servicios; es, además,
-hombre inteligente; pero, como buen aragonés, si se le mete una idea
-en la cabeza, cuesta mucho trabajo arrancársela. No obstante, iremos
-a verle; es antiguo amigo mío, y no dudo que le haremos entrar en
-razón.</p>
-
-<p>Al día siguiente fuí a buscar a Galiano al Ministerio de Marina
-o Almirantazgo (¿cómo se debe decir?), y desde allí fuimos al
-Ministerio de lo interior, instalado en un edificio magnífico,
-antigua <i>casa</i> de la Inquisición. Nos avistamos con Oliban. Galiano
-se lo llevó al hueco de una ventana, y hablaron detenidamente, pero
-en voz muy baja, y como la habitación era inmensa, no pude oír
-palabra. Al cabo, Galiano se me acercó y dijo: «Hay alguna dificultad
-para resolver el asunto de usted; pero ya sabe Oliban que es usted
-amigo mío, y dice que eso le basta; quédese aquí con él, y hará
-cuanto sea necesario en favor de usted. Es asunto arreglado. ¡Adiós!»
-En diciendo esto, se marchó, dejándome con Oliban. El secretario
-comenzó acto seguido a escribir no sé qué cosa, y, al terminar, sacó
-una caja de<span class="pagenum" id="Page_271">[p. 271]</span>
-cigarros, encendió uno, después de ofrecerme otro que rehusé, porque
-no fumo, y apoyando los pies en la mesa me dirigió en francés el
-siguiente discurso:</p>
-
-<p>—Me alegro mucho de ver a usted en esta capital, y aún de verle
-trabajar en ese asunto. Considero un oprobio para España que no
-circule ninguna edición del Evangelio, al menos en condiciones
-tales que puedan adquirirla los más ricos y más pobres; una edición
-descargada de notas de invención humana, que aumentan el volumen del
-libro hasta hacerlo inmanejable. Para mí es indudable que una edición
-como la que usted intenta imprimir, ejercería una influencia muy
-beneficiosa en el espíritu del pueblo, que, entre nosotros, no conoce
-la religión a fondo ni en su pureza. ¿Cómo va a conocerla, visto que
-le han mantenido siempre cuidadosamente apartado del Evangelio, como
-si la civilización pudiera existir donde la luz evangélica se apaga?
-La regeneración moral de España depende de la libre circulación de
-la Escritura, tarea en que sólo Inglaterra, su afortunada patria de
-usted, puede empeñarse, por el nivel elevado de su civilización y la
-prosperidad sin rival de que al presente goza. La razón me obliga, en
-efecto, a reconocer todo esto, pero...</p>
-
-<p>—«Ahora es ella»—pensé yo.</p>
-
-<p>—«Pero...» Y una vez más comenzó a<span class="pagenum"
-id="Page_272">[p. 272]</span> hablarme del fastidioso Concilio de
-Trento; me pareció, pues, que lo de escribir en un papel, la oferta
-del cigarro, y la enojosa y larga arenga no eran sino—¿cómo lo
-llamaré?—mera Φλυαρία.</p>
-
-<p>Andaba ya por entonces muy entrada la primavera; las vertientes,
-aunque no las cumbres, del Guadarrama estaban desde tiempo atrás
-limpias de nieve; los árboles del Prado lucían ya su verde pompa, y
-toda la <i>campiña</i> de los alrededores de Madrid mostrábase alegre y
-risueña. Aún no habían llegado calores estivales, y el tiempo era, en
-verdad, delicioso.</p>
-
-<p>Hacia el Oeste, al pie de la colina en que se alza Madrid, un
-canal corre durante unas cuantas leguas paralelo al Manzanares,
-del que le separan fértiles y amenas praderas. Las márgenes del
-Canal, empezado por Carlos III y no concluído hasta el día, están
-plantadas de hermosos árboles y constituyen el paseo más ameno
-de las inmediaciones de la capital. Allí iba yo a perder horas y
-horas, mirando los bancos de peces dorados y plateados que emergían
-al sol en la superficie de las aguas verdosas, o escuchando, no el
-trinar de los pájaros—porque no es España la tierra de esos cantores
-alados—, sino la charla de un <i>naranjero</i>, que, además de naranjas,
-vendía agua junto a una casilla de registro abandonada, frontera
-precisamente al puente de tablas que cruzaba<span class="pagenum"
-id="Page_273">[p. 273]</span> el canal; allí había instalado su
-tenducho el naranjero por parecerle la posición favorable para su
-comercio. Era asturiano, como de cincuenta años, y de unos cinco pies
-de alto. Yo le compraba muchas naranjas, y no tardó en sentir gran
-amistad por mí ni en contarme su historia; ninguna cosa notable había
-en ella; el suceso más importante era una aventura que le ocurrió
-en la sierra de Granada, donde cayó en poder de unos gitanos que
-le dejaron en cueros y luego le despidieron dándole de palos. «He
-corrido toda España—me dijo—, y en conclusión opino que sólo hay dos
-sitios donde se puede vivir: Málaga y Madrid. En Málaga va todo muy
-barato, y hay tal abundancia de pescado, que muchas veces lo he visto
-amontonado en la orilla del mar; en Madrid, como está la corte, corre
-el dinero, y nunca me acuesto sin cenar. Lo único que me importa es
-vender naranjas, y mi único deseo es que, cuando muera, me entierren
-allí.» Al decir esto, señalaba al otro lado del Manzanares, donde,
-en el declive de una suave colina, como a una legua de distancia,
-brillaban al sol los blancos muros del <i>Campo Santo</i>.</p>
-
-<p>El asturiano era un individuo muy zumbón, y aunque apenas sabía
-leer ni escribir, nada ignorante de las cosas del mundo; tenía muchas
-y exactas noticias de infinito número de personas, y poca gente
-pasaba<span class="pagenum" id="Page_274">[p. 274]</span> junto a
-su puesto de quien él no conociese los nombres, el carácter y la
-historia. «Esos dos son gente muy principal—decía señalando a un
-caballero y una dama magníficamente ataviados, que se apearon de un
-coche, y pasaron cogidos del brazo por el puente de madera, seguidos
-de dos sirvientes—; son el <i>Infante</i> Francisco Paulo y su mujer la
-<i>Napolitana</i>, hermana de nuestra Cristina. Él es una buena persona;
-pero su mujer, <i>vaya</i>, es la de peor genio de Madrid; sabe decir
-<i>carrajo</i> tan bien y con tan excelente entonación como el carretero
-de la Mancha de peor temple. No la salude usted, <i>amigo</i>; no tiene
-educación ni guarda la etiqueta; una vez la saludé y no me hizo caso
-alguno, como si yo no fuese asturiano y noble, de mejor sangre que
-ella... ¡Buenos días, <i>señor don Francisco</i>! <i>¿Qué tal?</i> Hace un
-tiempo hermoso. <i>Vaya su merced con Dios...</i> Esos tres individuos
-que han bebido agua son tres bandidos, tres verdaderos hijos del
-presidio. Los trato con amabilidad y me pagan o no, según les parece;
-no se puede uno poner a malas con ellos. He tenido ya algún disgusto
-por causa suya: figúrese usted que hará cosa de un año robaron a un
-señor un poco más abajo del segundo puente; y, dicho sea de paso, le
-aconsejo a usted, hermano, que no vaya por allí, como creo que va muy
-a menudo; es un sitio peligroso. Pues, como digo, robaron y<span
-class="pagenum" id="Page_275">[p. 275]</span> maltrataron a un señor;
-pero un hermano suyo, <i>escribano</i>, se puso pronto sobre la pista, y
-los prendió a todos. Necesitaba que alguien los identificara, y quiso
-la casualidad que el día del robo estuviesen en mi puesto bebiendo
-agua, como acaban de hacer ahora. En cuanto el <i>escribano</i> lo supo me
-llamó a la cárcel para carearme con ellos. Demasiado bien los conocí,
-pero como he aprendido en mis viajes a cerrar los ojos o a abrirlos
-según convenga, dije al <i>escribano</i> que no me era posible afirmar que
-hubiese visto a tales hombres anteriormente. El escribano, furioso,
-me amenazó con el calabozo; pero yo le dije que hiciera su gusto,
-que no me importaba. <i>Vaya</i>, no era cosa de exponerme a la venganza
-de los tres presos y a la de sus amigos; vivo demasiado cerca de la
-Plaza de la Cebada para eso... ¡Buenos días, señoritos! Naranjas de
-Murcia, como ustedes ven: la verdadera sangre del dragón... ¡Agua
-fresca! Estos dos jóvenes son los hijos de Gabiria, intendente de la
-reina, el hombre más rico de Madrid; son guapos chicos y me compran
-mucha fruta. Su padre los quiere más que a todas sus riquezas, según
-dicen. Aquella vieja que está tirada debajo de un árbol es la <i>tía
-Lucila</i>; ha hecho varias muertes, y como me debe dinero, espero que
-algún día la veré ahorcar. Este hombre fué de la guardia walona;
-«<i>señor don</i> Benito Mol, ¿cómo está usted?»</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_276">[p. 276]</span></p>
-
-<p>El personaje últimamente nombrado, absorvió en el acto mi
-atención. Era un anciano corpulento, de más que mediana estatura,
-con el cabello blanco y las facciones algo encendidas; tenía los
-ojos grandes y azules, y siempre había en ellos, cuando los clavaba
-en alguien, una expresión de ansiedad, como si esperase recibir
-noticias importantes. Iba modestamente vestido, con chaqueta y
-pantalón de paño vasto, de tinte rojizo. Tocábase con un <i>sombrero</i>
-inmenso pero tan maltratado, que el borde de las alas tenía tantos
-dentellones como una sierra. Contestó al saludo del naranjero, hízome
-una cortesía, y luego exhibió dos pastillas de jabón de olor que
-trató de vendernos; hablaba una jerga áspera y destemplada que quería
-ser español, pero que se parecía más al valenciano o al catalán.
-Preguntéle quién era, y pasó entre los dos el siguiente coloquio:</p>
-
-<p>—Soy suizo, de Lucerna; me llamó Benedicto Mol, y fuí soldado en
-la guardia walona; ahora soy jabonero, para servirle.</p>
-
-<p>—Habla usted bastante mal el español—dije yo—. ¿Cuánto tiempo
-lleva usted aquí?</p>
-
-<p>—Cuarenta y cinco años—repuso Benedicto—; pero cuando licenciaron
-la guardia me fuí a Menorca, donde olvidé el español sin aprender el
-catalán.</p>
-
-<p>—¿Le gustaba a usted servir al rey de España?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_277">[p. 277]</span></p>
-
-<p>—No tanto, que no me hubiera alegrado dejarlo hace cuarenta
-años; nos pagaban mal y nos trataban peor. Pero, si no me equivoco,
-usted es alemán; le hablaré a usted en mi lengua natal... Hubiera
-abandonado el servicio de España, como abandoné el del Papa, a quien
-serví antes de venir a este país, siendo muy joven; pero me casé
-con una mujer de Menorca, de quien tuve dos hijos; esto fué lo que
-me retuvo tanto tiempo por allá; antes de salir de Menorca mi mujer
-murió, y mis hijos se fueron cada uno por su lado y no sé qué ha sido
-de ellos. Mi intención es volver pronto a Lucerna y vivir allí a lo
-duque.</p>
-
-<p>—Por lo visto, ha reunido usted un buen capital en España—dije yo,
-mirando a su sombrero y a lo demás de su atavío.</p>
-
-<p>—Ni un <i>cuart</i>, ni un <i>cuart</i>; estas pastillas de jabón son todo
-lo que poseo.</p>
-
-<p>—Quizás sea usted de buena familia y piense vivir de sus
-rentas.</p>
-
-<p>—Ni un <i>heller</i>, ni un <i>heller</i>. Mi padre era el verdugo de
-Lucerna; cuando se murió, embargaron su cadáver para pagar sus
-deudas.</p>
-
-<p>—Entonces—dije yo—se propone usted, sin duda, dedicarse a la
-fabricación de jabones en Lucerna. Hará usted muy bien, amigo mío, no
-conozco ocupación más honrosa y útil.</p>
-
-<p>—No tengo la menor intención de dedicarme a eso en Lucerna—replicó
-Benedicto—.<span class="pagenum" id="Page_278">[p. 278]</span> Y
-como veo que es usted alemán, <i>lieber Herr</i>, y me agrada su aspecto
-y su modo de expresarse, le diré a usted en confianza que apenas si
-conozco el oficio, y ya me han despedido de varias fábricas por mi
-impericia; las dos pastillas de jabón que llevo en el bolsillo no
-las he fabricado yo. <i>In kurzem</i>, tan mal enterado estoy del oficio
-de jabonero, como del de sastre, albeitar o zapatero que también he
-desempeñado.</p>
-
-<p>—Pues no comprendo por qué espera usted vivir hecho un <i>Herzog</i>
-en su país, como no crea usted que los habitantes de Lucerna
-le mantendrán con esplendor a expensas del tesoro público, en
-consideración a servicios prestados al Papa y al Rey de España.</p>
-
-<p>—<i>Lieber Herr</i>—dijo Benedicto—los habitantes de Lucerna no gustan
-de mantener a sus expensas a los soldados del Papa ni a los del rey
-de España. Muchos de la antigua guardia que han vuelto allá, piden
-limosna por las calles. Pero yo iré en un coche tirado por seis
-mulas, con un tesoro, un gran <i>Schatz</i>, que hay en la iglesia de
-Santiago de Compostela.</p>
-
-<p>—Supongo que no se propondrá usted robar la iglesia—dije yo—, pero
-si lo hace, creo que sufrirá usted un desengaño. Mendizábal y los
-liberales le han ganado a usted por la mano. Según me dicen, ya no
-quedan en las catedrales españolas más tesoros<span class="pagenum"
-id="Page_279">[p. 279]</span> que unos pocos ornamentos mezquinos y
-unos cuantos utensilios de plata.</p>
-
-<p>—Mi buen <i>Herr</i> alemán—dijo Benedicto—, no se trata del <i>Schatz</i>
-de la iglesia, sino de otro, cuya existencia sólo yo conozco. Pronto
-hará treinta años que, entre otros soldados enviados por enfermos a
-Madrid, vino uno de mis compañeros de la guardia walona, que había
-ido con los franceses a Portugal; estaba muy enfermo y no tardó en
-morir. Pero antes de exhalar el último suspiro me mandó llamar, y
-en su lecho de muerte me dijo que él, con otros dos soldados, ya
-muertos, había enterrado en cierta iglesia de Compostela un gran
-botín traído de Portugal. Consistía en <i>moidores</i> de oro y en un
-paquete de diamantes del Brasil, muy gruesos, encerrado todo ello en
-una olla de cobre. Le escuché con avidez, y puedo decir que desde
-aquel momento no he dejado de pensar, ni de día ni de noche, en el
-<i>Schatz</i>. Es muy fácil de encontrar, pues el moribundo me hizo una
-descripción tan minuciosa del escondite, que, una vez en Compostela,
-sin dificultad alguna pondría la mano en él; muchas veces he estado
-ya a punto de emprender el viaje, pero siempre ha venido algo
-imprevisto a estorbármelo. Cuando mi mujer murió, salí de Menorca
-decidido a ir a Santiago, pero al llegar a Madrid, caí en manos de
-una vascongada que me persuadió a que viviese con ella, y así lo he
-hecho du<span class="pagenum" id="Page_280">[p. 280]</span>rante
-varios años. Es una <i>Hax</i><a id="FNanchor_132" href="#Footnote_132"
-class="fnanchor">[132]</a> muy grande, y dice que si la abandono,
-me echará un sortilegio del que no me libraré nunca. <i>Dem Got sey
-Dank</i>, ahora está en el hospital, para morirse de un día a otro. Tal
-es mi historia, <i>lieber Herr</i>.</p>
-
-<p>He referido con todo cuidado la anterior conversación, porque
-en el curso de este relato haré frecuente mención del suizo; sus
-aventuras subsiguientes fueron de lo más extraordinario, y la última
-de todas causó gran sensación en España.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_281">[Pg 281]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XIV</h2>
- <p class="subhang">
- Estado de España.— Istúriz.— Revolución de La Granja.— La revuelta.—
- Síntomas alarmantes.— Los corresponsales de periódicos.— Arrojo de
- Quesada.— La escena final.— Fuga de los moderados.— El café.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">E</span><span
-class="smcap">ntretanto</span>, las cosas no iban bien para los
-<i>moderados</i>; impopulares en Madrid, lo eran aún más en las otras
-ciudades importantes de España; en la mayor parte de ellas se
-constituyeron <i>juntas</i> administrativas locales que se declararon
-independientes de la reina y de sus ministros y rehusaron pagar
-las contribuciones, no tardando en verse el Gobierno muy apurado
-de dinero. No se pagaba al ejército y la guerra languidecía,
-quiero decir por parte de los <i>cristinos</i>; porque los carlistas la
-proseguían con mucho vigor; sus <i>guerrillas</i>, en partidas, recorrían
-el país en todas direcciones, mientras una fuerza importante,
-al mando del famoso Gómez, daba la vuelta a España entera. Para
-remate de todo, se esperaba una insurrección<span class="pagenum"
-id="Page_282">[p. 282]</span> en Madrid de un día para otro, y, por
-precaución, fueron desarmados los nacionales, medida que aumentó
-enormemente su odio al Gobierno <i>moderado</i>, y, sobre todo, a Quesada,
-a quien se atribuyó esa iniciativa.</p>
-
-<p>Con respecto a mis asuntos, no desperdiciaba yo ocasión de
-adelantar mis pretensiones; pero el secretario aragonés seguía
-machacando en el Concilio de Trento, y consiguió frustrar todos
-mis esfuerzos. Por las muestras, había contagiado a su jefe sus
-ideas personales sobre el asunto, porque el duque, al verme en sus
-audiencias, no me hacía más caso que dedicarme una mirada desdeñosa;
-y en cierta ocasión, como me adelantase hacia él para hablarle, se
-escapó por la puerta más próxima. No le volví a ver desde entonces;
-me disgustó su modo de tratarme, y me abstuve de hacer nuevas visitas
-a la <i>Casa de la Inquisición</i>. El pobre Galiano continuaba dándome
-pruebas de su inquebrantable amistad; pero me confesó francamente que
-no había ya esperanza de conseguir nada en las altas esferas. «El
-duque—me dijo—opina que no puede accederse a su petición; el otro
-día suscité el asunto en Consejo, y sacó a relucir los decretos de
-Trento, y habló de usted como de un individuo enfadoso e importuno;
-le respondí yo con cierta acritud y hubo entre nosotros su poquito
-de <i>función</i>, de lo que <span class="pagenum" id="Page_283">[p.
-283]</span>se rió mucho Istúriz. Y entre paréntesis—continuó—,
-¿qué necesidad tiene usted de un permiso en regla que, al parecer,
-nadie puede otorgar? Lo mejor que puede usted hacer, dadas las
-circunstancias, es imprimir la obra, en la inteligencia de que nadie
-le molestará a usted cuando intente repartirla. Le aconsejo a usted
-encarecidamente que hable con Istúriz acerca del asunto. Yo le
-prepararé, y respondo de que le recibirá cortésmente.»</p>
-
-<p>Pocos días después, en efecto, tuve una entrevista con Istúriz en
-su despacho de Palacio; para ser breve, sólo diré que le hallé muy
-bien dispuesto en favor de mis planes. «He vivido mucho tiempo en
-Inglaterra—dijo—; la Biblia es allí libre, y no veo razón para que
-no lo sea en España. No quiero aventurarme a decir que Inglaterra
-debe su prosperidad al conocimiento que, más o menos, todos sus
-hijos tienen de la Sagrada Escritura; pero estoy cierto de una cosa,
-y es que la Biblia no ha causado daño en aquel país, ni creo que
-pueda producirlo en España. No deje usted, pues, de imprimirla, y
-difúndala por España todo lo posible.» Me retiré muy satisfecho de la
-entrevista; si no un permiso escrito de imprimir el libro sagrado,
-había obtenido algo que, en cualesquiera circunstancias, consideraba
-yo casi equivalente: el tácito convenio de que mis empeños bíblicos
-serían tolerados en España; abrigaba la firme esperanza de que,
-<span class="pagenum" id="Page_284">[p. 284]</span>cualquiera que
-fuese la suerte del Ministerio, ningún otro, y menos uno liberal, se
-atrevería a ponerme obstáculos, sobre todo porque el embajador inglés
-era amigo mío y conocía todos los pasos dados por mí en el asunto.</p>
-
-<p>Dos o tres cosas relacionadas con mi entrevista con Istúriz
-me impresionaron como muy dignas de nota. Primero, la extremada
-facilidad con que obtuve audiencia del primer ministro de España.
-El portero me hizo pasar de buenas a primeras, sin necesidad de
-anunciarme y sin hacerme esperar. Segundo, la soledad reinante en
-aquel lugar, tan distinta del bullicio, ruido y actividad observados
-por mí mientras aguardaba a ser recibido por Mendizábal. Ya no había
-allí afanosos pretendientes en espera de una entrevista con el grande
-hombre; si se exceptúa a Istúriz y al empleado, a nadie vi. Pero lo
-que me produjo impresión más profunda fué la actitud del ministro,
-quien, cuando yo entré, estaba sentado en un sofá con los brazos
-cruzados y los ojos clavados en el suelo. Era extremada la depresión
-del tono de su voz, melancólico el aire de sus morenas facciones, y,
-en general, tenía todo el aspecto de una persona que, para librarse
-de las miserias de esta vida, medita el acto de suma desesperanza: el
-suicidio.</p>
-
-<p>Pocos días bastaron para demostrar que, en efecto, a Istúriz
-le sobraban motivos para<span class="pagenum" id="Page_285">[p.
-285]</span> entristecerse: menos de una semana después estalló
-la llamada revolución de La Granja. La Granja es un sitio real
-enclavado en pinares de la vertiente Norte del Guadarrama, a unas
-doce leguas de Madrid. La reina gobernadora Cristina se había ido a
-La Granja, por apartarse del descontento de la capital y gozar del
-aire campestre y de las delicias de aquel famoso retiro, monumento
-del gusto y de la magnificencia del primer Borbón que ocupó el trono
-de España. Pero no la dejaron tranquila mucho tiempo; sus mismos
-guardias estaban descontentos, inclinándose a los principios de
-la Constitución de 1823 (sic), y no a los del gobierno monárquico
-absoluto, que los <i>moderados</i> intentaban resucitar en España. Una
-madrugada, un grupo de soldados de la guardia, capitaneados por
-cierto sargento García, entraron en las habitaciones de la reina y le
-pidieron que suscribiese aquella Constitución y jurase solemnemente
-mantenerla. Cristina, mujer de mucho temple, rehusó complacerlos
-y los mandó marcharse. Siguió una escena violenta y tumultuosa;
-pero como la reina se mantenía firme, lleváronla los soldados a uno
-de los patios del palacio, donde estaba Muñoz, su amante, atado y
-con los ojos vendados. «Jura la Constitución, bribona», vociferaba
-el <i>atezado</i> sargento. «Jamás», exclamó la animosa hija de los
-Borbones de Nápoles. «Entonces morirá tu <i>cortejo</i>», replicó<span
-class="pagenum" id="Page_286">[p. 286]</span> el sargento. «Adelante,
-muchachos; preparad las armas, y metedle cuatro balas en la cabeza
-a ese individuo.» Sin tardanza pusieron a Muñoz junto al muro, le
-obligaron a arrodillarse, alzaron los soldados los fusiles, y un
-momento después hubieran enviado al infeliz a la eternidad, si la
-reina, olvidándose de todo, menos de los sentimientos de su corazón
-de mujer, no se hubiera adelantado dando un chillido y gritando:
-«¡Alto, alto! Firmaré...»</p>
-
-<p>Al día siguiente de este suceso entraba yo en la Puerta del Sol
-a eso del mediodía. Siempre hay allí a tales horas gran gentío,
-pacífico e inmóvil de ordinario, compuesto de desocupados que fuman
-tranquilamente, o escuchan o comentan las noticias—casi siempre
-insípidas—de la capital; pero el día de que hablo la multitud no
-estaba tranquila. La gente vociferaba y gesticulaba, y muchos corrían
-gritando: <i>¡Viva la Constitución!</i>; grito que se hubiera pagado
-con la vida algunos días antes, porque la ciudad había estado unas
-cuantas semanas sometida a los rigores de la ley marcial. A veces
-oíanse estas palabras: «<i>¡La Granja! ¡La Granja!</i>», seguidas siempre
-del grito de: «<i>¡Viva la Constitución!</i>» Frente a la <i>Casa de Postas</i>
-estaban formados en línea hasta doce dragones a caballo, algunos de
-los cuales arrojaban continuamente sus gorras al aire, sumándose a
-las aclamaciones generales,<span class="pagenum" id="Page_287">[p.
-287]</span> animados por el ejemplo de su comandante, oficial joven
-y guapo, que blandía la espada y gritaba con júbilo: «¡Viva la reina
-constitucional! ¡Viva la Constitución!»</p>
-
-<p>La multitud engrosaba por momentos; varios nacionales, de
-uniforme, pero sin armas, porque, como ya he dicho, se las habían
-quitado, aparecieron. De pronto, descubrí entre los grupos a
-Baltasar, vestido como la primera vez que le vi: con un gran capote
-de regimiento, ya viejo, y la gorra de cuartel. «¿Qué ha sido del
-Gobierno <i>moderado</i>?—le pregunté—. ¿Han destituído y reemplazado ya
-a los ministros?» «Aún no, <i>don Jorge</i>—dijo el soldadito y sastre—,
-aun no; esos pícaros se sostienen todavía apoyados en Quesada, que es
-un toro bravo, y en un poco de infantería que les sigue fiel. Pero
-no hay que temer, <i>don Jorge</i>; la reina es nuestra, gracias al valor
-de mi amigo García; y si el toro bravo se presenta aquí, ¡oh!, <i>don
-Jorge</i>, verá usted entonces lo que es bueno; vengo prevenido...» Al
-decir esto entreabrió el capote y me dejó ver un retaco que llevaba
-oculto, pendiente de una correa; y, haciendo un guiño con los ojos,
-y con la cabeza un movimiento significativo, se perdió entre la
-multitud.</p>
-
-<p>Un instante después vi avanzar un pequeño pelotón de soldados
-por la <i>calle Mayor</i>, o calle principal que corre desde la Puerta
-del Sol en dirección a Palacio; podían ser<span class="pagenum"
-id="Page_288">[p. 288]</span> unos veinte hombres, y a su cabeza
-marchaba un oficial con la espada desnuda. Debían de haberlos reunido
-con gran precipitación, porque muchos de ellos llevaban traje de
-faena y gorra de cuartel. Conforme avanzaban, marchando lentamente,
-ni el oficial ni los soldados hacían el menor caso de los gritos de
-la multitud, que, agolpándose en torno suyo, no cesaba de vociferar:
-«¡Viva la Constitución!»; todo lo más respondían con alguna ojeada
-hostil; y marcharon, fruncidas las cejas y apretados los dientes,
-hasta llegar frente al pelotón de caballería, donde hicieron alto y
-formaron las filas.</p>
-
-<p>—Estos hombres no traen buenas intenciones—dije a mi amigo D...,
-del <i>Morning Chronicle</i>, que acababa de reunirse conmigo—. Y tenga
-usted por seguro que si se lo mandan, empezarán a hacer fuego sin
-mirar dónde dan. Pero ¿en qué están pensando esos dragones, que
-evidentemente son del bando contrario, a juzgar por sus gritos? ¿Por
-qué, estando detrás de los infantes, no les dan una carga y los
-desbaratan? En seguida la gente les quitaría los fusiles. Yo no soy
-liberal, pero ya que usted lo es, ¿cómo no se acerca al inexperto
-joven que manda los caballos, y le da usted a tiempo un buen
-consejo?</p>
-
-<p>D... volvió hacia mí su ancho semblante, coloradote y placentero
-como de buen inglés, y dirigiéndome una mirada maliciosa,<span
-class="pagenum" id="Page_289">[p. 289]</span> que parecía
-significar... (lo que el amable lector crea más del caso), me
-agarró del brazo y dijo: «Salgamos de esta barahunda, y a ver si
-se encuentra una ventana donde instalarnos, y desde donde yo pueda
-describir lo que suceda en la plaza, porque creo como usted que va
-a pasar algo grave.» En el último piso de una casa bastante grande,
-frente por frente a la de Correos, había papeles en señal de que se
-alquilaban habitaciones; subimos al instante, y contratamos con la
-inquilina del <i>étage</i> el uso de la habitación de la calle por aquel
-día; atrancamos la puerta, y el reporter requirió cuaderno y lápiz,
-dispuesto a tomar notas de los sucesos que ya se cernían sobre la
-plaza.</p>
-
-<p>¡Qué hombres tan extraordinarios son por lo general los
-corresponsales de los periódicos ingleses! De seguro que si hay
-alguna clase de hombres que merezca llamarse cosmopolita, es
-ésta, formada por gente que ejerce su profesión en cualquier país
-indistintamente, y se acomoda a voluntad a los usos de todas las
-clases sociales; a cuya fluidez de estilo como escritores sólo supera
-su facilidad de palabra en la conversación, y a su conocimiento
-de las letras clásicas, su experiencia del mundo, adquirida por
-una temprana iniciación en el bullicioso teatro de la vida. La
-actividad, energía y valor que a veces han de desplegar en sus
-tareas informativas, son en verdad notables.<span class="pagenum"
-id="Page_290">[p. 290]</span> En París, durante los tres días<a
-id="FNanchor_133" href="#Footnote_133" class="fnanchor">[133]</a>,
-los vi mezclados con la <i>canaille</i> y los <i>gamins</i> detrás de las
-barricadas, mientras la metralla llovía por todas partes y los
-desesperados coraceros estrellaban sus fogosos caballos contra unos
-parapetos tan débiles en apariencia. Allí permanecían, tomando notas
-en un cuaderno con tanta tranquilidad como si estuvieran haciendo
-información en un mitin de Covent Garden o de Finsbury Square.
-En España, varios de ellos acompañan a las <i>guerrillas</i> de los
-<i>cristinos</i> o de los carlistas en algunas de sus expediciones más
-arriesgadas, exponiéndose al peligro de las balas enemigas, a las
-inclemencias del invierno y a los rigores del sol estival.</p>
-
-<p>Apenas llevábamos cinco minutos en la ventana, cuando oímos de
-pronto el ruido de los cascos de unos caballos que bajaban corriendo
-por la <i>calle de Carretas</i>. La casa en que estábamos se hallaba,
-como ya he dicho, enfrente de la de Correos, por cuya izquierda,
-mirando desde el Norte, desemboca aquella vía en la <i>Puerta del
-Sol</i>; a medida que el ruido se acercaba, apagábase el griterío de la
-multitud, como si un temor pánico se apoderase de ella; una o dos
-veces, sin embargo, percibí estas palabras «¡Quesada! ¡Quesada!» Los
-soldados de Infantería permanecieron en calma e inmóviles, pero<span
-class="pagenum" id="Page_291">[p. 291]</span> los de caballería, y
-el joven oficial que mandaba, mostraron confusión y miedo a la vez,
-cambiando unos con otros palabras precipitadas.</p>
-
-<p>De pronto, la gente que estaba hacia la desembocadura de la <i>calle
-de Carretas</i>, retrocedió en desorden, dejando un vasto espacio libre,
-en el que al instante se precipitó Quesada a galope tendido, espada
-en mano y con uniforme de general, montado en un <i>pura sangre</i>
-inglés, bayo claro, con tal ímpetu, que recordaba a un toro manchego
-lanzándose al redondel al ver de súbito abierta la puerta del
-toril.</p>
-
-<p>Seguíanle muy de cerca dos oficiales a caballo, y, a corta
-distancia, otros tantos dragones. Casi en menos tiempo que se emplea
-en contarlo, unos cuantos alborotadores rodaron por el suelo a los
-pies de los caballos de Quesada y de sus dos amigos, porque los
-dragones hicieron alto en cuanto entraron en la <i>Puerta del Sol</i>.
-Era un hermoso espectáculo ver a tres hombres, a fuerza de valor
-y de maestría en la equitación, sembrar el terror en otros tantos
-miles, cuando menos. Vi a Quesada meterse a caballo por entre la
-densa multitud y luego desembarazarse de ella por modo magistral;
-el populacho estaba completamente atemorizado, y retrocedía,
-retirándose por la <i>calle del Comercio</i> y la <i>calle de Alcalá</i>. Le vi
-también lanzarse de golpe contra dos naciona<span class="pagenum"
-id="Page_292">[p. 292]</span>les que intentaban escaparse, separarlos
-de la multitud, envolverlos, y empujarlos en otra dirección,
-golpeándolos despreciativamente con el sable de plano. El general
-gritaba ¡Viva la reina absoluta! cuando, precisamente debajo de mí,
-en medio de unos grupos que aún no habían cedido el campo, acaso
-porque no tenían por dónde escapar, vi brillar por un instante el
-cañón de un trabuco, sonó luego una detonación aguda, y una bala
-estuvo a punto de enviar a Quesada al otro mundo: tan cerca le pasó
-que le rozó el sombrero. Percibí fugazmente, hacia el sitio de donde
-partió el tiro, una gorra de cuartel muy conocida, luego la gente
-echó a correr, y el tirador, quienquiera que fuese, desapareció
-favorecido por la confusión que se movió.</p>
-
-<p>Quesada mostró inmenso desprecio ante el peligro que acababa de
-correr. Echó en torno suyo una mirada fiera y rápida, y dejando a los
-dos nacionales, que se fueron cabizbajos, como perros azotados por su
-amo, se dirigió al joven oficial que mandaba la caballería y que tan
-activo se había mostrado dando gritos en favor de la Constitución;
-díjole unas pocas palabras con gesto amenazador, y el oficial
-evidentemente se sometió, pues, obedeciendo tal vez sus órdenes,
-resignó el mando del pelotón y se fué muy abatido; hecho esto,
-Quesada se apeó, y estuvo paseandose arriba y abajo delante<span
-class="pagenum" id="Page_293">[p. 293]</span> de la <i>Casa de Postas</i>,
-con un aire que parecía retar a toda la humanidad.</p>
-
-<p>Aquél fué el día glorioso de la vida de Quesada, y también su
-día postrero. Digo ésto, porque nunca se había producido en forma
-tan brillante, y porque ya no debía ver el ocaso de otro sol. No
-se recuerda acción de conquistador o de héroe alguno que pueda
-compararse con esta escena final de la vida de Quesada. ¿Quién,
-por sólo su impetuosidad y su desesperado valor ha detenido una
-revolución en plena marcha? Quesada lo hizo; contuvo la revolución en
-Madrid un día entero, y restituyó las turbas hostiles y alborotadas
-de una gran ciudad al orden y a la quietud perfectos. Su irrupción
-en la <i>Puerta del Sol</i> fué de un arrojo tan tremendo y oportuno que
-no tiene par. Tanta admiración me produjo el valor del «toro bravo»,
-que durante su acometida grité muchas veces: «<i>¡Viva Quesada!</i>»,
-y le deseé buena fortuna. Esto no quiere decir que yo pertenezca
-a ningún partido o sistema político. ¡No! ¡No! He vivido tanto
-tiempo con <i>Romany Chals</i><a id="FNanchor_134" href="#Footnote_134"
-class="fnanchor">[134]</a> y <i>Petulengres</i><a id="FNanchor_135"
-href="#Footnote_135" class="fnanchor">[135]</a> que no puedo<span
-class="pagenum" id="Page_294">[p. 294]</span> tener más política
-que la política de los gitanos, y bien sabido es que al llegar
-las elecciones, los hijos de Roma se declaran por los dos bandos
-opuestos, mientras el resultado es dudoso, augurando el triunfo a los
-dos; y cuando la pelea concluye y la batalla está ganada, se alistan
-sin falta en las filas del vencedor. Pero, lo repito, mi interés por
-Quesada nació al contemplar la firmeza de su corazón y su maestría de
-jinete. La tranquilidad quedó restablecida en Madrid para el resto
-del día; el pelotón de infantes vivaqueó en la <i>Puerta del Sol</i>. No
-se oyeron más gritos de viva la Constitución; la revuelta parecía
-efectivamente dominada en la capital. Es lo más probable que si los
-jefes del partido <i>moderado</i> llegan a tener confianza en sí mismos
-por cuarenta y ocho horas más, su causa hubiera triunfado y los
-soldados revolucionarios de La Granja se hubieran dado por contentos
-devolviendo a la reina su libertad y aceptando una avenencia, porque
-se sabía que varios regimientos leales se acercaban a Madrid.</p>
-
-<p>Pero los <i>moderados</i> no tuvieron confianza; aquella misma noche
-sus corazones desfallecieron y huyeron en varias direcciones:
-Istúriz y Galiano, a Francia; el duque de Rivas, a Gibraltar. El
-pánico de los colegas contagió al mismo Quesada, que huyó vestido
-de paisano. Pero no tuvo tanta suerte como los otros: reconocido en
-una aldea, a<span class="pagenum" id="Page_295">[p. 295]</span>
-tres leguas de Madrid, fué preso por unos amigos de la Constitución.
-En el acto se envió a la capital noticia de la captura, y una
-copiosa turba de nacionales, los unos a pie, los otros a caballo,
-algunos en carruajes, se puso en marcha al instante. «Vienen los
-nacionales»—dijo un <i>paisano</i> a Quesada. «Entonces—respondió—estoy
-perdido»; y luego se preparó para la muerte.</p>
-
-<p>Hay en la calle de Alcalá, de Madrid, un café famoso<a
-id="FNanchor_136" href="#Footnote_136" class="fnanchor">[136]</a>
-capaz para varios cientos de personas. En la tarde de aquel mismo
-día estaba yo sentado en el café consumiendo una taza del oscuro
-brebaje, cuando sonaron en la calle ruidos y clamores estruendosos;
-causábanlos los nacionales, que volvían de su expedición. A los
-pocos minutos entró en el café un grupo de ellos; iban de dos en
-dos, cogidos del brazo, y pisaban recio a compás. Dieron la vuelta
-al espacioso local, cantando a coro con fuertes voces la siguiente
-bárbara copla:</p>
-
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2">¿Qué es lo que abaja<br /></span>
-<span class="i0">por aquel cerro?<br /></span>
-<span class="i0">Ta ra ra ra ra.<br /></span>
-<span class="i2">Son los huesos de Quesada,<br /></span>
-<span class="i0">que los trae un perro.<br /></span>
-<span class="i0">Ta ra ra ra ra.<br /></span>
-</div></div>
-
-<p>Pidieron después un gran cuenco de café, y, colocándolo sobre una
-mesa, los nacionales se sentaron en torno. Hubo un momento<span
-class="pagenum" id="Page_296">[p. 296]</span> de silencio,
-interrumpido por una voz tonante: «<i>¡El pañuelo!</i>» Sacaron un pañuelo
-azul, en el que llevaban algo envuelto; lo desataron, y aparecieron
-una mano ensangrentada y tres o cuatro dedos seccionados, con los
-que revolvían el contenido del cuenco. «¡Tazas, tazas!»—gritaron los
-nacionales...</p>
-
-<p>—¡Eh! <i>Don Jorge</i>—gritó Baltasarito, viniendo hacia mí con una
-taza de café—, hágame usted el obsequio de beber por este suceso
-glorioso. Hoy es un día afortunado para España y para los valientes
-nacionales de Madrid. He visto más de una <i>función</i> de toros, pero
-ninguna me ha causado tanto placer como ésta. Ayer el toro hizo de
-las suyas, pero hoy los <i>toreros</i> han podido más, como usted ve, <i>don
-Jorge</i>. Hágame el favor de beber; ahora voy a ir en una carrera a
-mi casa a buscar mi <i>pajandi</i> para divertir a compañeros tocando y
-cantar una copla. ¿Qué copla? ¿Una copla en <i>gitano</i>?</p>
-
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i0">Una noche sinava en tucue<a id="FNanchor_137" href="#Footnote_137" class="fnanchor">[137]</a>.</span>
-</div></div>
-
-<p>¿Mueve usted la cabeza, <i>don Jorge</i>? ¡Ja, ja, ja! Soy joven,
-y la juventud es la edad de las diversiones. Bueno, bueno; en
-obsequio a usted, que es inglés y <i>monró</i><a id="FNanchor_138"
-href="#Footnote_138" class="fnanchor">[138]</a>, no cantaré eso, sino
-una canción liberal patriótica: el himno de Riego. <i>¡Hasta después,
-don Jorge!</i></p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_297">[Pg 297]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XV</h2>
- <p class="subhang">
- El vapor.— El cabo de Finisterre.— La tormenta.— Llegada a Cádiz.— El
- Nuevo Testamento.— Sevilla.— Itálica.— El anfiteatro.— Los presos.—
- El encuentro.— El barón Taylor.— La calle y el desierto.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">E</span><span class="smcap">n
-los</span> primeros días de noviembre<a id="FNanchor_139"
-href="#Footnote_139" class="fnanchor">[139]</a> surqué de nuevo
-el mar con rumbo a España. Había vuelto a Inglaterra poco después
-de los sucesos referidos en el capítulo anterior, con objeto de
-consultar a mis amigos y trazar el plan de mi campaña bíblica en
-España. Resolvimos imprimir en Madrid el Nuevo Testamento lo antes
-posible, y se convino que yo me encargaría de la tarea un tanto
-ardua de distribuirlo. Breve fué mi estancia en Inglaterra; el
-tiempo era precioso y ansiaba yo encontrarme de nuevo en el campo
-de acción. Me embarqué en el Támesis, a bordo del vapor <i>M...</i> La
-travesía hasta Falmouth fué muy desagradable. El barco iba atestado
-de pasajeros, pobres tísicos en su mayoría o gente valetudinaria
-que<span class="pagenum" id="Page_298">[p. 298]</span> huía de las
-frías celliscas invernales de Inglaterra a las costas soleadas de
-Portugal y Madeira. Nunca me ha cabido en suerte viajar en un barco
-más incómodo, sobre todo de vapor. Los camarotes eran muy pequeños
-y faltos de ventilación; el mío era de los peores, porque los demás
-estaban tomados desde antes de llegar yo a bordo; para evitar la
-asfixia que me amenazaba en cuanto entraba en él, hice el viaje
-echado en el suelo de una de las cámaras. Estuvimos en Falmouth
-veinticuatro horas, haciendo carbón y reparando la máquina, que tenía
-desperfectos importantes.</p>
-
-<p>El lunes 7 zarpamos con rumbo al golfo de Vizcaya. Había mar
-gruesa, el viento era fuerte y contrario; sin embargo, en la mañana
-del cuarto día teníamos a la vista las rocas de la costa Norte
-del cabo de Finisterre. Debo hacer notar aquí que este viaje era
-el primero que el capitán hacía a bordo de nuestro barco y que
-conocía muy poco o nada la costa a que nos dirigíamos. Le buscaron
-a última hora, apresuradamente, porque su predecesor renunció el
-mando, fundándose en que el barco no podía aguantar la mar y en las
-frecuentes averías de la máquina. Si yo hubiera sabido todo esto al
-ver que el barco se acercaba cada vez más a la costa, hasta colocarse
-a unos cientos de varas de distancia de ella, mi alarma hubiese
-sido mucho mayor de lo que fué. No dejé,<span class="pagenum"
-id="Page_299">[p. 299]</span> con todo, de sentir profunda sorpresa,
-pues como las dos veces que había cruzado por allí en barco de vapor,
-había visto el cuidado con que los capitanes se mantenían lejos de
-la costa, no pude adivinar la razón de aproximarnos tanto a una zona
-peligrosísima. El viento soplaba con fuerza hacia la costa, si puede
-llamarse así a los abruptos y escarpados precipicios en que rompía
-la marejada con fragor de trueno, alzando nubes de espuma y de agua
-pulverizada a la altura de una catedral. Fuimos costeando lentamente,
-y doblamos varios elevados promontorios, apilados algunos por la mano
-de la naturaleza en formas muy fantásticas. Al anochecer, teníamos
-cerca por la proa el cabo de Finisterre, escarpada y sombría montaña
-de granito, cuya ceñuda cima pueden ver desde muy lejos cuantos
-atraviesan el Océano. La corriente en aquellos parajes era terrible,
-y aunque las máquinas trabajaban con toda su fuerza avanzábamos poco
-o nada.</p>
-
-<p>A eso de las ocho de la noche, el viento se convirtió en huracán,
-el trueno retumbó pavorosamente, y la única luz que alumbraba nuestro
-camino era la de las rojas culebrinas expelidas a intervalos de su
-seno por las nubes gruesas y negras que rodaban a poca altura sobre
-nuestras cabezas. Hacíamos los mayores esfuerzos para doblar el cabo,
-que a la luz de los relámpagos surgía a sotavento, iluminado por
-las frecuentes<span class="pagenum" id="Page_300">[p. 300]</span>
-exhalaciones que vibraban en torno de su cima, cuando, de súbito,
-la máquina se rompió con un gran crujido, y las palas de que pendía
-nuestra existencia dejaron de funcionar.</p>
-
-<p>No intentaré pintar la escena de horror y confusión que se
-produjo; puede ser imaginada, pero no descrita. El capitán—justo
-es reconocerlo—desplegó la mayor frialdad e intrepidez; tanto él
-como la tripulación hicieron todo lo imaginable por arreglar la
-máquina, y cuando vieron la inutilidad de sus esfuerzos izaron
-las velas y realizaron todas las maniobras posibles para salvar
-el barco de una destrucción inminente. Pero nada aprovechaba; por
-desgracia, teníamos la costa a sotavento, y hacia ella nos impelía
-la rugiente tempestad. Me hallaba yo en tales instantes cerca del
-timón y pregunté al timonel si había alguna esperanza de salvar el
-barco, o al menos nuestras vidas. «La situación es apurada, señor—me
-respondió—. Con esta mar los botes zozobrarán en un minuto; antes
-de una hora el barco chocará contra el Finisterre, donde el buque
-de guerra más fuerte del mundo se haría pedazos instantáneamente.
-Ninguno de nosotros verá el día de mañana.» De igual modo, el
-capitán informó a los demás pasajeros del peligro que corríamos y
-les dijo que se preparasen; ordenó luego cerrar las escotillas y
-que no se permitiese a nadie permanecer sobre cubierta; yo seguí en
-mi puesto, no<span class="pagenum" id="Page_301">[p. 301]</span>
-obstante, casi ahogado por el agua de las inmensas olas que rompían
-contra el barco por barlovento y lo anegaban. Las pipas de agua
-potable se soltaron de sus amarras, y una de ellas me tiró al suelo
-y aplastó un pie al desdichado timonel, cuyo puesto ocupó en el acto
-el capitán. Estábamos ya cerca de las rocas, cuando los elementos
-entraron en hórrida convulsión. Los relámpagos nos envolvían con sus
-resplandores; los truenos retumbaban con el fragor de un millón de
-cañones; el Océano parecía vomitar sus heces más profundas, cuando,
-en medio de tal desquiciamiento, el vendaval saltó súbitamente de
-cuadrante y nos apartó de la horrible costa aún más de prisa que nos
-había empujado hacia ella.</p>
-
-<p>Los marineros más viejos de a bordo reconocieron que nunca se
-habían librado de la muerte por modo tan providencial. Desde el fondo
-de mi corazón dije: «Padre nuestro, santificado sea tu nombre.»</p>
-
-<p>Al día siguiente estuvimos a punto de naufragar, porque con la
-gran marejada nuestro barco, no destinado para navegar a la vela,
-trabajaba mucho y hacía agua. Las bombas funcionaron sin cesar.
-También tuvimos fuego a bordo, pero se logró sofocarlo. Por la
-tarde, la máquina de vapor quedó parcialmente arreglada, y el día 13
-llegamos a Lisboa, donde en pocos días se terminaron las reparaciones
-necesarias.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_302">[p. 302]</span></p>
-
-<p>En Lisboa encontré a mi excelente amigo W.<a id="FNanchor_140"
-href="#Footnote_140" class="fnanchor">[140]</a> bueno y sano.
-Durante mi ausencia había trabajado lo posible para fomentar la
-venta del libro sagrado en portugués; su celo y aplicación eran, en
-verdad, admirables. Por desgracia, las perturbaciones sufridas por
-el país en los seis últimos meses habían estorbado sus esfuerzos.
-Los ánimos de las gentes estaban tan preocupados con la política,
-que no les quedaba apenas tiempo para pensar en su salvación. La
-historia política de Portugal presenta en estos últimos tiempos un
-sorprendente paralelo con la del país vecino. En ambos, la corte
-y el partido democrático han luchado por la supremacía; en ambos
-ha triunfado el último, y dos personas de viso han caído víctimas
-del furor popular: Freire, en Portugal, y Quesada, en España.
-Las noticias de este país, que recibí en Lisboa, eran pésimas.
-Las hordas de Gómez devastaban Andalucía, que yo estaba a punto
-de visitar de paso para Madrid; los carlistas habían saqueado a
-Córdoba, y ocupádola tres días, abandonándola después. Me dijeron
-que si persistía en entrar en España por donde me había propuesto,
-caería probablemente en manos de los facciosos en Sevilla. No me
-arredré, a pesar de todo, con plena confianza<span class="pagenum"
-id="Page_303">[p. 303]</span> en que el Señor me abriría camino hasta
-Madrid.</p>
-
-<p>Reparadas las averías del barco, subimos de nuevo a bordo, y
-en dos días llegamos sin novedad a Cádiz. Reinaba en la ciudad
-gran confusión. Decíase que por los alrededores campaban numerosas
-partidas carlistas. Era de temer un ataque y acababa de proclamarse
-en la ciudad el estado de sitio. Me alojé en el hotel Francés, en
-la <i>calle de la Niveria</i>,<a id="FNanchor_141" href="#Footnote_141"
-class="fnanchor">[141]</a> y me dieron para dormir una especie de
-desván o <i>guardilla</i>, pues la casa, famosa por su excelente <i>table
-d’hôte</i>, estaba llena de huéspedes. Me vestí y salí a dar una vuelta
-por la ciudad. Entré en varios cafés; el ruido de las conversaciones
-era en todos ensordecedor. En uno de ellos, seis oradores nada menos
-hablaban al mismo tiempo; el tema era la situación del país y las
-probabilidades de una intervención franco-inglesa. De pronto, el
-orador a quien yo escuchaba, me pidió mi opinión por ser extranjero
-y, al parecer, recién llegado. Contesté que no podía aventurarme a
-adivinar los planes de aquellos Gobiernos en tales circunstancias;
-pero que, en mi opinión, no sería malo que los españoles se
-esforzasen algo más por su parte y llamasen menos a Júpiter en su
-ayuda. Como no tenía ganas<span class="pagenum" id="Page_304">[p.
-304]</span> de hablar de política me fuí en seguida del café, en
-busca de los barrios donde vive principalmente la clase baja.</p>
-
-<p>Entré en conversación con varios individuos; pero a todos los
-encontré muy ignorantes; ninguno sabía leer ni escribir, y sus
-ideas religiosas no eran nada satisfactorias; los más profesaban un
-indiferentismo completo. Fuí después a una librería, e hice algunas
-preguntas acerca de la demanda de libros de literatura; dijéronme
-que era muy escasa. Mostré un ejemplar de una edición londinense
-del Nuevo Testamento en español, y pregunté al librero si, en su
-opinión, un libro de tal especie tendría venta en Cádiz; respondió
-que el papel y la impresión eran magníficos; pero que era un libro
-nada buscado y muy poco conocido. No proseguí mis averiguaciones
-en otras librerías, pensando que, probablemente, ningún librero me
-daría buenos informes de una publicación en que no estaba interesado.
-Además, yo sólo tenía dos o tres ejemplares del Nuevo Testamento,
-y no hubiera podido servir ningún pedido, aunque me lo hubiesen
-hecho.</p>
-
-<p>El día 24, muy temprano, me embarqué para Sevilla en el vaporcito
-español <i>Betis</i>. La mañana era húmeda, y la densa niebla que
-envolvía el paisaje me impidió observar aquellos contornos. A las
-seis leguas de recorrido llegamos a la punta Noreste de la<span
-class="pagenum" id="Page_305">[p. 305]</span> bahía de Cádiz y
-pasamos junto a Sanlúcar, ciudad antigua, próxima a la desembocadura
-del Guadalquivir. De pronto la niebla se deshizo, y el sol de
-España fulguró radiante, animándolo todo, y en especial a mí, que
-yacía sobre cubierta en lánguido y melancólico estupor. Entramos
-en «El gran río», que tal es la traducción de <i>Wady al Kebir</i>,
-nombre dado por los moros al antiguo Betis. Anclamos durante unos
-minutos en Bonanza, pueblecito situado en la terminación del primer
-brazo del río; tomamos varios pasajeros y continuamos el viaje. El
-Guadalquivir no ofrece nada de gran interés a los ojos del viajero:
-las márgenes son bajas, sin árboles; el país adyacente, raso; sólo a
-gran distancia se columbra la cadena azul de unas <i>sierras</i> altas.
-El agua es turbia y fangosa, muy parecida por el color a la de un
-cenagal. La anchura media del cauce es de 150 a 200 varas. Pero es
-imposible viajar por este río sin recordar que por él navegaron
-romanos, vándalos y árabes, y que ha presenciado sucesos de universal
-resonancia, cantados en poesías inmortales. Fuí repitiendo versos
-latinos y fragmentos de romances viejos españoles hasta que llegamos
-a Sevilla, a eso de las nueve de una hermosa noche de luna.</p>
-
-<p>Sevilla encierra noventa mil habitantes, y está situada en la
-orilla oriental del Guadalquivir, a unas diez y ocho leguas de la
-<span class="pagenum" id="Page_306">[p. 306]</span>desembocadura; la
-cercan elevadas murallas moriscas bien conservadas, y tan sólidamente
-construídas, que probablemente desafiarán aún por muchos siglos las
-injurias del tiempo. Los edificios más notables son la catedral y
-el Alcázar, o palacio de los reyes moros. La torre de la catedral,
-llamada La Giralda, pertenece a la época de los moros, y formó parte
-de la gran mezquita de Sevilla; se calcula su altura en unos ciento
-quince metros, y se sube hasta el remate, no por escalera, sino por
-una rampa abovedada a manera de plano inclinado. La rampa es muy poco
-empinada, de suerte que puede subirse por ella a caballo, proeza
-cumplida, según dicen, por Fernando VII. Desde lo alto de la torre
-se descubre una vista muy extensa, y en días claros se columbra la
-Sierra de Ronda, aunque dista más de veinte leguas. La catedral,
-insigne monumento gótico, pasa por ser el más hermoso de su género en
-España. En las capillas dedicadas a diferentes santos están algunos
-de los cuadros más espléndidos que el arte español ha producido; la
-catedral de Sevilla es ahora más rica en pinturas de primer orden
-que nunca lo fué, porque han llevado a ella muchos lienzos de los
-conventos suprimidos, especialmente de Capuchinos y San Francisco.</p>
-
-<p>Todo el que visite Sevilla debe dedicar especial atención
-al Alcázar, espléndido<span class="pagenum" id="Page_307">[p.
-307]</span> ejemplar de la arquitectura mora. Contiene muchos salones
-magníficos, especialmente el llamado de Embajadores, superior en
-todos aspectos al del mismo nombre de la Alhambra de Granada. Este
-palacio fué la residencia favorita de Pedro el Cruel, quien lo
-restauró con cuidado sin alterar su carácter ni disposición moriscos.
-Probablemente permanece en un estado poco distinto del que tenía a la
-muerte de aquel rey.</p>
-
-<p>En la orilla derecha del río se halla Triana, importante arrabal
-que se comunica con Sevilla por un puente de barcas, porque a causa
-de las violentas inundaciones a que está sujeto el río no hay puente
-permanente sobre el Guadalquivir. En el arrabal vive la hez de la
-población, y abundan los gitanos. Como a legua y media hacia el
-Noroeste se encuentra el pueblo de Santiponce; a los pies y en la
-ladera de una colina que hay más arriba, se ven las ruinas de la
-antigua Itálica, cuna de Silio Itálico y de Trajano, de quien el
-barrio de Triana deriva su nombre.</p>
-
-<p>Una hermosa mañana me encaminé allá, y después de subir a la
-colina dirigí mis pasos hacia el Norte. No tardé en llegar a los que
-en otro tiempo fueron los baños, y andando un poco más al anfiteatro,
-enclavado entre las suaves laderas de una especie de hondonada. El
-anfiteatro es, con mucho, la reliquia más importante de Itálica; es
-de forma<span class="pagenum" id="Page_308">[p. 308]</span> oval, y
-tiene sendas puertas de entrada al Este y al Oeste.</p>
-
-<p>Vense por todas partes restos de la gradería de piedra gastada
-por el tiempo, desde la que millares de seres humanos contemplaban
-antaño la arena donde los gladiadores clamaban y los leones y
-leopardos rugían; todo alrededor, debajo de la gradería, hay una
-excavación abovedada desde la que, por diversas puertas, los hombres
-y las fieras se lanzaban al combate. Muchas horas pasé en sitio
-tan singular, abriéndome paso a través de las hierbas y arbustos
-silvestres para llegar a las cavernas, albergue ahora de víboras y
-otros reptiles, cuyos silbidos oí.</p>
-
-<p>Satisfecha mi curiosidad, dejé las ruinas, y volviendo por
-otro camino llegué a un sitio donde yacía un caballo muerto medio
-devorado; sobre él se posaba un buitre enorme de ojos brillantes,
-que, al acercarme, alzó pausadamente el vuelo y fué a posarse en la
-puerta oriental del anfiteatro, donde lanzó un grito ronco, como de
-cólera, por haberle interrumpido el festín de carroña.</p>
-
-<p>Gómez no había atacado aún a Sevilla; cuando yo llegué decíase
-que andaba por los alrededores de Ronda. La ciudad estaba sobre
-las armas; tapiáronse varias puertas, se abrieron trincheras, se
-levantaron reductos; pero estoy convencido de que la ciudad no
-hubiera resistido seis horas un ataque vigoroso. Gómez había mostrado
-ser un hombre<span class="pagenum" id="Page_309">[p. 309]</span> de
-lo más extraordinario; con su pequeño ejército de aragoneses y vascos
-dió, en los últimos cuatro meses, la vuelta a España. Muchas veces se
-vió rodeado por fuerzas triples en número que las suyas y en lugares
-donde se tenía por imposible que pudiese escapar; pero siempre había
-chasqueado a sus enemigos, de los que parecía reírse. La Prensa
-de Sevilla publicaba continuamente noticias absurdas de victorias
-ganadas contra Gómez; entre otras cosas se dijo que su ejército
-había sido exterminado, muerto el mismo Gómez, y que mil doscientos
-prisioneros estaban en camino de Sevilla. Yo vi a los prisioneros:
-en lugar de mil doscientos desesperados, vi pasar una veintena de
-miserables, aspeados, harapientos, muchos de ellos mozalbetes de
-catorce a diez y seis años. Eran, evidentemente, merodeadores que, no
-pudiendo seguir al ejército, se habían dejado coger desperdigados por
-montes y llanos. Luego se supo que no se había dado batalla alguna
-contra Gómez, y que su muerte era una fantasía. El gran defecto de
-Gómez era no saber aprovecharse de las circunstancias; después de
-derrotar a López pudo haber marchado sobre Madrid y proclamar allí a
-don Carlos; después del saqueo de Córdoba pudo haberse apoderado de
-Sevilla.</p>
-
-<p>Había en Sevilla varias librerías, en dos de las cuales encontré
-ejemplares del Nuevo<span class="pagenum" id="Page_310">[p.
-310]</span> Testamento en español, traídos de Gibraltar dos años
-antes, habiéndose vendido en ese lapso de tiempo seis ejemplares
-en una de las librerías, y cuatro en la otra. En mis paseos por
-la ciudad y sus cercanías me acompañaba generalmente un genovés
-de edad provecta que desempeñaba en la Posada del Turco, donde yo
-vivía, algo así como las funciones de <i>valet de place</i>. Al saber que
-yo me proponía imprimir en Madrid el Nuevo Testamento, díjome que
-en Andalucía podría colocarse buen número de ejemplares. «Conozco
-el comercio de libros—continuó—. En otros tiempos tuve en Sevilla
-una pequeña librería. En un viaje que hice a Gibraltar adquirí
-varios ejemplares de la Escritura, y aunque parte de ellos me los
-confiscaron los empleados de la Aduana, pude vender los otros a buen
-precio y me quedó una ganancia considerable.»</p>
-
-<p>Volvía yo de cierta excursión por el campo, una gloriosa y
-radiante mañana del invierno andaluz, y me dirigía a la posada,
-cuando al pasar junto al portal de una casona lóbrega, cerca de
-la puerta de Jerez, dos individuos, vestidos con <i>zamarras</i>,
-salieron de la casa a la calle; ya iban a cruzarse conmigo, pero
-uno de ellos, mirándome a la cara, retrocedió vivamente, y en un
-francés purísimo y armonioso exclamó: «¿Qué es lo que veo? Si mis
-ojos no me engañan es él; sí, el mismo a quien vi por vez<span
-class="pagenum" id="Page_311">[p. 311]</span> primera en Bayona, y
-mucho tiempo después bajo los muros de ladrillo de Novogorod; luego
-junto al Bósforo, y más tarde en... en... Mi querido y respetable
-amigo: ¿dónde tuve yo la fortuna de ver últimamente su inolvidable y
-singular fisonomía?»</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Fué en el Sur de Irlanda, si no
-me engaño. Allí le presenté a usted al brujo que domaba potros con
-sólo murmurarles unas palabras al oído. Pero ¿qué le trae a usted
-por Andalucía? Aquí es donde menos podía yo esperar encontrarle a
-usted.</p>
-
-<p><span class="smcap">El barón Taylor.</span>—Y ¿por qué razón,
-mi respetable amigo? ¿No es España la tierra del arte? Y dentro de
-España, ¿no es Andalucía la región donde el arte ha producido sus
-monumentos más bellos e inspirados? Ya me conoce usted lo bastante
-para saber que mi pasión son las artes, y que no concibo placer más
-elevado que el de contemplar con arrobamiento un hermoso cuadro.
-Venga usted conmigo, puesto que usted tiene también un alma noble
-y sensible capaz de apreciar lo bello; venga usted conmigo y le
-enseñaré un cuadro de Murillo que... Pero antes permítame usted que
-le presente a un compatriota suyo. Querido señor W.—dijo volviéndose
-a su compañero, un caballero inglés que, como toda su familia,
-me colmó más adelante de infinitas atenciones y obsequios en mis
-diversos viajes a Sevilla—: permítame usted que le presente a mi
-amigo<span class="pagenum" id="Page_312">[p. 312]</span> más querido
-y respetado, hombre que conoce las costumbres de los gitanos mejor
-que el <i>Chef des Bohémiens à Triana</i>, consumado caballista, y que,
-lo digo en honor suyo, maneja el martillo y las tenazas, y hierra un
-caballo como el mejor herrero de la Alpujarra.<a id="FNanchor_142"
-href="#Footnote_142" class="fnanchor">[142]</a></p>
-
-<p>En el curso de mis viajes he adquirido muchas amistades y
-relaciones; pero ninguna tan interesante como la del barón Taylor;
-por nadie siento yo consideración ni estima más altas. A sus
-relevantes prendas personales y a sus cultivados talentos, reúne
-un corazón de tan rara bondad que continuamente le induce a buscar
-las ocasiones de hacer bien a sus semejantes y de contribuir a su
-felicidad; acaso no existe quien conozca mejor que él la vida y el
-mundo en sus múltiples aspectos. Sus hábitos y modales son de la
-más exquisita elegancia y fina cortesía; pero su condición es tan
-flexible que<span class="pagenum" id="Page_313">[p. 313]</span>
-se acomoda de buen grado a todo género de compañía, por lo que es
-acogido dondequiera con predilección. Hay un misterio en su vida que
-aumenta en no pequeño grado la impresión que sus méritos personales
-producen en todas partes.</p>
-
-<p>Nadie puede decir, con positivo fundamento, quién es el barón
-Taylor; se susurra que es un retoño de sangre real; y ¿quién
-puede, en efecto, contemplar por un momento su graciosa figura,
-su rostro inteligente y de líneas tan características, sus ojos
-grandes y expresivos, sin convencerse de que no es un hombre vulgar
-ni de vulgar linaje? Aunque por su talento y elocuencia hubiera
-podido alcanzar rápidamente una elevada posición en el Estado, se
-ha contentado hasta ahora, quizás sabiamente, con una relativa
-oscuridad, dedicándose por modo principal al estudio de las artes
-y de la literatura, de las que es liberal protector. Con todo, la
-ilustre casa a que, según se dice, pertenece, le ha mandado con
-misiones importantes y delicadas a diferentes países, y en todas ha
-visto sus esfuerzos coronados por el buen éxito más completo. Cuando
-yo le encontré en Sevilla estaba coleccionando obras maestras de
-pintura española para adornar los salones de las Tullerías.</p>
-
-<p>El barón Taylor ha visitado la mayor parte del globo, y es cosa
-notable que siempre estamos encontrándonos en los lugares más<span
-class="pagenum" id="Page_314">[p. 314]</span> imprevistos y en
-circunstancias singulares. Dondequiera que me encuentra, sea en
-la calle o en el desierto, sea en un salón brillante o entre las
-<i>haimas</i> de los beduínos, sea en Novogorod o en Stambul, exclama,
-alzando los brazos: «<i>¡O ciel!</i> ¡Otra vez tengo la fortuna de ver a
-mi querido y respetabilísimo amigo Borrow!»</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_315">[Pg 315]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XVI</h2>
- <p class="subhang">
- Salida para Córdoba.— Carmona.— Las colonias alemanas.— El idioma.—
- Un caballo haragán.— El recibimiento nocturno.— El posadero
- carlista.— Buen consejo.— Gómez.— El genovés viejo.— Las dos
- opiniones.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">D</span><span class="smcap">espués</span>
-de estar unos quince días en Sevilla salí para Córdoba. Hacía ya
-algún tiempo que no circulaba la diligencia, debido al turbulento
-estado de la provincia. No tuve, pues, más remedio que hacer el
-viaje a caballo. Tomé dos en alquiler y ajusté al genovés viejo,
-de quien ya he hablado, para que me acompañase hasta Córdoba y se
-volviera después con las cabalgaduras. Aunque estábamos en pleno
-invierno, el tiempo era despejado, los días soleados y radiantes, si
-bien por las noches se dejaba sentir el frío. Pasamos por Alcalá,
-ciudad pequeña, famosa por las ruinas de un inmenso castillo moro,
-que desde lo alto de una colina rocosa domina un río pintoresco. La
-primera noche dormimos en Carmona, otra ciudad mora, a siete leguas
-de Sevilla. Muy de mañana<span class="pagenum" id="Page_316">[p.
-316]</span> montamos de nuevo y partimos. Acaso no haya en toda
-España un monumento de los antiguos moros tan hermoso como el lado
-oriental de esta ciudad de Carmona, sita en la cima de un alto cerro,
-mirando a una extensa <i>vega</i>, inculta leguas y leguas, donde sólo se
-crían jaras y <i>carrasco</i>. Por aquella parte se levantan unas sombrías
-murallas, muy altas, con torres cuadradas a muy cortos intervalos,
-y de tan sólida estructura que parecen desafiar las injurias del
-tiempo y de los hombres. En la época de los moros esta ciudad era
-considerada como la llave de Sevilla, y no se sometió a las armas
-cristianas sin sufrir un largo y desesperado asedio; la toma de
-Sevilla siguió poco después. La <i>vega</i>, en que a la sazón entrábamos,
-forma parte del gran <i>despoblado</i> de Andalucía, antaño risueño
-jardín, transformado en lo que ahora es desde que por la expulsión
-de moros de España fué sangrada esta tierra de la mayor parte de su
-población. Desde aquí hasta Sierra Morena, que separa la Mancha y
-Andalucía, las ciudades y pueblos son escasos, muy apartados unos
-de otros, y aun algunos de ellos datan sólo de mediados del pasado
-siglo, cuando un ministro español intentó poblar este desierto con
-hijos de un país extranjero.</p>
-
-<p>A eso de mediodía llegamos a un sitio llamado Moncloa, donde
-hay una <i>venta</i> y un edificio de aspecto desolado con cierta<span
-class="pagenum" id="Page_317">[p. 317]</span> apariencia de
-<i>château</i>; una palmera solitaria yergue su cabeza por encima del muro
-exterior. Entramos en la <i>venta</i>, atamos los caballos al pesebre, y
-después de mandar que los echaran un pienso fuimos a sentarnos a la
-lumbre. El ventero y su mujer vinieron también a sentarse a nuestro
-lado. «Esta gente es muy mala—me dijo el viejo genovés en italiano—;
-como la casa, nido de ladrones; algunas muertes se han cometido en
-ella, si es verdad todo lo que se cuenta». Miré con atención a los
-venteros: eran jóvenes; el marido representaba veinticinco años; era
-un patán de corta estatura, muy recio, sin duda alguna de prodigiosa
-fuerza; tenía correctas facciones, pero de expresión sombría, y en
-sus ojos brillaba un fuego maligno. Su mujer se le asemejaba un poco,
-pero su semblante era más abierto y parecía de mejor humor; lo que
-más me chocó en la ventera fué el color de su pelo, castaño claro, y
-su tez, blanca y sonrosada, tan diferentes del pelo negro y atezado
-rostro que en general distinguen a los naturales de la provincia.
-«¿Es usted andaluza?—pregunté a la ventera—. Casi estoy por decir que
-me parece usted alemana».</p>
-
-<p><span class="smcap">La ventera.</span>—No se equivocaría mucho su
-merced. Es verdad que soy española, pues en España he nacido; pero
-también es verdad que soy de sangre alemana, puesto que mis abuelos
-vinieron de Alemania, así<span class="pagenum" id="Page_318">[p.
-318]</span> como la de este caballero, mi señor y marido.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Y cómo fué venir sus abuelos de
-usted a este país?</p>
-
-<p><span class="smcap">La ventera.</span>—¿No ha oído nunca su merced
-hablar de las colonias alemanas? Hay bastantes por estas partes. En
-tiempos antiguos el país estaba casi desierto, y era muy peligroso
-viajar por él, debido a muchos ladrones. Hará cien años, un señor
-muy poderoso envió mensajeros a Alemania para decir a la gente de
-allá que estas tierras tan buenas estaban sin cultivo por falta de
-brazos, y prometiendo a cada labrador que quisiera venir a labrarlas
-una casa y una yunta de bueyes, con lo necesario para vivir un año.
-De resultas de esta invitación muchas familias pobres de Alemania
-vinieron a establecerse en ciertos pueblos y ciudades prevenidos para
-el caso, que aún llevan el nombre de Colonias Alemanas.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Cuantas habrá?</p>
-
-<p><span class="smcap">La ventera.</span>—Varias. Unas por este lado
-de Córdoba y otras al otro. La más próxima es Luisiana, que está de
-aquí dos leguas; de allá venimos mi marido y yo. La siguiente es
-Carlota, a unas diez leguas de distancia; esas son las dos únicas
-que yo he visto; pero hay otras más lejos, y algunas, según he oído
-decir, están en el riñón de la sierra.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿Hablan todavía los colonos el
-idioma de sus antepasados?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_319">[p. 319]</span></p>
-
-<p><span class="smcap">La ventera.</span>—Sólo hablamos español, o
-más bien andaluz. Verdad que algunos, muy viejos, saben unas pocas
-palabras de alemán aprendidas de sus padres, nacidos en aquella
-tierra; pero la última persona de la colonia capaz de entender una
-conversación en alemán fué la tía de mi madre, porque vino aquí
-de muy joven. Siendo yo una chica, recuerdo haberla oído hablar
-con un viajero, compatriota suyo, en una lengua que me dijeron era
-el alemán; se entendían, pero la vieja confesaba que se le habían
-olvidado muchas palabras; ya hace años que se ha muerto.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—¿De qué religión son los
-colonos?</p>
-
-<p><span class="smcap">La ventera.</span>—Son cristianos, como los
-españoles, como antes lo fueron sus padres. Por cierto he oído decir
-que venían de unas partes de Alemania donde la religión se practica
-mucho más que en la misma España.</p>
-
-<p><span class="smcap">Yo.</span>—Los alemanes son el pueblo más
-honrado de la tierra, y como ustedes son sus legítimos descendientes
-claro está que los robos serán aquí desconocidos.</p>
-
-<p>La ventera me echó una rápida mirada, miró después a su marido
-y sonrió; el ventero, que hasta entonces había estado fumando sin
-proferir palabra, aunque con semblante singularmente adusto y
-descontento, arrojó la punta del cigarro a la lumbre, se puso en pie
-y, murmurando: <i>¡Disparate! ¡conversación!</i>, se marchó.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_320">[p. 320]</span></p>
-
-<p>«Ha ido usted a poner el dedo en la llaga, <i>signore</i>—dijo el
-genovés cuando ya habíamos dejado atrás Moncloa—. Si fueran gente
-honrada no podrían tener esa <i>venta</i>. Yo no sé cómo serían los
-colonos cuando llegaron aquí; pero lo que es ahora, sus costumbres no
-son ni pizca mejores que las de andaluces, y acaso sean algo peores,
-si es que hay entre ellos alguna diferencia».</p>
-
-<p>A los tres días de salir de Sevilla, ya cerca de anochecer,
-llegamos a la <i>Cuesta del Espinal</i>, a unas dos leguas de Córboba,
-desde donde pudimos columbrar los muros de la ciudad, bañados por
-los últimos rayos del sol poniente. Como aquellos contornos estaban,
-según me dijo el guía, infestados de bandidos, hicimos lo posible por
-llegar a la población antes de cerrar la noche. No lo conseguimos,
-empero, y antes de recorrer la mitad de la distancia nos envolvieron
-densas tinieblas. La ruindad de los caballos nos había retrasado
-considerablemente durante el viaje; sobre todo, el caballo de mi
-guía era insensible al látigo y a la espuela; además, el genovés no
-era jinete, y acabó por confesar que hacía treinta años no montaba
-a caballo. Los caballos conocen en seguida las facultades de quien
-los monta, y el del genovés resolvió aprovecharse de la timidez y
-debilidad del pobre viejo. Pero casi todo tiene remedio en este
-mundo. Cansado de andar a paso de tortuga, até las riendas<span
-class="pagenum" id="Page_321">[p. 321]</span> del caballo remolón a
-la grupa del mío, y sin escatimar espolazos ni palos le obligué a
-salir al trote o cosa así, y el otro no tuvo más remedio que aligerar
-los remos. Por dos veces intentó arrojarse al suelo, con gran espanto
-de su anciano jinete, que me suplicaba una y otra vez que hiciese
-alto y le permitiera apearse; pero yo, sin hacerle caso, continué
-dando espolazos y palos con infatigable energía y tan buen éxito que
-en menos de media hora vimos unas luces muy cerca de nosotros, y al
-instante llegamos a un río, cruzamos un puente, encontrándonos a la
-puerta de Córdoba sin habernos roto la nuca ni haberse perniquebrado
-los caballos.</p>
-
-<p>Atravesamos toda la ciudad para llegar a la <i>posada</i>; las calles
-estaban oscuras y casi desiertas. La <i>posada</i> era un vasto edificio,
-de cuyas ventanas, bien defendidas con <i>rejas</i>, no se escapaba el
-menor rayo de luz; el silencio de la muerte parecía envolver no sólo
-la casa, sino la calle entera. Largo rato golpeamos la puerta sin
-obtener contestación; entonces comenzamos a llamar a voces. Al cabo
-alguien nos preguntó desde dentro lo que queríamos. «Abra usted la
-puerta y lo verá», respondí. «No haré tal—replicó el de dentro—hasta
-no saber quiénes son ustedes». «Somos viajeros de Sevilla». «¿Son
-ustedes viajeros? ¿Por qué no lo han dicho antes? No estoy aquí de
-portero para dejar a los viajeros en la calle, <i>¡Jesús, María!</i>
-Ni<span class="pagenum" id="Page_322">[p. 322]</span> hay tantos en
-la casa que no podamos admitir alguno más. Entre, caballero, y sean
-bienvenidos usted y su compañía.»</p>
-
-<p>Abrió la puerta, dándonos entrada a un espacioso patio; en
-seguida afianzó nuevamente la puerta con cerrojos y trancas. «¿Por
-qué toma usted tantas precauciones?—le pregunté—. ¿Teme usted que
-los carlistas le hagan una visita?» «Los carlistas no nos dan
-miedo—respondió el portero—. Ya han estado aquí y no nos han hecho
-daño alguno. A quien tememos es a ciertos pícaros de esta ciudad, que
-están reñidos con el amo, y le asesinarían con toda su familia si se
-les presentase ocasión.»</p>
-
-<p>Iba yo a preguntar la razón de esta enemiga, cuando un hombre
-corpulento bajó corriendo, con una luz en la mano, la escalera de
-piedra que conducía al interior de la casa. Dos o tres mujeres
-también con luces, le seguían. Detúvose en el último escalón, y
-exclamó: «¿Quién ha venido?» Luego adelantó la lámpara hasta que la
-luz me dió de lleno en el rostro.</p>
-
-<p>«<i>¡Hola!</i>—exclamó—. ¿Es usted? ¡Quién iba a pensar—dijo
-volviéndose a la mujer que estaba a su lado, tan recia como él, de
-atezado rostro, y próximamente de su misma edad, rayana, al parecer,
-en los cincuenta—que en el preciso momento de suspirar por un huésped
-se detendría a nuestras puertas un inglés! porque a un inglés
-le<span class="pagenum" id="Page_323">[p. 323]</span> reconozco
-yo a una milla de distancia, hasta en la oscuridad. Juanito—gritó
-al portero—: esta noche no abras la puerta a nadie más, sea quien
-sea. Si los nacionales vienen a alborotar, diles que está aquí el
-hijo de Belington dispuesto a caer sobre ellos espada en mano si no
-se retiran, y si llegan más viajeros, cosa que no es de esperar,
-porque desde hace más de un mes no ha venido ninguno, les dices
-que no hay cuartos porque los ocupa todos un caballero inglés y su
-acompañamiento.»</p>
-
-<p>Descubrí sin tardanza que mi amigo el <i>posadero</i> era un insigne
-carlista. No había yo concluído de cenar—mientras él y toda su
-familia, alrededor de la mesita a que me senté, observaban mis
-movimientos, sobre todo la manera de usar el cuchillo y el tenedor
-y de llevarme los manjares a la boca—cuando se puso a hablarme de
-política. «Yo no soy de un partido determinado, <i>don Jorge</i>—dijo,
-pues me había preguntado mi nombre con el fin de darme el tratamiento
-debido—; yo no soy de un partido determinado, y no estoy por el
-rey Carlos ni por la <i>chica</i> Isabel; sin embargo, llevo en este
-maldito pueblo <i>cristino</i> una vida de perro, y hace mucho tiempo
-que me habría marchado si no fuese porque he nacido aquí y porque
-no sé adónde ir. Desde que empezaron estos desórdenes, me da miedo
-salir a la calle, porque en cuanto la <i>canaille</i> de Córdoba me ve
-doblar<span class="pagenum" id="Page_324">[p. 324]</span> una
-esquina, empiezan a gritar: «¡A ése, al carlista!», y corren detrás
-de mí vociferando y me amenazan con piedras y palos; de manera que,
-si no me pongo en salvo metiéndome en casa, empresa difícil con mis
-diez y pico arrobas, puedo perder la vida en la calle, y esto, lo
-reconocerá usted <i>don Jorge</i>, no es ni agradable ni decente. Ese mozo
-que ve usted ahí—continuó, señalando a un joven moreno que estaba
-detrás de mi silla, empleado en servirme—es mi cuarto hijo; está
-casado, y no vive con nosotros, sino cien varas más abajo en esta
-calle. Le hemos llamado de prisa y corriendo para servir a su merced,
-como es su obligación; pues bien: ha estado a punto de perecer en el
-camino. Antes de marcharse tendrá que escudriñar la calle para ver si
-hay moros en la costa, y entonces irse volando a su casa. ¡Carlistas!
-¿De dónde sacan que mi familia y yo somos carlistas? Cierto que mi
-hijo mayor era fraile, y cuando la supresión de los conventos se
-refugió en las filas realistas, y en ellas ha estado peleando más de
-tres años. ¿Podía yo evitarlo? Tampoco tengo yo la culpa de que mi
-segundo hijo se alistara con Gómez y los realistas cuando entraron en
-Córdoba. ¡Dios le proteja! Pero yo no le mandé alistarse. Tan lejos
-estoy de ser carlista, que gracias a mí ese mozo que está presente no
-se marchó con su hermano, aunque tenía muy buenas ganas de hacerlo,
-porque es valiente y buen<span class="pagenum" id="Page_325">[p.
-325]</span> cristiano. Quédate en casa—le dije—, porque ¿cómo me voy
-a arreglar si os vais todos? ¿Quién va a servir a los huéspedes,
-si Dios quiere enviarnos alguno? Quédate por lo menos hasta que
-tu hermano, mi hijo tercero, vuelva; porque ha de saberse, y para
-vergüenza mía lo digo, <i>don Jorge</i>, que yo tengo un hijo sargento
-en el ejército <i>cristino</i>, muy en contra de la inclinación personal
-del pobre muchacho, que no gusta de la vida militar; años llevo
-solicitando su licencia, y he llegado a aconsejarle que se haga una
-mutilación para que le libren en seguida. Así que le dije a éste:
-quédate en casa, hijo mío, hasta que tu hermano venga a ocupar tu
-puesto y no se nos coma el pan un extraño, que además podría venderme
-y hacerme traición; de modo que, como usted ve, <i>don Jorge</i>, mi hijo
-se quedó en casa a petición mía, y aún me llaman carlista.»</p>
-
-<p>—¿Cómo se portaron Gómez y sus partidas cuando estuvieron en
-Córdoba? Porque usted habrá visto, claro es, todo lo sucedido.</p>
-
-<p>—¡Admirablemente bien! Lo que yo quisiera es que aún estuviesen
-aquí. Como ya le he dicho a usted, <i>don Jorge</i>, yo no soy de ningún
-partido; pero confieso que nunca en mi vida he sentido placer
-mayor que cuando se nos entraron por las puertas. ¡Entonces había
-que ver a esos perros de nacionales correr por las calles para
-ponerse en salvo! ¡Había que verlo, <i>don Jorge</i>! Los que me<span
-class="pagenum" id="Page_326">[p. 326]</span> encontraban a la vuelta
-de una esquina se olvidaban de gritar: <i>¡Hola, carlista!</i>, y de sus
-amenazas de apalearme. Algunos saltaron las murallas y huyeron no se
-sabe adónde; otros se refugiaron en la casa de la Inquisición, que
-tenían fortificada, y se encerraron en ella. Ha de saber usted, <i>don
-Jorge</i>, que todos los jefes carlistas: Gómez, Cabrera y el Serrador,
-se alojaron en esta casa; y ocurrió que, estando yo de conversación
-con Gómez en este mismo cuarto donde estamos ahora, entró Cabrera
-hecho una furia; Cabrera es menudo de cuerpo, pero tan vivo y
-valiente como un gato montés. «Esa <i>canaille</i>—dijo al entrar—de la
-<i>casa</i> de la Inquisición no quiere rendirse; si me da usted la orden,
-general, escalo la casa con mi gente y paso a cuchillo a los que
-están dentro.» Pero Gómez dijo: «No; debemos ahorrar sangre siempre
-que sea posible. Que les disparen unos cuantos tiros de fusil, y
-eso bastará.» Así fué, en efecto, <i>don Jorge</i>, porque a las pocas
-descargas su corazón desfalleció y se rindieron a discreción; después
-de desarmarlos, se les permitió volver a sus casas. Pero en cuanto
-se fueron los carlistas, todos esos individuos volvieron a ser
-tan valientes como antes, y de nuevo, en cuanto me ven doblar una
-esquina, me gritan: <i>¡Hola, carlista!</i> Para guardarse de ellos, mi
-hijo, ahora que ya ha terminado de servir a su merced, tendrá que ir
-desde aquí a<span class="pagenum" id="Page_327">[p. 327]</span> su
-casa volando como una perdiz, no sea que se los encuentre en la calle
-y le cosan a puñaladas.»</p>
-
-<p>—Usted que ha visto a Gómez, dígame: ¿qué clase de hombre es?</p>
-
-<p>—Es de estatura regular, grave y sombrío. El más notable de todos
-por su aspecto es el Serrador, especie de gigante, tan alto, que
-cuando entraba por la puerta del portal siempre daba con la cabeza
-en el dintel. El que menos me gusta es Palillos, bandido feroz y
-tétrico, a quien conocí de postillón. En otro tiempo venía muchas
-veces a mi casa; ahora es capitán de los ladrones de la Mancha, pues
-aunque se intitula realista, es un bandolero, ni más ni menos. Es una
-deshonra para la causa que se permita a tales hombres mezclarse con
-la gente honrada. Yo le odio, <i>don Jorge</i>; debido a él, vienen a mi
-casa tan pocos parroquianos. Los viajeros temen ahora atravesar la
-Mancha, no sea que caigan en su poder. ¡Así le ahorquen, <i>don Jorge</i>,
-sean los <i>cristinos</i> o los realistas; lo mismo me da!</p>
-
-<p>—Cuando llegué conoció usted al momento que era inglés. ¿Es que
-vienen a Córdoba muchos compatriotas míos?</p>
-
-<p>—<i>¡Toma!</i>—respondió el posadero—, son mis mejores parroquianos;
-he tenido en casa ingleses de todas categorías, desde el hijo de
-Belington hasta un <i>médico</i> joven que curó a esta <i>chica</i>, hija
-mía, del dolor de oídos.<span class="pagenum" id="Page_328">[p.
-328]</span> ¿Cómo no he de reconocer a un inglés? Con Gómez vinieron
-dos que servían como voluntarios. <i>¡Vaya, qué gente!</i> ¡Qué magníficos
-caballos montaban, y cómo desparramaban el oro! Venía con ellos un
-portugués muy noble, pero pobrísimo, un miguelista; según me dijeron,
-los dos ingleses le sostenían por devoción a la causa realista. El
-portugués estaba siempre cantando:</p>
-
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i0">El rey chegou, el rey chegou,<br /></span>
-<span class="i0">E en Belem desembarcou.<br /></span>
-</div></div>
-
-<p>Fueron unos días magníficos, <i>don Jorge</i>. Y entre paréntesis, se
-me ha olvidado preguntar de qué partido es su merced.</p>
-
-<p>A la siguiente mañana, cuando estaba vistiéndome, el viejo genovés
-entró en mi cuarto:—<i>Signore</i>—me dijo—, vengo a decirle adiós. Ahora
-mismo me vuelvo a Sevilla con los caballos.</p>
-
-<p>—¿Por qué tanta prisa?—respondí—. Mejor sería que se quedase usted
-aquí hasta mañana; usted y los caballos necesitan reposo. Descanse
-usted hoy, y yo pagaré el gasto.</p>
-
-<p>—Gracias, <i>signore</i>; pero me voy inmediatamente; no puedo quedarme
-en esta casa.</p>
-
-<p>—¿Qué le ocurre a la casa?—pregunté.</p>
-
-<p>—De la casa nada tengo que decir—replicó el genovés—; de quien me
-quejo es de sus dueños. Hace cosa de una hora bajé a desayunarme, y
-me encontré en la cocina al<span class="pagenum" id="Page_329">[p.
-329]</span> posadero y a toda su familia. Bueno: me senté y pedí un
-chocolate, que me trajeron; pero, antes de tomármelo, el posadero
-empezó a hablar de política. Al principio me dijo que no estaba con
-ninguno de los dos bandos; pero es tan furibundo carlista como el
-mismo Carlos V, porque, en cuanto se enteró de que yo soy del bando
-contrario, me echó unas miradas de bestia salvaje. Ha de saber usted,
-<i>signore</i>, que, en tiempos de la anterior Constitución, tuve yo un
-café en Sevilla, al que concurrían los liberales más notorios, y
-fué causa de mi ruina, pues como admirador de sus opiniones, abrí
-a mis parroquianos el crédito que se les antojó, lo mismo en café
-que en licores, y, de esta suerte, al tiempo de ser derrocada la
-Constitución y restaurado el despotismo ya les había fiado cuanto
-tenía. Es posible que muchos de ellos me hubiesen pagado, porque
-no creo que abrigasen malas intenciones contra mí; pero llegó la
-persecución, los liberales se dieron a la fuga, y, cosa bastante
-natural, pensaron en su propia seguridad más que en pagarme los
-cafés y los licores; a pesar de eso, soy partidario de sus ideas,
-y nunca vacilo en proclamarlo así. En cuanto el posadero, como ya
-he dicho a su merced, se enteró de mis opiniones, me miró como
-una fiera y «Salga usted de mi casa—exclamó—; no quiero espías
-en ella»; añadiendo algunas expresiones irrespetuosas<span
-class="pagenum" id="Page_330">[p. 330]</span> para la joven reina
-Isabel y para Cristina, a quien considero compatriota mía, a pesar
-de ser napolitana. Perdí la calma al oírle y le devolví el cumplido
-diciendo que Carlos es un pillo y la princesa de Beira otra que tal.
-Me dispuse a ingerir el chocolate; pero, antes de llevármelo a los
-labios, la posadera, más furibunda carlista aún que su marido, si
-cabe, se abalanzó a mí, me arrebató la jícara y, tirándola por el
-aire, que casi dió con ella en el techo, exclamó: «¡Fuera de aquí,
-perro <i>negro</i>! ¡En mi casa no vuelves a catar cosa ninguna! ¡Colgado
-como un cerdo te vea yo!» Comprenderá su merced que no puedo estar
-aquí más tiempo. Se me olvidaba decir que el bribón del posadero
-asegura que usted le ha confesado ser de su misma opinión, pues en
-otro caso no le hubiera hospedado a usted.</p>
-
-<p>—Mire, buen hombre—respondí—: yo soy, invariablemente, de la misma
-opinión política de la gente a cuya mesa me siento o bajo cuyo techo
-duermo, o, por lo menos, jamás digo cosa alguna que pueda inducirles
-a sospechar lo contrario. Gracias a este sistema me he librado más de
-una vez de reposar en almohadas sangrientas o de que me sazonasen el
-vino con sublimado.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_331">[Pg 331]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XVII</h2>
- <p class="subhang">
- Córdoba.— Los moros de Berbería.— Los ingleses.— Un cura viejo.— El
- breviario romano.— El palomar.— El Santo Oficio.— Judaísmo.— Los
- palomares profanados.— Propuesta del posadero.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">P</span><span class="smcap">oco</span>
-hay que decir de Córdoba, ciudad pobre, sucia y triste, llena de
-angostas callejuelas, sin plazas ni edificios públicos dignos de
-atención, salvo y excepto su Catedral, dondequiera famosa; su
-emplazamiento es, sin embargo, bello y pintoresco. Corre por un
-lado el Guadalquivir, que, si bien poco profundo en estos lugares y
-lleno de bancos de arena, no deja de ser un río deleitoso; por el
-otro se alzan las escarpadas vertientes de Sierra Morena, plantadas
-de olivares hasta la cima. La ciudad está rodeada de altas murallas
-moriscas, que pueden tener hasta tres cuartos de legua de desarrollo;
-a diferencia de Sevilla y de la mayoría de las ciudades de España,
-carece de arrabales.</p>
-
-<p>La Catedral, único edificio notable de Córdoba, como ya he
-dicho, es acaso el templo más extraordinario del mundo. Fué<span
-class="pagenum" id="Page_332">[p. 332]</span> en su origen, como
-todos saben, una mezquita, erigida en los días más brillantes de
-la dominación árabe en España. Era de planta cuadrangular y de
-techo bajo, sostenido por infinidad de redondas columnas de mármol,
-pequeñas y finas, muchas de las cuales subsisten aún, y ofrecen al
-primer golpe de vista la apariencia de un bosque de mármol; la mayor
-parte de ellas, sin embargo, fueron quitadas cuando los cristianos,
-después de expulsar a los muslimes, quisieron transformar la mezquita
-en catedral, como, en efecto, la transformaron parcialmente,
-levantando una cúpula y despejando en el interior un cierto espacio
-para hacer el coro. Tal como hoy está el templo, parece pertenecer
-en parte a Mahoma, y en parte al Nazareno; y aunque la mezcla de la
-pesada arquitectura gótica con el aéreo y delicado estilo de los
-árabes produce un efecto algo raro, todavía el edificio es magnífico
-y grandioso, y muy adecuado para suscitar el respeto y la veneración
-en el ánimo del visitante.</p>
-
-<p>Los moros de Berbería parecen cuidarse muy poco de las hazañas
-de sus antepasados: sólo piensan en las cosas del día presente,
-y únicamente hasta donde esas cosas les conciernen de un modo
-personal. El entusiasmo desinteresado y la admiración por cuanto
-es grande y bueno, señales verdaderas e inconfundibles de un alma
-noble, son<span class="pagenum" id="Page_333">[p. 333]</span>
-sentimientos que en absoluto desconocen. Asombra la indiferencia con
-que cruzan ante los restos de la antigua grandeza mora en España.
-Ni se exaltan ante las pruebas de lo que en otro tiempo fueron los
-moros, ni la conciencia de su situación actual les entristece.
-Vienen a Andalucía a vender perfumes, babuchas, dátiles y sedas de
-Fez y Marruecos; eso es lo que más les interesa, aun cuando la mayor
-parte de estos hombres estén lejos de ser unos ignorantes y hayan
-oído y leído lo que ocurría en España en los antiguos tiempos. Una
-vez hablaba yo en Madrid con un moro bastante amigo mío acerca de
-su visita a la Alhambra de Granada. «¿No lloró usted—le pregunté—,
-al pasar por aquellos patios, al acordarse de los Abencerrajes?»
-«No—respondió—. ¿Por qué había de llorar?» «¿Y por qué fué usted a
-ver la Alhambra?»—pregunté. «Fuí a verla porque estando en Granada
-para asuntos míos un compatriota de usted me rogó que le acompañase
-a la Alhambra y le tradujese unas inscripciones. Es seguro que
-espontáneamente no se me hubiese ocurrido ir, porque la subida es
-penosa.» El hombre que me hablaba así compone versos y no es en modo
-alguno un poeta despreciable. Otra vez, estando yo en la catedral
-de Córdoba, entraron tres moros y la atravesaron pausadamente,
-dirigiéndose a la puerta situada en el lado frontero. Todo su interés
-por aquel<span class="pagenum" id="Page_334">[p. 334]</span> lugar
-se tradujo en dos o tres ojeadas ligeras a las columnas, diciendo
-uno de ellos: «<i>Huáje del Mselmeen, huáje del Mselmeen</i>» (Cosas de
-los moros, cosas de los moros); y la única muestra de respeto que
-dieron por el templo donde en su tiempo se prosternaba Abderrahman
-el Grande fué que, al llegar a la puerta, se volvieron de cara y
-salieron andando hacia atrás; sin embargo, aquellos hombres eran
-<i>hajis</i> y <i>talibs</i>, hombres asimismo de grandes riquezas, que
-habían leído y viajado, que habían estado en la Meca y en la gran
-ciudad de la Nigricia<a id="FNanchor_143" href="#Footnote_143"
-class="fnanchor">[143]</a>.</p>
-
-<p>Me detuve en Córdoba mucho más de lo primeramente calculado,
-porque no cesaba de recibir noticias acerca de la inseguridad del
-camino de Madrid. En poco tiempo escudriñé todos los rincones y
-escondrijos de aquella antigua ciudad y adquirí algunas amistades
-entre la gente del pueblo, que es mi modo de proceder habitual
-cuando llego a una población desconocida. Varias veces subí a Sierra
-Morena, acompañado por el hijo del posadero, aquel buen mozo de quien
-ya he hablado. Los posaderos, convencidos de que yo participaba de
-sus opiniones, me trataban con extremada cortesía; cierto que, en
-cambio, hube de prestar oídos a vastos planes carlistas, verdaderas
-traiciones contra<span class="pagenum" id="Page_335">[p. 335]</span>
-los poderes constituídos en España; pero todo lo llevé con
-paciencia.</p>
-
-<p>—<i>Don Jorgito</i>—díjome un día el posadero—, yo quiero mucho a los
-ingleses; son mis mejores parroquianos. Es una lástima que no haya
-más unión entre España e Inglaterra y que no vengan más ingleses
-a visitarnos. ¿No se podría hacer un casorio? El rey entraría en
-seguida en Madrid. ¿Por qué no se hacen las <i>bodas</i> del hijo de don
-Carlos con la heredera de Inglaterra?</p>
-
-<p>—De esa manera—respondí—vendrían seguramente muchos ingleses a
-España, y no sería la primera vez que el hijo de un Carlos se casa
-con una princesa de Inglaterra.</p>
-
-<p>El huésped meditó un momento, y luego exclamó:</p>
-
-<p>—<i>Carracho, Don Jorgito</i>, si se hiciera ese matrimonio, el rey y
-yo tendríamos motivo para tirar el sombrero al aire.</p>
-
-<p>La casa o <i>posada</i> en que yo vivía era sumamente espaciosa, con
-infinidad de habitaciones grandes y chicas, pero desamuebladas en
-su mayoría. Mi cuarto estaba al final de un corredor inmensamente
-largo, como el que por modo admirable se describe en la leyenda
-maravillosa de Udolfo<a id="FNanchor_144" href="#Footnote_144"
-class="fnanchor">[144]</a>. Durante uno o dos días creí que era yo
-el único huésped en la casa. Pero una mañana<span class="pagenum"
-id="Page_336">[p. 336]</span> vi sentado en el corredor, junto a una
-ventana, a un anciano de singular aspecto, que leía con atención en
-un pequeño y abultado volumen. Sus vestidos eran de grosera tela
-azul, y llevaba un amplio sobretodo encima de un chaleco adornado con
-varias filas de botoncitos de nácar; tenía calados los espejuelos.
-Aunque le veía sentado, me di cuenta de que su estatura rayaba en lo
-gigantesco.</p>
-
-<p>—¿Quién es ese hombre?—pregunté al posadero, al encontrarle poco
-después—. ¿Es otro huésped de la casa?</p>
-
-<p>—No puedo decir que sea precisamente un huésped, <i>Don Jorge de
-mi alma</i>—replicó—; pues, aunque pára en mi casa, no me da nada
-a ganar. Ha de saber usted, <i>Don Jorge</i>, que éste es uno de dos
-curas que había en un pueblo bastante grande<a id="FNanchor_145"
-href="#Footnote_145" class="fnanchor">[145]</a> no lejos de aquí. Al
-entrar en el pueblo las tropas de Gómez, su reverencia salió a su
-encuentro revestido, con un libro en la mano, y, a petición de los
-soldados, proclamó a Carlos Quinto en la plaza del mercado. El otro
-cura era un liberal violento, un <i>negro</i> rematado, y los realistas
-le echaron mano, disponiéndose a ahorcarlo. Intervino su reverencia
-y obtuvo gracia para su colega, a condición de que gritase <i>¡Viva
-Carlos Quinto!</i>, y así lo hizo para salvar la vida. Bueno;<span
-class="pagenum" id="Page_337">[p. 337]</span> pues en cuanto los
-realistas se fueron, el cura negro montó en una mula, vino a Córdoba
-y delató a su reverencia, a pesar de deberle la vida. Prendieron a
-su reverencia, trajéronle a Córdoba, y seguramente le habrían metido
-en la cárcel común por carlista si yo no hubiera salido fiador suyo,
-poniendo que no se marcharía de aquí y se presentaría cuando le
-llamaran a responder de los cargos aportados contra él; y en mi casa
-está, aunque no pueda llamarle mi huésped, pues no gano nada con él:
-toda su comida, que se reduce a unos pocos huevos, un poco de leche
-y pan, se la traen a diario del pueblo. En cuanto a su dinero, no sé
-de qué color es, aunque, según dicen, tiene <i>buenas pesetas</i>. Con
-todo, es un santo; siempre está leyendo y rezando, y es, además, del
-partido de los buenos. Por eso le tengo en mi casa, y saldría fiador
-suyo aunque fuese veinte veces más avaro de lo que parece.</p>
-
-<p>Al siguiente día, al pasar otra vez por el corredor, vi al viejo
-sentado en el mismo sitio, y le saludé. Me devolvió el saludo con
-mucha cortesía y cerró el libro, colocándolo en sus rodillas, como
-si quisiera trabar conversación. Después de cambiar breves palabras,
-tomé el libro para examinarlo.</p>
-
-<p>—No podrá usted sacar mucho provecho de este libro, <i>Don
-Jorge</i>—dijo el viejo—. No puede usted entenderlo, porque no está
-escrito en inglés.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_338">[p. 338]</span></p>
-
-<p>—Ni en español—repliqué—. Pero, respecto a poder entenderlo o no,
-¿qué dificultad puede haber en una cosa tan sencilla? Este es el
-breviario romano escrito en latín.</p>
-
-<p>—¿Pero entienden los ingleses el latín?—exclamó—. <i>¡Vaya!</i> ¿Quién
-hubiera pensado que los luteranos pudiesen entender la lengua de la
-Iglesia? <i>¡Vaya!</i> Cuanto más vive uno, más aprende.</p>
-
-<p>—¿Cuántos años tiene vuestra reverencia?—pregunté.</p>
-
-<p>—Ochenta, <i>Don Jorge</i>; ochenta años largos.</p>
-
-<p>Esta fué la primera conversación que tuvimos su reverencia y
-yo. No tardó en sentir notable inclinación por mí, y me hacía el
-favor de acompañarme no pocos ratos. A diferencia de nuestro amigo
-el posadero, el cura no gustaba de hablar de política, cosa que no
-dejó de sorprenderme, conociendo yo, como conocía, la resuelta y
-peligrosa parte que había tomado en la última irrupción carlista en
-las cercanías. En cambio, le gustaba mucho platicar acerca de asuntos
-eclesiásticos y de los escritos de los Padres.</p>
-
-<p>—He formado en mi casa una pequeña librería, <i>Don Jorge</i>, con
-todos los escritos de los Padres que me ha sido dable encontrar; su
-lectura me sirve de entretenimiento y de consuelo. Cuando pasen estos
-tristes días, <i>Don Jorge</i>, espero que, si continúa usted por estas
-partes, irá a visitarme, y le<span class="pagenum" id="Page_339">[p.
-339]</span> enseñaré mi modesta colección de los Padres, y también un
-palomar, donde crío muchas palomas, que me producen no pequeño solaz
-y algún provecho.</p>
-
-<p>—Supongo que al hablarme de su palomar—repuse—, alude usted a
-su parroquia, y que por la cría de las palomas representa usted el
-cuidado que toma por las almas de sus feligreses, inculcándoles
-el temor de Dios y la obediencia a la ley revelada, ocupación
-que, naturalmente, le produce a usted muchos solaces y consuelos
-espirituales.</p>
-
-<p>—Hablaba sin metáfora, <i>Don Jorge</i>—replicó mi interlocutor—. Al
-decir que crío muchas palomas, no pretendo significar sino que yo
-proveo de pichones el mercado de Córdoba, y a veces el de Sevilla;
-mis aves son muy apreciadas, y creo que no hay en todo el reino
-otras más gordas ni mejor cebadas. Si fuera usted a mi pueblo, <i>Don
-Jorge</i>, tendría que hacer alto en una <i>venta</i> donde las probaría
-seguramente, porque en mi jurisdicción no consiento más palomares
-que el mío. Respecto de las almas de mis feligreses, creo que cumplo
-con mi deber en cuanto está de mi parte. Las cosas espirituales me
-deleitan sobremanera, y por esta razón me incorporé a la <i>Santa Casa</i>
-de Córdoba, en la que he servido durante muchos años.</p>
-
-<p>—¿Vuestra reverencia ha sido inquisidor?—exclamé un poco
-asombrado.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_340">[p. 340]</span></p>
-
-<p>—Desde los trece años hasta que se suprimió el Santo Oficio en
-estos desventurados reinos.</p>
-
-<p>—Me sorprende y me alegra el saberlo—repuse yo—. Nada tan
-placentero para mí como hablar con un sacerdote que perteneció antaño
-a la Santa Casa de Córdoba.</p>
-
-<p>El viejo, mirándome fijamente, contestó:</p>
-
-<p>—Ya le comprendo a usted, <i>Don Jorge</i>. He adivinado hace rato que
-usted es de los nuestros. Es usted un santo varón y muy instruído;
-aunque crea conveniente hacerse pasar por inglés y luterano, he
-penetrado su verdadera condición. Ningún luterano se tomaría por las
-cosas de la Iglesia el interés que usted demuestra; y a lo de ser
-inglés, digo que ninguno de esa nación puede hablar el castellano,
-y menos el latín. Creo que usted es de los nuestros: un sacerdote
-misionero; y me confirmo en esta idea, sobre todo, porque le veo a
-usted en frecuente conversación con los <i>gitanos</i>; parece que hace
-usted propaganda entre ellos. Pero viva usted prevenido, <i>Don Jorge</i>;
-desconfíe de la fe de Egipto; son malos penitentes y me gustan poco.
-No le aconsejaría yo a usted que se fiara de ellos.</p>
-
-<p>—No lo intento siquiera—repliqué—; sobre todo en lo tocante al
-dinero. Pero, volviendo a cosas más importantes, dígame: ¿de qué
-delitos conocía la Santa Casa de Córdoba?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_341">[p. 341]</span></p>
-
-<p>—Supongo que sabrá usted cuáles eran los asuntos propios de la
-función del Santo Oficio; por tanto, no necesito decirle que los
-delitos en que entendíamos eran los de brujería, judaísmo y ciertos
-descarríos carnales.</p>
-
-<p>—¿Qué opinión tiene usted de la brujería? ¿Existe en realidad ese
-delito?</p>
-
-<p>—<i>¡Qué sé yo!</i>—dijo el viejo encogiéndose de hombros—. La Iglesia
-tiene, o al menos tenía, el poder de castigar por algo, fuese real o
-irreal, <i>Don Jorge</i>; y como era necesario castigar para demostrar que
-tenía el poder de hacerlo, ¿qué importaba si el castigo se imponía
-por brujería o por otro delito?</p>
-
-<p>—¿Ocurrieron en su tiempo de usted muchos casos de brujería?</p>
-
-<p>—Uno o dos, <i>Don Jorge</i>; eran poco frecuentes. El último caso que
-recuerdo ocurrió en un convento de Sevilla. Cierta monja tenía la
-costumbre de salir volando por la ventana al jardín y de revolotear
-en él sobre los naranjos. Se tomó declaración a varios testigos, y en
-el proceso, instruído con toda formalidad, quedaron, a mi entender,
-bastante bien probados los hechos. Pero de lo que sí estoy cierto es
-de que la monja fué castigada.</p>
-
-<p>—¿Les daba a ustedes mucho que hacer el judaísmo en estas
-partes?</p>
-
-<p>—¡Oh! Lo que más trabajo daba a la Santa Casa era, en efecto, el
-judaísmo; sus<span class="pagenum" id="Page_342">[p. 342]</span>
-brotes y ramificaciones son numerosos, no sólo por aquí, sino en
-toda España; lo más singular es que hasta en el clero descubríamos
-continuamente casos de judaísmo de ambas especies que, por
-obligación, teníamos que castigar.</p>
-
-<p>—¿Hay más de una especie de judaísmo?—pregunté.</p>
-
-<p>—Siempre he dividido el judaísmo en dos clases: negro y blanco;
-por judaísmo negro entiendo la observancia de la ley de Moisés con
-preferencia a los preceptos de la Iglesia; en el judaísmo blanco
-entra todo género de herejía, como luteranismo, francmasonería y
-otros por el estilo.</p>
-
-<p>—Comprendo fácilmente—dije yo—que muchos sacerdotes acepten los
-principios de la Reforma, y que no pocos se hayan dejado extraviar
-por las engañosas luces de la filosofía moderna; pero es casi
-inconcebible que dentro del clero haya judíos que sigan en secreto
-los ritos y prácticas de la ley antigua, aunque ya antes de ahora me
-han asegurado que el hecho es cierto.</p>
-
-<p>—Crea usted, <i>Don Jorge</i>, que en el clero hay abundancia de
-judaísmo, lo mismo del negro que del blanco. Recuerdo que una
-vez estábamos registrando la casa de un eclesiástico acusado de
-judaísmo negro, y, después de buscar mucho, encontramos debajo del
-piso una caja de madera, y en ella un pequeño relicario de plata,
-donde había<span class="pagenum" id="Page_343">[p. 343]</span>
-guardados tres libros forrados de negra piel de cerdo; los abrimos,
-y resultaron libros devotos judíos, escritos en caracteres hebreos,
-antiquísimos; al ser interrogado, no negó su culpa el reo; antes
-bien, se vanaglorió de ella, diciendo que no había más que un Dios, y
-atacando el culto a María Santísima como una idolatría grosera.</p>
-
-<p>—Y aquí entre nosotros, ¿qué opina usted de esa adoración a María
-Santísima?</p>
-
-<p>—¿Qué opino yo? <i>¡Qué sé yo!</i>—dijo el viejo, encogiéndose de
-hombros aún más que la vez primera—. Pero le diré a usted que, bien
-mirado, me parece justa y natural. ¿Por qué no? Cualquiera que
-vaya a visitar mi iglesia, y la contemple tal como en ella está,
-<i>tan bonita, tan guapita</i>, tan bien vestida y gentil, con aquellos
-colores, blanco y carmín, tan lindos, no necesitará preguntar por qué
-se adora a María Santísima. Y, sobre todo, <i>Don Jorgito mío</i>, eso es
-cosa de la Iglesia y forma parte importante de su sistema.</p>
-
-<p>—¿Y tuvo usted que entender en muchos casos de delitos
-carnales?</p>
-
-<p>—Entre los seglares, no muchos; sobre los clérigos ejercíamos una
-rigurosa vigilancia. Pero, en general, éramos tolerantes en estas
-materias, conociendo las muchas flaquezas de la naturaleza humana.
-Rara vez castigábamos, salvo en los casos en que la gloria de la
-Iglesia y la lealtad a María<span class="pagenum" id="Page_344">[p.
-344]</span> Santísima hacían absolutamente inexcusable el castigo.</p>
-
-<p>—¿Cuáles eran esos casos?—pregunté.</p>
-
-<p>—Aludo a la profanación de los palomares, <i>don Jorge</i>, y a la
-introducción en ellos de carne de contrabando para fines que no eran
-ni apropiados ni decentes.</p>
-
-<p>—Vuestra reverencia me perdonará; pero no acabo de entender.</p>
-
-<p>—Me refiero, <i>don Jorge</i>, a ciertos actos de perversión
-practicados por algunos clérigos en apartados y lejanos <i>palomares</i>,
-en olivares y huertos; actos condenados, si no recuerdo mal, por
-San Pablo en su primera carta al Papa Sixto. Ahora me habrá usted
-entendido, <i>don Jorge</i>, porque es usted hombre versado en cosas de
-iglesia.</p>
-
-<p>—Creo que le he entendido a usted—repliqué.</p>
-
-<p>Después de permanecer unos cuantos días más en Córdoba, resolví
-continuar mi viaje a Madrid, aunque seguían diciéndome que los
-caminos estaban muy inseguros. Me pareció inútil quedarme allí más
-tiempo en espera de que se restableciera la normalidad, cosa que
-podía no ocurrir nunca. Consulté, pues, con el posadero respecto del
-mejor modo de hacer el viaje. «<i>Don Jorgito</i>—respondió—, creo que
-puedo darle a usted un buen consejo. Usted tiene ganas de marcharse,
-según me dice, y yo no acostumbro a retener a mis huéspedes más
-tiempo<span class="pagenum" id="Page_345">[p. 345]</span> del que
-buenamente quieren estar en mi casa; proceder de otro modo sería
-impropio de un posadero cristiano; eso se queda para los moros, los
-<i>cristinos</i> y los <i>negros</i>. Para facilitarle a usted el viaje, <i>don
-Jorge</i>, tengo un plan en la cabeza, y ya, antes de que me preguntase,
-había resuelto proponérselo a usted. Mi cuñado tiene dos caballos, y
-cuando se le ofrece los da en alquiler; usted puede alquilarlos, <i>don
-Jorge</i>, y mi cuñado en persona le acompañará para servirle y darle
-conversación, por lo que le pagará usted cuarenta duros. Pero, y esto
-es lo importante, como en el camino hay muchos ladrones y <i>malos
-sujetos</i>, tales como Palillos y su gente, hará usted una obligación,
-<i>don Jorge</i>, comprometiéndose, si los roban y desvalijan a ustedes,
-y si los ladrones se quedan con los caballos de mi cuñado, a hacerle
-bueno, en cuanto lleguen a Madrid, todo lo que por seguirle a usted
-haya perdido. Este es mi plan, <i>don Jorge</i>, y no dudo que su merced
-lo apruebe, porque está trazado para favorecerle, y no con miras
-de lucro para mí ni los míos. En mi cuñado tendrá usted un gran
-compañero de viaje; es un hombre muy formal, pertenece al partido
-de los buenos, y ha viajado también mucho; porque, entre nosotros,
-<i>don Jorge</i>, es un poco <i>contrabandista</i>, y con frecuencia trae de
-contrabando diamantes y piedras preciosas de Portugal a España,
-para colocarlas en Cór<span class="pagenum" id="Page_346">[p.
-346]</span>doba o en Madrid. Conoce todos los <i>atajos</i>, <i>don Jorge</i>,
-y le respetan mucho en las <i>ventas</i> y <i>posadas</i> del camino. Ahora
-venga esa mano para cerrar el trato, y en seguida iré a buscar a mi
-cuñado para decirle que se disponga a salir con su merced pasado
-mañana.»</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter">
- <p><span class="pagenum" id="Page_347">[Pg 347]</span></p>
- <h2 class="nobreak">CAPÍTULO XVIII</h2>
- <p class="subcentra">
- Salida de Córdoba.— El contrabandista.— Treta judaica.— Llegada a
- Madrid.
- </p>
-</div>
-
-<p class="ti0"><span class="drop-cap">S</span><span class="smcap">alí</span>
-de Córdoba una radiante mañana en compañía del <i>contrabandista</i>, que
-iba montado en un hermoso caballo de media alzada, una <i>jaca</i>, de
-la renombrada casta cordobesa; era el animal de color bayo claro,
-lucero, de remos fuertes, pero elegantes, y con una larga cola negra
-que le arrastraba por el suelo. El otro caballo, destinado a llevarme
-a Madrid, era de muy diferente estampa, que no predisponía en favor
-suyo. Por muchos rasgos se parecía sumamente a un cerdo, sobre todo
-por la curvatura del lomo, por la cortedad del cuello y por la manera
-de llevar siempre la cabeza junto al suelo; su perpetuo husmear y su
-rabo eran también enteramente los de un cerdo. Su piel más parecía
-cubierta de ásperas cerdas que de pelo; y en cuanto al tamaño, muchos
-cerdos de Westfalia he visto tan altos como él. No me agradaba
-mucho la idea de exhibirme a lomos de tan singularísimo cuadrúpedo,
-y<span class="pagenum" id="Page_348">[p. 348]</span> me puse a
-mirar fijamente al excelente animal en que mi guía había tenido por
-conveniente instalarse. El hombre interpretó mis miradas, y me dió a
-entender que por llevar el equipaje le correspondía el mejor caballo,
-alegación que me pareció harto bien fundada para oponerle reparo
-alguno.</p>
-
-<p>Resultó que el <i>contrabandista</i> no era, ni con mucho, un compañero
-de camino tan agradable como las manifestaciones del posadero de
-Córdoba me habían hecho suponer. Durante el día, cabalgaba taciturno
-y en silencio, y apenas respondía a mis preguntas más que con
-monosílabos; por las noches, empero, después de comer bien y beber
-en proporción a mis expensas, consentía en mostrarse a veces más
-sociable y comunicativo. «Me he quitado del contrabando—me dijo
-en una de estas ocasiones—a causa de una estafa que me hicieron
-en Lisboa: un judío, a quien conocía yo desde mucho tiempo atrás,
-me encajó por bueno un brillante falso. Lo hizo con una habilidad
-extraordinaria, porque no soy yo tan novato que no sepa conocer
-las piedras buenas; al parecer, el judío tenía dos, y las cambió
-con mucha destreza, guardándose la buena, comprada por mí, y
-substituyéndola con otra, muy bien imitada, pero que no valía cuatro
-duros. Descubrí la estafa cuando había cruzado ya la frontera,
-y aunque volví allá a escape, no pude dar con el bandido;<span
-class="pagenum" id="Page_349">[p. 349]</span> uno de sus rabinos me
-dijo que el tal había muerto y que acababan de enterrarle; pero bien
-conocí que mentía, porque al decírmelo le retozaba la risa en los
-ojos. Desde entonces renuncié al contrabando.»</p>
-
-<p>No intentaré describir minuciosamente los varios incidentes de
-este viaje. Dejando a nuestra derecha las montañas de Jaén, pasamos
-por Andújar y Bailén, y al tercer día llegamos a La Carolina, pequeña
-pero linda ciudad en las faldas de Sierra Morena, habitada por los
-descendientes de los colonos alemanes. A dos leguas de este lugar
-entramos en el desfiladero de Despeñaperros, que aun en tiempos
-normales tiene muy mala fama por los robos que continuamente se
-perpetran en sus escondrijos, y que en la época de que voy hablando
-era, según decían, un hormiguero de bandidos. Creíamos, pues, que
-nos robarían, o que quizás nos dejarían desnudos en el monte o nos
-maltratarían de cualquier otro modo; pero la Providencia intervino
-en favor nuestro. Al parecer, el día antes de nuestra llegada los
-bandidos habían cometido una espantosa muerte y robado hasta cuarenta
-mil <i>reales</i>, botín que probablemente los satisfacía por algún
-tiempo; lo cierto es que nadie nos molestó. A nadie vimos en el
-desfiladero, aunque a ratos llegaban hasta nosotros voces y silbidos.
-Entramos en la Mancha, donde temía yo caer en manos de Palillos y
-Orejita. La<span class="pagenum" id="Page_350">[p. 350]</span>
-Providencia me protegió de nuevo. El tiempo había sido hasta entonces
-delicioso; súbitamente, el Señor sopló un viento helado, tan riguroso
-que era casi irresistible. Ningún ser humano, salvo nosotros, se
-aventuraba a salir. Atravesamos llanuras cubiertas de nieve, y
-pasamos por ciudades y pueblos que parecían desiertos. Los ladrones
-se estuvieron encerrados en sus cuevas y chozas; pero el frío a poco
-nos mata. Llegamos a Aranjuez el día de Navidad, ya tarde, y fuí a
-casa de un inglés, donde ingerí casi un cuartillo de aguardiente: no
-me hizo más efecto que si fuese agua tibia.</p>
-
-<p>Al siguiente día llegamos a Madrid, y tuve la fortuna de
-encontrarlo todo tranquilo y en orden. El <i>contrabandista</i> estuvo
-conmigo dos días más, al cabo de los cuales se volvió a Córdoba
-montado en el grotesco animal que me había traído a mí todo el
-viaje; la <i>jaca</i> se la compré yo, porque en el camino aprecié sus
-facultades, y pensé que podría utilizarla en mis excursiones futuras.
-El <i>contrabandista</i> quedó tan contento del precio que le pagué por
-el caballo, y del trato que en general había recibido de mí mientras
-me acompañó, que de muy buena gana se hubiera quedado a servirme
-como criado, y así me lo pidió, asegurándome que si yo consentía en
-ello, dejaría a su mujer y a sus hijos, y me seguiría por el mundo
-entero. No quise acceder a su petición, aunque<span class="pagenum"
-id="Page_351">[p. 351]</span> necesitaba un criado; le hice, pues,
-volver a Córdoba, donde, según supe más tarde, murió repentinamente a
-la semana de haber llegado.</p>
-
-<p>Su muerte ocurrió de singular manera: un día tomó el hombre la
-bolsa de su dinero, y después de contarlo le dijo a su mujer: «Con
-el viaje del inglés y la venta de la <i>jaca</i> he hecho noventa y cinco
-duros; a poca suerte que tenga, puedo doblarlos arriesgándolos en el
-contrabando. Mañana me voy a Lisboa a comprar diamantes. Vamos a ver
-si hay que herrar el caballo.» Se levantó, encaminándose a la puerta
-con intención de ir a la cuadra; pero antes de trasponer el dintel,
-cayó muerto al suelo. Así son las cosas de este mundo. Bien dice el
-sabio: «Nadie está seguro del mañana.»</p>
-
-
-<p class="fin"><small>FIN DEL TOMO PRIMERO</small></p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="footnotes">
-
-<p class="centra">NOTAS</p>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_1"><span class="label"><a href="#FNanchor_1">[1]</a></span> «Bernard’s
-Address to his army», a ballad from the Spanish; «The singing
-Mariner», a ballad from the Spanish; «The french Princess», a ballad
-from the Spanish. En «Monthly Magazine», volumen 57. (1824).</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_2"><span class="label"><a href="#FNanchor_2">[2]</a></span> «Celebrated
-Trials, and Remarkable Cases of Criminal Jurisprudence, from the
-earliest records to the year 1825». Seis volúmenes. Knight and Lacey.
-London, 1825.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_3"><span class="label"><a href="#FNanchor_3">[3]</a></span> «Danish
-Traditions and Superstitions». En «Monthly Magazine», vols. 58, 59,
-60.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_4"><span class="label"><a href="#FNanchor_4">[4]</a></span> «Romantic
-Ballads», Translated from the Danish and Miscellaneous pieces, by
-George Borrow. Norwich, S. Wilkin. 1826.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_5"><span class="label"><a href="#FNanchor_5">[5]</a></span> «Memoirs of
-Vidocq», principal agent of the French police until 1827. Writen
-by himself. Translated from the French. 4 vols. London, Whittaker,
-Treacher and Arnot. 1828-29.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_6"><span class="label"><a href="#FNanchor_6">[6]</a></span> «¿No le ha
-chocado a usted nunca—le escribía en una ocasión su amigo el danés
-Hasfeldt—cuánto se parece usted al buen hidalgo Don Quijote de la
-Mancha? A mi juicio, podría usted pasar fácilmente por hijo suyo.» W.
-Knapp: <i>Life, writings and correspondence of George Borrow</i>. London,
-Murray, 1899. Vol. I, pág. 190.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_7"><a href="#FNanchor_7"><span class="label">[7]</span></a> «Targum, or
-Metrical translations from thirty languages and dialects», by George
-Borrow. St. Petersburg, Schulz and Beneze, 1835.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_8"><span class="label"><a href="#FNanchor_8">[8]</a></span> «The
-Talisman», from the Russian of Alexander Pushkin, with other pieces.
-St. Petersburg, Schulz and Beneze, 1835.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_9"><span class="label"><a href="#FNanchor_9">[9]</a></span> Fechas
-establecidas por Mr. Knapp, separándose de las que Borrow da en <i>La
-Biblia en España</i>.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_10"><span class="label"><a href="#FNanchor_10">[10]</a></span> El Nuevo
-Testamento, traducido al español de la Vulgata Latina, por el Rmo.
-P. Phelipe Scio de S. Miguel, de las Escuelas Pías, obispo electo de
-Segovia. Madrid. Imprenta a cargo de don Joaquín de la Barrera, 1837.
-En 8.º, 534 págs.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_11"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_11">[11]</a></span> Embeo e Majaró Lucas. Brotoboro
-rodado andré la chipé griega, acána chibado andré o Romanó, o chipé
-es Zincales de Sesé.</p>
-
-<p class="ti1">El Evangelio según S. Lucas, traducido al Romaní,
-o dialecto de los gitanos de España. [Madrid], 1837. En 16.º, 177
-págs.</p>
-
-<p class="ti1"><i>Segunda edición</i>: Criscote e Majaró Lucas, chibado
-andré o Romanó, o chipé es Zincales de Sesé.</p>
-
-<p class="ti1">El Evangelio según S. Lucas, traducido al romaní,
-o dialecto de los gitanos de España. Lundra, 1872. En 16.º, 177
-págs.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_12"><span class="label"><a href="#FNanchor_12">[12]</a></span> Evangelioa
-San Lucasen Guissan. El Evangelio según S. Lucas, traducido al
-vascuence. Madrid. Imprenta de la Compañía Tipográfica, 1838. En
-16.º, 176 págs.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_13"><span class="label"><a href="#FNanchor_13">[13]</a></span> The
-Zincali; or An Account of the Gypsies of Spain. With an original
-collection of their Songs and Poetry, and a copious Dictionary of
-their Language. By George Borrow... In two volumes. London, John
-Murray, 1841.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_14"><span class="label"><a href="#FNanchor_14">[14]</a></span> E.
-Thomas: George Borrow, the man and his books. <span class="smcap">I.
-V.</span> London, Chapman and Hall, 1912.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_15"><span class="label"><a href="#FNanchor_15">[15]</a></span> <i>Hand-Book
-for Travellers in Spain and Readers at Home.</i> London, Murray, 1845. 2
-vols. 8.º «Las ediciones posteriores están abreviadas o adaptadas a
-los itinerarios del ferrocarril. El verdadero «Ford» no ha vuelto a
-parecer.» (Knapp.)</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_16"><span class="label"><a href="#FNanchor_16">[16]</a></span> The
-Bible in Spain; or the Journeys, Adventures, and Imprisonments of
-an Englishman, in an attempt to circulate the Scriptures in the
-Peninsula. By George Borrow, author of «The Gypsies of Spain». In
-three volumes. London, John Murray, 1843.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_17"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_17">[17]</a></span> Lavengro; the Scholar—the
-Gypsy—the Priest. By George Borrow... In three volumes. London, John
-Murray, 1851.</p>
-
-<p class="ti1">The Romany Rye; a sequel to «Lavengro». By George
-Borrow... In two volumes. London, John Murray, 1857.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_18"><span class="label"><a href="#FNanchor_18">[18]</a></span> Wild
-Wales: its people, Language, and Scenery. By George Borrow... In
-three volumes. London, John Murray, 1862.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_19"><span class="label"><a href="#FNanchor_19">[19]</a></span> Romano
-Lavo-Lil: Word-Book of the Romany, or English Gypsy Language... By
-George Borrow. London, John Murray, 1874.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_20"><span class="label"><a href="#FNanchor_20">[20]</a></span> «Letters
-of George Borrow to the Bible Society», edited by T. H. Darlow,
-1911.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_21"><span class="label"><a href="#FNanchor_21">[21]</a></span> Ed.
-Thomas, cap. II.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_22"><span class="label"><a href="#FNanchor_22">[22]</a></span> En gitano:
-moros del norte de África. Los vocablos no ingleses empleados por
-Borrow en <span class="smcap">The Bible in Spain</span> se estampan
-en esta traducción con letra cursiva.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_23"><span class="label"><a href="#FNanchor_23">[23]</a></span></p>
-<div class="poem p-1"><div class="stanza">
-<span class="i2">«Om Frands Gonzales, of Rodrik Cid,</span>
-<span class="i0">End siunges i Sierra Murene!»</span>
-</div></div>
-<p class="ti1"><i>Krönike Riim.</i> Por Severin Grundtvig. Copenhague, 1829.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_24"><span class="label"><a href="#FNanchor_24">[24]</a></span> Palabra
-rusa equivalente a <i>padrecito</i>.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_25"><span class="label"><a href="#FNanchor_25">[25]</a></span> La primera
-guerra carlista.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_26"><span class="label"><a href="#FNanchor_26">[26]</a></span> <i>Caes do
-Sodré</i>, ahora <i>Praça dos Romulares</i>. (Nota de U. R. Burke.)</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_27"><span class="label"><a href="#FNanchor_27">[27]</a></span> Es el
-<i>Terreiro do Paço</i>.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_28"><span class="label"><a href="#FNanchor_28">[28]</a></span> H.
-Fielding.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_29"><span class="label"><a href="#FNanchor_29">[29]</a></span> El Monte
-Moro de que habla Borrow en este capítulo y describe después en el VI
-es Montemôr, o Montemayor. (Knapp).</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_30"><span class="label"><a href="#FNanchor_30">[30]</a></span> La palabra
-suprimida parece ser «católicos». Borrow gustaba de éste, al parecer,
-insignificante misterio. (Nota del editor U. R. Burke.)</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_31"><span class="label"><a href="#FNanchor_31">[31]</a></span> Galaad,
-nieto de Manasés, padre de los galaaditas. Los israelitas de la tribu
-de Ephraim se amotinaron contra galaaditas y fueron vencidos. El modo
-de pronunciar la palabra Shibbolet (espiga) servía a los galaaditas
-para descubrir a los fugitivos de Ephraim que trataban de ocultar
-su origen; y una vez descubiertos, los degollaban. V. Libro de los
-jueces, XII, 1 a 6. (<i>N. del T.</i>)</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_32"><span class="label"><a href="#FNanchor_32">[32]</a></span> El nombre
-que no puede pronunciarse; es decir, Jehovah o <i>Yahweh</i>. (Nota de
-Burke.)</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_33"><span class="label"><a href="#FNanchor_33">[33]</a></span> «Todo
-animal que tiene la uña hendida en dos partes y rumia le podéis
-comer. Mas no debéis comer de los que rumian y no tienen la uña
-hendida... a éstos los tendréis por inmundos». Deuteronomio, XIV, 6 y
-7 (<i>N. del T.</i>).</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_34"><span class="label"><a href="#FNanchor_34">[34]</a></span> Es
-Arrayolos. (Knapp).</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_35"><span class="label"><a href="#FNanchor_35">[35]</a></span> La fonda
-estaba en la calle de la Moraleja, núm. 30. (Knapp).</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_36"><span class="label"><a href="#FNanchor_36">[36]</a></span>
-Tijeras.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_37"><span class="label"><a href="#FNanchor_37">[37]</a></span> <i>Hok</i>,
-fraude. <i>Hokkano</i> (en la lengua de gitanos ingleses): mentira;
-<i>baró</i>, grande.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_38"><span class="label"><a href="#FNanchor_38">[38]</a></span> Ayer,
-mañana.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_39"><span class="label"><a href="#FNanchor_39">[39]</a></span>
-Madrid.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_40"><span class="label"><a href="#FNanchor_40">[40]</a></span> <i>Chor</i>,
-ladrón.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_41"><span class="label"><a href="#FNanchor_41">[41]</a></span>
-Libro.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_42"><span class="label"><a href="#FNanchor_42">[42]</a></span>
-Feria.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_43"><span class="label"><a href="#FNanchor_43">[43]</a></span> Lit:
-piedra buena (talismán). <i>Lachó</i>: bueno.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_44"><span class="label"><a href="#FNanchor_44">[44]</a></span> <i>Busnó</i>
-(pl. <i>busné</i>): el que no es gitano.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_45"><span class="label"><a href="#FNanchor_45">[45]</a></span>
-Francés.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_46"><span class="label"><a href="#FNanchor_46">[46]</a></span> Guardas o
-empleados del resguardo.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_47"><span class="label"><a href="#FNanchor_47">[47]</a></span> La
-horca.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_48"><span class="label"><a href="#FNanchor_48">[48]</a></span> <i>Caló</i>,
-<i>Caloró</i> (pl. <i>Calés</i>, <i>Caloré</i>): el que es del <i>kalo rat</i>, o sangre
-negra; un gitano.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_49"><span class="label"><a href="#FNanchor_49">[49]</a></span>
-León.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_50"><span class="label"><a href="#FNanchor_50">[50]</a></span>
-Castilla.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_51"><span class="label"><a href="#FNanchor_51">[51]</a></span>
-Gitano.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_52"><span class="label"><a href="#FNanchor_52">[52]</a></span> <i>Chim</i>:
-reino, comarca; <i>Manró</i>: pan, trigo. <i>Chim del Manró</i>: tierra del
-trigo: Extremadura.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_53"><span class="label"><a href="#FNanchor_53">[53]</a></span> <i>Grà</i>,
-<i>gras</i>, <i>graste</i>, <i>gry</i>: caballo.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_54"><span class="label"><a href="#FNanchor_54">[54]</a></span> <i>Chulí</i>
-(pl. <i>Chulé</i>): un duro.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_55"><span class="label"><a href="#FNanchor_55">[55]</a></span>
-Basta.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_56"><span class="label"><a href="#FNanchor_56">[56]</a></span> <i>Drun</i>,
-<i>drom</i>: camino. <i>Drungruje</i> o <i>drunji</i>: camino real.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_57"><span class="label"><a href="#FNanchor_57">[57]</a></span>
-Galera.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_58"><span class="label"><a href="#FNanchor_58">[58]</a></span>
-Arrieros.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_59"><span class="label"><a href="#FNanchor_59">[59]</a></span>
-Cerdo.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_60"><span class="label"><a href="#FNanchor_60">[60]</a></span> <i>Li</i> o
-<i>Lil</i>: papel, carta, libro.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_61"><span class="label"><a href="#FNanchor_61">[61]</a></span>
-Aguardiente.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_62"><span class="label"><a href="#FNanchor_62">[62]</a></span> <i>Foro</i>:
-pueblo, ciudad.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_63"><span class="label"><a href="#FNanchor_63">[63]</a></span> Engañado.
-Terminación inglesa añadida a la terminación española de la palabra
-romani <i>jonjabar</i>, engañar. <i>Jojana</i>: engaño.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_64"><span class="label"><a href="#FNanchor_64">[64]</a></span> <i>El
-crallis ha nicobado la liri de los Calés.</i></p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_65"><span class="label"><a href="#FNanchor_65">[65]</a></span> <i>Juntuno</i>:
-espía.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_66"><span class="label"><a href="#FNanchor_66">[66]</a></span> Los
-moros.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_67"><span class="label"><a href="#FNanchor_67">[67]</a></span>
-Negociando, negociando; tiene muchos negocios que hacer.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_68"><span class="label"><a href="#FNanchor_68">[68]</a></span>
-Corazón.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_69"><span class="label"><a href="#FNanchor_69">[69]</a></span> O <i>Quer</i>:
-Casa.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_70"><span class="label"><a href="#FNanchor_70">[70]</a></span> <i>Chabó</i>,
-<i>chabé</i>, <i>chaboró</i>: mozo, joven, individuo.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_71"><span class="label"><a href="#FNanchor_71">[71]</a></span>
-Brida.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_72"><span class="label"><a href="#FNanchor_72">[72]</a></span> <i>Terelar</i>:
-atar.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_73"><span class="label"><a href="#FNanchor_73">[73]</a></span> <i>Callee</i>,
-<i>callí</i>, fem. de <i>caló</i>.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_74"><span class="label"><a href="#FNanchor_74">[74]</a></span> Muchacha;
-fem. de <i>chabó</i>.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_75"><span class="label"><a href="#FNanchor_75">[75]</a></span>
-Soldados.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_76"><span class="label"><a href="#FNanchor_76">[76]</a></span>
-<i>Corahano</i>: moro; fem. <i>corahani</i>.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_77"><span class="label"><a href="#FNanchor_77">[77]</a></span> Pl. de
-<i>sesó</i>: español.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_78"><span class="label"><a href="#FNanchor_78">[78]</a></span> <i>Ro</i>,
-<i>rom</i>: marido; un gitano casado. <i>Roma</i>, los maridos, nombre genérico
-del pueblo gitano, o Romani.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_79"><span class="label"><a href="#FNanchor_79">[79]</a></span>
-Taberna.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_80"><span class="label"><a href="#FNanchor_80">[80]</a></span>
-Mulato.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_81"><span class="label"><a href="#FNanchor_81">[81]</a></span>
-Gitanos.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_82"><span class="label"><a href="#FNanchor_82">[82]</a></span> La
-verdad.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_83"><span class="label"><a href="#FNanchor_83">[83]</a></span> <i>Parnó</i>:
-blanco; <i>parné</i>: moneda de plata. En general: dinero.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_84"><span class="label"><a href="#FNanchor_84">[84]</a></span> Fortuna.
-<i>Penar bají</i>: decir la buena ventura.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_85"><span class="label"><a href="#FNanchor_85">[85]</a></span> Pl. de
-<i>Candory</i>: cristiano.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_86"><span class="label"><a href="#FNanchor_86">[86]</a></span>
-Portugueses.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_87"><span class="label"><a href="#FNanchor_87">[87]</a></span>
-Viuda.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_88"><span class="label"><a href="#FNanchor_88">[88]</a></span> Gitana
-casada.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_89"><span class="label"><a href="#FNanchor_89">[89]</a></span> Pl. irreg.
-de <i>chabó</i>.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_90"><span class="label"><a href="#FNanchor_90">[90]</a></span> Fem. de
-<i>liló</i>: tonto, loco.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_91"><span class="label"><a href="#FNanchor_91">[91]</a></span>
-Antonio.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_92"><span class="label"><a href="#FNanchor_92">[92]</a></span>
-Guitarra.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_93"><span class="label"><a href="#FNanchor_93">[93]</a></span>
-Copla.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_94"><span class="label"><a href="#FNanchor_94">[94]</a></span>
-Cama.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_95"><span class="label"><a href="#FNanchor_95">[95]</a></span>
-Pesebre.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_96"><span class="label"><a href="#FNanchor_96">[96]</a></span>
-Hechicera.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_A"><a href="#FNanchor_A"><span class="label">[*]</span></a> Borrow
-se detuvo en Mérida por la boda gitana descrita en <i>The Zincali</i>.
-(Knapp).</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_97"><span class="label"><a href="#FNanchor_97">[97]</a></span>
-Venenos.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_98"><span class="label"><a href="#FNanchor_98">[98]</a></span> ¡Oh madre
-de los gitanos!</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_99"><span class="label"><a href="#FNanchor_99">[99]</a></span>
-Doncellez.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_100"><span class="label"><a href="#FNanchor_100">[100]</a></span> Con las
-manos.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_101"><span class="label"><a href="#FNanchor_101">[101]</a></span>
-Perdida.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_102"><span class="label"><a href="#FNanchor_102">[102]</a></span>
-Grande.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_103"><span class="label"><a href="#FNanchor_103">[103]</a></span>
-Seda.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_104"><span class="label"><a href="#FNanchor_104">[104]</a></span>
-Oro.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_105"><span class="label"><a href="#FNanchor_105">[105]</a></span>
-Agua.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_106"><span class="label"><a href="#FNanchor_106">[106]</a></span>
-Verdaderamente.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_107"><span class="label"><a href="#FNanchor_107">[107]</a></span>
-Simple.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_108"><span class="label"><a href="#FNanchor_108">[108]</a></span> No le
-digas nada, mozo mío; es un perro alguacil.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_109"><span class="label"><a href="#FNanchor_109">[109]</a></span> <i>Beng</i>;
-<i>Bengui</i>: el diablo.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_110"><span class="label"><a href="#FNanchor_110">[110]</a></span>
-Cárcel.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_111"><span class="label"><a href="#FNanchor_111">[111]</a></span>
-Tabaco.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_112"><span class="label"><a href="#FNanchor_112">[112]</a></span> Mucho;
-abundante.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_113"><span class="label"><a href="#FNanchor_113">[113]</a></span>
-Posada.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_114"><span class="label"><a href="#FNanchor_114">[114]</a></span> <i>Plan,
-Planoró, Plal</i>: Hermano, camarada.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_115"><span class="label"><a href="#FNanchor_115">[115]</a></span> Estaba
-en <i>Las Gamas</i>, cerca de Carrascal. (Knapp).</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_116"><span class="label"><a href="#FNanchor_116">[116]</a></span>
-Pueblos.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_117"><span class="label"><a href="#FNanchor_117">[117]</a></span>
-Pastores.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_118"><span class="label"><a href="#FNanchor_118">[118]</a></span>
-<i>Mailla</i>, burra.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_119"><span class="label"><a href="#FNanchor_119">[119]</a></span> Una
-autoridad.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_120"><span class="label"><a href="#FNanchor_120">[120]</a></span>
-Cuchillo.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_121"><span class="label"><a href="#FNanchor_121">[121]</a></span>
-Corazón.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_122"><span class="label"><a href="#FNanchor_122">[122]</a></span> El
-Salvador, Jesús.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_123"><span class="label"><a href="#FNanchor_123">[123]</a></span>
-Ingleses.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_124"><span class="label"><a href="#FNanchor_124">[124]</a></span>
-Dios.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_125"><span class="label"><a href="#FNanchor_125">[125]</a></span>
-<i>Pinró</i>, <i>Pindró</i> (pl. <i>Pindré</i>): pie.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_126"><span class="label"><a href="#FNanchor_126">[126]</a></span>
-Onza.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_127"><span class="label"><a href="#FNanchor_127">[127]</a></span>
-Oropesa, sin duda alguna, anota Burke. La Calzada de Oropesa, según
-Knapp.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_128"><span class="label"><a href="#FNanchor_128">[128]</a></span> Este es
-un nombre puesto a capricho por Borrow a su interlocutor. (Nota de
-Burke.)</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_129"><span class="label"><a href="#FNanchor_129">[129]</a></span> Iba
-desde la de Preciados a la del Arenal; desde la calle de la Zarza
-salía a la Puerta del Sol el callejón del Cofre, o de Cofreros.
-Desaparecieron al ensanchar la Puerta del Sol.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_130"><span class="label"><a href="#FNanchor_130">[130]</a></span>
-Doce onzas de pan, o libra corta, ración de la cárcel. (Nota de
-Borrow.)</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_131"><span class="label"><a href="#FNanchor_131">[131]</a></span>
-Amigo.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_132"><span class="label"><a href="#FNanchor_132">[132]</a></span> Bruja.
-En alemán, <i>Hexe</i>. (Nota de Borrow.)</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_133"><span class="label"><a href="#FNanchor_133">[133]</a></span> Los de
-la Revolución de julio de 1830.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_134"><span class="label"><a href="#FNanchor_134">[134]</a></span> <i>Romano
-Chal</i>, gitano.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_135"><span class="label"><a href="#FNanchor_135">[135]</a></span>
-Palabra compuesta del griego moderno πέταλον y del sánscrito <i>kara</i>;
-significa literalmente «<i>Señor</i> de la herradura», o sea el <i>hacedor</i>
-de ellas; es una de las denominaciones secretas de «Los forjadores»,
-tribu de los gitanos ingleses. (Nota de Borrow). Petulengro y
-Petalengro (en gitano inglés) forjador de herraduras. (Glosario de
-Burke).</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_136"><span class="label"><a href="#FNanchor_136">[136]</a></span> Era el
-Café Nuevo (Knapp).</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_137"><span class="label"><a href="#FNanchor_137">[137]</a></span> Una
-noche, estando contigo.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_138"><span class="label"><a href="#FNanchor_138">[138]</a></span>
-Amigo.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_139"><span class="label"><a href="#FNanchor_139">[139]</a></span>
-1836.</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_140"><span class="label"><a href="#FNanchor_140">[140]</a></span> Era
-un comerciante, John Wilby, representante de la Sociedad Bíblica
-(Knapp).</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_141"><span class="label"><a href="#FNanchor_141">[141]</a></span> Se
-alojó en la Posada Francesa, en la calle de San Francisco y de la
-Neveria, hoy Hotel de París (Knapp).</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_142"><span class="label"><a href="#FNanchor_142">[142]</a></span> El
-amigo del barón Taylor era John Wetherell, hijo de un famoso curtidor
-de pieles de igual nombre. En 1874 el gobierno español indujo a
-John Wetherell a establecer en Sevilla una manufactura de curtidos
-finos, concediéndole para su instalación el convento de Jesuítas y
-una extensión de terreno; le aseguró además ciertos privilegios y
-contratas para el ejército. Wetherell llevó a Sevilla máquinas y
-obreros ingleses; pero la empresa se hundió porque el gobierno no
-pagó las contratas y retiró la protección ofrecida. Wetherell murió
-arruinado. (Knapp).</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_143"><span class="label"><a href="#FNanchor_143">[143]</a></span>
-Alude, probablemente, a Khartum, capital del Sudán. (Nota de
-Burke.)</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_144"><span class="label"><a href="#FNanchor_144">[144]</a></span> <i>The
-mystery of Udolpho</i>, por Mrs. Radcliffe (1764-1823). (Nota de
-Burke.)</p>
-</div>
-
-<div class="footnote">
-<p id="Footnote_145"><span class="label"><a href="#FNanchor_145">[145]</a></span>
-Puente. (Nota de Burke.)</p>
-</div>
-
-</div>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="transnote" id="tnote">
- <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p>
- <ul>
- <li>Se ha respetado la ortografía original, normalizándola a la
- grafía de mayor frecuencia.</li>
-
- <li>Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar.</li>
-
- <li>Las páginas en blanco han sido eliminadas.</li>
-
- <li>En los diálogos cuyas entradas están precedidas del nombre del
- interlocutor, se ha sustituído la presentación tipográfica por
- la utilizada en los dos restantes tomos de esta obra.</li>
-
- <li>Se ha reparado el emparejamiento de los puntos de admiración e
- interrogación, y de los paréntesis y comillas.</li>
-
- <li>Las letras capitulares al comienzo de los capítulos se han
- generalizado a todos ellos.</li>
-
- <li>Se ha completado el <a href="#ToC">índice</a> con menciones, entre
- corchetes, al material introductorio que no se refleja en él.</li>
-
- <li>El transcriptor ha creado la imagen de la cubierta y la sitúa
- en el dominio público.</li>
- </ul>
-</div>
-</div>
-
-<p>&nbsp;</p>
-<p>&nbsp;</p>
-<hr class="full" />
-<p>***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA BIBLIA EN ESPAÑA, TOMO I (DE 3)***</p>
-<p>******* This file should be named 51019-h.htm or 51019-h.zip *******</p>
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-<p>
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-derived from texts not protected by U.S. copyright law (does not
-contain a notice indicating that it is posted with permission of the
-copyright holder), the work can be copied and distributed to anyone in
-the United States without paying any fees or charges. If you are
-redistributing or providing access to a work with the phrase "Project
-Gutenberg" associated with or appearing on the work, you must comply
-either with the requirements of paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 or
-obtain permission for the use of the work and the Project Gutenberg-tm
-trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or 1.E.9.</p>
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-with the permission of the copyright holder, your use and distribution
-must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any
-additional terms imposed by the copyright holder. Additional terms
-will be linked to the Project Gutenberg-tm License for all works
-posted with the permission of the copyright holder found at the
-beginning of this work.</p>
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-electronic work, or any part of this electronic work, without
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-Gutenberg-tm License.</p>
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-compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including
-any word processing or hypertext form. However, if you provide access
-to or distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format
-other than "Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official
-version posted on the official Project Gutenberg-tm web site
-(www.gutenberg.org), you must, at no additional cost, fee or expense
-to the user, provide a copy, a means of exporting a copy, or a means
-of obtaining a copy upon request, of the work in its original "Plain
-Vanilla ASCII" or other form. Any alternate format must include the
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-performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
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-
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-access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works
-provided that</p>
-
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-<li>You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
- the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
- you already use to calculate your applicable taxes. The fee is owed
- to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he has
- agreed to donate royalties under this paragraph to the Project
- Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments must be paid
- within 60 days following each date on which you prepare (or are
- legally required to prepare) your periodic tax returns. Royalty
- payments should be clearly marked as such and sent to the Project
- Gutenberg Literary Archive Foundation at the address specified in
- Section 4, "Information about donations to the Project Gutenberg
- Literary Archive Foundation."</li>
-
-<li>You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
- you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
- does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
- License. You must require such a user to return or destroy all
- copies of the works possessed in a physical medium and discontinue
- all use of and all access to other copies of Project Gutenberg-tm
- works.</li>
-
-<li>You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of
- any money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
- electronic work is discovered and reported to you within 90 days of
- receipt of the work.</li>
-
-<li>You comply with all other terms of this agreement for free
- distribution of Project Gutenberg-tm works.</li>
-</ul>
-
-<p>1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project
-Gutenberg-tm electronic work or group of works on different terms than
-are set forth in this agreement, you must obtain permission in writing
-from both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and The
-Project Gutenberg Trademark LLC, the owner of the Project Gutenberg-tm
-trademark. Contact the Foundation as set forth in Section 3 below.</p>
-
-<p>1.F.</p>
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-<p>1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
-effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
-works not protected by U.S. copyright law in creating the Project
-Gutenberg-tm collection. Despite these efforts, Project Gutenberg-tm
-electronic works, and the medium on which they may be stored, may
-contain "Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate
-or corrupt data, transcription errors, a copyright or other
-intellectual property infringement, a defective or damaged disk or
-other medium, a computer virus, or computer codes that damage or
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-of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
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-PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3. YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
-TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
-LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
-INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
-DAMAGE.</p>
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-defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
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-written explanation to the person you received the work from. If you
-received the work on a physical medium, you must return the medium
-with your written explanation. The person or entity that provided you
-with the defective work may elect to provide a replacement copy in
-lieu of a refund. If you received the work electronically, the person
-or entity providing it to you may choose to give you a second
-opportunity to receive the work electronically in lieu of a refund. If
-the second copy is also defective, you may demand a refund in writing
-without further opportunities to fix the problem.</p>
-
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-in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS', WITH NO
-OTHER WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT
-LIMITED TO WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.</p>
-
-<p>1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied
-warranties or the exclusion or limitation of certain types of
-damages. If any disclaimer or limitation set forth in this agreement
-violates the law of the state applicable to this agreement, the
-agreement shall be interpreted to make the maximum disclaimer or
-limitation permitted by the applicable state law. The invalidity or
-unenforceability of any provision of this agreement shall not void the
-remaining provisions.</p>
-
-<p>1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
-trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
-providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in
-accordance with this agreement, and any volunteers associated with the
-production, promotion and distribution of Project Gutenberg-tm
-electronic works, harmless from all liability, costs and expenses,
-including legal fees, that arise directly or indirectly from any of
-the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this
-or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or
-additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any
-Defect you cause. </p>
-
-<h3>Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm</h3>
-
-<p>Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
-electronic works in formats readable by the widest variety of
-computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
-exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
-from people in all walks of life.</p>
-
-<p>Volunteers and financial support to provide volunteers with the
-assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
-goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
-remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
-and permanent future for Project Gutenberg-tm and future
-generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
-Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
-www.gutenberg.org.</p>
-
-<h3>Section 3. Information about the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation</h3>
-
-<p>The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
-U.S. federal laws and your state's laws.</p>
-
-<p>The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
-mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
-volunteers and employees are scattered throughout numerous
-locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
-Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
-date contact information can be found at the Foundation's web site and
-official page at www.gutenberg.org/contact</p>
-
-<p>For additional contact information:</p>
-
-<p> Dr. Gregory B. Newby<br />
- Chief Executive and Director<br />
- gbnewby@pglaf.org</p>
-
-<h3>Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation</h3>
-
-<p>Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
-spread public support and donations to carry out its mission of
-increasing the number of public domain and licensed works that can be
-freely distributed in machine readable form accessible by the widest
-array of equipment including outdated equipment. Many small donations
-($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
-status with the IRS.</p>
-
-<p>The Foundation is committed to complying with the laws regulating
-charities and charitable donations in all 50 states of the United
-States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
-considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
-with these requirements. We do not solicit donations in locations
-where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
-DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
-state visit <a href="http://www.gutenberg.org/donate">www.gutenberg.org/donate</a>.</p>
-
-<p>While we cannot and do not solicit contributions from states where we
-have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
-against accepting unsolicited donations from donors in such states who
-approach us with offers to donate.</p>
-
-<p>International donations are gratefully accepted, but we cannot make
-any statements concerning tax treatment of donations received from
-outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.</p>
-
-<p>Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
-methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
-ways including checks, online payments and credit card donations. To
-donate, please visit: www.gutenberg.org/donate</p>
-
-<h3>Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.</h3>
-
-<p>Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
-Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
-freely shared with anyone. For forty years, he produced and
-distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
-volunteer support.</p>
-
-<p>Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
-editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
-the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
-necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
-edition.</p>
-
-<p>Most people start at our Web site which has the main PG search
-facility: www.gutenberg.org</p>
-
-<p>This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
-including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
-subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.</p>
-
-</body>
-</html>
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