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-The Project Gutenberg EBook of Memorias de un Hombre de Acción: #6 La Ruta
-del Aventurero, by Pío Baroja
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
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-Title: Memorias de un Hombre de Acción: #6 La Ruta del Aventurero
-
-Author: Pío Baroja
-
-Release Date: December 20, 2015 [EBook #50726]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN ***
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-
-Produced by Carlos Colón, University of Toronto and the
-Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net
-(This file was produced from images generously made
-available by The Internet Archive)
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- Nota del Transcriptor:
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- Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.
-
- Errores obvios de imprenta han sido corregidos.
-
- Páginas en blanco han sido eliminadas.
-
- Letras itálicas son denotadas con _líneas_.
-
- Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas)
- han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal.
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- PÍO BAROJA
-
- MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
-
-
-_El aprendiz de conspirador._
-
-_El escuadrón del Brigante._
-
-_Los caminos del mundo._
-
-_Con la pluma y con el sable._
-
-_Los recursos de la astucia._
-
-_La ruta del aventurero._
-
-_Los contrastes de la vida._
-
-_La veleta de Gastizar._
-
-_Los caudillos de 1830._
-
-_La Isabelina._
-
-_El sabor de la venganza._
-
-
- LA RUTA DEL AVENTURERO
-
-
-
-
- ES PROPIEDAD
- DERECHOS RESERVADOS
- PARA TODOS LOS PAÍSES
-
-
- COPYRIGHT BY
- RAFAEL CARO RAGGIO
- 1921
-
-
- Establecimiento tipográfico
- de Rafael Caro Raggio
-
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-
- PÍO BAROJA
-
-
- MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
-
-
- LA RUTA DEL
- AVENTURERO
-
- NOVELA
-
-
- [Ilustración]
-
-
- RAFAEL CARO RAGGIO
- EDITOR
- MENDIZÁBAL, 34
- MADRID
-
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-
- PRÓLOGO
-
-
-ESTAS dos historias, _El Convento de Monsant_ y _El Viaje sin objeto_,
-parece que fueron escritas, hace años, por un inglés, J. H. Thompson,
-que vivió mucho tiempo en Málaga, donde se dedicaba al comercio de la
-uva.
-
-Algunos dicen que el tal ciudadano no se contentaba con el comercio del
-susodicho género al exterior, sino que lo consumía también en zumo y al
-interior; pero esta debe ser una de tantas calumnias que se ceban en
-los hombres de aspecto y costumbres distintos de la generalidad.
-
-Como verá el curioso o indiferente lector, en las dos narraciones
-thompsonianas aparece nuestro héroe Aviraneta de una manera un tanto
-episódica.
-
-Quizá los aviranetistas científicos o aviranetistas de la cátedra nos
-pregunten: ¿Qué garantías tiene ese J. H. Thompson como historiador
-veraz? ¿Qué grado de certeza pueden conceder a sus afirmaciones las
-personas serias y sensatas? Lo ignoramos.
-
-Por ahora, a pesar de haber revisado todos cuantos diccionarios
-enciclopédicos han caído en nuestras manos, no lo hemos visto citado
-entre los Bossuet, los Solís, los Macaulay, los Cantú, los Thiers
-y otros grandes historiadores, magníficos por su elocuencia, su
-pedantería y su moral, que han contribuído a aburrir al mundo; tampoco
-se sabe que el dicho Thompson perteneciera a ninguna academia de buenas
-ni de malas letras, histórica, arqueológica, lingüística o filatélica,
-lo cual, unido a que no tuvo, al parecer, ninguna cruz, ni encomienda,
-ha hecho pensar a muchos que debió ser hombre de poca formalidad y de
-poca importancia.
-
-Los datos que hemos podido recoger de este inglés extravagante y
-jovial, proporcionados por uno de sus amigos, son los siguientes:
-
-Juan Hipólito Thompson era hijo de un disecador de animales de Holborn
-Street, en Londres, y sobrino de un farmacéutico de Soho, de la misma
-ciudad.
-
-J. H. pasó la infancia en el taller de su padre, entre tigres,
-serpientes, caimanes, cocodrilos y otros animales disecados, llenos de
-escamas, garras, uñas, picos, y de furor en vida; y de paja, papel de
-periódicos, virutas, y serenidad después de la muerte.
-
-J. H. jugó con los ojos de cristal que habían de resplandecer en las
-cuencas vacías de los monstruos; J. H. se divirtió con los dientes
-afilados de las fieras; J. H. se entretuvo con las lenguas rojas de
-las alimañas, con las plumas de los pavos reales y las crestas de las
-abubillas.
-
-J. H. vió claramente que un cocodrilo nunca tiene una mirada tan
-fascinadora como cuando se le ponen ojos de cristal, y que una
-serpiente de cascabel nunca parece tan de cascabel como cuando se le
-ata uno de estos adminículos a la cola.
-
-Tan grandes descubrimientos le condujeron con rapidez al escepticismo.
-
-Esta colección de uniformes barrocos que posee la madre Naturaleza,
-esta guardarropía absurda y caprichosa, llevó a J. H. a mirar con
-cierto desdén la realidad fenomenal y a sentir una gran inclinación
-hacia el conocimiento de esa incógnita que los sabios llamamos lo
-nouménico, y también la cosa en sí.
-
-Como hemos indicado antes, J. H. tuvo un tío, soltero y de alguna
-posición. Este señor, bibliófilo y ex farmacéutico, que vivía rodeado
-de libros y de estampas, hizo leer a su sobrino las obras de los
-filósofos, entre ellos Bacon, el caballero Locke, Berkeley y Kant.
-
-J. H. discutió con sus amigos acerca de las grandes antinomias del
-pensamiento humano.
-
-J. H. profundizó los tres diálogos entre Hylas y Philonous de Berkeley,
-y se convenció de que el mundo, la materia, los astros, el amor y
-hasta las casas de préstamos, que a veces frecuentaba por ineludible
-necesidad, no tenían realidad objetiva.
-
-Llevado por estas ideas, o por sus inclinaciones, en vez de dedicarse
-a cosas sanas, decentes y respetables, como la abogacía, el comercio
-o el préstamo usurario, J. H. se dedicó al dibujo, a la caricatura, a
-la pintura y a otras absurdidades que, en general, no conducen mas que
-a sentir el hambre con violencia y en horas intempestivas, en que no
-suenan los tres golpes de la campana del comedor de un hotel.
-
-A J. H., además de llevarle a la ruina, le obligaron a escapar de
-Inglaterra.
-
---¿Adónde ir?--se dijo J. H.--. ¿En dónde colocar la débil e insegura
-planta?
-
-¿Conoces tú el país donde maduran los limoneros y en el follaje sombrío
-brilla la naranja de oro.
-
-Esta pregunta se hizo J. H., como Mignon en la canción de Goethe.
-
-No; no conocía el país donde maduran los limoneros, ni la montaña y su
-sendero brumoso, ni la tierra que se adorna con el mirto discreto y el
-soberbio laurel.
-
-No conocía J. H. mas que las calles sucias de Londres y las tabernas
-de la City; y como un ibis de los que había disecado su padre, antes
-de caer bajo el plomo de un cazador irrespetuoso, extiende sus alas
-sobre las aguas del Nilo y se lanza en el espacio azul, él levantó el
-vuelo y se vino a España. Sus aventuras en nuestro país le impulsaron a
-escribir el _Viaje sin objeto_.
-
-Después Thompson hizo la expedición de Missolonghi con lord Byron, se
-casó en Andalucía y acabó olvidando a Kant, a Berkeley, los dibujos,
-las caricaturas y vendiendo pasas.
-
-Ya sabemos que la mayoría de los críticos suspicaces no creerán en la
-existencia de J. H.; que supondrán que es un Homunculus creado por
-nosotros con una fórmula más o menos vulgar, pensando que el inglés
-jovial no existe y que, a lo más, es un embolado que el editor de esta
-obra trae del cabestro para entretener al público.
-
-Piensen lo que quieran estos críticos suspicaces, el editor no vacila
-en afirmar, con la mano puesta en el corazón y con la lealtad de un
-hombre que desciende, según su difunta tía, de uno de los más ilustres
-caballeros de la antigüedad, contemporáneo del reino, que J. H. vivió,
-existió, tuvo realidad objetiva en nuestro pequeño e insignificante
-planeta.
-
-Algunos escépticos han intentado sembrar dudas acerca de la
-autenticidad del _Convento de Monsant_, basándose en hallarse raspados,
-borrados y sustituídos por otros escritos encima los nombres de los
-personajes que intervienen en la acción.
-
-Al mismo tiempo afirman que está cambiado el nombre de la ciudad
-levantina que aparece como fondo, pues la Ondara que figura aquí no es
-la Ondara de la provincia de Alicante, que no es puerto de mar.
-
-Nada de esto ha podido quebrantar nuestra fe en la existencia de J. H.
-y en la veracidad de su relato.
-
-Para nosotros, _El Convento de Monsant_ es tan auténtico, tan
-demostrado como el _Viaje sin objeto_.
-
-Se podrá argüir que ambas narraciones no son brillantes, que no tienen
-la magia de estilo de un poeta meridional, que están escritas, como
-quien dice, en tono menor; pero todo ello depende de que la visión de
-J. H. es la visión escueta y descarnada del que mira y contempla con la
-pupila fría de un hombre del Norte, acostumbrado, como disecador, a ver
-la entraña de las cosas.
-
-Hechas estas salvedades, para dejar en buen lugar nuestra seriedad
-de hombres históricos y nuestro respeto por las grandes verdades de
-la filosofía, la geografía, etcétera, etc., pasamos a copiar los dos
-relatos de J. H., ex disecador, ex acuarelista, ex caricaturista y
-vendedor de pasas.
-
-
-
-
- EL CONVENTO DE MONSANT
-
-
-
-
- I
-
- UNA CIUDAD LEVANTINA
-
-
-A orillas del Mediterráneo y en el fondo de una ensenada hay una
-pequeña ciudad blanca colocada sobre alta colina y rodeada por una
-sierra que forma gran anfiteatro de montes desnudos y pedregosos.
-
-Ondara, nombre que unos consideran de origen griego y otros de origen
-ibérico, se repliega en la falda de un cerro, promontorio destacado de
-la cordillera que penetra en el mar.
-
-Este promontorio, llamado por los romanos Promontorio Ondaroe, tiene un
-viejo castillo en la cumbre, y debió ser en otro tiempo una Acrópolis
-donde se encerraban las tropas con su caudillos a la llegada del
-enemigo y se guardaban los dioses lares de la ciudad.
-
-La gran sierra, en anfiteatro, de Ondara se levanta al acercarse al mar
-en un monte más alto, denominado el Monsant.
-
-El Monsant limita la bahía de Ondara por el norte. Hacia el interior
-tiene un picacho cónico y desnudo, gigante abrumado en la soledad, que
-debió ser en otro tiempo un volcán, con sus aristas y surcos, por donde
-corrió la lava. Hacia el mar avanza formando un cabo, como una proa
-formidable rota por alguna convulsión ígnea en láminas negras, hendidas
-por rajaduras, en cuyo fondo penetra el agua y golpea como un ariete.
-
-El desmoronamiento del Monsant ha dejado pequeños archipiélagos
-rocosos: tritones negros que se bañan entre los meandros blancos de las
-olas y de las espumas.
-
-Neptuno y Anfitrite, con su cortejo de nereidas y de sirenas, parecen
-presidir estos locos desvaríos del mar.
-
-La ensenada de Ondara, cerrada al norte por el Monsant, circunscrita
-por la sierra con sus rocas azules por la mañana y moradas al
-anochecer, termina hacia el sur en una punta baja de arena con un faro
-en su extremo. Tiene esta ensenada dos playas grandes, abiertas, llenas
-de pedruscos, ennegrecidas por las algas, y un puerto natural al pie
-mismo de las casas.
-
-Durante el primer tercio del siglo XIX Ondara era todavía pueblo de
-alguna importancia estratégica; tenía un castillo y una muralla.
-
-El castillo había sufrido mucho durante la guerra de la Independencia;
-los cañones estaban desmontados; las casamatas, destruídas; por todas
-partes quedaban reliquias de una lucha violenta y tenaz.
-
-La muralla general del pueblo, de poco valor defensivo, era baja,
-sin fosos ni obras exteriores, a trechos aspillerada y a trechos
-no, interrumpida por baluartes y torreones circulares, con sus
-correspondientes garitas.
-
-Esta pared moderna, blanca y de poca altura, que rodeaba la ciudad, se
-unía al castillo y tenía hacia el puerto una explanada grande, llamada
-la Glorieta, y un hornabeque con sus baterías.
-
-Había, además de la pared baja, que circunvalaba a Ondara, restos de
-fortificaciones, antiguos lienzos de muralla de color de ámbar dorados
-por el sol de los siglos y ennegrecidos por el aire del mar.
-
-Uno de éstos, el más extenso, cerraba un gran barranco que existía
-entre el castillo y el barrio de pescadores.
-
-Era una cortina de piedra de grandes bloques tallados. Los eruditos no
-se hallaban muy de acuerdo en señalar la época de construcción de esta
-muralla. Unos la consideraban del tiempo de los etruscos, fundadores de
-la ciudad; otros, de origen romano.
-
-Los eclécticos afirmaban que había parte de muro antiquísima; otra,
-romana, y otra, reedificada por los árabes.
-
-El conjunto de murallas de Ondara levantadas en distintas épocas se
-unía, trazando un 8, encerrando en sus dos círculos el castillo y la
-ciudad.
-
-Se comprendía que antiguamente Ondara debió de ser fortaleza
-importante, casi inexpugnable; del lado del mar tenía que ser muy
-difícil su conquista, y difícil también del lado de tierra, guardando
-los pasos de su anfiteatro de montañas.
-
-Todavía fuera de su recinto la ciudad presentaba vestigios de defensa,
-y a la entrada del puerto, sobre unas rocas, se levantaban dos
-torrecillas negras medio derruídas: una, llamada el Fortín, y la otra,
-la Torreta.
-
-La ciudad de Ondara, muy vieja en sus ruinas y muy nueva en sus
-construcciones, era casi en su totalidad moderna. Únicamente la iglesia
-mayor, y algunas casas próximas a la muralla, procedían de edades
-pretéritas.
-
-La iglesia mayor, de traza gótica, tenía una fachada pintada de color
-azul claro, con una portada barroca y una galería con remates en forma
-de jarrones.
-
-Esta iglesia se levantaba en el centro de una plazoleta, y se erguía
-sobre el caserío ondarense con su torre cuadrada y su cúpula de
-azulejos verdes.
-
-Por dentro, la alta nave mostraba las nervaduras de sus columnas y sus
-ojivas pintadas de amarillo, y en las claves tenía escudos coloreados.
-
-En las capillas resplandecían los grandes altares churriguerescos, con
-sus columnas salomónicas retorcidas, y las tablas antiguas pintadas por
-maestros imitadores de los flamencos.
-
-Otra iglesia existía en Ondara, hacia el puerto; los arqueólogos no
-hubiesen encontrado en ella belleza alguna; sin embargo, pintada de
-azul y de rosa, daba la impresión de juventud y de fuerza de una
-aldeana rozagante.
-
-El caserío de Ondara, agrupado en torno de la iglesia, en la colina del
-castillo, tenía un aire de inocencia, de beatitud, de paz; parecía un
-rebaño blanco que rodease a su pastor. En las azoteas de las casas se
-secaban al sol trapos de mil colores. A los pocos tejados del pueblo la
-humedad del mar los llenaba de musgo y hacía brotar en ellos hierbales
-frondosos y verdes.
-
-Ondara no ofrecía nada de caprichoso ni de pintoresco; tenía un barrio
-de campesinos y otro de pescadores. El centro lo formaban dos o tres
-calles bastante anchas, con comercios importantes. Paseaban por ellas
-los señoritos desocupados, los jóvenes militares, arrastrando el sable,
-y los curas, con su gran teja y las manos a la espalda, recogiendo
-el manteo por detrás. A ciertas horas cruzaban grupos de mocitas muy
-garbosas, muy limpias y pizpiretas, que trabajaban en el embalaje de
-las naranjas.
-
-De vez en cuando pasaba algún coche o una tartana de familia rica, y
-los jóvenes sabían inmediatamente si era Vicenteta o Doloretes, o el
-padre o la madre de una de éstas, la que iba en el carruaje.
-
-Fuera de las calles céntricas y comerciales, las demás eran rectas,
-bastante anchas y desiertas. Las casas, bajas, sin alero, de grandes
-puertas y rejas pintadas de verde, se alineaban una tras otra,
-inundadas de sol, como ensimismadas en la calma soñolienta.
-
-Los transeúntes eran escasos.
-
-Sólo por la mañana se veían viejas vestidas de negro, de ojos
-desconfiados, y alguna con su poco de barba, que sacaban una llave de
-debajo del manto, abrían un postigo y cerraban después dando un gran
-portazo, manifestando su desprecio para el resto de los mortales.
-
-El barrio de pescadores era lo más pintoresco de Ondara: allí se veían
-calles estrechas y en cuesta, con casuchas pequeñas, chozas, barcas
-metidas en los corrales y una población marinera expresiva, exagerada y
-gesticulante. Los hombres trabajaban, hablando, gritando, en su lengua
-mediterránea; las viejas, ennegrecidas por el sol, componían redes
-y velas, y los chiquillos haraposos, con harapos rojos, amarillos,
-verdes, de los colores más vivos, correteaban con los pies descalzos...
-
- * * * * *
-
-Si Ondara no presentaba nada extraordinario desde el punto de vista
-arqueológico, poseía una luz mágica que la doraba, la hermoseaba, la
-convertía a ciertas horas en una ascua de oro, en una ciudad de fuego,
-y en otras le daba un aire de pueblo oriental, de inmovilidad, de calma
-y de luz.
-
-Como todas las ciudades del Mediterráneo, nacidas del beso suave de
-la tierra con el mar, Ondara tenía algo armónico por encima del caos
-producido por la mezcla de muchas razas y de diversas gentes.
-
-Era ciudad provinciana y cosmopolita, campesina y pescadora. En ella
-el ser más humilde, el pescador más mísero, llevaba en el cerebro, por
-la misma limitación del mar interior, una idea del mundo. Allí cerca
-estaba el Africa, con sus misterios; más lejos, Grecia, Roma, Egipto,
-con sus ciudades opulentas de cielo incomparable y de suelo fecundo...
-
-El habitante obscuro del Atlántico mira el mar como un final ilimitado;
-el habitante obscuro del Mediterráneo mira el mar como un camino.
-
-De ahí quizá su superioridad colectiva, su sentido social.
-
-Para un hombre llegado de las costas del Atlántico, las orillas
-del _mare nostrum_ guardan siempre una sorpresa, que a veces toma
-aspecto de lección. En estas aguas azules del mar latino, que cantan
-eternamente en las costas, el hombre vive una vida ligera y elástica;
-allá, a veces, parece superficial lo que en otras partes parece
-profundo; allá la marea no amenaza constantemente al hombre como en el
-Océano, y la vida humana se desarrolla en el contacto plácido de la
-tierra con el mar; de la tierra, que es la patria y la ciudad; del mar,
-que por el remo o por la vela se convierte en el camino del mundo...
-
-A pesar de esto, la misma magia de la decoración, la misma esplendidez
-del fondo, hace en estos lugares que el hombre parezca de contornos más
-limitados, más acusados y quizá por esto más pequeño.
-
-
-
-
- II
-
- EL CASTILLO
-
-
-EL castillo era un peñón árido que se destacaba de la sierra y avanzaba
-hundiendo en el mar sus acantilados rojos y amarillentos.
-
-Contemplado a lo lejos apenas se advertía en él mas que alguno que
-otro lienzo de muralla de color de ceniza, la torre de señales y las
-baterías altas de su cumbre.
-
-Desde el puerto aparecía imponente con sus paredones grandes de piedra,
-dorados por el sol; sus torres, sus baterías, sus fortines, sus garitas
-verdinegras, los traveses, que iban trazando zig-zag por los glacis, y
-los viejos cañones, que miraban al mar.
-
-La tierra, rojiza, de entre muralla y muralla tenía rincones con
-almendros y melocotoneros, que en primavera resplandecían como ramos de
-nieve y de rosa, y taludes con viñas y hierbas salvajes esmaltadas de
-flores amarillas y azules.
-
-Subiendo al castillo y entrando en su recinto se veía que era ya una
-ruina, un amontonamiento confuso de murallas viejas, griegas, romanas,
-visigodas, árabes y alguna que otra moderna.
-
-Los militares consideraban la restauración de la fortaleza casi inútil,
-y el Gobierno no tenía, al parecer, intenciones de artillarla.
-
-El castillo tenía tres puertas: la puerta de Tierra, que salía cerca de
-la plaza de la Iglesia; la de la Marina, que miraba al muelle, y la del
-Socorro, que daba al campo.
-
-Esta última, de extramuros, servía para recibir refuerzos y auxilios
-del exterior en el caso de que la ciudad estuviese rebelada contra el
-Poder o se hallara ocupada por el enemigo.
-
-Entrando por la puerta de la Marina y pasando por un puente levadizo,
-limitado por cadenas y flanqueado por dos garitas, se atravesaba un
-arco, a uno de cuyos lados estaba el cuerpo de guardia.
-
-Allí, en unos bancos, solía verse a los soldados sentados, mientras que
-el oficial paseaba por delante del muelle o fumaba en una mecedora.
-
-Del arco de entrada partía una cuesta muy agria, que pasaba por
-debajo de un túnel de ocho o diez pasos de largo, y al salir de él
-se desembocaba en un anchurón con casamatas, parque de municiones y
-almacén de pólvora.
-
-Desde aquí el camino se bifurcaba; uno iba por la izquierda mirando
-a la sierra; el otro, por la derecha, frente al mar. Los dos se
-encontraban en la explanada de una batería y rodeaban la ciudadela.
-
-El camino de la izquierda pasaba por encima del pueblo, amenazándole
-con sus viejas torres, rojizas, guarnecidas con matacanes, y sus
-baluartes del tiempo de Vauban; luego iba la contraescarpa dando vista
-a la campiña, limitada por el anfiteatro de montañas, que comenzaba en
-el Monsant y seguía por las otras alturas que formaban la sierra.
-
-El camino de la derecha presentaba puntos de vista admirables; tenía al
-principio una batería enlosada, la batería de la Marina, encima mismo
-del puerto.
-
-Los cañones de esta batería eran de bronce, verdes, con escudos y
-letreros, y pesadas cureñas llenas de adornos. Era aquel sitio uno de
-los más pintorescos del Castillo. Por entre las almenas se veía el mar.
-Una garita de piedras, vacilantes, colgada en el vacío, con un agujero
-redondo en el suelo, dejaba ver el puerto a vista de pájaro.
-
-Saliendo de la batería de la Marina, el camino escalaba una cuesta,
-corría por encima de los acantilados, pasaba por delante de la Cueva de
-Pastor, que terminaba en el mar, y llegaba a la batería de las Damas.
-Aquí la vista se había alargado, ensanchado, enriquecido.
-
-Más arriba se hallaba la batería de San Antón, donde se encontraban los
-dos caminos que daban la vuelta al monte, y, desde esta batería, subía
-otro camino, que escalaba lo más alto del promontorio. Desde aquí se
-divisaban dos o tres pabellones, una torre grande y cuadrada, el Macho,
-una pequeña azotea convertida en jardín, el Mirador, y una última
-batería, la batería del Rey, sin muralla ni troneras, desde la cual,
-los morteros podían disparar en todas direcciones.
-
-De lo alto de aquella altísima explanada se abarcaba el paisaje y el
-pueblo, excepto algunas rinconadas muy próximas al castillo.
-
-Dominábase desde la altura, como de ninguna otra parte, la sierra,
-Ondara, el mar azul y las rocas del cabo de Monsant.
-
-El pueblo, acurrucado debajo del castillo, tenía un aire ensimismado y
-soñoliento; centelleaban sus luceros de cristal, la cúpula de azulejos
-de su iglesia, sus tejados verdosos y sus azoteas, llenas de ropas
-blancas. En los alrededores, al borde de las sendas, crecían las
-grandes piteras entrecruzando sus láminas verdes y agudas como puñales,
-cubiertas de polvo.
-
-Hacia la sierra, el campo fulguraba ardoroso y requemado; en las partes
-bajas algunos pequeños huertos de hortalizas regados por acequias
-mostraban su verdura, y otros más grandes de naranjos brillaban en
-invierno con sus constelaciones de frutos dorados entre el obscuro
-follaje. En los repechos y faldas de la sierra se respaldaban alquerías
-rodeadas de bosquecillos, de olivos y de almendros. En las cumbres, los
-montes secos y pedregosos, como formados por ceniza y piedra pómez,
-erizaban sus aristas, y los caminos blancos parecían sembrados de yeso.
-
-En una cuesta, dos filos de cipreses, interrumpidas por cruces de
-piedra, escalaban una altura hasta llegar al camposanto.
-
-En lo más elevado del castillo, sobre el antiguo promontorio ardoroso
-y calcinado, estaba el jardín del Mirador. Este jardín era un repecho
-de la muralla, anejo al pabellón donde vivía el coronel que mandaba las
-fuerzas de la ciudadela. Tenía el Mirador una torrecilla, llamada el
-Castellet, y unas escaleras para subir a la batería del Rey.
-
-Desde allí se dominaba el mar, el mar azul, de un color espléndido,
-intenso, bajo el cielo fulgurante.
-
-A lo lejos, sobre un acantilado que parecía de mármol, brillaba la
-mancha blanca de un pueblecito.
-
-En el Mirador brotaban rosales con rosas de todos colores; jazmines
-mezclados con mirtos y con el follaje obscuro de los naranjos. Una
-adelfa, de flor encendida, parecía una cascada de fuego.
-
-La coronela cuidaba con mucho cariño las plantas del Mirador.
-
-Todos los días, los soldados sacaban agua para regar el jardín de una
-cisterna, la cisterna del Moro, que era antigua, revestida de piedra y
-profundísima.
-
- * * * * *
-
-En el castillo de Ondara había de guarnición dos compañías de
-infantería y un destacamento de artillería. Esta pequeña fuerza, que
-apenas llegaba a cuatrocientos hombres, contaba con una oficialidad
-numerosa, mandada por un coronel titulado gobernador.
-
-Este, con su mujer, vivía en uno de los pabellones del castillo; en
-otro pabellón habitaban, con sus familias, un comandante y un capitán.
-Los demás oficiales tenían sus casas en el pueblo.
-
-Por las tardes de primavera y otoño, y el verano, por las noches,
-solía haber tertulia en el Mirador del castillo. La coronela hacía los
-honores en su jardín, e iban a saludarla los oficiales distinguidos de
-la guarnición.
-
-
- III
-
- LOS SOSPECHOSOS
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-UNA tarde de mayo, al caer el sol, después de un día ardoroso y
-sofocante, el puerto de Ondara se veía más animado que de ordinario.
-Estaban desembarcando dos laúdes de carbón llegados de Ibiza, y volvían
-al mismo tiempo de retorno las lanchas de los pescadores.
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-El mar estaba azul, de un azul casi negro, tranquilo, sosegado; sobre
-su anchura brillaban, como alas mágicas, las triangulares velas latinas.
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-El sol poniente iluminaba la tierra. El castillo centelleaba en sus
-acantilados rojizos y amarillentos. Parte del pueblo refulgía como un
-ascua, y saltaban chispas de incendio de las vidrieras, de los luceros
-y de los azulejos; parte, hundido en la sombra, se bañaba en un aire de
-color de violeta.
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-En el muelle, los cargadores, con sus gorros rojos, iban y venían
-llevando fardos; los carpinteros de ribera aserraban cuadernas y
-armaban las costillas de las barcas en esqueleto, tendidas en los
-arsenales; los chicos jugaban y correteaban como gorriones, acercándose
-a la lancha que llegaba; las viejas componían redes, y algunos
-carabineros, sentados en un banco, delante de la puerta de la Marina,
-hablaban entre sí. Mozos, negros por el sol, con aire de piratas
-berberiscos, cargados con cuévanos llenos de pececillos brillantes,
-pasaban delante de los carabineros, pagaban unos cuartos y entraban en
-las calles voceando pescado.
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-En las tabernas, los marineros hablaban a gritos; otros, agrupados
-en las mesas, oían las explicaciones sabias de algún piloto experto
-y decidido: viejo Palinuro, conocedor de las corrientes y de los
-vientos...
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-En esto, a la caída de la tarde, se presentó a unas millas de Ondara
-un barco, que produjo gran sorpresa en el pueblo. Era un navío de
-alto bordo que, en aquel momento, se acercaba con sus velas blancas
-desplegadas, fantástico, como una alucinación.
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-El atalayero de la fortaleza hizo las señas con gallardetes, y el barco
-izó la bandera en el castillo de popa.
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-Los curiosos de Ondara se acercaron al puerto a contemplar el navío, y
-los militares de la ciudadela aparecieron en la batería de la Marina y
-en la batería del Rey a mirar con anteojos y gemelos.
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-Alguno de los oficiales se acercó a la atalaya, y el atalayero, en
-tono que no tenía réplica, dijo que el barco aquel era una polacra de
-doscientas cincuenta toneladas, que llevaba bandera del reino de las
-Dos Sicilias.
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-Sabidos la nacionalidad y el tonelaje del navío, los oficiales de
-guardia del castillo se pusieron a hacer comentarios acerca del objeto
-que podía tener la polacra al acercarse a Ondara.
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-Estaría la embarcación napolitana a una milla próximamente de distancia
-del puerto cuando cayeron unas velas, se levantaron otras y la polacra
-quedó al pairo, inmóvil. Entonces se vió que de su costado bajaba un
-bote al mar, que poco después avanzaba, a fuerza de remos, hacia el
-muelle.
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-El coronel, gobernador del castillo, mandó que un oficial fuera a
-interrogar a los del bote, y quedó él con un anteojo mirando al mar
-desde la alta explanada de la ciudadela.
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-La gente marinera contemplaba también, con curiosidad, la lancha de la
-polacra, que iba avanzando.
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-Esta se acercó, dejando una estela plateada en el agua, hasta atracar
-en una de las escaleras del malecón del muelle. Inmediatamente bajaron
-tres hombres.
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-Eran del aspecto más heterogéneo que puede imaginarse: uno, alto,
-grueso, colorado, vestido con un viejo redingote; el otro, también
-alto, encorvado, amarillo, con aire de enfermo, cubierto con un carrick
-negro con rayas blancas; el tercero, pequeño, engallado, rubio,
-vestido elegantemente con frac azul de botones dorados, pantalones
-azules, chaleco de grana y cachucha de oficial de Marina inglesa.
-Los dos primeros parecían vestidos en una trapería; al tercero se le
-hubiera tomado por un currutaco que iba a un baile o a una recepción
-aristocrática.
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-El hombre alto, al desembarcar, subió las escaleras con un saco; el
-enfermo llevaba un fardel en la mano; el pequeño, rubio y elegante,
-hizo que un marinero le llevase al muelle una gran maleta.
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-El oficial enviado por el gobernador se acercó a los tres individuos
-con el fin de interrogarles.
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-Los marineros del bote, al momento que dejaron a los hombres con
-sus equipajes en tierra, separándose del muelle comenzaron a remar
-furiosamente y se alejaron dirigiéndose a la polacra.
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---¡Se van!--exclamaron los del público con sorpresa.
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---No; es que van a traer otros--replicaron algunos de esos seres
-perspicaces que siempre están en el secreto de los acontecimientos.
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-Los desconocidos acabados de desembarcar se hallaban en el malecón,
-rodeados de un círculo de marineros, mujeres y chiquillos.
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---¡Bueno, bueno, basta ya!--gritaba el hombre pequeño y rubio,
-dirigiéndose a la multitud--. No seáis imbéciles. Aquí no hay nada que
-ver. ¡Fuera!
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-En esto, apartando la gente, se acercó a los tres individuos el oficial
-enviado por el coronel gobernador.
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---¿De dónde vienen ustedes?--preguntó con voz seca.
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---Venimos de Grecia, después de haber tocado en Nápoles--contestó el
-hombre alto y rozagante.
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---¿Son ustedes españoles?
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---No; somos ingleses.
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---¿Qué hacían ustedes en Grecia?
-
---Eramos comerciantes. Los turcos saquearon la ciudad donde vivíamos y
-tuvimos que escapar.
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---¿Y por qué los han desembarcado?
-
---Es que nuestro compañero se encuentra enfermo y quería a toda costa
-dejar el barco.
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-Un sargento que acompañaba al oficial se acercó a él y le dijo en voz
-baja:
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---No vayan a tener la peste.
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-El oficial dió unos pasos atrás. La frase y el movimiento no pasaron
-inadvertidos para la gente, que al momento ensanchó el círculo que
-rodeaba a los tres hombres.
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-El oficial habló con mucha reserva con el sargento y dijo después
-dirigiéndose a los sospechosos:
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---No pueden ustedes entrar en el pueblo.
-
---¿Por qué?--preguntó el hombre alto.
-
---Porque tienen que ir al lazareto en observación.
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-Los desconocidos se miraron unos a otros.
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---¿No habrá un mozo o una caballería para llevar nuestro
-equipaje?--preguntó el elegante pequeño y rubio con voz seca--. Se le
-pagará lo que sea.
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-Un campesino, después de vacilar mucho, dijo que él tenía una mula y
-que la traería.
-
-Se esperó a que viniera, se sujetaron encima de la caballería el saco
-y la maleta, se fué el oficial, y el sargento, dueño de la situación,
-dijo severamente a los supuestos apestados:
-
---Vengan ustedes detrás de mí; pero de lejos ¡eh! No hay necesidad de
-acercarse.
-
-Los tres hombres, llevando en medio al enfermo, siguieron al sargento
-y al campesino de la mula. Avanzaron por la playa. De trecho en trecho
-tenían que pararse para que el enfermo descansara. Cruzaron un pequeño
-barrio formado por cabañas y algunas barcazas convertidas en viviendas
-y adornadas con tiestos y cajas llenas de tierra con flores.
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-Allí por donde pasaban iban produciendo expectación; la voz de que eran
-apestados había corrido por el pueblo.
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-El sargento, dejando la parte habitada de la playa, se acercó a un
-arenal desierto en donde se levantaba una casa cuadrada, medio ruinosa,
-montada sobre un basamento macizo de piedra, que impedía que el agua
-del mar entrase dentro en los temporales. Para subir a la casa había
-unos escalones.
-
-Veíanse alrededor de ella cajas de mercancías abiertas y algunas
-lanchas podridas.
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---Este es lazareto de Ondara--dijo el sargento--. Aquí van ustedes a
-pasar la cuarentena de observación. Bajen ustedes los equipajes.
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-El enfermo se sentó tristemente en una de las escaleras de la casa
-abandonada, mientras los otros dos y el campesino descargaban la
-caballería.
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-Hecho esto, el sargento dijo como despedida:
-
---No se les permite a ustedes acercarse a la ciudad bajo pena de
-muerte. Por la mañana y por la noche se les traerá pan y rancho, que se
-les dejará en la puerta. Ya lo saben. ¡Adiós!
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-El campesino tomó el ronzal de su macho, cogió el dinero que le dió el
-hombre rubio, lo contó y comenzó a alejarse despacio por la playa.
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-Se quedaron los tres hombres solos, y mientras el enfermo, envuelto en
-una manta, miraba el mar, los otros dos entraban en la casa solitaria.
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-Abrieron las carcomidas ventanas. El sitio era destartalado y sucio:
-una nave como una sala de hospital con una cocina pequeña en el fondo.
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---Puesto que aquí tenemos que estar algunos días, vamos a ver si
-limpiamos esto--dijo el hombre alto.
-
---Vamos allá--repuso el pequeño.
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-Se quitaron los dos las levitas, y en mangas de camisa y con un cubo
-cada uno, fueron a orillas del mar a buscar agua. Estuvieron después
-una hora, armados de escobas, barriendo y baldeándolo todo, hasta dejar
-el suelo limpio.
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-Terminada esta faena, sacaron unos jergones viejos y los sacudieron al
-aire libre.
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-El enfermo dijo que tenía ganas de tenderse; le pusieron dos jergones
-en el suelo, uno encima de otro, y se acostó envuelto en una manta.
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-Los dos hombres sanos, después de acabar la tarea, quedaron a la
-puerta, cansados, sin hablarse, en una plácida contemplación del
-paisaje.
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-Iba anocheciendo. Enfrente se veía el mar, rizado, con adornos de
-plata; a la derecha brillaban las murallas del castillo con los últimos
-resplandores del sol; a la izquierda se veía una punta lejana azul con
-un faro, cuya luz escintilaba pálidamente en el cielo incendiado del
-crepúsculo.
-
-Las nubes, grandes y algodonosas, tomaban un tinte cobrizo; el
-viento fuerte del anochecer rizaba el agua en pequeñas olas; seguían
-resplandeciendo blancas, amarillas, remendadas, las velas latinas a
-lo lejos. Las barcas pescadoras volvían de dos en dos; la polacra
-napolitana había encendido un fanal que parecía un gran lucero
-vespertino, y con todas sus velas desplegadas comenzaba a alejarse, con
-el aire misterioso de una alucinación...
-
-
-
-
- IV
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- ENTIERRO
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-POR la noche todo el mundo hablaba en Ondara de los tres hombres
-llegados en el bote al puerto, a quienes se tenía como pestíferos. Se
-recelaba que el capitán de la polacra siciliana los había expulsado de
-su barco por considerarles sospechosos de padecer la peste. Algunos
-vecinos afirmaban que el gobernador debió prohibirles terminantemente
-bajar en el muelle; otros, más piadosos, decían que no era lícito
-abandonar y dejar desamparados a unos hombres aunque estuvieran
-enfermos.
-
-Los técnicos aseguraban que todo dependía de no tener organizados los
-servicios sanitarios. Según ellos, si se hubiera ido con la lancha de
-sanidad al encuentro del bote lanzado al mar por la polacra, se hubiera
-impedido el desembarco.
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-En la tertulia de la señora del coronel Hervés, en el mirador del
-castillo, se habló mucho de los supuestos pestíferos, y un médico
-militar, don Jesús Martín, y un teniente de artillería llamado
-Eguaguirre, decidieron visitar a los aislados en el lazareto.
-
-A la mañana siguiente montaron a caballo y se presentaron en la casa
-abandonada de la playa.
-
-Al llegar se encontraron a los dos hombres sanos, al alto grueso y al
-pequeño delgado, afanados en calafatear un bote viejo. Les saludaron y
-les preguntaron qué hacían.
-
---Aquí estamos--dijo el alto con una alegre sonrisa--trabajando a ver
-si componemos este bote.
-
---¿Para qué?
-
---Para salir al mar. Así podremos entretenernos un poco y pescar y
-cambiar de alimentación.
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---¿Y el enfermo?--preguntó el médico.
-
---Está igual.
-
---¿Qué tiene?
-
---Tiene unas fiebres palúdicas que le han consumido.
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---Voy a verle. Soy médico.
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-El hombre alto subió los escalones de la casa, abrió la puerta e hizo
-pasar al doctor adentro. Este se acercó a la cama del enfermo. Apenas
-podía incorporarse con la debilidad.
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-El doctor Martín reconoció al palúdico, salió de la casa y se lavó las
-manos en un cubo de agua del mar.
-
---Este hombre está muy grave--dijo.
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---Sí; ya se ve.
-
---¿Ha tomado quinina?
-
---Con poca constancia.
-
---¿Cómo se alimenta?
-
---Mal; ya ve usted; nos mandan rancho únicamente. Le damos el caldo,
-que filtramos por una tela.
-
---Bueno; pues ya enviaremos otro alimento y quinina.
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---Veremos a ver si mejora--murmuró el hombre alto.
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---No, creo que no--dijo el médico--. Está ya muy depauperado. No durará
-una semana.
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-Al salir el médico y el hombre alto a la playa se encontraron
-al pequeño y delgado, que seguía trabajando en mangas de camisa
-calafateando el bote, mientras el teniente Eguaguirre le contemplaba.
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---Veo que son ustedes gente que no se deja amilanar por la
-desgracia--exclamo el doctor.
-
---Está uno acostumbrado a todo.
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---Será difícil que pongan esta lancha a flote--saltó el oficial de
-artillería.
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---Ya veremos--replicó el hombre delgado--. Se intentará.
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---Les voy a enviar a ustedes--repuso el médico--un bote viejo que
-teníamos para el servicio de sanidad, y que ya no se emplea. Está feo y
-sin pintar, pero no hace agua.
-
---¡Oh, muchas gracias!
-
-Se fueron el médico y el joven oficial, y al día siguiente había un
-bote delante del lazareto. Los dos marineros que lo tripulaban bajaron
-a la playa y, desde lejos, advirtieron a los pestíferos que allí estaba
-la lancha.
-
-El doctor había mandado llevarles un aparejo de pesca, que vieron en el
-bote sobre un banco, envuelto en un papel.
-
-Durante una semana la vida de los dos hombres fué la misma. Por la
-mañana se levantaban al amanecer, daban alimento al enfermo, almorzaban
-ellos y salían a pescar en el bote; por la tarde volvían al mar, y de
-noche, uno de los compañeros velaba al palúdico mientras el otro dormía.
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-A los ocho días de llegar al lazareto el enfermo murió.
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-El hombre delgado escribió al gobernador del castillo y al alcalde. Les
-decía en su carta que había muerto de fiebre uno de los recogidos en el
-lazareto, coronel inglés al servicio del Gobierno griego. Añadía que el
-coronel profesaba la religión evangélica y que por este motivo rogaba a
-las autoridades dijeran dónde podía ser enterrado su cadáver, para lo
-cual pedía les facilitaran instrumentos: un pico y una pala para cavar
-la sepultura.
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-El alcalde contestó secamente diciendo que podían enterrar al muerto
-cerca de la playa. Cualquier cosa era buena para malvados herejes como
-aquéllos.
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-El gobernador mandó a dos soldados con una pala y y un pico.
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-Los dos hombres del lazareto recorrieron la playa. Encontraron lejos de
-la casa un trozo de terreno firme, de arena petrificada, al pie de un
-acantilado, y allí decidieron cavar la fosa. Hicieron un hoyo profundo
-y, terminado éste, volvieron al lazareto. Después vistieron el cadáver,
-lo metieron en el bote y se acercaron al lugar escogido. Tomaron el
-muerto entre los dos sobre una escalera, cruzaron la playa y dejaron
-el cadáver en la fosa. El hombre alto sacó del bolsillo una Biblia y
-comenzó a leer versículos en inglés; el otro le escuchaba atento. Este,
-de cuando en cuando, echaba un montón de arena en la fosa y después
-quedaba inmóvil, apoyado en el mango de la pala. Hecha la obra, los dos
-hombres volvieron al bote, y mientras remaban hablaron.
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-El alto y grande atendía y respetaba al pequeño, a quien consideraba
-como capitán. Este llamaba a su compañero por su apellido: Thompson.
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---Amigo Thompson--dijo el Capitán--, desde este momento cambio de
-nombre y de personalidad.
-
---¿Cómo?
-
---Voy a tomar mientras esté aquí el nombre del pobre Mac-Clair, que
-hemos enterrado. Llevo pasaporte de súbdito inglés con mi verdadero
-nombre, pero prefiero usar el de Mac-Clair.
-
---Pero usted no sabe inglés, Capitán.
-
---No importa. Mac-Clair será un inglés que ha vivido en España y en
-Francia y que no quiere hablar su idioma. Un inglés antiinglés de la
-escuela de nuestro lord Byron.
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-Llegaron en el bote a la playa, desembarcaron, encallaron la lancha en
-la arena y entraron en el lazareto. Dejaron la pala y el pico en un
-rincón y leyeron los papeles del muerto. Podían servir para el Capitán.
-Al revisar los documentos Thompson encontró un sobre pesado. Tenía
-dentro veinte libras esterlinas.
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---Se ha muerto Mac-Clair y la situación mejora--dijo Thompson.
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---Mac-Clair ahora soy yo--replicó el Capitán--. No se le ocurra a usted
-decir que ha muerto.
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---Ya que usted se empeña, lo haré así. Me acostumbraré a llamar al
-muerto el Coronel. El pobre Coronel tenía mala suerte.
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-Al día siguiente Thompson y el Capitán salieron a pescar como de
-costumbre.
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-Así estuvieron viviendo un mes, aislados, sin hablar con nadie.
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-Difícil hubiera sido encontrar otros hombres tan obedientes a las
-órdenes dadas por las autoridades. No se acercaban al pueblo con el
-menor pretexto.
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-Al terminar el mes, en vez de ir ellos hacia la gente de los
-alrededores, fué la gente de los alrededores la que comenzó a
-aproximarse a ellos. Una vieja, que tenía una cantina en un lanchón,
-sostenido por cuatro montones de piedras en la playa, se ofreció a
-hacer la comida y la cena a los dos hombres sospechosos.
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-Estos dejaron el rancho a algunos hambrientos, y los pescadores, viendo
-que los supuestos pestíferos estaban cada vez más sanos y fuertes, se
-hicieron amigos suyos y salían a pescar juntos.
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-Desde el momento que se supo en el pueblo que los desterrados del
-lazareto no estaban enfermos ni daban señales de impaciencia ni de
-cólera, la opinión comenzó a manifestarse contra ellos. La mayoría
-consideraba irritante que los tales hombres vivieran en el lazareto
-como en un lugar de placer.
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-También les parecía una prueba de indiferencia absurda el que no
-hubiesen hecho el menor intento de entrar en Ondara, como si la ciudad
-no les interesara lo más mínimo.
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---¡Qué gentes serán éstas!--se decían los ondarenses.
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-El gobernador, al saber que había transcurrido el tiempo reglamentario
-de cuarentena, dió la orden de que no se llevara el rancho a los
-detenidos y de que desalojaran inmediatamente el lazareto.
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-El Capitán y Thompson mandaron a un chiquillo en busca de una tartana.
-Cuando llegó ésta metieron los equipajes en ella y fueron los dos
-hombres al pueblo.
-
-Compraron ropa blanca y algunas prendas que necesitaban, se afeitaron
-y cortaron el pelo y se presentaron en la fonda de la Marina, en donde
-les contemplaron con sorpresa.
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-Todo el mundo los creía unos lobos de mar, aventureros, medio piratas,
-negros, barbudos, y se encontraron bastante sorprendidos al hallarse
-con dos caballeros, uno de ellos elegante hasta el _dandysmo_.
-
-
-
-
- V
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- EL TENIENTE EGUAGUIRRE
-
-
-AL instalarse en la fonda, el Capitán dijo a la dueña que pensaba
-estar pocos días; esperaba un barco para marcharse a Francia. Thompson
-aseguró que él también se dirigiría a Gibraltar cuanto antes.
-
-La fonda de la Marina, en donde se instalaron ambos, era bastante
-cómoda y limpia. Los cuartos que les destinaron daban a un ancho balcón
-corrido, que caía hacia un huerto.
-
-Desde este balcón se veía, delante, el castillo sobre los glacis, con
-sus cubos y murallones, bañados por el sol, que los iluminaba, según
-las horas, con luz diferente.
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-Thompson comenzó a pintar acuarelas, poniendo por fondo las ruinas del
-castillo.
-
-Ocupaba la fortaleza todo el horizonte. Comenzaba por un torreón de
-piedra rojiza, cuadrado, con matacanes en la parte alta y saeteras
-estrechas y ventanas enrejadas en la baja.
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-El sol poniente solía dorar esta torre al caer de la tarde, y le daba
-un color de miel.
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-El torreón se unía con lienzos de paredes amarillentas, almenadas, con
-otra torre que se prolongaba hasta el mar, dejando cubos y baluartes
-y cortinas de piedra entre ellos. A un nivel más bajo, rodeando la
-fortaleza, había una muralla blanca, moderna, con garitas redondas y
-troneras que limitaba el camino de ronda.
-
-Desde la parte alta del castillo a la contraescarpa bajaba la colina
-formando gradas de anfiteatro y taludes de tierra, cortados en diagonal
-y en zig-zag por los muros de poca altura de los traveses.
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-En estos taludes, cuyas trincheras estaban muy mal conservadas,
-brotaban toda clase de hierbas: aquí había un jardincito con unos
-cuantos rosales y un almendro; allá, unas plantas de viña. Arriba,
-arriba, se veía el follaje de un laurel del mirador de la coronela...
-
- * * * * *
-
-El huerto de la casa era triste; reinaban allí el silencio y la sombra;
-los naranjos altos subían en busca de sol, y un limonero mostraba en
-sus ramas limones marchitos, atados a ellas con bramantes. La luz clara
-y diáfana de las mañanas, la reverberación cegadora del mediodía y de
-las primeras horas de la tarde, el ambiente tibio del anochecer, el
-silencio, el ruido de agua en la acequia cercana, sumían a Thompson en
-una gran delicia.
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-En tanto el acuarelista se ocupaba de sus dibujos y de sus manchas, el
-Capitán iba al puerto y quería preparar su viaje en seguida.
-
-En la fonda de la Marina había cuatro oficiales y algunas otras
-personas de menos importancia. Entre estos oficiales, el que se
-consideraba, no se sabía por qué, con más derechos, era el teniente
-de artillería Eguaguirre. Eguaguirre tenía el mejor cuarto y pagaba
-como los demás. Algunos intentaron protestar de esta distinción
-injustificada; pero Eguaguirre siguió siendo el hombre mimado de la
-casa.
-
-El teniente tuvo, al llegar a Ondara, dos desafíos, que produjeron
-una gran emoción en la ciudad. En el primero hirió gravemente a su
-adversario en el cuello; en el segundo le dieron una estocada en el
-pecho que le obligó a estar en la cama cerca de un mes.
-
-La patrona trataba a Eguaguirre con gran consideración. Los demás
-oficiales de la fonda no se atrevían a tutearle como a sus camaradas.
-
-Juan Eguaguirre era poco querido.
-
-Su impertinencia, su frialdad, su tendencia al malhumor, su manera
-de hablar con desprecio de los hombres y de las mujeres le hacían
-antipático.
-
-Era Eguaguirre alto, moreno, esbelto, de nariz fuerte y bien dibujada,
-ojos negros, bigote corto, patillas pequeñas; el pelo, bastante largo,
-con un mechón sobre la frente. Eguaguirre tenía una gran elegancia; los
-ademanes, siempre fáciles y académicos. Vestido de uniforme, parecía
-un personaje. Al contemplarle por primera vez, se veía que era un
-orgulloso, un conquistador que se creía digno de todo.
-
-Esta seguridad de algunos hombres, que convencen con su ademán de que
-tienen más derechos que los demás, la poseía él en grado sumo. Cuando
-Eguaguirre entraba en algún sitio, sobre todo donde hubiera mujeres,
-era el primero; sentía la convicción de su valer, que llegaba a
-comunicar a los otros.
-
-Por lo que se contaba, Eguaguirre había tenido disgustos en su
-infancia, cuando vivía con su tío el coronel del mismo apellido que fué
-encausado durante la primera reacción de Fernando VII.
-
-Eguaguirre era puntilloso, de un amor propio exagerado, que disimulaba
-con afectada indiferencia.
-
-El orgullo es, sin duda, planta que crece en las razas viejas y en los
-pueblos en ruina. La vanidad es sentimiento de países más jóvenes y con
-más ilusiones. El orgullo es lo que queda a las razas y castas caídas.
-
-Eguaguirre era de una antigua familia acomodada de Navarra, cuya casa y
-cuyos bienes habían desaparecido.
-
-Al encontrarse en la mesa de la fonda de la Marina, Eguaguirre y el
-Capitán se sintieron hostiles.
-
-El Capitán habló a Eguaguirre en tono ligero, cosa que al oficialito
-produjo enorme asombro.
-
-No sólo hizo esto, sino que al segundo día el Capitán comenzó a
-interrogarle.
-
---¿Es usted sobrino del coronel Eguaguirre?--le dijo.
-
-Eguaguirre no contestó.
-
---¿Si es usted sobrino del coronel Eguaguirre?--volvió a preguntar el
-Capitán.
-
---¿Por qué me lo pregunta usted?
-
---Por nada, por saberlo.
-
---¿Es que yo le pregunto a usted quién es, ni quiénes son sus
-parientes, por curiosidad?
-
---No; pero puede usted preguntármelo. Yo le contestaré si me parece.
-
-Eguaguirre miró con una sorpresa creciente al Capitán. El tono ligero
-de éste le produjo verdadera estupefacción.
-
-Eguaguirre esperó a que terminara la comida, y acercándose al Capitán
-le preguntó de un modo frío y seco:
-
---¿Qué tenía usted que decirme del coronel Eguaguirre?
-
---Yo, nada. Que es un valiente y un buen liberal.
-
---¿Lo dice usted como censura?
-
---No; al contrario.
-
-La mano derecha del Capitán hizo entonces el signo de reconocimiento de
-la masonería escocesa, al cual contestó el teniente.
-
---Sabía que era usted amigo o enemigo--dijo Eguaguirre--, que no era
-usted persona indiferente.
-
---Somos hermanos--replicó el Capitán.
-
---Dígame usted qué quiere usted hacer aquí para que le ayude.
-
---Mi amigo Thompson y yo--dijo el Capitán--volvemos de Grecia, donde
-hemos estado en compañía de lord Byron. A la altura de este puerto
-tuvimos que desembarcar y salir de la polacra siciliana donde íbamos
-por imposición de los marineros, que habían supuesto que Thompson,
-el enfermo y yo estábamos los tres apestados. Respecto a nuestros
-proyectos, Thompson quiere marchar a España, y yo pienso ir a Marsella,
-luego a Burdeos y trasladarme a Méjico.
-
---Creo--repuso Eguaguirre--que lo que más le conviene a usted es ir a
-Valencia.
-
---No; no me entusiasma esa idea. El Angel Exterminador tiene muchos
-agentes en esas ciudades del litoral mediterráneo.
-
---Sí, es verdad--dijo Eguaguirre estremeciéndose y mirando a derecha
-e izquierda--. Entonces tendrá usted que esperar un laúd que vaya
-directamente a un puerto de Francia.
-
-Tras de una larga conversación a solas, Eguaguirre intimó con el
-Capitán. Thompson, en cambio, nunca simpatizó con el oficial de
-artillería. Este era aficionado a dar largos paseos a caballo. Thompson
-prefería ir a pescar.
-
-El Capitán, buen jinete, comenzó a acompañar a Eguaguirre en sus paseos
-a caballo por los alrededores de Ondara. Muchas veces se cruzaban
-con otros militares jóvenes, y también con frecuencia con una damita
-rubia y pequeña que, vestida de amazona y montada en un caballo tordo,
-marchaba muy esbelta y elegante.
-
---Es la coronela--dijo Eguaguirre al verla por primera vez yendo en
-compañía del Capitán--. Es _mísis_ Hervés.
-
---¿Inglesa?
-
---Mixta, hija de un militar inglés y de una española.
-
---¿Pero casada con un español?
-
---Sí; con el gobernador del castillo.
-
-Otros muchos días se cruzaron con la coronela.
-
-El Capitán llegó a creer que entre la angloespañola y Eguaguirre había
-algo, y que sus saludos fríos y corteses escondían una pasión o un
-principio de amor.
-
-El Capitán, al parecer, conocía bien la vida y los tipos de la milicia,
-porque pronto llegó a calar a Eguaguirre.
-
---Este es un hombre de pasiones--le dijo a Thompson--, sensual, poco
-inteligente. Aunque no me ha dicho nada, le creo jugador y me figuro
-que está en relaciones íntimas con la coronela.
-
---Parece un hombre apático.
-
---No, no. Es todo lo contrario: de una sensibilidad aguzada y de un
-amor propio enfermizo. Toda esa indiferencia es una comedia, una
-finta. Eguaguirre, por lo que creo, es un caso curioso. Está en parte,
-desesperado, porque se considera como liberal perseguido y cree que
-no va a prosperar en el ejército; por otra parte, los amores con la
-coronela y el juego le tienen en una continua exaltación...
-
-La historia de Eguaguirre era interesante.
-
-Al poco tiempo después de salir de la Academia, a mediados de 1822,
-había sido destinado a Valencia, donde se afilió a la masonería.
-Eguaguirre era valiente y estaba dispuesto a batirse para ascender en
-la carrera. En 1823, después de la expedición de Bessieres, Eguaguirre
-buscó la ocasión de salir al campo.
-
-El 19 de marzo, los cabecillas realistas Sempere y Ulman sorprendieron
-Sagunto y se apoderaron del castillo. El Gobierno ordenó al coronel
-Fernández Bazán que saliera a atacar a los facciosos. Bazán encontró a
-los realistas entre Sagunto y Almenara, y, a pesar de que tenía menos
-fuerzas que ellos, los derrotó.
-
-Poco después, Bazán se encontraba en Chilches con las tropas reunidas
-de Sempere y de Capapé y sufrió un completo descalabro.
-
-Se habían unido Sempere, Capapé, Ulman, algunas compañías de Prast y
-Chambó, y habían colocado sus fuerzas de artillería en un repliegue
-del terreno. Bazán, al ponerse en contacto con la primera línea de
-los realistas la hizo retroceder; los realistas se acogieron a su
-línea de trincheras. Bazán mandó que, al mismo tiempo que avanzaba su
-infantería, la caballería diera una carga por uno de los flancos; pero
-el escuadrón completo, en vez de obedecer, huyó cobardemente en todas
-direcciones; los realistas rodearon a los constitucionales, y éstos,
-entre los cuales estaba Eguaguirre, quedaron prisioneros.
-
-Los realistas ataron a los constitucionales y los llevaron al castillo
-de Sagunto.
-
-Eguaguirre, que no tenía ideas políticas muy arraigadas y a quien,
-en el fondo de su alma, lo mismo le daba el rey absoluto que la
-Constitución, se desesperó al verse atado como un bandido y conducido
-en manada como cabeza de ganado.
-
-Eguaguirre tuvo que devorar durante el camino los mas violentos
-ultrajes. _¡Lladres! ¡Negres! ¡Chudios!_--les llamaban las viejas.
-¡Mueran los franc-masones! ¡Mueran los asesinos de Elío!--gritaban los
-hombres.
-
-Cuando Eguaguirre llegó a entrar en el calabozo del castillo de
-Sagunto, y se echó en un montón de paja, lloró de desesperación y de
-rabia.
-
-Unos días después estaba el oficialito tendido en su camastro,
-pensando en la posibilidad de ser fusilado, cuando se abrió la puerta
-de la mazmorra y aparecieron dos mujeres: una de ellas, la mujer del
-cabecilla Chambó; la otra, la del coronel realista Espuny, gobernador
-del castillo de Sagunto.
-
-La mujer de Chambó era una moza bravía, de Ulldecona, frescachona y
-guapa; la de Espuny era del mismo Valencia, una rubia perfilada y
-redicha.
-
-Las dos mujeres hablaron con Eguaguirre y decidieron salvarle. Al día
-siguiente, el oficial era trasladado de cuarto, y a la semana estaba
-libre para andar por la ciudad.
-
-Entre las dos mujeres, la de Chambó y la de Espuny, se estableció una
-rivalidad celosa por salvar a Eguaguirre. El oficialito se dejó querer
-con su indiferencia de sultán.
-
-Un día, Chambó, que era hombre arrebatado y decidido, detuvo a
-Eguaguirre, y, agarrándole de la solapa, le provocó a un desafío.
-
---No tengo armas--le contestó Eguaguirre, pálido de cólera.
-
---Yo le traeré a usted un sable--replicó el cabecilla en su acento
-catalán rudo.
-
-Chambó volvió al poco tiempo con dos caballos y dos sables.
-
---Sígame usted--dijo.
-
-Montaron los dos a caballo y se dirigieron por el camino de Valencia,
-al trote, sin hablarse.
-
-No haría cinco minutos que habían salido cuando dos jinetes, al galope,
-fueron tras ellos.
-
-Llevaban un parte urgente para Chambó.
-
-El cabecilla, al leerlo, se enfureció, tiró la gorra al suelo con rabia
-y comenzó a lanzar juramentos.
-
---Espéreme usted aquí--dijo a Eguaguirre--. Vuelvo en seguida.
-
---Esperaré--contestó éste.
-
-Chambó desapareció, seguido de los dos hombres. Eguaguirre quedó solo
-y reflexionó. Realmente, era una tontería esperar; tenía el camino
-abierto ante él; un caballo bueno; era excelente jinete. Se decidió,
-aflojó la brida, dió dos espolazos y se lanzó camino de Valencia.
-
-Llegó a la ciudad, que estaba alarmada con las noticias del avance de
-los franceses.
-
-Eguaguirre no se unió a las fuerzas constitucionales del general
-Ballesteros; tenía una señora amiga de influencia y se acogió a ella.
-
-Esta señora consiguió que Eguaguirre fuese purificado al terminar la
-guerra y enviado a Ondara.
-
-A pesar de sus maniobras para ocultar el pasado, Eguaguirre no había
-podido borrar del todo las huellas en su liberalismo, y los voluntarios
-realistas de Ondara sospechaban de él y le espiaban.
-
-
-
-
- VI
-
- EL MIRADOR DEL CASTILLO
-
-
-UN día, Eguaguirre dijo a sus nuevos amigos, el Capitán y Thompson, que
-la coronela quería conocerlos y que les invitaba a tomar el té en el
-mirador del castillo. Aceptaron los dos invitados con satisfacción.
-
-Por la tarde, Eguaguirre, Thompson y el Capitán montaban a caballo
-delante de la fonda de la Marina, entraban por la puerta de Tierra y
-subían las cuestas de la ciudadela.
-
-Thompson, a cada paso se paraba, admirado, entusiasmado, a contemplar
-el paisaje. El día era de viento sur, luminoso y sofocante; una
-languidez pesada parecía desprenderse del cielo, azul obscuro, y del
-mar, verde e inmóvil.
-
---¡Qué vista más espléndida!--exclamaba el inglés, sacando el pañuelo
-para enjugarse la cara.
-
-El Capitán sonreía, y Eguaguirre, con cierta impaciencia, murmuraba:
-
---La señora de Hervés nos espera. No lleguemos tarde.
-
-En pocos minutos subieron a la parte alta del castillo; pasaron por
-delante de una casamata, a cuya entrada se veían unos cuantos soldados;
-Eguaguirre llamó a uno, le entregó las riendas y bajó del caballo.
-
-Thompson y el Capitán hicieron lo mismo, y se acercaron los tres al
-pabellón donde vivía el coronel; llamó Eguaguirre, y les pasaron por un
-patio hasta el jardín del mirador.
-
-La señora de Hervés les salió al encuentro, y Eguaguirre hizo las
-presentaciones.
-
-Era la coronela una mujer de mediana estatura, más bien baja que alta,
-los ojos negros, el pelo rubio castaño, la boca de almendra, el cuello
-redondo y las manos muy pequeñas.
-
---¿Esta señorita es la hija del coronel?--preguntó el Capitán, aunque
-sabía que no lo era.
-
---No; es la coronela auténtica--repuso Eguaguirre.
-
---No me llame usted coronela, ¡por Dios!--dijo ella.
-
---Es para convencer a este amigo de lo que es usted y de que no es
-usted una supuesta hija del coronel.
-
---Este señor es muy galante.
-
---No; de verdad que parece usted una muchachita soltera--replicó
-el Capitán--, y hace usted muy bien al protestar de que la llamen
-coronela, porque esta palabra parece que ha de referirse siempre a
-alguna señora vieja y avinagrada.
-
-Thompson cambió unas palabras con Kitty; le pidió después permiso para
-contemplar las vistas desde el mirador y desde la batería del Rey.
-Kitty le acompañó, señalándole los pueblos y los montes que se veían a
-lo lejos. Thompson miraba el paisaje con exclamaciones de entusiasmo.
-
-Eguaguirre y el Capitán hablaban. El jardín aquel era pequeño y tupido.
-Los rosales y los mirtos estaban cuajados de flor, y en las manchas
-verdes de follaje de las enredaderas brillaban las campanillas blancas,
-rojas y moradas.
-
-En un extremo del jardín se levantaba el castillejo o castellet,
-antigua torre del homenaje, desde donde se dominaban los alrededores
-casi a vista de pájaro, como desde un globo.
-
-Recorrieron Thompson y Kitty los rincones de la batería, y
-descendieron por una escalerilla de piedra al jardín, a reunirse con el
-capitán y Eguaguirre. Se sentaron en unas butacas de mimbre y charlaron
-los cuatro.
-
-Kitty era hija de un militar inglés y de una señora alavesa, de
-Vitoria. Había quedado huérfana muy joven y se había casado con el
-coronel Hervés, que le llevaba más de treinta años de edad.
-
-Después de un largo rato de conversación, Kitty les invitó a subir a
-una galería abierta que daba al jardín, por unas gradas. Esta galería
-tenía unos arcos. En ella, un criado estaba preparando un refrigerio.
-El Capitán y Eguaguirre tomaron café, y Kitty y Thompson, té.
-
-Desde la galería, a través de los cristales, se veía el cuarto de
-trabajo de la coronela. Kitty les hizo pasar a sus invitados para
-verlo. Tenía una pequeña biblioteca, un piano y un arpa, y cuadernos de
-música clásica y de canciones populares inglesas.
-
-Los entusiasmos literarios de Kitty eran Walter Scott, lord Byron y
-Schelley. Sentía un gran entusiasmo por Diana Vernon, la heroína de
-Rob Roy, a quien confesaba había querido imitar. También tenía en la
-biblioteca obras de Sterne, Fielding y Goethe.
-
-El Capitán miró todos los libros, las estampas y un retrato de mujer
-pintado al óleo.
-
---¿Quién es? ¿Quizá su madre?--preguntó.
-
---Sí.
-
---¿Vive?
-
---No. Murió cuando yo nací. No la he conocido.
-
---A juzgar por el retrato, debía ser una mujer encantadora.
-
---Todos los que la conocieron hablan de ella con entusiasmo.
-
-Kitty quedó melancólica.
-
-Eguaguirre, para borrar esta impresión, instó a Kitty a que cantara,
-y ella, sin hacerse rogar, cantó acompañándose con el arpa algunas
-canciones irlandesas, que produjeron un gran entusiasmo en Thompson.
-
-Tras de recibir los plácemes de todos, Kitty fué a la mesita, donde
-guardaba sus papeles de música, y sacó el _Don Juan_, de Mozart.
-
---¡Ah! Mozart--exclamó Thompson--. Conozco algunas de sus sonatas.
-Dicen que _Don Juan_ es de una música muy obscura.
-
---Yo no lo creo así--contestó Kitty.
-
---Vamos--le dijo a Eguaguirre--. Cante usted.
-
---¡Oh! No, no. Por Dios. Es molestar a estos señores.
-
---De ninguna manera.
-
-Eguaguirre insistió en que lo hacía mal; pero, al fin, cantó con gran
-maestría la serenata de _Don Juan_.
-
- Deh vieni alla finestra.
-
---¡Admirable!--exclamó Thompson--. ¡Magnífico!
-
-Eguaguirre perdió su habitual expresión de tedio y quedó confuso y
-sonrojado de placer.
-
-Después Kitty entonó el aire de _Doña Elvira_:
-
- In quali eccesi o numi,
-
-y tras de éste la coronela y el teniente cantaron el admirable dúo de
-_Don Juan_ y de _Zerlina_,
-
- La ci darem la mano,
-
-que tuvieron que repetir una porción de veces.
-
-Daban a la canción una gran malicia y desenvoltura que ocultaba, sobre
-todo en ella, su entusiasmo amoroso. No había necesidad de ser muy
-psicólogo oyéndolos a los dos para comprender que había entre ellos
-algo más que una efusión artística.
-
-Era lástima viéndolos tan bellos el pensar que sólo saltando por encima
-de las leyes y afrontando el desprecio de la multitud podían llegar a
-unirse.
-
-¿Habrían dado el salto?--pensó el Capitán--. Todo hacía creer que
-Eguaguirre no era de los hombres que sienten temor a coger las flores
-al borde del precipicio.
-
-Después del concierto y del canto charlaron largamente. El Capitán
-había conocido a lord Byron, por quien Kitty tenía gran admiración,
-y contó sus entrevistas con el noble poeta. También había conocido a
-la amazona realista Josefina Comerford, y esta dama interesaba de tal
-manera a Kitty, que el Capitán tuvo que describirla con gran lujo de
-detalles.
-
-Al anochecer se presentó en la galería el coronel Hervés, el marido de
-Kitty.
-
-Era un hombre viejo, opaco, frío, con una amabilidad desdeñosa y una
-manera de hablar balbuceante, de paralítico.
-
-Kitty presentó al Capitán y a Thompson, y el coronel, tomándole a
-éste por su cuenta, se puso a explicarle un sinfín de menudencias
-burocráticas que a él, sin duda, le parecían importantísimas.
-
-Hablaba de una manera fatigosa y pesada:
-
---En estas cuestiones ¡ejem!... hay que atenerse a la parte ex... po...
-si... ti... va ¡ejem! como a la dis... po... si... ti... va ¡ejem!
-¡ejem! ¿Usted me comprende? Porque si usted no se fija mas que en la
-parte dis... po... si... ti... va ¡ejem! ¡ejem! no podrá comprender el
-sentido claro y preciso que el legislador ¡ejem! ¡ejem! ha querido dar
-a la ley... ¡ejem! ¡ejem!
-
-Thompson soportó lo más amablemente los ¡ejem! ¡ejem! y las
-explicaciones pesadísimas del coronel; Kitty mientrastanto sonreía con
-aire de excesiva amabilidad, y Eguaguirre, con su aspecto habitual de
-tedio y de desesperanza, miraba hacia el mar.
-
-Era ya de noche. Los contertulios se despidieron del coronel y de su
-señora y montaron a caballo.
-
-La noche estaba espléndida. Thompson fué mostrando la Osa Mayor y
-Arturus, la Estrella Polar, la Corona Boreal, Casiopea, en medio de la
-Vía Láctea, y los grandes astros, como Capella, Altair y Aldebaran...
-
-El mar murmuraba allá abajo y se oía el rítmico batir de sus olas.
-
-Al acercarse a la batería de San Antón sonó el grito del centinela.
-
---¡Centinela, alerta!
-
-Y después los alertas se oyeron más lejanos, hasta que volvieron a
-acercarse.
-
-Llegaron a la puerta de Tierra. Eguaguirre habló con el capitán de
-Llaves, y los tres pasaron al pueblo.
-
-
-
-
- VII
-
- LOS OFICIALES
-
-
-EN los buenos tiempos en que el castillo de Ondara era una fortaleza
-importante, el cuadro del Estado Mayor de la plaza estaba completo y la
-oficialidad era numerosa. Había entonces un gobernador, el teniente del
-rey, el sargento mayor o mayor de plaza, el asesor, los comisarios, el
-comandante de Artillería, el comandante de Ingenieros, los ayudantes y
-el capitán de Llaves.
-
-En el tiempo de decadencia del castillo, después de la guerra de
-la Independencia, ya estos cargos no tenían más valor que un valor
-burocrático. En esta época de la segunda reacción de Fernando VII, el
-cuadro de oficiales del ejército no ofrecía el carácter homogéneo de la
-oficialidad anterior a la guerra de la Independencia; ya no era ésta
-exclusivamente aristocrática, sino mezclada; los jóvenes de buenas
-familias se encontraban revueltos con los antiguos guerrilleros, con
-los liberales traidores y luego purificados y con los aventureros
-absolutistas que habían ganado sus grados a las órdenes de Mosén Antón,
-el Trapense, Bessieres o Quesada.
-
-Entre los oficiales de la guarnición de Ondara había individuos de
-estos diversos orígenes.
-
-En un pueblo de escasa población y sin vida política no era fácil que
-las divergencias ideológicas de militares y paisanos se hicieran
-más intensas, y, efectivamente, allí se amortiguaban; en cambio, las
-categorías sociales se acusaban y se llegaban a aquilatar los más
-ligeros matices de riqueza, distinción y superioridad.
-
-Kitty había querido influír y suavizar estas diferencias en su tertulia
-del jardín del Mirador.
-
-Al principio iban muchos oficiales de la guarnición; luego comenzaron a
-faltar y, al último, quedaron una media docena.
-
-De las señoras nunca fueron mas que dos o tres.
-
-Sabido es, y ya lo demostró un fraile en un librito publicado a fines
-del siglo XVIII, titulado _Los peligros de las tertulias_, que estas
-reuniones tienen muchos agarraderos para las uñas del Diablo.
-
-Las señoras de Ondara, como la señora doña Proba, que aparece en el
-librito del fraile, creían muy peligrosas las tertulias de Kitty, y no
-iban.
-
-De los hombres, uno de los más asiduos eran don Jesús Martín, el médico
-del regimiento, hombre grueso, lento en el hablar, muy gráfico y
-exacto. Don Jesús era el más entusiasta de los contertulios de Kitty,
-un adorador incondicional de su inteligencia y de su gracia.
-
-Otro de los contertulios temido por su pesadez era el capitán
-Barrachina, hombre alto, de pecho saliente, que se creía conquistador.
-Barrachina tenía los ojos negros, el bigote retorcido, las patillas
-cortas y el color bilioso.
-
-Barrachina era una buena y estúpida persona, con la mentalidad de un
-muchacho de diez y seis años. No había leído nada en su vida. Creía que
-ser un hombre--y él suponía una gran cosa--era ser un fantoche vestido
-de uniforme, con el pecho muy abombado y el ademán desafiador.
-
-Barrachina tenía muchos hijos, y mientras su mujer bregaba con ellos,
-él paseaba su estupidez por el pueblo.
-
-Barrachina hacía la gracia de desacreditar a su mujer; contaba si
-llevaba postizos, si se apretaba el corsé, indiscreciones que a Kitty
-molestaban profundamente.
-
-Otro de los asiduos a la tertulia era el capitán Embun, aragonés,
-hombre fuerte, alto, tosco, de pómulos salientes, que había campeado
-con los realistas de Eroles, y estaba enamorado de Kitty. A veces le
-decía a Eguaguirre:
-
---Esta mujer me vuelve loco--y añadía--: Y está por usted.
-
-También solían frecuentar el pabellón de Kitty un teniente de
-artillería, de anteojos, muy tímido y distinguido, que se llama Urbina,
-y que vivía en la misma fonda de la Marina, y un farmacéutico muy míope
-y muy pedante.
-
-Urbina, que tenía gran amistad con Kitty, no se hablaba con Eguaguirre.
-
-El coronel Hervés andaba siempre en compañía de un comandante, don
-Santos, hombre de aspecto hipócrita y tan pesado como el coronel. Este
-don Santos hablaba en párrafos redondos y con distingos. Los _sin
-embargo_, los _si bien es verdad_, los _si es cierto que_, estaban
-constantemente en su boca.
-
-A sus largas oraciones no se les veía el fin, eran capaces de quitar
-la paciencia a cualquiera. Para hacerlas más exasperantes, terminaba
-diciendo: ¿Está claro? ¿Se da usted cuenta? ¿Ha comprendido usted el
-sentido? ¿Me entiende usted bien?
-
-En la tertulia de Kitty se jugaba al tresillo, y a veces se cantaba y
-se tocaba el piano.
-
-De las señoras, únicamente la mujer de un capitán, una andaluza muy
-graciosa que parecía un chico, iba alguna que otra vez y hablaba como
-una cotorra e imitaba con mucha chispa a todo el mundo.
-
-
-
-
- VIII
-
- URBINA
-
-
-THOMPSON hizo amistades con Miguel Urbina, el teniente de artillería
-tímido y distraído que vivía en la misma fonda y frecuentaba la
-tertulia de Kitty.
-
-Urbina era hombre de estudio; tenía gran afición y entusiasmo por las
-matemáticas y se preocupaba de los problemas científicos de la guerra.
-
-Estaba desde hacía tiempo escribiendo unas observaciones acerca de la
-teoría analítica de las probabilidades de Laplace, trabajo que absorbía
-todo su tiempo.
-
-Urbina no podía comunicar sus dificultades y sus dudas a sus
-compañeros, porque entre los oficiales del castillo no había ninguno
-que pasara de saber las cuatro reglas.
-
-El matemático no tenía amigos. No se entendía bien con los demás
-oficiales.
-
-No cabe duda que el Ejército, noble y esforzado en tiempo de guerra,
-se convierte en una baja institución rutinaria en tiempo de paz. El
-militar formado en el campo de batalla, entre el humo de la pólvora
-y el vaho de la sangre, tiene siempre algo superior a su empleo, que
-borra el carácter de la reglamentación estrecha y de las ordenanzas de
-una disciplina chinesca; en cambio el que no ha tenido más campo de
-acción que la oficina o el rincón maloliente del cuartel, se hace el
-más incomprensivo de los burócratas.
-
-Urbina, que era hombre de preocupaciones elevadas, no podía convivir a
-gusto con sus compañeros, que no hablaban con entusiasmo mas que del
-sueldo y del escalafón y cuyo único entretenimiento era jugar a las
-cartas.
-
-Como hombre tímido y sabio, Urbina había tenido que sufrir muchas
-bromas de jóvenes oficiales estúpidos y petulantes.
-
-Kitty, que comprendía la clase de hombre que era el teniente, le acogía
-con su más amable sonrisa y sabía tratarle con tanta amabilidad, que el
-Mirador del castillo era el único sitio donde el oficial se encontraba
-a gusto.
-
-Urbina tenía esa timidez que no depende de la inteligencia, ni aun de
-la voluntad, sino que parece que está en los músculos, que se niegan a
-obedecer.
-
-El teniente era capaz de pensar con claridad, de intentar realizar lo
-pensado con audacia, de marchar con ímpetu; pero llegaba un momento en
-que sus nervios flaqueaban y se sentía paralizado. En esta situación de
-azoramiento, cualquier cosa, abrir una puerta, saludar, salir de una
-habitación, le dejaba confuso, vacilante, en una actitud de perplejidad
-que a él le resultaba embarazosa y triste y a los demás muy cómica. La
-gente se reía de él, y a consecuencia de esto, Urbina, al verse tan
-absurdo y tan poco consecuente consigo mismo, iba aislándose.
-
-Urbina y Thompson se hicieron amigos y se les veía pasearse juntos con
-mucha frecuencia por el castillo y por el muelle. Cuando hubo confianza
-entre los dos, Urbina habló de Kitty y de Eguaguirre:
-
---¿Qué vida hace la señora de Hervés?--le preguntó Thompson.
-
---Una vida muy independiente. Por la mañana toma su baño, luego da un
-paseo a caballo, lee, escribe, hace excursiones en lancha. Al anochecer
-recibe a sus amigos.
-
---¿Y el pueblo ve bien este espíritu de independencia de nuestra amiga?
-
---No. ¡Ca! El pueblo entero está contra ella. Se la considera loca,
-rara, absurda.
-
---No es extraño.
-
---Luego se habrá usted fijado en que Kitty tiene un gran desprecio por
-todas las vulgaridades y lugares comunes que forman como el caparazón
-constante de la gente mezquina. Muchas veces es capaz de llevar la
-contraria a una persona que defiende una opinión cierta, no porque ella
-piense lo contrario, sino porque tanta seguridad en una idea vulgar,
-aunque sea exacta, le repugna.
-
---Así, tiene que tener muchas enemistades.
-
---Figúrese usted.
-
---No le perdonarán esta independencia de espíritu.
-
---No. ¡Ca! A un hombre no se le perdona tener ingenio y un poco de
-nobleza de espíritu; a una mujer, mucho menos.
-
---¡Lástima!
-
---Sí. Kitty no es nada simpática en Ondara. Su originalidad ha parecido
-a las señoras del pueblo una muestra de extravagancia. No se puede
-encontrar por ahora en su conducta nada digno de tacha, pero se
-cree que no tardará en encontrarse. Su ingenio y su cultura son muy
-sospechosos para las damas ondaresas. No queremos ir a verla--dicen--.
-¡Es tan sabia! Nos pregunta los libros que leemos, sabiendo que no
-leemos ninguno. Para estas damas cuanto hace Kitty es una ridiculez y
-una pedantería. Para ellas todo lo que no sea hablar con el novio en la
-reja, si son solteras, confesarse con el curita jacarandoso u ocuparse
-de trapos, es absurdo.
-
---Así que Kitty estará muy aislada.
-
---Completamente.
-
---¡Parece mentira! ¡Una mujer tan simpática!
-
---Y tan buena--repuso Urbina.
-
---¿Usted cree que es buena de verdad?--preguntó Thompson.
-
---Sí; muy buena y muy inteligente. No encontrará usted en ella envidia,
-ni rencor, ni ningún sentimiento bajo; únicamente, orgullo; pero un
-orgullo noble de verse superior a la generalidad.
-
---Esto habrá contribuído a la antipatía general.
-
---Seguramente; Kitty tiene la vaga sospecha de que todas las
-superioridades se pagan. La finura, la gracia, la amabilidad desarman y
-domestican un momento a las gentes cerriles; pero es una domesticación
-pasajera, porque el bruto vuelve pronto a ser agresivo.
-
---¿Y cree usted que hay algo entre Eguaguirre y ella?
-
---Usted habrá notado lo mismo que yo lo que hay.
-
---¿Qué le parece a usted Eguaguirre? A mí me da la impresión de un
-egoísta frenético.
-
---Sí; es un gran egoísta; pero, al mismo tiempo, hombre tímido,
-violento y sensible. No tiene freno; el menor contratiempo le amilana y
-le sume en una desesperación sombría.
-
---Pues, si Kitty está enamorada de él, como parece--dijo Thompson--,
-Eguaguirre la hará desgraciada.
-
---Sí; por petulancia, por estupidez, por darse tono.
-
-Urbina contó a Thompson la causa de haber reñido con Eguaguirre. Urbina
-había comenzado a galantear a una muchacha del pueblo, huérfana, de una
-familia rica, a quien llamaban Dolores y también la _Clavariesa_, y
-Eguaguirre se interpuso haciendo el amor a la muchacha y entrando en su
-casa.
-
-El tutor había cogido a su pupila y la había llevado al convento de
-Monsant, en donde estaba por el momento. Desde entonces, Urbina no
-quería tratar con Eguaguirre, y únicamente cruzaba con él algunas
-fórmulas de cortesía cuando se encontraba en su presencia delante de
-Kitty.
-
---No quiero tener amistad con él--concluyó diciendo--. Me busca; ha
-intentado darme explicaciones, pero estoy dispuesto a no transigir.
-
-
-
-
- IX
-
- RECOMENDACIÓN DE KITTY
-
-
-LAS guarniciones, como los seminarios y los conventos, tienen todos los
-vicios y las hipocresías de los grupos colegiados.
-
-La proximidad del hombre para el hombre es corruptora: un cuartel,
-un colegio, o un convento siempre serán un centro de fermentaciones
-pútridas. Al hombre, sin duda, le dignifica la soledad; el campo,
-cuanto más deshumanizado, es más sano para el espíritu.
-
-La tropa de un pueblo, en tiempo de paz, es uno de los mayores focos
-de corrupción. Únicamente, el clero puede ponerse a veces a la altura
-del ejército en rapacidad, en lubricidad y en malas costumbres. Difícil
-será encontrar en una guarnición nada alto, levantado y noble; en
-cambio la envidia, la malevolencia, el odio crecen de una manera lozana
-y fuerte.
-
-Pronto se enteraron Thompson y el Capitán de las historias y
-murmuraciones de Ondara...
-
-Una tarde de día de fiesta, en que todo el pueblo estaba en el campo,
-entró Thompson sin meter ruido en su cuarto y se tendió en la cama.
-Durmió un rato. Había dejado la ventana que daba a la galería abierta,
-y al despertarse oyó un rumor de conversación.
-
-Se asomó a curiosear, y vió al comandante don Santos que hablaba con un
-joven oficial de la fonda.
-
-El hombre de las perífrasis y de los circunloquios excitaba al joven
-oficial a que espiara a Eguaguirre y a los dos extranjeros sospechosos.
-Thompson oyó toda la conversación, esperó a que se marcharan los
-militares, y cuando se fueron, salió a la calle a buscar a Eguaguirre y
-al Capitán, que estaban jugando al tresillo en casa de un comerciante
-de la calle Mayor.
-
-Thompson explicó lo que había oído.
-
---¿Qué ha dicho don Santos de mí?--preguntó Eguaguirre.
-
---Ha dicho que un tío de usted, que comenzó su vida militar de
-guerrillero con Mina, fué perseguido como conspirador, en 1816,
-en Denia; que su mismo tío castigó con rudeza a los realistas de
-Villarrobledo, en 1823, y que usted está en relación con él.
-
---¡Bah! No es cierto. Y el oficial, ¿qué decía?
-
---Decía que no; que usted es un hombre indiferente a la política; que
-todas sus aspiraciones consisten en tener dinero y en hacer el amor a
-las mujeres, y que es usted el amante de la señora de Hervés.
-
-Eguaguirre se puso serio y palideció.
-
---También ha contado la historia de una novia de usted, a quien han
-tenido que meter en un convento.
-
---Nada; que no hay manera de vivir aquí sin que la gente se meta en lo
-que uno hace y en lo que no hace--exclamó Eguaguirre furioso.
-
---Y de nosotros, ¿no ha dicho nada?--preguntó el Capitán.
-
---De nosotros ha dicho don Santos que somos masones y que va a mandar
-las señas nuestras a la policía.
-
-El Capitán quedó intranquilo:
-
---Ese hombre debe ser de la sociedad El Angel Exterminador--murmuró.
-
---Es probable--dijo Eguaguirre.
-
---¿Algún espía pagado por esa sociedad?--preguntó Thompson.
-
---No; pagado, no--repuso Eguaguirre--; el comandante ejerce,
-seguramente, el espionaje para prosperar, para ascender. Ya no tenemos
-los militares españoles guerra, ni posibilidad de ella en mucho tiempo;
-ya no se puede llegar como Mina, el Empecinado o Renovales, en seis
-años, de soldado a general, y la gente que quiere hacer carrera intriga
-y espía.
-
-El Capitán estaba pensativo.
-
-Las noticias que llegaban de la persecución de liberales en Valencia
-y en Cataluña eran para llenar de espanto a cualquiera. Se contaban
-historias terribles del Angel Exterminador. Por toda la costa del
-Mediterráneo las venganzas de los absolutistas eran espantosas.
-
-Al ver la intranquilidad del Capitán, Eguaguirre le dijo:
-
---No tenga usted cuidado. Vaya usted a ver a Kitty y háblele
-francamente. El coronel hará lo que ella le indique.
-
---¿Pero no contará lo que se le diga, sin malicia...?
-
---No, no; puede usted fiarse en Kitty mejor que en un hombre.
-
-El Capitán fué a visitar a la señora de Hervés y le expuso sus temores.
-Ella le tranquilizó, asegurándole que influiría en su marido y pararía
-los golpes de don Santos.
-
-El Capitán volvió al lado de Eguaguirre diciendo que Kitty era una
-mujer encantadora.
-
-Unos días después, la señora de Hervés escribía a Thompson una carta
-rogándole que fuera a verla.
-
-Thompson fué y charlaron largo rato.
-
---¿Quién es el Capitán?--preguntó Kitty con curiosidad--. Me ha dado la
-impresión de un hombre extraño, de un personaje de novela.
-
---El Capitán es un aventurero--contestó Thompson--; un tipo de estos
-que, en otro tiempo, hubiera sido un _condottiere_ italiano o un
-compañero de Hernán Cortés en Méjico.
-
---¿Y usted dónde le ha conocido?
-
---Yo le conocí en un barco, al dejar Missolonghi. El llegaba de
-Alejandría, de Egipto; había ido a Missolonghi a verse con lord Byron,
-y como el lord estaba enfermo, esperaba el desenlace de la enfermedad.
-Al saber su muerte, se decidió a volver a Occidente y entró en la
-misma corbeta griega que nosotros. En ella fuimos a Nápoles, donde nos
-embarcamos en la polacra siciliana, en la que llegamos hasta aquí; el
-amigo mío, que murió luego en el lazareto, se agravó en la enfermedad;
-los marineros comenzaron a decir que tenía la peste, y obligaron al
-capitán del barco a desembarcarlo. Yo no quise abandonar a mi amigo;
-el Capitán protestó; pero como la tripulación estaba contra nosotros,
-tuvimos que salir los tres.
-
---¿Y de dónde es el Capitán?--preguntó Kitty.
-
---Actualmente, es súbdito inglés; pero creo que ha nacido en España.
-
-Hablaron de otras cosas, y de pronto la coronela dijo:
-
---Usted es amigo de Miguel Urbina, ¿verdad?
-
---Sí.
-
---Y el Capitán, ¿no le trata?
-
---Muy poco.
-
---Dígale usted que se haga amigo de él. Yo le quiero mucho a Urbina. Es
-un corazón excelente. Miguel está enamorado de una muchacha encerrada
-en un convento de aquí cerca, el convento de Monsant.
-
---Sí; me ha contado sus amores.
-
---¡Ah! ¿Le ha contado a usted sus amores?
-
---Sí.
-
---Pues yo desearía que ustedes le animaran, le ayudasen para que
-hiciese algo por esa muchacha, aunque fuese una locura. El quedaría
-satisfecho, y ella es posible que al verle capaz de una hombrada le
-quisiera.
-
---Nada, le animaremos--dijo Thompson--; intentaremos impulsarle a que
-tome una actitud heroica.
-
-Se despidió Thompson de la señora de Hervés, y por la noche contó
-al Capitán la conversación que habían tenido y el proyecto de que
-hablaron.
-
-
-
-
- X
-
- EXPLICACIÓN
-
-
-PUESTO que nuestra encantadora amiga Kitty ha hecho a usted esa
-recomendación--dijo el Capitán--, trataremos de servirla. Amor, con
-amor se paga. ¿Usted ha comprendido la causa de ese encargo, amigo
-Thompson?
-
---No.
-
---Pues yo se la explicaré a usted. Kitty está enamorada locamente de
-Eguaguirre y quiere tenerlo seguro; teme alguna veleidad de su amante
-por esa muchacha encerrada en el convento de Monsant, de que usted
-habrá oído hablar, que llaman Dolores la _Clavariesa_, y va buscando
-que Urbina se case con la Dolores.
-
---¡Bah! ¿Usted cree en todo lo que se cuenta?
-
---Conozco la historia en sus detalles--replicó el Capitán--. Al llegar
-Juanito Eguaguirre al pueblo, había aquí dos mujeres que los poetastros
-de la localidad llamaban las dos beldades de Ondara: una era Kitty;
-la otra, una huérfana rica, a quien por haber tenido no sé qué cargo
-honorífico en el Calvario, llamaban la _Clavariesa_; Kitty tenía el
-prestigio de su elegancia, de su cultura, de su aspecto extranjero; la
-_Clavariesa_ era una mujer hermosa, con la perfección de líneas de una
-modelo de Praxiteles. Esta _Clavariesa_ era la pupila de un abogado
-llamado Vicente Fenoller. Fenoller, uno de los grandes hombres del
-pueblo, es un señor de gran fachenda, abogado elocuente, regionalista
-entusiasta y católico fanático. Fenoller ha casado a un hijo suyo con
-una mujer rica, y piensa casar al otro con su pupila la _Clavariesa_.
-La tía de la muchacha no es nada partidaria de tal matrimonio.
-
-En este estado de rivalidad entre Kitty y la _Clavariesa_, vino Urbina,
-y, a pesar de su timidez y de su apocamiento, fué acogido por las dos
-rivales con sus más graciosas sonrisas. Urbina, si hubiera sido un
-hombre valiente y de poca preocupación moral, se hubiera lanzado a
-galantear a Kitty; pero no tuvo bastante ánimo para ello, y se dedicó a
-hacer el amor a la _Clavariesa_, que al principio le correspondió. En
-tal situación se presentó Eguaguirre en Ondara.
-
-Al primer mes de estar aquí el teniente había dado un escándalo; había
-ganado y perdido fuertes sumas en el juego, y había tenido un desafío,
-en el cual hirió gravemente a su adversario.
-
-Eguaguirre comenzó sus amores en Ondara por partida doble: galanteaba
-a una muchacha del barrio de pescadores y a la coronela. Kitty se
-divertía con este galanteo, que consideraba inocente. Eguaguirre, que
-es un egoísta furibundo, se encontraba mal de dinero, y al saber que
-Dolores la _Clavariesa_ era rica y huérfana, no se cuidó para nada de
-su amigo Urbina, ni de la coronela, ni de la muchacha del barrio de
-pescadores, y escribió a Dolores una carta de amor. La _Clavariesa_
-le aceptó con gran entusiasmo. Estas permutaciones amorosas fueron
-la comidilla del pueblo. La coronela se eclipsó, y Urbina hizo lo
-mismo. Entonces Fenoller, el tutor de la Dolores, advirtió a ésta que
-Eguaguirre era un perdido, jugador, mujeriego, que no quería mas que su
-dinero.
-
---El que no quiere mas que mi dinero es usted--le contestó ella
-violentamente, y aseguró que no, que no la casarían con otro.
-
-Fenoller cogió a su pupila, y con engaños la llevó al convento de
-Monsant. Eguaguirre se olvidó al momento de la _Clavariesa_, y volvió a
-ser el caballero de Kitty, que le aceptó con todas las consecuencias.
-
- * * * * *
-
---No comprendo el éxito de Eguaguirre--dijo Thompson.
-
---Mi querido amigo--replicó el Capitán--; el éxito de Eguaguirre es,
-como todos los éxitos, un poco fatal y un poco injusto. Hay hombres que
-tienen disposiciones para amar, para querer, y otros para ser queridos.
-Hablo desde un punto de vista casi físico, sexual. Eguaguirre es de
-estos últimos. Ha nacido con la facultad de ser apetecible para el
-sexo contrario. ¿Cuál es esa facultad? ¿En qué consiste? ¿Cómo la ha
-desarrollado? No lo sé.
-
---Encuentro muy problemático lo que usted dice.
-
---Es que usted cree que las mujeres se enamoran exclusivamente de los
-hombres puros, angelicales, de los sabios, de los héroes.
-
---No, no; ya sé que no.
-
---Entonces estamos en lo mismo. Las mujeres se enamoran de hombres
-altos y bajos, buenos y malos, raros y vulgares; pero entre éstos
-no cabe duda que hay unos que, sin saber por qué, hacen mover con
-más facilidad esa maquinaria de afectos, de deseos, de vanidades, de
-inclinaciones que hay en una mujer. Esos son los donjuanes, los hombres
-interesantes, los codiciados... Y uno se pregunta el por qué. ¿Es que
-estos hombres tienen una perspicacia especial para ver los puntos
-flacos del sexo contrario? No. ¿Es que comprenden a las mujeres mejor
-que los otros? Tampoco. Como todos los demás, en estas cuestiones
-amorosas disparan su flecha con los ojos cerrados; pero, a diferencia
-de los demás, dan casi siempre en el blanco. Ahora usted dirá: ¿Por
-qué dan en el blanco? Por la razón sencilla de que la mujer que hace
-de juez y de árbitro en el juego está dispuesta a creer que para aquel
-hombre escogido por ella donde dé la flecha estará el blanco. Es la
-arbitrariedad de la Naturaleza.
-
---Es posible que sea así--dijo Thompson--; yo, la verdad, no le
-encuentro nada extraordinario a Eguaguirre.
-
---¡Usted qué le va a encontrar! Ni yo tampoco. Son las mujeres las que
-le encuentran algo especial. Es la mirada impertinente, es la flema,
-es el desdén... Quizá le agradecen vivir exclusivamente para ellas,
-cosa que a la larga debe ser aburrida. El caso es que Eguaguirre es un
-Tenorio y que nuestra encantadora Kitty quiere favorecer los amores de
-Urbina y de la muchacha encerrada en Monsant para tener la exclusiva de
-su Tenorio.
-
---Sí, sí, es posible, y lo siento. La verdad, no creo que Eguaguirre
-valga la pena de tantos cuidados.
-
---Amigo Thompson. Está usted hablando como un niño. ¿Es que va usted
-a pretender que las mujeres no tengan derecho a enamorarse de los
-imbéciles y de los egoístas? ¿Es que les va usted a privar de ese
-sacrosanto derecho? Pues entonces les va usted a cercenar la vida. Es
-la fruta que más les ilusiona.
-
-Y el Capitán se rió, frotándose las manos alegremente.
-
-Thompson quedó algo preocupado con las palabras del Capitán, y como no
-quería ser un negador sistemático, intentó estudiar a Eguaguirre.
-
-No encontró en el joven teniente nada que le sorprendiera. Era de una
-inteligencia menos que mediana, de una cultura casi nula, orgulloso,
-sombrío, con una gran fe en sí mismo. Quizá ésta era una de sus
-fuerzas. Otro atractivo podía tener el oficial para las mujeres, y era
-que su vida parecía próxima a una tragedia, a una catástrofe.
-
-El egoísmo de Eguaguirre era monstruoso. Kant, en su antropología
-práctica, encuentra que hay tres clases de egoísmo: el egoísmo lógico,
-el estético y el práctico.
-
-El egoísmo lógico juzga sin tener en cuenta el juicio ajeno; el
-estético, se contenta con su gusto, sin hacer caso de la opinión
-general, y el egoísmo práctico subordina todo lo del mundo a la vida de
-uno.
-
-Eguaguirre tenía algo del egoísmo lógico y del estético; pero el que
-le poseía por completo era el egoísmo práctico. Sentía desdén por la
-gente, creía despreciar a todo el mundo, lo cual no era obstáculo
-para que fuera capaz de exponer la vida para que los demás, una turba
-de imbéciles, según él, no creyesen que alguna vez él, el teniente
-Eguaguirre, pudiera quedar mal en un asunto cualquiera.
-
-
-
-
- XI
-
- EL PROYECTO
-
-
-EL Capitán, siguiendo la indicación de Kitty, se hizo amigo de Urbina,
-quien le contó sus amores.
-
---Amigo Urbina--le dijo el Capitán--, ¿usted está enamorado de verdad
-de esa chica?
-
---Sí.
-
---¿De verdad, de verdad?
-
---Sí, hombre, sí.
-
---¿Sería usted capaz de raptarla del convento de Monsant si ella
-quisiera?
-
---No creo que fuera muy fácil.
-
---Lo facilitaremos. Todo es cuestión de tener voluntad.
-
---¡Ah! Si fuera posible, con mil amores.
-
---Tiene usted que hacer algo extraordinario para influír en la
-imaginación de su dama Urbina--dijo el Capitán--. Kitty nos ayudará.
-
---¿Querrá?
-
---Sí.
-
-Fueron a visitar a la coronela, Urbina, Thompson y el Capitán. Le
-explicaron la idea, como si no hubiese partido de ella, y se comenzó a
-estudiar el proyecto.
-
-Primeramente era necesario hacer una visita al convento de Monsant.
-
-Kitty dijo que ella era amiga de la superiora y que le escribiría
-pidiéndole permiso para hacerla una visita.
-
---Esto es lo primero que hay que resolver--dijo el Capitán--; luego,
-ya veremos si a Urbina, al ver a su novia se le ocurre una inspiración
-genial que haga gran efecto en el corazón de su amada.
-
---¿A mí? ¡Ca!--exclamó Urbina--. No se me ocurrirá nada.
-
---Bueno, no se asuste usted tan pronto, Urbina--dijo Kitty--. Usted
-no llevará la dirección del asunto, y no será usted responsable del
-éxito o del fracaso de la empresa. El Capitán será nuestro director, el
-Próspero de nuestra isla.
-
---El Capitán no creo que haya leído _La Tempestad_, de
-Shakespeare--replicó Thompson--, ni que se haya hecho cargo de la
-alusión de usted; pero yo, que la he leído, afirmo que nuestro Próspero
-es de lo más maravilloso que puede ser un Próspero solamente humano.
-
---No me den ustedes fama antes de ver los resultados--replicó el
-Capitán--. Con el éxito aceptaré los aplausos.
-
-Una semana después Kitty le dijo al Capitán que había recibido una
-carta de la superiora diciéndola que podían ir a visitar el convento
-cuando quisieran.
-
---Muy bien.
-
---Iremos unos cuantos--dijo la coronela.
-
---¿Quienes vamos a ir?
-
---El doctor y su mujer, Urbina, Thompson, usted y yo.
-
---¿Y Eguaguirre?--preguntó el Capitán, indiferente.
-
---No--contestó ella, mirando con atención al Capitán, para ver si en la
-cara de éste se reflejaba algún pensamiento malicioso.
-
-El rostro del Capitán estaba impasible.
-
---¿Cómo haremos el viaje?--preguntó Thompson.
-
---Otras veces hemos salido de Ondara al amanecer. Embarcamos aquí,
-hasta un pueblecito que está a dos horas de distancia, donde suele
-esperar una tartana. Como vamos a ir más gente que de costumbre,
-mandaremos que saquen unos caballos. A media tarde, o al anochecer,
-podemos estar de vuelta.
-
---¿De manera que usted ha estado ya en el convento?--preguntó el
-Capitán.
-
---Sí. Dos veces.
-
---Dígame usted cómo es.
-
---¿Qué quiere usted que le diga?
-
---Hágame usted una descripción de él: si es grande, si es chico, si
-tiene un jardín, si no lo tiene, cómo está emplazado, etc.
-
-Kitty hizo una descripción del convento, todo lo detallada que pudo.
-El Capitán no se fijó mas que en dos detalles: en que al lado del
-monasterio se cortaba la tierra, hacia el mar, en un acantilado muy
-alto, y en que había muchas palomas.
-
---¿De manera que hay palomas?--preguntó varias veces.
-
---Sí, muchas; tanto, que las venden.
-
---¡Ah, las venden! Ya tenemos un pequeño dato--dijo el Capitán--. Y el
-acantilado, ¿cómo es?
-
-Kitty no recordaba bien cómo era, y no pudo contestar con precisión a
-esta pregunta.
-
---Otra cosa--preguntó el Capitán--. ¿No tiene usted un anteojo?
-
---Sí.
-
-Kitty llamó a un criado, que vino con un anteojo, y el Capitán estuvo
-mirando con él, observando la costa y la ensenada de Monsant, de la
-cual no se veía mas que la entrada.
-
-Después llegó Eguaguirre, y Thompson y él se retiraron.
-
-
-
-
- XII
-
- EL VIAJE
-
-
-SE fijó como día de marcha un domingo, y por la mañana, antes de
-amanecer, estaban todos los que formaban la expedición en el muelle.
-
-El capitán de Llaves había mandado echar el puente levadizo, en la
-puerta de la Marina, más temprano que de costumbre, y acompañaba a los
-expedicionarios, que formaban un grupo...
-
-Era la hora anterior al alba; la hora del despertar de los puertos y de
-los barrios de pescadores; la hora que los antiguos representaban como
-una muchacha con alas, vestida con una túnica de color violeta pálido y
-acompañada de una lechuza de color de crepúsculo. El cielo, estrellado,
-estaba aún negro; la Osa Mayor se inclinaba hacia el mar, que florecía
-en fosforescentes espumas, y en el pueblo comenzaban a cantar algunos
-gallos madrugadores, que presentían la aurora.
-
-Había, en la popa de una barca atracada al muelle y sujeta por una
-maroma, un farolillo que se balanceaba.
-
-En esta barca, la _Joven Rosario_, iban a partir Kitty y sus amigos
-para Monsant.
-
-Dos marineros, ayudados por los soldados de la guardia de la puerta
-de la Marina, pasaron de una mano a otra unos cuantos fardos y varios
-cestos de provisiones por la escotilla al interior de la bodega del
-falucho. Embarcaron luego los pasajeros; se acomodaron en los bancos,
-a popa, sobre la cubierta, y la _Joven Rosario_ se separó del malecón y
-comenzó a alejarse a fuerza de remos, haciendo un ruido de chapuzones
-en el agua.
-
---¡Adiós! ¡Divertirse!--dijo el capitán de Llaves desde el muelle.
-
---¡Adiós! ¡Adiós! Hasta la vuelta--contestaron los viajeros.
-
-El falucho era ancho y pesado; los tripulantes, cuatro: dos marineros,
-el patrón y un grumete.
-
-Hacía un viento fresco; el relente de la noche dejaba la ropa
-humedecida. El agua parecía tan cuajada como el cielo de estrellas,
-que iban siguiendo a la barca, palpitando y temblando sobre las olas
-sombrías, que pasaban por encima del abismo negro del mar...
-
-De pronto comenzó a rechinar una garrucha agriamente; la gran vela
-latina se extendió, como una claridad fantástica, en el aire de la
-noche, que tenía ráfagas turbias de luz; dió un latigazo, se inclinó la
-barca por una de sus bordas, y comenzó a marchar de prisa, abriéndose
-paso entre remolinos de espuma... El horizonte aclaraba por instantes;
-las estrellas palidecían. Unas nubecillas grises, azuladas, habían
-invadido el cielo por Levante, y estas nubecillas fueron enrojeciéndose
-hasta que el sol hizo su salida triunfal, rasando con su luz dorada las
-crestas espumosas de las olas.
-
-Las nubes se fueron esparciendo por el cielo en grandes copos rojos,
-que se subdividieron y concluyeron por deshacerse.
-
-El grumete, que corría a proa con los pies desnudos, se puso a cantar,
-con voz atiplada:
-
- L'airet, l'airet, l'airet
- de la matinada.
- Del rich estiu, del rich estiu,
- del rich estiu.
-
---¡Silencio!--le gritó el patrón severamente.
-
---Déjele usted cantar--exclamó Kitty--; lo hace muy bien.
-
-El muchacho siguió con su canción, cambiando de voces con mucha gracia.
-
-Ya la luz de la mañana alumbraba el mar, y los viajeros se veían unos a
-otros.
-
-Kitty iba muy sonrosada y elegante con un chal y una capucha que le
-cubría la cabeza; la mujer del médico comenzaba a ponerse pálida, algo
-mareada; Urbina estaba preocupado; el Capitán, silencioso, y el doctor
-y Thompson se entretenían en hacer cabriolas y gansadas, exponiéndose a
-caerse al agua.
-
-Al alejarse a una distancia de un par de millas del puerto oyeron la
-diana que tocaban los tambores y cornetas en el castillo de Ondara.
-
-Se volvieron todos a mirar hacia atrás. El castillo brillaba como una
-ascua. Parecía fundido, incendiado por el sol; el pueblo estaba todavía
-en la sombra, y únicamente un rayo de oro daba en la cúpula de la
-iglesia, que centelleaba con mil reflejos.
-
-Poco después se oyeron varios cañonazos.
-
-Se veía el humo blanco de la salva, que manchaba el aire azul, formando
-una nube redonda, y unos segundos más tarde sonaba el estampido.
-
---La Naturaleza tiene también cosas cómicas--dijo el Capitán--. Esa
-diferencia de rapidez entre la luz y el sonido hace un efecto grotesco.
-
---¿Tampoco quiere usted estar conforme con la Naturaleza?--preguntó
-Kitty, riendo.
-
---Tampoco.
-
-En esto se izó la bandera en el castillo de Ondara, que comenzó a
-brillar al sol.
-
---¡Hurra! ¡Hurra!--gritó Thompson, agitando su sombrero en el aire.
-
---No me ha parecido bien ese hurra cosaco, Thompson--dijo burlonamente
-el doctor--. ¿Ustedes qué opinan?
-
---La verdad es que ese grito del Norte en pleno Mediterráneo parece
-intempestivo--contestó Kitty.
-
---Completamente intempestivo--dijo el Capitán.
-
---Yo creo que el eco ha protestado con indignación--añadió el doctor.
-
---¡Qué duda cabe!--repuso el Capitán--. Yo mismo he visto un delfín que
-se ruborizaba al oír esa exclamación salvaje.
-
---No se esfuercen ustedes más, amigos míos--exclamó Thompson--, en
-convencerme que he hecho mal. Tienen ustedes razón. Había perdido la
-noción geográfica, se me había confundido en la cabeza el paralelo.
-Pero ahora estoy orientado, he encontrado la aguja de marear y creo que
-a este grito no tendrán ustedes que poner ninguna objeción.
-
---Vamos a ver--dijo el doctor.
-
---¡Evohe! ¡Evohe!--gritó Thompson desaforadamente--. ¡Eh! ¿Qué tal?
-¿Tengo aire clásico?
-
---Parece usted un Sileno--dijo el doctor.
-
---¡Evohe! ¡Evohe!--repitió Thompson.
-
---Va usted hacer zozobrar la barca con sus gritos báquicos--exclamó el
-Capitán.
-
---Me callaré; pero ustedes confiesen que este ¡Evohe! ha estado muy
-bien.
-
---Yo lo confieso--dijo el Capitán--; la prueba es que el delfín, que
-iba antes avergonzado y triste con sus hurras, me ha hecho una seña de
-amistad y ha sonreído.
-
- * * * * *
-
-Hacía poco viento y tardaron dos horas en desembarcar en Alba, un
-pueblecito de la falda del Monsant.
-
-Era el pueblo pequeño y blanco; se destacaba en el cielo azul intenso,
-colocado sobre un acantilado calcáreo de poca altura, rodeado por un
-arenal. Brillaba esta pared como si fuera de mármol veteado y manchado
-por algunas plantas trepadoras. Encima se alineaban casas blancas,
-cuadradas, como dados, sin alero, que refulgían al sol.
-
-Al pie del acantilado se extendía la playa, llena de algas de aspecto
-haraposo.
-
-La barca se acercó y encalló en el arenal.
-
-Veíase éste en aquel momento lleno de gente; unos arrieros de pueblos
-de alrededor compraban y cargaban pescado en carros pequeños, y con tal
-motivo había gran movimiento de ir y venir.
-
-Los viajeros, dirigidos por Kitty, cruzaron por entre los pescadores,
-salieron a una calle del pueblo y entraron en la posada.
-
---¿Qué hora es?--preguntó Kitty.
-
---Las ocho.
-
---Entonces tenemos que esperar una hora a que vengan la tartana y los
-caballos.
-
-Salieron todos a una galería del mesón que daba hacia la playa.
-
-Al lado del mar había un conjunto de chozas, unas de paja, otras
-de tablas, en cuyos cobertizos y tejados se amontonaban cuerdas de
-esparto. Entre barca y barca se secaban al sol las ropas de los
-marineros. Los chicos y las mujeres cavaban con la azada pequeños
-canales en la arena, para que las barcas que partían se deslizasen
-hacia el mar, y ayudaban a subir a las que llegaban, tirando de una
-cuerda que pasaba por dos poleas.
-
-A las nueve en punto, la moza del mesón avisó que estaban la tartana y
-los caballos en la puerta, con el asistente de Urbina.
-
-Kitty notó en aquel momento que el Capitán llevaba en la mano un bulto
-cuadrado cubierto de tela.
-
---¿Qué lleva usted ahí?--le dijo.
-
---Es un secreto.
-
---¿No lo puedo yo saber?
-
---Sí; es una jaula. Póngala usted en el coche, ya le diré a usted luego
-para qué es.
-
-Las señoras y el médico subieron en la tartana; los demás, en los
-caballos, y se dirigieron todos por una rambla llena de polvo, y
-después por una cuesta pedregosa, a escalar la parte alta de un
-acantilado, por donde corría un camino de herradura. Este camino, la
-Volta del Rosignol, iba rodeando el monte hasta dominar la ensenada del
-Monsant, una ensenada casi redonda con un islote en medio, el islote
-del Farallón. A un extremo de la ensenada estaba el convento.
-
-Al llegar sobre la altura y comenzar el descenso del camino, el caballo
-de la tartana salió con un trote descompasado, agitando la collera
-y un cucurucho de cascabeles que llevaba fijo en ella y que sonaba
-estrepitosamente en la marcha.
-
-Los jinetes picaron la espuela a sus caballos, y en hora y media
-estaban todos en el convento.
-
-
-
-
- XIII
-
- EL CONVENTO
-
-
-ERA un magnífico lugar aquel en donde se asentaba el monasterio.
-Se hallaba en una alta explanada del Monsant, al borde mismo del
-acantilado de la costa; tenía delante un bosquecillo de olivos; encima
-de éste, un pinar, y más arriba, cimas ásperas y pedregosas; abajo se
-extendía el mar, en cuya superficie luminosa se dibujaba la sombra del
-islote. Al acercarse al convento, por la Volta del Rosignol, se veía,
-primeramente, la torre por encima de los viejos y mugrientos tejados,
-entre los cipreses del camposanto; luego se abarcaba todo el conjunto
-del edificio, circundado por una muralla con aspilleras y rejas. Dentro
-de esta muralla se encerraba la iglesia, la vivienda, el jardín y el
-claustro.
-
-Entre el convento y el bosquecillo de olivos había un raso ancho y
-empedrado, con una cruz de piedra en medio.
-
-En aquel momento, un mendigo, envuelto en una anguarina parda, dormía
-al sol.
-
-Llegaron la tartana y los caballos a la plazoleta; se detuvieron y
-bajaron los viajeros.
-
-Un arco de la muralla entre dos columnas, con una puerta claveteada
-y pintada de azul, daba acceso al primer patio. En el fondo de éste
-se levantaba la iglesia, una fachada barroca con guirnaldas y grandes
-tejas con celosías. Encima de la puerta, contorneada por una moldura
-retorcida de piedra, había una hornacina con una Virgen antigua
-esculpida por algún artista gótico, y a los lados de ella se destacaban
-dos grandes escudos coloreados. La fachada remataba en una torre
-adornada con varios jarrones y tres campanas.
-
-En el patio, los arrayanes decrépitos y mal cortados trazaban un
-rectángulo, y en medio de éste se levantaba una gran taza de mármol,
-musgosa, olvidada y triste, que en otro tiempo debió de estar
-embellecida y animada por el chorro vivo de un surtidor de agua clara.
-
-Kitty y los amigos atravesaron el patio y se acercaron a la iglesia.
-
---Thompson y yo esperaremos aquí un momento--dijo el Capitán--, luego
-entraremos.
-
-Kitty, con la mujer del doctor, el doctor y Urbina, pasaron al patio,
-y Thompson y el Capitán quedaron fuera con el asistente de Urbina y el
-tartanero.
-
---Oye, muchacho--le dijo a éste el Capitán.
-
---¿Qué quiere usted?
-
---Pasa por ahí y llama al jardinero o al portero, y dile a cualquiera
-de ellos que te venda dos palomas, y pregúntale si todas las semanas
-podrán vender otras dos.
-
---Bueno.
-
---Toma--y el Capitán le alargó unas monedas.
-
---¿Ya, cuidarán ustedes de la tartana?
-
---Sí, estaremos aquí.
-
-El tartanero entró en el convento y volvió al poco rato con dos palomas
-grises.
-
---¿Qué han dicho?--preguntó el Capitán.
-
---Que venderán todas las que se quieran. Ahí tiene usted la vuelta.
-
-El Capitán dió una propina al muchacho y cogió las dos palomas, las
-examinó, las encerró en la jaula y ésta la dejó dentro de la tartana.
-
---¿Qué vamos a hacer ahora?--preguntó Thompson.
-
---Yo voy a entrar--dijo el Capitán--; usted se queda aquí, inspecciona
-esto y me hace un pequeño plano del conjunto del edificio y de sus
-alrededores.
-
---¡Pero entonces no voy a ver el convento!
-
---Y a un luterano como usted, ¿qué demonio le importa ver un convento
-de papistas?
-
---¿Y el arte?
-
---¡Qué arte! No sea usted amanerado, Thompson. ¿No es una obra de
-arte el intentar, como intentaremos nosotros, si se puede, robar
-una señorita de un convento? Le creía a usted superior a esas
-supersticiones.
-
---No he dicho nada. Es usted el Capitán y le obedezco.
-
---Bueno. Hasta luego entonces.
-
-Entró el Capitán en el patio, lo recorrió y pasó a la iglesia, y
-después al claustro. Aquí se reunió con Kitty y sus amigos, que estaban
-en compañía de la superiora y de una mujer de una belleza espléndida,
-vestida de negro. Era la _Clavariesa_. La _Clavariesa_ hablaba con
-Kitty, al parecer, come con una amiga íntima.
-
-Precediéndolos a todos iba un sacristán cojo, vestido con una túnica
-negra y armado de un llavero, abriendo puertas.
-
-El Capitán se acercó a Urbina y le preguntó, señalando a la
-_Clavariesa_:
-
---¿Es la novia de usted?
-
---Sí.
-
---La puede usted decir unas palabras?
-
---Sí.
-
---Dígale usted que una paloma gris que llegará el domingo, por la
-mañana, a las doce del día, le traerá noticias de Ondara y de usted.
-
---¿Qué quiere usted decir con eso?
-
---Usted dígaselo en seguida. Que espere la llegada de la paloma.
-
-Urbina, apretado de cerca, dió el encargo a la _Clavariesa_.
-
-Siguieron todos visitando el convento.
-
- * * * * *
-
-Mientrastanto, Thompson tomaba notas y apuntes desde fuera.
-
-Comenzaba a hacer calor; la luz cegaba y el tiempo invitaba a la
-pereza. Las cigarras llenaban con su chirrido el silencio del campo.
-
-Thompson no sabía el propósito definido del Capitán. Hizo primero un
-croquis de los alrededores del convento y de la cima del Monsant, que
-tenía en uno de sus cabezos una atalaya derruída, del tiempo de los
-moros.
-
-Después dibujó el conjunto del monasterio desde la Volta de Rosignol,
-con sus grandes tapias, su arco de entrada, su torre, sus tejados
-musgosos y sus cipreses negros y afilados.
-
-Luego, abandonando el camino y alejándose de la costa, subió a un
-bosquecillo de olivos. Estos árboles centenarios, negros y retorcidos,
-parecían pulpos monstruosos de muchos brazos y de muchas manos que iban
-ascendiendo penosamente la montaña.
-
-Desde aquella altura se veía la huerta del convento con una gran
-alberca cuadrada, en la que el agua negra verdeaba. Detrás de los
-perales y de los melocotoneros asomaban los cipreses melancólicos del
-cementerio, como detrás de la vida aparece la muerte. Sobre el mar azul
-revoloteaban algunas gaviotas y sobre la tierra, algunas palomas.
-
-Thompson dejó el bosquecillo de olivos y subió por un pinar hasta la
-parte alta de una cima, desde donde se dominaba la costa al prolongarse
-hacia el norte. Al principio quedó extrañado; enfrente brillaba un
-peñón calcáreo erguido sobre una playa. El sol le arrancaba unos
-reflejos tan extraños que aquella roca gigantesca, blanca, roja y
-amarilla, parecía el fantasma de un monte vigía del mar azul.
-
-Thompson estuvo contemplando aquella roca un momento para cerciorarse
-de que tenía realidad; luego temió quedar retrasado, cruzó el pinar y
-el bosque de los olivos y bajó a la puerta del monasterio.
-
-Serían las once cuando los visitantes de Monsant salieron al patio.
-
---¿Y por qué no ha entrado Thompson?--preguntó Kitty.
-
---Tenía que hacer un encargo mío--repuso el Capitán.
-
---¡Qué egoísmo! ¿Por qué no lo ha hecho usted?
-
---Es que él sabe más geología que yo, y necesitaba examinar unas
-piedras. Además de que los aires papistas no convienen a los luteranos.
-
---No diga usted papistas. ¡Qué horror!
-
---¿Es usted ferviente católica, Kitty?
-
---Lo más ferviente que puedo.
-
-Entraron unos en la tartana, montaron los otros a caballo y volvieron
-al mesón de Alba, a comer.
-
---¿Qué le ha parecido a usted la _Clavariesa_?--preguntó Kitty al
-Capitán.
-
---Muy bien; una mujer espléndida.
-
---Cuando estaba en Ondara querían encontrar rivalidad entre ella y yo.
-¡Qué tontería, verdad!
-
---¡Sí!; hay demasiada diferencia entre ella y usted--dijo el Capitán.
-
---¿Verdad?
-
---Enorme.
-
---¿Tanta, tanta, cree usted?
-
---Es como comparar una estrella, no con un gusano de luz, huyamos de
-las exageraciones, como comparar una estrella de luz propia con un
-planeta.
-
---¿Y ella es la estrella de luz propia?
-
---No, la estrella es usted.
-
---Gracias, Capitán, es usted muy galante.
-
---Es usted como esas estrellas pequeñas, brillantes, intensas, que
-lanzan una mirada que vibra en el aire.
-
-Kitty tomó un aspecto mixto de coquetería y de tristeza.
-
---Me gustaría saber, la verdad, lo que piensa usted de mí--dijo.
-
---Lo que siento de usted. Sencillamente, que es usted una mujer
-admirable.
-
---Se quiere usted reír de mí.
-
---No, no. Es usted una mujer encantadora.
-
---Con eso quiere usted decir que soy loca, temeraria... ¿verdad?
-
---¿Y quién no lo es? Solamente las gentes mezquinas saben hacerse un
-escudo con los lugares comunes y las preocupaciones generales para
-vestir su mezquindad. La poca gente noble que hay en el mundo, esa va a
-pecho descubierto; si le hieren de un flechazo, la flecha penetra hasta
-el corazón; si va por un precipicio y se desliza, la caída es hasta el
-fondo...
-
---Me da usted miedo--dijo Kitty--, debe usted odiar a la sociedad.
-
---La odio... y la desprecio--contestó el Capitán en tono sombrío.
-
---Pero sin sociedad, ¿cómo podríamos vivir?
-
---No sé; ni me importa pensarlo.
-
---Es necesario que haya leyes.
-
---Sí; así al menos hay la satisfacción de violarlas--replicó el Capitán
-en tono sarcástico.
-
---Y de Eguaguirre, ¿qué piensa usted?
-
---¡Eguaguirre!... Tiene un perfecto egoísmo a cubierto de todo ataque.
-Garitas, baterías, hornabeques, galerías cubiertas: su fortaleza es
-inexpugnable. No se perderá por amor al prójimo.
-
---¿Tan malo le cree usted?
-
---No; malo, no. Egoísta, frío, petulante. Tiene grandes condiciones de
-conquistador.
-
-Kitty escuchó nerviosa y demudada. Al tranquilizarse un poco dijo:
-
---¿También tiene usted mala opinión de Urbina?
-
---No. ¡Ca! Urbina es un santo varón. Entre hacer de víctima o de
-verdugo, preferirá hacer de víctima; entre ser martillo o yunque,
-elegirá ser yunque. Yo le respeto y le reverencio, y si llega su
-martirologio le dedicaré un recuerdo y una piadosa lágrima.
-
-Comieron en el fonducho de Alba y, después de pasar un rato de
-sobremesa y esperar a que transcurrieran las horas calurosas de la
-tarde, marcharon a la playa y entraron en la _Joven Rosario_.
-
-El asistente de Urbina y el tartanero fueron a Ondara por tierra, dando
-una gran vuelta.
-
-Kitty, que se había sentado a popa, se fijó en el envoltorio que
-llevaba el Capitán.
-
---No me ha dicho usted para qué es la jaula--dijo.
-
---¿Y quiere usted saberlo?
-
---Sí.
-
---Pues llevo aquí dentro dos palomas.
-
---¿En dónde las ha cogido usted?
-
---¿Cree usted que las he robado? No. Comprendo que hubiera estado más
-en carácter robándolas; pero me he contentado con comprarlas en el
-monasterio.
-
---¿Y para qué las quiere usted?
-
---Una de ellas servirá para llevar la carta que nuestro amigo Urbina
-escribirá a su amada.
-
---¡Qué idea! Pero tendría que estar advertida la _Clavariesa_.
-
---Lo está.
-
---¿Y la contestación?
-
---Yo supongo que se necesitarán dos cartas para que haya contestación.
-Si la muchacha se aviene a entrar en correspondencia con Urbina, se le
-enviarán palomas del castillo, de regalo, que desde el momento que las
-suelte volverán a su palomar.
-
---¡Bravo! Es usted un hombre de recursos, Capitán.
-
-Se desembarcó en Ondara al anochecer, y el Capitán y Thompson se fueron
-a la fonda de la Marina.
-
-Por la noche, los dos dijeron a Urbina que podía escribir una carta a
-la _Clavariesa_, que iría al convento llevada por una paloma.
-
-Urbina, al saberlo, quedó intranquilo y nervioso, y se puso hacer
-borradores, que consultó con Thompson, a quien consideraba hombre más
-susceptible de sentimentalismo que el Capitán.
-
-Dos días después había que enviar la paloma mensajera. Se leyó la carta
-definitiva, que se sometió al juicio de Kitty. Kitty hizo algunas
-observaciones de psicología femenina muy agudas, que Urbina atendió,
-y por la mañana del domingo subieron Urbina, Thompson y el Capitán al
-Mirador del castillo. Kitty tomó entre las manos una de las palomas y
-estuvo acariciándola. Según Thompson, era un ejemplar de la _Columba
-Tabellaria_. Esta clase, de pequeño tamaño, es de gran instinto
-viajero. El Capitán cogió la carta de Urbina, la dobló y la ató con
-una cinta en el ala de la paloma. Luego Kitty dejó el ave mensajera en
-el pretil del Mirador. La paloma dió unos pasos a un lado y a otro,
-después se lanzó al aire, trazó una gran curva para orientarse, se
-dirigió como una flecha hacia Monsant, y desapareció.
-
---He escrito una tontería--dijo Urbina--. Va a creer que soy un imbécil.
-
---Ya no puede usted recoger la carta del correo--exclamó el Capitán
-burlonamente.
-
---Se va a reír de mí.
-
---¡Qué se ha de reír!--exclamó Kitty.
-
---¿Cree usted que no?
-
---No. Claro que no. Es usted el hombre más notable que he conocido en
-mi vida.
-
---¿Cómico? ¿Grotesco?
-
---No. Delicado. Un carácter bueno, generoso.
-
-Urbina, en un arranque de emoción, se acercó a Kitty y le cogió la mano
-con intención de besársela; luego no se atrevió y quedó en una actitud
-de perplejidad triste.
-
-Al día siguiente Kitty escogió una paloma con pintas del palomar del
-castillo, la metió en una jaula, puso en un cartón atado el nombre de
-la _Clavariesa_ e hizo que se la llevara un cosario que recorría los
-pueblos de la costa y que pasaba por Alba y por el convento de Monsant.
-
-A los dos días la _Clavariesa_ contestaba, y Urbina estaba loco de
-contento.
-
-
-
-
- XIV
-
- LOS ARGONAUTAS
-
-
-EL Capitán, a quien habían asegurado que no corría el menor peligro de
-ser detenido, decidió quedarse en Ondara hasta el final de la aventura
-de Urbina.
-
-Los amores de Kitty y Eguaguirre seguían en el mismo estado de amable
-galanteo; la gente sospechaba; pero nadie tenía un indicio claro de la
-intimidad de los amantes.
-
-A las dos semanas de cruzarse cartas entre la_ Clavariesa_ y Urbina, el
-oficial, por consejo de sus amigos, se puso al habla con la tía de su
-novia.
-
-Esta señora recibió a Urbina muy amablemente, y le dijo que Fenoller,
-el tutor, no cedería de ninguna manera mientras tuviera poderes. Había
-decidido que Dolores se casara con su hijo, y esta solución le parecía,
-porque le convenía a él, tan buena, que no aceptaba otra.
-
-El despotismo de Fenoller había producido tal protestes y oposición en
-la tía de Dolores, que estaba deseando encontrar cualquier medio para
-chasquear al despótico tutor.
-
-Urbina, al ver lo bien dispuesta que se hallaba aquella señora, pensó
-que debía hacer un gran esfuerzo.
-
-Consultó con su amigo Thompson y después con el Capitán.
-
---¿Usted cree que ella estará dispuesta a escaparse con usted?--le
-preguntó el Capitán.
-
---Yo creo que sí.
-
---Pregúnteselo usted claramente. Si acepta organizaremos en seguida el
-plan de evasión.
-
---Creo que aceptará.
-
---Pues nada ¡adelante!, como decía el general Blücher cuando se ponía
-la pipa en la boca y un sombrero de mujer en la cabeza. Thompson y yo
-prepararemos el rapto. Usted se queda en el pueblo. Fenoller parece que
-vigila a Eguaguirre, pero no a usted. Si supiera que faltaba usted de
-aquí comenzaría a sospechar. Usted obtenga la contestación categórica
-de la chica. Le dice usted que su tutor no cede y que la tía está de
-acuerdo con usted.
-
---Eso haré.
-
---Y mientrastanto nosotros estudiaremos el terreno.
-
---¿Qué van ustedes a hacer?
-
---Como yo supongo que por tierra no se puede intentar nada,
-alquilaremos un falucho por un par de semanas y reconoceremos los
-alrededores del convento.
-
---Yo les cederé Roque, mi asistente. Es listo como un diablo.
-
---Lo conozco. Necesitaremos tres o cuatro hombres más.
-
---Eso se encuentra fácilmente.
-
---Sí; creo que sí. Pongámonos de acuerdo. Nosotros, de todas maneras,
-alquilamos el falucho; si no se puede emplear en la evasión, se perderá
-el dinero, y nos pasearemos.
-
---Bueno; no importa.
-
---En seguida que nos hagamos con el falucho inspeccionaremos la costa
-y veremos las posibilidades de la empresa; usted, mientrastanto, habrá
-escrito a su novia y recibido la contestación. ¿Que ella acepta? Pues
-le comunica usted en seguida el plan de fuga con todos los detalles;
-pide usted una licencia de un mes o de dos, rapta usted a la muchacha,
-se casa usted, y _laus Deo_.
-
---Haremos todo lo posible para que la cosa salga bien--dijo Urbina.
-
---Usted no hable ni a sus amigos íntimos del proyecto.
-
---No; no los tengo.
-
---La cuestión es llevar el asunto con el mayor sigilo, que no haya
-posibilidad de una sospecha, y luego realizarlo con rapidez.
-
-Thompson fué el encargado de buscar la barca, y tras de dar muchos
-pasos inútiles, encontró un contrabandista de mala fama, que vivía en
-la punta del faro, que se avino a alquilarle su falucho con cualquier
-objeto.
-
-Este contrabandista, el _Farestac_, de apodo, era hombre fornido, de
-mediana estatura, silencioso, negro por el sol, la cabellera roja, que
-le salía por debajo del gorro colorado y le caía sobre los hombros; las
-barbas grandes, cobrizas y enmarañadas, el pecho de oso y las manos
-peludas. El _Farestac_ vivía con su madre, una mujer también roja y
-también selvática, en una casucha próxima al mar, medio cueva, medio
-cabaña.
-
-El _Farestac_ era un solitario, un insociable; necesitaba espacio,
-soledad, olas, espumas, huracanes. Este delfín misantrópico, a pesar de
-su violencia, tenía mucho de contemplador y de quietista. Dionysios no
-hubiera encontrado para sus fiestas un sátiro, un sileno, un egipan, en
-cuya mirada ardiera un fuego tan intenso y tan salvaje.
-
-El único amigo y compañero del _Farestac_ era el _Rabec_, viejo
-pescador andrajoso, de cara bronceada y llena de arrugas, la nariz de
-cuervo y el gorro rojo y agujereado.
-
-El _Rabec_ tenía varias cicatrices, una oreja cortada y en la íntegra
-un anillo de plata.
-
-El _Rabec_ era malhumorado y sarcástico, y gozaba fama de mala sangre.
-Su risa, su _raílla_, era siempre cruel y sangrienta.
-
-El _Rabec_ tenía un perro de aguas, el _Dragó_, feo, sucio e
-inteligente.
-
-En la barca del _Farestac_, que se llamaba la _Sargantana_ (la
-lagartija), servía de grumete Pascualet, un muchachillo morenito y ágil
-como un mono. La _Sargantana_ del _Farestac_ no era una barca limpia y
-bien cuidada, sino una barca abandonada y harapienta. En su casco se
-veían mapas de desconchados de su pintura verde, y sus velas estaban
-llenas de remiendos de varios colores.
-
-La _Sargantana_ no era un lacértido respetable, sino una lagartija
-bohemia y vagabunda, que conocía las sendas del mal mejor que las del
-bien.
-
-Una tarde, al anochecer, Thompson con sus acólitos, el _Farestac_, el
-_Rabec_ y el grumete, llegaron a Ondara; el inglés desembarcó y avisó
-al Capitán que para el día siguiente, por la mañana, iban a salir.
-
-Les faltaba un botecillo, que alquilaron, y al otro día, al alba, los
-argonautas de Ondara salieron en la _Sargantana_, en dirección del
-Monsant. Llevaban una escalera, dos azadas, un pico, cuerdas y unas
-cestas con comestibles.
-
-Hacía un viento vivo; el falucho marchaba rápidamente, con la vela
-grande y el foque inflados por el viento, haciendo murmurar las aguas
-que cortaba con la proa y dejando una estela de remolinos espumosos.
-
-Doblaron la punta del Monsant, terminada en un amontonamiento de
-grandes rocas que formaban una cueva abierta por ambos lados; entraron
-en la ensenada y se dirigieron, en línea recta, hacia el islote del
-Farallón.
-
-El islote brillaba al sol, seco, como un trozo de lava, amarillo y
-rojo, lleno de rajaduras y de agujeros, sin una mata de verde en los
-resquicios. Uno de sus lados estaba cortado a pico; el otro se alargaba
-en una roca horadada, que formaba un arco, por debajo del cual pasaban
-las olas.
-
-Dieron la vuelta al islote, que desde algunos sitios, al reflejar el
-sol, parecía un témpano de hielo; acercaron el falucho, a golpes de
-remo, hasta un canal angosto, entre grandes piedras, y lo encallaron.
-El _Dragó_, el perro de _Rabec_, fué el primero que saltó a tierra y
-subió a la parte alta del Farallón, espantando a una nube de gaviotas
-que tenían allí su nido.
-
-Había, arriba, una pequeña explanada en cuesta cubierta de esqueletos
-de aves.
-
-Thompson y el Capitán subieron a la explanada y se tendieron a
-contemplar la costa.
-
-Brillaba el mar, como una roca azul de diversos matices, bajo el
-esplendor del cielo inflamado. El aire estaba tibio, impregnado de
-esencias salobres. Un delfín jugueteaba entre las olas.
-
---Vamos a estar aquí hasta mañana por la mañana--dijo el Capitán--en
-que haremos un reconocimiento en el bote. Ahora, cada cual puede elegir
-el entretenimiento que quiera.
-
---¿Hay tantos?--preguntó Thompson.
-
---Se puede dormir, pescar, jugar, bañarse...
-
---¿Y usted qué va a hacer?
-
---Yo me voy a dedicar a la investigación y a la reflexión.
-
-El Capitán sacó su anteojo y se puso a contemplar la costa y la
-ensenada del Monsant, que parecía estrechar entre sus brazos el islote.
-
-El acantilado, en cuya cumbre estaba el convento, comenzaba en la playa
-de Alba; luego seguía como un zócalo por debajo del pueblo, e iba
-elevándose, al alejarse de él, hasta tomar gran altura y terminar en
-una punta rocosa.
-
-Al comienzo, este acantilado era liso, calcáreo, sin hendiduras; de
-lejos parecía de mármol; luego, al aumentar en elevación, la pared que
-formaba se convertía en un peñascal, con desigualdades, con senos, en
-donde penetraba el mar y trozos del monte desprendidos que avanzaban
-en el agua, sembrándola de arrecifes. En algunos sitios, el suelo rojo
-mostraba sus entrañas desnudas y sangrientas.
-
-Al lado contrario de Alba, detrás de la otra punta de la ensenada, se
-erguía a orilla del mar una roca, que parecía de piedra pómez por lo
-blanca y lo seca.
-
---¡Qué extraña mole!--exclamó Thompson--. El otro día la miraba desde
-lo alto del Monsant, y se me figuraba una nube iluminada por el sol.
-
---Si parece un azucarillo--dijo el Capitán, poco dispuesto a
-maravillarse.
-
-Desde allí, el convento se presentaba muy en alto; no se veía de él mas
-que el cementerio con sus cipreses blanquecinos por el polvo, una torre
-cuadrada, con una galería con matacanes, adornada por una parra, y una
-muralla con aspilleras, que bajaba en zig-zag hacia el mar.
-
-El convento tenía, mirado desde el islote, un aire belicoso y altivo.
-
-A la derecha del monasterio se veía la mancha obscura del olivar, y
-luego, pinares que iban reptando cada vez más claros, hasta desaparecer
-en la parte rocosa y desnuda del monte. En un extremo, en uno de los
-cabezos, aparecía una atalaya del tiempo de los moros con un resto de
-muralla agujereada y rota.
-
---¿Quién conoce bien estos sitios?--preguntó el Capitán a Thompson.
-
---El _Farestac_.
-
---¿Quién es el _Farestac_?
-
---El patrón de la _Sargantana_; ese de las barbas rojas.
-
---Es un pirata. ¡Qué tipo! Dígale usted que venga.
-
-El _Farestac_, que estaba preparando el almuerzo en compañía del
-_Rabec_ y del grumete en un hornillo de hierro, subió a lo alto del
-islote.
-
---¿Qué quiere usted?--preguntó en un castellano rudo al Capitán.
-
---Siéntate aquí--le dijo el Capitán--¡compañero!--y le dió una palmada
-en el hombro.
-
---¿Compañero de qué?--preguntó el _Farestac_ con tono burlón.
-
---De piratería. Tú eres un pirata, ¿verdad?
-
---¿Yo?
-
---Si no lo eres en grande, no es por falta de ganas, _Farestac_. Tu
-barco destila contrabando y piratería.
-
---¿Y el barco de usted?
-
---Yo no tengo barco--replicó el Capitán--; soy un pirata de monte.
-Siéntate; somos lobos de la misma carnada.
-
-El _Farestac_ se sentó, mirando al hombre con sorpresa.
-
---¿Conoces esta tierra que está delante de nosotros?--dijo el Capitán.
-
---Sí.
-
---¿Bien?
-
---Mejor que nadie.
-
---¿Cuántas entradas hay en esta costa?
-
---¿Entradas?
-
---Sí. ¿Cómo les llaman aquí? Calas. ¿Cuántas calas hay?
-
---Tres--contestó el _Farestac_.
-
---¿Cómo se llama aquella de enfrente?
-
---¿Aquélla?
-
---Sí.
-
---Cala del Infern.
-
---¿Y ésta que está aquí cerca de la punta?
-
---La dels Capellans.
-
---Y la tercera, ¿dónde está?
-
---La tercera está doblando esta punta, y se llama dels Avions.
-
---¿Por alguna de ellas se puede subir?
-
---Por todas se puede subir.
-
---¿Por cuál es más fácil la subida?
-
---Por la del Infern.
-
---¿Has subido tú?
-
---Sí.
-
---¿Cuándo?
-
---Hará un año la última vez.
-
---¿A dónde se sale?
-
---Al cementerio del convento.
-
---¿Te daría miedo subir otra vez?--repuso el Capitán.
-
---Menos que a usted--contestó el salvaje marino sarcásticamente.
-
---A mí no me da miedo nada, hijo mío--repuso el Capitán, dando un nuevo
-golpecito en el hombro del patrón y sonriendo.
-
-El _Farestac_ miró a su interlocutor con curiosidad creciente.
-
---¿Qué van ustedes a hacer en la cala del Infern?--preguntó.
-
---Vamos a subir al convento.
-
---¿A qué?
-
---A robar una monja.
-
---Una _moncha_. ¿De verdad?
-
---Sí. Una _moncha_ joven y guapa. ¿Tú te llevarías una?
-
---Una joven y guapa ¡ya lo creo!--exclamó el _Farestac_ con los ojos
-brillantes.
-
---Pues nada, escoge una y te ayudaremos. Formaremos una Sociedad
-de Raptos y Empresas peligrosas reunidas. Razón social: Farestac,
-Thompson, Rabec, etc., etcétera. Capital: el que se robe.
-
-El _Farestac_, que no entendía bien lo que decía el Capitán, comenzó a
-mirarle con mayor extrañeza. Quizá pensó que estaba loco.
-
-Se comió en la parte baja del islote del Farallón, se pasaron las horas
-pescando y al anochecer se tendieron todos a dormir.
-
-Antes de amanecer, el _Farestac_ despertó a la gente. Se decidió que
-el _Rabec_, a quien nada se había contado del proyecto, quedara en el
-islote cuidando de la _Sargantana_ en compañía del _Dragó_. Los demás
-se metieron en la lancha y se dirigieron hacia la costa.
-
-En el mar palpitaban tantas estrellas, que su brillo tembloroso
-producía el vértigo.
-
-En media hora se acercaron a la cala del Infern. Amanecía.
-
-No era aquella cala un pequeño golfo bien abierto e iluminado por la
-luz del sol, sino un agujero irregular y tenebroso que comenzaba por
-una hendidura estrecha.
-
-Delante de esta hendidura había rocas basálticas blancas y grises que
-formaban como restos de un gran palacio, del que quedaran arcos y
-galerías rotos. Al borde mismo del agua salían pinos por las grietas de
-las piedras. El bote se deslizó por entre los peñascos sobre el agua
-inmóvil, que parecía de cristal, y penetró en la hendidura. Llegaron
-hasta el fondo y ataron la lancha, y almorzaron.
-
-Empezaba a entrar por arriba la claridad del sol y se iba viendo poco
-a poco la extraña configuración de la cala. El mar aparecía blanco,
-lechoso, entre dos paredes negras, húmedas, llena de oquedades; ya
-fuera, era azul, con un color turbio de cristal; una red de meandros de
-espuma cubría su superficie con un galoneado de plata.
-
-Comenzó a sonar la campanita del convento de una manera charlatana y
-alborotadora.
-
---Vamos a hacer nuestra inspección--dijo el capitán.
-
---Vamos--repuso el _Farestac_.
-
-La hendidura era más estrecha en la boca que en el fondo. La cala
-formaba dentro un seno irregular. Tenía allí unos sesenta pies de ancho
-y ciento veinte de alto. El _Farestac_ aseguraba que había una senda
-que a trechos se convertía en escalera y que llegaba a lo alto.
-
-Se encontró un resto de camino que comenzaba por el lado izquierdo
-mirando hacia el interior. Al principio iba en una pendiente suave;
-luego se hacía más escarpado, rodeaba la cala y pasaba al lado
-derecho. Hasta la mitad de la altura se logró subir con grandes
-dificultades; luego había una parte de veinte pies como un lomo de
-piedra resbaladizo, que se podía escalar trepando, agarrándose a las
-rendijas. De aquí el camino pasaba por un resalto medio desmoronado por
-las filtraciones del agua. Este resalto, que corría paralelamente a una
-hendidura horizontal, se llamaba, según dijo el _Farestac_, el Pas de
-la Rabosa.
-
-El marino encontraba muy cambiada la senda de la cala del Infern desde
-que él había estado la última vez.
-
-Sin duda las aguas de lluvia habían ido deshaciendo y arrancando
-grandes trozos de la arena y de la piedra calcárea, echándola al fondo
-de la cala.
-
-El Pas de la Rabosa terminaba en la pared de la derecha, en una oquedad
-profunda, de donde salía otra senda a trechos con escalones que subía a
-la parte alta del acantilado. Esta senda se hallaba interrumpida por un
-desmoronamiento que dejaba unos quince pies sin paso.
-
-Al llegar a la oquedad el Capitán se detuvo, y dirigiéndose a Thompson,
-exclamó:
-
---Amigo Thompson, ¿tiene usted buena memoria?
-
---No; pero tengo un lápiz y un cuaderno que la substituye mal que bien.
-
---Bueno. Vaya usted apuntando todo lo que necesitamos para dejar
-accesible la subida.
-
-Thompson fué apuntando lo que le dijeron: garfios de hierro, varias
-tablas, cuerdas, etc.
-
-Arreglaron durante la mañana la subida hasta el Pas de la Rabosa.
-Después comieron. Habían llevado un hornillo de hierro, donde se guisó
-y se hizo café. El vino lo echaban a un porrón de hoja de lata, y de
-allí bebieron todos a chorro.
-
-Al comenzar la tarde hicieron una maniobra de importancia y de peligro.
-Ataron con la cuerda por la cintura a Pascualet; tendieron después la
-escalera de un lado del abismo al otro, sujetándola en una piedra lo
-mejor posible, e hicieron que el muchacho atado pasara y afirmara la
-escalera con grandes clavos por el otro lado.
-
-Hecho este puente, cruzaron todos por él. Primero pasaron el _Farestac_
-y el Capitán; después, Roque y Thompson. Les faltaba únicamente unos
-cincuenta pies para llegar al borde superior de la cala del Infert;
-pero esta subida no era difícil, porque había una buena senda. La
-limpiaron quitándola hierbajos resbaladizos, y cuando comenzaba a
-hacerse de noche salieron a lo alto del acantilado.
-
-Ahora también la campanita del convento derramaba sus notas de cristal
-en la calma del crepúsculo...
-
-El _Farestac_ y el Capitán se acercaron al cementerio, mientras Roque y
-Thompson quedaban en las esquinas de la tapia mirando a hurtadillas por
-si llegaba alguien.
-
-El capitán escaló la tapia del camposanto, y el _Farestac_ le siguió.
-Se acercaron saltando tumbas a una puerta en arco que comunicaba con el
-jardín del convento. Esta puerta, pintada de verde, estaba cerrada con
-cerrojo y llave.
-
-Por una rendija miraron y vieron a la superiora y a otra monja dando
-instrucciones al jardinero.
-
---Hay que limar la lengüeta de esta llave--dijo el Capitán--. Teniendo
-abierto esto, la fuga es fácil... Abriremos la otra puerta del
-cementerio que da hacia el mar, y en un minuto la novia de Urbina puede
-estar en el Pas de la Rabosa. Vámonos, _Farestac_. Por hoy ha concluído
-sus funciones la Sociedad de Raptos y Empresas peligrosas reunidas.
-
-Salieron el Capitán y el _Farestac_ del camposanto, y reunidos con los
-otros dos y el chico, comenzaron casi a tientas la bajada por la senda
-de la cala del Infern hasta llegar al mar.
-
---Añada usted a lo que necesitamos--dijo el capitán a Thompson--un par
-de limas buenas y una tranca.
-
---Está bien.
-
- * * * * *
-
-Se embarcaron en la lancha. Llegaron al islote, y poco después la
-_Sargantana_, como un tritón jovial y alegre que deja por primera vez
-la férula de los maestros y de los padres, marchaba hacia Ondara con
-las velas desplegadas.
-
-
-
-
- XV
-
- EL RAPTO
-
-
-INMEDIATAMENTE que llegaron a Ondara el Capitán y Thompson fueron a ver
-a Urbina. Este les mostró una carta de la _Clavariesa_, en la que se
-mostraba anhelante por dejar el convento y dispuesta a escaparse.
-
---Bueno--dijo el Capitán--; puede usted escribir a su novia que pasado
-mañana, a las siete de la tarde, el sábado, irá usted por ella. Dígale
-usted que a esa hora en punto esté delante de la puerta del jardín
-del convento que da al cementerio. Allí la esperaremos nosotros y
-la llamaremos. La lengüeta de la puerta estará cortada. Que abra el
-cerrojo y entre en el cementerio, y caerá en los brazos de su adorador.
-
-Urbina escribió la carta con estas instrucciones, la mandó con una
-paloma desde el castillo y para la tarde tenía la contestación.
-
-La muchacha estaba con ansiedad esperando el momento de la fuga; se
-colocaría a la hora de la cita delante de la puerta del jardín que
-daba al cementerio y, al oír que la llamaban, descorrería el cerrojo y
-pasaría.
-
---Esta noche saldremos a nuestra expedición--dijo el Capitán--. ¿Ha
-pedido usted su licencia?
-
---Sí; Kitty se encarga de facilitármela.
-
---Después del rapto, ¿volveremos a Ondara?
-
---¿A usted que le parece?--preguntó Urbina.
-
---Yo, como usted, si tuviéramos buen tiempo y buena mar, seguiría hasta
-donde se pudiera.
-
---Y usted, Capitán, ¿qué piensa hacer?
-
---A mí no me importa dejar esto.
-
---¿Y Thompson?
-
---Thompson, si quiere, se puede quedar aquí. Pasaremos por delante de
-Ondara: hay que traer el bote; en él puede volver.
-
-El viernes, por la tarde, Thompson y el Capitán mandaron llevar al
-falucho todos los útiles necesarios para la expedición, y el Capitán
-añadió su equipaje.
-
-Salieron a media noche remolcando una lancha plana; hacía poco viento
-y tardaron dos horas largas en llegar a la ensenada de Monsant; a
-la luz de las estrellas se acercaron al islote del Farallón, ataron
-la _Sargantana_, dejaron al _Rabec_ con el _Dragó_ de guardia en el
-peñasco solitario, y con la lancha se acercaron a la cala del Infern.
-
-El Capitán y Thompson subieron a lo alto del acantilado, saltaron la
-tapia del cementerio y comenzaron a serrar la lengüeta de la cerradura
-de la puerta que daba al jardín de las monjas. Para el amanecer habían
-concluído su trabajo. De miedo que la puerta chirriase al abrirla
-untaron sus goznes con aceite.
-
---La Sociedad de Raptos y de Empresas peligrosas reunidas es una
-Sociedad prudente--dijo el Capitán--; el dinero de los asegurados puede
-estar tranquilo.
-
---¿Qué capital social tenemos?--preguntó Thompson alegremente.
-
---El que se robe. No nos queremos distinguir de las demás Sociedades.
-
-La puertecilla del cementerio que daba hacia el mar estaba podrida, y
-de un empujón quedó abierta.
-
---¿Hay que hacer algo más?--preguntó Thompson.
-
---Nada, esperar.
-
-Terminados estos preparativos, Thompson y el Capitán se acercaron
-gateando al borde de la cala del Infern y se tendieron en la hierba.
-
---Creo que voy a pescar un magnífico reúma--dijo el Capitán, al echarse
-en el suelo.
-
---En cambio verá usted un amanecer espléndido--replicó Thompson.
-
---¿Usted cree que compensa una cosa la otra?
-
---Hombre, según la importancia que se le dé al reúma.
-
---Y según la importancia que se dé a la contemplación del amanecer.
-
-Comenzaba la hora tímida e indecisa de la mañana. Thompson, que era
-hombre de cierta cultura clásica, recordó los celebérrimos y conocidos
-dedos de rosa de la Aurora y habló de Faetonte y de Tithon.
-
---Ahora es la Aurora una muchacha púdica--dijo--, como una niña que
-va a la primera comunión. No se atreve a mirarnos, lleva la cabellera
-recogida y el cuerpo cubierto por su túnica blanca; dentro de poco será
-como una bacante rubia, que nos envolverá con sus cabellos inflamados y
-hará arder la tierra en rubíes y el mar en perlas y en diamantes.
-
---Así la quiero yo: enérgica, antirreumática.
-
---Destruye usted la poesía de las cosas, Capitán, con esos recuerdos de
-tisanas y franelas.
-
---Es que yo soy un hombre antipoético por excelencia.
-
---No lo creo así.
-
-El Capitán se entretuvo entonces en desarrollar ante su amigo Thompson
-el funcionamiento de la Sociedad de Raptos y Empresas peligrosas
-reunidas, que había ideado.
-
---Sabe usted lo que estoy pensando al oírle--dijo Thompson con seriedad.
-
---¿Qué?--preguntó el Capitán.
-
---Que tan fantástica es esa Sociedad como nuestros actos. Es usted una
-sombra que está creando otra sombra.
-
---¡Bah! Literatura, amigo Thompson. ¡Sueños!
-
---Toda la vida es sueño, Capitán. Si en otro tiempo se hubieran
-escrito nuestras aventuras, los eruditos de hoy supondrían que no
-tenían realidad.
-
---No sé por qué.
-
---Lo supondrían. Y no crea usted que yo lo supongo igualmente. No. Yo
-creo que somos hombres de carne y hueso--repuso Thompson.
-
---Yo también--dijo el Capitán--. Más hueso que carne; pero, en fin, hay
-algo de carne.
-
---Eso lo dirá usted pensando en sí mismo, no en mí.
-
---Sí, me había olvidado de su opulencia, Thompson. Siga usted con su
-argumento.
-
---Decía, que siendo nosotros hombres de carne y hueso ¡con qué
-facilidad se nos convertiría en símbolos de un viejo mito!
-
---No veo la facilidad.
-
---Yo, sí. Figúrese usted los indicios que tendría el comentarista
-al leer nuestra historia, para creer en un mito y en un mito solar:
-primeramente, estamos en el solsticio del año; fíjese usted bien: ¡el
-solsticio del año!; segundo, vamos a robar a una dama. Esta dama,
-la _Clavariesa_, es una belleza, una gran belleza; por tanto, una
-encarnación de Mithras, del sol, de Venus, del amor; el convento es
-la noche, en que está guardada la luz; Urbina es Marte, enamorado de
-Venus...
-
---Un Marte muy tímido--dijo el Capitán.
-
---El sacristán del convento es Vulcano. Usted ha dicho que es cojo.
-
---Y lo repito.
-
---El _Farestac_ es la naturaleza salvaje, que se pone a favor de los
-enamorados.
-
---¿La _Sargantana_?
-
---La fuerza del mar.
-
--¿Y yo?
-
---Usted será, probablemente, una encarnación de Mercurio, dios de los
-comerciantes y de los ladrones, lleno de recursos para todo.
-
---¡Gracias!
-
---Pascualet y yo seríamos espíritus auxiliares de poca importancia.
-
---¿Y Roque?
-
---Roque, la fidelidad, que en vez de vestir de blanco y llevar una
-llave y un perro, va vulgarmente de asistente en la vida de los
-fenómenos.
-
---No falta mas que el _Rabec_--dijo el Capitán.
-
---El _Rabec_ es un servidor del Cerbero, del _Dragó_, de ese perro
-de aguas que nos parece insignificante y que el comentarista daría
-proporciones de dios infernal. Respecto a esta cala, que se encuentra
-a nuestros pies, unos dirían que era la caverna de Ténare, con sus
-fauces abiertas, por donde bajaron Hércules y Orfeo a los infiernos,
-según Virgilio; otros, que el antro de la serpiente Python; pero el
-comentarista filósofo y racionalista comprendería que esta cueva
-simbolizaba la humedad y la lobreguez de la tierra cuando no ha sido
-acariciada aún por los rayos del sol. Ahí tiene usted una pequeña trama
-mitológica, en donde aparecen Venus, Marte, Mercurio, Vulcano, con
-acompañamiento de fuerzas de mar y tierra. Vea usted, Capitán, cómo
-nuestros cuerpos mortales pueden tomar las apariencias de un símbolo.
-
---Descendamos, amigo Thompson, a las realidades de la vida--dijo el
-Capitán--, porque esta bacante rubia de la Aurora empieza ya a molestar
-un poco.
-
---Descendamos a la cala del Infern--repuso Thompson...
-
-El Mediterráneo se extendía verde, cerca de la costa; más lejos, azul
-intenso. El viento era vivo, y las olas, al romperse, llenaban de un
-rebaño de corderos blancos la superficie del mar.
-
-El Capitán y Thompson volvieron al interior de la cala y ayudaron al
-_Farestac_, a Roque y a Pascualet en el trabajo de dejar la bajada más
-fácil.
-
-Urbina estaba en el colmo del asombro al verse metido en aquel rincón
-fantástico.
-
-Almorzaron y comieron allá, y al caer de la tarde comenzaron los
-últimos preparativos. Se hizo que Urbina subiera y bajara desde lo alto
-del acantilado hasta el mar, para que se acostumbrara.
-
-Urbina y el Capitán se colocaron en el cementerio. Thompson estaría en
-el Pas de la Rabosa con una antorcha, que encendería al ver llegar a
-la _Clavariesa_; Roque y el _Farestac_, en las cuestas resbaladizas, y
-Pascualet, al cuidado de la lancha.
-
-A las siete menos cuarto, el Capitán y Urbina salieron de la cala
-gateando para que nadie les viera, y corriendo por el borde del
-acantilado entraron en el cementerio.
-
-Urbina tenía un aspecto encogido y avergonzado.
-
---Amigo Urbina--le dijo el Capitán--, hay que adoptar una postura
-gallarda. La naturalidad y el encogimiento modesto no se han hecho
-para los héroes. Recuerde usted a Napoleón, que tomaba lecciones de
-prestancia de Talma.
-
-Urbina sonrió.
-
-Cruzaron los dos el cementerio y se acercaron a la puerta que daba al
-jardín de las monjas.
-
-Miraron por una rendija.
-
---Se acerca ella--dijo Urbina de pronto, con el corazón palpitante.
-
---Háblela usted--murmuró el Capitán.
-
---Cuando venga.
-
---Ande usted. No vaya a creer que no hay nadie.
-
---¿Estás ahí?--preguntó Urbina con voz ahogada.
-
---Aquí estoy.
-
---Pregúntele usted si no la observan.
-
---¿Hay alguna monja en el huerto?
-
---Ahora, sí. Espera un instante.
-
-Esperaron unos minutos.
-
---Ya no hay nadie. ¿Abro?
-
---Sí.
-
-La _Clavariesa_ descorrió el cerrojo y empujó la puerta, cuyos viejos
-y enmohecidos goznes chirriaron, y la muchacha pasó al cementerio. La
-_Clavariesa_ dió la mano a Urbina, que no se atrevió a besarla.
-
-El Capitán sujetó la puerta con una tranca.
-
---¡Adelante!--dijo--. Ya sabe usted el camino.
-
-La _Clavariesa_ y Urbina salieron del cementerio. El Capitán miró por
-el resquicio de la puerta. No aparecía nadie en el jardín del convento.
-
-Cerciorado de la tranquilidad que había, corrió por el cementerio, se
-deslizó a gatas por el talud y entró en la cala del Infern.
-
---La Sociedad de Raptos y Empresas peligrosas reunidas es una Sociedad
-prudente--dijo en voz alta--, y el dinero de los asegurados se halla en
-buenas manos.
-
---¿Estamos ya?--preguntó Thompson.
-
---Sí.
-
-El inglés encendió su antorcha.
-
-La _Clavariesa_, muy dueña de sí misma, comenzó a bajar la senda y
-cruzó el Pas de la Rabosa riendo. Urbina, con la emoción y el vértigo,
-vacilaba y tuvo el Capitán que sostenerle.
-
---¡Animo!--le dijo éste--; un momento de esfuerzo. Hay que dominar los
-nervios rebeldes. No vaya usted a estropearnos los dividendos de la
-Sociedad.
-
-Urbina se rehizo y siguió bajando el sendero hasta el mar.
-Afortunadamente para él, estaba obscuro y su novia no pudo notar su
-turbación.
-
-Al llegar al bote se dejó sitio a Urbina y a la _Clavariesa_ en la
-popa, y los demás quedaron reunidos a proa.
-
---¿Qué, no salimos?--preguntó la muchacha alegremente.
-
---Esperamos a que sea de noche completa para que no nos vean.
-
-Serían las nueve cuando la lancha se deslizó por la hendidura de piedra
-de la cala del Infern y se dirigió al islote del Farallón.
-
-Urbina había consultado con su novia si volver a Ondara o seguir
-adelante, y ésta fué partidaria de seguir adelante.
-
-Entraron todos en la _Sargantana_ y ataron el bote a popa.
-
-Hacía viento y las olas venían erizadas de espuma. La gran vela
-latina del barco se extendió en el aire y blanqueó pálidamente en la
-obscuridad; después se largó el foque. La _Sargantana_ se acercó a una
-milla de Ondara.
-
-Se veía en el ambiente de la noche estrellada la vaga silueta del
-castillo y algunas luces que brillaban aquí y allá en el pueblo.
-
---Bueno, Roque y yo nos vamos en la lancha--dijo Thompson.
-
-Thompson abrazó al Capitán y a Urbina, y estrechó la mano de la
-_Clavariesa_; Roque se despidió emocionado del teniente y bajó al bote.
-La barca estuvo un momento inmóvil; Thompson y el soldado comenzaron a
-remar. Cuando volvieron la cabeza hacia atrás, la _Sargantana_ había
-desaparecido...
-
- * * * * *
-
-A la hora en que la luz de la mañana comienza a filtrarse por entre las
-nubes; a la hora en que palidece Venus y lanza sus últimos destellos
-Syrio; a la hora en que las brumas se evaporan y aparece el mar azul
-con sus meandros de espuma, bajo la gran claridad gloriosa del sol;
-a la hora en que se abren las puertas del día y Faetonte galopa
-arrastrando el carro de la Aurora por el incendio del cielo, comenzaron
-a tocar a rebato las campanas de Monsant.
-
-Algo grave ocurría a las buenas hermanas para producir tanta alarma.
-
-Las gaviotas que hacían su primer viaje de exploración por entre las
-rocas quedaron sorprendidas de este campaneo insólito; las palomas que
-revoloteaban alrededor del convento se alejaron en son de protesta;
-las golondrinas y los vencejos chillaron más; el mismo islote del
-Farallón pareció asomar su lomo puntiagudo como un delfín sobre las
-aguas preguntándose la causa de este alboroto.
-
-Poco después, desde lejos, se vió entrar en el cementerio unas siluetas
-negras, las de varias monjas, dirigidas por la superiora de la
-Comunidad. Fueron de aquí para allá mirándolo todo; luego se acercaron
-a la cala del Infern y huyeron de ella rápidamente, haciéndose cruces...
-
-Y, mientrastanto, las campanas de Monsant seguían tocando a rebato
-desesperadamente...
-
-
-
-
- EPÍLOGO
-
- _«Málaga, julio de 1827._
-
-SEÑOR don Eugenio de Aviraneta.--En Veracruz.
-
-Mi querido Capitán: He recibido su carta con los informes comerciales
-que le pedí acerca de esa plaza. Muchas gracias por su diligencia
-y amabilidad. De nuestros amigos de Ondara no le puedo dar buenas
-noticias. El médico don Jesús, que está ahora aquí, me ha hablado de
-ellos.
-
-El comandante don Santos, el que usted suponía, y con motivo, que
-era un agente del Angel Exterminador, preparó un lazo contra nuestra
-amiga Kitty y Eguaguirre, e hizo que el coronel los sorprendiera en el
-mirador del castillo: a él, estrechando por la cintura a Kitty; a ella,
-con la cabeza apoyada en el hombro del teniente. La escena debió de ser
-terrible; al coronel, que ya estaba predispuesto a la apoplejía, le dió
-un ataque, y quedó baldado y paralítico.
-
-Todo el mundo se enteró en Ondara de lo ocurrido, y el escándalo en el
-pueblo fué sonado. Figúrese usted la alegría de las gentes que se creen
-virtuosas porque van a la iglesia, al saber la deshonra efectiva de la
-coronela. Kitty ha estado cuidando a su marido. ¿Y sabe usted lo que ha
-hecho Eguaguirre? Ha pedido el traslado y se ha marchado a Barcelona,
-donde anda de garito en garito. Tras de la muerte del coronel, Kitty,
-sola, abandonada, influída por los curas de Ondara, ha entrado en el
-convento de Monsant.
-
-Este Eguaguirre, que siempre me fué odioso por su egoísmo y por su
-brutalidad, ha deshonrado, ha abandonado a nuestra pobre Kitty, tan
-ingenua, tan cariñosa, tan buena.
-
-¿Se marchitará en la soledad, en ese suicidio lento del claustro, esta
-mujer tan digna de ser feliz? Yo espero que no.
-
-Es de usted muy amigo, _J. H. Thompson_.»
-
- * * * * *
-
- «_Ondara, diciembre de 1827._
-
-Señor don Eugenio de Aviraneta.--En Nueva Orléans.
-
-Querido Capitán: Le escribo a usted desde este pueblo, que tiene para
-mí profundos recuerdos desde la época en que fundamos la Sociedad de
-Raptos y Empresas peligrosas reunidas.
-
-En el tiempo que he estado aquí me han contado muchas cosas, y todas
-tristes. Kitty me dicen que se encuentra enferma en el convento de
-Monsant; parece que está dando pruebas de santidad. No se la puede
-visitar.
-
-La pareja Clavariesa-Urbina vive en Valencia, y no son tampoco muy
-felices. La _Clavariesa_ domina a su marido; le trae, le lleva, le
-reprocha que es pobre. Las observaciones acerca de la teoría analítica
-de las probabilidades de Laplace, de mi pobre amigo, se van a quedar
-en el tintero. De las dos parejas que tanto nos interesaban en Ondara:
-Kitty-Eguaguirre y Clavariesa-Urbina, las dos han terminado mal; en las
-dos ha caído lo peor y lo más bueno.
-
-Como dice el refrán español: «Siempre se quiebra la cuerda por lo más
-delgado». ¿Conoce usted las _Afinidades electivas_, de Goethe? Formulo
-la pregunta tontamente. Ya sé que no quiere usted nada con el astro de
-Weimar.
-
-¿Sabe usted que he visto al _Farestac_ y me ha preguntado por usted?
-Tiene un recuerdo de nosotros extraordinario. Me ha dicho que si
-estuviera usted cerca iría a reunirse con usted. Sigue tan salvaje como
-antes.
-
-La verdad es que cuando vive uno en un mundo tan bestial como el
-nuestro dan ganas de marcharse a una isla como la del Farallón, y no
-tener más amigos que los delfines y los atunes.
-
-A pesar de estos lamentos pasajeros, ya sabe usted que soy un optimista
-rival del doctor Pangloss, y que pienso persistir en mi optimismo.
-
-Su amigo cariñoso, _J. H. Thompson_.»
-
- * * * * *
-
- «_Ondara, mayo de 1831._
-
-Señor don Eugenio de Aviraneta.--En Bayona.
-
-Mi querido Capitán: Siento mucho que no pueda usted entrar en España
-todavía, y que tenga usted que estar constantemente detenido ahí. Hoy
-he cumplido mi piadosa misión de visitar la tumba de Kitty. He ido al
-convento de Monsant; he hablado con la superiora, una vieja escuálida
-y apergaminada, a quien he dicho ser hermano de Kitty, y la he pedido
-permiso para adornar con flores el trozo de tierra donde está enterrada
-nuestra amiga.
-
-Al entrar en aquel cementerio abandonado, al ver el mar azul y el
-islote del Farallón, que brota de las aguas; al llegar al pie de la
-tumba, donde duerme eternamente nuestra pobre Kitty, he llorado como un
-niño.
-
-Me perseguía el sacristán, y, para quedarme solo, he salido del
-camposanto y, en aquel talud que baja a la cala del Infern, me he
-sentado sobre una piedra a entregarme a mis pensamientos.
-
-De todos mis recuerdos relacionados con Ondara, el más fuerte en
-aquel momento era el de una tarde en que estuvimos usted y yo en el
-mirador del castillo. Hacía calor. Usted hablaba con Eguaguirre; Kitty,
-conmigo; ustedes discutían de política; nosotros charlábamos acerca de
-nuestras preferencias poéticas.
-
-Kitty recitó entonces la canción del _Mignon_, de Goethe, que tanto le
-gustaba:
-
- «¿Conoces tú el país donde maduran los limoneros y en el
- follaje sombrío brilla la naranja de oro?»
-
-Tal sentimiento puso en su canción, que, al terminarla, tenía los ojos
-llenos de lágrimas.
-
---Se emociona usted mucho--la dije.
-
---Sí. Esta canción, en la que no se habla de nada triste--me
-contestó--, me parece impregnada de la idea de la muerte, del
-acabamiento. Al recordarla pienso dónde estaré enterrada cuando muera.
-
---¿Y en dónde quisiera usted estar enterrada?--dije yo, echando la
-pregunta a broma.
-
---Ahí, en Monsant--me contestó--, al lado del mar, en una tierra
-inundada de sol.
-
-Ya lo está.
-
-¡Dolor! ¡Dolor de morir! ¡Dolor de vivir!
-
- * * * * *
-
-Al volver a Ondara me he sentado en una piedra, en la Volta del
-Rosignol, y he tratado de llevar el orden y el reposo a mi pobre cabeza
-perturbada.
-
-No lo he podido conseguir.
-
- «¿Conoces tú el país donde maduran los limoneros y en el
- follaje sombrío brilla la naranja de oro?» «¿Conoces tú la
- montaña y su sendero brumoso?»
-
-Estos recuerdos de la canción de _Mignon_ han ido sumiéndome, durante
-largo rato, en ideaciones vagas, informes, de una desoladora tristeza,
-en deseos de languidez y de muerte.
-
-He seguido como un autómata el camino, hasta llegar a Alba, y me he
-parado a descansar a la sombra de un pequeño cementerio, algo retirado
-de la carretera, sobre un altozano árido y pedregoso.
-
-He mirado hacia dentro. En el camposanto, abandonado, las ortigas, las
-cicutas, las digitales y las zarzas crecían con una fuerza salvaje. Ni
-una lápida, ni una corona había resistido el impulso avasallador de la
-flora parásita, bien abonada con los detritos humanos; sólo algunas
-cruces de madera podrida se levantaban entre la masa espesa de los
-hierbajos; un pájaro de pecho rojo y cola larga saltaba sobre una de
-estas cruces y piaba dulcemente...
-
-Al oírle, me he acordado de otra mañana suave, brumosa, del país vasco,
-en que estuve oyendo los gorjeos de un ruiseñor.
-
-Era cerca de Hasparren, un pueblo vascofrancés. Había estado más de
-una hora, y hubiera estado la vida entera, como los encantados de las
-historias infantiles, oyendo al ruiseñor, cuando las campanas de la
-iglesia comenzaron a tocar, y el mágico cantor huyó. Entonces entré en
-el pueblo a buscar una posada, y al mirar a la iglesia con cierto odio,
-porque sus campanas habían interrumpido la serenata del ruiseñor, vi en
-la torre escrita esta sentencia: _Ut fugitur umbra sic vita_ (Como huye
-la sombra, así es la vida).
-
-Aquel terrible apotegma me hizo el efecto de un golpe de maza.
-
-Hoy se me ha venido a la imaginación contemplando el cementerio
-abandonado de Alba, y al pájaro, que cantaba sobre un trozo de madera
-podrida. Luego esta sentencia se ha convertido en un pesado estribillo
-de mi cerebro. Y en el pueblo, y después en el barco, antes de llegar
-y después de llegar a Ondara, mi espíritu no tenía mas que el mismo
-comentario para lo que iba viendo y para lo que iba oyendo: _Ut fugitur
-umbra sic vita_ (La vida huye como una sombra).
-
-¡Adiós, amigo mío!--_J. H. Thompson_.»
-
-
-
-
- EL VIAJE SIN OBJETO
-
-
-
-
- PRÓLOGO
-
-
-UNOS días después del rapto de la _Clavariesa_ estábamos charlando
-en aquel espléndido mirador del castillo de Ondara, cuando Kitty, la
-coronela, me preguntó si había escrito alguna relación de mis aventuras
-desde que salí de Londres.
-
---Tengo varias notas--la dije--, pero dispersas y sin orden.
-
---¿Por qué no las ordena usted?--me preguntó ella.
-
---¿Con qué objeto?
-
---Para leérmelas a mí.
-
---Si usted lo desea, lo haré; pero le advierto que es muy probable que
-tenga usted un desencanto. En mis andanzas no me han ocurrido grandes
-cosas.
-
---No importa. Cualquier relato, aderezado con un poco de imaginación,
-puede ser interesante.
-
---¡Ah! ya lo creo; pero es que yo no tengo imaginación.
-
---Se quiere usted excusar, Thompson.
-
---No, no. Créame usted. Lo único que quiero es prepararle a usted para
-que no sufra un pequeño chasco.
-
---No lo sufriré. Esté usted tranquilo. Sus impresiones serán para mí
-siempre interesantes.
-
---¡Oh! ¡Bondad!--exclamé yo--. ¿Por qué no guardaría entre mis papeles
-unos parlamentos inéditos de Calderón, unos diálogos de Shakespeare,
-unas baladas de Burns o unas páginas desconocidas de Mozart para
-traérselas a usted?
-
---No tanta modestia, Thompson. Se quiere usted escabullir.
-
---No, señora. Cuando ordene mis papeles, aquí estoy.
-
---¿Da usted su palabra?
-
---Sí.
-
-Me marché a la fonda de la Marina y comencé el arreglo de mis notas.
-No era fácil, ni mucho menos. A veces, yo mismo no sabía lo que había
-querido decir. Cuando concluí una parte de mi trabajo, con un gran
-paquete de papeles, fuí a ver a mi amiga Kitty.
-
---_El viaje sin objeto_--leí en la primera página, con la voz velada
-por la emoción.
-
---¿Lo llama usted así?--me preguntó ella.
-
---Sí; pero si lo encuentra usted mal, lo borro.
-
---No, no; me parece bien. ¿Le habrá dado usted este título significando
-que ha hecho usted ese viaje a la buena ventura?
-
---Sí; eso es. Hubiera sido, quizá, más exacto llamarle «Viaje sin
-objeto ni fin»; pero no he querido recalcar demasiado. ¿Sigo adelante?
-
---Sí; siga usted...
-
- * * * * *
-
-Realmente, este _Viaje sin objeto_ es posible que sea una tontería,
-porque está escrito sin pies ni cabeza, de una manera confusa y
-desordenada.
-
-El señor Leguía, primer compilador de las _Memorias de un hombre de
-acción_, tuvo que suprimir del _Viaje sin objeto_ una porción de
-digresiones: itinerarios de caminos, clasificaciones botánicas, recetas
-de cocina, reflexiones religiosas, y otras bagatelas que no venían a
-cuento.
-
-Thompson tenía el vicio de expandirse, de dispersarse en el comentario;
-por otra parte, quería ser muy exacto. A la manera de Jorge Borrow,
-Ricardo Fox y otros viajeros ingleses, se propuso escribir un viaje
-con gran minuciosidad y lleno de detalles; pero como hombre perezoso
-y olvidadizo, dejaba muchas de sus ideas en embrión, y únicamente
-expresaba en un título lo que hubiera querido hacer.
-
-En la gran hojarasca de cuestiones sin tratar y de reflexiones
-inoportunas que apuntó Thompson, entró Leguía a saco, cortando y
-rajando.
-
-Después de la poda de Leguía, el editor actual ha tenido que hacer
-nuevos cortes en el manuscrito, para dar al _Viaje sin objeto_ cierta
-proporción de obra de arquitectura, o, por lo menos, de albañilería
-modesta.
-
-Ciertamente, Thompson no era un académico, ni un clásico, y es posible
-que las tragedias de Racine le parecieran grandes monumentos de cartón
-piedra.
-
-También hay que reconocer que Thompson no se mostraba siempre hombre
-serio y razonable, y que muchas veces parecía no comprender la
-diferencia entre lo trascendental y lo fútil.
-
-Lo único que se puede decir en su descargo es que Thompson no aspiró
-nunca a terminar su _Viaje sin objeto_ en el Parnaso, porque, de ser
-así, hubiera sido el suyo un viaje con objeto, y él creía que en el
-segmento de nuestra limitada vida nada tiene objeto ni fin.
-
-
-
-
- PRIMERA PARTE
-
- UNA VIDA INSIGNIFICANTE
-
-
-
-
- I
-
- EL VIAJERO Y SU CANCIÓN
-
-
-YO soy un hombre que ha salido de su casa por el camino, sin objeto,
-sin saber por qué, con la chaqueta al hombro, al amanecer, cuando los
-gallos lanzan al aire su cacareo estridente, como un grito de guerra, y
-las alondras levantan su vuelo sobre los sembrados.
-
-De día y de noche, con el sol de agosto y con el viento helado de
-diciembre, he seguido mi ruta, al azar: unas veces, asustado ante
-peligros quiméricos; otras, sereno ante realidades peligrosas.
-
-Para entretener mi soledad he ido cantando, silbando, tarareando
-canciones alegres y tristes, según el humor y el reflejo del ambiente
-en mi espíritu.
-
-A veces, al pasar por delante de una casa del camino, cantaba más alto,
-gritaba, quizá con jactancia, queriendo ser escuchado.
-
-Alguna ventana se abrirá--pensaba--y aparecerá un rostro simpático y
-jovial.
-
-No se abría ninguna ventana, no salía nadie; yo insistía cándidamente,
-y al insistir iban brotando de aquí y de allá caras torvas, miradas
-hostiles, gente en guardia, que apretaba el garrote entre las manos
-huesudas.
-
-Quizá les he ofendido--discurría yo--. Esta gente no quiere nada
-conmigo, y seguía mi marcha, al azar, con la chaqueta al hombro, sin
-objeto, sin saber por qué, cantando, tarareando y silbando...
-
-Durante mucho tiempo, esta soledad, el graznido de las lechuzas, el
-aullido de los lobos, me llenaban de angustia y de inquietud. Entonces
-intentaba acercarme a la ciudad; pero al querer entrar en ella me
-paraban en la puerta, y me ponían como condición, para pasar, el dejar
-a la entrada unos sueños gratos, más gratos que la vida misma.
-
-No, no; prefiero volver al camino--murmuraba--; y seguía marchando
-con la chaqueta al hombro, al azar, sin objeto, sin saber por qué,
-cantando, silbando y tarareando, estremeciéndome con los rumores del
-campo, con el ruido del agua en el arroyo y el cantar agorero de las
-cornejas.
-
-Después, poco a poco, me dejaron entrar en la ciudad sin condiciones;
-pero dentro de las calles me sentí ahogado, estrechado, sin poder
-respirar, y volví de nuevo al campo...
-
-Hoy, algún camarada me dice:
-
-«Descansa aquí. ¿Por qué no vivir entre las gentes? Hay remansos
-tranquilos, hay rincones donde no se miran unos a otros con faz torva y
-amenazadora.»
-
-Amigo--respondo yo--, yo soy un hombre de paso, algo que se mueve y no
-arraiga, una partícula de aire en el viento, una gota de agua en el mar.
-
-Ahora me sucede como al viajero que ha creído marchar a la casualidad
-por el fondo de los barrancos, y al llegar a una altura, al ver el
-camino recorrido, comprende que, a pesar de sus desviaciones y de sus
-curvas, llevaba instintivamente un plan.
-
-Ahora, en el río confuso de las cosas que pasan eternamente, siempre
-cambiando y buscando su fórmula definitiva (el werden hegeliano), veo
-mi existencia como una cosa que ha sido y que ha llegado a su devenir.
-
-Ahora, la soledad no me entristece, ni me asustan los murmullos
-misteriosos del campo, ni el graznido de las cornejas. Ahora conozco el
-árbol en que cantan los ruiseñores, y la estrella que lanza su mirada
-confidencial en la noche. Ya encuentro suaves las inclemencias del
-tiempo y admirables las horas silenciosas del crepúsculo, en que una
-columna de humo se levanta en el horizonte.
-
-Y así sigo, con la chaqueta al hombro, por este camino que yo no he
-elegido, cantando, silbando, tarareando.
-
-Y cuando el Destino quiera interrumpirlo, que lo interrumpa; yo, aunque
-pudiera protestar, no protestaría...
-
- * * * * *
-
-Este preámbulo, que parece que quiere ser alegórico, puso J. H.
-Thompson a su _Viaje sin objeto_. Su única legitimación para estar aquí
-es que es tan sin objeto como todo el libro.
-
-
-
-
- II
-
- DISECACIÓN Y FARMACIA
-
-
-ENTRE el gran número de Thompsons que ha producido Inglaterra, yo soy
-uno de ellos.
-
-Mi padre era disecador de animales y tenía su casa y su taller en
-Gray's-Inn-Lane, una callejuela que sale a Holborn Street.
-
-El sitio, aunque céntrico, es poco frecuentado por gente rica, y
-mi padre solía exponer sus ejemplares disecados en la mitad de un
-escaparate que le cedía un frenólogo de Holborn Street, el señor
-Fitzhamer, por veinte libras esterlinas al año.
-
-A nuestra casa, bastante sombría y negra, apenas le daba el sol algunos
-días de verano. Teníamos una ama de gobierno, la señora Webster; pero
-esta señora llegó a adquirir tanta confianza con nosotros, que no nos
-hacía caso.
-
-Además, como decía una amiga suya suspirando, la señora Webster tenía
-la desgracia de beber. Esta amiga quería dar a entender que el tomar la
-costumbre de ir a la taberna era como padecer el tifus o la viruela.
-
-La señora Webster había perdido la moral doméstica y le parecían
-accidentes insignificantes y que no afectaban a su honor de ama de
-llaves el que la carne estuviese quemada o las patatas crudas.
-
-Mi padre no se quejaba. Era un tanto estoico. En sus buenos tiempos
-había vivido con holgura y ganado mucho dinero; después fué cayendo, y
-cayendo, hasta arruinarse.
-
-Mi padre fué el Rey Lear de los disecadores, un Rey Lear sin Cordelia.
-Las Cordelias no abundan en el mundo. Mi padre trabajó con afán por
-conseguir la elevación de sus hijos, y, efectivamente, los elevó y
-ellos le olvidaron.
-
-Yo era el hijo más pequeño. Mis hermanos mayores se colocaron bien; mis
-hermanas llevaron dote al matrimonio; mi padre, que había dado todo su
-dinero a sus hijos, se quedó, el pobre hombre, sin un penique.
-
-Mi padre se hallaba dispuesto a seguir arruinándose conmigo y llegar a
-la mayor miseria.
-
-Yo le recuerdo ya viejo. Era alto, robusto, con el pelo muy blanco y la
-cara sonrosada.
-
-No he conocido a mi madre, que murió cuando yo tenía pocos meses.
-
-Desde la más remota infancia estoy acostumbrado a contemplar la ruina
-como un estado natural de mi casa. Mi padre me puso en un colegio rico
-hasta que no pudo pagar más, y entonces me sacó de allí con el pretexto
-de que nos marchábamos de Londres.
-
-Mientras estuve en el colegio, desde los diez a los catorce años, al
-volver a mi casa me encontraba invariablemente en las vacaciones con
-algo menos.
-
-En la extrema necesidad, mi padre tenía que recurrir a empeñar y a
-vender los mejores modelos de sus animales disecados, y yo vi salir de
-nuestra casa leones, tigres y serpientes, ejemplares magníficos de piel
-fina, brillante y sin zurcidos, y quedarse sólo en el taller los zorros
-calvos, los flamencos desplumados y los buhos sin ojos.
-
---¡Cuántas veces he pedido inspiración a un caimán disecado o a un
-buitre sin plumas para resolver el problema de la familia!
-
-Yo tenía que elegir una manera de vivir. Mi padre no quería que me
-dedicase al arte de disecar. Suponía que este oficio estaba en baja y
-me hablaba mal de él. Así perdí yo la moral del disecador.
-
-Mi padre tenía varios amigos que no le abandonaban en su desgracia:
-uno de ellos era Fitzhamer, el frenólogo; otro, un disecador, el
-señor Sammerson, personaje alto, grande, pomposo, irreprochable en el
-vestir y adornado constantemente con un gran paraguas; y, por último,
-un empleado de Fitzhamer, el joven Cheene, hombre delgadito, fino e
-inteligente, que se dedicaba a armar esqueletos para los estudiantes de
-Anatomía.
-
-Se discutió entre todos la profesión que debía seguir, y la opinión de
-los tres consultados fué que lo mejor sería que mi padre me llevara a
-la farmacia de un cuñado suyo y tío mío farmacéutico, llamado Samuel
-Cox.
-
-Mi padre tenía viejos resentimientos con su cuñado Samuel; pero viendo
-que era la única solución para mí, le habló a mi tío, y yo entré de
-practicante en la botica.
-
-Entonces mi padre deshizo su casa y su taller y entró de director en el
-establecimiento de Sammerson.
-
-Yo estuve en la botica de Cox cerca de tres años, y salí no por mi
-culpa.
-
-Mi tío Samuel era un solterón empedernido que vivía asistido por una
-viuda, mistress Blount.
-
-La tal señora tenía un hijo que estudiaba Farmacia fuera de Londres.
-Era esta viuda una mujer de unos cincuenta años, ceñuda, mandona, con
-anteojos y una papalina blanca.
-
-Mi tío Samuel le tenía miedo y la esquivaba con mucho arte. Mi tío era
-hombre de gran sagacidad, tan diplomático como Talleyrand y casi tan
-egoísta. A fuerza de egoísmo se había hecho un completo poltrón, y las
-recriminaciones le molestaban horriblemente.
-
-Mi tío Samuel y yo nos hicimos pronto amigos. Al principio me trató
-como a su dependiente, pero luego se convirtió en un camarada.
-
-Así, mi infancia se ha deslizado parte en el taller de disecar y parte
-en la botica de mi tío. He vivido al lado de una fauna y de una flora
-exótica, en una fauna y una flora muerta y conservada.
-
-En mi niñez he puesto mi hamaca entre los leones, las panteras y los
-cocodrilos disecados; en mi adolescencia he recogido el maná como los
-israelitas, el _sperma coeti_ como los balleneros y la canela de Cylán
-como los vedas y los cingaleses.
-
-Soy un hombre exótico, oriental y occidental, polar y ecuatorial. Soy
-un planetario.
-
-Los tres años de farmacia se interrumpieron con la llegada del hijo
-de mistress Blount. Entonces hubo una serie constante de riñas, de
-amenazas entre la viuda, su hijo y mi tío.
-
-Un día supe con asombro que éste dejaba la botica. La viuda le había
-puesto como condición, o casarse con ella o dejar la farmacia.
-Mistress Blount tenía cartas en donde el tío Samuel le daba palabra de
-casamiento.
-
-Mi tío no vaciló en aceptar la cesación de la botica y se alejó del
-barrio de Soho para siempre.
-
---Tú te vienes por ahora conmigo--me dijo. Y, efectivamente, yo, armado
-de unos cuantos bártulos, me marché a su casa.
-
-
-
-
- III
-
- LOS LIBROS DE MI TÍO
-
-
-A pesar de ser hijo de viejo, mi padre contaba más de sesenta años
-cuando yo nací, soy hombre fuerte y de gran vigor.
-
-Según Fitzhamer, el frenólogo, que nos cedía la mitad de su
-escaparate, donde exponíamos nuestros ejemplares disecados por veinte
-libras esterlinas al año, mis facultades más desarrolladas son la
-adquisividad, la habitabilidad y la religiosidad. La vida no ha
-destacado en mí estas condiciones pronosticadas por su frenologidad. Es
-posible que la culpa sea mía.
-
-No sé a punto fijo cuáles son las condiciones íntimas de mi carácter,
-como no lo sabe nadie o casi nadie. La divisa délfica de conócete a
-ti mismo no ha fructificado en mí. Respecto a los orígenes de mis
-conocimientos, son el colegio, el taller de mi padre y la botica de mi
-tío. En el colegio adquirí rudimentos clásicos; llegué al latín y un
-poco al griego; en el taller de mi padre aprendí a disecar y algunas
-nociones de zoología, y en la botica de mi tío comencé el estudio de la
-química y de la botánica y abrí las obras de los grandes filósofos.
-
-El tío Samuel se contaba entre los mejores bibliófilos de Londres.
-Reunía libros y colecciones de estampas con una gran perseverancia.
-Mientras estuve yo en la botica solía verle llegar todos los días con
-paquetes de libros y rollos de papel.
-
-Si se le hablaba del cliente que había venido por la triaca magna o por
-el aceite de escorpión, todavía en aquel tiempo se usaban estas cosas,
-escuchaba, al parecer, muy atentamente; pero la verdad era que no hacía
-caso.
-
-Cuando abandonamos la botica él y yo, fuimos a vivir a una estrecha
-callejuela que comunicaba por un arco con la plaza llamada
-Lincoln's-Inn-Fields. La casa era un edificio negro y alto, que tenía
-delante un jardinillo desolado. Difícil hubiera sido encontrar una
-vivienda que tuviera un aire más triste. El humo y la niebla habían
-dejado sus paredes negras, los cristales de las ventanas empañados. En
-el último piso tenía sus habitaciones mi tío. Estaban éstas llenas de
-libros y de papeles.
-
-Los libros constituían allí una vegetación parásita; asomaban por
-encima de los armarios, por debajo de las sillas y de las mesas.
-
-Todos los días mi tío solía hacer compras, y yo le acompañaba. Ibamos
-a los baratillos, a las ferias, a las casas particulares. Mi tío tenía
-alquilados varios cuartos pequeños en distintos barrios de la ciudad,
-donde depositaba sus compras.
-
-Yo, al ver estos rincones abarrotados de libros y papeles, le pregunté
-qué quería hacer con tanto libro y tanta estampa, si quería venderlos o
-regalarlos al Museo Británico; después, cuando comencé a tomarle gusto
-a la caza del libro y de la estampa, comprendí que la bibliofilia y
-la estampofilia, como todas las chifladuras humanas que amenizan la
-existencia, tienen su fin en sí mismas. Mi tío pasaba por coleccionista
-humilde, y si alguien le preguntaba si compraba libros, decía que no,
-que sus medios no se lo permitían.
-
-Ciertamente no era mi tío un bibliófilo bastante rico e ilustre para
-pertenecer al Roxburg-Club de Londres; pero algunos de los individuos
-de esta Sociedad le conocían y le habían invitado más de una vez al
-banquete anual que celebraban en la taberna de Old-Saint-Albans,
-invitación que mi tío Samuel aceptaba, porque además de bibliófilo era
-un gastrónomo consumado.
-
-A mi tío lo encontraba siempre en tratos y cabildeos con toda clase
-de libreros, anticuarios, traperos, comerciantes de papel viejo y
-encuadernadores. Uno de los hombres con quien tenía más negocios
-pendientes era un comerciante de papel llamado Tick, dueño de una
-tienda de White Hart Sreet, callejuela próxima a Drury Lane. Tick, hijo
-de un judío alemán y de una irlandesa, era un viejo alto, de barba
-cana, con los ojos azules y la expresión sonriente. En su tienda era
-difícil entrar, por lo estrecha y negra. En la muestra apenas podía
-leerse:
-
- ABRAHAM TICK
-
- COMERCIO DE PAPEL AL POR MAYOR Y AL DETALLE
-
-De la tienda se pasaba a un pequeño patio atestado de papeles viejos.
-
-Abraham Tick tenía un hijo de mi edad, William, muchacho fuerte y
-guapo, con los ojos negros, las cejas rubias y el pelo negro.
-
-Según el frenólogo Fitzhamer, hay que desconfiar de las personas cuyos
-cabellos y cejas son de un color diferente. No sé si en todos los
-casos; pero, al menos, en aquél, Fitzhamer tenía razón.
-
-William Tick, a quien todos llamábamos Will Tick, se hizo muy amigo
-mío; mejor dicho, yo me hice amigo suyo, porque al poco tiempo de
-conocerle estaba sometido a su influencia.
-
-
-
-
- IV
-
- LA CASA DE ISRAELS Y PIPER
-
-
-COMO mi tío Samuel vió que yo tenía afición a los libros, creyó debía
-perfeccionarme en la bibliografía, y me llevó de dependiente a la casa
-de Israels y Piper, de Chancery Lane.
-
-Chancery Lane es una callejuela que baja de Holborn a Fleet Street.
-Como muchas de Londres, tiene una especialidad; es una calle de gente
-de toga, de librerías de Derecho y banqueros.
-
-Entonces, supongo que ahora seguirá lo mismo, Chancery Lane estaba
-formada por casas altas, de ladrillo, ennegrecidas por el tiempo, la
-bruma y el humo, y acariciadas muy de tarde en tarde por los rayos de
-un sol traducido al inglés.
-
-Los colores de esta calle, la gradación de matices de sus paredes de
-ladrillo, los encontraba yo muy agradables a la vista; tenían en tonos
-obscuros las variaciones irisadas del coral y del nácar.
-
-Las casas de Chancery Lane eran tan indiferentes y tan hostiles como
-las demás londinenses, y un poco más: presentaban al transeúnte puertas
-bien cerradas y claveteadas, verjas llenas de pinchos, rejas tupidas;
-eran estas casas de leguleyos de lo más inhospitalarias, de lo más
-fundamentalmente británicas que pueden ser unas casas, unas puertas y
-unas rejas.
-
-Próxima a la salida de Chancery Lane a Lincoln's-Inn-Fields, y casi
-enfrente de Cursitor Street, se hallaba la librería de Israels y Piper.
-Tenía en la puerta, sobre la pared roja de la casa, este letrero, medio
-borrado por las lluvias:
-
- ISRAELS & PIPER, LIMITED
-
- EDITORES DE OBRAS DE HISTORIA, FILOSOFÍA
- Y GENEALOGÍA
-
-La librería de Israel y Piper tenía un escaparate pequeño, una tienda
-reducida y casi siempre desierta, y después, un pasillo larguísimo.
-
-Cualquiera hubiese pensado que aquel establecimiento no tenía apenas
-importancia; pero a medida que se penetraba en él, se iba haciendo
-mayor y mostrando sus grandes galerías de catacumba.
-
-Por un lado daba el establecimiento de Israels y Piper al jardín de
-Lincoln's-Inn-Fields, donde se hallaba instalada la imprenta.
-
-Los depósitos de la casa eran inmensos; los libros formaban calles y
-más calles, y de trecho en trecho, por encima de estas calles, había
-puentes de tablas y más libros encima.
-
-A algunos pasos de la tienda había una puerta que daba a un gran patio
-enlosado y cubierto de cristales, y a todas horas estaban allí los
-empleados embalando libros en cajas, que luego se cargaban en carros, y
-a todas horas entraban los mozos de la imprenta, llevando montones de
-papel en rama en la cabeza.
-
-De los dueños, Israels era un judío de unos sesenta años, de ojos
-claros, nariz cortante y perilla blanca. Tenía una amabilidad excesiva
-y una mirada burlona.
-
-El señor Piper era un buen inglés, de cabeza cuadrada, con cara de
-perro dogo y aire malhumorado.
-
-El empleo en casa de Israels y Piper no me sedujo. Teníamos Will Tick y
-yo un despacho cerca del patio, en un subterráneo muy húmedo y sombrío,
-donde trabajábamos constantemente; y este vivir de topo, siempre con
-luz artificial, en sitio negro y húmedo, me molestaba mucho.
-
-Will Tick se las arreglaba para no trabajar, y me puso al corriente de
-sus mañas.
-
-La casa de Israels y Piper tenía grandes curiosidades: se guardaban
-las prensas que se habían usado en la casa desde su fundación, los
-originales de las obras publicadas y un gran archivo con ejecutorias y
-manuscritos heráldicos.
-
-Para preservar estos tesoros de las ratas había cuatro perros
-repulsivos y una docena de gatos feroces.
-
-Los perros enseñaban los dientes a cuanto desconocido veían, y los
-gatos saltaban y bufaban como panteras. Estos animalitos eran hijos de
-una gata atigrada, que atacaba y arañaba al que se acercara a ella.
-
-Este animal feroz era para Israels el genio familiar de la casa;
-le miraba con el mismo entusiasmo que Dick Whittington, el popular
-personaje, a su felino, a quien debía la fortuna y el llegar a haber
-sido lord mayor de Londres.
-
-Entre los dependientes de la librería Israels y Piper, me hice amigo,
-además de Will Tick, de un joven, Percy Harrison, muchacho simpático,
-hijo de un labrador.
-
-Percy tendría mi edad y mis aficiones, y me convenció para que fuera
-con él, de noche, a una academia de dibujo. Había visto los ensayos
-de caricaturas que yo hacía, y pensaba que podría utilizar mi pequeño
-talento.
-
-Todo el tiempo que estuve en casa de Israels y Piper, un año y
-medio, fuí de noche a la academia de dibujo; pero noté que, a medida
-que copiaba de estatua, la poca gracia que tenían mis caricaturas
-desaparecía.
-
-Se lo advertí a Percy, y éste reconoció que el cultivo del arte clásico
-no me convenía.
-
-Percy, al mismo tiempo que se perfeccionaba en el dibujo, practicaba la
-litografía. Cuando creyó que dominaba este arte, proyectó comprar una
-prensa litográfica y útiles para el oficio, y establecerse.
-
-Formamos una sociedad Will Tick, Percy y yo, y decidimos abandonar a
-Israels y Piper y lanzarnos un poco a la aventura.
-
-
-
-
- V
-
- ELOGIO DE LA LITOGRAFÍA
-
-
-LOS primeros trabajos litográficos que hicimos entre Percy y yo fueron
-vistas de pueblos, escenas pintorescas y retratos de personajes
-célebres. Will Tick vendió las estampas a buen precio, y al recibir
-el producto de las ventas, consideramos que un río de oro entraba en
-nuestros bolsillos.
-
-Tras de estos tímidos ensayos, intenté yo la caricatura, y una de las
-mejores que hice fué a favor de los liberales españoles y en contra del
-rey Fernando VII. Esta caricatura me relacionó con algunos españoles,
-entre ellos, con el hispanoinglés Blanco-White, que acababa de publicar
-unas cartas sobre España, y que fué, probablemente, el que me sugirió
-la idea de venir a la Península.
-
-Después de mi estampa antifernandina, hice otras varias, que se
-vendieron mal que bien. Pronto noté que faltaba a mis caricaturas
-personalidad y crueldad. No podía llegar a la sátira brutal y enconada
-de un Gilray, ni a dar a mis personajes el aire tan típicamente inglés
-de las estampas de Jorge Cruikshank.
-
---En la caricatura--me dijo Will Tick, que en esto, como en todo,
-discurría con mucha claridad--hay la cepa dulce y la cepa agria. Tú
-eres de la cepa dulce, y en Inglaterra, actualmente, eso no gusta.
-
-Will Tick tenía razón.
-
-Como vi que el mercado se cansaba pronto de mis estampas, intenté dar
-otro producto, y me dediqué al agua fuerte.
-
-El agua fuerte es un arte, indudablemente, de más interés, de mayor
-individualidad que la litografía.
-
-Tiene, además, un encanto para el que la cultiva, y es el encanto de
-las sorpresas. Estas sorpresas proceden de los efectos inesperados de
-la mordedura del ácido en la plancha, y también mucho de la estampación.
-
-La litografía, en cambio, no tiene sorpresa alguna, y su estampación
-es más mecánica. Se puede decir que cada prueba de agua fuerte es casi
-tan única como un cuadro; en cambio, las pruebas litográficas son todas
-iguales.
-
-El procedimiento del agua fuerte me gustó, por ser más personal, más
-complicado y, al mismo tiempo, más libre que el de la litografía.
-
-En la litografía, vencida la dificultad de dibujar al revés, está
-todo resuelto; en tanto que se realiza el trabajo se puede seguir su
-progreso mirando la piedra directamente o en un espejo; en cambio,
-en el agua fuerte, mientras se raya la plancha de cobre, ésta es un
-misterio. El grabador supone que una parte le ha salido bien, que la
-otra, mal; cree que esto es demasiado negro; aquello, por el contrario,
-demasiado blanco; mete la plancha en el ácido, saca después la prueba,
-y todas son para él sorpresas.
-
-La litografía es más honrada; en ella no sale ni más ni menos que lo
-que se pone.
-
-Mis entusiasmos por el agua fuerte me quitaron la afición a trabajar
-en la litografía. Me gustaba, sí, la estampa litográfica; pero más las
-de los otros que las mías. Prefería ser coleccionista de estampas que
-litógrafo.
-
-Realmente, la litografía no es un gran arte, pero es un arte simpático
-dentro de su vulgaridad. Es algo como la canción de la calle, como la
-melodía popularizada por un organillo.
-
-La fusión de la litografía con el costumbrismo y con la historia
-episódica de la época ha dado origen a una clase de estampas que son
-los mejores documentos de nuestro tiempo.
-
-Se dirá que estas láminas nos dejan una impresión falsa de las cosas.
-
-Cierto.
-
-Alguno asegurará que el arte debe dar la sensación de la realidad con
-elementos artificiales y que la litografía hace todo lo contrario: dar
-una impresión de irrealidad con elementos verdaderos. ¿Qué importa?
-¿Es que hay una realidad fuera de nosotros? Yo, lector de Kant y de
-Berkeley, no creo en más realidad que la de nuestro yo. Lo demás son
-disfraces de la Madre Naturaleza, aspectos de la Cosa en sí que no
-sabemos hasta qué punto existen, y si sus presentaciones ante nuestros
-sentidos son o no constantes.
-
-Podrán otros despreciar la litografía como un arte industrial, vulgar e
-insignificante; para mí ha tenido y sigue teniendo grandes atractivos.
-
-Estas vistas de pueblos, tan falsas en conjunto y tan exactas en
-los detalles; estas escenas campestres, tan poco campestres; estos
-españoles, tan poco españoles; estos griegos, tan poco griegos; estos
-ríos, estas cataratas, estos personajes, estas amazonas, que son
-la verdad convencional de un momento histórico, no hubieran podido
-representarse tan en armonía con el espíritu de la época como con el
-lápiz ligero, amable y un poco banal de la litografía.
-
-
-
-
- VI
-
- EN PLENA BOHEMIA
-
-
-PERCY y yo alquilamos un cuarto, y llevamos a él nuestros útiles y
-algunos muebles al fiado.
-
-Al principio trabajamos con entusiasmo; luego, poco a poco, fuimos
-flaqueando y llegamos a no hacer nada y a mirar con desdén y con cierta
-sorna nuestros instrumentos de grabadores.
-
-Will Tick nos sacaba con frecuencia de apuros con la fertilidad de sus
-recursos. Muchas veces nos llevaba a su casa para que le ayudásemos.
-
-Tick, padre e hijo, se dedicaban a negocios sospechosos.
-
-Guardaban montones de papel sellado viejo, que les debía servir para
-falsificar documentos. Lavaban y cocían papeles escritos con agua de
-cloro y los sacaban limpios; sabían también hacer tinta antigua y
-calcar firmas.
-
-Todos los trabajos de la casa eran poco claros y menos lícitos. Durante
-el tiempo que acudí al taller de los Tick, el negocio más legal que
-hicieron padre e hijo fué decolorar y raspar unas hojas en pergamino
-de unos libros capitulares y convertirlos en parches de tambores y
-panderetas.
-
-Siempre se les veía al padre, al hijo y a un criado, albino y zambo,
-en el patio, sucio y negro, borrando papeles y secándolos en una estufa.
-
-Abraham Tick maniobraba en aquellas cosas que no caen fácilmente bajo
-la mirada de un juez.
-
-Una de sus especialidades consistía en inventar genealogías y
-falsificar documentos nobiliarios. La impunidad estaba asegurada. Era
-muy difícil que su trabajo llegara a conocimiento de la justicia,
-porque el que encargaba la falsificación de una ejecutoria o de un
-árbol genealógico era el primer interesado en que ningún perito
-examinara con cuidado sus documentos.
-
-Abraham Tick nos pagaba bien cuando le ayudábamos. En su tienda conocí
-mucha gente, porque el viejo Tick tenía grandes relaciones. Solían
-reunirse allí una porción de tipos que andaban a la husma por las
-prenderías, librerías y tiendas de antigüedades.
-
-Yo también me decidí a sacar la comida al husmeo, y comencé a proveer a
-mi tío y a unas cuantas personas más de libros y de estampas. También
-compraba retratos, que vendía después a Fitzhamer. El frenólogo los
-utilizaba para sus estudios. Algunas estampas anteriores al título no
-tenían nombre, y yo solía ponerlo al margen con lápiz. Era curioso
-ver con qué candidez se las arreglaba el frenólogo para encontrar
-en la cabeza del retratado lo que, según todo el mundo, había; cómo
-adivinaba el espíritu matemático en Pascal, la gracia en Voltaire, el
-sentido astronómico en Copérnico, etcétera, etc. Una confusión mía
-hizo que el retrato de Fenelón pasara por el de Maquiavelo, y el de
-Florián por Fouquier-Thinville, y al contrario: y hubo que admirar con
-qué precisión Fitzhamer encontró matemáticamente la chistosidad y la
-astuciosidad en Fenelón, tomándolo por Maquiavelo, y la destructividad
-en el insípido Florián, a quien tomaba por Fouquier-Thinville.
-
-No siempre daba yo en el blanco en mis paseos a la busca de unos
-cuantos chelines, y entonces Percy y yo nos dedicábamos a comer al
-fiado. Al principio nos preocupábamos de pagar; pero llegó un día
-en que el pensamiento del mañana no nos alteró lo más mínimo, y nos
-dedicamos, desde entonces, a los platos más suculentos y a los líquidos
-más espirituosos, con la vaga esperanza de que alguien los pagara.
-
-Cuando la estrechez era grande íbamos a ver a Will Tick; pero éste nos
-ofrecía ya descaradamente trabajos peligrosos de falsificación, lo que
-nos alarmaba.
-
-Los amigos de Percy y los míos, alegres camaradas, vivían de una
-manera parecida a la nuestra, dispuestos a gozar, a sacarle jugo a la
-existencia.
-
-Uno de ellos, para mí el más querido, a quien había conocido en el
-colegio, era Tomás Burton, joven disipado y de familia acomodada, de la
-escuela de lord Byron, que encontraba todo muy negro en la vida.
-
-Burton se envenenaba con opio y leía libros de astronomía, de los
-cuales sacaba argumentos para deducir la mezquindad y la miseria de la
-vida humana.
-
---Lo mejor que puedo hacer, en obsequio de mi familia, es
-arruinarla--decía--, y después suprimirme yo. El dinero nos ha hecho
-desdichados.
-
-Otro de los comensales constantes en nuestras francachelas, Joe
-Flinder, viejo estudiante de leyes, guardaba, según decía, un gran
-baúl lleno de obras maestras, diez o doce poemas que hubiera firmado
-Milton, y un centenar de tragedias y comedias bastante más sugestivas y
-profundas que las de Shakespeare.
-
-A pesar de esta premisa, él pensaba que se podía afirmarla con la
-seguridad de un axioma matemático, no había editor ni empresario
-para sus obras. ¡Tal era la estupidez y el mal gusto de la orgullosa
-Inglaterra!
-
-Otras personas se reunían con nosotros, sobre todo algunos jóvenes
-ricos que venían acompañados por Will Tick. Will nos presentaba a ellos
-como hombres de un talento enorme, bohemios incorregibles, de una
-existencia pintoresca, desordenada y absurda.
-
-Percy y yo habíamos llegado a encontrar muy lógico nuestro sistema de
-vida; generalmente no pagábamos a los proveedores, y los ingresos que
-obteníamos unas veces por la compraventa de un cuadro, de un grabado o
-de un libro raro, los empleábamos en una cena alegre.
-
-Solíamos tener grandes discusiones, debatíamos acerca de la gloria, de
-la política, de la literatura, de los medios de hacer dinero, de la
-Reforma, de la Constitución, y concluíamos con las caras inyectadas,
-cantando a voz en grito el _Fantasma_, de Cock Lane, los _Niños en el
-bosque_, o alguna canción patriótica, como _¡Rule Britannia!_ y ¡_Oh,
-Bretaña_, el orgullo del Océano!
-
-
-
-
- VII
-
- DÍAS TRISTES
-
-
-BIEN comprendía yo que aquella vida no podía durar, que era un
-paréntesis más o menos largo que se había de cerrar de un día a otro.
-Efectivamente, el paréntesis se cerró pronto. Una mañana el dueño de la
-casa nos avisó que habiendo aguardado mucho tiempo el cobro de nuestros
-alquileres, ya no podía esperar más. Nos daba un plazo de veinticuatro
-horas para desalojar la habitación.
-
-Poco después de este aviso llegó Flinders con la noticia de que Burton
-se acababa de suicidar. Al entrar su madre en su cuarto se lo había
-encontrado tendido en el suelo y muerto.
-
-La noticia me hizo una gran impresión.
-
-Percy, Flinders y yo hablamos largo rato, y yo me olvidé de mis apuros.
-
-Hubiéramos ido a dar el último adiós a nuestro amigo; pero temíamos
-que la familia no nos quisiera dejarle ver, considerándonos como gente
-perdida que quizá había arrastrado al suicida a su mal fin.
-
-Decidimos salir y acercarnos a la casa de Burton. Al bajar las
-escaleras un muchacho me trajo una carta.
-
-Decía así:
-
- «Querido Thompson: Si te envían esta carta, es que me habrán
- encontrado muerto. Me voy con gusto. Un apretón de manos y
- buena suerte.
-
- _Burton_.»
-
-
-Discutimos si había hecho bien, si había hecho mal nuestro camarada,
-porque no hay nada que remueva tanto el espíritu como esa negación de
-la vida del suicidio.
-
-Hablando de Burton salimos a la calle. Era al anochecer. Hacía uno
-de estos días de otoño de Londres en que el cielo, invariablemente
-sombrío, descarga aguaceros sobre aguaceros; toda la gran urbe
-exudaba humedad negra y polvo de carbón, y los hombres, los caballos
-y los perros se arrastraban sobre el fango de las calles, mientras
-algunos pocos privilegiados se aburrían en sus palacios o miraban por
-la ventana del club o por el cristal del coche a los desharrapados
-rebozados en el barro.
-
-Llegamos a casa de Burton y no nos quisieron recibir; tales eran
-nuestras trazas. Volver a la habitación de noche, despertando a la
-vecindad, hubiera sido exasperar al propietario. Pasamos la noche a pie
-firme y por la mañana me presenté a mi padre.
-
-Hablamos, me sermoneó un tanto y me dijo que debía ir a ver a mis
-hermanos. Yo le contesté que no. Mis hermanas se sentían orgullosas de
-su posición; estaban casadas con personas de calidad y no les gustaba
-pensar que tenían un pariente perdulario. Mis dos hermanas mayores
-eran de la misma madera; de un egoísmo perfecto y de una indiferencia
-insolente por la suerte de la familia. No iban a preocuparse de mí, a
-quien apenas conocían.
-
-Me dió mi padre unos peniques, lo único que tenía; comí y fuí a ver
-a mi tío. Le dije que me hallaba en una situación difícil y que
-había pensado pedir trabajo a William Tick. Luego le conté los
-procedimientos que empleaba Will.
-
---Sí, los ha heredado de su padre--dijo mi tío--. Se ve que es tan
-granuja como todos los de su familia. Ten cuidado, no te vayan a
-arrastrar a dar un mal paso. Abraham Tick está haciendo constantemente
-falsificaciones; tú dibujas algo y querrán utilizarte. No seas tonto.
-Haz todas las deudas que puedas; pon tu firma en todos los pagarés que
-te traigan; pero nada de imitar letras, facturas, sellos o cosa por el
-estilo. Esto es la cuerda o los trabajos forzados.
-
-La observación de mi tío me hizo mella; yo pensaba lo mismo, aunque
-no me había planteado la cuestión tan claramente. El era un truchimán
-listo y su consejo no cayó en olvido.
-
-Viví unos días en casa de Tick encerrado, pintando árboles
-genealógicos, y un día Will me trajo unas láminas de un banco de la
-City para que yo las calcara y luego las estampara Percy.
-
-Pretexté que no tenía vista. Will Tick se rió diciéndome que lo
-hiciera, o que si no, me marchase. Yo opté por marcharme.
-
---Te morirás de hambre--me dijo.
-
---No; porque mi tío me ha encargado hacer un catálogo de su biblioteca.
-
-Will Tick me insultó, llamándome estúpido y egoísta; y yo fuí en
-busca de mi tío. Le conté el caso; cómo me hallaba perseguido por los
-acreedores, la proposición de falsificación que me había hecho Will
-Tick, y le pedí que me cediese una de sus madrigueras de libros y me
-diera de comer, a cambio de lo cual yo le haría el trabajo que me
-indicara de copia o de calco. Después de vacilar mucho mi tío aceptó y
-quedamos de acuerdo en que le restauraría algunas portadas y documentos
-antiguos. Fuimos los dos a una casucha del barrio de Islington. Era un
-zaquizamí del último piso, lleno de montones de libros que conservaban
-polvo de muchos años.
-
-Un tabernero de la esquina, conocido de mi tío, me traería la comida y
-no me prestaría ni un penique.
-
-Tomé posesión de mi cuchitril y comencé mis trabajos.
-
-Todo el invierno lo pasé así encerrado. Miraba desde mi palomar el
-cielo bajo y sombrío de Londres con el humo espeso que salía de las
-chimeneas. Por la mañana hacía las restauraciones para mi tío, y
-después estudiaba francés y español, porque tenía el proyecto de
-escaparme de Londres.
-
-De noche los ratones me hacían compañía y venían a devorar los restos
-de mi comida. Algunas veces ataba con un bramante una corteza de queso
-y me divertía retirándola cuando se echaban sobre ella los pequeños y
-graciosos roedores.
-
-Los días brumosos y negros me entraba la desesperación de no hacer nada
-y me metía en la cama.
-
-
-
-
- VIII
-
- EXAMEN DE MIS APTITUDES POR EL SISTEMA
- MÉTRICO DECIMAL
-
-
-UNO de aquellos días en que me hallaba más aburrido aún que de
-ordinario, hice este cuadro de mis aptitudes morales e intelectuales
-por el sistema métrico decimal:
-
- CONDICIONES DE J. H. THOMPSON
-
- Amor al trabajo 5 por 100.
- Benevolencia 10 »
- Egoísmo 15 »
- Valor personal 5 »
- Sentido erótico 10 »
- Moralidad 5 »
- Espíritu religioso y superstición 2-1/2 »
- Adquisividad (estilo Fitzhamer) 2-1/2 »
- Sociabilidad 10 »
- Instinto de vagabundez 15 »
-
-Después del cuadro sinóptico de mis aptitudes, comencé el de mis
-conocimientos por el mismo sistema métrico decimal, y me resultó éste:
-
- Dibujo 10 por 100.
- Literatura 10 »
- Filosofía 5 »
- Botánica y Farmacia 10 »
- Arte de disecar 15 »
- Geografía 5 »
- Lenguas 5 »
-
-Por una fantasía como ésta, el frenólogo Fitzhamer cobraba bastante
-dinero; en cambio, yo no me cobré nada a mí mismo.
-
-Mi interés en esta época consistía en elevar mis conocimientos
-lingüísticos (5 por 100, según el cuadro) a un 10 o a un 15 por 100.
-
-Aprendía el español y el francés sin maestro, y tenía la sospecha de
-que iba a entendérseme con dificultades. Sobre todo la pronunciación y
-la propiedad de las palabras me fallarían. Me pasaría probablemente lo
-que al inglés de una caricatura francesa, que entra en un café de París
-y para pedir: _Garçon, une bouteille de biere_, hace un esfuerzo de
-memoria y dice: _Celibataire, une bouteille de cercueil!_
-
-Esta confusión de las cervezas con los ataúdes, lo más que podía
-producir es que se burlasen de uno.
-
-Aunque comprendía que no me las arreglaría fácilmente, no me preocupaba
-esto mucho. Lo difícil para mí era dar el primer paso, cruzar el canal
-de la Mancha y desembarcar en el Continente.
-
-Había pensado marchar a España. Sentía hambre de sol y de cielo azul;
-estaba cansado de encierro, de lluvias y de barro.
-
-Había leído bastante sobre España; no creía, ni mucho menos, que
-fuera un país de delicias en que a cada paso ocurrieran aventuras
-extraordinarias; pero pensaba ir allí.
-
-Aunque soy optimista, no soy de los que abrigan una confianza excesiva
-en los hombres y en las cosas, y que se desilusionan al menor tropiezo.
-Mi fuerza está en la perseverancia y en la resignación estoica. He sido
-siempre más espectador que actor; la vida me ha dado la impresión de
-una comedia, a veces amable, a veces aburrida. Tengo las decisiones
-tardas. He necesitado siempre el aguijón de la necesidad imperiosa para
-lanzarme a la acción. Si esta necesidad imperiosa no me azuza, miro los
-acontecimientos con calma.
-
-Muchas veces he dicho: Veremos a ver esto adónde nos arrastra; y he
-seguido a la deriva, bastante indiferente, mientras no aparecía la
-cruel y urgente necesidad.
-
-Mi viaje a España era cuestión de momento. A veces creía si sería mejor
-quedarme en Londres. Mis acreedores estaban despistados, ¿pero cómo
-vivir así constantemente? La quietud me iba enmoheciendo; necesitaba
-hacer algo, aunque fuesen tonterías: andar, correr, cambiar de
-escenario...
-
-
-
-
- IX
-
- ULTIMA HAZAÑA EN LONDRES
-
-
-UN día leí en un periódico el descubrimiento de una falsificación de
-billetes de Banco y la prisión de los falsificadores y encubridores,
-entre los cuales se encontraba mi amigo Percy Harrison. Will Tick no
-aparecía en la lista de los presos.
-
-¿Sería extraño al asunto? ¿O se habría escabullido de las garras de la
-justicia con arte?
-
-Dada su habilidad y su maña, era cosa muy probable.
-
-Unas semanas después iba yo muy envuelto en mi gabán raído, y más
-envuelto aún en una niebla espesa y rojiza, a casa de mi padre, cuando
-me encontré a Will Tick hablando con una mujer.
-
-Me paró; le dije claramente que suponía que el instigador de la
-falsificación por la cual habían prendido a Percy era él; pero Will
-Tick me demostró, con argumentos, que no era cierta mi sospecha.
-
-Sus razones mitigaron la cólera que sentía en contra suya, y hablamos
-largamente. Le dije que pensaba marcharme a España.
-
---¿Tienes dinero?--me preguntó.
-
---No.
-
---¿Sabes a quién le podríamos sacar unos cuartos?
-
---¿A quién?
-
---A mi padre.
-
---¿Cómo?
-
---Tu tío ha dejado en depósito cuarenta libras esterlinas en casa de
-mi padre para que le compre la biblioteca de un anticuario que ha
-muerto. Mi padre ha visto la biblioteca y siente tener la necesidad de
-comprarla para tu tío, porque en esa biblioteca hay algunos libros de
-valor; pero ha dado su palabra y no se puede volver atrás; perdería un
-buen parroquiano.
-
---Entonces no hay nada que hacer.
-
---Sí, hay mucho que hacer. Mi padre, al menor pretexto que tenga,
-devuelve con gusto las cuarenta libras esterlinas. Tú vienes conmigo a
-mi casa, le dices a mi padre que tu tío ha cambiado de parecer, y te
-entrega las cuarenta libras, que nos las repartiremos.
-
---No, no. Yo no hago eso.
-
---Lo haré yo por tu cuenta; pero es necesario que tú te presentes
-conmigo y recibas el dinero.
-
-Vacilé, porque la cosa me parecía un poco dura, tratándose de un hombre
-que me había favorecido como mi tío Samuel; pero pensé también: «Si
-no aprovecho esta ocasión, ¿cuándo se me presentará otra? Hay que
-decidirse. ¡Adelante!»
-
-Fuimos a casa de Tick, y Will habló a su padre.
-
-El viejo falsificador escuchó largo tiempo sonriendo, moviendo la
-cabeza en ademán negativo, hasta que se decidió, y sacando de un cajón
-las cuarenta libras esterlinas me las puso en la mano. Will me empujó a
-la salida y me dijo:
-
---¡Venga mi parte!
-
-Le di veinte libras; luego me pidió que le diera otras cinco por la
-comisión.
-
---No; no te doy una más.
-
---Bueno. Eres un roñoso. ¡Adiós!
-
-Con el dinero en el bolsillo y el espíritu lleno de remordimientos un
-poco cómicos, me fuí a los muelles y averigüé que, pocas horas después,
-al amanecer, salía un paquebot para Burdeos. Como temía la indignación
-de mi tío Samuel, a quien quizá ya no podría pedir nunca nada en la
-vida, le escribí una carta desde una taberna contándole la hazaña que
-habíamos realizado a expensas entre Will y yo. Le decía que obraba
-impulsado por una fuerza mayor. Después escribí otra carta a mi padre
-despidiéndome de él, y al rayar la mañana bajaba en el barco por el
-Támesis, camino del Continente.
-
---Veremos lo que nos reserva el destino--murmuré, mientras me acercaba
-a la borda, mareado y con la mano aplicada a la boca del estómago.
-
-
-
-
- X
-
- LOS DESTINOS ABSURDOS
-
-
-CUALQUIERA, al leer la frase final del capítulo anterior, supondrá que
-yo soy un fatalista. No; no lo soy. No lo soy, pero no ando lejos de
-serlo. Esta idea de fatalidad es un poco confusa. Encerrando la idea de
-predestinación, es para mí falsa; pero significando sólo destinación,
-me parece exacta.
-
-No cabe duda que si uno marca en un papel una serie de puntos, se
-pueden unir éstos con una línea; tampoco cabe duda que la tal línea
-tendrá un carácter: será recta o quebrada, y presentará una figura
-especial. A esta figura, después de hecha _a posteriori_, le llamaremos
-necesidad, destinación, y si estuviera hecha _a priori_, le llamaríamos
-fatalidad, predestinación.
-
-En el punto 1 de la línea no sabemos dónde va a caer el punto 2, ni en
-el punto 2 cuál va a ser el 3; pero trazados los puntos 2 y 3, podemos
-asegurar que de ninguna manera, aunque se deshiciera el Universo,
-podrían estar en otro sitio mas que en el que están.
-
-Tales reflexiones me hacía yo, tendido en un banco de la cubierta del
-paquebot, a medida que salíamos del canal de la Mancha y se me iba
-pasando el mareo.
-
-Cuando se disipó por completo pensé que sería práctico inventar una
-finalidad para mi viaje al llegar al Continente, y se me ocurrió una
-pequeña historia basada en mi tío, el sargento Cox, que había sido
-un calavera y había estado en la Península con las tropas del general
-Moore. Me pareció que nadie se incomodaría porque ascendiese un poco
-en el escalafón a mi tío, y decidí llamarle el comandante Cox. El
-comandante había muerto en la Península, dejando una pequeña fortuna,
-que yo iba a recoger, ¿cinco mil libras?, ¿seis mil libras? Creo que
-nadie se enfadaría si elevaba la herencia a diez mil libras.
-
-Animado por una perspectiva tan agradable, me levanté de mi banco y me
-puse a pasearme por la toldilla.
-
-Había otro joven, poco más o menos de mi misma edad, que llevaba por
-todo equipaje una caja de tabaco; nos pusimos a hablar, y, llevado por
-esa necesidad de confidencia que se siente al viajar solo, le conté mi
-historia.
-
---¿Así que va usted sin objeto al Continente?--me preguntó.
-
---Sí.
-
---Pues a mí me pasa lo mismo; pero como soy en el fondo fatalista, creo
-que adonde me lleve la casualidad allí estaría fijado mi sino. Aquí
-donde me ve usted, salgo de una cárcel, donde he estado durante algún
-tiempo deshaciendo cuerda.
-
---¿Hizo usted alguna falsificación?
-
---No; yo estaba en relaciones mercantiles con una banda de ladrones
-que me alimentaban. Una vez proyectaron un robo en un hotel. Cada cual
-tenía su misión; yo era el encargado de echar un pedazo de carne con
-láudano al perro. Me dieron el frasquito y, como yo soy desmemoriado,
-lo dejé en un rincón; luego lo confundí con una botella de una salsa,
-y eché salsa a la carne que tenía que comer el perro, y, claro, no se
-durmió. Resultó que la policía estaba avisada, y que me habían visto
-echar la carne al perro, y que nos prendieron a todos los ladrones,
-a mí con la botella de la salsa. Cuando le conté lo ocurrido a mi
-abogado, éste dijo en el juicio que yo era un joven muy virtuoso, y
-explicó cómo había caído en manos de malhechores, que me habían enviado
-con un frasco de láudano y un pedazo de carne para echársela al perro,
-y yo había dejado el láudano y cogido una botella de salsa para rociar
-con ella la carne que iba a echar al guardián de la casa.
-
-Reconocieron todos los jueces que yo era un joven virtuoso, y me
-echaron a la calle, donde empecé a morirme de hambre.
-
-Entonces entré en sociedad con un par de individuos que se dedicaban
-a ese negocio bastante lucrativo que llaman los franceses _chantage_.
-Llevaban ya en preparación uno importante; tenían documentos de un
-político, con los cuales pensaban sacar mucho dinero, y me enviaron
-a mí a hacer la proposición. Llegué yo a casa del político con la
-lección aprendida; pero no sé cómo me las arreglé, que confundí todo
-lo que tenía que decir; descubrí el juego de mis socios e hice que nos
-metieran a todos en la cárcel.
-
-Como la otra vez, me absolvieron, y considerándome, sin duda, como un
-inconsciente, me llevaron a un asilo, donde he estado durante algún
-tiempo haciendo estopa.
-
-Al salir del asilo pensé si mi porvenir estaría en explotar a las
-mujeres. Elegí una muchacha que me pareció dócil, y comencé a
-cultivarla con el fin de vivir a sus expensas; pero se interpuso un
-hombre, luché con él; nos llevaron a juicio, y todo el mundo creyó que
-yo era un idealista y que me había pegado con mi rival por defender a
-una dama.
-
-Ayer estaba en Hyde Park, al anochecer, pensando en la manera de quitar
-a una señora, acompañada de un caballero, un collar que llevaba, cuando
-vi que el señor que hablaba con esta dama era el político a quien
-habíamos querido explotar. Este se acercó a mí y me dijo:
-
---Si no hablas de lo que has visto, te daré veinte libras.
-
-Yo no había visto nada. Alargué la mano y recibí un billete. Fuí al
-Arco del mármol y miré el billete a la luz de un farol. Era bueno.
-
-Por la mañana compré un traje, comí y me vine a este barco. Voy a
-desembarcar en Francia, en donde no sé qué haré. Ya que no puedo ser un
-criminal hábil, intentaré ser una persona honrada. Si no puedo ser ni
-una cosa ni otra, me dedicaré al comercio.
-
-El joven fatalista se encogió de hombros y yo me volví a tender en mi
-banco.
-
-
-
-
- XI
-
- EN MEMORIA DE BURTON
-
-
-EL paquebot había entrado en Burdeos. El día, de mayo, estaba
-espléndido; el sol, brillante. Hacía un ligero vientecillo del norte.
-Como no llevaba equipaje, salí inmediatamente del barco, fuí a la
-terraza de un café y estuve contemplando la gente que pasaba y el
-movimiento del puerto. Sentí cierta soñolencia y hubo un momento en
-que cerré los ojos y estuve desvariando. Creí encontrarme entre mis
-amigos de Londres y que interpelaba a Burton, que me escuchaba muerto y
-sonriendo.
-
- * * * * *
-
-J. H. Thompson pone aquí el discurso que dirigió a la sombra de su
-amigo, que aunque no viene muy a cuento lo insertamos:
-
---¡Qué error el de suprimirse así del mundo de los vivos!--le dice a
-su amigo--. ¡Qué error, querido Burton. Habiendo este sol y este aire
-puro, y este cielo azul, surcado por nubes blancas, y estas gentes
-que van y vienen, y estas extrañas apariencias de la Cosa en sí! ¡Qué
-error, amigo Burton, el suprimirse!
-
-Oh, no; yo no te diré que estos hombres valgan la pena de ser hablados,
-ni que estas mujeres sean Ofelias románticas y puras, no. Es posible
-que la mayoría de todos ellos sean ganado vacuno, o quizá de cerda;
-pero ¡qué cielo! ¡qué luz! ¡Cómo se siente la sangre que circula por
-las venas!
-
-¡Qué error, amigo Burton, el de suprimirse!
-
-No, yo no trataré jamás de convencerte de que el amor y la fraternidad
-humana nazcan con tanta facilidad como las algas en el mar, ni que la
-amistad pura sea una cosa corriente. Yo reconozco, de buen grado, como
-tú, que la mayoría de los hombres somos egoístas y bestias, ¿pero qué
-duda cabe de que los hay inteligentes y buenos?
-
-Ciertamente, yo no creo en las grandes palabras; soy nihilista de todos
-los nihilismos, y ateo de todos los ateísmos; pero, aun así, amigo
-Burton, ¡qué error más grande el de suprimirse!
-
-Verdad que todo lo que nos rodea es fugitivo, es inasible; pero nos
-queda el momento, ¡el minuto! ¡Cosa admirable!
-
-Sí, quizá las grandes palabras se encuentren un poco vacías; pero en
-cambio las pequeñas, ¡qué llenas están!
-
-Una conversación agradable, una mujer bella que pasa, una bocanada de
-aire puro de un día de verano, un libro entretenido...
-
---¡Qué error, amigo Burton, el de suprimirse!
-
-Tú afirmarás que nuestra vida no es nada, que un guiño de una estrella
-representa más que todas las existencias humanas.
-
-Yo te contestaré que la grandeza y la pequeñez son ideas relativas, y
-que los soles de la Vía Láctea y los rayos de Sirio o de Aldebaran son
-menos trascendentales para ese señor que pasa y para mí que la lámpara
-que se nos apaga por la noche.
-
-Sí, amigo Burton; ese infinito del Universo que tanto te preocupaba
-es, después de todo, un infinito de negaciones, y esas nebulosas de
-estrellas no deben tener más importancia para nosotros que las nubes de
-chispas que salen de una fragua.
-
-Tú me dirías, bajando a la vida fisiológica, que cuando el engranaje de
-nuestras ruedas interiores chirria, todo es molestia y dolor. Es verdad.
-
-Pero aun así, en los intervalos del dolor se puede encontrar momentos
-de placidez y de reposo.
-
-¡Qué error, amigo Burton, el de suprimirse!
-
-Así sigue perorando Thompson, hasta que dice que despertó, abrió los
-ojos y, en vez de ver a su antiguo camarada, vió los mástiles de los
-barcos, que se balanceaban en el puerto.
-
-
-
-
- XII
-
- CHARLATANES Y SALTIMBANQUIS
-
-
-DEJÉ el café y las divagaciones--sigue escribiendo Thompson--y fuí a
-hospedarme a un _garni_ barato, desde donde escribí de nuevo a mi tío.
-Le decía que William Tick había sido el inventor de la combinación para
-sacarle las cuarenta libras esterlinas, y que yo no había hecho mas que
-dar mi asentimiento, por encontrarme perseguido por un acreedor, que
-me puso en la alternativa de pagarle inmediatamente o llevarme a la
-cárcel. De tanto repetir esta invención, llegué a creerla. Comunicaba
-también a mi tío mi proyecto de ir a España, y le juraba que si
-conseguía encontrar trabajo le devolvería el dinero. También le escribí
-a mi padre. Los dos me contestaron en seguida; mi padre, dándome
-consejos; mi tío, menos incomodado de lo que yo suponía. Por lo que
-me contaba, advertido por la carta que le envié al salir de Londres,
-había comprado la biblioteca del anticuario antes de que se presentara
-Abraham Tick.
-
-Tranquilizado, con relación a esto, me dediqué en Burdeos, por unos
-días, al _dolce farniente_. Burdeos me pareció grande, tristón, como
-un pueblo desalquilado, hecho para capital de un gran Estado y que se
-queda en capital de provincia.
-
-Paseando por el pueblo tuve la suerte de encontrar en un tenducho un
-paquete de caricaturas francesas contra los ingleses, que me costaron
-quince francos. Eran las figuras lores ventrudos y ladys delgadas y
-ridículas. No había podido dar con ellas en Londres.
-
-Las compré y se las envié a mi tío, quien reconciliado conmigo me
-escribió pocos días después a Bayona, muy contento, encargándome que
-cuando entrara en España no me olvidara de buscar las estampas de Goya.
-
-Pasados seis días en la capital de la Gironda, hice mi primer ensayo de
-viandante. Había comprado un traje de verano barato, un morral de tela,
-donde metí la ropa que tenía, y un mapa de Francia, con las carreras
-de postas, hecho por J. B. Poirson en 1821, en París, en la calle
-Saint-Jean de Beauvais. Con estos requisitos me eché a andar.
-
-Como me habían dicho que el camino por las Landas era poco agradable,
-tomé por la orilla del Garona, con la intención de bajar hacia Orthez y
-marchar de allí de nuevo hacia el mar.
-
-El primer día lo pasé bien, hice una caminata de seis leguas y comí y
-dormí perfectamente.
-
-El segundo día hice unos conocimientos un tanto raros. En un pueblo del
-camino, antes de llegar a Bazas, había une feria y me detuve un poco a
-curiosear en sus puestos.
-
-Entré en una barraca de figuras de cera y pasé revista a los personajes
-de la Revolución, a los generales del Imperio, a María Antonieta, a
-varias víctimas y asesinos, y a un gran grupo en que se veía un cazador
-devorado por tigres y leones. Aquellos animales no eran una maravilla
-de exactitud. Me permití hacer unos gestos desdeñosos y manifestar mi
-poca conformidad. Un señor bajete y rechoncho, vestido de negro, me
-preguntó:
-
---¿No le gustan a usted?
-
---Poca cosa.
-
---Esos animales se han copiado del natural.
-
---No. ¡Ca! No puede ser.
-
-Y expliqué cómo y por qué esto no era posible.
-
---¿Lo haría usted mejor?
-
---Yo, ¡ya lo creo! Soy disecador de Londres y pintor.
-
---Sí; en Londres se trabaja bien en estas cuestiones; pero en París
-tampoco se hacen las cosas mal. No hay que quitarle nada a París.
-
-Callé, como no queriendo comprometerme demasiado, y entonces el dueño
-de las figuras de cera me dijo si tendría inconveniente en trabajar
-para él, modelándole en cera varias alimañas en actitud feroz, y
-retocando algunas figuras como la de Danton, la de Fualdés, el
-asesinado, y otras que habían perdido el color, pues la gente no se
-contentaba con ver sus caras, sino que quería tocarlas.
-
---¿Tanto tiempo va usted a estar aquí?--le pregunté yo.
-
---No, me marcho en seguida; pero usted puede venir conmigo en mi coche.
-
-Quedamos de acuerdo en que le haría el trabajo y en que él me
-proporcionaría los útiles necesarios, pagaría mis gastos y me daría
-tres francos al día. Me instalé en su carreta de cuatro ruedas, cerrada
-y con techo, y comenzamos a marchar despacio camino de Pau.
-
-El dueño de las figuras de cera, monsieur David, era un señor fino que
-hubiera podido ser académico, notario o enterrador. Vestía de negro y
-llevaba una cinta roja en el ojal. Viajaba en compañía de sus figuras
-de cera y de su criado Michel. Al mismo tiempo que monsieur David, y
-llevando el mismo camino, iban varias carretas: dos de un domador de
-fieras, que se decía húngaro, con un león viejo, unas panteras y varios
-monos; un coche de una señora que tenía cacatúas amaestradas; un furgón
-de un domesticador de focas, y un tílburi de un charlatán vendedor de
-específicos, prestidigitador, sacamuelas y frenólogo.
-
-En el camino nos encontramos con saltimbanquis, gitanos, y alguna mujer
-harapienta con un carretón donde llevaba un organillo y la familia
-menuda.
-
-En los tres días que fuí en compañía de monsieur David, puse los más
-brillantes colores en las mejillas de Fualdés, el asesinado; animé los
-ojos de María Antonieta, de Carrier, de Napoleón, de Danton y de Marat,
-y comenzaba unos bocetos de fieras cuando nos detuvimos en una posada,
-poco antes de llegar a Pau.
-
-Estaba lloviendo; se metieron las carretas en un corral y nos reunimos
-en un cuarto de la posada, el domador húngaro y su criado, el charlatán
-prestidigitador, un ventrílocuo, el domesticador de focas, la madama de
-las cacatúas, monsieur David y yo.
-
-Cenamos juntos, y como esta gente es jactanciosa, cada cual contó
-sus triunfos en los diferentes pueblos del tránsito. El domesticador
-de focas hizo tales elogios de sus animales, que la gente los tomó a
-broma. Apostó entonces él a que enviaba a su Baby, la mejor de sus
-focas, con una carta para monsieur David, y a que se la entregaba. Se
-aceptó la apuesta y se puso dinero en pro y en contra. El domesticador
-salió del cuarto al patio y, poco después, vimos a la foca que avanzaba
-pesadamente con sus aletas por el pasillo, entraba en el cuarto donde
-estábamos, ofrecía un sobre que llevaba en la boca a monsieur David
-y le hacía una ceremoniosa reverencia. Se aplaudió al domesticador
-de focas y a su discípula Baby, que se dieron un beso. El charlatán
-explicó sus juegos de manos, y después sacó una baraja e invitó a una
-partida. Yo creí que los demás no aceptarían. ¿A quién se le ocurre
-jugar a las cartas con un prestidigitador?
-
-Se sentaron en la mesa, y el charlatán, el domador, la madama de
-las cacatúas, el domesticador de focas y monsieur David barajaron y
-cortaron y se pusieron a jugar a la malilla. Yo me tendí en un diván y
-me quedé dormido.
-
-A media noche me despertaron los gritos.
-
-Todos vociferaban y discutían, y tenían montones de plata y de cuartos
-encima de la mesa.
-
-El domador debía de perder mucho; estaba anhelante, congestionado,
-con una gruesa vena hinchada en la frente. A cada momento se pasaba
-la mano por las patillas. La madama de las cacatúas marchaba también
-mal, a juzgar por su aire humillado; el domesticador de focas estaba
-indiferente; monsieur David sonreía, y el charlatán, delgado,
-mefistofélico, tenía un aire plácido e insinuante y ponía derecho un
-naipe en la nariz y seguía jugando.
-
-Mientrastanto el ventrílocuo, alto y flaco, con los brazos y piernas
-recogidos en la silla, sacaba unas extrañas voces de su cuerpo.
-
-El final del juego se aproximaba, y, efectivamente, en una pasada,
-el dinero del domador húngaro desapareció y fué a parar a manos
-del charlatán y de monsieur David. El domador se irguió lanzando
-juramentos, y los gananciosos, con aire compungido y los bolsillos
-llenos, se prepararon a levantarse.
-
---Esperen ustedes--gritó el domador--. Me deben el desquite. Vuelvo en
-seguida.
-
-Salió el domador, y al momento monsieur David y el charlatán se
-escabulleron del cuarto. El ventrílocuo, el de las focas y la madama de
-las cacatúas hicieron lo mismo.
-
-Yo iba también a salir y me dispuse a ponerme los zapatos cuando entró
-el domador de nuevo con un látigo seguido de dos panteras.
-
-Yo quedé horrorizado.
-
-Al ver que no había ningún jugador se puso a pasear por el cuarto
-furioso, gritando y blasfemando y dando trallazos en el aire, mientras
-las dos fieras que traía saltaban y enseñaban los dientes.
-
-Yo estaba espantado. El domador se fijó en mí y se acercó al diván.
-
-Me dijo burlonamente que el dueño de las figuras de cera y el
-prestidigitador le habían robado su dinero. Era necesario que le pagase
-yo.
-
---Yo, hombre, ¿por qué?
-
---Porque me han estafado. Venga el dinero... Si no...
-
---Si no..., ¿qué pasará?
-
---Se arrepentirá usted--y dió un latigazo sobre el diván, y las dos
-panteras saltaron como gatos.
-
---Espere usted, espere usted, no tenga usted prisa le dije yo, y me
-levanté y me puse tranquilamente la chaqueta.
-
---Pronto, pronto--gritó él, asombrado de mi súbita serenidad.
-
---¡Ah! ¿Pronto? Pues ahora le voy a decir a usted una cosa.
-
---¿Qué?
-
---Que no le voy a dar a usted nada.
-
---¿No? Y levantó el látigo.
-
---No--le dije yo, y le pegué un puñetazo en la barba que lo tumbé al
-suelo, derribando una silla y la mesa.
-
-Las dos panteras se escondieron en un rincón asustadas.
-
-Antes de que el domador pudiera levantarse, abrí el cuarto, salí al
-patio y de aquí al camino. Crucé la aldea y fuí andando hasta que se
-hizo de día. Estaba a poca distancia de Pau; llegué a esta ciudad,
-entré en una posada, me lavé, me puse mi traje de señor y metí el otro
-en el morral. Pregunté cómo podría salir para Bayona. Me indicaron el
-punto donde partían las diligencias, y me encaminé hacia él con el
-morral convertido en maleta.
-
-
-
-
- XIII
-
- COMIENZO DE UNA AVENTURA ROMÁNTICA
-
-
-ESTABA sentado en un banco de la Plaza Real esperando que dieran las
-ocho y se abrieran las oficinas de la diligencia, cuando vi dos mujeres
-de luto que avanzaban vacilando y mirando a derecha e izquierda.
-
-Se sentaron en el mismo banco que yo; pero debían estar impacientes,
-porque se levantaron pronto, dejando un paquete en el asiento.
-
-Al notarlo llamé a las dos damas y les di lo que olvidaban.
-
---¡Gracias! ¡Muchas gracias!--exclamó la mayor de las dos--. No sé
-dónde tenemos la cabeza.
-
---Si en algo puedo servirlas, lo haré con mucho gusto--les dije yo.
-
---Venimos a buscar la diligencia que va hacia Orthez.
-
---Yo también; pero me han dicho que no hay diligencia hasta el
-mediodía. Ahora únicamente se puede tomar un pequeño coche, que llaman
-Cuco.
-
---¿Y cuándo va a salir?
-
---Parece que hasta dentro de hora y media no sale.
-
---¿Y qué hacemos aquí hora y media?--exclamó la joven--. Nos van a
-conocer.
-
---¿Usted ha tomado el billete?--me preguntó la señora mayor.
-
---No; todavía, no.
-
---¿Quiere usted acompañarnos?
-
---Con mucho gusto.
-
-Nos metimos los tres en un café que acababan de abrir.
-
-La señora mayor tenía unos cincuenta o cincuenta y cinco años,
-y llevaba tocas de viuda; la otra era una muchacha, pálida e
-insignificante, de unos veintitrés años.
-
-La señora hablaba con un acento nervioso y asustado; la señorita estaba
-como apabullada.
-
-Cuando pasó el tiempo necesario nos acercamos al despacho de
-diligencias. Esperamos a que prepararan el Cuco, y entramos en él las
-dos señoras y un capitán de la gendarmería de Bayona, que había ido a
-Pau a recibir órdenes, y yo.
-
-El capitán y yo hablamos. La señora mayor no hacía mas que saltar en
-el asiento, de impaciencia. El Cuco marchaba perfectamente, con un
-movimiento suave.
-
-En los diferentes puntos que mudaban los caballos se presentaban los
-gendarmes y preguntaban invariablemente si no iban españoles.
-
---Point d'espagnols--decía el capitán--. Dos damas francesas, un señor
-inglés y un capitán de la gendarmería real.
-
---Perdón, mi capitán--decían los gendarmes, haciendo el saludo militar.
-
---¿Por qué preguntan siempre si van españoles?--dije yo.
-
---Es que se teme que haya por aquí agentes españoles
-revolucionarios--contestó al capitán.
-
-Llegamos a Orthez por la mañana. El capitán y yo ofrecimos a las
-señoras nuestra compañía, y como ellas aceptaron, fuimos hasta su
-casa. El capitán dió el brazo a la mayor, y yo a la muchacha. Llegamos
-delante de la puerta de la verja de una magnífica posesión y nos
-despedimos de las señoras. El capitán fué hacia un lado y yo hacia el
-contrario. Avancé un poco paralelamente a la verja, que era más larga
-de lo que yo me figuraba, y al volver vi que las dos mujeres estaban
-todavía a la entrada.
-
---¿No les oyen?--les pregunté--. ¿Quieren ustedes que yo llame?
-
---No, no--dijeron las dos, asustadas.
-
---Lo que ustedes quieran--y me preparé a seguir.
-
---¿Podría usted hacernos un favor?--me preguntó la señora con su voz
-trágica.
-
---Sí, con mucho gusto.
-
---Querríamos entrar en el parque sin que nos viera el portero.
-
---No sé la manera.
-
---Hay una puerta chiquita, cerrada con solo un cerrojo, aquí, a un lado.
-
---¿Y desde fuera cómo la va usted a abrir?
-
---No, desde fuera ya sé que no. ¿Usted no sería capaz de escalar esta
-verja?
-
---¡Escalar la verja! ¿Y si le ven a uno?
-
---No. No se levanta en la casa nadie hasta muy tarde.
-
---Bueno; avísenme ustedes si aparece alguien.
-
-Sin más dejé mi fardelillo en el suelo, escalé la verja, bajé por el
-otro lado, corrí hacia la puerta pequeña y abrí el cerrojo. Las dos
-mujeres entraron en el jardín y yo salí al camino.
-
-Al pasar de nuevo por delante de la puerta de la verja estaba la señora
-aguardando y me dijo:
-
---Quiero darle a usted una explicación y hablar con usted. Venga usted
-cuando se haga de noche a esta verja.
-
---Sí, señora, vendré.
-
-Me fuí a una fonda con la imaginación un poco excitada, y de noche me
-presenté en la verja. Al poco rato llegó la señora. Me habló durante
-más de una hora con un tono inquieto, lleno de angustia, y me contó,
-atropelladamente, una porción de cosas.
-
-Aquella dama era pariente y al mismo tiempo señora de compañía de
-la muchacha joven que había venido con ella en el coche. Se llamaba
-madama Domesan. La muchacha, Gabriela de Beaumont; por lo que me dijo,
-vivía con su padre, su tío y una señora amiga de su padre, Enriqueta
-Sarrazin, que se había hecho dueña de la casa de tal manera, que los
-tenía presos a todos, sin dejarles salir de allí.
-
-El día anterior esta señora había marchado del castillo, y aprovechando
-su salida, Gabriela y ella habían ido a Pau a hablar con un pariente
-y a explicarle la situación en que se encontraban, pero no le habían
-visto.
-
-En la casa, la Enriqueta Sarrazin mandaba como dueña, y había dispuesto
-casar a su hijo, que era un perturbado, con Gabriela, y estaba aislando
-a la familia de Beaumont de sus amigos y parientes, de tal manera,
-que ya nadie entraba en la casa. En los planes le ayudaba un cura del
-pueblo.
-
-Después de todos estos datos, madama Domesan me dijo que si yo tenía
-valor y energía para ello, que me presentara al día siguiente en el
-castillo preguntando por el vizconde Beaumont de Lomagne; que le dijera
-que llegaba de Londres y que era aficionado a los árboles y a las
-plantas exóticas, y que quería ver el parque y el invernadero, y me
-hiciera amigo de él.
-
-Me sugestionaron los relatos de aquella dama y prometí seguir la
-aventura.
-
-Al día siguiente, al mediodía, me presenté en el castillo y llamé
-tirando de la cadena.
-
-Salió a abrir un portero viejo, con una gran librea; le di mi tarjeta,
-y esperé.
-
-Poco después se abrió la verja, y el criado me dijo que pasara.
-
-Comencé a marchar por una avenida enarenada. Al final de ésta se veía
-un edificio grande, pesado, de piedra, con varias torres de pizarra
-adornadas con veletas.
-
-A un lado y a otro había árboles centenarios, altísimos, y delante de
-la fachada del castillo, un estanque oval, de agua profunda y obscura,
-a cuyo alrededor las hojas caídas en muchos años formaban como un marco
-de plata.
-
-Este estanque parecía un espejo negro que reflejase el cielo a través
-del follaje de los árboles. Bordeando el estanque nos acercamos al
-castillo, y entramos en un gran zaguán, que parecía una cripta, con el
-suelo, las paredes y el techo de piedra. Subimos la ancha escalera,
-pasamos un salón grande como un museo y fuimos a un gabinete elegante,
-pero también triste, en donde había dos viejos momificados sentados
-el uno frente al otro, la señora y la señorita del coche y madama
-Sarrazin, una mujer de cara juanetuda, de ojos claros y pelo blanco.
-
-El vizconde me saludó amablemente. Era un hombre alto, encorvado y
-pálido, con un aire de temor y de cansancio.
-
-Vestía un traje del tiempo del Imperio, y al andar parecía arrastrarse.
-
-Su hermano, el caballero de Maslac, era un vejestorio del tipo más
-completo del antiguo régimen; llevaba calzones de terciopelo de color,
-medias de seda, casaca y coleta. Iba perfumado, pintado, con colorcitos
-en las mejillas y en los labios; los dientes, postizos, y peluca. Usaba
-constantemente un lente y una tabaquera; en los dedos, anillos, y
-dijes, y, al levantarse de la butaca, se apoyaba en un bastón con puño
-de oro.
-
-La señorita Gabriela y madama Domesan me saludaron amablemente, y la
-señora Sarrazin apenas se dignó mirarme.
-
-El vizconde de Beaumont, que tenía la manía de la botánica, me mostró
-el parque y el invernadero de su castillo.
-
-El parque era tristísimo; parecía que habían querido darle un aire
-lúgubre, haciendo que los árboles gigantescos estuvieran tan cerca uno
-de otro que, paseando por las sendas, no se veía el cielo.
-
-El estanque reflejaba las nubes como una pupila desesperada y sombría.
-
-El vizconde me enseñó la antigua torre de los Beaumont, con sus
-baluartes y sus argollas, que daban al río y servían para atar las
-gabarras.
-
-Después de ver sus plantas extrañas, dije que tenía que marcharme; pero
-el vizconde me rogó varias veces que me quedara a cenar y a dormir.
-Como este era mi objeto, me quedé allá.
-
-La cena fué siniestra. El vizconde miraba a un lado y a otro, como
-poseído por el mayor espanto; el caballero de Maslac, con sus adobes y
-sus dijes, parecía una momia desenterrada.
-
-No se habló en la mesa mas que de genealogías, y únicamente el vizconde
-interrumpía esta conversación para disertar acerca de botánica.
-Después de cenar jugaron una partida de cartas entre los dos viejos,
-la Sarrazin y Gabriela, y madama Domesan me indicó que fuera a la
-biblioteca, donde hablaríamos.
-
-Efectivamente, fuí a ella y hablamos largamente. Me dijo, de una manera
-nerviosa y perentoria, que yo, que había sido simpático al vizconde,
-debía entrar en la casa y luchar contra la influencia de madama
-Sarrazin, que les dominaba a todos.
-
-Después me contó, con su tono dramático, la historia de un muchacho que
-había galanteado largo tiempo a Gabriela, y a quien se había encontrado
-ahogado en el río, y de un hombre misterioso que aparecía de cuando en
-cuando en las proximidades del castillo.
-
-Luego me habló de su vida y de su familia.
-
-Me dijo que ella procedía del secretario de Felipe II, Antonio Pérez.
-
---Al evadirse Antonio Pérez de la cárcel de la Inquisición de
-Zaragoza--me contó--, se refugió en el Bearn y fué protegido por
-Enrique IV y por Margarita de Valois. Antonio Pérez tuvo amores con una
-señora de Orthez, y su hijo se estableció aquí definitivamente, y de él
-procedo yo.
-
-Siguió la señora Domesan contando una serie de relatos de crímenes y
-de sucesos extraños donde aparecían asesinos, misterios, fantasmas, y
-llegué a pensar si aquella mujer estaría un poco perturbada, y sería,
-sin proponérselo, una especie de Anna Radcliffe gascona. Por lo menos
-era un folletín de muchas entregas.
-
-Al pasar a la alcoba que me destinaron, que era inmensa y obscura, no
-pude dormir. Toda la noche la pasé pensando en ahogados y muertos.
-
-Al día siguiente comprendí que aquellas grandezas no eran para mí, y,
-sin despedirme de nadie, con el pretexto de dar un paseo, me marché del
-castillo y no volví.
-
-
-
-
- XIV
-
- EN LA DILIGENCIA
-
-
-CORRÍ con mi morral al sitio donde salían las diligencias y tomé un
-asiento para Bayona.
-
-Me encontré con el mismo capitán de la gendarmería con quien había ido
-a Orthez. Nos saludamos y nos dimos nuestros nombres. Me dijo que se
-llamaba Montmartin, y me invitó a tomar una copa de coñac.
-
-En la diligencia iba mucha gente que subía y bajaba en los pueblos
-pequeños, llevando cestas y encargos, y un comerciante bayonés, con su
-mujer y dos hijas.
-
-Una de ellas, por lo que contó su madre, tenía una voz preciosa, y
-había obtenido un gran éxito cantando la Cavatina «Una voce poco fá»,
-del _Barbero de Sevilla_, en una de las casas del gran mundo de Orthez.
-
-La otra señorita poseía, según su madre, grandes conocimientos
-literarios e históricos, y sabía el inglés y el español. Había sido muy
-galanteada por un joven oficial de la guarnición de Orthez, llamado
-Alfredo de Vigni, que había escrito para ella una poesía preciosa.
-
-A pesar de hablar yo bastante mal el francés («¡Celibataire, une
-boutaille de cercueil!), quedé un poco mejor que el capitán de la
-gendarmería, pues éste consideraba que ante las señoras debía tomar una
-aptitud rígida, como si estuviera en actos de servicio.
-
-Quizá influían en su tiesura las frecuentes libaciones, pues
-aprovechaba todas las paradas para intoxicarse cuanto podía.
-
-Con este combustible se reveló en él su fondo de francés, y dijo que
-Napoleón era un grande hombre, a quien los ingleses habían hecho
-perecer miserablemente. Habló también de la batalla de Orthez, en que
-Wéllington, con el ejército aliado, había batido al mariscal Soult, y
-se deshizo en insultos contra el vencedor de Waterloo.
-
-El comerciante bayonés y su familia parecían desolados al oír esto, y
-me miraban como pidiéndome mil perdones.
-
-El capitán vió que yo no me daba por aludido, se calmó, se hizo amigo
-mío y amenizó el viaje con algunos cuentos de cuerpo de guardia.
-
-A la tardecita llegamos a Bayona, y, pasado el puente sobre el Adour,
-el sargento del puesto de la gendarmería preguntó si no había viajeros
-españoles. El capitán Montmartin dijo que no, y seguimos adelante hasta
-la plaza de Armas.
-
-El capitán sintió no sé por qué un vago impulso de simpatía o de
-remordimiento al despedirse de mí, quizá por haber hablado mal de
-los ingleses, y me invitó a cenar con él al café del Comercio tan
-insistentemente, que tuve que aceptar.
-
-Estaba el café, envuelto en una nube de humo, atestado de oficiales de
-la guarnición. Se hablaba a gritos.
-
-En una mesa había un grupo de tenientes y suboficiales, y uno de
-ellos leía un libro que acababa de publicarse, de un tal Paul de
-Kock, llamado _Gustavo el calavera_. Los que escuchaban se reían a
-carcajadas. El capitán Montmartin y yo nos acercamos al grupo, y aunque
-yo apenas oía la lectura, contagiado por la risa de todos, acabé por
-reírme.
-
-Mareado y algo intoxicado me despedí de Montmartin y me fuí a la fonda.
-Al día siguiente me levanté temprano y salí a la calle. Vi muchos
-grupos de españoles que me dijeron eran realistas, y entre ellos un
-cura y un fraile, el uno con su gran sombrero de teja y el otro con su
-cerquillo.
-
-Los dos tiraban al blanco con carabina y tenían una magnífica puntería.
-
---Son soldados de la Fe--me dijo un francés que debía ser realista
-entusiasta.
-
---No cabe duda que con esa puntería--le contesté yo--han de ganar
-muchas almas para el cielo.
-
-
-
-
- XV
-
- MARY LA DE BIRIATU
-
-
-EN la fonda de Bayona me dijeron que podía ir a San Juan de Luz a
-caballo en un cacolet. No sabía lo que era esto, que resultó un
-artefacto que en castellano llaman jamugas.
-
-Llegué a San Juan de Luz en mi cacolet; dejé el morralillo en un
-fonducho de la salida del pueblo y fuí a estirarme las piernas hacia la
-playa.
-
-Me sorprendió un chubasco y entré en un café pequeño y me senté delante
-de una ventana con cristales, y estuve contemplando cómo chocaban las
-gotas de agua en la tierra, y las nubes que corrían por el cielo.
-
-Al terminar el chaparrón volví al fonducho de la salida del pueblo e
-hice mis preparativos para entrar al día siguiente en España.
-
-Estaba sentado en la mesa y estudiando un mapa cuando entró una
-muchacha a preguntarme si quería cenar. Al verla, me pareció que el
-cuarto se iluminaba; tan bonita era.
-
---¿Usted me va a servir la cena?--le dije.
-
---Sí.
-
---No creí poder ser tan feliz.
-
-Ella se rió. Yo la contemplé embobado. Tenía unos ojos claros azul
-verdosos, una boca burlona y un cuerpo ligero y fuerte al mismo
-tiempo. Era un fruto del Norte dorado por el sol del mediodía.
-
-Le pregunté cómo se llamaba y me dijo que Mary; le volví a preguntar de
-dónde era y me contestó que de Biriatu, un pueblecillo pequeño asentado
-en un cerro próximo al Bidasoa.
-
---Voy a quedarme aquí--le dije--para poder verla a usted muchos días.
-
---No podrá ser--contestó ella.
-
---¿Por qué?
-
---Porque me marcho a Biriatu mañana.
-
---Iré yo a Biriatu.
-
---Es igual; no me verá usted.
-
---¿Tendrá usted novio?
-
---No.
-
---¿Pero tendrá usted muchos pretendientes?
-
---No; tampoco.
-
---¿Cómo puede ser eso, siendo tan bonita?
-
---No opinan todos como usted--me replicó riendo.
-
---Eso es imposible--exclamé--. ¿Es que los hombres de este país no
-tienen ojos? ¿Es que son como esos peces de los lagos sin luz, que son
-ciegos? ¿Es que tienen alguna membrana nictitante perpetua? ¿Es que...?
-
-Mary la de Biriatu iba y venía trayendo platos, haciendo poco caso de
-mis frases.
-
-Cuando se acabó la cena le dije que ya que no podía verla quería
-marcharme al amanecer y que me diera la cuenta.
-
-Me la trajo y quise darle de propina un luis de oro.
-
---No, no--me dijo--; guárdese usted su moneda de oro. No la quiero.
-
---¡Pero, si yo no la pido nada a cambio!
-
---Es igual; no la quiero. Le hará a usted más falta que a mí. ¡Adiós!
-Buenas noches.
-
- * * * * *
-
-J. H. Thompson dice, al llegar aquí, que se metió en su cuarto y
-sacando lápiz y papel escribió una poesía en inglés en honor de la
-muchacha que encontró en la fonda. La tal poesía es una españolada
-poco seria que no nos puede agradar a las personas sensatas, y si la
-traducimos y la copiamos es, más que para otra cosa, para demostrar la
-extravagancia de los extranjeros cuando se ocupan de España. Dice así
-la canción traducida al pie de la letra:
-
- «_A Mary la de Biriatu_:
-
- »Tienes los ojos azul verde claros, Mary la de Biriatu, como
- las olas del mar; tienes la boca burlona y fresca y el cuerpo
- ágil y armónico como el de una diosa. Cuando te veo marchar
- de aquí para allá, mi corazón tiembla y siente el mismo
- sobresalto que si fuera una pieza de porcelana de Sèvres en
- manos de una criada cerril, o la copa más fina de cristal de
- Bohemia entre los dedos de un chico atolondrado.
-
- »Eres amable, Mary la de Biriatu, y, sin embargo, eres cruel.
- Tienes la crueldad de la fuerza, que no sospecha la debilidad
- ajena; tienes la exactitud del teorema matemático, que es un
- tormento para la inteligencia obscura; eres soberbia como la
- Naturaleza, y yo soy humilde como una cosa humana.
-
- »¡Si tú quisieras!, yo saldría de mí mismo como un dragón de
- su agujero, y sería el hombre más turbulento y más dionisíaco
- de la tierra. Pero no, no lo sería; lo soy ya.
-
- »Me he transfigurado, y las furias anidan en mi corazón. Ya no
- soy un inglés pesado y grueso; soy andaluz y tengo sangre mora
- en las venas; tengo garras como las águilas y colmillos agudos
- como los tigres. Ya no diseco fieras, las mato; ya no discuto
- con los hombres, los domino.
-
- »Ven conmigo, Mary, Mary la de Biriatu. Yo te llevaré en
- mi caballo cordobés, desde el Pirineo a Sierra Nevada y
- reposaremos al pie de las palmeras de Andalucía al son de las
- castañuelas y las guitarras.
-
- »Si quieres que sea contrabandista, Mary, me haré
- contrabandista; si quieres que sea salteador de caminos, lo
- seré sin miedo e imitaré al bandido generoso,
-
- el que a los ricos robaba
- y a los pobres protegía.
-
- »Para mí no habrá más leyes que tu capricho, Mary, Mary la de
- Biriatu; para mí no habrá más cielo azul que el azul verdoso
- de tus ojos. Con el trabuco al brazo, montado en mi jaca
- torda, seré una exhalación. Yo me escabulliré de entre las
- manos de la justicia y haré llorar de rabia a los alguaciles,
- y a los alcaldes, y a los corchetes de la Santa Hermandad.
-
- »¿Hay que desafiar al rey, a la Inquisición, a los ángeles, a
- los demonios?
-
- »Aquí estoy yo. Yo robaré las alhajas de la Virgen para
- adornar tu garganta y te daré la Biblia de Lutero para que con
- sus hojas hagas papillotes.
-
- »Y cuando el mundo entero esté retemblando con mi gloria como
- una caldera de vapor, y mis hazañas sean cantadas por los
- ciegos, tú, con tu mantilla de casco y una peineta de concha;
- yo, con el calzón corto y mi capa andaluza, iremos los dos del
- brazo a la corrida.
-
- »Ven conmigo, Mary, Mary la de Biriatu. Mira que soy capaz de
- todo por ti. Mira que si no te pierdes al mismo Robin Hood con
- calañés».
-
-Esta es la absurda e insensata poesía que J. H. Thompson dedicó a la
-muchacha de la fonda de San Juan de Luz, donde estuvo hospedado, y que
-ha desagradado profundamente a varias personas respetables que la han
-leído.
-
-
-
-
- XVI
-
- LA VENTA DE INZOLAS
-
-
-DESPUÉS de descargar mi corazón en estos versos me tendí en la cama, me
-quedé dormido, y por la mañana, al amanecer, me levanté y salí de casa.
-
---Veremos lo que nos reserva la suerte--me dije.
-
-Anduve una legua antes de que saliera el sol, y me senté al pie de
-un árbol y saqué del bolsillo mi mapa de España. Estaba publicado en
-Londres, en 1808, por la casa John Stockdale de Piccadilly, y debió de
-servir para las tropas de Wéllington que iban a la Península.
-
---Como no tengo objeto--murmuré--, seguiré el meridiano. El mito de mi
-tío el comandante Cox y el meridiano serían mis directrices.
-
-Decidí pasar uno o dos meses en el país vasco, medio año en Castilla,
-e ir a parar a Andalucía. Estaba enfrascado en la observación del mapa
-cuando pasó una chiquilla que se me quedó mirando.
-
-Me levanté y la pregunté:
-
---¿Este es el camino de Navarra?
-
---Sí.
-
-La muchacha iba hasta un caserío llamado Herburu, y yo fuí con ella.
-
-Encontré a un aduanero francés a quien le dije me indicara el camino de
-España. Me miró con desconfianza y me mostró un sendero.
-
-Siguiéndolo, llegué a un bosque bastante cerrado, con una venta, la
-venta de Inzola. Estaba en territorio español. Pedí en la venta que
-me pusieran algo de comer, y con un gran trozo de pan, de chorizo y
-de queso y una botella de vino, me senté en la hierba, en un prado.
-Brillaban las margaritas y las flores del brezo; una serpentaria
-mostraba su mazorca roja entre lo verde. Corría allá un vientecillo del
-mar fresco y agradable; el cielo estaba muy azul; en Francia se veía
-la llanura y la costa; hacia España, un laberinto de montes ceñudos y
-sombríos. Unos grillos amenizaban la soledad y un cuco lanzaba su voz
-irónica entre los árboles.
-
-Devoré mis provisiones, y después dirigí un _toast_ elocuente a la
-vieja España de Don Quijote, y del Cid, y de San Ignacio de Loyola.
-Añadí a Loyola, para probarme a mí mismo, que este Amadís de Gaula,
-católico y papista, no sólo no irritaba mis sentimientos de protestante
-de raza, sino que veía en él un hermoso manantial de energía y de tesón.
-
-Después de este _toast_ hice mi segunda libación brindando por las
-damas españolas, los caballeros, las majas, los toreadores, los
-gitanos, los corchetes, los alguaciles y los alcaldes, y, sobre todo,
-por la bella entre las bellas, Mary la de Biriatu. Como me quedaba más
-vino en la botella y no era desagradable, tuve que brindar por el mar,
-por el cielo azul, y hasta por la Cosa en sí, y me quedé un momento
-dormido.
-
-
-
-
- SEGUNDA PARTE
-
- DEL PIRINEO A MADRID
-
-
-
-
- I
-
- LOS PLACERES DEL CAMPO
-
-
-CUANDO yo leía de chico las descripciones de los placeres
-campestres--dice J. H. Thompson--, me parecían una de las cosas más
-insulsas y más tontas del mundo. Es extraño cómo la retórica, a fuerza
-de repetir las mismas frases, llega a borrar todo sentido de la
-realidad.
-
-Los placeres campestres en las páginas de los escritores bucólicos del
-siglo XVII y XVIII han sido siempre placeres amables y sociales; se
-ve que para estos escritores la Naturaleza estaba representada por un
-parque bien cuidado, como para Fenelón la gruta de Calipso era uno de
-los subterráneos del jardín de Versalles. Los placeres campestres en la
-pintura han sido también tan sosos, tan amanerados, como los descriptos
-por los poetas.
-
-Al llegar a vivir en el campo por primera vez, nunca recordé las
-descripciones que había leído en la infancia, ni los cuadros de los
-pintores. No me acordé jamás de Galatea, ni de Amarilis, ni de Thirsis,
-ni de Nemoroso; todas estas amables personificaciones no salieron del
-estante que les corresponde en el armario de la guardarropía poética
-para presentarse a mi imaginación. Me desdeñaron tanto como les
-desdeñaba yo a ellas.
-
-Al acercarme al campo, la Naturaleza, en vez de una impresión amable,
-pastoril y bucólica, me dió una sensación ruda y me habló con una voz
-áspera y discordante.
-
-El viento y la lluvia, el murmullo de los árboles en el follaje y el
-rumor del arroyo, el caminar por entre las altas hierbas o por el claro
-del bosque me produjeron una sorpresa.
-
-Tuve también otras sorpresas y descubrimientos. Uno de éstos fué
-encender hogueras.
-
-Pocas cosas me han parecido tan sugestivas. ¡Hacer fuego al borde de
-un camino y ver cómo chisporrotean las hierbas secas, serpentean las
-llamas y se desparrama el humo por el aire! ¡Qué gran placer! ¡Qué
-eterna admiración!
-
-Siempre parece un espectáculo nuevo, como si guardara uno en el fondo
-del alma el asombro del hombre primitivo, descubridor del fuego al ver
-levantarse las llamas en el aire.
-
-Este es uno de los grandes placeres tristes y melancólicos del campo.
-Mirar la llama de la hoguera, ver el humo que mancha las claridades
-del crepúsculo, mientras las estrellas comienzan a presentarse en el
-cielo...
-
-Hoy, al pensar en ello, siento melancolía, la melancolía del enamorado
-de la Naturaleza unida a la melancolía del reumático.
-
-
-
-
- II
-
- ERLAIZ EL PANADERO
-
-
-DESPUÉS de mis libaciones dejé la venta de Inzola y comencé a marchar
-hacia Vera. Enfrente tenía un enmarañamiento de montañas fragosas y
-obscuras, de crestas y de barrancos.
-
-Por toda la zona pirenaica vasconavarra ocurre lo mismo: lo trágico y
-fosco ha quedado para España; lo sonriente y amable, para Francia.
-
-A pesar de esto, el espíritu de los vascos de un lado y otro de la
-frontera ha quedado el mismo; la misma seriedad, el mismo gusto por los
-trajes negros, el mismo aire de desilusión.
-
-Parece que este pequeño pueblo tiene la conciencia vaga de su
-desaparición, de su absorción por los de alrededor, y le queda la
-tristeza y el orgullo de los pueblos viejos que se hunden sin dejar
-apenas rastro de su existencia.
-
-Bajaba despacio de la venta de Inzola a Vera del Bidasoa cuando oí a lo
-lejos el ruido de una carreta. ¡Cómo chirriaba! Tan pronto se la oía
-como se perdía su sonido, como volvía a aparecer. Estas carretas vascas
-tienen las ruedas de madera de una sola pieza y sujetas al eje, lo que
-hace el rozamiento muy grande.
-
-Preguntaba unos días después a los campesinos en Vera por qué hacían
-así las carretas, al menos por qué no daban sebo a los ejes, y uno me
-dijo que con aquel chirrido áspero se divertían los bueyes, y otro,
-que así no había que avisar a nadie del paso de la carreta, porque el
-chirrido de las ruedas avisaba solo.
-
-Iba bajando al fondo de un arroyo, a cuyo borde se veían varios
-caseríos, cuando me encontré con un viejo que marchaba seguido de su
-perro. Era un hombre afeitado, encorvado, con un perfil de cuervo.
-
-Entablé conversación con él y, después de someterme a un
-interrogatorio, me dijo que andaba buscando minas.
-
-En el interrogatorio tuve que decir quién era y a qué venía a España, y
-eché mano del mito Cox y de la herencia, y expliqué mis planes.
-
-El mismo individuo me preguntó qué pensaba hacer en Vera; le dije que
-pasaría allí un día nada más y seguiría adelante.
-
---¿Tiene usted posada?
-
---No.
-
---Pues yo le llevaré a casa de un paisano amigo mío, que le hospedará
-barato.
-
-Llegamos a uno de los barrios del pueblo al anochecer. En lo hondo de
-un valle se veían unas cuantas casas viejas en fila, envueltas en la
-niebla; el humo salía de las chimeneas en ligeras columnas azules.
-
-El viejo y yo recorrimos una calle larga, pasamos por cerca de la
-iglesia y salimos a la carretera, a orilla del Bidasoa, y en una casa
-con una tienda nos detuvimos.
-
-A la puerta estaba Erlaiz, el panadero; hablaba con un herrador de
-una fragua próxima. El panadero, un hombre bajo, cuadrado, picado de
-viruelas, de cara fosca y ceñuda, explicaba algo al herrador, hombre
-grueso, panzudo, con una sonrisa llena de malicia.
-
-El panadero nos recibió ásperamente, al viejo y a mí, y a una muchacha
-que estaba en la tienda le dijo que me llevara a una habitación.
-
-Crucé la tienda, subí a un cuarto pintado de verde, me lavé y eché
-un vistazo al pueblo. El vasco es indiferente y un tanto hostil al
-extranjero; aunque se le hable en español, si le ven a uno extraño,
-le miran con desconfianza y con suspicacia. La gente a quien pregunté
-algo, en vez de responderme dándome los datos que les pedía, me
-contestaban preguntándome a qué venía y qué pensaba hacer.
-
-Estos vascos recelosos suponen que se les tiende un lazo al hacerles la
-pregunta más sencilla.
-
-Pensé que no estaría muchas horas en el pueblo.
-
-A la hora de cenar volví a mi posada de casa del panadero, y me
-hicieron pasar a un comedor, en donde se hallaban el buscador de minas,
-que había encontrado en el monte, Erlaiz y un militar.
-
-El panadero, mi patrón, cambiado por completo de aspecto, se mostraba
-sonriente y amable. Me indicaron mi sitio en la mesa, y nos pusimos a
-cenar.
-
-El viaje me había abierto el apetito, y di un ataque formidable a los
-platos, al pan y al vino. Los demás no se quedaron atrás. Después de
-cenar trajeron café y licores, y nos pusimos a hablar y a cantar. Yo no
-he visto compadres más alegres que aquéllos.
-
-El militar, guerrillero con Mina en la guerra de la Independencia,
-contó sus hechos de armas, y el panadero habló de sus aventuras en
-tierra de Castilla.
-
-Los dos estuvieron a cuál más exagerados.
-
-Estos buenos vascos, cuando se lanzan a ello, son un tanto fanfarrones,
-como los escoceses de Walter Scott, o como los gascones. Al oírles a
-ellos, cualquier encuentro de cincuenta hombres contra otros cincuenta
-es una batalla de Austerlitz; una aldea con cuatro casas viejas, una
-Florencia y un granero con una torre es el Louvre o el Kremlin.
-
-Después de las hazañas del militar y del panadero, el viejo buscador
-de minas, que se llamaba Bidarraín, nos dió lecciones de botánica y de
-mineralogía popular, mezcladas con algunas supersticiones.
-
-A las doce y media, rendido de sueño, me fuí a la cama, dormí de un
-tirón hasta las diez, y, al despertar, pensé si la cena de la noche
-habría sido una realidad o una fantasía.
-
-Me vestí, bajé a la tienda de Erlaiz y me lo encontré displicente y
-malhumorado.
-
---Ahí ha venido ese viejo Bidarraín a preguntar por usted--me dijo--.
-En la huerta debe estar.
-
-Tomé el café con leche que me sirvió la sobrina de Erlaiz, salí a la
-huerta y encontré al viejo buscador de minas.
-
-Me preguntó si quería dar un paseo con él, le dije que sí y echamos a
-andar. Bidarraín me mostró varias muestras de mineral, y hablamos de
-mineralogía y de botánica. Luego le pregunté qué clase de hombre era
-Erlaiz, el panadero, pues me parecía de genio mudable.
-
---Es buena persona--me dijo--, pero muy violento y muy terco. Cuando
-se le pone una cosa en la cabeza no hay quien le pueda convencer de lo
-contrario. Le hemos querido persuadir el teniente Leguía y yo de que es
-una barbaridad que ponga cepos en el Bidasoa para los salmones en época
-de veda; pues los pone, y aunque viniese el obispo y se lo pidiera de
-rodillas, los seguiría poniendo.
-
-Bidarraín contó otros detalles de la barbarie del panadero. Llegamos a
-mi posada; el buscador de minas se marchó y yo entré en la tienda. Pasé
-a la tahona, y vi a dos viejas que amasaban los panes en una artesa,
-mientras Erlaiz trabajaba con la pala en el horno.
-
-Murgui, la sobrina del panadero, me sirvió la comida; entablé
-conversación con esta muchacha, y le pregunté qué clase de hombre era
-Bidarraín. Me dijo que pasaba por hombre rico; que tenía minas de plata
-y de oro.
-
-También le pregunté a Murgui acerca del teniente Leguía, y, por lo que
-contó, deduje que a éste le consideraban como el enemigo del pueblo.
-
-Por la tarde volvió a presentarse Bidarraín y me llevó a una
-huertecilla contigua al cementerio, donde se hallaban enterrados dos
-oficiales ingleses, muertos en el pueblo al pasar los aliados el
-Bidasoa, en 1813.
-
-Después fuimos hasta Lesaca, villa donde tuvo lord Wéllington su
-cuartel general.
-
-Bidarraín debió hablar al panadero de mis conocimientos mineralógicos,
-porque Erlaiz, por la noche, me preguntó si era ingeniero. Le dije
-que no, y él pareció no creerme. Me preguntó también si tendría algún
-inconveniente en ver unas minas algo lejanas. Le contesté que ninguno.
-Dispusimos hacer la expedición al día siguiente. El panadero, contento,
-trajo la guitarra y estuvo cantando. Cantaba de una manera bárbara y
-graciosa. Cuando terminó, me fuí a mi cuarto y estuve un rato en la
-ventana mirando las estrellas, oyendo el rumor del río y el canto de un
-sapo (bufo músicus), que entretenía su soledad con sus notas.
-
-
-
-
- III
-
- EL PARADOR DE SUMBILLA
-
-
-BIDARRAÍN y Erlaiz me llevaron varias veces a ver sus minas. Estaban
-empeñados los dos en que yo entendía mucho de minería; pero que, por
-razones especiales, no lo quería confesar.
-
-Erlaiz y Bidarraín me pidieron que les escribiera varias cartas en
-francés y en inglés, y cuando yo indiqué al panadero me hiciera la
-cuenta, me dijo que no le debía nada.
-
-El teniente Leguía pensaba marchar a Elizondo con unos cuantos hombres
-de su partida, y yo quedé en acompañarle y seguir después a Pamplona.
-
-Con este motivo se decidió obsequiarnos a los dos con una cena de
-despedida en las Ventas de Yanci.
-
-Eramos los comensales, además del panadero, Leguía, Bidarraín y yo;
-dos milicianos nacionales, sargento y cabo de la partida de Leguía, y
-un liberal de Vera, que gastaba antiparras de plata, a quien llamaban
-Laubeguicua (el de los cuatro ojos).
-
-Fuimos todos paseando a las Ventas de Yanci, que distan una legua y
-media de Vera; nos sentamos a beber sidra, y se llamó al ventero y a la
-ventera y se les sometió a un grave interrogatorio.
-
-Erlaiz, Bidarraín y el sargento de milicianos dieron a la consulta una
-importancia sacerdotal.
-
---Vamos a ver, ¿qué podemos comer?--preguntó Erlaiz.
-
---Si quieren ustedes un cordero, ya lo asaremos--dijo la ventera,
-cantando al hablar.
-
---Bueno, un cordero. ¿Que más?
-
---Ya tenemos también buenas truchas.
-
---¿Truchas? No está mal. ¿Que más?
-
---Pollos también ya tenemos.
-
---¿Pollos? Bueno. ¿Qué más?
-
---Jamón bueno ya pondremos.
-
-Así siguió la ventera explicando las provisiones que tenía, siempre
-empleando esta fórmula de ya tenemos o ya pondremos. Este _ya_, de aire
-germánico, me chocaba verlo empleado a todo pasto.
-
-Después de consultarse con la mirada Bidarraín, Erlaiz y el sargento
-de nacionales, decidieron, de común acuerdo, que pusieran todo lo que
-hubiese para no engañarse.
-
-Dispuesta la cena, seguimos bebiendo, hasta que nos dijeron que la mesa
-estaba puesta.
-
-Al sargento de los milicianos, hombre alto, de vientre piriforme, se le
-encandilaron los ojos, y frotándose las manos de gusto exclamó:
-
---¡Pien, pien! Una puena cena. Esto es lo que me gusta. Puen cordero,
-puenas truchas, puen pollo y puen vino. ¡A comerr! ¡A comerr!
-
-Comimos como buitres y bebimos hasta quedar mareados, lo que me dió
-una idea bastante pobre de la sobriedad de los vascos; se habló con
-entusiasmo de Mina, Riego y el Empecinado; con rabia, de las correrías
-que hacían por Navarra Juanito el de la Rochapea y don Santos Ladrón,
-y se cantó el _Himno de Riego_, a pesar de que el ventero y su mujer
-suplicaron que callásemos, porque les comprometíamos.
-
-Salimos de las Ventas de Yanci a media noche; los de Vera se marcharon
-a su pueblo, y Leguía, con sus dos milicianos y yo, seguimos hasta
-Sumbilla.
-
-Nos detuvimos en el parador de San Tiburcio. El sargento del vientre
-piriforme me dijo ingenuamente que con el paseo se le había abierto el
-apetito, y que iba a mandar que le hicieran unas sopas de ajo. Le miré
-con asombro y me fuí a acostar.
-
-Al despertarme por la mañana supe que Leguía había partido con sus
-milicianos camino da Santesteban, dejándome una carta para un amigo
-suyo de Pamplona.
-
-Como no tenía prisa y hacía calor, dejé la marcha hasta que cayera el
-sol. Estaba en el portal del parador de San Tiburcio cuando se acercó
-un carro grande, tirado por siete mulas.
-
-El arriero fué soltando sus animales, llamándolos uno a uno y
-llevándolos a la cuadra. La Morena, la Montesina, la Capitana, la
-Coronela, la Bonita, el Vigilante y la Leona fueron despacio al
-pesebre, donde primero se les dió de beber.
-
-El posadero me preguntó:
-
---¿No va usted a Pamplona?
-
---Sí.
-
---Pues si quiere usted, puede usted ir con este arriero.
-
---¿No hay inconveniente?...
-
---Ninguno.
-
-El arriero se llamaba Mandashay, y era un hombre de unos treinta y
-cinco a cuarenta años, rubio, con unos ojos que parecían de cristal
-azul.
-
-Me advirtió que si quería ir con él saldríamos a la mañana siguiente;
-le dije que tendría mucho gusto en marchar en su compañía, y le convidé
-a un vaso de vino. Quedamos de acuerdo; yo me fuí a acostar, y al
-amanecer me llamaron.
-
-La mañana estaba fresca; había una niebla espesa que prometía un día de
-calor. Mandashay sacó sus mulas y echamos a andar camino de Almandoz.
-
---Cuando se canse usted puede tenderse en la galera--me dijo Mandashay.
-
---No, no me canso tan fácilmente.
-
-La galera española es un carro grande, de cuatro ruedas, tirado por
-una larga recua de mulas. En Navarra y en Castilla la Vieja se ven con
-frecuencia estas galeras; en Castilla la Nueva abunda más el carromato,
-que también llaman carro catalán.
-
-El viaje a pie detrás de un carro tiene sus encantos. El que aproximó
-de un modo ideológico la galera carro a la galera barco, dándole el
-mismo nombre, no estaba equivocado. El parecido de estos dos medios de
-comunicación salta a la vista. El barco es una casa que flota, como el
-carro es una casa que rueda. El carretero tiene algo de marino: es un
-hombre que pasa y no se detiene, que lleva una ruta, que vive en un
-mundo de soledad.
-
-Mandashay era un hombre muy interesante y ameno. Cada rincón del camino
-le recordaba una historia. Aquí habían salido a robar a un rico unos
-enmascarados; allá había vivido una muchacha de cabeza loca que trajo
-revueltos a todos los jóvenes de los contornos.
-
-En algunos momentos Mandashay se agarraba a la galga, y en otros tiraba
-de la brida del macho de varas, gritando: ¡Eup! ¡Eup! o ¡ueschqué!
-¡ueschqué!
-
-Charlando llegamos a Almandoz y seguimos subiendo una cuesta hasta el
-alto de Velate. El cielo estaba azul y el sol calentaba de firme. No
-hacía mucho calor porque íbamos ya a bastante altura y corría aire
-fresco.
-
-A media tarde cruzamos un bosque, que me pareció debía servir para los
-misterios de los druidas, y fuimos a parar a las Ventas Quemadas, en lo
-más alto del puerto.
-
-
-
-
- IV
-
- PAMPLONA
-
-
-SALIMOS de Ventas Quemadas por la mañana, y emprendimos la marcha hacia
-la vertiente del Ebro.
-
-El paisaje había cambiado en absoluto. El cielo se mostraba más azul;
-el campo, más seco; en los altos corrían pequeños caballos de grandes
-colas y triscaban las cabras y los corderos; abajo resplandecían los
-campos de trigo y alguno que otro viñedo.
-
-Al comenzar a descender hacia la cuenca del Ebro, me pareció que
-empezaba España; todo tomaba a mis ojos un carácter más triste y más
-serio: veía pueblos taciturnos, casas de paredes grises, árboles
-cubiertos de polvo.
-
-Nos alejamos de la altura a medida que avanzábamos, y fuimos bajando
-hacia el llano. En los trigales brillaban las amapolas como gotas de
-sangre y los grillos nos ensordecían con sus chirridos.
-
-Dormimos en Villaba, y al día siguiente entraba yo en Pamplona. Me
-despedí de Mandashay y fuí a parar a una posada de la calle de la
-Curia. Saqué la carta del teniente Leguía; era para un capitán de
-ejército llamado Iriarte. Me presenté a él, me acogió con amabilidad y
-me invitó a comer.
-
-Durante la comida le hablé del mito Cox, y de cómo esperaba recoger una
-pequeña fortuna. En tanto, le dije, me hallaba dispuesto a trabajar en
-lo que se me presentase.
-
---Y usted, ¿qué sabe hacer?--me preguntó Iriarte.
-
---Sé francés y, naturalmente, inglés.
-
---Sí; quizá esto le pueda servir de algo.
-
---También tengo nociones de botánica.
-
---¿Botánica? No creo que haya aquí nadie que se ocupe de eso. A no ser
-algún herbolario.
-
---Pues éstos son mis conocimientos. También sé disecar animales--añadí
-con resignación.
-
---¡Hombre! Eso quizá nos sirva. Aquí hay un profesor que todos los
-pajarracos y alimañas que le dan los envía a Francia a disecarlos, lo
-que le cuesta mucho dinero.
-
---Voy a verle.
-
---Sí, iremos juntos.
-
-Fuimos, efectivamente; hablamos con él, y yo me comprometí a
-restaurarle algunos animales y a disecarle de nuevo otros, por el
-sueldo de seis pesetas al día, mientras durara el trabajo.
-
-Disequé para aquel señor un caimán, un águila, un cisne y varios otros
-bicharracos.
-
-El capitán Iriarte me recomendó una casa de huéspedes de la plaza del
-Castillo y me trasladé a ella.
-
-Mi vida en Pamplona, mientras tuve trabajo, fué muy agradable. Por
-la mañana y por la tarde trabajaba, y al anochecer paseaba por los
-alrededores, y cuando no tenía tiempo de sobra iba a la Taconera.
-
-Allí se reunían los aristócratas y los burgueses, los militares, las
-señoritas, los chicos y los curas, y algunos días de fiesta, por la
-noche, se ponían unos farolillos de papel colgados de los árboles.
-
-Yo cultivaba mucho el mirador de la Taconera, un sitio bonito, desde
-donde se ven los pueblos de la cuenca de Pamplona.
-
-Daba con prudencia la vuelta a las murallas. Conocía la Ciudadela y
-los baluartes: el de la Reina, el de Redín, el de Labrit, el de los
-Canónigos, el de Gonzaga; las cinco puertas y la poterna de la Tejería.
-
-Tenía algunos amigos, porque el capitán Iriarte me presentó a varios de
-sus compañeros, militares liberales.
-
-Por entonces, entre los militares y los milicianos de Pamplona,
-había gran hostilidad; los militares se manifestaban anticlericales,
-partidarios de la Constitución; en cambio, los milicianos eran
-fervientes católicos y monárquicos, y armaban trifulcas gritando:
-«¡Viva Dios!» No parecía sino que tenían miedo de que lo mandasen matar
-los liberales. Yo, como extranjero, no daba mi opinión acerca de estas
-cuestiones.
-
-En la casa de huéspedes donde fuí por recomendación de Iriarte, eran
-todos perfectamente reaccionarios, comenzado por la dueña, doña
-Saturnina, señora vieja, nariguda y charlatana.
-
-Doña Saturnina era un producto clásico de las ciudades levíticas;
-tenía la adoración por el aristócrata, por el cura, por el Don Juan
-provinciano; hablaba con ternura de los mozos calaveras alborotadores,
-que iban a los toros, bebían vino hasta emborracharse y hacían de
-cuando en cuando alguna canallada y luego iban a confesarse con aire
-hipócrita y santurrón al confesonario del cura que pasaba por más
-severo, que generalmente era el penitenciario de la catedral.
-
-Al principio de estar en casa de doña Saturnina creí que se podría
-bromear con las costumbres del pueblo, e hice algunos chistes acerca de
-ese cartel que se pone en ciertos días en las iglesias de España: «Hoy
-se sacan ánimas del Purgatorio»; pero pronto vi que en Pamplona las
-bromas de este género tenían sus peligros.
-
-Doña Saturnina la patrona y un sobrino suyo me espiaron y hasta me
-siguieron un domingo para ver si iba a misa. En vista de que no
-frecuentaba la iglesia, doña Saturnina me interpeló con valor:
-
---Dígame usted, ¿usted no es católico?--me dijo.
-
---No, señora--le contesté.
-
---¿Pues qué es usted? ¿Protestante?
-
---Sí; soy de una clase de secta que se llama de los agnósticos, que
-supone que no se sabe nada de nada.
-
---¿Pero usted no cree en la Virgen y en los santos?
-
---Los de mi secta creemos más bien en la substancia única, y
-practicamos el culto del nuestro señor el Yo, y de nuestra señora de la
-Cosa en Sí.
-
-A esto dijo mi patrona que esta virgen sería muy importante; pero que
-los milagros de la Virgen del Camino eran mayores, porque se la había
-visto elevarse en el aire y ponerse en un madero que hay en la iglesia
-de San Cernín de Pamplona, a lo cual yo repliqué diciendo que bien
-podía la ley de la gravitación, inventada por mi paisano Newton, ser
-una costumbre o una rutina de la Naturaleza, y de nuestro espíritu,
-y que, como dijo atrevidamente Protágoras, todas las cosas son
-verdaderas, y que el hombre es la medida de todas las cosas, de las que
-existen como existentes y de las que no existen como no existentes.
-
-Doña Saturnina me preguntó si este Protágoras era algún santo; yo la
-dije que si no lo era, podía haberlo sido.
-
-Entonces, doña Saturnina me recomendó que me convirtiese al
-catolicismo, y yo la tranquilicé diciendo que estudiaría la cuestión.
-
-En España y en pueblos como Pamplona todavía hay un gran atractivo en
-ser incrédulo. ¿Cuánto durará esto? Al paso que vamos, ya poco. Cien
-años; doscientos años. Nada, una miseria.
-
-La verdad es que, con el progreso, se priva al hombre libre de los
-grandes encantos y emociones de ser perseguido.
-
-¿Qué vale un incrédulo, un librepensador en un país donde todo el mundo
-puede serlo impunemente? Nada. En cambio, en plena persecución, ¡qué
-delicia! Tener el libro prohibido bien guardado, leerlo a escondidas,
-burlarse por dentro de todas las ceremonias y mojigangas, y escapar de
-las tramas de esta red con la cual el despotismo judaico-cristiano ha
-intentado envolver al mundo. ¡Admirable cosa!
-
-Los incrédulos debíamos protestar de la lenidad actual, que nos priva
-de una de nuestras mayores satisfacciones...
-
-
-
-
- V
-
- LOS CABALLEROS
-
-
-EN la casa de huéspedes de doña Saturnina conocí a varias personas,
-gentes pintorescas, cuya vida sabía luego por la misma patrona.
-
-Uno de los fijos en la casa era un señor alto, moreno, de pelo blanco,
-vestido con traje obscuro, y que se paseaba por los arcos de la plaza
-del Castillo ataviado con un sombrero de copa cubierto de hule y una
-levita larga, y que cuando hacía fresco se ponía una esclavina azul
-sobre los hombros.
-
---¿Quién es este señor?--le pregunté a la patrona.
-
-Doña Saturnina me dió tres o cuatro nombres de estos compuestos y
-largos que usan los españoles.
-
---¿Y este caballero no trabaja?--pregunté yo.
-
---No. ¡Ca!
-
---¿Es rico?
-
---Poca cosa.
-
---¿Es de buena familia?
-
---Ya lo creo. ¡Es un Pérez de Cascante! Es de los caballeros de Olite.
-
-Este caballero tenía un amigo que le acompañaba en sus paseos, el señor
-Sánchez de Peralta.
-
-Doña Saturnina me explicó la genealogía de ambos.
-
---Ninguno de los dos ha trabajado nunca--me decía la patrona con
-entusiasmo--. Son caballeros.
-
-Me hizo gracia el equiparar la holganza con la nobleza, lo que en el
-fondo es muy natural y lógico.
-
-Todos los días les veía a los dos caballeros dar vueltas y vueltas por
-la plaza del Castillo, con sus sombreros de copa y sus botas, que les
-crujían al andar. Los dos parecían mucho más jóvenes de lo que eran.
-Siempre he creído que el no discurrir conserva la vida; por eso dijo
-Juan Jacobo Rousseau, y otros lo habían dicho antes, que el hombre que
-piensa es un animal depravado.
-
-Muchas veces he pensado que la felicidad está en ser un Pérez de
-Cascante o un Sánchez de Peralta, y en dar vueltas por los arcos de
-la plaza del Castillo con unas botas que crujen y una esclavina azul;
-pero, puesto en esta actitud espiritual, se me ha ocurrido si no sería
-aún más perfecto el ser una vaca, o quizá una ostra.
-
-No he decidido yo, como creo que no lo ha decidido nadie, si es mejor
-la ciencia unida a la desdicha y al dolor o la estupidez mezclada a la
-felicidad; pero, sin decidirlo, cuando veo algún vago de estos firmes
-y constantes en su noble ocupación de no hacer nada, siempre pienso si
-será uno de los caballeros de Olite, el señor Pérez de Cascante o el
-hidalgo Sánchez de Peralta.
-
-
-
-
- VI
-
- LOS ESTRATOS SOCIALES DE PAMPLONA
-
-
-COMO era la primera ciudad española que habitaba, quise darme cuenta
-clara de su contextura física y moral. Sus calles, sus plazas, los
-rincones de la muralla, los conocía palmo a palmo; gracias a alguna que
-otra amistad y a las explicaciones de doña Saturnina pude darme también
-una idea de la vida moral del pueblo.
-
-Pamplona era un receptáculo de aristócratas, de leguleyos, de
-militares, de curas y de perros. Yo no digo que para todo el mundo esta
-clase de población sea antipática u odiosa, no; ahora, para mí sí lo
-es, excepto los perros, por los cuales siempre he tenido una debilidad
-de corazón.
-
-Pamplona se mostraba como una construcción en pisos. En el alto
-había dos o tres familias aristocráticas, y estas familias tomaban
-un poco cómicamente un aire de familias reales. A pesar de que doña
-Saturnina quería demostrarme con todo su fuego oratorio que las dos o
-tres familias del primer tramo social de Pamplona eran ilustrísimas,
-la verdad es que no contaba de ellas nada que valiera la pena de
-esculpirse en bronces.
-
-Después de estas dos o tres familias del primer tramo que miraban al
-vulgo de los pamploneses como diciendo: podéis vivir, os permitimos
-graciosamente la existencia, había otras seis o siete ya de menos
-tono, con algunos titulillos insignificantes y algún coche destartado,
-pero todavía en buen uso, en la cuadra.
-
-Tras de este segundo tramo venía el tercero, formado por los hidalgos,
-estos hidalgos por los que doña Saturnina sentía gran respeto y
-veneración y de los cuales decía: ¡Es un Pérez de Cascante! Es un
-Sánchez de Peralta!
-
-Fuera del elemento autóctono, había otros dos elementos aristocráticos:
-el ejército y el clero. El ejército en su alta esfera llegaba a veces
-al primer tramo; pero lo más corriente era que se quedase en el
-segundo; el brigadier y el general alternaban con el marqués o con el
-conde, un poco tronados, si no tenían alguna mancha de liberalismo que
-se lo impidiese, porque entonces no alternaban con nadie.
-
-El Gobierno constitucional en esto había defraudado al buen pueblo,
-primero suprimiendo el título de virrey de Navarra, cosa que a los
-pamploneses sonaba agradablemente al oído, y substituyéndole por el
-de capitán general; después, enviando militares inficionados con el
-virus del liberalismo. El clero era, naturalmente, aristocrático y
-absolutista, y el obispo movía todos los resortes de la mecánica
-pamplonesa. El obispo entraba de lleno en el primer tramo de la vida
-ciudadana. El deán y los canónigos distinguidos se distribuían en el
-segundo y en el tercero. Aristocracia, clero, ejército y clase media
-formaban un pequeño mundo. Pamplona, encerrada en su muralla, era para
-el pamplonés un microcosmos. A mí, que llevaba todavía el humo de
-Londres en la cabeza, me parecía que todo el pueblo vivía enmohecido,
-apegado a unas cuantas rutinas y a unos cuantos lugares comunes.
-
-A veces se me ocurría pensar que no estaba mal ideado aquel sistema
-de categorías y de subordinaciones. Realmente, el catolicismo ha
-resuelto la vida a su modo, disciplinándola y encerrándola en estrechas
-casillas; esto, unido a que ha dado a las necesidades apremiantes el
-carácter de vicios, ha hecho que los pueblos pobres como el español,
-que viven en la estrechez y en la incuria, se crean rodeados de
-placeres sardanapálicos.
-
-En parte, esta severidad es una ventaja, porque da a la vida un poco de
-picante.
-
-La construcción, en tramos, de Pamplona, tenía también su parte útil.
-
-Cierto que a mí me parecía un poco absurda y mezquina; pero no le
-parecía, seguramente, lo mismo al nacido en el pueblo.
-
-La verdad es que todo el aparato enfático y teatral del aristocratismo,
-que pretende imponer el ánimo por su esplendor, se convierte en una
-mueca cómica cuando no va acompañado de la fortuna o del poder.
-
-No es fácil encontrar nada tan imponente como esas damas inglesas,
-hijas de algún almacenista de cacao, de un prestamista o de un
-fabricante de sebo casadas con algún lord. ¡Qué orgullo! ¡Qué majestad!
-¡Qué admirable desprecio por los demás mortales!
-
-Estas alianzas del dinero con los títulos dan buenos resultados; en
-cambio, en los sitios donde las familias nobles no pueden abonar sus
-campos o sus cuarteles con dinero plebeyo, los aristócratas degeneran.
-
-Se nota en Francia, como en España, en las ciudades de provincia, que
-el pequeño aristócrata, el hidalgo, el «hobereau», es mucho más feo y
-menos inteligente que el hombre de la clase media y del pueblo. Esto
-depende, seguramente, del cuidado de casarse entre gentes de la misma
-casta, de la endogamia, que decimos los antropólogos.
-
-En Pamplona, como en casi todas las capitales españolas, me parecieron
-los pequeños aristócratas muy cómicos. ¡Qué gente! Unas bocas
-desdeñosas, unos gestos de orgullo, unas mujeres feas y con bigote,
-unos tipos morenos y escurridos que parecían micos; muy chatos o con
-narices de loro; con escrófulas o con herpes.
-
-Este prestigio de la aristocracia no es cosa que a mí me preocupe; no
-tengo la aspiración de saludar al conde ni al marqués, ni siquiera
-de estrechar la mano de un Pérez de Cascante o de un Sánchez de
-Peralta. A un vagabundo, como yo, no le pueden importar gran cosa las
-superioridades locales ni las cuestiones de etiqueta; tampoco sé si
-estos condes y marqueses de aquí proceden de las Cruzadas (como todos
-los aristócratas de los folletines franceses); supongo que serán tan
-antiguos como puedan serlo los de Inglaterra; pero no hay más remedio
-que reconocer que son más pobres. Y, la verdad: la aristocracia, con
-casas sucias y destartaladas y unos majuelos por toda propiedad; el
-aristócrata, con un sombrero seboso y un pantalón con rodilleras, no
-llega a imponer respeto ni a causar gran sensación. Es decir, a mí
-no me la producía, porque a mi patrona, doña Saturnina, le producía
-grande. Verdad que ella veía los conceptos más que los accesorios y las
-formas. Doña Saturnina era un poco platoniana.
-
-Tras de la aristocracia pamplonesa, venía la clase media, formada por
-leguleyos y comerciantes, y después, el pueblo.
-
-Desde arriba a abajo; desde lo alto de la pirámide hasta la base; desde
-el primer tramo hasta el último, Pamplona era un pueblo intoxicado
-por la clericalina. La clericalina rebosaba por todas partes; una
-clericalina activísima; pues no había apenas un pamplonés que no
-tuviera depósitos de este alcaloide entre la píamadre y la aracnoides.
-Era una clericalina que producía un estado de estupor incurable.
-
-Una gota en la conjuntiva de un individuo lo envenenaba para siempre.
-
-Todas las aguas del Arga reunidas, no bastaban para disolver la
-clericalina, la cleritoxina y el ácido clerigálico que producía la
-ciudad.
-
-
-
-
- VII
-
- PHILONOUS
-
-
-SOLÍA yo andar con mucha frecuencia por la Taconera, y daba casi todas
-las tardes un paseo por las afueras de la muralla, lo que llaman en el
-pueblo la Vuelta del Castillo. Un día vi que un perrucho me seguía. Era
-un perro feo y poco estético, que tenía cara de persona, lanas rojizas
-y unas barbuchas lacias de filósofo cínico.
-
---Bueno, bueno--le dije--. Márchate, que aquí no haces nada.
-
-Seguí mi camino, e iba pensando en la realidad que podían tener las
-cosas, cuando vi a mi lado de nuevo al perro feo.
-
---Este can me sigue--murmuré--. A ver si es un demonio como el perro de
-aguas que acompaña al doctor Fausto a su laboratorio.
-
-Continué mi paseo, y siguió el perro feo junto a mí.
-
---Bueno; que haga lo que quiera--dije--. Si el destino ha dispuesto que
-este canis familiaris sea mi amigo, no me opongo.
-
-Pensé que si venía hasta mi casa y se unía a mí, tendría que darle un
-nombre, y decidí llamarle Philonous.
-
-Efectivamente: entró en mi casa, le di de comer y le adopté. Unos meses
-después, al llegar a Tafalla, Philonous riñó con otro perro con gran
-valor; el otro perro le mordió en una pata y tuvo una llaga que le
-duró mucho tiempo.
-
-Entonces, como tributo a su valor y como recuerdo a un héroe griego,
-que padeció también una úlcera en una pierna, añadí a su nombre el de
-Philotectes, y así se llamó mi perro en su vida terrena, que no es poca
-cosa para un perro.
-
-Philonous era profundo y sentimental. En las circunstancias difíciles
-se crecía. A veces era un poco cínico; estaba en su derecho, siendo
-perro y perro de pobre; a veces me parecía un caballero «sans peur et
-sans reproche», como Bayardo.
-
-Yo siempre le encontré un aire socrático.
-
-Me parecía que el mejor día iba a salir Minerva de su cabeza.
-
-
-
-
- VIII
-
- LOS REALISTAS FRANCESES
-
-
-UN día pararon en la casa de doña Saturnina unos franceses realistas.
-
-Estos franceses, supe, cuando se marcharon, que habían ido a reunirse
-con la partida absolutista de un tal Salaverri, que merodeaba por la
-ribera de Navarra.
-
-Los tales franceses me fueron poco simpáticos. Tenían un criterio
-pequeño y estrecho. Elogiaban lo peor de Francia y de España. Para
-ellos la crueldad empleada con los liberales era un gran mérito; el
-talento militar consistía en hacer todas las barbaridades posibles en
-perjuicio del enemigo.
-
-Así un vendeano cualquiera era un militar más ilustre que Napoleón.
-
-Nunca jamás he visto una gente más vanidosa, más necia ni más
-incomprensiva. Tenían unas ideas extrañas. Según ellos, puesto que los
-revolucionarios franceses habían guillotinado a Luis XVI, a su mujer y
-a su hijo, ellos podían, con un derecho natural de represalia, matar a
-todos los hombres, mujeres y niños del Universo.
-
-La carreta en donde habían ido a la guillotina estos Borbones debía ser
-como el célebre carro de Jaggernath, del Indostán, que va aplastando a
-todo el mundo.
-
-Así como nosotros, que hemos nacido mil ochocientos años después de
-Cristo, tenemos la culpa de su muerte, según los místicos, y estamos
-deshonrados por la mayor o menor bellaquería que hicieron unos
-supuestos Adán y Eva en el paraíso, así también todos, franceses y no
-franceses, tenemos la responsabilidad de la muerte de Luis XVI y de su
-familia.
-
-¡Qué fanatismo el de aquella gente! Seguramente hubiera sido difícil
-encontrar en personas de otro país un producto así de amaneramiento, de
-afectación y de petulancia.
-
-Si no hubiera sido porque tenían modales de señores, se les hubiera
-tomado a aquellos franceses por unos brutos feroces y fanáticos que no
-buscaban mas que el exterminio de todo el que no pensara como ellos.
-
-Después de conocerles, los absolutistas de Pamplona me fueron casi
-simpáticos.
-
-Al menos el reaccionarismo español es más natural: es la incompresión
-y la brutalidad simple; el reaccionarismo francés es la incompresión
-adornada; el uno es una construcción de espíritus toscos, el otro es un
-gótico pestilente de confitería.
-
-
-
-
- IX
-
- CONSPIRACIONES
-
-
-NO me ocupaba yo gran cosa de lo que ocurría en Pamplona, ni estaba
-enterado de sus cuestiones políticas, cuando el capitán Iriarte y un
-francés emigrado por sus ideas republicanas, Juan Pontecoulant, me
-llevaron un día a una velada masónica que se daba en el billar de un
-café.
-
-Se trataba de celebrar el triunfo liberal obtenido en Madrid el 7 de
-julio.
-
-Mientras esperábamos que comenzase la reunión, Pontecoulant, que tenía
-bonita voz, cantó _La Marsellesa_, y después, la canción de _Los
-Girondinos_, con mucho fuego y gran énfasis:
-
- _Par la voix du canon d'alarmes
- la France appelle ses enfants._
-
-Le escuchamos con gusto y coreamos sus cantos.
-
-Cuando se reunieron los masones, que casi todos eran militares, se
-comenzó a hablar de la conspiración realista que se había tramado en
-Navarra y tenía su centro en Pamplona. Yo entonces me enteré de los
-manejos de los absolutistas.
-
-Los primeros conspiradores de Navarra habían sido el cura de Barasoaín;
-el canónigo Lacarra; un tal Uriz, de un pueblo llamado Sada, y los
-militares Eraso, Juanito el de la Rochapea y don Santos Ladrón de
-Cegama.
-
-Estos tres últimos eran antiguos guerrilleros del general Espoz y
-Mina en la guerra de la Independencia. Mina consideraba a Eraso como
-absolutista de corazón, pero no a Ladrón ni a Juanito; a Ladrón le
-tenía por hombre de ideas liberales; respecto a Juanito el de la
-Rochapea, lo miraba como a hombre desleal y traidor.
-
-Juanito el de la Rochapea, Juan Villanueva, había sido capitán del
-primer regimiento de la división Navarra, mandada por Mina.
-
-Cuando la tentativa liberal de éste sobre Pamplona, en 1814, Juanito
-fué el que comprometió con su impaciencia al coronel Górriz, y
-pasándose luego a los realistas contribuyó a su fusilamiento.
-
-Villanueva odiaba a Mina y le tenía miedo. Al entrar éste en Pamplona
-en triunfo con la bandera constitucional, en 1820, Juanito se escapó e
-hizo preguntar a su antiguo jefe si tenía que temer algo de él. Mina
-le contestó que no. Juanito creyó que todo se había olvidado entre los
-dos y se presentó al general, quien le miró de arriba a abajo, con
-desprecio.
-
-Respecto a Ladrón de Cegama se había lanzado al campo por despecho y
-por rivalidad con los militares que se pronunciaron por la Constitución.
-
-Reunidos los contrarrevolucionarios realistas, Eraso, Juanito y los
-demás dispusieron una estratagema para armarse. Eraso era alcalde de
-Garinoaín, pueblo del valle de Orba. Eraso mandó reunir las cendeas del
-valle e hizo que oficialmente se pidieran a la Diputación provincial
-trescientos fusiles y sus municiones correspondientes con destino a los
-milicianos nacionales. La Diputación los proporcionó, y los trescientos
-fusiles sirvieron para formar la primera expedición realista.
-
-La política de los católicos siempre ha sido igual. Ellos harán una
-deslealtad o una infamia; pero eso sí, la harán con reservas mentales;
-luego oirán su misa con devoción, se confesarán, tendrán propósito
-de enmienda, se darán unos golpes de pecho, y limpios para hacer otra
-canallada.
-
-Los fusiles del Gobierno sirvieron para preparar unas compañías
-absolutistas bien armadas y equipadas.
-
-El general Eguía, presidente de la Junta realista, y don Vicente
-Quesada, comandante general de las tropas del rey absoluto, nombraron
-jefes a Guergué, a Ladrón y a Juanito el de la Rochapea, que salieron
-al campo y comenzaron a operar.
-
-El capitán general de Navarra ordenó a las compañías del regimiento
-de Toledo y a las partidas de milicianos guardasen los pasos de la
-frontera, por si los realistas entraban por Francia.
-
-Se vigiló Vera, Zugarramurdi, Maya, el Irati y el Roncal.
-
-Los absolutistas tenían protectores por todas partes y no se les
-encontraba; en cambio, se capturó en el Irati a ocho soldados franceses
-desertores y a su capitán, llamado Adolfo, que intentaban entrar en
-España con proclamas republicanas.
-
-El capitán Adolfo se escapó, gracias a la protección masónica del
-comandante español; los otros soldados franceses, presos por los
-milicianos nacionales de Salazar, fueron traídos a Pamplona. La gente
-creía que los iban a fusilar, y les parecía muy lógico a los buenos
-católicos que se les fusilase, por ser republicanos; pero el capitán
-general mandó incorporarlos en las filas del ejército.
-
-Juan Pontecoulant me dijo que Adolfo era un hijo del general Berton, y
-que este general, que por entonces era el jefe de los revolucionarios y
-con quien más se contaba para la revolución en Francia, había estado en
-San Sebastián.
-
-El capitán Adolfo vivió oculto en un caserío de la frontera; pero los
-realistas de Ochagavia lo denunciaron y fué preso.
-
-La hostilidad entre el ejército y los milicianos, la conspiración
-permanente de los absolutistas, los rumores que corrían de que los
-exaltados de Madrid intentaban establecer la República, todo esto
-hacía que la provincia de Navarra viviese en perpetua agitación. Los
-realistas pamploneses se escapaban al campo con armas, y algunos se
-descolgaban de noche por las murallas. Yo hubiera estado tranquilo en
-Pamplona si hubiese tenido medios de fortuna; pero mis trabajos de
-disecación se acababan y era indispensable levantar el vuelo. Así que
-puse mis papeles en regla, gracias al capitán Iriarte y a sus amigos, y
-preparé mi viaje.
-
-
-
-
- X
-
- EL CALOR
-
-
-SALÍ de Pamplona a mediados de julio. Hacía un tiempo bochornoso; el
-cielo estaba blanquecino del vaho y del polvo, los campos de trigo
-segados, los montones de gavillas en la tierra. Anduve yo largo rato
-resguardándome en las sombras de los árboles y bebiendo en las fuentes;
-Philonous hacía lo mismo.
-
-En las paradas me dedicaba a reflexionar. Una de las cosas que se
-me ocurrió fué el hacer un esfuerzo en dominar las impresiones
-desagradables y ver si podía llegar a contemplar el paisaje con el
-máximo de ecuanimidad. Me pareció que con ese sistema se encontraría
-belleza e interés en todo. El primer ensayo del procedimiento lo hice
-mirando en el valle de Orba una nube de polvo sofocante iluminada por
-el sol.
-
-¿Se puede llegar en esta contemplación a suprimir el dolor o la
-molestia física? Es lo que me preguntaba varias veces en el camino.
-
-No cabe duda que el carácter de la contemplación es una más o menos
-aparente generosidad; ¿pero es real o no este carácter?
-
-¿No habrá en el fondo de nuestras efusiones estéticas una raíz
-utilitaria?
-
-Cuando ve uno un campo verde y se regocija, ¿no será esto el resultado
-de que nuestros antepasados, al ver los campos verdes, han supuesto
-que en ellos había algo que comer?
-
-El segundo punto que intenté dilucidar en el camino fué si la
-contemplación desinteresada es buena o no, y saqué en consecuencia que
-si es cierto que arrastra a la pereza y al aislamiento, le lleva a uno
-también a bastarse a sí mismo en momentos penosos, lo cual no es poco.
-
-El primer alto en mi marcha lo hice en la venta de las Campanas, donde
-tomé unos huevos cocidos y pan, y por la tarde seguí hasta llegar a
-Barasoaín, rendido de cansancio y, sobre todo, de calor. Dormí bastante
-mal en una posada y me levanté al amanecer a continuar mi ruta.
-
-El día prometía ser tan ardoroso como el anterior.
-
-Avancé todo lo que pude por la mañana. Al llegar al puente sobre el
-Cidacos se despertaba una tropa de gitanos. Dos o tres hombres se
-desperezaban extendiendo los brazos, una mujer hacía fuego con unas
-ramas y unos chicos dormían al sol, medio desnudos.
-
-El calor y el bochorno seguían terribles. El cielo echaba lumbre; los
-montones de gavillas parecían rebaños de oro sobre un campo ceniciento.
-
-A lo lejos veía pueblos con tejados blanquecinos que con la fuerza
-de la luz del sol me parecían nevados. Las mujeres, montadas en los
-trillos, daban vuelta a las eras.
-
-Cuando más apretaba el sol, muerto de sudor, llegué a Tafalla y entré
-en una posada. El posadero era hombre amable que nos recibió bien a
-Philonous y a mí.
-
-Tafalla es una ciudad colocada en una enorme llanura. Tiene una campiña
-fértil y de aspecto monótono, formada por viñedos, trigales y huertas.
-
-Este pueblo se me figuró una granja colocada en medio de sus tierras de
-labor.
-
-Por todas partes se notaba el reinado de Baco, de un Baco huraño
-y violento. Se veía vino en las barricas, en los toneles, en las
-palanganas.
-
-Pasé la tarde y la noche en Tafalla en una taberna.
-
-La gente me pareció agresiva y malhumorada. Únicamente estos ribereños
-se humanizaban hablando del vino, por el cual tenían una verdadera
-adoración.
-
-Allí el vino es un dios, un dios que hace a los hombres irritables y
-violentos.
-
-En toda la ribera de Navarra la agresividad es una costumbre.
-
-El carácter de los ribereños es de una petulancia que desconocen
-los vascos de la montaña. Al llegar a Castilla esta petulancia se
-transforma en una serenidad arrogante, a veces un poco teatral, pero
-que da cierta idea de nobleza.
-
-Uno de los rasgos simpáticos que encontré en estos navarros, rasgos que
-quizá es común a todos los pueblos un poco primitivos, fué el tener
-cierto desdén por el dinero.
-
-El amo de la posada de un pueblo considera mucho más al compadre suyo
-que al forastero rico.
-
-Esto me parece muy bien. Yo soy de los que creen que el dinero no es
-apenas de uno; solamente son de uno los instintos y las pasiones, las
-enfermedades y los deseos.
-
-Salí de Tafalla de noche, antes de que apuntara la mañana, y comencé a
-marchar.
-
-Entreví en Olite al amanecer las torres amarillentas de su castillo y
-seguí por la orilla del Cidacos. Comenzó el día muy temprano. Persistía
-el horrible bochorno; tuve que ir quitándome ropa, y llevándola al
-brazo. Mi primera entrevista con la tierra llana española era poco
-grata. Mi cuerpo marchaba en perpetuo incendio; tenía la cara roja, los
-ojos inyectados, las manos abultadas por la sangre. El maldito bochorno
-no desaparecía. El cielo seguía gris y el aire caliginoso.
-
-Almorzamos Philonous y yo en la venta del Morillete, y tuvimos que
-detenernos en un pueblo requemado y polvoriento, con unas cuevas
-agujereadas en una tierra blanca y arenosa y una gente áspera y
-desabrida.
-
-Todo el mundo estaba con plan de reñir. Se lo hice notar al posadero y
-éste me dijo, riendo, que a aquellos navarricos no los bautizaban con
-agua, sino con vino.
-
-Inmediatamente que el ribereño bebe se muestra jactancioso y desafiador
-y siente deseos de golpear o de herir.
-
-En este pueblo, donde me detuve, me contaba un mozo con satisfacción
-que todos los sábados había allí trabucazos. No se podían tener faroles
-en las calles porque al día siguiente estaban hechos añicos.
-
-Otro mozo de Ujué que estaba oyendo dijo, celebrándolo, que en su
-pueblo era una cosa rara un día sin puñaladas y que había habido un
-cura que tenía que ir a decir misa con el trabuco debajo del manteo,
-porque si no se burlaban de él. Esto me entristeció.
-
---En el fondo, la gente no tiene la culpa--dije--. Es la geografía en
-connivencia con las instituciones la que produce tales efectos.
-
-Es imposible que la gente sea civilizada y sociable en una tierra gris,
-abrasada por el sol, olvidada por las personas ricas, donde no hay
-frescura, ni sombra, ni medias tintas y a la cual no llega ni el eco
-más lejano de la cultura de Europa.
-
-Mientras marchaba por estos pueblos, Philonous me producía serios
-conflictos, y yo, como Pedro, tenía que negarle más de tres veces.
-
-Hacía barbaridades; un día entraba en la cocina de una venta, tiraba la
-olla y se la comía; otro salió de una tahona con todo el hocico lleno
-de harina, perseguido por el tahonero; también se comía los pollos que
-podía, pero sólo cuando estaba muy hambriento.
-
-Muchas veces no le veía en todo el día, pero luego, por la noche, se me
-acercaba y me daba con la pata, como diciendo: Aquí estoy, amigo.
-
-
-
-
- XI
-
- LAS MOSCAS
-
-
-TANTO o más que el calor me molestaban en mi viaje las moscas. Había
-en las calles de estos pueblos una cantidad inconcebible de moscas,
-pesadas, pegajosas, repugnantes.
-
---Mientras haya moscas en el mundo no habrá civilización--me decía yo
-con tristeza.
-
-Para combatir sus ataques, me puse a filosofar acerca de ellas, en
-lo perniciosas que debían ser y en la poca ciencia que demuestra la
-Naturaleza, que se deja llevar de sus rutinas y de sus lugares comunes
-de una manera lamentable.
-
-Recordé que Luciano de Samosata, el célebre satírico griego, había
-hecho un elogio de la mosca, y de aquí obtuve una casi luminosa
-consecuencia.
-
-Muchos suponen que este escritor fué cristiano, a pesar de que en la
-historia de Peregrinus llama a Cristo un sofista crucificado.
-
-Este dato parece dar a entender que Luciano no fué cristiano; pero
-el elogio de la mosca para mí es definitivo. Da el diagnóstico del
-escritor greco-sirio.
-
-Era cristiano. ¿Hay algo más cristiano que la mosca? La mosca es
-constante, persistente, zumbona.
-
-A la mosca le gusta andar en las llagas, en el pus, en las basuras,
-como a los verdaderos cristianos.
-
-Alguno dirá que a los obispos y a los papas les agrada más el dinero,
-la opulencia, el fausto; pero esto no demuestra más sino que las moscas
-son mucho más cristianas que los obispos y que los papas.
-
-La mosca crece en razón directa del sol, de la suciedad, de los
-establos y de las cuadras, y en razón inversa de la limpieza, del agua
-corriente y de la gente razonable. Lo mismo les pasa a los frailes.
-
-Sorprendido por tales semejanzas obtuve la ecuación de la cultura en la
-forma que expongo aquí.
-
-El índice de la cultura se expresa sumando la cantidad de vino, el
-número de moscas y el número de clérigos, y partiendo el total por el
-número de árboles.
-
- Vino + Moscas + Clérigos
- _X_ (índice de la cultura) = --------------------------
- Arboles
-
-Las profundas consecuencias que se desprenden de mi descubrimiento
-las entrego a la Humanidad futura. Ella sabrá plantar más árboles y
-exterminar las moscas.
-
-
-
-
- XII
-
- EN LAS BÁRDENAS
-
-
-ESTANDO yo en Caparroso se presentó una partida de milicianos
-nacionales, mandada por un capitán que iba de vanguardia de la columna
-de un jefe llamado Iribarren. Saludé al capitán, a quien conocía de
-Pamplona por ser amigo de Iriarte, y hablamos.
-
-Me dijo que se había quedado la partida sin cirujano, porque a este le
-habían muerto, y me preguntó si yo podría sustituírlo por lo menos un
-día.
-
---Yo no soy cirujano--le dije.
-
---¡Bah! Para lo que hay que hacer, lo hará usted mejor que cualquier
-otro. Mañana vamos a atacar a la gente de Salaberrí, que campea por
-ahí, por las Bárdenas. Necesitamos de alguien que sea capaz de poner
-una venda.
-
---¿Y el cirujano de este pueblo?
-
---Es uno de los facciosos y anda por el monte.
-
-No tuve más remedio que aceptar; pero puse la condición de no seguir
-después a la partida; pasada la acción, yo me marcharía por donde
-quisiera.
-
---Bueno. Bueno. Muy bien.
-
-El capitán señaló un cabo y ocho hombres para que quedasen a mis
-órdenes. Sacamos el botiquín del cirujano y vimos lo que había.
-
-Mientras hicimos los preparativos estuve tranquilo; pero por la
-noche, al tenderme en el pajar, me vino la idea de que cuando el otro
-cirujano había muerto, el cargo era peligroso. Luego, la imaginación se
-puso en movimiento y fué pintándome con una realidad desagradable las
-perspectivas que me esperaban.
-
-Creer que estos forajidos realistas iban a respetarle a uno porque
-llevase el carácter de cirujano o de médico me parecía una ilusión.
-
-Pensé en lo que me pasaría si quedaba herido al cuidado de un barbero
-en un rincón sucio, con aquella temperatura al rojo blanco.
-
-Se me pintaron todos los horrores posibles. Comencé a agitarme de la
-derecha a la izquierda, sin poder dormir.
-
-Al amanecer, momentos antes de salir el sol, me cogió el sueño, y poco
-después me llamaron. Estaba tan fuertemente dormido, que tuvieron que
-empujarme de un lado a otro para despertarme. El sol iluminaba el
-campo, desolado y desierto, cuando la partida se puso en marcha. Yo
-iba a retaguardia con las camillas, unas mulas y un carro. Caminamos
-durante un par de horas hasta llegar a las Bárdenas. El sitio era
-solitario y pobre, de una monotonía, de una tristeza y de una
-fealdad desagradable, agudizada por el tiempo bochornoso. La tierra,
-cenicienta, se extendía como un mar, y delante se nos presentaba unas
-colinas roídas por las lluvias.
-
-Estaba yo pensando que los realistas rehuían el encuentro cuando
-sonaron los primeros tiros. Se hallaban los facciosos parapetados en
-unas lomas blanquecinas.
-
-Mandé yo a mis hombres con la mayor serenidad posible que abriesen el
-botiquín e hicieran sus preparativos.
-
-Nuestros soldados se desplegaron en guerrilla y comenzaron a disparar y
-a avanzar.
-
-Hubo que seguirlos. Las balas pasaban silbando, y yo volvía la cabeza a
-un lado y a otro violentamente. Uno de los nuestros cayó. Me entró un
-sudor frío; me acerqué a él; le tomé el pulso. Estaba muerto.
-
-De nuevo tuvimos que marchar adelante. Los enemigos habían vuelto a
-ocupar otras posiciones y seguían tiroteando. Los nuestros fueron
-avanzando de una manera irregular y consiguieron que la partida
-absolutista se disolviera.
-
-El capitán tuvo que esperar largo rato a que se reunieran sus
-fuerzas, que se habían desperdigado; y mientrastanto, los sanitarios
-improvisados y yo comenzamos a vendar a varios heridos; y yo sangré a
-uno que se trajo sin conocimiento en unas parihuelas, y que recobró el
-sentido.
-
-Cuando se reunió la fuerza, el capitán ordenó la retirada y nos pusimos
-en marcha. Los heridos venían a mi cargo en las caballerías y en el
-carro. Contemplábamos a los lejos Caparroso en un collado y las ruinas
-de un castillo antiguo.
-
-Ibamos tranquilos internándonos en un soto de álamos blancos que
-llaman la Lobera cuando unos realistas apostados hicieron una descarga
-que produjo el desorden en nuestra partida. Se desordenó la columna,
-comenzó el tiroteo por nuestro lado, y yo me vi separado de mi gente y
-en medio del soto en compañía de Philonous.
-
-Cuando cesaron los tiros comencé a avanzar despacio. Iba marchando
-con las mayores precauciones cuando topé con el cuerpo de un realista
-herido o muerto. Me paré para ver si vivía; llevaba un pañuelo atado
-a la cintura lleno de sangre. Se lo corté con el cuchillo; y viendo
-que pesaba me encontré que llevaba dos onzas de oro, cuatro centenes y
-varias monedas de plata, que me apropié porque el hombre estaba muerto.
-Salí del soto y me acerqué a la carretera. Estaba rendido de cansancio
-y de hambre. Debía ser media tarde. Eché a andar por la carretera en
-dirección contraria a Caparroso cuando se acercó un coche viejo y
-desvencijado.
-
-En el coche iban un hombre, que dirigía, y un cura.
-
-Se paró el coche un momento, y yo le pregunté al cochero si podía
-llevarme al pueblo próximo.
-
---Si el señor cura quiere, a mí no me importa--me dijo, con tosco
-acento.
-
---Por mí, que suba--dijo el cura.
-
-Subí y me senté. El cura era un hombre flaco, desmayado, las cejas
-como dos acentos circunflejos; los párpados, apenas abiertos, como dos
-líneas, y un lente en la mano.
-
-Llegamos a Valtierra a media tarde; fuí a una posada-taberna, y lo
-primero que hice fué pedir que me pusieran de comer.
-
-El pueblo me pareció grande, triste, polvoriento y abrasado.
-
-En la taberna, a la moza que me servía le pregunté si hacía mucho calor.
-
---¿Aquí?--exclamó un hombre interrumpiendo--. Aquí en invierno se hiela
-la Virgen y en verano se deshace el palio.
-
-Es la costumbre de esta gente el barajar siempre y con cualquier motivo
-en su conversación los artefactos religiosos.
-
-Dormí en el corral, y de noche salí para Tudela.
-
-
-
-
- XIII
-
- REVELACION DE LA ESPAÑA CLÁSICA
-
-
-A pesar de que Philonous y yo salimos a media noche de Valtierra,
-llegamos a Tudela, rendidos por el calor, a media mañana.
-
-Entré yo en una posada, pedí un cuarto y me tumbé en el suelo, porque
-no podía aguantar el sofoco del jergón. Tendido y sudando estuve varias
-horas oyendo el retumbar de unas campanas y el rebuzno de un burro,
-hasta que el hambre me indicó que era hora de levantarme. Pregunté
-a qué hora se cenaba, y me dijeron que a las nueve. Cuando empezó a
-caer la tarde salí con Philonous a la orilla del Ebro, a respirar.
-No se movía una partícula de viento. El cielo estaba blanquecino por
-el calor; el tío, muy ancho, parecía arder, con un color rojo de
-escarlata, sombreado por los bosquecillos de las riberas; el horizonte
-se encendía con los relámpagos de los montes lejanos; por el puente, de
-arcos desiguales, pasaban algunos carromatos.
-
-Estuve sentado a las orillas del Ebro hasta que empezó a obscurecer.
-Su superficie roja palideció y la sombra de los bosquecillos quedó muy
-negra.
-
-Volví a la posada y estuve hablando con el patrón, que era herrador, un
-viejo canoso con unas antiparras y aire de sabio. Todavía faltaban tres
-cuartos de hora para la cena.
-
-Salí de nuevo; había visto al llegar una parte del pueblo moderna,
-insignificante. Tiré ahora por el lado contrario; seguí una callejuela;
-luego otra; después pasé un arco. En aquellos callejones estrechos
-había carros grandes llenos de paja que interceptaban el paso; en las
-puertas de las casas la gente salía a respirar el aire ardoroso, seco y
-lleno de polvo; y algunos campesinos medio desnudos pasaban montados en
-un borrico o en una mula.
-
-Un farol debajo de un arco brillaba iluminando una hornacina y la
-puerta de una iglesia. La obscuridad y el piso desigual me hacían ir
-tropezando por las calles.
-
-Al pasar por una encrucijada me tiraron agua y tierra desde un balcón.
-
-Intenté volver a casa del herrador, pero me perdí, y durante algún
-tiempo anduve dando vueltas por los mismos sitios y rincones.
-
-En esto oí una campanilla, y vi poco después, delante de un portal
-estrecho, una fila de hombres con cirios en la mano que, sin duda,
-acompañaban al Viático. Tenían la cabeza para abajo, iluminada por
-el resplandor de los cirios. ¡Qué caras! ¡Qué aires de cansancio
-y de resignación! ¡Qué miradas de abatimiento! ¡Qué español! ¿Qué
-terriblemente español era aquello!
-
-Sin fijarme en la dirección eché a andar, salí a una plaza y de allí
-encontré fácilmente la posada.
-
-El herrador y otros dos huéspedes me esperaban a cenar.
-
-Nos sentamos a la luz de un candil. Uno de los hombres era un campesino
-de un pueblo próximo, hombre de unos cincuenta años, de ojos azules y
-pelo rubio; el otro, un tipo de judío tan característico, que me chocó.
-
-El labrador tenía una idea de Tudela como de un foco de comodidades y
-de placeres. Yo le dije que el campo por donde había cruzado me pareció
-árido y seco; pero él me aseguró que era fertilísimo, y es posible que
-tuviera razón.
-
-El otro, el del aire judaico, era, por lo que me dijo, saludador,
-medio brujo y medio médico; hacía conjuros para que no enfermaran las
-caballerías y para quitar el mal de ojo a los niños, y creía que tenía
-procedimientos especiales para alargar la vida.
-
-Le dije que viéndole en otra parte le hubiera tomado por un judío de
-casta sacerdotal, lo cual no le molestó; por el contrario, me dijo que
-su padre y su familia procedían de la judería de Tudela, y que no sería
-raro que él fuese de raza hebrea.
-
-Después de cenar se apagó el candil, me fuí yo a la cama, y tuve que
-acostarme sin ropa por el calor. Afortunadamente, a media noche comenzó
-una tormenta con truenos y relámpagos, cayó un copioso chaparrón y
-refrescó el ambiente.
-
-Dormí unas horas y salí por la mañana.
-
-El aire era ya respirable. Inmediatamente me dirigí hacia la catedral.
-Me reconcilié con el pueblo.
-
-A pesar de ser la mayoría de las casas de ladrillo, eran hermosas;
-algunas, verdaderos palacios con grandes puertas, balcones espaciados
-y una galería alta con arcadas en el segundo piso. Empotrados en las
-paredes ostentaban escudos abultados y salientes de piedra blanca,
-y en las ventanas se veían orlas esculpidas con los primores del
-Renacimiento incrustadas en el ladrillo.
-
-Recorriendo este pueblo y luego visitando otros, me expliqué que en
-España la gente de inclinaciones estéticas no sea muy entusiasta del
-progreso; lo viejo tiene aquí su hermosura y su nobleza; en cambio,
-lo nuevo es de una mezquindad que asombra por su sentido de economía,
-por su sordidez trágica y completa. Callejeé largo rato por Tudela, al
-amanecer; ¡qué nombres los de las calles! Calle de la Vida, calle de la
-Muerte, calle del Juicio...; luego las calles de los oficios: de las
-Chapinerías, de las Herrerías, de los Caldereros...
-
-Se iban abriendo las puertas de las casas y saliendo los labradores
-para sus faenas; luego comenzaron a pasar mujeres, muchachitas y
-viejas con su mantilla, camino de la iglesia, y empezó a tocar una
-campana.
-
-Di varias vueltas a la catedral hasta encontrar una puerta abierta.
-Entré y estuve sentado contemplando la majestuosa nave; luego pasé
-a una capilla a mirar un admirable retablo. Estaba apoyado en un
-confesonario, por el lado de la reja por donde se confiesan las
-mujeres. De pronto apareció por la ventanilla una cabeza gruesa de un
-cura, y, sin hablarme, me hizo con la mano un gesto de que me acercara.
-Quedé paralizado, horrorizado. Quizá había cometido yo un sacrilegio.
-Quizá me esperaba la Inquisición.
-
-Retrocedí de prisa, salí de la capilla y me dirigí hacia la puerta. No
-me seguía nadie; pero, por si acaso, me marché fuera.
-
-Comenzaba a hacer calor, pasaban muchos curas por las callejuelas.
-Llegué a la plaza y me senté. Había mercado, puestos de verduras, de
-cacharros, de instrumentos de labranza....
-
-En las mujeres que correteaban por allí, me pareció ver más claramente
-que en los hombres dos tipos distintos: unas, morenas de óvalo
-alargado, ojos negros, melancólicos, de aire un tanto judaico, y otras,
-con un tipo germano, rubias, con ojos azules o claros, la cara cuadrada
-y la mirada enérgica y dura.
-
-Fuí a mi posada. Acababan de llenar de paja el patio, y los montones
-dorados de gavillas lo inundaban todo.
-
-Los mozos que habían trabajado, sudando a chorros, estaban bebiendo
-vino.
-
-Este polvo, este calor, esta mezcla de barbarie y de simplicidad, este
-contraste de la pobreza de los callejones del pueblo con la pompa de la
-catedral me dió la revelación de la España clásica, emborrachada con su
-sol, con su vino, con su fanatismo y con su violencia.
-
-
-
-
- XIV
-
- EL SANTERO
-
-
-EL saludador de aspecto judaico pensaba ir hasta Agreda y fuí con él en
-el carro de un ordinario. En Cintruénigo se nos reunieron un santero y
-un muchacho vizcaíno que iba a Madrid a buscar una _conveniensia_, como
-decía él.
-
-El santero era un hombre flaco y denegrido, con los ojos muy brillantes
-y el pelo rizado. Parecía un cuervo; llevaba una sotana raída, unas
-polainas y un sombrero ancho colocado encima de un pañuelo negro que le
-apretaba la cabeza.
-
-El vizcaíno era alto, estrecho, de nariz larga y gruesa, ojos abultados
-y expresión parada. Se llamaba Belausteguigoitia, y tenía un segundo
-apellido más largo que éste.
-
-Belausteguigoitia creía que los Belausteguigoitias eran la flor de su
-pueblo en Vizcaya; que Vizcaya era la flor de España, y España, la
-flor del mundo. Los Belausteguigoitias eran las delicias del género
-humano, y se podía considerar como un verdadero honor el que este
-exquisito molde de los Belausteguigoitias siguiera produciendo más
-Belausteguigoitias y esparciéndolos por el mundo, para ejemplo de los
-demás y gloria suya.
-
-La sociedad entera debía estar interesada en el acrecentamiento y en
-la propagación de los Belausteguigoitias y de sus narices.
-
-Este vizcaíno habló de las grandezas de su pueblo y de su familia de
-una manera tan exagerada, que provocó la réplica irónica del saludador,
-quien le dijo que no comprendía cómo estando tan bien en su casa podía
-dirigirse a Madrid, a pie, en busca de una _conveniensia_.
-
-El vizcaíno dijo orgullosamente que el saludador era un ignorante
-y un plebeyo, y el saludador le contestó que había conocido mucha
-gente fantasmona y vanidosa entre los vizcaínos; pero que nunca había
-encontrado uno tan vanidoso y tan fantasmón como él.
-
-Belausteguigoitia se dió por ofendido y no nos dirigió la palabra.
-
-Discutimos después el santero, el saludador y yo de varias cosas; los
-dos creían en el diablo como en un personaje que anduviera todos los
-días cruzándose en su camino, algo como un perro que se metiera entre
-las piernas.
-
---Si yo creyera tanto como ustedes en el diablo y en Dios--les dije--,
-dejaría al diablo que se explicara alguna vez, no fuera a tener razón.
-
-El santero dijo que no había oído nunca absurdo mayor; el saludador
-murmuró que quizá estaba yo en lo cierto.
-
-En Agreda quedó el saludador; y el vizcaíno de la _conveniensia_, el
-santero y yo seguimos en otro carro, camino de Almazán.
-
-El santero tenía que ir a Barahona a cobrar una parte de herencia. Nos
-invitó a ir con él, y fuimos el vizcaíno y yo. Yo estuve a ver, de
-lejos, el campo de las Brujas y un pueblo en ruinas que se llama Los
-Hoyos, en donde no quedaba mas que una casa en pie y al lado una horca.
-
-Por la noche fuimos a cenar a casa del cura del pueblo con el santero,
-y no sé por que me dió a mí la ocurrencia de decir que no era católico.
-
---¿No es usted católico?
-
---No.
-
---Tenemos un hereje en casa--murmuró el cura, dirigiéndose al ama.
-
-A la mujer le entró un temblor tal, que creí se le iban a caer los
-platos de la mano. No hacía mas que mirarme con gran curiosidad, para
-ver, sin duda, si se me veían los cuernos.
-
-Interrumpí la cena con un pretexto, y me marché a la posada, y por la
-noche vinieron el alcalde y el alguacil a buscarme. Estuvo el alcalde
-vacilando en prenderme; pero se decidió por mandarme salir del pueblo a
-la mañana siguiente.
-
-Desde entonces no volví a decir, ni en broma, que era protestante.
-
-Seguimos el vizcaíno de la _conveniensia_ y yo, a pie, nuestra marcha
-por Paredes y la Venta de Río Frío a entrar en Castilla la Nueva.
-
-Hacía mucho calor; pero estábamos en la segunda mitad de agosto, y por
-la noche refrescaba y se podía dormir.
-
-De vez en cuando encontrábamos arboledas, en las que solíamos
-descansar. En estos países donde el árbol escasea, toma tal valor, que
-un bosquecillo de chopos o de álamos parece un paraíso, una maravilla
-de la Naturaleza, algo divino y admirable.
-
-En Jadraque encontramos un carretero, con quien nos hicimos amigos, y
-en el carro de éste llegamos a Alcalá.
-
-Aquí me pareció lo mejor tomar la diligencia, y en la diligencia entré
-en Madrid.
-
-
-
-
- TERCERA PARTE
-
- DE MADRID A SEVILLA
-
-
-
-
- I
-
- LA CASA DE HUÉSPEDES
-
-
-LA llegada a las proximidades de Madrid en un día de verano, de sol,
-con la tierra desnuda, sin color por la claridad y el polvo, me pareció
-un tanto trágica y sombría. La puerta de Alcalá mitigó algo la triste
-impresión del paisaje que había recibido. Nos detuvimos a la entrada de
-la villa, y después subimos al galope por la calle de Alcalá y llegamos
-a la de las Huertas, hasta una administración de coches.
-
-Una chusma policíaca, cínica y desvergonzada, revolvió mi pequeño
-equipaje, y uno de ellos me dijo que tenía que tomar carta de seguridad.
-
-Fuí a cumplir este requisito y me instalé en una fonda muy mala de la
-calle de la Gorguera.
-
-La primera impresión de Madrid fué para mí confusa.
-
-Afortunadamente, como venía de pueblos abandonados, no me dió la
-sensación de pequeñez y de miseria que daba a otros extranjeros.
-
-Mi primer cuidado fué buscar un modo de vivir, pues no tenía mas que
-unas monedas de cobre por todo capital.
-
-Fuí al café de La Fontana de Oro, tomé un refresco y pregunté al mozo
-por el Gran Oriente Escocés. Me dió la dirección y me presenté en la
-logia masónica. Salió a recibirme un hermano con aspecto frailuno;
-me preguntó lo que sabía hacer, expuse yo mis conocimientos y dejé
-las señas de mi posada. Al día siguiente me enviaron una esquelita
-diciéndome que fuera al Museo de Historia Natural, en la calle de
-Alcalá, y que preguntara por el director.
-
-Fuí, efectivamente, y el director me dijo que podía tener trabajo
-durante algún tiempo, y que me pagarían cincuenta duros al mes. Me
-marché satisfecho y comencé a acudir todos los días al Museo. Pronto vi
-que allí no trabajaba nadie. El director tenía por costumbre no ir a la
-oficina, y los demás empleados hacían lo mismo.
-
-Después pude comprobar que esta era una costumbre de casi todos los
-centros oficiales de España.
-
-Como se veía en la precisión de pasar el mes entero sin cobrar un
-céntimo, fuí de nuevo a la logia y me hicieron un anticipo de veinte
-duros, que devolví puntualmente cuando me pagaron.
-
-En seguida que me encontré dueño de algún dinero, pagué la fonda y
-busqué una casa de huéspedes. Un empleado del Museo me recomendó a un
-oficinista amigo, que tomaba algunas personas en familia. Vivía este
-ciudadano en los barrios bajos, en la calle de la Encomienda, entre
-la de Embajadores y la de Mesón de Paredes; se llamaba don Nemesio
-Fernández de la Encina, y era escribiente en la Contaduría general
-de Valores, con poco sueldo. Su mujer, doña Mencía, patroneaba sus
-huéspedes, y con esto se ayudaba un poco.
-
-Don Nemesio y doña Mencía me mostraron un cuarto claro y bastante
-ancho, que me cederían; me explicaron con detalles lo que se comía en
-la casa, y me dijeron que me llevarían diez reales.
-
-Al principio se negaron a aceptar a Philonous; pero como yo dije que
-no quería desprenderme del perro, lo aceptaron, a condición de que lo
-llevara siempre conmigo y no lo tuviera en el cuarto mas que de noche.
-
-La casa del señor Fernández de la Encina era una casa vieja, a la que
-por una casualidad le daba el sol; tenía muchos cuartos, con un piso de
-baldosas rojas que se deshacían.
-
-No había en aquella casa ni una arista aplomada, ni un ángulo recto;
-todo parecía andar bailando, y muchas veces se me figuraba que los
-techos y las paredes iban a venirse al suelo.
-
-Al principio, la vida en casa del señor Fernández de la Encina me
-pareció un tanto monótona; pero me fuí acostumbrando hasta encontrarla
-bien.
-
-El señor Fernández era un poco petulante, y hablaba de su familia y de
-sus posesiones de Extremadura como un hidalgo venido a menos.
-
-Su mujer, doña Mencía, una señora de cara pálida y agria, se lamentaba
-siempre de la carestía de la vida, y tenía que explicarme lo que
-costaban cuantos manjares ponía en la mesa.
-
---Ya ve usted, don Juan--me decía--, este escabeche que está usted
-comiendo me ha costado dos reales. No sabe usted cómo está la plaza.
-
-Doña Mencía hablaba el castellano como un libro, con unos giros tan
-académicos y una cantidad tal de palabras, que me sorprendía.
-
-Los otros huéspedes de la casa eran un matrimonio que había venido de
-un pueblo de Andalucía.
-
-Los dos, muy viejecillos, tenían cierta gracia, por lo amartelados que
-estaban.
-
-De las hijas del señor de la Encina, la mayor era una solterona ya
-marchita y de mal genio, que hacía labores. La segunda, muy decidida,
-iba y venía y estaba siempre en la calle; y la pequeña, la Paquita,
-tenía afición a las cosas de la casa, administraba los caudales
-familiares e impulsaba a moverse a la criada, una asturiana que se
-dormía de pie, se olvidaba de todo y tiraba las salsas encima de los
-comensales.
-
-El hijo, el más joven de todos, era un diablo; estaba constantemente
-haciendo ruido, pegando a los gatos, y aspiraba a ser miliciano
-nacional.
-
-La madre y las niñas se pasaban la mitad de la vida cosiendo en el
-balcón, debajo de una cortina de lona. Tenían allí algunos tiestos con
-geranios y claveles, y para ellas el balconcito éste era un Versalles.
-
-Enfrente, en la vecindad, vivían unos muchachos, y solían pasarse los
-vecinos cestitas con caramelos y con cartas.
-
-La hija menor, la Paquita, solía bromear conmigo y me preguntaba si
-tenía novia en Inglaterra. Yo le contestaba contándole mentiras, y ella
-me decía:
-
---¡Ay, don Juan, don Juan! Es usted un pillo.
-
-En el piso bajo de la casa trabajaba un sillero, picado de viruelas,
-que se llamaba Deogracias y que tocaba la guitarra; en su tenducho se
-reunía una tertulia de milicianos.
-
-Allí solía oír contar lo que ocurría en Madrid.
-
-Los sábados, el Deogracias y su hijo salían al portal, el uno con la
-guitarra y el otro con la bandurria, y tocaban ellos y bailaban las
-chicas de la vecindad.
-
-La Paquita, la niña pequeña de doña Mencía, bailaba con mucha gracia el
-bolero.
-
---Es muy bonita mi niña; ¿no es verdad, señor inglés?--me decía su
-madre.
-
---Ya lo creo.
-
-Todos los muchachos de la vecindad andaban tras ella, y los domingos,
-después de misa mayor, aparecían en la calle tres o cuatro lechuguinos
-con aire de Tenorio.
-
-
-
-
- II
-
- DIGRESIONES SOBRE EL PAÍS
-
-
-EN la sillería de Deogracias, como en el taller del Museo de Historia
-Natural, como en la mesa de La Fontana de Oro, adonde solía ir de
-cuando en cuando por la noche, no se hacía mas que discutir de
-política. Quizá no se razonaba gran cosa; pero se ponía en las
-discusiones mucho fuego y apasionamiento.
-
-El presenciar estos altercados me dió la idea de que España perdía por
-completo su antigua homogeneidad. El país no podía transformarse en
-bloque y se escindía violentamente. El Gobierno revolucionario había
-dado una carrera en una senda obscura y estaba ya perdido, sin poder
-orientarse. Su empujón había desgarrado más el espíritu del país y no
-era posible ya un zurcido. La clase pobre en Madrid seguía su vida a la
-antigua, en sus callejuelas estrechas y sórdidas, y tenía sus majos y
-sus majas, sus manolas, sus toreros, sus bravucones, sus menestrales,
-que empeñaban el colchón para ir a los toros; sus maestros zapateros y
-herreros, que trabajaban en un portalillo o en la calle; sus aguadores,
-sus rateros, sus mozas de partido, sus ciegos que tocaban la guitarra
-en los rincones...
-
-La clase directora quería transformar esto rápidamente, y como no
-podía, se quejaba del pueblo.
-
-Les pasaba lo que a algunos extranjeros que habían venido a España
-creyendo que la Revolución iba a cambiar el país en un momento.
-
---Esto no es Europa--solían decir, y hablaban de París, de Londres, de
-Bruselas.
-
-Los tales franceses e ingleses suponían que no hay mas que un figurín
-para vestir a los pueblos y un modo, uno e indivisible, de hacer su
-dicha.
-
-Esto, por lo menos, no está probado. Yo, por mi parte, creo que cada
-cual debe buscar la felicidad a su manera; cada cual bebe en la fuente
-de la vida cuando puede y como puede.
-
-Mucha gente cree que no hay mas que una felicidad para el individuo:
-ser rico, respetable, etc., etc.; pero hay hombres que son felices
-contemplando un paisaje, otros interviniendo en una intriga, otros
-pensando exclusivamente en las mujeres, otros trabajando en un
-laboratorio, otros mirando un campo verde. La vida de cada uno tiene
-sus directrices. El poder seguirlas lo más exactamente posible es el
-sentirse bien, y lo mismo pasa en los pueblos. Claro que esto no se
-puede conseguir fácilmente; pero, ¿por qué hemos de creer que no hay
-para el hombre mas que una clase de felicidad? ¿Por qué hay que pensar
-que únicamente el voto y el sistema parlamentario y lo que llaman la
-democracia es la felicidad y el progreso de los pueblos?
-
-Algunos dicen que para saber si las cosas son buenas no hay mas que
-confrontarlas con la realidad. ¿Pero cuál es la realidad?
-
-Hay mucha gente que cree que la realidad es sólo lo tangible, como si
-el tacto fuera un sentido de exactitud matemática. Tan realidad es
-una piedra como una nube; no hay más diferencia que a la piedra se le
-siente con el tacto y con los ojos, y a la nube sólo con los ojos. En
-la Naturaleza misma no es fácil distinguir la realidad. Y si en la
-Naturaleza no es fácil distinguir la realidad, ¿cómo se va a distinguir
-en los hechos sociales?
-
-Cuando yo discutía con mis amigos de Madrid de política y de filosofía
-me tenían por un perturbador.
-
---Nuestras conclusiones están demostradas; son definitivas--afirmaban
-ellos.
-
-Es notable el afán de los políticos de concluír, de no dejar nada que
-hacer a los que vengan detrás.
-
-Esto es lo definitivo, lo verdadero, lo inatacable--dicen los de los
-ojos miopes, y lo creen cándidamente.
-
-¿Qué sabemos nosotros qué es lo definitivo y lo que no lo es? ¿No va
-rodando la verdad por el mundo y cambiando de aspecto de época en
-época? Más definitivo que la democracia y el parlamentarismo pareció
-en su tiempo Júpiter con su cortejo de dioses, y se vino abajo; más
-definitivo ha parecido Jehová, y ya se retira entre bastidores con su
-cortejo de profetas de barba negra y de nariz de loro; tan verdadero
-como el sistema de Copérnico se creyó el de Hiparco, corregido por
-Ptolomeo...
-
-¡Qué imprudencia más ridícula hablar de lo definitivo! ¡Qué ganas de
-cerrar puertas que han de abrir los que vengan detrás!
-
-Por eso yo le suelo decir constantemente a Philonous:
-
---Amigo can. Dejemos las conclusiones para los imbéciles.
-
-
-
-
- III
-
- SALIDA DE MADRID
-
-
-EL ambiente de Madrid, de broma y de vida picaresca, me cogió a mí
-de lleno. Vi que no se trabajaba apenas en el taller del Museo y que
-nadie tomaba aquello en serio, e hice como los demás: ir cada vez más
-tarde, y acabar por no aparecer. Algunos amigos masones me dijeron
-que mientras ellos siguieran en el mando disfrutaría del sueldo con
-seguridad; pero que cuando salieran del Poder no duraría mi empleo más
-que una semana a lo sumo.
-
-Escribí a Will Tick diciéndole lo que había hecho en mi viaje, y me
-contestó una larga carta; me contaba que le habían nombrado secretario
-de una sociedad de filohelenos de Londres, y que él, a su vez, me
-había nombrado agente de esta sociedad en España. Añadía que para
-junio me girarían una cantidad a Sevilla con el objeto de que comprara
-armas y las llevara a Gibraltar, y me indicaba que si yo conocía
-algunas personas simpatizadoras del movimiento libertador de Grecia
-iniciara una suscripción y me quedase con los cuartos. Pensé que si
-no encontraba otro recurso acudiría a éste, preparándome de antemano
-alguna máxima jesuítica y una gruesa de reservas mentales.
-
-Mientrastanto, ya sin ocuparme de mi destino mas que para cobrar,
-comenzaba a tomarle gusto a Madrid: formaba corrillos con los
-liberales y los serviles, oía las letanías de los ciegos e iba a
-la vuelta de los toros a ver las manolas en los calesines y a los
-picadores con los monosabios en las ancas de los caballos.
-
-Una persona con quien solía reunirme casi todos los días era un tal
-Patricio Moore, ex fraile español, de origen irlandés, exaltado y
-afiliado al carbonarismo.
-
-Con él andaban dos italianos de aire muy misterioso, con los bigotes
-erizados, y un cómico, hombre de ciertas condiciones geniales en su
-oficio, pero que abusaba del alcohol e iba enronqueciendo por momentos.
-
-Todos ellos eran republicanos y vivían en una exaltación perpetua,
-hablando y perorando constantemente. Yo me encontraba con ellos
-casi siempre en desacuerdo y me parecían proyectos utópicos los que
-ellos consideraban realizables, y al contrario. Una de las cosas que
-se discutía a todas horas entre ellos era si debía haber una o dos
-Cámaras representativas. Parecía imposible que una cuestión así pudiera
-apasionar a la gente. Claro que al pueblo esto le tenía sin cuidado;
-pero ellos suponían que el pueblo era una entidad que habían inventado
-y que servía para realizar las más estúpidas de las utopías.
-
-No comprendían estos reformadores que se encontraban en España en una
-minoría insignificante, porque no sólo en el campo, en donde todos eran
-realistas, sino en Madrid mismo, no estaban los liberales con relación
-a los serviles en proporción de uno a diez.
-
-Patricio Moore y sus amigos me tachaban de poco afecto al nuevo
-régimen y de que miraba las cosas serias con indiferencia. Yo no
-podía entusiasmarme en el mismo grado que ellos ni llegar a la pasión
-ardiente por una cuestión de palabras.
-
-Cuando los soldados del duque de Angulema se presentaron en la
-frontera, la expectación pública se hizo enorme: algunos creían que si
-entraban los franceses volvería una época como la de la Independencia;
-pero la mayoría de la gente veía que los momentos eran distintos.
-
-En la tertulia de Deogracias, el sillero de la calle de la Encomienda,
-explicó un criado del conde de Montijo cómo su amo estaba trabajando
-por el partido que llamaban de los anilleros o moderados, y cómo
-estaban de acuerdo los generales O'Donnell, Ballesteros, Morillo y los
-amigos de Martínez Rosa en intentar el cambio de la Constitución.
-
-Este mismo criado de Montijo, liberal acérrimo, nos contó una escena
-que ocurrió en el palacio del conde, en la plazuela del Angel, entre
-Montijo y el Empecinado.
-
-Montijo había convidado a comer a D. Juan Martín y a su ayudante
-Aviraneta y les esperó en compañía de una muchacha, querida suya.
-Se sentaron los cuatro a la mesa y hablaron de cosas indiferentes.
-Cuando acabaron de tomar el café, Montijo invitó al Empecinado a
-pasar a su gabinete. El ayudante quedó solo con la muchacha y comenzó
-a galantearla; ella se reía. En esto se oyó un estrépito de voces;
-la muchacha llamó al criado, se forzó la puerta del gabinete y se
-vió al conde de Montijo debajo de una mesa gritando y al Empecinado
-amenazándole con el bastón en la mano. La muchacha empezó a chillar;
-pero el conde le tapó la boca, y el Empecinado y su ayudante se
-fueron. Uno de los criados había visto y oído lo ocurrido. El conde
-había tratado de convencer al Empecinado de que era necesario cambiar
-de Gobierno y acabar con la Constitución; después le había intentado
-sobornar, y en vista de la frialdad del guerrillero le dijo con cólera:
-«Es usted un bruto, incapaz de sacramentos». Entonces el Empecinado,
-enfurecido, le dió tal bofetón al conde que le tiró al suelo, y
-enarbolando el bastón intentó pegarle.
-
-El criado que nos contó esto nos dió tantos detalles, que no nos dejó
-duda alguna de que la escena era cierta.
-
-Al entrar los franceses en España, la cólera de unos y el desaliento de
-los otros se acentuó.
-
-Por esta época hubo un cambio de ministerio y me dijeron en el Museo
-que habían suprimido mi plaza y que estaba de más.
-
-Tenía guardado algún dinero, y como no me convenía esperar, me decidí a
-marcharme a Sevilla sin tardanza. Hice mi maleta, y con mis documentos
-en regla y una recomendación eficaz para la logia masónica del Oriente
-Escocés, dispuse el viaje.
-
-Me despedí del señor Fernández de la Encina y familia, que me dijeron
-que me quedara con ellos hasta encontrar trabajo, y tomé la diligencia.
-
-Quise llevar conmigo a Philonous, pero el perro se opuso. Al subir yo
-al coche se me quedó mirando como diciendo; Esto no es lo pactado entre
-nosotros; y dando una vuelta, se fué.
-
-Le dediqué un recuerdo sentimental y seguí adelante.
-
-En el camino tuvimos un ligero tropiezo con una partida de realistas
-que mandaba un sacristán, lugarteniente de Palillos.
-
-Entre Andújar y Carmona se habló constantemente, en la diligencia, del
-peligro de encontrar partidas de bandoleros; pero no las encontramos, y
-llegamos con toda felicidad a Sevilla.
-
-
-
-
- IV
-
- DE SEVILLA A LA CÁRCEL DE SANLÚCAR
-
-
-LLEGUÉ a Sevilla con bastante dinero para esperar un mes. Era ya
-verano; hacía un calor respetable.
-
-Acudí a la logia masónica, donde trabé algunos conocimientos, y estuve
-en casa de un banquero representante de Beltrán de Lis, el cual me dijo
-que en seguida que recibiera el aviso de los filohelenos de Londres me
-pagaría.
-
-Este banquero me presentó a varias personas, entre ellas a una inglesa
-viuda, la señora Landon, y a su sobrina Mercedes.
-
-El tiempo que estuve en Sevilla lo pasé bien. A pesar de las trifulcas
-políticas, la vida era allí alegre. Se bailaba en todas partes; y yo,
-siguiendo el ejemplo de otros señores, fuí a una academia de baile que
-dirigía un hidalgo apellidado Alvarez de Acuña. Alvarez de Acuña era
-una de las personas más serias de la Península. Pocos hombres ponen
-tan buena fe en su sacerdocio. El daba a la ciencia del baile todo lo
-necesario, y cada pirueta suya tenía la estabilidad de un axioma y la
-transcendencia de un dogma.
-
-Alvarez de Acuña era un hombrecito pequeño y canoso, con una cara tan
-movible que parecía de goma. Exageraba la gesticulación de tal modo,
-que yo me figuraba si haría gimnasia con la cara. Vestía con una
-pulcritud excesiva y tenía la costumbre de taparse la boca con la mano
-derecha, como considerando cínico el mostrar una mella de su dentadura.
-
-En la academia de Alvarez de Acuña conocí a mucha gente joven; se
-supuso, no sé por qué, que yo era hombre rico, y aunque afirmé
-repetidas veces que no, no se me creyó.
-
-Mientras yo me divertía, los asuntos de España iban de mal en peor;
-los franceses ocuparon Madrid, y presencié su entrada en Sevilla y el
-alboroto que armaron la gente de Triana y los gitanos en contra de los
-liberales y a favor de Fernando VII.
-
-Una día de agosto recibí una carta de Will Tick en la que me decía
-que fuese a Cádiz y esperara allí un brick-barca que vendría con un
-cargamento de fusiles para Missolonghi.
-
-Todo el mundo me dijo que por tierra sería muy difícil llegar a Cádiz,
-y que me prenderían.
-
-Tomé en Triana un barquito de vapor que se llamaba el _Guadalquivir_, y
-bajando el río llegué hasta Bonanza. Desembarqué y fuí a hospedarme a
-un fonducho lleno de oficiales franceses.
-
-Iba a salir inmediatamente, cuando el dueño de la fonda me recomendó no
-saliera.
-
---Pues ¿qué pasa?--pregunté.
-
---Pasa, que la playa de Sanlúcar está llena de ladrones y bandidos y al
-extranjero que lo pescan lo cosen a puñaladas.
-
---¿No hay vigilancia?
-
---Sí; andan rondando patrullas francesas de caballería, infantería y
-gendarmes.
-
---Pues yo necesito trasladarme a Sanlúcar para ir a Cádiz.
-
---Le será a usted imposible.
-
---¿Por qué?
-
---Porque todos los barcos de estos puertos y los vapores del
-Guadalquivir están embargados por las autoridades francesas para llevar
-municiones al Puerto de Santa María.
-
---¿Y qué se dice de la guerra?
-
---La gente dice que Cádiz resistirá ya muy poco.
-
-Me acosté sin resolver el plan de viaje. Dormí profundamente, y a la
-mañana siguiente me encontré sorprendido al ver que entraban en mi
-cuarto un sargento y cuatro soldados realistas. Venían a prenderme.
-
---¡Esto es una equivocación!--exclamé yo--. Yo soy una persona pacífica.
-
---Sí, será cierto--me replicó el sargento--; pero tenemos la orden de
-conducirle a usted preso a Sanlúcar de Barrameda.
-
-Pensé si me habría denunciado el fondista; aunque éste me juró que no
-había hablado a nadie de mi presencia allí.
-
-Pagué la fonda, tomé un calesín para preservarme del sol de fuego
-que caía, y al paso, y escoltado por los cuatro soldados, salimos de
-Bonanza.
-
-El sargento de realistas subió conmigo en el calesín y fuimos hablando.
-Me contó que era bodeguero y cachicán de un rico propietario de
-Sanlúcar que estaba en Cádiz con los liberales, y que él había tomado
-el partido de inscribirse en la Milicia realista para defender los
-intereses de su amo contra la barbarie de los absolutistas, que estaban
-fanatizados por algunos frailes y clérigos furibundos.
-
-Llegamos al pueblo de Sanlúcar, y entre grupos de campesinos y de
-soldados franceses nos acercamos a casa del comandante de voluntarios
-realistas.
-
-Entramos en una sala de estas de los pueblos españoles, llenas de
-cortinas, que tienen aire de capillitas, y me llevaron a la presencia
-del comandante, que estaba en compañía de un cura.
-
-El comandante era un hombre rechoncho, de unos cincuenta años, con
-los ojos chiquitos y negros, la cara muy carnosa y roja y una levita
-entallada. Le saludé y comenzó a interrogarme.
-
-Conferenciaron después el clérigo y el comandante y me dijeron que
-tenía que ir a la cárcel pública.
-
-Protesté, pero fué inútil.
-
-Salí en compañía del sargento; tomamos de nuevo el calesín y bajamos
-delante de la cárcel, en una plaza cuadrada. El sargento dió dos
-aldabonazos, abrió un soldado un rastrillo, y pasamos adentro por un
-corredor hasta otra puerta. Se volvió a llamar: se descorrieron varios
-cerrojos; giró un postigo, y un hombre viejo y seco, con una gorrilla
-en la cabeza, me hizo pasar a una cuadra grande, donde había unos cien
-hombres; unos sentados, otros tendidos, unos charlando y otros fumando.
-
-Saludé a derecha e izquierda, sonriendo amablemente, y me retiré a un
-rincón.
-
---Es un francés--decían unos.
-
---No; es un inglés.
-
-En esto dos hombres ennegrecidos y malencarados se abanlanzaron a mí, y
-cogiéndome uno de ellos de la barbilla me dijo:
-
---Oiga uzté, inglé. Ya zabe la obligasión de loz novatoz.
-
---No sé nada. ¿Qué obligación es?
-
---Apoquine uzté aquí la mitá del dinero que yeva y haga cuenta que noz
-ha entendío.
-
---¿Yo? ¡Ca!--exclamé.
-
---Vamoz, cabayero, zuelte uzté el dinero--dijo el otro con sorna--, que
-en nuestraz manoz eztará máz zeguro, porque aquí hay mucha gente perdía
-y ze lo podrían robar.
-
-Volví yo a agitar la cabeza con energía en señal de negación, y uno de
-los matones, metiéndome la mano en el bolsillo, me sacó el pañuelo.
-
-Le agarré yo inmediatamente de la chaqueta, y como le tenía sujeto
-y él quería escaparse, se desgarró la chaqueta hasta el hombro. El
-matón, al ver la prenda de vestir rota, dijo que la estimaba más que
-a su propia piel y que aquella ofensa no se podía lavar mas que con
-sangre. Efectivamente, abrió la navaja; pero yo, con una rapidez
-extraordinaria, le agarré de la muñeca y se la estrujé con tal fuerza
-que tuvo que soltar el arma, dando unos chillidos que creí que le había
-roto el brazo.
-
-El otro matón se me acercó de lado, con la navaja escondida en la
-manga; pero acerté a darle una patada tan definitiva en la parte más
-redonda de su individuo, que le dejé en potencia propincua para hacer,
-a estilo de Fielding, una luminosa disertación acerca de los puntapiés
-en el trasero.
-
-Después de la batalla recogí la navaja del primer matón, que era una
-navaja realista, pues en la hoja, a un lado, ponía: «Muero por mi rey»,
-y, en el otro: «Peleo a gusto matando negros».
-
-La riña mía había producido un tremendo estrépito entre los presos;
-unos estaban a mi favor, otros en contra. Se gritaba y se chillaba con
-exageraciones y frases cómicas que se lanzaban unos a otros.
-
---Que traigan el zanto óleo para ezte zeñó, porque lo voy a
-matar--decía uno.
-
---Encomiéndeze uzté a Dioz--gritaba otro.
-
-En esto entraron los calaboceros repartiendo estacazos a diestro y
-siniestro, seguidos del alcaide. El alcaide prendió a los dos matones y
-me interrogó. Era un hombre tuerto, alto, seco, membrudo y malencarado.
-
-Le conté lo que había ocurrido y decidió sacarme de aquella cuadra y
-llevarme a la alcaidía.
-
-
-
-
- V
-
- NIEVES LA ALCAIDESA
-
-
-EN compañía del tuerto salí de la cuadra, recorrí un largo pasillo,
-subimos una escalera de madera y entramos en una hermosa casa. Era la
-alcaidía. En una salita, cosiendo, había una mujer. El tuerto me dijo
-que era su señora. Se llamaba Nieves.
-
-Era la Nieves una mujer soberbia, de unos treinta años, morena, de
-tipo árabe, los ojos negros, rasgados, el pelo de ébano, los dientes
-deslumbrantes y la boca pequeña. Había nacido en Ceuta.
-
-Explicó el tuerto a su mujer lo que me había pasado. Nos sentamos.
-Luego el tuerto habló largo rato. Era un aventurero. Había sido
-sargento de artillería en Orán y vivido mucho tiempo entre los moros.
-
-El alcaide, después de contarme largas historias muy interesantes, dijo
-a su mujer que me arreglara dos comidas al día, me pusiera una cama y
-me llevara lo que bien le pareciera. Dicho esto, el hombre se marchó y
-nos quedamos la alcaidesa y yo solos.
-
-Me preguntó quién era y por qué me habían metido en la cárcel, y se lo
-conté. Estuvimos charlando amablemente largo rato.
-
-Por la noche, antes de la hora de cenar, vino el tuerto y me dijo que
-el comandante de los voluntarios realistas, el amo del pueblo en aquel
-momento, había sabido mi riña en la cárcel con los matones, lo que
-le hizo mucha gracia, y añadió que podía estar yo en la alcaidía con
-tranquilidad hasta que se enviara la remesa de presos a Sevilla, y que
-me autorizaba para salir a pasear por la ciudad con una persona de
-confianza.
-
---Bueno; entonses zaldrá conmigo--dijo la Nieves--. ¿Eh, qué parese
-inglé?
-
---Yo encantado. Si su marido lo permite.
-
---Nada, nada; aquí mando yo.
-
-Se marchó el tuerto y quedé solo con la alcaidesa y la criada.
-
-Pusieron la mesa y dos cubiertos.
-
---¿Su marido de usted no come con nosotros?--pregunté.
-
---No; él come zolo y yo también.
-
-Me sirvió la sopa, un puchero con garbanzos y jamón, y un buen trozo
-de carne, un plato de verdura, luego una perdiz asada, después pescado
-frito, aceitunas en abundancia, todo esto regado con vino de Manzanilla
-de Sanlúcar y tinto de Rota.
-
-Yo comí como un bárbaro, y algo arrepentido le dije a la alcaidesa:
-
---He comido como un príncipe, como un príncipe hambriento; pero temo no
-poder estar aquí mucho tiempo, porque esto debe costar mucho.
-
---Te yevaré trez pezetaz al día--dijo la Nieves, que se había empeñado
-en hablarme de tú.
-
---¿Tres pesetas?
-
---Zí.
-
---¡Pero se va usted a arruinar!
-
---Ezo a ti no te importa. Ahora me voy a veztir y noz vamoz al café.
-
-Esperé un momento, y poco después se presentó la Nieves muy peinada,
-con grandes rizos, vestida de negro, con mantilla de casco y una rosa
-roja en la mata negra del pelo.
-
---¿Eztoy bien azí?--me dijo.
-
---Como la mismísima diosa Venus.
-
---Bueno, bueno; pocaz bromaz, que tengo mal genio.
-
---Pues no sabe usted lo que a mí me gustan las mujeres de mal genio,
-patrona--le dije yo.
-
---Vamoz, sosón, ¡zangre gorda! Arréglate.
-
-La alcaidesa me miró, me arregló la corbata y se echó a reír.
-
-Cruzamos unas calles, salimos a la plaza de la Constitución, que ya era
-de la ex Constitución, y entramos en un café lleno de gente.
-
-La Nieves y yo llamamos la atención de todos los espectadores; las
-mujeres hablaban de mí; aseguraban que era un inglés millonario y
-liberal; los franceses se entusiasmaban con la gracia y el garbo de la
-Nieves.
-
---¡Oh, quelle belle fille!--se les oía decir--. ¡C'est un vrai tipe
-d'andalouse! Voilà una véritable manola.
-
-Salimos del café y estuvimos paseando por la plaza.
-
-Había muchas chicas bonitas, de ojos negros y vivos, en el paseo. Este
-cantar que oí por entonces me pareció muy legitimado:
-
- Para alcarrazas, Chiclana;
- para trigo, Trebujena,
- y para niñas bonitas,
- Sanlúcar de Barrameda.
-
-A las once de la noche mi patrona se cansó de pasear y nos volvimos a
-la cárcel.
-
-
-
-
- VI
-
- LAS RECOMENDACIONES
-
-
-AQUELLA noche me acosté en una hermosa cama y dormí hasta las ocho.
-Poco después la Nieves abrió la ventana y me trajo un vaso de leche
-azucarada, con una torta, y me dijo que la tomase bien caliente y que
-no me levantase hasta las diez.
-
---Señora--le dije--: me trata usted demasiado bien; yo debo ser quien
-tenga el honor de servir a usted.
-
---A mí no me llamez zeñora. Erez un tonto, inglé.
-
---Sí; pero soy un tonto bien cuidado.
-
-Me levanté de la cama y me vestí.
-
---Ahora vamoz a zalir--dijo ella.
-
---Bueno.
-
-Salimos a la calle y fuimos a la parroquia.
-
---Le advierto a usted que soy protestante--le dije, para ver qué
-contestaba.
-
---¿Qué me cuentaz con ezo?--exclamó ella con desgarro--. ¿Que erez
-hereje? Pues hijo mío, dilo en alta vo y te llevarán al palo.
-
-Yo quise convencerla seriamente de que todo el mundo tiene derecho a
-profesar sus ideas religiosas; pero no me hizo caso y fué necesario
-oír misa, tomar agua bendita y hasta darse golpes de pecho como un
-verdadero papista.
-
-Al salir de la iglesia me dijo:
-
---Ahora vamoz a ve a mi comadre, que ez prima del comandante de
-voluntarioz realiztaz, a ver si hase algo por ti.
-
---Vamos donde usted quiera.
-
-La comadre era una mujerona morenaza y atrevida.
-
---¿De dónde haz zacado a ezte inglezote?--le dijo a mi patrona, al
-verme.
-
-La Nieves le contó lo que me había pasado; dijo que yo era un inocente
-completo y que quería que ella hablase al comandante de realistas para
-que no hicieran una charranada conmigo.
-
-La comadre dijo que haría lo que pudiese; pero que la Nieves debía
-hablar también al primo de una amiga del ama del cura que era consejero
-del comandante.
-
-Por la conversación resultaba que no se hacía absolutamente nada en el
-pueblo mas que por recomendaciones.
-
-Esta red de influencias y de manejos maquiavélicos lo tenía todo minado.
-
-Era imposible que hubiese así la más ligera sombra de justicia en el
-pueblo.
-
-Después de la visita a la comadre de la Nieves volvimos a la cárcel.
-
-Estuve seis días en la alcaidía. Para no quedar torpe con la
-inmovilidad y la buena alimentación me dedicaba a hacer gimnasia; luego
-hablaba con mi patrona.
-
-La Nieves llevaba y traía a su marido como a un cordero; ella vestía
-los pantalones en la casa, y, según las malas lenguas, empleaba de
-cuando en cuando y con gran eficacia una vara de fresno, con la cual
-devolvía la razón a su marido, que la perdía en la taberna, por lo
-menos una vez por semana.
-
-Por lo que me dijeron, esta costumbre la inauguró una noche que el
-tuerto, de mal humor, quiso emplear con su mujer el mismo procedimiento
-que empleaba con los presos; es decir, el del garrote; pero ella se lo
-quitó a tiempo y le supo administrar tal paliza que el tuerto quedó
-convencido para siempre de la superioridad de su mujer.
-
-
-
-
- VII
-
- EN EL CAMINO
-
-
-A los seis días de vivir en casa de la Nieves la comadre suya me avisó
-que a la mañana siguiente iban a trasladar a los presos a Sevilla; yo
-iría a caballo con el sargento.
-
-Efectivamente; antes de la siete se presentó la escolta a la puerta de
-la cárcel. Sacaron de ella unos ochenta presos, cincuenta milicianos y
-soldados prisioneros del Trocadero, y el resto, de delitos comunes.
-
-El comandante de realistas y la comadre de la alcaidesa vinieron a
-saludarme, y la Nieves me abrazó casi llorando.
-
-Subí a mi caballo, y al lado del sargento, que montaba una linda jaca
-cordobesa, salimos del pueblo.
-
-Llegamos a las tres horas a una venta del camino entre Sanlúcar y
-Trebujena y se detuvo nuestra comitiva. A los presos de delitos comunes
-se les metió en un corral, debajo de un cobertizo; a los políticos se
-les llevó a una cuadra, y nosotros, el sargento y yo, quedamos en el
-ventorro.
-
-Entramos en la cocina, que era enorme, y hablamos con la ventera. Nos
-dijo que si no queríamos esperar podía darnos al momento una sopa,
-un puchero, una cazuela de arroz con conejo, un plato de callos y
-ensalada.
-
---¿Qué le parece a usted?--me preguntó el sargento.
-
---Que luego es tarde, como decía mi patrona.
-
-Nos sentamos en una mesita pequeña, dispuestos a comer, cuando estalló
-un gran escándalo en el zaguán; salimos a ver qué pasaba y vimos a un
-grupo de oficiales franceses acompañados por una pequeña escolta.
-
-Hablaban de una manera tan despótica y tan desagradable, que para
-cortar las explicaciones salí yo al portal y me ofrecí a servirles de
-intérprete y de amistoso componedor.
-
-Los franceses querían habitaciones para dos jefes; el ventero se las
-pudo proporcionar.
-
-Arreglada la cosa comimos el sargento y yo en paz en un rincón de la
-cocina.
-
-Habíamos dado buena cuenta de la sopa, del cocido y del arroz con
-conejo, e íbamos a comenzar con los callos cuando me acordé de los
-presos liberales que venían con nosotros, y dije:
-
---¿Habrá comido esa pobre gente?
-
---Sí, algo tendrán.
-
---¿Quiénes son estos presos políticos?
-
---Son catalanes--me dijo el sargento--que estaban en el ejército de
-Cádiz. Parece que hicieron una salida de la isla a los pinares de
-Chiclana y se vieron rodeados por los franceses. Quisieron resistir,
-pero la mitad de ellos murieron, y los demás quedaron prisioneros con
-el teniente.
-
---Bueno; vamos a llevarles esta fuente de callos. Les compraré unos
-panes y unas botellas de vino.--Lo hice así; entramos en una tejavana,
-y hablé yo con el teniente catalán, quien me confesó que tenía un
-hambre que se le nublaba la vista, y que nuestra aparición en el corral
-con la fuente de callos y los panes le había parecido más sublime que
-todas las apariciones celestes.
-
-A las dos horas de llegar a la venta el sargento dió la orden de marcha
-y nos formamos todos.
-
-Uno de los militares franceses, comandante de la gendarmería real,
-estaba en el balcón de la posada.
-
---¿Es que es usted el jefe de esta canalla de soldados de la Fe?--me
-preguntó en francés, de una manera incisiva y seca.
-
---Esta canalla se ha formado gracias a la protección y a los cuidados
-de ustedes los franceses--le dije, inclinándome.
-
---Ya lo sé. Es una vergüenza para la Francia. ¿En calidad de qué va
-usted con esa tropa?
-
---Voy como prisionero a que me identifiquen en Sevilla.
-
-El comandante me dió su nombre y sus señas, ofreciéndose por si me
-podía ser útil en algo, y echamos a andar.
-
---¿Qué le ha dicho a usted ese franchute?--me preguntó el sargento.
-
---Me ha preguntado por qué iba en la comitiva.
-
---¡Qué gente! Se tienen que meter en todo; ya se creen otra vez los
-amos de España.
-
-Al salir del camino de Trebujena y desembocar en la carretera que va
-de Jerez de la Frontera a Lebrija, se acercó a nosotros un escuadrón
-de caballería española. Iban diez o doce jefes, entre ellos un edecán
-francés, escoltando a un general.
-
-El general era un hombre ya viejo, de cara correcta, patillas blancas,
-ojos claros y aspecto malhumorado.
-
-Uno de los jefes del escuadrón se paró a preguntar al sargento quién
-era yo, y el sargento preguntó a su vez a un soldado quién era el
-general que escoltaban, a lo que contestó diciendo que era don
-Francisco Ballesteros, un militar de los liberales exaltados que
-acababa de capitular de una manera más que sospechosa.
-
-Al anochecer llegamos a Lebrija, y el sargento y yo fuimos enviados a
-casa de un labrador rico, de ideas liberales, que nos trató muy bien.
-
-
-
-
- CUARTA PARTE
-
- PRISIONERO
-
-
-
-
- I
-
- EL SALÓN DE CORTES
-
-
-EL día 27 de septiembre de 1823, a las once de la mañana, llegábamos
-los presos a la capital de Andalucía y hacíamos nuestra entrada
-triunfal en medio de gritos y mueras y de alguno que otro tomate
-podrido o troncho de berza con que nos obsequiaba el pueblo soberano.
-
-Fuimos todos a parar a la subdelegación de policía.
-
-El subdelegado estaba en Alcalá de Guadaira, y nos recibió su
-secretario.
-
-Interrogó al sargento rápidamente y mandó que llevaran a los presos por
-delitos comunes a la cárcel, a los soldados catalanes a la comandancia
-militar, y a mí al Salón de Cortes.
-
-El sargento distribuyó su fuerza y me envió con un soldado a mi
-destino. Aquel Salón de Cortes era un antiguo cuartel de artillería,
-que antes había sido colegio de jesuítas. Me recibió el alcaide, un
-andaluz de unos sesenta años, a quien llamaban el señor Pepe, hombre
-que para dar mayor brillo a su figura vestía un frac viejo y un
-sombrero de copa.
-
---¿Ez uzté inglé?--me dijo.
-
---Sí, señor.
-
---No zé zi estará uzté bien aquí, porque loz ingleze zon muy amigoz de
-comodidadez; pero véngaze al zalón, y ayí ze encontrará entre cabayeroz.
-
-Entré en el salón, y fuí muy bien acogido por aquellos señores
-liberales presos.
-
-El señor Pepe, el alcaide, me alquiló dos colchones y una almohada, y
-buscando sitio para hacer mi nido encontré una pequeña tribuna vacante,
-donde me instalé.
-
-Poco después del mediodía, los presos se disponían a comer en las
-mesas, formando grupos. Como yo no pertenecía a ninguno de ellos, me
-senté por separado en un banco y me preparé a comer un poco de pescado
-frito y pan, que me vendió el alcaide por seis reales.
-
-Los de la mesa inmediata me instaron a que me reuniese con ellos;
-les di las gracias, diciendo que no tenía ganas; pero dos señores se
-levantaron, me agarraron, me pusieron de pie y me obligaron a sentarme
-a su lado.
-
-Comimos admirablemente, y algunos de aquellos sevillanos me dieron
-broma por mi falta de apetito.
-
---Un muchacho como éste, como un castillo, y además inglés--decía un
-viejo--, se traga todo lo que le pongan.
-
-Después de comer y de tomar café se quitaron las mesas, y unos se
-pusieron a fumar sentados en las sillas, y otros a pasear por la
-antigua iglesia, como si estuvieran en una plazoleta.
-
-Hubo discusiones violentas, interrumpidas por chistes; luego un
-señor se subió en una silla y echó un discurso muy retórico que fué
-estrepitosamente aplaudido.
-
-Aquello me daba una impresión un poco rara: no se podía comprender si
-iba en serio o en broma.
-
-La mayor parte de los presos eran caballeros y ricos propietarios de
-Sevilla.
-
-Se pasó la tarde así, y al anochecer comenzaron a entrar en el salón
-las familias, los parientes y amigos de los presos.
-
-A la hora estaba llena la antigua capilla. Se encendieron las lámparas,
-se pusieron mesas de juego y el salón se convirtió en un gran café.
-
-Asistieron también muchos oficiales de artillería y algunos jefes de la
-guarnición.
-
-Yo me paseé con un coronel llamado Rosales y un canónigo grueso que
-estaba detenido como liberal: el canónigo Molinedo.
-
-El coronel Rosales y el canónigo dijeron que las noticias de Cádiz eran
-muy malas y que el Gobierno constitucional había hecho proposiciones de
-paz a los franceses.
-
-A las once se dió la orden de evacuar el salón por las familias y gente
-extraña. Cada cual se dispuso a acostarse; yo me metí en mi tribuna, y
-tendido en el colchón pasé la noche en un sueño.
-
-
-
-
- II
-
- LA SEÑORA LANDON
-
-
-AL día siguiente me desperté temprano, me lavé y me vestí, y salí a
-pasear por los claustros del convento.
-
-Le dije al señor Pepe, el alcaide, que me permitiera hacer gimnasia en
-el claustro, porque me apoltronaba estando quieto.
-
-El señor Pepe debió desconfiar, porque puso un subordinado suyo, un
-hombre bajito y rubio, para que me vigilara. No tenía aquel guardián un
-aire tranquilizador. Se me figuró conocerle, aunque no sabía de qué.
-
-Hice una porción de flexiones en el montante de una puerta, bastante
-fuerte para sostenerme a mí, y anduve después con las manos, con la
-cabeza para abajo y los pies para arriba.
-
-Me encontraba en esta actitud cuando oí risas de mujer; volví a mi
-posición natural y me encontré con la señora Landon y su sobrina
-Mercedes.
-
---Hace usted unas planchas preciosas--me dijo Mercedes, burlonamente.
-
---Sí, no las hago mal. Y ¿qué las trae a ustedes por aquí?
-
---Vengo por usted--me dijo la señora Landon--. Me hablaron ayer de un
-inglés que estaba preso de las señas de usted, y venimos a verle.
-
-Yo me incliné muy reconocido.
-
-Añadió la señora Landon que conocía mucho al subdelegado de policía
-de Sevilla, don Lorenzo Hernández de Alba, y que inmediatamente que
-volviera de Alcalá de Guadaira le hablaría para que me dejaran en
-libertad.
-
---Yo supongo que usted no será ningún Bruto. ¿No habrá usted matado a
-ningún tirano?
-
---No, no. A no ser en sueños.
-
---Entonces creo que le libraremos a usted.
-
-Le di mis más expresivas gracias, y la señora Landon añadió que
-mandaría enviar una cama y ropa blanca para mí, y que encargaría a una
-fonda mi comida y almuerzo.
-
---Señora--le dije--, que no me manden mucha comida, porque la comeré
-toda y me pondré pesado y no podré hacer estos ejercicios.
-
-La señorita Mercedes se reía. Charlaron un largo rato conmigo, dijeron
-que volverían al día siguiente y se fueron.
-
-Yo me reuní con el canónigo grueso de la noche anterior y con un joven
-capitán que se llamaba Iscar.
-
-Iscar era un hombre muy nervioso y muy vivo, que había tomado parte en
-varios movimientos revolucionarios. Fué el brazo derecho del general
-Porlier cuando éste intentó levantarse en Galicia con el marqués de
-Viluma. Fracasada la empresa de Porlier y fusilado el general, a
-quien llamaban el Marquesito, Iscar, Viluma y los demás complicados
-estuvieron presos en La Coruña durante algún tiempo.
-
---Ha tenido usted la visita de una señora principal de Sevilla--me dijo
-el canónigo.
-
---Sí, la señora Landon.
-
---Los sevillanos que están aquí han quedado un poco asombrados de la
-visita, y dicen que debe usted ser hombre de gran familia y posición.
-
---No, no. Soy de familia modesta.
-
-El canónigo sonrió con incredulidad. En esto pasó el hombrecito rubio
-que me había vigilado mientras yo hacía gimnasia, y el capitán Iscar se
-abalanzó a él.
-
-El hombre rubio miró antes a derecha e izquierda con gran alarma,
-hablaron los dos un rato rápidamente y se separaron.
-
---Esto está lleno de misterios--me dijo el canónigo.
-
-Volvimos al salón; pero la estancia allí no era del todo grata.
-Entre los presos había enfermos en sus camas, algunos de tifus y de
-disentería; nadie se había cuidado de resolver el modo de ventilar la
-antigua iglesia, y el ambiente era ya irrespirable.
-
-Yo decidí dejar la tribuna y poner mis dos colchones en el claustro, a
-pesar de que todo el mundo consideraba esto como una extravagancia.
-
-
- III
-
- LA TORRE
-
-
-EL último día del mes de septiembre entraron en el viejo edificio
-del Salón de Cortes una nueva remesa de nacionales prisioneros del
-Trocadero. Estaban asustados. Hablé con alguno de ellos, y me dijeron
-que temían por su vida, pues habían fusilado varios de los suyos en el
-camino.
-
-El mismo día el Salón de Cortes se desocupó y más de la mitad de los
-presos vecinos de Sevilla quedaron libres, gracias a las gestiones
-del subdelegado de policía. Esta mezcla de severidad y de lenidad me
-preocupaba; a veces me figuraba que se iba a implantar el terror blanco
-por los realistas; a veces, que todo era una broma.
-
-Al parecer, esta divergencia dimanaba de que en ocasiones mandaba el
-capitán general, y en otras, el subdelegado de policía.
-
-El capitán general quería fusilar a todo el mundo, y, en cambio,
-el subdelegado de policía pretendía dejar en libertad a los presos
-políticos; de aquí esta desigualdad de procedimientos tan inquietante
-y tan absurda. Yo estaba sin saber a qué atenerme; tan pronto me
-parecía aquello una comedia de risa, como una cosa seria. Los presos se
-escapaban con el asentimiento del subdelegado; pero de cuando en cuando
-se ponía a uno en capilla y se le fusilaba por orden de un consejo de
-guerra.
-
-Una mañana, antes de almorzar, vino a visitarme la señora Landon
-con su sobrina; me dijeron que el subdelegado había dado orden de
-dejarme en libertad; pero que el secretario se oponía diciendo que el
-capitán general había escrito recomendando la mayor vigilancia con los
-extranjeros sospechosos.
-
---Así que tendrá usted que estar unos días más--terminó diciendo la
-señora Landon.
-
---No me importa gran cosa el encierro--le contesté--; lo que me
-desagrada es ir a comer al salón, en donde ya no se puede estar por la
-pestilencia que hay. Si me trasladaran a otro lado, estaría bien.
-
---¿Adónde quiere usted que le trasladen?
-
---¡Qué sé yo! A un rincón cualquiera de este viejo edificio.
-
---Espere usted un cuarto de hora. Voy a hablar con el jefe del cuartel.
-
-Me quedé con la señorita Mercedes, que me imponía un poco, y media hora
-después entró la señora Landon con un comandante de artillería.
-
-El comandante dijo que todo el edificio estaba ocupado por la tropa y
-los presos políticos.
-
---El único local vacío que hay--siguió diciendo--es una pequeña
-habitación en el campanario, la antigua vivienda del campanero. En
-este momento la ocupa un sargento guardaalmacén que ha puesto allí su
-oficina; pero le podemos decir que se vaya.
-
---Vamos a ver esa habitación--dijo la señora Landon.
-
---Vamos--repuse yo.
-
-Fuimos las dos señoras, el comandante y yo; recorrimos un claustro,
-pasamos una puerta y salimos a un patio abandonado y lleno de hierbas.
-El comandante abrió una puerta maciza de una torre, pasamos un pequeño
-zaguán empedrado y subimos por una escalerilla de piedra, de caracol
-hasta el primer piso.
-
-La habitación del guardaalmacén consistía en un cuarto como un
-gabinete y una alcoba. El cuarto tenía una gran ventana con rejas, y la
-alcoba, una aspillera.
-
---¿Qué le parece a usted esto?--me preguntó el comandante.
-
---Muy bien. Me conviene.
-
---¿Le gusta a usted?--me dijo la señora Landon.
-
---Sí, mucho. Pienso inmortalizar esta torre llamándola desde ahora la
-torre de Thompson.
-
-El comandante mandó desocupar el local e hizo trasladar mi cama. Me
-pusieron una mesita y una silla, y la señora Landon prometió enviarme
-unos tomos de sir Walter Scott.
-
---Aquí puede usted dedicarse a contemplar Sevilla. Desde lo alto del
-campanario se domina toda la ciudad--me dijo el comandante.
-
---Aprovecharé el permiso.
-
---¿Supongo que no se escapará usted, señor inglés?--me dijo luego el
-comandante al darme la mano.
-
---Si encuentro ocasión, creo que lo haré.
-
-El comandante se echó a reír, y la señora Landon y Mercedes hicieron lo
-mismo.
-
-Al día siguiente de ocupar mi celda en la torre de Thompson, mi amiga
-la señora Landon me envió los libros prometidos. Estuve leyendo algún
-tiempo y cuando me cansé me fuí a pasear al claustro con el canónigo
-Molinedo y el capitán Iscar.
-
-De noche subí a lo alto del campanario, desde cuyo balcón pasé horas
-y horas contemplando Sevilla a la luz de la luna. Veía la Giralda,
-los pináculos de la catedral, algunas torres y cúpulas lejanas que no
-conocía y los tejados, bañados de luz plateada.
-
-
-
-
- IV
-
- «MARE SERENITATIS»
-
-
-MUCHAS extravagancias, absurdos e insensateces escribió Thompson
-dirigidos a la luna, a la que contemplaba por las noches desde el
-balcón de la torre. Entre sus notas fragmentarias la única que tiene un
-poco de sentido es ésta, titulada _Mare Serenitatis_, y que dice así:
-
- «Entre los nombres extraordinarios y poéticos que los
- astrónomos han puesto en la geografía de la luna, ninguno
- para mí tan sugestivo como el Mar de la Serenidad (_Mare
- Serenitatis_).
-
- Antiguamente debían creer que estos mares lunares tenían agua
- y oleaje; hoy se sabe que son llanuras, oquedades entre montes
- y cráteres volcánicos.
-
- Como ese supuesto mar tuyo, ¡oh Luna!, nosotros quisiéramos
- que en el espíritu humano hubiera también otro mar de la
- Serenidad en una región oculta e inexplorada...
-
- ¡Qué admirable descubrimiento sería llegar a él por entre un
- laberinto de montañas abruptas!
-
- Este _mare serenitatis_ tendría un agua más sutil que la de
- las lagunas de las altas cumbres, y se extendería bajo un
- cielo claro y sin brillo.
-
- Yo no le pediría a este mar placeres indignos de un espíritu
- noble, ni el olvido de las aguas del Leteo, sino la claridad,
- la comprensión de los enigmas de la vida, de nuestras
- brutalidades, de nuestros fanatismos y de nuestras violencias.
-
- Allí me gustaría verme, sin cólera y sin humildad, limitado
- ante la Naturaleza y tranquilo en mi limitación; allí me
- gustaría ver mi espíritu limpio de posos turbios y malsanos
- como un cristal brillando a la luz del sol.
-
- Desgraciadamente, ni en ti, vieja Selene, pequeño satélite, ni
- en nuestro espíritu humano, tan pequeño como tú, existe ese
- mar de la Serenidad».
-
-
-
-
- V
-
- EL FRAILE
-
-
-EL segundo día de mi prisión en la torre no vinieron la señora Landon
-y su sobrina; en cambio, tuve la visita del canónigo Molinedo y del
-capitán Iscar. Por lo que dijo el canónigo no quedaban ya presos en
-el Salón de Cortes, excepto unos milicianos, a los cuales querían
-trasladar a otro pueblo. El rey iba a llegar a Sevilla, y los realistas
-habían pensado, como un número de festejos para agasajar a Fernando
-VII, hacer una degollina de negros; y el subdelegado de policía,
-siempre paternal con los liberales, se disponía a ir sacando de Sevilla
-a los más calificados y llevarlos a otra parte. Molinedo e Iscar
-saldrían al día siguiente.
-
-El absurdo seguía; persistía el régimen mixto de severidad y de
-benevolencia. Se fusilaba a las personas más inocentes y se dejaba
-libres a las más comprometidas.
-
-El capitán Iscar me dijo:
-
---¿Sabe usted aquel hombre bajito y rubio, algo bizco, que estuvo
-vigilándole a usted por orden del alcaide?
-
---Sí. ¿Qué le ha ocurrido?
-
---Que se ha escapado.
-
---Pero, ¿no era un vigilante de la cárcel?
-
---¡Ca! Es un conspirador.
-
-Iscar me contó cómo había engañado a los carceleros.
-
---Y ¿quién era ese hombre?
-
---Es uno de los tipos más revoltosos de la época. Se llama Aviraneta, y
-ha sido el brazo derecho del Empecinado.
-
---Ahora que me habla usted del Empecinado, recuerdo a este Aviraneta.
-Le he visto una vez con el general en el café de La Fontana de Madrid.
-Y ¿usted le conocía de hace tiempo?
-
---Sí; yo le conocía desde la intentona de Porlier. Yo fuí como emisario
-de Porlier a ver al Empecinado a su finca de Castrillo de Duero, y allí
-hablamos Aviraneta, él y yo.
-
-Se fueron Iscar y el canónigo Molinedo; yo subí al campanario y estuve
-contemplando Sevilla, iluminada por los últimos rayos del sol.
-
-Al día siguiente, por la mañana, al despertar, experimenté la
-desagradable sorpresa de ver a un fraile dominico que entraba en mi
-cuarto acompañado del sargento guardaalmacén.
-
-Era un fraile grueso, panzudo, con un aire de ballenato putrefacto,
-las barbas rubias, el pelo rojo y ensortijado, que parecía hecho con
-virutas, y los ojos de míope.
-
---Hijo mío--me dijo el fraile con un acento andaluz muy meloso--, he
-sabido que estás preso y vengo a ofrecerte los socorros de la religión.
-Supongo que tendrás cargada la conciencia y que una confesión general
-aliviará tu alma.
-
---¿Es que han pensado ahorcarme?--pregunté yo al sargento, saltando en
-camisa de la cama.
-
---No, no. Este padre ha venido aquí a confesar a otros presos y ha
-querido verle a usted.
-
---¡Pues así se muera de repente!--murmuré para mis adentros.
-
---¿No quiere usted confesarse?--me preguntó el padre.
-
---No, yo no soy católico--exclamé--. Soy inglés y de la religión de mi
-país.
-
---Tienes que abandonar esa herejía, hijo mío.
-
---Si tengo que convertirme por la fuerza--murmuré yo--, mi conversión
-no tendrá ningún valor. Me he educado en la religión reformada y no
-tengo motivo ninguno para creer que sea falsa. Si me dan argumentos,
-los tomaré en cuenta.
-
-No me atreví a decir que el protestantismo, como el catolicismo, me
-parecían formados por mitos más alejados de la realidad que el de la
-Cosa en sí.
-
-El fraile me echó una plática de las más ramplonas; en su acento dulzón
-me dijo que el momento de la muerte podía estar muy próximo; que había
-que prepararse para este instante terrible, y que me traería libros
-religiosos.
-
-Se marchó el fraile con el sargento. Salté de la cama, me vestí y bajé
-las escaleras hasta la puerta de la torre. Tenía ésta un cerrojo por
-dentro y decidí correrlo para que no me sorprendieran visitas como
-aquella.
-
-Acababa de echar el cerrojo cuando oí un ruido de pasos en el pequeño
-portal.
-
---¿Quién está aquí? ¿Quién es?
-
---¡Por Dios, caballero!--dijo una voz--. No me pierda usted.
-
---¿Pero quién es usted? A ver. Venga usted a la luz, que nos veamos las
-caras.
-
-Subimos al primer piso y quedé atónito al ver una muchacha vestida de
-soldado.
-
---No diga usted nada, por Dios--exclamó.
-
---Yo qué voy a decir, si soy un preso.
-
---¿Es usted un preso?
-
---Sí.
-
---Pues yo he venido disfrazada de soldado a darle un papel a mi novio,
-en el que le explicaba por dónde se podía escapar; pero precisamente
-esta misma noche le han sacado de Sevilla. Al saberlo he intentado
-marcharme; pero me he encontrado la puerta cerrada, y para que no me
-vieran me he metido aquí.
-
---Pues le va a usted a ser muy difícil salir. ¿No traía usted ropa de
-mujer?
-
---No.
-
---Veremos qué se hace. Suba usted.
-
-La muchacha no era melindrosa. Nos repartimos los colchones, y ella
-durmió en la alcoba, y yo, en el gabinete.
-
-Al otro día la Tránsito, así se llamaba la chica, arregló el cuarto y
-lo limpió, mientras estaba la puerta de la torre cerrada. Después tuvo
-que subir al campanario y pasar el día allí.
-
-
-
-
- VI
-
- EVASIÓN
-
-
-AL día siguiente decidí estudiar el terreno para ver si era posible una
-evasión.
-
-Me acosté muy temprano y me levanté al amanecer. Bajé las escaleras de
-mi encierro, abrí la puerta y exploré el patio. Este patio, en donde
-se levantaba la la torre, se hallaba enlosado y circunscrito por tres
-paredes altísimas y otra no tan alta que le separaba de un jardín
-poblado de árboles.
-
-Examiné la tapia más baja y vi que había una antigua ventana cerrada a
-una altura de tres o cuatro varas.
-
-Si esta ventana no tenía reja, por allí debía de ser fácil pasar al
-jardín vecino.
-
-Vi en el patio una barrica, la empujé y la llevé debajo de la ventana;
-bajé de mi cuarto una silla y la puse encima. Después me subí a la
-silla, y con un palo con punta, metiéndolo en el resquicio de la
-ventana, llegué a abrirla. No había reja. Cerré la ventana y me volví a
-la torre.
-
-A las nueve de la mañana vino a visitarme el sargento guardaalmacén
-que había ocupado la torre antes que yo. Traía varios libros místicos,
-enviado para mí por el fraile.
-
-Me dijo que ya no quedaban presos políticos, pues todos habían sido
-trasladados fuera de Sevilla, mientras estuviera el rey en la ciudad.
-
---Y conmigo, ¿qué van a hacer?
-
---No sé. A mí me han ordenado que le ponga un centinela de vista y que
-le encierre con llave desde mañana.
-
---Pues es una broma.
-
-Me convenía hacer algunas investigaciones antes de que se cerrase la
-puerta, y al día siguiente, antes del alba, bajé al patio.
-
-La Tránsito quedaría en la ventana, y si veía asomarse a alguien
-tiraría una piedrecita al suelo para avisarme.
-
-Cogí la silla en una mano, bajé las escaleras, abrí la puerta de la
-torre, marché hacia donde estaba la barrica y la coloqué debajo de la
-ventana, y encima la silla, y después a pulso entré por la ventana,
-llenándome de arañazos la cara y las manos.
-
-Pasé al otro lado, al jardín vecino; me agarré a la rama de un árbol
-y bajé por el tronco hasta la tierra. Estaba el huerto en el mayor
-silencio; se oía únicamente el piar de los pájaros en el follaje. Crucé
-el jardín sin hacer ruido.
-
-Me acerqué al árbol que estaba más inmediato a la pared que daba a la
-calle; trepé por él, y de rama en rama llegué al borde de la tapia y
-miré con precaución. Daba a una callejuela estrecha y desierta. La
-tapia tendría seis o siete varas de alto. Me dieron tentaciones de
-saltar; pero no quise dejar sola a Tránsito y volví al jardín, luego al
-patio y después a mi torre.
-
-Hecha la excursión me lavé y me acosté.
-
-Al día siguiente, al levantarme de la cama, vi que en la puerta había
-un artillero de centinela, con la bayoneta calada.
-
---¿Es que no puedo salir?--le pregunté.
-
---Esa es la orden que me han dado.
-
-Al mediodía se presentó la señora Landon. Le dije que mi asunto se
-complicaba; que tenía un centinela de vista y que me encerraban en la
-torre con llave.
-
---Yo voy a ver si me escapo--continué diciendo.
-
---Hará usted muy bien--exclamó ella.
-
---¿Usted me podría ayudar?
-
---Sí, sí; dígame usted lo que necesita.
-
-Yo tenía pensado mi plan.
-
---Necesitaré un cordel de ochenta varas de largo, del grueso del dedo
-meñique.
-
---¿Y eso cómo lo voy a entrar aquí?
-
---Usted mañana me regalará un almohadón; dirá usted que es mi
-cumpleaños, y dentro del almohadón vendrá la cuerda.
-
---Muy bien.
-
---Además, tomará usted dos botellas de Jerez, vacías, que conserven las
-etiquetas, las llenará usted de aguarrás, las cerrará muy bien y me las
-enviará con el almohadón, como regalo.
-
---Descuide usted; todo esto se hará. ¿Cómo piensa usted salir?
-
---Voy a hacer una escalera con el cordel que usted me traiga, y me
-descolgaré por la torre.
-
---¿Y después?
-
---Después pasaré al jardín de al lado por un agujero de la tapia, y de
-este jardín iré a la calle. Lo que quisiera saber son las salidas de la
-calle que va por ahí detrás.
-
-La señora Landon y yo nos asomamos a la ventana enrejada, y yo le
-mostré las copas de los árboles del jardín próximo, que asomaban por
-encima de la tapia.
-
---Yo le podría enviar a usted un plano de Sevilla--dijo la señora
-Landon--. Pero ¿para qué? Es mejor otra cosa. ¿Mañana será la
-escapatoria?
-
---Sí, si usted me manda el almohadón.
-
---Eso vendrá sin falta. ¿A qué hora piensa usted escaparse?
-
---De diez a diez y media de la noche.
-
---A esa hora habrá en esa callejuela una persona apostada que le
-esperará y le acompañará.
-
-Se marchó la señora, y yo pasé el día con la mayor impaciencia. Por la
-mañana me despertaron, trayéndome los regalos de la señora Landon: el
-almohadón y las dos botellas de aguarrás disfrazadas de Jerez. Al verme
-solo rompí el almohadón, saqué la cuerda, y la Tránsito y yo comenzamos
-a hacer la escala. Reservé un trozo de cordel de unas ocho varas.
-
-Cerré el cerrojo de la puerta de la torre y estuvimos trabajando en el
-campanario.
-
-Desde allí advertimos la gran animación del pueblo.
-
-Iba a entrar el rey de España en la ciudad. Todos los balcones se veían
-engalanados con colgaduras, con arcos de triunfo, ramas y flores. Las
-calles estaban atestadas de gente.
-
---Por la orilla del río se veían coches y calesines que iban hacia
-la torre del Oro, y por los caminos lejanos se advertían grupos de
-labradores a pie y en caballerías.
-
---¡Pueblo estúpido!--exclamé yo elocuentemente--. Entusiásmate con tu
-Fernando. Cuando le convenga a este truhán te calentará las espaldas.
-
-En todo el día terminamos la escala entre la muchacha y yo. A la hora
-de retreta bajé yo a la puerta de la torre. Estaba cerrada con llave.
-Escuché. No andaba nadie por el patio.
-
-Comencé mis pruebas. La escala no bastaba; le faltaban cinco o seis
-varas para llegar desde el balconcillo del campanario al patio. Estuve
-pensando en la manera de resolver esta dificultad, y me decidí a añadir
-a la escala una cuerda hecha con un trozo de sábana.
-
---Yo bajaré primero--le dije a la Tránsito--; esperaré en el patio y
-silbaré. Si acaso, cuando llegue usted a la cuerda hecha con la sábana
-le falta fuerza para sostenerse, la recogeré en brazos.
-
-La muchacha dijo que no tenía miedo. Entonces yo vacié mis dos botellas
-de aguarrás en la palangana y fuí embebiendo la escala y el trozo de
-la sábana, hasta que empaparon casi todo el líquido. El resto lo eché
-por un agujero en el zaguán de la torre.
-
-Después até la escala al barandado de piedra del balcón del campanario,
-y fuí echándola abajo. Hecho esto, metí una caja de pajuelas en el
-bolsillo, y salté al lado de fuera del barandado y fuí descendiendo con
-dificultades hasta alcanzar al trozo de sábana y llegar al patio.
-
-Silbé suavemente, y noté, por la cuerda, que la escala se agitaba y la
-muchacha comenzaba a bajar despacio. Antes de que llegara al trozo de
-la sábana yo acerqué la barrica y me subí a ella. Al llegar la Tránsito
-al trozo de sábana pude sostener a la muchacha por los pies y luego por
-el cuerpo.
-
-Venía la muchacha rendida.
-
---Descanse usted--le dije--. Ahora vamos a ver un bonito
-espectáculo--añadí.
-
-Saqué el eslabón, el pedernal y la mecha; até una pajuela de azufre en
-el trozo de sábana en que terminaba la escala y la pegué fuego con la
-mecha.
-
-Ardió la pajuela, después el pedazo de sábana, luego la escala, de una
-manera tan discreta, que parecía desaparecer por arte de magia.
-
-Concluída esta parte, acercamos la barrica al ventanillo que comunicaba
-con el jardín contiguo; hice pasar a la muchacha, luego pasé yo,
-cruzamos el jardín y subimos por un árbol a la tapia.
-
-Até el trozo de cuerda que llevaba a una rama gruesa de un árbol y la
-punta la eché fuera de la tapia, hacia la calle.
-
---Yo me descolgaré primero--le dije a la Tránsito--; luego la recibiré
-en brazos.
-
-Me deslicé por cerca de la pared y descendí fácilmente. Después bajó la
-muchacha, que se desolló las manos, y estuvo a punto de derribarme al
-sostenerla.
-
-Para que nadie lo advirtiera, desde la calle hice un ovillo con la
-punta de la cuerda y la tiré al otro lado de la tapia hacia el jardín.
-
---Ahora ¿qué hacemos?--preguntó la Tránsito.
-
---¿Usted tiene sitio adonde ir?
-
---Sí.
-
---Pues entonces cada cual por su lado.
-
-La estreché la mano y me separé de ella. La noche estaba obscura; no
-había un alma por aquellas inmediaciones.
-
-Di dos vueltas arriba y abajo por la calle, cuando se me acercó una
-mujer de pobre aspecto.
-
-Era la señora Landon.
-
---Sígame usted--me dijo.
-
-La seguí; en las calles céntricas se sentía el gran barullo; había
-comparsas de guitarras y panderetas y gente que cantaba canciones
-alusivas a la entrada del rey. Los curas y frailes pasaban seguidos
-del populacho, hablando y accionando, y capitaneando a patrullas de
-desharrapados.
-
-Todos eran gritos y vivas al rey absoluto y mueras a la Constitución, a
-los herejes y a los negros.
-
-
-
-
- VII
-
- LA CASA ABANDONADA
-
-
-SIEMPRE tras de la señora Landon llegué a una calle muy lejana de la
-cárcel y me detuve delante de un gran caserón. Cruzó mi guía un portal,
-pasé yo después de ella; llegamos a un patio con jardín; luego a otro
-patio, y me encontré en una casa grande y abandonada. La señora Landon
-me llevó a una sala con una alcoba con columnas. Me mostró una mesa con
-viandas y me dijo:
-
---Cene usted y acuéstese.
-
---Muy bien. ¿Nada más?
-
---Puede usted estar con la luz encendida; pero no vaya usted con ella a
-las habitaciones que dan a la calle. Esta casa está deshabitada y tiene
-dos salidas. Si por una casualidad, que me parece improbable, vinieran
-a buscarle por el lado por donde hemos entrado, puede usted escaparse
-por esta otra parte. La llave está en la puerta.
-
---Bueno. Entendido.
-
---¿Quiere usted alguna cosa?
-
---Si no le molesta a usted, le diría que cree que sería conveniente el
-que fuera usted mañana al Salón de Cortes a hacer como que va a visitar
-al preso y ver lo que dicen de su fuga.
-
---Sí, sí; tiene usted razón. Así lo haré.
-
-Dicho esto, la señora Landon me dió las buenas noches y me dejó solo.
-Cené, me acosté y dormí perfectamente hasta las siete.
-
-Me levanté a esta hora y recorrí la casa.
-
-Las habitaciones que daban a la calle estaban cerradas; el suelo y
-los muebles, cubiertos de una capa de polvo. En los grandes espejos
-deslustrados me veía en la semiobscuridad como un duende.
-
-Salí al momento al jardín. Era grande, tenía naranjos y palmeras y
-comunicaba únicamente con el de la señora Landon. Una pared muy alta lo
-separaba de un convento.
-
-Me paseé una hora, escudriñé en un antiguo invernadero, con las puertas
-podridas y los cristales rotos y después entré en la casa; recorrí
-los salones, y en uno encontré un armario abierto lleno de libros
-encuadernados en pergamino. Casi todos estaban en latín, y únicamente
-vi en castellano la historia de la conquista de Méjico, por el capitán
-Bernal Díaz del Castillo, y el libro de mi paisano William Bowles, la
-_Introducción a la Historia Natural y a la Geografía de España_.
-
-Leí alternativamente uno y otro libro y me engolfé de tal modo en la
-lectura, que cuando miré al reloj eran las doce.
-
-Bajé al jardín, y la señora Landon, desde su ventana, me dijo que me
-acercase.
-
-Había estado en la cárcel, y al llegar al patio de la torre se había
-encontrado con los artilleros asombrados y risueños.
-
---El inglés ha volado--le dijo el sargento guardaalmacén.
-
---¿Cómo? ¿Ha huído?--le preguntó ella.
-
---Sí.
-
---¿Por dónde?
-
---Pues no se sabe. Es un misterio.
-
-El sargento le contó que por la mañana, al ver la puerta cerrada
-por dentro, habían creído que el inglés estaría enfermo y llamaron
-repetidas veces, y en vista de que no contestaba descerrajaron la
-puerta y entraron. En el cuarto del preso se vió que estaba rota una
-sábana de la cama; en el campanario se encontró una peineta de mujer, y
-en el zaguán de la torre un fuerte olor a aguarrás.
-
-Algunos creían que el inglés había huído por arte de magia.
-
-En aquel momento dos capitanes hacían un informe para resolver cómo se
-había podido llevar a cabo la evasión.
-
-Después de contarme esto, la señora Landon mandó que me pasaran la
-comida, y por la tarde me dediqué a leer.
-
-Al tercer día de cautiverio la señora Landon vino a visitarme y me dijo
-que había visto al subdelegado de policía y le había confesado que yo
-estaba en su casa. El subdelegado le advirtió que no me presentara en
-la calle, pero que no tenía necesidad de esconderme.
-
-El mismo día la señora Landon me indicó que me iba a llevar por la
-noche a casa de un sastre; le dije que en aquel momento yo no tenía
-dinero, a lo que contestó que no importaba. Como la señora Landon era
-tan dominante, tuve que ceder y fuí con ella en coche a ver al sastre,
-que llegaba de Gibraltar.
-
-Era este sastre un francés de caricatura inglesa: alto, flaco, con los
-hombros más altos que la cabeza, la cara juanetuda y amarilla y las
-piernas delgadas. No le faltaba para ser un tipo de Gillrray mas que
-llevar las pantorrillas al aire, coleta y papillotes, y una rana en la
-mano.
-
-El sastre nos elogió sus telas con grandes extremos y nos mostró sus
-trajes hechos.
-
-La señora Landon escogió una levita verde botella que, según dijo, me
-venía muy bien, dos chalecos de piqué y un pantalón claro.
-
-Después pasamos por una sombrerería, donde me compró un sombrero de
-copa; luego, por una zapatería, y volvimos con nuestras compras.
-
---Ahora, señor Thompson, va usted a hacer lo siguiente: Mañana por la
-mañana, antes de que se hayan levantado mis criadas, irá usted al sitio
-en donde paran las diligencias con un maletín en la mano; esperará
-usted que venga una, y en seguida tomará usted un coche, dará las señas
-de mi casa, y se presentará usted aquí y llamará a la puerta. Pasará
-usted por mi sobrino.
-
-Hice lo que me dijo, y al día siguiente llamaba a la puerta haciendo mi
-papel de extranjero. La criada me hacía entrar en la sala, y la señora
-Landon me recibía con una mezcla de displicencia y afecto, como si
-fuera de verdad un pariente importuno.
-
-
-
-
- VIII
-
- DILEMA
-
-
-LOS días siguientes fuí presentado a los amigos como sobrino de la
-señora Landon, y llegó esta señora a estar tan bien en su papel de tía,
-que me acusaba de holgazán y vagabundo, como si me conociera a fondo.
-
-Aunque lo pasaba bien, me aburría sin salir; tenía grandes
-conversaciones con Mercedes, a quien llamaba mi prima, en broma. Le
-conté mi vida sin ocultarle nada, y ella me habló de su novio, un
-muchacho de Sevilla, que estaba en el ejército, por quien sentía la
-señora Landon un gran odio.
-
-Un día, la señora Landon me llamó a su gabinete, y me dijo:
-
---Habla usted bastante con mi sobrina Mercedes.
-
---Sí.
-
---Mi sobrina, que, como habrá usted notado, es bastante coqueta, tiene
-una bonita renta, y le convendría a usted, que es un vagabundo sin un
-cuarto.
-
---Ciertamente que me convendría--le dije--; pero como yo, aunque sea
-un vagabundo, no soy un granuja, ni siquiera un ambicioso, no tengo
-pretensiones con respecto a ella. No. Conozco mi situación.
-
---No me entiende usted--dijo la señora Landon--. No me parece mal que
-se dirija usted a ella.
-
---Pero hay un inconveniente, señora.
-
---¿Cuál?
-
---Que ella tiene un novio.
-
---Sí; un miserable botarate, raquítico, inútil para todo.
-
---Pero ella le quiere.
-
---Pues piense usted que no le quiere. En fin, ya sabe usted. Si usted
-consigue que Mercedes olvide a ese mico, usted aquí será el amo; si no,
-ya se puede usted marchar de esta casa cuanto antes. Ocho días le doy
-de plazo.
-
-Tuve una conferencia con Mercedes, y le dije lo que me había expuesto
-la señora Landon.
-
---Me ha dado ocho días para hacer su conquista. Como yo no me siento
-ningún Don Juan, me voy a marchar.
-
-Ella me dijo que no me fuera; pero como el dilema era irme o casarme
-con ella, Merceditas optó porque me marchase.
-
---¿Tiene usted dinero?--me dijo.
-
---No.
-
---Yo no tengo mas que dos monedas de cinco duros, que se las ofrezco.
-
---No; no quiero.
-
---Las tendrá usted que tomar.
-
---Bueno; las tomaré.
-
---¿Y cuándo se va usted?
-
---Mañana mismo. Llevaré de la biblioteca este libro de _Historia
-Natural_ de William Bowles.
-
---Sí, sí; puede usted llevárselos todos, si quiere.
-
-Al anochecer salí de la casa y fuí a ver al banquero y representante de
-Bertrán de Lis, por si tenía alguna noticia de Inglaterra.
-
-Al entrar en la cárcel le había escrito a Will Tick diciéndole lo que
-me pasaba y encargándole que si tenía algo que decirme escribiera al
-banquero de Sevilla.
-
-El banquero me dijo que no le habían escrito absolutamente nada.
-
-Únicamente sabía que, por encargo de los filohelenos de Londres, se
-estaban comprando armas en Algeciras, que se llevarían en un barco que
-pasaría por el Estrecho con voluntarios, en dirección a Grecia.
-
-Volví a casa, y por la noche escribí una carta a la señora Landon
-dándole las gracias por sus bondades, y al amanecer me vestí mi
-redingote viejo y la ropa que había sacado de Madrid; abrí la puerta,
-crucé Sevilla y me dirigí camino de Jimena.
-
-
-
-
- IX
-
- DE VIAJE
-
-
-TOMÉ mi camino hacia Gibraltar por Utrera. Era a principios de
-noviembre y hacía un hermoso tiempo para viajar. Las horas de sol
-apretaba el calor, pero no de una manera molesta.
-
-Solía dormir en el campo; compraba pan en los pueblos, y con pan y
-fruta me alimentaba.
-
-Me sirvió mucho el libro de William Bowles que había sacado de casa de
-la señora Landon, y gracias a sus indicaciones pude desayunarme con los
-frutos del madroño (_arbustus unedo_), del alfonsigo (_pistacia vera_)
-y del algarrobo (_seratonia silicua_), que produce vainas azucaradas.
-También tuve que explotar, en malas ocasiones, la _glycyrrhiza gladia_
-o regaliz y el _opuntia vulgaris_ o higo chumbo.
-
-Lo pasaba mal que bien siguiendo mi camino cuando, al comenzar a subir
-una sierra, entre El Bosque y Ubrique, me encontré con un aldeano que
-marchaba con su hija a Gibraltar; los dos a caballo.
-
-El era hombre de cincuenta años, muy moreno y muy seco, con patillas ya
-grises. Ella tendría lo más unos quince o diez y seis, y era preciosa,
-delgada, fina, con los ojos negros, llameantes, la cara redonda y los
-labios rojos.
-
-Hablamos largamente el hombre y yo; me dijo que viajaba con frecuencia
-y que hacía contrabando. El se llamaba el señor Juan; la niña,
-Milagros. Yo les conté quién era y algunas de mis aventuras, y los dos
-se rieron mucho.
-
---Vaya, móntese usted a la grupa de mi caballo--me dijo él--, que me va
-dando pena verle caminar a pie.
-
-Subí al caballo y seguimos conversando y marchando por entre breñales
-secos, abruptos, interrumpidos muy de tarde en tarde por matas
-polvorientas y lentiscos.
-
-En los picachos áridos, quemados por el sol, se veían algunas cabras, y
-las águilas volaban trazando grandes curvas por el aire.
-
---¿Y qué? ¿No tiene usted miedo a los bandidos?--me dijo de pronto ella.
-
---Yo, ninguno. ¿A mí qué me van a hacer, si no tengo un cuarto?
-
---Quitarle la vida.
-
---¿Para qué?
-
---¿No le han ofrecido allí en Sevilla un seguro para los ladrones?--me
-preguntó él.
-
---A mí, no. ¿Es que hay un seguro así?
-
---Sí, señor. En toda Andalucía tiene usted seguros contra los ladrones.
-El propietario que viaja y no quiere ser robado paga una cantidad a la
-sociedad, y ésta le da un salvoconducto y a veces una pequeña escolta.
-
---¿Pero el Gobierno no hace nada para acabar con esta inmoralidad?
-
---Nada. El Gobierno de la Constitución parece que ha querido hacer
-algo; pero con la entrada de los franceses se ha acabado todo el orden,
-y la gente perdida anda por los caminos como Pedro por su casa.
-
-Mientras el señor Juan hablaba, su hija me examinaba con una mirada
-curiosa e irónica.
-
-Ibamos marchando por un mal camino ardoroso y polvoriento, por la
-sierra, entre grandes encinas y algarrobos.
-
-Antes de llegar a Ubrique paramos en una venta del camino.
-
---¿Usted hará noche aquí?--me dijo el señor Juan.
-
---¿Es buena venta ésta?--le pregunté.
-
---Muy buena.
-
---Es que no me quedan mas que unas pocas pesetas para llegar a
-Algeciras y no me atrevo a gastarlas.
-
---No tenga usted cuidado. No le llevarán aquí casi nada.
-
-Bajamos en la venta, y el ventero, un tipo no muy bien encarado, nos
-llevó a los tres a la cocina. Estuvimos charlando, cenamos, y después
-de cenar se armó un bailoteo de padre y muy señor mío con la Milagros y
-otras chicas de la venta y unos mozos arrieros.
-
-Los tales arrieros me parecieron un tanto desvergonzados. El señor Juan
-me presentó a ellos.
-
-Se llamaban el Gavilán, el Moreno, el tío Malaspulgas y el Manquillo;
-todos iban muy elegantes.
-
-Me chocó que obedecieran al señor Juan ciegamente, y éste me dijo que
-eran sus mozos.
-
-Yo tuve que bailar y lucir las habilidades que había aprendido en
-Sevilla en la academia de Alvarez de Acuña.
-
---¡Olé por el inglés! ¡Ahí la sangrecita gitana! ¡Vaya calor!--me
-gritaban.
-
-Estuvimos de broma hasta media noche.
-
-Cansado y con el recuerdo de la Milagros en el cerebro me eché en un
-colchón y me quedé dormido.
-
-Desperté ya entrada la mañana. Bajé a la cocina y no había nadie.
-Llamé, no me contestaron. La puerta estaba cerrada.
-
-Entré en un cuarto próximo a la cocina y me chocó ver en un rincón dos
-trabucos y varios paquetes.
-
-¿Quizá aquél era un nido de contrabandistas? Salí al zaguán y quedé
-atónito y espantado al ver en el suelo un reguero de sangre. Este
-reguero manchaba el portal y la cocina, seguía por un corralillo y
-terminaba en un rincón, donde la tierra estaba removida. La idea de
-que allí acababan de enterrar a un hombre me sobrecogió.
-
-Entonces recordé vagamente que de noche había oído ruido y rumores de
-lucha. ¿Este señor Juan y su hija y sus mozos serían bandidos?
-
-Me pareció que no cabía duda, y sin pensar en más escalé la tapia del
-corral, salté al campo y salí a marchas forzadas camino de Ubrique.
-
-Al registrarme los bolsillos vi que me habían robado el poco dinero que
-llevaba, dejándome solamente unas monedas de cobre.
-
-
-
-
- X
-
- UN LOCO
-
-
-PASÉ Ubrique, pueblo bastante mísero, en donde todo el mundo se
-dedicaba a hacer contrabando con la mayor impunidad y a coser petacas
-de cuero. Me chocó que se vendiera el tabaco de contrabando a la vista
-de todo el mundo, y me dijeron que el Gobierno español no se atrevía a
-mandar aduaneros.
-
-Los ubriqueños estaban dispuestos a defender su prerrogativa de hacer
-contrabando con la sangre de sus venas.
-
-Desde Ubrique me interné en la sierra de los Gazules y llegué a Jimena.
-
-Entraba en este pueblo por una callejuela cuando me vi seguido por un
-hombre alto, delgado, moreno, con los ojos muy hundidos y la barba
-negra, manchada de plata. Me esperaba algún nuevo percance. Me detuve
-dispuesto a afrontar el conflicto. El hombre se me acercó y me dijo con
-una voz bronca:
-
---¿Es usted godo?
-
-Hice un gesto de extrañeza, que lo mismo podía ser afirmativo que
-negativo.
-
-El hombre debió creer que decía que sí, y sacando una hoja del bolsillo
-exclamó:
-
---Tome usted y lea usted.
-
-Cogí el papel, que era un impreso, y comencé a leerlo. Se trataba
-de un manifiesto anticonstitucional completamente absurdo en donde
-se protestaba de las impiedades de la época. El manifiesto terminaba
-diciendo: «¡Viva la religión! ¡Viva el Cid! ¡Viva el honor castellano!
-¡Abajo el vil judío que mora en Gibraltar!
-
-»Dado en Jimena de la Frontera el 15 de agosto de 1823.--_Yo el Rey._»
-
-Después de leer el papel sonreí, comprendiendo que aquel pobre hombre
-no andaba bien del caletre, e hice una señal de asentimiento, y el
-loco, agarrándome del brazo, me dijo:
-
---¿Me reconoce usted como soberano?
-
---Sí, señor.
-
---¿Me traerá usted la cabeza del traidor Riego?
-
---Ahora mismo.
-
---¿Sabe usted dónde está ese pillo?
-
---Sí; necesitaría una cuerda para atarlo.
-
---Ahora vengo con ella.
-
-El loco echó a correr y yo me metí en una posada. Pedí noticias de
-aquel desdichado, y me dijeron que las cuestiones políticas le habían
-sorbido el seso; se habló también de los bandidos que merodeaban en la
-sierra; pero yo no dije nada ni indiqué que los conocía.
-
-Por la tarde salí de Jimena, y poco después comencé a ver el mar.
-
-El paisaje cambiaba; se veían grandes piteras y chozas con el tejado de
-ramaje y de hierba.
-
-Ya enfrente de la bahía encontré a un guardia del resguardo, que me
-indicó el camino de Algeciras.
-
-
-
-
- XI
-
- EL COPO
-
-
-LLEGUÉ a Algeciras un día de noviembre por la mañana, cansado y sin una
-moneda de cobre; antes de entrar en el pueblo me acerqué a la playa de
-los Paredones, y viendo que no había nadie me desnudé, dejé la ropa
-sujeta con una piedra y me metí en el mar.
-
-El agua estaba templada; me froté el cuerpo con manojos de algas secas
-y con arena.
-
-El baño me quitó la comezón del camino y me dió un gran sueño y mucha
-hambre.
-
-Me hubiera gustado ser como el asno de Buridán, que me hubiesen
-puesto a un lado una ración de comida y al otro unos colchones, para
-demostrar, eligiendo, que tenía libre albedrío.
-
-Como no estaba de suerte, no pude satisfacer mis dos necesidades de
-comer y dormir, y me decidí por aquella que no me costaba nada, y me
-tumbé al lado de una barca, de manera que el sol no me diese en la
-cabeza.
-
-Dormí bastantes horas, y cuando me desperté me encontré rodeado de un
-círculo de muchachos y de algún hombre, haraposos todos, que me miraban
-hablando y riendo.
-
---Este es un gigante--decía uno.
-
---¡Ca! ¡Es un elefante!
-
---Pues las patas las tiene de camello.
-
---No vaya a ser un ballenato que se ha escapado de la jaula.
-
---¿A qué va a venir aquí un ballenato, compadre?
-
---Quizá quiera tomar lecciones para sacar el copo.
-
---Señores--dije yo, incorporándome--, no soy nada de lo que dicen
-ustedes; soy un ciudadano inglés que en este momento bosteza de hambre.
-
---¡Ah! Es un inglé--exclamaron todos.
-
---Pues, nada--dijo uno--: si tiene usted tanta carpanta, tire usted del
-copo con nosotros y tendrá usted su parte.
-
---Tiraré aunque sea de una carreta por comer.
-
-Quizá el hombre había hecho su ofrecimiento con ironía; pero al ver que
-yo aceptaba su proposición se quedó sorprendido.
-
-Me enteré en qué consistía el copo; me quité la levita, que dejé en
-una caseta de la playa, cogí una cuerda de esparto con un corcho en la
-punta y me puse a tirar de la sirga como los demás.
-
-Teníamos ya las redes cerca de la playa cuando se nos acercó un vejete.
-
---No cogeréis más de dos pájaros--nos dijo.
-
-El pronunciaba _páharos_.
-
---Así revientes, pájaro de mal agüero--murmuré yo.
-
-Se sacó el copo, salieron en la red un amontonamiento de peces grandes,
-y de pececillos, y se presentaron en seguida varios hombres a ofrecer
-dinero por el pescado. Se terminó la subasta y se sacaron cincuenta
-reales, de los que me correspondieron a mí tres. Al parecer fué una
-buena pesca. Concluída la faena me lavé y me puse la levita.
-
---¿Dónde coméis vosotros?--le dije a uno de los muchachos compañeros
-míos de tirar del copo.
-
-Cada uno me indicó un sitio distinto y me decidí a ir a un figón con
-uno a quien llamaban _Cara e perro_, que me inspiró más confianza. Comí
-en el muelle, en una taberna, cerca de donde sale al mar el río de la
-Miel, y fraternicé con _Cara e perro_, el _Currichi_, el _Mojama_, el
-_Chirri_, el _Rondeño_ y otros personajes distinguidos.
-
-Estaba pensando en el problema de acostarme cuando se presentó en la
-taberna un hombre de unos veinticinco años, en compañía de un viejo.
-
-El joven se acercó a la mesa.
-
---Tú, _Chirri_--dijo de una manera imperiosa--, vete a casa del
-_Nacional_ y dile que mañana esté listo para las siete.
-
-El _Chirri_ se levantó inmediatamente y salió escapado.
-
---¿Quién es este señor?--pregunté yo, señalando al hombre del bigote.
-
---Este es Paquito, nuestro patrón--me dijeron--, el amo de la red de la
-que ha tenido usted que tirar esta mañana, y de los botes.
-
---¿El no suele estar allá?
-
---No; él tiene dos barcas, una grande, con la que hace el contrabando,
-que se llama el _Lince_, y otra más pequeña, la _Consolación_.
-
-Al mismo tiempo el dueño de las barcas y el viejo que le acompañaba
-debían hablar de mí. Paquito llamó a uno de los muchachos que estaban
-en mi mesa, que después se me acercó.
-
---El patrón--me dijo--quiere hablar con usted.
-
-Me levanté y fuí a su mesa.
-
---Siéntese usted--me dijo Paquito--y tome usted lo que quiera.
-
-Me senté y pedí una taza de café.
-
-Era el patrón un hombre de unos treinta años, delgado, seco, curtido
-por el sol y el aire del mar, con los ojos brillantes y el bigote negro.
-
---¿Es usted inglés?--me preguntó de pronto.
-
---Sí, señor.
-
---Me han contado que ha estado usted esta tarde tirando del copo.
-
---Es verdad.
-
---¿Ha sido por capricho?
-
---No. Por ganar unos cuartos para comer. Se me ha concluído el dinero
-que traía...
-
---Eso está bien. Puede uno ser más caballero que el verbo divino y
-tener las manos callosas del trabajo... ¿Viene usted de Gibraltar?
-
---No, vengo por Francia.
-
---Y, oiga usted, ¿ha venido usted a España por pasear nada más?
-
---No.
-
-Y en seguida eché mano del mito Cox y lo desarrollé ante los ojos del
-patrón.
-
---¿Le ha gustado a usted España?
-
---Mucho. Es un país por el que tengo gran simpatía.
-
---Chóquela usted. No le falta a usted más que una cosa para tenerme de
-su parte.
-
---¿Y es?
-
---El ser liberal.
-
---Pues lo soy.
-
---Es usted de los míos. ¿Cómo se llama usted, señor inglés?
-
---Yo, Thompson.
-
---Bueno, señor Thompson, aquí tiene usted un amigo.
-
---Muchas gracias.
-
---¿Qué necesita usted por el momento?
-
---Un sitio donde comer y dormir hasta que me manden dinero de mi país.
-
---Vendrá usted a mi casa. ¡Hala, vamos!
-
-Salimos de la taberna, tomamos por una calle en cuesta a salir a una
-hermosa plaza, y de allá seguimos por una avenida hasta detenernos en
-una casita de un piso solo con una puerta grande y un escalón.
-
---Pase usted, Thompson--me dijo Paquito, y yo pasé.
-
-
-
-
- XII
-
- LA FAMILIA DEL PATRÓN
-
-
-ME presentó Paquito a su mujer y a su madre y ordenó después que me
-arreglaran un cuarto. Estuvimos hablando de varias cosas. Paquito, como
-todos los liberales españoles, altos y bajos, tenía la preocupación
-de la política y me preguntó acerca de las costumbres parlamentarias
-inglesas, estas costumbres que son, según parece, un gran honor para
-todo inglés, aunque a mí, la verdad, me han dejado siempre un tanto
-indiferente.
-
-Luego hablamos de la posibilidad de que la reacción, entronizada por
-los Cien Mil Hijos de San Luis en España, se sostuviera o no. Paquito
-tenía la esperanza de un movimiento revolucionario. A mí no me parecía
-esto probable, y menos próximo, porque la mayoría de la gente había
-quedado cansada de los ensayos infructuosos de los constitucionales.
-
-Acabada nuestra charla me llevaron a un cuarto pequeño y encalado que
-me cedieron.
-
-Paquito se mostraba en su casa, a pesar de su liberalismo,
-perfectamente tiránico. Era exigente, gruñón; todo lo que hacían los
-demás le parecía detestable y únicamente manifestaba benevolencia para
-sus faltas.
-
-La madre era por el estilo: una vieja que reñía por costumbre y
-hablaba con una rapidez incomprensible para mí. Siempre se quejaba de
-frío.
-
-Muchas veces que yo estaba sofocado por la tibieza del ambiente le oía
-lamentarse de que no cerraban las puertas:
-
---¡Jesús! ¡Dios mío! ¡Qué frío hace hoy! ¡Me quieren matar! ¡Yo no
-puedo resistir este viento, que corta! Santo Cristo de la Alameda,
-¿por qué no me habrá quitado Dios de en medio, que no sirvo mas que de
-estorbo a todo el mundo?
-
-Así iba esta vieja engarzando quejas y conjurando todos los santos y
-santas del calendario.
-
-La mujer de Paquito parecía una princesita condenada a vivir entre
-piratas. Tenía un aire resignado, unos ojos claros, ingenuos y una
-gran suavidad. Era hija de un militar que había guerreado en América.
-Había quedado huérfana muy niña. Se llamaba Dolores. Me pareció que en
-la casa no la guardaban consideración alguna y que la hacían trabajar
-demasiado.
-
-El matrimonio tenía un chico y una chica. El chico era un salvaje de
-seis o siete años, despótico y mal educado. Yo estuve muchas veces
-a punto de calentarle las orejas porque se manifestaba de muy mala
-intención. El chiquillo llegó a tomarme odio.
-
-Al cuarto o quinto día de llegar a Algeciras fuí a ver al cónsul
-inglés, que me proporcionó trabajo para una temporada.
-
-Le dije que estaba en relación con los filohelenos de Londres, y él me
-informó de que iba a llegar un barco con soldados para Grecia.
-
-Cuando cobré el dinero del cónsul hablé con Dolores, la mujer de
-Paquito, para que me dijera lo que tenía que pagar por estar en su casa.
-
-Nos pusimos de acuerdo, y quedé allá, en mi cuartito pequeño,
-escribiendo y pintando. Por la tarde solía dar un paseo por la playa,
-y recorría también las calles del pueblo, con sus grandes caserones
-blancos, con balconadas salientes, adornadas con hierros barrocos, sus
-rejas, sus canalones y sus persianas pintadas de verde.
-
-Paseaba también por la plaza Alta y por una avenida, cuyas bocacalles
-iban a dar a la bahía, y por las cuales se divisaba el cielo y el mar.
-
-Como se estaba en un período de política revuelta, todos los días había
-algún acontecimiento. A medida que los ministros de Fernando VII se
-apoderaban del Poder la represión era mayor. Se hacían prisiones, y
-llegaban constantemente cuerdas de presos que el comandante del campo
-de Gibraltar, don José O'Donnell, enviaba a los presidios de Africa.
-
-Un día vi en la plaza Alta un espectáculo triste. Un constitucional, un
-hombre viejo, de noble aspecto, se escapó de la cuerda; dos voluntarios
-realistas le siguieron gritando: «¡A ése! ¡A ése!» La gente fué tras
-él, le cogieron y a palos lo dejaron tendido en el suelo.
-
-El pueblo entero manifestaba un gran fervor realista; se había
-sustituído la lápida de la Constitución por otra con el letrero: «Plaza
-del Rey», con las armas de la ciudad y una corona. Paquito, que estaba
-señalado como liberal exaltado, no salía apenas, y muchos, entre ellos
-yo, le aconsejaron que fuera a Gibraltar y que no viniese mas que de
-tarde en tarde. Esto fué lo que hizo.
-
-Yo me alegré mucho, no por la seguridad de Paquito, que me tenía sin
-cuidado, sino por hablar libremente con Dolores. La verdad es que me
-iba enamorando de ella por momentos. ¡Era una mujer tan simpática, tan
-buena! No me cansaba de oírla.
-
-Ya sé yo que hay un mandamiento, no se cuál, que dice que no se debe
-desear la mujer del prójimo; pero esto siempre me ha parecido una
-tontería; yo, no sólo deseaba la mujer de mi prójimo, sino que se la
-hubiera quitado si hubiese podido.
-
-Cuando Dolores quedó sola con su suegra y los chicos, yo le decía que
-saliera, que no estuviera siempre metida en casa.
-
-Un domingo dimos una vuelta por la bahía en el _Lince_, una barca
-grande. El _Chirri_ iba al cuidado de la vela y yo al timón.
-
-Estaba el cielo azul y el mar casi tan azul como el cielo.
-
-Enfrente se divisaba el Peñón, de un color gris de ceniza, obscuro en
-los sitios cubiertos de bosque y alargado hasta la punta de Europa...
-
-Dolores me habló de su infancia, de la que conservaba un recuerdo
-confuso de idas y venidas por colegios de distintas ciudades; me contó
-una serie de niñerías con verdadera gracia. Yo le hacía mil preguntas y
-le oía encantado.
-
-El barco marchaba suavemente; veía desarrollarse ante mis ojos la línea
-quebrada de los montes formada por las últimas ramificaciones de la
-sierra de los Gazules.
-
-A lo lejos aparecía la serranía de Ronda, los montes de Gaucín y
-Casares y los de Estepona.
-
-Más cerca la sierra Carbonera, con San Roque en un alto; El Campamento,
-a orillas del mar, y luego La Línea sobre el arenal que une la tierra
-con Gibraltar.
-
---Vamos ya--dijo Dolores--, que la madre estará esperando.
-
---¿Qué prisa tiene usted para volver?--le pregunté yo.
-
---Sí, hay que hacer la cena.
-
---Deje usted la cena; por un día cenaremos más tarde. ¡El día está tan
-hermoso!
-
---Bueno--replicó ella.
-
-Seguimos hablando. Avanzamos hasta la salida de la bahía. Estaba el
-Estrecho lleno de barcos, que navegaban con las velas desplegadas.
-Pasamos cerca de las murallas, llenas de líquenes, de la isla Verde.
-
-Ahora se veía el otro extremo de la gran bahía casi circular, la Punta
-Carnero, y a lo lejos, la costa de Africa, el acantilado blanquecino de
-los montes de Sierra Bullones y el pico de la Almina de Ceuta.
-
-Seguimos hablando Dolores y yo largo rato, y al caer la tarde le dije
-al _Chirri_ que volviéramos.
-
- * * * * *
-
-Pasamos de nuevo por delante de la isla Verde. El sol iba retirándose
-con lentitud, iba escalando las casas de Algeciras, brillaba en
-los cristales, subía a los tejados, los abandonaba e iluminaba el
-campanario de la iglesia con una claridad rojiza. La sierra parecía
-acercarse, y al borrarse sus repliegues tomaba el aspecto de una
-muralla que se levantara tras del pueblo. Las casas se destacaban con
-más claridad a la luz fría del crepúsculo.
-
-El cielo tomaba un color de escarlata por el lado del mar y éste iba
-brillando con resplandores de rosa.
-
-Al desembarcar, al acercarnos a Algeciras, las ventanas de las casas
-comenzaban a iluminarse; se oía en las tabernas rasguear de guitarras y
-se sentía un olor fuerte de aceite frío.
-
-Desde el muelle fuimos hasta la plaza Alta.
-
-Al pasar hacia casa oíamos la retreta en un cuartel.
-
- * * * * *
-
-Dos días después estaba en mi cuarto escribiendo, cuando se me presentó
-Paquito, con un aire grave, dramático.
-
-Me advirtió que me tenía que hablar; hice ademán de oírle, y de repente
-me dijo que yo era un sinvergüenza, un ingrato y un canalla que estaba
-cortejando a su mujer. Negué yo el hecho, y entonces él me replicó que
-el domingo anterior había ido a pasear en la lancha con Dolores y que
-le había dicho que era muy guapa y otra porción de cosas.
-
---¿Quién le ha dicho a usted eso?
-
---Mi chico y el _Chirri_.
-
-Me callé y no repliqué; él siguió insultándome, y después insultando a
-su mujer.
-
-Esto no lo pude soportar y salté.
-
-Ya furioso, le dije que era un botarate y que su mujer valía millones
-de veces más que él; que le tenía por un vanidoso y un farsante; que
-su liberalismo era una mentira, porque no era mas que envidia por
-los que podían y valían más que él, y, en último término, que estaba
-dispuesto a batirme con él a puñetazos, a navajazos o a tiros, porque
-le consideraba uno de los seres más despreciables y más ridículos de la
-tierra.
-
-Mi indignación le enfrió a Paquito, y sin contestarme nada se marchó,
-dejándome solo e iracundo.
-
-
-
-
- XIII
-
- MAC CLAIR
-
-
-DESPUÉS de nuestra riña, toda la familia de Paquito se trasladó a
-Gibraltar, y yo quedé en una casa de la vecindad, en la más profunda
-desesperación.
-
-Seguía trabajando para el cónsul, cuando recibí un carta de Will Tick
-anunciándome que pocos días después pasaría el Estrecho, en dirección a
-Grecia, una expedición de filohelenos.
-
-Antes llegaría a Algeciras el coronel Mac Clair, que iba a comprar
-armas y municiones de guerra.
-
-Saldría yo a recibirle al muelle y le reconocería, por ser un tipo
-alto y delgado, vestido con un ulster negro con rayas blancas, y que
-llevaría un bulto cuadrado envuelto en tela encerada en la mano derecha
-y un paraguas en la izquierda.
-
-Efectivamente, lo reconocí. Era Mac Clair un hombre delgado, seco, de
-aire enfermizo. Tenía el pelo rojo, rizado, patillas cortas, bigote
-grueso y anteojos azules. Por debajo del ulster usaba redingote de
-color de castaña.
-
-Llevé a mi casa a Mac Clair, y al día siguiente fuimos en coche a
-Tarifa, donde recogimos varias cajas de fusiles, escondidas cerca de la
-playa, y las embarcamos en una gabarra.
-
-El coronel Mac Clair marchó después a Gibraltar, donde compró un
-ciento de fusiles españoles e ingleses.
-
-El coronel me dijo que me avisaría la llegada del paquebot que venía de
-Londres con los filohelenos.
-
-Efectivamente, quince días después me avisó. Con un tiempo muy malo
-salimos los dos en un falucho.
-
-Fuimos hasta Tarifa, en donde teníamos nuestras cajas de fusiles, las
-embarcamos y esperamos toda una tarde y toda una noche.
-
-Al día siguiente, el coronel reconoció el bergantín _Fénix_, al que
-esperábamos.
-
-Nos acercamos al barco, que parecía un gran pez negro sobre el agua, y
-entramos en él.
-
-Al pasar por delante de Algeciras se me humedecieron los ojos con el
-recuerdo de Dolores.
-
- * * * * *
-
-Estas cuartillas leí a mistress Hervés, en el mirador del castillo de
-Ondara, una tarde de verano.
-
-Mi aventura en Grecia, quizá por ser insignificante, no la he escrito
-todavía. No sé si la escribiré alguna vez.
-
-
- Itzea-Vera del Bidasoa.--Octubre, 1916.
-
-
- FIN DE LA RUTA DEL AVENTURERO
-
-
-
-
- ÍNDICE
-
-
- Páginas.
-
- PRÓLOGO 7
-
-
- EL CONVENTO DE MONSANT
-
- I.--Una ciudad levantina 11
-
- II.--El castillo 17
-
- III.--Los sospechosos 21
-
- IV.--Entierro 27
-
- V.--El teniente Eguaguirre 33
-
- VI.--El mirador del castillo 41
-
- VII.--Los oficiales 47
-
- VIII.--Urbina 51
-
- IX.--Recomendación de Kitty 55
-
- X.--Explicación 59
-
- XI.--El proyecto 65
-
- XII.--El viaje 69
-
- XIII.--El convento 75
-
- XIV.--Los argonautas 83
-
- XV.--El rapto 95
-
- EPÍLOGO 105
-
-
- EL VIAJE SIN OBJETO
-
- PRÓLOGO 113
-
-
- PRIMERA PARTE
-
- UNA VIDA INSIGNIFICANTE
-
- I.--El viajero y su canción 117
-
- II.--Disecación y farmacia 121
-
- III.--Los libros de mi tío 125
-
- IV.--La casa de Israels y Piper 129
-
- V.--Elogio de la litografía 133
-
- VI.--En plena bohemia 137
-
- VII.--Días tristes 141
-
- VIII.--Examen de mis aptitudes por el sistema
- métrico decimal 145
-
- IX.--Última hazaña en Londres 149
-
- X.--Los destinos absurdos 153
-
- XI.--En memoria de Burton 157
-
- XII.--Charlatanes y saltimbanquis 161
-
- XIII.--Comienzo de una aventura romántica 167
-
- XIV.--En la diligencia 175
-
- XV.--Mary la de Biriatu 179
-
- XVI.--La venta de Inzolas 183
-
-
- SEGUNDA PARTE
-
- DEL PIRINEO A MADRID
-
- I.--Los placeres del campo 185
-
- II.--Erlaiz el panadero 187
-
- III.--El parador de Sumbilla 193
-
- IV.--Pamplona 197
-
- V.--Los caballeros 203
-
- VI.--Los estratos sociales de Pamplona 205
-
- VII.--Philonous 209
-
- VIII.--Los realistas franceses 211
-
- IX.--Conspiraciones 213
-
- X.--El calor 217
-
- XI.--Las moscas 221
-
- XII.--En las Bárdenas 223
-
- XIII.--Revelación de la España clásica 227
-
- XIV.--El santero 231
-
-
- TERCERA PARTE
-
- DE MADRID A SEVILLA
-
- I.--La casa de huéspedes 235
-
- II.--Digresiones sobre el país 239
-
- III.--Salida de Madrid 243
-
- IV.--De Sevilla a la cárcel de Sanlúcar 247
-
- V.--Nieves la alcaidesa 253
-
- VI.--Las recomendaciones 257
-
- VII.--En el camino 259
-
-
- CUARTA PARTE
-
- PRISIONERO
-
- I.--El Salón de Cortes 263
-
- II.--La señora Landon 267
-
- III.--La torre 271
-
- IV.--«Mare Serenitatis» 275
-
- V.--El fraile 277
-
- VI.--Evasión 281
-
- VII.--La casa abandonada 287
-
- VIII.--Dilema 291
-
- IX.--De viaje 295
-
- X.--Un loco 299
-
- XI.--El copo 301
-
- XII.--La familia del patrón 305
-
- XIII.--Mac Clair 311
-
-
-
-
- OBRAS COMPLETAS
-
- DE AZORIN
-
-
-I.--EL ALMA CASTELLANA.
-
-II.--LA VOLUNTAD.
-
-III.--ANTONIO AZORÍN.
-
-IV.--LAS CONFESIONES DE UN PEQUEÑO FILÓSOFO. (Aumentada.)
-
-V.--ESPAÑA.
-
-VI.--LOS PUEBLOS.
-
-VII.--FANTASÍAS Y DEVANEOS.
-
-VIII.--EL POLÍTICO.
-
-IX.--LA RUTA DE DON QUIJOTE.
-
-X.--LECTURAS ESPAÑOLAS.
-
-XI.--LOS VALORES LITERARIOS.
-
-XII.--CLÁSICOS Y MODERNOS.
-
-XIII.--CASTILLA.
-
-XIV.--UN DISCURSO DE LA CIERVA.
-
-XV.--AL MARGEN DE LOS CLÁSICOS.
-
-XVI.--EL LICENCIADO VIDRIERA.
-
-XVII.--UN PUEBLECITO.
-
-XVIII.--RIVAS Y LARRA.
-
-XIX.--EL PAISAJE DE ESPAÑA VISTO POR LOS ESPAÑOLES.
-
-XX.--ENTRE ESPAÑA Y FRANCIA.
-
-XXI.--PARLAMENTARISMO ESPAÑOL.
-
-XXII.--PARÍS BOMBARDEADO Y MADRID SENTIMENTAL.
-
-XXIII.--LABERINTO.
-
-XXIV.--MI SENTIDO DE LA VIDA.
-
-XXV.--AUTORES ANTIGUOS. (ESPAÑOLES Y FRANCESES.)
-
-XXVI.--LOS DOS LUISES Y OTROS ENSAYOS.
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of Memorias de un Hombre de Acción: #6 La
-Ruta del Aventurero, by Pío Baroja
-
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-
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-Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
-
-Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
-electronic works in formats readable by the widest variety of
-computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
-exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
-from people in all walks of life.
-
-Volunteers and financial support to provide volunteers with the
-assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
-goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
-remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
-and permanent future for Project Gutenberg-tm and future
-generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
-Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
-www.gutenberg.org Section 3. Information about the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation
-
-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
-U.S. federal laws and your state's laws.
-
-The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
-mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
-volunteers and employees are scattered throughout numerous
-locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
-Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
-date contact information can be found at the Foundation's web site and
-official page at www.gutenberg.org/contact
-
-For additional contact information:
-
- Dr. Gregory B. Newby
- Chief Executive and Director
- gbnewby@pglaf.org
-
-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation
-
-Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
-spread public support and donations to carry out its mission of
-increasing the number of public domain and licensed works that can be
-freely distributed in machine readable form accessible by the widest
-array of equipment including outdated equipment. Many small donations
-($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
-status with the IRS.
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-The Foundation is committed to complying with the laws regulating
-charities and charitable donations in all 50 states of the United
-States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
-considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
-with these requirements. We do not solicit donations in locations
-where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
-DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
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-have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
-against accepting unsolicited donations from donors in such states who
-approach us with offers to donate.
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-International donations are gratefully accepted, but we cannot make
-any statements concerning tax treatment of donations received from
-outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
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-Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
-methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
-ways including checks, online payments and credit card donations. To
-donate, please visit: www.gutenberg.org/donate
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-Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.
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-Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
-Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
-freely shared with anyone. For forty years, he produced and
-distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
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-Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
-editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
-the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
-necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
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-facility: www.gutenberg.org
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